Libro N°. 3108. Pirómano. Bloch, Robert.
© Libro N°. 3108. Pirómano. Bloch, Robert. Colección
E.O. Septiembre 10 de 2016.
Título original: © Firebug, 1961
Versión Original: © Pirómano. Robert Bloch
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Emancipación Obrera IBAGUÉ-TOLIMA
2016 GMM
PIRÓMANO
Robert Bloch
Traducción: José Luis Moreno-Ruiz
Colección Luna Oscura
Edimundo – Grupo libro-88, 1994
A
Gordon Molson and Associates,
que
encendieron un fuego bajo mis pies.
Introducción
Me llamo Philip Dempster: estoy durmiendo.
El sueño es rojo. Siempre es rojo. A veces es de un rojo dorado,
como el primer refulgir de una cerilla. Otras veces es azul y anaranjado en sus
filos, como el rescoldo a punto de agostarse, aunque siempre es rojo. Pero ese
rojo no es solamente un color: también es un conjunto de emociones y de
sentimientos. Sentimientos que están a punto de acceder al conocimiento de lo
que es rojo y de lo que no lo es. Mis sueños siempre son rojos, siempre rojos.
Me llamo Philip Dempster; estoy soñando.
En mi sueño conduzco por una carretera oscura. Muy a lo lejos
veo una luz. Es la única luz en el mundo, pues mi coche no tiene faros; es un
coche ciego y doy gracias por tener ojos, porque si no los tuviera yo también
estaría ciego en este mundo. Y tengo que mantenerme alerta, mirando bien hacia
esa luz que hay en la carretera, a lo lejos...
Conduzco y mi espalda me duele. Me duele como si hubiera estado
conduciendo mucho tiempo, persiguiendo arduamente la luz que brilla a lo lejos,
en la carretera. Mis ojos arden, al tiempo, pero es un arder distinto. Es como
si experimentasen una sensación acuosa, como si estuvieran alerta desde mucho
antes, como si los hubiera mantenido abiertos a propósito, para que ardiesen.
Pero sé que no es eso. No quiero que arda parte alguna de mi
cuerpo.
Debe ser únicamente una ilusión.
El sueño es real, sin embargo. Por tanto, me mantengo atento a
la conducción.
La luz crece por momentos. Se hace más y más grande, se agiganta
a gran velocidad. Freno un poco y el coche va más suavemente, pero me siento
conducido. No estoy cerca de la luz. Es extraño; por un momento me pareció que
se trataba de una llamarada y estuve a punto de decir: No estoy cerca de la
llama. Pero se trataba de una luz, puedo asegurarlo. No es una llama. Es,
simplemente, una luz... puedes creerme, ¿lo harás?
Aprieto ahora el acelerador y el coche sale disparado hacia
adelante, pero eso no me sirve para llegar antes a la luz. Está justo encima;
de hecho, puedo ver cómo se eleva como un gran globo de plástico. No puedo
entender por qué se ha elevado, pero es una auténtica construcción de luz en lo
alto, sin un emplazamiento concreto. Deberé detenerme y preguntar en dónde
estoy.
Me llamo Philip Dempster; estoy perdido, creo.
Me hago a un lado de la carretera y bajo del coche. Siento una
puerta que se cierra a mis espaldas. Sí, una puerta. La puerta del otro lado
está abierta y me asusto, pero camino alejándome del coche. Creo haber cerrado
la otra puerta. Pero está abierta. Sé de alguien que podría... ¿qué? ¿Qué
podría hacer alguien? No hay nadie en la carretera esta noche. Entonces, ¿por
qué me entristezco? Todavía camino, alejándome más del coche, estoy lejos pero
debo regresar. Debo volver a la ciudad y encontrarme conmigo mismo, regresar a
ese lugar del que vengo.
Eso es muy importante, pienso.
Hay un edificio en una colina, está algo inclinado. Camino hacia
ese punto y, en contra de lo que sucedía cuando iba en el coche, está mucho más
cerca, llego mucho antes. Parece ir a devorarme.
Me detengo. Pero mis pies no se detienen. Se mantienen
caminando, llevándome hasta el edificio y el edificio abre sus fauces y veo
chorros y más chorros de luz que parecen dientes muy afilados y que esperan,
esperan para masticarme. Y ordeno a mis pies que se detengan, que por el amor
de Dios se detengan, pido a Jesús que me salve de esas fauces, ¿lo harás,
Jesús? Los pies, sin embargo, me llevan hasta lo más alto de la colina y me veo
por un sendero iluminado, adentrándome en la gran boca del edificio y no puedo
decir si soy alto o bajo, o qué ocurre realmente, salvo que grito y no se me
oye. Lanzo mi grito y no pasa nada, no brota de él sonido alguno. Sigo
caminando hacia la gran boca y ahora, yo...
Dentro. Muy dentro del edificio que tiene las paredes cálidas y
viscosas, como un ser viviente. ¿Puede estar vivo este edificio? ¿Tendrá
aliento, pulso? ¿Necesitará carne fresca para alimentarse? Espero que no.
Ahora camino muy rápidamente pegado a las paredes con aliento,
blancas, las paredes que tienen pulso. Puedo oír una especie de balbuceo.
Parece una conversación, pero se trata de un rumor húmedo, soterrado, casi como
si alguien hiciera gárgaras con la boca llena de sangre. Trato de escuchar lo
que ese algo dice, pero las palabras que oigo no tienen sentido. Es como si
fuesen palabras dichas en el agua, a mucha profundidad, tan hondo que se pierde
todo su sentido.
Sigo caminando junto a la pared y llego a una celda. Es una
celda muy grande y tienen barrotes traslúcidos e incandescentes. Son barrotes
que arrancan desde el techo luminoso y caen hasta el suelo blanco. Y en la
celda hay... algo. No puede saber qué es... Lo miro. Trato de ver qué es...
De pronto lo veo con nitidez absoluta. Se mueve y agita tras los
barrotes y puedo verla. Es una mujer. Pero no se trata, realmente, de una
mujer. Siento cómo se me seca la garganta y trato de meterme en la boca todo el
puño para no ser como ella, para comprobar que no soy como ella.
La mujer está muerta.
Ella está muerta. Tiene los miembros carbonizados, negros como
las ramas de un árbol muerto. Pero se mueven. Ella se mueve, se está moviendo.
Se mueve ahora en dirección a los barrotes. Lo hace lentamente.
Va cayéndose a pedazos, muy despacio, como papel quemado. Y veo que se dirige
hacia mí. Ven mis ojos, lo sienten; se separan de mi cuerpo que retrocede, pero
de pronto tengo una cesta en las manos.
¿Una cesta? Sí, tengo una cesta... ¿o no? Está llena de algo.
La cesta es grande y de su interior sale un olor a incineración,
como si cien hornos incineradores estuvieran quemando muertos, como si ardiera
la grasa de un millón de personas allí arrojadas. Tengo la cesta en mis manos y
mientras esa criatura que fue una mujer avanza hacia mí balbuceando
imbecilidades, saco un puñado de lo que contiene la cesta y se lo arrojo.
Ella cae de rodillas y comienza a destrozar a dentelladas lo que
le he arrojado. Alza su mirada y veo que tiene los ojos negros; vacíos, más
bien. Sus labios están caídos en un rictus, de dolor y placer a un tiempo; y lo
que destroza entre sus dientes parecen spaghetti. Pero no son spaghetti. Es un
pedazo de carne.
Ahora se aproxima a mi más decididamente, cortándome la
retirada. No puedo salvarme. Me veo arrastrado hacia ella, hacia su cara
descarnada con un gran agujero en donde debió tener la nariz, hacia su cara con
labios incapaces de articular una palabra con sentido. Las cuencas de sus ojos,
de tan vacías, parecen hambrientas. Se aproxima a mí blandiendo un dedo que
arde. Me agarra y no puedo librarme de su abrazo.
No quiero estar a su lado... Tiene los brazos deformes... Me
aproxima sus labios... Ella quiere... Ella quiera...
¡Ella quiere besarme!
Trato de escapar, intento que ese cuerpo no me bese, pero sus
brazos me aprisionan contra los barrotes, fuertemente, y al aproximar ella su
cara a la mía me veo cayendo por el precipicio negro de sus ojos, me veo en el
abismo de su boca y su mirada.
No puedo soportarlo... Me voy a volver loco... ¡Socorro!
¡Socorro, por favor! ¡Que alguien me ayude! ¡Que alguien me salve de esta... de
esta cosa muerta! Esta cosa muerta que ahora murmura sálvame... sálvame...
sálvame...
Sus labios me aprisionan y me siento enteramente en el infierno
y en la muerte, y su fuego es el fuego que me quema, el maldito fuego que me
hace arder; y ardo, ardo, estoy quemándome.
Me llamo Philip Dempster; mis sueños son horribles.
1
Para que tú explotes, antes tiene que encenderte alguien la
mecha.
Estaba sentado en Tracy's aquella noche, pensando en mis
asuntos, cuando se me acercó Ed Cronin. Él fue quien me encendió la mecha.
Ed Cronin, con toda su gran humanidad, corpulento y decidido,
tomó asiento en la mesa que había junto a la mía, pero yo hice como que no le
veía hasta que golpeó afablemente mi brazo.
-Hola, Phil -me dijo-. ¿Cómo te va?
-Estoy bajo de moral -le confesé mientras limpiaba mis gafas.
-Me refiero a tu libro.
-¿Cuál de ellos?
-La novela sobre las sectas.
-¡Ah! ¿Eso? Pues va así, así –dije-. Estoy escribiendo otra.
-Me alegro de oír eso -exclamó Cronin.
-Yo no -contesté haciendo una seña al camarero-. No veo cómo
abordarla, cómo organizar el material de trabajo.
El camarero me miró y yo miré a Cronin.
-¿Qué quieres beber?
Pidió una cerveza y yo lo de siempre.
-Así que se trata de eso -dijo Cronin hablando para sí-. Me han
dicho los muchachos que pasas mucho tiempo aquí.
-Mierda para ellos -solté mientras alzaba mi vaso para ver cómo
estaba de lleno-. Bonita pandilla de amigos reporteros la tuya, Cronin. Siempre
en busca de una historieta. ¿Qué titulo pondrás a tu reportaje? ¿Acaso uno que
diga UN JOVEN Y PROMETEDOR NOVELISTA SE EMBORRACHA HASTA MORIR?
Cronin sacudió la cabeza y sonrió.
-¿Por qué no? Ésa es la verdad, ¿me equivoco?
-Bebo porque me gusta -mentí-. Estoy ocupado con mi nuevo libro,
eso es todo -dije, y era la verdad-. Pero puedo dejar de beber cuando me dé la
gana.
No sabía, al decir eso, si era verdad o mentira. Eso me
molestaba.
-Lamento verte entregado a la bebida -dijo Cronin-. Tú eres un
chico inteligente, Phil.
-Y, según tú, los chicos inteligentes no beben, claro
-respondí-. Pues estás en un grave error. Tratas de ponerme una etiqueta. Para
ti, soy un «chico brillante». Permíteme que lo dude. ¿Y por qué necesita la
gente ser brillante? ¿Puedes decírmelo? La gente no va por ahí haciendo
demostraciones de su carácter, como los actores en busca de un papel. A veces
soy un chico brillante, vale... Pero también a veces soy tonto. A veces puedo
comerme el mundo, es verdad; pero no es menos cierto que otras veces me asusto
hasta de mi sombra.
Cronin volvió a sacudir su cabeza.
-Tú no te asustas de tu sombra -me dijo-. Te vengo observando
desde hace tiempo... Venga, Phil, dimelo... ¿De qué tienes miedo?
Sonreí dirigiéndome al camarero.
-Mira, Mac -le dije-. ¿Te molestaría que bebiera hasta caerme?
Mi amigo quiere psicoanalizarme ahora.
-Déjalo ya, Phil... Y perdona -dijo Cronin.
-De acuerdo... Pero cualquiera se enfada cuando alguien le hace
preguntas como las tuyas; todo lo que uno quiere es beber en paz...
-Pero es que tú no puedes beber en paz -me espetó Cronin-. Y yo
no creo que tú, realmente, sólo quieras beber.
-¿Otra vez vuelves a la carga?
-De acuerdo. No quiero meterme en tus asuntos ni saber de tus
problemas. No voy a preocuparme más por ti... Pero dime, ¿cómo vas a ganarte la
vida?
-Estoy escribiendo un libro, ¿no?
-Tú lo has dicho, lo estás escribiendo. Pero eso no debe
servirte de disculpa. Toma cada día sólo unas pocas horas de tu tiempo, y
dedícate a trabajar.
-¿A qué trabajo te refieres?
-Al que estabas haciendo, precisamente. Los editores del
periódico van a sacar pronto un suplemento dominical y están dispuestos a
gastarse algo de dinero. Yo he hablado con uno de ellos para proponerles una
serie semanal de cinco o seis capítulos a propósito de las sectas locales.
-Y eso lo puedo hacer yo, ¿eh?
-¿Quién si no? Tú eres de aquí y además estás escribiendo un
libro sobre el asunto. Puede decirse que eres una autoridad en la materia.
-Espera un momento -dije-. Tú tienes tu propia visión sobre ese
asunto y me parece muy bien. Pero yo no estoy tan seguro de que las sectas sean
cuevas de ladrones. Varias de ellas son totalmente legales. Pude comprobarlo
cuando anduve por la Costa recopilando datos para mi libro.
Cronin pareció contrariado.
-Ya lo sé. Y no quiero que desperdicies el material que ya
tienes. Pero creo que podemos afinar un poco más, ser más exhaustivos en
nuestras investigaciones. Hemos descubierto que hay cinco o seis organizaciones
que actúan de manera más que sospechosa. Son las que quiero que investigues. No
trato de sacar un lápiz y señalar lo que debe o no ser censurado. Actúa de la
forma que creas más conveniente; pero investigar a los responsables de esas
sectas es un auténtico servicio público.
-Y también algo bastante lamentable. A lo mejor quieres que
investigue de paso si cometen infracciones de tráfico...
Cronin se enojó.
-Tranquilízate, hombre... ¿Qué dices? Cinco o seis capítulos a
unas cieii o doscientas palabras cada uno. Te procuraremos las fotos y todo lo
que necesites, si es que merece la pena. No tienes más que ir, echar un vistazo
y escribir tu historia. No te llevará más de cuatro o cinco horas de trabajo a
la semana.
-¿Cuánto pagan? -pregunté secamente.
-El viejo está dispuesto a soltar ciento cincuenta dólares. Pero
yo le he dicho que tu firma vale doscientos. Sin impuestos, claro.
Seguramente no era aquél el único dinero que había en el mundo;
pero yo no estaba acostumbrado a ganar una cantidad semejante por unas pocas
horas de trabajo a la semana. Y la verdad es que necesitaba el dinero, pues la
fecha de recepción de mi último cheque, con el pago de derechos por uno de mis
libros, databa de dos meses atrás. Cambiar el dinero por la paz podría venirme
bien. Y podría ayudarme, de paso, a romper con la costumbre de sentarme a beber
hasta quedarme dormido... Y no soñar... Sobre todo, no soñar...
-Me parece muy bien -dije al fin-. ¿Cuándo empezamos?
-El domingo mismo, si no tienes nada mejor que hacer -me
respondió Cronin-. Prepárate para comenzar la semana que viene. Hoy es lunes,
¿no? Pues ve a verme mañana y lo dispondremos todo.
-De acuerdo -de veras pensaba que era una oportunidad excelente,
aunque aún no pensaba que Cronin acababa de encenderme la mecha-. ¿Tomamos otro
trago?
Cronin hizo un gesto de cansancio.
-Lo siento, tengo que irme ahora mismo. ¿Irás a verme manana
temprano?
-Seguro que sí, no te preocupes -dije sonriéndole-. Me quedaré
sólo para tomar el último trago antes de ponerme en marcha.
Nadie ha inventado aún el trago que de veras te predisponga para
salir a la carretera, aunque yo aguardaba tal invento.
Cuando Cronin ya se iba llamé al camarero y le pedí «lo de
siempre».
Me tomé «lo de siempre» y salí. La noche era húmeda y me abrigué
bien, subiendo el cuello de mi gabardina. Tenía el coche aparcado a cierta
distancia y metí las manos en los bolsillos para apretar un poco el paso. Las
calles estaban desiertas; nadie con un poco de cerebro hubiera salido a caminar
aquella noche perdiéndose el programa de televisión y cambiando el tibio
ambiente del hogar por la calle, una vez los niños se han ido a dormir. Pero
todo eso era mucho más de lo que yo podía pensar... Llevaba mucho tiempo
bebiendo sin tregua.
En el fondo me alegraba bastante que Cronin se hubiera acordado
de mí. Sentí esa alegría mientras caminaba hacia mi coche con las manos en los
bolsillos de la gabardina, buscando las llaves. Pensé que me habría gustado
invitarle a un par de tragos más. El trabajo que me ofrecía, sin embargo, a lo
mejor, quién sabe, iba a ayudarme a retomar mi libro en donde lo dejara, cosa
que nada hubiera logrado conseguir poco tiempo atrás... Ese libro iba
cubriéndose de polvo, poco a poco, en un cajón de mi mesa de trabajo. Junto a
un par de originales más.
Me metí en el coche imaginando una vida más placentera y
acogedora. Tomé la ruta de siempre para volver a casa; en realidad, para
regresar a mi vacío apartamento en el que apenas había algo más que una litera,
mi mesa de trabajo y la máquina de escribir... Como de costumbre, la máquina de
escribir, mi vieja Bessie, me esperaba; y también como de costumbre, la
repudié. Puse mi camisa sobre ella, para cubrirla, y comencé a desnudarme, algo
tambaleante, para meterme en la cama.
Eso sí, fumé el cigarrillo, también acostumbrado, de antes de
conciliar el sueño; el cigarrillo de mi otro gesto de costumbre: apagar la luz.
Y entonces se hizo la oscuridad igualmente acostumbrada. Y al cabo me llegó el
sueño de costumbre.
Acaso ocurrió porque no había bebido lo suficiente. Y cuando no
bebo hasta hartarme, suelo tener sueños. Cuando el común de los mortales sueña,
lo hace con que vuela, o sueña con sus jefes; o que hace el amor con la novia
del escenógrafo que debutó la semana pasada... O sueñan las gentes que se
quedan desnudas en mitad de la calle... Yo no soñaba cosas parecidas,
siquiera... A mí me llegaba el sueño de siempre, el único sueño que tenía desde
que regresé de la Costa; el único sueño posible cuando no había bebido hasta
caerme.
Sabía bien que se trataba sólo de un sueño, sin más, pero eso no
me ayudaba a superar la angustia. Me sentía ardiendo; y a pesar del sudor frío
que me cubría, notaba que mi rostro iba encendiéndose más y más; sobre todo
ante la presencia de ese otro rostro, el del sueño, no por común menos
aterrador.
Aquella noche volví a ver esa cara; esa máscara ardiente con las
cuencas de los ojos vacías, y grité arañando las sábanas con mis dedos
crispados.
Desperté de golpe y tomé un cigarrillo. Pero no lo encendí. Me
quedé tumbado boca arriba durante un rato largo, deseando fumar pero sin
atreverme a dar fuego al pitillo. Porque, para fumarlo, necesitaba del fuego.
Y sentía un pánico mortal por el fuego.
2
A la mañana siguiente me dirigí en coche hacia el edificio del
Globe. A esas horas de la mañana hay en las orillas del lago una gran humedad
que dificulta la conducción por culpa del firme resbaladizo. En el lago había
algunas embarcaciones navegando y recordé cómo tres años atrás se me
revolvieron las tripas cuando yo también decidí navegar una mañana. Me sentía
bien. Había olvidado por completo que Cronin sabía pulsar las fibras más
sensibles de la gente como si de las cuerdas de un violín se tratase; es un
tipo que te agarra en el momento oportuno, te dice lo que tiene que decir y tú
interpretas para él la música más deliciosa.
Frente al Globe estaba el aparcamiento y busqué un buen sitio
para dejar mi coche, no sin antes verme obligado a dar varias vueltas. Ya en el
ascensor, Tony me vio y se dirigió a mí con una amplia sonrisa. Eso hizo que
sintiera un poco de nostalgia. Hacía apenas tres años, cuando acabé mis
estudios de Literatura, me puse a trabajar como reportero de calle para Cronin.
No era mala cosa y Cronin siempre fue un buen jefe, con el que aprendí muchas
cosas. Cuando me asaltaba alguna duda, Tony se encargaba de despejármela en no
más de tres o cuatro segundos. Y siempre con suma cordialidad.
Ed Cronin estaba en su despacho, esperándome... Cerró una
libreta justo cuando yo entraba.
-Aquí está todo -me dijo-. Aquí tenemos la lista.
Abrió de nuevo la libreta y me mostró una larga hilera de
nombres, que leí rápidamente.
La Hermandad Blanca
La Iglesia del Átomo Dorado
El Nuevo Reino del Tabernáculo
El Centro de la Sabiduría
La Casa de la Verdad
El Templo de la Llama Viviente
-Tienes las direcciones en la libreta -me dijo Cronin-. También
tienes ahí los nombres de sus miembros más significativos. Tenemos algunos
indicios sospechosos sobre algunos, y nada sobre otros... Tu trabajo consiste
en ratificar las pruebas y en obtener otras nuevas.
No dije ni palabra.
-Dime si necesitas algo. Puedo darte un fotógrafo, siempre y
cuando me lo pidas con un par de horas de antelación. Y supongo que necesitarás
un carnet de prensa.
Mi cabeza comenzó a funcionar.
-Esa gente no se impresiona ante un carnet de periodista. ¿Para
qué lo necesito si me basta con asistir a sus mítines y escuchar? Creo que es
mejor empezar así. Después, cuando ya tenga algo en que basarme, puedo volver
en busca de alguna entrevista, sabiendo lo que quiero preguntar y lo que busco.
-Vale, inténtalo -dijo Cronin.
Escribió entonces una nota.
-Voy a empezar anunciando la serie. Creo que deberíamos dar, en
cada entrega, la crónica y una entrevista con algún cabecilla.
-Pero eso podría ponerles sobre aviso -dije-. Creo que es mejor
que asista a cuantos mítines y oficios hagan antes de darle una pista que pueda
desvelar nuestros planes.
-Muy bien, lo que tú digas. Todo lo que quiero es publicar una
buena serie... Pero sé prudente, ve con cuidado.
-¿Qué quieres decir?
-Bueno, algunos miembros de esas sectas son gente de cuidado
-dijo Cronin mientras revolvía en uno de los cajones de su escritorio-. ¿Llevas
un revólver?
-¡Espera un poco! -grité-. Ésta es una ciudad grande y tenemos
policía, ¿se te ha olvidado?
Cronin parecía turbado. Ahora no me miraba fijamente.
-Era sólo una idea -murmuró.
Me incliné sobre su escritorio.
-Tú eres un periodista -le dije-. Por tanto, no trabajas ni con
ideas ni con suposiciones, sólo con hechos. ¿Por qué me has dicho lo de llevar
un arma?
-Bien -dijo, moviéndose incómodo en su silla-. Cuando envié a
dos de los muchachos en busca de datos encontraron algunas cosas raras... En el
Centro de la Sabiduría les echaron un gran perro, para que los atacara, cuando
hicieron algunas preguntas. Después de entrevistarse con Peabody, jefe de la
Hermandad Blanca, uno de ellos recibió varias llamadas telefónicas
amenazadoras. Le decía que no volviera a meter sus narices allí. Y cuando
fueron a la Llama Viviente no encontraron a nadie, luego de haber concertado la
cita. Por tanto...
-Por tanto quieres que me proteja -le interrumpí-. ¿No es eso? Y
como fuiste incapaz de sacar adelante los reportajes con la gente de tu equipo
quieres ponerme un fotógrafo y darme un carnet de prensa. Lo que ocurre es que
sólo confías en mí para hacer el trabajo, ¿no es eso, Cronin? Alguien como yo,
al margen de todo, puede lograr lo que unos profesionales no fueron capaces.
¿Qué quieres hacer con el dinero que me ofreces? ¿Mandarme al matadero?
-No, espera un minuto...
-Vale, como quieras -dije-. Soy el hombre que necesitas, porque
yo necesito tu dinero -me dispuse a marcharme llevándome la libreta-. Muy bien,
Cronin. Nos veremos en el depósito de cadáveres.
Cronin abrió la boca para decir algo pero no emitió sonido
alguno. Parecía anonadado. Como alguien que en el zoo asistiese a las piruetas
de los delfines.
Ya a punto de salir, me detuve en la puerta.
-Olvídalo -le dije-. ¿No sabes aceptar una broma? Sólo era un
chiste.
Me marché, riendo para mis adentros. Seguramente lo mío no era
más que una broma. Un chiste algo macabro. La gente no suele ir al matadero por
culpa de un artículo en la prensa, aunque se trate en él de las sectas. Al
menos, no en una ciudad como la nuestra, grande y civilizada.
¿O sí? Cuando ya estaba en mi coche recordé algunas de las cosas
oídas mientras anduve por la Costa. Rumores o algo más que eso. Algunos de los
dirigentes de ciertas sectas eran poderosos hombres de negocios, propietarios
de empresas multimillonarias. Gentes, en suma, a las que no gusta que alguien
se inmiscuya en sus asuntos.
Dejé de reírme para mis adentros. Quizá debiera, efectivamente,
llevar un revólver. Pero eso, a la larga, podría resultarme aún mucho más
peligroso.
Peligro. Ésa era la cuestión; la única. Afrontaba un riesgo a
cambio de un trabajo. ¿O lo hacía por un deseo inconsciente de morir?
Parecía una locura. Acaso debiera dejarlo todo e ir a ver a
Schwarm un día de éstos, para contarle el asunto. Él sabría qué decirme.
Mantuve esa idea como un punto de referencia, de cara al futuro,
y me puse a divagar sobre otros asuntos. Nadie ha inventado el modo de
rejuvenecer una calavera. Hay secretos muy bien guardados. Por supuesto, hay
quien cree en la resurrección de la carne; en que las calaveras vuelven algún
día a lucir su antiguo esplendor humano. Y entonces, ganada ya la vida eterna,
la persona resulta inviolable. Puedes creer eso ciegamente. Puedes esperarlo
con ardor. Pero tus pesadillas vuelven una y otra vez para perturbar tu sueño,
por mucho que intentes arrojarlas lejos de ti. Sigue apareciéndosete la cara
carbonizada que te dice: «Oye, ¿estás preparado para irte a los infiernos?».
Me incliné en el asiento como si tratase de ver, en el espejo
retrovisor, al niño angustiado por sus pesadillas que aún había en mí. «Lo
lamento», dije mientras hacía un giro al volante. Mientras trataba de verme.
Mientras trataba de mirar atrás, a mi pasado.
¿Qué haría?
Nada pensaba al respecto. No tenía más que vagas impresiones,
recuerdos.
Justo en ese momento iba a almorzar. Al fin y al cabo llevaba
conmigo el cuaderno de notas y ya había hecho planes.
Llegué hasta el aparcamiento, al sur de la zona de oficinas y
negocios de la ciudad, y luego me dirigí a pie hasta el restaurante Gong. Me
senté a una mesa y metí en mi cuerpo algo de comer mientras repasaba mis notas,
el material de mi trabajo.
La Hermandad Blanca figuraba en primer término.
«Reverendo Arnos Peabody. Ungido de divinidad. Predijo el fin
del mundo para 1970. Antes, en 1960, había hecho la misma predicción. Unos
doscientos seguidores. Dueño de unos cuantos negocios. Reside en el
tabernáculo, 149, calle Mason. Predica los martes y los jueves a las ocho de la
tarde.»
Era martes. No tenía sentido, pues, seguir echando vistazos a
las notas del cuaderno. Debería dirigirme al encuentro que se iba a dar entre
los seguidores de La Hermandad Blanca y atender a sus oficios de aquella tarde;
quizá viera, además, al propio Peabody y eso me ofreciese la primera historia
que contar a los lectores.
Miré mi reloj: aún no era la una en punto. Salí del Gong y
conduje mi Ford en dirección a la Corte de Justicia. Desde ahí pondúa rumbo al
edificio del FBI y desde allí me dirigiría a la biblioteca pública.
Cuando volví a mirar mi reloj eran ya las siete de la tarde.
Tenía tantas notas en mi libreta que no hubiera necesitado más. Con ellas
podría haber escrito mi artículo, sin necesidad de asistir a los oficios de la
secta.
Peabody, aparentemente, era un sujeto sin mácula. Yo sabía, sin
embargo, cuántas veces había estado casado y cuántas más había sido detenido
bajo la sospecha de participar en el juego ilegal. Conocía, también, cuál había
sido su declaración de impuestos del último año -o, al menos, lo que él había
declarado ganar- y de dónde procedían dichas ganancias. Pero también sabia cuál
era su auténtico negocio y a quiénes había robado.
En la Costa me había topado con muchos de sus seguidores y con
bastantes de sus estafados. Ése era el grupo de gente que en verdad me
interesaba: seguidores, creyentes, iluminados, hambrientos de milagros...
Escapar. Todo el mundo tiene necesidad de escapar en algún
momento. Algunos lo hacen a través de la televisión; otros, merced a una aguja
hipodérmica; los más, mediante las ilusiones religiosas.
Nadie aguanta la realidad por siempre jamás. La realidad ha
quedado reducida a un concepto muy simple, pero inapelable:
«Tome un pellizco de átomo de hidrógeno, añada una pulgarada de
cobalto, y espere sentado.»
Eso es de lo que cree una simple ama de casa, por ejemplo, que
debe escapar. Tanto como de la muerte y de los impuestos; y hay mucho de ambas
cosas en el mundo de nuestros días.
Así, inevitablemente, son muchos los que acaban en las sectas.
Gentes para las que una vida familiar, los deportes, las charlas de su vicario,
no resultan cosas satisfactorias. Lo comprendí mejor cuando me vi entre los
afectos a la Hermandad Blanca.
Allí estaba el ama de casa gorda y compungida, elevada al altar
de los elegidos, de los únicos. El obrero frustrado en su fábrica, apropiándose
del lugar que le correspondía en aquella exaltación de hieratismo, pasando por
encima de las separaciones que en la vida diaria hay entre el jefe y el
empleado. Allí estaba la fea muchacha pintarrajeada y con el pelo sucio,
convertida en novia de la Gloria. Y el hombre de carácter avinagrado cuya
dignidad de otros tiempos había ido perdiéndose a medida que crecía su
impotencia sexual, comprando las mercedes que precisaba en aquel Reino
Comunitario.
Ésa era la gente de Amos Peabody; esos a quienes conducía hasta
el Espíritu Feliz, aparentemente sin salirse un ápice de la legalidad,
protegiendo a sus seguidores con su nombre; una actividad limpia, agradable,
libre de impuestos, que hacia crecer su culto día a día. Allí estaban aquellas
gentes haciendo acopio de importancias, «ardiendo en aras de la verdad que debe
iluminar a los creyentes, repartiéndose el pedazo de pastel que a ellos
destinan los cielos...». Amos Peabody, sin embargo, tomaba su parte en el
pastel aquí y ahora... Y probablemente no hubiera dejado a ningún extraño que
metiese un dedito en esa tarta.
Eran ya las siete y media de la tarde cuando transitaba en
dirección al 149 de la calle Mason. Justo en dirección a ese lugar en donde se
amontonarían las gentes y todo lo que esperaba encontrar; en dirección al gran
edificio, dividido en tres zonas, en el cual se celebraban los encuentros de
los creyentes. En el primer piso estaba el tabernáculo propiamente dicho y el
segundo y tercero albergaban las oficinas y la residencia, respectivamente.
Todo parecía simple y sobrio, sin pretensiones; un efecto deliberadamente
buscado por Peabody. No había letreros ni inscripciones del tipo «usted será
responsable del fin del mundo», ni exhortos en aras de la renuncia a las
posesiones terrenales. Muchos de los creyentes, sin duda alguna, desconocían
todas esas cosas que yo había estado leyendo a lo largo de la tarde en mi
cuaderno de notas. No tenían idea de que el señor Peabody poseía una mansión
con ochenta acres de tierra en las afueras, una mansión con catorce
habitaciones. Sí sabían, sin embargo, que era dueño de dos Cadillacs y un manto
de armiño, pues eran cosas que ellos mismos le habían regalado, por
suscripción; un profeta, al fin y al cabo, debe gozar de algún que otro lujo.
Pero nada sabían, tampoco, de las sumas en metálico y en acciones, enormes
sumas, que Peabody atesoraba. ¿Cómo imaginar eso en un hombre que anunciaba con
tintes dramáticos el inminente fin del mundo?
Esperé frente al edificio hasta que se encendieron sus luces.
Faltaba casi media hora para el comienzo de los oficios pero ya empezaban a
llegar pequeños grupos de fieles por la calle. Unos cuantos viejos y... un
sorprendente número de jóvenes atildados, perfectamente vestidos, de aspecto
conservador y agradable sonrisa, como sacados de algún programa especial para
ejecutivos y de los cursos de secretariado de la YMCA . Se parecían, en suma, a
los fieles episcopalianos, o metodistas, o a los miembros de la Cientología
Cristiana o a los Caballeros de Colón. Si había alguna leve diferencia,
radicaba en una cierta excentricidad, en un apenas perceptible acento marginal,
propio de las sectas.
Eché otro vistazo a mi reloj. Iba llegando el instante de entrar
en acción. Apenas media hora. Y de repente recordé que no había probado bocado
desde el almuerzo.
No me vendría mal, me dije, picar algo, un sándwich en cualquier
antro. Eché a caminar alrededor de la manzana de edificios y al poco pude
comprobar que no me acompañaba la fortuna. Estaba en una zona arrabalera de la
ciudad, en un lugar de alquileres baratos, de edificios con la fachada
desconchada y sucia, edificios con los cristales de las ventanas llenos de
moscas, que albergaban en sus bajos tiendas de muebles de segunda mano,
librerías de ocasión que vendían revistas atrasadas en inglés y en español, un
cine destartalado en el que se exhibía la película Los niños encantados , una
tienda de caramelos, aún abierta, a cuya puerta haraganeaba una pareja de
chicos, vestidos en cuero negro y con el cabello muy largo.
Al soplar el viento revoloteaban por las polvorientas calles
papeles de periódico; un poco más allá, un sucio perro callejero perseguía a un
gato igualmente callejero... Me pareció oler la lluvia y levanté los ojos al
cielo para comprobar que, en efecto, había nubes cargadas de agua que pasaban
lentamente bajo la incipiente luna. Una noche estupenda, me dije... Estupenda
para un montón de cosas... Algunas de ellas, malas...
La única casa de comidas de la manzana tenía cerradas sus
puertas y me metí en un bar. En un vecindario como aquel, las luces de neón de
un bar siempre ponen un contrapunto prometedor, un claro contraste.
Joe's Place, se llamaba el bar. ¿Por qué será que de cada diez
bares nueve llevan el nombre del propietario? ¿Por qué gran parte de nuestro
tiempo la pasamos bajo la advocación de un barman? ¿Por qué los bares poseen
esas características de las aves de rapiña que nos atrapan como si fueran un
escritorio?
Lewis Carroll sabía un montón de cosas acerca del país de las
maravillas y, sin embargo, estoy seguro de que jamás entró en una taberna...
Pero yo no era Lewis Carroll. Yo era Phil Dempster y no vivía precisamente en
el país de las maravillas.
Entré en el bar.
Tras la barra estaba Joe leyendo las páginas de deportes de un
diario. Cuando le pedí un sándwich dijo «ahora mismo» y llamó a su mujer, que
estaba en la trastienda y al poco apareció con lo pedido.
Antes de eso había pedido una cerveza para aligerar la espera.
En tan corto espacio de tiempo me la bebí y, pues estaba sediento, pedí otra.
El sándwich me llegó con lo que Mom, la mujer de Joe, llamaba café. La vieja
dama tenía poca imaginación, desde luego.
Dos sorbos y dejé la taza. Pedí entonces una copa y tuve que
creerme la garantía ofrecida por la etiqueta de la botella.
Eché otro vistazo a mi cuaderno de notas. Todo parecía en orden.
Pensé que quizá no me conviniera llevar encima el cuaderno cuando entrase en el
tabernáculo de la Hermandad Blanca. Quería estar seguro de encontrarme a salvo.
La verdad es que no esperaba tener problemas. Pero eso es algo
que nunca puede asegurarse. No tiene sentido hacer previsiones. O tomar
precauciones mayores, o...
¿Qué me pasaba? ¿Acaso no iba a ir? ¿No necesitaba el dinero
ofrecido por los reportajes? Después de todo, y como decía Cronin, no se
trataba sino de hacer un servicio público. Descubrir a un charlatán, salvar a
la gente de una especie de cirujano que, con el pretexto de una intervención,
podría seccionar el cuello a cualquiera...
Muy bien. De acuerdo... Así pues, no lo haría, no quería ir.
Entonces lo supe. Acababa de perder mis nervios. Y no podría escribir una
palabra más. Tenía miedo hasta de mi propia sombra.
No, no se trataba de mi sombra. Yo tenía miedo de cualquier
cosa, de cualquier minucia. Y Cronin lo sabía. Y también yo lo sabía. Y como
tenía miedo, bebía.
Sí, estaba bebiendo. Las ocho menos cinco y acababa de pedir
otro trago. Dos tragos y dos cervezas en un estómago prácticamente vacío. Lo
justo para darme el valor que necesitaba para cumplir con mi compromiso.
Pero tenía la esperanza de no lograrlo. De que algo me salvara,
evitándome el trance en el último minuto. «Sálvame, sálvame», decía una voz en
mi cabeza. Oía esa voz y trataba de no prestarle atención. Conocía esa voz y
quería olvidarla. Un trago más podría venirme bien para conseguirlo... Pero no
me quedaba más tiempo.
Me dispuse a salir, pagué a Joe y le pregunté si podía guardarme
el cuaderno de notas durante una hora, más o menos.
Entonces se abrió la puerta.
Se abrió la puerta del bar y entró aquella chica.
No parecía propia de un lugar como la taberna de Joe y de Mom.
No parecía vivir en aquel vecindario, ni siquiera en este mundo... Yo sabía
bien a qué mundo pertenecía... Al mundo de mis sueños; a esos sueños que tuve
hacía mucho, mucho tiempo.
Su pelo era cobrizo como una moneda antigua; una de esas monedas
que te metes en un bolsillo para que te dé buena suerte. Era menuda pero de
formas armónicas; sus proporciones apenas te hacían reparar en su corta talla.
Lucía un vestido negro que le contorneaba perfectamente el cuerpo y que
realzaba la delicadeza de su cuello largo.
Cerré por un momento los ojos y sacudí mi cabeza. No era lo que
solía ocurrirme. No había tenido contacto alguno con mujeres desde que volví de
la Costa. Hasta ese momento, y si alguien me hubiese preguntado al respecto,
habría respondido que no pensaba en el asunto.
Pero allí estaba yo. Y allí estaba ella. ¿Por qué? ¿Cómo había
llegado hasta ese lugar, que hacía en ese bar?
No era cosa mía, pero la observé detenidamente tanto cuando
entró al bar como cuando pidió un trago. Bourbon con hielo. El barman no la
conocía, era evidente. Sirvió lo que ella le había pedido y allí estaba yo.
Aguardando hasta que ella reparó en que yo la miraba, la escrutaba, más bien, y
volvió su rostro hacia mi.
Quedé cautivo de sus ojos verdes. No parecía de este mundo.
Seguro que no, ¿por qué iba a serlo? Era la vida real. Y en la vida real
ninguna muchacha de ensueño se te acerca y dice «tú debes ser Phil Dempster.
Siempre he querido conocerte».
Volvió a mirarme. Era el momento de hablar con el barman, cosa
que hice, que comencé a hacer.
Entonces sentí una mano en mi hombro. Miré a mi alrededor y era
ella. De pie y sonriente. Y diciendo:
-Perdóneme, ¿no es usted Philip Dempster? Mire, hace tiempo que
deseo conocerle.
3
Jamás olvidemos nuestra mecha. La mía estaba ya prendida, aunque
no era consciente de ello ni de cuán rápidamente puede progresar la llama. Si
no era consciente de eso, no por ello los acontecimientos iban a dejar de
producirse, siguiendo su curso normal.
Si alguna vez has visto cómo va quemándose una mecha, acaso
puedas comprender el porqué de lo que digo. Te dejas llevar sin reparar en los
peligros, mirando, mirando únicamente a la llama, la breve y roja llama que
devora todo a su paso, que se cimbrea de manera bella, lentamente, mágicamente.
Miras a la llama y parece no haber más vida en derredor tuyo. Llegas a
identificar inconscientemente tu ser con eso, con la llama, en la esperanza de
que siga viva en los rescoldos aun cuando se haya agostado. Hasta que se
produzca la explosión.
En aquellas circunstancias yo tenía poco que decir, o que
razonar. No sabía sino que estaba viviendo un sueño. Un buen sueño; el mejor,
sin duda.
Y aquella ensoñación me dijo:
-Creí haberlo reconocido, pero no estaba segura... Aunque la
verdad es que está usted igual que en la foto de la solapa de su libro.
Entonces lo comprendí todo, y no era un sueño. Nunca más lo
sería.
-Así que leyó mi libro.
-Por supuesto Compramos tres ejemplares para la biblioteca.
-¿Es usted bibliotecaria?
-No, ya no. Lo fui, pero ahora trabajo como secretaria.
Me echó una larga mirada plena de seguridad y añadió:
-Quizá no sea muy correcto haberlo abordado sin presentarme
antes.
-Dejémoslo –dije-.Me parece estupendo que lo haya hecho, pues no
suele ocurrir; la gente no recuerda el nombre de los escritores. Usted ha sido
bibliotecaria y debe saberlo. La gente lee un libro y casi al momento lo
olvida. Preguntas quién escribió ese libro que acaban de leer y son incapaces
de responderte.
-Eso es cierto, señor Dempster...
-¿Qué está bebiendo, señorita...?
-Bourbon.
-Ya lo veo. ¿Y su nombre?
-Diana Rideaux -y deletreó su apellido.
-¿Francesa, eh?
-Mi padre lo era, yo nací en Nueva Orleans.
-¡Maravillosa ciudad! Tengo que volver allí un día de éstos -le
dije-. Siempre he querido escribir un estudio definitivo sobre el vudú... ¿Sabe
usted algo de eso?
-No. La verdad es que he vivido aquí la mayor parte de mi vida.
Me volví hacia Joe.
-Dos bourbons -pedí-. Con hielo.
Joe nos sirvió los tragos. La chica y yo hablamos algo más.
Había caído por aquellos barrios con la intención de visitar a una tía, pero no
se encontraba en casa. Había olvidado coger un abrigo, y como estaba helándose
mientras esperaba el autobús en ina esquina entró en el bar para calentarse con
un trago... No tenía la costumbre de entrar, sin embargo, en cualquier taberna
para echarse un trago, y mucho menos yendo sola; no quería que me hiciese una
impresión equivocada de ella.
Le dije que no se preocupara por eso; que, por el contrario,
tenía de ella la mejor de las impresiones. Lo cual era cierto. Cuanto más la
miraba, más me gustaba. Y cuando se puso a hablar de mi novela, más me gustó.
Entonces volví a echar un vistazo a mi reloj. Eran ya las ocho y
cuarto. Ella se dio cuenta de mi apuro.
-¿Le estoy entreteniendo? -dijo.
-No, no es eso... No podría encontrar otro lugar, ni otro
momento, en que me sintiera mejor.
Lo cual era cierto. Empezaba a sentir que flotaba, probablemente
a causa del alcohol, aunque también, acaso a partes iguales, gracias a su
presencia; su proximidad me hacía sentir en calma, tibio, confortado.
Era en verdad placentero estar allí sentado, bebiendo y
charlando con una hermosa joven que, además, hablaba fundamentalmente sobre
mí... Puede que esto suene en exceso fatuo, pero creo que cualquier hombre se
hubiera sentido como yo me sentía entonces, aunque a más de uno le hubiera
costado reconocerlo.
Pero tenía que cambiar de aires; quizá, dejar para mejor ocasión
un nuevo encuentro con ella, en otra fecha y en otro lugar. Mis obligaciones me
llamaban a los oficios de la secta.
Aunque me dije que total no había perdido más que unos minutos.
Y lo más probable es que los actos tardaran en comenzar. Incluso las ocho y
media podía ser una buena hora... Podríamos, pues, tomar un trago más.
Y lo hicimos. Y la señorita Rideaux sugirió que fuésemos a
cualquiera de los pubs que a esas horas empezaban a abrir sus puertas. Así que,
al poco, nos vimos caminando en busca de uno de ellos.
Volví a mirar mi reloj y eran ya las nueve menos cuarto. Poco
después, en otro local, pedíamos un nuevo trago.
Pero no me sentía molesto ni desasosegado por no haber ido a
cumplir con mis obligaciones profesionales. La Hermandad Blanca celebraría otra
de sus reuniones, una nueva especie de jam-session, el jueves por la noche.
Había tiempo para hacer mi trabajo. El jueves próximo... ¿Por qué iba a irme
ahora, cuando todo me resultaba tan agradable, cuando me hallaba navegando en
un mar de bourbon y de perfume embriagador?
Por primera vez en muchos meses me sentía realmente a gusto, sin
problemas. Todo era perfecto. Hay chicas con las que te gusta hablar y chicas
con las que te gusta beber; el problema radica en saber, a veces, con cuáles de
ellas te sentirás mejor. La solución, en ocasiones, pasa por estar con dos
chicas a la vez, una a la que le guste hablar y otra a la que le guste beber...
Pero eso suele acarrear algunos problemas de relación...
Yo, sin embargo, estaba con una chica que reunía en si las dos
características antes señaladas. Una antigua bibliotecaria, una lectora a la
que le gustaba el trago. Y que, encima, me estimulaba la libido. Si, también
eso... Algo demasiado bueno como para ser cierto.
-Pareces demasiado buena como para ser de verdad. Prométeme que
eres de verdad -le dije comenzando a tutearla.
-¿Cuál es el problema? -me respondió-. ¿He metido la pata en
algo?
-No, por favor...
-Pareces contrariado...
-Perdona. Sólo estaba recordando una cosa...
-Quizá tuvieras algo importante que hacer hoy...
-No, no es tanto el día de hoy en sí como un sueldo -dije.
-¿Un sueldo? ¿Qué quieres decir?
Así que tuve que hablarle de la Hermandad Blanca. Y mientras lo
hacía pedimos otro trago. Y otro más. ¿Cuántos? Pues, al fin y a la postre,
unos ocho; sí, ocho en vez de siete. Pero tampoco podría asegurarlo. Quizá
fuesen mas... En fin. El caso es que yo hablaba y hablaba y ella escuchaba con
enorme atención. Y el caso es que, mientras hablaba, sentía yo el olor profundo
de su perfume, y de su pelo; y que me hundía en sus hermosos ojos verdes como
dos esmeraldas; o, mejor dicho, como el jade; como el cobre y el jade.
Pero, por supuesto, nada de eso, de mis impresiones, le dije. Me
limitaba a hablar, de forma experta y brillante, acerca de las sectas. Total,
con ocho tragos, o los que fueran, tenía la lengua bien suelta. ¿Andaríamos ya
por el décimo trago? Da igual. Le conté absolutamente todo lo que sabía de la
Hermandad Blanca y ella pareció interesada al máximo. También le hablé de los
miembros de las sectas a los que había conocido en la Costa: los del Movimiento
del Yo, los de la Humanidad Unida; de Arthur Bell y de Riker; de Kullgren y de
la organización del Hombre de Lemuria, de Ojai. Hablé de Bell, quien, en apenas
diez años, ganó dos millones y medio con su secta. Y le conté también que el
Movimiento del Yo ingresó aún más dinero.
-Comenzaron a funcionar en los años treinta –seguí diciendo-. Un
hombre llamado Guy Ballard y su esposa eran los líderes. El era un librero de
viejo y escribió un libro titulado Los misterios sin revelar, con el seudónimo
de Godfrey Ray King. ¿Lo conoces?
Ella sacudió su cabeza haciendo un movimiento de negación. No
había más que ver... Era el momento, eso sentí, de acariciar su pelo... Pero
seguí hablando.
-Ballard quiso escalar el monte Shasta un bonito día después de
acudir a la presencia de San Germán, el Gran Maestro. San Germán dio a beber a
Ballard un trago de algo que llamaba «esencia electrónica», con una tableta de
cierta sustancia estupefaciente... De ahí saldría la festividad, para la secta,
del «Día de la vitamina». La mezcla, sin duda, debía tener propiedades mágicas,
porque del bebedor salieron llamaradas blancas que casi tocaban el cielo y que
lo hicieron levitar a través del espacio sideral. El propio San Germán organizó
después una gira por Egipto, Sudamérica, la India y, finalmente, por el Parque
Nacional de Yellowstone, donde decía se hallaban enterradas antiguas ciudades
que fueron esplendorosas gracias a sus muchos tesoros. Decía también que bajo
aquella tierra vivían su eternidad otros Grandes Maestros conocedores de los
más secretos puntos de la tierra y capaces de guiar los destinos del mundo...
Había llegado el momento de revelar al mundo todas esas verdades y Ballard era
el hombre elegido para ello -hice una pausa, apuré mi trago y le ofrecí un
cigarrillo.
-No, gracias... Continúa, me parece muy interesante -dijo ella.
-Sí, aún falta lo mejor... Veras, Ballard volvió adonde vivía y
comenzó a escribir su libro. Un libro, al parecer, dictado por San Germán, y en
cuya redacción Ballard invirtió varios años, aunque no estoy muy seguro de que
los derechos por la venta fueran a parar a él. Ballard, en cualquier caso,
tenía ya sus buenos dineros y vivía estupendamente. Levantó un templo,
naturalmente, que adornó con grandes anillos a imitación de los campos
magnéticos del Cosmos. Allí, de paso, se vendían helados, libros y discos con
lo que llamaba «música de las esferas». Imprimían una revista mensual, además
de otras publicaciones, e impartían cursos especiales. Él mismo, sin delegar en
nadie, daba clases desde las siete de la mañana hasta la noche. Los discípulos
aprendían canto y el secreto color de las vibraciones. Tenían de todo. Incluso
una máquina a la que llamaban «la llama en acción», que valía un par de cientos
de dólares.
-Es fantástico -dijo la señorita Rideaux.
-Sí, realmente lo es –dije-. Aún quedan discos en los que se
estudian las palabras, los colores y las oraciones necesarias para acabar con
el dominio que sobre la tierra ejerce el Demonio, el Ángel caído. San Germán y
los otros Grandes Maestros imponían una disciplina férrea y cuando alguno se
desviaba, igual que el Demonio, era desterrado, se le hacía sentir la amargura
del corazón de los otros fieles. A los fieles, eso sí, se les concedían todos
los dones. Incluso una máquina, para la «precipitación» de sus deseos; una
máquina maravillosa que les daba cuanto necesitaban... Pero tenían los adeptos
más beneficios. Ballard pronosticó la destrucción del sur de California en
1936, pero todos los adeptos de la secta se salvarían, gracias a la intercesión
de San Germán, en el último minuto. ¿Que Hitler enviaba tres submarinos con la
intención de destruir el Canal de Panamá? El Gran Maestro lo evitaba. ¿Que
prometía riqueza e inmortalidad? Pues los fieles soltaban los cuartos con que
mantener el tinglado.
-¿Pero cómo pudo Ballard embaucar así a la gente? -preguntó
ella.
-Pues no creas que lo hizo acudiendo a presiones especiales...
La secta pronto se extendió por otras ciudades. Y cuando tuvo unos trescientos
mil seguidores crecieron en proporción los ingresos, sin que Ballard o su
esposa pudieran ser acusados jamás de fraude. Una auditoría encargada por las
autoridades, hace ya muchos años, arrojó unos fondos cercanos a los tres
millones de dólares.
-¡Tres millones de dólares!
-Sí, ya ves; sólo a base de vender su «esencia electrónica»
-dije-. ¿Quieres otro trago?
Ella dijo que no. Parecía haber bebido lo suficiente, pero yo
necesitaba más. Cuando hablo mucho, y bebo al mismo tiempo, mis ideas son más
claras, aunque en ocasiones me patinen las palabras. Eso sí, la visión se me
nubla.
Así las cosas, ella se me aparecía como una hermosa pieza de
cobre, valiosísima. Acaso no muy brillante, pero sólida... Dije para mis
adentros que quizá necesitase ponerme gafas, aunque también me dije que quizá
era mejor no ver todo lo que ofrecen los cristales graduados... Y me reí.
-Señor Dempster -dijo ella con cierta sorna-, ¿le ocurre algo?
-No, nada... A lo mejor es que he bebido demasiada «esencia
electrónica»... ¿Puedo llevarte a casa?
Ella se levantó y yo intenté hacerlo. Sí puedo afirmar que ella
agitaba su cabeza en sentido negativo, con burla.
-No creo que puedas. Pero si tienes el coche fuera, yo sí puedo
llevarte a tu casa -me dijo.
-Lo siento. Creí que podría aguantar mejor, pero he comenzado a
beber a destiempo. Mejor será que salgamos -dije levantándome.
-¿Puedes caminar sin problemas? preguntó ella sujetándome por un
brazo.
-Por supuesto que sí -y de veras pude hacerlo; caminé por mis
propios poderes por una calle transitada por algunas gentes que, sin embargo,
no parecían reparar en nosotros. Ella iba delante y yo, muy cerca, seguía su
estela cobriza.
Ya en el coche pude cerrar los ojos. Le dije dónde vivía y ella
empezó a conducir. Quizá eché una cabezada, incluso, porque cuando me pareció
despertar, muy poco tiempo después, estábamos frente a los apartamentos donde
yo vivía y ella abría la puerta del coche.
-¿Puedes dejarlo aquí toda la noche?
-Sí, tengo tarjeta de aparcamiento -dije.
-Bueno, entonces seguiré mi camino -dijo ella, sonriendo; o creo
yo que lo hizo-. Y gracias por tan estupenda velada.
¡Una velada infernal, caramba! ¡Qué raras son estas nuevas
generaciones!, dije para mis adentros. ¡Chicas a las que no importa llevar a un
tipo borracho hasta su casa, con la misma naturalidad que demostrarían al
llevarlo a la suya propia...! Ella me había tenido que llevar hasta mi casa.
¡Menudo papelón! Phil Dempster encuentra a la chica de sus sueños y se
emborracha a tales extremos que ella tiene que llevarlo a donde vive...
-¡Oye! -dije entonces-. ¿Adónde vas?
-A mi casa, naturalmente. Vivo en Fairhope pero no te preocupes.
En aquella esquina hay una parada de autobús.
-Perdona -me disculpé-, soy un imbécil...
-No te preocupes, he disfrutado mucho.
-Pero yo no... La próxima vez, te prometo que...
Pero no supe qué más decir. Así que añadí:
-¿Puedo llamarte por teléfono?
-Claro que sí, mi número viene en la guía.
-Pues si estás en casa mañana por la noche, te llamaré.
-Me encantará que lo hagas... Buenas noches -se detuvo un
instante-. ¿Crees que podrás subir las escaleras tú solo?
-Sí, por supuesto. Estoy bien. Yo...
Pero ya se iba... Escuché el taconeo de sus zapatos alejándose y
luego, ya en casa, me asomé a la ventana por si la veía desde allí. Pero todo
estaba a oscuras. Todo estaba a oscuras y yo, al poco, me tiraba en la cama. No
me sentía muy bien, que se diga. Estaba mal y había cometido un error
imperdonable. Había sido un error beber y beber de aquella manera como si
tratara de olvidar un mal sueño. Dejando pasar a mi lado algo real, algo para
lo que no estaba preparado. Me dediqué a beber y la dejé ir.
¿Y por qué tuve que contarle tantas historias a propósito de las
sectas en vez de cortejarla? ¿Por qué no le pregunté cosas a propósito de sí
misma, de lo que hacía? Me había comportado siguiendo el tópico del escritor
borracho; esto es, la clase de tipo al que ella no querría volver a ver, del
que escaparía como de la peste.
Nada me había hablado de ella. Era secretaria, sí. ¿Pero de qué
y de quién? ¿Dónde trabajaba? Vivía en Fairhope, me dijo. ¿Pero cuál era su
dirección? Es probable que compartiera su vida con alguien y tampoco sabía eso.
Y luego no me dio su número de teléfono. ¿O sí lo hizo? No, no
lo había hecho. Se limitó a decirme que venía en la guía. Y seguro que fue una
treta para irse cuanto antes.
¿Por qué no insistí más para que me diera su número? ¿Por qué no
lo hice para anotarlo en mi cuaderno de notas? ¡El cuaderno de notas!
Busqué en los bolsillos de mi gabardina. Nada. Miré en el sofá y
en la cama. Miré en el suelo... Y entonces lo recordé todo.
Había dejado el cuaderno de notas en el bar, o en el pub.
No. Lo había dejado en el bar de Joe. ¿Y si después de los
oficios entraba allí algún afecto a la Hermandad Blanca y encontraba el dichoso
cuaderno?
Tenía que recuperarlo como fuese. Pero ella se había ido. Cinco
minutos antes oí tronar el paso de un autobús. Nadie podía conducir y llevarme.
Era tarde. Tenía que tomar un taxi pero, ya en la calle, no divisé ninguno...
Subir otra vez las escaleras y llamar por teléfono a uno... Pero no, tardaría
en llegar media hora, o más... Cuanto antes tuviera el cuaderno en mis manos,
mucho mejor. Tenía, pues, que conducir yo mismo... No me encontraba mal del
todo.
Por un instante, la mecha parece arder lentamente y de pronto
todo se incendia...
Me sentía como si navegase por el mar a punto de dar paso a un
gran incendio. El coche empezó a caminar, acelerando y frenándose, acelerando y
frenándose... Como un gato en la noche solitaria... Un gato con ojos verdes y
el pelo cobrizo. El dios gato de Bubastis. Un concepto antiguo del culto
egipcio, de su panteón. ¿Podría entenderlo algún seguidor de Aleister Crowley?
Crowley fue un seguidor del Demonio. La Gran Bestia 666, sc hizo llamar a sí
mismo. Y mucha gente le creyó. Todo el mundo necesita creer, y tener visiones,
y escuchar voces...
A mí me ocurrían esas cosas al soñar. Y ahora mis ojos parecían
incapaces de ver. Es difícil conducir con los ojos cerrados.
Así y todo, conduje por la Avenida Fuller mientras una voz me
decía desde muy adentro: «No puedes hacerlo, Phil, no puedes hacerlo. Detente,
para, para... ¿Por qué no te detienes?».
Era mi propia voz y no quería escucharla. No quería pararme.
Tenía que hacer lo que iba a hacer. Aunque a veces no sepa muy bien lo que debo
hacer. Ni lo que voy a hacer.
Algo falla en mí. A veces cometo errores lamentables. Si Schwarm
estuviera conmigo, podría señalármelos. Él me aconsejaría sobre cómo proceder.
Me haría volver a casa. Y yo volvería a casa. O me haría aparcar y seguir a
pie. Qué se yo...
Al final lo hice. Paré y seguí a pie. No quería matar a nadie en
un posible accidente. O matarme a mí mismo.
Ya casi ni reconocía mis rasgos en el espejo retrovisor... A
pesar del frío, no llevaba abotonada la gabardina. En cierto modo, esperaba que
lloviera y que el agua me empapase, para despejarme. Pero me sentía
aterrorizado.
No quería matar a nadie. Ni herir a nadie. Y no quería morir. Y
no quería ver morir a nadie. Eso era lo más importante: no ver morir a nadie.
Caminaba, casi con los ojos cerrados. Y con la mente también
cerrada. Sólo caminaba. Y, al cabo de un rato, más que caminar corría. Corría
velozmente.
Corría hacia la oscuridad porque, a despecho de la noche, todo
parecía claro y subrepticio; demasiado claro, subrepticio y luminoso. Podía
verlo muy bien.
Y de pronto me vi ante las puertas del bar de Joe, que estaba
cerrado. Cerrado.
Y de pronto me volví a ver caminando hacia cualquier parte con
los ojos cerrados, rogando por un momento de paz antes de volver a abrirlos,
tratando de que mis sentidos me dijesen qué olía ahora, qué cosa escuchaba.
La mecha va consumiéndose lentamente, hasta el final..
Pero no se produjo estallido alguno. Era no más que un leve
rumor que se metía por mis oídos y trataba de paralizar mis piernas. Estaba
detrás de mí. Y caminé más rápido. Corrí hacia la próxima esquina.
Pero algo de color rojo había en la esquina. Abrí mis ojos
desmesuradamente para tratar de saber qué era. Algo rojo, brillante; una luz
que reflejaba lo que iba tras de mis pasos.
Fui hacia ese algo, con decisión extraña. Mi mano lo atrapó,
sintiendo al tiempo dolor y calor. Mi mano lo movió y escuché un sonido.
Entonces el sonido se convirtió en un gruñido y el gruñido,
después, en un autéiitico aullido. Quise escapar de allí, atravesar esa
materia, pero no pude. Pasó un minuto, quizá; o cinco; o diez.
Al cabo, noté que alguien me atendía, que me agitaba como para
hacerme recuperar la consciencia. Yo estaba sobrio, despierto ya. ¿Pero cómo
puede un hombre despertar templado de una auténtica pesadilla?
No lo sé.
Todo lo que puedo decir es que me encontraron de pie, en la
esquina, cerca de la bomba de agua contra incendios, mientras a mis espaldas
las llamas consumían el tabernáculo de la Hermandad Blanca.
4
Comenzaba a despuntar el nuevo día. Pude ver las primeras luces
a través de la ventana que tenía aquella pequeña oficina.
El capitán Dalton puso frente a mi una taza de café. Bebí un
largo trago, saboreándolo bien. Tenía un cierto toque amargo, como la ceniza.
Pero es que todo me sabia a ceniza, todo me olía a humo.
-Muy bien, señor Dempster -dijo el capitán-, vamos a hacer el
atestado.
-Pero ya dije todo lo que sé al detective Henderson.
-Ya, pero esto es para elaborar un informe oficial.
Estaba frente a mí, de pie, con su cabeza de cabellos blancos y
cortos alzándose una y otra vez para echar el humo de su pipa.
Me gustaría saber qué es lo que lleva a un hombre a hacer un
trabajo semejante: estar allí, a las cinco de la madrugada, dispuesto a oír una
declaración. Me gustaría saber, igualmente, por qué demonios la cabeza de un
comisario debe estar siempre envuelta en el humo de una pipa... Me gustaría
saber -me hubiera gustado saber entonces- un montón de cosas más.
-Trate de recordar los detalles concretos, por favor. Esto es
serio.
Yo estaba anonadado. Era un asunto serio, de acuerdo... Serio
como el infierno. El rojo infierno de un holocausto, paredes cayendo
convertidas en brasas, alarmas sonando en las calles tomadas por el humo. Y más
cosas: encontraron el cuerpo calcinado de Peabody en una habitación, junto con
los de tres personas más, todas ellas miembros de la Hermandad Blanca. Murieron
mientras dormían allí aquella noche. Había ardido, pasto de las llamas, el
edificio entero. Ardido hasta su total destrucción. Había ardido hasta el
sótano... ¿Cómo puede incendiarse también un sótano? Sí, ciertamente se trataba
de un caso serio, lo sabía. Y sabía igualmeute que me habían llevado hasta allí
para intentar dar con las claves del suceso. Pero yo ya había hablado con el
detective, primero, y con el jefe de los bomberos después... Si el comisario
pretendía interrogarme ahora, es que me había convertido en sospechoso, el
sospechoso número uno.
-Bien, ¿podemos comenzar? -dije.
-Sí, empecemos hablando de la pasada noche. Quiero un informe
detallado.
Empecé por lo que es común: quién era yo, a qué me dedicaba, qué
hacia en el lugar de los hechos, etcétera. Hablé de Ed Cronin y de los
reportajes encargados por él. Hablé de las copas que me tomé en el bar de Joe.
Hablé de mi encuentro con Diana Rideaux y de cómo concluyó la velada. Conté que
ella me llevó a casa, conduciendo mi propio coche, porque yo estaba borracho.
Conté lo de mi búsqueda del cuaderno de notas...
Eso fue todo. Digamos que conté lo concerniente a mis acciones
puramente físicas de la noche pasada. No hice mención alguna, por supuesto, de
los efectos que me provocó el alcohol. Nada dije de cómo anduve por las calles
con los ojos cerrados, ni por dónde anduve. Tampoco podía recordar con
exactitud, eso es lo cierto... Y no es menos cierto que yo no quería recordar.
Y no podía decir algunas cosas, naturalmente...
Lo que dije era todo lo que tenía que decir: que volví al bar,
que lo encontré cerrado, que antes de ver las llamas olí a humo y que me dirigí
a la bomba contra incendios para pulsar la alarma.
¿Eso era todo?
Cuando terminé de hablar, el capitán Dalton me miró fijamente.
-¿Eso es todo? -dijo.
-Eso es todo -respondí.
Echó un vistazo a unos papeles que tenía consigo.
-Hay un par de cosas más en las que probablemente pueda
ayudarnos también -dijo-. De acuerdo con lo que Henderson ha escrito en su
informe, usted no condujo durante todo el trayecto hasta el bar. Usted aparcó
su coche en la Avenida Fuller, a la altura del número trescientos. ¿Por qué?
-Ya se lo dije. Llevaba encima algún trago y pense que tomar el
aire podría sentarme bien.
Pareció contrariado.
-Así que volvió hasta el bar y lo encontró cerrado...
Nada respondí entonces.
-¿Acaso creía que el bar abría durante toda la noche y cerraba
por la mañana? -dijo.
No respondí.
-Ya veo -el capitán Dalton apuntaba a sus papeles con la pipa-.
¿Está seguro de no olvidarse algún detalle?
-Por supuesto. ¿Qué más iba a hacer allí?
-Eso es lo que trato de preguntarle.
Dalton volvió a ponerse de pie. Era un hombre de corta talla,
pero por momentos se me iba haciendo enorme.
-Porque usted fue en su coche, eso es evidente. Y el coche
apareció en dirección contraria a donde se encontraba el tabernáculo de la
Hermandad Blanca, ¿no es así? Y nosotros lo encontramos a usted en la esquina
contraria.
-Había visto las llamas -dije-; había olido el humo.
-¿A qué hora fue eso? -preguntó acercándose más a mí.
-No se me ocurrió mirar el reloj; ya le he dicho que estaba un
poco bebido, ya sabe...
-No, no sé lo que es eso... ¿Podría asegurar que pulsó la alarma
de la bomba contra incendios inmediatamente?
-Sí, por supuesto. ¿Qué otra cosa podía hacer?
No me respondió. Al menos directamente. Pareció hablar con la
pared.
-Si usted pulsó la alarma inmediatamente, eso quiere decir que
alguien está medio tuerto o ciego...
-¿Qué quiere decir?
-La alarma sonó exactamente a la una y cuarto de la madrugada,
todo un récord. Usted dice que se dirigió desde la puerta de la taberna a la
bomba contra incendios porque comenzó a oler el humo y vio algunas llamas, ¿es
así?
-Sí.
-¿Cuánto cree usted que tardó en dirigirse desde la puerta del
bar a la bomba contra incendios?
-No sé, tres minutos... A lo mejor menos...
De nuevo me miró fijamente.
-Tres minutos, quizá menos...
Ahora, de súbito, el humo de su pipa pareció cegar mis ojos.
-Así que -prosiguió- de acuerdo con su declaración, usted llegó
a las puertas del bar sobre la una y diez. Uno o dos minutos después usted vio
las llamas en el edificio. Llamas que salían, según usted, del piso alto, por
la ventana.
-Así es.
El capitán Dalton abrió entonces ulla puerta para llamar a
alguien.
-Shelby, ¿puedes venir un minuto?
El capitán volvió, seguido de un hombre tocado con gorra de
taxista y abrigado con una cazadora de cuero.
-¿Es usted el señor Shelby? -preguntó Dalton.
-Sí, yo soy Vick Shelby.
-Me llamo Dalton, soy el comisario... Ya he leído su
declaración.
El taxista descansaba alternativamente su peso, una vez sobre la
pierna derecha, otra sobre la izquierda.
-¿Qué pasa? -preguntó-. Ya he dicho todo lo que sé. Mire, tengo
que largarme de aquí cuanto antes, porque yo vivo del taxi, ¿sabe? No puedo
perder el tiempo.
-No pasa nada, no se preocupe, todo está en orden... Podrá irse
en un par de minutos. Pero, primero, quiero escuchar yo mismo lo que ya ha
declarado. Veamos. Dice usted que bajó por la calle Mason a la una y diez
minutos, ¿no es eso?
-Sí, correcto. Venía de Claybourne cuando iban a ser las menos
diez. Entonces escuché por la emisora que pedían un coche en el aeropuerto a la
una y media. Tomé el servicio y me dirigí adonde me llamaban, tomando la calle
Mason, ya lo he dicho.
-Pero, veamos, veamos... Claybourne está a una milla, al norte
del edificio de la Hermandad Blanca, ¿no es cierto?
-A unas catorce manzanas, contando el edificio de la YMCA.
-Y pasó por el templo, entonces, a la una y diez o a la una y
once minutos...
-Uff...
-¿No vio las llamas cuando pasó por allí?
-No.
-¿Ni olió a humo?
-No.
Vick Shelby seguía pasando su cuerpo de un pie a otro.
-Ya lo dije antes, no vi nada de eso. Si lo hubiera hecho, me
habría bajado del coche para pulsar la alarma de la bomba contra incendios.
¿Qué quiere? ¿Que le diga que yo soy el culpable del incendio?
-Por supuesto que no -el capitán Dalton se mostraba paciente y
amable, incluso cuando apuntó al taxista con su pipa-. Una cosa más, por
favor... Mientras conducía, ¿no vio a nadie en la calle, en la acera, caminando
o corriendo?
-No, nadie, ni un alma -dijo el taxista, cada vez más incómodo-.
No había nadie en la calle.
-¿No vio a un hombre frente a la bomba contra incendios de la
esquina?
-Ya le he dicho que no.
Dalton, entonces, me apuntó con su pipa.
-¿Está seguro de que no vio a este hombre?
-Jamás. Nunca en mi vida lo había visto antes.
-Muy bien, señor Shelby. Puede irse y gracias por todo. Si lo
necesitamos de nuevo volveremos a llamarle.
-Vale.
Y se fue. Abrió la puerta el taxista y salió ligero y libre como
el aire. Yo, sin embargo, seguía allí envuelto en el humo de la pipa del
comisario.
-¿Tampoco usted vio ese taxi?
-Por supuesto que no. Ya lo hubiera dicho, como les he dicho
todo lo que sé.
-¿De veras?
Dalton volvió a sentarse.
-Usted ha dicho que llegó a las puertas del bar a la una y diez
o un poco después. Como usted anduvo calle Mason abajo y cruzó, debió ver las
llamas a la una y doce minutos, o a la una y trece. Pero el taxista afirma no
haber visto nada de eso. Y dice que tampoco lo vio a usted...
-Lo siento, no puedo ayudarle en esto -dije-. Quizá no pudo
verme a causa de la oscuridad. A lo mejor se produjo una explosión y las llamas
comenzaron a brotar de golpe en un segundo. La verdad es que no esperé ni un
segundo para ir hasta la alarma.
-¿Está seguro, señor Dempster?
-¡Claro que estoy seguro! ¿Usted cree que me quedé contemplando
el incendio?
Noté que mi voz adoptaba entonces un acento callejero, como el
del taxista.
-Yo no creo nada -dijo Dalton-. Ni he dicho en momento alguno lo
que pienso acerca de los orígenes del incendio. Por lo que sabemos, pudo
producirse espontáneamente. Pero nuestro trabajo consiste en averiguar si eso
es así o si hubo otras causas, ¿comprende? Sobre todo porque el edificio tenía
hecho un seguro contra incendios.
-Mire -dije ya un poco harto-, he contado todo lo que sé de este
asunto. Y le he contado las circunstancias por las que me encontraba allí, y el
estado en que me hallaba... A veces un hombre no puede recordarlo todo. Quizá
estuve antes por allí. No sé. Lo que sí es cierto es que vi las llamas y corrí
hacia la alarma de la bomba contra incendios. ¿Acaso es un crimen pulsar esa
alarma cuando se produce un incendio? ¿Es un crimen aparcar el coche y dar un
paseo? Esto no tiene sentido.
-No tiene sentido, ciertamente -dijo Dalton-. Resulta que usted
iba a ir allí, para presenciar un encuentro de la secta, y luego no va...
Resulta que se encuentra con una chica extraña y pasa un rato agradable con
ella, pero no sabe dónde vive, sólo su nombre... Resulta que ella lo lleva a
casa, pero luego usted vuelve a conducir porque se ha olvidado un cuaderno de
notas. Resulta que después decide aparcar el coche y dar un paseo, para
airearse un poco... Dice que todo eso ocurrió antes de que se produjera el
incendio, ¿pero por qué no pudo ser al revés? Puede ser cosa de minutos, ¿no?
¿No pudo usted aparecer por el lugar de los hechos a las doce y media en vez de
a la una y diez?
-¿Por qué? -cada vez me sentía más enojado con Dalton-. Usted
quiere hacer que cambie mi declaración. ¿Por qué motivo? Todo crimen tiene un
motivo, ¿no es eso?
Dalton golpeó con su pipa el escritorio y negó con la cabeza.
-Esto es lo más extraño de todo el asunto, y de mi trabajo -su
voz era suave, parecía reflexionar-. Puede haber muchos motivos, ciertamente.
El seguro, uno de ellos. También la venganza. Por ejemplo, alguien que pega
fuego al edificio porque se ha cabreado con el jefe. Lo vemos a diario...
Cuentan, también, los celos. Y en no pocas ocasiones el incendio no trata más
que de encubrir un crimen... Montones de motivos. Pero, digámoslo así, estas
cosas son racionales, en cierto modo lógicas, las podemos comprender... Tenemos
lo otro, lo más irracional. Los casos en los que no hay un motivo aparente, los
casos que no tienen sentido lógico. Esos casos en los que alguien pega fuego a
una casa porque sí, sin más, porque ha oído una voz que le dice que prenda
fuego; o porque quiere ver crecer las llamas, o porque quiere ver actuar a los
bomberos; o también porque quiere meterse entre las llamas que ha provocado,
para salvar a cualquiera y convertirse así en héroe... A veces nos hemos
encontrado con pirómanos que no eran conscientes de lo que acababan de hacer...
-Todo esto me parece una locura -dije.
-Sí, es que se trata de eso, de una locura.
Dalton volvió a encender su pipa.
-Todo esto tiene un nombre -añadió-. Se trata de la piromanía,
así lo llaman...
-Pues en esto no puedo serle útil -susurré y la verdad es que
comenzaba a sentir miedo-. Usted ha dicho que no sabe, a ciencia cierta, si
alguien provocó ese incendio... Puede que tenga un crimen, pero sin criminal...
Y debo decirle que, si quiere inculparme, tengo derecho a llamar a un
abogado... Le aseguro que he dicho toda la verdad. Puede comprobarlo llamando a
Ed Cronin, buscando a la chica con la que estuve bebiendo...
Entonces se abrió la puerta y apareció un agente.
-Aquí está la chica -dijo.
Dalton felicitó al agente.
-Muy bien. Y usted quédese aquí hasta que vuelva –dijo
volviéndose a mí-. No le quites ojo, Scotty -añadió dirigiéndose ahora al
agente.
La escenografía pareció ponerse en negro.
Allí estaba yo, como rodeado por la nada, por una oscuridad
creciente y hermosa; como el fuego, casi.
Entonces cerré los ojos. Piromanía. A veces caes en ella sin que
lo sepas. ¿Durante cuánto tiempo anduve y hacia dónde me dirigí? Fuego. El
fuego que abrasa las máscaras.
¿Qué estaría pasando fuera de donde yo me encontraba? ¿Qué
preguntas harían a Diana Rideaux? ¿Qué contestaría ella?
No sé decir si Dalton estuvo fuera cinco minutos o cinco horas.
El sol que entraba por la ventana hería entonces mis ojos, cuando volvió él.
-De acuerdo, Dempster, puede marcharse -dijo-. Puede irse a
casa. Pero no salga de la ciudad, al menos sin avisarnos, por si necesitamos
otra vez de sus servicios.
Me levanté como atontado.
-¿Dónde está la señorita Rideaux? -pregunté.
-Se acaba de ir... Pero todo está en orden, no se preocupe. Su
historia coincide con lo que nos ha contado usted. De acuerdo con lo que nos ha
dicho, no se despidieron hasta la una en punto. Salga, que aún puede
encontrarla.
Yo tenía algún problema para mantenerme en pie. Se me habían
dormido las piernas y los pies.
-¿Se encuentra bien? -me preguntó el capitán Dalton.
-Sí, muy bien -respondí.
-Mire -añadió-, debo decirle algo. Sea prudente con sus
investigaciones periodísticas... Sé de algún que otro caso muy poco agradable,
por así decirlo... No hay nada más peligroso que un pirómano.
-Lo comprendo, gracias.
Comencé a caminar hacia la puerta y el comisario me puso una
mano en el hombro.
-Salga mejor por la puerta de atrás. En la principal hay un
montón de reporteros.
Le volví a dar las gracias.
-Uno de nuestros hombres le llevará a casa –dijo Dalton-, le
será más cómodo -hurgó en uno de sus bolsillos y sacó un paquete de tabaco-.
¿Un cigarrillo?
-No, gracias. Por hoy ya he tenido bastante humo.
5
Quería dormir, es verdad, pero al tiempo eran muchas las cosas
que tenía que hacer. Lo primero, tomar un taxi y dirigirme al bar de Joe.
Estaba abierto y Joe andaba por allí.
Se trataba de mi cuaderno de notas.
-Me acordé cuando me puse a lavar los vasos, después de que
ustedes salieran -dijo Joe-. Pero ya no podía avisarle.
-Gracias -le dije.
-Estuvo por aquí un detect*e preguntándome cosas sobre el
cuaderno. Le echó un vistazo, aunque yo no se lo quería dar, pero no tuve más
remedio... ¿Tiene algo que ver con el incendio?
-¿No ha leído usted nada?
Joe habló de lo muy duro que se hace atender un bar.
-¿De dónde va a sacar uno tiempo para leer en un negocio como
éste? Además, no era cosa mía...
Me pareció aceptable su respuesta. A esas horas de la mañana, el
bar estaba hasta arriba, parecía un negocio floreciente. Igual estaba la calle.
Con mucho tráfico, con mucha gente; espectadores morbosos, curiosos
arracimándose ante el edificio siniestrado... A la gente le gusta mucho el
fuego. ¿Por qué?
-Usted perdone -dijo loe-, pero, ¿tuvo algo que ver con el
incendio?
-¡Claro! -dije un poco en broma-. Yo estaba allí.
-¡Ah! -exclamó él.
-Gracias por haberme guardado el cuaderno –dije-. Oiga, ¿nadie
que usted conozca se percató del incendio?
-Yo no lo sé... ¿No lo vio usted?
-Estaba en casa -dije.
-¡Chico! Fue impresionante. ¡Llamas de más de cinco metros
levantándose hasta el cielo! Mi mujer y yo lo vimos desde la ventana. ¡Qué
espectaculo!
Me entraron unas ganas repentinas de abandonar el bar.
-¿Ha oído usted hablar de Peabody, eh? -preguntó Joe-. Pues
apareció muerto junto a tres chicos más... ¡Qué forma tan terrible de morir!
No era lo que yo quería oír. Tenía que cambiar de conversación,
aunque eso me hiciera seguir allí, en la barra del bar.
-¿Conocía usted a Peabody? -le pregunté.
-¿A ése? ¡No! Jamás entró aquí, ni siquiera para tomarse una
cerveza. Ninguno de los suyos venía por este bar... Eran fanáticos, ya sabe a
lo que me refiero. Gentes que daban todo su dinero al Gran Hermano, un gran
ladrón... ¿Cómo puede la gente volverse tan loca?
Me encogí de hombros. De veras yo tampoco sabía cómo puede la
gente volverse tan loca. Ayer mismo creí haberme vuelto loco. Pero estaba
resuelto a que no me pasara más. Ninguna otra vez. Tampoco estaba muy seguro de
lo que significa la locura. ¿Quiere decir que a uno le gusta provocar un
incendio? ¿Quiere decir que a uno le asustan las llamas? ¡Cualquiera sabe! Si
es así, ¡todo el mundo, en uno u otro caso, está loco!
-Perdone -dije-, me tengo que marchar. Tengo el coche aparcado
un poco lejos de aquí.
Él abrió la boca como para decir algo más, pero yo abría en ese
mismo instante la puerta del bar para salir. De nuevo tomé un camino
equivocado.
Quería ver eso otra vez antes de irme a casa.
Parte de la calle aún estaba cortada y permanecían en el lugar
de los hechos muchos coches de bomberos.
En las aceras y en las esquinas se amontonaban los coches
aparcados. Había también infinidad de curiosos, a los que algunos bomberos
instaban a despejar la zona. Pero la multitud prestaba oídos sordos; la gente
hablaba entre sí, especulando con las causas de la tragedia.
Había, en el fondo, un ambiente de fiesta... Yo no es que
estuviera precisamente para fiestas, pero también sentí una suerte de
excitación, de ganas de reír, incluso. Por lo demás, ésos con quienes me
cruzaba sonreían abiertamente.
También yo estuve a punto de sonreír, pero no lo hice. Aún
echaban humo los restos del tabernáculo. Había caído la fachada y del tejado no
quedaba rastro, naturalmente. Sólo en una de las alas del edificio, aún sin
derruir, había ventanas que parecían ojos ciegos. Y una puerta que semejaba una
boca quemada expeliendo cenizas. Las vigas achicharradas y lacias, pastosas de
tizón negro, parecían el cabello grasiento de un delincuente juvenil. Había
también papeles quemados, y sillas... Y mesas, mucho mobiliario total o
parcialmente arruinado, junto a los restos de lo que fuera el tejado. Tantas
cosas había por mirar que acabé olvidándome de que era la hora del almuerzo. En
el fondo, el edificio siniestrado parecía un animal de vida extraña que
conviviese, en perfecta simbiosis, con los animales urbanos que por allí
hormigueaban: arañas y gusanos. Y pequeños ejércitos de ratas que hubieran
tomado no sólo los restos del edificio sino las calles adyacentes. Animales que
también pueden acabar sus días carbonizados, como los humanos. Y una vez
arrasados por el fuego, parecerse ambas especies.
Los bomberos pisoteaban las ruinas y uno de ellos, desde la
esquina en donde estaba la bomba contra incendios, tiraba aún de la manguera.
Allí. En aquel lugar en donde habían nacido las llamas para que
unos hombres muriesen.
Y las gentes que por allí había parecían conscientes de esa
alternancia entre la vida y la muerte. Lo vi en sus rostros. Podía leerse lo
que sentían, lo que pensaban, incluso lo más secreto de sus anhelos. La Gran
Bestia que mora ansiosa de su dieta cotidiana de violencia. La que siempre ha
vivido en el hombre desde la noche de los tiempos, a través de los siglos.
Aquellas caras parecían reflejar en sí el incendio de Roma. Las
caras de quienes contemplaban con entusiasmo el martirio de los cristianos; o
las que miraban con deleite las piras inquisitoriales de Torquemada. En los
ojos de aquella gente pude leer la avaricia, la violencia, su gusto por los
linchamientos y el ardiente deseo de quemar. Era la multitud. Y para todas las
multitudes el sufrimiento ajeno es siempre un espectáculo delicioso.
Sin embargo, a buen seguro que en pequeños grupos hablaban con
tono compungido de la tragedia. Siempre lo hace así la gente, como las viejas
en los funerales. Pero las viejas acuden a los funerales casi a diario y sólo
de vez en vez la masa puede darse el gusto de presenciar un espectáculo
devastador con el alegre contento del horror, tal y como lo describió
Shakespeare.
Dadnos, Señor, un día como éste para alimentar nuestro pánico.
¿Una blasfemia? Quizá... Pero a mi alrededor no había sino blasfemia. Pude
sentir cuáles eran los pensamientos, los más ocultos deseos de quienes por allí
andaban.
«Esto no alegra mi ánimo», pensé: «aunque probablemente me
gustaría participar de este sentimiento común. Y dar inicio a un fuego. Y
quemar parte de la ciudad... En el fondo, ser tan perverso como todos los
vecinos que se han echado a la calle para ver los restos del horror...»
Ha pasado en todas las épocas, en todo el mundo. Las masas
quemaron la Biblioteca de Alejandría; y Roma; y París; y Londres..., y Atlanta.
Chicago y San Francisco también sucumbieron en su día bajo las llamas. Y
siempre las masas tuvieron mucho que ver en esos incendios. La masa saborea el
olor del humo como si de incienso se tratase. ¿Acaso no lo adoran y le hacen
ofrendas como a un dios de la muerte? Tienen que estar allí y solazarse en la
contemplación de las llamas que unas veces son de color naranja, otras de color
rosa, otras azules y blancas... Y ese sentimiento orgásmico de la gente cuando
ve derrumbarse un techo, y unas paredes. ¡Oooh! ¡Aaah! Echan raíces las gentes
ante el fuego y simulan un sentimiento de piedad y simpatía ante el voluntario
que acaba con las piernas carbonizadas. Pero en el fondo no hay piedad para
quienes pierden en un incendio sus pertenencias, sea un banquero o un tendero.
Ni hay piedad para quienes perecen entre las llamas. Sólo un mar de ojos
abiertos, expectantes: la masa adora a su dios del fuego.
Lo sé. Lo sé bien... La gente siempre dice esto: «Me asomé a la
ventana en cuanto oí sonar las alarmas». Y también: «No sé qué pasó en el
negocio de Tom. Pero oí las sirenas, y las alarmas, y al minuto lo vi salir en
su coche a toda velocidad». Y hemos oído confesiones como ésta: «Hay algo en el
fuego que me paraliza». Todo el mundo siente la necesidad de decir algo, de
expresarse ante un incendio. Una necesidad ardorosa ante cualesquiera cosas que
ardan. En el fondo, tenemos el corazón lleno de fuego. Y se nos incendia cuando
presenciamos un sacrificio.
¡Buenos pensamientos, los míos, a tan temprana hora de un día,
después de no haber pegado ojo en toda la noche! Y eso que tenía la intención
de dirigirme adonde estaba aparcado mi coche y marcharme de allí.
Pero estaba en la calle. De pie. Tenía en el bolsillo las llaves
del coche, el dinero necesario para tomar algo. Pero seguía allí, entre la
muchedumbre.
Al fin conduje hasta mi apartamento, no sin antes detenerme para
comprar una docena de huevos y unos rollitos de primavera congelados. Tenía que
tomar algo, afeitarme, ducharme...
Pero lo primero que hice, nada más llegar a casa, fue telefonear
a Cronin.
-¡Dempster! ¿Sabes algo de lo de anoche?
-¿Anoche? ¡Cielo santo, estamos metidos hasta el fondo en ese
asunto! ¿Dónde estabas tú? ¿Por qué no apareciste?
-Ya sabes; además tú estabas con Dalton, declarando...
-Sí, ¡qué maravilla!
-Por un momento temí que te hubiera ocurrido algo.
-¡Gracias por tus buenos sentimientos! -le dije.
-No seas sarcástico, Dempster. Quiero concederte una especie de
premio y saldrás en titulares, puesto que fuiste quien pulsó la alarma. No
podemos dejar tu nombre fuera de la historia precisamente por eso. Pero sí
quitaremos todo lo que se refiere a tu declaración, al interrogatorio. Tampoco
diremos nada acerca de que estuviste en el lugar de los hechos porque habías
ido en busca del cuaderno de notas, ¿te parece?
Cronin hizo una pausa y añadió:
-¿Recuperaste el cuaderno?
-Sí, no te preocupes, no tiene nada que temer la reputación del
periódico.
-¡Vete al infierno! -me espetó Cronin, y luego pareció mas
calmado-. ¿Te encuentras bien, Phil?
-Sí, muy bien, estupendamente, hombre... Sólo un poco cansado,
nada más.
Otra pausa. Y luego:
-Phil, ¿seguro que no tienes nada importante que contarme?
-Seguro que no, hombre. Ya le dije al capitán Dalton todo lo que
sé del asunto.
-De acuerdo. ¿Qué planes tienes?
-De momento, descansar un rato... Ya me pondré en contacto
contigo.
-Vale, hazlo...
-Sí, no te preocupes.
Y colgué. El cansancio comenzó a golpearme de tal manera que
acabé durmiéndome. Dormí sin soñar cosa alguna. Dormí hasta que se hizo de
noche.
Luego me levanté, tomé una ducha y pensé en cenar algo. Era la
hora de la cena. Y también la hora del teléfono.
A lo mejor estaba ella en casa, esperando mi llamada.
-Hola.
-¡Ah, eres tú! ¿Cómo estás?
-Bien, gracias...
-Te llamé esta tarde desde la oficina pero nadie cogió el
teléfono.
-Estaba dormido.
-¿Cansado?
-No, ya no... Estoy hambriento, eso sí... ¿Ya has cenado?
-No.
-Estaré listo en quince minutos.
-De acuerdo.
-¿Te dará tiempo?
-Mejor dentro de veinte minutos. Tengo que cambiarme.
En realidad tardé hora y media en presentarme en el edificio de
Fairhope donde ella vivía. Era un antiguo dúplex convertido ahora en cuatro
apartamentos. Mi chica vivía en el último.
¿He dicho mi chica? Bueno...
De veras pareció ser mi chica cuando me abrió la puerta. Vestía
de verde, el color de sus ojos. Su pelo seguía siendo cosa aparte, una
maravilla mayor. Como ella misma. O como lo que yo sentía.
-Tienes buen aspecto -me dijo-. Aunque a veces uno no cree lo
que dicen los demás... Perdona...
-No pasa nada.
-¿Quieres un trago?
-No, de momento -dije-. Ni quiero fumar. La noche pasada me ha
quitado todos los vicios.
-¿Y eso?
-Bueno, no todos... Por ejemplo, sí me apetece comer algo.
-Fenomenal. Voy a coger mi sombrero... ¿Adónde vamos?
-Me apetece ir al Chateau. ¿Te gusta?
-Tenías que habérmelo dicho antes; no estoy vestida como para ir
allí...
-Claro que sí lo estás. Estás guapísima -hice una pausa-.
Perdona que te metiera en lo de anoche...
-No te preocupes, no pasa nada -me miró y volvió a hablar-.
¿Acaso creen que tú provocaste el incendio?
-Cualquiera sabe... Gracias por haberme proporcionado una
coartada...
-No tienes que agradecerme nada, yo sólo les dije la verdad, lo
que sabía...
-Pero -titubeé-, en realidad no me dejaste a la una...
-Yo creo que sí. Puede que fuese casi la una cuando tomé el
autobús. O quizá la una menos cinco, o menos diez, qué más da... ¿Por qué iba a
decirles que era más pronto?
-Veo que de veras no sabes a qué hora nos despedimos... En fin,
el caso es que me has salvado, encanto. Me gustaría agradecértelo, pero no se
cómo...
Di un paso al frente con la intención de hacer lo que más me
apetecía en el mundo: besarla.
Diana, sin embargo, se dio media vuelta.
-Phil -susurró-, ¿estás diciendo lo que yo creo que estás
diciéndome? ¿Provocaste tú el fuego?
-Claro que no.
Me contrariaba que ella se hubiera vuelto cuando iba a besarla.
Me había gustado mucho, sin embargo, que me llamara Phil.
-La verdad es que no tienen ni la más remota idea del caso
-dije.
-Pero... -comenzó a decir-. ¿No has visto los periódicos? El
jefe de bomberos ha hecho un informe en el que dice que alguien reventó una de
las ventanas de la primera planta y se metió por allí con un galón de gasolina,
que derramó por el sótano, la primera planta y las escaleras... Por eso
quedaron atrapados arriba los que murieron. Las llamas alcanzaron una voracidad
tremenda en muy poco tiempo.
-¿De veras?
-Léelo si quieres -y me dio el Globe-. Voy a buscar mi sombrero.
Lo leí. Cronin había hecho un buen trabajo. Mencionaba mi
nombre, pero sólo para referirse a la persona que había dado la alarma. También
incluía la declaración del taxista.
Dalton no se extendía demasiado sobre el asunto. El periódico
había construido su historia en base a las declaraciones del jefe de bomberos.
Había testimonios, también, de varios miembros de la Hermandad Blanca. El jefe
de bomberos, naturalmente, decía que el asunto estaba en manos de la policía.
Su informe estaba lleno de «sugerencias para iniciar las investigaciones,
claros indicios de criminalidad», que debían tenerse en cuenta para llegar a
una resolución del caso.
En otra página se ofrecía una sucinta historia de la Hermandad
Blanca y de su líder Peabody. Allí estaba todo lo que debía saberse de la
secta; en suma, la historia que yo tenía que haber escrito. Así es que se me
había ido de entre las manos una clara oportunidad profesional. Una oportunidad
hecha humo.
Había en el informe, sin embargo, algo de capital importancia:
¿cómo se había iniciado el incendio? Desde luego, era más que verosímil lo de
la ventana reventada y la gasolina. ¿Pero por qué no afinar más? ¿No podía
tratarse de queroseno, o de cualquier otra sustancia inflamable? ¿No podía
haberse iniciado el fuego porque alguien prendió papeles, o alguna prenda de
vestir? Hay cientos de maneras de provocar un incendio. Un incendio devastador.
En muy pocos minutos. En el sótano, en las escaleras... Cinco o diez minutos
son mucho tiempo; las llamas, en ese espacio, lo arrasan todo.
Pensar en todo ello me hizo desear un trago. Pero antes de que
sucumbiera a la tentación volvió Diana. Llevaba puesto el sombrero y traía
consigo el bolso.
-¿Hace frío como para que lleve mi abrigo? -preguntó.
-No, la temperatura es agradable. Casi de verano. Tanto, que me
gustaría tener un descapotable.
-Eso sí que es un lujo -dijo sonriendo-. Nunca he ido al
Chateau. ¿Cómo adivinaste que me gustaría ir a cenar allí?
-Pura anticipación psíquica...
Sí, mucha anticipación psíquica, pero me pasé un buen rato
conduciendo en sentido contrario adonde quería ir.
Al fin llegamos al restaurante y, en efecto, el menú era
delicioso, el servicio extraordinario, la comida abundante... Sin embargo,
apenas pude probar bocado... Y todo porque en una mesa próxima a la nuestra
alguien había pedido un plato flambeado... Un plato que sirvieron en llamas a
los comensales.
-¿Qué te ocurre? -dijo ella.
Señalé a las llamas. A las llamas azules y rojas. Miré en
derredor y otro camarero portaba, en su bandeja, unas «crêpes Suzette» también
envueltas en llamas.
-¿Te preocupa algo? -volvió a preguntar Diana.
Dije que no con la cabeza e intenté que, de veras, no me
preocupase aquello. Quería creer que eso no me afectaba... Pero, ¿qué me estaba
sucediendo? ¿Acaso era presa de una variante de la manía persecutoria? ¿Era
algo peor? Imaginemos que alguien comenzaba a cantar El humo ciega tus ojos.
¿Era razón para levantarme y salir corriendo?
-No me ocurre nada, estoy bien -dije, y ciertamente se me había
pasado ya el pánico. Pero también se me habían pasado las ganas de comer. La
carne que pedí era excelente, muy sabrosa y bien hecha, casi achicharrada. Como
a mí me gustaba... ¿De veras que me gustaba la carne abrasada?
Aquella cena se me había convertido en una especie de ordalía,
un trago amargo que pasar. Y allí estaba ella, sonriente, con su pelo cobrizo
brillando cual llama viva...
«¡Ya está bien!», me dije. Traté de concentrarme en la
conversación; traté de que sólo sus palabras me importasen. Traté de que no
hubiera en mí más pensamientos que los necesarios para responder a sus
preguntas... Pero si era ella quien hablaba, se me hacía casi imposible seguir
su conversación.
Me contó, sin embargo, algunas cosas. Que su familia vivía
entonces en Ohio, el lugar de donde, luego de residir un tiempo, había salido
Diana cuando su madre volvió a casarse después del divorcio, para acabar sus
estudios en el colegio. Ahora trabajaba como secretaria con un médico.
Pretendía prestarle atención, pretendía mostrar interés en lo
que me decía, cosa que de común consigo... Pero aquélla no era una situación
común. A mi alrededor había llamaradas azules y rojas y yo intentaba recordar,
en lo más profundo de mí mismo, qué había hecho a las menos cinco, o a las
menos diez, o a las y cinco, o a la una y diez de la madrugada del día
anterior... Mis ropas estaban limpias y secas... Pero no podía razonar, porque
el fuego me dominaba, me aterrorizaba... Tenía, simplemente, pánico al fuego.
Tomábamos ya el café cuando uno de los camareros se acercó a
nuestra mesa para encender un candelabro con velas. Me levanté rápidamente.
-Vámonos -dije.
Ella me miró algo turbada. Cuando ya salíamos me tomó de un
brazo.
-Pobre Phil -dijo-. Estás muy cansado... ¿De veras que no
necesitas un trago?
-Bueno, sólo uno -dije.
Entramos en un bar próximo y tomé un trago. A los cinco minutos
ya habíamos salido.
La noche era tibia y sentía la brisa del lago.
-Vamos a dar un paseo -dije.
Dimos, en efecto, un paseo corto casi sin hablarnos. Acabamos en
la orilla del lago, en un lugar que me gustaba mucho. Para llegar hasta allí
tuvimos que sortear matojos, pero lo hicimos. Yo había cogido del coche una
pequeña manta.
Se estaba bien allí abajo, en la paz que ofrecía aquella
oscuridad. Extendí la manta y ambos nos sentamos. Le dije que, al llamarla por
teléfono, temí que no quisiera verme; pero estaba de más. Ella no era de esas
chicas que se dan coba.
No era engreída. Pero tampoco tímida. Yo no sabía muy bien, a
esas alturas, para qué la había llevado hasta allí. Era, a buen seguro, la
chica más atractiva de cuantas había conocido; pero también era la segunda vez,
nada más que eso, en la que nos encontrábamos. Yo no soy precisamente un lobo
depredador... Me conformaba con estar sentado junto a ella un rato, y quizá
tomarle una mano después y besarla. Eso me hubiera hecho feliz.
Pero ella no quería descansar, ni hablar. Me tomó de las manos y
vi que su boca se acercaba a la mía no sólo como un ofrecimiento de placer,
sino decidida al placer. Sus labios besaron los míos enardecidamente, nuestras
lenguas se enredaron... Diana movía sus manos, movía su cuerpo y supe que no
podía quedarme quieto. Y me moví yo también. Y así estuvimos mucho rato... Al
cabo, apaciguados ya, por pura costumbre busqué en uno de mis bolsillos el
paquete de tabaco.
-Creo haberte oído decir que no ibas a fumar más -dijo ella en
un susurro.
-Siempre me salvas, Diana –dije-. Siempre me salvas... Y de un
montón de cosas.
-Me alegro.
Volví a tumbarme a su lado.
-¿De veras estás contenta? No me gustaría defraudarte...
-No podrías; ni lo pienses, cariño. Nadie puede defraudarme.
Nunca más.
Eché el humo. La roja brasa de mi cigarrillo brillaba en la
oscuridad como un faro. ¿Una luz de alarma? No podría asegurarlo, pero el caso
es que apenas oí mi voz al hablar.
-¿Qué quieres decir? ¿Hubo algún hombre que te hizo daño?
Deslizó su boca sobre mi pecho y soltó una carcajada al llegar a
la altura de mi corazón.
-¿Un hombre? Phil, quiero ser sincera contigo... Ha habido en mi
vida un montón de hombres... Un montón...
-Cuéntamelo.
-¿Por qué iba a hablarte de eso?
Hizo una pausa y prosiguió:
-Conocerías mis puntos débiles y entonces sí podrías herirme.
-No, no lo haría...
-Quieres hacer que te lo diga, ¿verdad?
-¿Decir qué?
-Que estoy enamorada de ti.
-¿Lo estás?
-¿Es que no se me nota? ¿Crees que he hecho esto por simple...?
Volvió a reírse.
-Pues claro que sí, tío, lo hice por pasar el rato... Tú serás
como todos los hombres. Harás lo que todos: seguir tu camino, irte corriendo.
-No me he escapado, Diana. Estoy aquí. Y además quiero y me
gusta estar aquí, a tu lado.
Di otra calada al pitillo y observé de nuevo su brasa.
-Creo que no debes ponerte en pían cínico y decir que todos los
tíos somos iguales. Sabes bien que no es verdad, admítelo.
-Sí, mi padre era distinto... Pero ha sido el único –murmuró-.
Así y todo, ¿qué hizo de bueno? Mi madre sabía que él la adoraba, pero no dudó
en engañarlo. Para ella es una ventaja haber tenido una experiencia así...
Cuando yo era pequeña, mi madre solía llevar a sus acompañantes a casa. Ella no
hubiera querido por nada del mundo que yo me enterase del asunto, pero lo
cierto es que me enteraba, porque tampoco ella adoptaba excesivas precauciones.
Y cuando encontró al hombre que la encandilaba, pidió el divorcio e hizo pagar
a mi padre los gastos. Ahora ama a mi padrastro... Pero bueno, es su
problema... El trató de follarme una vez, antes de que me largara de aquella
casa... Por eso, como comprenderás, me fui.
Volví a sentir de nuevo sus labios sobre mi pecho y mi cuello.
-No -dije-. Ya vale de dudas... Yo no soy como los demás,
créeme.
-Bueno, eso es lo que decís todos -me respondió-. Pero no te
enfades, no quiero acusarte de nada... Eres un hombre. Y puedo comprender lo
que sientes... ¿Pero cómo pudo mi madre adelantarse a lo que de común sienten
los hombres y proceder en consecuencia? Como si fuera un hombre, así me
gustaría comportarme.
La tibia noche pareció, de súbito, enfriarse. Diana empezaba a
mostrarse ante mis ojos como una mujer muy diferente a lo que yo esperaba...
Extraña, muy extraña, dubitativa, veleidosa... Como un personaje de película. O
como la figura de algún museo de cera que, devastada por el fuego, dejara de
ser hermosa para semejar una monstruosidad... Traté de salir de mis
abstracciones, incluso de mis sueños de antes a propósito de ella, y volver a
la realidad.
-¿Y no te ha gustado hacerlo?
-No... Lo odio. Si tú no me hubieras forzado...
-¿Que yo te he forzado?
Volví a dar una larga calada a mi cigarrillo, intentando
tranquilizarme, y añadí:
-¿Qué pretendes decir ahora?
-Sabes perfectamente a qué me refiero, Phil.
-No, te juro que no lo sé... Todo lo que sé es que te amo y creí
que tú sentías lo mismo por mí. Por tu forma de actuar, eso me pareció.
-Era una farsa.
Se puso de pie y yo también me levanté, arrojando la colilla del
pitillo. Nada de todo aquello parecía tener sentido. Era irracional.
-¡Quitame tus sucias manos de encima!
¡Ahora mis manos eran sucias! ¿Por qué? Nada malo le había hecho
y me odiaba. Podía verlo en sus ojos enfurecidos, de mirada torva y fija en los
míos. Hubiera preferido que los cerrara. Me daban miedo.
En un intento último de reconciliación, la tomé de una muñeca...
Me pareció helada. Toda ella estaba fría, como el hielo... Era de hielo.
Era de hielo y yo ardía. Yo era fuego; mis labios eran cerillas
dispuestas a convertirse en una llamarada con el beso; mis manos parecían
incendiarse, mi cuerpo ardía a tal punto que hubiera fundido a Diana.
Fuego, pasión, hambre... Cosas que te hacen enrojecer... Su
cabello cobrizo contrastando con las oscuras aguas de la orilla; su cabello
cobrizo que, como al margen de sí misma, parecía arder... Y su cuerpo como una
llama blanca que poco a poco va haciéndose escarlata... El fuego que se impone
al hielo y el hielo que enloquece porque jamás podrá convertirse en puro fuego.
Porque el hielo se derrite, pero no arde.
Pero yo también estaba volviéndome loco a esas alturas de la
noche. O es que la locura todo lo irradiaba, expandiéndose como el fuego. Todo
era, efectivamente, una locura... Pero todo era, al tiempo, muy real.
Como atraído por una fuerza ignota, volví la cabeza. Y vi
llamas. Fuego real. Los matojos ardían en ese punto adonde yo arrojara la
colilla de mi cigarrillo.
Ella y yo estábamos de pie, mirándonos y mirando al tiempo hacia
las llamas. Diana abría los ojos y la boca y su grito parecía salir, a un
tiempo, de su mirada y de su garganta.
Las llamas eran como diablos danzarines que se multiplicaran
para rodearlo todo. Diana salió corriendo a lo largo de la orilla y no pude
seguirla. Allí me vi, impedido para correr, gritándole que volviera, que
esperase.
Ella no volvió ni me esperó y supe que no tenía más opción que
salir de allí sacando fuerzas de flaqueza, pisoteando matojos; pisoteando,
incluso, el fuego con mis pies desbocados.
Al poco, sin embargo, el breve fuego se apagó. Tranquilamente. Y
me quedé allí, solo. Ella se había ido.
Caminé lentamente un trecho, subí la pendiente para dirigirme
adonde había dejado el coche. Nada. Diana tampoco estaba allí. Había
desaparecido. Se había esfumado.
Puse en marcha el automóvil y salí a la carretera. Pensé que
acaso debiera buscarla, pero no lo hice. Tampoco estaba muy seguro de por dónde
podría haberse ido. No obstante, cuando llevaba unos minutos rodando, me metí
por un sendero que, como inopinadamente, salió a mi encuentro; un sendero, para
qué decirlo, que me llevaba en dirección contraria. Como siempre. Llegué al
final, y nada. Tampoco la vi por allí. Volví a recorrer el camino, salí otra
vez a la carretera y al poco alcancé la autopista... No pude encontrarla en
ningún punto de la ruta... Quizá hubiera tomado un vehículo, un autobús... Para
irse de mi vida.
Decidí no volver a preocuparme. Mejor que desapareciera. Diana
Rideaux, con sus extrañas ideas acerca del amor y de los hombres... ¿Para qué
volver a pensar en ella? Uno no puede convivir con una persona que piensa y
dice esas cosas. Una persona que se mueve por impulsos, al borde de la locura,
sin noción de las circunstancias...
¿Y qué decir de mí mismo, de esa imprudencia al tirar la
colilla? ¿Lo hice por culpa de un deseo inconsciente? ¿También yo me había
vuelto loco y no respondía a las más mínimas nociones de la lógica? La verdad
es que tampoco se puede vivir con una persona que actúe como yo lo hice.
¿Cómo era capaz de aguantarme a mí mismo?
Pero dejé a un lado mis pensamientos y encendí otro cigarrillo.
La verdad es que no deseaba fumar, pero me obligué a hacerlo quizá para
probarme algo. Para comprobar que todo quedaba reducido a mis imaginaciones;
para demostrarme que podía comportarme como cualquier persona normal... Aunque
incendios provocados por fumadores descuidados los hay todos los días... ¿Por
eso hemos de llamarles pirómanos? ¿No se trata de meros accidentes?
Conduciendo comencé a sentirme mejor... Quizá porque estaba
solo. Me sentía lo suficientemente bien como para encender la radio. La música
suele calmarme, además. Y eso es lo que pretendía. Cierta música comenzó a
llenar el coche; una música sugerente y, a la vez, inquietante... Creí
reconocerla, sí... Era, era.... ¿Por qué demonios en aquella emisora habían
puesto la Danza ritual del fuego?
6
Estaba esperándome frente al edificio de apartamentos cuando
aparqué mi coche aquella noche, y por un momento pensé que era un payaso, de
tan blanca como tenía la cara y de tan negros como en esa cara se le veían los
ojos. Por lo demás, tenía los labios absolutamente enrojecidos. Luego, cuando
dejé el coche, crucé la calle y me lo topé bajo la luz de una farola; vi que no
era un bufón, sino que reunía en su expresión, a un tiempo, las máscaras de la
Tragedia y de la Comedia. La cara de aquel hombre, sin embargo, tenía una
palidez rara, poco normal; sus ojeras denotaban un profundo cansancio, una
auténtica extenuación. Tenía los labios rojos porque, de tan nervioso y
agitado, no paraba de mordérselos.
Pasé de largo y me disponía a entrar ya en el portal cuando noté
que me seguía.
-¿Busca usted a alguien? -le pregunté.
-Sólo espero, hermano.
Entré y subí las escaleras hasta mi apartamento... Entonces
reparé en que me había llamado «hermano». Sólo los miembros de las sectas se
llaman así.
Volví a salir de mi apartamento. Cerré la puerta con llave y
bajé las escaleras a toda prisa. Pero ya no había nadie. Todo estaba desierto.
Aquel extraño sujeto de los labios casi en carne viva se había largado.
Miré la calle arriba y abajo. Nadie. Éste también se había
esfumado, sabe Dios por qué o para qué. ¿Y a quién esperaría? ¿O qué esperaría?
Otra vez subiendo las escaleras. Metí la llave y abrí la puerta
para de inmediato encender la luz... Traté de tranquilizarme. Daba igual quién
fuese. El caso es que todo parecía estar en orden.
Todo estaba en orden, mi casa estaba en orden, pero yo no.
Me resultaba complicado, por no decir imposible, comprender
algunas cosas. Cosa de fuegos. Una chica que me enardece por una razón y un
sujeto extraño que me enciende por otra razón... Aquel tipo, casi enano,
merodeando por donde yo vivía... Sí, podía tratarse de una simple coincidencia.
Esas cosas ocurren. Pero no deja de ser extraño que el largo brazo de la
coincidencia hubiera decidido tocarme.
El caso es que el largo brazo de la coincidencia parecía ponerme
un nudo en la garganta. El tabernáculo había ardido y la idea general era que
se trataba de un fuego intencionado. Alguien lo había hecho. Alguien había
asesinado, además, al líder, Amos Peabody. Y nadie había podido socorrerle. Yo
no era más que un simple testigo, pero había estado muy cerca de allí, del
lugar de los hechos. Además, preparaba unos reportajes sobre las sectas. Quizá
eso no gustara a algunas personas. Quizá alguien tratara de forzarme a
desistir, acorralarme como a un pollo.
La cosa no tenía gracia. Cuando me pongo a freír bacon, el
aceite siempre me salpica. Si cojo un guante de tela para no quemarme con la
sartén, da igual, siempre noto el mordisco del fuego. Y cuando fumo,
invariablemente quemo mis pantalones.
Tengo un contencioso claro con la vida, pienso a veces. Las
cosas arden fácilmente a mi alrededor... Claro que al tiempo todo esto me
provoca hilaridad.
Corrí hasta el teléfono y marqué el número de Schwarm. Le
necesitaba, una vez más necesitaba de él... Era tarde, sí; pero Schwarm
aceptaría que nos viéramos. Seguro que venía a mi casa, sí... Tenía que hablar
con él, tenía que contarle muchas cosas. Schwarm siempre sabe qué hacer.
Al doctor Milton Schwarm todos lo tenían por un excelente
psiquiatra y a menudo era llamado a consulta por el propio departamento de
policía. Yo no le consideraba un «buceador de la mente», sin embargo. Era un
amigo. Lo fue muy profundamente durante seis meses. Y en ese tiempo pudo saber
unas cuantas cosas acerca de mis problemas, aunque nunca fui capaz de
expresarle los más serios. Simplemente, no fui capaz de contarle todo sobre mí.
O a lo mejor no lo hice precisamente porque era un amigo. Detesto confundir la
amistad con una relación profesional.
Ahora, sin embargo, estaba hundido; más que hundido; me sentía
al borde del terror. Esperé ansioso a que alguien descolgara el teléfono.
Al fin sentí una voz.
-Por favor, ¿está el doctor Schwarm? Soy Phil Dempster.
-Lo siento, señor Dempster. El doctor se encuentra de viaje.
-¿Puede decirme cuándo regresará?
-Seguramente el viernes por la noche estará de vuelta.
-Muchas gracias -y colgué el teléfono.
Volvería el viernes y aquélla era la noche del miércoles. Poco
tiempo, pero me pareció una eternidad. Dos días. Demasiada espera para una
persona en mi estado.
Aunque -pretendía insuflarme ánimos yo mismo- nada malo tenía
que ocurrirme. Estaba sobrio, apenas probaba una chispa de alcohol. Justo lo
que ocurre cuando uno se aleja de la línea de fuego.
¿La línea de fuego? ¿A qué me refería exactamente?
Schwarm podría acíarármelo. Yo se lo contaría y él me ayudaría a
encontrar la respuesta. Pero no entonces. El próximo viernes.
Ahora tenía que descansar, dormir... Y mañana emprender mi
jornada, trabajar. Dedicarme a la Iglesia del Átomo Dorado. A su líder, el
profesor Ricardi.
Así es que, en vez de irme a la cama, acudí a mi cuaderno de
notas para leer los apuntes, los datos que tenía a propósito del profesor
Ricardi y sus átomos dorados. Así estaba, empapándome bien de lo que tenía
escrito, y sí, al cabo, de un rato, comenzó a rendirme el sueño lentamente, sin
que oyera el más leve ruido del exterior, sin que nada me importunase.
Por lo general me resulta difícil dormir en un sillón, salvo si
estoy bebido. Pero el caso es que, cuando desperté, ya brillaba el sol con
fuerza. La noche del miércoles había pasado.
Curiosamente, me sentía bien, muy bien. El afeitado y una larga
ducha ayudaron a que aún me sintiera mejor. Luego de tomar un buen desayuno me
encontré en condiciones óptimas para comenzar a trabajar.
Sí, me disponía a trabajar.
La investigación es cosa que lleva tiempo pero que, al cabo,
ofrece excelentes resultados. Acabé de recabar datos a eso de las cinco de la
tarde y, para ampliarlos, me fui a esa especie de morgue que es el archivo del
Globe, para buscar, entre montañas de periódicos atrasados, cualquier cosa que
se refiriese al profesor Ricardi. Pasé también por el despacho de Ed Cronin,
pero había salido... Así es que, al final de la jornada, me veía obligado a
cenar solo.
Lo hice en un vulgar restaurante. No quería que me volviesen las
angustias de la cena del martes. Me dirigí después al Grace Boulevard y aparqué
justo frente a la sede de la Iglesia del Átomo Dorado.
Por cierto, no era el lugar típico de reunión de una secta. Nada
indicaba que allí se celebraran ritos y mítines entre sectarios. Se trataba de
un edificio muy moderno, levantado en el corazón de un selecto vecindario. Sólo
en una de las esquinas de la fachada un letrero con luces de neón de color
amarillo anunciaba: IGLESIA DEL ÁTOMO DORADO.
Aquello parecía respetable, me dije. Nada tenía que ver con los
edificios y templos de otras sectas de la ciudad. Lo más seguro es que allí
dentro se celebraran también bailes, convenciones y que hubiera hasta un bingo
en donde jugarse los cuartos el sábado por la noche, así como un club de
jóvenes con un futuro más que prometedor en el mundo de los negocios.
Había algo, de entre todo lo que allí uno podía percibir, que me
interesaba particularmente. Era un edificio del que irradiaba una luminosidad
inaudita. Brillaba. No me apetecía especialmente, sin embargo, caminar al
amparo de aquella luz tan especial, aunque lo hice no sin antes repetir para
mis adentros que el letrero brillaba, que del edificio todo se desprendía una
luminosidad rotunda, pero que no estaba ardiendo...
Después de convencerme de esa manera pude entrar. El vestíbulo
estaba hasta los topes. Allí se encontraban todos los sectarios de la ciudad
aquella noche: viudas de mediana edad, rozando el climaterio o padeciéndolo de
lleno; jóvenes pálidos de ojos desorbitados; hombres de esos con la mirada
hundida, inspirando compasión; viejas con el pelo teñido de color naranja;
jovencitas gordas y con la cara llena de granos; niños con paperas. Conocía
bien a ese tipo de gente: ciudadanos de la clase media, con una vida
confortable en lo material, pero viviendo siempre en el filo de las apetencias
espirituales. La salvación, para ellos, es lo más de lo más. Y no quieren
esperar a la muerte para ganarse el premio de la Gloria. Quieren la Gloria del
más allá en el más acá.
Había, de paso, otros tipos dignos de especial atención:
tullidos, paralíticos y ciegos. Bastones, muletas y sillas de ruedas.
Me detuve ante un mostrador en el que se ofrecían distintas
publicaciones. La llave dorada fue un título que llamó poderosamente mi
atención, a buen seguro por lo atractivo de su portada de un azul chillón sobre
el que iban, en efecto, las letras en amarillo. Y una revista en cuya cabecera
se leía La Ciencia del Átomo.
Una gorda se encargaba de cobrar las publicaciones. Una gorda
que se afanaba en demostrar gestos de mucha bondad. Tenía a su derecha una
pequeña caja fuerte y a su izquierda una botella de coca-cola por la mitad.
-¿Puedo ayudarle en algo? -me preguntó.
Dije que no con la cabeza y seguí de largo. Un poco más allá,
otro mostrador. De lo que allí había se encargaba un sujeto decidido a parecer
todo un caballero. El tipo en cuestión se encargaba de vender frascos en forma
de pirámide que contenían un producto llamado Vital Cream. Tenía el mostrador
repleto de frascos. En la etiqueta del producto -amarilla, naturalmente- ponía:
cápsulas de energía atómica.
-Usted dirá, señor -me dijo el caballero.
Dudé unos instantes... Al cabo metí la mano en mi bolsillo y le
dije:
-Déme un frasco de cada. ¿Cuánto es?
-Son cinco dólares por la crema y seis por las cápsulas.
Me dije que aquello era una auténtica estafa, pero me limité a
pagar lo que el viejo me pedía... Todo fuera por llevárselo a un químico
farmacéutico para que lo analizara.
Después, decidido ya al derroche, volví sobre mis pasos y me
compré un ejemplar de La llave dorada y otro de la revista Ciencia del Átomo.
Sólo por cincuenta centavos cada uno.
En total, doce dólares me gasté en mi investigación. Bien
vendrían a los fondos del profesor Ricardi.
Pero..., no. El profesor Ricardi sabia hacer bien las cosas.
Pude comprobarlo allí dentro. Lo que podríamos llamar la iglesia de las sectas
era un recinto harto convencional, con bancos a cada lado de un pasillo que
llevaba desde la puerta de acceso al altar. Un órgano común sonaba tocado por
un organista no menos tópico, que se afanaba en llenar los aires con una música
infinitamente conocida.
Junto al altar había un estandarte: un sol profusamente amarillo
con una corona de la que salían centellas... Y allí que apareció, ante el
altar, justo un instante después de que yo accediera al templo, el eminentísimo
profesor Ricardi en cuerpo y alma.
Parecía levitar.
Vestía de amarillo; y amarillo parecía también su cabello; y su
barba... Y sus dedos repletos de anillos de oro... Esos dedos con los que
bendijo a sus fieles.
También su voz era dorada, sí... Y de oro parecían sus palabras.
No eran, lógicamente, palabras que se materializasen, al salir de su boca, en
piezas de oro, no, qué va... Pero en ellas tremolaba el oro del espíritu, la
auténtica naturaleza de lo áureo... Había en ellas un tesoro sin fin,
inacabable; el átomo primigenio, sin duda...
Según él, la vida toda surgió del Átomo. El Átomo era la fuerza
de la creación, el padre de todos nosotros. ¿No era el bíblico padre Adán un
miserable comparado con la magnitud del Átomo?
La Tierra, según Ricardi, nació de la energía atómica del Sol.
El Sol -a quien cabía otorgar el título del primer Átomo- era la auténtica
fuente de nuestro alimento. La energía solar confería a la Tierra su vigor; un
vigor del que todos podríamos disfrutar siempre y cuando encontráramos las
llaves de la sabiduría.
Y a quienes no fueran capaces de aprender esa verdad revelada,
el Átomo condenaría a un fin, en plena vida, demoníaco. Y todos aquellos que se
atrevieran a trocear esa materia primigenia, esos que osaran dividir el Átomo y
corroer su esencia, verían caer sobre sí la destrucción sin paliativos.
Había llegado la hora del Átomo, la hora de su única Iglesia
indivisible, la que llevaría al mundo la verdad, la Iglesia de la única Ciencia
verdadera, la que otorgaba al hombre merecedor de ella LA LLAVE DE LA
SABIDURÍA. La llave de la eterna juventud, la de la eterna salud, la de la vida
eterna; una vida eterna que acogeña en su seno, sin hacer distinción alguna, al
pobre y al rico, que así verían colmados sus más íntimos y espirituales deseos
de crecer.
Decía el profesor Ricardi, igualmente, que era menester
despreciar los bienes vanos, las miserias cotidianas, las ínfimas necesidades
materiales. Sus muchos años de experiencia como científico cósmico, trabajando
en los secretos laboratorios del Tíbet, le habían dado la experiencia necesaria
como para saber diferenciar lo eterno de lo cotidiano, lo glorioso de lo
miserable, la verdad rutilante de la mentira artera.
Durante cuarenta años –decía- viajó por las tierras del Error
hasta que, al fin, encontró el Camino. Y maldijo a los malos científicos que,
desoyendo sus indicaciones, se dedicaron a convertir la energía atómica en una
bomba.
Ahora, sin embargo, conociendo bien tales poderes maléficos, el
profesor Ricardi había tomado la insobornable decisión de revelar al mundo su
Verdad. Quedaba poco tiempo y era dura la tarea en pos de evitar la inmediata
destrucción de la vida y, en ese combate, crear una vida nueva. Pero él se
sentía fuerte y dispuesto.
El profesor Ricardi llevaba toda su muy noble y benemérita
existencia dedicado -recibía para ello alientos de la eternidad- a desvelar los
mensajes del Átomo Dorado, la única fuente natural de vida, la energía pura del
sol; algo que sólo era posible conseguir mediante su Vital Cream y merced a sus
cápsulas atómicas. Unos preparados científicos que otorgaban la inmortalidad a
quien los consumiera y llenase con ellos de la indesmayable luz de la Verdad;
esa que se explicitaba en La llave dorada.
Todas esas cosas dijo el profesor Ricardi, hablando sin parar
durante casi una hora. De vez en vez sus palabras recibían el subrayado de la
música del órgano.
Y entonces focos de luz dejaban caer sobre él sus chorros
amarillos y él daba las gracias al Poder Atómico que todo lo rige y que, si es
menester, todo lo transforma.
Ese poder, pues, caía sobre Ricardi sobredimensionando su ya
proverbial condición aurífera, perceptible, más que en ninguna otra parte de su
ser, en su cabeza. Y agitaba las manos en alto como queriendo dibujar esa
energía que había de llenar, igualmente, el espíritu de sus seguidores; que les
haría sentir la pura Energía Atómica penetrando en sus cuerpos para salvárselos
de la ruina, de la decrepitud física, y conferirles el don único de la armonía.
Así concluía su mensaje. Caía más luz para dorar su pelo y su
barba. El órgano atacaba algo que semejaba una obertura operística y gracias a
los avances de la electricidad la figura del predicador se agigantaba a los
ojos de quienes allí estaban.
Pero faltaba algo... Entonces el profesor Ricardi extendía sus
manos hacia el auditorio y ésa era la señal para que sus fieles lo siguieran
llegándose hasta el mismísimo altar constituyéndose casi en una multitud.
Allí, ante el altar, rodeado de los suyos, el profesor Ricardi
volvía a predicar, aunque esta vez en una especie de confesión pública que, uno
a uno, iban haciéndole sus seguidores. Mientras les soltaba el sermón,
individualmente, tomaba sus manos y ellos ponían los ojos en blanco, como en un
éxtasis. Y rezaban... Y yo contemplaba a la masa.
Tenía a mi izquierda a un tipo gordo que, a modo de salutación,
se quitaba y se ponía el sombrero una y otra vez. A mi derecha, una chica
parecía convulsa de tanto como se estremecía al rezar en voz alta. El profesor
Ricardi los tenía a todos en la palma de su mano.
Una mano que ahora tocaba la cabeza de un viejo para que éste
cayera al suelo casi pataleando, gritando palabras de gratitud.
Un poco más allá de donde me encontraba estaban los tullidos.
Ricardi, ahora, se acercaba a una mujer en silla de ruedas.
Silencio. Expectación... Ricardi ponía los dedos sobre sus rodillas, presionaba
unos instantes y la mujer, como enloquecida, se levantaba y salía corriendo,
abandonando su silla de ruedas. Los fieles emitían un rugido bestial.
Ricardi volvía sobre sus pasos, sonreía, se agitaba como si
bailara mientras el tumulto crecía... Entonces volvía a sonar el órgano con una
lenta melodía, muy suave, las luces se iban apagando lentamente y un acólito de
cabellos plateados se unía al oficiante y comenzaba a pasar entre los fieles el
cepillo de los óbolos. Todos soltaban los cuartos.
El gordo de mi izquierda, a toda velocidad, sacó de su bolsillo
un billete de diez dólares. La chica de mi derecha echó tres dólares y algunos
centavos. En la estancia tintineaba el inequívoco sonar de las monedas, eso que
tanto gusta a los que tienen el privilegio de comprar la Gloria.
Ya había visto suficiente. Intenté acercarme entonces hasta el
lugar en donde estaba Ricardi, y también la mujer que había salido corriendo
desde su silla de ruedas, pero me topé con cuerpos sudorosos, espesos, plenos
de excitación, que me cerraban el paso.
Cuando alcancé mi objetivo, ambos, Ricardi y la mujer, se habían
esfumado. Traté de ver por dónde andaba el acólito del pelo canoso, pero en
vano. Se había ido con su excelente cosecha de billetes y de monedas.
Quizá hubieran salido a tomar un poco el aire... Fui hacia la
entrada del edificio, y tampoco estaban allí. Pasé de nuevo por el vestíbulo,
ante los mostradores en los que se vendían La llave dorada y las cápsulas de
energía atómica, para buscar una puerta trasera... Y sentí que unos ojos
seguían mis pasos.
Encontré, efectivamente, la puerta de atrás. Había alguien allí,
sentado como en guardia, mirándome... Cuando me acerqué, el hombre, de corta
talla, me miró más profundamente y lo reconocí. Pude ver de nuevo su cara
pálida, sus ojos negros, sus rojos labios de payaso... Entonces, después de
echarme otra larga mirada, se levantó y se fue. Por la calle abajo...
Había estado allí aquella noche; y me vigilaba... Pero, ¿por
qué?
No quería darme por vencido, sin embargo... Volví al vestíbulo y
me asomé de nuevo al templo, por ver si de nuevo andaba por allí Ricardi.
Nada... Volví a salir, caminé un poco por un pasillo que había al final del
vestíbulo y vi una puerta entreabierta... La empujé suavemente, para
asomarme... Entonces oí una voz a mis espaldas.
-Phil, espera un minuto...
Me volví. Era el doctor Milton Schwarm con su sonrisa de cara de
luna.
7
Tomábamos un café en el restaurante que había al final de la
calle.
-Pues me dijeron que se encontraba usted de viaje. Nunca supuse
que me lo iba a encontrar en un lugar como ése.
Schwarm esbozó una amplia sonrisa.
-Bueno, no hacíamos exactamente lo mismo. Tú andas en busca de
material para elaborar una información periodística y yo ando metido en una
investigación clínica. Como te he dicho, uno de mis pacientes es miembro, desde
hace tiempo, de la secta. Y necesito conocer qué grado de organización tienen,
cómo ejerce su influjo el profesor Ricardi sobre sus fieles... Y quiero
conocer, de paso, al profesor Ricardi... Eso que él llama cura de enfermos es
un fenómeno que me interesa sobremanera. Si logro encontrar un motivo razonable
en ello mi investigación habrá dado un buen paso adelante... Me gustaría
entrevistar a esa mujer a la que hemos visto abandonar su silla de ruedas esta
noche... Me parece un claro ejemplo de histeria.
-No crea -dije yo-. Estaba preparado. Seguro que es un fraude.
Estoy tan seguro de ello como de que el profesor Ricardi no es profesor de cosa
alguna...
-¿Cómo tienes esa certeza?
Saqué mi cuaderno de notas.
-No hablo por hablar... ¿Quiere conocer los datos de que
dispongo?
-Si no son confidenciales...
-Podrá leer más aún en el dominical del Globe de la próxima
semana... Pero le adelantaré algunas cosas...
-Veamos -dijo Schwarm dando un sorbo a su café.
-Su amigo el profesor Ricardi tiene una historia muy
convencional. Su nombre real es Joseph Edward Clutt. Nacio en Spokane, en 1929.
Su padre fue fontanero. Joe fue aprendiz del mismo oficio hasta que se enroló
en el negocio de un curandero. Llegó a esta ciudad en 1951 y fue arrestado por
consumo de estupefacientes. En 1956 fue declarado culpable, en grado de
adulterio, del divorcio de la señora Agatha Loodens de su marido Frederick.
Según parece, había ofrecido a la dama en cuestión servicios que no son los
propios de un fontanero.
Schwarm dejó su taza en el platillo.
-¿Quieres decir que ejerció como fontanero hasta 1956? ¿Y qué
hay de sus viajes a Oriente y al Tíbet?
Me reí con ganas.
-Lo más lejos que ha ido Joe Clutt, en su camino hacia el
Oriente, ha sido en busca de opio a Frisco.
-Sigue, por favor -dijo Schwarm-. Quiero saber cuándo se crea la
secta.
-Es muy sencillo. Después de su divorcio, la señora Loodens
recibió de su anciano esposo, en el reparto de bienes, un pequeño negocio de
farmacia, que obtuvo una contrata gubernamental durante la guerra de Corea.
Pero las cosas empezaron a ir mal en el 58... Entonces decidió actuar Joe, el
amante de la vieja. Comenzó a manufacturar algo que llama aún cápsulas de
energía atómica y Vital Cream. De ahí nació la idea de la secta.
-¿Quieres decir que un simple fontanero fue capaz de inventarse
lo de las cápsulas?
-No, hay más... Hay un tercero en esta historia. El abogado de
la vieja, el que le llevaba los asuntos del negocio, un hombre apellidado
Weatherbee, fue quien tuvo la idea, eso seguro. Y creo también que fue él quien
escribió La llave dorada y convenció a Joe para montar la secta. Al fin y al
cabo, Clutt había ido por ahí con un curandero, de feria en feria, y algo de
hierbas debía saber, además de poseer un cierto magnetismo. Justo lo que debió
pensar la vieja señora Loodens... Ella y Weatherbee son los cerebros del
asunto. Ellos hicieron que Joe se tiñera el pelo, que cambiara de nombre; ellos
le escribieron sus primeras frases de impacto e invirtieron el dinero necesario
para la edición de libros, de revistas y de folletos. Seguramente, una vez
abierto el cuartel general, usaron de sus contactos con gentes de negocios para
hacer sus primeros adeptos. Y empezó la estafa. Amasaron una fortuna con sus
cursos para iniciados, o con sus lecciones para quienes quedan convertirse en
iniciados. Impulsaron un buen negocio de venta de libros por correspondencia al
tiempo que crecía el número de fieles a su iglesia. Las cápsulas y la crema
también les dieron buenos frutos. Y los que daban desinteresadamente limosna...
Creo que van a abrir una sucursal en Chicago próximamente...
-Pero no puedes creer que la gente sea tan maleable -dijo
Schwarm-. Me parece que lo tuyo es una observación puramente personal.
Lo negué.
-La gente cree porque necesita creer, porque quiere creer
-dije-. Y ahí radica el éxito de las sectas. Hace cinco años estuve en una
sesión pseudocientífica de ésas y no podré olvidarlo jamás. Se habían reunido
unos doscientos sectarios. Gente de mediana edad, en buena parte, pero también
un montón de jóvenes adolescentes y de parejas recién casadas y de otras que
llevaban consigo a sus hijos. El médium era un tipo bajito, de unos cincuenta
años, que, ante todo, hubiera necesitado un buen baño y un conveniente
afeitado. Su mujer era una gorda infame que cobraba la entrada de acceso a la
sesión y que presentaba a su marido ante el público anunciando el próximo
trance de éste para comunicarse con el Altísimo... Poco después, tal y como lo
anunciara la gorda, el tipo bajito cerró sus ojos, comenzó a contraerse y a
soltar palabras que, en un principio, eran inconexas y dichas en un tono de voz
sumamente agudo... Reconocí algunas de las palabras que decía en español y el
resto, la verdad sea dicha, me sonaba a chino. Su esposa «traducía» todo eso,
asegurando que se trataba de un importante mensaje del Altísimo que hacia
predicciones de futuro soltando a la audiencia allí reunida preguntas
estereotipadas que el médium respondía, siempre según la «traducción» de la
gorda, de manera no menos estereotipada. Aquel acto, de haber durado diez años
seguidos, habría mantenido el mismo nivel de atención en los fanáticos que
escuchaban la supuesta voz del Altísimo. Todos estaban literalmente sentados en
el filo de las sillas, tensos, expectantes... Creo que lo que buscaba aquella
gente no era, por cierto, la luz de la verdad.
Schwarm encendió un cigarrillo.
-¿Pero cómo se puede embaucar a la gente impunemente? -dijo-.
¿Qué hacen las autoridades? ¿Acaso desconocen que este hombre no es profesor ni
cosa que se le parezca, que no es más que un estafador religioso?
-Por favor -dije-. Usted ve las cosas desde un punto de vista
puramente psiquiátrico, pero hay más vertientes legales... Clutt es Ricardi,
por supuesto. Un fraude. Pero consentido legalmente, porque también es cierto
que se cambió de nombre en pleno uso de sus libertades individuales y
cumpliendo con los requisitos legales que se exigen para ello. Es Ricardi
legalmente desde hace tres años. Y si quiere llamarse profesor, puede hacerlo
tranquilamente... Como si quiere hacerse llamar doctor, mientras no ejerza...
Cualquiera puede decirse experto en metafísica, e incluso graduado en esa
materia con tal de haberse pagado un curso por correspondencia... Y el uso que
usted hace del término estafador religioso no deja de ofrecer dudas... Usted
sabe que las sectas y las iglesias están plenamente legalizadas siempre y
cuando paguen sus impuestos, cosa con la que sus líderes, desgraciadamente,
quedan a salvo de toda responsabilidad... Creo, sin embargo, que mis reportajes
pueden ayudar a pensar a mucha gente...
-Quizá -dijo Schwarm apagando su pitillo-. No puedo hacer más
que observar lo que acontece a mi alrededor... ¿Pero desde cuándo te interesas
por estas historias? Creí que estabas escribiendo otro libro...
-Lo dejaré de lado durante unas semanas... La verdad es que me
estaba agotando.
-¿Sí? ¿Cuál era el problema? -preguntó.
Hizo la pregunta por casualidad, pero conocía a Schwarm lo
suficiente como para saber que me la hacía con toda la intención del mundo...
Ahí estaba mi oportunidad de contárselo todo, absolutamente todo, sin dejarme
el más leve detalle. Todo lo relacionado con Diana, y con el fuego, y con la
Hermandad Blanca, y con la borrachera que me agarré antes del incendio, y las
razones por las que bebía...
Pero probablemente, me dije, no era aquélla la ocasión más
propicia para ir tan lejos... Antes del fuego había ocurrido lo de la bebida, y
la borrachera fue precedida de un sueño y tras ese sueño se escondían cosas de
las que no tenía fuerzas para hablar.
Quería hablar, contárselo todo, pero no podía, me sentía incapaz
de vaciarme... Y temeroso de lo que pudiera decir él, temeroso de lo que
pudiera diagnosticarme... Era, al fin y al cabo, un psiquiatra, y podría
señalarme cuáles eran mis errores de conducta más graves, cosa que, en el
fondo, me daba mucho miedo.
-Digamos que se me secaron las ideas -contesté llevándome las
manos a la cabeza-. Llevaba mucho tiempo con el libro y sentí que me vaciaba...
Ahora este trabajo puede venirme muy bien para salir un tiempo de la escritura,
lo necesito... Y escapar un poco de mí mismo...
-¿Escapar de ti mismo? -dijo.
-No, por favor, no me pretenda psicoanalizar ahora...
-Perdona, Phil, pero ya sabes que si tienes algún problema nada
mejor que verbalizarlo.
-Sí, claro -dije-. Ya lo sé, muchas gracias. Bueno, ahora tengo
que irme -añadí mirando mi reloj-, se hace tarde... ¿Puedo llevarle a alguna
parte?
-No, he traído mi coche.
Schwarm se levantó, mientras apagaba un nuevo cigarrillo en el
fondo del cenicero. Allí quedó la colilla humeante mientras unas pequeñas
brasas rojas aún parecían tintinear. Eché un vistazo raudo al restaurante... ¿Y
si alguna leve brasa de un cenicero, levantada por un aire súbito, fuera a
incrustarse en una de las cortinas, o en uno de los manteles, y provocase un
incendio? Si las cortinas se prendían, y ese fuego prendía además las paredes
enteladas, todo ardería rápidamente, todo el restaurante sería pasto de las
llamas apenas en el tiempo que dura un suspiro.
Schwarm echó a andar en direccion a la puerta, y yo, con un
gesto mecánico, apagué por completo, casi con saña, la colilla que él dejara a
medias en el cenicero... Era una tontería, de acuerdo... Pero no pude evitar
hacerlo... Y si él me viera, ¿qué le diría? ¿Tendría que decirle que era yo un
boy scout y que celebrábamos la semana de la prevención contra los incendios?
Pero no me vio. Nadie me vio hacer aquello y todo quedó en orden
para mí. Schwarm me pagó el café, salimos, nos despedimos cordialmente en la
calle y todo pareció estupendo.
-Llámame cuando quieras y quedamos para comer -me dijo-. A ver
si nos reunimos con más frecuencia.
-Lo haremos -dije yo.
Vi como se alejaba en su coche y desaparecía al final de la
calle. Entonces fui a buscar el mío al punto en donde lo había aparcado.
La oscuridad era ya grande, pero no lo suficiente como para que
no viese la figura que se perfilaba junto a mi propio coche... Y cuanto más me
acerqué, más la vi y más la reconocí: el tipo con la cara de payaso.
Pareció como que se estiraba al verme.
-Aquí estoy, esperando, hermano -dijo.
-Ya, ya lo veo...
-Quería asegurarme de que estabas solo -me soltó entonces
mostrando sus dientes por encima de sus labios-. Porque estás solo ,¿verdad?
Me quedé estupefacto. Sí, estaba solo. Y no me gustaba nada.
Estaba solo en mitad de la calle y con un fanático esperándome.
-Eso está muy bien –dijo-. De otra forma no te habría abordado.
Prefiero que estés solo, me siento más seguro.
¿Seguro para qué? ¿Seguro para matarme? Eso fue lo primero que
se me pasó por la cabeza.
Estaba de pie, tranquilo, sabiendo muy bien lo que hacía.
Lentamente metió la mano en uno de los bolsillos de su abrigo y antes de que
fuera posible hacer cualquier maniobra, ni siquiera salir corriendo, blandió
una navaja amenazadora.
-Ve con mucho cuidado -me dijo-. Puedo hacerte mucho daño.
Con su mano derecha, armada con la navaja, me amenazaba. Con su
mano izquierda me tomó de una de las solapas de la gabardina, primero, y
después comenzó a desabotonarme el cuello de la camisa. Sentí al momento sus
fríos dedos sobre la parte alta de mi pecho, muy cerca del cuello.
Intenté hacer un movimiento defensivo con mis manos y noté más
aguda la punta de su navaja en mi cuello.
-Ni lo intentes -me dijo-. No quiero matarte, sólo trato de
buscarte la señal.
Un loco de los infiernos, un loco de los infiernos, un loco de
los infiernos, eso era yo...
Sus fríos dedos siguieron clavándose en mi pecho mientras con la
navaja me destrozaba la camiseta en un corte de arriba a abajo. Al fin todo mi
torso quedó a su merced.
-¡Bien! -exclamó al fin-. Tal y como me imaginaba, no eres uno
de ellos... No tienes la señal.
-¿Qué señal? -pregunté.
-La señal de la Bestia. La señal del Diablo... Pero ya veo que
no eres uno de ellos, después de todo. Eres bueno, un hombre de sentimientos
puros... Así es que podrás ayudarme.
Al fin me soltó. Aún con la camiseta desgarrada, abotoné mi
camisa y me arreglé la gabardina sobre el cuerpo.
-¿Ayudarte? ¿Quién eres tú?
-Soy el elegido... El elegido para la venganza...
¿Qué puede hacer uno después de oír una cosa como ésa? Uno no
puede, en un momento semejante, tratar de pensar racionalmente, ni decir cosas
con sentido... Mucho menos ante alguien que sigue teniendo en las manos una
navaja que en una centésima de segundo podría clavársete en el estómago... Así
que me quedé mirando la cara de payaso de aquel tipo, a la espera de lo que
pudiera seguir contándome.
-Tú puedes ayudarme –repitió-. Vamos -dijo aproximándome al
coche-. Entra, ya te diré a dónde nos dirigimos...
-¿Pero qué vamos a hacer? -le pregunté.
Sin embargo, allí estábamos, en mi coche, dispuestos a partir.
Seguía recordando que el tipo con la cara de payaso tenía una navaja.
-Sé prudente -me recomendó.
-¿Por la policía?
-Sí, son nuestros enemigos. Seguramente lo sabes bien. Odian a
la Hermandad.
-¿La Hermandad? -dije-. ¿Perteneces a la Hermandad Blanca, es de
eso de lo que quieres hablarme?
-La Hermandad Blanca ha quedado destruida por un fuego
demoníaco. Ya lo sabes. Un fuego demoníaco que todo lo arrasa pero que no
evitará que otros, con nuevos bríos, resurjan de las cenizas.
El sujeto medio enano y con cara de payaso, que además tenía una
navaja, me hablaba susurrante en la oscuridad. Me moví un poco en el asiento y
sentí de nuevo la punta del acero. Sus ojos y su navaja seguían todos y cada
uno de mis movimientos.
-Por aquí es -dijo-. Vamos al número 1902 de la calle Benson.
Aquella dirección nada me decía. La calle Benson, para mí, era
una más de las calles de la ciudad, una más de los suburbios.
-¿A quién buscamos?
-A uno a quien tenemos que dar un aviso. Vamos, rápido.
Conduje, conduje en la esperanza de cruzarme con un coche
cualquiera al que hacer una señal, qué sé yo... Conduje con la esperanza de
poder pegar un acelerón, de encontrar el momento oportuno de quitarme de encima
al enano; conduje con la esperanza de tener un accidente, cualquier cosa...
Pero nada aconteció. Todas mis esperanzas fueron en vano. No
había más que oscuridad. Y calles. Una oscuridad rodeándome por todas partes. Y
un tipo canijo con una navaja. Yo le llevaba en mi coche, pero en realidad era
él quien me llevaba a alguna parte... Era él quien me llevaba a la más terrible
oscuridad.
-Más rápido -me ordenó-. Debemos darnos prisa porque el fuego de
los infiernos se mueve a velocidad vertiginosa en su afán por destruir el
mundo. Tenemos al alcance de la mano el día del Juicio Final.
-Fuego -dije-. En realidad llevas un buen rato hablándome sólo
del fuego... ¿No serías tú quien prendió fuego al tabernáculo de la Hermandad
Blanca?
Volví a sentir la punta de su navaja, y esperé a que se hundiera
en mi carne, totalmente resignado, casi como esperaba chocar contra algo... Me
sentía pendiente de un clavo... ardiendo. Mas nada ocurrió. Casi al momento me
quitó de encima la punta del acero.
-No quiero matarte, hermano, porque sé que en el fondo eres un
ignorante, no sabes lo que dices -me espetó.
-Entonces, ¿por qué no me lo cuentas todo? -le sugerí.
-Muy pronto, hermano, muy pronto. Cuando se lo diga también a la
persona que buscamos... Entonces os enteraréis los dos de todo.
-¿Para eso me llevas? ¿Por qué no puedes hacerlo tú solo?
-Porque si voy solo no me escucharía. Diría que soy un
lunático... ¿Sabes lo que es un lunático, hermano?
Temí dar una respuesta, tanto negativa como afirmativa... Seguí
conduciendo en silencio, hasta tomar por el Ammon Boulevard para desembocar
luego en la calle Benson.
Pero su voz, cada vez más aguda, martilleaba ahora mi cabeza:
-Lunático significa loco, hermano... Loco sin remedio, con toda
la locura y la maldad metida en los pensamientos. Me lo vienen llamando desde
pequeño. Mucho antes, incluso, de que ingresara en la Hermandad. Sólo el
reverendo sabía que no estoy loco, que no soy un lunático; sólo él lo sabía,
porque también él creía en las voces, las voces del más allá... Pero muchos
otros miembros de la Hermandad seguían llamándome loco. Y eso me enfurecía, me
hacia sentir ganas de sacar mi navaja y dejarles sin lengua... Esas lenguas
suyas que mentían y mentían sin parar...
Allí estaba yo. Callado y conduciendo, ahora un poco más
despacio, ya en plena calle Benson, dirigiéndome hacia donde él me indicaba,
ora con una palabra, ora señalándome el camino con un dedo. Y seguía susurrando:
-Lo sabrás todo en unos momentos... Y también él. Sabréis que no
soy un lunático y que digo la verdad acerca del fuego del infierno... Él debe
saberlo, además, porque es el próximo, el siguiente en la lista...
Había menos árboles en las aceras a esa altura de la calle y
pronto estuvimos ante el número 1902. Una casa de dos plantas.
-Bien, ya hemos llegado -dije.
La casa estaba oscura y silenciosa. Pero en cuanto nos bajamos
del coche, observé que una luz se encendía en la segunda planta, iluminando la
ventana.
Ya estábamos ante la puerta de entrada.
-¿Por quién tengo que preguntar? -dije en voz baja-. ¿Qué tengo
que decir? Imagínate. un desconocido a estas horas...
-Yo hablaré, no te preocupes... Venga, llama al timbre -me dijo
el enano armado con la navaja.
Toqué el timbre. Esperé. Volví a llamar.
-¿Lo ves? No hay nadie. O quien quiera que sea está
profundamente dormido -dije.
El tipo con la cara de payaso me echó a un lado y se puso a
aporrear la puerta con el mango de la navaja.
-Espera -dije-. Volveré a intentarlo, aunque no se...
-Está ahí dentro -me dijo . Hay luz, mira...
Levanté los ojos y volví a mirar hacia la ventana.
Efectivamente, aquella luz parecía más fuerte que antes. Como si ardiera...
Como si ardiera en su puro brillo, en su luminosidad.
Me volví hacia el enano y me di cuenta de que él también se
había percatado del asunto. También él pudo ver las primeras llamas, también él
pudo oler el inequívoco aroma del humo.
-Vayamos hasta la esquina –dije-. Hay que pulsar la alarma
contra incendios.
-¿Pero qué dices? ¿Qué quieres hacer?
-Ve tú a pulsar la alarma, que yo trataré de entrar en la
casa...
-No, es demasiado tarde -dijo él-. Morirás si lo intentas.
Era él, ahora, quien parecía aterrorizado. Miré al tipo con la
cara de payaso y no volví a sentir miedo. Antes de que pudiera reaccionar, me
abalancé sobre él y conseguí quitarle la navaja.
-¿Qué vas a hacer con eso? -me gritó.
-Ahora lo verás.
No tenía sentido alguno intentar derribar la puerta. Me fui
hasta la ventana, de tipo francés, que había en el porche. Rompí el cristal con
el mango de la navaja y la ventana cedió.
Una especie de sofocante ola de humo salió por allí.
-Vamos, ¡ve y pulsa la alarma! -grité al tipo.
Sin esperar más, me metí en la casa. Todo estaba a oscuras y el liurrio
se me metía por los ojos, por la nariz, por la garganta. Con mis ojos nada
podía hacer. Pero me tapé la nariz y la boca con el pañuelo.
Pegado a la pared recorrí la estancia. Tropecé con una lámpara
de peana y caí de rodillas sobre un sofá. Buscaba una luz que encender, para
conseguir ver algo, pero casi al momento esa búsqueda me pareció estéril. Las
llamas todo lo alumbraron. El vestíbulo ardía ya. Y vi que ardían también los
peldaños de la escalera que conducían a la segunda planta, convirtiéndose en
una suerte de faro que me guiaba... O que me abrasaba.
El humo era espeso y agrio... No quería subir porque sentía un
miedo mortal por el fuego.
Pero lo hice. Temía al fuego pero más me temía a mí mismo. Tenía
que hacerlo. Quizá la respuesta que ansiaba estuviese arriba, en la segunda
planta, adonde llevaba la escalera que ardía. Quizá allí me aguardara la
revelación de los secretos que me corroían.
Subí los peldaños vertiginosamente, de dos en dos. Y al llegar
arriba el humo parecía una mano invisible y poderosa que quisiera hacerme bajar
de nuevo. Una mano invisible, poderosa, gigantesca y caliente.
Trastabilleé por el pasillo, yendo de una pared a otra. Aquella
especie de mano me quería tirar y yo trataba de escapar de ella por muy pugnaz
que se mostrara, por mucho que quisiera meterme lo que parecían dedos en la
nariz, en la garganta, en los ojos.
Allí estaba yo. Rodeado de humo negro. Notando lo cerca que me
pasaban unas llamaradas como lenguas enormes...
Llamas que salían ya de las habitaciones alcanzando el pasillo.
Y un humo que era una nube indivisible, una masa auténtica y espesa.
Traté de mirar en el dormitorio y unas bocanadas de humo y de
fuego me echaron para atrás.
¿Para qué decir que era como una representación del infierno
llena de verosimilitud?
Alguien había pegado fuego a las cortinas, eso desde luego. Y a
la alfombra... Y a las ropas de abrigo de la cama. Alguien había querido, y
logrado, que el incendio comenzara allá arriba, en el dormitorio.
Alguien había conseguido que el hombre que yacía bocabajo en la
cama, con las manos y los pies ya carbonizados, no pudiera tener la más mínima
posibilidad de escapar, prontamente abatido por el humo.
Pensé en eso. En que es difícil escapar de un incendio, no ya
por las llamas en sí mismas, que pueden llegar a burlarse, sino por el humo.
Aquel hombre era la prueba palpable: una humareda súbita es cosa más que
suficiente para asfixiar a cualquier persona.
Aquello había estado perfectamente previsto, bien planeado.
Primero, la asfixia; después, la incineración... Sentía como si me hirvieran la
cabeza y las manos. El papel pintado que cubría las paredes se desprendía ya,
convertido en un hachón de fuego; las llamas comenzaban a correr libre y
velozmente incluso por el suelo, como regueros.
Quité rápidamente la manta de la cama, que ardía. Tenía que
sacarlo de allí inmediatamente.
Me eché el cuerpo sobre los hombros. Pesaba como un fardo
enorme. Un saco pesadísimo, muy difícil de llevar a cuestas entre el humo y las
llamas serpenteantes hasta el vestíbulo, también envuelto por el humo y las
llamas.
Tosía, me lloraban los ojos, tropezaba a cada paso, estuve a
punto de caer varias veces. Sudaba inmisericordemente y estaban a punto de
alcanzarme los fogonazos que lanzaban lo que fueran cortinas, muebles,
escalones.
Mientras bajaba de la segunda planta, creí escuchar sirenas, las
de los bomberos y la policia; pero tampoco podía estar seguro de ello, pues
dominaba el sonido de la crepitación; un sonido que parecía querer morderme los
talones.
Pero tras aquel trecho había una ventana; y tras de la ventana,
el aire... Eso era todo cuanto necesitaba. Aire fresco, incluso frío; sí, mucho
mejor si era frío... Y dejarme caer, tirarme en plena calle, al aire, a la
intemperie, al puro frío; sentir el frío, saberme definitivamente a salvo de
las llamas; libre del humo... Deseaba reírme del humo y de las llamas.
Me quedaban sólo unos pasos, nada más que unos pasos para
obtener lo que era, y quizá había sido nunca, más importante para mí, lo que
más había ansiado a lo largo de toda mi vida; eso en lo que jamás reparase como
ahora lo hacía: el aire y el frío. Y ojalá la lluvia... Unos pasos más y
estaría en la calle... Mientras llegaban los bomberos con sus máquinas, y con
sus mangueras, y con sus escaleras, y con sus cascos... Y con sus botas
mojadas; sí, por el agua que moja y apaga el fuego... Al fin lo conseguí. Al
fin estaba en la calle y sentía el aire y el fño que refrescaban mi sudor...
Traté de encontrar con la mirada al tipo de la cara de payaso, pero no lo vi.
Se había largado.
No importaba. Nada me importaba en tanto estaba ya a salvo.
Lejos de las llamas, inmune ya al humo. Podía dejar en el suelo, pues, aquel
cuerpo que pesaba como un fardo.
Lo hice. Lo dejé tumbado boca arriba. Y entonces vi su cara. Y
me estremecí. Volví a sentirme preso de las llamas y del humo; supe que jamás
podría apartar de mí el peligro de los incendios, la espantosa sensación del
ahogo; y que tampoco podría evitar cuanto el fuego dejaba a su paso, arrasado.
Volví a mirar aquel rostro para mejor cerciorarme. Me agaché
para hacerlo, para evitarme cualquier duda... Era el rostro de Joseph Clutt,
alias profesor Ricardi; era el rostro abotargado y cianótico del líder del
Átomo Dorado.
Allí estuve, paralizado por el miedo, unos segundos, acaso unos
minutos. Y entonces me pareció que aquel rostro se acercaba al mío, pero no; yo
corría ya hacia lo más oscuro de la calle, dejando atrás el fuego y el humo que
antes me envolvieran.
8
Creo recordar que fue Pitágoras quien expuso la teoría del eterno
retorno; la idea de que las mismas cosas acontecen una y otra vez.
Me gustaría saber qué hubiera pensado Pitágoras... Me gustaría
saber qué hubiera pensado Pitágoras, de verse allí, como yo, en aquella pequeña
oficina, contemplando la salida del sol a través de la ventana.
Aunque, la verdad sea dicha, me importaba un pito lo que pudiera
pensar cualquiera. Sólo me hubiese gustado ver a otro en mi lugar. Nada más.
Incluso a Pitágoras. Verlo allí sentado, dos días después de la primera vez y
escuchando decir al capitán Dalton: «Esto me huele muy mal... Debe usted
admitir que este asunto huele muy mal... »
-Yo no admito nada -contesté-. Le he dicho todo lo que sé. ¿Por
qué no se pone a buscar al tipo ése de la cara pálida? ¿Por qué no se pone en
contacto con Schwarm?
-Estamos buscando a su misterioso compañero de esta noche -dijo
Dalton-. Y el doctor Schwarm está a punto de llegar, ya le hemos avisado.
Deseé con todas mis fuerzas que llegara cuanto antes. Ya estaba
harto de la pipa de Dalton que me apuntaba sin cesar... Dalton apuntaba a mi
cabeza con su pipa, una vez, y a la siguiente consultaba sus notas. Así. Sin
tregua.
-Usted insiste en que jamás ha tenido nada que ver con el
profesor Ricardi -me dijo.
-Yo no insisto. Simplemente se lo digo. Nunca había visto a ese
hombre hasta que fui a sus oficios religiosos.
-Pero insiste usted en que vio a ese tipo...
-Le digo que no insisto. Sólo digo que me abordó de noche, con
una navaja.
-De acuerdo -dijo Dalton mesándose los cabellos-. Voy a
interrogar ahora al abogado de Ricardi, un sujeto que se llama Weatherbee... Y
a la señora Loodens... Quizá tengan algo interesante que decir.
Salió, dejándome allí sentado... Por mi parte, no deseaba más
que escuchar, a quien quiera que fuese, algo dicho con sentido común. Sólo eso.
Lo justo para sentirme mejor... Aunque, a decir verdad, no me sentía
excesivamente mal, porque ahora sí estaba seguro de que yo nada había tenido
que ver con ese incendio. No tenía, pues, nada que temer... ¿O sí? ¿Pero por
qué? Al fin y al cabo había intentado salvar la vida a Ricardi... Había
demostrado un comportamiento más que cívico y, por supuesto, absolutamente normal...
Lo justo para probar, sencillamente, que yo era una persona normal... Aunque...
Alguien era responsable de esos incendios y de esas muertes. En
algún lugar había un pirómano suelto; un tigre al acecho, sólo que sediento de
fuego.
¿Qué clase de criatura podía haber hecho que Ricardi se
asfixiara, primero, y que casi quedara carbonizado después?
Pensé en unas cuantas posibilidades. Diana Rideaux acudió a mis
pensamientos. naturalmente... Pero ella era de hielo, no de fuego. Además
estuvo conmigo cuando el primer incendio. Pero también la vi huir aterrorizada
cuando arrojé negligentemente la colilla del pitillo a unos matojos y
provocaron unas llamas de nada... No, ella no podía ser tan salvaje como para
causar una tragedia de tales proporciones.
¿Y qué decir del tipo con la cara de payaso? Él pudo haber
causado el primer incendio, de acuerdo. ¿Pero a qué enemigos se refería? ¿Y por
qué deseaba tan ardientemente dar un «aviso» a Ricardi? Por otra parte, estaba
claro que él no podía haber asesinado a Ricardi, porque se encontraba a mi lado
cuando comenzó el fuego.
Sabía, sin embargo, que Ricardi era el próximo en la lista.¿Por
qué lo sabía? ¿Y por qué había querido involucrarme en todo aquello?
En algún lugar, indudablemente, había un responsable... Había
que dar con él, había que interrogarlo. Sin duda sabía ya, a esas horas, que
sus objetivos se habían cumplido.
Entonces entró Schwarm.
-Venga, vámonos de aquí, Phil.
-¿Ya se ha entrevistado con el capitán Dalton?
-Todo está bien, le dije que habías estado conmigo. Todo se ha
aclarado.
-Esto es un auténtico infierno -dije-. Nunca había visto nada
peor, ni siquiera parecido, en toda mi vida... ¿Tiene usted idea de lo que está
pasando?
-Sí -me contestó mientras abría la puerta para que saliéramos-.
Pero ya hablaremos de eso más tarde.
Aquella vez habían encontrado mi coche lejos. Tuve que firmar
para poder sacarlo del aparcamiento de la policía. Schwarm me esperó.
-¿Le llevo a alguna parte? -le pregunté.
-Sí, a mi consulta. ¿Podrás concederme unos minutos?
-La verdad es que estoy agotado...
-Lo comprendo. Pero creo que tenemos que hablar, creo que debes
verbalizar todo lo que llevas dentro... De hecho, le he prometido al capitán
Dalton que hablaríamos.
-¿Está investigando usted este caso?
-Sí, aunque de manera extraoficial. De vez en cuando me llaman
para consultarme cosas, como bien sabes. Sobre todo cuando suponen que un
crimen es responsabilidad de alguien con cualquier trastorno mental.
-En otras palabras, Dalton cree que tengo algo que ver, ¿es eso?
-No, pero...
-Bueno, usted es un psiquiatra experto -dije-. Y a lo mejor
consigue que me aclare yo mismo... O consigue mejorar mi humor. ¡Quién sabe!
-Quizá -dijo Schwarm-. Al fin y al cabo, en eso consiste mi
trabajo. Te pido que vengas a mi consulta precisamente porque rechazas
cualquier implicación en este asunto, ¿comprendes?
-Usted gana -dije.
Conduje hasta el edificio Soames y dejé el coche en el
aparcamiento. Aún era muy temprano y no había paciente alguno en la consulta.
Ni siquiera estaba la recepcionista; sólo nosotros dos, frente a frente y sin
testigos.
-Siéntate y háblame de la historia -dijo Schwarm mientras
encendía un cigarrillo-. ¿Quieres fumar?
-No, gracias -dije con alguna dificultad pues tenía la garganta
seca y estaba sediento-. ¿Es una conversación privada, nada más?
-Tengo que tomar notas, pero respetaré lo que sea puramente
confidencial, Phil...
-De acuerdo -dije poniéndome cómodo en el asiento-. ¿Por dónde
quiere que empecemos?
-Por el principio.
-¿Se refiere a esta noche o a la otra? Supongo que ya le habrán
contado que pulsé la alarma para avisar del incendio en la Hermandad Blanca...
-Sí, ése es el principio. Comienza desde ahí. Tú sabes desde
dónde me interesa que empieces.
Sí, lo sabía. Pero no me daba la gana. O, mejor dicho, no podía
hacerlo. No podía hablar del comienzo, o de mi sueño, como se prefiera... Ve
con cuidado, me dije. Debes ir con todas las precauciones del mundo.
Así que me limité a repetir lo que ya había contado a Dalton en
mi declaración oficial: la historia del encuentro con Diana Rideaux, mi llegada
a casa, mi salida en busca del cuaderno de notas, lo de la taberna, mi
posterior encuentro con Diana, nuestra cena y el rato que pasamos a la orilla
del lago.
Pero iba demasiado rápido y acabé contándole lo de la colilla
del pitillo y el pequeño incendio que provocó en los matojos.
Lo miraba mientras le iba contando cosas, pero su cara nada
traslucía. Se limitaba a tomar notas y nada más... Por un momento pensé en
decirle que lo de la colilla había sido un simple accidente, una negligencia
por mi parte. Pero, si lo hacía, ¿no despertaría con ello sus sospechas? Así es
que continué hasta llegar a la noche anterior. Hablé del oficio de la Iglesia
del Átomo Dorado en el que, por cierto, nos habíamos encontrado; hablé del rato
que pasamos en el restaurante y de mi posterior encuentro con el tipo de la
cara de payaso. Y de cómo me obligó a que le llevara hasta el lugar del crimen,
y del fuego, y de cómo me topé con el cuerpo de Ricardi.
-Eso es todo –dije-. Creo que está usted entrevistándose con la
persona equivocada, ¿no le parece? Si tuviéramos aquí al dichoso enano de la
cara de payaso, a buen seguro que él le contaba lo que usted necesita saber.
-Probablemente -dijo Schwarm dejando su lápiz sobre la mesa-.
Pero, antes que nada, debemos ser prácticos. Tu amigo, por llamarlo así, el
enano en cuestión, no está a nuestro alcance, así que no podemos trabajar más
que con lo que tenemos a mano.
-¿Y puedo decirle algo más? –pregunté-. Creo que no me queda
nada.
-Tu información me resulta muy valiosa, Phil; estás cooperando
bien -dijo cerrando su cuaderno-. Has hecho un relato muy pormenorizado, y
demuestras tener una excelente memoria para los detalles...
-Es imprescindible cuando uno se dedica a la escritura.
-Sí; pero no sé por qué me parece que ocultas algo, Phil... Me
parece que omites cosas de capital importancia.
-¿Por ejemplo?
-En ningún momento, al relatar los hechos, has hecho mención
alguna de los sentimientos que te embargaban al vivirlos... Nada me has contado
acerca de tus reacciones...
-Bueno, yo pensaba que usted, ante todo, quería hechos, no
impresiones... Y no creo que mis sentimientos al respecto tengan mayor
importancia.
-Bueno, digamos que sólo por curiosidad, te pido que me cuentes
cuáles eran tus impresiones, todo lo que ha pasado por tus pensamientos en los
últimos tres días.
-Estaba atónito –dije-. Infernalmente atónito. ¿Cómo no iba a
estarlo? Resulta que pulso la alarma para avisar de un incendio y prácticamente
me toman por un pirómano. Después viene esa pequeña bestia y me secuestra pero
no precisamente para llevarme a un picnic... Y lo de la chica; ya sabe, su
forma de actuar para luego acusarme de forzarla... Y el incendio de los
matojos... Todo eso me turba especialmente...
-¿Por qué?
Había ido demasiado lejos como para detenerme ahora.
-Porque sé que fue un accidente -dije-. Y como no estoy del todo
desinformado a propósito de las teorías con las que usted, por ejemplo,
trabaja, sé bien que hay actos inconscientes; o mejor dicho, que provienen del
subconsciente... Puede que cuando tiré la colilla del pitillo quisiera mi
subconsciente iniciar un incendio... No sé. A lo mejor es que todos los
hombres, en lo más recóndito de nuestros corazones, queremos ser pirómanos...
-¿De veras lo crees?
-Usted es el médico, usted puede decírmelo.
Schwarm sonrió ampliamente.
-¿De veras crees que arrojaste esa colilla por un deseo
inconsciente de iniciar un incendio?
-No quiero ni pensarlo, ya no... La verdad es que me eterroriza
el fuego. Y esta noche, cuando entré en la habitación de Ricardí, a punto
estuve de quedarme inútil, paralizado por el terror...
-Y, sin embargo, entraste.
-Sentí que tenía que hacerlo.
-Podías haber esperado la llegada de los bomberos...
-Una persona no puede pensar racionalmente en circunstancias
como ésa -respondí-. Es el subconsciente lo que actúa.
-O sea, que fue tu subconsciente lo que te hizo entrar en una
casa en llamas...
-Bueno...
-Y ahora, en pleno uso de tu consciencia, crees tener un pánico
cerval hacia el fuego...
-Yo -comencé a decir levantándome- no puedo explicarlo,
doctor... No puedo decirle nada más.
-Está bien, no te preocupes... Te creo. Creo que no puedes ir
más allá en tu verbalización. Aunque quizá sí pueda hacerlo tu subconsciente.
¿Te atreves a intentarlo?
Volvía a tener miedo. Y, a pesar de eso, sentía una fuerte
atracción por lo que me sugería.
-¿Qué va a hacer, hipnotizarme? No irá a inyectarme una de esas
drogas de la verdad...
Schwarm se echó a reír.
-No seamos melodramáticos, Phil. No utilizo métodos como esos...
Quiero profundizar un poco más en lo que sugieres, simplemente. Creo que tu
concepción del subconsciente es un tanto trivial. Yo creo que no hay área o
entidad, tanto física como psíquica, que pueda identificarse con eso que
algunos llaman «mentalidad subconsciente». Sólo la consciencia recibe e
identifica lo que nos es preciso tanto para bien como para mal. Cierto que
algunas cosas nos resultan poco placenteras. Cosas que suprimimos o reprimimos
directamente. Pero se han recibido y están ahí, de una forma o de otra.
Unicamente a eso podemos definir como subconsciente. Cosas que se truecan en
fantasía, en ocasiones, o que adquiren matices simbólicos; cosas que, sin
embargo, al permanecer en el sujeto, pueden terminar por acarrearle alguna
suerte de trastorno psíquico. La fantasía, en ese caso, actúa como sustitutivo
de la realidad poco dichosa. La mente trata de comunicarse en toda
circunstancia, ¿me comprendes?
-No del todo.
-Ya verás cómo sí lo entiendes...
Se levantó y al poco trajo consigo una especie de folleto
voluminoso.
-¿Qué es eso?
-El método que yo utilizo para descubrir lo que se halla oculto.
Seguramente has oído hablar de esto. El test de Rorschach. Las manchas de
tinta... Las miras y me dices qué ves en cada una. Nada más que eso...
Tenía razón. Nada más que eso. Fui mirando cada una de las
láminas en el orden en que me las ofrecía, mientras él anotaba mis reacciones.
Algunas eran rojas; otras, de color rojo y anaranjado; y había también manchas
de color naranja, y de color rojo, y de color azul, todo junto... Y hasta
verdes.
Nada más acabar, iniciamos de nuevo la secuencia, pero en
distinto orden. Y lo hicimos una tercera vez. Él me hizo preguntas que yo le
respondí. No trataba de evadirme ni de evitar sus prospecciones.
Schwarm no paraba de tomar notas. Al fin dejó a un lado las
láminas y tomó asiento cerca de mí, comenzando a leer cosas que tenía
apuntadas... De tanto en tanto interrumpía su lectura para hacerme alguna
pregunta... Contesté a todo, absolutamente a todo lo que me pedía.
-Bueno -dije-. ¿Cuál es su diagnóstico? ¿Soy un pirómano?
Sonrió.
-Deberías hacerte esa pregunta a ti mismo -me dijo-. ¿No
sostienes la opinión de que todos somos pirómanos en potencia?
-No, usted es quien se dedica a investigar en el alma y en la
mente de los pacientes... No estoy muy seguro, en realidad, de lo que es un
pirómano.
-Ni yo... Pero dejemos esto. Quizá podamos encontrar cosas más
interesantes al margen de semejante controversia.
-Sí –dije-. Pero no quiero discutirías; ni quiero encontrar cosa
alguna, de verdad...
Pero dejé que él tomara la iniciativa, que comenzase a
explicarse.
-En primer lugar -dijo Schwarm- pensemos en el fuego,
concentrémonos en eso. El fuego es algo elemental, como bien sabes. La
auténtica chispa de la vida. El fuego que proviene del Sol: fuerte, brillante,
cálido... Lo reconocemos en cuanto brota y pronto nos cautiva. Por eso resulta
tan importante el color rojo; el color primigenio, el más excitante; el primero
de cuantos atraen la atención de un bebé. El rojo equivale al fuego.
-Y también a la sangre -dije.
-Exacto... Y también la sangre es vida en la simbología y en la
fisiología. Así que el fuego es sangre y vida. Algo casi mágico, ¿no te parece?
-Sí, podemos encontrar esa asociación entre el fuego y la magia
en todas las tradiciones y leyendas de las culturas que conocemos. La
purificación zoroástrica. Vesta y Agni fueron diosas del fuego. Seguro que sabe
la historia de Prometeo, que robó el fuego de los dioses, un mito tan común a
otras religiones como a la griega. Nuestra propia Biblia está repleta de
asociaciones entre el fuego y los sobrenatural. La historia de Moisés y la
zarza prendida; el fuego que guiaba a los israelitas... Y los ángeles con
espadas de fuego...
-Ciertamente -dijo Schwarm-. Siempre, desde antiguo, se ha
considerado al fuego como mensajero de los dioses... Pensemos en los altares
sacrificiales, en las piras rituales para hacer morir mediante el fuego a los
herejes... Y, por supuesto, no olvidemos la asociación que se hace entre las
penurias del infierno y el fuego que le es consustancial. Como tampoco debemos
olvidar que los alquimistas medievales buscaban la piedra filosofal a base de
mercurio, de agua y de fuego... El fuego siempre ha tenido una transustanciación
misteriosa; una suerte de materialización, en sí mismo, de conceptos como vida
y creación, por un lado, y muerte y destrucción, por otro. Pura magia, amigo
mío. Magia que hasta los más niños captan, o, por mejor decirlo, magia que
hasta a los más niños atrapa. Cuando provocas un fuego, en realidad creas un
mundo nuevo. Y al tiempo destruyes otro, el antiguo... El incendio no es más
que una circunstancia. Yo siempre digo que los pirómanos son unos sujetos, en
un setenta por ciento de los casos, con una inteligencia fronteriza, una
inteligencia claramente por debajo de lo que se considera normal...
-De manera que tiene usted alguna experiencia clínica con
pirómanos...
-Sí, alguna...
Schwarm se levantó entonces para dirigirse a su biblioteca.
Volvió con un volumen en las manos.
-La Asociación Psiquiátrica Americana -dijo- clasifica como
pirómanos en potencia a los psicasténicos y a quienes padecen accesos
compulsivos... ¿Eso te dice algo?
-No -respondí-. Salvo que, por lo que me acaba de decir, los
pirómanos son imbéciles, o casi, que tienen una irrefrenable tendencia a
provocar incendios. ¿Pero por qué? ¿Y qué hay del treinta por ciento restante
que posee una inteligencia normal? ¿Por qué cometen incendios?
-Ahí está el meollo de la cuestión, ¿no crees?
-Ni me mire... No tengo la más remota idea -dije.
-¿Estás seguro de lo que dices?
Schwarm volvió entonces a abrir su cuaderno de notas.
-Veamos qué significa para ti el fuego, veamos qué otras cosas
te sugiere -dijo-. Veamos con qué has asociado el fuego.
-De acuerdo -dije-. Palabras y hasta frases. Nada más. Una bola
de fuego. Fuego del infierno. Fuego creativo. Chispa del ingenio. Estás
ardiendo... Jugar con fuego. Qué sé yo... Asiento caliente. Tú me incendias...
Mejor casarse que abrasarse. Número caliente... Vieja llama. Chica
calentorra... Fuego en el que la pasión se consume... ¡Bah, tonterías! Palabras
nada más... ¿Sigo diciéndole más frases hechas a propósito del fuego?
-No, ya es suficiente... Veamos, como decía, lo que tú has
verbalizado... ¿Qué te sugieren todas esas frases hechas?
-Algunas, en mi opinión, aluden al castigo, a la expiación, ¿no?
El infierno y el mar caliente. Una contradicción amarga... Y, por lo demás, el
resto posee, a mi parecer, una clara intención sexual.
-¡Eso es! -exclamó Schwarm-. Por lo general acudimos a figuras
retóricas como ésas, casi a diario, o casi cada diez minutos, para expresar
algo que nos concierne de manera muy profunda... A tal punto, que es mucha la
gente que piensa directamente en esos términos, sin mayores sutilezas. Para
ellos dichas frases poseen un significado mucho más que elíptico, tienen una
connotación enraizada en su cotidianidad... No debe sorprendernos, pues, que
abunden los pirómanos que se iniciaron en el delito ya en su adolescencia. Es
ése, precisamente, el período en donde los trastornos sexuales, los desajustes
emocionales, anuncian la aparición de la paranoia esquizofrénica, por
ejemplo... Celos, rivalidad, impotencia, frigidez, perversiones y fetichismos
no son sino circunstancias añadidas... El fuego parece arrasar con todo ello.
Como bien sabes, la expresión «sentarse en el fuego» alude claramente al acto
sexual, al coito. Podría tratarse, en el fondo, de un afán de castigo para
expiar la antigua costumbre del incesto. avisando de un durísimo castigo si se
vuelve a consentir en el tabú... Algunos pirómanos llegan a creer que son
capaces de controlar el fuego como si se tratase de una emoción más. Otros, sin
embargo, se sienten dominados por el fuego. En cualquier caso, la descarga
emocional que un incendio les procura no es suficiente, por desgracia. Tienen
que repetir el acto. Así actúan los pirómanos...
-Pero si una persona es consciente de su condición de pirómano,
¿por qué no puede corregirse? -le pregunté.
-Esa es una buena pregunta. Casi todos los pirómanos niegan que
lo sean; incluso se lo niegan a sí mismos. Muchos actúan en trance, bajo los
efectos de una amnesia traumática. Otros aseguran haber oído voces que les
obligaban a provocar incendios. Y siempre tienen la sensación de que el fuego
es culpa de otros. No quieren tener nada que ver con eso porque el fuego les
asusta. Y porque su condición piromaníaca les provoca un bajo concepto de sí
mismos. Quizá sea así porque todos los pirómanos se saben asesinos en potencia
y eso es algo que a nadie, ni al más tonto, ni al más asesino, le gusta
saberse... Algo parecido a lo que le sucedía a un joven paciente que tuve:
padecía eneuresis, tenía un carácter ciclotímico... Y un sadismo de componente
uretral claro... Solía torturar al pequeño ratón blanco que tenía como
mascota...
-Un momento... Puedo entender lo del ratón, pero lo otro...
¿Podña contármelo en un lenguaje asequible, doctor?
-Sí, veamos... Gran parte de los pirómanos proceden de una
extracción social baja, de familias a menudo rotas o en las que se daban lacras
como la promiscuidad sexual. Nuestro pirómano prototípico, aunque detesto
clasificar como típico cualquier caso, suele ser un muchacho con muchas
complicaciones y complejos, que adora a su madre pero que odia a su padrastro,
o a cualquier hombre que se relacione con ella, por sospechar que su madre y
ese hombre no se entregan más que a una continuada transgresión de lo sexualmente
aceptado. Teme, sin embargo, rebelarse abiertamente; por lo que abandona el
hogar en uno u otro momento. Cae entonces en el alcohol y, por lo general, en
un matrimonio precipitado que termina en ruptura... Para colmo de males, la
situación se complica en ocasiones con un defecto físico acentuado o con una
fealdad sin paliativos, que hacen que ese sujeto posea una muy baja autoestima.
Eso, ineluctabiemente, lleva a la manifestación de graves problemas mentales...
A despecho de que el pirómano en cuestión sea una persona más que
conformista... Nunca se enfrentará a las autoridades. Será un gregario, un tipo
que coopera con todo lo que se le propone. Pero cuando la situación deviene
intolerable, se escapa. Se escapa como se escapó del hogar de su madre. Deja el
trabajo; si es preciso, deserta del Ejército si está cumpliendo el servicio
militar... Cualquier intento de ajuste a la realidad le resulta problemático. Y
se dice siempre que no es por su culpa sino por culpa de los demás; esto es,
por culpa de quien secuestró y violó a su madre. Odia a su padrastro, pero
también hay pirómanos, con las mismas características, que odian a su propio
padre por idénticos motivos.
-O sea que, según usted, en el fondo lo que les lleva a la
piromanía es un impulso sexual insatisfecho.
Schwarm negó con la cabeza.
-No, no tratemos de establecer premisas. Sólo busquemos lo que
hay ante nosotros. Pero sí es cierto que en la piromanía se da una connotación
sexual muy clara. La tensión que provoca esa necesidad de hallar
satisfacciones; el ansia de la exaltación y de la relajación posterior...
-Muy interesante -dije-. ¿Pero qué pretendemos con esto? Usted
me ha hecho una prueba, doctor. ¿Qué pasa con el test? ¿Cuál es su diagnóstico?
Schwarm encendió un cigarrillo más.
-Supón que, a través del test, me has dicho justo lo que
piensas...
Dudé un instante.
-No creo haber tenido padres que me causaran mayores
problemas... Mi padre y mi madre –dije- eran felices el uno con el otro y no
recuerdo haber tenido ningún trastorno especial durante mi niñez. Por otra
parte, está claro que ya he dejado de ser un adolescente. Y no tengo
impedimentos físicos, ni soy excesivamente feo, ni soy un tipo conformista.
Tampoco me dedico a pasar mi tiempo libre provocando incendios para luego
llamar a los bomberos, no sé... Ya le he dicho que el fuego me da miedo. ¿Qué
pasa con su diagnóstico?
-Nada que no me hayas dicho. Tú no eres un pirómano, aunque
pienses que todos lo somos en potencia -dijo Schwarm, pasándose la mano por su
cabello-. Pero demuestras una inquietud ante el fuego que tampoco es normal.
Casi una pirofobia... Has llegado a decirme media docena de veces que te
aterroriza el fuego. Pero no me has dicho por qué...
-Porque no lo sé.
-¿Te viste alguna vez, aunque fuese hace tiempo, involucrado en
algo que tuviera que ver con el fuego?
-La verdad es que no lo sé...
-¿Y qué hay de tus sueños, Phil? ¿Alguna vez has soñado con
fuego?
Se oyó una puerta en la recepción de la consulta... Fue como si
los marines hubieran desembarcado para salvarme.
-Tiene usted visita, doctor -dije mientras me levantaba-. Será
mejor que dejemos nuestra conversación para otra vez.
-Como quieras -dijo él-. Pero creo, Phil, que puedo ayudarte. Lo
creo sinceramente. Puedo ayudarte sólo con que te prestes a ello. ¿Lo harás?
-¡Claro que sí! -y me dirigí a la puerta.
-Sal por la otra puerta -me dijo-. Estoy esperando a alguien
más, alguien a quien Dalton quiere que haga un examen también hoy.
-Vale. Gracias por su tiempo y por las atenciones que ha tenido
conmigo.
-¿Estarás en casa por si alguien... por si alguien quiere
ponerse en contacto contigo?
-No pienso huir de la ciudad, doctor -le dije casi riéndome-.
Diga a su amigo Dalton que no tema... Sólo me voy a dedicar a ir por ahí por si
encuentro...
Schwarm completó mis palabras:
-¿Pirómanos?
-Eso es -dije-, por si encuentro pirómanos que quieran incendiar
el mundo.
9
Llegué a casa sobre las nueve de la mañana y estuve durmiendo
hasta las tres y media. Me desperté un par de veces, pero volví a conciliar el
sueño sin ningún problema. Cuando decidí levantarme me sentía mucho mejor.
Justo cuando estaba terminando de ducharme sonó el teléfono.
Salí corriendo a contestar la llamada.
-¿Diga?
-¿Phil? Soy Ed Cronin. ¿Qué demonios andas haciendo?
-Todo menos leer los periódicos.
-¡Leer los periódicos! ¿Qué demonios está pasando en esta
ciudad? Te envío a cubrir un par de historias y te conviertes en el centro de
esas historias, que, por lo demás, traen en vilo a todos los ciudadanos...
-Phil Dempster, reportero estrella -dije burlándome-. ¿Llamas
para pedirme un autógrafo?
-Quiero tu reportaje -gritó Cronin-. ¡Y lo quiero ahora mismo!
-Pero el tipo está muerto -dije-. Achicharrado. Siempre que
salgo a investigar, para poder luego escribirte el reportaje, va alguien y
muere achicharrado.
-¿Qué me quieres decir con eso de que el tipo está muerto? Eso
es aún más caliente, mucho mejor para la historia. ¿No encontraste tú el cuerpo
de Ricardi? Pues eso es lo que esperamos... Un reportero del Globe, enviado
especial, descubre... Pero escúchame, hombre... Lee el periódico.
-Habéis escrito algo ya, ¿es eso?
-Naturalmente. Y hemos dado la foto de tu libro ampliada. Por
eso queremos tu reportaje para que salga mañana mismo. Una exclusiva, tío. ¿En
cuánto tiempo podrás traerme mil palabras que lo cuenten todo? Quiero darlo en
primera plana.
-Mira, Cronin, estoy muy ocupado ahora para darte esas mil
palabras. Primero tengo que encontrar una secta que no arda luego de que yo la
visite.
-No digas tonterías. Esto es importante.
-Ahora mismo necesito una docena de billetes de cien, eso sí que
es importante para mí.
-Vale, te los pagaremos, entregues o no los artículos que te
pedí. Pero ahora necesito esta historia, el reportaje contando los hechos, no
la investigación... ¿Cuándo demonios me entregarás esas mil palabras?
-¿Estarás ahí a las seis? -le pregunté mientras echaba un
vistazo a mi reloj.
-Seguro que sí.
-Vale, pues a esa hora me pasaré por el periódico.
-Ven bien peinado -dijo-. Vamos a tomarte otra fotografía.
-Oye, ¿no quieres que pose con un incendio a mis espaldas?
-Cállate y ponte a trabajar.
Me callé y me puse a trabajar. Me puse a redactar mi experiencia
durante la investigación que intenté hacer en la Iglesia del Átomo Dorado.
Hablé del tipo enano con la cara de payaso, adornándolo con tintes misteriosos.
No me resultó muy dificil, únicamente dije la verdad. Sólo él sabía qué había
hecho y por qué lo había hecho. Yo sólo era un testigo.
Cuando llegué al periódico, Cronin me esperaba de pie, bajo el
enorme reloj de su despacho.
-Llego con un cuarto de hora de adelanto -dije poniendo el
reportaje sobre su mesa-. ¿No pagáis una prima por el tiempo récord?
-Lee esto mientras yo leo lo tuyo -dijo alargándome un ejemplar
del periódico.
Lo hice. Era la historia tal cual. Y, además, tal y como la
presentaba el Globe, me hacía parecer -o hacía parecer al periódico, más bien-
como merecedor del título de héroe. Y yo, siempre según lo que allí se contaba,
me mostraba resuelto al esclarecimiento absoluto de aquellos crímenes causados
por un pirómano; unos crímenes -se decía en la información- que habían sembrado
el pánico en toda la ciudad.
«Terror en la ciudad.» Ese era el título, por cierto, del
reportaje... Un gran título, sin duda, a cuatro columnas y con letras enormes,
espectaculares. Casi puede decirse que media página de toda una primera plana
había sido consumida por el fuego en cuestión. Vi mi foto, la de Dalton, la de
Ricardi... Era, ciertamente, una buena historia sobre Ricardi, escrita
utilizando mucho del material que yo mismo tenía en mi cuaderno de notas, como
si más de un reportero hubiese puesto manos a la obra de redactar lo que en
principio se me había encargado.
Según lo que se decía allí, al día siguiente, o sea, el sábado
por la mañana, se ampliaría la noticia. Anunciaban ya lo que Cronin me pidió
por teléfono. Y se decía que andaba la policía tras los pasos del enano con la
cara de payaso... Muy bien. Estupendo. Eso, al menos, quería decir que Dalton
se había tomado en serio mi declaración.
De hecho, todo el mundo se estaba tomando muy en serio los
acontecimientos. Aunque Cronin hubiera dado muestras más que excesivas de
sensacionalismo, cargando las tintas en la información, magnificando el terror
inherente a la historia. Por ejemplo, en una de las columnas de apoyo Cronin
especulaba con la existencia de negocios turbios relacionados con el sexo, cosa
de la que no había constancia.
-Muy bien -dijo Cronin al terminar de leerse lo que le había
entregado-. Lo daré a imprimir ahora mismo. Sube y hazte una foto. Arréglate,
hombre...
-¿Hablas en serio?
-Más que eso. Debes ponerte en marcha, ir mañana al careo que
harán... A buen seguro que encuentras allí más cosas. Nuestros reporteros
también andarán a la caza de cualquier noticia que brote por ahí. Haré que te
pasen cualquier indicio que encuentren. Tú eres el protagonista de esta
historia, eres lo más importante.
-Sí, y también mi cuello. Me lo estoy jugando...
-¿Tienes miedo?
-No, si te parece... Aunque miedo, lo que se dice miedo, el que
pasé anoche... No sabes lo que es que un lunático te ponga la punta de una
navaja en el cuello...
-¿Crees que él es el pirómano?
-Esta vez, por lo menos, no... No pudo hacerlo, estábamos
juntos. Pero sí pudo en el anterior. Lo sabe todo al respecto... Y, por lo que
me dijo, hay una estrecha relación entre los incendios y las sectas.
-Pues tu trabajo consiste en descubrirlo.
-¡Mi trabajo! -exclamé-. ¿Y mi vida?
Cronin guardó silencio mientras el fotógrafo me hacía sentar en
una silla, me empolvaba la cara e hizo tres disparos con su cámara.
-Ya está -me dijo, y me levanté mientras Cronin ponía sus manos
en mis hombros.
-No puedes abandonarme en esto, Phil. Te repito que eres
fundamental.
-Sí, para acabar en una tumba -dije.
-¡No digas tonterías! No te pido que corras riesgos
innecesarios, sólo que mantengas los ojos bien abiertos. Pura rutina que puede,
sin embargo, llevarnos al fin de todo esto con éxito.
-Sí, eso haría feliz al capitán Dalton, supongo... Creo que se
llevaría un gustazo enorme si viera que uno de sus principales sospechosos
resolvía este caso. Y mucho mejor que uno de sus detectives.
-A la mierda con el capitán Dalton, Phil -dijo Cronin-. No tiene
nada contra ti. Créeme. He hablado con él más que suficientemente. Mira,
volverá a llamarte mañana para una nueva declaración. Así que ve allí
tranquilo... Te daremos un anticipo por si tienes algún gasto extra. Y si nada
extraño acontece, manana publicaremos tu reportaje sobre el enano con la cara
de payaso... Creo que deberías entrevistar también a algún psiquiatra para
ilustrar mejor, en otro artículo, pasado mañana, qué es un pirómano.
-Ya lo he hecho -dije casi alegremente.
-Muy bien. Llámame mañana.
-Lo haré.
Me despedí de él y me metí en el ascensor. Era la hora de cenar.
El Gong estaba hasta los topes pero, así y todo, pude hacerme
con una mesa apartada en la que comer a solas. Sólo yo estaba solo en la mesa.
Pero por poco tiempo... De repente levanté la cabeza y vi, unas mesas más allá
de la mía, a una chica con el pelo como el cobre. Y a su lado al enano de la
cara pálida y los labios rojos. Y junto a ellos, al profesor Ricardi con su
pelo amarillo; o, mejor dicho, al profesor Ricardi que ya no tenía el cabello
dorado, sino negro, chamuscado. Y poco después su cara dejó de ser la que era y
comenzó a descomponerse como se funde la cera. Me restregué los ojos y, cuando
los abrí, pude ver que se habían ido de la mesa. Y que la ocupaba otro
comensal: el doctor Schwarm. Él, que bien sabía que quien tiene tanto miedo al
fuego, como yo, puede ser un pirómano en potencia. Él, que sabía bien que
muchas veces un pirómano no es consciente de lo que hace ni lo recuerda luego.
Volví a cerrar los ojos y a restregármelos hasta que me
dolieron. Los abrí y se habían esfumado aquellas representaciones de mis
nervios. Pensé que era imposible que cuatro personas me acecharan desde otra
mesa, más que nada porque allí no había sino pacíficos comensales que en
absoluto tenían cosa alguna que ver con el caso... Un lunático, una neurótica,
un sectario y un psiquiatra... ¡Vaya mezcla! Pero si sólo había parejas y
gentes de negocios... Nadie podía hacerme nada allí... Pero me sentía solo y
desamparado. Totalmente solo y abandonado a mi suerte.
En cualquier caso, no fueron aquellas imaginaciones mías lo que
hizo que me levantara casi al instante y saliera de allí... Estaba solo, sí...
Y en algún lugar de la ciudad había otro tipo solo, que sabía bastantes cosas
de mi persona. Alguien que acabaría de leer el periódico. Alguien que temía mis
reportajes, pues podrían descubrirlo. Alguien, en suma, dispuesto a pasar a la
acción.
Seguramente estaba en lo cierto Schwarm al decir que muchos
pirómanos poseen un ego adolescente y otros un grado de subnormalidad más que
alto... Pero aquellos incendios no parecían cosa de un subnormal. Anormal sería
el término más correcto... Aquellos incendios habían sido provocados con total
intención, para obtener unos resultados bien previstos. No eran cosa de un
imbécil sino de un asesino.
Schwarm, al fin y al cabo, lo había dejado clarito como el agua:
«Todos los pirómanos son asesinos en potencia».
El responsable, ese a quien tanto temía yo, no era un asesino en
potencia sino en pleno uso de sus facultades criminales. Y además sabía cómo
encontrarme. Y cómo hacerme pagar mis indiscreciones. Un tipo que me sabia solo
y desamparado, a su merced.
No había podido terminar de comer. Tuve que irme de allí a toda
prisa, aunque llegara con hambre. Cuando monté en mi coche, tuve que hacer un
esfuerzo sumo de concentración para recordar dónde vivía. Estaba absolutamente
nervioso. Sólo pensaba en salir de allí, en escapar; sí, escapar... Como si
fuera yo el criminal.
¿No había dicho también eso Schwarm? ¿No había dicho que los
pirómanos huyen, se olvidan de toda responsabilidad, escapan de la realidad?
¿Y bien?
¿Era o no era yo un pirómano?
La única manera de saberlo consistía en perseverar en mis
investigaciones. Yo quería saber la verdad. Tenía que conocer una parte de mí,
que me antojaba de capital importancia. Y lo haría. Pero con prudencia...
Reparé en mi persona. Y me dije que Dalton y los suyos sospechaban de mí, acaso
con razón... Pero no quería hacer más tonterías; ni pasar más noches de
angustia.
Aún había luz y eso me hada sentir mejor. Eso y que, junto a esa
leve luz natural, se habían encendido ya las farolas y la calle relucía... Sí,
las luces me ayudarían a volver con bien a casa... El fuego es peligroso, pero
el fuego da luz y la luz nos es necesaria para protegernos de la oscuridad y
sus peligros. Del poder de la oscuridad. Tenemos miedo al fuego, pero más
tememos a la oscuridad. ¿Por qué? Lo rojo es vida. Lo negro, muerte...
Tales eran mis pensamientos mientras conducía. Estaba llegando
ya a casa, doblé la última esquina y aparqué... Entonces vi algo; algo, o
alguien, esperándome frente al portal, metido en un coche enorme. Enorme y
negro. Todo negro. Negro como la muerte.
Me esperaba, sí. Era a mí a quien esperaba.
Sólo unas horas después de que alguien más me hubiera esperado,
otra persona hacía lo mismo. En un gran coche negro, como un furgón mortuorio.
Los nervios me podían por momentos. Pero así y todo traté de ver
quién era, con el rabillo del ojo mientras me dirigía al portal, como quien no
quiere la cosa. Pero no pude. Y, muy en el fondo de mí mismo, tampoco quería
saber de quién se trataba... Ya se sabe que la curiosidad mató al gato, como
dice el refrán. La curiosidad. Se me pasó por la cabeza que yo era, en aquel
momento, quien más sabía de las sectas y de sus cultos en toda la ciudad. El
primero que se atrevía a retar, llevado de su curiosidad profesional, a los
asesinos. ¿Por qué no haber bebido como la primera vez? No, mejor no hacerlo.
¿Qué iba a saber luego? ¿Adónde iría a parar el grado de consciencia que me era
imprescindible? Mejor no pensar más tonterías. Estaba claro que alguien más
sabía que yo estaba en posesión de un grado superior de conocimiento sobre más
de un trapicheo mortal. Alguien sabía que yo sabía más que la propia policía,
incluido su capitán Dalton.
Había llegado el momento de volver sobre mis pasos, ser
realista, meterme en mi coche, ponerlo en marcha y escapar de allí a toda
prisa. No siempre tiene uno la oportunidad clara de escapar a un peligro
concreto, me dije. Iría al despacho de Dalton, él podría ayudarme. No había
razón para no pedirle ayuda.
Di, pues, un par de pasos, desandando mi camino.
Entonces se abrió la portezuela del gran coche negro y escuché
una voz:
-Señor Dempster, por favor, me gustaría hablar con usted.
La voz era suave y musical. Una voz de mujer. Me volví y
comprobé que se trataba de una mujer de buen aspecto, con el cabello rubio.
-Por favor, señor Dempster. Me gustaría hablar con usted
-repitió-. Soy Agatha Loodens.
Entonces me dirigí al encuentro de la amante de Ricardi.
10
Agatha Loodens, sentada en el sofá de mi casa, con un vaso en la
mano... Era de veras elegante; perfectamente vestida, con sobriedad y
coquetería, rubia y bien peinada. Una mujer de cuya respetabilidad nadie
dudaría; de cuyo porte nadie podría colegir la existencia de negocios turbios.
-¿Se siente cómoda? -le pregunté.
-Mucho -dijo esbozando una sonrisa muy amable, de dientes
blancos y regulares. Todo parecía estupendo para ella.
-Bueno, pues yo creo que debería usted decirme ahora para qué ha
venido a verme...
Rió, con una risa muy armónica, musical.
-Usted siempre va al grano, señor Dempster, siempre tan
directo... Preferiría que considerase mi presencia aquí como una cortesía hacia
su persona.
-¿Cortesía? -dije-. ¿Acaso no ha muerto Joe?
-Por favor -dijo entonces, repentinamente seria-. Preferiría que
no hablásemos de ello...
-Entonces no acierto a comprender para qué ha venido usted a mi
casa; no sé de qué quiere que hablemos...
Dejó el vaso sobre la mesa de café que había entre el sofá y la
silla que ocupaba yo.
-Usted le ha llamado Joe -dijo-. ¿Cómo sabe su verdadero nombre?
-Viene en el periódico -respondí-. Viene todo sobre él.
-Ya lo sé -admitió con gesto de resignación, y volvió a tomar el
vaso entre sus manos-. Aunque quizá no lo sepa todo.
-¿Qué quiere decir?
-A lo mejor espero yo que usted me lo diga...
Me levanté a fin de prepararme otro trago.
-Esto no es un cuadrilátero de boxeo, señora. Puede buscarse un
sparring en otro sitio...
-Eso que ha dicho es poco elegante.
-Es que yo no soy elegante, señora. Soy un tipo sin educación y
además estoy cansado. He vivido y sufrido un montón de cosas en estos últimos
tres días... He tenido que soportar a la policía, a mis compañeros periodistas,
a un psiquiatra...
-¡Oh! ¡También ha hablado usted con el doctor Schwarm? ¿También
le sometió a un test?
-Sí, también me hizo un test -respondí un poco atónito-. Por si
le interesa, le diré que en el mío había unas láminas de colores, ¿qué le
parece? En fin, le diré que, según el diagnóstico del doctor, yo no soy un
pirómano. Se lo cuento por si quería saberlo...
-¿Por qué? Nunca he considerado esa posibilidad. Es usted muy
susceptible, señor Dempster.
-Sí... Y ya que estamos en este punto, ¿qué hay de usted? ¿Qué
hay de sus pruebas con las manchas de tinta?
Volvió a sonreír y adoptó una postura absolutamente encantadora,
muy simpática.
-Pues no vi ramas ardiendo, ni nubes de humo, ni cosas por el
estilo, si es lo que desea saber... Temo que mis reacciones fueron puramente
femeninas. Es más, creo que el doctor sacó la conclusión de que soy una persona
tremendamente frívola.
Volvió a reírse. En otro tiempo, quizá hubiera demostrado
interés por su persona. Al echarse para atrás en el sofá descubrió unas piernas
harto apetecibles. No tendría más que dos o a lo sumo tres años más que yo. Se
conservaba de maravilla y no era, como habíamos supuesto, una vieja... O a lo
mejor es que tomaba las cápsulas de energía atómica y se daba la vital cream.
Sí, seguro que era eso...
Quise volver a lo que me interesaba.
-Bien, una vez repasados nuestros respectivos informes médicos,
¿para qué deseaba verme? ¿No querrá hacer algún trato?
-A lo mejor... -dijo adoptando un aire intrigante-. ¿Vio usted
alguna vez a Amos Peabody?
-No.
-¿Y no sabe nada sobre él?
-¿Sobre su secta? ¿Sobre sus asuntos religiosos?
-Seamos francos, señor Dempster. Hablo de negocios. Pregunto si
sabe usted algo sobre sus negocios... Era un estafador, igual que Joe.
-¿Lo admite usted?
-¿Por qué no iba a hacerlo?
Agatha Loodens parecía sincera.
-No querría insultar a su inteligencia, señor Dempster,
diciéndole que se trata de asuntos religiosos serios y nada más. La Iglesia del
Átomo Dorado resultó ser un negocio excelente... Pero eso ya pasó a la
historia. Y es eso lo que me interesa: qué pasó y por qué.
-Pues podría empezar por hacerle esa pregunta a su abogado, el
señor Weatherbee -dije.
-¿Qué quiere decir con eso? -preguntó con los ojos atónitos.
-Me parece normal... Al fin y al cabo, ¿no era socio de Ricardi?
-Sí, hasta hace un mes -dijo apurando su trago-. ¿Cómo sabe
usted eso?
-Confidencias... -dije, adoptando también yo un aire intrigante.
-Bueno, hubo una disputa, hubo desacuerdos hace un mes acerca de
los planes futuros de la Iglesia. El señor Weatherbee quería que nos
asociáramos en otros negocios, de los que Joe sería cabeza visible... Pero Joe
no lo veía claro. Así que Don se marchó y nos quedamos solos.
-Muy interesante -dije, tomando su vaso para servirle otro
trago-. De manera que se deshace una sociedad que les da sus buenas ganancias
sólo porque el señor Weatherbee quiere ampliar negocios y Joe no estaba de
acuerdo. Y eso en un tipo como Weatherbee, acostumbrado a evadir toda clase de
impuestos... ¡Qué bonito! ¡Cuánto idealismo y desprendimiento por su parte!
Irse porque le llevan la contraria, sin más...
-¿Está usted tratando de mostrarse sarcástico? -me dijo, casi
arrancando el vaso de mis manos cuando se lo iba a ofrecer.
-Un poco sí -dije-. Casi tan sarcástico como un inglés,
señora... Usted dice que Weatherbee se largó porque no estaba de acuerdo con
Joe, a Ricardi, como prefiera... O no me puedo tragar que lo hiciera sólo por
una cuestión de ideas... Salvo que él tuviera otras ideas, mucho más concretas.
-¿A qué ideas se refiere?
-Las que tendña cualquier hombre, si pasara mucho tiempo a su
lado, señora...
-¡Vaya! -exclamó con cierta indignación, que disimuló con una
risa nerviosa-. Nunca antes me habían insultado de manera tan sutil como lo
hace usted.
-Olvídelo... ¿Tengo o no tengo razón?
Agatha Loodens se sinceró.
-Sí... Don tuvo esas ideas a las que usted alude y Joe se
molestó mucho. Incluso quiso golpearle...
-¿Y eso fue motivo suficiente para que Weatherbee dejara de
ganar veinte mil o treinta mil dólares al año? Por favor, señora Loodens. No me
haga ser sarcástico de nuevo... Creo que el dinero supera cualquier fantasía
amorosa... Supongo que habría otras razones de más peso... económico, ¿no?
No contestó a mi pregunta, motivo por el cual me vi obligado a
hacerle otra.
-¿Sabe usted cuál era el secreto que Weatherbee guardaba
celosamente?
-Lo ignoro -respondió.
-Ricardi nunca se lo dijo, ¿eh? -me acerqué a ella y ella
también se aproximó a mí. Agatha Loodens tenía un brillo de oro en sus
pupilas-. Pues creo que Weatherbbe sabía algunas cosas acerca de cómo murió su
esposo, señora.
Se llevó una mano a la boca y supe que le había golpeado en
donde más le dolía.
-Weatherhee -proseguí- está implicado en la muerte de su esposo.
Y usted y Ricardi debían saberlo. Al menos Ricardi. Pero supongo que callaron,
porque obtenían buen provecho del negocio... Hasta que Weatherbee se encaprichó
de usted y Ricardi lo largó con cajas destempladas, no sin amenazarle con decir
la verdad a la que aludo. Y ahora ha venido usted a verme porque quiere saber
si Weatherbee es el responsable de esos incendios criminales. Quiere saber si
él se cargó a su amante, a Joe...
-Sí, es verdad -aceptó-. Ésa es la razón que me ha traído hasta
usted.
-¿Mató Watherbee a su esposo?
-No lo sé, se lo juro... Puede que Joe lo supiera, pero jamás me
dijo una sola palabra sobre eso. Seguro que lo hizo por no implicarme en un
asunto tan...
-Y usted no acudió a la policía... por miedo a verse involucrada
en una muerte, la de su marido... Ya veo...
-No, no sea injusto; tal y como habla, parece como si me acusara
de un crimen. Pero las cosas no son tan simples, señor Dempster... Yo amaba a
Joe y, si hubiera ido a la policía, ¿qué hubiesen pensado de nosotros? Usted
sabe perfectamente la respuesta. Hubieran supuesto que urdimos un plan para
eliminar a mi marido, quedarnos con todo y poder casarnos sin problemas.
Weatherbee nos avisó...
-Sí, él la quería a usted para sí... Y usted cree que él asesinó
a Joe anoche.
-Es por lo que queda hablar con usted -dijo-. Quería comprobar
si usted sabía algo más sobre todo esto, algo más que la versión oficial.
Quería saber, también, si Weatherbee se había entrevistado con usted para darle
su versión de todo esto haciéndole guardar silencio...
-Suponga que lo hiciera -dije-. ¿Qué haría usted?
-Tengo dos métodos infalibles de persuasión –dijo abriendo su
bolso-. El primero es...
Y sacó un revólver, que brillaba en su delicada mano.
-¡Interesante método! –exclamé-. ¿Y el otro? ¿Es igual de
interesante?
-Juzgue usted mismo...
Se levantó, dio unos pasos hacia atrás y luego comenzó a
dirigirse lentamente adonde me encontraba... No pude evitar que mis brazos la
estrecharan. Ni que cayéramos al suelo, revolcándonos salvajemente, sintiendo
el calor de su cuerpo, abrasándome en ella, lamiendo su boca igual que ella
lamía mi boca...
Así que tenía que juzgar yo, ¿no? Bien, pues la corte de
justicia estaba en plena sesión. Aquellos ojos suyos, de brillo dorado, me
habían hecho caer de espaldas en el suelo. Y ella, encima de mí.
Poco después descansábamos, mi cabeza sobre su regazo, cuando
sentí que en los bolsillos de su falda había algo... Metí la mano y sí, cajitas
de cerillas rojas, negras, alguna blanca, alguna verde...
-Perdona -dije-. Guardas algo ahí...
-No sabía que fumaras.
-No, no fumo ya... Yo... Yo colecciono cajitas de cerillas. Un
hobby. Mucha gente lo hace, ¿no?
-Sí, he oído hablar de un montón de colecciones.
Ella se volvió a dejar caer entre mis brazos.
-Por favor -dijo-, ¿no creerás que tengo esas cerillas para...?
Sonó el teléfono.
Me levanté y ella hizo lo mismo al instante.
-No contestes -me suplicó, como si temiera que alguien
preguntase por ella.
La aparté, no obstante, y me dirigí a descolgar el teléfono...
Me miraba intensamente con sus ojos, oía mi voz, escuchaba atenta... Sí, me
miraba con sus ojos intensos, tan intensos como su cuerpo.
Me observó expectante cuando colgué, mientras regresaba junto a
ella... Volvió a abrazarme.
-¿Quién era? -preguntó-. ¿Era Weatherbee?
-No, era el capitán Dalton.
-¿Ocurre algo?
-No, sólo quería comprobar que sigo aquí.
Descargó la tensión que poco antes la embargara, respirando muy
profundamente. Sus dedos acariciaban mis hombros. Acercaba de nuevo su cara a
la mía y yo me sentía otra vez arrebatado por su mirada, por el brillo dorado
de sus pupilas.
-El capitán Dalton me ha dado un mensaje -dije yo, en tono muy
bajo, casi en un susurro-. Me ha recomendado que sea buen chico y me vaya a
dormir. Mañana tengo que presentarme muy prontito en su despacho para otras
averiguaciones con respecto a la muerte de tu amante.
Ella se levantó de golpe.
-Me alegro de que tomes en consideración, también tú, la
advertencia del capitán Dalton -le dije . Hay que mantener bien fresca la mente
para poder recordarlo todo.
Agatha Loodens se dirigió rápidamente a la puerta; tanto, que no
creo que pudiera escuchar lo que le dije cuando ya se iba.
-Las chicas como tú no deben jugar con cerillas.
11
Hasta la mañana siguiente no me di cuenta de lo tonto que había
sido. Yo y mi charlatanería. Yo, bocazas... Debería mantener cerrada más tiempo
la boca, caramba. Al fin y a la postre había pasado un buen rato con ella. No
estaban los tiempos para desperdiciar las oportunidades de placer, ya que poco
placenteros me resultaban aquellos días.
Además, qué sabía yo... ¿Acaso que Agatha Loodens era la
culpable de los incendios? ¿Acaso lo hacía con la intención de culpar a
alguien? ¿Acaso había querido matar a Ricardi, y vengar así la muerte de su
esposo, haciendo creer, sin embargo, que alguien había desatado una auténtica
persecución contra las sectas y sus líderes?
Con Weatherbee fuera del cuadro, y con Ricardi muerto, quizá
hubiera perdido ella, por lo demás, el control de la Iglesia del Átomo Dorado y
quisiera hacer borrón y cuenta nueva...
¿Pero una mujer como ella sería capaz de matar a un amante?
¡Quién sabe! La verdad es que, por lo que había conocido de ella
la noche anterior, no me parecía posible...
Pero, volviendo a las incógnitas que se me presentaban, ¿quién
podría figurar a la cabeza de la Iglesia del Átomo Dorado? ¿Quién reuniría las
características de fidelidad a ella y de convicción en el negocio? ¿Reservaría
para sí el papel de líder espiritual, o andaría a la caza de un candidato que
reuniese todo lo que se necesita para eso?
Era una posibilidad. Probablemente necesitara de alguien no
«quemado». Alguien, además, con tirón popular; alguien que enganchara pronto a
los fieles de la Iglesia.
En todo eso pensaba mientras tomaba mi desayuno, primero, y
mientras me ponía guapo para el nuevo interrogatorio, después.
Pero lo cierto es que pensaba en muchas más cosas... Había otras
posibilidades que no podían desdeñarse fácilmente. Si Agatha Loodens odiaba a
su amante, era más que probable que pudiera haberlo matado. Ignoraba qué tipo
de fantasías rondaban su cabeza. ¿Qué lleva a una mujer a la piromanía?
De acuerdo con lo que se desprendía de sus palabras, por otra
parte, temía a su abogado, a Don Weatherbee. Le tenía miedo y, al tiempo,
sospechaba de él como autor de la muerte de su marido, aunque no lo manifestara
claramente... Y es posible que hasta me hubiera dicho la verdad; o, al menos,
parte de la verdad... Me puse, pues, a repasar mi lista de sospechosos. Agatha
Loodens, Don Weatherbee, el tipo de la cara de payaso o sus congéneres de la
Hermandad Blanca... ¿Y no había más sospechosos? Probablemente, un montón.
Gente que me era totalmente desconocida, a la que no podía llegar ni por asomo.
El capitán Dalton y sus muchachos trabajaban sin parar en el
caso. Sin duda querían estrechar el cerco... No me equivoqué.
Escogieron, para los nuevos interrogatorios, un lugar extraño;
un lugar más propio para una reconstrucción de los hechos. Así es que Dalton
envió a uno de sus policías de uniforme azul a buscarme. Y cuál no sería mi
sorpresa cuando, en vez de llevarme a las dependencias policiales, me condujo
en el coche patrulla hasta el número 1902 de la calle Benson... ¡La casa de
Ricardi! El lugar donde murió... Un lugar que aún olía a humo; pero en donde,
curiosamente, las escaleras estaban intactas.
Pronto, sin embargo, supe cuál era el motivo de convocar allí la
reunión. Un hombre apellidado Kleber, investigador de la agencia de seguros, se
había personado en el lugar. Nada más verme, Dalton me tomó del brazo y me
llevó hasta Kleber, para presentármelo. Era alto, con el cabello gris y muy
tozudo y preguntón. Apenas sin saludarme, comenzó a interrogarme a fondo. Dije,
naturalmente, todo lo que sabía sobre el caso. Todo lo que ya dijera a Dalton y
a Schwarm... Evidentemente, Dalton le había mostrado ya mi declaración. Pero no
importaba. El tipo hacía más y más preguntas, casi siempre las mismas, pero
trastocando su enunciado, como si deseara cogerme en fuera de juego.
Al fin Dalton y los suyos me rescataron, para llevarme a prestar
testimonio ante una curiosa corte: el jefe de bomberos, varios de sus hombres,
el propio Dalton, un detective apellidado Henderson, la asistenta por horas de Ricardi
y unos rostros más que me resultaban familiares ya.
Aquella especie de jurado estaba a un lado de la habitación.
Mientras me volvía a interrogar Finch, el coronel de la policía, vi allí, al
otro lado, a unos cuantos amiguetes. Estaba, naturalmente, Schwarm, acompañado
de su colega, el profesor y también doctor Oakes (que vivía cerca de allí y
había certificado la defunción de Ricardi, una vez conseguí sacar el cuerpo de
la casa en llamas). Un poco más allá, había un tipo bajito, de gesto agrio,
vestido de gris... Supuse que era Weatherbee y supuse también que estaba en lo
cierto cuando, a su izquierda, vi a Agatha Loodens.
También ella estaba allí, sí. Y unas veces miraba a Don
Weatherbee y otras veces me miraba a mí.
Sólo faltaba en aquella familia tan grande y tan bien avenida el
tipo enano con la cara de payaso, ¡caramba!
Hubiera deseado vivamente su presencia allí, sobre todo cuando
Finch me interrogaba. Pero por mucho que hablé de él a lo largo de mis
respuestas, por mucho que clamé por la necesidad de su presencia, ni la más
mínima emoción dejaron traslucir aquellas caras de piedra. Aquellos ciudadanos
me miraban como si fuera yo, ciertamente, el principal, no ya sospechoso, sino
encausado.
También dije a Finch cuanto sabía, naturalmente. Schwarm me echó
una sonrisa cálida, pero los demás seguían mostrando un gesto petrificado,
helado. De vez en vez el capitán Dalton y Kleber cambiaban impresiones, en voz
baja, con otro individuo bien trajeado, al que me pareció reconocer, luego de
un rato, como fiscal del distrito... Aquello, excuso decirlo, no me gustaba ni
un pelo.
Cuando terminaron conmigo, me dispuse a prestar una
particularísima atención al resto de los interrogatorios. El siguiente fue el
doctor Oakes, y tanto él como el coronel estuvieron intercambiándose latinajos
médicos durante unos cuantos minutos. Al cabo, ambos llegaron a la conclusión
de que Joseph Clutt, alias profesor Ricardi, estaba legalmente muerto y había
fallecido, sin embargo, de manera un tanto ilegal. ¡Vaya conclusiones!
La asistenta también prestó declaración. No había ido a limpiar
en los últimos tres días. Le hicieron algunas preguntas sobre la distribución
del mobiliario, y poco más.
Pero antes de que declarase yo, algunos seguidores de la Iglesia
del Átomo Dorado confirmaron que Ricardi, después de los oficios de la noche de
autos, había tomado su coche para irse del templo. Y que había manifestado su
intención de irse a dormir cuanto antes, pues temía estar resfriándose... Lo
que quiere decir que las cápsulas de energía atómica no contienen
antihistamínicos, ¡vaya por Dios! Y nadie, naturalmente, observó nada extraño,
nada que indujese a sospecha.
Iban decantándose los testimonios, pues, y nadie daba muestras
de incoherencia. Ricardi se fue a su casa, yo descubrí su cadáver y un médico
certificó su defunción. Así de simple.
Pero testificó más gente. Weatherbee fue el siguiente. Lo hizo
con voz grave. Y, como buen profesional que era de lo suyo, utilizó su poderosa
voz para no decir una sola cosa de interés sustancial.
Sí, había llevado los asuntos legales del profesor Ricardi; una
asociación profesional que concluyó tiempo atrás; dio incluso la fecha de
ruptura. Pero sin encono, sin discusiones. Dijo que sus otras muchas
obligaciones profesionales le impedían seguir dedicando más tiempo a los
asuntos legales de la Iglesia del Átomo Dorado. Negó repetidamente que hubiera
visto al profesor Ricardi la noche de su muerte. Ni que, desde su ruptura
profesional, hubieran vuelto a entrevistarse para tratar cualquier asunto de negocios.
En la noche de autos, por lo demás, se encontraba jugando al
póquer en casa de un amigo. El capitán Dalton había comprobado su coartada.
El coronel, en este punto, interrumpió la declaración y preguntó
en voz alta, al capitán Dalton, si era cierto. Dalton dijo que sí.
Entonces llegó el turno a la señora Loodens. Iba elegantísima,
toda de negro... Y hasta lucía ojos llorosos. Parecía abatida, terriblemente
abatida... Ni una palabra sabía de toda aquella historia. Y ni siquiera había
estado en la Iglesia la noche del suceso. Estaba en su casa, aquejada de una
terrible jaqueca. Por supuesto, tenía testigos que lo confirmaban. Incluso
tuvieron que llamarla por teléfono para darle la trágica noticia. El capitán
Dalton ya lo sabía. De nuevo tuvo que confirmar ese extremo ante la pregunta
del coronel.
Vi cómo la miraba Weatherbee cuando volvía a su asiento. Y luego
me echó una larga ojeada.
Era el turno de Kleber. Un testimonio muy preciso, el suyo... El
fuego había sido, indudablemente, provocado. No era un simple accidente... Y,
más aún, alguien había golpeado a Ricardi en la cabeza, para después atarlo a
su lecho antes de provocar el incendio.
Casi me caigo de la silla. ¿Cómo no se me había pasado por la
cabeza semejante posibilidad? Ricardi atado a su cama. Y golpeado previamente
por su asesino.
Seguí con mayor interés aún el relato de Kleber, a pesar de los
muchos tecnicismos que empleaba.
En primer lugar, ¿cómo entró el asesino en la casa? Todas las
puertas y las ventanas estaban perfectamente cerradas cuando llegaron los
bomberos y la policía, a excepción de esa por la que yo saqué el cuerpo de
Ricardi, esa que yo mismo había forzado para poder entrar. En ese aspecto, la
casa toda parecía incólume.
Si mi testimonio era válido -dijo Kleber, y no reparé en la
excesiva condicionalidad de su si-, eso significaba una cosa: que Ricardi
conocía a su asesino, que él mismo le abrió la puerta. Y luego venían las
conjeturas. ¿Golpeó el asesino a Ricardi en la planta baja, para luego subirlo
hasta su dormitorio? ¿Fue golpeado allí mismo, en su dormitorio? Nada aseguraba
una cosa o la otra. Pero había que pensar seriamente en el asunto. Eso
recomendaba Kleber.
Más importante aún: la rapidez. Obviamente, el crimen se cometió
en cuestión de pocos minutos, es decir, el incendio, porque el golpe que
recibiera Ricardi no fue mortal de necesidad. Leve golpe para la cabezota de
Ricardi. Quienquiera que fuese el asesino, hubiera tenido que golpear más duro
al profesor para matarlo así.
Ricardi, pues, había muerto por asfixia. Antes de que el fuego
comenzara a carbonizarle las manos, las piernas y la cara. Esa, sin lugar a
dudas, era la causa primera de la muerte de Ricardi. Lo decía el experto. Que
iba más allá, barriendo para casa: la residencia de Ricardi estaba totalmente
cubierta por un seguro que declaraba beneficiaria a la corporación empresarial,
esto es, a la Iglesia del Átomo Dorado. Kleber quería dejarlo bien claro por si
era preciso buscar por ahí a los posibles sospechosos... Pero, sobre todo,
quería dejar bien claro que Ricardi había muerto a causa del incendio.
Comprendí pronto lo que pretendía: un incendio provocado, esto
es, con intención criminal, dejaba libre de responsabilidades económicas a la
empresa aseguradora para la que él investigaba. Tal cual. Pero no fui yo la
única persona de cuantas allí había que captaron pronto el mensaje de Kleber.
Agatha Loodens tenía los ojos desmesuradamente abiertos, sorprendidos y
expectantes, mucho más que en cualquier otro momento de aquel remedo de vista
judicial... Ella era la corporación empresarial, naturalmente. Y todos los allí
presentes lo sabíamos bien.
Entonces llamaron a declarar a Schwarm. Aquél sí que era, según
se anunció, el más experto de los testimonios... Escuché con atención más que
grande por si a través de sus palabras se deslizaba algo que tuviera que ver
conmigo, o con la señora Loodens.
Hizo una exposición francamente buena. Incluso bonita. Habló, en
primer lugar, y en términos exclusivamente médicos, de la piromanía y de las
circunstancias que concurren en quienes padecen dicha patología. Habló después,
tal y como yo lo había sospechado, de los exámenes que nos hizo a la señora
Loodens y a mí. También del test al que sometió a Weatherbee. Y -esto sí que me
resultó sorprendente- a la asistenta por horas de Ricardi.
En su más que respetable opinión, la opinión de un psiquiatra
solvente y reputado, ninguno de nosotros era un pirómano.
Kleber pareció contrariado. Para él, se trataba de un asesinato.
Cometido con fuego.
No obstante, permaneció en silencio hasta que Schwarm terminó de
explicarse. Luego volvió a pronunciarse en el mismo sentido de antes, con mucha
calma, dejando caer de forma contundente, sin embargo, todas y cada una de sus
palabras.
Habló de los motivos más comunes para provocar un incendio. Fue
enumerándolos uno por uno. Con solemnidad, incluso... Si Weatherbee, me dije,
había querido asesinar a Ricardi para vengarse, allí, en la casa de la víctima,
tenía de todo para hacerlo, para provocar el incendio. En el sótano, por
ejemplo, había gasolina. Una materia que se prende y expande en cuestión de
segundos.
Y en lo que a la señora Loodens concernía, seguí diciéndome, los
motivos no podían ser otros que los de cobrar el sustancioso seguro... Aunque,
la verdad sea dicha, poseía bienes y dinero en efectivo en cantidad más que
suficiente como para no necesitar esos veinte mil dólares que hubiera cobrado
de haberse tratado, siempre según lo que decía Kleber, de un accidente. Claro
que también cabía la posibilidad de que hubiese actuado por razones
estrictamente sentimentales y de venganza... Pero, al igual que Weatherbee,
tenía una coartada...
Y en lo que se refería a Phil Dempster -o sea, a mi persona- no
había por qué abrigar la más leve sospecha, siempre según Kleber... Yo no
conocía a Ricardi. No tenía, tampoco, móviles objetivos para matarlo. Es más,
traté de salvar su vida, arriesgándome entre el humo y las llamas. Quedaba
claro que mi declaración era digna de tomarse en cuenta; y que, muy
probablemente, el misterioso tipo enano de la cara de payaso había llamado a
los bomberos para después largarse del lugar del crimen. Yo, arriesgándome para
entrar en la casa en llamas, no hubiera tenido tiempo de hacerlo. Además,
Schwarm se había entrevistado conmigo a hora temprana y explícitamente
ratificaba mi declaracion... Así pues, también yo tenía una coartada.
Parecía quedar claro que no se trataba de un crimen con móviles.
Era obra de un pirómano, según Kleber. Lo cual seguía evitando a su empresa el
pago del seguro.
Una y otra vez insistía Kleber en el asunto del pago de la
póliza. Y, de golpe, deslizó una nueva interrogante: era muy posible que el
criminal no tuviese la intención, la consciencia de querer matar provocando un
incendio. Era más que posible que hubiera llegado hasta la casa sin un plan
premeditado para dar muerte a Ricardi, y luego, mediando para ello su actuación
inconsciente, y al correr de los hechos que allí se produjeron, o según las
conversaciones que tuvieran el homicida y su víctima, haber dado rienda suelta,
de manera espontánea, al fuego... Al fin y al cabo, el propio doctor Schwarm
había dicho que el incendio tenía todos los visos de ser obra de un pirómano.
Hubo más testimonios y discusiones sustentadas sobre puntos de
vista que, no obstante, apenas disentían. El coronel Finch parecía anotarlo
todo. E hizo un veredicto, poco antes de marcharse, que nada aclaraba: el
profesor Ricardi había sido asesinado por una persona, o por varias personas,
de cuya identidad nada se sabía.
Salida sonriente, con un «buenos días, señores», del coronel.
Muchos de los allí presentes experimentamos también las ganas de sonreír...
Pero no el capitán Dalton. Ni Kleber.
Me fui hasta uno de los reporteros del Globe que esperaban en la
calle y le di un mensaje para Cronin: le entregaría un articulo sobre lo que
acababa de acontecer, aquella misma tarde.
Busqué entonces al doctor Schwarm. Hablaba con la señora
Loodens. Pero cuando estaba llegando a la altura de ambos, un brazó sujetó el
mío...
-Señor Dempster.
Me volví. Era Weatherbee.
-Me gustaría conversar con usted -dijo.
-Bueno -dije.
-Pero alejémonos de aquí -me sugirió-. Tengo el coche ahí
aparcado.
Así que me dispuse a partir. Weatherbee y yo, al poco,
entrábamos en su impresionante Lincoln recién estrenado. Un coche más que
apropiado para un picapleitos. Lincoln es nombre que evoca la Ley... Aunque si
Lincoln viviera en el presente, dudo mucho de que se complaciese de que ciertos
abogados tengan coches bautizados con su apellido. Era un coche duro y a la vez
suave, como el propio Weatherbee.
-¿Adónde vamos? -pregunté.
-Creo que podríamos almorzar juntos.
-No, disculpe... Tengo que escribir ahora mismo... ¿Por qué no
me lleva a casa y charlamos durante el trayecto?
-Como guste... Así que cubre usted las informaciones de este
caso para el Globe, ¿eh? ¿Y qué opina del asunto?
-Creo que Schwarm y Kleber tienen razón... Es obra de un
pirómano.
-¿La señora Loodens cree lo mismo?
-¿Y cómo iba yo a saberlo?
-¿No le ha comentado nada? ¡Qué raro! Ella estuvo anoche en su
casa, ¿no?
No respondí. Weatherbee pareció molesto con mi silencio.
-Me pregunto qué deseaba saber ella -dijo.
-Lo mismo que usted: información, eso quena...
-¿Le contó algo sobre mi persona?
-Sólo me contó que habían roto la sociedad.
-Ella fue quien rompió nuestra sociedad -dijo, acelerando de
súbito al punto de que el coraz:ón me dio un vuelco.
Más que nunca, Weatherbee se me apareció entonces como el
principal sospechoso. Y yo, infeliz de mí, había caído en sus manos con la
misma placidez y tranquilidad con que llega a cualquier familia honrada el
regalo de una cesta de Navidad... ¿Qué hacer cuando un sujeto, del que
sospechas como criminal, te lleva en su coche a toda pastilla? ¿Abrir la
portezuela del coche y tirarte en marcha? ¿Bajar la ventanilla y pedir socorro?
¿O seguir tal cual, como si nada, esperando que los acontecimientos no te resulten
un pelín luctuosos?
-¿Cree ella que yo maté a Ricardi? -me preguntó al poco.
Volví a quedar mudo.
-Bueno, ya he tenido bastante por hoy, amigo –me dijo-. Pero sí
puedo asegurarle que yo no lo hice. El crimen no es mi negocio...
-¿Y cuáles son sus negocios? ¿Espiar lo que hacemos la señora
Loodens y yo?
-Ésa es una pregunta muy molesta, señor Dempster. Molesta y poco
elegante.
-Y a mí me molesta y me parece poco elegante que me espíen,
señor Weatherbee.
Pareció, entonces, calmarse...
-Acaba usted de preguntarme cuáles son mis negocios -dijo-. Pues
bien, se lo contaré... Y extraiga usted sus propias conclusiones; es más, dejo
a su albedrío considerar lo que voy a decirle como confidencial o no... Sí, yo
me dedico al negocio de las sectas religiosas, señor Dempster...
-Sí, ya lo sé... Y Ricardi y usted fueron socios... Pero, ¿por
qué rompieron?
-Sí, rompimos nuestra sociedad...
-¿Entonces?
-Yo era socio de Ricardi. Y Ricardi no era el único santón de
esta ciudad. Yo, además, soy abogado. Y la Iglesia del Átomo Dorado no es la
única secta. Hay otras, como La Hermandad Blanca, y la Casa de la Verdad...
Dykes, el líder de la Casa de la Verdad, requirió también mis servicios como
abogado. Y el mes pasado, después de romper con Ricardi, me entrevisté también
con Amos Peabody, de la Hermandad Blanca... Tenía mucho interés en informarse
acerca de mis últimas actividades profesionales y le hablé de mi ruptura con
Ricardi. También le di detalles sobre la forma en que creamos la Iglesia del
Átomo Dorado, convirtiéndola en un negocio más que rentable. Dije que podría
hacer lo mismo con la Hermandad Blanca, que agrupaba a fieles descontentos con
la Iglesia Evangelista... Así es que comencé a prestar mis servicios en la
Hermandad a cambio de un cincuenta por ciento de los beneficios... Pero alguien
incendió el tabernáculo y mató a Peabody... ¿Sabe usted qué es lo que más me
interesa en estos momentos?
Negué con la cabeza.
-Quiero que me lo diga -contesté.
-No sé, quizá usted haya visto algo, Dempster... Ha habido dos
incendios provocados. Y dos líderes de sectas han muerto en ellos... ¿Qué le
sugiere eso?
-Pues que alguien quiere dejar K. O. a los líderes de las sectas
-dije.
-Si, muy brillante... ¿Pero no imagina por qué razón?
-¿Por rivalidad? -aventuré.
Estábamos llegando al edificio de apartamentos en donde yo
vivía.
-Será mejor que se informe usted bien de todo –me dijo-. Vaya
esta noche a los oficios de Ogundu, ya verá...
-¿Ogundu? -dije.
-¿No le conoce? Es el líder del Templo de la Llama Viviente...
¿No le dice nada ese nombre? ¿No le sugiere nada?
-¿Pirómanos?
-Sí, pirómanos. Y además muy peligrosos. Capaces de incendiar la
ciudad entera.
-¿Por qué no habló de esto con el capitán Dalton?
-No seamos ingenuos... Le dije a Dalton lo que acabo de decirle
a usted, me preguntó por qué me interesaba por estos asuntos y mostró un
periódico en el que aparecía mi nombre, mala cosa...
-Y yo estoy trabajando para el periódico. ¿Qué más da?
-Ya lo sé... Pero usted, al no estar mezclado con las sectas,
despierta menos animadversión que yo... Usted, además, puede llegar adonde no
es capaz de llegar la policía.
-¡Pues vaya consuelo! -exclamé-. Lo que ocurre es que, si tengo
que escribir sobre todo esto, no sé cómo voy a guardar su nombre en secreto.
-Bueno, tiene usted mucho tiempo para pensarlo... Pero sí le
digo que no quiero, ni por asomo, que Ogundu me relacione con las pesquisas que
contra él y su culto puedan hacerse.
-Lea lo que escribiré en el periódico después de asistir a los
oficios que me recomienda para esta noche... Seguramente se publicará el lunes.
-Quizá... Si es que puedo...
-¿Qué quiere decir?
-Seamos sinceros, Dempster... Usted no está haciendo esta
investigación, ahora mismo, pensando en el periódico... Usted piensa en mí...
Así es que será preferible que no piense tanto en el periódico y se tome su
trabajo como si lo hiciera para mí. Quiero mañana su informe. Si me parece
publicable, lo publica usted. Si no me lo parece, lo rompe o lo cambia.
-¿De veras cree que voy a hacer eso? ¿Trata acaso de sobornarme?
Usted mismo acaba de decirme que el crimen no es su negocio.
Don Weatherbee sonrió.
-Bueno, bueno... No estoy tratando de sobornarle... Es más, si
quiere puede ir a Dalton y contarle nuestra conversación. Sólo tengo interés en
estar perfectamente informado, porque me creo en ese derecho.
-¿Sí?
-Sí -dijo encendiendo de nuevo el motor del coche, cuando ya me
había apeado-. ¿Recuerda que le dije hace poco que tuve negocios con la
Hermandad Blanca? Bien, pues creo que el enano con cara de payaso, al que alude
usted, es uno de los nuestros... No le conozco, y cuente conque me gustaría,
porque él debe tener las respuestas a varias incógnitas; pero sí puedo
asegurarle que conozco a otros como él. Ciudadanos de apariencia amable, de los
que nadie sospecharía; ciudadanos como Dios manda... Pero fanatizados. Muy
sugestionables, fáciles de dirigir; ya sabe a lo que me refiero... Sé, además,
que saben utilizar la navaja. Así que, si les digo que usted es uno de nuestros
enemigos, un enemigo de la Hermandad Blanca, a lo mejor creen que tuvo usted
algo que ver en la muerte de Amos Peabody... Pero no tema, Dempster... Haga sus
averiguaciones, siga mis consejos y escriba una buena historia... Yo le espero
mañana para que me entregue la otra historia que le pido.
Poco después entraba en mi apartamento y cerraba la puerta. Me
costó hacerlo, porque mis manos temblaban y no era capaz de meter la llave en
la cerradura para dar dos vueltas al cerrojo.
12
Tampoco me resulta fácil decir qué clase de miedo hacía que me
temblaran las manos. Pero, desde luego, no era ese miedo que cualquiera puede
experimentar leyendo ciertas revistas, viento ciertas películas tanto en el
cine como en la televisión... Todos tenemos una suerte de ojo particular que
detecta lo peligroso...
Estaba en mi apartamento, trataha de escribir la crónica del día
para el periódico y pensaba en lo que acabo de señalar. Ese ojo particularísimo
que todos tenemos, esa especie de ultravisión, puede escudriñar montones de
cosas, las más turbias, incluso. Y si era su particular ojo privado lo que
había llevado al enano con cara de payaso a ponerme una navaja en el cuello,
bien podría volver el tipo a las andadas; y con renovadas intenciones de
causarme daño.
Y si el ojo particular de Agatha Loodens la había llevado hasta
mi la noche anterior, podía darse la circunstancia de que no lo hubiera hecho
en busca de ciertas informaciunes, únicamente, sino en busca de cualquier otra
cosa.
Y si el ojo particularísimo de Weatherbee lo había llevado hasta
mi persona, estaba claro que lo había hecho para algo más que concreto... El
ojo particular de alguien, el ojo detector, puede decidir en un momento dado un
disparo, la tortura de cualquiera, su desprestigio; pero no parecían concurrir
semejantes supuestos. Ese ojo tan intuitivo de las personas se mantiene en
vela, al acecho, día y noche, sin dormir, enfebrecido en su afán de controlarlo
todo, pero con clarividencia, sin dejarse arrastrar por la neurosis... Y en lo
que a Agatha Loodens se refiere, y también a Don Weatherbee, tan fuertes
parecían en este sentido que daban la sensación de poseer una cierta energía
cósmica... Como si usaran la vital cream. Parecían indesmayables, dispuestos a
todo, capaces de soportar el más extraordinario esfuerzo con tal de alcanzar
sus objetivos; como si sólo ellos conocieran el alcance definitivo de las
cosas, las tensiones que cercan a un hombre común como yo, las respuestas para
cada situación, la manera de actuar en cada momento. Era como si pudieran
resolver cualquier enigma, incluso un crimen, en veintiséis minutos, para
dedicar el resto del tiempo concedido a emitir anuncios comerciales. Como en la
televisión... ¡Menuda historia!
El único problema, en todo esto, es que mi nombre salía en los
periódicos y era muy común: Phil Dempster. Y que aun teniendo mi ojo
particular, como todo el mundo, no era yo el ojo particular por antonomasia
sino un simple ciudadano particular... En definitiva, nada sabia yo acerca de
quiénes habían provocado los incendios, acerca de quienes dieron muerte a
Peabody y a Ricardi... Pero otros ojos particularísimos andaban al acecho de mi
ignorante persona.
Así, apenas había tecleado unas cuantas lineas, cuando decidí
llamar a Schwarm. Necesitaba una conversación larga y reconfortante con él.
Pensaba decirle: «Usted me preguntó si tenía algún problema personal... Pues
bien, si quiere nos vemos ahora mismo y se lo cuento todo...».
Eso quería decirle, sí. Eso traté de decirle. Pero marqué su
número repetidamente y nadie contestó al otro lado de la línea telefónica. Sólo
escuchaba en mi oído la llamada... Y eso, así y todo, era mejor que el
silencio, mejor que la nada. Estuve no sé cuánto tiempo escuchando aquel
sonido, nada más que ese sonido.
El silencio me rompía los nervios. Quizá debiera, me dije, ir a
cualquier sitio ruidoso, en la ciudad hay muchos... Un lugar en donde pudiera
sentirme entre la gente. Un lugar en el que no pudieran darme caza ni la señora
Loodens, ni Weatherbee ni el enano con la cara de payaso... Un lugar en donde
un asesino perdiera todas sus oportunidades de actuar.
Pensé muy seriamente en todo esto. También pensé en llamar al
capitán Dalton... Sí, eso era bastante razonable... ¿Por qué no contarle lo que
me había dicho Weatherbee? El capitán Dalton podía darme la protección policial
que necesitara. Nadie sería capaz, entonces, de tocarme un pelo...
¿Pero durante cuánto tiempo? ¿Durante cuánto tiempo podrían
brindarme protección unos policías? ¿Durante una semana? ¿Diez días? Supongamos
que en breve caía en sus manos el pirómano. Acabaría la protección que me
daban... Y Weatherbee, a buen seguro, sabía esperar. Era, por lo demás, un
hombre poderoso, con su reputación, con su alto nivel de vida y con sus muchas
influencias... ¿Qué destino me esperaba?
Más tarde o más temprano acabaría ocurriéndome algo... Lo sabía
bien. Lo creía a pies juntillas... Weatherbee me echaría el guante sin mayores
problemas. Mejor, pues, no acudir a la policía.
Eso sí tenía sentido. No era una estupidez.
Así que no tenía más alternativas: sólo seguir tecleando mi
crónica, escribir las mil palabras que Cronin me había pedido. Había empezado
cuatro veces mi redacción. La volvía a recomenzar una vez y otra.
Nadie me interrumpía. Nadie me ponía una navaja en el cuello.
Al final me guardé los folios en el bolsillo de la gabardina,
salí a la calle, no sin mirar antes arriba y abajo, y conduje hasta el
periódico. De inmediato me presenté ante Cronin.
-Bueno, aquí lo tienes -dije.
-¡Estupendo! -exclamó él.
Cronin comenzó a leer los folios. Yo, mientras tanto, tomé un
ejemplar del Globe: Dalton y el fiscal del distrito coincidían en el punto. El
caso no quedaba cerrado, a despecho de toda la información acumulada.
Necesitaban más. Y hasta los careos no eran, siempre según ellos, más que un
formalismo imprescindible. La persona o las personas responsables de aquellos
crímenes caerían pronto en poder de la policía... Y así un largo etcétera.
-Está muy bien -dijo Cronin-. Tu amigo Schwarm anduvo por aquí
haciendo preguntas a los muchachos y luego fue al Departamento de Policía.
Tenias que haber llegado antes.
-A lo mejor lo veo a la noche -dije.
-Vale... Necesitamos algo fuerte para el lunes. Manténte alerta
porque me da la impresión de que la policía va a echar el guante pronto al
culpable...
-¿Crees que ya saben algo?
-¡Quién sabe! -dijo Cronin alzando su mirada al techo-. El
noventa por ciento de estos casos se resuelven porque alguien da una pista a la
policía, por una confidencia. Pero poco sabemos de los miles de asesinatos que
se cometen a lo largo y ancho del país, de esos para los que nadie tiene una
pista... Nos asustaría pensarlo...
-Yo sí que estoy asustado -dije.
-¿Has recibido amenazas?
-No –dije-. Pero sé que alguien quiere pescarme... Primero fue a
verme Agatha Loodens y después Weatherbee.
-¿Les sacaste alguna información?
-Fueron a preguntar, no a decir.
-Bueno, eso es normal -dijo Cronin-. Es lógico que quieran saber
algo sobre todo esto... Phil, espero que todo este embrollo se solucione
pronto, la verdad... Porque cada vez me huele peor.
-¿Qué quieres decir?
-¿Te acuerdas de lo del año pasado, de aquel tipo que
descuartizó a su novia?
-Sí, Miller, ¿no se llamaba así?
-Exacto. Pues apenas en las dos semanas siguientes hubo seis
casos más como el suyo. Maniáticos sexuales que esperaron el pistoletazo de un
ejemplo para poner manos a la obra... Todos los sádicos de la ciudad leyeron
las crónicas que hicimos sobre el caso y decidieron pasar a la acción.
-Crees que habrá más incendios, ¿verdad?
-Ya han comenzado.
-¿Hablas en serio? -pregunté.
-Lee lo que publicamos mañana... Desde la muerte de Ricardi los
bomberos han recibido veintiséis llamadas. En dos días. El porcentaje es
inusitado.
-¿Pero ha habido algún incendio grande?
-No, todavía no... Pero lo están intentando, ya veras... Hasta
ahora, cosa de poca monta; aficionados, locos y así... Quema de coches de
bebés, afortunadamente vacíos. Incendios en lugares donde la cosa no podía ir a
mayores... Casi todos, provocados por niños... Pero...
-Es lo que dice Schwarm -le interrumpí-. Casi todos los
pirómanos son adolescentes.
-No te fíes de la Psicología -me dijo Cronin-. Está bien para
hacer literatura, pero esto es distinto; es real, Phil. Tan real como tu
amiguete con cara de payaso y una navaja en las manos.
Suspiré profundamente y luego sonreí.
-¿Qué te hace tanta gracia? -me preguntó Cronin.
-En realidad, nada... Ya veo que no soy el único que tiene
miedo... Nunca supuse que tú lo tuvieras.
Cronin me miró en silencio un buen rato.
-Ya sé -dijo al fin- que todo el mundo cree que los responsables
de un periódico sólo pensamos en ganar dinero vendiendo historias truculentas,
pero no es así. Sabemos, como ya te dije antes, que hay miles de asesinatos sin
resolver cada año... O sea, que vivimos sobre ascuas. También sabemos que se
dan dos millones de abortos cada año. ¿Pero cuántos no se contabilizan? Y
sabemos, igualmente, que cada año desaparecen treinta mil personas. ¿Pero
cuántas más se esfuman sin dejar ni rastro? ¿No te parece preocupante? El tipo
de la cara de payaso nos plantea un nuevo problema. Existe, tú lo has visto...
¿Pero cuántos hay como él por ahí, pululando tranquilamente? Pues habría cinco
millones. Y otros cinco que suelen llevar pistola. Quizá no sean criminales de
oficio. Pero pueden matar en cualquier instante. Gente que, en un momento dado,
explota porque necesita hacerlo.
Cronin se dirigió entonces hasta la ventana y miró pensativo a
través de los sucios cristales. Parecía deprimido en su contemplación de la
ciudad, de su propia ciudad; una ciudad que, aun formando parte de su vida, no
le ofrecía seguridades. Una ciudad a la que tomaba el pulso y la temperatura
para constatar, indefectiblemente, que estaba enferma, podrida. Cronin sabía
que se estaba incubando en ella el virus de una plaga terrorífica y violenta. Y
que él, por su condición de periodista, estaba también en el ojo del huracán...
Ahora sí me parecía el hombre que siempre sospeché que fuera, aunque tratase de
disimular sus sentimientos.
-Si pudiéramos adelantarnos a lo que va a ocurrir –dijo-. Si
pudiéramos saber cuántos de esos miles de ciudadanos de apariencia tranquila
están locos... Quizá el doctor Schwarm también albergue temores semejantes...
Le he oído decir que una de cada tres personas necesitaría asistencia
psiquiátrica en un momento u otro de su vida... ¿Cuántas personas tendúan que
pasar por una consulta en nuestra cuidad? ¿Te has parado a pensarlo? ¿Has
pensado que estamos en una ciudad de locos? Una ciudad en la que mucha gente
duerme con un revólver bajo la almohada, porque teme a sus conciudadanos. Una
ciudad en la que hay gente, ahora mismo, fabricando una bomba incendiaria, o
envenenando perros... O tipos que encierran a su mujer y a sus hijos en una
habitación, antes de asesinarlos... Asesinos, descuartizadores, violadores...
Tipos que persiguen a las mujeres animados por un pensamiento atroz... Las
cosas que he visto y oído en los últimos diez años nadie podría creerlas. Pero
son reales. La gente tiene una tendencia natural al vicio.
-La gente sólo tiene miedo -dije-. Ésa es la respuesta. Y el
miedo les hace crueles. A veces llegan a tener miedo de cosas intangibles...
Por eso acaban muchos en las sectas. No hay otra razón.
-¡Las sectas! -exclamó Cronin-. A veces pienso que habría que
acabar con ellas, aplastarlas, barrerlas del mundo... ¿Sabes una cosa? Lo único
bueno de todo esto es que la Hermandad Blanca y la Iglesia del Átomo Dorado ya
no están entre nosotros... A lo mejor eso era lo que pretendía el pirómano... A
lo mejor desea destruirlas todas...
Miré a Cronin, no sin extrañeza... Hablaba de manera arrebatada;
jamás lo había visto expresarse en forma tan apasionada.
-Me parece que estás hablando como un fanático -le dije-. ¿De
veras crees lo que acabas de decir?
-Por supuesto que sí. Sé bien lo que digo. Mi mujer estuvo dos
años mezclada en asuntos de éstos; nadie pudo convencerla de la maldad de las
sectas. Durante uno de sus ritos, sufrió un ataque de apendicitis del que
murió, estando como estaba embarazada de lo que iba a ser nuestro primer
hijo... Murió dejando una fortuna a esos charlatanes... ¡Los detesto y maldigo!
-Bueno -dije levantándome-. Creo que debo irme...
Cronin, entonces, pareció calmarse. Pasó sus manos por el
cabello y habló con más tranquilidad.
-Perdona, me excito mucho cuando hablo de estas cosas... No me
hagas caso, he tenido una semana durísima...
-No te preocupes, lo sé...
-¿Podrías entrevistarte con Schwarm por si tiene algún dato
sobre los sospechosos? -me pidió.
-Tendrás otro reportaje el lunes -le prometí-. Y cuídate.
Salí de allí. Pero no podía olvidarme de lo que acababa de oír.
Todo el mundo, según Cronin, es vicioso en potencia. Y Cronin odiaba a las
sectas y a quienes pertenecen a ellas... Se alegraría de su desaparición de la
faz de la Tierra. Me había dado este trabajo para que convenciera a la gente
sobre la necesidad de su desaparición.
¿Dónde estaba él cuando ocurrieron los incendios? ¿Que hacía?
¿Hasta qué punto no era sospechoso?
Pero me dije que tales pensamientos eran una locura. Cronin no
podía ser el pirómano. Era un tipo absolutamente normal... Aunque, ¿no necesita
asistencia psiquiátrica uno de cada tres sujetos normales? ¿Cuántos de ellos
van a la consulta de un psiquiatra?
Cené en el Gong y me dieron tostadas quemadas. Sí, quemadas...
En una hora tendría que estar en lo de la Llama Viviente. Pero no quería ir.
Nada le había dicho a Cronin de eso... Weatherbee deseaba que no lo supiera
nadie.
Me puse a pensar en el Templo de la Llama Viviente. Weatherbee
me había dicho que era un redil de pirómanos... Pero, si resultaba tan
evidente, ¿cómo la policía no había caído aún sobre ellos?
Pensando en eso me llegó la idea de que acaso en mi cuaderno de
notas pudiera hallar alguna información... Tenía que encontrar algo relacionado
con un tipo llamado Ogundu... Un nombre muy sonoro, desde luego. Polaco o ruso,
probablemente.
Eran las siete en punto. Tenía tiempo suficiente para pasar por
mi apartamento, coger mi cuaderno de notas y ponerme en camino... En mi poco
apetecible camino... Conduje despacio. Aparqué dos portales más abajo del mío.
Alguien me llamó entonces.
-¡Señor Dempster!
Reconocí al instante la voz. También reconocí el coche. Allí
estaba de nuevo, esperándome.
-Hola -dije-. ¿Todavía enfadada?
Negó con la cabeza, agitando su hermoso y rubio cabello, dejando
ver los pendientes que lucía.
-¿No me vas a invitar a subir?
-Perdona... Tengo que salir de inmediato.
-Quiero hablar contigo -me dijo.
-Espera un poco. Ahora mismo bajo.
Tardé apenas un par de minutos en coger mi cuaderno y en bajar
de nuevo a la calle. Me metí en su coche.
Agatha Loodens parecía haberlo preparado todo para una gran
noche. No pude evitarlo y la miré, recreando mi vista en su figura. Parecía
haberse vestido para mí. No lo digo por las joyas que lucía, ni por la carísima
ropa que llevaba, sino por el enorme escote que, al echarse para atrás el
abrigo, me mostraba.
La verdad es que tuve que hacer más de un esfuerzo para que mis
manos permanecieran quietas.
-Esperaba haber podido hablar contigo después de la sesión con
la policía -dijo-. Pero te fuiste de inmediato con Weatherbee.
-Sí, así fue...
-¿Y qué pretendía?
-Nada... Sólo hablar un poco de todo esto...
-Phil... Recuerda lo que te dije anoche... Procura mantenerte
lejos de él, es peligroso... Muy peligroso.
-Sí, tendré mucho cuidado, no te preocupes.
La miré largamente a los ojos, buscando el brillo dorado de sus
pupilas, admirando lo muy hermosamente que se los había pintado.
-¿Sólo has venido para recomendarme prudencia? -le pregunté al
cabo.
-No... Pero es que al ver que te ibas con Don sentí miedo.
-¿Por qué? ¿Miedo de que me contara algo que no debeña saber?
Sus labios parecieron furiosos.
-¿Cómo puedes ser tan...?
-No lo digas -y me reí-. Pero creo que estoy en mi derecho de
ser suspicaz. Son muchas las personas que me han abordado en los últimos días.
Todo el mundo parece buscarme. Y temo que alguien quiera causarme algún mal...
-¿De veras lo crees?
Otra vez se me había acercado más de lo debido; sus labios,
ahora, volvían a relajarse, a ser carnosos y a demostrar ternura. Vi cómo
asomaba entre ellos la punta roja de su lengua; como alguien que se asomara a
la puerta para decir «bienvenido a casa».
-La verdad es que ya no estoy seguro de nada -dije.
-¿Tiene eso algo que ver con los careos?
-Sí.
-¿Y con Weatherbee?
-No. Además no pienso verle esta noche.
-Muy bien... Te diré que he encontrado unas cuantas cosas sobre
su persona. Cosas que a lo mejor te interesa saber.
-¿Por ejemplo?
-Por ejemplo, que también tenía negocios con otra secta, Phil...
También estaba con la Hermandad Blanca.
-¡Ya lo sé! Él mismo me lo dijo.
-Pero hay más, Phil... Un montón de cosas más. Creo que no te lo
ha contado todo... Si me escucharas... Deja que te ayude, por favor.
-Adelante, te dejo. Pero tengo que salir a continuar con mis
investigaciones y estaré de vuelta a las once... ¿Por qué no vuelves a esa
hora? Tendremos todo el tiempo del mundo para hablar.
Agatha Loodens asintió con la cabeza. Se acercó aún más y me
besó. Era el nuestro, desde luego, un encuentro cordial y lamentaba tener que
interrumpirlo, pero no me quedaba otra opción.
-Te veré a las once.
-De acuerdo... Ten cuidado.
Entró en su coche y partió. Esperé a que desapareciera por la
esquina y volví a mis asuntos. Entré en mi apartamento, que cada vez estaba más
desordenado, pues apenas me entretenía en recoger las cosas, y eché un vistazo
a mi cuaderno de notas.
La Hermandad Blanca, la Iglesia del Átomo Dorado, el Centro de
la Sabiduría, la Casa de la Verdad, el Nuevo Reino del Tabernáculo y... nada
más.
Volví a repasar las notas. Sí, encontré la dirección del Templo
de la Llama Viviente y el nombre de Ogundu. Pero ni una nota al margen...
Aparentemente. la gente de Cronin no había podido recabar más datos. ¿O si? ¿Y
si alguien hubiera decidido suprimir esos datos?
Me sentí incómodo. A veces las cosas se te van de las manos y
eso repercute en detrimento de tus intenciones. Estaba empezando a dejar que
mis imaginaciones se desbocaran libremente. Imaginaciones que me hacían pensar
en Cronin como en el pirómano que acecha a los demás cuando duermen. El hombre
que exhibe dos armas: la navaja y la antorcha.
Había llegado el momeno de volver a la realidad y dejarme de
historias. Había llegado el momento de marcharme. Así que bajé, cogí mi coche y
puso rumbo hasta el 101 de la calle South Shernurne, en donde se alzaba el
Templo de la Llama Viviente.
13
Era mi noche de las sorpresas.
El lugar, sin embargo, no era sorprendente; simplemente, era el
barrio negro de la zona sur. La noche parecía espesarse allí, y hasta
calentarse en su temperatura, sin duda como consecuencia de los olores que
salían de los sucios restaurantes amontonados por doquier, así como por la
acumulación de basura en las aceras. Aromas de jamón grasiento y huevos fritos.
Ojos negros de mirada profunda; también los había verdes. Tiendas de muebles de
segunda mano con letreros de ofertas en negro sobre una cartulina de color
naranja. Ticndas de venta de coches usados, Lincolns viejos, casi
destartalados, un drug store, una farmacia, bares que también era licorerías,
un antiguo salón de baile transformado en pista de patinaje... Negros
merodeando por las calles. Un edificio tan deteriorado que dejaba ver, a través
de lo que le faltaba de fachada, el ascensor.
De repente se dejó sentir el viento frío que venía del lago, y
no sé bien por qué, pero lo cierto es que tuve una sensación, más que un
pensamiento: aquélla podía ser la noche que el destino me reservaba para morir.
Estaba solo y rodeado de extraños que miraban mi coche: una presencia inusual
en aquellos pagos.
Aceleré un poco y, calle abajo, aparqué al fin. Pero preferí
observar un poco el terreno antes de salir del coche. Allí estaba el lugar
adonde me había dirigido. Era como cualquier iglesia de las que menudean en los
barrios bajos. Y tenía un letrero de neón: TEMPLO DE LA LLAMA VIVIENTE. TODOS
SEAN BIENVENIDOS. Pero eso, en realidad, no me produjo una sorpresa especial.
Lo sorprendente fue que viera allí, saliendo del edificio a buen
paso, una figura que me resultaba familiar. Y lo reconocí al momento: era el
capitán Dalton, pipa en ristre. Tras él, a corta distancia, dos hombres
perfectamente trajeados. Se metieron en un coche que les estaba esperando y
marcharon a toda velocidad.
¡Así que conocían el lugar, después de todo! Probablemente,
entonces, mi visita era vana, innecesaria... Me asaltó la duda de si entraba o
me iba... Pero había algo más poderoso que mis dudas: Don Weatherbee.
Seguí sentado en mi coche largo rato. Aún no eran las ocho. Y
quería ver a los primeros fieles llegar. No sé por qué deseaba verlos llegar;
quizá para convencerme de que eran inofensivos. No quería encontrarme con
algo...
Eso era lo que me decía entonces. Pero ahora sé bien qué
buscaba. En realidad no quería encontrarme con el amiguete de la cara de
payaso, con esa aparición.
Empezaban a llegar los fieles a sus oficios. Pero me hubiera
resultado más que difícil encontrar al tipo pálido porque la gran mayoría de
los rostros que por allí comenzaban a pulular eran blancos. Toda una sorpresa.
Parecían dirigirse a un baile de máscaras.
Salí al fin del coche y encaminé mis pasos lentamente hacia el
punto en donde comenzaba a congregarse la gente para entrar. Sólo cuando estuve
cerca de ellos comprobé que eran en su totalidad negros. Había uno, enano y
tullido, que alargó el sombrero pidiéndome limosna; y una chica delgada,
raquítica, diría yo, con el pelo teñido de amarillo; y un viejo que lucía un
parche blanco sobre su ojo izquierdo. Había también adolescentes con cazadora
de cuero y blue jeans; y varios tipos que parecían llevar encima una borrachera
más que notable... Y hasta una muchacha, muy bien vestida, que sin embargo,
lucía un maquillaje como de concierto heavy. Y tipos con cicatrices en la cara;
y otro que parecía hidrocefálico, y que hubiera seguido llamando la atención
aunque no llevara la cabeza rapada.
Una banda de lo más rara... Pero, ¿por qué me extrañaba? ¿No me
había hablado Schwarm de los pirómanos? Adolescentes, deformes, subnormales o,
simplemente, anormales... Weatherbee me había confirmado, además, que la gente
de esa secta practicaba la piromanía.
Eran las ocho y media. Había llegado el momento de entrar. Subí
las escaleras de la entrada y lo hice. Nadie tuvo que abrirme la puerta.
El vestíbulo era mínimo, sin comparación posible con el que
tenía la Iglesia del Átomo Dorado. Nadie vendía publicaciones de ningún tipo ni
brebajes ofreciendo la eterna juventud. No era más que una estancia que
conducía, directamente, al templo.
Había unas cuantas sillas rodeando la tarima. Las paredes
estaban empapeladas en colores chillones, ofreciendo un aspecto digno de
cualquier discoteca donde se ponga música house. Sólo un panel daba cuenta de
los objetivos y actividades del lugar. Unas grandes cortinas negras tras la
tarima ayudaban a crear ambiente. Unas cortinas que, en su justo centro, lucían
un bordado: un pájaro de fuego. Un símbolo... Que comprendí de inmediato,
lógicamente: el Ave Fénix, resurgiendo triunfal de entre las cenizas.
Ya estábamos todos. Y súbitamente, alguien corrió las cortinas.
Apareció entonces el líder, Ogundu, y, ¡oh, sorpresa! ¡No era ruso ni polaco!
Era negro. Negro como la noche. Y vestía de rojo, como una llama.
Allí estaba, con una pose teatral, alzando las manos al cielo
mientras los fieles se arrodillaban. Pude observar que tenía diáconos. Uno de
ellos permanecía a un lado, presto a encender los focos cuando fuese menester.
Había otros dos, uno a cada lado de la tarima con el altar. Portaban unos
grances candelabros con velas, en una mano, y en la otra un brasero que colgaba
de un trípode.
Las manos de Ogundu comenzaron a bajar muy despacio.
-¡Encended la llama viviente! -gritó.
Y a mi alrededor sonó la respuesta. Felizmente, era el
estribillo de un canto ritual. Todos gritaron: «¡Encended la llama viviente!».
Entonces se apagaron las luces, prendieron los diáconos las
velas y también los braseros, para iluminar el rostro de Ogundu y la imagen del
Ave Fénix. Aquello parecía un mar de sombras.
Allí estaba yo, teniendo que admitir que el rito de Ricardi, con
su música de órgano y todo lo demás, resultaba más tranquilizador que aquello.
Esto era muy diferente.
Comencé a sentir algo, un cuerpo extraño, casi, en mi garganta.
Algo picante. Pero supe al momento qué era: el agrio sabor de la suciedad, del
polvo, el sudor corporeizándose... No en vano me encontraba en unos barrios
sucios, y en un lugar sucio, rodeado de cretinos sudorosos que respiraban
incienso, lo que se había prendido en los braseros... Me dije que Ogundu podía
ser tan farsante como Ricardi, pero éste, al menos, con sus toques dorados, no
olía así de mal.
Ogundu, en una especie de pebetero, arrojó más incienso, un
trozo de terciopelo, y prendió fuego a la mezcla para desvelar, nada menos, lo
que tenía apariencia de misterio.
¿Qué había dicho Schwarm? Algo que yo entonces comprendía
bien... El fuego es magia... Ogundu hacía brotar el fuego y devenía en una
suerte de Prometeo, de Pitágoras, de Zoroastro, de Mazda y Arimán; se convertía
en todos los dioses y demonios que ansiaban reencarnarse en la persona
indicada.
Los fieles parecían absortos; más que eso: hipnotizados por el
fuego. Ahora sabía por qué estaban allí. El fuego era la verdad. El fuego que
ardía, que destruía, el fuego que creaba y purificaba; el fuego que es muerte
en vida y vida en la muerte.
Hablaba Ogundu. Tenía una voz profunda, de barítono; voz de
evangelista, de profeta; voz que dice lo que se siente en lo más hondo del ser.
Una voz, la de Ogundu, que iniciaba a los fieles en los secretos del fuego; de
la magia del fuego.
Sí, yo pensaba esas cosas; pero porque Ogundu las iba
desgranando con su palabra.
No era un predicador propiamente dicho. Ni exhortaba ni
explicaba cualesquiera cosas. Tampoco prometía maldades o bondades; ni ofrecía
la salvación a las almas acongojadas. Se limitaba a proclamar que el único Dios
verdadero era la Llama Viviente. La Llama que evita al hombre su destrucción.
El fuego es vida. El fuego es muerte. Y el fuego es también el
infierno. Quienes no entreguen y consagren su vida al fuego serán consumidos
por el fuego en la otra vida. El fuego arrasará el mundo. Y el universo
resurgirá porque nació del fuego y todos somos parte del universo. Tal era el
gran secreto; un secreto que era consecuencia de la verdad.
Ogundu había dejado a un lado los viejos hábitos de los
predicadores, las palabras místicas. Iba al centro de las emociones humanas. A
eso que entronca con lo que en lo más recóndito late en el hombre. Y cuando
palabras como las de Ogundu se dejan sentir en un ambiente como aquél, en la
oscuridad, sin más luz que la de las llamas, sin aire y con incienso, algo
ocurre...
Lo iha comprendiendo poco a poco. Weatherbee tenía razón;
también Schwarm. Y Cronin... El mundo está lleno de cuerpos retorcidos, de
mentes no menos retorcidas; cuerpos y mentes que sólo encuentran excitación,
razón de vivir, en el fuego. Podía sentirlos a mi lado, en la oscuridad,
desvelados a veces por una llamarada, habitantes en la candela, ofreciendo unos
rostros idénticos a los que deben habitar en los infiernos... Ojos enrojecidos,
dientes enrojecidos, manos enrojecidas... a mi alrededor... Y la voz de Ogundu.
Y su aliento, que era como pintura espesa que todo lo inundaba... de rojo. Como
las llamas del pebetero, y como las velas, y como los braseros en donde el
incienso ardía como ardía el deseo, la necesidad del fuego en aquellas gentes.
Un deseo creciente, irreprimible.
De un lugar que no puedo precisar, porque originándose en mi
mente no tenía nada que ver con los pensamientos que a la sazón me envolvían,
escuché una voz diciendo «sálvame, sálvame...». Y reconocí esa voz. La voz que
ya creí olvidada. La voz del único sueño que en verdad me pertenecía.
Y me estremecí de nuevo. Como antes. Como hacía tiempo que no me
estremecía. Y quise escapar de aquella manada de adoradores del fuego, de
aquella cueva de pirómanos... Pero al instante el diácono encargado de los
focos dio la luz y unos tipos empezaron a pasar los cepillos en donde
depositaban los fieles su óbolo. Sí, se había apagado el fuego. Y aquellas
gentes hablaban entre sí con voz baja, como de lagarto; usaban palabras mágicas
dichas con voz grave... Tenía que reaccionar. No importaba en qué grupo, entre
qué gentes me hallase, tenía que reaccionar... Y vino la reacción.
Sí, ¿pero por qué? ¿Por qué se asocian la oscuridad y el fuego a
la magia? Por atavismo puro. Algo que nos devuelve a la noche de los tiempos, a
las cavernas en donde el hombre primitivo comenzó a adorar al fuego; esas
llamas que lo libraban de las tinieblas y que, al tiempo, lo convertían en
bestia con hábitos nuevos. El fuego. Eso que, más adelante, hizo que el hombre
lo empleara en altares para honrar a sus dioses, a los que ofrecía víctimas
propiciatorias en festivos holocaustos... Esa es nuestra herencia... ¿Una
herencia que provocaba reacciones instintivas?
Puede que sí. Cualquier cosa que fuese, lo sentía entonces. Y
supe el porqué de las presencias que allí había; supe bien cuál era la profunda
fascinación del fuego. Lo supe por las reacciones de los demás y por mis
propios sentimientos.
Tenía la garganta seca y dolorida, las manos rígidas, en
tensión, a uno y otro lado de mi cuerpo; mi corazón palpitaba con fuerza, como
conducido por el rítmico acento barítono de la voz de Ogundu; una voz, la suya,
que parecía convulsionarse como una llama. Era, sin duda, la sensación que
experimenta cualquier pirómano.
¿Había sentido algo parecido antes? Cinco días atrás, cuando se
incendió el tabernáculo de la Hermandad Blanca, ¿había sentido eso? ¿Había
conocido y reflexionado antes sobre ese sentimiento?
Eran los míos pensamientos enloquecidos, febriles. Quizá todos
mis pensamientos, todas mis razones, fueran cosa de un loco; y, si lo eran,
¿significaba eso que yo estaba loco?
Pero volví a concentrar mis atenciones en la tarima del
oficiante. Algo nuevo acontecía. Los diáconos, después de haber pasado el
cepillo, estaban allí. Descorrieron las cortinas y apareció otro sujeto
portando sobre unas andas un recipiente de hierro, un pebetero. del que salía
humo, como un incensario... Pronto acudieron dos hombres a ayudarle en el
transporte, y pasaron a recorrer la sala por los laterales para llenarla bien
de humo, para engrisecerla.
Ogundu, entonces, comenzó a cantar algo que hablaba de luchar...
Los fieles coreaban aquel cántico. Era como un himno sin acompañamiento
musical; pero con un contra punto: el humo caliente del incensario gigantesco.
Los diáconos seguían paseándose a un lado y otro de la sala.
Crecía el ritmo del cántico. Casi al final, en el paroxismo, se llegaron hasta
la tarima de Ogundu y pubieron frente al oficiante el incensario para que el
humo envolviera su cara, sus manos, casi su figura entera, a fin de darle un
aspecto demoníaco.
Crecía el arrebato de aquella gente. Los gritos desgarrados de
las negras, el cántico de voz grave de los hombres me envolvían... Escuchaba,
más que gritos, auténticos chillidos. Sentí como si toda aquella gente
estuviera poseída por un espíritu capaz, igualmente, de poseerme también.
Posesión. Posesión demoníaca. Demonios del fuego...
Tuve que decirme que me llamaba Philip Dempster, para no perder
la razón. Y que estaba en lo que antes seguramente fuera un almacén,
observando, sólo eso, cómo se desarrollaba un culto de sectarios; más bien, un
show de estafadores... Mas, ¿por qué aquello parecía aprisionarme la garganta,
paralizar mis manos y mis piernas, acelerarme el corazón? Mi pulso parecía
sujeto al influjo del rictus del oficiante.
Volví a concentrarme en la figura de Ogundu. El humo, y algunas
llamaradas esporádicas, seguían envolviéndole, iluminándole una vez sí y otra
también, después de cierta pausa en negro, mientras conducía con las manos,
como un director de orquesta, la agitación de sus fieles. De repente se detuvo,
se quitó los zapatos, que puso a un lado, y cerró los ojos.
Comenzaron a cantar los diáconos y él respondía en una suerte de
letanía. Algunos fieles cayeron de rodillas, de golpe, sin miedo a hacerse
daño, y unos cuantos más les imitaron. Otros empezaron a dar brincos en el
suelo, sobre las puntas de sus pies, y en un segundo sentí que me envolvía el
rumor de aquellos saltos, creciendo poco a poco; el ritmo de unas pisadas que
tenía mucho de rito salvaje; un rito en el que participaban, con igual
entusiasmo, los viejos y los jóvenes. Aquello hacia vibrar el suelo, como si de
un movimiento sísmico se tratase. Como vibraban las llamas... Y yo también me
sentía vibrar, me sentía arrastrado.
Ogundu, descalzo, empezó a moverse también a un lado y otro de
la tarima. Lo hacía felinamente, con la apostura de una pantera negra. Tenía
los ojos encendidos. Comenzaba a participar del rítmico pisar de sus fieles,
como dejándose llevar por un rumor de auténtico tam-tam de la selva. Caminaba
lentamente, con enorme suavidad, demostrando en sus movimientos una agilidad
casi inhumana, retorciéndose, sin embargo, con enorme armonía... Y así, poco a
poco, fue desapareciendo tras las cortinas.
Yo había leído alguna cosa sobre este tipo de ritos africanos.
Ritos que, en el corazón de Africa, ofician los curanderos.
Pero aquello no era exactamente como yo lo había leído. Ni
Ogundu era un curandero de una tribu, ni estábamos en África, sino en el 101 de
la calle Sherburne, en el distrito sur... Y acababa de ver, sí, eso era, a un
hombre, a un negro, que se había marchado luego de pasar por encima de las
brasas que los diáconos pusieron a sus pies, sin herirse.
Cuando se encendieron los focos, sin embargo, vi que allí había
negros normales, como los de cualquier barrio. Y que los diáconos eran eso,
negros comunes de cualquier ciudad. Negros comunes que, como si limpiaran,
arrojaron agua sobre las brasas que antes pusieron en el suelo de la tarima,
para que Ogundu pasara sobre ellas, y el fuego, naturalmente, se extinguió. Y
los fieles comenzaron a irse lentamente. El oficio había terminado.
Algo había visto aquella noche. Algo que me recordaba el viejo
libro de Seabrook titulado La isla mágica, en el que hablaba de los ritos de
Haití. Que hablaba de cómo unos pobres negros ignorantes se adentraban en las
sendas de la magia, transformándose en auténticos sacerdotes de un rito
ancestral: el vudú. Seabrook, en su libro, no lograba desentrañar el misterio.
Pero sí ofrecer toda una casuística muy digna de estudio.
¿Y yo?
No estaba seguro de nada. Sí me di cuenta, sin embargo, de que
intenté ver a Ogundu, luego del rito, y me fue imposible. Subí a la tarima por
eso y uno de los diáconos me salió al paso.
-¿Qué anda buscando, señor? -me dijo.
-Quiero ver a Ogundu.
-El Padre ya se ha ido...
-Soy del Globe -dije, alegrándome por primera vez de que Cronin
me hubiese dado una acreditación de prensa, que enseñé al tipo aquel.
-Bueno, espere un momento... Voy a ver si puede recibirle.
El diácono se metió entre las cortinas. No tardó mucho. Al poco
apareció sonriente.
-Bien, puede pasar -me dijo-. La primera puerta del vestíbulo.
Fui donde me decía.
Pasé entre las cortinas; vi, efectivamente, otro vestíbulo tras
de ellas y la puerta indicada, que abrí yo mismo pues estaba entornada.
Eso era lo que había tras de las cortinas que, sin embargo,
sugerían un misterio insondable. Eso había tras aquello que parecía guardar
fieramente el Ave Fénix. Nada más que una simple y común oficina amueblada con
lo que a buen seguro se había adquirido en una tienda de segunda mano. Algo que
desentonaba un poco con aquel negro que estaba ahora tras del escritorio, un
negro de mediana edad que, desde luego, parecía haber sido desprovisto,
súbitamente, de sus virtudes sacerdotales. Un tipo común y muy delgado, más de
lo que parecía durante el rito.
-Bueno, ya está bien de humo por hoy -dijo aplastando la colilla
de su pitillo en el cenicero-. Siéntese, por favor... ¿Le gustó la ceremonia?
Iba a abrir la boca para decir algo cuando se asomó una chica.
Era blanca.
-No te necesito ya esta noche, puedes irte -dijo Ogundu.
Me miró y dijo:
-Es mi secretaria, una chica encantadora.
-Sí -dije yo-. Ya lo creo que es encantadora.
Traté de mirar, a través de la apertura de la puerta, pero Diana
Rideaux ya se había esfumado.
Ogundu seguía descalzo. Pero no había en sus pies herida alguna.
Ni la más leve callosidad tenía en ellos. Ni una quemadura mínima, una
ampolla...
-¿Cuál es el secreto para no herirse? -le pregunté-. ¿O se trata
de un entrenamiento específico?
-En parte, sí -dijo sonriendo-. Los poros de la piel pueden
absorber perfectaineute el fuego siempre y cuando se deslice con rapidez sobre
ellos. Lo más importante es saber cómo caminar, cómo pisar... Y no tener miedo.
¿Nunca ha oído hablar de los nigerianos que andan sobre las brasas?
-No me dirá que es usted africano...
Se echó a reír.
-No, naturalmente que no –dijo-. Nací y crecí en esta ciudad.
Pero no es preciso haber nacido o crecido en África para aprender algunos
trucos... Tengo otros. Sé comer fuego, llenarme la mano de carbones ardiendo...
-¿Le importa que hable de usted en mi reportaje? -le pregunté.
Ogundu jugueteó con la colilla del cigarrillo que antes apagara.
-No, en absoluto... Actúe usted como lo crea conveniente,
escriba lo que guste... No es mi problema.
-¿Se siente usted tranquilo en su templo?
-Sí, muy a gusto, además. Igual que ahora mismo...
-¿No le ha interrogado Dalton?
-Ha venido para avisarme, si es lo que quiere saber... ha venido
con el jefe de bomberos para decirme que no debo utilizar el fuego en mis
oficios, ni hacer procesiones con antorchas. Me han dicho que es peligroso.
-¿Y usted, qué piensa hacer?
-Pues estoy pensando en trasladarme a otra ciudad... No andan
muy bien los asuntos del culto por aquí en los últimos tiempos...
-¿Ha leído usted lo que he publicado en el Globe?
-Sí. Y escriba lo que guste, de verdad... Lo más seguro sea que,
cuando salga su historia, yo ande por ahí siguiendo mi camino -dijo comenzando
a ponerse los calcetines y, después, los zapatos-. No se preocupe, responderé a
cuantas cosas quiera saber, pregunte...
-Le agradezco su cooperación -dije.
-Para eso estamos -dijo haciendo el nudo de sus cordones con
mucha lentitud-. Pregunte lo que quiera, señor Dempster.
Sonreí ampliamente, tomé aliento y solté la pregunta que más
deseaba hacerle:
-Me gustaría saber si entre su congregación de fieles hay algún
pirómano.
Su enorme sonrisa pareció mantequilla que se derrite en una
tostada caliente.
-¿Eso es lo que más le interesa para sus reportajes?
-Sí -dije-. La verdad es que no tengo, hoy por hoy, mayor
interés en las sectas. Me interesan los pirómanos.
-¿Trabaja para la policía? -me preguntó.
-No, en absoluto... Trabajo por mí mismo. Pero, sin quererlo, me
he visto envuelto en estos dos casos... No me gustan los incendiarios ni me
gustan los asesinos. Y me gustaría saber qué es lo que está ocurriendo, por qué
se han dado esas muertes...
-Sí, eso quiere saber también su amigo, el capitán Dalton. ¿Lo
vio usted aquí esta noche? ¿Le sugirió usted que viniera?
-Créame, no tengo nada con él. Pero me parece lógico que haya
venido. Simple rutina profesional... Querría saber qué hace usted en sus ritos;
y, quizá, comprobar si sus oficios pueden atraer a los pirómanos de la ciudad.
-Ya le he dicho que no sé nada de eso...
-Sí, pero no responde a mi pregunta...
-No puedo, señor Dempster, no sé nada del asunto. Usted piensa
que alguno de mis fieles es un pirómano. Si así fuera, ¿cree usted que se lo
diría? ¿O acaso cree que envié por ahí a una pareja de pirómanos para provocar
esos incendios? ¿De veras lo cree?
-Yo no creo nada. Sólo quiero oír su opinión...
-Hasta donde yo sé, mi gente está libre de culpa. Pero no puedo
asegurar nada, ni decirle más. Pregunte al capitán Dalton, si gusta. Salió de
aquí llevando una lista de todos los afiliados a mi culto. ¿Responde eso a sus
preguntas?
-En parte -dije-. Y, a propósito de su gente, ¿puede decirme si
hay entre sus fieles un tipo bajito, que lleva una cazadora marrón? Ése al que
me refiero es blanco y muy pálido, tiene unas ojeras muy pronunciadas y se
muerde los labios continuamente... Parece un pequeño payaso...
Ogundu se levantó. Lentamente, muy ceremonioso y solemne, caminó
hasta un armario de oficina que había a un extremo de su despacho, lo abrió y
vino hacia mí con algo en la mano... Una navaja que yo había visto antes, que
había sentido en mi garganta.
-¿Esto pertenece al tipo del que me habla? -dijo.
-Sí. O sea que le conoce...
-Le vi ayer por la noche. Trabajé hasta muy tarde y a eso de las
diez salí a tomar un café. Apenas había traspasado el umbral de la puerta,
cuando me abordó... Afortunadamente, pude ponerlo en fuga y hacerme con su
arma... ¿Quién es?
-No lo sé -dije-. Y le aseguro que me gustaría saber quién es.
¿Se lo contó usted a la policía?
Ogundu negó con la cabeza.
-No, ya tengo bastantes problemas con ellos. Han estado
dejándose caer por aquí toda la semana, desde el incendio de la Hermandad
Blanca. También han interrogado a mi secretaria...
-Sí, su secretaria -dije-. ¿Qué pasa con ella?
-Nada. Se llama Diana Rideaux. Lleva conmigo siete meses y es
una buena persona, una chica excelente, encantadora... La acaba de ver usted...
-¿Ella es... creyente, fiel a su culto? -pregunté.
-No, no lo es... La verdad es que tiene la cabeza muy bien
puesta sobre los hombros... ¿Cómo iba a creer en esto si conoce todos mis
trucos? Pero, ¿por qué lo pregunta?
-No, sólo quería saberlo. Resulta difícil encontrar un trabajo
como éste, si no se es creyente...
Ogundu volvió a sonreír.
-Ya me imagino lo que está pensando... ¡Una chica blanca
trabajando con un negro...! Bueno, creo que puedo explicarle eso. Cobra cien
dólares a la semana; no está mal, ¿eh? Eso es todo. Pero, además, Diana es una
buena persona, muy sensible. O lo era, hasta hace una semana... También ella me
habló del tipo de la navaja... Fue el miércoles, creo recordar. Yo, entonces,
me reí de ella...
-Pero ya no se ríe de eso...
-Es verdad. Ya no me río de eso. He conseguido sobrevivir a un
ataque...
-Y tiene miedo -sugerí.
-Sí, tengo miedo... Hasta ahora llevaba una vida de lo más
apacible aquí, con mis oficios... Pero todos estos sucesos de los últimos
días... Cosas horribles. Incendios y muertes; y alguien que pretende asaltarme
con una navaja... No sé qué está pasando y, la verdad sea dicha, tampoco quiero
saberlo. Me da miedo saberlo. Prefiero largarme de aquí... Escriba eso en su
periódico, si lo cree oportuno. No me importa.
-¿No le importa? ¿No le importa que su gente piense que huye
porque tiene miedo? ¿No cree que alguien podría pensar que se marcha
precisamente porque sabe más de la cuenta?
-Le repito que no sé nada -dijo Ogundu, algo molesto.
-Yo creo que sí sabe algo más de lo que afirma... Si me lo
dijera, quizá pudiera prestarle mi ayuda... Piense que han muerto inocentes y
que pueden morir más... Piense que la ciudad entera corre peligro.
-Me gustaría prestar toda mi ayuda para que eso no fuera así
–dijo-. Pero, bueno, creo que es hora de irse...
Aquello me pareció una advertencia. Y la acepté.
-Buenas noches -dije levantándome.
-Adiós...
Caminé hasta salir a la calle, atravesando el vestíbulo, la sala
de los oficios y el otro vestíbulo, el de la entrada. Salí a la calle. El enano
de la cara de payaso no me esperaba. Tampoco me esperaba acechando en mi propio
coche. Aquélla era la noche de mis sorpresas, si. Pero ninguna mayúscula, al
menos por el momento. Conduje a toda velocidad hasta mi casa. Eran las once
pasadas.
Aparqué y eché un vistazo en derredor mío. Buscaba a la señora
Loodens, pero, según parecía, aún no había llegado. No vi su coche. Subí las
escaleras. La puerta de mi casa seguía convenientemente cerrada y tampoco
estaba ella en el descansillo.
Bajé de nuevo a fin de esperarla en el portal. Pasaban los
minutos. Las once y cuarto, las once y media, las doce menos veinte...
Esa, aparentemente, era la última sorpresa de la noche: que no
acudiese a nuestra cita. Por una u otra razón, no llegaba.
Me disponía a subir de nuevo las escaleras hasta mi apartamento,
cuando vi que un taxi aparcaba frente al portal... Miré y me llevé otra
sorpresa.
Diana Rideaux se apeó del vehículo, subió a la acera, entró en
el portal y se arrojó entre mis brazos.
14
Estábamos tumbados en el sofá. Había pasado un montón de tiempo
y la señora Loodens seguía sin aparecer. Yo, a decir verdad, no había dejado
una luz en la ventana para ella; es más, no había dejado encendida una sola
luz.
-¿Te sientes bien? -dije.
-Umm, sí...
-Pero, ¿por qué no me lo contaste?
-¿El qué? ¿Que trabajo con Ogundu? ¿Cómo iba a hacerlo después
de oírte decir lo que largabas a propósito de las sectas y de sus fieles? Me
daba vergÜenza... Y me sigue dando un poco de vergüenza ahora mismo...
-Pero has vuelto otra vez...
-Tenía que hacerlo. Cuando te vi anoche en los oficios supe que
tenía que hacerlo. No quiero volver a sentir miedo nunca más.
-Sabes bien que yo jamás te haría daño.
-Lo sé. Y sé también que fui una estúpida al pensar...
-Al pensar, ¿qué? -dije.
-Que tú eras el pirómano.
-¿Por lo de la colilla del cigarrillo? ¡Fue un simple accidente!
-me defendí.
-Sí-aceptó convencida-. Pero en aquel momento no estuve muy
segura... Después leí en el periódico lo del profesor Ricardi...
-Y leerías también, supongo, mi reportaje y lo que escribí
acerca de los interrogatorios y del careo...
Volví a sentirla estrechamente.
-Perdona... De veras que lo siento mucho... Pero luego, cuando
me siguieron...
-¿Quién te siguió?
-No, nada... Ogundu dice que son imaginaciones mías.
-¿Pudiste verlo? ¿Por casualidad se trata de un tipo medio
enano, pálido, con cara de payaso?
-Déjalo, no quiero saber nada de eso ya -dijo luego de suspirar
profundamente-. Ya no importa... Nada ni nadie podrá hacerme daño estando
contigo, Phil. No debes preocuparte por mí, de veras. Olvídalo.
-No hay que olvidarse de nada. Tú no eres la única persona que
ha puesto en entredicho mis opiniones sobre las sectas. La verdad es que
sospecho de todo el mundo. Incluso de ti, Diana. O, mejor dicho, sospeché
cuando te vi entrar en el despacho de Ogundu... Pero todo está bien ahora -dije
oliendo el maravilloso aroma de su cabello-. No me importa en qué trabajes,
sólo quiero que seas mi chica.
-Lo soy, Phil, quiero ser tu chica. Lo sabes bien.
-Sí.
-Y creo que dejaré el trabajo con Ogundu.
-Buena idea -dije.
Aparentemente, él no había hablado aún a Diana de sus planes
para irse de la ciudad. Yo no es que creyera que aquél era el mejor momento
para hablar de eso... Pero no pude resistirme.
-Diana, cuando hablé con Ogundu le pregunté por los incendios,
como te puedes imaginar. Quería saber si él albergaba alguna sospecha sobre sus
seguidores... Tú los conoces bien. ¿Sabes algo?
Pareció molesta, se enderezó en el sofá. Pero respondió.
-Nunca he visto nada sospechoso. Los oficios son muy
espectaculares, pero nada más... Salvo que los marcados a hierro...
-¿Los marcados a hierro? Ogundu no me contó nada de eso...
-Son algunos diáconos, no todos... Una especie de círculo de
iniciados, que llevan el Ave Fénix marcado a hierro candente en los brazos o en
el pecho.
-¡Qué burrada más bonita!
-Pero tampoco es que sospeche de ellos... Ogundu siempre dice
que son inofensivos, una especie de fraternidad que se reúne al margen de la
secta para celebrar sus propios ritos.
Estreché sus manos.
-¿Qué clase de tipo es Ogundu? -le pregunté entonces con voz
tranquila, para no alterarla-. ¿A qué se dedica habitualmente? ¿Has visto en él
algún detalle extraño, alguna excentricidad que te haya llamado la atención?
Noté que sus manos temblaban.
-Phil, ¿crees que él...? ¿Crees que él pudo hacerlo?
-No lo sé.
-Esto es como una pesadilla, ¿verdad? -susurró-. Por donde
quiera que mires, aparece un sospechoso.
-No te preocupes -le dije-. Olvidémoslo, no quiero que nada te
altere.
Hice que se recostara en mis piernas.
-Es que, cada vez que pienso en todo esto, Phil... Por favor,
enciende la luz.
-¿Te da miedo la oscuridad? -dije después de besar sus labios
otra vez.
Tenía que decírselo; no era el momento, pero tenía que
decírselo:
-¿Te doy miedo?
No respondió. Únicamente sentí que se estremecía en su propio
silencio. Fue peor que si hablara.
Sentía su cuerpo entre mis brazos, como nunca antes... Igual que
cuando saqué a Ricardi de entre las llamas y, sosteniendo su cabeza, le vi el
rostro. Igual que sostenía ese otro cuerpo en mis sueños, al que veía el rostro
como una máscara descompuesta, achicharrada por el fuego. Aquel sueño del que
no podía dar cuenta a Dalton, por ejemplo; ni siquiera a Schwarm, porque temía
hablar de eso que tan en el fondo me pertenecía.
Aquel sueño que me había llevado a la bebida, porque gracias al
alcohol podía dormir sin soñar. Beber era bueno porque dormir también lo es.
Sin pesadillas.
-Ya vale -me interrumpió ella, en un susurro.
Pero yo no quería callar, porque si lo hacía volvería a pensar,
y eso sí que me aterrorizaba. La piromanía, tal y como dijera Schwarm, se
caracteriza por el miedo al fuego y a la vez por el deseo del fuego... Y,
acaso, por el miedo a recordar un incendio, y una cara...
La acaricié. Mi mano hurgó por entre su vestido y ella volvió a
susurrar algo. Pero...
Ella se deshizo de mi abrazo, alargó la mano y encendió la
lámpara de peana que había junto al sofá.
Se encendió la luz, como si fuera fuego.
Volví a abrazarla con todo el espanto de mis sueños. Y entonces
grité: «¡Margery!».
Sólo eso. Nada más que eso... Y todo volvió a estar en orden. La
cara espectral había desaparecido. Diana seguía entre mis brazos, como
ensoñecida. Y sentí que tenía que contárselo todo, sin dejarme nada. Tenía que
contárselo porque ella sí podía entenderme.
-Ocurrió cuando anduve por la Costa -comencé a decir en voz muy
baja-. Hace un año, más o menos, hacía acopio de datos para mi libro y conocí a
una muchacha. Se llamaba Margery Hunter. Era artista y vivía en una casita de
la playa, al sur de Long Beach... Nos enamoramos y le pedí que se casara
conmigo. Pero decidimos, previo compromiso, que no nos casaríamos hasta que yo
concluyese mi libro y fuera publicado. Bien, acabé el libro, lo envié al
editor, y luego de un par de revisiones fue aceptado al fin. Así es que
decidimos dar una fiesta, para celebrar la aparición del libro y para anunciar
nuestro compromiso matrimonial. Margery tenía un montón de amigos: artistas,
músicos, etcétera. Gente que vivía en absoluta libertad... Cuando les comuniqué
el porqué de la fiesta, aceptaron la celebración. Y trajeron ginebra en grandes
cantidades, así como otras bebidas. La fiesta, con tanto alcohol, acabó
degenerando en una auténtica orgía. Margery se emborrachó por completo y
tuvimos que llevarla al dormitorio. Los demás seguimos bebiendo. Poco a poco,
muchos de nuestros invitados fueron cayendo dormidos. Sólo quedábamos cuatro en
pie cuando Oscar Ringold, un pintor, dijo que por qué no íbamos a nadar un
poco. Aquello nos pareció bien y salimos a la playa. El agua nos despejó
bastante, ésa es la verdad. Estábamos bañándonos cuando Oscar nos avisó: había
fuego en la casa... El resto, puedes figurártelo. Nadie sabe cómo comenzó el
incendio... Quizá la colilla de un cigarrillo, un accidente estúpido de esos
que cada dos por tres salen en los periódicos... Pero yo, en aquel momento, no
estaba leyendo la noticia de un suceso sino que lo estaba viendo. Soplaba un
fuerte viento del mar y las llamas crecieron en cosa de segundos. Cuando
pudimos acercarnos, en un par de minutos, la casita estaba totalmente envuelta
en llamas y el tejado empezaba a desprenderse. Margery estaba dentro. Oscar y
otro tipo trataron de ayudarme, pero no se podía atravesar la puerta; sí pude
entrar, sin embargo, por la ventana del dormitorio... Y encontré a Margery.
Estaba en el suelo, bocabajo; tenía las ropas quemadas. Pero eso no fue todo...
Lo comprendí al instante, en cuanto vi su cara nada más sacarla de la casa en
llamas; su cara carbonizada, las cuencas de sus ojos... Algo se transformó en
mi interior entonces, Diana... Dicen que caí en un fuerte shock nervioso que me
duró dos días... Cuando me recuperé, no quedaba nada. Ni resto de la casa; ni
de Margery, que fue enterrada nada más hacerse las primeras averiguaciones...
-¿Te acusaron de algo? -preguntó Diana.
-No había motivos. En todo caso, hubieran tenido que repartir
las responsabilidades; o, mejor dicho, las irresponsabilidades. Los periódicos
dijeron que se trató de un trágico accidente... Pero yo sé que... Yo sé que
pudo tratarse de uno de mis cigarrillos. Igual que la otra noche, en la orilla
del lago... Si hubieras visto su cara... si la hubieras oído...
-¿Oído? -se extrañó Diana.
-Sí, eso fue lo peor... No lo había vuelto a recordar hasta que
me topé con el cuerpo de Ricardi... Cuando lo vi, ya en la calle, me pareció
que su rostro era el de Margery; y que ella me decía «sálvame, sálvame»... Fue
todo lo que alcanzó a decir, porque murió al instante, entre mis brazos –me
detuve un momento; tenía la camisa empapada en sudor y proseguí-. ¿Comprendes
ahora de qué tengo miedo? -pregunté a Diana-. ¿Comprendes ahora por qué bebo y
por qué bebí tanto la otra noche? Si bebo, no tengo pesadillas. Puedo olvidarme
de todo...
Pero al abrazar a Diana tenía la terrible sensación de estar
abrazando a Margery. Una mezcla de sentimientos y de sensaciones totalmente
injustos para con ella. Todo había pasado ya. Era Diana la mujer que tenía
entre mis brazos.
-Bueno, ya está bien -dije-. Al fin lo he contado... Contigo me
ha sido más fácil que con Schwarm.
Diana se echó el cabello hacia atrás.
-Eso es algo que no puedo comprender -dijo.
Sonreí.
-Las cosas, a partir de este momento, irán mucho mejor -dije-.
Ya lo verás...
Entoncés sonó el teléfono.
-¿Estás solo? -me preguntó una voz al otro lado de la línea.
Dudé un momento.
-Sí -dije-. ¿Por qué?
-Ven rápidamente. Acabo de tener una visita, tu amigo de la cara
de payaso...
-¿Esta ahí?
-No, se ha ido ya como alma que lleva el diablo... Pero no sin
antes decirme algo...
-¿Qué te ha dicho?
-Justo lo que andas buscando, Dempster. Por eso vino a verme.
Dijo que yo era el próximo de la lista. Él sabe quién es el asesino.
-¿Y no me lo vas a decir?
-Sólo cuando te vea... Cuando hablemos de la recompensa...
-¿Qué recompensa?
-El periódico publicó que había una recompensa de mil dólares
por cualquier información fiable...
-Llamaré a Cronin, quizá él...
-No llames a nadie. No me gusta tu amigo Cronin. Y no quiero que
la policía se inmiscuya. Ven a verme a las seis de la mañana. Ahora o nunca.
-De acuerdo, estaré ahí.
-Muy bien, te esperaré. Pero ven solo.
Colgué.
Diana parecía extrañada.
-¿Quién era? –preguntó.
- Ogundu -dije . Él sabe quién es el pirómano.
-¿Qué? Pero cómo...
-Mi amiguete -reí-. El enano de la cara de payaso. Ha vuelto a
ver a Ogundu. Y yo también tengo que ir a verlo, porque Ogundu planea dejar la
ciudad.
-¿No vas a llamar a la policía?
-Me ha hecho prometerle que no voy a llamarles. Tu jefe es un
hombre de veras miedoso.
Diana tomó mis manos entre las suyas.
-¿Pero por qué tienes que creerte lo que te ha dicho? ¿Cómo
sabes que no miente acerca del tipo ése de la cara de payaso?
-Me parece que Ogundu anda detrás de la recompensa de mil
dólares -respondí-. Eso es lo que más debe interesarle ahora. Por eso está
deseando hablar. Y lo que me ha dicho del tipejo ése parece verdad...
-Sí, pero...
-Vamos -dije-. Tengo que ponerme en marcha... Te llevaré a casa.
-Por favor, Phil, no vayas...
-No puedo dejar pasar esta oportunidad -dije sonriendo-. Te
dejaré en tu apartamento e iré solo a verme con Ogundu... Mira, haremos una
cosa. Si en una hora y media no estoy de regreso, llama a la policía. ¿Te
parece?
-No, iré contigo -volvió a decir muy resuelta, arreglándose el
peinado.
-No creo que le parezca bien.
-Me da igual... Al fin y al cabo, piensa largarse sin haberme
dicho nada, ¿por qué? No me parece bien.
-¿Y es ésa razón suficiente para que vengas?
Diana sonrió triunfante.
-Bueno, debes admitir que es peligroso. Razón de más para que yo
quiera acompañarte, ¿no? Hemos quedado, por cierto, en que no volveremos a
separarnos, ¿lo recuerdas?
Tuve que aceptar.
-De acuerdo. Pero esperarás fuera, en el coche...
-Ya hablaremos de eso cuando estemos allí -dijo-. Venga,
vámonos...
Bajamos las escaleras. Era grato sentirla a mi lado, colgada de
mi brazo. Pero en cuanto llegamos al portal, me separé de ella no sin cierta
brusquedad.
-¡Phil! ¿Qué pasa?
-Nada, quiero echar un vistazo antes de salir.
Miré a través de la puerta de cristal, arriba y abajo de la
calle... Desde poco antes de salir tenía yo una sospecha, que se confirmó:
allí, aparcado un poco más abajo, estaba el enorme y negro Lincoln.
-Vayamos por la parte de atrás -dije.
Antes, volví a echar un vistazo para cerciorarme. No me había
equivocado. Allí estaba Weatherbee, que bajaba de su coche en ese instante para
dirigirse al portal de mi casa... Y me vio... Metió una mano en el bolsillo de
su chaqueta y, aunque lo intentara, no procedí con la celeridad suficiente.
Weatherbee echó a correr. Miré hacia atrás. Diana abría ya la
puerta trasera del portal, la que daba a la calle paralela... y vi que
desaparecía. Cuando me volví, Weatherbee me apuntaba con una pistola.
15
-¿Dónde está ella? -preguntó Weatherbee sin dejar de
encañonarme.
-¿Ella? ¿Quién?
-Sabes muy bien de quién hablo. ¿Qué tratabais de hacer?
-Nada -dije-. Sólo hablábamos...
-¡Hablar!
Se me acercó lentamente y, por su aliento, pude comprobar que
estaba un poco más que bebido... Pero su mano no temblaba.
-¿Hablabais? ¿Aquí, en la oscuridad?
-¿A ti qué te importa? ¡Es mi novia!
-¡Ah, vaya! Así que ahora es tu novia... Vaya, hombre, mira que
tienes éxito con las mujeres, ¿eh? Me parece que tengo más de una razón para
darte tu merecido...
-¡Espera, tío, espera! Creo que estás equivocado... Piensas que
la señora Loodens y yo hemos tenido algo que ver, ¿es eso?
-¿Que si lo pienso? ¡Lo sé muy bien!
-Pues no, te equivocas... La vi aquí mismo a eso de las siete,
sí... Pero se marchó pronto... Y no ha vuelto... La chica con la que estaba es
Diana Rideaux.
-¡Demuéstramelo!
-¡No puedo! Se ha ido asustada, por la puerta de atrás.
-Venga, salgamos...
Su pistola me empujó hasta la calle. Allí estábamos, a solas los
dos en la parte de atrás del edificio de apartamentos.
-No hay nadie... Se ha ido -dije.
Y al decir aquellas palabras tuve plena consciencia de su
significado... Allí, en efecto, no había un alma. Sólo la oscuridad y nosotros.
Nadie que pudiera socorrerme. El viento barría la calle y me puse a pensar que
pronto tendría un agujero de bala en algún punto de mi cuerpo.
Pero él seguía sin apretar el gatillo.
-Espero que digas la verdad -habló Weatherbee al fin-. No tienes
nada que ganar si proteges a una persona como la señora Loodens; todo lo
contrario... Se convirtió en mi mayor enemigo cuando descubrí algo con relación
a su esposo...
-Pero si ella me dijo que...
-Ya, ya lo sé... Ella te diría que yo lo maté... Pero, no seas
estúpido... ¿Por qué iba a hacer yo algo semejante? ¿Qué iba a ganar con eso?
Ella era su única heredera.
-¿Puedes probar todo lo que dices? -le pregunté.
-¿Hablas de probarlo legalmente, con pruebas incontestables?
Pues no... Si pudiera, hace ya tiempo que la policía estaría al tanto de
todo... Pero sé que puedo pillaría in fraganti, sé que puedo cogerla provocando
un incendio. Es cuestión de esperar y de permanecer alerta... ¿Por qué te crees
que vengo siguiéndola durante toda la semana?
-No puedo creer que ella sea la pirómana -dije-. ¿Por qué iba a
prender fuego al tabernáculo de la Hermandad Blanca?
-Tenía miedo de que yo les desbancara, a ella y a Ricardi, en
los negocios. Tenía miedo de perder el control económico de la secta.
Simplemente...
-¿Y por eso mató a su amante? ¡No tiene sentido!
Weatherbee parecía relajarse por momentos. Pero no su pistola.
-Tengo noticias para ti -me dijo-. Ricardi tenía previsto
venderme su parte en el negocio. Yo ya había preparado los papeles necesarios y
en un par de semanas Ricardi iba a anunciar su abandono de la Hermandad Blanca.
-¿Ella estaba al tanto de todo eso?
-Aunque llevábamos una cierta discreción en el trato, se enteró
de todo... Piensa una cosa, Dempster... Recuerda todo lo que se dijo en aquel
careo, o interrogatorio, como se prefiera. ¿Quién podía entrar en casa de
Ricardi, a tales horas de la madrugada. y meterse directamente en su
dormitorio?
-Pero su criada ha declarado que la señora Loodens estuvo en su
casa con jaqueca...
-Por veinte dólares esa chica vería a cualquiera en los lugares
más insospechados.
Le miré fijamente.
-Oye, ¿estás seguro de que todo esto es algo más que un asunto
de celos?
La pistola pareció apuntarme más fijamente y tragué saliva. Me
pareció que iba a apretar el gatillo de un instante a otro... Pero no...
Weatherbee se relajó. Y bajó su arma.
-De acuerdo, estoy celoso, sí... Tú la has visto y podrás
comprenderlo... Pero sé que está metida en esto hasta el fondo y no tengo más
que esperar a que dé un paso en falso.
-Bueno, pues aparentemente no parece que tenga previsto salir
esta noche... Y, en lo que a mi respecta, te he dicho la verdad. Estaba con
Diana Rideaux, la secretaria de Ogundu.
-¿La secretaria de Ogundu? -volvió a apuntarme con su pistola-.
¿Cómo no me lo dijiste antes?
-No me has dejado... La vi hace unas noches y he vuelto a verla
hoy... Pero no sabía que trabajase con Ogundu. Estuve en sus oficios esta noche
y hablamos...
-¿Qué te dijo?
-Se va a largar de aquí... Tiene miedo de la policía, me
parece...
-¿La chica sabe algo? ¿Adónde ibais cuando os he visto?
No respondí.
Weatherbee parecía deseoso de apretar el gatillo. Apretaba los
dientes.
-De acuerdo –dije-. Recibimos una llamada de Ogundu. Dijo saber
quién es el pirómano. Iba a verle ahora...
-¿Y la chica?
-Le dije que me esperase en su apartamento hasta que volviera.
La pistola fue quien me dio la última orden.
-Venga, vayamos a ver a Ogundu.
-Pero le prometí que iría solo...
-Bueno, pues le daremos una sorpresa... Venga, en marcha.
Y marchamos. Anduvimos un trecho por la calle, con el viento
frío dándonos en la cara. Y la pistola dándome en la espalda. Al entrar en el
coche se volvió a meter la pistola en el bolsillo de la chaqueta, pero tuve la
impresión de que en cualquier momento podía sacarla de nuevo.
El Lincoln rodaba. Era muy tarde y, en consecuencia, no había
tráfico en la calle. Nos envolvía la oscuridad y el silencio. El Templo de la
Llama Viviente estaba a oscuras.
Caminamos por la acera. Hubiera querido encender una cerilla
para ver algo, pero en el fondo no me apetecía hacerlo.
Weatherbee llamó a la puerta. Nadie respondió. Ningún ruido de
pasos. Ninguna luz en las ventanas. No se dejaba sentir más que el silbido del
viento.
Recordé, necesariamente, otra noche no muy lejana. Ésa en la que
me vi ante la puerta de Ricardi... Eché un vistazo... No había ventanas de
estilo francés.
-A lo mejor hay otra entrada -dijo Weatherbee-. Vamos a
buscarla.
Bajamos las escaleras de acceso al edificio y hallamos un
estrecho pasadizo entre el templo y el edificio próximo.
-Ve tú delante -me dijo Weatherbee.
Caminé, con él detrás, pero sin que me apuntara ya con su
pistola. Llegamos al final del pasadizo, que hacía esquina con la calle
paralela, y allí encontramos una entrada al edificio. No tuve más que empujar
la puerta y se abrió fácilmente.
-Entremos -dije en voz muy baja-. Todo parece tranquilo.
Estaba oscuro. Caminamos por ello pegados a la pared, y, de
súbito...
-¡Weatherbee! -grité con todas mis fuerzas.
Había distinguido perfectamente, pegadas al muro del pasadizo,
unas figuras humanas. No sin miedo, me acerqué a una de ellas y toque su
rostro. Estaba frío. Mis dedos recorrieron después su cuello y los noté húmedos
y pringosos.
La primera intención fue, naturalmente, la de salir corriendo de
nuevo por donde había venido; la de escapar. Pero me metí en el edificio y
escuché a mis espaldas cómo se cerraba la puerta con el «click» de su
cerradura.
Era, evidentemente, la entrada posterior del templo; una especie
de entrada secreta, para los iniciados. Tenté las paredes en busca de un
interruptor de la luz, pero desistí pronto; prefería seguir a oscuras por el
pánico que me inspiraba hallar algo que no sabia muy bien, entonces, cómo
definir... Sentí, además, pasos, sin saber exactamente de dónde venían.
Así que anduve por el pasillo que, eso me pareció recordar,
conducía adonde estaba el despacho de Ogundu. Cualquier cosa estaría bien con
tal de alejarme de aquella puerta trasera.
Seguí deslizándome en la oscuridad hasta llegar al vestíbulo
posterior... Y de golpe, aunque sin asustarme tanto como lo hubiera imaginado,
una luz se encendió en el despacho de Ogundu... Rogué para que me estuviese
esperando. No quería más sorpresas.
Abrí la puerta y allí estaba. Mostraba una sonrisa que
contribuyó a tranquilizarme en grado superlativo.
-Phil, gracias a Dios que has venido -dijo.
Lentamente, cerré la puerta de su despacho a mis espaldas. No
era Ogundu, sin embargo. Era Diana, que corrió a echarse en mis brazos.
-¿Qué es lo que está pasando? pregunté.
Ogundu, en la silla, parecía sonreír. Pero tenía helada la
sonrisa. Me acerqué a él, miré por detrás y vi que tenía un disparo en la nuca.
Ogundu, desde luego, no tenía motivo alguno para sonreír.
-¿Qué ha pasado? -volví a preguntar a Diana.
Diana pareció turbada; sus ojos querían suplicarme algo; algo
que comprendí en seguida, al ver que en la mano tenía un revólver del calibre
38 especial.
Estuvimos mirándonos largo rato, sin hablar... Al cabo ella
rompió aquel silencio para decir algo que pareció retumbar en aquella
habitación cerrada.
-Sí, Phil... Yo lo he matado.
16
Quité el revólver a Diana y lo arrojé encima del escritorio.
-¿Era suyo?
-Sí, lo tenía preparado -dijo ella.
-¿Preparado...? ¿Para qué?
-Para ti -dijo, volviéndose a abrazar a mí-. ¿Es que no lo
comprendes? Yo tenía razón, era una trampa...
Acaricié su barbilla.
-¿Qué ha pasado, Diana? Cuéntamelo desde el principio.
-Me vine corriendo cuando salí de tu casa. Me daba miedo esperar
en mi apartamento a que todo acabase... Yo quería saber qué había detrás de
todo esto...
-Hubiera sido mejor que esperases, o que llamaras a la policía,
no sé...
-No lo pensé, Phil, no me atormentes ahora con eso. Bastante mal
me siento ya con haber hecho esto -y empezó a llorar.
La apreté fuertemente contra mi pecho y siguió hablando.
-Utilicé mi llave para entrar. Ogundu me descubrió y comenzó a
preguntarme qué hacía aquí... Le dije que tú no podías venir y que lo hacía yo
para recabar la información que te reservaba.
-¿Te dijo algo?
-No, se extrañó mucho y sólo me dijo que lo que tenía que
decirte era cosa que únicamente te interesaba a ti. Dijo que tú eras el único
que tenía que saberlo todo. Le pregunté qué significaba eso y se negó otra vez
a responder; sólo me gritó que me fuera y yo le dije que no pensaba hacerlo
hasta que me contara la verdad... Entonces me miró y me dijo: «¿De veras
quieres saberlo todo?». Miró al suelo, sonriéndose ampliamente, y al mirar yo
adonde él lo hacía descubrí el galón de queroseno que había en el suelo, a sus
pies...
Diana hizo una pausa y yo miré adonde me señalaba. Allí había,
efectivamente, un galón de queroseno abierto y con papeles en donde estuviera
su tapón... Un escalofrío me corrió por la espalda... Sólo las palabras de
Diana me sacaron de mi estupor.
-Phil, Ogundu volvió a decirme: «Muy bien, le diré a Dempster
toda la verdad». Sacó entonces el revólver y, apuntándome, siguió diciéndome
que, cuando llegaras, te reduciría, prendería fuego al galón de queroseno, y
saldría de allí para llamar a la policía y decirles que quisiste matarlo
incendiando su templo, pero que pudo escapar luego de matarte en defensa
propia... Eso daría a la policía la solución de los casos y lo dejaría a él
libre de toda sospecha... Te odiaba, Phil, porque temía que estuvieras acercándote
a la verdad... Creo que su intención era la de hacerse con el liderazgo de
todas las sectas de la ciudad, hasta que llegaste tú...
Diana cerró los ojos y prosiguió.
-Entonces, Phil, volvió a apuntarme para que saliera de aquí,
pero forcejeamos y sonó un disparo... Él cayó en su silla. Me quedé atónita, y
creo que estuve así un largo rato, hasta que oí pasos, se abrió la puerta y
apareciste tú...
-¿Eso fue todo? -pregunté.
Ella asintió con la cabeza.
-Pues me parece que la policía va a querer saber muchas más
cosas, Diana...
-¿Vas a llamar a la policía? -dijo Diana abriendo
desmesuradamente sus ojos.
-¿Qué otra cosa puedo hacer? -dije.
-Phil, por favor, no...
-Supongamos que me has dicho la verdad... Vale. Pero la policía
querrá saber cómo, si hubo un forcejeo, se disparó el arma de Ogundu yendu a
darle, precisamente, en la nuca.
-No sé, no puedo recordar bien lo que pasó. Quizá él se dio la
vuelta mientras forcejeábamos; sí, eso fue, ahora me acuerdo, él...
Diana empalidecía por momentos, abría los ojos aún más y hablaba
atropelladamente. Y yo sentí que me ponía enfermo, profunda y lamentablemente
enfermo... Enfermo y frío... Una vez amé a una chica y murió... Ahora amaba a
otra y, aunque de manera diferente, también se me moría...
-Déjalo, Diana -dije-. Ogundu estaba sentado en su silla cuando
lo mataste... Él no luchó contigo. Ni siquiera se enteró de que llegabas por
detrás para dispararle... No pudo ni defenderse.
Puso sus manos en mis hombros.
-Cariño, no sabes lo que estás diciendo...
-Sí, Diana, sí lo sé... Y ahora empiezo a comprender un montón
de cosas... Viniste para matar a Ogundu porque el tipo con cara de payaso le
dijo que tú eras la pirómana.
-¡No! -gritó ella-. Eso es imposible... Tú sabes mejor que nadie
que, cuando ocurrió el primer incendio, estaba contigo.
-Te fuiste después de la una para dirigirte a la Hermandad
Blanca, en vez de ir a tu casa... En realidad, cuando ante Dalton me diste una
coartada, no hacías sino procurarte una tú misma... Un buen trabajo, ¿no?
Intentó decir algo pero no le salieron las palabras.
-Pero hay una cosa con la que no contabas -seguí diciendo-. El
tipo de la cara de payaso te vio, Diana... Y supongo que te siguió y vio cómo
quedabas con Ricardi, al que sin duda le apetecía llevarse a la cama a una
chica como tú... Pero ése fue su error... Un error mortal. Le golpeaste hasta
dejarlo sin sentido y luego prendiste fuego a su casa.
La verdad es que no me detenía a pensar. Las palabras salían de
mí por sí solas, como si la comprensión de cuanto sucedía las impulsara, sin
más.
-El enano de la cara de payaso lo sabía todo, Diana... Todo...
Se enteró de que trabajabas aquí y quiso ver a Ogundu para avisarle, pero éste
se asustó al encontrárselo con la navaja y lo puso en fuga... Pero volvió,
consiguió hablar con él y Ogundu me llamó para contármelo todo... Tú empezaste
a sospechar cuando me viste aquí, hablando con Ogundu después de sus oficios...
Y cuando supiste que me llamaba, decidiste pasar a la acción. Lo mataste y
después has montado el numerito éste del galón de queroseno y los papeles...
Ella ardía, ardía como puro fuego entre mis brazos.
-¿Qué vas a hacer? -me preguntó con gran resolución.
-¿Qué puedo hacer? Voy a llamar a Dalton -dije, apartándola.
-¡No! -gritó Diana.
Trató de agarrarme y me defendí. Luchó fieramente y, en la
pelea, desgarré su blusa.
Sí, desgarré su blusa y pude ver, entonces, lo que no había
visto en mi apartamento, cuando hicimos el amor a oscuras; ni en la orilla del
lago... cuando traté de quitarle el vestido.
Vi lo que estaba en las cortinas del salón de actos; eso de lo
que ella misma me había hablado acerca de unos diáconos con unos ritos
especiales, al margen de la secta.
Allí lo tenía, tatuado a fuego en su pecho, bajo los senos, como
ardiendo en la blancura de su piel, como salido de sus más negros pensamientos.
Vi la marca del Ave Fénix.
Pero me quedé absorto en esa contemplación y fue un error. Tenía
que haberla agarrado. Tenía que haber evitado que cogiera la pistola del
escritorio, que me apuntaba y me pegase un tiro.
Tenía que haber evitado que me dejara fuera de combate.
17
Pero no estaba frío.
Sentía algo caliente y húmedo. La sangre fluía lentamente de mi
cabeza, cubriéndome. También sentí cómo lentamente ella me daba la vuelta, me
ponía bocabajo y me ataba las manos a la espalda... Sí, sentía que estaba
tirado en el suelo, y sentía que estaba húmedo, sangrando.
Abrió los ojos. La vi a mi lado, sonriente... Sonriente y
comenzando a derramar el queroseno...
-¿Despierto? -dijo-. Bien, me alegro mucho. Deseaba verte
despierto. Para que tú veas cómo yo...
-¿Qué quieres que vea? No quiero ver nada, Diana, déjame ir...
-No, quédate donde estás y espera. Querías saberlo todo, ¿no es
eso? Querías llegar al fondo del asunto... Bien, pues aquí tienes la
oportunidad de hacerlo...
El olor del queroseno me hería. Aun estando tumbado, traté de
moverme, traté de incorporarme. Pero no pude.
-No, hermano -dijo ella-. Déjalo, no te esfuerces.
Fue cogiendo más papeles de la mesa mientras con la otra mano
terminaba de verter el líquido inflamable.
-Ya está... Creo que con esto habrá suficiente, ¿no te parece?
Supongo que estarás pensando en lo muy loca que me he vuelto...
Algo pasaba en su voz. Si hubiera tenido los ojos cerrados,
habría pensado que hablaba una niña.
Pero mis ojos estaban abiertos... Abiertos para ver a una mujer
despeinada, enloquecida, con la blusa rota y mostrando entre los senos la marca
a fuego del Ave Fénix.
-Mamá siempre decía que yo estaba loca. Una vez que provoqué un
pequeño incendio en casa, dijo que estaba loca y me castigó.
Traté nuevamente de ponerme en pie. Pero ella volvió a
acercárseme amenazante.
-No te muevas... No hagas locuras.
De nuevo me apuntaba con el revólver y, al dejarme caer otra vez
contra el suelo, sentí que tenía cada vez más ensangrentada la parte de la
cabeza en donde me rozara el disparo.
-Túmbate tranquilo, nada más... Túmbate tranquilo y espera...
¿No quieres ver cómo empieza esto?
-Diana –supliqué-. ¡Por el amor de Dios!
-Sí, ¡por el amor de Dios! -gritó ella-. Al fin lo has
comprendido. Dios me ha enviado para destruir los altares abominables, para
limpiar la Tierra de todos los que adoran imágenes falsas, para eliminar a los
idólatras y a los infieles, a esos que pudren la carne y el espíritu de la
gente.
Estaba de rodillas. De rodillas ante una considerable pila de
papeles. Y con una caja de cerillas en la mano.
De nuevo cambió su voz. Era, otra vez, una voz de mujer, la de
siempre... Una voz cálida, íntima, apasionada.
-¡Oh, Phil! ¿No te parece excitante? Espera y verás... No puedes
imaginarte qué maravilloso resulta, no sabes cómo te hace sentir algo así... Es
algo parecido a un orgasmo, ya verás. Como cuando estuvimos juntos... Pero
esto, sin embargo, procura un sentimiento limpio; es algo puro y benéfico, no
como lo otro... No es como tú sientes lo otro, no...
-¡Diana, por favor! ¡Deténte!
-Sí, voy a acabar. Voy a acabar contigo. Y con todos los que
aman la lujuria. Porque la lujuria es lo que todos deseáis. Tú, mi madre, su
amante, todos... Tú sólo piensas en la lujuria y el pecado.
Estaba crispada. Las cerillas cayeron de entre sus dedos y rauda
se agachó para recogerlas. Luego, de un tirón se quitó de encima lo que le
quedaba de la blusa antes rasgada.
-Mírate... Tienes las manos atadas. No puedes tocarme ya. Nadie
puede tocarme. ¿Ves esta marca? Dios me dijo que la tatuara a fuego en mi
pecho. Ogundu nada sabía de esto, era impuro. Dios me dijo que me tatuara el
Ave Fénix en el pecho para que me preservara del Demonio y de quienes le
sirven... Y Dios es quien me ha enviado para quemar los pecados del mundo. Y
para quemar a todos los pecadores.
Encendió entonces una cerilla. Y al momento vi que ardía un
papel en su mano.
-No lo haré rápidamente, descuida -me dijo.
Aquel papel prendido arrojaba sombras muy negras contra las
paredes de la habitación.
-¿Lo ves? ¿Lo ves bien? -me susurraba-. Pues muy pronto verás
crecer las llamas, verás que se hacen enormes y fuertes, tórridas... Yo también
esperaré a ver cómo crecen. Y luego me iré. Pero ahora quiero disfrutar del
espectáculo Quiero ver, contigo, cómo va creciendo el fuego...
Las llamas de aquel papel eran rojas y azuladas; y la habitación
entera me pareció, por unos instantes, azul y roja... Entonces vi que en el
suelo comenzaba a alzarse una línea de fuego que venía hacia donde estaba
tendido.
Diana pegó su espalda a una de las paredes y comenzó a reír. Yo
rodé por el suelo, tratando de buscar refugio en un rincón del despacho. Pero
las llamas crepitaban, crecían, amenazaban.
-Sí -dijo ella-. Quiero ver cómo arde esto. Y quiero ver cómo te
achicharras. Tú quisiste que yo ardiera como sólo es capaz de hacerlo el
pecado. Eso es cosa del Demonio y tú eres uno de los suyos. Pero ahora voy a
contemplar el castigo que te envía Dios. Y voy a disfrutar viéndolo. Es algo
que aparece en la Biblia. Ahí el fuego lo purifica todo. ¿No empiezas a
sentirlo, Phil? Bueno, en seguida, ya verás... Será cosa de un minuto...
A duras penas conseguí arrastrarme hasta un rincón, intentando
alejarme de las llamas que comenzaban a devorar el escritorio de Ogundu. El
fuego se expandía por el suelo como un lago que rompiera sus márgenes en una
gran ola.
Vi en las pupilas de Diana la excitación que el fuego le
producía.
-¡Quiero ver cómo arde...! Mamá no me dejaba jugar con fuego,
pero ya está muerta. Dios quiso que muriese, porque Dios quiere que los
pecadores desaparezcan de la faz de la tierra.
Era horrible oír los cambios de su voz, ahora de niña otra
vez... Pero verla resultaba aún peor... El sudor la hacia parecer una figura de
cera derritiéndose; y vi a Diana, sí; pero también a una niña enloquecida, y a
una mujer en éxtasis... Vi, en suma, lo que es la piromanía, sin más. Y vi
también la locura que lleva a la piromanía; una locura que no requiere motivos
concretos.
Oí, además, cómo rugía de placer.
Yo trataba de proteger mi cara, poniéndola contra la parte del
rincón en donde me había refugiado y adonde aún no llegaban las llamas.
Diana seguía de pie, contra la pared, cerca de la puerta, presta
a irse... Pero la puerta estaba abierta y, de golpe, alguien apareció allí.
Vi su cara, la cara blanca de payaso que ahora, en aquel
ambiente, parecía roja.
Pero él no me vio. Se encaró con ella.
-Tú incendiaste el tabernáculo. Yo te vi. Avisé a Ogundu y he
venido porque sabía que te iba a sorprender aquí.
Diana intentó ganar la puerta.
-¡Bruja! -gritó él.
El hombrecillo cortó la huida de Diana. Le escuché pronunciar,
entonces, unas palabras bíblicas: «La bruja no debe vivir entre los hombres».
Y lo entendí todo. Lo comprendí mejor, fundamentalmente, cuando
vi a Diana revolverse con la navaja clavada en la espalda, entre los hombros.
La bruja estaba muerta...
Intenté levantarme de nuevo. Ya ardía el escritorio de Ogundu,
ardía todo en derredor mío... Yo era como una isla en medio de un océano de
fuego y el humo comenzaba a intoxicarme.
Como si llegaran de muy lejos, oí ruidos, pelea, golpes,
tiros... Creo recordar que vi a Diana, herida ya de muerte, levantar de nuevo
el revólver. Y creo recordar que vi salir corriendo al hombrecillo, pero
entonces me sentí ya totalmente rodeado por las llamas. No pude incorporarme.
Yo también empezaba a quemarme.
18
Habían transcurrido tres días desde que me encontraron allí
tirado. Aunque había sufrido quemaduras de primer grado, no me sentía
excesivamente mal. Puedo decir, incluso, que estaba cómodo.
Cuando Dalton vino a verme aún no podía hablar bien. Schwarm,
sin embargo, fue a visitarme al cuarto día de mi hospitalización y todo fue
mejor.
-Pronto estarás recuperado -me dijo-. Otra semana más aquí y
luego a descansar... Tuviste suerte de que Clark te viera allí tirado y echase
su chaqueta sobre tu cuerpo para apagar las llamas...
-Nunca he oído hablar de ese Clark -dije-. ¿Qué pasó con mi
amiguete, el de la cara de payaso? ¿Saben su nombre?
-Por supuesto. Se llama John Schoober y lo tenemos fichado como
un paranoico típico.
-¿Por qué? -dije en un susurro-. ¿Por qué creyó que Diana era
una bruja? También yo lo creo... A lo mejor ustedes los psiquiatras tienen
mucho que aprender de las tradiciones antiguas. Quizá sea ésa la única manera
de poder explicar la enfermedad mental como trasunto de una posesión
demoníaca...
Schwarm sonrió.
Hice unas cuantas preguntas y conseguí, con ello, ir atando
cabos. Había sido el enano con cara de payaso quien asaltara a Weatherbee,
cuando se dirigía conmigo al despacho de Ogundu y, presa del pánico, lo
degollara... Después de avisar a Ogundu, el tipo se había quedado por allí,
sabedor de que ocurrirían más cosas, desde luego...
Después, una vez se cerró la puerta a mis espaldas, entró por
una ventana y anduvo al acecho, haciendo acopio de fuerzas para enfrentarse a
la bruja que, en el fondo, era lo que hasta allí lo había llevado. Quería
enfrentarse a ella. Hasta las últimas consecuencias.
Mientras tanto, mientras sucedía todo, alguien que
accidentalmente pasaba por allí, un muchacho, se encontró con el cuerpo de
Weatherbee en el pasadizo. Llamó a la policía y justo cuando llegaba un coche
celular pudo percibirse desde el exterior que había un incendio.
Fue entonces cuando pillaron al enano con la cara de payaso,
merodeando aún por los pasillos del edificio. Y cuando el sargento Clark me
salvó del infierno. De las llamas.
Schwarm me contaba todas esas cosas. Me dijo, después, que les
resultaba de sumo interés saber cusas acerca de Diana Rideaux y yo le conté
exactamente todo.
-Muy bien -dijo Schwarm cuando acabé-. Es un caso típico de odio
a la madre. Y de idealización de Dios, como figura paterna, en detrimento de la
imagen de su propio padre, del amante de su madre y de todos los hombres, para
los que no deseaba sino la destrucción... Y hay en este caso, además, claros
componentes sexuales. Era frígida y, sin embargo, promiscua. Simbolizaba en el
fuego la destrucción purificadora y, al tiempo, se excitaba provocándolo...
Era, en suma, de reacciones muy coherentes, dentro de su insania mental.
-Que el infierno se la lleve -dije yo-. Era una bruja, sí.
Conté entonces a Schwarm nuestro encuentro en mi casa, antes del
suceso, y... si, también le hablé, al fin, de Margery, y de mis sueños...
-Bueno, al fin y al cabo puedes sentirte afortunado por una
cosa, Phil: nunca volverás a sufrir esas pesadillas. Los peligros reales por
los que has pasado han servido de conjuro contra tus malos sueños.
-Ojalá sea así -dije.
Schwarm tenía razón. Nunca he vuelto a sufrir ese sueño, nunca
más me ha vuelto a asaltar la imagen de Margery.
Pero tengo, ahora, otro sueño que va cobrando carta de
naturaleza poco a poco. Sueño que cuando me voy a dormir me invade un frío
intenso; como aquel frío que sentí cuando, paradójicamente, estuve a punto de
quemarme.
Sé bien que se trata simplemente de un sueño; pero eso, tampoco
en este caso, me sirve de gran ayuda. El frío es intenso, sí, y al poco, sin
embargo, mi sensación se transforma en algo tórrido, abrasador. El calor me
llena el cuerpo, hace que corra el sudor por mi rostro y, de pronto, veo otra
cara. Veo entre llamas la cara de Diana; y oigo sus gemidos de placer al
contemplar el fuego.
Entonces, invariablemente, despierto. Y también invariablemente,
cojo un cigarrillo, pero no lo enciendo. Sigo tumbado un largo rato,
tembloroso, estremecido; deseando fumar, pero sin atreverme a dar fuego al
pitillo... Porque donde hay humo, hay fuego...
Y yo sigo temiendo al fuego.
Al final, me consuelo diciendo que ese temor mío no es, en el
fondo, malo. Bien sabe Dios que tengo razones más que sobradas para sentir
pavor ante el fuego. Y el sueño no es más que una consecuencia de esas razones;
una consecuencia que me muestra las llamas como lo más espantoso.
Sigo pensando, no obstante, en lo que Schwarm dice: que para
combatir una fobia nada mejor que enfrentarse a ella directamente, con
decisión... Puede ser...
Debes combatir el fuego con fuego...
Esa podría ser su máxima. Pero aún no me siento con fuerzas para
asumirla. ¿Será verdad que si juego con fuego dejaré de temerlo?
Evidentemente, no me refiero a convertirme en un incendiario, ni
mucho menos en un pirómano. No quiero hacer daño a nadie; y tampoco quiero que
nadie me haga daño... Pero si llegara a experimentar lo que sienten los
incendiarios y los pirómanos, sin causar daño, eso sí, quizá mis temores
desaparecieran de una vez por todas. Y quizá todo volvería a ser como en otros
tiempos, como cuando era feliz y el fuego significaba prácticamente lo mismo
que el agua.
Quiero convencerme, en la actualidad, de que no temo al fuego en
sí mismo, sino a la destrucción que causa; y a los hechos en los que, por su
culpa, me vi envuelto.
Fuego. En realidad no hay,por qué temerlo. No, siempre y cuando
puedas controlarlo. Ese es el gran secreto, la forma en que lo veo. Controlar
el fuego. El fuego es vida y es, también, muerte; y es por ello por lo que tan
grande fascinación ejerce sobre los hombres. Nos gusta ver vivir el fuego y
verlo morir, agostarse.
Acaso si tratara de experimentar con fuego una o dos veces,
hasta este último sueño con Diana desaparecería... Pero, mejor no... Debo ser
muy cuidadoso. Aunque...
Supongo que por todo esto he escrito lo que aquí va tocando su
fin. Y para que la gente tenga noticia de que sé muy bien por dónde me ando. Y
para que ningún estúpido hable, sin saber una palabra, de los pirómanos.
Eso tiene sentido, ¿no? No es que yo tratara de confundir la
realidad con mis sueños... Si tienes una mente lógica, siempre podrás
establecer la diferencia entre un plano y otro... Porque vives y aprendes... Y
vives y ardes.
A veces esta última frase me martillea en la cabeza. Como una
voz. Pero no es una voz. Ya ves, lo sé bien... Sé perfectamente dónde estriba
la diferencia entre el mundo de los sueños y la realidad. Y por eso acabo de
tomar la determinación de combatir los sueños con mi realidad.
A lo mejor, esta misma noche.
FIN

