Libro N°. 3107. Piratas De Venus. Rice Burroughs, Edgar.
© Libro N°. 3107. Piratas De Venus. Rice Burroughs, Edgar. Colección
E.O. Septiembre 10 de 2016.
Título original: © Piratas De Venus. Edgar Rice Burroughs
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© Edición, reedición y Colección
Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA
Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
PIRATAS DE VENUS
Edgar Rice Burroughs
CAPITULO
PRIMERO
CARSON NAPIER
«Si una figura de mujer, cubierta con una túnica blanca, entra
en su cuarto a medianoche, el día 13 del mes corriente, conteste a esta carta.
De no ocurrir así, no lo haga».
Cuando hube leído este párrafo de la carta, me dispuse a tirarla
al cesto, adonde van a parar todos los papeles inútiles que recibo, pero, sin
saber por qué, seguí leyendo.
«Si le habla a usted, tenga la bondad de recordar sus palabras
para repetírmelas cuando me escriba».
Hubiera seguido leyendo hasta el final, pero en aquel preciso
momento sonó el timbre del teléfono. Doblé la carta y la deposité en uno de los
cestitos para la correspondencia que había encima de mi mesa. Por casualidad,
era el de la correspondencia destinada a ser archivada, y de haber seguido los
acontecimientos su curso ordinario, aquélla hubiera ido la última noticia que
hubiese tenido de la misiva y del incidente, ya que las cartas de aquel cestito
pasaban a los archivadores.
El que me hablaba por teléfono era Jason Gridley. Parecía
excitado y me rogaba que acudiera en seguida a su laboratorio. Como Jason no
solía excitarse por nada, me apresuré a acceder a su deseo, al mismo tiempo que
satisfacía mi curiosidad. Salté a mi auto y pronto salvé las escasas manzanas
de edificios que nos separaban. Comprendí en el acto que Jason tenía motivos
para estar excitado. Acababa de recibir un radiograma de Pellucidar, el mundo
existente en las profundidades de la tierra.
La víspera de la partida, desde el centro de la Tierra, del gran
dirigible «O-220», siguiendo la afortunada e histórica expedición, Jason había
decidido quedarse a fin de buscar a Von Horts, el único miembro de la
expedición que faltaba, pero Tarzán, David Innes y el capitán Zuppner le
persuadieron de lo insensato de tal empresa, especialmente teniendo en cuenta
que David había prometido destacar una expedición de guerreros indígenas, o
sea, naturales de Pellucidar, para localizar al joven teniente alemán, caso de
que aun viviera y fuera posible hallar algún rastro de su paradero.
No obstante, aunque había retornado al mundo exterior en su
aparato, Jason sentíase conturbado constantemente por el pensamiento de la
responsabilidad que le cabía personalmente por la triste suerte de Von Horst,
el joven que tanta popularidad había alcanzado entre los demás miembros de la
expedición. En muchas ocasiones expresó reiteradamente su consternación por
haber salido de Pellucidar sin agotar todos los medios para rescatar a Von
Horst o saber con certeza que había perecido. Jason me ofreció una silla y un
cigarrillo.
—Acabo de recibir un mensaje de Abner Perry — me dijo — Es el
primero que he recibido hace meses.
—Debe de ser muy interesante para que haya conseguido excitarle
de este modo.
—Lo es — admitió —. Corre el rumor en Sari de que Von Horst ha
sido encontrado.
Ahora bien, como este es un tema totalmente ajeno a) presente
volumen, debo advertir que lo he aludido con el fin de explicar dos hechos que,
aunque no de vital importancia, tienen cierta relación con los acontecimientos
subsiguientes. En primer lugar, me hicieron olvidar la carta ya mencionada y,
además, fijaron en mi mente aquella fecha.
La principal razón que me induce a mencionar el primer hecho es
robustecer la idea de que la carta, tan absoluta y rápidamente olvidada, no
podía reflejarse en mi memoria y, por consiguiente, al menos objetivamente, no
cabía que ejerciese ninguna influencia en los acontecimientos que habían de
sobrevenir. Al cabo de cinco minutos, el recuerdo de aquella carta se había
borrado de mi memoria tan completamente como si no la hubiese recibido.
Los tres días siguientes fueron de mucho trabajo para mí y
cuando me retiré la noche del día 13 me hallaba seriamente preocupado por
cierta operación de derechos reales que no se, desenvolvía muy bien y tardé
mucho en dormirme. Puedo afirmar que mis últimos pensamientos se referían a
documentos legales, recibos de hipotecas y diferencias de cantidades
tributarias.
No sé lo que me obligó a despertarme. Me incorporé en el lecho
en el preciso instante en que una figura de mujer, envuelta en algo que parecía
una vaporosa gasa blanca, penetraba en mi estancia, a través de la puerta.
Conviene fijarse bien en que digo a través de la puerta, y es que ésta se
hallaba cerrada.
Era una noche de luna clara y los diversos objetos de mi
habitación aparecían perfectamente visibles, y especialmente se destacaba la
espectral silueta que avanzó hacia los pies de mi lecho.
No soy propicio a sufrir alucinaciones. Nunca había visto un
fantasma ni nunca me interesó. No sabía cuál había de ser mi conducta en un
trance parecido. Incluso si la joven no hubiera tenido un aspecto tan
sobrenatural, no habría sabido qué hacer para recibirla a aquélla hora, en la
intimidad de mi alcoba, ya que ninguna mujer había invadido, hasta entonces,
aquel recinto. Me creo bastante puritano.
—Es la medianoche del día 13 — dijo con voz suave y musical.
— Efectivamente — repuse recordando, de pronto, la carta que
había recibido el día 10.
— Salió de Guadalupe hoy—. continuó—. Y espera tu carta en
Guaymas.
Aquello fue todo lo que ocurrió. La mujer cruzó la estancia y
desapareció, no por la ventana, lo que parecía bastante verosímil, sino a
través de la sólida pared. Permanecí sentado unos minutos con los ojos fijos en
el lugar en que la había visto por última vez, tratando de convencerme de que
estaba soñando, pero estaba despierto y bien despierto. Tan despierto, que
tardé cerca de una hora en caer en los brazos de Morfeo, como decían los
escritores de la época de la reina Victoria, bien ajenos a, lo embarazoso que
debía de resultar el sexo masculino para tan poética descripción en la pluma de
literatos varones.
La mañana siguiente llegué a mi despacho un poco antes de lo
habitual, e inútil es decir que lo primero que hice fue buscar la carta que
había recibido el día 10. No recordaba el nombre de la firma ni el punto de
origen de la misiva, pero mi secretario se acordó de ella, ya que, dada su
índole poco habitual, era lógico que le llamara la atención.
—Le escribió a usted alguien desde Méjico — me dijo.
Como esta clase de correspondencia se archivaba por naciones y
provincias, no hubo dificultad alguna en localizarla.
Ni que dudar tiene que esta vez leí su contenido atentamente.
Estaba fechada el día 3 y llevaba el matasellos de Guaymas. Guaymas es un
pequeño puerto situado en Sonora, en el Golfo de California.
La carta decía así:
«Muy señor mío:
Hallándome comprometido en una empresa de gran importancia
científica, me veo en la necesidad de solicitar la asistencia (no financiera
precisamente) de alguna persona que coincida conmigo psicológicamente, que, al
mismo tiempo, sea lo suficientemente inteligente y culta para darse cuenta de
las vastas posibilidades que ofrece mi proyecto.
La razón que me indujo a dirigirme a usted se la explicaré en
una entrevista que se haría imprescindible, caso de que obtenga resultados
favorables el experimento que le detallo a continuación.
Si una figura de mujer, cubierta con una túnica blanca, entra en
su alcoba a medianoche, el día 13 del mes corriente, conteste a esta carta. Si
le habla a usted, tenga la bondad de recordar sus palabras para repetírmelas
cuando me escriba.
Le anticipo mi agradecimiento por prestar a estas líneas su
amable atención, ya que comprendo que las juzgará algo desusadas. Le ruego las
considere como estrictamente confidenciales, hasta que futuros acontecimientos
justifiquen su publicación.
De usted agradecido,
CARSON NAPIER.»
— Esto me parece una superchería — comentó Rothmund.
—Eso mismo creí yo el día 10—asentí—,pero hoy estamos a 14 y la
cosa ha cambiado totalmente de aspecto
—¿Qué tiene que ver el día 14 con todo esto? —preguntó.
—Ayer estábamos a 13—le recordé
—Supongo que no me va a hacer creer...—murmuró escépticamente.
—Precisamente a eso me refiero—le interrumpí—. Aquella mujer se
presentó. La vi perfectamente.
Ralph no demostró ningún interés por mis palabras.
—No olvide lo que le dijo la enfermera después de su última
operación—me recordó.
—¿Qué enfermera? Tuve nueve y ninguna de ellas coincidió con
.las otras en sus prescripciones.
—Me refiero a Jerry... Decía que los narcóticos afectan muchas
veces a la imaginación de los enfermos durante varios meses— repuso en tono
persuasivo.
—Bueno, al menos Jerry admitía que tengo imaginación, de lo que
no pueden vanagloriarse muchos otros. Pero no cabe duda que no influyeron los
narcóticos en mi vista. Vi lo que vi. Hágame el, favor de cursar una carta para
míster Napier.
Pocos días después recibí el siguiente telegrama de Napier,
desde Guaymas:
«Recibida carta. Stop. Gracias. Stop. Mañana iré a verle.»
—Supongo que viene por avión — comenté.
—O envuelto en una túnica blanca — sugirió Ralph—. Me parece que
mejor sería telefonear al capitán Hodson para que enviase un coche del
manicomio. A veces esos tipos son peligrosos.
Continuaba mostrándose escéptico. Desde luego, los dos
aguardábamos la llegada de Carson Napier con el mismo interés. Ralph
seguramente esperaba ver a un maniático de mirada exaltada.
A eso de las once de la mañana siguiente, se presentó Ralph en
mi estudio.
—Míster Napier está aquí — dijo.
— ¿Trae el pelo erizado y se le saltan los ojos de las órbitas?
—: pregunté sonriendo.
—No — repuso Ralph devolviéndome la sonrisa —. Tiene muy buen
aspecto, pero yo insisto en que es un lunático.
—Hágale pasar.
Un momento después volvió Ralph acompañando a un hombre
excepcionalmente bello. Debía de tener entre veinticinco y treinta años, aunque
muy bien pudiera ser más joven.
Avanzó tendiéndome la mano al levantarme yo para recibirle y su
rostro se iluminó con una sonrisa franca. Después de las habituales palabras de
cortesía, se refirió concretamente al motivo de su visita.
—A fin de que pueda usted tener una idea de conjunto, debo
empezar por decirle algo de mí mismo — comenzó—. Mi padre fue un oficial del
ejército inglés y mi madre una joven americana, de Virginia. Yo nací en la
India con ocasión de estar mi padre destinado allí, y me crié bajo la
vigilancia de un viejo hindú, muy fiel, tanto con mi padre como con mi madre.
Se llamaba Chand Kabi. Era casi un místico y me enseñó muchas cosas que no se
aprenden en las escuelas de párvulos. Entre estos conocimientos estaba la telepatía,
que él había cultivado de tal modo que podía conversar conmigo por el
procedimiento que él denominaba armonía psicológica y hacerlo a grandes
distancias, como si nos encontráramos el uno frente al otro. No sólo esto, sino
que conseguía transmitir imágenes mentales, también a gran distancia, de tal
manera que la persona receptora de las imágenes veía lo que Chand Kabi estaba
viendo o lo que él quería que viese. Me enseñó esta ciencia.
—¿Y fue así como me hizo usted ver el día 13 a aquella visitante
de medianoche? — le pregunté.
—Era necesario — asintió — para cerciorarme de que estábamos en
armonía psicológica. Su carta, al repetirme exactamente, las palabras que
aparentemente había pronunciado la aparecida, me convencieron de que había
encontrado la persona que venía buscando hacía tiempo. Pero antes de entrar en
el fondo del asunto, creo razonable que conozca usted algunos antecedentes míos
a fin de que pueda decidir si merezco o no su confianza, aunque no sé si le
aburro.
Le aseguré que estaba muy lejos de aburrirme, y él continuó sus
explicaciones.
—Apenas tenía yo once años cuando murió mi padre, y mi madre me
trajo a América. Fuimos a Virginia primero y vivimos allí tres años, en
compañía del abuelo de mi madre, el juez John Carson, cuyo nombre y reputación
no le serán a usted desconocidos, ¿verdad?
«Después de la muerte del abuelo, mi madre y yo nos fuimos a
California. Allí continué mis estudios en una escuela pública y más tarde entré
en un pequeño Instituto de Claremont, muy reconocido por su buena organización
docente y por su excelente profesorado.
»Poco después de graduarme, ocurrió la tercera y mayor tragedia
de mi vida: murió mi madre. Aquel golpe me anonadó. Pareció como si la
existencia hubiese perdido todo interés para mí; pero, aunque la vida me
interesaba poco, no pasó, naturalmente, por mi imaginación la idea del
suicidio. En cambio, me lancé a una existencia temeraria, y, abrigando ciertos
proyectos, aprendí aviación. Adopté otro nombre y me convertí en un ostro del
cine.
»No me veía obligado a trabajar para ganarme el sustento, pues
había heredado de mi madre una fortuna cuantiosa que procedía de mi bisabuelo
John Carson. Tan importante era la herencia que sólo derrochando podía pensar
en gastar las rentas. Menciono este detalle porque la empresa que intento
emprender requiere un capital considerable y deseo que comprenda usted que
estoy en condiciones de atender ampliamente las necesidades financieras del
asunto sin necesidad de ayuda alguna.
»La vida en Hollywood no sólo me aburrió. Había algo más: el sur
de California estaba saturado de recuerdos del ser amado. Por esto determiné
viajar. Hallándome en Alemania me interesé en la construcción de
aviones-cohetes y financié algunos. Fue entonces cuando mi idea nació
plenamente. No se trataba de nada fundamentalmente nuevo. Mi plan era dirigirme
a otro planeta por medio de un torpedo-cohete.
»Mis estudios me habían convencido de que, entre todos los
planetas, sólo Marte ofrecía probabilidades de estar habitado por seres
parecidos a nosotros. Estaba persuadido, al mismo tiempo, de que si conseguía
llegar a Marte, las probabilidades de volver a la Tierra serían muy
problemáticas.
«Comprendiendo que debía tener yo algún otro móvil, distinto de
mi propio egoísmo, al lanzarme a aquella aventura, decidí buscar una persona
con la que pudiera comunicarme en el caso de que saliera triunfante en mi
propósito. De este modo, tal vez podría prepararse una nueva expedición para ir
en mi busca, confiando en que no faltarían espíritus aventureros dispuestos a
repetir el viaje una vez convencidos de su viabilidad.
«Durante cerca de un año he estado ocupado en la construcción de
un vehículo-cohete gigantesco, en la isla de Guadalupe, situada en la costa
Oeste de la baja California. El Gobierno mejicano me dio todas las facilidades
imaginables y en este momento todo está preparado hasta el último detalle.
Estoy dispuesto para partir en cualquier momento.
Cuando acabó de hablar, desapareció, y la silla en que estaba
sentado quedó vacía. En la estancia sólo me encontraba yo. Me sentía asombrado,
casi aterrado, y recordé lo que me había dicho Rothmund sobre los efectos que
producen los narcóticos en la imaginación. Asimismo recordé que los locos nunca
se dan cuenta de que lo están. ¿Sería yo un loco? Un sudor frío empapó mi
frente.
Corrí en busca de Ralph. No cabía duda de que Ralph estaba en su
sano juicio. Si realmente había venido Carson Napier y Ralph lo había visto
entrar en mi despacho... ¡qué alivio representaría para mí!
Pero antes de que llegara yo a la puerta, Ralph entró en la
estancia con rostro asombrado.
—Míster Napier ha vuelto — me dijo —. No sabía que se hubiese
marchado. Hace un momento estaba hablando con usted.
Exhalé un suspiro de alivio y me enjugué el sudor de la frente.
Si yo estaba loco, también debía de estarlo Ralph.
—Hágale entrar — dije —. Y esta vez quédese usted con nosotros.
Cuando volvió a aparecer Napier, en sus ojos había una expresión
interrogante.
—¿Se ha dado usted cuenta de todo por mis explicaciones? — me
preguntó como si no hubiera salido de la estancia.
—Sí, pero...
—Espere un momento, tenga la bondad — me rogó—. Sé lo que me va
a decir y quiero suplicarle que me dispense a la vez que se lo explico. No
había llegado aún aquí. Era la prueba final. Si está usted seguro de haberme
visto y de haber estado hablando conmigo y puede recordar lo que le dije
mientras me encontraba sentado en mi auto, resulta evidente que podremos
comunicarnos perfectamente cuando yo llegue a Marte.
—Pero usted estuvo aquí — terció Rothmund—. ¿Acaso no le
estreché la mano al entrar y le estuve hablando?
—Usted lo creyó así — repuso Napier.
—¿Quién es ahora el loco? —pregunté a Ralph. Desde aquel día
Rothmund insistió en que le gastamos una broma.
—¿Y cómo sabe ahora que verdaderamente está presente?— preguntó
entonces.
—No puedo estar seguro — confesé.
—Ahora sí que estoy aquí—afirmó Napier riendo—. Veamos, ¿hasta
dónde había llegado en mis explicaciones?
—Me estaba diciendo usted que se hallaba preparado para partir y
que tenía preparado el vehículo-cohete en la isla de Guadalupe— le recordé.
—Exacto. Veo que lo captó usted bien. Ahora, lo más rápidamente
posible, voy a explicarle cómo puede ayudarme. He acudido a usted por diversas
razones. La más importante es que a usted le interesa Marte. Además, tengo en
cuenta su profesión, ya que el resultado de mi empresa ha de ser recogido por
un hábil escritor y no cabe la menor duda respecto a su experiencia literaria.
Me he tomado la libertad de realizar una investigación minuciosa sobre usted, y
lo que deseo es que usted se encargue de recoger y publicar los mensajes que yo
le remita, y, al mismo tiempo, que administre mis bienes durante mi ausencia.
—Acepto gustoso lo primero, pero tengo mis dudas respecto a
aceptar la responsabilidad que implica su última proposición — observé.
—Ya he organizado una junta que le ayudará en todo—repuso en
términos que no admitían réplica, pues era un hombre que saltaba por encima de
todos los obstáculos, como si no existieran —. En cuanto a la remuneración,
usted mismo puede fijar la que le parezca pertinente.
Hice un gesto de protesta con la mano.
—Será para mí un motivo de halago y me interesa mucho. No
necesito remuneración alguna.
—Esta tarea puede acapararle gran parte del tiempo de que
dispone — terció Ralph —. Y su tiempo es muy valioso.
—Precisamente por esto—asintió Napier—. Míster Rothmund y yo
arreglaremos los detalles financieros de este asunto con su permiso.
—De acuerdo. Detesto todo lo que se refiere a discutir
cuestiones de interés.
—Ahora volvamos al extremo más importante de nuestro asunto.
¿Qué le parece en conjunto mi proyecto?
—Marte se halla muy lejos de la Tierra — sugerí —. En cambio,
Venus se encuentra a unos diez millones de millas más cerca, y un millón de
millas es una distancia respetable.
—Así es, y me hubiera gustado ir a Venus — repuso —. Envuelto,
como se halla, en una espesa capa de nubes, su superficie resulta eternamente
invisible a los ojos humanos y se me ofrece como un misterio que intriga mi
imaginación. Pero recientes investigaciones científicas en el mundo de la
astronomía han determinado que las condiciones climatológicas de ese planeta
rechazan toda posibilidad de que pueda alentar ninguna manifestación de la vida
peculiar de la Tierra. Se ha llegado a la conclusión, según algunos astrónomos,
de que, con relación al Sol, desde la era de su prístina fluidez, siempre
ofrece la misma cara, como ocurre con la Luna respecto a la Tierra. De ocurrir
eso, el calor extremo de un hemisferio y el frío exagerado del otro harían
imposible la existencia de vida humana. Y aunque la opinión de sir James Jeans
se viera confirmada por los hechos, cada uno de sus días y de sus noches serían
mucho más largos que los de la Tierra. Las noches transcurrirían a una
temperatura de trece grados bajo cero, Fahrenheit, y los largos días a una
temperatura alta en proporción.
—Incluso en tales condiciones podría haber surgido la vida —
observé —. Los hombres subsisten lo mismo con los calores ecuatoriales que con
los fríos árticos.
—Pero no sin oxígeno — replicó Napier—. St. John ha calculado
que la cantidad de oxígeno que hay sobre la capa de nubes es menor en un diez
por ciento que la de la Tierra. Después de todo, es natural que nos inclinemos
ante la opinión autorizada de personalidades como sir James Jeans, que dice:
«De acuerdo con lo que pueden valer los experimentos, éstos nos inclinan a
afirmar que Venus, el único planeta del sistema solar, aparte de Marte y de la
Tierra, en los que la vida puede existir, no posee vegetación alguna ni oxígeno
que pueda servir de soporte a formas vitales elevadas». Esta afirmación hace
que sólo pueda pensar en explorar Marte.
Discutí con Napier sus planes hasta que llegó la noche, y por la
mañana temprano salió para Guadalupe utilizando su anfibio «Sikorsky». Desde
entonces no he vuelto a verlo, al menos en persona, aunque, por medio de la
telepatía, he podido comunicarme continuamente con él y lo he visto sumido en
medio de los más extraños parajes que nunca un fotógrafo pudo captar.
De este modo, soy el médium a través del cual las
extraordinarias aventuras de Carson Napier han podido ser conocidas en la
Tierra. Pero no sólo soy eso, sino una especie de mecanógrafo o de dictáfono
que recoge la historia que se relata a continuación.
CAPÍTULO II
HACIA MARTE
CUANDO llegué con mi aparato a aquel lugar abrigado de la
desolada costa de Guadalupe, unas cuantas horas después de haber partido de
Tarzana, el pequeño vapor mejicano que había adquirido para transportar mis
hombres, y los materiales y suministros, se balanceaba suavemente, anclado en
el puertecito, mientras en tierra firme, esperando mi llegada, había unos
grupos de operarios, mecánicos y ayudantes que habían trabajado lealmente
durante unos meses para el acontecimiento que iba a tener efecto aquel día. Entre
todos, destacaba por su estatura Jimmy Welsh, el único norteamericano que
trabajaba para nosotros.
Conduje el hidroavión a la costa y lo amarré a una boya,
mientras mis hombres echaban un bote al agua para venir a buscarme. Había
estado ausente menos de una semana y la mayor parte del tiempo lo había pasado
en Guaymas en espera de la carta que tenía que recibir, pero me acogieron todos
con tan exuberantes pruebas de afecto que cualquiera me hubiera tomado por un
hermano de cada uno de ellos, tenido por muerto y luego resucitado, tan
desoladas y tristes parecen aquellas costas solitarias a los que han de quedarse
en ellas, aunque sea únicamente durante un breve intervalo, sin contacto con el
Continente.
Acaso lo caluroso de su recepción era motivado por un deseo de
ocultar sus propios sentimientos. Durante algunos meses habíamos convivido
constantemente, forjándose entre nosotros una férvida amistad, y aquella noche
debíamos separarnos con escasas probabilidades de volver a vernos. Aquél iba a
ser mi último día en la Tierra. Después, yo estaría para ellos tan muerto como
si mi cuerpo quedase enterrado a tres pies de profundidad.
Es posible que mis propios sentimientos influyeran en los suyos,
pues debo confesar que presentía que aquellos instantes iban a ser los más
embarazosos de mi aventura. He estado en contacto con gente de muchos países,
pero no recuerdo ninguna con cualidades más laudables que los mejicanos no
contaminados por el contacto con la intolerancia y el mercantilismo de los
norteamericanos. Y luego, allí estaba Jimmy Welsh. Sería como si hubiera de
separarme de un hermano, al despedirnos. Hacía bastantes meses que venía
suplicándome que le dejara acompañarme y sabía que continuaría pidiéndomelo
hasta el último instante, pero yo no podía arriesgar otra vida humana
innecesariamente.
Subimos todos a los camiones que habíamos venido utilizando para
transportar suministros y materiales desde la costa al campo de trabajo,
situado a algunas millas en el interior del país, y comenzamos a avanzar por el
camino que nosotros mismos habíamos trazado hasta llegar a la pequeña meseta
donde descansaba el gigantesco torpedo aéreo sobre su pista, de una milla de
largo.
—Todo está listo — dijo Jimmy —. Esta mañana hemos ultimado los
últimos detalles. Las franjas de la pista han sido inspeccionadas al menos por
una docena de operarios. Los rodillos están bien engrasados. Hemos recorrido
una y otra vez la pista con el pesado armatoste y tres veces con el camión,
para ultimar la carga. Tres de nosotros hemos compulsado aisladamente la lista
de artículos y objetos del equipo y se ha hecho todo lo preciso, excepto
encender los cohetes del aparato. Ahora, ya podemos partir. Me va a llevar con
usted, ¿no es cierto, Car?
Hice un gesto negativo.
—No insista, Jimmy, por favor — le rogué —. Tengo perfecto
derecho a poner en peligro mi vida, pero no la de usted, así es que reprima sus
deseos. No obstante, voy a hacer algo por usted. En prueba de mi reconocimiento
por la ayuda que me ha prestado y sus demostraciones de adhesión, le voy a
regalar mi hidroavión para que me recuerde siempre.
Mostróse agradecido, desde luego, pero no pudo ocultar su
desencanto al ver que yo no le permitía acompañarme y comparé con tristeza el
radio de acción del «Sikosky» y el del «armatoste», nombre con el que había
bautizado cariñosamente el gran torpedo-cohete que al cabo de pocas horas debía
transportarme hacia el infinito.
—Un espacio de treinta, y cinco millones de millas — murmuró con
tristeza—. Y Marte como objetivo. —Sí, y con el riesgo de estrellarme contra la
meta — objeté.
El trazado de la pista sobre la que debía deslizarse el torpedo
había sido objeto de un año de minuciosos cálculos y consultas. Se había
determinado asimismo el día preciso de la partida y el punto exacto en que se
elevaría Marte en el horizonte la noche prefijada. Igualmente se determinó la
hora de partir. Fue preciso tener en cuenta la rotación de la Tierra y la
atracción de los cuerpos celestes más cercanos. La pista quedó trazada de
acuerdo con el resultado de todos estos cálculos y se construyó con una ligera
inclinación en los primeros tres cuartos de milla, para formar luego un ángulo
de dos grados y medio de su horizontal, aproximadamente.
Se calculó que una velocidad de cuatro millas y media por
segundo sería suficiente para neutralizar los efectos de la gravedad. A fin de
vencerla debía alcanzar yo una velocidad de 6'93 millas por segundo, y para
cubrir cualquier eventualidad, había dotado al torpedo de la posibilidad de
cubrir una marcha de siete millas por segundo en la primera etapa y me proponía
aumentaría a diez millas por segundo al traspasar la atmósfera terrestre. la
velocidad que pudiera alcanzar en el espacio era problemática, pero yo había
calculado que no variaría mucho de la alcanzada al abandonar la atmósfera de la
Tierra hasta caer bajo la influencia de la gravitación del planeta Marte.
También me había preocupado de fijar la hora exacta de mi
partida. La calculé una y otra vez, pero existían tantos factores que juzgué
conveniente someter mis cálculos al criterio de un célebre físico y de un
astrónomo no menos conocido. Su opinión coincidió completamente con la mía: el
torpedo debía partir en su viaje a Marte poco antes de que el rojo planeta
apareciera en el Este. La trayectoria debía formar constantemente un arco
aplanado que al principio se vería influido considerablemente por la atracción
de la Tierra que iría decreciendo en proporción inversa al cuadrado de la
distancia obtenida. Como el torpedo abandonaría la superficie terrestre en
curva tangente, la partida debía ser sincronizada con exactitud, a fin de que
al dejar de sufrir la atracción terrestre su parte frontal se dirigiese a
Marte.
En el papel, estas cifras resultaban muy alentadoras, pero a
medida que se iba acercando la hora de mi marcha he de confesar que tuve el
repentino presentimiento de que eran meras elucubraciones teóricas y me sentí
sobrecogido por la temeraria noción de mi aventura.
Hubo un instante en que casi me aterré. El enorme torpedo con
sus sesenta toneladas, descansaba allí, en el extremo de la pista, y se me
apareció como un horrible sarcófago, como mi propia tumba, en la que me vería
pronto estrellado contra la tierra, o sumido en las profundidades del Pacífico,
o lanzado al espacio infinito para vagar errabundo. Tuve miedo, lo admito, pero
no era tanto el miedo a la muerte como la impresión que me causaba la idea de
verme enfrentado con las formidables fuerzas cósmicas. Esto último era lo que
más me enervaba.
Entonces Jimmy me habló:
—Hagamos la última inspección, antes de la partida.
Al conjuro de aquellas palabras tranquilas y naturales, se
desvanecieron mis inquietudes. Volví a ser yo mismo.
Examinamos juntos la cabina en la que se hallaban los aparatos
de control, el cómodo camarote con su mesa y su silla, con el material de
escritorio y una selección de libros. Debajo de la cabina había una pequeña
cocina y más abajo una despensa provista de alimentos en conserva y
deshidratados en cantidad suficiente para un año. Detrás se veía una estancia
para las baterías eléctricas destinadas a la iluminación, calefacción y cocina,
una dinamo y un motor de gas. El departamento de la parte de popa estaba lleno
de cohetes, y allí se encontraba también el intrincado mecanismo que los ponía
en contacto con las piezas de control colocadas en la cabina. Más allá de la
cabina principal, existía otro departamento en el que se conservaba el agua y
los tanques de oxígeno a la vez que un sin fin de cosas necesarias para mi
comodidad.
No es necesario decir que todo estaba firmemente sujeto para
prevenir la terrible y repentina sacudida que debía acompañar ¡A arranque. Una
vez en el espacio, no esperaba percibir ninguna noción de movimiento, pero la
partida había de ser manifiestamente violenta. A fin de aminorar en lo posible
el golpe del arranque, el vehículo aéreo consistía en un doble torpedo, uno
pequeño dentro del otro mayor. El primero, mucho más corto que el último,
estaba formado por diversas secciones, cada una de las cuales incluía uno de
los compartimientos ya descritos. Entre el casco interior y el exterior y entre
cada compartimiento se había instalado un sistema de amortiguador hidráulico,
muy ingenioso, que tenía como misión aminorar, en más o menos grado, la inercia
del torpedo interior, en el instante del arranque. Yo confiaba en que su
funcionamiento sería perfecto.
Además de estas medidas de precaución contra los peligros del
arranque, el asiento en que me había de acomodar delante de los mecanismos de
control, no sólo estaba bien mullido, sino fuertemente sujeto a una recia
armadura también provista de amortiguadores. Se habían previsto también las
ligaduras necesarias para mantenerse seguro en la silla al recibir el golpe
inicial de la. marcha.
Nada se había olvidado que fuera esencial para mi seguridad. De
mi seguridad dependía el éxito de mi empresa.
Después de haber realizado la inspección final del interior.
Jimmy y yo nos encaramamos a la parte alta del torpedo a fin de inspeccionar
por última vez el sistema de paracaídas, con los que esperaba conseguir
aminorar la velocidad del aparato al entrar en la atmósfera de Marte y que me
permitirían utilizar mi propio paracaídas para saltar a tiempo. El equipo de
paracaídas estaba instalado en una serie de compartimientos, a todo lo largo
del torpedo. A fin de explicarlo más claramente, diré que era una serie
continua de baterías de paracaídas, constituida cada una por un número
determinado de ellos, de diámetro progresivamente mayor, hasta llegar al que
estaba más alto, que era el más pequeño. Cada batería estaba en un
compartimiento separado y cada compartimiento se hallaba cubierto por una
escotilla individual que podía abrirse a voluntad del operador desde los
controles de la cabina. Cada uno de estos paracaídas estaba sujeto al torpedo
por sendos cables. Juzgaba yo que por lo menos la mirad de ellos quedarían
destrozados al aminorar la velocidad del vehículo, peto permitirían a los otros
retardarla hasta el momento en que yo abriera las portezuelas y saltase con mi
propio paracaídas y mi depósito de oxígeno.
El momento de la partida se iba acercando. Jimmy y yo bajamos a
tierra y tuvimos que enfrentarnos con el momento más difícil: decir adiós a
aquellos fieles amigos y colaboradores. No hablamos mucho. Estábamos demasiado
emocionados y ninguno de los presentes tenía los ojos secos. Sin excepción
alguna, ninguno de los trabajadores mejicanos podía comprender por qué la punta
del torpedo no señalaba recto hacia arriba, si mi intención era ir a Marte.
Nada podía convencerles de que no iba a ascender a corta distancia, lo que
implicaría sumirme en el Pacífico. Todo esto si conseguía partir, cosa que más
de uno dudaba.
Nos estrechamos las manos y luego subí por la escalerilla
adosada a un costado del torpedo y entré en el aparato. Al cerrar la puerta del
casco exterior, vi como mis amigos se agolpaban en los camiones y se alejaban,
ya que yo había dispuesto que nadie permaneciera a una distancia inferior a una
milla del torpedo-cohete cuando yo arrancase, por temor a la terrible explosión
que se produciría al arrancar. Después de asegurar la portezuela exterior con
los grandes cerrojos, cerré la puerta por dentro y la ajusté debidamente. A
continuación me senté ante los aparatos de control y sujeté las correas que me
retenían al asiento.
Consulté el reloj. Faltaban nueve minutos para la hora cero. Al
cabo de nueve minutos me vería lanzado al vacío o en nueve minutos habría
muerto. Si las cosas no se desarrollaban bien, el desastre se produciría en una
fracción de segundo, apenas tocase yo el control de disparo.
¡Siete minutos! Tenía la garganta seca, apergaminada, y sentí
deseos de beber agua, pero no había tiempo.
¡Cuatro minutos! Treinta y cinco millones de millas son muchas
millas y, no obstante, confiaba poderlas cubrir en cuarenta o cuarenta y cinco
días.
¡Dos minutos! Inspeccioné el contador de oxígeno y abrí la
válvula un poquito más.
¡Un minuto! Pensé en mi madre y me pasó por la mente la idea de
si estaría vagando por el espacio y esperándome.
¡Treinta segundos! Mi mano se apoyó en el mecanismo de control.
¡Quince segundos! ¡Diez, cinco, cuatro, tres, dos... uno!
¡Di vuelta a la manivela! Siguió un estruendo terrible. El
torpedo saltó hacia adelante. ¡Había partido!
Comprendí que la primera parte de mi aventura había salido bien.
Miré a través del cristal de la ventanilla que estaba a mi lado en el instante
en que partía el torpedo. Pero fue tan terrible la velocidad inicial que sólo
divisé la mancha confusa del paisaje. Me estremecí de alegría por la soltura y
perfección con que se había producido la salida, aunque he de confesar que no
dejaba de sorprenderme la extraña sensación que percibí en la cabina. Era como
si una mano gigante me apretara contra mi mullido asiento, pero esta sensación
pasó en seguida y luego no noté nada, salvo lo natural de una persona sentada
en un confortable gabinete, en tierra firme. Transcurridos los primeros
segundos, después de pasar la atmósfera terrestre, ya no percibí nada más. Había
hecho todo lo que estaba en mi mano hacer y ahora el resto dependía de las
incidencias, del capricho del destino. Desaté las correas que me sujetaban al
asiento y me moví en la cabina para mirar a través de las diversas ventanillas
que había a cada lado, igual que en la quilla y en la parte alta del torpedo.
El espacio era una inmensa mancha negra, vacía y pespunteada de lucecitas. Yo
no podía ver la Tierra, ya que se hallaba exactamente a la proa. A lo lejos se
divisaba Marte. Parecía que todo iba bien. Di la luz eléctrica, me senté ante
la mesa y escribí mi primer informe en el libro de viaje. Luego hice algunos
cálculos de tiempo y distancias.
Según mis previsiones, al cabo de unas tres horas de haber
partido, el torpedo avanzaría casi directamente hacia Marte. De vez en cuando,
hacía observaciones a través del periscopio telescópico montado sobre la parte
superior del casco del torpedo, pero los resultados no fueron completamente
tranquilizadores. Al cabo de dos horas, Marte seguía desviado. La trayectoria
en forma de arco no se cerraba como debía. Comencé a inquietarme. ¿Qué pasaba?
¿Dónde estaría el error de nuestros cálculos?
Abandoné el periscopio y miré a través de la ventanilla
principal que se hallaba en la quilla. Abajo estaba la Luna. Era un espectáculo
maravilloso verla en aquel espacio claro y vacío, a una distancia de setenta y
dos mil millas menos de lo que la había visto hasta entonces y sin ninguna
atmósfera terrestre que disminuyera su visibilidad. Tycho, Platón y Copérnico
se destacaban con acusado relieve sobre el descarado disco del gran satélite,
acentuando por el contraste las sombras del Mare Serenitatis y Mare
Tranquilitatis. Los ásperos picos del Apenino y de Altai se rebelaban con una
claridad como nunca los había visto con el más potente telescopio. Sentíame
excitado, pero también disgustado.
Tres horas más tarde me hallaba a menos de cincuenta y nueve mil
millas de la Luna. Lo que era poco antes una visión espléndida se había
convertido en un espectáculo indescriptible por lo maravilloso, pero mis
inquietudes me dominaban sobremanera. A través del periscopio vi como la
trayectoria de mi marcha cruzaba sobre el plano de Marte y se hundía debajo de
él. Por eso comprendí que nunca podría alcanzar mi objetivo. Traté de eludir el
pensamiento del terrible destino que tenía ante mí, y, en cambio, procuré
averiguar el error que había causado aquel desastre.
Me pasé una hora compulsando cálculos diversos, pero nada
descubrí que pudiera esclarecer la causa de mis inquietudes. Luego apagué las
luces y me puse a mirar a través de las ventanas de la quilla a fin de poder
divisar mejor la Luna. ¡Había desaparecido! Me dirigí entonces al ventano
lateral de la cabina con el propósito de observar el vacío espacio por uno de
los cristales circulares. Me sentí repentinamente aterrado. Parecía como si
junto la cristal hubiera surgido un mundo enorme. Era la Luna, que se hallaba a
menos de veintitrés mil millas de distancia y yo avanzaba hacia ella a una
marcha de treinta y seis mil millas por hora...
Salté hacia el periscopio y en breves segundos realicé un
cálculo mental que hubiera constituido una verdadera marca. Observé la
desviación sufrida en dirección a la Luna siguiéndola por medio del periscopio
y computé la distancia hasta la Luna y la velocidad del torpedo llegando a la
conclusión de que había pocas probabilidades de sufrir una colisión contra el
astro. La único que me cabía temer era un encuentro directo y casual, pues la
velocidad que llevaba el aparato era tan grande que la atracción de la Luna no
conseguiría atraparlo, sólo con que pasáramos a pocos pies de ella. Desde luego
resultaba indudable que evitaríamos la colisión si pasábamos a algunos pies de
distancia, pero también resultaba evidente que había ejercido manifiesta
influencia en mi vuelo y con tal criterio surgió la réplica al problema que
tanto me había desconcertado.
Acudió a mi mente la anécdota del libro mejor impreso. Se venía
afirmando que no se había publicado nunca libro alguno que no contuviera algún
error. Un conocido editor decidió publicar un libro así. Las pruebas de
galeradas fueron leídas una y otra vez por una docena de expertos y las de
impresión sufrieron el mismo examen cuidadoso. Al fin, la obra maestra quedó
lista para entrar en máquina... sin ningún error. Fue impresa, encuadernada y
lanzada al público, y entonces se descubrió que en el título de la portada se
había equivocado una letra. Nosotros, con todos nuestros cuidadosos cálculos,
con todos nuestros repasos y más repasos, habíamos omitido un factor obvio: no
tuvimos en cuenta la Luna.
Que se explique tal negligencia quien pueda. A mí me es
imposible. Era lo mismo que si el mejor equipo deportivo hubiese perdido contra
otro muy inferior. Fue un grave desliz que tuvimos. Aun no podía calcular
cuáles serían sus consecuencias. Me limité a sentarme ante el periscopio para
observar la Luna cada vez más cerca. Según me iba aproximando ofrecía ante mis
ojos la perspectiva más espléndida que había presenciado. Cada montaña, cada
pico y cada cráter se presentaba con los más claros detalles. Hasta las cumbres
más elevadas, de veinticinco mil pies, eran visibles, aunque bien pudiera ser
que en todo ello jugara un gran papel la ilusión, ya que yo contemplaba la
escena desde arriba, y el satélite estaba abajo.
De pronto me di cuenta de que la gran esfera comenzaba a huir
del campo visual del periscopio y exhalé un suspiro de alivio. No iba a
estrellarme, sino que pasaría de largo.
Volví entonces al ventano. Ahora la Luna aparecía un poco a la
izquierda. Ya no era simplemente una gran esfera. Era un verdadero mundo al
alcance de mis ojos. Destacando sobre el negro horizonte, divisé unos titánicos
picos y debajo de mí se abrían unos vastos cráteres. Me encontraba a solas con
Dios contemplando aquel mundo horripilante.
Mi paso por la Luna requería poco más de cuatro minutos. Lo
calculé cuidadosamente por si tenía que aminorar la velocidad. No podría decir
exactamente lo cerca que llegué de ella. Tal vez cinco mil pies sobre los picos
más altos, pero ya era una proximidad respetable. La influencia ejercida por la
gravitación de la Luna había alterado definitivamente mi ruta, pero debido a la
velocidad del torpedo se consiguió eludir sus garras. Ahora nos alejábamos. ¿A
dónde íbamos?
La estrella más cercana, Alfa, del Centauro, se hallaba a
veinticinco billones y medio de millas de la Tierra. Hay que escribir la cifra
para darse cuenta. 25.500.000.000.000 millas. Pero en el fondo se trataba de
una distancia nimia, aunque, desde luego, no cabía esperar que hiciese una
visita a Alfa Centauro, con un escenario tan inmenso ante mis ojos y tantos
lugares a donde acudir. Ancho era el ámbito en que podía moverme, ya que la
ciencia ha calculado el diámetro del espacio en ochenta y cuatro mil millones
de años luz; y si uno piensa que la luz recorre ciento ochenta y seis mil
millas por segundo, resulta evidente que el cálculo es capaz de satisfacer las
apetencias del más consumado trotamundos.
No obstante, poco me importaban a mí aquellos problemas de
distancia en tales momentos, ya que sólo tenía alimentos y agua para un año.
Durante este lapso de tiempo el aero-vehículo podría recorrer poco más de
trescientos quince millones de millas. Y si conseguía llegar a Alfa Centauro no
despertaría grandemente mi interés, puesto que haría unos ochenta mil años que
yo me habría muerto. Así es la inmensidad del universo.
Durante las veinticuatro horas que siguieron, la ruta de la nave
aérea siguió casi paralelamente la de la Luna alrededor de la Tierra. No sólo
había desviado la atracción de la Luna "nuestro curso, sino que ahora
parecía evidente que la Tierra nos había atrapado y tal vez nos viéramos
condenados a vagar eternamente a su alrededor, como un segundo y diminuto
satélite. Desde luego, a mí no me hacía ninguna gracia convertirme en una
minúscula Luna, tan minúscula que ni el más potente telescopio sería capaz de descubrirla.
El siguiente mes fue de dura prueba en mi vida. Resulta pedante
mencionar la vida de uno en medio de unas fuerzas cósmicas tan gigantescas como
las que me envolvían, pero sólo tenemos una vida y yo estimo la mía. Por esto
cuanto más cercano se me presentaba el instante de perderla, más la amaba.
Al acabar el segundo día pareció evidente que habíamos
conseguido eludir la influencia de la Tierra. No puedo decir que este
descubrimiento me llenase de alegría. Mi plan de visitar
Marte se había desvanecido y me hubiera agradado volver a la
Tierra. Si hubiese conseguido arribar a salvo a Marte, habría podido
ciertamente volver a la Tierra. Pero existía otra razón para sentir este deseo,
una razón que se erguía ante mí como un fantasma amenazante: el Sol. Ahora
avanzábamos en línea recta hacia el Sol y una vez cayéramos bajo el garfio de
aquel horrible poder, nada podría cambiar mi destino. Estaría condenado a
perecer.
Durante tres meses tendría que estar esperando el fin inevitable
hasta sumirme, por último, en aquel horno ingente. La palabra horno resulta
inadecuada si se quiere sugerir el calor solar, el cual se ha estimado entre
treinta y sesenta millones de grados en el centro, factor este último que en
poco podía afectarme, pues no pretendía llegar al centro del astro.
Sucedíanse los días, mejor podría decirse las largas noches,
puesto que no existían más días que los cómputos de tiempo que yo anotaba al
correr de las horas. Leía mucho, pero no escribía nada en el cuaderno de viaje.
¿Para qué iba a hacerlo, si lo que escribiese estaba condenado a hundirse
pronto en el Sol y a consumirse?
En la cocina ensayé toda clase de combinaciones culinarias
poniendo a prueba mi fantasía. Comía mucho, lo que me ayudaba a matar el tiempo
y disfrutaba con mis condimentos.
Habían transcurrido treinta días y atisbaba yo el espacio cuando
divisé un radiante resplandor a la derecha de nuestra ruta, pero he de confesar
que no estaba de humor para deleitarme con tal espectáculo. Al cabo de sesenta
días me encontraría en el Sol. Y mucho antes, el creciente calor me habría
destruido. El final de mi aventura se acercaba por momentos.
CAPÍTULO III
HACIA VENUS
LOS efectos psicológicos de una experiencia como la que yo
estaba atravesando tenían que ser considerables y aunque no pudieran medirse ni
pesarse, yo me daba cuenta de que se estaban operando en mí cambios producidos
por su influencia. Durantetreinta días había estado vagando por el espacio
hacia una muerte segura, hacia un final que, probablemente, no dejaría como
rastro ni una partícula de los átomos que me convierten en electrón. Había
sufrido el trance en plena soledad y esto dio por resultado un enorme
amortiguamiento de mi sensibilidad; se trataba, indudablemente, de una sabia
previsión de la Naturaleza. V Incluso la convicción de que era Venus la
espléndida lúnula, emergiendo en su enormidad a estribor del torpedo, no me
produjo mucha excitación. ¿Qué importaba que pudiera acercarme a Venus más de
lo que ningún nombre había conseguido? Nada significaba aquello. Ni la
presencia de la propia Divinidad desvanecía mi enervamiento. Es sabido que el
valor de lo que vemos se mide solamente por las dimensiones de la audiencia,
que está presente. Viera yo lo que viera, no habría audiencia presente y, por
tanto, carecía de valor.
No obstante, más bien para pasar el tiempo que por verdadero
interés, me puse a hacer cálculos. Estos me revelaron que me hallaba a una
distancia aproximada de ochocientas sesenta y cinco mil millas de la órbita de
Venus y que la cruzaría al cabo de unas veinticuatro horas. De todos modos, no
pude precisar con absoluta justeza la distancia que me separaba del planeta. Lo
único que resultaba aparente era que aquella distancia era cortísima. Al decir
cortísima hay que pensar en el valor relativo de la palabra. La Tierra se
hallaba a unos veinticinco millones de millas y el Sol a unos sesenta y ocho
millones de millas, así es que un objeto tan grande como Venus, a una distancia
de uno o dos millones de millas, parecía cercano.
Como Venus viaja en su órbita a la velocidad de cerca de
veintidós millas por segundo o sea un millón seiscientas mil millas en un día
terrestre se evidenciaba el hecho de que había de interceptar mi paso dentro de
las veinticuatro horas siguientes. Se me ocurrió que si pasaba el torpedo muy
cerca, como parecía inevitable, acaso Venus lo desviara y me salvara del Sol,
pero comprendí que aquello no era más que una vaga esperanza. Indudablemente el
torpedo pasaría cerca de Venus, pero el Sol no abandonaría su presa. Con tales
pensamientos retornó mi apatía y perdí todo interés por Venus.
Escogí un libro y me tendí en el lecho para leer. El interior de
la cabina estaba profusamente iluminado. Yo soy muy exagerado con la luz
eléctrica. Tenía allí los medios de producirla durante once meses más, pero
después de unas cuantas semanas ya no la necesitaría. ¿Para qué ahorrarla?
Estuve leyendo unas horas. Leer en la cama siempre me produjo
sueño y también en esta ocasión sucumbí. Cuando me desperté permanecí aún
tumbado en actitud perezosa unos minutos. Estaba avanzando hacia la muerte a
una velocidad de treinta y seis mil millas por hora, pero yo no tenía ninguna
prisa. Recordé el hermoso espectáculo que me había proporcionado Venus cuando
lo vi últimamente y decidí echar otra ojeada sobre él. Distendí el cuerpo
lánguidamente, me levanté y me dirigí hacia uno de los ventanos de estribor.
La escena que apareció encuadrada en el marco del cristal
circular, era maravillosa, indescriptible. Venus estaba aparentemente a la
mitad de la distancia de antes y se ofrecía ante mis ojos doble de tamaño,
circundado por una aureola de luz en la parte en que el Sol, situado debajo de
él, iluminaba su capa de nubes produciendo aquella lúnula brillante.
Consulté el reloj. Habían transcurrido doce horas desde que
descubrí el planeta y ahora, al menos, empecé a sentirme excitado. Venus se
hallaba a la mitad de distancia en que estaba doce horas antes y yo sabía que
el torpedo había recorrido la mitad del trayecto que la separaba de ella en
aquel momento inicial Resultaba posible una colisión y era probable que me
viera precipitado a la superficie de aquel inhóspito mundo carente de vida.
Bien, ¿y qué? ¿Acaso mi suerte no estaba ya determinada? ¿Qué
diferencia podía haber en que el final de todo se produjera unas semanas antes?
La verdad es que me sentía excitado. No puedo decir que tuviera miedo. Nunca me
causó miedo la muerte y este sentimiento lo dejé atrás cuando vi morir a mi
madre. Pero ahora que la gran aventura estaba a punto de acabar, sentíame
sobrecogido por todos los factores interrogantes que la muerte significa. ¿Qué
vendría después?
Las largas horas siguieron su curso. Me parecía increíble, a
pesar de estar habituado a pensar en las más escalofriantes unidades de
velocidad, que el torpedo y Venus fueran avanzando hacia el mismo punto de la
órbita, a una marcha tan inconcebible, el uno a la velocidad de treinta y seis
mil millas por hora, y el otro, a la de sesenta y siete mil.
Resultaba difícil observar el planeta desde el ventano lateral,
ya que se acercaba más y más. Me acerqué al periscopio. Venus se deslizaba
majestuosamente por su ruta. Yo sabía que el torpedo se hallaba a menos de
treinta y seis mil millas, a menos de una hora, del curso de la órbita del
planeta, y no cabía duda de que nos había atraído a su esfera de acción.
Estábamos destinados a sufrir un choque. Incluso en aquellas circunstancias, no
pude evitar una sonrisa. Pensé en el fracaso de mis cálculos.
Era incuestionablemente una plusmarca de mal tirado, un error
mayúsculo.
Aunque no me aterraba la idea de la muerte, aunque los
astrónomos más famosos habían asegurado que Venus era incapaz de soportar la
vida humana, porque donde su superficie no es demasiado cálida es demasiado
fría, y aunque estuviera desprovisto de oxígeno, como afirmaban, el instinto de
conservación, que es innato en todo ser humano, me impelió a adoptar los mismos
preparativos que había determinado para descender sobre Marte, si hubiera
conseguido llegar felizmente a la meta de mis propósitos.
Me puse mi vestido de lana, confeccionado de una sola pieza como
una especie de «mono», las gafas de seguridad y el casquete de fieltro y luego
me ajusté el depósito de oxígeno, colgando delante, a fin de que no se enredara
con el paracaídas y pudiera. soltarse automáticamente si yo alcanzaba una
atmósfera capaz de soportar la vida humana. Desde luego sería un accesorio
embarazoso para el momento de «aterrizar», utilizando el término corriente en
el globo terrestre. Por último, me aseguré de que el paracaídas estaba bien
sujeto.
Consulté el reloj. Si mis cálculos eran correctos, la colisión
se produciría al cabo de un cuarto de hora. Volví de nuevo al periscopio.
La visión que se ofrecía ante mis ojos era realmente aterradora.
Nos estábamos adentrando en una espesa masa de nubes negras. Era como el caos
en el alborear de la Creación. La gravitación del planeta nos había atrapado.
Yo ya no pisaba el suelo de la cabina. Me sentía alzado y me sujeté como pude.
Aquello ya estaba previsto cuando ideé el torpedo. Nos íbamos hundiendo más y
más hacia el planeta. En el espacio no existe abajo ni arriba, pero en aquel
momento la sensación era la de bajar.
Desde el lugar en que me hallaba, tenía los aparatos de control
al alcance de la mano, y a mi lado había una de las puertas laterales. Solté
tres baterías de paracaídas y abrí la puerta que comunicaba con el torpedo
interior. En seguida se notó una vibración aérea, como si los paracaídas se
hubieran abierto y reprimieran, al menos temporalmente, la velocidad del
torpedo. Aquello debía significar que había penetrado en alguna atmósfera,
fuese del tipo que fuese, y que no se podía perder ya ni un segundo. Con el
simple movimiento de una palanca, solté el resto de los paracaídas y luego me
dirigí a la portezuela exterior. Las cerraduras funcionaban por medio de un
gran volante, colocado en el centro, y el mecanismo estaba ideado para que se
abrieran rápida y fácilmente. Me ajusté el embudo de oxígeno a la boca e hice
funcionar el volante con rapidez.
Casi en el acto se abrió la puerta y la presión del aire desde
el interior del torpedo me lanzó al espacio. Con la mano derecha sujeté la
cuerda de mi paracaídas y esperé. Miré a mi alrededor para ver donde estaba el
torpedo. Corría casi paralelamente conmigo y los paracaídas aparecían
distendidos.
Sólo atisbé un instante la silueta del torpedo. Luego se hundió
en la masa de nubes y se perdió de vista. ¡Qué magnífico espectáculo ofrecía en
aquel breve período!
A. salvo ya del peligro de verme arrastrado por el torpedo, di
un estirón a la cuerda de mi paracaídas, mientras las nubes me engullían. Un
intenso frío se filtraba a través de mi vestido de espesa lana y las húmedas
nubes me sacudían el rostro como ráfagas de agua helada. Para alivio mío, se
abrió mi paracaídas perfectamente y el descenso fue más lento.
Fui cayendo poco a poco. No tenía noción del tiempo ni de la
distancia. Todo estaba muy obscuro y húmedo. Parecía como si me estuviera
sumiendo en las profundidades de un océano, sin sentir la presión de las aguas.
Eran tales mis pensamientos en aquellos instantes que no cabe la descripción.
Acaso el oxígeno me hubiera emborrachado un poco. Me sentía agitado y ansioso
de resolver el gran misterio que se abría a mis pies. La idea de que estaba
cerca de morir no me preocupaba tanto como cuales serían mis experiencias
después de la muerte. Estaba a punto de llegar a Venus y sería el primer ser
humano que hubiese podido contemplar la faz del velado planeta. De pronto,
entré en una zona de menos nubes; pero allá abajo, muy lejos, se divisaba algo
semejante a otras nubes y recordé la tan comentada teoría de las dos capas que
envuelven a Venus. A medida que iba descendiendo, la temperatura iba subiendo
progresivamente, pero aun hacía frío.
Al penetrar en la segunda capa de nubes, noté un aumento
considerable en la temperatura, tanto mayor cuanto más bajaba. Me aparté el
aparato del oxígeno y traté de respirar con las narices. Aspiré fuertemente y
comprobé que entraba suficiente oxígeno para vivir, y de este modo quedó
destruida una teoría astronómica. La esperanza renació en mí como un faro en un
país sumido en nieblas.
Mientras seguía descendiendo suavemente me di cuenta de una
débil luminosidad que se veía abajo, a lo lejos. ¿Qué podría ser? Existían
obvias razones para suponer que no era luz solar. La luz del sol no podía
proceder de abajo arriba y, además, era de noche en aquel hemisferio del
planeta. Naturalmente, fueron muchas las fantásticas conjeturas que se
ofrecieron a mi mente. Pensé si aquello sería la luz de un mundo incandescente,
pero en seguida descarté esta hipótesis porque el calor ocasionado por aquella incandescencia
me habría destruido ya haría rato. Luego pensé si no sería luz reflejada por
aquella porción de nubes iluminada por el Sol, pero, de ser así, resultaba
evidente que las nubes que me rodeaban hubieran debido ser también luminosas y
no lo eran. Únicamente restaba una solución práctica. Era la solución a la que
lógicamente había de llegar un ser humano. Siendo como era un ser civilizado
procedente de un mundo ya muy avanzado en las especulaciones de la ciencia y
los inventos, atribuí el origen de aquella luminosidad a las fuerzas de la
humana inteligencia. Sólo podría explicarme el fenómeno como un reflejo
producido sobre las nubes por luz artificial, obra de seres que existían en la
superficie de aquel mundo hacia el que me dirigía lentamente.
Me preguntaba cómo serían aquellos seres y me exalté ante la
perspectiva de las cosas maravillosas que se ofrecerían a mis ojos, cosa bien
justificada en tales circunstancias. En el umbral de aquella aventura, ¿quién
no se hubiera sentido conmovido ante la perspectiva de las experiencias que me
esperaban?
Decidí quitarme el tubo de oxígeno que llevaba en la boca y
observé que podía respirar perfectamente. La luz de abajo iba creciendo por
momentos y me pareció adivinar entre nubes extraños matices. ¿Serían acaso
simples sombras? Desprendí el depósito de oxígeno y lo arrojé al aire. Oí
claramente el golpe que producía al caer. En aquel instante se destacó una
sombra mucho más densa bajo mis pies y, poco después, tropecé con algo. Caí
entre una masa de follaje y me agarré fuertemente para sostenerme. Instantes
más tarde comencé a deslizarme con más rapidez y adiviné lo que había ocurrido.
El paracaídas se había ladeado al contacto del follaje. Me así a las hojas y a
las ramas inútilmente. Después mi descenso cesó de pronto. Evidentemente, el
paracaídas se había enganchado en algo. Confié que pudiera resistir hasta que
yo hallara un sitio donde afianzarme.
Mientras braceaba en las tinieblas, mi mano tropezó por fin con
una gruesa rama y unos instantes después me hallaba encaramado en ella, con la
espalda apoyada contra el tronco de un árbol corpulento. Otra teoría que se
desvanecía. En Venus existía vegetación. Por lo menos, había un árbol. Yo era
testigo de ello, y que me hallaba sentado en uno. Indudablemente, las sombras
que habían atraído mi atención no eran otra cosa que otros árboles mucho más
altos.
Así que hallé seguro acomodo, me despojé del paracaídas, pero
guardé las cuerdas y correas que juzgué útiles para bajar del árbol. Encaramado
en un árbol, a obscuras y rodeado de nubes, no podía determinar a qué distancia
me hallaba del suelo. Me quité las gafas y comencé a descender. La periferia
del árbol era enorme, pero las ramas crecían lo suficiente próximas las unas de
las otras para permitirme apoyar los pies con cierta seguridad.
No podía determinar la distancia que había recorrido en mi
descenso en el segundo estrato de nubes, antes de apoyarme en el árbol, pero
debían de ser unos dos mil pies. No obstante, aún estaba en la zona de nubes.
¿Era que acaso toda la atmósfera de Venus aparecía envuelta en niebla? Confiaba
en que no sería así, pues la perspectiva no hubiera sido muy halagüeña.
La luz de abajo había aumentado un poco en intensidad, pero no
demasiado. Aun me veía rodeado de tinieblas. Seguí el descenso. Era una
operación penosa y no exenta de peligro aquella de bajar por un árbol, envuelto
en niebla, de noche y hacia lo desconocido. Pero no iba a quedarme donde me
hallaba y como nada me invitaba a permanecer allí, resolví continuar el
descenso.
¡Qué jugarreta tan extraña me había jugado el destino! Había
deseado en primer lugar visitar Venus, pero renuncié a esta idea, cuando me
aseguraron mis amigos astrónomos que aquel planeta no podía alentar vida animal
o vegetal. Partí hacia Marte y diez días antes de los que yo había calculado
que tardaría en llegar al rojo planeta, me encontraba en Venus respirando a mis
anchas a través de las ramas de aquel árbol que, evidentemente, convertía en un
enano al gigantesco sequoia.
Las luces crecían por momentos y las nubes se iban haciendo
menos densas. A través de algunas aberturas veíase abajo algo como unas frondas
infinitas, suavemente acariciadas como por una luz lunar... Pero Venus no tiene
satélites. En esto, a pesar del resplandor del fondo, yo estaba de acuerdo con
los astrónomos. Aquella iluminación no procedía de luna alguna, a no ser que el
satélite de Venus se hallase debajo de la capa inferior de nubes, lo que no era
probable.
Instantes después salí de la masa de niebla, pero aunque miré en
todas direcciones, sólo pude ver frondas y más frondas, arriba, abajo y a mi
alrededor. Pero al menos podía contemplar el fondo de aquel abismo de follaje.
La pálida luz no me permitía distinguir el color exacto de las hojas, pero yo
estaba seguro de que no eran verdes, sino de un matiz delicado, distinto.
Había descendido otros mil pies desde que salí de las nubes y me
sentía exhausto. El mes de inactividad y sobrealimentación me había enervado.
De pronto, divisé algo que parecía un sendero que partía del árbol por el que
yo descendía y daba a otro adyacente, los dos trazados entre la masa de fronda.
Descubrí asimismo que, a poca distancia de donde me hallaba, las ramas gruesas
aparecían cortadas. Aquello era una prueba manifiesta e inequívoca de la
presencia de seres inteligentes. ¡Venus estaba habitado! Pero ¿por quién? ¿Qué
extraños y arbóreos seres habían abierto calzadas entre la fronda de aquellos
árboles gigantescos? ¿Serían acaso una especie de hombres monos? ¿Gozarían de
inteligencia más o menos refinada? ¿Cómo me recibirían?
Sumido en estas conjeturas me sorprendió un ruido que procedía
de encima de mí. Algo se movía en las ramas altas. El sonido iba acercándose y
me pareció que ¡o producía un objeto de unas dimensiones y de un peso
considerables, pero tal vez fuese un juego de la imaginación. De todos modos,
empecé a inquietarme. Iba desarmado. Nunca he llevado armas. Mis amigos
trataron de convencerme de que transportase un verdadero arsenal encima, antes
de embarcarme en mi aventura, pero yo argüí que si llegaba a Marte desarmado,
sería una prueba palpable de mis intenciones amistosas e incluso si la
recepción que se me hacía era hostil, no por eso mi situación mejoraría yendo
armado, ya que no me cabía la esperanza de conquistar, solo, un mundo, por
muchas que fuesen las armas de que fuese provisto.
Repentinamente, al chasquido peculiar del ramaje ante la presión
de un cuerpo pesado, unióse un estallido de gritos estridentes, y en su
aterradora disonancia identifiqué la presencia de más de una criatura.
¿Es que me perseguían todos los feroces habitantes de aquel
bosque?
Tal vez mis nervios se habían desatado un poco, pero no cabía
acusarme por ello, después de lo que había pasado últimamente y de las zozobras
del mes anterior. De todos modos, no se habían desconcertado por completo y aún
me hallaba en condiciones de considerar que por la noche los ruidos se
multiplican a veces de una manera desconcertante. Había tenido ya ocasión de
escuchar el aullido de los coyotes en mis tierras de Arizona, durante la noche,
y alguna vez, de no haber tenido la certeza de que sólo había uno de aquellos
animales, hubiera jurado que se trataba de un centenar, guiándome sólo por el
oído.
Pero en esta ocasión me hallaba bien seguro de que los ruidos
procedían de más de un animal, ya que de otro modo aquella algarabía resultaría
imposible. Iba acercándose cada vez más el horrísono clamor, tampoco cabía
dudarlo. Desde luego, no podía asegurar que los seres que proferían aquellos
alaridos vinieran persiguiéndome, aunque una voz interior parecía advertirme
que así era.
Hubiera deseado alcanzar el sendero abierto en la fronda y que
se hallaba debajo, pues, indudablemente, mi posición habría resultado mucho más
cómoda, pero la distancia era demasiado considerable para saltar y no había
cerca ramas que pudieran ayudarme a realizar este deseo. Entonces me acordé de
las cuerdas que había salvado al abandonar el paracaídas. Rápidamente las
desenrollé de mi cintura, colgué una de la rama en que me hallaba sentado,
sujeté fuertemente los dos extremos con las manos y me dispuse a balancearme en
el vacío, para saltar. De repente, cesó el clamor de alaridos y entonces
arriba, muy cerca, escuché el rumor de algo que descendía hacia mí y vi como su
peso sacudía las ramas.
Me incliné sobre la rama, eché el cuerpo hacia atrás, me
balanceé en el aire y salvé los quince pies que me separaban del sendero.
Cuando me erguí, el silencio de la selva se interrumpió de nuevo por un rugido
horripilante que sonó encima de mi cabeza. Levanté prestamente la mirada y
descubrí una bestia que se disponía a arrojarse sobre mí, y, un poco más allá,
una cara hosca y repugnante. Sólo le vi de soslayo un segundo, lo suficiente,
no obstante, para darme cuenta de que se trataba de la cabeza de una bestia con
ojos y boca... Pero desapareció en el acto entre el follaje.
Bien pudiera haber sido una imagen subconsciente, ya que la
escena se desarrolló como un relámpago ante mis ojos y la otra bestia estaba,
amenazadora, sobre mí, en lo alto. Pero se quedó grabada con caracteres
indelebles en mi memoria y había de recordarla otro día en unas circunstancias
tan terribles que ningún hombre de la Tierra hubiera podido concebir.
Mientras me echaba hacia atrás para eludir la agresión, retuve
en la mano uno de los extremos de la cuerda que me había ayudado a descender.
Fue un acto inconsciente y puramente mecánico. Retuve la cuerda en la mano y la
sujeté fuertemente, y al saltar hacia atrás, arrastré la cuerda conmigo,
circunstancia casual, indudablemente, pero afortunadísima.
La bestia falló el salto contra mí, yendo a parar a pocos pies
de donde me encontraba y allí se agachó, aparentemente desconcertada.
Afortunadamente, no volvió a la carga en el acto y ello me proporcionó la
oportunidad de recobrar el aplomo. Me alejé suavemente y al mismo tiempo,
mecánicamente, arrastré la cuerda con la mano derecha. Ciertos actos fútiles
que se realizan en instantes de gran tensión, parecen hechos sin una razón
reflexiva explicable, pero he pensado muchas veces que se practican a impulsos de
móviles subconscientes, producidos por el instinto de conservación.
Posiblemente no siempre van bien dirigidos y con frecuencia fracasan, pero cabe
observar que los actos subconscientes no son menos falibles que los que la
mente objetiva realiza, los cuales yerran más veces que aciertan. Alguna razón
debió inspirarme para retener la cuerda de la mano, ya que, como después vino a
demostrarse, era el único débil vínculo del que iba a depender mi vida.
El silencio había caído sobre la fantasmagórica escena. Desde el
grito final de la horrible criatura que se hundió en la fronda, cuando saltó la
otra bestia sobre mí, no se oyó sonido alguno. El animal que se agazapaba
atisbándome parecía algo desconcertado. Llegué a la conclusión de que no me
venía persiguiendo, sino que era a él a quien perseguía el ser que se escondió
entre el follaje.
En la penumbra de la noche de Venus, me hallé ante una bestia
feroz que sólo podía concebirse en el delirio de una horrible pesadilla. Era
del tamaño aproximado de un puma y se sostenía con cuatro patas, provistas de
una especie de manos, lo que revelaba que debía de ser casi completamente
arbóreo. Las patas delanteras eran mucho más largas que las de detrás y en este
aspecto recordaba a la hiena, pero se diferenciaba de esta fiera en su peluda
piel cubierta de franjas longitudinales, de color alternativamente rojo y
amarillo, y su odiosa cabeza no se parecía a la de ningún animal terrestre. Al
parecer, no tenía orejas y en su estrecha frente aparecía un solo ojo, muy
grande, redondo y situado en el extremo de una gruesa antena de unas cuatro
pulgadas de largo. Tenía unas poderosas mandíbulas, armadas de largos y
afilados colmillos, y a cada uno de los lados del cuello se proyectaban sendas
y poderosas tenazas, parecidas a las de un enorme crustáceo. Nunca había visto
yo un animal tan ferozmente armado como aquella anónima bestia de aquel mundo
desconocido. Con aquellas poderosas pinzas podía fácilmente agarrar a su
enemigo, aunque fuera mucho más fuerte que un hombre, y atraerle a sus
terribles mandíbulas.
Me contempló un momento con aquel ojo aterrador que se movía de
un lado para otro en el extremo de la antena, y las tenazas se agitaron
lentamente, abriéndose y cerrándose. Miré a mi alrededor en aquel breve
intervalo y lo primero que descubrí fue que me hallaba frente a un gran
orificio hecho en el tronco del árbol. La abertura tendría unos tres pies de
ancho por seis de alto. Pero lo más extraordinario era que se hallaba cerrada
por una puerta, no una puerta maciza, sino algo que parecía más bien una reja
de madera.
Mientras yo pensaba en lo que podía hacer, me pareció observar
que se movía algo detrás de la puerta. Luego oí una voz que se dirigía a mí en
la obscuridad, detrás de la puerta. Parecía una voz humana, aunque hablaba un
lenguaje que yo no comprendía. Su tono era perentorio y me imaginé que me
estaba preguntando:
— ¿Quién eres y qué haces aquí, en medio de la noche?
—Soy extranjero — repuse —, y vengo en son de paz y amistad.
Desde luego sabía que fuera quien fuese el que se hallara detrás
de aquella puerta no podría entenderme, pero esperaba que mi tono le diera la
impresión de mis pacíficos deseos. Siguió un momento de silencio y se oyeron
voces dentro. Evidentemente estaban discutiendo la situación. Después vi que la
fiera que me acechaba agazapada, comenzaba a deslizarse hacia mí y entonces
aparté la mirada de la puerta para enfrentarme con el animal.
Mi única arma era una cuerda inútil, pero comprendí que tenía
que hacer algo. No era cosa de permanecer estúpidamente inmóvil para dejar que
la fiera saltara sobre mí y me devorase sin que yo hiciera algo por defenderme.
Extendí el trozo de cuerda y, más movido por un gesto de desesperación que por
la esperanza de realizar un acto defensivo eficaz, sacudí el extremo sobre el
rostro de la bestia que avanzaba. Todo el mundo ha presenciado alguna vez esa
sacudida peculiar con que un muchacho fustiga a otro con la punta de una
toalla. El que ha pasado por semejante experiencia sabe perfectamente que es un
experimento doloroso.
Desde luego, yo no confiaba en dominar a mi adversario con este
procedimiento y, a decir verdad, no sé exactamente la razón que me indujo a
hacerlo. Acaso fuese el instinto de hacer algo. Pronto se demostró la eficacia
de aquel único ojo y de la presteza de los movimientos de las antenas. Di el
golpe con la cuerda como el artista de circo cuando sacude un látigo, pero
aunque el movimiento de la cuerda fue veloz e inesperado, el animal la cogió
con una de sus tenazas antes de que le llegara a la cabeza. Después se dispuso
a saltar sobre mí para atraparme entre sus terribles mandíbulas.
Conocía yo muchos trucos en el manejo de la cuerda que me enseñó
un vaquero amigo en la época en que me dediqué al cinematógrafo. Fue una de
aquellas habilidades la que empleé para tratar de enganchar aquellas tenazas
semejantes a las de un crustáceo. Después de blandiría en el aire, la arrojé
alrededor de la antena y quedó arrollada. Inmediatamente el animal comenzó a
estirar desesperadamente. Supuse que lo haría movido por el instinto de
llevarse a la boca cualquier objeto que pudiera estar en sus terribles tenazas,
pero me era difícil determinar cuanto tiempo seguiría estirando antes de
decidirse a cambiar de táctica para arrojarse sobre mí. Impulsado por una
repentina y veloz inspiración, até el extremo de la cuerda a uno de los postes
que sostenían la baranda del camino artificialmente elevado, y fue entonces
cuando el animal se precipitó de repente hacia mí.
Volví la espalda y eché a correr confiando alejarme de aquellas
terribles tenazas, antes de que el animal se viera detenido por la cuerda y,
aunque no sin dificultad, lo conseguí. Exhalé un suspiro de alivio cuanto vi el
corpachón de la bestia revolcándose en el suelo, mientras la cuerda se
estiraba. Los rugidos de rabia que emitía la fiera casi helaron la sangre en
mis venas. Mi respiro no fue de mucha duración, pues tan pronto como el animal
se levantó, cogió la cuerda con la otra tenaza y la cortó con la misma
pulcritud que si hubiera operado con un par de monstruosas tijeras. Luego se
lanzó sobre mí de nuevo, pero esta vez sin arrastrarse.
Parecía evidente que mi estancia en Venus iba a ser breve
cuando, de pronto, la puerta del árbol se abrió y salieron tres hombres
situándose detrás de la feroz alimaña. El que parecía conducir a los otros dos,
blandía un sable grueso y pesado y lo hundió con toda su fuerza en el lomo de
mi furioso perseguidor. La fiera se detuvo en seco y se revolvió para
enfrentarse con aquellas nuevas pero más temibles víctimas, y mientras lo
hacía, otros dos sables blandidos por los compañeros de mi defensor se hundieron
en el pecho de la bestia, que profirió un rugido horrible y se desplomó inerte.
Estaba muerta.
Entonces, el que parecía jefe de los otros avanzó hacia mí. En
la penumbra del bosque su aspecto no se diferenciaba mucho de un hombre de la
Tierra En el acto dirigió la aguda punta del sable a mi pecho. A su lado se
hallaban los otros dos, armados también con sus sables.
El primero de aquellos individuos me habló con una voz fría y
autoritaria, pero yo hice un gesto negativo con la cabeza para indicar que no
lo comprendía. Después apretó la punta de su arma contra mi vestido, al lado
del estómago, y pinchó. Yo me eché hacia atrás y él avanzó y me pinchó de
nuevo. Seguí retrocediendo. Los otros dos se destacaron y los tres comenzaron a
examinarme, mientras hablaban entre sí.
En aquel momento podía observarles mejor. Tenían aproximadamente
mi misma estatura y en lo que a su aspecto externo se refería eran idénticos a
los seres humanos de la Tierra. Iban casi desnudos. Se tapaban ligeramente con
pieles y llevaban un cinturón del que pendía el sable. Su piel parecía mucho
más oscura que la mía, aunque no tanto como la de los negros, y tenían el
rostro hermoso y las facciones suaves.
Los tres me hablaban de vez en cuando y yo siempre replicaba,
aunque no nos entendíamos. Por último, después de mucho discutir, uno volvió a
entrar por la puerta del árbol y entonces pude divisar el interior de la
estancia, pues me hallaba junto a la puerta. Estaba iluminada y uno de los que
quedó conmigo me empujó hacia adelante señalándome la entrada.
Comprendiendo que deseaban que entrara, avancé, y mientras lo
hacía aplicaron sobre mi cuerpo la punta de sus sables. Por lo visto, no
querían correr riesgo alguno conmigo. El otro individuo me aguardaba en el
centro de una amplia estancia horadada en el interior del enorme árbol. Más
allá se veían otras puertas que comunicaban con la habitación y que debían de
ser, sin duda alguna, otros departamentos. En el cuarto había unas sillas y una
mesa. Las paredes estaban talladas y pintadas y en el suelo había una espesa
alfombra. De una pequeña vasija que pendía del centro del techo se desprendía
una suave luz que iluminaba el interior produciendo una iluminación parecida a
la solar al filtrarse por una ventana abierta, pero sin resplandor.
Los otros individuos habían entrado también cerrando la puerta y
asegurándola con un mecanismo que no pude identificar en aquel momento. A
continuación uno de ellos me señaló una silla y me empujó hacia ella para que
me sentase. Me examinaron bajo la luz y yo hice lo mismo. Mi vestido parecía
asombrarles mucho. Inspeccionaron el material con que estaba confeccionado y
discutieron fijándose en el tejido y en la trama. Yo adivinaba, por sus gestos
y la inflexión de sus voces, cuál era el tema de su conversación.
Como mi traje de lana me producía mucho calor, me lo quité e
hice lo mismo con la chaqueta de piel y la camisa de polo. Cada una de estas
prendas despertó su curiosidad y provocó sus coméntanos. No mereció menos
atención la blancura de mi piel y el color rubio de mi cabello.
De pronto, uno de ellos salió de la estancia y mientras estaba
ausente, otro retiró diversos objetos que se hallaban sobre la mesa. A mí me
pareció que eran libros encuadernados en madera y con las cubiertas de piel,
varios adornos y una daga metida en una vaina muy elaborada.
Cuando reapareció el otro individuo, traía alimentos y agua que
puso sobre la mesa y por señas me indicaron que podía comer. Dentro de unos
recipientes de madera muy bien labrada había frutas y nueces, y algo que
parecía pan colocado sobre un plato dorado, mientras en una vasija de plata me
trajeron miel. Un vaso alto y delgado contenía un líquido blancuzco que parecía
leche Este último recipiente era una obra delicada, de cerámica transparente y
un exquisito matiz azulado. Estas cosas y el conjunto de la estancia revelaban
cultura, refinamiento y buen gusto, resultando un poco incongruente el aspecto
externo de sus dueños.
La fruta y las nueces no se parecían en nada a las que yo
conocía ni por la apariencia ni el sabor; el pan era basto, pero delicioso, y
la miel, si de miel se trataba realmente, ofrecía al paladar cierto gusto a
violetas confitadas. La leche (no puedo hallar otro nombre para designarla) era
fuerte, casi picante, pero no desagradable y me pareció que debía ser apetitosa
a esa edad en que las criaturas comienzan su desarrollo.
Los utensilios de mesa eran similares a los que me eran
familiares en la Tierra. Algunos eran huecos, otros afilados para cortar y
otros con puntas para clavar. Estos objetos eran de metal.
Mientras yo comía, los tres individuos seguían hablando muy
serios y, de vez en cuando, alguno de ellos me ofrecía más alimento. Parecían
hospitalarios y corteses y pensé que si estas cualidades eran típicas en Venus,
la vida en el planeta me iba a resultar agradable. Que todo no era un campo de
rosas lo delataban las armas de que iban provistos aquellos hombres. Nadie
lleva encima un sable y una daga si no teme que pueda verse en la necesidad de
emplearlas, salvo en una parada militar.
Cuando hube acabado de comer, dos de los individuos me
escoltaron para salir de la estancia por una puerta del fondo y ascendimos por
una escalera circular, penetrando en un cuartito. La escalera y el pasillo
estaban iluminados por una lámpara pequeña similar a la de la primera
habitación donde había comido, y la luz se filtraba por la puerta, semejante a
una reja de madera. En aquella última estancia me dejaron encerrado los que me
habían capturado para que me sumiera en mis propias cavilaciones.
En el suelo se veía un colchón blanco con suaves cubiertas de un
tejido sedoso. Como sentía mucho calor, me despojé de toda mi ropa, excepto los
calzoncillos, v me eché a dormir. Me sentía cansado después de mi azaroso
descenso por el gigantesco árbol y me adormecí en seguida. Me hubiera dormido
de veras de no haberme sobresaltado el mismo alarido odioso con el que anunció
su presencia la fiera que me había perseguido y que expresaba así su ira al ver
que me había escapado de sus garras.
No obstante no tardé mucho en caer dormido y en mi mente
danzaron caóticos fragmentos de mi extraordinaria aventura.
CAPÍTULO IV
A LA MANSIÓN DEL REY
Cuando desperté, había mucha luz en la estancia y a través de
una ventana divisé el follaje de los árboles de un color de alhucema, violeta y
heliotropo que resplandecía a la luz de un nuevo día. Me levanté y me acerqué a
la ventana. No vi rastro alguno de luz solar y, sin embargo, por todas partes
se observaba un brillo semejante al de la luz del sol. El aire era cálido, casi
bochornoso.
Hacia abajo pude vislumbrar varios caminos colgantes que se
tendían entre los árboles. En algunos de aquellos caminos vi transitar
personas. Los hombres iban casi desnudos. No me extrañó su ligero atuendo, dada
la temperatura que reinaba en Venus. Había hombres y mujeres, y los primeros
iban armados todos con sables y dagas, mientras las mujeres llevaban sólo
dagas. Todos parecían de la misma edad. No se veían niños ni viejos entre
ellos. Aquella escena parecía artificial.
Traté de buscar el suelo desde la ventana, mas sólo podía verse
la gran masa de frondas de color de alhucema, violeta y heliotropo. ¡Pero qué
árboles! Descubrí algunos cuyos troncos tenían por lo menos doscientos pies de
diámetro. Había juzgado gigantesco el árbol por el que descendí, pero comprendí
que al lado de los otros parecía un retoño.
Mientras estaba contemplando aquella escena, oí un ruido detrás
de la puerta y en seguida se presentó uno de los individuos que me había
apresado. Penetró en la estancia, me saludó con unas palabras que no conseguí
comprender y me dedicó una sonrisa lo más amable que pudo. Yo le devolví la
sonrisa y le dije: —Buenos días...
Me invitó a salir de la habitación, pero yo le hice señas para
darle a entender que deseaba ponerme las prendas de vestir. Sabía que iba a
pasar mucho calor con mis vestidos e iba a sentirme muy incómodo, y asimismo
comprendía que ninguna de aquellas personas había visto vestidos como los míos,
pero es tan poderosa la fuerza de la costumbre entre los hombres que me
repugnaba la idea de hacer lo que acaso resultaba más aconsejable: quedarme
únicamente con los cortos calzoncillos.
Al principio mi visitante se dio cuenta de cuáles eran mis
deseos y se me acercó para invitarme a abandonar las prendas de vestir donde se
hallaban y acompañarle tal como estaba, pero acabó por resignarse con una
amable sonrisa. Era un hombre de aspecto agradable y algo más bajo que yo. A la
luz del día pude observar que su piel era aproximadamente de la misma
pigmentación morena que los fuertes rayos solares producen en la tez de los
hombres de mi raza. Tenía los ojos castaño oscuro y el cabello negro. Su aspecto
ofrecía un acentuado contraste con mi piel clara, ojos azules y cabello rubio.
Así que me hube vestido, lo seguí escaleras abajo y entramos en
una estancia contigua a aquella en que había estado la noche pasada. Hallábanse
allí los otros dos individuos y dos mujeres sentados ante una mesa en la que
aparecían diversas vasijas con aumentos. Al entrar yo en la habitación, los
ojos de las mujeres se volvieron hacia mí con curiosa expresión. Los hombres
sonrieron y me saludaron igual que lo había hecho su compañero y uno de ellos
me acercó una silla. Las mujeres me recibieron con naturalidad, pero sin
descaro y parecía evidente que estaban hablando de mí entre ellas y con los
hombres. Las dos eran muy bien parecidas y tenían la tez un poco más clara que
la de los hombres, si bien el color de los ojos y del cabello eran el mismo que
el de sus compañeros. Usaban idénticas vestiduras confeccionadas con el mismo
material de que estaba hecha la colcha de mi cama y teman la forma de una larga
faja que llevaban arrollada fuertemente debajo de los sobacos y cubriéndoles el
pecho les caía suelta hasta la cintura. Luego envolvía el cuerpo cruzando por
debajo de los muslos para ir a prenderse hacia arriba, por la parte de delante.
La punta de la faja caía también por delante hasta las rodillas.
Además de este vestido, bellamente bordado en colores, las
mujeres llevaban un cinturón del que pendía un bolso y la vaina de una daga,
las dos cosas adornadas con diversas piezas decorativas, tales como anillos,
brazaletes y trabajos artísticos, hechos con cabellos. Entre los distintos
materiales utilizados en la fabricación de aquellos objetos, pude identificar
el oro y la plata, y otros parecían hechos con algo semejante al marfil y
coral. Lo que más llamó mi atención fue la maestría con que estaban hechos
aquellos objetos y me pareció que su valor, más que en la riqueza de los
materiales empleados, estribaba en su refinamiento artístico. Me lo hizo
suponer así el hecho de que muchas de aquellas obras maestras estaban
elaboradas con huesos vulgares.
Sobre la mesa había variedad de alimentos, semejantes a los que
me ofrecieron la noche anterior. Uno de los platos era una especie de huevo con
carne asado todo junto. Otros manjares me eran totalmente desconocidos, tanto
por su aspecto como por su sabor. No faltaron la leche y la miel que había
probado ya. Los condimentos eran de variada índole y sabor, de modo que pocos
serían los paladares que no hallaran agradable alguno de ellos.
Durante el almuerzo se pusieron a hablar entre ellos, y
comprendí, por sus miradas y sus gestos, que yo era el tema de sus discusiones.
Las dos jóvenes animaban la mesa tratando de entablar conversación conmigo, lo
que, al parecer, les divertía mucho, y yo no pude por menos de ponerme a reír
con ellas. Por último, a una de las muchachas se le ocurrió la feliz idea de
enseñarme su idioma. Se señaló a sí misma y dijo: «Zuro», y señaló luego a su
compañera y dijo: «Alzo». En seguida se interesaron también los hombres y
pronto pude informarme de que el hombre que parecía el jefe, el que me había
amenazado con el sable la noche anterior, se llamaban Duran y los otros dos
Olthar y Kamlot.
Pero antes de que pudiera haberme habituado a aquellas pocas
palabras y a los nombres de algunos de los manjares de la mesa, se acabó el
almuerzo y los tres hombres me hicieron salir. Mientras avanzábamos por el
camino colgante que pasaba por delante de la casa de Duran, todas las miradas
de los que encontrábamos a nuestro paso se fijaban en mí con extraordinaria
curiosidad. Comprendí que yo era un tipo humano completamente desconocido en
Venus o, al menos, raro, y que mis ojos azules y mi cabello rubio despertaban
casi tantos comentarios como mis prendas de vestir. Lo revelaban sus gestos y
la dirección de sus miradas.
Con frecuencia nos detenían amigos de mis opresores o
anfitriones. No estaba muy seguro de su condición. Pero nadie me hizo el menor
daño ni me insultó, y si yo era objeto de la curiosidad general también ellos
lo eran para la mía. Aunque no idénticos, aquellos hombres eran todos
atractivos y aparentaban la misma edad. No descubrí entre ellos ningún viejo.
De pronto, llegamos ante un árbol de tan enorme diámetro que me
costó mucho dar fe a lo que estaban viendo mis ojos. Tendría unos quinientos
pies de diámetro y estaba cubierto de ramas arriba y abajo del camino colgante.
Había en él numerosas puertas, ventanas y balcones. Ante una puerta
concienzudamente labrada había un grupo de hombres armados y allí nos
detuvimos. Duran se dirigió a uno de ellos. Me pareció que le llamaba Tofar, y
más tarde supe que, efectivamente, era éste su nombre. Ostentaba un collar del
que pendía un disco de metal con unos jeroglíficos en relieve. En lo demás su
atuendo no se diferenciaba en nada del de sus compañeros. Mientras hablaba con
Duran, me examinaba detenidamente. Después., entré con Duran en el interior del
árbol, mientras los otros continuaban examinándome y haciendo preguntas a
Kamlot y a Olthar.
Aproveché el rato de mi espera para estudiar las tallas que
adornaban el portal formando un marco de cinco pies de ancho. Parecía ser un
motivo histórico y en las figuras talladas creí descubrir hechos
trascendentales de la vida de un país. El trabajo era magnífico y no se
precisaba demasiada imaginación para adivinar que cada uno de aquellos rostros
delicadamente ejecutados era el retrato de alguna personalidad fallecida o
viviente. En las líneas de aquellas figuras no aparecía ninguna nota grotesca,
como suele ocurrir en trabajos similares que se encuentran a veces en la
Tierra, y sólo resultaban convencionales los bordes que encuadraban el
conjunto, formados con placas.
Aun me hallaba abstraído en el examen de tan excelente trabajo
de talla en madera, cuando Duran y Tofar volvieron, haciendo que Olthar, Kamlot
y yo les siguiéramos al interior del gran árbol. Atravesamos diversas amplias
salas y largos corredores. Por todas partes se observaban los mismos trabajos
de talla en la
madera de aquel árbol convertido en mansión. llegamos al píe de
una espléndida escalera y por ella bajamos a otro piso. Las estancias que se
hallaban en la periferia del árbol recibían luz a través de las ventanas,
mientras las del interior y los corredores estaban iluminadas por medio de
lámparas similares a las que ya había visto en casa de Duran.
Cerca del final de la escalera por la que habíamos bajado
penetramos en una espaciosa sala, ante cuya puerta había dos hombres armados
con lanzas y sables y ante nosotros, en el fondo de la estancia, se hallaba un
hombre sentado ante una mesa cercana a un ventanal. Nos detuvimos a pocos pasos
de la puerta. Mis acompañantes se mantuvieron en un respetuoso silencio, hasta
que el hombre de la mesa levantó la mirada y les habló. Entonces cruzaron la
estancia llevándome con ellos y se detuvieron de nuevo ante la mesa al otro
lado de la cual se encontraba sentado el individuo de cara a nosotros.
Habló afectuosamente a los que me acompañaban llamándoles por su
nombre y cuando le contestaron lo hicieron empleando el calificativo de Jong.
Era un individuo de aspecto excelente, de facciones enérgicas y continente
autoritario. Vestía de un modo similar a todos los hombres que había visto en
Venus, distinguiéndose únicamente de ellos en que llevaba en la cabeza un
filete que sostenía un disco de metal, que le caía en medio de la frente.
Pareció interesarse mucho por mí y me examinó detenidamente mientras escuchaba
lo que le decía Duran, el cual, sin duda alguna, debía de estar contándole la
historia de mi extraña y repentina aparición la noche anterior.
Cuando Duran hubo concluido el llamado Jong me habló muy serio y
con tono cariñoso. Por pura cortesía le contesté, aunque sabía que no me iba a
entender mejor que yo a él. Se puso a sonreír y a mover la cabeza y después
comenzó a hablar con los otros y por último hizo sonar un gongo de metal que
tenía a su lado, sobre la mesa. Se levantó y dando la vuelta, vino hasta donde
yo me encontraba. Examinó mis prendas de vestir cuidadosamente, palpando el
tejido y discutiendo con los otros, probablemente, sobre la materia con que
estaban confeccionadas. Examinó la piel de mis manos y de mi cara, tocó mis
cabellos y me hizo abrir la boca para examinar mis dientes.
Todo aquello me recordó un mercado de caballos o de esclavos.
«Acaso — pensé — esto último será lo que se acerca más a la realidad,»
En aquel momento entró un individuo que supuse sirviente y una
vez hubo recibido instrucciones del llamado Jong, se marchó de nuevo, mientras
yo seguía siendo objeto de minuciosas investigaciones. Mi barba, que estaba sin
afeitar desde hacía cuarenta y ocho horas, provocó muchos comentarios. Una
barba rala y rojiza no es cosa atractiva a ninguna edad, y por esto suelo
afeitarme diariamente cuando tengo los utensilios necesarios. No puedo decir
que toda aquella requisitoria me agradase mucho, pero la manera como se
desarrolló carecía de toda intención de molestarme conscientemente y mi
situación allí era tan delicada que mi prudencia me aconsejó no demostrar
ningún resentimiento por las familiaridades que conmigo se tomaba el individuo
al que llamaban Jong. Obré con cordura.
De pronto, penetró en la escancia un sujeto y presumí que le .
había ido a llamar el sirviente que había salido poco antes. Al acercarse
comprobé que se parecía mucho a los demás. Era un bello tipo, que aparentaba
unos treinta años. Hay quien se lamenta de la monotonía, pero para mí nunca
existió la monotonía en la belleza, incluso cuando las cosas bellas son
idénticas, lo que no ocurría exactamente entre los habitantes de Venus. Todos
eran bellos, pero cada uno de una manera distinta.
El llamado Jong estuvo hablando con el recién llegado durante
unos cinco minutos, seguramente explicándole todo lo que le habían contado de
mí y dándole determinadas instrucciones. Cuando hubo acabado, el otro se me
acercó y me invitó a seguirle y, minutos más tarde, me hallaba en otra estancia
situada a la misma altura. Tenía tres grandes ventanas y estaba amueblada con
varios pupitres, otras diversas mesas y sillas. La mayor parte de las paredes
estaban cubiertas de estanterías en las que descansaban lo que yo supuse
libros. Había millares de ellos.
Las tres semanas siguientes fueron deliciosas e
interesantísimas. Durante este tiempo, Danus, a cuya dirección se me había
confiado, me enseñó el idioma de Venus y me dijo muchas cosas concernientes a
este planeta, sobre sus habitantes y su historia. Hallé fácil de dominar el
idioma, pero no intento describirlo detalladamente. El alfabeto tiene
veinticuatro letras, cinco de las cuales representan sonidos vocales, los
únicos que las cuerdas vocales de los moradores de Venus pueden articular. Las
letras tienen todas el mismo valor, no existiendo las mayúsculas. Su sistema de
puntuación difiere del nuestro y resulta mucho más práctico. Por ejemplo, antes
de comenzar a leer una oración, ya se sabe si es exclamatoria, interrogativa o
simplemente expansiva. Se usan mucho los caracteres gráficos similares a la
coma y al punto y coma. El punto no existe. Estos signos de puntuación se
manejan de un modo semejante a nuestro sistema y se colocan al final de cada
frase. Los signos interrogativos o exclamativos preceden a la oración,
determinando su naturaleza.
Una peculiaridad de su lenguaje, que lo hace más fácil de
manejar, es la ausencia de verbos irregulares. La raíz de los verbos no sufre
ninguna alteración para formar la voz, el modo, el tiempo, el número o la
persona. Esto se obtiene utilizando varias palabras auxiliares.
A la vez que me dedicaba a aprender a hablar el idioma, aprendía
también a leerlo y escribirlo, y pasé muchas horas gratísimas en la gran
biblioteca de la que Danus era director, mientras éste se ausentaba para
atender sus otras obligaciones, que eran numerosas. Era director del Cuerpo de
Médicos y Cirujanos de su país, médico y cirujano del Rey y presidente de la
Academia de Medicina y Cirugía.
Una de las primeras cosas que me preguntó Danus, tan pronto como
hube adquirido la práctica inicial del idioma, fue de dónde venía. Pero cuando
le dije que procedía de otro mundo que se hallaba a más de veintiséis millones
de millas de Amtor, que es el nombre que dan a Venus, movió la cabeza con un
gesto de escepticismo.
—No hay vida más allá de Amtor — me dijo —. ¿ Cómo va a haber
vida donde todo es fuego abrasador?
—¿Cuál es tu teoría sobre...?—pregunté. Pero me detuve en seco.
En el lenguaje de Amtor no hay una palabra que traduzca la nuestra «universo»,
ni tampoco «sol», «luna», «estrella» o «planeta». El maravilloso cielo que se
ofrece a nuestras miradas, en la Tierra, les es desconocido a los habitantes de
Venus, sumidos eternamente en la penumbra que ocasionan las dos capas de nubes
que rodean a este planeta. Volví a preguntarle:
—¿Qué es lo que crees que rodea a Amtor?
Dirigióse a un estante y volvió con un grueso libro que abrió
para mostrarme el bello mapa de Amtor. Observé que aparecían tres círculos
concéntricos. Entre les dos círculos interiores había una franja circular
llamada Trabol, que significa tierra caliente. En aquella porción del mapa y al
borde de los dos círculos, se veían las fronteras de los mares, continentes e
islas, y en algunos puntos la franja se adentraba en las líneas fronterizas
como para determinar los lugares en los que audaces exploradores habían osado
desafiar los peligros de desconocidas e inhóspitas tierras.
—Esto es Trabol — explicó Danus poniendo el dedo sobre la
porción del mapa que acabo de describir someramente —. Rodea por completo a
Strabol, que se halla en el centro de Amtor. Strabol es extremadamente
caluroso. Su territorio está cubierto por enormes bosques y una vegetación
frondosa y poblado por grandes fieras, reptiles y pájaros. Los cálidos mares
encierran monstruos en sus profundidades. Ningún hombre de los que se han
aventurado a adentrarse en Strabol ha vuelto.
»Más allá de Trabol — continuó, poniendo el dedo en la banda
exterior que llevaba el nombre de Karbol (Tierra fría) — se halla Kaibol. Aquí
hace tanto frío como calor en Strabol. Existen extraños animales y algunos
viajeros audaces que llegaron hasta tales tierras volvieron contando cosas
terribles de hombres feroces cubiertos con pieles. Se trata de un país
inhospitalario al que difícilmente se llega y que pocos se han atrevido a
franquear por temor a verse atraídos hacia los bordes y sumidos en el hirviente
mar.
— ¿Qué bordes?—pregunté. Me miró asombrado.
—No puedo creer que hayas venido de otro mundo y me hagas esas
preguntas — repuso —. ¿Pretendes hacerme creer que no sabes nada de la
estructura física de Amtor?
—Nada sé de la teoría que me has apuntado — contesté.
—No se trata de una teoría — rectificó suavemente —. No pueden
explicarse de otra manera los diversos fenómenos de la naturaleza. Amtor es un
vasto disco, como una gran cazuela, provista de bordes. Flota en un mar de
rocas y metales fundidos, hecho que queda irrebatiblemente demostrado por la
erupción ocasional de tales materias ígneas por las cumbres de algunas montañas
cuando se abre un agujero en la superficie. Karbol, el país frío, es una sabia
previsión de la naturaleza que atempera así el terrible calor que proviene
constantemente de los bordes externos
de Amtor. Sobre Amtor y rodeándola completamente, hay un caos de
fuego y llamas del que nos protegen nuestras nubes A veces, se han producido
resquebrajamientos en la masa de nubes y entonces el calor de arriba, si el
resquebrajamiento se produce de día, resulta tan intenso que aniquila la
vegetación y destruye la vida. La luz que brilla a través de las hendiduras es
cegadora. Cuando el resquebrajamiento se produce de noche, no ocasiona calor,
pero entonces se ven arriba las chispas de fuego.
Traté de explicarle la forma esférica de los planetas y que
Karbol era simplemente la parte más fría que rodeaba uno de los polos de Amtor,
mientras Strabol, la zona calurosa, se hallaba situada en la región ecuatorial;
que Trabol no pasaba de ser una de las dos zonas templadas, hallándose la otra
hacia laregión ecuatorial, que es una franja trazada en medio de un globo, y
no, como él suponía, un área circular del centro del disco. Me escuchó
cortésmente, pero se limitó a sonreír negando con la cabeza cuando hube
terminado.
Al principio, no podía ya comprender cómo un hombre con tan
manifiesta inteligencia, tan educado y tan culto pudiera sostener tales
creencias, pero cuando me puse a considerar que ni él ni ninguno de sus
antecesores habían visto nunca el cielo, comencé a comprender que no existía un
gran fundamento para establecer otra teoría, y las teorías deben ser fundadas
en algo. Asimismo, me di cuenta como nunca de lo que significaba la astronomía
para la raza humana de la Tierra, en lo que se refiere al avance de la ciencia
y de la civilización. ¿Acaso habrían existido tales progresos de haber
permanecido el firmamento eternamente oculto a nuestras miradas?
Pero no me declaré vencido y le llamé la atención sobre el hecho
de que aquella teoría, de ser correcta, tendría como consecuencia que las
fronteras entre Trabol y Strabol, la zona templada y las zonas ecuatoriales,
debían de ser mucho más cortas de las que separaban realmente a Trabol de
Karbol, tal como se observaba en el mapa. En cambio mi teoría demostraba todo
lo contrario, lo que se comprobaría y debía haberse comprobado ya si se
hubieran hecho las necesarias mediciones, como al parecer revelaban las marcas
del mapa.
El admitió que se habían realizado tales mediciones y que
hicieron resaltar la aparente discrepancia que yo anotaba, pero la explicó
ingeniosamente utilizando una teoría amtoriana sobre la relatividad de la
distancia, que procedió a explicarme.
—Un grado es la milésima parte de la circunferencia de un
círculo — prosiguió. (Tal es el grado amtoriano, ya que sus sabios no habían
gozado de la ventaja de un sol visible que les sugiriese otra división de la
circunferencia de un círculo como hicieron los de Babilonia) —. Y poco importa
el largo de la circunferencia. Su medida es de mil grados. El círculo que
separa Strabol de Trabol es necesariamente de mil grados de extensión. ¿Admites
esto?
—Desde luego — contesté.
—Muy bien. Entonces, ¿admitirás que el círculo que separa a
Trabol de Karbol mide exactamente mil grados? Hice un gesto de asentimiento.
—Las cosas que son iguales a otra son iguales entre sí, ¿no es
cierto? Por consiguiente, los confines interiores y exteriores de Trabol son de
igual extensión y ello es verdad por la evidencia de la teoría de la
relatividad de la distancia. El grado es nuestra unidad de medida lineal. Sería
ridículo decir que cuanto más se alejara del centro de Amtor mayor sería el
número de unidades de distancia. Lo que ocurre es que parece mayor, pero en
relación con la circunferencia del círculo y en relación con la distancia,
desde el centro de Amtor, es precisamente exacto.
Hizo una breve pausa y prosiguió:
—Ya sé que en el mapa no parece lo mismo ni las mediciones
coinciden, pero ha de serlo, ya que si no lo fuera resultaría obvio que Amtor
sería mayor en la parte en que se acerca al centro y más pequeña en el
perímetro, lo que resulta manifiestamente ridículo y no exige refutación. Estas
discrepancias aparentes ocasionaron a los antiguos una considerable
perturbación, hasta que, hace unos tres mil años, Klufar, el gran nombre de
ciencia, estableció su teoría de la relatividad de la distancia y demostró que
las reales y aparentes mediciones de distancia pueden reconciliarse
multiplicando cada una por la raíz cuadrada de menos uno.
Juzgué el argumento totalmente falso, pero no repliqué nada. Es
inútil discutir con un hombre que puede multiplicar cualquier cosa por la raíz
cuadrada de menos uno.
CAPÍTULO V
LA MUCHACHA DEL JARDÍN
Hacía algún tiempo que me había dado cuenta de que me hallaba en
casa de Mintep, el rey, y que el país se llamaba Vepaja. Jong, que al principió
creí que era su nombre, resultó ser el título que se le daba y que equivalía a
rey en el lenguaje amtoriano. Supe que Duran era de la casa de Zar y que Olthar
y Kamlot eran sus hijos. Zuro, una de las mujeres que había conocido, estaba
concedida a Duran, y la otra, Alzo, a Olthar. Kamlot no tenía mujer. Empleo la
palabra concedida porque traduce directamente la voz amtoriana y, además,
porque parece no existir otra palabra que explique exactamente la relación
entre hombres y mujeres.
No se casaban, porque la institución matrimonial les era
desconocida. Tampoco podía decirse que la mujer perteneciera al hombre, porque
ni eran esclavas ni se adquirían mediante compra o acción bélica. Entraban en
tal estado voluntariamente, después de un período de noviazgo, y podían
separarse cuando quisieran, igual que los hombres gozaban de libertad para
hacer lo mismo y buscar nuevos vínculos con otra mujer. No obstante, como pude
saber después, raras veces se rompe entre ellos este vínculo y la infidelidad
es en Venus tan rara como es corriente en la Tierra.
Cada día hacía ejercicio en la ancha rotonda que rodeaba el
árbol, a la misma altura de mi habitación. Al decir que rodeaba el árbol, no
hago más que establecer una hipótesis, ya que la porción que se me había
designado sólo tenía cien pies de largo, lo que representaba la quinceava parte
del perímetro del enorme árbol. A cada extremo de mi pequeño sector había una
valla. El sector contiguo al mío, a la derecha, parecía un jardín. Estaba
constituido por una masa de flores y arbustos que crecían en cierra traída, sin
duda alguna, de la parte del planeta que yo no había visto. El sector que se
hallaba a la izquierda se extendía delante de las habitaciones destinadas a
unos cuantos jóvenes oficiales agregados a la casa del rey. Les llamo jóvenes,
porque Danus me dijo que lo eran, aunque aparentaban la misma edad que los
demás amtorianos que había visto. Eran personas agradables y así que hube
aprendido a hablar en su idioma, sosteníamos de vez en cuando entretenidas
charlas.
En cambio, en el sector de la derecha nunca había visto un ser
humano, pero un día en que Danus estaba ausente y yo paseaba solo, descubrí a
una joven entre las flores. No me miraba y sólo pude verla un instante, pero
hallé en ella algo que me hizo desear volverla a ver y en consecuencia no pensé
ya en entretenerme con los jóvenes oficiales de la izquierda.
Aunque me acerqué al extremo de mi terraza contigua al jardín
varios días, no volví a ver a la joven. El lugar parecía totalmente
deshabitado, hasta que un día descubrí la figura de un hombre entre el follaje.
Se movía con gran cautela, deslizándose sigilosamente, y de pronto, detrás de
él, descubrí a otros, hasta cinco.
Eran similares a los habitantes de Vepaja, pero se notaban
algunas diferencias. Parecían más rudos, más brutales que los hombres que había
conocido yo allí, y en otros muchos aspectos se diferenciaban de Danus, Duran,
Kamlot y otros conocidos míos. En sus movimientos sigilosos se observaba algo
amenazador y siniestro.
Me pregunté qué estarían haciendo y entonces recordé a la joven
y algo me indujo a creer que la presencia de aquellos desconocidos se
relacionaba con ella y que la amenazaba algún peligro.
No podía colegir la índole de éste, ya que sabía muy poco de las
costumbres de aquellas gentes entre las que el destino me había arrojado, pero
la impresión anotada era firme y acabó por excitarme haciéndome perder la
cordura al aventurarme a realizar lo que hice.
Sin pensar en las consecuencia de mi conducta ni en la verdadera
identidad de aquellos individuos, ni la razón por la que estaban en el jardín,
salté por encima de la valla y les seguí sin hacer ruido. No me habían
descubierto, por haber permanecido oculto detrás de un grueso arbusto que
crecía junto a la valla que separaba al jardín de mi sector. Les observé a
través de aquel arbusto sin que ellos pudieran verme.
Me deslicé cautelosamente y pronto comprobé que los cinco
hombres avanzaban hacia una puerta abierta que daba a una estancia ricamente
amueblada en la que se encontraba la joven que despertó mi curiosidad y cuya
belleza me había empujado a tan loca aventura. Casi al mismo tiempo la joven
levantó la cabeza y descubrió al hombre que iba delante de los otros. Profirió
un gritó y comprendí que mi intervención no iba a ser inútil.
Me arrojé inmediatamente sobre el individuo que estaba más cerca
y al mismo tiempo grité con el fin de desviar la atención de los otros cuatro.
Efectivamente, lo conseguí. Los cuatro se volvieron en el acto. Había atacado
al primero tan rápidamente que conseguí arrebatarle el sable de la vaina antes
de que pudiera recobrar el aplomo, y como empuñara la daga y se precipitase
hacia mí, le clave el arma en el corazón. Entonces los otros me . acosaron.
Tenían el rostro contraído por el furor y comprendí que iban a atacarme como
fieras.
El escaso espacio libre entre los arbustos reducía la ventaja
que ordinariamente pueden tener cuatro hombres contra uno, ya que sólo podían
atacarme individualmente, pero yo sabía de antemano qué final me aguardaba de
no recibir auxilio, y como mi única misión era alejar a aquellos individuos de
la joven, empecé a retroceder lentamente hacia la valla mientras los cuatro me
seguían.
Mi grito y el de la joven habían sembrado la alarma. Pronto se
escucharon pasos en la habitación en que se hallaba la muchacha y la voz de
ésta que dirigía hacia el jardín a los que llegaban. Confié que pudieran llegar
antes de que mis agresores me acosaran contra la valla, destinada, en caso
contrario, a ser mi sepultura, pues iban a destrozarme los cuatro sables que
aquellos hombres manejaban con más destreza que yo. Di, no obstante, gracias a
la Providencia por haberme permitido aprender esgrima en Alemania, pues me fue
de gran utilidad en aquel trance. De todos modos, no podía aspirar a mantenerme
firme mucho tiempo contra aquellos sujetos, armados de una clase de sables con
los que yo no estaba familiarizado.
Al fin llegué a la valla y me puse a pelear de espaldas a ella.
El individuo que me agredía de un modo más amenazador, acortaba la distancia
por momentos. Mientras tanto, yo oía como corrían los hombres procedentes de la
habitación. ¿Podría resistir lo suficiente? En aquel instante, mi oponente me
dirigió un terrible tajo a la cabeza y yo, en vez de parar el golpe, me aparté
de un brinco y casi simultáneamente le ataqué. Lo rudo del golpe que pensaba
propinarme le hizo perder el equilibrio y su cuerpo quedó descubierto. Mi sable
le cortó de un golpe la yugular. En el acto ocupó su puesto otro de los
agresores.
Al menos, me sentía aliviado por la idea de que la joven se
había salvado. Sólo me restaba seguir defendiéndome allí hasta terminar hecho
pedazos, destino que acababa de aplazar por puro milagro. Blandí de nuevo el
sable dirigiendo la punta hacia mi nuevo agresor y mientras la hundía en su
pecho, di media vuelta y salté por la valla de mi sector.
Volví luego la mirada y vi una docena de guerreros de Vepaja que
se abalanzaban contra los dos intrusos restantes acuchillándolos como si fueran
bestias. No se oyeron gritos ni otro ruido que no fuese el chasquido seco de
los sables, mientras aquellos dos hombres se defendían tan desesperada como
inútilmente. Los de Vepaja no abrían los labios. Parecían sorprendidos y, en
cierto modo, intimidados, aunque su expresión de terror no podía obedecer al
miedo que pudieran producirles aquellos intrusos ya vencidos. Debía existir
otra causa que no se me alcanzaba. Existía algo misterioso en su aspecto, en su
silencio y en su actitud así que acabó la pelea.
Recogieron rápidamente los cadáveres de los cinco individuos y
los sacaron fuera del jardín arrojándolos a "aquel abismo sin fondo de la
selva, cuya profundidad nunca habían podido calcular mis ojos.
Comprobé que no me habían descubierto, igual que la joven. Me
pregunté cómo se explicarían la presencia de los cadáveres de los hombres que
yo había matado, pero fue algo que no pude aclarar. Todo aquello me pareció muy
misterioso y únicamente obtuve la debida explicación en el transcurso del
tiempo y de los acontecimientos.
Creí que Danus mencionaría el incidente ofreciéndome la
oportunidad de interrogarle, pero no lo hizo y por una razón indefinida yo no
quise hacer alusión alguna a lo ocurrido. Tal vez me callé por un complejo de
modestia. Mi curiosidad respecto a los pobladores del planeta era insaciable y
temo que " llegué a aburrir a Danus con mis incesantes preguntas, aunque
procuraba excusarme con el argumento de que sólo podría perfeccionarme en su
idioma oyendo hablar mucho. Danus, que era un hombre agradabilísimo, me
aseguraba que no sólo constituía para él un placer informarme de lo que me
interesaba, sino que tenía el deber de hacerlo, puesto que el Jong le había
ordenado que me instruyera cumplidamente sobre la vida, costumbres e historia
de Vepaja.
Una de las cosas que me sorprendían era por qué personas tan
inteligentes y cultas vivían entre árboles, al parecer sin servidumbre ni
esclavos y sin relación alguna, al menos que yo supiera, con otros pueblos. Por
eso se lo pregunté un día.
—Es una historia muy larga — repuso —. Una gran parte podrías
leerla en los libros de Historia que se alinean en esos estantes, pero voy a
hacerte un pequeño resumen, que pueda satisfacer en líneas generales tu
curiosidad.
»Hace centenares de años los reyes de Vepaja regían los destinos
de una gran nación. No estaban sus territorios confinados a estos bosques, sino
que formaban un gran imperio con millares de islas, que se extendía desde
Strabol a Karbol, abarcaba grandes extensiones de territorio y océanos,
populosas ciudades, y enorgullecíase de poseer un comercio floreciente que
jamás había sido superado por ningún otro país en el curso de los siglos.
«Los habitantes de Vepaja sumaban en aquella época millones y
millones. Pululaban por sus caminos los mercaderes, los empleados, los
esclavos, y existía un número más reducido de trabajadores intelectuales. En
esta última clase social se incluían los hombres de ciencia, los abogados, los
hombres de letras y los artistas. Los jefes militares se seleccionaban entre
los de todas las clases sociales. Por encima de todos ellos estaba el Jong
hereditario.
»Las líneas divisorias de las clases sociales no se hallaban
trazadas de un modo estricto. Un esclavo podía convertirse en hombre libre y
los hombres libres podían escoger la profesión que les pareciera adecuada a su
capacidad. En sus relaciones sociales, los cuatro estamentos más importantes no
se interferían, debido a que los componentes de cada uno de ellos tenían poco
de común con los de los otros, aunque no ocurría esto por motivos de
superioridad o inferioridad. Cuando un miembro de clase inferior se había
ganado, por su cultura, por sus estudios o por su ingenio una posición en la
clase más elevada, era recibido en ésta en un plano de absoluta igualdad, sin
que nadie se preocupara de sus antecedentes.
»Vepaja era una nación próspera y feliz, pero había
descontentos. Eran los perezosos y los incompetentes, y en su mayor parte
pertenecían al sector criminal. Sentían envidia de aquellos que habían
conseguido una posición que ellos se consideraban incapaces de alcanzar.
Durante mucho tiempo fueron el origen de pequeñas discordias y disensiones,
pero la gente no les prestaba ninguna atención o se burlaba de ellos. Sin
embargo, encontraron un jefe. Era un obrero llamado Thor, hombre de
antecedentes penales.
»Este individuo fundó una sociedad secreta que se llamó thorista
y predicó un evangelio denominado thorismo. Por medio de la propaganda
consiguió muchos prosélitos, y como todas sus energías iban dirigidas contra
una de las clases sociales, obtuvo la simpatía de las otras tres, aunque,
naturalmente, consiguió pocos partidarios entre los comerciantes, empleados y
agricultores.
»La única finalidad de los jefes thoristas era el poder y
encumbramiento personal. Sus móviles eran totalmente egoístas, pero como se
movían entre masas ignorantes, no les fue difícil disimular sus propósitos. La
consecuencia fue que estalló una sangrienta revolución, sumiendo en el caos la
civilización y el progreso.
»El objetivo de los revolucionarios era la destrucción de la
clase culta. Los que perteneciendo a las otras clases se opusieran A sus
designios, serían juzgados y aniquilados. El Jong y su familia habrían de ser
asesinados y una vez conseguido todo esto, el pueblo sería libre. No habría
amos, ni contribuciones, ni leyes.
«Efectivamente, consiguieron aniquilar a muchos de nosotros y a
una gran parte de los comerciantes, y entonces las masas comprendieron lo que
los agitadores sabían perfectamente: que alguien debía gobernar. Los jefes del
thorismo se aprestaron a apoderarse de las riendas del poder. El pueblo había
cambiado el benévolo gobierno basado en la experiencia de la clase culta por el
de los incompetentes thoristas.
»Los vepajanos quedaron virtualmente sometidos a una terrible
esclavitud. Un ejército de espías los vigilaba y otro de guerreros les impedía
revolverse contra sus nuevos señores. Las masas se sintieron miserables y
horriblemente desdichadas.
»Los que conseguimos huir con nuestro Jong buscamos cobijo en
estos bosques lejanos y deshabitados. Aquí construimos tres ciudades como ésta,
muy lejos de la tierra firme, para que no pudieran ser descubiertas. Nos
trajimos nuestra cultura y muy pocas cosas más, pero nuestras necesidades son
escasas y nos sentimos felices. No volveremos al viejo régimen si podemos
evitarlo. Hemos aprendido la lección: un pueblo dividido por rencillas internas
no puede ser nunca feliz. Donde existen las diferencias de clase, surgen las
envidias y los celos. Entre nosotros no existe nada de esto, pues todos
pertenecemos a la misma clase social. No tenemos criados y todo lo que hemos de
hacer lo hacemos mejor que nuestros antiguos sirvientes. Hasta los que sirven
al Jong no son criados en la verdadera acepción de la palabra, ya que sus
cargos son considerados como una distinción honorífica, y los de más
distinguida alcurnia, entre nosotros, se turnan en tal servicio.
—Lo que no comprendo es por qué vivís entre árboles, a tanta
altura del suelo — observé.
—Durante mucho tiempo los thoristas nos persiguieron para
matarnos — explicó Danus — y nos vimos obligados a vivir en lugares ocultos e
inaccesibles, y este tipo de ciudad constituyó la solución del problema. Aun
nos persiguen los thoristas y de vez en cuando hacen terribles incursiones,
pero ahora con una finalidad muy distinta. En vez de pretender matarnos,
quieren capturar todos los que puedan de nosotros.
«Como aniquilaron al cerebro de la nación, su civilización está
en decadencia. Las enfermedades los acosan y ellos se ven impotentes para
contrarrestarlos y la vejez ha hecho su reaparición entre ellos y se lleva sus
presas. Por esto procuran apoderarse de la inteligencia y de la cultura que han
sido incapaces de crear y que sólo nosotros poseemos.
—¿Que reaparece la vejez? ¿Qué quieres decir?
—¿No has observado que entre nosotros no hay signos de vejez?
—me preguntó.
—Sí, desde luego, y tampoco he visto niños. Muchas veces quería
preguntarte la razón de esto.
—No se trata de fenómenos naturales — repuso —. Es el resultado
de profundas investigaciones científicas. Hace mil años se descubrió el suero
de la longevidad. Se inyecta cada dos años y no sólo nos hace inmunes contra
cualquier enfermedad, sino que restaura por completo todos los tejidos
gastados.
—No he visto ningún niño desde que llegué a Amtor — le dije.
—Hay niños, pero desde luego en pequeño número.
— ¡Y no hay viejos! —murmuré—. ¿Me podrías administrar ese
suero? Danus sonrió.
—Podré hacerlo con el permiso de Mintep, que supongo no será
difícil de obtener. Ven, voy a extraerte un poco de sangre para determinar el
tipo de suero que se adapta mejor a tus condiciones fisiológicas.
Me invitó a entrar en su laboratorio y cuando hubo realizado el
experimento cosa que hizo con una gran facilidad, pareció sorprendido de la
variedad y cantidad de bacterias perniciosas que revelaba el ensayo.
—Constituyes una amenaza para la vida perpetua en Amtor —
exclamó echándose a reír.
—Pues en mi mundo siempre se me consideró hombre de perfecta
salud — aseguré.
—¿Qué edad tienes? — inquirió.
—Veintisiete años.
—No gozarías de esa salud dentro de doscientos años si todas
esas bacterias quedan en libertad para desarrollarse.
— ¿Y cuánto podría vivir si se las elimina?—pregunté.
—No lo sé exactamente — repuso encogiéndose de hombros —. El
suero se inventó hace mil años y aun hay entre nosotros personas que fueron de
las primeras a quienes se inyectó. Yo tengo
cerca de quinientos años y Mintep setecientos. Nosotros creemos
que, salvo accidentes imprevistos, podemos vivir eternamente, pero, claro está,
no podemos precisarlo. Teóricamente es así.
En aquel momento vinieron a llamarnos y yo salí a mi terraza
para hacer un poco de ejercicio. Se me había hecho necesario realizarlo con
asiduidad, ya que siempre fui de complexión atlética. La natación, el boxeo y
la lucha libre fortalecieron y desarrollaron mis músculos desde que volví a
América en compañía de mi madre, a la edad de once años, y me interesó mucho la
esgrima cuando viajé por Europa, después de su muerte. Durante el período
universitario me apliqué a practicar el boxeo de peso medio, en California, y
alcancé diversas medallas en torneos de natación a distancia. Por esto la
forzosa inactividad de los dos últimos meses me había relajado físicamente
bastante. Hacia el final de mis estudios universitarios, me fui convirtiendo en
un hombre relativamente grueso, pero era debido a la fortaleza y perfecto
estado de mis huesos y músculos. Últimamente mi peso había aumentado unas
veinte libras y esto ya significaba exceso de grasas.
Me las arreglaba lo mejor que podía en mi terraza de cien pies
de extensión. Corría varias millas, hacía como si boxeara, saltaba con la
cuerda y pasaba muchas horas cumpliendo loa viejos preceptos higiénicos
referentes a ejercicios físicos. Un día me dedicaba a boxear con mi sombra, a
la derecha de mi terraza cuando descubrí de pronto a la joven del jardín. Me
estaba observando. Chocaron nuestras miradas y entonces interrumpí mis
ejercicios y le sonreí. Su rostro se cubrió de pavor y huyó velozmente. Yo me
quedé desconcertado, sin comprender la causa de tan extraña actitud.
Me volví atónito a mi habitación, olvidando el ejercicio.
Aquella vez había visto plenamente el rostro de la joven, mirándola a los ojos,
y quedé prendado de su belleza. Desde que llegué a Venus, comprobé que todos
los hombres y mujeres eran tipos agraciados, pero nunca pude imaginarme ver en
éste ni en ningún otro mundo una tal perfección de color y de facciones,
combinadas con los rasgos de carácter y de inteligencia, como la que admiré en
el jardín contiguo a mi terraza. ¿Pero por qué echó a correr cuando yo le
sonreí?
Tal vez lo hiciera simplemente porque descubrí que me estaba
observando. Después de todo, la naturaleza humana coincide, en muchos aspectos,
en todas partes. Hasta a veintiséis millones de millas de la Tierra existen
seres humanos como nosotros y una joven dotada de curiosidad que echa a correr
cuando se la descubre. Me pregunté si se parecería a las mujeres de la Tierra
en otros aspectos, pero era tan hermosa que no lo dudé. ¿Sería joven o vieja? ¡
Si tuviera setecientos años!
Entré en mi cuarto y me dispuse a bañarme, mudándome de ropa.
Hacía tiempo que había adoptado la prenda de vestir típica de
Amtor. Cuando mis ojos se fijaron en el espejo que colgaba en mi cuarto de baño
comprendí, de pronto, la causa del pavor de la joven y de su repentina huida.
Era mi barba. Estaba sin cortar hacía casi un mes y resultaba lógico que
aterrase a cualquier persona que no hubiese viste nunca una barba así.
Cuando volvió Danus, le pregunté qué podría hacer con mi barba.
Entró en otra estancia y volvió con un frasco de ungüento.
—Frótate con esto el pelo del rostro — me instruyó—, pero ten
cuidado de no tocar las cejas, ni las pestañas, ni el pelo de la cabeza. Déjalo
húmedo un minuto y luego lávate la cara.
Me dirigí a mi cuarto de baño y abrí el frasco. Su contenido
parecía vaselina y olía a demonios. No obstante, me friccioné siguiendo las
instrucciones de Danus. Cuando, instantes después, me lavé, se desprendió el
vello de mi barba dejándome el rostro suave y limpio. Corrí a la habitación
donde había dejado a Danus.
—Eres realmente guapo — observó —. ¿ A todos los hombres de ese
fabuloso mundo del que me has hablado les crece el pelo en la cara?
—A casi todos—repuse—. Pero en mi país la mayoría se afeitan
quitándoselo.
—Supongo que las mujeres no dejarán de afeitarse — observó—. Una
mujer con pelo en la cara sería una cosa verdaderamente repulsiva en Amtor.
—Es que nuestras mujeres son imberbes — le aseguré.
—¿Y los hombres no? ¡Qué mundo tan fantástico!
—Pero si a los de Amtor no les crece la barba, ¿para qué
necesitáis esa pomada que me diste? — le pregunté.
—Es un auxiliar eficacísimo para la cirugía — me explicó—. En el
tratamiento de heridas y lesiones en la cabeza es necesario eliminar el cabello
de la zona objeto del tratamiento. Este ungüento cumple esta misión mucho mejor
que el afeitado y además retarda el crecimiento del cabello nuevo, durante
algún tiempo.
—¿Pero entonces el cabello vuelve a crecer?
—Sí, si no se aplica el ungüento con cierta asiduidad.
— ¿Con qué frecuencia?—le pregunté.
—Úsalo durante seis días consecutivos, y entonces el pelo ya no
te crecerá más en la cara. Nosotros solemos aplicarlo así en la cabeza de los
criminales convictos y confesos. Cuando vemos a un hombre calvo o que lleva una
peluca, procuramos vigilar las cosas que nos pertenecen.
—En mi país, cuando vemos un hombre completamente calvo—
observé—, lo vemos generalmente vigilando a sus hijas. Por cierto, esto me
recuerda que he visto a una joven bellísima, en el jardín contiguo a mi
terraza. ¿Quién es?
—Es alguien a quien no debes mirar — repuso—. Yo, en tu caso, no
me atrevería a mencionar otra vez que la has visto. ¿Y te vio ella?
—Sí.
—¿Y qué hizo? — inquirió, muy serio.
—Pareció asustar mucho y escapó.
—Acaso hubiera sido preferible que no te acercaras a esa parte
de la terraza — sugirió.
Formuló su respuesta en unos términos y en un tono que no
parecía admitir réplica y, por consiguiente, no insistí más en el asunto. No
cabía duda de que en todo ello se ocultaba un misterio. Era el primer enigma
que se presentaba en Vepaja y por eso era natural que despertase mi curiosidad.
¿Por qué no debía mirar a aquella joven? No era la primera vez que miraba a las
mujeres sin caer en una falta condenable. ¿Era sólo aquella joven a la que me
estaba vedado mirar, o se refería el consejo a otras mujeres igualmente
sagradas? Se me ocurrió la idea de que pudiera ser una sacerdotisa o cosa
parecida, pero descarté la hipótesis, ya que estaba convencido de que aquella
gente no tenía religión de ninguna clase, o al menos yo no había descubierto el
menor vestigio durante mis conversaciones con Danus. Más de una vez traté de
explicarle la conveniencia de tener una
creencia religiosa y me refería a los credos prevalecientes en
la Tierra, pero no halló en mis palabras más interés que mi idea de hacerle ver
la existencia de un sistema solar.
Como ya había visto una vez a aquella joven, sentí vehementes
deseos de volverla a ver, y ahora que tal deseo aparecía contrarrestado por una
prohibición, se acentuó mi apetencia de volver a admirar la divina belleza de
aquella mujer y poder hablar con ella. No había prometido a Danus cumplir su
prescripción, pues desde el primer momento adopté el criterio de no hacer caso
de su consejo y aprovechar la primera oportunidad que se me presentase.
Comenzaba a cansarme aquel confinamiento virtual a que me veía
condenado desde que llegué a Amtor. Ni un amable carcelero ni una prisión
benigna pueden ser nunca substitutos satisfactorios de la libertad. Le había
preguntado ya a Danus cuál era mi verdadera situación y qué planes tenían
conmigo para el porvenir, pero siempre eludió la respuesta con evasivas
limitándose a decir que era huésped de Mintep, el Jong, y que mi porvenir
dependía de la entrevista que en su día me habría de conceder Mintep.
Un día, de pronto, pareció acentuarse la noción de las
restricciones a que me veía sujeto. No había cometido ningún crimen, era un
visitante pacífico de Vepaja y no tenía el deseo ni la facultad de hacer daño a
nadie. Estas consideraciones me hicieron adoptar una decisión, precipitando los
acontecimientos.
Minutos antes me sentía contento con mi suerte, limitándome a
esperar la decisión de aquella gente, pero ahora estaba desazonado.
¿Qué me había inducido a tan repentino cambio? ¿Sería esa
misteriosa alquimia espiritual que transmuta uno de nuestros estados letárgicos
en ambiciosos deseos? ¿Sería que la gloriosa visión de una mujer bellísima
había transtornado repentinamente mis aspiraciones vitales?
Volví a buscar a Danus.
—Te has mostrado muy amable conmigo — le dije — y he pasado unos
días muy felices aquí, pero pertenezco a una raza que necesita la libertad más
que nada en el mundo. Como ya te he explicado, me encuentro aquí contra mi
voluntad, pero aquí estoy y creo tener derecho a que se me conceda el mismo
trato que se os hubiera concedido a uno de vosotros al visitar
mi patria en circunstancias parecidas.
—¿Y qué trato hubiera sido éste?—preguntó.
—El derecho a la vida, al libre albedrío y a la consecución de
la felicidad. Lo que necesito, en una palabra, es libertad...
No creí necesario aludir a otros motivos de diversión, tales
como banquetes de Cámaras de Comercio , almuerzos de las sociedades rotarías y
de Kíwanis, triunfales procesiones, ajetreos de la Bolsa de Valores, barullo
periodístico y fotográfico, cinematógrafo... Lo único que mencioné fue la
libertad y el derecho a ser feliz.
—Pero, amigo mío, cualquiera creería por tus palabras que estás
encarcelado — exclamó.
—Y lo estoy, Danus — repuse —. Nadie lo sabe mejor que tú.
—Siento que opines de ese modo, Carson — se limitó a contestar
encogiéndose de hombros.
—¿Cuánto va a durar esta situación? —insistí. Danus vaciló un
momento.
—El Jong es el Jong — replicó—. El te mandará llamar en su
día... Hasta entonces continuemos viviendo en la camaradería que nos ha unido
hasta ahora.
—Confío que nuestra amistad no cambie nunca, Danus — le dije —,
pero deberías comunicar a Mintep, si te parece bien, que no puedo continuar
aceptando su hospitalidad más tiempo. Si no me manda llamar pronto, me marcharé
por propia iniciativa.
—No lo intentes, amigo mío — me aconsejó.
—¿Por qué?
—Porque no podrías conservar la vida media docena de pasos más
allá de la residencia que se te ha designado — afirmó muy serio.
— ¿Y quién me impediría marcharme?
—En el pasillo hay soldados de guardia — me explicó —, y tienen
órdenes terminantes del Jong.
— ¡Y dices que no soy un prisionero! — exclamé con una sonrisa
amarga.
—Lamento que hayas planteado el asunto — me explicó—, porque, de
otro modo, nunca lo hubieras sabido.
Era una mano de hierro en un guante de terciopelo. ¡Ojalá
no tuviera que enfrentarme con un lobo disfrazado de oveja! Mi
situación no era precisamente envidiable. No me quedaba ni siquiera el recurso
de la huida ni sabía a dónde dirigirme. Pero no quería ausentarme de Vepaja.
Había visto una joven en el jardín...
CAPÍTULO VI
RECOGIENDO TAREL
Transcurrió una semana durante la cual me despojé completamente
de mi barba rojiza y recibí una inyección del suero de la longevidad. Esto
último me hizo suponer que tal vez Mintep pensara devolverme la libertad, ya
que sería absurdo hacer inmortal a una persona tenida por presunto enemigo y
que se guarda prisionera, pero más tarde supe que el citado suero no confería
la inmortalidad absoluta.
Mintep me hubiera podido aniquilar si hubiese querido. Ello hizo
nacer en mí pensamiento la idea de que pudieran administrarme el suero a fin de
colocarme en situación más segura para ellos. Mis recelos crecían por momentos.
Mientras Damas me inyectaba el suero, le pregunté si había
muchos médicos en Vepaja.
—No tantos como había hace mil años, en proporción a nuestros
habitantes — repuso —. Ahora todo el mundo recibe ilustración sobre el cuidado
corporal y los conocimientos más esenciales para conservar la salud y la
longevidad. Incluso sin el suero, procuramos aumentar nuestras resistencias
contra las enfermedades corporales, y nuestra población podría vivir mucho. La
higiene, la dieta y el ejercicio físico realizan milagros por sí mismos.
«Pero necesitamos doctores. El número de éstos se ha limitado
ahora a uno por cada cinco mil ciudadanos, y además de administrar el suero,
los médicos atienden a los que sufren heridas por accidentes de la vida
cotidiana, en la caza o en la guerra.
»Antiguamente había muchos más doctores de los que cabría exigir
en el seno de una sociedad que vive decorosamente, pero ahora hay diversas
disposiciones que limitan su número. No sólo existe una ley que lo restringe,
sino que los diez años de estudios que se requieren, el largo entrenamiento
posterior y los difíciles exámenes que se han de sufrir, reducen el número de
los que se deciden a dedicarse a tal profesión. Y aun existe otro factor, que
probablemente influye, acaso más que ninguno, en la manifiesta reducción del
gran número de médicos que, en tiempos pasados, amenazaban más que
salvaguardaban la continuidad de la vida en Amtor.
»Se trata de una disposición por la que se obliga a cada médico
y a cada cirujano a archivar el historial clínico de cada uno de sus enfermos,
el cual se entrega al médico director de su distrito. Desde el diagnóstico al
completo restablecimiento, todos los detalles sobre la marcha de cada caso
quedan recopilados y expuestos al examen público para que la gente pueda
consultarlos. Cuando un ciudadano requiere los servicios de un médico o de un
cirujano puede averiguar fácilmente aquellos facultativos que obtienen
resultados favorables y aquellos que fracasan. Afortunadamente, en nuestros
días, existen pocos de los últimos. La ley ha demostrado su eficacia.
Aquella explicación me interesó de veras, ya que he sufrido
diversas experiencias con médicos y cirujanos de la Tierra.
—¿Y cuántos médicos resistieron los efectos de esta política? —
le pregunté.
—Alrededor de un dos por ciento.
—Pues debe de existir una proporción de buenos doctores mucho
mayor en Amtor que en la Tierra — comenté.
El tiempo transcurría con demasiada lentitud para mí. Leía
mucho, pero un hombre joven no puede satisfacer todos sus anhelos vitales
leyendo libros Desde luego, no cabía olvidar el jardín contiguo a mi terraza.
Me habían aconsejado eludir aquella parte de mi residencia, pero yo no seguía
el consejo, al menos si Danus estaba ausente. Cuando se marchaba, solía yo
atisbar hacia aquel lugar, que siempre parecía desierto. No obstante, un día
conseguí descubrir vagamente su presencia. Me estaba espiando por entre unos
arbustos floridos.
Me hallaba yo junto a ¡a valla que separaba mi terraza del
jardín. No era muy alta, cosa de unos cinco pies. Esta vez la joven no echó a
correr y siguió mirándome fijamente, pensando que no podía descubrirla porque
estaba oculta entre el follaje. Desde luego, no podía verla con toda precisión
y sólo Dios sabe cuanto ansiaba admirarla plenamente.
¡Qué atracción tan inexplicable y sutil ejercen algunas mujeres
sobre los hombres! Para algunos únicamente existe una mujer en el mundo capaz
de producir tal atracción, y si realmente hay otras no se ponen de manifiesto;
para otros hombres, son varias las mujeres atrayentes, y aun existen algunos
para los que no hay mujer alguna capaz de tal sugestión. En mi caso, el objeto
de mi ilusión era aquella mujer de una raza distinta, de un planeta diferente.
Acaso existieran otras, pero hasta entonces yo no había observado su
influencia. Nunca me había sentido movido por tan vehemente atracción. Lo que
hice entonces lo realicé impelido por la fuerza de un impulso incontenible,
como obedeciendo a una ley de la Naturaleza. Salté la valla.
Antes de que la joven pudiera huir, me hallaba a su lado. Me
miró con una expresión de horror y de consternación, como si me tuviera miedo.
—No temas — la tranquilicé —. No voy a hacerte daño alguno. Tan
sólo deseo hablar contigo.
Se irguió, altiva.
—No tengo miedo— me contestó—, pero... Se detuvo, y pareció
titubear.
—Pero si te ven aquí, te matarán. Vuelve a tus habitaciones en
seguida y no intentes nunca más una temeridad como ésta.
Casi me estremeció la idea de que aquel miedo reflejado
manifiestamente en su mirada pudiese tener por motivo mi propia seguridad.
—¿Cuándo podré volver a verte? —le pregunté. Ella respondió en
tono decidido:
—No volverás a verme jamás.
—Ahora que te he conocido, ya no podré dejar de verte. Te he de
ver a menudo o pereceré en mi intento.
—O no sabes lo que dices o estás loco — observó, a la vez que
volvía la cabeza para marcharse. Yo la retuve por el brazo.
— ¡Espera! — le supliqué.
Revolvióse como una fierecilla y me abofeteó. Después saetí el
puñal de la funda que llevaba colgada del cinturón.
— ¿Cómo te has atrevido a tocarme? ¡Podría matarte! — gritó.
—¿Y por qué no lo haces? —le pregunté.
—¡Te odio! —afirmó, como si realmente lo sintiese.
—Y yo te amo — repuse, seguro de que estaba confesando la verdad
Ante tal declaración, sus ojos cubriéronse de horror. Se volvió
con tal presteza que no pude impedir su huida. Me quedé un instante dudando si
seguirla o no, pero, por último, un mínimo de cordura me salvó de tan temerario
propósito. Momentos después me hallaba de nuevo en mi tenaza. No sabía si
alguien me habría visto, pero nada me importaba.
Cuando, poco después, volvió Danus, me dijo que Mintop me había
mandado llamar. Pensé en seguida si aquella convocatoria tendría alguna
relación con mi aventura del jardín pero no pregunté nada. De ser así, ya me
informaría a su tiempo. La actitud de Danus fue la misma de siempre, pero no
por eso quedé tranquilo. Empezaba a temer que los amtorianos fuesen unos
maestros en el arte de disimular.
Me acompañaron dos de los jóvenes oficiales que residían en las
estancias contiguas y me condujeron a una habitación en la que el Jong había de
interrogarme. No podría determinar si aquellos oficiales me escoltaban para
evitar mi huida. Hablaron conmigo cordialmente durante el breve trayecto que
recorrimos por el pasillo y mientras subíamos por la escalera, pero también los
guardianes charlan a veces con los condenados. Me acompañaron a la estancia
donde se hallaba el Jong. Esta vez no se encontraba solo. Estaba rodeado de
algunos individuos y entre ellos reconocí a Duran, Olthar y Kamlot. En cierto
modo, la reunión me recordaba la convocatoria de un jurado y llegué a temer que
realmente se dispusieran a dictar una sentencia.
Saludé al Jong con una inclinación de cabeza y él me
correspondió amablemente dedicándome una sonrisa. Me miró un momento. Cuando me
vio por primera vez, iba yo ataviado con mis prendas de vestir normales; pero
ahora me vestía, o más bien me desvestía, al modo típico de Vepaja.
—Tu piel no es tan clara como creía — comentó.
—Mi estancia en la terraza en contacto con la luz la ha
oscurecido — repliqué.
No podía decir que era obra de los rayos del Sol, ya que en su
lenguaje no existía palabra que tradujera la voz Sol, puesto que les era
desconocida su existencia. No obstante, la verdad era que los rayos
ultravioleta, el cruzar la capa de nubes que envuelve el planeta, había teñido
mi piel con tanta eficacia como si realmente hubiera estado expuesta
directamente a los rayos del Sol.
—Supongo que te habrás sentido feliz entre nosotros — me dijo.
—He sido tratado cariñosamente y con toda consideración —
repuse—, y me he sentido todo lo feliz que puede sentirse razonablemente un
prisionero.
Apareció en sus labios la sombra de una sonrisa.
—Eres bastante ingenuo — observó.
—La ingenuidad es una característica del país de donde procedo.
—La verdad es que no me gusta la palabra prisionero.
—Ni a mí tampoco, Jong, pero me agrada decir la verdad. Me he
sentido prisionero, y he estado esperando esta oportunidad para preguntarte la
razón de mi confinamiento y cuando voy a conseguir la libertad.
Sus cejas se arquearon ligeramente y después sonrió con
franqueza.
—Me parece que voy a complacerte — me dijo —. Eres honesto y
valeroso, si no me equivoco, y creo conocer a los hombres.
Asentí con la cabeza. Realmente no esperaba que recibiera mi
demanda con tan generosa actitud, pero no me sentía completamente tranquilo. La
experiencia me había enseñado que, a veces, los hombres se muestran afectuosos
para ocultar otros designios.
—Quisiera decirte algunas cosas —. continuó —. Aun nos sentimos
acosados por nuestros enemigos, los cuales, de vez en cuando, organizan
incursiones contra nosotros y en diversas ocasiones han conseguido infiltrar
espías entre nosotros. Existen tres cosas que nosotros poseemos y que ellos
quieren, pues no se resignan a que su raza se extinga. Necesitan nuestros
conocimientos científicos y el cerebro y la experiencia para aplicarlos. Por
esto tratan por todos los medios de apoderarse de nuestros hombres, para
someterlos a esclavitud y obligarles a revelarles nuestros conocimientos que
ellos no poseen. También buscan a nuestras mujeres con la esperanza de
conseguir hijos de mayor mentalidad que la de los que ellos tienen ahora.
«La historia que nos contaste de haber cruzado millones de
millas en el espacio, procedente de otro mundo, es, desde luego, extraordinaria
y resulta lógico que provocara nuestros recelos. Creíamos ver en ti a uno de
tantos espías thoristas, hábilmente disfrazado. Por esta razón estuviste bajo
una cuidadosa e inteligente observación, misión de la que fue encargado Danus.
Sus informes ponen de manifiesto que no existe duda alguna de que ignorabas por
completo el lenguaje de Amtor cuando viniste, y como es éste el único idioma
conocido que se habla entre todas las razas de nuestro mundo, hemos llegado a
la conclusión de que tu relato, en parte, debe de ser cierto. El hecho de que
tu piel, tu cabello y tus ojos sean de diferente color que los de los hombres
de todas las razas que conocemos constituye una evidencia más de nuestro punto
de vista. Por consiguiente, estamos dispuestos a admitir que no eres thorista,
pero queda un problema pendiente.
¿Quién eres y de dónde vienes?
—Ya te dije la verdad... No tengo que añadir nada y me limitaré
a recomendarte que medites sobre el hecho de que masas de nubes, al rodear por
completo Amtor, oscurecen vuestra visión, obligándoos a ignorar lo que existe
más lejos.
—No sigamos disputando sobre ese extremo — contestó moviendo la
cabeza con escepticismo —. Es inútil que pretendas echar por tierra todo el
caudal científico atesorado por nosotros durante miles de años. Estamos
dispuestos a aceptarte como hombre de distinta raza, tal vez, según supusimos
al principio por el traje que llevabas, como procedente del frío y temible país
de Karboí. Eres libre de andar por donde quieras. Si te quedas debes sujetarte
a las leyes y costumbres de Vepaja, y tendrás que ganarte la vida. ¿Qué sabes
hacer?
—Dudo que pueda competir con los habitantes de Vepaja en el
ejercicio de sus actividades profesionales — admití —. Pero podré aprender algo
si se me concede tiempo.
—Acaso podamos designarte una persona que te adiestre — dijo el
Jong —. Mientras tanto, te quedarás en mi casa ayudando a Danus.
—Podríamos llevarlo a nuestra casa y adiestrarlo — intervino
Duran —, caso de que quiera ayudarnos a cazar y a recoger tarel.
El tarel es una fibra fuerte y sedosa con la que se confeccionan
las prendas de vestir y las cuerdas. Me imaginé que el trabajo de recoger aquel
material había de ser un trabajo aburrido, pero la idea de cazar me sugestionó.
No pude por menos de reconocer los buenos deseos de Duran y además no quería
ofenderle rechazando su oferta. Por otra parte, cualquier cosa resultaba
apetecible con tal de poder ganarme la vida, si esta condición era
imprescindible. Acepté, por consiguiente, y una vez acabada la entrevista, salí
de la estancia, me despedí de Danus. que me invitó a visitarle a menudo y me
marché con Duran, Olthar y Kamlot.
Como no se hizo mención alguna de ello, llegué a la conclusión
de que nadie había presenciado mi encuentro con la joven del jardín, la cual
seguía predominando en mi pensamiento y siendo la causa principal de que me
viera obligado a salir de la casa del Jong.
De nuevo me vi establecido en la casa de Duran, pero en esta
ocasión me destinaron una estancia mucho más grande y cómoda. Kamlot se encargó
de mí. Era el más joven de los hermanos, de carácter quieto y reposado y con
una musculatura de atleta. Cuando me hubo enseñado mi nueva habitación, me
llevó a otra, una pequeña armería, provista de lanzas, sables, dagas y arcos.
Junto a una ventana aparecía un largo banco con diversas herramientas y unos
aparadores en los que se veían los materiales necesarios para la manufactura de
arcos, flechas y dardos. Muy cerca había una forja y un yunque, viéndose
asimismo planchas y lingotes de metal.
—¿Sabes manejar el sable?—me preguntó al escoger uno para mí.
—Sí, pero sólo como deporte — repliqué—. En mi país tenemos
armas muy perfeccionadas, por lo que los sables resultan inútiles para el
combate.
Me hizo preguntas sobre aquellas armas y mostró mucho interés en
la descripción de las armas de fuego de la Tierra.
—En Amtor tenemos armas parecidas — repuso—, aunque los de
Vepaja no las poseemos, debido a que la materia prima necesaria se encuentra en
el centro del país de los thoristas. Esas armas se cargan con un material que
emite rayos de ondas extremadamente cortas, capaces de destruir los tejidos
animales, pero sólo emiten esos rayos cuando están expuestas a la radiación de
otro raro elemento. Hay varios metales que son impermeables a tales rayos. Esas
planchas que ves en las paredes, las de metal, son un elemento protector contra
los rayos indicados. Las mencionadas armas están provistas de un obturador de
idéntico metal, encargado de separar los dos elementos. Cuando el obturador se
abre y uno de los elementos queda expuesto a las emanaciones del otro, el destructor
rayo-R queda libre y pasa a lo largo del cañón del arma, dirigiéndose hacia el
objetivo deseado. Fuimos nosotros los que inventamos y perfeccionamos esa arma,
y ahora la utilizan contra nosotros. No obstante, nos las arreglamos muy bien
con lo que poseemos, siempre que nos mantengamos en el seno de nuestros
árboles... Además de un sable y una daga, necesitarás un arco, unas flechas y
una lanza.
Y mientras iba enumerando esas armas fue seleccionando uno de
cada uno de los citados objetos, el último de los cuales era, en realidad, una
pesada jabalina. En el extremo de esta arma había un anillo giratorio y atado a
este había una cuerda delgada y larga provista de un gancho al final. Kamlot
enredó de un modo especial esta cuerda que no era más pesada que un bramante
vulgar y la metió en un pequeño orificio abierto en una de los lados.
—¿Para qué sirve esa cuerda?— pregunté examinando el arma.
—Tenemos que cazar en lo alto de los árboles, y si no fuera por
ella perderíamos muchas lanzas.
—Pero la cuerda no es lo bastante resistente.
—Está hecha de tarel, y podría soportar el peso de diez hombres.
No pasará mucho tiempo sin que te des cuenta del extraordinario valor del
tarel. Mañana saldremos juntos a recoger un poco. Últimamente escasea bastante.
A la hora de cenar volví a ver a Zuro y a Alzo, las cuales se
mostraron muy afables conmigo Por la noche me enseñaron el juego favorito de
Vepaja, el tork, que se juega con unas piezas muy parecidas a las del mah-jong
y recuerda mucho el póker.
Aquella noche dormí perfectamente en mi nuevo cuarto y cuando
amaneció me levanté, ya que Kamlot me había advertido que debíamos partir
temprano para nuestra expedición. No puedo decir que me sintiera muy
entusiasmado ante la perspectiva de pasar el día recogiendo tarel. El clima de
Vepaja es cálido, casi bochornoso y me forjé la idea de que aquella excursión
iba a ser monótona y desagradable, igual que si estuviera recogiendo algodón en
el Valle Imperial.
Después de un frugal almuerzo, en cuya preparación ayudé a
Kamlot, me dijo que recogiera mis armas.
—Siempre debes llevar encima el sable y la daga — me advirtió.
— ¿Incluso en casa?—pregunté.
—Donde te encuentres. No sólo es una costumbre, sino una ley. No
sabemos cuando se nos puede llamar para defender nuestras personas, nuestras
casas o nuestro Jong. Ahora no olvides la lanza, pues vamos a recoger tarel.
No podía explicarme de qué podría servirme la lanza para recoger
tarel, pero no me olvidé ninguna de las armas que me mencionó, y cuando nos
reunimos me entregó un saco provisto de una cuerda que había de colgarme a la
espalda.
— ¿Es para el tarel? —pregunté. Me dijo que sí.
——Pues, por lo visto, no confías en recoger mucho — observé.
—Acaso no obtengamos nada — repuso —. Si consiguiéramos llenar
el saco entre los dos podríamos sentirnos satisfechos.
No dije nada más, pensando que era preferible aprender con la
experiencia a seguir demostrando mi vergonzosa ignorancia. Si realmente el
tarel era tan escaso, no tendría que afanarme mucho y ello me satisfacía. No es
que sea perezoso, pero me gusta el trabajo cuando me obliga a tener los nervios
en tensión.
Cuando estuvimos los dos listos, Kamlot inició la marcha
escaleras arriba, cosa que me desconcertó, aunque no me aventuré a preguntarle
nada más. Remontamos los dos pisos superiores y penetramos en una obscura
escalera de caracol que conducía aún más alto, dentro del árbol. Continuamos
ascendiendo Cosa de unos cincuenta pies y al fin Kamlot se detuvo y vi que
manipulaba algo en la parte de arriba.
De pronto surgió un ráfaga de luz que procedía de un orificio
circular cerrado con una pesada puerta. Kamlot se deslizó por allí y yo seguí
tras él. Fuimos a parar a una gruesa rama del árbol. Mi acompañante cerró con
llave la puerta, empleando una llavecita. Entonces me di cuenta de que la
puerta estaba recubierta de corcho, de tal manera que, una vez cerrada, hubiera
sido difícil que nadie la descubriera.
Con una agilidad casi de mono, Kamlot trepó, mientras yo, de una
manera parecida, le seguí, agradeciendo la menor gravedad de Venus, aunque
fuera escasamente inferior a la de la Tierra, ya que mi naturaleza no fue nunca
precisamente arbórea.
Después de ascender un centenar de pies, Kamlot pasó a un árbol
contiguo cuyas ramas se entrelazaban con las del otro por el que habíamos
trepado, y comenzó de nuevo la ascensión. De vez. en cuando, el vepajano se
detenía para escuchar, mientras íbamos pasando de una rama a otra, remontando
mayor altura. Haría cosa de una hora que estábamos de marcha cuando se detuvo
de nuevo, esperó que yo le alcanzase, me invitó al silencio llevándose un dedo
a los labios.
—Tarel — susurró señalando hacia el follaje en dirección a otro
árbol contiguo.
No comprendía yo porque había de susurrar y mis ojos siguieron
la dirección indicada por el dedo. A una distancia de unos veinte pies descubrí
algo que parecía una enorme tela de araña parcialmente oculta entre el follaje.
—Está preparado con la lanza — susurró Kamlot —. Pon la mano en
la presilla y sígueme, pero no demasiado cerca. Puedes necesitar espacio para
manejar la lanza. ¿Lo ves?
—No—confesé. Únicamente, veía aquella especie de gran tela de
araña y no tenía la menor idea de qué pudiera ser.
—Ni yo tampoco, pero puede estar escondido y a veces atisba
desde arriba para poderle coger a uno por sorpresa.
Aquello iba resultando más animado que recoger algodón en el
Valle Imperial, aunque realmente no podía colegir de que se trataba.
Kamlot no parecía excitado. Conservaba todo su aplomo, pero con
una actitud cautelosa. Fue trepando lentamente hacia la tela de (Liana, con la
jabalina dispuesta en la mano, y yo le seguí. Cuando pudimos verla plenamente,
comprobamos que estaba vacía. Kamlot sacó la daga.
—Empieza a cortar — murmuró —. Corta cerca de la rama y sigue la
tela en circunferencia. Yo empezaré desde el otro lado hasta que nos
encontremos. Ten cuidado de no engancharte, especialmente si se nos presenta de
pronto.
—¿Y no podríamos dar la vuelta?—pregunté. Kamlot pareció
sorprendido.
—¿Y para qué? —contestó con cierta brusquedad.
—Para sorprenderla.
—¿Pero qué te crees que es?
—Una tela de araña.
—Es tarel.
Quedé desconcertado por la réplica. Había supuesto que el tarel
estaba más allá de la tela de araña. Seguía tan desorientado como antes, pero
al menos ahora sabía lo que era el tarel. Haría unos minutos que estábamos
cortando cuando oí un ruido procedente de un árbol cercano. Kamlot también lo
había oído.
—Ya viene — dijo —. ¡Alerta!
Envainó la daga y agarró la lanza. Yo seguí su ejemplo.
El ruido cesó. Nada se veía entre el follaje. De pronto, se oyó
un crujido de ramas y apareció una faz a más de quince yardas. Era horrible.
Parecía la de una araña de dimensiones gigantescas. Guando se dio cuenta de que
la habíamos descubierto, profirió un aullido aterrador, que sólo había
escuchado otra vez en mi vida. En seguida reconocí al animal, su voz y su
cabeza. Una bestia semejante fue la que había ahuyentado a mi perseguidor la
primera noche que caí frente a la puerta de Duran.
— ¡Prepárate! —me avisó Kamlot—. ¡Va a atacarnos!
Aun no había acabado de pronunciar estas palabras cuando la
hedionda alimaña se abalanzó sobre nosotros.
Tenía el cuerpo y las piernas cubiertos de un pelo largo y
negro, y sobre cada uno de sus ojos lucía una mancha amarilla del tamaño de un
platillo. A medida que avanzaba iba profiriendo gritos terribles como si
pretendiera paralizarnos de terror.
La lanza de Kamlot hizo un balanceo de atrás hacia adelante y la
poderosa jabalina partió al encuentro de la alocada bestia, clavándose en su
repulsivo caparazón, pero el animal no se detuvo y avanzó recto hacia Kamlot.
Yo lancé a mi vez la jabalina que fue a clavársele en el costado. Ni siquiera
esto lo contuvo y vi horrorizado como agarraba a mi compañero que se había
desplomado sobre la rama en que se había apoyado. La horrible araña se le echó
encima.
Para Kamlot y la araña no era cesa difícil moverse allí, ya que
los dos estaban habituados, pero yo me hallaba en una posición muy precaria.
Desde luego, las ramas del árbol eran enormes y las pequeñas se entrelazaban.
Estaba muy lejos de sentirme seguro, pero no tenía tiempo para pensar en ello.
Si no había muerto, Kamlot estaba a punto de perecer. Saqué la espada, di un
brinco hasta ponerme junto a la repugnante bestia, y comencé a acuchillarla
como un loco en la cabeza. Entonces abandonó a Kamlot y se revolvió contra mí,
aunque estaba ya seriamente herida y se movía con dificultad.
Mientras le acuchillaba la cabeza, vi aterrado que Kamlot yacía
inerte, como muerto. No se movía. Pero casi no tuve tiempo para dirigir aquella
mirada furtiva hacia mi compañero. De no haberme movido con presteza, también
yo hubiera perecido. Aquel animal se revolvió de pronto, movido por una
inesperada y feroz vitalidad. Sangraba copiosamente por sus muchas heridas y
por lo menos dos de ellas debían de ser mortales, pero hacía esfuerzos para
alcanzarme con los terribles garfios que remataban sus patas delanteras para
atraerme a sus odiosas mandíbulas.
El sable vepajano es agudo y de dos filos, y un poco más ancho y
grueso cerca del extremo y aunque no estaba, para pensar en estos detalles, su
golpe de las garras del animal se adelantó para en estos detalles, su golpe
debía de ser mortal. Tuve ocasión de experimentarlo, pues cuando una de las
garras del animal se adelantó para atraparme, le di un tajo que le seccionó de
golpe. La alimaña bramó más aun y con un resto de energía saltó sobre mí igual
que lo hacen las arañas sobre su presa. Volví a acuchillarla y me eché hacia
atrás. Por último, le hundí el arma en su nauseabunda faz en el momento en que
caía sobre mí.
Al sentir aquel peso, mi cuerpo resbaló en la gran rama en que
estaba y empecé a caer. Por fortuna, las pequeñas ramas entrelazadas me
proporcionaron algún apoyo, me agarré como pude y contrarresté mi caída,
consiguiendo encaramarme en una gruesa rama plana, a unos diez o quince pies
hacia abajo. Había conservado el sable y como no estaba herido volví a
encaramarme con la mayor presteza para salvar a Kamlot de nuevos ataques, pero
no fue precisa mi ayuda. El gran targo, como llaman a esta horrible bestia, estaba
muerto.
También lo estaba Kamlot. No tenía pulso ni el corazón le latía
lo más mínimo. El mío se agitaba en el pecho. Había perdido un amigo, teniendo
tan pocos como tenía, y me veía perdido en aquel laberinto. Comprendí que me
sería imposible encontrar el camino para volver a Vepaja, pero mi vida dependía
de ello y tenía que hacer cuanto estuviera en mis manos. Podía descender, pero
no sabía si me hallaba aun sobre la población o no. Dudé.
Aquello era la recolección del tarel. Aquella era la ocupación
que yo temí encontrar aburrida y monótona.
CAPÍTULO VII
JUNTO A LA TUMBA DE KAMLOT
COMO habíamos partido con la misión de recoger tarel, acabé el
trabajo que Kamlot y yo teníamos casi ultimado cuando nos atacó el targo. Si
conseguía volver a la ciudad, podría al menos llevar conmigo algo que
justificase nuestros esfuerzos. ¿Pero qué haría de Kamlot? La idea de abandonar
el cadáver allí, me repugnaba. A pesar de lo reciente de nuestra amistad, había
llegado a sentir simpatía por él considerándolo un amigo. Sus compatriotas me
trataron cordialmente y lo menos que podía hacer era transportar su cadáver
hasta la ciudad. Comprendí, desde luego, que la empresa iba a ser dura, pero
tenía que hacerlo. Por fortuna, mi musculatura es fuerte y además la gravedad
de Venus me favoreció más que si hubiera estado en la Tierra proporcionándome
una ventaja de unas veinte libras en el peso del muerto que había de trasportar
y aún más en mi propio peso, ya que era superior al de Kamlot.
Con menos dificultad de lo que supuse al principio, conseguí
echarme a la espalda el cadáver de Kamlot y lo sujeté con la cuerda de su
jabalina. Antes le ajusté las armas, utilizando fibras de tarel de las que
llevaba en mi saco, ya que, como desconocía las costumbres del país, no sabía
exactamente lo que debía hacer en caso parecido y preferí pecar de más.
La experiencia que sufrí durante las siguientes diez o doce
horas constituye una pesadilla que desearía olvidar para siempre.
El contacto del cuerpo desnudo y muerto de mi compañero era
bastante repelente, pero aun resultaba más desagradable verme sumido en aquel
mundo extraño y absurdo. Pasaron horas y horas en continuo descenso. Sólo me
detenía brevemente cuando el peso parecía aumentar hasta hacerse insufrible. En
vida, Kamlot debía de pesar unas ciento ochenta libras de la Tierra y en Venus
unas ciento sesenta, pero mientras la selva se iba obscureciendo habría jurado
que pesaba una tonelada.
Tan fatigado me sentía que tenía que moverme muy lentamente,
cambiando a cada momento la posición de las manos y pisando con cuidado,
asegurándome de que mis músculos respondían a la misión de soportar la carga,
pues un paso en falso o un instante de flaqueza podrían sumirme en la
eternidad. La muerte se cernía sobre mí.
Me pareció como si hubiese descendido millares de pies y aun no
había vislumbrado rastro alguno de la población. Varias veces escuché rumor de
animales que se movían entre los árboles y dos veces escuché el grito
escalofriante de un targo. Si uno de aquellos monstruos me atacase... Bueno,
mejor era no pensar en ello. En cambio, procuré saturar mi mente con el
recuerdo de mis amigos de la Tierra; recordé mi infancia en la India, donde
estudié bajo la dirección del viejo Chand Kabi; pensé en Jimmy Welsh y me vino
a la memoria la silueta de unas muchachas que me gustaron y con algunas de las
cuales casi llegué a intimar seriamente. Esto último me hizo recordar a la
joven del jardín del Jong y la visión de las otras se borró prestamente. ¿Quién
sería aquella mujer? ¿Qué rara prohibición gravitaba sobre ella para que no
pudiera verla ni hablarle? Me dijo que me odiaba, pero tuvo que escuchar de mis
labios que yo la amaba. Ahora aquella escena me parecía ingenua. ¿Cómo iba a
amar yo a una muchacha la primera vez que la veía y de la que nada sabía, ni su
edad ni su nombre? Sería absurdo, pero era cierto. Amaba a la incógnita belleza
que se escondía en aquel jardincillo.
Tal vez fueron estas cavilaciones que me hicieron ser
negligente. No estoy seguro. Pero pensaba en todas aquellas cosas cuando mi pie
resbaló. Ya era de noche. Traté de agarrarme a algún objeto, pero el peso de mi
cuerpo y el cadáver que transportaba me hicieron tropezar y nos zambullimos en
las tinieblas. Sentí el frío del muerto que me rozaba las mejillas.
No fuimos a parar muy lejos. Nos detuvimos de pronto, contenidos
por algo blando que nos balanceó a los dos, vibrando como una red de seguridad
de las que utilizan los gimnastas en los circos. A la débil claridad de la
noche amtoriana comprobé lo que había ocurrido. Como había supuesto, había
caído entre las redes de una de las feroces arañas de Amtor.
Traté de arrastrarme para asirme a alguna rama y soltarme de
aquella red, pero con mis movimientos sólo conseguí engancharme más. La
situación era horrible, pero unos instantes después se hizo aun peor. Al mirar
a mi alrededor, descubrí en un borde lejano de la tela un targo enorme y
repulsivo.
Saqué el sable y comencé a cortar las fibras de la red, mientras
la feroz araña se deslizaba lentamente hacia mí. Recuerdo que en aquellos
momentos pensé si la mosca enganchada en la pegajosa tela puede sufrir las
mismas angustias que se apoderaron de mí al darme cuenta de la inutilidad de
mis esfuerzos para huir de tan mortífera trampa. El terrible monstruo seguía
avanzando para devorarme. Al menos tenía yo una ventaja sobre la mosca.
Disponía de un sable y de una inteligencia. No me sentía tan desamparado como
el pobre insecto.
El targo se iba acercando cada vez más. Yo no proferí grito
alguno. Debía sentirse seguro el animal de que yo no podría escapar y por ello
no debía preocuparse en paralizarme por el terror. A una distancia de diez
pies, cargó sobre mí corriendo velozmente con sus ocho peludas patas. Yo la
esperé con la punta de mi sable.
No fue cuestión de destreza, sino de pura suerte. La punta del
arma penetró en el cerebro de la alimaña. Cuando la vi derrumbarse inerte a mi
lado, apenas si mis ojos podían creerlo. Me había salvado.
En el acto me puse a cortar fibras de tarel, y al cabo de unos
minutos me vi liberado y me deslicé a una rama contigua. El corazón me latía
aceleradamente y me sentía agotado. Descansé un cuarto de hora para continuar
luego el incesante descenso en la penumbra del temible bosque.
Me era imposible prever qué otros peligros podían aguardarme.
Sabía que existían otros muchos animales en la selva gigantesca. Aquellas
potentes telas de araña, capaces de resistir el peso de un oso, no estaban
trazadas sólo para la caza del hombre. Durante el día anterior, tuve
oportunidad de atisbar, de vez en cuando, pájaros enormes, los cuales, si eran
carnívoros, debían de constituir una amenaza seria para el targo. Pero no eran
ellos los que me aterraban en aquellos instantes, sino el ambiente tenebroso
que envuelve de noche todos los bosques.
Seguí bajando, presintiendo que de un momento a otro podía
producirse el final. El último encuentro con el targo había abatido
considerablemente mis energías, ya castigadas por la dura prueba del día, pero
no podía detenerme. Mas ¿cuánto tiempo podrían continuar resistiendo mis
maltrechas fuerzas?
Había ya llegado al límite del colapso cuando mis pies pisaron
terreno firme. Al principio no podía creerlo, pero miré a mi alrededor, arriba
y abajo, y comprendí que, efectivamente, había alcanzado el suelo del bosque.
Después de vivir un mes en Venus, había conseguido pisar tierra firme. La
visibilidad era escasa, casi nula. Apenas vislumbraba los enormes troncos de
los árboles gigantescos que crecían por todas partes. A mis pies se extendía
una espesa alfombra de hojas blancas y muertas.
Corté las cuerdas que sujetaban el cuerpo de Kamlot a mi
espalda, y deposité a mi desdichado compañero en el suelo. Después me tumbé a
su lado y me dormí.
Cuando desperté ya era de día. Miré a mi alrededor, pero sólo vi
la blanca hojarasca acumulada entre los troncos de aquellos árboles tan
gigantescos que casi renuncio a fijar las dimensiones de algunos de ellos para
no restar verosimilitud al relato de mis aventuras en Venus. Pero en verdad
tenían que ser enormes aquellos troncos para soportar tan extraordinario peso,
pues muchos alcanzaban alturas de seis mil pies sobre el suelo sumiéndose sus
mágicas copas entre la niebla eterna de la capa inferior de nubes que envuelve
el planeta.
Para obtener una idea del tamaño de algunos de estos monstruos
de los bosques, cabe decir que di la vuelta alrededor de uno y conté mil pasos,
lo que le asignaba un diámetro de un millar de pies. Y había muchos como aquel.
Cualquier árbol de diez pies de diámetro parecía un frágil tallo. ¡Y pensar que
se afirmaba que no había vegetación en Venus!
Mis modestos conocimientos de física y botánica me hacían
comprender que árboles de semejante altura no podían existir si no hubiera en
Venus cierta fuerza de adaptación que hiciera posible lo que semejaba
imposible. Intenté explicarme este fenómeno utilizando fórmulas corrientes en
la Tierra, y llegué a la conclusión de que si la ósmosis vertical sufre la
influencia de la gravedad, la menor fuerza de gravedad de Venus tendría que
favorecer el crecimiento de árboles más altos, y el hecho de que las copas permanezcan
eternamente entre las nubes, les debe permitir asimilarse un caudal grande de
hidratos de carbono procedente del vapor de agua, partiendo del principio de
que en la atmósfera de Venus existe el necesario bióxido carbónico para
favorecer este proceso.
He de admitir, no obstante, que en aquellos momentos no estaba
yo para interesarme grandemente en tan intrincadas especulaciones. Tenía que
pensar en mí mismo y en el pobre Kamlot. ¿Qué iba a hacer con el cadáver de mi
amigo? Había hecho todo lo posible para devolverlo a su ciudad, pero fracasé.
No sabía si podría hallar la población. Sólo me quedaba una alternativa:
enterrarlo allí mismo. Una vez hube adoptado esta decisión, comencé a apartar
las hojas para descubrir el suelo y cavar una sepultura. Existía una capa de
hojas de casi un pie y debajo de aquella capa apareció un suelo rico que me fue
fácil remover con la punta de la lanza. Escarbando luego con las manos no me
costó mucho excavar una sepultura aceptable de seis pies de largo por dos de
ancho y tres de profundidad. Recogí hojas recién caídas y cubrí el fondo, y
después preparé otras a fin de recubrir el cuerpo de Kamlot después de
depositarlo para su descanso eterno.
Mientras hacía esto, traté de recordar las oraciones que se
dedican a los muertos. Deseaba que el entierro de Kamlot estuviera revestido de
toda la solemnidad posible. No sabía como juzgaría la Providencia mi conducta,
pero pensé que acogería bondadosamente en su seno a aquella alma bajo el amparo
de cristiana sepultura.
En el momento en que me agachaba para recoger el cadáver con mis
brazos a fin de depositarlo en la tumba, me quedé atónito al descubrir que
estaba caliente, lo cual hacía cambiar por completo la situación. El hombre,
muerto después de dieciocho horas, está frío. ¿Acaso no habría muerto Kamlot?
Apoyé el oído contra su pecho y percibí el leve latido de su corazón. En mi
vida tuve una sensación tan intensa de alivio y alegría. Me sentí como
rejuvenecido y lleno de nuevas esperanzas y aspiraciones. Hasta aquel instante
no me había dado cuenta exacta de lo desesperado de mi soledad.
Pero ¿cómo vivía aun Kamlot? ¿Cómo poder reanimarlo? Juzgué
pertinente dilucidar la primera incógnita para abordar la segunda. Examiné de
nuevo las heridas. Tenía dos profundos desgarramientos debajo del pre-esternón.
No habían sangrado mucho y estaban teñidos de un color verdoso. Este detalle
fue el que me ayudó a explicarme la extraña situación de Kamlot. Aquel tinte
verdoso sugería la idea de un veneno y entonces recordé que existían diversas
clases de arañas que paralizan a sus víctimas inyectándoles un veneno que las
coloca en un estado de inercia y así pueden devorarlas tranquilamente. ¡El
targo había producido aquella parálisis en el cuerpo de Kamlot!
Mi primera medida fue estimular la circulación y la respiración,
y con esta finalidad propiné un masaje al cuerpo y después le dediqué los
auxilios que se prescriben a los presuntos ahogados para ver si reaccionan. No
sé cual de los métodos triunfó. Tal vez los dos contribuyeron un poco, pero
prestamente mis esfuerzos se vieron premiados, ya que pude observar que los
miembros comenzaban a animarse. Kamlot suspiró levemente y agitó los párpados.
Al cabo de un nuevo período de esfuerzos por mi parte, que casi me dejaron
exhausto, abrió los ojos y me miró. Al principio, su mirada era inexpresiva y
llegué a pensar si no habría perdido el juicio por la influencia del tóxico,
pero luego surgió en su mirada una nota interrogante y pareció reconocerme.
—¿Qué ha ocurrido? —acabó por susurrar—— ¡Ah, sí! Ya me
acuerdo... El targo cayó sobre mí.
Le ayudé a sentarse y miró a su alrededor.
— ¿ Dónde estamos? — preguntó.
—En el suelo — repuse —. Pero ignoro en qué parte del país.
— ¡Conseguiste salvarme del targo! —añadió—. ¿Lo mataste? Claro
que sí, porque, si no, te hubiera sido imposible sacarme. Cuéntamelo todo.
Lo hice así brevemente.
—Traté de llevarte a la ciudad, pero me perdí. No tengo la menor
idea de donde me encuentro.
— ¿Qué es esto?—inquirió observando la excavación.
—Tu tumba — repuse —. Creí que estabas muerto.
— ¿Y llevaste a cuestas un cadáver medio día y media noche? ¿Por
qué?
—Ignoro las costumbres de tus compatriotas, pero tus familiares
se mostraron muy bondadosos conmigo y lo menos que podía hacer era devolverles
tu cuerpo muerto. Además, no iba a abandonar el cadáver de un amigo para que lo
devoraran los pájaros y las alimañas.
—No lo olvidaré nunca — murmuró quedamente a la vez que trataba
de levantarse mientras yo le ayudaba—. En cuanto haga un poco de ejercicio me
encontraré bien. Los efectos del veneno del targo desaparecen en veinticuatro
horas, incluso sin tratamiento. Lo que has hecho ayudó a disiparlos antes, y un
poco de ejercicio eliminará ¡os últimos vestigios.
Comenzó a mirar por todas partes como si hiciera esfuerzos para
orientarse y entonces se dio cuenta de las armas que pensaba yo enterrar junto
a su cuerpo y que estaban en el suelo, cerca de la tumba.
— ¡Y hasta trajiste esto! —exclamó—. ¡Eres el jong de los
amigos!
Cuando se hubo ajustado el sable a la cintura, recogió la lanza
y echamos a andar juntos por el bosque en busca de algún rastro que pudiera
revelarnos hacia donde se hallaba la población. Kamlot me explicó que los
árboles de un sector que comunicaba con la. ciudad estaban marcados con signos
apenas perceptibles y secretos, igual que ciertos árboles que trazaban el
camino exacto para llegar a la ciudad colgante.
—Pocas veces bajamos a la superficie de Amtor — me dijo—, pero
en algunas ocasiones lo hacen grupos con fines mercantiles, para acercarse a la
costa y salir al encuentro de naves procedentes de los escasos países con los
que mantenemos relaciones comerciales secretas. La maldición thorista se ha ido
extendiendo y existen pocas naciones que no vivan subyugadas a su egoísta
dominación. También descendemos a la superficie alguna que otra vez para cazar
bastos, cuya piel y cuya carne es muy codiciada.
—¿Qué animal es el basto?—pregunté.
—Es un animal omnívoro muy grueso, provisto de poderosas
mandíbulas con cuatro grandes colmillos, además de la dentadura corriente en
otras bestias. Tiene dos pesados cuernos y la
parte más elevada del lomo alcanza la talla de un hombre alto.
Yo he matado alguno que pesaba más de mil trescientos tobs.
El tob es la unidad de peso adoptada en Amtor, equivalente al
tercio de una libra. Todo peso se calcula en tobs o decimales, ya que se usa el
sistema decimal exclusivamente en las tablas de calcular. Esto me pareció mucho
más práctico que las confusas divisiones de granos, gramos, onzas, libras,
toneladas y otras designaciones comunes en los diversos países de nuestro
planeta.
De acuerdo con la descripción de Kamlot, me figuré al basto como
una especie de oso enorme, provisto de cuernos, o un búfalo con mandíbulas y
colmillos de carnívoro y, teniendo en cuenta su peso de mil cien libras, debía
constituir una bestia formidable. Le pregunté con qué arma podían matarlo.
—Unos prefieren las flechas, otros las lanzas — me explicó —.
Pero es conveniente tener siempre a mano un árbol de ramas bajas — añadió con
un gesto de picardía.
—¿Son belicosos?
—.Mucho. Cuando aparece en escena un basto, el hombre se
convierte muchas veces en cazado en vez de cazador, pero ahora no vamos a
capturar animales de esos. Lo que nos interesa es hallar algún rastro que
revele donde nos encontramos.
Deambulamos por el bosque en busca de los imperceptibles signos
que trazaban los vepajanos, según me había explicado Kamlot, a la vez que me
reveló los lugares en que solían aparecer. El indicado signo era un clavo largo
y agudo, que llevaba un cabeza plana con una inscripción en relieve. Aquellos
clavos estaban incrustados en árboles, a una altura uniforme. Resultaba difícil
encontrarlos pero es natural que fuese así para evitar que los enemigos de
Vepaja los arrancaran o los utilizaran en la búsqueda de la población.
El método de interpretación de aquellos signos es muy ingenioso.
Su hallazgo es de utilidad nula para los que no sean habitantes de Vepaja,
aunque cada uno de ellos constituye una revelación topográfica para los
iniciados. Indican al que los encuentra el sitio en que se halla de la isla que
comprende el reino de Mintep, regido por su Jong. Cada clavija es colocada por
una comisión inspectora y su situación exacta queda anotada en un plano de la
isla, con el número que consta en la cabeza de la clavija. Antes de permitir a
un vepajano que baje solo al suelo firme y conduzca a otros allí, ha de
demostrar que sabe localizar de memoria los clavos camineros de Vepaja. Kamlot
había sufrido este examen y me dijo que si conseguíamos hallar un solo clavo,
sabría inmediatamente la dirección y distancia de los otros y nuestra posición
exacta en la isla y que así podría localizar la población. Pero me confesó que
acaso vagáramos mucho tiempo sin descubrir ni una sola de las clavijas.
El bosque seguía ofreciendo el mismo monótono aspecto. Había
árboles de distinta especie, unos con ramas que rastreaban el suelo, otros
desprovistos de ramaje en muchos centenares de pies a lo alto del tronco. Había
troncos lisos como si fueran de cristal y tan rectos como mástiles de una nave,
sin ninguna rama que pudiera alcanzar la mirada. Kamlot me contó que el follaje
de estos árboles crece en forma de penacho que se interna en la capa de nubes.
Le pegunté si había subido alguna vez a lo alto de alguno y me
contestó que creía haber remontado la cúspide de los más elevados árboles, pero
que casi había perecido de frío.
—Esos árboles se encargan de suministrarnos el agua que
necesitamos — explicó—. Absorben el vapor de las nubes y lo trasladan a sus
raíces. No se parecen a ningún otro árbol. Un canal interior aporta el agua de
las nubes a las raíces de donde vuelve a subir en forma de savia, sirviendo así
de ascendente alimento vegetal. Si se practica un corte en cualquier parte de
esos árboles, se obtiene una copiosa cantidad de agua, fresca y clara, una
afortunada previsión de...
—Me parece que se acerca algo, Kamlot — le interrumpí—. ¿Lo has
oído?
Escuchó atentamente.
—Sí — repuso —. Mejor será que nos subamos a un árbol, al menos
hasta que sepamos lo que es.
Comenzó a encaramarse por un árbol contiguo y yo seguí su
ejemplo esperando allí. Oyóse de un modo claro el ruido de algo que se
aproximaba. La blanda capa de hojas producía bajo su peso el murmullo leve
peculiar de las hojas secas al crujir. Se iba acercando, y al parecer se movía
con pereza. De pronto, se hizo visible su enorme testuz junto a un árbol, a
poca distancia de nosotros.
—¡Un basto! —susurró Kamlot.
Yo ya lo había adivinado, de acuerdo con la descripción que me
había hecho poco antes mi amigo.
El basto, de ojos para arriba, parecía un bisonte americano,
provisto de los mismos cuernos cortos y fuertes. Tanto la parte alta de la
cabeza como el frontal estaban cubiertos de espeso pelo rizado. Tenía los ojos
pequeños y sanguinolentos, la piel azul parecida a la del elefante, cubierta de
pelo cerdoso y corto, excepto en la cabeza y en el extremo de la cola, que era
muy larga. Su talla era alta por el testuz y descendía en la parte trasera del
cuerpo. Sus patas delanteras eran cortas y rechonchas y tenían unas grandes
pezuñas tripartitas; y las patas traseras eran más largas, diferencia necesaria
por el hecho de que las patas y las pezuñas delanteras sostenían las tres
cuartas partes del peso del animal. Tenía el hocico similar al del oso, pero
más ancho y provisto de combos colmillos.
—Aquí tenemos nuestro almuerzo — observó Kamlot con tono
natural, mientras el basto se detenía y miraba a su alrededor al oír la voz de
mi compañero —. Son un verdadero manjar, y hace mucho tiempo que no los
probamos. No hay nada como una costilla de basto asada con leña.
La boca se me hizo agua.
— ¡Adelante! —exclamé disponiéndome a bajar del árbol, con el
sable en la mano.
— ¡No te muevas! —gritó Kamlot—. No sabes lo que intentas hacer.
El basto nos había localizado y avanzaba profiriendo un rugido
capaz de avergonzar al león más poderoso, aunque no supe si realmente era
rugido o bramido. Comenzó a patear despacio y luego con tal fuerza que hizo
temblar el suelo.
—Parece encolerizado — observé—. Pero si queremos comer, no
tendremos más remedio que matarlo primero. ;Y cómo vamos a conseguirlo si nos
quedamos en el árbol?
—Yo no pienso quedarme aquí— repuso Kamlot—. Pero tú sí te
quedarás. No sabes cómo se cazan esos animales y no sólo perecerías tú, sino yo
también. Quédate donde estás y yo me las entenderé con el basto.
Aunque el plan no me satisfacía, tuve que reconocer que Kamlot
sabía más que yo de las cesas de Amtor y contaba con más experiencia, por lo
que accedí a sus deseos. No obstante, me mantuve alerta para ayudarle si las
circunstancias lo requerían.
Con gran sorpresa mía, arrojó al suelo la lanza y en su
substitución se armó con una larga rama provista de hojas que cortó del árbol
antes de bajar para enfrentarse con el enfurecido basto. No bajó directamente
para colocarse frente al animal, sino que dio un rodeo entre las ramas del
árbol antes de descender, después de advertirme que atrajera la atención de la
bestia, lo que conseguí gritando y agitando las ramas.
De pronto, vi horrorizado que Kamlot se situaba a una docena de
pasos detrás del animal, armado únicamente con el sable y la vara cortada del
árbol, que llevaba en la mano izquierda. No lejos de donde se hallaba el
encolerizado animal, estaba la lanza., en el suelo. La situación de Kamlot
resultaba bastante temeraria, caso de que el basto le descubriera antes de
alcanzar un árbol. Al darme cuenta de ello redoblé mis esfuerzos para atraer la
atención del animal hasta que me indicase Kamlot que cesara.
Llegué a sospechar que se había vuelto loco .al oírle llamarme a
gritos, lo cual atrajo la atención del basto hacia él anulando mis esfuerzos
para atraer la mirada de la bestia sobre mí. En el momento en que Kamlot me
llamó, el basto volvió la cabeza y sus salvajes ojos le descubrieron. Viró en
redondo y se quedó un instante inmóvil contemplando la temeraria silueta que se
erguía ante su mirada. Después emprendió el trote hacia él.
Ya no esperé más, y salté al suelo con la intención de atacar a
la bestia por detrás. Lo que ocurrió después fue tan rápido que pasó antes de
que pueda contarse. Al precipitarme yo hacia el animal, vi como éste bajaba la
testuz y se arrancaba recto contra mi compañero, que se mantuvo inmóvil con el
sable en una mano y la rama en la otra.
De pronto, en el momento preciso en que creí que el animal iba a
cogerle con sus poderosos cuernos, sacudió la vara cubierta de hojas ante él y
se ladeó ligeramente a la vez que dirigía la aguda punta del sable de arriba
abajo, hacia la parte izquierda del lomo de la bestia. El acero se incrustó
hasta la empuñadura en el corpachón del animal.
El basto se paró en seco, extendiendo las patas. Después se
tambaleó y acabó por abatirse al suelo, a los pies de Kamlot. Estaba yo a punto
de proferir un grito de admiración cuando levanté la mirada hacia lo alto. No
sé qué impulso atrajo mi atención hacia allí. Tal vez fuera esa voz inaudible
que llamamos a veces sexto sentido. Lo que vi me hizo olvidar la proeza de
Kamlot.
— ¡ Dios santo! — exclamé en inglés. Y añadí luego en lenguaje
amtoriano:
— ¡Mira, Kamlot! ¿Qué es eso?
CAPÍTULO VIII
A BORDO DEL «SOFAL»
CERNIÉNDOSE sobre nosotros vi unos bultos que al principio me
parecieron enormes pájaros, pero que pronto identifiqué, a pesar de mi
incrédulo impulso, como hombres alados. Iban armados con sables y dagas y cada
uno llevaba una larga cuerda de cuyo extremo colgaba un lazo de alambre.
—¡Voo klangan!—gritó Kamlot, (¡Los hombres-pájaros!) Aún no
había acabado de hablar Kamlot, cuando cayeron sobre cada uno de nosotros un
par de lazos. Tratamos de desembarazarnos de ellos, golpeándolos con los sables
pero las hojas de metal no castigaban lo más mínimo a la dureza del alambre y
las cuerdas a que estaban atados se hallaban fuera del alcance de nuestras
manos. Mientras nos debatíamos fútilmente para liberarnos, los klangan
descendieron al suelo, poniéndose un par de ellos a ambos lados de cada uno de
nosotros. Nos tenían tan bien cogidos que no cabía la esperanza de huir.
Estábamos cazados igual que reses sujetas por los lazos de los «cow-boys». El
quinto angan se nos acercó con el sable desenvainado y nos desarmó. Tal vez
debiera haber explicado que la voz «angan» es singular; «klangan» es el plural.
Los plurales se forman en el idioma amtoriano añadiendo el prefijo «kloo» a
aquellas palabras que comienzan por consonante y añadiendo «kl» a las que
comienzan por vocal).
Nuestra captura se había realizado con tanta presteza y tanta
habilidad que necesitó muy poco esfuerzo de los hombres-pájaros sin que
tuviéramos ni tiempo para reponernos del asombro que nos había producido su
aparición. Ahora recuerdo que ya antes había oído hablas a Danus de Voo klangan
en más de una ocasión, pero creí que se refería a aves de rapiña o algo por el
estilo. Poco podía imaginarme entonces lo que realmente eran tales seres.
—Me parece que ha llegado nuestra última hora — observó Kamlot,
sombríamente.
—¿Qué harán con nosotros? —inquirí.
—Pregúntaselo a ellos.
—¿Quienes sois? —nos dijo uno.
La verdad es que me sorprendió oírle hablar, aunque realmente de
nada podía asombrarme ya.
—Yo soy extranjero y vengo de un mundo distinto — le dije —. Ni
mi amigo ni yo tenemos nada contra vosotros. Dejadnos marchar.
—Estás perdiendo el tiempo — me aconsejó Kamlot.
—Sí que lo está perdiendo — asintió el angan —. Vosotros sois
vepajanos y tenemos orden de llevar al barco a todos los que encontremos de
vuestra nacionalidad. Tú no pareces vepajano — añadió contemplándome de pies a
cabeza —, pero tu compañero, sí.
—De todos modos, no eres thorista, y por tanto te hemos de
considerar enemigo — terció otro.
Nos quitaron los lazos y nos pasaron cuerdas por el cuello y por
debajo de los brazos. Luego, dos klangan cogieron las cuerdas que maniataban a
Kamlot y otros dos hicieron igual conmigo. Desplegaron sus alas y levantaron el
vuelo, llevándosenos.
Mientras volaban entre los árboles, nuestros cuerpos estaban
suspendidos a pocos pies del suelo, ya que el bosque tenía una baja bóveda de
ramaje. Los klangan hablaban mucho entre ellos, riendo y cantando muy
satisfechos, al parecer, de su hazaña. Tenían una vez suave y melodiosa y sus
canciones recordaban vagamente los cantos religiosos de los negros,
coincidencia que podía haberme sugerido el color de su piel, que era muy
obscura.
Nos llevaron volando a una considerable distancia, que yo no
hubiera podido concretar. Estuvimos volando en el aire más de ocho horas, y
cuando la espesura del bosque lo permitía, velaban a gran velocidad. Parecía
que no se cansaban, si bien Kamlot y yo estábamos materialmente exhaustos mucho
antes de llegar a nuestro destino. Las cuerdas que nos ataban por debajo de los
brazos, cortaban nuestras carnes y esto contribuía a empeorar nuestro estado y
no lo mejoraban los incesantes esfuerzos para agarrarnos a las cuerdas de
arriba y conseguir, en agónica posición, sostener todo el peso del cuerpo con
las manos.
Pero todo acaba y también acabó aquel horrible viaje. De pronto
abandonamos la zona forestal y volamos sobre un bonito y bien guarecido puerto.
Por primera vez contemplé las aguas de un mar de Venus. Entre los dos puntos de
la entrada del puerto, se adentraba éste perdiéndose a lo lejos, misterioso,
intrigante, provocativo. ¿Qué extraña gente vivía en aquellas lejanas tierras?
¿Lo llegaría a saber algún día?
Mi atención se fijó en algo que estaba a la izquierda y que no
había descubierto hasta aquel momento. Vi dos barcos anclados en las tranquilas
aguas del puerto. Fue hacia uno de ellos a donde nos llevaron nuestros
opresores. Cuando nos acercamos lo suficiente vi que las naves diferían poco,
en la forma del casco, de las de la Tierra. Tenían la popa muy alta y la proa
era aguda y se extendía como la curva línea de una cimitarra. Eran largas y
estrechas de manga, como si en su construcción se hubiera pensado particularmente
en la velocidad. ¿Pero como se movían? No tenían mástiles ni velas, ni
imbornal, ni chimeneas. En la popa había dos casetas ovaladas, la menor
descansando sobre la mayor, y sobre la pequeña se levantaba una torreta,
también ovalada, rematada por un minarete. Tanto las casetas como la torrecilla
tenían puertas y ventanas. Según nos íbamos acercando, divisé en cubierta
cierto número de escotillas abiertas y gente de pie en los pasillos que
rodeaban la torrecilla, en la caseta grande y en la cubierta principal. Estaban
observando nuestra llegada.
Así que estuvimos sobre la cubierta, nos vimos rodeados por una
horda vociferante. Un individuo que juzgué oficial de la nave, ordenó que nos
desataran y mientras cumplían sus instrucciones, interrogó a los klangan.
Todos aquellos individuos se parecían tanto en el color como en
el tipo a los vepajanos, pero ofrecían un aspecto más duro y menos inteligente.
Muy pocos eran agraciados. Entre ellos descubrí diferencias de edad y signos de
enfermedades, los primeros que había visto desde mi llegada a Amtor.
Cuando nos hubieron quitado las ligaduras, el oficial nos mandó
que le siguiéramos después de encargar a cuatro sujetos de aspecto patibulario
que nos escoltasen. Avanzamos así y remontamos la torrecilla situada sobre la
caseta más pequeña. Una vez allí, nos dejó fuera y él se adentró en el
interior. Los cuatro vigilantes nos observaban con expresión maligna.
—Vepajanos, ¿eh?—se burló uno de ellos—. Os creéis superiores a
los demás, ¿verdad? Ya os daréis cuenta pronto de que no lo sois en el País
Libre de Thora. Aquí todos somos iguales. No sé para qué os buscan tanto. Si
estuviera en mis manos hacerlo, os daría una buena dosis de esto.
Y al hablar así, dio unos golpecitos en el arma que pendía de su
cinturón.
Aquel arma sugería la idea de una pistola y en seguida supuse
que se trataba de uno de aquellos curiosos artefactos que arrojaban los
mortíferos rayos que me había descrito Kamlot.
Estaba a punto de rogar a aquel individuo que me lo dejara
examinar cuando volvió a salir el oficial del interior de la torrecilla y
ordenó al guardián que nos hiciera entrar.
Nos llevaron a una estancia en la que había un hombre sentado,
de aspecto poco tranquilizador. En su rostro había una sonrisa burlona, la
sonrisa típica del ser inferior ante el superior, tratando de ocultar su
inferioridad, pero sin conseguir otra cosa que poner de manifiesto el complejo
de la misma. Presentí que no iba a congeniar con él.
—Dos klooganfal más — exclamó—. (Ganfal quiere decir criminal)
—. Dos bestias más de las que querían aplastar al proletario.., Pero no lo
conseguisteis, ¿eh? Ahora somos nosotros los amos y ya os daréis cuenta de ello
antes de llegar a Thora. ¿Alguno de vosotros es médico?
—Yo, no — repuso Kamlot.
El individuo que tomé por el capitán del barco fijó los ojos en
mí y me miró detenidamente.
—Tú no eres vepajano—me dijo—. ¿De dónde eres? Nunca habíamos
visto un hombre con el pelo amarillo y los ojos azules.
—Para ti debo ser vepajano—.repliqué—, ya que es la única nación
de Amtor donde he estado. Mi interlocutor se mostraba curioso.—¿Por qué dices
para mí? —insistió.
—Porque lo que tú puedes creer tiene poca importancia en este
casa
Me desagradaba de veras aquel sujeto y cuando una persona me
desagrada, me resulta difícil ocultarlo. No tuve interés alguno en falsear mis
sentimientos en aquellos instantes.
—Conque poca importancia, ¿eh? —gritó incorporándose.
—Siéntate — le aconsejé—. Aquí estás para cumplir las órdenes
que has recibido, o sea llevar vepajanos a tu país. A nadie le importa tu
opinión, pero creo que vas a tener muchos disgustos si no nos llevas sanos y
salvos.
Una conducta más diplomática hubiera contenido mi lengua, pero
yo nunca he sido diplomático, especialmente cuando me enfado y en aquellos
momentos me sentía disgustado y colérico porque había algo en la actitud de
toda aquella gente que provocaba mi indignación. Además, sabía por la
fragmentaria información que había obtenido de Danus y por las observaciones de
los marinos, que aquel individuo nos hubiera matado a gusto, pero que abusaría
de su autoridad si nos hacía daño alguno. De todos modos, comprendí que corría
un albur y esperé con interés el efecto que pudieran producir mis palabras. Las
recibió como un perro furioso al que se golpea, pero se contuvo.
—Ya trataremos de eso más adelante — bramó volviéndose hacia un
libro que se hallaba sobre la mesa—. ¿Cómo te llamas? —preguntó encarándose con
Kamlot.
—Kamlot de Zar — repuso mi compañero.
—¿Qué profesión tienes?
—Cazador y escultor en madera.
—¿Eres vepajano?
—Sí.
— ¿De qué ciudad de Vepaja?
—De Kooaad — repuso Kamlot.
—¿Y tú?—continuó el oficial, dirigiéndose a mí.
—Carson de Napier — repuse, utilizando la fórmula amtoriana—.
Soy vepajano de Kooaad.
—¿De profesión?
—Aviador — contesté, utilizando la palabra y pronunciación
inglesa.
—¿Qué?—preguntó—. No conozco ese oficio.
Trató de escribir la palabra en el libro después de haber
intentado pronunciarla, pero no consiguió ninguna de las dos cosas, ya que en
el lenguaje amtoriano no existen muchos de los sonidos que hay en el inglés.
Por último, para ocultar su ignorancia, escribió lo que le
pareció y que sin duda no había de descifrar. Luego volvió a mirarnos.
— ¿Eres médico?
—Sí — repuse.
Entonces hizo la anotación en el libro, a la vez que yo guiñaba
el ojo a Kamlot disimuladamente.
—Lleváoslos — ordenó el capitán —. Y tened cuidado con éste. Es
médico.
Nos llevaron a la cubierta principal, entre las burlas y
abucheos de la tripulación allí congregada. Vi como retozaban los klangan con
la cola de plumas erecta. Al divisarnos, señalaron a Kamlot y les oí decir a
algunos de los marinos que era el que había dado muerte al basto, de una
estocada. La hazaña pareció despertar general admiración, lo que era lógico.
Nos hicieron entrar en una escotilla y fuimos a parar a un
estrecho y oscuro recinto, mal ventilado, en el que había otros prisioneros.
Algunos eran thoristas castigados por infracciones a la disciplina, y otros
cautivos, como nosotros, y entre estos uno que reconoció a Kamlot llamándole en
voz alta mientras descendíamos al calabozo.
—¡Jodades, Kamlot! — gritó utilizando el saludo amtoriano—. ¡Que
la suerte te ayude!
—¡Ra jodades! — repuso Kamlot —. ¿ Qué mala suerte te trajo
aquí, Honan?
—Mala suerte es una expresión pobre — replicó Honan —. Mejor
sería decir catástrofe. Los klangan merodeaban en busca de hombres y mujeres.
Descubrieron a Duare y la persiguieron. Al intentar yo protegerla, caí cautivo.
—Tu sacrificio no fue vano — observó Kamlot —, aunque hubieras
perecido en el cumplimiento de tu deber.
—Lo triste es que resultó inútil. Esa es la catástrofe.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Kamlot con horror.
—Que se apoderaron de ella — repuso Honan, acongojado.
— ¡Que captaron a Duare! —exclamó Kamlot con un acento
indefinible —. ¡ Por la vida del Jong! ¡ Eso es imposible!
—¡Ojalá lo fuera!
—¿Y dónde se encuentra ahora? —preguntó Kamlot—. ¿En este barco?
—No, se la llevaron al otro, al mayor.
Kamlot parecía anonadado y atribuí aquella consternación a la
desesperada impresión del enamorado que ve perdido irremisiblemente el objeto
de su amor. Nuestro trato no había llegado aún a ese grado de intimidad que
justifica las confidencias, y por eso no me sorprendió no haberle oído hablar
de aquella joven que se llamaba Duare. Naturalmente, en tales circunstancias no
podía hacerle pregunta alguna sobre ella, y por lo tanto respeté su dolor y
silencio y lo abandoné a sus propios pensamientos.
El día siguiente, poco después de amanecer, el barco se puso en
marcha. Me hubiera gustado estar en cubierta para presenciar los fascinadores
paisajes que debía haber en aquel extraño mundo, y mi precaria situación no me
entristecía tanto como pensar que yo, el primer habitante de la Tierra que
consiguió navegar por los mares de Venus, hubiera de verme condenado a
permanecer en aquel calabozo sin poder ver nada. Pero si había creído que nos
iban a dejar en aquella prisión hasta el final del viaje, me equivoqué. Poco
después de haberse puesto el barco en marcha nos hicieron subir a todos a
cubierta para dedicarnos a diversos trabajos de limpieza.
Cuando salimos al aire libre, la nave estaba cruzando los dos
brazos que formaban la entrada del puerto y pude obtener una excelente
perspectiva del país adyacente, de la costa que abandonábamos y del ancho
océano que se perdía en el horizonte.
Veíanse promontorios pétreos, cubiertos de una vegetación de
matices delicados y con pocos árboles, mucho más pequeños que los existentes en
el interior del país. Estos árboles ofrecían un aspecto pavoroso a la mirada de
un hombre de la Tierra, con sus potentes troncos y su coloreada fronda que se
elevaban a cinco mil pies, para perderse de vista entre las nubes. Pero no me
permitieron admirar mucho tiempo una escena tan maravillosa. No se me había
ordenado subir para satisfacer mis aficiones estéticas.
A Kamlot y a mí nos hicieron limpiar y pulir cañones. A ambos
lados de la nave, había un buen número dé ellos, otro en la popa y dos más en
el puente de la torrecilla. Me sentí sorprendido al examinarlos, ya que cuando
llegamos a bordo no había descubierto rastro alguno de armamento. Pronto se
explicó todo. Los cañones estaban montados sobre piezas movibles que
desaparecían de la vista y cuando se bajaban, deslizábanse por unas escotillas
que los ocultaban.
El diámetro de aquellas piezas tendría unas ocho pulgadas,
mientras el orificio apenas era más grueso que mi dedo meñique. Los puntos de
mira resultaban ingeniosos y complicados, pero no existía dispositivo de carga
y descarga ni abertura alguna, a no ser que estuviera oculta debajo de un aro
que recubría la recámara, fuertemente sujeto por medio de remaches. Lo único
que descubrí que se asemejase a un dispositivo de descarga fue cierto mecanismo
montado en la parte de atrás de la recámara y que parecía una biela de las que
se emplean para la rotación en algunos tipos de cañones de la Tierra.
Aquellas armas eran de una largura aproximada de quince pies y
tenían en toda su extensión el mismo diámetro. Cuando se ponían en
funcionamiento debían destacarse de su posición un tercio de su largura, y de
este modo alcanzarían un dominio horizontal más amplio y mayor espacio de
maniobra, lo que debía ser de extraordinaria importancia en una nave como
aquella de estrecha manga.
—¿Qué disparan estos cañones?—pregunté a Kamlot, que trabajaba a
mi lado.
—Rayos-T — repuso.
—¿Difieren mucho esos rayos de los rayos-R que me describiste
cuando estuvimos hablando de las pequeñas armas que usaban los thoristas?
—El rayo-R destruye todos los tejidos animales, y no hay materia
alguna que resista a los rayos-T. Es muy peligroso funcionar con los rayos-T,
porque ni el propio material de que están construidos estos cañones es
invulnerable, y sólo pueden emplearse gracias a que su gran fuerza expansiva se
extiende a lo largo de la línea de menor resistencia, que en este caso es,
naturalmente, el cañón del arma. No obstante, eventualmente, puede destruir el
propio cañón.
—¿Cómo se dispara?—inquirí.
Señaló la palanca situada en el extremo de la recámara.
—Dando una vuelta a esto se levanta un obturador que permite la
irradiación del elemento 93, el cual ataca la carga consistente en elemento 97
y suelta de este modo el rayo mortífero T.
—¿Y por qué no damos media vuelta a este cañón y barremos la
cubierta del barco? — sugerí —. Podríamos aniquilar a los thoristas y recobrar
la libertad.
Señaló entonces un pequeño orificio irregular situado en el
extremo de la palanca.
—Porque no tenemos la llave que facilita su funcionamiento —
repuso.
—¿Y quién tiene esa llave?
—Los oficiales se encargan de custodiar las llaves de los
cañones que están bajo su mando — contestó—. En el camarote del capitán hay
llaves para todos los cañones y él conserva una llave maestra capaz de abrir
cualquiera de ellos. Al menos, éste era el sistema que estaba en vigor en la
antigua flota de Vepaja y seguramente es el que subsiste hoy entre los
thoristas.
—Me gustaría apoderarme de esa llave maestra.
—Y a mí también — asintió —, pero es imposible conseguirlo.
—Nada es imposible.
No contestó, y yo no quise insistir en el asunto, pero me hizo
cavilar bastante.
Mientras me dedicaba a mi trabajo, me di cuenta de lo silenciosa
que era la propulsión de la nave y le pregunté a Kamlot cómo se movía. Me hizo
una explicación prolija y técnica. Baste decir que el utilísimo elemento 93
(vik-ro) entra también en funciones en este caso, en forma de una substancia
denominada «lor» que contiene una considerable proporción del elemento yor-san
(105). La acción del vik-ro sobre el yor-san da como consecuencia la absoluta
descomposición del lor, liberando toda su energía. Si se piensa que hay diez y
ocho millones de veces más de energía en la desintegración de una tonelada de
carbón que en su combustión, es fácil comprender las maravillosas posibilidades
que ofrece tan extraordinario descubrimiento científico. El combustible para
hacer funcionar un barco puede llevarse en una vasija de una pinta.
Me di cuenta en el transcurso de la jornada de que navegábamos
paralelamente a la línea de la costa, después de haber atravesado una zona del
océano en la que no se divisaba terreno alguno. Durante unos días observé que
navegábamos viendo la costa. Esto me hizo colegir que en Venus el área de su
suelo era proporcionalmente mucho mayor que la de sus mares, pero no tuve
ocasión de comprobarlo, ni pude satisfacer mi curiosidad, y en consecuencia no
tomé nota alguna en los mapas que me había descrito Danus.
No tardaron en separarme de Kamlot. A él lo destinaron al
servicio de la cocina que se hallaba situada en la parte posterior de la
cubierta principal, en una caseta de popa. Procuré trabar amistad con Honan,
pero no trabajábamos juntos, y por la noche nos sentíamos los dos tan fatigados
que conversábamos poco antes de caer dormidos sobre el pavimento de nuestra
prisión. No obstante, una noche, recordé la tristeza de Kamlot al rememorar la
figura de aquella joven, cuyo nombre ignoraba yo, y que conocí en el jardín.
Entonces, le pregunté a Honan quién era Duare.
—Es la esperanza de Vepaja — repuso —, y tal vez la esperanza
del mundo entero.
CAPÍTULO IX
SOLDADOS DE LA LIBERTAD
El trato constante produce cierta camaradería, incluso entre
enemigos. Según transcurrían los días, el odio y el desprecio que los marinos
parecían sentir hacia nosotros cuando llegamos a bordo, se convirtieron casi en
una amistosa familiaridad, . como si se hubieran dado cuenta de que después de
todo no éramos tan malos compañeros. Por mi parte, la verdad es que en aquellas
gentes sencillas e ignorantes comenzaba a hallar yo cosas agradables. Resultaba
evidente que eran víctimas de unos jefes sin escrúpulos. Aquello era lo peor
que podía decirse de ellos. Muchos eran afables y generosos, pero su propia
ignorancia les hacía espontáneos en sus reacciones y era fácil exaltar sus
emociones por medio de argumentos capciosos que no hubieran hecho mella en
mentes cultivadas.
Naturalmente, mi relación se hizo más estrecha con mis
compañeros de prisión que con mis guardianes, y pronto cundió entre nosotros la
amistad. Estaban maravillados de mis cabellos rubios y de mis ojos azules, y
constantemente me preguntaban sobre mi ascendencia. Yo les contestaba
sinceramente y entonces crecía su interés y por la noche, después del cotidiano
trabajo, me acosaban para que les relatara cosas de aquel mundo misterioso y
lejano de donde procedía. A diferencia de las personas cultas de Vepaja, creían
todo lo que yo les contaba y así me convertí pronto en un héroe a sus ojos.
Hubiera pedido ser para ellos un dios, si en sus mentes cupiera la idea de la
divinidad.
Por mi parte, yo les interrogaba también y comprobé, sin
sorprenderme, que no se sentían felices con su suerte. Se habían dado cuenta de
que habían cambiado su libertad y su condición proletaria por una nueva
esclavitud, que no podía disfrazarse por una igualdad nominal.
Entre los prisioneros había tres hacia los que me sentí atraído
por sus rasgos personales.
Uno de ellos era Gamfor, hombre tosco, corpulento, que había
sido labrador en los tiempos de los jongs. Era extraordinariamente inteligente
y si bien había tomado parte en la revolución, criticaba ahora amargamente a
los thoristas, aunque me revelaba sus sentimientos en secreto y en voz baja.
Otro era Kiron, el soldado, un tipo bello, de complexión
atlética, que había servido en el ejército del Jong, pero se amotinó con los
otros en tiempos de la revolución. Estaba castigado por indisciplinarse contra
un oficial que antes había sido un modesto empleado del Gobierno.
El tercero había sido esclavo y se llamaba Zog. Lo que le
faltaba de inteligencia le sobraba de fortaleza y buen carácter. Había matado a
un oficial que le pegó y lo llevaban a Thora para someterlo a juicio y
ejecutarlo. Zog mostrábase orgulloso de ser un hombre libre, aunque reconocía
que el entusiasmo iba decreciendo, pues aunque teóricamente todos eran libres,
se daba cuenta de que había gozado de más libertad cuando era esclavo que ahora
que era hombre libre.
—Entonces — afirmaba — tenía un amo. Ahora tengo tantos amos
como oficiales del ejército, espías y soldados hay en Thora. Ellos no se
preocupan de mí, mientras mi antiguo amo se mostraba afable y se preocupaba de
mi existencia.
—¿Te gustaría ser libre de veras? —le pregunté, movido por un
plan que se había ido incubando poco a poco en mi mente. Pero con gran sorpresa
mía me contestó:
—No, preferiría ser esclavo.
—Pero te agradaría escoger tú mismo tu amo, ¿verdad? —insistí.
—Desde luego — repuso —, si encontrara alguien que se mostrara
afable conmigo y me protegiera contra los thoristas.
—¿Y te agradaría escapar de ellos ahora?
—Naturalmente. ¿Pero por qué lo dices? No puedo huir.
—Sin ayuda, desde luego que no — asentí—, pero si se te unieran
otros, ¿te decidirías a intentarlo?
—¿Por qué no? Me llevan a Thora para matarme. Mi suerte no ha de
ser peor haga lo que haga. Pero ¿por qué me haces todas estas preguntas?
—Si consiguiéramos que se nos unieran bastantes, no sé por. qué
no íbamos a poder recobrar la libertad—le dije—. Cuando te veas libre, podrás
mantenerte en libertad o escoger el amo que prefieras.
Lo miré detenidamente para ver cómo reaccionaba.
—¿Pretendes que estalle otra revolución? —me preguntó—.
Fracasaría. Otros la han intentado y fracasaron.
—No una revolución precisamente. Sólo un levantamiento para
recobrar la libertad — aclaré. Zog se mostraba curioso.
—Pero ¿cómo?
—No sería difícil que unos cuantos hombres se apoderaran del
barco — sugerí—. La disciplina está relajada y la guardia, de noche, es muy
exigua. Si a los centinelas se les sorprendiera, no ofrecerían mucha
resistencia.
Los ojos de Zog brillaron.
—Si triunfásemos, muchos de la tripulación se nos unirían •—
dijo—. Pocos son los que se sienten felices y la mayoría odia a la oficialidad.
Estoy seguro de que los prisioneros se incorporarían a nosotros como un solo
hombre. Pero debes tener cuidado con los espías porque andan por todas partes.
Ese es el mayor peligro que corres. Estoy seguro de que entre los prisioneros
hay por lo menos un espía.
—¿Qué opinas de Gamfor? —le pregunté—. ¿Te parece de confianza?
—Puedes confiar en Gamfor — aseguró Zog —.. Aunque habla poco,
leo en sus ojos que odia a los oficiales.
—¿Y Kiron?
—Excelente — exclamó —. Desprecia a esa gente y no se preocupa
de que lo sepan. Por eso está en el calabozo. No es su único delito y corren
rumores de que piensan ejecutarlo. Está acusado de alta traición.
—Yo creí que sólo había contestado mal a un oficial negándose a
obedecerle — dije.
—Eso es alta traición, si quieren deshacerse de él... Puedes
tener confianza en Kiron. ¿Quieres que le hable del asunto?
—No — le advertí —. Le hablaré yo, igual que a Gamfor. Así, si
fracasamos antes de la rebelión, o algún espía averigua nuestro complot, tú no
te verás complicado.
—Poco me importa eso — exclamó—. Sólo me pueden matar por un
delito y lo mismo me da que sea por uno como por otro.
—No obstante, les hablaré y, si resuelven a unirse a nosotros,
ya decidiremos juntos el medio de aumentar el número.
Zog y yo habíamos estado trabajando juntos en la limpieza de la
cubierta, y hasta que llegó la noche no tuve ocasión de hablar con Gamfor y
Kiron. Los dos se mostraron entusiasmados con el plan, pero ninguno tenía fe en
su éxito. A pesar de ello, los dos me ofrecieron su ayuda. Entonces fuimos a
buscar a Zog, y los cuatro cambiamos impresiones hasta media noche. Nos
habíamos apartado a un rincón del calabozo y hablamos susurrando y con las
cabezas juntas.
Destinamos los días siguientes a conquistar adeptos, labor
delicada, ya que todos me aseguraban que entre nosotros había un espía. Cada
candidato era objeto de hábiles sondeos, utilizando medios distintos,
encargándose Gamfor y Kiron de tal misión. Yo fui eliminado de estas gestiones,
pues ignoraba sus ambiciones, sus esperanzas y sus rencores, y, desde luego, su
sicología. También Zog quedó al margen, por exigir esa misión mayor grado de
inteligencia que la suya.
Gamfor avisó a Kiron que no revelase el plan a ningún prisionero
que confesara con demasiado descaro su odio hacia los thoristas.
—Esa es una artimaña que adoptan los espías para evitar todo
recelo de traición y para tentar a los otros a confesar su apostasía.
—Escoged a quienes hayan sufrido verdaderos agravios y se
muestren muy reservados — aconsejé.
Sabía yo muy poca cosa del manejo del barco, si conseguíamos
capturarlo, y traté de ello con Gamfor y Kiron. Sus explicaciones me sirvieron
de orientación, aunque no fueron todo lo detalladas que yo hubiera deseado.
Los amtorianos habían concebido una brújula similar a la
nuestra. Según me contó Kiron, señalaba siempre hacia el centro de Amtor, es
decir, hacia el centro de la mítica zona circular que lleva por nombre Strabol,
o Tierra Caliente. Esta afirmación me daba a entender que nos hallábamos en el
hemisferio sur del planeta. La aguja de la brújula tenía dirección Norte, hacia
el polo magnético Norte. Como no existe Sol, Luna ni estrellas, la navegación
tiene que orientarse a ciegas. Debido a esto han perfeccionado instrumentos de
extremada precisión, que localizan la costa a gran distancia, determinando ésta
con justeza, así como su dirección. Cuentan además con otros instrumentos para
determinar la velocidad, longitud de millas y rumbo, y del mismo modo la profundidad.
También recogen los sonidos en un radio de una milla.
En todos los instrumentos de medición de distancias utilizan la
radioactividad de los núcleos de varios elementos. El rayo gamma, al que ellos
dan, desde luego, otro nombre, es invulnerable contra las fuerzas magnéticas
más intensas y resulta, naturalmente, el medio ideal para este fin. Se mueve en
línea recta y a una velocidad uniforme, hasta que encuentra un obstáculo, ante
el que, aunque no interrumpe su expansión, la retarda y el instrumento se
encarga de recoger este retraso y la distancia a que ocurrió. El instrumento
capta la distancia que media entre el barco y el fondo del océano, donde los
rayos encuentran resistencia. Trazando un triángulo rectángulo en el que está
representada esta distancia por la hipotenusa, es fácil calcular .tanto la
profundidad del océano como la distancia desde el barco, ya que se dispone de
un triángulo del que se conoce un lado y los tres ángulos.
Debido a. lo defectuoso de los mapas, el valor de estos
instrumentos queda muy reducido, pues sean cuales sean las rutas marcadas,
salvo hacia el Norte, si las naves avanzan en línea recta siempre se acercan a
las regiones antárticas. Saben que existe suelo firme delante, pero nunca
identifican el país excepto cuando se trata de una travesía corta y ya
conocida. Por eso, viajes que debían ser cortos se alargan de un modo
considerable. Otra consecuencia es que el radio de la navegación de Amtor está
muy reducido.
Llegó a pensar que existen áreas enormes en la zona templada del
Sur que nunca han visitado ni los pobladores de Vepaja ni los de Thora, y del
hemisferio Norte no tienen ni idea siquiera. En el mapa que me mostró Danus
había áreas extensísimas en las que sólo aparecía la palabra «joram», océano.
Debido a esto precisamente tenía yo confianza en poder conducir
la nave por lo menos con la misma destreza que sus oficiales y en esto
coincidía Kiron.
—Al menos conocemos en líneas generales cuál es el camino de
Thora — arguyó —. Así, pues, podríamos navegar en dirección contraria.
Según iba madurando nuestro plan, se iba perfilando más y más su
viabilidad. Veinte prisioneros estaban ya confabulados con nosotros. Cinco de
ellos eran de Vepaja. Organizamos el grupo utilizando consignas secretas que se
cambiaban diariamente, signos y una clave sencilla, recuerdo de mis días
escolares. Adoptamos asimismo una denominación. Nos llamábamos Soldados de la
Libertad. A mí me designaron «vookor», o sea capitán. Gam-for, Kiron, Zog y
Honan eran los principales lugartenientes. Yo dispuse que Kamlot sería el
segundo de a bordo, caso de que consiguiéramos adueñarnos de la nave.
El plan estaba trazado con todos los detalles y pormenores. Cada
hombre sabía exactamente cual era su misión. Unos tenían que reducir al
silencio a los centinelas y otros tenían que infiltrarse en los camarotes de
los oficiales para apoderarse de las llaves y armas. Luego teníamos que
enfrentarnos con la tripulación y hacer un llamamiento general a los que se nos
quisieran incorporar. En cuanto a los otros... Bueno, se me presentaba un
problema. Casi unánimemente, todos los Soldados de la Libertad deseaban aniquilar
en masa a los que no se unieran a nosotros, y verdaderamente no había otra
alternativa, pero confié que, al fin, quizá podría hallar otra solución más
humanitaria.
Había un individuo entre los presos que despertaba el recelo de
todos nosotros. Era muy rudo, pero no era esto lo que nos hacía desconfiar,
sino que se mostraba demasiado atrevido en censurar a los thoristas. Lo
vigilamos estrechamente evitando su trato lo más posible, y todos los de la
banda estaban prevenidos contra él. Gamfor fue el primero en juzgarle
sospechoso. Se llamaba Anoos y constantemente buscaba el trato de los
confabulados, trabando con ellos conversaciones que casi siempre se referían al
mismo asunto: los thoristas y el odio que les tenía. Siempre estaba preguntando
a irnos cosas de los otros e insinuaba que algunos debían ser espías, pero como
todos estábamos apercibidos, sabíamos guardarnos. Podía abrigar tantas
sospechas como quisiese. Mientras no pudiera presentar pruebas contra nosotros,
no podría hacernos daño.
Un día, vino a verme Kiron, evidentemente muy excitado.
Era al atardecer y ya nos habían traído la cena: pescado frío y
un pan duro y negruzco.
—Tengo noticias, Carson — susurró.
—Vamos a un rincón y cenaremos juntos — le propuse.
Allí nos dirigimos, riendo y hablando con naturalidad de los
incidentes de la jornada. Cuando nos habíamos sentado en el suelo y nos
disponíamos a cenar, se nos acercó Zog.
—Siéntate aquí, Zog — le dijo Kiron—. Tengo que decir algo que
sólo los Soldados de la Libertad pueden oír.
No dijo Soldados de la Libertad, sino «kung, kung, kung». Eran
las iniciales del grupo en lenguaje amtoriano. Kung es el signo gráfico que
representa el sonido «K» y cuando traduje las iniciales, no pude evitar la
sonrisa al observar la coincidencia con el nombre de una célebre sociedad
secreta norteamericana.
—Mientras yo hablo — nos advirtió Kiron —, vosotros debéis reír
a menudo, como si os estuviera contando una anécdota graciosa. Así nadie
sospechará... Hoy he estado trabajando en la armería del barco, en la limpieza
de pistolas. El soldado que me vigilaba es un antiguo amigo mío. Servimos
juntos en el ejército del Jong y me quiere como a un hermano. Estuvimos
hablando de otros tiempo, de cuando luchábamos bajo la bandera del Jong y
comparamos aquellos días con los actuales. Especialmente, comparábamos los oficiales
del viejo régimen con los de hoy. Mi amigo, igual que yo y que todos los
antiguos soldados, detesta a los oficiales. Por esto pasamos juntos un buen
rato. De pronto, me preguntó: «¿ Qué hay de ese rumor que corre sobre una
rebelión de los prisioneros?» Casi di un brinco, pero me contuve sin dejar
traslucir emoción alguna. Hay veces en que uno no puede fiarse ni de un
hermano. «¿Qué has oído decir?», le pregunté. «Oí como hablaban dos oficiales»,
me contó, «y uno de " ellos decía que cierto individuo llamado Anoos había
informado al capitán de lo que ocurría y que el capitán le dijo que obtuviera
los nombres de los prisioneros que juzgaba comprometidos en la conspiración y
los planes que tenían, si le era posible conseguirlo. «¿Y qué dijo Anoos?», pregunté
a mi amigo. «Contestó que si el capitán le proporcionaba una botella de vino,
creía poder conseguir emborrachar a uno de los conspiradores y sonsacarle todos
los detalles de la trama.» Mi amigo me miró fijamente y luego dijo: «Kiron,
somos más que hermanos. Si puedo ayudarte, no tienes más que pedírmelo.» Yo
sabía que hablaba sinceramente y, comprendiendo lo cerca que estábamos de
vernos descubiertos, decidí mostrarme franco con él y solicitar su cooperación.
Así lo hice. Espero que no juzgarás equivocada mi táctica, Karson.
—De ninguna manera — le tranquilicé —. Nos hemos visto obligados
a revelar nuestros planes a otros a quienes conocíamos menos, y en los que
podíamos confiar también menos. ¿Qué contestó tu amigo al revelarle la verdad?
—Me dijo que nos ayudaría y que cuando diéramos el golpe se
uniría a nosotros. Me prometió también que muchos otros harían como él... Pero
lo más importante de todo fue que me proporcionó una llave de la armería.
— ¡Magnífico! —exclamé—. Ahora ya nada puede aplazar nuestra
rebelión.
— ¿Esta noche? —preguntó Zog con ansiedad.
—Esta noche — repuse—. Comunica la palabra de consigna a Gamfor
y a Honan, y los cuatro encargaos de transmitirla a todos los Soldados de la
Libertad.
Nos echamos a reír ruidosamente, como si uno de nosotros acabase
de contar un chiste graciosísimo, y entonces Kiron y Zog se marcharon para
comunicar a Gamfor y Honan nuestro plan.
Pero en Venus, como en la Tierra, los planes mejor preparados
pueden convertirse en agua de borrajas. Todas las noches, desde que comenzamos
a navegar, partiendo del puerto de Vepaja, habían dejado la escotilla abierta
para aminorar los pésimos olores de nuestro calabozo y favorecer la
ventilación. Un solo centinela patrullaba por allí para evitar que alguno de
nosotros saliera. Pero aquella noche la escotilla permaneció cerrada.
—Esto es el resultado de la delación de Anoos — gruñó Kiron.
—Tendremos que dar el golpe de día — susurré—, pero esta noche
no podremos hacer circular la consigna. Está tan obscuro abajo que podría
descubrirnos alguno que no pertenezca a la banda.
— Entonces, mañana — dijo Kiron.
Tardé mucho en dormirme aquella noche. Mi mente estaba
conturbada por mil temores sobre la suerte de nuestro plan. No cabía duda de
que el capitán abrigaba sospechas y aunque no conocía en detalle lo que se
tramaba, sospechaba que algo ocurría, por lo que había decidido adoptar medidas
de seguridad.
Durante las horas que permanecí en vela ultimé los detalles del
plan que habíamos de ¡levar a la práctica la mañana siguiente. De pronto, sentí
que alguien se movía en la estancia y de vez en cuando escuché cuchicheos.
Comencé a cavilar sobre quién sería y de qué podría tratarse.
Recordé la botella de vino que Ancos debía de tener ya en su poder y paso por
mi mente la idea de que acaso estuviese invitando a alguien. Finalmente escuché
un rumor ahogado, luego otro semejante a un suspiro y, por último, reinó de
nuevo el silencio en la estancia.
—Alguien debía de tener una pesadilla — me dije, y me dormí.
Llegó al fin la mañana y se abrió la escotilla permitiendo que
una leve claridad alumbrara nuestra prisión. Un marinero se presento con un
cesto que contenía nuestro frugal desayuno, y lo rodeamos. Cada uno cogió su
ración y nos apartamos para desayunar. De pronto, oyóse un grito en el otro
extremo del calabozo. . —¿Qué es esto?—exclamó alguien—. ¡Anoos ha sido
asesinado!
CAPÍTULO X
EL MOTÍN
Sí, Anoos había sido asesinado y se produjo un gran alboroto y
un enorme griterío. Más alboroto y más griterío, a mi modo de ver, de lo que
lógicamente debía ocasionar la muerte de un simple prisionero. Los oficiales y
los soldados irrumpieron en el calabozo. Encontraron a Anoos tendido boca
arriba con una botella de vino al lado. En su garganta observábanse las huellas
de unos dedos vigorosos. Había perecido estrangulado.
Se nos llevó prestamente a cubierta y se nos sometió a un
registro por orden del capitán para ver si llevábamos armas. El propio capitán
de la nave dirigía la investigación y se mostraba enfurecido y excitado, y,
según me pareció, manifiestamente atemorizado. Nos interrogó a cada uno y
cuando me llegó el turno, no le dije lo que había oído durante la noche,
manifestando que había dormido todo el tiempo en uno de los rincones del
calabozo, al otro extremo de donde fue hallado el cuerpo de Anoos.
—¿Tratabas al hombre asesinado?—me preguntó.
—Igual que le trataban los demás — repuse.
—Pero tú habías trabado estrecha amistad con algunos de los
encarcelados—me hizo observar, receloso—. ¿Hablabas con ese hombre?
—Sí, me habló en varias ocasiones. —¿De qué?—insistió el
capitán.
—Principalmente me hablaba de sus resentimientos con los
thoristas.
— ¡Pero si él era thorista! — exclamó el capitán.
Comprendí que estaba tratando de averiguar si abrigaba yo alguna
sospecha sobre las maquinaciones de Anoos pero no fue lo suficientemente hábil
para salir airoso.
—Pues nunca lo hubiera creído, si he de hacer caso de sus
palabras — repuse —. Si era thorista resultaba traidor a su patria, ya que no
hacía más que insistir en que me incorporase a cierta confabulación para
apoderarse del barco y asesinar a la oficialidad. Creo que hizo la misma
preposición a otros muchos.
Hablaba yo lo suficientemente alto para que me oyeran todos, ya
que quería que los Soldados de la Libertad siguieran mi ejemplo. Si algunos de
nosotros contaban lo mismo, tai vez quedaran los oficiales persuadidos de que
la conspiración no pasaba de una trama que ideó el muerto para captarse
simpatías y obtener recompensas de sus superiores. Esta táctica no era nueva
entre los espías...
— ¿Y consiguió convencer a alguno de los prisioneros? —preguntó
el capitán.
—Me parece que no... Todos se burlaban de él.
—¿Tienes idea de quién ha podido asesinarlo?
—Probablemente algún patriota indignado por su felonía.
Procedió a interrogar a otros en términos parecidos, y me
satisfizo ver que todos contestaban lo mismo. El traidor los había acosado con
sus perfidias, pero los Soldados de la Libertad rechazaron virtualmente sus
propuestas. Zog afirmó que no había hablado nunca con él, lo que me pareció
cierto.
Cuando el capitán hubo acabado su interrogatorio, estaba más
lejos de la verdad que cuando comenzó las pesquisas y creo que se alejó bien
convencido de que en la denuncia de Anoos no había nada de cierto.
Estuve bastante preocupado mientras se llevaba a cabo el
registro por temor de que hallaran la llave de la armería encima de Kiron, pero
no fue así y más tarde me enteré de que se la había escondido entre el cabello,
la noche anterior, como precaución ante una eventualidad como la que estaba
ocurriendo.
El día amtoriano tiene 26 horas, 56 minutos, 4 segundos del
sistema terrestre, que los amtorianos dividen en veinte períodos iguales
llamados «te», denominación que, para mayor claridad, traduciré utilizando el
equivalente más idóneo: la hora, aunque ésta se halla formada de 80.895
minutos. Se daban las horas a bordo por medio de una trompeta y se empleaba
distinta tonalidad musical en cada hora del día. La primera hora, o sea la una,
coincidía con la presunta salida del sol. A tal hora se obligaba a los prisioneros
a levantarse y se les daba el desayuno. Cuarenta minutos después tenían que
comenzar a trabajar y la jornada duraba hasta las diez, con un breve intervalo
de descanso para almorzar a mediodía. A veces se nos permitía cesar en el
trabajo a las nueve, y hasta a las ocho, a capricho de nuestros amos.
Aquel día se reunieron los Soldados de la Libertad durante el
período de descanso del mediodía y como yo estaba dispuesto a una acción
inmediata, hice correr la voz de que daríamos el golpe por la tarde, en el
momento en que el trompeteo diera las siete. Como muchos de nosotros
trabajábamos en la popa, cerca de la armería, nos preparamos para irrumpir en
ella, encargándose Kiron de abrirla, caso de que estuviera cerrada. Otros
habían de atacar a los soldados que se hallasen más cerca utilizando cualquier
objeto que pudiera servirles de arma, o con los puños si no disponían de
ninguno, arrebatándoles los sables y las pistolas. Cinco de nosotros teníamos
que habérnoslas con los oficiales. La mitad de nosotros debíamos lanzar
constantemente el grito de guerra: «¡Por la libertad!», y la otra mitad se
encargaría de arengar a los demás prisioneros y soldados para que se nos
unieran. Era un plan insensato en el que sólo mentes desesperadas podían
depositar confianza.
Se escogió las siete de la tarde porque a esta hora los
oficiales estaban casi todos ellos congregados en la sala de guardia donde se
les servía un ligero refrigerio. Hubiéramos preferido dar el golpe por la
noche, pero temíamos que continuara la medida de encerrarnos abajo y nuestra
experiencia con Anoos nos había enseñado que pudiera descubrir nuestra
conspiración cualquier otro espía. Por esto no quisimos esperar más.
Tengo que confesar que mi excitación crecía por mementos, a
medida que se iba acercando la hora. De vez en cuando, observaba a los otros
partícipes de nuestra pequeña banda y en algunos de ellos también noté señales
de excitación, mientras otros proseguían su trabajo con tanta normalidad como
si no hubiera de ocurrir nada anómalo. Zog era uno de estos últimos. Trabajaba
cerca de mí y nunca dirigía la mirada hacía el puente en que se hallaba la
torrecilla, desde la que pronto sonaría la trompeta con sus notas fatales. Yo,
en cambio, no podía apartar la mirada de allí. Nadie hubiera podido pensar que
Zog estaba dispuesto a atacar a aquel soldado que rondaba cerca de él ni que la
noche anterior había matado a un hombre. Estaba tarareando una canción mientras
trabajaba.
Gamfor y, afortunadamente, también Kiron, estaban trabajando en
la popa, barriendo la cubierta. Vi como Kiron procuraba acercarse cada vez más
a la puerta de la armería. ¡Cuánto me hubiera gustado que Kamlot se hallase
entre nosotros en aquel momento crucial! Podía haber sido un elemento
valiosísimo para asegurar el éxito de nuestro golpe de mano, y, en cambio, ni
siquiera sabía que tramábamos el ataque y que estaba a punto de recobrar la
libertad.
Al mirar a mi alrededor, mis ojos tropezaron con los de Zog que,
muy serio, me guiñó el ojo izquierdo. Con ello me indicaba que estaba
preparado. Aunque aquel signo era en sí tan poca cosa, me prestó alientos.
Durante la media hora última me había sentido muy solo.
Se aproximaba el momento crítico. Me acerqué más a mi guardián,
de tal modo que me situé precisamente enfrente de él y de espaldas. Estaba yo
bien seguro de lo que iba a hacer y confiaba en el éxito. Poco podía pensar
aquel hombre que, al cabo de un minuto, acaso de unos segundos, quedaría
tendido en cubierta como una masa inerte o que el prisionero a quien estaba
vigilando llevaría su sable, su daga y su pistola, en el momento en que el
toque de las siete vibrase suavemente entre las ondas tranquilas del mar
amtoriano.
En aquel instante, estaba yo de espaldas a las casetas de
cubierta y no pude ver el trompetero al salir de la torrecilla para dar la
hora, pero sabía perfectamente que no tardaría mucho en destacarse su silueta
en el puente. Sin embargo, cuando sonó la primera nota me sobresaltó tanto como
si no la esperara. Presumo que sería a causa de la tensión nerviosa de los
últimos momentos.
De todos modos, mi nerviosidad era puramente mental y no afectó
en lo más mínimo a mis reacciones físicas. Cuando repercutió suavemente la
primera nota en mis oídos, giré sobre mis talones y blandí el puño que fue a
incrustarse en la mejilla de mi confiado guardián. Fue un golpe de los que se
llaman de leñador. El guardián se desplomó y mientras yo me inclinaba sobre su
cuerpo para apoderarme de sus armas, surgió el estruendo en cubierta. Los
alaridos, maldiciones y gemidos, se mezclaban confusamente y en medio de todo
destacaba el grito de guerra de los Soldados de la Libertad. Mi banda había
dado el golpe, y lo había dado bien.
Escuché por vez primera el estridente silbido de las armas de
fuego amtorianas. ¿Habéis visto funcionar un aparato de rayos-X? Pues era algo
parecido, pero mucho más agudo y siniestro. Arranqué del cinturón de mi abatido
guardián el sable y la pistola, sin tiempo para quitarle la correa. Ahora tenía
que enfrentarme con la escena que tanto esperaba. Vi como el vigoroso Zog
arrebataba el armamento a un soldado y luego levantaba su cuerpo en vilo y lo
arrojaba por la borda. Evidentemente, Zog no tenía tiempo para hacer
prosélitos.
Ante la puerta de la armería se desarrollaba una batalla.
Algunos de los nuestros querían entrar y unos soldados disparaban contra ellos.
Corrí hacia allí. Un soldado me cortó el paso y escuché el silbido de los
mortíferos rayos que debieron de pasar muy cerca de mí. Tenía que estar muy
nervioso o era un mal tirador, pues no me acertó. Le apunté con mi arma y
apreté el botón. El soldado se desplomó sobre la cubierta con un orificio en el
pecho y yo seguí corriendo. La lucha se desarrollaba ante la puerta de la
armería, cuerpo a cuerpo, con sables, dagas y puños. Los componentes de ambos
bandos estaban tan mezclados que nadie se atrevía a utilizar las armas de
fuego, por temor de herir a un camarada.
Me lancé en medio de aquella vorágine. Me puse la pistola en el
cinto y agredí con el sable a un individuo de aspecto brutal que se disponía a
acuchillar a Honan. Luego agarré a otro por el pelo y lo arrastré apartándolo
de la puerta y llamé a Honan para que acabara con él. Yo no tenía tiempo para
clavar y desclavar el sable. Lo que deseaba era penetrar en la armería a fin de
ponerme al lado de Kiron y auxiliarlo. Oía como mis hombres proferían
incesantemente nuestro grito de guerra «¡Por la libertad!» y arengaban a los
soldados para que se unieran a nosotros. Tenía la impresión de que todos los
prisioneros lo habían hecho ya. Otro soldado interceptó mi paso. Peco estaba de
espaldas. Me disponía a agarrarlo pata entregárselo a Honan o a sus compañeros,
cuando le vi hundir la daga en el cuerpo de otro soldado a la vez que gritaba:
«¡Por la libertad!». Al menos habíamos conseguido un converso. Aunque en
aquellos momentos yo no lo sabía, la verdad era que muchos se nos habían unido
ya. Cuando conseguí entrar, al fin, en la armería, encontré a Kiron que estaba
distribuyendo armas tan deprisa como podía. Muchos de los amotinados se
encaramaban a las ventanas de la estancia, a fin de obtener armas, y Kiron les
entregaba sables y pistolas para que se encargasen de distribuirlos en
cubierta.
Al comprobar que allí todo se desarrollaba perfectamente, reuní
un grupo de hombres y me precipité hacia la escalerilla para subir a la
cubierta principal, desde la que los oficiales disparaban contra los amotinados
y cabría también decir que contra su propia gente. Este proceder despiadado y
estúpido fue una de las causas que decidió a muchos a unirse a nosotros. Casi
el primero de nuestro grupo que encontré arriba fue Kamlot. Llevaba el sable en
una mano y la pistola en la otra, y en aquel momento estaba disparando contra
un grupo de oficiales que intentaban llegar a la cubierta del centro para
ponerse al frente de sus soldados leales.
Me dio un vuelco el corazón al ver de nuevo a mi amigo, y
mientras corría a su lado y abría fuego contra los oficiales, me dedicó una
rápida sonrisa de bienvenida.
Tres de los cinco oficiales que se enfrentaban con nosotros
habían caído ya y los dos restantes se lanzaron a la escalerilla para subir al
puente de mando. Detrás de nosotros se agolpaban más de veinte amotinados
ansiosos de alcanzar aquel puente en el que los oficiales supervivientes se
habían congregado en busca de refugio. Los amotinados que se precipitaban hacia
aquel lugar crecían por momentos. Kamlot y yo tratamos de abrirnos paso, pero
cuando estábamos al pie de la escalerilla, el turbión humano se desbordó y se
lanzó furioso contra los oficiales.
Carecían de todo control y como eran pocos los genuinos
componentes de la banda de los Soldados de la Libertad, los más desconocían
quien era su jefe, lo que dio como resultado que cada uno obrara por cuenta
propia. Yo hubiera deseado proteger a los oficiales y tal era mi intención,
pero fue inútil pretender evitar la orgía de sangre y la desproporcionada
pérdida de vidas humanas.
Los oficiales se defendían como fieras, de espaldas a la pared,
e hicieron una gran matanza entre los rebeldes, pero fueron al fin dominados
por la superioridad numérica. Cada soldado y cada marino parecían tener un
resentimiento particular con alguno de los oficiales o con todos ellos, y
dominados por una furia salvaje asaltaron una y otra vez el último reducto, que
era la torrecilla ovalada del puente de mando.
Cuando un oficial caía herido o muerto, era arrojado por la
baranda a la cubierta, donde aguardaban voluntarios para arrastrarlo hasta la
borda y arrojarlo al mar. Por fin consiguieron los amotinados asaltar la
torrecilla, desde la que, después de acuchillarlos, arrojaron a los restantes
oficiales a la cubierta principal o a la de más abajo, en la que esperaba una
multitud aterradora y ululante.
El capitán fue el último que arrancaron del refugio. Lo hallaron
escondido en un armario de su camarote. Su presencia provocó un clamor de odios
y de furia como nunca creí poder escuchar. Kamlot y yo estábamos cerca,
presenciando, sin poder impedirlo, aquel último holocausto de rencores. Vimos
como destrozaban materialmente al capitán y lo arrojaban al mar.
Con aquella muerte acabó la batalla. El barco estaba en nuestro
poder. Mi plan había triunfado, pero, de pronto, surgió en mi mente la idea de
que había echado sobre mí la responsabilidad del poder y que acaso no
conseguiría imponerme. Apreté el brazo de Kamlot.
—Sígueme — le dije encaminándome hacia la cubierta central.
— ¿Cómo va a acabar todo esto?—preguntó Kamlot mientras nos
abríamos paso entre los excitados rebeldes.
—En mi plan contaba con el motín, pero no con esta matanza —
repuse —. Ahora hemos de intentar imponer el orden.
Mientras me dirigía a la cubierta central, procuré ir recogiendo
el mayor número de auténticos adheridos a la banda de los Soldados de la
Libertad, y cuando llegué, al fin, a donde deseaba, los reuní a mi alrededor.
Entre los amotinados descubrí al trompetero que había señalado, sin darse
cuenta de ello, la hora de nuestra rebelión y le ordené que diera la señal con
la trompeta para que todo el mundo se reuniera en la cubierta central. No sabía
yo si obedecerían o no la orden, pero es tan fuerte el hábito de la disciplina
entre los hombres acostumbrados a ella que tan pronto escucharon la llamada
comenzaron a concentrarse en aquel lugar de la nave, irrumpiendo de todas
partes.
Me encaramé a uno de los cañones y rodeado de mi fiel banda,
anuncié que los Soldados de la Libertad se habían adueñado de la nave y que los
que quisieran seguirnos habían de obedecer al vookor de la banda. Los otros
serían desembarcados.
—¿Quién es el vookor? —preguntó un soldado al que reconocí como
uno de los más crueles en el ataque a los oficiales.
—Yo — repuse.
—El vookor debe ser uno de nosotros — protestó.
—Carson fue el que planeó el levantamiento y lo llevó a buen fin
— gritó Kiron—. Carson es nuestro vookor.
De las gargantas de mis incondicionales y un centenar de nuevos
reclutas surgió un clamor de aprobación, pero muchos otros guardaron silencio o
se pusieron a hablar en voz baja con los que estaban a su lado. Entre estos
últimos se hallaba Kodj, el soldado que había hecho objeciones a mi jefatura, y
comprendí que se estaba incubando una facción.
—Es necesario que todo el mundo vuelva a su puesto. El barco ha
de seguir navegando y poco importa el que lo mande. Si hay algún problema sobre
quién ha de ser el capitán, ya lo resolveremos después. Mientras tanto, yo soy
el que ordena aquí. Kamlot, Gamfor, Kiron, Zog y Honan son mis lugartenientes y
conmigo se encargarán del mando de la nave. Todas las armas deben ser
inmediatamente entregadas a Kiron, en la armería, excepto las de los que, por
estar encargados de la vigilancia, deban llevarlas.
— ¡A mí nadie me desarma! —vociferó Kodj —. Tengo tanto derecho
como cualquiera a llevar armas. Aquí todos somos hombres libres y yo no recibo
órdenes de nadie.
Zog, que se había ido acercando mientras hablaba, le agarró por
la garganta con una de sus manazas y con la otra le arrancó el cinturón.
—Tú acatas las órdenes del nuevo vookor o te tiro de cabeza al
mar — gritó mientras le despojaba de su armamento y se lo entregaba a Kiron.
Reinó un breve silencio y la situación se hizo tensa, casi
amenazadora. De pronto, uno soltó una carcajada y gritó:
—A mí no me hace gracia la idea de que me desarmen... como a
Kodj.
Aquella salida produjo la hilaridad general y comprendí que, al
menos por el momento, el peligro había pasado. Adivinando Kiron que el instante
era propicio, ordenó a todos que bajasen a la armería a depositar sus armas, y
los primitivos componentes de la banda que habían sobrevivido, se encargaron de
escoltarlos.
Una hora antes de amanecer, el orden y la rutina de a bordo
parecían restablecidos, Kamlot, Gamfor y yo nos reunimos en el cuarto de
derrota de la torrecilla. El otro barco se veía algo alejado y nos pusimos a
discutir los medios que podíamos poner en práctica para capturarlo sin
derramamiento de sangre y rescatar a Duare y otros vepajanos prisioneros. Esta
idea nació en mi mente desde que empecé a concebir el plan de adueñarnos de
nuestra nave y fue lo primero que ansió Kamlot después que conseguimos aquietar
a la gente de a bordo y restablecer el orden, pero Gamfor se mostraba
francamente escéptico sobre la viabilidad del proyecto.
—A la gente de a bordo no le interesa la suerte de los
vepajanos— nos recordó — y no les hará gracia la idea de exponer la vida y
arriesgar la libertad que acaban de conseguir en una aventura que no significa
nada para ellos.
—¿Tú qué opinas, personalmente?—le pregunté.
—Yo estoy dispuesto a obedecer — repuso—y haré todo lo que me
ordenes. Pero yo soy sólo uno y tienes que consultar la opinión de doscientos
hombres.
—Así debe ser — intervino Kamlot con tono aliviado.
—Informad a los demás oficiales que atacaremos al «Sovong» al
amanecer — les instruí.
—Pero no podemos disparar contra el barco sin que corra peligro
la vida de Duare — objetó Kamlot, alarmado.
—Pienso abordarlo — repliqué—. A esa hora sólo estarán
despiertos los centinelas. En algunas ocasiones, se han acercado los dos barcos
con el mar en calma, y por eso no despertará recelo que nos aproximemos ahora.
El equipo de abordaje lo formarán cien hombres, y permaneceremos reunidos hasta
que se dé a bordo la orden, en el momento en que las dos naves se hallen
juntas.
A esa hora de la mañana suele estar tranquilo el mar, pero si
mañana no hubiera buena mar, habremos de aplazar el golpe para otro día.
—Da órdenes terminantes para que no haya matanzas inútiles. No
debe matarse a nadie salvo si se resiste. Transportaremos al «Sofal» todas las
armas pequeñas del «Sovong» y la mayor parte de sus provisiones, así como los
prisioneros que lleva.
— ¿Y qué te propones hacer cuando hayas conseguido tu propósito
! — preguntó Gamfor.
—De eso iba a hablar, pero primero quiero cerciorarme del estado
de ánimo de los hombres que llevamos a bordo. Tú y Kamlot os encargaréis de
comunicar a los otros oficiales mi plan. Luego convocad a los Soldados de la
Libertad y explicadles cuáles son mis intenciones. Una vez hecho esto, decidles
que propaguen el proyecto entre el resto de la tripulación, comunicándoos los
nombres de aquellos que no lo reciban de buen grado. Serán transportados más
tarde al «Sovong», con otros que decidiremos a última hora. A las once, la
gente debe de estar congregada en la cubierta principal y entonces les
explicaré a todos mi plan, al detalle.
Cuando Kamlot y Gamfor se hubieron marchado para cumplir mis
órdenes, yo volví al cuarto de derrota. El «Sofal» había aumentado su velocidad
y alcanzaba progresivamente al «Sovong», pero no de modo que sugiriese la
sospecha de una persecución. Estaba yo seguro de que en el «Sovong» ignoraban
lo que había ocurrido en nuestro barco, ya que los amtorianos, al menos que yo
supiera, desconocían el uso de la radiocomunicación y los oficiales del «Sofal»
no tuvieron tiempo para dar la señal de alarma a sus compañeros del «Sovong»,
tan súbito fue el estallido de la rebelión.
A medida que se iban acercando las once empecé a observar
grupitos de hombres que se congregaban en distintos lugares de la nave,
discutiendo, evidentemente, las instrucciones que habían hecho circular entre
ellos los Soldados de la Libertad. Uno de los grupos, bastante más numeroso que
los otros, estaba capitaneado por Kodj, que les arengaba vociferando. Desde el
principio, se había puesto de manifiesto que aquel individuo era un revoltoso,
aunque yo desconocía cuál sería su influencia en la tripulación. De todos
modos, estaba convencido de que la emplearía contra mí y había adoptado la
decisión de deshacerme de él tan pronto hubiéramos apresado el «Sovong».
La gente se congregó prestamente cuando la trompeta dio la hora
y yo bajé por la escalerilla a fin de dirigirles la palabra. Me quedé en uno de
los últimos peldaños, donde todos podían verme, dominándolos desde allí. La
mayoría mostrábanse quietos y atentos, pero había un pequeño grupo en el que se
murmuraba. Kodj estaba en el centro de aquel grupo.
—Al romper el alba iremos al abordaje y apresaremos al «Sovong»
— dije —. Recibiréis las órdenes de vuestros oficiales inmediatos, pero quiero
hacer resaltar una en particular. Ha de evitarse toda matanza inútil. Después
que hayamos apresado el barco, transportaremos al «Sofal» todas las
provisiones, armas y prisioneros que juzguemos necesarios. Al mismo tiempo,
llevaremos al «Sovong» todos aquellos de vosotros que no queráis permanecer en
este barco bajo mi mando, y aquellos que yo, personalmente, no quiero que se
queden entre nosotros.
Y al decir esto, miré fijamente a Kodj y al grupo de
descontentos que le rodeaban.
—Ya explicaré oportunamente cuáles son mis ideas para el
porvenir, para que cada uno de vosotros pueda decidirse a ser o no un miembro
fiel de mi tripulación. Los que se decidan a quedarse tendrán que aceptar
estrictamente mis órdenes. Todo el mundo participará de los beneficios que
produzcan nuestras actividades. Nuestra finalidad será de doble carácter:
apresar el mayor número de naves thoristas y explorar zonas desconocidas de
Amtor, así que hayamos devuelto a su país a los prisioneros vepajanos. En nuestra
empresa no faltará la excitación y la aventura. Tampoco faltarán los peligros,
y deseo que se alejen de mi lado los cobardes y los revoltosos. Conseguiremos
botín, pues estoy seguro de que son muchos los barcos thoristas que cruzan los
mares, cargados de riquezas, y sé que hallaremos mercado fácil para colocar el
producto de la guerra. Y guerra tendremos, puesto que estoy determinado a que
los Soldados de la Libertad luchen contra la opresión y la tiranía de los
thoristas... Volved ahora a vuestros recintos y estad preparados para cumplir
con vuestro deber al romper el alba.
CAPÍTULO XI
DUARE
AQUELLA noche dormí poco. Mis oficiales venían constantemente
para informarme. Por ellos me enteré de lo que era más importante, el
pensamiento de la tripulación. Nadie se mostraba hostil a la idea de apoderarse
del «Sovong», pero había diversas opiniones sobre lo que se había de hacer
después. Unos cuantos deseaban desembarcar en Thora para poder volver a sus
casas, pero los más mostrábanse entusiasmados con la idea de dedicarnos a
saquear barcos mercantes. En cambio, el proyecto de explorar países desconocidos
les llenaba a la mayor parte de temor. Había algunos que se mostraban reacios a
devolver los prisioneros vepajanos a su nación, y existía un grupo vocinglero y
alborotador que insistía en que el mando de la nave debía entregarse a los
thoristas. En esto descubrí la mano de Kodj, aun antes de que me informaran de
que la sugerencia procedía del grupo que le seguía.
—Pero hay por lo menos un centenar en cuya lealtad puedes
confiar — dijo Gamfor —. Te aceptan como jefe y te obedecerán a ciegas.
—Ármalos — le ordené—.Y los demás que se queden abajo hasta que
hayamos abordado al «Sovong». ¿Qué opinas de los Mangan? No participaron en el
motín. ¿Están con nosotros o contra nosotros?
—Obedecen a quien les manda — repuso Kiron riendo —. No tienen
iniciativa alguna, y salvo cuando se ven impelidos por el hambre, el odio o el
amor, no se mueven sin que un superior se lo ordene.
—Y no se preocupan de quien pueda ser — intervino Zog —. Hasta
que su amo perece, los vende o los regala, o es suplantado, suelo servir con
lealtad. Después depositan la misma lealtad en cualquier otro amo.
—Se les ha dicho que eres el nuevo capitán—observó Kamlot —, y
obedecerán.
Como sólo había a bordo cinco de aquellos hombres-pájaros, no me
había preocupado grandemente de lo que ocurría con ellos, pero me satisfacía
saber que no estaban en una posición antagónica.
Al dar la hora veinte, ordené que se reunieran los cien hombres
de mi confianza y entraran todos en la barraca de la cubierta inferior; el
resto quedó confinado en el interior de la nave, desde las primeras horas de la
noche. Se evitó un segundo motín gracias a que previamente había sido desarmada
toda la gente de a bordo, excepto los leales Soldados de la Libertad. Durante
el transcurso de la noche, nos fuimos aproximando más y más a! desprevenido
«Sovong» hasta llegar escasamente a un centenar de yardas por la parte de popa.
Desde allí vi destacarse el barco en la penumbra misteriosa de la noche de
Amtor, sin luna, con los puntitos blancos y coloreados de sus linternas y la
silueta de sus centinelas vagamente visibles en cubierta.
E! «Sofal» se iba acercando progresivamente hacia su presa.
Llevaba el timón de nuestra nave un Soldado de la Libertad que había sido
oficial de la marina thorista. Nadie se veía en nuestra cubierta, salvo los
centinelas. En la barraca de la cubierta inferior un centenar de hombres
esperaban la orden de abordaje. Yo permanecía con Honan en el cuarto de
derrota. El tenía que encargarse del mando del «Sofal» mientras nosotros
realizábamos el abordaje. Mi atención estaba concentrada en el cronómetro
amtoriano. El «Sofal» se acercó un poco más al «Sovong». Entonces Honan dio al
individuo de enlace una orden y nos arrojamos sobre nuestra presa.
Me precipité por la escalerilla hasta llegar al centro de la
cubierta principal y di a Kamlot la consigna. El estaba en la puerta de la
barraca. Los dos barcos se encontraban ahora tan juntos que casi se tocaban. El
mar estaba en calma, sólo movido por un leve oleaje que balanceaba suavemente
las naves. Por último, llegamos tan cerca que cualquiera podía salvar de un
salto el espacio que mediaba entre las dos cubiertas. Un centinela del «Sovong»
nos gritó:
—¿Qué hacéis ahí? ¡Apartaos!
Por toda réplica, me precipité hacia adelante y salté a bordo
del otro barco seguido por cien hombres silenciosos. Nadie gritó y el alboroto
fue escaso. Sólo se oía el rumor de los pies y el leve chirrido de las armas.
Los garfios de abordaje se agarraron a la borda del «Sovong».
Cada uno de los hombres tenía instrucciones del papel que debía desempeñar.
Dejé a Kamlot al cuidado de la cubierta principal y me dirigí al puente de
mando con una docena de hombres mientras Kiron conducía a una veintena de
incondicionales a la segunda cubierta, en la que estaba congregada la mayoría
de los oficiales.
Antes de que el oficial de guardia hubiera podido darse cuenta
de lo que ocurría, le encañoné con mi pistola.
—No te muevas — le dije — y no sufrirás daño alguno.
Mi plan consistía en apoderarme de tantos enemigos como fuese
posible antes de que cundiera la alarma, y de este modo evitar un inútil
derramamiento de sangre. De ahí la necesidad de silencio.
Entregué el oficial a uno de mis hombres, después de desarmarlo,
y luego fui en busca del capitán, mientras dos de mis acompañantes se ocupaban
del piloto.
Hallé el capitán en el momento en que acudía en busca de sus
armas. El inevitable ruido del abordaje le había despertado y, suponiendo que
ocurría algo anormal, encendió la luz de su cuarto y se levantó apoderándose de
su armamento.
Yo me arrojé sobre él y le arrebaté la pistola antes de que
pudiera utilizarla. Pero entonces se echó hacia atrás blandiendo el sable y nos
quedamos inmóviles un momento.
— ¡Ríndete! —le dije—. ¡No te pasará nada!
—¿Quién eres?—me preguntó—. ¿De dónde vienes?
—Estaba prisionero en el «Sofal», pero ahora soy su comandante.
Si quieres evitar derramamiento de sangre, sal conmigo a cubierta y da la orden
de rendición.
—Y después, ¿qué? ¿Para qué nos habéis abordado, si no pensáis
matarnos?
—Para apoderarnos de parte de vuestras provisiones y armas y
rescatar a los prisioneros de Vepaja — expliqué.
En aquel momento llegó hasta nosotros el peculiar silbido de un
pistoletazo. Procedía de la cubierta inferior.
— ¿Con que no pensabais matar a nadie? —rugió.
—Si quieres que cese, sal conmigo y da la orden de rendición —
repliqué.
—No creo en tus palabras — protestó —. Es un ardid.
Se me echó encima blandiendo el sable. No quise matarlo a sangre
fría y por eso repelí su ataque utilizando sólo mi sable. El me llevaba ventaja
por su destreza, ya que yo no estaba acostumbrado al empleo del sable
amtoriano, pero en cambio yo le aventajaba en fortaleza y movilidad, poniendo
en juego algunas artimañas de esgrima que había aprendido durante mi estancia
en Alemania.
El sable amtoriano está ideado principalmente como arma de
corte, y su peso, casi uniforme hasta la punta, lo hace muy eficaz como
instrumento de ataque, mientras que esta eficacia es menor como arma defensiva.
Me hallé, pues, enfrentado con un ataque de tajos y mi defensa era difícil. El
capitán era ágil y sabía manejar su arma. Dada su experiencia, pronto se dio
cuenta de que yo era un novato y comenzó a abusar de su superioridad hasta tal
punto que pronto hube de arrepentirme de mi ingenuidad de no hacer uso de la
pistola al comenzar el duelo. Ahora era ya demasiado tarde y mi contrincante me
acosaba de tal modo que no me dejaba coyuntura para sacar aquella arma.
Me obligó a ir retrocediendo en la estancia hasta conseguir
cubrir la puerta y una vez allí, seguro de su triunfo, se dispuso a consumarlo.
El duelo, por lo que a mí se refería, se desarrollaba puramente a la defensiva.
Tan veloz y persistente era su ataque que yo únicamente podía limitarme a la
defensa y durante los primeros minutos del encuentro, no conseguí ni una sola
vez dirigirle una estocada.
Pasó por mi mente la idea de lo que habría ocurrido con los hombres
que me acompañaron en la aventura, pero el orgullo me impedía reclamar su
auxilio, aunque supe más tarde que de nada me hubiera servido intentarlo.
Estaban demasiado ocupados en repeler los ataques de varios oficiales que
habían irrumpido inesperadamente.
Los dientes de mi contrincante dibujaban una línea en una feroz
sonrisa, como si estuviera bien seguro de su victoria y se vanagloriase
anticipadamente. El chasquido de los aceros resonaba estridente, con varias
tonalidades, entre las cuatro paredes del camarote en que tenía efecto el
duelo. Yo no sabía si la lucha seguía en otras partes del barco, y, caso de ser
así, si se desarrollaba a favor nuestro o en contra. Tenía que saberlo.
Constituía un imperativo categórico, ya que yo era el responsable de lo que
ocurriera en el «Sovong». Tenía que salir de aquel camarote para ponerme al
frente dé mis hombres, victoriosos o derrotados.
Estos pensamientos me colocaban en una situación más crítica de
lo que hubiera sido de haber estado en juego sólo mi vida, y me dio ánimos para
realizar un esfuerzo heroico a fin de salir de aquel trance. Tenía que
aniquilar a mi contrincante y había de hacerlo pronto.
El había conseguido acosarme de espaldas a la pared y la punta
de su sable me había tocado una vez en la cara y dos en el cuerpo, y aunque las
heridas eran ligeras, yo estaba cubierto de sangre. Se lanzó sobre mí, con la
ambiciosa aspiración de acabar con mi vida, pero esta vez no retrocedí. Paré el
golpe de tal modo que su sable pasó por la derecha de mi cuerpo, que estaba muy
cerca del suyo, y entonces le apunté con mi sable y antes de que pudiera
ponerse en guardia se lo clavé en el corazón. Se desplomó en el suelo. Le
extraje el arma que tenía clavada y salí del camarote. Toda aquella escena se
había desarrollado en breves minutos, aunque a mí me pareció un rato mucho más
largo. En el mismo espacio de tiempo habían ocurrido muchas más cosas en la
cubierta del barco que en aquel camarote del «Sovong». La cubierta superior
estaba limpia de enemigos y uno de mis hombres se hallaba ya ante el timón y
otro ante los controles. En la cubierta principal aun se luchaba con algunos
oficiales que hacían un último esfuerzo con un puñado de sus hombres. Cuando yo
llegué ya había acabado todo. Los oficiales se habían rendido, con la promesa
de Kamlot de que sus vidas serían respetadas. El «Sovong» estaba en nuestro
poder. El «Sofal» había conseguido su primera presa.
Cuando me presenté en medio de los excitados luchadores, en la
cubierta principal, debía ofrecer yo un triste aspecto, sangrando como estaba
de mis tres heridas, pero mis hombres me recibieron con grandes aclamaciones.
Supe más tarde que se había notado mi ausencia en la batalla de la cubierta
principal, lo que produjo mala impresión. Sin embargo, cuando me vieron
aparecer con las huellas del combate, recobré mi prestigio y estimación.
Aquellas tres heridas leves me fueron muy valiosas. Se vio acrecentada desproporcionadamente
su impresión psicológica debido a la copiosa sangre que cubría mi cuerpo.
Rodeamos rápidamente a los vencidos y los desarmamos. Kamlot, al
frente de un grupo de sus hombres, libertó a los cautivos de Vepaja, a los que
trasladó en el acto al «Sofal». Casi todos eran mujeres, pero yo no presencié
el momento de ser trasladados de barco. Me imaginé la emoción que
experimentarían Kamlot y Duare al encontrarse de nuevo, siendo así que el
primero no esperaba volver a verla jamás.
Se transportó con presteza al «Sofal» todo el pequeño armamento
del «Sovong», dejando sólo lo necesario para el equipo de la oficialidad de la
maltrecha nave. Se encargó de esta misión Kiron y fue llevada a cabo por
nuestros hombres de confianza, mientras Gamfor con un contingente de nuevos
prisioneros transportaba las provisiones sobrantes del «Sovong» a bordo de
nuestro barco. Una vez hecho esto, ordené que fueran arrojados al mar todos los
cañones del «Sovong». Al menos así aminoraría la potencialidad bélica de Thora.
Se cumplió el último acto en aquel drama del mar, el traslado de un centenar de
prisioneros del «Sofal» al «Sovong», a la vez que con la dádiva enviaba mis
recuerdos al capitán. No pareció éste muy satisfecho con el regalo, pero era
lógico. Los prisioneros nunca constituyeron un grato presente. Muchos de ellos
me rogaron que les dejara quedarse en el «Sofal», pero ya tenía yo más hombres
en mi barco de los necesarios para su navegación, y defensa. Y, además, todos
ellos habían desaprobado total o parcialmente mi plan, por lo que no podía
confiar en su lealtad y en su cooperación, resultándome por tanto inútiles.
Aunque parezca extraño, Kodj fue el más tenaz. Casi se puso de
rodillas para suplicarme que le permitiera quedarse en el «Sofal»,
prometiéndome la mayor fidelidad de que fuera capaz un hombre. Pero yo no me
fiaba de Kodj y así se lo dije. Cuando
se convenció de que no podía conmoverme, se revolvió contra mí
jurando por la memoria de todos sus antepasados que se vengaría, aunque tuviera
que esperar mil años.
Al volver al «Sofal» ordené que soltaran los garfios de abordaje
y de nuevo navegaron aparte las dos naves, el «Sovong» continuando, su ruta
hacia el puerto de Thora, al que se dirigía, y el «Sofal» hacia Vepaja. Me
preocupé entonces de informarme de la importancia de nuestras bajas y supe que
habíamos tenido cuatro muertos y veintiún heridos, habiendo sido las bajas del
«Sovong» mucho más elevadas.
Dejé transcurrir la mayor parte del día discutiendo con mis
oficiales la organización del personal de a bordo y la sistematización de las
actividades de aquella aventura, en lo que Kiron y Gamfor me resultaron de
inestimable valor. Hasta últimas horas de la tarde no tuve ocasión de
informarme del estado de los cautivos de Vepaja a los que habíamos devuelto la
libertad. Cuando le pregunté a Kamlot sobre el asunto, me dijo que no habían
sufrido mucho en su cautiverio a bordo del «Sovong».
—Esos granujas tienen orden de llevar a Thora las mujeres sin
que sufran daño alguno y en buen estado — me explicó —. Las destinan a
personajes más destacados que los simples oficiales, y ésta es su mejor
salvaguardia.
—No obstante, Duare me dijo que el capitán se había mostrado
atrevido con ella Si lo hubiera sabido yo cuando llegué a bordo del «Sovong»,
me hubiera encargado de matarlo por su atrevimiento — añadió Kamlot con tono
sombrío y dando muestras de gran excitación.
—Ya puedes estar tranquilo — dije —. Duare ha sido vengada.
—¿Qué quieres decir?
—Que yo maté al capitán — aclaré.
Me puso una mano en el hombro y en sus ojos brilló un destello
de alegría.
—Una vez más te has hecho merecedor de la eterna gratitud de
Vepaja — exclamó —. Me hubiera gustado ser yo el agraciado por la suerte para
matar a esa bestia humana y borrar así la injuria inferida a Vepaja, pero, de
no ser yo, me alegro de que hayas sido tú, Carson.
Parecióme que exageraba un poco las cosas y daba demasiada
importancia a la conducta del capitán del «Sovong», ya que la muchacha no había
sufrido ninguna afrenta, pero me lo expliqué teniendo en cuenta que el amor
crea estos problemas artificiosos en la mente de los enamorados y una ofensa a
una dama puede llegar a considerarse una calamidad pública.
—Bueno, el asunto ya está acabado — le dije —. Tu novia vuelve a
ti sana y salva.
Al oír aquello pareció aterrorizarse.
— ¡Mi novia! — exclamó —. ¡Por todos los ascendientes de todos
los jongs de Vepaja! ¿Pero es que no sabes quién es Duare?
—Creí que era la mujer de tus ensueños — confesé—. ¿Quién es?
—¡Claro que la amo! —me explicó—. Todos los de Vepaja la aman...
¡Es la hija virginal de un Jong de Vepaja!
Si hubiera estado anunciando la presencia de una diosa, no lo
hubiera hecho con mayor reverencia y sumisión. Traté de mostrarme más
impresionado de lo que realmente estaba por temor a ofenderle.
—Si hubiera sido la mujer de tus amores, aun me hubiera
complacido más tomar parte en su rescate que si fuera la hija de una docena de
jongs — contesté.
—Comprendo la intención que inspiran tus palabras — repuso—,
pero que no te oigan los de Vepaja hablar así. Me contaste algo de las
divinidades de ese extraño mundo de que procedes... Pues bien, el Jong y sus
hijos son tan sagrados como ellas.
—Entonces también lo serán para mí — le aseguré.
—Por cierto, voy a decirte algo que te va a agradar. A cualquier
vepajano le parecería un gran honor. Duare desea verte para darte las gracias
personalmente. Es un acto irregular, desde luego, pero las circunstancias hacen
impracticables las costumbres y la etiqueta de nuestro país. Unos centenares de
hombres la han visto, muchos le han hablado, y casi todos eran enemigos. Por
eso no hay mal alguno en que vea al que supo defenderla y proteger a sus
amigos.
Yo no acababa de entender el significado de las palabras de
Kamlot, pero asentí y le dije que presentaría mis respetos a la princesa antes
de acabar el día.
Estaba yo demasiado ocupado y, a decir verdad, no me emocionó
mucho la idea de visitar a la princesa. Más bien, casi la temía. Nunca fui
aficionado a rendir pleitesía y mostrarme cortesano con la realeza, pero
comprendí que el respeto que me merecían los sentimientos de Kamlot me obligaba
a cumplir lo antes posible con aquel rasgo cortés. Como él había acudido a su
trabajo, me dirigí solo a las habitaciones que en la cubierta segunda se habían
destinado a Duare.
Los amtorianos no llaman a la puerta, sino que silban.
Constituye esto una modificación mejorada de nuestras costumbres. Cada uno
tiene su manera de silbar y algunos lo hacen con modalidades muy laboriosas.
Pronto se acostumbra uno a reconocer el silbido de los amigos. Llamar con los
nudillos indica sólo que se desea entrar. Un silbido expresa el mismo deseo y
además revela la identidad del visitante.
Mi silbido era muy sencillo. Consistía en dos notas bajas,
seguidas de otra más alta y larga. Mientras silbaba de este modo ante la puerta
de Duare, no estaba pensando en la princesa, sino en otra joven que se
encontraba más lejos, perdida entre los árboles que envolvían la ciudad de
Kooaad, en Vepaja. Con frecuencia surgía en mi memoria la figura de aquella
muchacha que únicamente había visto un par de veces, a la que hablé sólo una
para confesarle un amor que me dominaba tan completa y espontáneamente, tan
inexorablemente como se cierne la muerte en nuestro porvenir.
Respondiendo a mi señal, se oyó una suave voz femenina que me
invitaba a entrar. Así !o hice y me enfrenté con Duare. Mis ojos se dilataron y
a mis mejillas acudió el rubor.
— ¡ Tú! — exclamé.
Me sentía totalmente desconcertado... Era la joven del jardín
del Jong.
CAPÍTULO XII
BARCO A LA VISTA
QUÉ extraña coincidencia! Por lo imprevista me dejó mudo, y la
confusión de Duare resultaba también manifiesta... Sí, era una paradoja
imprevista, un feliz incidente... al menos para mí.
Avancé hacia ella y mis ojos debieron de revelar más de lo que
yo creía, pues retrocedió unos pasos y se ruborizó más intensamente.
— ¡No me toques! —susurró —. ¡ No te atrevas a tocarme!...
—¿Acaso te hice daño alguna vez?
Aquella pregunta pareció prestarle confianza y negó con la
cabeza.
—No — admitió —. Nunca me hiciste daño..., físicamente. Te he
mandado llamar para darte las gracias por el favor que me has hecho, pero no
sabía que fueras tú. Ignoraba que el Carson de que me hablaban fuera el mismo
hombre que...
Se detuvo y me miró con una expresión implorante.
—El hombre que te dijo en el jardín del Jong que te amaba —
terminé.
—¡No lo repitas! —gritó—. ¿Es que no te das cuenta de la grave
ofensa que me infieres, del crimen que constituye tu declaración?
— ¿Es un crimen amarte?—pregunté.
—Es un crimen decírmelo — repuso con cierta altivez.
—Pues entonces me siento culpable de un gran delito — contesté
—, porque no puedo por menos de confesarte que te amo, que te amé desde el
primer instante en que te vi.
—Pues si es así, no deberás volver a verme y no podrás volverme
a decir esas palabras — afirmó decidida —. Gracias al favor que me has hecho te
perdono tus pasadas ofensas, pero no las repitas.
— ¿Y si no puedo remediarlo? —insistí.
—Pues no tienes más remedio — afirmó, muy seria —. Es una
cuestión de vida o muerte.
Sus palabras me asombraron.
—No comprendo lo que quieres decir — observé.
—Kamlot, Honan y todos los vepajanos que están a bordo te
matarían si lo supieran — repuso —. Mi padre, el Jong, te haría ajusticiar,
cuando volviéramos a Vepaja. Todo depende de , lo que le cuente yo.
Me acerqué un poco más a ella y le miré los ojos.
—Pero tú no se lo contarás — susurré.
—¿Por qué no? ¿Qué te hace pensar de ese modo? —me preguntó con
una voz ligeramente temblorosa.
—Porque tú deseas que te ame — replique, en plan de reto
cariñoso.
Golpeó el suelo con el pie, enfadada.
— ¡ Eres un insensato, un descortés, un loco! — exclamó —. ¡ Sal
en el acto de mi camarote! ¡ No quiero volver a verte!
Se agitó su seno, relampaguearon sus ojos... Estaba muy cerca, y
repentinamente sentí el deseo vehemente de estrecharla entre mis brazos. Quería
oprimir su cuerpo contra el mío, cubrir sus labios de besos, pero más aún que
todo aquello deseaba su amor y por eso supe dominarme, por temor a ir demasiado
lejos y perder la ocasión de captar el cariño que creía se ocultaba en su
subconsciente. No sé por qué me sentía tan seguro de ello, pero así era. Me
hubiera sido imposible sentirme atraído por una mujer que sintiera repugnancia
hacia mí. Desde el primer instante que descubrí a aquella muchacha observándome
desde el jardín de Vepaja, me sentí seguro interiormente del interés que por mí
sentía, tal vez algo más que interés. En aquello me juzgaba aún más intuitivo
que una mujer.
—Siento que me expulses condenándome prácticamente al exilio —
le dije—. No creo merecer esto, pero desde luego, mi moral y la tuya son
diferentes. Para mí no hay mujer alguna que se sienta ultrajada por el amor de
un hombre y por su confesión, salvo si está ya casada con otro.
Una repentina idea cruzó por mi mente, una idea que no se me
había ocurrido antes.
—¿Perteneces ya a otro hombre?—le pregunté, acongojado por tal
sospecha.
— ¡ Eso no! — protestó —. Aun no tengo diez y nueve años.
Me maravillé de que no se me hubiera ocurrido hasta aquel
instante que la joven del jardín del Jong pudiera estar casada.
No sé por qué, pero me alegró saber que no tenía setecientos
años. Muchas veces me había preguntado cuál sería su edad, aunque, después de
todo, poca importancia podía tener aquel detalle, ya que en Venus y hasta
cierto límite nadie tiene más edad que la que aparenta... desde luego, en lo
que se refiere a sus atractivos.
—¿Te vas a marchar o quieres que llame a un vepajano para que se
enteren todos de tu conducta? — inquirió.
—¿Y que me maten? No, tú no puedes hacerme creer que serías
capaz de hacer eso.
—Entonces, soy yo la que me marcho — afirmó—, y recuerda que no
volverás a verme ni hablarme.
Con esta despedida, con este ultimátum tan poco alentador, salió
de la estancia y se marchó a otra de sus habitaciones. Parecía que con aquello
había terminado nuestra entrevista. Como no era pertinente que la siguiera, di
media vuelta y me dirigí desconsolado hacia el camarote destinado al capitán,
situado en la torrecilla.
Cuando me puse a meditar sobre la situación, hube de reconocer
que no sólo no había progresado en mi cortejo, sino que la perspectiva estaba
muy lejos de serme propicia. Una barrera infranqueable parecía levantarse entre
los dos, aunque no sabía yo en qué consistía realmente. No podía admitir que le
fuera totalmente indiferente, pero esto acaso no fuera más que un reflejo de mi
egoísmo. Resultaba evidente, por sus palabras y acciones, que no deseaba tener
trato alguno conmigo. Yo era incuestionablemente persona non grata.
A pesar de ello, o tal vez por ello mismo, comprendí que aquella
segunda y más larga entrevista había servido para aumentar mi pasión dejándome
en un estado de amorosa desesperanza. Su presencia a bordo del «Sofal» era un
incentivo constante y su prohibición de mantener relación alguna conmigo sólo
servía para incrementar mi ansiedad. Me, sentía desdichado y la monotonía de
aquel viaje de vuelta a Vepaja, sin previsibles incidentes, me prestaba escasa
distracción. Me hubiera agradado hallar algún barco, pues cualquier nave había
de ser enemiga. Estábamos fuera de la ley, éramos piratas, bucaneros,
corsarios. Me inclino más hacia esta última denominación que tiene cierta
tradición caballeresca para definir nuestra condición. Desde luego, Mintep no
nos había encargado que saqueáramos barcos en beneficio de Vepaja pero habíamos
comenzado a luchar contra los enemigos de Vepaja y por eso creía que el título
más apropiado era el de corsarios. De todos modos, tampoco me hubiera asustado
ninguna de las otras dos denominaciones. La palabra bucanero tiene una
sonoridad que sugestiona a mi fantasía y es más distinguida que la palabra
pirata.
Los nombres tienen su importancia. Desde el primer momento, por
ejemplo, me gustó el de nuestro barco, «Sofal». Acaso fuera la psicología
inherente a este nombre lo que me sugirió el oficio que iba a iniciar. Quiere
decir «matador». «Fal» es un verbo que significa matar. El prefijo «so» tiene
el mismo valor que nuestro «or» Por tanto, «sofal» quiere decir matador. La
palabra «vong» significa en amtoriano «defender», y «Sovong», el nombre de
nuestra primera presa, significa «defensor», pero el «Sovong» no había sabido
honrar a su nombre.
Estaba aún pensando en esas tonterías para tratar de olvidar a
Duare, cuando se me acercó Kamlot y yo decidí aprovechar la ocasión para
hacerle algunas preguntas sobre las costumbres de Amtor que regulaban las
relaciones entre hombres y mujeres. Comenzó él a tratar del asunto,
preguntándome si había visto a Duare.
—La he visto — repuso —, pero no comprendo su actitud. Me ha
dado a entender que constituía casi un crimen que yo la mirase.
—En circunstancias ordinarias, así es — contestó Kamlot —, pero,
como te he explicado ya, lo que ha sucedido reduce temporalmente la importancia
de ciertas leyes y costumbres venerables en Vepaja..., Las jóvenes vepajanas
llegan a su mayoría de edad a los veinte años y hasta entonces no pueden unirse
a hombre alguno. La costumbre, que tiene casi la misma fuerza que la ley,
impone aún mayores restricciones a las hijas del Jong. No deben hablar ni
siquiera ver a ningún hombre, salvo sus parientes y unas cuantas personas de
confianza, bien seleccionadas, hasta que cumplen los veinte años. Si faltan a
esta prescripción acarrean la desgracia para ellas y la muerte para el hombre.
— ¡Qué ley tan absurda! —comenté sin comprender todo el
significado que había de tener ante los ojos de Duare mi transgresión.
Kamlot se encogió dé hombros.
—Será una ley muy absurda — dijo —, pero es ley y en el caso de
Duare su cumplimiento significa mucho para todos nosotros porque es ella la
esperanza de Vepaja.
No era la primera vez que había oído a Kamlot juzgar así a la
joven, pero no acababa de comprender su sentido.
— ¿Qué quieres decir al afirmar que es la esperanza de Vepaja? —
pregunté.
—Mintep no tiene más hijos que ella. No tuvo hijos varones,
aunque cien mujeres procuraron darle un hijo. La dinastía se acaba si Duare no
tiene un hijo, y para tenerlo es esencial que el padre sea del suficiente rango
para ser el padre de un jong.
— ¿Y han designado ya quién ha de ser?
—Desde luego, no — repuso Kamlot —. No se abordará el asunto
hasta que Duare haya cumplido los veinte años.
— ¡Y tiene aun sólo diecinueve! —observé dejando escapar un
suspiro.
—Así es — asintió Kamlot mirándome fijamente —, pero hablas como
si se tratara de algo trascendental para ti.
—¡Claro que es trascendental! —admití.
— ¿Qué quieres decir?—inquirió.
—Que he de casarme con Duare.
Kamlot dio un brinco y empuñó su sable. Era la primera vez que
le veía tan excitado y llegué a temer que me matara en el acto.
— ¡Defiéndete! —gritó—. No puedo matarte a sangre fría,
—¿Y por qué pretendes matarme?—pregunté—. ¿Es que te, has vuelto
loco?
La punta del sable de Kamlot se abatió lentamente.
—No quiero matarte — repuso con cierta tristeza y
sobreponiéndose a su excitación —. Eres mi amigo y me has salvado la vida dos
veces. Preferiría matarme yo, pero lo que acabas de decir merece ese castigo.
Me encogí de hombros. Todo aquello me resultaba incomprensible.
—¿Y qué he hecho para merecer la muerte? —insistí.
—Pretender casarte con Duare.
—En el mundo de donde procedo se mata a los hombres por no
querer casarse, en determinadas circunstancias, con una mujer— le dije—. Ya
puedes matarme, pues te he confesado la verdad.
Mientras Kamlot me amenazaba de aquella manera, yo permanecí
sentado ante la mesa de mi camarote y no me levanté, pero luego me incorporé y
me enfrenté con él. Dudó un momento y se me quedó mirando. Por último volvió a
envainar el sable.
— ¡No puedo! —exclamó sordamente—. Que mis antepasados me
perdonen. No puedo matar a mi amigo. Hay que reconocer que tu actitud es menos
condenable, pues ignoras nuestras costumbres. A veces me olvido de que procedes
de un mundo distinto al nuestro. Pero ahora que me he hecho cómplice de tu
crimen, perdonándotelo, contéstame a esta pregunta. ¿Qué te hace creer que has
de casarte con Duare? Aunque te siga escuchando, no voy a aumentar mi culpa.
—Pretendo casarme con ella porque estoy seguro de amarla y
adivino que ella casi me corresponde.
Al escuchar mi declaración, Kamlot dio muestras de sobresalto y
horror.
— ¡Eso es imposible! —gritó—. ¡Ella no ha podido verte antes y
por tanto ignora los sentimientos de tu corazón y tus locos desvaríos!
—Te equivocas. Me había visto antes y conoce de sobra lo que tu
llamas mis locos desvaríos — aseguré—. Le confesé mi amor en Kooaad y hoy se lo
he vuelto a repetir.
—¿Y ella te escuchó?
—Se asustó —admití —, pero me escuchó. Después me amonestó y me
obligó a salir de la estancia.
Kamlot dejó escapar un suspiro de consuelo
— ¡Al menos, ella no se ha vuelto loca! No acabo de comprender
en que basas tu creencia de que pueda corresponder a tu amor.
—Sus ojos la traicionan, y lo que es más elocuente... No me ha
denunciado sabiendo que me condenaba a muerte. Meditó sobre mi réplica y movió
la cabeza.
—Todo esto es una gran locura — afirmó—. Sigo sin comprenderlo.
Dices que hablaste con ella en Kooaad, pero eso me parece imposible. De todos
modos, si la habías visto antes, ¿cómo prestaste tan poco interés por su suerte
cuando supiste que estaba prisionera en el «Sovong»? ¿Por qué suponías que se
trataba de mi novia?
—Porque no supe hasta hace pocos minutos que la joven que vi en
el jardín de Kooaad era Duare, la hija del Jong.
Pocos días después, volví a hablar con Kamlot en mi camarote y
cuando estaba charlando con él nos interrumpió un silbido de llamada a la
puerta. Invité a entrar a quien fuese y se presentó uno de los vepajanos
prisioneros que habíamos rescatado en el «Sovong». No procedía de Kooaad, sino
de otra población de Vepaja, y por eso ninguno de los otros vepajanos de a
bordo sabía nada de él. Se llamaba Vilor y parecía un buen sujeto, aunque un
poco taciturno.
Habíase mostrado muy interesado con los klangan y estaba a
menudo con ellos, pero explicaba su interés el hecho de que era un hombre de
estudios y deseaba conocer la idiosincrasia de los hombres-pájaros, a los que
hasta entonces no había tenido ocasión de ver.
—He venido a rogarte que me nombres oficial del barco —
explicó—. Me gustaría estar a tus órdenes y desempeñar cargos de
responsabilidad en la expedición.
—Nuestra dotación de oficiales está completa — le contesté —.
Tenemos todos los hombres que necesitamos. Además, si te he de hablar con
franqueza, debo confesarte que no sé si reúnes las condiciones que se requieren
para este cargo. Mientras llegamos a Vepaja, tendré ocasión de conocerte más a
fondo y si te necesitara, contaría contigo.
—Me gustaría hacer algo. ¿No podría encargarme de la custodia de
la Janjong hasta que lleguemos a Vepaja?
Se refería a Duare, cuyo título, compuesto de las palabras hija
y rey, es sinónimo de princesa. Me pareció observar cierta excitación en el
tono de su voz al formular este ruego.
—Ya está bien guardada — repuse.
—Me agradaría encargarme de ello — insistió—. Sería una prueba
de amor y de lealtad hacia mi Jong, y podría hacer la guardia de noche.
Generalmente, a nadie le gusta hacerla.
—No es preciso — corté secamente —. Ya está la guardia
suficientemente organizada.
—La Janjong se encuentra en los camarotes de la segunda
cubierta, ¿verdad?—preguntó. Le contesté que sí.
——¿Y hay siempre un centinela?
—Siempre hay un hombre ante la puerta por la noche—afirmé.
— ¿Sólo uno? —volvió a interrogar, como si le pareciera
insuficiente.
—Como hay otros centinelas hemos juzgado suficiente uno solo
ante la puerta. A bordo del «Sofal», la Janjong no tiene enemigos.
Me expliqué su insistencia por la ansiedad que toda aquella gente
mostraban por la seguridad de las reales jerarquías. Finalmente, Vilor renunció
a insistir y se marchó rogándome que no dejara de acordarme de su ruego.
—Parece preocuparse de la tranquilidad de Duare más aun que tú —
dije a Kamlot cuando Vilor hubo salido.
—Sí, ya lo he notado—repuso mi lugarteniente, pensativo,
—Nadie puede preocuparse tanto como yo por ella — dije —, pero
no creo que sean precisas más precauciones.
—Ni yo tampoco — asintió Kamlot —. Ahora está bien protegida.
Olvidamos a Vilor y nos pusimos a hablar de otros asuntos. De
pronto, escuchamos la voz del centinela apostado en la torrecilla:
— ¡Voo notar! (Un barco).
Corrimos a la torrecilla de cubierta. El vigía había vuelto a
anunciar la presencia de una nave desconocida. Efectivamente, hacia estribor se
distinguía la silueta de una nave en el horizonte.
Por una razón que aún no he podido dilucidar, la visibilidad en
Venus es extraordinariamente buena. Las nieblas bajas y las brumas son raras, a
pesar de la humedad de la atmósfera. Tal vez sea debido a la misteriosa
radiación del extraño elemento de la estructura del planeta que ilumina sus
noches sin luna. Sin embargo, no puedo afirmarlo.
El hecho era que divisábamos un barco y casi inmediatamente todo
fue excitación en el «Sofal». Se nos presentaba otra presa y la tripulación
mostrábase impaciente por conseguirla. Mientras cambiábamos de rumbo y nos
dirigíamos hacia nuestra víctima se levantó un clamor entre la gente de nuestra
cubierta. Surgieron las armas, se izó el cañón de popa y los dos de la
torrecilla fueron colocados en posición de disparar.
El «Sofal» avanzaba a toda marcha.
Según nos íbamos acercando, comprobamos que se trataba de una
nave de dimensiones parecidas a las del «Sofal», y que ostentaba la insignia de
Thora. Un examen posterior nos aclaró que era un mercante armado.
Ordené que, excepto los artilleros, todo el inundo se congregara
en el tinglado de la cubierta baja, ya que concebí un ataque semejante al del
«Sovong» y no quería ver, antes de tiempo, nuestra cubierta atestada de hombres
armados. Como en la otra ocasión, cursáronse órdenes terminantes. Cada uno
sabía lo que se esperaba de él y todos fueron advertidos de que debían evitar
matanzas inútiles.
Ya que me había convertido en un pirata, quería serlo del modo
más humanitario que me fuera posible, y no deseaba un innecesario derramamiento
de sangre. Había pedido información a Kiron, a Gamfor y a muchos thoristas
sobre las costumbres y prácticas de las naves de guerra de Thora. Supe, por
ejemplo, que todo barco de guerra tenía derecho a ordenar el registro de
cualquier nave mercante. Contando con tal costumbre concebí mi plan para
arrojar los garfios de abordaje sobre nuestra víctima, antes de que pudiera
adivinar nuestros verdaderos propósitos.
Cuando nos hallamos a distancia suficiente para ser oídos,
indiqué a Kiron que ordenara al barco que perseguíamos que parase las máquinas,
pues deseábamos practicar un registro. Inmediatamente nos hubimos de enfrentar
con el primer obstáculo, que surgió en forma de un pabellón izado rápidamente
en la popa de nuestra presunta presa. Para mí no significaba nada, pero no
ocurrió lo mismo con Kiron y los otros thoristas que iban a bordo del «Sofal».
—Me parece que el abordaje no va a ser tan fácil como
imaginábamos — comentó Kiron —, A bordo va un ongyan, lo que exime al barco de
todo registro y además indica que su dotación de soldados es mucho mayor de lo
corriente en un barco mercante.
—¿Qué amigo es ése? —pregunté—. ¿Es amigo tuyo? Hay que tener en
cuenta que ongyan significa «gran amigo», en un sentido eminente. Kiron sonrió.
—Es un título. Hay un centenar de klongyan en la oligarquía y
uno de ellos va a bordo de ese barco. Son grandes amigos, indudablemente,
grandes amigos entre ellos y gobiernan Thora más tiránicamente que ningún jong,
y en beneficio propio.
—¿Y qué opinará nuestra gente de atacar un barco en el que va
tan destacado personaje? — pregunté.
—Se disputarán el honor de llegar el primero a bordo, para
clavarle el sable.
—No deben matarle — repuse —. Tengo un plan mejor.
—Será difícil contenerles, una vez comenzada la lucha — afirmó
Kiron —. Hablaré con los oficiales para ver lo que puede conseguirse. En los
viejos tiempos, en los días de los jongs, había orden y disciplina, pero ahora
no.
—Pues a bordo del «Sofal» tiene que haber disciplina — advertí
—. Sígueme. Voy a hablar a nuestra gente.
Entramos juntos en el tinglado de la cubierta inferior donde se
hallaba congregada la mayor parte de la tripulación, esperando la orden de
ataque. Había allí un centenar de hombres rudos y avezados a la lucha, la
mayoría de los cuales eran ignorantes y brutales. Hacía poco tiempo que
estábamos juntos, por lo que yo no podía contar con una excesiva lealtad hacia
mí. Sin embargo, estaba convencido de que nadie dudaba de que yo era el
capitán, pensaran lo que pensaran de mí.
Kiron reclamó silencio así que hubimos entrado, y todas las
miradas se concentraron en mí cuando me dispuse a hablar.
—Estamos a punto de apresar otra nave — dije—. A bordo va un
hombre al que todos queréis matar según me ha dicho Kiron. Es un ongyan. He
venido a vosotros para advertiros de que ese hombre no debe perecer.
Se produjo un clamor de desaprobación, pero yo hice caso omiso y
proseguí:
—He venido también para advertiros algo más, porque se me ha
dicho que ningún oficial puede controlaros cuando entráis en batalla. Hay
razones que aconsejan conservar prisionero a ese hombre, mejor que matarlo,
pero no son del caso ahora. Lo que debéis tener en cuenta es que tanto mis
órdenes como las órdenes de mis oficiales deben ser obedecidas. Nos hemos
metido en una empresa que sólo puede triunfar si se mantiene la disciplina. Yo
confío en que triunfemos y he de exigir a todos la mayor obediencia. La insubordinación
y la desobediencia serán castigadas con pena de muerte. Eso es todo.
Cuando salí del tinglado, dejé detrás de mí un centenar de
hombres silenciosos. Nada podía revelar cuáles habían sido sus reacciones.
Me llevé a Kiron a propósito a fin de dejarlos libres para
discutir a sus anchas sin la interferencia de ningún oficial. Sabía que no
podía jactarme de tener sobre ellos una positiva autoridad y que,
eventualmente, podían decidir si se disponían a obedecerme. Cuanto antes
conociéramos su decisión, mejor sería para todos.
Las naves amtorianas emplean los medios más primitivos de
intercomunicación. Existe un burdo y engorroso sistema de señales en el que se
emplean banderas. Además, se utiliza un sistema general de sonidos de trompeta
que sirve para cursar un número convencional de mensajes, pero el medio más
satisfactorio y el que se usa más es la voz humana.
Desde que vimos desplegar en el barco perseguido el mencionado
pabellón habíamos navegado con rumbo paralelo a él, a escasa distancia. En su
cubierta se había congregado un grupo de hombres armados. Disponía de cuatro
cañones que fueron colocados en posición de disparar. Aunque la nave estaba
dispuesta para la liza, sus tripulantes no debían recelar de nuestros
propósitos.
Di órdenes de aproximarnos y el «Sofal» se acercó más. A medida
que decrecía la distancia que nos separaba, aumentaba la excitación entre los
congregados en la cubierta de nuestra posible víctima.
—¿Qué hacéis ahí?—gritó un oficial desde la torrecilla—.
¡Apartaos! ¡Viene a bordo un ongyan!
Como no les contestamos nada y el «Sofal» seguía acercándose, su
excitación aumentó. Se puso a gesticular mientras hablaba con un individuo
gordo que estaba de pie, a su lado.
— ¡Apartaos o alguno se va a arrepentir de lo que está haciendo!
— volvió a gritar mientras el «Sofal» seguía aproximándose más y más—.
¡Apartaos o abrimos fuego!...
Por toda respuesta, hice que nuestros cañones de popa se
pusieran en posición de disparar. Sabía que no se atreverían a empezar ellos,
ya que una sola andanada del «Sofal» les hubiera echado a pique en menos de un
minuto, contingencia que deseaba yo evitar.
— ¿Qué queréis de nosotros?—preguntó.
—Deseamos subir a bordo — repuse —.Ya ser posible sin
derramamiento de sangre.
— ¡Pero eso es una medida revolucionaria! ¡Una traición! — gritó
el individuo gordo que se hallaba junto al capitán—. Yo os exijo que paréis la
marcha y nos dejéis tranquilos. Soy el ongyan Moosko.
Y, después, dirigiéndose a los soldados de la cubierta
principal, vociferó:
— ¡Rechazadlos! ¡Matad al que se atreva a poner un pie en el
barco!
CAPÍTULO XIII
CATÁSTROFE
A la vez que el ongyan Moosko ordenaba a sus soldados que
rechazaran el intento de abordaje, el capitán mandaba que se diese toda la
marcha, haciendo funcionar el timón hacia estribor. El buque viró con un
movimiento de huida y forzó la marcha desesperadamente. Desde luego, podríamos
haberlo echado a pique, pero de nada nos hubiera servido verlo hundirse en el
fondo del océano. Lo que hice fue dar orden al trompetero que estaba a mi lado
de hacer sonar el toque indicativo de toda velocidad, que había de recibir el
oficial situado en la torrecilla a fin de cazar al navío fugitivo.
El «Yan» nombre que era perfectamente visible en la popa, era
mucho más veloz de lo que me había hecho creer Kiron, pero el «Sofal» era
excepcionalmente rápido, y pronto se dieron cuenta los perseguidos de que la
huida era imposible. Fuimos recuperando lentamente la distancia que había
logrado ganar en el primer impulso el «Yan», y lenta, pero firmemente, nos
fuimos acercando. Entonces, el capitán del «Yan», hizo lo que yo hubiera hecho
en su caso. Mantuvo al «Sofal» constantemente de popa y rompió el fuego contra
nosotros con el cañón de la torrecilla posterior y con otro situado junto a la
porta de popa. La maniobra fue irreprochable desde el punto de vista táctico,
ya que con ella reducía grandemente el número de cañones que podíamos poner en
juego sin cambiar de ruta, constituyendo lo único que cabía hacer para intentar
la huida. Tenía algo de aterrador aquel sonido del pesado cañón amtoriano que
escuchaba yo por primera vez. No vi nada, ni humo ni llama. Únicamente se oyó
un estruendo que identificaba, más que ningún ruido pudiera hacerlo, el disparo
de un cañón, Al principio no se notó efecto alguno. Después observé que un
trozo de nuestra borda de estribor volaba. Dos de nuestros hombres se
desplomaron sobre cubierta. Ya habían entrado en acción nuestros cañones.
Seguíamos la estela de la nave, lo que hacía difícil disparar. Los dos barcos
marchaban a toda velocidad. La proa del «Sofal» levantaba una masa de agua y
espuma a ambos lados y el mar hervía al paso del «Yan». En nuestras venas se
había infiltrado el ardor de la caza y de la lucha y el terrible estallido de
los cañones seguía sonando.
Corría hacia la popa para dirigir desde allí el disparo de los
cañones y unos instantes después tuvimos la satisfacción de ver como la
dotación de uno de los cañones del «Yan» se abatía sobre la cubierta, hombre
tras hombre, así que nuestro artillero los localizó disparando hacia allí.
El «Sofal» iba ganando espacio al «Yan» y nuestros cañones
concentraban su puntería en el cañón de la torrecilla del enemigo. El ongyan
hacía tiempo que había desaparecido de la cubierta superior. Sin duda, se fue a
buscar sitio más seguro y menos expuesto. Sobre la torrecilla, en la que poco
antes se hallaba el capitán, no había ya más que dos hombres con vida. Aquellos
dos sujetos de la dotación nos estaban dando mucho trabajo.
Al principio, yo no acababa de comprender como los cañones de
ambos barcos no conseguían resultados más eficaces. Sabía que el rayo-T tenía
un poder destructor extraordinario y por eso no me explicaba como ninguno de
los dos barcos había quedado desmantelado o hundido, pero era que entonces
ignoraba que todas las partes de importancia vital de los barcos estaban
protegidas por una delgada plancha del mismo metal del que estaban construidos
los grandes cañones, la única substancia capaz de resistir el rayo-T. De no
haber sido así, haría tiempo que nuestros disparos hubieran inutilizado el
«Yan», pues los rayos T, dirigidos contra la torrecilla, hubieran matado a su
dotación y destruido los aparatos de control. Esto podría ocurrir, pero para
ello era preciso destruir primero la plancha protectora de la torrecilla.
Por fin conseguimos acallar el cañón que quedaba en aquel lugar,
pero si marchábamos cerca de la nave, nos exponíamos al fuego de los otros
cañones situados en su cubierta principal y al otro lado de la torrecilla. Ya
habíamos sufrido algunas pérdidas y cabía esperar otras muchas si nos poníamos
al alcance de los restantes cañones, pero no existía otra alternativa que
abandonar la caza y yo no estaba dispuesto a hacerlo.
Di orden de avanzar hasta ponernos completamente a la vera del
«Yan», hacia su lado de posta, y entonces mandé que iniciase el fuego nuestro
cañón de popa para barrer uno tras otro sus cañones de babor, mientras
avanzábamos y ordené asimismo que nuestros cañones de estribor abrieran fuego
sucesivamente, a medida que fueran alcanzando la visión de los cañones del
«Yan». De este modo manteníamos una cortina de fuego constante sobre la
desdichada nave, intentando situarnos paralelamente, a la vez que reducíamos la
distancia entre las dos.
Habíamos sufrido algunas bajas, pero nuestras pérdidas no eran
comparables a las sufridas por el «Yan», cuyas cubiertas estaban ahora
sembradas de muertos y moribundos. Toda defensa era inútil y su comandante
debió de comprenderlo así, pues acabó .por dar la orden de rendición y pararon
las máquinas. Minutos más tarde estábamos junto a su casco y nuestro equipo de
abordaje había saltado sobre las bordas.
Mientras Kamlot y yo presenciábamos como aquellos hombres que
conducía Kiron pasaban a posesionarse del barco y trasladaban ciertos
prisioneros a bordo, no pude por menos de preguntarme cuáles serían sus
sentimientos respecto a mi caudillaje. Comprendía que su liberación de la
constante amenaza de sus tiránicos amos era tan reciente que cabía esperar que
cometieran excesos y yo temía sus consecuencias, puesto que estaba decidido a
castigar de modo ejemplar a cualquiera que me desobedeciese, aunque me costara
mi propia caída intentarlo. Presencié como la mayor parte de ellos se
desperdigaban en la cubierta enemiga mandados por el corpulento Zog, mientras
Kiron acaudillaba un grupo reducido dirigiéndose a la cubierta superior en
busca del capitán y el ongyan.
Debieron de transcurrir unos cinco minutos antes de que viera
salir a mi lugarteniente de la torrecilla del «Yan» con los dos prisioneros.
Los condujo por la escalera de cámara y, cruzando la cubierta principal, vino
hacia el «Sofal» mientras un centenar de hombres lo contemplaban en silencio
sin que ni una mano se levantara contra ellos al pasar.
Kamlot dejó escapar un suspiro así que vio a los dos individuos
traspasar la borda del «Sofal».
—Tenía la impresión, de que nuestras vidas y las de ellos
pendían de un hilo — me dijo.
Yo coincidí con él, puesto que si mis hombres hubieran intentado
matarlos a bordo del «Yan», desafiando mis órdenes, me hubieran tenido que
matar también a mí y a los que me fuesen leales para proteger sus vidas.
El ongyan se mostraba aún bravucón cuando lo trajeron a mi
presencia, pero el capitán daba muestras de sentirse intimidado. Había en todo
aquello algo que le desconcertaba y cuando estuvo lo bastante cerca y vio el
color de mi cabello y de mis ojos, comprendí que estaba atónito.
— ¡Esto es un ultraje! —vociferó Moosko, el ongyan—. ¡Voy a
mandar que os maten a todos!
Temblaba de ira y había enrojecido intensamente.
—Adviértele que no debe hablar hasta que se le interrogue —
instruí a Kiron.
Y luego, volviéndome hacia el capitán, le dije:
—Tan pronto como hayamos cogido de vuestro barco lo que
necesitamos, quedaréis en libertad de continuar el viaje. Lamento que no
hicierais caso de mis advertencias cuando os ordené parar la nave. Hubiéramos
salvado muchas vidas humanas. La próxima vez que el «Sofal» te ordene parar has
de hacerlo, y cuando vuelvas a tu país, advierte a los capitanes de la marina
que el «Sofal» surca los mares y quiere ser obedecido. El ongyan pareció
sorprenderse.
— ¿Quieres decirme quién eres y bajo qué pabellón navegas?—
preguntó.
—Por el momento soy un vepajano — repuse —, pero navegamos bajo
nuestro pabellón particular. A ningún país debe inculparse de lo que hacemos ni
a nadie tenemos que dar cuenta de nuestras acciones.
Kamlot, Kiron, Gamfor y Zog pusieron en movimiento a la
tripulación del «Yan» y todas sus armas, las provisiones que nos parecieron
convenientes y lo más valioso y de menor volumen de su cargamento fue
trasladado al «Sofal», antes de anochecer.
Después de arrojar sus cañones al mar permitimos a la nave
seguir su ruta.
A Moosko le retuve en rehenes, por si tuviera necesidad de
alguno. Quedó bajo custodia en la cubierta principal hasta que yo determinase
lo que había de hacerse. Las mujeres vepajanas que habíamos rescatado del
«Sovong» y nuestros propios oficiales, que estaban acomodados en la segunda
cubierta, no habían dejado vacante ningún camarote que pudiera destinarse a
Moosko, y no quería confinarle en la parte inferior de la nave, destinada a los
prisioneros.
Por casualidad hablaba de ello con Kamlot delante de Vilor, y
éste inmediatamente ofrecióse a compartir con el ongyan su camarote,
encargándose de su custodia. Como era una solución, ordené que confiaran Moosko
a Vilor quien se lo llevó en seguida a su camarote.
La persecución del «Yan» nos había desviado de nuestra ruta y
ahora volvimos a hacer rumbo hacia Vepaja. A estribor se divisaba una oscura
masa de tierra. Me preguntaba qué misterio sé ocultarían tras aquella sombría
línea de costa, qué clase de hombres y de extrañas bestias habitarían aquella
terra incógnita, que se extendía hasta Strabol y las inexploradas regiones
ecuatoriales de Venus. A fin de satisfacer parcialmente mi curiosidad, me
dirigí al coarto de derrota y después de fijar nuestra posición lo más
aproximada posible con los elementos de que disponía, descubrí que nos
hallábamos ante la costa de Noobol. Recordé que había oído a Danus mencionar
aquel país, pero no lo que había dicho de él.
Sugestionado por mi fantasía, subí a la torrecilla y permanecí
allí solo, contemplando las nocturnas aguas, suavemente iluminadas, mirando
hacia el misterioso Noobol. Se había levantado un viento que casi parecía una
galerna, la primera con la que tenía que enfrentarme desde mi arribada a la
Estrella del Pastor.
La mar comenzaba a ponerse gruesa, pero tenía confianza plena en
el barco y la pericia de mi oficialidad para navegar en tales circunstancias.
Por eso no me inquietó la creciente violencia de la tormenta. No obstante,
recordé que las mujeres de a bordo podrían sentirse aterradas y mi pensamiento,
que raras veces estaba ausente de ella, volvió a Duare. Tal vez sintiera miedo.
No hay ninguna excusa que resulte razonable para el hombre que desea contemplar
el objeto de sus amores, pero en aquella ocasión me alegraba de tener una razón
que justificase verla y que ella había de agradecer, pues demostraba mis
desvelos por su tranquilidad. En consecuencia, bajé por la escalera,
dirigiéndome a la segunda cubierta con la intención de silbar ante la puerta de
Duare, pero como había de cruzar antes por el camarote de Vilor, pensé que
podría ir a ver al prisionero.
Después de silbar, a modo de llamada, siguió un breve silencio y
luego Vilor me invitó a entrar. Al hacerlo, quedé sorprendido al ver a un angan
sentado dentro, en compañía de Moosko y Vilor. La confusión de Vilor fue
manifiesta. Moosko se mostró también algo desconcertado y el hombre pájaro dio
muestras de miedo. No me sorprendió su desconcierto, pues no era corriente que
un individuo de raza superior confraternizara con los klan-gan. La situación de
los vepajanos era delicada a bordo del «Sofal». Éramos pocos en número y
nuestro prestigio dependía del respeto que consiguiésemos inspirar y mantener
en medio de los thoristas, que constituían mayoría y que consideraban a los
vepajanos como superiores, a pesar de los esfuerzos de sus caudillos para
convencerles de que todos los hombres eran iguales.
—Tu camarote no es éste — dije al angan—. ¿Qué haces aquí?
—No tiene él la culpa — intervino Vilor mientras el
hombre-pájaro se levantaba para marcharse—. Aunque parezca extraño, Moosko no
había visto nunca un angan y traje a éste sólo para satisfacer su curiosidad.
Sentiría haberte disgustado.
—Claro está que tu explicación cambia un poco el aspecto del
asunto — dije—, pero hubiera sido preferible que el prisionero examinara a los
klangan en cubierta, que es donde deben estar. Tiene mi permiso para hacerlo
mañana, si quiere.
Se fue el angan y yo cambié algunas palabras más con Vilor,
dejándolo por último con el prisionero, dirigiéndome al camarote en que se
encontraba Duare.
El incidente que acababa de ocurrir se borró de mi memoria casi
en el acto siendo sustituido por otros pensamientos mucho más gratos.
En el camarote de Duare había luz cuando silbé a su puerta
dudando si atendería mi llamada o fingiría no haberla escuchado. Durante un
breve intervalo, no hubo respuesta y ya había llegado a convencerme de que no
querría verme cuando se oyó su voz dulce invitándome a entrar.
—Eres muy testarudo — me dijo, aunque con menos disgusto en el
tono de su voz que la última vez que me habló.
—He venido para preguntarte si te asusta la tormenta y para
convencerte de que no existe peligro alguno
—No tengo miedo — repuso —. ¿ Era eso sólo lo que deseabas
decirme?
Su réplica resultaba poco alentadora.
—No — repuse —. No he venido solamente con el fin de decirte
eso.
Ella enarcó las cejas.
— ¿Y qué es lo que tenías que decirme... que no me hayas dicho
ya?
—Tal vez quisiera repetírtelo — murmuré.
— ¡ No debes hacerlo! — gritó. Me acerqué más a ella.
—Mírame, Duare... Mírame a lo; ojos y dime que no te gusta oírme
decir que te adoro. Bajó los ojos.
—No debo escucharte — susurró levantándose como si se dispusiera
a salir de la estancia.
Yo estaba loco de amor. Sentirla tan cerca de mí me hacía arder
la sangre en las venas. La cogí entre mis brazos y la estreché contra mi pecho,
y antes de que pudiera evitarlo, cubrí de besos sus labios. Entonces, se aparró
bruscamente y vi el brillo de una daga en su mano.
—Tienes razón—exclamé—. Mátame... Acabo de hacer algo
imperdonable. Mi única disculpa es el gran amor que siento por ti.... Ha
nublado mi razón y el sentimiento del honor.
La daga cayó al suelo, a su lado.
— ¡ No puedo! — sollozó Duare.
Y sin mirarme salió del camarote.
Volví yo al mío maldiciendo mi brutalidad. No comprendía como
había podido cometer un acto tan reprobable. Me avergonzaba el recuerdo de
aquel suave cuerpo incrustado en el mío y aquellos labios perfectos apretados
contra los míos. Una ola de vergüenza y desprecio de mí mismo me hacía
enrojecer sin que el arrepentimiento aminorara mi humillación.
No me acosté hasta bastante después pensando en Duare y en todos
los incidentes que habían ocurrido entre nosotros desde que la conocí.
Adivinaba un sentido oculto en aquella exclamación: «No debo escucharte», y me
regocijó la idea de que ya otra vez se había negado a entregarme a sus
compatriotas para que me matasen y que, de nuevo, se había negado a hacerlo. Su
«No puedo» resonaba en mis oídos casi como una confesión de amor. Mi buen
juicio me decía que era un insensato, pero me deleitaba el perfume de aquella
locura.
Creció la tormenta con tan terrible furia durante la noche que
el ulular del viento y el balanceo del barco me despertaron antes del amanecer.
Me levanté en el acto y me dirigí a cubierta. Casi me arrastró el vendaval al
poner pie en ella. Olas enormes levantaban el «Sofal» a gran altura para
sumirlo en seguida en . un abismo de agua. El barco se bandeaba violentamente y
a veces una vasta ola se rompía contra la popa inundando la cubierta principal.
A estribor se adivinaba una gran masa rocosa llena de peligros por lo demasiado
cercana.
Entré en el cuarto de controles y encontré allí a Honan y a
Gamfor, acompañados del timonel. Mostrábanse preocupados a causa de la
proximidad de la costa. Si las máquinas o el timón fallaban iríamos fatalmente
a parar a la costa. Les ordené que se quedaran donde estaban y bajé a la
segunda cubierta para despertar a Kiron, a Kamlot y a Zog.
Mientras me encaminaba hacia la popa y estaba al pie de la
escalerilla de la segunda cubierta, observé que la puerta del camarote de Vilor
se abría y se cerraba a cada vaivén del barco, pero no le di importancia en
aquel momento y seguí mi camino para ir a despertar a mis lugartenientes.
Cuando lo hube hecho, me dirigí al camarote de Duare temiendo que si se
despertaba sintiera temor por el vaivén del barco y el ulular del viento. Con
gran sorpresa, hallé la puerta de su cuarto girando sobre sus goznes.
Instintivamente, surgió en mí la sospecha de que ocurría algo
anormal, y lo único que me inspiró este sentimiento fue una cosa tan fútil como
ver la puerta de su camarote abierta. Penetré prestamente, di la luz y examiné
la estancia. No se observaba nada de particular, excepto que la puerta que
comunicaba con el cuarto interior, donde dormía la joven, estaba también
abierta y giraba.
sobre sus goznes. Sabía que nadie podía estar durmiendo,
mientras los goznes de ambas puertas rechinaban. Podría haber ocurrido que
Duare se sintiera asustada que no se atreviese a levantarse del lecho para
cerrarlas.
Me asomé al dormitorio y la llamé en voz alta. Nadie contestó.
Volví a llamar e idéntico silencio fue la respuesta. Comencé a inquietarme de
veras. Me adentré en la estancia, di la luz y observé el lecho. Estaba vacío...
Duare no se encontraba allí, pero en un rincón del camarote descubrí el cuerpo
del hombre que estaba de guardia en la puerta.
Haciendo caso omiso de convencionalismos sociales, irrumpí en
las dos estancias contiguas en las que se acomodaban las otras mujeres de
Vepaja. Todas estaban, menos Duare. No la habían visto ni sabían donde podía
estar. Loco de inquietud, corrí al camarote de Kamlot y le comuniqué mi trágico
descubrimiento. Se quedó atónito.
— ¡Tiene que estar a bordo! —gritó—. ¿Dónde está, si no?
—Comprendo que debería estar a bordo, efectivamente, pero tengo
el presentimiento de que no está. Hemos de registrar el barco en seguida, de
popa a proa.
Cuando yo abandonaba el camarote de Kamlot, Zog y Kiron salían
del suyo. Les informé de mi descubrimiento y les ordené que iniciaran en el
acto la búsqueda. Después llamé a un individuo de la guardia y lo envié al
puesto del vigía para que interrogara a éste.
Quería saber si había observado algo anormal en la nave durante
su vigilancia, puesto que desde el elevado puesto en que se hallaba podía
dominar la perspectiva de todo el buque.
—Pasad revista general — le dije a Kamlot —. Interroga a todos
los que van a bordo. Registrad todos hasta el último rincón del barco.
Mientras todos marchaban a cumplimentar mis instrucciones,
recordé la coincidencia de hallarse abiertas las dos puertas del camarote, la
de Duare y la de Vilor. No acertaba a comprender qué relación podía existir
entre los dos hechos, pero tenía que investigarlo todo, inspirara o no
sospechas. Fui precipitadamente al camarote de Vilor y tan pronto como encendí
la luz, comprobé que tanto Vilor como Moosko habían desaparecido. ¿Dónde
estarían? Nadie hubiera sido capaz de abandonar el «Sofal» durante aquella galerna,
aunque consiguiera echar al agua un bote, cosa materialmente impracticable, sin
ayuda, incluso en tiempo normal.
Salí del camarote de Vilor y llamé a un marinero para que
comunicase a Kamlot que Vilor y Moosko no estaban en sus camarotes, dando orden
de que los llevaran a mi presencia tan pronto como fueran hallados. Después me
dirigí de nuevo a las habitaciones de las mujeres vepajanas, con el fin de
interrogarlas con más detenimiento.
Sentíame desconcertado por la desaparición de Moosko y de Vilor,
coincidiendo con la ausencia de Duare. Constituía un gran misterio y estaba
determinado a hallar algún indicio que me permitiese relacionar de alguna
manera los dos hechos. De pronto, recordé la insistencia de Vilor de que se le
permitiese vigilar la puerta de Duare. Era ya aquello un ligero rastro de
relación entre las dos desapariciones. De todos modos, no me llevaba a ninguna
conclusión. Aquellas tres personas habían desaparecido de sus camarotes y,
lógicamente pensando, debían aparecer pronto. Resultaba materialmente imposible
que hubiesen abandonado el barco, excepto...
Aquella sencilla palabra, «excepto», me llenó repentinamente de
terrible zozobra. Desde que descubrí que Duare no se encontraba en su camarote,
surgió en mi mente un temor que no me dejaba vivir. ¿No podía haberse sentido
la joven deshonrada por haber escuchado mi declaración y haberse arrojado al
mar? ¿De qué servirían entonces las recriminaciones que me venía haciendo yo
constantemente por mi falta de cordura? ¿Para qué valdría mi vano
remordimiento?
Pero surgió un breve rayo de esperanza. Si la desaparición de
Vilor y Moosko de sus camarotes y la de Duare del suyo no eran meras
coincidencias, cabía admitir que se hallaban juntos y resultaría ridículo creer
que se habían arrojado al mar los tres. Torturado por tan contradictorios
temores y esperanzas, llegué ante los camarotes de las mujeres y estaba a punto
de entrar cuando el marinero que había encargado que interrogara al vigía vino
corriendo hacia mí dando muestras de evidente excitación.
—¿Qué ocurre?—le pregunté cuando se detuvo sin poder casi
respirar —. ¿ Qué tiene que comunicar el vigía?
—Nada, mi capitán — repuso el marinero balbuceando por la
agitación y el cansancio de la carrera.
—¿Nada? ¿Y cómo es eso?
—El vigía está muerto, mi capitán — gimió el marino.
—¿Muerto?
—Asesinado.
—¿Y cómo ha sido?
—Lo acuchillaron con un sable... Se lo clavaron por la espalda y
cayó de bruces.
—Corre a informar a Kamlot de lo ocurrido y dile que ponga a
otro vigía y que investigue qué pudo ocurrir. Y después que me traigan su
informe.
Más inquieto aún por aquella noticia, entré en las habitaciones
de las mujeres. Se habían congregado todas en un camarote. Estaban pálidas y
daban muestras de terror, pero no alborotaban.
—.¿Encontraste a Duare?—me preguntó una de ellas inmediatamente.
—No — repliqué —. Pero he descubierto otro misterio: Moosko, el
ongyan, ha desaparecido, y con él, el vepajano Vilor.
— ¡Vepajano! —exclamó Byea, la mujer que me había preguntado
sobre el paradero de Duare —. Vilor no es vepajano.
—¿Qué quieres decir?—inquirí—. Si no es vepajano, ¿qué es?
—Es un espía thorista—repuso—. Hace tiempo que lo enviaron a
Vepaja para descubrir el secreto del suero de la longevidad, y cuando fuimos
capturados, los klangan lo prendieron también por error. Nos hemos ido
informando de todo esto poco a poco, en el «Sovong».
—Pero, ¿por qué no se me dijo nada cuando se le trajo a bordo?
—Suponíamos que lo sabía todo el mundo — explicó Byea—, y
creímos que se le había traído al «Sofal» como prisionero.
Otro eslabón de la cadena que constituía una prueba más. Pero lo
que faltaba saber era donde se hallaba la cadena.
CAPÍTULO XIV
TORMENTA
CUANDO hube interrogado a las mujeres, me dirigí a la cubierta
principal, demasiado impaciente para aguardar en mi torrecilla de mando el
resultado de las pesquisas de mis oficiales. Habían registrado el barco y
acudían a darme su información. No fue hallado ninguno de los desaparecidos,
pero la búsqueda reveló otro hecho sorprendente: los cinco klangan también
bebían desaparecido.
A pesar de que registrar ciertos rincones del barco constituía
una tarea peligrosa dado el vaivén de la nave, y el hecho de verse barrida la
cubierta de vez en cuando por las olas, se practicaron las pesquisas con todo
escrúpulo y los encargados congregáronse en la amplia sala situada en la
cubierta principal. Kamlot, Gamfor, Kiron, Zog y yo entramos también en la
mencionada estancia, donde nos pusimos a considerar todos los aspectos de tan
misterioso asunto. Honan se hallaba en el puesto de control de la torrecilla.
Les dije que acababa de descubrir que Vilor no era vepajano,
sino espía thorista, y recordé a Kamlot con cuanta insistencia me había rogado
que se le permitiese custodiar a la janjong.
—Me enteré por casualidad de quien era mientras hablaba con
Byea, al interrogar a las mujeres — añadí —. Durante su cautiverio en el
«Sovong», Vilos acosaba a Duare con sus atenciones. Se interesaba mucho por
ella.
—Me parece que éste es el dato que nos faltaba para poder
reconstruir los acontecimientos de anoche, de otro modo inexplicables— repuso
Gamfor—. Vilor deseaba poseer a Duare y Moosko deseaba escapar del cautiverio.
El primero se encargó de fraternizar con los klangan trabando amistad con
ellos. Esto lo sabía todo el mundo en el «Sofal». Moosko era un ongyan. Durante
toda su vida, los klangan han considerado a los klong-yan como la
representación genuina de la autoridad. Tenían que poner fe en sus promesas y
obedecer sus órdenes. Indudablemente, Vilor y Moosko elaboraron juntos los
detalles del plan. Encargaron a un angan que matara al vigía para que sus
movimientos no despertasen sospechas ni fueran comunicados antes de llevar a
buen fin su trama. Una vez asesinado el vigía, debieron reunirse en el camarote
de Vilor. Después Vilor, probablemente acompañado de Moosko, se dirigió al
camarote de Duare y allí asesinaron al centinela y sorprendieron a la janjong
mientras dormía, amordazándola y llevándosela por la escalera hasta cubierta
donde les esperaban los klangan. Es cierto que soplaba un viento tempestuoso,
pero en dirección a la costa, que se encontraba a escasa distancia a babor, y
los klangan son excelentes voladores. Eso es lo que creo que representa el
cuadro más ajustado de lo ocurrido a bordo del «Sofal» mientras dormíamos.
—¿Opinas que los klangan se los llevaron a las costas de Noobol?
—pregunté.
—Me parece que no cabe duda alguna — contestó Gamfor.
—Estoy de acuerdo con él — terció Kamlot.
—Entonces, sólo podemos hacer una cosa — les dije—. Hemos de
tomar rumbo hacia la costa para desembarcar una expedición que se encargue de
buscarlos.
—No hay modo de que se sostenga un bote en el agua con este mar
— objetó Kiron.
—La tormenta no va a seguir eternamente — repliqué —. Podremos
quedarnos cerca de la costa hasta que amaine. Voy a subir a la torrecilla.
Vosotros permaneced aquí para seguir interrogando a la tripulación. Tal vez
alguien haya oído algo que nos sea útil. Los klangan son muy charlatanes y bien
pudieran haber revelado algo que nos sirva para determinar el sitio hacia donde
pensaban dirigirse Vilor y Moosko.
En el momento en que yo subía a la cubierta principal, el
«Sofal» se alzó sobre la cresta de una ola enorme y luego se hundió en un
abismo de agua, sumiéndose la cubierta en un ángulo de casi cuarenta y cinco
grados. El húmedo y resbaladizo maderamen no constituía un apoyo firme y
resbalé hacia adelante casi cincuenta pies, sin poder evitarlo. Luego, el barco
hundió su proa en una ola gigantesca y una verdadera muralla de agua barrió la
cubierta de babor a estribor, cogiéndome de pleno y llevándome a su espumeante
cresta.
Permanecí un instante sumergido en el agua, pero con el esfuerzo
titánico que me prestaba el peligro, conseguí sacar la cabeza y vi que el
«Sofal» cabeceaba, sacudido de un lado para otro, a cincuenta pies de
distancia.
Ni en la inmensidad del espacio interestelar me sentí nunca tan
indefenso como en aquellos instantes, en medio del proceloso mar de un país
desconocido, rodeado de tinieblas, sumido en el caos y acosado quizás por
terribles y misteriosos monstruos marinos, cuya forma ni siquiera podía
imaginar. Estaba irremisiblemente perdido. Incluso, aunque mis camaradas se
dieran cuenta del desastre, se verían impotentes para ayudarme.
Ningún bote podría mantenerse a flote en un mar como aquel, como
dijo Kiron acertadamente. Sería asimismo difícil que un nadador consiguiera
vencer el terrible azote de aquellas montañas de agua enfurecidas a las que
vagamente podía denominarse olas.
¡Irremisiblemente perdido! ¿ Cómo había podido cruzar por mi
mente tal pensamiento? Yo no pierdo nunca la esperanza. Si me era imposible
nadar contra las olas, nadaría con ellas, y a escasa distancia estaba la costa.
Soy diestro en la natación a grandes distancias y mis músculos son vigorosos.
Si había un hombre capaz de sobrevivir en un mar semejante, sería yo. Sabía que
lo sería, pero si no lo conseguía estaba decidido a tener al menos el consuelo
de morir luchando.
No me embarazaban las prendas de vestir, ya que apenas si cabe
llamar vestido al típico traje amtoriano. Mi único impedimento eran las armas,
pero no quería desprenderme de ellas comprendiendo que si conseguía sobrevivir
en el mar, difícilmente lo conseguiría en tierra firme si iba desarmado.
Realmente, ni el cinturón, ni la pistola, ni la daga, me molestaban demasiado y
su peso, era de escasa importancia, pero no ocurría lo mismo con el sable. Si
no habéis tratado de nadar llevando un sable colgado del cinturón, no lo
intentéis, cuando el mar está movido. Cabe pensar que en estas circunstancias
aquel arma pende hacia abajo sin que se interfiera en los movimientos, pero
desgraciadamente no ocurría así en mi caso. Las grandes olas me zarandeaban
inexorablemente de un lado para otro, revoleándome, y mi sable se me incrustaba
en alguna parte del cuerpo o se enredaba entre mis piernas, y una vez en que
una ola me puso boca arriba, me golpeó la cabeza. A pesar de ello, no me
decidía a desprenderme del arma.
Después de haber luchado durante unos minutos con el mar, llegué
a la conclusión de que el peligro de perecer ahogado no era inminente. Podía
mantener la cabeza sobre las olas con bastante frecuencia para obtener aire
suficiente para mis pulmones, y como el agua estaba caliente no corría el riesgo
de perecer aterido, como ocurre a menudo a los que se ven sumergidos en el mar
helado. Salvo cualquier contingencia que pudiera surgir en aquel mundo que tan
escasamente conocía, existían dos peligros serios contra mi vida. El primero,
la posibilidad de verme atacado por algún monstruo feroz de los que debían de
pulular en las profundidades del mar amtoriano; el segundo, mucho más efectivo,
la proximidad de la costa, batida por las aguas, que yo pretendía alcanzar para
pisar suelo firme.
Esto hubiera sido suficiente para desalentarme, pues había visto
rompientes de aguas sobre demasiadas escolleras para ignorar la amenaza que
podían significar aquellas toneladas incalculables de agua, chocando,
abriéndose paso hasta en el corazón de las tierras más pétreas.
Nadé lentamente hacia la costa, dirección que afortunadamente
era la misma hacia la que me llevaba la tormenta. No pretendía agotar mis
fuerzas innecesariamente y me contentaba con mantenerme a flote mientras
avanzaba lentamente. La luz del día comenzó a surgir y cuando las olas me
alzaban a su cresta, podía ver la costa con extraordinaria claridad. Se hallaba
a una milla de distancia y ofrecía un aspecto inhóspito. Las aguas se rompían
duramente en la línea costera chocando contra las rocas y levantando cascadas
de blanca espuma por el aire. Sobre el estruendo de la tormenta resonaba
amenazadoramente el de las aguas a través de aquella milla de mar enfurecido,
advirtiéndome que la muerte me esperaba para darme su abrazo, a las puertas
mismas de lo que podía haber sido mi salvación.
Resultaba una dura alternativa. La muerte me acosaba por todas
partes y únicamente me restaba escoger el lugar y la manera de perecer. Podía
morir en el mismo sitio en que estaba nadando o dejarme destrozar entre las
rocas. Ninguna de las dos eventualidades despertaba en mí un gran optimismo.
Como una verdadera tirana, la muerte no se mostraba pródiga en la elección. No
obstante, yo me resistía a morir.
Las ideas son algo, pero no todo. Poco importaban mis deseos de
vivir; lo más trascendental era hacer algo para conseguirlo. Mi situación
ofrecía escasos recursos de salvación. Únicamente la costa me ofrecía esta
esperanza. Por consiguiente, luché para llegar a ella. Mientras me iba
acercando, cruzaban por mi imaginación pensamientos irreverentes, aunque
algunos no lo fueran, y entre ellos había las oraciones propias de la agonía.
No sé por qué se me ocurrió esta idea, pero no siempre podemos controlar nuestros
pensamientos. La verdad era que la sentencia «En medio de la vida estamos
muriendo» resultaba apropiada a mi situación.
Cambiando un poco los términos de la frase, conseguí modificar
algo su sentido. En medio de la muerte puede existir la vida. Acaso...
Al izarme las olas, me proporcionaban un breve atisbo de la
muerte en medio de la cual podría encontrar yo la vida. La costa se iba
convirtiendo, a menor distancia, en algo más que una línea ininterrumpida de
rocas y de aguas espumeantes. Sin embargo, aun no conseguía distinguir los
detalles, pues cada vez que podía obtener una fugaz visión de sus contornos, me
veía hundido de nuevo en el fondo del abismo.
Mis esfuerzos, unidos a la furia de la galerna me fueron
aproximando a la costa, hasta el lugar en que había de verme empujado
repentinamente por el enfurecido mar y precipitado contra las combatidas rocas
que alzaban sus ásperas y solitarias crestas sobre las hirvientes aguas de sus
rompientes.
Una gran ola me elevó y me precipitó hacía la costa. El final se
acercaba. ¡Con la velocidad de un caballo de carreras me arrojaba contra mi
destino! La espuma envolvió mi cabeza y me vi revolcado como un corcho en medio
de un torbellino. No obstante,
luché para elevar la cabeza por encima de la superficie buscando
una bocanada de aire. Seguí luchando para prolongar mi vida un poco más, para
no perecer al verme precipitado sin misericordia contra las crueles rocas. Así
es de poderoso el instinto de la vida.
Las olas me arrastraban más y más. Los segundos parecían una
eternidad. ¿Dónde estaban las rocas? Casi las ambicionaba para acabar así tan
inútil lucha. Pensé en mi madre y en Duare. Casi me enfrenté con filosófica
calma con el extraño final que me esperaba. En el otro mundo que había
abandonado para siempre nadie conocería mi triste suerte. Así es el egoísmo
humano, que incluso ante la muerte aspira a tener un auditorio.
En aquel momento descubrí la fugaz visión de unas rocas. Se
hallaban a la izquierda. Siendo así que debían encontrarse enfrente. Resultaba
incomprensible. Las olas se rasgaban arrastrándome. Y aun continuaba viviendo y
seguía sintiendo en mis desnudas carnes el contacto de ¡as aguas.
De una manera imprevista la furia del mar cedió. Me alcé sobre
la cresta de una ola decreciente, para contemplar atónito las relativamente
tranquilas aguas de una pequeña ensenada. Había sido arrastrado al interior de
una cueva marina y ante mis ojos se ofreció una arenosa playa. Así escapé de
las negras garras de la muerte. Parecía un milagro.
El mar me dio el último topetazo y me hizo rodar sobre la arena,
para mezclarme entre las materias arrastradas por las olas. Me levanté en el
acto y miré a mi alrededor. Mi devoción debiera haberme impelido a dar gracias
a Dios, pero tal vez no lo hice porque había algo que dominaba mi mente. Había
salvado mi vida, pero Duare seguía en peligro.
La cueva a donde había sido arrojado estaba formada por la boca
di una garganta que se adentraba en el territorio, entre bajas colmas, cuyas
faldas y cumbres estaban salpicadas de árboles pequeños. Por ninguna parte vi
los árboles gigantescos de Vepaja y llegué a pensar que tal vez éstos no eran
verdaderos árboles en Venus, sino simples arbustos... No obstante, los llamaré
árboles, puesto que muchos de ellos tenían de cincuenta a ochenta pies de
altura.
Por el fondo del cañón discurría un riachuelo que iba a
desembocar en la caverna. Hierba de color violeta pálido, salpicada de flores
azules y rojas lo bordeaba, extendiéndose por las colinas. Vi que había árboles
con la copa roja, suaves y brillantes, como si fueran de laca, y otros tenían
la copa azul. Sacudido por la galerna aparecía el mismo follaje exuberante, de
color violeta y alhucema, que daba un aspecto tan exótico a los bosques de
Vepaja, Pero a pesar de lo hermoso y desusado del paisaje, yo no podía
distraerme en aquellos instantes. Una rara alternativa del destino me había
arrojado a aquellas costas, y tenía mis razones para creer que Duare debía de
haber sido conducida allí. Mi única idea era sacar partido de aquella
afortunada circunstancia para encontrarla y protegerla.
Ocurrióseme pensar que en el caso de que sus raptores la
hubieran traído a aquella parte de la costa, debieron de haberse apeado
bastante más a la derecha, que era la dirección que llevaba el «Sofal».
Contando únicamente con aquel ligero y poco alentador indicio, empecé en el
acto a escalar una de las laderas de la garganta para iniciar la búsqueda.
Cuando llegué a la cumbre, me detuve un momento a fin de
examinar el lugar en que me hallaba. Ante mí se extendía una meseta cubierta de
hierba y salpicada de árboles, y más allá, en el interior, aparecía una cadena
de montañas, vagas y misteriosas, que se perdían en el horizonte.
Mi camino estaba hacia el Este, a lo largo de la costa. Tengo
que emplear las denominaciones de los puntos cardinales corrientes en la
Tierra. Los montes se alzaban hacia el Norte, o sea hacia el Ecuador. Supuse
que me encontraba en el hemisferio Sur del planeta. El mar estaba al Sur de
donde yo me hallaba.
Miré en aquella dirección para ver si se divisaba el «Sofal».
Allí estaba el barco, navegando con rumbo Este. Evidentemente, mis amigos
habían seguido mis instrucciones y el «Sofal» bordeaba la costa mientras ellos
esperaban que amainase la galerna para poder desembarcar.
Dirigí mis pasos hacia el Este. Siempre que llegaba a un
altozano, me detenía y escudriñaba la meseta en todas direcciones buscando
algún rastro de las personas que trataba de encontrar. Vi manifestaciones de
vida, pero ningún rastro humano. Animales herbívoros pacían en gran número
sobre la llanura violeta y florecida. Muchos de ellos se asemejaban bastante a
los de la Tierra. Pero no eran iguales. Su extrema nerviosidad y la velocidad y
la ligereza que sugerían su conformación, denotaban que tenían enemigos: la
nerviosidad, que entre sus enemigos estaba el hombre; y la agilidad, que
feroces y rápidos carnívoros hacían de ellos su presa.
Estas observaciones servían para advertirme que debía permanecer
alerta constantemente ante la eventualidad de verme amenazado por semejantes
peligros. Me satisfizo que la meseta estuviera bien poblada de árboles que
crecían a conveniente distancia unos de otros. No me había olvidado del feroz
basto que hallamos Kamlot y yo en Vepaja y aunque hasta entonces no había visto
de cerca nada que se le pareciera, descubrí, a cierta distancia, algunos
animales paciendo que se parecían grandemente a aquellos bisontes omnívoros, lo
que no era lo más oportuno para mi tranquilidad.
Aligeré el paso, pues me preocupaba la suerte de Duare y
comprendía que, de no encontrar algún rastro el primer día, mi búsqueda
resultaría infructuosa. Sospechaba que los klangan hubieran descendido cerca de
la costa, donde habrían permanecido al menos hasta que amaneciese y aun
alimentaba la esperanza que se hubieran quedado un rato más. Si habían echado a
volar inmediatamente, serían escasas las probabilidades de encontrarlos. Sólo
me restaba le esperanza de sorprenderlos antes de iniciar el vuelo del día.
La meseta estaba cortada de vez en cuando por barrancos. y
quebraduras del terreno entre las cuales casi siempre se deslizaban ríos que
variaban de tamaño, desde el pequeño manantial hasta los que realmente merecían
el nombre de auténticos ríos, pero ninguno de los que hallé a mi paso
constituyó un verdadero obstáculo para continuar el camino, aunque en algunas
ocasiones me vi obligado a nadar para cruzar profundos canales. Si aquellos
ríos estaban habitados por peligrosos reptiles, no vi la menor huella de ellos,
aunque ha de confesar que esta idea me dominaba constantemente cada vez que
cruzaba de orilla a orilla.
En cierta ocasión, cuando había remontado un altozano, vi a lo
lejos a un animal que parecía un gato enorme. Diríase que estaba acechando a
otro animal parecido a un antílope, pero no debió verme o se hallaba más
interesado en su segura presa, puesto que aunque me podía ver perfectamente, no
se preocupaba de mí.
Poco después, descendí por un barranco pequeño y cuando volví a
remontar la altura al otro lado, ya no pude ver al animal. De todos modos,
aunque lo hubiese descubierto no me hubiera atraído su presencia. En aquel
preciso momento llegó hasta mí un leve rumor que venía de lo lejos. Parecía de
voces humanas, y, desde luego, oí perfectamente el inconfundible zumbido de la
pistola amtoriana.
Aunque oteé cuidadosamente el horizonte, no pude distinguir
rastro alguno de los autores de aquellos ruidos, pero fue lo suficiente para
comprender que ante mí había seres humanos que luchaban. Es natural que
surgiera en mi mente la figura de la mujer que amaba y la presintiese rodeada
de terribles peligros, aunque, pensando razonablemente, aquella lejana pelea
acaso no tuviera relación alguna con Duare ni con sus raptores.
Prescindiendo de esta reflexión, eché a correr y a medida que
iba avanzando, las voces eran más perceptibles y me atrajeron finalmente hasta
el borde de una gran garganta, al fondo de la cual se extendía un valle
uniforme, de extraña belleza, por el que discurría un río mucho mayor de los
que había encontrado hasta entonces.
Pero apenas fijé un instante la atención en el río o en el
valle. Abajo, en el fondo de aquella garganta desconocida se desarrollaba una
escena que me impresionó profundamente y me heló de zozobra. Parcialmente
parapetados tras unas rocas, a la orilla del río, estaban, agazapadas o
tendidas, seis figuras humanas. Cinco de ellas eran klangan y la sexta una
mujer. La mujer era Duare.
Frente a ellos, parapetados tras unos árboles, había una docena
de individuos peludos que arrojaban gruesas piedras, utilizando hondas, contra
los otros seis, y flechas lanzadas con primitivos arcos. Los salvajes y los
klangan se llenaban de improperios, insultándose mutuamente, mientras se
atacaban. Aquel era el rumor que había yo escuchado desde lejos, mezclado con
el zumbido peculiar de las pistolas de los klangan. Tres de éstos yacían
tendidos, inmóviles, sobre el césped, detrás de su parapeto, aparentemente
muertos. Los demás klangan y Duare se defendían pistola en mano. Los salvajes
les arrojaban pedruscos, con gran puntería, cuando alguno de sus contrincantes
dejaba al descubierto una parte del cuerpo detrás del parapeto. En cambio,
disparaban las flechas a lo alto y así cu¿¡in detrás de las rocas.
Esparcidos entre los árboles y detrás de grandes piedras,
veíanse los cuerpos de una docena, de aquellos peludos salvajes que habían
caído bajo el fuego de las armas de los klangan, pero aunque los defensores de
Duare habían despachado a buen número de enemigos, aquel duelo desigual sólo
podía terminar con el exterminio de Duare y los klangan. aunque la lucha se
prolongara.
He reflejado en detalle toda la escena, pero yo la capté de una
simple ojeada y no perdí tiempo en adoptar una decisión. De un momento a otro,
una de aquellas crueles flechas podía elevarse en el cuerpo del objeto de mi
cariño y, por eso, mi primer pensamiento fue desviar la atención de los
salvajes, atrayendo hacia mí los duros ataques con que acosaban a sus víctimas.
Me hallaba situado detrás de ellos, lo que me concedía cierta
ventaja y, además, ocupaba una posición más alta. Me puse a vociferar como un
auténtico piel roja y descendí por las estribaciones del cañón, disparando a la
vez mi pistola. La escena cambió instantáneamente. Al verse los salvajes
cogidos entre dos fuegos y amenazados por un nuevo enemigo, se pusieron en pie
de un brinco, manifiestamente asombrados. Simultáneamente, los klangan me
reconocieron, y comprendiendo que les llegaba socorro, saltaron de su barricada
y persiguieron a los salvajes para completar su desmoralización.
Abatimos a seis de nuestro enemigos, y los demás acabaron por
huir, pero no antes de que uno de los restantes klangan recibiera en la frente
el impacto de un grueso pedrusco. Lo vi desplomarse y así que quedamos libres
de toda amenaza de agresión, me acerqué a él creyéndolo sólo desmayado, pero es
que no sabía la fuerza con que lanzaban aquellos hombres primitivos las piedras
con sus hondas. La víctima tenía la cabeza destrozada y una parte de la masa
encefálica le salía por la fractura del cráneo. Cuando llegué a su lado estaba
muerto. Me precipité hacia Duare que estaba de pie, con la pistola en la mano,
Tenía un aspecto de extraña fatiga y desconcierto, pero no reflejaba todo el
temor que hubiera sido lógico después del duro trance que acababa de sufrir.
Pareció alegrarse de verme. Sin duda debía preferir mi presencia a la de
aquellos peludos salvajes, con su aspecto de monos, de los que acababa yo de
librarla, pero aun se observaba en sus ojos cierta zozobra, como si no
estuviera segura de lo que la esperaba conmigo. Para vergüenza mía, su temor
estaba justificado por mi pasada conducta, aunque me sentía decidido a que no
tuviera que quejarse de mí nunca más.
Tenía que captarme su confianza y su fe, con la esperanza de que
el amor llegara luego.
En su mirada no descubrí rastro alguno de bienvenida, lo que me
condolió más de lo que pueda expresarse en palabras. Su aspecto revelaba una
patética resignación ante la perspectiva de las duras pruebas que la esperaban
a mi lado.
—¿No estás herida?—le pregunté—. ¿Te sientes bien?
—Perfectamente — repuso desviando la mirada hacia las lejanas
cumbres por la que yo había descendido para atacar a los salvajes—. ¿Dónde
están los otros?
—¿Qué otros?
—Los que te acompañaron desde el «Sofal» para buscarme. .
—No vino nadie. Estoy completamente solo. Al oír mi réplica se
acentuó su aire sombrío.
—¿Y por qué viniste solo? —me preguntó con temor.
—Puedes creerme que no tuve la culpa — le expliqué—. Después que
descubrimos tu ausencia ordené que el «Sofal» se quedara al pairo ante la
costa, hasta que la tormenta amainara y pudiéramos desembarcar un destacamento
para buscarte. Repentinamente, me vi arrebatado por las olas, circunstancia
feliz, después de todo. Cuando me hallé a solas en la costa surgió en mí, en
seguida, el pensamiento de acudir en tu ayuda. Te iba buscando cuando oí los
gritos de los salvajes y el zumbido de las pistolas.
—Y has llegado a tiempo para salvarme — dijo—. ¿Pero por qué lo
hiciste? ¿Qué piensas hacer conmigo ahora?
—Llevarte a la costa lo antes posible — repuse—, y una vez allí,
haremos señales al «Sofal». Nos enviarán un bote para recogernos.
Duare pareció tranquilizarse algo al escuchar mi plan.
—Conseguirás el agradecimiento eterno de mi padre, el Jong, si
me devuelves a Vepaja sana y salva— repuso.
—Servir a su hija constituye mi mejor recompensa — repuse—,
aunque sólo mereciera su gratitud.
—Esa ya la tienes por lo que acabas de hacer arriesgando tu vida
— afirmó, con voz más cariñosa que antes.
—¿Y qué fue de Vilor y Moosko? —le pregunté. Sus labios
esbozaron un gesto de desprecio.
—Cuando los kloonobargan nos atacaron, huyeron.
—¿Y adonde fueron?
_—Remontaron el río a nado y luego se fueron en aquella
dirección — dijo señalando hacia el Este.
—¿Y cómo no te abandonaron también los klangan?
—Porque les ordenaron que me protegiesen. Sólo saben obedecer a
sus superiores y además les gusta pelear. Tienen poca inteligencia y casi
ninguna imaginación, pero son unos excelentes soldados,
—No acabo de comprender cómo no echaron a volar huyendo del
peligro llevándote con ellos, al comprender que la derrota era segura. Hubieran
conseguido que os salvarais todos.
—Era demasiado tarde para hacerlo. No podían levantar el vuelo
detrás de las rocas que nos protegían, sin caer heridos por las flechas y las
piedras de los kloonobargan.
A modo de paréntesis, diremos que esta palabra es un interesante
derivado del substantivo amtoriano. En términos generales, quiere decir
salvajes y literalmente hombres peludos. Su singular es nobargan. Gan, quiere
decir hombre; bar, significa pelo; no, es la contracción de not (con) y se usa
como prefijo, con el mismo valor que el sufijo «oso» o «udo». Por consiguiente
nabar significa peludo y nobargan hombre peludo o velloso. El prefijo kloo
forma su plural, y así obtenemos kloonobargan (hombres peludos), salvajes.
Cuando hubimos comprobado que los cuatro klangan habían muerto,
Duare, el angan que quedaba y yo partimos río abajo hacia el océano.
Por el camino Duare me contó lo que había ocurrido a bordo del
«Sofal» la noche anterior y vi que era casi exactamente lo que había imaginado
Gamfor.
—¿Y qué se proponían al llevarte con ellos? — le pregunté.
—Vilor me deseaba — repuso ella.
—¿Y Moosko quería sólo escapar?
—Sí. Pensaba que lo matarían cuando el barco llegara a Vepaja.
—¿Y cómo pensaba sobrevivir en un país salvaje como éste?
¿Sabían dónde se hallaban?
—Decían que esto debía de ser Noobol, pero no estaban seguros.
Los thoristas tienen en Noobol agentes encargados de fomentar discordias y
preparar una revolución contra su Gobierno. Hay algunos de estos agentes en una
ciudad de la costa y la intención de Moosko era hallar esa población, donde
estaba seguro de encontrar amigos capaces de organizar su viaje, el de Vilor y
el mío a Thora.
Seguimos la marcha en silencio durante un rato. Yo iba delante
de Duare y el angan detrás. Este caminaba con el plumaje mohíno, ofreciendo un
aspecto humillado y contrito. Los klangan suelen ser ordinariamente tan
locuaces que aquel silencio anormal me llamó la atención y, temiendo que
hubiera resultado herido en la refriega, se lo pregunté.
—No resulté herido, mi capitán — replicó.
—Entonces, ¿qué te pasa? ¿Es que estás triste por la muerte de
tus compañeros?
—No es eso. Quedan muchos como ellos en el país de donde
proceden. Estoy triste por mi propia muerte.
—Pero tú no estás muerto.
—Lo estaré pronto. —¿Y qué te hace suponerlo así?
—Cuando vuelva el barco, me matarán por lo que hice. Si no
vuelvo, me matarán aquí. En este país nadie puede sobrevivir solo.
—Si me sirves bien y me obedeces, no te matarán, si llegamos
otra vez al «Sofal»—le aseguré. Al oír mi promesa se animó.
—Te serviré bien y» te obedeceré, mi capitán — afirmó.
En seguida se puso a cantar, sonriente otra vez, como si nada le
preocupara en el mundo y la muerte fuera un mito.
Al volver la mirada en varias ocasiones hacia mis acompañantes,
descubrí los ojos de Duare fijos en mí y siempre desviaba la cabeza cuando yo
la miraba. Parecía que le llenase de confusión verse sorprendida. Sólo le
dirigía la palabra cuando era necesario, pues estaba dispuesto a borrar los
efectos de mi anterior conducta y creí prudente mantenerme en una actitud
ceremoniosa con ella a fin de tranquilizarla y de que no sintiera inquietud
alguna respecto a mis propósitos.
No era un papel fácil para mí, ansiando como ansiaba retenerla
entre mis brazos y confesarle de nuevo el amor que me estaba consumiendo. Pero
había conseguido dominarme hasta entonces y no veía la razón que me impidiera
continuar haciéndolo, al menos mientras Duare siguiera en su actitud
desalentadora. La sola idea de que pudiese llegar un momento en que Duare
alentara mi cariño, me hacía sonreír involuntariamente.
De pronto y con gran sorpresa por mi parte, murmuró:
—Estás muy callado. ¿Qué te ocurre?
Era la primera vez que Duare iniciaba conmigo una conversación,
que me demostraba que existía yo a sus ojos como un ser humano. Antes podía
haber sido para ella como un trozo de barro o un mueble, tal era el interés que
podía inspirarle desde aquellas dos ocasiones en que me había visto, escondida
entre el follaje de su jardín.
—No me ocurre nada — afirmé —. Lo único que me preocupa es tu
tranquilidad y el deseo de restituirte al «Sofal» lo antes posible.
—Ahora ya no hablas tanto — se lamentó —. Antes, cuando te veía,
solías hablar mucho.
—Sí, probablemente demasiado ;— admití —. pero es que ahora
trato de no molestarte. Bajó la mirada.
—No me molestarías — dijo en voz baja.
Al oír lo que tanto ansiaba, no supe qué contestar.
—Mira — prosiguió con tono natural —, me hallo en circunstancias
totalmente distintas a las que me encontré jamás. Comprendo que la etiqueta en
medio de la cual he vivido entre mis compatriotas, no puede seguir en una
situación tan desusada, en lugares y entre gentes extrañas, tan diferentes de
los que inspiraron aquellas medidas.
Hizo una breve pausa y prosiguió:
—He pensado mucho sobre muchas cosas y... sobre ti. Empecé a
cavilar en todo esto la primera vez que te vi en el jardín de Kooaad Llegué a
creer que tal vez resultara agradable hablar a otros hombres distintos de los
que se me permitía ver en casa de mi padre, el Jong. Empezaba a cansarme de
conversar siempre con los mismos hombres y con las mismas mujeres, pero la
costumbre me ha convertido en una autómata y me ha acobardado. No me atrevía a
hacer las cosas que me tentaban. Siempre he deseado hablar contigo y ahora,
durante el breve espacio de tiempo que medie hasta llegar al «Sofal», donde
volveré al rigor de las leyes de Vepaja, quiero ser libre y hacer lo que me
plazca. Voy a hablar contigo cuanto quiera.
Esta cándida declaración revelaba una nueva personalidad en
Duare, precisamente de tal índole que. bajo su influencia, me iba a ser difícil
mantener mi platónica actitud. No obstante, aun me esforcé en seguir la línea
que me había trazado.
—¿Por qué no me hablas? —.insistió al observar que yo no hacía
ningún comentario a sus confesiones.
—No sé qué decirte — admití—. Sólo podría hablarte de lo que
domina constantemente mi pensamiento.
Guardó silencio un instante, con las cejas fruncidas y una
actitud cavilosa. Después volvió a preguntarme con la misma inocencia:
—¿Y qué es?
—Amor—dije mirándola a los ojos. Entornáronse sus párpados y
temblaron sus labios.
— ¡No! —exclamó—. No debemos hablar de eso... No está bien... es
una perversión.
—¿Es acaso una perversión el amor, en Amtor? —pregunté.
—No, no... No quiero decir eso — se apresuró a rectificar—. Es
que no se me puede hablar de amor hasta que haya cumplido los veinte años.
—¿Y entonces sí, Duare?—inquirí. Movió la cabeza con cierta
melancolía.
—Tampoco—replicó—. Nunca podrás hablarme de amor sin pecar ni yo
escucharte sin cometer una grave falta, porque soy la hija de un jong.
—Tal vez sería mejor no hablar más — dije con voz sorda.
— ¡Oh, sí, hablemos! —me rogó—. Cuéntame algo de ese mundo
extraño de donde dices que vienes.
A fin de entretenerla, accedí a sus deseos caminando a su lado y
devorándola con los ojos, hasta que al fin llegamos ante el océano. A lo lejos
se veía el «Sofal». Había llegado el momento
de idear algo a fin de hacer comprender a sus tripulantes que
estábamos allí. A los dos lados de la garganta por la que discurría el río
erguíanse altas rocas. La que se hallaba al Oeste y más cerca de nosotros era
la más alta y hacia ella me dirigí acompañado de Duare y el angan. La ascensión
resultó difícil y en más de una ocasión tuve que ayudar a Duare rodeándole el
cuerpo con el brazo pata llevarla casi en volandas.
Al principio temí que protestara, pero no lo hizo y en algunos
trayectos más asequibles, donde no se requería ayuda alguna, aunque yo
conservaba el brazo rodeando su cuerpo, no se apartaba de mí ni parecía
sentirse molesta por mi familiaridad.
Así que llegamos a la cumbre, me apresuré a recoger madera seca
y hojas, ayudado por el angan y pronto habíamos hecho una hoguera de señales
cuyo humo se elevaba al espacio. Había decrecido el viento y el humo se elevaba
a gran altura antes de dispersarse. Estaba seguro de que lo verían desde el
«Sofal», aunque no sabía si interpretarían su significado.
El mar estaba todavía agitado, lo que haría imposible la
arribada de bote alguno a la costa, pero contábamos con el angan y si se
acercaba un poco el «Sofal», podría llevarnos el hombre-pájaro fácilmente hasta
la cubierta, los dos a la vez.
Desde aquella cumbre divisábamos la opuesta, y de pronto el
angan me llamó la atención señalando hacia allí.
— ¡Llegan hombres! —dijo.
Los vi inmediatamente, pero aun estaban demasiado lejos para
poder identificarlos, aunque, a pesar de la distancia, habría asegurado que no
se trataba de seres de la misma raza salvaje que habían atacado a Duare y a los
klangan.
Ahora era urgente atraer la atención del «Sofal» y, a este
efecto, encendí otras dos hogueras con breves intervalos de tiempo, para que si
alguien las veía a bordo se diera cuenta de que eran señales y no un incendio
casual.
Nada pudimos colegir respecto a si en el «Sofal» había visto
nuestras señales, pero sí era evidente que el grupo de hombres se iba
acercando. Supuse que habían visto las hogueras y atraído? por ellas venían a
ver de qué se trataba. Se acercaban por momentos y cuando estuvieron más cerca
nos dimos cuenta de que eran hombres armados, de la misma raza que los
vepajanos.
Aún se hallaban a cierta distancia cuando el «Sofal» cambió de
rumbo y viró hacia la costa. Habían descubierto nuestras señales y nuestros
camaradas acudían para investigar su origen. ¿Llegarían a tiempo? Era aquél un
momento crucial para nosotros. Se había levantado el viento de nuevo y el mar
tornó a moverse. Pregunté al angan si conseguiría vencer la resistencia de la
galerna, pues estaba decidido a que transportara a Duare si me contestaba que
sí.
—Yendo yo solo, podría volar — repuso —. Pero dudo conseguirlo
llevando a otra persona.
Vimos como el «Sofal» se hundía y alzaba siguiendo los
movimientos de las olas, mientras hacía esfuerzos para acercarse, y con
idéntica certeza se aproximaba el grupo de individuos. Ahora ya no me cabía
duda alguna acerca de quien llegaría antes. Mi única esperanza era que el
«Sofal» se aproximara lo suficiente para que el angan se sintiera capaz de
intentar el traslado de Duare.
El grupo había remontado ya la cumbre opuesta y desde allí sus
componentes nos contemplaban, con la actitud de quien trata de adoptar una
decisión.
— ¡Vilor está con ellos! —exclamó Duare de pronto.
—• ¡ Y Moosko! — añadí —. Ahora veo perfectamente a los dos.
—¿Qué podemos hacer?—gritó Duare—. ¡Oh, no deben volver a
apoderarse de mí!
—No lo conseguirán — prometí.
Aquellos hombres descendían por la falda de la garganta. Los
vimos cruzar a nado el río y avanzar hasta la ladera que conducía al lugar en
que nos encontrábamos. El «Sofal» progresaba lentamente hacia la costa. Me
aproximé al borde del peñascal y miré hacia abajo para divisar mejor al grupo
que se acercaba. Estaban a mitad de camino. Me volví hacia Duare y el angan.
—Ya no podemos esperar más — le dije al angan—.. Coge a la
janjong y levanta el vuelo con ella. El barco está cerca. Puedes hacerlo...
Debes hacerlo...
Se dispuso a obedecer, pero entonces Duare se apartó de él.
—No me iré —. dijo con tono tranquilo —. No quiero dejarte solo.
Por escuchar aquellas palabras hubiera dado yo alegremente la
vida. De nuevo surgía ante mi una Duare distinta. Todo lo hubiera esperado
menos aquello, pues nunca la creí capaz de un rasgo de lealtad semejante. Una
mujer sólo es capaz de semejante sacrificio cuando ama a un hombre.
Materialmente me tambaleé, pero sólo un instante. El enemigo, si realmente lo
era, debía de estar a punto de llegar a la cúspide donde nos hallábamos. Al
cabo de unos instantes, caería sobre nosotros. Aún no había acabado de pensarlo
cuando vi a uno de aquellos individuos corriendo hacia nosotros.
—¡Llévatela! — grité al angan —. ¡No hay tiempo que perder!
El angan avanzó hacia ella, pero Duare se defendió tratando de
eludirle. Entonces la cogí entre mis brazos y al sentir el contacto de su
cuerpo, se desvanecieron todos mis buenos propósitos y la estreché fuertemente,
la besé y se la confié al angan.
— ¡Deprisa! — grité —. ¡Ya vienen!
Desplegando sus poderosas alas, el angan emprendió el vuelo,
mientras Duare me tendía las manos, a la vez que me gritaba:
— ¡No permitas que me separen de ti, Carson! ¡No me alejes de tu
lado!... ¡Te amo!...
Pero ya era demasiado tarde. Tampoco la hubiera hecho volver
aunque hubiese podido hacerlo. Los individuos armados se arrojaron sobre mí.
De este modo caí cautivo en el país de Noobol, aventura que
realmente forma capítulo aparte en esta historia. Partí a cumplir mi destino
con la certeza de que la mujer que yo amaba me correspondía, y ello me hacía
feliz.
FIN

