Libro N°. 3104. Petrilla. De Balzac, Honorato.
© Libro N°. 3104. Petrilla. De Balzac, Honorato. Colección
E.O. Septiembre 10 de 2016.
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Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
PETRILLA
Honorato de Balzac
A la
señorita Ana de Hanska
¿Cómo
voy, querida niña, a dedicar a usted una historia llena de melancolía? A usted,
que es la alegría de una casa; a usted, cuya pelerina blanca o rosa revuela
entre los macizos de Wierzchoænia como un fuego fatuo que su padre y su madre
siguen con mirada enternecida... ¿No tendré que hablarla de desventuras que una
jovencita adorada, como usted lo es, no ha de conocer jamás, porque sus lindas
manos podrían en su día consolarlas? Es tan difícil, Ana, encontrar para usted
en la historia de nuestras costumbres una aventura digna de ser leída por sus
ojos, que el autor no podía elegir; pero tal vez al leer ésta que le envío se
dará usted cuenta de lo dichosa que es.
Su
viejo amigo,
DE
BALZAC
Cierto
día de octubre de 1827, al amanecer, un joven de unos diez y seis años, y que
por sus trazas parecía lo que la moderna fraseología llama tan insolentemente
un proletario, se detuvo en una plazuela que hay en el bajo Provins. A aquellas
horas pudo observar, sin ser observado, las diferentes casas situadas en la
plazuela, que forma un rectángulo. Los molinos emplazados en las vías de
Provins estaban ya en marcha. Su ruido, multiplicado por los ecos de la ciudad
alta, en armonía con el aire vivo, con las alegres claridades de la mañana,
subrayaba la profundidad del silencio, que permitía oír el paso de una diligencia
por la carretera a una legua de distancia. Las dos líneas más largas de casas,
separadas por la fronda de los tilos, presentan sencillas construcciones, en
que se revela la existencia pacífica y definida de sus moradores. No hay en
aquel paraje ni señales de comercio. Apenas se veían en aquella época las
lujosas puertas cocheras de las gentes ricas; si las había, rara vez giraban
sobre sus goznes, a excepción de la del señor Martener, un médico que
necesitaba tener un cabriolé y usarle con frecuencia.
Algunas
fachadas aparecían adornadas de guirnaldas de pámpanos; otras, de rosales,
cuyos tallos subían hasta el primer piso, cuyas ventanas perfumaban con sus
grandes flores. Un extremo de la plaza llega hasta la calle Mayor de la ciudad
baja. El otro está cortado por una calle paralela a la calle Mayor y cuyos
jardines se extienden a la orilla de uno de los dos ríos que riegan el valle de
Provins.
En
este extremo, el más apacible de la plaza, el joven obrero reconoció la casa
que le habían indicado: una fachada de piedra blanca, surcada de ranuras que
imitan hiladas y cuyos balcones, de delgadas barandillas de hierro adornadas de
rosetones amarillos, se cierran con unas persianas grises. Sobre esta fachada,
que tiene piso bajo y primer piso, tres ventanas de guardilla surgen del techo
empizarrado y en el cual gira una veleta nueva. La veleta representa un cazador
disponiéndose a disparar sobre una liebre. Se sube al postigo de la casa
mediante tres escalones de piedra. A un lado de la puerta, un tubo de plomo
escupe las aguas del servicio doméstico a un arroyo y anuncia la cocina; al
otro lado, dos ventanas cuidadosamente cerradas con postigos grises, en los que
había unos calados en forma de corazón para dejar que entrase un poco de luz,
le parecieron las del comedor. Sobre los escalones de piedra, y por bajo de las
ventanas, vense los tragaluces de las cuevas, cerrados con portezuelas de
palastro, pintadas y perforadas con presuntuosas recortaduras. Todo era
entonces nuevo. En aquella casa, restaurada, y cuyo lujo todavía fresco
contrastaba con el viejo exterior de todas las demás, un observador habría
adivinado en el acto las ideas mezquinas y el perfecto bienestar del pequeño
comerciante retirado. El joven contempló aquellos pormenores con una expresión
de placer mezclado de tristeza; sus ojos iban de la cocina a las guardillas con
un movimiento que denotaba deliberación. Los rosados fulgores del Sol
señalaron, en una de las lumbreras del desván, una cortina de indiana que las
demás lumbreras no tenían. La fisonomía del joven se puso entonces enteramente
alegre; retrocedió algunos pasos, se recostó en un tilo y contó, cen ese tono
lánguido peculiar en las gentes del Oeste, esta romanza bretona, publicada por
Bruquière, un compositor a quien debemos deliciosas melodías. En Bretaña, los
jóvenes de las aldeas entonan este canto, bajo la ventana de los reciéncasados,
la noche de la boda:
Dicha
os deseamos en el matrimonio,
señora
casada,
y al
señor esposo.
Os
han enlazado, señora casada,
con
un lazo de oro
que
sólo la muerte desata.
Ya
no iréis al baile ni a los juegos nuestros.
Guardaréis
la casa:
nosotros
sí iremos.
Habéis
aceptado vuestro compromiso.
Fiel
a vuestro esposo,
amarle
es preciso.
Tomad
este ramo que mi mano os da.
¡Ay!
Vuestros vanos honores
pasarán
como estas flores
Esta
música nacional, tan deliciosa como la adaptada por Chateaubriand a ¿Se acuerda
de ti, hermana mía?, cantada en medio de un pueblo de la Brie Champañesa, debía
de ser para una bretona motivo de imperiosos recuerdos: tan fielmente pintaba
las costumbres, el candor, los lugares de aquel viejo y noble país, donde reina
no sé qué melancolía, producida por el aspecto de la vida real, que conmueve
profundamente. Esa facultad de despertar un mundo de cosas graves, dulces o
tristes por medio de un ritmo familiar y a menudo jubiloso, ¿no es el carácter
de esos cantes familiares que son las supersticiones de la música, si se quiere
aceptar la palabra superstición como significativa de todo lo que queda después
de la ruina de los pueblos y sobrenada en sus revoluciones? Al acabar la
primera estrofa, el obrero, que no cesaba de mirar a la cortina de la
guardilla, no vio en ella movimiento alguno. Mientras cantaba la segunda, la
indiana se agitó. Cuando hubo dicho las palabras "recibid este ramo",
apareció el rostro de una joven. Una mano blanca abrió con precaución la reja,
y la joven saludó con una inclinación de cabeza al viajero, en el momento en
que él terminaba el melancólico pensamiento expresado en estos dos versos tan
sencillos:
¡Ay!
Vuestros vanos honores
pasarán
como estas flores.
De
pronto, el obrero mostró, sacándola de debajo de su chaqueta, una flor de un
amarillo dorado, muy común en Bretaña y sin duda encontrada en los campos de
Brie, donde no abunda: la flor de la aulaga.
–¿Conque
es usted, Brigaut?–dijo la joven en voz baja.
–Sí,
Petrilla, sí. Estoy en París y voy dando la vuelta a Francia; pero soy capaz de
establecerme aquí, puesto que está usted.
En
aquel momento rechinó la falleba de un balcón del primer piso debajo de la
habitación de Petrilla. Mostró la bretona el más vivo temor y dijo a Brigaut:
–¡Escápese!
El
obrero saltó como una rana asustada hacia el recodo que hace un molino de la
calle que desemboca en la calle Mayor, arteria de la ciudad baja; pero, a pesar
de su presteza, sus zapatos ferrados, al resonar en los guijarros del
pavimento, produjeron un sonido fácil de distinguir entre los del molino y que
pudo oír la persona que abría el balcón.
Aquella
persona era una mujer. Ningún hombre abandona las dulzuras del sueño matinal
para escuchar a un trovador de chaqueta: sólo a una mujer la despierta un canto
de amor. En efecto, una mujer era, y una solterona. Cuando hubo abierto las
persianas, miró con un gesto de murciélago en todas direcciones, y sólo pudo
oír vagamente los pasos de Brigaut, que huía. ¿Hay algo más horrible de ver que
la aparición matinal de una solterona fea a la ventana? Entre todos los
espectáculos grotescos que regocijan a los viajeros cuando atraviesan los
pueblos, ¿no es éste el más desagradable? Es demasiado triste, demasiado
repulsivo para reírse de él. Aquella solterona con el oído tan alerta se
presentaba desprovista de los artificios de toda clase que solía emplear para
embellecerse: sin el rodete de cabellos postizos y sin gorguera. Llevaba ese
horrible saquete de tela negra con que las solteronas se envuelven el occipucio
y que asomaba bajo la cofia de dormir, levantada por los movimientos del sueño.
Tal desorden daba a aquella cabeza el aspecto amenazador que los pintores
atribuyen a las brujas. Las sienes, las orejas y la nuca nada ocultas dejaban
adivinar su carácter árido y seco; sus profundas arrugas estaban subrayadas por
tonos rojos, desagradables a la vista y que acentuaba más aún el color casi
blanco de la chambra, atada al cuello con cordones retorcidos. Los bostezos de
la chambra entreabierta dejaban ver un pecho comparable al de una vieja
campesina poco preocupada de su fealdad. El brazo, descarnado, hacía el efecto
de un bastón en el cual se hubiese puesto una tela.
Vista
en la ventana, aquella señorita parecía de alta estatura a causa de la fuerza y
la extensión de su rostro, que recordaba la inusitada amplitud de algunas caras
suizas. Su fisonomía, cuyos rasgos pecaban por falta de conjunto, tenía por
carácter principal una sequedad de líneas, una acritud de tonos, una
insensibilidad en el fondo que habrían producido desagrado a cualquier
fisonomista. Aquella expresión, visible en el momento en que la describimos, se
modificaba habitualmente gracias a una especie de sonrisa comercial, a una
estupidez burguesa capaz de imitar tan bien a la bondad, que las personas con
quienes vivía la señorita podían muy bien tomarla por un ser excelente. Poseía
aquella casa pro indiviso con su hermano. El hermano dormía tan tranquilamente
en su alcoba, que la orquesta de la Opera no le habría despertado, ¡y eso que
el diapasón de la tal orquesta es célebre! La solterona sacó la cabeza fuera de
la ventana; alzó a la guardilla sus ojuelos, de un azul pálido y frío, de
pestañas cortas y párpados hinchados casi siempre en los bordes; intentó ver a
Petrilla, pero luego de haber reconocido la inutilidad de su maniobra, se
volvió a su dormitorio, con un movimiento semejante al de una tortuga que
esconde la cabeza después de haberla sacado del caparazón. Las persianas se
cerraron, y ya no turbó el silencio de la plaza más que el paso de los aldeanos
que llegaban o el de los vecinos madrugadores. Cuando hay una solterona en una
casa, los perros de guarda son inútiles; no ocurre el menor suceso que ella no
vea y no comente y del cual no saque todas las consecuencias posibles. Así,
aquella circunstancia iba a dar motivo a graves suposiciones: a abrir uno de
esos dramas obscuros que se desarrollan en familia y que no por permanecer
secretos son menos terribles, contando con que me permitáis aplicar la palabra
drama a esta escena doméstica.
Petrilla
no se acostó de nuevo. Para ella, la llegada de Brigaut era un acontecimiento
enorme. Durante la noche, edén de los desgraciados, olvidaba sus enojos, las
incomodidades que durante todo el día tenía que soportar. Como le sucede al
héroe de no sé qué balada alemana o rusa, su sueño le parecía una vida feliz y
el día un mal sueño. Al cabo de tres años acababa de tener por vez primera un
despertar agradable. Había sentido en su alma el canto melodioso de los
recuerdos poéticos de su infancia. La primera estrofa la oyó en sueños todavía;
la segunda la hizo levantarse sobresaltada; a la tercera dudó, porque los
desgraciados son de la escuela de Santo Tomás; a la cuarta estrofa, habiéndose
acercado en camisa y con los pies descalzos a la ventana, vio a Brigaut, su
amigo de la infancia. ¡Ah, sí! Aquélla era la chaqueta de faldoncillos
bruscamente cortados y cuyos bolsillos bailotean sobre los riñones, la chaqueta
de paño azul clásica en Bretaña; el chaleco de basto paño de Ruan, la camisa de
lino cerrada con un corazón de oro, el gran cuello arrollado, los pendientes,
los gruesos zapatos, el pantalón de lino azul crudo desigualmente desteñido,
todas esas cosas, en fin, humildes y fuertes que constituyen el traje de un
bretón pobre. Los grandes botones blancos, de asta, del chaleco y de la
chaqueta hicieron palpitar el corazón de Petrilla. Al ver el ramo de aulaga,
las lágrimas arrasaron sus ojos; luego, un horrible terror oprimió en su alma
las flores del recuerdo un instante abiertas.
Pensó
que su prima había podido oírla levantarse e ir a la ventana, adivinó a la
solterona e hizo a Brigaut aquella seña de espanto a la cual el joven bretón se
apresuró a obedecer sin comprender nada. Tan instintiva sumisión, ¿no pinta uno
de esos afectos inocentes y absolutos que hay de siglo en siglo en esta tierra,
donde florecen, como los áloes en la Isola bella, dos o tres veces en cien
años? Quien hubiera visto a Brigaut escapar habría admirado el heroísmo más
candoroso con el más simple de los sentimientos. Santiago Brigaut era digno de
Petrilla Lorrain, que terminaba su año decimocuarto: ¡dos niños! Petrilla no
pudo menos de llorar cuando le vio alzar el pie con el susto que su gesto le
había comunicado. Luego fue a sentarse en una mala butaca, ante una mesita
sobre la cual tenía el espejo. Púsose allí de codos, con la cabeza entre las
manos, y permaneció pensativa durante una hora, ocupada en recordar la Marisma,
el barrio de Pen–Hoël, los peligrosos viajes emprendidos por un estanque en una
barca que el pequeño Santiago desataba para ella de un viejo sauce, luego, los
rugosos rostros de su abuelo y su abuela, la doliente cabeza de su madre y la
hermosa fisonomía del comandante Brigaut. ¡Toda una infancia sin cuidados! Fue
un sueño más: alegrías luminosas sobre un fondo grisáceo. Tenía Petrilla los
hermosos cabellos rubios en desorden bajo la gorrita ajada durante el sueño;
una gorrita de percal y puntillas que ella misma se había hecho. Flotaban en
sus sienes rizos escapados de los papillotes de papel gris. De la nuca le
pendía una gruesa trenza aplastada. La blancura excesiva de su rostro denotaba
una de esas horribles enfermedades de muchacha a la cual ha dado la medicina el
gracioso nombre de clorosis y que priva al cuerpo de sus colores naturales,
turba el apetito y anuncia grandes desórdenes en el organismo. Su cuerpo tenía
el mismo tono de cera. El cuello y los hombros explicaban con su palidez de
hierba marchita la delgadez de los brazos. Los pies de Petrilla parecían
debilitados y empequeñecidos por la enfermedad. La camisa, que sólo le cubría
hasta media pierna, dejaba ver nervios fatigados, venas azuladas, carnes
empobrecidas. El frío que estaba sufriendo le puso los labios de un hermoso
color violeta. La triste sonrisa, que echó atrás las comisuras de sus labios,
descubrió unos dientes menudos de fino marfil, lindos dientes transparentes que
armonizaban bien con sus delicadas orejas; su nariz, un poco afilada pero
elegante, con el corte de su rostro, muy gracioso a pesar de su perfecta redondez.
Toda la animación de aquella cara encantadora estaba en los ojos, cuyo iris
color tabaco de España salpicado de puntitos negros brillaba con reflejos de
oro en derredor de una pupila profunda y viva. Petrilla debía de haber sido
alegre; ahora estaba triste. Su perdida alegría, permanecía aún en la vivacidad
de los contornos del ojo, en la gracia ingenua de la frente, en el trazo de la
breve barbilla. Sus largas pestañas se dibujaban como pinceles sobre los
pómulos demacrados por el sufrimiento. El blanco de la piel, prodigado en
demasía, hacía más puros los detalles y las líneas de la fisonomía. La oreja
era una pequeña joya escultórica; la hubieseis creído de mármol. Petrilla
sufría de muchos modos. Eso tal vez os hace desear su historia. Hela aquí:
La
madre de Petrilla era una señorita Auffray de Provins, hermana de padre de la
señora Rogron, madre de los poseedores actuales de aquella casa.
Casado
en primeras nupcias a los diez y ocho años, el señor Auffray contrajo nuevo
matrimonio hacia los sesenta y nueve. De su primer matrimonio tuvo una hija
única, bastante fea y que casó a los diez y seis años con un posadero de
Provins llamado Rogron.
De
su segunda mujer, el bueno de Auffray tuvo aún otra hija, y ésta encantadora.
Así se daba el caso bastante extraordinario de que hubiese una enorme
diferencia de edad entre las dos hijas del señor Auffray: la primera tenía
cincuenta años al nacer la segunda. Cuando su anciano padre le dio una hermana,
la señora Rogron tenía dos hijos mayores.
A
los diez y ocho años, la segunda hija del enamoradizo viejo contrajo matrimonio
de inclinación con un oficial bretón apellidado Lorrain, capitán de la Guardia
imperial. El amor suele engendrar ambición. El capitán, que deseaba llegar
pronto a coronel, entró en campaña. Mientras el jefe de batallón y su esposa,
felices con la pensión que les habían destinado los señores de Auffray,
brillaban en París o corrían por Alemania a merced de las batallas y de las
paces imperiales, el viejo Auffray, antiguo abacero de Provins, murió a los
ochenta y ocho años, sin haber tenido tiempo para dejar ninguna disposición
testamentaria. Su herencia fue tan bien manejada por el antiguo posadero y por
su mujer, que absorbieron la mayor parte y no dejaron a la viuda del buen
Auffray más que la casa del difunto, situada en la plaza, y unas fanegas de
tierra. La viuda, madre de la joven señora de Lorrain, no tenía, a la muerte de
su marido, más que treinta y ocho años. Como muchas viudas, concibió la malsana
idea de volverse a casar. Vendió a su hijastra, la vieja señora Rogron, las
tierras y la casa que había obtenido en virtud de su contrato matrimonial, para
casarse con un médico joven apellidado Neraud, que le devoró la fortuna. Dos
años después murió ella del disgusto y en la miseria.
La
parte de la herencia de Auffray que habría podido volver a la señora de Lorrain
desapareció, pues, casi toda y se redujo a unos ocho mil francos. El comandante
Lorrain murió en el campo del honor, en Montereau, dejando a su viuda, de
veintiún años, con una hija de catorce meses, sin otra fortuna que la viudedad
a que tenía derecho y la herencia que pudiera obtener de los señores de
Lorrain, comerciantes al por menor de Pen–Hoël, pueblo vendeano enclavado en el
país que llaman la Marisma. Los Lorrain, padre y madre del militar muerto,
abuelo y abuela paternos de Petrilla Lorrain, vendían la madera necesaria para
las construcciones, pizarras, tejas planas y curvas, cañerías, etc. Su
comercio, fuese por incapacidad o fuese por poca suerte, iba mal y apenas les
daba para vivir. La quiebra de la célebre casa Collinet, de Nantes, causada por
los acontecimientos de 1814, que produjeron una baja repentina en las
mercancías coloniales, acababa de arrebatarles veinticuatro mil francos que
tenían depositados allí. Así es que su nuera llegó en buena ocasión, porque
aportaba una viudedad de ochocientos francos, cantidad enorme en Pen–Hoël. Los
ocho mil francos que su cuñado y su hermana la Regron le enviaron, después de
mil dificultades acarreadas por la distancia, se los confió a los Lorrain,
tomando, de todas suertes, una hipoteca sobre una casita que poseían en Nantes,
alquilada en cien escudos y que apenas valía diez mil francos.
La
joven señora de Lorrain murió tres años después del segundo y funesto
casamiento de su madre, en 1819, casi al mismo tiempo que ella. Era frágil,
menuda y delicada, y el aire húmedo de la Marisma la perjudicó. La familia del
marido, por no dejarla escapar, le aseguró que en ningún otro lugar del mundo
hallaría un país más sano ni más agradable que aquél, testigo de las proezas de
Charette. Fue tan mimada, cuidada y contemplada, que su muerte constituyó el
más grande honor para los Lorrain. Algunas personas pretenden que Brigaut, un
antiguo vendeano, uno de aquellos hombres de hierro que sirvieron a las órdenes
de Charette, de Mercier, del marqués de Montaurán y del barón de Guénic en las
guerras contra la República, había influido mucho en la resignación de la joven
viuda de Lorrain. Si esto fue así, ciertamente era digno de un alma
excesivamente amante y abnegada. Por lo demás, todo Pen–Hoël veía que Brigaut,
respetuosamente llamado el comandante, porque había tenido este grado en los
ejércitos católicos, se pasaba los días y las noches en la sala, junto a la
viuda del comandante imperial. En los últimos tiempos el cura de Pen–Hoël se
permitió dirigir algunas indicaciones a la Lorrain anciana; le rogó que casara
a su nuera con Brigaut, prometiéndole que el comandante sería nombrado juez de
paz del cantón de Pen–Hoël gracias a la protección del vizconde de Kergaronët.
La muerte de la pobre joven hizo estas indicaciones inútiles. Petrilla quedó
con sus abuelos, que le debían cuatrocientos francos de interés por año,
cantidad que, naturalmente, aplicaban a su alimentación y vestido. A los
viejos, menos aptos cada día para el comercio, les salió un competidor activo e
ingenioso, contra el cual se desataban en injurias, pero sin hacer nada para
defenderse de él. El comandante, su consejero y amigo, murió seis meses después
que su amiga, acaso de dolor, tal vez a consecuencia de sus heridas: había
recibido veintisiete. El mal vecino, a fuer de buen comerciante, procuró
arruinar a sus rivales para librarse de toda competencia. Hizo que se prestase
dinero a los Lorrain bajo su firma, previendo que no podrían reembolsarlo, y
los obligó en sus últimos días a liquidar. La hipoteca de Petrilla fue
supeditada a la de su abuela, que se atuvo a sus derechos para que su marido no
careciese de un pedazo de pan. Se vendió la casa de Nantes en nueve mil
quinientos francos, y en la operación hubo que gastar mil quinientos. Los ocho
mil francos restantes fueron a parar a la señora Lorrain, que los colocó en una
hipoteca a fin de poder vivir en Nantes, en una especie de Beaterio, llamado
San Jacobo, donde los dos ancianos hallaron mesa y cuidado por un estipendio
módico. En la imposibilidad de conservar a su lado a su arruinada nieta, los
viejos Lorrain se acordaron de los Rogron y les escribieron. Los Rogron de
Provins habían fallecido. La carta de los Lorrain a los Rogron parecía, pues,
destinada a perderse; pero si hay algo en nuestra vida que pueda suplir a la
Providencia, ¿no es ese algo la administración de Correos? El espíritu del
Correo, incomparablemente superior al espíritu público, sobrepasa en facultad
de invención al de los más hábiles novelistas. Cuando el Correo posee una
carta, que le vale de tres a diez sueldos, y no encuentra inmediatamente al que
ha de recibirla, despliega una solicitud financiera cuyo semejante no se puede
hallar sino en los acreedores más intrépidos. Va, viene, huronea en los ochenta
y seis departamentos. Las dificultades sobreexcitan el ingenio de los
empleados, que a menudo son personas cultas y que se lanzan entonces a la
rebusca del desconocido con tanto ardor como los matemáticos de la Oficina de
las longitudes: registran todo el reino. Al menor vislumbre de esperanza las
oficinas de París se vuelven a poner en movimiento. Con frecuencia os sucede
quedar estupefactos al ver los garabatos que cruzan el dorso y el vientre de la
carta, gloriosos testimonios de la persistencia administrativa con que el
Correo ha sido revuelto. Si un hombre hubiera emprendido lo que el Correo acaba
de realizar, habría perdido diez mil francos en viajes, en tiempo y en dinero
para recobrar doce sueldos. El ingenio que tiene el Correo es, decididamente,
mayor que el que conduce. La carta de los Lorrain dirigida al señor Rogron, de
Provins, fallecido un año antes, fue enviada por el Correo al señor Rogron,
hijo de aquél y mercero en la calle de Saint–Denis, de París. En esto se ve
resplandecer el ingenio del Correo. Un heredero siempre está más o menos
preocupado por saber si ha recogido la herencia íntegra, sin olvidar algún
crédito o algún harapo. El fisco lo adivina todo, incluso los caracteres. Una
carta dirigida al viejo Rogron, de Provins, ya fallecido, tenía que picar la
curiosidad de Rogron hijo, de París, o de la señorita Rogron, su hermana,
porque eran los herederos. De este modo el fisco pudo cobrar sus sesenta
céntimos.
Los
Rogron, a quienes los viejos Lorrain tendían las manos suplicantes, en la
desesperación de tener que separarse de su nieta, habían, pues, de ser los
árbitros del destino de Petrilla Lorrain. Ahora es indispensable explicar sus
antecedentes y sus caracteres.
Rogron
padre, el posadero de Provins a quien el viejo Auffray dio en matrimonio la
hija que había tenido en su primera mujer, era un personaje de rostro
arrebatado, nariz venosa y a cuyas mejillas había Baco aplicado sus pámpanos
rojizos y bulbosos. Aunque grueso, bajo y ventripotente, de piernas crasas y
manos macizas, tenía la finura de los posaderos suizos, a los cuales se
parecía. Su cara representaba vagamente un vasto viñedo apedreado por el
granizo. No era, ciertamente, hermoso, pero su mujer se le asemejaba. Jamás
hubo pareja más adecuada. A Rogron le gustaba la buena vida y que le sirvieran
lindas muchachas. Pertenecía a la secta de los egoístas de talante brutal, que
se entregan a sus vicios y hacen su voluntad a la faz de Israel. Ávido,
codicioso, indelicado, obligado a costearse sus caprichos, se comió sus
ganancias hasta el día en que le faltaron los dientes. Le quedó la avaricia. En
los días de su vejez vendió la posada; arrebañó, como se ha visto, casi toda la
herencia de su suegro y se retiró a la casita de la plaza, comprada por un
pedazo de pan a la viuda de Auffray, abuela de Petrilla. Rogron y su mujer
poseían unos dos mil francos de renta, procedentes del arriendo de veintisiete
parcelas de tierra situadas en los alrededores de Provins y los intereses del
precio de su posada, vendida en veinte mil francos. La casa del honrado
Auffray, aunque, en muy mal estado, fue habitada tal como estaba por los
antiguos posaderos, que se guardaron como de la peste de poner mano en ella: a
las ratas viejas les gustan las grietas y las ruinas. El antiguo posadero se
aficionó a la jardinería y empleó los ahorros en aumentar el jardín; le
extendió hasta la orilla del río, dándole la forma de un paralelogramo encajado
entre dos muros y terminado por un empedrado, donde la naturaleza acuática,
abandonada a sí misma, desplegaba las riquezas de su flora. En los comienzos de
su matrimonio, los Rogron, habían tenido, con dos años de intervalo, una hija y
un hijo; como todo degenera, los hijos salieron horrorosos. Criados en el campo
por una nodriza ya bajo precio, los desgraciados muchachos volvieron con la
horrible educación aldeana, después de haber clamado muy a menudo y durante
mucho tiempo por el pecho del ama, que se iba al campo dejándolos encerrados en
una de esas habitaciones negras, húmedas y bajas que sirven de vivienda al
campesino francés. Con tal ejercicio, las facciones de los muchachos se
hicieron más bastas; su voz se enronqueció; la madre no sintió al verlos muy
halagado su amor propio, e intentó corregirles las malas costumbres con un
rigor que, junto al del padre, parecía ternura. Se les dejaba corretear por los
patios, cuadras y dependencias de la posada o por las calles del pueblo; se les
azotaba algunas veces; otras se los enviaba a casa de su abuelo Auffray, que
los quería muy poco. Esta injusticia fue una de las razones que animaron a los
Rogron a quedarse con la mayor parte de la herencia de aquel miserable viejo.
Sin embargo, Rogron llevó a su hijo a la escuela, y a fin de librarle de quintas
le compró un sustituto: uno de sus carreteros. Cuando su hija Silvia cumplió
trece años, la colocó en París como aprendiza de una casa de comercio. Dos años
después mandó a su hijo Jerónimo Dionisio por el mismo camino. Cuando sus
amigos, sus compadres los carreteros o sus contertulios le preguntaban qué
pensaba hacer de sus hijos, Rogron explicaba su sistema con una brevedad que
tenía, sobre la de otros padres, el mérito de la franqueza.
–Cuando
estén en edad de comprenderme, les pegaré un puntapié, ya sabéis dónde, y les
diré: ¡A hacer fortuna! –respondía, bebiendo o limpiándose la boca con el envés
de la mano.
Luego
miraba a su interlocutor guiñando los ojos con malicia.
–¡Qué
diablo! No son más bestias que yo –añadía–. Mi padre me dio tres puntapiés y yo
no les daré más que uno; él me puso un luis en la mano y yo les pondré dos;
serán más felices que yo, por lo tanto. Así se hacen las cosas. Y luego, cuando
yo muera, quedará lo que quede; ya sabrán encontrarlo los notarios. ¡Estaría
bueno que se molestara uno por los hijos!... Los míos me deben la vida; los he
alimentado y no les pido nada; no están en paz, ¿eh, vecino? Yo empecé siendo
carretero, y ello no me ha impedido casarme con la hija de ese miserable viejo
de Auffray.
Silvia
Rogron fue enviada, con cien escudos de pensión y como aprendiza, a la calle de
Saint–Denis, a casa de unos negociantes naturales de Provins. Dos años más
tarde estaba a la par; si bien no ganaba nada, sus padres no pagaban nada por
su habitación y su alimento. Eso es lo que en la calle de Saint–Denis se llama
estar a la par. Otros dos años después, durante los cuales le envió su madre
cien francos para sus gastos, Silvia tuvo cien escudos de sueldo. De ese modo
alcanzó su independencia desde la edad de diez y nueve años la señorita Silvia
Rogron. A los veinte era la segunda encargada do la Casa Julliard, comerciante
en madejas de seda, en el Gusano chino, calle de Saint–Denis. La historia de la
hermana fue la del hermano. El pequeño Jerónimo Dionisio Rogron entró en casa
de uno de los mas ricos merceros de la calle de Saint–Denis, la Casa Guépin,
llamada Las tres ruecas. Si a los veintiún años era Silvia primera encargada,
con mil francos de sueldo, Jerónimo Dionisio, mejor ayudado por las circunstancias,
se vio a los diez y ocho primer dependiente, con mil doscientos francos, en
casa de los Guépin, otros naturales de Provins. El hermano y la hermana se
veían todos los domingos y días de fiesta; los pasaban divirtiéndose
económicamente: comían fuera de París, iban a ver Saint–Cloud, Meudon,
Belleville, Vincennes. Hacia fines del año 1815 reunieron sus capitales,
amasados con el sudor de sus frentes, unos veinte mil francos, y compraron a la
señora Guenée la célebre tienda de la Hermana de familia, una de las más
acreditadas en mercería al por menor. La hermana se encargó de la caja, el
escritorio y las cuentas. El hermano fue a la vez dueño y primer dependiente,
como Silvia fue durante algún tiempo su propia primera encargada. En 1821, al
cabo de cinco años de explotación, la competencia entre los merceros era tan
viva y animada, que el hermano y la hermana apenas habían podido amortizar la
tienda y sostenerla en su antiguo crédito. Aunque Silvia Rogron no tenía
entonces más que cuarenta años, su fealdad, el constante trabajo y cierto aire
ceñudo, que provenía de la disposición de sus facciones, la hacían representar
cincuenta. A los treinta y ocho años Jerónimo Dionisio Rogron tenía la cara más
boba que jamás un tendero haya podido presentar a sus clientes. Tres profundos
surcos cruzaban su frente aplastada, deprimida por la fatiga; sus cabellos
grises cortados al rape expresaban la indefinible estupidez de los animales de
sangre fría. En la mirada de sus ojos azulados no había ardor ni pensamiento.
Su cara, redonda y chata, no despertaba ninguna simpatía; ni siquiera traía la
risa a los labios de los que se entregan al examen de las variedades del
parisiense; entristecía. Era, en fin, como su padre: gordo y pequeño; pero sus
formas, desprovistas de la brutal robustez del posadero, acusaban en los
menores detalles una debilidad ridícula. La excesiva coloración del padre había
sido substituida en él por esa flácida lividez propia de los que viven en
trastiendas sin aire, en esas cabañas enrejadas que se llaman cajas, enrollando
y desenrollando hilo, pagando o recibiendo, hostigando a los dependientes o
repitiendo las mismas cosas a los parroquianos. El escaso talento de los dos
hermanos había sido enteramente absorbido por el manejo de su comercio, por el
debe y el haber, por el conocimiento de las leyes especiales y los usos de la
plaza de París. El hilo, las agujas, las cintas, los alfileres, los botones,
los útiles de sastre, en fin, la inmensa cantidad de artículos que componen la
mercería parisiense habían llenado su memoria. Las cartas que era necesario
escribir y contestar, las facturas, los inventarios, habían absorbido toda su
capacidad. Fuera de su negocio no sabían nada; ni siquiera conocían París.
Para
ellos, París era una cosa extendida, como los géneros en un escaparate, en
derredor de la calle de Saint–Denis. Su angosto carácter había tenido por todo
campo la tienda. Sabían admirablemente importunar a sus dependientes y
dependientas y cogerlos en falta. Su dicha consistía en ver todas las manos,
agitadas como patas de ratón, sobre los mostradores, manejando el género u
ocupadas en envolver de nuevo los artículos. Cuando oían siete u ocho voces
ocupadas en pronunciar esas frases rituales con que los dependientes responden
siempre a las observaciones de los compradores, el día les parecía hermoso, el
tiempo excelente. Cuando el azul del cielo reavivaba a París; cuando los
parisienses se paseaban sin cuidarse de la mercería, "¡Mal tiempo para la
venta!", decía el imbécil patrón.
La
gran ciencia de Rogron, que le hacía objeto de la admiración de los aprendices,
era la de liar, desliar y volver a liar y confeccionar un paquete. Rogron
podía, mientras hacía un paquete, mirar lo que pasaba en la calle o vigilar
hasta lo más profundo de su almacén; todo lo tenía ya visto cuando, al
presentar el envoltorio a la compradora, decía: "Aquí tiene usted, señora.
¿No desea alguna otra cosa? Sin su hermana, aquel cretino se habría arruinado.
Silvia tenía buen sentido y talento para vender. Dirigía a su hermano para las
compras en fábrica y le hacía ir sin piedad al último rincón de Francia para
encontrar unos céntimos de economía en un artículo. La sutileza que en mayor o
menor cantidad posee toda mujer la había puesto ella al servicio del negocio,
no al del corazón. ¡Una tienda que pagar! Este pensamiento era el pistón que
hacía funcionar su máquina, comunicándole una espantosa actividad. Rogron
seguía siendo primer dependiente; no podía abarcar el conjunto de sus negocios;
el interés personal, principal vehículo del alma, no le había hecho avanzar un
paso. Solía quedarse pasmado cuando su hermana, previendo el fin de la moda de
un artículo, mandaba venderle con pérdida; y después admiraba a Silvia como un
simple. No razonaba ni bien ni mal; era incapaz de razonamiento, pero tenía
motivos para subordinarse a su hermana y se subordinaba por una consideración
que había encontrado fuera del comercio: "Es la hermana mayor",
decía. Tal vez una vida solitaria, reducida a la satisfacción de las necesidades,
sin dinero ni placeres durante la juventud, explicaría a los fisiólogos y a los
pensadores el porqué de la brutal expresión de aquella cara, la debilidad
mental, la actitud necia de aquel mercero. Su hermana le impidió siempre
casarse, temiendo quizá perder influencia en la casa y viendo una causa de
gastos y de ruina en una mujer infaliblemente más joven y, sin duda, menos fea
que ella. La estupidez tiene dos maneras de ser: se calla o habla. La estupidez
muda es soportable; pero la de Rogron era parlanchina. Había tomado la
costumbre de regañar con dureza a los dependientes, de explicarles las minucias
del comercio y de la mercería al pormenor adornando la descripción con esos
burlas toscas que constituyen la jerga tenderil. Escuchado a la fuerza por su
mundillo doméstico, contento de sí mismo, acabó por hacerse una fraseología
propia. Aquel charlatán se creía orador. La necesidad de explicar a los
parroquianos lo que quieren, de sondear sus deseos, de despertarles el deseo de
lo que no quieren, desata la lengua del vendedor al menudeo, el cual acaba por
poseer la facultad de vender frases de esas cuyas palabras no encierran idea
alguna pero que tienen éxito. Además, explica a los compradores procedimientos
poco conocidos, de donde le viene no sé qué momentánea superioridad sobre su
clientela; pero una vez que ha salido de las mil y una explicaciones que
necesitan sus mil y un artículos, se queda, en cuanto al pensamiento, como un
pez sobre paja y al sol. Rogron y Silvia, aquellos dos mecanismos subrepticiamente
bautizados, no tenían, ni en germen ni en acción, los sentimientos que dan al
corazón su vida propia. Sus naturalezas eran excesivamente fibrosas y secas,
endurecidas por el trabajo, por las privaciones, por el recuerdo de los dolores
de un largo y duro aprendizaje. Ni el uno ni el otro compadecían una desgracia;
eran no ya implacables, sino intratables para las personas que se veían
embargadas por alguna dificultad. Para ellos, la virtud, el honor, la lealtad,
todos los sentimientos humanos consistían en pagar regularmente sus billetes.
Desalmados y sórdidos, ambos hermanos tenían una horrible reputación en el
comercio de la calle de Saint–Denis. Sin sus relaciones con Provins, a donde
iban tres veces al año, en las épocas en que podían cerrar la tienda durante
dos o tres días, no habrían tenido dependientes ni dependientas. Pero Rogron
padre les enviaba todos los infelices destinados por sus padres al comercio;
hacía para ellos la trata de aprendices en Provins, donde por vanidad ponderaba
la fortuna de sus hijos. El que más y el que menos, cegado con la perspectiva
de tener a su hija o su hijo bien instruido y vigilado y con la probabilidad de
verle algún día sucediendo a los Hijos de Rogron, enviaba al chico que le
molestaba en casa a la de los solterones. Pero en cuanto el aprendiz o la
aprendiza, a cien escudos de pensión por barba, hallaban el modo de abandonar
aquella galera, huían con una alegría que acrecentaba la terrible celebridad de
los Rogron. El infatigable posadero les descubría a diario nuevas víctimas.
Desde los quince años, Silvia Rogron, habituada a disfrazarse para la venta,
tenía dos caretas: la fisonomía amable de la vendedora y la fisonomía natural
de las solteronas amojamadas. Su fisonomía postiza tenía una mímica
maravillosa; todo en ella sonreía; su voz, tornándose dulce y embaucadora,
seducía comercialmente a la parroquia. Su verdadera cara era la que se mostró
en la persiana entreabierta: habría puesto en fuga al más resuelto de los
cosacos de 1815, a quienes, sin embargo, les gustaban todas las francesas.
Cuando
la carta de los Lorrain llegó, los Rogron, de luto por su padre, habían
heredado la casa poco menos que robada a la abuela de Petrilla, tierras
compradas por el ex posadero y algún capital procedente de préstamos usurarios
o hipotecas sobre bienes de campesinos a quienes el viejo borracho esperaba
expropiar. Su balance anual acababa de terminarse. La propiedad de la Hermana
de familia estaba pagada. Los Rogron poseían unos sesenta mil francos de
mercancías almacenadas, unos cuarenta mil en caja o en cartera y el valor de la
tienda. Sentados en la banqueta de terciopelo de Utrecht, verde a listas y
embutida en un nicho cuadrado detrás del escritorio, frente al cual había otro
escritorio semejante para la primera dependienta, el hermano y la hermana se
consultaban sobre sus intenciones. Todo mercader aspira a la burguesía.
Realizando su comercio, los hermanos tendrían unos ciento cincuenta mil
francos, sin contar la herencia del padre. Colocando en Deuda pública el
capital disponible, cada uno obtendría de tres a cuatro mil libras de renta,
aunque destinasen a restaurar la casa paterna el valor del comercio, que les
sería pagado sin duda en el plazo debido. Podían, pues, irse a Provins, a vivir
juntos en una casa de los dos. La primera dependienta era hija de un rico
granjero de Donnemarie, cargado de nueve hijos, y que tuvo que buscarles
colocación porque su fortuna dividida en nueve partes era poca cosa para cada
uno. En cinco años, siete de los hijos habían muerto; la primera dependienta se
había transformado, pues, en un ser tan interesante, que, Rogron intentó,
aunque en vano, hacerla su mujer. La señorita manifestaba a su amo una aversión
que desconcertaba toda maniobra. Además, Silvia no se prestaba de buen grado y
hasta se oponía a la boda de su hermano. Quería que una muchacha tan astuta
como aquélla fuera su sucesora comercial y que el matrimonio de Rogron quedase
para Provins. Nadie entre los transeúntes puede comprender el móvil de las
existencias criptogámicas de algunos tenderos; se les mira y se pregunta:
"¿De qué y para qué viven? ¿Adónde van? ¿De dónde vienen?" Se pierde
uno en las insignificancias cuando se las quiere explicar. Para descubrir el
poco de poesía que germina en esas cabezas y vivifica esas existencias es
necesario ahondar en ellas, y en seguida se encuentra el fondo en que todo
descansa. El tendero parisiense se nutre de una esperanza –más o menos
realizable y sin la cual evidentemente perecería: éste sueña con edificar o
administrar un teatro; aquél tiende a los honores de la alcaldía; uno piensa en
una casa de campo a tres leguas de París, con una especie de parque donde
colocar estatuas de yeso policromado y surtidores que parecen cabos de hilo, y
en todo lo cual gasta el dinero locamente; otro aspira a los mandos superiores
de la Guardia nacional. Provins, ese paraíso terrenal, excitaba en los dos
merceros el fanatismo que todas las bellas ciudades de Francia inspiran a sus
habitantes. Digámoslo en honor de la Champagne: este amor es legítimo. Provins,
una de las ciudades más encantadoras de Francia, rivaliza con el Frangistán y
el valle de Cachemira; no sólo contiene la poesía de Saadi, el Homero persa,
sino que además ofrece virtudes farmacéuticas a la ciencia médica. Los cruzados
trajeron rosas de Jericó a este delicioso valle, donde por azar adquirieron
nuevas cualidades sin perder nada de sus colores. Provins no es sólo la Persia
francesa; podría también ser Baden, Aix, Bath; ¡tiene aguas! He aquí el paisaje
que de año en año veían los dos merceros y que a menudo se les aparecía, sobre
el suelo enlodado de la calle de Saint–Denis. Después de haber atravesado las
llanuras grises que hay entre Ferté–Gaucher y Provins, verdadero desierto pero
productivo, un desierto de trigo, llegáis a una colina. De pronto veis a
vuestros pies una ciudad regada por dos ríos; bajo la roca se extiende un verde
valle de encantadoras líneas y fugitivos horizontes. Si procedéis de París,
tornáis a Provins a lo largo, pasando por esa eterna carretera de Francia, con
su ciego y sus mendigos, que os acompañan con sus lastimeras voces cuando os
ponéis a examinar el pintoresco e inesperado paisaje. Si procedéis de Troyes,
entráis por la parte llana del país. El castillo, la ciudad vieja y sus
antiguas murallas aparecen escalonadas en la colina. La ciudad joven se
extiende abajo. Hay el alto y el bajo Provins; primero, una ciudad aérea, de
rápidas calles, de hermosos aspectos, rodeada de caminos excavados cruzados por
torrenteras, poblados de nogales y cuyos anchos surcos aran la roca viva de la
colina; ciudad silenciosa, atildada, solemne, dominada por las imponentes
ruinas del castillo; luego, una ciudad de molinos regada por el Voulzie y el
Durtain, dos ríos de Brie, angostos, lentos y profundos; una ciudad de
hospederías, de comercio, de burgueses retirados, arada por las ruedas de las
diligencias, de las carretelas y de los vehículos de carga. Estas dos ciudades,
o esta ciudad, con sus recuerdos históricos, la melancolía de sus ruinas, la
alegría de su valle, sus deliciosas barrancas llenas de setos enmarañados y de
flores, sus riberas festoneadas de jardines, excita de tal modo el amor de sus
hijos, que éstos se conducen como los auverneses, los saboyanos y los
franceses; si salen de Provins para buscar fortuna, vuelven siempre. El
proverbio o "Morir en la cama", hecho para los conejos y para las
personas fieles, parece ser la divisa de los hijos de Provins. ¡Así los dos
Rogron no pensaban más que en su pueblo! Mientras vendía hilo, el hermano veía
la ciudad alta; cuando amontonaba cartulinas llenas de botones, contemplaba el
valle; enrollando y desenrollando cinta, seguía el curso brillante de los ríos.
Mirando a sus anaqueles, subía por los hondos caminos adonde antaño iba,
huyendo de la cólera de su padre, a comer nueces y atracarse de zarzamoras. Sobre
todo, la placita de Provins era la que ocupaba su pensamiento; pensaba
embellecer la casa; soñaba con la fachada, que quería reconstruir; con los
dormitorios, con el salón, con la sala de billar, con el comedor y con la
huerta, que imaginaba transformada en un jardín inglés, con arriates, grutas,
juegos de agua, estatuas, etc. Las habitaciones en que dormían el hermano y la
hermana, en el segundo piso de la casa de París, de tres balcones y seis pisos,
alta y amarilla, como tantas otras de la calle de Saint–Denis, no tenían más
muebles que los estrictamento necesarios; pero no había en París quien poseyese
mobiliario más rico que aquel mercero. Cuando andaba por la ciudad quedábase
extático ante los bellos muebles expuestos y los tapices, telas y cortinajes de
que llenaba su casa. A la vuelta decía a Silvia:
–En
tal tienda he visto un mueble de salón que nos convendría.
Al
día siguiente compraba otro, y siempre así. En el mes corriente devolvían los
muebles del mes último. No habría habido presupuesto para pagar sus reformas
arquitecturales; lo quería todo, y daba siempre la preferencia a las últimas
invenciones. Cuando contemplaba los balcones de las casas de nueva
construcción; cuando estudiaba los tímidos ensayos de su ornamentación
exterior, le parecían las molduras, las esculturas y los dibujos fuera de su
lugar adecuado.
–¡Ah!
–exclamaba–. ¡Cuánto mejor harían en Provins que aquí estas cosas tan bonitas!
Cuando
en el umbral de la puerta rumiaba el desayuno, apoyado en la portada, con los
ojos embobados, veía una casa fantástica, dorada por el sol de sus sueños, se
paseaba por su jardín, escuchaba el murmullo de su surtidor, que se desgranaba
en perlas brillantes sobre la blanca taza de piedra. Jugaba en su billar,
plantaba flores. Silvia, por su parte, cuando estaba con la pluma en la mano,
reflexiva y sin acordarse de gruñir a la dependencia, era que se contemplaba
recibiendo a los burgueses de Provins y se miraba, adornada de gorros
maravillosos, en las lunas de su salón. Ambos hermanos empezaban a encontrar
malsana la atmósfera de la calle de Saint–Denis, y el hedor de las inmundicias
del mercado les hacía desear la fragancia de las rosas de Provins. Tenían a la
vez una nostalgia y una manía, contrariados por la necesidad de vender sus
últimos cabos de hilo, sus ovillos de seda y sus botones. La tierra prometida
del valle de Provins atraía tanto más a aquellos hebreos, cuanto que realmente
habían padecido durante mucho tiempo y atravesado anhelantes los arenosos
desiertos de la mercería.
Recibieron
la carta de los Lorrain cuando se hallaban en plena meditación inspirada por el
bello porvenir. Los merceros no conocían apenas a su prima Petrilla Lorrain. La
cuestión de la herencia de Auffray, arreglada hacía mucho tiempo por el viejo
posadero, había ocurrido durante su instalación, y Rogron hablaba muy poco de
sus capitales. Enviados en edad temprana a París, los hermanos no se acordaban
casi de su tía Lorrain. Les hizo falta una hora de discusiones genealógicas
para recordar a su tía, hija del segundo matrimonio de su abuelo Auffray,
hermana de padre de su madre. Cayeron en la cuenta de que la señora Lorrain era
hija de la señora Neraud, muerta de pesar. Entonces juzgaron que el segundo
matrimonio de su abuelo había sido para ellos una cosa funesta, puesto que
ocasionó el reparto de la herencia de Auffray entre el fruto de dos mujeres.
Por otra parte, habían oído a su padre, siempre un poco chabacano y posadero,
algunas recriminaciones. Los dos merceros examinaron la carta de los Lorrain a
través de aquellos recuerdos poco favorables a la causa de Petrilla. Encargarse
de una huérfana, de una muchacha, de una prima que, a pesar de, todo, sería su
heredera si ninguno de ellos casaba, era cosa que merecía discusión. La
cuestión fue estudiada en todos sus aspectos. Ante todo, ellos no habían visto
nunca a Petrilla. Luego, sería fastidioso tener que custodiar a una muchacha
soltera. ¿No contraerían obligaciones respecto de ella? Si no les convenía, no
podrían devolverla. Por último, ¿no habría que casarla? Y si Rogron encontraba
su media naranja entre las herederas de Provins, ¿no sería mejor que guardase
sin fortuna para sus hijos? Según Silvia, la mujer apropiada para su hermano
sería una muchacha estúpida, rica y fea que se dejara gobernar por ella. Los
dos merceros se decidieron a negarse. Silvia se encargó de la respuesta. La
corriente de los negocios fue lo bastante considerable para retrasar la carta,
que no parecía urgente. La solterona no volvió a pensar en ella desde que la
primera dependienta accedió a tratar de la adquisición de la Hermana de
familia. Silvia Rogron y su hermano marcharon a Provins cuatro años antes del
día en que la llegada de Brigaut iba a dar tanto interés a la vida de Petrilla.
Pero el proceder de estas dos personas en su provincia exige una explicación
tan necesaria como la de su existencia en París, porque Provins no había de ser
menos funesto para Petrilla que los antecedentes comerciales de sus primos.
Cuando
un pequeño negociante que ha ido de provincias a París regresa de París a
provincias, vuelve siempre con algunas ideas que luego se le pierden entre las
costumbres de la vida provinciana en que se sumerge y en la cual se abisman sus
veleidades de renovación. De ahí esos ligeros cambios lentos, sucesivos, con
que París acaba por arañar la superficie de las ciudades departamentales y que
señalan esencialmente la transición del ex tendero al provinciano enaltecido.
Esta transición constituye una verdadera enfermedad. Ningún tendero pasa
impunemente de su charlatanería habitual al silencio, de su actividad
parisiense a la inmovilidad provinciana. Cuando estas buenas gentes han hecho
algo de fortuna, gastan una parte en su pasión largo tiempo reprimida, y en
esto emplean las últimas oscilaciones de un movimiento que no podría detenerse
a voluntad. Los que no habían acariciado una idea fija viajan o se lanzan a las
ocupaciones políticas de la municipalidad. Unos van de caza o a pescar. Otros
se hacen usureros como Rogron padre, o accionistas como tantos desconocidos. Ya
conocéis el tema Silvia y Jerónimo: tenían que satisfacer su regia fantasía de
manejar la llana; construirse su casa encantadora. Esta idea fija proporcionó a
la plaza de Provins la fachada que acababa de examinar Brigaut y produjo la
distribución interior del lujoso mobiliario de aquella casa. El contratista no
puso un clavo sin consultar a los Rogron, sin someter a su firma los planos y
los presupuestos, sin explicales ampliamente al pormenor la naturaleza del
objeto en discusión, el sitio en que se fabricaba y sus diferentes precios. En
cuanto a las cosas extraordinarias, bastaba que hubiesen sido empleadas en casa
de la señora Julliard, la joven, o en casa, del señor Garceland, el alcalde.
Una semejanza cualquiera con uno de los burgueses ricos de Provins decidía
siempre el combate en favor del contratista.
–Puesto
que el señor Garceland tiene eso, ¡póngalo! –decía la señorita Rogron–. Debe de
estar bien, porque es hombre de buen gusto.
–Silvia,
nos propone el contratista óvalos, en la cornisa del pasillo.
–¿A
eso lo llama usted óvalos?
–Sí,
señorita.
–¿Y
por qué? ¡Vaya un nombre singular! Nunca lo he oído.
–¿Pero
los ha visto usted?
–Sí.
–¿Sabe
usted latín?
–No.
–Pues
bien: quiere decir huevos; los óvalos son huevos.
–¡Son
ustedes graciosos los arquitectos! –exclamaba Rogron.
–¿Pintamos
el pasillo? –decía el contratista.
–¡De
ningún modo!–exclamaba Silvia–. ¡Quinientos francos más!
–¡Oh!
El salón y la escalera son demasiado bonitos para no pintar el pasillo –decía
el contratista–. La señora de Lesourd pintó el suyo el año pasado.
–Sin
embargo, su marido, como fiscal, puede ser trasladado de Provins.
–¡Bah!
Algún día será presidente del Tribunal decía el contratista.
–¿Y
qué va usted a hacer entonces del señor Tiphaine?
–El
señor Tiphaine tiene una mujer bonita y no hay que preocuparse de él. El señor
Tiphaine irá a París
–¿Pintarnos
el pasillo?
–Sí.
Así, al menos, verán los Lesourd que somos tanto como ellos –decía Rogron.
El
primer año del establecimiento de los Rogron en Provins fue empleado
enteramente en estas deliberaciones, en el placer de ver trabajar a los
obreros, en las sorpresas y enseñanzas de todo género que del trabajo se
deducían y en las tentativas que ambos hermanos hicieron para entablar amistad
con las principales familias de la población.
Los
Rogron no habían frecuentado nunca la sociedad; no habían salido de su tienda;
no conocían absolutamente a nadie en París; tenían sed de los placeres del
trato social. A su regreso a Provins encontraron primero a los señores de
Julliard, los del Gusano chino, con sus hijos y sus nietos; luego, a la familia
de los Guépin, o mejor el clan de los Guépin, cuyo nieto poseía todavía Las
tres ruecas; por último, a la señora Guénée, que les había vendido la Hermana
de familia y cuyas tres hijas estaban casadas en Provins. Aquellas tres grandes
razas –los Julliard, los Guépin y los Guénée– se extendían por la ciudad como
la grama por una pradera. El alcalde, señor Garceland, era yerno del señor
Guépin. El cura, señor ábate Péroux, era el propio hermano de la señora
Julliard, que era una Péroux. El presidente del Tribunal, señor Tiphaine, era
hermano de la señora Guénée, la cual firmaba: "Nacida Tiphaine".
La
reina de la ciudad era la hermosa señora de Tiphaine, la joven, hija única de
la señora Roguin, acaudalada esposa de un antiguo notario de París, de quien no
so hablaba nunca. Delicada, linda y espiritual, casada en provincias por
imposición de su madre, que no quería tenerla junto a sí y la había sacado del
colegio unos días antes de la boda. Melania Roguin se consideraba en Provins
como desterrada y se conducía admirablemente bien. Ricamente dotada, aun tenía
bellas esperanzas. En cuanto al señor Tiphaine, su anciano padre, había hecho a
su hija mayor, la señora de Guenée, tales anticipos de herencia, que una tierra
de ocho mil libras de renta, situada a cinco leguas de Provins, tenía que
corresponderle a él. De ese modo, los Tiphaine, que al casarse contaban con una
renta de veinte mil libras, sin contar el puesto ni la casa de él, debían algún
día reunir otras veinte mil. "No son desgraciados" se decía. La
grande y única preocupación de la señora de Tiphaine era conseguir que
nombrasen diputado a su marido. El diputado se convertiría en juez de París, y
desde ese cargo esperaba ella hacerle ascender pronto al Tribunal Supremo. Para
eso explotaba el amor propio de todos y se esforzaba en agradar, y, lo que es
más difícil, lo conseguía. Dos veces por semana recibía a toda la burguesía de
Provins en su hermosa morada de la ciudad alta. Aquella joven de veintidós años
no había dado un paso imprudente en el resbaladizo terreno en que se había
colocado. Satisfacía todas las vanidades; halagaba las aspiraciones de cada
cual. Grave con las personas serias, juvenil con las muchachas, esencialmente
madre con las madres, alegre con las señoras jóvenes y dispuesta a servirlas,
amable para todos; una perla, en fin, un tesoro: el orgullo de Provins. Todavía
no había pronunciado una palabra, pero todos los electores de Provins esperaban
a que su querido presidente tuviese la edad para nombrarle. Cada uno de ellos
hacia de él su hombre, su protector. Estaban seguros de su talento. ¡Ah! El
señor Tiphaine llegaría; sería ministro de Justicia y se cuidaría de Provins.
Véase
por qué medios la venturosa señora de Tiphaine había llegado a reinar en la
pequeña ciudad de Provins. La señora de Guénée, hermana del señor Tiphaine,
después de casar a su primera hija con el señor Lesourd, fiscal; a la segunda
con el médico, señor Martener, y a la tercera con el señor Auffray, notario,
había contraído segundas nupcias con el señor Galardón, el recaudador de
contribuciones. Las señoras de Lesourd, Martener y Auffray y su madre vieron en
el presidente Tiphaine el hombre más rico y más capacitado de la familia. El
fiscal, sobrino político del señor Tiphaine, tenía el mayor interés en que su
tío fuese a París, para quedarse él con la presidencia del Tribunal de Provins.
De tal suerte, las cuatro señoras –la de Galardón adoraba a su hermano
–formaron la corte de la señora de Tiphaine, a la cual pedían en toda ocasión
parecer y consejo. El hijo mayor de los Julliard, casado con la hija única de
un rico labrador, concibió una pasión súbita, secreta y desinteresada por la
presidenta, aquel ángel descendido de los cielos parisienses. La avisada
Melania, incapaz de crearse dificultades con un Julliard, pero muy capaz de
mantenerse en su situación de Amadís y de explotar su necedad, lo aconsejó que
emprendiese la publicación de un periódico, al cual ella serviría de Egeria.
Desde hacia dos años, pues, Julliard, cada vez más poseído de su romántica
pasión, publicaba una hoja, que se llamaba La Colmena, diario de Provins, y que
contenía artículos literarios, arqueológicos y médicos, hechos en familia. Los
anuncios del distrito cubrían los gastos. Los abonados, en número de
doscientos, procuraban la ganancia. Aparecían en él estrofas melancólicas,
incomprensibles en Brie, y dirigidas ¡¡¡A Ella!!!, así, con tres admiraciones.
De este modo, el joven matrimonio Julliard, que cantaba los méritos de la
señora Tiphaine, había juntado el clan de los Julliard con el de los Guénée.
Desde entonces el salón del presidente se había convertido, naturalmente, en el
primero de la ciudad. La poca aristocracia que hay en Provins forma un solo
salón en la ciudad alta, en casa de la anciana condesa de Bréautey.
Durante
los seis primeros meses de su trasplantación, favorecidos por su antigua
amistad con los Julliard, los Guépin y los Guénée, y aprovechándose de su
parentesco con el señor Auffray, el notario, sobrino segundo de su abuelo, los
Rogron fueron recibidos primero por la señora de Julliard madre y por la señora
de Galardón; después llegaron, con bastantes dificultades, al salón de la
hermosa señora de Tiphaine. Todo el mundo quiso estudiar a los Rogron antes de
admitirlos en su casa. Era difícil rechazar a unos comerciantes de la calle de
Saint–Denis, nacidos en Provins y que habían vuelto a esta ciudad a comerse sus
rentas. No obstante, el objeto de toda sociedad será siempre amalgamar gentes
de fortuna, de educación de costumbres, de conocimientos y de caracteres
análogos. Y los Guépin, los Guénée y los Julliard eran personas situadas más
alto y más antiguas en la burguesía que los Rogron, hijos éstos de un posadero
usurero que había merecido reproches por su conducta privada y por su proceder
en el asunto de la herencia de Auffray. El notario Auffray, el yerno de la
señora de Galardón, nacida Tiphaine, sabía a qué atenerse: los asuntos se
habían arreglado en casa de su predecesor. Aquellos antiguos negociantes
regresados a Provins al cabo de doce años se habían puesto, en cuanto a
instrucción, trato social y maneras, al nivel de la buena sociedad, a la cual
imprimía la señora de Tiphaine cierto aire de elegancia, algo de barniz
parisiense. Todo allí era homogéneo; todos se comprendían y cada uno sabía conducirse
y hablar de un modo agradable a todos. Conocían sus respectivos caracteres y
estaban acostumbrados los unos a los otros. Una vez recibidos en casa del
alcalde, señor Garceland, los Rogron tuvieron la presunción de haberse colocado
en poco tiempo entre lo mejor de la ciudad. Silvia aprendió a jugar al boston.
Rogron, incapaz de jugar a ningún juego, en cuanto dejaba de hablar de su casa
daba vueltas a los pulgares y se tragaba las palabras; pero sus palabras eran
como una medicina; parecían atormentarle mucho; se levantaba, hacía ademán de
querer hablar, se sentía intimidado, volvía a sentarse, y sus labios se
agitaban con cómicas convulsiones. Silvia dejó cándidamente ver su carácter en
el juego. Enredadora, quejumbrosa siempre que perdía, insolentemente alegre
cuando ganaba, discutidora, importuna, impacientó a sus adversarios, a sus
contertulios y se convirtió en el azote de la reunión. Devorados por una
envidia necia y franca, Rogron y su hermana tuvieron la pretensión de
representar un papel en una ciudad sobre la cual doce familias tenían extendida
su red de apretadas mallas; donde todos los intereses, todas las vanidades
formaban algo así como un piso resbaladizo, en el cual los recién llegados
habían de mantenerse con mucha atención para no chocar con algo o resbalarse.
Suponiendo que la restauración de la casa les hubiese costado treinta mil
francos, los Rogron reunían diez mil libras de renta. Se creyeron riquísimos;
abrumaron a sus amistades con los anuncios de su futuro lujo y dejaron ver su
mezquindad; su crasa ignorancia, sus estúpidos celos. El día en que los
presentaron a la señora de Tiphaine, que ya los había observado en casa de la
señora de Garceland, de su cuñada, la de Galardón y de la señora de Julliard
madre, la reina de la ciudad dijo confidencialmente a Julliard hijo, que había
dejado salir a todo el mundo y se había quedado a solas con el presidente y con
ella:
–¿Se
han prendado ustedes todos de esos Rogron?
–Por
mi parte–dijo el Amadís de Provins– puedo asegurar que a mi madre la aburren, y
mi mujer no puede resistirlos. Cuando Silvia, hace treinta, años entró de
aprendiza en casa de mi padre, mi padre no podía aguantarla.
–Pues
yo tengo muchas ganas –dijo la hermosa presidenta, poniendo el piececito en la
barra del hogar de la chimenea– de hacer saber que mi salón no es una posada.
Julliard
alzó los ojos al techo, como para decir: "¡Dios mío! ¡Cuánto ingenio!
¡Cuánta, sutileza!
–Quiero
que mi sociedad sea escogida; y si admitiese a los Rogron no lo sería
ciertamente.
–No
tienen corazón, ni ingenio, ni modales –dijo el presidente–. Cuando después de
haber vendido hilo durante veinte años, como ha hecho mi hermana, por
ejemplo...
–Tu
hermana, amigo mío, no haría mal papel en ningún salón –dijo, en un paréntesis,
la señora de Tiphaine.
–Si
se tiene la estupidez de seguir siendo mercero –prosiguió el Presidente–; si no
se sabe desbastarse; si se toman las cuentas del champaña por facturas de vino
de pasto, como esos Rogron han hecho esta noche, lo mejor es quedarse en casa.
–Son
hediondos–dijo Julliard–. Parece que no hay en Provins más casa que la suya.
Quieren abrumarnos a todos. Después de todo, apenas tienen de qué vivir.
–Si
fuese sólo el hermano, se le sufriría –replicó la señora de Tiphaine–; no es
molesto. Con darle un rompecabezas chino permanecería tranquilo en un rincón.
Se le iría todo el invierno en buscar una combinación. Pero la señorita
Silvia... ¡Qué voz de hiena constipada! ¡Qué patas de langosta! No diga usted
nada de esto, Julliard.
Cuando
Julliard se marchó, la mujer dijo a su marido:
–Mira,
ya son bastantes los indígenas a quienes tengo que recibir. Esos dos acabarían
conmigo. Si lo permites nos privaremos de ellos.
–Eres
la dueña de tu casa –contestó el presidente–; pero nos buscaremos enemigos. Los
Rogron se lanzarán a la oposición, que hasta ahora no tiene consistencia en
Provins. Rogron se ha hecho ya visita del barón Gouraud y del abogado Vinet.
–¡Bah!
–dijo Melania sonriendo–. Entonces te prestarán un servicio. Donde no hay enemigos
no hay triunfo. Una conspiración liberal, una asociación ilegal, una lucha
cualquiera te destacarían mejor.
El
presidente miró a su mujer con una especie de admiración temerosa.
Al
día siguiente, en casa de la señora de Garceland, todo el mundo se decía al
oído que los Rogron no habían caído bien en casa de la señora de Tiphaine, cuya
frase sobre la posada alcanzó un éxito inmenso. La señora de Tiphaine tardó un
mes en devolver su visita a la señorita Silvia, insolencia, que en provincias
es muy notada. Silvia tuvo, en la partida de boston en casa de la señora de
Tiphaine, una escena desagradable con la señora de Julliard madre, a causa de
una miseria que su antigua patrona le hizo perder, como dijo ella, malignamente
y adrede. Jamás Silvia, que gustaba de hacer a los demás malas jugadas, pudo
concebir que se la colocase a la recíproca. La señora de Tiphaine procuró en lo
sucesivo arreglar las partidas antes que llegasen los Rogron, de manera que
Silvia se vio obligada a errar de mesa en mesa viendo jugar a los demás, que le
clavaban miradas bajas llenas de picardía. En casa de la señora de Julliard
madre se empezó a jugar al whist, juego que desconocía Silvia. La solterona
acabó por comprender que estaba en mala situación, aunque no adivinaba los
motivos. Se creyó objeto de la envidia de toda aquella gente. Pronto los Rogron
dejaron de ser solicitados en todas las casas, pero persistían en pasar las
veladas en sociedad. Las personas delicadas se burlaron de ello sin hiel,
dulcemente, haciéndoles decir enormes patochadas sobre los óvalos de su casa y
sobre cierta bodega que no tenía par en Provins. Sin embargo, cuando su casa
quedó terminada, los Rogron dieron algunas comidas suntuosas, tanto por
devolver los obsequios recibidos, como por ostentar su lujo. La gente asistió
por pura curiosidad. La primera comida fue para las principales personalidades:
los señores de Tiphaine, en cuya casa, no obstante, no habían comido los Rogron
ni una sola vez; los de Julliard, padre e hijo, madre y nuera; el señor
Lesourd; el señor cura y la señora de Galardón. Fue una de esas comidas de
provincias en que se está a la mesa desde las cinco hasta las nueve. La señora
de Tiphaine había importado en Provins las altas modas de París, donde las
personas elegantes dejan el salón después de tomar el café. Tenía reunión en su
casa e intentó evadirse; pero los Rogron siguieron al matrimonio hasta la
calle, y cuando estupefactos de no haber logrado retener al señor presidente y
a la señora presidenta, los otros convidados les explicaron el buen gusto de la
señora de Tiphaine y la imitaron con una celeridad cruel para provincias.
–¡No
ven nuestro salón iluminado! –dijo Silvia –. ¡Y la luz es lo que le hace más
hermoso!
Los
Rogron habían querido preparar una sorpresa a sus huéspedes. A nadie se le
había permitido ver aquella ya célebre casa; de suerte que los contertulios de
la señora de Tiphaine esperaban con impaciencia a los convidados para conocer
su juicio sobre las maravillas del palacio Rogron.
–¡Vaya!
–dijo la menuda señora de Martener–. Ya han visto ustedes el Louvre. Cuéntenlo
todo.
–Todo
será como la comida: poca cosa.
–¿Cómo
es?
–Pues
bien –dijo la señora de Tiphaine–: esa puerta cancela, cuyos travesaños de
bronce dorado ya conocen ustedes y nosotros hemos tenido que admirar a la
fuerza, da entrada a un largo pasillo que divide la casa con bastante
desigualdad, puesto que la parte derecha no tiene más que un balcón a la calle
y la izquierda tiene dos. Por el lado del jardín el corredor termina en la
puerta vidriera de la escalinata por donde se baja a un macizo de césped donde
se alza un pedestal que soporta el busto de Espartaco en yeso pintado de color
de bronce. Detrás de la cocina, el contratista ha arreglado, bajo la caja de la
escalera, una pequeña despensa, que también se nos ha obligado a visitar. La
escalera, toda ella pintada de mármol portor, consiste en una rampa que gira
sobre sí misma, como las que se usan en los cafés para comunicar el piso bajo
con los entresuelos. El tal cachivache de madera de nogal, de una ligereza
peligrosa, con balaustrada adornada de cobre, nos ha sido mostrado como una de
las siete maravillas del mundo. Debajo está la puerta de los sótanos. Al otro
lado del pasillo, dando a la calle, está el comedor, que comunica por una
puerta de dos hojas con un salón del mismo tamaño cuyas ventanas dan el jardín.
–¿No
hay, pues, antesala? –dijo la señora de Auffray.
–La
antesala es, sin duda, ese largo pasillo donde se está entre dos aires
–respondió la señora de Tiphaine–. Se ha tenido –prosiguió– la idea
eminentemente nacional, liberal, constitucional y patriótica de no emplear más
que maderas de Francia. Así, el piso del comedor es de nogal, figurando punto
de Hungría. Los aparadores, la mesa y las sillas son también de nogal. Los
balcones tienen cortinas de indiana blanca encuadradas de cenefas rojas y
recogidas con vulgares abrazaderas rojas y exagerados alzapaños adornados de
rosetones de color dorado mate y que resaltan sobre un fondo rojizo. Estas
magníficas cortinas cuelgan de unos bastones terminados por palmas
extravagantes sujetas por garras de león de cobre estampado. Por cima de uno de
los aparadores se ve un reloj de los que se usan en los cafés, suspendido de
una especie de servilleta de bronce dorado, una de esas ideas que encantan a
los Rogron. Han querido que yo admirase semejante capricho y no se me ha
ocurrido decirles sino que, de poner una servilleta en derredor de un reloj, el
comedor era el sitio más indicado. Sobre el mismo aparador hay grandes
lámparas, parecidas a las que adornan la caja en las buenas fondas. Encima del
otro hay un barómetro excesivamente adornado y que parece representar un papel
importante en la existencia de los hermanos; Rogron lo mira como miraría a su
novia. Entre los dos balcones han colocado una estufa de losa blanca, empotrada
en un nicho horriblemente rico. En las paredes brilla un magnífico papel rojo y
oro, como se ve también en los restaurantes, y en ellos lo ha elegido Rogron
indudablemente. La comida se nos ha servido en vajilla de porcelana blanca y
oro; los platos de postre, de azul claro con flores verdes; pero han abierto
uno de los aparadores para enseñarnos otra vajilla, de arcilla, para diario.
Enfrente de cada aparador hay un gran armario para la mantelería. Todo está
lustroso, limpio, nuevo, lleno de tonos chillones. Yo, todavía sería capaz de
aceptar el comedor: tiene su carácter y, por desagradable que éste sea, pinta
muy bien el de los dueños de la casa; pero no hay modo de aguantar allí cinco
de esos grabados negros contra los cuales el ministro del Interior debía
presentar una ley y que representan a Poniatowski entrando en el río Elster, la
defensa de la barrera de Clichy, a Napoleón apuntando un cañón por sí mismo y a
los dos Mazeppa, todos puestos en grandes marcos dorados cuyo vulgar modelo
conviene a grabados tales, capaces de hacer que se tome odio al éxito. ¡Oh,
cuánto más me gustan los pasteles de la señora de Julliard, que representan
frutas; esos excelentes pasteles de la época de Luis XV, que están en armonía
con aquel antiguo y amable comedor, de maderas grises y un poco carcomidas,
pero que tienen el carácter provinciano y hacen juego con la maciza plata
familiar, con la porcelana antigua y con nuestras costumbres! Las provincias
son las provincias y se ponen ridículas cuando quieren imitar a París. Me dirán
ustedes, tal vez, que yo soy orfebre; pero prefiero este viejo salón del padre
de mi marido, con sus gruesos cortinones de seda verde y blanca, con su
chimenea Luis XV, con sus tremós contorneados, sus antiguos espejos de perlas y
sus venerables mesas de juego; mis viejos vasos de Sevres, con su viejo azul y
montados en cobre viejo; mi reloj de flores imposibles; mi araña rococó y mis
muebles de tapicería a todos los esplendores de su salón.
–¿Cómo
es?–dijo el señor Martener, contentísimo con el elogio que la hermosa
parisiense acababa de hacer, con acierto, de las provincias.
–El
salón es de un soberbio rojo; el rojo de la señorita Silvia cuando se enfada
porque ha perdido una miseria.
–El
rojo–Silvia –dijo el presidente, cuya frase quedó incorporada al vocabulario de
Provins.
–¿Las
cortinas de los balcones...? ¡Rojas! ¿Los muebles...? ¡Rojos! ¿La chimenea...?
¡Mármol rojo portor! ¿Los candelabros y el reloj...? De mármol rojo portor
montados en bronce, de una traza vulgar, pesada; los rosetones del techo,
romanos, con ramas de follaje griegas. Desde lo alto del reloj nos mira
imbécilmente, a la manera de los Rogron, un león inofensivo, llamado león de
adorno y que durante mucho tiempo constituirá el descrédito de los verdaderos
leones. El tal león rueda bajo una de sus patas una gruesa bola, detalle de las
costumbres de los leones de adorno; se pasa la vida con una bola negra en la
pata, exactamente como un diputado de la izquierda. Acaso sea un mito
constitucional. La esfera del reloj es abigarrada. El espejo de la chimenea tiene
uno de esos marcos vulgares, mezquinos, aunque nuevo. Pero donde resplandece el
talento del tapicero es en los pliegues, en forma de radios, de una tela roja,
que arrancan de un alzapaños colocado en el centro de la chimenea: un poema
romántico compuesto expresamente para los Rogron, que se extasían enseñándolo.
Del centro del techo pende una araña cuidadosamente envuelta en un sudario de
percalina verde, y con razón, porque es de pésimo gusto. El bronce, de un tono
agrio, está adornado con filetes de oro bruñido más detestable aún. Debajo de
la araña, una mesa de té redonda, de, mármol aun mas portor que lo demás. En la
mesa, una bandeja tornasolada, de brillo metálico, en la cual relucen las tazas
de porcelana pintada –¡y qué pintura!– agrupadas en derredor de un azucarero de
cristal tallado con tanta arrogancia que nuestros nietos abrirán ojos de a
palmo admirándolo y viendo los círculos de cobre dorado que le festonean y sus
costados, como los de una sobrevesta de la Edad Media, y su tenacilla para el
azúcar, que probablemente nunca se usará. Este salón está forrado de un papel
rojo, imitando terciopelo, y los entrepaños, encuadrados en varillas de cobre,
sujetos en los ángulos con enormes palmas. En cada entrepaño hay una
litocromía, con marcos recargados de festones de escayola que imitan a nuestras
hermosas maderas esculpidas. El moblaje, de casimir y raíz de olmo, se compone
clásicamente de dos canapés, dos poltronas, seis butacas y seis sillas. La
consola está embellecida con un jarrón de alabastro que llaman a lo Médicis,
colocado bajo una campana de cristal y con la ya famosa licorera. Se nos ha
hecho notar ¡que no hay otra licorera igual en Provins! Los vanos de los
balcones están cubiertos con magníficos cortinajes, dobles de seda roja y tul, y
delante de cada uno hay una mesa de juego. La alfombra es de Aubusson, y
también para ella han echado mano los Rogron al fondo rojo con rosas, el más
vulgar de los dibujos corrientes. Parece un salón deshabitado; no hay en él
libros ni grabados, ni esos objetos menudos que suele haber en las mesas –dijo
mirando a su mesa, cargada de objetos de moda, álbumes, lindas cosillas que le
regalaban–. No hay flores ni ninguna de esas nonadas que se renuevan. El salón
es frío y seco como la señorita Silvia. Buffón está en lo cierto: "el
estilo es el hombre", y no hay duda de que los salones son un estilo.
La
hermosa señora de Tiphaine continuó su descripción epigramática. Juzgando por
aquel botón de muestra, todos se figuraron las habitaciones que los hermanos
habitaban en el primer piso y que enseñaron a sus invitados; pero nadie podría
imaginarse las estúpidas invenciones que el espiritual maestro de obras había
sugerido a les Rogron. Las molduras de las puertas, las contraventanas
modeladas, los adornos de escayola de las cornisas, las lindas pinturas, las
manos de cobre dorado, las campanillas, los tubos de las chimeneas, de sistema
fumívoro; las ingeniosidades que evitaban la humedad, los cuadros de
marquetería simulada en la escalera, la vidriería y la cerrajería superfina,
todos esos caprichos, en fin, que aumentan el precio de una construcción y que
placen a los burgueses habían sido prodigados desmedidamente.
Nadie
quiso ir a los saraos de los Rogron, cuyas pretensiones abortaron. Razones para
rehusar no faltaban: todos los días estaban dedicados a la señora Garceland, a
la señora Galardón, a las señoras Julliard, a la señora de Tiphaine, al
subprefecto, etc. Los Rogron creyeron que para hacerse amistades bastaría dar
de comer; acudieron a su casa algunos jóvenes bastante burlones y los amigos de
comer, que los hay en todas partes del mundo; pero todas las personas serias
dejaron de verlos. Asustada por la pérdida de los cuarenta mil francos que la
casa, su querida casa, se había tragado sin provecho, Silvia quiso desquitarse
a fuerza de economías. Renunció, pues, a escape a las comidas, que costaban de
treinta a cuarenta francos, sin contar los vinos, y que no realizaban su
esperanza de hacerse una sociedad, creación tan difícil en provincias como en
París. Despidió a la cocinera y tomó una muchacha del campo para los trabajos
rudos. Ella so encargó de cocinar por sí misma y por gusto.
Catorce
meses después de su llegada cayeron, pues, los hermanos en una vida solitaria y
sin ocupación. Su destierro de la sociedad había engendrado en el corazón de
Silvia un horrible odio contra los Tiphaine, los Julliard, los Auffray, los
Garceland; en suma, contra la sociedad de Provins, que ella llamaba la pandilla
y con la cual ya no tuvo más que un trato muy frío. Habría querido oponer otra
sociedad a aquélla: pero la burguesía inferior estaba exclusivamente compuesta
de modestos comerciantes, libres solamente los domingos y días de fiesta, o de
gentes mal conceptuadas, como el abogado Vinet y el médico Neraud; de
bonapartistas inadmisibles, como el coronel barón de Gouraud, con los cuales
Rogron había entablado torpemente relaciones, aunque ya la alta burguesía
intentó prevenirle. El hermano y la hermana se vieron, por consiguiente,
obligados a quedarse en el rincón de su estufa, en su comedor, recordando sus
negocios, las caras de sus parroquianos y otras cosas igualmente agradables.
Antes que terminase el segundo invierno ya pesaba sobre ellos el hastío de un
modo horroroso y pasaban mil fatigas para matar el tiempo.
Al
acostarse por la noche decían: "¡Ya ha pasado una más!" Estiraban la
mañana permaneciendo en el lecho; se vestían con lentitud. Rogron se afeitaba
por sí mismo todos los días; se examinaba el rostro y hablaba a su hermana de
los cambios que creía notar en él; discutía con la criada sobre la temperatura
del agua caliente; iba al jardín y miraba si las flores habían brotado; se
acercaba a la orilla del río, donde había construido un quiosco; observaba el
maderamen de su casa. ¿Juntaban bien los tablones? ¿Se había agrietado alguno?
¿Se mantenían bien las pinturas? Regresaba para hablar de los temores que le
inspiraba una gallina enferma o de un sitio en que la humedad hacía perennes
las manchas; se lo contaba a su hermana, entretenida en hacer que hacemos, en
poner la mesa, en torturar a la criada. El barómetro era el mueble más útil
para Rogron: le consultaba sin motivo, le daba palmaditas familiarmente como a
un amigo, y luego decía: "¡Mal tiempo hace!" Su hermana respondía:
"¡Bah! Hace el tiempo de la estación." Si alguien iba a visitarle,
Rogron ponderaba la excelencia del instrumento. El almuerzo les ocupaba otro
rato. ¡Con cuánta lentitud masticaban aquellos dos seres cada bocado! Así es
que su digestión era perfecta; no tenían que temer un cáncer del estómago.
Hasta el mediodía gastaban el tiempo en leer La Colmena y El Constitucional.
Pagaban la suscripción del periódico parisiense por terceras partes con el
abogado Vinet y el coronel Gouraud. Rogron llevaba por sí mismo los periódicos
al coronel, que vivía en la plaza, en casa del señor Martener, y cuyos largos
relatos le causaban un placer inmenso. Por eso Rogron se preguntaba por qué
podía el coronel ser peligroso. Tuvo la necedad de hablarle del ostracismo que
se le había impuesto y de contarle las murmuraciones de la pandilla. Dios sabe
cómo el coronel, tan temible con la pistola como con la espada, y que no temía
a nadie, puso a la Tiphaine y a su Julliard y a los ministeriales de la ciudad
alta, gentes vendidas al extranjero, capaces de todo por alcanzar cargos, que,
cuando las elecciones, leían en los boletines de votación los nombres que les
convenían, etc.
A
eso de las dos, Rogron emprendía un paseíto.
Se
ponía muy contento cuando un tendero se hallaba en el umbral de su puerta y, le
detenía diciendo: "¿Cómo va, amigo Rogron?". Charlaba y pedía
noticias de la ciudad. Escuchaba y refería a su vez los chismorreos de Provins.
Subía hasta la ciudad alta o paseaba por los caminos, según el tiempo. En
ocasiones encontraba viejos que paseaban como él. Aquellos encuentros eran
acontecimientos felices. Había en Provins personas desilusionadas de la vida de
París, sabios modestos que vivían con sus libros. Figuraos la actitud de Rogron
cuando escuchaba a un juez suplente llamado Desfondrilles, más arqueólogo que
magistrado, que hablaba con el señor Martener padre, hombre instruido, y le
decía, mostrándole el valle:
–Explíqueme
usted por qué los ociosos de Europa van a Spa mejor que a Provins, cuando las
aguas de Provins tienen una superioridad reconocida por la medicina francesa,
una acción y una fuerza ferruginosa digna de las cualidades medicinales de
nuestras rosas.
–¡Qué
quiere usted!–replicaba el hombre instruido–. Es uno de esos caprichos
inexplicables. Hace cien años era desconocido el vino de Burdeos; el mariscal
Richelieu, una de las figuras más grandes del último siglo, el Alcibíades
francés, fue nombrado gobernador de Guyena; tenía el pecho destrozado; todo el
mundo sabe por qué; el vino del país le restaura, le restablece. Burdeos
adquiere entonces cien millones de renta y el mariscal ensancha el territorio
de Burdeos hasta Angulema, hasta Cahors; cuarenta leguas a la redonda. ¿Quién
sabe dónde terminan los viñedos bordeleses? ¡Y el mariscal no tiene en Burdeos
una estatua ecuestre!
–¡Ah!
–respondía el señor Desfondrilles–. Si en este siglo o en otro sucede una cosa
análoga en Provins, se verá, yo así lo espero, bien sea en la placita de la
ciudad baja, bien en el castillo, en la ciudad alta, algún bajorrelieve de
mármol blanco que reproduzca la cabeza del señor Opoix, el restaurador de las
aguas minerales de Provins.
–Querido
amigo: tal vez la rehabilitación de Provins sea imposible –decía el anciano
señor Martener– Esta ciudad ha quebrado.
Al
oír esto, exclamaba Rogron con los ojos muy abiertos:
–¡Cómo!
–Fue
antaño una capital que luchó victoriosamente con París, en el siglo XII, cuando
los condes de Champagne tenían en ella su corte, como el rey Renato tenía la
suya en Provenza –replicaba el hombre instruido.– En aquel tiempo, la
civilización, la alegría, la poesía, la elegancia, las mujeres, en suma, todos
los esplendores sociales no estaban exclusivamente en París. Las ciudades se
reponen de su ruina tan difícilmente como las casas de comercio. De Provins
sólo nos queda el perfume de nuestra gloria histórica, el de nuestras rosas y
una subprefectura.
–¡Ah,
lo que sería Francia si hubiese conservado todas sus capitales feudales! –decía
Desfondrilles–. ¿Pueden los subprefectos reemplazar a la raza poética, galante
y guerrera de los Thibault, que habían hecho de Provins lo que Ferrara fue para
Italia, lo que fue Weimar en Alemania y lo que hoy querría ser Munich?
–¿Provins
ha sido una capital?–exclamaba Rogron.
–Pero
¿de dónde sale usted? –le contestaba el arqueólogo Desfondrilles.
El
juez suplente hería entonces con la contera de su bastón el suelo de la ciudad
alta y decía:
–¿Pero
usted no sabe que toda esta parte de Provins está edificada sobre criptas?
–¡Criptas!
–Sí,
señor, criptas; criptas de una altura y una extensión inexplicable. Son como
naves de catedral y tienen columnas.
–El
señor está escribiendo una gran obra arqueológica, en la cual piensa explicar
esas singulares construcciones –decía el viejo Martener viendo que el juez
había entrado en su asunto favorito.
Rogron
volvió muy satisfecho de que su casa estuviese construida en el valle. Las
criptas de Provins les ocuparon cinco días en exploraciones e hicieron el gasto
de la conversación de los solterones durante varias noches. Por este sistema,
Rogron aprendía todos los días algo del viejo Provins, de las alianzas
familiares o de las añejas noticias políticas, y luego se lo refería a su
hermana. Cien veces durante el paseo, y aun varias veces a la misma persona,
preguntaba: "Bueno, y ¿qué se dice? ¿Qué hay de nuevo?" De vuelta en
casa se tendía en un canapé del salón, como un hombre abrumado de cansancio,
aunque no tenía más que el de su propio peso. Hacía tiempo hasta la hora de
comer yendo veinte veces del salón a la cocina, mirando la hora, abriendo y cerrando
las puertas. Mientras el hermano y la hermana tuvieron reuniones a que asistir,
llegaban fácilmente a la hora de acostarse; pero cuando se vieron reducidos a
su casa, la noche era para ellos un desierto que forzosamente había que
atravesar. Algunas veces, las personas, que de regreso a su domicilio pasaban
por la placita oían gritos en casa de los Rogron, como si el hermano asesinase
a la hermana: eran los horribles bostezos de un mercero en el último grado de
aburrimiento. Aquellas dos máquinas, no teniendo nada que triturar entre sus
ruedas mohosas, chirriaban. El hermano habló de casarse, a falta de otra
distracción; pero se sentía envejecido, cansado; le horrorizaba una mujer.
Silvia, que comprendió la necesidad de una tercera persona en casa, se acordó
entonces de su pobre prima, por quien nadie les había preguntado, porque en
Provins se creía que la señora Lorrain y su hija habían muerto. Silvia Rogron
no perdía nunca nada; ¡era demasiado solterona para que se le extraviase algo!
Hizo como que había encontrado casualmente la carta de los Lorrain a fin de
hablar del asunto con toda naturalidad a su hermano; éste se sintió casi feliz
ante la posibilidad de tener una jovencita en casa. Silvia escribió en términos
medio comerciales y medio afectuosos al viejo Lorrain, excusándose por su
retraso con la liquidación de sus negocios, su trasplantación y su
establecimiento en Provins. Mostrábase deseosa de tener consigo a su prima, y
daba a entender que un día Petrilla sería heredera de doce mil libras de renta
si el señor Rogron no se casaba. Habría que haber sido un poco bestia salvaje,
como Nabucodonosor encerrado en el Jardín de Plantas, sin más alimento que la
carne facilitada por el guardián, o negociante retirado sin dependientes a
quien martirizar, para comprender la impaciencia con que los hermanos esperaron
la llegada de su prima Lorrain. Tres días después de enviar la carta ya se
preguntaban cuándo llegaría su prima. Silvia creyó encontrar en su pretendida
protección a la prima pobre un medio de conseguir que la sociedad de Provins
volviera sobre su acuerdo.
Fue
a casa de la señora de Tiphaine, que los había herido con su reprobación y que
quería crear en Provins una alta sociedad, como en Ginebra, a anunciar la
llegada de su prima Petrilla, la hija del coronel Lorrain, deplorando sus
desgracias y mostrándose dichosa de poder ofrecer a la sociedad una joven
heredera.
–Bastante
ha tardado usted en descubrirla –respondió irónicamente la señora de Tiphaine,
que presidía su tertulia sentada en un sofá junto al fuego.
Con
algunas palabras dichas en voz baja mientras se daban los naipes, la señora de
Garceland recordó la historia de la herencia del viejo Auffray. El notario
explicó las iniquidades del posadero.
–¿Dónde
está esa pobre niña?–preguntó cortésmente el presidente.
–En
Bretaña –dijo Rogron.
–Pero
Bretaña es grande –observó el fiscal, señor Lesourd.
–Su
abuelo y su abuela nos escribieron... ¿cuándo, querida?–dijo Rogron.
Silvia,
ocupada en preguntar a la señora de Garceland dónde había comprado la tela de
su vestido, no previó el efecto de su respuesta y dijo:
–Antes
de la venta de nuestro establecimiento.
–¡Y
ha contestado usted hace tres días, señorita! –exclamó el notario.
Silvia
se puso roja, como los más encendidos carbones de la chimenea.
–Hemos
escrito al establecimiento de San Jacobo –replicó Rogron.
–Hay
allí, efectivamente, una especie de hospicio para ancianos –dijo el juez, que
había sido juez suplente de Nantes–; pero la niña no puede estar allí, porque
no se admite más que a personas de más de sesenta años.
–La
niña está allí con su abuela –dijo Rogron.
–Tenía
una fortunita: los ocho mil francos quo su padre de ustedes..., no, quiero
decir su abuelo, le dejó –dijo el notario, equivocándose adrede.
–¡Ah!
–exclamó Rogron con aire estúpido, sin comprender el epigrama.
–¿No
conocen ustedes entonces la situación ni la fortuna de su prima hermana?
–preguntó el presidente.
–Si
el señor hubiese conocido eso no habría dejado a la niña en una casa que no es
sino un hospital decente –dijo severamente el juez–. Recuerdo ahora que vi
vender en Nantes, por expropiación, una casa que pertenecía a los señores
Lorrain, y la señorita Lorrain perdió todo derecho; el asunto pasó por mis
manos.
El
notario habló del coronel Lorrain, que si viviese se asombraría de ver a su
hija en un establecimiento como el de San Jacobo. Los Rogron se retiraron
entonces, diciéndose para sus adentros que el mundo era muy malo. Silvia
comprendió el poco éxito que su noticia había alcanzado: había perdido la
estimación de todos y no podría ya volver a rozarse con la alta sociedad de
Provins.
Desde
aquel día los Rogron no disimularon su odio a las grandes familias burguesas de
Provins. El hermano cantó a la hermana todas las canciones liberales que el
coronel Gouraud y el abogado Vinet le habían hecho aprender y en las cuales se
mortificaba a los Tiphaine, los Guénée, los Garceland, los Guépin y los
Julliard.
–Pero,
oye, Silvia, no comprendo por qué la señora de Tiphaine reniega del comercio de
la calle de Saint–Denis, cuando lo mejor que tiene procede de allí. Su madre,
la señora de Roguin, es prima de los Guillaume, del Gato que pelotea, que
cedieron su establecimiento a José Lebas, su yerno. Su padre es ese notario,
ese Roguin que quebró en 1819 y causó la ruina de la Casa Birotteau. De modo
que la fortuna de la señora de Tiphaine es robada. ¿Qué vamos a decir, si no,
de la mujer de un notario que salva sus bienes y permite que su marido haga una
bancarrota fraudulenta? ¡Muy decente! ¡Ah! Y casó a su hija en Provins a causa
de sus relaciones con el banquero du Tillet. ¡Y esas gentes tienen orgullo!...
En fin, ése es el mundo.
El
día en que Dionisio Rogron y su hermana Silvia se pusieron a despotricar contra
la pandilla pasaron sin saberlo a la situación de personajes y se vieron en
camino de tener sociedad; su salón iba a convertirse en centro de intereses que
buscaban un teatro en que manifestarse. El ex mercero tomó, al llegar a este
punto, proporciones históricas y políticas, porque, siempre sin saberlo, dio
fuerza y unidad a los elementos, hasta entonces flotantes, del partido liberal
de Provins. Veamos cómo. Los primeros pasos de Rogron fueron observados con
curiosidad por el coronel Gouraud y por el abogado Vinet, a quienes habían
unido su aislamiento y su comunidad de ideas. Aquellos dos hombres profesaban
el mismo patriotismo por las mismas razones: querían ser personajes. Pero si
bien estaban dispuestos a ser jefes, les faltaban soldados. Los liberales de
Provins eran: un antiguo soldado convertido en cafetero; un posadero; el señor
Cournant, notario, competidor del señor Auffray; el médico Neraud, antagonista
del señor Martener; algunas personas independientes, colonos desparramados por
el distrito y poseedores de bienes nacionales. El coronel y el abogado, gozosos
de atraerse a un imbécil cuya fortuna podía servirles de ayuda en sus
maniobras, que aportaría dinero a sus suscripciones, que en algunas cosas
tomaría la iniciativa y cuya casa sería el centro popular del partido,
aprovecharon la enemistad de los Rogron con los aristócratas de la ciudad. El
coronel, el abogado y Rogron tenían ya establecido un ligero lazo: su suscripción
en común a El Constitucional; no había de serle difícil al coronel Gouraud
hacer del ex mercero un liberal, aunque Rogron supiese tan poco de política que
ni siquiera conocía las hazañas del sargento Mercier, a quien tomaba por un
colega.
La
próxima llegada de Petrilla aceleró la floración de los codiciosos pensamientos
que la avaricia y la necedad de los dos solterones habían inspirado. Al ver que
Silvia había perdido toda probabilidad de encajar en la sociedad de los
Tiphaine, el coronel concibió un secreto pensamiento. Los militares viejos han
contemplado tantos horrores en tantos países, tantos cadáveres desnudos y
crispados en tantos campos de batalla, que ninguna fisonomía los asusta; y
Gouraud puso los puntos a la fortuna de la solterona. Era un hombre pequeño y
grueso. Llevaba enormes aretes en las orejas, ya pobladas de una enorme
espesura de pelos. Sus anchas patillas encanecidas eran de las que en 1799 se
llamaban aletas. Su rostro, gordo y colorado, estaba un poco curtido, como el
de todos los escapados de Beresina. El abultado vientre formaba en su parte
inferior ese ángulo recto que caracteriza a los viejos oficiales de caballería.
Gouraud había mandado el segundo de Húsares. Sus mostachos grises ocultaban una
enorme boca, que nunca había comido, sino devorado. Un sablazo le había partido
la nariz; de ahí que su voz fuese sorda y profundamente gangosa, como la que se
atribuye a los capuchinos. Tenía manos pequeñas, cortas y anchas, de esas que
hacen decir a las señoras: "Tiene usted manos de grandísimo pícaro."
Sus piernas parecían delgadas para el torso. En aquel ágil corpachón se agitaba
un espíritu sutil, la más completa experiencia de las cosas de la vida, oculta
bajo la aparente indolencia de los militares, y un absoluto menosprecio de los
convencionalismos sociales. El coronel Gouraud tenía la cruz de oficial de la
Legión de Honor y dos mil cuatrocientos francos de retiro; en conjunto mil
escudos de pensión por toda fortuna.
El
abogado, alto y flaco, tenía por único talento sus ideas liberales y por único
ingreso los productos, bastante menguados, de su bufete. En Provins los
abogados defienden por sí mismos sus causas. El Tribunal, por lo demás,
escuchaba poco favorablemente al abogado Vinet por razón de sus opiniones. Por
eso los colonos más liberales, en caso de litigio, se dirigían, mejor que a
Vinet, a otro abogado que disfrutase de la confianza del Tribunal. Se decía que
Vinet había seducido a una muchacha rica de los alrededores de Coulommiers y
obligado a sus padres a dársela en matrimonio. Su mujer pertenecía a la familia
de los Chargebouf, antigua familia noble de Brie, cuyo nombre viene de la
proeza de un jinete en la expedición de San Luis a Egipto. La muchacha había
incurrido en el disfavor de sus padres, los cuales tenían dispuesto, a
sabiendas de Vinet, dejar toda su fortuna a su hijo mayor, con la obligación,
sin duda, de transmitir una parte de ella a los hijos de su hermana. Así
fracasó la primera tentativa ambiciosa de aquel hombre. Viéndose acosado por la
miseria y avergonzado de no poder dar a su mujer las apariencias convenientes,
el abogado hizo inútiles esfuerzos para entrar en la carrera del ministerio
público, pero la rama rica de la familia de los Chargebouf no quiso apoyarle.
Como personas de moralidad, aquellos realistas desaprobaban un casamiento
forzado. Además, su titulado pariente se llamaba Vinet; ¿cómo proteger a un
plebeyo? Cuando el abogado quiso, pues, servirse de su mujer para aproximarse a
sus parientes, todos ellos, uno a uno, fueron rechazándole. La señora de Vinet
no encontró buena acogida más que en casa de una Chargebouf, pobre viuda
cargada de una hija y habitantes las dos en Troyes. Un día Vinet se acordó del
buen acogimiento que esta Chargebouf había hecho a su mujer. Repelido por todo
el mundo; lleno de odio contra la familia de su mujer, contra el Gobierno, que
le negaba un puesto; contra la sociedad de Provins, que no quería admitirle,
transigió con su miseria. Su amargura se acrecentó y le dio energías para
resistir. Se hizo liberal, adivinando que su suerte estaba adscrita al triunfo
de la oposición, y vegetó en una mala casucha de la ciudad alta, de la cual su
mujer salía muy poco. Aquella joven, destinada por su nacimiento a mejor
suerte, permanecía absolutamente sola en el hogar con un niño. Hay miserias
noblemente aceptadas y alegremente soportadas; pero Vinet, roído por la
ambición, sintiéndose culpable de la desgracia de una joven seducida,
disimulaba un sombrío furor; su conciencia se ensanchó y admitió todos los
medios para llegar al fin. Su juvenil rostro se descompuso. Algunas personas se
espantaban, a veces, en el Tribunal viendo su faz viperina, de cabeza
aplastada, boca hendida, ojos que relumbraban a través de los lentes; oyendo su
vocecilla persistente y agria que atacaba a los nervios. Su color confuso,
mezcla de tonos amarillos y verdes, anunciaba su ambición devorada, la continua
quiebra de sus cálculos, sus ocultas miserias. Sabía discutir y hablar; no
carecía de viveza ni de imágenes; era instruido, artificioso. Acostumbrado a
verlo todo a través de su deseo de llegar, podía convertirse en un hombre
político. Un hombre que no retrocede ante nada, con tal que todo sea legal, es
muy fuerte; de ahí provenía la fuerza de Vinet. Aquel futuro atleta de los
debates parlamentarios, uno de los que habían de proclamar el reinado de la
Casa de Orleans, tuvo una influencia horrible sobre la suerte de Petrilla. Por
el momento quería procurarse un arma fundando un periódico en Provins. Después
de haber estudiado a distancia, con la ayuda del coronel, a los dos solterones,
el abogado acabó por contar con Rogron. Esta vez calculaba sobre seguro, y su
miseria iba a cesar al cabo de siete dolorosos años durante los cuales había
sufrido más de un día sin pan. El día en que Gouraud anunció a Vinet en la
placita que los Rogron rompían con la aristocracia burguesa y ministerial de la
ciudad alta, el abogado le dio en el costado un codazo significativo.
–Lo
mismo le da a usted –dijo– una mujer que otra, bonita o fea; debe usted casarse
con la señorita Rogron y luego podríamos organizar aquí algo...
–Pensaba
en ello; pero van a traer consigo a la hija del pobre coronel Lorrain, su
heredera.
–Haga
usted que testen a su favor. ¡Ah! Tendría usted una casa bien montada.
–Ante
todo veremos a esa pequeña –replicó el coronel con un acento de truhán, de
profundo miserable, propio para demostrar a un hombre de la laya de Vinet cuán
poca cosa era una muchacha a los ojos de aquel soldadote.
Desde
que sus abuelos entraron en la especie de asilo donde su vida se iba acabando
tristemente, Petrilla, joven y altiva, sufría tan horriblemente de vivir de la
caridad, que fue dichosa al enterarse de que tenía parientes ricos. Al saber
que se marchaba, Brigaut, el hijo del comandante, su compañero de la infancia,
convertido en aprendiz de carpintero en Nantes, vino a ofrecerle la suma
necesaria para hacer el viaje en coche: sesenta francos, todo el tesoro de sus
propinas de aprendiz, penosamente amasado. Petrilla lo aceptó con la sublime
indiferencia de las verdaderas amistades y que significaba que en el caso
recíproco le habría ofendido que le dieran las gracias. Brigaut había ido todos
los domingos a San Jacobo a jugar con Petrilla y consolarla. El vigoroso obrero
había hecho ya el delicioso aprendizaje de la protección completa y abnegada al
objeto involuntariamente escogido de nuestros afectos. Más de una vez Petrilla
y él, sentados los domingos, en un rincón del jardín, habían bordado en el velo
del porvenir sus proyectos infantiles; el aprendiz de carpintero, cabalgando en
su garlopa, corría el mundo y hacía una fortuna para Petrilla, que le esperaba.
Hacia el mes de octubre del año 1824, época en que terminaba su año onceno,
Petrilla fue confiada por los dos viejos y el joven obrero, horriblemente
melancólicos, al conductor de la diligencia de Nantes a París, con el ruego de
que en París la trasladase a la diligencia de Provins y de que velase por ella.
¡Pobre Brigaut! Corrió como un can detrás de la diligencia y mirando a su amada
Petrilla mientras pudo. A pesar de las señas que le hacía la bretoncita, corrió
hasta una legua más allá de la ciudad; y cuando se sintió agotado, sus ojos
enviaron a Petrilla una mirada mojada de lágrimas. Petrilla también lloró
cuando dejó de verle; se asomó a la ventanilla y todavía le divisó, plantado en
la carretera, mirando cómo huía el pesado carruaje. Los Lorrain y Brigaut
tenían tal desconocimiento de la vida, que la bretona al llegar a París no
tenía un solo sueldo. El conductor, a quien la niña hablaba de sus parientes
ricos, pagó por ella los gastos del hotel en París y se los cobró al de la
diligencia de Provins, encargándole que entregase la niña a sus parientes y que
les pidiese a ellos el reembolso. Cuatro días después de su salida de Nantes,
hacia las nueve de la mañana de un lunes, un viejo y gordo conductor de las
Mensajerías reales cogió a Petrilla de la mano y, mientras se descargaban en la
calle Mayor los artículos y los viajeros consignados a la Administración de
Provins, la llevó, sin más equipaje que dos vestidos, dos pares de medias y dos
camisas, a casa de la señorita Rogron, cuyas señas le dio el director de la
Administración.
–Buenos
días, señorita y la compañía –dijo el conductor–. Le traigo una prima suya,
esta que usted ve, y que es muy linda por cierto. Tiene usted que darme
cuarenta y siete francos, aunque la pequeña no trae peso; firme usted la hoja.
La
señorita Silvia y su hermano se entregaron a su alegría y a su asombro.
–Dispensen
–dijo el conductor–, pero el coche está esperando; firmen la hoja, denme mis
cuarenta y siete francos con sesenta céntimos... y lo que ustedes quieran para
el conductor de Nantes y para mí, que hemos cuidado de la pequeña como si fuese
nuestra hija. Hemos anticipado el gasto de su cama, de su alimento, de su viaje
a Provins y algunas cosillas más.
–¡Cuarenta
y siete francos con sesenta céntimos! –dijo Silvia.
–No
irá usted a regatear –exclamó el conductor.
–¿Y
la factura? –dijo Rogron.
–Déjate
de hablar y paga –dijo Silvia a su hermano–; bien ves que no hay más remedio.
Rogron
fue a buscar los cuarenta y siete francos y doce sueldos.
–¿Y
no hay nada para mi compañero y para mí? –dijo el conductor.
Silvia
sacó cuarenta sueldos de su viejo bolso de terciopelo, casi lleno de llaves.
–Gracias,
guárdeselo –exclamó el conductor–. Preferimos haber cuidado a la pequeña por
gusto.
Cogió
su hoja y salió, diciendo a la criada gordiflona:
–¡Vaya
una casa! ¡No sólo en Egipto hay cocodrilos!
–¡Qué
grosera es esta gente! –dijo Silvia, que lo había oído.
–¡Pero
si han tenido cuidado de la pequeña! –respondió Adela, poniéndose en jarras.
–No
tenemos que vivir con él –dijo Rogron.
–¿Dónde
va usted a acostarla? –preguntó la sirvienta.
Así
fue la llegada y recepción de Petrilla Lorrain a casa de sus primos, que la
miraban embobados. Fue arrojada allí como un paquete, sin transición entre la
deplorable habitación que ocupaba en San Jacobo junto a sus abuelos y el
comedor de sus primos, que le pareció el de un palacio. Se encontraba allí
cortada y vergonzosa. A cualesquiera que no fuesen los ex merceros, la
bretoncita les habría parecido adorable, con su falda de burdo paño azul, su
delantal de percalina rosa, sus toscos zapatos, sus medias azules, su pañoleta
blanca, las enrojecidas manos metidas en mitones de punto de lana roja bordados
de blanco que e1 conductor le había comprado. Verdaderamente, el gorrito bretón
recién planchado en París –se le había ajado en el trayecto desde Nantes–
servía como de aureola a su alegre semblante. Aquel gorro nacional de fina
batista guarnecido de una puntilla almidonada y encañonada merecería una
descripción; tan coqueto es y tan sencillo. La luz, tamizada por la tela y la
puntilla, produce una penumbra, una dulce semiclaridad que envuelve el rostro y
le da esa gracia virginal que buscan los pintores en su paleta y que Leopoldo
Robert acertó a encontrar para la cara rafaélica de la mujer que tiene un niño
en brazos en el cuadro de Los segadores. Bajo aquel marco festoneado de luz
brillaba un rostro blanco y rosa, candoroso, animado por la más perfecta salud.
El calor de la piel bordeaba de fuego las lindas orejitas, los labios, la punta
de la fina nariz y, por contraste, reforzaba la blancura de la tez.
–Y
qué, ¿no nos dices nada? –dijo Silvia–. Yo soy tu prima Rogron, y éste es tu
primo.
–¿Quieres
comer? –preguntó Rogron.
–¿Cuándo
saliste de Nantes? –preguntó Silvia.
–Es
muda –dijo Rogron.
–Pobre
pequeña; no trae nada de ropa –exclamó la gordiflona Adela, desatando el lío
hecho con un pañuelo del viejo Lorrain.
–Abraza
a tu primo –dijo Silvia.
Petrilla
abrazó a Rogron.
–Y a
tu prima –dijo Rogron.
Petrilla
abrazó a Silvia.
–Está
atontada por el viaje esta pequeña –dijo Adela–; quizá necesite dormir.
Petrilla
sintió súbitamente por sus primos una invencible repulsión, sentimiento que
hasta entonces nadie le había inspirado. Silvia y la sirvienta fueron a acostar
a la bretoncita en la habitación del segundo piso, donde Brigaut había visto la
cortina de indiana blanca. Había allí un lecho de colegiala, con dosel pintado
de azul, del que pendía una cortina de indiana; una cómoda de nogal, sin piedra
de mármol; una mesita de nogal; un espejo; una mesa de noche, vulgar, sin
puerta, y tres malas sillas. Las paredes, aguardilladas, de la fachada estaban
forradas de un mal papel azul salpicado de flores negras. El piso, pintado y
lustrado, helaba los pies. No había más alfombra que una pequeña de orillo para
los pies de la cama. La chimenea, de mármol común, estaba adornada con un
espejo, unos candelabros de cobre dorado y un vulgar jarrón de alabastro, donde
bebían dos pichones, que eran las asas. Este jarrón procedía del dormitorio de
Silvia en París.
–¿Estarás
bien aquí, nena? –dijo Silvia.
–¡Oh,
es muy bonito! –contestó la niña con su voz argentina.
–No
es descontentadiza –dijo la obesa criada refunfuñando–. ¿Calentarnos la cama?
–añadió.
–Sí
–dijo Silvia–; quizá estén húmedas las sábanas.
Adela,
al traer el calentador, trajo también una de sus gorras de dormir. Petrilla,
que hasta entonces había dormido en sábanas de basta tela bretona, se quedó
sorprendida de la finura y suavidad de las sábanas de algodón. Cuando dejó a la
pequeña instalada y acostada, bajó Adela y no pudo menos de exclamar:
–El
equipaje no vale tres francos, señorita.
Desde
que se decidió por la economía, Silvia obligaba a la criada a permanecer en el
comedor para que no hubiese en la casa más que una lumbre y una luz. Pero
cuando iban a visitarlos Vinet y el coronel Gouraud, Adela se retiraba a la
cocina. La llegada de Petrilla dio animación a la noche.
–Habrá
que hacerle un equipo mañana –dijo Silvia–. No tiene nada.
–No
tiene –dijo Adela– más que los zapatones, que pesan una libra.
–En
su país se usan así –dijo Rogron.
–¡Cómo
miraba su habitación! Y eso que no es muy bonita para una prima de usted,
señorita.
–Buena
es; cállese usted. Ya ha visto usted que está encantada.
–¡Dios
mío, qué camisas! La deben de arañar la piel. Pero nada de esto sirve –dijo
Adela, vaciando el paquete de Petrilla.
Señor,
señora y sirvienta estuvieron hasta las diez ocupados en decidir de qué percal
y de qué precio se harían las camisas; cuántos pares de medias se comprarían;
de qué tela y cuántas serían las enaguas y cuánto vendría a costar el ajuar de
Petrilla.
–No
lo haces por menos de trescientos francos –dijo Rogron, que recordaba los
precios de las cosas y los sumaba de memoria gracias al hábito que tenía de
hacerlo.
–¿Trescientos
francos? –exclamó Silvia.
–Sí,
trescientos francos. Echa la cuenta.
Los
dos hermanos volvieron a empezar. Salían los trescientos francos, sin hechuras.
–¡Trescientos
francos de una redada! –decía Silvia al acostarse, abrumada por la idea que
expresa con bastante ingenio esa frase proverbial.
Petrilla
era uno de esos hijos del amor a quienes el amor ha dotado con su ternura, su
vivacidad, su alegría, su nobleza, su abnegación; nada había hasta entonces
adulterado ni ajado su corazón, de una delicadeza casi salvaje; y la acogida de
sus primos se lo oprimió dolorosamente. Bretaña había sido para ella el país de
la miseria, pero también el del cariño. Los viejos Lorrain fueron los
comerciantes más inhábiles, pero también las personas más amantes, más francas,
más cariñosas del mundo, como todas las personas sin cálculo. En Pen–Hoël, su
nieta no tuvo otra educación que la de la Naturaleza. Petrilla, a su albedrío,
andaba en barca por los estanques, corría por el pueblo y por los campos, en
compañía de Santiago Brigaut, su camarada, absolutamente como Pablo y Virginia.
Obsequiados, acariciados los dos por todo el mundo, libres como el aire, se
entregaban a las mil alegrías de la infancia: en verano iban a ver pescar,
cazaban insectos, cogían ramilletes y hacían jardines; en invierno hacían
resbaladeros, edificaban alegres palacios, pintaban monigotes en la nieve o
hacían bolas de nieve con las cuales se apedreaban. Todo el mundo los quería y
en todas partes se los acogía con sonrisas. Con la hora de aprender llegaron
los desastres. Falto de recursos por la muerte de su padre, Santiago fue por
sus parientes colocado de aprendiz en casa de un carpintero donde le
alimentaban de caridad, como más tarde a Petrilla en San Jacobo. Pero hasta en
aquel hospicio particular la linda Petrilla fue tiernamente cuidada, acariciada
y protegida por todos. La pequeñuela, acostumbrada a tanto afecto, no encontró
en los parientes tan deseados, tan ricos, aquel ambiente, aquellas palabras,
aquellas miradas, aquellas maneras que todo el mundo, incluso los extraños y
los conductores de las diligencias, habían tenido para ella. Su asombro, ya
grande, aumentó con el cambio de atmósfera moral. El corazón siente de pronto
frío o calor como el cuerpo. Sin saber por qué, la pobre criatura sintió ganas
de llorar. Estaba fatigada y se durmió. Habituada a levantarse temprano, como
todos los niños criados en el campo, Petrilla se despertó al día siguiente de
su llegada dos horas antes que la cocinera. Se vistió; anduvo por la
habitación, que caía encima de la de Silvia; miró la plaza; fue a bajar y se
quedó estupefacta ante la belleza de la escalera; examinó en todos sus
pormenores los alzapaños, los cobres, los adornos, las pinturas, etc. Luego
bajó; no pudo abrir la puerta del jardín; subió otra vez; volvió a bajar cuando
Adela se hubo despertado, y salió al jardín; tomó posesión de él; corrió hasta
el río; se quedó embobada ante el quiosco y entró en él. Tuvo para ver y para
asombrarse de lo que veía hasta que su prima Silvia se levantó. Durante el
desayuno, su prima le dijo:
–¿Eras
tú la que desde el amanecer andaba saltando por la escalera y haciendo tanto
ruido?
Me
has despertado de tal modo, que no he podido ya conciliar el sueño. Tienes que
ser prudente y agradable y divertirte sin ruido. A tu primo no le gusta el
ruido.
–Ten
cuidado también con los pies –dijo Rogron–. Has entrado con los zapatos
enlodados en el quiosco y has dejado allí las señales. A tu prima le gusta
mucho la limpieza. Una niña tan grande como tú debe ser limpia. ¿Es que no eras
limpia en Bretaña? ¡Verdad es que cuando fui allá a comprar hilo me daba
lástima ver a aquellos pobres salvajes! Lo que no le falta es apetito –añadió
Rogron, mirando a su hermana–; parece que no ha comido en tres días.
Así,
desde el primer momento, Petrilla se sintió herida por las observaciones de sus
primos; herida sin saber por qué. Su natural franco y recto, abandonado hasta
entonces a sí mismo, ignoraba la reflexión. Incapaz de averiguar en qué
consistía la falta de sus primos, sus propios sufrimientos iban a aclarárselo
lentamente. Después del desayuno, los Rogron, gozosos con el asombro de
Petrilla y deseosos de verla pasmada, le mostraron su hermoso salón para que
aprendiese a respetar las suntuosidades. A consecuencia de su aislamiento e
impulsados por la necesidad moral de interesarse por algo, los solterones
acaban por reemplazar los afectos naturales con afectos ficticios; por amar a
los gatos, los perros, los canarios, a la criada o al director espiritual. Así,
Rogron y Silvia habían contraído un inmoderado amor a su moblaje y a su casa,
que tan caros les habían costado. Silvia llegó a ayudar a Adela por las
mañanas, pareciéndole que la criada no sabía limpiar bien los muebles,
sacudirlos o cepillarlos y mantenerlos como nuevos. Pronto aquella limpieza
constituyó una de sus obligaciones. De ese modo, los muebles, lejos de perder
su valor, ¡ganaban! Servirse de ellos sin desgastarlos, sin mancharlos, sin
arañar sus maderas, sin disipar su barniz: tal era el problema. La ocupación se
convirtió luego en una manía de la solterona. Reunió en su armario trapos de
lana, cera, barnices, cepillos; aprendió a manejarlos tan bien como un
ebanista; tenía sus plumeros, sus rodillas; lustraba el suelo sin temor de
hacerse daño; ¡era tan fuerte! La mirada de sus ojos azules, rígida y fría como
el acero, se deslizaba hasta por debajo de los muebles en todo momento; más
fácilmente habríase hallado en su corazón una cuerda sensible que una pelusa
bajo un sillón.
Después
de lo que se había dicho en casa de la señora de Tiphaine no podía Silvia retroceder
ante los trescientos francos. Así, pues, durante la primera semana Silvia
estuvo completamente ocupada y Petrilla constantemente distraída con el encargo
y prueba de los vestidos, el corte de camisas y enaguas y el trabajo de las
costureras. Petrilla no sabía coser.
–¡Bonita
educación le han dado! –dijo Rogron–. ¿No sabes, entonces, hacer nada, corcita
mía?
Petrilla,
que sólo sabía querer, hizo, por toda respuesta, un gestecillo mimoso.
–Entonces,
¿en qué empleabas el tiempo en Bretaña? –prosiguió Rogron.
–Jugaba
– respondió ella candorosamente –. Todos jugaban conmigo. Mi abuela, mi abuelo
y los demás me contaban cuentos. ¡Ah! Me querían mucho.
–¡Ah!
–respondió Rogron– De modo que hacías lo más cómodo.
Petrilla
no comprendió esta gracia de la calle de Saint–Denis y abrió mucho los ojos.
–Es
tonta de capirote –dijo Silvia a la señorita Borain, la costurera más hábil de
Provins.
–¡Es
tan pequeña! –respondió la costurera mirando a Petrilla, que la miraba poniendo
un hociquito malicioso.
Petrilla
prefería las obreras a sus parientes; era amable para ellas; las miraba
trabajar; les decía frases agradables, esas flores de la infancia que Rogron y
Silvia oían con recelo porque les gustaba producir a los subordinados un
saludable terror. Las obreras estaban encantadas con Petrilla. Sin embargo, no
terminó el equipo sin que hubiese terribles interjecciones.
–¡Esta
chiquilla nos va a costar un ojo de la cara –decía Silvia a su hermano–. A ver
si te estás quieta, niña. ¡Qué demonio! No es para mí, sino para ti –decía a
Petrilla, cuando le tomaban medida de alguna prenda–. ¡Deja trabajar a la
señorita Borain, que tú no le vas a pagar el salario! –decía cuando le veía
pedir algo a la primera costurera.
–Señorita
–decía la costurera Borain–, ¿cosemos esto con punto atrás?
–Sí,
hágalo usted sólidamente; no tengo ganas de estar haciendo un ajuar como éste a
cada paso.
Se
hizo con la niña lo que con la casa. Petrilla tenía que ir tan bien puesta como
la niña de la señora de Garceland. Tuvo brodequines de moda, de piel bronceada,
como la niña de Tiphaine. Tuvo medias de finísimo algodón; un corsé de la mejor
corsetera; un vestido de reps azul; una linda pelerina forrada de seda blanca,
para competir con la pequeña de la señora de Julliard, la joven. Del mismo modo
la ropa interior se hizo en armonía con la exterior; tanto temía Silvia el
examen y el golpe de vista de las madres de familia. Petrilla tuvo bonitas
camisas de madapolán. La señorita Borain dijo que las niñas de la subprefecta
llevaban pantalones de percal bordados y guarnecidos de puntilla; lo mejor.
Petrilla tuvo pantalones con volantes de encaje. Se encargó para ella una
preciosa capa de terciopelo azul forrado de raso blanco, semejante a la de la
pequeña Martener. Así se transformó Petrilla en la más deliciosa niña de
Provins. El domingo, al salir de la iglesia, todas las señoras la besaron. Las
señoras de Tiphaine, Garceland, Galardón, Auffray, Lesourd, Martener, Guépin y
Julliard se enamoraron de la bretoncita. Aquel triunfo exaltó el amor propio de
la vieja Silvia, que no había hecho el bien por Petrilla sino por su propia
vanidad. Sin embargo, Silvia había de acabar por sentir el éxito de su prima; y
véase cómo sucedió: las señoras enviaban por Petrilla, y ella, creyendo
triunfar así, la dejaba ir. Buscaban a Petrilla para que fuese a jugar y hacer
comiditas con las otras niñas. Petrilla logró, pues, mejor acogida que los
Rogron. A Silvia la molestaba que aquellas señoras enviasen por la niña y no
fuesen personalmente a buscarla. La cándida criatura no ocultó cuánto gozaba en
casa de las señoras de Tiphaine, Martener, Galardón, Julliard, Lesourd, Auffray
y Garceland, cuyo trato contrastaba con el desagrado de sus primos. Una madre
habría sido feliz viendo disfrutar a su hija; pero los Rogron habían adoptado a
Petrilla porque les convenía y no para favorecerla; sus sentimientos, lejos de
ser paternales, estaban manchados de egoísmo y de una especie de explotación
comercial.
El
hermoso equipo, los lindos vestidos de fiesta y los de diario empezaron a hacer
desgraciada a Petrilla. Como todos los niños, libres en sus juegos y
acostumbrados a seguir las inspiraciones de su imaginación, gastaba atrozmente
los zapatos, los vestidos y, sobre todo, los pantalones de encaje. Cuando una
madre reprende a su hijo no piensa más que en él; su palabra es dulce y no sube
de tono sino cuando se ve obligada o el niño ha procedido mal; pero en la magna
cuestión de los vestidos, los escudos eran la primera razón de ambos primos; se
trataba de ellos y no de Petrilla. Los niños tienen el olfato de la raza canina
para los actos de quienes los dirigen: huelen admirablemente si se los quiere o
se los tolera. Los corazones puros perciben mejor los matices que los
contrastes; un niño no comprende todavía el mal, pero sabe cuándo se hiere el
sentimiento de lo bello que la naturaleza ha puesto en él. Los consejos que se
acarreó Petrilla sobre la compostura que deben observar las jovencitas bien
educadas, sobre la modestia y la economía, eran el corolario de este tema
principal: "¡Petrilla nos arruina!" Aquellas reprimendas, que
tuvieron un resultado funesto para Petrilla, hicieron a los dos solterones
volver a sus antiguos hábitos comerciales, de que su establecimiento en Provins
les había apartado y en los cuales su natural iba a expansionarse y a florecer
de nuevo.
Acostumbrados
a dirigir, a hacer observaciones, a mandar, a reñir a los dependientes, Rogron
y su hermana languidecían por falta de víctimas. Los espíritus estrechos
necesitan el despotismo para ejercitar los nervios, como las almas grandes
sienten sed de igualdad para el ejercicio del corazón. Los seres mezquinos se
manifiestan lo mismo por la persecución que por la beneficencia; pueden
demostrar su poder mediante un imperio sobre los demás, cruel o caritativo,
pero caen del lado a que los impulsa su temperamento. Añadid el vehículo del
interés y tendréis el enigma de la mayoría de las cosas sociales. Desde
entonces Petrilla se hizo extremadamente necesaria para la existencia de sus
primos. Desde que llegó, los Rogron habían estado ocupadísimos en el equipo, y
luego entretenidos por la novedad de su pequeña comensal. Toda cosa nueva, sea
un sentimiento o sea una posesión, necesita establecer costumbre. Silvia empezó
por llamar a Petrilla pequeña mía; luego suprimió el pequeña mía y lo dejó en
Petrilla a secas. Los regaños, al principio agridulces, se hicieron vivos y
duros. Ya en ese camino, el hermano y la hermana avanzaron rápidamente; ¡ya no
se aburrían! No fue el complot de seres malos y crueles, sino el instinto de
una tiranía imbécil. Los dos hermanos se creyeron útiles a Petrilla como antes
se creían útiles a sus aprendices. Petrilla, cuya sensibilidad verdadera,
noble, excesiva, era el antípoda de la aridez de los Rogron, sentía horror por
los reproches; la afligían tan vivamente, que en seguida mojaban dos lágrimas
sus bellos ojos puros. Tuvo que luchar mucho para reprimir su adorable
vivacidad, que tanto gustaba fuera de casa y que desplegaba entre sus
amiguitas; pero en casa, hacia el fin del primer mes, empezó a permanecer
pasiva. Y Rogron le preguntó si estaba enferma. Al oír esta extraña
interrogación, Petrilla corrió al extremo del jardín para llorar allí, a la
orilla del río, en el cual caían sus lágrimas como ella misma había de caer un
día en el torrente social. Un día, a pesar de su cuidado, se desgarró el
hermoso vestido de reps en casa de la señora de Tiphaine, adonde había ido a
pasar el día jugando. En seguida se deshizo en lágrimas, previendo la
reprimenda que le esperaba en casa.
Le
preguntaron y dejó escapar, entre lágrimas, algunas palabras sobre su terrible
prima. La hermosa señora de Tiphaine tenía reps parecido y reemplazó por su
propia mano el ancho del vestido. La señorita Rogron supo la partida que, según
su expresión, le había jugado la endemoniada chiquilla. Desde entonces no
permitió a Petrilla volver a casa de aquellos señores.
La
vida de Petrilla en Provins iba a dividirse en tres muy distintas fases. La
primera, aquella en que experimentó una especie de dicha con la mezcla de frías
caricias y ardientes reproches de sus primos, duró tres meses. La prohibición
de ir a casa de sus amiguitas, fundamentada en la necesidad de que empezase a
aprender todo lo que debía saber una joven bien educada, cerró la primera fase
de la vida de Petrilla en Provins, el único período de su existencia que le
pareció soportable.
Los
movimientos interiores que la estancia de Petrilla producía en los Rogron
fueron estudiados por Vinet y por el coronel con la precaución del zorro que se
propone entrar en un gallinero y siente inquietud al ver en él un ser extraño.
Los dos iban de tarde en tarde, por no despertar el recelo de Silvia; hablaban
con Rogron aprovechando diferentes pretextos y se iban enseñoreando de él con
una reserva y una habilidad que el gran Tartufo hubiese admirado. El coronel y
el abogado estuvieron en casa de los Rogron la noche misma del día en que
Silvia se negó a enviar a Petrilla a casa de la señora de Tiphaine en términos
muy ásperos. Al saber esto, se miraron los dos como personas que conocían bien
la vida de Provins.
–Decididamente,
esa señora ha querido molestar a usted. Hace tiempo que anunciamos a Rogron lo
que ha sucedido. Con esas gentes no se va ganando nada bueno.
–¿Qué
puede esperarse de un partido antinacional? –exclamó el coronel, retorciéndose
los bigotes e interrumpiendo al abogado–. Si hubiéramos intentado apartarlos a
ustedes de ellos, habrían ustedes pensado que teníamos motivos de odio para
hablar así. Pero ¿por qué, señorita, si lo gusta jugar al boston, no ha de
hacerlo usted en su casa por las noches? ¿Es imposible reemplazar a cretinos
como ese Julliard? Vinet y yo sabemos el boston y acabaremos por encontrar otro
que haga el cuarto. Vinet puede presentar a usted a su esposa, que es amable, y
además es una Chargebouf. Usted no hará lo que esos macacos de la ciudad alta;
no exigirá trajes de duquesa a una buena señora de su casa a quien la infamia
de su familia obliga a hacérselo todo por sí misma y que reúne el valor de un
león y la dulzura de un cordero.
Silvia
Rogron sonrió al coronel, dejando ver sus largos dientes amarillos. El coronel
aguantó muy bien aquel horrible fenómeno y hasta adoptó un aire halagador.
–Si
no somos más que cuatro, no podremos jugar al boston todas las noches
–respondió.
–¿Qué
quiere usted que haga un veterano como yo, sin más ocupación que comerse su
retiro? El abogado siempre está libre por la noche. Además, tendrá usted gente,
se lo prometo –añadió con cierto retintín misterioso.
–Bastaría
–dijo Vinet –ponerse francamente en contra de los ministeriales de Provins y
hacerles frente; vería usted cuánto se la quería en la ciudad; tendría usted
gente de sobra. Haría usted rabiar a los Tiphaine oponiendo estos salones a los
suyos. Nos reiremos de los demás, ya que los demás se ríen de nosotros. En
cuanto a ustedes, la pandilla no guarda disimulo.
–¿Cómo?
–preguntó Silvia.
En
provincias hay siempre más de una válvula por donde se escapan los chismorreos
de una sociedad sobre la otra. Vinet estaba enterado de todos las cosas que se
dijeron acerca de los Rogron en los salones de donde los dos merceros estaban
definitivamente desterrados. El juez suplente, el arqueólogo Desfondrilles, no
pertenecía a ningún partido y, como algunos otros personajes independientes,
contaba todo lo que oía. Vinet se había aprovechado de aquellas charlas. El
maligno abogado envenenó, al repetirlas, las bromas de la señora de Tiphaine.
Al revelar las burlas a que Rogron y Silvia se habían prestado, encendió la
cólera y despertó el espíritu de venganza en aquellas naturalezas secas que
necesitaban un alimento para sus ruines pasiones.
Días
después, Vinet llevó a su mujer, persona bien educada, tímida, ni fea ni guapa,
muy dulce y muy penetrada de su desventura. La señora de Vinet era rubia, un
poco marchita por los cuidados de su pobre casa y vestida con mucha sencillez.
No había mujer que pudiese parecer mal junto a Silvia. La señora de Vinet
soportó los aires de Silvia y se doblegó como persona habituada a doblegarse.
En su frente abombada, en sus mejillas de rosa de Bengala, en su mirada lenta y
tierna se veía la huella de esas profundas meditaciones, de ese pensamiento
suspicaz que las mujeres acostumbradas a sufrir sepultan en el silencio
absoluto. La influencia del coronel, que desplegaba para Silvia gracias
cortesanescas, aparentemente nacidas de su brusquedad militar, y la del diestro
Vinet alcanzaron en seguida a Petrilla. Encerrada en casa o saliendo sólo en
compañía de su vieja prima, Petrilla, aquella linda ardilla, sufrió
constantemente el "¡No toques a eso!", y aguantó continuos sermones
sobre la manera de conducirse. Petrilla tenía la costumbre de encorvarse un
poco; su prima quería que fuese tiesa como ella, que parecía un soldado
presentando armas a su coronel; a veces, le daba ligeros golpes en la espalda
para obligarla a enderezarse. La libre y alegre hija de la Marisma aprendió a
reprimir sus movimientos, a parecer un autómata.
Una
noche, que señaló el comienzo del segundo período, Petrilla, a quien los tres
contertulios habituales no habían visto en el salón durante la velada, vino a
besar a sus parientes y a saludar a las visitas antes de acostarse. Silvia
tendió fríamente la mejilla a la encantadora criatura como para librarse de su
beso. El gesto fue tan cruelmente significativo, que Petrilla rompió a llorar.
–Te
has molestado, Petrilla? –dijo el atroz Vinet.
–¿Qué
le ocurre a usted? –le preguntó severamente Silvia.
–Nada
–dijo la pobre niña, yendo a besar a su primo.
–¿Nada?
–replicó Silvia–. Sin razón no se llora.
–¿Qué
tiene usted, preciosa mía? –dijo la señora de Vinet.
–¡Mi
prima rica no me trata tan bien como mi pobre abuela!
–Su
abuela de usted se quedó con su fortuna –dijo Silvia– y su prima le dejará la
suya.
El
coronel y el abogado se miraron con disimulo.
–Prefiero
que me roben y me quieran –dijo Petrilla.
–Bueno;
pues volverá usted al sitio de donde ha venido.
–Pero
¿qué ha hecho la pobre niña? –dijo la señora de Vinet.
Vinet
lanzó a su mujer una terrible mirada, fría y fija; mirada de personas que
ejercen un dominio absoluto. La infeliz ilota, siempre castigada por el delito
de no tener lo único que se quería de ella, una fortuna, volvió a coger sus
cartas.
–¿Que
qué ha hecho? –exclamó Silvia, alzando la cabeza con un movimiento tan brusco
que los alhelíes amarillos de su gorra se agitaron–. No sabe qué inventar para
contrariarnos; ha abierto mi reloj para enterarse del mecanismo, ha tocado el
volante y ha roto el muelle real. La señorita no atiende a nada. Estoy todo el
día recomendándole que tenga cuidado con todo y es como si se lo dijese a esta
lámpara.
Petrilla,
avergonzada de que la riñesen en presencia de extraños, salió suavemente.
–Yo
me pregunto cómo se podrá domar la turbulencia de esta niña –dijo Rogron.
–Pues
ya tiene edad para ir a un colegio –dijo la señora de Vinet.
Una
mirada de Vinet impuso silencio a su mujer, a quien se había librado bien de
confiar sus planes y los del coronel sobre los solterones.
–Vean
ustedes lo que tiene el cargar con hijos ajenos –exclamó el coronel–. Podrían
ustedes todavía tenerlos propios, usted o su hermano. ¿Por qué no se casan
ustedes, uno u otro?
Silvia
miró al coronel con mucho agrado; por primera vez en su vida tropezaba con un
hombre a quien no le pareciese absurdo verla casada.
–Pero
la señora de Vinet tiene razón –dijo Rogron–. Así estaría tranquila Petrilla.
¡Un maestro no costará gran cosa!
Silvia
estaba tan preocupada con las palabras del coronel, que no contestó a su
hermano.
–Si
usted quisiera dar no más que su garantía para el periódico de oposición de que
hablábamos el editor responsable serviría de profesor para su primita;
tomaríamos a ese pobre maestro de escuela, víctima de las intrusiones del
clero. Mi mujer tiene razón: Petrilla es un diamante en bruto, que es necesario
pulimentar –dijo Vinet a Rogron.
–Creí
que era usted barón –dijo Silvia al coronel, mientras daba cartas y después de
una larga pausa durante la cual todos los jugadores permanecieron pensativos.
–Sí;
pero nombrado en 1814, después de la batalla de Nangis, en la que hizo milagros
mi regimiento, no tuve el dinero ni la protección necesarios para poner las
cosas en regla en la Cancillería. Ocurre con mi baronía lo mismo que con el
grado de general, que se me dio en 1815: tiene que venir una revolución para
que me los devuelvan.
–Yo
daría mi garantía resguardándola con una hipoteca –dijo, al fin, Rogron.
–Eso
puede arreglarse con Cournant –replicó Vinet– El periódico traerá el triunfo
del coronel y hará el salón de ustedes más poderoso que el de los Tiphaine y
consortes.
–¿Cómo
será eso? –dijo Silvia.
Cuando
el abogado, mientras su mujer daba cartas, explicaba la importancia que Rogron,
el coronel y él adquirirían mediante la publicación de una hoja independiente
consagrada al distrito de Provins, Petrilla en su cuarto se deshacía en
lágrimas; su corazón y su inteligencia estaban acordes; su prima le parecía más
en falta que ella misma. La hija de la Marisma comprendía instintivamente que
la caridad y la beneficencia deben ser absolutas. Aborrecía sus hermosos
vestidos Y todo lo que se hacía para ella. Se le vendían los beneficios
demasiado caros. Lloraba de despecho de haberse entregado a sus primos, y
formaba, ¡pobre criatura!, el propósito de conducirse de tal manera que los
redujese al silencio. Ahora pensaba cuánta había sido la grandeza de Brigaut al
darle sus economías. Se creía en el colmo de la desventura y no sabía que en
aquel momento se decidía en el salón una nueva desventura para ella. En,
efecto, días más tarde Petrilla tuvo un maestro de primeras letras; tuvo que
aprender a leer, escribir y contar. La educación de Petrilla produjo enormes
estragos en casa de los Rogron. Había tinta en los muebles, en las mesas, en
los vestidos; plumas desparramadas por todas partes; libros rotos,
desencuadernados. Se le hablaba ya –¡y en qué términos!– de la necesidad de
ganarse el pan, de no ser una carga para nadie. Al escuchar aquellos horribles
avisos, Petrilla sentía un dolor en la garganta; se contraía violentamente; su
corazón latía de un modo precipitado. Tenía que contener las lágrimas, porque
se le pedía cuenta de sus lágrimas como de una ofensa inferida a la bondad do
sus magnánimos parientes. Rogron había hallado al fin el modo de vivir adecuado
a sus costumbres; reñía a Petrilla como antaño a sus dependientes; iba a
sorprenderla en sus juegos para obligarla a estudiar; le hacía repetir las
lecciones; era el feroz jefe de estudios de la pobre niña. Silvia, por su
parte, consideraba como un deber el enseñar a Petrilla lo poco que sabía de
labores. Ni Rogron ni su hermana tenían dulzura en el carácter. Aquellos
espíritus estrechos, que además hallaban un placer en importunar a la infeliz
pequeñuela, pasaron insensiblemente de la dulzura a la más extremada severidad.
Fundábase su severidad en la supuesta mala fe de la niña, que, habiendo
empezado demasiado tarde, tenía el entendimiento entorpecido. Los maestros de
Petrilla desconocían el arte de dar a las lecciones una forma apropiada a la
inteligencia del alumno, en lo cual está la diferencia entre la educación
privada y la pública. La falta estaba, pues, no tanto en Petrilla como en sus
parientes. Por cualquier cosa la llamaban bestia y estúpida, tonta y torpe.
Petrilla, constantemente maltratada de palabra, no veía en sus parientes más
que miradas frías. Adquirió la actitud embobada de las ovejas; no se atrevía a
hacer nada, al ver sus actos mal juzgados, mal acogidos, mal interpretados.
Para todo aguardaba el capricho arbitrario, las órdenes de su prima; los
propios pensamientos los guardó para sí y se encerró en una obediencia pasiva.
Empezaron a disiparse sus brillantes colores. A veces se quejaba. Cuando su
prima le preguntó:
–¿Dónde
te duele?–, la pobre pequeña, que sentía dolores generales, contestó:
–Me
duele todo.
–¿Se
ha visto nunca que duela todo? Si le doliese a usted todo se habría usted
muerto –respondió Silvia.
–Le
duele a uno el pecho –decía Rogron a manera de epílogo–; le duelen las muelas,
la cabeza, los pies o el vientre; pero nunca se ha visto que le duela a uno
todo a un tiempo. ¿Qué quiere decir todo? Dolerle a uno todo es no dolerle
nada. ¿Sabes lo que estás haciendo? Pues hablar sin decir nada.
Petrilla
acabó por callarse al ver que sus candorosas observaciones de jovencita, las
flores de su espíritu naciente eran acogidas con lugares comunes que su buen
sentido encontraba ridículos.
–¡Te
quejas y tienes un apetito de fraile! –le decía Rogron.
La
única persona que no chafaba aquella preciada flor tan delicada era la
gordiflona criada Adela. Adela calentaba la cama de la niña, pero a escondidas
desde el día en que, sorprendida cuando proporcionaba a la niña aquel mimo, fue
reñida por Silvia.
–Hay
que enseñar a los niños a ser duros; hacerles un temperamento fuerte. ¿Nos va
mal a mi hermano y a mí? Usted haría de Petrilla una remilgada.
Las
caricias de aquel ángel eran recibidas como fingimientos. Las rosas de cariño
que se alzaban tan frescas, tan graciosas en aquella tierna alma y que querían
desbordarse de ella eran implacablemente aplastadas. Petrilla recibía los más
duros golpes en el sitio más tierno de su corazón. Si intentaba, a fuerza de
mimos, ablandar aquellas feroces naturalezas, se la acusaba de hacerlo por
interés.
–Di
en seguida lo que quieres –exclamaba brutalmente Rogron–; esas zalamerías no
las haces en balde.
Ni
la hermana ni el hermano admitían el cariño, y Petrilla era todo cariño. El
coronel Gouraud, deseoso de complacer a la señorita Rogron, le daba la razón en
todo lo concerniente a Petrilla. Vinet también apoyaba a los dos hermanos en
cuanto decían contra la pequeña; atribuía todas las supuestas faltas de aquel
ángel a la testarudez del carácter bretón, contra la cual era inútil toda buena
voluntad. Rogron y su hermana eran así adulados, con extrema sutileza, por
aquellos dos cortesanos que habían acabado por obtener de Rogron la garantía
para El Correo de Provins y de Silvia cinco mil francos en acciones. El coronel
y el abogado se pusieron en campaña. Colocaron cien acciones de a quinientos
francos entre los electores propietarios de bienes nacionales –a quienes los
periódicos liberales hacían concebir temores–, entre los colonos y entre las
personas llamadas independientes. Lograron también extender sus ramificaciones
por el departamento y aun más allá, en algunas comunas limítrofes. Cada
accionista era, naturalmente, un suscriptor. Luego, los anuncios judiciales y
otros se dividieron entre La Colmena y El Correo. El primer número del
periódico insertó un pomposo elogio de Rogron. Se le presentaba como el
Laffitte de Provins. Cuando el espíritu público tuvo una dirección, se pudo ver
que las próximas elecciones serían muy reñidas.
La
hermosa señora de Tiphaine se desesperó. Leyendo un artículo dirigido contra
ella y contra Julliard, decía:
–He
olvidado, por desgracia, que al lado de un tonto hay siempre un bribón, y que
la necedad atrae siempre a un hombre listo de la especie de los zorros.
Desde
que el periódico flameó en veinte leguas a la redonda, Vinet tuvo una levita
nueva, botas, un chaleco y un pantalón decentes. Se encasquetó el famoso
sombrero gris de los liberales y se le pudo ver la ropa blanca. Su mujer tomó
una criada y apareció vestida como correspondía a la esposa de un hombre
influyente; tuvo bonitos sombreros. Porque le convenía, Vinet fue agradecido.
Él y su amigo Cournant se convirtieron en consejeros de los Rogron, a los
cuales prestaron grandes servicios. Los arrendamientos hechos por Rogron padre
en 1815, en circunstancias desgraciadas, iban a expirar. La horticultura se
había desarrollado enormemente en torno de Provins. El abogado y el notario
lograron un aumento de mil cuatrocientos francos en las rentas de los Rogron
mediante arriendos nuevos. Vinet ganó dos litigios, relativos a plantaciones de
árboles, contra dos comunas, y en los cuales se trataba de quinientos álamos.
El dinero de los álamos y el de las economías de los Rogron, que llevaban tres
años colocando seis mil francos en negocios de gran interés, fue
habilísimamente empleado en la compra de varios terrenos. Por último, Vinet
acometió y realizó la expropiación de algunos campesinos a quienes Rogron padre
había prestado dinero y que en vano se habían matado a cultivar y mejorar las
tierras para pagarlas. La mengua que la construcción de la casa había producido
en el capital de los Rogron fue compensada sobradamente. Sus bienes, situados
en los alrededores de Provins, elegidos por su padre como saben elegir los posaderos,
divididos en parcelas, la mayor de cinco fanegas, arrendados a gentes de
positiva solvencia, propietarios todos de algunos trozos de tierra y con
hipoteca para la seguridad de los contratos, produjeron en el San Martín de
noviembre de 1826 cinco mil francos. Los impuestos eran de cuenta de los
colonos y no había ningún edificio que reparar o asegurar de incendios. Los
hermanos poseían cada uno cuatro mil seiscientos francos en cinco por ciento, y
como este valor estaba por cima de la par, el abogado les aconsejó que los
vendieran y empleasen en tierras, prometiéndoles, con ayuda del notario, que en
el cambio no perderían un maravedí de interés.
Al
fin de este segundo período, la vida fue tan dura para Petrilla, la
indiferencia de los visitantes, las estúpidas riñas y la falta de cariño de sus
primos se hicieron tan corrosivas, de tal modo sentía el soplo frío y húmedo de
la tumba, que concibió el atrevido proyecto de irse a pie, sin dinero, a
Bretaña para volverse a reunir con su abuela y su abuelo Lorrain. Dos
acontecimientos se lo impidieron. El buen Lorrain murió, y Rogron fue nombrado,
por un consejo de familia, tutor de su prima. Si la abuela hubiera muerto,
primero es de creer que Rogron, aconsejado por Vinet, habría reclamado los ocho
mil francos de Petrilla y dejado al abuelo en la indigencia.
–Pero
usted puede heredar a Petrilla –le dijo Vinet con una sonrisa espantosa–. ¡No
se sabe quién vive ni quién muere!
Iluminado
por esta frase, Rogron no dejó en paz a la viuda de Lorrain, deudora de su
nieta, hasta que la obligó a asegurar a Petrilla el usufructo de los ocho mil
francos mediante una donación inter vivos, cuyos gastos fueron abonados por él.
Petrilla
se sintió extrañamente conmovida por aquel duelo. En los momentos en que
recibía el horrible golpe, se trató de preparar su primera comunión, otro
acontecimiento cuyas obligaciones la retuvieron en Provins. Aquella ceremonia
necesaria y tan sencilla iba a producir en los Rogron grandes cambios. Silvia
supo que el señor cura Peroux preparaba a las niñas de Julliard, Lesourd,
Garceland y otras. Se picó y quiso que a Petrilla la preparase el vicario
Habert, superior del ábate Peroux, un hombre que pasaba por pertenecer a la
congregación, muy celoso de los intereses de la Iglesia, muy temido en Provins
y que, bajo una absoluta severidad de principios, ocultaba una gran ambición.
La hermana de este sacerdote, soltera, de unos treinta años, tenía en la ciudad
una hospedería de señoritas. Los dos hermanos se parecían: los dos flacos,
amarillos, pelinegros, atrabiliarios. Como bretona criada en las prácticas y en
la poesía del catolicismo, Petrilla abrió el corazón y los oídos a la palabra
del imponente presbítero. Los sufrimientos predisponen a la devoción, y casi
todas las jóvenes, movidas por instintiva ternura, se inclinan al misticismo,
el lado profundo de la religión. El sacerdote sembró, pues, el grano del
Evangelio y los dogmas de la Iglesia en un terreno excelente. Cambió por
completo las disposiciones de Petrilla. Petrilla amó a Jesucristo, presente en
la comunión, como a un celeste prometido; sus sufrimientos físicos y morales
adquirieron un sentido; aprendió a ver en todas las cosas el dedo de Dios. Su
alma, tan cruelmente herida en aquella casa, sin que ella pudiera acusar a sus
parientes, se refugió en la esfera a que se elevan todos los desgraciados en
alas de las tres virtudes teologales. Abandonó, pues, sus ideas de fuga.
Silvia, asombrada de la metamorfosis operada en Petrilla por el señor Habert,
sintió curiosidad. Desde entonces, sin dejar de preparar a Petrilla para la
primera comunión, el señor Habert conquistó para Dios el alma, hasta allí
extraviada, de la señorita Silvia. Silvia se hizo devota. Dionisio Rogron, en
el cual el supuesto jesuita no pudo hincar el diente, porque a la sazón el
espíritu de Su Majestad liberal el difunto Constitucional I podía más sobre
algunos necios que el espíritu de la Iglesia, Dionisio permaneció fiel al coronel
Gouraud, a Vinet y al liberalismo.
La
señorita Rogron hizo, naturalmente, amistad con la señorita Habert, con la cual
simpatizó perfectamente. Las dos solteronas se amaron como dos hermanas que se
aman. La señorita Habert se brindó a tener consigo a Petrilla, para evitar a
Silvia los enojos y las dificultades de una educación; pero los dos hermanos
contestaron que la ausencia de Petrilla les dejaría en casa un vacío demasiado
grande. La adhesión de los Rogron a su primita pareció excesiva. Al ver que la
señorita Habert se introducía en la plaza, el coronel Gouraud y el abogado
Vinet atribuyeron al vicario, en interés de su hermana, el plan matrimonial
formado por el coronel.
–Su
hermana quiere casarle a usted –dijo el abogado al ex mercero.
–¿Con
quién? –dijo Rogron.
–Con
esa institutriz, esa vieja sibila –exclamó el coronel acariciándose los grises
mostachos.
–No
me ha dicho nada –respondió Rogron cándidamente.
Una
soltera absoluta como Silvia tenía que progresar en el camino de la salvación.
La influencia del presbítero iba a aumentar en aquella casa, apoyada por
Silvia, que disponía de su hermano. Los dos liberales, que se asustaron, con
razón, comprendieron que si el presbítero había resuelto casar a su hermana con
Rogron, matrimonio infinitamente más adecuado que el de Silvia con el coronel,
impulsaría a Silvia a las más violentas prácticas religiosas y conseguiría que
Petrilla fuese a un convento. Podían, pues, perder el fruto de diez y ocho
meses de esfuerzos, de vilezas y de halagos. Concibieron un odio atroz y sordo
contra el presbítero y su hermana; y, sin embargo, sintieron la necesidad de
estar a bien con ellos para seguirlos más de cerca. El señor y la señorita de
Habert, que sabían jugar al whist y al boston, empezaron a ir todas las noches
a casa de los Rogron. La asiduidad de los unos excitó la asiduidad de los
otros. El abogado y el coronel presintieron que se hallaban frente a frente de
adversarios tan fuertes como ellos; presentimiento que tuvieron asimismo el
sacerdote y su hermana. Su respectiva situación era ya un combate. Así como el
coronel hacía gustar a Silvia la inesperada dulzura de una petición de mano,
porque Silvia había acabado por ver en Gouraud un hombre digno de ella, la
señorita Habert envolvió al ex mercero en la guata de sus atenciones, de sus
palabras y de sus miradas. Ninguno de los dos partidos podía pronunciar esa
gran palabra de alta política: "¡Compartamos!" Cada uno quería su
presa. Por lo demás, los dos astutos zorros de la oposición de Provins,
oposición que crecía, cometieron el error de creerse más fuertes que el
sacerdote; dispararon primero.
Vinet,
atenazado por los ganchudos dedos del interés personal, fue en busca de la
señorita de Chargebouf y de su madre. Las dos mujeres poseían unas dos mil
libras de renta y vivían penosamente en Troyes. La señorita, Betilda de
Chargebouf era una de esas magníficas criaturas que creen en los matrimonios
por amor y cambian de opinión hacia los veinticinco años, al ver que siguen
solteras. Vinet supo persuadir a la señora de Chargebouf de que debía juntar
sus dos mil francos con los mil escudos que él ganaba desde la fundación del
periódico e irse a vivir en familia a Provins, donde Betilda se casaría
–aseguró– con un imbécil llamado Rogron y podría, siendo, como era, tan
espiritual, rivalizar con la hermosa señora de Tiphaine. La adhesión de la
señora y la señorita de Chargebouf a la casa y a las ideas de Vinet dio la
mayor consistencia al partido liberal. Aquella alianza consternó a la
aristocracia de Provins y al partido de los Tiphaine. La señora de Breautey,
desesperada de ver tal extravío en dos mujeres nobles, les rogó que fuesen a
verla. Lamentó las faltas cometidas por los realistas y se puso furiosa contra
los de Troyes cuando supo la situación en que se hallaban la madre y la hija.
–¡Cómo!
¿No ha habido un noble hidalgo que se case con esta preciosa joven, nacida para
ser una castellana? –decía–. ¡La han dejado granarse para que venga a caer en
brazos de un Rogron!
Removió
todo el departamento sin encontrar un hidalgo capaz de casarse con una muchacha
cuya madre no tenía más que dos mil libras de renta.
El
partido de los Tiphaine y el subprefecto se dedicaron también, pero demasiado
tarde, a la busca de aquel desconocido. La señora de Breautey lanzó terribles
acusaciones contra el egoísmo que devoraba a Francia, fruto del materialismo y
del imperio que las leyes habían otorgado al dinero. ¡La nobleza no era ya
nada! ¡Los Rogron, los Vinet daban la batalla el rey de Francia!
Betilda
de Chargebouf tenía sobre su rival no sólo la ventaja de una incontestable
belleza, sino la del arte para vestirse. Era de una blancura resplandeciente. A
los veinticinco años, sus hombros, completamente desarrollados, y sus bellas
formas tenían una exquisita plenitud. La redondez de su cuello, la pureza de
sus muñecas y sus tobillos, la riqueza de su cabellera, de un elegante color
rubio; la gracia de su sonrisa, la forma distinguida de su cabeza, el corte y
el aire de su tipo, sus hermosos ojos bien colocados bajo una frente bien
dibujada, sus movimientos nobles y de alta educación y su talle todavía
esbelto, todo se armonizaba. Tenía manos lindas y pies breves. Su salud le
daba, tal vez, el aspecto de una bella joven posadera, "pero esto no podía
ser un defecto a los ojos de Rogron", dijo la hermosa señora de Tiphaine.
La señorita de Chargebouf hizo su presentación vestida con bastante sencillez.
Su traje de merino castaño festoneado con bordados verdes era descotado; pero
una pañoleta de tul bien estirada, con cordones interiores, cubría sus hombros,
su espalda, entreabrióndose, no obstante, por delante, aunque estaba sujeta por
un sévigné. Bajo aquel delicado tejido, las bellezas de Betilda eran aún más
coquetas, más seductoras. Al llegar se quitó el sombrero de terciopelo y el
chal y dejó ver sus bonitas orejas adornadas con pendientes de oro. Llevaba una
crucecita de oro sujeta al cuello por una cinta de terciopelo que le ceñía y se
destacaba como el anillo negro que la fantástica naturaleza pone en la cola de
los gatos de Angora blancos. Sabía todas las malicias de las muchachas
casaderas: mover las manos para arreglarse los rizos que no se han
desarreglado; enseñar las muñecas al rogar a Rogron que le atase un puño, a lo
cual el infeliz, deslumbrado, se negaba brutalmente, ocultando así sus
emociones bajo una falsa indiferencia. La timidez del único amor que el ex
mercero había tenido en su vida tomó las apariencias del odio. Silvia y Celeste
Habert lo interpretaron equivocadamente; no así el abogado, el hombre superior
de aquella sociedad estúpida, que no tenía más adversario que el presbítero, ya
que el coronel era y fue largo tiempo su aliado.
Por
su parte, el coronel se condujo desde entonces con Silvia como Betilda con
Rogron. Se mudaba de ropa interior todas las noches; se puso cuellos de
terciopelo, sobre los cuales se destacaba bien su rostro marcial, aun más
subrayado por las puntas del blanco cuello de la camisa; adoptó el chaleco de
piqué blanco y se encargó un nuevo redingote de paño azul, en el cual brillaba
su roseta roja, todo ello con el pretexto de honrar a Betilda. Dejó de fumar
desde las dos de la tarde. Se peinó cuidadosamente los grises cabellos sobre el
cráneo de color ocre. Tomó, en fin, la apostura de un jefe de partido, de un
hombre que se disponía a marchar, a tambor batiente, contra los enemigos de
Francia, contra los Borbones en fin.
El
satánico abogado y el sagaz coronel hicieron al señor y a la señorita de Habert
una jugarreta más cruel aún que la presentación de la bella Betilda de
Chargebouf, a quien en casa de los Breautey y en el partido liberal se juzgaba
diez veces más bella que la hermosa señora de Tiphaine. Aquellos dos grandes
políticos de pueblo hicieron creer a todo el mundo que el señor Habert iba
participando de sus ideas. Provins habló en seguida de él como de un sacerdote
liberal. Enterado prontamente el obispo, el señor Habert fue obligado a
retirarse de las reuniones de los Rogron; pero su hermana siguió yendo. El
salón de los Rogron quedó desde entonces constituido y fue una potencia.
Hacia
mediados de aquel año, las intrigas políticas se agitaron en el salón de los
Rogron tanto como las matrimoniales. Si los intereses sordos, agazapados en los
corazones, libraron combates encarnizados, la lucha política alcanzó una
funesta celebridad. Todo el mundo sabe que el Ministerio Villèle fue derribado
por las elecciones de 1826. En el colegio de Provins, Vinet, candidato liberal,
a quien el señor Cournant había proporcionado el censo mediante la adquisición
de una hacienda cuyo pago quedó pendiente, estuvo a punto de derrotar al señor
Tiphaine. El presidente no tuvo más que dos votos de mayoría. A las señoras de
Vinet y Chargebouf, a Vinet y al coronel, se sumaban algunas veces en el salón
el señor Cournant y su esposa y el médico Neraud, un hombre cuya juventud había
sido borrascosa, pero que tomaba la vida en serio; decíase de él que se había
dado al estudio y, según los liberales, valía más que el señor Martener. Los
Rogron no comprendían su triunfo, como no habían comprendido su ostracismo.
La
hermosa Betilda de Chargebouf se mostraba horriblemente desdeñosa con Petrilla,
porque Vinet se la había hecho considerar como enemiga. El interés general
exigía el abatimiento de la pobre víctima. La señora de Vinet no podía hacer
nada por aquella niña atropellada por una pugna de intereses que ya había
acabado por comprender. A no quererlo imperiosamente su marido, ella no habría
ido a casa de los Rogron, porque sufría demasiado viendo maltratar a la linda
criaturita, que se apretaba contra ella adivinando una secreta protección y le
pedía que le enseñase tal o cual punto de costura o algún bordado. Petrilla
demostraba así que tratándola con dulzura era capaz de aprender y comprender a
maravilla. Por fin, como ya no era útil, la señora de Vinet dejó de ir. Silvia,
que todavía acariciaba la idea del matrimonio, acabó por ver en la niña un
obstáculo. Petrilla tenía casi catorce años; su blancura enfermiza, síntoma de
que la solterona no se cuidaba, la hacía muy bella. Silvia concibió entonces la
idea de convertir a Petrilla en una sirvienta para indemnizarse de los gastos
que le ocasionaba. Vinet, que llevaba la voz cantante de los Chargebouf, la
señorita Habert, Gouraud, todos los contertulios influyentes aconsejaron a
Silvia que despidiese a la gordiflona Adela. ¿No iba a servir Petrilla para
cocinar y limpiar la casa? Cuando hubiese mucho trabajo se le aliviaría
llamando al ama de llaves del coronel, mujer muy entendida y una de las buenas
cocineras de Provins. Petrilla –dijo el siniestro abogado– debía aprender a
guisar, encerar los pisos, limpiar, ir a la compra, conocer los precios de las
cosas. La pobre pequeña, tan abnegada como generosa, se ofreció
espontáneamente, sintiéndose dichosa con ganar así el pan que comía en aquella
casa. Adela fue despedida. Petrilla se quedó sin la única persona que tal vez
la habría protegido. A pesar de su fuerza, desde aquel instante se aniquiló
física y moralmente. Los dos solterones tuvieron para ella mucho menos
miramiento que para una criada. ¡Les pertenecía! Se la reñía por futesas: por
un poco de polvo olvidado en el mármol de la chimenea o en un globo de cristal.
Aquellos objetos de lujo que tanto la habían admirado se le hicieron odiosos. A
pesar de que procuraba hacerlo todo bien, su inexorable prima encontraba
siempre motivos para reprenderla. En dos años no recibió Petrilla un halago, no
oyó una palabra afectuosa. Su felicidad consistía en no ser amonestada.
Soportaba con una paciencia angelical la acritud de aquellos solterones que
desconocían en absoluto los sentimientos dulces y que a diario le hacían sentir
su dependencia. La vida que la joven llevaba entre los dos merceros, como entre
las planchas de una prensa, aumentó su enfermedad. Experimentó tan violentas
perturbaciones internas, secretos dolores de tan súbita explosión, que su
desarrollo se detuvo irremediablemente. Sufriendo dolores espantosos, pero
nunca declarados, llegó, pues, al estado en que la vio su amigo de la infancia
al saludarla desde la plazoleta con la trova bretona.
Antes
de entrar en el drama doméstico que la llegada de Brigaut produjo en la casa de
los Rogron es necesario, para no interrumpirle, explicar el establecimiento del
bretón en Provins, ya que él fue, en cierto modo, un personaje mudo de esta
historia. Brigaut, al escaparse, no se asustó sólo de la seña que le había
hecho Petrilla, sino también del cambio experimentado por su amiguita.
Apenas
la habría reconocido a no ser por la voz, los ojos y los ademanes, que le
recordaban a su compañera de la infancia, tan vivaz, tan alegre y, sin embargo,
tan tierna. Cuando se vio lejos de la casa, sintió que le temblaban las piernas
y que le corrían escalofríos por la espalda. No había visto a Petrilla, sino su
sombra. Subió a la ciudad alta pensativo, inquieto, hasta que encontró un sitio
desde donde podía verse la plazoleta y la casa de Petrilla; las contempló con
dolor, sumido en pensamientos infinitos, como una desventura a la cual se
arroja uno sin saber dónde tendrá su límite. ¡Petrilla sufría, no era feliz,
echaba de menos su Bretaña! ¿Qué tenía? Todas estas preguntas pasaron y
volvieron a pasar por el corazón de Brigaut, desgarrándole, y le hicieron
comprender cuánto quería a su hermana adoptiva. Es muy raro que las pasiones
perduren entre niños de distintos sexos. La deliciosa novela de Pablo y
Virginia, como la de Petrilla y Brigaut, no resuelven el problema que plantea
este hecho moral tan extraño. La historia moderna no ofrece más que la illastre
excepción de la marquesa de Pescaire y su marido: destinados el uno al otro por
sus padres desde la edad de catorce años, se adoraron y se casaron; su unión
dio el espectáculo, en el siglo XVI, de un amor conyugal infinito sin nubes.
Habiéndose quedado viuda a los treinta y cuatro años, la marquesa, bella,
espiritual, universalmente adorada, rehusó el amor de reyes y se sepultó en un
convento, donde no veía ni oía más que a las religiosas. En el corazón del
pobre obrero bretón se reveló el amor súbitamente. Petrilla y él se habían
protegido tanto mutuamente; él había experimentado tanta alegría al procurarle
el dinero para el viaje, había estado a punto de morir por seguir a la
diligencia, ¡y Petrilla no lo sabía! Aquel recuerdo había, a menudo, dado calor
a las frías horas de su penosa vida durante aquellos tres años. Se había
perfeccionado por Petrilla; había aprendido su oficio por Petrilla; por
Petrilla había ido a París con el propósito de hacer fortuna. Cuando llevaba en
París quince días, no resistió el deseo de verla; había caminado desde el
sábado por la noche hasta la mañana de aquel lunes. Pensaba volver a París,
pero la conmovedora aparición de su amiguita lo clavaba en Provins. Un admirable
magnetismo, todavía discutido a pesar de tantas demostraciones, obraba sobre él
sin que él se diera cuenta. Corrían lágrimas de sus ojos, en tanto que otras
lágrimas obscurecían también los de Petrilla. Para ella, él era su Bretaña, su
infancia feliz; ¡para él, ella era la vida! A los diez y seis años, Brigaut no
había aprendido a dibujar ni perfilar una cornisa; ignoraba muchas cosas; pero
con lo que sabía ganaba cuatro o cinco francos diarios. Podía, pues, vivir en
Provins, donde viviría cerca de Petrilla; acabaría de aprender su oficio,
tomando por maestro al mejor carpintero de la ciudad, y velaría por su amiga.
Tomó su resolución en un instante. Corrió a París; liquidó sus cuentas, recogió
su libreta, su equipaje y sus herramientas. Tres días después estaba colocado
en casa del señor Frappier, el mejor carpintero de Provins. Los obreros
activos, disciplinados, enemigos del ruido y de la taberna son tan escasos, que
los maestros siempre desean un joven como Brigaut. Para terminar la historia
del bretón en este punto diremos que al cabo de quince días era jefe de los
obreros. Frappier le dio alojamiento y comida en su casa y le enseñó el cálculo
y el dibujo lineal. Este carpintero vive en la calle Mayor, a cien pasos de la
plazoleta alargada en cuyo extremo, estaba la casa de los Rogron. Brigaut
enterró su amor en su corazón y no cometió la indiscreción más leve. La señora
de Frappier 1e contó la historia de los Rogron; le dijo cómo se las había
arreglado el viejo posadero para lograr la herencia del buen Auffray. Brigaut
se hizo con informes sobre el carácter de Rogron y su prima. Sorprendió a
Petrilla por la mañana en el mercado con su prima y se estremeció al verla
llevar al brazo una cesta llena de provisiones. Para volver a verla, fue el
domingo a la iglesia, donde Petrilla lucía todas sus galas. Allí vio por vez
primera que Petrilla era la señorita de Lorrain. Petrilla advirtió la presencia
de su amigo, pero le hizo una seña misteriosa para invitarlo a permanecer
oculto. En aquel gesto hubo un mundo de cosas, como en el que quince días antes
le había hecho para que se pusiera en salvo. ¿Qué fortuna no tendría que
acumular Brigaut en diez años para poderse casar con su amiga de la infancia, a
quien los Rogron habían de legar una casa, cien fanegas de tierra y una renta
de dóce mil libras, sin contar sus ahorros? El perseverante bretón no quiso
tentar fortuna sin haber adquirido previamente los conocimientos que le
faltaban. Entre instruirse en París o instruirse en Provins, mientras sólo se
tratase de teoría, prefirió quedarse cerca de Petrilla, a quien además quería
explicar sus proyectos y la especie de protección con que podía contar. No
quería, por último, dejarla sin haber penetrado el misterio de aquella palidez
que ya empezaba a atenuar la vida en el órgano de donde deserta postreramente:
en los ojos; sin saber de dónde provenían aquellos sufrimientos que le daban el
aspecto de una muchacha inclinada bajo la guadaña de la muerte y próxima a
caer. Aquellas dos señas conmovedoras, que no desmentían su amistad, pero que
exigían la mayor reserva, llenaron de terror el alma del bretón. Evidentemente,
Petrilla le ordenaba que la esperase y que no intentase verla, porque en esto
había peligro para ella. Al salir de la iglesia, Petrilla pudo dirigirle una
mirada, y Brigaut vio sus ojos llenos de lágrimas. Antes habría hallado el
bretón la cuadratura del círculo que adivinar lo que desde su llegada acontecía
en casa de los Rogron.
No
sin vivos temores bajó Petrilla de su habitación la mañana en que Brigaut
surgió en medio de su sueño matinal como otro sueño. Para levantarse, para
abrir la ventana, la señorita Rogron tenía que haber oído aquel canto y
aquellas palabras que en los oídos de una solterona sonaban a palabras
comprometedoras; pero Petrilla ignoraba los hechos que tenían a su prima tan
alerta. Silvia tenía razones poderosas para levantarse y para correr al balcón.
Desde hacía ocho días, extraños acontecimientos secretos y crueles sentimientos
agitaban a los principales personajes del salón Rogron. Aquellos
acontecimientos desconocidos, cuidadosamente ocultos por una y otra parte,
solían recaer como un frío alud sobre Petrilla. Ese mundo de cosas misteriosas,
a las cuales habría que llamar las inmundicias del corazón humano, yace en el
fondo de las más grandes revoluciones políticas, sociales o domésticas; pero,
al hablar de ellas, acaso conviene mucho explicar que su traducción algebraica,
aunque verdadera, es infiel desde el punto de vista de la forma. Esos cálculos
profundos no hablan con tanta brutalidad como los expresa la historia. Querer
interpretar los circunloquios, las precauciones oratorias, las largas
conversaciones en que el espíritu obscurece de propio intento la luz que lleva
en sí, o la melosa palabra diluye el veneno de ciertas intenciones, sería
emprender un libro tan largo como el magnífico poema llamado Clarisa Harlowe.
La señorita Habert y Silvia tenían las mismas ganas de casarse; pero la una
tenía diez años menos que la otra, y las probabilidades permitían a Celeste
Habert pensar que toda la fortuna de los Rogron vendría a sus hijos. Silvia
llegaba ya a los cuarenta y dos años, edad en que el matrimonio puede ofrecer
peligros. Al confiarse sus ideas, para pedirse mutuamente aprobación, Celeste
Habert, advertida por el vengativo ábate, había ilustrado a Silvia sobre los
supuestos peligros de su posición. El coronel, hombre violento, de una salud
militar, muchachote de cuarenta y cinco años, practicaría probablemente la
moral de todos los cuentos de hadas: Fueron felices y tuvieron muchos hijos.
Aquella felicidad infundió miedo a Silvia; tuvo miedo de morir, idea la más
espantosa para los solterones. Pero había subido el Ministerio Martignac,
segunda victoria de la Cámara que derribó al de Villèle. El partido Vinet
alzaba el gallo en Provins. Vinet, que ya era el primer abogado de la comarca
de Brie, ganaba lo que quería, según la expresión popular. Era un personaje.
Los liberales profetizaban su advenimiento: sería diputado, fiscal de la Más
que. En cuanto al coronel, llegaría a alcalde de Provins. ¡Ah! ¡Reinar como
reinaba la señora de Garceland! ¡Ser la mujer del alcalde! Silvia no resistió a
tal esperanza; quiso consultar a un médico, aunque semejante consulta la
cubriese de ridículo. Aquellas dos mujeres, la una victoriosa de la otra y
segura de conducirla a su antojo, inventaron uno de esos lazos que tan
diestramente saben preparar las mujeres aconsejadas por un presbítero.
Consultar al señor Neraud, el médico de los liberales, antagonista del señor
Martener, era cometer una falta. Celeste Habert ofreció a Silvia esconderla en
su tocador y consultar para sí misma sobre aquel punto al señor Martener,
médico de su hospedería. Cómplice o no de Celeste, Martener respondió a su
cliente que el peligro existía ya, aunque débil, en una soltera de treinta
años.
–Pero
la constitución de usted –dijo para terminar– le permite no temer nada.
–¿Y
si fuese una mujer de cuarenta años cumplidos? –dijo la señorita Habert.
–Una
mujer de cuarenta años, casada y que ha tenido hijos no puede temer nada.
–¿Pero
una señorita virtuosa, como la señorita Rogron, por ejemplo?
–¡Virtuosa!
No hay duda –dijo Martener–. En ese caso, un parto feliz es uno de esos
milagros que Dios suele hacer, pero pocas veces.
–¿Y
por qué? –dijo Celeste Habert.
El
médico contestó con una descripción patológica espantable: explicó cómo la
elasticidad que da la naturaleza en la juventud a los músculos y a los huesos
no existe ya a ciertas edades, sobre todo en las mujeres que por su profesión
han hecho vida sedentaria durante mucho tiempo, como la señorita Rogron.
–¿De
modo que pasados los cuarenta años una soltera virtuosa no debe ya casarse?
–O
esperar; pero entonces ya no es matrimonio, sino una asociación de intereses.
¿Qué iba a ser si no?
De
la entrevista, resultó, pues, claramente, seriamente, científicamente y
razonablemente que pasados los cuarenta años una soltera virtuosa no debía
casarse. Cuando el señor Martener hubo salido, la señorita Celeste Habert
encontró a la señorita Rogron verde y amarilla, con las pupilas dilatadas; en
fin, en un estado lamentable.
–Entonces,
¿ama usted mucho al coronel? –le dijo.
–Todavía
tenía esperanza –contestó la solterona.
–¡Espere
usted entonces! –exclamó jesuíticamente la señorita Habert, convencida de que
el tiempo haría justicia al coronel.
No
obstante, la moralidad de aquel matrimonio era dudosa. Silvia fue a sondar su
conciencia en el fondo del confesonario. El severo confesor explicó las
opiniones de la Iglesia, que no ve en el matrimonio más que la propagación de
la humanidad, que reprueba las segundas nupcias y castiga las pasiones sin
objeto social. La perplejidad de Silvia llegó a su colmo. Aquellos combates
interiores dieron una fuerza extraña a su pasión, que adquirió para ella el
inexplicable atractivo que desde los tiempos de Eva han tenido siempre para las
mujeres las cosas prohibidas. La turbación de la señorita Rogron no podía
escaparse al ojo clarividente del abogado.
Una
noche, después del juego, Vinet se acercó a su querida amiga Silvia, la cogió
de la mano y fue a sentarse con ella en un sofá.
–A
usted le ocurre algo –le dijo al oído.
Ella
inclinó tristemente la cabeza. El abogado dejó que se marchase Rogron; se quedó
solo con ella y la hizo confesar su secreto.
¡Bien
jugado, ábate! ¡Pero has jugado por mí!, se dijo interiormente después de oír
todas las consultas secretas que había tenido Silvia y entre las cuales la
última era la más grave.
El
astuto zorro judicial fue más terrible aún que el médico en sus explicaciones:
aconsejó el matrimonio, pero no antes de diez años, para mayor seguridad.
El
abogado juró que toda la fortuna de los Rogron sería para Betilda. Se frotó las
manos, se le afiló el hocico y corrió a reunirse con la señora y la señorita de
Chargebouf, a quienes había dejado camino de casa, acompañadas de un criado
provisto de una linterna. Vinet, médico del bolsillo, contrabalanceaba
perfectamente la influencia de Habert, médico del alma. Rogron era poquísimo
devoto; de modo que el hombre de leyes y el hombre de los hábitos negros se
encontraban en iguales condiciones. Al enterarse de la victoria de la señorita
Habert, que esperaba casarse con Rogron, sobre Silvia, vacilante entre el miedo
de morir y la alegría de ser baronesa, el abogado vislumbró la posibilidad de
eliminar al coronel del campo de batalla. Conocía a Rogron lo bastante para
encontrar un medio de hacerle casarse con la hermosa Betilda. Rogron no había
podido resistir los ataques de la señorita de Chargebouf. Vinet sabía que la
primera vez que Rogron se viese solo con Betilda y con él quedaría decidido el
matrimonio. Rogron había llegado al punto de no apartar los ojos de la señorita
Habert; tanto miedo le daba mirar a Betilda. Vinet acababa de ver cuánto amaba
Silvia al coronel. Comprendió el desarrollo de semejante pasión en una
solterona, roída además por la devoción; en seguida dio con el medio de perder
al mismo tiempo a Petrilla y al coronel, con la esperanza de que el uno le
desembarazase del otro.
Al
siguiente día, después de la Audiencia, encontró, como de costumbre, al coronel
paseando con Rogron.
Siempre
que aquellos tres hombres iban juntos su reunión hacía hablar a la ciudad.
Aquel triunvirato, que causaba horror al subprefecto, a la magistratura y al
partido de los Tiphaine, era un tribunal que envanecía a los liberales de
Provins.
Vinet
redactaba el Correo por sí solo; era la cabeza del partido; el coronel, gerente
responsable del periódico, era el brazo; Rogron, con su dinero, era el nervio y
se le consideraba como lazo de unión entre el Comité director de Provins y el
Comité director de París. A oír a los Tiphaine, aquellos tres hombres estaban
siempre maquinando algo contra el Gobierno, en tanto que los liberales los
admiraban como defensores del pueblo. Cuando el abogado vio a Rogron camino de
la placeta, llamado a casa por la hora de comer, cogió al coronel del brazo
para impedirle que le acompañara.
–Vaya,
coronel –le dijo–, voy a quitarle a usted un gran peso de los hombros; se
casará usted mejor que con Silvia; arreglándoselas bien, se casará usted,
dentro de dos años, con Petrilla Lorrain.
Y le
contó los efectos de la maniobra del jesuita.
–¡Vaya
una cosa inesperada y cómo ha crecido! –dijo el coronel.
–Coronel
–prosiguió Vinet gravemente–, Petrilla es una criatura encantadora; puede usted
ser dichoso el resto de sus días, y tiene usted una salud tan hermosa, que este
matrimonio no tendrá para usted los inconvenientes de las uniones
desproporcionadas; pero no crea usted fácil este cambio de una suerte horrible
por una suerte agradable. Hacer de una novia una confidente es operación tan
peligrosa como en el oficio de usted pasar un río bajo el fuego enemigo. Sagaz,
como coronel de Caballería que es, usted estudiará la posición y maniobrará con
la superioridad que hasta ahora hemos tenido y que nos ha valido nuestra
situación actual. Si un día yo soy fiscal, usted podrá mandar las tropas del
departamento. ¡Ah! Si hubiera usted sido elector, ya estaríamos más
adelantados; yo habría comprado los votos de esos dos empleados, haciendo que
no les importase la pérdida de sus plazas, y habríamos tenido mayoría. Yo me
sentaría ahora junto a los Dupin, los Casimiro Perier, y...
El
coronel pensaba en Petrilla desde hacía mucho tiempo, pero había ocultado su
pensamiento con profundo disimulo; la brutalidad con que trataba a Petrilla no
era, pues, más que aparente. La niña no se explicaba por que el pretendido
camarada de su padre la trataba tan mal en público, mientras que, si la
encontraba sola, le pasaba la mano por la barbilla y le hacía una caricia
paternal. Desde la confidencia de Vinet, relativa al terror que inspiraba a
Silvia el matrimonio, Gouraud había buscado ocasiones de encontrar sola a
Petrilla, y, cuando la hallaba, el rudo coronel se tornaba mimoso como un gato;
le decía cuán valiente había sido su padre y cuánto había ella perdido con su
muerte.
Días
antes de la llegada de Brigaut, Silvia había sorprendido a Gouraud y Petrilla.
Los celos invadieron su corazón con una violencia monástica. Los celos, pasión
eminentemente crédula, recelosa, es la más dominada por la fantasía; pero no da
ingenio, lo quita; y a Silvia tal pasión tenía que inspirarle extrañas ideas.
Silvia imaginó que el hombre que acababa de dirigirse a Petrilla cantando
aquello de señora casada era el coronel. Creía tener razón para atribuir].e
aquella cita porque desde hacía una semana el trato. de Gouraud le parecía
cambiado. Aquel hombre era el único que, en la soledad en que ella había
vivido, se cuidó de ella; ella le observaba, pues, sin quitarle ojo y con todo
su entendimiento; y a fuerza de entregarse a esperanzas, alternativamente
florecientes o destruidas, había hecho de él una cosa tan absorbente que le
producía el efecto de un espejismo moral. Según una bella expresión vulgar, a
fuerza de mirar solía ocurrirle no ver nada. Repelía y combatía, unas veces
victoriosamente y otras no, la suposición de aquella rivalidad quimérica.
Establecía un paralelo entre ella y Petrilla: ella tenía cuarenta años y el
cabello gris; Petrilla era una jovencita, deliciosa de blancura, con ojos de
una ternura capaz de reanimar un corazón muerto. Había oído decir que a los
hombres de cincuenta años les gustan las jovencitas como Petrilla. Antes de que
el coronel se hiciese amigo de los Rogron y comenzase a frecuentar su casa,
Silvia había oído en el salón de los Tiphaine cosas raras sobre el coronel Gouraud
y sus costumbres. Las solteronas viejas tienen en amor las exageradas ideas
platónicas que profesan las jóvenes a los veinte años; han conservado doctrinas
absolutas, como todos los que no han experimentado la vida y comprobado cómo la
fuerza mayor de la sociedad modifica, lima y hace fracasar todas esas hermosas
y nobles ideas de la juventud. A Silvia le martillaba el cerebro la idea de ser
engañada por el coronel. Después de ese rato que todo solterón desocupado pasa
en el lecho, desde que se despierta hasta que se levanta, la solterona se puso
a pensar en sí misma, en Petrilla y en la romanza cuya voz matrimonio la había
despertado. Como necia que era, en vez de observar a los enamorados a través de
las persianas, había abierto el balcón sin comprender que Petrilla la oiría. Si
hubiera tenido la vulgar astucia del espía, habría visto a Brigaut y el drama
fatal que empezó entonces no habría existido.
Petrilla,
a pesar de su debilidad, quitó los barrotes de madera que cerraban los postigos
de la ventana de la cocina, los abrió y los enganchó; luego fue a abrir
igualmente la puerta del corredor que daba acceso al jardín. Cogió los
diferentes plumeros necesarios para limpiar la alfombra, el comedor, el
pasillo, las escaleras, en fin, para, limpiarlo todo con un cuidado y una
exactitud que ninguna criada, aunque fuese holandesa, habría puesto en su
trabajo; ¡le repugnaban tanto las reprimendas! La dicha para ella consistía en
ver los ojuelos azules, pálidos y fríos de su prima, no satisfechos, porque no
lo parecían nunca, sino solamente tranquilos una vez que habían paseado por
todas las cosas su mirada de propietaria, esa mirada inexplicable que ve lo que
se ha escapado a los ojos más observadores. Petrilla tenía ya la piel sudorosa
cuando volvió a la cocina para ponerlo todo en orden y encender los hornillos a
fin de poder llevar a las habitaciones de sus primos lumbre y agua caliente
para el tocado; ¡ella, que no la tenía nunca para sí! Puso los cubiertos para
el desayuno y encendió la estufa de la sala. Para todos aquellos servicios iba
algunas veces a la cueva en busca de pequeños haces de leña, y así dejaba un
sitio fresco para entrar en uno caliente, uno caliente para entrar en otro frío
y húmedo. Estas transiciones súbitas, hechas con el apresuramiento de la
juventud, y con frecuencia, para evitar una palabra ruda, para obedecer una
orden, agravaban irremediablemente el estado de su salud. Petrilla no sabía que
estaba enferma. Sin embargo, empezaba a sufrir; sentía apetitos extraños, que
ocultaba; le gustaban las ensaladas crudas y las devoraba en secreto. La
inocente niña ignoraba por completo que su estado constituía una enfermedad
grave que requería las más grandes precauciones. Si antes de la llegada de
Brigaut, aquel Neraud, que podía reprocharse la muerte de la abuela, hubiera
revelado este peligro mortal a la nieta, Petrilla habría sonreído; encontraba
demasiada amargura en la vida para no sonreír a la muerte. Pero desde hacía
unos instantes, Petrilla, que unía a sus padecimientos corporales los de la
nostalgia bretona, enfermedad moral tan conocida que los coroneles se preocupan
de ella cuando tienen bretones en su regimiento, tenía cariño a Provins.
Aquella flor de oro, aquel canto, la presencia de su amigo de la infancia la
habían reanimado, como una planta que lleva mucho tiempo sin agua reverdece
después de una abundante lluvia. Quería vivir; ¡no creía haber sufrido! Se
deslizó tímidamente en la habitación de su prima; encendió el fuego; dejó allí
un calentador de agua; cambió algunas palabras; fue a despertar a su tutor, y
bajó a coger la leche, el pan y las demás cosas que llevaban los proveedores.
Permaneció un rato en el umbral de la puerta, con la esperanza de que a Brigaut
se le ocurriese volver; pero Brigaut caminaba ya por la carretera de París.
Había ya arreglado la sala, y estaba ocupada en la cocina, cuando oyó que su
prima bajaba la escalera. La señorita Silvia Rogron apareció con su bata de
tafetán color carmelita, su gorra de tul adornada con lazos, su flequillo
postizo bastante mal colocado, su camisola por debajo de la bata y los pies en
sus chancletas. Pasó revista a todo y fue luego a buscar a su prima, que la
esperaba, para saber lo que se había de poner de desayuno.
–¡Ah!
¿Está usted aquí, señorita enamorada? –dijo a Petrilla, con un tono semialegre
y semiburlón.
–¿Cómo,
prima mía?
–Ha
entrado usted en mi habitación como una hipócrita y ha salido la mismo; sin embargo,
debía usted figurarse que tenía que hablarla.
–¿A
mí...?
–Esta
mañana le han dado a usted serenata, ni más ni menos que a una princesa.
–¿Una
serenata? –exclamó Petrilla.
–¿Una
serenata? –dijo Silvia, imitándola–. Y tiene usted un novio.
–¿Qué
es un novio, prima?
Silvia
esquivó la respuesta y añadió:
–¿Se
atreve usted a decir, señorita, que no ha estado bajo nuestras ventanas un
hombre hablándole a usted de matrimonio?
La
persecución había enseñado a Petrilla las artimañas necesarias a los esclavos,
y contestó rápidamente:
–No
sé qué quiere usted decir.
–¡La
hipócrita! –dijo Silvia.
–¡Prima
mía...! –dijo humildemente Petrilla.
–Tampoco
es verdad que se ha levantado usted y ha ido, con los pies desnudos, a la
ventana, lo cual le costará una enfermedad? ¡Y le estará bien empleado! ¿Y no
ha hablado usted con su enamorado?
–No,
prima.
–Sabía
que tenía usted muchos defectos, pero no le conocía el de mentir. ¡Piénselo
usted bien, señorita! Tiene usted que decirnos y explicarnos a su primo y a mí
la escena de esta mañana; si no, su tutor tomará medidas rigurosas.
La
solterona, devorada por los celos y la curiosidad, procedía por intimidación.
Petrilla hizo lo que las personas que sufren más de lo resistible: guardó
silencio. Para los seres atacados, el silencio es el único medio de triunfar;
el silencio anula las cargas cosacas de los envidiosos, las salvajes
escaramuzas de los enemigos; da una victoria aplastante y completa. ¿Qué hay
más completo que el silencio? Es absoluto: ¿no es éste uno de los modos de ser
de lo infinito?
Silvia
examinó a Petrilla furtivamente. La niña se ponía colorada; pero su rubor, en
vez de ser general, se dividía en placas desiguales en los pómulos, manchas
ardientes de un tono significativo. Al ver aquellos síntomas de enfermedad, una
madre habría cambiado en seguida de tono; habría sentado a la niña en sus
rodillas; le habría preguntado; habría, desde mucho antes, admirado mil pruebas
de la completa, de la sublime inocencia de Petrilla; habría adivinado su
enfermedad y comprendido que los humores y la sangre, desviados de su cauce
natural, se lanzaban sobre los pulmones, después de haber trastornado las
funciones digestivos. Aquellos elocuentes manchas le habrían revelado la
inminencia de un peligro mortal. Pero una solterona, en quien no se habían despertado
los sentimientos que la familia desarrolla; que no había conocido los cuidados
de la infancia ni las precauciones que exige la adolescencia, no podía tener la
indulgencia ni la compasión que inspiran los mil acontecimientos de la vida
conyugal. Los sufrimientos de la miseria habían encallecido su corazón en vez
de enternecerle.
¡Se
ruboriza, luego está en falta!, se dijo Silvia.
El
silencio de Petrilla fue, pues, interpretado en el peor sentido.
–Petrilla
–dijo Silvia–, vamos a hablar antes de que baje su primo. Venga usted –añadió
con un tono más dulce–. Cierre la puerta de la calle. Si viene alguno, llamará
y le oiremos.
A
pesar de la húmeda neblina que se alzaba del río, Silvia llevó a Petrilla por
el paseo arenoso que serpenteaba entre los macizos de césped, hasta el borde de
la terraza pedregosa, muelle pintoresco, poblado de lirios y plantas acuáticas.
La solterona cambió de sistema; quiso apoderarse de Petrilla por la dulzura; la
hiena iba a hacerse gata.
–Petrilla
–le dijo–, ya no es usted una niña; va usted a cumplir pronto catorce años y no
sería sorprendente que tuviese usted novio.
–Pero,
prima –dijo Petrilla, alzando los ojos con angelical dulzura hacia la cara
agria y fría de su prima, que había tomado su antiguo aspecto, de vendedora–,
¿qué es un novio?
Silvia
no consiguió definir exactamente y con decencia lo que es un novio. Lejos de
ver en aquella pregunta el efecto de una adorable inocencia, la tomó por
falsedad.
–Un
novio, Petrilla, es un hombre que nos quiere y desea casarse con nosotras.
–¡Ah!
–dijo Petrilla–. En Bretaña, cuando se está de acuerdo con un joven, se le
llama prometido.
–Bueno;
pues piense usted, pequeña mía, que no hay ningún mal en que confiese usted sus
sentimientos por un hombre. El mal está en el secreto. ¿Acaso le ha gustado
usted a alguno de los hombres que vienen a casa?
–No
lo creo.
–¿Ama
usted a alguno?
–A
ninguno.
–¿Con
toda seguridad?
–Con
toda seguridad.
–Míreme
usted, Petrilla.
Petrilla
miró a su prima.
–Sin
embargo, esta mañana le ha llamado a usted un hombre desde la plaza.
Petrilla
bajó los ojos.
–Ha
ido usted a la ventana, la ha abierto y ha hablado.
–No,
prima; quise ver qué tiempo hacía y vi en la plaza un campesino.
–Petrilla,
desde su primera comunión ha ganado usted mucho; es usted obediente y piadosa;
quiere usted a sus parientes y a Dios; estoy contenta de usted y no se lo decía
por no estimular su orgullo...
¡Aquella
horrible mujer tomaba por virtudes el abatimiento, la sumisión, el silencio de
la miseria! Una de las cosas más dulces que pueden consolar a los que sufren, a
los mártires, a los artistas, de la pasión divina que les imponen la envidia y
el odio, es encontrar el elogio donde siempre hallaron la censura y la mala fe.
Así, Petrilla alzó a su prima los ojos enternecidos y se sintió a punto de
perdonarle todos los dolores que le había causado.
–Pero
si todo eso no fuese más que hipocresía; si yo hubiera de ver en usted una
serpiente a quien he prestado el calor de mi seno, ¡sería usted una infame, una
horrible criatura!
No
creo tener nada que reprochame – dijo Petrilla, sintiendo que se le contraía
horriblemente el corazón ante el súbito tránsito de la alabanza inesperada al
terrible acento de la hiena.
–¿Sabe
usted que una mentira es un pecado mortal?
–Sí,
prima.
–Pues
bien, está usted ante Dios –dijo la solterona, mostrándole con un gesto solenme
los jardines y el cielo–. Júreme que no conocía a ese campesino.
–No
juraré –dijo Petrilla.
–¡Ah!
¡No era un campesino, viborilla!
Petrilla
escapó, como una corza asustada, a través del jardín, espantada por aquel
problema moral. Su prima la mandó volver, con una voz terrible.
–Están
llamando –dijo ella.
–¡Ah,
qué hipocritilla! Tiene el alma llena de artificios; y ahora ya tengo la
seguridad de que esa culebrilla se ha enroscado al coronel. Nos ha oído decir
que es barón. ¡Ser baronesa! ¡Estúpida! ¡Oh! Yo me desembarazaró de ella
poniéndola de aprendiza, y pronto.
Silvia
se quedó tan absorta en sus pensamientos que no vio a su hermano que cruzaba el
jardín mirando los estragos que la helada había hecho en sus dalias.
–¡Eh,
Silvia! ¿En qué estás pensando ahí? Creí que mirabas a los peces; los hay que
algunas veces saltan fuera del agua.
–No
–dijo ella.
–Bueno;
¿y has dormido bien?
Y se
puso a contarle lo que había soñado.
–¿No
me encuentras la cara emborronada?
Otra
palabra del vocabulario Rogron. Desde que Rogron amaba –pero no profanemos esta
palabra–; desde que deseaba a la señorita Chargebouf, se preocupaba mucho de su
aspecto y de sí mismo. Petrilla bajó en aquel momento la escalinata y anunció
desde lejos que estaba listo el desayuno. Al ver a su prima, la tez de Silvia
se cubrió de manchas verdes y amarillas; toda su bilis se puso en movimiento.
Observó el corredor y le pareció que Petrilla debía haber lustrado el suelo.
–Lo
haré, si usted quiere –respondió aquel ángel, ignorante del peligro que este
trabajo tiene para una joven.
El
comedor estaba irreprochablemente arreglado. Silvia se sentó, y durante todo el
desayuno sintió la necesidad de cosas en que no habría pensado en su estado
normal y que pedía para hacer que se levantase Petrilla, eligiendo los momentos
en que la pobre criatura se sentaba para seguir comiendo; pero no le bastaba
con importunar; buscaba un motivo de reproche y se encolerizaba interiormente
de no encontrar ninguno. Si hubiera habido huevos frescos, se habría quejado
del mal condimento del suyo. Apenas respondía a las necias preguntas de su
hermano y, sin embargo, no dejaba de mirarle. Sus ojos huían de los de
Petrilla. Petrilla era muy sensible a estos manejos. Trajo el café en una
cubeta de plata, donde calentaba la leche al baño de maría. Los hermanos mezclaban
allí mismo con la leche el café puro, hecho por Silvia, en la dosis
conveniente. Cuando la solterona hubo preparado minuciosamente la alegría que
iba a disfrutar, afectó ver un ligero poso de café; lo cogió con afectación, lo
miró, se inclinó para verlo mejor. Estalló la tormenta.
–¿Qué
tienes? –dijo Rogron.
–Tengo...
que la señorita ha echado ceniza en mi café. ¡Como es tan agradable de tomar el
café con ceniza!... Pero no es sorprendente; no se puede hacer bien dos cosas a
un tiempo. ¡Bastante pensaba ella en el café! Esta mañana podía haber volado un
mirlo por la cocina y no se habría dado cuenta; ¿cómo iba a ver que volaba la
ceniza? Y luego, se trata del café de su prima... ¿qué le importa?
Siguió
hablando en este tono mientras ponía en el borde del plato el polvillo de café
que se había escapado a través del filtro y algunos granos de azúcar que no se
disolvían.
–Pero,
prima, si es café... –dijo Petrilla.
–¡Ah!
¿Soy ya la que miente? –exclamó Silvia mirando a Petrilla y fulminándola con el
horrible fulgor que despedían sus ojos cuando estaba encolerizada.
Las
organizaciones que no ha desgastado la pasión tienen a su servicio una gran
abundancia de fluido vital. Ese fenómeno de la excesiva claridad de los ojos en
los momentos de ira se había establecido tanto mejor en la señorita Rogron
cuanto que antaño, en su tienda, había tenido ocasiones de emplear el poderío
de su mirada abriendo desmesuradamente los ojos siempre para imprimir a los
inferiores un saludable terror.
–Le
aconsejo a usted que no me desmienta. ¡Usted, que merecería levantarse de la
mesa e irse a comer sola en la cocina!
–¿Qué
os ocurre a las dos? –exclamó Rogron.– Estáis esta mañana ásperas como crines.
–La
señorita sabe lo que me ocurre con ella. Le dejo tiempo para que tome una
resolución antes de hablarte, porque soy con ella más buena de lo que merece.
Petrilla,
para esquivar los ojos de su prima, que le aterraban, miraba a la plaza a
través de los cristales.
–Me
escucha como si hablase con este azucarero. Sin embargo, tiene el oído bien
fino; habla desde lo alto de una casa y responde a cualquiera que esté en la
calle... ¡Es de una perversidad tu recogida! De una perversidad sin nombre, y
no tienes nada bueno que esperar de ella. ¿Te enteras, Rogron?
–¿Qué
es eso tan grave que ha hecho? –preguntó el hermano a la hermana.
–¡A
su edades empezar bien pronto! –exclamó la solterona, rabiosa.
Petrilla
se levantó para retirar el servicio, a fin de hacer algo, porque no sabía qué
actitud adoptar. Aunque aquel lenguaje no era nuevo para ella, nunca había
podido acostumbrarse a sufrirle. La cólera de su prima le hacía pensar que
había cometido algún crimen. Se preguntó cuál no sería el furor de su prima si
estuviese enterada de la fuga de Brigaut. Tal vez la privarían de la amistad de
Brigaut. Tuvo a la vez los mil pensamientos de la esclava, tan rápidos, tan
profundos, y resolvió guardar silencio absoluto sobre una cosa que en
conciencia no le parecía nada mala. Hubo de oír palabras tan duras,
suposiciones tan ofensivas, que al entrar en la cocina se le contrajo el
estómago y tuvo un horrible vómito. No se atrevió a quejarse; no estaba segura
de que la cuidasen. Volvió al comedor pálida, amarilla; dijo que no se
encontraba bien y subió a acostarse, deteniéndose en cada escalón, creyendo que
había llegado su última hora.
–¡Pobre
Brigaut! –pensaba.
–Está
enferma –dijo Rogron.
–¡Enferma,
ella! ¡De condición! –dijo Silvia de modo que su prima la oyese–. ¡No estaba
enferma esta mañana, no!
Este
último golpe aterró a Petrilla, que se acostó llorando y pidiendo a Dios que se
la llevase de este mundo.
Desde
hacía un mes, Rogron no tenía que llevar El Constitucional a casa de Gouraud.
El coronel iba obsequiosamente a buscar el periódico, a charlar un rato y se
llevaba a Rogron de paseo si hacía buen tiempo. Segura de ver al coronel y de
poder preguntarle, Silvia se vistió con coquetería. La solterona creía estar
atractiva poniéndose un vestido verde, un pequeño chal amarillo de Cachemira
con cenefas rojas y un sombrero blanco adornado de menudas plumas grises. A la
hora en que el coronel solía llegar se estacionó en el salón con su hermano, a
quien había obligado a permanecer de bata y zapatillas.
–¡Hace
buen tiempo, coronel! –dijo Rogron al oír los pesados pasos de Gouraud–. Pero
no estoy vestido; mi hermana quería salir y me ha hecho quedarme en casa;
espéreme usted.
Rogron
dejó a Silvia sola con el coronel.
–¿Adónde
piensa usted ir, que se ha puesto hecha una divinidad? –preguntó Gouraud, que
notaba cierto aire solemne en el ancho rostro granuloso de la solterona.
–Quería
salir; pero como la pequeña no está bien, me quedo.
–¿Qué
tiene?
–No
sé; ha dicho que quería acostarse.
La
prudencia, por no decir la desconfianza, del coronel estaba alerta
constantemente por el resultado de su alianza con Vinet. Evidentemente el
abogado se había llevado la mejor parte. El abogado redactaba el periódico,
mandaba en él como dueño y aplicaba los ingresos a la redacción, mientras que
el coronel, editor responsable, ganaba muy poca cosa. Vinet y Cournant habían
prestado a los Rogron servicios enormes; un coronel retirado no podía hacer
nada por ellos. ¿Quién iba a ser diputado? Vinet. ¿Quién era el gran elector?
Vinet. ¿A quién se consultaba? ¡A Vinet! El coronel conocía tan bien como Vinet
la fuerza y la profundidad de la pasión que en Rogron había encendido Betilda
de Chargebouf. Aquella pasión iba haciéndose insensata, como todas las últimas
pasiones de los hombres. La voz de Betilda hacía estremecerse al solterón.
Absorbido por sus deseos, Rogron los ocultaba; no se atrevía a esperar una boda
semejante. Para sondar al mercero, el coronel le había dicho que iba a pedir la
mano de Betilda. Rogron había palidecido al verse ante un rival tan temible; se
había vuelto frío para Gouraud y casi le mostraba odio. Así, Vinet reinaba de
todas las maneras en aquella casa, en tanto que el coronel no estaba unido a
ella más que por los lazos hipotéticos de una afección mentida por su parte y
que en Silvia no estaba todavía declarada. Cuando el abogado le reveló la
maniobra del presbítero, aconsejándole que rompiese con Silvia y pusiera los
ojos en Petrilla, Vinet halagó la inclinación del coronel; pero al analizar el
sentido íntimo de aquella proposición, al examinar bien el terreno en derredor
de sí, el coronel creyó notar en su aliado la esperanza de enemistarle con
Silvia y de aprovechar el miedo de la solterona para conseguir que toda la
fortuna de los Rogron fuese a manos de Betilda de Chargebouf. Así, pues, cuando
Rogron le dejó a solas con su hermana, la perspicacia del coronel recogió todos
los pequeños indicios que delataban la inquietud de pensamiento de Silvia.
Adivinó el plan que ella había formado de estar sobre las armas y a solas con
él durante un momento. El coronel, receloso ya de que Vinet le había jugado una
mala pasada, atribuyó la conferencia a alguna secreta insinuación de aquel mico
judicial; se puso en guardia como cuando practicaba un reconocimiento en país
enemigo: la mirada fija en el campo, atento al menor ruido; el espíritu alerta,
la mano en las armas. El coronel tenía el defecto de no creer una sola palabra
a las mujeres; y cuando la solterona puso a Petrilla sobre el tapete y dijo que
se había acostado al mediodía, pensó que Silvia la había castigado en su
habitación por celos.
–Se
va haciendo muy mona esa pequeña –dijo negligentemente.
–Será
muy bonita –respondió la señorita Rogron.
–Ahora
debía usted enviarla a París, a un almacén –añadió Gouraud–. Allí haría
fortuna. En casa de las modistas se ven ahora jóvenes muy bellas.
–¿Es
esa su opinión de usted? –preguntó Silvia con voz turbada.
–"Bueno,
ya estoy en el ajo, pensó el coronel. Vinet habrá aconsejado que el día de
mañana casen a Petrilla conmigo, para perderme ante esta vieja bruja."
¿Pues qué quiere usted hacer de ella? –dijo en voz alta–. ¿No ve usted a una
muchacha noble, de incomparable belleza, bien emparentada, cómo Betilda de
Chargebouf, reducida a quedarse para vestir imágenes? Nadie la solicita.
Petrilla no tiene nada; no se casará nunca. ¿Cree usted que la uventud y la
belleza pueden signilicar algo para mí, por ejemplo; a mí que, capitán de
caballería en la Guardia imperial desde que el emperador creó su guardia, he
estado en todas las capitales y he conocido a las mujeres más hermosas de esas
mismas capitales? La juventud y la belleza abundan mucho, son muy comunes y no
sirven para nada... No me hable usted de ellas. A los cuarenta y ocho años
–prosiguió, añadiéndose algunos –, cuando se ha sufrido la derrota de Moscú,
cuando se ha hecho la terrible campaña de Francia, se tienen los riñones un
poco estropeados; yo soy un viejo formal. Una mujer como usted me cuidaría, me
mimaría; y su fortuna, unida a mis pobres mil escudos de retiro, me
proporcionaría para la vejez un bienestar conveniente; yo la preferiría mil
veces a una remilgada, que me causaría infinitas molestias y tendría treinta
años y pasiones cuando yo tuviese sesenta y reumatismos. A mi edad se calcula.
Vea usted, dicho sea entre nosotros, a mí no me gustaría tener hijos si me
casara.
Durante
esta parrafada, Gouraud había leído con claridad en la cara de Silvia, y la
exclamación de ella acabó de convencerle de la perfidia de Vinet.
–¿De
modo –dijo ella– que no ama usted a Petrilla?
–¿Pero
está usted loca, mi querida Silvia? –exclamó el coronel–. ¿Intenta nadie cascar
avellanas cuando no tiene dientes? A Dios gracias, estoy en mi juicio y me
conozco.
Silvia
no quiso mezclarse en la cuestión, y le pareció más discreto hacer hablar a su
hermano.
–Mi
hermano –dijo– tenía la idea de casar a ustedes.
–Su
hermano no puede haber tenido una idea tan incongruente. Hace unos días, para
conocer su secreto, le dije que amaba a Betilda, y se puso blanco como ese
cuello que lleva usted puesto.
–¿Ama
a Betilda? –dijo Silvia.
–¡Como
un loco! Y la verdad es que Betilda no quiere más que su dinero –¡Toma, Vinet!,
pensó el coronel–. ¿Cómo ha podido, pues, hablar de Petrilla? No, Silvia –dijo,
cogiéndole una mano y estrechándosela de cierta manera–, puesto que me ha hecho
usted hablar de estas cosas...–se acercó a Silvia–. Pues bien...–le besó la
mano; era coronel de caballería y tenía el valor acreditado–, sépalo usted: no
quiero tener otra mujer que usted. Aunque este matrimonio parezca de
conveniencia, por mi parte yo siento cariño por usted.
–Pues
era yo la que quería casarle a usted con Petrilla. Y si yo le diese mi
fortuna... ¿Eh?¿Qué tal, coronel?
–Pero
yo no quiero ser desgraciado en mi casa y ver dentro de diez años a un joven
pisaverde como Julliard rondando a mi mujer y dirigiéndole versos desde el
periódico. ¡Soy demasiado hombre para eso! Jamás haré un matrimonio
desproporcionado por la edad.
–Bueno,
coronel, ya hablaremos de eso seriamente –dijo Silvia, lanzándole una mirada
que ella creyó impregnada de amor y que se parecía bastante a la de una ogresa.
Sus
labios fríos y de un violeta crudo se estiraron sobre los dientes amarillos y
creyó sonreír.
–Ya
estoy aquí –dijo Rogron, y se llevó al coronel, que saludó cortésmente a la
solterona.
Gouraud
decidió apresurar su matrimonio con la solterona y convertirse así en dueño de
la casa, prometiéndose desembarazarse –gracias a la influencia que ejercería
sobre Silvia durante la luna de miel– de Betilda y Celeste Habert. Durante el
paseo dijo a Rogron que se había burlado de él el otro día; que no tenía
ninguna aspiración al corazón de Betilda, porque no era lo bastante rico para
casarse con una mujer sin dote. Luego le confió su proyecto: había elegido a su
hermana desde hacía mucho tiempo teniendo en cuenta sus buenas cualidades;
aspiraba, en fin, a ser su cuñado.
–¡Ah,
coronel! ¡Ah, barón! Si no hace falta más que mi consentimiento, se casarán
ustedes en el plazo que permita la ley –exclamó Rogron, feliz con verse libre
de aquel tremendo rival.
Silvia
pasó toda la mañana en su departamento calculando si habría allí sitio para un
matrimonio. Resolvió edificar un segundo piso para su hermano y arreglar
convenientemente el primero para ella y su marido; pero se prometió también
–fantasías de toda solterona– someter al coronel a algunas pruebas para formar
juicio sobre su corazón y sus costumbres antes de decidirse. Le quedaban dudas
y quería asegurarse de que Petrilla no tenía trato alguno con el coronel.
Petrilla
bajó a la hora de la comida para poner la mesa. Silvia había tenido que guisar
y se había manchado el vestido, gritando: "¡Maldita Petrilla!" Era
evidente que si Petrilla hubiera preparado la comida, Silvia no se habría
manchado de grasa su vestido de seda.
–¡Hola!
¡Ya está aquí la damisela! Es usted como el perro del herrador, que duerme al
pie de la fragua y se despierta al ruido de las cacerolas. ¡Ah! ¡Y quiere usted
que la creamos enferma, embusterilla!
Esta
idea: "No me ha confesado usted la verdad de lo que ocurrió esta mañana en
la plaza; luego miente usted en todo lo que dice", fue como un martillo
con el que Silvia había ya de golpear sin descanso en el corazón y en la cabeza
de Petrilla.
Con
gran asombro de Petrilla, su prima la mandó vestirse para la reunión de la
noche. La imaginación más alerta se queda muy por debajo de la actividad que
imprimen las sospechas en el espíritu de una solterona. En tales casos, la
solterona aventaja a los políticos, a los abogados, a los notarios y a los
usureros. Silvia pensó consultar a Vinet después de examinar bien cuanto había
en derredor suyo. Quiso tener a Petrilla a su lado para saber, por la actitud
de la pequeña, si el coronel había dicho la verdad. Las señoras de Chargebouf
llegaron las primeras. Siguiendo el consejo de su cuñado Vinet, Betilda había
redoblado su elegancia. Vestía un delicioso traje azul de pana, una pañoleta
clara como siempre, pendientes imitando racimos, de granates y oro; los
cabellos rizados, su cruz de oro pendiente de una cinta ceñida al cuello,
zapatitos de raso negro, medias de seda grises y guantes de piel de Suecia; a
lo que había que añadir sus aires de reina y sus coqueterías de soltera
dispuesta a apoderarse de todos los Rogron. La madre, serena y digna,
conservaba como la hija cierta impertinencia aristocrática, con la cual las dos
mujeres lo encubrían todo y por donde asomaba su espíritu de casta. Betilda
estaba dotada de un talento superior que sólo Vinet había sabido adivinar al
cabo de llevar ambas damas dos meses en su casa. Cuando logró medir la
profundidad de aquella muchacha despechada por la inutilidad de su juventud y
de su belleza, e instruida por el desprecio que la inspiraban los hombres de
una época en que el dinero era el único ídolo, exclamó sorprendido:
–Si
me hubiese casado con usted, Betilda, estaría hoy en camino de ser ministro de
Justicia. Me llamaría Vinet de Chargebouf y, en vez de ser liberal, figuraría
en la derecha.
Betilda
no deseaba casarse con ningún fin vulgar; no se casaba por ser madre ni por
tener marido; se casaba para ser libre, para tener un editor responsable, para
llamarse señora y poder obrar como los hombres. Rogron para ella era un nombre
y esperaba hacer algo de aquel imbécil: un diputado que votase y cuya alma
sería ella; necesitaba vengarse de su familia, que no había hecho caso de una
muchacha pobre. Vinet, al aprobar y admirar sus ideas, las había extendido y
fortalecido mucho.
–Querida
prima –le decía, explicándole la influencia que tenían las mujeres y
mostrándole la esfera de acción propia de ella–, ¿cree usted que Tiphaine, un
hombre de ínfimo valer, llega por sí mismo al Tribunal de primera instancia de
París? La señora de Tiphaine es quien ha hecho que se le nombre diputado; ella
es quien le lleva a París. Su madre, la señora de Roguin, es una astuta comadre
que hace lo que quiere del famoso banquero Du Tillet, uno de los compadres de
Nucingen, y los dos unidos a los Keller; y estas tres casas prestan servicios
al Gobierno o a sus hombres más influyentes. Los ministerios están en excelente
relación con estos lobos cervales de la banca, que así extienden su poder a
todo París. No hay razón para que Tiphaine no llegue a presidente de cualquier
Audiencia. Cásese usted con Rogron y le haremos diputado por Provins cuando yo
me aseguro la elección por otro distrito del departamento del Sena y el Marne.
Entonces tendrán ustedes una Recaudación general, una de esas plazas en que no
hay que hacer más que echar firmas. Seremos de la oposición, si triunfa; pero
si siguen los Borbones, ¡ah, con qué suavidad nos inclinaremos hacia el centro!
Además, Rogron no vivirá eternamente, y usted se casará con un título. En fin,
búsquese usted una buena posición y los Chargebouf nos servirán. La miseria de
usted, como la mía, debe de haberle enseñado lo que valen los hcrmbres; hay que
servirse de ellos como se sirve uno de los caballos de posta. Un hombre o una
mujer nos llevan de tal a tal etapa.
Vinet
había hecho de Betilda una pequeña Catalina de Médicis. Dejaba a su mujer en
casa, dichosa con sus dos hijos, y acompañaba siempre a las señoras de
Chargebouf a casa de los Rogron. Llegó en todo su esplendor de tribuno
champañés. Tenía ya entonces bonitas antiparras de oro, un chaleco de seda, una
corbata blanca, un pantalón negro, botas finas y una levita negra hecha en
París, un reloj de oro, una cadena. En vez del antiguo Vinet, pálido y flaco,
arisco y sombrío, el Vinet de ahora tenía la prestancia de un hombre político;
caminaba, seguro de su fortuna, con la seguridad propia del hombre del Palacio
de Justicia que conoce todos las cavernas del derecho. Su astuta cabezuela
estaba tan bien peinada, la rasurada barbilla le daba un aspecto tan pulido,
aunque frío, que parecía agradable, dentro del género de Robespierre.
Verdaderamente, podía ser un delicioso fiscal, con su elocuencia elástica,
peligrosa y asesina, o un orador de una sutileza al estilo de Benjamín
Constant. La acritud y el odio que le animaban antes se habían convertido en
pérfida dulzura. El veneno se había convertido en medicina.
–Buenos
días, querida; ¿cómo va? –dijo la señora de Chargebouf a Silvia.
Betilda
fue derecha a la chimenea; se quitó el sombrero, se miró al espejo y puso el
lindo pie en la barra de la lumbre para que se lo viese Rogron.
–¿Qué
lo sucede a usted, caballero? –le dijo, mirándole–. ¿No me saluda usted? ¡Está
bien! ¡Y se pone una para usted trajes de terciopelo!...
Llamó
a Petrilla para que le pusiese sobre una butaca el sombrero. La jovencita se lo
cogió de las manos y ella se lo dejó coger como si se tratase con una doncella.
Los hombres pasan por ser muy feroces, y los tigres también; pero ni los
tigres, ni las víboras, ni los diplomáticos, ni los hombres de justicia, ni los
verdugos, ni los reyes, pueden, en sus más grandes atrocidades, imitar las
crueldades dulces, las dulzuras envenenadas, los desprecios salvajes de las
señoritas entre sí cuando las unas se creen superiores a las otras en
nacimiento, en fortuna, en gracias, y cuando se trata de matrimonio, de
prerrogativas o de las mil rivalidades de la mujer.
El
"gracias, señorita" que dijo Betilda a Petrilla fue un poema en doce
cantos.
Ella
se llamaba Betilda y la otra Petrilla. Ella era una Chargebouf ¡y la otra una
Lorrain! ¡Petrilla era bajita y enfermiza! ¡Ella, alta y llena de vida! A
Petrilla la mantenían de caridad. ¡Betilda y su madre gozaban de independencia!
¡Petrilla llevaba un vestido de algodón con toca y Betilda hacía ondular el
terciopelo azul del suyo! ¡Betilda tenía los hombros más hermosos del
departamento y brazos de reina! ¡Petrilla tenía los omoplatos y los brazos
descarnados! ¡Petrilla era Cenicienta y Betilda el hada! ¡Betilda iba a
casarse; Petrilla iba a morir soltera! ¡Betilda era adorada y a Petrilla no la
quería nadie! Betilda tenía buen gusto, iba peinada maravillosamente. ¡Petrilla
ocultaba sus cabellos bajo una gorrita y no sabía nada de modas! Epílogo: Betilda
lo era todo; Petrilla no era nada. La altiva bretona comprendía bien este
poema.
–Buenos
días, pequeña –le dijo la señora de Chargebouf desde lo alto de su grandeza y
con el aire impertinente que le daba la nariz remangada.
Vinet
llevó al colmo aquella sarta de injurias, mirando a Petrilla y diciendo en tres
tonos diferentes:
–¡Oh!
¡Oh! ¡Oh! Qué hermosa estamos esta noche, Petrilla.
–¿Hermosa?
–dijo la pobre niña–. No es a mí, sino a su prima a quien hay que decírselo.
–¡Oh!
Mi prima siempre lo está –respondió el abogado–. ¿No es así, amigo Rogron?
–añadió volviéndose al dueño de la casa y estrechándole la mano.
–Sí
–respondió Rogron.
–¿Para
qué hacerle decir lo que no piensa? Nunca me ha encontrado de su gusto –replicó
Betilda sin quitarse de delante de Rogron–. ¿No es cierto? Míreme.
Rogron
la miró de pies a cabeza y cerró suavemente los ojos, como un gato cuando le
rascan la cabeza.
–Es
usted demasiado hermosa; demasiado peligrosa de ver –dijo.
–¿Por
qué?
Rogron
miró los tizones y guardó silencio. En aquel momento entró la señorita Habert,
seguida del coronel. Celeste Habert, convertida en el enemigo común, no contaba
más que con Silvia; pero todos le prodigaban tantas más atenciones y cortesías
cuanto más le minaban el terreno. Así, estaba indecisa entre aquellas pruebas
de interés y la desconfianza que su hermano procuraba despertar en ella. El
vicario, aunque alejado del teatro de la guerra, lo adivinaba todo. Cuando
comprendió que las esperanzas de su hermana estaban muertas, se transformó en
uno de los más terribles antagonistas de los Rogron. Todo el mundo se figurará
a la señorita Habert con decir que, aunque fuese dueña y archidueña de un
colegio, siempre parecería una institutriz. Las institutrices tienen una manera
peculiar de ponerse el gorro. Así como las inglesas viejas han adquirido el
monopolio de los sombreros de turbante, las institutrices tienen el de estos
gorros; las flores que los adornan son más que artificiales; como los tienen
mucho tiempo en los armarios, son siempre nuevos y siempre viejos, incluso el
primer día. La felicidad de estas mujeres consiste en imitar a los maniquíes de
los pintores; se sientan sobre las caderas más que sobre la silla. Cuando se
las habla giran en bloque sobre el busto en vez de volver simplemente la
cabeza; y cuando crujen sus vestidos está uno a punto de creer que los resortes
de sus mecanismos han chirriado. La señorita Habert, ideal de este género de
mujeres, tenía los ojos severos, la boca arrugada, y bajo su barbilla, surcada
también de arrugas, las bridas del gorro, fláccidas y ajadas, iban y venían
siguiendo sus movimientos. Tenía un pequeño adorno: dos limares, grandes y
obscuros, poblados de pelos, que dejaba crecer como clemátides desmelenadas.
Por último, tomaba rapé y lo tomaba sin gracia. Se pusieron al trabajo del
boston. Silvia tenía enfrente a la señorita Habert, y el coronel se puso a su
lado, frente a la señora de Chargebouf. Betilda permaneció cerca de su madre y
de Rogron. Silvia colocó a Petrilla entre ella y el coronel. Rogron desplegó la
otra mesa de juego, por si iban Neraud, Cournant y su mujer. Vinet y Betilda
sabían jugar al whist, que es a lo que jugaban los señores de Cournant. Desde
que aquellas señoras de Chargebouf, como decía la gente de Provins, iban a casa
de los Rogron, brillaban en la chimenea las dos lámparas, entre los candelabros
y el reloj, y las mesas estaban alumbradas con bujías de a cuarenta sueldos la
libra, pagadas, por supuesto, con las ganancias del juego.
–Vamos,
Petrilla, coge tu labor, hija mía –dijo Silvia a su prima con pérfida dulzura,
viéndola mirar el juego del coronel.
En
público afectaba siempre tratar muy bien a Petrilla. Aquella infame farsa
irritaba a la leal bretona y le hacía despreciar a su prima. Petrilla cogió su
bordado; pero, mientras daba puntadas, no dejaba de mirar el juego del coronel.
Gouraud no parecía darse cuenta de que hubiese una jovenzuela a su lado. Silvia
lo observaba, y aquella indiferencia comenzaba a parecerle excesivemente
sospechosa. Hubo un momento durante la velada en que Silvia emprendió una
importante jugada. El cestillo estaba lleno de fichas y contenía además
veintisiete sueldos. Habían llegado los Cournant y los Neraud. El viejo juez
suplente Desfondrilles, a quien el ministerio de Justicia encomendaba funciones
de juez de instrucción, considerándole con la capacidad de un juez, pero a
quien no se reconocía talento en cuanto pretendía ser juez de plantilla y que
desde hacía dos meses se había separado del partido de los Tiphaine para unirse
al de Vinet, estaba ante la chimenea, de espaldas al juego y con los faldones
de la levita levantados. Contemplaba aquel magnífico salón, en el que brillaba
la señorita de Chargebouf, porque parecía que aquella decoración roja había
sido hecha expresamente para realzar su belleza admirable. Reinaba el silencio;
Petrilla miraba jugar la puesta reunida en el cestillo, y la atención de Silvia
había sido absorbida por el interés de la jugada.
–Juegue
usted ésa –dijo Petrilla al coronel indicándole una carta.
El
coronel inició una jugada de oros y logró el as.
–No
es legal la jugada. Petrilla ha visto mi juego y el coronel se ha dejado guiar
por ella.
–Pero,
señorita –dijo Celeste Habert–, el juego del coronel era ése.
Desfondrilles
sonreía viendo la escena. Era un hombre agudo y que había acabado por encontrar
divertida la pugna de intereses que había en Provins, donde representaba el
papel de Rigaudin en la Casa de lotería, de Picard.
–Ese
era el juego del coronel –dijo Cournant, sin saber de qué se trataba.
Silvia
lanzó a la señorita Habert una de esas miradas de solterona a solterona, atroz
y falsa.
–Petrilla,
usted ha visto mi juego –dijo clavando los ojos en su prima.
–No,
prima.
–Yo
miraba a todos –dijo el juez arqueólogo y puedo certificar que la pequeña no ha
visto más que el juego del coronel.
–¡Bah!
–dijo Gouraud, espantado–. Las niñas saben mirar a todas partes con disimulo.
–¡Ah!
–dijo Silvia.
–Sí
–añadió Gouraud–, ha podido mirar el juego de usted para hacer una
picardigüela. ¿No es así, hermosa niña?
–No
–dijo la leal bretona–; soy incapaz de eso; y en tal caso me habría interesado
por el juego de mi prima.
–Demasiado
sabe usted que es una embustera, y además una estúpida –dijo Silvia–. Después
de lo ocurrido esta mañana, ¿cómo se puede dar crédito a sus palabras? Es usted
una...
Petrilla
no dejó que su prima terminara en su presencia lo que iba a decir. Adivinando
un torrente de injurias, se levantó, salió del salón sin luz y subió a su
cuarto. Silvia se puso pálida de rabia y murmuró entre dientes.
–Me
las pagará.
–¿Paga
usted la puesta? –dijo la señora de Chargebouf.
En
aquel momento, la pobre Petrilla se dio un golpe en la frente con la puerta del
corredor, que el juez había dejado abierta.
–¡Bien!
¡Bien hecho! –exclamó Silvia.
–¿Qué
le ha sucedido? –preguntó Desfondrilles.
–Nada
que no merezca –respondió Silvia.
–Ha
debido de hacerse daño –dijo la señorita Habert.
Silvia
intentó no pagar la puesta, levantándose para ir a ver lo que había ocurrido;
pero la señora de Chargebouf la detuvo.
–Pague
usted primero –dijo riéndose–, porque al volver ya no se acordará usted de
nada.
Esta
proposición, fundada en la mala fe que la ex mercera ponía en sus deudas de
juego y en sus embrollos, obtuvo el asentimiento general. Silvia volvió a
sentarse; no se pensó más en Petrilla, y aquella indiferencia no le chocó a
nadie. Durante toda la noche, Silvia tuvo una preocupación constante. Cuando
terminó el boston, cerca de las nueve y media, se sumió en una poltrona, junto
a la chimenea, y no se levantó ya más que para despedir a los contertulios. El
coronel la torturaba; no sabía qué pensar de él.
¡Los
hombres son tan falsos!, dijo mientras se dormía.
Petrilla
se había dado un golpe terrible con la puerta, contra la cual chocó su cabeza,
a la altura de la oreja, en que las jóvenes se apartan los cabellos para
hacerse los rizos. Al día siguiente se vio fuertes cardenales.
–Dios
la ha castigado a usted –le dijo su prima a la hora del desayuno–; me ha
desobedecido usted; me ha faltado al respeto que me debe no escuchándome y
dejándome con la palabra en la boca; no tiene usted sino lo que merece.
–Sin
embargo –dijo Rogron–, habrá que ponerle una compresa de agua y sal.
–¡Bah!
No será nada, primo –dijo Petrilla.
La
pobre niña creía haber encontrado una prueba de interés en la observación de su
tutor.
La
semana acabó como había empezado: entre continuos tormentos. Silvia llegó a
hacerse ingeniosa, y llevó los refinamientos de su tiranía hasta los extremos
más salvajes. Los illineses, los pieles rojas, los mohicanos habrían podido
aprender en ella. Petrilla no se atrevió a quejarse de vagos sufrimientos, de
dolores que sentía en la cabeza. El origen del descontento de su prima era el
no haberle revelado lo de Brigaut, y, con una testarudez muy bretona, Petrilla
se obstinaba en guardar un silencio bastante explicable. Cualquiera comprenderá
ahora cuál fue la mirada que la niña echó a Brigaut, a quien creía perdido para
ella si le descubrían y al cual, por instinto, quería tener cerca de sí,
considerándose dichosa con saber que estaba en Provins. ¡Qué alegría para ella
la de ver a Brigaut! Le miró como el desterrado mira de lejos a su patria; con
la mirada del mártir que dirige al cielo sus ojos videntes, capaces de penetrar
en él durante el suplicio. La última mirada de Petrilla fue tan perfectamente
comprendida por el hijo del comandante, que mientras acepillaba las tablas o
abría el compás para tomar medidas y ajustar las maderas, se derretía los sesos
buscando el modo de ponerse en relación con ella. Brigaut acabó por armar una
maquinación de excesiva simplicidad. A cierta hora de la noche, Petrilla le
echaría una carta atada al extremo de una cuerda. En medio de los horribles
sufrimientos que causaba a Petrilla su doble enfermedad –un tumor que se la
estaba formando en la cabeza y el desarreglo de su constitución–, se sentía
sostenida por el pensamiento de establecer comunicación con Brigaut. Un mismo
deseo agitaba aquellos dos corazones. ¡Separados, se entendían! A cada golpe
recibido en el corazón, a cada dolor que experimentaba en la cabeza, Petrilla se
decía: "¡Brigaut está aquí!" Y ya sufría sin quejarse.
El
primer día de mercado que siguió a su primer encuentro en la iglesia, Brigaut
acechó a su amiguita. Aunque la vio temblorosa y pálida, como una hoja de
noviembre próxima a caer de la rama, no perdió la cabeza; se puso a comprar
frutas a la misma vendedora que proveía a la terrible Silvia, y deslizó una
carta en las manos de Petrilla con toda naturalidad, bromeando sobre el género
y con el aplomo del más taimado, como si no hubiera hecho nunca otra cosa;
tanta sangre fría puso en su acción, a pesar de la sangre caliente que silbaba
en sus oídos y le salía hirviendo del corazón, destrozándole las venas y las
arterias. Por fuera tuvo la resolución de un forzado veterano, y por dentro los
temblores de la inocencia, absolutamente como algunas madres en sus crisis
mortales cuando se ven entre dos peligros, entre dos precipicios. Petrilla
sufrió los mismos vértigos que Brigaut; cogió el papel y lo guardó, apretándolo
en su mano, en el bolsillo del delantal. Las rosetas de sus pómulos se pusieron
al rojo cereza de loa fuegos violentos. Ambos niños experimentaron, sin darse
cuenta, sensaciones bastantes a mantener diez amores vulgares. Aquel momento
les dejó en el alma un vivo manantial de emociones. Silvia, que no conocía el
acento bretón, no podía ver en Brigaut un enamorado, y Petrilla regresó a casa
con su tesoro.
Las
cartas de los dos pobres niños habían de servir de piezas de convicción en un
horrible debate judicial, porque sin estas fatales circunstancias nunca habrían
sido conocidas. He aquí lo que Petrilla leyó aquella noche en su cuarto:
Mi
querida Petrilla: A media noche, a la hora en que todos duermen, pero en la que
yo velaré por ti, estaré todos las noches al pie de la ventana de la cocina.
Puedes echar por la tuya una cuerda suficientemente larga para que llegue hasta
mí, lo cual no hará ruido, y atarás a ella lo que tengas que escribirme. Yo te
contestaré por el mismo medio. Sé que ellos te han enseñado a leer y escribir,
esos miserables parientes que debían hacerte tanto bien y te hacen tanto mal.
¡Tú, Petrilla, la hija de un coronel muerto por Francia, reducida por esos
monstruos a servirles en la cocina!... ¡Ahí han ido a parar tus lindos colorea
y tu hermosa salud! ¿Qué ha sido de mi Petrilla? ¿Qué han hecho de ella? Bien
veo que no estás a gusto. ¡Oh, Petrilla! Volvámonos a Bretaña. Yo puedo ganar
allí para darte todo lo que necesites; podrás tener tres francos diarios,
porque yo gano cuatro o cinco y con treinta sueldos me basta. ¡Ah, Petrilla,
cómo he rogado a Dios por ti desde que he vuelto a verte! Le he pedido que me
dé todos tus sufrimientos y deje para ti todas las alegrías. ¿Qué haces tú con
esos que te retienen a su lado? Tu abuela es más que ellos. Esos Rogron son
venenosos; te han robado la alegría. Tu manera de andar por Provins no es la
misma con que andabas por Bretaña. ¡Volvamos a Bretaña! Yo estoy aquí para
servirte, para hacer lo que mandes, y tú me dirás lo que quieres. Si necesitas
dinero, tengo para nosotros sesenta escudos; tendré el dolor de mandártelos por
la cuerda en vez de besar con respeto tus queridas manos al ponerlos en ellas.
¡Ah! Ya hace mucho tiempo, querida Petrilla, que el azul del cielo se ha
enturbiado para mí. No he tenido dos horas de placer desde que te dejé en
aquella maldita diligencia, y cuando te volví a ver como una sombra, la bruja
de tu parienta turbó nuestra felicidad. En fin, tendremos el consuelo, todos
los domingos, de rogar a Dios juntos y tal vez así nos oiga mejor. Hasta luego,
Petrilla, hasta la noche.
La
carta conmovió de tal modo a Petrilla, que estuvo más de una hora releyéndola y
mirándola, pero pensó con dolor que no tenía con qué escribir. Emprendió, pues,
el difícil viaje de su guardilla al comedor, donde podría hallar tinta, una
pluma, papel, y logró realizarle sin despertar a su terrible prima. Momentos
antes de la media noche tenía ya escrita esta carta, que fue también citada en
el proceso:
"Amigo
mío, ¡oh, sí!, amigo mío, porque nadie me quiere más que tú y mi abuela. Que
Dios me lo perdone, pero sois también las dos únicas personas a quien quiero,
tanto a la una como a la otra, ni más ni menos. Era yo demasiado pequeña para
haber podido conocer a mi mamaíta; pero a ti, Santiago, a mi abuela y también a
mi abuelo –Dios le tenga en el cielo, porque sufrió mucho con su ruina, que era
la mía–, en fin, a los dos que habéis quedado os quiero tanto como desgraciada
soy. Así, para que supieráis cuánto os quiero sería necesario que supieseis
cuánto sufro; y no quiero que lo sepáis: os daría demasiada pena! ¡Se me habla
como no hablamos nosotros a los perros! ¡Se me trata como la última de las
últimas! Yo me complazco en examinarme ante Dios y no veo que les haya hecho
ningún daño. Antes que tú me cantases la canción de las casadas, yo reconocía
en mis dolores la bondad de Dios, porque como le pedía que me llevase de este
mundo y me sentía muy mala, me decía: "¡Dios me oye!" Pero puesto que
está aquí, Brigaut, quiero que nos vayamos a Bretaña, a reunirnos con mi
abuela, que me quiere, aunque ellos la acusan de haberme robado ocho mil
francos. ¿Puedo yo tener ocho mil francos, Brigaut? Si son míos, ¿podrías tú
hacerte cargo de ellos? Pero son mentiras. Si tuviésemos ocho mil francos no
estaría mi abuela en San Jacobo. No he querido turbar los últimos días de esa
santa mujer contándole mis tormentos; la harían morir. ¡Ah, si ella supiera que
hacen lavar la vajilla a su nieta, ella que me decía: "Deja eso, bonita
mía", cuando en sus horas de desgracia quería yo ayudarla... "Deja,
deja eso, hermosa mía, que te vas a estropear tus lindas manecitas." ¡Ah!
¡Bonitas tengo ahora las uñas! Muchas veces no puedo llevar el cesto de la
compra, que me sierra el brazo al volver del mercado. Sin embargo, no creo que
mis primos sean malos; es su manía de reñir siempre. Y, según parece, no puedo
dejarlos.
Mi
primo es tutor mío. Un día que quise escaparme porque sufría demasiado, y se lo
dije, mi prima Silvia me dijo que me perseguirían los gendarmes, que la ley
ayudaba a mi tutor; y yo he comprendido bien que los primos no reemplazan a
nuestro padre y a nuestra madre, como los santos no reemplazan a Dios. ¿Qué
quieres, mi pobre Santiago, que haga con tu dinero? Guárdale para nuestro
viaje. ¡Oh, cómo pensaba en ti y en Pen–Höel y en nuestro gran estanque! Allí
tuvimos nuestras últimas dichas; últimas, porque me parece que voy mal. ¡Estoy
muy enferma, Santiago! Siento en la cabeza dolores agudísimos, y en los huesos,
en la espalda y en los riñones no sé qué tengo que me mata; no tengo apetito
más que para comer suciedades: raíces, hojas; me gusta el olor de los papeles
impresos. Hay momentos en que lloraría si estuviese sola, porque no me dejan
hacer nada a mi gusto y ni para llorar me dan permiso. Tengo que esconderme
para ofrecer mis lágrimas al que nos ha dado esto que llamamos nuestras
aflicciones. ¿No es Él quien te inspiró la buena idea de venir a cantar bajo
mis ventanas la canción de las casadas? ¡Ah, Santiago! Mi prima, que te oyó,
dijo que yo tenía un novio. Si quieres ser mi novio, ayúdame; te prometo
quererte siempre como hasta ahora y ser tu servidora fiel.
PETRILLA
LORRAIN
Me
querrás siempre, ¿verdad?
La
bretona había cogido en la cocina una corteza de pan, que agujereó para
incrustar en ella la carta y dar aplomo a la cuerda. A media noche, después de
abrir la ventana con excesivas precauciones, echó la carta y el pan, que no
podía hacer ningún ruido al chocar con la pared o con las persianas. Sintió que
Brigaut tiraba de la cuerda, la rompía y se alejaba después a pasos de lobo.
Cuando llegó al centro de la plaza, Petrilla pudo verle confusamente a la luz
de las estrellas; él la contemplaba a la luz reflejada por la bujía. Los dos
niños permanecieron así durente una hora. Petrilla le hacía señas para que se
marchase; él echaba a andar; ella se quedaba quieta; él volvía a su sitio, y
Petrilla lo volvía a mandar que saliese de la plaza. Varias veces se repitieron
estas maniobras, hasta que Petrilla cerró la ventana, se acostó y apagó la
vela. Ya en el lecho, se durmió feliz, aunque sufría: tenía la carta de Brigaut
bajo la almohada. Durmió como duermen los perseguidos, con un sueño embellecido
por los ángeles; ese sueño envuelto en atmósferas de azul y oro llenas de los
divinos arabescos que entrevió y pintó Rafael.
La
naturaleza moral tenía tanto imperio en aquella naturaleza física, que a la
mañana siguiente Petrilla se levantó alegre y ligera como una alondra, radiante
y feliz. Un cambio tal no podía escaparse a los ojos de su prima, que en
aquella ocasión, en vez de gruñir, se puso a observar con la atención de una
urraca. "¿De dónde le viene tanta dicha?", fue un pensamiento de
celos y no de tiranía. Si el coronel no la hubiera tenido preocupada, habría
dicho a Petrilla como otras veces: "¡Es usted muy turbulenta o muy
despreocupada de lo que se le dice!" La solterona resolvió espiar a
Petrilla como las solteronas saben espiar. Aquel día fue sombrío y mudo como el
momento que precede a la tempestad.
–¿Ya
no está usted enferma, señorita? –dijo Silvia en la comida–. ¡Cuando yo te
decía que todo eso lo hacía para atormentarnos! –exclamó dirigiéndose a su
hermano, sin esperar la respuesta de Petrilla.
–Al
contrario, prima, tengo así como fiebre...
–¿Fiebre
de qué? Está usted alegre como un pinzón. ¿Tal vez ha vuelto usted a ver a
alguien?
Petrilla
se estremeció y bajó los ojos al plato.
–¡Tartufa!
–exclamó Silvia–. ¡Con catorce años y qué aptitudes tiene ya! ¡Va usted a ser
una desgraciada!
–No
sé qué quiere usted decirme –repuso Petrilla, alzando a su prima los hermosos
ojos castaños llenos de luz.
–Hoy
–dijo Silvia– se quedará usted en el comedor trabajando, con una vela. Está
usted demasiado en el salón y no quiero que me mire usted el juego para
aconsejar a sus favoritos.
Petrilla
no pestañeó.
–¡Disimulada!
–exclamó Silvia, saliendo del comedor.
Rogron,
que no comprendía las palabras de su hermana, dijo a Petrilla.
–Pero
¿qué os sucede a las dos? Procura complacer a tu prima, Petrilla; es muy
indulgente, muy dulce, y si se pone de mal humor contigo seguramente has hecho
algo malo. ¿Por qué disputáis? A mí me gusta vivir tranquilo. Fíjate en la
señorita Betilda. Debías tomarla por modelo.
Petrilla
podía soportarlo todo porque Brigaut había de ir, sin duda, a media noche a
llevarle su respuesta; y aquella esperanza era su premio. ¡Pero ya estaba
gastando sus últimas fuerzas! No durmió; estuvo en pie, oyendo dar las horas en
los relojes y temiendo hacer ruido. Por fin dieron las doce; abrió suavemente
la ventana y echó una cuerda que había hecho atando varios cabos. Oyó los pasos
de Brigaut, retiró la cuerda y leyó la carta siguiente, que la colmó de
alegría:
"Mi
querida Petrilla: Si sufres tanto, no te canses esperándome. Me oirás gritar
como gritan los chuanes. Afortunadamente, mi padre me enseñó a imitar su grito.
Gritaré, pues, tres veces, y así sabrás que estoy abajo y que tienes que
echarme la cuerda; pero no vendré hasta dentro de unos días. Espero darte una
buena noticia. ¡Oh, Petrilla! ¡Morir! Pero ¿piensas en eso? Todo mi corazón ha
temblado; sólo de pensarlo he creído que era yo quien se moría. No, Petrilla
mía, no morirás; vivirás feliz, y bien pronto estarás libre de tus
perseguidores. Si no lograse lo que intento para salvarte, iría a hablar a la
justicia y diría a la faz del cielo y de la tierra cómo te tratan tus indignos
parientes. Estoy seguro de que sólo te quedan unos días de padecer. ¡Ten paciencia,
Petrilla! Brigaut vela por ti como cuando íbamos a patinar por el estanque y te
retiré de aquel gran agujero donde estuvimos a punto de morir los dos. Adiós,
mi querida Petrilla; dentro de unos días seremos felices, si Dios quiere. ¡Ay!
No quiero decirte la única cosa que se opondría a nuestra reunión. ¡Pero Dios
nos quiere! Dentro de unos días, por tanto, podré ver a mi amada Petrilla en
libertad, sin preocupaciones, sin que me impidan mirarte, porque tengo mucha
hambre de verte, ¡oh, Petrilla! ¡Petrilla que se digna quererme y me lo dice!
Sí, Petrilla, seré tu novio, pero cuando haya ganado la fortuna que mereces;
hasta entonces no quiero ser para ti más que un abnegado servidor de cuya vida
puedes disponer. Adiós.
SANTIAGO
BRIGAUT.
Véase
ahora lo que el hijo del comandante no decía a Petrilla. Brigaut había escrito
la siguiente carta a la señora de Lorrain, a Nantes:
"Señora
Lorrain: Su nieta va a morir, aniquilada por los malos tratamientos, si usted
no viene a reclamarla; me ha costado trabajo reconocerla, y para que pueda
usted por sí misma formar juicio, le envío adjunta la carta que he recibido de
Petrilla. Aquí se dice que se ha apoderado usted de la fortuna de su nieta y
usted debe defenderse de esta acusación. Si puede, venga en seguida; todavía
podemos ser dichosos, mientras que más tarde encontrará usted a Petrilla
muerta.
Soy,
con todo respeto, su afectísimo servidor,
SANTIAGO
BRIGAUT
Casa
del señor Frappier, carpintero. Calle Mayor Provins."
Brigaut
temía que la abuela de Petrilla hubiese muerto.
Aunque
la carta del que ella, en su inocencia, llamaba su novio fuese casi un enigma
para la bretona, creyó en ella con toda su fe virginal. Su corazón experimentó
la sensación que experimentan los viajeros del desierto cuando distinguen a lo
lejos un pozo rodeado de palmeras. Dentro de pocos días iba a cesar su
desventura; Brigaut se lo decía. Durmió tranquila con la promesa de su amigo de
la infancia y, sin embargo, al juntar la segunda carta con la primera tuvo un
triste pensamiento, tristemente expresado.
¡Pobre
Brigaut –se dijo–. No sabe en qué cepo he metido los pies.
Silvia
había oído a Petrilla; había también oído los pasos de Brigaut debajo de su
ventana. Se levantó, se precipitó a examinar la plaza a través de las persianas
y vio, a la luz de la Luna, un hombre que se alejaba hacia la casa donde vivía
el coronel, y ante la cual se estacionó Brigaut. La solterona abrió muy
suavemente la puerta, subió, se quedó estupefacta al ver luz en el cuarto de
Petrilla, miró por el ojo de la cerradura y no pudo ver nada.
–Petrilla
–dijo–, ¿está usted mala?
–No,
prima –respondió Petrilla sorprendida.
–Entonces,
¿por qué tiene usted luz a media noche? Abra usted. Necesito saber lo que hace.
Petrilla
fue a abrir con los pies descalzos, y su prima vio la cuerda, que Petrilla, no
temiendo ser sorprendida, se había olvidado de guardar. Silvia se apresuró a
cogerla.
–¿Para
qué le sirve a usted esto?
–Para
nada, prima.
–¿Para
nada? Bueno. ¡Siempre mintiendo! Por ese camino no irá usted al paraíso.
Vuélvase a acostar; tiene usted frío.
No
preguntó más y se retiró, dejando a Petrilla aterrorizada por aquella
clemencia. En vez de estallar, Silvia había repentinamente decidido sorprender
al coronel y a Petrilla, apoderarse de sus cartas y confundir a los dos amantes
que la engañaban. Petrilla, inspirada por el peligro que lo amenazaba, se cosió
las cartas al forro del corsé, cubriéndolas con un retazo de indiana.
Allí
acabaron los amores de Petrilla y Brigaut.
Petrilla
se alegró mucho de la resolución de su amigo, porque las sospechas de Silvia se
desvanecerían cuando no encontrasen de qué alimentarse. En efecto, Silvia pasó
tres noches en pie, y durante tres veladas estuvo espiando al inocente coronel,
sin ver ni en el cuarto de Petrilla, ni en la casa, ni fuera de la casa nada
que delatase la inteligencia de los dos. Envió a Petrilla a confesar, y
aprovechó aquel momento para registrarlo todo en la habitación de la niña, con
el hábito y la perspicacia de los espías y de los guardas de consumos de las
afueras de París. No encontró nada. Su furor llegó al apogeo de los
sentimientos humanos. Si hubiera estado allí Petrilla, es seguro que la habría
pegado. Para una mujer de su temple, los celos eran más una ocupación que un
sentimiento; vivía, sentía latirle el corazón, experimentaba emociones que
hasta entonces no había conocido; el más ligero movimiento la desvelaba;
escuchaba los ruidos más leves; observaba a Petrilla con una preocupación
sombría.
–¡Esta
miserable me matará! –decía.
Las
severidades de Silvia para con su prima llegaron a la más refinada crueldad y
empeoraron el deplorable estado en que Petrilla se encontraba. La pobre niña
tenía todos los días fiebre y sus dolores de cabeza se hicieron intolerables.
Al cabo de ocho días, los visitantes de los Rogron pudieron ver su rostro tan
dolorido, que, a no impedírselo la crueldad de sus intereses, habrían tenido
compasión; pero el médico Neraud, aconsejado quizá por Vinet, estuvo una semana
sin ir. El coronel, sabiendo que inspiraba sospechas, temió comprometer su
matrimonio si mostraba el menor interés por Petrilla. Betilda explicaba el
cambio de la niña atribuyéndolo a una crisis prevista, natural y sin peligro.
Al fin, un domingo por la noche, estando Petrilla en el salón, lleno a la sazón
de gente, no pudo resistir tantos dolores y se desmayó. El coronel fue el
primero que lo vio; fue a cogerla en brazos y la llevó a un sofá.
–Lo
ha hecho adrede –dijo Silvia, mirando a la señorita Habert y a los que jugaban
con ella.
–Le
aseguro a usted que su prima está muy mala.
–En
los brazos de usted se encontraba muy bien –dijo Silvia al coronel con una
horrible sonrisa.
–El
coronel tiene razón –dijo la señora de Chargebouf–; debe usted llamar a un
médico. Esta mañana, al salir de la iglesia, todo el mundo hablaba del estado
de la señorita Lorrain, que es visible.
–Me
muero –dijo Petrilla.
Desfondrilles
llamó a Silvia y le dijo que desabrochara el vestido de su prima. Silvia
acudió, diciendo:
–¡Son
jeremiadas!
Desabrochó
el vestido y, cuando iba a aflojar el corsé, Petrilla encontró fuerzas
sobrehumanas y se incorporó, exclamando:
–¡No,
no! Iré a acostarme.
Silvia
había palpado el corsé y había notado los papeles. Dejó que Petrilla se
marchara y dijo:
–Y
ahora, ¿qué dicen ustedes de su enfermedad? Son farsas. Ustedes no pueden
figurarse la perversidad de esta niña.
Cuando
terminó la velada, retuvo a Vinet. Estaba furiosa, y quería vengarse. Estuvo
grosera con el coronel cuando la saludó para despedirse. El coronel lanzó a
Vinet una mirada profundamente amenazadora, como si le señalase en el vientre
el sitio en que le iba a poner una bala. Silvia rogó a Vinet que se quedase.
Cuando estuvieron solos, le dijo:
–¡Jamás
en mi vida me casaré con el coronel!
–Ahora
que ha tomado usted esa resolución, puedo hablar. El coronel es amigo mío, pero
yo lo soy de ustedes más que de él; Rogron me ha prestado servicios que no
olvidaré nunca. Soy tan buen amigo como implacable enemigo. Una vez en la
Cámara, se verá hasta dónde soy capaz de llegar, y Rogron será recaudador
general, hecho por mí... Pues bien: ¡júreme que nunca revelará nuestra
conversación!
Silvia
hizo un signo afirmativo.
–Ante
todo, ese valiente coronel es más jugador que las mismas cartas.
–¡Ah!
–dijo Silvia.
–A
no ser por las dificultades que esa pasión le ha creado, tal vez sería mariscal
de Francia –prosiguió el abogado–. Así, devoraría la fortuna de usted. Pero es
un hombre de mucho fondo. No crea usted que los esposos tienen o no tienen
hijos a su arbitrio. Los hijos los da Dios, y usted sabe lo que le ocurriría si
los tuviese. No; si quiere usted casarse, espere a que yo sea diputado y podrá
usted hacerlo con ese anciano Desfondrilles, que será presidente del Tribunal.
Para vengarse, case usted a su hermano con la señorita de Chargebouf; yo me
encargo de obtener su consentimiento; ella tendrá dos mil francos de renta y
emparentarán ustedes con los Chargebouf como yo. Créame usted: los Chargebouf
nos tendrán un día por primos.
–Gouraud
quiere a Petrilla –fue la respuesta de Silvia.
–Es
muy capaz –repuso Vinet–, y es también capaz de casarse con ella cuando usted
muera.
–Un
bonito cálculo –dijo ella.
–Se
lo he dicho a usted: es un hombre astuto, como el diablo. Case usted a su
hermano, anunciando que va usted a permanecer soltera para dejar su fortuna a
sus sobrinos o sobrinas; así casa usted de un golpe a Gouraud y a Petrilla y
verá usted la cara que pone él.
–¡Ah,
es verdad! –exclamó la solterona–. ¡Ya son míos! Ella irá a un almacén y se
quedará sin nada. No tiene un céntimo. Que haga lo que nosotros: ¡que trabaje!
Vinet
se marchó, después de haber metido sus planes en la cabeza de la solterona,
cuya testarudez conocía. Silvia acabaría por creer que el plan era invención
suya. Vinet encontró en la plaza al coronel, que le esperaba fumando un
cigarro.
–¡Alto!
–dijo Gouraud–. Usted me ha derrumbado, pero en mis ruinas hay bastantes
piedras para enterrarle a usted.
–¡Coronel!
–¡No
hay coronel que valga! Voy a ponerme frente a usted. Ante todo, no será usted
diputado.
–¡Coronel!
–Dispongo
de diez votos, y la elección depende de...
–Pero,
coronel, escúcheme ¿No hay más en el mundo que esa vieja de Silvia? He
intentado justificarle a usted; está usted acusado de escribir a Petrilla;
Silvia le ha visto a usted salir de casa a media noche para ponerse debajo de
sus ventanas.
–¡Bonita
invención!
–Va
a casar a su hermano con Betilda y dejará su fortuna a sus sobrinos.
–Pero
¿tendrá hijos Rogron?
–Sí
–dijo Vinet–. Pero le prometo a usted buscarle una mujer joven y agradable con
ciento cincuenta mil francos. ¿Está usted loco? ¿Podemos enfadarnos nosotros?
Las cosas, bien a mi pesar, se han vuelto contra usted; pero usted no me
conoce.
–Bueno
–replicó el coronel–, hay que conocerse. Cáseme usted con una mujer de
cincuenta mil escudos antes de las elecciones, y si no, hemos terminado. No me
gusta la gente de mal dormir, y usted se ha llevado para sí toda la manta.
Buenas noches.
–Ya
verá usted –dijo Vinet, estrechando la mano al coronel afectuosamente.
A
eso de la una, los tres gritos claros y distintos de un mochuelo resonaron en
la plaza. Petrilla los oyó entre su sueño febril, se levantó sudorosa, abrió la
ventana, vio a Brigaut y le arrojó un ovillo de seda, al cual ató una carta.
Silvia, agitada por los acontecimientos de la noche y por sus indecisiones, no
dormía. Creyó que se trataba efectivamente de un mochuelo.
–¡Pájaro
de mal agüero!... Pero, ¡hola! ¡Petrilla se levanta! ¿Qué le ocurre?
Y
como oyera abrir la ventana de la guardilla, corrió precipitadamente a su
balcón y oyó el roce del papel de Brigaut a lo largo de sus persianas. Se ató
los cordones de la camisa y subió rápidamente al cuarto de Petrilla, a quien
encontró desatando la carta.
–¡Ah,
están ustedes cogidos! –exclamó la solterona, yendo a la ventana y viendo a
Brigaut, que escapaba a todo correr. Va usted a darme esa carta.
–No,
prima –dijo Petrilla, que en una de esas inmensas inspiraciones de la juventud
y sostenida por su alma, se elevó hasta la grandeza de resistencia que
admiramos en la historia de algunos pueblos entregados a la desesperación.
–¡Ah!
¿No quiere usted? –exclamó Silvia, avanzando hacia su prima y mostrándole su
horrible máscara, llena de odio y gesticulante de furor.
Petrilla
retrocedió apretando la carta en la mano, que cerraba con una fuerza
invencible. Al ver aquello, Silvia agarró con sus manos, como pinzas de
langosta la delicada, la blanca mano de Petrilla y quiso abrírsela. Fue un
combate terrible, un combate infame, como todo lo que atenta al pensamiento,
único tesoro que Dios pone fuera de todo poder y conserva como sagrado lazo
entre Él y los desgraciados. Aquellas dos mujeres, moribunda la una y la otra
llena de vigor, se miraron fijamente. Los ojos de Petrilla lanzaban a su
verdugo la mirada del templario que recibía en el pecho los golpes de péndulo,
en presencia de Felipe el Bello, que no pudo sostener aquel rayo terrible y
huyó enloquecido. Silvia, mujer y celosa, respondió a aquella mirada magnética
con relámpagos siniestros. Reinaba un horrible silencio. Los dedos apretados de
la bretona oponían a las tentativas de su prima una resistencia igual a la de
un bloque de acero. Silvia torturaba el brazo de Petrilla y se esforzaba por
abrirle los dedos; y como no lo conseguía, le clavaba inútilmente las uñas en
la carne. Por fin, arrebatada por la rabia, se llevó aquel puño a la boca para
morder los dedos y vencer a Petrilla por el dolor. Petrilla seguía
arriesgándose a todo con la terrible mirada de la inocencia. El furor de la
solterona aumentó hasta tal punto, que la cegó; cogió el brazo de Petrilla y se
puso a golpear el puño contra el marco de la ventana, contra el mármol de la
chimenea, como cuando se quiere cascar una nuez para obtener el fruto.
–¡Socorro!
¡Socorro! –gritó Petrilla– ¡Me matan!
–¡Ah,
gritas, y te he cogido con un amante en medio de la noche!
Y
golpeaba sin piedad.
–¡Socorro!
–gritó Petrilla, que tenía el puño ensangrentado.
En
aquel instante sonaron violentos golpes en la puerta. Igualmente agotadas, las
dos primas se detuvieron.
Rogron,
que se había despertado, inquieto, sin saber lo que sucedía, se levantó, corrió
a la habitación de su hermana y no la vio; tuvo miedo, bajó, y fue casi
derribado por Brigaut, a quien seguía una especie de fantasma. En el mismo
momento, los ojos de Silvia vieron el corsé de Petrilla; recordó que había
palpado papeles en él; saltó sobre él como un tigre sobre su presa; se rodeó
con el corsé el puño y se lo mostró a Petrilla, sonriendo, como un piel roja
sonríe a su enemigo antes de arrancarle la piel del cráneo.
–¡Ah,
me muero! –dijo Petrilla cayendo de rodillas– ¿Quién me salvará?
–¡Yo!
–exclamó una mujer de cabellos blancos, en la cual vio Petrilla una vieja cara
apergaminada, donde brillaban dos ojos grises.
–¡Ah,
abuela! Llegas demasiado tarde –exclamó la pobre niña, deshaciéndose en llanto.
Petrilla
se dejó caer en el lecho, sin fuerzas, aniquilada por el abatimiento que sigue,
en un enfermo, a una lucha tan violenta. El descarnado fantasma cogió a
Petrilla en brazos, como las nodrizas cogen a los niños, y salió con Brigaut,
sin decir a Silvia una palabra, pero lanzándole, con una mirada trágica, la más
majestuosa acusación. La aparición de la augusta anciana, con su traje bretón,
encapuchonada con su cofia, que es una especie de pelliza de paño negro,
acompañada del terrible Brigaut, espantó a Silvia: creyó haber visto a la
muerte. La solterona bajó, oyó que la puerta se cerraba y se encontró cara a
cara con su hermano, que le dijo:
–¿No
te han matado?
–Acuéstate
–dijo Silvia–. Mañana por la mañana veremos lo que hay que hacer.
Se
volvió a la cama, descosió el corsé y leyó las dos cartas de Brigaut, que la
dejaron confundida. Se durmió en medio de la más extraña perplejidad,
convencida de que su conducta había de tener terribles resultados.
Las
cartas enviadas por Brigaut a la señora viuda de Lorrain la habían encontrado
llena de inefable alegría, que su lectura turbó. La pobre septuagenaria padecía
de no tener a Petrilla a su lado y se consolaba de haberla perdido creyendo
haberse sacrificado al interés de su nieta. Tenía uno de esos corazones siempre
jóvenes que sostienen y animan la idea del sacrificio. Su anciano esposo, cuya
única alegría consistía en la nieta, había echado mucho de menos a Petrilla; la
buscaba todos los días en su derredor. La marcha de la niña fue para él uno de
esos dolores de que los viejos acaban por morir. Cualquiera puede imaginar la
felicidad de la pobre vieja, confinada en un asilo, cuando se enteró de una de
esas acciones raras que todavía ocurren en Francia. Después de sus desastres,
Francisco José Collinet, jefe de la Casa Collinet, marchó a América con sus
hijos. Tenía demasiado corazón para vivir en Nantes arruinado y sin crédito y
rodeado de las desgracias que su quiebra había causado. De 1814 a 1824, el animoso
negociante, con la ayuda de sus hijos y de su cajero, que le siguió fielmente y
le facilitó los primeros fondos, empezó valerosamente a hacer otra fortuna.
Al
cabo de inauditos trabajos, coronados por el éxito, volvió, once años más
tarde, a buscar su rehabilitación en Nantes, dejando a su hijo mayor al frente
de la casa transatlántica. Encontró a la señora Lorrain, de Pen–Höel, en San
Jacobo y fue testigo de la resignación con que la más desventurada de sus
víctimas soportaba la miseria.
–Dios
le perdone a usted –le dijo la vieja–, ya que, encontrándome casi al borde de
la sepultura, me da usted los medios de asegurar la dicha de mi nieta. ¡Pero a
mi pobre marido no podré rehabilitarle nunca!
El
señor Collinet llevaba a su acreedora el capital y los intereses según la
tasación comercial: unos cuarenta y dos mil francos. Sus otros acreedores,
comerciantes activos, ricos, inteligentes, se habían sostenido, mientras que la
desgracia de los Lorrain le pareció irremediable al viejo Collinet, que
prometió a la viuda rehabilitar la memoria de su marido, puesto que sólo se
trataba de otros cuarenta mil francos. Cuando la Bolsa de Nantes conoció aquel
rasgo de generosidad reparadora, quiso admitir en su seno a Collinet, sin
esperar la sentencia del Tribunal de Rennes; pero el negociante rehusó aquel
honor y se sometió a los rigores del Código de Comercio. La señora de Lorrain
había, pues, recibido cuarenta y dos mil francos la víspera del día en que el correo
le llevó las cartas de Brigaut. Al dar a Collinet el recibo, sus primeras
palabras fueron:
–¡Podré,
pues, vivir con mi Petrilla y la casaré con ese pobre Brigaut, que hará fortuna
con mi dinero!
No
podía estar tranquila; iba de un lado para otro; quería marchar a Provins. Así
es que, al recibir las fatales cartas, se echó a la calle como una loca,
buscando los medios de ir a Provins con la rapidez del relámpago. Marchó en el
correo, cuando le explicaron la celeridad gubernamental de aquel coche. En
París tomó el coche de Troyes; a las once y media había llegado a casa del
señor Frappier, donde Brigaut, al ver la sombría desesperación de la anciana
bretona, le prometió llevarle en seguida su nieta, explicándole en pocas
palabras el estado de la niña. Estas pocas palabras asustaron tanto a la
abuela, que no pudo vencer su impaciencia y corrió a la Plaza. Cuando Petrilla
gritó, aquel grito hirió a la bretona, como a Brigaut, en el corazón. Habrían
despertado a toda la ciudad si Rogron, temeroso, no les hubiera abierto. Aquel
grito de la joven en plena angustia dio a la abuela súbitamente tanta fuerza
como espanto; llevó a su amada Petrilla a casa del señor Frappier, cuya mujer
había arreglado aceleradamente la habitación de Brigaut para la abuela de
Petrilla. En aquella pobre casa, en una cama medio deshecha, fue depositada la
enferma, que en seguida se desvaneció, conservando todavía el puño cerrado,
lacerado, sangrante, clavadas las uñas en la carne. Brigaut, Frappier, su mujer
y la anciana contemplaron a Petrilla en silencio, presos todos de un asombro
indecible.
–¿Por
qué tiene la mano ensangrentada? –fue la primera palabra de la abuela.
Petrilla,
vencida por el sueño que sigue a los grandes esfuerzos, y sabiendo que estaba
libre de toda violencia, abrió la mano. La carta de Brigaut apareció como una
respuesta.
–Le
han querido quitar mi carta –dijo Brigaut, cayendo de rodillas y recogiendo las
frases que había escrito para decir a su amiguita que saliese callando de la
casa de los Rogron.
Besó
piadosamente la mano de aquella mártir.
Ocurrió
entonces algo que hizo temblar a los carpinteros, y fue que vieron a la anciana
Lorrain, espectro sublime, en pie a la cabecera de su niña.
El
terror y la venganza derramaban su expresión fulgurante por los miles de
arrugas que surcaban su piel de amarillento marfil. Aquella frente, cubierta de
ralos cabellos grises, expresaba la cólera divina. Con ese poder de intuición
que tienen los viejos cuando están cerca de la tumba, leía toda la vida de
Petrilla, en la cual, además, había pensado durante todo el viaje. Adivinó la
enfermedad que amenazaba de muerte a su niña querida. Dos gruesas lágrimas,
trabajosamente nacidas de sus ojos blancos y grises, de los cuales habían las
penas arrancado pestañas y cejas, dos perlas de dolor se formaron, dándoles una
espantosa frescura, se hincharon y rodaron por las descarnadas mejillas sin
mojarlas.
–¡Me
la han matado! –dijo al fin, juntando las manos.
Cayó
de rodillas, haciendo con ellas un ruido seco en el piso, y se puso, sin duda,
a hacer una promesa a Santa Ana de Auray, la más poderosa de las Vírgenes de
Bretaña.
–¡Un
médico de París! –dijo a Brigaut–. ¡Corre, Brigaut, corre!
Cogió
al artesano por los hombros y le hizo andar con un gesto de mando despótico.
–Yo
iba a venir, Brigaut –exclamó volviéndole a llamar–. Mira: soy rica.
Desanudó
el cordón que unía en el pecho los dos lados de su corpiño, sacó un papel, en
el cual estaban envueltos cuarenta y dos billetes de Banco, y dijo:
–¡Toma
lo que necesites! Trae el mejor médico de París.
–Guarde
eso –dijo Frappier–; ahora no puede cambiar un billete; yo tengo dinero. La
diligencia va a pasar y encontrará un sitio en ella; pero antes, ¿no sería
mejor consultar al señor Martener, que nos indicaría un médico de París?
Tenemos tiempo, porque la diligencia aun tardará una hora.
Brigaut
fue a despertar al señor Martener y le trajo consigo; el médico no se
sorprendió poco de saber que la señorita Lorrain estaba en casa de los
Frappier. Brigaut le explicó la escena que acababa de ocurrir en casa de los
Rogron. La charla de un amante desesperado dio a conocer al médico aquel drama
doméstico, pero sin que pudiera sospechar su horror ni su trascendencia.
Martener dio a Brigaut la dirección del célebre Horacio Bianchon, y Brigaut
partió con su maestro en busca de la diligencia, cuyo ruido se oía ya. El señor
Martener se sentó; examinó primero las equimosis y las heridas de la mano, que
colgaba por fuera del lecho.
–¡Estas
heridas no se las ha hecho ella! –dijo.
–No;
la horrible mujer a quien yo tuve la desgracia de confiarla la asesinaba –dijo
la abuela–.
Mi
pobre Petrilla gritaba: "¡Socorro! ¡Me muero!" de un modo que habría
enternecido el corazón de un verdugo.
Pero
¿por qué? –dijo el médico, tomando el pulso a Petrilla–. Está muy enferma
–añadió, acercando a la cama una luz–. ¡Ah! Difícilmente la salvaremos
–prosiguió, después de examinar el rostro–. Ha debido de sufrir mucho, y no me
explico cómo no la han cuidado.
–Yo
pienso –dijo la abuela– acudir a la justicia. Unas personas que me pidieron mi
nieta por carta diciéndose ricas, con doce mil libras de renta, ¿tenían el
derecho de convertirla en cocinera y obligarla a hacer trabajos superiores a
sus fuerzas?
–No
han querido ver la enfermedad más visible a que las jóvenes están expuestas y
que exige los mayores cuidados –exclamó el señor Martener.
Petrilla
se despertó, a causa de la luz con que la señora de Frappier alumbraba su cara
y de los horribles sufrimientos que la reacción moral de su lucha lo producía
en la cabeza.
–¡Ah,
señor Martener, qué mala estoy! –dijo con su delicada vocecita.
–¿Dónde
le duele a usted, amiguita? –dijo el médico.
–Aquí
–dijo ella, poniéndose un dedo en la cabeza, por encima de la oreja izquierda.
–¡Un
tumor! –exclamó el médico, después de palpar despacio la cabeza y de preguntar
a Petrilla sobre sus dolores–. Tiene usted que decírnoslo todo, hija mía, para
que podamos curarla. ¿Por qué tiene usted así la mano? Usted no se ha hecho
tales heridas.
Petrilla
refirió candorosamente su combate con su prima Silvia.
–Hágala
usted hablar –dijo el médico a la abuela– y entérese bien de todo. Yo esperaré
a que llegue el médico de París, y él y yo nos reuniremos en consulta con el
cirujano–jefe del hospital. Me parece muy grave todo esto. Voy a encargar que
traigan una poción calmante, que dará usted a la señorita para que duerma;
necesita dormir.
Cuando
se quedó sola con su nieta, la anciana bretona le hizo revelarlo todo,
empleando el ascendiente que sobre ella tenía, diciéndole que era lo bastante
rica para los tres y prometiéndole que Brigaut se quedaría con ellas. La pobre
criatura confesó su martirio, sin adivinar que iba a dar ocasión a un proceso.
Las monstruosidades de aquellos dos seres sin corazón, ignorantes de lo que es
familia, descubrían a la vieja mundos de dolor tan extraños a su manera de
pensar como podían serlo las costumbres de las razas salvajes de las costumbres
de los primeros viajeros que penetraron en las sabanas de América.
La
llegada de su abuela y la certidumbre de que en lo sucesivo estaría con ella, y
rica, adormecieron el pensamiento de Petrilla como la poción adormecía su
cuerpo. La anciana bretona veló a su nieta besándole la frente, los cabellos y
las manos, como las santas mujeres debieron de besar a Jesús al colocarle en el
sepulcro.
A
las nueve de la mañana el señor Martener fue en busca del presidente, a quien
contó la escena de la noche anterior entre Silvia y Petrilla, y luego las
torturas morales y físicas, las sevicias de todo género que los Rogron habían
infligido a su pupila, y las dos enfermedades mortales que a consecuencia de
aquellos tratamientos se habían apoderado de la joven. El presidente llamó al
notario Auffray, uno de los parientes de Petrilla por la línea materna.
En
aquellos instantes estaba en su apogeo la guerra entre el partido Vinet y el
partido Tiphaine. Las hablillas que los Rogron hacían correr por Provins sobre
los conocidos amoríos de la señora de Roguin con el banquero Du Tillet, sobre
las circunstancias de la bancarrota del padre de la señora de Tiphaine, un
falsario –decían–, hirieron más vivamente a los Tiphaine porque se trataba de
maledicencias y no de calumnias. Eran heridas en el corazón; atacaban a los
intereses en lo vivo. Aquellas murmuraciones, repetidas a los partidarios de
los Tiphaine por las mismas bocas que comunicaban a los Rogron las burlas de la
hermosa señora de Tiphaine y de sus amigos, alimentaban los odios, combinados
para lo sucesivo con la cuestión política. Las irritaciones que producía
entonces en Francia el espíritu de partido, cuyas violencias fueron excesivas,
se juntaba dondequiera, como en Provins, con los intereses amenazados y con las
individualidades interesadas y militantes. Cada bando aprovechaba ardorosamente
lo que podía perjudicar al bando rival. La animosidad de los partidos se
mezclaba, tanto como el amor propio, en los asuntos más pequeños, que de ese
modo tenían a veces exagerado alcance. Una ciudad se apasionaba por
cualesquiera luchas y les daba toda la amplitud de un debate político. Así,
pues, el presidente vio en la causa entre Petrilla y los Rogron un modo de
abatir, de desconceptuar, de deshonrar a los dueños de aquel salón donde se que
trazaban planes contra la monarquía, donde había nacido el periódico de oposición.
Fue llamado el fiscal. El señor Lesourd, el señor Auffray, a quien se nombró
tutor subrogado de Petrilla, y el presidente examinaron con el mayor secreto,
secundados por el señor Martener, el plan que debía seguirse. El señor Martener
se encargó de decir a la abuela de Petrilla que presentase su querella al tutor
subrogado. El tutor subrogado convocaría el consejo de familia y, armado con el
dictamen de los tres médicos, pediría primeramente la destitución del tutor.
Planteado así el asunto, llegaría al Tribunal, y el señor Lesourd vería
entonces el modo de llevarlo a lo criminal, provocando un proceso. A eso del
mediodía, todo Provins estaba soliviantado por la extraña noticia de lo que
había pasado durante la noche en la casa Rogron. Los gritos de Petrilla habían
sido oídos vagamente en la plaza, pero habían durado muy poco; nadie se había
levantado; únicamente algunos preguntaron:
–¿Han
oído ustedes ruido y gritos a la una? ¿Qué sería?
Las
suposiciones y los comentarios habían abultado tanto el horrible drama, que la
multitud se agolpó ante la tienda de Frappier, al cual pedían todos informes;
el buen carpintero pintó la llegada de la pequeña a su casa, con el puño
ensangrentado, los dedos destrozados. Hacia la una de la tarde, la silla de
postas del doctor Bianchon, con el cual venía Brigaut, se detuvo ante la casa
de Frappier, cuya esposa fue al hospital para avisar al señor Martener y al
cirujano–jefe. Las suposiciones de la ciudad se vieron sancionadas por este
hecho. Se acusó a los Rogron de haber maltratado cruelmente a su prima y de
haberla puesto en peligro de muerte. Vinet recibió la noticia en el Palacio de
Justicia; lo dejó todo y corrió a casa de los Rogron. Los dos hermanos acababan
de desayunar. Silvia vacilaba en contar a su hermano su arrebato de la noche, y
se dejaba abrumar a preguntas, sin contestar más que: "Eso no te
importa." Iba y venía de la cocina al comedor para evitar la discusión.
Cuando se presentó Vinet estaba sola.
–¿No
se ha enterado usted de lo que pasa? –preguntó el abogado.
–No
–dijo Silvia.
–Pues,
según van las cosas, con motivo de lo de Patrilla, va usted a sufrir un proceso
criminal.
–¡Un
proceso criminal! –exclamó Rogron, que entraba en aquel momento–. ¿Por qué?
¿Cómo?
–Ante
todo –dijo el abogado mirando a Silvia–, explíqueme usted, sin ocultar nada, lo
que ha sucedido esta noche, y como si estuviera usted en presencia de Dios,
porque se habla de amputar la mano a Petrilla.
Silvia
se puso lívida y se estremeció.
–¿Ha
ocurrido, pues, algo? –preguntó Vinet.
La
señorita Rogron contó la escena, intentando excusarse; pero, acosada a
preguntas, confesó los hechos graves de aquella horrible lucha.
–Si
no hubiera usted hecho más que fracturarle los dedos, el asunto sería de la
incumbencia de la policía correccional; pero si hay que cortarle la mano, irá a
la Audiencia; los Tiphaine harán todo lo posible por llevarlo hasta allí.
Silvia,
más muerta que viva, confesó sus celos y, lo que fue más amargo de decir, la
falta de fundamepto de sus sospechas.
–¡Qué
proceso! –dijo Vinet–. Ahí pueden ustedes acabar, porque muchas personas los
abandonarán, aunque lo ganen. Si no triunfan ustedes, tendrán que marcharse de
Provins.
–¡Oh,
querido Vinet, usted, que es tan gran abogado –dijo, espantado, Rogron–,
aconséjenos, sálvenos!
El
astuto Vinet llevó al colmo el terror de aquellos dos imbéciles, y declaró
formalmente que la señora y la señorita de Chargebouf vacilarían en volver a su
casa. Verse abandonados de aquellas damas era una terrible condena. En fin, al
cabo de una hora de magníficas maniobras, se acordó que, para decidirse Vinet a
salvar a los Rogron, era necesario que apareciese a los ojos de Provins con un
interés extraordinario. Por lo tanto, aquella misma noche se anunciaría la boda
de Rogron con la señorita de Chargebouf. El domingo se publicarían las
amonestaciones. Inmediatamente se haría el contrato en casa de Cournant, acto
al que asistiría Silvia para, en consideración a aquella alianza, hacer a su
hermano donación inter vivos de todos sus bienes. Vinet hizo comprender a los
dos hermanos la necesidad de tener extendido el contrato dos o tres días antes
de la boda, a fin de comprometer a las señoras de Chargebouf a los ojos del
público y darles un motivo para seguir visitando la casa de los Rogron.
–Firmen
ese contrato, y yo me comprometo a sacarlos a ustedes del mal paso –dijo el
abogado–. Habrá una lucha terrible, pero yo emplearé en ella todo lo que soy, y
ustedes me deberán otro gran favor.
–¡Oh,
sí! –dijo Rogron.
A
las once y media, el abogado tenía plenos poderes para el contrato y para la
marcha del proceso. A mediodía, el presidente recibió una demanda de Vinet
contra Brigaut y la señora viuda de Lorrain por haber arrancado a una menor del
domicilio de su tutor. De esta manera, el audaz Vinet se colocaba en actitud de
agresor y colocaba a Rogron en la de un hombre irreprochable. En ese sentido
habló en el Palacio de Justicia. El presidente dejó para las cuatro el oír a
las partes. Es inútil decir hasta qué punto estaba la ciudad de Provins
soliviantada con aquellos acontecimientos. El presidente sabía que a las tres
habría terminado la consulta de los médicos y quería que el tutor subrogado se
presentase, en nombre de la abuela, con el dictamen. El anuncio del casamiento
de Rogron con la bella Betilda de Chargebouf y de las concesiones que Silvia
hacía en el contrato enajenó súbitamente dos personas a los Rogron: la señorita
Habert y el coronel, que vieron sus respectivas esperanzas fallidas. Celeste
Habert y el coronel permanecieron ostensiblemente unidos a los Rogron, pero
sólo para perjudicarlos con más seguridad. Así, en cuanto el señor Martener
reveló la existencia de un tumor en la cabeza de la pobre víctima de los
merceros, Celeste y el coronel hablaron del golpe que Petrilla se había dado la
noche en que Silvia la obligó a marcharse del salón, y recordaron las crueles y
bárbaras exclamaciones de la señorita Rogron. Refirieron las pruebas de
insensibilidad que había dado la solterona ante los dolores de su pupila. De
esta suerte, los amigos de la casa, aparentando defender a Silvia y a su
hermano, dejaron sentadas las cosas graves que habían ocurrido en la casa.
Vinet había previsto esta tempestad; pero ya la fortuna de los Rogron iba a ser
para la señorita de Chargebouf, y él se prometía verla habitar, dentro de unas
semanas, la hermosa finca de la plaza y reinar con ella en Provins, porque ya
meditaba aliarse con los Breautey para el logro de sus ambiciones. Desde el
mediodía hasta las cuatro de la tarde, todas las mujeres del partido de
Tiphaine, las Garceland, las Guépin, las Julliard, Galardon, Guénée y la
subprefecta mandaron por noticias de la señorita Lorrain. Petrilla ignoraba en
absoluto el ruido que sus desgracias habían armado en la ciudad. En medio de
sus grandes sufrimientos, experimentaba una dicha inefable viéndose entre su
abuela y Brigaut, los objetos de su cariño. Brigaut tenía constantemente los
ojos llenos de lágrimas y la abuela acariciaba a su nieta. No hay que decir que
la abuela, en su conversación con los tres hombres de ciencia, no omitió
ninguno de los detalles que había obtenido de Petrilla sobre su estancia en
casa de los Rogron. Horacio Bianchon expresó su indignación en términos
vehementes. Espantado de semejante barbarie, exigió que fuesen llamados los
demás médicos de la ciudad; de modo que Neraud fue convocado y se le invitó,
como amigo de Rogron, a contradecir, si había lugar, las terribles conclusiones
de la consulta, que, desgraciadamente para los Rogron, fue redactada con unanimidad.
Neraud, a quien ya se inculpaba de haber hecho morir de pena a la otra abuela
de Petrilla, se encontraba en una posición falsa, de lo cual se aprovechó el
avisado Martener, encantado de aniquilar a los Rogron y de comprometer a aquel
señor Neraud, su antagonista. Es inútil reproducir el texto de la consulta, que
constituyó una de las piezas del proceso. Si los términos de la medicina de
Molière eran bárbaros, los de la medicina moderna tienen la ventaja de ser tan
claros que la explicación de la enfermedad de Petrilla, aunque natural y
desgraciadamente común, dañaría los oídos.
La
consulta era, por lo demás, resolución perentoria, que el nombre del célebre
Horacio Bianchon autorizaba. Terminada la audiencia, el presidente permaneció
en su sitial al ver a la abuela de Petrilla, acompañada del señor Auffray, de
Brigaut y de un público numeroso. Vinet estaba solo. Este contraste impresionó
al público, al cual se unieron muchos curiosos. Vinet, que conservaba puesta la
toga, elevó hacia el presidente su rostro frío, asegurándose en los verdes ojos
las antiparras. Luego, con su voz débil y monótona, expuso que gente extraña se
había introducido, con nocturnidad, en casa del señor y la señorita Rogron y
había arrebatado de allí a la menor Lorrain. El tutor debía mantener su derecho
y reclamaba su pupila. El señor Auffray se levantó, como protutor, y pidió, la
palabra.
–Si
el señor presidente –dijo– quiere enterarse de este dictamen, emanado de uno de
los médicos más sabios de París y de todos los médicos y cirujanos de Provins,
comprenderá hasta qué punto es insensata la reclamación del señor Rogron y cuán
graves eran los motivos que indujeron a la abuela de la menor a arrebatársela
inmediatamente a sus verdugos. He aquí los hechos: un dictamen, suscrito
unánimemente por un ilustre médico de París, llamado a toda prisa, y por todos
los médicos de esta ciudad, atribuye el estado casi mortal en que se halla la
menor a los malos tratamientos que le han hecho sufrir el señor y la señorita
de Rogron. El consejo de familia será convocado, en derecho, en el plazo más
breve y consultado sobre la cuestión de si el tutor debe ser destituido de su
tutela. Nosotros pedimos que la menor no vuelva al domicilio de su tutor y sea
confiada al miembro de la familia que el señor presidente quiera designar.
Vinet quiso replicar, y dijo que se le debía comunicar el dictamen médico, para
discutirle.
–No
será comunicado al señor Vinet –dijo con severidad el presidente–, pero sí al
fiscal de Su Majestad. Está oída la causa.
El
presidente escribió al margen de la demanda la disposición siguiente:
"Considerando
que de un dictamen emitido por unanimidad por los médicos de esta ciudad y por
el doctor Bianchon, miembro de la Facultad de Medicina de París, resulta que la
menor Lorrain, reclamada por Rogron, su tutor, se encuentra enferma de extrema
gravedad a consecuencia de los malos tratamientos y de las sevicias ejercidos
sobre ella en el domicilio del tutor, y por la hermana del mismo, Nos,
presidente del Tribunal de primera instancia de Provins, Resolviendo la
demanda, ordenamos que, hasta la deliberación del consejo de familia, que según
la declaración del protutor será convocado, la menor no sea reintegrada al
domicilio tutelar y sí transferida a la casa del protutor; Subsidiariamente,
teniendo en cuenta el estado en que se halla la menor y las señales de
violencia que, según el dictamen de los médicos, existen en su persona,
designamos al médico director y al cirujano–jefe del hospital de Provins para
visitarla; y en el caso en que la sevicia sea comprobada, queda reservada la
acción del Ministerio público, sin perjuicio del procedimiento civil emprendido
por el señor Auffray, protutor.
Esta
terrible disposición fue leída por el presidente Tiphaine en voz alta y clara.
–¿Y
por qué no enviarlos en seguida a galeras? –dijo Vinet–. ¡Y todo este ruido por
una chiquilla que andaba en amoríos con un aprendiz de carpintero! Si el asunto
sigue así –exclamó insolentemente, pediremos otros jueces, por motivos de
recusación legítima.
Vinet
salió del Palacio de Justicia y visitó a las personas principales de su partido
para explicarles la situación de Rogron, que jamás había dado ni un papirotazo
a su prima y en quien el Tribunal –dijo– no veía al tutor de Petrilla, sino al
principal elector de Provins.
Según
él, los Tiphaine armaban mucho ruido para nada. La montaña pariría un ratón.
Silvia, mujer eminentemente prudente y religiosa, había descubierto unos
amoríos entre la pupila de su hermano y el chico de un carpintero, un bretón
llamado Brigaut. Este pillastre sabía muy bien que la muchacha iba a heredar
una fortuna de su abuela, y quería seducirla –¡Vinet se atrevía a hablar de
seducción!– La señorita Rogron, que poseía cartas en las cuales resplandecía la
perversidad de la chiquilla, no era tan censurable como querían dar a entender
los Tiphaine. Pero si Silvia había cometido alguna violencia para apoderarse de
una carta, lo cual, por otra parte, estaba justificado por la irritación que le
había causado la testarudez de la bretona, ¿de qué se podía culpar a Rogron?
El
abogado hizo del proceso una cuestión de partido y supo darle color político.
Desde aquella noche hubo divergencias en la opinión pública.
–El
que no oye más que una campana, no conoce más que un son –decían las personas
prudentes–. ¿Han oído ustedes a Vinet? Pues explica muy bien las cosas.
Se
consideró inhabitable para Petrilla la casa de Frappier, porque el ruido
produciría a la enferma dolores de cabeza. Tanto médicamente como judicialmente
era necesario el traslado de la niña a casa del protutor. El traslado se hizo
con precauciones inauditas, calculadas para producir un gran efecto. Se la
colocó en una camilla con colchón que conducían dos hombres y junto a la cual
iba una enfermera con un frasco de éter en la mano; seguían la abuela, Brigaut
y la señora de Auffray con su doncella. En las puertas y en los balcones había
gente que presenciaba el paso del cortejo. Verdaderamente, el estado en que se
encontraba Petrilla, su blancura de moribunda, todo daba ventajas inmensas al
partido contrario de los Rogron. Los Auffray procuraron demostrar a toda la
ciudad cuánta razón había tenido el presidente para dictar su disposición.
Petrilla y su abuela fueron instaladas en el segundo piso de la casa del señor
Auffray. El notario y su mujer les prodigaron los cuidados de la más generosa
hospitalidad; emplearon en ello hasta lujo.
Petrilla
tuvo a su abuela por enfermera, y el señor Martener fue a visitarla con el
cirujano aquella misma tarde.
Desde
aquella noche empezaron las exageraciones por una y otra parte. El salón de los
Rogron se vio lleno. Vinet había hecho lo posible entre sus partidarios para
conseguirlo. Las dos señoras de Chargebouf comieron con los Rogron, porque
aquella misma noche se iba a firmar el contrato. Por la mañana había Vinet
anunciado los avisos legales en la Alcaldía. Dijo que el asunto de Petrilla era
una miseria. Si el Tribunal de Provins lo resolvía apasionadamente, otro
Tribunal más alto sabría apreciar los hechos –decía él –, y los Auffray se
mirarían mucho antes de meterse en un proceso semejante. La alianza de los
Rogron con los Chargebouf influyó enormemente en algunas gentes, para quienes
los Rogron estaban limpios como la nieve y Petrilla era una chiquilla excesivamente
perversa, una serpiente que los Rogron habían abrigado en su seno. En el salón
de los Tiphaine, se tomaba venganza de las horribles maledicencias que el
partido de Vinet venía propalando desde hacía dos años; los Rogron eran unos
monstruos, y el tutor iría al banquillo. Para los de la plaza, Petrilla iba muy
bien; para los de la ciudad alta, se moría irremisiblemente; para los de casa
de Rogron, tenía unos arañazos en la muñeca; para los de casa de Tiphaine,
tenía los dedos destrozados y le iban a cortar uno. Al día siguiente, El Correo
de Provins publicaba un artículo extremadamente hábil, bien escrito, una obra
maestra de insinuaciones mezcladas en consideraciones judiciales y en el que se
eximía ya a Rogron de responsabilidad. La Colmena, que se publicaba dos días
después, no podía contestar sin caer en la difamación; pero dijo que, en un
asunto como aquél, lo mejor era dejar que la justicia siguiera su curso.
El
consejo de familia fue formado por el juez de paz del cantón de Provins, como
presidente legal; los Rogron y los Auffray, como parientes más próximos, y el
señor Ciprey, sobrino de la abuela materna de Petrilla. Como adjuntos figuraron
el señor Habert, confesor de Petrilla, y el coronel Gouraud, que siempre se
había hecho pasar por camarada del comandante Lorrain. Se aplaudió mucho la
imparcialidad del juez de paz, que incluía en el consejo de familia al señor
Habert y al coronel, a quienes todo el mundo creía muy amigos de los Rogron.
Dada la gravedad de la circunstancia en que se hallaba, Rogron pidió la
asistencia del abogado Vinet al consejo de familia. Por medio de aquella
maniobra, evidentemente aconsejada por Vinet, Rogron consiguió que el consejo
de familia no se reuniese hasta fines de diciembre. Para entonces, el
presidente y su mujer vivían en París, a consecuencia de la convocatoria de las
Cámaras, de modo que el partido ministerial se encontró sin jefe. Vinet había
ya preparado sordamente al señor Desfondrilles, juez de instrucción, para el
caso en que el asunto fuese a lo correccional o a lo criminal, como el
presidente había intentado. Durante tres horas defendió Vinet el asunto ante el
consejo de familia; estableció unos amoríos entre Petrilla y Brigaut, a fin de
justificar la severidad de la señorita Rogron; demostró que el tutor había
procedido lógicamente al dejar a su pupila bajo el gobierno de una mujer;
sostuvo la no participación de su cliente en la manera como había entendido
Silvia la educación de Petrilla. A pesar de los esfuerzos de Vinet, el consejo
acordó por unanimidad quitar a Rogron la tutela. Se nombró tutor al señor
Auffray y protutor al señor Ciprey. El consejo de familia oyó a Adela, la
sirvienta, que acusó a sus antiguos amos; a la señorita Habert, que contó las
crueles frases pronunciadas por Silvia la noche en que Petrilla se dio el
tremendo golpe, que oyeron todos, y la observación que había hecho sobre la
salud de Petrilla la señora de Chargebouf. Brigaut adujo la carta que había
recibido de Petrilla y que probaba la inocencia de los dos. Se demostró que el
deplorable estado en que la menor se hallaba era consecuencia del descuido de
su tutor, responsable de todo lo concerniente a su pupila. La enfermedad de
Petrilla había impresionado a todo el mundo, incluso a las personas de la
ciudad ajenas a la familia. Se mantuvo, pues, contra Rogron la acusación de
sevicia. El asunto iba a hacerse público.
Aconsejado
por Vinet, Rogron se opuso a que el Tribunal homologase el acuerdo del consejo
de familia. El Ministerio público intervino teniendo en cuenta la creciente
gravedad del estado patológico en que se encontraba Petrilla Lorrain. El
curioso proceso no se vio hasta marzo de 1828.
Ya
para entonces se había celebrado el casamiento de Rogron con la señorita de
Chargebouf. Silvia habitaba el segundo piso de la casa, donde se habían hecho
arreglos para alojarla, y con ella la señora de Chargebouf, porque el primer
piso se destinó entero a la señora de Rogron. La hermosa señora de Rogron
sucedió desde entonces a la hermosa señora de Tiphaine. La influencia del
matrimonio fue enorme. Ya no se iba al salón de la señorita Silvia, sino al de
la hermosa señora de Rogron.
Sostenido
por su madre política, y apoyado por los banqueros Du Tillet y Nucingen, el
presidente Tiphaine tuvo ocasión de prestar servicios al ministerio; fue uno de
los oradores más estimados del centro; le hicieron juez del Tribunal de primera
instancia del Sena, y consiguió que su sobrino Lesourd fuese nombrado
presidente del Tribunal de Provins. Aquel nombramiento molestó mucho al juez
Desfondrilles, siempre arqueólogo y más suplente que nunca. El ministro de
Justicia colocó a uno de sus protegidos en el puesto de Lesourd. El ascenso de
Tiphaine, no produjo, pues, ninguno entre el personal del Tribunal de Provins.
Vinet aprovechó muy hábilmente esta circunstancia. Siempre había dicho a las
gentes de Provins que estaban sirviendo de escabel a las grandezas de la astuta
señora de Tiphaine. El presidente engañaba a sus amigos. La señora de Tiphaine
despreciaba in petto a la ciudad de Provins y no volvería nunca a ella. El
padre del señor Tiphaine murió; su hijo heredó las tierras del Fay y vendió su
hermosa casa de la ciudad alta al señor Julliard. Esta venta demostró que no
pensaba volver a Provins. Vinet tuvo razón. Vinet había sido profeta. Estos
sucesos ejercieron gran influencia en el proceso relativo a la tutela de
Rogron.
Así,
el espantoso martirio infligido brutalmente a Petrilla por dos imbéciles
tiranos y que ponía al señor Martener, con anuencia del doctor Bianchon, en el
caso de proceder a la horrible operación del trépano; aquel tremendo drama,
reducido a las proporciones judiciales, caía en el inmundo lodazal que en el
Palacio de Justicia llaman la forma. El proceso se arrastraba de aplazamiento
en aplazamiento, entre las sutiles e inextricables mallas del procedimiento,
detenido por las trabas de un abogado odioso, en tanto que Petrilla,
calumniada, languidecía y sufría los dolores más espantosos que conoce la
Medicina. ¿No era necesario que explicáramos aquellos singulares cambios de la
opinión pública y la lenta marcha de la justicia antes de volver a la estancia en
que Petrilla vivía, en que Petrilla moría?
Tanto
al señor Martener como a la familia Auffray los sedujo en pocos días el
carácter adorable de Petrilla, así como el de la vieja bretona, cuyos
sentimientos, ideas y modales estaban impregnados de un antiguo color romano.
La matrona parecía una mujer de Plutarco. El médico quería disputar una presa a
la muerte, porque desde el primer día, tanto él como el médico de París
consideraron a Petrilla perdida. Entre la enfermedad y el médico, a quien
alentaba la juventud de Petrilla, hubo uno de esos combates que sólo los
médicos conocen y cuya recompensa, en caso de éxito, no está ni en el precio
venal de sus cuidados ni en el enfermo, sino en la dulce satisfacción de la
conciencia y en no sé qué palma ideal e invisible que recogen los verdaderos
artistas con el contento que les produce la certidumbre de haber hecho una obra
bella. El médico tiende al bien, como el artista tiende a lo bello, impulsado
por un admirable sentimiento que llamamos la virtud. Aquel combate de todos los
días había extinguido en el médico provinciano las mezquinas cóleras de la
lucha entablada entre el partido de Vinet y el partido de los Tiphaine, como
suele ocurrirles a los hombres que se encuentran frente a frente con un gran
mal que remediar.
El
señor Martener había empezado su carrera queriendo ejercer en París; pero la
atroz actividad de esta ciudad, la insensibilidad que acaba por producir en el
médico el espantable número de enfermos y la multiplicidad de casos graves
habían aterrado su alma dulce y hecha para la vida de provincias. Sentía,
además, el yugo de su hermosa patria. Volvió, pues, a Provins para casarse allí
y establecerse y cuidar, casi afectuosamente, a una población que podía
considerar como una gran familia. Mientras duró la enfermedad de Petrilla no
quiso hablar de la enferma. Su repugnancia a responder cuando le pedían
noticias de la pobre joven era tan visible, que se acabó por no preguntarle.
Petrilla fue para él lo que debía ser: uno de esos poemas misteriosos y
profundos, grandes en el dolor, que se suele encontrar en la existencia de los
médicos. Experimentaba por aquella delicada joven una admiración en cuyo
secreto no quería que penetrase nadie.
Este
sentimiento del médico se transmitió, como todos los sentimientos verdaderos, a
los señores de Auffray, cuya casa se hizo dulce y silenciosa mientras Petrilla
estuvo en ella. Los niños, que tanto, habían jugado antes con Petrilla, se
pusieron de acuerdo, con esa generosidad de la infancia, para no ser ruidosos
ni importunos. Pusieron su dicha en ser juiciosos porque Petrilla estaba mala.
La casa del señor Auffray está en la ciudad alta, más abajo del las ruinas del
castillo; fue edificada en un espacio que dejó libre la demolición de las
antiguas murallas. Sus habitantes disfrutan de la vista del valle y de la
ciudad mientras se pasean por un huertecillo cerrado por gruesos muros, en cuya
parte exterior tocan los tejados de las otras casas. En un extremo de la
terraza está la puerta–ventana del señor Auffray. En el otro se alzan un
emparrado y una higuera, bajo los cuales hay una mesa redonda, un banco y unas
sillas pintadas de verde. Se dio a Petrilla una habitación colocada encima del
despacho de su nuevo tutor. La señora de Lorrain dormía allí, en un catre de
tijera, al lado de su nieta. Desde su ventana podía, pues, Petrilla ver el
magnífico valle de Provins, que apenas conocía. ¡Salía tan raras veces de la
fatal casa de los Rogron! Cuando hacía buen tiempo, le gustaba ir, apoyada en
el brazo de su abuela, hasta el emparrado. Brigaut, que ya no se ocupaba en
nada, iba a ver a su amiguita tres veces al día; estaba devorado por un dolor
que le hacía sordo a las cosas de la vida; acechaba, con la habilidad de un
perro de caza, al señor Martener; le acompañaba siempre y salía con él.
Difícilmente podríase imaginar las locuras que hacían todos por la amada
enfermita. La abuela, ebria de dolor, ocultaba su desesperación y mostraba a la
nieta el mismo rostro sonriente que en Pen–Höel. En su deseo de hacerle la
ilusión de aquellos pasados tiempos, le arreglaba y le ponía la gorra bretona
con que Petrilla llegó a Provins. Le parecía que así la joven enferma se
parecía más a sí misma; estaba Petrilla deliciosa de ver con la cara rodeada
por aquella aureola de batista bordeada de almidonada puntilla. Su cabeza,
blanca, con la blancura del biscuit; su frente, en la cual el sufrimiento
imprimía una apariencia de pensamiento profundo; la pureza de las líneas
demacradas por la enfermedad; la lentitud de la mirada y la fijeza de los ojos,
todo hacía de Petrilla una admirable obra maestra de melancolía. Así, todos
servían a la niña con una especie de fanatismo. ¡La veían tan tierna, tan
dulce, tan cariñosa! La señora de Martener habla enviado su piano a casa de su
hermana, la señora de Auffray, pensando divertir a Petrilla, a quien la música
maravillaba. Era un poema verla oír un trozo de Weber, de Beethoven o de
Hérold, con los ojos en alto, silenciosa y echando, sin duda, de menos la vida,
que sentía escapársele. El cura Péroux y el señor Habert, que le daban los
consuelos religiosos, admiraban su piadosa resignación. ¿No es un hecho
notable, y en el cual deben fijar su atención los filósofos y los indiferentes,
la seráfica perfección de los jóvenes que llevan entre la multitud la señal
roja de la muerte, como los arbolillos jóvenes en una selva? Quien haya visto
una de esas muertes sublimes no podrá seguir siendo o volverse incrédulo. Esos
seres exhalan como un perfume celeste; sus miradas hablan de Dios; su voz es
elocuente cuando dice las cosas más insignificantes, y a menudo suena como un
instrumento divino expresando los secretos del porvenir. Cuando el señor
Martener felicitaba a Petrilla por haber cumplido alguna prescripción difícil,
aquel ángel decía en presencia de todos, ¡y con qué miradas!:
–Deseo
vivir, querido señor Martener, no tanto por mí como por mi abuela, por Brigaut
y por todos ustedes, que se afligirían con mi muerte.
La
primera vez que salió a pasear, en el mes de noviembre, al hermoso sol de San
Martín, acompañada de todos los de casa, le preguntó la señora de Auffray si
estaba fatigada.
–Ahora
–dijo– que no tengo que soportar más sufrimientos que los que Dios me envía,
puedo resistir. Encuentro fuerzas para sufrir en la dicha de verme querida.
Esa
fue la única vez que, de un modo indirecto, recordó su horrible martirio en
casa de los Rogron, de los cuales no hablaba nunca; y como el recuerdo tenía
que serle tan penoso, los demás tampoco le hablaban de ellos.
–Querida
señora Auffray –dijo una vez, hallándose a la hora del mediodía en la terraza,
contemplando el valle, iluminado por un hermoso sol y adornado con los bellos
tintes rojizos del otoño–, mi agonía en casa de ustedes me da una felicidad que
no he conocido en estos últimos tres años.
La
señora de Auffray miró a su hermana, la señora de Martener, y le dijo al oído:
–¡Cómo
habría querido!
Efectivamente,
el acento y la mirada de Petrilla daban a su frase un valor indecible.
El
señor Martener sostenía correspondencia con el doctor Bianchon y no intentaba
nada importante sin su aprobación. Esperaba ante todo, dar libre curso a la
naturaleza de Petrilla; luego, hacer que el tumor de la cabeza derivase por la
oreja. Cuanto más vivos eran los dolores de Petrilla, más esperanza tenía él.
Obtuvo en el primer punto pequeños éxitos, y ya esto fue un gran triunfo.
Durante unos cuantos días Petrilla recobró el apetito y tomó cosas
sustanciosas, por las cuales había sentido hasta entonces la repugnancia
característica de su enfermedad; cambió el color de su tez, pero el estado de
la cabeza era horrible. Martener pidió, pues, al gran médico, su consejero, que
fuese a Provins. Bianchon fue; estuvo allí dos días y decidió hacer una
operación; sintiendo por la niña la misma solicitud de Martener, fue por sí
mismo en busca del célebre Desplein. La operación fue, pues, hecha por el más
grande cirujano de los tiempos antiguos y modernos; pero aquel terrible
arúspice dijo a Martener, al marcharse con Bianchon, su discípulo preferido:
–No
se salvará si no es de milagro. Como le ha dicho a usted Horacio, ya ha
empezado la caries de los huesos. ¡A esa edad son los huesos tan tiernos!
La
operación se había verificado en los comienzos del mes de marzo de 1828.
Durante todo el mes, aterrado por los espantosos dolores que sufría Petrilla,
Martener hizo varios viajes a París; allí consultaba con Desplein y Bianchon, a
los cuales llegó a proponer una operación semejante a la litotricia, y que
consistía en introducir en la cabeza un instrumento hueco, por medio del cual
se intentaría la aplicación de un remedio heroico para detener los progresos de
la caries. El audaz Desplein no se atrevió a intentar aquel golpe de mano
quirúrgico que la desesperación había inspirado a Martener. Así, cuando el
médico regresó de su último viaje a París, los amigos le encontraron apenado e
indeciso. Una noche fatal tuvo que anunciar a la familia Auffray, a la señora
de Lorrain, al confesor y a Brigaut, reunidos, que la ciencia no podía hacer ya
nada por Petrilla, cuya salvación estaba sólo en las manos de Dios. Fue una
consternación horrorosa. La abuela hizo un voto y rogó al cura que todas las
mañanas, al alba, antes de la hora de levantarse Petrilla, dijese una misa, que
oirían ella y Brigaut.
El
proceso continuaba. Mientras moría la víctima de los Rogron, Vinet la
calumniaba ante el Tribunal. El Tribunal aprobó el acuerdo del consejo de
familia, y el abogado apeló en el acto. El nuevo fiscal hizo una requisitoria
que determinó una instrucción. Rogron y su hermana tuvieron que poner fianza
para no ingresar en la cárcel. La instrucción exigía el interrogatorio de
Petrilla. Cuando el señor Desfondrilles fue a casa de los Auffray, Petrilla
estaba en la agonía; tenía al confesor a su cabecera e iba a ser sacramentada.
En aquel mismo momento suplicaba a la familia, reunida en su alcoba, que
perdonase a sus primos, como lo hacía ella, diciendo, con un admirable buen
sentido, que el juicio de aquellas cosas sólo correspondía a Dios.
–Abuela
–dijo–, lega todos tus bienes a Brigaut –Brigaut se deshacía en lágrimas– y
deja mil francos a esa buena de Adela, que me calentaba la cama a escondidas.
Si ella hubiera continuado en casa de mis primos, yo viviría...
A
las tres de la tarde, el martes de Pascua, con un día hermoso, dejó aquel
angelito de sufrir. Su heroica abuela quiso velarla durante la noche, con los
sacerdotes y coserle la mortaja con sus viejas manos arrugadas. Al anochecer,
Brigaut salió de casa de los Auffray y bajó a casa de Frappier.
–¡Pobre
muchacho! No necesito pedirte noticias –le dijo el carpintero.
–Sí,
Frappier, todo se acabó para ella, pero no para mí.
El
obrero echó a las maderas que había en el taller una mirada a la vez sombría y
perspicaz.
–Te
comprendo, Brigaut –dijo el buen Frappier–; aquí tienes lo que necesitas.
Y le
enseñó dos tablas de encina, gruesas de dos pulgadas.
–No
me ayude usted, señor Frappier –dijo el bretón–; quiero hacerlo todo por mí
mismo.
Brigaut
pasó la noche acepillando y ajustando el féretro de Petrilla, y más de una vez
levantó, de un solo garlopazo, una tira de madera mojada con sus lágrimas. El
buen Frappier, fumando, le miraba trabajar. No le dijo más que esto cuando le
vio ajustar las cuatro tablas:
–Haz
la tapa de corredera; así los pobres parientes no oirán clavar...
Al
ser de día, Brigaut fue a buscar el cinc necesario para forrar la caja. Por una
extraordinaria casualidad, las hojas de cinc le costaron exactamente la misma
suma que había dado a Petrilla para su viaje de Nantes a Provins. El valeroso
bretón, que había resistido el horrible dolor de hacer por sí mismo el ataúd de
su amada compañera de infancia, al ver reflejados en las fúnebres planchas
todos sus recuerdos, no tuvo fuerzas para sufrir aquella coincidencia;
desfalleció, y no pudo cargar con el cinc; el hojalatero le acompañó, y le
ofreció ir con él para soldar la cuarta hoja una vez que el cuerpo estuviese
depositado en el féretro. El bretón quemó la garlopa y todas las herramientas
que había utilizado; liquidó sus cuentas con Frappier y se despidió de él. El
heroísmo con que aquel pobre muchacho se ocupaba, como la abuela, en rendir los
últimos tributos a Petrilla le hizo intervenir en la escena suprema que coronó
la tiranía de los Rogron.
Brigaut
y el hojalatero llegaron a casa de Auffray con tiempo para decidir, por la
fuerza bruta, una infame y horrible cuestión judicial. La cámara mortuoria,
llena de gente, ofreció a los dos obreros un singular espectáculo. Los Rogron
se habían alzado horrendos junto al cadáver de su víctima para torturarla aun
después de muerta. El cuerpo, sublime de belleza, de la pobre niña yacía sobre
el catre de la abuela. Petrilla tenía los ojos cerrados, los cabellos en
bandós, el cuerpo envuelto en una gruesa tela de algodón.
Ante
el lecho, con los cabellos en desorden y el rostro encendido, la vieja Lorrain
gritaba:
–¡No,
no! ¡No se hará eso!
A
los pies del lecho estaban el tutor, Auffray, el cura Péroux y el señor Habert.
Los cirios ardían todavía.
Delante
de la abuela se hallaban el cirujano del hospicio y el señor Neraud, apoyados
por el espantoso y melifluo Vinet. Con ellos estaba un alguacil. El cirujano
tenía puesto el delantal de disección. Uno de los ayudantes había abierto su
estuche y le ofrecía un bisturí.
Aquella
escena fue interrumpida por el ruido del ataúd, que Brigaut y el hojalatero
dejaron caer, porque Brigaut, que iba delante, se quedó paralizado de espanto
ante el aspecto de la abuela Lorrain, que lloraba.
–¿Qué
pasa? –dijo Brigaut poniéndose al lado de la anciana y apretando
convulsivamente un formón que llevaba en la mano.
–Pasa
–dijo la vieja–, pasa, Brigaut, que quieren abrir el cuerpo de mi niña,
henderle la cabeza, abrirle el corazón después de su muerte como hicieron
durante su vida.
–¿Quién?
–dijo Brigaut con una voz capaz de romper el tímpano de los hombres de
justicia.
–Los
Rogron.
–¡Por
el santo nombre de Dios!
–Un
momento, Brigaut –dijo el señor Auffray, viendo a Brigaut blandir el formón.
–Señor
Auffray –dijo Brigaut, tan pálido como la joven muerta–, le escucho porque es
usted el señor Auffray; pero en este momento no escucharía...
–¿Ni
a la justicia? –dijo Auffray.
–¿Pero
es que hay justicia? –exclamó el bretón–. ¡La justicia es ésa! –añadió
amenazando al abogado, al cirujano y al alguacil con su formón, que relumbraba
al sol.
–Amigo
mío –dijo el cura–, la justicia ha sido invocada por el abogado del señor
Rogron, porque éste está bajo el peso de una acusación grave, y no se puede
negar a un inculpado los medios de justificarse. Según el abogado del señor
Rogron, si esta pobre niña ha sucumbido al tumor de la cabeza, su antiguo tutor
no debe ser perseguido, porque está probado que Petrilla ocultó durante mucho
tiempo que se había dado un golpe...
–¡Basta!
–dijo Brigaut.
–Mi
cliente... –dijo Vinet.
–Tu
cliente –exclamó el bretón –irá al infierno, y yo al patíbulo; porque si alguno
de vosotros hace el intento de tocar a la que tu cliente ha matado, si el
practicante no se guarda el bisturí, le mato aquí mismo.
–Hay
rebeldía, y vamos a informar al juez –dijo Vinet.
Los
cinco extraños se retiraron.
–¡Oh,
hijo mío –dijo la vieja levantándose y saltando al cuello de Brigaut–,
enterrémosla en seguida, porque volverán!...
–Cuando
esté soldada la caja quizá no se atrevan –dijo el hojalatero.
El
señor Auffray corrió a casa de su cuñado, el señor Lesourd, para ver si
arreglaba el asunto. Vinet no quería otra cosa. Muerta Petrilla, el proceso
relativo a la tutela, que no había sido juzgado, quedaba extinguido, sin que
nadie pudiese hacer nada en favor ni en contra de los Rogron; la cuestión
quedaba indecisa. El astuto Vinet había previsto bien el efecto que su demanda
iba a surtir.
Al
mediodía, el señor Desfondrilles informó al Tribunal sobre la instrucción
relativa a los Rogron, y el Tribunal, motivándolo perfectamente, declaró que no
había lugar.
Rogron
no se atrevió a presentarse en el entierro de Petrilla, al cual asistió toda la
ciudad. Vinet había querido llevarle, pero el antiguo mercero tuvo miedo de
excitar un horror universal.
Brigaut
salió de Provins después que vio rellenar la fosa de Petrilla y se marchó a pie
a París. Elevó una solicitud a la delfina para que, en consideración al nombre
de su padre, se le admitiese en la Guardia real, y fue admitido en seguida.
Cuando la expedición a Argel, volvió a escribir a la delfina para que se le
permitiese tomar parte en ella. Era sargento, y el mariscal Bourmont le nombró
subteniente. El hijo del comandante se portó como un hombre deseoso de morir.
La muerte ha respetado hasta ahora a Santiago Brigaut, que se ha distinguido en
todas las expediciones recientes sin recibir una herida. Hoy es jefe de un
batallón de línea. No hay oficial más taciturno ni mejor que él. Fuera del
servicio, está siempre casi mudo; pasea solo y vive mecánicamente. Todo el
mundo adivina en él, y respeta, un dolor desconocido. Posee cuarenta y seis mil
francos, que le legó la anciana señora de Lorrain, fallecida en París en 1829.
En
las elecciones de 1830 Vinet fue elegido diputado. Los servicios que ha
prestado al Gobierno le han valido el cargo de fiscal general. Es ya tal su
influencia, que siempre será diputado. Rogron recaudador general en la misma
ciudad donde Vinet ejerce sus funciones; y, por un azar sorprendente, Tiphaine
es, también allí, presidente de la Audiencia, porque se ha adherido sin vacilar
a la dinastía de julio. La ex bella señora de Tiphaine vive en buena
inteligencia con la bella señora de Rogron. Vinet está a partir un piñón con el
presidente.
En
cuanto al imbécil de Rogron, dice frases como ésta:
–Luis
Felipe no será verdadero rey hasta que pueda hacer nobles.
Esta
frase no es suya, evidentemente. Su vacilante salud permite a la señora de
Rogron esperar que se casará pronto con el general marqués de Montriveau, par
de Francia, que manda el departamento y que la galantea. Vinet pide cabezas con
la mayor tranquilidad; jamás cree en la inocencia de un acusado. Este fiscal de
pura sangre pasa por ser uno de los hombres más amables de su oficio, y no
tiene menos éxito en París y en la Cámara; en la corte es un delicioso
cortesano.
Según
le prometió Vinet, el general barón de Gouraud, ese noble despojo de nuestros
gloriosos ejércitos, se ha casado con una señorita Matifat, de veinticinco
años, hija de un droguero de la calle de los Lombardos y cuya dote era de
cincuenta mil escudos. Manda, como le profetizara Vinet, un departamento
próximo a París. Ha sido nombrado par de Francia a causa de su comportamiento
cuando los motines ocurridos bajo el Gobierno de Casimiro Perier. El barón de
Gouraud fue uno de los generales que tomaron la iglesia de Saint–Merri, feliz
con zurrar a los paisanos, que le habían vejado durante quince años, y su ardor
ha sido recompensado con el cordón de la Legión de Honor.
Ninguno
de los personajes que fueron cómplices de la muerte de Petrilla siente el menor
remordimiento. El señor Desfondrilles sigue siendo arqueólogo; pero con la mira
puesta en sus elecciones, Vinet se ha cuidado de que le nombren presidente del
Tribunal. Silvia tiene una pequeña corte y administra los bienes de su hermano;
presta dinero a un interés muy alto y no gasta mil doscientos francos anuales.
De
cuando en cuando, en la plazoleta, cuando un hijo de Provins llega de París
para establecerse allí y sale de casa de la señorita Rogron, algún antiguo
partidario de los Tiphaine dice:
–Los
Rogron, tuvieron hace tiempo una cuestión desagradable a causa de una pupila...
–Una
cuestión de partido –responde el presidente Desfondrilles–. Se inventaron
monstruosidades. Por bondad de alma, recogieron en su casa a aquella Petrilla,
que era una jovencita muy linda y sin fortuna; en el momento de su desarrollo
tuvo unos amoríos con un aprendiz de carpintero, y para hablar con él subía con
los pies descalzos a la ventana. ¿Comprende usted? Los dos amantes se enviaban
cartas acarameladas por medio de una cuerda. Hágase usted cargo de que, dada su
edad peligrosa, y en el mes de octubre o noviembre, no hacía falta más para que
cayese enferma una muchacha que ya tenía mal color. Los Rogron se condujeron
admirablemente y no reclamaron la parte que les correspondía de la herencia de
la muchacha; se lo dejaron todo a la abuela. La moraleja de esto, amigos míos,
es que el diablo nos castiga siempre que hacemos un bien.
–¡Ah,
eso es otra cosa! Frappier me lo ha contado de muy distinto modo.
–Frappier
consulta más con su bodega que con su memoria –dice entonces uno de los
concurrentes al salón de la señorita Rogron.
–Pero
el anciano señor Habert...
–¡Oh!
Ese... ¿conoce usted su asunto?
–No.
–Pues
bien: quería casar a su hermana con el señor Rogron, el recaudador general.
Dos
hombres se acuerdan todos los días de Petrilla: el médico Martener y el
comandante Brigaut. Los únicos que conocen la espantosa verdad.
Para
dar a esto proporciones inmensas, basta recordar, transportando la escena a la
Edad Media y a Roma, que una joven sublime, Beatriz Cenci, fue llevada al
suplicio por razones e intrigas análogas a las que llevaron a Petrilla a la
tumba. Beatriz Cenci no tuvo más defensor que un artista, un pintor.
Hoy,
la historia y los vivientes, bajo la fe del retrato de Guido Reni, condenan al
Papa y hacen de Beatriz una de las más conmovedoras víctimas de las pasiones
infames y de los partidos.
Convengamos,
entre nosotros, en que la legalidad sería para los bribones una cosa excelente
si no existiera Dios.
Noviembre
1839.
FIN

