Libro N°. 3105. Picnic Junto Al Camino. Strugatsky, Arkadi Y Boris.
© Libro N°. 3105. Picnic Junto Al Camino. Strugatsky, Arkadi Y Boris. Colección
E.O. Septiembre 10 de 2016.
Título original: © Piknik na obochinie
Versión Original: © Picnic Junto Al Camino. Arkadi Y Boris Strugatsky
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Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA
Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
PICNIC JUNTO AL CAMINO
Arkadi y Boris Strugatsky
Título original: Piknik na obochinie
Año de publicación: 1972
Editorial: Ediciones B
Colección: Nova nº 143
Traducción: Miquel Barceló
Edición: 2001
ISBN: 978-84-666-0515-1
Es
preciso sacar bueno de lo malo,
Pues
es todo cuanto se puede hacer.
Robert
Penn Warren
De
la entrevista realizada por el enviado especial de radio Harmont al doctor
Valentine Pilman, premio Nobel de física 19..
Tengo
entendido, doctor Pilman, que su primer descubrimiento de importancia fue lo
que ha dado en llamarse el Foco Irradiador de Pilman.
—No
lo creo. El Foco Irradiador de Pilman no fue el primero, ni fue importante; ni
siquiera fue un descubrimiento. Por otra parte tampoco fue del todo mío.
—Debe
estar bromeando, doctor. El Foco Irradiador de Pilman es un concepto corriente
hasta para los escolares.
—Eso
no me sorprende. Según algunas fuentes, el Foco Irradiador de Pilman fue
descubierto por un escolar. Por desgracia no recuerdo cómo se llamaba. Búsquelo
en la Historia de la Visitación, de Stetson; allí está descrito con lujo de
detalles. Él sostiene que el foco irradiador fue descubierto por un escolar,
que fue un estudiante universitario quien publicó las coordenadas, pero que por
alguna razón desconocida, se le dio mi nombre.
—Sí,
con cualquier descubrimiento pasan cosas sorprendentes. ¿Le molestaría explicar
a nuestros oyentes de qué se trata, doctor?
—El
Foco Irradiador de Pilman es la cosa más simple del mundo. Supongamos que
hacemos girar un globo enorme y disparamos balas contra él. Los agujeros de
esas balas quedarán marcados en la superficie en una suave curva. La base de lo
que para usted es mi primer descubrimiento de importancia consiste en el simple
hecho de que las seis Zonas de Visitación están dispuestas sobre la superficie
del planeta como si alguien hubiera disparado seis tiros hacia la Tierra con
una pistola ubicada en algún punto de la línea Tierra-Deneb. Deneb es la
estrella Alfa en la constelación de Cygnus. El punto espacial del que provienen
los disparos, por así decirlo, se llama Foco Irradiador de Pilman.
—Gracias,
doctor ¡Compañeros harmonitas! ¡Al fin hemos recibido una clara explicación de
lo que es el Foco Irradiador de Pilman! A propósito: anteayer se cumplieron
treinta años de la Visitación. Doctor Pilman, ¿quiere decir a sus conciudadanos
algunas palabras sobre el particular?
—¿Hay
algo que le interese en especial? Recuerde que yo no estaba en Harmont por
entonces.
—Por
eso mismo será aún más interesante saber qué sintió usted al enterarse de que
su ciudad natal era el centro de una invasión de seres ultracivilizados
provenientes del espacio.
—Para
serle sincero, al principio pensé que eran mentiras. Me costaba creer que
pudiera pasar algo así en nuestra pequeña Harmont. Habría sido más plausible en
Gobi o en Terranova.
—Pero
al fin tuvo que creerlo.
—Ah
sí, al fin...
—¿Y
entonces?
—De
repente se me ocurrió que Harmont y las otras cinco zonas de Visitación...
Perdón, me equivoco: por entonces había sólo otras cuatro zonas conocidas. Se
me ocurrió que todas entraban en una leve curva. Calculé las coordenadas y las
envié a Naturaleza.
—¿Y
no se preocupó en ningún momento por la suerte de su ciudad natal?
—La
verdad es que no. Vea, aunque yo había llegado a creer en la Visitación, no
podía convencerme de que había algo de cierto en esos informes histéricos sobre
barrios incendiados, monstruos que devoraban selectivamente sólo a los viejos y
a los niños, batallas sangrientas entre los invasores invulnerables y los
tanques reales, tripulados por humanos muy vulnerables, pero valientes y
decididos.
—Tenía
razón. Si mal no recuerdo, nuestros periodistas arruinaron bastante la
información. Pero volvamos a la ciencia. El descubrimiento del Foco Irradiador
de Pilman fue el primero, pero no el último, probablemente, de sus aportes al
estudio de la Visitación.
—El
primero y el último.
—Pero
sin duda usted se mantendrá muy al tanto de la investigación internacional que
se lleva a cabo en las Zonas de Visitación.
—Sí.
De vez en cuando leo los Informes.
—¿Se
refiere a los Informes del Instituto Internacional de Culturas Extraterrestres?
—Sí.
—En
su opinión, ¿cuál ha sido el descubrimiento más importante en estos últimos
treinta años?
—La
Visitación en sí.
—Perdón,
no comprendo.
—La
Visitación, en sí, es el descubrimiento más importante, no sólo de los últimos
treinta años, sino de toda la historia de la Humanidad. No importa tanto saber
quiénes fueron esos visitantes. No importa saber de dónde venían, por qué
vinieron, por qué se quedaron tan poco tiempo ni dónde están desde que se
fueron de aquí; lo que importa es que la humanidad ahora puede estar segura de
algo: no estamos solos en el universo. Temo que el Instituto de Culturas
Extraterrestres jamás tendrá la buena suerte de hacer un descubrimiento más
fundamental que ése.
—Lo
que usted dice es fascinante, doctor Pilman, pero en realidad yo me refería a
descubrimientos y progresos de índole técnica. A descubrimientos y progresos
que nuestros científicos y nuestros ingenieros pudieran utilizar con provecho.
Después de todo, muchos científicos famosos han sugerido que los
descubrimientos hechos en las Zonas de Visitación podrían cambiar todo el curso
de nuestra historia.
—Bueno,
yo no estoy de acuerdo con esa opinión. En cuanto a descubrimientos,
específicamente hablando, no caen dentro de mi especialidad.
—Sin
embargo usted, desde hace dos años, es asesor por el Canadá de la comisión de
las Naciones Unidas que estudia los Problemas de la Visitación.
—Sí,
pero no tengo nada que ver con el estudio de las culturas extraterrestres. En
la Comisión, mis colegas y yo representamos a la comunidad científica
internacional cuando surgen dilemas al poner en práctica las decisiones de las
Naciones Unidas con respecto a la internacionalización de las Zonas. Dicho en
otros términos: nuestra función es ver que todas las maravillas extraterrestres
halladas en las Zonas vayan a manos del Instituto Internacional.
—¿Hay
alguien más que se interese por esos tesoros?
—Sí.
—¡Supongo
que se refiere a los merodeadores!
—No
sé qué es eso.
—Así
llamamos en Harmont a los ladrones que arriesgan la vida entrando a la Zona
para llevarse todo lo que encuentran al alcance. Se ha convertido en una
verdadera profesión.
—Comprendo.
Pero no, eso no está dentro de nuestra jurisdicción.
—Por
supuesto, es cosa de la policía. Pero me gustaría saber qué es lo que cae
dentro de su jurisdicción, doctor Pilman.
—Hay
una constante pérdida de materiales provenientes de las Zonas de Visitación que
caen en manos de personas u organizaciones irresponsables. Nosotros debemos
encargarnos de las consecuencias de esas pérdidas.
—¿Podría
explicarse mejor, doctor?
—¿Por
qué no hablamos de arte, mejor? ¿No cree que a los oyentes les interesaría
conocer mi opinión sobre el incomparable Godi Müller?
—¡Por
supuesto! Pero antes me gustaría terminar con la parte científica. Como
científico, ¿no le gustaría tener un contacto directo con los tesoros
extraterrestres?
—¿Cómo
le diré? Supongo que sí.
—En
ese caso, ¿podemos esperar que un buen día los harmonitas podamos ver a nuestro
famoso conciudadano en las calles de su ciudad natal?
—Puede
ser.
1.
Redrick Schuhart, veintitrés años, soltero, ayudante de laboratorio en la
división Harmont del instituto internacional de culturas extraterrestres.
La
noche anterior, él y yo estuvimos en el depósito. Ya estaba anocheciendo; yo
podía tirar el guardapolvo e ir a Borscht, a echar una o dos gotas de algo
fuerte en mi organismo. Pero seguía allí, sosteniendo la pared, con el trabajo terminado
y un cigarrillo en la mano. Me moría de ganas de fumar; hacía dos horas que no
echaba una pitada. Y él no dejaba de dar vueltas con todo aquello. Ya había
llenado, cerrado y sellado una caja fuerte y estaba empezando con la otra;
sacaba los vacíos del transportador, los examinaba uno por uno desde todos
lados (y eran bien pesados, los malditos; como siete kilos cada uno) y después
volvía a ponerlos cuidadosamente en el estante.
Se
había pasado la vida peleando con esos vacíos; a mi modo de ver, sin beneficio
alguno, ni para la humanidad ni para sí. En su lugar yo habría mandado todo al
diablo desde hacía rato para dedicarme a trabajar en otra cosa ganando lo
mismo. Claro que si uno lo piensa bien, un vacío es algo misterioso, hasta
incomprensible, se podría decir. Yo he tenido muchos entre las manos, pero no
dejo de sorprenderme cada vez que veo uno. Son sólo dos discos de cobre, del
tamaño de un platito y de medio centímetro de grosor, más o menos, separados
por una distancia de cuarenta y cinco centímetros. Nada más. Nada,
absolutamente, sólo espacio vacío. Uno puede pasar la mano por el medio y hasta
la cabeza, si el asunto lo deja tan fuera de combate; no hay más que vacío y vacío;
aire puro. Claro, tiene que haber alguna fuerza entre los dos, según creo,
porque no se los puede juntar ni separarlos más de lo que están.
La
verdad, compañeros, es difícil describírselos a alguien que no los haya visto.
Son demasiado simples; sobre todo cuando uno los mira bien de cerca y acaba por
creer en lo que ve. Es como tratar de describir el vidrio: uno termina
retorciéndose los dedos y diciendo malas palabras por la frustración. Okey,
supongamos que lo han entendido; para los que no tengan una copia de los
Informes del Instituto, en cualquier número hay un artículo sobre los vacíos,
con fotos y todo.
Kirill
llevaba casi un año rompiéndose los sesos con los vacíos, yo había trabajado
con él desde el principio, pero todavía no estaba muy seguro de lo que quería
averiguar: para serles sincero, no me esforzaba mucho por descubrirlo. Que
primero lo descubriera él solo; después, a lo mejor, yo haría la prueba. Por el
momento sólo entendía una cosa: Kirill quería averiguar, a toda costa, cómo
funcionaban esos vacíos; los perforaba con ácidos, los estrujaba en la prensa,
los ponía a fundir en el horno. Así comprendería todo y lo llenarían de vítores
y de honores: el mundo de la ciencia se estremecería de gozo. A mi modo de ver
le faltaba mucho para eso. Todavía no había llegado a nada y ya estaba agotado.
Andaba como gris y callado, con ojos de perro enfermo, hasta lagrimeaba. Si se
hubiera tratado de otro, yo lo habría emborrachado de lo lindo y lo habría
puesto en manos de alguna chica experta para que lo desenredara. Y a la mañana
lo habría vuelto a emborrachar y a mandarlo con otra fulana. En un semana, ¡como
nuevo!: los ojos brillantes y la cola espesa. Pero con Kirill esos remedios no
servían. Ni siquiera valía la pena sugerirlo: no era de esos.
Así
que estábamos en el depósito. Yo lo observaba, viendo qué mal andaba, cómo se
le habían hundido los ojos, y sentí más lástima por él de la que había sentido
por nadie en la vida. Fue entonces cuando decidí... No, no es que lo haya
decidido, fue como si alguien me abriera la boca y me hiciera hablar.
—Oye
—dije—, Kirill...
Allí
estaba, con el último vacío en la balanza, como si estuviera dispuesto a trepar
sobre él.
—Escúchame
—dije—. ¡Kirill! ¿Qué tal si encontraras un vacío lleno, eh?
—¿Un
vacío lleno? —replicó, con cara de no entender.
—Sí,
Tu trampa hidromagnética, cómo se llama..., el objeto 77 b. Tiene una especie
de cosa azul adentro.
Vi
que empezaba a entender. Me miró, parpadeó, y un destello de razón, como a él
le gustaba decir, surgió tras las lágrimas de perro.
—Un
momento —dijo—. ¿Lleno? ¿Como éste, pero lleno?
—Sí,
eso es lo que digo.
—¿Dónde?
Mi
Kirill estaba curado. Ojos brillantes, cola espesa.
—Vamos
a fumar un cigarrillo.
Metió
el vacío en la caja fuerte, golpeó la puerta con fuerza y la cerró con tres
vueltas y media de llave; después volvimos al laboratorio. Ernest paga
cuatrocientos al contado por un vacío vacío; podría haberle sacado hasta la
última gota de jugo por uno lleno, grandísimo hijo de puta; pero créase o no,
ni siquiera me pasó por la cabeza, porque Kirill volvía a la vida ante mis
ojos. Bajó los escalones de a cuatro por vez, sin dejarme siquiera terminar el
cigarrillo. Le conté todo: cómo era, dónde estaba y cuál era la mejor manera de
llegar hasta allí. Él sacó un mapa, buscó la ubicación del garaje y me lo
indicó con el dedo, Inmediatamente se imaginó que era yo, por supuesto; ¿cómo
no iba a entender?
—Qué
perro eres —dijo, sonriendo—. Bueno, vamos a buscarlo. Lo primero que haremos a
la mañana. Pediré los pases y el equipo para las nueve y saldremos a las diez
con las mejores esperanzas. ¿De acuerdo?
—De
acuerdo —dije—. ¿Quién será el tercero?
—¿Para
qué queremos un tercero?
—Oh,
no —exclamé—. Éste no es un picnic con señoritas. ¿Y si te pasa algo? Está en
la Zona. Tenemos que obedecer los reglamentos.
Él
soltó una risa breve y se encogió de hombros.
—Como
quieras. Sabes más que yo de esto.
¡Sí,
seguro! Claro que sólo estaba tratando de seguirme la corriente. Por lo que a
él concernía, el tercero no haría más que estorbar. Si íbamos los dos solos
todo saldría bien. nadie sospecharía nada sobre mí. Pero había un
inconveniente: los del Instituto no entraban de a dos en la Zona. Las reglas
indican que dos trabajen mientras un tercero mira, para que pueda hablar cuando
le pregunten, más tarde.
—Por
mi parte llevaría a Austin —dijo Kirill—. Pero a lo mejor a ti no te gusta. ¿O
te parece bien?
—No
—dije—. Cualquiera menos Austin. Puedes llevar a Austin otra vez, ¿eh?
Austin
no es mal tipo; tiene la mezcla exacta de valor y cobardía, pero creo que está
condenado. Era algo que no podía explicar a Kirill, pero lo sentía. El hombre
cree que conoce y entiende la Zona perfectamente. Esto significa que pronto va
a estirar la pata. Que vaya, pero no conmigo, gracias.
—Bueno,
está bien. ¿Qué te parece Tender?
Tender
era su segundo ayudante. Uno de esos tipos callados. que no se meten con nadie.
—Es
un poco viejo —dije—. Y tiene hijos.
—Eso
no importa. Ha ido antes a la Zona.
—Bueno.
Llevemos a Tender.
Mientras
él se abocaba al estudio del mapa, yo fui directamente al Borscht; estaba
muerto de hambre y tenía la garganta seca.
A la
mañana llegué al laboratorio como siempre, alrededor de las nueve, y mostré el
pase. El guardia de turno era ese polaco larguirucho al que le rompí el alma el
año pasado, por propasarse con Guta cuando estaba borracho.
—¡Qué
bien! —dijo—, Te están buscando por todo el instituto, Red.
Lo
paré en seco, muy cortésmente.
—¿Qué
es eso de «Red»? Nada de intimidades conmigo, pedazo de sueco imbécil.
—¡Vamos,
Red! Todo el mundo te llama así.
Yo
estaba muy nervioso por la perspectiva de entrar a la Zona y sobrio como un
pescado. Lo levanté por la correa del pecho y le dije claramente qué opinaba de
él y de quién descendía por la rama materna. Escupió en el suelo, me devolvió
el pase y dijo, sin más amabilidades:
—Redrick
Schuhart, tiene órdenes de presentarse inmediatamente al jefe de Seguridad,
capitán Herzog.
—Así
me gusta más —dije—. Por ahí andamos. Siga es forzándose, sargento; aún puede
llegar a teniente.
Pero
mientras tanto pensaba qué novedad era aquélla. ¿Para qué me querría el capitán
Herzog durante el horario de trabajo? Bueno, fui y me presenté.
Su
oficina estaba en el tercer piso; un lindo despacho, con barrotes en las
ventanas, justo como una comisaría. Willy estaba sentado a su escritorio,
fumando su pipa y escribiendo a máquina no sé qué jerigonza. Un sargentito
revolvía el interior del archivo metálico, en el rincón; era nuevo; yo no lo
conocía. En el Instituto hay más sargentos que en el cuartel de policía; son
todos tipos robustos y saludables; no tienen que entrar a la Zona y les
importan un bledo las cuestiones mundiales.
—Hola
—dije—. ¿Me llamaba?
Willy
me miró sin verme, se apartó de la máquina de escribir, dejó un pesado archivo
sobre el escritorio y empezó a revisar el contenido.
—¿Redrick
Schuhart?
—El
mismo —respondí.
Por
dentro me subía una risa nerviosa todo era muy extraño. No podía evitarlo:
—¿Cuánto
hace que está en el Instituto?
—Dos
años y pico.
—¿Tiene
familia?
—Soy
solo —respondí—. Huérfano.
En
seguida se volvió hacia el sargento y ordenó, en tono severo:
—Sargento
Lummer, vaya a los archivos y traiga la carpeta número ciento cincuenta.
El
sargento hizo la venia y desapareció. Mientras tanto Willy cerró el archivo con
un golpe y preguntó, ceñudo:
—¿Ha
vuelto a las andadas?
—¿Qué
andadas?
—Ya
sabe a qué andadas me refiero. Aquí hay información nueva sobre usted.
«Ajá»,
pensé.
—¿De
dónde?
Él
frunció el ceño y golpeó la pipa contra el cenicero, irritado.
—Eso
no le importa —dijo—. Se lo advierto como si fuera un viejo amigo: deje eso,
déjelo por su propio bien. Si lo atrapan por segunda vez no va a salir a los
seis meses. Y lo expulsarán del Instituto definitivamente, entiéndalo.
—Entiendo
—dije—. Eso lo entiendo. Lo que no entiendo es quién fue el malnacido que pasó
el dato.
Pero
ya había dejado de mirarme; seguía chupando la pipa vacía y hojeando las fichas
del archivo. Con eso estoy diciendo que el sargento Lummer había vuelto
trayendo la carpeta número ciento cincuenta.
—Gracias
Schuhart —dijo el capitán Willy Herzog, también conocido como «El chancho»— Eso
es todo lo que quería aclarar. Puede irse.
Volví
al vestuario, me puse el guardapolvo y me animé. No podía dejar de pensar en
quién habría pasado los rumores. Si provenían del mismo instituto eran todas
mentiras, por fuerza, porque allí nadie sabía nada de mí ni había forma de que
lo supieran. Si era un informe de la policía, también: ¿qué podían saber, salvo
mis viejos pecados? Tal vez habían atrapado a Cuervo. Ese hijo de perra habría
vendido hasta la madre por salvar el pellejo. Pero ni siquiera Cuervo sabía
nada de mí. Pensé y pensé, sin llegar a nada grato. Al final entrado por última
vez en la Zona, de noche; ya me había decidido a mandar todo al diablo. Hacía
ya tres meses que había desprendido de casi todo el botín y el dinero se me
estaba acabando. Si no me habían pescado con la mercadería en las manos, menos
lo harían ahora, siendo yo tan escurridizo.
Pero
en ese momento, justo cuando me dirigía hacia las escaleras, se me iluminó
repentinamente la cabeza, y tan claramente que volví al vestuario, me senté y
encendí otro cigarrillo. Eso significaba que no podía ir a la Zona ese día. Ni
al siguiente, ni dos días después. Significaba que esos escuerzos me tenían
otra vez entre ojos, que no me habían olvidado; o, si me habían olvidado,
alguien se encargaba de hacerles acordar. Ningún merodeador, a menos que
estuviera completamente chiflado, se arrimaría a la Zona, sabiendo que lo
vigilaban, ni con un revólver a la espalda. Lo que me hubiera convenido en ese
momento habría sido esconderme en el rincón más oscuro. ¿Zona? ¿Qué Zona? ¡Hace
meses que no voy a siquiera con pase! ¿Por qué tienen que ninguna Zona, ni
molestar a un honrado ayudante de laboratorio?
Lo
pensé bien y decidí, casi con alivio, que ese día no iría a la Zona. Pero ¿cuál
era la mejor manera de decírselo a Kirill?
Se
lo dije directamente.
—No
voy a la Zona. ¿Qué instrucciones tienes para darme?
Al
principio me miró con ojos de huevo duro, por supuesto. Después pareció
entender. Me agarró por el codo para llevarme a su pequeña oficina, me hizo
sentar ante el escritorio y él se instaló en el antepecho de la ventana, frente
a mí. Encendimos los cigarrillos. Silencio. Al fin me preguntó, como con
cautela:
—¿Pasó
algo, Red?
¿Qué
iba a decirle?
—No.
No pasó nada. Ayer perdí veinte al póker; ese Noonan es muy buen jugador, el
desgraciado.
—Un
momento —interrumpió—. ¿Has cambiado de idea?
La
tensión me hizo soltar un ruido ahogado.
—No
puedo —dije entre dientes—. No puedo, ¿entiendes? Herzog me hizo llamar a su
oficina.
Se
quedó tieso. Puso otra vez aquella cara patética, con ojos de caniche enfermo,
Se estremeció, encendió otro cigarrillo con la colilla del viejo y hablo con
suavidad.
—Puedes
confiar en mí, Red. No le dije una palabra a nadie.
—Por
supuesto, nadie habla de ti.
—Ni
siquiera hablé todavía con Tender. Hice extender un pase a nombre de él, pero
ni siquiera le he preguntado si quiere ir.
No
dije nada y seguí fumando. Era extraño y triste. Ese hombre no entendía nada.
—¿Qué
te dijo Herzog?
—Nada
en especial. Alguien pasó el dato, eso es todo.
Él
me echó una mirada extraña, se bajó del antepecho y empezó a pasearse, mientras
yo hacía anillos de humo en silencio. Lo sentía por él, naturalmente, y
lamentaba que las cosas no hubieran salido mejor. ¡Vaya cura la que había
encontrado para la melancolía de Kirill! ¿Y de quién era la culpa? Mía; había
ofrecido una galletita a un nene, pero la galletita estaba escondida en un
lugar custodiado por hombres malos... De pronto él dejó de pasearse y se acercó
a mí. Miró de soslayo hacia cualquier parte y murmuró:
—Escucha,
Red, ¿cuánto costará un vacío lleno?
Al
principio no entendí; pensé que tenía esperanzas de comprar alguno. ¿Dónde lo
iba a conseguir? Tal vez ése fuera el único del mundo; además él no debía tener
tanta plata como para comprarlo. ¿De dónde pensaba sacarla? Era un científico
extranjero, ruso, para colmo. De pronto comprendí. ¿Así que el malnacido
pensaba que yo lo estaba haciendo por plata?
«Grandísimo
tal por cual», pensé, «¿por qué me tomas?» Abrí la boca para decírselo, pero la
volví a cerrar. Porque en realidad, ¿por qué iba a tomarme? Un merodeador es un
merodeador. Cuanta más plata, mejor. Se juega la vida por plata. Tenía derecho
a pensar que el día anterior yo había tirado la línea y ahora la estaba
recogiendo, tratando de subir el precio.
La
idea me dejaba mudo. Y él seguía mirándome intensamente, sin parpadear. No
había disgusto en sus ojos, sino una especie de comprensión, me parece. Al fin
se lo expliqué, con calma.
—De
los que entran con pase, nadie ha llegado hasta el garaje todavía. No hay
caminos. Tú lo sabes. En cuanto volvamos de la Zona ese Tender le va a contar a
todo el mundo que fuimos directamente al garaje, recogimos lo que queríamos y
volvimos en seguida. Como si fuéramos al depósito. Entonces todo el mundo se
dará cuenta de que sabíamos de antemano lo que buscábamos y dónde estaba. Eso
quiere decir que alguien nos lo dijo. Y de nosotros tres, ¿quién puede haber
estado allí? No hace falta decirlo. ¿Comprendes lo que me espera?
Terminé
mi discursito. Nos miramos fijamente a los ojos, sin decir nada. De pronto él
juntó las manos, con ruido se las frotó y anunció cordialmente:
—Bueno,
tú no podrás ir, comprendo. No voy a juzgarte, Red. Iré solo. Tal vez me vaya
bien. No será la primera vez.
Tendió
el mapa sobre el antepecho de la ventana y se apoyó en las manos para
inclinarse sobre él. Toda su cordialidad pareció evaporarse ante mis ojos. Le
oí musitar:
—Cuarenta
metros, cuarenta y uno, podría ser, y tres hasta llegar al garaje. No, no
llevaré a Tender. ¿Qué te parece, Red? ¿Dejo a Tender? Después de todo tiene
dos hijos.
—No
te dejarán ir solo.
—Me
dejarán —murmuró—. Conozco a todos los sargentos y a los tenientes. ¡No me
gustan esos camiones! Llevan treinta años expuestos a los elementos y parecen
nuevos. A cinco metros de allí hay un envase de gasolina y está completamente
herrumbrado, pero los camiones parecen recién salidos de la fábrica. ¡Así es la
Zona!
Apartó
la vista del mapa y miró por la ventana. Yo también lo hice. Los vidrios de
nuestras ventanas son gruesos y emplomados. Y más allá... la Zona. Allí está,
como si bastara con estirar la mano para tocarla. Desde el piso trece es como
si uno pudiera recogerla en la palma de la mano.
A
simple vista parece una extensión de tierra como cualquier otra. El sol brilla
sobre ella como en cualquier rincón del planeta. Daría la impresión de que nada
ha cambiado mucho en ella; todo está como hace treinta años. Mi padre, que en
paz descanse, no encontraba nada fuera de lugar cuando la miraba, salvo que
preguntara, tal vez, por qué no había humo en la chimenea de la planta. ¿Había
una huelga o algo así? El metal amarillo se amontonaba en forma de conos, los
altos hornos brillaban bajo el sol; había rieles, rieles y más rieles, y una
locomotora con vagonetas sobre los rieles. En otras palabras, una ciudad
industrial. Pero sin gente, ni viva ni muerta. Allí estaba también el garaje:
un largo intestino gris con las puertas abiertas de par en par. Los camiones
estaban estacionados en un sitio pavimentado, junto a él.
Kirill
tenía razón con respecto a aquellos vehículos: la cabeza le funcionaba bien. ¡Y
pobre del que se metiera entre dos camiones! Había que dar la vuelta por
alrededor. Hay una grieta en el asfalto, si es que las zarzas no la han
cubierto aún.
Cuarenta
metros. ¿Desde dónde contaba? Oh, probablemente desde el último poste. Tenía
razón, la distancia no era mayor; esos científicos tragalibros iban
progresando. Habían trazado toda la ruta hasta el vaciadero de basuras, y bien
trazada. Allí estaba la fosa donde había caído Zalamero, a dos metros de. la
ruta. Nudillos había avisado a Zalamero: «Mantente tan lejos de las fosas como
puedas, o no quedará de ti ni siquiera un resto que podamos enterrar». Cuando
miré en el agua no había nada. Así son las cosas de la Zona: si uno vuelve con
botín, es un milagro; si vuelve vivo, es un triunfo; si la patrulla no le
acierta ningún disparo, es un golpe de suerte. En cuanto a todo lo demás, es el
destino.
Al
mirar a Kirill noté que me observaba secretamente. Fue la expresión de su cara
la que me hizo cambiar de idea. «Al diablo con todos», pensé; «al fin y al
cabo, ¿qué me pueden hacer estos esfuerzos?» No hacía falta que me dijera nada,
pero lo hizo.
—Ayudante
de laboratorio Schuhart —dijo—. Fuentes oficiales (y lo repito: oficiales) me
han inducido a creer que convendría realizar una inspección del garaje, que
podría ser de gran valor científico. Sugiero que lo hagamos. Garantizo una
bonificación.
Y
sonrió, luminoso como el sol del verano.
—¿Qué
fuentes oficiales? —pregunté, sonriendo a mi vez como un tonto.
—Son
confidenciales, pero a ti puedo revelártelas —dijo, frunciendo el ceño—.
Digamos que me lo dijo el doctor Douglas.
—Oh,
el doctor Douglas. ¿Qué doctor Douglas?
—Sam
Douglas —respondió él, secamente—. Murió el año pasado.
Se
me erizó la piel. ¿Quién se atreve a hablar de esas cosas antes de ponerse en
marcha? ¡Estos tragalibros! Uno puede darles por la cabeza con un mazo y no
entienden. Aplasté la colilla en el cenicero y dije:
—Está
bien. ¿Dónde está ese Tender? ¿Hasta cuándo tenemos que esperarlo?
En
otras palabras, no volvimos a tocar el tema. Kirill telefoneó a Transportes y
pidió una cabina voladora. Mientras tanto yo estudiaba el mapa; no era malo; se
trataba de un proceso fotográfico, una vista aérea muy ampliada. Se veían hasta
los picos de la cubierta que estaba junto a los portones del garaje. Si los
merodeadores pudieran hacerse de un mapa así... Pero no serviría de mucho por
la noche, cuando ni siquiera las estrellas iluminan y uno no se ve ni los dedos
de la mano.
En
ese momento entró Tender. Estaba rojo y sin aliento; tenía la hija enferma y
había ido a buscar un médico. Se disculpó por haber llegado tarde. Bueno, le
entregamos el regalito: los tres íbamos a entrar en la Zona. En el primer
momento hasta dejó de jadear y de bufar, de puro miedo.
—¿Cómo
que a la Zona? —dijo—. ¿Y por qué yo?
Sin
embargo recuperó la respiración en cuanto le dijimos que había doble
bonificación y que Red Schuhart iría también.
Al
fin bajamos al «boudoir» y Kirill fue a buscar los pases. Se los mostramos a
otro sargento, que nos entregó trajes especiales. En realidad son cosas muy
prácticas; si uno los tiñera de cualquier color, menos el rojo que tienen,
cualquier merodeador pagaría gustosamente unos quinientos por uno de ellos, sin
parpadear siquiera. Yo juré hace tiempo que un día cualquiera encontraría el
modo de hacerme de uno. A primera vista no parecen nada extraordinario; algo
así como un traje de buceo con un casco en forma de burbuja, provisto de visor.
En realidad no es exactamente un traje de buceo; más bien se parece al de los
pilotos de estatorreactores o al de los astronautas. Era liviano, cómodo, sin
ninguna costura, y no hacía sudar. Con un trajecito como ése uno podía caminar
entre el fuego y el gas, Dicen que ni siquiera las balas lo perforan. Claro que
el fuego, las armas y el gas mostaza son todas cosas humanas y terráqueas; en
la zona no hay nada de eso. Y de cualquier modo, para decir la verdad, la gente
cae como moscas con traje o sin él. Eso sí, tal vez sin trajes morirían muchos
más. Esos equipos ofrecen un cien por ciento de protección contra la pelusa
ardiente, por ejemplo, y contra la col del diablo escupidera... Bueno.
Nos
pusimos los trajes especiales. Yo volqué en el bolsillo de la cadera las
tuercas y los tornillos que llevaba en una bolsa, y todos cruzamos el patio del
Instituto hacia la entrada de la Zona. Así lo establecía la rutina, para que
todos vieran a los héroes de la ciencia que depositaban la vida en el altar de
la humanidad, del conocimiento y del Espíritu Santo, amén. Y sin duda alguna,
desde el piso quince hasta la planta baja había caras solidarias que nos
observaban. No nos faltaba más que un agitar de pañuelos y una orquesta.
—¡Arriba!
—dije a Tender—. ¡Saca pecho, gordinflón! ¡La humanidad te estará eternamente
agradecida!
Cuando
se dio vuelta a mirarme comprendí que no estaba de humor para bromas. Y tenía
razón, no era momento para hacer chistes. Pero cuando uno va a entrar en la
Zona puede llorar o bromear... y yo nunca lloré, ni siquiera de niño. Miré a
Kirill; él soportaba bien la tensión, pero movía los labios como si estuviera
rezando.
—¿Rezas?
—pregunté—. Reza, reza. Cuanto más se entra en la Zona más cerca se está del
Paraíso.
—¿Qué?
—¡Reza!
—grité—. Los merodeadores son los primeros en la cola hacia el Paraíso.
Con
una súbita sonrisa, me palmeó la espalda como diciendo: «No tengas miedo, nada
pasará mientras estés conmigo, y si pasa... Bueno, sólo se muere una vez», Qué
tipo simpático es, de veras.
Mostramos
nuestros pases al último de los sargentos, sólo que en esa oportunidad, para
cambiar, era un teniente. Lo conozco; el padre vende losetas para tumbas en
Rexópolis, allí nos esperaba la cabina voladora; los muchachos de Transporte la
habían dejado en el pasillo. También esperaban allí todos los demás: el equipo
de primeros auxilios, los bomberos y nuestros valientes guardianes, nuestros
temerarios salvadores: un puñado de tontos sobrealimentados dentro de un
helicóptero. ¡Ojalá no los hubiera visto nunca!
En
cuanto subimos a la cabina, Kirill se hizo cargo de los mandos, diciendo:
—Okey,
Red, tú guías.
Bajé
tranquilamente la cremallera del pecho y saqué una petaca; tomé un trago largo
antes de volver a guardarla. Sin eso no puedo. He estado muchas veces en la
Zona, pero sin eso... no, no puedo. Los dos me miraban, esperando.
—Bueno
—dije—, no les ofrezco porque es la primera vez que salimos juntos y no sé qué
efecto les causa. Trabajaremos de este modo: lo que yo diga, ustedes lo harán
inmediatamente y sin preguntas. Si alguien comienza a dar vueltas o a hacer
preguntas le tiraré con lo primero que encuentre a mano. Quiero pedirles
disculpas desde ahora. Por ejemplo: señor Tender, si te ordeno caminar en
cuatro patas levantarás inmediatamente ese culo gordo y harás lo que te digo. Y
si no lo haces, quién sabe si volverás a ver a tu enfermita. ¿De acuerdo? Pero
yo me encargaré de que vuelvas a verla.
—No
te olvides de darme las órdenes —bufó Tender, enrojecido, sudoroso,
mordisqueándose los labios—. Caminaré de panza, no en cuatro patas, si es
preciso. No soy novato.
—En
lo que a mí respecta los dos son novatos —dije—. Y no me olvidaré de dar las
órdenes, no se preocupen. A propósito, ¿sabe manejar cabinas?
—Sabe
—dijo Kirill—. Maneja bien.
—Bueno,
de acuerdo. Aquí vamos. Buen viaje. Bajen las viseras. Poca velocidad, en línea
recta a lo largo de los postes, altura tres metros. En el poste veintisiete,
alto.
Kirill
elevó la cabina a tres metros y avanzamos a marcha lenta. Me volví sin que
nadie se diera cuenta para escupir sobre el hombro izquierdo. Vi que la
patrulla de rescate había trepado al helicóptero; los bomberos estaban en
posición de firme, por puro respeto y el teniente de la puerta nos hacía la
venia, el imbécil; sobre todo aquello flameaba el enorme y desteñido
estandarte: «Bienvenidos, Visitantes» Tender parecía a punto de responder a los
saludos, pero le di tal codazo en las costillas que inmediatamente descartó
cualquier ceremonia. ¡Ya te enseñaré a decir adiós! ¡Ya te tocará decir adiós!
Y
partimos.
El
Instituto estaba a nuestra derecha; el Cuartel de la Peste, a nuestra
izquierda. Avanzábamos de poste en poste bien por el medio de la calle. Habían
pasado siglos desde la última vez que alguien caminara o manejara por esa
calle. El asfalto estaba todo resquebrajado y había pastos en las grietas, pero
siquiera se trataba de nuestro pasto, el humano. En la acera izquierda crecían
zarzas negras; los límites de la Zona eran bien visibles: los pastos negros
terminaban en el cordón como si los hubiesen podado. Sí, aquellos visitantes
eran educados; revolvieron un montón de cosas, pero al menos se marcaron
límites bien establecidos. Ni siquiera la pelusa incendiada llegaba a nuestro
sector de la Zona, aunque cualquiera diría que con un viento fuerte podía llegar.
Las
casas en los Cuarteles de la Peste estaban descascaradas y muertas; las
ventanas, sin embargo, no estaban rotas, pero sí tan sucias que no se veía
nada. A la noche, cuando uno pasaba furtivamente por ahí, se veía un resplandor
allí dentro, como de alcohol que ardiera con llamas azules. Es la jalea de
brujas que se filtra por los sótanos. Si uno mira al descuido se lleva la
impresión de que es un barrio como cualquier otro, de que las casas son como
todas, aunque necesiten algún arreglo, pero eso no es nada extraño. Lo único
extraño es que no hay gente por allí.
En
aquella casa de ladrillos, ya que estamos en el tema, vivía nuestro profesor de
matemáticas; le llamábamos La Coma. Era aburrido, un fracasado; la segunda
esposa lo abandonó justo antes de la Visitación; la hija tenía cataratas en un
ojo y nosotros nos burlábamos de ella hasta hacerla llorar, me acuerdo. Cuando
comenzó el pánico, él y los otros vecinos corrieron al puente en ropa interior,
tres millas, sin parar. El pasó mucho tiempo enfermo con la peste; perdió toda
la piel y las uñas. Se enfermaron casi todos los que vivían en ese barrio; por
eso lo llamamos el Cuartel de la Peste. Algunos murieron; los viejos, en su
mayoría, y no fueron muchos. Por mi parte, creo que no los mató la peste, sino
el miedo. Era terrorífico. Todos los que vivían allí cayeron enfermos. Y la
gente de tres barrios quedó ciega. Ahora esas Zonas se llaman Primer Cuartel de
Ciegos, Segundo Cuartel de Ciegos, etcétera. No es que hayan quedado ciegos por
completo, pero sí con una especie de ceguera nocturna. A propósito, dicen que eso
no fue consecuencia de ninguna explosión, aunque explosiones hubo muchas; dicen
que fue un ruido fuerte. Dicen que de tan fuerte perdieron inmediatamente la
vista. Los médicos les dijeron que era imposible, que trataran de recordar,
pero ellos insistían en que fue un trueno lo que los cegó. Lo raro es que nadie
más oyó ese trueno.
Sí,
era como si allí no hubiera pasado nada. Había un kiosco de vidrios, intacto.
Un cochecito de bebé en la entrada de una casa; hasta las sábanas parecían
limpias. Pero las antenas estropeaban el efecto: todas estaban cubiertas por
una cosa peluda que parecía algodón. Hacía rato que los tragalibros venían
rompiéndose los sesos con ese asunto del algodón. Querían examinarlo,
¿entienden? No había nada parecido en otros lugares, sólo en el Cuartel de la
Peste y sólo en las antenas. Más aún: lo tenían precisamente allí, bajo las
ventanas. Al fin tuvieron una idea luminosa: desde un helicóptero bajaron un
ancla sujeta por un cable de acero y engancharon un trozo de algodón. En cuanto
el helicóptero tiró, se oyó un «psst», y vimos salir humo de la antena, del ancla
y del cable. Pero el cable no se limitaba a humear: siseaba ponzoñosamente,
como una serpiente de cascabel. Bueno, el piloto no era ningún tonto (por algo
había llegado a teniente); en seguida se imaginó lo que pasaba, soltó el cable
y salió a toda velocidad. Allí estaba el cable, colgando casi hasta el suelo,
cubierto de algodón.
Así
llegamos al final de la calle, donde debíamos girar, fácilmente y sin problema.
Kirill me miró: ¿doblaba? Le indiqué por señas que lo hiciera bien despacio.
Nuestra cabina dobló, avanzando lentamente por sobre los últimos centímetros de
tierra humana. La acera se estaba aproximando y la sombra de la cabina caía
sobre las zarzas. Listo. ¡Estábamos en la Zona! Sentí un escalofrío. Siempre
siento el mismo escalofrío. Y nunca sé si es la Zona que me saluda a mis
nervios de merodeador que se ponen en funcionamiento. Siempre digo que cuando
vuelva preguntaré a los otros si ellos sienten lo mismo, pero siempre me
olvido.
Bueno,
así que íbamos avanzando silenciosamente sobre los antiguos jardines. El motor
canturreaba parejo bajo nuestros pies, tranquilo; a él nada lo preocupaba, nada
podía hacerle mal allí. Y entonces el viejo Tender se nos vino abajo.
Todavía
no habíamos llegado al primer poste cuando comenzó a parlotear. Todos los
novatos suelen hablar como si les dieran cuerda cuando llegan a la Zona. Le
castañeteaban los dientes, le palpitaba el corazón, le fallaba la memoria; se
sentía avergonzado, pero de cualquier modo no podía dominarse. Creo que es como
cuando nos chorrea la nariz: no depende de nosotros: chorrea y chorrea. ¡Y qué
tonterías dicen! Comentan el paisaje, expresan sus puntos de vista sobre los
Visitantes o hablan de cosas que no tienen nada que ver con la Zona. Como
Tender, que se puso a charlar sobre su nuevo traje sin poder parar. Cuánto le
había costado, qué buena era la tela, y los botones nuevos que le había puesto
el sastre...
—Cállate.
Me
miró patéticamente, hizo un puchero y siguió: cuánta seda había hecho falta
para el forro.
Los
jardines ya habían terminado; por debajo de nosotros estaba el baldío que antes
se usaba como basurero municipal. Sentí una ligera brisa. Pero no había viento,
nada de viento. De pronto sentí un soplo fuerte; los pastos sueltos rodaron y
me pareció oír algo.
—¡Cállate,
idiota! —dije a Tender.
No,
no podía callarse. Ya andaba por los bolsillos. No me quedaba más remedio.
—¡Detén
la cabina! —ordené a Kirill.
Él
frenó inmediatamente. Buenos reflejos; me sentí orgulloso de él. Tomé a Tender
por el hombro, lo hice girar hacia mí y le lancé una trompada hacia el visor.
Se le estrelló la nariz contra el vidrio, pobre tipo; cerré los ojos y quedó
mudo.
En
cuanto calló volví a oírlo: trrr, trrr, trrl... Kirill me miró con los dientes
apretados y descubiertos. Le hice una seña para que se estuviera quieto. Dios,
por favor, quédate quieto, no muevas un músculo. Pero él también oía el ruido
y, como todos los novatos, sentía la necesidad de hacer inmediatamente algo,
cualquier cosa.
—¿Retrocedo?
—susurró.
Sacudí
desesperadamente la cabeza y agité el puño bajo su visera: ¡silencio! De veras,
con los novatos nunca se sabe para dónde mirar: si al terreno o a ellos. Pero
en ese momento me olvidé de todo. Sobre la montaña de viejos desechos, vidrios
rotos y harapos, trepaba un estremecimiento, un temblor, como si fuera el aire
caliente que vibra sobre los techos de lata, a mediodía. Cruzó por sobre el
montículo y avanzó, más y más, hacia nosotros, justo al lado del poste; quedó
suspendido por un momento sobre la ruta (¿o era sólo imaginación mía?), para
deslizarse finalmente hacia el suelo, entre matas y cercas podridas, hacia el
cementerio de los automóviles.
¡Malditos
tragalibros! ¿A quién se le ocurre trazar la ruta sobre el vaciadero de
basuras? Y yo también, ¡qué inteligente! ¿En qué estaba pensando cuando me
entusiasmé con ese mapa estúpido?
—Despacio,
adelante —indiqué a Kirill.
—¿Qué
era eso?
—Sabrá
el diablo. Era algo y ya no está. Gracias a Dios. Y ahora cállate, por favor;
ya no eres un ser humano, ¿entiendes? Eres una máquina, mi volante, nada más.
De
pronto me di cuenta de que estaba hablando demasiado.
—Suficiente.
Ni una palabra más.
Necesitaba
otro trago. Déjenme que les diga algo: esos trajes de buceo eran una tontería.
He sobrevivido a muchas cosas sin ese maldito equipo y sobreviviré a muchas
más, pero sin un buen trago en el momento justo... ¡Bueno, ya basta!
La
brisa parecía haberse calmado. No oía nada amenazador. El único ruido era el
ronroneo tranquilo y soñoliento del motor. El sol estaba fuerte y hacía mucho
calor. Sobre el garaje pendía una neblina. Todo parecía andar bien; los postes
pasaban uno tras otro, Tender estaba callado, Kirill estaba callado. Los
novatos se iban puliendo. No se preocupen, compañeros, en la Zona se puede
respirar también, si uno sabe lo que hace. Llegamos al Poste 27; el cartel de
metal tenía un círculo rojo con el número 27 dentro. Kirill me miró, yo asentí
y nuestra cabina se detuvo.
Ya
habían caído los capullos y era el tiempo de las cerezas. Ahora lo importante
era mantener una calma absoluta. No había apuro. El viento había cesado y la
visibilidad era buena. Todo iba como la seda. Vi la fosa en donde Zalamero
había estirado la pata; dentro había algo de color, tal vez sus ropas. Era una
porquería, que en paz descanse: avaricioso, estúpido y sucio. Justo el tipo de
gente que se enreda con Cuervo Burbridge, Cuervo los ve venir desde lejos y les
echa mano en seguida. Por lo general, la Zona no pregunta quién es bueno y
quién es malo. Así que gracias, Zalamero; eres un idiota y nadie se acuerda de
tu verdadero nombre, pero al menos serviste para que los vivos supieran por
dónde no tenían que pasar.
Claro,
nuestra mejor salida consistía en llegar, al asfalto. El asfalto es liso y se
puede ver todo lo que hay en él; además esa grieta la conozco bien. ¡Pero no me
gusta el aspecto de esos dos montículos! Entre ellos corría una línea recta
hacia el asfalto. Allí estaban, muy pagados de sí, esperando. No, por allí no
pasaríamos. Una de las reglas de todo merodeador aconseja mantener cuanto menos
treinta metros de espacio libre a la derecha o a la izquierda. Pasaríamos por
sobre el montículo izquierdo. Claro que yo no sabía lo que había del otro lado.
Según el mapa, nada, pero ¿quién confía en los mapas?
—Escucha,
Red —susurró Kirill— ¿Por qué no saltamos por encima? Veinte metros hacia
arriba, después bajamos, y estaremos junto al garaje, ¿eh?
—Cállate,
abriboca —dije—, no me molestes.
Quería
subir. ¿Y si algo nos atrapaba a los veinte metros? No quedarían siquiera
nuestros huesos. O tal vez apareciera la roncha de mosquitos por cualquier
parte y no dejaría ni un pedacito húmedo de nosotros. Ya estaba hasta la
coronilla de los arriesgados. Él no puede esperar; saltemos, dice. Pero yo
sabía ya perfectamente cómo llegar hasta el montículo. Después nos detendríamos
allí por un ratito a pensar el movimiento siguiente. Tomé un puñado de las
tuercas y tornillos que tenía en el bolsillo y se los mostré a Kirill sobre la
palma.
—¿Recuerdas
el cuento de Hansel y Gretel que te enseñaban en la escuela? Bueno, vamos a
hacer lo mismo, pero al revés. ¡Mira!
Arrojé
la primera tuerca; no muy lejos, a unos diez metros, como yo quería. Llegó sin
problemas.
—¿Viste
eso?
—¿Y
qué? —preguntó él.
—Nada
de «y qué». Te pregunté si lo viste.
—Lo
vi.
—Ahora
lleva la cabina, bien despacio, hasta donde está la tuerca; detente a medio
metro. ¿Entendido?
—Entendido.
¿Buscas graviconcentrados?
—Busco
lo que debo buscar. Espera, arrojaré otra. Mira bien dónde cae y no vuelvas a
sacarle los ojos de encima.
La
segunda tuerca también cayó sin inconvenientes junto a la primera.
—Vamos.
Hizo
arrancar la cabina. Su cara estaba tranquila y despejada. Comprendía bien, por
lo visto. Todos son iguales, estos tragalibros; para ellos lo más importante es
encontrar un nombre para cada cosa. Mientras no encontró el nombre tenía un
aspecto lamentable, era un verdadero idiota. Pero ahora tenía una etiqueta,
graviconcentrados; entonces entendía todo y la vida era unas pascuas.
Pasamos
sobre la primera tuerca, sobre la segunda, sobre una tercera. Tender suspiraba,
cambiaba el peso del cuerpo de uno a otro pie, bostezaba de puros nervios; se
sentía encerrado, pobre tipo. Pero le haría bien. Bajaría como cinco kilos; eso
es mejor que cualquier dieta. Cuando arrojé la cuarta tuerca su trayectoria no
me gustó del todo. No habría podido explicar qué andaba mal, pero me daba
cuenta de que algo fallaba, y sujeté a Kirill por la mano.
—Quieto
—dije—. No te muevas ni un centímetro.
Tomé
otra y la lancé más alto y más lejos. ¡Allí estaba la roncha de mosquitos! La
tuerca voló normalmente; parecía caer sin problemas, pero a mitad de camino fue
como si algo la atrajera hacia un lado, con tanta fuerza que cuando aterrizó
quedó hundida en la arcilla.
—¿Viste
eso? —susurré.
—Sólo
en las películas —observó, estirándose tanto para ver que tuve miedo de que se
cayera—. Tira otra, ¿quieres?
Era
triste y divertido. ¡Una! ¡Como si con una bastara! Oh, la ciencia. Arrojé
otras ocho tuercas y tornillos hasta conocer la forma de esa ronda de mosquito.
Para ser sincero habría alcanzado con siete, pero lancé uno más, bien hacia el
medio, para que él pudiera disfrutar con su concentrado. Se estrelló en la
arcilla como si fuera una pesa de cinco kilos y no un tornillo, dejando un
agujero en la arcilla. Kirill gruñó de gusto.
—Okey
—dije—, ya nos divertimos bastante. Ahora sigamos. Mira bien, te estoy marcando
el camino, así que no lo pierdas de vista.
Así
dejamos a un lado la roncha de mosquitos y llegamos al montículo. Era tan
pequeño que parecía un sorete de gato. Hasta entonces yo no había reparado en
él. Quedamos suspendidos en el aire por sobre el montículo. El asfalto estaba a
menos de seis metros. La visibilidad era muy buena; se veía cada brizna de
pasto, cada grieta, como en una instantánea. Bueno, con arrojar una tuerca
podríamos seguir.
No
pude arrojar esa tuerca.
No
entendía lo que me pasaba, pero no podía decidirme a arrojarla.
—¿Qué
pasa? —preguntó Kirill—. ¿Por qué no seguimos?
—Espera
—dije—. Cállate.
Había
pensado arrojar la tuerca para que avanzáramos tranquilamente, como sobre
manteca derretida, sin mover siquiera las briznas de pasto. En treinta segundos
podíamos llegar al asfalto. ¡Y de pronto empecé a sudar! El sudor me chorreaba
hasta los ojos. Supe que no podía arrojar la tuerca hacia allí. A la izquierda,
todas las que quisiera, aunque la ruta era más larga y había un montón de
guijarros poco simpático. Hacia allí sí, pero no hacia adelante; por nada del
mundo.
Arrojé
la tuerca hacia la izquierda. Kirill, sin decir nada, hizo girar la cabina y
avanzó hacia ella. Después me miró. Debo haber tenido bastante mala cara,
porque en seguida apartó la vista.
—Está
bien —dije—. Ahorraremos tiempo si damos un rodeo.
Y
lancé la última tuerca hacia el asfalto.
A
partir de ese momento fue mucho más fácil. Encontré la grieta; estaba limpia,
sin desperdicios y sin cambios de olor. Me limité a observarla, con silencioso
regocijo. Nos levó hasta las puertas del garaje mejor que cualquier poste,
cualquier señal.
Ordené
a Kirill que descendiera hasta un metro veinte; me eché de panza al suelo y
miré hacia las puertas abiertas. Al principio la poderosa luz del sol no me
dejó ver nada. Sólo negrura. Después mis ojos se fueron acostumbrando. Vi
entonces que nada había cambiado en el garaje desde la última vez. El camión de
la basura seguía aún estacionado sobre la fosa, en perfecto estado, sin
agujeros ni manchas. Todo estaba en su sitio sobre el piso de cemento, tal vez
porque en la fosa no había demasiada jalea de brujas y no había salpicado hacia
afuera desde la última vez.
Sólo
una cosa no me gustaba. En la parte trasera del garaje, cerca de las latas, se
veía algo plateado. Eso no estaba allí antes. Bueno, había algo plateado, y
qué. ¡No íbamos a volvernos sólo por eso! No tenía ningún brillo especial;
relucía un poquito, suave, tranquilamente. Me levanté, me cepillé la ropa y
eché una mirada a mi alrededor. Allí estaban los camiones, en el baldío,
siempre como nuevos. Hasta parecían más nuevos que la última vez, Y el camión
de gasolina, pobrecito, estaba completamente herrumbrado, listo para caerse a
pedazos. Allí estaba también la cubierta, como ellos lo tenían indicado en el
mapa.
No
me gustaba el aspecto de esa cubierta. La sombra no estaba bien; teníamos el
sol a la espalda, pero la sombra de la cubierta venía hacia nosotros. Bueno, no
importaba, estaba bastante lejos. Todo parecía bien; podíamos empezar el
trabajo.
Pero
esa cosa plateada que brillaba allá atrás, ¿qué era? ¿Imaginación mía, no más?
Sería lindo sentarse a fumar un cigarrillo y pensarlo bien: por qué ese
resplandor por sobre las latas, por qué no estaba entre ellas, por qué la
sombra de la cubierta. Cuervo Burbridge me había dicho algo sobre las sombras:
que eran extrañas, pero no peligrosas; algo pasa aquí con las sombras.
Pero
¿qué era ese brillo plateado? Parecía una telaraña de las que suele haber en
los árboles de los bosques. ¿Qué clase de araña podría haber tejido su tela
allí? Nunca había visto bichos en la Zona.
Lo
peor era que mi vacío estaba precisamente allí, a dos pasos de las latas.
Tendría que haberlo robado la última vez, y entonces ahora no estaría pasando
por todos esos problemas. Pero era demasiado pesado. Después de todo el
degenerado estaba lleno; lo levanté sin dificultad, pero eso de llevarlo sobre
la espalda, en cuatro patas, en la oscuridad... Si ustedes nunca anduvieron con
un vacío a cuestas, hagan la prueba: es como llevar diez litros de agua sin
balde.
Ya
era hora de ponerse en marcha. Tenía ganas de un trago. Me volví hacia Tender.
—Kirill
y yo vamos a entrar al garaje. Quédate aquí y no toques los mandos si yo no te
lo ordeno, pase lo que pase, aunque la tierra estalle en llamas aquí mismo. Si
te acobardas te espero a la salida.
Asintió
seriamente, como quien dice: «No me voy a acobardar». Tenía la nariz como una
ciruela; mi trompada había sido fuerte de veras. Bajé cuidadosamente las sogas
de emergencia, observé una vez más aquel resplandor plateado, hice señas a
Kirill y comencé a bajar. Una vez en el asfalto esperé a que él descendiera por
la otra soga.
—No
te apures —le dije—. No nos corre nadie.
Nos
detuvimos sobre el asfalto, con la cabina flotando al lado y las cuerdas
culebreándonos bajo los pies. Tender asomó la cabeza por encima del riel y nos
miró con ojos llenos de desesperación. Era hora de ponerse en marcha.
—Sígueme
paso a paso, a dos pasos de distancia. No apartes los ojos de mi espalda y
mantente alerta.
Avancé.
Me detuve en el vano de la puerta para mirar a mi alrededor. ¡Es muchísimo más
fácil trabajar a la luz del día que de noche! Recuerdo que una vez estuve
tendido en ese mismo vano. Aquello estaba negro como boca de lobo; la jalea de
brujas llameaba desde la fosa en lenguas de color celeste, como el alcohol
encendido. Pero no iluminaban nada. Al contrario, todo parecía más oscuro,
malditas sean. ¡Ahora, en cambio, era jauja!
Ya
había acostumbrado los ojos a aquella luz lóbrega y podía ver hasta el polvo en
los rincones más oscuros. En verdad había algo plateado por allí; eran hilos
plateados que iban desde las latas hasta el techo. Sí, parecían una tela de
araña; tal vez no fueran más que eso, pero era mejor no acercarse.
Fue
entonces cuando cometí mi error. Tendría que haberme detenido, con Kirill bien
al lado, esperar a que él también acostumbrara los ojos a la penumbra y
entonces señalarle la telaraña. Señalársela. Pero estaba habituado a trabajar
solo. Vi lo que debía ver y me olvidé de Kirill.
Di
un paso hacia el interior y me dirigí en línea recta hacia las latas. Me
incliné sobre el vacío. En él parecía no haber ninguna telaraña. Levanté un
extremo y dije a Kirill:
—Agarra
de ahí y no lo dejes caer; es pesado.
Levanté
la vista y sentí que algo me apretaba la garganta. No pude abrir la boca.
Quería gritar: «¡Quieto! ¡No te muevas!», pero no pude. Tal vez de cualquier
modo no habría tenido tiempo, pues todo ocurrió demasiado rápido. Kirill se
acercó al vacío, de espaldas a las latas, y apoyó toda la espalda en la
telaraña plateada. Cerré los ojos; quedé aturdido; no oí más que el ruido de la
telaraña al desgarrarse. Era un sonido coruscante y débil.
Así
estaba todavía, con los ojos cerrados, sin sentir los brazos ni las piernas,
cuando Kirill habló:
—Bueno,
¿lo llevamos?
—Vamos.
Levantamos
el vacío y nos dirigimos hacia la puerta, caminando de costado. Era
terriblemente pesado, el maldito; aun entre dos resultaba difícil llevarlo.
Salimos al sol y nos detuvimos junto a la cabina. Tender se estiró para
tomarlo.
—Bueno
—dijo Kirill—. Uno, dos...
—No
—interrumpí—. Esperemos un segundo. Primero déjalo en el suelo.
Lo
dejamos.
—Date
vuelta. Quiero verte la espalda.
Se
volvió sin decir palabra. Miré; no tenía nada allí. Lo hice girar para aquí y
para allá, pero no tenía nada. Volví los ojos hacia las latas; allí tampoco
había nada.
—Oye
—dije a Kirill, sin sacar los ojos de las latas—. ¿no viste la telaraña?
—¿Qué
telaraña? ¿Dónde?
—Bueno,
tuvimos suerte.
Sin
embargo pensaba: «En realidad todavía no se puede saber».
—De
acuerdo. Levantemos esto.
Metimos
el vacío en la cabina y lo ubicamos de modo tal que no se moviera. Allí estaba,
el minino, brillante y limpito; el cobre relumbraba a la luz del sol. Su
contenido azul vagaba en lentes no corrientes de nubes entre los dos discos.
Comprendimos que no era un vacío, sino algo así como un recipiente, como una
jarra de vidrio, lleno de jarabe azul. Lo observamos un rato más antes de
trepar a la cabina e iniciar el viaje de regreso sin más vueltas.
¡Qué
fácil era todo para los científicos! Para empezar trabajaban a la luz del día.
Además, lo único bravo era entrar a la Zona, porque para regresar, la cabina se
conduce sola. En otras palabras, tiene un mecanismo, un cursógrafo, creo que se
llama, que lleva a la cabina exactamente por donde vino.
Mientras
flotábamos en el aire, en el trayecto de regreso, repitió todas las maniobras,
deteniéndose por un momento para proseguir en cada cambio de dirección. Pasamos
sobre cada uno de los tornillos y las tuercas; podría haberlos recogido, si se
me hubiera dado la gana.
Mis
novatos estaban eufóricos, por supuesto. Miraban hacia todos lados,
prácticamente sin miedo ya. Empezaron a parlotear. Tender agitaba los brazos y
amenazaba con volver apenas terminara de cenar para trazar la ruta hasta el
garaje. Kirill me tironeó de la manga y comenzó a explicarme el fenómeno de la
graviconcentración, es decir, la roncha de mosquito. Bueno, los puse en línea,
pero no a la fuerza. Les conté, tranquilamente, de todos los idiotas que
reventaban en el camino de regreso.
—Cierren
el pico —les dije— y mantengan los ojos abiertos si no quieren que les pase lo
mismo que al petiso Lyndon.
Eso
dio resultado. Ni siquiera preguntaron qué habla pasado con el petiso Lyndon.
Avanzamos en silencio. Yo sólo pensaba en una cosa: cómo iba a sacarle la tapa
a la botella. Trataba de imaginarme el primer trago, pero esa telaraña me
seguía brillando ante los ojos.
Al
fin salimos de la Zona y nos enviaron al despiojador (los científicos lo llaman
hangar médico) junto con la cabina. Nos bañaron en tres tinas diferentes donde
hervían tres soluciones alcalinas; nos embadurnaron con cierta pasta, nos
rociaron con no sé qué polvo y nos volvieron a lavar. Después nos secaron y
dijeron:
—¡Okey,
muchachos, pueden irse!
Tender
y Kirill llevaban el vacío. Eran tantos los que habían venido a mirar que no se
podía caminar. ¡Muy típico! No hacían más que mirar y gruñir frases de
bienvenida, pero ninguno tenía el valor de tender una mano a los cansados
héroes. Bueno, eso no era cosa mía. Ahora ya nada era de mi incumbencia.
Me
quité el traje especial y lo tiré al suelo (que los malditos sargentos se
encargaran de recogerlo). Fui directamente a las duchas, porque estaba empapado
en sudor de la cabeza a los pies. Me encerré en uno de los cubículos, busqué mi
petaca, desenrosqué la tapa y me prendí a ella como una lamprea.
Después
me senté en el banco, con las rodillas vacías, la cabeza vacía, el alma vacía.
Tragaba ese líquido fuerte como si fuera agua. Vivía. La Zona me había dejado
salir. Me había dejado salir, la puta. Esa maldita y traicionera puta. Estaba
vivo. Los novatos nunca sabían apreciarlo, sólo un merodeador sabía lo que era
eso. Las lágrimas me corrían por las mejillas, no sé si por los tragos o por
qué. Mamé de la petaca hasta dejarla seca. Yo estaba mojado; la petaca, seca.
Por supuesto, no alcanzó para ese último sorbo que necesitaba. Pero eso se
podía arreglar. Todo se podía arreglar ahora. Vivo.
Encendí
un cigarrillo, y mientras fumaba, allí sentado, sentí que todo andaba bien.
Entonces me acordé de la bonificación. Ésa era una de las grandes ventajas que
teníamos en el Instituto; podía ir ya mismo a retirar el sobre. O tal vez me lo
alcanzaran hasta allí, a las duchas.
Empecé
a desvestirme lentamente. Me quité el reloj y comprobé que habíamos pasado
cinco horas en la Zona. ¡Dios mío, cinco horas! Me estremecí. Cinco horas,
Dios... Realmente, en la Zona no pasa el tiempo. Pero pensándolo bien, ¿qué son
cinco horas para un merodeador? Un abrir y cerrar de ojos. ¿Y si hablamos de
doce, de dos días? Cuando uno no logra salir en una noche tiene que pasarse
todo el día de cara contra el suelo. Ni siquiera reza; murmura, nomás,
delirando; no sabe si está muerto o vivo. Al llegar la segunda noche termina
con lo suyo y se arrima al puesto de la patrulla con el botín. Allí están los
guardias, con las ametralladoras. Y esos malnacidos, esos esfuerzos, lo odian a
uno con toda el alma. Pero arrestar a un merodeador no les hace ninguna gracia,
porque les aterroriza la idea de que uno esté contaminado. Lo único que quieren
es liquidarlo, directamente, y para eso llevan todas las de ganar: ¡a ver quién
puede probar que lo mataron ilegalmente! Así que uno vuelve a enterrar la cara
en el suelo y reza hasta que llega la aurora y hasta que vuelva a oscurecer. Y
allí está el botín, al lado, y no sabemos si está allí, nomás, o si nos está
matando lentamente. También se puede terminar como Nudillos Itzak, que se
empantanó al alba entre dos fosas. No podía avanzar ni hacia la derecha ni
hacia la izquierda. Dispararon contra él durante dos horas, pero no pudieron
acertarle. Durante dos horas él se fingió muerto. Gracias a Dios, al fin le
creyeron y lo dejaron en paz. Yo lo vi después de eso; ni siquiera lo reconocí.
Era un hombre destrozado; ni siquiera seguía siendo humano.
Me
sequé las lágrimas y abrí la canilla; para ducharme por largo rato. Primero con
agua caliente, después con fría, después otra vez con caliente. Usé una barra
entera de jabón. Al final me aburrí y cerré la ducha. Alguien estaba golpeando
la puerta con ganas. Kirill gritaba.
—¡Eh,
merodeador! ¡Sal de una vez! ¡Aquí fuera se huele a plata!
Plata.
Eso nunca viene mal. Abrí la puerta. Allí estaba él, medio desnudo, en
calzoncillos. Parecía en éxtasis; toda su melancolía había desaparecido.
—Toma
—dijo, entregándome el sobre—. De parte de la humanidad agradecida.
—Me
cago en tu humanidad. ¿Cuánto hay?
—Teniendo
en cuenta tu coraje más allá del deber y como excepción, ¡dos meses de sueldo!
—Sí,
ganando dinero así yo podía vivir tranquilamente. Si pudiera cobrar dos meses
de sueldo por cada vacío habría mandado al diablo a Ernest hace mucho tiempo.
—Bueno,
¿estás contento? —preguntó Kirill. Por su parte, estaba radiante, feliz;
sonreía de oreja a oreja.
—No
está mal. ¿Y tú?
Él
no respondió. Se prendió a mi cuello, me apretó contra su pecho sudoroso y en
seguida me apartó de un empujón. Desapareció en la ducha de al lado.
—¡Eh!
—lo llamé a gritos—. ¿Cómo está Tender? Lavándose los calzoncillos, supongo.
—Nada
de eso. Tender está rodeado de periodistas. Tendrías que verlo. Se ha
convertido en un personaje importantísimo. Está explicándoles
autenticadamente...
—¿Cómo
es que les está explicando?
—Autenticadamente.
—Está
bien, señor. La próxima vez vendré con el diccionario, señor.
Y en
ese momento sentí como un shock eléctrico.
—Espera,
Kirill. Ven aquí.
—Estoy
desnudo.
—Vamos,
ven. No soy una damisela.
Salió.
Lo tomé por los hombros y lo puse de espaldas a mí. Nada. Ya podía haberlo
imaginado. Tenía la espalda limpia; las gotitas de sudor se estaban secando.
—¿Qué
tienes con mi espalda?
Le
di una patada en el traste desnudo, volví a mi cubículo y cerré la puerta.
¡Malditos nervios! Primero había estado viendo cosas raras allá; ahora las veía
aquí. ¡Al diablo con todo! Esa noche me iba a emborrachar. Lo que me hubiera
gustado era ganarle a Richard, eso era lo que me hubiera gustado. Ese
degenerado sabe jugar a las cartas. No le puedo ganar nunca, ni aunque vuelva a
barajar las cartas, ni aunque las bendiga por debajo de la mesa.
—Kirill
—grité—, ¿irás al Borscht esta noche?
—No
se dice «Borscht»; se pronuncia «Borshch». Cuántas veces tengo que repetírtelo.
—Qué
importa. Se escribe B-O-R-S-C-H-T. No jorobes con tus costumbres. ¿Vas o no? Me
encantaría ganarle a Richard.
—Oh,
no sé, Red. Tú, alma simple, ni siquiera imaginas lo que hemos traído.
—Y
tú sí, supongo.
—Bueno,
yo tampoco, eso es verdad. Pero ahora, por primera vez, sabemos para qué sirven
los vacíos; si mi brillante idea funciona, voy a escribir una monografía y te
la dedicaré personalmente: «A Redrick Schuhart, honorable merodeador, con mi
respeto y mi gratitud».
—Sí,
y me mandarán a la sombra por dos años.
—Pero
quedarás en los anales de la ciencia. Le llamarán «la jarra de Schuhart». ¿Qué
te parece cómo suena?
Mientras
bromeábamos me vestí y puse la petaca vacía en el bolsillo; después conté mi
dinero y me retiré.
—Buena
suerte, alma complicada.
No
respondió. El agua hacía muchísimo ruido.
En
el corredor estaba Tender en persona, enrojecido e inflado como un pavo,
rodeado de compañeros de trabajo, periodistas y un par de sargentos, que recién
acababan de comer y de escarbarse los dientes. Parloteaba sin parar.
—La
tecnología de que gozamos —decía el muy charlatán— permite contar con una
garantía casi absoluta de seguridad y de éxito.
En
ese momento, al verme, se sofrenó un poquito. Sonrió y me saludó con pequeñas
sacudidas de mano. «Bueno, será mejor que desaparezcamos», pensé. Seguí en
línea recta hacia la puerta, pero ya me habían pescado. En seguida oí pasos
tras de mí.
—¡Señor
Schuhart, señor Schuhart! ¡Unas palabritas sobre el garaje!
—No
habrá declaraciones.
Eché
a correr, pero no había forma de escaparse. Tenía un tipo con un micrófono a la
derecha y otro con una cámara a la izquierda.
—¿Había
algo extraño en el garaje? ¡Dos palabras, no más!
—No
habrá declaraciones —repetí, tratando de poner la nuca hacia la cámara—. Es un
garaje, nada más.
—Gracias.
¿Qué le parecen las turboplataformas?
—Maravillosas.
Empecé
a correrme hacia el baño de caballeros.
—¿Qué
Piensa de la Visitación?
—Pregunte
a los científicos —respondí, deslizándome tras la puerta del baño.
Oí
que rascaban la puerta y grité:
—Les
recomiendo efusivamente que pregunten al señor Tender por qué razones le ha
quedado la nariz como una remolacha. Es demasiado modesto para sacar el tema,
pero fue nuestra aventura más interesante.
Salieron
a la disparada por el corredor, más veloces que caballos de carrera. Aguardé un
minuto. Silencio, Saqué la cabeza. Nadie. Entonces proseguí tranquilamente mi
camino, silbando una melodía. Bajé el vestíbulo, mostré el pase al sargento
polaco y vi que me hacía la venia. Al parecer, yo era el héroe de la jornada.
—Descanse,
sargento —dije—. Me siento muy complacido.
Exhibió
tantos dientes como si le hubieran dicho el mejor de los elogios.
—Bueno,
Red, usted es un héroe, sin duda. Estoy orgulloso de conocerlo —dijo.
—Así
que ahora tendrá algo que contar a las chicas cuando vuelva a Suecia.
—¡Qué
le parece! ¡Caerán en mis brazos como moscas!
Supongo
que tiene razón, A decir verdad no me gustan los tipos altos y de mejillas
rosadas. Las mujeres se enloquecen por ellos, vaya a saber por qué. La estatura
no es lo más importante.
Pensando
en estas cosas iba caminando por las calles, bajo el sol; no había nadie por
ahí. De pronto sentí ganas de encontrarme con Guta en ese mismo instante, en
ese mismo lugar. Así nomás, mirarla y tenerla de la mano por un rato. Después
de estar en la Zona no se puede hacer otra cosa: tenerse de las manos y basta.
Especialmente si uno piensa en lo que se comenta sobre cómo salen los hijos de
merodeadores. ¿Pero a quién le hacía falta estar con Guta? ¡Lo que me hacía
falta era una botella, por lo menos una botella de algo fuerte!
Pasé
junto a la playa de estacionamiento. Allí había un puesto de control, con dos
patrulleros en su mejor estilo: bajos, amarillos, dotados de reflectores y
ametralladoras, los esfuerzos. Y por supuesto llenos de policías con cascos
azules. Bloqueaban toda la calle y no había forma de pasar. Seguí caminando con
los ojos bajos, porque no me convenía verlos en ese momento, a la luz del día.
Entre ellos había dos o tres personajes que tenía miedo de reconocer, pues en
cuanto lo hiciera ¡pobres de ellos! Era una suerte para ellos que Kirill me
hubiera convencido de trabajar para el Instituto; de lo contrario, por Dios,
habría descubierto a esas víboras para liquidarlas definitivamente.
Me
abrí paso por entre la multitud, y estaba casi del otro lado cuando oí que
alguien gritaba:
—¡Eh,
merodeador!
Bueno,
eso no tenía nada que ver conmigo, así que no me detuve; seguí caminando
mientras buscaba un cigarrillo en los bolsillos. Alguien me alcanzó y me tomó
por la manga. Me sacudí aquella mano; volviéndome a medias hacia el hombre,
dije cortésmente:
—¿Qué
diablos está haciendo, señor?
—Un
momento, merodeador —dijo él—. Dos preguntas, no más.
Lo
miré fijamente. Era el capitán Quarterblad, un viejo amigo. Estaba deshidratado
y medio amarillento.
—¡Ah,
mis saludos, capitán! ¿Cómo anda su hígado?
—No
trates de zafarte charlando, merodeador —replicó, enojado, sin quitarme los
ojos de encima—. Será mejor que me digas por qué no te detuviste en seguida
cuando te llamé.
Detrás
de él había dos cascos azules con las manos en las pistoleras. No se les veían
los ojos; sólo las mandíbulas moviéndose bajo los cascos. ¿De qué parte del
Canadá traen a esos ursos? ¿O los mandan a criar allá? Por lo general, los
patrulleros no me dan miedo a la luz del día, pero aquellos escuerzos podían
tener la idea de revisarme, cosa que no me gustaba nada.
—¿Me
llamaba a mí, capitán? —exclamé—. Me pareció que llamaba a algún merodeador.
—¿Y
vas a decirme que tú no lo eres?
—Cuando
terminé el tiempo que me dieron gracias a usted, capitán, me enderecé. Abandoné
el merodeo. Gracias a usted abrí los ojos, si no hubiera sido por usted...
—¿Qué
estabas haciendo en el área de Prezona?
—¿Cómo
qué estaba haciendo? Trabajo allí. Desde hace dos años.
Para
terminar de una vez con aquella desagradable conversación mostré mis papeles al
capitán Quarterblad. Tomó mi libreta y la revisó página por página, olfateando
cada uno de los sellos. Cuando me la devolvió lo hizo con gran placer. Tenía
color en las mejillas y brillo en los ojos.
—Perdóname,
Schuhart —dijo—. No lo esperaba de ti. Me alegro de ver que no echaste en saco
roto mis consejos. ¡Vaya, esto es maravilloso! No sé si me creerás, pero hasta
en aquel momento yo sabía que terminarías enderezándote. No podía creer que un
tipo como tú...
Siguió
y siguió, como si fuera un disco. Al parecer me había echado encima otro
melancólico curado. Lo escuché, por supuesto, con los ojos bajos en señal de
modestia, entre gestos de asentimiento, abriendo los brazos con inocencia; si
mal no recuerdo también restregué tímidamente los pies contra la acera. Los
gorilas que custodiaban al capitán escucharon un poco, pero en seguida se
aburrieron y buscaron un lugar más interesante. Mientras tanto, el capitán
seguía pintando gloriosos paisajes de mi futuro: la educación era luz; la
ignorancia, oscuridad; el Señor ama y aprecia a los trabajadores honestos,
etcétera, etcétera. Las mismas idioteces que nos encajaba el cura en la
prisión, todos los domingos. Y yo necesitaba un trago; mi sed no podía esperar.
«Bueno,
me dije, tendrás que pasar también por esto. No hay más remedio, así que ten
paciencia, Red, No puede seguir por mucho tiempo; mira, ya está perdiendo el
aliento.
Qué
suerte, se detiene» Uno de los patrulleros empezó a hacer señales. El capitán
miró hacia allá con un suspiro de fastidio y me tendió la mano.
—Bueno,
me alegro de haberte visto, mi honrado señor Schuhart. Me habría gustado
brindar por esta amistad. No puedo tomar whisky porque me lo prohibió el
médico, pero me habría gustado tomar una cerveza contigo. Pero el deber me
reclama. Ya nos volveremos a encontrar.
Dios
no lo permita. Pero le estreché la mano, me ruboricé y volví a restregar el
pie, todo como él quería. Al fin me dejó ir. Salí como bala hacia el Borscht.
A
esa hora del día el Borscht está siempre vacío. Detrás del mostrador estaba
Ernest, secando vasos y mirándolos a trasluz. A propósito, es extraño que
cuando uno entra los barman estén siempre secando vasos como si de ello
dependiera su salvación. Él se pasa el día así: levantar un vaso, mirarlo de
reojo, sostenerlo a la luz, empañarlo con el aliento y frotar. Frota y frota,
lo vuelve a mirar (esta vez por el fondo) y frota otro rato.
—¡Hola,
Ernie! Deja eso en paz. Le harás un agujero de tanto frotarlo.
Me
miró a través del vidrio, murmuró algo incomprensible y sin decir una palabra
me sirvió cuatro dedos de vodka. Yo trepé a un taburete, tomé un trago, hice
una mueca, sacudí la cabeza y tomé otro trago. La heladera ronroneaba, la
vitrola automática tocaba algo suave y lento y Ernest trabajaba con otro vaso.
Todo era paz. Terminé mi copa y la dejé sobre el mostrador. Ernest me sirvió en
seguida otros cuatro dedos.
—¿Mejor?
—murmuró—. ¿Vas volviendo en ti, merodeador?
—Sigue
frotando, ¿quieres? Sabrás que un tipo frotó hasta que apareció un genio.
Terminó forrado en plata.
—¿Quién
era? —preguntó Ernest, suspicaz.
—Otro
barman de aquí. Antes de que vinieras.
—¿Y
qué pasó?
—Nada.
Por qué crees que ocurrió esto de la Visitación, fue de tanto que frotó.
¿Quiénes crees que eran los visitantes?
—Eres
un vago —replicó Ernie, aprobando.
Fue
a la cocina y volvió con un plato de salchichas asadas. Me puso el plato
delante, me arrimó el ketchup y volvió a sus vasos. Ernest conoce su oficio.
Tiene el ojo entrenado para reconocer al merodeador que vuelve de la Zona con
botín; sabe también qué es lo que un merodeador necesita después de estar en la
Zona. Este bueno de Ernie. Todo un humanitario.
Terminé
las salchichas, encendí un cigarrillo y empecé a calcular cuánto podía sacar
Ernie con nosotros. No sé muy bien a cuánto se venderá el botín en Europa, pero
dicen que un vacío puede llegar casi a los dos mil quinientos; Ernie no nos da
más que cuatrocientos. Las pilas, allá, cuestan al menos cien, y a nosotros,
con suerte, nos dan veinte. Claro que embarcar eso para Europa debe salir un
ojo de la cara. Untar una mano por aquí y otra por allá... y el jefe de
estación también debe estar en la lista de pagos. Pensándolo bien, Ernest no
gana tanto; un quince o veinte por ciento, cuanto más. Y si lo pescan son diez
años de trabajos forzados.
En
este punto un tipo muy cortés interrumpió mis honorables meditaciones. Yo ni
siquiera lo había visto entrar. Se anunció bien al lado mío, pidiendo permiso
para sentarse.
—Por
favor, no tiene por qué.
Era
un tipo flaquito de nariz afilada, con corbata de moño. Su cara me parecía
conocida, pero no podía ubicarlo. Subió al lado y dijo a Ernest:
—¡Whisky
canadiense, por favor!
En
seguida se volvió hacia mí.
—Disculpe
—dijo—, ¿no nos conocemos? Usted trabaja en el Instituto Internacional, ¿no?
—Sí.
¿Y usted?
Sacó
rápidamente su tarjeta de presentación y me la puso enfrente:
«Aloysius
Maenaught, Agente Plenipotenciario de la Oficina de Emigración» Claro que lo
conocía. Es de los que joden a la gente para que salga de la ciudad. Si tal
como son las cosas apenas queda la mitad de la población inicial de Harmont,
qué pretenderá este tipo, limpiar la ciudad por completo. Aparté la tarjeta con
la uña.
—No,
gracias. No tengo interés. Mi sueño es morir en mi ciudad natal.
—Pero
¿por qué? —gritó él en seguida—. Perdone mi indiscreción, pero ¿qué lo retiene
aquí?
—¿Cómo?
Lindos recuerdos de la infancia. El primer beso en la plaza municipal. Mamita y
papito. Mi primera borrachera, en este mismo bar. La comisaría, tan querida
para mí.
Saqué
un pañuelo muy usado y me sequé los ojos.
—¡No,
no me iría ni por todo el oro del mundo!
Él
se echó a reír, tomó un sorbito del whisky canadiense y respondió pensativo.
—No
entiendo cómo piensan ustedes, los harmonitas. En esta ciudad la vida es dura.
Hay control militar, pocas diversiones. La Zona está a un paso, como si uno
estuviera sentado sobre un volcán. Podría estallar una epidemia en cualquier
momento, o algo peor. Comprendo que los viejos quieran quedarse, pero usted,
¿qué edad tiene usted? ¿Veintidós, veintitrés? ¿No se da cuenta de que la
Oficina es una organización de caridad? No ganamos nada con esto. Lo único que
deseamos es que la gente se vaya de este agujero infernal y vuelva a la
corriente de la vida. Nosotros salimos de garantía para la mudanza, le buscamos
trabajo. En el caso de la gente joven, como usted, le pagamos estudios. No, no
entiendo.
—¿Es
decir que nadie quiere irse?
—No
tanto como nadie. Algunos se están yendo, sobre todo los que tienen familia.
Pero los jóvenes y los ancianos... ¿Qué buscan aquí? Esto es un agujero, un
pueblo de provincia.
Entonces
le contesté como merecía.
—¡Señor
Aloysius Maenaught! Usted tiene toda la razón del mundo, Nuestra pequeña ciudad
es un agujero. Siempre lo ha sido y lo sigue siendo. Pero ahora es un agujero
hacia el futuro. Vamos a pasar tantas cosas por ese agujero a su podrido mundo
que lo cambiaremos por completo. Y cuando obtengamos los conocimientos haremos
ricos a todos, y volaremos a las estrellas, y viajaremos adonde nos plazca. Esa
es la clase de agujero que tenemos aquí.
Me
interrumpí en ese punto porque vi que Ernest me miraba atónito. Me sentí
incómodo; por lo común no me gusta usar palabras ajenas, ni siquiera cuando
estoy de acuerdo con ellas. Además todo eso me salía medio raro. Cuando lo dice
Kirill uno escucha y se olvida de cerrar la boca. Pero por más que yo dijera lo
mismo no me salía igual. Tal vez porque Kirill nunca le pasaba cosas robadas a
Ernest por debajo del mostrador.
Ernie
reaccionó velozmente y se apresuró a servirme seis dedos de combustible, como
para que recuperara la cordura. El narigudo señor Maenaught volvió a sorber su
whisky.
—Claro,
por supuesto. Las pilas inagotables, la panacea azul. Pero señor, ¿de veras
cree que todo será como usted dice?
—Lo
que yo creo no es asunto suyo. Hablaba en nombre de la ciudad. En cuanto a mí:
¿qué tienen ustedes en Europa que yo no haya visto? Se aburren, lo sé bien. Se
rompen el lomo todo el día y miran televisión toda la noche.
—No
es obligatorio que vaya a Europa.
—Todo
es igual, salvo que en la Antártida hace frío.
Lo
más asombroso es que yo creía hasta con la panza todo lo que le estaba
diciendo. Nuestra Zona, esa puta, esa asesina, me era cien veces más querida
que todas las
Europas
y las Áfricas. Y todavía no estaba borracho. Por un instante había imaginado
cómo tendría que volver a casa, arrastrándome, con una manga de cretinos como
yo; cómo me empujarían y me estrujarían en el subte, y lo cansado, lo harto que
estaba de todo.
—¿Y
usted? —preguntó el hombre a Ernest.
—Yo
tengo mi negocio —respondió éste, dándose importancia—. No soy ningún pobretón.
He invertido todo mi dinero en este negocio. Hasta el comandante de la base
viene aquí de vez en cuando; un general, ¿qué le parece? ¿Cómo me voy a ir?
El
señor Aloysius Maenaught trató de ganar algunos puntos citando muchas cifras.
Pero yo no escuchaba. Tomé un buen trago, bien largo saqué un montón de cambio
del bolsillo, me bajé del taburete y cargué la vitrola automática. Hay una
canción allí que se llama «No vuelvas si no estás seguro». Me causa un buen
efecto después de haber estado en la Zona.
La
vitrola aullaba y arrullaba. Me llevé el vaso a un rincón, donde esperaba
igualar viejos cantos con el bandido de un solo brazo, y el tiempo pasó
volando, como un pájaro. Cuando echaba el último centavo en el artefacto
entraron Richard Noonan y Gutalin, para echarse en los brazos hospitalarios del
bar. Gutalin estaba mamado; los ojos se le daban vuelta para todos lados y
buscaba dónde poner el puño. Richard Noonan lo tenía tiernamente por el codo y
lo distraía con chistes. ¡Linda pareja! Gutalin es un mono negro y enorme; las
manos le llegan hasta las rodillas; Dick, en cambio, es una cosita regordete y
rosada, toda sonrisas.
—¡Eh!
—gritó Dick—. ¡Allá está Red! ¡Ven con nosotros!
—¡Biennnn!
—rugió Gutalin—. En esta ciudad hay sólo dos hombres de verdad: ¡Red y yo! Los
demás son todos cerdos o hijos de Satanás. Tú también sirves al demonio, Red,
pero todavía eres humano.
Me
acerqué con mi copa. Gutalin me quitó la chaqueta y me hizo sentar a la mesa.
—¡Siéntate,
Red! Siéntate, sirviente de Satanás. Me gustas. Lloremos por los pecados de la
humanidad. Lloremos, larga y amargamente.
—Lloremos
—dije—. Bebamos las lágrimas del pecado.
—Porque
el día está cerca —anunció Gutalin—. Porque el corcel blanco está ensillado y
su jinete ha puesto el pie en el estribo. Y las plegarias de los que se hayan
vendido a Satanás serán en vano. Sólo los que han resistido a él se salvarán.
Ustedes, hijos del hombre, que fueron seducidos por el diablo, que juegan con
los juguetes del diablo, que desentierran los tesoros de Satanás, a ustedes les
digo: ¡Están ciegos! ¡Despierten, idiotas, despierten antes de que sea
demasiado tarde! ¡Pisoteen esas baratijas del diablo!
Se
interrumpió como si hubiera olvidado lo que seguía. De pronto preguntó, en tono
distinto.
—¿Puedo
tomar un trago aquí? Sabes, Red, me emborraché de nuevo. Me acusaron de
agitador. Les digo: «Despierten, ciegos, están cayendo al abismo y arrastran a
otros también». Pero ellos se ríen, nada más. Por eso le aplasté la nariz al
dueño del negocio. Ahora me van a arrestar. ¿Y por qué?
Dick
se acercó y puso la botella sobre la mesa.
—Hoy
corre por mi cuenta —dije a Ernest.
Dick
me echó una mirada de soslayo.
—Está
dentro de la ley —dije—. Nos estamos tomando el cheque de la bonificación.
—¿Fuiste
a la Zona? —preguntó Dick—. ¿Trajiste algo?
—Un
vacío lleno. Para el altar de la ciencia. ¿Vas a servir o no?
—¡Un
vacío! —repitió Gutalin, lleno de pena—. ¡Arriesgaste la vida por vaya a saber
qué vacío! Has sobrevivido, pero trajiste otro artefacto del demonio al mundo.
¿Cómo sabes, Red, cuánto de pena y de pecado...?
—Calla,
Gutalin —dije severamente—. Bebe y festeja que yo haya vuelto con vida. Por el
éxito, amigos míos.
Dio
buen resultado aquel brindis por el éxito. Gutalin se vino abajo por completo.
Sollozaba, las lágrimas le brotaban como agua de una canilla. Lo conozco bien;
es nada más que una etapa. Solloza y predica que la Zona es una tentación del
diablo. Que no deberíamos sacar nada de allí y que deberíamos poner de nuevo en
ella todo lo que hemos sacado. Y seguir viviendo como si la Zona no existiera.
Dejar al diablo las cosas del diablo. Me gusta; me refiero a Gutalin. Siempre
me gustan los tipos raros. Cuando tiene dinero compra el botín sin regateo, por
el precio que los merodeadores le pidan, y de noche lo lleva a la Zona y lo
entierra. Estaba esperando, pero pronto pararía.
—¿Qué
es un vacío lleno? —preguntó Dick—. Sé qué son los vacíos, a secas, pero es la
primera vez que oigo hablar de uno lleno.
Se
lo expliqué. Él asintió y se lamió los labios.
—Sí,
es muy interesante. Una cosa nueva. ¿Con quién fuiste, con el ruso?
—Sí,
con Kirill y Tender. Lo conoces, ¿no? Es nuestro asistente de laboratorio.
—Te
habrán vuelto loco.
—Nada
de eso, se portaron muy bien. Especialmente Kirill. Es un merodeador nato.
Necesita un poco más de experiencia que le lime el apuro. Con él iría a la Zona
todos los días.
—¿Y
todas las noches? —preguntó, con una mueca de borracho.
—Termínala,
¿quieres? Un chiste es un chiste.
—Un
chiste es un chiste, ya lo sé, pero me puede meter en un montón de problemas.
Te debo uno.
—¿Quién
tiene uno? —preguntó Gutalin, excitado—. ¿Cuál es?
Lo
sujetamos por los brazos y volvimos a sentarlo en su silla. Dick le puso un
cigarrillo en la boca y se lo encendió. Al fin lo calmamos. Mientras tanto iba
entrando más y más gente. El bar estaba lleno; muchas de las mesas se habían
ocupado. Ernest llamó a las muchachas, que empezaron a servir bebidas a los
clientes: cerveza, cócteles, vodka. Noté que había muchas caras nuevas en la
ciudad, últimamente; en su mayoría, jóvenes novatos con bufandas largas y
brillantes que les colgaban hasta el suelo. Se lo mencioné a Dick y él asintió.
—¿Qué
quieres?
—Están
empezando un montón de construcciones. El Instituto va a levantar tres
edificios nuevos. Además piensan cerrar tras un muro toda la Zona, desde el
cementerio hasta el rancho viejo. Ya se acabaron los buenos tiempos para los
merodeadores.
—¿Cuándo
fueron buenos los tiempos para los merodeadores? —observé yo.
Y
pensé: «Caramba, ¿qué novedades son éstas? Parece que ya no voy a poder hacer
un poco de plata extra por ese lado. Tal vez sea para mejor. Menos tentaciones.
Iré a la Zona de día, como un ciudadano decente. No se gana lo mismo, por
supuesto, pero es mucho más seguro. La cabina, el traje especial y todo eso, y
nada de preocuparse por la patrulla. Puedo vivir del sueldo y emborracharme con
las bonificaciones». Pero entonces me sentí verdaderamente deprimido. Otra vez
a juntar centavitos: Esto lo puedo comprar, esto no. Tendría que ahorrar para
comprar a Guta los trapos más baratos, dejar los bares, limitarme a los cines
modestos. El panorama no era nada prometedor. Los días eran grises, y también
las tardes, y también las noches.
Y
mientras yo pensaba así Dick me chillaba en la oreja:
—Anoche,
en el hotel, fui al bar para tomar algo antes de acostarme. Había unos tipos
nuevos. No me gustó nada el aspecto que tenían. Uno se acercó a mí e inició una
conversación con muchas vueltas, sugiriendo que me conocía, que sabe lo que
hago, dónde trabajo, e insinuando que él me pagaría muy bien por varios
servicios.
—Un
pasador de datos —dije.
Eso
no me interesaba mucho. Estaba harto de pasadores de datos y de charlas sobre
trabajitos.
—No,
compañero, no era eso. Escucha. Le seguí la corriente por un rato, con mucho
cuidado, por supuesto. Tiene interés en ciertos objetos que hay en la Zona. De
los importantes; las pilas, las picapicas, las gotitas negras y esas tonterías
no le atraen en absoluto. Se limitó a sugerir indirectamente lo que quiere.
—¿Qué
es?
—Jalea
de brujas, por lo que entendí —respondió Dick, mirándome con expresión extraña.
—Oh,
así que quiere jalea de brujas, ¿eh? Y ya que estamos, ¿no le gustarían algunas
lámparas de la muerte?
—Eso
mismo le pregunté yo.
—¿Y?
—¿Me
creerás si te digo que también quiere?
—¿Ah,
sí? —dije—. Bueno, que vaya a buscarlas, Es una pavada. Los sótanos están
llenos de jalea de brujas. Que agarre un balde y vaya a recoger toda la que
quiera. Es cosa suya.
Dick
no respondió; me miró sin sonreír siquiera. ¿Qué diablos estaba pensando? ¿No
tendría intenciones de contratarme a mí? Y en ese momento se me ocurrió.
—Un
momento —dije—. ¿Quién era ese tipo? Ni siquiera en el Instituto dejan estudiar
la jalea.
—Está
bien —replicó Dick, hablando con lentitud y sin dejar de observarme—. Es en la
investigación donde está el verdadero peligro para la humanidad. ¿Ahora
comprendes quién era ése?
No,
no entendía nada.
—¿Te
refieres a los Visitantes?
Él
rió, me palmeó la mano y dijo:
—¿Por
qué no tomas un trago? ¡Pobre alma simple!
—Por
mi parte, de acuerdo.
Pero
me sentía enojado. Así que los hijos de puta me tienen por idiota, ¿eh?
—Eh,
Gutalin —dije—. ¡Gutalin! ¡Despierta! ¡Bebamos!
Gutalin
estaba profundamente dormido. Su negra mejilla yacía sobre la negra mesa; las
manos le colgaban hasta el suelo. Dick y yo tomamos una copa sin su compañía.
—Ahora
bien —exclamé después—. No sé si soy un alma simple o un alma complicada, pero
te diré lo que puedes hacer con ese tipo. Ya sabes cómo quiero a la policía,
pero lo denunciaría.
—Seguro.
Y entonces la policía te preguntaría por qué ese tipo fue a hablar contigo y no
con cualquier otro. ¿Y?
—No
importa —repuse, sacudiendo la cabeza—. Tú, pedazo de idiota gordinflón, hace
sólo tres años que estás en esta ciudad y nunca fuiste a la Zona. No has visto
la jalea de brujas más que en el cine. Tendrías que verla en la vida real, y
ver lo que hace con los seres humanos. Es algo espantoso; no hay que sacarla de
la Zona. Sabes muy bien que los merodeadores son tipos de agallas, que no piden
más que plata y más plata, pero ni siquiera el finado Zalamero se habría metido
en un asunto de esos. Cuervo Burbridge tampoco aceptaría. No quiero ni pensar
qué clase de tipo puede querer esa jalea de brujas y para qué.
—Bueno,
tienes razón —dijo Dick—. Pero te diré: no me gustaría que cualquier día me
encontraran en la cama, habiendo cometido suicidio. No soy merodeador, pero si
una persona práctica, y me gusta vivir. Hace mucho que lo hago y ya me
acostumbré.
—¡Señor
Noonan! —gritó Ernest desde el mostrador—. ¡Teléfono!
—¡Qué
diablos! —exclamó Dick, enojado—. Debe ser otra vez Contralor de Envíos. Se
encuentran en cualquier parte. Permiso, Red.
Se
levantó para atender el teléfono, mientras yo me quedaba con Gutalin y la
botella; puesto que Gutalin no ayudaba en nada, ataqué la botella por mi
cuenta. Maldita Zona; es imposible escapar de ella. Vaya uno donde vaya, hable
con quien hable, siempre la Zona, la Zona. Para Kirill es fácil hablar de la
paz eterna y de la armonía que vendrá de la Zona. Kirill es un buen tipo, nada
tonto (por el contrario, es inteligente de veras), pero no sabe un bledo de la
vida. Ni siquiera imagina qué clase de malhechores y criminales merodean por la
Zona. Y ahora alguien quiere meter la mano en esa jalea de brujas. Gutalin será
un borrachín y un chiflado por la religión, pero a lo mejor no está tan
desacertado. Tal vez deberíamos dejar al diablo las cosas del diablo y no
tocar.
Uno
de aquellos novatos de bufanda brillante ocupó la silla de Dick.
—¿El
señor Schuhart?
—Sí.
¿Qué hay?
—Me
llamo Creonte. Soy de Malta.
—¿Cómo
andan las cosas por Malta?
—Las
cosas andan muy bien por Malta, pero no es de eso que quería hablarle. Ernest
me dijo que lo viera a usted.
«Ajá»,
pensé. «Ese Ernest es un hijo de puta. No hay una gota de piedad en él. Aquí
está este muchacho: bronceado, limpio, lindo. Todavía no sabe lo que es
afeitarse o besar a una mujer. Pero a Ernest no le importa nada. Lo único que
quiere es mandar más gente a la Zona. Sólo uno de cada tres sale con botín,
pero eso para él es dinero.»
—¿Cómo
anda el viejo Ernest? —pregunté. Él miró hacia el mostrador.
—Tiene
buen aspecto. Me gustaría estar en lugar de él.
—A
mí no. ¿Quiere una copa?
—Gracias,
no bebo.
—¿Un
cigarrillo?
—Perdone,
pero tampoco fumo.
—Maldito
seas. ¿Para qué diablos quieres la plata, entonces? Él se ruborizó y dejó de
sonreír.
—Tal
vez eso sea cosa mía solamente —dijo en voz baja—. ¿No le parece, señor
Schuhart?
—Tienes
toda la razón del mundo.
Me
serví otros cuatro dedos, Ya me estaba zumbando la cabeza y sentía una
agradable pesadez en los miembros. La Zona me había liberado por completo.
—En
este momento estoy completamente borracho —aclaré—. Estoy celebrando, como
puedes ver. Entré en la Zona, salí vivo y además con dinero. Eso no ocurre con
frecuencia; que la gente salga viva, y con dinero menos todavía. Así que
preferiría dejar cualquier asunto serio para más tarde.
Él
se levantó de un salto, pidiendo disculpas. Entonces vi que Dick había
regresado. Estaba de pie junto a la silla. Por la cara que traía me di cuenta
de que pasaba algo feo.
—A
que tus tanques pierden otra vez el vacío.
—Sí
—dijo—. Otra vez.
Se
sentó, se sirvió un trago y volvió a llenar mi vaso. Comprendí que el problema
no tenía ninguna relación con mercaderías en mal estado. En realidad le
importaba un cuerno lo de los envíos: ¡un empleado modelo!
—Bebamos,
Red —dijo, y sin esperarme bajó su vaso de un trago y se sirvió otro—. ¿Sabes
que murió Kirill Panov?
Estaba
tan aturdido que no entendí bien. Alguien había muerto, y qué.
—Bueno,
bebamos por el difunto.
Me
miró abriendo mucho los ojos. Sólo entonces sentí como si se me hubiera roto un
resorte dentro del cuerpo. Recuerdo que me levanté y me apoyé contra la mesa
para mirarlo.
—¿Kirill?
Tenía
la telaraña ante los ojos, la oía crujir al romperse. Y a través del misterioso
ruido de ese crujir oí la voz de Dick, como si viniera de otra habitación.
—Ataque
al corazón. Lo encontraron en la ducha, desnudo. Nadie entiende qué le pasó.
Preguntaron por ti. Les dije que estabas perfectamente.
—¿Qué
quieren entender? Es la Zona.
—Siéntate.
Siéntate y toma algo.
—La
Zona —repetí, sin poder dejar de pronunciar esa palabra—. La Zona, la Zona...
No
veía nada a mi alrededor, salvo la telaraña. Todo el bar estaba preso en la
telaraña, y cuando la gente se movía la telaraña crujía suavemente. El muchacho
maltés estaba de pie en el medio, con cara de sorprendido. No comprendía una
palabra.
—Muchachito
—le dije con suavidad—, ¿cuánto necesitas? ¿Te alcanzaría con mil? Toma, aquí
tienes. ¡Toma!
Le
arrojé el dinero a puñados y empecé a gritar:
—¡Ve
a decirle a Ernest que es un hijo de puta, una porquería! ¡No tengas miedo,
díselo! Porque además es cobarde. Díselo, y después te vas directamente a la
estación y sacas pasaje para Malta. ¡No te detengas en ninguna parte! —No sé
que otra cosa grité. Pero sí recuerdo que terminé ante el mostrador, donde
Ernest me dio un vaso de soda.
—Parece
que hoy tienes dinero —dijo.
—Sí,
tengo un poco.
—¿Por
qué no me haces un préstamo? Mañana tengo que pagar los impuestos.
En
ese momento me di cuenta de que tenía un manojo de billetes en la mano.
—Así
que no acepto —dije, mirando el montón—. Creonte de Malta es un joven
orgulloso, por lo que veo. Bueno, yo no tengo nada que ver con eso. Todo está
en manos del destino.
—¿Qué
te pasa? —dijo mi amigo Ernie—. ¿Tomaste demasiado?
—No,
estoy muy bien —dije—. En perfectas condiciones.
Listo
para las duchas.
—¿Por
qué no te vas a tu casa? Bebiste demasiado.
—Murió
Kirill —le dije.
—¿Qué
Kirill? ¿El manco?
Más
manco serás tú, hijo de puta. Ni con mil como tú se podría hacer un solo hombre
como Kirill. Rata, malnacido, degenerado hijo de puta. Compras y vendes muerte,
eso es. Nos tienes a todos comprados con tu plata. ¿Te gustaría que te hiciera
pedazos el local?
Justo
cuando retrocedo para asestarle uno de los buenos alguien me sujetó y me llevó
a otro lado. Yo no entendía nada ni quería entender. Grité, luché, lancé
puntapiés. Cuando recobré el sentido estaba en el baño, todo mojado, con la
cara a la miseria. Ni siquiera me reconocí al mirarme en el espejo. Se me
contraía la mejilla, cosa que nunca me había pasado. Desde fuera me llegó ruido
de pelea, platos rotos, gritos de mujeres y los rugidos de Gutalin, más
potentes que los de un oso pardo:
—¡Arrepiéntanse,
inútiles! ¿Dónde está Red? ¿Qué le han hecho, simientes del diablo?
Y el
ulular de las sirenas de policía.
En
cuanto las oí, mi cerebro se aclaró como un cristal. Recordé todo, supe todo,
comprendí todo. En el alma no me quedaba más que un odio helado. «¡Muy bien!,
pensé, ¡te daré una fiesta. Ya te mostraré cómo es un merodeador, grandísimo
chupasangre!».
Saqué
un picapica del bolsillo chico. Era nuevito, sin usar. Lo apreté un par de
veces para ponerlo en funcionamiento, abrí la puerta que daba al bar y lo dejé
caer silenciosamente en la escupidera. Después abrí la ventana y salí a la
calle. Me habría gustado quedarme por allí para ver qué pasaba, pero tenía que
irme cuanto antes. Los picapicas me provocan hemorragias nasales.
Mientras
corría por el patio trasero oí que mi picapica funcionaba a toda marcha.
Primero todos los perros del vecindario comenzaron a aullar y a ladrar; los
perros sienten los picapicas antes que los humanos. En seguida alguno de los
que estaban en el bar chilló con tantas ganas que se me taparon los oídos, aun
a esa distancia. No me costó imaginar a esa multitud que se enloquecía allí
dentro: algunos caerían en una profunda depresión, otras saldrían volando y
algunos se dejarían ganar por el pánico. El picapica es algo terrible. Pasará
mucho tiempo antes de que Ernest vuelva a llenar el local. No le costará mucho
adivinar que fue obra mía, por supuesto, pero me importa un rábano. Se acabó.
Red, el merodeador, ya no existe. Estoy harto. Basta de arriesgar mi vida y
enseñar a otros tontos a arriesgar la de ellos. Kirill, compañero, viejo amigo,
estabas equivocado. Lo siento, pero estabas equivocado. Es Gutalin quien tiene
razón. Ése no es sitio para seres humanos. La Zona está maldita.
Salté
por el cerco y tomé rumbo a casa. Me mordía los labios; tenía ganas de llorar,
pero no podía. No veía más que vacuidad, tristeza. Kirill, compañerito, mi
único amigo, ¿cómo pudo ocurrir esto? ¿Cómo me las arreglaré sin ti? Tú me
pintabas imágenes maravillosas de un mundo nuevo y distinto. ¿Y ahora? Alguien,
en la lejana Rusia, llorará por ti, pero yo no puedo. Y todo fue culpa mía.
Mía, mía solamente, porque soy un inútil. ¿Cómo se me ocurrió meterte en ese
garaje sin dejar que acostumbraras los ojos a la oscuridad?
Había
vivido toda mi existencia como un lobo, sin preocuparme más que por mí mismo. Y
de pronto había decidido convertirme en un benefactor, hacerle un pequeño
regalo. ¿Para qué demonios le mencioné ese vacío? Cada vez que lo pensaba
sentía un dolor en la garganta, ganas de aullar. Tal vez lo hice, porque la
gente me evitaba por la calle. Y de pronto las cosas mejoraron: Guta venía
hacia mí. Venía hacia mí, mí preciosa, mi querida, caminando con esos
piececitos hermosos, con la falda balanceándose sobre las rodillas. En cada
puerta había un par de ojos que la seguían, pero ella caminaba en línea recta,
sin mirar a nadie. Me di cuenta entonces de que me estaba buscando.
—Hola
—dije—. Guta, ¿adónde vas?
Apreció
con una sola mirada mi cara aporreada, mi chaqueta empapada, mis manos
lastimadas, pero no dijo una palabra.
—Hola,
Red. Iba a verte.
—Ya
lo sé. Vamos a mi casa.
Se
volvió sin decir nada. Tiene una cabeza preciosa y un cuello largo, como una
yegua joven, orgullosa, pero sumisa ante el amo.
—No
sé, Red. Tal vez no quieras verme más.
Se
me estrujó el corazón. ¿Y eso? Pero hablé tranquilamente:
—No
entiendo adónde quieres llegar, Guta. Perdona, hoy estoy un poco borracho y no
razono bien. ¿Por qué crees que no voy a querer verte más?
La
tomé de la mano y los dos echamos a andar lentamente hacia mi casa. Todos los
que la habían estado mirando se apresuraron a esconderse. Vivo en esa calle
desde que nací y todos conocen muy bien a Red. Y el que no me conoce no tardará
en hacerlo; es algo que se siente.
—Mamá
quiere que me haga un aborto —dijo, de pronto—. Y yo no quiero.
Di
varios pasos más antes de comprender lo que estaba diciendo.
—No
quiero abortar. Quiero tener un hijo tuyo. Puedes hacer lo que quieras, irte al
último rincón del mundo. No te voy a retener.
La
escuché, vi que se iba alterando más y más, mientras yo me sentía cada vez más
aturdido. Eso no tenía pies ni cabeza. En el cerebro me zumbaba un pensamiento
absurdo: un hombre menos, un hombre más.
—Ella
me dice que si tengo un hijo de un merodeador será un monstruo, que eres un
vagabundo, que la criatura y yo no tendremos familia. Que hoy estás libre y
mañana en la cárcel. Pero todo eso no me importa, estoy dispuesta a cualquier
cosa. Puedo arreglarme sola y criarlo hasta que sea hombre: sola. Lo tendré
sola, lo criaré sola y lo educaré sola.
Me
las puedo arreglar sin ti, también, pero no vuelvas a buscarme. No te dejaré
pasar de la puerta.
—Guta,
querida mía —dije—, espera un minuto...
No
pude seguir hablando. Una risa nerviosa, idiota, me crecía dentro, surgía ya.
—Pichoncita
mía, entonces ¿para qué me buscas?
Estaba
riendo como un campesino estúpido mientras ella lloraba contra mi pecho.
—¿Qué
será de nosotros, Red? —preguntó entre sus lágrimas—. ¿Qué será de nosotros?
2.
Redrick Schuhart, veintiocho años, casado, sin ocupación permanente.
Redrick
Schuhart, echado tras una lápida, observaba al patrullero por entre las ramas
del fresno, los reflectores del coche se paseaban por el cementerio; de vez en
cuando le daban en los ojos, haciéndole parpadear y contener el aliento.
Habían
pasado dos horas, pero nada cambiaba en la ruta. El patrullero seguía
estacionado en el mismo lugar, con el motor en marcha, revisando con sus tres
reflectores las tumbas en decadencia, las cruces torcidas y herrumbradas, los
fresnos demasiado crecidos y sin podar, y la parte alta del muro de tres metros
de ancho, que terminaba allí, a la izquierda.
La
patrulla de la costa tenía miedo a la Zona. Ni siquiera bajaban del coche.
Cerca del cementerio el miedo era tan grande que no se atrevían a disparar.
Redrick los oía hablar en voz baja de tanto en tanto; a veces, alguna colilla
volaba desde los vidrios del coche para rodar por la ruta, resbalando,
esparciendo débiles chispas rojas. Todo estaba muy húmedo; había llovido poco
antes, y aquel frío malsano se le filtraba por el mameluco impermeable.
Redrick
soltó la rama con cuidado, volvió la cabeza y prestó atención. Hacia la
izquierda (en algún sitio no demasiado alejado, pero tampoco demasiado cerca)
había otra persona. Oyó crujir las hojas una vez más, y la tierra que cedía; al
fin se oyó el golpe seco de algo duro y pesado al caer. Redrick empezó a
arrastrarse hacia atrás, con mucha prudencia y sin volver la cabeza, aferrado
al pasto húmedo. El rayo luminoso le pasó por sobre la cabeza. Él permaneció un
instante quieto como una estatua, siguiéndolo en su silencioso paseo. Entre las
cruces le pareció ver a un hombre de negro, sentado sin moverse en una de las
tumbas. Estaba apoyado sin disimular contra un obelisco de mármol y volvía
hacia Redrick la cara blanca, las cuencas negras y hundidas. No lo había visto
con claridad, pues apenas fue un segundo, pero tenía todos los detalles
archivados en la imaginación.
Se
arrastró unos pasos más y buscó la petaca que tenía en la chaqueta. La sacó;
apoyó el metal caliente contra la mejilla durante un rato. Después, aún
aferrado a la petaca, siguió reptando. Dejó de escuchar y miró a su alrededor.
En
la pared había una abertura. Allí estaba Burbridge, con un agujero de bala en
el impermeable a rayas de color gris plomo. Todavía seguía de espaldas,
tironeando del cuello de su tricota con las dos manos y gimiendo de dolor.
Redrick se sentó junto a él y desenroscó la tapa de la petaca. Levantó con
cuidado la cabeza a su compañero, sintiendo en la palma la calva caliente,
sudorosa, pegajosa, y le llevó el pico a los labios. Estaba oscuro, pero los
débiles rayos de los reflectores le permitieron ver los ojos dilatados y
vidriosos de Burbridge, la oscura barba de pocos días que le cubría las
mejillas. Burbridge bebió ávidamente varios tragos; en seguida tendió una mano
nerviosa para palpar el saco donde tenía el botín.
—Volviste...
Red... Buen compañero. No eres capaz de abandonar a un viejo para que muera.
Redrick
echó la cabeza atrás y tomó un trago largo.
—Todavía
está allí, como si estuviera clavado a la ruta.
—No
es casualidad. Alguien pasó el dato. Nos estaba esperando.
Hablaba
con grandes esfuerzos, en un solo aliento.
—Puede
ser —respondió Redrick—. ¿Quieres otro trago?
—No.
Por ahora basta. No me abandones. Si no me abandonas no moriré. No tendrás que
arrepentirte. ¿Verdad que no me abandonarás, Red?
Redrick
no respondió. Estaba mirando hacia la carretera, hacia los destellos de luz.
Desde allí veía el obelisco de mármol, pero no si él estaba sentado allí o no.
—Oye,
Red, no estoy diciendo tonterías. No te arrepentirás. ¿Sabes por qué vive
todavía el viejo Burbridge? ¿Lo sabes? Bob el Gorila reventó. Faraón el
Banquero estiró la pata, y qué merodeador era, pero murió. Zalamero también. Y
Norman el Cuatro-Ojos, y Culligan, y Pedro el Roña. Todos. Soy el único que
sigue vivo. ¿Y por qué? ¿Lo sabes?
—Siempre
fuiste una rata —dijo Red, sin quitar los ojos de la carretera—. Un hijo de
puta.
—Una
rata, es cierto. Si no lo eres, no pasas adelante. Pero todos lo eran. Faraón,
Zalamero... Sin embargo soy el único que queda. ¿Sabes por qué?
—Sí,
lo sé —dijo Red, para acabar con la charla.
—Mientes.
No lo sabes. ¿Has oído hablar de la Bola Dorada?
—Sí.
—¿Crees
que se trata de un cuento de hadas?
—Será
mejor que calles. Ahorra fuerzas.
—Estoy
bien. Tú me sacarás de aquí. Hemos ido a la Zona tantas veces... ¿Serías capaz
de abandonarme? Te conocí cuando... Eras tan chiquito... Tu padre...
Redrick
no respondió. Hubiera dado cualquier cosa por fumar un cigarrillo. Sacó uno,
rompió el tabaco entre las manos y lo olfateó. No sirvió de nada.
—Tienes
que sacarme de aquí. Me quemé por causa tuya. Fuiste tú el que no quiso traer
al maltés.
El
maltés ardía por ir con ellos. Los había tentado toda la tarde, ofreciéndoles
un buen porcentaje, jurando que conseguiría un traje especial. Burbridge, que
estaba sentado junto a él, seguía guiñando el ojo a Red bajo su mano curtida:
«Llevémoslo, no nos irá mal». Tal vez fue por eso que Red se negó.
—Te
pasó eso por ambicioso —dijo fríamente Red—, Yo no tengo nada que ver. Será
mejor que te quedes quieto.
Por
un rato Burbridge se limitó a gemir. Volvió a meterse los dedos por el cuello
de la tricota, echando la cabeza hacia atrás.
—Puedes
quedarte con todo el botín —jadeó—. Pero no me abandones.
Redrick
miró su reloj. No faltaba mucho para el alba, y el patrullero no se iba. Los
reflectores seguían buscando entre los arbustos, y ellos habían dejado el jeep
camuflado muy cerca de donde estaba el patrullero; lo encontrarían en cualquier
momento.
—La
Bola Dorada —dijo Burbridge—. La hallé. Se contaban tantas leyendas sobre ella.
Yo mismo inventé unas cuantas. Que te concedía cualquier deseo... ¡Ja,
cualquier deseo! Si eso fuera cierto yo no estaría aquí. Estaría dándome la
gran vida en Europa, nadando en plata.
Redrick
bajó la vista hacia él. Ante aquella luz azulada y parpadeante, la cara de
Burbridge, vuelta hacia arriba, parecía la de un muerto, pero sus ojos
vidriosos estaban fijos en Redrick.
—Juventud
eterna, qué diablos la iba a conseguir. Plata, eso menos, qué diablos. Pero
conseguí salud. Y buenos hijos. Y estoy vivo. Ni siquiera imaginas en qué
lugares he estado, pero todavía estoy vivo.
Se
lamió los labios y prosiguió:
—Sólo
pido una cosa: seguir vivo. Y tener salud. Y los hijos.
—¿Quieres
callarte? —dijo Redrick, al fin—. Pareces una mujer. Si puedo te sacaré de
aquí. Lo siento por tu Dina. Tendrá que hacer la calle.
—Dina
—susurró ásperamente el viejo—. Mi pequeña. Mi preciosa. Están malcriados, Red.
Nunca les negué nada. Se verán perdidos. Arthur, mi Artie. Tú lo conoces, Red.
¿Alguna vez viste un muchacho como él?
—Ya
te lo dije: si puedo te salvaré.
—No
—replicó Burbridge, tercamente—. Me sacarás de aquí sea como sea. La Bola
Dorada. ¿Quieres que te diga dónde está?
—Dale.
Burbridge
gimió y movió el cuerpo.
—Mis
piernas... Fíjate cómo están.
Redrick
alargó una mano y la deslizó por la pierna, por debajo de la rodilla.
—Los
huesos... —gimió el herido—. ¿Todavía hay huesos allí?
—Hay
huesos. Deja de meter bulla.
—Estás
mintiendo. ¿Para qué mentir? ¿Crees que no lo sé, que nunca he visto nada de
esto?
En
realidad no tocaba más que la rótula. Por debajo, hasta el tobillo, la pierna
era como un palo de goma. Se podían haber hecho nudos con ella.
—Las
rodillas están enteras —dijo Red.
—Seguro
que mientes —dijo tristemente Burbridge.
—Bueno,
está bien. Tú sácame de aquí, nada más. Te daré todo. La Bola Dorada. Te
dibujaré un mapa. Con todas las trampas. Te contaré todo.
Prometió
muchas otras cosas, pero Redrick no le prestaba atención. Estaba mirando hacia
la carretera. Los reflectores habían dejado de recorrer las matas. Estaban
paralizados. Todos convergían sobre aquel obelisco. En la neblina azul
brillante, Redrick vio que la silueta negra y encorvada se paseaba por entre
las cruces; parecía moverse a ciegas, directamente hacia los focos. Redrick lo
vio chocar contra una cruz enorme, tambalearse, volver a caer contra la cruz y
finalmente caminar alrededor de ella para continuar la marcha, con los brazos
extendidos hacia adelante y los dedos estirados, abiertos. De pronto
desapareció como si lo hubiera tragado la tierra; pocos instantes después
reapareció hacia la derecha, algo más lejos; caminaba con una terquedad inhumana
y estrafalaria, como un juguete al que le hubieran dado cuerda.
De
pronto las luces se apagaron. Chirrió la transmisión, rugió el motor; entre las
matas aparecieron las luces de señales, azules y rojas. El patrullero salió
disparado, acelerando salvajemente rumbo a la ciudad, y desapareció tras el
muro.
Redrick
tragó saliva y bajó la cremallera de su mameluco.
—Se
han ido —murmuró Burbridge, febril—. Red, vámonos, pronto.
Giró
sobre sí, buscando a tientas su bolsa, y trató de levantarse.
—Vamos,
¿qué esperas?
Redrick
seguía mirando hacia la ruta. Estaba a oscuras y ya no se veía nada, pero él
merodeaba todavía por ahí, seguramente, como un autómata, tropezando, cayendo,
golpeándose contra las cruces o enredándose en los matorrales.
—Bueno
—dijo Red en voz alta—, vamos.
Levantó
a Burbridge, que se le colgó del cuello con la mano izquierda. Redrick,
imposibilitado de erguirse, se arrastró en cuatro patas, llevándolo sobre la
espalda; así pasó por la grieta de la pared, agarrándose del pasto mojado.
—Vamos,
vamos —susurró ásperamente Burbridge—. No te preocupes: yo tengo el botín y no
lo soltaré. ¡Anda!
El
sendero le era conocido, pero el pasto mojado lo hacía resbaloso y las ramas de
los fresnos le azotaban la cara; aquel viejo robusto era insoportablemente
pesado, como un cadáver; la bolsa del botín hacía ruido y se enganchaba en
todas partes; además Red tenía miedo de encontrarse con él, que podía estar en
cualquier lugar, en medio de aquella oscuridad.
Cuando
salieron a la carretera todavía estaba oscuro, pero ya se presentía el alba. En
los bosquecillos, del otro lado de la ruta, los pájaros comenzaban a piar,
inseguros y soñolientos, la penumbra nocturna estaba tomando un tono azul sobre
las casas negras de los suburbios distantes. Desde allí venía una brisa húmeda
y fría. Redrick dejó a Burbridge en el recodo de la ruta y cruzó el pavimento
como una gran araña negra. No tardó en hallar el jeep; apartó las ramas que
cubrían los paragolpes y la capota, y condujo hacia el asfalto sin encender las
luces. Allí estaba Burbridge, con la bolsa en una mano, tocándose las piernas
con la otra.
—¡Apúrate!
Apúrate, las rodillas, todavía tengo rodillas. ¡Si al menos pudiera salvar las
rodillas!
Redrick
lo levantó y lo arrojó por sobre su costado, hacia el asiento trasero.
Burbridge aterrizó allí con un gruñido, pero sin soltar la bolsa. Redrick
recogió el impermeable de rayas grises y lo cubrió con él. Burbridge logró
incluso quitarse el saco.
Red
sacó una linterna y revisó el recodo en busca de huellas. No había muchas. El
jeep había aplastado algunos pastos altos al salir a la carretera, pero la
hierba se volvería a erguir en un par de horas. Había una enorme cantidad de
colillas en torno al sitio que ocupara un rato antes el patrullero. Al verlas,
Redrick recordó que tenía ganas de fumar. Encendió un cigarrillo, aunque más
aun deseaba salir de allí lo antes posible. Pero todavía no podría hacerlo. Era
necesario actuar lentamente y a conciencia.
—¿Qué
pasa? —gimió Burbridge desde el auto—. Todavía no volcaste el agua y los
aparejos de pesca están secos. ¿Qué espera? ¡Vamos, esconde el botín!
—¡Cállate!
¡No me molestes! Iremos hacia los suburbios del sur.
—¿Qué
suburbios? ¿Estás loco? ¡Me arruinarás las rodillas, hijo de puta! ¡Las
rodillas!
Redrick
dio una última chupada y guardó la colilla en la caja de fósforos.
—No
seas idiota, Cuervo. No podemos pasar directamente por la ciudad. Hay tres
calles bloqueadas. Nos detendrán por lo menos una vez.
—¿Y
qué?
—En
cuanto te vean los pies se acabó la juerga.
—¿Qué
hay con mis pies? Estuvimos pescando. Me lastimé las piernas, eso es todo.
—¿Y
si te las palpan?
—Que
las palpen. Gritaré tanto que no volverán a palpar, una pierna en su vida.
Pero
Redrick ya estaba decidido. Levantó el asiento del conductor, con la linterna
encendida; abrió un compartimiento secreto y dijo:
—A
ver, dame eso.
El
tanque de nafta que tenían bajo el asiento era falso. Redrick tomó la bolsa y
la puso dentro, prestando atención a los tintineos que se oían en ella.
—No
quiero correr ningún riesgo —murmuró—. No tengo derecho.
Volvió
a poner la tapa, la cubrió con basuras y trapos y colocó nuevamente el asiento.
Burbridge gemía, gruñía, le suplicaba que se apurara y le prometía la Bola
Dorada. Agitándose en el asiento, miraba ansiosamente los rayos de luz, cada
vez más intensos. Redrick no le prestó atención; abrió la bolsa plástica llena
de agua, que contenía un pez, y volcó el agua sobre los aparejos de pesca; en
cuanto al agitado pez, lo echó en el canasto. Después dobló la bolsa de
plástico y se la guardó en el bolsillo. Ya estaba todo en orden: dos pescadores
que volvían de una salida no muy provechosa. Se instaló al volante y puso el
motor en marcha.
No
encendió las luces hasta no llegar a la curva. Hacia la izquierda se extendía
aquel muro de tres metros de ancho, bordeando la Zona; hacia la derecha, de vez
en cuando, alguna cabaña abandonada, con las ventanas claveteadas y la pintura
saltada. Redrick veía bien en la oscuridad; además, de cualquier modo, ya no
estaba tan oscuro, y por otra parte él sabía que vendría. Así que cuando vio
aquella silueta encorvada delante del auto, caminando a paso rítmico, ni
siquiera aminoró la marcha. Se encorvó sobre el volante. Él caminaba por el
medio de la ruta; como todos los de su especie, se dirigía hacia la ciudad.
Redrick lo dejó a la izquierda y aceleró.
—¡Madre
Santa! —murmuró Burbridge desde el asiento trasero—. Red, ¿viste eso?
—Sí.
—¡Dios!
¡Justo lo que nos faltaba!
Y de
pronto Burbridge empezó a rezar en voz alta.
—¡Cállate!
—le gritó Redrick.
La
curva tenía que estar allí, muy cerca. Redrick aminoró la marcha, buscando
entre la hilera de casas decadentes y entre los cercos de la derecha. La vieja
cabaña del transformador, la pértiga con los soportes, el puente podrido sobre
la alcantarilla. Redrick hizo girar el volante. El coche viró con una sacudida.
—¿Adónde
vas? —gimió Burbridge—. ¡Me vas a arruinar las piernas, hijo de puta!
Redrick
se volvió por un segundo y le asestó una bofetada en la cara barbuda.
Burbridge, con un balbuceo, optó por guardar silencio. El coche se sacudía
mucho; las ruedas resbalaban en el barro fresco dejado por la lluvia de esa
noche.
Redrick
encendió las luces; los rayos blancos y bamboleantes iluminaron viejos senderos
invadidos por la lluvia, grandes charcos, cercos podridos e inclinados.
Burbridge lloraba, sollozaba, sorbía. Ya no prometía nada más. Se quejaba y
amenazaba, pero en voz muy baja y nada clara; Redrick no comprendía más que
unas pocas palabras sueltas. Algo sobre piernas, rodillas y su querido Artie.
Al fin calló.
La
aldea se extendía a lo largo del borde occidental de la ciudad. En otros
tiempos había allí casas de verano, jardines, huertas y las mansiones de verano
pertenecientes a los fundadores de la ciudad y a los directores de la planta.
Terrenos verdes y agradables, con pequeños lagos y limpias playas de arena,
bosquecillos de abedules y estanques llenos de carpas. El hedor y la
contaminación de la planta nunca llegaban a ese verde claro... y tampoco el
agua corriente ni el sistema cloacal de la ciudad. Pero ahora estaba todo
abandonado. Sólo una de las casas ante las cuales pasaron estaba habitada; en
la ventana se veía una luz amarilla a través de las cortinas corridas, en la
soga había ropa mojada por la lluvia y un perro enorme se precipitó
furiosamente contra el vehículo, para perseguirlo a través del barro que
lanzaban las ruedas.
Redrick
condujo con cuidado por un viejo puente desvencijado. Cuando tuvo a la vista la
entrada a la Autopista del Oeste detuvo el coche y apagó el motor. Después se
bajó para caminar hasta la ruta sin mirar a Burbridge, con las manos metidas en
los bolsillos húmedos del mameluco. Ya estaba claro. Todo, a su alrededor,
seguía húmedo, silencioso y soñoliento. Observó la ruta por entre los arbustos
del costado. Desde ese punto se veía claramente el puesto de policía: una
pequeña casa rodante con tres ventanas iluminadas. El patrullero estaba
estacionado junto a ella, vacío. Redrick siguió observando por un rato. No se
veía actividad en el puesto de policía; los vigilantes quizás habían sentido
frío y cansancio durante la noche y se estaban calentando en la casa rodante,
soñando sobre los cigarrillos que les colgaban del labio inferior. «Qué
esfuerzos» dijo Redrick, suavemente. Buscó la manopla de bronce que tenía en el
bolsillo y deslizó los dedos en los anillos, apretando el metal frío en el
puño; acurrucado aún para protegerse del aire helado, con las manos en los
bolsillos, retrocedió. El jeep, ligeramente desviado hacia un lado, había
quedado entre los arbustos; era un sitio silencioso y oculto. Tal vez nadie
había estado por allí en los últimos diez años.
Cuando
Redrick llegó hasta el vehículo, Burbridge se incorporó para mirarlo,
boquiabierto. Parecía más viejo. aún, arrugado, calvo, sin afeitar y con los
dientes carcomidos. Se miraron mutuamente en silencio; al cabo Burbridge dijo
claramente:
—El
mapa... todas las trampas, todas... La hallarás: no tendrás por qué
arrepentirte.
Redrick
lo escuchó sin moverse. Al fin aflojó los dedos y dejó que la manopla de bronce
cayera en su bolsillo.
—Bueno.
Te limitarás a quedarte allí acostado, como si estuvieras sin conocimiento.
¿Entendido? Gime y no dejes que te toquen.
Se
instaló tras el volante y puso el jeep en marcha.
Todo
salió bien. Nadie salió de la casa rodante para detenerlos; pasaron lentamente,
obedeciendo todas las indicaciones de tránsito y haciendo las señales debidas.
Después Redrick aceleró y puso rumbo al centro por la parte sur. Eran las seis
de la mañana. Las calles estaban vacías; el pavimento, mojado y brillante,
negro; los semáforos parpadeaban solitarios e inútiles en las intersecciones.
Pasaron junto a la panadería, de ventanas altas y bien iluminadas; Redrick se
sintió envuelto en una ola de olor a pan recién horneado, cálido,
increíblemente delicioso.
—Estoy
muerto de hambre —dijo Redrick, mientras estiraba los músculos entumecidos,
apretando las manos contra el volante.
—¿Qué?
—preguntó Burbridge, asustado.
—Dije
que estoy muerto de hambre. ¿Adónde vamos? ¿A casa o directamente al Matasanos?
—Al
Matasanos, y pronto —vociferó Burbridge, inclinándose hacia adelante y lanzando
su aliento caliente contra el cuello de Redrick—. Derecho a la casa de él.
¡Vamos! Todavía me debe setecientos. ¿Vas a manejar más rápido o no? Pareces
una tortuga.
Impotente,
enojado, se lanzó en una serie de insultos, jadeos y protestas, para acabar con
un ataque de tos. Redrick no contestó; no tenía tiempo ni fuerzas para
tranquilizar a Cuervo, pues iba a toda velocidad. Quería terminar lo antes
posible y dormir por lo menos una hora antes de acudir a la cita en el
Metropole. Viró en la calle 17, siguió dos cuadras y estacionó frente a una
casa particular de dos plantas, de color gris.
Fue
el mismo Matasanos quien abrió la puerta. Acababa de levantarse e iba camino al
baño, vestido con una lujosa bata de flecos dorados; llevaba en un vaso los
dientes postizos; tenía el pelo despeinado y grandes círculos oscuros bajo los
ojos.
—¡Ah,
Red! ¿Cómo estás?
—Ponte
los dientes y vamos.
—Ajá.
Le
señaló la sala de espera con un gesto de la cabeza y salió corriendo hacia el
baño, chancleteando con sus pantuflas persas. Desde allí preguntó:
—¿Quién
fue?
—Burbridge.
—¿Qué
tiene?
—Las...
piernas.
Redrick
oyó correr el agua; hubo resoplidos, chapoteos; algo cayó y rodó por el piso de
mosaicos del baño. Se dejó caer en un sillón, exhausto, y encendió un
cigarrillo. La sala de espera parecía muy agradable. El Matasanos no escatimaba
en gastos; era un cirujano muy competente y promocionado, con mucha influencia
en los círculos médicos, tanto de la ciudad como del Estado. Si se había
mezclado con los merodeadores, no era por el dinero, naturalmente, sino por los
diversos tipos de objetos robados en la Zona que utilizaba en sus
investigaciones. Obtenía nuevos conocimientos en el estudio de los merodeadores
accidentales y de las diversas enfermedades, mutilaciones y traumas del cuerpo
humano desconocidos hasta entonces. Además ganaba gloria y fama como único
médico del planeta especializado en afecciones no humanas. Por otra parte no le
hacía asco al dinero, y en grandes cantidades menos todavía.
—¿Qué
es lo que le pasa en las piernas, específicamente? —preguntó, saliendo del bajo
con un toallón al cuello, con una esquina del cual se secaba cuidadosamente los
sensibles dedos.
—Cayó
en la jalea.
El
Matasanos soltó un silbido.
—Bueno,
se acabó Burbridge. Qué pena; era un merodeador famoso.
—No
importa —observó Redrick, recostándose en el sillón—, le harás piernas
artificiales y con ellas podrá volver a la Zona.
—De
acuerdo.
El
Matasanos puso cara de profesional dedicado a lo suyo y agregó:
—Un
momento, voy a vestirme.
Mientras
se vestía hizo un llamado, probablemente a su clínica para que prepararan todo
a fin de operar. Entre tanto, Redrick seguía inmóvil en la silla, fumando. Sólo
se movió una vez, para sacar su petaca. Bebió pequeños sorbos, porque sólo
quedaba un poquito en el fondo. Trató de no pensar en nada, de esperar,
simplemente.
Después
fueron hasta el coche; Redrick ocupó el asiento del conductor y el Matasanos se
sentó junto a él. Inmediatamente se inclinó hacia el asiento trasero para
palpar las piernas de Burbridge. Éste, sumiso e intimidado, murmuró
patéticamente, prometiendo cubrirlo de oro, hablando una y otra vez de su
difunta esposa y de sus hijos, rogándole que le salvara por lo menos las
rodillas.
Cuando
llegaron a la clínica el Matasanos estalló en maldiciones al ver que no había
enfermeros esperándolos a la entrada; saltó del coche antes de que éste se
detuviera y corrió hacia el interior. Redrick encendió otro cigarrillo.
Burbridge habló súbitamente, con claridad y calma, en completa calma, al fin,
según parecía:
—Quisiste
matarme. No lo olvidaré.
—Pero
no te maté —replicó Redrick.
—No,
no me mataste.
Hubo
una pausa. Al cabo Burbridge agregó:
—Eso
también lo recordaré.
—Ajá.
Claro, tú no habrías tratado de matarme —observó Red, volviéndose para
mirarlo—. Me habrías abandonado allí, sin más. Me habrías dejado en la Zona. Me
habrías tirado al agua, como a Cuatro-Ojos.
El
viejo movía nerviosamente los labios. Al fin dijo, sombrío:
—Cuatro-Ojos
se mató solo. Yo no tuve nada que ver con eso.
—Hijo
de puta —repuso Redrick tranquilamente, dándole la espalda—. Grandísimo hijo de
puta.
Los
enfermeros, soñolientos y arrugados, corrieron hacia la entrada, desplegando la
camilla por el trayecto. Redrick se desperezó y bostezó, mientras ellos
extraían trabajosamente a Burbridge del asiento trasero y lo tendían en la
camilla.
El
viejo se mantuvo inmóvil, con las manos unidas sobre el pecho, mirando al cielo
con resignación. Sus enormes pies, cruelmente carcomidos por la jalea, estaban
vueltos hacia afuera de un modo extraño. Era el último de los viejos
merodeadores que habían comenzado a buscar tesoros inmediatamente después de la
Visitación, cuando la Zona no se llamaba todavía Zona, cuando no había
institutos, ni muros, ni fuerzas de las Naciones Unidas, cuando la ciudad
estaba petrificada por el terror y el mundo disfrutaba secretamente de las
mentiras inventadas por los periódicos. En aquella época Redrick tenía sólo
diez años; Burbridge era aún fuerte y ágil; le gustaba beber cuando pagaba
otro, alborotar, arrinconar a las muchachas desprevenidas. No se interesaba en
absoluto por sus propios hijos; aun entonces era un lindo hijo de puta; cuando
estaba borracho castigaba a su mujer, con repugnante placer, ruidosamente, para
que todos lo supieran. Y siguió pegándole hasta que ella murió.
Redrick
dio la vuelta con el coche y voló hacia su casa, sin prestar atención a los
semáforos, virando en las esquinas en ángulos cerrados y alertando con la
bocina a los pocos peatones que encontraba. Estacionó frente al garaje. Al
salir vio que el encargado se acercaba a él desde el parquecito; el tipo estaba
medio indispuesto como de costumbre, y su cara fruncida, sus ojos hinchados,
expresaban un profundo disgusto, como si no caminara sobre el suelo, sino sobre
estiércol líquido.
—Buenos
días —dijo cortésmente Redrick.
El
encargado se detuvo a medio metro de él, apuntando el pulgar hacia atrás por
sobre el hombro.
—¿Eso
es obra suya? —preguntó.
Sin
duda eran las primeras palabras que pronunciaba en el día.
—¿De
qué me habla?
—De
las hamacas. ¿Fue usted el que las colgó?
—Sí.
—¿Para
qué?
Redrick,
sin responder, fue a abrir la puerta del garaje. El encargado lo siguió.
—Le
pregunté por qué colgó esas hamacas. ¿Quién se lo pidió?
—Mi
hija —respondió él, tranquilamente, mientras hacía correr la puerta hacia
atrás.
—No
le estoy preguntando por su hija —exclamó el otro, alzando la voz—. Ésa es otra
cuestión. Le pregunto quién le dio permiso. Quién le dejó adueñarse del parque.
Redrick
se volvió hacia él y le miró fijamente el puente de la nariz, pálido y surcado
de venas ramificadas. El encargado dio un paso atrás y dijo, más aplacado:
—Además
no ha pintado la terraza, Cuántas veces tengo que decirle que...
—No
me moleste. No pienso mudarme.
Volvió
a subir al jeep y puso el motor en marcha. Al tomar el volante vio que tenía
los nudillos muy blancos. Entonces se asomó por la ventanilla y dijo, ya sin
poder dominarse:
—Pero
si me obligan a mudarme será mejor que rece, miserable.
Metió
el coche en el garaje, encendió la luz y cerró la puerta. Después sacó el botín
del tanque falso, acomodó el vehículo, puso la bolsa en un viejo cesto de
mimbre, puso arriba de todo el aparejo de pesca, todavía húmedo y cubierto de
pasto y hojas, y finalmente agregó el pescado que Burbridge había comprado por
la noche en un negocio de los suburbios. Finalmente volvió a revisar el auto.
Por pura costumbre. Una colilla aplastada se había pegado al paragolpes
trasero, hacia la derecha. Redrick la quitó; era de cigarrillos suecos. Después
de pensarlo un momento la guardó en la caja de fósforos. Ya tenía tres colillas
allí.
No
encontró a nadie al subir las escaleras. Se detuvo ante su puerta, pero ésta se
abrió de par en par sin darle tiempo a sacar las llaves. Entró de costado,
sujetando el pesado cesto bajo el brazo, y se sumergió en la calidez, en los
olores familiares del hogar. Guta le echó los brazos al cuello y se quedó
inmóvil, con la cara apoyada contra su pecho. Redrick sintió que el corazón de
su mujer palpitaba locamente, aun a través del mameluco y de la camisa gruesa.
No la apresuró; esperó, pacientemente, a que ella se calmara, aunque por
primera vez se daba cuenta de lo cansado que estaba.
—Bueno
—dijo ella al rato, con voz baja y ronca.
Lo
soltó y fue a la cocina, encendiendo al pasar la luz de la entrada.
—En
un minuto te prepararé el café —dijo desde adentro.
—Traje
un poco de pescado —replicó él, fingiendo un tono liviano y alegre—. ¿Por qué
no lo fríes? Estoy muerto de hambre.
Ella
volvió, con la cara oculta tras el pelo suelto. Redrick dejó el canasto en el
suelo, la ayudó a sacar la red con el pescado y llevarla hasta la cocina, para
echar el pescado en la pileta.
—Ve
a lavarte —dijo Guta—. Cuando termines el pescado ya estará listo.
—¿Cómo
está Monita? —pregunta él, quitándose las botas.
—Se
pasó la tarde parloteando. Apenas conseguí acostarla. No deja de preguntar
dónde está papá, dónde está papá. No puede vivir sin su papá.
Se
movía con celeridad y gracia por la cocina, fuerte y silenciosa. Hervía el agua
en la cacerola, sobre el fuego, y las escamas volaban bajo el cuchillo; la
manteca chirriaba ya en la cacerola grande; el aire estaba impregnado con el
regocijante aroma del café recién preparado.
Redrick
caminó descalzo hasta el vestíbulo y recogió el canasto para llevarlo a la
despensa. Después miró hacia el dormitorio. Monita dormía pacíficamente, con la
sábana arrugada colgando hasta el suelo y el camisón enroscado. Era tibia y
suave como un animalito que respiraba profundamente. Redrick no pudo resistir
la tentación de acariciarle la espalda cubierta de cálido pelaje dorado; por
milésima vez se maravilló ante el espesor y la suavidad de aquella piel. Habría
querido levantarla, pero tenía miedo de despertarla; además estaba
asquerosamente sucio, empapado de muerte, de Zona. Volvió a la cocina y se
sentó a la mesa.
—Sírveme
una taza de café. Me lavaré después.
Sobre
la mesa estaba la correspondencia de la tarde: «La Gaceta de Harmont»,
«Deportes», «Playboy» (de revistas había una verdadera pila), y el grueso
volumen de tapas grises: los «Informes del Instituto Internacional de Culturas
Extraterrestres», número 56. Redrick tomó la jarrita de café humeante que le
tendía Guta y tomó los Informes. Marcas y símbolos, una especie de cianotipos y
fotografías de objetos conocidos, tomadas desde ángulos raros. Otro artículo
póstumo de Kirill: «Una inesperada propiedad de la Trampa Magnética Tipo 77B».
El apellido Panov estaba recuadrado en negro; debajo, en letras muy pequeñas,
decía: Doctor Kirill A. Panov, URSS, trágicamente fallecido durante un
experimento, en abril de 19.. Redrick arrojó el diario a un lado, sorbió un
poco de café, quemándose la boca, y preguntó:
—¿Vino
alguien?
Hubo
una ligera pausa. Guta estaba de pie ante la cocina.
—Estuvo
Gutalin —respondió finalmente—. Vino borracho como una cuba; lo desperté un
poco.
—¿Y
Monita?
—No
quería dejarlo ir, por supuesto. Empezó a gritar. Pero le dije que el tío
Gutalin no se sentía muy bien, entonces me dijo: «Gutalin está otra vez todo
roto».
Redrick
se echó a reír y tomó otro sorbo. Después preguntó otra cosa.
—¿Y
los vecinos?
Guta
volvió a vacilar antes de responder.
—Como
siempre —dijo.
—Bueno,
no me cuentes.
—¡Bah!
—exclamó ella, agitando la mano en señal de disgusto—. La mujer de abajo me
golpeó la puerta, anoche. Tenía los ojos desorbitados; tartamudeaba del enojo,
qué por que serruchamos en el baño en medio de la noche.
—Esa
vieja puta peligrosa —dijo Redrick, entre dientes—. Oye, ¿no sería mejor que
nos mudáramos? ¿Que compráramos una casa en el campo, donde no haya nadie,
alguna cabaña vieja, abandonada?
—¿Y
Monita?
—Dios
mío, ¿no crees que nosotros dos nos bastaríamos para hacerla feliz?
Guta
meneó la cabeza.
—A
ella le encantan los chicos. Y los chicos la adoran. No es culpa de ellos
que...
—No,
no es culpa de ellos.
—No
vale la pena hablar de eso. Alguien te llamó. No dejó mensaje. Le dije que
habías salido a pescar. —Redrick dejó la jarrita y se levantó.
—Okey.
Me voy a bañar. Tengo un montón de cosas que hacer.
Se
encerró en el baño, arrojó las ropas al balde y colocó en el estante las
manoplas de bronce, el resto de las tuercas y los tornillos y los cigarrillos.
Pasó largo rato girando bajo el agua hirviente, frotándose el cuerpo con una
esponja áspera hasta que le quedó rojo brillante. Después cerró la ducha y se
sentó en el borde de la bañera, fumando. Las cañerías borboteaban; Guta hacía
ruido de platos en la cocina. En seguida se sintió olor a pescado frito. Guta
llamó a la puerta; le traía ropa interior limpia.
—Apúrate
—indicó—. El pescado se está enfriando.
Ya
había vuelto a su estado normal... y a sus modales autoritarios. Redrick rió
entre dientes mientras se vestía, es decir, mientras se ponía los calzoncillos
y la camiseta para ir a la mesa.
—Ahora
puedo comer —dijo, sentándose a la mesa—. ¿Pusiste la ropa interior en el
balde?
—Ajá
—respondió él, con la boca llena—. Qué pescado rico.
—¿Le
pusiste agua?
—Nooo,
lo siento, señor; no lo haré más, señor. ¿Quieres sentarte y quedarte quieta?
¡Bueno, no!
La
tomó por la mano y trató de atraerla hasta sus rodillas, pero ella se apartó y
tomó asiento frente a él.
—Estás
descuidando a tu marido —observó él, otra vez con la boca llena— ¿Te sientes
demasiado remilgada?
—Lindo
marido tengo en este momento. Eres una bolsa vacía, no un marido. Primero hay
que llenarte.
—¿Y
si pudiera? —preguntó Redrick—. A veces pasan milagros, ¿sabes?
—Nunca
he visto milagros como ese. ¿Quieres una copa?
Redrick,
indeciso, jugueteó con el tenedor.
—No,
gracias.
En
seguida miró el reloj y se levantó.
—Me
voy. Prepárame el traje bueno. Tengo que estar bien presentable. Camisa y
corbata.
Fue
a la despensa, disfrutando la sensación del piso fresco bajo los pies descalzos
y limpios, y cerró la puerta; en seguida empezó a poner sobre la mesa el botín
que había traído. Dos vacíos. Una caja de alfileres. Nueve pilas. Tres
brazaletes. Una especie de argolla parecida a los brazaletes, pero más liviana
y dos centímetros más ancha, de metal blanco. Dieciséis gotitas negras en
envase de polietileno. Dos esponjas maravillosas conservadas, del tamaño de un
puño. Tres picapicas. Una jarra de arcilla carbonatada. Todavía quedaba en la
bolsa un recipiente de porcelana gruesa, cuidadosamente envuelto en fibra de
vidrio, pero Redrick no lo tocó. Siguió fumando mientras examinaba las riquezas
esparcidas sobre la mesa.
Después
abrió un cajón y sacó una hoja de papel, un cabo de lápiz y una calculadora.
Corrió el cigarrillo hasta la comisura de los labios y escribió número tras
número, bizqueando a causa del humo, hasta formar tres columnas. Sumó las dos
primeras; las cifras eran impresionantes. Dejó la colilla en un cenicero y
abrió cuidadosamente la caja, para esparcir los alfileres en la hoja de papel.
Éstos, bajo la luz eléctrica, eran ligeramente azulados, a veces salpicados con
otros colores: amarillo, verde y rojo. Tomó uno y lo apretó cuidadosamente
entre el pulgar y el índice, con prudencia, para no pincharse. Apagó la luz y
aguardó un momento, mientras se acostumbraba a la oscuridad. Pero el alfiler
permaneció en silencio. Lo dejó y tomó otro, para apretarlo también. Nada.
Apretó. un poco más, arriesgándose al pinchazo, y el alfiler habló: débiles
relampagueos rojos corrieron por él; súbitamente fueron reemplazados por
pulsaciones verdes más lentas. Redrick disfrutó por un rato de ese extraño
juego de luces. Los Informes decían que tal vez esas luces significaran algo,
quizá muy importante. Lo dejó aparte y tomó otro.
Así
probó setenta y tres alfileres, de los cuales doce hablaban. El resto guardaba
silencio. En realidad también ésos podían hablar, pero hacía falta una máquina
especial, del tamaño de una mesa; con los dedos no bastaba. Redrick encendió la
luz y agregó dos números más a su lista. Y sólo entonces decidió hacerlo.
Metió
las dos manos en la bolsa y, conteniendo el aliento, sacó un paquete suave que
dejó sobre la mesa. Lo contempló largo rato, frotándose pensativamente la
barbilla con el dorso de la mano. Al fin recogió el lápiz, jugueteó con él
entre los dedos torpes, enfundados en goma, y volvió a dejarlos. Tomó otro
cigarrillo y lo fumó hasta el final sin quitar los ojos del paquete.
—¡Qué
diablos! —dijo al fin en voz alta, mientras volvía a guardar, el paquete en la
bolsa con gesto decidido—. Ya está. Basta.
Juntó
rápidamente todos los alfileres para guardarlos en la caja y volvió a
levantarse. Era hora de salir. Con media hora de sueño tal vez se le despejara
la mente, pero por otra parte era tal vez mucho mejor llegar allá temprano y
ver cómo estaba la situación. Se quitó los guantes, colgó el delantal y salió
de la despensa sin apagar la luz.
Su
traje ya estaba listo, extendido sobre la cama. Redrick se vistió. Mientras se
anudaba la corbata frente al espejo el suelo crujió tras él; oyó una
respiración pesada e hizo un gesto para no echarse a reír.
—¡Ja!
—gritó una vocecita junto a él.
Algo
le agarró la pierna.
—¡Oh,
oh! —exclamó Redrick, cayendo hacia atrás, sobre la cama. Monita, riendo y
chillando, trepó inmediatamente sobre él. Lo pisoteó, le tiró del pelo y lo
anegó con un interminable chorro de noticias. Willy, el hijo del vecino, le
había arrancado una pierna a su muñequita. Había un gatito nuevo en el tercer
piso, todo blanco y de ojos colorados; tal vez no había hecho caso a la mamá y
se había metido en la Zona. Había cenado gachas de avena y jalea. Tío Gutalin
estaba otra vez todo roto y enfermo; hasta lloraba. ¿Y por qué no se ahogan los
peces que viven en el agua? ¿Por qué no había dormido mamá en toda la noche?
¿Por qué tenemos cinco dedos y sólo dos manos y nada más que una nariz? Redrick
abrazó cautelosamente a aquella criatura cálida que trepaba por él; miró
aquellos ojos enormes y oscuros, sin parte blanca, y frotó la mejilla contra la
otra mejilla regordete, cubierta de sedoso pelaje dorado.
—Monita.
Mi Monita. Mi dulce y pequeña Monita, tú.
El
teléfono sonó junto a su oído. Levantó el tubo.
—Escucho.
Silencio.
—¡Hola!
¡Hola!
No
hubo respuesta. Se oyó un chasquido y después tonos cortos y repetidos. Redrick
se levantó, dejó a Monita en el suelo y se puso la chaqueta y los pantalones,
sin prestarle más atención. Monita charlaba sin cesar, pero él se limitó a
sonreír mecánicamente, con gesto distraído. Al fin ella anunció que papá se
había tragado la lengua y lo dejó en paz.
Redrick
volvió a la despensa, puso en un portafolios todo lo que había sobre la mesa y
fue al baño a buscar sus manoplas de bronce; volvió a la despensa, tomó el
portafolios en una mano y el cesto con la bolsa en la otra; salió, cerró con
llave y llamó a Guta.
—Me
voy.
—¿Cuándo
vuelves? —preguntó Guta, saliendo de la cocina.
Se
había arreglado el pelo y estaba maquillada. También había cambiado la bata por
un vestido de entrecasa, el favorito de Red: uno de escote bajo, de color azul
brillante.
—Te
llamaré —respondió él, observándola.
Se
le acercó y la besó en el escote.
—Será
mejor que te vayas —dijo ella, suavemente.
—¿Y
yo? ¿Un beso? —gimió Monita, metiéndose entre los dos.
Él
tuvo que inclinarse más aún. Guta lo miraba fijamente.
—Tonterías
—dijo Red—. No te preocupes. Te llamaré.
En
el rellano, un piso más abajo, vio que un gordo en pijama a rayas luchaba con
la cerradura de su puerta. De las profundidades de su departamento llegaba un
olor cálido y agrio. Redrick se detuvo.
—Buen
día.
El
gordo lo miró cautelosamente por sobre el hombro rollizo, murmurando algo.
—Anoche
vino su esposa —dijo Redrick—. No sé qué dijo de que serruchábamos. Debe haber
un malentendido.
—¿Y
a mí qué? —dijo el del pijama.
—Anoche
mi esposa estaba lavando la ropa —prosiguió Red—. Si los molestamos, le pido
disculpas.
—Yo
no dije nada. Haga lo que quiera.
—Bueno,
me alegro.
Redrick
salió, fue al garaje, puso el canasto con la bolsa en el rincón y lo cubrió con
un asiento viejo. Después observó su obra y salió a la calle.
No
tuvo que caminar mucho: dos cuadras hasta la plaza, cruzar después el parque y
caminar otra cuadra hasta el Boulevard Central. Frente al Metropole, como de
costumbre, había una brillante hilera de coches con brillo de lava y cromados.
Los porteros, de uniformes morados, entraban maletas al hotel; había también
gente de aspecto extranjero, en grupos de a dos o tres, fumando y conversando
sobre los escalones de mármol. Redrick decidió no entrar todavía. Se puso
cómodo bajo el toldo del pequeño bar de enfrente; pidió café y encendió un
cigarrillo. A medio metro de su mesa había dos agentes secretos de la fuerza de
policía internacional; comían a toda prisa salchichas asadas al estilo Harmont
y bebían cerveza en grandes vasos de vidrio. Del otro lado, a unos tres metros,
un sargento sombrío devoraba papas fritas, con el tenedor apretado en el puño;
había dejado el casco azul junto a la silla, invertido, y la pistolera colgada
en el respaldo del asiento. No había más clientes que ésos. La camarera, una
mujer de cierta edad a quien Redrick no conocía, bostezaba tras el mostrador,
cubriéndose delicadamente la boca pintada. Eran las nueve menos veinte.
Redrick
vio que Richard Noonan salía del hotel masticando algo y acomodándose el
sombrero suave. Bajaba enérgicamente los escalones, rosado, bajito y regordete,
siempre afortunado, bien vestido, recién bañado y seguro de que el día no le
acarrearía disgustos. Se despidió de alguien con un ademán, se echó el
impermeable sobre el hombro izquierdo y avanzó hacia su Peugeot. El Peugeot de
Dick también era regordete, bajito, recién lavado y seguro, al parecer, de que
el día no le acarrearía disgustos.
Redrick
se cubrió a cara con la mano para observar a Noonan, que subió apresuradamente,
se acomodó en el asiento delantero y pasé algo al de atrás; en seguida lo vio
inclinarse para recoger algo y ajustar el espejo retrovisor. El Peugeot expelió
una nube de humo azul, tocó la bocina para alertar a un africano que vestía su
traje típico y bajó garbosamente hacia la calle. Al parecer iba hacia el
Instituto, para lo cual tendría que virar alrededor de la fuente y pasar por el
café. Ya era demasiado tarde para marcharse, de modo que Redrick se cubrió
completamente la cara y se inclinó sobre la taza. No sirvió de nada. El Peugeot
hizo sonar la bocina en su mismo oído, chirriaron los frenos y la voz alegre de
Noonan llamó:
—¡Eh,
Schuhart! ¡Red!
Redrick
lanzó un juramento en voz baja y levantó los ojos. Noonan venía hacia él con la
mano extendida, sonriente.
—¿Qué
estás haciendo aquí a estas horas de la madrugada? —le dijo al acercarse.
Y
agregó, volviéndose a la camarera:
—Gracias,
señora, no voy a pedir nada. Hace mil años que no te veo, hombre. ¿Dónde
estabas? ¿En qué andas?
—En
nada especial —respondió Redrick, a desgano—. Cosas sin importancia.
Noonan
se instaló en la silla opuesta, apartó hacia un lado el vaso con las
servilletas y hacia otro el plato de sándwiches, y se lanzó en su cháchara.
—Te
veo un poco pálido. ¿No duermes bien? Te diré que últimamente estoy muy ocupado
con estos nuevos equipos automáticos, pero no dejo de dormir lo necesario, eso
sí que no. Los automáticos se pueden ir al cuerno.
De
pronto echó una mirada a su alrededor y agregó:
—Perdona,
a lo mejor esperas a alguien. ¿Te interrumpo? ¿Molesto?
—No,
no —dijo mansamente Redrick—. Tenía un poco de tiempo libre y se me ocurrió
tomar un café, eso es todo.
—Bueno,
no voy a demorarte mucho —dijo Dick, mirando la hora—. Oye, Red, ¿por qué no
dejas esas cosas sin importancia y vuelves al Instituto? Sabes que te
aceptarían cuando quisieras. ¿Quieres trabajar con otro ruso? Hay uno nuevo.
Red
meneó la cabeza.
—No,
no ha nacido quien se parezca a Kirill. Además no tengo nada que hacer en tu
Instituto. Ahora es todo automático; tienen robots que van a la Zona y son esos
robots los que cobran todas las bonificaciones, a los ayudantes de laboratorio
les pagan chauchas y palitos. No me alcanzaría ni para cigarrillos.
—Todo
eso se puede arreglar.
—No
quiero que nadie me arregle nada, me las he compuesto solo toda la vida y
pienso seguir así.
—Te
has vuelto muy orgulloso —observó Noonan, con tono de acusación.
—No,
nada de eso, pero no me gusta contar los centavitos.
—Creo
que tienes razón —dijo el otro distraído. Miró el portafolios de Redrick, que
estaba en la silla de al lado, y frotó la plaquita de plata con letras
cirílicas impresas.
—Tienes
razón —reconoció—, hace faltar tener plata para no estar preocupándose siempre
por ella. ¿Éste es regalo de Kirill?
—Lo
recibí en herencia. ¿Cómo es que ya no te veo por el Borscht?
—Eres
tú el que no va —contraatacó Noonan—. Yo almuerzo allí casi todos los días. En
el Metropole cobran un ojo de la cara por una simple hamburguesa.
De
pronto agregó:
—Oye,
¿cómo andas de dinero?
—¿Quieres
un préstamo?
—No,
precisamente lo contrario.
—¿Quieres
prestarme dinero?
—Tengo
trabajo.
—¡Oh,
Dios! —exclamó Redrick—. ¡Tú también!
—¿Quién
más? —preguntó Noonan.
—Hay
montones de... contratistas.
Noonan,
como si al fin hubiera comprendido, se echó a reír.
—No,
no se trata de tu especialidad.
—¿De
qué, entonces?
Noonan
volvió a mirar el reloj.
—Hagamos
una cosa —dijo, levantándose—. Ven a almorzar al Borscht, a eso de las dos, y
hablaremos.
—Tal
vez no haya terminado a esa hora.
—Entonces
esta tarde, a eso de las seis. ¿De acuerdo?
—Veremos
—dijo Redrick, mirando la hora a su vez.
Eran
las nueve menos cinco. Noonan lo saludó con la mano y volvió a su Peugeot.
Redrick lo siguió con la vista, llamó a la camarera, pagó la cuenta y compró un
atado de Lucky Strike; después se dirigió lentamente hacia el hotel, con su
portafolios.
El
sol ya quemaba; la calle se había puesto rápidamente sofocante. Sintió una
sensación de quemadura bajo los párpados. Parpadeó con fuerza; era una lástima
no haber dormido una hora antes de atender aquel asunto.
Y en
ese momento ocurrió.
Nunca
había experimentado algo así fuera de la Zona. Y en la Zona misma, sólo dos o
tres veces. Tenía la impresión de estar en un mundo distinto. Un millón de
olores se precipitó bruscamente sobre él: ásperos, dulces, metálicos, suaves,
peligrosos, rudos como adoquines, delicados y complejos como mecanismos de
relojería, enormes como casas y diminutos como partículas de polvo. El aire se
tornó duro, echó filos, esquinas y superficie, mientras el espacio se llenaba
de enormes globos rígidos, pirámides resbalosas, gigantescos cristales
espinosos. Y él tenía que avanzar a través de todo aquello, abriéndose camino
en sueños, como por un negocio de compraventa lleno de muebles viejos y feos.
Duró sólo un instante.
Abrió
los ojos y todo había desaparecido. No era un mundo distinto: era este mismo
mundo que le mostraba una faz desconocida. Esa faz le era revelada por un
segundo antes de desaparecer, sin que tuviera tiempo para comprenderla.
Se
oyó un bocinazo colérico; Redrick caminó más y más rápido, hasta echar a correr
en dirección al muro del Metropole. El corazón le palpitaba enloquecido. Dejó
el portafolios en la acera y abrió, impaciente, el atado de cigarrillos.
Encendió uno, aspiró profundamente y descansó, como si acabara de librar una
pelea. Un policía se detuvo junto a él, preguntando:
—¿Necesita
ayuda, don?
—N...
no —logró pronunciar Redrick, y tosió—. Es que hace un calor sofocante.
—¿Puedo
llevarlo a alguna parte?
Redrick
recogió el portafolios.
—Todo
está bien, muy bien, amigo. Gracias.
Se
dirigió rápidamente hacia la entrada, subió los peldaños y entró al vestíbulo;
era fresco, oscuro y resonante. Le habría gustado sentarse un rato en una de
esas voluminosas sillas de cuero hasta recobrar el aliento, pero ya era tarde.
Se permitió acabar el cigarrillo mientras observaba a la multitud con los ojos
entornados. Ahí estaba Huesos, hojeando irritado las revistas del puesto.
Redrick arrojó la colilla al cenicero y se acercó al ascensor.
No
logró cerrar la puerta a tiempo; subieron otros amontonándose en el interior:
un hombre gordo que respiraba como si fuera asmático; una señora muy perfumada
con un muchachito gruñón que comía chocolate; una anciana corpulenta, de
barbilla mal afeitada. Redrick quedó apretado en un rincón. Cerró los ojos,
tratando de olvidar al niño, su cara era fresca y limpia, sin un solo vello. Y
trató también de olvidar a la madre, que chorreaba saliva con chocolate por la
barbilla; cuyo seno huesudo estaba embellecido por un collar hecho de grandes
gotitas negras engarzadas en plata. Y el abultado, esclerótica blanco de los
ojos del gordo, y las desagradables verrugas de la cara hinchada de la vieja.
El gordo trató de encender un cigarrillo, pero la vieja inició un ataque contra
él que siguió hasta el piso quinto, donde se bajó. En cuanto ella hubo
desaparecido, el gordo encendió un cigarrillo con cara de quien defiende sus
derechos civiles, pero echó a toser y a sacudiese en cuanto aspiró el humo,
estirando los labios como un camello y clavando el codo en las costillas de
Redrick.
Éste
se bajó en el octavo y recorrió el pasillo, de gruesa alfombra, coquetamente
iluminado por lámparas ocultas. Olía a tabaco caro, perfume francés, suave
cuero legitimo de billeteras abultadas, damiselas caras y cigarreras de oro
macizo. Hedía a todo eso, al hongo asqueroso que crecía en la Zona, bebía en la
Zona, comía, explotaba y engordaba en la Zona sin importarle un bledo de nada,
especialmente de lo que pasaría después, cuando estuviera harto y lleno de
poder, cuando todo lo que en un tiempo estuvo en la Zona hubiera ido a parar
afuera. Redrick abrió la puerta del 874 sin llamar.
Ronco,
sentado en una mesa junto a la ventana, estaba llevando a cabo cierto rito con
un cigarro. Aún seguía en pijama; el pelo ralo, todavía húmedo, estaba
cuidadosamente peinado. La cara, enfermiza y mofletuda, había sido bien
afeitada.
—Ajá
—dijo, sin levantar la vista—. La puntualidad es la cortesía de los reyes.
¡Buen día, joven!
Terminó
de despuntar el cigarro, lo tomó con ambas manos y se lo pasó por debajo de la
nariz.
—¿Dónde
está el bueno de Burbridge? —preguntó, levantando al fin la vista.
Tenía
ojos claros, azules, angelicales.
Redrick
dejó el portafolios sobre el sofá, se sentó y sacó sus cigarrillos.
—Burbridge
no vendrá.
—El
bueno de Burbridge —repitió Ronco, tomando el cigarro entre dos dedos para
llevárselo cuidadosamente a la boca—. Los nervios le están jugando feo.
Seguía
mirando a Redrick con aquellos ojos de color celeste, sin parpadear. Nunca
parpadeaba. La puerta se abrió ligeramente y entró Huesos.
—¿Con
quién hablabas? —preguntó desde el vano.
—Ah,
hola —dijo Redrick, alegremente, sacudiendo las cenizas en el suelo.
Huesos
hundió las manos en los bolsillos y se aproximó un poco más, marcando grandes
pasos con sus enormes pies, de largos dedos de pájaro.
—Te
lo hemos dicho cien veces —reprochó a Redrick, deteniéndose ante él—: nada de
contactos antes de una reunión. ¿Y qué haces?
—Digo
hola. ¿Y tú?
Ronco
rió. Huesos estaba irritable.
—Hola,
hola, hola.
Apartó
la mirada incriminatoria de Redrick y se dejó caer en el sofá, a su lado.
—No
puedes comportarte así —prosiguió—. ¿Me entiendes? ¡No puedes!
—En
ese caso encontrémonos en otro lugar, donde yo no conozca a nadie.
—El
muchacho tiene razón —intervino Ronco—. El error es nuestro. ¿Quién era ese
hombre?
—Richard
Noonan. Representa a algunas compañías proveedoras del Instituto. Vive aquí, en
el hotel.
—Ya
ves: es muy sencillo —dijo Ronco a Huesos.
Tomó
un encendedor colosal, con la forma de la Estatua de la Libertad, lo miró
dubitativamente y volvió a ponerlo en la mesa.
—¿Dónde
está Burbridge? —preguntó Ronco en tono amistoso.
—Burbridge
sonó.
Los
dos hombres intercambiaron una rápida mirada.
—Que
en paz descanse —dijo Ronco, tenso—. ¿O lo arrestaron?
Redrick
no respondió de inmediato; primero aspiró larga y lentamente el humo de su
cigarrillo; después arrojó la colilla al suelo.
—No
se preocupen, no hay peligro. Está en el hospital.
—¡Y
te parece que no hay peligro! —exclamó Huesos nervioso.
Se
levantó de un salto y fue hacia la ventana.
—¿En
qué hospital? —preguntó.
—No
te preocupes, todo está en orden. Vamos al grano.
Tengo
sueño.
—¿En
qué hospital, concretamente? —volvió a preguntar Huesos, irritado.
—Ya
te lo he dicho —replicó Redrick, levantando su portafolios—. ¿Hacemos negocio o
no hacemos negocio?
—Lo
hacemos, lo hacemos, hijo —dijo Ronco, animosamente.
Bajó
de un brinco, sorprendentemente ágil, barrió todas las revistas y los
periódicos que había en la mesa ratona y se sentó frente a ella, apoyando las
manos rosadas y velludas en las rodillas.
—Muestra
lo que traes.
Redrick
abrió el portafolios, sacó la lista de precios y la puso sobre la mesa, ante
Ronco. Éste le echó una mirada y la apartó de un papirotazo. Huesos, de pie
tras él, empezó a leerla por sobre su hombro.
—Ésa
es la cuenta —explicó Redrick.
—Ya
veo. Quiero ver la mercadería —dijo Ronco.
—La
plata.
—¿Qué
es esto de argolla? —preguntó Huesos, suspicaz, señalando un artículo de la
lista por sobre el hombro de Ronco.
Redrick
no respondió. Sostenía el portafolios abierto sobre las rodillas, con la mirada
fija en aquellos ojos azules y angelicales. Al fin Ronco rió entre dientes.
—Por
qué será que te quiero tanto, hijo mío —murmuró—. Después dicen que el amor a
primera vista no existe.
Suspiró
dramáticamente y agregó:
—Phil,
compañero, ¿cómo dicen los de aquí? Saca el rollo y pásale unos cuantos
billetes... Y dame un fósforo. Ya ves.
Y
agitó el cigarro ante él.
Phil,
el Huesos, murmuró algo en voz baja, le arrojó una cajetilla de fósforos y pasó
al cuarto contiguo, separado por una cortina. Redrick lo oyó hablar con
alguien, con voz irritada y confusa; decía algo de moscas y bocas cerradas.
Ronco, encendido finalmente su cigarro, seguía mirando a Redrick con una
sonrisa helada en los labios delgados y pálidos. El merodeador, con la barbilla
apoyada en el portafolios, trataba de sostenerle la mirada sin parpadear,
aunque le ardían los párpados y le lagrimeaban los ojos. Huesos volvió con tres
fajos; los arrojó sobre la mesa y se sentó, ofendido. Redrick alargó
perezosamente la mano hacia el dinero, pero Ronco le indicó, con un gesto, que
esperara; arrancó las fajas de los billetes y las guardó en el bolsillo del pijama.
—Veamos
ahora. Redrick tomó el dinero y se lo metió en el bolsillo interior de la
chaqueta sin contarlo. En seguida presentó su mercadería.
Lo
hizo lentamente, dejando que los dos examinaran el botín y verificaran cada
artículo con la lista. La habitación estaba silenciosa no se oía más que la
pesada respiración de Ronco y un repiqueteo proveniente del cuarto contiguo,
como el de una cuchara que golpeara la pared de un vaso.
Cuando
Redrick cerró el portafolios, haciendo chasquear el cierre, Ronco levantó los
ojos.
—¿Y
lo más importante?
—No
es posible.
Meditó
un instante y agregó:
—Por
ahora.
—Me
gusta ese «por ahora» —dijo Ronco, suavemente—. ¿Qué dices tú, Phil?
—Nos
estás echando tierra a los ojos, Schuhart —dijo Huesos, suspicaz—. Por qué
tanto misterio, es lo que quiero saber.
—Eso
es inevitable: negocios secretos —respondió Redrick—. La nuestra es una
profesión arriesgada.
—Bueno,
bueno —exclamó Ronco—. ¿Dónde está la cámara?
—¡Demonios!
—barbotó Redrick, rascándose la mejilla, sintiendo que se le subía el color a
la cara—. Lo siento, la olvidé.
—¿Allá?
—preguntó Ronco, haciendo un vago ademán con el cigarro.
—No
recuerdo. Probablemente allá.
Redrick
cerró los ojos y se recostó en el sofá. En seguida agregó:
—No.
La olvidé por completo.
—Qué
desgracia —dijo Ronco—. ¿Pero al menos viste eso?
—No,
ni siquiera —respondió Redrick, tristemente—. Ése es el asunto. No llegamos
hasta los altos hornos. Burbridge cayó en la jalea y tuve que volver atrás en
seguida. Puedes estar seguro de que me habría acordado si la hubiera visto.
—¡Eh,
Hugh, mira esto! —susurró Huesos, asustado—. ¿Qué es esto?
Extendió
el índice derecho. La argolla de metal blanco giraba velozmente en torno a él.
Huesos la miraba con ojos desorbitados.
—¡No
para! —dijo en voz alta, apartando por un segundo la mirada para clavarla en
Ronco.
—¿Cómo
que no para? —preguntó éste cautelosamente, apartándose.
—Me
la puse en el dedo y le di impulso, porque si nomás, y lleva un minuto girando
sin parar.
Huesos
se levantó de un salto, con el dedo extendido hacia adelante, y se precipitó
detrás de la cortina. La argolla plateada giraba fácilmente frente a él, como
un trompo.
—¿Qué
diablos has traído? —preguntó Ronco.
—¡Dios
lo sabe! No tenía idea. De haberlo sabido, habría pedido más.
Ronco
lo miró fijamente. Después se levantó y pasó también del otro lado de la
cortina. Inmediatamente se oyó un parloteo. Redrick tomó una de las revistas
caídas y la hojeó. Estaba llena de mujeres impresionantes, pero en ese momento
le daban asco. Recorrió la habitación con la mirada, buscando algo para beber.
Después sacó el fajo del bolsillo interior y contó los billetes. Todo estaba en
orden, pero para no quedarse dormido contó el otro. Justo cuando lo estaba
guardando otra vez volvió Ronco.
—Tienes
suerte, hijo —anunció, sentándose una vez más frente a Redrick—. ¿Sabes lo que
es el movimiento perpetuo?
—No,
nunca estudié eso.
—Ni
falta te hace —replicó Ronco, mientras sacaba otro fajo—. Ahí tienes el precio
de este primer ejemplar. Por cada uno que me traigas te daré dos fajos como
ése. ¿Entiendes, hijo? Dos por cada uno. Pero con una condición: que nadie sepa
de esto, salvo tú y yo. ¿De acuerdo?
Redrick
se guardó silenciosamente el dinero en el bolsillo.
—Me
voy —dijo, levantándose— ¿Cuándo y dónde la próxima vez?
Ronco
también se levantó.
—Te
llamaremos. Espera nuestra llamada todos los viernes entre las nueve y las
nueve y media de la mañana. Te darán saludos de Phil y de Hugh y concertarán
una cita contigo.
Redrick
asintió y se encaminó hacia la puerta. Ronco lo siguió y le puso una mano en el
hombro.
—Quiero
que me entiendas —agregó—. Todo esto está muy lindo, encantador y lo que
quieras, y la argolla es una maravilla, pero sobre todo necesitamos dos cosas:
las fotos y el envase lleno. Devuélvenos la cámara, pero con la película
expuesta, y el envase, pero no vacío: lleno. Y no necesitarás volver a la Zona
nunca más.
Redrick
se sacó del hombro aquella mano, abrió la puerta y salió. Caminó sin volverse
por el corredor alfombrado, consciente de que aquella mirada angelical seguía
fija en su nuca. Ni siquiera esperó el ascensor: bajó por la escalera desde el
octavo piso.
Al
salir del Metropole llamó un taxi y fue hasta la otra punta de la ciudad. El
conductor era nuevo; Redrick no lo conocía; era un fulano de nariz ganchuda,
lleno de granos.
Uno
de los cientos que afluían a Harmont en los últimos años, buscando aventuras
excitantes, riquezas desconocidas, fama internacional o alguna religión
especial. Venían a montones y acababan como conductores, obreros de
construcción o delincuentes; arruinados, sedientos, torturados por vagos
deseos, profundamente desilusionados y seguros de haber sido engañados una vez
más. La mitad de ellos, después de un mes o dos, volvían a su patria,
maldiciendo, para extender la desilusión a todos los países del mundo. Unos
pocos, muy pocos, se convertían en merodeadores y perecían rápidamente, antes
de aprender las triquiñuelas del oficio. Algunos conseguían trabajo en el
Instituto, pero sólo los más instruidos e inteligentes, que al menos podían
trabajar como ayudantes de laboratorio. En cuanto al resto, malgastaban las
noches en los bares, armaban trifulcas por pequeñas diferencias de opinión, por
mujeres o simplemente porque estaban borrachos, enloqueciendo a la policía del
municipio, al ejército y a los guardianes.
El
conductor granujiento apestaba a alcohol a más de un kilómetro y tenía los ojos
más colorados que un conejo, pero estaba muy excitado. Contó a Redrick que esa
mañana, en su cuadra, había aparecido un fiambre recién llegado del cementerio.
—Volvió
a su casa, pero la casa estaba cerrada desde hacía años y todos se habían
mudado: la viuda, que ya es una señora anciana, la hija con el marido y los
nietos. Los vecinos dijeron que el tipo había muerto hace como treinta años, es
decir, antes de la Visitación. Y allí está. Caminaba alrededor de la casa,
olfateaba y rascaba... Al final se sentó en el cerco a esperar. Vino gente de
todo el vecindario; lo miraban y lo miraban, pero tenían miedo de acercarse,
claro. Al final no sé quién tuvo una gran idea: hicieron saltar la puerta de la
casa para que pudiera entrar. ¿Y qué cree que hizo? Se levantó, entró y cerró
la puerta. A mi se me hacía tarde para el trabajo, así que no sé cómo
terminaron las cosas, pero cuando me fui estaban por llamar al Instituto para
que alguien viniera a llevárselo.
—Pare
—dijo Redrick—. Es aquí mismo.
Hurgó
en los bolsillos, pero no tenía dinero menudo y tuvo que cambiar uno de los
billetes nuevos. Después se detuvo ante la puerta y esperó a que el taxi se
alejara.
La
casita de Cuervo no estaba tan mal: dos plantas, una galería de vidrios con una
mesa de billar, un jardín bien cuidado, un invernadero y una glorieta blanca
bajo los manzanos, todo eso rodeado por una cerca de hierro forjado, pintada de
verde pálido. Redrick apretó varias veces el timbre; el portón se abrió de par
en par con un crujido. Avanzó lentamente por el sendero sombreado, a cuya vera
crecían rosales. Cobayo apareció en el porche; era un negro encorvado que
temblaba siempre con el deseo de ser útil. Se volvió, impaciente; bajó una
pierna insegura en busca de equilibrio, recuperó la estabilidad y arrastró el
otro pie en busca del compañero. El brazo derecho se le agitaba convulsivamente
en dirección a Redrick, como si dijera: «Estoy yendo, estoy yendo, un minuto».
—¡Hola,
Red! —gritó una voz de mujer, desde el jardín.
Redrick
volvió la cabeza; hombros desnudos y tostados, boca roja, brillante, una mano
que lo saludaba entre el verdor, junto al techo blanco de la glorieta. Hizo a
Cobayo un ademán con la cabeza y abandonó el sendero; pasó por entre los
rosales para dirigirse hacia la glorieta, cruzando el césped verde y suave.
Había una gran estera roja extendida sobre el prado; allí estaba Dina
Burbridge, regiamente sentada, con un vaso en la mano y un minúsculo traje de
baño en el cuerpo. Sobre la estera había también un libro de tapas brillantes;
un baldecillo de hielo, por cuyo borde asomaba el cuello esbelto de una
botella, descansaba en la sombra cercana.
—¡Hola,
Red! —dijo Dina Burbridge, saludándolo con un movimiento del vaso—. ¿Dónde está
el viejo? ¡No me digas que volvió a meterse en líos!
Redrick
se detuvo junto a ella con el portafolios a la espalda. SI, Cuervo había
logrado imaginar unos hijos maravillosos al expresar su deseo, allá en la Zona.
Ésta era toda seda y satén, de firmes curvas, impecable, sin una sola arruguita
indispensable: sesenta kilos de carne acaramelado, ojos de esmeralda con fulgor
propio, boca grande y húmeda, dientes blancos, parejos, y pelo negro como ala
de cuervo, que brillaba en el sol, descuidadamente caído sobre un hombro. El
sol, acariciándola, se volcaba sobre ella, desde los hombros hasta el vientre,
hasta la cadera, dejando profundas sombras entre sus pechos casi desnudos.
Redrick, de pie a su lado, la miró abiertamente. Ella lo miró a su vez y rió,
comprendiendo; después se llevó el vaso a los labios y tomó varios sorbos.
—¿Quieres?
—preguntó, pasándose la lengua por los labios.
Esperó
el tiempo justo para que él captara la doble intención y le tendió el vaso. Él
buscó a su alrededor hasta encontrar una reposera a la sombra; allí se sentó y
tendió las piernas.
—Burbridge
está en el hospital —dijo—. Le van a amputar las piernas.
Ella
lo miró con un solo ojo, sin dejar de sonreír. El otro quedó cubierto por la
espesa cabellera que le caía sobre el hombro. Pero su sonrisa se había
petrificado; era una mueca de azúcar sobre la cara tostada. Después hizo girar
el vaso, escuchando el tintineo de los cubitos.
—¿Las
dos?
—Las
dos. Tal vez por debajo de la rodilla, tal vez por encima.
Ella
dejó el vaso y se apartó el pelo hacia atrás. Ya no sonreía.
—Qué
pena —dijo—. Y eso significa que tú...
Sólo
a Dina Burbridge habría podido contarle en detalle cómo había pasado todo.
Hasta habría podido contarle que se había acercado a él con las manoplas listas
y que Burbridge le había rogado, no por él, sino por sus hijos, por ella y por
Artie, prometiéndole la Bola Dorada. Pero no se lo contó.
Sacó
un fajo de dinero del bolsillo superior y lo arrojó sobre la estera roja, bien
junto a las piernas largas de la muchacha.
Los
billetes se abrieron en un arco iris. Dina recogió algunos, distraídamente, y
los examinó como si no los conociera; sin embargo no tenía mucho interés.
—Éstas
son las últimas ganancias, entonces —dijo.
Redrick
se estiró desde la reposera para tomar la botella del baldecito y miró la
etiqueta. El agua goteaba desde el vidrio oscuro; tuvo que apartarla para que
no le goteara en los pantalones. No le gustaba el whisky caro, pero en un
momento como ése podía hacer el sacrificio de tomar un trago.
Iba
a llevarse la botella a la boca cuando lo interrumpió un balbuceo de protesta a
sus espaldas. Allí estaba Cobayo, arrastrando penosamente los pies por el
prado, sujetando con las dos manos un vaso lleno de líquido claro. El esfuerzo
le estaba haciendo sudar la cabeza lanuda y le sacaba los ojos de las órbitas.
Al ver que Redrick lo miraba tendió el vaso en un gesto desesperado, mugió y
aulló, abriendo inútilmente la boca desdentada.
—Espero,
espero —dijo Redrick, y volvió a dejar la botella en el balde.
Cobayo
llegó al fin, entregó el vaso a Redrick y le palmeó tímidamente el hombro con
una mano artrítica.
—Gracias,
Dixon —dijo Redrick, seriamente—. Es precisamente lo que necesitaba en este
momento. Como de costumbre estás en todo.
Y
mientras Cobayo sacudía la cabeza, azorado y feliz, y se golpeaba la cadera con
el brazo sano, él levantó el vaso, lo saludó con un gesto de la cabeza y tragó
la mitad de una sola vez. En seguida se volvió a Dina.
—¿Quieres?
—preguntó, refiriéndose al vaso.
Ella
no respondió, Estaba doblando un billete por la mitad; lo dobló otra vez, y
otra más.
—Termínala
—dijo él—. No quedarás en la calle. Tu viejo...
Ella
lo interrumpió:
—Así
que lo sacaste a la rastra —dijo, sin preguntar como quien establece un hecho—.
Lo sacaste, idiota, cruzando toda la Zona. Sacaste a ese hijo de puta
llevándolo sobre la espalda, barro, pelirrojo cretino, Echaste a perder una
oportunidad como ésa.
Él
la miró, olvidado del vaso. Dina se levantó para acercarse a él, pisando el
dinero esparcido. Se detuvo ante él con los puños clavados en la suave curva de
las caderas, ocultándole todo el mundo con ese cuerpo maravilloso, que olía a
perfume y a sudor dulce.
—El
viejo tiene en el puño a todos los idiotas como tú. Te va a pisar los huesos.
Ya verás, caminará sobre tu cráneo con sus muletas. ¡Ya te enseñará qué es el
amor fraternal y la piedad!
A
esa altura la chica ya estaba hablando a gritos.
—Te
prometió la Bola Dorada, ¿no es cierto? El mapa, las trampas, ¿no es cierto?
¡Idiota! ¡Ya te veo en la cara que fue así! Espera, verás qué mapa te da. Que
Dios tenga piedad del alma de Redrick Schuhart, este pelirrojo estúpido.
Redrick
se levantó sin apuro y le dio una fuerte bofetada. Ella cerró el pico, se dejó
caer en el pasto y hundió la cara entre las manos.
—Qué
tonto... Red —murmuró—. Dejar pasar una oportunidad como ésa.
Redrick
la miró sin hablar mientras terminaba el vodka. Arrojó el vaso a Cobayo sin
mirarlo siquiera. No había nada que decir. Qué lindos hijos había evocado
Burbridge en la Zona. Amantes y respetuosos.
Salió
a la calle y llamó un taxi. Indicó al conductor que lo llevara al Borscht.
Tenía que terminar con sus asuntos, aunque se moría de sueño. Todo le daba
vueltas; al final se quedó dormido en el taxi, con todo el cuerpo doblado sobre
el portafolios; despertó sólo cuando el conductor, sacudiéndolo, le dijo:
—Ya
llegamos, señor.
—¿Adónde
llegamos? —preguntó, mirando a su alrededor—. Al Banco, le dije.
—Nada
de eso, compañero. Al Borscht, me dijo. Éste es el Borscht.
—Okey
—gruñó Redrick—. Debo haber soñado.
Pagó
y descendió del coche; apenas podía mover las piernas pesadas, El asfalto
humeaba en el sol; hacia muchísimo calor. Redrick se dio cuenta de que estaba
empapado, que tenía mal gusto en la boca y que le lloraban los ojos. Miró a su
alrededor antes de entrar. La calle estaba desierta, como era habitual a esa
hora del día. Los negocios no habían abierto aún y el Borscht debía estar
cerrado también, pero Ernest ya estaba en su puesto, secando vasos y echando
miradas sucias al trío que chupaba cerveza en la mesa del rincón. Todavía no
habían retirado las sillas de las otras mesas. Un peón desconocido, vestido con
chaqueta blanca, limpiaba los pisos; otro luchaba detrás de Ernest con un cajón
de cerveza. Redrick se acercó al mostrador, dejó allí su portafolios y dijo
hola. Ernest murmuró algo que no era exactamente una bienvenida.
—Dame
otra cerveza —dijo Redrick, con un bostezo convulsivo.
Ernest
plantó una jarrita vacía en el mostrador, sacó una botella de la heladera, la
abrió y la suspendió sobre la jarra. Redrick, cubriéndose la boca, miró
fijamente la mano del barman. Temblaba. La botella golpeó varias veces al borde
de la jarrita. Redrick le miró entonces la cara. Tenía bajos los párpados
pesados, torcida la boca gordinflona y las mejillas caídas. El peón pasó el
trapo precisamente bajo los pies de Redrick; los del rincón discutían en voz
alta sobre las carreras; el otro peón retrocedió con los cajones, tropezando
con Ernest en forma tan ruda que éste se tambaleó. El hombre murmuró una
disculpa.
—¿Lo
trajiste? —preguntó Ernest, con voz ahogada.
—¿Que
si traje qué?
Redrick
miró por sobre el hombro. Uno de los tipos se levantó perezosamente y fue hasta
la puerta. Allí se detuvo para encender un cigarrillo.
—Ven,
hablemos —dijo Ernest.
El
peón que pasaba el trapo también estaba en ese momento entre Redrick y la
salida. Era un negro grandote, del tipo de Gutalin, pero doblemente corpulento.
—Vamos
—dijo Redrick, recogiendo el portafolios.
Ya
no tenía sueño, ni en un ojo ni en el otro. Pasó por detrás del mostrador,
esquivando al peón que llevaba los cajones de cerveza; al parecer el hombre se
había pellizcado el dedo, pues se chupaba la yema, mirando a Redrick. Era un
tipo grandote, de nariz quebrada y orejas de repollo. Ernest pasó a la
trastienda y Redrick fue tras él, porque los tres fulanos del rincón ya estaban
bloqueando la puerta y el peón de limpieza se había detenido junto a las
cortinas que daban al depósito.
Ya
en la trastienda, Ernest dio un paso a un lado y se sentó en una silla, junto a
la pared. Ante la mesa estaba el capitán Quarterblad amarillento y furioso. A
la izquierda, quién sabe de dónde apareció un enorme soldado de las Naciones
Unidas, con el casco sobre los ojos, que lo cacheó rápidamente con sus grandes
manos. Se detuvo en el bolsillo derecho y sacó las manoplas de bronce. En
seguida empujó a Redrick en dirección al capitán. El pelirrojo se acercó a la
mesa y puso el portafolios frente al capitán Quarterblad.
—Chupasangre
—dijo a Ernest.
Éste
levantó las cejas y encogió un solo hombro. Todo estaba a la vista: los dos
peones, junto a la puerta, sonreían muy satisfechos. No había otra salida y la
ventana tenía barrotes por fuera.
El
capitán Quarterblad, con la cara contraria por el disgusto, revolvía el
portafolios con las dos manos, sacando el botín para ponerlo sobre. la mesa:
dos pequeños vacíos; nueve pilas; gotitas negras de diversos tamaños, dieciséis
piezas en una bolsa de polietileno; dos esponjas perfectamente conservadas y un
pote de arcilla carbonatada.
—¿Tienes
algo en los bolsillos? —preguntó el capitán, suavemente—. Vacíalos.
—Víboras
—murmuró Redrick—, canallas.
Sacó
un fajo dé billetes y lo arrojó sobre la mesa; allí quedaron, esparcidos.
—¡Ajá!
—exclamó el capitán—. ¿Algo más?
—¡Malditos
esfuerzos! —gritó Redrick, arrojando al suelo el segundo fajo—. Ahí tienen.
Ojalá se les atraganto.
—Muy
interesante —dijo el capitán, con calma—. Ahora recógelo.
—¡Cualquier
día! —replicó Redrick, poniendo las manos tras la espalda—. Que lo recojan sus
esclavos. Por mí puede recogerlo usted mismo.
—Recoge
ese dinero, merodeador —repitió el capitán Quarterblad sin alzar la voz,
apoyando el puño sobre la mesa para inclinarse hacia Redrick.
Se
miraron mutuamente por algunos segundos. Al fin el merodeador, murmurando
maldiciones, se agachó para recoger desganadamente los billetes. Los peones se
burlaban a sus espaldas y el soldado de las Naciones Unidas resopló con
alegría.
—¡No
resoples! —dijo Redrick—. Se te van a saltar los mocos.
Mientras
se arrastraba de rodillas por el suelo, recogiendo los billetes uno por uno, se
iba acercando más y más al anillo de oscuro bronce que descansaba pacíficamente
en el polvoriento piso de parquet. Se volvió para lograr un mejor acceso, sin
dejar de gritar obscenidades, todas las que sabía y algunas otras que inventaba
en ese momento. Cuando llegó el momento adecuado cerró el pico, tensó; agarró
el anillo y tiró de él con todas sus fuerzas; antes de que la trampa abierta
hubiera llegado al suelo se había lanzado ya, de cabeza, hacia la prisión fría
y gris de la bodega.
Cayó
sobre las manos, dio un salto mortal y se levantó de un salto. Echó a correr
encorvado, sin ver nada, confiado en su memoria y en su suerte, por el angosto
pasillo abierto entre los cajones de botellas, volteándolos a su paso; los oyó
caer y estrellarse tras él. Resbaló. Subió a la carrera algunos escalones
invisibles y lanzó todo el peso de su cuerpo contra la puerta, de goznes
herrumbrados. Así salió al garaje de Ernest.
Estaba
estremecido y jadeante; ante los ojos le bailaban manchas de sangre y el
corazón le palpitaba con fuerza, con sacudidas que le llegaban a la garganta.
Pero no se detuvo ni por un instante. Corrió hasta el rincón más alejado y
allí, despellejándose las manos, revolvió en la montaña de basura que ocultaba
el sitio donde la pared estaba sin tablas. Se deslizó de panza por ese agujero.
Se le desgarró la chaqueta, pero pronto estuvo en el angosto patio. Allí se
agachó entre las latas de basura, se quitó la chaqueta y la corbata, se revisó
apresuradamente, se cepilló los pantalones y, finalmente, se irguió y corrió
hacia el patio.
Se
zambulló en un túnel bajo y maloliente que llevaba al fondo siguiente. Allí
prestó atención, esperando oír las sirenas de la policía, pero no fue así;
corrió a mayor velocidad, asustando a los chicos que jugaban, esquivando la
ropa tendida a secar, arrastrándose por los agujeros de los cercos podridos.
Tenía que salir de ese vecindario de inmediato, antes de que el capitán
Quarterblad lo hiciera rodear. Conocía bien la zona, pues había jugado en todos
aquellos patios y sótanos, en aquellos tendederos abandonados y en las
carboneras. Tenía allí muchos conocidos y hasta algunos amigos; en otras
circunstancias no le habría costado ocultarse en ese barrio, incluso por una
semana. Pero no era para eso que había escapado tan audazmente, bajo las mismas
narices del capitán Quarterblad, añadiendo fácilmente doce meses a su
sentencia.
Tuvo
mucha suerte. En la calle Siete algún tipo de hermandad avanzaba ruidosamente
por la calzada, en manifestación; eran unos doscientos, tan desarrapados y
mugrientos como él. Algunos tenían peor aspecto, como si hubieran pasado toda
la tarde arrastrándose por los agujeros de los cercos y echándose latas de
basura encima; tal vez habían pasado la noche alborotando en alguna carbonera.
Redrick salió de un portal, agachado, para mezclarse entre la multitud; la
atravesó a fuerza de empujones y tirones; pisoteó pies ajenos, recibió algún
puñetazo ocasional y lo devolvió, y finalmente salió al otro lado de la calle,
para ocultarse en otro portal.
Fue
precisamente entonces cuando se oyó el gemido familiar y desagradable de los
coches patrulleros; la manifestación se detuvo, ruidosamente, plegándose como
un acordeón. Pero Redrick ya estaba en otro vecindario y el capitán Quarterblad
no tenía modo de saber en cuál.
Se
acercó a su propio garaje desde el costado del negocio de radio y electrónica;
tuvo que esperar en tanto los obreros cargaban un camión con televisores. Se
puso cómodo entre las magulladas matas de lilas de las casas vecinas, donde no
había ventanas, para recobrar el aliento y fumar un cigarrillo. Fumó
ávidamente, agachado contra la áspera pared a prueba de incendios, tocándose de
tanto en tanto la mejilla para calmar el tic nervioso. Pensó, pensó, pensó.
Cuando el camión y los obreros se alejaron a bocinazos por la calle se echó a
reír, diciendo suavemente:
—Gracias,
muchachos; demoraron a este tonto... y lo hicieron pensar.
Entonces
empezó a caminar con rapidez, pero sin demasiada prisa, inteligente y
premeditadamente, tal como cuando trabajaba en la Zona.
Entró
al garaje por el pasillo oculto; levantó silenciosamente el viejo asiento, sacó
el rollo de papel que había en la bolsa guardada dentro del canasto, con mucho
cuidado, y se lo deslizó dentro de la camisa. Después tornó de una percha una
chaqueta de cuero, vieja y gastada; encontró en el rincón una gorra grasienta y
se la encasquetó hasta los ojos. Las hendijas de la puerta dejaban pasar finos
rayos de luz que iluminaban el polvo danzarín del sombrío garaje. Afuera, los
chicos jugaban y chillaban. Al marcharse oyó la voz de su hija; acercó un ojo a
la más ancha de las ranuras y contempló a Monita, que corría entre las hamacas
agitando dos globos, tres ancianas, sentadas en un banco cercano con el tejido
sobre el regazo, la observaban con labios fruncidos; las viejas cerdas estarían
intercambiando sucias opiniones. Los chicos se portaban bien; jugaban con ella
como si fuera una más. Valía la pena el soborno empleado: les había hecho un
tobogán, una casa de muñecas, las hamacas... y el banco en donde estaban las
viejas. «Bueno», se dijo. Se apartó de la grieta, volvió a inspeccionar el
garaje y entró arrastrándose al agujero.
En
la parte sudoeste de la ciudad, cerca del surtidor de nafta abandonado al final
de la calle Miner, había una cabina telefónica. Sólo Dios sabe quién la usaba
por entonces, pues todas las casas de alrededor estaban cerradas con tablas;
más allá se veía tan sólo aquel baldío interminable que fuera el basurero de la
ciudad. Redrick se sentó a la sombra de aquella cabina y metió la mano en una
hendija que había allí debajo. Palpó un papel encerado, polvoriento, y la
culata del arma envuelta en él; también estaba la caja de plomo con balas y la
bolsa con los brazaletes y la billetera vieja, con documentos falsos. Su
escondrijo estaba en orden. Se quitó la chaqueta y la gorra; palpó dentro de su
camisa. Allí permaneció por un minuto, o más, sopesando en la mano el envase de
porcelana, la muerte invencible e inevitable que contenía. Y el tic nervioso
recomenzó.
—Schuhart
—murmuró, sin oír su propia voz—, ¿qué estás haciendo, gusano, basura? Con esto
pueden matarnos a todos.
Se
sostuvo la mejilla contorsionada, pero no sirvió para calmarla.
—Hijos
de perra —dijo, pensando en los obreros que cargaban los aparatos de
televisión—. Se me pusieron en el camino. Yo habría tirado esto otra vez a la
Zona, esa puta, y todo estarla terminado.
Miró
a su alrededor, con tristeza. El aire caliente reverberaba sobre el cemento
agrietado; las ventanas claveteadas lo contemplaban sombríamente; por el baldío
rodaban briznas secas. Estaba solo.
—Bueno
—dijo, decidido— Que cada uno se ocupe de si; sólo Dios cuida de todos. A mí me
ha llegado el turno.
Rápidamente,
para no cambiar de idea, puso el envase en la gorra y envolvió la gorra en la
chaqueta de cuero. Después se arrodilló, recostándose contra la cabina, que se
movió. Aquel paquete voluminoso entraba bien en el fondo del pozo que había
debajo y aún quedaba lugar. Volvió a poner la cabina en su sitio, la sacudió
para ver si estaba firme y finalmente se levantó, limpiándose las manos.
—Listo.
Todo arreglado.
Entró
a la cabina caldeada, depositó una moneda y marcó un número.
—Guta
—dijo—. Por favor, no te preocupes. Me atraparon otra vez.
Oyó
el suspiro estremecido y se apresuró a agregar:
—Es
un delito menor, seis a ocho meses con derecho a visitas. Nos arreglaremos. Y
no te faltará dinero. Ellos te enviarán.
Guta
seguía en silencio.
—Mañana
por la mañana te llamarán al puesto de comando. Allí nos veremos. Trae a
Monita.
—¿Habrá
alguna inspección? —preguntó ella.
—Que
la hagan. En la casa no hay nada. No te preocupes y mantén el ánimo en alto. Ya
sabes: los ojos brillantes y el rabo erguido. Te casaste con un merodeador, así
que no te quejes. Mañana nos vemos. Y recuerda, yo no he llamado. Un beso en la
naricita.
Colgó
abruptamente y permaneció algunos segundos con los ojos cerrados y los dientes
tan apretados que le tintinearon los oídos. Después depositó otra moneda y
volvió a marcar un número.
—Escucho
—dijo Ronco.
—Habla
Schuhart. Escucha bien y no me interrumpas.
—¿Schuhart?
¿Qué Schuhart? —preguntó Ronco, con naturalidad.
—Te
dije que no me interrumpas. Me atraparon y escapé, pero voy a entregarme. Me
darán entre dos y medio y tres años. Mi esposa queda sin un centavo. Tú te
encargarás de ella. Que no le falta nada, ¿entendido? ¿Entendido, dije?
—Sigue
—dijo Ronco.
—Cerca
del sitio donde nos encontramos la primera vez hay una cabina telefónica. Es la
única, no hay forma de confundirse. La porcelana está debajo de ella. Si la
quieres, tómala; si no, no. Pero quiero que cuiden de mi esposa. Todavía nos
quedan muchos años de jugar juntos. Si al volver descubro que me jugaron
sucio... te aconsejo que no lo hagas. ¿Comprendiste?
—Comprendí
todo —dijo Ronco—. Gracias. Y después de una pausa agregó: —¿Quieres un
abogado?
—No
—dijo Redrick—. Todo a mi esposa, hasta el último centavo. Saludos.
Colgó
y miró a su alrededor. Después, con las manos hundidas en los bolsillos del
pantalón, subió lentamente por la calle Miner entre las casas vacías y
claveteadas.
3.
Richard H. Noonan, cincuenta y un años, supervisor de compras de equipos
electrónicos en la división Harmont del instituto internacional de culturas
extraterrestres.
Richard
H. Noonan estaba sentado ante el escritorio de su estudio, garabateando sobre
un bloc de tamaño legal. Sonreía también, simpáticamente, asintiendo con la
cabeza calva, sin escuchar a su visitante. No hacía más que aguardar una
llamada telefónica mientras su visitante, el doctor Pilman, lo sermoneaba
perezosamente. O imaginaba que lo estaba sermoneando. O trataba de convencerse
a sí mismo de que lo estaba sermoneando.
—Tendremos
en cuenta todo eso —dijo finalmente Noonan, cruzando otro grupo de cinco
rayitas y cerrando el bloc—. Realmente es muy extraño.
La
esbelta mano de Valentine sacudió limpiamente las cenizas de su cigarrillo en
el cenicero.
—¿Y
qué es, exactamente, lo que tendrán en cuenta? —preguntó con mucha cortesía.
—Bueno...
todo lo que usted acaba de decir —respondió alegremente Noonan, recostándose en
su sillón—. Hasta la última palabra.
—¿Y
qué es lo que dije?
—Eso
no importa. Lo que haya dicho lo tendremos en cuenta.
Valentine
(el doctor Valentine Pilman, ganador de un Premio Nobel) estaba sentado frente
a él, en un mullido sillón. Era menudo, delicado y limpio. No tenía una sola
mancha en su chaqueta de ante ni una arruga en los pantalones. Camisa de un
blanco cegador, corbata de color liso, muy seria, zapatos relucientes. Una
sonrisa maliciosa en los labios delgados y pálidos; enormes anteojos oscuros.
La frente ancha y baja, coronada por un corte casi al rape.
—En
mi opinión, a usted se le paga un sueldo fantástico para nada —dijo—. Y además,
también en mi opinión, usted es un saboteador, Dick.
—¡Shhhh!
—susurró Noonan—. No tan fuerte, por el amor de Dios.
—En
realidad —agregó Valentine—, hace mucho tiempo que lo vengo observando. Creo
que usted no hace nada.
—¡Un
momento! —interrumpió Noonan, agitando su dedito rosado—. ¿Qué es eso de que no
hago nada? ¿Acaso he dejado de hacerle entregar un solo pedido de repuestos?
—No
sé —respondió Valentine, volviendo a sacudir las cenizas—. Recibimos equipos
buenos y equipos malos. El bueno llega con más frecuencia, pero no sé qué tiene
usted que ver con eso.
—Bueno,
si no fuera por mí, los materiales buenos serían mucho más escasos. Además,
ustedes los científicos se la pasan rompiendo buenos equipos y pidiendo
repuestos. ¿Y quién les cubre las espaldas? Por ejemplo...
En
ese momento sonó el teléfono. Noonan se interrumpió para tomar el receptor.
—¿Señor
Noonan? —preguntó la secretaria—. Otra vez el señor Lemchen.
—Comuníqueme.
Valentine
se levantó, se llevó dos dedos a la frente en señal de despedida y salió del
despacho. Menudo, erguido y proporcionado.
—¿Señor
Noonan? —dijo en el tubo la voz conocida y pesada.
—Sí,
escucho.
—No
es fácil comunicarse con usted en el trabajo, señor Noonan.
—Acaba
de llegar un nuevo embarque.
—Sí,
ya lo sé, señor Noonan. Estoy aquí por poco tiempo. Quisiera que discutiéramos
personalmente unas cuantas cosas. Me refiero a los últimos contratos con
Mitsubishi Denshi. El aspecto legal.
—A
sus órdenes.
—En
ese caso, si no tiene inconvenientes, ¿por qué no pasa por nuestras oficinas
dentro de media hora? ¿Le parece bien?
—Perfecto.
Dentro de media hora.
Richard
Noonan colgó y se levantó frotándose las manos regordetas. Se paseó por la
oficina y hasta empezó a cantar alguna cancioncita pop, pero se interrumpió en
una nota especialmente agria, riéndose jovialmente de sí mismo. Tomó su
sombrero, se echó el impermeable al hombro y salió a la zona de recepción.
—Voy
a ver a algunos clientes, linda —dijo a la secretaria—. Quédate aquí y cúbreme
la espalda, como dicen; cuando vuelva te traeré un regalo.
Ella
pareció transformarse. Noonan le arrojó un beso y salió a los corredores del
instituto. Aquí y allá tuvo que enfrentarse con algunos intentos de detenerlo,
pero logró zafarse de todas las conversaciones bromeando, pidiendo a los
interesados que le cubrieran las espaldas o que tuvieran paciencia. y
finalmente emergió, ileso y sin compromisos, para agitar el pase cerrado bajo
las narices del sargento de guardia.
Sobre
la ciudad pendían nubes bajas y pesadas. El día era bochornoso; las primeras
gotas vacilantes empezaban ya a esparcirse por la acera como pequeñas estrellas
negras. Noonan se echó el saco sobre la cabeza y los hombros y corrió junto a
la larga fila de coches hasta su Peugeot; se metió de cabeza y arrojó la
chaqueta al asiento trasero. Sacó del bolsillo el palo negro y redondo del
así-así, lo puso en la instalación del tablero y empujó con el pulgar para
meterlo hasta la empuñadura. Se meneó un poco para acomodarse mejor tras el
volante y pisó el acelerador. El Peugeot salió silenciosamente al medio de la
calle; un segundo después corría hacia la salida de la Pre-Zona.
La
lluvia se precipitó de repente, como si alguien hubiera volcado un balde en el
cielo. La ruta se tornó resbaladiza; el coche derrapaba en las esquinas. Noonan
puso los limpiaparabrisas a funcionar y aminoró la marcha. «Así que recibieron
el informe», pensó. Ahora estarán elogiándome. Bueno, me lo merezco; me gusta
que me elogien. Especialmente el señor Lemehen en persona. A pesar de si mismo.
Extraño, ¿verdad? ¿Por qué nos gusta que nos elogien? Eso no da dinero.
¿Gloria? ¿Qué clase de gloria tenemos? «Es famoso: ya lo conocen tres personas»
Bueno, digamos cuatro, contando a Bayliss. ¡Qué ser extraño es el hombre! Se
diría que nos gusta el elogio por el elogio mismo, como a los chicos les gusta
el helado. Y es tan estúpido... ¿Cómo puedo ser mejor a mis propios ojos? ¿Como
si no me conociera? Ese gordo bueno de Richard H. Noonan, a propósito, ¿qué
quería decir esa H.? ¡Qué sé yo! Y no tengo a quien preguntarle; no es cosa de
preguntarlo al señor Lemehen. ¡Ah, ya recuerdo! ¡Herbert! Richard Herbert Noonan.
Caramba, está diluviando.
Viró
hacia la calle Central y de pronto se dio cuenta de lo mucho que había crecido
la ciudad en los últimos años. Enormes rascacielos. Allá están construyendo
otro. ¿Qué será? Oh, el Complejo Luna: el mejor jazz internacional, un
espectáculo de variedades y varias cosas más. Todo para nuestras gloriosas
tropas y nuestros valientes turistas, especialmente los más ancianos, y para
los nobles caballeros de la ciencia. Y los suburbios se están vaciando.
Sí,
me gustaría saber dónde va a terminar todo esto. Bueno, hace diez años estaba
seguro de saberlo: barreras policiales impenetrables, zonas de seguridad de
treinta kilómetros, científicos y soldados, y nada más. Una horrible
lastimadura en la cara del planeta, perfectamente bloqueada. Y no era yo el
único que pensaba así. ¡Tantos discursos, tanta legislación! Y ahora uno ni
siquiera se acuerda cómo fue que la férrea resolución universal se fundió en un
tembloroso charco de jalea. «Por una parte no se puede dejar de reconocerlo, y
por otra no se puede estar en desacuerdo.» Creo que todo empezó cuando los
merodeadores trajeron los así-así de la Zona. Pequeñas pilas. Sí, creo que fue
entonces. Sobre todo cuando se descubrió que las pilas se multiplicaban. La
herida ya no pareció tal; antes bien, una caja de tesoros, la tentación del
demonio, la caja de Pandora o el diablo. Descubrieron el modo de darles uso.
Llevaban veinte años bufando y rezongando, malgastando billones, sin haber
podido organizar el robo. Cada uno tenía su negocito, mientras los científicos
arrugaban significativa y portentosamente el ceño; por una parte no se puede
dejar de reconocerlo, y por otra no se puede estar en desacuerdo. Puesto que
tal y cual objeto, fotografiado con rayos X en un ángulo de 18 grados, emite
electrones cuasitermales en un ángulo de 22 grados... ¡Al diablo con todo esto!
De cualquier modo moriré sin ver el final.
El
coche pasaba frente a la casa que Cuervo Burbridge tenía en el centro. Debido a
la intensa lluvia estaban todas las luces encendidas. Dick pudo ver varias
parejas que bailaban en las habitaciones del segundo piso, que correspondían a
la hermosa Dina. O bien habían comenzado muy temprano o todavía la seguían con
ganas desde la noche anterior. Era la nueva ola en la ciudad: dar fiestas que
duraban varios días. Sin duda estamos criando muchachos fuertes, llenos de
resistencia y tesoneros en la búsqueda de sus deseos.
Noonan
detuvo el coche frente a un edificio feo, cuyo discreto cartel decía: «Oficinas
legales de Korsh, Korsh y Simak». Sacó el así-así y se lo guardó en el
bolsillo; volvió a ponerse el impermeable, tomó el sombrero y corrió hacia la
entrada. Pasó corriendo junto al portero, que estaba sepultado en un periódico,
y subió las escaleras cubiertas por una alfombra gastada. Sus zapatos
repiquetearon por el largo corredor del segundo piso; aquel lugar exhalaba un
olor que había renunciado a identificar mucho tiempo antes. Finalmente abrió la
última puerta del pasillo y entró. Ante el escritorio no estaba la secretaria,
sino un joven desconocido, muy bronceado, en mangas de camisa, que escarbaba
las tripas de algún artefacto electrónico instalado sobre el escritorio, en vez
de la máquina de escribir.
Richard
Noonan colgó su sombrero y su chaqueta, alisó con ambas manos el poco pelo que
le restaba y miró interrogativamente al joven. Éste asintió. Noonan abrió
entonces la puerta de la oficina. El señor Lemehen se levantó pesadamente del
gran sillón de cuero instalado frente a la ventana, cubierta por cortinajes. Su
angulosa cara de general estaba arrugada, ya fuera en una sonrisa de bienvenida
o en un gesto de disgusto por el mal tiempo; quizás fuera también un estornudo
contenido.
—Ah,
ya llegó, pase, póngase cómodo.
Noonan
buscó algún lugar para ponerse cómodo, pero sólo encontró una silla dura, de
respaldo recto, arrinconada detrás del escritorio. Prefirió sentarse en el
borde del escritorio. Su ánimo jovial se estaba evaporando por algún motivo,
aunque él mismo no sabía cuál. De pronto se dio cuenta de que ese día no habría
elogios. Todo lo contrario. «El día de la ira», pensó filosóficamente,
endureciéndose para enfrentar lo peor.
—Fume
si quiere —dijo el señor Lemchen, volviendo a descender hasta su sillón.
—No,
gracias, no fumo.
El
señor Lemehen asintió, como si aquello confirmara sus peores sospechas; juntó
las puntas de los dedos formando una torre y las contempló por un rato. Al fin
dijo:
—Creo
que no vamos a discutir los asuntos legales de la Mitsubishi Denshi Company.
Eso
era un chiste. Richard Noonan sonrió de inmediato.
—¡Como
quiera!
Estaba
endemoniadamente incómodo allí sentado; además los pies no le llegaban al
suelo.
—Siento
decirle, Richard, que su informe ha causado una impresión muy favorable allá
arriba.
—Hum
—murmuró Noonan, mientras pensaba: «Aquí viene»
—Estaban
por recomendarlo para una condecoración —prosiguió el señor Lemehen—. Sin
embargo los convencí de que esperaran un poco. Y yo tenía razón.
Abandonó
con esfuerzo la contemplación de sus diez dedos y levantó los ojos hacia
Noonan.
—Usted
se preguntará por qué me comporté con tanta cautela.
—Probablemente
tenía sus motivos —dijo Noonan, inexpresivamente.
—En
efecto. ¿Cuáles son los resultados de su informe, Richard? La banda del
Metropole está liquidada; gracias a sus esfuerzos. La banda de la Flor Verde
fue apresada con las manos en la masa; brillante trabajo, también suyo,
Quasimodo, los Músicos Vagabundos y todas las otras bandas, no recuerdo cómo se
llaman, se desmembraron porque sabían que el baile se había terminado y que
cualquier día los iban a atrapar. Todo esto es cierto; lo hemos verificado por
otras fuentes. El campo de batalla está despejado. La victoria es suya,
Richard. El enemigo se retiró en desbandada, sufriendo grandes pérdidas. ¿Es
correcto lo que digo?
—En
todo caso —dijo Noonan, cauteloso—, en los últimos tres meses ha cesado la
pérdida de materiales de la Zona a través de Harmont. Al menos, según las
informaciones que tengo.
—El
enemigo se ha retirado, ¿verdad?
—Bueno,
si prefiere esa metáfora, sí.
—¡No!
El asunto es que este enemigo jamás se retira. Lo sé sin lugar a dudas. Al
apresurarse a presentar un informe de victoria, Richard, usted ha demostrado
falta de madurez. Por eso sugerí que esperaran antes de darle una recompensa.
«Vete
al diablo, tú y tus recompensas», pensó Noonan, balanceando el pie y observando
ceñudo el zapato brillante, «¡Métete las recompensas en las telarañas del
desván! No me falta más que escuchar tus conferencias. Sé perfectamente con
quién trato sin necesidad de que me lo digas. No vengas a hablarme del enemigo.
Dime, simplemente cuándo, dónde y cómo me equivoqué, qué han robado esos hijos
de puta, dónde y cómo fallaron la forma de pasar. Y sin tantas pavadas, que no
soy un novato; tengo más de medio siglo encima y no estoy aquí sentado para
oírte hablar de órdenes y decoraciones estúpidas.»
—¿Qué
sabe usted de la Bola Dorada? —preguntó súbitamente el señor Lemehen.
«Dios,
qué tiene que ver la Bola Dorada con todo esto». pensó Noonan, irritado. «Por
qué no te irás al diablo con tus enfoques indirectos.»
—La
Bola Dorada es una leyenda —informó, en tono aburrido—. Un artefacto mítico
localizado en la Zona, con la forma de una pelota de oro, que concede deseos a
los hombres.
—¿Cualquier
deseo?
—Según
la versión canónica de la leyenda, cualquier deseo. Sin embargo, hay versiones
distintas.
—De
acuerdo. ¿Qué sabe de las lámparas de la muerte?
—Hace
ocho años, un merodeador llamado Stefan Norman, alias Cuatro-Ojos, trajo de la
Zona un aparato que, hasta donde se puede juzgar, era algún tipo de emisor de
rayos fatales para los organismos terrícolas. Este Cuatro-Ojos ofreció el
aparato al Instituto, pero no se pusieron de acuerdo en cuanto al precio.
Cuatro-Ojos volvió a entrar a la Zona y jamás regresó. Se ignora el paradero
actual del aparato. La gente del Instituto sigue tirándose de los pelos por ese
asunto. Hugh (el del Metropole, usted lo conoce) ofrece por él cualquier suma
que se pueda escribir en un cheque.
—¿Es
todo? —preguntó el señor Lemehen.
—Es
todo.
Noonan
paseaba descaradamente la vista por la habitación. Era aburrida; no había nada
para mirar.
—Muy
bien. ¿Y qué sabe de los ojos de la langosta?
—¿Qué
clase de ojos?
—Ojos
de langosta. Langpátas, ¿entiende? Ésas que tienen pinzas —explicó Lemchen,
moviendo los dedos como si fueran tenazas.
—Nunca
los oí nombrar —respondió Noonan, frunciendo el ceño.
—¿Y
de las servilletas castañeteantes?
Noonan
se bajó del escritorio para erguirse frente a Lemehen con las manos en los
bolsillos.
—No
sé nada de ellas. ¿Y usted?
—Yo
tampoco, por desgracia; ni sobre las servilletas castañeteantes ni sobre los
ojos de langosta. Pero existen.
—¿En
mi Zona?
—Siéntese,
siéntese —indicó el señor Lemehen, agitando la mano—, Recién empezamos la
charla. Siéntese.
Noonan
dio la vuelta al escritorio y se sentó en la silla dura de respaldo recto.
«¿Adónde
quiere ir a parar?», pensó, febrilmente. «¿Qué es todo ese material nuevo? Tal
vez lo encontraron en otras Zonas y trata de hacerme pasar por tonto, el muy
cerdo. Nunca me tuvo aprecio; este viejo zorro; no se puede olvidar de aquella
copia.»
—Prosigamos
con nuestro pequeño examen —anunció Lemchen, mientras apartaba una esquina del
cortinaje para mirar por la ventana—. Está diluviando. Me gusta.
Soltó
la cortina, volvió a sentarse en el sillón y preguntó, mirando hacia el cielo
raso:
—¿Cómo
anda el viejo Burbridge?
—¿Burbridge?
Cuervo Burbridge está bajo vigilancia. Está inválido y en muy buena posición.
No tiene vinculaciones con la Zona. Es dueño de cuatro bares y de una escuela
de baile. Organiza picnics para los oficiales del cuartel y para los turistas.
Dina, la hija, lleva una vida disoluta. Arthur, el hijo, acaba de graduarse en
la escuela de leyes.
El
señor Lemehen asintió, satisfecho.
—¿Y
qué hace Creonte, el maltés?
—Es
uno de los pocos merodeadores que siguen activos. Anduvo con la banda de
Quasimodo; ahora vende su botín al Instituto utilizándome como intermediario.
Le doy rienda libre: tarde o temprano alguien lo hará desaparecer. Últimamente
bebe mucho; creo que no va a durar.
—¿Contactos
con Burbridge?
—Anda
detrás de Dina. Sin resultados.
—Muy
bien —dijo el señor Lemehen—. ¿Qué sabe de Red Schuhart?
—Salió
de la cárcel el mes pasado. No tiene dificultades económicas. Trató de emigrar,
pero tiene...
Noonan
hizo una pausa. Al fin completó:
—Bueno,
tiene problemas de familia. No le queda tiempo para la Zona.
—¿Eso
es todo?
—Es
todo.
—No
parece mucho. ¿Qué pasa con Suertudo Carter?
—Hace
muchos años que dejó el merodeo. Vende coches usados y tiene un taller para
adaptar automóviles al así-así. Cuatro hijos; la mujer murió el año pasado.
Tiene suegra.
Lemehen
asintió.
—Bueno,
¿a quién he olvidado de los viejos? —preguntó amablemente.
—A
Jonathan Miles, más conocido como Cacto. Está en el hospital; va a morir de
cáncer. Y olvidó a Gutalin.
—Ah,
sí, sí, ¿qué se sabe de Gutalin?
—Sigue
en lo mismo. Tiene una banda de tres hombres. Van a la Zona y pasan allí varios
días en cada oportunidad, destrozando todo lo que encuentran. Su antigua
organización, los Ángeles Luchadores, se disolvió.
—¿Por
qué?
—Bueno,
usted recordará que solían comprar botín; Gutalin lo llevaba nuevamente a la
Zona: las cosas del demonio debían estar con el demonio. Ahora no tienen nada
que comprar; además el nuevo director del Instituto los ha hecho perseguir por
la policía.
—Comprendo
—dijo el señor Lemehen—. ¿Y qué hay de los jóvenes?
—Bueno,
los jóvenes van y vienen. Hay cinco o seis con un poco de experiencia, pero
últimamente no tienen quién reduzca el botín, de modo que están perdidos. Los
estoy adiestrando poco a poco. Creo que los merodeos han cesado casi por
completo en mi Zona, jefe. Los antiguos están retirados, los jóvenes no saben
qué hacer y el prestigio de la profesión se va perdiendo. La tecnología ha
ganado terreno. Ahora hay merodeadores robóticos.
—Sí,
si, eso he oído decir. Pero las máquinas necesitan mucha energía. ¿O me
equivoco?
—Es
cuestión de tiempo, no mas. Pronto valdrá la pena.
—¿Cuándo?
—En
cinco o seis años.
El
señor Lemehen volvió a asentir.
—A
propósito, tal vez usted no sabe que el enemigo ha empezado a emplear los
merodeadores automáticos.
—¿En
mi Zona? —preguntó Noonan, poniéndose en guardia.
—También
en la suya. Tienen la base en Rexópolis; desde allí trasladan el equipo en
helicóptero, por sobre las montañas, hasta el Cañón Serpiente, hasta el Lago
Negro y al pie de las colinas de Monte Rocoso.
—Pero
ese es el perímetro de la Zona —dijo Noonan, suspicaz—. Esa área está vacía.
¿Qué pueden encontrar allí?
—Muy
poco, muy poco, pero algo encuentran. De cualquier modo era una información,
nada más; eso no le concierne. Recapitulemos. En Harmont no quedan ya,
prácticamente, merodeadores profesionales. Los que aún siguen aquí ya no tienen
relación con la Zona. Los jóvenes están perdidos y cercados.
—El
enemigo está diseminado y se ha retirado a algún rincón a lamerse las heridas.
No hay botín, y cuando lo hay no se encuentra a quién vendérselo. Los robos de
materiales en la Zona de Harmont cesaron hace tres meses. ¿Correcto?
Noonan
guardó silencio. «Ahora, pensó. Ahora me la va a dar. Pero ¿dónde estuvo el
error? Ha de haber sido uno realmente grande. ¡Bueno, habla, viejo del diablo!
¡No demores las cosas!».
—No
he oído su respuesta —observó Lemehen, poniendo la mano como pantalla tras su
oreja arrugada y velluda.
—Bueno,
jefe —dijo Noonan, sombrío—. Basta ya. Me tiene frito y hervido, ahora póngame
en el plato.
El
señor Lemehen carraspeo vagamente.
—No
tiene nada que decir en su defensa —comentó, con inesperada amargura—. Se queda
ahí, con las orejas bajas ante la autoridad. ¿Cómo le parece que me sentía
anteayer?
Se
interrumpió para levantarse y se acercó a la caja fuerte.
—Para
abreviar: en los dos últimos meses, según nuestra información, el enemigo ha
recibido más de seis mil artículos provenientes de las diversas Zonas.
Se
detuvo ante la caja fuerte, palmeó su flanco pintado y se volvió ásperamente
hacia Noonan.
—¡No
se consuele con ilusiones! —gritó—. ¡Las huellas digitales de Burbridge! ¡Las
del Maltés! ¡Las de Ben Halevy, el Narigón, a quien usted ni siquiera se dignó
mencionar! ¡Las de Hindus Heresh y Pygmy Zmyg! ¿Así entrena usted a sus
jóvenes? ¡Brazaletes, alfileres, molinetes blancos! Y encima ese asunto de los
ojos de langosta, los cascabeles de perra, las servilletas repiqueteantes, sean
lo que sean! ¡Al diablo con todo!
Volvió
a interrumpirse, se instaló nuevamente en el sillón, formó otra torre con los
dedos y preguntó cortésmente:
—¿Qué
piensa usted de todo esto, Richard?
Noonan
se secó la frente con el pañuelo.
—No
sé nada de todo esto —respondió sinceramente—. perdone, jefe, estoy un poco...
Déjeme recobrar el aliento, ¡Burbridge! Pero si Burbridge ya no tiene nada que
ver con la Zona. ¡Le sigo todos los pasos! Organiza picnics y cócteles a la
orilla de los lagos y gana muchísimo con eso. ¡No necesita más dinero! Perdone,
creo que estoy diciendo tonterías, pero le aseguro que no lo he perdido de
vista desde que salió del hospital.
—Bueno,
no quiero demorarlo más —dijo el señor Lemchen—. Le concedo una semana. A ver
si me trae alguna idea sobre cómo llega el material de la Zona a manos de
Burbridge... y los otros. Adiós.
Noonan
se levantó, saludó al perfil de Lemehen y salió a la recepción, aún enjugándose
el cuello sudoroso. El joven bronceado estaba fumando y contemplaba
pensativamente las entrañas del mutilado aparato electrónico. Su mirada, al
posarse brevemente en Noonan, pareció tan vacía como si estuviera mirando hacia
dentro.
Richard
Noonan se encasquetó el sombrero, agarró su impermeable y salió. Nunca le había
pasado algo así. Sus pensamientos, confusos, parecían enmarañarse. Debo... ¡Ben
J. Halevy el Narigón! ¡Hasta apodo tiene! ¿Cuándo? Es sólo un pequeño novato,
un mocoso. No, aquí pasa algo raro. Ese rengo de porquería, Cuervo, esta vez me
agarró. Me pescó en pelotas. ¿Cómo pudo ocurrir? Justo como aquella vez, en
Singapur; la cara sobre la mesa y de golpe aplastado contra la pared...
Subió
al auto. Por un momento buscó en el tablero la llave de contacto, olvidado de
todo. La lluvia le goteaba desde el sombrero sobre los pantalones. Se lo quitó
y lo arrojó al asiento posterior sin mirar. El agua corría a chorros por el
parabrisas; Richard Noonan tuvo la impresión de que eso le impedía comprender
cuál era el próximo paso a dar. Se dio unos coscorrones y se sintió mejor.
Inmediatamente recordó que no había llave ni podía haberla, porque él tenía el
así-así en el bolsillo. La pila eterna; había que sacarla del bolsillo,
maldición, y meterla en la instalación. Así podría a menos conducir el coche
hasta alguna parte... alguna parte, lejos de ese edificio donde estaba el viejo
hijo de puta, probablemente mirando desde una ventana.
En
el momento en que tendía la mano hacia el así-así quedó inmóvil por un
instante. Ya sé por quién empezar. Empezaré con él. ¡Oh, qué bien, empezar con
él! Nadie habrá empezado nunca con nadie como yo con él. Y será un placer.
Encendió
los limpiaparabrisas y bajó por la avenida, sin ver casi nada frente a él, pero
calmándose lentamente. Muy bien. Que sea como en Singapur. Después de todo allá
las cosas terminaron bien. ¡Y qué si me tiraron de cara contra la mesa de una
sola vez! Pudo ser peor, pudo haber sido otra parte de mi cuerpo, o algo con
clavos en vez de una mesa. Bueno, sigamos la pista. ¿Dónde está mi pequeño
negocio? No veo un pito. Ah, allí está.
No
estaba dentro del horario comercial, pero el Cinco Minutos estaba tan iluminado
como el Metropole. Richard Noonan, sacudiéndose como un perro que saliera del
agua, entró a aquella clara habitación, que olía a tabaco, perfume y champaña
rancio. El viejo Benny, aún sin uniforme, estaba sentado ante el mostrador,
comiendo algo con el tenedor en el puño. Madame lo miraba comer, con los
enormes pechos apoyados en el mostrador entre los vasos vacíos. Aún no habían
limpiado la suciedad de la noche anterior. Cuando Noonan entró, Madame volvió
hacia él su cara ancha y espesamente maquillada; su primera expresión de enojo
se disolvió en una sonrisa profesional.
—¡Hola!
—dijo, con su voz profunda—. ¡El señor Noonan en persona! ¿Extrañaba a las
chicas?
Benny
siguió comiendo; era más sordo que una tapia.
—¡Saludos,
anciana dama! ¿Para qué quiero a las chicas si tengo frente a mí a una mujer de
veras?
Benny,
finalmente, notó su presencia y contorsionó en una sonrisa de bienvenida
aquella cara horrible, cubierta de cicatrices azules y purpúreas.
—¡Hola,
patrón! ¿Lo trajo la lluvia?
Noonan
sonrió como respuesta y agitó la mano. No le gustaba hablar con Benny; había
que gritar constantemente.
—¿Dónde
está mi gerente, compañeros? —preguntó.
—En
su cuarto —respondió Madame—. Tiene que pagar mañana los impuestos.
—¡Oh,
esos impuestos! Bueno. Madame, por favor, busque a mi favorita. En seguida
vuelvo.
Caminando
silenciosamente sobre la gruesa alfombra sintética, cruzó el salón y las
puertas encortinadas de los cubículos; junto a cada una había una flor pintada
en la pared. Entró en el silencioso pasillo sin salida y abrió sin golpear la
puerta tapizada en cuero.
Mosul
Kitty estaba sentado al escritorio, examinando en el espejo una dolorosa
lastimadura que tenía en la nariz. Le importaba un bledo tener que pagar los
impuestos al día siguiente. En el escritorio, completamente despejado, no había
más que una jarra con ungüento de mercurio y un vaso con cierto liquido claro.
Mosul Kitty alzó hacia Noonan los ojos irritados y se levantó de un salto,
dejando caer el espejo. Noonan, sin decir palabra, se sentó en el sillón,
frente a él, y lo observó en silencio, oyéndole murmurar algo sobre la maldita
lluvia y su reumatismo. Después dijo:
—Por
qué no cierras la puerta, amigo.
Mosul
corrió hasta la puerta cacheteando el piso con los pies planos; hizo girar la
llave y volvió al escritorio. Inclinó sobre Noonan la cabeza peluda, fija en su
boca la mirada leal. Noonan seguía mirándolo con los ojos medio cerrados;
recordó entonces, por alguna razón, que el verdadero nombre de Mosul Kitty era
Rafael. Aquel hombre era famoso por sus grandes puños huesudos, purpúreos y
desnudos entre el grueso vello que le cubría los brazos como una manga. Se
había puesto el apodo de Kitty porque estaba convencido de que era el nombre
tradicional de los grandes reyes mongoles. Rafael. Bueno, Rafaelito,
comencemos.
—¿Cómo
andan las cosas? —preguntó gentilmente.
—Todo
en orden, jefe —replicó velozmente Rafael Mosul.
—¿Arreglaste
el problema con la comisaría?
—Costó
ciento cincuenta. Todo el mundo está contento.
—Saldrá
de tu bolsillo. Fue culpa tuya, amigo. Tenías que encargarte de eso.
Mosul
puso cara patética y extendió las manos en señal de sumisión.
—Hay
que cambiar el parquet del salón —dijo Noonan.
—Lo
haremos.
Noonan
hizo una pausa, arrugando los labios.
—¿Botín?
—preguntó, bajando la voz.
—Hay
un poco —respondió Mosul, también en voz baja.
—Veamos.
Mosul
corrió a la caja fuerte, sacó un paquete y lo abrió sobre el escritorio, frente
a Noonan. Éste revolvió con un dedo el montón de gotitas negras; recogió un
brazalete y lo examinó por todos lados a antes de volver a ponerlo allí.
—¿Nada
más?
—No
traen —explicó Mosul, culpable.
—Así
que no traen —repitió Noonan.
Apuntó
con cuidado y clavó la punta del pie, con toda su fuerza, en la espinilla de
Mosul. Este, gruñendo, se agachó para agarrarse el lugar dolorido, pero
inmediatamente volvió a erguirse, en posición de firme. Noonan saltó, aferró a
Mosul por el cuello y se acercó soltando patadas, haciendo girar los ojos,
susurrando obscenidades. Mosul gemía y gruñía, echando la cabeza hacia atrás
como un caballo asustado; retrocedió de ese modo hasta caer en el sofá.
—Así
que trabajas para los dos bandos, ¿eh? Grandísimo hijo de puta —siseó Noonan,
bien frente a sus ojos aterrorizados—. Cuervo Burbridge está nadando en botón y
tú me traes cuentitas envueltas en papel.
Le
dio una bofetada en pleno rostro, tratando de golpearle la magulladura de la
nariz.
—Te
haré meter en la cárcel. Tendrás que dormir sobre estiércol y comer pan duro.
¡Vas a maldecir el día en que naciste!
Otro
golpe a la nariz lastimada.
—¿De
dónde saca Burbridge el botín? ¿Por qué se lo llevan a él y no a ti? ¿Quién lo
trae? ¿Cómo es posible que yo no sepa nada? ¿Para quién trabajas, cerdo
asqueroso? ¡Habla!
Mosul
abrió y cerró la boca, mudo. Noonan lo dejó ir, volvió a la silla y puso los
pies sobre el escritorio.
—¿Y?
—preguntó.
Mosul
sorbió la sangre que le chorreaba de la nariz y dijo:
—De
veras, patrón, ¿qué pasa? ¿Qué botín puede tener Cuervo? No tiene nada. Nadie
tiene.
—¡Qué!
¿Vas a discutir conmigo? —preguntó suavemente Noonan, bajando los pies.
—No,
no, patrón, de veras —fue la apresurada respuesta—. ¿Yo, discutir con usted?
¡Ni soñarlo!
—Voy
a deshacerme de ti —amenazó Noonan—. No sabes trabajar. ¿Para qué diablos te
quiero, grandísimo tal por cual? Tipos como tú hay por docenas. Lo que necesito
es un hombre de verdad, que sepa moverse.
—Espere,
patrón —replicó Mosul razonablemente, untándose toda la cara con sangre—. ¿Por
qué me ataca así, tan de pronto? Hablemos un poco.
Se
tocó la nariz cautelosamente y agregó:
—Usted
dice que Burbridge tiene botín a montones. No sé, pero alguien le ha estado
mintiendo. En estos días nadie tiene botín. Después de todo, ahora sólo los
novatos entran a la Zona y son los únicos que salen. No, patrón, alguien le ha
mentido.
Noonan
lo observaba disimuladamente. Al parecer Mosul, en verdad, nada sabía. De
cualquier modo no le habría convenido, mentir; Cuervo Burbridge no pagaba muy
bien.
—Esos
picnics, ¿dejan ganancias?
—¿Los
picnics? No creo. No es como para nadar en plata. Pero ya no queda nada que dé
ganancias en esta ciudad.
—¿Dónde
se hacen esos picnics?
—¿Dónde?
Bueno, en diferentes lugares. Junto a la Montaña Blanca, en las Fuentes
Termalcá, en el lago Arcoiris...
—¿Quiénes
son los clientes?
—¿Los
clientes? —Mosul olfateó, parpadeó y habló en tono confidencial—. Si piensa
dedicarse usted también a ese negocio, patrón, no se lo aconsejo. No podrá
competir mucho contra Cuervo.
—¿Por
qué?
—Los
clientes de Cuervo son los cascos azules, para empezar —respondió el grandote,
contando los argumentos con los dedos—. Después, oficiales del puesto de
comando. Después, los turistas del Metropole, el Lirio Blanco y el Plaza.
Además hace mucha propaganda. Hasta los de aquí van con él. De veras, patrón,
no vale la pena mezclarse en este negocio. Tampoco nos paga mucho por las
chicas, usted ya sabe.
—¿Así
que los de aquí también van con él?
—La
gente joven, en su mayoría.
—Bueno,
¿qué pasa en esos picnics?
—¿Qué
pasa? Vamos en ómnibus, ¿entiende? Y cuando llegamos todo está listo: mesas,
carpas, música... Y todos la disfrutan. Los oficiales suelen ir con las
muchachas. Los turistas van a mirar la Zona; si es en Fuentes Termales la Zona
está a un tiro de piedra, del otro lado del Cañón Sulfuroso. Cuervo ha
desparramado unos cuantos huesos de caballo por ahí y se los muestra con
binoculares.
—¿Y
los de aquí?
—¿Los
de aquí? Bueno, eso no les interesa, por supuesto.. Se divierten de otro modo.
—¿Y
Burbridge?
—¿Burbridge?
Burbridge... es como cualquier otro.
—¿Y
tú?
—¿Yo?
Yo soy como cualquier otro. Vigilo que nadie lastime a las chicas y... bueno,
como cualquier otro, más o menos.
—¿Y
cuánto dura todo eso?
—Depende.
A veces tres días, a veces una semana entera.
—¿Y
cuánto cuesta ese viaje de placer? —preguntó Noonan, ya pensando en algo
completamente distinto.
Mosul
respondió, pero él no le prestó atención. Ahí está la cosa, pensaba; varios
días, varias noches; en esas condiciones es simplemente imposible vigilar a
Burbridge, por mucho que se quiera. Pero seguía sin entender. Burbridge no
tenía piernas, y allí estaba el barranco. No, había algo más.
—Entre
los de aquí, ¿quiénes son los clientes habituales?
—¿Entre
los de aquí? Ya se lo dije, los jóvenes, en su mayor parte. Ya sabe, Halevy,
Rajba, el Pollo Tsapfa, ese muchacho, Zmyg... El Maltés también va con
frecuencia. Un lindo grupito. Le dicen la escuela dominical. ¿Vamos a la
escuela dominical?, dicen. Se dedican a las señoras grandes y hacen bastante
dinero. Algunas fulanas viejas que vienen de Europa...
—La
escuela dominical... —repitió Noonan.
Se
le había ocurrido un pensamiento extraño. Escuela. Se levantó.
—Muy
bien —dijo—. Al diablo con los picnics. Eso no es para nosotros. Pero
entiéndeme bien: Cuervo tiene botín y ese negocio es nuestro, amigo. Busca,
Mosul, busca o te echaré a los perros. Dónde lo consigue, quién se lo da.
Descúbrelo y daremos un veinte por ciento más. ¿Entiendes?
—Entiendo,
patrón.
Mosul
también estaba de pie, en posición de firme, con la lealtad pintada en el
rostro manchado de sangre.
—¡Muévete!
¡Usa el cerebro, animal! —le gritó Noonan al marcharse.
Ya
en el bar tomó rápidamente su aperitivo, charló un rato con Madame sobre la
decadencia moral, sugirió que planeaba agrandar el negocio y, bajando la voz
para lograr más énfasis, le pidió consejo sobre lo que podía hacer con Benny;
el pobre estaba viejo, sordo y lento de reacciones; ya no se movía como antes.
Ya
eran las seis y tenía hambre. Un pensamiento le daba vueltas en el cerebro,
salido de la nada, pero capaz de explicar muchas cosas. En realidad ya se
habían aclarado muchas; estaba desapareciendo el aura mítica que tanto lo
irradiaba y lo fastidiaba en ese asunto. Sólo quedaba en él la desilusión de no
haber calculado antes esa posibilidad. Pero lo más importante era eso que
seguía flotando en su cabeza sin darle paz.
Se
despidió de Madame, estrechó la mano a Benny y fue directamente al Borscht.
El
problema es que no nos damos cuenta de cómo se van los años, pensó. Al diablo
con los años; no nos damos cuenta de que todo cambia. Sabemos que todo cambia,
nos enseñan desde chicos que todo cambia y vemos cambiar las cosas con nuestros
propios ojos, muchas veces; sin embargo somos totalmente incapaces de reconocer
el momento en que el cambio se produce, o lo buscamos donde no está. Ahora hay
nuevos merodeadores, creados por la cibernética. El antiguo merodeador era un
tipo sucio y sombrío, que se arrastraba centímetro a centímetro por la Zona, de
panza, con tozudez de mula, juntando su botín. El nuevo merodeador es un
pisaverde de corbata fina, un ingeniero que se sienta a dos kilómetros de la
Zona con un cigarrillo en la boca y un buen vaso al lado, sin nada que hacer,
salvo vigilar unas pocas pantallas. Un caballero a sueldo. Muy lógico. Tan
lógico que a nadie se le ocurren las otras posibilidades. Pero hay otras
posibilidades: la escuela dominical, por ejemplo.
Y de
pronto, desde la nada, surgió una oleada de desesperación que lo tragó por
completo. Todo era inútil, sin sentido. Dios mío, pensó, ¡no podremos hacer
nada! ¡No tenemos fuerzas para combatir esta plaga! No porque trabajemos mal,
ni porque ellos sean más inteligentes, sino porque as! es el mundo; y así está
el hombre en el mundo. Si nunca hubiéramos tenido una Visitación habría sido
otra cosa. Los cerdos siempre encuentran el barro.
El
Borscht estaba encendido y de él brotaba un olor delicioso. También el Borscht
había cambiado; ya no había baile ni diversiones; Gutalin no iba más, lo habían
hecho a un lado. Y si Redrick Schuhart hubiera asomado la nariz, probablemente
se habría marchado haciendo una mueca. Ernest seguía en la jaula; era la vieja,
su mujer, la que finalmente había vuelto a poner en marcha el local, con una
clientela sólida y estable. Todo el personal del instituto almorzaba allí,
incluyendo a los funcionarios más importantes. Los reservados eran bonitos; la
comida, buena; los precios, razonables; la cerveza, burbujeante. Una buena
taberna a la usanza antigua.
Noonan
descubrió a Valentine Pilman en uno de los reservados. El laureado científico
tomaba café y leía una revista doblada en dos. Noonan se acercó, preguntando:
—¿Puedo
sentarme con usted?
Valentine
volvió hacia él sus anteojos oscuros.
—Ah,
sí, por favor.
—Un
segundo. Primero voy a lavarme.
Acababa
de recordar lo de la nariz de Mosul. Allí lo conocían bien. Cuando volvió al
reservado de Valentine, le esperaba un plato de embutidos humeantes y una jarra
de cerveza, ni fría ni caliente, como a él le gustaba. Valentine dejó la
revista y tomó un sorbo de café.
—Escúcheme,
Valentine —dijo Noonan, cortando la carne—. ¿Cómo piensa que terminará todo
esto?
—¿Qué
cosa?
—La
Visitación. Las Zonas, los merodeadores, los complejos militar-industriales...
todo. ¿Cómo puede terminar?
Valentine
lo miró por largo rato con sus lentes negras impenetrables.
—¿Para
quién? Especifique.
—Bueno,
digamos que para nuestro sector del planeta.
—Eso
depende de la suerte que tengamos. Ahora sabemos que en nuestro sector del
planeta la Visitación no dejó efectos posteriores, en su mayor parte. Eso no
descarta, por supuesto, la posibilidad de que al sacar todas esas castañas del
fuego saquemos algo que arruine la vida, no sólo la nuestra sino la de todo el
planeta. Eso sería mala suerte. Pero admitirá usted que esa amenaza pende
siempre sobre la humanidad.
Rió
entre dientes y prosiguió:
—Le
diré: hace tiempo he perdido el hábito de hablar sobre la humanidad en general.
La humanidad, como un todo, es un sistema demasiado fijo; no hay modo de
cambiarlo.
—¿Le
parece? Puede ser, quién sabe.
—Sea
sincero, Richard —dijo Valentine, obviamente entretenido—. ¿En qué ha cambiado
su vida con la Visitación? Usted es un hombre de negocios. Ahora sabe que hay
al menos otra criatura racional en el universo, además del hombre.
—¿Qué
puedo decirle?
Noonan
hablaba en murmullos. Lamentaba haber iniciado la conversación; no había nada
de qué hablar.
—¿Qué
ha cambiado para mí? —prosiguió—. Bueno, desde hace varios años me siento
intranquilo, inseguro. Bien. Ellos vinieron y se fueron en seguida. ¿Qué
pasaría si volvieran y decidieran quedarse? Como hombre de negocios debo tomar
esta cuestión en serio: quiénes son, cómo vinieron y qué necesitan. En el nivel
más básico, tengo que pensar en cómo cambiar mi producción. Debo estar
preparado. ¿Y si yo resultara ser totalmente superfluo en el sistema de ellos?
Noonan
se iba animando.
—¿Y
si todos somos superfluos? —continuó— Escuche, Valentine, ya que estamos
hablando de esto, ¿hay respuesta para estas preguntas? ¿Quiénes son, qué
quieren, y si regresarán?
—Hay
respuestas —dijo Valentine, sonriendo—. Montones de respuestas. Puede elegir.
—Y
usted, ¿qué piensa?
—A
decir verdad nunca me permití el lujo de pensar seriamente en eso. Para mí la
Visitación es, fundamentalmente, un acontecimiento único que nos permite saltar
varios escalones en el proceso del conocimiento. Como un viaje al futuro de la
tecnología. Como si un generador cuántico fuera a parar al laboratorio de Isaac
Newton.
—Newton
no habría entendido nada.
—Se
equivoca. Newton era muy perspicaz.
—¿De
veras? Bueno, de cualquier modo, quién habla de Newton. ¿Qué piensa de la
Visitación? Puede contestar en broma.
—De
acuerdo, le diré. Pero debo advertirle que su pregunta, Richard, cae bajo el
rótulo de la xenología. Xenología: mezcla artificial de ciencia ficción y
lógica formal. Se basa en la premisa falsa de que la psicología humana es
aplicable a los seres inteligentes extraterrestres.
—¿Falsa
por qué? —preguntó Noonan.
—Porque
los biólogos ya se han roto el seso tratando de aplicar la psicología humana a
los animales. Y eran animales terráqueos.
—Perdóneme,
pero este asunto es muy distinto. Estamos hablando de la psicología de seres
racionales.
—Si,
y todo estaría muy bien si supiéramos al menos qué es la razón.
—¿No
lo sabemos? —preguntó Noonan, sorprendido.
—Créase
o no, no lo sabemos. Por lo común se emplea una definición trivial: la razón es
la parte de la actividad humana que diferencia al hombre de los animales. Es
como un intento de distinguir al amo del perro, que comprende todo pero no
puede hablar. En realidad, esta definición trivial da origen a otra más
ingeniosa, basada en la amarga observación de las actividades humanas ya
mencionadas. Por ejemplo: la razón es la capacidad que permite a una criatura
viva llevar a cabo actos irracionales o antinaturales.
—Si,
eso se refiere a nosotros, a mí y a los que son como yo —concordó Noonan,
amargamente.
—Por
desgracia. O qué le parece esta definición hipotética: la razón es una especie
de instinto complejo que aún no se ha formado del todo. Eso implica que la
conducta instintiva es siempre natural y que persigue un fin. Dentro de un
millón de años nuestro instinto habrá madurado y dejaremos de cometer los
errores que probablemente debemos a la razón. Y entonces, si algo cambiara en
el universo, todo; nos extinguiríamos..., precisamente porque habríamos
olvidado cómo cometer errores, es decir, cómo intentar varios enfoques que no
han sido estipulados por un programa inflexible de alternativas permitidas.
—Usted
se las arregla para que suene despectivo.
—De
acuerdo, probemos con otra definición, una muy noble y sublime. La razón es la
capacidad de utilizar las fuerzas del medio sin destruir ese medio.
Noonan
hizo una mueca y sacudió la cabeza.
—No,
eso no se refiere a nosotros. ¿Qué. le parece ésta? El hombre, a diferencia del
animal, es una criatura dotada de una indefinible necesidad de conocimiento. Lo
leí en alguna parte.
—Yo
también. Pero el problema consiste en que el hombre común (ese en que usted
piensa al hablar de «nosotros» y «los otros») supera con mucha facilidad esa
necesidad de conocimiento. Ni siquiera creo que haya tal necesidad. La hay, sí,
pero de comprender, y para eso no hace falta el conocimiento. La hipótesis de
Dios, por ejemplo, nos proporciona una oportunidad incomparablemente absoluta
de comprenderlo todo sin conocer nada. Da al hombre un sistema muy simplificado
del mundo y explica todos sus fenómenos sobre la base de ese sistema. Esa clase
de enfoques no requiere conocimiento de ninguna especie. Sólo unas pocas
fórmulas aprendidas de memoria, más lo que la gente llama intuición y lo que
llama sentido común.
—Un
momento —dijo Noonan.
Terminó
su cerveza y depositó ruidosamente la jarra sobre la mesa. Después contestó:
—No
se salga del tema. Volvamos al tema de nuestra conversación. El hombre se
encuentra con una criatura extraterrestre. ¿Cómo descubren ambos que los dos
son criaturas racionales?
—No
tengo la menor idea —dijo Valentine, con gran placer—. Todo lo que he leído
sobre ese tema cae en un círculo vicioso. Si son capaces de establecer
contacto, son racionales. Y viceversa; si son racionales son capaces de
establecer contacto. Y en general: si una criatura extraterrestre tiene el
honor de dominar una psicología humana, es racional. Una cosa así.
—¿Ah,
sí? ¡Y yo creía que ustedes tenían todo bien acomodado, cada cosa en su
casillero!
—Los
monos también pueden poner cosas en casilleros —replicó Valentine.
—No,
espere —exclamó Noonan, sintiéndose defraudado por algún motivo—. Si no saben
cosas tan simples como ésa... Bueno, al diablo con la razón. Por lo visto es un
verdadero pantano. Okey, pero ¿qué pasa con la Visitación? ¿Qué piensa usted de
la Visitación?
—Será
un placer. Imagine un picnic.
Noonan
se estremeció.
—¿Qué
dijo?
—Un
picnic. Imagine un bosque, una pradera. Un coche sale de la ruta y se de él
baja un grupo de gente joven, con botellas, cestos de comida, radios a
transistores y máquinas fotográficas. Encienden fuego, arman carpas, ponen
música. Por la mañana se marchan. Los animales, los pájaros y los insectos que
los han estado observando horrorizados durante la larga noche vuelven a salir
de sus escondrijos. ¿Y con qué se encuentran? Nafta y aceite derramados en el
pasto. Válvulas y filtros usados, estropajos, bombitas quemadas y alguna llave
inglesa que alguien olvidó. Manchas de aceite en el estanque. Y también, por
supuesto, las basuras de costumbre: corazones de manzana, envolturas de
caramelos, restos chamuscados de la hoguera, latas, botellas, un pañuelo, una
navaja, periódicos destrozados, monedas, flores marchitas recogidas en otra
pradera.
—Ya
entiendo; un picnic junto al camino.
—Precisamente.
Un picnic junto a algún camino del cosmos. Y usted pregunta si van a volver.
—Déjeme
fumar un cigarrillo. ¡Maldita sea esta seudociencia! Lo había imaginado todo
muy distinto.
—Está
en su derecho.
—Eso
significa que ni siquiera repararon en nosotros.
—¿Por
qué?
—Bueno
al menos que no nos prestaron atención.
—En
su lugar, yo no me preocuparía por eso, ¿sabe?
Noonan
aspiró el humo, tosió y arrojó el cigarrillo.
—No
me preocupo —dijo, terco—. No puede ser así. ¡Malditos sean todos ustedes, los
científicos! ¿De dónde sacan tanto disgusto con respecto al hombre? ¿Por qué
tratan siempre de poner a la humanidad por el suelo?
—Un
momento —dijo Valentine—. Escuche: —y citó:
—«¿Me
Pregunta usted en qué consiste la grandeza del hombre? ¿En que recrea la
naturaleza? ¿En que domina las fuerzas cósmicas? ¿En que conquistó el planeta
en poco tiempo y abrió una ventana al universo? ¡No! En que, a pesar de todo
eso, ha sobrevivido y tiene intenciones de seguir sobreviviendo en el futuro».
Hubo
un silencio. Noonan pensaba.
—No
se deprima —le dijo Valentine, con amabilidad—. Eso del picnic es una teoría
mía, nada más. Ni siquiera una teoría: imaginación, simplemente. Los xenólogos
serios están trabajando en versiones mucho más consistentes y halagadoras para
la vanidad humana. Por ejemplo, que todavía no se produjo la Visitación, sino
que está por venir. Una cultura altamente racional arrojó envases con
artefactos de su civilización hacia la Tierra. Esperan que estudiemos esos
artefactos, que demos un gigantesco salto tecnológico y que enviemos una señal
de respuesta, indicando que estamos listos para el contacto. ¿Le gusta ésa?
—Es
mucho mejor. Veo que, después de todo, entre los científicos hay gente decente.
—Aquí
tiene otra. La Visitación ha tenido lugar, pero no ha terminado, ni por asomo.
Estamos en contacto incluso mientras hablamos, aunque no tenemos conciencia de
ello. Los visitantes viven en la Zona y nos observan cuidadosamente, mientras
nos preparan para las crueles maravillas del futuro.
—¡Ahora
comprendo! Al menos eso explicaría la misteriosa actividad que hay en las
ruinas de la fábrica. A propósito, su picnic no explica eso.
—¿Cómo
que no? Alguna de las niñas pudo olvidar su osito a cuerda en la pradera.
—¡Vamos!
¡Lindo osito! ¡Hace temblar la tierra a su alrededor! ¿Qué le parece si tomamos
una cerveza? ¡Rosalie! ¡Dos cervezas para los xenólogos! Es muy agradable
charlar con usted, ¿sabe? Me despeja el cerebro, como si echara sal Inglesa en
el cráneo. Uno trabaja y trabaja, y acaba por olvidar para qué, y lo que pasa,
y cómo disfrutar de la vida.
Vino
la cerveza. Noonan tomó un sorbo, mirando a Valentine por sobre la corona de
espuma. Éste examinaba su jarrita con cara de disgusto.
—¿No
le gusta?
—Generalmente
no bebo —respondió Valentine, no muy seguro.
—¿En
serio?
—¡Al
diablo con todo! —exclamó el científico, apartando la jarra de cerveza—. Ya que
estamos, pídame un coñac.
—¡Rosalie!
—volvió a llamar Noonan, ya alegre.
Llegó
el coñac.
—Pero,
en verdad, ustedes no deberían seguir así —dijo Noonan—. No hablo de su picnic,
que ya es demasiado; pero aunque aceptemos la versión de que esto es un
preludio al contacto, sigue sin gustarme. Comprendo eso de los brazaletes y los
vacíos, pero ¿qué sentido tienen la jalea de brujas, las ronchas de mosquitos y
esa horrible pelusa?
—Perdón
—dijo Valentine, tomando una rodaja de limón—. No comprendo esa terminología.
¿Qué roncha?
Noonan
se echó a reír.
—Son
términos populares, el argot de los merodeadores, lo que se usa en el comercio.
Las ronchas de mosquitos son las zonas de gravitación acentuada.
—Ah,
los graviconcentrados. Gravedad dirigida. Eso es algo de lo que me gustaría
hablar durante un par de horas, pero usted no comprenderla una palabra.
—¿Por
qué no? Soy ingeniero, ¿sabe?
—Porque
yo mismo no entiendo. Tengo sistemas de ecuaciones, pero no la forma de
interpretarlas. Y la jalea de brujas, ¿es el gas coloidal?
—Exactamente.
¿Oyó hablar de esa catástrofe en los laboratorios Currigan?
—Algo
me dijeron.
—Esos
idiotas pusieron un envase de porcelana con esa jalea en un cuarto especial,
completamente aislados. Es decir, ellos creyeron que estaba aislado. Y cuando
abrieron el envase, mediante manipuladores, la jalea atravesó el metal y el
plástico y pasó afuera, como agua por un colador. Todo lo que tocó se convirtió
también en jalea. Murieron treinta y cinco personas, hubo más de cien heridos
que quedaron lisiados y todo el edificio quedó destruido. ¿Conocía las
instalaciones? ¡Magníficas! Ahora la jalea se ha filtrado hasta el sótano y los
pisos inferiores. Lindo preludio para un contacto.
Valentine
hizo una mueca.
—SI,
estaba enterado de todo eso. Pero estaremos de acuerdo, Richard, en que los
visitantes no tuvieron nada que ver con eso. No podían conocer la existencia de
nuestros complejos de industria militar.
—Debieron
saberlo —insistió Noonan.
—Tal
vez ellos responderían que esos complejos hace tiempo debieron haber
desaparecido.
—Seguro.
Y ellos mismos debieron encargarse de eso, ya que son tan poderosos.
—¿Sugiere
usted una interferencia en los asuntos internos de la raza humana?
—¡Hum!
—farfulló Noonan—. Creo que estamos llegando demasiado lejos. Dejémoslo así.
Propongo que volvamos al principio de nuestra discusión. ¿Cómo terminará todo
esto? Usted, por ejemplo; es científico. ¿Tiene esperanzas de que obtengamos
algo fundamental de la Zona, algo que altere la ciencia, la tecnología, nuestro
modo de vida?
Valentine
se encogió de hombros.
—Se
equivoca de puerta, Richard. No me gusta fantasear porque sí. Cuando el tema es
serio prefiero volverme a un saludable y prudente escepticismo. Basándonos en
lo que ya hemos recibido hay un amplio espectro de posibilidades; no puedo
decir nada concreto.
—Muy
bien, probemos otro enfoque. Según su opinión: ¿qué hemos recibido hasta ahora?
—Le
parecerá divertido, pero es muy poco. Hemos desenterrado muchos milagros; en
unos pocos casos descubrimos cómo emplear esos pocos milagros en provecho
propio. Un mono oprime un botón rojo y obtiene una banana; oprime uno blanco y
obtiene una naranja; pero no sabe cómo obtener bananas y naranjas sin los
botones. Tampoco entiende qué relación tienen los botones con la fruta. Fíjese
en los así-así, por ejemplo. Descubrimos el modo de emplearlos. Hasta llegamos
a descubrir las circunstancias bajo las cuales se multiplican, por un proceso
similar a la división celular. Pero todavía no hemos podido hacer un solo
así-así. Ni siquiera sabemos cómo funcionan, y a juzgar por las evidencias
actuales pasará mucho tiempo antes de que lo sepamos.
»Lo
diré de otro modo. Hay objetos a los cuales hemos hallado utilidad. Los
empleamos, pero casi con seguridad no les damos el uso que les daban los
visitantes. Estoy seguro de que en la gran mayoría de los casos estamos
martillando clavos con microscopios. Pero al menos damos utilidad a algunas
cosas: los así-así y los brazaletes, con los que estimularnos los procesos
vitales. Y varios tipos de masas cuasi biológicas, que han provocado una
revolución en la medicina. Hemos recibido nuevos tranquilizantes nuevos tipos
de fertilizantes minerales, que son una novedad en la agricultura. Pero para
qué hacer una lista. Usted lo sabe mejor que yo; veo que usa un brazalete.
Digamos que este grupo de objetos es benéfico. Se puede decir que han
beneficiado a la humanidad en cierto grado, aunque no debemos olvidar que, en
nuestro mundo euclidiano, cada palo tiene dos extremos.
—¿Aplicaciones
indeseables?
—Exactamente.
Por ejemplo, el uso de los así-así en la industria bélica. Pero no es de eso de
lo que estoy hablando. Ya se ha estudiado y explicado, más o menos, el efecto
de los objetos benéficos. Nuestra tecnología avanza. Dentro de cincuenta años,
o más, sabremos cómo fabricarlos por nuestra cuenta y podremos roer huesos a
gusto. Pero con el otro grupo de objetos las cosas son más complicadas, porque
no les hemos hallado aplicación; sus cualidades, en el marco de nuestros
conceptos presentes, nos son definitivamente incomprensibles. Las trampas
magnéticas, por ejemplo. Sabemos que son trampas magnéticas; Panov lo probó con
mucha inteligencia, Pero no conocemos la fuente de ese poderoso campo
magnético, ni qué causa su superestabilidad. En lo que a ellos se refiere, no
entendemos nada. Sólo podemos tejer fantásticas teorías acerca de propiedades
del espacio que hasta ahora no hablamos sospechado. O el K-23. ¿Cómo lo llaman?
Esas lindas cuentas negras que se usan en joyería.
—Gotitas
negras.
—Eso
es, las gotitas negras. El nombre es adecuado. Bueno, usted ya conoce sus
propiedades. Si uno proyecta un rayo de luz en una de esas cuentas, la
transmisión de la luz se demora, y esa demora depende del peso de la cuenta y
de varios parámetros más. Y la unidad de luz que sale es siempre menor que la
entrada. ¿Qué es esto? ¿Por qué se produce? Hay una descabellada teoría, según
la cual las gotitas negras son gigantescas expansiones de espacio con
propiedades distintas a las del nuestro, y que se han comprimido bajo la
influencia de nuestro espacio.
Valentine
suspiró profundamente y concluyó:
—En
pocas palabras, los objetos de este segundo grupo no tienen aplicación alguna
para la vida humana actual, aunque desde un punto de vista puramente científico
son de una importancia fundamental. Son respuestas que nos han caído del cielo
antes de que pudiéramos plantearnos las preguntas. Tal vez Sir Isaac no habría
podido desentrañar los Láser, pero al menos habría comprendido que son posibles
y eso habría tenido una gran influencia en su criterio científico. No quiero
entrar en detalles, pero la existencia de objetos tales como las trampas
magnéticas, el K-23 y el anillo blanco ha invalidado muchas de nuestras teorías
recientes, para aportar ideas completamente nuevas. Y todavía hay un tercer
grupo.
—Sí
—dijo Noonan—, la jalea de brujas y otras mercaderías.
—No,
no. Esos pueden entrar en la primera o en la segunda categoría. Hablo de
objetos de los que no sabemos nada o tenemos sólo conocimientos de oídas. Esas
cosas que los merodeadores nos sacaron bajo nuestras narices, para venderlas
Dios sabe a quién, o para esconderlas. Cosas de las que nadie habla. Cosas que
se han convertido en leyendas, o casi, La Máquina de los deseos, Dick el
Vagabundo y los fantasmas alegres.
—¡Un
momento! ¿Qué es todo eso? Lo de la máquina de los deseos más o menos lo
imagino, pero...
Valentine
se echó a reír.
—Ya
ve que también nosotros tenemos nuestro vocabulario comercial. Dick el
Vagabundo... es el hipotético osito a cuerda que hace estragos en la vieja
planta. Y el fantasma alegre es cierta peligrosa turbulencia que se produce en
algunos sectores de la Zona.
—Primera
vez que los oigo nombrar.
—¿Comprende,
Richard? Hace veinte años que escarbamos en la Zona, pero todavía no sabemos ni
la milésima parte de lo que contiene. Y si vamos a hablar de los efectos de la
Zona sobre el hombre... A propósito, al parecer vamos a tener que agregar otra
categoría, un cuarto grupo. No de objetos, sino de efectos. Este grupo ha sido
vergonzosamente descuidado aunque, en lo que a mí atañe, hay hechos de sobra
para investigar. A veces, Richard, a veces se me ponen los pelos de punta
cuando pienso en esos hechos.
—Los
zombies —propuso Noonan.
—¿Qué?
Oh, no, eso es meramente enigmático. Cómo le diré... Es algo que al menos
podemos imaginar. Me refiero cosas que comienzan a pasar súbitamente, sin
motivos; fenómenos ni físicos ni biológicos.
—Ah,
se refiere a los emigrantes.
—Exactamente.
La estadística es una ciencia muy precisa, como usted sabe, aunque se maneja
con sucesos de azar. Además es una ciencia elocuente y bella.
Valentine
parecía estar achispado. Hablaba más alto, se le subido el color a las mejillas
y las cejas asomaban por encima de sus anteojos ahumados, convirtiéndole la
frente en una tabla de lavar.
—Me
gustan los abstemios —dijo Noonan.
—¡No
se me salga del tema! —dijo Valentine—. Oiga, ¿qué puedo decirle? Es muy
extraño.
Alzó
la copa, bebió la mitad de un solo trago y prosiguió.
—No
sabemos qué pasó con los pobres Harmonitas en el momento de la Visitación, pero
ahora uno de ellos decide emigrar, el más típico de los hombres comunes. Un
peluquero, hijo y nieto de peluqueros. Se muda a Detroit, digamos. Abre una
peluquería. Y entonces empieza el baile. El noventa por ciento de sus clientes
muere en el curso de un año: en accidentes de tránsito, cayéndose por cualquier
ventana, víctimas de mafioso o asaltantes, ahogándose en aguas playas,
etcétera, etcétera. En Detroit y sus suburbios se produce una cantidad de
desastres naturales: de pronto aparecen en la zona tifones y tornados que no se
han visto desde el mil ochocientos y pico. Toda esa clase de cosas. Y tales
cataclismos ocurren en cualquier ciudad en que se establece un emigrante venido
de cualquiera de las Zonas. El número de catástrofes es directamente
proporcional al número de emigrantes que se hayan instalado en la ciudad.
Además hay que hacer notar que esa reacción se produce sólo ante la presencia
de emigrantes que vivían aquí en el momento de la Visitación. Quienes nacieron
después de ella no influyen sobre las estadísticas de accidentes y desastres.
Usted lleva diez años viviendo aquí, pero se mudó después de la Visitación; no
habría problemas en reubicarlo, aunque fuera en el Vaticano. ¿Cómo se explica
esto? ¿Qué debemos descartar, las estadísticas o el sentido común?
Valentine
tomó su vaso y terminó la bebida de un trago. Richard Noonan se rascó la
cabeza.
—Humm,
sí. Ya había oído hablar de eso, claro, pero... este... pensé que eran...
exageraciones, por decirlo suavemente. Realmente, desde el punto de vista de
nuestra ciencia, altamente desarrollada...
—O,
por ejemplo, el efecto de mutaciones que provoca la Zona —le interrumpió
Valentine.
Se
quitó los anteojos y miró a Noonan con ojos oscuros y miopes.
—Cualquiera
que pase determinada cantidad de tiempo dentro de la Zona sufre cambios,
fenotípicos y genotípicos. Ya sabe usted qué clase de hijos pueden tener los
merodeadores, y sabe también qué les pasa a ellos mismos. ¿Por qué? ¿Dónde está
el factor de mutación? En la Zona no hay radiación. Aunque el aire y el suelo
tienen allí una estructura química particular, no presentan ningún peligro de
mutación. ¿Qué debo hacer en esas circunstancias? ¿Creer en brujerías, en el
mal de ojo?
—Estoy
de acuerdo. Pero, francamente, me preocupan mucho más los cadáveres revividos
que sus estadísticas. Especialmente porque nunca he visto las estadísticas,
pero a los zombies sí... y los he olido.
Valentine
descartó aquella afirmación con un gesto de la mano.
—Zombies,
bah. Tendría que darle vergüenza, Richard. Después de todo, usted es hombre
instruido. En primer lugar, no son cadáveres. Son moldeados, reconstrucciones
sobre el esqueleto, maniquíes. Y le aseguro que, desde el punto de vista de los
principios fundamentales, sus moldeados no son más sorprendentes que las pilas
eternas. Lo que ocurre es que los así-así violan la primera ley de la
termodinámica y los moldeados violan la segunda. Todos somos hombres de las
cavernas, en un sentido o en otro. No podemos imaginar nada más Espantoso que
un fantasma. Pero la violación a la ley de casualidad es mucho más espantosa
que toda una estampida de fantasmas. Y que todos los monstruos, de Rubinstein.
¿O era...?
—Frankenstein.
—Ah,
sí, Frankenstein. La señora Shalley. La esposa del poeta. O la hija.
De
pronto se echó a reír, y agregó:
—Nuestros
moldeados poseen una extraña propiedad: posibilidad de vida autónoma. Por
ejemplo, si usted les corta una parte del cuerpo, esa parte sigue viviendo. Por
su cuenta. Sin necesidad de nutrirla con soluciones fisiológicas. Hace poco
trajeron uno de esos al Instituto. Me lo contó un ayudante de laboratorio de
Boyd.
Valentine
soltó una estruendoso carcajada.
—¿No
es hora de que nos vayamos, Valentine? —preguntó Noonan, echando una ojeada a
su reloj—. Tengo algunos asuntos importantes que atender.
—Vamos.
Valentine
intentó meter la cara en los anteojos; al fin tuvo que tomarlos con las dos
manos para ponérselos sobre la cara.
—¿Tiene
coche? —preguntó.
—SI;
lo llevo.
Pagaron
la cuenta y se dirigieron hacia la puerta. Valentine no dejaba de hacer venias
burlonas a algunos empleados de laboratorio que observaban con curiosidad a
aquel físico de fama internacional. Ya en la puerta se le cayeron los anteojos
por saludar al sonriente portero; los tres lanzaron sendos manotazos para
atajarlos.
—Mañana
tengo que hacer un experimento. Es muy interesante, sabe, murmuró Valentine
mientras subía al automóvil.
Pasó
a describir el experimento. Noonan lo llevó hacia el complejo de ciencias.
Ellos
también tienen miedo, pensaba al volver al coche. También los tragalibros están
asustados, Y así debe ser. Ellos tendrían que estar más asustados que todos
nosotros untos, la gente común. Nosotros no entendemos nada; ellos, en cambio,
entienden lo mucho que no entienden. Miran dentro de un pozo sin fondo y saben
que inevitablemente deben descender a él. Se les estruja el corazón, pero
tienen que bajar, y lo importante es: ¿podrán volver a subir? Mientras tanto
nosotros, los meros mortales, apartamos la vista, por decirlo así. Bueno, tal
vez así debe ser. Que todo siga su curso, que nosotros seguiremos el nuestro.
Él tenía razón: el acto más heroico de la humanidad ha sido sobrevivir y querer
seguir sobreviviendo. Pero aun así él mandaría a los visitantes al demonio, si
pudiera. Por qué no hicieron el picnic en otra parte. En la Luna, o en Marte.
Inútiles sin corazón, como todo el resto, aunque en verdad sepan comprimir el
espacio. Así que hicieron un picnic. Un picnic.
¿Cuál
es la mejor manera de tratar con mis organizadores de picnics?, pensó, mientras
conducía lentamente por las calles mojadas y llenas de luz. ¿Cuál es el modo
más inteligente? Seguir la ley del menor esfuerzo, como en mecánica. ¿Para qué
diablos sirve ese estúpido diploma de ingeniero si ni siquiera puedo hallar la
forma de atrapar a ese rengo hijo de puta?
Estacionó
el coche frente a la casa donde vivía Redrick Schuhart y se quedó sentado,
planeando el modo de abrir la conversación. Después retiró el así-así y bajó
del auto. Recién entonces notó que la casa parecía deshabitada. Casi todas las
ventanas estaban a oscuras; no había nadie en el parque y hasta las luces
exteriores estaban apagadas.
Eso
le recordó lo que estaba a punto de ver, haciendo que se estremeciera. Hasta
pensó en la posibilidad de telefonear a Schuhart y hablar con él en el coche o
en algún bar tranquilo, pero rechazó la idea por muchos motivos. Además, se
dijo, no es cosa de comportarse como todos esos personajes que huyen como las
ratas del barco que se hunde.
Entró
por la puerta principal y subió lentamente las escaleras polvorientas. Todo
estaba silencioso; muchas de las puertas instaladas en los rellanos estaban
entornadas o completamente abiertas; los departamentos olían a tierra y a
humedad. Se detuvo ante la puerta de Redrick, se alisó el pelo, aspiró
profundamente y tocó el timbre. Por un rato no hubo ruido alguno del otro lado;
al cabo crujió el piso, giró la cerradura y la puerta se abrió silenciosamente.
Noonan no había oído los pasos.
En
el vano apareció Monita, la hija de Schuhart. Una luz brillante emergía del
vestíbulo, y al principio Noonan sólo pudo ver la silueta oscura de la niña.
Notó lo mucho que había crecido en los últimos meses, pero en seguida ella dio
un paso atrás, hacia el vestíbulo, con lo cual la cara le quedó a la vista.
Noonan sintió la garganta seca por un segundo.
—Hola,
María —dijo, tratando de ser tan gentil como fuera posible—. ¿Cómo estás,
Monita?
Ella
no respondió. Retrocedió silenciosamente hacia el living, mirándolo por debajo
de las cejas, como si no lo reconociera. A decir verdad, tampoco él podía
reconocerla. Es la Zona, pensó. Maldición.
—¿Quién
es? —preguntó Guta, asomándose desde la cocina—. ¡Dios mío, es Dick! ¿Dónde te
habías metido? ¿Sabes? ¡Redrick ha vuelto!
Corrió
hacia él secándose las manos con el repasador que le colgaba del hombro.
Todavía era hermosa, enérgica, fuerte, pero se la notaba fatigada; la cara le
había adelgazado y tenía los ojos... ¿afiebrados, tal vez? Él le dio un beso en
la mejilla y le entregó el sombrero y el impermeable.
—Disculpa,
disculpa, pero no tenía tiempo para venir. ¿Está aquí?
—Está
—replicó Guta—. Está con alguien, pero supongo que se irá pronto, porque hace
rato que vino. Vamos, pasa, Dick.
Él
dio varios pasos por el vestíbulo y se detuvo en la puerta del living. Ante la
mesa había un hombre sentado. Un moldeado. Inmóvil, ligeramente inclinado. La
luz rosada de la lámpara le caía sobre la cara ancha y oscura, iluminando la
boca hundida y sin dientes, los ojos quietos, sin brillo. Noonan percibió
inmediatamente el olor. Sabía que era sólo imaginación, que el olor duraba sólo
unos pocos días antes de desaparecer por completo, pero Richard Noonan lo
percibió con la memoria: el olor fétido y denso de la tierra removida.
—Podemos
ir a la cocina —se apresuró a decir Guta—. Estoy preparando la comida. Así
podremos charlar.
—¡Claro,
por supuesto! —respondió él, animadamente—. No has olvidado que me gusta tomar
un trago antes, de cenar, ¿verdad?
Pasaron
a la cocina. Guta abrió la heladera mientras Noonan se sentaba a la mesa y
miraba a su alrededor. Como de costumbre, todo estaba limpio y brillante; en
las hornallas había cacerolas humeantes. La cocina era nueva, semiautomática;
eso quería decir que en la casa había dinero.
—Bueno,
dime cómo está —preguntó.
—Igual.
Perdió peso en la cárcel, pero ya lo estoy engordando.
—¿Sigue
pelirrojo?
—¡Por
supuesto!
—¿Y
de pocas pulgas?
—¡Qué
te parece! Lo será hasta el día de su muerte. —Guta le alcanzó un Bloody Mary.
La capa transparente de vodka ruso parecía flotar en la capa de jugo de
tomate—. ¿Demasiado?
—No,
está justo.
Noonan
bajó el contenido del vaso. Era el primer trago fuerte que tomaba en todo el
día.
—Ahora
me siento mejor —dijo.
—Y
tú, ¿andas bien? —preguntó Guta—. ¿Por qué pasaste tanto tiempo sin venir?
—Esos
malditos negocios. Todas las semanas quería llegarme hasta aquí o por lo menos
llamar por teléfono, pero primero tuve que ir a Rexópolis; después hubo mucho
trabajo, y finalmente me dijeron que Redrick había vuelto; pensé que sería
mejor dejarlos solos por unos días. Realmente, estoy enloquecido, Guta, A veces
me pregunto para qué diablos corro tanto. Para hacer dinero, pero para qué
quiero dinero si no hago más que correr haciéndolo.
Guta
tapó las ollas con gran estruendo, sacó un atado de cigarrillos del estante y
se sentó a la mesa, frente a Noonan, con los ojos bajos. Noonan buscó su
encendedor y le dio fuego. Y una vez más, por segunda vez en su vida, vio que a
Guta le temblaban las manos; como aquella vez, cuando acababan de sentenciar a
Redrick y Noonan fue a llevarle algún dinero. Ella tuvo muchos problemas al
principio; no disponía de un centavo, ni tenía en el vecindario quien le
prestara. De pronto empezó a disponer de dinero, y en grandes sumas, a juzgar
por las evidencias; Noonan tenía una idea bastante aproximada con respecto al
origen, pero siguió visitándola. Llevaba dulces y juguetes a Monita, pasaba
tardes enteras tomando café con Guta, planeando una vida nueva y feliz para
Redrick. Después de haberla escuchado iba a la casa de los vecinos y trataba de
hacerlos entrar en razón; explicaba, sobornaba o, ya acabada su paciencia,
irrumpía en amenazas: «Saben que Red va a volver y los va a hacer pedazos».
Pero no servía de nada.
—¿Cómo
está tu novia? —preguntó Guta.
—¿Qué
novia?
—La
que vino contigo aquella vez, esa rubia.
—¡Ésa
no era mi novia! Era mi secretaria. Se casó y renunció.
—Tendrías
que casarte, Dick. ¿No quieres que te presente a alguna muchacha?
Noonan
iba a darle la respuesta de costumbre: «Bueno, estoy esperando a que Monita
termine de crecer». Pero no pudo. No iba a salirle nunca más.
—Lo
que necesito no es una esposa, sino una secretaria —protestó—. ¿Por qué no
abandonas a ese infernal pelirrojo y vienes a hacerme de secretaria? Eras una
maravilla. El viejo Harris todavía se acuerda de ti.
—No
lo dudo. Me quedaba la mano amoratada de tanto pegarle.
—¡No
me digas! —exclamó Noonan, fingiendo sorpresa—. ¡Ese Harris!
—¡Dios!
Nunca lo pude tragar. Mi único problema era que Red se enterara.
Monita
entró silenciosamente y se demoró junto a la puerta. Miró las cacerolas, miró a
Richard y finalmente se arrimó a su madre para recostarse contra ella, con la
cara vuelta hacia otro lado.
—¿Qué
tal, Monita? —dijo Richard, animoso—. ¿Quieres chocolate?
Sacó
del bolsillo superior una barra de chocolate envuelta en plástico y la tendió a
la niña. Ella no se movió. Guta tomó la barra y la dejó sobre la mesa. Tenía
los labios pálidos.
—Bueno,
Guta, ¿sabe que he decidido mudarme? Prosiguió él, siempre animoso—, Estoy
cansado de vivir en hoteles; y tan lejos del Instituto.
—Comprende
cada vez menos —dijo Guta suavemente casi nada, ya.
Él
se interrumpió, levantó el vaso con ambas manos y lo hizo girar distraídamente.
—No
has preguntado cómo nos va —continuó ella—. Y tienes razón. Pero eres un viejo
amigo, Dick, y no tenemos secretos para ti. De cualquier modo no hay forma de
guardar ese secreto.
—¿La
han llevado a un médico? —preguntó él, sin levantar la vista.
—Sí.
No pueden hacer nada. Uno de ellos dijo...
Guta
se interrumpió. También él guardó silencio. No había nada que decir y tampoco
quería pensar en eso. De pronto se le ocurrió una idea horrible: era una
invasión. No se trataba de un picnic junto al camino ni de un preludio al
Contacto, sino de una invasión. Como no pueden cambiarnos a nosotros, pensó, se
meten en el cuerpo de nuestros hijos y los transforman a su imagen y semejanza.
Sintió un escalofrío, pero entonces recordó que había leído algo por el estilo
en un libro barato de cubierta chillona, y se sintió mejor. Uno es capaz de
imaginar cualquier cosa. Y la vida real no es nunca como uno imagina.
—Uno
de ellos dijo que ya no es humana.
—Tonterías
—replicó Noonan con voz hueca—. Tendrían que ver a un buen especialista. ¿Por
qué no van a ver a James Cutterfield? Si quieren yo puedo hablarle y combinar
una cita.
—¿Te
refieres al Matasanos? —preguntó ella, riendo nerviosamente—. Gracias, no te
molestes. Él fue quien dijo eso. Creo que es el destino.
Cuando
Noonan se atrevió a levantar la vista, Monita se había ido y Guta permanecía
inmóvil, con la boca entreabierta y los ojos vacíos; en la punta de su
cigarrillo había un largo cilindro de ceniza. Él empujó el vaso hacia ella.
—Prepárame
otro, por favor, y uno para ti. Bebamos un poco.
Cayó
la ceniza. Guta buscó el cenicero para dejar la colilla; acabó por arrojarla en
el tacho de la basura.
—Por
qué, eso es lo que no puedo entender, en la ciudad hay mucha gente más mala que
nosotros.
Noonan
creyó que estaba por llorar, pero no fue así. Ella abrió la heladera, sacó el
vodka y el jugo y tomó otro vaso del armario.
—No
pierdas la esperanza. Todo se arregla en esta vida. Y yo tengo conexiones muy
importantes, Guta, créeme. Haré todo lo que pueda.
Lo
decía sinceramente; incluso estaba repasando mentalmente la lista de los
conocidos que tenía en diversas ciudades; le parecía haber oído hablar de casos
similares que habían terminado bien. Sólo hacía falta recordar dónde era y de
qué médico se trataba. Pero entonces recordó al señor Lemehen, y recordó
también por qué se había hecho amigo de Guta, y no quiso pensar más en todo
eso. Borró todos sus pensamientos sobre conexiones, se acomodé en la silla y se
relajó para esperar su copa.
Hubo
un ruido de pasos que se arrastraban y un golpe sordo en el vestíbulo. Después,
la voz más que repulsiva de Cuervo Burbridge.
—¡Eh,
Red! Parece que tu querida Guta tiene visitas. Veo un sombrero. Yo que tú no
los dejaría solos.
Y la
voz de Red:
—Ten
cuidado con tu pierna ortopédica, Cuervo. Y cierra la boca. Allí tienes la
puerta, no te olvides de irte. Tengo que cenar.
—¡Diablos,
ni siquiera se puede hacer un chiste!
—Ya
hemos hecho todos los chistes del mundo. Basta. Ahora vete.
Chasqueó
la cerradura y las voces se oyeron más apagadas. Al parecer habían salido al
vestíbulo. Burbridge dijo algo en voz baja y Redrick replicó:
—¡Bueno,
basta, ya hemos hablado!
Más
gruñidos de Burbridge y la áspera respuesta de Red:
—¡Dije
que basta!
Un
portazo y pasos en el vestíbulo, rápidos y firmes. Redrick Schuhart apareció en
la puerta de la cocina. Noonan se levantó para saludarlo con un cálido apretón
de manos.
—Estaba
seguro de que eras tú —dijo Redrick, mientras sus ojos verdosos inspeccionaban
sin demora a Noonan—. ¡Aumentaste de peso, gordo! Sigues sin ocuparte de eso,
¿eh? Veo que te das la gran vida. Guta, vieja, prepara uno para mí también.
Tengo que alcanzarlos.
—Todavía
no hemos comenzado. ¿Quién se te puede adelantar?
Redrick
rió ásperamente y palmeó a su amigo en el hombro.
—¡Ahora
veremos quién alcanza a quién! A ver, vamos, ¿qué estamos haciendo aquí, en la
cocina? Guta, trae la cena.
Abrió
la heladera y volvió con una botella de etiqueta brillante.
—¡Nos
daremos un festín! —anunció—. Hay que tratar como a un rey a nuestro viejo
amigo Richard Noonan, que no abandona a sus compañeros cuando lo necesitan.
Aunque nunca sirvió de nada. Es una lástima que Gutalin no esté aquí.
—¿Por
qué no lo llamas? —sugirió Noonan.
Redrick
meneó la roja cabeza.
—Las
líneas de teléfono todavía no llegan adonde él está esta noche. Vamos.
Fue
al living y plantó la botella sobre la mesa.
—¡Vamos
a celebrar, papá! —dijo al anciano inmóvil—. ¡Aquí está Richard Noonan, nuestro
buen amigo! Dick, te presento a mi papá, Schuhart padre.
Richard
Noonan, con la mente reducida a una bola impenetrable, sonrió de oreja a oreja,
agitó la mano y dijo, mirando al moldeado:
—Encantado
de conocerlo, señor Schuhart. ¿Cómo le va?
En
seguida se dirigió a Schuhart hijo, que maniobraba por el bar, diciendo:
—Sabes,
creo que ya nos conocemos, Red. Nos vimos una vez, pero muy brevemente, claro.
—Siéntate
—le dijo Redrick, señalando la silla opuesta al viejo—. Si quieres hablarle,
hazlo en voz alta. No oye nada.
Sacó
vasos, abrió rápidamente la botella y se volvió hacia Noonan.
—Sirve
tú. Para papá un poquito apenas; cúbrele el fondo. Noonan se tomó su tiempo
para servir. El viejo seguía en la misma posición, mirando fijamente la pared.
Tampoco reaccionó cuando Noonan le arrimó el vaso. Éste ya se había adaptado a
la nueva situación. Era como un juego, terrible y patético. Red era quien lo
jugaba y él lo siguió, como había seguido el juego a tanta gente durante toda
su vida; juegos terribles, patéticos, vergonzosos y en algunos casos, mucho más
peligrosos que aquél. Redrick levantó el vaso y dijo:
—Bueno,
¿empezamos?
Noonan
asintió con total naturalidad. Ambos bebieron. El pelirrojo, con los ojos
brillantes, siguió hablando en aquel tono excitado y ligeramente artificioso.
—¡Así
es, hermano! La cárcel puede olvidarse de mi. ¡Si supieras qué bueno es estar
otra vez en casa! Tengo plata y he elegido un pequeño chalet para mí, nuevo,
con jardín... Tan lindo como el de Cuervo. Sabrás que quería emigrar; lo había
decidido cuando estaba en la cárcel. Qué estaba haciendo en este pueblucho de
mala muerte, pensaba; que se venga abajo, por mí. Pero cuando volví me esperaba
una sorpresa: ¡Habían prohibido la emigración! ¿Es que en los últimos dos años
nos ha atacado la peste?
Hablaba
y hablaba. Noonan se limitaba a asentir, sorbía su whisky e intercalaba alguna
exclamación de simpatía o cualquier pregunta retórica. Después empezó a
preguntarle sobre su chalet: de qué clase era, dónde estaba, cuánto costaba. Y
discutieron. Noonan insistía en que era caro y en que no estaba bien ubicado.
Sacó la libreta de direcciones, la hojeó y le dio direcciones de chalets
abandonados que se vendían por chauchas y palitos. Y las reparaciones le
saldrían casi gratuitas, pues podía solicitar el permiso de emigración para que
se lo negaran y le dieran la indemnización. Con eso pagaría los arreglos.
—Veo
que tú también estás en el asunto de la no emigración.
—Estoy
un poco en todo —replicó Noonan, guiñado el ojo.
—Lo
sé, lo sé, nos hemos enterado de tus asuntos.
El
amigo dilató los ojos en ademán de sorpresa y se llevó un dedo a los labios,
señalando hacia la cocina con la cabeza.
—No
te preocupes, todo el mundo lo sabe —dijo Redrick—. El dinero no tiene nombre,
eso ya lo aprendí. ¡Pero poner a Mosul de gerente! ¡Casi me caigo de la risa
cuando me enteré! Es como meter un elefante en un bazar. Es un caso perdido, ya
lo sabes. Lo conocemos desde chicos.
Se
quedó callado, mirando al viejo. Un estremecimiento le cruzó la cara. Noonan
notó, sorprendido, la expresión de ternura, de auténtico y sincero amor en
aquella máscara encallecida. Mientras lo observaba recordó lo que había pasado
cuando los empleados del laboratorio Boyd fueron a la casa en busca del
moldeado. Eran dos ayudantes de laboratorio, ambos jóvenes, atléticos y todo, y
un médico del hospital municipal con dos enfermeros forzudos y corpulentos, de
ésos a quienes se encarga llevar las camillas pesadas y dominar a los pacientes
histéricos. Uno de los ayudantes dijo más tarde que «ese pelirrojo», al
principio, parecía no comprender de qué se trataba, ya que los dejó entrar al
departamento para revisar al padre. Tal vez habría permitido que se lo llevaran,
porque al parecer Redrick creía que lo iban a hospitalizar en observación. Pero
esos idiotas de los enfermeros (que hasta entonces no habían hecho sino mirar a
Guta, quien lavaba las ventanas de la cocina) agarraron al viejo como si fuera
un tronco y lo dejaron caer al suelo. Redrick enloqueció. Entonces el bobo del
médico tuvo la mala idea de explicar de qué se trataba. Redrick lo escuchó por
uno o dos minutos; súbitamente explotó sin previo aviso, como una bomba de
hidrógeno. El ayudante que contó el caso no recordaba cómo fue a parar a la
calle. Aquel diablo rojo los bajó a los cinco por la escalera, sin que ninguno
pusiera nada de su parte. Salieron del vestíbulo como balas de cañón. Dos
quedaron inconscientes en la calle, mientras Redrick perseguía a los otros tres
a lo largo de cuatro cuadras. Después, al volver, rompió todas las ventanillas
del coche del Instituto; el conductor había salido a la carrera al ver lo que
estaba pasando.
—Aprendí
a preparar un cóctel nuevo —decía Redrick, mientras servía más whisky—. Se
llama «Jalea de Brujas». Después de comer te prepararé uno. No es algo que se
pueda tomar con el estómago vacío, hermano; es peligroso para la salud. Basta
un trago para que se te adormezcan las piernas y los brazos. Digas lo que
digas, Dick, esta noche pienso tratarte como a un rey. Recordaremos los viejos
tiempos, el Borscht. El viejo Ernie todavía está a la sombra, ¿sabías?
Bebió,
se enjugó la boca con el dorso de la mano y preguntó en tono indiferente:
—¿Qué
hay de nuevo en el Instituto? ¿Todavía no han dominado la jalea de brujas? Me
he quedado un poco atrás con la ciencia.
Noonan
comprendió por qué sacaba el tema y alzó las manos con desesperación.
—¿Estás
bromeando? ¿Sabes lo que pasó con esa jalea? ¿No has oído hablar de los
Laboratorios Currigan? Hay cierto pequeño proveedor particular... Y
consiguieron un poco de jalea.
Le
habló de la catástrofe. Le contó el misterioso hecho de que jamás hubieran
podido atar cabos; no se sabía de dónde la había conseguido el laboratorio.
Redrick escuchaba con cara de distraído, haciendo chasquear la lengua y
meneando la cabeza. Después sacudió decididamente la botella sobre los vasos.
—Es
lo que se merecen, esos chupasangres. Ojalá se les atraganto.
Bebieron.
Redrick contempló a su padre y la cara volvió a estremecérsele.
—¡Guta!
—gritó—. ¿Quieres matarnos de hambre? Y agregó, dirigiéndose a Noonan: —Se está
rompiendo toda para atenderte. Quiere preparar tu ensalada favorita, con
langosta. Había comprado un poco por las dudas vinieras.
—Bueno.
Cómo andan las cosas Instituto, en general? ¿Descubrieron algo nuevo? Dicen que
han puesto robots a trabajar con todo en la Zona, pero que no consiguen mucho
con ellos.
Noonan
se dedicó al tema del Instituto; mientras hablaba apareció Monita
silenciosamente y se instaló ante la mesa, junto al anciano. Allí se quedó, con
las zarpas peludas sobre la mesa. Después, como cualquier criatura, se recostó
contra el moldeado y apoyó la cabeza sobre su hombro. Noonan siguió charlando,
pero pensaba, sin poder apartar la vista de aquellos dos espantos originados en
la Zona: Dios mío, ¿qué más? ¿Qué más tienen que hacernos para que
comprendamos? ¿No basta con esto?. Pero sabía que no bastaba. Sabía que
millones y millones de personas no sabían nada ni querían saberlo, y aunque lo
descubrieran no harían más que decir «¡Ooh!» y «¡Ahh!» durante cinco minutos;
después volvería cada uno a su rutina. Decidió bruscamente que era hora de marcharse.
Al diablo con Burbridge, al diablo con Lemehen y al diablo con aquella maldita
familia.
—¿Por
qué los miras tanto? —preguntó Redrick suavemente—. No tengas miedo, él no le
hará daño. Dicen incluso que generan buena salud.
—Sí,
lo sé —dijo Noonan.
Y
vació su copa. En ese momento entró Guta, ordenó a Redrick que pusiera la mesa
y dejó sobre ella una gran fuente de plata con la ensalada favorita de Noonan.
—Bueno,
amigos —anunció Redrick—, ahora nos daremos un festín.
4.
Redrick Schuhart, treinta y un años.
El
valle se había refrescado durante la noche; al amanecer hacía frío. Caminaban a
lo largo del terraplén, pisando los durmientes podridos entre las vías
herrumbradas. Redrick contemplaba las gotas de niebla que, al condensarse,
brillaban sobre la chaqueta de cuero de Arthur Burbridge. El muchacho caminaba
ágilmente, con alegría, como si nada supiera de la noche agotadora, de la
tensión nerviosa que todavía le hacía doler las venas del cuerpo, ni de las dos
horas terribles que habían pasado en la cima de la colina, apretados espalda
contra espalda para darse calor, mientras esperaban, en torturante somnolencia,
que pasara el flujo de materia verde y desapareciera en la garganta.
La
niebla se espesaba a ambos lados del terraplén. De vez en cuando trepaba hasta
los rieles con pesados pies grises; en esos lugares había que caminar hundidos
hasta la rodilla entre vapores arremolinados. El aire olía a herrumbre; el
basural, a la derecha del terraplén, a putrefacción y moho. La neblina lo
ocultaba todo, pero Redrick sabía que estaban en una planicie ondulada, con
cúmulos de desperdicios, y que había montañas ocultas en la penumbra, más allá.
También sabía que al salir el sol, cuando la niebla se asentara en rocío, vería
hacia la izquierda el helicóptero caído y hacia adelante, los
vagones-plataformas para el transporte de metal en bruto. Entonces comenzaría
el verdadero trabajo.
Redrick
deslizó una mano bajo la mochila y la levantó un poco, para que el borde del
tanque de helio no se le clavara en la columna. «Es pesada, pensó; ¿cómo voy a
arrastrarme con ella? Un kilómetro y medio en cuatro patas. Bueno, merodeador,
a qué protestar ahora. Ya sabías en qué te estabas metiendo. Hay quinientos mil
al final del camino. Vale la pena aguantar un esfuerzo. Quinientos mil, no está
nada mal. Que me maten si la doy por menos. O si le doy a Cuervo más de
treinta. ¿Y el novato? El novato no recibe nada. Si el viejo dijo por lo menos
media verdad, el novato no recibe nada.»
Volvió
a mirar la espalda de Arthur y vio, entrecerrando los ojos, que el muchacho
franqueaba dos durmientes a cada paso; era de espaldas anchas y cadera angosta.
El pelo renegrido, como el de la hermana, saltaba rítmicamente. «Él se lo
buscó», pensó Redrick, ceñudo. Él mismo. ¿Por qué insistió tanto en venir? ¿Con
tanta desesperación?
Temblaba,
tenía los ojos llenos de lágrimas. «¡Lléveme, señor Schuhart! Muchos otros se
ofrecieron a llevarme, pero ninguno sirve. Mi padre... ¡Pero él ya no puede
llevarme!». Redrick se obligó a descartar ese recuerdo, que le repugnaba; tal
vez por eso empezó a pensar en la hermana de Arthur. Parecía increíble que esa
mujer tan hermosa pudiera ser hechura plástica, un maniquí. Era como los
botones que tenía su madre en la blusa, cuando era chico; ambarinos,
semitransparentes y dorados; le daban ganas de metérselos en la boca para
chuparlos, y en cada oportunidad sufría una terrible desilusión, pero siempre
la olvidaba. No, no la olvidaba, sino que se negaba a aceptar lo que su memoria
le decía.
Volviendo
a Arthur, pensó: Tal vez fue el padre el que me lo envió; mira lo que lleva en
el bolsillo trasero. No, no creo. Cuervo me conoce. Cuervo sabe que no bromeo y
conoce mi manera de actuar dentro de la Zona. No, todo esto es una estupidez.
Éste no es el primero que me suplica lleno de lágrimas; otros han llegado a
echarse de rodillas. En cuanto a ese artefacto, todos traen revólveres la
primera vez que entran a la Zona. La primera y la última. ¿Será realmente la
última? Para ti, muchachito, lo es. Así son las cosas, Cuervo: la última para
él. Sí, si hubieras sabido lo que pensaba hacer tu muchachito lo hubieras hecho
puré con las muletas.
De
pronto sintió que había algo hacia adelante; no muy lejos, a unos treinta o
cuarenta metros.
—Alto
—dijo a Arthur.
El
muchacho, obediente, quedó hecho una estatua. Tenía buenos reflejos; se había
detenido con un pie en el aire, y lo bajó lenta, cuidadosamente. Redrick se
detuvo junto a él. Allí la huella descendía visiblemente y desaparecía por
completo en la neblina. Y en la neblina había algo. Algo grande e inmóvil.
Inocuo. Redrick olfateó el aire con cautela. Sí, inocuo.
—Adelante
—dijo en voz baja.
Aguardó
a que Arthur diera el primer paso y lo siguió. Por el rabillo del ojo podía
observar su cara: el perfil cincelado, la piel clara de la mejilla y la línea
decidida de los labios bajo el bigote fino.
La
niebla los cubría hasta la cintura. Un momento después les llegó al cuello. A
los pocos minutos pudieron ver el gran bulto de los vagones erguidos hacia
adelante.
—Allí
están —dijo Redrick, quitándose la mochila—. Siéntate allí, donde estás. Pausa
para un cigarrillo.
Arthur
le ayudó a bajar la mochila y se sentó junto a él, en los rieles herrumbrados.
Redrick desabotonó uno de los bolsillos y sacó un paquete de sandwiches y un
termo con café. Mientras el muchacho acomodaba los sandwiches sobre la mochila,
él sacó su petaca, la abrió y tomó varios tragos lentos con los ojos cerrados.
—¿Quieres?
—ofreció, limpiando el cuello de la petaca—. Para darte coraje.
Arthur,
herido, sacudió la cabeza.
—Para
darme coraje no necesito eso, señor Schuhart. Preferiría café, sí puedo. Aquí
hay una humedad espantosa, ¿no es cierto?
—Hay
humedad.
Apartó
la petaca y escogió un sandwich.
—Cuando
se levante la niebla —dijo, masticando— verás que estamos rodeados de pantanos.
En los viejos tiempos los mosquitos eran terribles.
Cerró
el pico y se sirvió un poco de café. Estaba caliente, fuerte y dulce; era mejor
que el alcohol. Tenía olor a hogar. A Guta. Y no solamente a Guta, sino a Guta
en salto de cama, recién levantada, con las arrugas de la almohada todavía
marcadas en la mejilla.
¿Por
qué me meto en estas cosas?, pensé. Quinientos mil. ¿Para qué los necesito?
¿Para comprar un bar, o algo por el estilo? Uno necesita plata para no pensar
en la plata, ésa es la verdad. Dick tenía razón. Tengo casa, tengo terreno, en
Harmont no me faltaría trabajo. Cuervo me atrapó, me sedujo como a un inocente.
—Señor
Schuhart —dijo súbitamente Arthur, apartando la vista—, ¿usted cree que eso
concede los deseos, de veras?
—¡Tonterías!
—murmuró Redrick, distraído, mientras se quedaba inmóvil con la taza cerca de
la boca—. ¿Cómo sabes qué es lo que vamos a buscar?
Arthur
sonrió, azorado; antes de responder se peinó con los dedos, tirándose del pelo.
—¡Bueno,
lo adiviné! No recuerdo exactamente qué fue lo que me puso sobre la pista. Para
empezar, papá se la pasaba hablando de la Bola Dorada, pero últimamente no la
menciona. En cambio ha estado hablando de usted. Y conozco muy bien a papá como
para creer que ustedes son amigos. Además, en los últimos tiempos ha estado muy
extraño.
Arthur
echó a reír y sacudió la cabeza, como si recordara algo.
—Y
en tercer lugar —agregó—, lo adiviné cuando probó con usted aquel pequeño
dirigible, en el baldío.
Dio
una palmada sobre la mochila que contenía el globo, bien enrollado, y
prosiguió:
—Los
seguí. Cuando vi que levantaban aquella bolsa de piedras y la conducían por
sobre el suelo me di cuenta de todo. Por lo que sé, la Bola dorada es el único
objeto pesado que queda en la Zona.
Mordió
el sandwich y concluyó soñador, con la boca llena:
—Lo
que no entiendo es cómo piensan engancharla; ha de ser bien lisa.
Redrick
lo observó por sobre el borde de su taza, pensando en lo poco que se parecían
padre e hijo. No tenían nada, absolutamente nada en común; ni la cara, ni la
voz, ni el alma. La voz de Cuervo era áspera, quejosa, furtiva; pero cuando
hablaba de ese tema lo hacía con un entusiasmo tal que era imposible ignorarlo.
—Red
—le había dicho entonces, inclinándose sobre la mesa—, sólo quedamos nosotros
dos, y dos piernas para los dos, que son las tuyas. ¿Quién otro puede ir? ¡Debe
ser lo más valioso de la Zona! ¿Y a quién le corresponde? ¿Quieres que la
encuentren esos tragalibros con sus maquinitas? ¿Eh? Yo la encontré, ¡yo!
¿Cuántos de los nuestros cayeron allá? ¡Pero yo la encontré! Quería guardarla
para mí; no se la daría a nadie, pero ya ves que ahora no puedo... No queda
nadie más que tú. Llevé a montones de muchachitos allá, toda una escuela. Eso
es lo que abrí: una escuela para enseñarles. Pero no pueden, ¿te das cuenta? No
sé si les faltan agallas o qué. Bueno, si no me crees no me importa. Quieres la
plata. La tendrás. Me darás lo que te parezca; sé que no me vas a trampear. Y
tal vez consiga piernas nuevas. Las piernas, ¿entiendes? La Zona me las quitó;
quizá me las devuelva.
—¿Qué?
—preguntó Redrick, saliendo de su ensueño.
—Le
preguntaba si le molesta que fume, señor Schuhart.
—No,
por supuesto. Fuma. Yo también voy a fumar uno.
Tragó
de golpe el resto del café y sacó un cigarrillo. Mientras lo encendía contempló
la niebla, que se iba levantando. Está chiflado, pensó. Le falta un tornillo.
Quiere piernas nuevas, el hijo de puta.
Pero
toda aquella charla había dejado un residuo, aunque no estaba seguro de que
clase. Y no se evaporaba con el tiempo; por el contrario, se iba acumulando. Y
si bien no comprendía de qué se trataba, aquello le estaba preocupando. Era
como si Cuervo le hubiese contagiado algo no una enfermedad desagradable, sino,
por el contrario... ¿Su fuerza, tal vez? No, no era fuerza. ¿Qué, entonces?
Bueno, se dijo, mirémoslo desde este punto de vista; supongamos que yo no
hubiera llegado hasta aquí. Estaba listo para Irme, hasta había empacado, pero
pasó algo; digamos que me arrestaron, ¿Sería malo eso? Por supuesto. ¿Por qué?
¿Por la pérdida de plata? No, no tiene nada que ver con la plata. ¿Porque ese
tesoro caería en las manos de Ronco y Huesos? Por allí estamos más cerca. Eso
me dolería. Pero qué me importa, si al final son ellos los que se quedan con
todo.
—¡Brrrr!
—exclamó Arthur, estremeciéndose—. El frío se mete hasta los huesos. Señor
Schuhart, ¿me daría un trago ahora?
Redrick
le alcanzó la petaca en silencio, mientras pensaba: No acepté en seguida.
Veinte veces le dije a Cuervo que se mandara mudar, pero a las veintiuna
acepté. No podía resistir más. Nuestra última conversación resultó breve y
comercial. «Hola, Red. Traje el mapa. ¿No querrías echarle un vistazo, a pesar
de todo?». Y lo miré a los ojos, que eran como lastimaduras; amarillos, con
motas negras; y le dije: «Déjamelo». Listo. Recuerdo que en ese momento yo
estaba borracho; llevaba una semana bebiendo; y me sentía realmente deprimido.
Ah, al diablo. ¿Qué importa? Fui. Por eso estoy acá. ¿Para qué me hago mala
sangre? ¿Tengo miedo, acaso?
Se
estremeció. Desde la neblina le llegaba un sonido largo y triste. Se levantó de
un salto y Arthur hizo otro tanto. Pero todo estaba nuevamente silencioso; el
único ruido era el de la grava que caía por la pendiente, bajo los pies.
—Ha
de ser el metal que se está asentando —murmuró Arthur, vacilante, como si
apenas pudiera pronunciar las palabras—. Estos vagones tienen una verdadera
historia; hace mucho tiempo que están aquí.
Redrick
miró hacia adelante sin ver nada. Entonces recordó. Había sido por la noche; lo
despertó el mismo ruido, largo y triste, deteniéndole el corazón como en un
sueño. Pero no había sido un sueño. Era Monita que gritaba desde su cama, junto
a la ventana. También Guta despertó y se aferró a la mano de Redrick. El sintió
su hombro sudoroso bajo el suyo. Se quedaron inmóviles, escuchando; cuando
Monita dejó de llorar y volvió a dormirse él aguardó todavía un rato. Después
se levantó y fue a la cocina, para bajar ávidamente media botella de coñac. Fue
aquella noche cuando empezó a beber.
—Es
el metal —dijo Arthur—. Ya se sabe, se asienta con el tiempo. La humedad, la
erosión, todo eso.
Redrick
observó su cara pálida y volvió a sentarse. El cigarrillo se le había evaporado
entre los dedos; encendió otro. Arthur se demoró un poco más, mirando
ansiosamente a su alrededor; al cabo se sentó también.
—Dicen
que en la Zona hay vida. Gente. No visitantes, sino gente. Al parecer la
Visitación los atrapó aquí y mutaron..., se aclimataron a las nuevas
condiciones. ¿Sabe algo de eso, señor Schuhart?
—Sí.
Pero no es aquí. En las montañas del noroeste. Algunos pastores.
Eso
es lo que me contagió, pensó Redrick. Su locura. Por eso he venido. Eso es lo
que busco.
Lo
invadió un sentimiento extraño, completamente nuevo. Sabía que en realidad no
era nuevo, que lo llevaba escondido en sí desde hacía mucho tiempo, pero sólo
ahora cobraba conciencia de él; todo se ubicaba en su sitio. Y todo aquello que
hasta entonces pareciera tontería, delirantes divagaciones de un viejo loco, se
convertía en su única esperanza, en el único significado de su vida. Porque al
fin comprendía; sólo eso le quedaba en el mundo, sólo para eso vivía desde
hacía meses: por la esperanza de un milagro. Por tonto que fuera seguía
haciendo a un lado la esperanza, pisoteándola, burlándose de ella, tratando de
eliminarla, porque así estaba habituado a vivir. Desde la infancia no había
confiado sino en sí mismo.
Y
desde la infancia, la seguridad en sí mismo se medía por la cantidad de dinero
que podía arrebatar, asir o arrancar a mordiscos del caos indiferente que lo
rodeaba. Siempre había sido así, y así habría continuado, si no hubiera caído
al pozo del que ninguna suma de dinero podía sacarlo, y en el cual resultaba
completamente inútil confiar en sí. Y ahora esa esperanza..., que ya no era una
esperanza, sino la fe en un milagro..., lo llenaba hasta los bordes; se
sorprendió de haber podido vivir tanto tiempo en aquella sombra impenetrable y
sin salida. Rió y dio a Arthur una palmada en el hombro.
—Bueno,
merodeador, parece que saldremos de ésta, ¿eh?
Arthur
lo miró sorprendido y sonrió, vacilante. Redrick arrugó el papel encerado de
los sandwiches, lo arrojó bajo el vagón de metal y se recostó, apoyando el codo
en la mochila.
—Bueno
—dijo—. Supongamos que en verdad la Bola Dorada... ¿Qué pedirías?
—¿Entonces
usted lo cree? —se apresuró a preguntar el muchacho.
—No
importa lo que yo crea o no. Contéstame.
Le
interesaba sinceramente lo que podría pedir un muchacho tan joven, apenas
salido de la escuela. Se divirtió viéndolo arrugar el ceño, tironearse del
bigote, mirarlo, apartar la vista.
—Bueno,
las piernas de papá, por supuesto. Y que todo anduviera bien en casa.
—Eso
es mentira —dijo Redrick, con simpatía—. No te olvides de esto, hermanito: la
Bola Dorada sólo puede concederte los deseos más íntimos y profundos, aquellos
que si no se te conceden significan el fin de tu vida.
Arthur
Burbridge se ruborizó, miré a Redrick una vez más y enrojeció más todavía. Los
ojos se le llenaron de lágrimas. Redrick sonrió.
—Comprendo
—dijo, casi con suavidad—. De acuerdo, no es asunto mío. Guárdate los secretos.
De
pronto se acordó del revólver y se dijo que había llegado el momento de atender
ciertas cosas que necesitaban atención.
—¿Qué
es eso que llevas en el bolsillo trasero? —preguntó, indiferente.
—Un
revólver.
—¿Para
qué lo quieres?
—¡Para
disparar! —replicó Arthur, desafiante.
—Nada
de eso —respondió Redrick con firmeza, incorporándose. Dámelo. Aquí en la Zona
no hay nadie a quien matar. Dámelo.
Arthur
quiso decir algo, pero guardó silencio; tomó el Colt del ejército y se lo
tendió a Redrick teniéndolo por el caño. Redrick recibió el revólver, tomándolo
por la culata caliente y firme; lo hizo girar en el aire y volvió a atraparlo.
—¿Tienes
un pañuelo o algo as!? Quiero envolverlo.
Tomó
el pañuelo de Arthur, que estaba muy limpio y olía a colonia, envolvió con él
la pistola y la dejó sobre el durmiente.
—Por
ahora la dejaremos aquí. Si Dios quiere, volveremos a buscarla. A lo mejor
tenemos que tiroteamos con la patrulla, pero tirotearse con ellos...
Arthur
meneó decididamente la cabeza.
—No
era para eso que la quería —dijo, con tristeza—. Hay sólo una bala. Era por si
tenía algún accidente como el de papá.
—¿Ah,
si? —Redrick lo miró fijamente—. Bueno, no te preocupes por eso. Si te pasa
algo así yo te sacaré a la rastra. Te lo prometo. ¡Mira, está aclarando!
La
neblina desaparece ante ellos. El terraplén estaba ya completamente despejado,
y a la distancia los vapores se esparcían, descubriendo al abrirse los picos
redondeados y ásperos de las colinas. Aquí y allá, entre las ondulaciones, se
veía la superficie manchada de los pantanos, cubiertos por la espesura de los
sauces dispersos; más allá de las colinas, el horizonte se llenaba con las
explosiones amarillas y brillantes de los picos altos; el cielo, por sobre
ellos, era azul y impido. Arthur miró hacia atrás soltó una exclamación de
asombro.
Redrick
también volvió la cabeza. Hacia el Este, las montañas parecían negras; sobre
ellas refulgía iridiscente, el habitual borrón de color, la aurora verde de la
Zona.
Redrick
se levantó y se sentó en el terraplén, tras el vagón de metal, para contemplar
aquel manchón verde que se convertía rápidamente en rosado. El borde anaranjado
del sol asomó sobre el risco; las colinas tendieron sus sombras purpúreas. Todo
adquirió un claro y agudo relieve, permitiéndole ver cada detalle con tanta
nitidez como si lo tuviera en la palma de la mano. Hacia el frente, a
doscientos metros de distancia, estaba el helicóptero. Al parecer había caído
en medio de una roncha de mosquito; su fuselaje estaba convertido en un
panqueque metálico. La cola permanecía intacta, aunque ligeramente doblada, y
sobresalía en el claro como un gancho negro. También el estabilizador estaba
entero; chirriaba claramente al girar a impulsos de la brisa. La roncha debió
ser muy poderosa, pues ni siquiera se había producido incendio; la insignia de
la Real Fuerza Aérea aún era bien visible en el metal abollado. Redrick hacía
años que no veía ninguna; había llegado a olvidarlas.
Volvió
hasta el sitio donde había dejado su mochila en busca del mapa y lo extendió en
el montículo de metal caliente que contenía el vagón. Desde allí no se vela la
cantera; estaba bloqueada por la colina, la que tenía un árbol quemado en la
ladera. Tenía que rodear la colina por la derecha, a lo largo de la depresión
que se abría entre ella y la colina siguiente, que también estaba a la vista,
completamente desnuda, cubierta su ladera por rocas pardas.
Todos
los puntos de referencia corresponden, pero Redrick no sintió la menor
satisfacción. Su instinto, desarrollado en muchos años de merodeos, rechazaba
la mera idea, irracional y nada natural, de pasar entre dos elevaciones
próximas.
«Bueno»,
pensó, «ya veremos cuando lleguemos allí». Para llegar hasta aquella depresión
debían pasar por el pantano, por la planicie abierta, cosa que desde allí
parecía poco peligrosa. Pero al mirar desde más cerca Redrick reparó en una
mancha de color gris oscuro entre las dos colinas secas. La buscó en el mapa.
Estaba marcada con una X junto a la cual decía, en letras torpes: Látigo. La
línea de puntos rojos pasaba a la derecha de la X.
El
nombre le resultaba familiar, pero no lograba recordar quién era Látigo, cómo
era ni qué hacia. Por alguna razón lo asociaba con el salón del Borscht, lleno
de humo, con grandes manazas rojizas que levantaban los vasos, carcajadas
estruendosas y bocas abiertas, mostrando dientes amarillentos: una fantástica
horda de titanes y gigantes reunidos junto al abrevadero. Era su primera visita
al Borscht, uno de los recuerdos más vivos de su infancia. ¿Qué había llevado
yo aquella vez? Un vacío, creo. Fui directamente desde la Zona, mojado,
hambriento, enloquecido, con una bolsa al hombro; entré al bar pisando fuerte y
planté la bolsa sobre el mostrador; eché una mirada a mi alrededor, escuchando
los chistes que se hacían, mientras esperaba a que Ernest (joven entonces,
siempre con corbata de lazo) contara la debida cantidad de papeles verdes. No,
un momento, en esa época no eran papeles verdes, sino aquellos billetes reales,
cuadrados, con una damisela medio desnuda, de gorra y corona de laureles.
Esperé, guardé el dinero, e inesperadamente, sin que yo mismo imaginara
hacerlo, tomé un pesado jarro que estaba sobre el mostrador y lo estrellé
contra la cara riente del que estaba más cerca. Tal vez ése era Látigo, se dijo
Redrick, con una sonrisa satisfecha.
—¿No
hay problemas en pasar entre las dos colinas, señor Schuhart? —preguntó Arthur
en voz baja, junto a su oído, mientras miraba también el mapa.
—Ya
veremos cuando lleguemos allí.
Redrick
siguió estudiando el diagrama. Había otras dos X, una en cuesta de la colina
del árbol y otra sobre las rocas. Caniche y Cuatro-Ojos. La ruta marcada pasaba
por debajo de ellos. Levantó la vista hacia Arthur.
—Ya
veremos —repitió, doblando el mapa para guardárselo en el bolsillo—, Ponme la
mochila en la espalda. Seguiremos como hasta ahora.
Se
inclinó bajo el peso de la mochila, tratando de acomodar las correas de modo
más cómodo.
—Ve
delante —indicó—, así podré tenerte a la vista en todo momento. No mires hacia
atrás y estate atento. Mis órdenes son sagradas. Y no olvides que tendremos que
arrastrarnos un buen trecho. ¡A ver si se te ocurre tenerle miedo a la tierra!
Si yo te ordeno te tiras de cara al barro sin decir ni mú. Abotónate la
chaqueta. ¿Estás listo?
—Listo.
Arthur
estaba muy nervioso; el rosado de sus mejillas se había borrado por completo.
—Primero
iremos por aquí —dijo Redrick, señalando enérgicamente hacia la colina más
cercana, a cien pasos de las rocas— ¿Entendiste bien? Vamos.
Arthur
dejó escapar un suspiro, subió a los rieles y comenzó a bajar el terraplén. El
pedregullo caía silenciosamente a su paso.
—Tranquilo,
tranquilo —dijo Redrick—. No hay apuro.
Echó
a andar tras él, sin prisa, ajustando automáticamente los músculos de sus
piernas al peso de la voluminosa mochila; mientras tanto no dejaba de observar
a Arthur por el rabillo del ojo. Está asustado, pensó. Tal vez lo siente. Si
tiene los sentidos del padre, así ha de ser. Si supieras cómo son las cosas,
Cuervo. Si supieras, Cuervo, que esta vez seguí tu consejo. «A ese lugar, Red,
no se puede ir solo. Te guste o no te guste tendrás que llevar a alguien. Puedo
darte alguno de los míos, alguno que no me sea imprescindible.» Tú me
convenciste. Es la primera vez en la vida que acepto algo así. Bueno, tal vez
salga bien, después de todo; tal vez funcione, de algún modo. Después de todo,
yo no soy Cuervo Burbridge; tal vez se me ocurra alguna idea.
—¡Alto!
—indicó a Arthur.
El
muchacho se detuvo, hundido hasta el tobillo en agua herrumbrosa. Cuando
Redrick llegó hasta allí el pantano lo había tragado hasta las rodillas.
—¿Ves
esa roca? —preguntó Redrick—. Allí, bajo la colina. Ve hacia allá.
Arthur
reanudó la marcha. Redrick lo dejó adelantarse diez pasos antes de seguirlo. El
barro chapoteaba bajo los pies. Era un pantano muerto: ni insectos, ni ranas;
hasta los sauces estaban secos y podridos. Redrick miró a su alrededor, pero
por el momento todo parecía en orden. La colina se acercaba lentamente,
cubriendo el sol, que aún estaba bajo en el cielo; al fin acabó por cubrir todo
el cielo hacia el Este. Al llegar a la roca el pelirrojo volvió a mirar hacia
el terraplén. El sol lo iluminaba con fuerza. Sobre él había un convoy de diez
vagones de metal. Algunos de los vagones habían descarrilado, cayendo de
costado; el terraplén, por sobre ellos, estaba cubierto por montones rojos y
herrumbrados del metal en bruto. Más allá, hacia el Norte, donde estaba la
cantera, el aire temblaba y ondulaba sobre la huella, estallando en diminutos
arco iris que desaparecían de inmediato. Redrick observó aquella reverberación,
escupió en el suelo y se volvió.
—Vamos
—dijo, y Arthur volvió hacia él la cara tensa—. ¿Ves aquellos harapos, allá?
¡No, hacia allá no! Allá, mira, a la derecha.
—Sí
—dijo Arthur.
—Bueno,
era un tipo que se llamaba Látigo. Hace mucho tiempo. No escuchó a los mayores;
allí quedó, para indicar el camino a los más vivos. Ahora mira hacia la derecha
de Látigo. ¿Ves? ¿Ves la mancha? Allá, donde los sauces son más espesos. Ésa es
la dirección que tomaremos. ¡En marcha!
Avanzaron
en dirección paralela al terraplén. Cada paso los metía en aguas más playas;
pronto pisaron tierra seca y esponjosa. Según el mapa aún estaban en pantanos
sólidos. El mapa es viejo, pensó Redrick; hace mucho tiempo que Burbridge no
viene por aquí y el mapa ha envejecido. Eso no me gusta. Claro que es más fácil
caminar sobre tierra seca, pero yo habría preferido que siguiera el pantano.
Pero mira cómo marcha Arthur. Camina como si estuviera paseando por Central
Avenue.
Arthur
parecía haber recuperado el ánimo y andaba a toda velocidad, con una mano en el
bolsillo y balanceando la otra con toda soltura. Redrick revolvió en su
bolsillo y sacó un tornillo que pesaría unos treinta gramos. Apuntó y tiró.
El
tornillo golpeó a Arthur en la nuca; éste soltó un grito ahogado, se tomó la
cabeza, se dobló en dos y cayó sobre el pasto seco. Redrick se acercó a él.
—Así
suceden aquí las cosas, Artie —pontificó—. Esto no es una avenida ni un paseo,
¿sabes?
Arthur
se levantó lentamente; estaba muy pálido.
—¿Todo
bien? —preguntó Redrick.
El
muchacho tragó saliva y asintió.
—Me
alegro. La próxima vez te la daré en la trompa. Si es que te encuentro vivo.
¡Adelante!
El
muchacho habría sido buen merodeador, después de todo. Tal vez le habrían
llamado Artie «el Lindo». En otros tiempos teníamos un Lindo, Dixon de
apellido; ahora le dicen Cobayo: el único ser humano que cayó en la pica carne
y salió vivo. El idiota sigue creyendo que fue Burbridge quien lo sacó. ¡Qué lo
va a sacar! Nadie saca a nadie de la pica carne. Lo que Burbridge hizo fue
sacarlo de la Zona, eso es cierto. Burbridge fue capaz de hacer algo así, tan
heroico. ¡Si no...! Todo, el mundo estaba harto ya de sus trampas y los
muchachos le habían dicho: «Si vas a volver solo, mejor no vuelvas». Fue
entonces cuando empezaron a llamarle Cuervo; antes le decían Triunfador.
En
ese momento Redrick sintió una corriente de aire apenas perceptible en la
mejilla izquierda. En seguida, sin siquiera pensarlo, gritó:
—¡Alto!
Tendió
la mano hacia la izquierda. La corriente era más fuerte. En algún punto, entre
ellos y el terraplén, había una roncha de mosquitos; tal vez se extendía a lo
largo del mismo terraplén; por alguna razón se habían tumbado los vagones.
Arthur había quedado inmóvil, como plantado en el suelo; ni siquiera había
vuelto la cabeza.
—A
la derecha. Vamos.
Sí,
hubiera podido ser un buen merodeador. Qué diablos, ¿ahora le voy a tener
lástima? ¡Justo lo que me hacía falta! ¿Acaso alguna vez alguien sintió lástima
por mí? Creo que sí; Kirill me tenía lástima. Dick Noonan también me la tiene.
Claro que quizá lo que siente es interés por Guta y no lástima por mí, pero una
cosa no quita la otra. Lo que pasa es que yo nunca puedo sentir lástima. Mis
alternativas son siempre «o esto o lo otro».
Acababa
de comprender, finalmente, cuál era su alternativa al presente: o ese muchacho
o su Monita. En realidad, la alternativa no existía, eso estaba claro. Una voz
interior le decía: «¡Si al menos los milagros fueran posibles!». La acalló,
espantado.
Pasaron
cerca del montón de harapos grises. Nada quedaba de Látigo. A cierta distancia,
sobre el pasto seco, había una vara larga, completamente herrumbrada: un
dragaminas. En aquellos días muchos merodeadores, usaban dragaminas, comprados
muy en secreto a los proveedores de armas, y dependían de ellos como del mismo
Dios. Pero dos de ellos murieron en el curso de pocos días, a consecuencia de
explosiones subterráneas. Y eso acabó con el asunto. ¿Quién habría sido ese
Látigo? ¿Habría venido con Cuervo o por su propia cuenta? ¿Por qué iban todos a
esa cantera? ¿Por qué no sabía él nada sobre ese lugar? Maldición, pensó; hace
calor. Y eso que es muy temprano; no quiero imaginar lo que va a ser más tarde.
Arthur,
que iba cinco pasos más adelante, se secó el sudor de la frente. Redrick
entrecerró los ojos para mirar el sol; estaba aún bajo. Y de pronto notó que el
pasto seco no crujía bajo los pies, sino que chirriaba como corcho quemado;
además ya no era rígido y frágil, sino tierno y grumoso; caía bajo las suelas
como hojuelas de hollín. Vio también las claras huellas de Arthur y se arrojó
al suelo, gritando:
—¡Cuerpo
a tierra!
Cayó
de cara contra el pasto, que se hizo polvo bajo su mejilla. Hizo rechinar los
dientes, furioso por su mala suerte. Allí permaneció, tratando de no moverse,
todavía con la esperanza de que pasara por encima, aunque sabía bien que
estaban atrapados. El calor aumentaba; lo aplastó, le envolvió el cuerpo como
si fuera una sábana empapada en agua hirviendo. Con el sudor chorreándole hasta
los ojos, recordó tardíamente advertir a Arthur:
—¡No
te muevas! ¡Aguanta!
Y se
dedicó a aguantar también.
Pudo
haberío soportado; todo habría pasado tranquilamente, sin problemas, sin más
que mucho sudor, pero Arthur no pudo resistirlo. O bien no oyó el grito de
Redrick o el miedo le hizo perder la cabeza; o tal vez sus quemaduras eran más
intensas que las de Redrick. El caso es que perdió el dominio de sí y echó a
correr, con un grito salvaje, hacia donde su instinto le indicaba: hacia atrás.
Precisamente donde no debía. Redrick logró levantarse y tomarlo del tobillo con
ambas manos. Arthur cayó al suelo con todo su peso, levantando una nube de
cenizas; soltó un chillido extraño, pateó a Redrick en la cara con el otro pie
y se debatió como enloquecido.
Redrick,
con el cerebro cargado por el dolor, se arrastró hasta aplastarlo con el
cuerpo, tocando con la mejilla quemada la chaqueta de cuero, tratando de
apretarlo contra el suelo; mientras tanto pateaba desesperadamente, con pies y
rodillas, las piernas y la retaguardia del muchacho. Oía apenas los gemidos
ahogados bajo su cuerpo, sus propios gritos ásperos «¡Quédate allí, idiota,
quédate quieto o te mataré!». Sobre ellos caían toneladas enteras de carbón
encendido; tenía las ropas en llamas, el cuero de sus zapatos y de su chaqueta
se ampollaba y crujía. La cabeza aplastada contra la ceniza gris, el pecho
bregando por mantenerse contra el suelo, el cráneo de aquel maldito muchacho.
No podía soportarlo más. Gritó con toda la fuerza de sus pulmones.
No
supo cuándo terminó todo. Sólo supo que podía respirar otra vez, que el aire
había vuelto a ser aire y no vapor ardiente. Comprendió que era necesario
apresurarse a salir de allí, de aquel calor demoníaco, antes de que se
estrellara nuevamente contra ellos. Dejó a Arthur, que se había quedado
perfectamente inmóvil. Lo tomó de las piernas con un brazo y usó el otro para
avanzar a la rastra, sin quitar los ojos de la línea donde el pasto volvía a
crecer. Estaba seco, muerto, espinoso, pero era auténtico y daba la impresión
de ser la mejor fuente de vida en el mundo entero.
Las
cenizas le crujían entre los dientes, el rostro quemado despedía calor y el
sudor le caía directamente en los ojos, tal vez porque ya no tenía cejas ni
pestañas. Arthur, estirado hacia atrás, parecía engancharse la chaqueta en
todos los sitios posibles. A Redrick le ardían las manos chamuscadas y la
mochila no dejaba de golpearle el cuello ardido. El dolor, la falta de aire, le
hicieron pensar que estaba demasiado quemado, que no llegaría. El temor le
obligó a redoblar el impulso de codos y rodillas. Hay que llegar, un poquito
más; vamos, Red, vamos, puedes. Así, un poquito más...
Allí
se quedó por largo rato, con las manos y la cara en el agua fría y herrumbrosa,
regodeándose con la frescura maloliente y podrida. Habría podido quedarse toda
la vida, pero se obligó a levantarse sobre las rodillas para dejar la mochila y
arrastrarse hasta Arthur, que permanecía inmóvil a unos diez metros del
pantano. Lo puso de espaldas.
Bueno,
había sido un lindo muchacho. Ahora estaba convertido en una máscara de color
gris oscuro, hecha de sangre cocida y cenizas. Redrick contempló con cansado
interés los surcos y los senderos abiertos en la máscara por piedras y palos.
En seguida se levantó, tomó al muchacho por lo sobacos y lo arrastró hasta el
agua.
Arthur
respiraba pesadamente, gimiendo de tanto en tanto. Redrick lo arrojó de cara en
el charco más profundo y se dejó caer junto a él, reviviendo el placer de
aquella caricia gélida y mojada. El muchacho gorgoteó, se apoyó sobre las manos
y alzó la cabeza. Tenía los ojos desorbitados y no entendía nada, pero aspiraba
ávidamente el aire, tosiendo y escupiendo. Finalmente recobró el sentido y
buscó a Redrick con la vista.
—¡Fiu!
—exclamó, sacudiendo la cabeza entre salpicaduras de agua sucia—. ¿Qué era eso,
señor Schuhart?
—Era
la muerte —murmuró Redrick.
Tosió.
Se palpó el rostro. Le dolía. Tenía la nariz hinchada, pero las pestañas y las
cejas (cosa extraña) estaban en su lugar. También seguía intacta la piel de las
manos, aunque enrojecidas.
Arthur
también estaba tocándose ansiosamente la cara. Una vez lavada la horrible
máscara, y también contra lo que cabía esperar, resultó estar perfectamente.
Tenía unos cuantos arañazos y un chichón en la frente, además del labio
inferior partido, pero mirando bien no era nada.
—Nunca
oí hablar de nada parecido —observó Arthur, mirando hacia atrás.
Redrick
hizo lo mismo. Había muchas huellas sobre el pasto gris y ceniciento; le
sorprendió notar lo corto que había sido aquel trayecto horrible, interminable,
mientras se arrastraba para salvarse, junto con su compañero, de la fatalidad.
Había sólo veinte o treinta metros de uno a otro borde, pero él, cegado por el
miedo, había avanzado en loco zigzag, como una cucaracha sobre una cacerola
caliente; gracias a Dios lo había hecho en la dirección correcta. De lo
contrario habría llegado a la roncha de mosquito de la izquierda; también pudo
dar la vuelta completa. No, no tanto; él no era novato. Y de no haber sido por
ese tonto nada habría pasado; cuanto más tendría unas cuantas ampollas en los
pies.
Arthur
se estaba lavando y gemía al tocarse los puntos doloridos. Redrick se levantó
también; con una mueca de dolor, sintió el roce de las ropas sobre la piel
quemada, en tanto caminaba hasta un sitio seco para examinar la mochila. La
pobre las había pasado mal; las hebillas superiores estaban fundidas; las
ampollas del botiquín de primeros auxilios habían estallado y había una mancha
húmeda que olía a antiséptico. Redrick abrió la bolsa y empezó a recoger
astillas de vidrio y plástico. En ese momento oyó la voz de Arthur.
—¡Gracias,
señor Schuhart! ¡Me salvó la vida!
Redrick
no respondió. ¡Gracias! Te viniste abajo y tuve que rescatarte.
—Fue
culpa mía. Oí que me ordenaba quedarme allí, pero estaba asustado de veras,
cuando el calor se volvió tan fuerte... perdí la cabeza. Tengo mucho miedo al
dolor, señor Schuhart.
—¿Por
qué no te levantas? —dijo Redrick sin volverse—. Eso fue sólo una muestra.
¡Levántate! ¿Qué haces haraganeando por allí?
Volvió
a pasar los brazos por las correas, haciendo muecas dolor al sentir el peso de
la mochila sobre los hombros quemados. Era como si se le hubiera arrugado la
piel en los puntos afectados. Conque el chico tenía miedo al dolor, ¿eh? ¡Al
diablo con él y su dolor! Miró los alrededores. Todo estaba en orden; no se
habían apartado del camino. Ahora, hacia las colinas, donde estaban los
cadáveres. Esas malditas colinas, allí erguidas, las muy piojosas, como si
fueran los cuernos del diablo, con aquella maldita depresión en medio. Olfateó
el aire. La maldita depresión, ésa es precisamente la parte asquerosa, la
escuerza.
—¿Ves
esa depresión entre las colinas? —preguntó.
—La
veo.
—Derecho
hacia allá. ¡Vamos!
Arthur
se secó la cara con el dorso de la mano y echó a andar, chapaleando entre los
charcos. Iba rengueando; ya no parecía tan erguido y bien proporcionado como
antes. Caminaba encorvado, con mucha cautela. Uno más que he sacado, pensó
Redrick; ¿y cuántos van? ¿Cinco, seis? Lo que me pregunto ahora es por qué. No
es pariente mío. No soy responsable de lo que le pase. A ver, Red, ¿por qué lo
salvaste? Estuviste a punto de sonar por culpa suya. Ahora que tengo la cabeza
más despejada sé por qué. Hice bien en salvarlo; no puedo arreglármelas sin él:
es mí rehén por Monita. No salvé a un ser humano, sino un dragaminas, una llave
maestra.
Allá,
en el calor, no lo pensé dos veces: lo saqué como si fuera de mi propia sangre
y ni siquiera se me ocurrió abandonarlo allí, a pesar de que me había olvidado
de todo: de la llave maestra y de Monita. ¿Qué significa eso? Significa que en
el fondo, después de todo, soy un buen tipo. Eso es lo que Guta sostiene, lo
que Kirill solía decir, lo que Richard no se cansa de repetir. ¡Lindo buen tipo
han ido a encontrar! Bueno, basta. Hay que pensar primero y después usar los
brazos y las piernas. ¿Entendido? El señor Buen
Tipo.
Tengo que salvarlo para que lo agarre la pica carne (lo pensó fría,
claramente). Podemos sobrevivir a todo, salvo a la pica carne.
—¡Alto!
Ante
ellos estaba la depresión; Arthur, parado, esperaba órdenes con la vista
clavada en Redrick. El suelo estaba allí cubierto por un limo verde, podrido,
que centelleaba aceitosamente al sol. De él se desprendía un ligero vapor, que
se espesaba entre las colinas; diez metros más allá no se veía nada. Y el hedor
era terrible.
—Esto
apesta, pero no te acobardes.
Arthur
hizo un ruido gutural y retrocedió, mientras Redrick entraba decididamente en
acción; sacó del bolsillo un copo de algodón empapado en desodorante, se
rellenó con él las losas nasales y ofreció un poco a Arthur.
—Gracias,
señor Schuhart. ¿No se puede ir por tierra firme? —preguntó el, muchacho con
voz débil, Redrick lo tomó silenciosamente por el pelo y le hizo girar la
cabeza en dirección al montón de harapos que se veía sobre la rocosa ladera de
la montaña.
—Ése
era Cuatro-Ojos —dijo—. Y en la colina de la izquierda, aunque desde aquí no se
ve, está Caniche. En las mismas condiciones. ¿Entiendes? Adelante.
El
limo estaba caliente y pegajoso. Al principio caminaron erguidos, hundiéndose
hasta la cintura. Por suerte el fondo era rocoso y bastante parejo. Sin embargo
Redrick no tardó en percibir un conocido tronar hacia ambos lados. En la colina
izquierda no había nada, salvo la intensa luz solar, pero en la ladera derecha,
a la sombra, parpadeaban luces de color púrpura claro.
—¡Agáchate!
—susurró, dando el ejemplo—. ¡Más, estúpido!
Arthur
se agachó, asustado; un batir de truenos quebró el aire. Un rayo bailaba
furiosamente una intrincada danza precisamente encima de ellos, apenas visible
contra el cielo claro. Arthur se sentó, hundiéndose hasta los hombros en el
limo. Redrick, con los oídos taponados por el estruendo, se volvió: una mancha
de color rojo brillante se fundía rápidamente en la sombra, entre rocas y
pedregullo. Un nuevo trueno.
—¡Adelante!
¡Adelante! —gritó, sin poder oírse a sí mismo.
Avanzaron
en fila india, agachados, asomando tan sólo la cabeza. Con cada trueno Redrick
veía ponerse de punta los largos cabellos de Arthur y sentía, al mismo tiempo,
mil agujas que le pinchaban la cara.
—¡Adelante!
—seguía repitiendo—. ¡Adelante!
Ya
no oía nada. En una oportunidad vio a Arthur de perfil y notó que tenía los
ojos desorbitados por el terror, la boca pálida y fuerte, la mejilla sudorosa y
manchada de verde. En seguida los relámpagos empezaron a estallar a tan poca
altura que se vieron obligados a bajar la cabeza. El limo verde les llenó la
boca, dificultándoles la respiración. Redrick, tratando de tomar aire, se
arrancó el algodón de la nariz y descubrió que el hedor había desaparecido;
sólo se percibía el aroma fresco y penetrante del ozono; el vapor estaba
espesándose. O quizás era él, que se desvanece, pues ya no podía ver ninguna de
las dos colinas; sólo vela la cabeza de Arthur, pegajosa de limo verde, y las
ondulantes nubes de vapor amarillo.
Pasaré,
pasaré, pensaba Redrick; esto no es nada nuevo. Toda mi vida es así: estoy
varado en la mugre, con relámpagos sobre la cabeza. Nunca ha sido de otro modo.
¿De dónde sale toda esta basura? ¡Tanta basura en un solo lugar, es como para
enloquecer a cualquiera, Cuervo Burbridge lo hizo: él pasó por aquí y siguió
andando; Cuatro-Ojos quedó a la derecha y Caniche a la izquierda, todo para que
Cuervo pudiera pasar entre ellos y dejar toda esta porquería detrás. Y te lo
mereces; quien camine detrás de Cuervo se hundirá hasta el cuello en la
porquería. ¿No lo sabías, acaso? Hay demasiados cuervos en este mundo; por eso
es que ya no queda un solo rincón limpio.
Noonan
es un tonto: «Redrick, Red, has violado el equilibrio, destruyes el orden, eres
infeliz, Red, bajo cualquier orden y cualquier sistema. No eres feliz en un
sistema bueno ni en uno malo. Por culpa de la gente como tú no podemos tener el
Reino de los Cielos sobre la Tierra». ¿Qué sabes tú, gordo? ¿Dónde has visto un
sistema bueno? ¿Cuándo me viste a mí en un sistema bueno?
En
ese momento resbaló en una piedra que se dio vuelta bajo su pie y cayó en el
limo, Al resurgir vio ante él la cara aterrorizada de Arthur. Por un segundo lo
recorrió un escalofrío: creyó que había perdido el rumbo. Pero no era así: de
inmediato comprendió que debían ir hacia allá, hacia donde la cima negra de la
roca asomaba por el limo; lo comprendió a pesar de que no había otra cosa
visible en la niebla amarilla.
—¡Alto!
—gritó— ¡A la derecha! ¡A la derecha de la roca!
Ni
siquiera podía oír su propia voz. Alcanzó a Arthur, lo aferró por el hombro y
le señaló: mantente a la derecha de la roca y no levantes la cabeza. Mientras
tanto pensaba: Ya pagarás por esto. Arthur hundió la cabeza precisamente en el
momento en que un rayo reducía la roca a astillas. Ya pagarás por esto, repitió
Redrick, mientras volvía a sumergirse y agitaba furiosamente brazos y piernas.
Hubo otro trueno. ¡Te sacaré hasta el alma por todo esto! Por un momento pensó:
¿a quién me refiero? No lo sé, pero alguien tiene que pagar por esto, y alguien
pagará. Espera, espera que ponga las manos en la bola; cuando ponga las manos
en la bola... Yo no soy Cuervo; les sacaré lo que quiera.
Cuando
al fin lograron salir a tierra seca, cubierta de pedregullo caliente por el
sol, estaban medios sordos, hechos pedazos y tambaleantes; caminaban apoyándose
uno en el otro. Redrick vio la pick up descascarada, hundida hasta el eje, y
recordó que podían descansar a la sombra del vehículo. Se arrastraron hasta
allí. Arthur se tendió de espaldas y empezó a desabotonarse la chaqueta con
dedos exhaustos; Redrick apoyó la mochila contra el costado del camión, se
limpió las manos contra los guijarros y hurgó dentro de su chaqueta.
—Yo
también —dijo Arthur—. Yo también.
Redrick
se sorprendió al oírlo hablar con voz tan potente. Tomó un sorbo, cerró los
ojos y entregó la petaca a Arthur. Listo, pensó débilmente. Pasamos. Hasta esto
pasamos. Y ahora, cuentas a cobrar a la vista. ¿Creen que me olvidé? Nada de
eso, me acuerdo de todo. ¿Creen que les voy a dar las gracias por haberme
dejado vivir, por no ahogarme? Váyanse al diablo. Se acabó, ¿entienden? Se
acabó todo esto. Desde ahora en adelante seré yo quien tome las decisiones. Yo,
Redrick Schuhart, en completa posesión de mis facultades físicas y mentales,
tomaré las decisiones para todo el mundo. Y en cuanto a todos ustedes, cuervos,
esfuerzos, Visitantes, señores Huesos, señores Quarterblads, chupasangres,
platudos, Roncos, gente de saco y corbata, limpios y frescos, siempre llenos de
portafolios, discursos, buenas acciones y oportunidades de empleo; a sus pilas
eternas y a sus motores eternos y a sus ronchas de mosquito y a sus falsas
promesas. Ya tengo bastante; hace rato que me llevan de las narices. Me he
pasado la vida llevado de las narices, y siempre pensé que ésa era la vida que
yo quería, y me llenaba la boca diciéndolo, pedazo de tonto, mientras ustedes
me alentaban y se guiñaban el ojo, arrastrándome, metiéndome entre cárceles y
rejas. ¡Ya estoy harto!
Soltó
las hebillas de la mochila y quitó a Arthur la petaca.
—Nunca
pensé... —decía en ese momento Arthur, con mansa sorpresa en la voz—. Ni
siquiera lo hubiera imaginado. Sabía lo de la muerte, el fuego y todo eso, por
supuesto, pero algo así... ¿Cómo vamos a volver?
Redrick
no lo escuchaba. Lo que él dijera ya no tenía significado. Tampoco antes lo
tenía, pero antes ese muchacho era al menos una persona. Ahora era una clave
parlante, una llave que le abriría las puertas de la Bola Dorada. Que hablara,
nomás.
—Si
tuviéramos un poco de agua —dijo Arthur—. Para lavarnos la cara, por lo menos.
Redrick
lo miró, contempló aquel pelo despeinado y sucio, la cara manchada de limo, que
se iba secando, lleno de marcas de dedos, y en todo el cuerpo la costra de
barro líquido. No sentía lástima, ni irritación, ni nada. Una clave parlante.
Se volvió. Ante él bostezaba una temible extensión, como una construcción
abandonada, cubierta de ladrillos partidos, salpicada de polvo blanco e
iluminada fuertemente por el sol cegador, insoportablemente blanco, ardoroso,
enojado y muerto. Desde allí se veía también el otro extremo de la cantera,
igualmente blanco y deslumbrante; desde esa distancia parecía perfectamente
liso y perpendicular. El extremo más cercano estaba marcado por grandes grietas
y cantos rodados; un sendero bajaba hasta el fondo, donde se erguía la cabina
del excavador, como una mancha roja contra la roca blanca. Era el único punto
de referencia. Tenían que dirigirse hacia allí, guiándose sólo por la suerte.
Arthur
se levantó con trabajo, metió el brazo bajo el camión y sacó una lata oxidada.
—Mire,
señor Schuhart —dijo, animándose—. Esto lo debe haber dejado papá. Aquí abajo
hay más.
Redrick
no respondió. Eso es un error, pensó fríamente; es mejor no pensar ahora en tu
padre; es mejor no decir nada.
Por
el contrario, no importa.
Se
levantó con una mueca: las ropas se le habían pegado al cuerpo, a la piel
ardida; sintió un tirón, como si le arrancaran el vendaje seco de una herida.
Arthur también gruñó al levantarse y dirigió a Redrick una mirada de mártir.
Estaba a la vista que deseaba quejarse, pero no se atrevió. Se limitó a decir,
con voz ahogada:
—¿Me
hará mal tomar otro trago, señor Schuhart?
Redrick
sacó la petaca que estaba guardando bajo la camisa.
—¿Ves
aquello rojo entre las rocas?
—Sí
—respondió Arthur, estremeciéndose.
—Derecho
hacia allá. Vamos.
El
muchacho estiró los brazos, enderezó los hombros con un gesto de dolor y miró
en su torno.
—Ojalá
pudiera lavarme. Me siento pegajoso.
Redrick
aguardó en silencio. Arthur lo miró desoladamente y asintió. Iba a iniciar la
marcha, pero se detuvo súbitamente.
—La
mochila. Se olvida la mochila, señor Schuhart.
—¡Andando!
—ordenó Redrick.
No
quería explicar nada, no quería mentir. Tampoco hacía falta. Iría, de cualquier
modo. No tenía adónde ir, si no. Iría. Y Arthur fue. Caminaba encorvado,
arrastrando los pies, tratando de quitarse el barro seco de la cara; parecía
menudo, escuálido y desamparado, como un gatito mojado y perdido. Redrick lo
siguió. En cuanto salió de la sombra el sol cayó sobre él, cegándole. Se puso
la mano sobre los ojos a modo de visera, lamentándose de no haber llevado los
anteojos ahumados.
Cada
paso levantaba una nube de polvo blanco; la nube, al asentarse sobre los
zapatos, soltaba un hedor insoportable. O tal vez era Arthur quien hedía;
resultaba imposible caminar tras él; Redrick demoró un rato en comprender que
él mismo llevaba el olor encima. Era desagradable, pero familiar, en cierto
modo: el mismo que invadía la ciudad cuando el viento norte traía el humo de la
planta. También su padre olía así cuando llegaba a casa, hambriento, sombrío,
con los ojos enrojecidos y, demenciales. Entonces Redrick corría a esconderse
en algún rincón apartado y lo observaba, asustado, mientras él se quitaba los
grandes zapatones gastados y los tiraba en el fondo del ropero, mientras se
arrancaba las ropas de trabajo para arrojárselas a la madre; después iba a la
ducha en medias, dejando huellas pegajosas. Allá se quedaba, bajo la ducha,
gruñendo y palmeándose el cuerpo durante largo rato, entre chapaleos y
murmullos incomprensibles, hasta que finalmente gritaba, estremeciendo toda la
casa: «¡María! ¿Te has dormido?». Redrick tenía que esperar hasta que el padre
estuviera lavado e instalado ante la mesa, con una botella, una escudilla de
sopa espesa y un frasco de ketchup. Cuando terminaba de sorber la sopa y
atacaba el cerdo con habichuelas, recién entonces podía dejarse ver, trepar a
sus rodillas y preguntarle a cuántos ingenieros y a cuántos sindicalistas había
ahogado en vitriolo durante la jornada.
Todo,
a su alrededor, parecía estar al rojo blanco: se sentía mareado de tanto calor
seco, de cansancio, del insoportable dolor en las articulaciones, donde la piel
estaba ampollada. Era como si, a través de la niebla caliente que le envolvía
la conciencia, la piel le estuviera pidiendo a gritos paz, agua, frescura. Los
recuerdos, gastados hasta el punto de resultar irreconocibles, se le
amontonaban en el cerebro hinchado, golpeándose entre sí, mezclados,
tropezando, confundiéndose con aquel mundo al rojo blanco que llameaba ante sus
ojos entrecerrados. Y todos eran amargos, y todos evocaban odio o piedad por si
mismo. Trató de combatir el caos, de convocar algún espejismo dulce dentro del
pasado, un sentimiento de ternura o de alegría. Se exprimió la memoria hasta
sacar de ella la cara fresca y riente de Guta cuando era aún una muchacha
deseada e intacta; pero su rostro, en cuanto apareció, quedó inmediatamente
velado por la herrumbre; después se deformó, se retorció hasta convertirse en
la cara sombría de Monita, cubierta de piel castaña, áspera. Se esforzó por
recordar a Kirill, aquel hombre santo: sus movimientos rápidos y seguros, su
risa, su voz, que prometía tiempos y lugares nunca vistos. Y Kirill apareció;
pero en seguida explotó contra el sol una telaraña plateada y Kirill
desapareció. En cambio aparecieron los ojos angelicales y fijos de Ronco, con
un envase de porcelana en la manaza blanca... Los negros pensamientos que
medraban en su subconsciente quebraron la barrera que él intentaba crear a fuerza
de voluntad, extinguiendo lo poco de bueno que tenía entre los recuerdos, como
si nunca hubiese visto más que caras feas y crueles.
Y
durante todo ese tiempo no dejaba de ser un merodeador. Sin darse cuenta de
ello, alguna parte de su sistema nervioso recogía la información esencial: a la
izquierda, a bastante distancia había un fantasma alegre sobre un montón de
planchas; estaba quieto, agotado, así que al diablo con él; hacia la derecha
había una ligera brisa, y pocos pasos más adelante vio una roncha de mosquito,
lisa como un espejo, de varios brazos. Parecía una estrella de mar (estaba
lejos, no había peligro); bien en el centro, un pájaro aplastado; cosa extraña,
puesto que los pájaros no solían sobrevolar la Zona. Allí, junto al sendero,
había dos vacíos abandonados; tal vez Cuervo los había dejado al volver; el
temor es más fuerte que la codicia. Lo vio todo y tomó debida cuenta de cada
cosa. Y cuando Arthur se apartó veinte centímetros del camino, Redrick abrió la
boca y lanzó una áspera advertencia, automáticamente. Una máquina, pensó. Me
han convertido en una máquina. Las rocas partidas que marcaban el borde de la
cantera se estaban acercando; ya se velan los caprichosos dibujos hechos por la
herrumbre sobre el techo rojo de la cabina.
Qué
tonto fuiste, Cuervo, qué tonto, pensó Redrick. Eres inteligente, pero tonto.
¿Cómo se te ocurrió confiar en mí? Nos tratamos desde hace tanto tiempo que
deberías conocerme como a la palma de tu mano. A lo mejor es que te estás
poniendo viejo. Más torpe. Pero qué digo, si me he pasado la vida tratando con
tontos. Y entonces imaginó la cara de Cuervo cuando descubriera que Arthur, su
dulce Artie, sir único hijo varón, su orgullo y su alegría, había ido a la Zona
con Red para buscar las piernas de Cuervo, en lugar de algún novato
prescindible. Imaginó aquella cara y se echó a reír. Cuando Arthur volvió el
rostro asustado para mirarlo, siguió riendo y le indicó por señas que siguiera
caminando. Y entonces la caras le cruzaron por la conciencia otra vez, como
imágenes en una pantalla. Había que cambiarlo todo. No una vida o dos vidas, un
destino o dos destinos: había que cambiar cada uno de los eslabones de este
mundo podrido y maloliente.
Arthur
se detuvo ante la escarpada pendiente que descendía a la cantera y se quedó
inmóvil, forzando la vista para mirar hacia abajo, lejos, estirando el largo
cuello. Redrick se reunió con él. Pero no miraba en la misma dirección que
Arthur.
Precisamente
bajo sus pies empezaba la ruta hacia la cantera, abierta muchos años antes por
las ruedas de los vehículos pesados. Hacia la derecha había una pendiente
blanca, escarpada, rajada por el calor; la cuesta siguiente estaba medio
excavada; entre las rocas y el escombro había una aplanadora; la pala caída
golpeaba impotente contra el costado de la ruta. Era de esperar: no había nada
más sobre la ruta, con excepción de las estalactitas negras y retorcidas, que
parecían velas gruesas colgadas de los bordes dentados de la cuesta, y un
montón de manchas oscuras en el polvo, como si alguien hubiera salpicado grasa
bituminoso.
Era
todo lo que quedaba de ellos; resultaba imposible siquiera contar cuántos
habían sido. Tal vez cada mancha representaba una persona o uno de los deseos
de Cuervo. Aquél de allá era Cuervo, volviendo sano y salvo del sótano del
Complejo Nº 7. Aquélla, la más grande, era Cuervo sacando de la Zona el imán
contorsionante sin que nadie lo detuviera. Y aquel carámbano era la lujuriosa
Dina Burbridge, ¡que no se parecía ni a la madre ni al padre!. Aquella mancha
era Arthur Burbridge, también distinto de la madre y del padre; Artie, el hijo
hermoso, su orgullo y su alegría.
—¡Lo
conseguimos! —exclamó Arthur, ya en el delirio—. Señor Schuhart, después de
todo lo conseguimos, ¿no es cierto?
Soltó
una carcajada de felicidad, se agachó y golpeó la tierra con los puños, con
toda su fuerza. El pelo enredado se le sacudió ridículamente, arrojando
terrones de barro seco en todas direcciones. Y sólo entonces miró Redrick hacia
la bola. Con cautela, con cuidado, con el oculto temor de que no fuera lo que
esperaba, de que lo desilusionara y evocara dudas, de que lo expulsara de
aquella nube en donde había logrado refugiarse, abandonándolo nuevamente en la
mugre.
No
era dorada; su color, antes bien, era el del cobre rojizo. La superficie pulida
brillaba opacamente bajo el sol. Estaba al pie del costado opuesto de la
cantera, cómodamente instalada entre los montones de rocas. Aun desde allí se
veía lo voluminosa y pesada que era, lo sólidamente plantada que estaba en su
lugar.
Nada
en ella podía llevar a la desilusión o a las dudas, pero tampoco inspiraba
muchas esperanzas. Por algún motivo, el primer pensamiento de Redrick fue que
quizás fuera hueca y que debía estar caliente por su situación, a pleno sol.
Obviamente no brillaba con luz propia ni podía elevarse ni bailar en el aire,
tal como afirmaban muchas leyendas. Permanecía en el mismo sitio donde había
caído. Tal vez había rodado desde algún bolsillo monstruosamente gigantesco;
tal vez se había perdido durante algún juego entre titanes. El caso es que no
parecía cuidadosamente instalada allí, sino abandonada, como todas las cosas
que poblaban la Zona: los vacíos, los brazaletes, las pilas y la otra basura
amontonada tras la Visitación.
Pero
al mismo tiempo tenía algo especial. Cuanto más la miraba más claramente
comprendía que era agradable de mirar, que le gustaría acercarse a ella,
palparla... Y súbitamente se le ocurrió que sería lindo, tal vez, sentarse
junto a ella, o mejor aún, recostarse en la bola, cerrar los ojos y pensar,
recordar, tal vez perderse en ensoñaciones, amodorrándose, descansando...
Arthur
se levantó de un salto, abrió a tirones todas las cremalleras de su chaqueta,
se la quitó y la arrojó a los pies, levantando una nube de polvo blanco.
Gritaba algo, hacía gestos y agitaba los brazos. Al fin puso las manos detrás
de la espalda y se lanzó cuesta abajo, bailando una jiga. Ya no miraba a
Redrick. Se había olvidado de él, se había olvidado de todo. Bajaba para
convertir sus sueños en realidad, los pequeños deseos secretos de un estudiante
ruborizado, de un muchacho que nunca veía un centavo fuera de su asignación; de
un muchacho a quien castigaban sin misericordia si le sorprendían un dejo de
alcohol en el aliento al volver a casa; de un muchacho predestinado a ser un
abogado famoso y, en el futuro, ministro de gabinete y, en un futuro más
distante, presidente de la nación. Redrick, entrecerrando los ojos hinchados
ante la luz cegadora, lo observó en silencio. Permaneció calmo y frío. Sabía lo
que iba a ocurrir y sabía que no sería capaz de mirar, pero que tenía todo el
derecho de hacerlo. Y lo hizo, sin sentir nada en especial, salvo que, muy
dentro de si, un gusanito comenzaba a girar y a retorcerse, hundiéndole la
aguda cabeza en el vientre.
Y el
muchacho seguía caminando hacia abajo, bailando una jiga, arrastrando los pies
según su propio ritmo. Y el polvo se alzaba, blanco, bajo sus talones. Y
gritaba con toda la fuerza de sus pulmones, con ganas, con alegría,
festivamente, algo que podía ser una canción o una fórmula mágica. Y Redrick
pensó que, quizá por primera vez en la historia de la cantera, un hombre bajaba
a ella como si fuera una fiesta.
Al
principio no escuchó lo que chillaba su clave parlante; al cabo alguna pieza,
en su interior, echó a andar. Entonces oyó:
—¡Felicidad
para todos! ¡Gratuita! ¡Toda la que uno quiera! ¡Que vengan todos! ¡Hay para
todos! ¡Nadie quedará Insatisfecho! ¡Felicidad... gratuita! ¡Gratuita!
Y de
pronto quedó en silencio, como si un enorme puño le hubiera pegado en el medio
de la boca. Y Redrick vio que la vacuidad transparente, el acecho bajo la
sombra de la pida excavadora, lo apresaba, lo lanzaba por los aires y lenta,
muy lentamente, lo retorcía, tal como una lavandera retuerce su colada. Tuvo
tiempo de ver que uno de sus zapatos polvorientos caía de su espasmódica pierna
y volaba a gran altura por sobre la cantera.
Entonces
le volvió la espalda y se sentó. Su cabeza estaba vacía de todo pensamiento; de
algún modo había dejado de tener sensaciones. El silencio se espesaba en el
aire, especialmente detrás de él, allá, en la ruta. Se acordó de su petaca, sin
mayor alegría; era tan sólo una medicina y había llegado la hora de tomarla.
Desenroscó la tapa y bebió a tragos muy medidos. Por primera vez habría deseado
que esa petaca tuviera agua fresca y no licor.
Pasó
el tiempo. Empezó a tener pensamientos más o menos coherentes. Bueno, ya está,
pensó, sin querer. La ruta está abierta.
Ahora
podía bajar. Pero siempre era mejor, por supuesto aguardar un poco. Las pica
carnes suelen ser traicioneras. De cualquier modo tenía algunas cosas en qué
pensar. El problema era que no estaba muy acostumbrado a hacerlo. ¿Y qué era
«pensar», después de todo? Pensar quería decir encontrar una salida, aclarar un
engaño, quitar la venda de los ojos de alguien... Pero todo eso estaba fuera de
lugar en ese caso.
Bien.
Monita, su padre... Que paguen por eso, hay que sacarles el jugo a esos
malnacidos, que esos hijos de puta coman lo que yo he comido... No, Red, no es
así... Quiero decir, si, lo es, pero ¿qué significa eso? ¿Qué necesito? Eso es
maldecir, no pensar.
Un
presentimiento terrible lo dejó helado. Salteó apresuradamente los muchos
argumentos que aún tenía por delante y se dijo, enojado: Así son las cosas,
Red, no podrás salir de aquí mientras no lo hayas comprendido; caerás muerto
aquí, junto a la bola, para pudrirte en este sitio, pero no saldrás de aquí.
Dios,
¿dónde están las palabras, dónde están mis pensamientos? (Se dio una palmada en
la cabeza) ¡Nunca en mi vida he pensado! Un momento, un momento, Kirill solía
decir algo así.
¡Kirill!
Escarbó febrilmente entre sus recuerdos y las palabras subieron a la
superficie, palabras conocidas o desconocidas. Pero nada servía porque Kirill
no había dejado palabras tras de sí. Había dejado imágenes, difusas y tiernas,
pero totalmente improbables.
Perversidad
y traición. También esta vez me abandonan, me dejan mudo. Un perro; siempre fui
un perro, y ahora soy un perro viejo. No es justo, ¿me oyen? ¡En el futuro, de
una vez por todas, tendrá que ser prohibido! El hombre nace para pensar (¡ahí
está, al fin el viejo Kirill!). Lo que pasa es que no lo creo. No lo creía
antes y tampoco lo creo ahora. Y no sé para qué nace el hombre. Yo nací. Por
eso estoy aquí. La gente come lo que puede. Que todos nosotros tengamos buena
salud y que todos ellos se vayan al diablo. ¿Quiénes somos nosotros y quiénes
son ellos? No entiendo nada. Si yo soy feliz, Burbridge no lo es. Si Burbridge
es feliz, Cuatro-Ojos no lo es. Si Ronco es feliz todos son desgraciados, y
cuando a él le van mal las cosas es el único lo bastante idiota como para
pensar que ya se las arreglará. ¡Dios, todo es una larga pelea! Me pasé la vida
peleando con el capitán Quarterblad, y él se pasa la vida peleando con Ronco, y
lo único que quiere de mi es que deje de merodear. Pero ¿cómo voy a dejar de merodear
si tengo que alimentar una familia? ¿Que me consiga un trabajo? No quiero
trabajar para ustedes, ese trabajo me da asco, ¿entienden? Para mí las cosas
son más o menos así: cuando un hombre trabaja con ustedes está siempre
trabajando para uno de ustedes y no es más que un esclavo. Y yo siempre quise
depender de mí mismo, para poder escupirles a todos en la cara, para reírme de
su aburrimiento y de su desesperación.
Acabó
hasta las heces del coñac y arrojó la petaca vacía contra el suelo, con todas
sus fuerzas. La petaca rebotó, centelleando bajo el sol, y salió rodando. En
seguida se olvidó de ella. Se quedó allí sentado, cubriéndose los ojos con las
dos manos, mientras intentaba, ya que no comprender, ver al menos siquiera en
parte cómo deberían ser las cosas. Pero no veía más que las caras; caras, caras
y más caras. Y billetes, botellas, montones de harapos que en otros tiempos
fueron seres humanos, columnas de cifras. Sabía que era necesario destruir todo
eso, y quería destruirlo, pero adivinaba que cuando todo eso desapareciera no
quedaría sino la tierra desnuda y seca. En su frustración, en su desesperanza,
sintió deseos de recostarse contra la bola.
Se
levantó, se sacudió automáticamente los pantalones e inició el descenso hacia
el fondo de la cantera.
El
sol ardía. Ante los ojos le bailaban manchas rojas y el aire temblaba en el
fondo de la cantera. En aquella reverberación, la bola parecía danzar en su
sitio, como una boya entre las olas. Pasó junto a la pala excavadora,
levantando supersticiosamente los pies, con cuidado de no pisar las manchas. Y
en seguida, hundiéndose entre el pedregullo, se arrastró a través de la cantera
hacia la bola danzarina, guiñadora.
Estaba
cubierto de sudor, jadeante, pero al mismo tiempo un escalofrío le recorría el
cuerpo. Temblaba como si recién saliera de una fuerte borrachera, con el dulce
polvo de tiza chirriándole entre los dientes. Había abandonado todo intento de
pensar. Se limitaba a repetir una y otra vez su letanía:
Soy
un animal, ustedes lo saben. No tengo palabras, no me las enseñaron. No sé cómo
se hace para pensar, porque los hijos de puta no me enseñaron a pensar. Pero si
ustedes son en verdad... todopoderosos... omnisapientes... ¡bueno, adivínenlo!
¡Mírenme dentro del corazón! Sé que allí encontrarán cuanto necesitan. Tiene
que ser. ¡Nunca vendí mi alma a nadie! Averigüen ustedes qué es lo que deseo...
¡No puede ser que desee algo malo! Maldición, no se me ocurre nada, nada, salvo
esas palabras que él dijo... ¡Felicidad para todos, gratuita, y que nadie quede
insatisfecho!
FIN

