Libro N°. 3103. Persuasión. Austen, Jane.
© Libro N°. 3103. Persuasión. Austen, Jane. Colección
E.O. Septiembre 10 de 2016.
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Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
PERSUASIÓN
Jane Austen
CAPITULO
PRIMERO
El señor de Kellynch Hall en Somersetshire, Sir Walter Elliot,
era un hombre que no hallaba entretención en la lectura salvo que se tratase de
la Crónica de los baronets. Con ese libro hacía llevaderas sus horas de ocio y
se sentía consolado en las de abatimiento. Su alma desbordaba admiración y
respeto al detenerse en lo poco que quedaba de los antiguos privilegios, y
cualquier sensación desagradable surgida de las trivialidades de la vida
doméstica se le convertía en lástima y desprecio. Así, recorría la lista casi
interminable de los títulos concedidos en el último siglo, y allí, aunque no le
interesaran demasiado las otras páginas, podía leer con ilusión siempre viva su
propia historia. La página en la que invariablemente estaba abierto su libro
decía:
Elliot, de Kellynch Hall
Walter Elliot, nacido el 1 de marzo de 1760, contrajo matrimonio
en 15 de julio de 1784 con Isabel, hija de Jaime Stevenson, hidalgo de South
Park, en el condado de Gloucester. De esta señora, fallecida en 1800, tuvo a
Isabel, nacida el 1 de junio de 1785; a Ana, nacida el 9 de agosto de 1787; a
un hijo nonato, el 5 de noviembre de 1789, y a María, nacida el 20 de noviembre
de 1791.
Tal era el párrafo original salido de manos del impresor; pero
Sir Walter lo había mejorado, añadiendo, para información propia y de su
familia, las siguientes palabras después de la fecha del natalicio de María:
“Casada el 16 de diciembre de 1810 con Carlos, hijo y heredero de Carlos
Musgrove, hidalgo de Uppercross, en el condado de Somerset”. Apuntó también con
el mayor cuidado el día y el mes en que perdiera a su esposa.
Enseguida venían la historia y el encumbramiento de la antigua y
respetable familia, en los términos acostumbrados. Se describía que al
principio se establecieron en Cheshire y que gozaron de gran reputación en
Dugdale, donde desempeñaron el cargo de gobernador, y que habían sido
representantes de una ciudad en tres parlamentos sucesivos. Después venían las
recompensas a la lealtad y la concesión de la dignidad de baronet en el primer
año del reinado de Carlos II, con la mención de todas las Marías e Isabeles con
quienes los Elliot se habían casado. En total, la historia formaba dos hermosas
páginas en doceavo y terminaba con las armas y la divisa: “Residencia
solariega, Kellynch Hall, en el condado de Somerset”. Sir Walter había agregado
de su puño y letra este final:
“Presunto heredero, William Walter Elliot, hidalgo, bisnieto del
segundo Sir Walter”.
La vanidad era el alfa y omega de la personalidad de Sir Walter
Elliot; vanidad de su persona y de su posición. Había sido sin duda buenmozo en
su juventud, y a los cincuenta y cuatro años era todavía un hombre de atractiva
apariencia. Pocas mujeres presumían más de sus encantos que Sir Walter de los
suyos, y ningún paje de ningún nuevo señor habría estado más orgulloso de lo
que él estaba de la posición que ocupaba en la sociedad. El don de la belleza
para él sólo era inferior al don de un título de nobleza, por lo que se tenía a
sí mismo como objeto de sus más calurosos respeto y devoción.
Su buena estampa y su linaje eran poderosos argumentos para
atraerle el amor. A ellos debió una esposa muy superior a lo que Sir Walter
podía esperar por sus méritos. Lady Elliot fue una mujer excelente, tierna y
sensible, a cuyas conducta y buen juicio debía perdonarse la juvenil flaqueza
de haber querido ser Lady Elliot, considerando que nunca más precisó de otras
indulgencias. Su talante alegre, su suavidad y el disimulo de sus defectos le
procuraron la auténtica estima de que disfrutó durante diecisiete años. Y
aunque no fue demasiado feliz en este mundo, encontró en el cumplimiento de sus
deberes, en sus amigos y en sus hijos motivos suficientes para amar la vida y
para no abandonarla con indiferencia cuando le llegó la hora. Tres hijas, de
dieciséis y catorce años respectivamente las dos mayores, eran un legado que la
madre temía dejar; una carga demasiado delicada para confiarla a la autoridad
de un padre presumido y estúpido. Lady Elliot tenía, sin embargo, una amiga muy
cercana, sensible y meritoria mujer, que había llegado, movida por el gran
cariño que profesaba a Lady Elliot, a establecerse próxima a ella en el pueblo
de Kellynch. En su discreción y en su bondad puso Lady Elliot sus esperanzas de
sustentar y mantener los buenos principios y la educación que tanto ansiaba dar
a sus hijas.
Dicha amiga y Sir Walter no se casaron, no obstante lo que
antecede pudiera inducir a pensarlo. Trece años habían transcurrido desde la
muerte de la señora Elliot, y una y otro seguían siendo vecinos e íntimos
amigos, aunque cada uno viudo por su lado.
El hecho de que Lady Russell, de muy buena edad y agradable
carácter, y en circunstancias ideales para ello, no hubiese querido pensar en
segundas nupcias, no tiene por qué ser explicado al público, que está tan
dispuesto a sentirse irracionalmente descontento cuando una mujer no se vuelve
a casar. Pero el hecho de que Sir Walter continuase viudo merece una
aclaración. Ha de saberse, pues, que como buen padre (des-pués de haberse
llevado un chasco en uno o dos intentos descabellados) se enorgullecía de permanecer
viudo en atención a sus queridas hijas. Por una de ellas, la mayor, hubiese
hecho en realidad cualquier cosa, aunque no hubiese tenido muchas ocasiones de
demostrarlo. Isabel, a los dieciséis años, había asumido, en la medida de lo
posible, todos los derechos y la importancia de su madre; y como era muy guapa
y muy parecida a su padre, su influencia era grande y los dos se llevaban muy
bien. Sus otras dos hijas gozaban de menor atención. María consiguió una
pequeña y artificial importancia al convertirse en la señora de Carlos
Musgrove; pero Ana, que poseía una finura de espíritu y una dulzura de carácter
que la habrían colocado en el mejor lugar entre gentes de verdadero seso, no
era nadie entre su padre y su hermana; sus palabras no pesaban y no se atendían
en absoluto sus intereses. Era Ana, y nada más.
Para Lady Russell, en cambio, era la más querida y la más
preciada de las criaturas; era su amiga y su favorita. Lady Russell las quería
a todas, pero sólo en Ana veía el vivo retrato de su madre.
Pocos años antes, Ana Elliot había sido una muchacha muy
hermosa, pero su frescura se marchitó temprano. Su padre, que ni siquiera
cuando estaba en su apogeo encontraba nada que admirar en ella (pues sus
delicadas facciones y sus suaves y oscuros ojos eran totalmente distintos de
los de él), menos le encontrará entonces, que estaba delgada y consumida. Nunca
abrigó demasiadas esperanzas, y ya no abrigaba ninguna, de leer su nombre en
una página de su libro predilecto. Ponía en Isabel todas sus ilusiones de una
alianza de su igual; pues María no había hecho más que entroncarse con una
antigua familia rural, muy rica y respetable, a la que llevó todo su honor sin
recibir ella ninguno. Isabel era la única que podría protagonizar, algún día,
una boda como Dios manda.
Suele ocurrir que una mujer sea más guapa a los veintinueve años
que a los veinte. Y, por lo general, si no ha sufrido ninguna enfermedad ni
soportado ningún padecimiento moral, es una época de la vida en que raramente
se ha perdido algún encanto. Eso sucedía a Isabel, que era aún la misma hermosa
señorita Elliot que empezó a ser a los trece años. Podía perdonarse, pues, que
Sir Walter olvidase la edad de su hija o, en última instancia, creerle
únicamente medio loco por considerarse a sí mismo y a Isabel tan primaverales
como siempre, en medio del derrumbe físico de todos sus coetáneos, porque no
tenía ojos más que para ver lo viejos que se estaban poniendo todos sus deudos
y conocidos. El carácter huraño de Ana, la aspereza de María y los ajados
rostros de sus vecinos, unidos al rápido incremento de las patas de gallo en
las sienes de Lady Russell, lo sumían en el mayor desconsuelo.
Isabel era tan vanidosa como su padre. Durante trece años fue la
señora de Kellynch Hall, presidiendo y dirigiendo todo con un dominio de sí
misma y una decisión que no parecían propias de su edad. Por trece años hizo
los honores de la casa, aplicó las leyes domésticas, ocupó el lugar de
preferencia en la carroza y fue inmediatamente detrás de Lady Russell en todos
los salones y comedores de la comarca. Los hielos de trece inviernos sucesivos
la vieron presidir todos los bailes importantes celebrados en la reducida
vecindad y trece primaveras abrieron sus capullos mientras ella viajaba a
Londres con el fin de disfrutar año tras año con su padre, por unas cuantas
semanas, de los placeres del gran mundo. Isabel recordaba todo esto, y la
conciencia de tener veintinueve años le despertaba algunas inquietudes y
recelos. La complacía verse aún tan guapa como siempre, pero sentía que se le
aproximaban los años peligrosos, y se habría alegrado de tener la seguridad de
que dentro de uno o dos años sería solicitada por un joven de sangre noble.
Sólo así habría podido hojear de nuevo el libro de los libros con el mismo gozo
que en sus años tempranos; pero a la sazón no le hacía gracia. Eso de tener
siempre presente la fecha de su nacimiento sin acariciar otro, proyecto de
matrimonio que el de su hermana menor, le hacía mirar el libro como un
tormento; y más de una vez, cuando su padre lo dejaba abierto encima de la
mesa, junto a ella, lo había cerrado con ojos severos y lo había empujado lejos
de sí.
Había tenido, además, un desencanto que le impedía olvidar el
libro y la historia de su familia. El presunto heredero, aquel mismo William
Walter Elliot cuyos derechos se hallaban tan generosamente reconocidos por su
padre, la había desdeñado.
Sabía, desde muy joven, que en el caso de no tener ningún
hermano, seria William el futuro baronet, y creyó que se casaría con él,
creencia siempre compartida con su padre. No lo conocieron de niño, pero en
cuanto murió Lady Elliot, Sir Walter entabló relación con él, y aunque sus
insinuaciones fueron acogidas sin ningún entusiasmo, siguió persiguiéndolo y
atribuyendo su indiferencia a la timidez propia de la juventud. En una de sus
excursiones primaverales a Londres, y cuando Isabel estaba en todo su esplendor,
el joven Elliot se vio forzado a la presentación.
En aquella época era un chico muy joven, recién iniciado en el
estudio del derecho; Isabel lo encontró por demás agradable y todos los planes
en favor de él quedaron confirmados. Lo invitaron a Kellynch Hall; se habló de
él y se le esperó todo el resto del año, pero él no fue. En la primavera
siguiente volvieron a encontrarlo en la capital; les pareció igualmente
simpático y de nuevo lo alentaron, invitaron y esperaron. Y otra vez no acudió.
Al poco tiempo supieron que se había casado. En vez de dejar que su sino
siguiera la línea que le señalaba la herencia de la casa de Elliot, había
comprado su independencia uniéndose a una mujer rica de cuna inferior a la
suya.
Sir Walter quedó muy resentido. Como cabeza de familia,
consideraba que debió habérsele consultado, en especial después de haber tomado
al muchacho tan públicamente bajo su égida.
-Pues por fuerza se les ha de haber visto juntos una vez en
Tattersal y dos en la tribuna de la Cámara de los Comunes -observaba.
En apariencia muy poco afectado, expresó su desaprobación.
Elliot, por su parte, ni siquiera se tomó la molestia de explicar su proceder y
se mostró tan poco deseoso de que la familia volviese a ocuparse de él, cuanto
indigno de ello fue considerado por Sir Walter. Las relaciones entre ellos
quedaron definitivamente suspendidas.
A pesar de los años transcurridos, Isabel seguía resentida por
ese desdichado incidente. Desde la A hasta la Z, no había baronet a quien
pudiese mirar con tanto agrado como a un igual suyo. La conducta de William
Elliot había sido tan ruin que aunque allá por el verano de 1814 Isabel llevaba
luto por la muerte de la joven señora Elliot, no podía admitir pensar en él de
nuevo. Y si no hubiese sido más que por aquel matrimonio que quedó sin fruto y
podía ser considerado sólo como un fugaz contratiempo, pase. Pero lo peor era
que algunos buenos y oficiosos amigos les habían referido que hablaba de ellos
irrespetuosamente y que despreciaba su prosapia así como los honores que la
misma le confería. Y eso era algo que no podía perdonarse.
Tales eran los sentimientos e inquietudes de Isabel Elliot, los
cuidados a que había de dedicarse, las agitaciones que la alteraban, la
monotonía y la elegancia, las prosperidades y las naderías que constituían el
escenario en que se movía.
Pero por entonces otra preocupación y otra zozobra empezaban a
añadirse a todas ésas. Su padre estaba cada día más apurado de dinero. Sabía
que iba a hipotecar sus propiedades para librarse de la obsesión de las subidas
cuentas de sus abastecedores y de los importunos avisos de su agente Mr.
Shepherd. Las posesiones de Kellynch eran buenas, pero no suficientes para
mantener el nivel de vida que Sir Walter creía que debía llevar su propietario.
Mientras vivió Lady Elliot, se observó método, moderación y econo-mía, dentro
de lo que los ingresos permitían. Pero con su muerte, terminó toda prudencia y
Sir Walter empezó a sucumbir a los excesos. No le era posible gastar menos y no
podía dejar de hacer aquello a lo que se consideraba imperiosamente obligado.
Por muy reprensible que fuese, sus deudas se abultaban y se hablaba de ellas
tan a menudo que ya fue inútil tratar de ocultárselas por más tiempo y ni
siquiera en parte a su hija. Durante su última primavera en la capital aludió a
su situación y llegó a decir a Isabel:
-¿Podríamos reducir nuestros gastos? ¿Se te ocurre algo que
pudiésemos suprimir?
Isabel -justo es decirlo-, en sus primeros arrebatos de femenina
alarma, se puso a pensar seriamente en qué podrían hacer y terminó por proponer
estas dos soluciones: suspender algunas limosnas innecesarias y abstenerse del
nuevo mobiliario del salón. A estos expedientes agregó luego la peregrina idea
de no comprarle a Ana el regalo que acostumbraban llevarle todos los años. Pero
estas medidas, aunque buenas en sí mismas, fueron insuficientes dada la gran
envergadura del mal, cuya totalidad Sir Walter se creyó obligado a confesar a
Isabel poco después. Isabel no supo proponer nada que fuese verdaderamente
eficaz.
Su padre sólo podía disponer de una pequeña parte de sus
dominios, y aunque hubiese podido enajenar todos sus campos, nada habría
cambiado. Accedería a hipotecar todo lo que pudiese, pero jamás consentiría en
vender. No, nunca deshonraría su nombre hasta ese punto. Las posesiones de
Kellynch serían transmitidas íntegras y en su totalidad, tal como él las había
recibido.
Sus dos confidentes: el señor Shepherd, que vivía en la vecina
ciudad, y Lady Russell, fueron llamados a consulta. Tanto el padre como la hija
parecían esperar que a uno o a otra se le ocurriría algo para librarlos de sus
apuros y reducir su presupuesto sin que ello significase ningún menoscabo de
sus gustos o de su boato.
CAPITULO II
El señor Shepherd, abogado cauto y político, cualesquiera que
fuesen su concepto de Sir Walter y sus proyectos acerca del mismo, quiso que lo
desagradable le fuese propuesto por otra persona y se negó a dar el menor
consejo, limitándose a pedir que le permitieran recomendarles el excelente
juicio de Lady Russell, pues estaba seguro de que su proverbial buen sentido
les sugeriría las medidas más aconsejables, que sabía habrían de ser finalmente
adoptadas.
Lady Russell se preocupó muchísimo por el asunto y les hizo muy
graves observaciones. Era mujer de recursos más reflexivos que rápidos y su
gran dificultad para indicar una solución en aquel caso provenía de dos
principios opuestos. Era muy íntegra y estricta y tenía un delicado sentido del
honor; pero deseaba no herir los sentimientos de Sir Walter y poner a
resguardo, al mismo tiempo, la buena fama de la familia; como persona honesta y
sensata, su conducta era correcta, rígidas sus nociones del decoro y aristocráticas
sus ideas acerca de lo que la alcurnia reclamaba. Era una mujer afable,
caritativa y bondadosa, capaz de las más sólidas adhesiones y merecedora por
sus modales de ser considerada como arquetipo de la buena crianza. Era culta,
razonable y mesurada; respecto del linaje abrigaba ciertos prejuicios y
otorgaba al rango y al concepto social una significación que llegaba hasta
ignorar las debilidades de los que gozaban de tales privilegios. Viuda de un
sencillo hidalgo, rendía justa pleitesía a la dignidad de baronet; y aparte las
razones de antigua amistad, vecindad solícita y amable hospitalidad, Sir Walter
tenía para ella, además de la circunstancia de haber sido el marido de su
queridísima amiga y de ser el padre de Ana y sus hermanas, el mérito de ser Sir
Walter, por lo que era acreedor a que se lo compadeciese y se lo considerase
por encima de las dificultades por las que atravesaba.
No tenían más alternativa que moderarse; eso no admitía dudas.
Pero Lady Russell ansiaba lograrlo con el menor sacrificio posible por parte de
Isabel y de su padre. Trazó planes de economía, hizo detallados y exactísimos
cálculos, llegando hasta lo que nadie hubiese sospechado: a consultar a Ana, a
quien nadie reconocía el derecho de inmiscuirse en el asunto. Consultada Ana e
influida Lady Russell por ella en alguna medida, el proyecto de restricciones
fue ultimado y sometido a la aprobación de Sir Walter. Todos los cambios que
Ana proponía iban destinados a hacer prevalecer el honor por encima de la
vanidad. Aspiraba a medidas rigurosas, a una modificación radical, a la rápida
cancelación de las deudas y a una absoluta indiferencia para todo lo que no fuese
justo.
-Si logramos meterle a tu padre todo esto en la cabeza -decía
Lady Russell paseando la mirada por su proyecto- habremos conseguido mucho. Si
se somete a estas normas, en siete años su situación estará despejada. Ojalá
convenzamos a Isabel y a tu padre de que la respetabilidad de la casa de
Kellynch Hall quedará incólume a pesar de estas restricciones y de que la
verdadera dignidad de Sir Walter Elliot no sufrirá ningún menoscabo a los ojos
de la gente sensata, por obrar como corresponde a un hombre de principios. Lo
que él tiene que hacer se ha hecho ya o ha debido hacerse en muchas familias de
alto rango. Este caso no tiene nada de particular, y es la particularidad lo
que a menudo constituye la parte más ingrata de nuestros sufrimientos. Confío
en el éxito, pero tenemos que actuar con serenidad y decisión. Al fin y al
cabo, el que contrae una deuda no puede eludir pagarla, y aunque las
convicciones de un - caballero y jefe de familia como tu padre son muy
respetables, más respetable es la condición de hombre honrado.
Estos eran los principios que Ana quería que su padre acatase,
apremiado por sus amigos. Estimaba indispensable acabar con las demandas de los
acreedores tan pronto como un discreto sistema de economía lo hiciese posible,
en lo cual no veía nada indigno. Había que aceptar este criterio y considerarlo
una obligación. Confiaba mucho en la influencia de Lady Russell, y en cuanto al
grado severo de propia renunciación que su conciencia le dictaba, creía que
sería poco más difícil inducirlos a una reforma completa que a una reforma
parcial. Conocía bastante bien a Isabel y a su padre como para saber que
sacrificar un par de caballos les sería casi tan doloroso como sacrificar todo
el tronco, y pensaba lo mismo de todas las demás restricciones por demás
moderadas que constituían la lista de Lady Russell.
La forma en que fueron acogidas las rígidas fórmulas de Ana es
lo de menos. El caso es que Lady Russell no tuvo ningún éxito. Sus planes eran
tan irrealizables como intolerables.
-¿Cómo? ¡Suprimir de golpe y porrazo todas las comodidades de la
vida! ¡Viajes, Londres, criados, caballos, comida, limitaciones por todas
partes! ¡Dejar de vivir con la decencia que se permiten hasta los caballeros
particulares! No, antes abandonar Kellynch Hall de una vez que reducirlo a tan
humilde estado.
¡Abandonar Kellynch Hall! La proposición fue en el acto recogida
por el señor Shepherd, a cuyos intereses convenía una auténtica moderación del
tren de gastos de Sir Walter, y quien estaba absolutamente convencido de que
nada podría hacerse sin un cambio de casa. Puesto que la idea había surgido de
quien más derecho tenía a sugerirla, confesó sin ambages que él opinaba lo
mismo. Sabía muy bien que Sir Walter no podría cambiar de modo de vivir en una
casa sobre la que pesaban antiguas obligaciones de rango y deberes de
hospitalidad. En cualquier otro lugar, Sir Walter podría ordenar su vida según
su propio criterio y regirse por las normas que la nueva existencia le
plantease.
Sir Walter saldría de Kellynch Hall. Después de algunos días de
dudas e indecisiones, quedó resuelto el gran problema de su nueva residencia y
fijaron las primeras líneas generales del cambio que iba a producirse.
Había tres alternativas: Londres, Bath u otra casa de la misma
comarca. Ana prefería esta última; toda su ilusión era vivir en una casita de
aquella misma vecindad, donde pudiese seguir disfrutando de la compañía de Lady
Russell, seguir estando cerca de María y seguir teniendo el placer de-ver de
cuando en cuando los prados y los bosques de Kellynch. Pero el hado implacable
de Ana no habría de complacerla; tenía que imponerle algo que fuese lo más
opuesto posible a sus deseos. No le gustaba Bath y creía que no le sentaría;
pero en Bath se fijó su domicilio.
En un principio, Sir Walter pensó en Londres. Pero Londres no
inspiraba confianza a Shepherd, y éste se las ingenió para disuadirlo de ello y
hacer que se decidiera por Bath. Era aquél un lugar inmejorable para una
persona de la clase de Sir Walter, y podría sostener allí un rango con menos
dispendios. Dos ventajas materiales de Bath sobre Londres hicieron inclinar la
balanza: no hallarse más que a quince millas de distancia de Kellynch y dar la
coincidencia de que Lady Russell pasaba allí buena parte del invierno todos los
años. Con gran satisfacción de ella, cuyo primer dictamen al cambiarse el
proyecto fue favorable a Bath, Sir Walter e Isabel terminaron por aceptar que
ni su importancia ni sus placeres sufrirían mengua por ir a establecerse a ese
lugar.
Lady Russell se vio obligada a contrariar los deseos de Ana,
deseos que conocía muy bien. Habría sido demasiado pedir a Sir Walter descender
a ocupar una vivienda más modesta en sus propios dominios. La misma Ana hubiese
tenido que soportar mortificaciones mayores de las que suponía. Había que
contar además con lo que aquello habría humillado a Sir Walter; y en cuanto a
la aversión de Ana por Bath, no era más que una manía y un error que provenían
sobre todo de la circunstancia de haber pasado allí tres años en un colegio
después de la muerte de su madre, y de que durante el único invierno que estuvo
allí con Lady Russell se halló de muy mal ánimo.
La oposición de Sir Walter a mudarse a otra casa de aquellas
vecindades estaba fortalecida por una de las más importantes partes del
programa que tan bien acogida fuera al principio. No sólo tenía que dejar su
casa, sino verla en manos de otros, prueba de resistencia que temples más
fuertes que el de Sir Walter habrían sentido excesiva. Kellynch Hall sería
desalojado; sin embargo, se guardaba sobre ello un hermético secreto; nada
debía saberse fuera del círculo de los íntimos.
Sir Walter no podía soportar la humillación de que se supiese su
decisión de abandonar su casa. Una vez el señor Shepherd pronunció -la palabra
“anuncio”, pero nunca más osó repetirla. Sir Walter abominaba de la idea de
ofrecer su casa en cualquier forma que fuese y prohibió terminantemente que se
insinuase que tenía tal propósito; sólo en el caso de que Kellynch Hall fuese
solicitada por algún pretendiente excepcional que aceptase las condiciones de
Sir Walter y como un gran favor, consentiría en dejarla.
¡Qué pronto surgen razones para aprobar lo que nos gusta! Lady
Russell en seguida tuvo a mano una excelente para alegrarse una enormidad de
que Sir Walter y su familia se alejasen de la comarca. Isabel había entablado
recientemente una amistad que Lady Russell deseaba ver interrumpida. Tal
amistad era con una hija de Shepherd que acababa de volver a la casa paterna
con el engorro de dos pequeños hijos. Era una chica inteligente, que conocía el
arte de agradar o, por lo menos, el de agradar en Kellynch Hall.
Logró inspirar a Isabel tanto cariño que más de una vez se
hospedó en su mansión, a pesar de los consejos de precaución y reserva de Lady
Russell, a quien esa intimidad le parecía del todo fuera de lugar.
Pero Lady Russell tenía escasa influencia sobre Isabel, y más
parecía quererla porque quería quererla que porque lo mereciese. Nunca recibió
de ella más que atenciones triviales, nada más allá de la observancia de la
cortesía. Nunca logró hacerla cambiar de parecer.
Varias veces se empeñó en que llevasen a Ana a sus excursiones a
Londres y clamó abiertamente contra la injusticia y el mal efecto de aquellos
-egoístas arreglos en los que se prescindía de ella. Otras, intentó
proporcionar a Isabel las ventajas de su mejor entendimiento y experiencia,
.pero siempre fue en vano. Isabel quería hacer su regalada voluntad y nunca lo
hizo con más decidida oposición a Lady Russell que en la cuestión de su
encaprichamiento por la señora Clay, apartándose del trato de una hermana tan
buena, para entregar su afecto y su confianza a una persona que no debió haber
sido para ella más que objeto de una distante cortesía.
Lady Russell estimaba que la condición de la señora Clay era muy
inferior, y que su carácter la convertía en una compañera en extremo peligrosa.
De manera que un traslado que alejaba a la señora Clay y ponía alrededor de la
señorita Elliot una selección de amistades más adecuadas no podía menos que
celebrarse.
CAPITULO III
-Permítame observar, Sir Walter -dijo el señor Shepherd una
mañana en Kellynch Hall, dejando el periódico-, que las actuales circunstancias
se inclinan a nuestro favor. Esta paz traerá a tierra a todos nuestros ricos
oficiales de marina. Todos necesitarán alojamiento. No podía presentársenos
mejor ocasión, Sir Walter, para elegir a unos inquilinos, a unos inquilinos
responsables. Se han hecho muchas grandes fortunas durante la guerra. ¡Si
tropezáramos con un opulento almirante, Sir Walter...!
-Sería un hombre muy afortunado ése, Shepherd -replicó Sir
Walter-; esto es todo lo que tengo que decir. Bonito botín sería para él
Kellynch Hall; mejor dicho, el mejor de todos los botines. No habrá hecho
muchos parecidos, ¿no lo cree usted, Shepherd?
Shepherd sabía que se tenía que reír de la agudeza, y se rió,
agregando en seguida:
-Quisiera añadir, Sir Walter, que en lo que a negocios se
refiere, los señores de la Armada son muy tratables. Conozco algo su manera de
negociar y no tengo reparos en confesar que son muy liberales, lo que los hace
más deseables como inquilinos que cualquier otra clase de gente con quien nos
pudiésemos topar. Por lo tanto, Sir Walter, lo que yo- querría sugerirle es que
si algún rumor trasciende su deseo de reserva (cosa que debe ser tenida por
posible, pues ya sabemos lo difícil que es preservar los actos e intenciones de
una parte del mundo del conocimiento y curiosidad de la otra; la importancia tiene
sus inconvenientes, y yo, Juan Shepherd, puedo ocultar cualquier asunto de
familia, porque nadie se tomaría la molestia de cuidarse de mí, pero Sir Walter
Elliot tiene pendientes de él miradas que son muy difíciles de esquivar), yo
apostaría, y no me sorprendería nada que a pesar de toda nuestra cautela se
llegase a saber la verdad, en cuyo caso querría observar, puesto que sin duda
alguna se nos harán proposiciones, que debemos esperarlas de alguno de nuestros
enriquecidos jefes de la Armada especialmente digno de ser -atendido, y me
permito añadir que en cualquier ocasión podría yo llegar aquí en menos de dos
horas y evitarle a usted el trabajo de contestar personalmente.
Sir Walter sólo meneó la cabeza. Pero poco después se levantó y,
paseándose por el cuarto, dijo, sarcástico:
-Me figuro que habrá pocos señores en la Armada que no se
maravillen de encontrarse en una casa como ésta.
-Mirarían a su alrededor, sin duda, y bendecirían su buena
suerte -dijo la señora Clay, que se hallaba presente y a quien su padre había
llevado con él debido a que nada le sentaba mejor para su salud que una visita
a Kellynch-. Estoy de acuerdo con mi padre en creer que un marino sería un
inquilino muy deseable. ¡He conocido a muchos de esa profesión, y además de su
generosidad, son tan pulcros y esmerados en todo! Esos valiosos cuadros, Sir
Walter, si quiere usted dejarlos, estarán perfectamente seguros. ¡Cuidarían con
tanto afán de todo lo que hay dentro y fuera de la casa! Los jardines y
florestas se conservarían casi en tan buen estado como están ahora. ¡No tema
usted, señorita Elliot, que dejen abandonado su precioso jardín de flores!
-En cuanto a eso -replicó desdeñosamente Sir Walter-, aun
suponiendo que me decidiese a dejar mi casa, no he pensado en nada que se
refiera a los privilegios anexos a ella. No estoy dispuesto en favor de ningún
inquilino en particular. Claro está que se le permitiría entrar en el parque,
lo cual ya es un honor que ni los oficiales de la Armada ni ninguna otra clase
de hombre están acostumbrados a disfrutar; pero las restricciones que puedo
imponer en el uso de los terrenos de recreo son otra cosa. No me hago a la idea
de que alguien se acerque a mis plantíos y aconsejaría a la señorita Elliot que
tomase sus precauciones con respecto a su jardín de flores. Me siento muy poco
proclive a hacer ninguna concesión extraordinaria a los arrendatarios de
Kellynch Hall, se lo aseguro a usted, tanto si son marinos como si son
soldados.
Después de una breve pausa, Shepherd se aventuró a decir:
-En todos estos casos hay costumbres establecidas que lo allanan
y facilitan todo entre el dueño y el inquilino. Sus intereses, Sir Walter,
están en muy buenas manos. Puede estar usted tranquilo; me cuidaré muy bien de
que ningún nuevo habitante goce de más derechos de los que le correspondan en
justicia. Me atrevo a insinuar que Sir Walter Elliot no pone en sus propios
asuntos ni la mitad del celo que pone Juan Shepherd.
Al llegar a este punto, Ana terció:
-Creo que los marinos, que tanto han hecho por nosotros, tienen
los mismos derechos que cualquier otro hombre a las comodidades y los
privilegios que todas las casas pueden proporcionar. Debemos permitirles el
bienestar por el que tan duramente han trabajado.
-Muy cierto, en efecto. Lo que dice la señorita Ana es muy
cierto -apoyó el señor Shepherd.
-¡Ya lo creo! -agregó su hija.
Pero Sir Walter replicó poco después:
-Esa profesión tiene su utilidad, pero lamentaría que cualquier
amigo mío perteneciese a ella.
-¡Cómo! -exclamaron todos muy sorprendidos.
-Sí, esa carrera me disgusta por dos motivos; tengo dos
poderosos argumentos. El primero es que da ocasión a gente de humilde cuna a
encumbrarse hasta posiciones indebidas y alcanzar honores que nunca habrían
soñado sus padres ni sus abuelos. Y el segundo es que destruye de un modo
lamentable la juventud y el vigor de los hombres; un marino se vuelve viejo más
pronto que cualquier otro hombre. Lo he observado toda mi vida. Un hombre corre
el riesgo en la Marina de ser insultado por el ascenso de otro a cuyo padre
hubiese desdeñado dirigir la palabra el padre del primero, y de convertirse
prematuramente en un guiñapo, cosa que no sucede en ninguna otra profesión. Un
día de la pasada primavera, en la ciudad, estuve en compañía de dos hombres
cuyo ejemplo me impresionó tanto que por eso lo digo: Lord St. Ives, a cuyo
padre hemos conocido todos cuando era un simple pastor rural que no tenía ni
pan que llevarse a la boca. Tuve que ceder el paso a Lord St. Ives y a un
cierto almirante Baldwin, el sujeto peor trazado que puedan ustedes imaginar:
con la cara de color caoba, tosca y peluda en extremo, surcada de líneas y de
arrugas, con nueve pelos grises a un lado de la cabeza y nada más que una
mancha de polvos en la coronilla. “¡Por Dios!, ¿quién es ese vejete?”, pregunté
a un amigo mío que estaba allí cerca (Sir Basil Morley). “¿Cómo que vejete?”,
exclamó Sir Basil. “Es el almirante Baldwin. ¿Qué edad cree usted que tiene?”;
yo respondí que sesenta o sesenta y dos años. “Cuarenta”, replicó Sir Basil,
“cuarenta solamente”. Figúrense mi estupor; no olvidaré tan fácilmente al
almirante Baldwin. Jamás vi una muestra tan lastimosa de lo que puede hacer el
andar viajando por los mares. Me consta que, en mayor o menor grado, a todos
los marinos les sucede lo mismo. Siempre andan golpeados, expuestos a todos los
climas y a todos los tiempos, hasta que ya no se les puede ni mirar. Es una
lástima que no reciban un golpe en la cabeza de una vez antes de llegar a la
edad del almirante Baldwin.
-No tanto, Sir Walter -exclamó la señora Clay-; eso es demasiado
severo. Un poco de compasión para esos pobres hombres. No todos hemos nacido
para ser hermosos. Es cierto que el mar no embellece, y que los marinos
envejecen antes de tiempo; lo he observado a menudo; pierden en seguida su
aspecto juvenil. Pero ¿acaso no sucede lo mismo con muchas otras profesiones,
tal vez con la mayoría? Los soldados en servicio activo no acaban mucho mejor;
y hasta en las profesiones más tranquilas hay un desgaste y un esfuerzo del
pensamiento, cuando no del cuerpo, que raras veces sustraen el aspecto del
hombre de los efectos naturales del tiempo. Los afanes del abogado consumido
por las preocupaciones de sus pleitos; el médico que se levanta de la cama a
cualquier hora y que trabaja, llueva, truene o relampaguee; y hasta el
clérigo... -se detuvo un momento para pensar qué podría decir del clérigo- y
hasta el clérigo, ya sabe usted, que se ve en la obligación de acudir a
viviendas infectas y a exponer su salud y su físico a las injurias de una
atmósfera envenenada. En otras palabras, estoy absolutamente convencida de que
todas las profesiones son a la vez necesarias y honrosas; sólo los pocos que no
necesitan ejercer ninguna pueden vivir de un modo regular, en el campo, disponiendo
de su tiempo como se les antoja, haciendo lo que les da la gana y morando en
sus propiedades, sin el tormento de tener que ganarse el pan. Como digo, esos
pocos son los únicos que pueden gozar de los dones de la salud y del buen ver
hasta el máximo. No conozco otro género de hombres que no pierdan algo de su
personalidad al dejar atrás la juventud.
Parecía que el señor Shepherd, con su afán de inclinar la
voluntad de Sir Walter hacia un oficial de la Marina, para inquilino, había
sido dotado con la facultad de la adivinación, pues la primera solicitud
recibida procedió de un tal almirante Croft, a quien conociera poco después en
las sesiones de la Audiencia de Taunton y que le había man-dado avisar por
medio de uno de sus corresponsales de Londres. Según las referencias que se
apresuró a llevar a Kellynch, el almirante Croft era oriundo de Somersetshire y
dueño de una respetable fortuna, y deseando establecerse en tierra, había ido a
Taunton para ver algunas de las casas anunciadas, las que no fueron de su
agrado. Por casualidad se enteró de que Kellynch Hall iba a ser desalojado
-pues ya Shepherd había predicho que los asuntos de Sir Walter no podrían
permanecer en secreto- y, sabiendo que Shepherd tenía que ver con el
propietario, se hizo presentar a él con objeto de requerir datos concretos. En
el curso de una grata y prolongada conversación manifestó por el lugar una
inclinación todo lo decidida que podía ser en vista de que sólo lo conocía por
las descripciones. Por las explícitas noticias de sí mismo que le dio al señor
Shepherd, podía tenérsele por hombre digno de la mayor confianza y de ser aceptado
como inquilino.
-¿Y quién es ese almirante Croft? -preguntó Sir Walter en tono
de frío recelo.
El señor Shepherd le informó que pertenecía a una familia de
caballeros y nombró el lugar de donde eran naturales. Siguió una breve pausa y
Ana agregó:
-Es un contralmirante. Estuvo en la batalla de Trafalgar y pasó
luego a las Indias Orientales, donde permaneció, según creo, varios años.
-Si es así, doy por descontado -observó Sir Walter- que tiene la
cara anaranjada como las bocamangas y cuellos de mis libreas.
El señor Shepherd se dio prisa en asegurarle que el almirante
Croft era un hombre sano, cordial y de buena presencia; algo atezado,
naturalmente, por los vendavales, pero no demasiado; un perfecto caballero en
sus principios y costumbres y nada exigente en lo tocante a las condiciones. Lo
único que quería era tener una vivienda cómoda lo antes posible; sabía que
tendría que pagarse el gusto y no se le ocultaba que una casa lista y amueblada
de aquel modo le costaría una buena suma, por lo que no se extrañaría de que
Sir Walter le pidiese más dinero. Preguntó por el propietario y dijo que le
gustaría presentarse, desde luego, aunque sin insistir sobre este punto. Agregó
que a veces tomaba una escopeta, pero que nunca era para matar. En fin, se
trataba de todo un caballero.
El señor Shepherd derrochó elocuencia sobre el particular,
señalando todas las circunstancias relativas a la familia del almirante que lo
hacían particularmente deseable como inquilino. Era casado pero no tenía hijos;
el estado ideal. El señor Shepherd observaba que una casa nunca está bien
cuidada sin una señora; no sabía si el mobiliario corría mayor peligro no
habiendo señora que habiendo niños. Una señora sin hijos era la mejor garantía
imaginable para la conservación de los muebles. En Taunton vio a la señora
Croft con el almirante, y estuvo presente mientras ellos trataron del asunto.
-Parece una señora muy bien hablada, fina y discreta -siguió
diciendo Shepherd-. Hizo más preguntas acerca de la casa, de las condiciones y
de los impuestos que el mismo almirante; creo que es más experta que él en los
negocios. Y además, Sir Walter, descubrí que ni ella ni su marido son extraños
en esta comarca, pues sabrá usted que ella es hermana de un caballero que vivió
pocos años atrás en Monkford. ¡Ay, caramba!, ¿cómo se llamaba? En este momento
no puedo recordar su nombre, a pesar de que hace poco lo he oído. Penélope,
querida, ayúdame, ¿recuerdas tú el nombre del señor que vivió en Monkford, el
hermano de la señora Croft?
Pero la señora Clay hablaba tan animadamente con la señorita
Elliot, que no oyó la pregunta.
-No tengo idea de a quién puede usted referirse, Shepherd; no
recuerdo a ningún caballero residente en Monkford desde los tiempos del viejo
gobernador Trent.
-¡Caramba, qué fastidio! A este paso pronto voy a olvidar mi
propio nombre. ¡Un nombre con el que estoy tan familiarizado! Conozco al señor
como conozco mis propias manos; lo he visto cientos de veces; recuerdo que en
una ocasión vino a consultarme acerca de un atropello de que le hizo víctima
uno de sus vecinos: un labriego que entró en su huerto saltando por la tapia,
para robarle unas manzanas y que fue cogido in fraganti. Luego, contra mi
parecer, el hecho fue resuelto por amigables componedores. ¡Qué cosa más rara!
Se hizo una pausa y Ana apuntó:
-¿Se refiere usted al señor Wentworth?
Shepherd se deshizo en alardes de gratitud.
-¡Wentworth! ¡Claro que sí! Al señor Wentworth me estaba
refiriendo. Tuvo el curato de Monkford, ¿sabe usted, Sir Walter?, durante dos o
tres años. Vino hacia el año 5, eso es. Estoy seguro de que lo recuerdan
ustedes.
-¿Wentworth? ¡Acabáramos! El párroco de Monkford. Me desorientó
usted dándole el tratamiento de caballero. Pensé que hablaba usted de algún
propietario. Ese señor Wentworth no era nadie, ya recuerdo. Completamente
desconocido, sin ninguna relación con la familia de Strafford. No puede uno
menos que extrañarse al ver tan vulgarizados muchos de nuestros nombres más
ilustres.
Cuando el señor Shepherd se dio cuenta de que este parentesco de
los Croft no impresionaba a Sir Walter favorablemente, la dejó de lado y volvió
con el mayor celo a insistir en las otras circunstancias más convincentes. La
edad, el número y la fortuna de los componentes de la familia Croft; el alto
concepto que tenían de Kellynch Hall y su extremado empeño en arrendarlo; hasta
tal punto que no parecía sino que para ellos no había en esta tierra más
felicidad que la de llegar a ser inquilinos de Sir Walter Elliot, lo cual
suponía por cierto un gusto extraordinario, que les hacía acreedores a que Sir
Walter les considerase dignos de ello.
El arrendamiento se llevó a efecto. No obstante Sir Walter
miraba con muy malos ojos a cualquier aspirante a habitar en su casa, y que lo
habría considerado infinitamente beneficiado permitiéndole alquilarla en
condiciones leoninas, se vio forzado a consentir en que el señor Shepherd
procediese a cerrar el trato, autorizándolo a visitar al almirante Croft, que
aún residía en Taunton, para fijar el día en que verían la casa.
Sir Walter no era muy listo, pero tenía la suficiente
experiencia de las cosas para comprender que difícilmente podía presentársele
un inquilino menos objetable en todo lo esencial que el almirante Croft. Su
entendimiento no llegaba a más, y su vanidad encontraba cierto halago adicional
en la posición del almirante, que era todo lo elevada que se requería, pero no
demasiado. “He alquilado mi casa al almirante Croft” era una afirmación
altisonante; mucho mejor que decir a cualquier señor X. Un señor X (salvo,
quizás, una media docena de nombres de la nación) siempre necesita una
explicación. La importancia de un almirante se explica por sí misma y, al mismo
tiempo, nunca puede mirar a un baronet por encima del hombro. En todo momento
Sir Walter Elliot tendría la preeminencia.
Nada podía hacerse sin que lo supiera Isabel; pero su
inclinación a cambiar de lugar iba siendo tan decidida que le encantó el que ya
estuviese fijado y resuelto con un inquilino a mano, por lo que se guardó muy
bien de pronunciar una sola palabra que pudiese suspender el acuerdo.
Se invistió al señor Shepherd de omnímodos poderes y tan pronto
como quedó todo ultimado, Ana, que había escuchado sin perderse palabra, salió
de la habitación en busca del alivio del aire fresco para sus encendidas
mejillas; y mientras paseaba por su arboleda favorita, dijo con un dulce
suspiro:
-Unos meses más y quizá él se pasee por aquí.
CAPITULO IV
El no era el señor Wentworth, el otrora párroco de Monkford, a
pesar de lo que hayan podido dictar las apariencias, sino el capitán Federico
Wentworth, hermano del primero, que fuera ascendido a comandante a raíz de la
acción de Santo Domingo. Como no lo destinaron de inmediato, fue a
Somersetshire en el verano de 1806, y, muertos sus padres, vivió en Monkford
durante medio año. En aquel tiempo era un joven muy apuesto, de inteligencia
destacada, ingenioso y brillante. Ana era una muchacha muy bonita, gentil,
modesta, delicada y sensible. Con la mitad de los atractivos que poseía cada
uno por su lado había bastante para que él no tuviese que esforzarse para-
conquistarla y para que ella difícilmente pudiese amar a alguien más. Pero la
coincidencia de tan generosas circunstancias había de dar frutos. Poco a poco
fueron conociéndose y se enamoraron el uno del otro rápida y profundamente.
¿Cuál de los dos vio más perfecciones en el otro?, ¿cuál de los dos fue más
feliz: ella, al escuchar su declaración y sus proposiciones, o él, cuando ella
las aceptó?
Siguió un período de felicidad exquisita, aunque muy breve. No
tardaron en surgir los sinsabores. Sir Walter, al enterarse del romance, no dio
su consentimiento ni dijo si lo daría alguna vez; pero su negativa quedó de
manifiesto por su gran asombro, su frialdad y su declarada indiferencia
respecto de los asuntos de su hija. Consideraba aquella unión degradante; y
Lady Russell, a pesar de que su orgullo era más templado y más perdonable, la
tuvo también por una verdadera desdicha.
¡Ana Elliot, con todos sus títulos de familia, bella e
inteligente, malograrse a los diecinueve años; comprometerse en un noviazgo con
un joven que no tenía para abonarle a nadie más que a sí mismo, sin más
esperanzas de alcanzar alguna distinción que la que proporcionan los azares de
una carrera de las más inciertas, y sin relaciones que le asegurasen un
ulterior encumbramiento en aquella profesión! ¡Era un desatino que sólo
pensarlo la horrorizaba! ¡Ana Elliot, tan joven, tan inexperta, atarse a un extraño
sin posición ni fortuna; mejor dicho, hundirse por su culpa en un estado de
extenuante dependencia, angustiosa y devastadora! No debía ser, si la
intervención de la amistad y de la autoridad de quien era para ella como una
madre y que tenía sus derechos podían evitarlo.
El capitán Wentworth no tenía bienes. Había sido afortunado en
su carrera, pero gastó liberalmente lo que con igual liberalidad había recibido
y no conservó nada. No obstante, confiaba en ser rico pronto. Lleno de fuego y
de vida, sabía que pronto podría tener un barco y que a poco andar llegaría el
tiempo en que podría disponer de cuanto se le antojase. Siempre fue hombre de
suerte y sabía que seguiría siéndolo. Esta confianza, poderosa por su mismo
entusiasmo y hechicera por el talento con que solía expresarla, a Ana le
bastaba; pero Lady Russell lo veía de otra manera. El temperamento sanguíneo y
la atrevida fantasía de Wentworth operaban en ella de un modo del todo
distinto. Le parecía que no hacían más que agravar el mal y añadir a los
inconvenientes de Wentworth el de un carácter peligroso. Era un hombre
brillante y testarudo. A Lady Russell le gustaba muy poco el ingenio, y
cualquier cosa que se aproximase a la temeridad le causaba horror. Así, pues,
las relaciones de Ana con Wentworth le parecían reprobables desde todo punto de
vista.
Semejante oposición y los sentimientos que provocaba superaban
las fuerzas de Ana; con su juventud y su gentileza todavía hubiese podido hacer
frente a la malquerencia de su padre; pero la firme opinión y las dulces
maneras de Lady Russell, a la que siempre había querido y obedecido, no podían
asediarla siempre en vano. Se convenció de que aquel noviazgo era una cosa
disparatada, indiscreta, impropia, que difícilmente podría dar buen resultado y
que no convenía. Pero al romper el compromiso no actuó sólo inducida por una
egoísta cautela. Si no hubiera creído que lo hacía en bien de Wentworth más que
en el suyo propio, no sin dificultad habría podido despedirlo. Se imaginó que
su prudencia y renunciación redundaban sobre todo en beneficio del capitán, y
éste fue su mayor consuelo en medio del dolor de aquella ruptura definitiva.
Precisó de todos los consuelos, pues por si su pena fuese poca, tuvo que
soportar también la de él, que no se dio por convencido en absoluto y
permaneció inflexible, herido en sus sentimientos al obligársele a aquel
abandono. A causa de ello se alejó de la comarca.
En pocos meses tuvo lugar el principio y el fin de sus
relaciones. Pero Ana no dejó en pocos meses de sufrir. Su amor y sus
remordimientos le impidieron por mucho tiempo gozar de los placeres de la
juventud, y la temprana pérdida de su frescura y animación le dejaron impresa
una huella que no se borraría.
Más de siete años habían pasado ya desde el final de esa pequeña
historia de mezquinos intereses. El tiempo había suavizado mucho y casi apagado
del todo el amor del capitán; pero Ana no había encontrado más lenitivo que el
del tiempo. Ningún cambio de lugar, excepto una visita a Bath poco después de
la ruptura, ni ninguna novedad o ampliación en sus relaciones sociales le
ayudaron a olvidar. No entró nadie en el círculo de Kellynch que pudiese
compararse con Federico Wentworth tal como ella lo recordaba. Ningún otro
cariño, que hubiese sido la única cura en verdad natural, eficaz y suficiente a
su edad, fue posible, dadas las exigencias de su buen discernimiento y lo
amargado de su gesto, en los estrechos límites de la sociedad que la rodeaba.
Al frisar en los veintidós años le solicitó que cambiase de nombre un joven que
poco después encontró una mejor disposición en su hermana menor. Lady Russell
lamentó que hubiera rehusado, pues Carlos Musgrove era el primogénito de un
señor que en propiedades y significación no cedía en la comarca más que a Sir
Walter; y poseía, además, muy buenos aspecto y carácter. Lady Russell hubiese
aspirado a algo más cuando Ana tenía diecinueve años, pero ya a los veintidós
le habría encantado verla alejada de un modo tan honorable de la parcialidad e
injusticia de su casa paterna, y establecida para siempre a su vera. Pero esta
vez Ana no hizo caso de los consejos ajenos. Y aunque Lady Russell, tan
satisfecha como siempre de su propia discreción, nunca pensaba en rectificar el
pasado, empezaba ahora a sentir un ansia que rayaba en la desesperación, de que
Ana fuese invitada por un hombre hábil e independiente a entrar en un estado
para el cual la creía particularmente dotada por su ardiente afectividad y sus
inclinaciones hogareñas.
Ni la una ni la otra sabían si sus opiniones respecto al punto
fundamental de la existencia de Ana habían cambiado o persistían, porque no
volvieron a hablar de aquel asunto; pero Ana, a los veintisiete años, pensaba
de muy distinta manera que a los diecinueve. Ni censuraba a Lady Russell ni se
censuraba a sí misma por haberse dejado guiar por ella; pero sentía que si
cualquier jovencita en similar situación hubiese acudido a ella en busca de
consejo, de seguro no se habría llevado ninguno que le acarrease tan cierta
desdicha de momento y tan incierta felicidad futura. Estaba convencida de que a
pesar de todas las desventajas y oposiciones de su casa, de todas las zozobras
inherentes a la profesión de Wentworth y de todos los probables temores,
dilaciones y disgustos, habría sido mucho más feliz manteniendo su compromiso
de lo que lo había sido sacrificándolo. Y eso se podía aplicar, estaba cierta
de ello, a la mayor parte de tales solicitaciones y dudas, aunque sin referirse
a los actuales resultados de su caso, pues sucedió que podía haberle procurado
una prosperidad más pronto de lo que razona-blemente se hubiera calculado.
Todas las sanguíneas esperanzas de Wentworth y toda su fe habían quedado
justificadas. Parecía que su genio y su ánimo habían previsto y dirigido su
próspero camino. Muy poco después de la ruptura, Wentworth consiguió una plaza;
y todo lo que dijo que Ocurriría ocurrió. Su distinguida actuación le valió un
rápido ascenso, y a la sazón, gracias a sucesivas capturas, debía haber hecho una
buena fortuna. Ana no podía saberlo más que por las listas navales y los
periódicos, pero no podía dudar de que fuese rico y, en razón de su constancia,
no podía creer que se hubiese casado.
¡Cuán elocuente pudo haber sido Ana Elliot -y cuán elocuentes
fueron al fin y al cabo sus deseos en favor de un temprano y caluroso afecto y
de una gozosa fe en el porvenir contra aquellas exageradas precauciones que
parecían insultar el esfuerzo propio y desconfiar de la Providencia! La
obligaron a ser prudente en su juventud y con la edad se volvía romántica,
obligada consecuencia de un inicio antinatural.
Con todas estas circunstancias, recuerdos y sentimientos, no
podía oír decir que la hermana del capitán Wentworth viviría a lo mejor en
Kellynch sin que su antiguo dolor se reavivase. Y fueron necesarios muchos
paseos solitarios y muchos suspiros para calmar la agitación que dicha idea le
producía. A menudo se dijo que era una insensatez, antes de haber apaciguado
sus nervios lo bastante para resistir sin peligro las continuas discusiones
acerca de los Croft y de sus asuntos. La ayudaron, no obstante, la perfecta
indiferencia y la aparente inconsciencia de los tres únicos amigos que estaban
al tanto de lo pasado, y que parecían haberlo olvidado por completo. Reconocía
que los motivos de Lady Russell fueron más nobles que los de su padre y su
hermana, y justificaba su tranquilidad; y, por lo que pudiese suceder, era
preferible que todos hubiesen borrado de sus mentes lo ocurrido. En caso de que
los Croft arrendasen realmente Kellynch Hall, Ana se alegraba de nuevo con una
convicción que siempre le había sido grata: que lo pasado no era conoci-do más
que por tres de sus familiares a los que creía no se les había escapado la más
mínima indiscreción, y con la certeza de que entre los de él, sólo el hermano
con quien Wentworth vivió tuvo alguna información de sus breves relaciones. Ese
hermano hacía mucho tiempo que había sido trasladado, y como era un hombre
delicado y además soltero, Ana estaba segura de que no habría dicho nada de
ello a nadie.
Su hermana, la señora Croft, había estado fuera de Inglaterra,
acompañando a su marido en unos viajes por el extranjero. Su propia hermana
María estaba en la escuela al ocurrir los hechos, y el orgullo de unos y la
delicadeza de otros nunca permitirían que se supiese nada.
Con estas seguridades, Ana esperaba que su relación con los
Croft, que anticipaba el hecho de estar aún en Kellynch Lady Russell y María
sólo a tres millas de allí, no ocasionaría ningún contratiempo.
CAPITULO V
La mañana fijada para que el almirante Croft y su señora
visitasen Kellynch Hall, a Ana le pareció más natural dar su acostumbrado paseo
hasta la casa de Lady Russell y quedarse allí hasta que la visita hubiese
concluido. Aunque luego le pareciera igualmente natural lamentar haberse
perdido la ocasión de conocerlos.
Esta entrevista de las dos partes resultó muy satisfactoria y
con ella se dejó el negocio definitivamente resuelto. Ambas señoras estaban
dispuestas de antemano a llegar a un acuerdo y, por lo tanto, ninguna de las
dos vio en la otra más que buenos modales. Entre los caballeros hubo tanta
cordialidad, buen humor, franqueza, sinceridad y liberalidad por parte del
almirante, que Sir Walter quedó conquistado, aunque las seguridades que
Shepherd le había dado de que el almirante lo tenía por un dechado de buena
educación, gracias a las referencias que él le había entregado, lo halagaron y
lo inclinaron a hacer gala de su mejor y más cortés compostura.
La casa, los terrenos y el mobiliario fueron aprobados; los
Croft fueron también aprobados, y las condiciones y plazo, cosas y personas,
quedaron arreglados. El escribiente del señor Shepherd se sentó a trabajar sin
que hubiese ni una mínima diferencia preliminar que modificar en todo lo que
“este contrato establece...”
Sir Walter declaró sin vacilar que el almirante era el marino
más apuesto que había visto nunca, y llegó hasta decir que si su propio criado
le hubiera ordenado un poco el pelo no se habría avergonzado de que lo viesen
con él en cualquier parte. El almirante, con simpática cordialidad, comentó a
su esposa, mientras paseaban por el parque:
-Estoy pensando, querida, que a pesar de todo lo que nos
contaron en Taunton, nos hemos entendido muy pronto. El baronet no es nada del
otro mundo, pero no parece un mal hombre.
Estos cumplidos recíprocos dejan a la vista que ambos hombres
habían formado el uno del otro el mismo concepto poco más o menos.
Los Croft debían tomar posesión de la casa por San Miguel y Sir
Walter propuso trasladarse a Bath en el curso del mes precedente, de modo que
no había tiempo que perder en hacer los preparativos de la mudanza.
Lady Russell, convencida de que no se permitiría a Ana tener ni
voz ni voto en la elección de la casa que iban a tomar, sintió mucho verse
separada tan pronto de ella e hizo todo lo posible por que se quedase a su lado
hasta que fuesen ambas a Bath pasadas las Navidades. Pero unos compromisos, que
la retuvieron fuera de Kellynch varias semanas, le impidieron insistir en su
invitación todo lo que hubiese querido. Y Ana, aunque temía los posibles
calores de septiembre en la blanca y deslumbrante Bath y la apesadumbraba
renunciar a la dulce y melancólica influencia de los meses otoñales en el
campo, pensó que, bien mirado, no deseaba quedarse. Sería mejor y más prudente,
y por lo tanto la haría sufrir menos, irse con los otros.
No obstante ocurrió algo que dio a sus ideas un giro inesperado.
María, que estaba a menudo algo delicada, siempre ocupada en sus propias
lamentaciones, y que tenía la costumbre de acudir a Ana en cuanto le pasaba
algo, se hallaba indispuesta. Previendo que no tendría un día bueno en todo el
otoño, le rogó, o mejor dicho le exigió, pues a decir verdad no podía llamarse
a eso un ruego, que fuese a su quinta de Uppercross para hacerle compañía todo
el tiempo que la necesitase en vez de irse a Bath.
-No puedo hacer nada sin Ana -argüía María.
E Isabel replicaba:
-Pues, siendo así, estoy segura de que Ana hará mejor en
quedarse, porque en Bath no hace la menor falta.
Ser solicitada como algo útil, aunque sea en una forma impropia,
vale más, al fin y al cabo, que ser rechazada como algo inútil. Y Ana, contenta
de que la considerasen necesaria y de tener que cumplir algún deber; segura
además de que lo cumpliría con alegría en el escenario de su propia y querida
comarca, accedió sin dilación a quedarse.
Esta invitación de María allanó todas las dificultades de Lady
Russell; y, por consiguiente, se acordó que Ana no iría a Bath hasta que Lady
Russell la acompañase y que, entretanto, distribuiría su tiempo entre la quinta
de Uppercross y la casita de Kellynch.
Hasta aquí todo iba a pedir de boca; pero a Lady Russell le
faltó poco para desmayarse cuando se enteró del disparate que entrañaba una de
las partes del plan de Kellynch Hall y que consistía en lo siguiente: la señora
Clay sería invitada a ir a Bath con Sir Walter e Isabel en calidad de
importante y valiosa ayuda para esta última en todos los trabajos que les
esperaban. Lady Russell sentía muchísimo que hubiesen recurrido a tal medida;
la asombraba, la afligía y la asustaba. Y la afrenta que significaba para Ana
el hecho de que la señora Clay fuese tan necesaria mientras ella no servía para
nada, era una agravante aún más penosa.
Ana ya estaba acostumbrada a ese género de afrentas; pero sintió
la imprudencia de aquella decisión tan agudamente como Lady Russell. Dotada de
una gran capacidad de serena observación y con un conocimiento tan profundo del
carácter de su padre, que a veces hubiera preferido no tener, se daba cuenta de
que era más que probable que aquella intimidad tuviese serias consecuencias
para su familia. No podía creer que a su padre se le ocurriese por el momento
nada semejante. La señora Clay era pecosa, tenía un diente salido y las muñecas
gruesas, cosas que Sir
Walter criticaba severa y constantemente cuando ella no estaba
presente; pero era joven y muy bien parecida en conjunto, y su sagacidad y
asiduas y agradables maneras le daban un atractivo muchísimo más peligroso que
el que pudiese tener una persona meramente agraciada. Ana estaba tan
impresionada por el grado de aquel peligro, que creyó indispensable tratar de
hacérselo ver a su hermana. No esperaba grandes resultados, pero pensaba que
Isabel, quien, si la catástrofe se producía, sería más digna de compasión que
ella, no podría reprocharle en modo alguno el no haberla puesto sobre aviso.
Le habló, pero, al parecer, lo único que logró fue ofenderla.
Isabel no pudo comprender cómo le había pasado por la mente tan absurda
sospecha, y le contestó, indignada, que cada cual sabe muy bien cuál es el
lugar que ocupa.
-La señora Clay -dijo acaloradamente- nunca olvida quién es; y
como yo estoy mucho mejor enterada de sus sentimientos que tú, puedo asegurarte
que sus ideas sobre el matrimonio son discretas, y que reprueba la desigualdad
de condición y de rango con más energía que muchas otras personas. En cuanto a
papá, no puedo admitir, en verdad, que él, que ha permanecido viudo tanto
tiempo en atención a nosotras, tenga que pasar ahora por esta sospecha. Si la
señora Clay fuese una mujer muy hermosa, te concedo que no estaría bien que
anduviese demasiado conmigo; no porque haya nada en el mundo, estoy segura, que
indujese a papá a hacer un matrimonio degradante, sino porque eso podría
hacerlo desgraciado. ¡Pero la pobre señora Clay, que, con todos sus méritos,
nunca ha sido ni pasablemente bonita! Creo en verdad que la pobre señora Clay
puede estar aquí bien a salvo. ¡Cualquiera diría que nunca has oído hablar a
papá de sus defectos, y lo has oído cincuenta veces!, ¡con aquel diente y
aquellas pecas! A mí las pecas no me disgustan tanto como a él; conocí a una
persona que tenía la cara no del todo desfigurada por unas cuantas, pero papá
las detesta. Ya debes haberle oído comentar las pecas de la señora Clay.
-Rara vez se encuentra un defecto personal -repuso Ana- que la
simpatía no nos haga olvidar poco a poco.
-Pues yo no pienso lo mismo -replicó Isabel vivamente-. La
simpatía puede sobreponerse a unos rasgos hermosos, pero nunca puede cambiar
los vulgares. Sea como sea, y ya que estoy más enterada de este asunto que
nadie, puedes ahorrarte tus advertencias.
Ana había cumplido con su deber y se alegraba de ello, sin
desesperar del todo de su eficacia. Isabel se sintió molesta con la sospecha,
pero en lo sucesivo estaría más atenta.
El último servicio de la carroza de cuatro caballos fue conducir
a Sir Walter, a la señorita Elliot y a la señora Clay a Bath. Los viajeros
partieron animadísimos. Sir Walter dispensó condescendientes saludos a los
afligidos arrendatarios y labriegos, a quienes se había avisado para que fuesen
a despedirlo. Y Ana se encaminó con una especie de tranquilidad desolada a la
casita donde iba a pasar su primera semana.
Su amiga no estaba de mejor humor que ella. Lady Russell sentía
con gran intensidad el trasplante de la familia. Su respetabilidad le era tan
cara como la suya propia, y su cotidiano intercambio con los Elliot se le había
hecho indispensable con la costumbre. La entristecía verlos abandonar aquellas
tierras y más aún pensar que iban a dar a otras manos. Para huir de la soledad
y de la melancolía de aquel lugar tan cambiado y no presenciar la llegada del
almirante Croft y de su mujer, determinó ausentarse de su casa e ir a buscar a
Ana a Uppercross. Acordaron las dos que partirían de allí, y Ana se instaló en
la quinta que sería la primera etapa del viaje de Lady Russell.
Uppercross era un pueblo relativamente pequeño que pocos años
antes aún conservaba -todo el viejo estilo inglés.
Ana había estado allí varias veces. Conocía los caminos de
Uppercross tan bien como los de Kellynch. Las dos familias estaban juntas tan
constantemente y tenían tal costumbre de entrar y salir de una y otra casa a
todas horas, que se llevó una sorpresa al encontrar a María sola. Estar sola y
sentirse enferma y malhumorada eran casi la misma cosa para ella. Aunque de
mejor condición que su hermana mayor, María no tenía ni el en-tendimiento ni el
buen carácter de Ana. Mientras se encontraba bien y se sentía feliz y
agasajada, estaba de muy buen talante y animadísima; pero cualquier
indisposición la hundía por completo; no tenía recursos para la soledad; y
habiendo heredado una parte considerable de la presunción de los Elliot, estaba
muy dispuesta a añadir a sus otras congojas la de creerse abandonada y
maltratada. Físicamente era inferior a sus dos hermanas, e incluso cuando
estaba en lo mejor de su edad no llegó a ser más que regularcilla. Estaba
tendida en el desvencijado sofá del amable saloncillo cuyo mobiliario elegante
en un tiempo había ido desluciéndose bajo la acción de cuatro veranos y dos
niños. Cuando vio aparecer a Ana la recibió, diciéndole:
¡Vamos! ¡Por fin llegaste! Ya empezaba a creer que no te
volvería a ver. Estoy tan enferma que apenas puedo hablar. ¡No he visto a nadie
en toda la mañana!
-Siento que no te encuentres bien -repuso Ana-. ¡Pero si el
jueves me mandaste decir que estabas como una rosa!
-Sí, saqué fuerzas de flaqueza, como hago siempre. Pero no me
sentía bien ni mucho menos, y creo que nunca en mi vida he estado tan mal como
esta mañana. No estoy en situación de que se me deje sola. Supónte que me diese
algo horrible de repente y que no fuese capaz ni de tirar de la campanilla.
Lady Russell no debe salir de su casa. Me parece que en todo el verano ha
venido tres veces a esta casa.
Ana dijo lo que hacía a propósito y preguntó luego a María por
su marido.
-¡Ah! Carlos se fue de caza. No lo he visto desde las siete. Se
ha querido marchar, a pesar de que le dije lo enferma que estaba. Respondió que
no estaría mucho fuera, pero todavía no ha regresado y ya es casi la una. Es lo
que te decía, no he visto un alma en toda esta larguísima mañana.
-¿No has estado con tus niños?
-Sí, mientras he podido soportar su bullicio; pero son tan
traviesos que me hacen más mal que bien. Carlitos no obedece en nada y Walter
crece igual de malo.
-Bueno; ahora te pondrás mejor -replicó Ana jovialmente-. Ya
sabes que siempre te curo en cuanto llego. ¿Cómo están tus vecinos de la Casa
Grande?
-No puedo decirte nada de ellos. Hoy no he visto más que al
señor Musgrove, que se ha detenido un momento y me ha hablado por la ventana,
pero sin bajar del caballo. Por mucho que les dije lo mal que estaba, ninguno
de ellos se me acercó. Me figuro que habrá sido porque a las señoritas Musgrove
no les venía de paso y nunca se salen de su camino.
-Tal vez los veas antes de que pase la mañana. Es temprano
todavía. -
-Ni falta que me hacen, puedes estar segura. Encuentro que
charlan y ríen demasiado. ¡Ay, Ana, qué mal estoy! ¿Cómo no viniste el jueves?
-Querida María, acuérdate de que me mandaste decir que estabas
bien. Me escribiste con la mayor alegría diciéndome que te hallabas
perfectamente y que no me diera prisa en venir. Por ello quise quedarme hasta
el final con Lady Russell; y además del cariño que le tengo, estuve tan
ocupada, y he tenido tanto que hacer que de ninguna manera hubiese podido salir
antes de Kellynch.
-Pero, ¿qué es lo que tuviste que hacer?
-Muchísimas cosas, te lo aseguro. Más de las que puedo recordar
en este momento, pero voy a decirte algunas. Hice un duplicado del catálogo de
libros y cuadros de mi padre. Estuve varias veces en el jardín con Mackenzie,
tratando de entender y dándole a entender a él cuáles eran las plantas de
Isabel que debían apartarse para Lady Russell. Tuve que arreglar muchas
pequeñas cosas mías: libros y música que separar; y tuve que rehacer todos mis
baúles, debido- a que no supe a tiempo lo que se había decidido acerca de los
acarreos. Y tuve que hacer una cosa, María, más fatigosa aún: ir a casi todas
las casas de la parroquia en visita de despedida, pues así me lo encargaron.
Todas estas cosas llevan mucho tiempo.
-¡Sin duda!
Y después de una pausa:
-Pero no me has preguntado nada de nuestra cena de ayer en casa
de los Poole.
-¿Conque fuiste? No te pregunté nada porque me figuré que habías
tenido que renunciar a la invitación.
-Claro que fui. Ayer me encontraba muy bien; no he sentido nada
hasta esta mañana. Habría parecido muy raro si no hubiese ido.
-Me alegro de que estuvieses lo bastante bien y supongo que
pasaste un rato muy agra-dable.
-Nada del otro mundo. Siempre se sabe de antemano lo que va a
ser una cena y a quiénes vas a encontrar allí. ¡Y es tan incómodo no tener
coche propio! Los señores Musgrove me llevaron en el suyo y anduvimos como
sardinas en lata ¡Son tan corpulentos y ocupan tanto espacio! El señor Musgrove
siempre se sienta delante. Yo iba aplastada en el asiento trasero entre
Enriqueta y Luisa. No me extrañaría que toda mi enfermedad de hoy se debiera a
eso.
Con un poco más de perseverante paciencia y de forzada
jovialidad consiguió Ana que María se restableciese prontamente. Al poco rato
ya pudo incorporarse en el sofá y empezó a acariciar la esperanza de poder
dejarlo para la hora de la comida. Luego olvidó su postración y se fue al otro
extremo del salón para arreglar un ramo de flores. Se comió unos fiambres y se
sintió tan aliviada que propuso ir a dar un paseo.
-¿Adónde iremos? -preguntó en cuanto estuvieron listas-. Me
imagino que no querrás ir a visitar a los de la Casa Grande antes de que ellos
hayan venido a verte.
-No tengo ningún inconveniente -replicó Ana-. Nunca se me
ocurriría reparar en esas formalidades con gente como los señores y las
señoritas Musgrove, a los que tanto conozco.
-Sí, pero son ellos los que deben visitarte a ti primero. Deben
saber cómo han de tratarte por ser mi hermana. Sin embargo, podemos ir muy bien
y sentarnos con ellos un ratito, y cuando ya estemos satisfechas de la visita,
nos distraemos con el paseíto de vuelta.
Ana siempre había considerado esa clase de trato como una gran
imprudencia, pero desistido de oponerse porque creía que a pesar de que las dos
familias se inferían mutuamente continuas ofensas, no podían estar la una sin
la otra. Se dirigieron por tanto a la Casa Grande y estuvieron una buena media
hora en el cuadrado gabinete decorado a la antigua usanza, con su pequeña
alfombra y su lustroso suelo, al que las actuales hijas de la casa fueron dando
gradualmente su aire peculiar de confusión, con un gran piano, un arpa,
floreros y mesitas a diestra y siniestra. ¡Ah, si los originales de los
retratos colgados contra el arrimadero, si los caballeros vestidos de pardo
terciopelo y las damas envueltas en rasos azules hubiesen visto lo que pasaba y
hubiesen tenido conciencia de aquel atentado contra el orden y la pulcritud!
Aquellos mismos retratos parecían estar contemplando boquiabiertos todo a su
alrededor.
Los Musgrove, al igual que su casa, estaban en un estado de
mudanza que tal vez era para bien. El padre y la madre se ajustaban a la vieja
tradición inglesa, y la gente joven, a la nueva. El señor y la señora Musgrove
eran de muy buena pasta, amistosos y hospitalarios, no muy educados y nada
elegantes. Las ideas y modales de sus hijos eran más modernos. Era una familia
numerosa, pero los dos únicos hijos crecidos, excepto
Carlos, eran Enriqueta y Luisa, jóvenes de diecinueve y veinte
años, que tenían de una escuela de Exeter todo el acostumbrado bagaje de
talentos, y que ahora se dedicaban, como miles de otras señoritas, a vivir a la
moda, felices y contentas. Sus trajes tenían todas las gracias, sus caras eran
más bien bonitas, su humor excelente y sus modales, desenvueltos y agradables;
eran muy consideradas en su casa y mimadas fuera de ella. Ana siempre las había
mirado como a unas de las más dichosas criaturas que había conoci-do; no
obstante, por esa grata sensación de superioridad que solemos experimentar y
que nos salva de desear cualquier posible cambio, no habría trocado su más fina
y cultivada inteligencia por todos los placeres de Luisa y Enriqueta; lo único
que les envidiaba era aquella apariencia de buena armonía y de mutuo acuerdo y
aquel afecto alegre y recíproco que ella había conocido tan poco con sus dos
hermanas.
Las recibieron con gran cordialidad. Nada parecía mal en el seno
de la familia de la Casa Grande; toda ella -como Ana sabía muy bien- era
completamente irreprochable. La media hora transcurrió agradablemente, y Ana no
se sorprendió en absoluto cuando al marcharse María invitó a las dos señoritas
Musgrove a que las acompañaran en su paseo.
CAPITULO VI
Ana no necesitaba visitar Uppercross para saber que, cuando se
traslada de un lugar a otro, aunque no sea más que a tres millas de distancia,
la gente suele cambiar de conversaciones, de opiniones y de ideas. Había estado
allí antes y siempre lo había notado, y hubiese querido que los otros Elliot
tuviesen ocasión de ver_ cuán desconocidos y desconsiderados eran en Uppercross
los asuntos que en Kellynch Hall se trataban con tan-to interés y general
aspaviento. Pese a esta experiencia creía que iba a tener que pasar por una
nueva y necesaria lección en el arte de aprender lo poca cosa que somos fuera
de nuestro propio círculo. Ana llegó totalmente embargada por los
acontecimientos que habían tenido en vilo durante varias semanas las dos casas
de Kellynch, y esperó encontrar más curiosidad y simpatía de las que hubo en
las observaciones separadas pero similares que le hicieron el señor y la señora
Musgrove.
¿Conque Sir Walter y su hermana se han marchado, señorita Ana?
¿Y en qué parte de Bath cree usted que van a radicarse?
Y esto sin prestar mucha atención a la respuesta. En cuanto a
las dos muchachas, agregaron solamente:
-Me parece que este invierno iremos a Bath; pero acuérdate,
papá, de que si vamos, tendremos que vivir en un buen lugar. ¡No nos vengas con
tus Plazas de la Reina!
Y María, ansiosa, comentó:
-¡Caramba, pues sí que voy a lucirme mientras todos ustedes se
van a divertir a Bath!
Ana determinó precaverse de allí en más contra semejantes
desilusiones y pensó con intensa gratitud que era un don extraordinario gozar
de una amistad tan sincera y afectuosa como la de Lady Russell.
Los señores Musgrove tenían sus propios afanes; vivían
acaparados por sus caballos, sus perros y sus periódicos, y las mujeres estaban
pendientes de todos los demás asuntos del hogar, de sus vecinos, de sus trajes,
de sus bailes y de su música. Ana encontraba muy razonable que cada pequeña
comunidad social dictase su propio régimen, y esperara convertirse en poco
tiempo en un miembro digno de la comunidad a que había sido trasplantada. Con
la perspectiva de pasar dos meses por lo menos en Uppercross, se esforzaba por
dar a su imaginación, memoria e ideas un giro lo más uppercrossiano posible.
Esos dos meses no la espantaban. María no era tan hostil ni tan
despegada ni tan inaccesible a la influencia de sus hermanas como Isabel. Y
ninguno de los otros moradores de la quinta se mostraba reacio al buen acuerdo.
Ana había estado siempre en los mejores términos con su cuñado, y los niños,
que la querían y la respetaban mucho más que a su madre, eran para ella un
objeto de interés, de distracción y de sana actividad.
Carlos Musgrove era muy fino y simpático; su juicio y su
carácter eran sin duda alguna superiores a los de su mujer; pero no era capaz,
ni por su conversación ni por su encanto, de hacer del pasado que lo unía a Ana
un recuerdo peligroso. Sin embargo, Ana pensaba lo mismo que Lady Russell, que
era una lástima que Carlos no hubiese hecho un matrimonio más afortunado, y que
una mujer más sensata que María habría podido sacar mejor partido de su
carácter, dando a sus costumbres y ambiciones mayor utilidad, razón y
elegancia. A la sazón, Carlos no se interesaba más que por los deportes, y
fuera de ellos desperdiciaba el tiempo sin beneficiarse de las enseñanzas de
los libros ni de nada. Gozaba de un humor a toda prueba y nunca parecía
afectarse demasiado por el tedio frecuente de su esposa, soportando a veces sus
desatinos con gran admiración de Ana. Muy a menudo tenían pequeñas disputas
(riñas en las que Ana tenía que participar más de lo que hubiese querido, pues
ambas partes reclamaban su arbitraje), pero en general podían pasar por una
pareja feliz. Siempre estaban de acuerdo en lo tocante a su necesidad de
disponer de más dinero y tenían una fuerte tendencia a esperar un buen regalo
del padre de él. Pero tanto en esto como en todo lo demás, Carlos quedaba siempre
mejor que María, pues mientras ésta consideraba un terrible agravio que tal
regalo no llegase, Carlos defendía a su padre, diciendo que tenía muchas otras
cosas en que emplear su dinero y el derecho a gastárselo como le diera la gana.
En cuanto a la crianza de sus hijos, las teorías de Carlos eran
mucho mejores que las de su mujer y su práctica no era mala.
-Podría educarlos muy bien si María no se metiese -solía decir a
Ana. Y ésta lo creía firmemente.
Pero luego tenía que escuchar los reproches de María:
-Carlos malcría a los chicos de tal modo que me es imposible
hacerles obedecer.
Y nunca sentía la menor tentación de decirle: “Es cierto”.
Una de las circunstancias menos agradables de su residencia en
Uppercross era que todos la trataban con demasiada confianza y que estaba
demasiado al tanto de las ofensas de cada casa. Como sabían que tenía alguna
influencia sobre su hermana, una y otra vez acudían a ella o por lo menos le
insinuaban que interviniese hasta más allá de lo que estaba en sus manos.
-Me gustaría que convencieras a María de que no esté siempre
imaginándose enferma -le decía Carlos.
Y María, en tono compungido, exclamaba:
-Carlos, aunque me viese muriéndome, no creería que estoy
enferma. Estoy segura, Ana, de que si tú quisieras podrías convencerlo de que
estoy en verdad muy enferma, mucho peor de lo que parece.
Luego María declaraba:
-Me disgusta terriblemente mandar a los chicos a la Casa Grande,
a pesar de que su abuela los reclama constantemente, porque los subleva y los
mima demasiado además de darles una porción de porquerías y dulces, con lo cual
no hay día que no vuelvan a casa enfermos o cargantes hasta que se acuestan.
Y la señora Musgrove aprovechaba la primera oportunidad de estar
a solas con Ana para decirle:
-¡Ay, señorita Ana! ¡Ojalá mi nuera aprendiese un poco de su
manera de tratar a los niños! ¡Son tan diferentes con usted esas criaturas!
Porque no sabe usted cuán malcriados están. Es una lástima que no pueda usted
convencer a su hermana de que los eduque mejor. Son los chicos más guapos y
sanos que he visto nunca; pobrecillos míos, la pasión no me ciega; pero la
mujer de Carlos no tiene idea cómo debe educarlos. ¡Virgen santa! ¡A veces se
ponen insufribles! Le aseguro, señorita Ana, que me quitan el gusto de verlos
en casa tan a menudo como quisiera. Sospecho que la mujer de Carlos está un
poco resentida porque no los invito a venir con más frecuencia; pero ¿usted
sabe lo molesto que es estar con chiquillos cuando hay que bregar con ellos a
cada momento diciéndoles: “No hagas eso, no hagas aquello”. Y si una quiere
estar un poco tranquila, no tiene otro recurso que darles más pasteles de los
que les convienen.
Además, María le comunicó lo siguiente:
-La señora Musgrove cree que sus criadas son tan formales que
sería un crimen abrirle los ojos; pero estoy segura, sin exageración, de que
tanto su primera doncella como su lavandera, en vez de dedicarse a sus tareas,
se pasan todo el santo día correteando por el pueblo. Me las encuentro
adondequiera que voy, y puedo decir que nunca entro dos veces en el cuarto de
mis chicos sin ver allí a una o a la otra. Si Jemima no fuese la persona más
segura y más seria del mundo, eso sería suficiente para echarla a perder, pues
me ha dicho que las otras la están siempre incitando a que se vaya de paseo con
ellas.
Por su parte, la señora Musgrove decía:
-Me he prometido no meterme nunca en los asuntos de mi nuera,
porque ya sé que no serviría de nada; pero debo decirle, señorita Ana, ya que
usted puede poner las cosas en su lugar, que no tengo en buen concepto al ama
de María. He oído contar de ella unas historias muy extrañas y decir que es una
trotacalles. Por lo que sé yo misma puedo decir que es una pícara de tomo y
lomo capaz de estropear a cualquier sirvienta que se le acerque. Ya sé que la
mujer de Carlos responde enteramente de ella, pero yo me limito a avisarle para
que pueda vigilarla y para que si ve usted algo que le llame la atención no
tenga reparo en explicar lo que sucede.
Otras veces María se quejaba de que la señora Musgrove se las
ingeniaba para no darle a ella la precedencia que se le debía cuando comían en
la Casa Grande con otras familias, y no veía por qué razón se la tenía tan en
menos en aquella casa para privarla del lugar que legítimamente le
correspondía. Y un día, mientras Ana paseaba a solas con las señoritas
Musgrove, una de ellas, después de haber estado hablando del rango, de la gente
de alto rango y de la manía del rango, dijo:
-No tengo reparo en observarle lo estúpidas que se ponen ciertas
personas con la cuestión de su lugar, porque todos sabemos lo poco que le
importan a usted esas cosas; pero me gustaría que alguien le hiciese ver a
María cuánto mejor sería que se dejase de esas terquedades y especialmente que
no anduviese siempre adelantándose para quitarle el sitio a mamá. Nadie duda de
sus derechos a la precedencia por encima de mamá, pero sería más discreto que
no estuviese siempre insistiendo en eso. No es que a mamá la preocupe en lo más
mínimo, pero sé que muchas personas se lo han criticado.
¿Cómo podía Ana arreglar esas diferencias? Lo más que podía
hacer era escuchar con paciencia, suavizar las asperezas y excusar a los unos
delante de los otros; sugerir a todos la tolerancia necesaria en tan estrecha
vecindad y hacer que sus consejos fuesen lo bastante amplios para que
alcanzasen a aprovechar a su hermana.
En otros aspectos, su visita empezó y continuó sin tropiezos. Su
estado de ánimo mejoró con sólo haberse alejado tres millas de Kellynch y con
el cambio de lugar y de ocupaciones. Las indisposiciones de María disminuyeron
al tener una compañía permanente; y las cotidianas relaciones con la otra
familia, como no tenían que interrumpir en la quinta ningún afecto, confianza o
cuidado superior, eran más bien una ventaja. Dicha comunicación era lo más
frecuente posible; todas las mañanas se veían y era raro que pasaran una tarde
separados; Ana creía que ya no se habrían hallado sin ver las respetables
humanidades del señor y de la señora Musgrove en los sitios acostumbrados, o
sin la charla, la risa y los cantos de sus hijas.
Ana tocaba el piano mucho mejor que una u otra de las señoritas
Musgrove; pero como no tenía voz ni conocimiento del arpa, ni padres
embelesados sentados delante de ella, nadie reparaba en su habilidad más que
por cortesía o porque permitía descansar a los demás ejecutantes, lo que a ella
no le pasaba inadvertido. Sabía que cuando tocaba a nadie daba gusto más que a
sí misma; pero esto no le era nuevo, exceptuando un corto período de su vida;
nunca, desde la edad de catorce años, en que perdió a su madre, había conocido
la dicha de ser escuchada o alentada por una justa apreciación de verdadero
gusto. En la música se había tenido que acostumbrar a sentirse sola en el
mundo; y el ciego entusiasmo del señor y de la señora Musgrove por los talentos
de sus hijas, con su total indiferencia hacia los de cualquier otra persona, le
daba mucho más placer por la ternura que significaba, que mortificación por sí
misma.
Las tertulias de la Casa Grande se engrosaban a veces con la
concurrencia de otras personas. La vecindad no era muy extensa, pero todo el
mundo acudía a casa de los Musgrove, y tenían más banquetes, más huéspedes y
más visitantes ocasionales o invitados que ninguna otra familia. Eran los más
populares.
Las muchachas morían por bailar, y las tardes finalizaban muchas
veces con un pequeño baile improvisado. Había una familia de primos cerca de
Uppercross, de posición menos desahogada, que tenía en casa de los Musgrove su
centro de diversiones; llegaban a cualquier hora y tocaban, bailaban o hacían
lo que se presentase. Ana, que prefería el oficio de pianista a cualquier otro
más activo, tocaba las contradanzas a las horas de las reuniones; sólo por esta
amabilidad, los señores Musgrove apreciaban sus dotes musicales, y a menudo le
dirigían estos cumplidos:
-¡Muy bien tocado, señorita Ana! ¡Muy bien tocado por cierto!
¡Bendito sea Dios, cómo vuelan esos deditos!
Así transcurrieron las tres primeras semanas. Llegó el día de
san Miguel y el corazón de Ana se apresuró otra vez por Kellynch. Su hogar
estaba en manos de extraños; aquellas preciosas habitaciones con todo lo que
contenían, aquellas arboledas y aquellas perspectivas empezaban a pertenecer a
otros ojos y a otros cuerpos... El 29 de septiembre no pudo pensar en nada más,
y por la tarde recibió una grata emoción cuando María, al detenerse en el día
del mes en que estaban, exclamó:
-¡Querida!, ¿no es hoy el día en que los Croft van a instalarse
en Kellynch? Me alegra no haberlo pensado antes. ¡Cómo me habría entristecido!
Los Croft tomaron posesión de la casa con un aparato
completamente naval, y hubo que ir a visitarlos. Maria deploró verse obligada a
aquello. Nadie podía imaginarse el sufrimiento que eso le causaba. Lo diferiría
todo lo posible. Pero no estuvo tranquila hasta que hubo convencido a Carlos de
que la llevase cuanto antes, y cuando volvió estaba en un estado de agradable
excitación y de alborotadas fantasías. Ana se congratuló sincera-mente de no
haber ido con ellos. Sin embargo, deseaba ver a los Croft y le encantó estar en
casa cuando ellos devolvieron la visita. Cuando llegaron, el señor de la casa
no estaba, pero las dos hermanas se encontraban juntas. Sucedió entonces que la
señora Croft se apoderó de Ana, mientras el almirante se sentaba junto a María,
deleitándola con sus chistosos comentarios acerca de sus chiquillos. Y Ana pudo
dedicarse a buscar un parecido que, si no halló en las facciones, reconoció en
su voz y en su modo de sentir y de expresarse.
La señora Croft no era alta ni gorda, pero tenía una arrogancia,
una tiesura y una robustez que daban presencia a su persona. Sus ojos eran
oscuros y brillantes, sus dientes hermosos, y en conjunto su rostro era
agradable, aunque su tez enrojecida y curtida por la intemperie, a consecuencia
de pasarse en el mar casi tanto tiempo como su marido, hacía creer que tenía
varios años más de los treinta y ocho que contaba. Sus modales eran francos,
desenvueltos y decididos como los de una persona que confía en sí misma y que
no duda de lo que tiene que hacer, sin que eso significase ni asomo de rudeza
ni ninguna falta de buen carácter. Ana le agradeció sus sentimientos de gran
consideración hacia ella, en todo lo que le dijo de Kellynch; estuvo muy
complacida y más porque se tranquilizó pasado el primer medio minuto, en el
mismo instante de la presentación, al ver que la señora Croft no daba ninguna-
muestra de estar en antecedentes o de tener sospechas de algo que torciese para
nada sus intenciones. Estuvo del todo descansada sobre el particular y por lo
mismo llena de fuerza y de valor, hasta que en un momento se heló al oír que la
señora Croft decía:
-¿De modo que fue usted y no su hermana a quien tuvo el gusto de
conocer mi hermano cuando estuvo aquí?
Ana estaba segura de que ya había pasado la edad del rubor, pero
no la edad de la emoción, a juzgar por lo ocurrido.
-Puede que no haya usted oído decir que se casó -agregó la
señora Croft.
Ana pudo contestar entonces como era debido; y cuando las
siguientes palabras de la señora Croft aclararon de cuál señor Wentworth estaba
hablando, se alegró de no haber dicho nada que no pudiese aplicarse a ambos
hermanos. Al momento comprendió cuán razonable era que la señora Croft pensara
y hablara de Eduardo y no de Federico, y avergonzada de su error preguntó con
el debido interés cómo le iba a su antiguo vecino en su nuevo estado.
El resto de la conversación fue ya tranquilísimo; hasta el
momento de levantarse, en que oyó que el almirante decía a María:
-Pronto va a llegar un hermano de la señora Croft. Creo que
usted ya lo conoce de nombre.
Lo interrumpió en seco el vehemente ataque de los chiquillos,
que se prendieron de él como de un antiguo amigo y declararon que no se iba a
marchar. El les propuso llevárselos metidos en sus bolsillos, con lo cual
aumentó el alboroto y ya no hubo lugar para que el almirante acabase o se
acordara de lo que había empezado a decir. Ana pudo, pues, persuadirse, en lo
que cabía, de que se trataba aún del hermano en cuestión. No logró, sin
embargo, llegar a tal grado de certidumbre que no estuviese ansiosa por saber
si los Croft habían dicho algo más sobre el particular en la otra casa en donde
habían estado antes.
La gente de la Casa Grande iba a pasar la tarde aquel día a la
quinta, y como ya estaba la estación muy avanzada para que semejantes visitas
pudiesen hacerse a pie, aguzaban el oído para percibir el ruido del coche,
cuando la menor de las chicas Musgrove entró en la habitación. La primera y
negra idea que se les ocurrió fue que venía a decir que no irían, y que
tendrían que pasarse la tarde solas. Maria estaba a punto de sentirse ofendida,
cuando Luisa restableció la calma anunciando que se había adelantado ella a pie
con objeto de dejar espacio en el coche para el arpa que transportaban.
-Y además -agrego- voy a explicarles la causa de todo esto. He
venido para advertirles que mamá y papá están esta tarde muy deprimidos; mamá
especialmente. No hace más que pensar en el pobre Ricardo. Y acordamos que
sería mejor tocar el arpa, pues parece que la divierte más que el piano. Y voy
a decirles por qué está tan desanimada. Cuando vinieron los Croft esta mañana
(luego estuvieron aquí, ¿verdad?), dijeron que su hermano, el capitán
Wentworth, acaba de volver a Inglaterra o que ha sido licenciado o algo por el
estilo, y que vendrá a verlos de un momento a otro. Lo peor de todo es que a
mamá se le ocurrió, cuando los Croft se hubieron ido, que Wentworth, o algo muy
parecido, era el apellido del capitán del pobre Ricardo un tiempo, no sé cuándo
ni dónde, pero mucho antes de que muriera, pobre chico. Se puso a revisar sus
cartas y sus cosas y cnfirmó su sospecha; está absolutamente segura que ése es
el hombre de que se trata y no cesa de pensar en él y en el pobre Ricardo.
Tenemos que estar lo más alegres posible para dis-traerla de esos negros
pensamientos.
Las verdaderas circunstancias de este patético episodio de una
historia de familia eran que los Musgrove tuvieron la mala fortuna de echar al
mundo un hijo cargante e inútil y la buena suerte de perderlo antes de que
llegase a los veinte años; que lo mandaron al mar porque en tierra era la más
estúpida e ingobernable de las criaturas; que su familia nunca se había
preocupado mucho por él, aunque siempre más de lo que merecía; y que rara vez
se supo de él y poco lo extrañaron, cuando dos años atrás llegó a Uppercross la
noticia de que había muerto en el extranjero.
Aunque sus hermanas hacían por él todo lo que estaba a su
alcance, llamándolo ahora “pobre Ricardo”, en realidad nunca había sido más que
el muy mentecato, desnaturalizado e inaprovechable Ricardito Musgrove, que
nunca, ni vivo ni muerto, hizo nada que le hiciese digno de más título que
aquel diminutivo en su nombre.
Estuvo varios años navegando y en el curso de esos traslados a
que todos los marinos mediocres están sujetos, y en especial aquellos a quienes
todos los capitanes desean quitarse de encima, fue a dar por seis meses a la
fragata Laconia del capitán Federico Wentworth. A bordo de la Laconia y a
instancias de su capitán escribió las únicas dos cartas que sus padres
recibieron de él durante toda su ausencia; es decir, las dos únicas cartas
desinteresadas, pues todas las demás no habían sido más que simples pedidos de
dinero.
En todas ellas habló bien de su capitán; pero sus padres estaban
tan poco habituados a fijarse en tales cuestiones y les tenían tan sin cuidado
los nombres de hombres o de barcos, que entonces apenas repararon en ello. El
hecho de que la señora Musgrove hubiese tenido aquel día la súbita inspiración
de acordarse de la relación que guardaba con su hijo el nombre Wentworth
parecía uno de esos extraordinarios chispazos de la mente que se dan de tarde
en tarde.
Acudió a sus cartas y encontró confirmadas sus suposiciones. La
nueva lectura de aquellas cartas después de tan largo tiempo desde que su hijo
desapareciera para siempre y después que todas sus faltas hubieron sido
olvidadas, la afectó sobremanera y la sumió en un gran desconsuelo que no había
sentido ni cuando se enteró de su fallecimiento. El señor Musgrove también
estaba afectado, aunque no tanto; y cuando llegaron a la quinta se hallaban en
evidente disposición de que primero se escuchasen sus lamentaciones, y luego de
recibir todos los consuelos que su alegre compañía pudiese suministrarles.
Fue una nueva prueba para los nervios de Ana tener que oírles
hablar hasta por los codos del capitán Wentworth, repetir su nombre, rebuscar
en sus memorias de los pasados años y por fin afirmar que debía ser, que
probablemente sería, que era sin duda el mismo capitán Wentworth, aquel guapo
joven que recordaban haber visto una o dos veces después de su regreso de
Clifton, sin poder precisar si hacía de eso siete u ocho años. Pensó, sin
embargo, que tendría que acostumbrarse. Puesto que el capitán iba a llegar a la
comarca, le era preciso dominar su sensibilidad en lo tocante a este punto. Y
no sólo parecía que lo esperaban y muy pronto, sino que los Musgrove, con su
ardiente gratitud por la bondad con que había tratado al pobre Ricardito y con
el gran respeto que sentían por su temple, evidenciado en el hecho de haber
tenido seis meses al pobre muchacho Musgrove a su cuidado, quien hablaba de él
con grandes aunque no muy bien ortografia-dos elogios, diciendo que era “un
compañero muy vueno y muy brabo, sólo demasiado parecido al maestro de la
ezcuela” , estaban decididos a presentársele y a solicitar su amistad en cuanto
supiesen que había llegado.
Esta resolución contribuyó a consolarlos aquella tarde.
CAPITULO VII
A los pocos días se supo que el capitán Wentworth había arribado
a Kellynch. El señor Musgrove fue a visitarlo y volvió haciendo de él los más
encendidos elogios y diciendo que lo había invitado a ir con los Croft a cenar
a Uppercross a fines de la siguiente semana. Fue una gran contrariedad para el
señor Musgrove no poder celebrar antes dicha cena, tal era su impaciencia por
demostrar su gratitud al capitán Wentworth, teniéndolo bajo su techo y dándole
la bienvenida con todo lo más fuerte y mejor que hubiese en sus bodegas. Pero
tenía que esperar una semana. “Sólo una semana”, se decía Ana, para que, según
suponía, volviesen a encontrarse; y pronto empezó a desear sentirse segura una
semana siquiera.
El capitán Wentworth devolvió sin tardanza la fineza del señor
Musgrove, y por cuestión de media hora no estuvo Ana presente. Estaban ella y
María preparándose para ir a la Casa Grande, donde, como más tarde supieron, se
lo habrían encontrado sin poder evitarlo, cuando llevaron a la casa al chico
mayor que había dado una mala caída, y esto las retuvo. La situación del niño
dejó la visita completamente de lado, pero Ana no pudo enterarse con
indiferencia del peligro del que había escapado, ni siquiera en medio de la
grave ansiedad que luego les causara la criatura.
El pequeño se había dislocado la clavícula y había recibido tal
contusión en la espalda que hizo concebir los más grandes temores. Fue una
tarde de angustia y Ana tuvo que hacerlo todo a la vez: mandar por el médico,
buscar e informar al padre de lo ocurrido, atender a la madre y socorrer sus
ataques de nervios, dirigir a los criados, apartar al chico menor y cuidar y
calmar al pobre accidentado. Y además, en cuanto se acordó, avisar a la otra
casa de lo acontecido, lo que trajo una avalancha de gente que más que ayudar
eficazmente no hizo otra cosa que aumentar la confusión.
El primer consuelo fue el regreso de su cuñado, que se encargó
de cuidar a su mujer, y el segundo alivio fue la llegada del médico. Hasta que
él llegó y examinó al pequeño, lo peor de los temores de la familia era su
vaguedad; suponían que tenía una grave lesión, pero no sabían dónde. La
clavícula fue en seguida repuesta en su lugar, y aunque el doctor Robinson
palpaba y palpaba, y volvía a tocar, mirando gravemente y hablando en voz baja
con el padre y la tía, todos se tranquilizaron y ya pudieron irse y comerse su
cena en un estado de ánimo algo más sosegado. Momentos antes de partir, las dos
jóvenes tías dejaron de lado la situación de su sobrino para hablar de la
visita del capitán Wentworth; se quedaron cinco minutos más, cuando ya sus
padres se habían marchado, para tratar de expresar lo encantadas que estaban
con él, diciendo que lo encontraban mucho más apuesto e infinitamente más
agradable que ninguno de los hombres que conocían y que fueran antes sus
favoritos; lo contentas que se pusieron cuando oyeron que su papá lo invitaba a
quedarse a cenar; lo tristes que se quedaron cuando él contestó que le era
imposible y lo felices que volvieron a sentirse cuando, apremiado por las otras
invitaciones que le hacían los señores Musgrove, prometió ir a cenar con ellos
al día siguiente. ¡Al día siguiente! Y lo prometió de un modo cautivador, como
si interpretase con acierto el motivo de aquellas atenciones. En suma, que
había mirado y hablado de todo con una gracia tan deliciosa que las niñas
Musgrove podían asegurarles que las dos estaban locas por él. Y se marcharon
tan alborozadas como enamoradas, y, en apariencia, más preocupadas por el
capitán Wentworth que por el pequeño Carlitos.
La misma escena y los mismos arrebatos se repitieron cuando las
dos muchachas volvieron con su padre al caer de la tarde, para saber cómo
seguía el niño. El señor Musgrove, disipada su primera inquietud por su
heredero, confirmó las alabanzas al capitán y manifestó su esperanza de que no
hubiera necesidad de aplazar la invitación que le habían hecho, lamentando
únicamente que los de la quinta de seguro no querrían dejar al niño para
asistir también a la cena.
-¡Oh, no! ¡Nada de dejar al chico!
El padre y la madre estaban demasiado afectados por la seria y
reciente alarma para poder ni siquiera considerarlo una posibilidad. Y Ana, con
la alegría de volver a librarse, no pudo menos que añadir sus calurosas
protestas a las de ellos.
Sin embargo, Carlos Musgrove manifestó más tarde deseo de ir. El
chico iba tan bien y él tenía tantas ganas de que le presentaran al capitán
Wentworth, que tal vez iría a reunirse con ellos por la tarde; no quería cenar
fuera de casa, pero podía ir a dar un paseo de media hora. Al oír esto, su
mujer puso el grito en el cielo:
-¡Ah, no, Carlos, de ningún modo! No podría soportar que te
fueses. ¿Qué sería de mí si sucediera algo?
El niño pasó una buena noche y al día siguiente ya estaba mucho
mejor. Era cuestión de tiempo el cerciorarse si se le había lesionado la espina
dorsal, pero el doctor Robinson no encontraba nada que pudiese dar lugar a
alarma, y por consiguiente Carlos Musgrove empezó a pensar que no había ninguna
necesidad de seguir confinado. El niño tenía que quedarse en cama y distraerse
lo más quietamente posible, pero el padre ¿qué tenía que hacer allí? Era cosa
de mujeres, y le parecía muy absurdo que él, que en nada podía ayudar en la
casa, tuviese que permanecer recluido en ella. Su padre estaba deseoso de
presentarle al capitán Wentworth y como no había ninguna razón de peso en
contra de ello, tenía que ir. Todo acabó en que al volver de su cacería, Carlos
Musgrove declaró pública y audazmente que pensaba vestirse acto seguido e ir a
cenar a la otra casa.
-El chico no puede estar mejor -dijo- y por lo tanto le acabo de
decir a mi padre que iré y él ha opinado que hago muy bien. Estando tu hermana
contigo, amor mío, no tengo ningún temor. Que tú no te separes del niño, santo
y bueno; pero ya ves que yo no sirvo aquí de nada. Si pasara algo, que Ana vaya
a buscarme.
Las esposas y los maridos por lo general entienden cuándo son
vanas las oposiciones. María supo por el modo de hablar de Carlos, que éste
estaba absolutamente resuelto a irse y que sería inútil contrariarlo. Por lo
tanto no dijo nada hasta que se hubo marchado, pero tan pronto estuvo a solas
con Ana, exclamó:
-¡Vamos! Ya nos dejaron solas para que nos las arreglemos con
este pobre enfermito y en toda la tarde no vendrá nadie a vemos. Ya sabía yo
que esto pasaría. ¡Siempre me ocurre lo mismo! En cuanto sucede algo
desagradable puedes estar segura de que van a esfumarse, y Carlos no es mejor
que los demás. ¡Qué fresco! Hace falta no tener entrañas para abandonar de este
modo a su pobre hijito y decir, encima, que no le pasa nada. ¿Cómo sabe que no
le pasa nada o que no puede sobrevenir un cambio repentino dentro de media
hora? Nunca creí que Carlos fuera tan desalmado. Ahí lo tienes, largándose a
divertirse y yo, como soy la pobre madre, no tengo derecho a moverme. Pues por
cierto que yo soy la menos capaz de atender al chico. El hecho de que sea su
madre es una razón para que no se pongan mis sentimientos a prueba. No puedo
resistirlo. Ya viste qué nerviosa me puse ayer.
-Pero no fue más que el efecto de tu súbita alarma, de la
impresión. Ya no volverás a ponerte nerviosa. Estoy casi segura de que no
ocurrirá nada que nos inquiete. He comprendido muy bien las instrucciones del
doctor Robinson y no tengo ningún temor. No me extraña la actitud de tu marido.
Cuidar a los chicos no es cosa de hombres; no es asunto de su incumbencia. Un
niño enfermo debe estar siempre al cuidado de su madre, sus propios
sentimientos se lo imponen.
-Creo que quiero a mis hijos como la que más, pero no que sea
más útil yo a la cabecera que Carlos, porque no puedo estar todo el tiempo
regañando y contrariando a una pobre criatura cuando está enferma; ya has visto
esta mañana: bastaba que le dijera que se estuviese quieto para que empezara a
agitarse. Yo no puedo soportar estas cosas.
-Pero, ¿estarías tranquila si te pasaras toda la tarde lejos del
pobre niño?
-Sí; ya viste que su padre lo está; ¿por qué entonces yo no?
Jemima es tan diligente! Nos podría enviar información acerca del estado del
chico a cada hora. Carlos podía haber dicho a su padre que iríamos todos.
Carlitos ya no me inquieta tanto; lo mismo que a él. Ayer estaba asustadísima,
pero las cosas han cambiado mucho hoy día.
-Está bien entonces; si no crees que es demasiado tarde para
avisar que irás, anda con tu marido. Yo cuidaré a Carlitos. Los señores
Musgrove no se ofenderán si yo me quedo con el niño.
-¿Lo dices en serio? -exclamó María con los ojos brillantes-.
¡Hermana, ¡has tenido la mejor idea!, ¡magnífica! Puedes esta segura que
finalmente es lo mismo si voy que si no voy, ya que nada soluciono quedándome
aquí, ¿estás de acuerdo? Lo único que haría sería cansarme. Tú, que no sientes
como una madre, eres la más indicada para quedarte. Tú logras que Carlitos
obedezca; a ti siempre te hace caso. Es mejor que dejarlo solo con Jemima. ¡Por
supuesto que iré! Pudiendo, conviene mucho más que vaya yo que Carlos, porque
está muy interesado en que conozca al capitán Wentworth, y ya sé que a ti no te
importa quedarte sola. ¡Has tenido una idea excelente, Ana! Voy a decírselo a
Carlos y estaré lista en un minuto. Ya sabes que puedes mandarnos recado en
cualquier momento si pasara algo, aunque te puedo asegurar que nada
desagradable sucederá. Si no estuviera tranquila del todo respecto de mi hijito
querido, no iría; no lo dudes.
Un momento después, Maria llamaba al tocador de Carlos, y Ana,
que subía por las escaleras detrás de ella, llegó a tiempo para oír toda la
conversación, que empezó con María, hablando con gran excitación:
-¡Quiero ir contigo, Carlos, porque no hago más falta en casa
que tú! Si estuviera más tiempo encerrada con el niño, no podría convencerlo de
hacer lo que debe hacer. Ana se quedará con él; ha decidido permanecer en casa
y ocuparse del chico. Ella misma me lo ha propuesto; de modo que puedo ir
contigo. Y será mucho mejor, pues no he comido en la otra casa desde el martes.
-Ana es muy amable -contestó el marido- y me encantaría
llevarte; pero me parece un poco duro dejarla sola en casa haciendo de niñera
de nuestro hijo enfermo.
Ana acudió a defender su propia causa y su sinceridad no tardó
en ser suficiente para convencer a Carlos, convicción que al fin y al cabo era
muy agradable, pues no tenía grandes escrúpulos en dejarla comer sola. No
obstante, todavía le dijo que fuese a pasar con ellos la tarde cuando ya no
hubiese que hacerle nada al chico hasta el día siguiente, y la animó
afectuosamente para que lo dejase ir a recogerla; pero no hubo manera de
persuadir a Ana, en vista de lo cual poco rato después tuvo el gusto de ver partir
a los dos contentos como unas pascuas. Iban a divertirse, pensaba Ana, por muy
extrañamente tramada que semejante diversión pudiese parecer. En cuanto a ella,
se quedó con una sensación de bienestar que tal vez nunca antes había
experimentado. Sabía que el niño la necesitaba; y ¿qué le importaba que
Federico Wentworth no estuviese más que a una milla de distancia enamorando a
las demás?
Le habría gustado saber qué sentiría el capitán al encontrarse
con ella. Puede que lo dejase indiferente, si la indiferencia cabía en
semejantes circunstancias. Sentiría indiferencia o desdén. Si hubiese deseado
volver a verla, no habría esperado hasta entonces; habría hecho lo que Ana no
podía menos que creer que ella habría hecho en su lugar, desde mucho tiempo
atrás, cuando los acontecimientos le proporcionaron tan rápidamente aquella
independencia, que era lo único que anhelaba.
Su hermana y su cuñado volvieron contentísimos de su nuevo amigo
y de la reunión en general. Tocaron, cantaron, hablaron y rieron del modo más
agradable; el capitán Wentworth era encantador, no había en él ni timidez ni
reserva; fue como si se hubiesen conocido desde siempre, y a la mañana
siguiente iba a ir a cazar con Carlos. Iría a almorzar, pero no en la quinta,
tal como al principio se le propuso, porque se le rogó que fuese a hacerlo en
la Casa Grande, y él se mostró temeroso de molestar a la señora de Carlos
Musgrove, a causa del niño.
Fuese como fuese y sin que supieran exactamente cómo había ido
la cosa, acabaron por resolver que Carlos almorzaría con el capitán en casa de
su padre.
Ana lo comprendió. Federico quiso evitar verla. Supo que había
preguntado por ella al pasar, como si se hubiese tratado de cualquier vieja
amistad sin mayor importancia, sin parecer conocerla más de lo que ella le
había conocido, y procediendo, quizá, con la misma intención de rehuir la
presentación cuando se encontrasen.
En la quinta siempre se levantaban más tarde que en la otra
casa; pero al día siguiente, la diferencia fue tan grande que Ana y María
empezaban sólo a desayunar cuando llegó Carlos a decirles que iban a salir en
aquel momento y que había ido a buscar a sus perros. Sus hermanas venían tras
él con el capitán Wentworth, pues las chicas querían ver a María y al niño, y
el capitán deseaba también saludarla si no había inconveniente. Carlos le había
dicho que el estado del chico no era de cuidado, pero el capitán Wentworth no
se habría quedado tranquilo si él no hubiese corrido a prevenirla.
María, halagadísima con esta atención, dijo que lo recibiría
encantada. Mientras tanto, mil encontrados sentimientos agitaban a Ana; el más
consolador de todos era que el trance pronto habría pasado. Y pronto pasó, en
efecto. Dos minutos después de la preparación de Carlos, aparecieron en el
salón los anunciados. Los ojos de Ana se encontraron a me-dias con los del
capitán Wentworth, y se hicieron una inclinación y un saludo. Ana oyó su voz:
estaba hablando con María y diciéndole las cosas de rigor; dijo algo a las
señoritas Musgrove, lo bastante para demostrar gran seguridad en sí mismo. La
habitación parecía llena, llena de personas y voces, pero a los pocos minutos
todo hubo terminado. Carlos se asomó a la ventana, todo estaba listo; los
visitantes saludaron y se fueron. Las señoritas Musgrove se fueron también,
repentinamente resueltas a llegarse hasta el final del pueblo con los
cazadores. La habitación quedó despejada y Ana logró terminar su desayuno como
pudo.
“¡Ya pasó! ¡Ya pasó!” se repetía a sí misma una y otra vez,
nerviosamente aliviada. “¡Ya pasó lo peor!”
María le hablaba, pero Ana no la escuchaba. La había visto. Se
habían encontrado. ¡Habían estado una vez más bajo el mismo techo!
Sin embargo, no tardó en empezar a razonar consigo misma y en
procurar controlar sus sentimientos. Ocho años, casi ocho años habían
transcurrido desde su ruptura. ¡Era tan absurdo recaer en la agitación que
aquel intervalo había relegado a la distancia y al olvido! ¿Qué no podían hacer
ocho años? Sucesos de todas clases, cambios, desvíos, ausencias, todo; todo
cabía en ocho años. ¡Y cuán natural y cierto era que entretanto se olvidase el
pasado! Aquel período significaba casi una tercera parte de su propia vida.
Pero, ¡ay!, a pesar de todos sus argumentos, Ana se dio cuenta
de que para los sentimientos arraigados ocho años eran poco más que nada.
Y ahora, ¿cómo leer en el corazón de Federico? ¿Deseaba huir de
ella? Y en seguida se odió a sí misma por haberse hecho esa loca pregunta.
Pero todas sus dudas quedaron despejadas por otra cuestión en la
que su extrema perspicacia no había reparado. Las señoritas Musgrove volvieron
a la quinta para despedirse, y cuando se hubieron ido, María le proporcionó
esta espontánea información:
-El capitán Wentworth no estuvo muy galante contigo, Ana, a
pesar de lo atento que estuvo conmigo. Cuando se marcharon, Enriqueta le
preguntó qué le parecías, y él le dijo que estás tan cambiada que no te habría
reconocido.
Por lo general, María no acostumbraba respetar los sentimientos
de su hermana, pero no tenía la menor sospecha de la herida que le infligía.
“¡Tan cambiada que no me habría reconocido!” Ana se quedó sumida
en una silenciosa y profunda mortificación. Así era, sin duda; y no podía
desquitarse, porque él no había cambiado si no era para mejor. Lo notó al
momento y no podía rectificar su juicio, aunque él pensara de ella lo que
quisiera. No; los años que habían distraído su juventud y su lozanía no habían
hecho más que darle a él mayor esplendor, hombría, y desenvoltura, sin
menoscabar para nada sus dotes personales. Ana había visto al mismo Federico Wentworth.
“¡Tan cambiada que no la habría reconocido!” Estas palabras no
podían menos que obsesionarla. Poco después comenzó a regocijarse de haberlas
oído. Eran tranquilizadoras, apaciguadoras, reconfortaban y, por tanto, debían
hacerla feliz.
Federico Wentworth había dicho estas palabras u otras parecidas
sin pensar que iban a llegar a oídos de ella. Había pensado en ella como
espantosamente cambiada, y en la primera emoción del momento dijo lo que
sentía. No había perdonado a Ana Elliot. Ella le había hecho mal; lo había
abandonado y desilusionado; más aún: al hacer eso lo había hecho por debilidad
de carácter, y un temperamento recto no puede soportar una cosa así. Lo había
dejado para dar gusto a otros. Todo fue efecto de repetidas persuasiones; fue
debilidad y fue timidez.
El estuvo fuertemente ligado a ella, y jamás encontró otra mujer
que se le pareciese, pero, aparte una sensación de natural curiosidad, no había
deseado reencontrarla. La atracción que ella ejerciera sobre él había
desaparecido para siempre.
Pensaba él a la sazón en casarse; era rico y deseaba
establecerse, y lo haría en cuanto encontrase una ocasión digna. Deseaba
enamorarse con toda la rapidez que una mente clara y un certero gusto pueden
permitirlo. Las señoritas Musgrove hubieran podido atraerle, porque su corazón
se conmovía ante ellas. En una palabra, sus sentimientos se abrían para
cualquier mujer joven que cruzase su camino, con excepción de Ana Elliot.
Guardaba este secreto, mientras respondía a las suposiciones de su hermana
diciendo:
-Sí, Sonia, estoy pronto a contraer cualquier matrimonio tonto.
Cualquier mujer entre los quince y los treinta puede contar con mi posible
declaración. Un poco de belleza, unas cuantas sonrisas, unos elogios a la
marina, y soy hombre perdido. ¿No es acaso bastante para conquistar a un marino
rudo?
Su hermana comprendía que decía esto esperando ser contradicho.
SU orgulloso mirar decía a las claras que se sabía agradable. Y Ana Elliot no
estaba fuera de sus pensamientos cuando más en serio describía a la mujer con
quien le agradaría encontrarse.
-Una mentalidad fuerte y dulzura en los modales. -Eran el
principio y el fin de su descripción.
-Esa es la mujer que quiero -decía-. Transigiría con algo un
poco inferior, siempre que no lo fuera mucho. Si hago el tonto lo haré de
verdad, porque he pensado en este asunto más que cuanto lo piensan muchos
hombres.
CAPITULO VIII
Por ese tiempo, el capitán Wentworth y Ana Elliot frecuentaban
un mismo círculo. Pronto se encontraron comiendo en casa de los señores
Musgrove, porque el estado del pequeño no permitía a su tía una excusa para
ausentarse. Esto fue el comienzo de otras comidas y nuevos encuentros.
Si los sentimientos antiguos se habían de renovar, el pasado
debía volver a la memoria de ambos: estaban forzados a regresar a él.
El año de su compromiso no podía menos que ser aludido por él en
las pequeñas narraciones y descripciones propias de la conversación. Su
profesión lo predisponía a ello; su estado de ánimo lo hacía locuaz:
“Eso fue en el año seis”, “Esto fue después que me hice a la mar
en el año seis” -fueron frases dichas en el transcurso de la primera tarde que
pasaron juntos. Y a pesar de que su voz- no se alteró, y a pesar de que ella no
tenía razón para suponer que sus ojos la buscaban al hablar, Ana sintió la
completa imposibilidad, dado su carácter, de que existiera otra mujer para él.
Debía haber la misma inmediata asociación de pensamiento, pero no supuso que
pudiera haber el mismo dolor.
Sus conversaciones, sus expresiones, eran las que exige la más
elemental cortesía mundana. ¡Tanto como habían sido una vez el uno para el
otro! Y ahora nada. En cierta época de su vida les hubiese sido difícil pasar
un momento sin dirigirse la palabra, aun en medio de la más concurrida reunión
del salón de Uppercross.
Con excepción quizá del almirante y de Mrs. Croft, que parecían
muy unidos y felices (Ana no conocía otro caso, ni siquiera entre los
matrimonios), no había habido dos corazones tan abiertos, dos gustos tan
similares, más comunidad de sentimientos, ni figuras más recíprocamente amadas.
Ahora eran dos extraños. No; peor que extraños, porque jamás podrían llegar a
conocerse. Era un exilio perpetuo.
Cuando él hablaba, era la misma voz la que ella escuchaba, y
adivinaba los mismos pensamientos. Había gran ignorancia de asuntos navales
entre los asistentes a la reunión. Lo interrogaban mucho, especialmente las
señoritas Musgrove -que no parecían tener ojos más que para él-, acerca de la
vida a bordo, las órdenes diarias, la comida, los horarios, etcétera, y la
sorpresa ante sus relatos, al escuchar el nivel de comodidades que podía
obtenerse, daban a la voz de él cierto lejano y agradable tono burlón, que
recordaba a Ana los lejanos días cuando ella también era ignorante y suponía
que los marineros vivían a bordo sin nada que comer, sin cocina para
abastecerse, criados que aguardasen órdenes ni cubiertos que usar.
Mientras pensaba y escuchaba esto, se oyó un murmullo de Mrs.
Musgrove, quien, sobresaltada por un profundo arrepentimiento, no pudo menos
que decir:
-¡Ah, señorita Ana, si el cielo hubiera permitido vivir a mi
pobre hijo, sería igual a nuestro amigo en la actualidad!
Ana reprimió una sonrisa y escuchó bondadosamente, mientras Mrs.
Musgrove aliviaba su corazón un poco más, y, por unos momentos, le fue
imposible seguir la conversación de los demás.
Cuando pudo permitir a su atención seguir sus naturales deseos,
encontró a las señoritas Musgrove revisando una lista naval (propiedad de
ellas, y la única que jamás había sido vista en Uppercross) y sentándose juntas
para examinarla, con el propósito de encontrar los barcos que el capitán
Wentworth había comandado.
-El primero fue el Asp, bien lo recuerdo; busquemos el Asp.
-No lo encontrarán ustedes ahí: estaba viejo y desvencijado. Fui
el último en comandarlo. Apenas servía ya entonces. Por un año o dos fue
considerado bueno para servicios locales y, con este propósito, fue enviado a
las Indias Occidentales.
Las muchachas miraron sorprendidas.
-El Almirantazgo -prosiguió él- se entretiene en enviar de vez
en cuando algunos centenares de hombres al mar en barcos que ya no sirven. Pero
ellos tienen que cuidar muchísimas cosas, y entre los miles que de todos modos
se irán al fondo, les es difícil distinguir cuál es el grupo que sería más de
lamentar.
-¡Bah, bah! -exclamó el viejo almirante-. ¡Qué charlas sin
sentido tienen estos jóvenes! Jamás hubo mejor goleta que el Asp en su tiempo.
Entre las goletas de construcción antigua jamás encontrarán ustedes rival.
¡Dichoso quien la tuvo! El sabe que debe haber habido veinte hombres
solicitándola por aquel entonces. ¡Dichoso quien obtuvo tan pronto algo
semejante, no teniendo más interés que el suyo propio!
-Le aseguro, almirante, que comprendo mi suerte -respondió muy
serio el capitán Wentworth-. Estaba tan contento con mi destino como usted
habría podido estarlo. Era algo grande para mí, en aquella época, estar en el
mar, algo muy grande. Deseaba hacer algo.
-Y por cierto lo hizo. ¿Para qué habría de permanecer en tierra
seis meses un hombre joven como usted? Si un hombre no tiene esposa, pronto
desea volver a bordo.
-Pero, capitán Wentworth -exclamó Luisa-. ¡Cuán humillado debe
haberse sentido usted cuando, llegando a bordo del Asp, vio el viejo barco que
se le destinaba!
-Ya conocía el barco de antes -respondió él sonriendo-. No tenía
más descubrimientos que hacer en él que los que tendría usted en una vieja
pelliza, prestada entre casi todas sus amistades, y que un buen día se la
prestaran a usted también. ¡Ah! ¡Era muy querido el viejo Asp para mí! Hacía
cuanto yo deseaba. Tuve siempre esa seguridad. Sabía que habíamos de irnos al
fondo juntos o salir de él siendo algo; nunca tuve un día de mal tiempo
mientras lo comandé; después de haber tomado suficientes corsarios como para
pasarlo bien, tuve la buena suerte, a mi regreso el otoño siguiente, de toparme
con la fragata francesa que deseaba. La traje a Plymouth, y esto también fue
obra de la buena fortuna. Estuvimos sondeando seis horas cuando súbitamente se
levantó un vendaval que duró cuatro días y que hubiera terminado con el viejo
Asp en menos de lo que tardo en decirlo.
“Nuestro encuentro con la Gran Nación no hubiera mejorado la
situación. Veinticuatro horas más y yo hubiera sido un valiente marino, el
capitán Wentworth, en un pequeño párrafo de una columna de los periódicos. Y,
habiendo perdido la vida en el primer viaje, nadie me hubiera recordado.
Ana debía ocultar sus sentimientos, mientras las señoritas
Musgrove podían ser tan sinceras como lo deseaban en sus exclamaciones de
compasión y horror.
-Y entonces -dijo Mrs. Musgrove quedamente, como pensando en voz
alta- fue cuando se dirigió al Laconia y se encontró con nuestro pobre
muchacho. Carlos, querido mío -haciendo señas para que le prestara atención-,
pregunta al capitán Wentworth cuándo se encontró con tu pobre hermano. Siempre
lo olvido.
-Creo que fue en Gibraltar, madre. Dick fue dejado enfermo en
Gibraltar con una recomendación de su anterior capitán para el capitán
Wentworth.
-¡Oh! Di al capitán Wentworth que no debe temer mencionar a Dick
delante de mí; por el contrario, para mí será un placer oír hablar de él a tan
buen amigo.
Carlos, importándole más el asunto que a su madre, asintió con
la cabeza y se fue.
Las muchachas se habían puesto a buscar al Laconia y el capitán
Wentworth no pudo evitar tomar el precioso volumen en sus manos para evitarles
molestias, y una vez más leyó en voz alta su nombre y los demás pormenores,
comprobando que también el Laconia había sido un buen amigo, uno de los
mejores.
-¡Ah, eran días muy gratos aquellos en que comandaba el Laconia!
¡Cuán rápidamente hice dinero en él! ¡Un amigo mío y yo tuvimos tan agradable
travesía desde las islas occidentales! ¡Pobre Harville! Ustedes saben cómo
necesitaba dinero, aun más que yo. Tenía mujer. Era un muchacho excelente.
Jamás olvidaré su felicidad. Sufría todo por amor a ella. Deseé encontrarlo
nuevamente en el verano siguiente, cuando yo tenía todavía la misma suerte en
el Mediterráneo.
-Ciertamente, señor -dijo Mrs. Musgrove-, fue un día feliz para
nosotros cuando lo hicieron a usted capitán de aquel barco. Nunca olvidaremos
lo que usted hizo.
Sus sentimientos la hacían hablar en voz alta, y el capitán
Wentworth, oyendo sólo parte de lo que decía, y no teniendo probablemente en su
pensamiento a Dick Musgrove, quedó en suspenso, como esperando algo.
-Habla de mi hermano -dijo una de las muchachas-. Mamá está
pensando en el pobre Ricardo.
-Pobre chico -continuó Mrs. Musgrove-. Se había puesto tan
serio; sus cartas eran excelentes mientras estuvo bajo su mando. Hubiera sido
dichoso si nunca lo hubiese abandonado a usted. Puedo asegurarle, capitán
Wentworth, que hubiéramos sido muy felices todos nosotros si así hubiese sido.
Una momentánea expresión del capitán Wentworth, mientras
hablaba, una rápida mirada de sus brillantes ojos, un gesto de su hermosa boca,
bastaron para probar a Ana que en lugar de compartir los deseos de Mrs.
Musgrove respecto a su hijo, había tenido, a no dudarlo, mucho deseo de verse
libre de él; pero esto fue un movimiento tan rápido que ninguno que no lo
conociera tanto como ella pudo notarlo. Un instante después, do-minándose, tomó
aire serio y reposado, y casi de inmediato, encaminándose al sofá, ocupado por
Ana y Mrs. Musgrove, se sentó al lado de ésta y empezó en voz baja una
conversación con ella, acerca de su hijo, haciéndolo con simpatía y gracia
naturales, mostrando la mayor consideración por todo lo que había de real y
sincero en los sentimientos de los padres.
Ocupaban, pues, el mismo sofá, porque la señora Musgrove le hizo
lugar en seguida. Solamente la señora Musgrove se interponía entre ellos, y, en
verdad, no se trataba de un obstáculo menor. Mrs. Musgrove era bastante
robusta, mucho más hecha por la naturaleza para expresar la alegría y el buen
humor que la ternura y el- sentimiento. Y mientras las agitaciones del esbelto
cuerpo de Ana y las contracciones de su pensativo rostro delataban sus
sentimientos, el capitán Wentworth conservó toda su presencia de ánimo,
informando a una obesa madre sobre el destino de un hijo del cual nadie se
ocupó mientras estuvo vivo.
Las proporciones corporales y el pesar no deben guardar
necesariamente relación. El cuerpo macizo tiene tanto derecho a estar
profundamente afligido como el más gracioso conjunto de miembros finos. Pero,
justo o no, hay cosas irreconciliables que la razón tratará de justificar en
vano, porque el gusto no las tolera y porque el ridículo las acoge.
El almirante, después de dar dos o tres vueltas alrededor del
cuarto, con las manos detrás, y habiendo sido llamado al orden por su esposa,
se aproximó al capitán Wentworth, y sin la menor idea de que podía interrumpir
algo dio curso a sus propios pensamientos diciendo:
-De haber estado usted en Lisboa, la primavera última, Federico,
hubiera tenido que dar usted pasaje a Lady Mary Grierson y a sus hijas.
-¿En serio? ¡Pues me alegro de haber entrado una semana después!
El almirante le echó en cara su falta de galantería. El capitán
se defendió, alegando, sin embargo, que de buena voluntad jamás consentiría
mujeres a bordo, excepto para un baile o una visita de algunas horas.
-Si usted conociera -dijo-, comprendería que no hago esto por
falta de galantería. Es por saber cuán imposible es, pese a todos los esfuerzos
y sacrificios que puedan hacerse, proporcionar a las mujeres todas las comodidades
que merecen. No es falta de galantería, almirante; es colocar muy en alto las
necesidades femeninas de comodidad personal, y esto es lo que yo hago. Detesto
oír hablar de mujeres a bordo, o verlas embarcadas, y ninguna nave bajo mi
comando aceptará señoras, mientras pueda evitarlo.
Esto llamó la atención de su hermana.
-¡Oh, Federico! No puedo comprender esto en ti; son
refinamientos perezosos. Las mujeres pueden estar tan confortables a bordo como
en la mejor casa de Inglaterra. Creo haber vivido a bordo más que muchas
mujeres, y puedo asegurar que no hay nada superior a las comodidades de que
disfrutan los hombres de guerra. Declaro que jamás ha habido galanterías
especiales para mí, ni siquiera en Kellynch Hall -dirigiéndose a Ana-, que
pu-dieran compararse a las de los barcos en los que he vivido. Y creo que éstos
han sido unos cinco.
-Eso no significa nada -replicó su hermano-; tú eras la única
mujer a bordo y viajabas con tu marido.
-Pero tú mismo has llevado a Mrs. Harville, su hermana, su prima
y sus tres niños desde Portmouth a Plymouth. ¿Dónde dejaste esa extraordinaria
galantería tuya?
-Abusaron de mi amistad, Sofía. Ayudaré siempre a la esposa de
cualquier oficial compañero mientras pueda hacerlo, y hubiera llevado cualquier
cosa de Harville hasta el fin del mundo, si me la hubiesen pedido. Pero esto no
quiere decir que lo encuentre bien.
-Razón por la cual ellas estuvieron muy cómodas.
-Quizá sea por lo que no me gusta. ¡Las mujeres y los niños no
tienen derecho a estar cómodos a bordo!
-Hablas tonterías, mi querido Federico. Di, ¿qué sería de
nosotras, pobres esposas de marinos, que a menudo debemos ir de un puerto a
otro en busca de nuestros maridos, si todos sintieran como tú?
-Mis sentimientos, tú lo sabes, no me impidieron llevar a Mrs.
Harville y toda su familia a Plymouth.
-Pero detesto oírte hablar tan caballerosamente, y como si las
mujeres fueran todas damas refinadas, en lugar de seres normales. Ninguna de
nosotras espera siempre buen tiempo al viajar.
-Querida mía -explicó el almirante-, ya pensará de otro modo
cuando tenga esposa. Si está casado y si tenemos la suerte de estar vivos en la
próxima guerra, ya lo veremos hacer como tú, yo y muchos otros hemos hecho.
Estará muy agradecido de cualquiera que le lleve a su esposa.
-¡Ay, así es!
-Terminemos -exclamó el capitán Wentworth-. Cuando los casados
empiezan a atacarme diciendo: “Ya pensará usted de otro modo cuando se case”,
lo único que puedo contestar es: “No será así”; ellos responden entonces: “Sí,
lo hará usted”, y esto pone punto final al asunto.
Se levantó y se alejó.
-¡Qué gran viajera ha sido usted, señora! -dijo Mrs. Musgrove a
Mrs. Croft.
-He viajado -bastante en mis quince años de matrimonio, aunque
algunas mujeres han viajado aún más. He cruzado el Atlántico cuatro veces, y he
estado en las Indias Orientales y he vuelto. Una vez estuve también en lugares
cercanos como Cork, Lisboa y Gibraltar. Pero nunca he pasado los estrechos o
llegado hasta las Indias Occidentales, Bermudas o las Bahamas; ¿saben ustedes?,
no son las Indias Occidentales, como se las suele llamar.
Mrs. Musgrove no pudo replicar nada. Por otra parte, jamás había
oído mencionar aquellos lugares.
-Y puedo asegurarle, señora -continuó Mrs. Croft, que nada hay
superior a las comodidades que proporcionan los marinos. Hablo, por supuesto,
de los navíos de primera calidad. Cuando se viaja en una fragata, como es
natural, una está más confinada, pero cualquier mujer razonable puede ser
perfectamente feliz en esta clase de barcos. Yo puedo afirmar que los períodos
más felices de mi vida los he pasado a bordo.,Cuando estábamos juntos, ¿sabe
usted?, no había nada que temer. A Dios gracias he tenido siempre excelente
salud y los cambios de clima no me afectan en absoluto. Unas pocas molestias
las primeras veinticuatro horas de hacerse a la mar es todo lo que he sentido,
pero jamás he estado mareada después. La única vez que en verdad sufrí, en
cuerpo y alma; la única vez que no me encontré del todo bien, o que temí al
peligro, fue el invierno que pasé sola en Deal cuando el almirante (capitán
Croft, por aquel entonces) estaba en los mares del norte. Vivía en constante
zozobra, llena de temores imaginarios, sin saber qué hacer con mis ho-ras, o
cuándo tendría noticias de él. Pero en cuanto estamos juntos, nada me asusta, y
jamás he encontrado el menor inconveniente.
-¡Ah, por supuesto! Estoy de acuerdo con usted, Mrs. Croft -fue
la cálida respuesta de Mrs. Musgrove-. Nada hay tan malo como la separación.
Mister Musgrove asiste siempre a las sesiones, y puedo asegurarle que soy muy
feliz cuando éstas terminan y él regresa a mi lado.
La tarde terminó con un baile. Al pedirse música, Ana ofreció
sus servicios como de costumbre, y a pesar de que sus ojos estaban en algunos
momentos llenos de lágrimas mientras tocaba el instrumento, se alegraba mucho
de tener algo que hacer, pidiendo como sola recompensa no ser observada.
Era una reunión alegre, agradable, y ninguno parecía de mejor
ánimo que el capitán Wentworth. Ana sentía que tenía condiciones que lo
elevaban sobre el resto, y que atraían consideración y atención; especialmente
la atención de las jóvenes. Las señoritas Hayter, de la familia de primos ya
mencionada, al parecer aceptaban como un honor el aparecer enamoradas de él; en
cuanto a Enriqueta y Luisa, parecían no tener ojos más que para él, y sólo la
continua fluencia de atenciones entre ambas permitía creer que no se
consideraban rivales. ¿Se ufanaba él de la admiración general que despertaba?
¿Quién podría decirlo?
Estos pensamientos llenaban la mente de Ana mientras sus dedos
trabajaban mecánicamente. Y así continuó por media hora, sin errores, pero sin
conciencia de lo que hacía. En un momento sintió que la miraba, que observaba
sus facciones alteradas, buscando quizás en ellas los restos de la belleza que
una vez- lo había encantado; en un momento supo que debía estar hablando de
ella, pero apenas lo comprendió hasta oír la respuesta. En un momento estuvo
cierta de haberle oído preguntar a su compañera si miss Elliot no bailaba
nunca. La respuesta fue: “Nunca. Ha abandonado por completo el baile. Prefiere
tocar el piano”. En un momento, también debió hablarle. Ella había abandonado
el instrumento al terminar el baile, y él lo ocupó, tratando de encontrar una
melodía que quería hacer escuchar a una de las señoritas Musgrove. Sin ninguna
intención, ella volvió a un ángulo de la habitación. El se levantó del taburete
y, dijo con estudiada cortesía:
-Perdón, señorita, éste es su asiento -y a pesar de que ella
rehusó ocuparlo otra vez, él no se volvió a sentar.
Ana no deseaba más aquellos discursos y aquellas miradas. Su
fría cortesía, su ceremoniosa gracia, eran peores que cualquier otra cosa.
CAPITULO IX
El capitán Wentworth había llegado a Kellynch como a su propia
casa, para permanecer allí tanto como desease, siendo patente que era el objeto
de la fraternal amistad del almirante y de su esposa. Su primera intención al
llegar había sido hacer una corta estadía y luego encaminarse sin demora a
Shropshire a visitar a su hermano, establecido en aquel condado; pero los
atractivos de Uppercross lo indujeron a posponer la idea. Había de-masiado
halago, demasiado calor amistoso, algo que realmente encantaba en aquella
recepción; los viejos eran muy hospitalarios; los jóvenes, muy agradables; y
así, pues, no podía decidirse a dejar aquel lugar, y aceptaba sin discusión los
encantos de la esposa de Eduardo.
Uppercross ocupó pronto todos sus días. Difícil era decir quién
tenía más prisa: él por aceptar la invitación o los Musgrove por hacerla. Por
las mañanas en particular iba allí, porque no tenía compañía, puesto que el
matrimonio Croft pasaba fuera las primeras horas del día, recorriendo sus
nuevas posesiones, sus llanuras de pasto, sus ovejas, pasando el tiempo en una
forma que se comprendía incompatible con la presencia de una tercera per-sona.
A veces también recorrían el campo en un birlocho que habían adquirido no hacía
mucho.
Los huéspedes de los Musgrove y éstos compartían la misma
impresión acerca del capitán Wentworth: una admiración general y calurosa. Pero
esta convicción unánime produjo mucho desagrado e incomodidad a un tal Carlos
Hayter, quien al volver a reunirse con el grupo, pensó que el capitán Wentworth
estaba absolutamente de sobra.
Carlos Hayter, un joven agradable y gentil, era el mayor de los
primos, y entre él y Enriqueta había existido, según parecía, una considerable
atracción antes de la llegada del capitán Wentworth. Era pastor y tenía un
curato en las inmediaciones, en el cual no era imprescindible residir y, por lo
tanto, lo hacía en casa de su padre, que distaba escasas dos millas de
Uppercross.
Una corta ausencia había dejado a su dama sin vigilancia, en un
período crítico de sus relaciones, y al volver, tuvo el disgusto de encontrar
los modales de ella cambiados y de ver allí al capitán Wentworth.
Mrs. Musgrove y Mrs. Hayter eran hermanas. Ambas habían tenido
dinero, pero sus matrimonios establecieron entre ellas una gran diferencia. Mr.
Hayter poseía algo, pero su propiedad era una nadería comparada con la de los
Musgrove; por otra parte, los Musgrove pertenecían a la mejor sociedad del
lugar, mientras que a los Hayter, debido a la vida ruda y retirada de los
padres, a los defectos de su educación y al nivel inferior en que vivían, no
podía considerárseles como pertenecientes a ninguna clase, y el único contacto
que tenían con la gente provenía de su parentesco con los Musgrove. Este hijo
mayor, naturalmente, había sido educado como para ser un culto caballero y, por
lo tanto, su educación y maneras eran muy diferentes a las de los demás.
Ambas familias habían guardado siempre las mejores relaciones;
sin orgullo de una parte y sin envidia de la otra. Cierto sentimiento de
superioridad de parte de las señoritas Musgrove se traducía en el placer de
educar a sus- primos. Las atenciones de Carlos a Enriqueta habían sido
observadas por el padre y la madre de ésta sin ninguna des-aprobación. “No será
un gran matrimonio para ella, pero si le agrada... y parece agradarle...”
Enriqueta también compartía esta opinión antes de la llegada del
capitán Wentworth. A partir de entonces, el primo Carlos fue relegado al
olvido.
Cuál de las dos hermanas era la preferida del capitán Wentworth,
era difícil de establecer, en lo que Ana podía ver al respecto. Enriqueta era
quizá más bella, pero Luisa parecía más inteligente y atractiva. Por otra
parte, ella no podía decir a la sazón si él se sentiría atraído por la belleza
o por el carácter.
Mr. y Mrs. Musgrove, bien fuera por darse poca cuenta de las
cosas, bien por entera confianza en el buen criterio de sus hijas o de los
jóvenes que las rodeaban, parecían dejar todo en manos del azar. En la Casa
Grande no había la más leve muestra de que alguien se ocupase de estas cosas;
en la quinta era diferente: los jóvenes estaban más dispuestos a comentar y
averiguar. Debido a esto, apenas había el capitán Wentworth concurrido tres o
cuatro veces, y Carlos Hayter había reaparecido, Ana tuvo que escuchar la
opinión de sus hermanos acerca de cuál sería el preferido. Carlos decía que el
capitán Wentworth sería para Luisa; María, que para Enriqueta, pero convenían
que a cualquiera de las dos que se dirigiese Wentworth, les sería grato.
Carlos jamás había visto un hombre más agradable en su vida. Por
otra parte, de acuerdo con lo que había oído decir al mismo capitán Wentworth,
podía afirmar que a lo menos había hecho en la guerra alrededor de veinte mil
libras. Esto ya ponía una fortuna de por medio, además de las perspectivas de
hacer otra en una siguiente guerra. Por otra parte, tenía la certeza de que el
capitán Wentworth era muy capaz de distinguirse como cualquier oficial de la
Armada. ¡Oh, por cierto sería un matrimonio muy ventajoso para cualquiera de
sus hermanas!
-En verdad que lo sería -replicaba María-. ¡Dios mío, si llegara
a alcanzar grandes honores! ¡Si llegara a tener algún título! “Lady Wentworth”
suena grandioso. ¡Sería una gran cosa para Enriqueta! ¡Ocuparía mi puesto
entonces y Enriqueta estaría encantada! Sir Federico y Lady Wentworth suena
encantador; aunque es verdad que no me agrada la nobleza de nuevo cuño; jamás
he considerado en mucho a nuestra nueva aristocracia.
María prefería casar a Enriqueta con el fin de desbaratar las
pretensiones de Carlos Hayter, que jamás había sido de su agrado. Sentía que
los Hayter eran gente decididamente inferior, y consideraba una verdadera
desgracia que pudiera renovarse el parentesco entre ambas familias... en
especial para ella y sus hijos.
-¿Saben ustedes? -decía-, no puedo hacerme a la idea de que éste
sea un buen matrimonio para Enriqueta; y considerando las alianzas que hemos
hecho los Musgrove, no debe rebajarse ella en esa forma. No creo que ninguna
joven tenga derecho a elegir a alguien que sea desventajoso para los mayores de
su familia imponiéndoles un parentesco indeseable. Veamos un poco: ¿quién es
Carlos Hayter? Nada más que un pastor de pueblo. ¡Una alianza muy conveniente
para la señorita Musgrove de Uppercross! ...
Su marido discrepaba. Además de cierta simpatía por su primo
Carlos Hayter, recordaba que éste era primogénito, y siéndolo él mismo, veía
las cosas desde este punto de vista.
-Dices tonterías, María -era su respuesta-; no será un partido
demasiado ventajoso para Enriqueta, pero Carlos puede obtener, por medio de los
Spicers, algo del obispo dentro de un año o dos; por otra parte, no debes
olvidar que es el hijo mayor. Cuando mi tío muera, heredará una buena
propiedad. Los terrenos de Winthrop no son menos de cien hectáreas; además de
la granja cercana a Taunton, que es de las mejores tierras del lugar. Te
aseguro que Carlos no sería un matrimonio desventajoso para Enriqueta. Debe ser
así: el único candidato posible es Carlos. Es un joven bondadoso y de buen
carácter. Por otra parte, cuando herede Winthrop lo convertirá en algo muy
diferente de lo que ahora es, y vivirá una vida muy distinta de la que ahora
lleva. Con esta propiedad no puede ser nunca un candidato despreciable. ¡Una
bonita propiedad por cierto! Enriqueta haría muy mal en perder esta
oportunidad; y si Luisa se casa con el capitán Wentworth, te aseguro que
podremos darnos por satisfechos.
-Carlos podrá decir lo que quiera -decía María a Ana apenas éste
dejaba el salón-, pero sería chocante que Enriqueta se casase con Carlos
Hayter. Sería malo para ella y peor aún para mí. Es muy de desear que el
capitán Wentworth se lo saque de la cabeza, como realmente creo que ha
sucedido. Apenas miró a Carlos Hayter ayer. Me hubiera gustado que hubieses
estado presente para ver su comportamiento. En cuanto a suponer que al capitán
Wentworth le guste Luisa tanto como Enriqueta, es ridículo. Le gusta Enriqueta
muchísimo más. ¡Pero Carlos es tan positivo! De haber estado ayer habrías
decidido cuál de nuestras dos opiniones era la justa. No dudo que hubieses
pensado como yo, a menos de estar deliberadamente en mi contra.
Esto había tenido lugar en una comida en casa de los Musgrove en
la que se había esperado a Ana, pero ésta se excusó de concurrir so pretexto de
un dolor de cabeza y una leve recaída del pequeño Carlos. Pero en verdad no
había ido para evitar encontrarse con Wentworth.
A las ventajas de la noche, que había pasado tranquilamente, se
añadía la de no haber sido la tercera en discordia.
En cuanto al capitán Wentworth, opinaba ella que debía éste
conocer sus sentimientos lo suficiente como para no comprometer su
honorabilidad, o poner en peligro la felicidad de cualquiera de las dos
hermanas, escogiendo a Luisa en lugar de Enriqueta o a Enriqueta en lugar de
Luisa. Cualquiera de las dos sería una esposa cariñosa y agradable. En cuanto a
Carlos Hayter, le apenaba el dolor que podía causar la ligereza de una joven, y
su corazón simpatizaba con las penas que sufriría él. Si Enriqueta se equivocaba
respecto a la naturaleza de sus sentimientos, no podía decirse con tanta
premura.
Carlos Hayter había encontrado en la conducta de su prima muchas
cosas que lo intranquilizaban y mortificaban. Su afecto mutuo era demasiado
antiguo para haberse extinguido en dos nuevos encuentros y no dejarle otra
solución que reiterar sus visitas a Uppercross. Pero, sin duda, existía un
cambio que podía considerarse alarmante si se atribuía a un hombre como el
capitán Wentworth. Hacía sólo dos domingos que Carlos Hayter la había dejado y
estaba ella entonces interesada (de acuerdo con los deseos de él) en que
obtuviera el curato de Uppercross en lugar del que tenía. Parecía entonces lo
más importante para ella que el doctor Shirley, el rector, -que durante
cuarenta años había atendido celosamente los deberes de su curato, pero que a
la sazón se sentía demasiado enfermo para continuar-, se sirviese de un buen
auxiliar como lo sería Carlos Hayter. Muchas eran las ventajas: Uppercross
estaba cerca y no tendría que recorrer seis millas para llegar a su parroquia;
tener una parroquia mejor, desde cualquier punto de vista; haber ésta
pertenecido al querido doctor Shirley, y poder éste, por fin, retirarse de las
fatigas que ya no podían soportar sus años. Todas éstas eran grandes ventajas
según Luisa, pero más aún según Enriqueta, hasta el punto de que llegaron a
constituir su principal preocupación. Pero a la vuelta de Carlos Hayter, ¡vive
Dios!, todo el interés se había desvanecido. Luisa no mostraba el menor deseo
de saber lo que había conversado con el doctor Shirley: permanecía en la
ventana esperando ver pasar al capitán Wentworth. Enriqueta misma parecía sólo
prestar una parte de su atención al asunto, y parecía haber apagado también
toda ansiedad al respecto.
-Me alegro mucho de verdad. Siempre creí que obtendrías esto.
Estuve siempre segura. No me parece que... En una palabra, el doctor Shirley
debe tener un pastor con él, y tú has obtenido su promesa. ¿Lo ves venir,
Luisa?
Una mañana, después de la cena en casa de los Musgrove, a la
cual Ana no había podido asistir, el capitán Wentworth entró en el salón de la
quinta en momentos en que no estaban allí más que Ana, y el pequeño inválido,
Carlitos, que descansaba sobre el sofá.
La sorpresa de encontrarse casi a solas con Ana Elliot alteró la
habitual compostura de sus modales. Se detuvo y sólo atinó a decir:
-Creí que miss Musgrove estaba aquí. La señora Musgrove me dijo
que podría encontrarlas...
Después se encaminó hacia la ventana para tranquilizarse un poco
y encontrar la manera de reponerse.
-Está arriba con mi hermana; creo que vendrán en seguida -fue la
respuesta de Ana, en medio de la natural confusión. Si el niño no la hubiese
llamado en aquel momento, hubiera huido de la habitación, aliviando así la
tensión establecida entre ambos.
El continuó en la ventana, y después de decir cortésmente:
“Espero que el niño esté mejor”, guardó silencio.
Ella se vio obligada a arrodillarse al lado del sofá y
permanecer allí para dar gusto al pequeño paciente. Esto se prolongó algunos
minutos hasta que, con gran satisfacción, oyó los pasos de alguien cruzando el
vestíbulo. Esperó ver entrar al dueño de la casa, pero se trataba de una
persona que no habría de facilitar las cosas: Carlos Hayter, quien no pareció
alegrarse más de ver al capitán Wentworth que éste de ver a Ana.
Ana atinó a decir:
-¿Cómo está usted? ¿Desea sentarse? Los demás vendrán en
seguida.
El capitán Wentworth dejó la ventana y se aproximó, con
aparentes deseos de entablar conversación. Pero Carlos Hayter se encaminó a la
mesa y se sumió en la lectura de un periódico. El capitán Wentworth retornó a
la ventana.
Al minuto siguiente, un nuevo personaje entró en acción. El niño
más pequeño, una fuerte y desarrollada criatura de dos años, de seguro
introducido por alguien que desde afuera le abrió la puerta, apareció entre
ellos y se dirigió directamente al sofá para enterarse de lo que pasaba e
iniciar cualquier travesura.
Como no había nada que comer, lo único que podía hacer era
jugar, y como su tía no le permitía molestar a su hermano enfermo, se prendió
de ella en tal forma, que, estando ocupada en atender al enfermito, no podía
librarse de él. Ana le habló, lo reprendió, insistió, pero todo fue en vano. En
un momento consiguió rechazarlo, pero sólo para que volviera a prenderse de su
espalda.
-Walter -dijo Ana-, déjame en paz. Eres muy molesto. Me enfadas.
-¡Walter! -gritó Carlos Hayter-, ¿por qué no haces lo que te
mandan? ¿No oyes lo que te dice tu tía? Ven acá, Walter, ven con el primo
Carlos.
Pero Walter no se movió.
De pronto, Ana se sintió libre de Walter. Alguien, inclinándose
sobre ella, había separado de su cuello las manos del niño. Ana se encontró
libre antes de comprender que era el capitán Wentworth quien había cogido a la
criatura.
Las sensaciones que tuvo al descubrirlo fueron intraducibles. Ni
siquiera pudo dar las gracias: hasta tal punto había quedado sin habla. Lo
único que pudo hacer fue inclinarse sobre el pequeño Carlos presa de una
confusión de sentimientos. La bondad demostrada al correr en su auxilio, la
manera, el silencio en que lo había hecho, todos los pequeños detalles, junto
con la convicción (dado el ruido que comenzó a hacer con el niño) de que lo que
menos deseaba era su agradecimiento, y que lo que más deseaba era evitar su
conversación, produjeron una confusión de múltiples y dolorosos sentimientos,
de los que no lograba reponerse, hasta que la entrada de las hermanas Musgrove
le permitió dejar el pequeño paciente a su cuidado y abandonar el cuarto. No
podía seguir allí. Hubiera sido una oportunidad de atisbar las esperanzas y
celos de los cuatro; era la oportunidad de verlos juntos, pero no podía
soportarlo. Era evidente que Carlos Hayter no estaba bien dispuesto hacia el
capitán Wentworth. Tenía idea de haber oído decir entre dientes, después de la
intervención del capitán Wentworth: “Debiste haberme hecho caso, Walter. Te
dije que no molestaras a tu tía”, en un tono de voz resentida; y comprendió el
enojo del joven porque el capitán Wentworth había hecho lo que él debió hacer.
Pero por el momento, ni los sentimientos de Carlos Hayter ni los de nadie
contaban hasta que hubiera tranquilizado los suyos propios. Estaba avergonzada
de sí misma, de estar nerviosa, de prestar tanta atención a una niñería; pero
así era, y requirió largas horas de soledad y reflexión para recobrar la
compostura.
CAPITULO X
Ocasiones no faltaron para que Ana pudiera observar. Llegó un
momento en que estando en compañía de los cuatro, pudo formar su propia opinión
sobre aquel estado de cosas; pero era demasiado lista para darla a conocer al
resto, sabiendo que no agradaría ni a la esposa ni al marido. A pesar de creer
que Luisa era la preferida, no lograba imaginar (por lo que recordaba del
carácter del capitán Wentworth) que pudiera estar enamorado de ninguna de las
dos. Ellas parecían estarlo de él; pero, a decir verdad, no era el caso hablar
de amor. Se trataba más bien de una apasionada admiración, que sin duda
terminaría en enamoramiento. Carlos Hayter comprendía que casi no contaba, no
obstante Enriqueta por momentos parecía dividir sus atenciones entre ambos. Ana
hubiera deseado hacerles ver la verdad y prevenir a todos en contra de los
males a los que se exponían, sin embargo no atribuía malas intenciones a
ninguno. Y se sintió satisfecha al descubrir que el capitán Wentworth no
parecía consciente del daño que ocasionaba. No había engreimiento ni compasión
en sus modales. Es posible que nunca hubiera oído hablar o hubiera pensado en
Carlos Hayter. Su único error consistía en aceptar (que no es otra la expresión
que puede emplearse) las atenciones de las dos muchachas.
Tras breve lucha, Carlos Hayter pareció abandonar el campo. Pasó
tres días sin dejarse ver por Uppercross, lo que significaba un verdadero
cambio. Hasta rehusó una formal invitación a cenar. Mr. Musgrove, en una
ocasión, lo encontró muy ocupado con unos voluminosos libros, y consiguió que
el señor y la señora Musgrove comentaran que algo le ocurría, y que si
estudiaba de tal manera acabaría por morir. María creyó, aliviada, que había
sido rechazado por Enriqueta, mientras su marido vivía pendiente de verlo aparecer
al día siguiente. A Ana, por su parte, le parecía bastante sensata la actitud
de Carlos Hayter.
Una mañana, mientras Carlos Musgrove y el capitán Wentworth
andaban juntos de cacería, y mientras las mujeres de la quinta estaban sentadas
trabajando sosegadamente, recibieron la visita de las hermanas de la Casa
Grande.
Era una hermosa mañana de noviembre, y las señoritas Musgrove
venían andando en medio de los terrenos sin otro propósito, según afirmaron,
que dar un “largo' paseo. Suponían que, poniéndolo así, María no tendría deseos
de acompañarlas. Pero ésta, ofendida de que no se la supusiera buena para las
caminatas, respondió al instante:
-¡Oh!, me gustaría ir con ustedes; me gusta muchísimo caminar.
Ana se convenció, por las miradas de las dos hermanas, que
aquello era, ni más ni menos, lo que deseaban evitar, y se asombró una vez más
de la creencia que surge de los hábitos familiares de que todo paso que damos
debe ser comunicado y realizado en conjunto, a pesar de que no nos agrade o nos
cree dificultades. Trató de disuadir a María de compartir el paseo de las
hermanas, pero todo fue inútil. Y siendo así, pensó que lo mejor sería aceptar
la invitación que las Musgrove le hacían también a ella, ya que por cierto era
mucho más cordial. Con ella podría volverse su hermana y dejar a las Musgrove
libres para cualquier plan que hubiesen trazado.
-¡No sé por qué suponen que no me gusta caminar! -exclamó María
mientras subían la escalera-. Todos piensan que no soy buena para ello. Sin
embargo no les hubiera agradado que rechazara su invitación. Cuando la gente
viene expresamente a invitarnos, ¿cómo podemos rehusar?
Justo al momento de partir, volvieron los caballeros. Habían
llevado consigo-un cachorro que les había arruinado la diversión y a causa del
cual regresaban a casa temprano. Su tiempo disponible y sus ánimos parecían
convidarlos a este paseo, que aceptaron sin vacilar. Si Ana lo hubiese
previsto, ciertamente se hubiera quedado en casa; la curiosidad y el interés
eran lo único que la llevaba con gusto al paseo. Pero era demasiado tarde para
echar pie atrás, y los seis se pusieron en marcha en la dirección que llevaban
las señoritas Musgrove, quienes al parecer se consideraban encargadas de guiar
la caminata.
Ana no deseaba estorbar a nadie, y, por ello, en los recodos del
camino se las ingeniaba para quedarse al lado de su hermana. Su placer provenía
del ejercicio y del hermoso día, de la vista de las últimas sonrisas del año
sobre las manchadas hojas y los mustios cercados, y del recuerdo de algunas
descripciones poéticas del otoño, estación de peculiar e inextinguible
influencia en las almas tiernas y de buen gusto; estación que ha arrancado a
cada poeta digno de ser leído alguna descripción o algunos sentimientos. Se
ocupaba cuanto podía en atraer estas remembranzas a su mente; pero era
imposible que estando cerca del capitán Wentworth y de las hermanas Musgrove no
hiciera algún esfuerzo por oír su charla. Nada demasiado importante pudo
escuchar, sin embargo. Era una plática ligera, como la que pueden sostener
jóvenes cualesquiera en un paseo más o menos íntimo. Conversaba él más con
Luisa que con Enriqueta. Luisa, sin duda, le llamaba más la aten-ción. Esta
atención parecía crecer y hubo unas frases de Luisa que sorprendieron a Ana.
Después de otro más de los continuos elogios que se hacían al hermoso día, el
capitán Wentworth señaló:
-¡Qué tiempo admirable para el almirante y mi hermana! Tenían la
intención de ir lejos en el coche esta mañana; quizá los veamos aparecer detrás
de una de estas colinas. Algo dijeron de venir por este lado. Me pregunto por
dónde andarán arruinando su día. Me refiero, claro está, al trajín del coche.
Esto ocurre con mucha frecuencia y a mi hermana parece no importarle para nada
el traqueteo.
-¡Oh! Ya sé que a ustedes les gusta correr -exclamó Luisa-, pero
en el lugar de su hermana, haría absolutamente lo mismo. Si amara a un hombre
de la misma manera que ella ama al almirante, estaría siempre con él; nada
podría separarnos, y preferiría volcar con él en un coche que viajar sin
peligro dirigida por otro.
Había hablado con entusiasmo.
-¿Es verdad eso? -repuso él, adoptando el mismo tono-. ¡Es usted
admirable! -Después guardaron silencio por un rato.
Ana no pudo volver a refugiarse en la evocación de algún verso.
Las dulces escenas de otoño se alejaron, con excepción de algún suave soneto en
el que se hacía referencia al año que termina, las imágenes de la juventud, de
la esperanza y de la primavera declinantes, el que ocupó su memoria vagamente.
Se apresuró a decir mientras marchaban por otro sendero:
-¿No es éste uno de los caminos que conducen a Winthrop? -Pero
nadie la escuchó, o al menos, nadie respondió.
Winthrop, o sus alrededores, donde los jóvenes solían
vagabundear, era el lugar al que se dirigían. Una larga marcha entre caminos
donde trabajaban los arados, y en los que los surcos recién abiertos hablaban
de las tareas del labrador, iban en contra de la dulzura de la poesía y
sugerían una nueva primavera. Llegaron entonces a lo alto de una colina que
separaba a Uppercross de Winthrop y desde donde se podía contemplar una vista
completa del lugar, al pie de la elevación.
Winthrop, nada bello y carente de dignidad, se extendía ante
ellos; una casa baja, insignificante, rodeada de las construcciones y edificios
típicos de una granja.
María exclamó:
-¡Válgame Dios! Ya estamos en Winthrop. No tenía idea de haber
caminado tanto. Creo que deberíamos volver ahora; estoy demasiado cansada.
Enriqueta, consciente y avergonzada, no viendo aparecer al primo
Carlos por ninguno de los senderos ni surgiendo de ningún portal, se disponía a
cumplir con el deseo de María.
-¡Oh, no! -dijo Carlos Musgrove.
-No, no -dijo Luisa con mayor energía y, llevando a su hermana a
un pequeño rincón, pareció argumentar con ella airadamente sobre el asunto.
Carlos, por otra parte, deseaba ver a su tía, ya que el destino
los había llevado tan cerca. Era asimismo evidente que, temeroso, trataba de
inducir a su esposa a que los acompañara. Pero éste era uno de los puntos en
los que la dama mostraba su tenacidad, y así, pues, cuando se le recomendó la
idea de descansar un cuarto de hora en Winthrop, ya que estaba agotada,
respondió:
-¡Oh, no, desde luego que no! -segura de que el descenso de
aquella colina le ocasionaría una molestia que no recompensaría ningún descanso
en aquel lugar. En una palabra, sus ademanes y sus modos afirmaban que no tenía
la más remota intención de ir.
Después de una serie de debates y consultas, convinieron con
Carlos y sus dos hermanas que él y Enriqueta bajarían por unos pocos minutos a
ver a su tía, mientras el resto de la partida los esperaría en lo alto de la
colina. Luisa parecía la principal organizadora del plan; y como bajó algunos
pasos por la colina hablando con Enriqueta, María aprovechó la oportunidad para
mirarla, desdeñosa y burlona, y decir al capitán Wentworth:
-No es muy grato tener tal parentela. Pero le aseguro a usted
que no he estado en esa casa más de dos veces en mi vida.
No recibió más respuesta que una artificial sonrisa de
asentimiento, seguida de una desabrida mirada, al tiempo que le volvía la
espalda; y Ana conocía demasiado bien el significado de esos gestos. El borde
de la colina donde permanecieron era un alegre rincón; Luisa volvió, y María,
habiendo encontrado un lugar confortable para sentarse, en los umbrales de un
pórtico, se sentía por demás satisfecha de verse rodeada de los demás. Pero
Luisa llevó consigo al capitán Wentworth con el objeto de buscar unas nueces
que crecían junto a un cerco, y cuando desaparecieron de su vista, María dejó
de ser dichosa. Comenzó a enfadarse hasta con el asiento que ocupaba...;
seguramente Luisa había encontrado uno mejor en alguna otra parte. Se aproximó
hasta la misma entrada del sendero, pero no logró verlos por ninguna parte. Ana
había encontrado un buen asiento para ella, en un banco soleado, detrás de la
cerca en donde estaba segura se encontraban los otros dos. María volvió a
sentarse, pero su tranquilidad fue breve; tenía la certeza de que Luisa había
encontrado un buen asiento en alguna otra parte, y ella debía compartirlo.
Ana, realmente cansada, se alegraba de sentarse; y bien pronto
oyó al capitán Wentworth y a Luisa marchando detrás del cerco, en busca del
camino de vuelta entre el rudo y salvaje sendero central. Venían hablando. La
voz de Luisa era la más distinguible. Parecía estar en medio de un acalorado
discurso. Lo primero que Ana escuchó fue:
-Y por esto la hice ir. No podía soportar la idea de que se
asustara de la visita por semejante tontería. Qué, ¿habría acaso yo dejado de
hacer algo que he deseado hacer y que creo justo por los aires y las
intervenciones de una persona semejante, o de cualquier otra persona? No, por
cierto que no es tan fácil hacerme cambiar de idea. Cuando deseo hacer algo, lo
hago. Y Enriqueta tenía toda la determinación de ir a Winthrop hoy, pero lo
hubiera abandonado todo por una complacencia sin sentido.
-¿Entonces se hubiera vuelto, de no haber sido por usted?
-Así es. Casi me avergüenza decirlo.
-¡Suerte para ella tener un criterio como el de usted a mano!
Después de lo que me ha dicho, y de lo que yo mismo he observado la última vez
que los vi juntos, no me cabe la menor duda de lo que está ocurriendo. Me doy
cuenta de que no es sólo una visita de cortesía a su tía. Gran dolor espera a
ambos, cuando se trate de asuntos importantes para ellos cuando se requieran en
realidad certeza y fuerza de carácter, si ya ella no tiene determinación para
imponerse en una niñería como ésta. Su hermana es una criatura encantadora,
pero bien veo que es usted quien posee un carácter decidido y firme. Si aprecia
la felicidad de ella, procure infundirle su espíritu. Esto, sin duda, es lo que
usted ya está haciendo. El peor mal de un carácter indeciso y débil es que jamás
se puede contar con él enteramente. Jamás podemos tener la certeza de que una
buena impresión sea duradera. Cualquiera puede cambiarla; dejemos que sean
felices aquellos que son firmes. ¡Aquí hay una nuez! -exclamó, cogiendo una de
una rama alta-. Tomemos este ejemplo; una hermosa nuez, que, dotada de fuerza
original, ha sobrevivido a todas las tempestades del otoño. Ni un punto, ni un
rincón débil. Esta nuez -prosiguió con juguetona solemnidad-, mientras muchas
de las de su familia han caído y han sido pisoteadas, es aún dueña de toda la
felicidad que puede poseer una nuez. -Luego, volviendo a su tono habitual,
continuó-: Mi mayor deseo para todas aquellas personas que me interesan es que
sean firmes. Si Luisa Musgrove desea ser feliz en el otoño de su vida, debe
preservar y emplear todo el poder de su mente.
Al terminar de hablar sólo le respondió el silencio. Hubiese
sido una sorpresa para Ana que Luisa hubiera podido contestar de inmediato a
este discurso. ¡Palabras tan interesantes, dichas con tanto calor! Podía
imaginar lo que Luisa sentía. En cuanto a ella, temía moverse por miedo a ser
vista. Al paso de ellos, una gruesa rama la protegió y pasaron sin advertir su
presencia. Antes de desaparecer, sin embargo, volvió a oírse la voz de Luisa:
-María es muy buena en ciertos aspectos -dijo-, pero a veces me
enfada con su estupidez y orgullo, el orgullo de los Elliot. Tiene demasiado
del orgullo de los Elliot. Hubiéramos preferido que Carlos se casara con Ana.
¿Sabía usted que era a ésta a quien pretendía?
Después de una pausa, el capitán Wentworth preguntó:
-¿Quiere decir que ella lo rechazó?
-Eso mismo.
¿Cuándo ocurrió esto?
-No podría decirlo con exactitud, porque Enriqueta y yo
estábamos por entonces en el colegio. Creo que un año antes de que se casara
con María. Hubiera deseado que Ana aceptara. A todos nos gustaba ella muchísimo
más, y papá y mamá siempre han creído que todo fue obra de su gran amiga Lady
Russell. Ellos creen que Carlos no era lo suficientemente cultivado para
conquistar a Lady Russell, y que, por consiguiente, ésta persuadió a Ana de
rechazarlo.
Las voces se alejaban y Ana no pudo oír más. Sus propias
emociones la mantuvieron quieta. El destino fatal del que escucha no podía
aplicársele enteramente. Había oído hablar de ella misma, pero no había oído
hablar mal y, sin embargo, aquellas palabras eran de dolorosa importancia. Supo
entonces cómo consideraba su propio carácter el capitán Wentworth. Y el
sentimiento y la curiosidad adivinados en las palabras de él la agitaban en
extremo.
Tan pronto pudo, fue a reunirse con María, y ambas se dirigieron
a su primitivo puesto. Pero sólo sintió un alivio cuando todos se encontraron
de nuevo reunidos y la partida se puso en marcha. Su estado de ánimo requería
de la soledad y del silencio que pueden hallarse en un grupo numeroso de
personas.
Carlos y Enriqueta volvieron acompañados, como era de presumir,
por Carlos Hayter. Los detalles de todo este asunto Ana no podía entenderlos;
hasta el capitán Wentworth parecía no estar del todo enterado. Era evidente,
sin embargo, cierto retraimiento de parte del caballero, y cierto
enternecimiento de parte de la dama, como asimismo que ambos se alegraban de
verse nuevamente. Enriqueta parecía un poco avergonzada, pero su dicha era
evidente. En cuanto a Carlos Hayter, se le notaba demasiado feliz, y ambos se
dedicaron el uno a la otra casi desde los primeros pasos de la vuelta a
Uppercross.
Todo parecía indicar que era Luisa la candidata para el capitán
Wentworth: jamás había sido algo tan evidente. Si es que eran necesarias nuevas
divisiones de la partida o no, no podía decirse, pero lo cierto es que ambos
caminaron lado a lado casi tanto tiempo como la otra pareja. En una amplia
pradera donde había espacio para todos, se habían dividido ya de esta manera,
en tres partidas distintas. Ana necesariamente pertenecía a aquella de las tres
que mostraba menos animación y complacencia. Se había unido a Carlos y a María,
tan cansada que llegó a aceptar el otro brazo de Carlos. Pero Carlos, pese a
encontrarse de buen humor con respecto a ella, parecía enfadado con su esposa.
María se había mostrado insumisa, y ahora debía sufrir las consecuencias, que
no eran otras que el abandono que hacía del brazo de ella a cada momento para
cortar con su bastón algunas ortigas que sobresalían del cerco. María comenzó a
quejarse, como siempre, arguyendo que el estar situada al lado del cerco hacía
que se la molestase a cada instante, mientras que Ana marchaba por el lado
opuesto sin ser incomodada; a esto respondió él abandonando el bra-zo de ambas
y emprendiendo la persecución de una comadreja que vio por casualidad; entonces
casi llegaron a perderlo de vista.
La larga pradera bordeaba un sendero, cuya vuelta final debían
cruzar; y cuando toda la comitiva hubo llegado al portal de salida, el coche
que se había oído marchar en la distancia por largo tiempo llegó hasta ellos, y
resultó ser el birlocho del almirante Croft. El y su esposa acababan de
realizar el proyectado paseo y regresaban a casa. Después de enterarse de la
larga caminata hecha por los jóvenes, amablemente ofrecieron un asiento a
cualquiera de las señoras que se encontrara particularmente cansada; de esta
forma le evitarían andar una milla y, por otra parte, proyectaban cruzar
Uppercross. La invitación fue general, pero todas la declinaron. Las señoritas
Musgrove no se sentían fatigadas para nada; en cuanto a María, o bien se sintió
ofendida de que no le hubiesen preguntado primero, o bien el orgullo de los
Elliot se sublevó ante la idea de hacer de tercero en la silla de un pequeño
birlocho.
La partida había cruzado ya el sendero y subía por el declive
opuesto, y el almirante había puesto en movimiento su caballo cuando el capitán
Wentworth se aproximó para decir algo a su hermana. Qué era pudo adivinarse por
el efecto causado.
-Señorita Elliot, de seguro está usted cansada -dijo Mrs.
Croft.Permítanos el placer de llevarla a casa. Hay muy cómodamente lugar para
tres, puedo asegurárselo. Si todos tuviéramos sus proporciones diría que hay
sitio para cuatro. Debe venir con nosotros. -Ana estaba aún en el sendero y,
aunque instintivamente quiso negarse, no se le permitió proseguir. El almirante
acudió en ayuda de su esposa, y fue imposible rehusar a ambos. Se apretujaron
cuanto fue posible para dejarle espacio, y el capitán Wentworth, sin decir
palabra, la ayudó a trepar al carruaje.
Sí, lo había hecho. Se encontraba sentada en el coche, y era él
quien la había colocado allí, su voluntad y sus manos lo habían hecho; esto se
debía a la percepción que él tuvo de su fatiga y a su deseo de darle descanso.
Se sintió muy afectada al comprobar la disposición de ánimo que abrigaba hacia
ella y que todos estos detalles ponían de manifiesto. Esta pequeña
circunstancia parecía el corolario de todo lo que había ocurrido antes. Ella lo
entendía. No podía perdonarla, pero no podía ser descorazonado hacia ella. Pese
a condenarla en el pasado, recordándolo con justo y gran resentimiento, a pesar
de no importarle nada de ella y de comenzar a interesarse por otra, no podía
verla sufrir sin el deseo inmediato de darle alivio. Era el resto de los
antiguos sentimientos; un impulso de pura e inconsciente amistad; una prueba de
su corazón amable y cariñoso, y ella no podía contemplar todo esto sin
sentimientos confusos, mezcla de placer y dolor, sin poder decir cuál de los
dos prevalecía.
Sus respuestas a las atenciones y preguntas de sus compañeros
fueron inconscientes al principio. Habían andado la mitad del rudo sendero
antes de que ella comprendiera de lo que estaban hablando. Hablaban de
“Federico'.
-Ciertamente está interesado en alguna de estas dos muchachas,
Sofía -decía el almirante-; pero ni él mismo sabe en cuál de las dos. Ya las ha
cortejado bastante como para saber a cuál escoger. Ah, esta indecisión es
consecuencia de la paz. Si hubiera guerra ya habría escogido hace tiempo. Los
marinos, señorita Elliot, no podemos permitirnos el lujo de hacer un cortejo
largo en tiempos de guerra. ¿Cuántos días pasaron, querida, entre el primer día
que te vi y aquel en que nos sentamos juntos en nuestras propiedades de North
Yarmouth?
-Mejor no hablar de ello, querido -dijo Mrs. Croft suavemente-,
porque si miss Elliot oyera cuán rápidamente llegamos a entendemos, nunca
entendería que hayamos sido tan felices juntos. Te conocía, sin embargo, de
oídas desde mucho antes.
-Y yo había oído hablar de ti como de una muchacha muy bonita.
Por otra parte, ¿qué teníamos que esperar? No me gusta esperar mucho por nada.
Desearía que Federico se diese prisa y nos trajese a casa una de estas damitas
de Kellynch. Siempre habrá allí compañía para ellas. Y en verdad son muy
agradables, aunque apenas distingo a una de la otra.
-Muchachas sinceras y de buen carácter realmente -dijo Mrs.
Croft en tono de tranquilo elogio, con algo en la manera de hablar que hizo
pensar a Ana que no consideraba a ninguna de las dos hermanas dignas de casarse
con su hermano- y de una familia muy respetable. No se podría encontrar mejores
parientes... ¡Mi querido almirante, ese poste! ¡Nos vamos contra ese poste!
Pero, empuñando ella misma las riendas, evitó el peligro; más
adelante evitó un surco y el caer bajo las ruedas de un coche grande; Ana,
ligeramente divertida de la manera de conducir de ambos, unidos sobre las
riendas, lo que también podía ser un-símbolo de su unión en otros aspectos, se
encontró tranquilamente de vuelta en su casa.
CAPITULO XI
Se acercaba el tiempo del regreso de Lady Russell. Ya estaba
fijado el día. Ana deseaba unirse a ella tan pronto como volviera a
establecerse, y pensaba en su próxima partida de Kellynch, preguntándose si su
paz se vería amenazada por ello.
Estaría en la misma villa que el capitán Wentworth, sólo a una
milla de distancia; frecuentarían la misma iglesia y, sin duda, se
establecerían relaciones entre las dos familias. Eso estaba en contra de ella,
pero, por otra parte, él pasaba tanto tiempo en Uppercross que el marcharse de
allí era más bien como si lo dejara, en vez de aproximár-sele como en verdad
ocurría. Por otra parte, en lo que a ella misma concernía, no podía evitar
pensar que salía ganando al cambiar la compañía de María por la de Lady Russell.
Hubiera deseado no ver para nada al capitán Wentworth,
especialmente en las habitaciones del Hall, que tan llenas de dolorosos
recuerdos estaban para ella, puesto que eran las de sus primeros encuentros.
Más aún la preocupaba el posible encuentro del capitán Wentworth con Lady
Russell. No simpatizaban, y un reencuentro no podría aca-rrear nada bueno. Por
otra parte, en caso de verlos juntos a ellos dos, Lady Russell iba a encontrar
que él tenía gran dominio de sí mismo y ella, muy poco.
Estas cavilaciones eran su preocupación mientras preparaba su
despedida de Uppercross, donde creía haber estado ya bastante. Los cuidados que
había prodigado al pequeño Carlos llenarían el recuerdo de esos dos meses con
cierta dulzura; había sido necesaria y útil. Pero el pequeño recobraba fuerzas
día a día y ya nada justificaba que permaneciese allí.
El final de su visita, sin embargo, fue distinto de todo lo
previsto por ella. El capitán Wentworth, después de dos días de ausencia de
Uppercross, apareció, relatando los motivos que lo habían alejado. Una carta de
su amigo el capitán Harville, que por fin había llegado a su poder, informaba
de sus proyectos de establecerse con su familia durante el invierno en Lyme;
por consiguiente, el capitán y sus amigos habían estado, sin saberlo, a escasas
veinte millas el uno del otro. El capitán Harville nunca había recobrado
enteramente su salud después de una seria herida recibida dos años antes, y la
ansiedad que el capitán Wentworth sentía por ver a su amigo lo hicieron
dirigirse de inmediato a Lyme. Estuvo allí veinticuatro horas. Sus excusas
fueron aceptadas sin problema; su celo amistoso muy ponderado. Su amigo
despertó gran interés, y, por último, la descripción de las bellezas de Lyme
llamaron tanto la atención de los miembros de la reunión, que la inmediata
consecuencia fue un proyecto para ir de excursión a ese lugar.
Los jóvenes estaban enloquecidos por conocer Lyme. El capitán
Wentworth hablaba de volver; Lyme distaba sólo diecisiete millas de Uppercross;
a pesar de correr el mes de noviembre, el tiempo no era en modo alguno malo, y
por último, Luisa, que era la más ansiosa entre las ansiosas, habiendo decidido
ir, no logró que quebrantaran su propósito las insinuaciones de su padre y su
madre para postergar la excursión hasta la entrada del verano. Así, pues, a
Lyme debían ir todos: Carlos, María, Ana, Enriqueta, Luisa y el capitán
Wentworth.
La idea al principio fue partir por la mañana y volver por la
noche; y así se hubiera hecho de no intervenir mister Musgrove, que pensaba en
sus caballos. Por otra parte, pensándolo bien, en el mes de noviembre un solo
día no iba a dejar mucho tiempo para conocer el lugar, en especial descontando
las siete horas que el mal estado de los caminos requería para ir y volver.
Resolvieron entonces pasar la noche en Lyme y no volver hasta el día siguiente
a la hora de cenar. Esto fue considerado muchísimo mejor por todo el grupo.
Así, a pesar de haberse reunido en la Casa Grande bastante temprano a
desayunar, y de la puntualidad general, fue bastante después del mediodía
cuando los dos carruajes, el de Mr. Musgrove conduciendo a las cuatro señoras,
y el carricoche de Carlos, en que éste llevaba al capitán Wentworth,
descendieron la larga colina en dirección a Lyme y entraron en la tranquila
calle del pueblo. Era evidente que no hubieran tenido tiempo de recorrerla
antes que la luz y el calor del día desaparecieran.
Después de encontrar alojamiento y ordenar la comida en una de
las posadas, lo que correspondía hacer, por supuesto, era preguntar el camino
del mar. Habían llegado a una altura demasiado avanzada del año para disfrutar
de cualquier entretenimiento o variedad que Lyme pudiera proporcionar como
lugar público. Las habitaciones estaban cerradas, los huéspedes, retirados;
casi no quedaban más familias que las de los residentes; y, como hay muy poco
que ver en los edificios por sí mismos, lo único que los paseantes podían
admirar era la notable disposición del pueblo, con su calle principal cayendo
directamente hacia el mar, el camino a Cobb, rodeando la pequeña y agradable
bahía que en el verano tiene la animación que le prestan las casillas de baños
y la grata compañía de la gente; por último, Cobb, con sus antiguas maravillas
y nuevas mejoras, con la hermosa línea de los riscos destacándose al este de la
ciudad; esto, y no otra cosa, era lo que debían buscar los forasteros; y, en
realidad, debía ser un forastero muy extraño aquel que viendo los en-cantos de
la población no deseara conocerla mejor para descubrir nuevas bellezas, como
los alrededores, Charmouth, con sus alturas y su limpia campiña, y, más aún, su
suave bahía retirada, detrás de negros peñascos, con fragmentos de roca baja
entre las arenas, en donde podían sentarse tranquilamente para contemplar el
flujo y reflujo de la marea.
Las gentes de Uppercross pasaron por delante de las hospederías,
entonces desiertas y melancólicas; descendiendo más, se encontraron a orillas
del mar, y deteniéndose lo necesario para mirarlo, continuaron su marcha a
Cobb, para cumplir con sus respectivos propósitos, tanto ellos como el capitán
Wentworth. En una pequeña casa al pie de un viejo pilar, allí colocado desde
tiempo inmemorial, vivían los Harville. El capitán Wentworth se volvió para
visitar a su amigo, y los demás continuaron su marcha hacia Cobb, donde éste
habría de reunírseles más tarde.
No estaban en modo alguno cansados de admirar y vagar. Ni
siquiera Luisa creía lejano el tiempo en que se habían separado del capitán
Wentworth, cuando vieran regresar a éste acompañado por tres amigos, bien
conocidos ya para el grupo a través de las descripciones del capitán, como Mr.
y Mrs. Harville y el capitán Benwick, que pasaba una temporada con éstos.
El capitán Benwick había sido primer teniente del Laconia. Al
relato que de su carácter había hecho el capitán Wentworth, al cálido elogio
que hizo de él, presentándolo como un joven y eximio oficial, a quien apreciaba
muchísimo, habían seguido pequeños detalles sobre su vida privada que
contribuyeron a volverlo interesante ante los ojos de las señoras. Había estado
comprometido en matrimonio con la hermana del capitán Harville, y por entonces
lloraba su pérdida. Durante un año o dos habían esperado una fortuna y una
mejora de posición. La fortuna llegó, siendo su sueldo de teniente bastante
elevado, y la promoción finalmente, pero Fanny Harville no vivió para verlo.
Había muerto el año anterior mientras él se encontraba en el mar. El capitán
Wentworth creía imposible que un hombre pudiera amar más a una mujer de lo que
amó el pobre Benwick a Fanny Harville, o alguien que hubiera sido más
profundamente afectado por la terrible realidad. Creía el capitán Wentworth que
este joven era de aquellos que sufren intensamente, uniendo senti-mientos muy
profundos a modales tranquilos, serios y retirados, un decidido gusto por la
lectura y una vida sedentaria. Para hacer aún más interesante la historia, su
amistad con los Harville se había intensificado a raíz del suceso que hacía
imposible para siempre una alianza entre ambas familias, y, a la sazón, podía
afirmarse que vivía enteramente en compañía del matrimonio. El capitán Harville
había alquilado la casa por medio año; sus gustos, su salud y sus medios
económicos no le permitían una residencia lujosa, y, por otra parte, estaba
cerca del mar.
La magnificencia del país, el aislamiento de Lyme en el invierno
parecían igualmente a propósito para el estado de ánimo del capitán Benwick. La
simpatía y la buena voluntad que todos sintieron hacia él fue en realidad
grande.
“Y sin embargo -pensó Ana mientras iban al encuentro del grupo-
no creo que sufra más que yo. Sus perspectivas de dicha no pueden haber
terminado tan absolutamente. Es más joven que yo; más joven de sentimientos en
caso de que no lo sea por edad; más joven por ser un hombre. Podrá rehacer su
vida y ser feliz con alguna otra.”
Se encontraron, y unos y otros fueron presentados. El capitán
Harville era un hombre alto y moreno, con un rostro bondadoso y sensible;
cojeaba un poco, y su falta de salud y sus facciones más duras le hacían
parecer de más edad que el capitán Wentworth. El capitán Benwick parecía, y
era, el más joven de los tres, y comparado con los otros dos era un hombre
bajo. Tenía un rostro agradable y un aspecto melancólico, tal como le
correspondía, y evitaba la conversación.
El capitán Harville, aunque no igualaba los modales del capitán
Wentworth, era un perfecto caballero, sin afectación, sincero y simpático. Mrs.
Harville, ligeramente menos pulida que su esposo, parecía igualmente bondadosa
y nada podía ser más grato que su deseo de considerar al grupo como amigos
personales, puesto que eran amigos del capitán Wentworth, ni nada más agradable
que la manera de invitar a todos para que comiesen con ellos. La comida, ya
ordenada en la posada, fue finalmente aceptada como excusa, pero parecieron
ofendidos de que el capitán Wentworth hubiese llevado un grupo de amigos a Lyme
sin considerar que debían, como cosa natural, comer con ellos.
Había en todo esto tanto afecto hacia el capitán Wentworth, y un
encanto tan hechicero en esta hospitalidad tan desusada, tan fuera del común
intercambio de invitaciones y comidas por pura fórmula y aburrimiento, que Ana
debió luchar contra un sentimiento al comprobar que ningún beneficio recibiría
ella del encuentro con gentes tan encantadoras. “Estos hubieran sido mis
amigos”, era su doloroso pensamiento y tuvo que luchar contra una gran
depresión.
Al salir de Cobb, se dirigieron a la casa en compañía de los
nuevos amigos, y encontraron habitaciones tan pequeñas como sólo aquellos que
hacen invitaciones realmente de corazón podrían haber supuesto capaces de
alojar a un grupo tan numeroso. Ana misma tuvo un momento de sorpresa, pero
bien pronto prevalecieron los sentimientos agradables que surgían al ver los
acomodos y las pequeñas privaciones del capitán Harville para conseguir el
mayor espacio posible, para minimizar las deficiencias del amueblado y defender
ventanas y puertas de las fuertes tormentas que vendrían. La variedad en el
arreglo de los cuartos, donde los utensilios menos valiosos de uso común
contrastaban con algunos objetos de raras maderas, excelentemente trabajados, y
con algunos, curiosos y valiosos, provenientes de los distintos países que
había visitado el capitán Harville, eran más que divertidos para Ana. Todo
hablaba de su profesión, era el fruto de sus labores, la influencia de sus
hábitos, y esto, en un marco de dicha doméstica, le hacía sentir algo que en
cierto modo podía compararse con la gratitud.
El capitán Harville no era buen lector, pero había hecho sitio
para unos bonitos estantes que contenían los libros del capitán Benwick, y los
había adornado. Su cojera le impedía hacer mucho ejercicio, pero su ingenuidad
y su deseo de ser útil lo hacían ocuparse constantemente en algo. Engomaba,
hacía oficios de carpintero, barnizaba, construía juguetes para los niños,
renovaba agujas y alfileres y remendaba, en los ratos perdidos, su red de
pescar, que descansaba en uno de los extremos del cuarto.
Cuando se fueron de la casa, Ana pensó que dejaba atrás una gran
felicidad; y Luisa, mientras caminaban juntas, tuvo explosiones de admiración y
contento al referirse a la Marina -su manera de ser afectuosa, su camaradería,
su franqueza y su dignidad-, convencida de que eran los hombres mejores y más
cariñosos de Inglaterra; que solamente ellos sabían vivir, solamente ellos
merecían ser respetados y amados.
Regresaron a vestirse para la cena y el proyecto había dado tan
buenos frutos que nada estaba fuera de lugar, a pesar de que “no era la
estación”, y de “no ser tiempo de recorrer Lyme”, y “de no esperar compañía”,
como decían los dueños de la posada.
Por entonces se sintió Ana menos inclinada a la compañía del
capitán Wentworth de lo que en un principio pudo imaginarse, y el sentarse a la
misma mesa con él y el intercambio de cortesías propias de la ocasión (nunca
fueron más allá) carecían para ella de todo significado. Las noches eran
demasiado oscuras para que las señoras se visitaran a horas que no fueran las
de la mañana, pero el capitán Harville había prometido una visita por la noche.
Llegó con su amigo, que era una persona más importante de lo que
esperaban, estando todos de acuerdo en que el capitán Benwick parecía
perturbado por la presencia de tantos desconocidos. Volvió entre ellos de
nuevo, aunque su ánimo no parecía adecuarse a la alegría de aquella reunión.
Mientras los capitanes Wentworth y Harville hablaban en un
extremo del cuarto y, recordando viejos tiempos, narraban abundantes anécdotas
para entretener al auditorio, sucedió que Ana se sentó más bien lejos, con el
capitán Benwick, y un impulso muy bueno de su naturaleza la forzó a entablar
relación con él. Benwick era tímido y con tendencia a ensimismarse, pero la
encantadora dulzura del rostro de ella y la amabilidad de sus modales pronto
surtieron efecto, y Ana fue recompensada en su primer esfuerzo de aproximación.
El joven gustaba mucho de la lectura, sobre todo de la poesía, y, además de la
certeza de haberle proporcionado una velada agradable al hablar de temas por
los cuales sus compañeros no sentían posiblemente ninguna inclinación, ella
tenía la esperanza de serle útil en algunas observaciones, como el deber y la
utilidad de luchar contra las penas morales, tema que había surgido con
naturalidad de su conversación. Era tímido, pero no reservado, y parecía
contento de no tener que reprimir sus sentimientos, habló de poesía, de la
riqueza de la actual generación, e hizo una breve comparación entre los poetas
de primera línea, procurando decidirse por Marmion, o La dama del lago, analizó
el valor de Giauor y La doncella de Abydos, y además, señalo cómo debía
pronunciarse Giauor, demostrando estar íntimamente relacionado con los más
tiernos poemas de tal poeta y las apasionadas descripciones de desesperado
dolor en tal otro. Repetía con voz trémula los versos que describían un corazón
deshecho, o un espíritu herido por la maldad, y se expresaba con tal
vehemencia, que ella deseó que el joven no sólo leyera poesía, y dijo que la
desgracia de la poesia era el no poder ser gozada impunemente por aquellos que
de ella gozaban en verdad, y que k3s violentos sentimientos que permitían
apreciarla eran los mismos sentimientos que debían aconsejarnos la prudencia en
su manejo.
Como el rostro de él no pareciera afligido, sino, por el
contrario, halagado por esta alusión, Ana se atrevió a proseguir, y consciente
del derecho que le daba una mayor madurez mental, se animó a recomendarle que
leyera más obras en prosa, y al preguntarle el joven qué clase de obras,
sugirió ella algunas obras de nuestros mejores moralistas, algu-nas colecciones
de nuestras cartas más hermosas, algunas memorias de personas dignas y
golpeadas por el dolor, que le parecieron en ese momento indicadas para elevar
y fortificar el ánimo por medio de sus nobles preceptos y los ejemplos más
vigorosos de perseverancia moral y religiosa.
El capitán Benwick escuchaba con toda atención y parecía
agradecer aquel interés, y a pesar de que con una sacudida de la cabeza y
algunos suspiros expresó su poca fe en la eficacia de tales lecturas para curar
un dolor como el suyo, tomó nota de los libros recomendados, prometiendo
obtenerlos y leerlos.
Al finalizar la velada, Ana no pudo menos que pensar con ironía
en la idea de haber ido a Lyme a aconsejar paciencia y resignación a un joven
que nunca había visto; ni pudo dejar de pensar, reflexionando más seriamente,
que semejando a grandes moralistas y predicadores, había sido ella muy
elocuente sobre un punto en el que su propia conducta dejaba algo que desear.
CAPITULO XII
Ana y Enriqueta, las primeras en levantarse al día siguiente,
acordaron bajar a la playa antes de desayunar. Llegaron a las arenas y
contemplaron el ir y venir de las olas, a las que la brisa del sudeste hacia
lucir con toda la belleza que permitía una playa tan extensa. Alabaron la
mañana, se regocijaron con el mar, gozaron de la fresca brisa y guardaron
silencio, hasta que Enriqueta, súbitamente, empezó a hablar.
-¡Oh, sí! Estoy convencida de que, salvo raras excepciones, el
aire de mar siempre es bueno. No cabe duda de que ha sido muy beneficioso para
el doctor Shirley después de su enfermedad, que tuvo lugar hace un año en la
primavera. El dice que un mes de permanencia en Lyme le ayuda más que todas las
medicinas, y que el mar lo hace sentirse rejuvenecido. Pienso que es una
lástima que no viva siempre junto al mar. Yo creo que debería dejar Uppercross
para siempre y fijar su residencia en Lyme. ¿No le parece, Ana? ¿No cree usted,
como yo, que sería lo mejor que podría hacer, tanto para él como para Mrs.
Shirley? El tiene primos aquí, y muchos conocidos que harían la estadía de ella
muy animada, y estoy segura de que ella estaría contenta de vivir en un lugar
donde puede tener a mano los cuidados médicos en caso de volver a enfermar. En
verdad, creo que es muy triste que personas excelentes como el doctor y su
señora, que han pasado toda su vida haciendo el bien, gasten sus últimos días
en un lugar como Uppercross, donde, aparte de nuestra familia, están alejados
del mundo. Me gustaría que sus amigos le propusieran esto al doctor: en
realidad creo que deberían hacerlo. En cuanto a obtener una licencia, creo que
no habría dificultad, dados su edad y su carácter. Mi única duda es de que algo
pueda persuadirlo a abandonar su parroquia. ¡Es tan severo y escrupuloso!
Demasiado escrupuloso, en realidad. ¿No piensa usted lo mismo, Ana? ¿No cree
usted que es un error que un clérigo sacrifique su salud por deberes que podrían
ser igualmente bien cumplidos por otra persona? Por otra parte, estando en Lyme
a una distancia de diecisiete millas, podría oír de inmediato las noticias de
cualquier irregularidad que sobreviniere.
Ana sonrió más de una vez para sí misma al oír estas palabras, y
se interesó en el tema procurando ayudar a la joven como antes lo había hecho
con Benwick, aunque en este caso la ayuda era sin importancia, pues ¿qué podía
ofrecer que no fuera un asentimiento general? Dijo todo lo que era razonable y
propio al respecto; estuvo de acuerdo en que el doctor Shirley necesitaba
reposo; comprendió cuán deseable era que tomara los servicios de algún joven
activo y respetable como párroco, y fue tan cortés que insinuó la ventaja de
que el dicho párroco estuviese casado.
-Me gustaría -dijo Enriqueta, muy halagada por su compañera-, me
gustaría que Lady Russell viviera en Uppercross y fuera amiga del doctor
Shirley. He oído decir que Lady Russell es una mujer que influye fuertemente
sobre todo el mundo. La considero una persona capaz de persuadir a cualquiera.
Le temo, por ser tan inteligente, pero la respeto muchísimo, y me gustaría
tenerla como vecina en Uppercross.
A Ana le causó gracia el agradecimiento de Enriqueta, y que el
curso de los acontecimientos y de los nuevos intereses de la joven hubieran
puesto a su amiga en situación favorable con un miembro de la familia Musgrove;
no tuvo tiempo, sin embargo, más que para dar una respuesta vaga y desear que
tal mujer viviera en Uppercross, antes de que la charla fuera interrumpida por
la llegada de Luisa y el capitán Wentworth. Venían también a pasear antes del
desayuno, pero al recordar Luisa, de inmediato, que debía comprar algo en una
tienda, los invitó a volver al pueblo. Todos se pusieron a su disposición.
Al llegar a los peldaños por los que se bajaba hasta la playa
encontraron a un caballero que se preparaba en ese momento a bajar y que
cortésmente se retiró para cederles el paso. Subieron y lo dejaron atrás. Mas,
al pasar, Ana observó sus ojos, que la miraron con cierta respetuosa
admiración, a la cual no fue ella insensible.
Tenía muy buen aspecto: sus facciones regulares y bonitas habían
recobrado la frescura de la juventud por obra del saludable aire, y sus ojos
estaban muy animados. Era evidente que el caballero -su aspecto así lo
demostraba- la admiraba muchísimo. El capitán Wentworth la miró en una forma
que evidenciaba haber notado el hecho. Fue una rápida mirada, una brillante
mirada que parecía decir: “El hombre está prendado de ti, y yo mismo, en este
momento, creo ver algo de la Ana Elliot de otrora”. Después de acompañar a
Luisa en su compra y pasear otro rato, regresaron a la posada, y al pasar Ana
de su dormitorio al comedor, casi atropelló al mismo caballero de la playa, que
salía en ese momento de un departamento contiguo. En un principio había pensado
ella que era un forastero como ellos, suponiendo además que un muchacho de
buena apariencia, que habían encontrado arguyendo en las dos posadas que
recorrieron, debía ser su criado. El hecho de que tanto el amo como el presunto
criado llevaran luto parecía corroborar la idea. Era ahora un hecho que se
alojaba en la misma posada que ellos; esté segundo encuentro, pese a su
brevedad, probó asimismo, por las miradas del caballero, que encontraba a Ana
encantadora, y por la prontitud y propiedad de sus maneras al excusarse, que se
trataba de un verdadero caballero. Representaba unos treinta años, y aunque no
puede decirse que fuera hermoso, su persona era sin duda agradable. Ana
comprendió que le agradaría saber de quién se trataba.
Acababan de terminar el almuerzo, cuando el ruido de un coche
(el primero que habían escuchado desde su llegada a Lyme) atrajo a todos hacia
la ventana.
-Era el coche de un caballero, un cochecillo, -comentó un
huésped-, que venía desde el establo a la puerta principal. Alguien que se
marcha seguramente. Lo conducía un criado vestido de luto.
La palabra “cochecillo” despertó la curiosidad de (arios
Musgrove, que en el acto deseó comparar aquel coche con el suyo. l As palabras
“un criado de luto” atrajeron la atención de Ana, y así, los seis se
encontraban en la ventana en el momento que el dueño del coche, entre los
saludos y cortesías de la servidumbre, tomó su puesto para conducirlo.
-¡Ah! -exclamó el capitán Wentworth, y mirando de reojo a Ana,
arguyó-: es el hombre con quien nos hemos cruzado.
Las señoritas Musgrove convinieron en ello; todos miraron el
coche hasta que desapareció tras la colina, y luego volvieron a la mesa. El
mozo entró en la habitación poco después.
-Haga usted el favor -dijo el capitán Wentworth-, ¿podría
decirnos quién es el caballero que acaba de partir?
-Sí, señor, es un tal Mr. Elliot, un caballero de gran fortuna.
Llegó ayer procedente de Sidmouth; posiblemente habrán ustedes oído el coche
mientras se encontraban cenando. Iba ahora hacia Crewherne, camino de Bath y
Londres.
-¡Elliot! -Se miraron unos a otros y todos repitieron el nombre,
antes de que este relato terminara, pese a la rapidez del mozo.
-¡Dios mío! -exclamó María-. ¡Este Mr. Elliot debe ser nuestro
primo, no cabe duda! Carlos, Ana, ¿no les parece a ustedes así? De luto, tal
como debe estar. ¡Es extraordinario! ¡En la misma posada que nosotros! Ana,
¿este mister Elliot no es el próximo heredero de mi padre? Haga usted el favor
-dirigiéndose al mozo-, ¿no ha oído a su criado decir si pertenecía a la
familia Kellynch?
-No, señora; no ha mencionado ninguna familia determinada. Pero
el criado dijo que su amo era un caballero muy rico y que sería barón algún
día.
-¡Eso es! -exclamó María extasiada-. Tal como lo he dicho. ¡El
heredero de Sir Walter Elliot! Ya sabía yo que llegaríamos a saberlo. Es en
verdad una circunstancia que los criados se encargarán de difundir por todas
partes. ¡Ana, imagina qué extraordinario! Me hubiera agradado mirarlo más
detenidamente. Me hubiera agradado saber a tiempo de quién se trataba para
poder ser presentados. ¡Es en verdad una lástima que no hayamos sido
presentados! ¿Les parece a ustedes que tiene el aspecto de la familia Elliot? Me
sorprende que sus brazos no me hayan llamado la atención. Pero la gran capa
ocultaba sus brazos; si no, estoy cierta de que los hubiera observado. Y la
librea también. Si el criado no hubiera estado de luto lo habríamos reconocido
por la librea.
-Considerando todas estas circunstancias -dijo el capitán
Wentworth-, debemos creer- que fue la mano de la naturaleza la que impidió que
fuésemos presentados a su primo.
Cuando pudo llamar la atención de María, Ana serenamente trató
de convencerla de que su padre y mister Elliot, por largos años, no habían
estado en tan buenas relaciones como para hacer deseable una presentación.
Sentía al mismo tiempo la satisfacción de haber visto a su primo
y de saber que el futuro dueño de Kellynch era sin discusión un caballero y
daba la impresión de poseer buen sentido. Bajo ninguna circunstancia
mencionaría que lo había encontrado por segunda vez. A Dios gracias, María no
había intentado ninguna aproximación en su primer encuentro, pero era
indiscutible que no estaría conforme con su segundo encuentro, en el cual Ana
había huido casi del corredor, recibiendo sus excusas mientras que María no había
tenido ocasión de estar cerca de él. Sí: aquella entrevista debía quedar
secreta.
-Naturalmente -dijo María-, deberás mencionar nuestro encuentro
con Mr. Elliot la próxima vez que escribas a Bath. Mi padre debe saberlo.
Cuéntale todo.
Ana no respondió nada, porque se trataba de una circunstancia
que creía no sólo innecesaria de ser comunicada, sino que no debía mencionarse
para nada. Bien sabía la ofensa que varios años atrás había recibido su padre.
Sospechaba la parte que Isabel había compartido en esto. Y, por otra Parte, la
sola idea de mister Elliot siempre causaba desagrado a los dos. María jamás
escribía a Bath; la tarea de mantener una insatisfactoria correspondencia con
Isabel recaía sobre Ana.
Hacía ya largo rato que habían terminado de desayunar cuando se
les reunieron el capitán Harville, su esposa y el capitán Benwick, con quienes
habían convenido dar un último recorrido a Lyme. Pensaban partir para
Uppercross alrededor de la una, y mientras la hora llegaba pasearían todos
juntos al aire libre.
Ana encontró al capitán Benwick, aproximándosele tan pronto como
estuvieron en la calle. Su conversación de la velada precedente lo predisponía
a buscar la compañía de ella nuevamente. Y marcharon juntos por cierto tiempo,
conversando como la vez anterior de Mr. Scott y Lord Byron, y como la vez
anterior, al igual que muchos otros lectores, no se hallaron capaces de
discernir exactamente los méritos de uno y otro, hasta que un cambio general en
la partida de caminantes trajo a Ana al lado del capitán Harville.
-Miss Elliot -dijo éste hablando en voz más bien baja-, ha hecho
usted un gran bien haciendo conversar tanto a este pobre muchacho. Desearía que
pudiese disfrutar de su compañía más a menudo. Es muy malo para él estar
siempre solo, pero ¿qué podemos hacer nosotros? No podemos, por otra parte,
separamos de él.
-Lo comprendo -dijo Ana-. Pero con el tiempo... bien sabe usted
qué gran influencia tiene el tiempo sobre cualquier aflicción... Y no debe
olvidar, capitán Harville, que nuestro amigo hace poco tiempo que guarda
luto... Creo que sucedió el último verano, ¿no es así?
-Así es; en junio... -dijo dando un profundo suspiro.
-Y es posible que haga menos tiempo aún que él lo supo... -Lo
supo en la primera semana de agosto, cuando volvió del Cabo, en el Grappler. Yo
estaba en Plymouth y temía encontrarlo. El envió cartas pero el Grappler debía
ir a Portsmouth. Hasta allí debieron llegarle las noticias, ¿pero quién se
hubiera atrevido a decírselo cara a cara? Yo no. Hubiera preferido ser colgado.
Nadie hubiese podido hacerlo, con excepción de ese hombre -señaló al capitán
Wentworth-. El Laconia había llegado a Plymouth la semana anterior, y no iba a
ser mandado a la mar nuevamente. El había aprovechado la ocasión para
descansar.
“Escribió pidiendo licencia, pero sin esperar la respuesta,
cabalgó día y noche hasta Portsmouth, se precipitó en el Grappler y no abandonó
_ al desdichado joven desde aquel instante por espacio de una semana. ¡Ningún
otro hubiera podido salvar al pobre James! Ya puede usted imaginar, miss
Elliot, cuánto lo estimamos por esto.
Ana parecía un poco confusa, y respondió según se lo permitieron
sus sentimientos, o mejor dicho, lo que él podía soportar, puesto que el asunto
era para él tan doloroso que no pudo continuar con el mismo tema, y cuando
volvió a hablar, lo hizo refiriéndose a otra cosa.
Mrs. Harville, juzgando que su esposo habría caminado bastante
cuando llegaran a casa, dirigió al grupo en lo que había de ser su último
paseo. Deberían acompañar al matrimonio hasta la puerta de su residencia, y
luego regresar y preparar la partida. Según calcularon, tenía tiempo justo para
todo eso; pero cuando llegaron cerca de Cobb sintieron un deseo unánime de
caminar por allí una vez más. Estaban tan dispuestos, y Luisa mostró pronto
tanta determinación, que juzgaron que un cuarto de hora más no haría gran
diferencia. Así, pues, con todo el pesar e intercambio de promesas e
invitaciones imaginables se separaron del capitán y de la señora Harville en su
misma Puerta; y, acompañados por el capitán Benwick, que parecía querer estar
con ellos hasta el final, se encaminaron a dar un verdadero adiós a Cobb.
Ana se encontró una vez más junto al capitán Benwick. Los
oscuros mares azules de Lord Byron volvían con el panorama, y así Ana, de buena
voluntad, prestó al joven cuanta atención le fue posible, porque pronto ésta
fue forzosamente distraída en otro sentido.
Había demasiado viento para que la parte alta de Cobb resultase
agradable a las señoras, y convinieron en descender a la parte baja, y todos
estuvieron contentos de pasar rápida y quietamente bajo el escarpado risco,
todos menos Luisa. Debió ser ayudada a saltar allí por el capitán Wentworth. En
todos los paseos que habían hecho, él debió ayudarla a saltar los peldaños y la
sensación era deliciosa para ella. La dureza del pavimento ame-nazaba esta vez
lastimar los pies de la joven, y el capitán temía esto vagamente. Sin embargo,
la esperó mientras saltaba y todo sucedió a la perfección, tanto que, para
mostrar su contento, ella trepó otra vez de inmediato para saltar otra vez. El
la previno, temiendo que la sacudida resultase muy violenta, pero razonó y habló
en vano; ella sonrió y dijo: “Quiero y lo haré”. El tendió pues los brazos para
recibirla, pero Luisa se apresuró la fracción de un segundo y cayó como muerta
sobre el pavimento de la baja Cobb.
No había herida ni sangre visibles, pero sus ojos estaban
cerrados, no se escuchaba su respiración, y su semblante parecía el de un
muerto. ¡Con qué horror la contemplaron todos!
El capitán Wentworth, que la había levantado, se arrodilló con
ella en sus brazos, mirándola con un rostro tan pálido como el de ella, en su
agonía silenciosa.
-¡Está muerta!, ¡está muerta! -gritó María abrazando a su esposo
y contribuyendo con su propio horror a mantenerlo inmóvil de espanto.
Enriqueta, desmayándose ante la idea de su hermana muerta, hubiera caído
también al pavimento de no impedirlo Ana y el capitán Benwick, que la
sostuvieron a tiempo.
-¿No hay quién pueda ayudarme? -fueron las primeras palabras del
capitán Wentworth, en tono desesperado y como si hubiera perdido toda su
fuerza.
-¡Acudan a él! -gritó Ana-. ¡Por el amor de Dios, acudan a él!
-Dirigiéndose a Benwick-: Yo puedo sostenerla. Déjeme y vaya a él. Frótenle las
manos, los miembros; aquí hay sales, tómelas usted, tómelas.
El capitán Benwick obedeció y Carlos, librándose de su esposa,
acudió al mismo tiempo. Luisa fue levantada entre todos, y todo lo que Ana
indicó se hizo, pero en vano. El capitán Wentworth, apoyándose contra el muro,
exclamaba en la más amarga consternación:
-¡Oh, Dios! ¡Su padre y su madre!
-¡Un cirujano! -dijo Ana.
El escuchó la palabra y su ánimo pareció renacer de pronto,
diciendo solamente:
-¡Un cirujano, eso es, un cirujano!
Se dispuso a partir, cuando Ana sugirió:
-¿No será mejor que vaya el capitán Benwick? El sabe dónde
encontrar un cirujano.
Cualquiera capaz de pensar en aquellos momentos había
comprendido la ventaja de la idea, y al instante (todo esto pasaba
vertiginosamente) el capitán Benwick había soltado en brazos del hermano la
pobre figura desmayada y partía a la ciudad a toda prisa.
En cuanto a los que quedaron, con dificultad podría decirse de
los que conservaban sus sentidos, quién sufría más, si el capitán Wentworth,
Ana o Carlos, quien siendo en verdad un hermano cariñoso, sollozaba amargamente
y no podía apartar los ojos de sus dos hermanas más que para encontrar la
desesperación histérica de su esposa, quien reclamaba de él consuelo que no
podía prestarle.
Ana, atendiendo con toda su fuerza, celo e instintos a
Enriqueta, trataba aún a intervalos, de animar a los otros, tranquilizando a
María, animando a Carlos, confortando al capitán Wentworth. Ambos parecían
contar con ella para cualquier decisión.
-¡Ana!, ¡Ana! -clamaba Carlos-, ¿qué debemos hacer después? Por
Dios, ¿qué debemos hacer?
Los ojos del capitán Wentworth estaban también vueltos a ella.
-¿No es mejor llevarla a la posada? Sí, llevémosla suavemente
hasta la posada.
-Sí, sí, a la posada -repitió el capitán Wentworth, algo
aliviado, y deseoso de hacer algo-. Yo la llevaré, Musgrove, encárguese usted
de los demás.
Por entonces, el rumor del accidente había corrido entre los
pescadores y boteros de Cobb,, y muchos se habían acercado a ofrecer sus
servicios, o a disfrutar de la vista de una joven muerta, mejor dicho, de dos
jóvenes muertas, que eso parecían, lo que por cierto era una cosa poco usual,
digna de ser vista y repetida. A los que tenían mejor aspecto les fue confiada
Enriqueta, quien, a pesar de haber vuelto algo en sí, no era aún capaz de
caminar sin apoyo. Así, con Ana a su lado y Carlos atendiendo a su esposa, se
pusieron en marcha con sentimientos inenarrables, sobre el mismo camino por el
que hacía tan poco, ¡tan poco!, habían pasado con el corazón rebosante.
No habían salido de Cobb, cuando los Harville se les reunieron.
Habían visto pasar a toda prisa al capitán Benwick con un rostro descompuesto,
y habían sido informados de todo mientras se encaminaban al lugar. No obstante
la conmoción, el capitán Harville conservaba sus nervios y su sentido común,
que desde luego se volvían inapreciables en el momento. Una mirada cambiada
entre él y su esposa resolvió lo que debía hacerse. La llevarían a casa de
ellos -todos debían ir a su casa- y esperar allí la llegada del doctor. No
querían oír ninguna excusa; fueron obedecidos. Luisa fue llevada arriba
siguiendo las indicaciones de la señora Harville, quien le proporcionó su
propio lecho, su asistencia, medicinas y sales, mientras su esposo
proporcionaba calmantes a los demás.
Luisa había abierto una vez los ojos, pero volvió a cerrarlos;
parecía del todo inconsciente. Esta prueba de vida había sido, sin embargo,
útil a su hermana. Enriqueta, absolutamente incapaz de permanecer en el mismo
cuarto con Luisa, entre el miedo y la esperanza, no podía recobrar sus
sentidos. María, por su parte, parecía calmarse poco a poco.
El médico llegó antes de lo que parecía posible. Todos sufrieron
horrores mientras duró el examen, pero el cirujano no perdió la esperanza. La
cabeza había recibido una seria contusión, pero había visto contusiones más
graves que no habían resultado fatales; en modo alguno parecía descorazonado:
hablaba confiadamente.
Nadie se había atrevido a concebir un desenlace que no fuese
desgraciado. De allí la dicha profunda y silenciosa experimentada por todos,
después de dar gracias al cielo.
El tono y la mirada con que el capitán Wentworth dijo: “¡A Dios
gracias!”, fueron algo que Ana jamás olvidaría. Tampoco habría de olvidar
cuando, más tarde, con los brazos cruzados sobre la mesa, como vencido por sus
emociones, parecía querer calmarse por medio de la oración y la reflexión.
Los miembros de Luisa estaban a salvo; sólo la cabeza había sido
dañada. Era el momento, entonces, de pensar qué convenía hacer para resolver la
situación general planteada. Podían ahora hablar y consultarse. Que Luisa debía
quedarse allí, a pesar de la molestia que experimentaban todos de abusar de los
Harville, era algo que no admitía dudas. Llevársela era imposible. Los Harville
silenciaron todo escrúpulo, y, en cuanto les fue posible, toda gratitud. Habían
preparado y arreglado todo antes que los demás tuvieran tiempo de pensar. El
capitán Benwick les dejaría su habitación y conseguiría una cama en cualquier
parte; todo estaba arreglado. El único problema era que la casa no podía
albergar a más gente. Sin embargo, “poniendo a los niños en la habitación de la
criada” o “colgando una cortina de alguna parte”, podían albergarse dos a tres
personas si es que deseaban quedarse. En cuanto a la asistencia de la señorita
Musgrove, no debía haber ningún reparo en dejarla enteramente bajo el cuidado
de la señora Harville, quien era una enfermera experimentada, y también lo era
su criada, quien la había acompañado a muchos sitios y estaba a su servicio
desde hacía tiempo. Entre las dos la atenderían día y noche. Todo esto fue
dicho con verdad y sinceridad irresistibles.
Carlos, Enriqueta y el capitán Wentworth consultaban algo entre
ellos: Uppercross, la necesidad de que alguien vaya a Uppercross... dar las
noticias..., la sorpresa de los señores Musgrove a medida que el tiempo pasaba
sin verlos llegar..., el haber tenido que partir hacía una hora..., la
imposibilidad de estar allí a una hora razonable... Al principio no podían más
que exclamar, pero después de un rato dijo el capitán Wentworth:
-Debemos decidirnos ahora mismo. Todo minuto es precioso.
Alguien debe ir a Uppercross; Musgrove, usted o yo debemos ir.
Carlos asintió, pero declaró que no deseaba ir. Molestaría lo
menos posible a los señores Harville, pero de ninguna manera deseaba o podía
abandonar a su hermana en ese estado. Así lo había decidido; Enriqueta, por su
parte, declaró lo mismo. Sin embargo, muy pronto se la hizo cambiar de idea.
¡La inutilidad de su estadía!... ¡Ella, que no había sido capaz de permanecer
en la habitación de Luisa, o mirarla, con aflicciones que la tornaban inútil
para cualquier ayuda eficaz! Se la obligó a reconocer que no podía hacer nada
bue-no. Pese a ello no quería partir hasta que se le recordó a sus padres;
consintió entonces, deseosa de volver a casa.
Ya estaba el plan arreglado, cuando Ana, volviendo en silencio
del cuarto de Luisa, no pudo menos que oír lo que sigue, porque la puerta de la
sala estaba abierta:
-Está, pues, arreglado, Musgrove -decía el capitán Wentworth-,
usted se quedará aquí y yo acompañaré a su hermana a casa. La señora Musgrove,
naturalmente, deseará volver junto a sus hijos. Para ayudar a la señora
Harville no es necesario más que una persona, y si Ana quiere quedarse, nadie
es más capaz que ella en estas circunstancias.
Ana se detuvo un momento para reponerse de la emoción de oírse
nombrar. Los demás asintieron calurosamente las palabras del capitán, y
entonces entró Ana.
-Usted se quedará, estoy seguro -exclamó él-, se quedará y la
cuidará. -Se había vuelto a ella y le hablaba con una viveza y una gentileza
tales que parecían pertenecer al pasado. Ana se sonrojó intensamente, y él,
recobrándose, se alejó. Ella manifestó al punto su voluntad de quedarse. Era lo
que había pensado. Una cama en el cuarto de Luisa, si la señora Harville
deseaba tomarse la molestia, era cuanto se precisaba.
Un punto más y todo estaría arreglado. Lo más probable era que
los señores Musgrove estuvieran alarmados ya por la tardanza, y como el tiempo
que demorarían en llevarlos de vuelta los caballos de Uppercross sería
demasiado largo, convinieron entre el capitán Wentworth y Carlos Musgrove que
sería mejor que el primero tomase un coche en la posada y dejase el carruaje y
los caballos del señor Musgrove hasta la mañana siguiente, cuando además se
pudieran enviar nuevas noticias del estado de Luisa.
El capitán Wentworth se apresuraba por- su parte en arreglar
todo, y las señoras pronto hicieron lo mismo. Sin embargo, cuando María supo
del plan, la paz terminó. Se sentía terriblemente ultrajada ante la injusticia
de querer enviarla de vuelta y dejar a Ana en el puesto que le correspondía a
ella. Ana, que no era parienta de Luisa mientras que ella era su hermana, y le
correspondía el derecho de permanecer allí en el lugar que debía ser de
Enriqueta. ¿Por qué no había de ser ella tan útil como Ana? ¡Tener que volver a
casa, y, para colmo, sin Carlos..., sin su esposo! ¡No, aquello era demasiado
poco bondadoso! Al poco rato había dicho más de lo que su esposo podía
soportar, y como desde el momento que él abandonaba el plan primitivo nadie
podía insistir, el reemplazo de Ana por María se hizo inevitable.
Ana jamás se había sometido de más mala gana a los celos y malos
juicios de María, pero así debía hacerse. El capitán Benwick, acompañándola a
ella y Carlos a su hermana, partieron en dirección al pueblo. Recordó por un
momento, mientras se alejaban, las escenas que los mismos parajes habían
contemplado durante la mañana. Allí había oído ella los proyectos de Enriqueta
para que el doctor Shirley dejase Uppercross; allí había visto la primera vez a
Mr. Elliot; todo ahora desaparecía ante Luisa, para aquellos que se vieran
envueltos en su accidente.
El capitán Benwick era muy atento con Ana y, unidos por las
angustias pasadas durante el día, ella sentía inclinación hacia él y hasta
cierta satisfacción ante el pensamiento de que ésta era quizás una ocasión de
estrechar su conocimiento.
El capitán Wentworth los esperaba, y un coche para cuatro,
estacionado para mayor comodidad en la parte baja de la calle, estaba también
allí. Pero su sorpresa ante el cambio de una hermana por la otra, el cambio de
su fisonomía, lo atónito de sus expresiones, mortificaron a Ana, o mejor dicho,
la convencieron de que tenía valor solamente en aque-llo en que podía ser útil
a Luisa.
Procuró aparecer tranquila y ser justa. Sin los sentimientos de
una Ema por su Enrique, hubiera atendido a Luisa con un celo más allá de lo
común, por afecto a él; esperaba que no fuera injusto al suponer que ella
abandonaba tan rápidamente los deberes de amiga.
Entre tanto ya estaba en el coche. Las había ayudado a subir y
se había colocado entre ellas. De esta manera, en estas circunstancias, llena
de sorpresa y de emoción, Ana dejó Lyme. Cómo transcurriría el largo viaje, en
qué ánimo estarían, era algo que ella no podía prever. Sin embargo, todo
pareció natural. El hablaba, siempre con Enriqueta, volviéndose hacia ella para
atenderla o animarla. En general, su voz y sus maneras parecían estudiadamente
tranquilas. Evitar agitaciones a Enriqueta parecía lo principal. Sólo una vez,
cuando comentaba ésta el desdichado paseo a Cobb, lamentando haber ido allí,
pareció dejar libres sus sentimientos:
-No diga nada, no hable usted de ello -exclamó-. ¡Oh, Dios, no
debí haberla dejado en el fatal momento seguir su impulso! ¡Debí cumplir con mi
deber! ¡Pero estaba tan ansiosa y tan resuelta! ¡Querida, encantadora Luisa!
Ana se preguntó si no pensaría él que muchas veces vale más un
carácter persuasivo que la firmeza de un carácter resuelto.
Viajaban a toda velocidad. Ana se sorprendió de encontrar tan
pronto los mismos objetos y colinas que suponía más distantes. La rapidez de la
marcha y el temor al final del viaje hacían parecer el camino mucho más corto
que el día anterior. Estaba bastante oscuro, sin embargo, cuando llegaron a los
alrededores de Uppercross; habían guardado silencio por cierto tiempo.
Enriqueta se había recostado en el asiento con un chal sobre su rostro,
llorando hasta quedarse dormida. Cuando ascendían por la última colina, el
capitán Wentworth habló a Ana. Dijo con voz recelosa:
-He estado pensando lo que nos conviene hacer. Ella no debe
aparecer en el primer momento. No podría soportarlo. Me parece que lo mejor es
que se quede usted en el coche con ella, mientras yo veo a los señores
Musgrove. ¿Le parece a usted una buena idea?
Ana asintió; él pareció satisfecho y no dijo más. Pero el
recuerdo de que le hubiera dirigido la palabra la hacía feliz; era una prueba
de amistad, una deferencia hacia su buen criterio, un gran placer. Y a pesar de
ser casi una despedida, el valor de la consulta no se desvanecía.
Cuando las inquietantes nuevas fueron comunicadas en Uppercross
y los padres estuvieron tan tranquilos como las circunstancias permitían, y la
hija, satisfecha de encontrarse entre ellos, Wentworth anunció su decisión de
volver a Lyme en el mismo coche. Cuando los caballos hubieron comido, partió.
CAPITULO XIII
El resto del tiempo que Ana había de pasar en Uppercross, nada
más que dos días, los pasó en la Casa Grande, y la satisfizo sentirse útil
allí, tanto como compañía inmediata, como ayudando a los preparativos para el
futuro, que la intranquilidad de los señores Musgrove no les permitía atender.
A la siguiente mañana, temprano, recibieron noticias de Lyme;
Luisa seguía igual. Ningún síntoma grave había aparecido. Horas más tarde,
llegó Carlos para dar noticias más detalladas. Estaba de bastante buen ánimo.
No podía esperarse una recuperación rápida, pero el caso marchaba tan bien como
la gravedad del golpe lo permitía. Hablando de los Harville, le parecía
increíble la bondad de esta gente, en especial los desvelos de la señora
Harville como enfermera. En verdad, no dejó a María nada por hacer. Esta y él
habían sido persuadidos de volverse a la posada a la mañana siguiente. María se
había puesto histérica por la mañana. Cuando él salió, ella se disponía a salir
de paseo con el capitán Benwick, lo que suponía le haría bien. Carlos casi se
alegraba de qué no hubiese vuelto a casa el día anterior, pero la verdad era
que la señora Harville no dejaba a nadie nada por hacer.
Carlos pensaba volver a Lyme en la misma tarde, y su padre tuvo
un momento la intención de acompañarlo, pero las señoras no se lo permitieron.
No haría sino aumentar las molestias de los otros, e intranquilizarse más; un
plan mucho mejor fue propuesto y se siguió. Se envió un coche a Crewherne por
una persona que sería mucho más útil; la antigua niñera de la familia, quien,
habiendo educado a todos los niños hasta ver al mimado y delicado Harry en el
colegio, vivía por entonces en la desierta habitación de los pequeños,
remendando medias, componiendo todas las abolladuras y desperfectos que caían
en sus manos y que, naturalmente, se sintió muy feliz de ir a ayudar y atender
a la querida señorita Luisa. Vagos deseos de enviar allí a Sarah surgieron en
la señora Mus-grove y en Enriqueta, pero sin Ana aquello podía resolverse
difícilmente.
Al día siguiente quedaron en deuda con Carlos Hayter. Tomó como
cosa propia el ir a Lyme, y las noticias que trajo fueron aún más alentadoras.
Los momentos en los que recuperaba el sentido parecían más frecuentes. Todas
las noticias comunicaban que el capitán Wentworth continuaba inconmovible en
Lyme.
Ana debía dejarlos al día siguiente y todos temían este
acontecimiento. ¿Qué harían sin ella? Muy mal podían consolarse entre sí. Y
tanto dijeron en este sentido que Ana no tuvo más recurso que comunicar a todos
su deseo secreto: que fueran a Lyme en seguida. Poco le costó persuadirlos;
decidieron irse a la mañana siguiente, alojarse en alguna posada y aguardar
allí hasta que Luisa pudiese ser trasladada. Debían evitar toda molestia a las
buenas gentes que la cuidaban: debían al menos aliviar a la señora Harville del
cuidado de sus hijos; y, en general, estuvieron tan contentos de la decisión,
que Ana se alegró de lo que había hecho, y pensó que la mejor manera de pasar
su última mañana en Uppercross era ayudando a los preparativos de ellos y
enviándolos allá a temprana hora, aunque el quedar sola en la desierta casa
fuese la consecuencia inmediata.
¡Ella era la última, con excepción de los niños en la quinta, la
última de todo el grupo que había animado y llenado ambas casas, dando a
Uppercross su carácter alegre! ¡Gran cambio, en verdad, en tan pocos días!
Si Luisa sanaba, todo estaría nuevamente bien. Habría aún más
felicidad que antes. No cabía duda, al menos para ella, de lo que seguiría a la
recuperación. Unos pocos meses, y el cuarto, ahora desierto, habitado sólo por
su silencio, sería nuevamente ocupado por la alegría, la felicidad y el brillo
del amor, por todo aquello que menos en común tenía con Ana Elliot.
Una hora sumida en estas reflexiones, en un sombrío día de
noviembre, con una llovizna empañando los objetos que podían verse desde la
ventana, fue suficiente para hacer más que bienvenido el sonido del coche de
Lady Russell y, pese al deseo de irse, no pudo abandonar la Casa Grande, o
decir adiós desde lejos a la quinta, con su oscura y poco atractiva terraza, o
mirar a través de los empañados cristales las humildes casas de la villa, sin
sentir pesadumbre en su corazón. Las escenas pasadas en Uppercross lo volvían
precio-so. Tenía el recuerdo de muchos dolores, intensos una vez, pero
acallados en ese momento y también algunos momentos de sentimientos más dulces,
atisbos de amistad y de reconciliación, que nunca más volverían y que nunca
dejarían de ser un precioso recuerdo. Todo esto dejaba tras de sí... todo,
menos el recuerdo.
Ana no había regresado a Kellynch desde su partida de casa de
Lady Russell en septiembre. No había sido necesario, y las ocasiones que se le
presentaron las había evitado. Ahora iba a ocupar su puesto en los modernos y
elegantes apartamentos, bajo los ojos de su señora.
Alguna ansiedad se mezclaba a la alegría de Lady Russell al
volver a verla. Sabía quién había frecuentado Uppercross. Pero felizmente Ana
había mejorado de aspecto y apariencia o así lo imaginó la dama. Al recibir el
testimonio de su admiración, Ana secretamente la comparó con la de su primo y
esperó ser bendecida con el milagro de una segunda primavera de juventud y
belleza.
Durante la conversación comprendió que había también un cambio
en su espíritu. Los asuntos que habían llenado su corazón cuando dejó Kellynch,
y que tanto había sentido, parecían haberse calmado entre los Musgrove, y eran
a la sazón de interés secundario. Hasta había descuidado a su padre y hermana y
a Bath. Lo más relevante parecía ser lo de Uppercross, y cuando Lady Russell
volvió a sus antiguas esperanzas y temores y habló de su satisfacción de la
casa de Camden Place, que había alquilado, y su satisfacción de que Mrs. Clay
estuviese aún con ellos, Ana se avergonzó de cuánta más importancia tenían para
ella Lyme y Luisa Musgrove, y todas las personas que conociera allí; cuánto más
interesante era para ella la amistad de los Harville y del capitán Benwick, que
la propia casa paterna en Camden Place, o la intimidad de su hermana con la
señora Clay. Tenía que esforzarse para aparentar ante Lady Russell una atención
similar en asuntos que, era obvio, debían interesarle más.
Hubo cierta dificultad, al principio, al tratar otro asunto.
Hablaban del accidente de Lyme. No hacía cinco minutos de la llegada de Lady
Russell, el día anterior, cuando fue informada en detalle de todo lo ocurrido,
pero ella deseaba averiguar más, conocer las particularidades, lamentar la
imprudencia y el fatal resultado, y naturalmente el nombre del capitán
Wentworth debía ser mencionado por las dos. Ana tuvo conciencia de que no tenía
ella la presencia de ánimo de Lady Russell. No podía pronunciar el nombre y
mirar a la cara a Lady Russell hasta no haberle informado brevemente a ésta de
lo que ella creía existía entre el capitán y Luisa. Cuando lo dijo, pudo hablar
con más tranquilidad.
Lady Russell no podía hacer más que escuchar y desear felicidad
a ambos. Pero en su corazón sentía un placer rencoroso y despectivo al pensar
que el hombre que a los veintitrés años parecía entender algo de lo que valía
Ana Elliot, estuviera entonces, ocho años más tarde, encantado por una Luisa
Musgrove.
Los primeros tres o cuatro días pasaron sin sobresaltos, sin
ninguna circunstancia excepcional, como no fueran una o dos notas de Lyme,
enviadas a Ana, no sabía ella cómo, y que informaban satisfactoriamente de la
salud de Luisa. Pero la tranquila pasividad de Lady Russell no pudo continuar
por más tiempo, y el ligero tono amenazante del pasado volvió en tono decidido:
-Debo ver a Mrs. Croft; debo verla pronto, Ana. ¿Tendrá usted el
valor de acompañarme a visitar aquella casa? Será una prueba para nosotras dos.
Ana no rehusó; muy por el contrario, sus sentimientos fueron
sinceros cuando dijo:
-Creo que usted será quien sufra más. Sus sentimientos son más
difíciles de cambiar que los míos. Estando en la vecindad, mis afectos se han
endurecido.
Podrían haber dicho algo más sobre el asunto. Pero tenía tan
alta opinión de los Croft y consideraba a su padre tan afortunado con sus
inquilinos, creía tanto en el buen ejemplo que recibiría toda la parroquia, así
como de las atenciones y alivio que tendrían los pobres, que, aunque apenada y
avergonzada por la necesidad del reencuentro, no podía menos que pensar que los
que se habían ido eran los que debían irse, y que, en realidad, Kellynch había
pasado a mejores manos. Esta convicción, desde luego, era dolorosa, y muy dura,
pero serviría para prevenir el mismo dolor que experimentaría Lady Russell al
entrar nuevamente en la casa y recorrer las tan conocidas dependencias.
En tales momentos Ana no podría dejar de decirse a sí misma:
“¡Estas habitaciones deberían ser nuestras! ¡Oh, cuánto han desmerecido en su
destino! ¡Cuán indignamente ocupadas están! ¡Una antigua familia haber sido
arrojada de esa manera! ¡Extraños en un lugar que no les corresponde!” No, por
cierto, con excepción de cuando recordaba a su madre y el lugar en que ella
acostumbraba sentarse y presidir. Ciertamente no podría pen-sar así.
Mrs. Croft la había tratado siempre con una amabilidad que le
hacía sospechar una secreta simpatía. Esta vez, al recibirla en su casa, las
atenciones fueron especiales.
El desgraciado accidente de Lyme fue pronto el centro de la
conversación. Por lo que sabían de la enferma era claro que las señoras
hablaban de las noticias recibidas el día anterior, y así se supo que el
capitán Wentworth había estado en Kellynch el último día (por primera vez desde
el accidente) y de allí había despachado a Ana la nota cuya procedencia ella no
había podido explicar, y había vuelto a Lyme, al parecer sin intenciones de
volver a alejarse de allí. Había preguntado especialmente por Ana. Había
hablado de los esfuerzos realizados por ella, ponderándolos. Eso fue hermoso...
y le causó más placer que cualquier otra cosa.
En cuanto a la catástrofe en sí misma, era juzgada solamente en
una forma por las tranquilas señoras, cuyos juicios debían darse sólo sobre los
hechos. Concordaban en que había sido el resultado de la irreflexión y de la
imprudencia. Las consecuencias habían sido alarmantes y asustaba aun pensar
cuánto había sufrido ella; con una rápida mirada alrededor después de curada,
cuán fácil sería que continuara sufriendo del golpe. El almirante concretó todo
esto diciendo:
-¡Ay, en verdad es un mal negocio! Una nueva manera de hacer la
corte es ésta. ¡Un joven rompiendo la cabeza a su pretendida! ¿No es así, miss
Elliot? ¡Esto sí que se llama romper una cabeza y hacer una bonita mezcla!
Las maneras del almirante Croft no eran del agrado de Lady
Russell, pero encantaban a Ana. La bondad de su corazón y la simplicidad de su
carácter eran irresistibles.
-En verdad esto debe de ser muy malo para usted -dijo de pronto,
como despertando de un ensueño-, venir y encontrarnos aquí. No había pensado en
ello antes, lo confieso, pero debe de ser muy malo... Vamos, no haga
ceremonias. Levántese y recorra todas las habitaciones de la casa, si así lo
desea.
-En otra ocasión, señor. Muchas gracias, pero no ahora.
-Bien, cuando a usted le convenga. Puede recorrer cuanto guste.
Ya encontrará nuestros paraguas colgando detrás de la puerta. Es un buen lugar,
¿verdad? Bien -recobrándose-, usted no creerá que éste es un buen lugar porque
ustedes los guardaban siempre en el cuarto del criado. Así pasa siempre, creo.
La manera que tiene una persona de hacer las cosas puede ser tan buena como la
de otra, pero cada cual quiere hacerlo a su manera. Ya juzgará usted por sí
misma, si es que recorre la casa.
Ana, sintiendo que debía negarse, lo hizo así, agradeciendo
mucho.
-¡Hemos hecho pocos cambios, en verdad! -continuó el almirante,
después de pensar un momento-. Muy pocos. Ya le informamos acerca del lavadero,
en Uppercross. Esta ha sido una gran mejora. ¡Lo que me sorprende es que una
familia haya podido soportar el inconveniente de la manera en que se abría por
tanto tiempo! Le dirá usted a Sir Walter lo que hemos hecho y que mister
Shepherd opina que es la mejora más acertada hecha hasta ahora. Realmente, hago
justicia al decir que los pocos cambios que hemos realizado han servido para
mejorar el lugar. Mi esposa es quien lo ha dirigido. Yo he hecho bien poco, con
excepción de quitar algunos grandes espejos de mi cuarto de vestir, que era el
de su padre. Un buen hombre y un verdadero caballero, cierto es, pero... yo pienso,
señorita Elliot -mirando pensativamente-, pienso que debe haber sido un hombre
muy cuidadoso de su ropa, en su tiempo. ¡Qué cantidad de espejos! Dios mío, uno
no podía huir de sí mismo. Así que pedí a Sofía que me ayudara y pronto los
sacamos del medio. Y ahora estoy muy cómodo con mi espejito de afeitar en un
rincón y otro gran espejo al que nunca me acerco.
Ana, divertida a pesar suyo, buscó con cierta angustia una
respuesta, y el almirante, temiendo no haber sido bastante amable, volvió al
mismo tema.
-La próxima vez que escriba usted a su buen padre, miss Elliot,
transmítale mis saludos y los de mistress Croft, y dígale que estamos aquí muy
cómodos y que no encontramos ningún defecto al lugar. La chimenea del comedor
humea un poco, a decir verdad, pero sólo cuando el viento norte sopla fuerte,
lo cual no ocurre más que tres veces en invierno. En realidad, ahora que hemos
estado en la mayor parte de las casas de aquí y podemos juzgar, ninguna nos
gusta más que ésta. Dígale eso y envíele mis saludos. Quedará muy contento.
Lady Russell y Mrs. Croft estaban encantadas la una con la otra,
pero la relación que entabló esta visita no pudo continuar mucho tiempo, pues
cuando fue devuelta, los Croft anunciaron que se ausentarían por unas pocas
semanas para visitar a sus parientes en el norte del condado, y que era
probable que no estuvieran de vuelta antes de que Lady Russell partiera a Bath.
Se disipó así el peligro de que Ana encontrara al capitán
Wentworth en Kellynch Hall o de verlo en compañía de su amiga. Todo era seguro;
y sonrió al recordar los angustiosos sentimientos que le había inspirado tal
perspectiva.
CAPITULO XIV
Aunque Carlos y María permanecieron en Lyme mucho tiempo después
de la partida de los señores Musgrove, tanto que Ana llegó a pensar que serían
allí necesarios, fueron, sin embargo, los primeros de la familia en regresar a
Uppercross, y apenas les fue posible se dirigieron a Lodge. Habían dejado a
Luisa comenzando a sentarse; pero su mente, aunque clara, estaba en extremo
débil, y sus nervios, muy susceptibles, y aunque podía decirse que marchaba
bastante bien, era aún imposible decir cuándo estaría en condiciones de ser
llevada a casa; y el padre y la madre, que debían estar a tiempo para recibir a
los niños más pequeños en las vacaciones de Navidad, tenían escasa esperanza de
llevarla con ellos.
Todos habían estado en hospedajes. Mrs. Musgrove había mantenido
a los niños Harville tan apartados como le había sido posible, y cuanto pudo
llevarse de Uppercross para facilitar la tarea de los Harville había sido
llevado, mientras éstos invitaban a comer a los Musgrove todos los días. En
suma, parecía haber habido puja en ambas partes por ver cuál era más
desinteresada y hospitalaria.
María había superado sus males, y en conjunto, según era además
evidente por su larga estadía, había hallado más diversiones que padecimientos.
Carlos Hayter había estado en Lyme más de lo que hubiese querido. En las cenas
con los Harville, no había más que una doncella para atender y al principio la
señora Harville había dado siempre la preferencia a la señora Musgrove, pero
luego había recibido ella unas excusas tan gratas al descubrirse de quién era
hija, y se había hecho tanta cosa todos los días, tantas idas y venidas entre
la posada y la casa de los Harville, y ella había tomado libros de la
biblioteca y los había cambiado tan frecuentemente, que el balance final era a
favor de Lyme, en lo que a atenciones respecta. Además la habían llevado a
Charmouth, en donde había tomado baños y concurrido a la iglesia, en la que
había mucha más gente que mirar que en Lyme o Uppercross. Todo esto, unido a la
experiencia de sentirse útil, había contribuido a una permanencia muy
agradable.
Ana preguntó por el capitán Benwick. El rostro de María se
ensombreció y Carlos soltó la risa.
-Oh, el capitán Benwick está muy bien, eso creo, pero es un
joven muy extraño. No sé lo que es, en verdad. Le pedimos que viniera a casa
por un día o dos; Carlos tenía intenciones de salir de cacería con él, él
parecía encantado, y yo, por mi parte, creía todo arreglado. Cuando, vean
ustedes, en la noche del martes dio una excusa bastante pobre, diciendo que
“nunca cazaba” y que “había sido mal interpretado”, y que había prometido esto
y aquello; en una palabra no pensaba venir. Supuse que tendría miedo de aburrirse,
pero en verdad creo que en la quinta somos gente demasiado alegre para un
hombre tan desesperado como el capitán Benwick.
Carlos rió nuevamente y dijo:
-Vamos, María, bien sabes lo que en realidad ocurrió. Fue por ti
-volviéndose a Ana-. Pensó que si aceptaba iba a encontrarse muy cerca de ti;
imagina que todo el mundo vive en Uppercross, y cuando descubrió que Lady
Russell vive tres millas más lejos le faltó el ánimo; no tuvo coraje de venir.
Esto y no otra cosa es lo que ocurrió y María lo sabe.
Esto no era muy del agrado de María, fuera ello por no
considerar al capitán Benwick lo bastante bien nacido para enamorarse de una
Elliot o bien porque no podía convencerse que Ana fuera en Uppercross una
atracción mayor que ella misma; difícil adivinarlo. La buena voluntad de Ana,
sin embargo, no disminuyó por lo que oía. Consideró que se la halagaba en
demasía, y continuó haciendo preguntas:
-¡Oh, habla de ti -exclamó Carlos- de una manera... !
Maria interrumpió:
-Confieso, Carlos, que jamás le oí mencionar el nombre de Ana
dos veces en todo el tiempo que estuve allí. Confieso, Ana, que jamás habló de
ti.
-No -admitió Carlos-, sé que nunca lo ha hecho, de manera
particular, pero de cualquier modo, es obvio que te admira muchísimo. Su cabeza
está llena de libros que lee a recomendación tuya y desea comentarlos contigo.
Ha encontrado algo en alguno de estos libros que piensa... Oh, no es que
pretenda recordarlo, era algo muy bueno... escuché diciéndoselo a Enriqueta y
allí “miss Elliot” fue mencionada muy elogiosamente. Declaro que así ha sido,
María, y yo lo escuché y tú estabas en el otro cuarto. “Elegancia, suavidad,
belleza.” ¡Oh, los encantos de miss Elliot eran interminables!
-Y en mi opinión -exclamó María vivamente que esto no le hace
mucho favor si lo ha hecho. Miss Harville murió solamente en junio pasado. Esto
demuestra demasiada ligereza. ¿No opina usted así, Lady Russell? Estoy segura
de que usted compartirá mi opinión.
-Debo ver al capitán Benwick antes de pronunciarme -contestó
Lady Russell sonriendo.
-Y bien pronto tendrá usted ocasión, señora -dijo Carlos-.
Aunque no se animó a venir con nosotros y después concurrir aquí en una visita
formal, vendrá a Kellynch por su propia iniciativa, puede usted darlo por
seguro. Le enseñé el camino, le expliqué la distancia, y le dije que la iglesia
era digna de ser vista; como tiene gusto por estas cosas, yo pensé que seria
una buena excusa, y él me escuchó con toda su atención y su alma; estoy seguro,
por sus modales, de que lo verán ustedes aquí con buenos ojos. Así, ya lo sabe
usted, Lady Russell.
-Cualquier conocido de Ana será siempre bienvenido por mí -fue
la bondadosa respuesta de Lady Russell.
-Oh, en cuanto a ser conocido de Ana -dijo María- creo más bien
que es conocido mío, porque últimamente lo he visto a diario.
-Bien, como conocido suyo, también tendré sumo placer en ver al
capitán Benwick.
-No encontrará usted nada particularmente grato en él, señora.
Es uno de los jóvenes más aburridos que he conocido. Ha caminado a veces
conmigo, de un extremo al otro de la playa, sin decir una palabra. No es bien
educado. Le puedo asegurar que no le agradará.
Yo discrepo contigo, María -dijo Ana-. Creo que Lady Russell
simpatizará con él y que estará tan encantada con su inteligencia que pronto no
encontrará deficiencia en sus modales.
-Eso mismo pienso yo -dijo Carlos-. Estoy seguro de que Lady
Russell lo encontrará muy agradable y hecho a medida para que ella simpatice
con él. Dadle un libro y leerá todo el día.
-Eso sí -dijo María groseramente-. Se sentará con un libro y no
prestará atención cuando una persona le hable, o cuando a una se le caigan las
tijeras, o cualquier otra cosa que pase a su alrededor. ¿Creen ustedes que a
Lady Russell le gustará esto?
Lady Russell no pudo menos que reír:
-Palabra de honor -dijo-, jamás creí que mi opinión pudiera
causar tanta conjetura, siendo como soy tan simple y llana. Tengo mucha
curiosidad de conocer a la persona que despierta estas diferencias. Desearía
que se le invitara a que viniese aquí. Y cuando venga, María, ciertamente le
daré a usted mi opinión. Pero estoy resuelta a no juzgar de antemano.
-No le agradará a usted; estoy segura.
Lady Russell comenzó a hablar de otra cosa. María habló
animadamente de lo extraordinario de encontrar o no a Mr. Elliot.
-Es un hombre -dijo Lady Russell- a quien no deseo encontrar. Su
negativa a estar en buenos términos con la cabeza de su familia me parece muy
mal.
Esta frase calmó el ardor de María, y la detuvo de golpe en
medio de su defensa de los Elliot.
Respecto al capitán Wentworth, aunque Ana no aventuró ninguna
pregunta, las informaciones gratuitas fueron suficientes. Su ánimo había
mejorado mucho los últimos días, como bien podía esperarse. A medida que Luisa
mejoraba, él había mejorado también; era ahora un individuo muy distinto al de
la primera semana. No había visto a Luisa, y temía mucho que un encuentro
dañase a la joven, razón por la que no había insistido en visitarla. Por el
contrario, parecía tener proyectado irse por una semana o diez días hasta que
la cabeza de la joven estuviese más fuerte. Había hablado de irse a Plymouth
por una semana, y deseaba que el capitán Benwick lo acompañase. Pero, según
Carlos afirmó hasta el final, el capitán Benwick parecía mucho más dispuesto a
llegarse hasta Kellynch.
Tanto Ana como Lady Russell se quedaron pensando en el capitán
Benwick. Lady Russell no podía oír la campanilla de la puerta de entrada sin
imaginar que sería un mensajero del joven, y Ana no podía volver de algún
solitario paseo por los que habían sido terrenos de su padre, o de cualquier
visita de caridad en el pueblo, sin preguntarse cuándo lo vería. Sin embargo,
el capitán Benwick no llegaba. O bien estaba menos dis-puesto de lo que Carlos
imaginaba o era demasiado tímido. Y después de una semana, Lady Russell juzgó
que era indigno de la atención que se le dispensara en un principio.
Los Musgrove vinieron a esperar a sus niños y niñas pequeños,
que volvían del colegio acompañados de los niños Harville, para aumentar el
alboroto en Uppercross y disminuirlo en Lyme. Enriqueta se quedó con Luisa,
pero todo el resto de la familia había regresado.
Lady Russell y Ana efectuaron una visita de retribución
inmediatamente, y Ana encontró en Uppercross la animación de otrora. Aunque
faltaban Enriqueta, Luisa, Carlos Hayter y el capitán Wentworth, la habitación
presentaba un violento contraste con la última vez que ella la había visto.
Alrededor de la señora Musgrove estaban los pequeños de la
quinta, especialmente venidos para entretenerlos. A un lado había una mesa,
ocupada por unas niñas charlatanas, cortando seda y papel dorado, y en el otro
había fuentes y bandejas, dobladas con el peso de los pasteles fríos en donde
alborotaban unos niños; todo esto con el rumor de un fuego de Navidad que
parecía dispuesto a hacerse oír pese a la algarabía de la gente. Carlos y
María, como era de esperar, se hicieron presentes, y mister Musgrove juzgó su
deber presentar sus respetos a Lady Russell y se sentó junto a ella por diez
minutos, hablando en voz muy alta, debido al griterío de los niños que trepaban
a sus rodillas; pero generalmente, se le oía poco. Era una hermosa escena
familiar.
Ana, juzgando de acuerdo con su propio temperamento, hubiera
presumido aquel huracán doméstico como un mal restaurador para los nervios de
Luisa, que habían sido tan afectados; pero Mrs. Musgrove, que se sentó junto a
Ana para agradecerle cordialmente sus atenciones, terminó considerando cuánto
había sufrido ella, y con una rápida mirada alrededor de la habitación recalcó
que después de lo ocurrido nada podía haber mejor que la tranquila alegría del
hogar.
Luisa se recobraba con tranquilidad. Su madre pensaba que hasta
quizá fuese posible su vuelta a casa antes de que sus hermanos y hermanas
regresaran al colegio. Los Harville habían prometido ir con ella y permanecer
en Uppercross. El capitán Wentworth había ido a visitar a su hermano en
Shropshire.
-Espero que en el futuro -dijo Lady Russell cuando estuvieron
sentadas en el coche para volver- recordaré no visitar Uppercross en las
fiestas de Navidad.
Cada quien tiene sus gustos particulares, en ruidos como en
cualquier otra cosa; y los ruidos son sin importancia, o molestos, más por su
categoría que por su intensidad. Cuando Lady Russell, no mucho tiempo después,
entraba en Bath en una tarde lluviosa, en coche desde el puente Viejo hasta
Camden Place, por las calles llenas de coches y pesados carretones, los gritos
de los anunciadores, vendedores y lecheros, y el incesante rumoreo de los
zuecos, por cierto, no se quejó. No, tales ruidos eran parte de las diversiones
invernales. El ánimo de la dama se alegraba bajo su influencia, y, al igual que
la señora Musgrove, aunque sin decirlo, juzgaba que después de una temporada en
el campo nada podía hacerle tan bien como un poco de alegría.
Ana no sentía igual. Ella seguía experimentando una silenciosa
pero segura antipatía por Bath. Recibió la nebulosa vista de los grandes
edificios, nublados de lluvia, sin ningún deseo de verlos mejor. Sintió que su
marcha por las calles, pese a ser desagradable, era muy rápida, porque, ¿quién
se alegraría de su llegada? Y recordaba con pesar el bullicio de Uppercross y
la reclusión de Kellynch.
La última carta de Isabel había comunicado noticias de algún interés.
Mr. Elliot estaba en Bath. Había ido a Camden Place; había vuelto una segunda
vez, una tercera, y había sido excesivamente atento. Si Isabel y su padre no se
engañaban, había tomado tanto cuidado en buscar la relación, como antes en
descuidarla. Eso sería maravilloso en caso de ser cierto, y Lady Russell se
sentía en un estado de agradable curiosidad y perplejidad acerca de Mr. Elliot,
casi retractándose, por el sentimiento que había expresado a María, hablando de
él como de un hombre a quien “no deseaba ver”. Sentía gran deseo de verlo. Si
realmente deseaba cumplir con su deber de buena rama, sería perdonado por su
alejamiento del árbol familiar.
Ana no se sentía animada a lo mismo por estas circunstancias,
pero sí que prefería ver a Mr. Elliot, cosa que en verdad podía decir de muy
pocas personas en Bath.
Descendió en Camden Place y Lady Russell se encaminó a su
alojamiento en la calle River.
CAPITULO XV
Sir Walter había alquilado una buena casa en Camden Place, en
una elevación, digna, tal como merece un hombre igualmente digno y elevado. Y
él e Isabel se habían establecido allí enteramente satisfechos.
Ana entró en la casa con el corazón desmayado, anticipando una
reclusión de varios meses y diciéndose ansiosamente a sí misma: “Oh, ¿cuándo
volveré a dejarlos?” Sin embargo, una inesperada cordialidad a su arribo le
hizo mucho bien. Su padre y su hermana se alegraban de verla, por el placer de
mostrarle la casa y el mobiliario, y fueron a su encuentro dando muestras de
cariño. El que fueran cuatro para las comidas era además una ventaja.
Mrs. Clay estaba muy amable y sonriente, pero sus cortesías y
sus sonrisas no eran sino eso mismo: cortesía. Ana sintió que ella haría
siempre lo que más le conviniera, pero la buena voluntad de los otros era
sorprendente y genuina. Estaban de excelente humor, y bien pronto supo por qué.
No les interesaba escucharla. Después de algunos cumplidos acerca de haber
lamentado las antiguas vecindades, tuvieron pocas preguntas que hacer y la
conversación cayó en sus manos. Uppercross no despertaba interés; Kellynch, muy
poco; lo más importante era Bath.
Tuvieron el placer de asegurarle que Bath había sobrepasado sus
expectativas en varios aspectos. Su casa era sin discusión la mejor de Camden
Place; su sala tenía todas las ventajas posibles sobre las que habían visitado
o que conocían de oídas, y la superioridad consistía además en lo adecuado del
mobiliario. Buscaban relacionarse con ellos. Todos deseaban visitarlos. Habían
rechazado muchas presentaciones, y sin embargo, vivían asediados por tarjetas
dejadas por personas de las que nada sabían.
¡Qué cantidad de motivos para regocijarse! ¿Podía dudar Ana de
que su padre y su hermana eran felices? Podía verse que su padre no se sentía
rebajado con el cambio; nada lamentaba de los deberes y la dignidad de un
poseedor de tierras y encontraba satisfacción en la vanidad de una pequeña
ciudad; y debió marchar, aprobando, sonriendo y maravillándose de que Isabel se
pasease de una habitación a otra, ponderando su ampli-tud, y sorprendiéndose de
que aquella mujer que había sido la dueña de Kellynch Hall encontrara orgullo
en el reducido espacio de aquellas cuatro paredes.
_ Pero además tenían otras cosas que les hacían felices. Tenían
a Mr. Elliot. Ana tuvo que oír mucho sobre Mr. Elliot. No sólo le habían
perdonado, sino que estaban encantados con él. Había estado en Bath hacía más o
menos quince días (había pasado por Bath cuando se dirigía a Londres, y Sir
Walter, pese a que éste no estuvo más que veinticuatro horas, se había puesto
en contacto con él), pero en esta ocasión había pasado unos quince días en Bath
y la primera medida que tomó fue dejar su tarjeta en Camden Place, seguida por
los más grandes deseos de renovar la relación, y cuando se encontraron su
conducta fue tan franca, tan presta a excusarse por el pasado, tan deseosa de
renovar la relación, que en su primer encuentro el contacto fue plenamente
reestablecido.
No hallaban ningún defecto en él. Había explicado todo lo que
parecía descuido de su parte. Había borrado toda aprehensión de inmediato.
Nunca había tenido la intención de tomarse mucha confianza; temía haberlo
hecho, aunque sin saber por qué, y la delicadeza le había hecho guardar
silencio. Ante la sospecha de haber hablado irrespetuosa o ligeramente de la
familia o del honor de ésta, estaba indignado. ¡El, que siempre se había
enorgullecido de ser un Elliot!, y cuyas ideas, en lo que se refiere a la familia,
eran dema-siado estrictas para el democrático tono de los tiempos que corrían.
En verdad estaba asombrado. Pero su carácter y su comportamiento refutarían tal
sospecha. Podía decirle a Sir Walter que averiguara entre la gente que lo
conocía; y en verdad, el trabajo que se tomó a la primera oportunidad de
reconciliación para ser puesto en el lugar de pariente y presunto heredero fue
prueba suficiente de sus opiniones al respecto.
Las circunstancias de su matrimonio también podían disculparse.
Este tema no debía ser puesto por él, pero un íntimo amigo suyo, el coronel
Wallis, un hombre muy respetable, todo el tipo del caballero (y no mal
parecido, agregaba Sir Walter), que vivía muy cómodamente en las casas de
Malborough y que había, a su propio pedido, trabado conocimiento de ellos por
intermedio de Mr. Elliot, fue quien mencionó una o dos cosas sobre el
matrimonio, que contribuyeron a disminuir el desprestigio.
El coronel Wallis hacía mucho tiempo que conocía a mister
Elliot; había conocido muy bien a su esposa y entendió a la perfección el
problema. No era ella una mujer de buena familia, pero era bien educada, culta,
rica y muy enamorada de su amigo. Allí residía el encanto. Ella lo había
buscado. Sin aquella condición, no hubiera bastado todo su dinero para tentar a
Elliot, y además, Sir Walter estaba convencido de que ella había sido una mujer
muy honrada. Todo esto hizo atractivo el matrimonio. Una mujer muy buena, de
gran fortuna y enamorada de él. Sir Walter admitía todo ello como una excusa en
forma, y aunque Isabel no podía ver el asunto bajo una luz tan favorable, se
vio obligada a admitir que todo era muy razonable.
Mr. Elliot había hecho frecuentes visitas, había cenado una vez
con ellos y se había mostrado encantado de recibir la invitación, pues ellos no
daban cenas en general; en una palabra, estaba encantado de cualquier muestra
de afecto familiar y hacía depender su felicidad de estar íntimamente vinculado
con la casa de Camden.
Ana escuchaba, pero no entendía. Muy buena voluntad había que
poner por las opiniones de los que hablaban. Ella mejoraba todo lo que oía. Lo
que parecía extravagante o irracional en el progreso de la reconciliación podía
tener su origen nada más que en el modo de hablar de los narradores. Sin
embargo, tenía la sensación de que había algo más de lo que parecía en el deseo
de mister Elliot, después de un intervalo de tantos años, de ser bien recibido
por ellos. Desde un punto de vista mundano, nada sacaría en limpio con la
amistad de Sir Walter, nada ganaría con que las cosas cambiaran. Con seguridad
él era el más rico y Kellynch sería alguna vez suyo, lo mismo que el título. Un
hombre sensato, y parecía haber sido, en verdad, un hombre muy sensato, ¿por
qué había de poner objeciones? Ella podía presentar una sola solución; tal vez
fuera a causa de Isabel. Tal vez en un tiempo hubo cierta atracción, aunque la
conveniencia y los accidentes los hubieran apartado, y ahora que podía
permitirse ser agradable podría dedicarle sus atenciones. Isa-bel era muy
hermosa, de modales elegantes y cultivados, y su modo de ser no era conocido
por mister Elliot, que la había tratado pocas veces, en público, cuando muy
joven. Cómo habrían de recibir la sensibilidad y la inteligencia de él el
conocimiento de su presente modo de vida, era otra preocupación muy penosa. En
verdad deseaba Ana que no fuera él demasiado amable u obsequioso, de ser Isabel
la causa de sus desvelos; y que Isabel se inclinaba a creer tal cosa y que su
amiga mistress Clay fomentaba la idea, se hizo clarísimo por una o dos miradas
entre ambas mientras se hablaba de las frecuentes visitas de Mr. Elliot.
Ana mencionó los vistazos que había tenido de él en Lyme, pero
sin que se le prestara mucha atención. “Oh, sí, tal vez era Mr. Elliot.” Ellos
no sabían. “Tal vez fuera él.” No podían escuchar la descripción que ella hacía
de él. Ellos mismos lo describían, sobre todo Sir Walter. El hizo justicia a su
aspecto distinguido, a su elegante aire a la moda, a su bien cortado rostro, a
su grave mirada, pero al mismo tiempo “era de lamentar su aire sombrío, un
defecto que el tiempo parecía haber aumentado”; ni podía ocultarse que diez
años transcurridos habían cambiado sus facciones desfavorablemente. Mr. Elliot
parecía pensar que él (Sir Walter) tenía “el mismo aspecto que cuando se
separaron”, pero Sir Walter “no había podido devolver el cumplido enteramente”,
y eso lo había confundido. De todos modos, no pensaba quejarse: mister Elliot
tenía mejor aspecto que la mayoría de los hombres, y él no pondría objeciones a
que lo vieran en su compañía donde fuere.
Mr. Elliot y su amigo fueron el principal tema de conversación
toda la tarde. “¡El coronel Wallis había parecido tan deseoso de ser presentado
a ellos! ¡Y mister Elliot tan ansioso de hacerlo!” Había además una señora
Wallis a quien sólo conocían de oídas por encontrarse enferma. Pero Mr. Elliot
hablaba de ella como de “una mujer encantadora digna de ser conocida en Camden
Place”. Tan pronto se restableciera la conocerían. Sir Walter tenía un alto
concepto de la señora Wallis; se decía que era una mujer extraordinariamente
bella, hermosa. Deseaba verla. Sería un contrapeso para las feas caras que
continuamente veía en la calle. Lo peor de Bath era el extraordinario número de
mujeres feas. No quiere decir esto que no hubiese mujeres bonitas, pero la
mayoría de las feas era aplastante. Con frecuencia había observado en sus
paseos que una cara bella era seguida por treinta o treinta y cinco espantajos.
En cierta ocasión, encontrándose en una tienda de Bond Street había contado
ochenta y siete mujeres, una tras otra, sin encontrar un rostro aceptable entre
ellas. Claro que había sido una mañana helada, de un frío agudo del que sólo
una mujer entre treinta hubiera podido soportar. Pero pese a ello... el número
de feas era incalculable. ¡En cuanto a los hombres...! ¡Eran infinitamente
peores! ¡Las calles estaban llenas de multitud de esperpentos! Era evidente,
por el efecto que un hombre de discreta apariencia producía, que las mujeres no
estaban muy acostumbradas a la vista de alguien tolerable. Nunca había caminado
del brazo del coronel Wallis, quien tenía una figura arrogante aunque su
cabello parecía color arena, sin que todos los ojos de las mujeres se volviesen
a mirarlo. En verdad, “todas las mujeres miraban al coronel Wallis”. ¡Oh, la
modestia de Sir Walter! Su hija y mistress Clay no lo dejaron escapar, sin
embargo, y afirmaron que el acompañante del coronel Wallis tenía una figura tan
buena como la de éste, sin la desventaja del color del cabello.
-¿Qué aspecto tiene María? -preguntó Sir Walter, con el mejor
humor-. La última vez que la vi tenía la nariz roja, pero espero que esto no
ocurra todos los días.
-Debe haber sido pura casualidad. En general ha disfrutado de
buena salud y aspecto desde San Miguel.
-Espero que no la tiente salir con vientos fuertes y adquirir
así un cutis recio. Le enviaré un nuevo sombrero y otra pelliza.
Ana consideraba si le convendría sugerir que un tapado o un
sombrero no debían exponerse a tan mal trato, cuando un golpe en la puerta
interrumpió todo: “¡Un llamado a la puerta y a estas horas! ¡Debían ser más de
las diez! ¿Y si fuera mister Elliot?” Sabían que tenía que cenar en Lansdown
Crescent. Era posible que se hubiese detenido en su camino de vuelta para
saludarlos. No podían pensar en nadie más. Mrs. Clay creía que sí, que aquella
era la manera de llamar de Mr. Elliot. Mistress Clay tuvo razón. Con toda la
ceremonia que un criado y... un muchacho de recados pueden hacer, mister Elliot
fue introducido en la sala.
Era el mismo, el mismo hombre, sin más diferencia que el traje.
Ana se hizo algo atrás mientras los demás recibían sus cumplidos, y su hermana
las disculpas por haberse presentado a hora tan desusada. Pero “no podía pasar
tan cerca sin entrar a preguntar si ella o su amiga habían cogido frío el día
anterior, etcétera”. Todo esto fue cortésmente dicho y cortésmente recibido.
Pero el turno de Ana se acercaba. Sir Walter habló de su hija más joven. “Mr.
Elliot debía ser presentado a su hija más joven” (no hubo ocasión de recordar a
Maria), y Ana, sonriente y sonrojada, de manera que le sentaba muy bien,
presentó a Mr. Elliot las hermosas facciones que éste- no había en modo alguno
olvidado, y pudo comprobar, por la sorpresa que él tuvo, que antes no había sospechado
quién era ella. Pareció tremendamente sorprendido, pero no más que agradado.
Sus ojos se iluminaron y con la mayor presteza celebró el encuentro, aludió al
pasado, y dijo que podía considerársele un antiguo conocido. Era tan bien
parecido como había semejado serlo en Lyme, y sus facciones mejoraban al
hablar. Sus modales eran exactamente los apropiados, tan corteses, tan fáciles,
tan agradables, que sólo podían ser comparados con los de otra persona. No eran
los mismos, pero eran así de buenos.
Se sentó con ellos y la conversación mejoró al momento. No cabía
duda que de era un hombre inteligente. Diez minutos bastaron para comprenderlo.
Su tono, su expresión, la elección de los temas, su conocimiento de hasta dónde
debía llegar, eran el producto de una mente inteligente y esclarecida. En
cuanto pudo, comenzó a hablar con ella de Lyme, deseando cambiar opiniones
respecto al lugar, pero deseoso especialmente de comentar el hecho de haber
sido huéspedes de la misma posada y al mismo tiempo, hablando de su ruta,
sabiendo un poco la de ella, y lamentando no haber podido presentarle sus
respetos en aquella ocasión. Ella informó en pocas palabras de su estancia y de
sus asuntos en Lyme. Su pesar aumentó al saber los detalles. Había pasado una
tarde solitaria en la habitación contigua a la de ellos. Había oído voces
regocijadas. Había pensado que debían ser personas encantadoras y deseó estar
con ellos. Y todo esto sin saber que tenía el derecho a ser presentado. ¡Si
hubiera preguntado quiénes eran! ¡El nombre de Musgrove habría bastado! “Bien,
esto serviría para curarle de la costumbre de no hacer jamás preguntas en una
posada, costumbre que había adoptado desde muy joven, pensando que no era
gentil ser curioso.”
-Las nociones de un joven de veinte o veintidós años -decía- en
lo que se refiere a buenas maneras son más absurdas que las de cualquier otra
persona en el mundo. La estupidez de los medios que emplean sólo puede ser
igualada por la tontería de los fines que persiguen.
Pero no podía comunicar sus reflexiones a Ana solamente; él lo
sabía; y bien pronto se perdió entre los otros, y sólo a ratos pudo volver a
Lyme.
Sus preguntas, sin embargo, trajeron pronto el relato de lo que
había pasado allí después de su partida. Habiendo oído algo sobre “un
accidente”, quiso conocer el resto. Cuando preguntó, Sir Walter e Isabel lo
hicieron también; pero la diferencia de la manera en que lo hacían no podía
menos que quedar de manifiesto. Ella sólo podía comparar a Mr. Elliot con Lady
Russell por su deseo de comprender lo que había ocurrido, y por el grado en que
parecían comprender también cuanto había sufrido ella presenciando el
accidente.
Se quedó una hora con ellos. El elegante relojito sobre la
chimenea había tocado “las once con sus argentinos toques”, y el sereno se oía
a la distancia cantando lo mismo, antes de que Mr. Elliot o cualquiera de los
presentes creyera que había pasado tan largo rato.
¡Ana nunca imaginó que su primera velada en Camden Place sería
tan agradable!
CAPITULO XVI
Había algo que Ana, al volver entre los suyos, hubiera preferido
saber, incluso más que si mister Elliot estaba enamorado de Isabel, y era si su
padre lo estaría de Mrs. Clay. Después de haber permanecido en casa algunas
horas, más se intranquilizó a este respecto. Al bajar para el desayuno a la
mañana siguiente, encontró que había habido una razonable intención de la dama
de dejarlos. Imaginó que mistress Clay habría dicho: “Ahora que Ana está con
ustedes, ya no soy necesaria”, porque Isabel respondió en voz baja: “No hay
ninguna razón en verdad; le aseguro que no encuentro ninguna. Ella no es nada
para mí comparada con usted”. Y tuvo tiempo de oír decir a su padre: “Mi
querida señora, esto no puede ser. Aún no ha visto usted nada de Bath. Ha
estado aquí solamente porque ha sido necesaria. No nos dejará usted ahora. Debe
quedarse para conocer a Mrs. Wallis, a la hermosa Mrs. Wallis. Para su
refinamiento, estoy seguro de que la belleza es siempre un placer”.
Habló con tanto entusiasmo que Ana no se sorprendió de que Mrs.
Clay evitase la mirada de ella y de su hermana; ella podría parecer quizás un
poco sospechosa, pero Isabel ciertamente no pensaba nada acerca del elogio al
refinamiento de la dama. Esta, ante tales requerimientos, no pudo menos de
condescender en quedarse.
En el curso de la misma mañana, encontrándose sola Ana con su
padre, comenzó éste a felicitarla sobre su mejor aspecto; la encontraba “menos
delgada de cuerpo, de mejillas; su piel, su apariencia habían mejorado..., era
más claro su cutis, más fresco. ¿Había estado usando algo? No, nada.” “Nada más
que Gowland”, supuso él. “No, absolutamente nada.” Ah, esto le sorprendía
mucho, y añadió: “No puedes hacer nada mejor que continuar como estás. Estás
sumamente bien. Pero te recomiendo el uso de Gowland constantemente durante los
meses de primavera. Mrs. Clay lo ha estado usando bajo mi recomendación y ya
ves cuánto ha mejorado. Se han borrado todas sus pecas”.
¡Si Isabel lo hubiera oído! Tal elogio le hubiera chocado,
especialmente cuando, en opinión de Ana, las pecas seguían donde mismo. Pero
hay que dar oportunidad a todo. El mal de tal matrimonio disminuiría si Isabel
se casaba también. En cuanto a ella, siempre tendría su hogar con Lady Russell.
La compostura de Lady Russell y la gentileza de sus modales
sufrieron una prueba en Camden Place. La visita de Mrs. Clay gozando de tanto
favor y de Ana tan abandonada, era una provocación interminable para ella. Y
esto la molestaba tanto cuando no se encontraba allí, como puede sentirse
molestada una persona que en Bath bebe el agua del lugar, lee las nuevas
publicaciones y tiene gran número de conocidos.
Cuando conoció a Mr. Elliot, se volvió más caritativa o más
indiferente hacia los otros. Los modales de éste fueron una recomendación
inmediata; y conversando con él encontró bien pronto lo sólido debajo de lo
superficial, por lo que se sintió inclinada a exclamar, según dijo a Ana:
“¿Puede ser éste Mr. Elliot?”, y en realidad no podía imaginar un hombre más
agradable o estimable. Lo reunía todo: buen entendimiento, opiniones correctas,
conocimiento del mundo y un corazón cariñoso. Tenía fuertes sentimientos de
unión y honor familiares, sin ninguna debilidad u orgullo; vivía con la
liberalidad de un hombre de fortuna, pero sin dilapidar; juzgaba por sí mismo
en todas las cosas esenciales sin desafiar a la opinión pública en ningún punto
del decoro mundano. Era tranquilo, observador, moderado, cándido; nunca
desapareceria por espíritu egoísta creyendo hacer-lo por sentimientos
poderosos, y con una sensibilidad para todo lo que era amable o encantador y
una valoración de todo lo estimable en la vida doméstica, que los caracteres
falsamente entusiastas o de agitaciones violentas rara vez poseen. Estaba
cierta de que no había sido feliz en su matrimonio. El coronel Wallis lo decía
y Lady Russell podía verlo; pero no se había agriado su carácter ni tampoco
(bien pronto comenzó a sospecharlo) dejaba de pensar en una segunda elección.
La satisfacción que Mr. Elliot le producía atenuaba la plaga que era mistress
Clay.
Hacía ya algunos años que Ana había aprendido que ella y su
excelente amiga podían discrepar. Por consiguiente, no la sorprendió que Lady
Russell no encontrase nada sospechoso o inconsistente, nada detrás de los
motivos que aparecían a la vista, en el gran deseo de reconciliación de Mr.
Elliot. Lady Russell estimaba como la cosa más natural del mundo que en la
madurez de su vida considerara Mr. Elliot lo más recomendable y de-seable
reconciliarse con el cabeza de la familia. Era lo natural al andar del tiempo
en una cabeza clara y que sólo había errado durante su juventud. Ana, sin
embargo, sonreía, y al fin mencionó a Isabel. Lady Russell escuchó, miró, y
contestó solamente: “Isabel! Bien: El tiempo lo dirá”.
Ana, después de una breve observación, comprendió que ella
también debía limitarse a esperar el futuro. Nada podía juzgar por el momento.
En aquella casa, Isabel estaba primero y ella estaba tan habituada a la general
reverencia a “miss Elliot”, que cualquier atención particular le parecía
imposible. Mr. Elliot, además -no debía olvidarse-, era viudo desde hacía sólo
siete meses. Una pequeña demora de su parte era muy perdonable. En una palabra,
Ana no podía ver el crespón alrededor de su sombrero sin imaginarse que no
tenía ella excusa en suponerle tales intenciones; porque su matrimonio, aunque
infortunado, había durado tantos años que era difícil recobrarse tan
rápidamente de la espantosa impresión de verlo deshecho.
Como fuere que todo aquello terminase, no cabía duda de que Mr.
Elliot era la persona más agradable de las que conocían en Bath. No veía a
nadie igual a él, y era una gran cosa de vez en cuando conversar acerca de
Lyme, lugar que parecía tener casi más deseos de ver nueva y más extensamente
que ella. Comentaron los detalles de su primer encuentro varias veces. El dio a
entender que la había mirado con interés. Ella lo recordaba bien, y recordaba
además la mirada de una tercera persona.
No siempre estaban de acuerdo. Su respeto por el rango y el
parentesco era mayor que el de ella. No era sólo complacencia, era un agradarle
el tema lo que hizo que su padre y su hermana prestaran atención a cosas que.
Ana juzgaba indignas de entusiasmarlos. El diario matutino de Bath anunció una
mañana la llegada de la vizcondesa viuda de Dalrymple y de su hija, la
honorable miss Carteret; y toda la comodidad de Camden Place número...
desapareció por varios días; porque los Dalrymple (por desgracia en opinión de
Ana) eran primos de los Elliot, y las angustias surgieron al pensar en una
presentación correcta.
Ana no había visto antes a su padre y a su hermana en contacto
con la nobleza, y se descorazonó un poco. Había pensado mejor acerca de la idea
que ellos tenían de su propia situación en la vida, y sintió un deseo que jamás
hubiera sospechado que podría llegar a tener... el deseo de que tuvieran más
orgullo; porque “nuestros primos Lady Dalrymple y miss Carteret”, “nuestros
parientes, los Dalrymple”, eran frases que estaban todo el día en su oído.
Sir Walter había estado una vez en compañía del difunto
vizconde, pero jamás había encontrado a la familia. Las dificultades surgían a
la sazón de una interrupción completa en las cartas de cortesía, precisamente
desde la muerte del mencionado vizconde, acaecida al mismo tiempo en que una
peligrosa enfermedad de Sir Walter había hecho que los moradores de Kellynch no
hicieran llegar ninguna condolencia. Ningún pésame fue a Irlanda. El pecado
había sido pagado, puesto que a la muerte de Lady Elliot ninguna condolencia
llegó a Kellynch, y en consecuencia, había sobradas razones para suponer que
los Dalrymple consideraban la amistad terminada. Cómo arreglar este enojoso
asunto y ser admitidos de nuevo como primos era lo importante; y era un asunto
que, bien sensatamente, ni Lady Russell ni Mr. Elliot consideraban trivial.
“Las relaciones familiares es bueno conservarlas siempre, la buena compañía es
siempre digna de ser buscada; Lady Dalrymple había tomado por tres meses una
casa en Laura Place, y viviría en gran estilo. Había estado en Bath el año
anterior y Lady Russell había oído hablar de ella como de una mujer
encantadora. Sería muy agradable que las relaciones fueran restablecidas, y si
era posible, sin ninguna falta de decoro de parte de los Elliot.”
Sir Walter, sin embargo, prefirió valerse de sus propios
procedimientos, y finalmente escribió dando una amplia explicación y expresando
su pesar a su honorable prima. Ni Lady Russell ni Mr. Elliot pudieron admirar
la carta, pero, sea como fuera, la carta cumplió su propósito, trayendo de
vuelta una garabateada nota de la vizcondesa viuda. “Tendría mucho placer y
honor en conocerlos.” Los afanes del asunto habían terminado y sus dulzuras
comenzaban. Visitaron Laura Place, y recibieron las tarjetas de la vizcondesa
viuda de Dalrymple y de la honorable miss Carteret para arreglar entrevistas. Y
“nuestros primos en Laura Place”, “nuestros parientes Lady Dalrymple y miss
Carteret”, eran el tema obligado de todos los comentarios.
Ana estaba avergonzada. Aunque Lady Dalrymple y su hija hubieran
sido en extremo agradables, se hubiera sentido avergonzada de la agitación que
creaban, pero éstas no valían gran cosa. No tenían superioridad de modales de
dotes o de entendimiento. Lady Dalrymple había adquirido la fama de “una mujer
encantadora” porque tenía una sonrisa amable y era cortés con todo el mundo.
Miss Carteret, de quien podía decirse aún menos, era tan malcarada y
desagradable que no hubiera sido jamás recibida en Camden Place de no haber
sido por su alcurnia.
Lady Russell confesó que había esperado algo más, no obstante
“era una relación digna” y cuando Ana se atrevió a dar su opinión a Mr. Elliot,
él convino que por sí mismas no valían demasiado, pero afirmó que como para
trato familiar, como buena compañía, para aquellos que buscan tener personas
gratas alrededor, valían. Ana sonrió y dijo:
-Mi idea de la buena compañía, Mr. Elliot, es la compañía de la
gente inteligente, bien informada, y que tiene mucho que decir; es lo que yo
entiendo por buena compañía.
-Está usted en un error -dijo él gentilmente-; ésa no es buena
compañía, es la mejor. La buena compañía requiere solamente cuna, educación y
modales, y en lo que a educación respecta se exige bastante poca. El nacimiento
y las buenas maneras son lo esencial; pero un poco de conocimientos no hace mal
a nadie, por el contrario, hace bien. Mi prima Ana mueve la cabeza. No está
satisfecha. Está fastidiada. Mi querida prima -sentándose junto a ella-, tiene
usted más derecho a ser desdeñosa que cualquier otra mujer que yo conozca. Pero
¿qué gana con ello? ¿No es acaso más provechoso aceptar la compañía de estas
señoras de Laura Place y disfrutar de las ventajas de su conocimiento en cuanto
sea posible? Puede usted estar segura que andarán entre lo mejor de Bath este
invierno, y como el rango es el rango, el hecho de que sean ustedes parientes
contribuirá a colocar a su familia (a nuestra familia) en la consideración que
merece.
-¡Sí -afirmó Ana-, en verdad sabrán que somos parientes de
ellas! -Luego, recomponiéndose y no deseando una respuesta, continuó-: La
verdad, creo que ha sido demasiado molesto procurarse esta relación. Creo
-añadió sonriendo- que tengo más orgullo que ustedes, pero confieso que me
molesta que hayamos deseado tanto la relación, cuando a ellos les es
perfectamente indiferente.
-Perdón, mi querida prima, es usted injusta con nosotros. En
Londres quizá, con su tranquila manera de vivir, podía usted decir lo que dice,
pero en Bath, Sir Walter Elliot y su familia serán siempre dignos de ser
conocidos, siempre serán una compañía muy apreciable.
-Bien -dijo Ana-, soy orgullosa, demasiado orgullosa para
disfrutar de una amistad que depende del lugar en que uno esté.
-Apruebo su indignación -dijo él-; es natural. Pero están
ustedes en Bath y lo que importa es poseer todo el crédito y la dignidad que
merece Sir Walter Elliot. Habla usted de orgullo; yo soy considerado orgulloso,
y me gusta serlo, porque nuestros orgullos, en el fondo, son iguales, no lo
dudo, aunque las apariencias los hagan parecer diferentes. En una cosa, mi
querida prima -continuó hablando bajo como si no hubiera nadie más en el
salón-, en una cosa estoy cierto, de que nuestros sentimientos son los mismos.
Sentimos que cualquier amistad nueva para su padre, entre sus iguales o
superiores, que pueda distraer sus pensamientos de la que está detrás de él,
debe ser bienvenida.
Mientras hablaba miró el lugar que Mrs. Clay había estado
ocupando, lo que explicaba en grado suficiente su pensamiento. Y aunque Ana no
creyó que tuvieran el mismo orgullo, sintió simpatía hacia él por su desagrado
hacia Mrs. Clay y por su deseo de que su padre conociera nueva gente para
eliminar a esa mujer.
CAPITULO XVII
Mientras Sir Walter e Isabel probaban fortuna en Laura Place,
Ana renovaba una antigua y muy distinta relación.
Había visitado a su antigua institutriz y había sabido por ella
que estaba en Bath una antigua compañera que llamaba su atención por haber sido
bondadosa con ella en el pasado y que a la sazón era desdichada.
Miss Hamilton, por entonces Mrs. Smith, se había mostrado
cariñosa con ella en uno de esos momentos en que más se aprecia esta clase de
gestos. Ana había llegado muy apesadumbrada al colegio, acongojada por la
pérdida de una madre profundamente amada, extrañando su alejamiento de la casa
y sintiendo, como puede sentir una niña de catorce años, de aguda sensibilidad,
en un caso como ése. Y miss Hamilton, que era tres años mayor que ella, y que
había permanecido en el colegio un año más, debido a falta de parientes y hogar
estable, había sido servicial y amable con Ana, mitigando su pena de una manera
que jamás podría olvidarse.
Miss Hamilton había dejado el colegio, se había casado poco
después, según se decía, con un hombre de fortuna, siendo esto todo lo que Ana
sabía de ella, hasta que el relato de su institutriz le hizo ver la situación
de una manera muy diferente.
Era viuda y pobre; su esposo había sido extravagante y, a su
muerte, acaecida dos años antes, había dejado sus asuntos bastante embrollados.
Había tenido serias dificultades y, sumada a tales inconvenientes, una fiebre
reumática que le atacó las piernas la había convertido en una momentánea
inválida. Había llegado a Bath por tal motivo, y se alojaba cerca de los baños
calientes, viviendo de una manera muy modesta, sin poder pagar siquiera la
comodidad de una sirvienta, y claro está, casi al margen de toda sociedad.
La amiga de ambas garantizó la satisfacción que una visita de
Miss Elliot daría a Mrs. Smith, y Ana, por lo mismo, no tardó en hacerla. Nada
dijo de lo que había oído y de lo que pensaban en su casa. No despertaría allí
el interés que debía. Solamente consultó a Lady Russell, quien comprendió
perfectamente sus sentimientos, y tuvo el placer de llevarla lo más cerca
posible del domicilio de Mrs. Smith en Westgate.
Se hizo la visita, se restablecieron las relaciones, su interés
fue recíproco. Los primeros diez minutos fueron embarazosos y emocionantes.
Doce años habían transcurrido desde su separación, y cada una era una persona
distinta de la que la otra imaginaba. Doce años habían convertido a Ana, de la
floreciente y silenciosa niña de quince años, en una elegante mujer de
veintisiete, con todas las bellezas salvo la lozanía y con modales tan serios
como gentiles; y doce años habían hecho de la bonita y ya crecida miss
Hamilton, entonces en todo el apogeo de la salud y la confianza de su
superioridad, una pobre, débil y abandonada viuda, que recibía la visita de su
antigua protegida como un favor. Pero todo lo que fue ingrato en el encuentro
pasó bien pronto y sólo quedó el encanto de recordar y hablar sobre los tiempos
idos.
Ana encontró en Mrs. Smith el buen juicio y las agradables
maneras de las que casi no podía prescindir, y una disposición para conversar y
para ser alegre, que realmente la sorprendieron. Ni las disipaciones del pasado
-había vivido mucho en el mundo-, ni las restricciones del presente, ni la
enfermedad ni el pesar parecían haber embotado su corazón o arruinado su
espíritu.
En el curso de una segunda visita habló con gran franqueza y el
asombro de Ana aumentó. Difícilmente puede imaginarse una situación menos
agradable que la de Mrs. Smith. Había amado mucho a su esposo y lo había visto
morir. Había conocido la opulencia; ya no la tenía. No tenía hijos para estar
por ellos unida a la vida y a la felicidad; no tenía parientes que la ayudaran
en el arreglo de embrollados negocios, y tampoco tenía salud que hiciera todo
esto más llevadero. Sus habitaciones eran una ruidosa salita y un sombrío
dormitorio detrás. No podía trasladarse de una a otro sin ayuda, y no había más
que una criada en la casa para este menester. Jamás salía de la casa que no
fuera para ser llevada a los baños calientes. Pese a esto, Ana no se equivocaba
al creer que tenía momentos de tristeza y abatimiento en medio de horas
ocupadas y alegres. ¿Cómo podía ser esto? Ella vigiló, observó, reflexionó y
finalmente concluyó que no se trataba nada más que de un caso de fortaleza o
resignación. Un espíritu sumiso puede ser paciente; un fuerte entendimiento
puede dar resolución, pero aquí había algo más; aquí había ligereza de
pensamiento, disposición para consolarse; poder de transformar rápidamente lo
malo en bueno y de interesarse en todo lo que venía como un don de la
naturaleza, lo que la mantenía olvidada de sí misma y de sus pesares. Era éste
el don más escogido del cielo, y Ana vio en su amiga uno de esos maravillosos
ejemplos que parecen servir para mitigar cualquier frustración.
En un tiempo -le informó Mrs. Smith-, su espíritu había
flaqueado. No podía llamarse a la sazón inválida, comparando su estado con
aquel en que estaba cuando llegó a Bath. Entonces era realmente un objeto digno
de compasión, porque había cogido frío en el viaje y apenas había tomado
posesión de su alojamiento cuando se vio confinada al lecho presa de fuertes y
constantes dolores. Todo esto entre extraños, necesitando una enfermera y no
pudiendo procurársela por sus apremios económicos. Lo había soportado, sin
embargo, y podía afirmar que realmente había mejorado. Había aumentado su
bienestar al sentirse en buenas manos. Conocía mucho del mundo para esperar
interés en alguna parte, pero su enfermedad le había probado la bondad de la
patrona del alojamiento; tuvo además la suerte de que la hermana de la patrona,
enfermera de profesión y siempre en casa cuando sus obligaciones se lo
permitían, estuvo libre en los momentos en que ella necesitó asistencia.
“Además de cuidarme admirablemente -decía Mrs. Smith- me enseñó cosas
valiosísimas. En cuanto pude utilizar mis manos, me enseñó a tejer, lo que ha
sido un gran entretenimiento. Me enseñó a hacer esas cajas para guardar agujas,
alfileteros, tarjeteros, en las que me encontrará usted siempre ocupada, y que
me permite los medios de ser útil a una o dos familias pobres de la vecindad.
Debido a su profesión, conoce mucho a la gente; conoce a los que pueden
comprar, y dispone de mi mercadería. Siempre escoge el momento oportuno. El
corazón de todos se abre tras haber escapado de grandes dolores y adquirido
nuevamente la bendición de la salud, y la enfermera Rooke sabe bien cuándo es
el momento de hablar. Es una mujer inteligente y sensible. Su profesión le
permite conocer la naturaleza humana, y tiene una base de buen sentido y don'
de observación que la hacen como compañía infinitamente superior a la de muchas
gentes que han recibido `la mejor educación del mundo', pero que no sabe en
realidad nada. Llámelo usted chismes, si así le parece, pero cuando la
enfermera Rooke viene a pasar una hora conmigo siempre tiene algo útil y
entretenido que contarme; algo que hace pensar mejor de la gente. Uno desea
enterarse de lo que pasa, estar al tanto de las nuevas maneras de ser trivial y
tonto que se usan en el mundo. Para mí, que vivo tan sola, su conversación es
un regalo.”
Ana, deseando conocer más acerca de este placer, dijo:
-Lo creo. Mujeres de esta clase tienen muchas oportunidades, y
si son inteligentes, debe valer la pena escucharlas. ¡Tantas manifestaciones de
la naturaleza humana que tienen que conocer...! Y no únicamente de las
tonterías pueden aprender; también pueden ver cosas interesantes o
conmovedoras. ¡Cuántos ejemplos verán de ardiente y desinteresada abnegación,
de heroísmo, de fortaleza, de paciencia, de resignación... Todo conflicto y
todo sacrificio nos ennoblecen. El cuarto de un enfermo podría llenar el mejor
de los volúmenes.
-Sí -dijo, dudosa, Mrs. Smith-, alguna vez sucede, aunque la
mayoría de las veces los casos que esta mujer ve no son tan elevados como usted
supone. Alguna vez la naturaleza humana puede mostrarse grande en los momentos
de prueba, pero suelen primar las debilidades y no la fuerza en la habitación
de un enfermo. Son el egoísmo y la impaciencia más que la generosidad y la
fortaleza los que se ven allí. ¡Tan infrecuente es la verdadera amistad en el
mundo! Y por desdicha -hablando bajo y trémulo-, ¡hay tantos que olvidan pensar
con seriedad hasta que es demasiado tarde...!
Ana comprendió la dolorosa miseria de estos sentimientos. El
marido no había sido lo que debía, y había dejado a la esposa entre aquella
gente que ocupa un peor lugar en el mundo del que merecen. Ese momento de
emoción fue sin embargo, pasajero. Mrs. Smith se repuso y continuó en tono
inalterable:
-Dudo que la situación que tiene en el presente mi amiga Mrs.
Rooke sirva de mucho para entretenerme o enseñarme algo. Atiende a la señora
Wallis de Marlborough, según creo una mujer a la moda, bonita, tonta,
gastadora, y, naturalmente, nada podrá contarme sobre encajes y fruslerías. Sin
embargo, quizá, yo pueda sacar algún beneficio de Mrs. Wallis. Tiene mucho
dinero, y pienso que podrá comprarme todas las cosas caras que tengo ahora
entre manos.
Ana visitó varias veces a su amiga antes de que en Camden Place
sospecharan su existencia. Finalmente se hizo necesario hablar de ella. Sir
Walter, Isabel y Mrs. Clay volvían un día de Laura Place con una invitación de
la señora Dalrymple para la velada, pero Ana estaba ya comprometida a ir a
Westgate. Ella no lamentaba excusarse. Habían sido invitados, no le cabía duda,
porque Lady Dalrymple, a quien un serio catarro mantenía en casa, pensaba
utilizar la amistad de los que tanto la habían buscado. Así, pues, Ana se negó
rápidamente: “He prometido pasar la velada con una antigua compañera”. No les
interesaba nada que se relacionase con Ana, sin embargo hicieron más que
suficientes preguntas para enterarse de quién era esta antigua condiscípula.
Isabel manifestó desdén, y Sir Walter se puso severo.
-¡Westgate! -exclamó-. ¿A quién puede miss Ana Elliot visitar en
Westgate? A Mrs. Smith; una viuda llamada Mrs. Smith. ¿Y quién fue su marido?
Uno de los miles señores Smith que se encuentran en todas partes. ¿Qué
atractivos tiene? Que está vieja y enferma. Palabra de honor, miss Ana Elliot,
que tiene usted unos gustos notables. Todo lo que disgusta a otras personas:
gente inferior, habitaciones mezquinas, aire viciado, relaciones desagradables,
son gratas para usted. Pero tal vez podrás postergar la visita a esa señora. No
está tan próxima a morirse, según creo, que no puedas dejar la visita para
mañana. ¿Qué edad tiene? ¿Cuarenta?
-No, señor; aún no tiene treinta y un años. Pero no creo que
pueda dejar mi compromiso porque es la única tarde en bastante tiempo que nos
conviene a ambas. Ella va a los baños calientes mañana, y nosotros, bien lo
sabe usted, hemos comprometido ya el resto de la semana.
-Pero, ¿qué piensa Lady Russell de esta relación? -preguntó
Isabel.
-No ve en ella nada reprochable -repuso Ana-; ¡muy por el
contrario, lo aprueba! Casi siempre me ha llevado cuando he ido a visitar a
Mrs. Smith.
-Westgate debe estar sorprendido de ver un coche rodando sobre
su pavimento -observó Sir Walter-. La viuda de Sir Henry Russell no tiene armas
que pintar, pero, pese a ello, es el suyo un hermoso coche, sin duda digno de
llevar a miss Elliot. ¡Una viuda de nombre Smith que vive en Westgate!... ¡Una
pobre viuda que escasamente tiene con qué vivir y de treinta o cuarenta años!
¡Una simple y común Mrs. Smith, el nombre de todos en todo el mundo, haber sido
elegida como amiga de miss Elliot y ser preferida por ésta a sus relaciones de
familia de la nobleza inglesa e irlandesa! Mrs. Smith; ¡vaya un nombre!
Mrs. Clay, que había presenciado toda la escena, juzgó prudente
en ese momento abandonar el cuarto, y Ana hubiera deseado hacer en defensa de
su amiga, algunos comentarios acerca de los amigos de ellos, pero el natural
respeto a su padre la contuvo. No contestó. Dejó que comprendiera él por sí
mismo que Mrs. Smith no era la única viuda en Bath entre treinta y cuarenta
años, con escasos medios y sin nombre distinguido.
Ana cumplió su compromiso; los demás cumplieron el de ellos, y,
por supuesto, debió oír, a la mañana siguiente, que habían pasado una velada
encantadora. Ella fue la única ausente; Sir Walter e Isabel no solamente se
habían puesto al servicio de su señoría, sino que habían buscado a otras
personas, molestándose en invitar a Lady Russell y a Mr. Elliot; y Mr. Elliot
había dejado temprano al coronel Wallis, y Lady Russell había finalizado
temprano sus compromisos para concurrir. Ana supo, por Lady Russell, todos los
detalles adicionales de la velada. Para Ana, lo más importante era la
conversación sostenida con Mr. Elliot, quien, habiendo deseado su presencia,
estimó comprensibles sin embargo las causas que le impidieron ir. Sus
bondadosas y compasivas visitas a su antigua condiscípula parecían haber
encantado a Mr. Elliot. Creía éste que ella era una joven extraordinaria; en
sus maneras, carácter y alma, un prototipo excelente de femineidad. Las
alabanzas que de ella hacía igualaban a las de Lady Russell, y Ana entendió
claramente, por los elogios que de ella hacía este hombre inteligente, lo que
su amiga insinuaba en su relato.
Lady Russell tenía ya una opinión muy firme sobre mister Elliot.
Estaba convencida de su deseo de conquistar a Ana con el tiempo y no dudaba de
que la merecía, y pensaba cuántas semanas tardaría él en estar libre de las
ataduras creadas por su viudez y luto, para poder valerse abiertamente de sus
atractivos para conquistar a la joven. No dijo a Ana tan claramente cómo veía
ella el asunto; solamente hizo unas pequeñas insinuaciones de lo que bien
pronto ocurriría, es decir, de que él se enamorase y de la conveniencia de tal
alianza y la necesidad de corresponderle. Ana la escuchó y no lanzó ninguna
exclamación violenta; se limitó a sonreír, se ruborizó y sacudió la cabeza
suavemente.
-No soy casamentera, como tú bien sabes -dijo Lady Russell-,
conociendo como conozco la debilidad de todos los cálculos y determinación
humanos. Sólo digo que en caso que alguna vez Mr. Elliot se dirija a ti y tú lo
aceptes, tendrán la posibilidad de ser felices juntos. Será una unión deseada
por todo el mundo, pero, para mí será una unión feliz.
-Mr. Elliot es un hombre en extremo agradable, y en muchos
aspectos tengo una alta opinión de él -dijo Ana-, pero no creo que nos
convengamos el uno al otro.
Lady Russell no dijo nada al respecto, y continuó:
-Desearía ver en ti a la futura Lady Elliot, la castellana de
Kellynch, ocupando la mansión que fuera de tu madre, ocupando el puesto de ésta
con todos los correspondientes derechos, la popularidad que tenía y todas sus
virtudes. Esto sería para mí una gran recompensa. Eres idéntica a tu madre, en
carácter y en físico y sería fácil volver a imaginarla a ella si tú ocupas su
lugar, su nombre, su casa; si presidieras y bendijeras el mismo sitio;
solamente serías superior a ella por ser más apreciada. Mi queridísima Ana,
esto me haría más feliz que ninguna otra cosa en el mundo.
Ana se vio obligada a levantarse, a caminar hasta una mesa
distante y pretender ocuparse en algo para esconder los sentimientos que este
cuadro despertaba en ella. Por unos momentos su corazón y su imaginación
estuvieron fascinados. La idea de ser lo que su madre había sido, de tener el
nombre precioso de “Lady Elliot” revivido en ella, de volver a Kellynch, de
llamarlo nuevamente su hogar, su hogar para siempre, tenía para ella un encanto
innegable. Lady Russell no dijo nada más, dejando que el asunto se resolviera
por sí solo y pensando que Mr. Elliot no habría podido escoger mejor momento
para hablar. Creía, en una palabra, lo que Ana no. La sola imagen de Mr. Elliot
trajo a la realidad a Ana. El encanto de Kellynch y de “Lady Elliot”
desapareció. Jamás podría aceptarlo. Y no era sólo que sus sentimientos fueran
sordos a todo hombre con excepción de uno. Su claro juicio, considerando
fríamente las posibilidades, condenaba al señor Elliot.
Pese a conocerlo desde hacía más de un mes, no podía decir que
supiera mucho sobre su carácter. Que era un hombre inteligente y agradable, que
hablaba bien, que sus opiniones eran sensatas, que sus juicios eran rectos y
que tenía principios, todo esto era indiscutible. Ciertamente sabía lo que era
bueno y no podía encontrarle ella faltas en ningún aspecto de sus deberes
morales; pese a ello, no habría podido garantizar su conducta. Desconfiaba del
pasado, ya que no del presente. Los nombres de antiguos conocidos, mencionados
al pasar, las alusiones a antiguas costumbres y propósitos sugerían opiniones
poco favorables de lo que él había sido. Le era claro que había tenido malos
hábitos; los viajes del domin-go habían sido cosa común; hubo un período en su
vida (y posiblemente nada corto) en el que había sido negligente en todos los
asuntos serios; y, aunque ahora pensara de otra manera, ¿quién podía responder
por los sentimientos de un hombre hábil, cauteloso, lo bastante maduro como
para apreciar un bello carácter? ¿Cómo podría asegurarse que esta alma estaba
en verdad limpia?
Mr. Elliot era razonable, discreto, cortés, pero no franco. No
había tenido jamás un arrebato de sentimientos, ya de indignación, ya de
placer, por la buena o mala conducta de los otros. Esto, para Ana, era una
decidida imperfección. Sus primeras impresiones eran perdurables. Ella
apreciaba la franqueza, el corazón abierto, 'el carácter impaciente antes que
nada. El calor y el entusiasmo aún la cautivaban. Ella sentía que podía confiar
mucho más en la sinceridad de aquellos que en alguna ocasión podían decir
alguna cosa descuidada o alguna ligereza, que en aquellos cuya presencia de
ánimo jamás sufría alteraciones, cuya lengua jamás se deslizaba.
Mr. Elliot era demasiado agradable para todo el mundo. Pese a
los diversos caracteres que habitaban la casa de su padre, él agradaba a todos.
Se llevaba muy bien, se entendía de maravillas con todo el mundo. Había hablado
con ella con cierta franqueza acerca de Mrs. Clay, había parecido comprender
las intenciones de esta mujer y había exteriorizado su menosprecio hacia ella;
sin embargo, mistress Clay estaba encantada con él.
Lady Russell, quizá por ser menos exigente que su joven amiga,
no observaba nada que pudiese inspirar desconfianza. No podía encontrar ella un
hombre más perfecto que Mr. Elliot, y su más caro deseo era verlo recibir la
mano de su querida Ana Elliot, en la capilla de Kellynch, el siguiente otoño.
CAPITULO XVIII
Comenzaba febrero, y Ana, después de un mes en Bath, se
impacientaba por recibir noticias de Uppercross y Lyme. Deseaba saber más de lo
que podían darle a conocer las comunicaciones de María. Hacía tres semanas que
no sabía casi nada. Sólo sabía que Enriqueta estaba de nuevo en casa, y que
Luisa, aunque se recuperaba rápidamente, permanecía aún en Lyme. Y pensaba
intensamente en ellos una tarde cuando una carta más pesada que de costumbre,
de María, le fue entregada, y para aumentar el placer y la sorpresa, con los
saludos del almirante y de Mrs. Croft.
¡Los Croft debían pues estar en Bath! Una situación interesante.
Era gente hacia los que sentía una natural inclinación.
-¿Qué es esto? -exclamó Sir Walter-. ¿Los Croft han llegado a
Bath? ¿Los Croft que alquilan Kellynch? ¿Qué te han entregado?
-Una carta de Uppercross, señor.
Ah, estas cartas son pasaportes convenientes. Aseguran una
presentación. Hubiera visitado, de cualquier manera, al almirante Croft. Sé lo
que debo a mi arrendatario.
Ana no pudo escuchar más; no podía siquiera haber dicho cómo
había escapado la piel del pobre almirante; la carta monopolizaba su atención.
Había sido comenzada varios días antes:
“1 de febrero
“Mi querida Ana,
“No me disculpo por mi silencio porque sé lo que la gente opina
de las cartas en un lugar como Bath. Debes encontrarte demasiado feliz para
preocuparte por Uppercross, del que, como bien sabes, muy poco puede decirse.
Hemos tenido una Navidad muy aburrida; el señor y la señora Musgrove no han
ofrecido una sola comida durante todas las fiestas. No considero a los Hayter
gran cosa. Las fiestas, sin embargo, han terminado: creo que ningún niño las
haya tenido más largas. Estoy segura de que yo no las tuve. La casa fue
desalojada por fin ayer, con excepción de los pequeños Harville. Te sorprenderá
saber que durante este tiempo no han ido a su casa. Mrs. Harville debe ser una
madre muy dura para separarse así de ellos. Yo no puedo entender esto. En mi
opinión, no son nada agradables estos niños, pero Mrs. Musgrove parece gustar
de ellos tanto o quizá más que de sus nietos. ¡Qué tiempo tan espantoso hemos
tenido! Quizá no lo hayan sentido ustedes en Bath, debido a la pavimentación,
pero en el campo ha sido bastante malo. Nadie ha venido a visitarme desde la
segunda semana de enero, con la salvedad de Carlos Hayter, quien ha venido más
de lo deseado. Entre nosotras, te diré que creo que es una lástima que
Enriqueta no se haya quedado en Lyme tanto tiempo como Luisa; esto la hubiera
mantenido lejos de él. El carruaje ha partido para traer mañana a Luisa y a los
Harville. No cenaremos con ellos, sin embargo, hasta un día después, porque la
señora Musgrove teme que el viaje sea muy cansador para Luisa, lo que es poco
probable considerando los cuidados que tendrán con ella. Por otra parte, para
mí hubiera sido mucho mejor cenar con ellos mañana. Me alegro que encuentres
tan agradable a mister Elliot y yo también desearía conocerlo. Pero mi suerte
es así: nunca estoy cuando hay algo interesante; ¡soy siempre la última en mi
familia! ¡Qué larguísimo tiempo ha estado Mrs. Clay con Isabel! ¿Ha querido
marcharse alguna vez? Sin embargo, aunque ella dejara vacía la habitación, no
es probable que se nos invitase. Dime lo que piensas de esto. No espero que se
invite a mis niños, ¿sabes? Puedo dejarlos perfectamente en la Casa Grande por
un mes o seis semanas. En este momento oigo que los Croft parten casi ahora
mismo para Bath; creo que el almirante tiene gota. Carlos se ha enterado de
esto por casualidad; no han tenido la gentileza de avisarme u ofrecerme algo.
No creo que hayan mejorado como vecinos. No los vemos casi nunca, y ésta es una
grave desatención. Carlos une sus afectos a los míos, y quedo de ti con todo
cariño,
“María M.
“Lamento decir que estoy muy lejos de encontrarme bien y Jemima
acaba de decirme que el carnicero le ha dicho que abunda aquí el mal de
garganta. Imagino que voy a adquirirlo, y bien sabes que sufro de la garganta
más que cualquier otra persona”.
Así terminaba la primera parte, que había sido puesta en un
sobre que contenía mucho más:
“He dejado mi carta abierta para poder decirte cómo llegó Luisa,
y me alegro de haberlo hecho, porque tengo muchas más cosas que decirte. En
primer lugar recibí una nota de la señora Croft ayer, ofreciéndose a llevar
cualquier cosa que quisiera enviarte; en verdad, una nota muy cortés y
amistosa, dirigida a mí, tal como correspondía. Así, pues, podré escribirte tan
largamente como es mi deseo. El almirante no parece muy enfermo, y espero que
Bath le haga mucho bien. Realmente me alegraré de verlos a la vuelta. Nuestra
vecindad no puede perder esta familia tan agradable. Hablemos ahora de Luisa.
Tengo que comunicarte algo que te sorprenderá. Ella y los Harville llegaron el
martes perfectamente bien, y por la tarde le preguntamos cómo era que el
capitán Benwick no formaba parte de la comitiva, porque había sido invitado al
igual que los Harville. ¿A que no sabes cuál es la razón? Ni más ni menos que
se ha enamorado de Luisa, y no quiere venir a Uppercross sin tener una
respuesta de parte de Mr. Musgrove, porque entre ellos arreglaron ya todo antes
de que ella volviera, y él ha escrito al padre de ella por intermedio del
capitán Harville. Todo esto es cierto, ¡palabra de honor! ¿Estás atónita? Me
pregunto si alguna vez sospechaste algo, porque yo... jamás. Pero estamos
encantados; porque pese a que no es lo mismo que casarse con el capitán
Wentworth, es infinitamente mejor que Carlos Hayter; así pues, Mr. Musgrove ha
escrito dando su consentimiento, y estamos esperando hoy al capitán Benwick.
Mrs. Harville dice que su esposo añora muchísimo a su hermana, pero, de
cualquier manera, Luisa es muy querida por ambos. En verdad, yo y Mrs. Harville
estamos de acuerdo en que tenemos más afecto por ella por el hecho de haberla
cuidado. Carlos se pregunta qué dirá el capitán Wentworth, pero si haces
memoria recordarás que yo jamás creí que estuviera enamorado de Luisa; jamás
pude ver nada semejante. Y puedes imaginar que también es el fin, de suponer
que el capitán Benwick haya sido un admirador tuyo. Cómo Carlos pudo creer semejante
cosa, es algo que yo no comprendo. Espero que sea un poco más amable ahora.
Ciertamente no es éste un gran matrimonio para Luisa Musgrove, pero de todos
modos un millón de veces mejor que casarse con uno de los Hayter”.
María había acertado al imaginar la sorpresa de su hermana.
Jamás en su vida había quedado más boquiabierta. ¡El capitán Benwick y Luisa
Musgrove! Era demasiado maravilloso para creerlo. Y solamente haciendo un gran
esfuerzo pudo permanecer en el cuarto, conservando su aire tranquilo y
contestando a las preguntas del momento. Felizmente para ella, fueron bien
pocas. Sir Walter deseaba saber si los Croft viajaban con cuatro caballos y si
se hospedarían en algún lugar de Bath que permitiera que él y miss Elliot los
visitaran. Era lo único que parecía interesarle.
-¿Cómo está María? -preguntó Isabel-. ¿Y qué trae a los Croft a
Bath? -añadió sin esperar respuesta.
-Vienen a causa del almirante. Parece que sufre de gota.
-¡Gota y decrepitud! -exclamó Sir Walter-. ¡Pobre caballero!
-¿Tienen conocidos aquí? -preguntó Isabel.
-No lo sé; pero imagino que un hombre de la edad y la profesión
del almirante Croft debe de tener muy pocos conocidos en un lugar como éste.
-Sospecho -dijo fríamente Sir Walter- que el almirante Croft
debe ser mejor conocido en Bath como arrendatario de Kellynch. ¿Crees, Isabel,
que podemos presentarlos en Laura Place?
-¡Oh, no! No lo creo. En nuestra situación de primos de Lady
Dalrymple debemos cuidarnos de no presentarle a nadie a quien pudiere
desaprobar. Si no fuéramos sus parientes no importaría, pero somos primos y
debemos cuidar a quién presentamos. Será mejor que los Croft encuentren por sí
solos el nivel que les corresponde. Abundan por ahí muchos viejos de aspecto
desagradable que, según he oído decir, son marinos. Los Croft podrán
relacionarse con ellos.
Este era todo el interés que tenía la carta para su padre y
hermana. Cuando Mrs. Clay hubo pagado también su tributo, preguntando por Mr.
Carlos Musgrove y sus lindos niños, Ana se sintió en libertad.
Al quedarse sola en su habitación trató de comprender lo
acontecido. ¡Claro que podía Carlos preguntarse qué sentiría el capitán
Wentworth! Quizás había abandonado el campo, dejando de amar a Luisa; quizás
había comprendido que no la amaba. No podía soportar la idea de traición o
versatilidad o cualquier cosa semejante entre él y su amigo. No podía imaginar
que una amistad como la de ellos diera lugar a ningún mal proceder.
¡El capitán Benwick y Luisa Musgrove! La alegre, la ruidosa
Luisa Musgrove y el pensativo, sentimental, amigo de la lectura, Benwick,
parecían las personas menos a propósito la una para la otra. ¡Dos temperamentos
tan diferentes! ¿En qué pudo consistir la atracción? Pronto surgió la
respuesta: había sido la situación. Habían estado juntos varias semanas,
viviendo en el mismo reducido círculo de familia; desde la vuelta de
Enri-queta, debían haber dependido el uno del otro, y Luisa, reponiéndose de su
enfermedad, estaría más interesante, y el capitán Benwick no era inconsolable.
Esto ya lo había sospechado Ana con anterioridad, y en lugar de sacar de los
acontecimientos la misma conclusión que María, todo esto la afirmaba en la idea
de que Benwick había experi-mentado cierta naciente ternura hacia ella. Sin
embargo, en esto no veía una satisfacción para su vanidad. Estaba persuadida
que cualquier mujer joven y agradable que le hubiese escuchado pareciendo
comprenderle hubiera despertado en él los mismos sentimientos. Tenía un corazón
afectuoso y era natural que amase a alguien.
No veía ninguna razón para que no fueran felices. Luisa tenía
para empezar, entusiasmo por la Marina, y bien pronto sus temperamentos serian
semejantes. El adquiriría alegría y ella aprendería a entusiasmarse por Lord
Byron y Walter Scott; no, esto ya estaba sin duda aprendido; de seguro, se
habían enamorado leyendo versos. La idea de que Luisa Musgrove pudiera
convertirse en una persona de refinado gusto literario y reflexiva era por
cierto bastante cómica, pero no cabía duda de que así ocurriría. El tiempo
transcurrido en Lyme, la fatal caída de Cobb, podían haber influido en su
salud, en sus nervios, en su valor, en su carácter, hasta el fin de su vida,
tanto como parecían haber influido en su destino.
Se podía concluir que si la mujer que había sido sensible a los
méritos del capitán Wentworth podía preferir a otro hombre, nada debía ya
sorprender en el asunto. Y si el capitán Wentworth no había perdido por ello un
amigo, nada había que lamentar. No, no era dolor lo que Ana sentía en el fondo
de su corazón, a pesar de ella misma, y coloreaba sus mejillas el pensar que el
capitán Wentworth seguía libre. Se avergonzaba de escudriñar sus sentimientos.
¡Parecían ser de una grande e insensata alegría!
Deseaba ver a los Croft, pero cuando los encontró, comprendió
que éstos aún no sabían las novedades. La visita de ceremonia fue hecha y
devuelta, y Luisa Musgrove y el capitán Benwick fueron mencionados, sin que ni
siquiera sonrieran.
Los Croft se habían alojado en la calle Gay, lo que Sir Walter
aprobaba. Este no se sentía avergonzado en modo alguno de tal conocimiento. En
una palabra, hablaba y pensaba más en el almirante que lo que éste jamás pensó
o habló de él.
Los Croft conocían en Bath tanta gente como era su deseo, y
consideraban su relación con los Elliot como un asunto de pura ceremonia, y que
en lo absoluto les proporcionaba placer. Tenían el hábito campesino de estar
siempre juntos. El debía caminar para combatir la gota y Mrs. Croft parecía
compartir con él todo, y caminar junto a ella parecía hacerle bien al
almirante. Ana los veía en todas partes. Lady Russell la sacaba en su coche
casi todas las mañanas y ella jamás dejaba de pensar en ellos y de encontrarlos.
Conociendo como conocía sus sentimientos, los Croft constituían un atractivo
cuadro de felicidad. Los contemplaba tan largamente como le era posible y se
deleitaba creyendo entender lo que ellos hablaban mientras caminaban solos y
libres. De la misma manera le encantaba el gesto del almirante al saludar con
la mano a un antiguo amigo, y observaba la vehemencia de la conversación cuando
Mrs. Croft, entre un pequeño grupo de marinos, parecía tan inteligente e
interiorizada en asuntos náuticos como cualquiera de ellos.
Ana estaba demasiado ocupada por Lady Russell para hacer
caminatas, pero, pese a ello, ocurrió que una mañana, diez días después de la
llegada de los Croft, en que decidió dejar a su amiga y al coche en la parte
baja de la ciudad y volver a pie a Camden Place. Caminando por la calle Milsom
tuvo la suerte de encontrarse con el almirante. Estaba parado frente a una
vidriera, con las manos detrás, observando atentamente un grabado, y no sólo
hubiera podido pasar sin ser vista, sino que debió tocarlo y hablarle para que
reparase en ella. Cuando la vio y la reconoció, exclamó con su habitual buen
humor:
-¡Ah!, ¡es usted! Gracias, gracias. Esto es tratarme como a un
amigo. Aquí estoy, ya ve usted, contemplando un grabado. No puedo pasar frente
a esta vidriera sin detenerme: ¡Lo que han puesto aquí pretendiendo ser un
barco! Mire usted. ¿Ha visto algo semejante? ¡Qué individuos curiosos deben ser
los pintores para imaginar que alguien arriesgaría su vida en esa vieja y
desfondada cáscara de nuez! Y, sin embargo, vea usted allí a dos caballeros muy
cómodamente mirando las rocas y las montañas, sin preocuparse por nada, lo que
a todas luces es absurdo. Pienso en qué lugar ha podido construirse un barco
semejante -riendo-. No me atrevería a navegar en ese barco ni en un estanque.
Bueno -volviéndose-, ¿hacia dónde va? ¿Puedo hacer algo por usted o acompañarla
tal vez? ¿En qué puedo serle útil?
-En nada, gracias. A menos que quiera darme usted el placer de
caminar conmigo el corto trecho que falta. Voy a casa.
-Lo haré con muchísimo gusto. Y si lo desea, la acompañaré más
lejos también. Sí, juntos haremos más agradable el camino. Además, tengo algo
que decirle. Tome usted mi brazo; así está bien. No me siento cómodo si no
llevo una mujer apoyada en él. ¡Dios mío, qué barco! -añadió lanzando una
última mirada al grabado mientras se ponían en marcha.
-¿Usted quería decirme algo, señor?
-Así es. De inmediato. Pero allí viene un amigo: el capitán
Bridgen. No haré más que decirle: “¿Cómo está usted?”, al pasar. No nos
detendremos. “¿Cómo está usted?” Bridgen se sorprenderá de verme con una mujer
que no es mi esposa. Pobrecita, ha debido quedarse amarrada, en casa. Tiene una
llaga en el talón, mayor que una moneda de tres chelines. Si mira usted a la
vereda de enfrente verá al almirante Brand y a su hermano. ¡Unos desharrapados!
Me alegro de que no vengan por esta acera. Sofía los detesta. Me hicieron una
mala pasada una vez... Se llevaron algunos de mis mejores hombres. Ya le
contaré la historia en otra oportunidad. Allí vienen el viejo Sir Archibaldo
Drew y su nieto. Vea, nos ha visto. Besa la mano en su honor, la confunde a
usted con mi esposa. Ah, la paz ha venido demasiado aprisa para este señorito.
¡Pobre Sir Archibaldo! ¿Le agrada a usted Bath, miss Elliot? A nosotros nos
conviene mucho. Siempre nos en-contramos algún antiguo amigo; las calles están
repletas de ellos cada mañana. Siempre hay con quien conversar, y después nos
alejamos de todos y nos encerramos en nuestros aposentos, y ocupamos nuestras
sillas y estamos tan cómodamente como si nos encontráramos en Kellynch o como cuando
estábamos en el norte de Yarmouth o en Deal. Uno de nuestros aposentos no nos
agrada porque nos recuerda los que teníamos en Yarmouth. El viento se cuela por
uno de los armarios tal como que se colaba allá.
Cuando hubieron caminado un poco, Ana se atrevió a inquirir otra
vez qué era lo que él deseaba comunicarle. Ella había esperado que al alejarse
de la calle Milsom su curiosidad se vería satisfecha. Pero debió esperar aún
más, porque el almirante estaba dispuesto a no comenzar hasta que hubieran
llegado a la gran tranquilidad espaciosa de Belmont, y como no era la señora
Croft, no tenía más remedio que dejarlo hacer su voluntad. En cuanto iniciaron
el ascenso de Belmont, él comenzó:
-Bien, ahora oirá algo que la sorprenderá. Pero antes deberá
usted decirme el nombre de la joven de la que voy a hablar. Esa joven de la que
tanto nos hemos ocupado todos. La señorita Musgrove, la que sufrió el
accidente... su nombre de pila, siempre olvido su nombre de pila.
Ana se avergonzó de comprender tan presto de qué se trataba;
pero ahora podía sin problemas sugerir. el nombre de “Luisa”.
-Eso es, Luisa Musgrove, éste es el nombre. Desearía que las
muchachas no tuviesen tal cantidad de lindos nombres. Nunca olvidaría si todas
se llamasen Sofía o algún otro nombre por el estilo. Bien, esta señorita Luisa,
sabe usted, creíamos todos que se casaría con Federico. El le hacía la corte
desde hacía varias semanas. Lo único que nos sorprendía algo era tanta demora
en declararse hasta que ocurrió el accidente de Lyme. Entonces, por supuesto,
supimos que él debía esperar hasta que ella se recobrase. Pero aun así había
algo curioso en su manera de proceder. En lugar de quedarse en Lyme, se fue a
Plymouth y de allí se encaminó a visitar a Eduardo. Cuando nosotros volvimos de
Minehead se había ido a visitar a Eduardo y allí permaneció desde entonces. No
hemos vuelto a verlo desde el mes de noviembre. Ni Sofía puede entenderlo. Pero
ahora ocurre lo más extraño de todo, porque esta señorita, esta joven Musgrove,
en lugar de casarse con Federico se va a casar con James Benwick. Usted conoce
a James Benwick.
-Algo. Conozco un poco al capitán Benwick.
-Bien, ella se casará con él. Ya deberían estar casados, porque
no sé lo que están esperando.
-Considero al capitán Benwick un joven muy agradable -dijo Ana-
y tengo entendido que tiene excelente carácter.
-¡Oh, claro que sí! No hay nada que decir en contra de James
Benwick. Es solamente comandante, ¿sabe usted? Fue ascendido el último verano,
y éstos son malos tiempos para progresar, pero ésta es la única desventaja que
le conozco. Un individuo excelente, de gran corazón, y muy activo y celoso de
su carrera, puedo asegurarlo, cosa que por cierto usted no habrá sospechado,
porque sus ademanes suaves no revelan su carácter.
-En eso se equivoca usted, señor; jamás encontré falta de
entusiasmo en los modales del capitán Benwick. Lo encuentro particularmente
agradable, y puedo asegurarle que sus modales gustan a todo el mundo.
-Bien, las señoras son mejores jueces que nosotros. Pero James
Benwick es demasiado tranquilo a mi manera de ver, y aunque puede ser
parcialidad nuestra, Sofía y yo no podemos evitar encontrar mejores maneras en
Federico. Y creo que hay algo en Federico que está más de acuerdo con nuestro
gusto.
Ana estaba en la trampa. Sólo había querido oponerse a la idea
de que el entusiasmo y la gentileza eran incompatibles, sin decir por ello que
los modales del capitán Benwick fueran mejores, y después de un momento de
vacilación, dijo: “No he pensado comparar a los dos amigos...”, cuando el
almirante la interrumpió diciendo:
-El asunto es bien claro. No se trata de simple chismografía. Lo
hemos sabido por el mismo Federico. Su hermana recibió ayer una carta de él en
la que nos informa de todo, y él, a su vez, lo ha sabido por una carta de los
Harville, escrita de inmediato, desde Uppercross. Creo que están todos en
Uppercross.
Esta fue una oportunidad que Ana no pudo resistir. Así, pues,
dijo:
-Espero, almirante, que no haya en la carta del capitán
Wentworth nada que les intranquilice a ustedes. Parecía en verdad, el último
otoño, que había algo entre el capitán y Luisa Musgrove. Pero confío en que
haya sido una separación sin violencias para ninguna de las dos partes. Espero
que esta carta no trasunte amargura.
-En modo alguno, en modo alguno. No hay ni un juramento ni un
murmullo de principio a fin.
Ana dio vuelta el rostro para ocultar su sonrisa.
-No, no, Federico no es hombre que se queje; tiene demasiado
espíritu para ello. Si a la muchacha le gusta más otro hombre, con seguridad
ella está mejor destinada para éste...
-No hay duda de eso, pero lo que quiero decir es que espero que
no haya en la manera de escribir del capitán Wentworth nada que les haga pensar
que guarda algún resentimiento contra su amigo, lo que bien podría ser, aunque
no lo dijera. Lamentaría mucho que una amistad como la que ha habido entre él y
el capitán Benwick se destruyese o sufriese daño por una causa como ésta.
-Sí, sí, comprendo. Pero no hay nada semejante en la carta. No
lanza el menor dardo contra Benwick, ni siquiera dice: “Me sorprende, tengo mis
razones para sorprenderme”. No; por la manera de escribir jamás sospecharía
usted que miss... (¿cómo se llama?) hubiera podido interesarle. Muy amablemente
desea que sean felices juntos, y no hay nada rencoroso en ello, en mi opinión.
Ana no tenía igual convicción del almirante, pero era inútil
continuar preguntando. Por consiguiente, se dio por satisfecha, asintiendo
calladamente o diciendo alguna frase común a las opiniones del almirante.
-¡Pobre Federico! -dijo éste por último-. Debemos comenzar con
alguna cosa. Creo que debemos traerlo a Bath. Sofía debe escribirle y pedirle
que venga a Bath. Aquí hay muchas muchachas, estoy cierto. Es inútil volver a
Uppercross por la otra señorita Musgrove, porque según sé está prometida a su
primo, el joven pastor. ¿No cree usted, miss Elliot, que es mejor que venga a
Bath?
CAPITULO XIX
Mientras el almirante Croft paseaba con Ana y le expresaba su
deseo de que el capitán Wentworth fuese a Bath, éste ya se encontraba en camino.
Antes de que Mrs. Croft hubiera escrito, ya había llegado; y la siguiente vez
que Ana salió de paseo, lo vio.
Mr. Elliot acompañaba a sus dos primas y a Mrs. Clay. Se
encontraban en la calle Milsom cuando comenzó a llover; no muy fuerte, pero lo
bastante como para que las damas desearan refugiarse. Para miss Elliot fue una
gran ventaja tener el coche de Lady Dalrymple para regresar a casa, pues éste
fue avistado un poco más lejos; por tanto, Ana y Mrs. Clay entraron en Molland,
mientras Mr. Elliot se dirigía hacia el coche para solicitar ayuda. Pronto se
les unió nuevamente. Su intento, como era de esperar, había tenido éxito; Lady
Dalrymple estaba encantada de llevarlos a casa y estaría allí en pocos
momentos.
En el coche de su señoría sólo cabían cuatro personas
cómodamente. Miss Carteret acompañaba a su- madre, y por tanto no podía
esperarse que cupieran allí las tres señoras de Camden Place. Miss Elliot iría,
eso sin duda; estaba decidida a no sufrir ninguna molestia. Así, pues, el
asunto se convirtió en una cuestión de cortesía entre las otras dos señoras. La
lluvia era muy fina, de manera que Ana no tenía inconveniente en seguir
caminando en compañía de mister Elliot. Pero Mrs. Clay también encontraba que
la lluvia era inofensiva. Apenas lloviznaba, y por otra parte, ¡sus zapatos
eran tan gruesos!; mucho más gruesos que los de miss Ana. En una palabra,
estaba cortésmente ansiosa de caminar con Mr. Elliot, y ambas discutieron tan
educada y decididamente, que los demás debieron solucionarles el asunto. Miss
Elliot sostuvo que mistress Clay tenía ya un ligero resfriado y, al ser
consultado mister Elliot, decidió que los zapatos de su prima Ana eran los más
gruesos.
Se resolvió, por lo tanto, que Mrs. Clay ocuparía el coche, y
casi estaban ya decididos cuando Ana, desde su asiento cerca de la ventana, vio
clara y distintamente al capitán Wentworth caminando por la calle.
Nadie, salvo ella misma, se percató de su sorpresa. Y al
instante comprendió también que era la persona más simple y absurda del mundo.
Durante unos minutos no pudo ver nada de cuanto sucedía a su alrededor. Todo
era confusión, se sentía perdida. Cuando volvió en sí, vio que los otros
estaban aún esperando el coche y Mr. Elliot, siempre gentil, había ido a la
calle Unión por un pequeño encargo de Mrs. Clay.
Sintió Ana un intenso deseo de salir: deseaba ver si llovía.
¿Cómo podía pensarse que otro motivo la impulsara a salir? El capitán Wentworth
debía estar ya demasiado lejos. Dejó su asiento; una parte de su carácter era
insensata, como parecía, o quizás estaba siendo mal juzgada por la otra mitad.
Debía ver si llovía. Tuvo que volver a sentarse, sin embargo, sorprendida por
la entrada del mismo capitán Wentworth con un grupo de ami-gos y señoras, sin
duda conocidos que había encontrado un poco más abajo en la calle Milsom. Se
sintió visiblemente turbado y confundido al verla, mucho más de lo que ella
observara en otras ocasiones. Se sonrojó de arriba abajo. Por primera vez desde
que habían vuelto a encontrarse, se sintió más dueña de sí misma que él. Es verdad
que tenía la ventaja de haberlo visto antes. Todos los poderosos, ciegos,
azorados efectos de una gran sorpresa pudieron notarse en él. ¡Pero ella
también sufría! Los sentimientos de Ana eran de agitación, dolor, placer...,
algo entre dicha y desesperación.
El capitán le dirigió la palabra y entonces debió enfrentarse a
él. Estaba turbado. Sus gestos no eran ni fríos ni amistosos: estaba turbado.
Después de un momento, habló de nuevo. Se hicieron el uno al
otro preguntas comunes. Ninguno de los dos prestaba demasiada atención a lo que
decía, y Ana sentía que el azoramiento de él iba en aumento. Por conocerse
tanto, habían aprendido a hablarse con calma e indiferencia aparentes; pero en
esa ocasión él no pudo adoptar este tono. El tiempo o Luisa lo habían cambiado.
Algo había ocurrido. Tenía buen aspecto, y no parecía haber sufrido ni física
ni moralmente, y hablaba de Uppercross, de los Musgrove y de Luisa hasta con
alguna picardía; pese a ello, el capitán Wentworth no estaba ni tranquilo ni
cómodo ni era el que solía ser.
No la sorprendió, pero le dolió que Isabel fingiera no
reconocerlo. Wentworth vio a Isabel, Isabel vio a Wentworth y ambos se
reconocieron al momento -de esto no cabe duda-, pero Ana tuvo el dolor de ver a
su hermana dar vuelta la cara fríamente, como si se tratara de un desconocido.
El coche de Lady Dalrymple, por el que ya se impacientaba miss
Elliot, llegó en ese momento. Un sirviente entró a anunciarlo. Había comenzado
a llover de nuevo, y se produjo una demora y un murmullo y unas charlas que
hicieron patente que todo el pequeño grupo sabía que el coche de Lady Dalrymple
venía en busca de miss Elliot. Finalmente miss Elliot y su amiga, asistidas por
el criado, porque el primo aún no había regresado, se pusieron en marcha. El
capitán Wentworth se volvió entonces hacia Ana y por sus maneras, más que por
sus palabras, supo ella que le ofrecía sus servicios.
-Se lo agradezco a usted mucho -fue su respuesta-, pero no voy
con ellas. No hay lugar para tantos en el coche. Voy a pie. Prefiero caminar.
-Pero está lloviendo.
-Muy poco. Le aseguro que no me molesta.
Después de una pausa, él dijo:
-Aunque llegué recién ayer, ya me he preparado para el clima de
Bath, ya ve usted -señalando un paraguas-. Puede usted usarlo si es que desea
caminar, aunque creo que es más conveniente que me permita buscarle un asiento.
Ella agradeció mucho su atención, y repitió que la lluvia no
tenía importancia:
-Estoy esperando a Mr. Elliot; estará aquí en un momento.
No había terminado de decir esto cuando entró mister Elliot. El
capitán Wentworth lo reconoció perfectamente. Era el mismo hombre que en Lyme
se había detenido a admirar el paso de Ana, pero en ese momento sus gestos y
modales eran los de un amigo. Entró de prisa y pareció no ocuparse más que de
ella; pensar solamente en ella. Se disculpó por su tardanza, lamentó haberla
hecho esperar, y dijo que deseaba ponerse en marcha sin pérdida de tiempo,
antes de que la lluvia aumentase. Poco después se alejaron juntos, ella de su
brazo, con una mirada gentil y turbada. Apenas tuvo tiempo para decir
rápidamente: “Buenos días”, mientras se alejaba.
En cuanto se perdieron de vista, los señores que acompañaban al
capitán Wentworth se pusieron a hablar de ellos.
-Parece que a Mr. Elliot no le desagrada su prima, ¿no es así?
- ¡Oh, no! Esto es evidente. Ya podemos adivinar lo que ocurrirá
aquí. Siempre está con ellos, casi vive con la familia. ¡Qué hombre tan bien
parecido!
-Así es. Miss Atkinson, que cenó una vez con él en casa de los
Wallis, dice que es el hombre más encantador que ha conocido.
-Ella es muy bonita. Sí, Ana Elliot es muy bonita cuando se la
mira bien. No está bien decirlo, pero me parece mucho más bella que su hermana.
-Eso mismo creo yo.
-Esa también es mi opinión. No pueden compararse. Pero los
hombres se vuelven locos por miss Elliot. Ana es demasiado delicada para su
gusto.
Ana hubiera agradecido a su primo si éste hubiese marchado todo
el camino hasta Camden Place sin decir palabra. Jamás había encontrado tan
difícil prestarle atención, pese a que nada podía ser más exquisito que sus
atenciones y cuidados, y que los temas de su conversación eran como de
costumbre interesantes y cálidos; justos e inteligentes los elogios de Lady
Russell y delicadas sus insinuaciones sobre Mrs. Clay. Pero en esas
circunstancias ella sólo podía pensar en el capitán Wentworth. No lograba comprender
sus sentimientos; si realmente se encontraba despechado o no. Hasta no saberlo,
no podría estar tranquila.
Esperaba tranquilizarse, pero ¡Dios mío, Dios mío!... la
tranquilidad se negaba a llegar.
Otra cosa muy importante era saber cuánto tiempo pensaba él
permanecer en Bath; o no lo había dicho o ella no podía recordarlo. Era posible
que estuviese solamente de paso. Pero era más probable que pensase estar una
temporada. De ser así, siendo como era tan fácil encontrarse en Bath, Lady
Russell se toparía con él en alguna parte. ¿Lo reconocería ella? ¿Cómo se
darían las cosas?
Se había visto obligada a contar a Lady Russell que Luisa
Musgrove pensaba casarse con el capitán Benwick. Lady Russell no se había
sorprendido demasiado, y podía ocurrir por ello que, en caso de encontrarse con
el capitán Wentworth, ese asunto añadiera una sombra más al prejuicio que ya
sentía contra él.
A la mañana siguiente, Ana salió con su amiga y durante la
primera hora lo buscó incesantemente en las calles. Cuando ya volvían por
Pulteney, lo vio en la acera derecha a una distancia desde donde podía
observarlo perfectamente durante el largo trecho de recorrido por la calle.
Había muchos hombres a su alrededor; muchos grupos caminando en la misma
dirección, pero ella lo reconoció en seguida. Miró instintivamente a Lady
Russell, pero no porque pensase que ésta lo reconocería tan pronto como ella lo
había hecho. No, Lady Russell no lo vería hasta que se cruzaran con él. Ella la
miraba, sin embargo, llena de ansiedad.
Y cuando llegaba el momento en que forzosamente debía verlo, sin
atreverse a mirar de nuevo (porque comprendía que sus facciones estaban
demasiado alteradas), tuvo perfecta conciencia de que la mirada de Lady Russell
se dirigía hacia él; de que la dama lo observaba con mucha atención. Comprendió
la especie de fascinación que él ejercía sobre la señora, la dificultad que
tenía en quitar los ojos de él, la sorpresa que sentía ésta al pensar que ocho
o nueve años habían pasado sobre él en climas extraños y en servicios rudos,
sin que por ello hubiera perdido su prestancia personal.
Por fin Lady Russell volvió el rostro... ¿Hablaría de él?
-Le sorprenderá a usted -dijo- que haya estado absorta tanto
tiempo. Estaba mirando las cortinas de unas ventanas de las que ayer me
hablaron Lady Alicia y mistress Frankland. Me describieron las cortinas de la
sala de una de las casas en esta calle y en esa acera como unas de las más
hermosas y mejor colocadas de Bath. Pero no puedo recordar el número exacto de
la casa, y he estado buscando cuál podrá ser. Pero no he visto por aquí
cortinas que hagan honor a su descripción.
Ana asintió, se sonrojó y sonrió con lástima y desdén, bien por
su amiga, bien por sí misma. Lo que más la enojaba era que en todo el tiempo en
que había estado pendiente de Lady Russell había perdido la oportunidad de
darse cuenta de si él las había visto o no.
Uno o dos días pasaron sin que ocurriera nada nuevo. Los teatros
o los rincones que él debía frecuentar no eran lo suficientemente elegantes
para los Elliot, cuyas veladas transcurrían en medio de la estupidez de sus
propias reuniones, a las que prestaban cada vez más atención. Y Ana, cansada de
esta especie de estancamiento, harta de no saber nada, y creyéndose fuerte
porque su fortaleza no había sido puesta a prueba, esperaba impaciente la noche
del concierto. Era un concierto a beneficio de una persona protegida por Lady
Dalrymple. Como es natural, ellos debían ir. En realidad se esperaba que aquél
sería un buen concierto, y el capitán Wentworth era muy aficionado a la música.
Si sólo pudiera conversar con él nuevamente unos minutos, se daría por satisfecha.
En cuanto al valor para dirigirle la palabra, se sentía llena de coraje si la
oportunidad se presentaba. Isabel le había vuelto la cara, Lady Russell lo
miraba de arriba abajo, y estas circunstancias fortalecían sus nervios: sentía
que debía prestarle alguna atención.
En cierta ocasión había prometido a Mrs. Smith que pasaría parte
de la velada con ella, pero en una rápida visita pospuso tal compromiso para
otro momento, prometiendo una larga visita para el día siguiente. Mrs. Smith
asintió de buen humor.
-Sólo le pido -dijo- que me cuente usted todos los detalles
cuando venga mañana. ¿Quiénes van con usted?
Ana los nombró a todos. Mrs. Smith no respondió, pero cuando Ana
se iba, con expresión mitad seria, mitad burlona, dijo:
-Bien, espero que su concierto valga la pena. Y no falte usted
mañana, si le es posible. Tengo el presentimiento de que no tendré más visitas
de usted.
Ana se sorprendió y confundió. Pero después de un momento de
asombro, se vio obligada, y por cierto que sin lamentarlo mucho, a partir.
CAPITULO XX
Sir Walter, sus dos hijas y Mrs. Clay fueron esa noche los
primeros en llegar. Y como debían esperar por Lady Dalrymple decidieron
sentarse en el Cuarto Octogonal. Apenas se habían instalado cuando se abrió la
puerta y entró el capitán Wentworth; solo. Ana era la que estaba más cerca y,
haciendo un esfuerzo, se aproximó y le habló. El estaba dispuesto a saludar y a
pasar de largo, pero su gentil: “¿Cómo está usted, lo obligó a detenerse y a
hacer algunas preguntas pese al formidable padre y a la hermana que se
encontraban detrás. Que ellos estuvieran allí era una ayuda para Ana, pues no
viendo sus rostros podía decir cualquier cosa que a ella le pareciese bien.
Mientras hablaba con él un rumor de voces entre su padre e
Isabel llegó a sus oídos. No distinguió con claridad, pero adivinó de qué se
trataba; y viendo al capitán Wentworth saludar, comprendió que su padre había
tenido a bien reconocerlo y aún tuvo tiempo, en una rápida mirada, de ver
asimismo una ligera cortesía de parte de Isabel. Todo aquello, aunque hecho
tardíamente y con frialdad, era mejor que nada y alegró su ánimo.
Después de hablar del tiempo, de Bath y del concierto, su
conversación comenzó a languidecer, y tan poco podían ya decirse, que ella
esperaba que él se fuera de un momento a otro. Pero no lo hacía; parecía no
tener prisa en dejarla; y luego, con renovado entusiasmo, con una ligera
sonrisa, dijo:
-Apenas la he visto a usted desde aquel día en Lyme. Temo que
haya sufrido mucho por la impresión y, más aún, porque nadie la atendió a usted
en aquel momento.
Ella aseguró que no había sido así.
-¡Fue un momento terrible -dijo él-, un día terrible! -y se pasó
la mano por los ojos, como si el recuerdo fuera aún doloroso. Pero al momento
siguiente, volviendo a sonreír, añadió-: Ese día, sin embargo dejó sus
efectos... y éstos no son en modo alguno terribles. Cuando usted tuvo la
suficiente presencia de ánimo para sugerir que Benwick era la persona indicada
para buscar un cirujano, bien poco pudo usted imaginar cuánto significaría ella
para él.
-En verdad no hubiera podido imaginarlo. Según parece... según
espero, serán una pareja muy feliz. Ambos tienen buenos principios y buen
carácter.
-Sí -dijo él, sin evitar la mirada-, pero ahí me parece que
termina el parecido entre ambos. Con toda mí alma les deseo felicidad y me
alegra cualquier circunstancia que pueda contribuir a ello. No tienen
dificultades en su hogar, ni oposición ni ninguna otra cosa que pueda
retrasarlos. Los Musgrove se están portando según saben hacerlo, ho-norable y
bondadosamente, deseando desde el fondo de su corazón la mayor dicha para su
hija. Todo esto ya es mucho y podrán ser felices, mas quizá...
Se detuvo. Un súbito recuerdo pareció asaltarlo y darle algo de
la emoción que hacía enrojecer las mejillas de Ana, quien mantenía su vista
fija en el suelo. Después de aclararse la voz, prosiguió:
-Confieso creer que hay cierta disparidad, mejor dicho una gran
disparidad, y en algo que es más esencial que el carácter. Considero a Luisa
Musgrove una joven agradable, dulce y nada tonta, pero Benwick es mucho más. Es
un hombre inteligente, instruido, y confieso que me sorprendió un poco que se
enamorase de ella. Si éste fue efecto de la gratitud; que él la haya amado
porque creyó ser preferido por ella, es otra cosa muy distinta. Pero no tengo
razón para imaginar nada. Parece, por el contrario, haber sido un sentimiento
genuino y espontáneo de parte de él, y esto me sorprende. ¡Un hombre como él y
en la situación en que se encontraba! ¡Con el corazón herido, casi hecho
pedazos! Fanny Harville era una mujer superior, y el amor que por ella sentía
era verdadero amor. ¡Un hombre no puede olvidar el amor de una mujer así! No
debe... no puede.
Fuera que tuviese conciencia de que su amigo había olvidado o
por tener conciencia de alguna otra cosa, no prosiguió. Y Ana, que, pese al
tono agitado con que dijo lo que dijo, y pese a todos los rumores de la
habitación, el abrirse y cerrarse constante de la puerta, el ruido de personas
pasando de un punto a otro, no había perdido una sola palabra, se sintió
sorprendida, agradecida, confundida, y comenzó a respirar agitadamente y a
sentir cien impresiones a la vez. No le era posible hablar de ese asunto; sin
embargo, después de un momento, comprendió la necesidad de decir algo y no
deseando en modo alguno cambiar completamente de tema, lo desvió sólo un poco,
diciendo
-Estuvo usted mucho tiempo en Lyme, presumo.
-Unos quince días. No podía irme hasta estar seguro de que Luisa
se recobraría. El daño hecho me concernía demasiado para estar tranquilo. Había
sido mi culpa, sólo mi culpa. Ella no se hubiera obstinado de no haber sido yo
débil. El paisaje de Lyme es muy bonito. Caminé y cabalgué mucho, y cuanto más
vi, más cosas encontré que admirar.
-Me gustaría mucho ver Lyme nuevamente -dijo Ana.
-¿De veras? No creía que hubiera encontrado usted nada en Lyme
que pudiera inspirarle ese deseo. ¡El horror y la intranquilidad en que se vio
envuelta, la agitación, la pesadumbre! Hubiera creído que sus últimas
impresiones de Lyme habían sido ingratas.
-Las últimas horas fueron en verdad muy dolorosas -replicó Ana-,
pero cuando el dolor ha pasado, muchas veces su recuerdo produce placer. Uno no
ama menos un lugar por haber sufrido en él, a menos que todo allí no fuera más
que sufrimiento, puro sufrimiento. Y no es precisamente el caso de Lyme.
Solamente sufrimos intranquilidad y ansiedad en las últimas horas; antes nos
habíamos divertido mucho. ¡Tanta novedad y tanta belleza! He viajado tan poco
que cualquier sitio que veo me resulta en extremo interesante... Pero en Lyme
hay verdadera belleza. En una palabra -sonrojándose levemente al recordar
algo-, en conjunto, mis impresiones de Lyme son muy agradables.
Al terminar de hablar, se abrió la puerta del salón y entró el
grupo que estaban esperando. “Lady Dalrymple, Lady Dalrymple”, se oyó murmurar
en todas partes, y con toda la premura que permitía la elegancia, Sir Walter y
las dos señoras se levantaron para salir al encuentro de Lady Dalrymple, quien
junto a miss Carteret y escoltada por Mr. Elliot y el coronel Wallis, que
acababan de entrar en ese mismo instante, avanzó por el salón. Los otros se
unieron a éstos y formaron un grupo en el que Ana se vio a la fuerza incluida.
Se encontró separada del capitán Wentworth. Su interesante, quizá, demasiado
interesante conversación, debía interrumpirse por un tiempo; pero el pesar que
experimentó fue leve comparado con la dicha que tal conversación le había dado.
Había sabido en los últimos diez minutos más acerca de sus sentimientos hacia
Luisa, más acerca de todos sus sentimientos de lo que se hubiera atrevido a
pensar. Se entregó a las atenciones de la reunión, a las cortesías del momento,
con exquisitas y agitadas sensaciones. Estuvo de buen humor con todos. Había
recibido ideas que la predisponían a ser cortés y buena con todo el mundo, a
compadecer a todo el mundo, por ser menos dichosos - que ella.
Las deliciosas emociones se apagaron un poco cuando, separándose
del grupo para unirse nuevamente al capitán Wentworth, vio que éste había
desaparecido. Tuvo tiempo solamente de verlo entrar al salón de conciertos. Se
había ido... había desaparecido... sintió un momento de pesar. Pero volverían a
encontrarse. El la buscaría..., la hallaría antes de que hubiera terminado la
velada. Un momento de separación era lo mejor..., ella nece-sitaba una pausa
para recomponerse.
Con la llegada de Lady Russell poco después, el grupo se
completó, y ya sólo les quedaba dirigirse al salón de conciertos. Isabel, dando
el brazo a miss Carteret y marchando detrás de la vizcondesa viuda de
Dalrymple, no deseaba ver más allá de dicha dama y era perfectamente feliz en
ello: también lo era Ana, pero sería un insulto comparar la felicidad de Ana
con la de su hermana: una era vanidad satisfecha; la otra, cariño ge-neroso.
Ana no vio nada, no pensó nada del lujo del salón; su felicidad
era interior. Sus ojos refulgían y sus mejillas estaban animadas, pero ella no
lo sabía. Pensaba solamente en la última media hora y mientras ocupaban sus
asientos, en su pensamiento repasaba los detalles. La elección del tema de
conversación, sus expresiones, y más aún sus gestos y su fisonomía eran algo
que ella podía ver sólo de una manera. Su opinión acerca de la inferioridad de
Luisa Musgrove, opinión que parecía haber dado con gusto, su asombro ante los
sentimientos del capitán Benwick, los sentimientos de éste por su primer y
fuerte amor -las frases dejadas sin terminar-, su mirada algo esquiva, y más de
una rápida y furtiva mirada, todo aquello hablaba de que al fin volvía a ella;
el enfado, el resentimiento, el deseo de evitar su compañía habían
desaparecido. Y sus sentimientos no eran simplemente amistosos; tenían la
ternura del pasado; sí, algo había en ellos de la antigua ternura. El cambio no
podía significar otra cosa. Debía amarla.
Tales pensamientos y las visiones que acarreaban la ocupaban
demasiado para que se pudiese percatar de lo que ocurría a su alrededor, y así
pasó a lo largo del salón sin una mirada, sin siquiera tratar de verlo. Cuando
encontraron sus asientos y se hubieron ubicado, ella miró alrededor para ver si
lograba encontrarlo en aquella parte del salón, pero sus ojos no pudieron
descubrirlo. Como el concierto comenzaba, debió contentarse con una felicidad
más humilde.
El grupo fue dividido y ocuparon dos bancos contiguos. Ana
estaba en el frente, y Mr. Elliot se las arregló tan bien -con la complicidad
de su amigo el coronel Wallis- que quedó sentado cerca de ella. Miss Elliot,
rodeada por sus primas y con las atenciones del coronel Wallis, se daba por
satisfecha.
El espíritu de Ana estaba favorablemente dispuesto para
disfrutar de la velada: era lo que necesitaba. Tenía sentimientos tiernos,
espíritu alegre, atención para lo científico y paciencia para lo tedioso. Jamás
le había agradado más un concierto, al menos durante la primera parte. Al
terminar ésta, y mientras en el intermedio se .tocaba una canción italiana,
ella explicó a Mr. Elliot la letra de la canción. Entre ambos consultaban el
programa de la velada.
-Este -decía ella- es más o menos el significado de las
palabras, porque el sentido de una canción italiana de amor es algo que no debe
pronunciarse; éste es el sentido que le doy porque no pretendo entender el
idioma. He sido una mala alumna de italiano.
-Sí, ya me doy cuenta; veo que no sabe usted nada. No tiene más
conocimiento que para traducir estas torcidas, traspuestas y vulgares líneas
italianas en un inglés claro, comprensible, elegante. No necesita decir nada
más acerca de su ignorancia. Me atengo a las pruebas.
-No diré nada a tanta cortesía, pero no me agradaría ser
examinada por alguien fuerte en la materia...
-No he tenido el placer de visitar durante tanto tiempo Camdem
Place -contestó él- sin haber aprendido algo de miss Ana Elliot; la considero
demasiado modesta para que el mundo conozca la mitad de sus dones, y está tan
bien dotada por la modestia, que lo que en ella es natural, sería exagerado en
otra.
-¡Qué vergüenza, qué vergüenza... esto es pura adulación! No sé
lo que tendremos después -añadió, volviendo al programa.
-Quizá -dijo Mr. Elliot hablando bajo- conozco más su carácter
de lo que usted supone.
-¿De verdad? ¿Cómo es eso? Me conoce apenas desde que vine a
Bath, a menos que cuente lo que sobre mí oyó decir a mi familia.
-Oí hablar de usted mucho antes de que viniese usted a Bath. La
he oído describir por personas que la conocen de cerca. Conozco su carácter
desde hace largos años; su persona, su temperamento, sus maneras, todo me fue
descrito, todo se me detalló.
Mr. Elliot no se vio defraudado en el interés que pensaba
despertar. Nadie podía resistir el encanto de aquel misterio. Haber sido
descrita desde largo tiempo atrás a un nuevo conocido, por gente desconocida,
era irresistible. Y Ana estaba llena de curiosidad. Ella dudaba y lo interrogó
con interés, pero todo fue en vano. A él lo deleitaba que le preguntaran, pero
no pensaba decir nada.
No, no..., tal vez en otra ocasión, pero no en ese momento; no
diría ningún nombre. Pero eso había sido en realidad cierto. Varios años antes
había oído tal descripción de miss Ana Elliot, que desde entonces concibió la
más alta idea acerca de sus méritos y tuvo el más ardiente deseo de conocerla.
Ana no podía pensar en nadie más que hablase con tanta
parcialidad de ella, como no fuese Mr. Wentworth, el de Monkford, el hermano
del capitán Wentworth. Elliot debía haber estado alguna vez en compañía de
Wentworth, pero Ana no se atrevió a preguntar.
-El nombre de Ana Elliot -prosiguió él- tenía para mí desde
largo tiempo atrás el más poderoso atractivo. Por largo tiempo fue un
extraordinario acicate para mi fantasía, y si me atreviera, expresaría el deseo
de que este nombre encantador nunca cambiase.
Tales fueron, según le parecieron a ella, sus palabras; pero
apenas las oyó cuando escuchó tras de sí otras palabras que hicieron que todo
lo demás pareciese no importar. Su padre y Lady Dalrymple estaban hablando.
-Un hombre muy buen mozo -decía Sir Walter-, muy buen mozo.
-Un hermoso hombre en verdad -decía Lady Dalrymple-. Más porte
que la mayoría de las personas que encuentra uno en Bath. ¿Es acaso irlandés?
-No, conozco su nombre. Es apenas un conocido. Wentworth, el
capitán Wentworth de la Marina. Su hermana está casada con mi arrendatario de
Somersetshire, Croft, que alquila Kellynch.
Antes de que su padre hubiera terminado de hablar, Ana había
seguido su mirada y distinguía al- capitán Wentworth en un grupo de caballeros
a cierta distancia. Cuando ella lo miró, los ojos de él parecieron atraídos por
otra causa. Tal parecía. Ella había mirado un segundo más tarde de lo que
debió, y mientras ella permaneció con la vista fija, él no volvió a mirar. Pero
la interpretación comenzaba nuevamente y se vio obligada a prestar su atención
a la orquesta y a mirar al frente.
Cuando miró de nuevo, ya se había retirado. El no hubiera podido
aproximársele aunque lo hubiera deseado -ella estaba rodeada de demasiada
gente-, pero hubiera podido cambiar miradas con él en caso de haberlo querido.
El discurso de Mr. Elliot también la inquietaba.
No deseaba ya hablar con él. Hubiera deseado que no estuviese
tan cerca de ella.
La primera parte había terminado y ella esperaba algún cambio
grato. Después de un momento de silencio en el grupo, alguien decidió ir a
pedir té. Ana fue una de las pocas que prefirió no moverse. Permaneció en su
asiento y lo mismo hizo Lady Russell. Pero tuvo la suerte de verse libre de Mr.
Elliot. En modo alguno pensaba evitar a causa de Lady Russell la conversación
con el capitán Wentworth, si es que éste venía a hablarle. Por el gesto de Lady
Russell comprendió que ésta lo había visto.
Pero él no se acercó. En algunos momentos le pareció a Ana verlo
a distancia, pero él no se aproximó. El ansiado intervalo pasó sin que
ocurriera nada nuevo. Los demás volvieron, el salón se llenó nuevamente, los
asientos fueron reclamados y entregados, y otra hora de placer o de
disconformidad comenzaba; una hora de música que daría placer o aburrimiento
según la afición a la música fuese sincera o fingida. Para Ana, sería una hora
de agitación. No podría alejarse de allí tranquila sin haber visto al capitán
Wentworth una vez más, sin haber cambiado con él una mirada amistosa.
Al acomodarse nuevamente hubo algunos cambios en los lugares, y
eso la favoreció. El coronel Wallis rehusó sentarse de nuevo y Mr. Elliot fue
invitado por Isabel y miss Carteret a ocupar su puesto de una manera que no
dejaba lugar a negarse; y, por otra serie de cambios y un poco de diligencia de
su parte, Ana se encontró mucho más cerca del final del banco de lo que había
estado antes, mucho más cerca de los que pasaban. No pudo hacer esto sin
compararse a sí misma con miss Larolles -la inimitable miss Larolles-, pese a
lo cual lo hizo, pero los resultados no fueron felices. Con todo, haciendo lo
que parecía cortesía para sus compañeros, se encontró al borde del banco antes
de que el concierto terminase.
Allí se encontraba ella, con un gran espacio vacío delante,
cuando volvió a ver al capitán Wentworth. No se encontraba lejos. El también la
vio, pero su aire era ceñudo, irresoluto y sólo poco a poco llegó a acercarse
hasta poder hablar con ella. Ana comprendió que algo ocurría. El cambio operado
en él era indudable. La diferencia entre sus maneras en ese momento y las del
Cuarto Octogonal era evidente. ¿Qué había pasado?... Pensó en su padre, en Lady
Russell. ¿Sería posible que hubieran cambiado algunas miradas de des-agrado?
Comenzó a hablar gravemente del concierto; no parecía el capitán Wentworth de
Uppercross. Había sido defraudado en la representación; esperaba mejores voces
en los cantantes. En una palabra, confesaba que no le molestaba que ya todo hubiese
terminado. Ana respondió y defendió la representación tan bien y tan
gentilmente, que el rostro de él se alegró y respondió con una semisonrisa.
Hablaron unos minutos más durante los cuales sus relaciones mejoraron un poco.
El miraba al banco buscando un sitio donde sentarse, cuando un golpecito en el
hombro hizo volverse a Ana. Era Mr. Elliot. Pidió disculpas, pero necesitaba de
ella para otra traducción del italiano. Miss Carteret estaba ansiosa por tener
una idea general de lo que se cantaría. Ana no podía rehusar, pero jamás hizo
de tan mala gana un sacrificio en beneficio de la buena educación.
Unos pocos minutos, pese a hacerlos lo más rápidos posible, se
perdieron. Cuando pudo volver a lo que quería encontró delante de ella al
capitán Wentworth listo para despedirse, como si tuviera mucha prisa. Debía
despedirse; tenía que irse, llegar a casa cuanto antes.
-¿No se quedará usted para escuchar la próxima canción?
-preguntó Ana, repentinamente asaltada por una idea que le daba valor para
insistir.
-No -respondió él enfáticamente-, no hay nada por lo que valga
la pena quedarse -y se retiró sin más.
¡Estaba celoso de Mr. Elliot! Era la única razón posible. ¡El
capitán Wentworth celoso de ella! ¿Podía haberlo ella imaginado tres semanas
antes... tres horas antes? Por un instante sus sentimientos fueron deliciosos.
Pero ¡ay, pensamientos bien distintos brotaron después! ¿Cómo haría para borrar
aquellos celos? ¿Cómo hacerle saber la verdad? ¿Cómo, en medio de todas las
desventajas de sus respectivas situaciones, podría él llegar a saber jamás sus
verdaderos sentimientos? Era doloroso pensar en las atenciones de Mr. Elliot.
El mal que habían causado era incalculable.
CAPITULO XXI
Ana recordó complacida al día siguiente su promesa de visitar a
Mrs. Smith. Esto la tendría fuera de casa cuando fuese Mr. Elliot; evitar a Mr.
Elliot era entonces lo más importante.
Ella sentía muy buena disposición hacia él. A pesar del daño
causado por sus atenciones, le debía ella cierta gratitud, y quizá también algo
de compasión. No podía evitar pensar en las circunstancias poco corrientes en
que se habían encontrado por primera vez; en el derecho que tenía él de aspirar
a su afecto por todas las circunstancias, y por sus propios sentimientos. Todo
eso era singular... era halagador, pero doloroso. Había mucho que lamentar.
Cuáles hubieran sido sus sentimientos en caso de no haber existido un capitán
Wentworth, no valía la pena pensarlo. Pero existía un capitán Wentworth, y con
él la certeza de que cualquiera fuese el resultado de todo el asunto, el afecto
de Ana sería de él para siempre. El unirse a él, creía ella, no la alejaría más
de todos los hombres que el separarse de él.
Más hermosas meditaciones de amor y constancia eternos era
difícil que hubieran recorrido jamás las calles de Bath, y Ana se fue cavilando
desde Camden Place hasta Westgate. Esto era suficiente para esparcir
purificación y perfume en todo el camino.
Estaba segura de que tendría un recibimiento agradable. Su amiga
pareció esa mañana particularmente agradecida de su visita; no parecía haberla
esperado, aunque ella había prometido ir.
De inmediato pidió a Ana que le hiciera una descripción del
concierto; y los recuerdos que Ana tenía del mismo eran muy gratos y
encendieron sus mejillas; la divirtió contarlos. Todo lo que pudo decir lo
relató de muy buenas ganas. Pero lo que podía decir era poco para quien había
estado allí y también poco para satisfacer una curiosidad como la de Mrs.
Smith, quien ya se había enterado, por medio del mozo y de la planchadora, del
éxito de la velada, y de más cosas de las que ella podía contar. La dama preguntaba
por detalles sobre la concurrencia. Mrs. Smith conocía de nombre a todo el
mundo de alguna fama o notoriedad en Bath.
-Las pequeñas Durands estaban allí, me imagino -dijo-, con sus
bocas abiertas para escuchar la música. Parecerían gorriones esperando ser
alimentados. Jamás faltan a un concierto.
-Así es. Yo no las vi, pero oí decir a Mr. Elliot que estaban en
el salón.
-¿Los Ibbotsons estaban también? ¿Y las dos nuevas bellezas con
el oficial irlandés que hablaba con una de ellas?
-No me fijé ... no creo que estuvieran allí.
-¿Y la vieja Lady Maclean? Es inútil preguntar por ella. Nunca
falta, ya lo sé. Y usted debe haberla visto. Estaría muy cerca de ustedes,
porque como fueron ustedes con Lady Dalrymple, deben haber ocupado los sitios
de honor alrededor de la orquesta.
-No, esto me lo había temido. Hubiera sido muy desagradable para
mí en todos los aspectos. Pero felizmente, Lady Dalrymple prefiere situarse un
poco más lejos. Por otra parte, estuvimos maravillosamente bien ubicados en lo
que a oír se refiere. No digo lo mismo en cuanto a ver, porque en verdad pude
ver bastante poco.
-Oh, vio usted lo suficiente para divertirse. Entiendo bien. Hay
cierta alegría en ser conocida aun en medio de un grupo, y usted pudo disfrutar
de esa alegría. Eran ustedes un grupo grande y no necesitaban más.
-Pero debí mirar un poco más alrededor -dijo Ana, al mismo
tiempo que reparaba en que no era en realidad que hubiese dejado de mirar, sino
que buscaba sólo a uno.
-No, no, su tiempo estuvo mejor ocupado que eso. No necesita
decirme que se ha divertido. Esto se nota en seguida. Veo perfectamente cómo
han pasado las horas... cómo tenía usted algo grato que oír. En los intervalos,
naturalmente, la conversación.
Ana sonrió un poco y preguntó:
-¿Puede usted ver esto en mis ojos?
-Sí, puedo. Veo por su aspecto que anoche estaba usted en
compañía de la persona a quien juzga más amable del mundo, la persona que le
interesa más que todo el mundo reunido.
Ana se sonrojó y no pudo decir nada.
-Y siendo éste el caso -continuó Mrs. Smith después de una corta
pausa-, usted podrá juzgar cuánto aprecio su bondad al venir a verme esta
mañana. Es muy gentil de su parte venir a estar conmigo cuando posiblemente
deben ir a visitarla personas más de su agrado.
Ana no oyó nada de esto. Estaba aún confundida y azorada por la
penetración de su amiga, y no podía imaginar cómo había llegado a enterarse de
lo del capitán Wentworth. Hubo otro silencio...
-Por favor -dijo Mrs. Smith-. ¿Sabe Mr. Elliot de su amistad
conmigo? ¿Sabe que estoy en Bath?
-Mr. Elliot -dijo Ana, sorprendida. Un momento de reflexión le
señaló el error en que incurría. Lo comprendió al instante, y recobrándose al
sentirse segura añadió más compuesta-: ¿Conoce usted a mister Elliot?
-Le he conocido mucho -replicó Mrs. Smith gravemente-. Pero esto
ya parece haber desaparecido. Hace mucho-tiempo que nos conocimos.
-No lo sabía. Jamás me lo había dicho usted. De haberlo sabido
hubiera tenido el placer de conversar con él acerca de usted.
-A decir verdad -dijo Mrs. Smith con su acostumbrado buen
humor-, éste es un placer que deseo que usted tenga. Deseo que hable de mí con
Mr. Elliot. Deseo que se interese en hacerlo. El puede ser de gran utilidad
para mí. Y naturalmente, mi querida miss Elliot, si usted se interesa está de
más decir que él hará por mí lo que pueda.
-Tendré sumo placer... Creo que no puede usted dudar de mi deseo
de ser útil -replicó Ana-, pero creo que supone que tengo demasiado ascendiente
sobre mister Elliot, más razones para influir sobre él de las que realmente
hay. No dudo de que de una manera u otra esta versión ha llegado hasta usted.
Pero debe considerarme solamente como una parienta de Mr. Elliot. Si en esta
forma cree que hay algo que una prima pueda pedir a un primo, le ruego que no
vacile en contar con mis servicios.
Mrs. Smith le lanzó una mirada penetrante y, sonriendo, añadió:
-Me doy cuenta de que he ido muy de prisa. Le ruego me disculpe.
Debí esperar que usted me lo comunicara. Pero ahora, mi querida miss Elliot,
como a una vieja amiga, dígame cuándo podremos hablar del asunto. ¿La próxima
semana? Seguramente la semana próxima todo estará arreglado y podré dedicarme a
pensar en la felicidad que espera a miss Elliot.
-No -respondió Ana-, ni la semana que viene, ni la que vendrá
después, ni la siguiente. Le aseguro que nada de lo que imagina se arreglará en
el futuro. No me casaré con Mr. Elliot. Me agradaría saber por qué se ha hecho
usted semejante idea.
Mrs. Smith la miró fijamente, sonrió y sacudiendo la cabeza
añadió:
-¡Vamos, no la comprendo a usted! ¡Cómo me hubiera gustado
conocer su punto de vista! Pero espero que no será tan cruel cuando llegue el
momento. Hasta que este instante llegue, sabe usted que las mujeres no tenemos
en realidad a nadie. Entre nosotras, todo hombre es rehusado... hasta que se
declara. Pero ¿por qué había de ser usted cruel? Déjeme abogar por mi... no
puedo llamarlo amigo ahora..., por mi antiguo amigo. ¿Dónde podrá encontrar
usted un matrimonio más ventajoso? ¿Dónde encontrará un hombre más caballero o
más gentil? Deje que le recomiende a mister Elliot. Estoy convencida de que no
oirá usted más que elogios de él de parte del coronel Wallis, y, ¿quién puede
conocerle mejor que el coronel Wallis?
-Mi querida Mrs. Smith, la esposa de Mr. Elliot murió hace poco
más de medio año. No debiera nadie imaginar que él anda cortejando aún a
alguien más.
-¡Oh, sí! ¡Este es el único inconveniente...! -dijo Mrs. Smith
con vehemencia-. Mr. Elliot está a salvo y no me preocuparé más por él. No se
olvide de mí cuando se haya casado, es todo cuanto le pido. Hágale saber que
soy amiga suya y entonces pensará que es muy poca la molestia que yo le
ocasione, lo que indudablemente ocurriría ahora con tanto negocio y compromisos
como él tiene, tantas cosas e invitaciones de las que se ve libre como puede.
El noventa y nueve por ciento de los hombres haría lo mismo. Naturalmente él no
puede saber cuánta importancia pueden tener ciertas cosas para mí. Bien, mi
querida miss Elliot, quiero y espero que sea muy feliz. Mr. Elliot es hombre
que comprenderá lo que usted vale. Su paz no se verá turbada como se vio la
mía. Estará usted a resguardo de todo y podrá confiar en su carácter. No será
un hombre que se deje llevar por otros hacia su ruina.
-Sí -dijo Ana-, creo muy bien todo lo que usted dice de mi
primo. Parece tener un temperamento sereno y decidido, poco abierto a
impresiones peligrosas. Tengo gran respeto por él. No tengo motivo para hacer
otra cosa, de acuerdo con lo que en él he podido observar. Pero lo conozco muy
poco, y no es hombre, al menos así me parece, que pueda conocerse así como así.
¿No le convence a usted mi manera de hablar de que él no significa nada
especial para mí? Mi discurso es bastante tranquilo. Y le doy mi palabra de
honor de que él no es nada para mí. En caso que se me declare (y tengo bien
pocos moti-vos para pensar que lo hará) no lo aceptaré. Le aseguro que no lo
aceptaré. Le aseguro que Mr. Elliot no ha tenido nada que ver en el placer que
usted ha creído que experimenté anoche. No, no es Mr. Elliot quien...
Se detuvo, ruborizándose profundamente y comprendiendo que había
dicho demasiado. Pero este demasiado fue en el acto entendido. Mrs. Smith no
hubiera entendido el fracaso de Mr. Elliot de no imaginar que había otra
persona. Cuando comprendió esto, sin dilación admitió el fracaso de su
protegido, y no dijo nada más. Pero Ana, deseosa de pasar por alto el
incidente, estaba impaciente por saber de dónde había sacado Mrs. Smith la idea
de que ella debía casarse con mister Elliot o de quién la había oído.
-¿Quiere usted decirme cómo se le ocurrió pensar tal cosa?
-Al principio dijo Mrs. Smith- fue al saber cuánto tiempo
pasaban ustedes juntos, y me parecía que era, además, lo más deseable para
cualquiera de ustedes dos. Y puede dar por sentado que todos sus conocidos
piensan lo mismo que yo pensaba. Pero nadie me habló de ello hasta hace dos
días.
-¿En realidad se ha hablado de ello?
-¿Observó a la mujer que le abrió la puerta cuando vino usted
ayer?
-No. ¿No era Mrs. Speed, como de costumbre, o bien la doncella?
No vi a nadie en particular.
-Era mi amiga Mrs. Rooke, la enfermera Rooke, quien,
naturalmente, tenía gran curiosidad por verla a usted, y estuvo encantada de
abrirle la puerta. Regresó de Malborough el domingo, y fue ella quien me dijo
que usted se casaría con Mr. Elliot. Ella se lo ha oído decir a la misma señora
Wallis, quien debe estar bien informada. Estuvo aquí el lunes durante una hora,
y me contó toda la historia.
-¡Toda la historia! -dijo Ana-. No puede haber hecho una larga
historia de un asunto tan pequeño y mal fundado.
Mrs. Smith no respondió.
-Pero -prosiguió Ana- aunque no sea cierto que tenga algo que
ver con Mr. Elliot, haré cuanto pueda por usted. ¿Debo decirle que se encuentra
en Bath? ¿Desea usted que le dé algún mensaje?
-No, gracias. No. En el calor del momento y bajo una
circunstancia equivocada yo puedo tal vez haber pedido su interés en estos
asuntos. Pero ahora ya no. Le ruego que no se moleste por esto.
-Creo que ha dicho que conoce a Mr. Elliot desde hace largos
años, ¿no?
-Así es.
-No antes de que él se casara, imagino.
-No estaba casado cuando lo conocí.
-Y... ¿eran ustedes muy amigos?
-Intimos.
-¡De veras! Dígame, entonces, qué clase de persona era él. Tengo
gran curiosidad por saber cómo era mister Elliot en su juventud. ¿Se parecía a
lo que es hoy?
-Hace tres años que no veo a Mr. Elliot -dijo mistress Smith con
su natural cordialidad-. Le ruego me perdone las cortas respuestas que le he
dado, pero he dudado sobre lo que tenía que hacer. He dudado si debía decirle
algo a usted. Hay muchas cosas que deben ser tenidas en cuenta. Es odioso ser
demasiado oficioso, causar malas impresiones, causar mal. Pero la amistad de
los parientes merece ser conservada, aun cuando no haya nada bajo la
superficie. Pero de cualquier manera, estoy resuelta, y creo que hago bien.
Creo que debe usted conocer el verdadero carácter de Mr. Elliot. Aunque por el
momento no parece usted tener la menor intención de aceptarlo, nadie puede
decir lo que puede ocurrir. Quizás alguna vez sienta de otra manera con
respecto a él. Oiga, pues, la verdad, ahora que ningún prejuicio turba su
mente. Mister Elliot es un hombre que no tiene ni corazón ni conciencia; un ser
egoísta, de sangre fría, que no piensa más que en sí mismo y que, por su propio
interés, no vacilaría en cometer cualquier crueldad, cualquier traición,
cualquier cosa que no se vuelva más tarde contra él. No tiene sentimientos por
los demás. A aquellos de los cuales ha sido él el principal motivo de ruina
puede dejarlos y abandonarlos sin el menor problema de conciencia. Está más
allá de todo sentimiento de justicia o compasión. Oh, su corazón es negro.
¡Negro y vacío!
La sorpresa de Ana y sus exclamaciones de sorpresa la hicieron
detenerse, y con aire más tranquilo prosiguió:
-Mis expresiones la sorprenden. Creerá usted que soy una mujer
enfurecida e injuriada, pero trataré de hablar más tranquila: no lo calumniaré.
Le diré solamente lo que yo sé de él. Los hechos hablarán por sí solos. El era
el íntimo amigo de mi difunto esposo, en quien confiaba, y a quien quería y
creía tan bueno como él. Encontré yo al casarme que eran íntimos amigos, y yo
también simpaticé muchísimo con Mr. Elliot, y tenía el mejor concepto de él. A
los diecinueve años, sabe usted que uno no piensa muy en serio. Pero Mr. Elliot
me parecía tan bueno como cualquier otro, y más agradable que muchos, y siempre
estábamos juntos. Estábamos en la ciudad y vivíamos en gran estilo. El era
entonces inferior a nosotros; él era el pobre; tenía habitaciones en el Temple,
y esto era lo más que podía hacer para mantener su apariencia de caballero.
Venía a parar en nuestra casa siempre que lo deseaba; era siempre bienvenido
allí; era para nosotros como un hermano. Mi pobre Carlos, que tenía el corazón
más bondadoso y más generoso del mundo, hubiera compartido con él hasta el
último céntimo; me consta que sus bolsillos estaban siempre abiertos para su
amigo; estoy segurísima de que en varias ocasiones le prestó ayuda.
-Este debe ser el período de la vida de Mr. Elliot -dijo Ana-
que ha excitado siempre mi curiosidad. Debe haber sido en este tiempo cuando se
hizo desconocido de mi padre y mi hermana. Yo no lo conocía entonces, solamente
oía hablar de él; pero algo hubo en su conducta en aquella época, en lo que
concernía a mi padre y a mi hermana, y poco después al casarse, con lo que
nunca he podido reconciliarme hasta ahora. Parecía como si se tratara de un
hombre distinto.
-Ya lo sé, ya lo sé -exclamó Mrs. Smith-. El fue presentado a
Sir Walter y a su hermana antes de que yo lo conociera, pero le oí hablar mucho
de ellos. Sé que fue invitado y solicitado, y sé también que jamás acudió a una
invitación. Puedo darle a usted, quizá, detalles que ni sospecha. Por ejemplo,
respecto a su matrimonio, estoy enterada de todas las circunstancias. Conozco
todos los pros y los contras. Yo era la amiga a quien él confiaba sus
esperanzas y planes, y aunque no conocí a su esposa con anterioridad (su
situación inferior en sociedad hacía esto imposible), la conocí mucho después,
en los dos últimos años de su vida, y así, puedo responder a cualquier pregunta
que desee hacerme.
-No -dijo Ana-, no tengo ninguna pregunta particular que hacerle
acerca de ella. He sabido siempre que no eran un matrimonio feliz. Pero me
gustaría saber por qué razón, por aquella época, él evitaba la relación con mi
padre. Mi padre tenía hacia él la mejor buena voluntad. ¿Por qué lo rehuía Mn
Elliot?
Mr. Elliot -respondió Mrs. Smith- tenía por aquel entonces una
sola idea: hacer fortuna, y por cualquier medio y rápidamente. Se había
propuesto hacer un matrimonio ventajoso. Y sé que creía (si con razón o no, no
puedo asegurarlo) que su padre y su hermana con sus invitaciones y cortesías
deseaban una unión entre el heredero y la joven; y como es de suponer, dicho
matrimonio no satisfacía sus aspiraciones de bienestar e independencia. Este
fue el motivo por el que se mantenía alejado, puedo asegurárselo. El mismo me
lo ha contado. No tenía secretos para mí. Es curioso que, luego de haberla
dejado a usted en Bach, el primer y más importante amigo que tuve después de
casada haya sido su primo, y que por él haya tenido constantes noticias de su
padre y de su hermana. El me describía a una miss Elliot y esto me parecía muy
afectuoso de su parte.
-Quizá -dijo Ana asaltada por una súbita idea-, habló usted de
mí algunas veces con Mr. Elliot.
-Ciertamente, y con mucha frecuencia. Acostumbraba alabar a Ana
Elliot y a asegurar que era usted una persona bien diferente a...
Se detuvo a tiempo.
-Esto tiene que ver con algo que Mr. Elliot dijo anoche -exclamó
Ana-. Esto lo explica todo. Me enteré de que se había acostumbrado a oír hablar
de mí. No pude saber cómo o por quién. ¡Qué imaginación loca tenemos cuando se
trata de cualquier cosa relacionada con nuestra querida persona! ¡Cuánto
podemos equivocamos! Pero le ruego que me perdone; la he interrumpido. ¿Así,
pues, Mr. Elliot se casó por dinero? Fue esta cir-cunstancia, imagino, la que
por primera vez le hizo a usted entrever su verdadero carácter.
Mrs. Smith vaciló un momento.
-Oh, estas cosas suelen suceder. Cuando se vive en el mundo no
es nada sorprendente encontrar hombres y mujeres que se casan por dinero. Yo
era muy joven; éramos un grupo alegre e irreflexivo, sin ninguna regla de
conducta seria. Vivíamos para divertimos. Pienso muy de otra manera ahora; el
tiempo, la enfermedad y el pesar me han dado otras nociones de las cosas; pero
por aquel entonces debo confesar que no vi nada reprobable en la conducta de
Mr. Elliot. “Hacer lo mejor para uno mismo”, era casi nuestro deber.
-Pero, ¿no era ella una mujer muy inferior?
-Sí, y yo puse ciertas objeciones por esto, pero él no las tomó
en cuenta. Dinero, dinero, era lo único que deseaba. El padre de ella había
sido ganadero, y su abuelo, carnicero, pero ¿qué importaba esto? Ella era una
buena mujer, tenía educación; había sido criada por unos primos. Conoció por
casualidad a Mr. Elliot y se enamoró de él. Y por parte de él no hubo ni una
vacilación ni un escrúpulo en lo que respecta al origen de ella. Su único
interés era saber a cuánto ascendía la fortuna antes de comprometerse en serio.
Si juzgamos por esto, cualquiera sea la opinión que sobre su posición en la
vida tiene ahora Mr. Elliot, cuando joven la consideraba bien poco. La
posibilidad de heredar Kellynch era algo quizá, pero en general, en lo que
concierne al honor de la familia, lo colocaba bien bajo y poco limpio. Muchas
veces le he oído decir que si las baronías fuesen vendibles él vendería la suya
por cincuenta libras, con las armas, el lema, el nombre y la tierra incluidos.
Pero no le repetiré la mitad de las cosas que decía sobre este asunto. No
estaría bien que lo hiciera. Y sin embargo, debería tener usted pruebas,
porque, ¿qué es esto sino simples palabras? Debería tener usted pruebas.
-En verdad, mi querida Mrs. Smith, no necesito ninguna -exclamó
Ana-. No ha dicho usted nada que parezca contradictorio con lo que Mr. Elliot
era en esa época. Esto más bien confirma lo que nosotros creíamos y oíamos. Lo
que despierta mi curiosidad es saber por qué es ahora tan diferente.
-Encantada; no tiene usted más que llamar a María. O mejor aún,
le daré a usted la satisfacción de que traiga por sí misma una pequeña caja que
está en el estante más alto de mi ropero.
Ana, viendo que su amiga deseaba esto vehementemente hizo lo que
se le pedía. Llevó y colocó la caja delante de ella, y Mrs. Smith, inclinándose
y abriéndola, dijo:
-Esto está lleno de papeles pertenecientes a él, a mi marido;
sólo una pequeña parte de lo que encontré cuando quedé viuda. La carta que
busco fue escrita por mister Elliot a mi esposo antes de nuestro matrimonio, y
felizmente pudo salvarse. ¿Cómo? No sabría decirlo. El era descuidado y
negligente, como muchos otros hombres, en esta materia. Y cuando examino sus
papeles encuentro una porción de cosas sin importancia, cuando otros realmente
valiosos han sido destruidos. Aquí está. No la he quemado porque aun conociendo
por aquel entonces poco de Mr. Elliot, decidí guardar pruebas de la amistad que
hubo entre nosotros. Tengo ahora otro motivo para alegrarme de haberlo hecho.
La carta estaba dirigida a “Charles Smith, Esq. Tunbridge
Wells”, y estaba fechada en Londres en julio de 1803.
“Querido Smith,
“He recibido su carta. Su bondad me abruma. Desearía que la
naturaleza hubiese hecho más corazones como el suyo, pero he vivido veintitrés
años en el mundo sin encontrar a nadie que se le iguale. En estos momentos, se
lo aseguro, no necesito sus servicios porque dispongo otra vez de fondos.
Felicíteme usted: me he visto libre de Sir Walter y de su hija. Han vuelto a
Kellynch y casi me han hecho jurar que los visitaré este verano; pero mi
primera visita a Kellynch será con un agrimensor, lo que me indicará la manera
de obtener la mayor ventaja. El barón, posiblemente, no se casará de nuevo. Es
un imbécil. En caso de hacerlo, sin embargo me dejarían en paz, lo cual sería
una compensación. Está aún peor que el último año.
“Desearía llamarme de cualquier manera menos Elliot. Me fastidia
este nombre. ¡El nombre de Walter puedo dejarlo a Dios gracias! Desearía que
nunca volviera a insultarme usando mi segunda W. también. En tanto quedo por
siempre afectísimo amigo.
“Wm. Elliot.”
Ana no pudo leer esta carta sin exaltarse y mistress Smith,
observando el color de sus mejillas, dijo:
-Este lenguaje, bien lo comprendo, es sumamente irrespetuoso.
Aunque había olvidado las palabras exactas, tenía una impresión general
imborrable. Pero ahí tiene usted al hombre. Señala también el grado de amistad
que tenía con mi difunto esposo. ¿Puede haber algo más fuerte que esto?
Ana no podía recobrarse del dolor y la mortificación que le
causaban las palabras referidas a su padre. Debió recordar que el haber visto
esta carta era en sí una violación de las leyes del honor, que nadie debe ser
juzgado por testimonios de esta naturaleza, que ninguna correspondencia privada
debe ser vista más que por aquellas personas a quienes está dirigida. Todo esto
debió recordarlo antes de recobrar su calma y poder decir:
-Gracias. Esta es una completa prueba de lo que usted estaba
diciendo. Pero ¿a qué se debe su amistad con nosotros ahora?
-También esto puedo explicarlo -dijo Mrs. Smith sonriendo.
-¿Puede en realidad?
-Sí. Le he enseñado a usted cómo era Mr. Elliot hace doce años y
le demostraré ahora cuál es su carácter actual. No puedo proporcionarle esta
vez pruebas escritas, pero mi testimonio oral será tan auténtico como usted
quiera. La informaré sobre lo que desea y busca ahora. No es hipócrita
actualmente. Es verdad que desea casarse con usted. Sus atenciones hacia su
familia son ahora sinceras, brotan en verdad del corazón. Le diré por quién lo
sé: por su amigo el coronel Wallis.
-¡El coronel Wallis! ¿También lo conoce?
-No, no lo conozco. Las noticias no me han llegado tan
directamente. Han dado algunas vueltas: nada de importancia. La fuente de
información es tan buena como al principio, y los pequeños detalles que puedan
haberse agregado son fáciles de discernir. Mr. Elliot ha hablado con el coronel
Wallis sin ninguna reserva sobre usted. Lo que el coronel Wallis le pueda haber
dicho acerca de este asunto imagino debe ser algo sensato e inteligente; pero
el coronel Wallis tiene una esposa bonita y tonta a quien le dice cosas que
debiera guardar para sí. Esta, en la animación del restablecimiento de una
enfermedad, le contó todo a su enfermera, y la enfermera, conociendo su amistad
conmigo, no tardó en traerme las nuevas. En la noche del lunes, mi buena amiga
mistress Rooke me reveló los secretos de Marlborough. Así, pues, cuando le
relate a usted una historia de ahora en adelante, puede tenerla por cierto bien
informada.
-Mi querida Mrs. Smith, me temo que su información no sea
suficiente en este caso. El hecho de que mister Elliot tenga ciertas
pretensiones o no con respecto a mí no basta para justificar los esfuerzos que
ha hecho para reconciliarse con mi padre. Estos fueron anteriores a mi llegada
a Bath. Encontré que él era muy amigo de mi familia a mi llegada.
-Ya lo sé, lo sé muy bien, pero...
-En verdad, Mrs. Smith, no creo que por este camino obtengamos
información fidedigna. Hechos u opiniones que tengan que pasar por boca de
tantos pueden ser tergiversados por algún tonto, y la ignorancia que puede
haber por alguna otra parte contribuye a que de la verdad quede muy poco.
-Le suplico que me escuche. Bien pronto podrá juzgar si puede o
no darse crédito a todo esto cuando conozca algunos detalles que usted misma
podrá confirmar o negar. Nadie supone que haya sido usted su objeto al
principio. Verdad es que la había visto y la admiraba antes de que usted
llegase a Bath, pero no sabía quién era usted. Al menos así dice mi narradora.
¿Es verdad? ¿Es cierto que la vio a usted el verano o el otoño pasado “en algún
lugar del oeste” para emplear sus palabras, sin saber que usted era usted?
-Ciertamente. Eso es exacto. Fue en Lyme; todo esto sucedió en
Lyme.
-Bien -continuó Mrs. Smith triunfante- ya comienza usted a
conocer a mi amiga. El la vio en Lyme y tanto le gustó que tuvo una gran
satisfacción al volver a verla en Camden Place, y saber que era usted miss Ana
Elliot, y a partir de entonces ¿quién puede dudarlo? tuvo doble interés en
visitar su casa. Pero antes hubo un motivo y se lo explicaré. Si encuentra en
mi historia algo que le parezca falso o improbable le ruego que no me deje
seguir adelante. Mi relato dice que la amiga de su hermana, esa señora que es
huésped de ustedes actualmente, y de la que le he oído hablar a usted, vino con
su padre y con su hermana aquí en el mes de septiembre, cuando ellos llegaron,
y ha estado aquí desde entonces. Es una mujer hábil, insinuante, hermosa y
pobre. En una palabra, por su situación hace pensar que podría aspirar a ser
Lady Elliot y llama la atención que su hermana esté tan ciega como para no
verlo.
Aquí se detuvo Mrs. Smith, pero Ana no tenía nada que decir, y
así, continuó:
-Esta era la opinión de los que conocían a la familia, mucho
antes de la llegada de usted. El coronel Wallis opinaba que su padre tendría
buen criterio en este asunto, aunque por aquel entonces el coronel no se
relacionaba con los de Camden Place. Pese a ello, el interés que tenía por su
amigo Mr. Elliot lo hizo poner atención en todo lo que allí pasaba, y cuando
Mr. Elliot vino a Bath por un día o dos, un poco antes de Navidad, el coronel
Wallis lo puso al corriente de la marcha de las cosas según los comentarios que
andaban de boca en boca. Comprenderá que por entonces las opiniones de Mr.
Elliot respecto al valor del título de barón eran bien distintas. En todo lo
que se relaciona con los vínculos sanguíneos y a las relaciones es un hombre
completamente distinto. Haciendo ya bastante tiempo que tiene todo el dinero
que desea, y nada que desear desde este punto de vista, ha aprendido a estimar
y a poner su felicidad y aspiraciones en la familia y en el título del que es
heredero. Esto lo había yo presentido antes de que terminara nuestra amistad,
pero ahora es un hecho evidente. No puede soportar la idea de no llamarse Sir
William. Puede, pues, comprender que las noticias que le comunicó su amigo no
fueron para él nada agradables, y puede imaginar también los resultados que
produjeron. La resolución de volver a Bath lo antes posible; de establecerse
aquí por algún tiempo, de renovar la amistad y enterarse por sí mismo del grado
de peligro y de obstaculizar los planes de la tal señora en caso de creerlo necesario,
fueron la inmediata consecuencia. Entre los dos amigos convinieron ayudar en
cuanto fuese posible. El y la señora Wallis serían presentados, y habría
presentaciones entre todo el mundo. En consecuencia, Mr. Elliot volvió; se
reclamó una reconciliación y se envió el mensaje a la familia. Y así, su
principal motivo y su único propósito (hasta que la llegada de usted añadió un
nuevo interés a sus visitas) era vigilar a su padre y a Mrs. Clay. Ha estado
con ellos en cuanta ocasión ha podido; se ha interpuesto entre ellos; ha hecho
visitas a todas horas..., pero no tengo por qué darle detalles sobre este
particular. Puede imaginar todas las artimañas de un hombre hábil; quizás usted
misma, estando avisada, pueda recordar algo.
-Sí -dijo Ana-, no me ha dicho nada que no estuviera de acuerdo
con lo que he visto e imaginado. Hay siempre algo ofensivo en los medios
empleados por la astucia. Las maniobras del egoísmo y de la duplicidad son
repulsivas, pero no me ha dicho nada que me sorprenda. Comprendo que hay muchas
personas que conceptuarían chocante este retrato de Mr. Elliot y que les
costaría tenerlo por acertado. Pero yo jamás he estado satisfecha. Siempre he
sospechado que había algún motivo oculto en su conducta. Me gustaría conocer su
opinión acerca del asunto que tanto teme. Si cree que hay aún peligro o no.
-El peligro disminuye según creo -replicó mistress Smith-.
Piensa que Mrs. Clay le teme; que comprende que él adivina sus intenciones y
que no se atreve a actuar como lo haría en caso de no estar él presente. Pero
como él tendrá que irse alguna vez, no sé en qué forma pueda estar seguro
mientras Mrs. Clay conserve su influencia. La señora Wallis tiene una idea muy
divertida según me ha informado la enfermera amiga mía. Esta consiste en poner
en los artículos del contrato matrimonial entre usted y Mr. Elliot que su padre
no se case con Mrs. Clay. Es ésa una idea digna en todos los aspectos de la
inteligencia de la señora Wallis, y Mrs. Rooke ve claramente cuán absurda es.
“Seguramente, señora -me dice-, esto no evitaría que pudiera casarse con
cualquier otra.” Y, a decir verdad, no creo que mi amiga la enfermera sea
enteramente contraria a un segundo matrimonio de Sir Walter. Ella es una gran
casamentera, y ¿quién podría decir si no tiene aspiraciones de entrar al
servicio de una futura lady Elliot merced a una recomendación de la señora
Wallis?
-Me alegro de saber todo esto -dijo Ana después de reflexionar
un momento-. Me será molesto cuando esté en compañía de Mr. Elliot, pero sabré
a qué atenerme. Sé ya adónde dirigir mis pasos. Mr. Elliot es un hombre falso y
mundano que jamás ha tenido como guía más principio que sus propios intereses.
Pero Mrs. Smith no había terminado aún con mister Elliot. Ana,
interesada en todo lo relacionado con su familia, había distraído a su amiga
del primitivo relato. Y, debió entonces escuchar una narración que si bien no
justificaba del todo el rencor actual de Mrs. Smith, probaba que la conducta de
Mr. Elliot para con ésta había sido despiadada e injusta.
Supo así (sin que la amistad se hubiese alterado por el
matrimonio de Mr. Elliot), que la intimidad de las familias había continuado y
Mr. Elliot había prestado a su amigo cantidades que iban mucho más allá de su
fortuna. Mrs. Smith no deseaba echarse ninguna culpa encima y con suma ternura
achacaba toda la culpa a su esposo. Pero Ana pudo percibir que su renta nunca
había sido igual a su tren de vida, y que desde el principio hubo grandes
extravagancias. Por el retrato que de él hacía su esposa adivinaba Ana que Mr.
Smith era un hombre de tiernos sentimientos, carácter fácil, hábitos
descuidados, no muy inteligente, mucho más amable que su amigo y muy poco
parecido a éste. Probablemente había sido dirigido y despreciado por él. Mr.
Elliot, a quien su matrimonio hacía rico y ponía a su alcance todas las
vanidades y placeres que podía sin comprometerse por ello (puesto que con toda
su liberalidad siempre había sido un hombre prudente), y encontrándose rico en
el preciso momento en que su amigo comenzaba a ser pobre, parecían haberle
importado muy poco las finanzas de su amigo, por el contrario, le había
alentado a gastos que solamente podían conducirlo a la bancarrota. Y en
consecuencia, los Smith se habían arruinado.
El marido había muerto a tiempo como para no conocer la verdad
completa. Ya habían sin embargo encontrado ciertos inconvenientes con sus
amigos, y la amistad de Mr. Elliot era de aquellas que convenía no probar. Pero
hasta la muerte de Mr. Smith no se supo enteramente el desastroso estado de sus
negocios. Con confianza en los sentimientos de Mr. Elliot más que en su
criterio, mister Smith lo había nombrado a ejecutor de sus últimas voluntades.
Pero Mr. Elliot se desentendió de ellas y las dificultades y los trastornos que
ellos ocasionaron a la viuda, unido a los sufrimientos inevitables en su nueva
situación, eran tales que no podían ser contados sin angustia o escuchados sin
indignación.
Ana tuvo que ver algunas otras cartas, respuestas a urgentes
pedidos de Mrs. Smith, que mostraban una decidida resolución de no tomarse
inútiles molestias, y en las cuales, bajo una fría cortesía, aparecía una
completa indiferencia por todo lo que pudiese ocurrirle a ésta. Era una
espantosa pintura de ingratitud e inhumanidad. Y en algunos momentos Ana sintió
que ningún crimen verdadero podía haber sido peor. Tenía mucho que escuchar:
todos los detalles de tristes escenas pasadas, todas las minucias, una angustia
tras otra; todo lo que sólo había sido sugerido en anteriores conversaciones
era ahora relatado con todos sus pormenores. Ana comprendió el alivio que esto
proporcionaba a su amiga y solamente se admiró de la habitual compostura y
discreción de ésta.
Había una circunstancia en el relato de sus pesares
particularmente irritante. Tenía ella cierta razón para creer que algunas
propiedades de su esposo en las Indias Occidentales, que durante mucho tiempo
no habían pagado sus rentas, podían dar este dinero en caso de que se emplearan
medidas adecuadas. Estas propiedades, aunque no fueran muy importantes eran
suficientes como para que Mrs. Smith pudiese disfrutar de una posición
desahogada. Pero no había nadie que se hiciera cargo de ello. Mr. Elliot no quería
hacer nada y Mrs. Smith estaba incapacitada para ocuparse de ello
personalmente, por su debilidad física o para pagar los servicios de otra
persona, por su escasez de recursos. No tenía ella relaciones que pudieran
ayudarla ni siquiera con un sano consejo y no podía asumir el gasto de un
abogado. Esta era la consecuencia de los fines extremos a que había llegado.
Sentir que podía encontrarse en mejores circunstancias, que un poco de molestia
podría mejorar su situación y que la demora podía debilitar sus derechos, eran
para ella una constante zozobra.
Deseaba que Ana la ayudase en este asunto con mister Elliot.
Había temido en algún momento que este matrimonio le hiciese perder a su amiga.
Pero sabiendo luego que Mr. Elliot no haría nada de esta naturaleza, desde el
momento que hasta ignoraba que ella se encontraba en Bath, se le ocurrió que
quizá la mujer amada podría conmover a Mr. Elliot, y así, se apresuró a buscar
la simpatía de Ana, tanto como podía permitirlo su conocimiento del carácter de
Mr. Elliot, y en esto estaba cuando Ana, al rehusar tal matrimonio, cambiaba
por entero las perspectivas, y si bien todas sus esperanzas desaparecían, tenía
al menos el consuelo de haber podido desahogar su corazón.
Después de haber oído toda la descripción del carácter de Mr.
Elliot, Ana estaba sorprendida de los términos favorables en que Mrs. Smith se
había expresado al comienzo de la conversación. Parecía haberlo elogiado y
recomendado.
-Mi querida amiga -respondió a esto Mrs. Smith-, no. podía hacer
otra cosa. Consideraba su boda con Mr. Elliot como cosa segura, aunque él no se
hubiese declarado todavía, y no podía hablar de él considerándolo como lo
consideraba casi su marido. Mi corazón sangraba por usted mientras hablaba de
felicidad. Y pese a todo, él es inteligente, es agradable, y con una mujer como
usted no deben perderse nunca las esperanzas. Mr. Elliot fue muy malo con su
primera esposa. Fue un matrimonio desastroso. Pero ella era demasiado ignorante
y burda para inspirar respeto y él nunca la amó. Estaba yo pronta a pensar que
quizá con usted las cosas serían distintas.
Ana sintió en lo hondo de su corazón un estremecimiento al
pensar en la desdicha que pudo haber tenido en caso de casarse con un hombre
así. ¡Y era posible que Lady Russell hubiese llegado a persuadirla! Y en tal
caso, ¿no hubiese sido aún mucho más desdichada cuando el tiempo lo revelase
todo?
Era necesario que Lady Russell no siguiese engañada; y una de
las consecuencias de esta importante conversación que preocupó a Ana buena
parte de la mañana, fue que quedó en libertad de comunicar a su amiga cualquier
cosa relativa a Mrs. Smith en la cual el proceder de Mr. Elliot estuviese
involucrado.
CAPITULO XXII
Ana se dirigió a casa para reflexionar sobre lo que había oído.
De alguna manera se sentía más tranquila al conocer el carácter de Mr. Elliot.
Ya no le sugería ninguna ternura. Aparecía él, frente al capitán Wentwork, con
toda su malintencionada intromisión. Y el mal causado por sus atenciones de la
noche anterior, el irreparable daño, la dejaba perpleja y llena de sensaciones
incalificables. Ya no sentía ninguna piedad por él. Pero solamente en esto se
sentía aliviada. En otros aspectos, cuanto más buscaba alrededor y más
profundizaba, más motivos encontraba para temer y desconfiar. Se sentía
responsable por la desilusión y el dolor que tendría Lady Russell, por las
mortificaciones que sufrirían su padre y su hermana, y por todas las cosas
imprevistas que llegarían y que no podría evitar. A Dios gracias conocía a Mr.
Elliot. Nunca había considerado que tuviera derecho a aspirar a ninguna
recompensa por su trato hacia una antigua amiga como mistress Smith, y pese a
esto había sido recompensada. Mrs. Smith había podido decirle lo que nadie más.
¿Debía comunicar todo a su familia? Pero ésta era una idea tonta. Debía hablar
con Lady Russell, decirle todo, consultarla, y después, esperar con tanta
tranquilidad como fuese posible; al fin y al cabo, donde necesitaba más sosiego
era en aquella parte de su alma que no podía abrir a Lady Russell, en aquel
fluir de ansiedades y temores que era para ella sola.
Al llegar a casa comprobó que había podido evitar a Mr. Elliot.
El había estado allí y les había hecho una larga visita. Pero apenas se
comenzaba a felicitar de estar a salvo hasta el día siguiente, cuando se enteró
de que mister Elliot regresaría por la tarde.
-No tenía la menor intención de invitarlo -dijo Isabel con
afectado descuido-, pero él lanzó muchas indirectas; al menos eso dice Mrs.
Clay.
-Lo digo en serio. Jamás he visto a nadie esperar con tanto
interés una invitación. ¡Pobre hombre! Realmente me ha entristecido. Porque la
dureza del corazón de Ana ya está pareciendo crueldad.
-Oh -dijo Isabel-, estoy demasiado acostumbrada a esta clase de
juego para que me sorprendieran sus indirectas. Sin embargo, cuando me enteré
cuánto lamentaba no haber encontrado a mi padre esta mañana, me vi en cierto
modo interesada, porque jamás evitaré una oportunidad de que él y Sir Walter se
reúnan. ¡Parecen beneficiarse tanto de su mutua compañía! ¡Se conducen tan
amablemente! ¡Mr. Elliot lo mira con tanto respeto!...
-¡Es realmente delicioso! -exclamó Mrs. Clay, sin atreverse a
mirar a Ana-. Parecen padre e hijo. Mi querida miss Elliot, ¿no puedo acaso
llamarlos padre e hijo?
-No me preocupan las palabras... ¡Si usted piensa así...! Pero
palabra de honor que apenas he notado si sus atenciones son más que las de
cualquier otro.
-¡Mi querida miss Elliot! -exclamó Mrs. Clay levantando las
manos y alzando los ojos al cielo y guardando de inmediato un conveniente
silencio para manifestar su extremo azoramiento.
-Mi querida Penélope -prosiguió diciendo Isabel-, no debe
alarmarse tanto. Yo lo invité a venir, ¿sabe usted? Lo eché con sonrisas, pero
cuando supe que todo el día de mañana lo pasaría con unos amigos en Thomberry
Park, me compadecí de él.
Ana no pudo menos que admirar los talentos de comedianta de Mrs.
Clay, quien era capaz de mostrar tanto placer y expectación por la llegada de
la persona que estorbaba su principal objetivo. Era imposible que los
sentimientos de Mrs. Clay hacia Mr. Elliot fueran otros que los del más
enconado odio, y sin embargo podía adoptar una expresión plácida y cariñosa, y
parecer muy satisfecha de dedicar a Sir Walter la mitad de las atenciones que
le hubiera prodigado en otras circunstancias.
Para Ana era inquietante ver entrar a Mr. Elliot en el salón;
doloroso verlo acercarse y hablarle; se había acostumbrado a juzgar sus actos
como no siempre sinceros, pero a la sazón descubría la falsedad en cada gesto.
La deferencia que mostraba hacia su padre, en contraste con su lenguaje
anterior, resultaba odiosa; cuando pensaba en lo cruel de su conducta hacia
Mrs. Smith, apenas podía soportar la vista de sus sonrisas y su dulzura o el
sonido de sus falsos buenos sentimientos. Deseaba ella evitar que cualquier
cambio de ma-neras provocase una explicación de parte de él. Deseaba evitar
toda pregunta, pero tenía la intención de ser con él tan fría como lo
permitiera la cortesía y echarse atrás tan rápidamente como pudiera de los
pocos grados de intimidad que le había concedido. En consecuencia, estuvo más
retraída y en guardia que la noche anterior.
El deseó despertar nuevamente su curiosidad acerca de cuándo y
por quién había sido ella elogiada. Deseaba ardientemente que le preguntara.
Pero el encanto estaba roto: comprendió que el calor y la animación del salón
de conciertos eran necesarios para despertar la vanidad de su modesta prima;
comprendió que nada podía hacerse en esos momentos por ninguno de los medios
usuales para atraer la atención de las personas. No llegó a imaginar que había
entonces algo en contra de él que cerraba el pensamiento de Ana a todo aquello
que no fueran sus actos más sucios.
Ella tuvo la satisfacción de saber que en verdad se iba de Bath
al día siguiente temprano y que sólo volvería dentro de dos días. Fue invitado
nuevamente a Camden Place en la misma tarde de su regreso; pero de jueves a
sábado su ausencia era segura. Bastante incómodo era ya que Mrs. Clay estuviera
siempre delante de ella, pero que un hipócrita mayor formara parte de su grupo
bastaba para destruir todo sosiego y bienestar. Era humillante pensar en el
constante engaño en que vivían su padre e Isabel y considerar las
mortificaciones que se les preparaban. El egoísmo de Mrs. Clay no era ni tan
complicado ni tan disgustante como el de Mr. Elliot, y Ana de buena gana
hubiera accedido al matrimonio de ésta con su padre de inmediato, pese a todos
sus inconvenientes, con tal de verse libre de todas las sutilezas de Mr. Elliot
para evitar la mentada boda.
En la mañana del viernes se decidió a ver bien temprano a Lady
Russell y a comunicarle lo que creía necesario; hubiera ido inmediatamente
después del desayuno, pero Mrs. Clay salía también en una diligencia que tenía
por objeto evitar alguna molestia a su hermana, y debido a esto decidió
aguardar hasta verse libre de tal compañía. Mistress Clay partió antes de que
ella hablase de pasar la mañana en la calle River.
-Muy bien -dijo Isabel-, no puedo mandar más que mi cariño. Oh,
puedes además llevar contigo el aburrido libro que me ha prestado y decirle que
lo he leído. Realmente no puedo preocuparme de todos los nuevos poemas y
artículos que se publican en el país. Lady Russell me aburre bastante con sus
publicaciones. No se lo digas, pero su vestido me pareció detestable la otra
noche. Pensaba que ella tenía cierto gusto para vestirse, pero sentí vergüenza
por ella en el concierto. Es a veces tan formal y compuesta en sus ropas. ¡Y se
sienta tan derecha! Dale cariños, naturalmente.
-Y también los míos -dijo Sir Walter-. Mis mejores saludos.
Puedes decirle también que iré a visitarla pronto. Dale un mensaje cortés. Pero
solamente dejaré mi tarjeta. Las visitas matutinas no son nunca agradables para
mujeres de su edad, que se arreglan tan poco como ella. Si solamente usara
colorete no debería temer ser vista; pero la última vez que fui observé que las
celosías fueron cerradas inmediatamente.
Mientras su padre hablaba, golpearon a la puerta. ¿Quién podía
ser? Ana, recordando las inesperadas visitas de mister Elliot a todas horas,
hubiera supuesto que era él, de no saber que se hallaba a siete millas de
distancia. Después de los usuales minutos de espera se oyeron ruidos de
aproximación y... Mr. y Mrs. Musgrove entraron en el salón.
La sorpresa fue el principal sentimiento que provocó su llegada;
pero Ana se alegró sinceramente de verlos y los demás no lamentaron tanto la
visita que no pudieran poner un agradable aire de bienvenida, y tan pronto como
quedó claro que no llegaban con ninguna idea de alojarse en la casa, Sir Walter
e Isabel se sintieron más cordiales e hicieron muy bien los honores de rigor.
Habían ido a Bath por unos pocos días, con la señora Musgrove, y se alojaban en
White Hart. Esto se entendió prontamente; pero hasta que Sir Walter e Isabel no
se encaminaron con Maria al otro salón y se deleitaron con la admiración de
ésta, Ana no pudo obtener de Carlos una historia completa de los pormenores de
su viaje, o alguna sonriente explicación de los negocios que allí les llevaban
y que María había insinuado, con algunos datos confusos acerca de la gente que
formaba su grupo.
Se enteró entonces de que estaban allí, además del matrimonio,
la señora Musgrove, Enriqueta y el capitán Harville. Carlos le hizo un somero
relato, una narración de acontecimientos sumamente natural. Al principio había
sido el capitán Harville quien necesitaba viajar a Bath por algunos negocios.
Había comenzado a hablar de ello hacía una semana, y por hacer algo, porque la
temporada de caza había terminado, Carlos pro-puso acompañarlo, y a Mrs.
Harville parecía haberle agradado la idea, que consideraba ventajosa para su
esposo; Maria no pudo soportar quedarse, y pareció tan desdichada por un día o
dos, que todo quedó en suspenso o en apariencia abandonado. Pero luego el padre
y la madre volvieron a insistir en la idea. La madre tenía algunos antiguos
amigos en Bath, a los que deseaba ver; era pues, una buena oportunidad para que
fuese también Enriqueta a comprar ajuares de boda para ella y para su hermana;
al final su madre organizó el grupo y todo resultó fácil y simple para el
capitán Harville; y él y María fueron también incluidos para conveniencia
general. Habían llegado la noche anterior, bastante tarde. Mrs. Harville, sus
niños y el capitán Benwick quedaron con su madre y Luisa en Uppercross.
La sola sorpresa de Ana fue que las cosas hubiesen ido tan
rápido como para que ya pudiera hablarse del ajuar de Enriqueta; había
imaginado que las dificultades económicas retrasarían la boda; pero se enteró
por Carlos que hacía muy poco (después de la carta que recibiera de María)
Carlos Hayter había sido requerido por un amigo para ocupar el lugar de un
joven que no podría tomar posesión de su cargo hasta que transcurrieran algunos
años, y esto, unido a su renta actual y con la certidumbre de obtener algún
puesto per-manente antes del término de éste, las dos familias habían accedido
a los deseos de los jóvenes que se casarían en pocos meses, casi al mismo
tiempo que Luisa. Y era un hermoso lugar -añadía Carlos-, a sólo veinticinco
millas de Uppercross y en una bella campiña, cerca de Dorsetshire, en el centro
de uno de los mejores rincones del reino, rodeados de tres grandes
propietarios, cada cual más cuidadoso. Y con dos de éstos Carlos Hayter podría
obtener una recomendación especial. “No estima esto en lo que vale -observó-;
Carlos es muy poco amante de la vida al aire libre. Este es su mayor defecto.”
-Me alegro de verdad -exclamó Ana-, y de que las dos hermanas,
mereciéndola ambas por igual, y habiendo sido siempre tan buenas amigas, tengan
su felicidad al mismo tiempo; que las alegrías de una no opaquen las de la otra
y que juntas compartan la prosperidad y el bienestar. Espero que el padre y la
madre sean igualmente felices con estas bodas.
-¡Oh, sí! Mi padre estaría más contento si los dos jóvenes
fueran más ricos, pero ésta es la única falta que les encuentra. El casar dos
hijas a un mismo tiempo es un problema importante que preocupa por muchos
conceptos a mi padre. Sin embargo no quiero decir que no tengan derecho a esto.
Es lógico que los padres doten a las hijas; siempre ha sido un padre generoso
conmigo. María está descontenta con el matrimonio de Enriqueta. Ya sabes que
nunca lo aprobó. Pero no le hace justicia a Hayter ni considera el valor de
Wenthrop. No ha podido hacerle entender cuán costosa es la propiedad. En los
tiempos que corren es un buen matrimonio. A mí siempre me ha gustado Carlos
Hayter y no cambiaré mi opinión.
-Tan excelentes padres como los señores Musgrove -exclamó Ana-
deben ser felices con las bodas de sus dos hijas. Hacen todo por hacerlas
dichosas, estoy segura. ¡Qué bendición para las jóvenes estar en tales manos!
Su padre y su madre parecen estar libres del todo de esos ambiciosos
sentimientos que han acarreado tantos malos procederes y desdichas tanto entre
los jóvenes como entre los viejos. Espero que Luisa esté ahora com-pletamente
repuesta.
El respondió, con alguna vacilación:
-Sí, creo que lo está. Pero ha cambiado: ya no corre ni salta,
baila o ríe; está muy distinta. Si una puerta se cierra de golpe, se estremece
como el agua ante el picotazo débil de un pájaro. Benwick se sienta a su lado
leyendo versos todo el día o murmurando en voz baja.
Ana no pudo evitar reírse.
-Esto no es muy de su gusto, bien lo comprendo -exclamó-, pero
creo que Benwick es un excelente joven.
-Ciertamente, nadie lo pone en duda. Y supongo que no creerá
usted que todos los hombres encuentren gusto y placer en las mismas cosas que
yo. Aprecio mucho a Benwick y cuando se pone a hablar tiene muchas cosas que
decir. Sus lecturas no lo han dañado porque ha luchado también. Es un hombre
valiente. He llegado a conocerlo más de cerca el lunes último que en cualquier
otra ocasión anterior. Tuvimos una cacería de ratas esa mañana en la granja
grande de mi padre, y se desempeñó tan bien que desde entonces me agrada aún
más.
Fueron aquí interrumpidos para que Carlos acompañara a los otros
a admirar los espejos y los objetos chinos; pero Ana había oído bastante para
comprender la situación de Uppercross y alegrarse de la dicha que allí reinaba.
Y aunque también se entristecía por algunas cosas, en su tristeza no había la
menor envidia. Ciertamente, uniría sus bendiciones a las de los otros.
La visita transcurrió en medio del general buen humor. María
estaba de excelente ánimo, disfrutando de la alegría y del cambio, y tan
satisfecha con el viaje en el carruaje de cuatro caballos de su suegra y con su
completa independencia de Camden Place, que se sentía con ánimo para admirar
cada cosa como debía, y al momento comprendió todas las ventajas de la casa en
cuanto se las detallaron. No tenía nada que pedir a su padre y a su hermana y
toda su buena voluntad aumentó al ver el hermoso salón.
Isabel sufrió bastante durante un corto tiempo. Sentía que Mrs.
Musgrove y todo su grupo debían ser invitados a comer con ellos, pero no podía
soportar que la diferencia de estilo, la reducción del servicio que se
revelaría en una comida, fueran presenciados por aquéllos que eran inferiores a
los Elliot de Kellynch. Fue una lucha entre la educación y la vanidad; pero la
vanidad se llevó la mejor parte, e Isabel fue nuevamente feliz. Para sus
adentros se dijo: “Viejas costumbres... hospitalidad campesina... no damos
comidas... poca gente en Bath lo hace... Lady Alicia jamás lo ha hecho, no
invita ni a la familia de su hermana, aunque han estado aquí un mes; y creo que
será un inconveniente para Mrs. Musgrove... echará por tierra sus planes. Estoy
segura de que prefiere no venir... no se sentiría cómoda entre nosotros. Les
pediré que vengan para la velada; esto será mucho mejor; será novedoso y
cortés. No han visto dos salones como éstos antes. Estarán encantados de venir
mañana por la noche. Será una reunión bastante regular... pequeña pero
elegante.” Y esto satisfizo a Isabel, y cuando la invitación fue cursada a los
dos que estaban presentes y se prometió la presencia de los ausentes, María
pareció muy satisfecha. Deseaba particularmente conocer a mister Elliot y ser
presentada a Lady Dalrymple y a miss Carteret, que habían prometido asistencia
formal para esa velada; y para María ésta era la más grande satisfacción: Miss
Elliot tendría el honor de visitar a Mrs. Musgrove por la mañana y Ana se
encaminó con Carlos y María para ver a Enriqueta y a Mrs. Musgrove
inmediatamente.
Su idea de visitar a Lady Russell debería postergarse por el
momento. Los tres entraron en la casa de la calle River por un par de minutos,
pero Ana se convenció a sí misma de que la demora de un día en la comunicación
que debía hacer a Lady Russell no haría gran diferencia, y tenía prisa por
llegar a White Hart para ver a los amigos y compañeros del otoño, con una
vehemencia que provenía de muchos recuerdos.
Encontraron solas a Mrs. Musgrove y a su hija, y ambas hicieron
el más amable recibimiento a Ana. Enriqueta estaba en ese estado en el que
todos nuestros puntos de vista han mejorado, en el que se forma una nueva
felicidad que le hacía interesarse por gentes de las que apenas había gustado
antes. Y el cariño verdadero de Mrs. Musgrove lo había obtenido Ana por su
utilidad cuando la familia se encontró en desgracia. Había allí una
liberalidad, un calor y una sinceridad que Ana apreciaba mucho más por la triste
falta de tal bendición en su hogar. Se la comprometió a que pasaría con ellos
cuantos momentos libres tuviera, invitándola para todos los días; en una
palabra, se le pedía que fuese como de la familia. Y, naturalmente, ella sintió
que debía prestar toda su atención y buenos oficios, y así, cuando Carlos las
dejó solas, escuchó a Mrs. Musgrove contar la historia de Luisa, y a Enriqueta
contar la suya propia; le dio su opinión sobre varios asuntos y recomendó
algunas tiendas. Hubo intervalos en los que debía prestar ayuda a María, quien
pedía consejo sobre la clase de cinta que debería llevar hasta en cuanto al
arreglo de sus cuentas; desde encontrar sus llaves y ordenar sus chucherías
hasta tratar de convencerla de que no era antipática para nadie; cosas que
María, entretenida como estaba siempre que se sentaba en una ventana a vigilar
la entrada de la habitación, no imaginaba siquiera.
Era de esperarse una mañana de mucha confusión. Un gran grupo en
un hotel presenta una escena de alboroto y desorden. En un momento llega una
nota, en el siguiente un paquete, y no hacía ni media hora que Ana estaba allí
cuando el comedor, pese a ser espacioso, estaba casi lleno. Un grupo de viejas
amigas se hallaba sentado alrededor de la señora Musgrove, y Carlos volvió con
los capitanes Harville y Wentworth. La aparición del segundo fue la sorpresa
del momento. Era imposible para Ana no sentir que la presencia de sus antiguos
amigos los aproximaría de nuevo. El último encuentro había dejado a la vista
los sentimientos de él; ella tenía esa deliciosa convicción; pero temió, al ver
su expresión, que la misma desdichada persuasión que le había alejado del salón
de conciertos aún lo dominara. Parecía no desear acercarse y conversar con
ella.
Ana quiso calmarse y dejar que las cosas siguieran su curso.
Trató de darse tranquilidad con este argumento poco razonable: “Seguramente si
nuestro afecto es recíproco, nuestros corazones se entenderán. No somos un par
de chiquillos para guardar una irritada reserva, ser mal dirigidos por la
inadvertencia de algún momento o jugar como con un fantasma con nuestra propia
felicidad”. Y, sin embargo, un momento después sintió que su mutua compañía en
esas circunstancias sólo los exponía a inadvertencias y malas interpretaciones
de la peor especie.
-Ana -exclamó María desde su ventana-, allí está Mrs. Clay
parada debajo de la rotonda y la acompaña un caballero. Los veo dar la vuelta a
la calle Bath en este mismo momento. Parecen muy entretenidos en su charla.
¿Quién es él? Ven y dímelo. ¡Dios mío! ¡Lo reconozco! ¡Es Mr. Elliot!
-No -se apresuró a decir Ana-, no puede ser mister Elliot, te lo
aseguro. Debía dejar Bath esta mañana y no volver hasta dentro de dos días.
Mientras hablaba sintió que el capitán Wentworth la estaba
mirando y eso la turbó, haciéndola sentir que había dicho mucho pese a sus
pocas palabras.
María, lamentando que se pudiera sospechar que no conocía a su
propio primo, comenzó a hablar acaloradamente acerca del aire de familia, y a
afirmar, rotunda, que se trataba de Mr. Elliot, y llamó una vez más a Ana para
que se acercase a comprobarlo por sí misma. Pero Ana no tenía intención de
moverse, y fingió frialdad e indiferencia. Pero su incomodidad volvió al
percibir miradas significativas y sonrisas entre las damas visitantes, como si
estuvieran enteradas del secreto. Era evidente que ya todos hablaban del
asunto; siguió una corta pausa por la que podía esperarse que aquello no se
prolongaría.
-Ven, Ana -exclamó María-, ven y mira. Llegarás tarde si no te
apresuras. Se están despidiendo, dándose la mano. El se aleja. ¡Si no conoceré
a Mr. Elliot!
Para tranquilizar a María y quizá también para cubrir su propia
turbación, Ana se acercó de prisa a la ventana. Llegó a tiempo para convencerse
de que, en efecto, se trataba de Mr. Elliot (lo que ni por un instante había
imaginado) antes de que éste desapareciera por un extremo y Mrs. Clay por el
opuesto. Y reprimiendo la sorpresa que le producía ver conversar a dos personas
de intereses tan dispares, dijo sosegadamente:
-Sí, en verdad, se trata de Mr. Elliot. Habrá cambiado la hora
de su partida. Esto debe ser todo. Tal vez me equivoque. No debo aguardar más
-y volvió a su silla tranquilizada y con la esperanza de haberse justificado
bien.
Los visitantes comenzaron a retirarse, y Carlos, habiéndolos
acompañado cortésmente hasta la puerta y luego de haber hecho un gesto
significando que no volviesen, dijo:
-Mamá, he hecho por ti algo que sin duda aprobarás. He ido al
teatro y he conseguido un palco para mañana por la noche. ¡Qué buen chico!
¿verdad? Sé que te divierten las comedias. Y hay lugar para todos. Estoy seguro
de que Ana no se arrepentirá de acompañamos. Podemos ir nueve. He comprometido
también al capitán Wentworth. A todos nos agrada la comedia. ¿No he hecho bien,
mamá?
Mrs. Musgrove comenzaba de buen ánimo a expresar su agrado de
concurrir, si a Enriqueta y a los demás les venía bien, cuando María
interrumpió:
-¡Dios mío, Carlos!, ¿cómo puedes pensarlo siquiera? ¡Tomar un
palco para mañana por la noche! ¿Ya olvidaste que tenemos un compromiso en
Camden Place para mañana? ¿Y que nos han invitado especialmente para conocer a
Lady Dalrymple y a su hija y a Mr. Elliot -los principales vínculos de
familia-, a quienes seremos presentados mañana? ¿Cómo has podido olvidarlo?
-¡Bah! -replicó Carlos-, ¿qué importa una reunión? Nunca valen
nada. Tu padre podría habernos invitado a comer si es que deseaba vernos.
Puedes hacer lo que quieras, pero yo iré a la comedia.
-Pero, Carlos, eso sería imperdonable. ¡Has prometido
asistir!...
-No; no he prometido nada. Sonreí y asentí y dije algo como
“encantado”, pero eso no es prometer.
-Debes venir, Carlos. Sería una grosería faltar. Se nos ha
pedido expresamente que vaya-mos para ser presentados. Siempre hubo una gran
vinculación entre los Dalrymple y noso-tros. Nada sucedió en las familias que
no fuera al momento comunicado. Somos parientes muy cercanos, ya sabes. Y
también Mr. Elliot, a quien debes particularmente conocer. Debemos atenciones a
Mr. Elliot. ¿Olvidas acaso que es el heredero de nuestro padre, el
representante de la familia?
-No me hables de representantes y herederos -exclamó Carlos-. No
soy de los que abandonan el poderío actual para saludar al sol naciente. Si no
voy por el placer de ver a tu padre me parecería estúpido ir por su heredero.
¿Qué me importa a mí el tal Mr. Elliot?
Estas expresiones descuidadas fueron vivificantes para Ana, que
estaba observando que el capitán Wentworth escuchaba con atención, poniendo
toda su alma en cada palabra que se decía. Y las últimas palabras desviaron su
mirada interrogante de Carlos a ella.
Carlos y María conversaban aún de la misma manera; él mitad en
broma mitad en serio, y sosteniendo que debían ver la comedia, y ella,
oponiéndose tenazmente y procurando hacerle sentir que si bien ella estaba
decidida a cualquier costa a ir a Camden Place, consideraría bastante feo hacia
ella que los demás se marchasen a la comedia. Mistress Musgrove intervino.
-Es mejor que lo posterguemos. Puedes volver, Carlos, y cambiar
el palco para el martes. Sería una lástima separarnos y además perderíamos la
compañía de miss Ana, puesto que se trata de una reunión de su padre; y estoy
cierta de que ni Enriqueta ni yo disfrutaremos de la comedia si miss Ana no nos
acompaña.
Ana sintió agradecimiento por tal bondad y, aprovechando la
oportunidad que se le presentaba, dijo decididamente:
-Si depende de mi gusto, señora, la reunión de casa (con
excepción de lo que atañe a María) no será ningún inconveniente. No disfruto
para nada esta clase de reuniones y gustosa la cambiaré por la comedia y por
estar en su compañía. Pero quizá sea mejor no intentarlo.
Lo dijo temblando mientras hablaba, consciente de que sus
palabras eran escuchadas y no atreviéndose a observar su efecto.
Finalmente optaron por el martes. Y solamente Carlos continuó
bromeando con su esposa, insistiendo en que iría a la comedia solo si nadie
quena acompañarlo.
El capitán Wentworth dejó su asiento y se encaminó a la
chimenea; posiblemente con la idea de encaminarse después a un lugar más
próximo al ocupado por Ana.
-Sin duda no ha estado usted suficiente tiempo en Bath -dijo-
para disfrutar de las reuniones de aquí.
-¡Oh, no! El carácter de estas reuniones no me atrae. No soy
buena jugadora de cartas.
-Ya sé que usted no lo era antes... No le agradaban a usted las
cartas, pero el tiempo nos cambia, ¿no es así?
-¡Yo no he cambiado tanto! -exclamó Ana. Y se detuvo de
inmediato, temiendo algún malentendido. Después de esperar unos momentos, él
dijo, como respondiendo a sentimientos inmediatos:
-¡Un largo tiempo, en verdad! ¡Ocho años son un largo tiempo!
Si pensaba proseguir, era cosa que Ana debió reflexionar en
horas de más tranquilidad; porque mientras ella escuchaba aún sus palabras, su
atención fue atraída por Enriqueta, que deseaba aprovechar el momento para
salir, y pedía a sus amigos que no perdieran tiempo antes de que llegasen
nuevos visitantes.
Se vieron obligados a retirarse. Ana dijo estar lista y procuró
parecerlo; pero sentía que de haber conocido Enriqueta el pesar de su corazón
al dejar la silla, al dejar la habitación, hubiera sentido verdadera piedad por
su prima.
Pero los preparativos se vieron de súbito interrumpidos. Ruidos
alarmantes se dejaron oír: se aproximaban otras visitas y la puerta se abrió
para dejar paso a Sir Walter y a miss Elliot, cuya entrada pareció helar a
todos. Ana sintió una instantánea opresión y dondequiera miró encontró síntomas
parecidos. El bienestar, la alegría, la libertad del salón, se habían esfumado,
alejados por una fría compostura, estudiado silencio, conversación insípida,
para estar a la altura de la helada elegancia del padre y de la hermana. ¡Qué
torturante era sentir así!
Su avisado ojo tuvo una satisfacción. Sir Walter e Isabel
reconocieron nuevamente al capitán Wentworth, e Isabel fue aún más amable que
la vez anterior. Se dirigió a él y lo miró a los ojos. Isabel estaba haciendo
un gran juego, y lo que vino en seguida explicó su actitud. Después de perder
unos pocos minutos diciendo formalidades, formuló la invitación que debía
cancelar todo otro compromiso de los Musgrove: “Mañana por la noche nos
reunimos unos pocos amigos; nada serio”. Esto lo dijo con mucha gracia. Sobre
una mesa dejó, con una cortés y comprensiva sonrisa para todos, las tarjetas
con las que se había provisto: “En casa de miss Elliot”. Una sonrisa y una
tarjeta especiales entregó al capitán Wentworth. La verdad era que Isabel había
vivido en Bath lo suficiente como para comprender la importancia de un hombre
con su apariencia y su físico. El pasado no importaba. Lo importante en ese
momento era que el capitán Wentworth adornaría su salón. Entregadas las
tarjetas, Sir Walter e Isabel se levantaron para retirarse.
La interrupción había sido breve pero severa, y la alegría
volvió a casi todos los presentes cuando quedaron de nuevo solos, con excepción
de Ana. Sólo podía pensar en la invitación de la que había sido testigo; y de
la forma en que tal invitación había sido recibida, con sorpresa más que con
gratitud, con cortesía mas que con franca aceptación. Ella lo conocía y había
visto el desdén en su mirada, y no se atrevía a suponer que él aceptaría
concurrir, alejado aún por toda la insolencia del pasado. Ella se sentía
desfallecer. El aún conservaba la tarjeta en la mano, como considerándola
atentamente.
-¡Pensar que Isabel invita a todo el mundo! -murmuró María de
manera que todos pudieron oírla-. No me sorprende que el capitán Wentworth esté
encantado. No puede dejar de mirar la tarjeta.
Ana vio su expresión, lo vio ruborizarse y sus labios, tomar una
momentánea expresión de desprecio, y se retiró ella entonces, para no ver ni
oír más cosas desagradables.
La reunión se deshizo. Los caballeros tenían sus intereses, las
señoras debían proseguir con sus afanes, y pidieron encarecidamente a Ana que
fuese luego a cenar o pasara con ellos el resto del día, pero el espíritu de
ella había estado tanto tiempo en tensión, que entonces sólo deseaba estar en
casa, donde al menos podría pensar y guardar silencio si así lo deseaba.
Prometiendo estar con ellas toda la mañana siguiente, terminó
las fatigas de esta mañana en una larga caminata hasta Camden Place, donde
debió oír los preparativos de Isabel y Mrs. Clay para el día siguiente, la
enumeración de las personas invitadas y los detalles embellecedores que harían
de dicha reunión una de las más elegantes de Bath, mientras se atormentaba ella
preguntándose si el capitán Wentworth asistiría o no. Ellas daban por segura su
asistencia, pero a Ana esta certidumbre no le duraba dos minutos seguidos. A
veces pensaba que iría, por creer que tenía el deber de hacerlo. Pero no podía
asegurarse que esto fuera un deber para él, lo que le hubiera permitido estar a
cubierto de sentimientos más desagradables.
Solamente salió de esta agitación para hacer saber a mistress
Clay que había sido vista en compañía de mister Elliot tres horas después de
que se suponía que él había dejado Bath. Porque, habiendo esperado en vano que
la señora hiciera alguna indicación con respecto al encuentro, decidió
mencionarlo ella misma; y le pareció que una sombra de culpa cubría la cara de
mistress Clay al escucharlo. Todo fue muy rápido, desapareció en seguida, pero
Ana imaginó que por alguna intriga compartida o por la autoridad que él ejercía
sobre ella, ésta se había visto obligada a escuchar (quizá, durante media hora)
discursos y reprensiones acerca de sus designios con Sir Walter. Pero Mrs. Clay
exclamó con afectada naturalidad:
-Así es, querida. ¡Imagine usted mi sorpresa al encontrarme con
Mr. Elliot en la calle Bath! Nunca me he sorprendido tanto. El me acompañó
hasta Pumpyard. No ha podido partir para Thornberry, no recuerdo por qué razón,
porque llevaba prisa no llegué a prestar mucha atención, y sólo pude comprender
que se proponía regresar mañana lo antes posible. No hacía más que hablar de
“mañana”; y fue evidente que yo ya estaba bien enterada de esto mucho antes de
entrar en casa, y cuando escuché los planes de ustedes y todo lo que había
ocurrido, mi encuentro con Mr. Elliot se me borró de la cabeza.
CAPITULO XXIII
Sólo un día había pasado desde la conversación de Ana con Mrs.
Smith, pero ahora tenía un interés más inmediato y se sentía poco afectada por
la mala conducta de Mr. Elliot, excepto porque debía aún una visita de
explicación a Lady Russell, que de nuevo debió postergar. Había prometido estar
con los Musgrove desde el desayuno hasta la cena. Lo había prometido, y la
explicación del carácter de Mr. Elliot, al igual que la cabeza de la sultana
Scherazada, tendría que dejarse para otro día.
Sin embargo, no pudo ser puntual; el tiempo se presentó malo y
se lamentó de ello por sus amigos y por ella antes de intentar salir de paseo.
Cuando, llegando a White Hart, se encaminó a la casa encontró que no sólo había
llegado tarde, sino que tampoco era la primera en estar ahí. Los que habían
llegado antes eran Mrs. Croft, que conversaba con Mrs. Musgrove, y el capitán
Harville, que conversaba con el capitán Wentworth, y de inmediato supo que
María y Enriqueta, sumamente impacientes, habían aprovechado el momento en que
la lluvia había cesado, pero volverían pronto, y habían comprometido a Mrs.
Musgrove a no dejar partir a Ana hasta que ellas volvieran. No le quedó más
remedio que acceder, sentarse, adoptar un aspecto de compostura y sentirse de
nuevo precipitada en todas las agitaciones de penas que había probado la mañana
anterior. No había tregua. De la extrema miseria pasaba a la mayor felicidad, y
de ésta, a otra extrema miseria. Dos minutos después de haber llegado ella,
decía el capitán Wentworth:
-Escribiremos la carta de la que hemos hablado ahora mismo,
Harville, si me proporciona usted los medios para hacerlo.
Los materiales estaban a mano, sobre una mesa apartada; allí se
dirigió él y, casi de espaldas a todo el mundo, comenzó a escribir.
Mrs. Musgrove estaba contando a Mrs. Croft la historia del
compromiso de su hija mayor, con ese tono de voz que quiere ser un murmullo,
pero que todo el mundo puede escuchar. Ana sentía que ella no era parte de esa
conversación, y sin embargo, como el capitán Harville parecía pensativo y poco
dispuesto a hablar, no pudo evitar oír una serie de detalles: “Como mister
Musgrove y mi hermano Hayter se encontraron una y otra vez para ultimar los
detalles; lo que mi hermano Hayter dijo un día, y lo que Mr. Musgrove propuso
al siguiente, y lo que le ocurrió a mi hermana Hayter, y lo que los jóvenes
desea-ban, y como lo dije en el primer momento que jamás daría mi
consentimiento, y como después pensé que no estaría tan mal”, y muchas más
cosas por el estilo; detalles que- aun con todo el gusto y la delicadeza de la
buena Mrs. Musgrove no debían comunicarse; cosas que no tenían interés más que,
para los protagonistas del asunto. Mrs. Croft escuchaba de muy buen talante y
cuando decía algo, era siempre sensata. Ana confiaba en que los caballeros
estuvieran demasiado ocupados para oír.
-Considerando todas estas cosas, señora -decía Mrs. Musgrove en
un fuerte murmullo-, aunque hubiéramos deseado otra cosa, no quisimos oponernos
por más tiempo, porque Carlos Hayter está loco por ella, y Enriqueta más o
menos lo mismo; y así, creímos que era mejor que se casaran cuanto antes y
fueran felices, como han hecho tantos antes que ellos. En todo caso, esto es
mejor que un compromiso largo.
-¡Es lo que iba a decir! -exclamó mistress Croft-. Prefiero que
los jóvenes se establezcan con una renta pequeña y compartan las dificultades
juntos antes que pasar por las peripecias de un largo compromiso. Siempre he
pensado que...
-Mi querida Mrs. Croft -exclamó Mrs. Musgrove, sin dejarla
terminar-, nada hay tan abominable como un largo compromiso. Siempre he estado
en contra de esto para mis hijos. Está bien estar comprometidos si se tiene la
seguridad de casarse en seis meses, o aun en un año... pero ¡Dios nos libre de
un compromiso largo!
-Sí, señora -dijo Mrs. Croft-, es un compromiso incierto el que
se toma por mucho tiempo. Empezando por no saber cuándo se tendrán los medios
para casarse, creo que es poco seguro y poco sabio, y creo también que todos
los padres debieran evitarlo hasta donde les fuera posible.
Ana se sintió de pronto interesada. Sintió que esto se podía
aplicar a ella. Se estremeció de pies a cabeza y en el mismo momento en que sus
ojos se dirigían instintivamente a la mesa ocupada por el capitán Wentworth,
éste dejaba de escribir, levantaba la pluma y escuchaba, al mismo tiempo que
volviendo la cabeza cambiaba con ella una rápida mirada.
Las dos señoras continuaron hablando de las verdades admitidas,
y dando ejemplos de los males que la ruptura de esta costumbre había acarreado
a gentes conocidas, pero Ana no pudo oír bien; solamente sentía un murmullo y
su mente daba vueltas.
El capitán Harville, que nada había escuchado, dejó en este
momento su silla y se acercó a la ventana; Ana pareció mirarlo aunque la verdad
es que su pensamiento estaba ausente. Por fin comprendió que Harville la
invitaba a sentarse a su lado. La miraba con una ligera sonrisa y un movimiento
de cabeza que parecía decir: “Venga, tengo algo que decirle”, y sus modales
sencillos y llenos de naturalidad, pareciendo corresponder a un conocimiento
más antiguo, invitaban también a que se sentara a su lado. Ella se levantó y se
aproximó. La ventana donde él estaba se encontraba al lado opuesto de la
habitación donde las señoras estaban sentadas y más cerca de la mesa ocupada
por el capitán Wentworth, aunque bastante alejada de ésta. Cuando ella llegó,
el gesto del capitán Harville volvió a ser serio y pensativo como de costumbre.
-Vea -dijo él, desenvolviendo un paquete y sacando una pequeña
miniatura-, ¿sabe usted quién es éste?
-Ciertamente, el capitán Benwick.
-Sí, y también puede adivinar quién es el autor. Pero -en tono
profundo- no fue hecho para ella. Miss Elliot, ¿recuerda usted nuestra caminata
en Lyme, cuando lo compadecíamos? Bien poco imaginaba yo que... pero esto no
viene al caso. Esto fue hecho en El Cabo. Se encontró en El Cabo con un hábil
artista alemán, y cumpliendo una promesa hecha a mi pobre hermana posó para él
y trajo esto a casa. ¡Y ahora tengo que entregarlo cuidadosamente a otra! ¡Vaya
un encargo! Mas ¿quién, si no, podría hacerlo? Pero no me molesta haber
encontrado otro a quien confiarlo. El lo ha aceptado -señalando al capitán
Wentworth-; está escribiendo ahora sobre esto. -Y rápidamente añadió, mostrando
su herida-: ¡Pobre Fanny, ella no lo habría olvidado tan pronto!
-No -replicó Ana con voz baja y llena de sentimiento-; bien lo
creo.
-No estaba en su naturaleza. Ella lo adoraba.
-No estaría en la naturaleza de ninguna mujer que amara de
verdad.
El capitán Harville sonrió y dijo:
-¿Pide usted este privilegio para su sexo?
Y ella, sonriendo también, dijo:
-Sí. Nosotras no nos olvidamos tan pronto de ustedes como
ustedes se olvidan de nosotras. Quizá sea éste nuestro destino y no un mérito
de nuestra parte. No podemos evitarlo. Vivimos en casa, quietas, retraídas, y
nuestros sentimientos nos avasallan. Ustedes se ven obligados a andar. Tienen
una profesión, propósitos, negocios de una u otra clase que los llevan sin
tardar de vuelta al mundo, y la ocupación continua y el cambio mitigan las
impresiones.
-Admitiendo que el mundo haga esto por los hombres (que sin
embargo yo no admito), no puede aplicarse a Benwick. El no se ocupaba de nada.
La paz lo devolvió en seguida a tierra, y desde entonces vivió con nosotros en
un pequeño círculo de familia.
-Verdad -dijo Ana-, así es; no lo recordaba. Pero, ¿qué podemos
decir, capitán Harville? Si el cambio no proviene de circunstancias externas
debe provenir de adentro; debe ser la naturaleza, la naturaleza del hombre la
que ha operado este cambio en el capitán Benwick.
-No, no es la naturaleza del hombre. No creeré que la naturaleza
del hombre sea más inconstante que la de la mujer para olvidar a quienes ama o
ha amado; al contrario, creo en una analogía entre nuestros cuerpos y nuestras
almas; si nuestros cuerpos son fuertes, así también nuestros sentimientos:
capaces de soportar el trato más rudo y de capear la más fuerte borrasca.
-Sus sentimientos podrán ser más fuertes -replicó Ana-, pero la
misma analogía me autoriza a creer que los de las mujeres son más tiernos. El
hombre es más robusto que la mujer, pero no vive más tiempo, y esto explica mi
idea acerca de los sentimientos. No, sería muy duro para ustedes si fuese de
otra manera. Tienen dificultades, peligros y privaciones contra los que deben
luchar. Trabajan siempre y están expuestos a todo riesgo y a toda dureza. Su
casa, su patria, sus amigos, todo deben abandonarlo. Ni tiempo, ni salud, ni
vida pueden llamar suyos. Debe ser en verdad bien duro -su voz falló un poco-
si a todo esto debieran unirse los sentimientos de una mujer.
-Nunca nos pondremos de acuerdo sobre este punto -comenzó a
decir el capitán Harville, cuando un ligero ruido los hizo mirar hacia el
capitán Wentworth. Su pluma se había caído; pero Ana se sorprendió de
encontrarlo más cerca de lo que esperaba, y sospechó que la pluma no había
caído porque la estuviese usando, sino porque él deseaba oír lo que ellos
hablaban, y ponía en ello todo su esfuerzo. Sin embargo, poco o nada pudo haber
entendido.
-¿Ha terminado usted la carta? -preguntó el capitán Harville.
-Aún no; me faltan unas líneas. La terminaré en cinco minutos.
-Yo no tengo prisa. Estaré listo cuando usted lo esté. Tengo
aquí una buena ancla -sonriendo a Ana-; no deseo nada más. No tengo ninguna
prisa. Bien, miss Elliot -bajando la voz-, como decía, creo que nunca nos
pondremos de acuerdo en este punto. Ningún hombre y ninguna mujer lo harán
probablemente. Pero déjeme decirle que todas las historias están en contra de
ustedes; todas, en prosa o en verso. Si tuviera tan buena memoria como Benwick,
le diría en un momento cincuenta frases para reforzar mi argumento, y no creo
que jamás haya abierto un libro en mi vida en el que no se dijera algo sobre la
veleidad femenina. Canciones y proverbios, todo habla de la fragilidad
femenina. Pero quizá diga usted que todos han sido escritos por hombres.
-Quizá lo diga... pero, por favor, no ponga ningún ejemplo de
libros. Los hombres tienen toda la ventaja sobre nosotras por ser ellos quienes
cuentan la historia. Su educación ha sido mucho más completa; la pluma ha
estado en sus manos. No permitiré que los libros me prueben nada.
-Pero, ¿cómo podemos probar algo?
-Nunca se podrá probar nada sobre este asunto. Es una diferencia
de opinión que no admite pruebas. Posiblemente ambos comenzaríamos con una
pequeña circunstancia en favor de nuestro sexo,- y sobre ella construiríamos
cuanto se nos ocurriera y hayamos visto en nuestros círculos. Y muchas de las
cosas que sabemos (quizá aquéllas que más han llamado nuestra atención) no
podrían decirse sin traicionar una confidencia o decir lo que no debe decirse.
-¡Ah -exclamó el capitán Harville, con tono de profundo
sentimiento-, si solamente pudiera hacerle comprender lo que sufre un hombre
cuando mira por última vez a su esposa y a sus hijos, y ve el barco que los ha
llevado hasta él alejarse, y se da vuelta y dice: “Quién sabe si volveré a
verlos alguna vez”! Y luego, ¡si pudiera mostrarle a usted la alegría del alma
de este hombre cuando vuelve a encontrarlos; cuando, regresando de la ausencia
de un año y obligado tal vez a detenerse en otro puerto, calcula cuánto le
falta aún para encontrarlos y se engaña a sí mismo diciendo: “No podrán llegar
hasta tal día”, pero esperando que se adelante doce horas, y cuando los ve
llegar por fin, como si el cielo les hubiese dado alas, mucho más pronto aún de
lo que los esperaba!
¡Si pudiera describirle todo esto, y todo lo que un hombre puede
soportar y hacer, y las glorias que puede obtener por estos tesoros de su
existencia! Hablo, por supuesto, de hombres de corazón -y se llevó la mano al
suyo con emoción.
-¡Ah! -dijo Ana-, creo que hago justicia a todo lo que usted
siente y a los que a usted se parecen. Dios no permita que no considere el
calor y la fidelidad de sentimientos de mis semejantes. Me despreciaría si
creyera que la constancia y el afecto son patrimonio exclusivo de las mujeres.
No creo que son ustedes capaces de cosas grandes y buenas en sus matrimonios.
Los creo capaces de sobrellevar cualquier cambio, cualquier problema doméstico,
siempre que... si se me permite decirlo, siempre que tengan un objeto. Quiero
decir, mientras la mujer que ustedes aman vive y vive para ustedes. El único
privilegio que reclamo para mi sexo (no es demasiado envidiable, no se alarme)
es que nuestro amor es más grande; cuando la existencia o la esperanza han
desaparecido.
No pudo decir nada más, su corazón estaba a punto de estallar, y
su aliento, entrecortado.
-Tiene usted un gran corazón -exclamó el capitán Harville
tomándole el brazo afectuosamente-. No habrá más discusiones entre nosotros. En
lo que se refiere a Benwick, mi lengua está atada a partir de este momento.
Debieron prestar atención a los otros. Mrs. Croft se retiraba.
-Aquí debemos separamos, Federico -dijo ella-; yo voy a casa y
tú tienes un compromiso con tu amigo. Esta noche tendremos el placer de
encontrarnos todos nuevamente en su reunión -dirigiéndose a Ana-. Recibimos
ayer la tarjeta de su hermana, y creo que Federico tiene también invitación,
aunque no la he visto. Tú estás libre, Federico, ¿no es así?
El capitán Wentworth doblaba apresuradamente una carta y no pudo
dar una respuesta como es debido.
-Sí -dijo-, así es. Aquí nos separamos, pero Harville y yo
saldremos detrás de ti. Si Harville está listo, yo no necesito más que medio
minuto. Estoy a tu disposición en un minuto.
Mrs. Croft los dejó, y el capitán Wentworth, habiendo doblado
con rapidez su carta, estuvo listo, y pareció realmente impaciente por partir.
Ana no sabía cómo interpretarlo. Recibió el más cariñoso: “Buenos días. Quede
usted con Dios”, del capitán Harville, pero de él, ni un gesto ni una mirada.
¡Había salido del cuarto sin una mirada!
Apenas tuvo tiempo de aproximarse a la mesa donde había estado
él escribiendo, cuando se oyeron pasos de vuelta. Se abrió la puerta; era él.
Pedía perdón, pero había olvidado los guantes, y cruzando el salón hasta la
mesa de escribir, y parándose de espaldas a Mrs. Musgrove, sacó una carta de
entre los desparramados papeles y la colocó delante de los ojos de Ana con
mirada ansiosamente fija en ella por un tiempo, y tomando sus guantes se alejó
del salón, casi antes de que Mrs. Musgrove se hubiera dado cuenta de su vuelta.
La revolución que por un instante se operó en Ana fue casi
inexplicable. La carta con una dirección apenas legible a “Miss A. E.” era
evidentemente la que había doblado tan aprisa. ¡Mientras se suponía que se
dirigía únicamente al capitán Benwick, le había estado escribiendo a ella! ¡Del
contenido de esa carta dependía todo lo que el mundo podía ofrecerle! ¡Todo era
posible; todo debía afrontarse antes que la duda! Mrs. Musgrove tenía en su
mesa algunos pequeños quehaceres. Ellos protegerían su soledad, y dejándose
caer en la silla que había ocupado él cuando escribiera, leyó:
“No puedo soportar más en silencio. Debo hablar con usted por
cualquier medio a mi alcance. Me desgarra usted el alma. Estoy entre la agonía
y la esperanza. No me diga que es demasiado tarde, que tan preciosos
sentimientos han desaparecido para siempre. Me ofrezco a usted nuevamente con
un corazón que es aún más suyo que cuando casi lo destrozó hace ocho años y
medio. No se atreva a decir que el hombre olvida más prontamente que la mujer,
que su amor muere antes. No he amado a nadie más que a usted. Puedo haber sido
injusto, débil y rencoroso, pero jamás inconsciente. Sólo por usted he venido a
Bath; sólo por usted pienso y proyecto. ¿No se ha dado cuenta? ¿No ha
interpretado mis deseos? No hubiera esperado estos diez días de haber podido
leer sus sentimientos como debe usted haber leído los míos. Apenas puedo
escribir. A cada ins-tante escucho algo que me domina. Baja usted la voz, pero
puedo percibir los tonos de esa voz cuando se pierde entre otras. ¡Buenísima,
excelente criatura! No nos hace usted en verdad justicia. Crea que también hay
verdadero afecto y constancia entre los hombres. Crea usted que estas dos cosas
tienen todo el fervor de
“F. W.
“Debo irme, es verdad. Pero volveré o me reuniré con su grupo en
cuanto pueda. Una palabra, una mirada me bastarán para comprender si debo ir a
casa de su padre esta noche o nunca”.
No era fácil reponerse del efecto de semejante carta. Media hora
de soledad y reflexión la hubiera tranquilizado, pero los diez minutos que
pasaron antes de ser interrumpida, con todos los inconvenientes de su
situación, no hicieron sino agitarla más. A cada instante crecía su
desasosiego. Era, la que sentía, una felicidad aplastante. Y antes de que
hubiera traspuesto el primer peldaño de sensaciones, Carlos, María y Enriqueta
ya estaban de vuelta.
La absoluta necesidad de reponerse produjo cierta lucha. Pero
después de un momento no pudo hacer nada más. Comenzó por no entender una
palabra de lo que decían. Y alegando una indisposición, se disculpó. Ellos
pudieron notar que parecía enferma y no se hubieran apartado de ella por nada
del mundo. Eso era terrible. Si se hubieran ido y la hubieran dejado
tranquilamente sola en su habitación, se hubiese sentido mejor. Pero tener a
todos alrededor parados o esperando era insoportable; y en su angustia, ella dijo
que deseaba ir a casa.
-Desde luego, querida -dijo Mrs. Musgrove-, vaya usted a casa y
cuídese, para que esté bien esta noche. Desearía que Sara estuviese aquí para
cuidarla, porque yo no sé hacerlo. Carlos, llama un coche; no debe ir
caminando.
¡No era un coche lo que necesitaba! ¡Lo peor de lo peor! Perder
la oportunidad de conversar dos palabras con el capitán Wentworth en su
tranquila vuelta a casa (y tenía casi la certeza de encontrarlo), era
insoportable. Protestó enérgicamente en contra del coche. Y Mrs. Musgrove, que
solamente podía imaginar una clase de enfermedad, habiéndose convencido de que
no había sufrido ninguna caída, que Ana no había resbalado y que no tenía
ningún golpe en la cabeza, se despidió alegremente y esperó encontrarla bien
por la noche.
Ansiosa de evitar cualquier malentendido, Ana, con cierta
resistencia, dijo:
-Temo, señora, que no esté perfectamente claro. Tenga la
amabilidad de decir a los demás caballeros que esperamos ver a todo el grupo
esta noche. Temo que haya habido algún equívoco; y deseo que asegure
particularmente al capitán Harville y al capitán Wentworth; deseamos ver a
ambos.
-Ah, querida mía, está todo muy claro, se lo aseguro. El capitán
Harville está decidido a no faltar.
-¿Lo cree usted? Pues yo tengo mis dudas, y lo lamentaría mucho.
¿Promete mencionar esto cuando los vea de nuevo? Me atrevo a decir que verá a
ambos esta mañana. Prométamelo usted.
-Desde luego, si ése es su deseo. Carlos, si ves al capitán
Harville en alguna parte, no olvides de darle el mensaje de miss Ana. Pero de
verdad, querida mía, no necesita intranquilizarse. El capitán Harville casi se
ha comprometido, y lo mismo me atrevería a decir del capitán Wentworth.
Ana no podía decir más; su corazón presentía que algo empañaría
su dicha. Pero de cualquier manera, el equívoco no sería largo; en caso que él
no concurriera a Camden Place, ella podría enviar algún mensaje por medio del
capitán Harville.
Otro inconveniente surgió: Carlos, con su natural amabilidad,
quería acompañarla a casa; no había manera de disuadirlo. Esto fue casi cruel.
Pero no podía ser malagradecida; él sacrificaba otro compromiso para serle
útil; y partió con él, sin dejar traslucir otro sentimiento que el de la
gratitud.
Estaban en la calle Unión, cuando unos pasos detrás, de sonido
conocido, le dieron sólo unos instantes para prepararse para ver al capitán
Wentworth. Se les unió, pero como dudaba si quedarse o pasar de largo, no dijo
nada y se limitó a mirar. Ana se dominó lo bastante como para refrenar aquella
mirada sin retirar la suya. Las pálidas mejillas de él se colorearon y sus
movimientos de duda se hicieron decididos. Se puso al lado de ella. En ese
instante, asaltado por una idea repentina, Carlos dijo:
-Capitán Wentworth, ¿hacia dónde va usted? ¿Hasta la calle Gay o
más lejos?
-No sabría decirlo -contestó el capitán Wentworth sorprendido.
-¿Va usted hasta Belmont? ¿Va cerca de Camden Place? Porque en
caso de ser así no tendré inconveniente en pedirle que tome mi puesto y
acompañe a Ana hasta la casa de su padre. No se encuentra muy bien y no puede
ir sin compañía; yo tengo una cita en la plaza del mercado. Me han prometido
mostrarme una escopeta que piensan vender. Dicen que no la empaquetarán hasta
el último momento. Y yo debo verla. Si no voy ahora, ya no tendré oportunidad.
Por su descripción, es muy semejante a la mía de dos cañones, con la que tiró
usted un día cerca de Winthrop.
No podía hacerse ninguna objeción. Solamente hubo demasiada
presteza, un asentimiento demasiado lleno de gratitud, difícil de moderar. Y
las sonrisas reinaron y los corazones se regocijaron en silencio. En medio
minuto Carlos estaba otra vez al extremo de la calle Unión y los otros dos
siguieron el camino juntos; pronto cambiaron las suficientes palabras como para
dirigir sus pasos hacia el camino enarenado, donde por el poder de la
conversación, esa hora debía convertirse en bendita y preparar los recuerdos
sobre los que se fundarían sus futuras vidas. Allí intercambiaron otra vez esos
sentimientos y esas promesas que una vez parecieron haberlo asegurado todo,
pero que habían sido seguidas por tantos años de separación. Allí volvieron
otra vez al pasado, más exquisitamente felices quizá en su reencuentro que
cuando sus proyectos eran nuevos. Tenían más ternura, más pruebas, más
seguridad de los caracteres de ambos, de la verdad de su amor. Actuaban más de
acuerdo y sus actos eran más justificados. Y allí, mientras lentamente dejaban
detrás de ellos otros grupos, sin oír las novedades políticas, el rumor de las
casas, el coqueteo de las muchachas, las niñeras y los niños, pensaban en cosas
antiguas y se explicaban principalmente las que habían precedido al momento
presente, cosas que estaban tan llenas de significado e interés. Comentaron
todas las vicisitudes de la última semana. Y apenas podían dejar de hablar del
día anterior y del día en curso.
Ella no se había equivocado. Los celos por Mr. Elliot habían
demorado todo, produciendo dudas y tormentos. Eso había comenzado en su primer
encuentro en Bath. Habían vuelto, después de una breve pausa, a arruinar el
concierto, y habían influido en todo lo que él había dicho y hecho o dejado de
decir o de hacer en las últimas veinticuatro horas. Habían destruido todas las
esperanzas que las miradas o las palabras o las acciones de ella hicieran
esperar a veces. Finalmente fueron vencidos por los sentimientos y el tono de
voz de ella cuando conversaba con el capitán Harville, y bajo el irresistible
dominio de éstos, había cogido un papel y escrito sus sentimientos.
Lo que allí, en el papel, había declarado era lo cierto y no se
retractaba de nada. Insistía en que no había amado a ninguna más que a ella.
Jamás había sido reemplazada. Jamás había creído encontrar a nadie que pudiera
comparársele. Verdad es -debió reconocerlo- que su constancia había sido
inconsciente e inintencionada. Había pretendido olvidarla y creyó poder
hacerlo. Se había juzgado a sí mismo indiferente, cuando solamente estaba
enojado; y había sido injusto para con sus méritos, porque había sufrido por
ellos. El carácter de ella era a la sazón para él la misma perfección, teniendo
al mismo tiempo la encantadora conjunción de la fuerza y la gentileza. Pero
debía reconocer que solamente en Uppercross le había hecho justicia, y
solamente en Lyme había empezado a entenderse a sí mismo. En Lyme había
recibido más de una lección. La admiración de Mr. Elliot lo había exaltado, y
las escenas en Cobb y en casa del capitán Harville habían demostrado la
superioridad de ella.
Cuando procuraba enamorarse de Luisa Musgrove (por resentido
orgullo) afirmó que jamás lo había creído posible, que nunca le había importado
o podría importarle Luisa; hasta aquel día cuando -reflexionó luego- entendió
la superioridad de un carácter con que el de Luisa no podía siquiera
compararse; y el enorme ascendiente que tales cualidades tenían sobre su propio
carácter. Allí había aprendido a distinguir entre la tranquilidad de los
principios y la obstinación de la voluntad, entre los peligros del aturdimiento
y la resolución de los espíritus serenos. Allí había visto él que todo exaltaba
a la mujer que había perdido; y allí comenzó a lamentar el orgullo, la locura,
la estupidez del resentimiento, que lo habían mantenido apartado de ella cuando
volvieron a encontrarse.
Desde entonces comenzó a sufrir intensamente. Apenas se había
visto libre del horror y del remordimiento de los primeros días del accidente
de Luisa, apenas comenzaba a sentirse vivir nuevamente, cuando se sintió vivo,
es cierto, pero no ya libre.
-Encontré -dijo- que Harville me consideraba un hombre
comprometido. Que ni Harville ni su esposa dudaban de nuestro mutuo afecto. Me
quedé sorprendido y disgustado. En cierto modo podía desmentir eso de
inmediato, pero cuando comencé a pensar que otros podrían imaginar lo mismo...
su propia familia, Luisa misma, ya no me sentí libre. Para honrarla estaba
dispuesto a ser suyo. No estaba prevenido. Nunca pensé en eso seriamente. No
supuse que mi excesiva intimidad podría causar tanto daño, y que no tenía derecho
a tratar de enamorarme de alguna de las muchachas, a riesgo de no dejar bien
parada mi reputación o causar males peores. Había estado estúpidamente
equivocado y debía pagar las consecuencias.
En una palabra, demasiado tarde comprendió que se había
comprometido en cierto modo. Y eso, justo al momento de descubrir que no le
importaba nada de Luisa. Debía considerarse atado a Luisa si los sentimientos
de ella eran los que los Harville suponían. Esto lo decidió a alejarse de Lyme
y a esperar en otra parte el restablecimiento de la joven. De la manera más
decente posible, estaba dispuesto a disminuir cualquier sentimiento o
inclinación que hacia él pudiese sentir Luisa. Y así, fue a ver a su hermano,
esperando después volver a Kellynch y actuar de acuerdo con las circunstancias.
-Pasé tres semanas con Eduardo, y verlo feliz fue mi mayor
placer. Me preguntó por usted con sumo interés. Me preguntó si había cambiado
usted mucho, sin sospechar que para mí será usted siempre la misma.
Ana sonrió y dejó pasar esto. Era un despropósito demasiado
halagador para reprochárselo. Es grato para una mujer de veintiocho años oír
afirmar que no ha perdido ninguno de los encantos de la primera juventud; pero
el valor de este homenaje aumentaba además para Ana al compararlo con palabras
anteriores y sentir que eran el resultado y no la causa de sus nuevos y cálidos
sentimientos.
El había permanecido en Shrospshire lamentando la ceguera de su
orgullo y de sus desatinados cálculos, hasta que se sintió libre de Luisa por
el sorprendente compromiso con Benwick.
-Ahí -añadió- terminó lo peor de mi pesadilla. Porque entonces
al menos podía buscar la felicidad otra vez, podía moverme, hacer algo. Pero
estar esperando tanto tiempo y no teniendo más perspectiva que el sacrificio,
era espantoso. En los primeros cinco minutos me dije: “Estaré en Bath el
miércoles”, y aquí estuve. ¿Es perdonable que haya pensado en que podía venir?
¿Y haber llegado con ciertas esperanzas? Usted estaba soltera. Era posible que
también conservara los mismos sentimientos que yo. Además tenía otras cosas que
me alentaban. Nunca dudé que usted había sido amada y buscada por otros, pero
seguramente sabía que había rehusado por lo menos a un hombre con más méritos
para aspirar a usted que yo y no podía menos que preguntarme: “¿Será por mí?”
Tuvieron mucho que decirse sobre su primer encuentro en la calle
Milsom, pero más aún sobre el concierto. Aquella velada parecía estar hecha de
momentos deliciosos. El momento en que ella se paró en el Cuarto Octogonal para
hablarle, el momento de la aparición de Mr. Elliot llevándosela, y uno o dos
momentos más marcados por la esperanza o el desaliento, fueron comentados con
entusiasmo.
-¡Verla a usted -exclamó él- en medio de aquellos que no podían
quererme bien; ver a su primo a su lado, conversando y sonriendo, y ver todas
las espantosas desigualdades e inconvenientes de tal matrimonio! ¡Saber que
éste era el íntimo deseo de cualquiera que tuviese influencia sobre usted!
¡Aunque sus sentimientos fueran de indiferencia, considerar cuántos apoyos
tenía él! ¿No era todo aquello bastante para hacer de mí el idiota que parecía?
¿Cómo podía mirar y no agonizar? ¿No era acaso la vista de la amiga que se
sentaba a su lado bastante para recordar la poderosa influencia, la gran
impresión que puede producir la persuasión? ¡Y todo esto estaba en mi contra!
-Debió comprender -dijo Ana-; ya no debió dudar de mí. El caso
era distinto y mi edad, también otra. Si hice mal en ceder a la persuasión una
vez, recuerde que fue por temor a riesgos, no por temor a correrlos. Cuando
cedí, creí hacerlo ante un deber; pero ningún deber se podía alegar aquí.
Casándome con un hombre al que no amaba hubiera corrido todos los riesgos y
todos mis deberes hubieran sido violados.
-Quizá debí pensar así -replicó él-, pero no pude. No podía
esperar ningún beneficio del conocimiento que tenía ahora de su carácter. No
podía pensar: estaban estas cualidades suyas enterradas, perdidas entre los
sentimientos que me habían hecho sufrir durante tantos años. Solamente podía
pensar de usted como de alguien que había cedido, que me había abandonado, que
había sido influida por otra persona que no era yo. La veía a usted al lado de
la persona causante de aquel dolor. No tenía motivo para creer que tuviera
ahora menos autoridad. Además debía añadirse la fuerza del hábito.
-Yo creía -dijo Ana- que mis modales para con usted lo habrían
salvado de pensar esto.
-No; sus modales tenían la facilidad de quien está ya
comprometida con otro hombre. La dejé a usted creyendo esto y sin embargo
estaba decidido a verla de nuevo. Mi espíritu se recobró esta mañana y sentí
que tenía aún motivo para permanecer aquí.
Al fin Ana estuvo de vuelta en casa, más feliz de lo que ninguno
podía imaginar. Toda la sorpresa y la duda y cualquier otro penoso sentimiento
de la mañana se habían disipado con esta conversación, y volvió tan contenta,
con una alegría en la que se mezclaba el temor leve de que aquello no durara
para siempre. Después de un intervalo de reflexión, toda idea de peligro
desapareció para su extrema felicidad; y dirigiéndose a su habitación' se
entregó de lleno a dar gracias por su dicha sin ningún temor.
Llegó la noche, se iluminó la sala y llegaron los invitados. Era
una reunión para jugar a las cartas; una mezcla de gente que se veía demasiado
con gentes que jamás se habían visto. Demasiado vulgar, con demasiada gente
para establecer intimidad y demasiado poca para que hubiese variedad, pero Ana
jamás encontró una velada más corta. Brillante y encantadora de felicidad y
sensibilidad, y más admirada de lo que creía o buscaba, tenía sentimientos
alegres y cariñosos para todas las personas que la rodeaban. Mr. Elliot estaba
allí; ella lo evitó, pero podía compadecerlo. Los Wallis: la divertía
entenderlos. Lady Dalrymple y miss Carteret pronto serían primos inocuos para
ella. No le importaba Mrs. Clay y tampoco los modales de su padre y su hermana
la hacían sonrojar. Con los Musgrove la charla era ligera y fácil; con el
capitán Harville existía el afecto de hermano y hermana. Con Lady Russell,
intentos de charla que una deliciosa culpabilidad cortaba. Con el almirante y
con mistress Croft, una peculiar cordialidad y un ferviente interés que la
misma conciencia parecía querer ocultar. Y con el capitán Wentworth siempre
había algún momento de comunicación, y siempre la esperanza de más momentos de
dicha y ¡la idea de que estaba allí!
En uno de los esos breves momentos en los que parecían admirar
un grupo de hermosas plantas, ella dijo:
-He estado pensando acerca del pasado, y tratando imparcialmente
de juzgar lo bueno y lo malo en lo que a mí concierne. Y he llegado a la
conclusión de que hice bien, pese a lo que sufrí por ello; que tuve razón en
dejarme dirigir por la amiga que ya aprenderá usted a querer. Para mí, ella era
mi madre. Por favor no se equivoque al juzgarme; no digo que ella haya hecho lo
correcto. Fue uno de esos casos en que los consejos son buenos o malos según lo
que ocurra más adelante. Y yo, por mi parte, en igualdad de circunstancias,
jamás daré un consejo semejante. Pero digo que tuve razón en obedecerle y que
de haber obrado en otra forma hubiera sufrido más en continuar el compromiso
que en romperlo, porque mi conciencia hubiera sufrido. Ahora, dentro de lo que
la naturaleza humana nos permite, no tengo nada que reprocharme. Y si no me
equivoco, un gran sentido del deber es una buena cualidad en una mujer.
El la miró, miró a Lady Russell, y volviendo a mirarla exclamó
fría y deliberadamente:
-Todavía no. Pero puede tener ciertas esperanzas de ser
perdonada con el tiempo. Espero tener piedad de ella pronto. Pero yo también he
pensado en el pasado, y se me ha ocurrido que quizá tenía un enemigo peor que
esa señora. Yo mismo. Dígame usted si cuando volví a Inglaterra en el año ocho,
con unos pocos cientos de libras, y se me destinó al Laconia, si yo le hubiese
escrito a usted, ¿hubiera contestado a mi carta? ¿Hubiera, en una palabra,
renovado el compromiso?
-Lo habría hecho -repuso ella; y su acento fue decisivo.
-¡Dios mío -dijo él-, lo habría renovado usted! No es que no lo
hubiera yo querido o deseado, como coronamiento de todos mis otros éxitos. Pero
yo era orgulloso, muy orgulloso para pedir de nuevo. No la comprendía a usted.
Tenía los ojos cerrados y no quería hacerle justicia. Este recuerdo me hace
perdonar a cualquiera antes que a mí mismo. Seis años de separación y
sufrimiento habrían podido evitarse. Es ésta una especie de dolor nuevo. Me
había acostumbrado a sentirme acreedor a toda la dicha de que pudiera
disfrutar. Había juzgado que merecía recompensas. Como otros grandes hombres
ante el infortunio -añadió sonriendo-, debo aprender a humillarme ante mi buena
suerte. Debo comprender que soy más feliz de lo que merezco.
CAPITULO XXIV
¿Quién no adivina lo que siguió? Cuando a dos jóvenes se les
mete en la cabeza casarse, pueden estar seguros de triunfar por medio de la
perseverancia, aunque sean pobres al extremo, o imprudentes, o tan distintos el
uno del otro que bien poco puedan servirse de mutua ayuda. Esta puede ser una
mala moral, pero es la verdad. Y si tales matrimonios se realizan a veces,
¿cómo un capitán Wentworth y una Ana Elliot, con la ventaja de la madurez, la
conciencia del derecho y con fortuna independiente, podrían encontrar alguna
oposición? En una palabra, hubieran vencido obstáculos mucho mayores que los
que tu-vieron que enfrentar, porque poco hubo que lamentar o echar de menos con
excepción de la falta de calor y amabilidad. Sir Walter no opuso ninguna
objeción, e Isabel tomó el partido de mirar fríamente y como si no le
interesara el asunto. El capitán Wentworth, con veinticinco mil libras y un
grado tan alto en su profesión como el mérito y la actividad podían otorgar, no
era ya un “nadie”. Se le consideraba entonces digno de dirigirse a la hija de
un tonto y derrochador barón que no había tenido principios ni sentido común
suficientes para mantenerse en la posición en que la providencia lo había
colocado, y que a la sazón sólo podía dar a su hija una pequeña parte de la
herencia de diez mil libras que más adelante habría de heredar.
Sir Walter, aunque no sentía gran afecto por Ana, y su vanidad
no encontraba ningún motivo de halago que lo hiciera feliz en esa ocasión,
distaba mucho de considerar que su hija realizaba un matrimonio desventajoso.
Por el contrario, cuando vio más a menudo al capitán Wentworth a la luz del día
y lo examinó bien, se sintió impresionado por sus dotes físicas, y pensó que la
superioridad de su aspecto era una compensación para la falta de superioridad
en rango. Todo esto, ayudado por el buen nombre del capitán, preparó a Sir
Walter para inscribir de muy buena gana el nombre del matrimonio en el volumen
de honor.
La única persona cuyos sentimientos hostiles podían causar
cierta ansiedad era Lady Russell. Ana comprendía que su amiga tendría que
sufrir cierto desencanto al conocer el carácter de Mr. Elliot, y que debería
vencerse un poco para aceptar esto tal cual era y hacer justicia al capitán
Wentworth. Debía admitir que se había equivocado con respecto a ambos; que las
apariencias le habían jugado una mala pasada; que porque los modales del
capitán Wentworth no estaban de acuerdo con sus ideas, se había apresurado a
sospechar que éstas indicaban un peligroso temperamento impulsivo; y que
precisamente porque los modales de Mr. Elliot le habían agradado por su
propiedad y corrección, su cortesía y su suavidad, precipitadamente había
supuesto que éstos indicaban opiniones correctas y espíritu lleno de cordura.
Lady Russell no tenía nada más que hacer; es decir, debía reconocer que se
había equivocado en todo y cambiar el objetivo de sus opiniones y esperanzas.
Hay en algunas personas una rapidez de percepción, una precisión
en el discernimiento de un carácter, una penetración natural, que la
experiencia de otras gentes no alcanza jamás, y Lady Russell había sido menos
bien dotada en este terreno que su joven amiga. Pero era una buena mujer, y si
su primer objetivo era ser inteligente y buen juez de la gente, el segundo era
ver feliz a Ana. Amaba a Ana más de lo que apreciaba sus propias cualidades; y
cuando el desagrado del primer momento hubo pasado no le fue difícil sentir
afecto maternal por el hombre que aseguraba la felicidad de quien consideraba
su hija.
De toda la familia, la más satisfecha fue María. Era conveniente
tener una hermana casada, y podía imaginarse que ella había contribuido algo a
ello, teniendo a Ana consigo durante el otoño; y como su hermana debía ser
mejor que sus cuñadas, era también grato pensar que el capitán Wentworth era
más rico que el capitán Benwick o Carlos Hayter. No tuvo nada que lamentar
cuando vio a Ana restituida a los derechos del señorío, como dueña de una
bonita propiedad. Había además una cosa que la consolaba poderosamente de
cualquier pesar que pudiese sentir. Ana no tenía un Uppercross delante de ella,
no tenía tierras ni era cabeza de una familia; y si ocurría que el capitán
Wentworth no era nunca hecho barón, no tendría ella motivos para envidiar la
situación de Ana.
Hubiera sido un bien para la hermana mayor contentarse de igual
manera, pero poco cambio podía esperarse de ella. Pronto tuvo la mortificación
de ver alejarse a Mr. Elliot; y desde entonces nadie en situación aceptable se
presentó para salvar las esperanzas que se desvanecieron al retirarse este
caballero.
Las noticias del compromiso de su prima Ana cayeron
inesperadamente sobre Mr. Elliot. Desarreglaba esto su ilusión de felicidad
doméstica, sus esperanzas de mantener soltero a Sir Walter en favor de los
derechos de su presunto yerno. Pero, molesto y desilusionado, pudo hacer aún
algo por sus propios intereses y felicidad. Pronto dejó Bath; poco después
también se fue mistress Clay y bien pronto se oyó decir que se había
establecido en Londres bajo la protección del caballero, con lo que se
evidenció hasta qué punto había éste jugado un doble juego, y cuán determinado
estaba a no dejarse vencer por las artes de una mujer hábil.
El afecto de Mrs. Clay había sido más poderoso que su interés y
había sacrificado al caballero más joven sus esperanzas de casarse con Sir
Walter. Esta dama tenía, sin embargo, habilidades que eran tan grandes como sus
afectos, y no era fácil decir cuál de los dos astutos triunfaría al final.
Quién sabe si al impedir que se convirtiera Mrs. Clay en la esposa de Sir
Walter, no se preparaba a ésta el camino para convertirse en esposa de Sir
William.
No cabe duda que Sir Walter e Isabel sufrieron un terrible
disgusto al perder a su compañera y al desilusionarse de ella. Tenían sus
primos para consolarse, es cierto, pero bien pronto comprenderían que seguir y
adular a otros sin ser a la vez seguidos y adulados es sólo un placer a medias.
Ana, muy fuertemente satisfecha con la intención de Lady Russell
de amar como debía al capitán Wentworth, no tenía más sombra en su dicha que la
que provenía de la sensación de que no había en su familia una persona con
méritos suficientes para ser presentada a un hombre de buen sentido. Allí
sintió poderosamente su inferioridad. La desproporción de sus fortunas no tenía
la menor importancia; no sintió esto en ningún momento; pero no tener familia
que lo recibiera y lo estimara como merecía; ninguna respetabilidad, armonía,
buena voluntad que ofrecer a cambio de la digna y pronta bienvenida de sus
cuñados y cuñadas, era un manantial de pesares, bajo circunstancias, por otra
parte, extremadamente felices. Sólo dos amigas podía presentarle: Lady Russell
y Mrs. Smith. A estas dos, él pareció dispuesto a dedicar inmediato afecto. A
Lady Russell, pese a sus resentimientos anteriores, estaba él dispuesto a
recibirla de todo corazón. Mientras no se viera obligado a confesar que ella
había tenido razón en separarlos al principio, estaba presto a hacer grandes
alabanzas de la dama; en cuanto a Mrs. Smith, había varias circunstancias que
lo inclinaron pronto y para siempre a apreciarla como me-recía.
Sus recientes buenos oficios con Ana eran ya más que
suficientes; y el matrimonio de ésta, en lugar de privarla de una amistad, le
otorgó dos. Fue ella la primera en visitarlos apenas se hubieron establecido; y
el capitán Wentworth, encargándose de los negocios para que recobrase las
propiedades de su esposo en las Indias Occidentales, escribiendo por ella,
actuando y ocupándose de todas las dificultades del caso, con la actividad y el
interés de un hombre valiente y un amigo solícito, devolvió todos los servicios
que ésta hiciera o hubiese intentado hacer a su esposa.
Las buenas cualidades de Mrs. Smith no desmerecieron con el
aumento de su renta. Con la salud recobrada y la adquisición de amigos que
podía ver a menudo, continuó valiéndose de su perspicacia y de la alegría de su
carácter; y teniendo estas fuentes de bienestar habría hecho frente a cualquier
otro halago mundano. Habría podido estar más sana y ser más rica, siendo
siempre dichosa. La fuente de su felicidad estaba en su espíritu, como la de su
amiga Ana residía en el calor de su corazón. Ana era la ternura misma, y había
encontrado algo digno de ella en el afecto del capitán Wentworth. La profesión
de su marido era lo único que hacía desear a sus amigas que aquella ternura no
fuese tan intensa, por miedo a una futura guerra que pudiera turbar el sol de
su dicha. Su gloria era ser la esposa de un marino, pero debía pagar el precio
de una constante alarma por pertenecer su esposo a aquella profesión que es, si
fuese ello posible, más notable por sus virtudes domésticas que por su
importancia nacional.
FIN

