Libro N°. 3102. Peregrinación, El Libro Del Pueblo. Henderson, Zenna.
© Libro N°. 3102. Peregrinación, El Libro Del Pueblo. Henderson, Zenna. Colección
E.O. Septiembre 10 de 2016.
Título original: © Pilgrimage: The Book of the People
Versión Original: © Peregrinación, El Libro Del Pueblo. Zenna Henderson
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PEREGRINACIÓN, EL LIBRO DEL PUEBLO
Zenna Henderson
La
ventanilla del autobús era un cuadrado oscuro contra la noche de formas indistintas.
Los ojos de Lea dejaron lentamente la niebla difusa de la distracción y
enfocaron el mundo; al fin se le materializó la cara, en débiles fragmentos,
apenas visibles en la penumbra del interior del autobús. Mira, pensó, todavía
tienes una cara. Inclinó la cabeza y observó la luz pálida que se le deslizaba
por el borde nítido y delicado de la mejilla. Los ojos abiertos no veían ningún
color, sólo oscuridad; los rizos recogidos en las sienes y la curva de las
cejas, todo como una fotografía fuera de foco en la oscuridad exterior. Esto es
lo que parezco a la gente, pensó de un modo impersonal. Mi exterior está
intacto: una cáscara de huevo y nada dentro.
La
figura de al lado se movió en el asiento.
—
¿Despierta, querida? —La cara redonda resplandeció en las sombras—. Parece que
durmió bien. Estuvo usted tan quieta desde que yo subí. Déjeme que encienda la
luz. —La mujer movió los dedos sobre la cabeza de Lea—. Estas luces son de
veras ingeniosas. ¿Cómo habrán conseguido que apunten en la dirección justa?
—La luz se encendió y Lea apartó los ojos parpadeando—. ¿Demasiado fuerte? —La
cara de la anciana se arrugó en una sonrisa—. Me recuerda cuando yo era joven y
veníamos de la oscuridad y encendíamos la lámpara de petróleo. Yo parpadeaba
como usted ahora. Aunque cuando yo tenía los años de usted ya había luz
eléctrica. Pero yo tuve mis dos primeros antes de la electricidad. Me casé a
los diecisiete y estos dos no pudieron venir más rápido. Usted no puede tener
más de veintidós o veintitrés. Señor. Yo ya había dado cuatro al mundo por ese
entonces La ventanilla del autobús era un cuadrado oscuro contra la noche de
formas indistintas. Los ojos de Lea dejaron lentamente la niebla difusa de la
distracción y enfocaron el mundo; al fin se le materializó la cara, en débiles
fragmentos, apenas visibles en la penumbra del interior del autobús. Mira,
pensó, todavía tienes una cara. Inclinó la cabeza y observó la luz pálida que
se le deslizaba por el borde nítido y delicado de la mejilla. Los ojos abiertos
no veían ningún color, sólo oscuridad; los rizos recogidos en las sienes y la
curva de las cejas, todo como una fotografía fuera de foco en la oscuridad
exterior. Esto es lo que parezco a la gente, pensó de un modo impersonal. Mi
exterior está intacto: una cáscara de huevo y nada dentro.
La
figura de al lado se movió en el asiento.
—
¿Despierta, querida? —La cara redonda resplandeció en las sombras—. Parece que
durmió bien. Estuvo usted tan quieta desde que yo subí. Déjeme que encienda la
luz. —La mujer movió los dedos sobre la cabeza de Lea—. Estas luces son de
veras ingeniosas. ¿Cómo habrán conseguido que apunten en la dirección justa?
—La luz se encendió y Lea apartó los ojos parpadeando—. ¿Demasiado fuerte? —La
cara de la anciana se arrugó en una sonrisa—. Me recuerda cuando yo era joven y
veníamos de la oscuridad y encendíamos la lámpara de petróleo. Yo parpadeaba
como usted ahora. Aunque cuando yo tenía los años de usted ya había luz
eléctrica. Pero yo tuve mis dos primeros antes de la electricidad. Me casé a
los diecisiete y estos dos no pudieron venir más rápido. Usted no puede tener
más de veintidós o veintitrés. Señor. Yo ya había dado cuatro al mundo por ese
entonces y había enterrado uno. Mire, fotografías de mis nietos.
Vengo
de visitar al último de todos, el benjamín de Jenny. Una niña luego de tres
varones. Usted me recuerda un poco a ella, los ojos oscuros y ese color de
pelo. Jenny lo usa más largo, pero las dos tienen ese mismo tinte rojizo. —La
mujer buscó en el bolso. Lea sentía que las palabras caían sobre ella como un
agua tibia y espumosa. Tomó automáticamente la billetera abultada que le tendía
la mujer y miró sin ver las ventanitas de celofán—: ...y éstos son Arthur y
Jane. Ah, aquí está Jenny. Mírela, mírela bien y dígame si no se parece a
usted.
Lea
tomó aliento y recorrió de vuelta una larga y dolorosa distancia. Clavó los
ojos en la billetera.
La
cara la miraba ahora sonriendo, expectante.
—¿Bien?
—Es...
—Lea no tenía voz. Carraspeó secamente—. Es bonita.
—Sí,
lo es. —La mujer sonrió—. ¿No opina que se parece un poco a usted?
—Un
poco... —comenzó a repetir Lea, y se le apagó la voz; la mujer entendió que
esto era una respuesta. —Adelante, mire a los otros y dígame cuál de los niños
le gusta más.
Lea
volvió las páginas de celofán y se quedó mirando algo, con los ojos bajos.
—Bueno,
¿con cuál se ha quedado? —La mujer se inclinó hacia Lea—. ¡Bueno! —Un jadeo de
indignación—. ¡Eso es mi licencia para conducir! ¡No le pedí que husmeara mis
papeles!
La
anciana le arrebató a Lea la billetera y apagó la luz. Hubo unos cuantos
movimientos y murmullos en el asiento de al lado hasta que la tranquilidad
volvió otra vez.
El
zumbido del autobús era casi hipnótico y Lea se hundió de nuevo en aquella
apatía, excepto una punta minúscula de incomodidad que continuaba
aguijoneándole la conciencia. Tendría que hacer algo en la próxima parada. El
billete alcanzaba hasta allí. ¿Luego qué? Habría que decidir otra vez. Y todo
lo que ella quería era nada... nada. Y todo lo que tenia era nada... nada. ¿Por
qué tenía que hacer algo? ¿No bastaba que ella no...? Lea apoyó la frente
contra el vidrio de la ventanilla, disolviendo aquel nebuloso reflejo de ella
misma, y clavó los ojos en la oscuridad. El hábito la dominó de nuevo, y los
dolorosos pensamientos volvieron a los viejos surcos, los trillados senderos
que llevaban a una futilidad sin remedio, a una nada oscura. Retuvo el aliento,
y luchó contra el horror... la amenaza...
Todas
las luces del interior del autobús se encendieron de pronto, y hubo un murmullo
y un movimiento de gente adormilada. El autobús marchaba ahora más despacio
entre las luces desperdigadas de las afueras de un pueblo.
Era
un pueblo pequeño. Lea ni siquiera recordaba el nombre. Ni siquiera supo en qué
dirección iba cuando dejó la estación. Se alejó de la parada de autobús
caminando con pasos rápidos y silenciosos por la acera agrietada,
complaciéndose en el balanceo rítmico del cuerpo después de las largas horas de
inactividad. La mente todavía le daba vueltas, a ciegas, apartada, distraída,
encerrada en sí misma.
El
distrito comercial fue quedando atrás, y Lea comenzó a subir por una calle
empinada. Arriba y al cabo de un rato se encontró con una baranda. Se apoyó en
el borde esperando a que se le pasara el mareo. Escudriñó la oscuridad. ¡Es un
puente!, pensó. Sobre un río. Sintió que algo se encendía en ella. Es la
respuesta, se dijo, animada. Sí, y luego... ¡nada más! Apoyó los codos en la
baranda, enmarcándose el mentón y las mejillas con las manos, los ojos puestos
en la oscuridad de allá abajo, una oscuridad cerrada donde no había ni siquiera
una onda que reflejase las luces del puente.
La
voz familiar, tan razonable, hablaba de nuevo. Hay que desprenderse de ese
dolor. Que sea sólo una incomodidad transitoria. Deja de respirar, deja de
pensar, deja de sufrir, deja de alimentar ese ciego deseo. Lea se movió por la
acera, acariciando la baranda. Puedo soportarlo ahora, pensó. Ahora que sé que
hay un fin. Puedo soportar un minuto más de vida... para decir adiós. Sintió un
estremecimiento en los hombros y la risa que se le ahogaba en la garganta.
¿Adiós? ¿A quién? ¿Quién notaría que ella se había ido? Una onda que se detiene
en un mar tempestuoso. Que el agua tranquila la dejara sin aliento. Que esa
bondad impersonal la ocultara, la disolviera, de modo que nadie pudiera
suspirar y decir: Eso fue Lea. Oh, agua bendita.
No
había nada que lo impidiera. Lea se encontró defendiendo lo que iba a hacer
como si le hubiesen puesto alguna objeción. Escucha, pensó. Te lo he dicho
tantas veces. No hay razón para seguir. Puedo aguantarlo cuando la inanidad me
envuelve ocasionalmente, ¿pero no recuerdas? ¿No recuerdas la mañana en que
estabas sentada vistiéndote, con un zapato puesto y el otro todavía en la mano,
y no podías encontrar una razón válida para terminar de calzarte? ¡Ninguna
razón! ¿Acabar de vestirse? ¿Para qué? ¿Por qué tenías que ir a trabajar? ¿Por
qué? ¿Para ganarte la vida? ¿Por qué? ¿Para tener que comer? ¿Por qué? ¿Para no
morirte de hambre? ¿Por qué? ¡Porque tienes que vivir! Por qué. ¿Por qué? ¡Por
qué!
—Y
no había respuestas. Y me quedé allí sentada hasta que el aire gris se disolvió
a mi alrededor, como otras veces. Pero entonces... —Lea juntó las manos y se
las retorció dolorosamente—. ¿Recuerdas qué ocurrió entonces? El cielo
distorsionado se desgarró derramando todo el horror de un mundo sin significado
y sin sentido; una existencia irracional que daba vueltas y vueltas como las
manecillas de un reloj sin cara, una nada amenazadora que tironeaba del hilito
de razón que aún me quedaba enredándolo y enredándolo. —Lea se estremeció y
apretó los labios tratando de recobrarse—. Eso fue sólo el principio... Poco
después esos mismos abismos de inutilidad llegaron a ser un refugio y no algo
de lo que era necesario escapar, una negatividad casi cómoda comparada con ese
horror positivo que era vivir. Pero ya no aguanto ni una cosa ni otra. — Se
dobló sobre la baranda—. Y no tengo por qué hacerlo. —Se enderezó y contuvo una
náusea repentina y seca—. Las aguas han de ser más profundas en el medio —se
dijo—. Profundas, rápidas, silenciosas, alejándome de esta intolerable...
Y
mientras daba un paso adelante se oyó un gritito, perdido dentro de ella.
—¡Pero
yo hubiese podido tener amor a la vida! ¿Cómo he llegado a este punto muerto?
Calla,
le decía la oscuridad a la vocecita, ¡calla! No te molestes en pensar. Trae
dolor. ¿No descubriste que trae dolor? No tienes que pensar nunca más, ni
hablar nunca más, ni respirar nunca más después del próximo aliento...
Los
pulmones de Lea se llenaron lentamente. ¡El último aliento! Empezó a deslizarse
a lo largo de la baranda del puente de piedra, hacia la oscuridad, hacia el
acabamiento de todo, hacia el Fin.
—No
tienes verdaderas ganas. —La voz risueña sorprendió a Lea como un golpe en la
cara—. Por otra parte, aunque lo quisieras de veras no podrías aquí. Quizá te
romperías una pierna, pero nada más.
—
¿Me rompería una pierna? —La voz de Lea era de estupefacción, y algo gritó
dentro de ella, decepciona da—: ¡Te estoy hablando!
—Claro.
—Unas manos fuertes la apartaron de la baranda y la arrastraron a un asiento
dentro de lo que parecía ser un pequeño kiosco—. Tienes que ser muy nueva aquí,
llegada en el autobús de las nueve y media de la noche.
—El
autobús de las nueve y media de la noche —repitió Lea inexpresivamente.
—Porque
si hubieses estado aquí a la luz del día sabrías que este puente es un engaño y
una ilusión, por lo menos en lo que a agua se refiere. No podrías ahogar un
mosquito en este río. Hay un dique arriba, y aquí sólo arena y tamariscos.
Además, no quieres morir, mucho menos con un abrigo tan hermoso como ése, ¡casi
nuevo!
—No
quieres morir —repitió Lea como un eco distante. De pronto se soltó con una
sacudida de aquellas manos firmes y torció el cuerpo tratando de librarse del
brazo que la sostenía.
—
¡Quiero morir! ¡Vete! —Habló con una voz cada vez más aguda y casi escupió la
última palabra.
—¿Pero
no me oíste? —El resplandor del farol más cercano en el collar de luces que
perlaba el puente brilló sobre una sonriente cara de muchacha, no mucho mayor
que Lea—. No tendrás lo que piensas si tratas de suicidarte aquí. Probablemente
te quedes tendida en la arena toda la noche, quizá con una rama afilada de
tamarisco clavada en el hombro, y la pierna rota doliéndote corno todos los
diablos. Y mañana te encontrarán las hormigas, y las moscas, los moscardones
que zumban. Los atrae la sangre, ya lo sabrás. Tu sangre, derramada en la
arena.
Lea
ocultó la cara, con violencia, hundiendo las uñas en el cuero cabelludo.
Esta... esta criatura no tiene por qué rascar esa costra que resuma sangre,
pensó. Sería tan fácil saltar a la oscuridad, a la nada, y no quedarse pensando
en moscardones y sangre, tu propia sangre.
—Además...
—el brazo la rodeaba de nuevo, llevándola de vuelta al banco—, no puedes querer
morir y perderlo todo.
—Todo
es nada —jadeó Lea, tratando de volver a un camino gastado y conocido—. No es
nada. Sólo una tiza gris que escribe palabras grises en un cielo gris de
tormenta. ¡No hay nada! ¡No hay nada! —Esa frase tan redonda tienes que
habértela dicho miles de veces para haber llegado tan adentro en la oscuridad
—dijo la voz, seria ahora—. Pero tienes que volver, lo sabes, tienes que sentir
de nuevo el deseo de vivir.
—
¡No, no! —gimió Lea, retorciéndose—. ¡Déjame ir! —No puedo. —La voz era dulce,
las manos firmes—.
Los
Poderes me enviaron aquí a propósito. No puedes volver a la Presencia con tu
vida deshecha. Pero no me escuchas, ¿no es cierto? Deja que te diga.
»Te
llamas Lea Holmes. Yo me llamo Karen, si quieres saberlo. Dejaste tu casa en
Clivedale hace dos días. Juntaste todo tu dinero y compraste el pasaje que te
llevara más lejos. Te pasaste dos días sin comer. Ni siquiera sabes muy bien en
qué estado te encuentras, excepto que es un estado de desesperación y
agotamiento completos, ¿no es así?
—
¿Cómo... cómo sabe? —Lea sintió que algo muerto desde hacía mucho se movía
dentro de ella, y volvía a morir bajo la chata monotonía de la voz de la
muchacha—. No importa. Nada importa. ¡Usted no sabe nada! —Una ira nauseosa
aleteó en el estómago vacío de Lea—. Usted no sabe lo que es vivir de cara a
una pared y sin embargo tener que caminar y caminar, día tras día, arrastrando
siempre una rueda de molino, sin ninguna esperanza de poder atravesar la pared,
¡nada, nada, nada! ¡Ni siquiera un eco! ¡Nada!
Lea
se arrancó de las manos de Karen, y en un movimiento ciego y enloquecido corrió
a la baranda de cemento y se arrojó a la oscuridad.
Una
vuelta y otra vuelta en el aire, interminable, lenta, lenta. ¿Se tardaba tanto
en morir? Cayó blandamente en la arena.
—Ya
ves —dijo Karen, agachándose en la arena y alzando la cabeza de Lea—. No puedo
permitir que lo hagas.
—Pero...
yo... ¡yo salté! —Las manos de Lea tocaron la arena a los costados y alzó los
ojos y miró las luces de los coches que pasaban allá arriba como bastones a lo
largo de una cerca de piquetes.
—
Sí, saltaste. —Karen rió con una risita cálida—. Mira, Lea, todavía hay
maravillas en este mundo. No todo está en el fondo de un pantano. ¿Cuál es esa
otra cita que has estado usando como anestesia?
Lea
volvió de mala gana la cabeza y se sentó.
—Déjeme
sola.
Karen
insistió con una voz imperiosa.
—
¿Cuál era esa otra cita?
—No
hay más maravillas para mí —citó Lea con las manos sobre los labios—. Excepto
preguntarme por qué ya no puedo maravillarme. Y por qué todas las maravillas
parecen haberse agotado... —Unas lágrimas calientes le quemaron los ojos, pero
no llegaron a caer—. No más maravillas...
El
enorme vacío que estaba allí esperando siempre se extendió y extendió
distorsionando...
¿No
más maravillas? —Karen rompió la burbuja con una risa tierna—. ¡Oh, Lea, si yo
sólo tuviera tiempo! ¡Ninguna maravilla! Pero tengo que irme. La más increíble
maravilla... —Hubo un breve silencio y los coches pasaron arriba, uno tras
otro—. ¡Escucha! —Karen tomó las manos de Lea—. Ya no te importa lo que pueda
pasarte, ¿no es cierto?
¡No!
—dijo Lea, pero una débil voz murmuró una protesta detrás de ese grito
desanimado.
—Sientes
que la vida es insufrible, ¿no? —Insistió Karen—. Que nada puede ser peor.
—
Nada —dijo Lea, embotada, con un susurro ahogado.
—Escucha
entonces. —Karen se arrimó a ella en la oscuridad—. Te llevaré conmigo. En
verdad no tendría que hacerlo, especialmente ahora, pero ellos entenderán. Te
llevaré allá conmigo y luego, luego, si cuando todo haya terminado tú todavía
piensas que no hay nada de que maravillarse en el mundo, yo misma te llevaré a
un sitio mucho más apropiado para suicidios, ¡y te daré un empujón!
Las
manos de Lea se retorcían tratando de librarse de sí mismas.
—Pero
dónde...
—
¡Ah, ja! —rió Karen—. ¡Recuerda que no te importa! ¡No te importa! Bien, ahora
tendré que taparte los ojos, un minuto. Levántate. Deja que te ponga esta
bufanda sobre los ojos. Listo. Me parece que no está demasiado apretada, y sí
lo suficiente. —La charla de Karen siguió y siguió, y Lea buscó apoyo de pronto
en la muchacha, sintiendo que el mundo se disolvía alrededor. Se tomó del
hombro de Karen y dio unos pasos tambaleantes de la arena a terreno más
sólido—. Oh, ¿te marea no ver nada? —Preguntó Karen—. Bueno, está bien. Te la
sacaré. —Desató la bufanda—. De prisa, tenemos que tomar el autobús y es casi
la hora. —Arrastró a Lea a lo largo de la vereda del puente, hacia la otra
orilla, dejando atrás el pueblo.
—Pero...
—Lea trastabillaba de cansancio y hambre—, ¿cómo estamos otra vez en el puente?
¡Esto es una locura! Estábamos abajo...
—
¿Preocupada, Lea? —Karen la tranquilizó tocándole el hombro—. Si nos damos
prisa tendremos tiempo de que comas un sandwich antes de que llegue el autobús.
Yo invito.
Un
sandwich y un vaso de leche más tarde, el autobús se acercó rugiendo a la
acera, devoró a Lea y a Karen y se alejó ruidosamente. Veinte minutos después
el conductor, discutiendo, abrió la portezuela a la oscuridad.
—Pero,
señora, ¡no hay nada ahí! ¡La casa más próxima está casi a dos kilómetros!
—Ya
lo sé —sonrió Karen—. Pero éste es el sitio. Alguien nos espera. —Ayudó a Lea a
bajar los peldaños—. ¡Gracias! —Dijo volviendo la cabeza—. ¡Muchas gracias!
—
¡Gracias! —Murmuró el conductor cerrando brusca mente la portezuela—. ¡Ni
siquiera es un cruce! ¡Qué gente loca!
El
autobús se fue rugiendo camino abajo. Las dos muchachas miraron la retirada de
luciérnaga del autobús hasta que desapareció detrás de una curva.
—
¡Bueno! —Karen suspiró, feliz—. Miriam está esperándonos por aquí en algún
sitio. Luego iremos...
—Yo
no. —La voz de Lea era de una terquedad inexpresiva en la casi tangible
oscuridad—. No me moveré un centímetro más. ¿Quién se cree que es usted? Me
quedaré aquí hasta que pase un coche...
—¿Y
te tirarás al camino? —La voz de Karen era fría y dura—. No tienes derecho a
obligar a un desconocido a que sea tu verdugo. ¿Te parece bien derramar tu
sangre sobre alguien cubriéndolo de pies a cabeza?
—
¡No me hable más de sangre! —gritó Lea, herida en lo vivo pues Karen estaba
sacándole fuera todos los pensamientos—. ¡Déjeme morir! ¡Déjeme morir!
—Sí,
quizá tendría que dejarte morir —dijo Karen sin ninguna simpatía—. No estoy
segura de que valga la pena evitarlo. Pero mientras estés en mis manos vendrás
conmigo y te callarás. Las niñas lloronas me aburren.
—Pero...
usted... ¡no sabe! —Lea sollozó sin lágrimas, trastabillando detrás de Karen,
arrastrada por el brazo, evitando cactos y arbustos, llorando el todo protector
consuelo de la nada que ya hubiera sido suyo si Karen no hubiera intervenido.
—Quizá
te sorprenda —soltó Karen—, pero al menos Dios lo sabe, y no le has dedicado un
solo pensamiento en toda la noche. Si tienes tantas ganas de meterte en la casa
del Señor aunque nadie te haya invitado, será mejor que dejes de lloriquear y
pienses en alguna excusa convincente.
—
¡Usted es mala! —chilló Lea, como un niño.
—De
modo que soy mala. —Karen se detuvo tan bruscamente que Lea se la llevó por
delante—. Quizá debiera dejarte sola. No quiero que esta cosa maravillosa que
está ocurriendo sea estropeada por tantas estupideces. ¡Adiós!
Y
Karen desapareció antes que Lea alcanzara a parpadear. Desapareció
completamente. No se había oído ni el sonido de una pisada, ni el susurro de un
arbusto. Lea se encogió en la oscuridad, sintiendo que el pánico le crecía en
el pecho y la dejaba sin aliento. El elevado arco del cielo resplandecía sobre
ella y la noche de pronto hostil se cerraba arrastrándose, cada vez más cerca.
No había ninguna parte a donde ir, ningún sitio donde esconderse, ningún rincón
a donde pudiera retroceder. Nada... ¡Nada!
—
¡Karen! —chilló Lea, echando a correr ciegamente—. ¡Karen!
—Cuidado.
—Karen salió de la oscuridad y la tomó por el brazo—. Hay cactos ahí. —La voz
continuó con una exasperada paciencia—: Muerta de miedo por quedarse sola en la
oscuridad dos minutos y catorce segundos, y todavía piensas que una eternidad
de lo mismo sería mejor que vivir... Bueno, he hablado con Miriam y me ha dicho
que puede ayudarme a tratar contigo, de modo que ven... Miriam, aquí está ella.
¿Crees que vale la pena salvarla? —Lea retrocedió, sorprendida, mientras Miriam
se materializaba vagamente en la oscuridad.
—Karen,
deja ese tono de censor —dijo la sombra—. Ya sabes que no podrías abandonar a
Lea ahora. Necesita ayuda, y no reproches.
—Ni
siquiera quiere ayuda —dijo Karen.
—Hablan
como si yo ni siquiera estuviese aquí —dijo Lea, resentida—. No aquí. No aquí.
—La ola de desesperación creció y creció y al fin rompió sobre ella—. ¡Oh,
déjenme ir! ¡Déjenme morir!
Lea
se apartó de Karen pero la sombra de Miriam la envolvió con brazos cálidos.
—Tampoco
quiere vivir, pero no lo aceptarás, así como no aceptas que no quiera ayuda.
—Es
tarde —dijo Karen—. ¿La sillita de oro?
—
Supongo que sí —dijo Miriam—. De todos modos el shock será inevitable. Cuanto
más contacto mejor.
De
modo que las dos prepararon la silla, la mano tomando la muñeca, la muñeca
tomada por la mano, y se agacharon.
—Vamos,
Lea —dijo Karen—, siéntate. Los brazos alrededor de nuestros cuellos.
—Puedo
caminar —dijo Lea fríamente—. No estoy tan cansada. No sean tontas.
—A
donde vamos no puedes ir caminando. No discutas. Estamos retrasadas. Siéntate.
Lea
apretó los labios, pero se sentó, torpemente, tomándose con fuerza cuando Karen
y Miriam se incorporaron, levantándola del suelo.
—
¿Todo bien? —preguntó Miriam. —Todo bien —dijeron a la vez Karen y Lea.
— ¿Y
ahora? —dijo Lea esperando a que empezaran los pasos.
—Bueno
—rió Karen—, no digas que no te lo advertí, pero mira hacia abajo.
Lea
miró hacia abajo, y abajo, ¡y abajo! Allá abajo se escurrían unas luces a lo
largo de la borrosa cinta de un camino. Allá abajo se extendía el rocío
enjoyado de los faroles de una calle. Allá abajo toda la panorámica perfección
del valle brillaba mágicamente en la noche. Lea se miraba incrédula los dos
pies que le colgaban en el aire; nada debajo sino aire, el mismo aire que le
movía el cabello y le golpeaba los párpados a medida que aumentaban la
velocidad. El terror la sofocaba. Los dos brazos apretaron convulsivamente los
cuellos de las muchachas.
—
¡Eh! —jadeó Karen—. ¡Nos estás ahogando! No ten gas miedo. No aprietes tanto.
¡No aprietes tanto!
—Será
mejor que la tranquilices —susurró Miriam—. No te oye.
—Tranquila
—dijo Karen en voz baja—. Lea, tranquila.
Lea
sintió que el miedo se alejaba de ella como una marea que retrocede. Aflojó los
brazos. Los ojos que no entendían se alzaron a las estrellas y bajaron de nuevo
a las luces. Dejó escapar un leve suspiro y apoyó la cabeza en el hombro de
Karen.
Estoy
muriéndome, se dijo. Salté del puente y esto es mi agonía, el delirio que
precede a la muerte. Tardo mucho en morir. No me sorprende, con esa espina de
tamarisco que me ha traspasado el hombro.
Lea
cerró los ojos y los miembros se le aflojaron! Lea estaba tendida en una
oscuridad de plata, detrás de los ojos cerrados, y saboreaba esa anónima
inercia que separa el sueño del despertar. Una calma serena le cantaba en el
cuerpo, un tranquilo zumbido. Se sentía tan anónima como un alga transparente
que flota inmóvil entre dos capas de agua clara. Respiró despacio, pues no
quería perturbar esa quietud de espejo, esa paz transparente. Si respiras con
rapidez, empiezas a pensar, y si piensas... Lea se movió, se le estremecieron
los párpados que no querían abrirse, pero la conciencia y la luz crecientes la
despertaron del todo. Se quedó tendida y sin moverse en la cama, tratando de
ser otra sábana blanca entre dos sábanas de algodón. Pero las sábanas blancas
no oyen el canto de los pájaros en la mañana ni huelen desayunos. Se volvió y
esperó a sentir otra vez el peso doloroso de la vida, esa carga que la
abrumaría, que la trastornaría con aquella quemante inutilidad.
—Buenos
días. —Karen estaba sentada en el alféizar de la ventana, extendiendo una mano
abierta, con la palma hacia arriba—. ¿Sabes cómo llamar la atención de un
pájaro, con unas migas en la mano? Me pregunto si notan otra cosa que no sea
comida o unos huevos. ¿Respiran alguna vez por la pura alegría de respirar?
Deshizo
las migas entre las manos y las echó fuera de la ventana.
—No
sé mucho de pájaros —dijo Lea con una voz espesa y herrumbrosa—. Y tampoco
mucho de la alegría, me parece.
Endureció
el cuerpo esperando a que aquel pesado horror descendiera de nuevo.
—Cálmate
—dijo Karen volviéndose desde la ventana—. Te he tranquilizado.
—
¿Quieres decir... que estoy curada? —preguntó Lea tratando de recordar los
episodios de la noche anterior.
—Oh,
no. Simplemente te he desconectado, por un tiempo. La curación es algo lenta.
Tienes que hacerlo tú misma. Yo puedo llevarte la cuchara a los labios, pero el
esfuerzo de tragar depende de ti.
—
¿Qué hay en la cuchara? —preguntó Lea ociosa mente, dejándose llevar por
aquella corriente de paz.
—
¿De qué tienes que curarte?
—De
la vida. —Lea apartó la cara—. Cúrame de la vida.
—
Otra vez lo mismo. Podemos pasamos palabras todo el día una a otra y no llegar
a ninguna parte. Además, no tengo tiempo. Tengo que irme ahora. —La cara se le
iluminó a Karen, y se movió alrededor del cuarto, levemente—. ¡Oh, Lea! ¡Oh,
Lea! —En seguida, rápidamente—: Te espera el desayuno en el otro cuarto. Te
dejo. Volveré luego y entonces... bueno, quizá se me haya ocurrido algo. Dios
te bendiga.
Karen
se deslizó fuera del cuarto, pero Lea no oyó que la puerta se cerrara.
Fue
hasta el otro cuarto, sintiendo una inquietud que reemplazaba la inercia
enfermiza de costumbre. Deshizo un poco de jamón entre los dedos y se sirvió
una taza de café. Al fin salió del cuarto, sin probar nada. De vuelta en el
dormitorio se tocó el raro camisón que tenía puesto. De pronto se lo sacó, con
un solo y repentino movimiento, y se escurrió dentro de sus propias ropas.
Probó
el pestillo, no giraba. Martilleó débilmente con los puños en la puerta
cerrada. Corrió a la ventana y sentándose en el alféizar comenzó a pasar las
piernas al otro lado. Los pies le golpearon en algo invisible. Sorprendida,
extendió una mano y tocó una cosa con la punta de los dedos. Sacó lentamente
las dos manos y se quedó mirándolas cuando tropezaron con un obstáculo.
Volvió
a la cama y la miró un rato. Al fin se puso a tenderla, rápida, minuciosamente,
doblando bajo el colchón los bordes de las sábanas y ahuecando la almohada de
plumas. Luego se dejó caer en el borde de la cama y se miró las manos apretadas
y tensas. Poco a poco fue deslizándose hasta caer al suelo de rodillas. Hundió
la cara en las manos y le susurró a aquella pena árida que le quemaba los ojos:
—¡Oh, Dios! ¡Oh, Dios! ¿Estás de veras ahí?
Durante
un largo tiempo se quedó allí de rodillas, sintiendo que apretaba la cara
contra los barrotes que le impedían salir al mundo, y que ahora, quizás a causa
de Karen, eran algo inerte e impersonal, y ya no más aquella maligna carga de
agonía, la criatura deliberadamente malvada que había sido antes.
Entonces,
de pronto, oyó una voz incongruente, la voz de Karen:
—No
has comido. —Lea alzó la cabeza, sorprendida. No había nadie en el cuarto—. No
has comido —dijo otra vez la voz, como enunciando simplemente un hecho—. No has
comido.
Lea
hizo un esfuerzo y se incorporó, sintiendo que la sangre le corría otra vez por
las piernas entumecidas. Tiesamente fue cojeando hasta la otra habitación. El
café humeaba todavía agradablemente aunque ella sentía que había pasado toda
una vida desde que lo había servido en la taza. El jamón con huevos estaba
todavía caliente. Rompió la tostada crujiente y tibia y comenzó a comer.
—Lo
pensaré todo dentro de un rato —le murmuró a la mesa—. Y es posible que luego
me ponga a chillar.
Karen
llegó de vuelta en las primeras horas de la tarde, precipitándose a través de
una puerta que se abrió antes que ella la tocara.
—
¡Oh, Lea! —gritó tomando a Lea por los hombros y haciéndola girar en una danza
enloquecida—. ¡Nunca lo adivinarías, ni en un millón de años! ¡Oh, Lea! ¡Oh,
Lea!
Karen
cayó con Lea sobre la cama y rió alegremente. Lea se apartó.
—
¿Qué tengo que adivinar? —La voz parecía tan seca y tensa como los ojos sin
lágrimas.
Karen
se sentó enderezándose rápidamente.
—
¡Oh, Lea! Lo siento tanto. Estoy tan excitada que lo olvidé. Escucha. Jemmy
dijo que asistirás a la Reunión esta noche. No puedo decírtelo. Bueno, no
podrías entenderme sin una larga explicación, y aun entonces... —Miró los ojos
extraviados de Lea—. ¿Duele, no es cierto? —preguntó en voz baja—. Aunque yo te
haya tranquilizado, se abre paso corno un cuchillo desafilado, ¿no es así? ¿No
puedes llorar, Lea? ¿Ni siquiera una lágrima?
—Lágrimas...
—Las manos de Lea estaban inquietas—. De qué servirían todas las lágrimas. —Se
llevó las manos al nudo apretado que tenía en el pecho. Le dolía mucho la
garganta—. ¿Cómo podría soportarlo? —susurró—. Cuando tú permitas que salga
otra vez, ¿cómo podré soportarlo?
—No
tendrás que soportarlo sola. No había necesidad de que lo soportaras sola. Y no
lo soltaré en ti hasta que tengas fuerzas suficientes.
»De
cualquier modo... — Karen se puso de pie, vivamente—. Comerás de nuevo, y
después una siesta. Te ayudaré a dormir. Luego la Reunión. Allí encontrarás tu
nuevo principio.
Lea
se encogió, temerosa, mirando cómo crecía la Reunión. Risas y gritos y músicas
y corrientes secretas giraban alrededor del cuarto.
—
¡No te morderán! —Susurró Lea—. Ni siquiera se darán cuenta de que estás aquí,
si tú no lo deseas. Sí —respondió a la pregunta muda de Lea—. Tienes que
quedarte, te guste o no te guste, aunque te parezca que no servirá de nada. No
sé muy bien por qué Jemmy llamó a esta Reunión, pero me parece bastante
apropiado que te encuentres con nosotros en la escuela. Créeme o no, pero aquí
me eduqué, y aquí... Bueno, aquí las maestras deshacían lo que nosotros éramos,
o lo hacían todo, depende del punto de vista. Sabes, los adultos pueden ocultar
muy bien cualquier secreto, pero los niños... —Karen rió—. Pobres querubines...
o quizás eran los más sabios. Sin que nadie se lo pida, están dispuestos a
decirles las cosas más íntimas a cualquier adulto que quiera escucharlos, ¿y
quién está más preparado para escuchar que una maestra? Pregúntale alguna vez a
una maestra cuánto aprenden del ambiente del niño y de las actividades
cotidianas de la familia sólo por lo que hacen o dicen, a veces de un modo casi
inconsciente. Los niños son la clave de cualquier comunidad, un hecho que es
más cierto entre nosotros que en ninguna parte. Es así como las maestras se han
visto envueltas tan a menudo en los asuntos del Pueblo. Recuérdamelo alguna vez
y te contaré, cuando tengamos un minuto libre. Bueno, Melodye, por ejemplo.
Pero ahora...
El
cuarto pareció de pronto ordenarse a sí mismo y aquietarse en una espera atenta
y expectante. Jemmy estaba sentado a medias en una esquina del pupitre de la
maestra, de frente al Grupo, apretando un pedazo de papel en una mano.
—Nos
hemos reunido hoy en Tu nombre —dijo. Un murmullo corrió por el cuarto y se
apagó—. Por consideración a algunos de entre nosotros, los procedimientos se
harán hoy de viva voz. Sé que alguien del Grupo se ha asombrado de que los
hayamos invitado a todos. Hay dos razones principales. La primera, para
compartir esta alegría con nosotros... —Un deleitado estremecimiento musical
dio vueltas por el cuarto, seguido por una débil risa—. ¡Francher! —dijo
Jemmy—. La otra es el proyecto que quisiéramos iniciar esta noche.
»En
los últimos pocos días se ha hecho cada vez más evidente que ha llegado la hora
de tomar una decisión muy importante. Decidamos lo que decidamos, muchos
tendremos que decirnos adiós. Habrá separaciones dolo—rosas. Habrá cambios.
Había
una pena tangible en el cuarto, y una débil escala menor de notas tristes que
bajaba y subía, al borde de las lágrimas.
—Los
Viejos han decidido que sería prudente registrar nuestra historia hasta hoy.
Por eso estáis todos vosotros aquí. Cada uno de vosotros guarda en la mente una
importante parte de nuestra historia. Cada uno de vosotros ha influido de modo
indeleble en el curso de los acontecimientos, en nuestros Grupos. Queremos que
contéis vuestras historias. No que las reinterpretéis a la luz de lo que ahora
sabemos, pero sí que nos transmitáis las premisas originales, las primeras
tentativas, los primeros logros... —Un murmullo se alzó en la habitación—. Sí
—respondió Jemmy—. Como si lo viviéramos de nuevo, exactamente lo mismo,
incluido el dolor.
»Bien
—alisó el pedazo de papel—, en orden cronológico... Oh, antes que nada, ¿dónde
está el aparato grabador de Davey?
—
¿El aparato? —preguntó alguien—. ¿Qué tienen de malo nuestros recuerdos?
—Nada
—dijo Jemmy—, pero queremos que este registro sea algo independiente de
cualquiera de nosotros, que vaya con cualquiera que se vaya, y se quede con
cualquiera que se quede. Compartimos los recuerdos generales, por supuesto,
pero todos esos detalles mínimos... Bien, de cualquier modo, el aparato de
Davey. —El aparato había llegado a la mesa sin hacerse notar—. Bien, en orden
cronológico... Karen, tú eres la primera...
—
¿Quién, yo? —Karen enderezó el cuerpo, sorprendida—. Bueno, sí —se contestó a
sí misma, aflojándose—. Creo que soy la primera.
—Acércate
al pupitre —dijo Jemmy—. Ponte cómoda.
Karen
le apretó la mano a Lea y murmuró: —¡Prepárate a oír maravillas! —y luego de
abrirse paso entre las filas de pupitres se sentó detrás de la mesa.
—
Creo que daré nombre a este principio —dijo—. Ya hemos advertido alguna vez la
analogía, recuerden.
» el
arca se posó sobre las montañas de Ararat. Y además, ¡Ararat es más poético que
monte Calvo! Y ahora —sonrió—, para retomar el tiempo. Vuestra ayuda, por
favor.
Lea,
fascinada a pesar de sí misma, observó a Karen. Vio que la cara le cambiaba y
se hacía más joven. Vio que el cabello se le ordenaba de otro modo y era ahora
más largo. Sintió que Karen se despojaba de años como si fuesen finas capas de
tejido, y se inclinó hacia adelante, escuchando cómo la voz de Karen, más alta
y más joven, comenzaba... ARARAT
En
Cougar Canyon siempre hemos tenido problemas con las maestras. La escuela, por
supuesto, es apenas una escuela de campaña, aislada, inaccesible. No hay nada
en ella que pueda atraer a una maestra. Sin embargo, como el Pueblo continúa
trayendo hijos al mundo, aun nuestro pequeño Grupo alcanza a reunir anualmente
nueve escolares, el número reglamentario de acuerdo con las normas del condado.
Naturalmente,
yo ya no estoy en edad escolar, al menos en la edad escolar de Cougar Canyon, y
desde hace tiempo. Pero a veces, cuando comienzan las clases, falta algún
alumno, y entonces vuelvo a inscribirme para un curso especial. Ahora, sin
embargo, trabajo en otro nivel. Papá mismo me preparó, hace dos veranos, para
mis exámenes secundarios, y me prometió que si este año estudio bien, el año
que viene iré al Exterior. Allí obtendré mi diploma de maestra, y yo misma
podré enseñar y no necesitaremos recurrir a los Extraños. Sí, los chicos, en
general, preferirían que la escuela permaneciese cerrada, pero los Viejos
quieren que se instruyan, y aquí, entre nosotros, los Viejos tienen siempre la
última palabra.
Como
papá es presidente del consejo escolar, yo me entero de muchas cosas que los
otros chicos no saben. En el verano, por ejemplo, escribió a la Inspección
diciendo que este año volveríamos a ser más de nueve, y pidió que nos enviaran
una maestra. Le contestaron que no quedaba ninguna que no hubiese oído hablar
de Cougar Canyon, de modo que tendríamos que buscarla nosotros mismos aunque
fuese bajo tierra. Eso de «bajo tierra» me sonó como una broma demasiado
macabra, pues todos sabemos que en un rincón de nuestro cementerio se levantan
las tumbas de cuatro de nuestras maestras. Es verdad que siempre nos mandan a
las más viejas, a las desheredadas y sin hogar, a las desahuciadas, dispuestas
siempre —al fin y al cabo les queda poco tiempo de vida— a tirar un año aquí,
otro allá, en empleos que nadie aceptaría, ya que en nuestro Estado no hay una
buena ley de pensiones y las maestras, por lo general, mueren en la brecha. No
obstante, viejas y todo, desalentadas como llegan, Cougar Canyon les reserva
siempre toda clase de emociones violentas, y de horrores, aunque nada de todo
esto sea, en verdad, premeditado.
Sin
embargo, en estos últimos años tuvimos bastante suerte. Los Viejos piensan que
empezamos a adaptarnos, pero los más disconformes afirman que la Travesía nos
ha debilitado. Cualquiera de las dos explicaciones puede ser justa, tal vez las
dos; o quizá las maestras mismas han empezado a cambiar, y son más fuertes. De
cualquier modo, las dos últimas duraron casi hasta fin de año. Papá las llevó a
Kerry Canyon, donde aguardaban las ambulancias; y ahora, después de una breve
temporada en una casa de salud, están sanas otra vez. Antes, en cambio, casi
siempre cambiábamos de maestra cuatro veces por año.
Bueno,
lo cierto es que escribió a una agencia de la costa, y después de un
intercambio de cartas, conseguimos, por fin, una maestra.
Papá
lo anunció durante la comida.
—Es
demasiado joven —dijo, tomando un escarbadientes mientras se balanceaba en su
silla.
Mamá
le sirvió una segunda porción de pastel a Jethro y volvió a levantar su
tenedor.
Ser
joven no es un crimen —dijo—. Además, para los chicos será un cambio agradable.
Sí,
pero es una lástima —dijo papá, explorándose una muela con el escarbadientes.
Mamá
frunció el ceño. Yo no sabía con exactitud si por el hecho de que papá había
querido decir que era una lástima que una maestra tan joven fuese a parar a un
lugar como Cougar Canyon. No es que seamos en realidad malos o crueles. Lo que
pasa es que todos los maestros son Extraños y nosotros lo olvidamos a veces...
sobre todo los chicos.
—Nadie
la obliga a venir —opinó mamá—. Pudo decir que no.
—
Sí, pero... —Papá enderezó la silla—. Basta de pastel, Jethro. Ve afuera y
ayuda a Kiah a traer la leña. Karen, tú y Lizbeth: a lavar los platos. Pronto,
hijos. Todos obedecimos. En Cougar Canyon los hijos obedecen siempre a sus
padres, aunque tengo entendido que en el Exterior no ocurre así. Me fastidió
porque yo sabía que papá quería alejarnos para poder hablar con mamá como
hablan los mayores, de modo que le dije a Lizbeth que yo levantaría la mesa y
me puse a trabajar lentamente y en silencio, aguzando el oído.
—No
pudo conseguir ningún otro empleo —dijo papá—. La agencia me informó que en los
dos últimos años le consiguieron dos colocaciones, pero que en ninguna de las
dos alcanzó a terminar el curso.
—Bueno.
—Mamá frunció los labios y arrugó el entrecejo—. Entonces, si es tan mala, ¿por
qué diablos la contrataste?¡Como si pudiésemos elegir! —dijo papá, riéndose. En
seguida se puso serio—. No, no fue por falta de capacidad. Es una buena
maestra. Según ella, la despidieron sin motivo. Pidió recomendaciones y el
director de una escuela escribió, al parecer: «La señorita Carmody es una
maestra excelente, pero no nos atrevemos a recomendarla».
«¿No
nos atrevemos?» —repitió mamá, perpleja.
«No
nos atrevemos», sí, eso dijo. La agencia aseguró que había investigado a fondo,
y que no habían podido explicarse el motivo de los despidos. Sin embargo, la
muchacha no consiguió ningún otro empleo en la costa. Escribió diciendo que
deseaba tentar suerte en otro Estado.
—
Será horrible tal vez o deforme —sugirió mamá. Papá lanzó una carcajada.
—
¡Horrible o deforme! —dijo. Sacó un sobre del bolsillo—. Mira, aquí tienes la
foto que acompañaba la solicitud.
Yo
había terminado de levantar la mesa y me incliné por encima del hombro de papá.
—
¡Caramba! —dije.
Papá
me miró, levantando una ceja. Había sabido evidentemente, desde un principio,
que yo escuchaba toda la conversación.
Me
puse colorada pero no me moví. Me pareció que papá me dejaría entrar en el
mundo de los mayores, aunque sólo fuese por la puerta trasera.
La
joven de la foto era hermosa. No podía tener más años que yo, pero era mucho
más bonita. Cabello oscuro, corto y ondulado, y una piel cremosa, finísima, que
parecía brillar con luz propia. Había en su mirada un no sé qué de perplejidad,
de desconcierto, como si las cejas oscuras fuesen dos signos de interrogación
horizontales. La boca se le curvaba en una expresión de tristeza, no mucho, en
verdad: apenas lo bastante para que uno se preguntase por qué, y sintiese,
inmediatamente, el deseo de consolarla.
—De
algo estoy seguro —dijo papá—. De que va a alborotar a la gente de Canyon.
—No
sé —dijo mamá con aire pensativo—. ¿Qué dirán los Viejos cuando vean llegar al
Canyon a una Extraña joven y atractiva?
—Adonday
Veeah —murmuró papá—. No lo había pensado. Ninguna de las maestras anteriores
estaba en edad de crearnos problemas.
—
¿Qué pasaría? —pregunté—. Si un miembro del Grupo se casara con una Extraña,
quiero decir.
—Imposible
—dijo papá con un tono tan parecido al de los Viejos que comprendí por qué lo
habían elegido en la asamblea de la primavera.
— ¿Y
Jemmy? —dijo mamá, preocupada—. No hace más que decir que tendrá que buscar
otro Grupo. No le gustan las muchachas de aquí. Y si esta Extraña... ¿Qué edad
tiene?
Papá
desplegó la solicitud. —Veintitrés años —dijo—. Hace tres que terminó sus
estudios.
—Jernmy
tiene veinticuatro —dijo mamá frunciendo los labios—. Papá, mucho me temo que
debas rescindir el contrato. Si pasara algo... Bueno, bastante tuviste que
esperar para que te eligieran, y sería una verdadera lástima que algo anduviera
mal ahora.
—No
puedo. La señorita Carmody ya está en camino. Y las clases empiezan el lunes.
—Papá se despeinó el mechón que le caía sobre la frente. Siempre hace lo mismo
cuando está preocupado—. Nos estamos ahogando en un vaso de agua —dijo con
forzado optimismo.
—Bueno,
esperemos que el Grupo no tenga problemas.
—Y
ella tampoco —dijo papá, sonriendo—. ¿Dónde están mis cigarrillos?
—Sobre
la biblioteca.
Mamá
se puso de pie, recogió el mantel, y lo dobló para evitar que las migas cayeran
al suelo.
Papá
chasqueó los dedos y los cigarrillos llegaron por el aire desde la habitación
contigua.
Mamá
entró en la cocina. El mantel se sacudió sobre el cesto de papeles y la siguió.
La
noche del domingo papá fue a Kerry Canyon a buscar a la nueva maestra. En
realidad, ella debía haber estado con nosotros el sábado por la tarde, pero
cuando llegó a la cabecera del condado ya había pasado la hora de la salida del
autobús. La carretera termina en Kerry Canyon. Es decir, para los Extraños. Más
allá no hay un verdadero camino, y es mejor así. Los turistas nos dejan en paz.
Claro está que a nosotros no nos es difícil ir de un lado a otro con nuestros
automóviles. Por eso, precisamente (a causa del estado de los caminos), el
mundo se detiene en Kerry Canyon y tenemos que hacerlo todo: ir en busca de
pasajeros, de provisiones...
En
casa, todos los chicos quisieron quedarse levantados para esperar a la nueva
maestra, y mamá los dejó, pero a eso de las siete y media los más pequeños
empezaron a dormirse, y a las nueve sólo quedábamos Jethro y Kiah, Lizbeth,
Jemmy y yo. Papá debía de haber vuelto hacía rato, y mamá empezaba a sentirse
nerviosa e intranquila. Por fin, a las nueve y cuarto, oímos que el coche tosía
y estornudaba en el camino. La ancha sonrisa de alivio de mamá se reflejó en
todas nuestras caras.
—
¡Claro! —exclamó—. Olvidé que traía a una Extraña en el coche. Tuvo que venir
por el camino y la llanura de los Asnos es realmente intransitable.
Sentí
a la señorita Carmody antes que ella llegase a la puerta. Yo esperaba, y de
pronto la sentí, tan claramente que supe entonces, con miedo y orgullo a la
vez, que yo era como mi abuela, y que pronto tendría que llevar la carga y la
gracia del Don, ese Don que nos abre las puertas de todas las mentes, las del
Pueblo y las Extrañas, y que permite, además, aconsejar y ayudar, aclarar
pensamientos y emociones.
Y
entonces la señorita Carmody apareció en el umbral, parpadeando un poco a causa
de la luz, sosteniéndose el cuello del abrigo para protegerse del áspero viento
del otoño. Llevaba en la cabeza un pañuelo claro, y su piel tenía esa textura
mate y luminosa de la foto. Sonreía tímidamente, pero con miedo, además. Yo
cerré los ojos y entré, simplemente. Era la primera vez que yo entraba en
alguien. La señorita Carmody temblaba de pies a cabeza, fatigada,
desconcertada, y muy adentro de ella descubrí una pregunta, gastada —demasiado
repetida— que no entendí. Y bajo esa inseguridad había tanta delicadeza, tanta
ternura, una pena tan angustiosa que los ojos se me llenaron de lágrimas.
Entonces, cuando papá la presentaba, volví a mirarla (entrar en alguien lleva tan
poco tiempo), y advertí a mi lado un sobresalto. En seguida, vertiginosamente,
me metí en la mente de Jemmy.
Jemmy
y yo habíamos vivido siempre muy juntos, y muchas veces hablábamos sin
palabras, pero yo nunca había entrado en él de este modo, y sin que él lo
supiese. Me sentí intimidada, avergonzada, al descubrir tan claramente sus
emociones, y salí de él cuanto antes, pero sabiendo que Jernmy ya nunca
buscaría otro Grupo, y que los Viejos no podrían detenerlo.
Todo
esto ocurrió en menos tiempo del que se necesita para decir cómo—está—usted y
estrechar una mano. Mamá bajó las escaleras lanzando breves exclamaciones y
llevó a la señorita Carmody y a papá a la cocina para servirles una taza de
café. Jemmy le dio una palmada a Jethro y le dijo que subiese las maletas de la
señorita Carmody... por las escaleras, no por el aire. Al fin y al cabo no
queríamos perder a nuestra maestra antes que hubiese puesto los pies en la
escuela. Esperé hasta que todo el mundo se acostó. La señorita Carmody en su
cama fría, fría, y todos los demás, claro está, protegidos por nuestras propias
sábanas. ¡Qué pena me dan los Extraños!
Luego
fui a buscar a mamá. Nos encontramos en el oscuro vestíbulo y nos abrazamos y
ella me consoló.
—Oh,
mamá —murmuré—. Hace un momento entré en la señorita Carmody. Tengo miedo.
Mamá
volvió a estrecharme entre sus brazos.
— Me
lo imaginaba. Es una responsabilidad muy grande. Tienes que ser prudente y
lúcida. Tu abuela supo llevar su Don con gracia y dignidad. Tú eres como ella.
—Pero,
mamá, ¡ser una Vieja! Mamá se echó a reír.
—Aún
te faltan años y años de aprendizaje para ser una Vieja. El trabajo de
consejera es demasiado pesado.
—
¿Es necesario que lo diga? — rogué—. No quiero que nadie lo sepa aún. No quiero
ser distinta de los demás.
—Se
lo diré al Más Viejo. No es necesario que lo sepa ningún otro.
Mamá
me abrazó otra vez, y yo, un poco más tranquila, regresé a mi cama.
Tendida
en la oscuridad dejé la mente en blanco, sin saber cómo lo hacía. Sentí a mi
familia alrededor, y era como el roce suave de unos dedos, como si me
sostuviese una mano cálida y afectuosa. Algún día yo pertenecen a al Grupo como
ahora pertenecía a la familia. ¿Pertenecer a otro? Con una rara sensación de
pánico, aparté a la familia. Yo quería estar sola... ser únicamente yo misma, y
ningún otro. Yo no quería el Don. Al cabo de un rato me quedé dormida.
La
señorita Carmody salió para la escuela una hora antes que nosotros. Quería
tener todo preparado en la escuela. Kiah, Jethro, Lizbeth y yo fuimos a pie y
bajamos al valle para recoger a los tres pequeños Armister. El cielo era tan
azul que podíamos sentir su sabor, un delicado sabor otoñal de mieses y de
hojas secas. Las clases comenzaban; las hojas de los álamos tapizaban de oro el
camino, y nosotros marchábamos con el corazón ligero y el paso ligero. A decir
verdad, Jethro tenía el paso demasiado ligero, y la tercera vez que lo hice
bajar le di una buena bofetada. Cuando llegamos a casa de los Armister
lloriqueaba todavía.
—
¡Es bonita! —les gritó Lizbeth a los chicos que venían corriendo al portón,
ansiosos por saber algo de la nueva maestra.
—Y
es joven —añadió Kiah, apartando a Lizbeth.
—Es
más pequeña que yo —moqueó Jethro, y todos nos echamos a reír, porque aunque no
tiene todavía doce, Jethro mide ya un metro setenta.
Debra
y Rachel Armister tomaron del brazo a Lizbeth y se adelantaron con las cabezas
muy juntas, atentas a las noticias que les proporcionaba Lizbeth acerca del
cabello, el vestido, el esmalte de uñas, las maletas y el camisón de la
maestra, aunque yo no podía saber cómo ella se las había ingeniado para
descubrir tantas cosas.
Jethro
y Kiah se unieron a Jeddy y treparon al cerco de alambres que bordea el sendero
y caminaron por el alambre más alto. Jethro se aventuró a dar un paso o dos por
encima del alambre, pero cuando advirtió que yo lo miraba bajó de un salto.
Sabe perfectamente bien, como todos los chicos del Canyon, que a un niño de su
edad le está prohibido caminar por el aire en la vía pública.
Tomamos
el atajo que lleva a Mesa Road en busca de los chicos Kroginold. Los Kroginold
habían arrancado suspiros a papá, más de una vez.
Bueno,
después de la Travesía, en el último momento, cuando el aire rugía alrededor y
el calor aumentaba, el Pueblo se dispersó. Los miembros de nuestro Grupo
abandonaron la nave unos segundos antes que se hiciera pedazos en la hondonada,
detrás del monte Calvo. La nave estalló, literalmente, y los fragmentos se
desparramaron por el barranco, provocando un incendio que desnudó las colinas
en muchos kilómetros a la redonda. Cuando los miembros del Pueblo —los que
habían quedado con vida— se reunieron otra vez, se fundó Cougar Canyon, y se
descubrió que la aleación de la nave era aquí un metal muy apreciado. Nuestro
Grupo vivió desde entonces de la explotación de las minas del barranco, aunque
la venta del producto plantea ciertos problemas. Todo el mundo sabe que no hay
ese metal en la región, así que es preciso enviarlo fuera y traerlo luego de
vuelta.
De
cualquier modo, nuestro Grupo de Cougar Canyon es quizás el más grande de todos
los del Pueblo, aunque podemos asegurar que hubo otros sobrevivientes. La
abuela llegó a descubrir la presencia de dos Grupos más, aunque nunca pudo
saber dónde estaban, y como en esta nueva vida queremos pasar inadvertidos, no
nos empeñamos en buscarlos. Papá recuerda algo de la Travesía, pero algunos de
los Viejos quedaron ciegos e inválidos a causa del calor y tratando de evitar
que los otros ardieran como estrellas fugaces.
Pero
volviendo a mi relato, papá solía lamentar que los Kroginold, precisamente,
hubiesen ido a parar a nuestro grupo. Los Kroginold son gente rebelde —ya lo
eran antes de la Travesía— y no hay peores alumnos que sus hijos. Los demás, en
general, recordamos siempre que es necesario ser prudentes con los Extraños.
Cuando
llegamos a casa de los Kroginold, Derek y Jake peleaban revolcándose en un
montón de hojas secas, con tanto entusiasmo que ni siquiera nos oyeron. Me
agaché y le solté una palmada al trasero más próximo. Los chiquillos se
incorporaron, muertos de risa, entre una nube de hojas secas: dos imágenes de
ese dios Pan que aparece en el libro de mitología.
—Bueno
—nos preguntó Derek mientras revolvía las hojas buscando sus libros—, ¿qué
especie de vejestorio nos ha tocado esta vez?
—No
es ningún vejestorio —respondí con una cólera un poco injustificada. No sé por
qué, pero Derek me saca siempre de mis casillas—. Es joven, y hermosa.
—
¡Sí, ya me la imagino! —dijo Jake, y volcando la gorra lanzó sobre las tres
niñas aterrorizadas una nube de hojas secas.
—No
sabes lo que dices —intervino Kiah—. Nunca tuvimos una maestra tan bonita.
—
¡Lo que es a mí no me va a enseñar nada! —gritó Derek, y subió flotando a la
copa de un álamo en el recodo del camino.
—Yo
sí te voy a enseñar —murmuré.
Tomé
un puñado de sol y tiré de los tensores tan rápidamente que Derek cayó como una
piedra. Chillaba como un gato, pensando sin duda que iba a matarse, pero lo
detuve a cincuenta centímetros del suelo. Aunque la sacudida y la caída casi lo
habían dejado sin aliento, Derek gritó:
—¡Se
lo contaré a los Viejos! ¡Está prohibido tirar de los tensores!
—Cuéntalo
si quieres —repliqué, mientras avanzaba con paso rápido por el camino cubierto
de hojas—. Yo hablaré también. Ya veremos, criatura insolente, cómo explicas
esa subida al árbol.
Me
sentía avergonzada. Al fin y al cabo me estaba pareciendo a los Kroginold, pero
estos chicos me exasperaban realmente.
Nuestra
última parada antes de llegar a la escuela era la casa de los Clarinade. Cada
vez que yo pensaba en los mellizos Clarinade se me encogía el corazón. Iban a
la escuela por primera vez, con dos años de retraso. La señorita Kroginold
decía que antes de nacer, Susie y Jerry, los mellizos, se habían repartido un
solo cerebro. La ocurrencia es digna, ciertamente, de la maledicencia de los
Kroginold; aunque no puede discutirse que comparados con los otros niños de
Canyon los mellizos Clarinade están un poco atrasados. Carecen de muchos
atributos del Pueblo. Papá dice que esto puede ser un efecto retardado de la
Travesía —que será superado con los años— o un presagio de lo que el futuro
reserva aquí a nuestros hijos, a todo el Pueblo en verdad. Sólo pensarlo me da
escalofríos.
Susie
y Jerry esperaban tomados de la mano, como siempre. Eran niños tímidos y
retraídos, pero estaban muy contentos porque empezaban a ir a la escuela.
Jerry, que hablaba casi siempre por los dos, contestó tímidamente a nuestro
saludo.
De
pronto Susie nos sorprendió a todos, exclamando:
¡Hoy
vamos a la escuela! ¿No es cierto que es maravilloso? —le dije tomando entre
mis manos su manita fría—. Y además tendrás una maestra muy hermosa.
Pero
Susie se hundió en su ruborizada turbación y no dijo una sola palabra más en el
resto del camino.
Jake
y Derek me inquietaban. Caminaban delante murmurando entre ellos, y de vez en
cuando nos miraban a hurtadillas y se echaban a reír. Era evidente que tramaban
alguna diablura —para asustar a la nueva maestra—, y yo deseaba ansiosamente
que la señorita Carmody se quedara con nosotros. En aquel momento descubrí que
tendrían que pasar muchos años para que me admitieran entre los Viejos. Trataba
de entrar en las mentes de Derek y Jake, y de descubrir sus intrigas, pero no
lograba traspasar aquellos susurros burlones y sibilantes y aquellas miradas
duras y opacas.
Acabábamos
de doblar el último recodo del camino, e íbamos a entrar en el patio de la
escuela, cuando de pronto, entre los arbustos, se nos apareció Jemmy, con las
manos a la espalda. A aquella hora Jemmy debía de estar desde hacía tiempo en
las minas. Miró furiosamente a Jake y Derek, y observó luego a los otros niños.
—Cuidado
en la escuela, ¿eh? —les dijo—. Y vosotros dos, los Kroginold, haceros los
graciosos y ya veréis. Os haré volar por encima del monte Calvo y luego tiraré
de los tensores. Esta maestra se queda.
Susie
y Jerry se abrazaron, mudos de terror. Los Kroginold enrojecieron y adelantaron
la barbilla, desafiantes. Los demás miramos asombrados a Jemmy, que nunca se
enojaba ni levantaba la voz.
—Hablo
en serio, Jake y Derek. Perded la línea y los Viejos entenderán al fin ciertas
cosas. El asunto de la campana de Kerry Canyon por ejemplo.
Los
Kroginold cambiaron una mirada inquieta. Las niñas contuvieron el aliento. Una
regla muy estricta prohíbe exhibirse fuera del Grupo. Si Derek y Jake eran los
que habían lanzado al vuelo la campana de Kerry Canyon el cuatro de julio
último...
—Y
ahora ¡adentro! —ordenó Jemmy señalando la escuela con un movimiento de cabeza.
Los
asustados mellizos se precipitaron por el camino de hojas secas, como un par de
hojas brillantes. Los otros chicos fueron detrás. Los Kroginold, enfurruñados,
se adelantaron mirando de vez en cuando por encima del hombro, murmurando entre
dientes.
Jemmy
meneó la cabeza, frunciendo el ceño.
—Es
hora de que se civilicen —dijo—. Cada dos por tres nos quedamos sin maestra.
—Tienes
razón —dije cautelosamente. Jemmy, cabizbajo, pateaba unas hojas.
—No
tiene sentido matarlas de un susto.
—Claro
que no —asentí, disimulando una sonrisa.
De
pronto, Jemmy sonrió tristemente, como si se burlara de sí mismo.
—
¿Para qué te lo digo si tú ya lo sabes bien? Toma.
—Jemmy
adelantó las manos que había tenido escondidas hasta entonces, y me alcanzó un
ramillete de hojas otoñales multicolores—. Dáselas. Un regalo del primer día.
—
¡Oh, Jemmy! —dije envuelta en el naranja, el grana y el oro de las hojas—. Son
hermosísimas. Fuiste al monte Calvo esta mañana.
—Sí,
sí. Pero que ella no sepa de dónde son.
Jemmy
desapareció.
Corrí
para alcanzar a los chicos antes que llegaran a la puerta. Dominados por una
repentina timidez daban vueltas al pie de las escaleras del porche, y se
escondían unos detrás de los otros.
—Por
favor —susurré—. Desayunasteis con ella esta mañana. No os va a comer. Vamos,
entrad.
De
pronto me sentí empujada a la cabeza de la fila y entré guiando a mi pequeño y
sosegado grupo. Mientras le daba a la señorita Carmody el manojo de hojas
otoñales, los demás chicos se acomodaron tranquilamente en sus pupitres de
otros años. Sólo los mellizos se habían quedado de pie, muy juntos, asustados y
pálidos.
La
señorita Carmody puso las hojas sobre el escritorio, y arrodillándose junto a
los mellizos les apartó con dulzura las apretadas manitas.
—Estoy
tan contenta de que hayáis venido a la escuela —les dijo con su voz cálida—.
Necesitaba un primer grado para que la escuela marchase bien, y aquí tengo un
pupitre que parece hecho para mellizos.
Los
llevó a un lado del aula, junto a la estufa panzuda — que en el invierno
calentaba a los Extraños— y bastante cerca de la ventana. Había allí un pupitre
doble, de polvoriento esplendor, que el Pueblo había heredado sin duda de
alguna aldea fantasma de las colinas. Debajo del pupitre, dos cajones de madera
servían de apoyo a las piernecitas demasiado cortas, y del orificio del tintero
brotaba una llama de deslumbrantes hojas rojizas, idénticas a las que me había
dado Jemmy.
Los
mellizos se deslizaron en el banco con las manos juntas otra vez, y miraron a
la señorita Carmody con los ojos muy abiertos. La maestra les sonrió, se
agachó, y les tocó con las puntas de los dedos los hoyuelos de las redondas
barbillas.
—
Sonrisas escondidas —dijo.
Las
dos caritas asustadas se iluminaron fugazmente con una sonrisa trémula. Luego
la señorita Carmody nos habló a todos.
No
llegué a oír aquel discurso de bienvenida. Yo estaba demasiado ocupaba pensando
en el ramillete de hojas otoñales, y en las palabras con que la señorita
Carmody los había hecho sonreír (las mismas que empleaba la señora Clarinade),
y en el viejo pupitre que hasta ese día había estado en el cobertizo. Pero
cuando nos pusimos de pie para saludar a la bandera y entonar el himno
matutino, yo ya había resuelto el problema. Papá la había puesto al tanto, sin
duda, la noche anterior, en el camino. Los mellizos eran una preocupación
constante en el Grupo, y todos ansiábamos que aquel primer año de clase fuera
para ellos realmente feliz. Papá conocía también la fórmula de la sonrisa, y el
lugar donde se guardaban los pupitres. En cuanto al ramillete de hojas, bueno,
algunas crecían al pie de la montaña, y la escarcha podía cambiarles el color
en esta época del año.
Así
transcurrió el primer día de clase y todo parecía marchar a pedir de boca. La
señorita Carmody era una maestra excelente y hasta Derek y Jake estudiaron con
interés.
La
amenaza de Jemmy había bastado, parecía, para que los Kroginold no intentaran
ninguna nueva travesura. Excepto aquella estúpida historia de la tiza. La
señorita Carmody explicaba algo junto al pizarrón, y de cuando en cuando, sin
volverse, buscaba a tientas la tiza. Jake, deliberadamente, la cambiaba
entonces de lugar. Yo ya estaba a punto de intervenir, cuando la señorita
Carmody chasqueó los dedos con fastidio y tomó firme— mente la tiza. Jake
advirtió que yo lo miraba y se encogió en su asiento. No se lo dije a Jemmy,
pero Jake se quedó tranquilo una larga temporada.
Los
mellizos progresaban poco a poco. Reían y jugaban con los otros, y al mediodía
Jerry iba a veces con sus compañeros mayores a la orilla del arroyo, de donde
volvía tan despeinado y mojado como ellos después de haber trabajado un rato en
la construcción de un dique.
La
señorita Carmody se adaptaba tan bien a los hábitos de la comunidad, y era tan
querida por todos, que ya empezábamos a pensar que al fin una maestra nos
duraría todo el año. Ya había aguantado a pie firme algunas emociones que
habían ahuyentado a sus predecesoras. Por ejemplo...
Una
vez que Susie leyó sin equivocarse toda una página (seis líneas), la señorita
Carmody le dio como premio un petirrojo de papel. La niña, emocionada, volvió a
su asiento flotando, literalmente, a diez centímetros del suelo. Yo contuve el
aliento hasta que Susie se sentó acariciando con un dedo el cromo brillante.
Miré entonces de reojo a la maestra. La señorita Carmody, muy tiesa, sentada
detrás de su escritorio, apoyaba las manos en los bordes, como si estuviera a
punto de levantarse, y miraba a Susie con una expresión de sorpresa incrédula.
Pero en seguida meneó la cabeza, sonriendo, y se hundió otra vez en sus
papeles. Yo suspiré aliviada. Nuestra penúltima maestra había tenido una
pataleta cuando una de las chicas, distraídamente, había ido flotando hasta su
asiento porque le dolía un pie. Yo había tenido la esperanza de que la señorita
Carmody fuese más fuerte, y aparentemente no me había equivocado.
Esa
misma semana, un mediodía, Jethro llegó corriendo a la escuela. Valancy (cuando
estábamos solas yo llamaba a la señorita Carmody por su nombre de pila, pues al
fin y al cabo sólo tenía cuatro años más que yo) me explicaba unos tests y
mediciones del curso que yo preparaba en aquellos días.
—Eh,
Karen —gritó Jethro por la ventana—. ¿Puedes venir un momento?
—
¿Para qué? —pregunté fastidiada por la interrupción. En ese preciso instante yo
estaba a punto de comprender qué era lo normal en una curva de inteligencia
normal.
—Es
urgente —gritó Jethro.
Cerré
el libro.
—Perdóneme,
Valancy. Iré a ver qué pasa.
—
¿Quieres que vaya contigo? —me preguntó Valancy—. Si es algo serio...
—Oh,
no. Una tontería, sin duda —dije—, y me escabullí.
Cuando
alguno del Pueblo dice que es urgente, todos sabemos que el asunto puede ser
grave.
—Adonday
Veeah —murmuré mientras corría con Jethro por el sendero que lleva al arroyo—.
¿Qué pasa? ¿Más dificultades?
—Mira
—dijo Jethro.
Vi
entonces a los chicos. Rodeaban a un asustado pero orgulloso Jerry, y en el
aire, sobre las bases de una represa, flotaba un enorme peñasco.
—
¿Quién lo levantó? —murmuré azorada. —Yo —confesó Jerry, sonrojándose.
Me
volví entonces a Jethro.
¿Y
tú? ¿Por qué no tiraste de los tensores? Llegaste corriendo como un loco...
¿Tirar
de los tensores? —gimió Jethro—. ¿En «o? Ya sabes que no nos permiten levantar
cosas tan grandes, y menos aún bajarlas. Además —admitió, avergonzado—, no
recuerdo ese maldito juego de niñas.
—Oh,
Jethro. Qué estúpido eres a veces. —Miré a Jerry—. ¿Cómo se te ocurrió? Jerry
se puso a temblar. —Vi cómo lo hacía papá una vez en la mina...
—
¿Te dejan levantar en tu casa?
—No
sé. —Jerry aplastó el barro con el pie y bajó la cabeza—. Nunca levanté nada
antes.
—
Bueno, lo sabrás ahora. Los chicos no tienen que levantar nada que un Extraño
de la misma edad no pueda levantar con las manos. Y menos cuando no es capaz de
bajarlo.
—Ya
lo sé —dijo Jerry, debatiéndose entre el miedo y el orgullo.
—Bueno,
recuérdalo entonces.
Tomé
un puñado de sol, tiré de los tensores, y el peñasco volvió a su sitio en la
ladera de la montaña.
A
las niñas les es más fácil tirar de los tensores, al menos con el sol. Por
supuesto, sólo los Viejos unen los rayos del sol y de la lluvia, y únicamente
los Más Viejos los de la luna y las tinieblas, capaces de mover montañas. Pero
Jethro sabía cómo tirar de los tensores, y no debía haberlo olvidado. Habíamos
corrido el riesgo de que Valancy viera lo que no debía ver.
Volví
a la escuela y sólo entonces entendí lo que había ocurrido: Jerry había
levantado el peñasco. Los niños levantan objetos pequeños casi desde que
aprenden a caminar. En esos casos no es necesario bajarlos, pues los objetos se
alzan a unos pocos centímetros, y sólo unos segundos. Luego la gravedad misma
los devuelve al suelo. Pero Jerry y Susie nunca habían levantado nada. Estaban
alcanzando el nivel de los otros niños. Quizá la Travesía los había retrasado,
como decía papá, y quizá los únicos afectados eran los Clarinade. Estaba tan
entusiasmada con el descubrimiento que me olvidé y subí al porche de la escuela
sin tocar la escalera. Por suerte, Valancy estaba colgando unos grabados de la
alta y anticuada moldura del aula, justo debajo del cielo raso, y no se dio
cuenta. El esfuerzo le había encendido la cara y me pidió que le alcanzara el
escabel para poder terminar el trabajo. Traje el escabel y se lo sostuve, y de
pronto... casi la hago caer a Valancy. ¿Cómo había colgado aquellos cuatro
primeros grabados antes que yo llegase?
Aquel
otoño el tiempo fue excepcionalmente seco. Esto no nos preocupó demasiado, pues
la lluvia, cuando hay un Extraño cerca, es una molestia terrible. No hay más
remedio que dejarse mojar. Pero cuando pasó noviembre y nos acercamos a
Navidad, empezamos a inquietarnos. El arroyo se quedó reducido a un hilo de
agua, luego a unos charcos, y al fin se secó. Los Viejos pasaron toda una noche
en el dique buscando una solución al problema. Una precaución elemental exigía
que alejáramos a Valancy, y Jemrny se ofreció voluntariamente y la llevó a
Kerry Canyon a una función teatral. Yo estaba todavía despierta cuando llegaron
de vuelta, pasada la medianoche. Desde que había empezado a desarrollar el Don,
yo tenía largos períodos de desasosiego, en los que no me sentía como un ser
distinto de los demás, sino como parte de todos los del Grupo. Mis futuros
estudios me enseñarán a apartarme, cuando no quiera estar con los otros. Aunque
no sabemos quién me instruirá. Desde que murió la abuela, nadie sabe ver en el
Grupo, y los libros y archivos que hubiesen podido ayudarnos se perdieron en la
Travesía.
De
cualquier modo, yo estaba despierta y asomada a la ventana, en la oscuridad.
Jemmy y Valancy se detuvieron en el porche antes de separarse. (Jemmy dormía
esos días en la mina.) No necesité imaginar nada ni recurrir al Don para
entender aquella pantomima. Cuando las sombras de los dos se confundieron,
cerré los ojos y la mente. La emoción de Jemmy y Valancy me hubiese permitido
entrar en ellos en aquel momento, pero yo había estado observándolos todo el
otoño. Sabía muy bien lo que ocurría entre ellos. Sabía también que más de una
vez Valancy había subido llorando a su cuarto, y que Jemmy pasaba largas horas
de soledad en el peñasco que corona la hondonada, en la cima del monte Calvo,
como si quisiese que el corazón se le confundiera con la piedra y fuese tan
inaccesible a los Extraños como el peñasco mismo. Yo conocía muy bien los
sentimientos de Jemmy, pero —curiosamente— después de aquella primera noche no
había podido leer otra vez en Valancy. Había algo en ella, ajeno a los Extraños
y al Grupo, que yo no alcanzaba a entender.
La
puerta se abrió y se cerró; los pasos ligeros de Valancy atravesaron el
vestíbulo, y sentí que Jemmy me llamaba desde afuera. Me eché un abrigo sobre
los hombros y bajé las escaleras, tiritando. Jemmy me esperaba junto a la
escalera del porche, a la luz de la luna, preocupado y triste.
—Me
rechazó —me dijo, simplemente.
¡Oh,
Jemmy! Le pediste...
Sí.
Dijo que no.
—Cuánto
lo siento. —Me acurruqué en el peldaño superior cubriéndome los tobillos
helados—. Pero Jemmy...
—Sí,
ya lo sé —replicó Jemmy—. Es una Extraña. No tengo ningún derecho. Pero si ella
me aceptara, no vacilaría un instante. Toda esta historia de la pureza del
Grupo...
—Está
muy bien —dije dulcemente— mientras no le toque a uno, ¿no es cierto? Pero
piensa, Jemmy, ¿podrías vivir como un Extraño? Tu vida entera sería una
continua represión, o perderías a tu mujer. Sería mejor que aceptases el no
ahora, y no edificar algo que luego tendrás que destruir. Y si hubiera hijos...
—Callé un momento—. Jemmy, ¿podrías tener hijos?
Jemmy
retuvo bruscamente el aliento.
—No
lo sabemos, ¿no es cierto? —continué—. No hemos podido comprobarlo. ¿Quieres
realmente que Valancy sea parte de este primer experimento?
Jemmy
se dio con la gorra un furioso golpe en el muslo. Luego se rió.
—Tú
tienes el Don —dijo, aunque yo nunca le había revelado mi secreto—. ¿Sabes,
hermanita, que te querrán muy poco cuando seas una Vieja?
—A
la abuela la querían todos —respondí tranquilamente. De pronto grité—: No,
Jemmy, no me apartes, tú, precisamente tú. ¿No me basta saber que soy distinta,
en medio de un Pueblo que también es distinto? Oh, Jemmy, tú al menos no me
abandones. Yo estaba a punto de echarme a llorar.
Jemmy
se sentó a mi lado y me palmeó el hombro como en otros tiempos.
—Cálmate,
Karen. Haremos lo que haya que hacer. He descargado en ti mi mal humor, y eso
es todo. ¡Qué mundo éste!
Jemmy
suspiró.
Yo
me arrebujé en mi abrigo. Tenía el alma helada.
—Pero
el otro mundo no existe —murmuré—. La Morada.
Y
nos quedamos un rato callados, compartiendo esa tristeza honda que es la trama
misma de la vida del Pueblo, aun para aquellos que no conocieron la Morada.
Papá dice que es algo así como una memoria racial.
—No
es porque no me quiera —dijo al fin Jemmy—. Me quiere. Me lo dijo.
—
¿Por qué entonces?
Yo
no entendía que alguien pudiera rechazar a mi hermano.
Jemmy
se echó a reír. Era una risa triste, entrecortada.
—Porque
es diferente, dice.
—¿Diferente?
¿Ella?
—Eso
me dijo, como si fuese una confesión. No puedo casarme, soy diferente, dijo.
¿Qué te parece? Es gracioso oírlo en boca de una Extraña.
—Pero
no sabe que somos el Pueblo. No puede saberlo. Piensa que es distinta de todo
el mundo. ¿Por qué?
—No
lo sé. Sin embargo, hay algo en ella... Una especie de coraza, una pared. Nunca
encontré nada igual en una Extraña, ni tampoco en la gente del Pueblo. A veces
me parece uno de los nuestros, y de pronto me estrello contra un muro de
piedra.
—
Sí, es cierto, yo lo sentí.
Durante
un instante escuchamos el silencio del mundo nocturno. Luego Jemmy se puso de
pie.
—Bueno,
Karen, buenas noches, hasta mañana.
Yo
también me puse de pie.
—Hasta
mañana.
Jemmy
se alejó a la luz de la luna. Cuando llegó al portón, se volvió y me miró desde
las sombras.
—No
me resignaré —dijo—. La quiero.
El
día siguiente amaneció templado y sin viento, lo que era raro en el mes de
diciembre y en nuestras montañas. Una especie de calma amenazadora flotaba
entre los árboles, y delgadas humaredas se elevaban en el cielo lechoso: signos
de la sequía que asolaba la región. Detrás del monte Calvo asomaba —apenas
visible— una rara masa de nubes que se confundía con el cielo blanco.
En
la escuela todos estábamos inquietos. Los más pequeños, a causa del tiempo;
Valancy, pálida y acongojada luego de la noche anterior. Yo quería ayudarla,
pero mi mente se estrellaba una y otra vez contra aquel muro infranqueable.
Al
fin algo ocurrió. Jerry se enojó con Susie, la empujó, y la niña cayó sobre una
caja de acuarelas que Debra había dejado abierta en el suelo. Susie se echó a
llorar. Debra gritó, y Jerry rió entre dientes, feliz y turbado a la vez.
Valancy, sin volverse, buscó algo con qué golpear el escritorio y restablecer
el orden, y derribó el viejo florero cuarteado donde unas flores silvestres se
marchitaban en un agua de tres días. El florero se rompió y un agua nauseabunda
corrió por el escritorio mojando el informe mensual que Valancy tenía ya casi
listo.
Durante
un instante hubo un silencio de muerte. Luego Valancy estalló en una carcajada
nerviosa que se contagió a toda la clase. Limpiamos como pudimos a Susie y el
escritorio, y Valancy decidió que el día era muy apropiado para trepar por las
laderas del monte Calvo. Buscaríamos ramas y hojas para adornar el aula, pues
se acercaban las fiestas. Todos llevábamos el almuerzo a la escuela, de modo
que recogimos las cestas y un hule que los chicos habían traído para trabajar
en la represa del arroyo. El arroyo estaba seco, y el hule podía servir ahora
como mantel para traer de vuelta las hojas.
Dejamos
la escuela charlando y jugueteando, y yo casi me quedé con el cuello torcido
tratando de vigilar a todos los niños a la vez, decidida a cortar por lo sano
cualquier intento de vuelo y otras actividades especiales del Grupo. Los
pequeños, entusiasmados, podían olvidar las reglas.
Fuimos
por la hondonada, pasamos por la represa de los chicos, y trepamos por el lecho
seco de los torrentes que bajan como una escalinata desde la meseta. Ya arriba,
desplegamos el hule y pusimos en él nuestras provisiones, como si estuviésemos
en un verdadero picnic. De pronto me llamó la atención el silencio. Miré y vi a
Debra, Rachel y Lizbeth que observaban aterradas el almuerzo de Susie. Susie
sacaba tranquilamente de su cesta media docena de koomatkas y las depositaba
junto a sus sandwiches.
Las
koomatkas son casi las únicas plantas que sobrevivieron a la Travesía. Se dice
que en el equipaje de un tripulante se encontraron cuatro koomatkas intactas.
Se las plantó y se las cuidó como a bebés, y hoy casi todas las familias del
Grupo cultivan una planta de koomatkas en algún rincón oculto. Las koomatkas no
son hoy tanto un alimento —en el sentido terrestre— como un último recuerdo de
otras muchas maravillas semejantes perdidas junto con la Morada. Se las reserva
para las grandes ocasiones. Susie las había robado sin duda en algún momento de
distracción de su madre. Y ahora estaban allí, a plena luz, sobre el mantel,
ante los ojos de una Extraña.
Antes
de que yo pudiera esconderlas o decir algo, Valancy se dio vuelta y vio las
frutas que brillaban levemente con un resplandor verde azulado. Las miró un
rato, con los ojos muy abiertos, y extendió la mano. Iba a decir algo, me
pareció, pero bajó la cabeza, se echó hacia atrás, y se tomó las manos con
fuerza. Las niñas, sin dejar de mirar a Valancy, guardaron las koomatkas en la
cesta de Susie, y consolaron silenciosamente a la niña. Susie acababa de
entender lo que había hecho, y parecía que iba a echarse a llorar por haber
traicionado al Pueblo ante una Extraña.
En
aquel momento, Kiah y Derek rodaron sobre el improvisado mantel, disputándose
un bizcocho. Pusimos el almuerzo a salvo, limpiamos las manchas de chocolate de
las camisas de los chicos, y olvidamos el incidente de las koomatkas. Sin
embargo, después de comer, cuando nos echamos a descansar y contemplábamos las
nubes amenazadoras que avanzaban por el cielo del mediodía, me sorprendí de
pronto tratando de descifrar la expresión de Valancy en el momento en que había
visto las frutas. ¡Era imposible que las hubiera reconocido!
Luego
de un breve descanso enterramos los restos del almuerzo —la colina estaba
demasiado seca y no era posible quemarlos— y reanudamos la marcha. Al cabo de
un rato la cuesta se hizo más empinada. Las manzanitas, espinosas y
enmarañadas, se nos prendían a la ropa, nos lastimaban las piernas y se
enganchaban a los extremos del rollo de hule. Todos mirábamos ansiosamente el
aire libre, allá arriba, y si Valancy no hubiera estado allí con nosotros
hubiéramos podido flotar sobre muchos obstáculos, ahorrándonos aquellas
molestias. No detuvimos un momento, jadeando y resoplando, y seguimos adelante.
Al
cabo de casi una hora llegamos a un pequeño claro rocoso, una especie de islote
en aquel mar de manzanitas, apoyado en la ladera del monte Calvo. Nos echamos
aliviados sobre los lomos de granito, sintiendo cómo el corazón nos golpeaba el
pecho.
De
pronto Jethro se incorporó y olió el aire. Valancy y yo, alarmadas, miramos
alrededor. De la pequeña hondonada lateral vino una súbita ráfaga de viento que
nos trajo un olor acre y penetrante de arbustos quemados.
Jethro
corrió a lo largo de la ladera del monte Calvo, y se perdió de vista en la
hondonada. Volvió en seguida, haciendo ademanes, corriendo y flotando a la vez.
—Es
espantoso —jadeó—. Espantoso. La hondonada está en llamas, y el fuego se
acerca.
Valancy
nos reunió a todos con una mirada.
—
¿Cómo no vimos el humo? —preguntó con una voz tensa—. No había humo cuando
salimos.
—La
pendiente no se ve desde abajo —dijo Jethro—. Toda esta parte podría arder sin
que viésemos el humo. Este lado del monte Calvo es como un valle cerrado con
muchas hondonadas.
—
¿Qué haremos? —gimió Lizbeth, abrazándose a Susie.
Llegó
otra ráfaga de viento y de humo, y todos tosimos, y yo descubrí entonces a
través de las lágrimas una larga lengua de fuego que lamía las laderas.
Valancy
y yo nos miramos. Yo no podía leerle el pensamiento, pero en mí sólo había
pánico. El fuego se acercaba, y estábamos rodeados por una maraña de
manzanitas. En un momento pensé que podíamos escapar por el aire, pero los más
chicos no sabían flotar en línea recta más que unos pocos segundos, y no
podíamos abandonar a Valancy. Me llevé las manos a la cara. Yo no quería ver
aquella inmensa extensión de manzanita seca, que ardería como una antorcha
cuando la alcanzase el fuego. Y la lluvia no llegaba. La manzanita verde no
arde fácilmente, pero luego de tantos meses de sequía...
Los
niños pequeños lloraban ahora. Alcé la cabeza y vi a Valancy que me miraba
fijamente, con una intensidad insoportable. En ese momento las llamaradas,
brillantes y terribles, asomaron detrás de ella, en la hondonada.
Jake,
con un grito ronco, se separó de nosotros y se elevó un par de metros por
encima de la manzanita. Los pies se le enredaron en las zarzas, y cayó
pesadamente entre las ramas espinosas.
—
¡Debajo del hule! —La voz de Valancy resonó como un latigazo—. ¡Todos debajo
del hule! ¡De—bajo—del—hule!
La
voz de Valancy era sibilante y helada. Desenrollamos el hule, lo extendimos, y
nos metimos debajo. Esperando aún en ese espantoso momento que Valancy no me
viese, fui flotando a donde estaba Jake y lo ayudé a incorporarse. No podía
levantarme con él, de modo que lo llevé a empujones y a la rastra al refugio
del hule. Valancy seguía de pie, de espaldas al fuego, tan cambiada, tan
extraña, que cerré los ojos y me acurruqué con los otros chicos.
De
pronto Valancy se puso a hablar con una voz terrible y atronadora que me heló
los huesos. Ahogué un grito. Una ola de miedo recorrió el grupo y me asomé y
miré.
Llegará
un día mi última hora y veré aún la figura de Valancy, de pie, tensa, más alta
que nunca, entre las convulsivas nubes de humo, con las manos extendidas, los
dedos apartados, mientras ordenaba palabras con una voz de contenido terror,
palabras que me angustiaban, pues yo tenía que haberlas oído alguna vez, y no
las conocía. Y mientras miraba sentí en mí un frío helado, un frío sobrenatural
y paralizante que me heló las lágrimas en la cara vuelta hacia el cielo.
Y
entonces, de los dedos de Valancy, de sus manos tendidas, brotaron relámpagos,
saltaron de uno a otro dedo. Y las nubes, en lo alto, respondieron con otros
relámpagos. Con un brusco movimiento de la mano, Valancy lanzó hacia el cielo
el frío, el relámpago, el humo espeso y móvil. Y el rugido siseante de la
lluvia ahogó el rugido de las llamas.
Me
quedé de rodillas, bajo el diluvio, y durante un instante interminable miré
aquellos ojos vacíos, desesperados, acosados. Luego Valancy cayó pesadamente
hacia adelante, y yo apenas alcancé a sostenerle la cabeza que ya iba a golpear
la piedra.
Entonces,
mientras yo tenía la cabeza de Valancy en mi regazo, temblando de frío y de
miedo, y los chicos lloraban detrás, oí que papá nos llamaba. En seguida lo vi.
Venía con Jemmy y Darcy Clarinade en la camioneta, notando en la lluvia, sobre
la empapada y humeante extensión de manzanita, sobre la ladera de la
inaccesible montaña. Papá bajó; una rueda del coche rozó una rama y giró
lentamente en el aire. Entre los tres nos levantaron a todos y nos depositaron
sanos y salvos en la querida y decrépita camioneta.
Jemmy
recibió en sus brazos el cuerpo inerte de Valancy, y se acurrucó en el asiento,
mirando acusadoramente al mundo.
Yo y
los chicos nos amontonamos alrededor de papá, aliviados y felices. Papá nos
abrazó a todos, y luego me tomó la barbilla y me miró a los ojos. — ¿Por qué
llovió? —me preguntó muy serio, exacta mente como un Viejo, mientras el agua me
chorreaba por el pelo y él estaba allí completamente seco, protegido por su
coraza.
—No
sé —sollocé, parpadeando en la lluvia—. Fue Valancy... con relámpagos... hacía
frío... Valancy habló.
De
pronto, ya sin fuerzas, me desplomé en el piso de madera de la camioneta, y a
pesar de mis años me eché a llorar como los otros chicos.
Un
grupo solemne y silencioso se reunió esa noche en la escuela. Yo estaba sentada
en mi pupitre, con los dedos entrelazados, asustada de mi propio Pueblo. Nunca
había asistido a una reunión oficial de Viejos. Todos estaban sentados en
pupitres, excepto el Más Viejo, que ocupaba la silla de Valancy. Valancy, con
un rostro de piedra, esperaba en el pupitre de los mellizos, desgarrando con
dedos nerviosos unos pañuelos de papel.
El
Más Viejo golpeó con el bastón el escritorio y paseó por el cuarto una mirada
ciega.
—Nos
hemos reunido —dijo— para investigar...
Valancy
se puso de pie de un salto.
—
¡Oh, basta! —gritó—. ¿No pueden despedirme enseguida? Díganme que me vaya y me
iré.
—
Siéntese, señorita Carmody —dijo el Más Viejo.Valancy se sentó dócilmente.
¿Dónde
nació usted? —preguntó con dulzura el Más Viejo.
¿Qué
importa? —preguntó Valancy, y luego dijo, resignada—: Está en mi solicitud.
Vista Mar, California.
— ¿Y
sus padres? —No lo sé.
Hubo
un estremecimiento en el cuarto.
—
¿Cómo no lo sabe?
—Oh,
todo esto es tan inútil —dijo Valancy—. Pero si tienen que saberlo... Mis
padres eran huérfanos. Los encontraron después de una explosión y un incendio,
perdidos en las calles de Vista Mar. Crecieron en casa de un viejo matrimonio
que había perdido en el incendio todos sus bienes. Al fin se casaron, y nací
yo. Ahora están muertos. ¿Puedo irme?
Un
murmullo recorrió la sala.
—¿Por
qué dejó sus otros empleos? —preguntó papá.
Antes
que Valancy pudiese responder, se abrió bruscamente la puerta y entró Jemmy,
marcando el paso.
—Vete
—ordenó el Más Viejo.
—Por
favor —dijo Jemmy, desarmado de pronto—. Déjeme. Es también un problema mío...
El
Más Viejo acarició el bastón y luego asintió en silencio. Jemmy sonrió apenas,
aliviado, y se sentó en un banco de atrás.
—Continúe
—le dijo a Valancy el Más Viejo.
—Bueno
—dijo Valancy—, perdí mi primer empleo porque... me sorprendieron en un acto de
levitación... así lo llamarían ustedes, supongo. Quise reparar un postigo de mi
cuarto. Se había trabado y... bueno... subí a arreglarlo, simplemente. El
director me vio. No podía creerlo, y se asustó tanto que me echaron.
Valancy
calló y esperó.
Los
Viejos se miraron entre ellos. Yo me puse a atar cabos, pensando que con un
poco de sentido común hubiera podido descubrir la verdad hacía tiempo.
— ¿Y
el segundo?
El
Más Viejo se inclinó hacia adelante y apoyó la mejilla en el hueco de la mano.
Valancy
enrojeció, sorprendida.
—Bueno...
—dijo titubeando—. Llamé a mis libros... estaban en el escritorio quiero decir,
y...
—Entendemos
—dijo el Más Viejo. — ¿Entienden? ¿Ustedes? —preguntó Valancy, perpleja.
El
Más Viejo se puso de pie.
—
Valancy Carmody, ¡abre tu mente!
Valancy
lo miró, y de pronto se echó a llorar.
—No
puedo, no puedo —sollozó—. Ha pasado mucho tiempo. Soy distinta. Estoy sola.
¿No se dan cuenta? Todos murieron. Soy una extraña.
—Ya
no eres una Extraña —dijo el Más Viejo—. Estás entre los tuyos, Valancy. Karen
—me dijo—, entra en ella.
Así
lo hice. Al principio tropecé una vez más con el muro impenetrable. De pronto,
con un súbito grito silencioso, de angustia y de alegría, me encontré con
Valancy. Vi los secretos que la habían atormentado desde la muerte de aquellos
padres huérfanos... que eran del Pueblo. Y los ancianos... No sólo pertenecían
al Pueblo, eran además los Más Viejos de la Travesía.
Reviví
con Valancy aquellos secretos aterradores y ocultos. Había tenido que vivir
como una Extraña, había tenido que esconder todas sus diferencias, ahogando
todos los Dones del Pueblo. Había vivido siempre asustada, temiendo
traicionarse, y sintiéndose profundamente sola, pues creía ser la última
sobreviviente del Pueblo.
Y
entonces, de pronto, Valancy entró en mí, inundándome con una presencia de
poder desconocido...
Abrí
los ojos y vi a los Viejos que miraban fijamente a Valancy. Hasta el Más Viejo
había vuelto hacia ella su rostro arrugado y la observaba con asombro.
Inclinó
la cabeza e hizo la Señal.
—
Las Persuasiones y los Designios perdidos —murmuró—. Todo está en ella.
Yo
supe entonces que Valancy, que había vivido encerrada en sí misma,
protegiéndose de un mundo donde cualquier acto irreflexivo podía traicionarla,
y que había vivido ignorada entre nosotros, e ignorándonos, no sólo era del
Pueblo. Tenía poderes que nadie, desde la muerte de la abuela, había conocido,
e incluso poderes superiores. Mis pensamientos incoherentes se resumieron en
uno. Ahora había alguien que podía instruirme. Ahora yo llegaría a ver, aunque
no tanto como Valancy.
Me
volví hacia Jemmy, para compartir con él mi asombro. Jemmy miraba a Valancy
como el Pueblo mismo debe haber mirado la Morada en la hora definitiva. Luego
fue hacia la puerta.
Valancy
se apartó rápidamente de mí y de los Viejos. Jemmy la esperaba con la manos
extendidas.
Dejé
la escuela y me precipité por el sendero como una poseída, flotando y corriendo
hasta que llegué al porche de casa y caí en brazos de mamá.
—
¡Oh, mamá! ¡Es de los nuestros! Y Jemmy la quiere. ¡Es maravillosa!
Me
eché a llorar en los brazos tibios y acogedores de mamá.
Así
que ahora no necesito ir al Exterior para ser maestra. Ahora tenemos una
maestra permanente. Pero iré de todos modos. Quiero parecerme a Valancy, y
Valancy ha completado sus estudios. Además, para vivir en el Exterior hay que
ser disciplinada, y esto puede servirme. Tengo tantas cosas que aprender...
pero Valancy me acompañará. El Don no me apartará de todos.
Tal
vez no debiera decirlo, pero hay una razón por la que quiero apresurar mis
estudios. Pronto trataremos de descubrir a los otros sobrevivientes del Pueblo.
Los muchachos de aquí no me gustan.
Era
corno si unas cortinas de plata centellearan cerrándose sobre algún cuadro
mágico, que se recordaba con deleite. Lea respiró hondo, y con una comprensión,
casi repentina, corno el estallido de una burbuja, advirtió que se había
olvidado completamente de sí misma y de sus dificultades por primera vez en
muchos meses. Y se sentía bien, oh, tan bien, tan sin asperezas, tan
animadamente descansada. Si al menos... Si al menos... se dijo en silencio, y
en seguida se estremeció oyendo el golpe desnudo y seco de las cosas tal como
son contra ese bendito refugio que Karen le había facilitado. Apretó las manos,
con amargura.
Alguien
rió quedamente en el silencio del cuarto.
—
¿Todavía no lo encontraste, Karen? Empezaste a buscar hace bastante tiempo...
—No
tanto. —Karen sonrió envuelta todavía en los recuerdos que acababa de evocar—.
Y tengo mi título ahora. Oh, y he olvidado tanto, la estupefacción, el terror.
— Se quedó perdida en sus ensoñaciones, un rato, y luego sacudió la cabeza y se
rió—. Bien, Jemmy. He entendido mi deber y he cumplido. ¿Qué manilas tibias nos
traen el próximo relato?
Jemmy
alisó el papel arrugado.
—Bueno,
Peter es el que sigue. A no ser que Bethie quiera...
—
¡Oh, no, oh, no! —protestó la voz suave de Bethie—. Peter, Peter puede hacerlo
mejor, es el indicado, quiero decir, ¡Peter!
Todos
se rieron.
—Bueno,
Bethie, bueno —dijo Jemmy—. Tranquilízate. Será Peter. Bueno, Peter. Tienes
tiempo hasta mañana por la noche para prepararte. Creo que luego de las
excitaciones de hoy... bueno, un relato es suficiente.
La
gente se incorporó, giró, se movió. El murmullo de las voces y las risas empapó
a Lea como un océano tibio.
—Lea.
—La voz de Karen—. Aquí están Jemmy y Valancy. Quieren conocerte.
Lea
se puso trabajosamente de pie, sintiendo que aquellos ojos interesados la
atravesaban de parte a parte. Sintió que la bienvenida la envolvía, una
bienvenida que iba mucho más allá de las palabras. Sintió, en algún lugar del
pecho, una punzada, y que unas lágrimas inexplicables le rodaban ahora por las
mejillas. Volvió la cabeza y buscó a tientas un pañuelo. Alguien le puso uno
grande y blanco en las manos, y el hombro de alguien fue fuerte y
tranquilizador un momento, y los brazos de alguien fueron ágiles y seguros
cuando la alzaron y la llevaron, enceguecida por un llanto sin sollozos, fuera
de la escuela.
Más
tarde —oh, mucho más tarde— Lea se sentó de pronto en la cama. Karen apareció
en seguida al lado, en silencio.
—Karen,
¿es posible que todo eso haya ocurrido de veras?
—¿De
qué hablas, Lea?
—La
historia que contaste. No es una historia real, por supuesto.
—Claro
que lo es, del principio al fin.
¡No
es posible! —gritó Lea—. ¡Gente que viene del espacio! ¡Gente mágica! No puede
ser cierto.
¿Por
qué no quieres que sea cierto?
—Porque
no puede ser. No es verosímil. No hay nada fuera de lo que es... Quiero decir,
una anda y anda por el mundo y al fin vuelve al sitio del principio. Todo
termina donde comenzó. Más allá de ciertos límites... —Lea buscó las palabras—.
¡La realidad tiene límites!
—
¿Quién define los límites?
—Bueno,
están ahí, simplemente, desde el momento en que una nace. Estás atrapada desde
el principio y así tienes que seguir hasta el día de tu muerte.
¿Quién
te vendió como esclava? —preguntó Karen, algo perpleja—. ¿No te habrás
esclavizado tú misma? Estoy de acuerdo contigo en que todo vuelve a donde
empezó, ¿pero, dónde empezó todo?
¡No!
—chilló Lea, llevándose a los ojos unos puños apretados, y volviendo la cabeza
sobre la almohada, a un lado y a otro—. ¡No quiero volver a ese tembladeral, a
ese caos, esa agitación sin sentido!
La
oscuridad más negra rodó y ardió y rugió, con un chillido insidioso; el poblado
vacío, el frío de llamas; la imposibilidad de todas las imposibilidades...
—Lea, Lea. —La voz de Karen atravesó con dulzura, pero firmemente la maraña de
horror—. Lea, duerme ahora. Duerme ahora sabiendo que todo se inicia con la
Presencia y que todas las cosas vuelven a su comienzo.
Lea
desayunó con Karen a la mañana siguiente. El viento movía hacia afuera y
adentro las cortinas cortas y fruncidas de la ventana.
—
¿Ninguna pantalla? —preguntó Lea sosteniendo la tregua armada, colmada de
oscuridad, como si fuese una copa de agua llena hasta el borde.
—No,
ninguna pantalla —dijo Karen—. Mantendremos las alimañas fuera de otro modo.
—Un
modo que también les impida salir —dijo Lea sonriendo—. Traté de irme ayer.
—Ya
sé —dijo Karen sosteniendo en la mano una rebanada de pan y observando cómo se
iba tostando, lenta y aromáticamente—. Por esto tapié las ventanas un poco más
que de costumbre. Pero no hoy.
—
¿Confías en mí? —preguntó Lea sintiendo el secreto balanceo de terror en la
copa en equilibrio.
—No
estás en una cárcel. Ayer estabas todavía aferrada a las faldas de la muerte.
Hoy ya puedes sonreír. Ayer pusiste la botella de lejía en el último estante.
Hoy puedes leer el rótulo tú misma.
—
Quizá soy analfabeta —dijo Lea, sombría, recogiendo la copa—. Me gustaría salir
un rato hoy, si estás de acuerdo. Hace mucho tiempo que no miro el mundo.
—No
vayas muy lejos. En estos alrededores casi no puedes hacer otra cosa que
trepar... o bien levitar. No tenemos muchos caminos en el mundo exterior. No
vayas más allá de la escuela. Preferiríamos que no lo hicieras por ahora...
—Sonrió apenas—. Además hay muchos otros sitios donde ir.
—Quizá
vea a algunos de los niños —dijo Lea—. Davey o Lizbeth o Kiah.
Karen
rió.
—No
me parece muy posible, no en las actuales circunstancias. Y los «niños» se
sentirían bastante insultados si te oyeran. Han crecido, son adultos ahora, o
por lo menos creen que lo son. Mi historia ocurrió hace años, Lea.
—
¡Hace años! ¡Pensé que era muy reciente!
—Oh,
no. ¿Qué te hizo creer...? —¡Recordabas todo de un modo tan completo! Cosas tan
pequeñas. Y el modo como Jemmy miraba a Valancy y Valancy a Jemmy... —— —El
Pueblo tiene una memoria especial. Y la mirada de Jemmy era de amor, y el amor
no muere...
—El
amor no... —Lea torció la boca—. Bueno, habría que definir eso que llamas
amor... —Se incorporó bruscamente—. Quisiera caminar un rato. —Titubeó—. Y
quizá meterme un poco en el agua, un arroyo fresco...
—Claro,
por supuesto —dijo Karen—. Puedes ir hasta el arroyo y mojarte los pies, si
quieres. Te servirán aquí el almuerzo y yo vendré para la cena. Iremos a la
escuela juntas a oír la historia de Peter.
Lea
subió hasta la laguna, los pies desnudos y lastimados, los bordes de la falda
empapados con agua del arroyo y el estómago vacío. Había olvidado el almuerzo.
La
laguna era ancha y tranquila. El agua entraba murmurando por un extremo y salía
cloqueando por el otro. En el medio, la superficie era como un espejo. Una hoja
amarilla cayó lentamente de un algodonero y tocó el agua con tanta delicadeza
que los anillos resultantes fueron como hilos que corrían a las orillas de
arena. Lea suspiró, se recogió la falda, y metió un pie en la laguna. La
mordedura limpia y fría del agua la dejó sin aliento, pero dio otro paso
adelante. El agua pronto le llegó a las rodillas y más arriba. Se detuvo bajo
el árbol de algodón, esperando, esperando tan quieta que el agua se le cerró
mansamente alrededor de las piernas. Sólo allá abajo, en la arena fina que
tenía bajo los pies, alcanzaba a sentir el movimiento del agua. Se quedó allí
hasta que cayó otra hoja, rozándole la mejilla, deslizándosele por el hombro y
sobre la blusa arrugada, y deteniéndose un instante en los pliegues recogidos
de la falda antes de dibujar un círculo tranquilo en la superficie brillante
del agua. Lea miró un rato la hoja y la sombra de plata que era ella misma,
sobre el agua, y luego alzó los ojos hacia las altas paredes de roca que se
alzaban alrededor. Apretó los codos contra los costados y pensó: Estoy siendo
otra vez una entidad. Tengo forma y proporciones. Tengo fronteras y límites.
Tengo que aprender de algún modo cómo manejar un ser finito. La carga de no ser
nada en una nada infinita era demasiado, demasiado...
Una
agitación inquieta que en cualquier momento podía convertirse en pánico hizo
que Lea mirara alrededor y buscara la costa. Salía a la orilla, las manos
ocupadas en la falda, cuando resbaló, soltó las manos tratando de mantener el
equilibrio, y cayó de espaldas en la laguna con un sonoro chapoteo. Chorreando
agua y jadeando alcanzó a sentarse, el agua hasta los hombros. Parpadeó
sacándose el agua de los ojos, y entonces vio al hombre.
El
hombre tenía un pie en el agua, como avanzando hacia ella. Se reía.
Lea
resopló, mirándolo, indignada, y el agua le salpicó el mentón.
—
¡Pude haberme ahogado! —gritó, sintiéndose muy tonta y muy mojada.
— Si
se queda ahí puede ahogarse todavía. Las crecientes llegan en octubre.
—Si
sigue tardando tanto en ayudarme —replicó Lea—, ¡quizá lo consiga! No puedo
incorporarme sin que se me moje toda la cabeza.
—Pero
ya está toda mojada —rió el hombre, vadeando hacia ella.
—Eso
fue un accidente — resopló Lea otra vez—. ¡Es diferente hacerlo a propósito!
—
¡Lógica femenina! / El hombre tomó a Lea por las manos y tiró ayudando a que se
pusiera de pie y llevándola a la orilla.
Lea
alzó los ojos hacia la cara sonriente del hombre y le devolvió la sonrisa
empezando a darle las gracias. De pronto el hombre pareció retroceder, fuera de
foco, a kilómetros de distancia, y hablaba ahora con una voz muy débil. Se
volvió aturdida y trató de alejarse. En ese momento el hombre la tomó por la
mano, y ella sintió que el cuerpo le temblaba y se le disolvía y que la nada
invadía el mundo, más y más oscura.
—
¡Karen! —gritó—. ¡Karen! ¡Karen! El mundo desapareció.
Lea
apartó con irritación la mano extendida de Karen. La cama era blanda.
—No
iré.
—Oh,
sí, irás —dijo Karen—. El relato de Peter te gustará mucho. ¡Y Bethie! Tienes
que oír los cuentos de Bethie.
—Oh,
Karen, por favor, no me hagas probar de nuevo —rogó Lea—. No puedo soportar
caer de nuevo luego de... luego de...
Lea
calló meneando la cabeza.
—Hablas
de probar —dijo Karen, fríamente—. Ni siquiera has empezado. Tienes que ir esta
noche. Será la lección número dos para ti, de modo que prepárate.
Lea
buscó una excusa.
Mis
ropas —dijo—. Tienen que estar todavía empapadas.
Sí,
lo están —dijo Karen, imperturbable—. Eres del tamaño de Lizbeth. Te he traído
alguna ropa. Elige.
Lea
volvió la cabeza.
—No.
—Levántate.
La
voz de Karen continuaba siendo fría, pero Lea se levantó. Repasó en silencio
las ropas que le ofrecían.
—Bueno
—dijo Karen—. Eres más alta de lo que pensaba. Y perdiste algunos kilos desde
que decidiste dejar esta vida.
Lea
tuvo un acceso de indignación, pero se quedó quieta mientras Karen se ponía de
rodillas y tironeaba del vuelo del vestido. La tela se estiró y se quedó
estirada, haciendo que la falda pareciera más adecuada para la altura de Lea.
—Ya está —dijo Karen incorporándose y arreglándole el vestido a Lea alrededor
de la cintura y poniendo un pliegue donde había una arruga. Luego, con un
movimiento de la mano, hizo más intenso el color de la tela—. No está mal, es
tu color. Vamos, o llegaremos tarde.
Lea
se negaba tercamente a interesarse en algo. Sentada en un rincón se miraba
fijamente las manos juntas, dejando que la marea y la charla que fluía y el
movimiento de la gente la rozaran levemente, sin alzar los ojos. De pronto,
luego de la serena invocación, sintió una punzada de nostalgia. Nostalgia de
unas manos que la habían sujetado en la frescura del agua. Echó atrás la
cabeza, sorprendida, en el momento en que Jemmy decía: —Te dejo el pupitre,
Peter. Es todo tuyo, hasta la última decrépita astilla.
—Gracias
—dijo Peter—. Espero que la silla sea cómoda. Esto llevará su tiempo. He
decidido seguir el ejemplo de Karen y darle también un título a mi historia. Yo
mismo pude haberme hecho esta pregunta en cualquier momento de estos largos
años.
»No
hay consuelo en Galaad. ¿No hay allí médicos? ¿Por qué entonces la hija de mi
Pueblo no ha recuperado aún la salud?
En
la breve pausa que siguió, Lea tuvo conciencia de un pensamiento que le cruzaba
la mente. ¡Había olvidado el episodio de la laguna! ¿Quién era él? ¿Quién era
él? Pero no supo qué contestarse y Peter empezó a hablar...
GALAAD
No
sé en qué momento descubrí que nuestra familia no era como las otras familias.
Nada parecía indicarlo. La casa en que vivíamos era muy parecida a las demás
casas de Socorro. Nuestros prados descendían como los otros cubiertos de maleza
y arbustos hasta el Río Gordo, generalmente seco, que rodeaba la ciudad. Y
cuando nuestra vaca llamaba al toro de los Jacob, del otro lado del río, mugía
del mismo modo que todas las otras vacas de todos los otros prados. Y yo pasaba
días tan ociosos como cualquier otro muchacho de Socorro, tendido a la sombra
escasa de los árboles mientras el trabajo esperaba en algún otro sitio. Nunca
se me ocurrió pensar que fuésemos diferentes.
Me
di cuenta, creo, poco después de haber entrado en la escuela, cuando me enamoré
de la niña de trenzas más largas y de dientes más separados de toda la clase.
Yo tenía seis años y me parece que ella tenía siete.
Mi
amiga y yo nos habíamos refugiado detrás del cobertizo de la escuela, entre las
plantas de algodón, para comer juntos nuestro almuerzo, ignorando el coro de
«¡Peter anda con una chica! ¡Peter anda con una chica!» y las señas burlonas
que querían avergonzarme. Comimos nuestros sandwiches y pickles, y luego nos
tendimos de espaldas, con los brazos cruzados detrás de la cabeza, contemplando
el cielo brillante con los ojos entornados, y tratando de comer nuestros
pedazos de pastel sin que las migas nos cayeran en las orejas. Yo había comido
tan bien, me sentía tan satisfecho y tan enamorado que se me ocurrió de pronto
que yo debía intentar algo espectacular en honor de la dama de mis
pensamientos. Me senté, electrizado. La idea era magnífica, y yo sabía que
podía hacerlo.
—
¡Eh! ¿Sabes que puedo volar?
Alcé
los brazos y me puse de pie dejando a mi amor boquiabierta, sentada en la
hierba. —No puedes. No seas tonto.
¡Sí
puedo!
¡No
puedes!
¡Puedo!
¡Mírame! —Alcé los brazos y me elevé hasta el techo del cobertizo. Me asomé al
borde y dije—: ¿Viste? ¡Puedo volar!
¡Se
lo contaré a la maestra! —dijo ella con una voz entrecortada, mirándome con los
ojos muy abiertos—. Está prohibido subirse al cobertizo.
—Oh,
bah —dije—. No me subí. Vamos, tú puedes volar también. Te ayudaré.
Me
deslicé por el aire hasta el suelo. Abracé a mi amor y me elevé. Ella gritó y
pateó, y al fin se soltó y echó a correr hacia la escuela, chillando.
Desanimado de algún modo por esta deserción, junté los restos de nuestros
pasteles y posándome cómodamente en el alero del cobertizo, disfruté de los
últimos mendrugos. Al cabo de un rato llegó la maestra, con media escuela
detrás.
—¡Peter
Merril! ¿Cuántas veces se te ha dicho que no hay que subirse a nada en la
escuela?
La
miré tranquilamente, notando con interés que la prisa y la agitación le habían
desordenado los rizos, y descubriendo una tiesa mecha de cabellos que no
armonizaba con aquella cara severa.
—
¡No te sueltes y espera a que Stanley traiga la escalera!
—Puedo
bajar solo —dije, gateando hasta el poste que sostenía el techo—. Es fácil.
—
¡Peter! —chilló la maestra—. ¡Quédate donde estás!
Así
lo hice, preguntándome el porqué de todo ese alboroto.
Me
bajaron al fin y la maestra me tomó por el brazo y me arrastró hasta la escuela
mientras yo gritaba a todo pulmón, ultrajado e indignado porque nadie quería
creerme, ni siquiera mi amiga que negaba obstinadamente lo que había visto con
sus propios ojos.
—No
seas tonto, Peter. No puedes volar. Nadie puede volar. ¿Tienes alas acaso? —No
necesito alas —aullaba yo—. La gente no necesita alas. ¡No soy un pájaro!
—Entonces
no puedes volar. Sólo las cosas con alas vuelan.
Me
pasé el resto del mediodía gritando y pateando los escalones de la escuela,
hasta que me asusté pensando que la maestra podía decírselo a papá. Al fin y al
cabo yo había estado en territorio prohibido, sin que importara tanto cómo
había llegado allí.
La
maestra no se lo contó a papá, pero aquella noche, cuando me metí en cama,
sentí de pronto como un vacío dentro de mí. Quizá yo no podía volar. Quizá la
maestra tenía razón. Me escurrí fuera de la cama, y volé cuidadosamente hasta
lo alto del armario, y luego de vuelta hasta la cama.
—Puedo
volar —murmuré, metiendo la barbilla bajo las mantas y suspirando hondamente.
No
era más, por lo tanto, que una de esas cosas divertidas que los adultos le
prohibían a uno, como comerse un pedazo de pastel por la mañana, o manejar el
tractor, o subirse a la vaca para jugar a los indios.
Y en
eso quedó el incidente, hasta que el sábado la maestra nos encontró a mamá y a
mí en la tienda y revolviéndome el pelo me dijo:
—
¿Cómo está mi pajarito? —Luego se rió y le dijo a mamá—: ¡Se imagina que puede
volar!
Vi
que mamá apretaba tanto el portamonedas que los dedos se le ponían blancos, y
que me miraba con unos ojos sin alegría. Me sentí abrumado por una sorpresa in—
crédula y un miedo y una angustia que me daban ganas de llorar, aunque sabía
bien que en ese momento no era una emoción mía lo que yo sentía, sino una
emoción de mamá.
Mamá
tenía siempre los ojos alegres. Era la madre más risueña de Socorro. Llevaba la
felicidad dentro de ella como si fuese un ramillete de flores, y lo repartía
entre todos los que encontraba. A las otras madres apenas les alcanzaba para
repartir entre los de la propia familia. Y sin embargo, a veces, como en la
tienda, mamá perdía toda alegría, y mostraba miedo, y un raro tormento. Otras
veces mamá me hacía pensar en un pájaro enjaulado, que se apretaba contra los
barrotes. Como una noche que recuerdo aún vividamente.
Mamá
estaba junto a la ventana, vestida con una bata de franela que le llegaba a los
tobillos, y el aire que entraba por los marcos mal ajustados le movía apenas el
cabello oscuro. Se había desencadenado una tormenta sobre los Huachuchas, y
afuera soplaba el viento. El rugido creciente me había despertado, y yo estaba
acurrucado en el sofá, no sabiendo muy bien si los truenos que sacudían
constantemente la casa me asustaban o me excitaban. Papá estaba sentado con el
periódico en las rodillas.
Mamá
habló en voz baja, pero yo la oí claramente en medio del tumulto.
—
¿Pensaste alguna vez cómo sería estar ahí arriba en plena tormenta, con nubes
bajo los pies y encima de la cabeza, y un encaje de rayos alrededor, como
calientes ríos de oro?
Papá
movió las hojas del diario.
—No
parece muy cómodo —dijo.
Pero
yo, en el sofá, acuné las palabras en mí, maravillado. ¡Yo sabía! ¡Yo
recordaba! Recité las palabras como una amada lección:
— «Y
la lluvia como cabellos de hielo y plata te golpeaba el rostro que alzabas al
cielo.» Mamá dio media vuelta y me miró fijamente. Papá clavaba en mí unos ojos
sombríos y perturbados.
—
¿Cómo sabes eso? —me preguntó. Confuso, bajé la cabeza.
—No
recuerdo —murmuré.
Mamá
apretó las manos, una contra otra, inclinando la cabeza, de modo que los
cabellos le cayeron sobre la cara sombría.
—
Sabe porque yo sé. Yo sé porque mi madre sabía. Ella sabía porque el Pueblo
sabía —dijo, y se le quebró la voz—. Son las palabras que empleaba ella.
Mamá
calló y se volvió hacia la ventana, apoyando el brazo y la cabeza en el marco,
como un niño que llora. — ¡Oh, Bruce, perdóname!
Yo
miraba con los ojos muy abiertos, asombrados, tratando de que los ojos no se me
llenaran de lágrimas mientras luchaba contra la pena y la desolación de mamá.
Papá
se acercó a ella y la abrazó. Me miró por encima del hombro.
—Mejor
que te vayas a la cama, Peter. Lo peor ha pasado.
Yo
me fui arrastrando los pies, de mala gana, estupefacto. Poco antes de cerrar la
puerta me detuve y escuché.
—Nunca
le dije una palabra, te lo aseguro —dijo la voz entrecortada de mamá—. Oh,
Bruce. Me esfuerzo tanto, pero a veces... ¡oh, a veces!
—Ya
lo sé, Eve. Y es mucho lo que has logrado. Sé que te cuesta mucho, pero lo
hemos hablado tan a menudo. No hay otro camino, querida.
— Sí
—dijo mamá—, no hay otro camino, pero... ¡oh, dame tu fuerza, Bruce! ¡Bendito
sea el Poder, que te ha traído a mí!
Cerré
silenciosamente la puerta, y me acurruqué en la oscuridad, sobre la cama, y al
fin sentí que la angustia de mamá se transformaba otra vez en una cálida
ternura. Luego, sin razón aparente, volé gravemente hasta lo alto del armario,
volví a mi cama y me acosté. Y recordé entonces. Recordé los calientes ríos de
oro, las nubes arriba y abajo, y los vientos que golpeaban como olas de espuma
escarchada. Pero junto con ese dulce recuerdo me llegaba también la
advertencia: No puedes, pues tienes sólo ocho años. Tienes sólo ocho años. Hay
que esperar.
Muy
poco después nacía Bethie, cuando yo estaba por cumplir nueve años. Me veo aún
inclinado sobre la cuna, sobre el milagro de aquellos deditos y aquellos
cabellos de caramelo batido. Bethie, mi hermanita. Bethie, a quien todos
miraban fijamente, murmurando entre ellos, cuando mamá la dejaba ir a la
escuela, aunque se pasaba la mayor parte del tiempo en casa, aun cuando ya era
bastante mayor. Porque Bethie era diferente... también.
Cuando
Bethie tenía un mes, yo me apreté el dedo con la puerta del dormitorio y lloré
durante un cuarto de hora, pero Bethie sollozó continuamente hasta que yo no
sentí ningún dolor en el dedo.
Cuando
Bethie tenía seis meses, nuestro pequeño terrier, Glib, cayó en una trampa para
serpientes. Regresó a casa lloriqueando, arrastrando la trampa. Bethie chilló
hasta que Glib se quedó dormido sobre la pata vendada.
Papá
tuvo un ataque de apendicitis aguda cuando Bethie tenía dos años, pero fue ella
quien tuvo que tomar un sedante hasta que pudimos llevar a papá al hospital.
Una
noche papá y mamá estaban junto a la cama de Bethie, que dormía muy intranquila
a pesar de los sedantes. Nuestro vecino, el señor Tyree, había estado cortando
leña y el hacha se le había desviado. Había perdido un pulgar del pie y mucha
sangre, pero cuando el doctor Dueff llegó corriendo en su coche, se precipitó
primero a nuestra casa y luego fue a la del señor Tyree. El señor Tyree
descansaba como podía, con el pie vendado apoyado en un sillón, y con las manos
en las orejas para no oír los gritos de Bethie.
—
¿Qué podemos hacer, Eve? —preguntó papá—. ¿Qué dijo el doctor?
—Nada.
No pueden hacer nada por ella. Supone que se le pasará con los años. No
entiende. No sabe que ella...
—¿Qué
ocurre? ¿Por qué Bethie es así? —preguntó papá desesperado.
Mamá
se encogió.
—Es
una sensitiva. Hay gente así en el Pueblo, aunque no de tan pocos años. Esa
sensibilidad les permite ayudar a los que sufren. Bethie no tiene más que parte
del Don. No lo domina.
—
¿Por mí? —gruñó papá.
Mamá
lo miró con ojos serenos y amantes.
—Por
los dos, Bruce. Corrimos ese riesgo. Tentamos a la suerte, luego de Peter.
De
modo que ahora éramos dos los diferentes, aunque también diferentes entre
nosotros. Para mí era una diversión, casi todo el tiempo, pero no para Bethie.
Teníamos que tener cuidado con Bethie. Probó la escuela un tiempo, pero las
rodillas despellejadas, los empujones, los dolores de dientes, los chichones, y
los dolores de cabeza del portero después de las borracheras del fin de semana
la devolvían a casa agotada y temblorosa, al borde de la histeria. De modo que
Bethie aprendió las letras y los números con mamá, y se quedaba apoyada
melancólicamente en la verja mientras pasaban los otros chicos.
No
mucho después descubrí un modo de utilizar prácticamente mi diferencia. Papá me
pidió que guardara en el cobertizo un montón de leña que Delfino había dejado
en el patio de atrás. Yo me había citado con unos compañeros para explorar una
vieja mina de espato flúor y ahora aquel trabajo me impediría ser de la
partida. Fui al patio de atrás y me quedé un rato con las manos en los
bolsillos pateando el montón de leña. Al fin cargué una brazada, gruñendo bajo
el peso. Llegué al cobertizo, dejé caer la madera, y me lastimé el pulgar. Me
senté en cuclillas en el patio y me succioné el dedo, con los ojos clavados en
la leña. De pronto, se me ocurrió algo. ¿Si yo podía volar, no sería posible
que la leña volase también? Sí, era posible. Me incliné hacia adelante y
castañeteé los dedos ante media docena de leños, concentrándome. Los empujé
hacia el cobertizo, los guié hacia el sitio donde yo quería dejarlos, y los
ordené como si fuesen naipes. No tardé mucho en descubrir cuál era la carga
máxima, y guardé toda la leña en un tiempo maravillosamente corto.
Entré
silbando en casa y fui a buscar una luz. La mina era muy oscura y ninguno de
mis amigos tenía una linterna.
Papá
estaba revisando las cuentas de la leche y alzó los ojos.
—Te
he dicho que guardaras la leña.
—Ya
la guardé —respondí, sonriendo.
—Déjate
de bromas —gruñó papá—. No tuviste tiempo.
—Es
cierto —dije, triunfalmente—. Descubrí una técnica nueva. Verás...
Callé,
paralizado por la mirada de papá.
—Nadie
te ha pedido nuevas técnicas —dijo tranquilamente—. ¡Vuelve y quédate ahí hasta
que hayas tenido tiempo de guardar bien la leña!
—Ya
está guardada —protesté—. ¡Y los chicos están esperándome!
—No
quiero discutir —dijo papá, muy pálido — . Vuelve a la leñera.
Volví
a la leñera, pasando junto a mamá que había venido de la cocina y que había
extendido hacia mí la mano. Me senté en la leñera, furioso, decidido a no salir
de allí hasta que papá fuese a hablarme.
Luego,
me puse a pensar. Papá no era comúnmente tan poco razonable. Quizá yo había
hecho algo malo. Quizá no estaba bien guardar la leña de ese modo. Quizá... Se
me confundieron los pensamientos mientras recordaba los murmullos que yo había
alcanzado a oír a propósito de Bethie. Quizá lo que yo había hecho era un
disparate, una cosa insensata.
Pensé
mucho. Hacer algo insensato significaba no hacerlo como todo el mundo. Por ese
motivo, quizá, papá había reaccionado así. Yo había hecho entonces una cosa
insensata. Miré fijamente el suelo, desorientado. ¿Qué había de diferente en
nuestra familia? Y por vez primera fui capaz de separar y reconocer el
sentimiento que yo debía de tener desde hacía mucho tiempo, el sentimiento de
estar mirando desde afuera, el sentimiento de estar aparte. Sí, descubrí, era
necesario ocultarse, ser prudente. Si había algo anormal, nadie tenía que
saberlo. Yo no debía traicionar...
Mamá
estaba de pie a mi lado.
—Papá
dice que ahora puedes irte —dijo, sentándose junto a mí, y mirándome sin
alegría—. Peten.. Papá no podía hacer otra cosa. Todo lo que puedo decirte es
esto: no olvides nunca, estés donde estés, hagas lo que hagas, que lo diferente
muere. Tienes que conformarte... o morir. Pero no te avergüences, Peter, no.
¡Nunca te avergüences! —Mamá me puso rápidamente las manos en los hombros y me
rozó la oreja con los labios—. ¡No dejes de ser diferente! —murmuró—. Tan
diferente como puedas. ¡Pero que no lo vea nadie, que no lo sepa nadie!
Mamá
desapareció en la escalera que llevaba a la cocina.
Entré
en la adolescencia, y me alejé más y más de los chicos de mi edad. Las cosas
que les parecían más divertidas, no me interesaban mucho. De modo que en los
años siguientes seguí cada vez con mayor frecuencia el consejo que me había
susurrado mamá, sin pedir nunca explicaciones, pues yo sabía que ella no me las
daría. El incidente de la leña me había abierto todo un nuevo panorama de
posibilidades, aunque yo no supiese muy exactamente qué posibilidades eran
éstas. Me acostumbré a pasarme las horas en la parte baja del prado, donde
ensayaba toda clase de experiencias, sin saber nunca si resultarían o no.
Trabajé mucho y en algunos casos fracasé, y en otros tuve éxito.
Descubrí
que un castañeteo de los dedos me bastaba para traer cosas hacia mí, o para
enviarlas a cortas distancias sin molestarme o tocarlas, como había hecho con
la leña. Yo subía regularmente hasta las puntas de los álamos altos,
deslizándome luego en éxtasis hasta el suelo, hasta que una vez me extasié
demasiado y aterricé de narices. En una ocasión, concentrándome tanto que me
dolió la cabeza y quedé aturdido, logré encender un pequeño fuego. Luego quise
tomar una llama y me ampollé y chamusqué las manos.
Me
parece que por ese entonces me descuidé un poco y no me molesté en tratar de
saber si me vigilaban o no, pues comenzaron a oírse ciertos rumores. Bub Jacobs
le contaba a todo el mundo que yo «hacía cosas» cuando estaba solo en el prado.
La mueca maligna con que acompañaba sus cuentos transformaba esas «cosas» en
cualquier perversión que los oyentes pudieran imaginarse, y lo de «solo»
terminaba de condenarme sin remedio. Experimenté así amargamente lo que mamá me
había dicho. El que es diferente muere, y una sola muerte no es nunca bastante.
Uno muere y muere, y muere, muchas veces.
Luego
un día sorprendí a Bub mientras rondaba por nuestro bosque. Me vio y puso pies
en polvorosa comprendiendo muy bien qué podía pasarle si yo lo atrapaba. Eché a
correr detrás, pero en seguida me detuve. ¿Para qué fatigarme? ¿Por qué no
hacer con aquel mentecato lo que había hecho con la leña?
Bub
dio un grito de verdadero terror cuando sintió que el suelo le faltaba bajo los
pies. Se debatió en el aire, convulsionado por el miedo y por aquella cosa
terrible que le ocurría, y el grito se le apagó y se le quedó en la garganta. Y
yo, abajo, me reí de él sintiéndome un gigante, muy por encima de la gente
estúpida como Bub.
De
pronto, antes que Bub se desmayara, sentí su terror, y asomó a mi garganta un
eco de su grito. Caí al suelo, abrumado por una repentina certeza, un
conocimiento que no me venía de la experiencia ordinaria: yo había cometido un
terrible error, yo había prostituido mis poderes utilizándolos para aterrorizar
injustamente.
Me
arrodillé y alcé los ojos hacia Bub, doblado en el aire, por encima de mi
cabeza, fuera del alcance de mis manos. Se me hizo un nudo en la garganta al
descubrir que yo no sabía cómo hacerlo descender. No era un trozo de madera que
uno podía bajar con un castañeteo de los dedos. No tenía la más remota idea de
cómo traer al suelo a un ser humano.
Me
arrastré aturdidamente hasta un rayo de sol que atravesaba la copa de un álamo
y sentí que me corría por los dedos algo que era posible levantar —y retorcer—
y utilizar. Utilizar en Bub. ¿Pero cómo? ¿Cómo? Cerré el puño sobre la onda de
luz, y tropecé otra vez con una puerta que podía abrirse con una palabra, una
mirada, un ademán; pero yo no sabía cómo pronunciar esa palabra, cómo lanzar
esa mirada, cómo hacer ese ademán.
Me
puse de pie y tomé aliento. Salté para atrapar los talones de Bub que le
colgaban un poco más abajo que el resto del cuerpo. No acerté. Salté otra vez y
le rocé el talón con la punta de un dedo, y Bub empezó a moverse lentamente en
el aire. Me pasé el dorso de la mano por la frente sudorosa, y me reí, me reí
de mi estupidez.
Con
mucho cuidado, pues yo me había contentado con subir y bajar, y no había
planeado casi nunca, me elevé hasta donde estaba Bub. Le puse las manos encima
y empujé hacia abajo. Bub no se movió.
Tiré
de él hacia arriba y Bub subió conmigo. Me alejé de él lenta y deliberadamente
y pensé un rato. Fui hasta el otro lado de Bub y lo empujé hacia unas ramas
altas. Ya estaba recuperando el conocimiento y movía la cabeza y los labios.
Flotaba en el aire como un tronco en el agua, pero logré llevarlo hasta una
rama gruesa, asegurándole lo mejor posible las piernas y los brazos. Poco
después, cuando Bub abrió los ojos abrazándose frenéticamente al tronco, yo ya
estaba al pie del álamo, gritándole.
—
¡No te sueltes, Bub! ¡Buscaré a alguien que te ayude a bajar!
De
modo que durante la semana siguiente la gente se olvidó de mí y le tomaba el
pelo a Bub con frases como éstas: «¿Qué hacías en el aire?», «¿Cómo está el
tiempo allá arriba?» y «¡Trae una escalera, Bub, trae una escalera!».
Aun
con estos problemas, yo me divertía bastante. ¿Por qué no podía ser igual para
Bethie? Yo hubiese querido darle una parte de mi diversión y tomar en cambio
una parte de su pena.
Luego
murió papá, arrastrado por el Río Gordo mientras trataba de salvar a un tonto
veraneante que había plantado su tienda en las arenas secas que eran el cauce
de las aguas en los días de tormenta. Parecía imposible imaginarla sola a mamá.
Siempre los habíamos visto juntos. No habían sido dos padres, sino una entidad
única: papá—mamá. Y ahora nuestros pensamientos se interrumpían en mamá—y,
mamá—y. Y mamá... bueno, una mitad de ella había muerto.
Después
del funeral, mamá y Bethie y yo nos sentamos en la sala, con los ojos bajos.
Bethie apretaba los dientes ante el dolor lancinante de mamá que se clavaba las
uñas en las palmas.
Aparté
dulcemente las manos apretadas de mamá y Bethie se serenó un poco.
—Mamá
—dije en voz baja—, puedo cuidar de nosotros. Tengo mi trabajo en la fábrica.
No te preocupes.
Yo
sabía que era un pobre consuelo el que yo ofrecía a la angustia de mamá, pero
era necesario llegar a ella de algún modo.
—Gracias,
Peter —dijo mamá, animándose un poco—. Sé que lo harás. —Inclinó la cabeza y se
llevó las manos a los ojos secos, con una contenida desesperación—. ¡Oh, Peter,
Peter! Pertenezco ya bastante a este mundo como para sentir que la muerte es
tristeza y desolación y no ese llamado solemne y dulce que es en realidad.
Ayúdame, ¡ayúdame!
— Si
soy capaz, mamá —dije tomándole una mano mientras Bethie tomaba la otra—. Pero
tienes que ayudarme a recordar. Recuerda conmigo.
Cerré
los ojos, y recordé. Un vuelo libre en la noche estrellada, un vuelo de mil
seres felices, como pájaros en el cielo, que subían al encuentro del alba... el
alba del Festival. Yo podía sentir ahora el perfume de las flores que adornaban
a las mujeres y la alegría que acompañaba a la aurora. Luego oí las primeras
magníficas notas del himno del Festival y el sol asomó sobre las colinas
boscosas. Mil manos se alzaron para hacer el signo...
Abrí
los ojos y descubrí que mis propios dedos hacían un signo que yo no conocía.
Una nota que yo nunca había cantado me palpitaba en la garganta. Tomé aliento y
miré de reojo a Bethie. Ella no había visto. Mamá estaba tranquila ahora, con
los ojos cerrados, con la cara serena y en paz.
—
¿Qué fue eso, mamá? —murmuré.
—El
Festival —dijo mamá dulcemente—. Para todos los que fueron llamados en el año.
Por vuestro padre, Peter y Bethie. Lo recordamos por vuestro padre.
—
¿Dónde era eso? —pregunté—. ¿En qué lugar? —No en este... —Mamá abrió los
ojos—. No importa, Peter. Tú eres de este mundo. No hay otro para ti.
—Mamá.
—La voz de Bethie era un titubeante murmullo—. ¿Por qué dijiste «recordamos»?
Mamá
la miró y las lágrimas le velaron los ojos.
—Oh,
Bethie, Bethie, todas las cargas y ninguna de las bendiciones. Perdón, Bethie,
perdón.
Mamá
escapó por el pasillo hasta su cuarto.
Bethie
se apretó contra mí.
—Peter
—murmuró—, ¿por qué dijo mamá «ninguna de las bendiciones»?
—No
sé —dije.
—Porque
no puedo volar como tú, seguramente.
—
¡Volar! —Miré a mi hermana asombrado—. ¿Cómo lo sabes? —Sé muchas cosas
—murmuró ella—. Pero sé sobre todo que somos diferentes. Las otras personas no
son como nosotros. Peter, ¿qué nos hizo diferentes?
—
¿Mamá? —susurré—. ¿Mamá?
—Me
parece que sí —murmuró Bethie —. ¿Pero cómo?
Nos
quedamos callados y Bethie fue hasta la ventana y el sol de la tarde le aureoló
los cabellos plateados.
—Puedo
hacer cosas también —dijo—. Mira.
Extendió
la mano y tomó un puñado de sol, la misma luz oblicua que se me había deslizado
entre los dedos—, bajo los álamos, cuando Bub flotaba sobre mi cabeza. Bethie
movió rápidamente los dedos y torció los rayos de sol en un dibujo brillante y
complejo.
—
¿Pero para qué sirve? —murmuró—. Sólo para hacer cosas bonitas e inútiles.
Quise
tomar el dibujo que Bethie tenía en la mano. Se me escapó entre los dedos y se
perdió en la oscuridad.
Los
años que siguieron pasaron sin incidentes importantes. Terminé mis estudios en
el colegio, pero no pude pensar en ir a la universidad. Seguí trabajando en la
fábrica que proporcionaba ocupación a la mayoría de los habitantes de Socorro.
Mamá
se ganó una buena reputación como comadrona, profesión muy necesaria en una
comunidad que tomaba al pie de la letra el mandato de crecer y poblar la
tierra, y que estaba exactamente a cien kilómetros del hospital más cercano.
Bethie
entró en la adolescencia y con la ayuda de mamá aprendió a dominar sus
reacciones ante el dolor de los otros, pero yo sabía que ella aún sufría tanto,
sino más, que en su infancia. No obstante, ya iba a menudo a la escuela y
estaba haciéndose popular a pesar de que era una niña tranquila.
En
conjunto, pues, la vida transcurría para nosotros agradablemente, y de modo
bastante común, aunque... bueno, yo tenía continuamente la impresión de que iba
a ocurrir algo, o de que alguien iba a venir. Y a Bethie le pasaba lo mismo,
probablemente, pues se pasaba las horas mirando y escuchando. Y también mamá. A
veces, cuando nos sentábamos en el porche en las largas noches, mamá inclinaba
a un lado la cabeza y escuchaba con atención, sin mover la mecedora. Pero
cuando le preguntábamos qué escuchaba, mamá suspiraba y decía: «Nada. Sólo la
noche». Y se hamacaba en su mecedora. Por supuesto, yo seguía desarrollando mis
diferencias. No con el fuego ardiente del principio, ante los posibles nuevos
descubrimientos, sino como alimentando una pequeña llama, «por amor al arte».
Yo me alejaba ahora más en mis paseos, pero Bethie venía conmigo. Bethie
disfrutaba mucho de estas excursiones, especialmente cuando descubrimos que yo
podía llevarla conmigo en mis vuelos, y más aún cuando Después de un accidente
que nos dejó un momento sin respiración descubrimos que aunque ella no podía
elevarse era capaz de bajar por sus propios medios. Desde entonces el juego
preferido de Bethie fue que yo la llevara lo más alto posible, para descender
luego ella sola, entreteniéndose a veces más de una hora en el aire, tejiendo a
menudo alrededor del esplendor intrincado de sus dibujos de sol.
Un
día grisáceo de octubre —la hojarasca ya cubría los campos—, nuestro mundo
terminó otra vez. Desayunamos charlando y riendo, tomándole el pelo a Bethie a
propósito de una cita que había tenido la noche anterior. Bethie tenía las
mejillas encendidas, y con las risas y el aire vivo del otoño todo estaba
realmente bien.
Pero
entre una y otra burla, Bethie dejó de reír de pronto y el color se le fue de
los labios.
¡Mamá!
—murmuró.
¿Ya?
—preguntó mamá, incorporándose y bebiéndose el resto de su café mientras yo iba
en busca de un abrigo—. Tenía el presentimiento de que sería hoy. Reena no
debiera conducir ese jeep hasta Peppersauce Canyon tan cerca del término.
La
ayudé a ponerse el abrigo y la abracé.
—Escúchame,
mamá —le dije—, ¿cuándo vas a retirarte y dejar que algún otro se encargue de
la recolección de chicos en la primavera y el otoño?
—Cuando
yo misma haya cosechado un nieto —dijo mamá bromeando, pero yo sentí su
tristeza—. Además, Reena le va a dar a éste el nombre de Peter o Bethie, según
el caso. —Fue a tomar su maletín negro y miró a Bethie—. ¿Nada más hasta ahora?
Bethie
sonrió.
—No.
—Entonces
me sobra tiempo. Peter, será mejor que lleves a pasear a Bethie. Reena nunca
tiene prisa y vive demasiado cerca.
—Bien,
mamá —dije—. Habíamos proyectado un paseo de cualquier modo, pero esperábamos
que esta vez vinieses con nosotros.
Mamá
me miró, titubeó y se hizo a un lado.
—
Sí... sí, algún día.
Mamá
nunca había titubeado hasta entonces.
—
¡Mamá! ¿De veras?
—Bueno,
me lo habéis pedido tantas veces que me he preguntado si está bien que
reneguemos de nosotros mismos. Al fin y al cabo, no es ninguna falta pertenecer
al Pueblo.
—
¿Qué pueblo, mamá? —le pregunté—. ¿De dónde eres? ¿Por qué podemos...?
—Alguna
otra vez, hijo —replicó mamá—. Quizá pronto. En estos últimos meses he empezado
a sentir... sí, no estará mal que lo sepas, aunque quizá no te sirva de nada. Y
quizá pueda ocurrir algo de pronto y tú tendrás que saber. Pero no —continuó
mientras nos acercábamos a ella—, no en este momento. Reena podría
adelantársenos. ¡En marcha, chicos!
Miramos
hacia atrás cuando la camioneta cruzaba la carretera hacia el pico Mendigo.
Mamá nos saludó con la mano y entró en el jardín de Reena, donde Dalt, a pesar
de tener ya seis años, corría como un perrito ansioso de mamá al porche y de
vuelta otra vez a mamá.
Fue
un día perfecto para nosotros. La distensión del vuelo para mí, la delicia del
lento descenso para Bethie, el luminoso esmalte del cielo, el rojo y el oro de
los campos que se extendían interminablemente al pie del Mendigo, azul, dorado,
y moteado de nieve.
Al
mediodía nos entretuvimos disfrutando del sol en un cañón miniatura preferido,
cerrado al viento. Luego de comer jugamos a nuestro juego favorito, recordar.
Ante todo, yo me desembarazaba de pensamientos superfluos hasta que mi mente
era un estanque abrigado y tranquilo, sensible a todos los estremecimientos que
la brisa pudiera despertar en la superficie de las aguas.
Luego
llegaban los recuerdos, extraños, muy distintos de todas las cosas terrestres,
parecidos a los que habíamos tenido yo y mamá el día de la muerte de papá.
Bethie no podía recordar conmigo, pero recibía las imágenes de mi mente antes
que yo pudiera describírselas en palabras.
Caminábamos
por las aguas oscuras y brillantes de un lago de montaña, y los dedos de los
pies se nos crispaban en la frescura líquida, y disfrutábamos del movimiento de
las olas bajo nuestros pies, sintiendo a nuestro alrededor, desde la costa y
desde el cielo, una preciosa familiaridad que era más fuerte que cualquier lazo
que nos hubiese unido hasta entonces a la Tierra.
Antes
que nos diéramos cuenta, llegaron las primeras sombras de la tarde, el sol
desapareció detrás de los picos de los Huachuchas, y sentimos un escalofrío.
Guardamos los restos del picnic en la canasta y me volví hacia Bethie para
levantarla y llevarla a la camioneta.
Bethie
miraba el cielo con una sonrisita dulce y enigmática.
—Mira,
Peter —murmuró.
Movió
los dedos sobre su cabeza y una nube se abrió en copos de nieve, un torbellino
de copos gigantescos que descendieron sobre ella como plumas, y se le posaron
en la piel pálida y se fundieron y le brillaron en las mejillas y en la sonrisa
maliciosa de los labios.
¡Invierno
temprano, Peter! —dijo.
¡Invierno
temprano, querida! —exclamé, y tomándola en mis brazos la saqué del cañón y la
dejé entre las piedras del valle—. ¡De aquí en adelante irá caminando,
señorita! Pero Bethie casi llegó antes que yo a la camioneta. Aunque no supiese
volar, corría cada vez más.
Ya
había caído la noche cuando llegamos a la carretera. Podíamos ver los faros de
los automóviles que pasaban velozmente, con hombres que decían: «¿Así que esto
es Socorro?», y seguían sin detenerse.
Subíamos
la última pendiente que llevaba a la carretera cuando Bethie gritó. Yo casi
perdí el dominio del volante. Luego Bethie gritó otra vez —un grito salvaje y
torturado— y se dobló sobre sí misma.
—
¡Bethie! —llamé—. ¿Qué es? ¿Dónde está? ¿Dónde puedo llevarte?
Bethie
ahogó un tercer grito y cayó desmayada en el piso. Me sentí aterrorizado. Hacía
años que ella no reaccionaba así. Nunca se había desmayado de este modo. ¿Sería
posible que Reena no hubiese tenido aún su chico? Pero aun la vez en que la
señora Allbeg había muerto de parto, Bethie no... La puse en el asiento y
apreté el acelerador rogando que mamá estuviese...
Y
entonces vi aquello delante de nuestra casa. El coche enorme atravesado en el
camino. El grupo de personas en la acera.
No
recuerdo cómo llegué allí. En el instante siguiente yo estaba arrodillado junto
al doctor Dueff, con el puño cerrado en el borde de la manta que cubría
misericordiosamente a mamá de la barbilla a los pies. Alcé una mano temblorosa
hacia el hilo oscuro de sangre que le brotaba a mamá de la frente.
—Mamá
—murmuré—. Mamá.
Mamá
parpadeó y alzó los ojos sin ver.
—Peter.
—Yo apenas la oía—. ¿Dónde está Bethie?
—Se
desmayó. Está en la camioneta —balbuceé—. ¡Oh, mamá!
—Dile
al doctor que atienda a Bethie.
—
¡Pero, mamá, mamá! —exclamé—. Tú... —No he sido llamaba aún. Ocúpate de Bethie.
Poco más tarde, Bethie y yo estábamos arrodillados junto a la cama de mamá. El
médico se había ido. Era inútil tratar de llevar a mamá a un hospital. Llevarla
hasta la casa había bastado para que le apareciera un líquido oscuro en las
comisuras de la boca. Todos los vecinos se habían ido excepto la abuela
Reuther, que no faltaba nunca en las casas de los moribundos y les había
cruzado las manos a todos los muertos de Socorro desde la fundación del pueblo.
La abuela estaba sentada ahora en la sala, con la gastada Biblia en las manos,
después de tantos años en que no habíamos necesitado buscar consuelo en el
libro.
El
doctor le había aliviado los dolores a mamá y le había recomendado a Bethie que
durmiese un rato, pues no sabía cuánto durarían los efectos de la droga. Pero
Bethie no se movió.
De
pronto mamá abrió los ojos.
Me
casé con vuestro padre —dijo claramente, como si continuase una conversación—.
Nos queríamos, y todos los otros estaban muertos, las gentes del Pueblo. Por
supuesto, se lo dije antes, ¡y él me creyó! Después de tan tos años de haber
tenido que cuidar todas las palabras, todos los movimientos, yo tenía alguien
con quien hablar, alguien que me creía. Le hablé del Pueblo y me alcé en el
aire y alcé el coche y lo hice flotar sobre la carretera, sólo por juego. Papá
se divertía mucho, pero estaba preocupado también, y una vez me dijo: «Sabes,
querida, tu mundo y el nuestro han tomado caminos muy diferentes. El nuestro se
ha orientado hacia los aparatos mecánicos. El tuyo ha descubierto el Poder».
—Los ojos de mamá sonrieron—. Sabía cuando yo extrañaba la Morada. Una vez
dijo: « ¿Nostalgias, querida? Yo también. Por lo que este mundo pudo haber
sido. O quizá por lo que puede llegar a ser». Vuestro padre era mi otra mitad.
Mamá
cerró los ojos, y calló un rato, y oímos cómo respiraba: un sonido entrecortado
y duro. Bethie se acurrucó en las sombras, con las manos apretadas contra el
pecho, y el rostro muy blanco.
—Lo
discutimos muchas veces —continuó mamá—. Pero no había otro camino. Pensábamos
que yo era la última sobreviviente del Pueblo. Tenía que olvidarme de la Morada
y aceptar la Tierra. Vosotros, niños, teníais que ser de la Tierra, aunque...
Por eso era tan severo contigo, Peter. Por eso no quería que tú...
experimentaras. Tenía miedo de que tú te manifestaras delante de la gente.
—Mamá se interrumpió, jadeando—. El que es diferente muere —murmuró, y guardó
silencio un rato, respirando apenas.
—Conocí
la Morada —dijo luego con una voz cargada de pena—. Recuerdo la Morada. No
porque la recordara mi Pueblo, sino porque yo la vi también. Nací allí. Ahora
ya no existe. Desapareció para siempre. No hay Morada. Sólo un poco de arena
entre los astros.
Mamá
hizo un gesto de dolor que Bethie repitió como un eco. Luego la cara se le
aclaró a mamá. Se incorporó a medias en la cama.
—La
Morada también es vuestra. De los dos. Para siempre. Y será también de vuestros
hijos. ¿Recuerdas, Peter? ¿Recuerdas? —Inclinó la cabeza, escuchando—. ¡Oh,
Peter! ¡Oh, Bethie! —dijo, y la voz se le quebró en un sollozo de alegría—.
¿Oísteis! ¡He sido llamada! ¡He sido llamada!
Mamá
alzó la mano haciendo el signo, y movió los labios dulcemente.
—
¡Mamá! —grité asustado—. ¿Qué quieres decir? Acuéstate. ¡Por favor, acuéstate!
Traté
de que se apoyara otra vez en las almohadas.
—He
sido llamada a la Presencia. Mis días han terminado. Mis horas están contadas.
—Pero,
mamá —tartamudeé como un niño—, ¿qué haremos sin ti?
—
¡Escucha! —dijo mamá rápidamente, poniéndome una mano en la cabeza—. Tienes que
encontrar a los otros. En seguida. Ellos ayudarán a Bethie. Te ayudarán a ti,
Peter. Mientras estéis separados de ellos no estaréis completos. He escuchado
el llamado del Pueblo todos estos últimos años, y ahora que he tomado el camino
de la Presencia puedo oírlo más claramente, más claramente. —Hizo una pausa,
conteniendo el aliento—. Hay un cañón, al norte. La nave estalló allí, después
que los botes de salvamento... Peter, dame la mano.
Mamá
extendió ansiosamente la mano y yo se la tomé.
Y vi
la mitad del Estado extendida ante mí como un mapa gigantesco. Vi los pliegues
tortuosos de las montañas, la superficie aparentemente lisa de los desiertos
que subían hacia las pendientes hendidas. Vi las manchas de los bosques que
recubrían las lomas y el zigzag de la ruta estrecha entre los pasos. Y sentí
entonces un estremecimiento de placer, como el que se siente cuando se vuelve
al hogar luego de muchos años de ausencia.
¡Ahí!
—susurró mamá mientras el panorama se desvanecía—. Lamento no haberlo sabido
antes. He estado tan sola... Pero tú, Peter —continuó con voz firme—, tú y
Bethie tenéis que ir.
¿Por
qué, mamá? —grité desesperadamente—. ¿Qué es esa gente para nosotros, qué somos
para ellos? ¿Por qué tenemos que dejar Socorro y vivir entre extraños?
Mamá
se incorporó otra vez, mirándome muy fijamente. Bethie se acercó para
sostenerla.
—No
son Extraños —dijo clara y lentamente—. Son el Pueblo. Compartimos con ellos la
nave, durante la Travesía. Estuvimos juntos en la inmensidad vacía del cielo,
cuando sabíamos que nos movíamos sólo porque las estrellas de atrás se apagaban
y las de delante brillaban más y más. Juntos observamos en las sombras el
brillante centelleo helado, preguntándonos si encontraríamos acogida en uno de
esos mundos... Sois como ellos. Aunque vuestro padre no perteneciese al
Pueblo...
Se
le apagó la voz, y le cambió la cara. Bethie se movió a un lado y la acostó
suavemente. Mamá se apretó las manos y suspiró.
—Es
una empresa solitaria —murmuró—. Nadie puede acompañarnos. Aun con ellos allí,
esperando, es una empresa solitaria.
En
el silencio que siguió oímos a la abuela Reuther en la mecedora de la sala.
Bethie se sentó en el suelo, a mi lado, con las mejillas encendidas, y los ojos
muy abiertos, como en un oscuro y extraño asombro.
—Peter,
no duele, no duele nada. ¡Hace bien!
Pero
no fuimos. ¿Cómo podía yo dejar mi trabajo y nuestra casa para ir no sabíamos
dónde? Buscando no sabíamos a quién. ¿Y por qué motivo? Yo no podía creer en lo
que mamá había contado. Al fin y al cabo no había dicho nada preciso. Habían
sido palabras sin significado. Bethie le daba vueltas y vueltas a lo que había
dicho mamá, pero no fuimos.
Bethie
enflaqueció y empalideció todavía más, hasta que al fin, un año más tarde,
entré en casa y la encontré en la cama doblada sobre sí misma, con el cuerpo
endurecido, los ojos apretados, y acompañando cada expiración con un gemido
agudo.
Me
volví casi loco hasta que al fin conseguí tomarle una mano y ella abrió los
ojos y me miró sin verme.
—Como
una represa, Peter —jadeó—. Todo viene aquí. Es necesario... es necesario. Nací
para... —Le enjugué el sudor frío de la frente—. Sube y sube. Tiene que ir a
alguna parte. ¡Tengo que hacer algo! ¡Peter, Peter, Peter!
Se
retorció hundiendo en la almohada la cara crispada.
¿Hacer
qué, Bethie! —le pregunté, volviéndole la cara hacia mí—. ¿Hacer qué?
La
pata de Glib, la apendicitis de papá, el pulgar de nuestro vecino, el señor
Tyree —y la voz de Bethie se apagó recitando la letanía de años de dolor.
—Llamaré
al doctor Dueff —dije desesperado.
—No.
—Bethie apartó la cara—. ¿Para qué construir un dique todavía más alto? Deja
que se rompa. ¡Oh, pronto, pronto!
—Bethie,
no hables así —dije sintiendo en mí esa terrible soledad que sólo Bethie podía
destruir, ahora que mamá había muerto—. Encontraremos algo... algún modo...
—Mamá
podía ayudar —dijo Bethie—. Un poco. Pero se ha ido. ¡Y ahora estoy recogiendo
también penas y angustias! Reena está asustada. Cree tener un cáncer. ¡Oh,
Peter, Peter! —La voz de Bethie fue sólo un susurro—. ¡Déjame morir! ¡Ayúdame a
morir!
Los
dos nos quedamos callados, sorprendidos. ¿Ayudarla a morir? Me incliné sobre su
mano. ¿Regresar a la Presencia arrastrando el peso de años inacabados? Pues si
ella iba, yo iría también.
Abrí
de pronto los ojos y me quedé mirando la mano de Bethie. ¿Qué Presencia? ¿Qué
éticas y costumbres estaban formándose en mí?
Yo
tuve que decidir por lo tanto. Le di a Bethie una pastilla somnífera y me quedé
junto a ella hasta que se durmió. Y mientras estaba a su lado recordé todos
aquellos años de dolor. Qué calvario tenían que haber sido para Bethie, y yo no
había querido pensarlo.
Poco
antes del alba desperté a Bethie. Hicimos nuestras maletas y partimos. Dejé una
nota en la mesa de la cocina para el doctor Dueff donde le decía sólo que
íbamos a buscar ayuda para Bethie y que le pidiese a Reena que cuidara la casa.
Me
detuve en la encrucijada al borde del camino.
—Bien
—dije sin esperanza—, tú eliges ahora. ¿O tiraremos una moneda al aire? Cara, a
la derecha. Cruz, a la izquierda. No sé por dónde ir, Bethie. Sólo tengo esa
imagen borrosa que me dio mamá de la región. Hay un millón de cañones y un
millón de caminos. Fue una locura dejar Socorro. Sólo sabemos lo que mamá nos
dijo. Ella deliraba quizá.
—No
—murmuró Bethie—. No. Tiene que ser cierto.
—Pero,
Bethie —dije, apoyando la cabeza en el volante—, tú sabes cuánto deseo yo que
sea cierto, no sólo por ti, por mí también. Escúchame. Si mamá no se
equivocaba, eso significa que es posible viajar por el espacio, que era posible
hace cincuenta años. Luego que mamá y el Pueblo vinieron de otro planeta, y que
nosotros somos mestizos, por decirlo así, una cruza entre gentes de la Tierra y
vaya a saber qué otro mundo. Además, no hay más de una posibilidad en diez
millones de que podamos encontrar a la gente que vino con mamá, si alguno de
ellos ha sobrevivido a esa Travesía.
»No,
todo eso es cosa de locos para cualquier persona normal. Estamos construyendo
castillos en el aire, Bethie. Volvamos. Tenemos dinero suficiente como para
comprar el combustible de vuelta.
— ¿Y
volver adonde? —preguntó Bethie, con un rostro atormentado—. No, Peter. Mira.
Alcé
los ojos mientras Bethie me daba uno de sus dibujos de sol, un puñado de luz
que brilló levemente entre mis dedos antes de apagarse.
—
¿Es esto la Tierra? —preguntó Bethie serenamente—. ¿Cuántos de nuestros amigos
pueden volar? ¿Cuántos... cuántos pueden recordar?
—Recordar
—dije lentamente, y le di un puñetazo al volante—. Oh, Bethie, volvemos otra
vez a lo mismo. No me escuchas.
Puse
en marcha la camioneta y seguí unas huellas que quizá podían llamarse una ruta.
Al fin abandoné estas mismas huellas borrosas y me interné en el desierto casi
desnudo hasta una duna con árboles al pie de la montaña. Acampamos mientras el
sol del oeste dibujaba sus encajes de sombra a través del escaso follaje.
Poco
después yo estaba tendido de espaldas en la arena mirando el arco del cielo del
desierto. Los árboles trazaban sobre mí las típicas figuras desérticas de calor
y frescura —calor al sol, fresco a la sombra—, y yo traté de serenarme, más y
más, hasta que el aliento de Bethie, sentada a mi lado, fue como una onda
brillante que cruzaba la superficie de mi mente.
Y
recordé. Pero sólo a mamá y papá, y la hoguera que yo había encendido, y Glib
con la trampa en la pata, y Bethie acurrucada en la cama, con la cara entre las
rodillas, y el débil gemido de su penosa respiración.
Parpadeé
mirando el cielo. Yo tenía que recordar. Tenía que hacerlo. Cerré los ojos y me
concentré y me concentré hasta quedar agotado. Nada llegó, ni siquiera la
sombra de una imagen. Desesperado, me abandoné totalmente sobre la arena cada
vez más fría. Y, todos a la vez, unos engranajes desacostumbrados se movieron y
unieron en mi mente, y me encontré de pronto, como aquella otra vez, sobre el
mapa de tamaño natural.
Lenta
y dolorosamente, localicé Socorro y el hilo delgado del Río Gordo. Lo seguí y
lo perdí y lo seguí otra vez, con el dedo de mi atención. Luego encontré el
valle del Volcán y fui por él hasta la elevación de sierra Cobreña. Era muy
raro mirar desde arriba el surco infinitesimal donde yo estaba en ese momento.
Mantuve mis pensamientos por los alrededores. Nada. Sondeé un poco más al
norte, al este, al norte otra vez. Me quedé sin aliento. Allí estaba. El
llamado de la Morada. El mundo familiar.
Abrí
los ojos y descubrí que Bethie estaba llorando.
—¿Qué
pasa, Bethie? —dije—. ¿No estás contenta?
Bethie
trató de sonreír pero le temblaron los labios. Ocultó la cara en el hueco del
codo y murmuró:
—Vi
también. Oh, Peter, ¡esta vez yo vi también!
Sacamos
el mapa de caminos y a la luz declinante del atardecer tratamos de traducir
nuestros recuerdos. Parecía, ante todo, que debíamos ir a un lugar apartado
llamado Kerry Canyon. Era aparentemente el único lugar habitado cerca de la
montaña desnuda. Miré el puntito negro junto a un camino de tercer orden y me
pregunté si sería el fin de todas nuestras esperanzas o el punto inicial de una
nueva vida para nosotros dos. Vida y cordura para Bethie y para mí... En un
brusco espasmo de emoción cerré la mano sobre el mapa. Yo sentía ciegamente que
nunca había conocido a nadie sino a mamá, papá y Bethie. Que yo era un fantasma
que se arrastraba por el mundo. Yo sólo quería ahora ver a alguna otra persona
de nuestra especie. Saber que Bethie y yo no éramos los únicos herederos de
nuestro mundo extraño.
Alisé
el mapa y lo plegué otra vez. La noche había caído sobre nosotros y soplaba un
viento frío. Nos estremecimos y buscamos alrededor un poco de leña para
encender un fuego.
Kerry
Canyon era una calle comercial, dos estaciones de gasolina, dos bares, dos
tiendas, dos iglesias y un puñado de casas dispuestas desordenadamente en las
faldas de las lomas, en un área que parecía demasiado pequeña para contener un
camino. Había también un arroyo casi seco, que esperaba la estación de las
lluvias.
Atravesamos
el viejo puente y entramos en el pueblo. El camino ascendía bruscamente
cruzando las vías enmohecidas de un ferrocarril y doblaba a la izquierda
alejándose de la pendiente donde se alzaba una de las estaciones de gasolina.
Nos
detuvimos allí. El empleado de uniforme se acercó a nosotros.
Sólo
queríamos saber... —dije pensando en mi billetera casi vacía. Habíamos llenado
por última vez el tanque antes de metemos en un laberinto de cañones entre la
carretera principal y este sitio. Pronto tendríamos que detenernos, hubiésemos
encontrado al Pueblo o no.
Muy
bien, muy bien. —El empleado levantó la visera de la gorra—. ¿En qué puedo
servirle?
Titubeé
tratando de encontrar pensamientos y palabras... y un poco de la esperanza que
yo había sentido en el desierto.
—Tratamos
de localizar a unos... amigos nuestros. Nos dijeron que vivían al otro lado,
cerca del monte Calvo. ¿Hay alguien...?
—
¿Amigos de esa gente? — preguntó el hombre asombrado—. Bueno, caramba, esto sí
que es una novedad. Nadie preguntó nunca por ellos.
Sentí
el brazo de Bethie que temblaba contra el mío, ¡había entonces algo más allá de
Kerry Canyon!
— ¿Y
cómo es eso? ¿Qué le pasa a esa gente? —Oh, nada de particular, nada. En
realidad son muy buena gente. Compran mucho aquí. Vienen a la iglesia y a los
bailes.
Miré
las abruptas colinas.
—
¿Los bailes?
—Así
es. No estamos tan muertos como parecemos —dijo el hombre mostrando los
dientes—. Las noches de los sábados hay verdadera animación aquí. Hay muchos
ranchos en esas lomas. Por supuesto, no muchos por el lado de Cougar Canyon.
Ese es el sitio donde viven los amigos de ustedes, ¿no?
—Sí.
Cerca del monte Calvo.
—Bueno,
nadie más vive por ahí. —El hombre titubeó—. Espere, hay algo que quisiera
preguntarle.
—Sí,
¿qué es?
—Bueno,
esa gente no es muy habladora. No quiero decir que sea hosca o algo parecido...
pero, bueno, ¿de dónde vienen? ¿De algún país superpoblado de Europa? ¿Son
extranjeros, no es cierto? Y parece que Europa exporta principalmente gente
desplazada. ¿Lo son de veras?
—
Sí, algo parecido. ¿Por qué?
—Bueno,
hablan tan bien como cualquiera, y la guerra debe de ser de hace tiempo, pues
están aquí desde la fecha de mi padre, pero son... diferentes. —El hombre se
mordió el labio superior, reflexionando—. Muy diferentes. Pero diferentes de un
modo bueno. —Sonrió otra vez—. Las muchachas son atractivas. No dan muchas
esperanzas sin embargo.
»En
fin, tome ese camino. No hay ningún otro que llegue allá. Le destrozará a usted
los neumáticos; pero pasará probablemente, si no llueve mucho. En ese caso
terminará usted en alguna cuneta. No hay barro más resbaladizo en el mundo. Y
arriba, en la meseta, cuando sopla el viento, hace un frío de todos los
diablos. Será mejor que se abriguen.
—Gracias,
amigo —dije—. Muchas gracias. ¿Le parece que llegaremos antes de la noche?
—Oh,
seguro. No está tan lejos, aunque el camino es terrible. Llegarán en dos o tres
horas, si no llueve, como dije antes.
Comprendimos
cuando llegamos a la llanura de los Asnos. Al principio no era difícil seguir
el camino. Luego las huellas se hundían en una arena pesada, sembrada de
guijarros y pedruscos.
De
pronto, aun estos restos de huellas cesaron bruscamente, como si los coches que
las habían formado hubiesen retrocedido o hubieran seguido por el aire. ¡Por el
aire! Seguí adelante, perdiendo y encontrando huellas, tan dedicado a mi tarea
que apenas notaba los tumbos que daba la camioneta, hasta que un grito de
Bethie me hizo saltar en el asiento.
—¡Para!
—gritó—. ¡Oh, Peter! ¡Para!
Frené
tan bruscamente que la camioneta resbaló, se salió de la huella y se detuvo al
borde del camino. Un neumático de atrás estalló y se desinfló. — ¿Qué diablos
te pasa? —grité, enojado con Bethie como nunca lo había estado en mi vida—.
¿Qué quieres ahora?
Bethie,
muy pálida, asomó detrás de la manta en que se había envuelto para protegerse
del frío.
—Acabo
de pensarlo, Peter, ¿y si no nos quieren?
—
¿Si no nos quieren? No te entiendo —gruñí preguntándome si valdría la pena
recurrir al cordón desflecado que yo llamaba mi rueda de auxilio.
—Nunca
lo pensamos, nunca se nos ocurrió, Peter. No... no pertenecemos a ellos. No
seremos como ellos. Somos en parte de la Tierra... tanto como de otro sitio. ¿Y
si ellos nos rechazan? Si nos encuentran indeseables... —Bethie volvió la
cara—. Quizá no somos de ningún sitio, Peter.
Sentí
un escalofrió, y no por el viento. Habíamos supuesto tan confiadamente que nos
recibirían con los brazos abiertos. Pero no tenía que ser así necesariamente.
Quizás ellos no quisiesen recibimos. No éramos del Pueblo. No éramos de la
Tierra.
—Claro
que nos querrán —me obligué a decir animadamente. En seguida aparté los ojos de
los de Bethie y murmuré defendiéndome—: Mamá dijo que nos ayudarán. Dijo que
éramos de la misma extracción.
—Pero
mamá no podía saber... No había... mestizos cuando se separó de ellos. Quizás
estamos señalados por nuestra sangre terrestre.
—No
hay nada de malo en la sangre terrestre —dije desafiante—. Además, ¿qué sería
de ti si volviésemos?
Bethie
se llevó los puños apretados a las mejillas.
Quizá
—murmuró—, quizá si continúo y me vuelvo completamente loca no me haga tanto
daño. Quizás hasta me haga bien.
¡Bethie!
—Mi grito la sobresaltó—. ¡No digas esos disparates! Seguiremos adelante. El
único punto de referencia que tenemos sobre el Pueblo es mamá, y ella nunca
hubiera rechazado a personas como nosotros. Y el hombre de la estación dijo que
eran buena gente. —Abrí la portezuela—. Será mejor que estires un poco las
piernas mientras cambio la rueda. Por el aspecto del cielo me parece que vamos
a patinar un poco antes de llegar a Cougar Canyon.
Pero
a pesar de mis tranquilizadoras palabras, no me arrodillé detrás del coche sólo
para cambiar la rueda, y no fue sólo el ruido del gato lo que subió con el
viento hacia el cielo oscuro.
Miré
entornando los ojos a través del mojado parabrisas, tratando de ver el camino.
Las ráfagas de lluvia detenían casi el limpiaparabrisas. Yo apenas veía otra
cosa que un río achocolatado de superficie engañosamente lisa; pero la
camioneta se sacudía como una maraca gigantesca, lanzando a un lado y a otro
cortinas de agua, como un bote de carreras, o se deslizaba sobre repentinas
capas de barro apartándonos a veces a varios metros del camino.
Luego,
de pronto, ya no hubo más camino. Se extendía unos pocos metros delante de
nosotros y luego, aparentemente, desaparecía en la lluvia, en la nada.
—No
puede no estar ahí —murmuró Bethie con incredulidad—. No puede desaparecer de
este modo.
Me
cubrí la cabeza con la manta.
—Iré
a mirar.
Me
deslicé en el muro sólido formado por la lluvia que siseaba y salpicaba a mi
alrededor en la llanura inundada. En un instante quedé empapado y cubierto de
barro hasta las rodillas. El camino, si se le podía dar este nombre, bordeaba
el cañón y doblaba bruscamente hacia la derecha; luego se perdía en unos
matorrales que descendían en diagonal la pendiente del cañón. Me incliné sobre
el precipicio. El fondo se perdía en la oscuridad y la lluvia. Me estremecí.
Luego,
rápidamente, antes de perder toda mi sangre fría, volví chapoteando hasta el
coche.
—Reza,
Bethie. Allá vamos.
Las
ruedas giraron con un movimiento de succión, dimos media vuelta, y nos
encontramos en equilibrio sobre el vacío con nuestro tren posterior girando en
el aire.
Al
fin aterrizamos con una brusca sacudida en la senda estrecha. Un sudor frío me
cubría la cara.
Detuve
la camioneta en el primer tramo ancho de la ruta. Nos quedamos sentados en
silencio, escuchando la lluvia. Yo sentía ahora como si algo infinitamente
precioso se alzara ante mí. Bethie deslizó la mano en la mía y supe que ella lo
sentía también. Pero de pronto apartó la mano y empezó a golpearme el hombro
con los puños cerrados de un modo insólito en ella.
—
¡No puedo soportarlo, Peter! —dijo roncamente, con la voz entrecortada por la
emoción—. Vayámonos antes de descubrir algo más. ¡Si llegaran a rechazarnos!
¡Oh, Peter! ¡Vayámonos antes que nos encuentren! Por lo me— nos conservaremos
nuestros sueños. Pensaremos por lo menos que podemos volver un día. ¡Si no, no
podremos soñar otra vez, no nos quedará ninguna esperanza! —Ocultó la cara en
las manos—. Me las arreglaré de algún modo. Prefiero escapar a correr el riesgo
de que nos rechacen.
—No
—dije poniendo en marcha el motor—. Tenemos tantas posibilidades de que nos
reciban como de que nos rechacen. Y si pueden ayudarnos... Dime ¿qué te pasa
hoy? Yo era el que dudaba antes, ¿recuerdas?
Le
sonreí a Bethie, pero la tristeza de su rostro pálido me encogió el corazón.
Bethie trató de sonreírme.
El
camino descendía regularmente, en espiral, a lo largo de la pendiente del
cañón, a veces abruptamente. Cuanto más avanzábamos, mejor me sentía, como si
yo estuviese cerrando puertas a mis espaldas, y abriéndolas ante mí.
Poco
después tropezamos con uno de esos milagros comunes en las regiones montañosas.
Las nubes se abrieron de pronto descubriendo el sol de la tarde. Ante nosotros,
casi amenazante, se alzó en la lejanía gris una inmensa montaña. Inundadas de
luz, las vertientes parecían moverse hacia nosotros. Llovía aún, pero ahora en
cortinas de abalorios de plata, y el vivido extremo de un arco iris derramaba
su color sobre árboles y rocas desde un rincón del cielo.
Yo
no miraba el camino. Miraba el esplendor y la gloria que se abrían a nuestro
alrededor. De pronto Bethie gritó; yo volví los ojos al camino, y de la
oscuridad y el alboroto que siguieron sólo recuerdo que pensé entonces en
Bethie mientras el otro coche descendía desde las copas de unos árboles y
chocaba contra nosotros de costado, a un metro de altura sobre el camino.
Pensé
que yo estaba muerto. Temía abrir los ojos, pues sentía que la lluvia me
golpeaba los párpados. Y de pronto respiré. Bien, yo estaba vivo. La hoja de un
cu— chillo me desgarraba el pulmón izquierdo cada vez que respiraba.
Luego
oí una voz.
—Alabados
sean los Poderes. No están demasiado lastimados. ¡Pero oh, Valancy! ¿Qué dirá
papá?
Era
una voz joven y asustada.
—Tú
lo has conocido más tiempo que yo —dijo otra voz de muchacha—. Puedes tener
alguna idea.
—Nunca
tuve un accidente antes, ni siquiera cuando he llevado el coche por el camino
en vez de volar.
—Tengo
la impresión de que te quedarás en tierra un buen tiempo —replicó la segunda
voz—. Pero no es eso lo que me preocupa, Karen. ¿Cómo no supimos que venían?
Siempre sentimos a los Extraños. Teníamos que haber sentido...
—Quod
erat demostratum —dijo la voz—Karen.
—¿Quod
erat demostratum?
—Sí.
Si no los sentimos entonces no son Extraños... — Se oyó el sonido de un aliento
retenido y luego—: ¿Qué he dicho, Valancy? ¿Te parece...? —Sentí un movimiento
que se acercaba a mí y oí en seguida una suave respiración a mi lado—. ¿Pueden
ser realmente dos más de nosotros? Oh, Valancy, tienen que pertenecer a la
segunda generación... son de nuestra edad. ¿Cómo nos encontraron? ¿Quiénes de
los Perdidos habrán sido sus padres?
Valancy
parecía divertida.
—Son
preguntas difíciles de contestar ahora, Karen. Será mejor que veamos qué
podemos hacer. Mira, la chica está despertando.
Un
gemido a mi lado terminó con mis disimulos. Traté de sentarme.
—Bethie...
—comencé a decir, y todos los cuchillos me atravesaron el pecho. Bethie
contestó a mi jadeo con un grito.
Yo
tenía abiertos los ojos ahora. Mi pierna era un agónico y ardiente dolor en el
fondo más lejano de mi conciencia. Apreté los dientes; Bethie se quejó de
nuevo.
—
¡Ayúdenla, ayúdenla! —les rogué a las dos figuras que se inclinaban sobre
nosotros mientras trataba de retener el aliento.
—Pero
apenas está lastimada —dijo Karen—. Un chichón. Algunas cortaduras.
Hice
un esfuerzo y me volví hacia un rostro claro y luminoso —el de Valancy— que me
miraba con unos ojos profundos, desde muy cerca. Me sequé los labios y
tartamudeé tontamente:
—
¡Ni siquiera está mojada con toda esta lluvia! Una sombra de consternación pasó
sobre la cara de Valancy. Hubo una pausa mientras ella me miraba intensamente y
luego dijo:
—Sus
escudos no están activados, Karen. Será mejor que extendamos los nuestros.
—Muy
bien, Valancy.
La
enojosa humedad sibilante de la lluvia cesó de pronto.
—
¿Cómo está la muchacha?
—Debe
de haber tenido un shock, o quizás hay algo interno.
Traté
de darme vuelta para ver, pero el grito sollozante de Bethie me tendió otra vez
de espaldas.
—Ayúdenla
—gemí, buscando desesperadamente en mi memoria las palabras de mamá—. Es una...
una Sensitiva.
—
¿Una Sensitiva? —las dos muchachas se miraron—. Entonces ¿por qué ella no...?
Valancy
empezó a decir algo y luego se volvió rápidamente. Me cubrí los ojos con el
brazo mientras escuchaba.
—Querida
Bethie, atiéndeme. —La voz era cálida pero imperativa—. Voy a ayudarte. Te
mostraré cómo.
Hubo
un silencio. Una mano cálida tomó la mía y Karen se arrodilló a mi lado.
—Está
entrando en ella —dijo—: En su mente. Le enseña cómo cerrarse. Es tan simple.
¿Cómo es que ella no sabía?
Oí
una dulce exclamación de asombro de Bethie, que luego dijo:
—
¡Oh, gracias, Valancy!
Me
alcé sobre un codo. Un fuego me quemaba de la cabeza a los pies, y me incliné
sobre Bethie. Bethie me miraba, y en su rostro tranquilo había una felicidad
que ninguna sonrisa hubiese podido expresar nunca. Nos miramos. Dos lágrimas
nos asomaron a los ojos; luego ella dijo dulcemente:
—Cuéntales
ahora, Peter. No podemos ir más lejos hasta que tú les cuentes.
Me
acosté otra vez mirando el cielo de donde caían aún unas pocas gotas de lluvia,
que no llegaban a nosotros. Sentí la tibieza de la mano de Karen y me
estremecí. Si nos rechazaban... Pero no podían sacarnos lo que le habían dado a
Bethie, aun si... Cerré los ojos y dije rápidamente:
—No
somos del Pueblo... no del todo. Papá no era del Pueblo. Somos mestizos.
Hubo
un silencio de estupefacción. — ¿Queréis decir que vuestra madre se casó con un
Extraño? —Había asombro en la voz de Valancy—. ¿Que tú y Bethie sois...?
—Exactamente
—respondí—. Y papá era el mejor... —me interrumpí sintiendo el borde afilado de
mi dolor—. Los dos están muertos ahora. Mamá nos mandó aquí.
—Pero
Bethie es una Sensitiva... —reflexionó Valancy.
Sí,
y soy capaz de volar, y desplazar objetos en el aire y aun hacer fuego...
¡Entonces
podemos] —Yo no entendí la emoción de la voz de Valancy—. Entonces... el Pueblo
y los Extraños...pero es increíble que vosotros...
Hubo
un silencio, y luego Bethie dijo con una voz trémula y asustada:
—
¿Nos van a rechazar?
Sentí
que el dolor de la voz de Bethie me apretaba el corazón.
—
¡Rechazaros! ¡Oh, mis hermanos, mis hermanos! ¡Claro que no!
Valancy
abrazó a Bethie y la mano de Karen se cerró sobre la mía. La tensión que yo
había sentido en mí como un nudo apretado se disipó. Bethie y yo estábamos en
casa. En seguida Valancy dijo vivamente:
—Bethie,
¿qué le pasa a Peter?
Bethie
la miró sorprendida.
—
¿Cómo sabes su nombre? —En seguida sonrió—. Claro, lo leíste en mí.
Me
tocó ligeramente el costado y las piernas. —Tienes lastimadas cuatro costillas.
La pierna izquierda rota. Eso es casi todo. ¿Lo controlo?
— Sí
—dijo Valancy—. Te ayudaré.
El
dolor desapareció, adormecido bajo el calor persuasivo que me invadía mientras
Bethie y Valancy entraban dulcemente en mí.
—Bien
—dijo Valancy—. Es bueno dar la bienvenida a una Sensitiva. Karen y yo hacemos
un poco este trabajo porque somos Videntes. Pero no tenemos una Sensitiva total
en nuestro grupo.
—
¿Dijiste que sabes levantar cosas inanimadas? —No sé —dije—, no sé los nombres
de muchas cosas. —No hagas ningún esfuerzo ahora. Casi nunca lo hacemos con
gente. Pero si te quedas tranquilo, probaremos.
Me
envolvieron en nuestras mantas, y poniéndome una mano bajo los hombros y otra
bajo los talones me llevaron rápidamente entre los árboles seguidos por Bethie,
tomada de la mano libre de Valancy.
Antes
que llegáramos al patio, la puerta se abrió de par en par y una cálida luz
dorada se derramó en la oscuridad. Las muchachas se detuvieron un momento en el
porche y me dejaron entre las manos de dos hombres. En la pausa silenciosa que
precedió a las preguntas y explicaciones sentí que Bethie tomaba aliento,
profundamente, y se confundía con el Pueblo como una gota que cae en un río.
Pero
cuando la luz se apagó otra vez para mí, mientras mi hambre y mi sed se
apaciguaban al fin después de tanto tiempo, sentí que en mí había algo que no
podía disolverse completamente —no, que no quería disolverse— en el seno del
Pueblo.
Lea
se escurrió en silencio hacia la puerta casi antes que Peter terminara de
hablar. Estaba ya subiendo el camino empinado que remontaba el desfiladero
cuando oyó a Karen que venía detrás de ella. Levitando y corriendo, Karen la
alcanzó.
—
¡Lea! —llamó Karen, tomándola por el brazo. Con un movimiento del hombro, Lea
evadió a Karen y sin palabras y sin aliento corrió camino arriba.
¡Lea!
—Karen tomó a Lea por los dos hombros y la detuvo—. ¡Adonde vas!
¡Suéltame!
—gritó Lea —. ¡Siempre persiguiéndome y espiándome! ¡Déjame!
Se
retorció tratando de librarse de las manos de Karen.
—Lea,
pienses lo que pienses, no es así. ¡Piense lo que piense! —Los ojos de Lea
centellearon—. ¿No saben acaso lo que pienso? ¿No has escarbado bastante en
todo ese barro y esa suciedad...? —Clavó las uñas en las manos de Karen—.
¡Suéltame!
¿Por
qué te importa tanto, Lea? —La voz fría de Karen hurgaba sin misericordia—.
¿Por qué tiene que importarte? ¿Qué cambia para ti? Dejaste la vida hace mucho
tiempo.
—La
muerte... —Lea se quedó sin aire, sintiendo la polvorienta amargura de la
palabra que había pensado tantas veces y que casi nunca había dicho—. La muerte
es por lo menos algo privado, donde nadie anda metiendo las narices...
—¿Puedes
estar tan segura? —dijo Karen con una voz tranquila—. De todos modos, créeme,
Lea, no he mirado dentro de ti ni siquiera una vez. Por supuesto, podría
haberlo hecho, y lo haré si es necesario, pero nunca sin que tú lo autorices, o
por lo menos sin que lo sepas. Todo lo que aprendí de ti es por lo más
exterior, lo que muestras a todos. Nada sé de tus pensamientos más secretos.
Las gentes del Pueblo respetamos la intimidad. Los Poderes que tenemos son para
curar, no para hacer daño. Podemos darte salud y vida, si tú lo aceptas. Pues
verás, ¡hay consuelo en Galaad! No lo rechaces, Lea.
Las
manos de Lea cayeron pesadamente. El cuerpo se le aflojó, poco a poco.
—Te
escuché anoche —dijo, perpleja—. Escuché tu historia y no se me ocurrió que tú
podrías... Quiero decir que no me pareció real y yo no sabía... —Dejó que Karen
la ayudara a volverse en el camino—. Pero esta noche, cuando oí a Peter... No
sé, me pareció que era cierto. Una no espera que un hombre se interese en
cuentos de hadas. —Apretó de pronto el brazo de Karen—. Oh, Karen, ¿qué haré?
Estoy tan confundida que no puedo...
—Bueno,
lo más simple e inmediato es volver. Tenemos tiempo de escuchar otra historia y
están esperándonos. Es el tumo de Melodye. Ella vio al Pueblo desde una
perspectiva muy diferente.
De
vuelta en la escuela, Lea se acomodó de nuevo en el rincón, sintiéndose
bastante intimidada, aunque nadie se había vuelto hacia ella. Todos estaban muy
ocupados reviviendo o comentando los días de Peter y Bethie. Melodye Anderson
ocupó su sitio en el pupitre y la charla murió.
—Valancy
está ayudándome —sonrió Melodye—. Elegimos juntas el tema, también. ¿Recuerdas?
«Estoy en los umbrales de la muerte, y de qué me sirve ahora esta
primogenitura? Y vendió la primogenitura por un poco de pan y potaje.» «Además,
no podría evocar yo sola la historia. De modo que si nadie se opone habrá una
pequeña pausa mientras tendemos nuestra red.
Melodye
se aflojó visiblemente y Lea pudo sentir que una receptiva quietud se extendía
hasta que todo el cuarto era corno la laguna, un espejo sereno, y entonces
Melodye comenzó a hablar...
POTAJE
Al
cabo de un tiempo una se cansa de enseñar. Bueno, no quizá de la enseñanza
misma, un mal insidioso que se lleva en la sangre hasta la hora de la muerte.
Pero un buen día una mira la hoja escrita que es necesario corregir o se oye a
sí misma dando una respuesta a un niño y de pronto un gong golpea en el
interior de la mente. Y cada eco de ese gong es un año de la propia vida, otra
tropa de niños que pasa por nuestras manos, otra vuelta en una monótona máquina
de moler. Se siente miedo entonces. El valor del trabajo no cuenta y la
monotonía es como un gusto amargo en la boca.
A
veces es posible calmar esta impresión saboreando ese precioso intervalo de
seudolibertad entre el momento en que se recibe el contrato para el nuevo año y
el momento de la firma. Es posible escapar entonces, pero —por algún motivo— no
aprovechamos la ocasión.
Sin
embargo, yo me escapé una primavera, abandoné la enseñanza. Decidí no firmar
esa vez. Partí en persecución de algo. Excitación quizá, o un sueño
maravilloso, un mundo nuevo, resplandeciente y magnífico, que debía de existir
en alguna otra parte, pues yo no lo había encontrado aún. Quizás un lugar donde
fuese posible empezar de nuevo y no encontrarse otra vez en el mismo horrible
callejón sin salida. Abandoné, pues, el trabajo.
Pero
en los últimos días de agosto sentí en mí un vacío mayor que el aburrimiento,
mayor que la monotonía y la sed de libertad. Me pareció terrible estar a las
puertas de setiembre y no preocuparse de que pocas semanas después —mañana— se
abrirían las escuelas y sería el primer día de clase. Casi en el último minuto
corrí a la agencia de empleos. Por supuesto, ya no podía volver a mi escuela, y
además los años que yo había pasado allí eran un factor irritativo en muchos
otros sitios.
—
Bueno —me dijo el director de la agencia mirando las tarjetas de fin de año
escolar, álgebra, economía doméstica, inglés —, siempre queda Bendo. —Hojeó una
maltratada carpeta—. Siempre queda Bendo.
Advertí
este énfasis, traté de entender su significado, y suspiré.
—¿Bendo?
—Escuela
pequeña. Una sola aula. Aldea minera, hasta hace un tiempo por lo menos. Aldea
fantasmal ahora. —El hombre suspiró cansadamente y se abandonó a las
confidencias profesionales—. Gente fantasmal también. No conservan a una
maestra más de un año. Sueldo bajo... vivienda... en la casa de alguien.
Ninguna distracción organizada... ninguna vida social. La única población en
ochenta kilómetros a la redonda. No hay cinematógrafo. Población escolar: diez
niños este año.
— Se
parece al pueblo de mi infancia —dije—. Pero había dos aulas en la escuela, y
muchas distracciones.
—He
estado en Bendo. —El director se reclinó en su silla, con las manos en la
nuca—. Comunidad enferma. Gente desgraciada. Nada les interesa. Tienen una
escuela sólo porque lo exige la ley. Respetuosos de las leyes al menos. Quizá
no les interesa nada que esté fuera de la ley.
—Acepto
el cargo —dije rápidamente antes de ponerme a analizar la impresión de que
Bendo no era realmente un sitio adecuado para empezar de nuevo.
El
director me miró con curiosidad.
—Si
está usted pensando en encender la antorcha de las grandes reformas para que
Bendo arda de entusiasmo, olvídelo. Muchas magníficas antorchas se han apagado
allí.
—No
tengo ninguna antorcha —dije—. Francamente, estoy harta de entusiasmos
desbordantes, fiestas escolares y diversiones públicas. Bendo me descansará.
—De
eso puede estar segura —dijo el director inclinándose otra vez sobre sus
carpetas —. El presidente del consejo escolar es Saúl Diemus. Si usted no tiene
coche, el único medio para llegar a Bendo es el autobús. Va una vez por semana.
Salí
al sol de agosto después de esta entrevista. El calor era abrumador, y la
frescura de la agencia se me evaporó de la piel casi con un siseo.
Caminé
hasta la plaza y me senté en uno de los bancos de piedra que yo nunca había
tenido tiempo de utilizar en mis días de estudiante. Miré la ventana de mi
viejo dormitorio, y sentí una breve e intensa nostalgia, no sólo por los años
que habían pasado y las esperanzas que habían muerto y los sueños que no se
habían cumplido nunca, sino también por la magia especial que yo había
encontrado en ese cuarto. Había sido una magia, una verdadera magia, y me había
abierto tales perspectivas que durante un tiempo todo me pareció posible, todo
realizable, si no para mí al menos para los otros, algún día. Aun ahora, luego
de la dilución del tiempo, cuando yo ya no podía creer realmente en esa magia,
me resistía a abandonar mi fe. Si esto fuera posible. Si esto por lo menos
fuese posible.
Suspiré
y me puse de pie. Supongo que todos viven alguna vez un momento mágico, y que
todos creen que nadie puede vivir lo mismo. Pero mi momento era diferente.
Ningún otro podía haber tenido la misma experiencia. Me reí. Basta de pasado y
de sueños, me dije. Bendo y el trabajo me esperaban.
El
autobús traqueteante levantaba unas pesadas nubes de polvo ocre que se alejaban
como olas, y yo me llevé las palmas de las manos a la cara para respirar un
poco de aire limpio. La arena que yo sentía en los dientes y que me invadía la
ropa me era bastante familiar, pero yo esperaba que cuando llegáramos a Bendo
habríamos dejado atrás esta llanura polvorienta encontrando un poco más de
vegetación. Me moví en el asiento anguloso, preguntándome si habría sido
diseñado para comodidad de alguien, y en ese momento el autobús frenó
bruscamente proyectándome hacia adelante.
Esperamos
a que las nubes de polvo levantadas por el autobús nos alcanzaran mientras el
penúltimo pasajero, un indio viejo y arrugado, vestido con unas ropas
brillantes parecidas a una túnica, recogía lentamente una gastada silla de
montar y unos bultos de arpillera, y caminaba a pasos cortos por el pasillo y
bajaba al camino desierto.
El
motor rugió otra vez y nos alejamos dejando allá atrás una figura desolada en
una extensión desolada. Me pregunté adonde iría el indio. Cuántos largos
kilómetros lo separarían de su cabaña, en algún cañadón oculto o en un
minúsculo oasis.
Corríamos
ahora en línea recta hacia las montañas desnudas y rojas que se alzaban en el
horizonte. La cinta rectilínea del camino se perdía en la distancia. Suspiré y
me moví otra vez en el asiento y el rugido del motor y el cansancio que sentía
en los huesos me hundieron en un somnoliento estupor.
Un
cambio en el ronroneo del motor me despertó de pronto. Nos detuvimos otra vez,
bruscamente. Miré por la ventanilla las nubes de polvo que descendían alrededor
de nosotros y me pregunté a qué viajero podríamos recoger allí en medio de la
nada. En ese momento se disolvió un telón de polvo y alcancé a leer:
OFICINA
DE CORREOS DE BENDO Garaje y Estación de Servicio Mercería y Ferretería
Periódicos
La
inscripción cubría la fachada de un edificio golpeado por la intemperie, entre
dos ruinas de piedras ennegrecidas por el humo. Luego de una inmensidad tan
llana era realmente sorprendente ver esas piedras caídas que casi llegaban al
camino y que alzaban al cielo sus bordes cubiertos de musgo.
—Bendo
—dijo el conductor, desplegando las largas piernas e inclinándose para saltar
del autobús—. Fin del viaje. Fin de la civilización, fin de todo.
Hizo
una mueca y la máscara de polvo que le cubría el rostro se quebró en atractivas
líneas de sonrisa.
Yo
también sonreí.
—Pequeño,
¿no es cierto?
—Era
más grande antes. Aunque de poco sirve eso ahora. Un verdadero centro minero en
otro tiempo. —Mientras el hombre hablaba vislumbré unos edificios arruinados en
las faldas de las colinas rocosas, sembradas de bloques de piedra—. Mi padre
conoció el pueblo en su infancia. Hace mucho tiempo había agua aquí y el pueblo
se alzaba en el recodo del rió.
—
¿Por eso se llama así?
—No
sé. Quizás hubo alguien que se llamaba Bendo —gruñó el conductor mientras
desataba las correas que sostenían mi equipaje en el techo del autobús.
—
Oh, ¡hola! —gritó de pronto.
Me
volví y me encontré con un hombre alto, corpulento... y viejo. Más viejo que su
cara, de una vejez que no correspondía a sus años, pues era joven en realidad,
casi tan joven como yo. Tenía una cara severa y triste, de rasgos inmóviles, y
las manos tiesas, apretadas contra el pecho, sostenían un sombrero de fieltro.
En
esa breve pausa, antes que el hombre me preguntase: — ¿La señorita Anderson?
—me sentí como ante esa gente profundamente religiosa que no ve en Dios sino
una entidad implacable y vengativa, irritada por la indignidad del hombre, y
que espera un momento de descuido para golpearlo y abandonarlo en el pecado. Me
pregunté por qué Dios se habría apoderado de él tan cruelmente. Me sorprendí
respondiendo: —Sí. ¿Cómo está usted? —El hombre me tocó apenas la mano
diciéndome: —Saúl Diemus —y volvió su atención hacia mis dos grandes valijas y
mi fonógrafo.
El
señor Diemus se alejó arrastrando los pies. Parecía que tenía pocas ganas de
hablar y lo seguí sin decir nada. Yo no había esperado encontrarme con un
comité de recepción, pero los niños tenían que haber cambiado mucho desde mi
infancia, pues de otro modo la curiosidad por conocer a la nueva maestra debía
de haber atraído por lo menos a un par de ellos. Nos alejamos en silencio de la
carretera y de la oficina de correos y pronto doblamos la rocosa falda de una
loma. Miré la otra orilla del cauce seco y la calle tortuosa: el barrio
residencial de Bendo. Me detuve en el gastado puente de madera y miré alrededor
atentamente. Bendo nunca sería para mí lo que era entonces. La familiaridad
borraría algunos contornos y destacaría otros, y nunca vería el pueblo como
cuando ignoraba quién vivía detrás de todas esas puertas desnudas.
Las
casas estaban diseminadas en desorden por las faldas de las lomas y unos toscos
escalones de piedra descendían hasta el camino que corría paralelamente al
cauce seco del río. Eran realmente casas, y no cabañas, pero los años habían
golpeado los muros despintados que se confundían ahora casi perfectamente con
el escenario desértico. En todos los patios de delante crecían unas plantas,
pero parecían haber sido sembradas tan tímidamente y florecían tan escondidas
que podían haber sido muy bien macizos fortuitos de vegetación natural.
Ese
culto del anonimato...
—La
escuela...
Yo
no había visto el rápido movimiento de la mano.
—¿Dónde?
Nada
a mi alrededor se parecía a una escuela.
—En
el codo del cauce.
Miré
en la dirección que me indicaba el señor Diemus y vi de pronto, en la
uniformidad del paisaje, un campanario que alcanzaba apenas la cima de la
colina a la salida del pueblo, y un mástil al lado, fino como un lápiz. El
señor Diemus se enderezó y dijo trabajosamente:
—La
escuela está en el sitio más bonito de aquí. Hay un manantial y árboles... —Se
quedó sin palabras y me miró como buscando algo que pudiese interesarme—.
Tendrá usted diez niños, desde el primer grado elemental hasta el segundo año
del bachillerato. Nadie sino usted mandará en la escuela. No tendrá que rendir
cuentas a nadie. Tome las medidas que crea usted necesarias para asegurar la
disciplina. No consentimos a nuestros niños. Enséñeles lo que deben saber. No
canse a los padres con razones y explicaciones. La escuela es suya.
—Ya
usted le gustaría librarse pronto de ella, y de mí también —le dije sonriendo.
El
señor Diemus me miró sorprendido.
—La
ley dice que es necesario instruirlos —replicó, poniéndose otra vez en marcha—.
Instrúyalos entonces.
Lo
seguí, sumisa, pensando con cierto malestar qué ocurriría si yo le preguntase
por qué se odiaba a sí mismo, y por qué odiaba el mundo y aun —oh, apenas me
atrevía a pensarlo— a los niños que yo iba a «instruir».
—Vivirá
usted en mi casa —dijo el señor Diemus—. Nos sobra un cuarto.
Siguió
un largo y penoso silencio, pero no se me ocurrió nada y callé. Pasé mi maleta
de una mano a otra y clavé los ojos en el sendero donde las piedras sueltas y
la grava protestaban con cada uno de nuestros pasos. Me pareció que el señor
Diemus trataba de pisar ruidosamente. Pero a pesar del eco amplificado que
venía de las lomas ninguna puerta se abrió, ninguna cara se apretó a una
ventana, y sentí un verdadero alivio cuando oí de pronto el cloqueo feliz y
descuidado de unas gallinas que rascaban en la arena dura.
Me
acurruqué a oscuras en la cama estrecha tratando de calmar el malestar que
sentía en el estómago. La comida no había sido mala —yo la había encontrado
aceptable—, pero sí lúgubre. La tristeza parecía estar colgada en festones del
cielo raso y el infortunio se había sentado casi visiblemente a la mesa.
Yo
había tratado de decirme que me sentía desanimada por la fatiga del viaje, pero
había mirado a mi alrededor y había visto una paciencia desesperanzada marcada
en los rostros de los adultos y que comenzaba a asomar —débil, pero
indiscutiblemente— en los rostros de los niños. Dos niños habían cenado con
nosotros. Sarah, de nueve o diez años, y Matt, un adolescente, los dos
demasiado silenciosos, demasiado formales, demasiado dueños de sí mismos, que
no habían apartado los ojos del plato.
La
comida me bajó al estómago en grandes bocados y allí luchó ásperamente con el
café que llegó en largos tragos.
Habían
pasado horas, penosas, interminables, y la comida se resistía aún a ser
digerida.
Al
día siguiente yo podría incorporarme a la rutina de la escuela, pues enseñar a
los niños era enseñar a los niños, siempre, allí o en otra parte. Quizá pudiese
entonces convencer a mi estómago de que todo estaba bien, y comenzar la tarea
de deshelar a esos niños paralizados y artificiosos. Por supuesto, quizás eran
pequeños demonios fuera de sus casas, como es a menudo el caso. De cualquier
modo, yo sentía ya, afortunadamente, la emoción familiar de los primeros días
de setiembre.
Me
moví otra vez en la cama, y en seguida, endureciendo el cuello, alcé la cabeza
de la almohada para oír mejor.
Era
un murmullo, un siseo intermitente. Alguien susurraba en la habitación de al
lado. Me senté y escuché sin vergüenza. Yo sabía que el cuarto de Sarah estaba
junto al mío, ¿pero quién hablaba con ella? Al principio no alcancé a oír sino
palabras truncas. Poco después se me agudizaron los oídos o las voces se
hicieron más altas.
—...
¿y oíste tú cómo se reía? ¡Reírse así en la mesa! —Hubo un rápido murmullo y
luego unas palabras a media voz—: Se le arrugaban los ojos y se reía.
—Las
otras maestras se reían también.
La
voz grave e insegura debía ser de Matt.
—Sí
—murmuró Sarah—, pero sólo al principio. Oh, Matt. ¿Qué nos pasa? Las personas
de los libros se divierten. Se ríen y corren y saltan, y hacen muchas cosas
graciosas y nadie... —Sarah hizo una pausa, titubeando—. Nadie dice que es
malo.
Son
sólo historias —explicó Matt—. No es la vida real.
¡No
lo creo! —exclamó Sarah—. Cuando crezca me iré de Bendo. Iré a ver...
¡Irte
de Bendo! —interrumpió Matt con una voz dura—. ¿Separarte del Grupo?
No
oí la réplica de Sarah, y sentí de pronto como si mi pie no hubiese encontrado
un escalón. Y mientras trataba de recobrar el aliento, las visiones, los
sonidos y olores del viejo dormitorio me abrumaron inundándome. Me dominé. No
había sido más, sin duda, que un giro de lenguaje. Esta mísera y desolada
tristeza no podía tener relación con aquella magia...
—
¿Dónde está Dorcas? —preguntó Sarah como si ya conociese la respuesta.
—Castigada.
—La voz de Matt era dura, poco infantil—. Saltó.
—¡Saltó!
—Por
encima de la baranda del porche. Hasta el camino. Papá la vio. Creo que lo hizo
a propósito. —Matt hablaba ahora con una voz desafiante—. Algún día cuando yo
crezca saltaré también, por encima de cualquier cosa, aun por encima de la
casa. Delante de papá.
—
¡Oh, Matt! —El grito de Sarah había sido de horror y de admiración—. ¡No lo
harás! No delante de papá.
—Sí,
saltaré —replicó Matt—. Saltaré porque... —Se interrumpió bruscamente—. Sarah
—continuó—, ¿me puedes decir por qué razón es malo saltar? No hace daño a
nadie. No es feo. No hay ninguna ley...
—
¿Dónde está Dorcas? —La voz de Sarah era casi inaudible—. ¿En el sótano, de
nuevo?
—Sí
—dijo Matt—. En la oscuridad, a pan y agua. Para que se sienta como un animal
perseguido. Un animal que los otros odian.
La
voz amarga del niño subrayó las palabras.
—Ves
—murmuró Sarah—. ¿Ves?
Hubo
un silencio y luego oí una puerta que se cerraba suavemente y la leve vibración
del piso cuando Matt pasó frente a mi cuarto. Me acosté de espaldas, con los
ojos fijos en el techo. ¿Qué sombra pesaba sobre esta casa, esta comunidad?
Niños asustados que murmuraban en la noche. Niños rebeldes encerrados en
sótanos para que aprendieran cómo se sienten los animales perseguidos. Y un
Grupo... No, era imposible. Sólo el recuerdo reciente de mis años de colegio
podía haberme sugerido que esta pesada sombra era de algún modo el reverso de
la moneda dorada que me había mostrado Karen.
Me
sentí desfallecer cuando vi la escuela. Era una de esas monstruosidades de
principios de siglo. Había sido construida para una población próspera, pero
ahora todas las ventanas del piso superior estaban tapiadas con tablones y no
se las utilizaba, aparentemente, desde hacía mucho tiempo. El piso bajo estaba
vacío también, excepto dos habitaciones, pero era evidente que una sola hubiera
bastado para el puñado de niños que esperaba en silencio junto a la puerta. No
sólo el edificio había sido abandonado. El patio era una extensión vacía, de
extremo a extremo, sin hierbas o árboles, o instalaciones de juegos. Había sin
embargo un monte espeso detrás de la escuela, y un brillo de agua en el fondo
del cañón.
¿No
hay toboganes? —pregunté a los tres niños que me escoltaban—. ¿No hay
columpios?
¡No!
—exclamó Sarah con tristeza y sorpresa.
Matt
le echó de reojo una mirada de advertencia. —No —dijo—, no nos hamacamos ni nos
deslizamos por el tobogán. No nos columpiamos. Me sonrió débilmente.
—
¡Qué lástima! —dije —. ¿Se gastó todo? ¿La escuela no puede comprar otros
aparatos?
—No
nos hamacamos, no nos columpiamos, no jugamos en toboganes. —La sonrisa de Matt
había desaparecido—. No nos interesa.
No
hay nada tan categórico e incontestable como esta última afirmación, excusa de
todo tipo de omisiones, pero yo nunca la había oído aplicada a juegos
infantiles. No pude pensar en una respuesta más inteligente que «Oh», de modo
que no dije nada.
Me
sentí durante toda la semana como si estuviese vadeando un lago de jalea o
tratara de alzar por encima de mi cabeza un enorme colchón de plumas. Recurrí a
todas las estratagemas para despertar el interés de la clase, en cualquier
cosa. Los niños eran corteses y sumisos, pero también apáticos, y de una
resignada paciencia.
Al
fin, poco antes de la hora de salida, el viernes, me incliné desesperada sobre
el pupitre.
—
¿Nada os gusta? —imploré—. ¿Nada os divierte? Hubo un pesado silencio y Dorcas
Diemus abrió la boca. Vi que Matt lanzaba un puntapié rápido y amenazante a la
pata del pupitre. La niña cerró la boca.
—Yo
creo que la escuela es divertida —dije—. Creo que podemos disfrutar de muchas
cosas. Quiero que me gusten las clases, pero esto no es posible si no os gustan
a vosotros.
—Aprendemos
—dijo Dorcas rápidamente—. No somos estúpidos.
—Aprendéis
—reconocí—. No sois estúpidos. ¿Pero a ninguno le gusta la escuela?
—A
mí me gusta —cantó la vocecita de Martha, la más pequeña de mis alumnas—. ¡Es
divertida!
—Gracias,
Martha —dije—. Y a todos los demás —los miré poniendo cara de enojo— les
gustará también, ¡aunque tenga que convencerlos a golpes!
Observé
consternada que los niños se encogían en sus asientos y se miraban con miedo.
Pero antes que yo pudiera dar una explicación, Matt se echó a reír y Dorcas lo
imitó en seguida. Sonreí satisfecha al oír que las risas titubeantes y agudas
se extendían por la sala, pero vi de pronto que Esther, una niña de diez años,
se enjugaba las lágrimas con una mano temblorosa. Lágrimas... ¿de risa?
Aquella
noche me volví y revolví en la cama, casi demasiado cansada para dormir,
preocupada, pensando. ¿Qué había quebrado la vida de estas gentes? Eran sanos,
eran hermosos —recordé la curva perfecta de la mejilla de Martha junto a la
ventana, la gracia expresiva de las cejas de Dorcas—, tenían comida, ropa y
casas adecuadas, y sin embargo, no eran lo que debían haber sido. Yo había
visto más alegrías y placer y entusiasmo en niños nómadas que vivían en casas
de cartón prensado y que se lavaban —cuando se lavaban— en los canales y comían
cualquier cosa comestible, pero sonreían aun con eccemas o llagas en los
labios.
¡En
cambio estos niños sin vida...! Recé distraídamente y esa noche dormí mal.
Un
mes después las cosas habían mejorado un poco, muy poco. Por lo menos había
menos tensión en la clase. Y descubrí que no tenían prejuicios profundos contra
las plantas, y cultivamos algunas en los alféizares anchos, brotes que traíamos
del manantial o que crecían entre los árboles. Y en unas jarras guardamos
pececitos del arroyo, y en una caja con barro, un sapo que sólo despertaba para
comerse las hormigas que le llevábamos a la hora del almuerzo. Y cantábamos, en
alta voz y con entusiasmo, y —milagro de milagros— sin una nota desentonada en
toda la clase. Pero no cantábamos Subir, subir al cielo o ¿Te gusta subir en un
columpio? Cuando yo entonaba estas canciones los niños enrojecían, inquietos, y
bajaban los ojos.
Habíamos
discutido a propósito de esa costumbre que tenían de arrastrar los pies.
—Levantad
los pies, por favor —les dije irritada una mañana, ya harta del chu, chu, chu
de las idas y venidas—. Parece que tuvierais pies de plomo.
Timmy,
que estaba más animado esa mañana, se mordió cabizbajo una uña.
—No
puedo —dijo—. No debo.
—¿No
debes? —Olvidé momentáneamente la circunspección con que yo había tratado hasta
entonces a estos niños asustadizos como ratones —. ¿Por qué no? No hay razón en
el mundo que te impida caminar sin hacer ruido.
Matt
miró tristemente a Miriam, mi única alumna de bachillerato. La niña apartó los
ojos y se mordió los labios, perturbada. Al rato se volvió y dijo:
—Es
la costumbre en Bendo.
—¿Arrastrar
los pies? —Yo estaba a punto de perder la paciencia—. ¿Por qué motivo?
—Así
lo hacemos todos en Bendo.
No
había enojo en la defensa de la niña, sólo resignación.
—
Quizá lo hagáis en vuestras casas —dije—, pero aquí en la escuela hay que
levantar los pies. Además, hacéis mucho ruido.
—Pero
es malo... —comenzó a decir Esther.
La
mano de Matt la obligó a callar.
—El
señor Diemus me dijo que en la escuela mando yo —continué—. Dijo que no
molestara a vuestros padres con los problemas de la escuela. El problema ahora
es que hacéis mucho ruido mientras otros tratan de trabajar. En el salón de
clase, por lo menos, hay que caminar sin hacer ruido y levantando los pies.
Los
niños consideraron solemnemente esta sugestión y se volvieron hacia Matt y
hacia Miriam en busca de consejo. Los dos niños mayores asintieron y volvimos
al trabajo. En los minutos siguientes vi con asombro cómo los niños iban
inútilmente de un extremo a otro de la clase, levantando los pies, sonriéndose
y mirándose a hurtadillas como si esos desplazamientos fuesen toda una
aventura, algo difícil y delicioso a la vez. Yo estaba perpleja. Recordé
entonces que no sólo los niños de Bendo arrastraban los pies sino también los
adultos, como si temiesen perder contacto con la tierra, como si... Meneé la
cabeza y continué mi lección.
Antes
de mediodía, sin embargo, el interminable chu, chu, chu de los pies había
empezado otra vez. El hábito dominaba a los niños. Clasifiqué mentalmente el
sonido corno incurable y crónico, y no insistí.
Suspiré
mientras observaba a los niños que salían para el almuerzo. Me había parecido
al principio que aprovecharía ese lujo sin precedentes de una hora destinada al
almuerzo para irse todos a sus casas. El campanario era visible desde la
mayoría de las casas del pueblo. No obstante, los niños traían a la escuela
unos emparedados secos y unas manzanas poco atractivas en apretados saquitos de
papel. Al mediodía, sin decir una palabra, desaparecían con sus pasos
arrastrados entre los árboles.
Todo
es apagado aquí, pensé. Hasta el sol es débil cuando inunda las lomas y los
cañadones. No hay alegría, no hay risas. No hay boberías infantiles, ni
tonterías adolescentes. Sólo niños silenciosos y resignados.
No
acostumbro espiar a mis alumnos, pero se me ocurrió que quizás estos niños eran
diferentes cuando estaban lejos de mí y de sus padres. De modo que volví a las
doce y media de un almuerzo adecuado, pero monótono, en casa de los Diemus,
dejé atrás la escuela y me metí entre los árboles apartando con precaución los
matorrales hasta que pude asomarme a una roca musgosa y mirar a los niños.
Algunos
se habían tendido en la hierba escasa y corta, con las manos bajo las cabezas,
mirando con ojos entornados el cielo brillante entre el follaje. Esther y la
pequeña Martha buscaban semillas y les contaban los dientes. Sonreí recordando
que yo había hecho lo mismo.
—Soñé
anoche. —La afirmación de Dorcas fue como un desafío en el pesado silencio—.
Soñé con la Morada.
Me
sobresalté, y Martha gritó horrorizada:
—
¡Oh, Dorcas!
—No
es nada malo —dijo Dorcas con las mejillas encendidas—. ¡Hubo una Morada! ¡Sí!
¡Sí! ¿Por qué no podemos hablar de la Morada?
Escuché
ávidamente. Esto no podía ser una coincidencia, un Grupo y ahora la Morada.
Tenía que haber alguna relación... Me apreté contra la roca rugosa.
¡Es
una cosa mala! —gritó Esther—. ¡Te castigarán! Está prohibido hablar de la
Morada.
¿Por
qué? —preguntó Joel y pareció que lo pensaba por primera vez, como suele
ocurrir a los trece años. Se sentó lentamente—. ¿Por qué está prohibido?
Hubo
un silencio breve y tenso. —Yo también sueño a veces —dijo Matt—. Sueño con la
Morada, y todo está bien entonces.
¿Quién
no soñó? —preguntó Miriam—. Todos soñamos, ¿no es cierto? Aun nuestros padres.
Cuando mamá ha soñado se le ve en los ojos.
¿Nadie
se preguntó alguna vez por qué está prohibido? —insistió Joel—. Sólo nos dicen
que es malo.
—Me
parece que es una cosa de hace mucho tiempo —dijo Matt—. Algo que pasó cuando
llegó el Grupo...
—No
deben de ser sueños —declaró Miriam— porque yo no necesito estar dormida. Creo
que son recuerdos.
—
¿Recuerdos? —preguntó Dorcas—. ¿Cómo podemos recordar algo que no conocimos?
—No
sé —admitió Miriam—, pero me parece que es así.
—Yo
recuerdo —dijo espontáneamente Thalita, que nunca decía nada espontáneamente.
—Cállate
—murmuró Abie, la penúltima en edad, que hablaba siempre en un murmullo.
—Yo
recuerdo —repitió Thalita, obstinada—. Recuerdo un vestido que era muy pequeño,
y la mamá lo estiró para que fuera bastante largo y el vestido se quedó así.
Después estiró la cintura para que fuese bastante grande y la niñita se lo puso
y se fue volando.
—Bah
—dijo Timmy, desdeñoso—. Yo recuerdo más. — Se le inmovilizó la cara y se le
agrandaron los ojos—. La nave era alta como una montaña y la gente entró por la
puerta que era alta, alta, y no tenía una escalera. Después aparecieron las
estrellas grandes y brillantes, no pequeñitas como las de aquí.
—
¡La nave voló demasiado rápido! — Abie hablaba ahora, con una animación que yo
no le conocía—. El aire calentó la nave y la niñita murió antes que los botes
dejaran la nave.
El
niño se encogió de pronto y se apoyó en Thalita, sollozando.
—
¡Ya veis! —Miriam alzó triunfante la barbilla—. To dos soñamos... Quiero decir,
¡todos recordamos!
—Creo
que sí —dijo Matt—. Recuerdo. Es subir, Thalita, no volar. Subes y subes todo
lo que quieras y nunca tienes que tocar el suelo. ¡Nunca!
Matt
dio un puñetazo en el suelo rojo.
—Y
también puedes bailar en el aire —suspiró Miriam—. Más libre que un pájaro, más
liviano que...
Esther
se puso rápidamente de pie, pálida, aterrorizada.
—
¡Basta! ¡Basta! ¡Es una cosa fea! ¡Es una cosa mala! ¡Se lo diré a papá! Está
prohibido soñar, o volar, o bailar. ¡Os moriréis!
Joel
se incorporó de un salto y apretó el brazo de Esther.
—
¿Podemos estar más muertos? —gritó sacudiéndola brutalmente—. ¿Llamas a esto
estar vivo?
En
seguida se encorvó temerosamente y dio algunos pasos en el claro, arrastrando
los pies.
Regresé
a la escuela corriendo como una posesa, parpadeando para enjugarme las
lágrimas, sin querer reconocer que estaba llorando, llorando por esos pobres
niños que buscaban desesperados algo que estaba dentro de ellos. ¿Por qué esa
negación tan rigurosa? Si ellos eran lo que yo pensaba... Y tenían que serlo.
¡Tenían que serlo!
Tomé
la cuerda de la campana y tiré con todas mis fuerzas. La campana se movió como
de mala gana y llamó. La una, ¡la una!
Miré
cómo volvían los niños con pasos arrastrados y lentos.
Aquella
noche empecé una carta.
Querida,
Karen:
Pues
sí, luego de tantos años. ¡Oh, Karen! ¡He encontrado a otros! ¡Otros del
Pueblo! ¿Recuerdas cómo deseabas saber si otros Grupos habían sobrevivido a la
Travesía? Bueno, ¡encontré un Grupo entero! Pero es un Grupo enfermo y
desgraciado. Se te haría pedazos el corazón, si los vieses. Si pudieses venir y
ponerlos en el verdadero camino...
Dejé
la pluma. Miré las líneas que yo había escrito y luego arrugué lentamente la
hoja de papel. Éste era mi Grupo. Yo lo había encontrado. Sí, se lo diría a
Karen, pero más tarde. Luego que... bueno, luego que yo tratara de ponerlos en
el verdadero camino, a los niños por lo menos. Al fin y al cabo, yo sabía algo
de sus posibilidades. ¿No me había hablado Karen secretamente en aquellas horas
mágicas, en nuestro dormitorio, atraídas las dos por una mutua simpatía que
parecía más fuerte que esos lazos que unen a las compañeras de cuarto, y no me
había contado cosas que ningún extraño debía haber oído? Y cuando al fin yo se
lo contara a Karen, y pusiera al Grupo en sus manos, quizá como un don
precioso, entonces yo podría sentir que le devolvía algo de ese mundo
maravilloso que ella me había abierto.
Sí,
pensé tristemente, nada da una buena porción de confianza como una buena
porción de ignorancia. Pero haré todo lo posible... desesperadamente. Quizá si
puedo sacar de la prisión a algún otro, entonces mis propias barreras... Tiré
la hoja de papel al cesto.
Pero
pasaron varias semanas antes que me decidiese a mostrar a los niños, de una
manera o de otra, que yo sabía algo de ellos. Era una situación tan
extraordinaria, si yo no me había equivocado. Y si me había equivocado, ¿qué
clase de locura sospecharían de mí?
Cuando
al fin apreté los dientes y me juré a mí misma que haría algo, me temblaban las
manos y el aliento se me había quedado en la garganta seca.
—Hoy
—dije con un esfuerzo—, es viernes. —Los niños recibieron con un silencio
caritativo esta sabia revelación—. Hemos trabajado durante toda la semana, de
modo que hoy nos divertiremos. —Los niños se movieron en sus asientos,
inquietos, contentos, y temerosos a la vez. Pobres niños, mis «diversiones»
eran para ellos mucho más penosas que cualquier tarea escolar. Pero algunos
aprendían ya a disfrutar de ellas. ¡Hasta la misma Martha había aprendido a
saltar a la cuerda!
—Primero
los monitores distribuirán las hojas de composición.
Esther
y Abie corrieron de un lado a otro con los papeles, y los afilalápices
trabajaron afanosamente. En esto los niños no se diferenciaban de otros y les
sacaban punta a los lápices con el menor pretexto.
—Ahora
—dije, y se me cerró la garganta—, vamos a escribir. —Esta obvia observación
fue aceptada con indulgencia, aunque Miriam me miró sorprendida antes de
inclinar la cabeza, de modo que el pelo le cayó sobre la cara—. Hoy quiero que
todos escriban sobre lo mismo. Éste es el tema.
Aliviada,
di la espalda a las miradas expectantes de los niños y escribí lentamente con
letras mayúsculas:
RECUERDO
LA MORADA Oí las respiraciones entrecortadas de Miriam y Thalita y luego el
rápido susurro que informaba a Abie y a Martha. Oí el grito alborotado de
Esther y me volví lentamente apoyándome en el pupitre.
—Hay
tantos recuerdos hermosos de la Morada —dije en el tenso silencio—. Tantas
cosas maravillosas. Y aun los recuerdos tristes son mejores que el olvido, pues
la Morada es buena. Decidme lo que recordáis de la Morada. Joel y Matt se
pusieron de pie simultáneamente.
¡No
podemos!
¿Por
qué no podemos? —gritó Dorcas—. ¿Por qué?
¡Es
una cosa fea! —gritó Esther—. ¡Una cosa mala!
¡No
es nada de eso! —chilló Abie—. ¡No es nada de eso!
—No
podemos. —Miriam se recogió el pelo con unas manos temblorosas —. Está
prohibido.
—Sentaos
todos —dije dulcemente—. El día que llegué a Bendo el señor Diemus me dijo que
os enseñara lo que fuese necesario. Tengo que enseñaros que recordar la Morada
es una cosa buena.
¿Por
qué entonces los mayores no piensan así? —preguntó Matt lentamente—. Nos dicen
que no hablemos de eso. No hay que desobedecer a los padres.
Sí
—admití—, es cierto, pero esto es también muy importante. Si os parece, lo
guardaremos como un secreto entre nosotros. El señor Diemus me dijo que no los
moleste con razones o explicaciones. Yo hablaré con vuestros padres cuando
llegue la hora. —Hice una pausa para tomar aliento y desembarazarme de una
visión en la que yo dejaba el pueblo envuelta en una nube de polvo seguida de
cerca por una tropa de padres furiosos—. Bueno, a trabajar —dije bruscamente—.
Recuerdo la Morada.
Hubo
un pesado momento de indecisión, y contuve el aliento, preguntándome de qué
lado se inclinaría la balanza. Y luego... Seguramente todos querían hablar y
afirmar la maravilla del pasado, pues si no no hubiesen capitulado tan pronto.
Las cabezas se inclinaron hacia adelante y los lápices corrieron sobre el
papel. Sólo Martha se quedó cabizbaja y mirando la hoja con una expresión de
tristeza.
—No
conozco bastantes palabras —se quejó—. ¿Cómo se escribe toólas?
Y
Abie borró trabajosamente hasta agujerear el papel y chupó otra vez la punta
del lápiz.
—
¿Por qué tú y Abie no hacéis algunos dibujos? —sugerí—. Una pequeña historia
con láminas y luego podríamos juntar las páginas como en un verdadero libro.
Miré
al grupito silencioso y ocupado y sentí que se me doblaban las rodillas. Me
sequé las palmas húmedas y me recliné en la silla. Advertí, lentamente, que
había una nueva atmósfera en la sala de clase. La tensión intolerable, la
contención inconsciente, esa prudencia, esa vigilancia, ese sentimiento de
culpa provocado por el deseo de lo prohibido se habían desvanecido del todo.
Una
oración de acción de gracias creció en mí. Se transformó rápidamente en un
ruego de misericordia cuando entreví de pronto lo que podía ocurrirme si los
padres me descubrían. ¿Cuánto duraban ya esta negación y este renunciamiento,
esta ocultación y este miedo cuidadosamente alimentado? De acuerdo con lo que
Karen me había dicho podían haber pasado más de cincuenta años, bastante como
para marcar a tres generaciones.
Y
allí estaba yo tratando de que las llamas consumiesen un pequeño mundo. Luego
de esta oscura metáfora enderecé mis piernas débiles y me puse de pie. Caminé
hacia arriba y abajo, entre los pupitres, sin que nadie me prestara atención,
apartándome para dejar pasar a Joe que corría al estante en busca de más papel,
inclinándome sobre Miriam y maravillándome de que ella hubiera empleado sus
pasteles y de que una parte de su composición fuese en colores. Y los colores
me hablaban de algo que el lápiz negro no podía expresar, aunque yo nunca había
visto esas formas.
Los
niños se fueron, felices y excitados, charlando y riéndose hasta que llegaron a
los límites del patio de la es— cuela. Allí las risas y las sonrisas murieron,
y las caras fueron otra vez graves, y los pies se arrastraron pesadamente.
Suspiré y examiné las composiciones. Allí estaba el librito de Abie. Lo hojeé,
tomé aliento y lo examiné atentamente.
¿Un
niño había dibujado todo esto? Seis páginas, seis páginas acabadas que parecían
de un adulto. Efectos de pastel que yo no había visto nunca, imágenes que
contaban una historia claramente y en voz alta.
Estrellas
que llameaban en un cielo negro, y la delgada aguja de una nave, como una nota
en la oscuridad.
La
vasta curvatura de la Tierra, verde y cubierta de nubes, sobre un fondo negro.
Una línea rosa en el vientre de la nave: la fricción de la atmósfera. Toqué el
resplandor con un dedo. Yo casi podía sentir el calor.
Dentro
de la nave, dolor y sufrimiento, una lucha heroica, cuerpos amontonados y caras
quemadas. Un niño en brazos de su madre. Luego un enjambre de diminutas formas
afiladas que salían del vientre de la máquina. Y el último chillido de
incandescencia mientras la nave se volatilizaba en el aire cada vez más denso.
Apoyé
la cabeza en las manos y cerré los ojos. ¿Todo esto, todo esto en los
sentimientos de una criatura? Pues Abie sabía. Conocía el calor, la lucha, la
muerte y la huida. No era asombroso que Abie hubiese dibujado encorvado,
murmurando entre dientes. La memoria racial era realmente una moneda de dos
caras.
Sentí
una dolorosa aprensión. Quizá me había equivocado al permitir que recordara tan
vividamente. Quizá yo no hubiera debido...
Me
volví a las hojas de Martha. Eran unos dibujos delicados, casi aracnoides, de
un animalito velludo (¿toólas?) que anidaba en una hamaca suspendida, guardaba
frutos en un cesto de hojas, y vivía en compañía de un pájaro. Un pájaro
realmente de otro mundo. La mayor parte de la historia de Martha se me
escapaba, pues en los niños de esta edad —más que en todos los otros— el arte
es un movimiento de símbolos, y como no teníamos puntos comunes de referencia,
había muchas cosas que yo no podía interpretar. Pero todo este librito era
alegre y luminoso.
Y
ahora, las historias...
Alcé
la cabeza y parpadeé a la luz del sol poniente. Yo había leído todas las
composiciones, excepto la de Esther. La escritura de Esther, confusa, de patas
de mosca, me hizo advertir que caía la noche y descubrí que yo estaba temblando
en el cuarto en sombras, y que la vieja estufa de leña se había apagado.
Guardé
lentamente las hojas en el cajón de mi pupitre, titubeé y tomé la de Esther. La
leería en mi cuarto. Me puse el abrigo y dejé la escuela pensando continuamente
en las composiciones de los niños. Y de pronto tuve ganas de llorar, de llorar
por las maravillas que eran ahora sólo un recuerdo. Por la herencia de talentos
y dones que tenían estos niños, pero que no podían utilizar. Por los sueños
realizados que les estaban vedados. Por la nostalgia que yo había descubierto
en todas esas líneas escritas, la nostalgia de estos tristes exiliados alejados
desde hacía tres generaciones de todo conocimiento material de la Morada.
Me
detuve en el puente y me apoyé en la balaustrada envuelta en las primeras
sombras de la noche. Sentí de pronto una creciente nostalgia. Así debía haber
sido el mundo, así podía haber sido sólo si...
Cuando
entré en la cocina, mis lágrimas eran ya algo tan secreto como las emociones de
la señora Diemus, que alzó los ojos y me miró sin interés.
—Buenas
noches —me dijo—. Le he guardado la cena.
—
Gracias. —Me estremecí convulsivamente—. Hace frío.
Me
senté aquella noche en el borde de la cama, dejando que el recuerdo de las
composiciones me inundase, tratando de unir los fragmentos que hablaban de la
Morada. Y comencé entonces a maravillarme. Los recuerdos de todos parecían ser
tan felices... Timmy había escrito: La nave brillante alta como una montaña y
más rápida que dos aviones, y Dorcas, sin preocuparse de la concordancia de los
tiempos y como si el ayer no se distinguiese del hoy: Las flores eran como
luces. Las noches no son muy oscuras porque las flores brillan mucho y cuando
salía la luna los bréeos cantan y la música caía sobre uno como la lluvia, pero
menos triste. Y las líneas anhelantes de Miriam: El día de la Reunión hubo una
gran fiesta. Todos tenían hermosos trajes y las muchachas se habían puesto
flahmens en el pelo. Las flahmens son flores, pero también buenas para comer. Y
si una muchacha siente que le canta el corazón por un muchacho comen una
flahmen juntos y ya no se separan nunca.
Si
todos los recuerdos eran felices, ¿por qué los adultos los ahogaban con tanta
dureza? ¿Por qué ese palio de infelicidad sobre todas las cosas? No es posible
lamentar eternamente la pérdida de una nave. ¿Por qué un sótano para todos los
niños desobedientes? ¿Por qué toda esa miseria y frustración si eran capaces de
llevar a cabo la mitad por lo menos de lo que describían las composiciones —con
términos técnicos que yo no entendía del todo— de Joel y Matt, y transformar a
Bendo en un paraíso?
Tomé
la hoja de Esther. Temía leerla. Mientras los otros escribían rápidamente
Esther se había pasado casi todo el tiempo con la cabeza hundida en los brazos,
cruzados sobre el pupitre. De cuando en cuando garrapateaba una línea o dos
como si estuviese haciendo algo vergonzoso. Sólo ella, entre todos los niños,
parecía no encontrar ningún consuelo en esos recuerdos.
Alisé
la hoja en mi regazo.
Recuerdo,
había escrito Esther. Teníamos sed. Había agua en el arroyo y estábamos
escondidos entre las hierbas. No podíamos beber. Dispararían sus armas contra
nosotros. El sol quemaba desde hacía tres días. La mujer gritó pidiendo agua y
corrió al arroyo. Ellos dispararon. El agua se volvió roja, Las lágrimas de
Esther habían arrugado el papel.
Encontraron
a un bebe bajo un matorral. El hombre lo golpeó con la madera del fusil. Lo
golpeó y lo golpeó. Como yo aplasto los escorpiones.
Nos
atraparon y nos encerraron. Encendieron un fuego alrededor. «Vuelen», dijeron,
«vuelen y sálvense». Volamos porque el fuego nos hacía daño. Ellos dispararon
contra nosotros.
«Monstruos»,
gritaban, «monstruos malvados. La gente no vuela. La gente no mueve cosas. La
gente se parece. Ustedes no son gente. Mueran, mueran, mueran».
Luego,
en letras muy negras que habían roto el papel:
Si
alguien descubre que no somos de la Tierra, moriremos.
No
levantéis los pies del suelo.
Tristemente,
dejé a un lado la hoja. La respuesta estaba ahí, sumando las confidencias de
Karen a todo esto. Los náufragos que llegan a una isla y tropiezan con
salvajes. Unos pocos sobreviven, adaptándose, suprimiendo y negando. Otra
generación reniega de la Morada para asegurar la inmunidad presente y futura de
los descendientes. Luego la generación siguiente duda e interroga, y se rebela.
Apagué
la luz y me metí lentamente en la cama. Me quedé inmóvil, mirando la oscuridad,
viendo la imagen que Esther había evocado. Al fin me abandoné al sueño.
—Que
Dios la ayude —suspiré—. Que Dios nos ayude a todos.
Había
pasado casi otra semana. Ordenamos el aula rápidamente, anticipándonos esta vez
con alegría a la hora de las diversiones en vez de temerla. Sonreí al oír a mi
alrededor esa algarabía, sintiendo que yo misma me animaba con la expectación
de los niños. ¡Qué cambio se había operado en ellos desde aquella tarde! Ahora
empezaban a parecerme verdaderos niños. Ahora empezaban a aceptarme. Tragué
saliva. En cualquier momento me preguntarían: « ¿Cómo ocurrió? ¿Cómo lo sé?».
Ahí estaban todos sentados, los nueve —faltaba Esther, la primera ausencia del
año —, esperando con los ojos brillantes.
—
¿Podemos escribir otra vez? —Preguntó Sarah—. Recuerdo muchas otras cosas.
—No
—dije—. Hoy no. —Las sonrisas murieron y un murmullo de protestas recorrió la
clase—. Hoy veremos qué somos capaces de hacer, Joel. —Miré a Joel apretando
los dientes—. Joel, dame el diccionario. —Joel empezó a ponerse de pie—. ¡Sin
moverte de tu sitio!
Hubo
un silencio de horror.
—Pero...
—dijo Joel al fin—. ¡No puedo!
—Sí
puedes —insistí—. Sí, puedes. Tráeme el diccionario. Aquí, a mi pupitre.
Joel
se volvió y clavó los ojos en el viejo diccionario, del que se habían soltado
las páginas 1965 a 1998.
—
¿Miriam? —dijo con una voz aguda.
Miriam
meneó la cabeza y se hundió en su asiento, los ojos grandes y sombríos en la
cara blanca.
—Puedes,
Joel. —La voz de Miriam era apenas un soplo—. Es apenas más grande que...
Joel
se tomó con las dos manos del borde del pupitre y la transpiración le cubrió la
frente. Hubo un movimiento en el estante. Luego, como disparadas por un fusil,
las páginas 1965 a 1998 volaron a mi pupitre y cayeron aleteando. Luego del
primer momento de estupor todos nos reímos hasta las lágrimas.
—
¡Te has lucido, Joel! —gritó Matt—. Eso es lo que se llama una demostración de
fuerza.
—Bueno,
es un comienzo. —Joel sonrió débilmente—. Hazlo tú, si te parece tan fácil.
Matt
sudó y se esforzó y al fin Joel trató de ayudarlo, pero sólo consiguieron que
el libro resbalara hasta el borde del estante, donde se quedó oscilando
peligrosamente.
Entonces
Abie alzó tímidamente la mano.
—Yo
puedo. Me alegró que mi niño silencioso se hubiese decidido a hablar, y al
mismo tiempo fruncí el ceño al oír las risas protectoras de los mayores.
—Muy
bien, Abie —le dije animándolo—. Les enseñarás cómo se hace.
El
diccionario voló lentamente desde el estante y se posó sin hacer ruido en mi
pupitre. Todos clavaron los ojos en Abie, que se retorció en su asiento.
—Los
barquitos —dijo como si se defendiera—. Así salían de la nave. Así mismo.
Joel
y Matt entornaron los ojos concentrándose y luego cambiaron unas miradas
exasperadas.
—Claro,
sí —dijo Matt—. Claro, sí.
El
diccionario volvió al estante.
—
¡Eh! —protestó Timmy—. Me toca a mí. —Pobre diccionario —dije—. Es demasiado
viejo para dar tantos saltos. Lleva las hojas sueltas al estante.
Timmy
hizo volar las hojas.
Todos
suspiraron y me miraron expectantes.
—
¿Miriam? —Miriam apretó las manos convulsiva mente—. Ven aquí —dije, sintiendo
un escalofrío en la espalda—. Vuela hasta mí, Miriam.
Mirándome
fijamente, Miriam salió de su asiento y se quedó de pie en el pasillo. Los pies
se elevaron un poco del suelo y la falda se le movió en el aire. Lentamente al
principio, y luego con más rapidez, Miriam vino hacia mí silenciosamente,
flotando, hasta que al fin se precipitó en mis brazos y con un gemido
entrecortado apoyó la cabeza en mi hombro. La aparté, estremeciéndome, y busqué
mi pañuelo.
—Miriam,
cuida a los otros —dije con una voz temblorosa—. Vuelvo en seguida.
Entré
tambaleándome en el otro cuarto. Encogida entre aquellos objetos amontonados y
cubiertos de polvo, lloré en silencio con la cara entre las manos. Lloré y
lloré, pues al fin y al cabo... ¡al fin y al cabo!
Y
entonces, de pronto, oí un ruido y el pánico me inundó paralizándome. Era un
ruido de pisadas, muchas pisadas, que se acercaban a la escuela. Salté a la
puerta y la abrí de par en par y vi que en ese mismo momento el señor Diemus,
Esther y el padre de Esther, el señor Jonso, entraban en el aula.
En
uno de esos relámpagos de claridad que se le graban a uno en la mente en una
fracción de segundo vi a todos mis alumnos.
Joel
y Matt se balanceaban en unas barras invisibles, y al subir rozaban el cielo
raso con las cabezas. Abie se hamacaba en un columpio ausente, describiendo un
arco de círculo en un rincón de la sala, tocando casi la chimenea de la vieja
estufa, cantando:
—
¡Volar, volar al cielo!
¡No
era la primera vez que los niños probaban sus alas! Unos libros flotaban sobre
el círculo de Miriam y las otras niñas que se habían arrodillado en el suelo, y
Timmy hacía volar a dos aeroplanos de papel en complicadas maniobras entre los
bancos.
Me
encontré con la mirada del señor Diemus y sentí que se me encogía el corazón.
Esther ahogó un grito al ver a los niños, y las niñas volvieron hacia los
intrusos unos rostros aterrorizados. Matt y Joel descendieron rápidamente y se
pusieron de pie. Pero Abie, absorto en su juego, siguió hamacándose hasta que
Thalita gritó, frenética:
—¡Abie!
Abie
volvió bruscamente la cabeza, y descubrió al grupo que miraba desde el umbral.
Con un grito de decepción, como si le hubiesen arrebatado un juguete favorito,
se detuvo en medio del aire, apretando los puños. Luego, comprendiendo al fin,
lanzó un grito, un verdadero aullido de terror, y subió rápidamente en una
línea oblicua, tratando de escapar, chocó con el borde del armario alto donde
se guardaban los mapas, dio media vuelta, y cayó.
Traté
de alcanzarlo en el aire. Oh, corrí hacia él. Pero sólo alcancé a tomarle la
manilla en el momento en que caía sobre la vieja estufa de leña. El cráneo de
Abie chocó contra el borde de hierro labrado, y el ruido del golpe resonó en el
silencio de la sala.
Enderecé
cuidadosamente el cuerpecito sin atreverme a tocar la cabeza inerte. Nos
arrodillamos, el señor Diemus y yo, y nos miramos por encima del cuerpo de
Abie. El señor Diemus entreabrió los labios para decir algo, pero yo hablé
antes.
— Si
Abie muere —dije mordiendo con furia las palabras—, ¡usted lo habrá matado!
El
señor Diemus abrió otra vez la boca, asombrado. —Yo... —comenzó a decir.
—
¡Metiéndose así en mi clase! —grité—. ¡Interrumpiendo el trabajo! ¡Asustando a
los niños! La responsabilidad es toda suya, ¡toda suya!
Yo
no era capaz de soportar sola todo el peso de la culpa. Tenía que compartirlo
con alguien. Pero el fuego se apagó y acaricié la manita de Abie,
estremeciéndome.
—Por
favor, llamen a un médico. Quizás esté muñéndose.
—El
más cercano vive en el paso Tortura —dijo el señor Diemus—. Cien kilómetros por
la ruta.
— ¿Y
en línea recta?
—Dos
cadenas de montañas y una meseta desierta.
—Entonces...
entonces...
Yo
no soltaba la mano de Abie.
—Hay
un médico de vacaciones en el rancho La Rodada —dijo Joel débilmente.
—Ve
a buscarlo —dijo mirando fijamente a Joel—. Ve tan rápido como puedas.
Joel
me miró sin aliento.
Bueno
—dijo.
Seguramente
tendrán caballos para volver —dije—. No te hagas notar demasiado.
—No.
Joel
corrió hacia la puerta. Oímos el ruido de sus pasos hasta que llegó a la mitad
del patio. Luego, silencio. Segundos más tarde, débilmente, el ruido de algo
que golpeaba la arena del arroyo, al pie de la loma. Joel, evidentemente, no
era capaz de volar mucho tiempo y se alejaba dando unos larguísimos saltos.
Los
niños habían regresado a sus casas en silencio, ansiosamente, y luego de la
llegada del médico habíamos improvisado unas parihuelas y habíamos llevado a
Abie a casa de los Peters. Yo caminé junto a él, mirándole la carita apretada,
tocándole de cuando en cuando el pecho como para estar segura de que todavía
respiraba.
Y
ahora... la espera.
Miré
otra vez mi reloj. Lo había mirado hacía un minuto. Sesenta segundos si me
guiaba por las manecillas, horas y horas si me guiaba por mi ansiedad.
—No
será nada —murmuraba yo, para tranquilizarme—. El médico sabrá cómo curarlo.
El
señor Diemus volvió hacia mí unos ojos oscuros e inexpresivos.
—
¿Por qué lo hizo? —me preguntó—. Habíamos borrado casi todos los recuerdos.
Eramos ya casi libres.
—¿Libres
de qué? —Tomé aliento—. ¿Por qué lo hicieron ustedes? ¿Por qué le negaron a los
niños su herencia?
—No
es asunto suyo.
—Todo
lo que impide la felicidad de los niños es asunto mío. Todo lo que transforma a
los niños en ratitas asustadas está mal. Es posible que yo haya abordado mal el
problema; pero usted me dijo que les enseñara lo que era necesario enseñarles,
y así lo hice.
—Les
enseñó a desobedecer, a rebelarse, a desafiar a la autoridad.
—Me
obedecían a mí —repliqué—. Aceptaban mi autoridad. No puedo reprocharles nada
—confesé, con voz serena—. Se sintieron muy perturbados. Me dijeron que eso
estaba mal, que les habían enseñado que estaba mal. Discutí con ellos. Pero,
oh, señor Diemus. Bastaron unas pocas palabras para abrir la brecha en el
dique. Nunca pusieron en duda mi conocimiento, no más que usted, señor Diemus.
Todo esto, esta maravilla, les hervía adentro, quería liberarse. La rebelión
estaba allí antes que yo llegara. No los incité a algo nuevo. Apuesto que
ninguno de ellos, excepto quizá Esther, dejó de practicar una y otra vez,
furtivamente y con vergüenza, las cosas que yo les permití, que yo les pedí que
hicieran. Fue una iniquidad, una verdadera iniquidad, imponerles todas esas
restricciones.
—Usted
no entiende. —La cara del señor Diemus era de piedra—. No sabe usted todo...
— Sé
bastante —dije—. Están ustedes obsesionados por los recuerdos de una época
desgraciada. ¿Pero qué pueblo no tiene recuerdos semejantes en mayor o menos
grado? Que esos recuerdos fueran en ustedes, y en los hijos de ustedes, más
vividos, debiera haber sido una ayuda, no un impedimento. Podían haber
encontrado ustedes muchas soluciones. Pero dejemos eso por ahora. ¿Qué hubieran
podido obtener con este renunciamiento y esta resignación? ¿Acaso algo de mayor
valor que to dos esos dones?
—No
hay otro camino —dijo el señor Diemus—. La Tierra no nos acepta pero tenemos
que quedarnos. Tenemos que adaptarnos...
Sí,
por supuesto, tienen que adaptarse —dije—. Todos tienen que adaptarse cuando
las sociedades cambian. Esperar por lo menos a que lleguen otros que puedan
adaptarse mejor. Pero meterse en un agujero y ya no salir más... En fin, el
otro Grupo...
¡El
otro Grupo! —El señor Diemus empalideció y me miró con los ojos muy abiertos—.
¿Otro Grupo? ¿Hay acaso otros? —Se inclinó hacia adelante en su silla, con el
cuerpo en tensión—. ¿Dónde? ¿Dónde?
La
voz se le quebró en una nota aguda. Cerró los ojos y trató de dominarse. Le
temblaban los labios.
La
puerta del dormitorio se abrió y en el umbral apareció el doctor Curtís, con
los hombros encorvados. Miró al señor Diemus y luego a mí.
—Tendría
que estar en un hospital. Hay un hundimiento de la caja craneana y no sé qué
otra cosa. Quizás una lesión en el cerebro. Necesitamos rayos X y... y... — Se
pasó lentamente la mano por la cara joven y fatigada—. Francamente, no tengo
bastante experiencia como para ocuparme de un caso semejante. Necesitamos
especialistas. Si hubiera algún medio de transporte que no lo sacudiera
demasiado...
Meneó
la cabeza recordando la clase de terreno que se extendía entre nosotros y
cualquier otro sitio y entró otra vez en el dormitorio.
— Se
muere —dijo el señor Diemus—. Tenga usted razón o no, Abie se muere.
—Un
momento. Un momento —dije vislumbrando algo—. Déjeme pensar. —Retrocedí
rápidamente a mi dormitorio de estudiante, y al fin recordé.
—
¿Hay alguien en este grupo capaz de entrar en la mente de otro? —dije.
—No
—contestó el señor Diemus—. Hubo alguien que pudo haber tenido ese Don, pero lo
ha perdido.
— ¿Y
algún comunicador? ¿Alguien capaz de enviar o recibir?
—No
—dijo el señor Diemus, con la frente transpirada—. Hubo uno que pudo haber
sido, pero...
—
¿Entiende ahora? —lo acusé—. Se han privado de todo eso, ¿y qué han obtenido en
cambio? ¿Quiénes son los que hubieran podido? ¿Quiénes son?
—Yo
—dijo el señor Diemus como si esa palabra tuviese un sabor amargo—. Yo y mi
mujer.
Lo
miré confundida, preguntándome si el entrenamiento sería un factor decisivo.
¿Qué podíamos hacer con lo que teníamos?
—Escúcheme
—dije rápidamente—. Hay otro Grupo. Y ellos... ellos tienen... las Persuasiones
y los Designios. Karen ha intentando encontrarlos a ustedes, encontrar a
alguien del Pueblo. Me dijo... oh Señor, hace tantos años, espero que sea así
aún. Me dijo que todas las noches llaman al Pueblo. Si nosotros podemos oírlo,
si ustedes pueden oírlos y responder, los ayudarán. Sé que los ayudarán. Son
mucho más rápidos que un automóvil, más rápidos que un aeroplano, más seguros
que cualquier especialista...
—Pero
si el doctor nos descubre... —dijo el señor Diemus con una voz asustada y
temblorosa.
Me
puse bruscamente de pie.
—Buenas
noches, señor Diemus —dije volviéndome hacia la puerta—, y llámeme luego,
cuando muera Abie.
La
mano fría del señor Diemus me sacudió el brazo.
—
¡No entiende! —gritó—. Me enseñaron demasiado tiempo y con más fuerza que a
estos niños. Nunca nos atrevimos a imaginar una rebelión. Ayúdeme. ¡Ayúdeme!
—Busque
a su mujer —dije—. Búsquela y busque también a los padres de Abie. Llévelos al
bosquecillo. No podemos hacer nada aquí en la casa. Ha asistido a demasiados
renunciamientos.
Corrí
y caí de rodillas en la sombra, entre los árboles.
—No
sé qué hago —dije ocultando la cara en el hueco del brazo—. Tengo una idea,
pero no sé. Ayúdanos. Guíanos.
Abrí
los ojos cuando llegaban los otros cuatro.
—Le
dijimos que salíamos un rato a rezar —murmuró el señor Diemus.
Y
todos rezamos.
Luego
el señor Diemus comenzó a llamar con las palabras que yo le dictaba, en
silencio, pero tan intensamente que el sudor le bañó otra vez el rostro. Karen,
Karen, ven al Pueblo, ven al Pueblo. Los otros tres, alrededor, apoyaban los
esfuerzos del señor Diemus, sostenían su grito. Yo miraba las caras tensas, y
la mía se me crispaba, y el tiempo pasó mientras trabajábamos.
Luego,
lentamente, el señor Diemus respiró con más calma, se le distendió el rostro, y
yo sentí como si algo pasara rozándome apenas el cerebro.
—Recuerda
otra vez —murmuró la señora Diemus—. Ha encontrado el camino.
Y en
el momento en que el último rayo de sol se reflejaba en el cuarzo de la cima de
la loma, el señor Diemus extendió lentamente las manos y dijo con un alivio
profundo:
—Ahí
están.
Miré
a mi alrededor, sobresaltada, casi esperando ver cómo Karen descendía entre los
árboles. Pero el señor Diemus habló otra vez.
—Karen,
necesitamos ayuda. Uno de nuestro Grupo se está muriendo. Ha venido un médico,
un Extraño, pero no tiene el equipo ni la capacidad necesarios. ¿Qué hacemos?
Hubo
una pausa y yo sentí poco a poco algo nuevo. No podía saber exactamente qué
era. Algo que se desplegaba, que se abría. Una distensión. Las duras defensas
de los adultos de Bendo se desvanecían poco a poco.
—Sí,
Valancy —dijo el señor Diemus—. Es grave. No podemos ayudar porque...
La
voz del señor Diemus se apagó temblorosamente. El mensaje continuó sin palabras
y sentí otra vez miedo y desesperación.
—Os
esperamos entonces —dijo el señor Diemus—. Conocéis el camino.
Se
volvió hacia nosotros y vi en la oscuridad de los árboles la mancha pálida del
rostro.
—Vienen
—dijo y parecía sorprendido—. Karen y Valancy. Están tan contentas por habernos
encontrado. —Se le quebró la voz—. No estamos solos...
Me
alejé mientras las dos parejas se perdían en la oscuridad. Yo, de algún modo,
las había alejado de mí.
Regresé
a la casa sintiéndome realmente sola.
Descendieron
en la oscuridad del crepúsculo... los cuatro. Durante un breve instante me
asombró ser capaz de estar ahí, tranquilamente, mirando cómo cuatro adultos
descendían del cielo. Los cabellos arreglados, las ropas limpias sin huellas
del viaje. Y yo sabía que hacía un momento habían estado a centenares de
kilómetros sin conocer siquiera la existencia de Bendo. Pero toda impresión de
extrañeza desapareció cuando Karen me abrazó con alegría.
—Oh,
Melodye —dijo—, ¡eres tú! El señor Diemus me lo había dicho, pero yo no estaba
segura. ¡Oh, es tan bueno verte otra vez! ¿Quién le debe carta a quién?
Karen
se rió y se volvió hacia las otras tres figuras sonrientes.
—Valancy,
la Vieja de nuestro Grupo. —La cara radiante de Valancy mostraba que el título
de Vieja no tenía relación con la edad—. Bethie, nuestra Sensitiva. —La
muchachita rubia y delgada inclinó tímidamente la cabeza—. Y mi hermano Jemmy.
Valancy es su mujer.
—El
señor Diemus, la señora Diemus —dije—. Y el señor y la señora Peters, los
padres de Abie. Abie es nuestro enfermo, mi pequeño alumno.
Me
sentí angustiada de pronto pensando hasta qué punto yo estaba lejos de la
escuela en aquel momento. ¡Cómo me había apartado de la rutina diaria!
—
¿Qué hacemos con el doctor? —pregunté—. ¿Tendremos que decírselo?
—Sí
—dijo Valancy—. Podemos ayudarlo, pero no hacer el trabajo. ¿Es un hombre digno
de confianza?
Titubeé
recordando las pocas veces que yo lo había visto.
—Yo...
—comencé a decir.
—Perdóname
—dijo Karen—. Quise ahorrar tiempo. Entré en ti. Ya sabemos lo que sabes de él.
Confiaremos en el doctor Curtis.
Sentí
que un raro escalofrío me subía por la espalda. ¿Era posible que me hubieran
leído tan rápidamente el pensamiento? ¡Hasta el nombre del doctor!
Bethie
se movió nerviosamente y miró a Valancy.
—Pronto
tendrá convulsiones. Hay que darse prisa.
—
¿Estás segura de haber visto bien? —preguntó Valancy.
—Sí
—murmuró Bethie—. Si ahora conseguimos que el doctor... Si quisiera seguir...
—
¿Seguir qué?
La
voz profunda del médico nos sobresaltó a todos cuando apareció en la puerta del
porche.
Aterrorizada
por las dificultades de la tarea que nos habíamos impuesto, miré a Valancy y a
Karen preguntándome cómo convencerían al doctor. No dijeron nada. Miraron al
médico, y durante un rato los dos contuvieron el aliento. La luz de la puerta
iluminó el rostro sorprendido del doctor, que se volvió hacia Valancy. Se pasó
la mano por la cara, estupefacto, y al cabo de un momento me miró.
—
¿La ha oído usted?
—No
—admití—. No hablaba conmigo.
¿Conoce
usted a esta gente?
¡Oh,
sí! —exclamé, deseando apasionadamente que fuese cierto—. ¡Oh, sí!
— ¿Y
cree en ellos? —También.
—Pero
ella me dijo que Bethie... ¿Quién es Bethie?
El
médico miró alrededor.
—Ella
es Bethie —dijo Karen señalando a Bethie con un movimiento de cabeza.
—¿Ella?
El
doctor Curtis miró atentamente la cara tímida y hermosa. Meneó un rato la
cabeza y se volvió otra vez hacia mí.
—En
fin. Valancy me dice que Bethie puede descubrir en qué estado se encuentran
todas las partes del cuerpo de Abie y que es capaz de localizar las heridas sin
rayos X. ¡Sin equipo!
—Sí,
es cierto —asentí—. Si ellas lo dicen.
¿Y
está usted dispuesta a arriesgar la vida de un niño...?
Sí.
Ellas saben. Saben realmente. Y yo tragué saliva tratando de reprimir esa duda
que me apretaba el pecho.
—
¿Cree usted que son capaces de ver a través de la carne y los huesos?
—Quizá
no se trate de ver —dije sorprendida ante mis propias palabras —. Sino de saber
con un conocimiento firme y completo.
Miré
asombrada a Karen, que me respondió con un movimiento de cabeza casi
imperceptible. Sí, mis palabras nacían en ella.
El
doctor Curtís se volvió hacia los padres de Abie.
¿Y
están decididos a confiar en estas gentes?
Son
nuestro Pueblo —dijo el señor Peters con un orgullo sereno—. Yo mismo lo
operaría con una zapa si ellos me dijeran que es necesario.
—Oh,
nunca me he encontrado con nada más insensato... —El doctor se pasó otra vez la
mano por la cara—. Necesitaba de veras unas vacaciones, pero esto es ridículo.
Todos
nos quedamos escuchando el silencio de la noche, y yo por lo menos traté de oír
los latidos de los corazones ansiosos hasta que el doctor suspiró pesadamente.
—
Muy bien, Valancy. No creo una sola palabra. Por lo menos no debiera creerlo,
si no he perdido todavía el juicio. Pero ha empleado usted términos científicos
exactos, como si algo supiese... Bueno, habrá que hacerlo. La alternativa es
dejarlo morir. Dios se apiade de nosotros.
No
pude soportar la idea de encerrarme en mí misma, y encontrarme allí con mis
temores sombríos, de modo que caminé hasta la escuela, apretándome el abrigo,
demasiado liviano para protegerme del frío repentino de la noche. Llegué al
bosquecillo, rezando en silencio, y seguí hacia la escuela. Pero no fui capaz
de entrar. Los reflejos pálidos de las ventanas me estremecieron y volví otra
vez al bosque. No había allí tiempo, ni direcciones, ni luz, ni nada conocido.
Sólo una nube confusa de ansiedad y un cansancio final y helado que me arrastró
de vuelta a la casa de Abie.
Entré
en la cocina luego de haber buscado un rato el picaporte con manos entumecidas.
Me dejé caer en una silla inclinándome hacia la estufa de leña que brillaba en
la penumbra con una cálida luz roja, y me froté los dedos insensibles.
Sentí
que el calor me entraba en el cuerpo y empezaba a adormecerme cuando de pronto
alguien entró y dio un portazo. El doctor Curtis se apoyó de espaldas en la
puerta, con la mano aún en el picaporte.
—¿Sabe
usted qué hicieron? —exclamó como si se hablara a sí mismo—. ¿Qué me obligaron
a hacer? Oh, Señor. —Se acercó a la estufa y tropezó con mis piernas. Se sentó
en el suelo junto a mí tomándose la cabeza entre las manos—. Me obligaron a que
le operara el cerebro. Tuve que repararlo. Encontrar los circuitos nerviosos y
reconstruirlos. ¡Nadie puede hacerlo! Los daños en el cerebro son irreparables.
No es posible restablecer circuitos destruidos. Pero yo lo hice. ¡Lo hice!
Me
arrodillé junto a él y lo abracé tratando de consolarlo.
—Bueno,
bueno —le dije.
El
doctor se apretó a mí como un niño aterrorizado.
—
¡Sin anestesia! —gritó—. ¡Sin hemorragia! Ellos la pararon. ¡Las cosas
imposibles que hice con esos pocos instrumentos! Y el cerebro comenzó a curarse
allí mismo ante mis ojos. Nada era como debía ser.
—Pero
nada estuvo mal hecho —murmuré—. Abie se recuperará, ¿no es así?
—
¿Cómo puedo saberlo? —gritó el doctor Curtis de pronto, apartándose—. Nunca vi
nada parecido. Le reconstruí el cerebro y el niño respira todavía, ¿pero cómo
puedo saber?
—Bueno,
bueno —lo calmé—. Todo ha terminado ahora.
—
¡Nunca terminará! —El doctor trató de serenarse y los dos nos ayudamos a
ponernos de pie—. Una cosa como ésta no se olvida en toda la vida.
—Podemos
ayudarle a olvidar si usted quiere —dijo Valancy dulcemente desde la puerta—.
Podemos devolverlo a La Rodada y no recordará nada de esta noche, excepto que
hizo una visita agradable a Bendo.
—
¿Pueden? —El doctor volvió hacia Valancy una mirada interrogativa—. Pueden
—admitió.
—
¿Quiere usted olvidar? —preguntó Valancy. —Por supuesto que no —dijo el médico
secamente, y añadió en seguida—: Perdón, pero no estoy acostumbrado a hacer
milagros en el desierto. Aunque si lo logré una vez, quizá...
—
¿Ha entendido usted entonces? —preguntó Valancy sonriendo.
—Bueno,
no, pero si lo he hecho... si ustedes quisieran... Tiene que haber algún
modo...
—Sí
—dijo Valancy—. Pero tendría usted que trabajar con una Sensitiva, y Bethie es
todo lo que tenemos ahora.
—
¿Entonces es cierto lo que he visto, lo que ustedes me dijeron acerca de la
Morada? ¿Son ustedes extraterrestres?
—Sí
—suspiró Valancy—. Por lo menos nuestros abuelos lo eran. —Sonrió—. Pero
estamos aprendiendo a adaptarnos a este mundo. Algún día... algún día seremos
capaces... —Cambió bruscamente de tema—. Usted comprende, por supuesto, doctor
Curtís, que preferimos que no hable usted con nadie de Bendo o de nosotros.
Tenemos que ser común para los Extraños.
El
doctor rió brevemente.
—
¿Alguien me creería si hablase?
—Quizá
no, quizá sí —dijo Valancy—. Quizá lo suficiente como para que la gente
empezara a curiosear. Y eso ya sería demasiado. Estamos aquí en una situación
precaria y tardaremos mucho en borrar...
Valancy
calló, y comprendí que había elegido el camino de los pensamientos para
informar al doctor acerca de los problemas locales. ¿Cuánto tiempo dura un
pensamiento? ¿Cuánto tiempo se necesita para pensar en el infierno y en el
cielo? Pasó ese tiempo y luego el doctor parpadeó y suspiró.
—Sí
—dijo—, tardarán mucho.
— Si
quiere —dijo Valancy—, puedo bloquear en usted la capacidad de hablar de
nosotros.
—No
es necesario —replicó el doctor—. Puedo censurarme yo solo, gracias. Valancy
enrojeció.
—Perdón.
No tuve intención de molestarlo.
—No
es nada —dijo el médico—. Estoy un poco nervioso esta noche. Qué día, Señor.
—
¿No es cierto? —comenté sonriendo.
En
seguida, asombrada, sentí que las lágrimas me corrían por las mejillas y me las
sequé con el dorso de la mano. Reí, embarazada, sin poder contenerme. La risa
se convirtió pronto en sollozos y me avergonzó de veras oírme llorar como un
niño. Tomé las manos fuertes de Valancy hasta que de pronto me deslicé en una
oscuridad bienvenida y cálida donde ya no había pensamientos, ni temor ni
necesidad de creer en nada desagradable, sino sólo sueño.
Fue
un año mágico que pasó aleteando rápidamente, y los días feriados desfilaron
como postes de telégrafo a lo largo de una vía férrea. La Navidad fue
particularmente mágica, pues mis ángeles volaban realmente y la gloria brillaba
también alrededor, y las niñas habían tejido las vestiduras angélicas con rayos
de sol. Y Rudolph, el reno de nariz roja, con cuernos de cartón que no querían
sostenerse derechos, caminó realmente y dio una vuelta por el cuarto. Y cuando
nuestra María y nuestro José se inclinaron en éxtasis sobre la cuna, con caras
serias y atentas al milagro, sentí de pronto que veían realmente, que se
arrodillaban realmente junto a la cuna de Belén. Los meses volaron y Bendo
floreció maravillosamente. Hubo risas y bromas y hasta las casas se adornaron
con colores sutiles. La vegetación creció donde antes sólo había rocas, y en el
cauce seco apareció un tímido hilo de agua. Me explicaron que no era posible
apresurarse, pues a la gente le parecería muy raro que el arroyo reapareciese
de la noche a la mañana. Aun los toscos escalones que llevaban a las casas se
cubrieron de vegetación, pues se los usaba muy poco ahora, y yo ya estaba
acostumbrada a ver que los niños llegaban a la escuela como una bandada de
pájaros brillantes jugando entre las copas de los árboles. Yo me había adaptado
con asombrosa facilidad a todas las cosas increíbles que el Pueblo hacía a mi
alrededor, y me alegraba que me hubiesen aceptado de un modo tan completo. Pero
sentía siempre que se me encogía el corazón cuando los niños me escoltaban a la
salida de la escuela, pues entonces tenían que caminar.
Sin
embargo, todas las cosas tienen un fin, y una tarde de mayo me quedé mirando el
cajón superior de mi pupitre, el único que no había limpiado aún, preguntándome
qué haría con todas las cosas inútiles que yo había acumulado. Pero yo no
miraba realmente el contenido del cajón. Un fatigado vacío me doblaba los
hombros y me pesaba en la mente.
—No
es justo —murmuré en voz alta— mostrarme el cielo y luego arrebatármelo.
—Algo
parecido le ocurrió a Moisés, ¿no es cierto?
Me
sobresalté bruscamente volcando la caja que tenía en la mano y desparramando
por el suelo unos broches de papel y unas tachuelas.
—
¡Bueno, qué sorpresa! —exclamé enderezando la caja—. ¡Doctor Curtis! ¿Qué hace
usted por aquí?
—De
regreso en la escena del crimen. —El doctor sonrió y atravesó el umbral—. No
podía dejar de pensar en Abie. No podía creer que hubiera sobrevivido a...
llamémosle ese trabajo de reparación. Tuve que venir a verlo, y lo haré cada
vez que pase por aquí cerca.
—Pero
está curado.
—Totalmente.
Tuve que pescarlo en la copa de un árbol para examinarlo. —El doctor se encogió
dramáticamente de hombros y se rió—. ¡Cuando vi cómo bajaba se me heló la
sangre! Pero apenas se le ven las cicatrices.
—Sí
—dije recogiendo una tachuela y pinchándome el dedo—. Lo miré anoche. Me voy
mañana, ¿sabe usted? — Me observé atentamente las manos—. Aún me falta arreglar
esto.
—Es
difícil, ¿no es verdad? —dijo el doctor, y los dos supimos que no hablaba de
arreglos.
—Sí
—dije serenamente—. Muy difícil. La Tierra me pesa cada día más.
—Yo
también advierto eso desde hace un tiempo. Pero usted tiene por lo menos la
satisfacción de...
Me
moví, incómoda, y me reí.
—Bueno,
dicen que quienes saben hacen, y quienes no saben enseñan.
—
¡Hum! —dijo el doctor no muy convencido. Sentí que me miraba, y dando media
vuelta me puse a buscar una caja mejor para guardar los broches.
La
voz del doctor me llegó desde las cercanías de la ventana.
—
¿Asistirá a algún curso de verano?
—No
—dije prudentemente—. No. Juré al graduarme que para mí se habían terminado los
estudios. Al menos esos de venga—todos—los—días—y—aprenda algo.
¡Hum!
—Había diversión en la voz del doctor—. Lástima. Yo seguiré un curso este
verano. Pensé que quizás a usted le gustaría ir también.
¿Dónde?
—le pregunté sorprendida, mirándolo al fin.
—Cursos
de verano de Cougar Canyon —dijo el doctor sonriendo—. Muy privados, por
cierto.
—
¡Cougar Canyon! Pero si ahí es donde Karen... —Exactamente —dijo el doctor—.
Ahí es donde vive el otro Grupo. Vengo de allá. Karen y Valancy quieren que
vayamos los dos. ¿Se opone usted a ser sujeto de una experiencia?
—No,
por supuesto —exclamé, y añadí en seguida prudentemente—: ¿Qué experiencia?
Unos
cerebros seccionados desfilaron ante mis ojos.
El
doctor se rió.
—Nada
tan espantoso como usted se imagina, quizá. — Se sentó en mi pupitre, serio
otra vez—. He estado en Cougar Canyon un par de veces tratando de descubrir de
qué modo podría yo utilizar a Bethie cuando me encontrase con un caso como el
de Abie. Valancy y Karen desearían entrenar a Extraños —el doctor torció la
boca—, es decir desearían entrenarnos a nosotros y ver hasta qué punto pueden
transmitirnos sus Dones mediante ejercicios repetidos. Sabe usted que Bethie es
en parte una Extraña. Sólo la madre era del Pueblo.
El
doctor me observaba con atención.
—Sí
dije distraídamente, sintiendo que la cabeza me daba vueltas y vueltas—. Karen
me lo contó.
—Bueno,
¿quiere probar? ¿Quiere ir?
—
¡Si yo quiero ir! —grité, metiendo de prisa los broches en una caja de bandas
de goma—. ¿Cuándo salimos? ¿Dentro de media hora? ¿Dentro de diez minutos?
¿Dejó el motor del auto encendido?
El
doctor me tomó por los brazos y me miró gravemente a los ojos.
—No
creo que debamos hacernos muchas ilusiones —dijo serenamente—. No me
sorprendería que esos conocimientos no puedan transmitirse...
Lo
miré también gravemente sintiendo un nudo en el corazón.
—Escúcheme
—dije lentamente—, si usted tuviese hambre, un hambre insaciable, atroz, y
ningún dinero, y se encontrase de pronto ante el escaparate de una panadería,
¿qué haría usted? ¿Volverse de espaldas? ¿O apretaría la nariz contra el vidrio
para regalarse por lo menos los ojos? Sé lo que haría yo.
Busqué
mi chaqueta.
—Además,
nunca se sabe —continué—. La puerta de la panadería puede entreabrirse
quizás... algún día...
—Me
gustaría hablar con ella un minuto —le dijo Lea a Karen cuando los murmullos de
la gente se apagaron del todo—. ¿Puedo?
Claro,
sí —dijo Karen—. Melodye, ¿tienes un minuto?
¡Oh,
Karen! —Melodye retrocedió entre las filas de pupitres hasta el rincón de Lea—.
¡Fue maravilloso! Sentí que lo vivía todo como la primera vez, sólo que de
algún modo yo sabía lo que iba a venir. Pero aun así se me heló la sangre
cuando Abie... —Se estremeció—. ¡Señor! ¡Qué día aquél!
—Melodye
—dijo Karen—, ésta es Lea. Quiere hablar contigo.
—Hola,
amiga Extraña —sonrió Melodye—. He estado esperando el momento de conocerte.
—
¿Cree usted...? —Lea titubeó—. ¿Todo eso ocurrió de veras?
—Por
supuesto —dijo Melodye—. Puedo mostrarte mis cicatrices, mentales, claro, del
tiempo en que trataba de aprender a levitar. —Se rió—. No necesitas explicarme
tus dudas. Hay momentos en la madrugada en que yo tampoco puedo creerlo. —Se
puso seria—. Pero es cierto. El Pueblo es el Pueblo.
—Y
aunque una no pertenezca al Pueblo —Lea titubeó—, ¿pueden ellos... pueden ellos
ayudar de algún modo? No me refiero a algo roto, a nada visible...
Lea
se sintió de pronto avergonzada y al descubierto, como si la hubieran
sorprendido tendiendo una negra hilera de pecados al sol de la mañana. Apartó
los ojos.
—Pueden
ayudar. —Melodye tocó levemente el hombro de Lea—. Y ellos nunca juzgan, Lea.
Arreglan lo que es necesario arreglar y dejan que Dios juzgue.
Melodye
se alejó.
—
Quizá —se quejó Lea— si yo hubiese cometido enormes pecados tendría algo grande
que hacerme perdonar y empezar así de nuevo, pero todas esas naditas tontas...
—Todas
esas naditas tontas que juntas hacen una terrible desesperación —dijo Karen—. Y
qué es la desesperación sino estar separado de la Presencia...
—Entonces
el Pueblo cree que hay...
—Quizás
hayamos perdido nuestra Morada —dijo Karen con firmeza—, y todos nosotros somos
exiliados si quieres mirarlo así, pero no hay una galaxia suficientemente vasta
para separarnos de la Presencia.
Más
tarde, esa noche Lea se sentó de pronto en la cama. — ¿Karen?
—¿Sí?
—La voz de Karen llegó inmediatamente desde la oscuridad aunque Lea sabía que
ella estaba abajo en el vestíbulo.
—¿Estás
todavía protegiéndome... de lo que sea?
—No
—dijo Karen—. Quité las defensas esta mañana.
—Eso
me pareció. —Lea aspiró una trémula bocanada de aire—. Ha desaparecido del
todo, como si nunca hubiese existido, pero no sé todavía dónde estoy o adonde
voy. Espero y nada más. Y si espero bastante volverá de nuevo, estoy segura.
Karen, ¿qué puedo hacer para... no estar donde estoy ahora cuando el dolor
vuelva?
—Ya
estás trabajando en eso ahora —dijo Karen—. Y si el dolor vuelve, aquí estamos
para ayudarte. Nunca será tan impenetrable como antes.
—
¿Cómo es posible? —murmuró Lea—. ¿Cómo es posible que yo haya pasado por algo
tan negro y haya sobrevivido? ¿Cómo puede repetirse otra vez? —Lea se tendió de
nuevo en la cama, suspirando. Al cabo de un rato llamó, somnolienta—: ¿Karen?
—¿Sí?
¿Quién
era ese hombre de la laguna?
¿No
lo sabes? —La voz de Karen sonreía—. ¿No has mirado alrededor?
¿De
qué me hubiera servido? No puedo recordar cómo era. Hace tanto tiempo que no
presto atención a nada... y además ese desmayo. Pero me trajo de vuelta a la
casa, ¿no es así? Tienes que haberlo visto.
¿Tengo
que haberlo visto? —bromeó Karen—. Quizá podamos arreglar que te lleve en
brazos de nuevo. «Cuando los ojos olvidan, los brazos recuerdan.» —Hay algo que
no está bien en esa cita —dijo Lea adormilada—. Pero lo dejaremos por ahora.
Le
pareció a Lea que acababa de deslizarse bajo las aguas del sueño cuando oyó a
Karen.
¿Qué?
—exclamó Karen—. ¿Ahora? ¿No mañana?
¡Karen!
—llamó Lea, buscando a tientas en la oscuridad la llave de la luz—. ¿Qué pasa?
¿Qué
pasa? —Karen rió y entró por la ventana, girando y volviéndose en el aire.
—
¡Nada pasa! ¡Oh, Lea, ven y alégrate con nosotros! Tomó las manos de Lea y la
alzó sobre la cama.
¡No,
Karen, no! —gritó Lea y los pies desnudos se le curvaron como apartándose del
aire, que parecía lamerlos. El terror le afinaba la voz — . ¡Bájame!
¡Oh,
lo siento! —dijo Karen soltándola y dejándola caer con suavidad sobre la cama,
y moviéndose de nuevo ella misma a través del cuarto en una espuma de frunces
de camisa de dormir—. ¡Oh, regocíjate, regocíjate en el Señor!
¡Pero
qué ocurre! —gritó Lea de pronto asustada, asustada de algo que quizá podía
cambiar las cosas. El vasto vacío comenzó a ahuecarse en ella. La negrura era
una nube del tamaño de una mano en el horizonte distante.
¡Valancy!
—gritó Karen lanzándose otra vez por la ventana—. ¡Tengo que vestirme! ¡Ha
llegado el bebé!
¡El
bebé! —Lea se sentía confundida—. ¿Qué bebé?
¿Hay
algún otro bebé? —La voz de Karen volvió flotando, apagada—. El bebé de Valancy
y Jemmy. ¡Está aquí! ¡Soy tía! Ahora estoy de veras en camino de convertirme en
una antepasada. Me parecía que este momento no llegaría nunca. ¡Es una niña!
Por lo menos Jemmy dice que cree que es una niña. ¡Está tan excitado que podría
ser una niña y un niño, y aun trillizos! Bueno, tan pronto como Valancy
vuelva...
Karen
regresó al cuarto por la puerta, cepillándose el pelo con movimientos rápidos.
¿A
qué hospital ha ido? —preguntó Lea—. ¿No es éste un sitio bastante aislado de
todo?
¿Hospital?
Oh, ninguno, por supuesto. Está en su casa.
—Pero
dijiste que cuando ella volviera... Sí. Lleva tiempo traer una nueva vida desde
la Presencia. Es un viaje bastante largo.
¡Pero
no noté nada! —exclamó Lea—. Valancy estaba allí anoche y no recuerdo...
—No
has notado mucho de nada en los últimos tiempos —dijo Karen, gentilmente.
—
¡Pero algo tan obvio! —protestó Lea.
—El
caso es que el bebé ha llegado, y es el bebé de Valancy... con alguna ayuda de
Jemmy... ¡Claro que ella no ha estado llevándolo de un lado a otro en una bolsa
junto con las agujas y el tejido!
»
¡Muy bien, Jemmy, allá voy, no desmayes!
Karen
se precipitó fuera del cuarto, sin tocar el piso, olvidando el cepillo del pelo
que quedó balanceándose en el aire y al fin salió lentamente por la puerta,
flotando hacia el pasillo.
Lea
se tendió de nuevo en la cama, acurrucándose. Un bebé. Una vida nueva. Me había
olvidado, pensó. Nacimientos y muertes han continuado como siempre. El mundo
está todavía ahí, marchando como de costumbre. Pensé que se había detenido sólo
para mí. Perdí el invierno. Perdí la primavera. Ya habrá llegado el verano.
Piénsalo un momento. Hay gente para quienes mis días más negros han sido
jornadas de gozosa anticipación, ¡joyas brillantes desprendidas de las hebras
del tiempo! Y yo he estado dando vueltas y vueltas como un asno al— rededor de
una estaca, tironeando de una cuerda que me apretaba cada vez más...
Lea
se enderezó de pronto sobre la cama, desanudándose, como si fuera a volar. La
oscuridad se derramó como una corriente pesada entrando por la puerta, bajando
del cielo raso, subiendo desde el piso.
¡Karen!
—gritó Lea sintiendo que caía otra vez en las tenazas de una nada ilimitada,
que era ella misma.
¡No!
—chilló entre dientes—. ¡No esta vez! —Se volvió cara abajo en la cama,
aferrándose a la almohada con las dos manos—. ¡Ayúdame! ¡Ayúdame! —Haciendo un
esfuerzo casi físico cambió el rumbo de sus pensamientos—. El bebé, un nuevo
bebé, que llora. ¿Lloran los bebés del Pueblo? Seguramente, pues tienen que
dejar la Presencia para venir a la Tierra. El bebé, unas manilas que se cierran
apretadas, unos ojos que se cierran apretados. Talco y franelas y piececitos
que se encorvan. Puedo tenerlo en brazos. Mañana lo tendré en brazos. Y sentiré
la continuidad de la existencia, la eterna venida de Dios al mundo. Duerme,
bebé, duerme. El Padre guarda Sus ovejas. Un nuevo bebé. Deditos rojos que me
aprietan el dedo. Un bebé, el bebé de Valancy...
A la
hora del alba, Lea se había dormido, la cara cada vez más serena, saliendo de
la agonía de la noche oscura, con una expresión que era casi de triunfo.
Esa
noche Karen y Lea caminaron entre las sombras hacia la escuela. El aire era
límpido y tranquilo, y las voces y las risas lejanas resonaban alrededor.
—Espera,
Lea. —Karen le hacía señal a alguien—. Ahí viene Santhy. En estos días está
aprendiendo a levitar. Apuesto que la madre no sabe que está todavía levantada.
Karen
rió entre dientes y Lea observó asombrada a la diminuta criatura de cinco años
que se acercaba describiendo pequeños arcos abruptos; las falditas cortas
ondeaban y caían cada vez que ella subía y bajaba.
—Pone
demasiado empeño y le costaría menos caminar —dijo Karen en voz baja—, pero
está tan orgullosa de sí misma. Esperémosla. Quiere unirse a nosotras.
Lea
alcanzaba a ver ahora la expresión decidida y grave de Santhy y casi podía oír
los gruñiditos con que dejaba el suelo. Al fin la niñita aterrizó
trastabillando junto a Lea. Lea la sostuvo, agachándose, abrazándola con
dulzura.
—Tú
eres Lea —dijo Santhy sonriendo tímidamente.
— Sí
—dijo Lea—. ¿Cómo lo sabes?
—Oh,
todos te conocemos. Pedirnos a Dios por ti en las oraciones de la noche.
Lea
se quedó desconcertada.
—Oh.
—Te
traje algo —dijo Santhy, la mano metida en un bolsillo abultado—. Es de la
fiesta que tuvimos por el nuevo bebé. A mí no me importa que seas una Extraña.
Te vi caminando por el arroyo y eres hermosa. —Sacó la mano del bolsillo y puso
en la palma de Lea un objeto azul verdoso que brillaba pálidamente—. Es un
kumatka —murmuró—. No dejes que mamá lo vea. Me lo dieron para que lo comiese,
pero yo tenía dos.
Santhy
abrió los brazos y se elevó ante las narices de Lea.
—Un
kumatka —dijo Lea enderezándose y extendiendo la mano y mirando con curiosidad
el resplandor que aumentaba en el crepúsculo.
Sí
—dijo Karen—. En realidad no debiera habértelo dado. Está prohibido mostrarlo a
los Extraños, sabes.
¿Tengo
que devolverlo? —preguntó Lea, preocupada—. ¿Puedo conservarlo aunque yo no sea
del Pueblo?
Karen
la miró seriamente un momento y luego sonrió.
—Puedes
conservarlo, o comértelo, aunque probablemente no te guste. Sabe a sonidos de
música. Pero no es necesario que lo devuelvas.
La
mano de Lea se cerró suavemente sobre el kumatka y las dos muchachas se
volvieron hacia la escuela.
—Hablando
de pertenecer al Pueblo —dijo Karen—,hoy es el tumo de Dita. Ella sabe mucho de
pertenecer y no pertenecer.
—Me
pregunto sobre esta noche. No estarán todos. Quiero decir no vendrá Valancy...
Subieron
los escalones y Lea se protegió los ojos contra la luz brillante que venía de
la puerta abierta.
—Oh,
ella no se lo perderá —dijo Karen—. Escuchará desde la casa.
Eran
los últimos en llegar. La invocación había concluido y Dita ya estaba sentada
detrás del pupitre, las manos juntas y tranquilas frente a ella.
—Valancy
—dijo—, ya no falta nadie. ¿Estás lista?
—Oh,
sí. —Lea pudo sentir la respuesta de Valancy—. Nuestro Bebé duerme ahora.
El
Grupo se rió de la mayúscula en la voz de Valancy.
—Los
bebés no se inventan —rió Dita.
—
Ja! —Respondió triunfalmente la voz de Jemmy—. ¡Este lo inventamos!
Lea
miró alrededor la gente que se reía. Son felices, pensó. En un mundo como éste
son todavía felices. ¿Cuál es la razón del milagro? Observó al Grupo mientras
Dita comenzaba a hablar y pensó que quizás aquella era la respuesta. Cuando
cualquiera de ellos lloraba, los otros oían... y escuchaban. No sólo con los
oídos sino también con los corazones. No importa quien llore, se dijo. Siempre
hay alguien que escucha...
—Mi
tema —dijo Dita muy seria— es breve... pero, oh, expresa mi dolor de entonces.
«Y tus niños errarán en el desierto.» —Apretó las manos juntas—. Yo era una
criatura errante aquel día...
DESIERTO
Bueno,
¿cómo espera que Bruce atienda a la ortografía cuando está tan preocupado por
su padre?
Hojeé
las hojas del dibujo de mis jóvenes alumnos, esperando encontrar alguna menos
prosaica.
La
señora Kanz alzó los ojos de las pruebas de ortografía.
¿Preocupado
por su padre? ¿Por qué lo dice?
Bueno
está casi enfermo pensando que su padre no volverá esta vez. —Puse cabeza abajo
el dibujo y lo miré de nuevo—. Pensé que usted conocía los secretos de todos
—añadí para tranquilizar a la señora Kanz—. Me ha contado usted tantas cosas
estas tres semanas que no me siento realmente una recién llegada.
Suspiré
y enderecé el dibujo. Era aún un árbol con seis manzanas.
La
señora Kanz parecía todavía molesta.
—Pues
yo ignoraba que Stell y Mark no se entendiesen.
—Hubo
una escena terrible la noche de la partida —dije—. Bruce estaba medio muerto de
miedo.
La
señora Kanz me miró entornando los ojos.
—
¿Cómo lo sabe? Usted todavía no conoce a Stell, y Bruce no dijo una sola
palabra esta semana, excepto sí o no.
Suspiré
largamente.
Oh,
no, pensé. No tan pronto. ¡No tan pronto!
—Oh,
me lo contó un pajarito —dije animadamente, moviendo mis papeles para ocultar
el temblor que me sacudía las manos.
—
¿Un pajarito? Por favor. Se lo habrá oído a Marie, aunque no sé cómo ella...
—Quizá
—dije—. Quizá. —Junté de prisa mis hojas—. Caramba. El recreo ya está
terminando. Tengo que adelantarme a esos demonios.
Los
viejos peldaños sonaron a hueco bajo mis pies apresurados, pero yo me sentía
todavía más hueca.
Sólo
tres semanas y ya casi me había traicionado. ¿Cómo podía acordarme? Además, el
niño no era de mi clase. Yo no tenía por qué saber nada de él. Lo había visto
inclinado sobre el libro de lectura tan silenciosamente, durante tanto
tiempo... y yo al fin había mirado, pero apenas un poco...
Al
pie de las escaleras, la ola de niños que llegaba del patio me inundó hasta la
cintura. Aliviada, dejé que me arrastraran a la clase.
Esa
tarde me apoyé de espaldas en el borde de la ventana y miré mi clase tranquila.
Quiero decir que no había idas y venidas por el aula, pero cada uno de los
niños zumbaba a su modo, con las infatigables dínamos de los jóvenes, esos
pensamientos casi siempre inarticulados de los niños felices. Todos menos
Lucine, una niña de doce años que zumbaba brevemente ante un estímulo y
callaba, zumbaba otra vez y callaba. Había algo desconectado en ella, y eso se
notaba también en su mirada vacía e inexpresiva.
Suspiré,
di la espalda a mis alumnos y dejé que mis ojos subiesen por la pendiente de la
meseta Negra que dominaba la escuela, tratando de olvidar, tratando de olvidar
por qué me había escapado —alejándome casi ochocientos kilómetros—, tratando de
olvidar todo aquello que amenazaba mi cordura, todo lo que podía arrancarme a
la realidad y dejarme a la deriva... ¿A la deriva? Oh, esplendor. Poder
liberarme. ¡Liberarme! Metí los dedos en la tela de alambre que protegía el
borde inferior de la ventana y tironeé. Las uñas chillaron y el viejo alambre
cedió, y sentí la mordedura seca y ácida del polvo, y estornudé.
Me
senté en mi escritorio y busqué mi pañuelo y estornudé otra vez tratando de
ignorar esas punzadas y tirones demasiado conocidos. Aquella pequeña torpeza me
había agrietado la apretada coraza protectora. Todo lo que yo había apartado
tan resueltamente estaba empujando y tratando de salir...
Hice
pasar con tanta rapidez a los niños de la lección de ortografía a la de
aritmética que Lucine se contuvo precariamente al borde de las lágrimas hasta
que empezó a funcionar de nuevo y comprendió dónde estábamos.
—Atiende,
Petie —dije tratando otra vez de horadar la pared que Petie había levantado
contra los nombres de los números—, éste es el signo del dos, pero éste es el
nombre del dos...
Después
que se fueron los autobuses escolares guardé rápidamente mis cosas y descendí
la pendiente empinada de la loma donde se elevaba el deteriorado edificio
escolar y caminé por las vías del tren hasta la casa de pensión. Mirando
atentamente donde ponía los pies, pero sin perder de vista los rieles
brillantes a uno y otro lado, me entretuve en contar mis pasos entre los viejos
edificios. Si mantenía la cabeza ocupada con algo, quizá pudiese alejar a los
fantasmas que me acosaban.
Me
detuve brevemente en la pensión para dejar mis cosas y luego seguí mi camino a
lo largo de la vía férrea hasta el pequeño valle, atravesé el puente
destartalado que ya nadie usaba, y empecé a remontar la colina, disfrutando
intensamente cuando tenía que trepar con el cuerpo inclinado, apoyándome en
cualquier parte, y sintiendo cómo se me desentumecían los músculos, se me
aceleraba el corazón, y el aire de los pulmones me golpeaba la garganta.
Jadeando,
me tomé de un matorral de manzanitas y alcancé la cima. Me acurruqué allí, en
el afloramiento de esquistos, al pie de la enorme chimenea de ladrillos,
abrazada a mis piernas y apoyando la mejilla en las rodillas. Cerré los ojos y
dejé que el sol de las últimas horas de la tarde rne empapara el cuerpo. Si
esto pudiese ser todo, pensé tristemente. Si una no necesitase hacer otra cosa
que sentarse al sol y absorber calor. Sólo ser, sin preguntas.
Durante
un largo y venturoso momento dejé que esto fuera todo. Pero al fin el asalto
comenzó otra vez. Sentí que la primera gota lenta se me metía en el cuerpo por
la grieta de la armadura. Conté postes de teléfono. Recité tablas de
multiplicar hasta que me descubrí diciendo: seis por nueve, noventa y seis.
Abandoné entonces y abrí las esclusas de par en par.
Es
siempre así, le gritó una parte de mí misma a todo el resto. Hiciste una
promesa. Hiciste una promesa y ahora cedes otra vez... luego de tanto tiempo.
Podría
prometer también que no respiraré más, repliqué. Pero esto es estar loca, lo
sabes. ¡Todos lo saben!
De
cualquier modo soy siempre yo, grité en silencio. Yo. ¡Yo! Basta de
discusiones, dijo otra parte de mí. Esto es demasiado serio para pelearse. Sí,
tenemos problemas.
Arranqué
una rama de manzanita y limpié el suelo de grava, descubriendo un viejo clavo
cuadrado y un pedazo de vidrio verde. Tomé la rama con la otra mano, alcé el
clavo y lo limpié con el pulgar. Estaba cubierto de herrumbre, pero era muy
fuerte y pesado. Me pregunté qué habría sostenido en otro tiempo, y si la mano
que lo había clavado sería polvo ahora, y qué cargas habría tenido que soportar
aquel hombre...
Tiré
a lo lejos la rama e inclinándome hacia adelante tracé una marca en el suelo
con el clavo. Todo esto era un inventario terriblemente familiar, y yo me lo
había repetido tantas veces, tratando de simplificar este complicado problema,
que caía automáticamente en los mismos pensamientos.
Primer
punto. ¿Estaba yo realmente loca, o volviéndome loca, o en camino de volverme
loca? Así parecía. La otra gente no veía sonidos. Ni gustaba colores. Ni sentía
las emociones de los demás como cosas vivas. La carne no era para ellos un
apretado chaleco de fuerza. No creían sino a medias que la muerte pudiera
desembarazarlos de ese fardo.
Pero
sin embargo, me dije, vivo en sociedad y no echo espuma por la boca. No actúo
como una demente, y mientras me vigile la lengua no parezco demente.
Reflexioné
un instante y dibujé una marca en el suelo. Creo que estoy cuerda... hasta
ahora.
Segundo
punto. ¿Qué me pasa entonces? ¿Dejo que la imaginación me arrastre? Hice unos
agujeros alrededor de mi segunda marca. No, era algo más, algo que estaba más
allá de la simple imaginación, algo más allá de... ¿qué?
Crucé
la segunda marca con otra dibujando una X.
¿Qué
haré entonces? ¿Seguiré así, luchando como hasta ahora? Negaré y negaré hasta
que un día... Me estremecí recordando el pánico ciego y la huida que me había
traído a Kruper y sentí que perdía toda posible alegría.
Borré
las dos marcas y oculté la cara otra vez en las rodillas y esperé a que la
marea oscura del miedo subiera en espumas de desesperación, sumergiéndome.
Siempre ocurría lo mismo. ¿Quería yo realmente hacer algo? ¿Debería detener
todo esto con un acto de voluntad? ¿Podría detenerlo? ¿Deseaba detenerlo?
Me
puse de pie y corrí alrededor del cañón de la chimenea enorme, buscando una
entrada. Mis pies gritaban no, no, sobre la grava. Mi agitada respiración
gritaba no, no, mientras yo me deslizaba resbalando por la escarpada pendiente.
Me escurrí al fin en el interior sombrío de la chimenea y me apreté contra los
ladrillos gastados y negros mientras mis músculos en tensión gritaban no, no.
—
¡No! —grité en el silencio perturbado por el viento, y mi grito subió y resonó
en la oscuridad de allá arriba, y casi pude ver cómo ascendía por la chimenea
hacia el disco pálido del cielo.
¡Podría!,
grité dentro de mí, desafiante. Si no tuviese miedo podría subir como ese grito
y estallar en el cielo como un fuego de artificio, y no sentiría nunca más,
nunca más, el peso del mundo.
Pero
la pesada carga de la raza me ataba las rodillas y los codos mostrándome la
realidad del mundo. Me eché a llorar débilmente apoyándome en la pared curva y
rugosa. La sal de las lágrimas me quemó las mejillas arrancándome a mi
rebelión. ¿Llorando? ¿Gimiendo contra el viejo muro de una fundición a causa de
un sueño? Excelente actitud en una maestra responsable.
Me
enjugué las mejillas con un pañuelo y sonreí al verlo sucio de hollín. Sería
mejor que volviese al hotel y me lavara la cara antes de sentarme ante la
inevitable sopa de ajo.
Salí
trastabillando a las aguas rojas del crepúsculo y descendí por el sendero
tortuoso que no había querido tomar para llegar a la cima. Me hundí rápidamente
en las sombras de los álamos que bordeaban el arroyo al pie de la colina. Aquí,
donde nadie podía verme, donde ninguna lengua chasquearía reprobando mi indigna
conducta, eché a correr, diciéndome que me escapaba, me escapaba dejando todo
atrás. Quizá con bastantes lágrimas y corriendo con bastante rapidez podría
ganarme una noche sin sueños.
Llegué
al sitio donde el peñasco de granito rosa se unía al camino, y de pronto un
golpe me hizo trastabillar. Había chocado con alguien. Antes que yo pudiera
verlo, me ayudó a levantarme y me dejó sola otra vez en la oscuridad.
Me
froté suavemente la nariz.
—Bueno
—dije en voz alta—, es un modo tan eficaz como cualquier otro de sacarme de la
cabeza tantas tonterías.
Me
pregunté inmediatamente si esto de hablar sola no sería un signo de
desequilibrio.
Cuando
salí de las sombras del bosque, me volví y miré la cima de la loma. La chimenea
era una silueta negra en el cielo, sobre las ruinas de la fábrica. Tenía una
belleza desolada, y la contemplé un instante.
De
pronto vi otra sombra allí arriba. Alguien había salido de detrás de la
chimenea, una figura iluminada por la luz del horizonte.
Pensé
un momento si el sonido de mi pena no resonaría aún en la chimenea, y en
seguida me di vuelta, avergonzada. La criatura que estaba allí arriba no sería
tan insensata como para ponerse a escuchar los sonidos de unas viejas penas.
Aquella
noche, a pesar de mi carrera de la tarde, apenas alcancé a deslizarme bajo una
delgada película de sueño, y durante un tiempo que no acababa nunca busqué algo
que me arrastrara a un olvido completo. Luego sentí la punzada y los tirones
familiares, y me arrojé al sueño, sin esperanzas, impetuosamente, a ese sueño
que había llegado a ahogar en mí.
No
hay palabras que puedan describir mi sueño. Fue para mí, como siempre, la
alegría de un nacimiento, una expansión del alma, una libertad sin límites, una
cálida posesión. Me abracé a mi emoción —oh, tan apretadamente— sabiendo que de
pronto despertaría...
Y el
despertar llegó, derribándome, envolviéndome en la carne, quitándome la
alegría, limitándome el alma, cerrándome el cielo, y abandonándome en el
resplandor acuoso de la mañana, tan abatida otra vez que no me sentía con
fuerzas para abrir los ojos.
Acostada,
con el cuerpo rígido bajo el peso de las mantas, junté todos los fragmentos de
mi sueño en un nudo pequeño y duro que guardé en el rincón más oculto de la
conciencia. Quédate ahí, quédate ahí, quédate ahí.
Me
decidí al fin a desayunar y bajé al comedor de la pensión. Yo era la única
pensionista mujer y siempre me desconcertaba un poco entrar en el comedor, pues
todas las manos y todas las mandíbulas se inmovilizaban entonces esperando a
que yo encontrara un sitio libre, y luego volvían juntas a su trabajo como a
una voz de orden. Pero esta mañana era más tarde que de costumbre y el salón
estaba casi vacío.
—¿Cómo
está esa vieja chimenea?
Marie
me sonrió con la mitad de la boca mientras me ponía un plato de bizcochos
calientes debajo de las narices y lo dejaba caer desde una altura de quince
centímetros. Reprimí un sobresalto cuando el plato golpeó la mesa, pero no pude
ignorar completamente la huella negra de un pulgar en el borde de loza. Marie
sacó el trapo grasiento que le colgaba como siempre del bolsillo del delantal y
frotó un rato hasta que ya no pudo distinguir los arabescos.
—Era
interesante —dije, sin tratar de saber cómo sabía ella que yo había estado
allí—. Kruper debe de haber sido toda una ciudad cuando esa fundición marchaba
aún.
—Desde
que estoy aquí es un pueblito moribundo —dijo Marie—. Se cumplirán treinta y
cinco años en febrero y nunca he estado en la chimenea. No he perdido nada. —Se
rió en silencio pero abriendo la boca, y yo tuve que retener el aliento
esperando a que se disipara el olor a ajo—. Pero sé que algunas muchachas
subieron y se perdieron...
¡Marie!
—El viejo Charlie aulló desde el otro extremo de la mesa—. Deja esa charla y
tráeme algo que comer. Si la maestra quiere subir a esa vieja chimenea, déjala.
Quizá le gusta.
Un
modo tonto de perder el tiempo —murmuró Marie y se alejó hacia la cocina
balanceando su cuerpo macizo sobre unas piernas increíblemente delgadas.
—No
le haga caso —dijo el viejo Charlie—. Para Marie no hay otra diversión que la
cerveza. No es usted la única a quien le gusta mirar esas cosas. Aquí lo tiene
a Lowmanigh. Subió ayer mismo...
—
¿Ayer?
Alcé
las cejas, subrayando involuntariamente mi pregunta, y miré al hombre sentado
ante mí. Nunca había hablado con él. El viejo Charlie me lo había presentado la
primera noche, probablemente, pero yo me había olvidado de todos los nombres
excepto el del mismo Charlie y el de Severeid Swanson, un mexicano de frágil
aspecto, que parecía subsistir gracias al ajo y al vino, y que siempre
parpadeaba cuatro veces cuando yo le sonreía.
—Sí.
Lowmanigh
me miró desde el otro lado de la mesa sin endulzar el monosílabo con una
sonrisa. Me estremecí cuando advertí en aquel rostro la dureza pálida de las
almas transidas. Yo conocía muy bien esa expresión. Así me había visto en el
espejo esa misma mañana antes de firmar mi tregua con el día.
El
hombre debió de leer algo en mis ojos, pues la cara se le cerró de pronto en
una máscara curiosamente neutra, y al fin dijo con un esfuerzo evidente:
—
Miré la puesta de sol desde arriba.
Me
toqué maquinalmente la nariz dolorida. —Oh.
¡Puestas
de sol! — Marie había vuelto con el líquido barroso que ella llamaba café—.
Siempre perdiendo el tiempo en tonterías.
¿Cómo
pasa usted el tiempo? —dijo Lowmanigh, muy dulcemente.
La
mente de Marie saltó como un pájaro asustado, y gritó: ¡Esperando a la muerte!
—Bebiendo
cerveza —dijo en voz alta, con una sonrisa que le torció la mitad de la cara—.
Cuatro cervezas valen una puesta de sol.
Dejó
la cafetera en la mesa y regresó a la cocina dejando detrás de ella un dolor
neto, agudo, casi visible.
—Vosotros
dos estáis hechos para entenderos —dijo la voz profunda de Charlie—. Os gustan
las mismas cosas. Low es el mejor conocedor de ruinas y depósitos de chatarra
de todo el condado. Colecciona pueblos fantasmas.
—Me
gustan los pueblos fantasmas —le dije a Charlie tratando de colmar el vacío
inmenso que amenazaba a la conversación—. Yo misma tengo toda una colección.
—
¡Ya ves, Low! —atronó la voz del viejo—. Ésta es tu oportunidad. Acompañas a
una linda maestra y le muestras los alrededores. Juntos podrían coleccionar
todo un condado!
El
viejo Charlie se atragantó con la broma y el último sorbo de café y dejó el
salón tosiendo ruidosamente en su pañuelo.
Lowmanigh
y yo nos habíamos quedado solos. El sol temprano de la mañana se deslizaba
oblicuamente por el piso de madera pulida, tropezaba con las sillas
despintadas, se subía al espejo monumental que colgaba sobre el aparador, y se
derramaba brillantemente sobre el mantel encerado que cubría la enorme mesa de
roble.
El
silencio creció cada vez más hasta que al fin dejé mi tenedor, temiendo
golpearlo contra el plato. Me quedé sentada medio minuto, estupefacta,
sintiendo unos pesados latidos que crecían lentamente hasta que casi oí una
pregunta: ¿Juntos? ¿Juntos? ¿Juntos? Los latidos se quebraron en la cima de una
ola de desolación y salí tambaleándome del comedor.
No,
susurré mientras me apoyaba en el pasamanos al pie de la escalera. No
voluntariamente. ¡No tan temprano!
Me
dominé, con un esfuerzo. Deja esas extravagancias, me dije. ¡Podrías volver
loco a cualquiera!
Empecé
a subir la escalera, resueltamente, y me detuve con un pie en el aire. No era
mi desolación, grité en silencio. ¡Era su desolación!
Qué
raro, pensé al despertar a las dos de la mañana recordando la desolación.
Qué
raro, pensé cuando desperté a las tres, recordando el latido: ¿Juntos?
Muy
raro, pensé cuando me desperté a las siete y dejé somnolienta la cama, habiendo
olvidado completamente el aspecto de Lowmanigh, pero guardando de él un
recuerdo más perfecto que una imagen de tres dimensiones.
La
escuela me mantuvo ocupada toda la semana siguiente, tanto que casi olvidé el
viejo dolor familiar. Nada turbó esa calma hasta el viernes, día en que todo
pareció estallar en el patio de recreo. Ante todo tuve que separar a Esperanza
de Joseph. La niña lo había tomado por el pelo y le aplastaba la nariz contra
la grava. Se parecía muy poco, en verdad, a su tío Severeid mientras se sacudía
el polvo del delantal con aire desafiante.
—
¡Me llamó mexicana! —gritó—. ¿Y qué? Soy mexicana. Estoy orgullosa de ser
mexicana. Lo golpearé mucho más si me llama otra vez así, como si mexicana
friese una palabrota. Estoy orgullosa de ser...
—Claro
que estás orgullosa —dije, ayudándola a sacarse el polvo—. Dios nos hizo a
todos. ¿Qué importan los nombres! —Me volví repentinamente hacia Joseph,
sobresaltándolo—. Joseph! ¿Eres una niña?
¿Eh?
—Joseph parpadeó sin comprender, y al fin dijo indignado—: ¡Claro que no! ¡Soy
un chico!
Joseph
es un chico! Joseph es un chico! —le dije, riéndome—. ¿Ves qué tonto suena?
Somos lo que somos. Es tonto pelearse por estas cosas. Ve a lavarte, y tú
también, Esperanza.
Los
empujé hacia la escuela y suspiré mirando cómo se iban.
Salí
otra vez al patio al oír una burlona salmodia:
—
¡Lucine está loca! ¡Lucine está loca! ¡Lucine está loca!
El
grupo giraba bailando alrededor de Lucine, apoyada de espaldas en un árbol
seco, el único que quedaba en el patio. Miraba a todos inexpresivamente,
boquiabierta, pero unas llamas humeantes comenzaron a arder ya en ese vacío y
noté que se le endurecían los músculos.
—
¡Lucine! —grité, y el miedo me dio alas—. ¡Lucine! Me adelanté a mí misma y
alcancé la mente homicida y pesada de Lucine. Traté de calmarla hasta que pude
llegar a ella.
—
¡Basta! —les chillé a los niños—. ¡Váyanse todos! Mi voz traspasó la mente del
grupo, que se disolvió en individuos asustados. Tomé las dos manos de Lucine y
durante un angustioso momento se las apreté firmemente. En seguida Lucine lanzó
un grito —un grito curiosamente animal— y con un movimiento del brazo me arrojó
lejos.
Dominada
por un desordenado terror, me sentí arrastrada —casi físicamente, me parece— al
delirio irracional de la furia y la confusión de Lucine. Me perdí en laberintos
de pensamientos insensatos y en terribles callejones sin salida, y hasta hoy no
puedo recordar qué ocurrió realmente.
Cuando
la marea roja se retiró, y llegó ese momento triste y gris en que algo se
desconectaba en Lucine, me encontré sentada contra el viejo árbol, con la
cabeza de la niña en las rodillas y su boca húmeda apretada a mi palma. Las
lágrimas de Lucine me mojaban el vestido, y sentí el peso de su cuerpo, tan
joven y tan fatigado.
Se
le movieron los labios.
—No
estoy loca.
—No
—dije, alisándole el pelo y asombrándome al descubrir una marca roja en el
dorso de mi mano—. No, Lucine, ya lo sé.
—Él
también lo hace —murmuró Lucine—. Casi lo puso derecho, pero se le torció otra
vez.
—Oh
—dije tratando de tranquilizarla y arqueando el hombro para poner en su sitio
la manga desgarrada de la blusa—. ¿Quién?
Lucine
alzó un poco la cabeza y sentí que se retiraba otra vez a sí misma, tan
claramente como si un conejo asustado tratara de escapar a la presión de mi
mano.
Yo,
pensé. Yo sin mi coraza. Interiormente estoy tan enferma como Lucine, pero mi
enfermedad es aceptada como normal. Me gustaría poder desconectarme también
algunas veces y no soñar nunca más que vivo sin impedimentos... dulce sueño
imposible.
Lucine
tomó aliento —una larga inspiración húmeda— y se sentó volviendo hacia mí una
mirada inexpresiva.
—Tiene
la cara sucia —dijo—. Las maestras no tienen la cara sucia.
—Es
cierto. —Me incorporé lentamente e hice girar la falda poniéndola en su
posición normal—. Será mejor que vaya a lavarme. Ahí viene la señora Kanz.
En
el otro extremo del patio los alumnos se habían puesto en fila para volver a
las aulas. Los empujones se sucedían allí como siempre, pero nadie miraba hacia
nosotras. Si supiesen por lo menos, pensé, qué cerca han estado algunos de la
muerte...
—He
sido mala —lloriqueó Lucine —. Me he peleado otra vez.
—
¡Lucine, niña mala! —gritó la señora Kanz cuando estaba bastante cerca de
nosotras —. Te has peleado de nuevo. Te pasarás el resto del día en penitencia.
¡Qué vergüenza!
Lucine
se fue llorando hacia el edificio. La señora Kanz me miró largamente.
Bueno.
—Se rió, excusándose — . Debí haberla advertido a propósito de Lucine. Déjela
sola cuando tiene un ataque. No trate de detenerla.
¡Pero
iba a matar a alguien! —grité, sintiendo otra vez aquella sed de sangre y
oyendo el crujido de los huesos.
—Es
muy lenta. Los otros chicos siempre se le escapan.
—Pero
un día...
La
señora Kanz se encogió de hombros.
Si
se pone peligrosa, habrá que alejarla.
¿Pero
por qué deja usted que los niños se burlen de ella? —protesté, sintiendo un
espasmo de cólera.
La
señora Kanz me miró fríamente. —No los dejo. Los niños son siempre crueles con
quienes no son como ellos. ¿No lo ha observado nunca?
— Sí
—murmuré—. Oh, sí, sí.
Me
encogí protegiéndome de la invasión helada de la memoria.
—No
está bien, pero es así —dijo la señora Kanz—. No es posible que todo marche
bien. A veces es necesario ser duro.
Me
sacudí el polvo de las ropas.
— Sí
—suspiré—. La dureza es un recurso. Pero sigo pensando que se podría hacer algo
por Lucine.
—No
lo diga tan alto —advirtió la señora Kanz—. La madre se ha roto la cabeza
tratando de encontrar un modo de ayudarla. Estas cosas ocurren en las mejores
familias. Nadie puede ayudarla.
—
¿Entonces quién...?
Recordé
demasiado tarde cómo Lucine se había recogido en sí misma y me atraganté con
las palabras.
¿Quién
qué? —preguntó la señora Kanz por encima del hombro mientras volvíamos a la
escuela.
¿Quién
se ocupará de ella? —dije con tristeza.
¡Bueno!
Eso es lo que se llama inventarse dificulta des. —La señora Kanz se rió—.
Olvide el asunto. Es bastante por hoy. Aunque es realmente una lástima que se
le haya estropeado esa hermosa blusa.
Ya
de vuelta en la pensión, mientras me sacaba la blusa desgarrada, pensé en
Lucine. Me miré el hombro, tratando de ver si lo tenía amoratado, cuando la
puerta se abrió y se cerró bruscamente. Me volví y vi a Lowmanigh que jadeaba
apoyado de espaldas contra la puerta.
¡Bueno!
—Me puse la blusa nueva y me la abotoné nerviosamente—. No lo oí llamar.
¿Quiere salir y probar otra vez?
¿Se
lastimó Lucine? — Lowmanigh se echó el pelo hacia atrás descubriendo la frente
húmeda—. ¿Fue una crisis? Creí haber asegurado...
—Si
quiere hablarme de Lucine —dije, cuando me repuse de mi sorpresa—, estaré en el
porche dentro de un minuto. ¿Quiere esperarme ahí? Todavía me arden las orejas
por la conferencia que me dio Marie a propósito de «la conducta de una mujer
decente en este hotel».
—Oh
—Lowmanigh miró alrededor inexpresivamente—. Oh, sí... sí.
La
puerta del cuarto se cerró en silencio antes que yo me diera cuenta de que se
había ido. Me metí los faldones de la blusa en la falda y me pasé un peine por
el pelo.
Lowmanigh
y Lucine, pensé, confusa. ¿Qué significa? Parece que la señora Kanz no es
infalible, no me dijo nada. Dejé lentamente el peine. Oh, quizá Lucine hablaba
de Lowmanigh. Casi lo puso derecho, pero se le torció otra vez, me dijo. ¿Qué
puede ser eso?
Lowmanigh
estaba apoyado en la baranda del balcón despintado que corría por dos lados de
la pensión, a la altura del segundo piso. Me acerqué a la mesa y el banco
polvorientos que amueblaban el balcón, y las tablas crujieron bajo mis pasos,
pero el hombre no se volvió.
—
¿Quién es usted? —me preguntó con una voz ahoga da—. ¿Qué hace aquí?
Tuve
un presentimiento y un dedo frío y helado me corrió por la nuca.
—Nos
presentaron —dije débilmente—. Soy Perdita, Perdita Verist, la nueva maestra,
¿no me recuerda?
Lowmanigh
se volvió con brusquedad. —No hable en voz alta —dijo—. La escucho
interiormente. Sabe tan bien como yo que no puede escaparse... ¿Pero cómo lo
sabe? ¿Quién es usted?
—
¡Basta! —grité—. No tiene derecho a escuchar de ese modo. ¿Quién es usted?
Nos
quedamos de pie, inmóviles, mirándonos fijamente, hasta que al fin, suspirando
juntos, nos dejamos caer en los desvencijados asientos. Junté las manos sobre
el regazo y sentí que el nudo duro y apretado que tenía dentro empezaba a
fundirse y desatarse hasta que al fin me volví hacia Low y le tendí la mano y
me encontré con la de él que buscaba la mía. Alguien gritó en mí: ¿Cómo yo?
¿Cómo yo? Pero otra parte de mí apretó el botón del pánico.
—No,
no —exclamé, apartando bruscamente la mano y poniéndome de pie—. ¡No!
—No.
—La voz de Lowmanigh era dulce y tierna—. Yo no la traiciono.
Tragué
saliva con dificultad y me quedé contemplando a Severeid Swanson que volvía al
hotel, ebrio como siempre, zigzagueando a lo largo del camino.
—Lucine
—dije al fin—. Lucine y usted.
—
¿Fue terrible?
Lowmanigh
hablaba ahora en voz alta, y la otra banda de ondas ya no me golpeó los huesos.
—Lo
que podía esperarse, según la señora Kanz —dije en voz baja—. Traté de detener
una sierra circular.
—
¡Fue terrible!
Sentí
que la voz de Lowmanigh entraba claramente en mí.
—
¡Fuera! —grité—. ¡Fuera!
Pero
Lowmanigh estaba dentro de mí y yo era Lucine y él era yo y teníamos el horror
rojinegro en las manos desnudas y lo mirábamos. Juntos retrocedimos por el
vacío grisáceo hasta que Lowmanigh fue Lucine y yo fui yo y me vi dentro de
Lucine y enrojecí sintiendo el cariño apasionado y agradecido que ella me
tenía. Embarazada, encontré de pronto un modo de que Lowmanigh saliera de mí y
parpadeé ante la oscura soledad.
¡Y
quédese fuera! —grité.
¡Bravo!
—La exclamación indignada de Marie me sobresaltó—. ¡Vi cómo entraba en el
cuarto de usted sin llamar y cómo cerraba la puerta! —Marie estaba ahora
horrorizada—. ¡Hizo muy bien en echarlo y en cantarle cuatro verdades!
Mi
risa interior entreabrió una grieta en la barrera y me encontré con la
diversión de Lowmanigh.
—
Sí, Marie —dije—. Recordé sus advertencias.
—Bueno,
magnífico, magnífico. —Marie torció la mitad de la cara en una sonrisa de
satisfacción—. Ya me había dado cuenta de que era usted una chica decente.
Lowmanigh, me avergüenza usted. Lo creía distinto a esos demonios que van de
aquí para allá persiguiendo faldas en pleno día. —Se alejó por el pasillo y
oímos cómo gritaba en la escalera—: ¡En pleno día! La cena estará lista en un
periquete. Lávense las manos.
Lowmanigh
y yo nos reímos juntos y fuimos a lavarnos las manos.
Un
poco más tarde miré cómo el agua de la palangana de loza se me escurría entre
las manos y sentí en mí un luminoso calor al comprender que yo me había reído
interiormente por primera vez en muchos años. Miré largamente la imagen
temblorosa de mi rostro reflejado en el agua. Y no sola, gritó una parte de mí
misma, asombrada. ¡No sola!
A la
mañana siguiente recorrí los cuarenta kilómetros que nos separaban del pueblo y
descendí en un hotel que tenía agua corriente y hasta baño privado. Aproveché
ese lujo desacostumbrado para librarme del polvo, la suciedad, las torpezas y
la fealdad con que me había impregnado Kruper, hasta descubrir en los
intersticios del alma unos brillantes fragmentos de simpatía, diversión y
encanto.
Me
recosté a descansar en esa tarde de domingo, retrasando el momento en que debía
prepararme para tomar el autobús de vuelta a Kruper, cuando de pronto,
sutilmente, entre dos respiraciones, descubrí que mi atención era un alambre
tenso y me senté muy tiesa en la cama. Había alguien en el hotel. ¿Lowmanigh
había venido a la ciudad? ¿Estaba aquí? Me levanté y me vestí rápidamente. Me
senté luego en el borde de la cama, sintiendo que algo fluía y refluía en mi
interior. Al fin bajé al vestíbulo. Me detuve en el último escalón. No había
nada raro en el vestíbulo, atestado de muebles elaboradamente rústicos. Pero
mientras yo iba hacia la ventana para mirar otra vez la hermosa pendiente del
cañón arbolado, Lowmanigh entró en el hotel.
—
¿Estaba usted aquí hace un minuto? —le pregunté a boca de jarro.
—No.
¿Por qué?
—Pensé...
—Me interrumpí. En seguida, delicadamente, los engranajes empezaron a moverse
otra vez en el mundo cotidiano, y dije—: ¡Bueno! ¿Qué hace usted aquí?
—El
viejo Charlie me dijo que usted había venido al pueblo y que si yo venía a
buscarla le evitaría el viaje de vuelta en autobús. —Lowmanigh sonrió
débilmente—. Marie no me tiene confianza luego que yo mostré mi verdadera
naturaleza el viernes, pero al fin me dijo que usted estaba en este hotel.
—
¡Pero yo no había elegido ningún hotel cuando salí de Kruper!
—
Caramba. — Lowmanigh me sonrió con simpatía—. Es usted muy nueva aquí, ¿no es
cierto? ¿En marcha?
—Espero
que no tenga prisa en llegar a Kruper. — Lowmanigh maniobró hábilmente mientras
salíamos del puente de Lynx Hill y subíamos la cuesta empinada—. Tengo que
detenerme en un sitio.
Yo
podía sentir cómo Lowmanigh estaba pendiente de mí a pesar de mirar atentamente
el camino.
—No
—le dije, suspirando interiormente, imaginando largas horas de espera mientras
Low, apoyado en una cerca, cambiaba largos silencios y breves observaciones con
algún minero conocido—. No tengo prisa. Basta con que esté en la escuela a las
nueve de la mañana.
Magnífico.
—Lowmanigh parecía divertido, y turbado. Probé otra vez la barrera de mi mente.
Estaba aún intacta—. En verdad —siguió diciendo—, podrá añadir esto a su
colección.
¿Mi
colección? —le pregunté asombrada.
—Su
colección de pueblos fantasmas. Pasaremos por Machron, o lo que era Machron. Un
cañón estrecho, poco más allá de la meseta del Oso. Quizá...
Un
obstáculo en la ruta —una piedra y una rama de pino— interrumpieron a
Lowmanigh.
—
¿Quizá qué? —pregunté, apoyándome deliberadamente en lo que Lowmanigh quería
decirme—. Quizá sea interesante explorar el sitio.
Lowmanigh
sonrió débilmente, divertido otra vez.
—Me
gustaría encontrar un trozo de vidrio de fundición —dije—. Tengo un hermoso
jarrón púrpura en mi cuarto. Pero le falta un pedazo en el borde.
Un
día le mostraré mi colección —dijo Lowmanigh—. Quedará usted maravillada.
¿Cómo
llegó a aficionarse a los pueblos fantasmas? ¿Por qué lo atraen? ¿La historia?
¿Los tesoros? ¿Una curiosidad mórbida?
—Los
tesoros... la historia... una curiosidad mórbida. —Lowmanigh saboreó lentamente
las palabras y aprobó cada una con un movimiento de cabeza—. Creo que las tres
cosas. Estoy investigando.
—
¿Investigando? —Investigando.
El
tono de la voz de Lowmanigh interrumpió la conversación. Sentí que Lowmanigh me
había apartado y tuve que hacer un esfuerzo para no dejarme arrastrar por un
enojo insensato. Me puse a observar las maravillosas pendientes boscosas que
estrechaban más y más el camino.
Al
fin Lowmanigh hizo girar el volante y las ruedas resbalaron en la arena hasta
que nos detuvimos bajo un nogal sombrío.
—
¿Tiene usted zapatos para caminar? El auto no pasa de aquí.
Media
hora más tarde, llegamos a una pequeña meseta, luego de haber trepado
resbalando y tropezando por un paso rocoso. En las piedras se veían aún las
huellas de las altas ruedas de los vagones de minerales que habían pasado por
allí hacía medio siglo. En sus días de esplendor, el pueblo se había extendido
por las faldas de las lomas y a lo largo de los arroyos que bajaban de la
meseta como dedos de una mano. Unos escalones de cemento subían hasta las
fundiciones derruidas, y en unos muros asaltados por matorrales se veían aún
los marcos de unas puertas.
Algunos
edificios estaban todavía intactos, resistiéndose tercamente a la destrucción.
Yo había caminado a lo largo de lo que había sido una calle y me metí en otra
cuando advertí que Lowmanigh no estaba conmigo. Conociendo las costumbres
solitarias de los aficionados a los pueblos fantasmas, no traté de encontrarlo.
Me hubiera gustado saber qué buscaba allí, pero me abstuve de preguntarme quién
era en verdad, y por qué yo y él nos hablábamos interiormente. Pero aun tácita,
la pregunta me quemaba, bajo mi irritación superficial, mientras yo caminaba
entre las ruinas de la ciudad muerta.
Encontré
un botón blanco con sólo tres agujeros, y un pedazo de una cabeza de muñeca,
que conservaba aún un ojo de color azul lechoso, y escarbando entre los
escombros con la mano desnuda sentí una viva alegría cuando pensé que había
encontrado un azucarero, pero era sólo un asa y un fragmento de vidrio hundidos
en la tierra.
Estaba
lamentando una uña rota cuando de pronto un grito silencioso me golpeó el pecho
con una fuerza inesperada que me dejó jadeando. Descendí el terraplén y corrí
por el sendero de piedra. Encontré a Lowmanigh junto al vaciadero del pueblo,
sosteniendo algo en la mano.
Lowmanigh
me miró sin verme.
—
¡Quizá...! —gritó—. Esto puede ser un pedazo. No hay nada parecido en este
pueblo. ¡Mire! ¡Mire esta forma! ¡Mire estas líneas! —Acarició amorosamente la
belleza lisa del metal—. Y si esto es un pedazo, no fue entonces muy lejos de
aquí... — Lowmanigh se interrumpió bruscamente, deteniendo el pulgar en la cara
inferior del objeto. Dio vuelta al metal y lo miró de cerca—. General Electric
—dijo con una voz apagada—. Made in USA. —El trozo de metal se le cayó de las
manos rígidas. Lowmanigh se agachó y golpeó el suelo pedregoso con el puño—.
¡Nada! ¡Nada! ¡Un callejón sin salida!
Le
tomé las manos y les quité el polvo y luego le apreté con un pañuelo la herida
del pulgar.
—
¿Qué perdió? —le pregunté.
—Mi
vida —murmuró Lowmanigh—. Me extravié y no encuentro el camino de vuelta.
Nos
pusimos de pie sin que Lowmanigh se diera mucha cuenta y lo llevé hasta las
ruinas de un muro que sostenía un saúco raquítico, impidiéndole caer en el
cañón. Nos sentamos allí y durante un rato el océano de desolación de Lowmanigh
nos sacudió mientras yo pensaba: él también, perdido también. Lo dos perdidos.
Luego lo ayudé a pensar en palabras aunque no recuerdo si me habló en voz alta.
—Yo
era tan pequeño —dijo Lowmanigh—. No tenía más de tres años me parece. ¿Cuánto
tiempo se puede vivir con los recuerdos de un niño de tres años? Mi madre
adoptiva me dijo todo lo que ella sabía, pero yo recuerdo más. Hubo un
accidente, un choque con otro auto que venía de Chukawalla. Mi gente murió. El
coche nuestro trató de volar poco antes. Recuerdo que mi padre trató de
esquivar el otro coche y que mamá tomó un puñado de sol y me alejó del peligro,
pero los dos autos chocaron y apenas alcancé a oír el grito de mamá: «¡No te
olvides! Vuelve al cañón», y papá que decía: «¡Recuerda! ¡Recuerda la Morada!»,
y luego el fuego los consumió. Mis padres adoptivos me criaron como a un hijo
propio, pero yo tengo que volver. Tengo que volver al cañón. Allí está mi
gente.
¿Qué
cañón? —pregunté.
¿Qué
cañón? —repitió Low—. El cañón donde ahora vive el Pueblo. El cañón donde se
establecieron luego de la caída de la nave. La nave que busco, pensando que si
encuentro un pedazo podré saber dónde está el cañón. Por lo menos en qué región
del Estado. El cañón donde dormí antes de despertarme en el accidente. El cañón
que no puedo encontrar, pues no recuerdo el camino... ¡Pero usted sabe! ¡Usted
tiene que saber! ¡Usted no es como los otros!
Me
encogí en mí misma.
—No
soy nadie —dije—. No sé qué soy. Mis padres hablaban de mis abuelos y mis
bisabuelos, y me preguntaban por qué tendrían una hija como yo, hasta que al
fin pude aparentar que yo era «normal». Usted piensa que ha perdido el camino.
¡Por lo menos sabe eso! Puede buscarlo. Pero yo no. ¡Nunca encontraré nada!
—Pero
usted puede hablar interiormente —dijo Lowmanigh parpadeando ante mi
violencia—. Me mostró a Lucine...
—Sí
—dije temerariamente—. ¡Y mire esto!
En
lo alto de la loma una roca se puso de pronto en movimiento. Se precipitó
cuesta abajo, levantando una polvareda, y al fin se hizo pedazos contra una
roca del fondo del cañón.
— ¡Y
nunca intente esto, pero mire!
Avancé
hacia el muro en ruinas alejándome de Lowmanigh, y caminé directamente hacia el
desfiladero, sintiendo que me faltaba el suelo bajo los pies, dulcemente
acunada por el viento, deslizándome hacia arriba y hacia afuera, sin límites.
Grité, alzando los brazos, buscando extáticamente la clave de mi sueño de
libertad. Un minuto, un minuto más, y yo podría salir de mí misma, y ya nunca,
nunca, nunca...
Y
entonces...
Lowmanigh
me tomó en sus brazos cuando yo ya iba a caer sobre las copas de los pinos que
crecían en el cañón. Me alzó, mientras yo me debatía y protestaba, y me hizo
subir por el frágil vacío del aire, hasta el saúco achaparrado.
—
¡Puedo! ¡Puedo hacerlo! —Sollocé apoyándome en Lowmanigh—. No me caí. ¡Durante
un rato dejé realmente el suelo!
—Sí,
durante un rato, Dita —me murmuró Lowmanigh como si yo fuese una niña—. Tan
bien como yo podría hacerlo. Tiene usted algunas de las Persuasiones. ¿Cómo es
posible si no es de los nuestros?
Mis
sollozos se interrumpieron bruscamente, aunque seguía llorando. Miré a
Lowmanigh a los ojos luchando contra la cólera que se encendía en mí, contra
esa insistencia que reabría mi herida. Lowmanigh me miró también fijamente
hasta que se me secaron las lágrimas y alcancé a esbozar el fantasma de una
sonrisa.
—No
sé qué es una Persuasión, pero la encontré probablemente en el mismo lugar en
que usted encontró esas cejas.
Lowmanigh
enrojeció y dio un paso atrás.
—Será
mejor que volvamos. No conviene que nos sorprenda la noche en estos caminos.
Descendimos
por el sendero.
—Por
supuesto, me explicará usted todo lo demás en el coche —dije resbalando en una
piedra de granito y manteniendo apenas el equilibrio. Sentí inmediatamente la
protesta de Lowmanigh—. No creerá que me olvidaré del día de hoy, sobre todo
luego de haber encontrado a alguien tan loco como yo—No me creerá usted...
Lowmanigh
esquivó una rama gruesa que cerraba el estrecho sendero.
Me
he pasado años —dije— tratando de creer cosas de mí misma que me resistía a
creer. Es más fácil creer cosas que conciernen a otros.
Avanzamos
un tiempo en el coche a la luz del crepúsculo temprano y pronto cayó la noche.
Yo miraba las luces de las estrellas sobre la bóveda de árboles que bordeaban
la ruta y escuchaba la historia de Lowmanigh, que habló hasta mostrarme la
armazón interior, unos huesos que brillaban como el fuego.
—Nosotros
venimos de otro mundo —me dijo, y había un fiero orgullo en ese nosotros —.
Perdimos la Morada. Buscamos algún refugio y encontramos esta tierra. Nuestras
naves se hicieron pedazos o ardieron al descender, pero algunos pudimos escapar
en los botes salvavidas. Mis abuelos pertenecían al primer Grupo, que se
instaló en el cañón. Pero todos estábamos allí en realidad, pues nuestros
recuerdos se unían continuamente en el Brillante Comienzo. Esto explica que yo
conozca la historia del Pueblo. Pero no puedo recordar dónde está el cañón,
pues yo dormía la vez que lo dejamos, y mis padres no alcanzaron a decírmelo en
la fracción de segundo anterior al accidente... Tengo que encontrar otra vez el
cañón. No puedo pasarme la vida cojeando.
Me
sobresalté al oír este eco de lo que se me había ocurrido mientras yo estaba
con Lucine en el patio, pero Low no se dio cuenta.
—No
seré nada hasta que me encuentre con mi Pueblo... Ni siquiera conozco el nombre
del cañón, pero recuerdo que la nave estalló sobre las colinas, y espero que un
día podré encontrar alguna huella en uno de esos pueblos fantasmas. Llegamos
poco antes que comenzara el siglo, y tiene que haber alguna huella, en alguna
parte. Low, evidentemente, se había repetido muchas veces esta historia, como
yo me había repetido la mía, y ahora la contaba maquinalmente, como una serie
de lugares comunes. Me pregunté un momento, viéndolo tan desgraciado, cómo era
posible que yo sintiera ahora un agradable alivio, pero entendí en seguida.
Entre nosotros no había necesidad de murmullos de simpatía, de frases
convencionales, y ni siquiera de explicaciones. Nos comunicábamos sin palabras.
Low parecía casi decepcionado.
¿No
la sorprende?
¿Que
usted sea de otro mundo? —Sonreí—. Bueno, es la primera vez que me encuentro
con un extraterrestre, y me parece interesante. Ojalá se me hubiera ocurrido
una fantasía semejante, que explicara mis rarezas. Es casi una variante de la
frase «Soy tan distinto a mis padres que deben de haberme adoptado». Pero...
La
furia de Low me encontró desprevenida. ¡Una fantasía! Soy adoptado. Pensé que
usted sabía. Pensé que usted seguramente era uno de los nuestros... ¡No soy de
nadie! —estallé—. Usted puede ser lo que se le antoje, pero yo soy de la
Tierra. Tanto, que es una maravilla que no eche polvo por la boca cuando hablo.
Pero por lo menos no trato de engañarme diciéndome que soy normal de acuerdo
con ciertas normas. Terrestres o de otro tipo.
Durante
un momento permanecimos inmóviles, mirándonos con hostilidad. Yo tenía las
mandíbulas tan apretadas que me dolían los dientes. Al fin Low suspiró y
extendiendo un dedo me acarició el contorno de la cara, de la frente a la
barbilla y de la barbilla a la frente.
—Piense
lo que quiera —dijo—. Ha pasado usted por muchos malos ratos, seguramente, y no
me sorprende que quiera olvidar. Quizás un día recuerde que es de los nuestros
y entonces...
—Quizá,
quizá —dije entrecortadamente—. Pero ahora ya no tengo fuerzas. Es demasiado
para un solo día. —Traté de cerrar todas las puertas y adelanté mi personalidad
cotidiana. Cuando el coche se puso otra vez en movimiento, entreabrí lo
suficiente una puerta como para preguntar—: ¿Qué hay entre usted y Lucine? ¿Es
usted un amigo de la familia o algo parecido?
—
Conozco un poco a la familia —dijo Low—. Pero no saben nada de Lucine y yo. La
niña me sorprendió un día, el año pasado, mientras yo pasaba frente a la
escuela. Los otros chicos la atormentaban. Yo nunca había sentido en mi vida
esa confusión, ese desgarramiento. Pobre niña terrestre. Una inteligencia de
tres años en un cuerpo de doce.
—Una
inteligencia de cuatro años —murmuré—. O casi cinco. Está aprendiendo un poco.
—Cuatro
o cinco —dijo Low—. Debe de ser terrible estar atrapado en un cuerpo.
— Sí
—suspiré —. Estar encerrado en la prisión de uno mismo.
Sentí
de nuevo que el dedo tibio me acariciaba, suavemente, consolándome, aunque Low
no se había movido. Volví la cara a la oscuridad, ocultando las lágrimas.
Era
tarde cuando llegamos a Kruper. Aún había luces en los bares y en una casa o
dos, pero la pensión estaba a oscuras, y al detenerse el coche pude oír los
chirridos débiles del portal de entrada, sacudido por el viento. Descendimos
sin hacer ruido, murmurando, sintiendo el peso del silencio, y fuimos de
puntillas hasta el portal. Allí los cabellos se me enredaron como siempre en el
rosal trepador, y mientras Low me ayudaba a soltarme, nos echamos a reír.
Supongo que ninguno de los dos nos sentíamos jóvenes y felices desde hacía
tiempo, libres de nuestras amargas tensiones, aceptándonos mutuamente tal como
queríamos ser, con todo lo que el mundo rechazaba en nosotros. Habíamos
vislumbrado los dos un alma hermana y ahora mostrábamos nuestra alegría.
Nos
detuvimos bajo el balcón del primer piso tratando de contener la risa.
—
Creerán que estamos locos si nos oyen —dije, ahogándome.
—Tengo
una noticia que darle —me dijo Low en el oído—. Estamos locos. Y estoy
dispuesto a probárselo. —Oh.
Corno
si yo necesitara una prueba. La risa de Low me hacía cosquillas en la mejilla.
—Probémoslo.
—
¿Cómo?
—No
subamos por la escalera —susurró Low—. Subamos por el aire. Para qué cansarnos
si podemos...
Me
extendió la mano. Serios de pronto, bajarnos otra vez al jardín y nos quedamos
allí un momento, inmóviles, tomados de la mano, mirando hacia arriba.
—
¿Listos? —murmuró Low, y sentí que tiraba de mí. Me elevé en el aire detrás de
él, apretando todo mi miedo en mi otra mano crispada.
Y
entonces una rama del rosal se me enganchó en el pelo.
—
¡Espere! —Murmuré, sintiendo otra vez la risa en la garganta—. Estoy presa.
—Atada
a la Tierra —rió entre dientes Low, desprendiéndome el pelo.
—
Sonría al decirlo, amigo mío —repliqué, sintiendo que la alegría me cundía el
corazón, pues ahora podía bromear a propósito de algo tan amargo, y tratando de
ignorar que mis pies flotaban en el aire.
Al
fin me libré de la rama y Low me alzó hacia él. Me parece que nuestros labios
apenas se rozaron, pero subimos más arriba del balcón y tuvimos que descender
un poco. Low me ayudó a pasar por encima de la baranda.
—Lo
hicimos —murmuró.
— Sí
—dije—. Lo hicimos.
De
pronto nos quedamos petrificados. Alguien venía hacia el hotel. Alguien que se
tambaleaba y zigzagueaba y golpeaba el portal con un estrépito de vidrios
rotos.
—
¡Ay! ¡Ay! ¡Madre mía! —Severeid Swanson cayó de rodillas junto a la botella
rota—. ¡Ay! ¡Virgen purísima!
—
¿Nos vio? —murmuré conteniendo el aliento. —No lo creo. —Las palabras de Low
eran un aire tibio en mi mejilla—. Sólo se ve a sí mismo, desde hace años.
—Cuidado
con esa silla.
Fuimos
a tientas por la oscuridad hasta el vestíbulo. Una débil lámpara de quince
vatios se reflejaba en los grifos amarillos y en el agua de la pileta. Gracias
a aquellos grifos disponíamos de agua en el primer piso.
Nos
despedimos rápidamente, en silencio.
Yo
estaba sentada al borde de la cama, en camisón y en bata, cepillándome el pelo,
cuando oí unos pasos y un murmullo junto a mi puerta. Comprobé que el cerrojo
estaba bien echado y seguí cepillándome. Siguió el ruido de un golpe, unos
nudillos llamaron a la puerta, y vi que movían el picaporte.
—
¡Maestra! —Me llamaban en voz baja—. ¡Maestra! ¿Quién diablos puede ser?,
pensé. Fui hasta la puerta y me incliné a escuchar.
—¿Sí?
—Déjeme
entrar.
El
hombre hablaba trabajosamente, espaciando las palabras.
—
¿Qué quiere?
—Hablar
con usted, maestra. Asombrada, abrí la puerta. Severeid Swanson estaba de pie
en el pasillo, tambaleándose. Pero me habían dicho que no hablaba inglés... se
inclinó peligrosamente hacia adelante. Le brillaba el rostro y parecía más
joven que nunca.
—Se
me rompió la botella. Por culpa de ustedes. No es bueno volar sin alas. Los
ángeles santos, sí, pero no los enamorados. No deben volar para besarse. Eso me
hace caer la botella. Todos los sueños por el suelo.
Severeid
se echó hacia atrás y se enjugó el sudor de la frente.
—No
está bien. Le digo esto porque usted tiene luz en la cara. Usted es buena con
Esperanza. Tiene sueños que no son de la botella. Tiene sonrisas y no risas
para los que están perdidos. Pero no debe volar. No está bien. Se me rompió la
botella.
—Lo
siento —dije, asombrada—. Le compraré otra.
—No
—dijo Severeid—. La última vez me dijeron esto también, pero el milagro me
quita las ganas de beber. La última vez, como pájaros, todos, todos en el
cielo... sobre las lomas... los buenos. Los que tampoco se ríen de los
perdidos.
—
¿La última vez? —Torné a Severeid por el codo y lo metí en mi habitación,
cerrando la puerta, sintiendo un escalofrío de excitación a lo largo de los
brazos—. ¿Dónde? ¿Cuándo? ¿Quién volaba?
Severeid
me miró guiñando unos ojos de buho y pasándose la punta de la lengua por los
labios resecos. —No está bien volar sin alas —repitió.
—
Sí, sí, ya sé. ¿Cuándo vio a esos otros que volaban sin alas? Tengo que
encontrarlos. ¡Tengo que encontrarlos!
—Como
pájaros —dijo Severeid, balanceándose—. Sobre las lomas.
—Por
favor —dije, tratando desesperadamente de recordar lo poco que sabía de
español.
—Trabajé
allí mucho tiempo. No los vi más. Bebo más que antes. El chino Joe me dio una
botella nueva.
—Por
favor, señor —le grité—, ¿dónde? ¿Dónde?
Una
sombra cubrió el rostro de Severeid. Se le aflojó la boca. Entornó los párpados
y me miró con unos ojos muertos.
—No
comprendo. —Miró alrededor, aturdido—. Buenas noches, señorita.
Salió
retrocediendo y cerró suavemente la puerta.
—Pero...
—grité mirando la puerta—. ¡Espere!
Me
eché en la cama y apreté contra mí lo que acababa de oír.
¡Otros!,
pensé, ¡Volando sobre las lomas! ¡Todos, to— dos en el cielo! Quizás, oh,
quizás uno de ellos estaba esta tarde en el hotel de la ciudad. Quizá no estén
lejos. Si lo hubiésemos sabido...
De
pronto sentí que se abría ante mí un abismo terrible. Si era cierto, si
Severeid había visto a otros que volaban como pájaros por encima de las lomas,
entonces Low tenía razón, ¡había realmente otros! Había entonces un cañón, una
nave, y una Morada. ¿Pero y yo? Retrocedí hundiéndome en mí misma. Me volví y
apreté la cara contra la almohada. Mis padres. Mi abuelo Josh, y mi abuela
Malvina, y mi bisabuelo Bonedaly y... Busqué todos los recuerdos de familia que
yo había oído alguna vez. El cruce del océano. La nueva patria. Sí, mis
antepasados eran tan sólidos como un muro de piedra a mis espaldas, y se
remontaban a... al mismo Adán, casi. Me apoyé en esa certeza y grité sintiendo
que el muro de piedra oscilaba y se convertía en una cortina agitada por los
vientos de la duda.
No,
no, sollocé, y por primera vez en mi vida, llamé llorando a mi madre,
sintiéndome tan abandonada como si ella estuviese muerta.
En
seguida me senté en la cama, bruscamente.
No
puede ser cierto, grité, Severeid es un borracho. Quién sabe qué extravagancias
le inspira su botella. No puede ser cierto.
Pero
quizá sea cierto, murmuraba maliciosamente otra parte de mí misma. Quizá sea
cierto. En los días que siguieron no hubo nada notable. En la batalla que
libraba conmigo yo había alcanzado una plácida llanura, quizá porque tenía algo
nuevo en que ocupar mi mente, o quizá porque todas las emociones necesitan un
reposo.
No
obstante, la alegría de haber encontrado a Low no se calmaba fácilmente. Sentía
en mí sus «buenos días» cuando pisaba el primer escalón a la mañana, y a veces
su mudo «buenas noches» me despertaba en la oscuridad.
Un
día, luego de la cena, Marie se plantó firmemente ante mí cuando yo dejaba la
mesa. Sin decir una palabra señaló mi plato. Parecía que yo había estado
jugueteando con la comida, como un chico. Enrojecí.
—
¿No está buena? —preguntó cruzando las manos sobre el abdomen rotundo e
inclinándose peligrosamente hacia atrás.
—Al
contrario, Marie —alcancé a decir—, está muy buena, pero no tengo hambre.
Escapé
de la nube de ajo del indignado resoplido de Marie, y de la secreta diversión
de Low. ¿Cómo podía decirle a Marie que Low había estado mostrándome el doble
arco iris que él había visto esa misma tarde y que yo había estado tan absorta
en la contemplación de los colores y tan maravillada por poder recibirlos de
Low que me había olvidado de la comida?
Low
y yo estábamos mucho tiempo juntos, conociéndonos, pero la mayor parte del
tiempo nos la pasábamos sentados ostensiblemente con los otros, en el porche,
al atardecer, escuchando las viejas historias de minas y ganado que pasaban de
mano en mano corno monedas usadas cada vez que los ciudadanos de Kruper se
reunían en algún sitio. Una buena historia nunca se gasta, de modo que al cabo
de un tiempo no nos costaba mucho seguir las repeticiones familiares sin dejar
de estar solos y juntos en el grupo.
¿No
piensas que necesitas un poco más de práctica?
La
silenciosa pregunta de Low era como una débil claridad detrás del rumor de
voces.
¿Práctica?
Me
moví en mi silla, menos hábil que Low en seguir a la vez el hilo de dos
conversaciones.
De
vuelo, dijo Low con exagerada paciencia. Como la última vez en la loma y hacia
el balcón.
Oh.
El éxtasis y el terror se confundieron en algo que giró dentro de mí. Sentí que
me abandonaba a los brazos cálidos y fuertes de Low en vez de debatirme como en
el cañón.
Oh,
no sé, respondí, cerrándome rápidamente a él, todo lo posible. Me parece que ya
lo hago muy bien.
Un
poco más de práctica no te hará daño. Había risas en la réplica de Low. Pero
sería mejor esperar a que yo estuviera cerca. Nunca puede saberse.
¿De
veras?, pregunté. Mira. Me alcé en la oscuridad a diez centímetros por encima
de la silla. Ya está.
Algo
me empujó suavemente y empecé a flotar a la deriva. Me eché hacia atrás
rápidamente y caí sentada al borde de la silla, golpeando ruidosamente el piso
con los talones. La historia que contaban en ese momento se interrumpió de
pronto y todos se miraron.
—Mosquitos
—improvisé—. No puedo soportarlos.
¡Esto
no es justo!, balbuceé. ¡Haces trampa!
Todo
está permitido en... respondió Low y calló rápidamente sin continuar la cita.
Aja,
pensé. Aja. ¿Y esto es una guerra?
En
todo el resto de la velada me sentí desproporcionadamente feliz.
Luego
llegó el sábado, de un cielo tan azul y nubes tan luminosas que no fui capaz de
quedarme adentro lavando ropa y cosiendo botones y dudando entre arreglarme el
esmalte de las uñas o sacármelo. Me calcé un par de sandalias, me puse una
falda de lana, me recogí las mangas de la blusa escocesa, me anudé las mangas
del suéter a la cintura, y partí hacia las colinas. Seguiría el trazado de la
cañería de agua del pueblo hasta el manantial y vería si estaba en tan malas
condiciones como decían todos.
Hice
una pausa, jadeando, en la última terraza rocosa que dominaba el pueblo y miré
el grupo de casas golpeadas por la intemperie que se alzaban de este lado de
Kruper. Más allá de las vías del ferrocarril, en un espacio abierto, había
cuatro casas nuevas, una al lado de la otra. Habían sido construidas cuando se
reabrió la mina del Pavo Dorado, y brillaban como cubos de juguete contra el
rojo sombrío de la colina.
Me
aparté el pelo de la cara arrebatada y di la espalda a Kruper. Aquí y allá, a
intervalos, entre las colinas, asomaban unas secciones del conducto de agua del
pueblo, sostenidas en algunos casos por caballetes de madera para franquear las
desigualdades del terreno. En otros sitios seguían los contornos irregulares de
las lomas. Algunos minutos, y algunas secciones de cañería más tarde, me
divertí en tratar de parar con las manos el chorro de agua que salía de uno de
los tantos agujeros del viejo caño herrumbrado y contando los tarugos de madera
tallados a mano que obstruían otras aberturas. Parecía un milagro que llegase
agua al pueblo. Estaba tan distraída que me llevé inconscientemente la mano a
la cara cuando un dedo cálido empezó a dibujar...
—
¡Low! —exclamé, volviéndome hacia él—. ¿Qué haces aquí?
Low
se dejó caer desde una roca que se alzaba por encima de la cañería.
—Johnny
no se siente bien hoy. Me pidió que mirara si se había caído algún tarugo.
Nos
echamos a reír mientras mirábamos a lo lejos y veíamos los abanicos de agua y
la vegetación más verde que señalaban el paso del acueducto.
—Apuesto
que ha colocado mil tarugos —dijo Low.
—
¿Cómo no se le ocurre poner una cañería nueva? —Los tarugos son para él objetos
de familia —dijo Low, tallando vigorosamente un trozo de madera—. Ha de sentirse
realmente muy débil para permitir que yo tapone hoy los agujeros. Todos esos
tarugos tienen un valor sentimental para él. Se remontan por lo menos a tres
generaciones atrás.
Low
metió el tarugo en el mayor de los agujeros y dio un paso atrás secándose la
cara con el dorso de la mano.
—Sigamos
subiendo —dijo—. Te mostraré el manantial.
Nos
sentamos a la sombra húmeda de los árboles que crecían a la entrada de la
caverna. En el interior, el agua burbujeaba y borboteaba, azul, blanca y verde
antes de desaparecer en el caño carcomido. Estábamos sentados a ambos lados de
la cañería, abandonándonos felizmente a la conciencia de la presencia del otro,
cuando de pronto, durante un precioso minuto, fluimos juntos como cursos de
agua que se confunden, tan completamente unidos que el movimiento con que nos
separamos nos dejó aturdidos. ¿Una dulzura semejante sin que siquiera nos
tocásemos?
De
cualquier modo, dimos la espalda rápidamente a esta emoción nueva y terrible, y
Low hizo descender una flor de lo alto de la pared de piedra.
—Gracias
—dije oliéndola y estornudando con fuerza—. Me gustaría poder hacer eso.
—Bueno,
puedes hacerlo. Alzaste aquella roca en Machron y te alzaste tú misma.
—Sí,
yo misma. —Me estremecí, recordando—. Pero no la roca. Sólo la moví.
—Prueba
con esa. —Low hizo rodar una piedra hasta un estrado azul que asomaba en la
arena húmeda. Luego, sumisa, la piedra descendió trazando un débil surco en la
arena hasta los pies de Low—. Levántala.
—No
puedo. Ya te dije que no puedo levantar nada del suelo. Sólo puedo mover las
cosas.
Moví
a un lado un pie de Low.
Low,
sorprendido, puso el pie en la posición anterior.
—Pero
puedes hacerlo, Dita. Eres de...
Tiré
al agua la flor con que había estado jugueteando y vi cómo desaparecía en la
cañería. Alguien, allá abajo, se sorprendería al verla aparecer en su
fregadero, si una de las mil fuentes del acueducto no florecía antes...
—Pero
todo lo que tienes que hacer es... es...
Low
buscó inútilmente las palabras.
Me
incliné hacia adelante, ansiosamente. Sí, quizá yo pudiera aprender.
—¿Sí?
—Bueno,
levantalo —Qué revelación —dije, decepcionada—. En fin. ¿Puedes tú hacer esto?
Mira. —Busqué en mi bolsillo y saqué dos alfileres de gancho y un poco de polvo
entre las uñas—. ¿Tienes ahí una moneda?
—
Seguro.
Low
sacó una moneda del bolsillo y me la hizo llegar. Se la devolví.
—Enciéndela
—dije.
—
¿Que la encienda? ¿Que la queme quieres decir? Low miraba la moneda por un lado
y por otro.
No.
Enciéndela. Adelante. Es fácil. Todo lo que tienes que hacer es encenderla.
Cualquier metal sirve, pero la plata es mejor.
Nunca
oí nada parecido —dijo Low frunciendo el ceño.
—Tienes
que saberlo —grité— si eres parte de mí. ¡Si los dos venimos del Radiante
Principio tienes que recordar!
Low
volvió la moneda lentamente.
—Es
una broma. Quieres reírte de mí.
—
¡Una broma! —Me acerqué y lo miré a la cara—. ¿No busco una respuesta desde
hace tanto tiempo? ¿No me gustaría acaso ser parte de algo? ¿Crees tú que me
complazco en torturarme diciendo que no cuando podría tranquilizarme diciendo
que sí? Si yo pudiera tender las manos y decir: soy como vosotros... —Volví la
cabeza, parpadeando—. Dame —dije sorbiendo las lágrimas—.Dame esa moneda.
Tomé
la moneda de los dedos de Low, y sentándome otra vez la hice girar rápidamente
sobre mi palma. Se iluminó inmediatamente, resplandeciendo cada vez más y al
fin para poder mirarla tuve que entornar los ojos. Cerré la mano y sentí en la
piel el pulso fresco de la moneda.
—Ya
está. —Extendí la mano hacia Low y los huesos me brillaban con una luz rosada—.
Está encendida.
—Luz
—murmuró Low, tomando la moneda con una admiración temerosa—. ¡Luz fría!
¿Cuánto tiempo puedes tenerla así?
—No
necesito tenerla así. Brillará hasta que yo la apague.
¿Cuánto
tiempo?
¿Cuánto
tiempo tarda el metal en convertirse en polvo? —Me encogí de hombros — . No sé.
¿Sabe ese Pueblo tuyo encender el metal?
Low
me miró fijamente.
—No.
No recuerdo eso.
—Por
lo tanto yo no soy como vosotros. —Traté de decirlo ligeramente, aunque se me
desgarraba el corazón—. Parece casi como si fuésemos iguales, pero no es así.
Tú viniste por un camino. Yo por otro.
¡Ni
siquiera como él!, grité interiormente. ¡Ni siquiera soy como él! Respiré
profundamente e hice a un lado toda aquella emoción.
—Mira
—dije—, ninguno de los dos pertenecemos a un tipo. Somos diferentes. Pero tú
estás satisfecho con la explicación que has encontrado. Yo no la he encontrado
aún. ¿Podríamos dejarlo así?
Low
me tomó por los hombros y la moneda describió un arco en el aire y cayó en el
manantial. Me sacudió con una firmeza contenida, como si le temblaran las
manos.
—Te
aseguro, Dita, que no invento historias. Soy parte del Pueblo, y tú también, y
todas tus negativas no cambiarán las cosas. Somos iguales... Nos miramos un
rato, obstinadamente, y al fin Low me soltó y sus manos cayeron a lo largo de
mis brazos. Dejamos el manantial y nos alejamos silenciosamente por el sendero,
tomados de la mano. Miré hacia atrás y vi la luz de la moneda y la apagué.
No,
me dije a mí misma, no es así. Yo lo sabría si fuese cierto. No somos iguales.
¿Pero qué soy entonces? ¿Qué soy?
Fatigada,
trastabillé en la senda estrecha.
Durante
este tiempo todo estaba en calma en la escuela. Petie había decidido al fin que
«dos» podía tener un nombre y un signo, y aprendió los números hasta diez en un
solo día.
Y
Lucine —símbolo para Low y para mí de nuestro propio encierro— enrojecía de
placer leyendo su segundo libro de lectura.
Sin
embargo, me acuerdo del último día de tranquilidad. Yo estaba sentada a mi
escritorio releyendo una carta donde me decían —como en las nueve anteriores—
que no conocían a ningún chino Joe. Hasta entonces yo le había ocultado a Low
el asombroso episodio de Severeid Swanson. Quería darle yo misma ese Cañón, si
existía. Y quería que ése fuese mi regalo, para él y para mi pobre trastornado
yo. Y sobre todo yo quería estar segura de una cosa por lo menos, aunque esto
probara que estaba equivocada y que Low y yo debíamos separamos. Una sola
certidumbre sería un consuelo y un principio de unión para nosotros.
Yo
deseaba, y frecuentemente, poder enfrentarme con Severeid y sacarle a la fuerza
alguna información, pero el hombre había desaparecido... Había dejado el empleo
sin retirar siquiera su última paga. Nadie sabía adonde había ido. Lo habían
visto por última vez en Kruper al día siguiente de haber hablado conmigo, en
las primeras horas de la mañana. De pie, tambaleándose, con una botella en cada
mano, parecía esperar en la encrucijada a que algún vehículo se detuviese
espontáneamente, y parecía en verdad que alguien se había detenido, y que lo
había llevado.
Le
pregunté a Esperanza acerca de Severeid, y la niña jugueteó con la pulsera
brillante que llevaba en la muñeca.
—Es
un borracho —dijo al fin desapasionadamente—. Quizá se perdió. —Le brillaron
los ojos—. El año pasado se perdió y los policías lo recogieron en El Paso.
Trajo un perfume. Quizá fue a El Paso otra vez. Era un perfume muy agradable.
—Esperanza se alejó escaleras abajo—. Volverá —dijo—, si no está muerto en
alguna zanja.
Sacudí
la cabeza y sonreí de mala gana pensando que Esperanza hubiera luchado como un
gato salvaje si alguien le hubiese hablado así de Severeid...
Suspiré
y volví a esa carta decepcionante. De pronto fruncí el ceño y me moví incómoda
en la silla. ¿Qué andaba mal? Me sentí terriblemente inquieta. No parecía ser
nada físico. Paseé los ojos por el cuarto. Petie era una escuadrilla de aviones
de reacción mientras dibujaba los aparatos, y los suaves vrrr, vrrr, vrrr eran
casi el único sonido vocal que se oía en la sala. Debajo había un zumbido
plácido, como de costumbre. Había vuelto al nivel vocal cuando de pronto me
sumergí otra vez. Había ahora un zumbido agudo y penetrante, parecido al de una
una abeja irritada, un zumbido malicioso y de furia. ¿Qué era eso? Me encontré
con los ojos inflamados de Lucine y comprendí.
Perdí
casi el aliento ante esa ola repentina de cólera y de odio. Y cuando traté de
llegar a la niña, por debajo, me sentí rechazada... no deliberadamente, pero
como si nunca hubiese habido contacto alguno entre nosotras. Me sequé en la
falda las manos temblorosas, como si se me hubieran mojado en lo que acababa de
leer.
La
campana del recreo sonó tan estruendosamente que tuve un sobresalto. En seguida
me reí con los niños, y tan pronto como me fue posible corrí a la sala de la
señora Kanz.
—
Lucine va a tener otro ataque —dije sin más preámbulos.
La
señora Kanz escribió una nota en lo alto de una composición de literatura.
—
¿Por qué lo supone?
—No
lo supongo, lo sé. Y esta vez no será demasiado lenta. Ocurrirá una desgracia
si no hacemos algo.
La
señora Kanz dejó el lápiz y se cruzó de brazos, con la boca apretada.
—Piensa
usted demasiado en Lucine —dijo, ásperamente—. Si está usted a punto de creer
que ya puede predecir la conducta de la niña, está usted yendo demasiado lejos.
La gente empezará a decir que es usted muy rara. ¿Por qué no la olvida y se
dedica a... bueno, a Low? Debe de ser mucho más divertido que Lucine, estoy
segura.
—Low
también podría decírselo —grité—. Sabe más de Lucine de lo que nadie cree.
—Eso
me han dicho. —En la voz de la señora Kanz había un ronroneo malicioso que yo
no le había oído nunca—. Los han visto juntos en las lomas. Bueno, Lucine es
retardada sólo mentalmente. Recuerde que tiene más de doce años, y algunos
hombres...
Golpeé
violentamente la superficie del escritorio con la mano abierta. Sentí un fuego
en los ojos y la señora Kanz se echó hacia atrás como si hubiese recibido un
puñetazo, llevándose el dorso de la mano a la mejilla en un ademán defensivo.
—Yo...
yo... era una broma —balbuceó.
Respiré
profundamente para contener mi cólera.
—
¿Qué hará con Lucine?
Mi
voz era muy suave.
—¿Qué
puedo hacer? ¿Qué se puede hacer?
—Muy
bien —dije amargamente—. Olvídelo.
Traté
toda la tarde de comunicarme con Lucine, pero la niña parecía abotagada e
indiferente... en la superficie. Adentro, la violencia y el odio hervían como
una lava, y una vez, sin provocación aparente, se inclinó en el pasillo y le
pellizcó el brazo a Petie, que se puso a gritar.
Lucine
estaba de pie frente a la clase, de cara a la pared, cuando sonó la última
campana.
—Puedes
irte, Lucine —le dije a esa torva desconocida en que se había transformado la
niña.
Le
puse una mano en el hombro. Lucine esquivó el cuerpo con un movimiento fluido y
rápido. Le alcancé a ver el perfil cuando se iba. Apretaba las mandíbulas y
tenía en tensión los músculos del cuello.
Corrí
al hotel, casi aturdida por la preocupación, a esperar a que Low saliera de la
mina. Me paseé por la alfombra oriental dando vueltas en torno de la estufa
panzuda, mirando una docena de veces a través de los visillos y los vidrios
sucios y agrietados, y golpeándome la palma con el puño. El teléfono chilló de
pronto en la pared y sentí casi un dolor físico.
Alcé
bruscamente el receptor.
—¡Sí!
—grité—. ¡Hola!
—Marie.
Quiero hablar con Marie. —Era una voz lejana y chirriante—. Llame a Marie.
Llamé
a Marie, la dejé en el teléfono, y salí al porche. Caminé de arriba abajo, de
arriba abajo, y la voz de Marie crecía y se apagaba.
...bueno,
era de esperar. Una loca como ella...
¡Lucine!
—grité, y corrí adentro—. ¿Qué ha pasado?
¿Lucine?
—Marie me miró desde el teléfono frunciendo el ceño—. ¿Qué tiene que ver
Lucine? La hija de Marson se escapó anoche con el hombre del ascensor del
Golden Turkey. Él tiene por lo menos cincuenta años y ella apenas dieciséis.
—Marie se volvió al teléfono, ávidamente—. Sí, sí, sí.
Llegué
de vuelta a la puerta justo a tiempo para ver que un coche se detenía en la
calle. Recogí mi abrigo y llegué al pie de los escalones cuando en el coche se
abría una portezuela.
—
¿Lucine? —jadeé.
—Sí.
—El sheriff me abrió la portezuela de atrás. El ayudante me miró con unos ojos
saltones, asombrado por la rapidez de los acontecimientos—. ¿Dónde está la
chica? —No sé —dije—. ¿Qué ocurrió?
—Se
volvió loca al salir de la escuela. —Nos alejamos velozmente del hotel—. Tomó a
Petie por los talones y lo lanzó contra una roca. Persiguió a los otros niños a
pedradas y luego se encarnizó otra vez con Petie. Está vivo aún, pero el doctor
ya no sabe cuántas heridas tiene y le están haciendo transfusiones. La señora
Kanz dice que usted debe de saber dónde está Lucine.
—No.
—Cerré los ojos y tragué saliva—. Pero la encontraremos. Busquemos a Low
primero.
El
autobús de la mina se detenía en ese momento en el puesto de combustible. Low
bajó del autobús y entró en el coche del sheriff antes que pudiéramos
pronunciar una palabra. Vi mi ansiedad reflejada en la cara de él y nos
estrechamos las manos.
Durante
las dos horas siguientes recorrimos los caminos de Kruper. Fuimos a todos los
lugares donde Lucine podía haberse escondido, pero no estaba en ninguna parte,
ni entre los matorrales al pie de las colinas ni en los pinares de las
montañas.
—Daremos
otra vuelta, pasando por el cañón de Polonia. Si no la encontramos ahí habrá
que llamar a los hombres y traer perros. —El sheriff aceleró para subir la
cuesta que llevaba al cañón—. No entiendo cómo una chica pudo escapar tan
rápido.
—No
la ha visto correr —dijo Low—. Nunca corre delante de otra gente. Parece que
volara apenas un poco más bajo que un aeroplano. Jamás pude alcanzarla. Toma
aliento y luego ya casi no pisa el suelo. Ni los perros de Claude la
alcanzarían.
—
¡Paren! —Me tomé del borde del asiento—. ¡Paren el coche!
Los
frenos funcionaban bien. Nos desenredamos y saltamos a tierra.
—Por
allí —dije—. Está en algún sitio por allí.
Miramos
los matorrales de una colina, del otro lado del cañón.
—Oh,
no —gruñó el sheriff—. No en Cleo II. Ese agujero del infierno no nos ha traído
más que desgracias desde que abrieron el primer pozo. Agua y gas y
desprendimientos de arena, todo lo que puede encontrarse. He retirado bastantes
cadáveres de ahí, y mi padre antes que yo. ¿Por qué piensa que Lucine está por
ese lado, maestra? ¿Vio usted algo?
—Sé
que está por ahí cerca —dije evasivamente—. Quizá no en la mina, pero sí en los
alrededores.
—Echemos
una ojeada —suspiró el sheriff—. Me gustaría saber cómo pudo verla desde el
otro lado del auto.
El
sheriff bajó al camino y vi que empuñaba un fusil de caza.
¿Un
fusil? —le pregunté sin aliento—. ¿Para Lucine?
¿Usted
no ha visto a Pede, no es cierto? —dijo el hombre—. Yo sí. Las bestias
peligrosas se cazan con fusil.
—
¡No! —grité—. La llamaremos y vendrá. —Quizá sí —dijo el sheriff—. Y quizá no.
Cruzamos el camino y bajamos al cañón.
—
¿Estás segura, Dita? —murmuró Low—. Yo no la siento. Sólo una bestia de presa
que...
—Es
Lucine —dije con una voz ahogada—. Es Lucine. Sentí la repugnancia de Low.
—
¿Ese... ese animal?
—Ese
animal. ¿Qué venimos a hacer, Low? Quizá debiéramos dejarla sola.
—No
sé. —Sufrí con el dolor de Low—. Por Dios que no lo sé.
Lucine
estaba en Cleo II.
El
ruido de unas piedras, en el interior de la mina, turbó de pronto nuestro
angustiado silencio. Me sentí casi físicamente enferma.
—Lucine
—llamé en la oscuridad del pozo—. Lucine, sal de ahí. Es hora de volver a casa.
Una
piedra del tamaño de un puño me hizo tambalear. Me froté el hombro dolorido.
—
¡Lucine! La voz de Low, imperiosa, se extendió a lo largo de toda la banda. La
respuesta fue un gruñido inarticulado.
El
sheriff nos miró.
—¿Y
bien?
—Está
completamente loca —dijo Low—. No nos escuchará.
—Maldición
—dijo el sheriff—. ¿Cómo la sacaremos de ahí?
Nadie
tenía una respuesta, y nos quedarnos un rato inmóviles, sin saber qué hacer,
mientras el sol de la tarde zumbaba a nuestras espaldas iluminando apenas la
entrada de la mina. De pronto una lluvia de piedras cayó alrededor de nosotros,
golpeando el suelo desnudo y sacudiendo los matorrales. En seguida una larga
queja gutural me heló los huesos.
—Voy
a tirar —dijo el sheriff, muy pálido—. Voy a tirar.
Alzó
el fusil y asentó los pies en el suelo.
¡No!
—grité—. ¡Es una niña! ¡Una criatura! El hombre me miró torciendo la boca.
¿Eso?
—dijo, y escupió.
El
ayudante le tironeó de la manga y se lo llevó a un costado murmurando
rápidamente. Le lanzó a Low una mirada inquieta. Low buscaba a Lucine en él
mismo, con los ojos cerrados y la cara tensa.
Los
dos hombres se pusieron a juntar unas piedras amontonándolas a la entrada de la
mina, al alcance de la mano. Luego, tomando aliento, se pusieron a bombardear
el pozo. Durante un rato la respuesta fue una lluvia de piedras y en seguida un
grito ultrajado que decreció cuando Lucine se internó un poco más en la
oscuridad.
—
¡Ya la tengo!
Los
dos hombres redoblaron sus esfuerzos, acercándose más a la entrada, y Low me
tomó por el brazo para impedir que los siguiera.
—Hay
una grieta adentro —me dijo—. Están tratando de llevarla ahí. Una vez eché una
piedra y no la oí tocar fondo.
—
¡Es un asesinato! —grité librándome de Low y tomando al sheriff por la manga—.
¡Paren!
—No
hay otra posibilidad —gruñó el sheriff, hinchando los músculos del brazo—. Es
mejor que muera ella y no Petie y todos nosotros. Está decidida a matar.
—Yo
haré que venga —dije cayendo de rodillas y llevándome las manos a la cara—. Yo
haré que venga. Denme un minuto.
Me
concentré como nunca lo había hecho hasta entonces. Salí impetuosamente de mí
misma y me lancé a la oscuridad de la mina, internándome en una oscuridad cada
vez más densa y horrorosa, y luché con la oscuridad que había en Lucine hasta
que al fin esas mismas sombras me invadieron. Insistí, tercamente, tratando de
meter un filo de sentido común en aquella locura. Low me alcanzó cuando yo ya
me perdía en la marea oscura. Me alcanzó y me sostuvo hasta que al fin pude
librarme y regresé del infierno.
De
pronto un rumor apagado sacudió la colina, y la entrada de la galería vomitó
una nube de polvo amarillo.
Hubo
un aullido animal que se interrumpió bruscamente, y luego un grito de dolor y
terror, el grito de una niña aterrorizada, un horrorizado despertar en la
oscuridad, un grito que pedía ayuda y luz.
—
¡Es Lucine, Lucine! —sollocé—. Ha vuelto. ¿Qué ocurrió?
—Un
derrumbe —dijo el sheriff—. Han cedido los puntales. Estaban podridos desde
hacía muchos años. La chica ha quedado debajo, seguro.
—Pero
es Lucine de nuevo —dijo Low—. Tenemos que sacarla.
—Si
el derrumbe se ha producido donde pienso —dijo el sheriff—, está perdida. Hay
un pasaje que es todo polvo. El polvo más fino que pueda encontrarse. Se mueve
como una cascada de agua, y ahoga a un hombre del mismo modo. —Apretó los
labios — . El primer cadáver que vi en mi vida lo saqué de ese polvo. Yo tenía
dieciséis años, y era el más flaco del grupo, y cuando localizaron el cuerpo me
enviaron abajo. Lo saqué tirando de los pies. Un nombre terco, hundido en ese
polvo como en un pantano. Sacar a este cuerpo también llevará mucho trabajo...
Bueno —concluyó poniéndose el fusil a la espalda—, será mejor que volvamos al
pueblo y traigamos una cuadrilla.
—No
está muerta —dijo Low—. Respira todavía. Está debajo de algo y no puede
librarse.
El
sheriff lo miró entornando los ojos.
— Me
habían dicho ya que era usted un poco raro —di jo—. Me parece que éste es un
momento de crisis, si se puede decir así. ¿Quiere que la lleve de vuelta al
pueblo, señora? —me preguntó con una voz más dulce—. No hay nada que hacer
aquí. La chica ha muerto.
—No,
no ha muerto —dije—. Está viva aún. La oigo.
—Dios
—dijo el sheriff—. Son dos ahora. Bueno, perfecto. Los dejo aquí para cuidar
que la galería no se escape mientras yo no estoy.
Torció
la boca en una sonrisa, como orgulloso de su propio ingenio, y se alejó con el
ayudante.
Escuchamos
los ecos del motor hasta que se desvanecieron en las colinas boscosas de
alrededor. Oímos el ruido del viento en los matorrales y el grito lejano de
algún pájaro. Oímos los golpes de nuestros corazones y la aterrorizada
confusión de Lucine. Y oímos el dolor que empezaba a martillar el cuerpo de la
niña, y la hoja afilada y brillante de una agonía que terminaba en la
inconsciencia. Y luego los dos nos encontramos abriéndonos paso a tientas en la
oscuridad del túnel. Trastabillé y caí y sentí que algo pesado fluía sobre mis
piernas y mi vientre, atándome al suelo. Low seguía avanzando ante mí.
—Vuelve
—me advirtió—. Vuelve o nos quedaremos aquí los dos.
—
¡No! —grité tratando de librarme—. No puedo dejarte solo.
—Vuelve
—dijo Low—. La encontraré y la sostendré hasta que lleguen los hombres. Tú
tienes que ayudarme a retener el polvo.
—No
puedo —gemí—. No sé cómo hacerlo.
Hundí
las manos en la sábana pesada que me cubría las piernas.
—
Sí, puedes hacerlo —dijo Low dentro de mí—. Con céntrate y ya verás.
Rehice
de rodillas la increíble distancia que me separaba de la entrada del túnel, y
me acurruqué allí apretándome la cara con las manos sucias. Miré adentro de mí,
muy adentro hasta llegar a una profundidad que de pronto fue una cima. Me alcé,
mente y alma, hacia arriba, hacia arriba, hasta encontrar una nueva Persuasión,
una nueva capacidad, y lentamente, lentamente, me interné en la marea seca que
llenaba la mina, y comencé a apartar el río sombrío que había cubierto a Lucine
de modo que únicamente el brazo replegado impedía que el polvo le entrara por
la nariz y la boca.
Low
se internaba en la masa de arena tratando de llegar a Lucine antes que se
agotara todo el oxígeno.
Estábamos
juntos, trabajando de tal modo que ya no éramos dos personas. Eramos una
persona, que era a la vez una multitud de personas, unidas en un tremendo
esfuerzo. Como éramos todos, no necesitamos palabras mientras trabajábamos
hacia Lucine. Encontramos una rodilla doblada, una falda desgarrada, un tobillo
torcido... y el madero astillado que la clavaba al suelo. Retuve el polvo
mientras Low escarbaba para encontrar la cabeza.
Cuidadosamente,
abrimos un espacio para la cara de Lucine. Cuidadosamente, trabajamos para
librarla del madero. Al fin Low tomó en sus brazos el cuerpo inerte de
Lucine... y desapareció. Desapareció completamente, entre una respiración y
otra.
—
¡Low! —grité, incorporándome en la boca del túnel, pero el sonido de mi grito
murió en el estruendo que sacudió el suelo. Miré horrorizada cómo la colina se
doblaba y cedía y caía en el silencio luego que un puñado de guijarros, casi
ocultos en una nube de polvo, rodaron hasta mis pies.
Grité
otra vez y el cielo giró en una espiral enceguece—dora de bordes de afiladas
copas de pinos, y de pronto innumerables Severeid Swanson aparecieron en las
copas y en el cielo y giraron llamando:
—
¡Maestra! ¡Maestra!
El
mundo entero se detuvo, como si alguien hubiese apoyado una mano sobre él. Me
incorporé.
—
¡Severeid! —le grité—. ¡Están ahí! ¡Ayúdeme a sacarlos! ¡Ayúdeme!
—Maestra
—dijo Severeid encogiéndose de hombros—, no comprendo. Le traigo a alguien que
vuela. Lo busqué. Usted me dijo que lo necesitaba. Lo encontré. ¿Qué hace ahí
llorando?
Antes
que yo tuviese conciencia de una presencia junto a Severeid, sentí a alguien en
mi mente. Antes que yo pudiera articular una palabra, me la arrancaron. Antes
que yo pudiera moverme, oí el ruido de las rocas, y dándome vuelta caí de
rodillas y observé, aterrorizada y maravillada, cómo se alzaba todo el flanco
de la colina y caía en arcos a un costado y a otro, como tierra removida por un
arado. Vi que el polvo se levantaba como una fuente roja y amarilla por encima
del surco. Vi el flanco de la colina que caía otra vez. Vi a Low y a Lucine que
se posaban en el suelo, ante mí, y vi que toda la luz se desvanecía mientras yo
caía hacia adelante, y mis dedos acariciaban la mejilla de Low antes de
hundirme profundamente en la oscuridad.
El
sol estaba en todas partes. Yo podía sentir bajo la manta delgada, en mi
mejilla, el almohadón de arena. Podía oír el viento frío que soplaba entre los
árboles, y los árboles gemían allá arriba. Pero en nuestro refugio, contra la
montaña, unas palmas de granito recogían el sol del otoño. Yo podía alcanzar a
Low sin moverme, y a Valancy y a Jemmy. Sin abrir los ojos, podía verlos a mi
alrededor, consolándome. El momento era demasiado precioso. Me volví y me
senté.
—Cuéntenme
otra vez —dije— cómo Severeid los encontró de nuevo.
No
presté atención a la sonrisa indulgente que intercambiaron Valancy y Jemmy. No
me importó sentirme como una niña... si ellos eran el mundo de los adultos.
—Nos
vio por primera vez —dijo Jemmy— cuando el vino le dio sueño y decidió dormir a
la sombra de una roca, en un sitio que habíamos elegido para un picnic. Estaba
tan borracho, o era tan ingenuo, o las dos cosas, que no se asombró ni se
sintió ofendido cuando nos ele— vamos y nos movimos en el cielo. Se sentía en
verdad intrigado y encantado. Pensó que estaba muerto y que había escapado al
purgatorio y nos costó impedir que se lanzara detrás de nosotros. Por supuesto,
antes de separarnos le bloqueamos el recuerdo de esa escena, para que no
pudiera hablar de nosotros con nadie excepto con otras gentes del Pueblo. —Me
sonrió—. Por eso nos sentimos realmente inquietos al enterarnos de que había
hablado con usted y que usted no era del Pueblo. Por lo menos no de la Morada.
Nuestro provincialismo recibe con usted un tercer golpe. Peter y Bethie fueron
el primero, pero al menos ellos eran en parte del Pueblo, en cambio usted...
—Jemmy meneó la cabeza—. No, usted estaba fuera.
—Sí.
—Me estremecí pensando en los largos años en que yo había estado fuera de todo
el mundo—. Estaba fuera.
Y me
abandoné al triple consuelo que emanaba de Low, de Jemmy, y de su mujer,
Valancy.
—Bueno,
cuando usted le dijo a Severeid que quería encontrarnos vino tambaleándose lo
menos posible al sitio del picnic. Cuando lo encontramos, debía de estar
tendido allí, sobre las cenizas del campamento, desde hacía varios días. Se
moría de sed y había perdido hasta el recuerdo de la comida. —Jemmy tomó
aliento—. Bueno, cuando supimos que Severeid conocía por lo menos a dos que se
parecían a nosotros... Bueno, hemos estado buscándonos casi desde que llegaron
las primeras naves. Tiene que haberse sentido bastante mal con la altura y la
velocidad, sin la tranquilidad de un avión ni nada... Sentimos cómo usted
luchaba tratando de salvar a Low y a Lucine cuando estábamos a kilómetros.
Alabados sean los Poderes que nos permitieron llegar a tiempo.
Suspiré
y busqué el calor de la mano de Low, para deshelar el recuerdo de aquel momento
terrible.
— Sí
—dije.
—Yo
nunca lo había hecho con tanta rapidez — continuó Jemmy—, ni en una escala tan
grande. No sabía bien si la luz crepuscular sería bastante fuerte, de modo que
yo mismo me quedé boquiabierto cuando vi cómo se abría la montaña. —Sonrió
débilmente—. Convendrá, me parece, que restrinjamos la práctica de los Poderes.
Fue un verdadero terremoto.
—Muy
cierto. —Me estremecí—. ¿Y qué pensó Severeid de todo eso?
—Hicimos
que Severeid olvidara todo el episodio de la mina —dijo Valancy—. Pero el
sheriff se sintió realmente sorprendido, cuando llegó con la cuadrilla. Apenas
pudo articular: «¡Dios! ¡Cleo II se ha escapado!».
— ¿Y
Lucine? —pregunté saboreando la respuesta que ya conocía.
—Y
Lucine aprende ahora —dijo Valancy—. Bethie, nuestra Sensitiva, descubrió lo
que anda mal en ella y ya está arreglado. Será una criatura normal, muy pronto.
—
¿Y... yo? —murmuré, sin saber qué esperar.
—Un
ser como nosotros —dijeron los tres dentro de mí—. Nacida o no en la Tierra,
como nosotros.
—Pero
qué problema —comentó Jemmy—. Pensamos que lo habíamos catalogado todo. Había
gente entre nosotros que era toda del Pueblo, y otra que era mitad del Pueblo y
mitad de la Tierra como Bethie y Peter. Y luego apareció usted. ¡Y sin nada del
Pueblo!
Sí
—dije, apoyándome otra vez, cómodamente, en mi ancestral pared de piedra—. Sin
nada del Pueblo.
Sin
embargo, usted es como una respuesta a algo que nos preguntamos desde hace
mucho tiempo —dijo Valancy—. Quizá luego de tantos siglos de extravío la gente
de la Tierra está alcanzando también las Persuasiones. Hemos encontrado huellas
de ese desarrollo, pero muy fragmentarias. No imaginábamos que alguien hubiese
llegado tan lejos. Quién sabe cuántos hay en el mundo, esperando también que lo
encuentren.
—Ocultándose,
querrá decir —comenté—. Nadie anda de un lado a otro pidiendo que lo
encuentren. No luego de las primeras reacciones de los demás. Oh, quizás al
principio uno corre para que los otros compartan esa maravilla, pero uno
aprende pronto a ocultarse.
—¡Pero
tan parecida a nosotros! —exclamó Valancy—. ¡Dos mundos y sin embargo tan
parecida a nosotros!
—Pero
Dita no puede alzar cosas inanimadas —la interrumpió Low.
—Y
ustedes no pueden encender metales —repliqué.
—Y
tampoco puede emplear los rayos del sol y de la luna.
—Y
Low no puede reunir las nubes —dije—. Y si no deja de atormentarme traeré en
seguida esa tormenta que está ahora sobre Morenci y lo empaparé hasta los
huesos.
—
¡Sería capaz de hacerlo! —rió Valancy—. De modo que dejémosla tranquila.
Callamos
todos y descansamos en la arena tibia hasta que al fin Jemmy se dio vuelta y
abrió un ojo.
—Valancy
—dijo—, Dita y Low pueden comunicarse más fácilmente que tú y yo. A veces es
casi involuntario.
Valancy
también se volvió.
— Sí
—dijo—. Y Dita puede bloquearme también. Sólo una vidente puede bloquear
normalmente a otra, y Dita no es una vidente.
Jemmy
sacudió la cabeza.
—Como
todas las criaturas terrestres. Siempre marchando a destiempo. ¡Qué problema
nos trae esta muchacha!
Sí,
interrumpió Low, un problema y medio. Sin embargo creo que voy a quedarme con
ella de veras.
Sentí
en mí la risa tierna de Low.
Cerré
los ojos contra el sol y vi la luz dorada en los párpados. Me he reencontrado,
pensé incrédulamente, sintiendo una punzada de repentina alegría. Me he
reencontrado de veras.
Me
envolví en el manto de mi sueño, sabiendo al fin y con seguridad que un día
podría extender esa tela no sólo sobre mí sino sobre todos los extraviados y
confundidos también. Algún día todos seríamos lo que ahora era sólo un sueño.
Me
dormí dulcemente, sintiendo en la mejilla el calor de la mano de Low... Me
dormí al fin, sin el temor de despertar.
Oh,
¿sería posible? ¿Sería posible?, pensó Lea, excitada. Quizá, quizá...
Sintió
la presión de una mano en el hombro, se volvió, y se encontró con los ojos
comprensivos de Melodye.
—No
—dijo Melodye—, todavía somos Extraños. Es como el color de los ojos. Tienes
los ojos de color castaño, o no. No somos el Pueblo. Bienvenida a las puertas
del horno.
—Parecería
—dijo el doctor Curtis— que estuvieras engordando con sólo mirar y oler.
—
¡Que estuviera engordando! —se quejó Melodye—. ¡Oh, no! No luego de tantos
esfuerzos...
—Bueno,
quizá que te estuvieras alimentando sería un modo más amable de decirlo, además
de más exacto. No parece por lo menos que estuvieras consumiéndote.
—Quizá
—dijo Melodye, tranquilizándose—, quizás es porque sé que puede haber esa clase
de comunicación entre la gente del Pueblo, y tratando de tener yo también ese
Don me he hecho más receptiva a una fuente que no sabe de Extraños, ni del Este
y el Oeste, ni de esclavos ni libres...
—Jummm
—dijo el doctor Curtis—. Tienes ahí un buen tema para meditar.
Karen
y Lea se separaron de las gentes que iban charlando, felices. Habían llegado
frente a la casa. Las dos muchachas se detuvieron, arrebujadas en sus
chaquetas, hasta que el sonido de las otras voces murieron en ecos de sombra en
los bajos del cañón. Lea alzó la barbilla a una brisa repentina y fresca.
—Karen,
¿piensas de veras que alguna vez saldré adelante? —preguntó.
Si
no estás demasiado enamorada de tus dificultades —dijo Karen, la mano en el
pestillo—. Si no estás demasiado decidida a remodelarte de acuerdo con tus
propios deseos. Quizá te parezca que cualquier otra solución no sería
satisfactoria, pero tienes que saber que tu propio juicio no es siempre
completamente válido ni la estrella que señala el rumbo de tu viaje. Actuamos
demasiado a menudo como si nuestro pensamiento fuera una norma universal. Pero
en verdad es preferible admitir que la marcha del universo no depende
enteramente de ti, que no puedes ser responsable de todo, y que hay muchas
cosas que es posible y conveniente dejar en manos de otro.
Dejar
que... —Lea se miró las manos apretadas—. Las he tenido así tanto tiempo que es
asombroso que las uñas no me hayan crecido atravesándome las palmas.
¡Un
buen recurso para no tener que usar esmalte de uñas! —rió Karen—. Pero
entremos, es hora de dormir. ¡Oh, seré tan feliz cuando un día pueda llevarte a
la colina! —Abrió la puerta y entró, tironeando de la chaqueta de Lea—. Tengo
tantas ganas de hablarlo contigo, una buena y vieja charla de las que sólo se
puede tener con un Extraño. Llegué a aficionarme a eso en el año que pasé entre
Extraños...
La
voz de Karen se fue apagando en el pasillo. Lea alzó los ojos a las estrellas
brillantes que puntuaban el cercano horizonte.
Las
estrellas descienden, pensó, a las lomas y la oscuridad. La oscuridad sube a
las lomas y las estrellas. Y aquí en este porche hay un sitio vacío del tamaño
de mí misma que trata de llegar a ser. Es tan difícil reconciliar la oscuridad
y las estrellas, ¿pero qué otra cosa somos sino un intento de reconciliación?
La
noche cayó de nuevo. A Lea le parecía que el tiempo era como un abanico. Las
noches eran los huesos firmes, cuidadosamente labrados, que sostenían la
identidad del tiempo. Los días se plegaban dócilmente entre las noches; días
que contenían figuras sólo porque estaban limitados a un lado y a otro por las
noches; días plegados con garabatos ininteligibles. Lea se cuidaba muy bien de
tratar de leer esos garabatos. Si significaban algo, ella no quería saberlo.
Sólo mientras no tratara de descubrir significados o de relacionar una cosa con
otra podría ella conservar esa paz precaria de los días plegados y las noches
activas.
Se
instaló casi con alegría en el pupitre que había llegado a ser agradablemente
familiar. Es casi como drogarse con películas o libros o televisión, se dijo a
sí misma. Traigo mi mente vacía a las reuniones, dejo que las historias fluyan
atravesándome, y llevo de vuelta a casa mi mente vacía.
¿A
casa? ¿A casa? Sintió en el pecho la torsión de un puño cerrado, pero se
concentró obstinada en las luces que colgaban del cielo raso. Las miró con
atención.
—No
son luces eléctricas —le susurró a Karen—. Ni tampoco lámparas de petróleo.
¿Qué son?
—Luces
—sonrió Karen—. Cuestan unos pocos centavos cada una. Unos pocos centavos y
Dita. Ella las enciende para nosotros. Yo he estado practicando corno loca y
casi enciendo una el otro día. —Rió de buena gana—. ¡Y ella es una Extraña! Oh,
Lea, te digo que no sabes hasta qué punto recurres al orgullo para calentarte
en este mundo frío hasta que alguien abre un agujero en ese orgullo y una
corriente de aire te hace temblar de pies a cabeza. Dita fue ese necesario
desgarrón para muchos de nosotros, benditas sean sus puntiagudas orejitas.
—Hola
—dijo el doctor Curtis deslizándose en su asiento junto a Lea—. Le gustará la
historia de esta noche —dijo saludando a Lea con un movimiento de cabeza—. Hay
muchas cosas en común entre usted y la señorita Carolle. Me parece muy
interesante, la historia, quiero decir, y también la semejanza. Bueno, de todos
modos la historia me parece interesante pues mi delicada mano italiana...
La
señorita Carolle bajó por el pasillo y el doctor Curtis calló.
Oh,
¡pero es una impedida!, pensó Lea asombrada. O lo ha sido, se corrigió. En
seguida se preguntó por qué la señorita Carolle le había hecho pensar en
impedimentos.
¿Impedimentos?
Lea enrojeció. ¿Muchas cosas en común entre nosotras? Retorció la punta del
pañuelo. Por supuesto, admitió con humildad, inclinando la cabeza. Tullida,
impedida... Contuvo el aliento sintiendo que la oscuridad crecía y la
desgarraba, para entrar, o para salir, o simplemente para desgarrarla. Antes
que unas cuentecitas de sudor frío tuvieran tiempo de formársele en el labio
superior y en el nacimiento del cabello sintió que Karen la tocaba, con una
fuerza curativa. Gracias, mi jarabe balsámico, pensó fatigosamente. ¡No seas
tonta!, dijo el pensamiento afilado de Karen. ¡Ríete de las vendas ahora que
las heridas se han cerrado!
La
señorita Carolle murmuró en el repentino silencio:
—Nos
hemos reunido aquí en Tu Nombre.
Lea
dejó que el mundo se alejara de ella.
—Mi
tema es el tema de una canción —dijo la señorita Carolle—. ¿Listos?
La
música se alzó suavemente, viniendo de ninguna parte y de todas partes. Lea se
sintió envuelta en una dulce plenitud. En seguida una voz tomó la melodía,
suavemente, poco a poco, de modo que a Lea le pareció que la música misma se
había modulado en palabras, y era ahora un llanto que antes nunca había
encontrado expresión.
A
orillas de los ríos de Babilonia Llorábamos recordando a Sión y las arpas
colgaban de los sauces.
Aquellos
que nos habían esclavizado nos pedían una canción y aquellos que nos habían
arruinado nos pedían alegría y que cantáramos una canción de Sión.
¿Cómo
podíamos cantar una canción del Señor en esa tierra extraña?
Lea
cerró los ojos y sintió que unas lágrimas débiles se le deslizaban bajo los
párpados. Apoyó la cabeza en los brazos, sobe el pupitre, ocultando la cara.
Sentía en el corazón, desgarrado por la angustia de la música, el dolor de
todos los cautivos que alguna vez habían sido, y el dolor de todos los
cautiverios, pero más especialmente el de aquellos que se habían exiliado ellos
mismos, que se habían encerrado en sí mismos, y habían perdido la llave.
La
gente era ahora una persona que escuchaba mientras la señorita Carolle se
retorcía las manos y extendía los dedos, tensos un instante, y luego
comenzaba...
CAUTIVERIO
Supongo
que muchas almas solitarias se habrán sentado a la ventana por las noches,
mirando afuera el diluvio de luz de luna, tristes con una tristeza que no sabe
de consuelos, una tristeza subrayada por esa belleza que es en sí misma una
pena agradable; pero muy pocos sin duda habrán visto lo que yo vi aquella
noche.
Estaba
yo apoyada contra el marco de la ventana, bastante cerca como para que el
diluvio de luz me tocara los pies desnudos y el borde del camisón, salpicando
de blanco las patas de la cama, pero sin iluminar nada de mí que pudiera
mostrarme como una persona, separada de la noche. Yo disfrutaba precipitada,
brevemente de la magia de esa belleza antes que la luna se perdiera detrás del
espeso boscaje de álamos a orillas del arroyo, más allá de la curva del jardín.
La primera mata de hojas se dibujaba contra el filo de la luna cuando de pronto
lo vi: el chico Francher. Sentí una momentánea oleada de desilusión y molestia,
pues me pareció que la presencia de alguien, quienquiera que fuese, no digamos
el chico Francher, estropearía esa perfecta belleza; pero mi molestia pasó en
seguida, cuando se despertó mi interés.
¿Qué
hacía allí ese chico, mitad negro y mitad blanco, al filo del claro de luna? En
el caprichoso ordenamiento del pueblo, una esquina de la tienda de Croman, a no
más de media docena de metros, apuntaba al jardín de atrás de la casa de los
Somatasen donde yo alquilaba una habitación. Las ventanitas de la tienda
parpadeaban bajo el alero, a plena luz. El chico Francher estaba de pie, de
espaldas a la luna, observando las ventanas. Me asomé a mirar. El chico encogía
los hombros, como en una actitud de expectativa, un preludio de movimiento, el
principio de algo. Y de pronto lo vi allá arriba, en las ventanas, empujando
suavemente las hojas de vidrio, abriendo un oscuro rectángulo en el costado
blanco de la tienda. Y casi en seguida desapareció. Parpadeé y miré de nuevo.
Tienda. Ventanas. Un hueco abierto. Nada del chico Francher. Ventanas, allá
arriba bajo los aleros. Una abertura. Nada del chico Francher.
Poco
después hubo un movimiento en la abertura, y el chico Francher asomó con las
manos llenas y bajó deslizándose por la luz de la luna, hasta el suelo.
Eh,
me dije a mí misma, un momento.
El
chico Francher se sentó en el extremo del madero de doce por doce que estaba
allí tirado, la mitad en nuestro jardín y la otra mitad detrás de la tienda.
Cuidadosa y ordenadamente dispuso el botín a lo largo de la tabla. Tres
botellas de cola, una caja de caramelos largos, y una armónica grande que había
estado durante años en la tienda. El chico se sentó y estudió los objetos,
tocándolos con las puntas de los dedos. Alzó una botella y observó la tapa.
Abrió la caja de caramelos y la cerró de nuevo. Pasó un dedo por la armónica y
la levantó sosteniéndola entre las puntas de los dedos índices. La miró a la
luz de la luna, balanceando lentamente la cabeza. Y mientras el chico movía la
cabeza, débil, débilmente oí cómo subía una escala musical, y cómo descendía
luego.
Las
notas cautelosas cantaban bajas pero claras en la noche tranquila.
La
luz de la luna encendía agujeros en las copas de los álamos, y el patio se iba
deslizando hacia la sombra. Oí cómo las notas se empinaban rápidamente, y
bajaban en cascadas jubilosas, felices, y vi el reflejo cromado de la armónica,
bailando de las sombras a la luz y retrocediendo de nuevo, cantando, intacta en
el aire. Y la luna llegó a un espacio abierto entre los árboles e iluminó casi
con violencia al chico Francher. Estaba sentado en la tabla, mirando la
armónica, con una sonrisita en la cara, hosca de ordinario. Y mientras él
miraba, la armónica cantaba una sencilla canción. De pronto la cara se le
ensombreció, y miró las cosas que había dejado sobre el madero. Las recogió
bruscamente y caminó por la luz de la luna hasta la ventanita y entró por allí
de cabeza. Detrás, sola, desatendida, la armónica bailaba y tocaba,
revoloteando y disparándose como una libélula. El chico reapareció poco
después, sacando primero la cabeza. Se sentó en el aire, junto con la armónica,
y la miró y la escuchó. La alegre danza se hizo más lenta y cambió. La armónica
lloró en voz baja a la luz de la luna, un llanto doliente e interrogativo que
subía en espiral, dando vueltas; al fin entró por la ventana y la música se
perdió en la oscuridad. La ventana se cerró con un dic, y el chico Francher
bajó golpeando el suelo. Se alejó entre las sombras, los codos aleteando hacia
atrás, los puños hundidos en los bolsillos.
Solté
la cortina de viejo encaje en la que mis dedos apretados habían abierto cuatro
agujeros del tamaño de mis uñas, y dejé escapar un suspiro que no recordaba
haber retenido. Miré el madero desierto y me pasé la lengua por los labios.
Aspiré una larga bocanada de ese aire de la montaña que —se suponía— me hacía
tanto bien, y me volví. Por milésima vez murmuré no, y caminé a tientas hasta
la cama. Por milésima vez alcancé mis muletas y me columpié al borde del lecho.
Arrastré mi parte inerte sobre la cama, y me acomodé para dormir.
Me
recosté en la almohada y me puse las manos detrás de la cabeza, los codos
sobresaliendo a los costados. Miré el cuadrado encendido que era la ventana
hasta que al fin la luz onduló y se encrespó ante mis ojos somnolientos. La
mente me daba vueltas alrededor de lo que había pasado, pero no parecía
inclinada a hincar los dientes en alguna clase de explicación. Me desperté
sobresaltada; la luz de la luna se había ido, se me habían dormido los brazos,
y no había dicho mis oraciones. Arropada en cama, envuelta en el consuelo
familiar de mis oraciones de la noche, fui pasando de la vigilia al sueño,
siguiendo la danza y el fulgor de una armónica que lloraba a la luz de la luna.
La
luz del sol de la mañana llegó hasta la mesa del desayuno, echando sombras
alpinas al otro lado de los copos de maíz, más allá del tazón de azúcar.
Entorné los ojos a la luz, y no pude entender que hubiera algo vivo y activo y
tan... esperanzado a esa hora de la mañana. Me apoyé sobre los codos por encima
de la taza de café, y me quedé mirando mi desánimo, tan oscuro como ese café.
—...
el chico Francher.
Mi
cabeza dio media vuelta sobre el apoyo de las manos. Anoche, recordé a medias,
anoche.
—Me
rindo. —Anna Semper puso la tercera cucharada de azúcar en el café y se movió
morosamente—. En todos los niños hay algo... quiero decir, siempre hay alguna
manera de llegar a ellos... en todos menos en el chico Francher. No puedo
llegar a él de ningún modo. Si por lo menos fuera agresivo, o activamente malo,
o activamente cualquier cosa, tal vez yo pudiese hacer algo. Pero no, se sienta
ahí, como una planta, y cuando pasamos todos los límites, y al fin él hace
algo, mi reacción es de furia. No soporto a los niños que pueden y no quieren.
—Anna frunció oscuramente el ceño y agregó otras dos cucharadas de azúcar al
café—. Prefiero de veras un idiota activo a un genio apático. —Probó el café e
hizo una mueca—. Ni siquiera una decente taza de café que me dé ánimos para
enfrentar a ese monstruito.
Me
reí:
—Cinco
cucharadas de azúcar estropearían cualquier cosa. Y no desesperes. ¿Probaste
con la música? La música hace milagros...Anna se ruborizó hasta las orejas. No
supe decir si furiosa o turbada.
¡Música!
—La cucharita tintineó contra el plato. Anna vaciló buscando las palabras — .
Es ridículo, pero tengo que mandarlo fuera en las clases de música.
¿Al
chico Francher? ¿Fuera? ¿Por qué? Creí que se estaba siempre quieto, como una
planta.
Anna
se ruborizó todavía más.
—
Sí, es como una planta —dijo lentamente—, pero... —Jugueteó con la cucharita y
al fin estalló—: Pero a veces el tocadiscos no funciona cuando él está.
Bajé
despacio mi taza.
—
¡Vamos! —dije—. Admito que el café está demasiado fuerte, pero no exageres.
—No
exagero, es cierto. —Anna hacía girar la cucharita entre las manos — . Cuando
el chico está en la sala, ese maldito tocadiscos marcha siempre demasiado
despacio o demasiado rápido, y hasta para atrás. Te lo juro. Y una vez... —Miró
furtivamente alrededor y bajó la voz—: Una vez tocó todo un disco sin estar
enchufado.
—Tendrías
que patentar eso —dije—. Te daría montones de dinero.
—
¡Ríete! —Anna bebió otro sorbo de café, haciendo una mueca—. Empiezo a creer en
poltergeists... ya sabes, eso que actúa por medio o a causa de un adolescente.
Si tuvieras que lidiar con ese chico en clase...
Toqué
una tostada fría.
—
Sí, si tuviera...
Y
durante un instante la odié a Anna; tenía una cara sincera y me miraba con
simpatía, y al mismo tiempo evitaba volverse hacia las muletas apoyadas en la
mesa. Abrió la boca, la cerró, y se inclinó sobre la taza.
—
¿Polio? —me dijo, enrojeciendo otra vez. —No —contesté—, un accidente de auto.
—Ah.
—Anna vaciló—. Bueno, a lo mejor un día...
—No
—dije—. No —negando esa leve posibilidad que me hubiese mantenido fuera de la
resignación. —Ah —dijo Anna—. ¿Hace mucho?
—
¿Mucho? —Durante un momento me quedé como perpleja, mirando la distorsión del
tiempo. ¿Cuánto hacía? Bastante como para estremecerme cada vez que me
sorprendía la inmovilidad, en donde había esperado un movimiento. Bastante como
para que hubiese una eternidad entre lo que yo era ahora y la última vez que me
había movido descuidadamente—. Casi un año —dije, sintiendo en la memoria ese
dolor que comenta—: Hace un año yo podía...
Anna
se miró el reloj de pulsera, rápida, apreciativamente.
—
¿Eras maestra?
Yo
ya no verificaba automáticamente la hora. La inmediatez de los relojes había
muerto para mí. Continué, sonriendo:
— Sí
—dije—. Por eso te entiendo en eso del chico Francher. Yo también tuve niños
como ése.
—Siempre
hay alguno. —Anna suspiró levantándose—. Bueno, es hora de mi peregrinaje a la
colina. Hasta luego.
Y la
puerta vaivén del vestíbulo repitió la partida de Anna, una y otra vez, con
entusiasmo decreciente. Luché sobre mis pies y me balanceé hasta la ventana.
—¡Eh!
—grité.
Anna
se detuvo en la cerca y me miró por encima del hombro mientras apoyaba los
libros en el poste del portón.
—¿Sí?
— Si
te da mucho trabajo, mándamelo con una nota. Al menos descansarás un rato.
—Eh,
qué buena idea. Gracias. Magnífico. ¡Enderézate la aureola!
Arma
me saludó sacudiendo un codo mientras desaparecía detrás del viejo sauce, más
allá del portón.
No
pensé que lo haría, pero lo hizo.
No
fue más que un par de días después; oí el ruido del portón y alcé los ojos del
libro. El viejo mecanismo que cerraba el portón con un contrapeso golpeó
duramente detrás del chico Francher. El chico subió los escalones del porche
mientras yo lo estudiaba, sin mostrar nada de la incomodidad que cualquier otro
niño hubiera sentido, en una situación semejante. Trepó los tres escalones y me
alargó un sobre en silencio. Lo abrí: Decía: ¡Sacúdete la aureola! Me encuentro
en un atolladero, y no puedo salir. ¿No querrías tenerlo para siempre?
—
¿Por qué no te sientas? —le dije al chico señalando la mecedora del porche,
mientras me preguntaba cómo me las arreglaría con este asunto.
El
chico miró la mecedora, y se dejó caer en el escalón superior.
—
¿Cómo te llamas?
Francher
me miró sin curiosidad.
—Francher.
—Tenía una voz áspera, de sonido raro.
—
¿Tu primer nombre? —Mi nombre. — ¿No tienes otro? —le pregunté pacientemente,
como en un diálogo de primer grado, a pesar de su edad.
—Dicen
que Clement.
—Clement
Francher —repetí—. Suena bien, ¿pero cómo te llaman?
Las
cejas se le alzaron oblicuamente y una sonrisita amarga le dobló las comisuras
de los labios.
—Con
la mirada... delincuente juvenil, haragán, inútil, carga insoportable...
Retrocedí
ante la helada malicia de aquella voz.
—Pero
sobre todo me dicen una frase entera, como «Bueno, qué puede esperarse de un
ambiente como ése».
El
chico Francher apretó los nudillos blancos contra los desteñidos pantalones de
dril. De pronto los dedos fueron rosados otra vez, y sin que hubiera habido
ningún movimiento visible de relajación, la tensión cesó del todo. Pero los
ojos seguían siendo los de un muchachito demasiado grande para llorar y
demasiado chico para cualquier otra clase de consuelo.
—
¿De qué ambiente hablan? —le pregunté con tranquilidad, como si tuviera algún
derecho a saberlo. Me contestó sencillamente, como si me debiera la respuesta.
—La
feria, íbamos por todas las ferias del país. Mamá —la voz se le apagó casi del
todo—, mamá hacía un número, leía el pensamiento. Era un número muy bueno.
Mejor que cualquiera... mejor de lo que ella quería. A veces le hacía daño y la
asustaba, eso de meterse en las mentes de otras personas. A veces volvía a la
casa rodante y lloraba y lloraba y se daba una ducha muy muy larga y se lavaba
hasta que se le arrugaban las manos y el pelo le colgaba en mechones empapados.
Se le torcía en las puntas. No podía sacarse el miedo y el odio y... y el
cansancio y la suciedad, ni aun así. Sólo cuando le leía la mente a un Bueno, o
visitaba una iglesia oscura, de velas altas.
— ¿Y
dónde está ahora? —le pregunté, observando en mi mente esa imagen cálida:
espaldas estrechas e indefensas bajo un batón ligero y húmedo, con hebras de
pelo mojado que le goteaban sobre un hombro.
—Se
fue. —Los ojos del chico miraban por encima de mi cabeza—. Murió. Hace tres
años. Me adoptaron luego. Quieren hacer de mí un ciudadano decente.
El
chico hablaba sin ninguna inflexión en la voz. Las palabras caían entre
nosotros, en nuestro silencio, chatas como hojas de papel.
—Te
gusta la música —le dije enroscándome la nota de Arma en el dedo índice,
recordando lo que había visto aquella noche.
—
Sí. —El chico miraba la nota—. Pero la señorita Semper no me cree. Odio esa
música envasada, que suena como rasguños.
—
¿Cantas?
—No.
Yo hago música.
—
¿Quieres decir que tocas un instrumento? El chico se enfurruñó, impaciente.
—No.
Yo hago música con instrumentos.
—Ah
—dije—, ¿hay alguna diferencia?
—Sí.
—El chico miró para otro lado. Yo lo había decepcionado o le había fallado de
algún modo.
—Espera
—le dije—. Hay una cosa que quiero mostrarte.
Me
arrastré sobre mis pies. Oh, fui bastante rápida y hábil en vista de las
circunstancias, creo, pero allí, ante los ojos del chico Francher, el esfuerzo
me pareció interminable y doloroso. Al fin estuve de pie y salí balanceándome
por la puerta. Cuando volví con la cadena del llavero, el chico miraba todavía
mi silla vacía, y tuve que volver a sentarme observada por aquellos ojos fijos.
—
¿No puede levantarse sola? —me preguntó natural mente.
—Muy
poco, por muy poco tiempo —le contesté, como si no pudiera hacer otra cosa.
—No
camina sin esos aparatos —me dijo él.
—No
puedo caminar sin esos aparatos. Toma. —Le extendí mi llavero. Había un dije
allí: una armónica de cuatro notas, tan diminuta que yo nunca había podido
hacer sonar una nota por separado. Las cuatro notas juntas eran como el aliento
débil de un acorde, un leve sonido vacilante.
El
chico Francher tomó la cadenita entre los dedos y balanceó el dije hacia atrás
y adelante, inclinando la cabeza de modo que el sol le tembló sobre el pelo. La
cadena dejó de moverse. Pasó un rato, y luego, nítidas, altas, llegaron las
cuatro notas, una después de la otra. Hubo una leve pausa, y las cuatro notas
solitarias se unieron en un acorde dulce y claro.
—Haces
música —le dije con una voz que apenas se oía.
Sí.
—El chico me devolvió la cadena y se puso de pie —. Espero que a ella se le
haya pasado ya. Me vuelvo.
¿A
trabajar?
—A
trabajar. —Sonrió torcidamente—. Por ahora al menos.
Se
alejó por el pasillo.
— ¿Y
si se lo digo? —Le grité mirándolo.
—Se
lo dije ya una vez —me contestó por encima del hombro—. Pruebe si quiere.
El
chico Francher se fue, y me quedé sentada largo rato en el porche, los dedos
cerrados sobre la armónica, mientras miraba cómo el sol me trepaba por la falda
hasta el regazo. Al fin di vuelta el sobre de Anna. El borde engomado estaba
intacto. Había un extremo roto, por donde yo había abierto el sobre. El papel
era opaco. Soplé un pequeño acorde en la armónica y sentí que un escalofrío me
subía por la espalda. El escalofrío fue desplazado en seguida por una ola de
cálida excitación. ¿De modo que la madre del chico Francher había tenido el
poder de leer los pensamientos? ¿De modo que él conocía lo que había en el
sobre cerrado? ¿O lo había sabido antes por Anna? De modo que podía hacer
música en una armónica. De modo que el chico Francher era... Mis atropellados
pensamientos se detuvieron. ¿Qué era el chico Francher?
Ese
día Anna volvió de la escuela, subió cansadamente los cuatro escalones, y se
apoyó contra la balaustrada, mitad sentada, mitad recostada.
—Estoy
demasiado cansada para sentarme —dijo—. Me han dado cuerda como un reloj y
sonaré en cualquier momento. —Medio se rió e hizo una mueca—. Quizá sea culpa
de la lavandería. Me he quedado escasa de ropas. —Tomó aliento, con un sonido
ronco—. Parece que encendiste un fuego debajo de ese chico Francher —dijo—.
Volvió y se metió en el libro de matemática e hizo todos los trabajos de la
semana, que había descuidado hasta entonces. Además los hizo en menos de una
hora. Me enfurece de veras. —Hizo otras muecas y se llevó una mano al pecho—.
Maldito polvo de tiza. Gracias por tu ayuda. Quisiera ser optimista, sí, y
creer que va a durar. —Echó atrás la cabeza y aspiró otra bocanada, los ojos
cerrados por el esfuerzo—. Falta aire aquí. — Se llevó los dedos al cuello de
la blusa—. De todos modos, el chico Francher dijo que me reemplazarías hasta
que se me curara la neumonía. —Ahora se rió; una risita silenciosa—. No sabe
que no es más que polvo de tiza, que nunca me enfermo. —Hundió la cara entre
las manos y rompió a llorar—. No estoy enferma, ¿no es cierto? Es sólo ese
maldito chico Francher...
Todavía
hablaba del chico Francher cuando vino la señora Somansen y la llevó a la cama;
luego llegó el médico y le auscultó el pecho y meneó la cabeza.
Y
así fue como el primer grado que estaba en la planta baja fue trasladado de
prisa arriba, y el octavo grado fue trasladado de prisa abajo, y yo me encontré
una vez más aceptando el desafío de una clase, diciéndome a mí misma que el
chico Francher no necesitaba ningún conocimiento especial para saber que yo
sería la suplente. Al fin y al cabo, a mí me gustaba Arma, yo era la única
suplente disponible. Además, cualquier aumento de la mensualidad, aun el sueldo
de una suplente, era siempre bienvenido. Los cheques mensuales alcanzaban para
vivir, pero era bueno llevar en los bolsillos un poco de dinero extra.
A
media mañana yo ya conocía algo de lo que tanto perturbaba a Anna. La presencia
del chico Francher era como un peso muerto para cualquier tarea que nos
propusiéramos. Las lecciones cojeaban, se atascaban, y se detenían cuando
llegaban a él. La actividad daba vueltas alrededor de su inactividad, creando
remolinos de distracción. No era sólo una especie negativa de no—participación
lo que emanaba del chico Francher, sino un agresivo, positivo no—hacer. No era
sólo un estorbo, sino una oposición activa, aunque nadie hubiese podido decir
en qué consistía exactamente esa oposición. Esto, junto con mi decepción —la
fácil comunicación que había habido alguna vez entre nosotros se había
interrumpido del todo—, la fatiga de estar en posición vertical todo el día en
vez de caer de cuando en cuando en la horizontal, y la tensión de sentirme otra
vez presa, helada, en un cuarto poblado de adolescentes y preadolescentes, me
habían abrumado de veras, y a eso de la media tarde me sentí como atontada.
Así
que caí en el eterno refugio de las maestras fatigadas, y abrí una discusión
acerca de qué—quiero—ser—cuando—sea—grande. Ya habíamos pasado por las
acostumbradas enfermeras y pilotos y camareras de avión, y constructores de
puentes, con las acostumbradas y también inesperadas bailarinas de ballet y
físicos atómicos (aunque el niño todavía no sabía sumar seis más nueve), cuando
la polémica se rompió en espumas como una ola contra el chico Francher, y allí
se quedó.
El
chico Francher estaba echado en su asiento, apoyando todo el peso del cuerpo en
la nuca y el extremo lejano de la columna vertebral. La clase suspiró, todos
juntos pero en silencio, y esperó la contribución de Clement Francher.
— ¿Y
tú, Clement? —lo incité, cambiando en vano de posición, tratando de aliviar el
grito tenso de unos músculos doloridos.
—Un
enemigo de la ley —dijo Francher hoscamente, sin tomarse la molestia de
enderezarse—. Haré una lista y violaré las leyes que haya... y no me meterán
preso.
—¿Para
qué? —le pregunté tratando de acallar un espasmo de dolor—. Un enemigo de la
ley no es un hombre útil.
—¿Quién
quiere ser útil? —preguntó Francher—. Yo utilizaré a los otros, puedo hacerlo.
—Quizá
—dije, sabiendo que era cierto—. Pero ése no es el camino de la felicidad.
— ¿Y
quién es feliz? —dijo el chico—. Los malos no son felices porque son malos. Los
buenos no son felices porque tienen miedo de los malos.
—Clement
—le dije suavemente—, creo que tú...
—Yo
digo que está loco —interrumpió Rigo con una luz en los ojos negros—. No le
haga caso, señorita Carolle. Se pasa el tiempo diciendo locuras.
Vi
de pronto que el pesado globo terráqueo se movía en el último estante de la
biblioteca, detrás de Rigo, deslizándose hacia el borde. Vi cómo se alzaba en
el estante y grité:
—¡Clement!
La
urgencia de mi voz sobresaltó a toda la clase, incluso al chico Francher, y
Rigo se hizo a un lado, apartándose de la línea de caída del globo terráqueo,
que se hizo trizas a sus pies.
Algunos
niños gritaron, otros boquearon, y al fin se alzó una babel de voces. Encontré
los ojos del chico Francher y vi que enrojecía y bajaba la cabeza. Pero en
seguida se enderezó, orgulloso, desafiante, y me devolvió la mirada. Se mojó el
dedo índice en la lengua y dibujó una marca invisible en el aire. Meneé la
cabeza lentamente, apenada. ¿Qué podía hacer yo con semejante chico?
Bueno,
pero tenía que hacer algo, de modo que le dije que se quedara después de
terminadas las clases, aunque los otros se preguntaban por qué. Francher esperó
apoyado contra la puerta desafiándome con todos los desgarbados ángulos del
cuerpo, y los pulgares enganchados en los bolsillos de delante. Dejé que los
ruidos de la partida se desvanecieran y murieran: el último retintín apresurado
de una caja de almuerzo, el último susurro de unas pisadas, el último portazo
reverberante. El chico Francher se apoyaba ya en un pie ya en otro, aflojando
los hombros.
—
Siéntate —le dije al fin.
—No.
El
tono había sido inexpresivo, indiferente. Miré al chico. Le miré los planos
jóvenes y descarnados del rostro; la boca triste, apretada, terca; los ojos que
se le nublaban en una obstinada resolución. Me incliné sobre el escritorio,
apoyando las manos en el borde, y pensé qué podría decirle. Los razonamientos
eran inútiles. Un chico de esa edad tiene respuestas para todo.
—Todos
sentimos la violencia en nosotros, alguna vez —dije apretando las manos—, pero
no siempre podemos dejarla salir. Piensa en lo que ocurriría si fuera de otro
modo. —Sonreí torciendo la boca—. Si hace un rato yo hubiera obedecido a mis
impulsos, es posible que te hubiera golpeado la cabeza con una enciclopedia.
Las
pestañas del chico Francher aletearon, saltaron. Me miró a los ojos por primera
vez.
—Hay
ocasiones en que basta contener el aliento, hasta que la violencia se va de
nosotros. En otros momentos es demasiado grande, y crece dentro como un globo
hasta que nos ahoga los pulmones y nos lastima las mandíbulas. —Las cejas de
Francher bajaban ahora sobre unos ojos vigilantes —. Pero, a veces, la
violencia puede servirnos, como cuando batimos una torta, o cortamos leña, o
pateamos una lata vacía, o cuando —vacilé—, o cuando corremos hasta que las
rodillas se nos doblan de cansancio.
Callé
un rato, mientras contenía el aliento esperando a que mi reacción contra unas
rodillas inertes se apagara del todo.
—Hay
violencias mayores quizá —proseguí—. La violencia del asalto y el crimen, del
vandalismo y la guerra, pero hasta esa violencia puede servirte de algo. Si
quieres destruir, hay muchas cosas inútiles que necesitan ser destruidas, y
para siempre. Pero todavía no sabes qué cosas son ésas, y convendría que
guardaras tu violencia, por ahora.
Francher
habló con una voz ronca.
—Puedo
destruir.
—Sí
—dije—, pero destruye para construir. No tienes derecho a hacer daño a la gente
con tu propio daño.
—
¡La gente! —lo dijo como si fuera una blasfemia.
Tomé
aliento. Si Francher hubiese sido más pequeño... Un cálido abrazo, una mano que
acaricia una cabeza despeinada, una larga mirada que aletea al borde de una
sonrisa pueden ablandar los brazos y piernas más rígidos y rebeldes, ¿pero qué
se puede hacer con una criatura que no es un adulto ni un niño, sino
enigmáticamente ambas cosas? Me incliné hacia adelante.
—Francher
—le dije suavemente—, si tu madre pudiera entrar en tu mente, ahora...
Francher
enrojeció, y en seguida empalideció. Abrió la boca. Tragó saliva. Se lanzó
hacia la puerta.
—Deje
tranquila a mi madre. —La voz era agitada y ronca—. Déjela tranquila. Está
muerta.
Escuché
el ruido de los pasos que se alejaban y el golpe devastador de la puerta de
calle. De súbito, por alguna razón, sentí que mi corazón lo seguía por la loma
hasta el pueblo. Suspiré, casi con exasperación. De manera que éste sería mi
niño. Nosotras las maestras los encontramos a veces. No son nuestros
preferidos. A veces ni siquiera los tenemos en nuestra clase. Son los niños que
se nos aposentan en nuestro corazón, sin que nadie los haya invitado, y
demandan sus derechos por encima de la—llamada—del—deber. Y yo tenía que llegar
a este mi niño. De algún modo tenía que impedir que cruzase la frontera,
deslizándose a la tierra de nadie, como seguramente ya estaba haciéndolo. Este
mi niño (más aún que el mi niño de costumbre) era diferente.
Apoyé
la cabeza sobre el escritorio y dejé que la fatiga me inundara. Un minuto
después me puse a acomodar los papeles. Ordené el escritorio y saqué mi bolso
del cajón de abajo. Me enderecé trabajosamente, eché una mirada hacia mis
muletas, y les hice una mueca.
—Vamos,
amigas —dije—. Ayudémonos a partir.
Arma
estuvo ausente una semana; mi resistencia a dejar la clase me sorprendió de
veras. El olor del polvo de tiza se me había metido de nuevo en la nariz, y no
veía la hora de empezar a trabajar de nuevo. De manera que ayudé con los
programas escolares y los bailes de los jóvenes, y todo eso llevó naturalmente
al día en que la comisión y yo nos encontramos en el salón municipal de fiestas
y todos miramos alrededor desesperanzada—mente.
—
¿Cuánto hace que están ahí esos adornos?
Eché
atrás la cabeza para ver mejor las ennegrecidas telarañas de papel crepé que
cubría todo el cielo raso y la parte alta de las paredes. Twyla dejó de
mordisquearse la punta de una trenza.
—Cerca
de cuatro años, creo. Por lo menos las más nuevas. Haba Verde las puso.
—¿Haba
Verde?
—Sí.
Un loco. Juntó todo el papel crepé del pueblo y lo sujetó con clavos, clavos
grandes. Ya no vive en la aldea. Tuvo silicosis y se fue a Manantiales
Calientes.
—Bueno,
clavos o no clavos no vamos a tener un baile de disfraz con esas cosas ahí
colgando.
—Extrañaremos
esos viejos adornos. ¿Cómo los sacamos? —preguntó Janniset.
—Haba
Verde pidió prestada una escalera a una cuadrilla que tendía cables en la mina
de Campana Azul —dijo Rigo—. Tendremos que buscar otro modo de sacarlas.
Sentí
que algo se movía apenas junto a mi brazo. Pudo haber sido el chico Francher,
que cambiaba de posición y se apoyaba en el otro pie, o pudo haber sido la
sombra de un pensamiento. Miré de soslayo, pero sólo alcancé a verle el borde
afilado de la mejilla, y la pelusa de la nuca.
—
Creo que podría conseguir una escalera. —Rigo hizo sonar la uña de un pulgar
contra el filo de los dientes blancos—. No llegará muy arriba, pero ayudará.
—Podríamos
traer rastrillos y arrancarlos tirando —sugirió Twyla.
Todos
nos reímos hasta que calmé a los niños diciéndoles:
—Quizá
tengamos que hacerlo. A quién se le habrá ocurrido hacer techos de seis metros
de altura. Bueno, mañana es sábado. Todos aquí a las nueve, y nos pondremos a
trabajar.
—Yo
no puedo. —El chico Francher echó anclas, tercamente, estropeando en un segundo
todo nuestro entusiasmo.
—Oh.
—Enderecé las muletas, y Francher les clavó de nuevo los ojos, como
hipnotizado.
—Es
una lástima.
—
¿Cómo? — Rigo estaba belicoso—. Si nosotros podemos, tú puedes también. Se
supone que trabajamos todos juntos, y nos divertimos juntos. Tú no eres nadie
en especial. Estás en la comisión, ¿no?
Tuve
ganas de taparle la boca a Rigo, pero me contuve. No me gustaba la inmovilidad
de las manos de Francher, aunque todo lo que hizo el chico fue mirar de soslayo
a Rigo y decir:
— Me
pusieron como voluntario en esta comisión. Yo no lo pedí. Y esto íbamos a
arreglarlo hoy. Mañana tengo que trabajar.
Rigo
parecía incrédulo.
—
¿Trabajar? ¿Dónde? —Separando escoria en lo de Absalom.
Rigo
hizo sonar de nuevo la uña, burlonamente.
—Un
trabajo miserable. Pagan monedas.
—Sí.
Y el
chico Francher se escurrió, cabizbajo, y desapareció del otro lado del
edificio, sin una mirada de despedida.
—Bueno,
¡está trabajando! —Twyla escupió pensativa un pelo extraviado, y retorció entre
los dedos la punta mojada de una trenza—. El chico Francher está haciendo algo.
Digo yo, ¿cómo habrá sido?
—¿Estás
tratando de entender a ese idiota? — preguntó Janniset—. No pierdas el tiempo.
Te apuesto a que no es verdad. —Váyanse, niños —dije—. Hoy no podemos hacer
nada. Yo cerraré. Hasta mañana.
Esperé
dentro del vestíbulo polvoriento y resonante hasta que los ecos de la partida
murieron en el rocoso callejón que bordeaba el terraplén del ferrocarril y
desembocaba en una calle del pueblo. No me parecía bien pedirles que no
corrieran tanto, adecuando la marcha a mis pies vacilantes. Tal vez algún día
yo podría aceptar mis soportes como otros aceptan un par de anteojos, pero
todavía no, ¡oh, todavía no!
Dejé
el salón y cerré con candado. Bregué precariamente sobre las losas y piedras
sueltas, y de pronto el borde de una losa se quebró bajo la presión de mi
muleta y trastabillé, perdiendo el equilibrio. Vi con una estremecida claridad,
en un rápido segundo, que el único lugar donde podría apoyar mi muleta
vacilante era un pedrusco pulido y redondo, y me vi a mí misma tendida, caída y
sola en el callejón, un pedazo de humanidad inútil y fuera de servicio, una
carga y un estorbo para todos. Y entonces, en el último instante, el pedrusco
resbaló a un lado y mi muleta cayó clavándose en el agujero blando y húmedo
donde había estado la piedra. Recobré el aliento, aliviada, y aflojé un poco
las manos contraídas. ¡Qué suerte!
Y en
ese mismo momento vi que el chico Francher estaba a mi lado, aguardando otra
vez, en silencio.
—Oh.
—Esperé que no me hubiera visto debatiéndome en mi torpeza—. ¡Hola! Creí que te
habías ido.
—De
veras tengo que trabajar. —La voz de Francher había perdido el tono monótono de
costumbre—. No es mucho, pero estoy ahorrando para comprarme un instrumento de
música.
—Bueno,
pero muy bien —dije sonriéndole a aquella mirada insólita que se clavaba en
mí—. ¿Qué clase de instrumento?
—No
sé —dijo el chico—. Algo que canté así...
Y
allí, en el rocoso sendero, a la larga luz oblicua del crepúsculo que
traspasaba los árboles, oí unas notas débiles que vacilaban y tropezaban al
principio, y luego empezaron a cantar: Oh, oye las, flautas,, las, flautas, que
llaman... Cada una de las notas de esa melodía, que era mi preferida, se abría
en mí corno una flor blanca, y se alzaba como en escalones, escalones por los
que yo podía subir libre, ágilmente.
La
voz de Francher me bajó de nuevo a la tierra.
—
¿Qué instrumento es ése? Hablé con una voz temblorosa.
—Tendrás
que contentarte con algo menos. No hay un instrumento así.
El
chico parecía desorientado.
—Pero
yo lo he oído.
—Tal
vez —dije—. ¿Quién lo tocaba?
Bueno...
—dijo Francher—. Se lo oía a mamá. Mamá lo pensaba para mí.
¿De
dónde era tu mamá? —pregunté impulsiva mente.
—De
sitios de miedo y de terror. De hambre y oscuridad. A medio camino entre la
locura y el sueño... —El chico me miró frunciendo la boca, con una expresión de
algún modo desanimada—. Ella me prometió que yo entendería algún día, pero
ahora es algún día, y ella se ha ido.
—Sí
—suspiré recordando cómo yo había soñado que algún día podría correr de nuevo—.
Pero hay otros algún día en el futuro, y que te esperan.
— Sí
—dijo Francher—. Y el tiempo tampoco se detuvo para usted.
Dio
media vuelta, y echó a andar.
Lo
miré irse, preocupada. Pero caramba, pensé. Aquí estoy de nuevo, metida en una
charla que no tiene sentido. La punta de mi muleta trazó en la tierra unos
círculos concéntricos, hasta que de pronto aparté la piedra que había salido a
tiempo del agujero.
—Qué
sinvergüenza —dije en voz alta—. ¡Qué sinvergüenza!
A la
mañana siguiente, a las nueve menos cinco, los chicos me esperaban a la puerta
del salón, arrebujados contra el frío de octubre que un sol lechoso no había
tenido tiempo aún de dispersar. Rigo sostenía una escalera descolada, cubierta
generosamente de goterones de pintura, y con dos peldaños rotos.
—Parece
bastante raquítica —le dije—. No queremos sangre derramada en la pista de
baile. Es mala para la cera.
Rigo
sonrió mostrando los dientes.
—Me
sostendrá —dijo—. La usé anoche para recoger manzanas. Hay que tener un poco de
cuidado, nada más.
—Bueno,
pues ten cuidado entonces —sonreí mientras abría la puerta—. Mejor prevenir
que...
La
voz se me apagó y murió mientras yo miraba dentro. Los otros se empujaron en
silencio a mi alrededor, los ojos muy abiertos. Yo tenía la impresión de que el
cielo raso se había venido abajo.
—Demonios
—boqueó Janniset—, ¿qué pasó aquí?
—
¡Miren, miren! —chillaba Twyla—. Eh, ¡miren!
Miramos
mientras entrábamos arrastrando los pies. No quedaba ningún papel en las
paredes y el cielo raso, y los restos cubrían el suelo en trocitos, como una
andrajosa nevada. Tenía que haber sido una increíble cantidad de papel, pues
ahora nos llegaba casi a los tobillos mientras vadeábamos el salón.
Rigo
clavaba los ojos en el entarimado de la orquesta. Ordenadamente alineados en el
borde de la tarima estaban todos los clavos que había sostenido el papel, con
las puntas hacia arriba, en equilibro sobre las cabezas.
Twyla
se estremeció y se mordió los labios.
—Me
da miedo —dijo—. No es normal. Parece como si alguien hubiese tenido un ataque
de furia, o se hubiera vuelto loco, y hubiera roto todos los papeles imaginando
que mataba a alguien. Y esos clavos tan... tan ordenados, y con tanto cuidado,
como si los hubieran puesto ahí uno por uno... es más loco que lo del papel.
Twyla
se adelantó y movió un dedo hacia los clavos, retrocediendo, como si esperase
que la golpearan. Algunos clavos cayeron rodando, sonando débilmente sobre la
madera de la tarima. De pronto, turbada, Twyla volteó todos los clavos.
—
¡Ya está! —dijo frotándose el dedo contra el vestido—. Todo es una locura
ahora.
—Bueno
—dije—, loco o no loco, alguien nos ahorró el trabajo. Rigo, no necesitaremos
la escalera. Traigan las escobas y saquemos esta basura.
Mientras
los niños iban a buscar las escobas alcé dos clavos y los golpeé uno contra
otro, y los clavos tintinearon: Oh, oye Latí flautas, las flautas, que
llaman...
A
mediodía teníamos el lugar bien limpio, brillante casi, a pesar de la vieja
pintura. A la tarde ya habíamos colgado los nuevos adornos: guirnaldas de color
naranja y negro, y todos suspiramos satisfechos, y qué hermoso era. Cuando
cerramos, Twyla me dijo de pronto, con una vocecita:
— ¿Y
si ocurre de nuevo antes del baile del viernes? Todo este trabajo...
—No
ocurrirá —prometí—. No ocurrirá.
Retrocedí
y toqué el candado un par de veces, pero Twyla me esperaba aún cuando me volví
desde la puerta. Se miró con atención la punta de una trenza y me dijo:
—Fue
él, ¿no es cierto?
—Sí,
supongo que sí —dije.
—
¿Cómo lo hizo?
—Lo
conoces desde antes que yo —repliqué—. ¿Cómo lo hizo? —Nadie conoce al chico
Francher —dijo Twyla, y luego en voz baja—. Me miró una vez, realmente me miró.
Es gracioso, pero no causa risa —continuó apresuradamente—. Cuando me miró...
—La mano se le endureció sobre la trenza, e inclinando la cabeza me miró de
soslayo—. Hizo música en mí...
»¿Sabe?
—dijo en seguida, todavía dentro del eco de esas extrañas palabras — . Usted es
un poco como él. Francher me hace pensar y creer cosas que yo nunca pensaría ni
creería sola. Usted me hace decir cosas que yo nunca diría... No, no es cierto.
Usted deja que yo diga cosas que no me animaría a decirles a los otros.
—Gracias —dije—. Gracias, Twyla.
Yo
había olvidado el estremecido canto de un baile de adolescentes. Había olvidado
los pasitos cautelosos sobre tacones altos, las miradas que asomaban a la
madurez gracias a una corbata y una chaqueta. Y cómo, cómo se parecen los
adolescentes a los adultos cuando se sacan las camisas de franela y los
pantalones de dril. Janniset apenas cabía en su propio esplendor, y no le
tembló ni un pelo de la cabeza increíblemente brillante cuando le sonreí mis:
—Buenas noches, señor Janniset. —Pero en la complacida satisfacción que le
había dejado mi formalidad, se olvidó de sí mismo en cuanto se dio vuelta y se
levantó los estrechos pantalones como si hubiesen sido los viejos vaqueros de
dril.
La
belleza latina de Rigo resplandecía de veras; estaba tan hundido en los ojos
oscuros de Angie, y Angie tan hundida en los ojos oscuros de él, que entendí
por qué los jóvenes mexicanos se casan tan pronto. ¡Y Angie! Bueno, no parecía
una alumna de octavo grado: vestido sin breteles, pendientes, ojos tentadores y
alegres; afuera del contexto de las costumbres y tradiciones estaba tan hermosa
que quitaba el aliento. Por supuesto, tenía un vestido «muy poco adecuado para
su edad», y unas joyas y un maquillaje que la larga fila de madres y tías
observaron con desaprobación. Pero yo hubiese apostado que muchas de ellas
hubiesen querido ver esa belleza en sus propios niños.
En
esta pequeña comunidad las chicas se vestían siempre de gala con cualquier
pretexto, y el baile de la víspera de Todos los Santos era casi siempre el
primer acontecimiento del otoño. Las faldas de crinolina se deslizaban como
pimpollos invertidos sobre el brillo de los tacones altos, pero no pasaba mucho
tiempo antes de que los zapatos fueran desechados y olvidados bajo alguna silla
o colgaran de alguna mano materna mientras los pies desnudos desafiaban los
pasos de los muchachos.
Twyla
tenía las mejillas brillantes y rió, pieza tras pieza, hasta el primer
intervalo. Ella y Janniset me trajeron ponche hasta donde yo estaba sentada
junto con otros espectadores, y luego Janniset se escurrió para ir a ver de
nuevo a Marty, que en la escuela era sólo una chica, pero que aquí, vestida de
fiesta, se aparecía como la aurora de un milagro femenino. Twyla apuró el
ponche, y se pasó la lengua por la comisura de los labios.
—No
vino —dijo hoscamente.
—Lo
siento —dije—. Quería que él se divirtiera con el resto de ustedes. Tal vez
venga aún.
—Tal
vez. —Twyla inclinó el vaso lentamente, y en seguida, con brusquedad, lo tiró
debajo de la silla, exponiendo su vestido al peligro de las salpicaduras.
—Tienes
un hermoso vestido —le dije—. Me gusta cuando giras y se te ven las enaguas
rojas bajo el azul.
—Gracias
—Twyla se alisó los pliegues de la falda—. Me siento rara con mangas. Nadie las
usa. Apuesto que por eso no vino. Porque no tiene ropa de fiesta como los
otros, quiero decir. Nada más que los pantalones de dril.
—Ah,
qué pena —dije—. Si yo hubiera sabido...
—No
—contestó Twyla—. Se supone que la señora McVey tiene que comprarle ropa. Le
dan dinero para eso. Todo lo que hace esa mujer es quejarse de lo mucho que se
sacrifica cuidando del chico Francher, y no lo cuida para nada. Es culpa de
ella...
—No
critiquemos a los demás —le dije—. Quizás haya razones que no conocemos, y
además —señalé con un movimiento de cabeza—, ahí está.
Twyla
se volvió a mirar y casi pude verle los golpes del corazón bajo la tela azul.
El
chico Francher estaba apoyado contra la puerta, la cara apretada, impasible.
Tuve un acceso de furia, recordando a la señora McVey; Francher llevaba los
pantalones de dril de siempre, desteñidos y casi blancos a fuerza de lavados, y
la camisa de dibujos ya apenas visibles excepto a lo largo de las costuras. No
estaba bien, esto de no permitirle ser como los otros chicos, aunque fuera en
este modo menor, o tal vez especialmente en este modo menor, pues las ropas no
pueden esconderse como la mente o el alma.
Traté
de encontrar la mirada de Francher y hacerle señas, pero él tenía los ojos
clavados en la tarima de los músicos, que se preparaban para seguir tocando.
Era trágico que el chico Francher tuviera que satisfacer casi toda su hambre
con este puñado de músicos inexpertos. Ante el primer acorde retrocedió a la
oscuridad, y sentí cómo Twyla se ponía muy rígida, volviéndose a mí.
—No
entrará —casi gritó entre la música que destruía una melodía y juntaba los
trozos sanguinolientos.
Meneé
la cabeza, tristemente.
—Me
parece que no —dije, y me vi envuelta en una conversación del todo
incomprensible, y audible a medias, con la señora Frisney. Hasta que no empezó
la pieza siguiente, y la mujer fue remolcada
por
el abuelo Griggs, no pude volverme hacia Twyla. La niña se había ido. La busqué
mirando por el salón. Ningún giro de azul en contraste con el pesado balanceo
de una cola de caballo castaño—dorada.
No
había motivo para que yo me sintiera inquieta. Había muchos sitios a los que
ella podía haber ido con todo derecho, pero sentí de pronto una inconfundible
necesidad de aire fresco, y fui balanceándome por entre los bailarines hasta
salir al paralizante escalofrío de la noche. Me arrebujé en el abrigo, deseando
haberlo tenido bien puesto y no sólo echado sobre los hombros. Pero el aire era
claro y limpio. No podía decir qué cosa se respiraba allá atrás en el salón,
pero no era aire. Cuando terminé de sacar lo que fuera de mis pulmones y los
llené con la frescura de la noche, me encontraba ya a mitad de camino en el
sendero que acompañaba a las vías del ferrocarril. No había pasado un tren por
esos rieles desde principios de siglo, y justo del otro lado crecía un monte de
sauces y álamos y unos pocos pinos ásperos. Cuando entré a la sombra de los
árboles, miré el cielo abrasado de estrellas que se transformaban en una
claridad blanca junto a la media luna y perforaban de luz el horizonte oscuro.
El ruido del movimiento y la música me sacaron de mi abstracción. Di un paso
vacilante hacia la oscuridad. Un metro más allá vi el revoloteo de la falda y
quise llamar a Twyla. En cambio me detuve al otro lado del arbusto que tenía
delante y miré lo que ella hacía.
El
chico Francher estaba bailando: bailando solo en la noche quieta. No, no solo,
pues una columna de hojas amarillas se alzaba desde el suelo y giraba a su
alrededor, danzando junto con Francher, siguiendo una melodía con movimientos
tan exactos que yo no alcanzaba a distinguirlos del sonido de la música.
Fascinada, miré el torbellino y el balanceo, las vueltas y los giros, el vuelo
hasta más arriba de las copas de los árboles, y el lento descenso del chico
junto con las hojas de otoño. Pero de algún modo yo no podía verlo a Francher
como una entidad separada, vestida con pantalones de dril y camisa de franela.
Él y las hojas estaban unidos de tal modo que la repentina, la aguda definición
de una mano o una cabeza que se volvían en el aire me sobresaltaba de veras. El
chico era una hoja mayor que las otras, llevadas todas por los helados vientos
del otoño. Una última frase deslizante y el chico Francher bajó a tierra.
Se
detuvo un instante, la cabeza inclinada, deshaciendo en polvo una hoja
quebradiza que tenía entre los dedos. De pronto oyó el susurro de un movimiento
y se volvió rápidamente, a la defensiva. Twyla había salido al claro. Durante
un instante los dos niños se quedaron mirándose en silencio. La voz de Twyla
fue tan suave que yo apenas alcancé a oírla.
—Hubiera
bailado contigo.
¿Conmigo?
¿Así? —El chico se señaló las ropas. —Claro —dijo Twyla—. Eso no importa.
¿Delante
de todos?
¿Por
qué no? —dijo Twyla—. Si tú hubieras querido.
—No
en el salón —dijo Francher—. Hay algo ahí apretado y duro.
—Entonces
aquí —dijo Twyla extendiendo las manos.
—La
música —pero las manos de Francher buscaban las de ella.
—Tu
música —dijo Twyla.
—La
música de mi madre — corrigió Francher.
Y la
música comenzó, una melodía extraña, oscilante, como un vals. Tan leve como las
hojas que se movían a los pies de los dos niños, mientras circundaban el claro.
Todavía
los veo, pero aun ahora no hay adjetivos en mi corazón para aquel
encantamiento. La música se hizo más rápida y creció, suave, plenamente: la
música perdida que una madre había legado a su niño.
Twyla
estaba tan entregada a la magia del momento que no advirtió —estoy segura— que
sus pies ya no tocaban las hojas caídas. No notó que sus zapatos rozaban de
pronto las copas de los árboles. Cuando los largos giros de la música los
trajeron de vuelta en espiral hacia el claro, las enaguas de color escarlata de
Twyla se le enredaron en una rama y dejaron un jirón brillante que se agitó en
el viento, pero eso tampoco la distrajo.
Antes
que el corazón asombrado se me quebrara del todo, la música se apagó
lentamente, dejándolos de pie sobre la hierba desigual. Luego de una pausa sin
aliento, la mano de Twyla se alzó, despacio, maravillada, hasta la mejilla de
Francher. El muchacho volvió la cara y puso la boca contra la palma de la mano
de Twyla. Luego dieron los dos media vuelta y se separaron sin decirse una
palabra.
Twyla
pasó tan cerca de mí que me rozó con los bordes de la falda. Dejé que cruzara
los rieles hacia el baile antes de seguirla. Llegué a tiempo para oír el
murmullo, aparentemente en la segunda vuelta que daba al salón: «... Ahí afuera
sola con el chico Francher», y la enconada malicia de «y trae la enagua rota».
Manchas
de estiércol sobre las galas de un vestido de Pascua.
Anna
dijo: —¡Uf! —y se lanzó hacia mi sillón. Cuando la pata delantera se salió de
su sitio, ella se quedó suspendida en el aire, y con la destreza de una larga
práctica, inclinó el sillón, repuso la pata, y en seguida se sumergió en las
profundidades polvorientas — . De los caprichos de una aldea, ¡líbrame, Señor!
—gimió.
—
¿Qué pasa ahora? —pregunté cambiando la dirección de mi aguja de ganchillo
mientras terminaba otra hilera del tapete.
—¿Quieres
decir que no estás enterada del último escándalo? —Los ojos se le abrieron en
una mueca de horror y la voz le bajó a un tono cómplice—. Estaban fuera en la
oscuridad, solos, haciendo quién—sabe—qué. ¡Imagínate! —La voz le temblaba
ahora, ávida, ultrajada—. ¡Con el chico Francher! —En seguida habló
normalmente—. De veras, una creería que el chico Francher es un leproso o algo
parecido. Cuánto ruido por un poco de romance nocturno. Te apuesto a que los
otros niños se sienten también ultrajados, y así tranquilizan sus propias
conciencias, culpables de las mismas correrías. Pero como se trata del chico
Francher...
—No
estaban solos —dije como al descuido y manteniendo a rienda corta mi
indignación—. Yo estaba allí.
—
¿Estabas allí? —Las cejas se le alzaron a Anna, bruscamente—. Bueno, bueno, eso
cambia las cosas. ¿Qué pasó? No es que yo —dijo rápidamente— crea en esos
chismes, caramba, acerca de Twyla, ¿pero qué pasó?
—Bailaron
—dije—. El chico Francher tenía vergüenza de sus ropas y no quería entrar en el
salón. De modo que bailaron en el claro.
—
¿Sin música?
—El
chico Francher... tarareó —dije, clavando los ojos en mi tarea.
Hubo
un breve silencio.
—Bueno
—dijo Anna—. Interesante, y una buena explicación. Pero,¿estabas allí?
—Sí.
—
¿Bailaron y nada más?
—
Sí. —Pedí mentalmente disculpas por transformar en algo tan pedestre la magia
que yo había visto—. Y a Twyla se le enredó la enagua en una rama, y dejó allí
un jirón antes que se diera cuenta.
—Hummm.
— Arma se había puesto seria al fin—. Tendrías que llevar tu tapete al club de
costura.
No
supe qué decir.
—Pero
yo...
—Estaban
sirviendo suculentas porciones de la reputación de Twyla, como aperitivo. Y la
señora McVey contribuye con el postre: la incurable depravación de los niños
huérfanos.
Metí
mi tejido en la bolsa.
—
¿Cómo tengo la cara? —pregunté.
Bueno,
esa noche volví a la casa de los Somensen con los ojos bastante más abiertos.
Anna tomó mis cosas en la puerta.
—
¿Cómo te fue? —preguntó.
—Señor
—exclamé dejándome caer en una silla—, si alguna vez empiezan conmigo, ¿qué
quedará de mí?
—Huesos
pelados —dijo Anna en seguida—, con marcas de dientes. Bueno, ¿les dijiste?
—Sí
—contesté—, pero no quisieron creerme. Era demasiado fácil. Y por supuesto, a
la señora McVey no le gustó que yo hablara de las ropas del chico Francher.
Hizo una delicada referencia al precio de la ropa, pero no impresionó en lo más
mínimo a la señora Holmes, que tiene seis hijos. Creo que me he ganado una
enemiga para toda la vida. Tuvo un buen panorama de sí misma a través de mis
ojos, y no le gustó nada. Pero creo que el chico Francher no irá más a un baile
con pantalones de dril.
—Dios
quiera que no haga algo peor —entonó Anna piadosamente.
Eso
fue lo que esperé de veras un tiempo, que no ocurriera nada, pero de todos
modos el rayo cayó sobre Arroyo del Sauce, un rayo lento y sutil, un rayo
calculador, colérico y frío. Yo me iba quedando sin aliento a medida que
llegaban las noticias. El viejo cobertizo de Turbow estalló sin ruido a las
nueve de la noche del martes y los pedazos cayeron por todo el terreno de la
granja. Claro que Turbow venía hablando desde hacía años de echar abajo esa
ruina...
Y
entonces el último madero sólido del viejo puente del ferrocarril, al pie de la
casa de Thurman, se estremeció y se deshizo ruidosamente en aserrín a las once
de la noche del mismo martes. Los rieles, faltos de apoyo, temblaron un
momento, y se curvaron hacia arriba en dos rosetones absurdos. La ausencia de
puente significaba para los Thurman una hora de caminata hasta el pueblo, en
vez de un paseo de quince minutos. Pero también significaba seguridad para los
transeúntes demasiado jóvenes e incapaces de entender que los maderos podridos
no eran una maravillosa mezcla de gimnasio y jungla.
A
las cinco de la tarde del miércoles toda el agua del estanque de Holmes se alzó
como un geiser y cayó de nuevo aplastando los pocos peces que quedaban y
abriéndose paso hacia el arroyo, adonde fue a parar el agua estancada, plagada
de larvas de mosquitos. Los vecinos habían estado insistiéndole a Holmes
durante años, pero...
Me
asusté ante la simple, literal traducción de mis palabras y busqué en mi
memoria con aprensión cautelosa. Quizá me hubiera quedado tranquila si hubiese
podido tachar con una línea los dos últimos nombres en mi lista de socias del
club.
Pero
en la noche del jueves se oyó un .estruendo y un rugido, y me arrebujé en la
cama rezando sin palabras contra no sabía qué; y en la mañana del viernes
escuché las estremecidas frases de asombro, a la mesa del desayuno.
—...
que el demonio toma forma de duende, y ahí está ahora...
—...
justo en el medio, enorme y de cuerpo entero...
—¿Qué
pasa? —pregunté mientras todos me clavaban las miradas y yo me sentía como una
polilla a la luz de una batería de reflectores.
Hubo
un alboroto alrededor de la mesa. Todos se morían por hablar, pero siempre hay
que observar cierto burdo protocolo, aun en una casa de pensión.
El
viejo Charlie se aclaró la garganta, tomó un largo trago de café y se lo paseó
pensativa y cuidadosamente alrededor de los dientes antes de tragárselo.
—La
piedra movediza —cloqueó, regando finamente a sus vecinos— se vino abajo
anoche, saltando como una pelota de ping—pong, pasando por encima de una media
docena de cercas, aplastando dos de los cerdos de Scudder, y rompiendo luego
toda una sección de la pared de piedra de Leland. Allí está ahora, en medio del
campo de alfalfa, grande como una casa. Tardarán años en limpiar ese campo. —El
viejo tomó un largo sorbo de café—. Están pasando cosas raras. —El alero de
cejas protuberantes de Blue Noe se alzó y cayó prodigiosamente—. Nunca oí antes
que una piedra movediza se viniera abajo. Y todas las otras cosas. Seguro que
el diablo anda suelto por aquí.
Me
fui en medio de una ardua discusión entre los sustentadores de la teoría del
diablo y los que atribuían los fenómenos a las recientes pruebas atómicas.
Ahora yo podía tachar otro nombre de la lista. ¿Pero y el último nombre? ¿Qué
pasaba con el último?
Esa
misma tarde el chico Francher se materializó delante de la casa de pensión, en
el escalón inferior del porche, con los ojos fijos en mis muletas. Nos quedamos
allí en silencio un rato, sobre todo, creo, porque no se me ocurría nada
razonable que decir. Al fin decidí no ser razonable.
—¿Y
la señora McVey?
Francher
se encogió de hombros.
—Me
da de comer.
— ¿Y
los cerdos de Scudder?
Un
color rosado manchó las mejillas de Francher.
—Se
me escapó —dijo—. Apunté al cerco pero la solté demasiado pronto.
Les
dije la verdad a todas esas mujeres, el lunes. Ya sabían que no era cierto lo
que decían de ti y de Twyla. No había necesidad...
¡No
había necesidad! —Los ojos del chico llamearon y yo parpadeé apartándome de
aquella mirada recta, in dignada—. Tienen suerte los malditos que no los haya
aplastado a todos.
Sí
—dije de prisa—, sé cómo te sientes, pero no puedo felicitarte por lo poco que
hiciste, comparado con lo que podías haber hecho. Hiciste demasiado. Sobre todo
eso de los cerdos y de la pared.
—Lo
de los cerdos fue sin querer —murmuró el muchacho pasando el dedo por un
remiendo que tenía en la rodilla—. El viejo Scudder es un buen hombre.
—Sí
—dije—, ¿has pensado algo?
—No
sé —dijo Francher—. Podría traer unos cerdos de otra parte, pero supongo que
eso no resolvería el problema.
—No,
no lo resolvería —dije—. Habría que comprarle... ¿Tienes algún dinero?
—
¡No para cerdos! —llameó el chico—. Todo lo que tengo son mis ahorros para el
instrumento de música, ¡y ni un centavo irá a parar a unos cerdos!
—Bueno,
bueno —dije—. Ya se te ocurrirá algo.
Francher
inclinó de nuevo la cabeza, hurgando en el remiendo, y yo miré el sol tardío
que se le deslizaba por la curva de la mejilla, y pensé que ésta era una
extraña conversación.
—Francher
—dije inclinándome impulsivamente hacia adelante—, ¿nunca pensaste por qué
puedes hacer lo que haces?
Los
ojos del chico volaron a los míos.
—
¿Nunca pensó por qué no puede hacer lo que no hace?
Me
sonrojé y enderecé las muletas.
— Sé
por qué —dije. —No, no sabe —dijo Francher—. Sólo sabe cuando empieza el no
puedo. No sabe en realidad por qué. Ni siquiera los doctores lo saben. Bueno,
yo tampoco sé por qué puedo. Ni siquiera sé dónde empieza, pero a veces siento
dentro mí una ola de algo que grita tratando de librarse de todos los no puedo
de alrededor, como no puedes hacer esto, no puedes hacer aquello, y entonces
recuerdo que puedo.
Los
dedos de Francher revolotearon y mis muletas se movieron; se alzaron y bajaron
suavemente los escalones, y los subieron y se apoyaron de nuevo en el sitio de
costumbre.
—Las
muletas no pueden caminar —dijo el chico Francher—, pero usted... Se lastimó
algo más que el cuerpo en ese accidente.
—Todo
se me lastimó —dije con amargura, el pecho agarrotado por el frío horror de
aquella noche y lo que vino luego—. Todo terminó... todo.
—Nada
termina —dijo el chico Francher—. Todo empieza siempre. ¿Cuándo va a empezar
usted?
Y
Francher se escurrió, con las manos en los bolsillos, la cabeza inclinada,
pateando una piedra del sendero. Helada por dentro, tratando de mantener viva
la llama de mi cólera, miré cómo se iba.
Bueno,
la pared de Leland tenía que ser reconstruida, y el trabajo lo hizo el chico
Francher. Trabajó fuerte, alzando las piedras pesadas, y agrietándose las manos
con el deshidratante de la mezcla. Quizá la pared no quedó tan derecha como
antes, pero —y así lo esperaba— una piedra suelta había encontrado un sitio
firme en alguna parte del chico Francher por medio de este acto de
compensación. Que le pagaran por hacerlo no quitaba nada al acto en sí mismo,
sobre todo teniendo en cuenta el monto de la paga, y el hecho de que todo se le
fue en la otra reparación.
La
aparición de los cerdos extraños en la propiedad de Scudder, en el prado del
este, conmocionó la aldea, aunque los hechos raros que habían ocurrido antes
atenuaron la maravilla del caso. Scudder preguntó aquí y allá, pero no averiguó
nada y se guardó los animales. Yo no hice preguntas pero me tranquilicé un
tiempo con respecto al chico Francher.
Para
esta época un tal doctor Curtís vino al pueblo. Bueno, «vino al pueblo» es un
eufemismo. El auto tuvo un desperfecto cuando subía por las lomas, y el doctor
Curtís se vio obligado a aceptar nuestra hospitalidad hasta que Bill Thurman
pudiera encontrar el repuesto necesario. Se quedó en lo de Somansen, en el
cuarto frente al mío, luego que la señora Somansen lo hubo limpiado
frenéticamente con el simple recurso de empujar todas las cajas y potes y
sobras y restos hasta el extremo del pasillo y taparlos allí con un lienzo.
Luego roció el polvo con agua, y fregó el barro resultante; puso un ladrillo
bajo una pata de la cama, la tendió con dos colchones de desecho del ejército,
una sábana con borde crochet y otra de muselina cruda; desenterró una almohada
maravillosamente blanda, pero que se desinflaba al menor contacto
convirtiéndose en una oblea que olía a plumas húmedas, y coronó el espléndido
conjunto con dos colchas tejidas a mano, y un cojín decorado con un pavo real
en technicolor, que lo dominaba todo.
—Ya
está —suspiró la señora Somansen sacando el polvo del tocador con una punta del
delantal—. Creo que esto le convendrá.
—Espero
que sí —sonreí—. Es quizás el cuarto más apresurado que haya tenido nunca.
—No
sé qué otra cosa hubiera podido conseguir sin habernos avisado antes —dijo la
mujer haciendo girar una alfombra andrajosa de modo que no se viera que estaba
quemada—. Si no fuera porque le he echado el ojo a ese nuevo abrigo...
El
doctor Curtis parecía un hombre tranquilo y amable, y era tan bueno tener a
alguien con quien hablar, que usara palabras de más de dos sílabas. No es que
la gente de Arroyo del Sauce fuera ignorante, pero no tenía interés en discutir
temas de más de tres sílabas. Creo, además de ese asunto de la conversación,
que me acerqué al doctor Curtís porque él no miraba ni dejaba de mirar mis
muletas. Era agradable, excepto por la punzada de «aquí hay uno que no me ha
conocido sin ellas».
Esa
noche, después de la comida, nos sentamos todos alrededor de la maciza estufa
de kerosene en el salón de delante, y charlamos acompañados por el murmullo de
la radio, monótono y bajo. Por supuesto, se habló de los últimos y
sorprendentes sucesos. El doctor
Curtís
se interesó mucho, sobre todo cuando le contaron lo de los rieles que se habían
curvado hacia arriba, como rosetones. Como era médico, y extraño, el grupo
esperaba de él una explicación, o por lo menos una hipótesis cortés.
—
¿Qué pienso yo? —El doctor Curtís se inclinó hacia adelante en la vieja
mecedora, y dejó descansar los brazos sobre las rodillas—. Pienso que ocurren
muchísimas cosas que nuestros esquemas familiares de pensamiento no alcanzan a
explicar. Una vez que nos acostumbramos a esos esquemas es muy difícil
romperlos y probar otros. De modo que quizá lo mejor sea no buscar ninguna
explicación.
—Hummm...
—El viejo Charlie golpeó la pipa haciendo caer la ceniza en la palma de la mano
y miró alrededor buscando el cesto de los papeles — . Buena manera de decir que
usted tampoco sabe. Lo recordaré. Quizá me sirva alguna vez. Bien, buenas
noches a todos.
Paseó
aturdidamente los ojos por el salón, dejó caer la ceniza en la maceta del
geranio, y se fue chupando la pipa vacía.
La
partida del viejo fue la señal para que los otros decidieran irse a la cama a
la muy prudente hora de las diez de la noche. Pero yo no me sentía prudente, no
hasta el punto de ir a acostarme temprano.
—Entonces
hay lugar en la vida para lo inexplicable. —Plegué la falda entre los dedos y
la volví a alisar.
—Sería
un mundo pobre y mezquino de otro modo — dijo el doctor—. En otro tiempo yo
apartaba de mí todo lo que no podía explicar, pero me curé de eso una vez. —El
hombre sonrió con nostalgia—. A veces me parece que hubiera sido mejor no
curarme. Como le decía, puede ser bastante molesto.
Sí
—dije impulsivamente—. Como oír música imposible, o deslizarse por un rayo de
luna. — Sentí un tirón en el corazón ante la repentina inexpresividad de la
cara del médico. Oh Señor, chasqueada otra vez. El hombre podía hablar
volublemente de cosas inexplicables, pero no creía de veras — . Y muletas que
caminan solas —dije con rapidez—, y hojas de otoño que bailan en un claro sin
viento. —Tomé las muletas y fui ciegamente hacia la puerta—. Y quizás un día,
si soy una buena muchacha y dejo de creer... caminaré de nuevo.
¿Si
deja de creer? —Las palabras me siguieron—. Quiere decir si empieza a creer.
—No
fuerce sus esquemas —dije por encima del hombro—. Si dejo de creer.
Por
supuesto, me sentía una tonta a la mañana siguiente, a la mesa del desayuno,
pero el doctor Curtís no comentó nuestra conversación y yo tampoco. El doctor
estaba discutiendo el alquiler de un jeep para su excursión de caza, y cómo
dejar allí el coche en arreglo.
—Dígale
a Bill que volverá una semana antes —aconsejó el viejo Charlie—. Así el coche
estará listo cuando usted vuelva.
El
chico Francher estaba entre el grupo de gente que se reunió para observar a
Bill, que llevaba los avíos del doctor Curtís del auto al jeep. Como siempre,
Francher estaba un poco apartado de los demás, recostado en un árbol. Al fin
salió el doctor Curtís, con el .30—06 bajo un brazo y el pesado saco de caza
bajo el otro. Arma y yo nos inclinamos a mirar por encima de la cerca del
costado.
Vi
cómo el chico Francher se enderezaba lentamente, y cómo se sacaba las manos de
los bolsillos mientras miraba al doctor Curtís. Alzó una mano en el aire, como
intentando un ademán, y en seguida se detuvo, titubeando. El doctor Curtís
entró en el jeep, se sentó al volante, y tocó los botones del tablero.
¿Cuál
es la radio? —le preguntó a Bill.
¿Radio?
¿En este jeep? —Bill rió.
—Pero
la música... —El doctor Curtís hizo una pausa, casi imperceptible, y encendió
el motor—. He estado canturreando entre dientes yo mismo, parece —sonrió.
El
jeep despertó con un rugido y retrocedió por el patio dispersando al grupo. En
el momento de echar mano a la palanca de cambios, el doctor Curtís miró a un
lado y nuestros ojos se encontraron. Fue un encuentro breve, pero había una
pregunta en los ojos del médico; yo le contesté con mi ignorancia, y en él hubo
algo así como un estallido de perplejidad... todo en un minúsculo intervalo,
entre marcha atrás y primera.
Miramos
el remolino de polvo detrás del jeep a medida que se alejaba gruñendo hacia el
camino.
—Bueno
—dijo Anna—, ¡nos vamos de caza!
—
¿Quién es? —Las manos del chico Francher apretaban el borde de la cerca; volvió
a mí unos ojos de ciego.
—No
sé —dije—. Se llama doctor Curtís. —Ha oído música antes. —Me imagino que sí
—dijo Anna. —¿Aquella música? —le pregunté a Francher.
— Sí
—casi lloró Francher—. ¡Sí!
—Volverá
—dije—. Tiene que venir a buscar el coche. —Bueno —dijo Anna—, las palabras
parecen comunes, pero el sentido es un sinsentido. ¿Quién quiere café?
Esa
tarde el chico Francher me acompañó, sin una palabra, mientras yo me afanaba
cuesta arriba detrás de la casa de pensión, buscando horizontes más amplios y
que contrarrestaran la cerrazón del día. Hubiese preferido caminar sola, en
parte porque necesitaba un poco de silencio y en parte porque el chico nunca
apartaba los ojos (¿acusadores?) de mis muletas. Pero no parecía importarle que
yo le prestara o no atención, de modo que no me molestó demasiado. Me apoyé
jadeando en un peñasco de granito y dejé que la brisa que traía de lejos la
frescura de la nieve me levantara el pelo mientras yo me recobraba. Me envolví
en el abrigo, protegiéndome las orejas. El chico Francher tenía un puñado de
piedrecillas y las tiraba contra las latas herrumbrosas que punteaban la loma.
Cuando una piedra describió en el aire un ángulo recto, antes de golpear contra
una lata, el chico me habló:
Si
ese hombre conoce el nombre del instrumento, entonces... —Se quedó sin
palabras.
¿Qué
nombre es ése? —pregunté frotándome la nariz en el sitio donde el cuello del
abrigo me hacía cos quillas.
—No
es realmente un nombre —dijo Francher—. Sólo dos sonidos.
—Bueno,
entonces dilos, como si fuese una palabra. Instrumento de música es algo largo
e incómodo.
El
chico Francher escuchó con la cabeza inclinada, moviendo los labios.
—
Supongo que podría llamarlo rapur —dijo, suavizando la a—, pero no es eso.
—Rapur
—dije—. Por supuesto, tú sabes bien que no hay ningún instrumento con ese
nombre. —Me sentía intrigada; me había dejado arrastrar a otra conversación
tipo Francher, y empezaba a gustarme —. Algo que quizá tu madre soñó para ti.
— ¿Y
para el doctor?
—Hum.
—Mis engranajes mentales dieron lentamente una vuelta más, y sin impulso—. ¿Qué
te parece a ti?
—Estoy
casi seguro de que hay otros como mi madre. Otros que conocen también la locura
y el sueño.
—
¿El doctor Curtis? —pregunté.
—No
—dijo Francher lentamente, frotándose la mano contra el peñasco—. No. Tengo
como una impresión débil, extraña. Él es como usted. Él... él conoce a alguien
que sabe, pero él mismo no sabe.
—Bueno,
gracias —dije—. Es hermoso ser una pluma en semejante pájaro. Todo es muy
sencillo entonces. Cuando vuelva, tú le preguntas quién es .el que sabe.
—
Sí. — Francher aspiró una trémula bocanada—. ¡Sí!
Fuimos
fácilmente loma abajo, hablando de dinero y de música. Francher había ahorrado
bastante, y ahora podía comprarse un buen instrumento... ¿pero qué instrumento?
Me habló un rato de melodías y tonos y escalas y claves, y de la posibilidad de
encontrar alguna vez algo que sonara como un rapur.
Nos
detuvimos al pie de la colina y dije entonces, impulsivamente:
—Francher,
¿por qué hablas conmigo?
Tuve
ganas de parar las palabras cuando aún no había acabado de decirlas. Las
palabras tienen un terrible poder: destruyen las situaciones delicadas y cortan
los lazos frágiles.
Francher
tiró otras dos piedrecillas contra el terraplén y se dio vuelta, con las manos
en los bolsillos. Las palabras llegaron a mí cuando ya no las esperaba.
—Usted
no me odia... aún.
Me
sentí conmovida. Supongo que yo había imaginado que todos quienes rodeaban al
chico Francher habían llegado a conocerlo como yo, pero comprendía ahora que no
era así. Desde ese momento me metí en toda conversación que tuviera como tema
al chico Francher, y prestaba atención cada vez que alguien lo mencionaba. Me
sorprendió descubrir que para casi todo el mundo Francher era un simple
delincuente, un haragán, un inútil, una carga. Por algún extraño camino habían
llegado a la conclusión de que Francher era responsable de todas esas cosas
raras que habían estado ocurriendo en la aldea. Pregunté a varias personas cómo
era posible atribuírselas a un niño, y la única respuesta que conseguí fue:
—El
chico Francher puede hacer cualquier cosa... mala.
Hasta
Arma seguía pensando que Francher era una maldita carga en la escuela, a pesar
de que al fin parecía comportarse en un nivel bastante aceptable,
académicamente hablando.
Yo
había pensado, el cielo sabe por qué, que el muchacho estaba sintiéndose parte
de la comunidad. En cambio, lo que hacía era manejarse solo. Revisé todo lo que
había pasado desde que yo lo conocía, y me costó encontrar algo que pudiera
parecer de veras positivo a los ojos de la gente.
Pero,
pensé, ¡si es una suerte que no haya caído en manos de la ley!
Y
sentí un nudo frío en el estómago imaginando qué podría pasar si el chico
Francher avanzaba por algún camino que no fuese el de la ley. Burlarse de la
autoridad es para un adolescente una tentación insidiosamente dulce, y yo no
quería que mi niño cayera en esa tentación.
Bueno,
los días que siguieron a la partida del doctor Curtís fueron típicos días de
caza. Minutos de luz de sol y extraños colores de otoño; horas de nubes y
lluvias y nevisca y heladas y vientos crueles. Llegaban noticias sobre grandes
nevadas en la montaña de Mingus, y Los Cachorros estaría sepultado bajo la
nieve todo el invierno, desde un poco antes de lo acostumbrado. Vimos cómo los
primeros copos caían perezosamente y cómo luego se deshacían en lágrimas contra
las casas apretadas. Parecía como si toda excitación, toda actividad, estuviera
a punto de ser barrida de Arroyo del Sauce con el trapo gris del invierno.
Entonces
lo inesperado, que a veces salpica de rojo el acostumbrado color gris, ocurrió
de pronto. La Media Luna, el elegante rancho—escuela que ocupaba las mejores
tierras de la región, invitó a todos los escolares del pueblo a una velada
musical. Habían importado una orquesta que tocaba conciertos y era también un
buen conjunto para bailes, y planeaban un fin de semana de gala con un
concierto el viernes por la tarde y un baile para los jóvenes el sábado por la
noche. Los pupilos del rancho, pobrecitos, no se codeaban con los chicos del
pueblo. Eran en su mayoría chicos inadaptados o no deseados, cuyos padres
podían darse el lujo de sacárselos de encima de un plumazo con el pretexto de
que se criaran en un lugar saludable.
Por
supuesto, el torbellino arrastró a toda la aldea. Había hijos de millonarios en
el rancho, y también de gente famosa, pero nunca teníamos ocasión de echarles
una mirada, excepto cuando atravesaban la aldea en el autobús del rancho. En
esas ocasiones pestañeábamos todos juntos mirando los metales cromados, y
también suspirábamos, aunque por distintas razones. Yo suspiraba por las
delgadas, desdichadas caritas apretadas contra los vidrios de las ventanillas,
y por los tristes ojos vueltos hacia esas casas donde vivían familias que
querían a sus hijos.
De
todos modos, el consenso general era que valía la pena soportar un «concierto»
con tal de asistir a un baile animado por una orquesta... pues sólo quienes
fueran al concierto serían invitados al baile.
Hubo
mucha discusión y mucha animosidad acerca de lo que había que ponerse para
ambas ocasiones, tan distintas. Los muchachos se quedaron tranquilos cuando
vieron que el único traje bueno bastaba para las dos ocasiones. Las chicas
discutieron y discutieron y organizaron un mercado de préstamos y trueques,
pues los padres se negaban a gastar dinero aun para esta ocasión tan especial.
Yo
estaba contenta por el chico Francher. Ahora tendría oportunidad de oír música
en vivo; un cambio notable comparado con lo que gemía entre la estática de
nuestros aparatos de radio, en las estaciones que alcanzábamos a captar. Ahora
oiría tal vez un débil eco del rapur y vestido de fiesta además, pues la señora
McVey se había rendido al fin y le había comprado un traje nuevo, realmente un
hermoso traje, en la tienda de la aldea. Me sentía tan ansiosa como Twyla,
imaginándome al chico Francher envuelto en esplendores.
Fue
un verdadero shock ver al muchacho en el concierto, los pulgares en los
bolsillos, apoyado contra la puerta de salida, donde se amontonaba el público.
Tenía una cara oscura e inexpresiva, y los pantalones de dril remendados,
desteñidos, eran una mancha clara en la penumbra del salón.
—
¡Mire! —me susurró Twyla—. ¡Está de pantalones de dril!
—Cómo
—exclamé—, ¿y el traje nuevo?
—No
sé —contestó Twyla—. ¡Y esos pantalones ni siquiera están limpios!
Y se
hundió en el asiento sintiendo los ojos acusadores de todo el mundo mirándola a
través del chico Francher.
El
concierto fue espléndido. Aun nuestros entusiastas del rock quedaron atrapados
en la maravillosa telaraña de la música. Hasta yo me perdí durante largos y
hermosos momentos en las brillantes huellas melódicas que me llevaban fuera de
las tierras grises de lo cotidiano. Pero también sentí la mordedura de las
lágrimas detrás de mis párpados. La música se ha hecho para conmover, y mis
pies muertos no podían marcar ni un compás. Dejé que los cobres y los tambores
aplastaran mi rebelión, triturándola en pedacitos soportables, y me uní gozosa
al aplauso entusiasta.
¡Eh!
—dijo Rigo detrás de mí cuando el público empezó a levantarse para irse—. No
creí que algo pudiera sonar así. Señor, ¿oyeron esa trompeta? Me gustaría
conseguirme una y soplar un poco.
Sonaría
como una vaca enferma —dijo Janniset—. Son difíciles de tocar.
La
discusión siguió a lo largo del pasillo. La voz de Twyla fue un susurro en mi
oído. —Sí —dije—, pero quizá lo veamos en el autobús. No lo vimos. Francher no
estaba en el autobús. No había venido tampoco en el autobús. En realidad nadie
sabía cómo había llegado al concierto, ni cómo se había ido.
Arma,
Twyla y yo nos metimos en el auto de Arma y partimos hacia Arroyo del Sauce. El
corazón me latía con prisa; los pensamientos me zumbaban en la cabeza. Cuando
llegamos a lo de Somansen había un auto estacionado al frente.
—
¡La McVey! —me silbó Anna en el oído—. Hay problemas.
No
tuve tiempo de sacarme el abrigo en el sofocante calor de la sala, cuando ya me
estaba encarando a la violencia monumental de la señora McVey.
—Vestirlo
—silabeó la McVey con la barbilla en alto mientras se disparaba hacia adelante
en la silla—. ¡Vestirlo para que se sienta igual a los demás! —Las manos se le
movieron en el aire y yo las esquivé instintivamente y pestañeé cuando un
puñado de harapos blancos se esparció a mis pies — . ¡La camisa nueva! —gritó
casi la mujer. Otra lluvia de jirones, oscuros ahora—. ¡El traje nuevo! ¡Ni un
pedacito más grande que una mano! —Siguió una salpicadura, una granizada
sorda—. ¡Los zapatos! —La voz de la mujer se alzó todavía más, en un áspero
chillido—. Los zapatos. —El miedo combatía ahora con la cólera—. Mire esos
trozos, pequeños como estampillas... ¡Zapatos! —Se le quebró la voz—. ¡Estos
pedacitos eran un par de zapatos!
La
McVey se hundió en la silla, sin aliento, sacando de alguna parte un arrugado
pañuelo de papel y secándose el mentón. Anna me ayudó a sacarme el abrigo y
busqué una silla. Twyla se quedó en el umbral de la puerta, acurrucada,
intimidada, con los ojos muy abiertos en una expresión de fascinado terror.
—Déjelo
ser como los otros —susurró la McVey—. ¿Ese hijo de Satanás una persona
decente?
Mi
voz sonó insustancial y alta en la calma que sigue al huracán.
—
¿Pero por qué?
—Por
ninguna razón —boqueó la mujer llevándose una mano al pecho palpitante—. Le
compré toda esa ropa nueva para probar, creyendo que le gustaría. Creyendo —la
voz se le deslizó a un quejumbroso trémolo—, creyendo que él vería que yo sólo
deseaba lo mejor para él. —Hizo una pausa y sorbió por la nariz, con aire
lúgubre. No hubo ninguna expresión de simpatía durante esta pausa de silencio,
de modo que la mujer continuó, ofendida—: Y tomó todo, se encerró en su cuarto,
y salió con eso. —El dedo señaló la pila de andrajos—. Me... ¡me los tiró a la
cabeza! ¡Usted y sus ideas de que quiere ser como los otros! —Los labios se le
curvaron como apartándose del veneno de las palabras—. No quiere ser como nadie
sino como él mismo. ¡Y él es el demonio!
La
McVey susurraba ahora, y el aliento se le apagó junto con la última palabra. Se
quedó callada, los ojos muy abiertos.
—
¿Pero por qué? Tiene que haber dicho algo.
La
señora McVey se cruzó las manos sobre el vientre abultado y frunció la boca.
—Hay
cosas que una dama no repite —dijo meneando la cabeza.
—Oh,
vamos. —Yo ya estaba harta de ser cortés con todas las McVey de este mundo—. No
hagamos comedias. Usted podría enseñarle a un estibador... —Apreté los labios y
respiré hondo—. Discúlpeme, señora McVey, pero no es momento de ser discreta.
¿Qué dijo él? ¿Qué excusa dio?
—No
dio ninguna excusa —disparó la mujer—. Sólo... sólo... —Las gordas mejillas se
le colorearon—. El chico me insultó.
Arma
y yo nos miramos.
—Oh.
—
¿Pero qué le pasó? —insistí—. Tiene que haber habido alguna causa...
—Bueno.
— Arma se retorció en su silla—. Al fin y al cabo qué puede esperarse...
—
¿De semejante ambiente? —estallé—. Bueno, Arma, por cierto que yo esperaba algo
distinto de un ambiente como el tuyo.
La
cara se le ensombreció a Arma y se puso a recoger sus cosas.
—Lo
conozco desde antes que tú —dijo tranquilamente.
Desde
antes —admití—, pero no mejor. Anna —rogué inclinándome hacia ella—, no lo
condenes sin oírlo.
¿Condenarlo?
—Anna me miró vivamente—. No sabía que estuviésemos juzgándolo.
Oh,
Anna. —Me hundí de nuevo en el asiento—. El pueblo entero lo juzga, y lo acusan
de todo, tú lo sabes bien.
—No
quiero pelear contigo —dijo Arma—. Será mejor que me despida.
La
puerta se cerró detrás de Anna. La señora McVey y yo nos medimos con los ojos.
Había abierto la boca para decir algo cuando noté junto a mí el susurro de un
movimiento. Twyla estaba de pie a la desnuda luz del cielo raso, con las manos
entrelazadas sobre el pecho, los ojos sombreados por las pestañas, cada vez más
a medida que entornaba los párpados protegiéndose de la claridad. Habló con una
voz tranquila.
—
¿Con qué dinero le compró la ropa?
—No
es cosa suya, señorita —dijo la McVey enrojeciendo.
—Estamos
casi a fin de mes —dijo Twyla—. El cheque no llegará hasta la semana próxima.
¿De dónde sacó el dinero?
—
¡Bueno! —La señora McVey empezó a incorporarse extrayendo el cuerpo de las
profundidades del sillón—. No tengo por qué quedarme y tolerar que este pedazo
de...
Twyla
se le acercó, se le acercó tanto que la señora McVey cayó de nuevo sentada,
aferrándose a los polvorientos brazos del sillón. —No le queda nada del cheque
después de la primera semana —dijo Twyla—. Y este mes se compró un salto de
cama de nylon, de color púrpura. Le costó la cuota de una semana.
La
señora McVey se inclinó hacia adelante, la boca abierta en un horrorizado
furor.
—Le
quitó el dinero —dijo Twyla, los ojos de acero en la tensa cara joven—. Le robó
el dinero que él había ahorrado. —La niña dio media vuelta y se apartó del
sillón, y la falda y el pelo ondularon en el aire—. Algún día —dijo con los
dientes apretados — , algún día yo también seré vieja y gorda y fea, ¡pero el
cielo me libre de ser vieja, gorda, fea, y ladrona!
—Twyla
—intervine, temiendo que a la McVey le diera un ataque allí mismo.
— Es
una ladrona! —gritó Twyla—. Francher estuvo ahorrando casi un año para
comprarse... —tartamudeó, sintiendo evidentemente que estaba pisando hielo
quebradizo, a punto de traicionar una confidencia—, para comprarse algo. ¡Y
casi había juntado lo que necesitaba! Y ella estuvo espiándolo y...
Tuve
que detenerla.
—
¡Twyla!
Las
manos de Twyla se alzaron, rebeldes.
—
¡Es cierto! ¡Es cierto!
—Twyla.
—Mi voz era tranquila pero la hizo callar. —Adiós, señora McVey —dije—. Lamento
lo ocurrido.
—
¡Lo lamenta! —bufó la mujer, levantándose—. Solteronas amargas que nunca
tuvieron hijos metiendo las narices en las casas decentes...
La
señora McVey rodó con rapidez hacia la puerta. Tomó el picaporte y me echó una
mirada venenosa por encima del hombro.
—Tengo
influencias —dijo—. Ya verá usted.
La
puerta se estremeció, como subrayando la partida.
Desalojé
de mi mente a la McVey.
—Twyla.
—Le tomé entre mis manos las manos heladas—. Vete a tu casa. Yo tengo que
encontrar a Francher.
Twyla
protestó con un rápido movimiento de manos.
—Pero
yo quería...
—Lo
siento, Twyla —dije—. Creo que así será mejor.
Los
hombros se le distendieron.
—Bueno.
En
cuanto Twyla se fue irrumpió la señora Somansen.
—Mejor
que venga a la mesa y tome una taza de café —dijo.
Me
enderecé, fatigada.
—
¡Esa McVey! Es capaz de sacar de sus casillas al mismísimo diablo —dijo la
señora Somansen, animada—. Bueno, así son algunos. He oído decir a muchas
maestras que he tenido aquí estos años que no eran los chicos quienes las
preocupaban sino los padres. —La mujer me empujó al otro lado de la puerta y
fue a la cocina a buscar el colador—. He dicho muchas veces que una maestra
siempre tiene razón... aunque esté equivocada.
La
voz se le perdió en una larga historia de familia que probaba justamente la
tesis contraria, y yo miraba mi taza de café preguntándome en qué sitio de todo
este mundo yo podría encontrar al chico Francher. Desde aquel episodio de los
chismes yo tenía mis temores. Sin embargo la gente que reacciona con violencia
ante trastornos relativamente mínimos, muchas veces se queda tranquila cuando
se enfrenta con algo de veras serio... Una suerte de pérdida de las
proporciones en el nivel de las reacciones emotivas.
¿Pero
qué haría Francher? Había planeado comprar un instrumento de música y ahora no
tenía dinero. No tenía con que hacer música. ¿Cómo respondería? ¿Vengándose, o
buscando la música en cualquier sitio? ¿Huiría? ¿Adonde? ¿Robaría dinero?
¿Robaría música? ¿Robaría?
Me
sobresalté y volqué el café en el platillo. La señora Somansen se había
marchado. La casa estaba tranquila en la pausa del atardecer, esa indefinida
transición entre el día y la noche.
Esta
vez no sería sólo una armónica. Tanteé mis muletas, buscando en mi mente algún
medio de transporte. Estiraba la mano hacia el pestillo cuando la puerta se
abrió y casi me hizo caer.
—
¡Café! ¡Café! —graznó el doctor Curtis.
No
supe qué hacer. El doctor se tambaleó hacia adelante, cargando el equipo de
caza, la cara poblada por una barba desigual, las ropas oliendo a fuegos de
campamento y aire libre, y se acercó a la mesa tomando la cafetera. Era
evidente que el café estaba frío.
—Oh,
bueno —dijo como quien sigue una conversación—. Supongo que puedo sobrevivir
sin café.
—
¿Sobrevivir a qué?
El
doctor Curtis me miró un momento, sonriendo, y luego dijo:
—Bueno,
si se lo voy a decir a alguien da lo mismo que sea usted, aunque espero que no
pierda la cabeza y vaya por ahí contándoselo a todo el mundo. Por supuesto,
puede ser una pequeña alucinación luego de las fatigas de una excursión de
caza, pero me asusté.
—
¡Se asustó! —repetí estúpidamente mientras la cabeza me daba vueltas pensando
si le pediría que me ayudase a buscar al chico Francher.
—Un
poco —admitió el médico—. Allí estaba yo, conduciendo, sin meterme con nadie,
cantando con empeño, ya que no melódicamente Una vida en las olas del mar, y he
aquí que de pronto ellos se me aparecen, marchando tranquilamente por el
camino.
La
historia se arrastraba, y mis oídos estaban impacientes.
—¿Ellos?
—El
trombón y el tambor mayor —explicó el doctor Curtis.
Tuve
la impresión de que me metían inesperadamente en una alocada comedia de
enredos.
—¿Qué?
—El
trombón y el tambor mayor —repitió el doctor Curtis—. Llevando el compás y
marchando sin duda con paso perfecto, aunque no es posible marcar el paso de
modo muy convincente a dos metros de altura. Eso suponiendo que fuera un
trombón con pies, pero éste no era el caso.
—Doctor
Curtis. —Me aferré a una punta de su abrigo de caza—. Por favor, ¡por favor!
¿Qué pasó? ¡Dígame! ¡Tengo que saberlo!
El
doctor Curtis me miró y se puso grave.
—
Usted se toma esto muy en serio, ¿no? —me dijo, extrañado.
Tragué
saliva y asentí.
—Bueno,
fue a unos ocho kilómetros más allá del rancho La Media Luna, donde comienzan
los pinares. Dios me ayude, un trombón y un tambor marchaban en el aire
cruzando el camino. El tambor llevaba el compás... aunque ahora que lo pienso
los palillos del tambor estaban quietos, caídos sobre el parche. Paré el jeep y
corrí hacia el sitio por donde habían aparecido. No vi nada, pues la vegetación
es allí muy espesa, pero juraría que oí débilmente el regocijo del trombón.
Sentí que los dos instrumentos estaban escondidos detrás de un árbol,
burlándose de mí. —El doctor se frotó con una mano la barbilla hirsuta—. En
fin, tal vez sería mejor que me tomara ese café, frío o no.
—Doctor
Curtis —dije con urgencia—, ¿me puede ayudar? ¿Sin hacerme ninguna pregunta?
¿Puede llevarme ahora mismo?
Fui
por mi abrigo. Sin palabras, el doctor Curtis me ayudó a ponérmelo y me abrió
la puerta. El día se había ido y el cielo era un agua clara sobre el horizonte,
coloreada detrás de las lomas, allí donde se había puesto el sol. Pocos minutos
después el jeep bramaba cuesta arriba hacia el cruce. Grité por sobre el
traqueteante runrún del motor:
—Es
el chico Francher. Tengo que encontrarlo y conseguir que los devuelva, ¡antes
que lo descubran!
—
¿Que devuelva qué y adonde? —gritó el doctor Curtis, cuando de pronto el ruido
disminuyó. Habíamos llegado a la cima de la cuesta, y la señora Frisney, que en
ese momento cruzaba el camino, nos miró estupefacta, el paraguas abierto a la
primera luz de las estrellas.
—Es
demasiado largo de explicar —aullé mientras acelerábamos bajando por la
carretera—. Quizá se ha robado ya la orquesta completa, y todo porque la señora
McVey le compró un traje nuevo. Tengo que conseguir que la devuelva, o lo
arrestarán, el cielo nos ayude.
¿Quiere
decir que era el chico Francher quien tenía el trombón y el tambor? —gritó el
doctor.
¡Sí!
—La tensión de la conversación me lastimaba el pecho—. Y quizá todo lo demás.
Tuve
que sostenerme para no caer hacia adelante; el doctor Curtís había frenado de
golpe.
—Mire
—dijo—, aclaremos esto. Lo que usted cuenta es todavía más disparatado. ¿Trata
de decirme que ese chico se ha robado una orquesta?
—Sí
—dije—. No me pregunte cómo. No lo sé, pero él puede hacerlo. —Lo tomé de la
manga—. ¡Él me dijo que usted sabía! El día que usted se fue de caza, Francher
me dijo que usted conocía a alguien que sabía. ¡Estábamos esperándolo!
—Bueno,
que me maten —dijo el doctor lentamente maravillado—. Bueno, que me cuelguen.
—Se pasó la mano por la cara—. Así que ahora me toca a mí. —Extendió la mano
hacia la llave del encendido—. ¡Paso, Jemmy! — gritó—. ¡Ahí voy con otro! ¿Tuyo
o mío, Jemmy? ¿Tuyo o mío?
Fue
como si estas extrañas palabras hubiesen disparado un gatillo. De pronto todo
lo que parecía incomprensible e insólito se convirtió en una locura insensata.
Tuve ganas de no haber conocido nunca Arroyo del Sauce, o al chico Francher, o
al doctor Curtís; no haber visto una armónica que tocaba sola, ni las miradas
de soslayo de Twyla, ni el camino blanco que se perdía en la rápida caída de la
noche. Me arrebujé en el abrigo, sintiendo en los ojos unas lágrimas punzantes,
de abrumada desesperanza, y el único consuelo que pude encontrar fue imaginarme
a mí misma destruyendo mis odiadas muletas y esparciendo los pedazos por el
camino.
El
doctor Curtís detuvo el jeep. Me incorporé.
—Fue
por acá —dijo el doctor atisbando el crepúsculo—. El sitio es bastante
solitario... el desapacible extremo de la soledad. No sería raro que el chico
estuviese bastante asustado, y deseando volver a su casa.
—No
el chico Francher —dije — . No es del tipo doméstico.
—Ah,
sí —dijo el doctor Curtis—. Lo había olvidado.
Y
allí estaba. Al principio creí que era el viento de la tarde entre los pinos,
pero el sonido se hizo más profundo y creció hasta llegar a ser el acorde
magnífico, tormentoso, retumbante, de toda una orquesta. Luego, uno por uno,
los distintos instrumentos tocaron un solo, recorriendo escalas, exhibiendo
silencios, revisando posibilidades. En algún momento, entre las cuerdas y los
metales, me bajé del jeep.
—Usted
quédese aquí —le dije al médico en voz baja—. Iré a buscarlo. Espéreme.
Era
como caminar en la lluvia: las notas caían a mi alrededor; el relámpago agudo
de los piccolos, y el trueno susurrante de los tambores. No había melodía; sólo
un niño que corría de un sitio a otro por una tienda de golosinas, arrebatando
vorazmente aquí y allá, alimentándose a manos llenas, disfrutando del placer de
desechar algo, pues tenía de sobra.
Me
esforcé cuesta arriba, preocupada, sin prestar mucha atención a las
irregularidades de ese territorio desconocido, sumido casi en la oscuridad. Ahí
estaban los instrumentos —en el hoyo arenoso, más allá de la cuesta— dispuestos
en filas precisas y ordenadas, como en un concierto, cada uno envuelto en un
silencio súbito y sombrío, quebrado solamente por la estremecida risita de los
címbalos, que callaron apresuradamente golpeando la arena.
—
¿Quién anda ahí? —Francher era una figura rígida, de pie sobre un peñasco, con
los brazos medio levantados.
—Francher
—dije.
—
Oh. —Francher se deslizó por el aire hacia mí—. Ya no me escondo —dijo—. Ahora
seré yo mismo todo el tiempo.
—Francher
—dije secamente—, eres un ladrón. El chico se sacudió protestando: —No soy
ni...
—
Sí, esto eres tú —dije—, eres un ladrón. Robaste esos instrumentos.
Francher
buscó las palabras y al fin estalló. —Ellos me robaron el dinero, ellos me
robaron toda mi música.
—
¿Ellos? —pregunté—. No puedes empaquetar a la gente toda junta y llamarla
«ellos». ¿Yo te robé tu dinero? ¿O Twyla, o la señora Frisney, o Rigo?
—Tal
vez usted no lo tocó —dijo el chico Francher—. Pero estaba ahí y dejó que la
McVey me lo robara.
—Ése
es un pecado en el que ha caído toda la humanidad, desde un principio —dije—.
Estar ahí y permitir que las cosas malas ocurran. Pero aun la señora McVey
creía que te ayudaba. No se sentó a maquinar y decidió robarte. Para alguna
gente, los niños no son dueños exclusivos de las cosas que tienen, pues las
comparten con los adultos, que los ayudan a cuidarlas. Lo que es algo muy
distinto del robo deliberado a un extraño. ¿Qué hay de los dueños de esos
instrumentos? ¿Qué han hecho para merecer tu enemistad?
—Son
gente —dijo Francher, terco—. Y yo nunca más seré gente. —Se elevó poco a poco
en el aire y dio una voltereta—. Mire —dijo, flotando sobre la loma—. La gente
no lo puede hacer.
—No
—dije—, pero cualquier clase de criatura que hayas decidido ser, no parece
capaz de meterse los faldones de la camisa en los pantalones.
Francher
se arregló rápidamente la camisa, y se enderezó. Hubo un silencio torpe en
aquella sombra, y entonces le pregunté:
—
¿Qué harás con los instrumentos?
—Oh,
pueden llevárselos cuando yo termine... si los encuentran —dijo Francher con
desprecio—. Tocaré toda esta noche.
El
brillante sonido de las trompetas se abrió paso en el crepúsculo, y los
violines vibraron en un obligato de plata.
—Y
cada compás dirá «ladrón» —repliqué—. Y cada golpe de tambor gruñirá «robado».
Francher
aulló casi.
¡No
me importa, no me importa! ¡«Ladrón» y «robado» son palabras de la gente, y yo
nunca más seré gente, ya le dije!
¿Qué
serás? —pregunté apoyándome cansadamente contra el tronco de un árbol—. ¿Un
animal?
—No,
señor. —El chico no sabía qué hacer con las manos—. Seré algo más que humano.
—Bueno,
la tuya no es una conducta muy inteligente para alguien más que humano. Antes
tendrás que ser enteramente humano. Para ser más que humano, antes tendrás que
ser el mejor humano posible... y empezar desde ahí. Que seas enteramente
distinto no le importará mucho a la gente. Tienes que poder superarlos en su
propio terreno, y luego ir más allá. No les importará que puedas volar como un
pájaro si no eres capaz de caminar erguido como un hombre. Para la mayoría, ser
«diferente» es ser «malo». Oh, quizá dirán: «Dios mío, qué maravilla», cuando
les muestres alguno de tus fantásticos trucos, pero... —titubeé preguntándome
si no estaría diciendo algo inadecuado—, pero te olvidarán en seguida, como se
olvida cualquier atracción barata de feria.
Francher
se estremeció y apretó los puños y me habló con palabras duras y amargas.
—
Usted es como los demás, usted piensa que soy un monstruo... —Pienso que eres
una criatura desdichada —dije—, pues no sabes quién eres o de dónde vienes,
pero te costaría todavía más descubrirlo si burlas la ley.
—La
ley no me toca —dijo Francher fríamente—. Yo sé quién soy...
—
¿Lo sabes, Francher? —le pregunté sin levantar la voz—. ¿De dónde venía tu
madre? ¿Por qué podía entrar en las mentes de los otros? ¿Te separarás de la
gente antes de haber averiguado de qué maravillas eres capaz? No estos pequeños
espectáculos, sino milagros verdaderos, que signifiquen algo. —Se me hizo un
nudo en la garganta mientras le miraba la cara vuelta hacia el otro lado,
sombreada por el crepúsculo. Yo sentía que me estaba congelando en el viento
cada vez más frío, pero Francher parecía inconmovible aunque no tenía la
chaqueta puesta. Los labios se me movieron rígidamente—. Los dos sabemos que
puedes salirte con la tuya burlando la ley, pero sabes tan bien como yo que si
das este primer paso ya nunca podrás volverte atrás. Y eso quizás impida también
que seas aceptado por los tuyos, pues si es cierto que hay otros, han de estar
muy por encima de los ladrones comunes. Y el doctor Curtis ha vuelto de esa
excursión de caza. Quizás estarnos ya muy cerca de la verdad. Yo no conocí a tu
madre, Francher, pero sé que éste no es el sueño que ella había reservado para
ti, y que la ayudó a soportar el hambre, el silencio, el terror, y esos sitios
del pánico...
Me
volví y me alejé, tropezando, hacia el camino. La oscuridad era impenetrable a
mi alrededor, mientras yo gemía pensando en este mi niño. En algún momento
antes de llegar, el doctor Curtis se adelantó a ayudarme. Me llevó hasta el
jeep, y me desprendió los dedos helados de las muletas, y me calentó las manos
entre sus manos enguantadas.
—El
chico no es de este mundo —me dijo—. No sus padres y sus abuelos al menos. He
ido de caza con algunas de esas gentes. Francher no lo sabe, es indudable, como
tampoco lo sabía la madre, pero él podrá encontrar a los suyos. Quizás esto la
ayudaría a usted a convencerlo...
Me
puse a buscar mis muletas, atisbando en la oscuridad, y al fin dije, sintiendo
un hormigueo en los labios:
—No.
No serviría de nada que lo sobornáramos. Tiene que decidir ahora, con todo ese
peso en contra. Tiene que abrirse paso hacia ese nuevo mundo; no podría entrar
en él dejándose ir sin esfuerzo. El pollo se muere, si uno pretende apresurar
su incubación.
Lloré
y lloré durante todo el viaje de vuelta por ese niño extraviado en una
desolación que yo no conocía, arrojado a un cautiverio del que yo no podía
librarlo.
El
doctor Curtís me acompañó hasta la puerta de mi cuarto. Levantó mi cara
escondida y me la secó.
—No
se preocupe —me dijo—. Le prometo que se harán cargo del chico Francher.
Sí
—dije mirando la cara del doctor Curtis, tan cerca de la mía, y cerrando los
ojos—. El comisario se encargará de Francher, si lo encuentra. En cualquier
momento descubrirán la falta de la orquesta, si no la descubrieron ya.
Usted
lo ha hecho pensar —me dijo el doctor—, y por eso se quedó tan quieto,
escuchándola.
—Demasiado
tarde —dije—, demasiado tarde.
Ya
en mi cuarto, me tiré en la cama tratando de no pensar. Estuve así hasta que el
frío me endureció el cuerpo. Me puse entonces mi ropa de dormir y me abotoné el
abrigado salto de cama hasta la barbilla. Me senté en la oscuridad cerca de la
ventana, mirando el fantasma de encaje de los álamos a la difusa luz de la
luna. ¿Cuánto tiempo pasaría hasta que alguien viniera a obsequiarme torpemente
con las últimas noticias acerca del chico Francher?
Puse
los codos sobre el alféizar de la ventana, y apoyé la cabeza en las palmas de
las manos, apretándome los ojos. Oh Francher, mi niño, mi solitario niño
perdido...
—No
estoy perdido.
Alcé
la cabeza, sobresaltada. La voz era tan suave. Tal vez yo había imaginado...
—No,
estoy aquí.
El
chico Francher se adelantaba a la lechosa luz de la luna moviéndose con una
fuerza y una seguridad nuevas, muy distintas de su acostumbrada torpeza de
adolescente.
—
Oh, Francher...
No
podía permitirme un sollozo, pero la voz se me quebró.
—Está
todo bien —dijo Francher—, los devolví.
Los
hombros me dolieron, aflojándose.
—No
tuve tiempo de ponerlos en la sala, pero los apilé con cuidado en el porche
—dijo Francher, y el brillo de una sonrisa le cruzó por la cara—. Supongo que
se preguntarán cómo llegaron allí.
—
Siento tanto lo de tu dinero —dije, torpemente. El chico me miró, muy serio.
—Ahorraré
otra vez. Juntaré el dinero y alguna vez tendré mi música. No es necesario que
sea ahora.
De
pronto, una cálida burbuja me llenó de algún modo los pulmones. Sentí la
excitación como un hormigueo en las puntas de los dedos. Me incliné sobre el
alféizar.
¡Francher!
—llamé suavemente — . Tú tienes tu música. Ahora. ¿Recuerdas cuando bailaste
con Twyla? Oh, Francher. El sonido es vibración. Puedes hacer vibrar el aire
sin ningún instrumento. ¿Recuerdas la melodía que tocaste con la orquesta?
¡Tócala de nuevo, Francher!
Francher
miró sin comprender, y luego fue como si le hubieran encendido una luz detrás
de la cara.
—
¡Sí! —gritó—. ¡Sí!
Suavemente,
oh, tan suavemente, pues así ocurren los milagros, oí el primer acorde. La
música crecía plena, suave, hasta que vibró en todo el patio... una orquesta
que lloraba susurrando a la pálida luz de la luna.
—Pero
la melodía —dijo de pronto Francher por encima de aquellos sonidos milagrosos—.
¡No sé qué melodías puede tocar una orquesta!
—Hay
libros —dije—. Libros enteros de partituras de sinfonías y óperas y...
—Y
cuando conozca mejor los instrumentos —ésta era la voz esperanzada y animada
del verdadero chico Francher— cualquier cosa que oiga... —En el patio resonó
roncamente un par de compases del último rock'n'roll, y luego floreció
dulcemente en el Adoramus Te y se deslizó luego a El campesino en la cañada—. Y
algún día escribiré yo mismo mi música.
Un
trémulo rapur enhebró una frase melódica y calló.
En
el silencio que sobrevino entonces el chico Francher me miró, no a la cara sino
clavando los ojos en algo que estaba dentro de mí.
¡Señorita
Carolle! —Sentí las lágrimas que me venían a los ojos—. ¡Usted me dio mi
música! —Alcancé a oír el movimiento de la saliva en la garganta del chico. Mi
mano se movió en una señal de protesta, pero él continuó rápidamente—: Por
favor, venga afuera.
¿Así?
—le pregunté — . Estoy en salto de cama y zapatillas.
Son
abrigados —dijo—. Venga, la ayudaré a pasar por la ventana.
Y
antes que me diera cuenta yo ya estaba sobre el alféizar, descolgándome hacia
el patio.
—Los
aparatos —dije, detestando las palabras—. Mis muletas.
—No
—dijo Francher—. No las necesita. Camine por el patio, señorita Carolle, sola.
¡No
puedo! —grité con desesperación—. ¡Oh, Francher, no te burles de mí!
Sí
puede —dijo el chico—. Esto es lo que yo le daré a usted. No puedo curarla,
pero puedo darle esto. Camine.
Me
tomé desesperadamente del alféizar. Y vi entonces de nuevo a Francher y a Twyla
que bajaban describiendo una espiral desde las copas de los árboles. Francher
cabeza abajo, mostrado el torso desnudo. Francher lanzando la piedra movediza
de patio en patio.
Solté
el alféizar. Di un paso, y otro, y otro, manteniendo las manos separadas del
cuerpo, ¡libre al fin de los dedos agarrotados y los codos doloridos! Fui a
través del patio y cada paso era un canto de alabanza. Me volví desde el cerco
y miré hacia atrás. El chico Francher estaba acurrucado junto a la ventana, en
un tenso ovillo de concentración. Me deslicé de puntillas, corrí de vuelta
sintiendo el viento que me apartaba el pelo de la cara. Era como beber después
de haber tenido mucha sed, después de haber tenido mucha hambre. ¡Como puertas
que se abren de par en par! Caí hacia adelante y me tomé del alféizar. Y grité
inarticuladamente cuando sentí que las viejas tenazas se cerraban de nuevo, que
la vieja media—muerte se adueñaba de mí. Me desplomé frente al chico Francher.
Unos ojos atormentados miraron los míos desde una cara blanca y macilenta.
Francher se pasó el antebrazo por la cara, enjugándose el sudor.
—Lo
siento —jadeó—. Es todo lo que puedo hacer ahora.
Mis
manos lo buscaron. Hubo un brusco movimiento, tan rápido y tan próximo que
grité y aparté los pies. Alcé los ojos, asustada. El doctor Curtís y una figura
sombría estaban de pie frente a nosotros. Pero la sorpresa de verlos allí
desapareció en seguida, hundiéndose en aquel asombro reciente.
—
¡Se movió! —grité—. ¡El pie se me movió! ¡Miren! ¡Miren! ¡Se movió!
Me
concentré de nuevo, firme, firmemente. Luego de unos laboriosos segundos, el
dedo gordo se me sacudió en el pie izquierdo.
Mi
risa histérica fue casi un grito.
—
¡Un dedo es mejor que nada! —sollocé—, ¿no es cierto, doctor Curtís? Eso quiere
decir que alguna vez, alguna vez...
El
doctor Curtís se había agachado a mi lado y me sostenía las manos frenéticas
con unas manazas tranquilas.
—Podría
ser —dijo—. Jemmy nos ayudará a averiguarlo.
La
otra figura se había agachado también junto al doctor Curtís. Hubo un curioso
silencio expectante... pero el hombre no me miraba a mí. No fueron mis manos
las que él buscó. No era yo quien lloraba quedamente.
Era
el chico Francher, que de pronto se había arrojado a los brazos del desconocido
y había estallado en sollozos, con el desesperado llanto de un niño que puede
ser muy valiente mientras se siente completamente perdido, y que se deshace en
lágrimas cuando llegan a rescatarlo.
El
desconocido miró al doctor Curtis por encima de la cabeza del chico Francher.
—El
niño es de los míos —dijo—. Pero ella es casi uno de los tuyos.
Todo
pudo haber sido un sueño, o una explosión de la imaginación, aunque no había
nadie menos imaginativo que la señora McVey, y sé que ella nunca perdonará al
chico Francher. La McVey tiene ahora otro huérfano, una plácida niñita
rechoncha a la que le gusta estarse quieta, sentada, escuchando la charla de
las mujeres... Pero el chico Francher no se le borrará de la memoria a la
McVey. Generaciones que todavía no han nacido oirán probablemente de él y
aquellos zapatos.
Y
Twyla... Llevará con ella esa magia hasta la muerte, a menos (y sé que a veces
ella reza con esperanza), a menos que Francher venga alguna vez a buscarla.
Pues Francher se ha ido.
Jemmy,
el desconocido, se lo llevó a Cougar Canyon, allá en las montañas, donde viven
todos los que se le parecen... hijos de las estrellas, hijos del Pueblo, el
Pueblo que hace un siglo vino a la Tierra, escapando de un mundo que pronto
estallaría en pedazos, dispersándose entre nosotros luego de una llegada que
fue casi un desastre. Y allá en Cougar Canyon están ayudándolo al chico
Francher a desarrollar todos sus dones y capacidades, y algunos son únicos, de
modo que Francher pronto podrá encontrar el sitio que más le conviene entre
esas gentes. Me dicen que ya ahora hay algunos de entre nosotros que están
desarrollándose de acuerdo con las pautas del Pueblo. Eso es lo que Jemmy quiso
decir cuando le comentó al doctor Curtis que yo era casi uno de ellos.
Y yo
volveré a caminar otra vez. El doctor Curtis trajo a Bethie, una Sensitiva del
Pueblo. Ella apenas me tocó con las manos, y me leyó para el doctor Curtis. Y
yo tuve que aceptar al fin que era yo misma mi propio impedimento. Que mi
médico había tenido razón: que el tiempo, la paciencia y la fe me completarían
otra vez.
Cuanto
más pienso en el Pueblo, en Jemmy y Bethie y el chico Francher, más creo que
esas palabras son la clave de lo que ellos esperan hacer en nuestro mundo.
Tiempo,
paciencia y fe; y lo más importante es la fe.
Lea
se sentó en la oscuridad del dormitorio sacando los pies fuera de la cama.
Buscó a tientas y se echó una bata sobre los hombros y se la ciñó al cuerpo.
Fue en silencio hasta la ventana y se sentó en el alféizar ancho. Una luna
desmochada rodaba en las nubes sobre las lomas y el desfiladero parecía de
ébano y marfil. Lea alcanzaba a ver el punteado irregular de las casas que
formaban la comunidad. Todas estaban a oscuras excepto una ventana lejana cerca
del acantilado del arroyo.
De
pronto toda la escena pareció tomar un carácter anguloso, completamente fuera
de foco. Las lomas y los desfiladeros fueron tan extraños como si ella
estuviese mirando un paisaje lunar o las lomas escondidas de Venus. Nada
parecía familiar; la luna misma se convirtió en una criatura terrible que
miraba de soslayo y que podía acercarse más y más y más. Lea ocultó la cara en
el hueco del brazo y alzó las rodillas para apoyar los brazos temblorosos.
¿Qué
estoy haciendo aquí?, se dijo. ¿Qué demonios estoy haciendo aquí? No soy de
este sitio. Tengo que irme. ¿Qué me une a todas estas... estas... criaturas?
¡No creo en lo que dicen! No creo nada. Es una locura. En algún momento me he
vuelto loca y esto es un asilo. Todas estas noches... ¡historias de locos,
contadas como si pudiesen ser algo sensato!
Lea
se estremeció y alzó lentamente la cabeza, abriendo de mala gana los ojos. Miró
un rato la luna y las lomas y las nubes henchidas hasta que todo volvió a ser
familiar. Una locura, susurró, pero una locura tan consoladora. Si sólo pudiera
quedarme aquí para siempre. Unas lágrimas ávidas borronearon la luna. ¡Si
pudiera quedarme!
¡Tonta!
Lea hundió otra vez la cara en las rodillas. Decídete. ¿Es esto o no una
locura? No puedes pensar que es ambas cosas a la vez. Y la voz anhelante le
dijo: Si esto es una locura, la aceptaré de cualquier modo. Todo esto tiene
algo así como un maravilloso sentido que nunca pude encontrar antes. Estoy tan
cansada de sospechar de todo. La señorita Carolle dice que lo más grande es la
fe, la confianza. Tengo que creer, aunque me equivoque... Lea apoyó la frente
contra el vidrio frío de la ventana, los ojos fijos en la luz distante. Se
estremeció, se apartó del vidrio helado, y puso otra vez la cara sobre la
rodilla.
Es
hora, pensó. Es hora de que me detenga. Lo importante es que pueda quedarme
aquí, flotando en las aguas tibias del prenacimiento. Oh, es hermoso este
sitio. Ninguna preocupación sobre cómo ganarse la vida. Ninguna preocupación
sobre qué hacer o no hacer. Ninguna duda acerca del camino que hay que tomar en
alguna encrucijada. Pero no puede durar mucho tiempo. Volvió la cara y alzó los
ojos a la luna. Nada es para siempre, sonrió con cansancio, aunque la desgracia
parece de veras interminable.
¿Cuánto
tiempo más estaré al cuidado de Karen? No soy ninguna ayuda, no tengo nada que
dar. Cualquier cosa que ella haga, soy siempre una carga. Y no puedo... ¿pero
cómo podría curarme de algo en un ambiente tan protegido? Tengo que salir y
aprender a mirar el mundo cara a cara. Lea torció la boca. Y aun escupirle a
los ojos si es necesario, concluyó.
Oh,
no puedo, no puedo, se quejó una voz. Échame tierra encima y deja que lo
abandone todo.
¡Cállate!,
respondió Lea, muy seria. Soy yo quien manda ahora. Vístete. Vamos a irnos.
Lea
se vistió rápidamente en la oscuridad, más allá del alcance de la luz de la
luna, las lágrimas cayéndole por la cara. Cuando se inclinaba para ponerse los
zapatos golpeó contra la cama y durante un momento sollozó inconsolablemente.
Al fin terminó de vestirse. Se vistió con sus propias ropas, recién lavadas, se
puso la chaqueta, «casi nueva», y recogió el bolso.
Dinero,
pensó. No tengo dinero...
Vació
el bolso sobre la cama. Unas pocas cosas tintinearon sobre la colcha. Tiré casi
todo antes de irme, se dijo, capaz al fin de recordar el momento de la partida
sin que las sombras descendieran otra vez sobre ella. Había gastado el último
dólar. Miró dentro de la billetera. No había un centavo.
En
un compartimiento guardaba una miscelánea de tarjetas, pequeños rectángulos del
pasado. ¿Por qué no las tiré también?, pensó. Son inútiles. Empezó a meterlas
de vuelta en el compartimiento, sin prestarles mucha atención, y los dedos se
le detuvieron en una punta que sobresalía. Sacó unas hojas plegadas, con una
delgada cubierta de color azul marino.
¡Bueno,
me había olvidado!, exclamó. Mis cheques de viajero, si todavía queda alguno.
Hojeó la libreta. Suficientes, se dijo. Suficientes para irse otra vez. Metió
todo de nuevo en el bolso, y luego abrió el cajón superior de la cómoda. Una
débil luz le tocó los contornos de la cara. Recogió el kumatka y lo hizo girar
entre los dedos. Lo sostuvo un momento mientras arrancaba el borde de una
revista que estaba sobre la cómoda. Escribió en el papel Gracias, y dejó el
kumatka encima.
Las
sombras eran tan negras, pero Lea tenía miedo de caminar a la luz. Bajó
tropezando desde la casa hacia el camino, tratando de no pensar en los
kilómetros y kilómetros que tendría que recorrer antes de llegar a Kerry Canyon
o a cualquier otra parte. Estaba ya junto al camino cuando tuvo un sobresalto
convulso y se llevó los puños cerrados a la boca ahogando un grito. Algo se
movía en el claro de luna. Lea se quedó paralizada en la sombra.
—
¡Oh, hola! —dijo una voz alegre, y la figura se volvió hacia ella—. Iba a salir
en este momento. No sabía que vendría alguien, en este viaje. Llega justo a
tiempo. Suba...
Lea
subió en silencio a la golpeada y vieja pick up.
—Un
carricoche bastante antiguo, ¿no es cierto? —El hombre siguió hablando
animadamente, golpeando la portezuela y manteniéndola cerrada con la ayuda de
un trozo de alambre—. Supongo que cualquier cosa termina por convertirse en una
antigüedad, si uno la guarda el tiempo suficiente. Esto es una antigüedad desde
hace mucho. No creo que haya otra razón para seguir conservándola.
Lea
respondió con un vago murmullo y se tomó del costado del coche que se lanzó
camino abajo a un metro de altura sobre la superficie de grava blanca.
— No
la había visto por aquí —dijo el conductor—,pero nunca había habido tanta gente
en el pueblo y todos tan excitados. Ésta es mi primera visita. Anima bastante
de algún modo saber que hay tantos de nosotros, ¿no es cierto?
—Sí,
así es. —La voz de Lea era un poco ronca—. Una se siente de veras bien.
—
Muy molesto sin embargo tener que hacer de noche todos los viajes, de ida y de
vuelta. Dicen que en otro tiempo uno podía volar de día sobre la meseta del
Asno por lo menos, y luego ir rodando el resto del camino. Pero estamos
llegando a la estación de turismo y tenemos que ser más cuidadosos que durante
el invierno. Viajamos de noche, y por el camino desde el pico de la Viuda. Un
camino bastante malo, por cierto. Se tarda el doble. ¿Usted todavía no se ha
decidido?
Lea
le echó una mirada a la luz de la luna.
—
¿Decidido?
—Oh,
sé que no tengo derecho a preguntárselo —sonrió el hombre—, pero todo el mundo
anda en lo mismo. —Habló más tranquilo, los brazos apoyados en el volante—. Yo
me he decidido. Seis veces. Hasta que al fin pensé que me había decidido para
siempre. Luego tenemos una noche de luna como ésta... —Miró por encima del
vasto panorama de lomas y llanuras distantes, y suspiró.
El
resto del viaje transcurrió en silencio. Lea rió estremeciéndose, asustada,
aferrada al borde de la portezuela, cuando la camioneta bajó y las ruedas
golpearon el camino cerca del pico de la Viuda. Luego los saltos, sacudidas y
traqueteos hicieron imposible toda conversación.
Llegaron
a Kerry Canyon en el momento en que la luz del sol bañaba la luna. El conductor
sacó el gancho de alambre de la puerta y Lea salió al alba plateada.
—Vamos
y venimos casi todas las mañanas y las noches —dijo él—. ¿Vuelve usted esta
noche?
—No.
—Lea tuvo un escalofrío y se arrebujó en el abrigo—. No esta noche.
—No
se demore demasiado —dijo el conductor—. No tenemos mucho más tiempo, ya sabe
usted. Si vuelve cuando no hay ningún vehículo, basta que llame. Mmm. Karen es
la receptora de la semana. La próxima, Bethie. Alguien vendrá a buscarla.
—Gracias
—dijo Lea—. Muchas gracias.
Aturdida,
dio la espalda al adiós del hombre.
El
bar próximo a la parada del autobús era pequeño y mal ventilado, entorpecido
todavía por el peso de la noche, no despierto del todo a la luz desnuda y
escasa del alba. El café estaba caliente pero había sido preparado de prisa, y
era un poco flojo. Lea tomó un sorbo y dejó la taza, clavando los ojos en
aquellas oscuras y móviles profundidades.
Aun
en el caso de que esto sea todo, pensó, y yo no pueda tener más orden, paz y
claridad... bueno, por lo menos he vislumbrado algo, y mucha gente ni siquiera
tiene eso. Creo que he encontrado una llave, una llave casi increíble para mi
puerta cerrada. Tiempo, paciencia y fe, y lo más importante es la fe.
Al
cabo de un rato tomó otro sorbo, sin alzar la cabeza, y descubrió que el café
se le había enfriado.
—
¿Se lo caliento? —Detrás del mostrador una nueva camarera estaba atándose
rápidamente las cintas del delantal—. El autobús llegará en seguida.
—
Gracias.
Lea
le dio la taza apartando firmemente la imagen de una taza de café que había
humeado toda una mañana, esperando, paciente.
El
tiempo es una palabra, la sombra de una idea; pero siempre, siempre, más allá
del torbellino de los acontecimientos, la multiplicidad de las actividades
humanas o el interminable aburrimiento del desinterés, el cielo está allá
arriba, el cielo con todas sus invariables variaciones, mostrando los cambios
del ahora y la estabilidad de lo eterno. Allá están las estrellas, las
coordenadas exactas de nuestra eternidad que giran y dan vueltas y siempre
encuentran el camino de regreso. Allá están las nubes de formas móviles y
transitorias, las ventosas colas de caballo, los cielos agrietados y
aborregados, y los gozosos tumultos de las tormentas. Y la luna, la luna que se
sueña y se oculta para soñar, que compone el mundo con una luz compasiva y hace
que todo parezca nuevo para siempre.
En
una noche como ésta...
Lea
se apoyó en la baranda y suspiró a la luz de la luna. ¿Hacía ya dos lunas o una
sola que ella había estado en el puente o se había desmayado en los cielos o
había recibido a la luz crepuscular de la montaña el luminoso regalo del amor
de una niña? Había hecho pedazos las formas rígidas que el tiempo había tenido
antes para ella, y aún no había construido una nueva estructura. El tiempo no
tenía aún para ella ninguna uniformidad.
Mañana
Grace estaría de vuelta, luego de aquella operación de apendicitis, trabajando
de nuevo en el albergue, el empleo que Lea había tenido la fortuna de
conseguir. Pero ahora este pequeño refugio temporario se había perdido también.
Otro paso en la incertidumbre. Lea estaría libre otra vez, libre de los ruidos
de la cocina y el comedor, libre de volver a la esclavitud del despropósito.
Excepto
que he dado un paso fuera de mi zona de oscuridad, se dijo, para entrar en una
zona de crepúsculo. Y si doy el paso siguiente con paciencia y fe...
—Te
llevaré de vuelta a Canyon... —La voz risueña llegó dulcemente.
Lea
giró sobre sí misma con un grito inarticulado, y llorando se aferró a Karen.
—¡Oh, Karen! ¡Karen!
—
¡Cuidado! ¡Cuidado! —Karen rió, los brazos tiernos alrededor de los hombros
estremecidos de Lea—. ¡Me cubrirás de moretones! ¡Oh, Lea! ¡Es bueno verte otra
vez! Como sitio adecuado para suicidas esto es mejor que el puente. —La voz de
Karen continuó, ayudando a Lea que trataba de dominarse—. ¿Quieres que te
empuje aquí? Tiene que haber casi mil metros hasta abajo. Y allá corre un río,
un río con agua.
—Agua
fría. —Lea se estremeció soltando a Karen y pasándose el brazo por las mejillas
húmedas—. Demasiado fría para una muerte cómoda. ¡Oh, Karen! ¡Qué tonta fui!
Sólo porque tenía los ojos cerrados pensé que el sol se había apagado para
siempre. ¡Qué tonta!
—Todos
somos tontos una vez al año —dijo Karen—. Lo que no importa mucho si nos damos
cuenta y este año no somos la misma clase de tontos. ¿Cuándo vuelves conmigo?
¿Cuándo
vuelvo contigo? —Lea clavó los ojos en Karen—. ¿Quieres decir cuándo vuelvo a
Canyon?
¿Hay
otro sitio? —preguntó Karen—. Ante todo no oíste aún todas las historias...
—Pero
seguramente ahora...
—No
todavía —dijo Karen—. No te perdiste ninguna aún. La última estará por comenzar
cuando lleguemos. Pues verás, poco después de haberte ido... Bueno, ya lo oirás
todo más tarde. Pero lamenté tanto que te fueras ahora. Todavía no te llevé a
la colina...
—Pero
la colina está todavía allí, ¿no es cierto? —sonrió Lea—. ¿Las colinas
eternas...?
—Sí
—suspiró Karen—. La colina está todavía ahí, pero ahora puedo llevar a
cualquiera. Bueno, así son las cosas. ¿Hasta cuándo puedes quedarte?
—
Grace volverá mañana —dijo Lea—. Tuve la suerte de conseguir este empleo. Me
ayudó a salir adelante...
—En
ese sentido estuvo bien —convino Karen—, pero no es el tipo de trabajo más
apropiado para ti.
Lea
se estremeció, de pronto sintiendo frío en el alma, temiendo un cambio que
hasta ahora no había previsto.
—Llegará
a serlo.
—Nunca
lo será —dijo Karen fríamente—; es sólo algo provisional, para llenar el
tiempo, para entretenerte un rato. Nunca llenarás así ese hueco que te
preocupa, y sería lo mismo que te sentaras y te contaras los dedos de las
manos. En otras palabras, estás interfiriendo.
—Oh,
quisiera de veras llenar ese hueco. Ocurre simplemente que estoy aún metida en
el incómodo proceso de descubrir a qué categoría pertenezco, y aunque no me
guste mucho estoy empezando a sentir que pertenezco a algo de veras, y que voy
a alguna parte.
—Bueno,
la parte más inmediata es Canyon —dijo Karen—. Estaré contigo mañana por la
noche. No estás tan lejos de nosotros. ¡La gente del Pueblo vuela a mayores
distancias! ¿Tu equipaje?
Lea
rió.
—Tengo
un cepillo de dientes ahora, y un camisón.
—
¡Materialista! —Karen extendió el dedo índice y tocó apenas la mejilla de Lea—.
La luz vuelve. El candelabro está encendido otra vez.
—Alabado
sea el Poder.
Las
palabras brotaron espontáneamente de los labios de Lea.
—La
Presencia sea contigo.
Karen
se elevó hasta la baranda del porche, de espaldas a la luna, la cara en la
sombra. La luz de la luna le plateaba las manos cuando las extendió y le tocó
los hombros a Lea, despidiéndose.
La
noche siguiente, antes que saliera la luna, Lea esperaba de pie en el porche
oscuro, apretando contra el cuerpo el pequeño envoltorio, estremeciéndose a
causa de la excitación y el viento helado que se abría paso entre los pinos a
orillas del desfiladero. Unas nubes informes y grises se habían extendido más y
más luego de la puesta del sol. La salida de la luna sólo sería visible desde
el borde superior de aquel gris creciente. Lea se sobresaltó; las sombras se
movieron y coagularon sobre ella y se convirtieron en una figura.
—Oh,
Karen —llamó en voz baja—. Tengo miedo. ¿No puedo esperar y viajar en autobús?
Va a llover. Mira... ¡mira!
Extendió
la mano y sintió la picadura de las primeras gotas. — Karen me envió. —La voz
profunda y divertida sacudió a Lea contra la baranda—. Dijo que temía que el
cepillo de dientes y el camisón de usted tuvieran que arreglárselas solos. Por
alguna razón parece que los músculos de levitación se le hubieran acalambrado.
¿Me permite?
—Pero...
pero... —Lea apretó con más fuerza el envoltorio—. ¡No puedo levitar! ¡Tengo
miedo! Casi me muero cuando Karen me transportó la última vez. Por favor,
déjeme esperar el autobús. No tardaré mucho más. Sólo una noche. No tuve tiempo
de pensarlo cuando Karen me lo dijo anoche. —Cerró con fuerza los ojos—. Estoy
a punto de echarme a llorar —dijo ahogándose— o a maldecir, y no hago bien
ninguna de las dos cosas, así que váyase, por favor. Estoy demasiado asustada
para ir con usted.
Sintió
que el hombre le sacaba gentilmente el envoltorio de los dedos contraídos.
—No
es tan malo —dijo él con el tono de quien enuncia un hecho.
¡Pueblo
maldito! —Lea tenía ganas de aullar—. ¿Nunca entienden? ¿Nunca simpatizan?
Claro
que entendemos. —La voz contenía la risa—. Y simpatizamos cuando la simpatía es
lo indicado, pero no derramamos lágrimas sobre todos los que se sienten mal.
¿Nunca observó a un niño que tropieza y cae? Siempre mira alrededor para ver si
tiene que llorar o no. Bueno, usted miró alrededor. Vio cómo era y no está
llorando, ¿no es cierto?
—
¡No, maldición! —Lea casi rió—. Pero estoy de veras demasiado asustada...
—Bueno,
me llamo Deon, en caso de que usted quiera personalizar esas maldiciones.
Podríamos ayudarla, de cualquier modo. Podría dormirla y también oscurecer mi
propia pantalla para que usted no pudiera ver afuera... aunque así se perdería
usted muchas cosas. Tendría que haber traído el carricoche al fin y al cabo.
Lea
se aferró a la baranda.
¿El
carricoche?
Sí,
usted lo conoce bien. No habían planeado utilizarlo hoy.
Si
cree usted que me hubiese sentido más segura en ese montón de hierro viejo.
—Lea se cruzó de brazos—. Hubiera tenido tanto miedo como ahora.
—Escuche.
—Deon alzó vivamente el envoltorio de Lea—. Va a llover dentro de medio minuto.
El camino es largo. Karen están esperándola y yo le prometí que la llevaría a
usted. Vamos pues, y si no lo soporta probaremos otro modo. Está oscuro, y no
podrá ver...
El
zigzag de un relámpago cayó de lo alto del cielo a los fondos del precipicio, y
el trueno sacudió el porche como una explosión. Lea ahogó un grito y se aferró
a Deon. Los brazos de Deon la envolvieron y ella hundió la cara en el hombro de
él, que apoyó la cara en el pelo de Lea.
—Lo
siento —dijo Lea estremeciéndose, todavía abrazada a Deon—. Tengo miedo de
tantas cosas.
El
viento golpeó las faldas de Lea y murió. Las sacudidas tumultuosas de los
árboles se aquietaron, y Lea sintió que se le aflojaba el cuerpo. Rió un poco y
empezó a levantar la cabeza. Deon la contuvo, apretándole la cabeza contra el
hombro de él.
—Tranquila
—dijo—. Estamos en camino.
—
¡Oh! —jadeó Lea, aferrándose de nuevo a Deon—. ¡Oh, no!
—Oh,
sí —dijo Deon—. No trate de mirar. No podría ver nada de todos modos. Estamos
entre nubes. Pero vaya acostumbrándose. Pronto volaremos sobre las nubes y hay
luna llena. Entonces sí podrá ver algo.
Lea
luchó contra el terror, y lenta, lentamente se le fue borrando, reemplazado por
un asombro que comenzaba a asomar. Oh, pensó, mientras las palabras de Karen le
venían poco a poco a la memoria: «Los brazos recuerdan cuando los ojos
olvidan». Oh, cielo santo. Y abrió los ojos y parpadeó cerrándolos de nuevo a
la luz que derramaba la luna llena.
—Entonces...
¿fue usted mismo? —tartamudeó entornando los ojos y espiando la cara de Deon
blanqueada por la luna.
—Eso
es lo que yo iba a preguntarle —sonrió Deon—. Pienso que yo debiera haberla
reconocido antes, pero recuerde: la primera vez que la vi estaba usted metida
en el agua hasta el cuello y un mechón de pelo aplastado contra la cara... ¡y
Karen no me hizo la menor insinuación! ¡Pero mire ahora! ¡Mire ahora!
Habían
salido de las sombras, y Lea miró la serena marejada de nubes, la incomparable
maravilla de un campo de nubes debajo de la luna. Era una belleza que no sólo
alimentaba los ojos, sino que llamaba además a todos los sentidos a abarcarla y
contenerla. La entristecía a Lea no ser capaz de tomarla en los brazos y
apretarla con fuerza hasta que se le confundiera con ella misma.
En
silencio, los dos se movieron sobre extensos campos de curvas inmaculadas, la
inefable delicia de profundidades y alturas y sombras cambiantes; un mundo
completo en sí mismo que no tenía ninguna relación con la tierra que yacía allá
abajo, en la oscuridad.
Al
fin Lea susurró:
—
¿Puedo tocar una? ¿Puedo meter de veras las manos en una de esas nubes?
—Claro,
sí —dijo Deon—. Pero recuerde, criatura, que hace frío ahí fuera. Hemos subido
mucho, por encima de la tormenta. Pero si usted quiere...
—
¡Oh, sí! —jadeó Lea—. ¡Será como tocar el dobladillo del cielo!
No
sintiendo ni siquiera la mordedura del frío cuando Deon abrió la pantalla, Lea
extendió tímidamente la mano hacia el caudaloso flanco de la nube. La nube se
le cerró sobre las manos, incorpórea, hermosa, intangible como la luz,
insustancial como un sueño, y como un sueño se le disolvió entre los dedos.
Cuando Deon cerró de nuevo la pantalla, Lea se descubrió a sí misma jadeando y
temblando. Se miró las manos y vio que resplandecían húmedas a la luz de la
luna. Alzó los ojos, volviéndose en brazos de Deon.
—
Comparta mi nube —dijo, y le tocó suavemente la mejilla.
Era
difícil medir el tiempo, moviéndose sobre aquella maravilla de nubes, pero al
cabo de un rato no demasiado largo la voz de Deon vibró contra la mejilla de
Lea, que descansaba en el hombro de él.
—Vamos
a bajar. Prepárese para las turbulencias. Seguramente nos sacudiremos un poco.
Lea
se movió y sonrió. —Me he quedado dormida. Todo esto no puede ser sino un
sueño.
—¿Un
buen sueño?
—Un
buen sueño.
—
¡Allá vamos! ¡Sosténgase!
Lea
contuvo el aliento mientras se zambullían en la blancura. Toda la serenidad y
la belleza desaparecieron junto con la luna. Alrededor sólo había oscuridad y
tumulto. El viento los golpeó rudamente llevándolos de un lado a otro entre las
nubes, con una velocidad imposible, hacia abajo, increíblemente lejos,
torciéndolos y volcándolos, envolviéndolos en relámpagos, sacudiéndolos con el
estruendo del trueno, ensordeciéndolos, aun protegidos por aquel escudo, con
los innumerables chillidos del huracán.
¡La
muerte!, pensó Lea, fuera de sí. ¡El fin de la vida! ¡La locura! ¡El caos!
Y de
pronto, en medio del terrorífico tumulto, sintió otra vez el calor y la
protección, y el calor de alguien que la acompañaba, la proximidad de otra
respiración, la fuerza de unos brazos.
Esto,
pensó entonces Lea, ávidamente, tiene que ser ese amor que Karen mencionó. Ahí
afuera todas las tormentas del mundo. Aquí, la fuerza, el calor, y alguien.
De
pronto una ráfaga descendente los envolvió arrojándolos fuera de la nube de
tormenta, haciéndolos girar en el aire hacia los abismos de Cougar Canyon, y
depositándolos al fin rudamente al pie de un pino amarillo.
—
¡Señor! — Deon se apoyó contra el tronco del árbol—. Estoy contento ahora de
que no hayamos tomado la pick up. ¡Una tormenta así le hubiera soltado todas
las tuercas!
—No
lo dudo. —Lea se movió en el círculo de los brazos de Deon—. Pero no me lo
hubiese perdido por nada del mundo. ¡Es mejor que pasarse las horas maldiciendo
y llorando! Una maravillosa tormenta. —Se apartó de Deon y miró alrededor—.
¿Dónde estamos?
Tanteó
con el pie un largo borde de piedra, iluminado por los relámpagos.
—En
la colina que se alza sobre la escuela.
¿En
la colina? —Lea miró alrededor con un sorprendido interés — . Pero no hay nada
aquí.
Muy
cierto. —Deon pateó un pequeño terrón hacia la oscuridad—. Nada más que
nosotros. La semana pasada aquí mismo yo hubiera jurado... Oh, bueno...
—Estaba
preocupada. —La voz repentina que venía de la oscuridad los sobresaltó a los
dos—. Pensé que el viento los había llevado a kilómetros de aquí, o que quizá
los había retrasado el cepillo de dientes de Lea. Todos están esperando.
Karen
descendió junto a ellos.
—
¿Entonces vino? — Deon dio un paso adelante, ansiosamente—. ¿Funcionó? ¿Qué
fue...?
Karen
se rió.
—Cálmate,
Deon. Llegó. Funciona. Los Viejos han llamado a una reunión y todo está
dispuesto excepto tres asientos vacíos que no ocuparemos. ¡Arriba!
Y
Lea se encontró de pronto arrebatada en el aire y sobre la loma antes que
pudiera contener el aliento o que el miedo la alcanzara. Y sentía un fuego en
las mejillas y se reía, la lluvia chisporroteándole en el pelo, y casi en
seguida descendieron en el porche de la escuela dejando que los gruñidos del
trueno y los gritos del viento los empujaran a través de la puerta. Se abrieron
paso entre los grupos de gente que hablaba y encontraron unos asientos. Lea
echó una mirada al rincón donde acostumbraba sentarse, casi temiendo verse allí
sentada, el cuerpo doblado sobre la miseria de contar las monedas de su
miseria.
Sentía
las piernas y los brazos inundados de maravilla y deleite, y le costaba
contener un inarticulado grito de alegría. Extendió los dedos de las manos,
buscando, buscando con las manos abiertas, lo que podía haber delante.
La
oscuridad caerá otra vez, admitió. Esto es sólo una grieta en mi calabozo, un
anuncio de lo que está del otro lado. Pero qué maravilla, ¡qué maravilla!
Cerró
apenas los dedos para sostener un puñado de esa felicidad y no le sorprendió
que otra mano se cerrara cálidamente sobre las suyas. Éstas son gentes que me
escucharán cuando llore, se dijo. Me ayudarán a encontrar mi respuestas. Me
sostendrán mientras recorro ese largo camino que ha de llevarme de vuelta a mí
misma. Ya nunca sola. ¡Ya nunca sola otra vez!
Dejó
que todo excepto el momento presente se alejara de ella en un suspiro de
estremecida felicidad y murmuró con el grupo:
—Estamos
aquí reunidos en Tu Nombre.
No
había nadie sentado al pupitre. Encima se veía el mismo aparato, o uno muy
parecido, que había estado allí otras veces. Valancy, llevando en un brazo la
tierna carga de Nuestro Bebé, envuelta en franelas, se inclinó hacia adelante y
tocó el aparato.
—Ya
dije que llegaría muy bien.
La
voz tenía un sonido tan natural que Lea buscó involuntariamente en el extremo
de la sala al orador invisible.
—Y
me ha tocado la última historia, después de todo. Bueno, supongo que querrán un
tema, también ahora, y aquí está: «Pues atravesaréis el Jordán para tomar
posesión de la tierra que Dios vuestro Señor os ha dado, y seréis los dueños de
esa tierra y allí habitaréis...».
JORDÁN
Creo
que fui el primero en verla: esa forma brillante, entre las nubes, sobre el
monte Calvo. No hubo en mi mente pausa alguna de conjetura o de duda. Me sentí
seguro en el momento mismo en que advertí el brillo metálico, y el movimiento
de las nubes me permitió vislumbrar brevemente una forma curva larga y esbelta.
Me sentí seguro y di un grito de alegría. ¡Ahí estaba! Qué respuesta más
directa podía pedirse a una plegaria. ¡A la vista de todos! ¡El fin de mi
rebelión, la réplica largamente esperada a mis protestas contra tantas
restricciones! ¡Ahí, en lo alto, mi liberación! Vacié mis manos de la grava de
aquellas dos piedras, que yo había triturado mientras meditaba de pie sobre el
peñasco; me froté las manos en los pantalones de lona y me alcé sobre la
maleza. Fui hacia la casa. Las ramas superiores de los matorrales marcaban el
avance de mis pies en el aire. Pero, aunque parezca extraño, sentí una punzada
remota breve, casi como de... ¿pena?
Al
acercarme a Canyon, oí el grito, y vi cómo los miembros del Grupo, uno tras
otro, subían rápidamente hacia el monte Calvo. Olvidé entonces el momentáneo
dolor, y subí con ellos. Y mis manos fueron de las primeras en tocar la
superficie lisa, cálida—fría de la nave, que se enfriaba luego de atravesar la
atmósfera. En cuestión de minutos, las manos de todos los miembros del Grupo
arrastraron la nave hacia abajo: desde las nubes hasta el refugio entre los
pinos, más allá de Cougar; gozosamente, cantando una canción del Pueblo, una
casi olvidada canción de bienvenida.
Todavía
emocionado por la canción, corrí a casa de Obla, llevándole la noticia, como
otras veces, puesto que ella no podía salir a recibirla.
—
¡Obla! ¡Obla! —grité mientras cruzaba a la carrera el umbral de su casa—. ¡Han
venido! ¡Han venido! ¡Están aquí! ¡Alguien de la Nueva Morada!
Entonces
recordé, y entré en la mente de Obla. El entusiasmo colmaba mi propia mente, de
tal modo que ni siquiera tuve que decir una palabra para que ella viera. A
través de mi desbordante y silencioso deleite, oí de algún modo la risa
apagada.
—
¡Bram, no es posible que la nave tenga un arco iris alrededor y esté toda
tachonada de brillantes!
Yo
también me reí, un poco avergonzado.
—No,
supongo que no —le respondí con el pensamiento—. ¡Pero seguro que tiene un
halo!
Luego
me senté con Obla en la tranquila habitación y reviví cada segundo del
acontecimiento: las formas y los colores, los sonidos, los olores, la
apariencia de todo, incluyendo una descripción de la nave, que no tenía un
halo. Y Obla, sorda, ciega, sin voz, sin brazos, sin piernas, Obla, que
horrorizaría a cualquier forastero, vivió todo el episodio conmigo, me
interrogó minuciosamente, y por último alzó la voz que no se podía oír, junto a
todos nosotros, en aquella canción de bienvenida.
—
Obla. —Me acerqué a ella y le miré la serena cara cicatrizada, enmarcada en la
abundancia de oscuros, vigorosos cabellos—. Obla, esto significa la Morada, la
verdadera Morada. Y para ti...
—Y
para mí... —Los labios se le estiraron en una mueca inexpresiva. Luego la
cortina de la cabellera se le movió sobre la cara, ocultándola a mis ojos—. Tal
vez un mundo más bondadoso para esconder esta odiosa...
—
¡Odiosa no! —exclamé indignado.
La
suave risa de Obla me cosquilleó la mente.
—Bueno,
no —dijo—. Al fin y al cabo la explosión no dejó mucho de mí... —La cabellera
le refluyó de la cara derramándose sobre la almohada.
—
¡Te dejó la parte que importa! —exclamé.
—En
la Tierra se necesita un recipiente físico —dijo Obla—. Que funcione. Y por una
sola vez, desearía que...
La
mente le quedó en blanco antes que yo pudiera ver su deseo. El vaso de agua se
alzó de la mesa de luz y flotó a la altura de la boca de Obla. Obla bebió
brevemente. El vaso volvió a su sitio.
¿Así
que estás entusiasmado con la idea de partir? —me provocó mentalmente—. ¡De
vuelta a la civilización! ¡Adiós a la ruda frontera!
Sí,
estoy entusiasmado —respondí, desafiante—. Tú sabes lo que pienso. Es criminal
desperdiciar vidas como las nuestras. Si no podemos vivir aquí de acuerdo con
lo que somos, regresemos a la Morada.
¿A
qué Morada? —preguntó Obla—. La que conocíamos ha desaparecido. ¿Cómo es la
nueva?
—Bueno
—vacilé—. No lo sé. Aún no nos hemos comunicado. Pero tiene que ser casi como
la vieja Morada. Por lo menos, es probable que esté habitada por el Pueblo,
nuestro Pueblo.
—
¿Estás seguro de que seguimos siendo el mismo Pueblo? —insistió Obla—. ¿O que
ellos siguen siéndolo? El tiempo y la distancia pueden cambiar...
—Por
supuesto que somos los mismos —exclamé—. Eso es como preguntar si un perro es
un perro en Canyon, sólo porque ha nacido en Socorro.
—
Una vez tuve un perro —dijo Obla—. Hace mucho tiempo. Él creía que era un
hombre, pues nunca había estado entre otros perros. Tardó seis meses en
aprender a ladrar. Fue una verdadera conmoción para él descubrir que era un
perro.
— Si
quieres decir que hemos degenerado desde que llegarnos aquí...
—Tú
mencionaste el perro, no yo —dijo ella—. No riñamos. Además, yo no dije que
nosotros éramos el perro.
Sí,
pero...
Sí,
pero... —repitió Obla como un eco divertido, y yo me reí.
Condenada
seas, Obla, así es como terminan la mayoría de mis discusiones contigo. ¡Sí,
pero! ¡Sí, pero!
—
¿Por qué no salen? —Golpeé impaciente aquella enorme masa inconsútil, que se
alzaba sombría en la noche—. ¿Por qué se demoran?
—Te
comportas como un niño, Bram —dijo Jemmy—. Tienen sus motivos para esperar.
Recuerda que éste es un mundo extraño para ellos. Han de asegurarse...
—
¡Asegurarse! —repetí—. Ya les hemos dicho que el aire está bien, y que no hay
virus esperando para devorarlos. Además, tienen la defensa de las
pantallas—escudos. Ni siquiera necesitan tocar la tierra si no quieren. ¿Por
qué no salen!
—Bram
—dijo Jemmy en un tono especial, que reconocí en seguida.
—Oh,
ya sé, ya sé —dije—. Impaciencia, impaciencia. Cada cosa a su debido tiempo.
Pero escúchame, Jemmy, ahora que ellos están aquí, tú y Valancy tendrán que
ceder. Ellos les dirán que la obligación del Pueblo es salir definitivamente de
aquí, o bien confundirse con los Extraños y limpiar este mundo. Con la ayuda de
ellos no nos costaría mucho. Podríamos ocupar posiciones claves...
—No
importa cuántos hayan venido, y ni siquiera sabemos aún cuántos son —dijo
Jemmy—. Esa «ocupación» de que hablas no es algo propio del Pueblo. Las cosas
tienen que crecer. Sólo se injerta en casos extremos. Y prácticamente nunca se
destruye. Pero no es momento de volver a discutirlo. Valancy...
Valancy
descendió en línea oblicua desde el borde superior de la nave, recortada contra
las estrellas.
—Jemmy
—dijo, y las manos de los dos se rozaron en el momento en que los pies de ella
tocaban el suelo.
Ahí
estaba, nuevamente ante mí, esa indecible llama de júbilo, esa unión que se
renovaba, luego de una larga separación de diez minutos. Esto también me ponía
impaciente. Yo nunca había conocido ese tipo de relación.
Oí
la risita de Valancy.
—
Oh, Bram —dijo—, ¿es preciso que te devores toda la cena de un solo bocado?
¿Nunca te resignas a esperar?
—Tal
vez te convendría un poco de meditación —sugirió Jemmy—. No saldrán hasta la
mañana. Tú te quedas de guardia aquí esta noche...
—
¿De guardia? ¿Contra quién? —pregunté. —Contra la impaciencia —repuso Jemmy, y
su voz asumió ese acento del anciano que espera obediencia sin necesidad de
exigirla. Pero antes que pronunciara la próxima frase, el tono fue nuevamente
divertido—: Por el bien de tu alma, Bram, y por la contemplación de tus
pecados, vigila la noche entera. Tengo un par de mantas en la pick up. —Hizo un
ademán y las mantas vinieron flotando sobre los robles enanos—. Toma —dijo—, te
ayudarán a pasar la noche.
Miré
cómo los dos se encontraban con la pick up por encima del arroyo de la
quebrada. Valancy me gritó:
—Medita,
concéntrate, Bram. Puede serte útil.
Un
pájaro nocturno, sobresaltado, aleteó delante de ellos unos segundos,
lúgubremente; luego la oscuridad se los tragó a todos.
Extendí
las mantas sobre la arena, junto a la nave, apoyándome contra la tersa frescura
de la cubierta exterior, maravillándome de nuevo ante la trama inconsutil, el
ininterrumpido fluir. En alguna parte debía de haber una puerta, pero la luz
estelar se deslizaba sin intermitencias de una punta reluciente a la otra.
¿Quiénes
estaban dentro? ¿Cuántos eran? Una nave de ese tamaño podía transportar
centenares. El comunicador de la nave y el nuestro habían hablado brevemente;
el nuestro tropezó un poco en ciertas palabras que recordábamos de la lengua
nativa pero que parecían haber cambiado, o caído en desuso. Sin embargo, no se
habló de los números hasta el último pensamiento: «Estamos cansados. Fue un
largo viaje. Gracias sean dadas al Poder. La Presencia y el Nombre, por
haberlos encontrado. Descansaremos hasta que amanezca».
El
zumbido de un avión de reacción que volaba muy alto sobre Canyon llegó a mis
oídos. Rápidamente alcé la mirada. Nuestra no—luz se cerraba aún sobre el
brillo delator de la nave. Me distendí entre las mantas, preguntándome...
preguntándome...
Hacía
tanto tiempo (en la época de mis abuelos) que todo había ocurrido. La Morada,
pulverizada en un puñado de reluciente confeti, las gentes del Pueblo
dispersadas hacia todos los puntos cardinales en busca de refugio. Todo estaba
en mi memoria, ese río de recuerdos que une y ata tan fuertemente al Pueblo. Si
me abandonaba a mis ideas, podía volver a sufrir el despojo, el vagabundeo, el
tedio y el terror de la búsqueda de un nuevo mundo. Podía revivir la
chirriante, incandescente entrada en la atmósfera de la Tierra, el calor, la
vibración, los destrozos, el estallido. Y podía compartir la pérdida de seres
amados, las lágrimas, la enceguecedora, mutilante agonía de algunos
sobrevivientes que consiguieron llegar a la Tierra. Y podía esconderme, y
escapar, y correr y morir, con todos los que padecieron el período de
afincamiento, tratando de encontrar el mejor modo de pasar inadvertidos entre
los pueblos de la Tierra, y de no perder, a pesar de todo, nuestra identidad,
nuestra condición.
Pero
todo esto pertenecía al pasado, aunque a veces me pregunto si hay pasado de
veras. Lo que me impacienta es el futuro. No hay más que observar el área de
las relaciones internacionales. Valancy, por ejemplo, podría sentarse en la
próxima conferencia—cumbre y leer la verdad oculta detrás de todas esas caras
herméticas, cautelosas y esquivas: una verdad desnuda y enceguecedora como el
brillo de la luna en la arista de una puerta de metal... que se abre... que se
abre...
Con
un esfuerzo de voluntad, retomé a mi vigilancia. Alguien salía de la nave. Me
alcé un par de pulgadas sobre la arena y me deslicé silenciosamente en la
sombra. Aquella silueta emergió lenta, temerosamente. La puerta se cerró y la
silueta se enderezó. Dio un paso cauteloso, otro más cauteloso aún, y de golpe,
en un repentino frenesí de movimiento, echó a correr por el lecho de la
quebrada, rápida, ¡rápida! Corrió unos treinta metros y de golpe cayó de
bruces.
Volé
hacia ella.
—¡Eh!
—dije.
La
figura se volvió hacia mí con un movimiento convulsivo, y entonces pude verle
la cara. Supe su nombre: Salla.
—
¿Está lastimada? —pregunté, en voz alta.
—No
—pensó ella—. No —articuló, con esfuerzo—. No estoy acostumbrada a... —no
encontraba la palabra— ... a correr.
Parecía
pedir disculpas, no por estar poco acostumbrada a correr, sino por haber
corrido. Se sentó y me senté a su lado. Nos miramos las caras, y a mí me gustó
mucho lo que vi. Era una especie de reafirmación de la tez luminosamente pálida
de Valancy, los ojos oscuros y la boca tibia y hermosa. Salla volvió la cabeza,
y entonces advertí el tenue destello de la pantalla.
—No
la necesitas —le dije—. La noche es calurosa y agradable.
—Pero...
—Una vez más advertí un tono de embarazosa excusa.
—
¡Oh, sí, pero no siempre! —protesté—. La pantalla es sólo para casos de
emergencia.
Salla
vaciló un instante, y el fulgor se extinguió. Sentí entonces la dulce fragancia
de Salla y pensé tristemente que si yo tuviera una... ¿fragancia?...
probablemente estaría compuesta de olor a granero, aserradero y salchichas.
Salla
aspiró honda y cautelosamente.
—
¡Oh! —exclamó—. ¡Cosas que crecen! ¡Vida alrededor! Hemos estado viajando tanto
tiempo. ¡Huele!
Olí,
para complacerla, pero sólo alcancé a percibir el aroma de una flor de
manzanita aplastada por la nave.
Esto
es una especie de aparte, pues no puedo detenerme en cada recodo de mi historia
y ponerme a explicar. Los Extraños, supongo, no podrán comparar con nada la
forma en que Salla y yo nos conocimos. Por debajo de toda la charla, de la
actividad y el movimiento en los tiempos que siguieron, hubo entre los dos una
profunda corriente subterránea de comunicación. Yo había experimentado este
mismo tipo de captación en una época anterior, cuando nuestras reuniones
trajeron nuevos miembros del Grupo a Cougar, pero nunca tan vigorosamente como
con Salla. Tiene que haber sido más notable porque a ambos nos faltaban muchas
de las experiencias comunes de aquellos que han vivido en el mismo sitio desde
el nacimiento. Ésa debe de ser la explicación.
—Recuerdo
—dijo Salla, mientras hacía deslizar la arena entre los dedos de las manos
delgadas, que parecían no haber trabajado nunca —que cuando yo era muy pequeña
salía a caminar bajo la lluvia. —Hizo una pausa, como esperando una reacción—.
Sin mi pantalla —explicó. Nueva pausa—. ¡Me mojaba!—gritó, aparentemente
resuelta a impresionarme.
— La
semana pasada —respondí—, salí a caminar bajo la lluvia, y me mojé tanto que
mis zapatos gorgoteaban con cada paso, y llegué a sentir en la boca el sabor
limpio de la lluvia —proseguí—. Inclusive cuando viene acompañada de vientos y
truenos, la lluvia tiene una cierta quietud. Me gusta.
Luego,
conmovido al oírme decir esas cosas en voz alta, yo también empecé a tamizar la
arena con las manos, con alguna violencia al principio.
Salla
alargó un dedo fino y lechoso y me tocó la mano.
—Parda
—dijo, y al captar mi pensamiento corrigió—: Tostada.
—El
sol —expliqué—. Estamos tanto tiempo al sol, sin protección, que nos dora la
piel, o nos cubre de pecas, y hasta nos quema y arrebata si no andamos con
cuidado.
—Entonces,
vosotros seguís viviendo en contacto con la Tierra —dijo ella—. En la Morada
casi nunca...
La
voz de Salla se apagó, pero alcancé a advertir una sensación, contenida como en
una cápsula, que habría sido realmente agradable si uno la hubiera
experimentado desde el nacimiento, pero...
—
¿Cómo es eso? —pregunté—. ¿Qué tiene vuestro mundo para que necesite protegerse
continuamente?
Y
mientras decía esto, sentí una punzada de dolor. Mi imaginado Edén...
—No
tenemos que protegernos —dijo Salla—. Ya no, por lo menos. Cuando llegamos a la
Nueva Morada, tuvimos que renovarlo de un modo bastante completo. Nosotros (me
refiero, por supuesto, a nuestros antepasados) deseábamos que se pareciera todo
lo posible a la Vieja Morada. Hicimos verdaderas maravillas copiando la
vegetación y las colinas y los valles y los arroyos, pero... —aquí un
sentimiento de culpa tino las palabras de Salla—. A pesar de todo es una
copia... nada es casual... impensado... Cuando la Nueva Morada se hizo
habitable, ya estábamos demasiado acostumbrados a las pantallas. Uno se
protegía automáticamente. Creo que mi madre no salió jamás de su propio
dormitorio sin escudo—pantalla. Es algo que uno... simplemente no hace...
Tendí
el brazo sobre la arena sintiendo cómo me raspaba la piel. Algo grato, pero...
Salla
suspiró.
—Una
vez... ya era bastante crecida para semejante travesura, pero lo cierto es que
salí a caminar bajo el sol sin pantalla. Me embarré toda, me ensucié las manos
y me rompí el vestido. —Pronunció todas estas palabras, relativas a la
suciedad, con esfuerzo, como quien usa un lenguaje demasiado popular en una
reunión muy elegante—. Y me enredé el pelo de tal modo en un árbol que tuve que
tironear y arrancarme unos mechones para soltarme.
No
había jactancia ahora en la voz de Salla. Estaba compartiendo conmigo uno de
sus más preciosos recuerdos: algo que entre los suyos no se aceptaba de buen
grado.
Le
toqué levemente la mano (pues no me comunico demasiado libremente sin algún
contacto) y alcancé a verla.
Salía
secretamente de la casa, antes del amanecer: extraña casa, extraño paisaje,
extraño mundo... cerrando en silencio la puerta, alzándose rápidamente sobre la
arboleda. La llama de su rebelión no me era extraña, sin embargo. Yo la conocía
demasiado bien. Luego Salla dejó caer el escudo, y yo contuve la respiración
junto con ella, pues estaba sintiendo, con tanta intensidad como si fuese el
Primero en una Morada reciente, el movimiento del viento en mi cara, en mis
brazos y aun entre mis dedos, como ríos diminutos. Sentí el suelo bajo mis pies
vacilantes, la arcilla suave y sólida, el contorno de una hoja, la aspereza de
la grava, los granos de arena al borde del agua. El chapoteo del agua contra
mis piernas fue tan cortante como una mordedura en un limón. ¡Y el líquido! Yo
no tenía idea de que lo líquido fuera una sensación tan particular. No recuerdo
cuándo caminé por primera vez en el agua, o si alguna vez tuve una sensación de
humedad bastante nítida como para decirme conscientemente: «Esto es estar mojado».
Todo parecía tan nuevo. No se parecía a nada de lo que había experimentado
antes.
Pero
de pronto volví a sentir el olor de la manzanita aplastada; Salla había
retirado la mano.
—Mi
madre pregunta por mí —susurró—. No sabe que estoy aquí. Si supiera, le daría
un quánico. He de irme, antes que llame a mi cuarto.
— ¿Y
cuándo salen todos?
—Mañana,
creo —dijo Salla—. Laam tendrá que descansar un poco más. Es nuestro Motivador,
tú sabes. Atravesar la atmósfera fue algo agotador. Más que toda la travesía.
Pero el resto de nosotros...
—
¿Cuántos son? —murmuré mientras ella se alejaba, flotando, y ascendía por la
curvatura de la nave.
—Oh
—me respondió, también murmurando—. Hay...
La
puerta se abrió, ella se deslizó al interior.
—Dulces
sueños —oí, sin percibir ningún sonido.
En
seguida, asombrosamente, una mejilla suave me rozó la cara, y sentí el tibio
movimiento de unos labios. Me sentí sorprendido y confuso, aunque complacido,
hasta que comprendí, riéndome, que había sido atrapado entre la pregunta de la
madre y la respuesta de Salla.
—Dulces
sueños —pensé, y me arrebujé entre las mantas.
Algo
me despertó en las vacías horas que preceden al alba. Me sentí arrancado del
sueño como un pez que sacan del agua tiritando en ese intervalo que media entre
quitarse el sueño (como una vestidura) y ponerse la vigilia.
—Tengo
que pensar —pensé obtusamente—. Tengo que concentrarme.
Y
entonces pensé. Pensé en mi Pueblo, que esperaba, esperaba, midiendo el paso,
caminando cuando podía volar. Piensa. Piensa en lo que podríamos hacer si
dejáramos de esperar y realmente nos pusiéramos en marcha. Piensa en Bethie,
nuestra Sensitiva, en un centro médico, leyendo ante los doctores las
enfermedades y dolencias de los internados. Los pacientes ya no podrían
esconderse tras enfermedades imaginarias. No habría más diagnósticos erróneos,
ni demoras en la identificación de un síntoma. Por supuesto, sólo hay una
Bethie (y los pocos Clasificadores que tenemos, y que podrían servir con un
poco menos de eficacia), pero sería un comienzo.
Piensa
en nuestra capacidad de levitar, de transportar, de comunicar, de usar la
Tierra, en vez de someterse a ella. ¿Acaso no se le ha dado al hombre el
dominio sobre la Tierra? ¿Y el hombre no había renunciado a ese dominio en
algún punto de su historia? ¿No podríamos ponerlo otra vez en el buen camino?
Me
retorcí padeciendo esta concentrada reafirmación de todas mis preguntas. ¿Por
qué todo eso no podía ocurrir ahora, ahora?
Pero
«No», dicen los Ancianos. «Espera», dice Jemmy. «Ahora no», dice Valancy.
—
¡Pero miren! —yo quería gritar—. ¡Los hombres hablan de la conquista del
espacio! Pretenden llegar allí montados en un bastón. ¡Miren a Laam! Trajo esa
nave a nosotros desde alguna patria distante sin levantar un dedo, sin tocar un
solo aparato en su cómoda sala de motivaciones. Miren a cualquiera de nosotros.
Yo mismo podría levantar nuestra pick up a tal altura que debería ponerme un
escudo—pantalla para seguir respirando. Apostaría a que yo rnismo, en uno de
esos aviones modernos podría llevarlo hasta el borde del espacio, hasta el
umbral de la gravedad terrestre. Y cualquier motivador podría cruzar ese
umbral, y con eso terminaría la parte más difícil de la tarea. Por supuesto,
aunque todos nosotros podemos levitar, sólo tenemos dos motivado—res; ¡pero
sería un comienzo!
Pero
«No», dicen los Viejos. «Espera», dice Jemmy. «Ahora no», dice Valancy.
Está
bien, admitamos que así violentaríamos el esquema actual, como si
pretendiéramos injertar un tercer brazo en un organismo diseñado para tener
dos. Sin embargo, los terrestres seguirán un día nuestro mismo camino; observen
a Peter y a Dita, y a ese chico Francher, y a Bethie. Algún día, pues, cuando
se lo hayan ganado, lo tendrán. Pero si es así, ¿por qué no nos vamos?
Encontremos otra Morada. Internémonos en el espacio y dejemos la Tierra a los
hombres. Que se tomen su tiempo... si no mueren antes. Vayámonos. Salgamos de
este suburbio del mundo. ¡Vayamos a donde podamos ser nosotros mismos a cada
momento, abiertamente y sin vergüenza!
Golpeé
con los puños sobre la manta; después, tristemente, me limpié los granitos de
arena que se me habían pegado a los labios y la lengua y me reí de mí mismo...
Contuve el aliento, y me tranquilicé.
—Hola,
Davy —dije—. ¿Qué haces tan temprano?
—No
me he acostado —dijo Davy, emergiendo de la sombra—. Papá dijo que podría
probar mi receptor esta noche. Acabo de terminarlo.
—
¿Esa cosa? —me reí—. ¿Qué podrías sintonizar de noche?
—Bueno.
—Davy se sentó en el aire, por encima de mis mantas, frotando los pulgares
sobre la caja diminuta que tenía en las manos—. Pensé que podría sintonizar
sueños, pero no. En los sueños no hay bastantes palabras. Lo probé con toda mi
familia, y usé la mitad de la cinta. Tengo que fabricar más.
—Mala
suerte —dije—. Habrá que volver al tablero de dibujo.
—Oh,
no sé —repuso Davy poniéndose fuera del alcance de mi distraído manotazo—. Lo
ensayé con tus sueños... Pero no pude conseguir nada. Así que te hice correr un
escalofrío por la espina dorsal.
—Rata
—dije, sintiéndome demasiado perezoso para molestarme de verdad—. Con razón me
desperté tan bruscamente.
—Sí
—dijo Davy volviendo a flotar sobre mí—. Entonces lo probé cuando estuviste
despierto. Recogí estructuras de pensamiento más concentrado.
—
¡Eh! —dije, incorporándome lentamente—. ¿Pensamiento concentrado?
—Empecemos
por el final —dijo Davy, poniéndose nuevamente fuera de mi alcance. Se oyó un
parloteo sin sentido—. ¡Ah! —exclamó—, olvidaba la desaceleración. El
pensamiento es rápido. Bueno...
Y
entonces me oí gritando, clara y minuciosamente, con esas voces metálicas que
salen a veces de un receptor telefónico:
—Vayámonos,
salgamos ahora mismo de este suburbio del mundo...
¡Davy!
—grité, precipitándome hacia arriba, a pesar del obstáculo de las mantas.
¡Escucha,
escucha! —exclamó Davy, manteniendo el aparato lejos de mí mientras rodábamos
por el aire—. ¡De interés para el Grupo! Sostengo que es de interés para el
Grupo! Con la nave que acaba de llegar...
¡Nada
de interés para el Grupo! —dije, poniendo por fin las manos en el receptor—.
Olvidas la intimidad del pensamiento, y la pena que corresponde a quien viola
esa intimidad.
Capté
el pensamiento errante de Davy y apreté la cajita en el lugar exacto para
borrar la grabación.
—
¡Maldito sea! —dijo Davy, desalentado—. Mi primer invento, y tú me borras la
grabación.
—Mala
suerte —repuse, tirándole la cajita—. Pero oye. —Alargué el brazo y lo atraje
hacia mí—. ¡Obla! ¡Piensa en Obla y en este endemoniado artilugio!
—
¡Es cierto! —La cara se le iluminó a Davy, mientras era arrastrado por el tren
de las ideas — . ¡Cierto! Obla... un ser sin voz... inaudible...
Cuando
Davy se perdió entre los árboles, ya se había olvidado de mí.
Nadie
crea que me sentí avergonzado de mis pensamientos. Lo que ocurre es que al
oírlos me habían parecido tan... tan desnudos y descarnados. De pie, apoyando
las manos contra la hermosa nave, sentí que mi convicción se afirmaba.
—Sí.
Vayámonos. Si no hay sitio para nosotros en esta nave, podernos construir
otras. Encontremos una verdadera Morada en alguna parte. O hagamos una Nueva
Morada.
Creo
que fue en ese momento cuando empecé a decir adiós a la Tierra; a cortar, casi
inconscientemente, todos mis lazos. Como un ala que sube, mis pensamientos
tomaron la dirección del cielo. Alcé los ojos. Para esta época, el año que
viene, pensé, no estaré viendo el amanecer sobre el monte Calvo.
Al
promediar la mañana, la totalidad del Grupo, incluyendo el Grupo de Bendo, que
había recibido nuestro aviso, aguardaba en la ladera de la colina, cerca de la
nave, descansando al sol que de mala gana abandonaba la primavera para
internarse en el arduo verano. No había mucha conversación, y tampoco mucha
alegría. La nave nos traía a todos una carga excesiva de pasado; los oscuros
torrentes de la memoria corrían entre los miembros del Grupo. Me incorporé a
uno de esos torrentes y sólo encontré las sombras de la Travesía. ¡Pero la
Morada, exclamé, la Morada antes!
En
ese preciso momento, un destello brilló sobre el cuerpo de la nave. Todos
miramos. La puerta se abría. Hubo una pausa, y en seguida aparecieron los
cuatro: Salla, sus padres, y un cuarto individuo, de más edad. Los tenues
centelleos de los escudos—pantallas los envolvían en un halo de seguridad.
Torcieron la cara sintiendo la descarga del sol, pero al mismo tiempo las
pantallas se hicieron más opacas y tomaron un tinte azul profundo.
El
Más Viejo, la cara ciega vuelta hacia la nave, habló desde el seno de una
corriente del Grupo.
—Bienvenidos
al Grupo. —El pensamiento era cordial y armónico—. Tres veces bienvenidos entre
nosotros. Son los primeros que vienen desde la Morada a reunirse con nosotros
en la Tierra. Estamos ansiosos por tener noticias de nuestros amigos.
Hubo
un repentino coro de pensamientos:
—
¿Está Anna con ustedes? ¿Y Mark? ¿Ha venido Santhy? ¿Y Bedia?
—Esperen,
esperen —repuso el padre alzando, implorante, los brazos—. No puedo
contestarles a todos al mismo tiempo, salvo si les digo que... sólo nosotros
cuatro hemos llegado en la nave.
—
¡Cuatro! —pareció que el aturdido pensamiento iba a despertar un eco audible.
—Bueno,
sí —respondió el padre, al tiempo que nos daba su nombre: Shua—. Mi familia y
yo, y nuestro Motivador, Laam.
¿Entonces,
los demás...? —Varios de nosotros caí mos de rodillas, con el Signo temblando
en nuestros dedos.
¡Oh
no! ¡No! —dijo Shua, impresionado—. No, nos fue muy bien en nuestra Nueva
Morada. Casi todos vuestros amigos os esperan ansiosamente. Recordaréis que
nuestro Grupo era el que vivía junto al vuestro en la Morada. Nuestro Grupo y
otros dos llegaron a la Nueva Morada. ¡Y hemos traído esta nave vacía para
poder llevarlos a todos de regreso a la Morada!
¡A
la Morada! —Por un asombrado instante, la palabra flotó casi visible en el
aire, sobre nosotros.
Pero
después se elevó en un grito, expandiéndose y estallando en sonido, y el Grupo
entero se remontó hacia el cielo. Fue un grito tan jubiloso y estático, que el
eco ahuyentó a dos grajos en el pinar del valle.
—Bueno
—reflexioné, asombrado—, ¡parece que todos piensan como yo! —y me uní al vuelo
y al jubiloso coro sin palabras del Canto del Regreso.
Pero
mi entusiasmo decayó un poco cuando me pregunté si alguno de ellos compartía
conmigo ese repentino dolor, esa punzada extraña que yo había sentido antes.
Pero la reprimí rápidamente, y la oculté tanto que sólo un Clasificador hubiese
podido localizarla. Recogí en mi ascenso al chico Francher; aún no había
aprendido a remontarse muy por encima de las copas de los árboles, y el Grupo
lo estaba dejando rezagado.
—
Son cuatro —le dije a Obla silenciosamente—. Sólo cuatro. Trajeron la nave para
llevamos de regreso a la Morada.
Obla
volvió hacia mí la cara ciega.
— ¿A
llevarnos a todos? ¿Así sin más?
—Bueno,
sí —repuse, frunciendo levemente el ceño—. Supongo que así sin más, aunque no
sé lo que eso quiere decir.
—Al
fin y al cabo, los desterrados no piensan casi en otra cosa que en el día del
regreso —dijo Obla y después, burlándose delicadamente—: Supongo que todos han
hecho sus maletas.
—Yo
tengo mis maletas hechas prácticamente desde que nací —contesté—. ¿No he
hablado siempre de librarnos de la atadura que nos retiene en este mundo?
—Sí
—dijo Obla—, has hablado, exhaustivamente. Saca la mano por la ventana, Bram.
Toma un puñado de sol. —Obedecí, llenándome la mano con la coruscante
luminosidad—. Viértelo. —Incliné la mano y sentí el tibio flujo de luz que
escapaba—. ¡Nunca volveremos a sentir la luz del sol terrestre! —dijo ella—.
¡Nunca, nunca más!
—
¡Por favor, Obla, no hables de eso! —exclamé.
—No
estabas tan seguro de ti mismo, ¿verdad? —preguntó—. Ni aun después de todas
tus protestas. Aun a pesar de ese asombro tibio que crece dentro de ti.
—
¿Asombro tibio? —Sentí que se me encendía la cara—. Oh —dije torpemente—. Eso
no es más que interés natural por una desconocida... ¡por alguien que viene de
la Morada! —Sentí crecer mi excitación—. ¡Piensa, Obla! ¡De la Morada!
—Una
desconocida de la Morada. —El pensamiento de Obla era un poco triste—. Escucha
tus propias palabras, Bram. Una desconocida de la Morada. ¿Cuándo, jamás, las
gentes del Pueblo han sido desconocidas para nosotros?
—Estás
jugando con las palabras —le dije—. Permíteme que te cuente todo...
Desde
que tengo memoria, he usado a Obla como piedra de toque. No recuerdo, sin
embargo, haberla visto físicamente completa. Empecé a prestarle atención sólo
después de su desastre y el mío. La misma explosión que la mutiló, se llevó a
mis padres. Estaban tratando de sacar a unos Extraños de un avión que se había
estrellado, y no consiguieron hacerlo a tiempo. Algunos de mis planes más
espectaculares han sonado a huecos y vacíos frente a la atenta receptividad de
Obla. Y algunos de mis pensamientos más tímidos cobraron una fuerza monumental
cuando ella los aceptó sin objeciones. De algún modo, cuando uno oye sus
propias ideas, despojadas de elementos extraños y desnudas de toda pretensión,
sólo entonces puede considerarlas en una perspectiva adecuada.
—Pobre
chica —interrumpió cuando le conté cómo se le había enredado el pelo a Salla—.
Pobre chica, sentir que el dolor es un privilegio...
—
¡Es mejor que hacer del dolor una forma de vida! —repliqué rápidamente—. ¿Y
quién podría saberlo mejor que tú?
—Quizá,
quizá —dijo Obla—. ¿Quién puede decir qué es mejor, tener hambre y recibir
alimentos o recibir tanto alimento que nunca se conoce el hambre? Un poco de
ayuno es a veces bueno para el alma. Piensa en un sorbo helado de agua después
de una tarde en un campo de heno.
Me
estremecí ante el delicioso recuerdo.
—
Bueno, de todas maneras... —y terminé de contarle la historia.
Casi
había cruzado el umbral de la casa de Obla, cuando recordé de pronto. ¡Ni
siquiera le había mencionado a Davy! Regresé y se lo conté. Pero antes que
llegara a la mitad de la historia, Obla hizo una mueca y la cabellera se le
derramó sobre la cara protegiéndola. Cuando terminé, me quedé allí de pie,
torpemente, sin saber qué hacer. Al fin capté un tenue eco del pensamiento de
Obla: «Una voz de nuevo...». Creo que buena parte de mi desprecio por los
artilugios de Davy se extinguió del todo en ese momento. Cualquier cosa capaz
de dar alegría a Obla...
Pensé
estar preocupado por la alternativa de irnos o quedarnos, hasta esa tarde en
que encontré a casi todos los del Grupo sentados en los peñascos que dominan el
arroyo. Dita rayaba el agua con los pies descalzos, y los demás se concentraban
en la caída de las gotas, como si allí estuviese la respuesta. Me acerqué
abiertamente, para que no pensaran que los espiaba, pero no creo que prestaran
mayor atención a mi arribo.
—En
cuanto a mí —dijo Dita, recogiendo las rodillas hasta el pecho y tomándose los
pies mojados con las manos—, es diferente. Ustedes pertenecen del todo al
Pueblo. Pero yo soy de la Tierra. Mis raíces están ancladas en esta vieja roca.
Imaginen lo que sería para mí decir adiós a mi mundo. Piensen en lo que fue la
Travesía... —Un remolino de incomodidad recorrió el Grupo—. ¿Comprenden? Y sin
embargo, quedarme, ver cómo se marcha el Pueblo, saber que se han ido... —Apoyó
la cara sobre las rodillas.
La
rápida solicitud de los otros la envolvió en seguida. Low fue a sentarse a su
lado.
—Marcharnos
sería igualmente malo para nosotros —dijo—. Desde luego, pertenecemos al
Pueblo, pero ésta es la única Morada que hemos conocido. Yo no crecí en el seno
de un Grupo. En verdad ninguno de nosotros. Todas nuestras raíces están
firmemente clavadas aquí. Marcharnos...
—
¿Qué puede ofrecernos la Nueva Morada que no tengamos ahora? —dijo Peter
iniciando un pequeño remolino en la corriente poco profunda. Low inmovilizó la
corriente, y hubo un momento de silencio.
—Pregúntenle
a Bram —dijo Low al fin, mirándome por encima del hombro, con una sonrisa—. Él
no ve el momento de marcharse.
—La
Nueva Morada es nuestro mundo —dije, flotando hacia ellos y recogiendo mis
pensamientos dispersos—.
Estaríamos
entre los nuestros. Ya no necesitaríamos ocultarnos. No tendríamos que
ajustamos a un orden al que no pertenecemos. No tendríamos que esperar, y sólo
esperar, cuando es tanto lo que podríamos hacer.
Sentí
alrededor un torbellino de pensamientos, a medida que cada uno se enfrentaba
con su propia visión de la Morada. Sin una palabra más, todos se alejaron.
Mientras se iban lentamente, no me llegó ni siquiera el eco de un pensamiento.
Todos estaban encerrados en sí mismos.
La
paz y la tranquilidad habían desaparecido de Cougar Canyon. Todavía, al
amanecer, la luz chorreaba oblicua entre los árboles; todavía el viento movía
la ramas en las tardes calurosas y quietas, y de tanto en tanto alzaba las
hojas secas en un fugaz remolino; todavía la esbelta luna nueva brillaba,
nítida, en el cielo del crepúsculo... pero por encima de todo pesaba un enorme
signo de interrogación.
Yo
no lograba concentrarme en nada. Cortando un tablón en el aserradero, me paraba
en la mitad del trabajo y pensaba: «¿A qué preocuparse? Pronto nos habremos
marchado». Y luego, ese espasmo de agudo placer y anticipación se convertía, de
algún modo, en el dolor del despojamiento; sentía deseos de recoger un puñado
de aserrín.
Y
por las noches, cuando alzaba las esclusas para irrigar otro campo de alfalfa,
pateaba las tablas húmedas y mohosas y pensaba, exultante: Cuando estemos allí,
no tendremos que hacer estas tonterías. ¡Haremos llover el agua donde y cuando
la necesitemos!
O
bien me tendía al borde del sol ardiente, con la cabeza en la sombra de la
alameda, y sentía la profunda tibieza que me inundaba hasta los huesos, oliendo
el expectante y polvoriento olor de la tarde, sintiendo cómo el sueño envolvía
mis pensamientos mientras los mirlos chillaban en los campos lejanos, hasta que
de pronto sabía que no podría irme. Que no podría abandonar la Tierra a cambio
de ningún otro sitio.
Y
sin embargo, ahí estaba Salla. La Tierra de Salla no se parecía a nada que uno
pudiera imaginar. Por ejemplo, nunca se le ocurría que las cosas pudieran
hacerle daño. Un día la encontré en mitad de la meseta del Homo, acurrucada
bajo un pino, con los pies descalzos entre las manos y balanceándose de dolor.
¿Dónde
están tus zapatos? —fue lo primero que se me ocurrió mientras me agachaba a su
lado.
¿Zapatos?
—Salla captó la imagen que yo le proyectaba—. Oh, zapatos. Mis... sandalias
están en la nave. Quería sentir este mundo. En nuestra tierra nos protegemos
tanto, que no podría describirte la textura de las cosas. Pero aquí la arena me
pareció tan hermosa la primera noche, y el agua es tan maravillosa, que pensé
que este pedregal negro y reluciente sería una textura distinta. — Sonrió
dolorida—. Es distinta. Es caliente, y...
—Quema
y lástima —completé—. No me extraña. A esta hora del día el pedregal se
calienta como un horno. Por eso le llaman la meseta del Homo.
—Me
caí, corriendo —dijo Salla—. Me quedé tan sorprendida, que no atiné a
remontarme o protegerme.
—Déjame
ver.
Le
aflojé los dedos y le tomé en mi mano un esbelto pie blanco. ¡Adonday Veeah!
silbé. Cuidadosamente le despegué de la piel unas escamas ensangrentadas de
esquisto.
—Prácticamente
te has ampollado los pies. ¿No sabes que el sol es terrible a esta hora?
—Ahora
lo sé —dijo ella.
Volvió
a tomarse el pie con las manos, y echó un vistazo a la planta.
¡Mira!
—exclamó—. Hay sangre.
Sí
—dije—. Eso es habitual cuando te lastimas la piel. Mejor que vuelvas a casa y
te hagas cuidar esos pies.
¿Cuidar?
—Claro.
Antiséptico contra los gérmenes, y un ungüento para las quemaduras. No podrás
salir a caminar por uno o dos días. De a pie, por lo menos.
— ¿Y
por qué no empleamos un poco de tránsfugo y no—bi? Es mucho más sencillo.
—Indudablemente
—respondí, elevándome sentado, a la par de ella, y enderezándome en el aire,
sobre el camino—. Sería mucho más sencillo, siempre que yo supiera de qué
hablas.
Viramos
en dirección a la casa.
—Bueno,
en mi Morada, los Curadores...
—Ésta
es la Tierra —dije—. Aún no tenemos Curadores. Lo más que se puede hacer es que
nuestra Sensitiva ayude a los que conocen el arte de curar. Es un arte bastante
improvisado entre nosotros. Además, podrías resultar alérgica a nosotros y te
saldría un sarpullido con cada inyección. Tu madre se preocupará,
probablemente...
— Mi
madre... —Hubo una curiosa pausa—. Mi madre ya está fastidiada conmigo. Piensa
que soy decididamente undene. Lamenta no haberme dejado en casa. Teme que nunca
volveré a ser la misma.
—¿Undene?
—pregunté, pues Salla no había aclarado el término.
—Sí
—dijo ella, y empecé a captar una extraña imagen, y luego otra, hasta que me
pareció que yo ya entendía.
—
Bueno —repliqué—. Nosotros no comemos guisantes con la punta del cuchillo, ni
nos limpiamos la nariz en la manga. Podemos ser bastante bien educados cuando
nos lo proponemos.
—Ya
sé, ya sé —dijo apresuradamente Salla—, pero mi madre... Bueno, tú sabes lo que
son algunas madres.
—Sí,
es claro —respondí—. Pero si nunca caminas, ni trepas a un árbol, si no nadas
ni haces otras cosas por el estilo, ¿cómo te diviertes?
—No
es que no hagamos esas cosas —dijo ella—. Pero rara vez las hacemos
distraídamente, sin pensar. Se supone que a medida que crecemos, dejamos atrás
esas actividades infantiles, y buscamos otros placeres, más intelectuales.
—
¿Por ejemplo?
Hice
a un lado las ramas para que ella bajara a la puerta de la cocina, y casi me
disloqué el hombro al pretender, simultáneamente, abrirle la puerta. Luego de
varias salidas en falso y otras tantas detenciones, como cuando uno se cruza
con otra persona y ambos quieren eludirse, llegamos a la mesa de la cocina.
Salla contuvo la respiración al sentir el ardor del mertiolato en los pies
llagados.
—¿Por
ejemplo? —repetí.
—
¡Uf! Ésta sí que es una sensación —dijo Salla, apretándose los tobillos con las
manos.
Pero
cuando le apliqué el ungüento calmante, Salla aflojó los dedos.
—Bueno,
el placer favorito de mi madre es anticipar. Y lo hace muy bien. Le gustan las
rosas.
—A
rní también —dije, intrigado—, pero rara vez anticipo en relación con las
rosas.
Salla
se rió. Me gustaba su risa. Se parecía más a una frase musical que a una risa.
El chico Francher la había utilizado como tema en una de sus obras. Por
supuesto, ni a él ni a mí nos agradó mucho que los otros niños de Canyon la
recogieran usándola para una melodía bailable, pero admito que tenía mucho
ritmo... Bueno, de todas maneras, Salla se rió.
—
¿Sabes? Usamos las mismas palabras pero es evidente que nos movemos en
distintos niveles de comprensión. No... Lo que le gusta a mi madre es anticipar
una rosa. Elige un pimpollo que parece interesante (y ella reconoce los más
sutiles matices de diferencia), y después hace una rosa, sintética. Lo más
parecida posible al pimpollo verdadero. Luego, durante dos o tres días, trata
de anticipar cada movimiento en la eclosión de la rosa verdadera, abriendo
simultáneamente su rosa sintética, y aun anticipándose imperceptiblemente a la
otra.— Salla volvió a reír—. Hay una anécdota familiar: una vez eligió un
pimpollo que no hizo nada durante dos días, y al tercero se marchitó y
convirtió en polvo. Parece que lo habían rociado inadvertidamente con destro.
—No
quiero parecer undene —dije—, pero me cuesta imaginar que alguien pase dos días
mirando un capullo de rosa.
—Y
sin embargo, ayer por la tarde te pasaste una hora entera mirando el cielo
—dijo Salla—. Y anoche, cuatro de vosotros estuvieron horas repartiendo y
recibiendo naipes. Incluso me parece que el juego te emocionó en varias
ocasiones.
—Hum...
bueno, sí —admití—. Pero es diferente. Un atardecer como ése... y hay que ver
la forma en que juega Jemmy...
Advertí
una chispa de burla en los ojos de Salla y nos reímos juntos. La risa no
necesita de intérpretes; por lo menos no los necesitaba nuestra risa.
Salla
disfrutaba de veras experimentando nuestro mundo, y yo mismo descubrí muchas
cosas que nunca había advertido antes. Fue ella quien encontró la gruta,
después que el diminuto chorro de agua que brotaba en la ladera del monte Calvo
despertara su curiosidad.
—No
es más que un manantial —le dije mientras mirábamos la raya oscura de un
pliegue en la maciza montaña.
—Nada
más que un manantial —se burló ella—. En esta tierra de poca agua, ¿puede haber
algo que no sea nada más que un manantial?
—No
vale la pena —protesté, mientras la seguía, hendiendo el aire—. Ni siquiera es
agua potable.
—Pero
podría aplacar una sed del corazón —dijo Salla—. La vista del agua en una
tierra árida.
—Ni
siquiera salpica —repliqué mientras nos acercábamos al hilo de agua.
—No
—dijo Salla, poniendo el dedo índice bajo el chorrito—. Pero hace crecer las
cosas.
Tocó
levemente las plantitas verdes que se adherían a la húmeda pared rocosa.
—Bonitas
—dijo por cortesía—. Pero mira el paisaje.
Dimos
media vuelta, apoyando las espaldas contra la muralla que caía a pico, y
contemplamos las vastas perspectivas de cadenas montañosas, rojizas, purpúreas
y azules, que proyectaban ferozmente unos peñascos desnudos, mostrando sólidos
bosques o cuadriláteros vegetales hasta donde abarcaba la vista. Perezosamente,
a lo lejos, se alzaba una columna de humo, que una corriente de aire doblaba
casi en ángulo recto, disolviéndola en bruma. Debajo, un pliegue tras otro de
colinas abrazaban los diminutos senderos y viviendas de los que se habían
refugiado en esa soledad.
—Y
sin embargo —y la voz de Salla fue casi un susurro—, si uno se perdiera en una
vastedad lo bastante grande, se encontraría convertido en alguien diferente,
alguien que sólo tiene ante sí el Ser y la Presencia.
—Cierto
—dije aspirando profundamente el olor a sol, a pino y a caliente roca
granítica—. Pero no son muchos los que llegan a esa vastedad. La mayoría
edificamos nuestros pequeños mundos con distracciones suficientes para
mantenernos apartados de la contemplación del Ser y de Dios.
Hubo
un momento de profundo silencio mientras dejábamos que nuestros propios
pensamientos cerraran el tema. Entonces yo descendí, pero Salla se remontó.
—
¡Eh! —le grité—. ¡Estás subiendo!
—¡Lo
sé! —me contestó—. ¡Y tú bajas! ¡Todavía no he encontrado el manantial!
De
modo que me elevé yo también, protestando contra la obstinación de las mujeres,
y me puse a la par de Salla en el momento en que se apoyaba en un filoso
estribo de roca al borde de la hendidura verde por donde se filtraba la
humedad.
¡Qué
hermoso abismo! —exclamó Salla complacida.
Si
te asustaran las alturas... Salla me miró rápidamente.
¿Asustan
a alguien? —preguntó—. ¿Realmente?
— Sí
—dije—. Una vez leí un caso... ¿Quieres probar la textura de eso?
Y
recreé para ella el terror alelado, frenético, mortal, que experimentaba un
amigo mío, un Extraño, que apenas se atreve a asomarse a la ventana de un
segundo piso.
—
¡Oh, no! —exclamó Salla, palideciendo y sujetándose al ralo tapizado de
enredaderas y ramas de la roca—. ¡Basta! ¡Basta!
—Lo
siento —dije—. Pero es una emoción diferente. La recuerdo cada vez que leo: «Ni
la altura ni la profundidad ni ninguna otra criatura». La altura es una
criatura para mi amigo, una criatura horrible, destructora, que revolotea sobre
él aguardando la oportunidad de echársele encima.
—Es
una lástima —dijo Salla— que no se acuerde de la próxima frase, y no aprenda a
perder ese temor...
De
mutuo acuerdo, cambiamos rápidamente de tema en mitad del aire.
—Ésta
es la fuente —dije—. ¿Satisfecha?
—No
—contestó Salla, buscando entre las enredaderas—. Quiero ver el chorlito que
chorrea, y la gota que gotea, desde el comienzo.
Y se
metió más en la maleza. Rogando al cielo que me diera un poco de paciencia,
ayudé a Salla a apartar las hojas y tallos. Salla se adelantó hacia la próxima
capa... y de pronto había desaparecido.
¡Salla!
—grité, manoteando las enredaderas — . ¡Salla!
¡A—q—q—quí!
—me llegó la respuesta subvocal.
¡Habla!
—dije mientras sentía que el pensamiento de ella se me escurría.
¡Estoy
hablando! —la respuesta me llegó con la última palabra—. Y estoy sentada en un
agua terriblemente fría. ¿Qué esperas para entrar?
Me
deslicé cautelosamente a través de la grieta, al interior de la oscuridad.
Tropecé y caí de rodillas en un agua helada, que casi me llegaba a la cintura.
—Está
oscuro —susurró Salla, y hubo un eco apagado alrededor.
—Espera
a que tus ojos cambien —contesté.
Buscando
a tientas en el agua, encontré la mano de Salla, y no la solté. Pero aun luego
de una pausa sin aliento, nuestros ojos no recibieron luz suficiente excepto un
tenue centelleo verdoso a la entrada de la gruta.
—
¿Tienes bastante? —pregunté—. ¿Te parece bastante chorreante y goteante?
Alcé
nuestras manos, y el agua nos chorreó hasta los codos.
—Quiero
ver —protestó Salla.
—Las
cerillas —dije— no sirven cuando están mojadas. Linterna no tengo. ¿Alguna
sugerencia?
—Bueno,
no —contestó Salla—. ¿No viven resplandores en este mundo?
—Creo
que no, pues la palabra no me hace resonar una campanita en la cabeza. ¡Pero,
un momento!
Le
solté la mano e incorporándome tanteé el bolsillo.
—Dita
me enseñó, o trató de enseñarme, después que Valancy le dijo cómo...
Me
interrumpí, absorto en el problema de buscar en el bolsillo de los pantalones
húmedos que se me pegaban al cuerpo.
—Sé
que soy una extraterrestre —se quejó Salla—. Pero creía conocer bastante tu
idioma.
—Dita
es la Extraña que encontramos con Low. Tiene algunos Dones y Persuasiones que a
nosotros nos faltan. ¡Aquí está! —gruñí, y volví a sentarme en el agua—. Ahora
veamos si puedo recordar.
Sostuve
entre los dedos la fina moneda y puse en movimiento todos esos engranajes
mentales que parecen tan complicados hasta que uno alcanza la simplicidad
elemental básica. Concentré todo mi ser en el pequeño disco de metal. Y de
pronto hubo un súbito y enceguece—dor destello de luz. Salla lanzó un grito, y
yo bajé rápidamente la luz a un nivel más práctico.
—
¡Lo hice! —exclamé—. ¡Esta vez brilló en seguida! La última vez tardé media
hora en conseguir una chispa.
Salla
miraba maravillada el diminuto globo de luz en mi mano. ¿Y un Extraño puede
hacer eso?
¡Sí!
—respondí, sintiéndome de pronto muy orgulloso de nuestros Extraños — . ¡Y
ahora yo también puedo! Aquí tiene, señora —parodié una voz nasal—. La luz, la
cueva. Mire todo lo que se le antoje.
La
caverna no me impresionó demasiado. El piso era de arena, pálida, granular,
parecida al azúcar. En el ojo de agua (del que ambos salimos tan pronto como
vimos tierra firme) no había fuente visible, pero el nivel no cambiaba, a pesar
del fino chorro que escapaba a la ladera del cerro. El techo tenía
aproximadamente el doble de mi estatura, y el ojo de agua no era más ancho en
su diámetro mayor. Las paredes se curvaban alrededor del agua. A primera vista,
no había nada especial en la gruta. Ni siquiera estalactitas o estalagmitas:
nada más que arena, y el tranquilo estanque que centelleaba un poco a la luz de
la moneda encendida.
—
¡Bueno! —dijo Salla, suspirando feliz mientras se echaba hacia atrás, con las
manos mojadas, la pesada cabellera—. Aquí es donde nace.
—Sí
—dije cerrando la mano alrededor de la moneda y observando cómo la luz se
pulverizaba entre mis dedos—. Un comienzo húmedo.
Pero
Salla correteaba sobre la arena a cuatro patas.
—Hay
espacio suficiente para ponerse de pie —le dije, siguiéndola.
Soy
un ser de las cavernas —respondió Salla, sonriéndome por encima del hombro—. No
un ser humano que explora un reino. Visto desde aquí, parece diferente.
Muy
bien, troglodita —dije—. ¿Qué aspecto tiene, visto desde ahí?
¡Maravilloso!
—la voz de Salla era muy suave—. ¡Trae la luz y mira!
Nos
tendimos de bruces y espiamos a través del angosto túnel (apenas de un pie de
ancho) que Salla había descubierto. Enfoqué la luz hacia el angosto pasadizo.
Era
una red de cristales, delicada como un encaje; blancos, rosados o de un verde
pálido, tan frágiles que contuve la respiración, temiendo quebrarlos. Cuanto
más miraba, más maravillas descubría: bosques en miniatura que parecían copos
de nieve, escalinatas para hadas, castillos y minaretes, terrazas de flores en
suaves laderas y ramas cargadas de capullos que casi parecían bastante vivos
como para agitarse bajo una brisa imaginaria. A la distancia de un brazo, en el
interior del túnel, un estanque reflejaba apaciblemente la perfección
circundante y duplicaba el hechizo.
Salla
y yo nos miramos. Nuestras caras estaban tan juntas que cada uno se reflejaba
en los ojos del otro; ojos que afirmaban y reafirmaban: Nuestro... Nadie más,
en todo el universo, comparte este sitio con nosotros.
Sin
palabras, volvimos a sentarnos en la arena. No sé lo que le ocurría a Salla,
pero en cuanto a mí, me costaba un poco respirar; por algún extraño motivo me
parecía necesario contener el aliento, como si no quisiera que mis ideas fueran
leídas con tanta facilidad como las ideas de un niño.
—Dejemos
la luz —susurró Salla—. Quedará encendida aunque tú no estés, ¿verdad?
—Sí
—dije—. Indefinidamente.
—Dejémosla
junto a la gruta más pequeña —rogó Salla—. Sabremos de este modo que está
siempre iluminada y hermosa.
Salimos
por la hendidura de la roca y flotamos allí unos segundos, riéndonos de nuestro
desaliño. Luego nos volvimos hacia la casa. Necesitábamos ropa seca.
—Me
gustaría que Obla viera esa caverna —dije impulsivamente.
Pero
en seguida lamenté haberlo dicho, advirtiendo la protesta de Salla.
—Quiero
decir —enmendé torpemente—, ella nunca puede ver...
Me
interrumpí. Al fin y al cabo, Obla no vería mejor si estuviese allí. Yo tendría
que mirar por ella.
—Obla
—pensó Salla—. Está muy cerca de ti.
—Es
casi mi segundo yo —dije.
—
¿Pariente?
—No.
Un parentesco de almas, solamente.
—La
siento tan a menudo en tus pensamientos —dijo Salla—. Y sin embargo... ¿la he
conocido?
—No.
Ella no recibe gente.
Sentía
alojada en mi espíritu la fuerza limpia, sin mácula de Obla. Pero de nuevo
capté la afligida protesta de Salla, que parecía sentirse excluida, antes que
decidiera protegerse con una pantalla—escudo. Yo vacilaba aún. No quería
compartir aquello. Obla era más una expresión de mí mismo que una persona
separada. Una expresión escondida y preciosa. Temía compartirla... temía que
fuera como acercar el dedo a uno de esos frágiles cristales de la gruta y
convertir su perfección en un poco de polvo.
Dos
semanas después del arribo de la nave, se convocó a una reunión general del
Grupo. Nos congregamos todos en la llanura alrededor de la nave. Al principio
aquello fue como una fiesta campestre, inundada de risas y de niños voladores
que jugaban por encima de las cabezas de la gente madura. Los muchachos de mi
edad se apeñuscaban a un costado también con ganas de jugar, pero dominándose,
porque al fin de cuentas uno supera ciertas tendencias infantiles, sobre todo
cuando los adultos miran. Sentado entre ellos, yo sentía un vacío en mi
interior. Salla estaba con sus padres.
El
Más Viejo no había venido. Se había quedado en casa, luchando por contener su
ser en el derruido cuerpo, que cada vez más se parecía a una cárcel que se
disuelve. Así que fue Jemmy quien nos habló.
—No
es bueno alargar los períodos de indecisión —comenzó, sin más preliminares—. La
nave ha estado aquí dos semanas. Todos hemos hecho frente a nuestro problema:
irnos o quedarnos. Pero muchos entre nosotros no han llegado todavía a una
decisión. Debemos ha— cerlo, y pronto. La nave partirá dentro de una semana.
Para ayudarnos a decidir, estamos dispuestos a oír argumentos breves, a favor o
en contra.
Hubo
un extraño sentimiento de tensión mientras por todo el Grupo fluía una
corriente común de pensamiento, y pasábamos a ser una unidad, y ya no una masa
de individuos.
—Yo
iré. —Era el pensamiento del Más Viejo, desde Canyon—. La Nueva Morada sabrá
cómo ayudarme, de modo que mis últimos años pasen casi sin dolor. Desde la
Travesía... —Aquí se interrumpió, irradiando un divertido—: ¡Breve!
—Yo
me quedaré. —Era la voz de una joven de Bendo—. Apenas hemos empezado a hacer
de Bendo un lugar habitable. Me gustan los comienzos. La Nueva Morada, para mí,
está terminada.
—Yo
no quiero irme —canturreó una voz muy joven—. Mis rabanitos apenas empiezan a
crecer y tengo que regarlos continuamente. Si me voy, morirán.
Una
onda de regocijo se propagó por el Grupo, tranquilizándonos a todos.
—Yo
iré. —Era Matt, a quien habíamos hecho regresar de la Universidad de Tecnología
cuando llegó la nave—. En la Morada, mi especialidad está mucho más
desarrollada que aquí o en cualquier otra parte. Pero volveré.
—Por
muchas razones —previno Jemmy—, no hay una ruta libre y fácil, que permita ir y
volver de la Tierra a la Morada.
—Me
arriesgaré —dijo Matt—. Me las ingeniaré para volver.
—Yo
me quedo —dijo el chico Francher—. Aquí en la Tierra soy diferente, con una
ventaja. Allá sería diferente con una desventaja. Lo que aquí puedo hacer bien,
allá no tendrá demasiada importancia. No quiero ir a un sitio donde tendría que
hacer música elemental. Quiero que mi música siga siendo grande.
—Yo
voy —dijo Jake, con la voz burlona de siempre—. Estoy cansado de perder el
tiempo. Quiero ser un ciudadano maduro. Pero mi verdadero motivo... —aquí la
verbalización cesó, y todo lo que pude comprender fue una especie de concepto
angular en que el tiempo y el espacio se entretejían. Vi mi propia perplejidad
en las caras que me rodeaban, y me sentí un poco menos estúpido—. ¿Comprenden?
— dijo Jake—. Esto es lo que durante mucho tiempo he tenido en la punta de la
mente. Shua me dice que allá están adelantados en eso. Y a mí—no me importa
empezar por el abc tratándose de algo así.
Carraspeé.
¡Ésta era mi oportunidad para transmitir a todo el Grupo lo que yo pensaba!
Aparentemente, era el único que veía la situación con suficiente claridad.
—Yo...
Fue
como si me internara en un denso banco de niebla; como si me quedara ciego y
sordo de un solo golpe. Tuve la impresión de que me desgarraban como un pedazo
de papel. Consciente al fin de mis verdaderas ideas, perdí todo aliento. ¡No
quería irme! Me sentí arrebatado por un torbellino de pensamientos
enloquecidos. ¿Cómo podía quedarme después de todo lo que había dicho? ¿Cómo
podía quedarme y dejar que Salla se fuera? ¿Cómo podía irme y dejar a Obla?
Vagamente escuché la voz de otro que concluía:
—...¡porque
con Morada, o sin ella, ésta es la Morada!
Cerré
la boca, desmesuradamente abierta ahora que se había quedado sin palabras, y me
humedecí los labios secos. Pude ver nuevamente, pude ver cómo el Grupo se
disolvía con lentitud; cómo el Grupo de Bendo se congregaba bajo los árboles,
mientras los demás se alejaban flotando en la llanura. Low se inclinó hacia mí,
sobre una roca.
¿Qué
te pasa, muchacho? —dijo, riendo—. ¿El gato te comió la lengua? Esperaba de ti
una ráfaga de elocuencia capaz de llevar a todo el Grupo a la planchada de la
nave.
¡Bram
es tímido! —bromeó Dita—. ¡No quiere dar a conocer sus convicciones!
Ensayé
una especie de sonrisa.
—Piedad
de mí, gente —dije—. Ved frente a vosotros un ser privado de convicciones,
desnudo como un grajo en el viento helado de la indecisión.
— Se
me han terminado las lágrimas —dijo Peter, poniéndose serio—. Pero hay mucha
simpatía disponible.
—Gracias
—respondí—. Se toma nota y se aprecia.
Me
sentí incapaz de llevar mis nuevas dudas a Obla, el nuevo tumulto y dolor de mi
corazón; ella era demasiado una parte de todo esto. Los llevé, pues, a la
montaña. Me instalé como un pajarraco meditabundo en el estribo de piedra a la
entrada de la gruta. Y allí vociferé hasta que me dolió la garganta y mi voz
chirrió, contra este mundo y sus limitaciones. Roncamente murmuré todas las
dudas y tropiezos que nos asediaban... que me asediaban. Y el mundo, con
enfurecedora placidez, me devolvió en sus ecos, por cada argumento, una sólida
refutación. Ahora escuchaba yo con ambos oídos, con uno mi propia voz, con el
otro la respuesta del mundo. Y mi voz se debilitaba más y más, mientras la voz
de la Tierra ya no era un simple murmullo.
—
¡Nada es como debiera ser! —aullé roncamente, en mi último, fatigado embate
contra el cielo vespertino.
—Ni
lo será jamás, salvo en la eternidad —me replicó una franja de púrpura
crepuscular.
—Pero
podríamos hacer tantas cosas...
—
¿Acaso el pan puede hacerse sólo con levadura? —replicó la primera estrella
vespertina.
—Nos
estamos desperdiciando —susurró.
—También
el trigo cuando se lo desparrama por el campo —contestó el pinar que coronaba
una colina distante.
—Pero
Salla se irá. No estará más...
Y
ahora nada contestó: sólo el viento gemía y un guijarro suelto rodó hacia la
oscuridad.
—
¡Salla! —grité—. ¡Salla se irá! ¡Respóndeme a «o! Pero al mundo se le habían
acabado las respuestas. El viento parecía muy ocupado en zumbar entre los
árboles.
—
¡Contéstame! —dije en un murmullo.
—Te
contestaré. —La voz era muy suave, pero me sacudió como un trueno—. Puedo
contestarte. —Salla descendió livianamente sobre el peñasco y se sentó a mi
lado—. Salla se queda.
—
¡Salla! —exclamé, atinando sólo a aferrar la roca y mirarla.
—Mi
madre tuvo un quánico cuando se lo dije —sonrió Salla, aliviando la tensa,
incómoda emoción—. Le expliqué que necesitaba una monografía para terminar mis
estudios, y que éste sería un tema perfecto.
»Me
contestó que yo era demasiado joven para saber lo que quería. Le dije que si yo
terminaba mis estudios con buenas notas, agregaría una nueva pluma a su
sombrero: perdona el provincialismo. Y entonces me respondió que ni siquiera
conocía a tus padres. —Salla se ruborizó y sus ojos vacilaron—. Le dije que no
había habido Palabra entre nosotros. Que no estábamos juntos. Todavía. No
mucho.
—
¡No tiene por qué ser ahora! —exclamé tomándole ambas manos — . ¡Oh, Salla!
¡Ahora podemos permitir nos esperar!
Y la
arranqué al peñasco, emprendiendo el más enloquecido y absurdo vuelo de mi
vida. Como un par de dementes, hendíamos el aire por encima del viejo monte
Calvo, remontándonos y zambulléndonos como un relámpago ebrio. Pero mientras
una parte de nosotros se movía tan lejos y tan rápido, otra parte de nosotros
hablaba tranquilamente, planeando, calculando, regocijándose, con tanta
serenidad como si estuviéramos de nuevo en la gruta contemplándonos mutuamente
con ojos apacibles y reflexivos. Al fin cayó la noche, y nos apoyamos exhaustos
uno contra el otro, derivando lentamente hacia Canyon.
—Obla
—dije—. Vamos a contárselo a Obla.
No
había necesidad de ocultar a Salla ningún aspecto de mi vida. Al contrario, era
preciso convertirla en un todo coherente, que incluyese a Obla y a Salla.
Las
ventanas de Obla estaban oscuras. Eso significaba que no tenía visitas. Estaría
sola. Llamé levemente a la puerta, con una serie inconfundible de golpes.
—
¿Bram? ¡Adelante! —dijo Obla con acento de bien venida.
—Traje
a Salla —le expliqué—. Permíteme encender la luz.
Avancé
un paso y entré.
—Espera...
Pero
yo había apretado la llave de la luz.
—
Salla —comencé—, te presento...
Salla
lanzó un grito y se cubrió los ojos con un brazo; un repentino aluvión de
horrorizada repugnancia sofocó la habitación, y vi que Obla flotaba en el
extremo más lejano... escondiéndose... escondiéndose detrás del torbellino
desesperado de su cabellera, el cuerpo mutilado retorciéndose en la túnica
blanca, pegándose a las paredes, tratando de huir, mientras su angustia física
y mental gemía, de un modo casi audible, alrededor de nosotros.
Tomé
a Salla y la saqué del cuarto, apagando la luz. La arrastré hasta el borde del
patio, donde las paredes del cañón se alzan verticales hacia el cielo. La
arrojé contra el muro de granito. Ella dio media vuelta y escondió la cara
contra la roca, sollozando. La tomé por los hombros y la sacudí.
—
¡Cómo pudiste! —gruñí entre dientes, y una cólera indignada enronquecía mis
palabras—. ¿Es ésta la clase de gente que nace ahora en nuestro Hogar? ¿Valen
más los brazos y las piernas y los ojos que la persona? –Sentí el latigazo de
la cabellera de Salla contra mi cara—. ¿Es lí cito ahora que un alma viva nos
repugne? ¿Ya no tienen bondad,compasión?
Quería
castigar a Salla, golpearla contra algo sólido, protestar contra eso indecible
que se le había hecho a Obla, esa llaga incurable.
Salla
se libró de mí y voló fuera de mi alcance, mirándome colérica con ojos húmedos.
—¡Tú
también tienes la culpa! —replicó, bañada en lágrimas—. Habría preferido la
muerte antes que hacerle algo así a Obla, o a nadie... ¡si hubiera sabido! Pero
no me lo dijiste. Nunca me la mostraste como es, sino llena de fuerza y belleza
y salud.
¿Por
qué no? —grité furioso, elevándome hasta ponerme a su altura—. Sólo así la veo.
Y es inútil que trates de echarme la culpa...
¡Pero
es que tienes la culpa! ¡Oh, Bram!
Y se
echó llorando en mis brazos. Cuando pudo hablar nuevamente, entre hipidos y
sollozos, dijo:
—Allá
no tenemos gente así. Quiero decir, yo nunca vi una persona... incompleta.
Nunca vi cicatrices y mutilaciones. ¿No entiendes, Bram? Yo estaba preparada
para recibirla, completamente... pues era parte de ti. Y encontrarme de pronto
abrazando... —se ahogaba—. Mira —prosiguió—, escucha, Bram. Allá tenemos la
regeneración y... el tránsgrafo... y nadie jamás queda inacabado.
La
solté lentamente, perdido en mi asombro.
—¿Regeneración?
¿Tránsgrafo?
—
¡Sí, sí! —exclamó Salla—. Puede recuperar sus piernas. Puede volver a tener
brazos. Puede tener nuevamente una hermosa cara. Hasta es posible que recobre
los ojos, y la voz, aunque de eso no estoy segura. Pero puede volver a ser
Obla, en vez de una oscura cárcel para encerrar a Obla.
—Nadie
nos dijo eso.
—Nadie
nos preguntó.
—Interés
común.
—Seré
yo quien pregunte entonces. ¿Tienen ustedes niños dóbicos? ¿Algún caso de
cazerinea? ¿O de trimorfosemia? No es que no queramos preguntar. Pero ¿cómo
saber qué debemos preguntar? Simplemente no se nos ocurrió preguntar.
—Lo
siento —dije, secándole los ojos con las palmas de mis manos, a falta de algo
mejor—. Debí habértelo dicho.
Mis
palabras eran apenas un indicio superficial de mi profundo, abyecto
arrepentimiento.
—Vamos
—dijo, separándose de mí—. Tenemos que ir hacia Obla, ahora, ahora mismo.
Fue
Salla quien finalmente indujo a Obla a volver a su cama. Fue Salla quien aplacó
el frenético torbellino de la cabellera de Obla. Fue Salla quien estrechó la
cara mutilada y llorosa contra su hombro joven y derramó el bálsamo de la pena
y la comprensión sobre las heridas de Obla. Y también fue Salla quien le
explicó a Obla la curación que la Morada reservaba para ella. Se lo explicó una
y otra vez hasta que al fin Obla lo creyó.
Los
tres estábamos agotados, satisfechos de poder quedarnos sentados un minuto, de
modo que la irrupción de Davy nos sorprendió doblemente.
—¡Eh,
Bram! ¡Eh, Salla! ¡Eh, Obla! Ya lo he arreglado. Ya no silba en las eses, y tú
misma puedes trabar la reproducción, si quieres. Miren. —Dejó caer sobre la
almohada el pequeño cubo que reconocía como el receptor—. Pruébalo. Vamos.
Pruébalo con Bram.
Obla
volvió la cara hasta que su mejilla tocó el cubo. Salla me miró, asombrada;
luego miró a Obla. Hubo una breve pausa, y un dic, y entonces escuché, lejanas
pero nítidas, las primeras palabras audibles que jamás le había oído a Obla.
—
¡Bram! ¡Oh, Bram! Ahora puedo ir contigo. No me dejarán aquí. ¡Y cuando llegue
a la Morada, me contemplarán! ¡Entera de nuevo!
En
medio de mi estupefacción escuché a Davy que decía:
—
¡No usaste una sola ese, Obla! Di algo que tenga una ese para que pueda
controlar.
¡Obla
pensaba que yo volvía al Hogar! ¡Y esperaba que volviera con ella! No sabía que
yo había resuelto quedarme. Que nos íbamos a quedar. Me encontré con los ojos
de Salla. Nuestra comunicación fue rápida y completa, antes que la vocecita de
Obla dijera:
—
¡Salla, mi dulce amiga! ¡Espero que éstas sean suficientes eses!
Y
por primera vez oí la risa de Obla.
De
modo que allá, en algún sitio, hay una diminuta gruta en cuyo interior brilla
una moneda, custodiando el pacto de amor entre Salla y yo: una vela en la
ventana de la memoria. Allá lejos, en algún lugar, están las vistas y los
sonidos, los olores y los gustos, el gusto a hogar de la Tierra. Por un tiempo,
he vuelto la espalda a la Tierra Prometida. Porque en esos largos años que
pasaron, cruzamos nuestro Jordán. Mi problema consistía en pensar que
dondequiera que mirase, y sólo porque era yo quien miraba, estaba la meta. Pero
en todo ese tiempo la Travesía, reverberando a la luz de la memoria, había sido
algo realizado, y no algo deseado. Mi nostalgia de la Morada debió de ser, en
cierto modo, como aquella vieja hambre de buenos platos que acompaña al esfuerzo
de todos los pioneros.
Y
Salla... Bueno, a veces cuando no estoy mirando, ella me mira y después mira a
Obla. Y a veces, cuando ella no mira, yo la miro y después a Obla. Obla no
tiene ojos, pero a veces, cuando no miramos, me mira a mí, y después a Salla.
Muchas
cosas nos ocurrirán a los tres, antes que la Tierra vuelva a crecer ante
nosotros en los cristales de las escotillas, pero, pase lo que pase, volveremos
a ver la Tierra: yo por lo menos. Y entonces, realmente, habré regresado a mi
Morada.
FIN
Título original: Pilgrimage: The Book of the People
Traducción de Matilde Horne y F.A.
Primera edición: junio de 1994
© Zenna Henderson 1960
© Ediciones Minotauro, 1975, 1994
Rambla de Catalunya, 62. 08007 Barcelona
ISBN: 84-450-7134-3
Depósito legal: B. 16.209-1994
Impreso por Romanyá/Valls ' Verdaguer, i. Capellades (Barcelona)
Impreso en España

