Libro N°. 3101. Perdidos En Venus. Rice Burroughs, Edgar.
© Libro N°. 3101. Perdidos En Venus. Rice Burroughs, Edgar. Colección
E.O. Septiembre 10 de 2016.
Título original: © Perdidos En Venus. Edgar Rice Burroughs
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Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
PERDIDOS EN VENUS
Edgar Rice Burroughs
INTRODUCCION
Cuando
Carson Napier salió de mi oficina para tomar un avión que lo llevase a la isla
de Guadalupe, y luego partir con destino a Marte en la gigantesca nave espacial
que había construido con tal objeto, yo estaba seguro de que nunca más lo
volvería a ver. No dudaba de que sus grandemente desarrolladas facultades
mentales, medio por el cual confiaba ponerse en contacto conmigo, me
permitirían recibir una representación mental de su imagen y comunicarme con
el; pero yo no esperaba recibir ningún mensaje después de que él hubiese hecho
el primer disparo para poner en movimiento el cohete. Yo suponía que Carson
Napier moriría pocos segundos después del comienzo de su insensato plan.
Pero
lo que yo temía no llegó a realizarse. Durante todo el mes que duró su
temerario viaje por el espacio estuve en comunicación con él; temblé cuando la
atracción de la Luna desvió de su curso al gran cohete y lo envió en dirección
al Sol; contuve el aliento cuando fue atrapado por la fuerza de gravedad de
Venus, y me emocioné con sus primeras aventuras en ese misterioso planeta
rodeado de nubes al que los seres humanos que lo habitan le han dado el nombre
de Amtor.
Me
tuvo en suspenso su irrealizable amor por Duare, la hija de un rey, la captura
de la pareja realizada por los crueles thorianos y el abnegado rescate que
Napier llevó a cabo para salvar a la joven.
Vi
que en el preciso momento en que Carson Napier era atacado y hecho prisionero
por una numerosa banda de thorianos, la extraña y aterradora ave-hombre volase
llevando a Duare hasta el barco que la conduciría de regreso a su patria.
Vi
que..., pero ahora será mejor que deje que Carson Napier les cuente sus
aventuras con sus propias palabras mientras yo vuelvo a adoptar el papel
impersonal de escribiente.
I
LAS
SIETE PUERTAS
A la
cabeza del grupo de hombres que me había apresado se encontraban el ongyan
Moosko y Vilor, el espía thoriano, quienes habían planeado y llevado a cabo el
rapto de Duare a bordo del Sofal.
Los
angan, esos extraños seres alados de Venus, los habían llevado a la costa.
(Para hacer más comprensible el relato dejaré de usar "kl" y
"kloo", los prefijos amtorianos, y, a la manera acostumbrada en la
Tierra, le agregaré unas "s" a los nombres para formar su plural.) La
pareja había abandonado a Duare a su suerte cuando el grupo fue atacado por los
salvajes, de quienes afortunadamente logré salvarla con la ayuda del angan que
tan heroicamente la había defendido.
Pero
a pesar de que Moosko y Vilor habían abandonado a la joven a sufrir una muerte
casi segura, se encontraban furiosos contra mí por haber hecho que el último de
los angans la llevase nuevamente a bordo del Sofal. Y al tenerme en su poder,
después de que alguien me había desarmado, se envalentonaron y me atacaron con
violencia.
Creo
que me hubiesen matado en el acto de no haber sido porque a otro integrante del
grupo que me había capturado se le ocurrió una idea mejor.
Vilor,
que había permanecido sin ninguna arma en la mano, le arrebató su espada a uno
de sus compañeros y se plantó ante mí con la evidente intención de hacerme
pedazos, pero en ese momento intervino el thorano.
―¡Espera!
―le gritó―. ¿Qué es lo que ha hecho este hombre para que se le mate rápidamente
y sin que sufra?
―¿Qué
quieres decir?―le preguntó Vilor, bajando su espada.
La
región en que nos encontrábamos era casi tan desconocida para Vilor como lo era
para mí, pues Vilor había vivido en la distante Thora mientras que los hombres
que lo habían ayudado a capturarnos eran nativos de aquellas tierras de Noobol.
Los seguidores de Thor los habían convencido para que se unieran a ellos en su
vano intento de fomentar la discordia y derrocar a los gobiernos establecidos
para reemplazarlos por representantes de su oligarquía. Vilor titubeó durante
un momento, pero el hombre le explicó:
―Las
maneras en que acabamos con los enemigos en Kapdor son mucho más interesantes
que clavándoles una espada.
―Explícate―le
ordenó el ongyan Moosko―. Para este hombre sería piadoso que muriera
instantáneamente. Era un prisionero a bordo del Sofal junto con otros
vepajanos, y encabezó un motín en el que fueron asesinados todos los oficiales
del barco; luego capturó al Sovong, liberó a los prisioneros que llevaba esa
nave, la saqueó, arrojó al mar sus grandes cañones y partió en el Sofal para
realizar actos de piratería. Atacó al Yan, un barco mercante en el que viajaba
yo, un ongyan, como pasajero. Sin importarle mi autoridad abrieron fuego contra
el Yan y lo abordaron. Me trató con la mayor insolencia, me amenazó de muerte y
me hizo prisionero. Por todo eso merece la muerte, y si ustedes tienen una
manera de ejecutarlo adecuada a sus crímenes, los gobernantes de Thora les
recompensarán dadivosamente.
―Lo
llevaremos a Kapdor ―dijo el hombre―. Allí tenemos un cuarto de siete puertas,
y te aseguro que si es un individuo inteligente su agonía será mucho mayor
encerrado en esa cámara circular que la que pudiera sufrir por el filo de una
espada.
―¡Bien!
―exclamó Vilor devolviéndole el arma a su dueño. Este hombre merece lo peor.
Me
condujeron por la playa, en dirección al punto en que habían aparecido, y,
durante la marcha, debido a la conversación, me enteré del desafortunado
incidente al cual podía atribuirle la desdichada coincidencia de que me
hubiesen atacado en el preciso momento en que era posible que Duare y yo
pudiéramos regresar fácilmente al Vepaja y reunirnos con nuestros amigos.
Aquella
partida de hombres de Kapdor estaba buscando a un prisionero que se había
escapado cuando les llamó atención la pelea sostenida por los salvajes y los a
que defendían a Duare, de la misma manera en que había sido atraido hacia aquel
lugar cuando buscaba a la bella hija de Mintep, el jong de Vepaja.
Al
acercarse a investigar se encontraron con Mintep y con Vilor, que huian del
campo de batalla, y entre éstos se unieron a ellos y emprendieron el regreso al
lugar del combate en el momento en que Duare, el angan que había sobrevivido, y
yo habíamos divisado frente a la Sofal y planeábamos enviarle señales a la
nave.
Como
el hombre ave sólo podía transportar a uno nosotros en cada vuelo, yo le había
ordenado, aun en contra de su voluntad, que llevase a Duare al barco. Ella se
negaba dejarme, y el angan temía regresar al Sofal donde había prestado ayuda
para que se realizase el rapto de la princesa, pero yo, al fin, en el preciso
momento en que la partida de enemigos estaba a punto de atacarnos, logré que se
sujetase a Duare y volase con ella.
Soplaba
una fuerte tormenta, y yo temía que no pudiese llegar hasta el Sofal volando
contra el viento, pero sabía que para Duare seria menos espantoso perecer
ahogada en aquellas embravecidas aguas que caer en manos de los partidarios de
Thor, y especialmente en mar Moosko.
Mis
apresadores, durante unos breves minutos, permanecieron mirando que el hombre
ave se alejase con su carga desafiando la tormenta. Luego, cuando emprendieron
la marcha hacia Kapdor, Moosko les había indicado que era dudoso que Kamlot,
quien se encontraba al mando del Sofal, enviase a tierra a una partida de
hombres después de que Duare le hubiese informado de mi captura. Y así, al
avanzar y quedar tras de nosotros los rocosos montículos de la costa, Duare y
el angan se perdieron de vista, y yo
sentí
que estaba condenado a vivir las breves horas de vida que me quedaban sin
llegar a saber la suerte que había corrido la maravillosa joven venusina que el
destino había deparado que fuese mi primer amor.
El
haberme enamorado de esa joven en la tierra de Vepaja, donde había tantas
mujeres hermosas, resultaba una tragedia. Ella era la hija de un jong, o rey, y
se le consideraba sagrada.
Durante
los dieciocho años que tenia de vida sólo se le había permitido ver y hablar
con los hombres que eran miembros de la familia real o con unos cuantos
servidores de confianza, hasta que entré a su jardín y le dediqué mis
atenciones, que fueron muy mal recibidas. Y luego, poco después, le había
ocurrido algo terrible. La había raptado un grupo de thoranos, miembros del
mismo partido que me habían capturado junto con Kamlot.
Duare
se había sorprendido y aterrorizado cuando le declaré mi amor, pero no me había
denunciado. Hasta el último momento, cuando nos encontrábamos en lo alto de los
rocosos peñascos que se elevaban a orillas del mar de Venus, parecía
despreciarme. Yo le ordené al angan que la llevase a bordo del Sofal, y
entonces fue cuando ella extendió las manos implorante, y me gritó:
―¡No
me alejes de ti, Carson! ¡No me alejes! ¡Te amo ! ¡Te amo!
Aquellas
palabras, aquellas increíbles palabras todavía sonaban en mis oídos y me
llenaban de gozo aun ante la inminencia de la muerte desconocida que me
esperaba en la cámara de las siete puertas.
Los
hombres de Kapdor que me escoltaban se hallaban muy intrigados por mis rubios
cabellos y mis ojos azules, pues todos los venusinos desconocían esas
características raciales. Le preguntaron a Vilor respecto a mi procedencia,
pero éste insistió en que yo era vepajano, y como los vepajanos son enemigos
mortales de los thoranos, su afirmación me condenaba con toda seguridad a la
muerte aun cuando no hubiese sido culpable de las ofensas de las que me acusaba
Moosko.
―Dice
que llegó de otro mundo que se halla muy distante de Amtor; pero lo capturaron
en Vepaja junto con otros vepajanos, y Duare, la hija de Mintep, el jong de
Vepaja, lo conocía.
―¿Qué
otro mundo puede haber aparte de Amtor?―rezongó uno de los soldados.
―Ninguno.
¡Claro!―aseguro otro soldado―. Más allá de Amtor sólo hay rocas ardientes y
fuego.
La
teoría cósmica de los amtorianos es tan nebulosa como su mundo rodeado por dos
grandes nubes. La lava que brota de sus volcanes les ha sugerido la existencia
de un mar de rocas derretidas sobre el cual flota Amtor como si fuera un gran
disco. Y cuando ocasionalmente se rasgan las nubes y pueden ver el brillante
sol y sentir su fuerte calor, eso les hace pensar que en las alturas sólo hay
fuego; y cuando las nubes se rasgan por las noches los amtorianos creen que las
miríadas de estrellas que ven son chispas del eterno y ardiente horno que funde
el mar de metales que se encuentra debajo de su mundo.
Yo
me hallaba exhausto debido a todo lo que me había acontecido desde la noche
anterior en que se desencadenó el huracán y el fuerte bamboleo del barco me
despertó. Al caer al mar arrastrado por una enorme ola tuve que luchar
denodadamente contra la furia de las aguas, lucha que hubiese agotado a
cualquier otro hombre que no tuviera tanta fuerza como yo; y luego, después de
llegar a la playa, tuve que caminar mucho en busca de Duare y de sus raptores,
y después hacerle frente a los salvajes nobargans, los hombres bestias que
habían atacado a los secuestradores de Duare.
Ya
me encontraba a punto de caer rendido cuando, al llegar a lo alto de una loma,
apareció ante nuestros ojos una ciudad amurallada que se extendía cerca del mar
y a la entrada de un pequeño valle. Supuse que se trataba de la ciudad de
Kapdor, y, aunque sabia que allí me esperaba la muerte, no pude menos que
alegrarme al verla, pues me imaginé que tras aquellas murallas habría algo de
comer y beber.
Las
rejas de la entrada de la ciudad estaban muy bien vigiladas, lo que hacia
suponer que Kapdor tenia muchos enemigos. Todos los ciudadanos estaban armados
con espadas, dagas o pistolas, estas últimas eran muy parecidas a las que yo
había conocido en casa de Duran, el padre de Eamlot, en la ciudad arbórea de
Koad, que es la capital de Vepaja, el reino de Mintep, que comprende toda una
isla.
Estas
armas despiden rayos letales R, que destruyen los tejidos de hombres y
animales, y son mucho más mortales que las 45 automáticas conocidas en la
Tierra, pues despiden una descarga continua de rayos destructivos mientras no
se deje de oprimir con el dedo el mecanismo que genera los rayos.
Había
mucha gente en las calles de Kapdor, pero todos tenían un aspecto tan torpe y
cansado que ni siquiera ante la magnifica presencia de un prisionero de blondos
cabellos y ojos azules mostraban el menor interés. Toda aquella gente me
pareció como si fueran bestias de carga que realizaban sus tareas sin el menor
estimulo proporcionado por la imaginación o la esperanza. Esos eran los que
estaban armados con dagas, y había otra clase que supuse que era la casta
militar, cuyos representantes portaban espadas y pistolas. Éstos me dieron la
impresión de estar más alerta y animosos, pues evidentemente eran mas
favorecidos por el régimen social existente, pero no parecía que fuesen más
inteligentes que los demás.
Los
edificios, en su mayoría, eran humildes cabañas o cobertizos de un solo piso,
pero había otros de mayores pretensiones que contaban con dos y hasta tres
pisos. Una gran parte de aquellas construcciones era de madera, pues las selvas
abundan en aquella región de Amtor, aunque no vi ningún árbol tan grande como
los que crecen en la isla de Vepaja y que conocí a mi llegada a Venus.
A lo
largo de las calles por las que me llevaban había cierto número de edificios de
piedra, pero todos eran cuadrados, sin ningún atractivo en su estructura y sin
el menor rastro artístico o de genio imaginativo.
Mis
apresadores me condujeron hasta una plaza que se hallaba rodeada de edificios
mayores que los que hasta entonces había yo visto. Pero también en aquel lugar
era evidente la suciedad y eran manifiestas las pruebas de ineficacia e
incompetencia.
Entramos
a un edificio cuya entrada se hallaba guardada por soldados. Viior, Moosko y el
jefe de la partida de hombres que me capturaron me condujeron hasta un cuarto
en donde, en una silla, un hombre gordo dormía con los pies sobre una mesa que,
sin lugar a dudas, le servía tanto como escritorio como para mesa de comer,
pues sobre ella había papeles en desorden y restos de una comida.
El
hombre despertó cuando entramos, abrió los ojos y nos miró parpadeando
repetidas veces.
―¡Salud,
amigo Sov!―exclamó el oficial que me acompañaba.
―¡Ah!
¿Eres tú, amigo Hokal?―masculló Sov, soñoliento―. ¿Quiénes son esos hombres?
―El
ongyan Moosko, de Thora; Vilor, otro amigo, y un prisionero vepajano que
capturé.
Sov
se puso en pie al oír que el oficial mencionase el título de Moosko, pues un
ongyan es un personaje de la oligarquía y un gran hombre.
―¡Salud,
ongyan Moosko! ―exclamó con voz estentórea―. ¡Conque nos trae a un vepajano!
Por casualidad, ¿no es médico?
―Ni
lo sé ni me importa―le respondió ásperamente Moosko―. Es un asesino y un
canalla, y sea médico o no, tiene que morir.
―Pero
necesitamos médicos―insistió Sov―, estamos muriendo debido a las enfermedades
que nos aquejan y a la vejez. Moriremos todos si no nos atiende pronto un
médico.
―Ya
oíste lo que te dije, ¿no, amigo Sov?―le respondió Moosko.
―Si,
ongyan―replicó medrosamente el oficial―; morirá. ¿Quiere que acabemos con él
inmediatamente?
―El
amigo Hokal me dijo que ustedes dan muerte a sus enemigos de manera lenta y
mucho mas placentera que atravesándolos con la hoja de una espada. Cuéntame
cómo es eso.
―Me
refería a la cámara de las siete puertas―explicó Hokal―. Los delitos de este
hombre son graves: apreso al ongyan y lo amenazó con quitarle la vida.
―No
tenemos una muerte adecuada a semejante crimen ―gritó horrorizado Sov―, pero la
cámara de las siete puertas, que es lo mejor que tenemos para ofrecerle, estará
lista dentro de unos momentos.
―¡Descríbemela!
¡Descríbemela!―le urgió Moosko―. ¿Cómo es? ¿Qué le pasará a este canalla? ¿Cómo
morirá?
―No
podemos explicarle eso en presencia del prisionero ―le respondió Hokal―, si es
que quiere gozar plenamente de la tortura que el sentenciado sufrirá en la
cámara de las siete puertas.
―Bien,
entonces que lo encierren. ¡Que lo encierren! ―ordenó Moosko―. ¡Que lo lleven a
una celda!
Sov
llamó a dos soldados y éstos me condujeron a un cuarto posterior en el que me
empujaron en un sótano obscuro y sin ventanas. Cerraron con violencia la trampa
y me dejaron solo con mis sombríos pensamientos.
La
cámara de las siete puertas. El nombre me fascinaba. Me preguntaba que seria lo
que me esperaba allí y cuál seria la entraña manera en que recibiría una
horrible muerte. Tal vez no fuese tan terrible, después de todo; tal vez sólo
trataban de sugestionarme para hacer más terrible mi fin.
¡Así
que aquel iba a ser el término de mi loco intento de llegar a Marte! Iba a
morir solo en aquella distante avanzada de los thoranos, en la tierra de
Noobol, la que sólo significaba un nombre para mi. Y había tanto que ver en
Venus, y había yo visto tan poco.
Recordé
todo lo que Danus me había dicho, todo lo referente a Venus y que había
estimulado tanto mi imaginación. Sus relatos acerca de Rarbol, la región de los
hielos, en la que vivían entrañas bestias salvajes y hombres todavía más
extraños y salvajes; y Trabol, la región tórrida, en la que se hallaba la isla
de Vepaja, hacia la que la suerte había guiado el cohete en que yo viajaba con
destino a Marte. La zona que más me interesaba era la de Strabol, la región
caliente, pues estaba seguro de que aquella zona correspondía a las zonas
ecuatoriales del planeta y que más allá de ella se extendia una vasta región
inexplorada de la que los habitantes del hemisferio meridional, la región
templada, ni siquiera suponian su existencia.
Una
de mis esperanzas cuando me apoderé del Sofal y me convertí en capitán pirata,
era la de encontrar un paso por el mar al norte de esta terra incognita. ¡Qué
extrañas razas y qué nuevas civilizaciones podría encontrar allí! Pero ahora
había llegado al final, no sólo de mis esperanzas, sino también de mi vida.
Decidí
dejar de pensar en todo aquello. No seria difícil que yo comenzara a
compadecerme si continuaba con semejantes pensamientos. y eso no tenia ningún
objeto práctico. Sólo conseguiría desalentarme.
Guardaba
bastantes recuerdos agradables y traté de rememorarlos para ayudarme. Los días
felices que había pasado en la India antes de que mi padre muriese eran gratos
de recordar. Pensé en el viejo Chand Kabi, mi tutor. y en todo lo que me había
enseñado y que no se hallaba en los libros de la escuela, en su satisfactoria
filosofía que seria conveniente llamar en mi ayuda en aquellos momentos finales
de mi vida. Chand Kabi me enseñó a usar la mente en toda su capacidad y a
proyectarla a través del espacio ilimitado hasta alcanzar otra mente entonada
para recibir su mensaje, poder sin el cual los frutos de mi extraña aventura
perecerían conmigo en la cámara de las siete puertas.
También
tenia otros recuerdos agradables para alejar la niebla de tristeza que envolvia
mi futuro inmediato; eran recuerdos de los buenos y leales amigos que yo había
tenido durante mi breve estancia en aquel distante planeta: Kamlot, mi mejor
amigo en Venus, y aquellos "tres mosqueteros" del Sofal: Gamfor, el
granjero; Kiron, el soldado, y Zog, el esclavo. ¡No cabía duda de que habían
sido buenos amigos!
Y
luego, el recuerdo de Duare, el más grato de todos. Me parecía que valía la
pena haber corrido todos aquellos riesgos y peligros por ella. Sus últimas
palabras me compensaban hasta por la muerte. Me había dicho que me amaba, ella,
la incomparable, la inalcanzable, ella, la esperanza de un mundo, la hija de un
rey. Casi no podía creer lo que había oído, pues con anterioridad, siempre me
había rechazado y había tratado de demostrarme que no sólo no compartía mis
sentimientos sino que me aborrecía. Las mujeres son extrañas.
No
sé cuánto tiempo permanecí en aquel sótano obscuro. Tal vez pasaron varias
horas antes de que yo oyera pasos en el piso del cuarto de arriba y de que la
trampa se abriera y me ordenasen salir.
Varios
soldados me escoltaron hasta la inmunda oficina de Sov, en la que éste se
hallaba en gran conversación con Moosko, Vilor y Hokal. Un jarro y vasos que
despedían un fuerte olor a licor, eran prueba de la forma en que habían animado
su reunión.
―Llévenlo
a la cámara de las siete puertas―ordenó Sov a los soldados que me custodiaban.
Salimos
del edificio y, escoltado, avancé por la plaza seguido por los cuatro hombres
que me habían condenado a muerte. A corta distancia de la oficina de Sov los
soldados dieron vuelta y continuamos por un estrecho y sinuoso callejón; poco
después llegamos hasta un gran espacio abierto en cuyo centro se elevaban
varios edificios, uno de los cuales, una torre circular rodeada por una alta
muralla de piedra, sobresalía de entre los demás.
Pasamos
por una pequeña reja y entramos a un pasaje cerrado, un sombrío túnel en cuyo
final había una fuerte puerta que abrió uno de los soldados con una gran llave
que Hokal le entregó. Los soldados se apartaron y yo entré en el cuarto seguido
por Sov, Moosko, Vilor y Hokal.
Me
encontré en una cámara circular en cuyas paredes había siete puertas idénticas
distribuidas a intervalos regulares alrededor de la circunferencia, en tal
forma que no había manera de diferenciar una puerta de otra.
En
el centro de la cámara se hallaba una mesa circular en la que había siete
vasijas que contenían siete variedades diversas de comida, y siete copas que
contenían distintos líquidos. Colgando a cierta distancia del centro de la mesa
había una soga con un nudo en el extremo inferior. El extremo superior de la
soga se perdía entre las sombras del alto techo, pues la cámara estaba
alumbrada muy débilmente.
Como
yo me encontraba sediento y medio muerto de hambre, al ver aquella mesa servida
se me hizo agua la boca y comprendí que si bien estaba próximo a morir, a pesar
de todo, no moriría hambriento. Los thoranos podían ser crueles y desalmados en
cierta forma, pero no había duda de que aún conservaban cierta benevolencia,
pues, de no ser así, no le hubiesen preparado una comida tan abundante a un
condenado a muerte.
―¡Escucha!―gritó
Sov dirigiéndose a mi―. Oye bien lo que te voy a decir.
Moosko
se hallaba inspeccionando la cámara y una sonrisa malévola se dibujaba en sus
labios.
―Ahora
te dejaremos solo aquí―continuó Sov―, si puedes escapar de este edificio te
perdonaremos la vida. Como puedes ver, hay siete puertas para salir de esta
cámara y ninguna tiene cerrojos. Cada una de ellas da acceso a un corredor
idéntico al que nos permitió llegar hasta aquí. Quedas en libertad de abrir
cualquiera de esas puertas y entrar a los corredores. Después de que pases por
la puerta que escojas ésta se cerrará, movida por un resorte, y no podrás
abrirla por el lado opuesto, pues fueron construidas de tal modo que no hay
manera de abrirlas desde el exterior, con excepción de la puerta por la que
entramos, que fue abierta por el mecanismo secreto que la mueve. Sólo esa
puerta conduce a la vida; todas las demás, a la muerte. En el corredor a que da
acceso la puerta siguiente hay un resorte en el suelo que, al pisarlo, hará que
salten sobre ti enormes púas que te matarán. En el tercer corredor un resorte
similar al anterior dejará en libertad un gas que te hará prender fuego y te
consumirá. En el que le sigue, los rayos R acabarán contigo instantáneamente.
En el quinto se abrirá otra puerta en el extremo del corredor y saldrá un
tarbán.
―¿Qué
es un tarbán?―le pregunté.
Sov
me miró asombrado, y rezongó:
―Tú
lo sabes tan bien como yo.
―Ya
te dije que soy de otro mundo ―le respondí―. No sé qué quiere decir esa
palabra.
―Se
lo podemos decir―indicó Vilor―, pues si por casualidad no lo sabe. se perdería
parte del horror de la cámara de las siete puertas.
―Si,
estoy de acuerdo con eso―intervino Moosko―. Explícale lo que es un tarbán,
amigo Sov.
―Es
una bestia terrible―me explicó Sov―, una bestia enorme y terrible. Su cuerpo es
de color rojizo con rayas blancas a lo largo y está cubierto de gruesos pelos
que parecen púas, y el color de su vientre es azulado. Posee grandes mandíbulas
y tremendas garras, y sólo se alimenta de carne humana.
En
ese momento se oyó un rugido espantoso que hizo retemblar el edificio.
―Ese
es el tarbán ―me dijo Hokal sonriendo cruelmente―. No ha comido hace tres días,
y no sólo está hambriento sino que está furioso.
―¿Y
qué hay detrás de la sexta puerta?―le pregunté.
―En
el corredor que hay tras ella te bañará un ácido corrosivo que te quemará los
ojos y que consumirá tu carne lentamente; pero no morirás en seguida. Tendrás
tiempo suficiente para arrepentirte de los delitos por los que te encuentras en
esta cámara de las siete puertas. Yo creo que la sexta puerta es la más
terrible de todas.
―Para
mi la séptima es peor―intervino Hokal.
―Tal
vez ―admitió Sov―. En la séptima puerta la muerte tarda más en llegar y la
agonía es más prolongada. Cuando se pisa el resorte que se halla oculto en el
suelo del corredor que se halla tras la séptima puerta, las paredes comienzan a
moverse avanzando lentamente hacia la víctima. Su movimiento es tan lento que
casi es imperceptible, pero llega el momento en que llegan hasta ella y la
trituran.
―¿Y
para qué sirve el lazo que cuelga sobre la mesa? ―le pregunté.
―Durante
la agonía producida por la indecisión de no saber qué puerta abrir ―me explicó
Sov― te sentirás tentado a destruirte y..., para eso está allí el lazo. Pero
expresamente cuelga a tal distancia de la mesa que no lo podrás utilizar para
quebrarte el cuello y morir rápidamente; lo único que puedes hacer es
estrangularte con él.
―Creo
que se han tomado demasiadas molestias para acabar con sus enemigos―les
indiqué.
―En
un principio la cámara de las siete puertas no servia para matar a nadie―me
explicó Sov―; se usaba para hacer que nuestros enemigos cambiasen de ideas y se
aliasen a nosotros, y resultó muy eficaz.
―Ya
me lo imagino―le repliqué―. Y ahora que ya me han explicado todo, ¿me
permitirían que antes de morir satisfaga el hambre que tengo?
―Todo
lo que está en esta cámara es tuyo y puedes hacer con ello lo que quieras. Pero
antes de que comas te haré saber que sólo una de esas siete variedades de
comida que están sobre la mesa no está envenenada. Y antes de que satisfagas tu
sed, creo que te interesará saber que sólo una de esas siete deliciosas bebidas
que se hallan en esas vasijas no está envenenada. Ahora, asesino, te
abandonaremos. Mira bien a seres humanos por última vez en tu vida.
―Si
la vida me deparara solamente la oportunidad de verlos a ustedes, entonces
moriría con gusto.
Uno
a uno salieron de la cámara por la puerta que conducía a la vida. Me quedé
mirando atentamente la puerta para no desconocerla después, y luego, las tenues
luces se apagaron.
Crucé
la cámara rápidamente en dirección al lugar exacto hacia donde sabia que debía
estar la puerta, pues me había quedado mirándola de frente. Sonreí al pensar
que se imaginaron que me desorientaría inmediatamente tan sólo con que se
apagase la luz. Si no habían mentido saldría de aquella cámara casi tan pronto
como ellos, para reclamar la libertad que me habían prometido.
Me
aproximé a la puerta con las manos extendidas. Me sentía sumamente mareado. Me
resultaba difícil mantener el equilibrio. Mis dedos se pusieron en contacto con
una superficie lisa que se movía; era la pared que giraba hacia la izquierda.
El tacto me hizo sentir que una puerta pasaba, y luego otra, y otra. Entonces
comprendí la verdad: el piso sobre el que me hallaba parado era el que giraba.
Ya no sabia cuál era la puerta que me conduciría a la vida
II
EL
PELIGRO INESPERADO
Mientras
me hallaba de pie, abrumado por el desaliento, las luces volvieron a encenderse
y vi que la pared y las puertas pasaban lentamente ante mi. ¿Cuál era la puerta
que me permitiría vivir? ¿Qué puerta debía escoger?
Me
sentí muy cansado y casi perdido. La tortura del hambre y de la sed me acosaba.
Avancé hacia la mesa que se hallaba en el centro de la cámara. El vino y la
leche que contenían las siete copas se burlaban de mi. Una de aquellas siete
bebidas no era mortal y podía dejar satisfecha mi sed inmediatamente. Examiné
el contenido de cada uno de los recipientes, olfateándolos. Había dos copas de
agua. El agua de una de ellas no era muy clara. Yo estaba seguro de que la otra
copa tenia el liquido que no estaba envenenado.
La
tomé en mis manos. Sentía reseca la garganta y ansiaba tomar un pequeño sorbo
de agua. Levanté la copa hasta mis labios y entonces las dudas me asaltaron.
Mientras hubiese una remota oportunidad de vivir no debía arriesgarme a perder
la vida. Decidido, dejé la copa sobre la mesa.
Miré
alrededor de la cámara y vi una silla y un diván entre las sombras que
obscurecían la pared que se hallaba más allá de la mesa; al menos, si es que no
podía comer ni beber, podría descansar y, tal vez, dormir. Privaría a mis
apresadores, tanto tiempo como fuera posible, del placer de que se realizasen
sus propósitos. Y con esa idea me aproximé al diván.
Había
poca luz en la cámara, pero la suficiente para que, en el momento en que iba a
tenderme sobre el diván, me permitiese ver que estaba erizado de agudas púas de
metal, y mi esperanza de descansar se desvaneció. Luego examiné la silla y vi
que también estaba provista de grandes púas.
¡Qué
ingeniosa perversidad habían desplegado los thoranos para concebir aquella
cámara y todas las cosas que allí se hallaban! No había nada que yo pudiese
usar que no fuera terrible, con excepción del suelo. Y me encontraba tan
cansado que, al tenderme sobre él, me pareció un cómodo diván. Claro que su
dureza, poco a poco, se volvió más apreciable; pero me hallaba tan extenuado
que comencé a sentirme soñoliento, y cuando estaba a punto de dormirme, sentí
que algo me tocaba la espalda desnuda, algo frío y viscoso.
En
seguida, recelando alguna nueva tortura infernal, di un salto y me puse en pie.
Sobre el suelo se retorcían arrastrándose hacia mí serpientes de todas clases y
tamaños. Muchas de ellas eran espantosos reptiles de apariencia horrible:
serpientes con colmillos como sables, serpientes con cuernos, serpientes con
orejas, serpientes azules, rojas, verdes, blancas, moradas. Salían de agujeros
de las paredes y se esparcían por el suelo como si estuvieran buscando algo
para devorar, buscándome a mi.
El
suelo, que hasta entonces lo había considerado como mi único refugio, me era
negado. Salté a lo alto de la mesa, entre las comidas y las bebidas
envenenadas, y allí me agazapé y me quedé mirando a los horribles reptiles que
avanzaban por la cámara, retorciéndose.
De
pronto la comida comenzó a tentarme, pero no era el hambre lo que motivaba la
tentación. Aquel lazo podía ser lo que me permitiera escapar de mi desesperante
y angustiosa situación. ¿Qué probabilidades tenia yo de vivir? Mis apresadores,
desde que me dejaron en aquella cámara, sabían que nunca podría salir con vida.
¡Qué insensatez resultaba guardar esperanzas en tales circunstancias !
Pensé
en Duare, y comprendí que aunque, por algún milagro, lograse escapar, no había
la menor probabilidad de que la volviera a ver. Yo, ese hombre que ni siquiera
imaginaba en qué dirección quedaba Vepaja, la nación de su pueblo, la tierra a
la que seguramente la estaba llevando Eiamlot.
Después
de mi captura había yo guardado la esperanza de que Eiamlot desembarcase con la
tripulación del Sofal para rescatarme; pero no tardé en desechar esa idea, pues
yo sabia que la seguridad de Duare estaba por sobre todas las cosas, y que
ninguna consideración haría que retrasase el viaje de regreso a Vepaja.
Mientras
pensaba y miraba a las serpientes llegó a mis oídos el grito de una mujer, y me
pregunté con indiferencia qué nuevo horror estaría ocurriendo en aquella odiosa
ciudad. Fuera lo que fuese, yo no podía saberlo ni evitarlo, y, por lo tanto,
no me impresionó demasiado y concentré mi atención nuevamente en las
serpientes.
Una
de las mayores, una enorme y horripilante serpiente de veinte pies de largo,
había levantado la cabeza hasta el nivel superior de la mesa y estaba mirándome
fijamente con sus ojos sin párpados. Me pareció que casi podía adivinar cómo
reaccionaba el cerebro de aquel reptil ante la presencia de alimento.
Asentó
la cabeza sobre la mesa y haciendo ondular su cuerpo lentamente comenzó a
avanzar hacia mi. Sin perder el tiempo miré alrededor de la cámara buscando
inútilmente alguna vía de escape. Las siete puertas, situadas entre si a
distancias iguales, se hallaban inmóviles, pues el suelo había dejado de girar
poco después de que se encendieran las luces. Detrás de una de esas puertas
idénticas estaba la salvación; detrás de las otras seis, la muerte. En el
suelo, entre las puertas y yo, se arrastraban las serpientes. No estaban
distribuidas de manera pareja sobre todo el espacio que cubrían las baldosas.
Había partes por las que uno hubiera podido correr rápidamente sin encontrar
más que, casualmente, un reptil; sin embargo, uno solo, si es que era venenoso,
resultaría tan fatal como una docena de ellos. Y yo desconocía totalmente todas
las especies de serpientes que se hallaban en la cámara.
La
espantosa serpiente que había asentado la cabeza sobre la mesa estaba
acercándose lentamente hacia mi. La mayor parte de su largo cuerpo se hallaba
extendido por el suelo, retorciéndose. Sin embargo, la serpiente todavía no
había dado señales de la manera en que efectuaría su ataque. Yo no sabia si
debía esperar que me agrediese con sus colmillos envenenados, o que me
triturase enroscándose en mi cuerpo, o si solamente me tragaría como, durante
mi niñez, había yo visto que otras serpientes hiciesen con sapos y pájaros. De
cualquier modo ninguna de aquellas eventualidades era agradable.
Miré
rápidamente hacia la puerta. ¿Debería yo apostar todo a favor de la suerte en
una sola tirada de dados? La repulsiva cabeza se acercaba cada vez más hacia
mi, y yo me alejé de ella dispuesto a correr hacia la puerta por la parte del
suelo en que había menos serpientes. Al mirar alrededor de la cámara vi que
había un camino casi libre de peligro hacia la puerta que se hallaba tras el
diván y la silla.
Cualquier
puerta era buena. Sólo una de aquellas puertas daba acceso a la salvación y no
había manera de diferenciar ninguna de las siete. La vida podía aguardarme
detrás de esa puerta, o quizá la muerte. Tenia que arriesgarme. Quedarme donde
estaba para ser víctima de aquel reptil no ofrecía esperanza alguna de
salvación.
Siempre
me he vanagloriado de la buena suerte que me ha favorecido en la vida, y algo
parecía decirme que esa suerte me impulsaba a dirigirme hacia la puerta que me
daría la vida y la libertad. Así que fue el optimismo que produce toda empresa
cuyo éxito se considera seguro por anticipado lo que me hizo saltar de la mesa
para alejarme de las terribles fauces de la gran serpiente y correr hacia la
puerta destinada.
Sabía
que las puertas se abrían hacia el exterior de la cámara circular, y que toda
vez que yo hubiese traspuesto el umbral de una de ellas y la puerta se hubiese
cerrado detrás de mí, ya no habría manera de regresar a la cámara. Pero, ¿cómo
podría yo evitar eso?
Todo
esto que tardo tanto en relatar se realizó solamente en unos cuantos segundos.
Corrí rápidamente a través de la cámara evadiendo el encuentro de una o dos
serpientes que se hallaban a mi paso, pero no pude dejar de oír los chillidos y
silbidos que se produjeron a mi alrededor ni dejar de ver a las serpientes que
se retorcían por el suelo y avanzaban para perseguirme o tratar de interceptar
mi camino.
No
sé qué fue lo que me impulsó a tomar la silla con púas cuando pasé junto a ella
la idea me pareció una inspiración Tal vez, subconscientemente, tuve la
esperanza de poderla usar como arma. Pero no era para eso para lo que me iba a
servir.
Llegué
a la puerta cuando las serpientes ya estaban casi junto de mi. No había tiempo
para titubeos. ¡Abrí la puerta y entré en el obscuro corredor! Era exactamente
igual al corredor por el cual me habían llevado hasta la cámara de las siete
puertas. La esperanza me llenó de ánimo, pero impedí que la puerta se cerrara
de nuevo valiéndome de la silla.
Había
dado solamente unos pasos más allá de la puerta cuando se me heló la sangre en
las venas al oír el rugido mas aterrorizador que jamás haya escuchado, y vi dos
círculos brillantes que resaltaban entre las sombras del corredor. ¡Yo había
abierto la quinta puerta, la que daba acceso a la cueva del tarbán!
No
titubeé ni un solo instante. Sabía que la muerte me aguardaba en aquella cueva
sombría. No, la muerte no me aguardaba sino que se dirigía, amenazante, hacia
mi.
Di
media vuelta y corrí en busca de la seguridad momentánea que podía ofrecerme ]a
luz y el tamaño de la cámara circular, y, al trasponer nuevamente el umbral de
la entrada traté de destrabar la silla para que se cerrara la puerta y no
pudiera salir la terrible bestia que me perseguía. Pero algo falló. La puerta,
impulsada por un resorte poderoso, se cerró demasiado rápidamente y no pude
quitar la silla, la que quedó apresada con fuerza dejando medio abierta la
entrada.
Me
he encontrado en lugares peligrosos en diversas ocasiones, pero ninguno había
sido como este. Ante mi se hallaban las serpientes, entre las cuales la mayor
era la que me había perseguido hasta la mesa, y a mis espaldas, estaba el
tarbán. No me quedaba más medio para protegerme que volver a lo alto de la mesa
de donde había huido tan sólo unos segundos antes.
A la
derecha de la puerta había una pequeña parte del suelo en la que no se
arrastraba ninguna serpiente. En el preciso momento en que el tarbán entró en
la cámara, yo salté hacia aquel espacio libre de peligro, por sobre los
reptiles que me amenazaban en el umbral de la puerta.
Por
el momento sólo me interesaba llegar a lo alto de la mesa No me preocupé en
considerar si aquella idea era tonta o inútil, me aferré a ella, y todos mis
demás pensamientos desaparecieron. Tal vez por eso logré mi propósito, pero
cuando me hallé de nuevo entre los manjares y las bebidas envenenadas y
consideré mi suerte, me di cuenta de que había intervenido otro factor para
salvarme por de pronto y permitirme alcanzar la dudosa seguridad de lo alto de
la mesa.
El
tarbán, un terrible monstruo que rugía y que luchaba furiosamente, estaba
siendo atacado por las serpientes. Sus garras despedazaban a los reptiles, los
partían por mitad. pero continuaban acercándose a él, silbando, chillando.
atacando. Cuerpos partidos en dos y cabezas desprendidas seguían tratando de
alcanzarlo. Por cada serpiente que el tarbán mataba salían diez más para
reemplazada.
El
enorme reptil que había tratado de devorarme, inmenso y amenazador, sobresalía
por entre todas las demás serpientes. Y el tarbán parecía darse cuenta de que
aquella criatura era un enemigo digno de su coraje, pues aunque con irritable
desprecio atacaba a las serpientes menores siempre se enfrentó y dirigió sus
más feroces acometidas contra la gran serpiente. ¡Pero todo era en vano! El
escurridizo cuerpo del reptil eludía los golpes como si fuese un hábil boxeador
y, a cada descuido del tarbán, devolvía el ataque con fuerza terrible y clavaba
sus colmillos en la carne de su adversario.
Los
rugidos y gritos del carnívoro se mezclaban con los silbidos de las serpientes
y producían el más espantoso estrépito que cualquier hombre pudiera imaginarse,
o, al menos, así me pareció al encontrarme acorralado en aquel terrible cuarto
lleno de implacables máquinas mortales.
¿Quién
seria el vencedor en aquella lucha de titanes? Pero, ¿qué importancia podía
tener eso para mi, a no ser que quisiera saber en qué estómago terminaría mi
existencia? Sin embargo, no pude evitar el interés que me despertaba aquel
combate y tampoco mirarlo como cualquier espectador ecuánime contempla una
prueba de fuerza y habilidad.
Era
un encuentro sangriento, pero la sangre derramada era toda del tarbán y de las
serpientes menores. La enorme criatura que por el momento me dejaba libre de
peligro y la que después me devoraría, se hallaba ilesa. No comprendo cómo
podía mover su cuerpo con tanta rapidez para evadir los salvajes golpes del
tarbán, aunque quizá pueda explicarse eso debido a que siempre atacaba
propinándole al monstruo un terrible golpe con la cabeza, que lo hacia
retroceder medio atontado y con una nueva herida..
El
tarbán dio término a su ofensiva y comenzó a retroceder. Vi cómo la ondulante
cabeza de la gran serpiente seguía cada movimiento de su antagonista. Las
serpientes menores comenzaron a subir por el cuerpo del tarbán, pero éste
parecía no darse cuenta. Luego, de pronto, dio media vuelta y corrió hacia la
entrada del corredor que conducía hasta su cueva.
Aquello
era, evidentemente, lo que había estado esperando la serpiente. Permaneció en
el lugar en que había estado luchando, con medio cuerpo enrollado, y luego,
como si fuese un resorte gigantesco que se suelta de pronto, saltó por el aire,
se enrolló alrededor del cuerpo del tarbán, acercó sus poderosas mandíbulas a
la parte posterior del cuello de la bestia y la mordió
El
tarbán dejó escapar un terrible grito cuando los anillos de la serpiente se
cerraron alrededor de su cuerpo, y luego, el monstruo se desplomó por el suelo.
Suspiré
aliviado al pensar en el tiempo que se tardaría en satisfacer su hambre aquella
serpiente de veinte pies de largo mientras devorase el cuerpo del tarbán sin
pensar en nuevos ataques para proveerse de alimento. Pero cuando pensaba en la
satisfacción de aquella tregua, la poderosa serpiente vencedora se desenrolló
del cuerpo de su víctima y volvió la cabeza lentamente hacia mi.
Durante
un momento miré como hipnotizado aquellos ojos fríos y carentes de párpados, y
luego me quedé horrorizado al ver que la criatura se arrastraba lentamente
hacia la mesa. No me moví rápidamente como en los combates, sino con toda
lentitud. Parecía que había algo predeterminado, inevitable, en aquella
ondulante aproximación que era casi paralizante en su horror.
Vi
que la serpiente levantara la cabeza hasta lo alto de la mesa, y vi que, por
entre los platos, aquella cabeza avanzase hacia mi. Yo no podía soportar más.
Di media vuelta para correr sin importarme hacia dónde. Hacia cualquier parte.
Aunque fuera sólo para correr a lo largo de la cámara con tal de escapar por un
momento del gélido brillo de aquellos ojos malignos.
III
EL
LAZO
Al
dar media vuelta ocurrieron más cosas: oí de nuevo los gritos apagados de una
mujer, y mi rostro se golpeó con el lazo que pendía de las vigas que se
hallaban ocultas por las sombras.
No
le presté mucha atención a los gritos, pero, al sentir el lazo, tuve una idea.
No se trataba de la idea que debía despertar la colocación del lazo en aquel
sitio, sino de otra muy distinta. Pensé que tal vez me proporcionase la
facilidad de escapar por el momento de las serpientes, y no tarde en valerme de
él.
Sentí
que el hocico de la serpiente me tocaba en una de las piernas cuando salté para
sujetar la cuerda un poco mas arriba del lazo, y oí un agudo silbido de furia
mientras subía en dirección a las sombras donde esperaba encontrar una
seguridad momentánea.
El
extremo superior de la cuerda estaba atado a un perno que se hallaba en una
gran viga. Me subí entre esa viga y miré hacia abajo. La poderosa serpiente
silbaba y se retorcía debajo de mi. Había erguido una tercera parte de su
cuerpo y se esforzaba por enroscarse a la cuerda que se columpiaba de un lado a
otro para seguirme hasta lo alto. Pero la cuerda parecía eludir cualquier
intento de sujeción.
Pensé
que seria difícil que una serpiente tan gruesa pudiese ascender por aquel cable
relativamente delgado, pero para no correr ningún riesgo innecesario jalé la
cuerda y la doblé sobre la viga. Estaba seguro por el momento y dejé escapar un
profundo suspiro de alivio. Luego mire hacia mi alrededor.
La
obscuridad era casi impenetrable; sin embargo, me pareció que el techo de la
cámara todavía se hallaba bastante lejos de mí. A mi alrededor había un
laberinto formado por vigas, puntales y armazones, y yo decidí explorar aquella
región superior de la cámara de las siete puertas.
De
pie sobre la viga comencé a avanzar lentamente hacia la pared. Al llegar al
muro me di cuenta de que había una estrecha pasarela que sobresalía de la pared
y que, seguramente, rodeaba toda la cámara. Era de dos pies de ancho y no tenía
barandilla. Parecía ser algo así como algún andamio que habían dejado los
trabajadores que hicieron el edificio.
Cuando
marchaba por la pasarela pisando con cuidado y pasando la mano por la pared,
volví a oír los angustiosos gritos que dos veces, anteriormente, me habían
llamado la atención aunque no habían despertado mi interés, pues yo estaba mas
interesado en mis propias dificultades que en las de cualquier desconocida de
aquel raro mundo.
Un
momento después toqué algo con los dedos que hizo que me olvidara completamente
de los gritos de cualquier mujer. El tacto me indicaba que estaba yo tocando el
marco de una puerta o de una ventana. Examiné con ambas manos lo que había
descubierto. Si, ¡era una puerta ¡Una puerta estrecha de unos seis pies de
altura!
Tenté
las bisagras, busqué algún cerrojo, y al fin encontré uno. Lo corrí con mucho
cuidado y después sentí que la puerta se movía hacia mi. ¿Qué habría detrás de
ella? Tal vez alguna nueva e infernal muerte o tortura, o tal vez la libertad.
No podía saberlo hasta que abriese aquel portal del misterio.
Titubeé,
pero no por mucho tiempo. Poco a poco tiré de la puerta y sentí que una ráfaga
de aire me refrescaba el rostro, y pronto vi la tenue luminosidad de la noche
venusina.
¿Seria
posible que a pesar de toda su astucia los thoranos le hubiesen dejado aquella
puerta de escape a su cámara mortal? Me costaba trabajo creerlo; sin embargo,
lo único que podía hacer era trasponer el umbral de la puerta y desafiar
cualquier cosa que hubiese más allá de ella.
Abrí
la puerta y salí a un balcón que se extendía a lo largo, en ambas direcciones,
hasta desaparecer de mi vista al seguir la curva del muro circular del cual
sobresalía.
En
el borde exterior del balcón se elevaba un pretil bajo junto al cual me agazapé
mientras examinaba mi nueva situación. No parecía amenazarme ningún peligro;
sin embargo, todavía desconfiaba. Avancé cautelosamente para realizar un
recorrido de investigación, y de nuevo un grito angustioso rasgó el silencio de
la noche. Esta vez lo oí muy cerca de mi. Anteriormente los gritos habían sido
apagados por el espesor de los muros de la cámara en que yo había estado
aprisionado.
Yo
avanzaba en dirección al ruido, y no me detuve. Buscaba la manera de bajar
hasta el terreno y no me interesaba ir en ayuda de una damisela en desgracia.
Me temo que en aquel momento me encontraba insensible y era egoísta, y distaba
mucho de ser caballeroso. En verdad no me hubiese importado que acabasen con
todos los habitantes de Rapdor.
Al
rodear la curva de la torre, apareció ante mi vista otro edificio que se
hallaba solamente a unas cuantas yardas de distancia. y en aquel mismo momento
vi algo que despertó mi interés y mis esperanzas. Era una angosta pasarela que
comunicaba al balcón en el que me hallaba con otro semejante del edificio
contiguo.
En
eso los gritos volvieron a dejarse oír. Parecían provenir del interior de la
construcción que acababa de descubrir. Sin embargo, no fueron los gritos los
que me hicieron decidirme a avanzar por la pasarela, sino que fue la esperanza
de encontrar allí la manera de descender hasta el terreno.
Crucé
rápidamente hasta el otro balcón y me dirigí hacia su extremo lateral más
cercano. Al avanzar, vi luz que parecía salir de las ventanas que daban al
balcón.
Mi
primer pensamiento fue dar media vuelta para regresar, pues podían verme al
pasar junto a las ventanas; pero una vez más volví a oír gritos, tan cercanos
que no podía dudar de que proviniesen del departamento en que brillaba la luz.
Había
tal angustia y terror en aquella voz humana que movió mi compasión y me acerqué
presuroso a la ventana más próxima.
Estaba
abierta y pude ver en la habitación a una mujer que se defendía de un hombre.
El individuo la tenia sujeta sobre un diván y le estaba infiriendo pequeñas
cortaduras con una afilada daga. No se podía saber si tenia intenciones de
matarla después o si su único propósito era torturarla.
El
hombre se hallaba de espaldas a mi y me ocultaba el rostro de la mujer. Pero
cada vez que le causaba una pequeña cortadura y ella gritaba, él reía con
odiosa risa de satisfacción. En seguida me di cuenta de que era un sujeto
enfermizo que gozaba al infligir dolor al ser que provocaba su maniática
pasión.
Vi
que se inclinaba para besar a la mujer, pero ella le cruzó el rostro con una
bofetada, y al volver él la cara para evitar el golpe, pude distinguirlo de
perfil. Era Moosko, el ongyan.
Al
tirarse hacia atrás, Moosko debió de sujetar con menos fuerza a la mujer, pues
ésta comenzó a erguirse para levantarse del diván y escapar. Entonces pude
verle el rostro y se me helo la sangre de rabia y horror. ¡Era Duare!
Salté
por la ventana y cai junto a él. Lo sujeté de un hombro, hice que diera media
vuelta, y cuando me vio, lanzó un grito de terror y se echó hacia atrás para
desenfundar su pistola. Tropezó con el diván que se hallaba tras de él y cayó
sobre Duare, arrastrándome en su caída.
Moosko
había logrado sacar su daga pero yo lo obligué a soltarla y la aparté de él;
luego, mis dedos comenzaron a cerrarse alrededor de su cuello. Era un hombre
corpulento y no carecía de fuerza, y el miedo pareció aumentar el vigor de sus
músculos. Luchaba con la misma desesperación de un condenado a muerte.
Lo
tiré del diván para que no lesionásemos a Duare, y rodamos por el suelo
tratando cada uno de acabar con el otro. Moosko gritaba pidiendo auxilio y yo
redoblé mis esfuerzos por estrangularlo antes de que sus gritos atrajeran a sus
compañeros.
El
ongyan gritaba y me mordía como una fiera salvaje, y me lanzaba golpes al
rostro y trataba de sujetarme por el cuello. Yo me encontraba exhausto después
de todo lo que había pasado, así como por la falta de sueño y de alimento. Me
di cuenta de que me estaba debilitando rápidamente y de que, en mi delirante
imaginación, Moosko se volvía más fuerte.
Yo
sabia que para que mi antagonista no me venciera y Duare no quedase a merced de
él, tenia que derrotarlo sin pérdida de tiempo. Por lo tanto, me aleje para
darle mayor empuje a mi acometida y, haciendo acopio de toda la fuerza que me
restaba, le descargué un tremendo golpe en el rostro, con el puño cerrado.
Durante
un instante perdió su agresividad, y en ese instante mis manos se cerraron
alrededor de su cuello. Luchó, se retorció, me asestó golpes terribles, pero a
pesar de lo aturdido que me encontraba, no lo solté hasta que se estremeció
convulsivamente, se le relajaron los músculos y cayó al suelo.
Me
pareció que Moosko estaba bien muerto, y entonces me puse en pie y me acerqué a
Duare, que se hallaba medio sentada y medio agazapada sobre el diván, desde el
cual había sido testigo callado de aquel breve duelo por ella.
―¿Tú?―gritó―¡No
puede ser!
―Si,
soy yo―le aseguré.
Al
acercarme a ella, comenzó a levantarse lentamente del diván y se quedó de pie
mirándome mientras yo le tendía los brazos para abrazarla. Dio un paso hacia
adelante y levantó las manos, pero titubeó y se detuvo.
―¡No!―gritó―.
Es un error.
―Pero
tú me dijiste que me amabas y sabes que yo te amo―le dije, aturdido.
―Estás
equivocado―me respondió―. Yo no te amo.
El
temor, la gratitud, la simpatía y el estado nervioso en que me encontraba
debido a todo lo que me había pasado, hicieron que salieran de mis labios
palabras extrañas que no expresaron precisamente lo que yo quería decir.
De
pronto sentí frío y cansancio, y también me sentí muy desdichado. Todas mis
esperanzas de felicidad se habían desvanecido. Me alejé de ella. Ya no me
importaba lo que pudiera pasarme. Pero ese abatimiento sólo duró un instante.
No importaba que me amase o no, mi deber era claro. Si, yo debía ayudarla a
escapar de Kapdor, llevarla lejos de las garras de los thoranos y, si era
posible, entregársela a Mintep, su padre, el rey de Vepaja.
Me
acerqué a la ventana y traté de oír algún ruido. Los gritos de Moosko no habían
atraido a ningún guardia, parecía que nadie se acercaba. Si no habían acudido a
los gritos de Duare, ¿por qué habrían de acudir a los de Moosko? Comprendí que
había pocas probabilidades de que fuera alguien a investigar.
Me
acerqué al cadáver de Moosko y le quité el cinto en el que llevaba sujeta una
espada, y luego me apoderé de su daga y de su pistola. Entonces me sentí mucho
mejor, mas eficiente. Es extraña la seguridad que da la posesión de armas, aun
a las personas que no están acostumbradas a portarlas, y yo, antes de llegar a
Venus, rara vez había portado armas mortales.
Después
me dediqué a examinar la habitación con el afán de encontrar algo más que
pudiera sernos útil o servirnos en nuestro intento de obtener la libertad. La
habitación era espaciosa y habían tratado de amueblarla lujosamente, pero como
resultado sólo habían logrado erigir un monumento al mal gusto. El decorado y
los muebles eran atroces. Sin embargo. en un extremo del cuarto había algo que
me llamó la atención poderosamente y que aprobé del todo: era una mesa llena de
manjares. Después de terminado el examen de la habitación, me acerqué a Duare,
y le dije:
―Intentaré
sacarte de Noobol y llevarte a Vepaja. Tal vez fracase, pero me esforzaré todo
lo que pueda por lograrlo. ¿Confías lo suficiente en mi para acompañarme?
―¿Cómo
puedes dudarlo?―me replicó―. Si logras llevarme a Vepaja, tu esfuerzo será
recompensado por los honores y las recompensas que recibirás.
Aquellas
palabras me disgustaron y me volví hacia ella para responderle con frases
hirientes, pero no las pronuncié. ¿Para qué? Y una vez más le dediqué mi
atención a la mesa.
―Lo
que comencé a decirte―continué―es que trataré de salvarte, pero no puedo
hacerlo con el estómago vacío. Comeré antes de que salgamos de esta habitación.
¿No quieres comer conmigo?
―Necesitaremos
fuerzas ―me respondió―. No tengo hambre, pero será mejor que comamos. Moosko
ordenó esos manjares para mi, pero no podía yo hacerlo estando el presente.
Me
alejé de Duare y me acerqué a la mesa, luego se aproximó ella y comimos en
silencio.
Sentia
curiosidad por saber cómo había llegado Duare a la ciudad de Kapdor, pero la
forma cruel e incomprensible en que me había tratado me impidió demostrarle mi
interés. Sin embargo, me di cuenta de lo infantil que resultaba mi actitud y de
lo insensato que era no comprender que la rigidez y el aislamiento en que había
vivido, tal vez fueran la causa de su temor y de su frialdad hacia mi. Entonces
le pregunté qué había sucedido desde que la envié con el angan al Sofal hasta
el momento en que la encontré defendiéndose de Moosko.
―No
hay mucho que contar―me contestó―. Recordarás lo temeroso que estaba el angan
de regresar al barco, porque tenia miedo de que lo castigaran por haber ayudado
a raptarme. Los hombres ave son criaturas poco evolucionadas cuya mente sólo
reacciona a los instintos, como el de conservación o el hambre, y a ciertas
emociones. Cuando el angan volaba ya casi sobre la cubierta del Sofal, titubeó
y luego dio media vuelta para regresar hacia la playa. Le pregunte por qué
hacia aquello, por qué no continuaba y me dejaba a bordo del barco, y me
respondió que porque tenia miedo de que lo mataran por haber participado en mi
rapto. Le prometí que lo protegería y que no le harían ningún daño, pero no me
creyó. Me replicó que los thoranos, sus anteriores amos, lo recompensarían si
me llevaba ante ellos. De eso si estaba seguro y, en cambio, sólo contaba con
mi palabra como garantía de no ser ejecutado por órdenes de Ramlot. Dudaba de
que yo tuviera autoridad sobre Kamlot. Le supliqué y lo amenacé sin ningún
resultado, pues el angan voló directamente hacia esta horrible ciudad y me
entregó a los aliados de los thoranos. Cuando Moosko se enteró de que me habían
traído hasta aquí, hizo valer su autoridad para reclamarme como suya. El resto
ya lo conoces.
―Y
ahora ―le dije― debemos encontrar cómo salir de Kapdor y regresar a la costa.
Tal vez el Sofal no haya partido. Es posible que Kamlot haya ordenado que
desembarcase una partida de hombres para que nos busque.
―No
será fácil escapar de Kapdor―me recordó Duare―. Cuando el angan me trajo, vi
desde lo alto muros elevados y cientos de centinelas. No podemos abrigar muchas
esperanzas.
IV
LA
HUIDA
Primero
tenemos que salir de este edificio ―le dije―. ¿Recuerdas lo que viste de la
construcción cuando te trajeron?
―Sí.
Hay un largo pasadizo que comienza en el frente del edificio, en la planta
baja, y desemboca directamente a unas escaleras que se encuentran al fondo del
primer piso. A los lados del corredor hay varios cuartos. Había gente en los
dos primeros, pero no pude ver si también había en los demás, pues estaban
cerradas las puertas.
―Tendremos
que investigar y esperaremos si oímos allí algún ruido. Mientras tanto, saldré
al balcón y veré si descubro alguna manera más segura de bajar.
Cuando
salí a la ventana, vi que había comenzado a llover. Rodeé con precaución el
edificio hasta que, desde arriba. pude ver la calle que se extendía frente a la
construcción. No había señales de vida, pues probablemente la lluvia había
hecho que los transeúntes se guareciesen en sus casas. Pude ver que, a lo
lejos, al final de la calle, se dibujaba la silueta de la muralla de la ciudad.
Todo estaba iluminado por la tenue y extraña luz que es un rasgo caracteristico
del paisaje amtoriano. En el balcón no había ninguna escalera para bajar a la
calle. Nuestra única posibilidad de salir era bajando por las escaleras
interiores. Entonces regresé hasta donde estaba Duare.
―Vamos―le
dije―; da lo mismo que intentemos salir ahora o más tarde.
―¡Espera!
―exclamó―. Se me ha ocurrido algo. La idea me vino de una conversación que oí
casualmente en el Sofal, respecto a las costumbres de los thoranos. Moosko es
un ongyan.
―Lo
era―le indiqué, pues pensé que había muerto.
―Eso
no tiene importancia. Lo que importa es que era uno de los gobernantes de
Thora. Su autoridad, especialmente aquí donde no hay ningún otro miembro de la
oligarquía, era absoluta. Sin embargo, ningún vecino de Kapdor lo conocía. ¿Qué
prueba ofreció para identificarse?
―No
lo sé―le respondí.
―Creo
que encontrarás en el dedo índice de su mano derecha un gran anillo que es el
distintivo de su alto cargo.
―¿Y
supones que podremos usar ese anillo para que nos dejen pasar los centinelas?
―Es
posible―me replicó Duare.
―Pero
no es probable―le objeté―. A menos que mi vanidad haga que me equivoque, nadie
podría confundirme con Moosko por más vuelo que le diese a su fantasía.
―Creo
que no es necesario que te parezcas a él―me dijo Duare. y en sus labios se
dibujó una ligera sonrisa―. Esta gente es muy ignorante, y tal vez sólo unos
cuantos soldados rasos lo vieron a su llegada. Esos hombres no estarán de
vigilancia ahora; además, es de noche y la obscuridad reinante y la lluvia que
cae reducen el peligro de que descubran el engaño.
―Vale
la pena hacer la prueba―le respondí.
Luego
me acerqué al cadáver de Moosko y le quité el anillo del dedo. El distintivo me
quedaba demasiado grande, pues el ongvan era de manos muy gruesas; pero si
alguien era tan tonto para aceptar que yo era el funcionario thorano, no tenia
por qué notar un detalle menor tal como que el anillo no me ajustaba bien al
dedo.
Unos
instantes después, Duare y yo salimos silenciosamente de la habitación y nos
dirigimos hacia el comienzo de las escaleras. Allí nos detuvimos y mantuvimos
el oído atento. Abajo reinaba la obscuridad, y oímos voces apagadas como si
provinieran de detrás de una puerta cerrada. Bajamos por la escalera, lenta y
precavidamente. Y, al bajar, los leves contactos con la joven me hicieron
sentir el calor de su cuerpo, y un ansia enorme de tomarla en mis brazos y
estrecharla se apodero de mi. Pero continué mi camino sin permitir que ningún
signo de emoción delatase el infernal fuego interno que me consumía.
Nos
encontrábamos en el largo corredor y ya habíamos recorrido la mitad de la
distancia que nos separaba de la puerta que daba a la calle. El optimismo
comenzaba a renacer en mi, pero de pronto se abrió una puerta cercana a la
salida y la luz que surgió de ella iluminó el corredor.
Un
hombre, a punto de salir, se hallaba en el vano de la puerta conversando con
alguien que estaba en el interior de la habitación. Aquel hombre no tardaría en
avanzar por el corredor.
Junto
a mi había una puerta. Descorri el cerrojo con suma cautela y la abrí. La
habitación estaba completamente a obscuras y no podía saber si en su interior
había alguien. Tomé la mano a Duare y entramos. Luego cerré la puerta, dejando
una pequeña abertura para que yo pudiese ver y oír. En seguida escuché que el
hombre que estaba por salir dijo:
―Hasta
mañana, amigos, y que duerman tranquilos.
Luego
oí un portazo y volvió a quedar a obscuras el corredor. Entonces oí pasos; con
cautela desenvainé la espada del ongyan Moosko. Los pasos parecían acercarse, y
luego se detuvieron un instante frente a la puerta tras la que me hallaba
oculto; pero tal vez eso sólo fue producto de mi imaginación. El ruido de los
pasos se fue haciendo menos fuerte y pareció perderse por la escalera.
Entonces
un nuevo temor se apoderó de mi. ¿Y si ese hombre entraba a la habitación donde
se encontraba el cadáver de Moosko? Daria la alarma inmediatamente. En seguida
comprendí que tenia que ponerme en acción sin pérdida de tiempo.
―¡Ahora,
Duare!―le dije al oído, y salimos al corredor y corrimos hacia la puerta
principal del edificio.
Un
momento después nos encontrábamos en la calle. La llovizna se había convertido
en un aguacero. Sólo eran visibles los objetos más cercanos, y yo me alegré de
eso.
Marchamos
apresuradamente por la calle, en dirección a la reja de la muralla, sin ver a
nadie a nuestro paso. Mientras, la lluvia arreciaba más.
―¿Que
le vamos a decir al centinela? ―me preguntó Duare.
―No
lo sé―le contesté sinceramente.
―Sospechará
de nosotros porque no hay ninguna excusa para querer abandonar la seguridad que
nos brinda una ciudad amurallada como ésta e internarse sin escolta en una
región donde abundan las bestias y los salvajes.
―Inventaré
una excusa―le dije―; tengo que hacerlo.
Duare
no me respondió y continuamos nuestro camino hacia las rejas de la ciudad. La
muralla no estaba muy lejos de la casa de la que habíamos escapado, y pronto la
distinguimos a través de la copiosa lluvia.
Un
centinela que se hallaba resguardado en un nicho de la muralla, nos vio y nos
preguntó qué era lo que hacíamos fuera en una noche como aquella. No demostró
ninguna inquietud, pues aún no sabia que pensábamos salir de la ciudad;
solamente supuso, yo creo, que éramos una pareja de vecinos que pasábamos por
allí camino a nuestra casa.
―¿No
está Sov?―le pregunté.
―¿Sov?―me
preguntó sorprendido―. ¿Qué podría estar haciendo aquí en una noche como esta?
―Debía
esperarme aquí, a esta hora―le dije―. Yo le ordené que viniese.
―¿Tú
ordenaste que viniese? ―rió el centinela―. ¿Y quién eres tú para darle órdenes
a Sov?
―Soy
el ongyan Moosko―le respondí.
El
hombre me miró sorprendido; y luego, un poco malhumorado, según creo, me dijo:
―No
sé dónde está Sov.
―Bueno,
no importa―le dije―; no tardará en llegar. Mientras tanto, abre la reja para
que cuando él llegue no perdamos tiempo en salir.
―No
puedo abrirla sin que me lo ordene Sov―me replicó el centinela.
―¿Te
niegas a obedecer a un ongyan? ―le pregunté con un tono de voz feroz.
―Esta
es la primera vez que lo veo―me contestó con aspereza―; ¿cómo puedo saber si es
usted un ongyan?
Entonces
extendí la mano en que llevaba el anillo de Moosko, y le pregunté:
―¿No
sabes qué es esto?
El
centinela examinó el anillo atentamente, y luego, temeroso, me dijo:
―Si,
ongyan; si lo sé.
―Entonces
abre la reja sin tardanza―le ordené.
―Será
mejor que esperemos a que llegue Sov―me indicó―; no me tardaré en abrirla.
―No
hay tiempo que perder, compañero. Te ordeno que la abras. El prisionero
vepajano acaba de fugarse, y Sov y yo tenemos que salir a buscarlo con una
partida de guerreros.
El
centinela todavía seguía indeciso. En eso oímos un gran vocerío que provenía de
la dirección por la que habíamos llegado, y supuse que el hombre que habíamos
visto pasar por el corredor había descubierto el cadáver de Moosko y había dado
la voz de alarma. Oímos pasos de hombres que corrían. No se podía perder más
tiempo.
―Allá
viene Sov con la partida de guerreros―le grité al centinela―. Abre las rejas,
tonto, o te irá mal.
Desenfundé
mi espada con la intención de atravesar al centinela de parte a parte si no me
obedecía. Pero, cuando el clamor del vocerío aumentaba por la proximidad de los
hombres que se acercaban, el centinela se decidió a cumplir mis órdenes. La
lluvia me impedía ver a los que corrían hacia la muralla, pero cuando las rejas
se abrieron, los distinguí en la obscuridad.
Tomé
a Duare de un brazo y avanzamos hacia la reja. El centinela todavía
desconfiaba, pero no se decidió a detenernos .
―Dile
a Sov que se apresure―le dije.
Y
antes de que pudiera armarse de valor para cumplir con su deber. Duare y yo nos
alejamos protegidos por la obscuridad y la lluvia.
Yo
tenía la intención de llegar a la costa y bordearla hasta que amaneciera, con
la esperanza de ver el Sofal y hacer señales para que enviasen un bote a
buscarnos.
Durante
toda aquella terrible noche avanzamos en la obscuridad y bajo la lluvia. No
oímos ningún ruido que indicara que nos estaban persiguiendo, pero tampoco
llegamos hasta el mar.
La
lluvia cesó al amanecer, y cuando la luz del día iluminó el paisaje. miramos
ansiosamente en busca del mar, pero donde creíamos que se hallaba sólo vimos
unas pequeñas lomas y un terreno ondulado en el que crecían algunos árboles y,
más allá, una selva distante.
―¿Dónde
esta el mar?―me preguntó Duare.
―No
lo sé―le respondí.
En
Venus solamente al amanecer y al ponerse el sol es posible orientarse: durante
esas horas se puede determinar en qué dirección se halla el sol debido a un
ligero aumento de la luminosidad al este o al oeste del horizonte. El sol
estaba elevándose hacia nuestra izquierda y yo suponía que debería encontrarse
a nuestra derecha. Habíamos tomado la dirección contraria a la debida para
llegar al mar.
El
corazón me dio un vuelco en el pecho, pues me di cuenta de que nos hallábamos
perdidos.
V
LOS
CANIBALES
Duare,
que había estado observando atentamente mi rostro, debió haber comprendido la
verdad al ver mi expresión de desaliento.
―¿No
sabes hacia dónde está el mar?―me preguntó.
―No
―le respondí moviendo la cabeza de un lado a otro.
―¿Entonces
estamos perdidos?
―Eso
temo. Lo siento, Duare; estaba seguro de que encontraríamos el Sofal y de que
pronto ya no correrías ningún peligro. Mi estupidez y mi ignorancia son la
causa de todo esto.
―No
digas eso, nadie hubiese podido saber en qué dirección avanzaba en medio de la
obscuridad de anoche. Tal vez todavía podamos llegar al mar.
―Aunque
lo lográsemos, creo que seria ya demasiado tarde para garantizar tu seguridad.
―¿Qué
quieres decir? ¿Que el Sofal ya habría partido? ―me preguntó.
―Claro
que existe ese peligro, pero lo que mas temo es que nos capturen los thoranos.
Nos buscarán por la costa de la región donde nos encontraron ayer. No son tan
tontos para no suponer que trataremos de llegar al Sofal.
―Si
llegásemos al mar, nos podríamos ocultar hasta que se cansasen de buscarnos y
emprendiesen el regreso a Kapdor; luego, si el Sofal todavía se encontrase
frente a la costa, nos podrían salvar.
―¿Y
qué pasaría si ya se hubiese hecho a la mar?―le pregunté―. ¿Sabes algo acerca
de Noobol? ¿Hay alguna probabilidad de encontrar en alguna parte gente amigable
que nos ayude a regresar a Vepaja?
―Sé
muy poco acerca de Noobol―me contestó moviendo la cabeza de un lado a otro―, y
lo poco que he oído no es bueno. Es un territorio poco poblado que se supone se
adentra bastante en Strabol, la región calurosa en que ningún forastero puede
vivir. Está llena de bestias feroces y tribus salvajes. Existen unos pocos
poblados en la costa, pero casi todos han sido sojuzgados por los thoranos; y
los que aún conservan su libertad son igualmente peligrosos, pues sus
habitantes consideran enemigo a cualquier forastero.
―La
perspectiva no es prometedora―reconocí―, pero no nos daremos por vencidos;
tenemos que encontrar alguna manera de llegar al mar y salvarnos.
―Si
alguien puede hacerlo, ese eres tú―me dijo.
Era
agradable oír que Duare me dijera una alabanza. Desde que la conocí, solamente
una vez me había dicho otra frase amable, y luego se había retractado.
―Yo
podría hacer milagros si me amaras, Duare.
La
joven princesa se irguió arrogantemente, y me dijo:
―No
hables de eso.
―¿Por
qué me odias, Duare, si sólo te he dado amor? ―le pregunté.
―No
te odio ―me replicó―; pero no debes hablarle de amor a la hija de un jong. Tal
vez tengamos que seguir juntos durante mucho tiempo y debes tener presente que
no debo escuchar palabras de amor de ningún hombre. Tan sólo que hablemos ya es
un pecado pero, dadas las circunstancias, no puede remediarse. Ningún hombre,
con excepción de los miembros de mi familia y unos cuantos leales servidores de
mi padre, me habían hablado antes de que yo fuese raptada de casa del jong. Y
hasta que no cumpla veinte años, cualquier hombre que infrinja esa antigua ley
de las familias reales de Amtor, cometerá un pecado y un delito.
―Te
olvidas―le recordé―de que un hombre te dirigió la palabra en la casa de tu
padre.
―Un
descarado que debió morir por su temeridad―me respondió.
―Sin
embargo, no me denunciaste.
―Y
por eso soy tan culpable como tú ―me replicó, sonrojándose―. Es un secreto
vergonzoso que me llevaré a la tumba.
―Es
un recuerdo glorioso que siempre alimentará mi esperanza―le dije.
―Una
esperanza falsa que deberías destruir―me contestó.
Permanecimos
callados durante unos momentos, y luego Duare me preguntó:
―¿Por
qué me recuerdas lo que pasó ese día? Cuando pienso en eso, te odio; y no
quiero odiarte.
―Eso
ya es algo―le dije.
―Tu
desfachatez y tu esperanza se nutren de un alimento muy pobre.
―Tus
palabras me recuerdan que seria bueno que tratara de buscar algo que comer,
pues nuestros cuerpos necesitan alimento también.
―Tal
vez haya caza en el bosque―me sugirió, señalándome el bosque hacia el que
habíamos estado avanzando.
―Si,
vamos―le dije―; luego saldremos de él y continuaremos buscando la costa.
Los
bosques venusinos presentan un espectáculo maravilloso a la vista. Sus arboles
son de follaje de colores lila, violeta y heliotropo bastante pálidos, pero
tienen unos troncos de una gran magnificencia. Son de brillantes colores, y
muchos de ellos son tan lustrosos que parece que fueron pintados con laca.
En
el bosque hacia el cual nos dirigíamos crecían arboles correspondientes a las
variedades pequeñas y su altura variaba entres doscientos y trescientos pies,
siendo su diámetro de veinte a treinta pies. Allí no había ningún árbol del
tamaño de los colosos de la isla de Vepaja, que se elevaban hasta dos mil pies
y traspasaban la primera capa de nubes eternas que cubría el planeta.
El
bosque se hallaba iluminado por el misterioso fulgor terráqueo de Venus, así
que no estaba sombrío ni obscuro como lo estaría cualquier bosque de igual
tamaño de la Tierra en un día nublado. Sin embargo, aunque no puedo explicar la
causa, había algo siniestro en él.
―No
me gusta este lugar ―me dijo Duare estremeciéndose ligeramente―. No se ve
ningún animal ni se oye el canto de ningún pájaro.
―Tal
vez los espantamos y huyeron―le indiqué.
―No,
más bien creo que los haya espantado algo que se encontraba en él desde antes
que llegásemos.
―A
pesar de eso, tenemos que buscar qué comer―le respondí encogiéndome de hombros.
Callamos
y seguimos adentrándonos en aquel bosque que, como una mujer hermosa y
perversa, era al mismo tiempo terrible y maravilloso.
Repetidas
veces crei haber visto como si algo se moviera por entre los troncos distantes,
pero cuando llegábamos a ellos no hallábamos nada extraño. Y así continuamos
avanzando, y el presentimiento de que un peligro inminente nos amenazaba se fue
apoderando de mi árbol―. Vi que se movió algo detrás de ese tronco.
A
nuestra izquierda, algo que sólo vi con el rabillo del ojo, me llamó la
atención; y cuando me volví para mirar otra cosa desapareció tras un enorme
tronco. Duare miró rápidamente a su alrededor y, un instante después, gritó:
―¡Estamos
cercados!
―¿Qué
es lo que viste?―le pregunté.
―No
estoy segura, pero me pareció ver una mano velluda. Se mueven muy rápidamente y
no se dejan ver. ¡Oh, salgamos de este bosque ! Es un lugar aciago, y tengo
miedo.
―Muy
bien―le dije―; de todas maneras no parece que aquí haya mucha caza, y, después
de todo, eso es lo que buscamos.
Al
dar media vuelta para emprender el regreso, oímos un griterío medio humano y
medio bestial. como si fuera una mezcla de aullidos, rugidos x voces de
hombres. Y luego, de pronto, una veintena de salvajes cubiertos de largos
vellos salieron de detrás de los troncos y avanzaron hacia nosotros.
Los
reconocí en seguida, eran nobargans, los mismos salvajes que habían atacado a
los secuestradores de Duare y de quienes la había yo salvado. Estaban armados
con rústicos arcos y flechas, y con hondas para lanzar piedras; pero al
acercarse a nosotros me di cuenta de que querían apresarnos vivos, pues no nos
arrojaron ningún proyectil.
Pero
yo no estaba dispuesto a dejarme apresar tan fácilmente ni a permitir que Duare
cayera en manos de esos salvajes hombres-bestia. Les apunté con mi pistola de
mortales rayos R, y disparé. Algunos cayeron y los demás corrieron a esconderse
tras los troncos.
―No
dejes que me agarren―me dijo Duare con voz débil y temblorosa por la emoción―.
Prefiero que me mates de un disparo cuando veas que ya no hay esperanzas de
escapar.
Me
estremecí tan sólo de pensar en eso, pero sabia que debía hacerlo antes que
permitir que la joven cayera en manos de aquellas salvajes criaturas.
Un
nobargan apareció detrás de un tronco y lo derribé con los rayos de mi pistola.
Luego sus compañeros comenzaron a lanzarme piedras por la espalda, di media
vuelta y disparé. y en ese mismo instante una piedra me golpeó y caí
inconsciente.
Al
recobrar los sentidos lo primero que percibí fue un hedor insoportable y luego
algo que me raspaba la piel, así como también un rítmico bamboleo de mi cuerpo.
Esas sensaciones las percibí muy vagamente durante los primeros instantes en
que comencé a darme cuenta de lo que me ocurría. Pero cuando recobré plenamente
la conciencia, me di cuenta de que era yo conducido en hombros por un poderoso
nobargan.
La
intensidad del hedor de su cuerpo era casi sofocante y el rozamiento producido
por sus gruesos vellos era solamente un poco más molesto que el bamboleo que su
marcha le comunicaba a mi cuerpo.
Al
tratar de resbalarme de sus hombros, el nobargan se dio cuenta de que yo ya no
me hallaba inconsciente y me dejó caer a tierra. A mi alrededor vi las
horribles caras y los cuerpos velludos de los nobargans que despedían aquel
insoportable hedor
Yo
creo que esos seres son los más inmundos y repulsivos que he conocido.
Probablemente son el resultado de uno de los primeros cambios producidos en la
escala de la evolución de las bestias, pero no son mejores que éstas. A cambio
del privilegio de caminar erguidos sobre dos pies, y de tener libres las manos
y de gozar del don del habla, han perdido todo lo bueno y noble de las bestias.
Es
cierto que creo que el hombre descendió de las bestias y que tardó innumerables
siglos para poder compararse en desventaja con sus progenitores; sin embargo,
en ciertos aspectos, creo que el hombre todavía no ha logrado elevarse por
encima de ellas, a pesar de la civilización de que tanto se envanece.
Al
mirar hacia mi alrededor, vi que un corpulento nobargan arrastraba a Duare por
los cabellos, y en ese mismo momento me di cuenta de que me habían despojado de
mis armas. Los nobargan son tan poco inteligentes que de nada les sirven las
armas desconocidas para ellos y, por lo tantos las mías debían de haberlas
tirado.
Pero
me encontraba desarmado y no podía ver que Duare sufriera aquella ignominia sin
que yo hiciera un esfuerzo por ayudarla. Entonces, antes de que me lo pudieran
impedir las bestias que se hallaban junto a mi, salté sobre el salvaje que se
atrevía a maltratar a la hija de un jong, a esa criatura incomparable que había
despertado en mi las torturas exquisitas del amor.
Sujeté
al nobargan de un brazo y lo jalé con violencia haciéndole dar media vuelta
hasta quedar frente a mi, y sin pérdida de tiempo le descargué un golpe
tremendo en la barbilla que lo hizo rodar por tierra. En seguida sus compañeros
rieron estrepitosamente al ver su derrota, pero eso no les impidió caer sobre
mi y vencerme, y les puedo asegurar que los métodos que emplearon no fueron muy
gentiles.
Cuando
el salvaje al que yo había golpeado se puso de pie, tambaleante, me miró
fieramente y, lanzando su feroz rugido, se arrojó sobre mi. No lo hubiese yo
pasado muy bien de no haber sido por la intervención de otros de los nobargans.
Era un salvaje sumamente fornido, y cuando se interpuso entre mi antagonista y
yo, este último se detuvo.
―¡Alto!―le
gritó mi aliado.
Al
escucharlo, me asombre más que si hubiese oído hablar a un gorila. Aquello me
daba a conocer por primera vez un hecho etnológico sorprendente: todos los
hombres de todas las razas de Venus (al menos los de aquellas que yo había
conocido) hablaban el mismo lenguaje. Tal vez ustedes puedan explicarse eso, yo
no. Cuando después les pregunté a los sabios amtorianos acerca de tal asunto,
se mostraron sorprendidos por la pregunta, pues no podían concebir que fuese de
otra manera. Por lo tanto, hasta ahora no tengo ninguna explicación para ese
hecho.
Los
idiomas, naturalmente, varían de acuerdo con la cultura de los pueblos en que
se hablan. En los grupos humanos que tienen menos necesidades y menos
experiencias acumuladas, se emplean idiomas con menor número de palabras que
los de los pueblos de mayor desarrollo. El lenguaje de les nobargans es, quizá,
el más limitado de todos. Unas cien palabras les bastan, pero las palabras
básicas que le sirven de raíces al idioma son las mismas en todos los grupos
étnicos.
El
nobargan que me había protegido, según comprendí después, era el jong o rey de
aquella tribu; y después me enteré de que no me había brindado su protección
por ningún motivo humanitario sino tan sólo por el deseo de salvarme para
destinarme a otra suerte.
Mi
intento no fue totalmente vano, pues durante todo el resto de la marcha a Duare
ya no la siguieron arrastrando por los cabellos La joven me agradeció que la
hubiese defendido y eso me resarcio de la maltratada que había yo recibido a
manos de los salvajes, pero me aconsejó que no tratara de pelear con ellos
nuevamente.
Como
ya había oído que cuando menos uno de los nobargans pronunciara una palabra del
lenguaje amtoriano, el cual yo ya conocía, decidí tratar de averiguar con qué
propósito nos habían capturado.
―¿Por
qué nos apresaron?―le pregunté al salvaje que había pronunciado la palabra
amtoriana.
Me
miró sorprendido y sus compañeros, que se hallaban cerca y me oyeron,
comenzaron a reir y a repetir mi pregunta Su risa no tenía nada de natural ni
tranquilizadora. En su rostro se dibujaba una horrible mueca que les dejaba los
dientes al descubierto y emitían un extraño sonido gutural sin que en sus ojos
se reflejase ninguna emoción. Tuve que hacer un gran esfuerzo imaginativo para
identificar aquello como risa.
―¿Albargán
no sabe?―me preguntó el jong usando la palabra albargan, que quiere decir
"hombre sin vellos".
―No
lo sé―le repliqué―. No estábamos haciéndoles ningún daño. Buscábamos la costa.
Allí se encuentra nuestra gente.
―Albargán
pronto sabrá―me dijo, y volvió a reírse.
Pensé
sobornarlo para que nos dejara partir, pero como nos habían despojado de todo
lo que pudiera tener algún valor, me pareció que cuanto yo hiciera con tal
propósito seria inútil.
―Dime
qué es lo que más deseas―le indiqué―y tal vez yo pueda conseguírtelo si nos
llevas hasta la costa.
―Tenemos
lo que necesitamos ―me replicó, y todos rieron al oír aquella respuesta.
Luego
marché un poco más aprisa para acercarme a Duare, y la joven me miró con
desesperanza.
―Creo
que estamos perdidos―me dijo.
―Yo
tengo la culpa. Esto no habría ocurrido si yo hubiese podido llevarte hasta la
costa.
―No
te culpes; nadie hubiese podido hacer más de lo que has hecho por protegerme y
salvarme. Por favor, no creas que no lo reconozco, y te lo agradezco.
No
esperaba tanto de Duare, y sus palabras fueron como un rayo de sol que iluminó
las tinieblas de mi desaliento. Lo anterior es sólo un símil de la Tierra, pues
en Venus no puede verse brillar el sol. Este astro, relativamente próximo,
ilumina brillantemente la capa interior de nubes que rodea el planeta, pero su
luz resulta difusa y no proyecta sombras definidas ni produce fuertes
contrastes. El resplandor que desde lo alto alumbra todo, se confunde con las
perpetuas emanaciones de luz de la masa del planeta y el paisaje resultante
parece una hermosa pintura al pastel
Casi
todo el día caminamos y recorrimos una gran distancia a través del bosque. Los
nobargans hablaban poco y casi solamente empleando monosílabos. No volvieron a
reírse, lo que les agradecí en mi interior. No es posible imaginarse un sonido
más desagradable.
Duare
y yo tuvimos oportunidad de estudiarlos atentamente durante aquella prolongada
marcha; creo que, tal como yo, la joven princesa también se preguntó en
silencio si aquellas raras criaturas serian hombres semejantes a bestias o
bestias semejantes a hombres. Tenían el cuerpo completamente cubierto de pelo,
sus pies eran grandes y planos y tanto en los dedos de las manos como en los de
los pies, les crecían unas largas uñas puntiagudas que parecían garras. Todos
ellos eran corpulentos y fornidos, con hombros y cuellos tremendos. Su rostro
era semejante al de un mandril y tenían los ojos demasiado próximos, por lo que
sus cabezas guardaban más apariencia con una cabeza de perro que con una de
hombre.
Había
varias mujeres en el grupo, pero no se notaba ninguna diferencia apreciable
entre éstas y los hombres. Se comportaban igual que ellos y parecían convivir
en un plano de igualdad; llevaban arcos y flechas, así como hondas y una buena
provisión de piedras en bolsas de piel que se colgaban en los hombros.
Llegamos
por fin a un claro que se hallaba junto a un riachuelo; allí se elevaba una
colección de chozas miserables. Estaban construidas con ramas de todas formas y
tamaños, reunidas sin guardar ninguna simetría y cubiertas, a la manera de
techo, con hojas y hierbas. Tenían una sola entrada muy reducida por la que
había que arrastrarse para pasar. Parecían madrigueras de ratas de monte
construidas a una escala mucho mayor.
En
la aldea había otros miembros de la tribu que, al vernos, se adelantaron hacia
nosotros emitiendo alaridos. Era difícil que el jong y los integrantes de su
partida pudiesen impedir que nos hicieran pedazos.
El
jong y los que nos habían capturado nos obligaron a entrar a una de aquellas
hediondas madrigueras y se quedaron unos guardias a la entrada, creo que más
con la intención de protegernos de sus compañeros de tribu que para evitar que
nos fugásemos.
La
choza en que nos encerraron estaba nauseabunda, pero la tenue luz interior me
permitió ver una corta varilla con la que pude apartar las inmundicias que
cubrian el piso hasta dejar una buena parte de él relativamente limpia.
Nos
tendimos en el suelo de manera que nuestras cabezas quedaran cerca de la
entrada para beneficiarnos con el aire fresco que pudiese entrar. Cuando
miramos hacia afuera, vimos que unos salvajes cavaban dos zanjas paralelas en
la tierra; cada una debía de medir aproximadamente siete pies de largo y dos de
ancho.
―¿Para
qué estarán haciendo eso? ―me preguntó Duare.
―No
lo sé―le contesté, aunque sospechaba que aquellas zanjas tenían demasiada
apariencia de tumbas.
―Tal
vez podamos escapar esta noche, después de que se duerman―me dijo Duare.
―A
la primera oportunidad que se presente, lo intentaremos―le respondí.
Pero
yo no abrigaba la menor esperanza de poder huir. Presentía que nosotros ya no
estaríamos vivos cuando los nobargans se acostaran a dormir.
―Mira
lo que hacen ahora―me dijo Duare―; están llenando las zanjas con ramas y hojas
secas. ¿No será que nos...
La
joven princesa no pudo terminar de expresar su pensamiento, se le quebró la voz
y calló estremeciéndose levemente. Entonces le estreché una mano, y le dije:
―No
debemos imaginarnos horrores.
Pero
temía que ella ya había supuesto lo que yo sospechaba, que las tumbas se habían
convertido en hoyos para prender fuego para cocinar.
Observamos
en silencio a los salvajes que trabajaban junto a las dos zanjas. Estaban
levantando unos muros de piedra y de tierra, como de un pie de alto, a lo largo
de cada uno de los lados mayores de cada una de las excavaciones; luego, sobre
lo alto de los dos pares de muros tendieron postes a distancias regulares. Poco
a poco vimos que ante nuestros ojos dos parrillas quedaron terminadas.
―Eso
es horrible ―murmuró Duare.
La
noche llegó antes de que los preparativos estuvieran listos. Después, el
salvaje jong se acercó a nuestra prisión y nos ordenó que saliéramos. Al salir,
nos sujetaron varios hombres y mujeres que estaban provistos de largas lianas.
Nos arrojaron
a tierra y nos ataron con las lianas. Eran muy torpes e ineptos, pues su escasa
inteligencia ni siquiera les permitía hacer nudos; pero lograron su propósito
enrollando repetidas veces las lianas alrededor de nuestro cuerpo hasta que
pareció que seria imposible que nos desenredásemos aun cuando nos dieran la
oportunidad de hacerlo.
A mi
me ataron con más firmeza que a Duare, pero aun así aquel era un trabajo
bastante burdo. Sin embargo, cuando nos levantaron para llevarnos hasta las
parrillas paralelas. pensé que bastaba para sus propósitos.
Después
de que nos colocaron sobre las parrillas, toda la tribu comenzó a acercarse
lentamente hacia nosotros formando un circulo, mientras de la manera más
rudimentaria un hombre se encargaba de encender el fuego en las zanjas.
Los
salvajes que nos rodeaban emitían unos extraños sonidos que no eran cantos ni
palabras, pero creo que trataban de cantar. así como también hacían un esfuerzo
por expresarse rítmicamente al moverse de manera torpe alrededor de las
parrillas.
El
bosque, débilmente iluminado por el misterioso resplandor que brotaba de la
tierra, servia de obscuro marco para aquella escena extraña y salvaje. A lo
lejos se oyó el rugido amenazador de una bestia.
Cuando
los velludos hombres cerraron más el circulo a nuestro alrededor, el nobargan
encargado de encender el fuego logró producir unas chispas y se elevó una
delgada columnilla de humo. El salvaje le aproximó unas cuantas hojas y hierbas
secas al débil fuego, y sopló; entonces surgió una viva llama y los danzantes
prorrumpieron en alaridos Como un eco de aquel griterío se escucharon los
rugidos de la bestia que poco antes habíamos oído. Se hallaba más cerca y sus
rugidos eran acompañados de los de otras bestias de la misma especie.
Los
nobargans dejaron de bailar y miraron, temerosos, hacia las sombras del bosque,
manifestando su desagrado por medio de gruñidos. Luego, el salvaje encargado de
encender el fuego comenzó a prender unas antorchas que se hallaban junto a el,
y conforme se las iba entregando a los danzantes éstos volvian a emprender su
baile.
El
circulo se redujo y de vez en cuando alguno de los danzantes saltaba hacia las
parrillas y trataba de encender las ramas que se encontraban debajo de
nosotros. La luz de las antorchas iluminaba la extraña escena y producía
sombras grotescas que se movían de un lado a otro como demonios.
La
verdad de nuestra situación era ya demasiado evidente, aunque yo sabia que
tanto Duare como yo nos la suponíamos desde mucho antes de que nos colocaran
sobre las parrillas: nos iban a asar para que nuestra carne sirviera de manjar
en una fiesta de caníbales.
Duare,
aterrorizada, volvió el rostro hacia mi, y murmuro:
―¡Dios
mío, Carson Napier! Antes de morir quiero que sepas que aprecio el sacrificio
que hiciste por mi. Tú deberías estar ahora en compañía de leales amigos a
bordo del Sofal.
―Prefiero
estar aquí contigo, y no en cualquier otra parte sin ti, Duare―le contesté.
Vi
que se le humedecian los ojos al volver el rostro, pero no me respondió. Y
luego, un corpulento salvaje saltó con una antorcha encendida en las manos y
prendió las ramas de la zanja que se encontraba debajo de Duare.
VI
FUEGO
Se
oyeron provernir del bosque que nos rodeaban los rugidos de unas bestias
hambrientas, pero no me afectaron, pues estaba horrorizado por la espantosa
suerte que correría Duare.
Ambos
luchábamos por desatar nuestras ligaduras. No podríamos defendernos hasta que
nos liberáramos de las fuertes lianas que nos habían enrollado alrededor del
cuerpo. Las pequeñas llamas que se elevaban debajo de sus pies comenzaban a
propagarse hacia las ramas grandes. Duare había logrado arrastrarse hacia la
parte anterior de la parrilla, así que el fuego todavía no se hallaba
directamente debajo de ella.
Yo
no les había prestado mucha atención a los nobargans, pero de pronto me di
cuenta de que habían cesado sus cantos y sus danzas. Entonces vi que se
hallaban parados moviendo las antorchas de un lado a otro y tratando de
penetrar con la mirada la obscuridad del bosque. Todavía no habían prendido la
leña que estaba debajo de mi. También me di cuenta de que los rugidos de las
bestias se oían cada vez más cerca. Vi ligeras sombras que se escabullían por
entre las ramas de los árboles y ojos que brillaban en la media luz reinante.
Después,
una bestia enorme saltó al claro, y la reconocí. Vi los gruesos pelos como púas
que la cubrían. Se hallaba de pie, con el cuello erecto. Vi las blancas franjas
longitudinales que resaltaban sobre su piel rojiza, y su vientre azulado y sus
enormes mandíbulas. Era un tarbán.
Los
nobargans también lo estaban mirando. Poco después comenzaron a lanzar gritos y
a arrojarle piedras con sus hondas tratando de espantarlo. Pero no se retiró,
sino que empezó a acercarse lentamente emitiendo unos rugidos terribles. Y
detrás de ese primer tarbán aparecieron más de entre las sombras..., dos, tres,
una docena, veinte. Todos rugían y sus rugidos estremecían la tierra.
Los
salvajes comenzaron a retirarse poco a poco, pero cuando las bestias invadieron
su aldea, empezaron a darse más prisa hasta que de pronto dieron media vuelta y
emprendieron veloz carrera perseguidos por los tarbáns, que lanzaban feroces
rugidos.
Quedé
sorprendido al ver la velocidad con que corrían los nobargans, a quienes había
considerado como demasiado torpes y muy poco ágiles; pero al desaparecer por el
bosque no era evidente que los tarbáns pudiesen alcanzarlos con facilidad,
aunque cuando las bestias pasaron junto a mi, me pareció que corrían tan
rápidamente como un león que se lanza al ataque.
Ni a
Duare ni a mi nos prestaron atención las bestias, y dudo de que nos hubiesen
visto, pues todo su interés estaba concentrado en dar alcance a los salvajes
que huían. Cuando volví el rostro hacia Duare, vi que la joven había logrado
girar sobre si misma y conseguía caer de la parrilla en el preciso instante en
que las llamas estaban por llegarle a los pies y quemarla. Se había salvado por
el momento y, silenciosamente, di gracias al cielo por aquella dádiva. Pero,
¿qué sucedería después? ¿Debíamos quedarnos allí hasta que los nobargans
regresasen?
Duare
me miró. Luchaba por librarse de las lianas que la ataban.
―Creo
que puedo desatarme―me dijo―. No me ataron tan fuertemente como a ti. ¡Ojalá
que lo logre antes de que esos salvajes regresen!
La
miré en silencio, y después de transcurrido un rato que a mi me pareció una
eternidad, Duare consiguió dejar libre de ataduras uno de sus brazos. Después
lo demás fue relativamente fácil, y cuando logró desatarse completamente, se
dedicó a deshacer mis ligaduras.
A la
extraña luz de la noche amtoriana, como dos fantasmas desaparecimos entre las
sombras del misterioso bosque: y puedo asegurarles que tomamos la dirección
contraria a la que tomaron los canibales y las bestias que los perseguían.
El
momentáneo júbilo que me había producido el haber escapado de manos de los
nobargans pasó pronto cuando consideré la situación en que nos encontrábamos.
Estábamos solos. sin armas y perdidos en una región desconocida que habíamos
comprobado que estaba llena de peligros, y a la que nuestra imaginación poblaba
con miles de riesgos mucho más espantosos que aquellos con que habíamos
tropezado en nuestro camino.
Duare.
crecida en el aislamiento de la casa de un jong, desconocía tanto como yo,
habitante de un lejano planeta, la fauna. La flora y las condiciones de
existencia de la región de Noobol; y a pesar de nuestra cultura, de nuestra
inteligencia y de mi considerable fuerza física, éramos tan sólo en aquel
bosque como unos niños perdidos.
Habíamos
estado caminando en silencio, con el oído atento y alerta ante cualquier nuevo
peligro que pudiera surgir. cuando Duare habló en voz baja como alguien que se
pregunta algo a si mismo.
―Y
si alguna vez regreso a la casa de mi padre, ¿quién creerá lo que contaré'
¿Quién creerá que Duare, la hija del jong corrió tan terribles peligros y no
perdió la vida7 ―luego se volvió hacia mi, me miró a los ojos y me preguntó―:
Carson Napier, ¿crees que regresaré algún día a mi casa?
―No
lo sé. Duare ―le respondí sinceramente―. Para ser franco. te diré que me parece
que será muy difícil puesto que ni tú ni yo sabemos dónde estamos ni hacia
dónde se encuentra Vepaja. y tampoco sabemos a qué nuevos peligros tendremos
que enfrentarnos. ¿Y qué pasará si no logramos llegar nunca a Vepaja, Duare?
¿Qué pasará si tú y yo continuamos juntos por muchos años? ¿Seguiremos siempre
como extraños, como enemigos? ¿No hay esperanza para mi de que logre conseguir
tu amor7
―Ya
te he dicho que no me debes hablar de amor. A una joven menor de veinte años le
está prohibido hablar o pensar en el amor, y para mi, la hija de un jong, la
prohibición es todavía más severa. Si vuelves a insistir en ese tema, tendré
que dejar de hablarte.
Después
de lo anterior caminamos en silencio durante un largo rato. Estábamos cansados,
hambrientos y sedientos, pero por entonces había que subordinar la satisfacción
de cualquier necesidad que ngs asediara al imperioso deseo de escapar de los
nobargans; pero por fin me di cuenta de que la resistencia de Duare había
llegado a su limite, y decidí que debíamos hacer un alto en nuestra marcha.
Escogimos
un árbol que tenia ramas bajas y subimos a él hasta que casualmente llegué a
una plataforma semejante a un nido, que debía de haber sido construida por
alguna criatura arbórea o que se formó con ramas y demás caídas durante alguna
tormenta. La plataforma se hallaba sobre dos ramas casi horizontales que se
extendían desde el tronco del árbol aproximadamente a un mismo nivel, y era lo
bastante grande para que pudiéramos descansar Duare y yo.
Al
tendernos sobre aquel tosco lecho, oímos el gruñido de una gran bestia que
parecía avisarnos que habíamos encontrado abrigo a tiempo. No sabia con qué
otros peligros podrían amenazarnos las criaturas arbóreas, pero el extremo
cansancio de mi cuerpo y de mi mente me disuadieran de permanecer despierto
para vigilar. Creo que ni siquiera caminando hubiese podido mantenerme por
mucho tiempo con los ojos abiertos.
Cuando
comenzaba a dormirme, oí la voz de Duare, que sonó a mis oídos soñolienta y
distante.
―Dime,
Carson Napier, ¿qué es eso que llaman amor?
Al
despertar ya era otro día. Miré al follaje que se hallaba inmóvil sobre mi, y
durante un momento se me dificultó recordar dónde me encontraba y los sucesos
que me habían conducido hasta aquel lugar. Volví la cabeza y vi que Duare se
hallaba tendida a mi lado; entonces mis recuerdos se aclararon. Sonreí al
acordarme de la pregunta que había oído entre sueños, y que no le había
contestado. Debí de haberme quedado dormido tan pronto me fue formulada.
Durante
dos días caminamos en la dirección en que suponíamos que se hallaba el mar. Nos
alimentábamos de huevos y frutas que encontramos en abundancia. Había mucha
vida en el bosque: aves extrañas que ningún terrícola conocía, animales semejantes
a los monos que saltaban de rama en rama y parecían conversar, reptiles y
animales herbívoros y carnívoros. Muchos de los últimos eran grandes y feroces,
pero los más peligrosos que encontramos fueron los tarbáns. Sin embargo, debido
a que éstos tienen la costumbre de rugir y gruñir constantemente, pudimos
evitar su encuentro con facilidad.
Los
bastos fueron otros animales que nos causaron ciertas molestias. Conocí a esa
clase de bestias la vez en que Kamlot y yo salimos en busca de tarel y, por lo
tanto, ya sabia que mi joven compañera y yo debíamos subirnos a los árboles tan
pronto divisábamos un basto.
Esas
bestias poseen una cabeza semejante a la de los bisontes, con iguales cuernos
cortos y pelo grueso en la cerviz. Sus ojos son pequeños y de bordes rojos. Su
piel azul y semejante a la de los elefantes está cubierta de escaso pelo, con
excepción de la cabeza y la punta de la cola en que el pelo les crece
abundantemente y es de mayor longitud. El cuerpo de esas bestias es bastante
elevado en la parte anterior, pero su altura disminuye en la parte posterior.
Su lomo es muy ancho y sus patas delanteras son extremadamente cortas y
gruesas, y están provistas de tres pezuñas. Las patas delanteras soportan los
tres cuartos del peso de la bestia. Su hocico es parecido al de los jabalíes,
pero es mayor y esta armado con gruesos colmillos curvados.
Los
bastos son feroces bestias omnívoras que siempre andan buscando a quien atacar.
Debido a ellos y a los tarbans, Duare y yo adquirimos gran práctica en
treparnos a los árboles durante los primeros días en que anduvimos por el
bosque.
Mis
dos mayores dificultades para enfrentarme a la vida primitiva resultaron ser mi
carencia de armas y mi inhabilidad para producir fuego. Lo último era
probablemente lo peor, ya que al no tener cuchillo el fuego era indispensable
para hacer cualquier arma.
Cada
vez que nos deteníamos a descansar yo trataba de producir fuego y Duare no
cesaba de hacerme preguntas sobre ese tema. Hablábamos poco acerca de otras
cosas y continuamente estábamos experimentando con diferentes combinaciones de
madera y de piedras que hallábamos en el camino.
Durante
toda mi vida había leído acerca de las varias maneras en que los hombres
primitivos producían fuego, y las ensayé todas. Me salieron ampollas de tanto
hacer girar pequeñas ramas secas entre las manos; me sangraron los dedos de
tanto hacer chocar pedazos de piedras para que produjeran chispas, y por fin,
disgustado, ya estaba casi dispuesto a darme por vencido.
―No
creo que nunca nadie haya producido fuego―rezongué.
―Tú
viste que el nobargan lo produjera―me recordó Duare.
―En
eso debe de haber alguna trampa que no he descubierto―insistí.
―¿Te
vas a dar por vencido?―me preguntó.
―Claro
que no. Eso es como el golf, la mayoría nunca aprende a jugar, pero son pocos
los que renuncian a practicarlo. Tal vez siga tratando de producir fuego hasta
que yo muera o hasta que Prometeo descienda a Venus tal como lo hizo en la
Tierra.
―¿Qué
es golf y quién es Prometeo? ―me preguntó Duare.
―El
golf es un trastorno mental y Prometeo es una fábula.
―No
entiendo entonces cómo podrían ayudarte.
Yo
estaba sentado en cuclillas junto a un montoncillo de yesca haciendo chocar con
fuerza unos pedazos de roca que había recogido aquella mañana.
―Yo
tampoco―le respondí haciendo chocar furiosamente dos nuevas piedras.
jVarias
chispas saltaron de las piedras y prendieron la yesca !
―Me
retracto de lo que dije de Prometeo―exclamé―. No es una fábula.
Con
la ayuda de aquel fuego podía fabricar un arco y hacer una afilada lanza y
flechas. La fibra de una resistente liana me sirvió para ponerle cuerda a mi
arco y adorné mis flechas con plumas de aves.
Duare
se interesó mucho en aquel trabajo. Recogió plumas y se las ató a las flechas
con unas delgadas y resistentes hierbas que crecían en abundancia en el bosque.
Facilitó nuestro trabajo el uso de piedras que habíamos encontrado moldeadas en
tal forma que resultaban magníficos raspadores.
No
puedo expresar el cambio que se operó en mi al ser poseedor de armas. Había
llegado a sentirme como si fuera un animal perseguido cuya única defensa
consistía en huir, y eso deja en situación muy desagradable a un hombre que
desea impresionar con su heroísmo al objeto de su amor.
No
quiero decir que esa fuese mi intención constante; sin embargo, al irme dando
cuenta de mi inutilidad llegó el momento en que anhelé hacer un mejor papel
ante Duare.
Pero
la situación había cambiado. Ya no era la presa sino que me había convertido en
el cazador. Mis lastimosas e inadecuadas armas acabaron con cualquier duda que
pudiera abrigar. Ya podía hacerle frente a cualquier emergencia.
―¡Duare,
encontraré Vepaja !―exclamé―. ¡Te llevaré a tu casa!
―La
última vez que hablamos de eso―me respondió la joven mirándome sorprendida― me
dijiste que no tenías ni la más remota idea de dónde se encontraba Vepaja, y
que si lo supieras no abrigarías ninguna esperanza de poder llegar hasta allí.
―Eso
fue hace varios días. Las cosas han cambiado. Ahora, Duare, vamos a cazar; esta
noche comeremos carne. Caminarás detrás de mí para no espantar a la caza.
Avancé
dueño de mi antigua seguridad y, tal vez, un poco despreocupado. Duare me
seguía a unos cuantos pasos de distancia. En aquella parte del bosque había
bastante maleza, más que la que habíamos encontrado antes, y eso no me permitía
ver demasiado lejos en ninguna dirección. Marchábamos por lo que parecía ser
una vereda formada por el paso de los animales, y yo avanzaba osadamente, pero
en silencio.
De
pronto, vi que se movía el follaje de la maleza que se hallaba delante de
nosotros y luego me pareció ver un animal. Casi en seguida el atronador bramido
de un basto quebró el silencio del bosque, y se oyó el ruido de ramas partidas
entre la maleza.
―¡Corre
hacia los árboles, Duare!―grité.
Al
mismo tiempo di media vuelta y me adelanté hacia ella para ayudarla a trepar a
un árbol, pero en eso, Duare tropezó y cayó.
El
basto volvió a bramar, y al volver la cabeza rápidamente, una fugaz mirada me
bastó para ver que la terrible bestia se hallaba en la vereda, casi a mis
espaldas. No estaba embistiendo todavía, pero avanzaba, y me di cuenta de que
nos atacaría antes de que pudiésemos alcanzar la seguridad en lo alto de
cualquier árbol, debido al retraso ocasionado por la caída de Duare.
No
me quedaba más que una alternativa a seguir. Tenia que distraer a la bestia
hasta que Duare hubiese llegado a lugar seguro. Me acordé de cómo Kamlot había
matado a uno de esos animales llamándole la atención con una rama con hojas que
sujetaba en la mano izquierda y clavándole luego su afilada espada en el lomo
hasta atravesarle el corazón. Pero yo no tenia ninguna rama con hojas y sólo
estaba armado con una rústica espada de madera.
El
basto estaba ya casi sobre mi; sus ojos de bordes rojos le llameaban y sus
blancos colmillos relumbraban. Mi imaginación excitada hizo que yo lo viera tan
alto como un elefante. Bajó la cabeza, lanzó otro bramido aterrador, y luego
embistió.
Cuando
el basto se lanzó hacia mi sólo pensé en lograr que no le prestara atención a
Duare hasta que ésta se hallase fuera de su alcance. Todo ocurrió tan
rápidamente que creo que no tuve tiempo de pensar en la suerte que casi con
seguridad me estaba reservada.
La
bestia estaba tan cerca de mi cuando emprendió su embestida que no le fue
posible desarrollar una gran velocidad. Se adelantó con la cabeza baja, y era
tan poderoso e imponente que ni siquiera pensé por un instante en hacer uso de
mis toscas armas para detenerlo. Toda mi atención se concentró en la idea de
evitar que aquellos cuernos me atravesaran. Cuando el basto llegó junto a mi,
se los sujeté fuertemente con las manos y, gracias a mi fuerza extraordinaria,
logré aminorar el empuje del ataque así como también desviar aquellos cuernos
de mis órganos vitales.
Tan
pronto como la bestia sintió mi peso levantó la cabeza violentamente con la
intención de cornearme y luego lanzarme al aire. Sólo consiguió hacer lo último
pero el resultado sobrepasó todo lo que yo esperaba y creo que también las
intenciones del basto.
Como
si hubiese sido impelido por la fuerza de una explosión, volé pasando por entre
las ramas y el follaje de los árboles, y todas mis armas se me cayeron. Por
fortuna no me golpeé la cabeza con ninguna rama grande, así que no quedé
inconsciente. Conservé la serenidad de ánimo y logré sujetarme de la rama
contra la que había tropezado mi cuerpo, y después hice un esfuerzo y me trepé
a una rama mayor.
Mi
primer pensamiento se lo dediqué a Duare. ¿Estaba a salvo? ¿Habría podido
treparse a algún árbol antes de que el basto me atacase, o la fiera habría
acabado con ella?
Pero
mis temores se desvanecieron pronto al oír la voz de la joven.
―¡Oh,
Carsonl Carson! ¿Estás herido?―gritó Duare.
La
angustia que se reflejaba en el tono de su voz era suficiente recompensa por
cualquier herida que yo hubiera podido sufrir.
―Creo
que no ―le respondí―; solamente estoy un poco magullado. ¿Tú estás bien? ¿Dónde
estás7
―Aquí,
en el árbol contiguo. ¡Oh, creí que esa bestia te había matado!
Yo
estaba examinándome las articulaciones y tratando de descubrir algún daño, pero
me di cuenta de que solamente tenia magulladuras y rasguños.
Mientras
yo me examinaba, Duare avanzó por las ramas entrelazadas de los árboles y no
tardó en llegar junto a mi.
―¡Oh,
sangras! ―exclamó―. Estás herido.
―Sólo
son unos rasguños―le dije―; lo que está herido es mi orgullo.
―No
tienes por qué avergonzarte; deberías estar orgulloso de lo que hiciste. Lo vi.
Cuando me puse en pie y corrí, volví la cabeza y vi que estabas de pie ante esa
terrible bestia para que no pudiese atacarme.
―Tal
vez―le dije―me encontraba demasiado aterrorizado para poder correr. El miedo me
tenia paralizado.
Duare
sonrió y movió la cabeza de un lado a otro.
―No
es cierto; yo te conozco muy bien.
―No
me importa correr ningún riesgo con tal de que yo gane tu aprobación.
La
joven guardó silencio durante un momento y se quedó mirando al basto que
piafaba y emitía feroces bramidos y que, a ratos, permanecía en calma y
levantaba la vista para mirarnos.
―Podríamos
alejarnos de él si avanzamos por los árboles―me sugirió Duare―. Sus ramas están
muy juntas y se entrelazan.
―No
puedo abandonar mis armas―le dije.
―Tal
vez el basto se vaya pronto, cansado de esperar que bajemos.
Pero
el feroz animal no se fue pronto. Durante media hora piafó, bramó y corneó la
tierra hasta que por fin se echo bajo el árbol.
―¡Qué
bestia tan optimista!―exclamé―. Cree que si espera más tiempo bajaremos
voluntariamente.
―Tal
vez piensa que moriremos de vejez y caeremos ―comentó Duare riendo.
―Pues
se llevará un buen chasco- no sabe que nos inyectaron el suero de la
longevidad.
―Por
ahora el chasco nos lo hemos llevado nosotros, y ya comienzo a sentir hambre.
―Mira,
Duare―murmuré al ver algo ligeramente visible por entre la tupida maleza que se
hallaba más allá del basto.
―¿Qué
es?―me preguntó.
―No
lo sé, pero es algo bastante grande.
―Está
avanzando lentamente por entre los matorrales, Carson. ¿Crees que sea alguna
otra terrible bestia que ya nos olfateó?
―Bueno,
estamos en lo alto de un árbol―le contesté.
―Sí,
y muchas de estas bestias se trepan a los árboles. ¡Ojalá tuvieras tus armas!
―Si
ese basto dejara de vigilarnos un momento, bajaría y recogería mis armas.
―No,
no debes hacer eso. Te mataría cualquiera de las dos bestias.
―¡
Allá viene, Duare ! ¡ Mira !
―Es
un tarbán―murmuró la joven.
VII
EL
COMBATE
La
espantosa cabeza del feroz carnívoro se asomó por entre las malezas a corta
distancia detrás del basto. Éste no lo había visto ni su olfato había percibido
el olor de la bestia felina.
―No
nos mira a nosotros ―dije―; está mirando al basto.
―Tal
vez...―comenzó a decir Duare, pero un gruñido acalló sus palabras.
Aquel
salvaje gruñido había sido lanzado por el tarbán en el preciso momento en que
se arrojaba sobre el basto. La primera bestia saltó para ponerse en pie, pero
el tarbán cayó sobre su lomo y le clavó las garras y los colmillos en la carne.
El
bramido del basto se confundió con los rugidos y gruñidos del tarbán y el
espantoso ruido que produjeron pareció estremecer todo el bosque.
El
enorme basto giró enloquecido de dolor y trato de clavarle uno de sus cuernos a
la bestia que tenia encima, pero el tarbán le arañó la cara con sus garras y le
abrió una herida que le puso al descubierto los huesos desde la cerviz hasta
las fauces, y le vació un ojo.
El
basto, con la cabeza convertida en una gran masa sanguinolenta, se lanzó a
tierra sobre sus lomos con el propósito de aplastar a su adversario, pero el
tarbán saltó hacia un lado, y cuando su enorme enemigo volvió a ponerse en pie,
volvió a saltar sobre él.
Esta
vez el basto bajó la cabeza y dio media vuelta con gran agilidad recibiendo con
sus cuernos al tarbán, al que lanzó hacia las ramas del árbol en el que nos
encontrábamos Duare y yo.
El
enorme carnívoro voló hasta llegar a unos escasos pies de la rama en la que nos
hallábamos, dejando escapar un desgarrador gruñido de furia satánica y odio
primitivo; luego cayó a tierra gruñendo sin cesar.
Como
si fuese un enorme gato, animal con el que tenía cierta semejanza, el tarbán
caería sobre sus patas; pero el basto lo esperaba con los cuernos dispuestos
para recibirlo y lanzarlo por el aire nuevamente. El tarbán cayó sobre los
cuernos del basto, pero éste no logró lanzarlo otra vez hacia el árbol a pesar
del esfuerzo que desplegó con su poderoso cuello, pues su víctima se aferró
fuertemente con las garras a la cabeza de su adversario. Y mientras el basto
trataba de librarse de él, el tarbán le desgarró el lomo abriéndole profundas
heridas. Con sus garras estaba haciendo pedazos al terrible basto.
La
ensangrentada bestia, que se hallaba ya completamente ciega, pues había perdido
el otro ojo, giró describiendo una grotesca e inútil pirueta mortal, pero su
victimario se aferró a ella, desgarrándole las carnes ciego de furia y lanzando
espantosos rugidos que se mezclaban con los bramidos agonizantes del maltrecho
basto.
De
pronto, el basto se detuvo y le flaquearon las patas. Le manaba tanta sangre
del cuello que yo estaba seguro de que le habían partido la yugular, y
comprendí que su fin estaba próximo a pesar de la increíble tenacidad con que
se aferraba a la vida.
Pero
yo no podía imaginar la inconcebible vitalidad de esas poderosas criaturas. El
basto movió la cabeza súbitamente y se irguió, luego inclinó el cuello y
embistió a ciegas con toda la fuerza y el vigor de su vitalidad incomparable.
Su
carrera fue corta, pues pronto chocó contra el árbol en el que nos
encontrábamos agazapados produciéndose un impacto tremendo. La rama en la que
nos hallábamos se meció y tronó siniestramente, y Duare y yo no pudimos
mantenernos más en ella.
Tratamos
de sujetarnos de las ramas que hallamos a nuestro paso, pero todo fue inútil,
pues finalmente caímos sobre el tarbán y el basto. Durante un momento me
aterroricé al pensar en el peligro que corría Duare; sin embargo. no había
razón para sentir temor. Ninguna de las dos temibles bestias nos atacó; ninguna
se puso en pie. Solamente experimentaron unas cuantas convulsiones y se
quedaron quietas. Ambas habían muerto.
El
tarbán había sido atrapado entre el tronco del árbol y la pesada cerviz del
basto, y se había convertido en una masa informe, el basto había muerto al
consumar su terrible venganza contra el tarbán, su feroz enemigo.
Duare
y yo habíamos rodado por tierra junto a los cadáveres de los dos poderosos
animales, y como nos encontrábamos ilesos, de un brinco nos pusimos en pie.
Duare estaba pálida y un poco agitada, pero me sonrió valientemente.
―Nuestra
cacería tuvo más éxito del que habíamos imaginado ―observó―. Aquí hay carne
suficiente para varios hombres.
―Kamlot
me dijo que no hay nada tan sabroso como un bistec de basto asado con fuego de
leña.
―Si.
es delicioso; sólo de pensarlo se me hace agua la boca.
―Y a
mí también. Duare; pero sin cuchillo no podemos cortar el bistec. Mira qué piel
tan gruesa tiene el basto.
―¿Hay
quien tenga tan mala suerte como nosotros? ―me preguntó Duare afligida―. Pero
no importa; busca tus armas y tal vez podamos partir algún pedazo pequeño.
―¡Ya
sé! ―exclamé al mismo tiempo que abría la bolsa que llevaba colgada del hombro
con una fuerte cuerda―. Tengo una piedra afilada que me sirve para raspar mi
arco y mis flechas. Creo que podremos cortar con ella unas cuantas piezas de
carne.
Aquello
resultó un trabajo laborioso, y mientras yo estaba ocupado en descuartizar a la
bestia, Duare recogió hierbas secas y leña y, para asombro de ambos, encendió
un fuego. Mi compañera se alegro y se emocionó mucho con el éxito obtenido, y
también se mostró muy orgullosa de haberlo logrado. Durante toda su vida mimada
nadie le había pedido nunca en su casa que hiciese algo práctico, así que la
obtención de aquel pequeño logro la llenó de satisfacción.
La
comida fue memorable, marcaba toda una época, pues representaba el surgimiento
del hombre primitivo de entre los niveles más bajos de la existencia. Había
logrado producir fuego; había hecho sus armas; había cazado (en este caso sólo
de manera figurada); y luego, por vez primera, estaba comiendo alimentos
cocinados. Y a mi me gustaría llevar más adelante la comparación y considerar a
la compañera de sus logros como su pareja conyugal. Suspiré al pensar en lo
felices que Duare y yo podríamos ser si ella correspondiese a mi amor.
―¿Qué
te pasa? ―me preguntó Duare―. ¿Por qué suspiras?
―Porque
quisiera ser de verdad un hombre primitivo y no lo que soy, una pobre y
deleznable imitación de uno de ellos.
―¿Y
por qué quisieras ser un hombre primitivo?―inquirió.
―Pues
porque esos hombres no estaban atados por convenciones tontas―le repliqué―. Si
querían a una mujer y ella no les correspondía, la agarraban de los cabellos y
se la llevaban arrastrada a su cueva.
―Me
alegro de no haber nacido en esa época―dijo Duare.
Durante
varios días vagamos por el bosque. Yo sabía que estábamos perdidos
irremediablemente, pero me encontraba ansioso de salir de aquel sombrío bosque.
Nos estaba destrozando los nervios. Yo me las arreglé para cazar pequeños
animales con mi lanza y con mis flechas; había frutas y nueces en abundancia,
así como también era fácil encontrar agua. Nos alimentábamos como reyes y
fuimos muy afortunados en todos los encuentros que tuvimos con las grandes
bestias. La suerte nos favoreció, pues no vimos ninguna gran bestia arbórea,
aunque en los bosques de Amtor viven animales terribles en los árboles.
Duare
rara vez se quejaba a pesar de las dificultades y peligros que teníamos que
afrontar constantemente. No demostraba ninguna molestia ante el hecho, cada vez
más evidente, de que nunca podríamos encontrar el país donde reinaba su padre.
En ocasiones se mantenía seria y silenciosa durante largos periodos de tiempo,
y me imagino que en esos momentos se encontraba afligida, pero nunca me
comunicó sus penas. Yo hubiese deseado que lo hiciera, pues a menudo
compartimos nuestras penas con los seres que amamos.
Pero
un día de pronto se sentó y comenzó a llorar. Me quedé tan sorprendido que
permanecí parado mirándola fijamente durante varios minutos antes de que
pudiera pensar algo para decirle, y luego lo que le dije no fue nada muy
brillante.
―¡Eh,
Duare!―exclamé―. ¿Qué te pasa? ¿Estás enferma ?
Ella
movió la cabeza de un lado a otro y se esforzó por acallar sus sollozos.
―Lo
siento ―logró decir al fin―, no quería llorar; pero... ¡Oh, este bosque ! Se me
ha vuelto una obsesión, Carson. Hasta en sueños lo veo. Es un bosque
interminable; se extiende por todas partes, sombrío, aborrecible, lleno de
peligros―de pronto movió la cabeza violentamente como para apartar de su
imaginación visiones desagradables―. ¡Basta! Ya estoy bien. No volverá a
ocurrirme eso―dijo, y sonrió enjugándose las lágrimas.
Yo
sentí deseos de tomarla entre mis brazos y consolarla. ¡Oh, cuánto anhelaba
hacer aquello! Pero sólo asenté mi mano en su hombro, y le dije:
―Comprendo
cómo te sientes. Así me he sentido durante varios días, y he tenido que hacer
un esfuerzo para dominarme. Pero esto no puede durar siempre, Duare. Pronto
debe terminar, y de todas maneras debes pensar que el bosque nos ha brindado
alimento, abrigo y protección.
―Si,
tal como un carcelero provee de alimento, abrigo y protección a un condenado a
muerte ―me respondió tristemente―. ¡Vaya! No hablemos mas de eso.
Nos
pusimos en marcha y tomamos un sendero formado por el paso de los animales, un
sendero cuyo curso era tan irregular como el de todos los de su clase. Las
malezas eran tupidas, y creo que eso, más que el bosque, era lo que deprimía a
Duare. A mi siempre me deprimió. El sendero era ancho, y Duare y yo caminábamos
uno junto al otro cuando de pronto el bosque pareció desaparecer frente a
nosotros. Nos hallábamos ante un gran claro y, más allá, en la lejanía, se
elevaban unas montañas distantes.
VIII
EL
ACANTILADO
Avanzamos
sorprendidos, hasta llegar al borde de un altísimo acantilado. A lo lejos, como
a unos cinco mil pies, un gran valle se extendía ante nuestra vista. Y más
lejos, después de terminado el valle, vimos unas montarías distantes cuyos
extremos, tanto a la derecha como a la izquierda, se perdían de vista cubiertos
por las brumas de la distancia.
Durante
los días que estuvimos vagando por el bosque debimos de haber estado
ascendiendo constantemente, pero el ascenso debió de ser tan paulatino que no
lo notamos. Y el efecto de haber llegado de pronto a aquel enorme precipicio
resultaba sorprendente. Me parecía como si estuviera mirando un profundo pozo
que estuviese muy por debajo del nivel del mar. Pero pronto se desvaneció esa
impresión pues a lo lejos vi un gran río que serpenteaba a lo largo del valle,
y no cabía duda de que debía desembocar en algún mar.
―¡Un
nuevo mundo! ―exclamó Duare―. ¡Qué hermoso es en comparación de este espantoso
bosque!
―Esperemos
que su benevolencia para con nosotros sea aún mayor que la que nos brindó el
bosque.
―¿Cómo
podría ser de otro modo? ¡Es tan bello!―me replicó Duare―. Debe de estar
habitado por gente generosa y amable. y tan hermosa como su valle. No puede
haber maldad donde hay tanta belleza. Tal vez ahí nos ayuden a regresar a
Vepaja. Si, estoy segura de que nos ayudarán.
―Eso
espero, Duare―le dije.
―¡Mira!
―exclamó la joven―. Hay riachuelos que desembocan en el río grande, y hay
llanos donde crecen algunos árboles, y hay bosques también, pero no son bosques
que se extienden interminablemente como este del que acabamos de salir. ¿No ves
ninguna ciudad o señales de existencia humana, Carson?
―Si
hay ciudades, no puedo verlas―le respondí―. Estamos a gran altura sobre el
valle y está muy lejos del río caudaloso a cuyas orillas pudieran estar. Desde
aquí sólo seria posible ver alguna ciudad grande con edificios altos, pero la
bruma del valle puede ocultárnosla. Descenderemos para averiguarlo.
―Estoy
impaciente por saberlo―me respondió Duare.
El
sendero que habíamos seguido hasta llegar al borde del acantilado describía una
curva pronunciada hacia la izquierda y continuaba bordeando el precipicio, pero
después de cierto trecho se bifurcaba y salió de él una vereda que descendía
por el acantilado.
Esa
vereda era muy estrecha y bajaba en zigzag por la pendiente casi vertical del
acantilado, de manera tal que cualquier persona temerosa que descendiera por
ella no podría menos que sufrir escalofríos.
―Creo
que pocos seres suben y bajan por aquí―le dije a Duare al ver que, desde el
borde del acantilado, miraba la peligrosa vereda―. Tal vez sea mejor que
busquemos un camino más fácil para bajar.
―No―me
contestó―; yo quería abandonar el bosque y esta es la oportunidad. Alguien ha
utilizado esta vereda, y si alguien ha descendido al valle por aquí, nosotros
también lo haremos.
―Dame
la mano; la pendiente es muy pronunciada.
La
tomé de la mano y le di mi lanza para que la usara como cayado. Y así
comenzamos el peligroso descenso. Hasta ahora odio recordarlo. No solamente
estaba preñado de riesgos sino que también era algo sumamente cansado. Muchas
veces creí que estábamos perdidos, parecía que ya no podíamos descender más y
sabíamos que era imposible volver sobre nuestros pasos y regresar a la cima,
pues en ciertas partes del trayecto habíamos descendido resbalándonos por rocas
que no podríamos escalar si regresábamos.
Duare
era muy valiente. Me asombraba. No solamente era notable su valor sino también
su resistencia, que parecía increíble en una joven tan delicada. Y continuó
descendiendo alegre y despreocupada. A menudo, cuando resbalaba y estaba a
punto de caer, reía como si una caída no significase la muerte.
―Te
dije que alguien debía de haber usado este sendero para bajar y subir―me
recordó durante uno de nuestros descansos―. Ahora lo que me pregunto es qué
clase de hombre o qué animal pudo hacerlo.
―Tal
vez una cabra de monte ―le sugerí―. No creo que nadie más pudiera.
Duare
no conocía las cabras del monte y yo no había visto aún ningún animal venusino
que se le pareciese; por lo tanto, no podía hacer ninguna comparación para
explicarle cómo era. Ella pensó que un mistal podría descender y ascender
fácilmente por aquel sendero. Yo nunca había oído hablar de semejante animal,
pero por la descripción que ella me hizo deduje que debía de tener aspecto de
ratón y tamaño de gato.
Cuando
continuamos el descenso después de uno de nuestros descansos, oí un ruido
detrás de nosotros y miré hacia abajo de la roca en la que nos encontrábamos
para ver de qué se trataba.
―Pronto
quedará satisfecha nuestra curiosidad ―le dije en voz baja a Duare―. Allá viene
el audaz animal.
―¿Es
un mistal?―me preguntó.
―No,
y tampoco es una cabra de monte; pero es un animal de una especie muy adecuada
para subir por este sendero casi vertical.
Era
un enorme lagarto horrible que medía aproximadamente unos veinte pies de largo
y que subía lentamente hacia donde Duare y yo nos encontrábamos.
La
joven se apoyó en mi hombro y miró hacia abajo. Un ahogado grito de terror se
escapó de su garganta.
―Creo
que es un vere―me dijo―; estamos perdidos si es que estoy en lo cierto. Aunque
nunca he visto ninguno, los conozco por las figuras de los libros que los
describen.
―¿Son
peligrosos?―le pregunté.
―Son
mortales ―me respondió―. Nadie sobrevive a su ataque.
―Trata
de subir un trecho por el sendero―le dije―. Yo intentaré detenerlo hasta que te
halles en lugar seguro.
Luego
me volví hacia el reptil que avanzaba arrastrándose lentamente. El animal
estaba cubierto de escamas rojas, negras y amarillas, que formaban complicados
dibujos. Su color y su ornamentación eran muy bellos, pero esa era toda su
hermosura. Su cabeza no se diferenciaba mucho de la de un cocodrilo, y a lo
largo de cada lado de su mandíbula superior tenia una fila de brillantes
cuernos blancos. En el centro de su cabeza se movía su único ojo, enorme, y
formado por millares de facetas.
No
nos había visto todavía pero pronto llegaría junto a nosotros. Agarré una
piedra y la arrojé al sendero con la intención de que tal vez el animal diese
media vuelta y regresase por donde había venido. Pero el proyectil le golpeó
las fauces y el vere levantó la cabeza y nos vio.
Abrió
una gran boca y emitió un silbido espantoso al mismo tiempo que sacaba una
lengua sorprendente que, con la rapidez de una centella, se enrolló alrededor
de mi cuerpo y me jaló hacia sus fauces.
Lo
que me salvó de que me tragara instantáneamente fue que yo era un bocado
demasiado grande para él. Me quedé al través de su boca y allí luché con todas
mis fuerzas para que no me engullera.
Yo
trataba de escapar de unas fauces sin dientes, resbalosas y que absorbían. Sin
duda alguna el animal tragaba entera a su presa y sólo utilizaba los cuernos
como medio de defensa. De su horrible gaznate emanaba un olor fétido que por
poco me hace perder el sentido. Creo que debía de ser vaho venenoso que
exhalaba para anestesiar a sus víctimas. Sentí que me debilitaba y que la
cabeza me daba vueltas, y entonces vi junto a mi a Duare.
La
joven sujetaba mi lanza con ambas manos y estaba tratando desesperadamente de
clavársela en la cara al horrible vere mientras, sollozante, repetía mi nombre
sin cesar ¡Qué pequeña y frágil se le veía junto a aquella temible bestia! ¡Y
qué magnífica también!
Duare
arriesgaba la vida por salvarme, y sin embargo no me amaba. Pero era posible
porque hay nobles cualidades en las que la abnegación es mayor que en el amor.
La lealtad es una de éstas. Mas no podía dejar que sacrificara su vida en aras
de su lealtad.
―¡Corre,
Duare! ―le grité―. No puedes salvarme, estoy perdido. Corre pronto, o te matará
también.
Sin
prestarme atención atacó de nuevo a la bestia, y le clavó la lanza en el enorme
ojo de múltiples facetas. El vere emitió un agudo chillido de dolor y con sus
cuernos trató de atacar a Duare, pero ella se mantuvo firme y lo acometió otra
vez metiéndole la lanza por entre las mandíbulas abiertas hasta clavársela
profundamente en la sonrosada carne de sus repulsivas fauces.
La
lanza debió de clavarse en la lengua del reptil, pues éste perdió su fuerza, y
al dejarme libre, rodé a tierra. En seguida me puse en pie y, tomando de un
brazo a Duare, la jalé para apartarla de la ciega arremetida del terrible vere.
La bestia pasó junto a nosotros lanzando chillidos y silbidos, y luego se
volvió en la dirección contraria a la de nosotros.
Entonces
me di cuenta de que la herida que Duare le había causado en el ojo al reptil lo
había dejado completamente ciego. Decidi que debíamos arriesgarnos, le pasé un brazo
por la cintura a la joven y me deslicé con ella hacia la siguiente roca del
sendero, pues la bestia nos hubiese herido o arrojado al abismo con los
frenéticos latigazos de su cola, de habernos quedado donde nos encontró.
La
suerte nos favoreció y llegamos sin percance alguno hasta la roca que se
hallaba poco más abajo, y desde allí oímos los chillidos y los golpes que con
su cola le daba el vere al rocoso acantilado.
Temerosos
de que el vere pudiese caer sobre nosotros, nos apresuramos a continuar nuestro
camino arriesgándonos mucho más que antes. pero no nos detuvimos hasta llegar
muy cerca del pie del acantilado. Entonces nos sentamos a descansar. Estábamos
casi sin aliento debido a nuestros esfuerzos por descender lo más
apresuradamente posible.
―Estuviste
magnifica―le dije a Duare―. Arriesgaste la vida por salvarme.
―Tal
vez temía quedarme sola―me respondió sonrojándose―. Debió ser un acto motivado
por mi egoísmo.
―No
lo creo―protesté.
La
verdad era que no quería creerlo y que había otra suposición que resulta mucho
más agradable para mi.
―De
todas maneras logramos saber quién había abierto ese empinado sendero―me dijo
Duare.
―Y
también dejar de imaginarnos que nuestro hermoso valle puede ser tan seguro
como parece―agregué.
―Pero
esa bestia estaba abandonando el valle y se dirigía al bosque―objetó la joven―.
Probablemente allí vivía.
―En
el valle, no muy lejos de aquí―le dije indicándole un punto con la mano―,
serpentea un bosquecillo que parece seguir el curso de un riachuelo. Allá
podremos encontrar material para que yo haga otra lanza, y también podremos
tomar agua. Tengo mucha sed.
―Yo
también―me dijo Duare―; me estoy muriendo de sed y de hambre. Tal vez tengamos
suerte y mates otro basto.
―Si,
pero ahora te haré también a ti una lanza, un arco y flechas―le contesté
riendo―. Por le-que vi hace poco, creo que tú debes de ser mejor cazadora de
bastos que yo.
Sin
prisa caminamos por un prado de tonos de color violeta hacia el bosquecillo que
se encontraba como a una milla de distancia. Por todas partes había flores en
abundancia. Había flores púrpura, azules y amarillo pálido, y las hojas de las
plantas así como los botones eran sumamente raras. Había flores y hojas de
colores que no tienen nombre, colores que ningún terrícola había visto antes.
Tales
cosas me hicieron reflexionar en lo aislado que se encuentran nuestros
sentidos. Cada uno vive en su propio mundo y aunque pasa toda una vida junto a
los demás sentidos, no sabe nada de sus mundos.
Mis
ojos ven un color, pero mis dedos, mis oídos, mi nariz, mi paladar nunca
conocerán ese color. Yo ni siquiera puedo describirlo de tal manera que alguno
de los sentidos de ustedes pueda percibirlo igual que yo, si es que se trata de
un color nuevo que ustedes nunca han visto. Y todavía con menos precisión
podría yo describir un aroma o un sabor, o la impresión que produce al tacto
alguna sustancia extraña.
Solamente
a base de comparaciones podría hacer que se imaginaran el paisaje que se
extendía ante nuestros ojos, y no hay nada en la Tierra con lo que yo pudiera
compararlo; sólo puedo hablarles de la brillantez de la bruma, del bosque y de
las lejanas montañas que parecían pintadas al pastel, sin grandes contrastes
entre la luz y la sombra, paisaje extraño y bello, raro, misterioso,
provocativo, insinuante y siempre invitando a una mayor investigación, a nueva
aventura.
Por
toda la llanura que se extendía entre el acantilado y el bosque crecían árboles
de trecho en trecho, y echados bajo sus frondas o pastando por los prados,
había animales totalmente desconocidos para mi. A simple vista podía decirse
que en aquel conjunto estaban representadas las más diversas especies.
Algunos
eran grandes y de andar pesado; otros eran pequeños y de aspecto delicado. Pero
todos estaban demasiado lejos de mi para que yo pudiese apreciarlos
detalladamente, y eso me alegraba, pues pensé que entre aquellas bestias debía
de haber al menos algunas que fuesen peligrosas. Pero al igual que todos los
animales, excepto los carnívoros hambrientos y el hombre, no demostraban
intenciones de atacarnos mientras no los perturbásemos o nos acercásemos a
ellos.
―Por
lo que veo, creo que no sufriremos hambre aquí ―me dijo Duare.
―Ojalá
que entre esos animales haya algunos que sean buenos para comer ―le respondí
riendo.
―Estoy
segura de que ese animal muy grande que se encuentra bajo ese árbol es
delicioso; el que nos está mirando―me dijo haciendo gala de su buen sentido del
humor, y señalándome a una enorme bestia peluda, tan grande como un elefante.
―Tal
vez esa bestia esté pensando lo mismo de nosotros―le contesté―. ¡Allá viene!
El
enorme animal caminaba en dirección a nosotros, y todavía nos encontrábamos
como a cien yardas de distancia del bosque.
―¿Corremos?
―me preguntó Duare.
―Temo
que eso seria fatal, pues, como sabes, es casi instintivo que una bestia
persiga a cualquier ser que corre de ella. Creo que lo mejor será continuar
caminando sin demostrar prisa hasta llegar al bosque. Si ese animal no se
apresura, llegaremos antes que él a los árboles; si corremos, nos alcanzará,
pues el hombre, entre todos los seres existentes, parece que es casi el más
lento.
Varias
veces, conforme avanzábamos, volvimos la cabeza para mirar a la enorme bestia
que nos seguía. Avanzaba pesadamente sin manifestar la menor señal de
irritación, pero devoraba la distancia con sus largos pasos. Me di cuenta de
que nos alcanzaría antes de que llegásemos al bosque, y me sentí sumamente
impotente para poder enfrentarme a él armado tan sólo con mi pequeño arco y mis
débiles flechas.
―Apresurate
un poco, Duare―le indiqué.
La
joven obedeció mi indicación, pero después de dar unos cuantos pasos volvió la
cabeza.
―¿Por
qué no vienes tú también?―me preguntó.
―No
pierdas tiempo―le contesté de inmediato―; haz lo que te digo.
Pero
Duare se detuvo decidida a esperarme.
―Haré
cualquier cosa―me replicó―, y no dejaré que te sacrifiques por mí. Si vas a
morir, moriré contigo. Además, Carson Napier, hazme el favor de recordar que
soy la hija de un jong y que no estoy acostumbrada a que nadie me dé órdenes.
―Si
en este momento no tuviese algo más urgente en que ocuparme, te daria una
zurra―rezongué.
Me
miró horrorizada, luego, furiosa, dio un golpe en la tierra con su diminuto pie
y prorrumpió en llanto.
―Abusas
de mi porque no hay nadie que me defienda ―balbuceó―. Te odio, te..., te...
―Pero
si es que estoy tratando de protegerte, Duare; y tú lo único que haces es
dificultar mi empeño.
―No
quiero tu protección. Prefiero morirme, pues es mejor que esté muerta y no
tener que oír que me hables de esa manera. Soy hija de un jong.
―Creo
que eso ya lo has mencionado antes varias veces ―le respondí fríamente.
La
joven princesa se irguió y se alejó sin volver la cabeza para mirarme. Hasta
sus pequeños hombros y sus espaldas parecían irradiar dignidad ofendida y rabia
ahogada.
Me
volví para mirar tras de mi. La poderosa bestia se hallaba escasamente a unas
cincuenta yardas de distancia; frente a nosotros el bosque se encontraba casi a
la misma distancia. Duare no podía verme, me detuve y me enfrenté al enorme
animal. Cuando éste hubiese acabado conmigo, Duare estaría ya cerca de las
ramas del árbol más próximo, que le brindarían seguridad.
Empuñé
mi arco, pero no saqué las flechas de mi rústico carcaj que llevaba colgado del
hombro izquierdo. Comprendia que el único resultado que obtendría lanzándole
mis flechas a aquel monstruo temible seria enfurecerlo.
Después
de que me detuve la bestia se aproximó más lentamente, como si se mostrase
cauteloso. Me miraba atentamente con sus pequeños ojos que se hallaban bastante
separados el uno del otro; sus orejas, semejantes a las de las mulas, se
enderezaron hacia adelante, y las ventanas de su nariz se dilataron.
Entonces
comenzó a levantarse algo en su cabeza. Era una protuberancia ósea que se
alzaba entre su nariz y su frente, y que ante mi mirada atónita se perfiló por
fin como un puntiagudo cuerno, una terrible arma con la que me amenazaba
fieramente.
No
me moví. Las experiencias que había tenido en el trato con animales de la
Tierra me habían enseriado que muy pocos atacan sin que se les provoque, y me
arriesgué a mantenerme inmóvil confiado en que la misma costumbre prevaleciera
en Venus. Pero existen otras provocaciones además de las que producen miedo o
furia, y una de ellas, muy poderosa, es el hambre. Sin embargo, aquella bestia
parecía ser herbívora, y yo no perdía la esperanza de que fuese vegetariana.
Pero no me podía olvidar de los bastos, que se parecían bastante a los bisontes
y sin embargo eran carnívoros.
La
extraña bestia fue acercándose cada vez más, lentamente, muy lentamente, como
si dudara de lo que debía hacer. Al llegar junto a mi, me pareció tan alta como
una montaña. Sentía lo cálido de su aliento en mi cuerpo semidesnudo, y aún
más, podía sentir el olor de su aliento, el suave y agradable aliento de un
animal herbívoro. La esperanza renació en mí.
La
bestia me acercó su hocico y emitió un ruido sordo nacido en su cavernoso
pecho; me tocó con su terrible cuerno, luego sentí lo fresco y húmedo de su
hocico y lentamente volvió a ocultar su cuerno en la cabeza.
De
pronto el animal lanzó un resoplido, dio media vuelta y se alejó corriendo,
saltando y haciendo cabriolas como si fuese un novillo juguetón con la cola
parada. Su aspecto resultaba tan cómico como el que ofrecería una locomotora
saltando una cuerda. No pude contener la risa y reí, quizá un poco
histéricamente, pues las piernas me flaqueaban y mis rodillas chocaban. Si no
hubiese estado tan cerca de la muerte, habría creído cuando menos que me
hallaba muerto.
Cuando
giré sobre mis talones y miré hacia el bosque, vi que Duare se hallaba parada,
mirándome, y al acercarme a ella, me di cuenta de que tenia los ojos
desorbitados y temblaba.
―Eres
muy valiente, Carson―me dijo con voz ligeramente ahogada, aunque su angustia
parecía haber desaparecido―. Sé que te quedaste ahí para que yo pudiese
escapar.
―No
creo que hubiese podido obrar de otra manera―le contesté―. Y ahora que ya ha
pasado todo, veamos si encontramos algo para comer, algo que sea un poco menor
que esa montaña de carne. Creo que seguiremos adelante hasta llegar al arroyo
que corre por el bosque. Tal vez con algún lugar al que acostumbren acudir las
bestias a beber agua.
―En
la llanura hay muchos animales pequeños―me sugirió Duare―. ¿Por qué no cazas
allí?
―Si.
Hay muchos animales pero hay muy pocos árboles ―le respondí lanzando una
carcajada―; y para cazar tal vez necesitemos algunos árboles. Todavía no
conozco lo suficiente a estas bestias amtorianas para dejar de tomar las
precauciones necesarias.
Nos
internamos en el bosque caminando bajo el delicado follaje y por entre los
hermosos troncos de los árboles de brillantes cortezas blancas, rojas,
amarillas y azules.
Poco
después apareció ante nuestros ojos un riachuelo que serpenteaba quietamente, y
casi al mismo tiempo vimos a sus orillas un animalito que calmaba su sed
bebiendo de las claras aguas. Su tamaño era el de una cabra, pero no se parecía
a esa especie de animales. Movía sin cesar sus orejas puntiagudas como si se
mantuviese alerta a la menor señal de peligro, y no dejaba de menear su
esponjada cola. Alrededor de su cuello le nacía un collar de pequeños cuernos
que poco más o menos sumarian una docena. Yo no llegaba a acertar para qué
podía servirle aquello hasta que me acordé de las fauces terribles de las que
acababa yo de escapar. Ese collar de cuernos bastaba para hacer cambiar de
intenciones a cualquier animal carnívoro que tuviese la costumbre de tragarse
entera a su presa.
Sin
hacer el menor ruido empujé suavemente a Duare hasta que llegamos detrás de un
árbol. Me subí a él y le puse una flecha a mi arco. En el momento en que me
disponía a disparar, el animalito levantó la cabeza y miró de un lado a otro.
Era probable que me hubiese oído. Yo había estado acercándome poco a poco tras
de él, pero al cambiar de posición me presentó su costado izquierdo y
fácilmente pude dispararle una flecha al corazón.
Acampamos
junto al río y cenamos un buen asado de la carne de aquel animal, acompañado de
frutas deliciosas y agua fresca del arroyuelo. El lugar era idílico. Los
pájaros cantaban y cuadrúpedos arbóreos se columpiaban en las ramas de los
árboles farfullando melodiosos sonidos.
―Es
muy hermoso todo esto―me dijo Duare―. Carson, me gustaría no ser hija de un
jong.
IX
EL
CASTILLO TENEBROSO
Duare
y yo no deseábamos partir pronto de aquel hermoso lugar, así que nos quedamos
dos días durante los cuales hice unas armas para ella y una nueva lanza para
mi.
Construi
una pequeña plataforma en un árbol cuyas ramas colgaban sobre el río, y en
ella, durante las noches, nos encontrábamos relativamente a salvo de los
animales de presa mientras la suave música del murmullo de las aguas nos
adormecía; aunque de pronto podían despertarnos los rugidos salvajes de las
bestias que andaban merodeando o los chillidos de sus victimas, a los que el
lejano bramar y mugir de los animales que pastaban en la llanura le
proporcionaban un armonioso acompañamiento de fondo.
Aquella
era nuestra última noche en ese agradable campamento, y nos hallábamos en
nuestra pequeña plataforma mirando saltar los peces en las aguas del río.
―Aquí
podría ser siempre feliz... contigo, Duare ―le dije a la joven.
―No
se debe pensar solamente en la felicidad ―me contestó―; también existe el
deber.
―Pero
y si las circunstancias nos impiden cumplir con nuestro deber, ¿acaso no
tenemos derecho a tratar de ser felices con la suerte que el destino nos ha
deparado?
―¿Qué
quieres decir?―me preguntó.
―Que
no hay ninguna probabilidad de que podamos regresar a Vepaja. No sabemos ni
siquiera en qué dirección se encuentra y cómo podríamos llegar a ella; y si lo
supiésemos no creo que fuese posible sobrevivir a los peligros con los que
seguramente tropezaríamos en el desconocido camino que lleva hasta la casa de
Mintep, tu padre.
―Sé
que tienes razón―me respondió con cierto cansancio―, pero mi deber no me
permite renunciar al intento por más improbable que parezca.
―¿No
te parece eso un poco absurdo, Duare?
―Es
que no comprendes, Carson Napier. Si yo tuviera un hermano o una hermana, todo
seria distinto; pero no los tengo, y mi padre y yo somos los únicos que
quedamos de nuestra familia. No quiero regresar por mi padre o por mi, sino por
mi pueblo. La familia real de los jongs de Vepaja no debe extinguirse y sólo yo
puedo perpetuarla.
―Y
si regresásemos, ¿qué pasaría?
―Cuando
cumpla veinte años me casaré con un noble escogido por mi padre, y al morir mi
padre yo seré vadjong, o reina, hasta que mi hijo mayor cumpla veinte años;
entonces él será jong.
―Pero
con el suero de la longevidad que los sabios de Vepaja inventaron tu padre
nunca morirá, así que, ¿para qué regresar?
―Espero
que nunca muera. Pero hay accidentes y batallas y asesinatos ¡Oh! ¿Para qué
discutir todo esto? ¡La familia real no debe extinguirse!
―Y
si regresamos a Vepaja, ¿yo qué? ―le pregunté.
―Explícate.
¿Qué quieres decir?
―Que
si puedo abrigar alguna esperanza.
―No
te entiendo.
―¿Te
casarías conmigo si tu padre estuviera de acuerdo en ello?―le dije sin
titubear.
Duare
se sonrojó al oír mis palabras.
―¿Cuántas
veces tengo que decirte que no debes hablar de eso conmigo?
―No
lo puedo evitar Duare; te amo. No me importan nada los jongs y las dinastías.
Le diré a tu padre que te amo y tú le dirás que correspondes a mi amor.
―Yo
no te amo. No tienes derecho a decir eso, es un pecado y una maldad. No tienes
derecho a echarme constantemente en cara algo que dije una vez tan sólo porque
fui débil y perdí la cabeza.
Duare
comenzaba a comportarse como una mujer. Durante todo el tiempo que habíamos
estado juntos yo había estado luchando por dominar los impulsos que me impelían
a hablarle de amor. Sólo recordaba otra ocasión en la que había perdido el
dominio de mi mismo y sin embargo ella me acusaba de que constantemente le
recordaba la única vez que había reconocido que me amaba.
―Bueno,
pues entonces―le dije, malhumorado―haré lo que ya te dije si es que vuelvo a
ver a tu padre.
―¿Y
qué crees que hará él?
―Si
es un buen padre, dirá: "Les doy mi bendición, hijos míos."
―Por
sobre todo él es un jong y ordenará que te maten. Aun cuando no le dijeras
semejante locura, yo tendría que hacer uso de todo mi poder de persuasión para
salvarte de la muerte.
―¿Por
qué habría de matarme?
―A
ningún hombre que ha hablado sin el permiso real con una jangjong, o princesa,
se le ha permitido seguir viviendo. El que hayas estado solo conmigo durante
días, o quizá años, antes de que regresemos a Vepaja solamente servirá para
agravar la situación. Yo argüiré en tu favor los servicios que me has prestado
y diré que arriesgaste la vida por mi innumerables veces, y creo que eso será
argumento suficiente para salvarte de la muerte. Pero, por supuesto, te
desterrarán de Vepaja.
―¡Qué
perspectiva tan placentera! Puedo perder la vida y es seguro que yo no te
vuelva a ver. Siendo así, ¿crees que proseguiré tratando de que lleguemos a
Vepaja con mucho entusiasmo y diligencia?
―Tal
vez con entusiasmo no, pero si con diligencia. Lo harás por mi en nombre de eso
que llamas amor.
―Quizá
tengas razón―le dije, y sabía que sin duda la tenia.
Al
día siguiente, de acuerdo con el plan que habíamos trazado, partimos bordeando
el riachuelo con el objeto de llegar hasta las márgenes del gran río cuyo curso
nos conduciría hasta el mar. No sabíamos lo que haríamos después de llegar a la
costa y decidimos trazar nuevos planes cuando nos hallásemos frente al mar. No
nos imaginábamos lo que nos aguardaba en el camino, pero de haberlo supuesto
hubiésemos corrido de nuevo en busca de la relativa seguridad que nos brindara
el sombrío bosque del que pocos días antes habíamos logrado salir.
Entrada
la tarde nos encontrábamos avanzando a campo traviesa por una extensión de
tierra limitada por una gran curva del río. La marcha resultaba bastante
difícil, pues había muchas piedras y rocas, y la superficie del terreno se
hallaba cortada por varios barrancos.
Al
escalar y llegar al borde de un barranco muy profundo, volví la cabeza
casualmente y vi que en la orilla opuesta nos estaba mirando un extraño animal.
Era poco más o menos del tamaño de un perro policía alemán, pero a eso se
reducía toda la semejanza. Tenia un abultado pico curvado que se parecía al de
los loros, y su cuerpo estaba cubierto de plumas. Pero no era un ave, pues
caminaba sobre cuatro patas y no tenia alas. Delante de cada oreja le crecía un
cuerno, y entre ambas tenia otro más. Cuando se volvió hacia atrás para mirar
algo que no pudimos ver qué era, vi que no tenia cola. A lo lejos sus
extremidades inferiores se asemejaban a las de un ave.
―¿Ves
lo que estoy mirando, o es que sufro alucinaciones? ―le pregunté a Duare
señalándole en dirección a aquella extraña bestia.
―Claro
que lo veo―me respondió―, pero no sé qué es. Estoy segura de que en la isla de
Vepaja no hay de esos animales.
―¡Allá
veo otro..., y otro, y muchos más! ―exclamé―. ¡Dios mío, hay docenas!
Se
hallaban agrupados mirándonos cuando de pronto el que nos había visto primero
levantó su grotesca cabeza y emitió un aullido ronco y plañidero; luego comenzó
a bajar por el barranco y se dirigió hacia nosotros en veloz carrera seguido
por sus compañeros que no tardaron en lanzar espantosos aullidos.
―¿Qué
vamos a hacer?―me preguntó Duare. ¿Crees que sean bestias peligrosas?
―No
lo sé―le respondí―; pero ojalá que hubiese cerca un árbol.
―Los
bosques tienen ciertas ventajas ―admitió Duare―. ¿Qué vamos a hacer?
―De
nada servirá correr, así que nos quedaremos aquí y veremos qué es lo que pasa.
Nos prepararemos a recibirlos mientras suben por el acantilado.
Tanto
Duare como yo les pusimos flechas a nuestros arcos y esperamos que los extraños
animales quedaran a nuestro alcance. Cruzaron rápidamente el fondo del barranco
y pronto comenzaron a subir por el acantilado No parecían estar de prisa, es
decir, no parecía que estuvieran corriendo con toda la velocidad que podían
desarrollar. Tal vez eso era debido a que Duare y yo no habíamos intentado huir
de ellos.
Quizá
eso los sorprendió, pues poco después dejaron de correr y continuaron avanzando
al paso, y cesaron de aullar. Al acercarse a nosotros erizaron las plumas que
les cubrían los lomos.
Le
apunté cuidadosamente al que iba a la cabeza de la manada. y le disparé una
flecha. El proyectil se le clavó en el pecho a la bestia y ésta se detuvo y
lanzó un aullido de dolor. Los demás animales se acercaron al herido y lo
rodearon. Entonces prorrumpieron en un extraño cacareo.
El
animal herido se tambaleó y rodó por tierra, y en seguida sus compañeros se
abalanzaron sobre él y comenzaron a despedazarlo. La infortunada bestia se
defendió ferozmente, pero todo fue inútil.
Al
ver que se dedicaban a devorar a su compañero caído, le hice una seña a Duare
para que me siguiese, y dimos media vuelta y corrimos hacia los árboles que se
veían como a una milla de distancia, en la parte en que el río avanzaba después
de haber descrito la curva que tratábamos de evitar. Pero después de recorrer
un breve trecho oímos de nuevo los infernales aullidos que nos indicaron que la
jauría andaba ya tras nosotros.
Las
bestias nos divisaron cuando nos encontrábamos en la parte baja de una
depresión del terreno, y una vez más volvimos a detenernos. Pero entonces los
extraños animales en lugar de atacarnos directamente permanecieron a cierta
distancia fuera del alcance de nuestras flechas, como si supieran cuál era el
limite de seguridad que no debían trasponer Luego, poco a poco comenzaron a
dispersarse a nuestro alrededor hasta que quedamos rodeados.
―Si
todos nos atacan ahora, acabarán con nosotros seguramente―me dijo Duare.
―Tal
vez si logramos matar a dos de ellos los demás se detendrán a devorarlos, y así
nos darán tiempo para que lleguemos al bosque ―le repliqué con optimismo
fingido.
Cuando
esperábamos ver cuál sería el siguiente movimiento de nuestros antagonistas,
oímos un fuerte grito que partió de lo alto del terreno. Levanté la mirada
rápidamente y vi, a la orilla de la hondonada, a un hombre que se hallaba
montado sobre un animal de cuatro patas.
Las
bestias que nos rodeaban, al oír aquella voz humana, miraron hacia el lugar de
donde había provenido e inmediatamente comenzaron de nuevo su extraño cacareo.
El hombre que montaba la bestia descendió lentamente por la hondonada en
dirección a nosotros. Al aproximarse al cerco formado por las bestias, éstas se
apartaron y lo dejaron pasar.
―Tuvieron
suerte de que yo llegara a tiempo―nos dijo el desconocido después de detener su
cabalgadura frente a Duare y a mí―. Mis kazares son muy feroces.
Luego
nos miró atentamente, en especial a Duare, y nos preguntó:
―¿Quiénes
son ustedes y de dónde vienen?
―Somos
extranjeros y nos encontramos perdidos ―le contesté―. Yo soy de California.
No
quería decirle que éramos de Vepaja hasta que supiésemos más de él. Si era un
thorano, era enemigo, y mientras menos supiera acerca de nosotros, seria mejor
y, en particular, no debería enterarse de que éramos del reino de Mintep, el
jong al que los thoranos consideraban su peor enemigo.
―¿California?
―repitió―. Nunca he oído hablar de ese país. ¿En dónde queda?
―En
Norteamérica―le respondí.
El
desconocido permaneció callado y movió la cabeza de un lado a otro.
―¿Y
tú quién eres y en qué país estamos?―le pregunte.
―Están
en Noobol. Pero eso por supuesto ya lo sabían, esta parte de la zona se llama
Morov. Yo soy Skor, el jong de Morov. Ustedes todavía no me han dicho cómo se
llaman.
―Mi
compañera se llama Duare―le contesté―, y yo soy Carson.
No
le dije mi apellido; casi nunca se acostumbra mencionarlo en las
presentaciones.
―¿Y
adónde se dirigían?
―Estábamos
tratando de llegar a la costa
―¿De
dónde vinieron?
―Hace
poco estuvimos en Kapdor―le dije, y vi que su mirada adquirió un brillo
amenazador.
―¡Entonces
son thoranos! ―gritó.
―No,
no lo somos―le respondí―. Los thoranos nos apresaron.
Confié
en que la suposición que me había formado fuese correcta y que nuestro
interlocutor no viese con buenos ojos a los thoranos. El débil hilo del que
pendían mis esperanzas era tan poco consistente como el leve gesto que le había
ensombrecido el rostro cuando le dije que habíamos estado en Kapdor. Pero, para
mi tranquilidad, su expresión cambió, y me dijo:
―Me
alegra que no sean thoranos, pues de lo contrario, no les ayudaría. No les
guardo ninguna simpatía.
―¿Entonces
sí nos ayudará?―le pregunté.
―Sí,
con gusto―me respondió sin dejar de mirar a Duare y con un tono de voz y una
expresion del semblante que no me agradaron del todo.
Los
kazares cacareaban y chillaban, y poco a poco iban cerrando el circulo
alrededor de nosotros. Cuando una de las bestias se aproximó demasiado, Skor le
lanzó un fuerte latigazo con un largo látigo que llevaba y el extraño animal se
retiró chillando y cacareando con más fuerza.
―Vamos―nos
dijo Skor―; los llevaré a mi casa y allí podremos discutir planes para el
futuro. La mujer será mejor que cabalgue detrás de mi, en el zorat.
―Prefiero
caminar―dijo Duare―; ya me acostumbré.
Skor
frunció levemente el entrecejo. Trató de hablar pero se contuvo y, encogiéndose
de hombros, dijo:
―Bien,
como quieras.
Luego
hizo dar media vuelta a su cabalgadura y emprendió el camino de regreso.
Al
animal que Skor montaba le daban el nombre de zorat y era completamente
diferente a las bestias que yo había visto hasta entonces. Era del tamaño de un
caballo pequeño. Sus largas y delgadas patas daban la impresión de que podía
correr muy velozmente; tenia pies redondos y sin cascos, cuyas plantas estaban
sumamente encallecidas. Su cerruma casi vertical hacía pensar que podía ser una
bestia de peso pesado, pero no era así. Después supe que sus fémures y sus
húmeros casi horizontales amortiguaban las sacudidas y hacían del zorat un buen
animal para montar.
En
su crucera y un poco hacia adelante de los riñones tenía unos cojincillos o
gibas en miniatura que formaban una silla de montar perfecta, con fuste y arzón
trasero naturales. El zorat era de cabeza corta y ancha, de ojos como platillos
y largas orejas que le colgaban. Sus dientes eran semejantes a los de los
herbívoros y parecía que su único medio de defensa era su agilidad, aunque
después tuve oportunidad de descubrir que podía usar las mandíbulas y los
dientes de manera muy efectiva cuando le hacían perder la paciencia.
Duare
y yo caminamos junto a Skor, que nos guiaba hacia su casa, mientras los
grotescos kazares seguían dócilmente a su amo. Nos dirigíamos hacia la gran
curva del río que Duare y yo habíamos tratado de evitar en nuestro camino yendo
a campo traviesa, y hacia el bosque que bordeaba sus orillas. Los kazares me
ponían nervioso, pues a veces caminaban demasiado cerca de nuestros talones y
yo temía que pudiesen herir a Duare antes de que pudiese impedirlo. Entonces le
pregunté a Skor para qué le servían aquellas bestias.
―Me
sirven para cazar―me respondió―, pero primeramente como medio de protección.
Tengo enemigos y también hay muchas bestias salvajes merodeando en Morov. Los
kazares no le temen a nada y atacan fieramente. Su mayor debilidad es su
inclinación al canibalismo, pues abandonan cualquier combate para devorar a
cualquiera de sus compañeros caídos.
Poco
después de entrar al bosque llegamos a una grande y sombría construcción de
piedra que parecía una fortaleza. Se hallaba sobre una pequeña elevación del
terreno y las aguas del río lamían los muros levantados junto a la orilla. Un
muro de piedra que terminaba en el que se elevaba junto al río encerraba varios
acres de terreno libre de vegetación frente al edificio. Una pesada puerta
cerraba la única abertura visible de aquel muro.
―¡Abran!
Es el jong ―gritó Skor cuando nos aproximamos, y la puerta se abrió lentamente
hacia afuera.
Al
entrar, varios hombres que se hallaban sentados sobre los troncos de los
árboles que habían derribado cuando limpiaron el terreno, se pusieron en pie e
inclinaron la cabeza. Era un lastimoso grupo de hombres. Lo que más me llamó la
atención fue el tono del color de su piel; tenia una palidez repulsiva y
enfermiza, como si careciesen de sangre. Vi los ojos de uno de ellos que
levantó la cabeza casualmente cuando pasábamos, y me estremecí. Eran sus ojos
vidriosos, blanquecinos, sin ningún destello, sin ningún calor. Hubiese pensado
que aquel hombre estaba ciego de no haber sido porque bajo la vista en el
instante en que mi mirada se encontró con la suya. Otro de aquellos hombres
tenia una horrible herida que le corría de la sien a la barbilla, y que se hallaba
abierta pero no sangraba.
Skor
dio una breve orden y dos hombres condujeron a la manada de kazares a un
cercado que se hallaba junto a la gran puerta de entrada. Mientras tanto,
nosotros nos dirigimos hacia el edificio, al que tal vez debiera llamar
castillo.
En
el cercado por el que pasamos solamente crecían algunos árboles que habían
dejado en pie. Estaba lleno de basura y desperdicios, y se hallaba en un estado
indescriptible de suciedad y desorden. Por todas partes había regados trapos,
sandalias viejas, utensilios de barro quebrados y los desperdicios de las
cocinas del castillo. El único sitio que se habían esforzado por limpiar era
una pequeña extensión de baldosas. de unos cuantos pies cuadrados, que se
encontraba frente a la entrada principal del edificio.
En
ese espacio detuvo Skor su cabalgadura y desmontó al mismo tiempo que tres
hombres parecidos a los que vimos a la gran puerta de entrada, salían de la
casa sin demostrar el menor ánimo. Uno de ellos tomó las riendas del zorat de
Skor y se alejó con él mientras los demás permanecían de pie, a cada lado de la
puerta por la que pasamos
El
pasillo era muy estrecho y su puerta gruesa y pesada. Parecía que aquella era
la única abertura que había en esa parte del primer piso del castillo. A lo
largo del segundo y del tercer piso vi unas ventanillas con barrotes En un
ángulo del edificio pude ver una torre que se elevaba a una altura de dos pisos
más por sobre la parte principal del castillo. Esa torre también tenia unas
ventanas pequeñas y algunas también estaban provistas de barrotes.
Lo
oscuro y sombrío del interior del castillo aunado al desagradable aspecto de
sus ocupantes produjeron en mi animo una depresión imposible de vencer.
―Deben
de tener hambre ―nos dijo Skor―. Pasemos al patio interior que es más agradable
que esto, y donde nos servirán comida.
Lo
seguimos por un corto corredor y luego por un pasillo hasta llegar a un patio
que se encontraba en el centro de la construcción. Ese lugar me pareció muy
semejante a los patios de las prisiones. El suelo era de baldosas y no había
ninguna planta ni ningún árbol. Por sus cuatro costados se elevaban los grises
muros de piedra en los que se recortaban unas pequeñas ventanas. En el trazo de
la estructura no se había desplegado el menor esfuerzo para lograr alguna
ornamentación arquitectónica ni para que algo embelleciese aquel sitio. En él
también había basura y desperdicios que seguramente había sido más fácil tirar
allí que llevarlos hasta el patio exterior.
Me
asaltaron presagios siniestros. Deseé no haber entrado nunca a aquel lugar y me
esforcé por calmar mis temores. Para tranquilizarme pensé que Skor no había
demostrado ser más que un anfitrión amable y solicito que trataba de ser
amistoso con nosotros. Pero comenzaba a dudar de que fuese un jong, pues en su
manera de vivir no había la menor indicación de realeza.
En
el centro del patio había una mesa de tablones con dos bancas sucias y
estropeadas junto a ella. Sobre la mesa estaban los restos de una comida. Skor,
gentilmente, nos señaló las bancas; luego dio tres palmadas y se sentó a la
cabecera de la mesa.
―Raras
veces tengo invitados ―nos dijo―, así que es gran placer para mi recibirles.
Espero que gozaran de su estancia aquí. Yo estoy seguro de que para mi será un
placer.
Al
decir las últimas palabras se quedó mirando a Duare de la misma manera que
tanto me había desagradado
―Estoy
segura de que estaríamos muy a gusto si pudiésemos permanecer por un tiempo
aquí―se apresuro a responder Duare―, pero no es posible. Tengo que regresar a
casa de mi padre.
―¿En
dónde queda su casa?―le preguntó Skor.
―En
Vepaja―le contestó Duare.
―Nunca
había oído hablar de ese país ―le dijo Skor―. ¿En qué región se halla?
―¿Nunca
había oído hablar de Vepaja? ―le preguntó Duare, incrédula―. Toda la región
actual de Thora se llamaba Vepaja hasta que los thoranos se levantaron en armas
y se apoderaron de ella y obligaron a los sobrevivientes de la clase gobernante
a refugiarse en la antigua
―Ah,
sí, he oído hablar de eso―admitió Skor―; pero ocurrió hace mucho tiempo y fue
en la distante Trabol.
―¿Acaso
no estamos en Trabol?―le preguntó Duare.
―No
―le respondió Skor―; estamos en Strabol.
―Pero
Strabol es la región tórrida―arguyó Duare―. Nadie puede vivir en Strabol.
―Ustedes
están en Strabol. Hace bastante calor durante una parte del año, pero no tanto
para no poder soportarlo.
Aquello
me interesaba. Si era verdad lo que decía Skor habíamos cruzado el ecuador y
nos encontrábamos en el hemisferio septentrional de Venus. Los vepajanos me
habían dicho que Strabol era inhabitable, que era una selva hirviente y húmeda
habitada tan sólo por terribles reptiles y bestias feroces. Todo el hemisferio
septentrional era una terra incognita para los hombres del hemisferio
meridional, y por eso yo estaba ansioso por explorado.
Como
yo era responsable de la seguridad de Duare no me sería posible realizar
ninguna exploración, pero podía pedirle información a Skor y, por lo tanto, le
pregunté acerca del país que se hallaba al norte.
―No
es bueno ―me contestó― es la tierra de los tontos. Desaprueban la verdadera
ciencia y el progreso. Me desterraron; querían matarme. Yo vine aquí y fundé el
reino de Morov. Eso ocurrió hace muchos anos, tal vez un siglo. Desde entonces
no he vuelto al lugar donde nací pero a veces viene gente de allí.
Al
terminar de hablar, Skor lanzó una desagradable carcajada. En eso,
indudablemente como respuesta a un llamado de Skor, una mujer se presentó ante
él. Era de edad mediana, estaba muy sucia y el color de su piel tenia el mismo
tono repulsivo que había yo visto en la piel de los hombres que guardaban la
gran puerta de la entrada. Su boca se mantenía abierta y por ella asomaba su
lengua una lengua seca e hinchada. Tenia los ojos vidriosos y miraba fijamente.
Avanzó arrastrando los pies torpemente por el suelo y tras ella aparecieron dos
hombres. Las tres personas eran muy semejantes entre si y había en ellas algo
sumamente repugnante.
―¡Llévense
esto! ―les dijo Skor ásperamente, y con un movimiento de la mano les indicó los
platos sucios―. Y traigan comida.
La
mujer y los dos hombres recogieron los platos y se fueron arrastrando los pies.
Ninguno habló. Pero la mirada de horror de Duare no pasó inadvertida para Skor.
―-¿No
te gustan mis criados?―le preguntó Skor, malhumorado.
―Yo
no he dicho nada―le contestó Duare.
―Lo
vi en la expresión de tu rostro―le dijo Skor, y de pronto prorrumpió en
carcajadas.
No
había júbilo en su risa, y en sus ojos no brillaba la alegría sino que un
terrible destello los iluminó por un solo instante.
―Son
unos servidores excelentes―continuó con un tono de voz normal―, no hablan
demasiado y hacen lo que yo les digo que hagan.
En
seguida los tres criados regresaron llevando platones con comida. La carne
estaba medio cruda y medio quemada, y tenia muy mal sabor; había frutas y
legumbres, pero parecía que no las habían lavado, y también había vino. Esto
último era lo único apropiado para el consumo humano.
La
cena no fue un éxito. Duare no pudo comer. Yo probé el vino y me dediqué a
observar a Skor, que comía vorazmente. Comenzaba ya a obscurecer cuando nuestro
anfitrión se levantó de la mesa.
―Los
llevaré a sus cuartos. Deben de estar cansados ―nos dijo, y su tono y su
actitud eran de un perfecto anfitrión―. Mañana continuarán su viaje.
Aliviados
con aquella promesa lo seguimos al interior de la casa. Era una morada oscura y
tenebrosa, fría y triste. Lo seguimos por una escalera que conducía al segundo
piso y continuamos por un largo y sombrío corredor. Luego, Skor se detuvo ante
una puerta y la abrió.
―Que
duermas bien―le dijo a Duare, haciendo una reverencia e indicándole que
entrara.
Duare
cruzó silenciosamente el umbral y Skor cerró la puerta tras ella; luego me
condujo hasta el final del corredor, y después de subir dos tramos de escalera,
pasamos a un cuarto circular que supuse que se hallaba en la torre que yo había
visto cuando entramos al castillo.
―Espero
que despiertes con nuevos ánimos―me dijo amablemente, y se retiró cerrando la
puerta al salir.
Oí
que se alejaba el ruido de sus pisadas en la escalera hasta perderse en la
distancia. Entonces pensé en Duare, que se hallaba sola en aquel sombrío y
misterioso castillo. No tenia ningún motivo para imaginarme que corriese
peligro, pero a pesar de todo me sentía intranquilo. De todos modos yo no tenia
intención de dejarla sola.
Esperé
lo suficiente para que Skor tuviese tiempo de llegar a sus habitaciones,
dondequiera que se encontraran, y luego me dirigí hacia la puerta decidido a ir
en busca de Duare. Descorrí el cerrojo y traté de abrir la puerta, pero estaba
cerrada por fuera. Rápidamente me dirigí hacia cada una de las ventanas. Todas
tenían gruesos barrotes. Entonces me pareció oír débilmente que una apagada
risa burlona salía hasta de los más recónditos rincones del castillo.
X
LA
JOVEN DE LA TORRE
La
cámara de la torre en la que me hallaba preso estaba iluminada solamente por el
misterioso resplandor que despide la oscuridad nocturna de Venus, la que sin
eso seria una oscuridad impenetrable. En la penumbra vi los muebles del cuarto;
eran muy escasos. Aquel lugar tenia más apariencia de una celda que de una
cámara para huéspedes.
Me
acerqué a una cómoda y la examiné. Estaba llena de vestidos usados hechos
jirones, pedazos de cordel y unas cuantas cuerdas, que sospeche que habían
servido como ligaduras. Caminé de un lado a otro de la habitación, preocupado
por Duare. Se hallaba desamparada. Yo no podía hacer nada. Seria inútil tratar
de derribar la puerta o llamar para que me dejasen salir. La voluntad del
hombre que me había encarcelado era suprema en aquel dominio. Sólo un acto
guiado por aquella voluntad podría dejarme en libertad.
Me
senté en una tosca banca que estaba junto a una mesa pequeña, y traté de trazar
algún plan. Busque con la mirada alguna aspillera que me permitiese escapar,
pero no había ninguna. Me puse en pie y volví a examinar los barrotes de la
ventana y la pesada puerta. Eran impenetrables.
Por
fin me dirigí a un diván desvencijado que se hallaba junto a la pared y me
acosté sobre la piel maloliente que lo cubría. Reinaba un silencio absoluto, el
silencio de una tumba. Durante un momento nada lo turbó; luego oí un ruido en
lo alto de la celda. Parecía ser producido por unos pies desnudos que caminaban
de un lado a otro sobre el techo.
Había
creído que me encontraba en el último piso de la torre, pero lo que oía me daba
a entender que debía de haber otro cuarto sobre mi celda, si es que aquel ruido
era producido por las pisadas de algún ser humano.
La
monotonía de aquel ruido intermitente y apagado me produjo un efecto
soporífero. Dos veces estuve a punto de quedarme dormido. Yo no quería dormir,
pues presentía que debía permanecer despierto, pero al fin tuve que rendirme al
cansancio.
No
sé cuánto tiempo me quedé dormido. Desperté bruscamente, seguro de que alguien
me había tocado. La silueta de un ser humano se inclinaba hacia mí y, al
incorporarme, unas fuertes manos, frías y viscosas, como si fueran las manos de
la muerte, se cerraron alrededor de mi cuello.
Luché
desesperadamente y al fin logré rodear con mis manos el cuello de mi
antagonista, que también lo tenía frío y viscoso. Soy un hombre fuerte, pero
aquella especie de ser que se hallaba sobre mí, lo era más. Le di de golpes con
los puños cerrados. Una espantosa risa apagada se escuchó en el corredor, y,
horrorizado, sentí que hasta los cabellos se me erizaban.
Me
imaginé que pronto moriría, y una infinidad de pensamientos pasaron por mi
mente. Pero la preocupación por Duare era lo más importante, así como el
terrible pesar de que tenía que abandonarla en manos del malvado Skor que ya
sin duda alguna de mi parte, había sido el dirigente de aquel ataque. Supuse
que trataba de acabar conmigo para librarse del único obstáculo posible que
podía interponerse entre él y Duare.
De
pronto, cuando luchaba, algo me golpeó la cabeza y perdí el conocimiento.
Ya
era de día cuando abrí los ojos. Me encontraba todavía en el diván, tendido
boca arriba. Al mirar el techo y tratar de recordar lo que había pasado, vi una
rendija, como si fuese la pequeña abertura producida por una trampa ligeramente
abierta, y por esa rendija un par de ojos me estaban mirando.
¿Algún
nuevo horror? Permanecí inmóvil, y fascinado vi que la trampa se abría
lentamente. Luego apareció un rostro. Era el rostro de una joven muy hermosa,
pero ésta se hallaba demacrada y en sus ojos se reflejaba un terrible miedo.
―¿Estás
vivo? ―me preguntó la joven con voz que parecía un susurro.
Me
incorporé y me apoyé sobre un hombro.
―¿Quién
eres? ―indagué― ¿Vienes para torturarme?
―No.
Yo también me hallo prisionera aquí. Ya se fue tu agresor tal vez podamos
escapar.
―¿Cómo?
―le pregunté sin dejar de sospechar que estuviese en connivencia con Skor.
―¿Puedes
subir aquí donde estoy? Mis ventanas no tienen barrotes porque son tan altas
que nadie podría saltar de ellas sin matarse o quedar muy mal herido. ¡Si
tuviésemos una cuerda!
Antes
de responderle pensé detenidamente en lo que me había dicho. ¿Y si fuese un
engaño? ¿Podría encontrarme en peores circunstancias en alguna otra cámara de
aquel maldito castillo?
―Aquí
hay cuerdas ―le dije―; las tomaré y subiré. Quizá no sean suficientes, pero las
llevaré.
―¿Cómo
subirás? ―me preguntó.
―Eso
será fácil. Espera que busque las cuerdas.
Me
dirigí a la cómoda y saqué de los cajones todas las cuerdas y cordeles que
había visto la noche anterior, y luego la empujé por la celda hasta que quedó
exactamente debajo de la trampa.
Desde
lo alto de la cómoda se podía alcanzar fácilmente el borde de la trampa, así
que después de entregarle a la joven las cuerdas, subí a su celda, y luego ella
cerró la trampa y permanecimos mirándonos con atención durante un momento.
La
joven, a pesar de su temor y de su apariencia desaseada, era mucho más bella de
lo que me había parecido en el primer momento en que la vi, y cuando su franca
mirada se encontró con la mía, desaparecieron todos mis recelos acerca de su
sinceridad. Estaba seguro de que aquel hermoso semblante no ocultaba doblez ni
engaño.
―No
debes desconfiar de mi―me dijo como si hubiese leído mis pensamientos―, aunque
no puedo culparte de que sientas desconfianza de todos los que se hallan en
este terrible castillo.
―¿Entonces
cómo puedes confiar en mí?―le pregunté―. No sabes nada acerca de mi persona.
―Sé
lo suficiente―me respondió―. Ayer vi desde esa ventana que tú y tu compañera
llegaron con Skor, y comprendí que éste ya tenía dos nuevas victimas. Luego,
anoche, oí que encerraron a alguien en la celda que se encuentra debajo de la
mía, pero no sabía si se trataba de ti o de tu compañera. Quería prevenirlo
pero me contuve por temor a Skor, y durante largo rato estuve caminando de un
lado a otro de la celda mientras decidía lo que debía hacer.
―Entonces
fueron tus pisadas las que oí.
―Sí.
Después oí que llegaba gente otra vez, oí ruido de lucha y la espantosa risa de
Skor. ¡Oh, cuánto odio y cuánto temo esa risa! Luego todo quedó en calma. Creí
que habían matado al prisionero, en caso de que hubieses sido tú, o que, si se trataba
de tu compañera, la habían secuestrado. ¡ Ah, pobrecilla ! Y es tan bella.
Ojalá que haya logrado huir sin contratiempo, pero no creo que haya sido
posible.
―¿Huir?
¿Qué quieres decir con eso? ―le pregunté
―Huyó
esta mañana, muy temprano. No sé cómo pudo salir de su cuarto, pero desde la
ventana vi que cruzaba el patio. Escaló la pared que se levanta junto al río, y
supongo que se arrojó al agua. No volví a verla.
―¿Duare
escapó? ¿Estás segura de que era ella?
―Era
la bella joven que llegó ayer contigo. Skor debió de haber descubierto la fuga
aproximadamente una hora después, porque salió iracundo del castillo. Llamó a
todos esos infelices seres que vigilan la gran puerta de entrada y mandó buscar
a todos los kazares para emprender la búsqueda. Tal vez nunca se vuelva a
presentar otra oportunidad como esta para escapar.
―¡Entonces
preparemos la fuga!―exclamé―. ¿Tienes algún plan?
―Sí―me
contestó―. Con la cuerda podremos descender hasta la azotea del castillo, y de
allí bajaremos hasta el patio. No hay nadie vigilando la puerta, y Skor se
llevó a todos los kazares. Si nos descubren tendremos que confiar en la rapidez
de nuestras piernas, pero tenemos la ventaja de que solo hay por ahora tres o
cuatro sirvientes en el castillo, y cuando su amo no se encuentra aquí, no
acostumbran mantenerse muy alerta.
―Skor
no me quitó las armas―le dije a la joven―, así que si alguno de sus servidores
intenta detenernos, lo mataré.
La
joven movió la cabeza de un lado a otro.
―No
puedes matar a ninguno de ellos―murmuró, temblorosa.
―¿Qué
quieres decir?―le pregunté―. ¿Por qué no los puedo matar?
―Porque
ya están muertos.
La
miré asombrado, como si necesitara tiempo para hacerme consciente del
significado de sus palabras, que aclaraban la razón de la extraña apariencia de
aquellos seres humanos que tanto me había repugnado el día anterior.
―Pero,
¿cómo es posible que estén muertos?―exclamé―. Yo los vi caminar y vi que
obedecían las órdenes que les daba Skor.
―No
lo sé―me contestó―; ese es el terrible secreto de Skor. Si no escapamos, pronto
estarás como ellos, y también, poco después, la joven que vino contigo. .. y
yo. Nos mantendrá vivas un poco más de tiempo que a ti, para practicar sus
experimentos. Todos los días me saca un poco de sangre. Está tratando de
descubrir el secreto de la vida. Dice que puede hacer células iguales a las del
cuerpo humano y que se ha valido de ellas para infundir vida sintética a los
muertos que ha sacado de sus tumbas. Pero sólo logra producir una parodia de la
vida, pues en las venas de esos seres no corre la sangre y sus mentes sólo
albergan los pensamientos que Skor les transmite por medio de algún
procedimiento telepático desconocido. Pero lo que más anhela es reproducir células
embrionarias para dar nacimiento a una nueva raza de seres cuyos rasgos
característicos hayan sido previamente determinados por él. Por eso me extrae
sangre, y por eso se interesa en la joven a quien llamas Duare. Cuando nos
hallemos próximos a morir debido al excesivo empobrecimiento de nuestra sangre,
Skor nos matará y seremos iguales a sus demás servidores. Pero no nos dejará en
el castillo, sino que nos llevará a la ciudad en la que gobierna con el título
de jong. Aquí sólo guarda unos cuantos ejemplares imperfectos, pero dice que en
Kormor tiene muchos excelentes.
―¿Entonces
sí es jong?―le pregunté con cierta incredulidad.
―Él
se nombró jong y creó sus propios súbditos―me contestó la joven.
―¿Y
te tiene prisionera sólo para extraerte sangre?
―Sí.
No es como los demás hombres, él no es humano.
―¿Cuánto
tiempo has estado aquí?
―Mucho
tiempo, pero todavía me encuentro viva porque Skor permanece en Kormor durante
largas temporadas.
―Tenemos
que escapar antes de que regrese. Quiero buscar a Duare.
Me
acerqué a una de las ventanas que estaban desprovistos de barrotes, y miré la
azotea del castillo que se encontraba como a veinte pies hacia abajo. Luego
tomé los pedazos de cuerda y los examiné cuidadosamente. Había varios pedazos
que unidos medirían unos cuarenta pies lo que era más que suficiente. Y,
además, la cuerda parecía que soportaría bastante peso. Até los pedazos y luego
volví a acercarme a la ventana. La joven estaba junto a mí.
―¿Podría
vernos alguien?―le pregunté.
―Skor
sólo dejó sirvientes y éstos son muy descuidados ―me replicó la joven―. Están
en un cuarto del primer piso de la otra ala del castillo, y cuando se quedan
solos permanecen sentados durante horas. Dentro de un rato dos de ellos nos
traerán de comer, y debemos escapar antes de que lleguen. pues a veces se
olvidan de regresar a su alojamiento y se quedan sentados en el pasillo junto a
mi puerta. Te darás cuenta de que hay una rejilla en la puerta y. por lo tanto.
nos verían con seguridad si tratamos de escapar mientras ellos se encuentran
ahí.
―Partiremos
ahora―le dije.
En
seguida hice un lazo en un extremo de la cuerda y se lo puse a la joven
alrededor del cuerpo, de tal manera que pudiera sentarse en él cuando yo lo
arriase hasta dejarla en la azotea.
La
joven, sin titubear un solo instante, se subió a la ventana y se resbaló hacia
el exterior hasta quedar sentada firmemente en el lazo; entonces apoyé los pies
contra la pared y comencé a arriarla rápidamente hasta que sentí que se
aflojaba la cuerda.
Luego
empujé el camastro de la joven hasta dejarlo junto a la ventana, y por debajo
de él pasé el extremo libre de la cuerda y saqué ésta por la ventana para que
cayese a la azotea. De esa manera ya tenía yo dos partes de la cuerda que
llegaban a la azotea. mientras que la parte media pasaba alrededor del camastro
que era demasiado grande para que durante mi descenso pudiese salirse por la
ventana arrastrado por el peso de mi cuerpo.
Sujeté
los dos cabos de la cuerda, pasé por la ventana y me arrié rápidamente hasta
llegar junto a la joven que estaba esperándome en la azotea; luego tiré con
fuerza de uno de los extremos de la cuerda y jalé ésta para que después de que
el cabo libre rodease el camastro, cayese a la azotea. Así recobré la cuerda
para usarla en el nuevo descenso que teníamos que realizar para llegar
finalmente a tierra.
A
toda prisa nos dirigimos al borde de la azotea que daba al patio exterior del
castillo al que habíamos planeado bajar. No se veía a nadie allí, pero cuando
yo estaba a punto de arriar a la joven, oí detrás de nosotros un fuerte grito
que nos sobrecogió de espanto.
Volvimos
el rostro y vimos a tres de los seres de Skor mirándonos desde una de las
ventanas superiores del castillo, que se hallaban en el costado opuesto del
patio interior. Casi en el mismo instante en que volvimos el rostro los tres
seres abandonaron la ventana, y después oímos que gritaban por el castillo.
―¿Qué
vamos a hacer? ―me preguntó con desesperación la joven―. ¡Estamos perdidos!
Saldrán a la azotea por la puerta de la torre, y nos atraparán. No eran
sirvlentes. eran tres guardias. Yo creí que Skor se había llevado a todos los
guardias, pero me equivoqué.
No
le respondí a mi compañera, pero la tomé de la mano y avanzamos hacia el
extremo más lejano de la azotea. Una subita esperanza, nacida de lo que la
joven me había contado acerca de la huida de Duare, había surgido en mí.
Corrimos
lo más rápidamente posible, y cuando llegamos al borde de esa parte de la
azotea, miramos hacia abajo y vimos las aguas del río que lamían el pie del
muro del castillo. Pasé la cuerda alrededor del talle de la joven Esta
permaneció callada sin hacer ningún comentario, se trepó rápidamente al pretil
de la azotea, y unos instantes después empecé a arriarla hacia el río.
A
mis espaldas, a cierta distancia, oí unos espantosos gritos. Volví el rostro y
vi que tres cadáveres vivientes corrían hacia mí. Entonces arrié la cuerda tan
rápidamente que me quemó las manos, pero no había que perder tiempo. Temí que
los cadáveres vivientes me atacasen antes de que pudiese hacer llegar a la
joven hasta las relativamente seguras aguas del río.
Las
rápidas pisadas se oían cada vez más cerca, así como los incoherentes gritos de
los cadáveres. En eso oí un chapoteo en el agua y al mismo tiempo sentí que se
aflojaba la cuerda que iba pasando por mis manos. Miré a mis espaldas y vi que
uno de los guardias estaba ya muy cerca de mí y extendía la mano para
sujetarme. Era uno de los que había visto el día anterior guardando la gran
puerta de entrada. Lo reconocí por la enorme cuchillada que tenia en la mejilla
y de la que no manaba sangre. La fija mirada de sus ojos vidriosos era
completamente inexpresiva, pero en su boca se delineaba una espantosa mueca.
Aquel
cadáver viviente estaba a punto de atraparme, y sólo me quedaba un único
recurso para escapar. Salté al pretil de la azotea y me arrojé de cabeza al
río. Soy un buen nadador pero creo que nunca antes había yo realizado un
lanzamiento tan magnifico como el que realicé aquel día desde el pretil de la
azotea del tenebroso castillo de Skor, el jong de Morov.
Al
salir a la superficie del río sacudí la cabeza para quitarme el agua que me
nublaba la vista, y en seguida miré a mi derredor en busca de la joven. Pero no
la vi en ninguna parte. Estaba seguro de que no podía haber alcanzado la orilla
del río en el corto tiempo que había transcurrido desde el momento en que la
hice llegar al agua, pues los muros del castillo se extendían una gran
distancia en ambas direcciones contrarias, sin ofrecer el menor punto de apoyo,
y la orilla opuesta se hallaba demasiado distante.
Mientras
la corriente me arrastraba río abajo, yo miraba por todas partes hasta que, un
poco más adelante de mí, vi que la joven sacaba la cabeza a la superficie del
agua. Nadé velozmente hacia ella pero, al acercarme, volvió a sumergirse;
entonces me zambullí y la saqué a la superficie. Estaba todavía consciente pero
a punto de desfallecer.
Dirigi
la mirada hacia el castillo y vi que los guardias ya no estaban en la azotea, y
supuse que pronto aparecerían a la orilla del río dispuestos a capturarnos tan
pronto saliésemos del agua. Pero yo no tenia la menor intención de dirigirme a
la orilla en la que seguramente se encontrarían.
Sujeté
con firmeza a la joven y nadé hacia la orilla opuesta. En aquel lugar, el río
era mucho más ancho y profundo que en la parte en que habíamos caído al agua.
Estábamos ya en un río muy grande, y no podía imaginarme qué terribles
monstruos habitaban en aquellas profundidades; sólo podía alentar la esperanza
de que ninguno de ellos nos descubriese.
La
joven no luchó, se mantenía muy quieta, y empecé a temer que se hallase muerta,
por lo que me esforcé aún más por llegar pronto a la orilla. La corriente nos
arrastraba río abajo, lo que me alegró, pues nos alejaba del castillo y de los
guardias de Skor.
Al
fin llegamos a la orilla y llevé a la joven hasta un pequeño espacio cubierto
de césped color violeta, para darle respiración artificial. Pero al depositarla
sobre el césped abrió los ojos y me miró. En sus labios me pareció percibir el
esbozo de una sonrisa.
―Dentro
de un momento estaré bien ―me dijo débilmente―. ¡Qué susto pasé!
―¿No
sabes nadar?―le pregunté.
Movió
lentamente la cabeza de un lado a otro.
―No―me
respondió.
―¿Y
dejaste que te arriara hasta el río sin decírmelo? ―exclamé asombrado del valor
que había demostrado con su silencio.
―No
podía hacer otra cosa ―me dijo tranquilamente―. Si te lo hubiese dicho no me
habrías arriado y los dos habríamos sido capturados. Todavía no sé cómo
lograste llegar al río sin que te atrapasen.
―Me
lancé de cabeza al agua―le dije.
―¿Te
arrojaste desde lo alto del castillo? ¡Increíble!
―Tú
eres de un lugar donde hay poca agua―le contesté sin poder contener la risa.
―¿Por
qué crees eso?
―Porque
de lo contrario habrías visto suficientes zambullidas para saber que la mía no
fue nada extraordinario.
―Mi
patria está enclavada en un territorio montañoso donde se nada poco porque los
ríos forman torrentes.
―¿Y
donde queda tu patria? ―le pregunté.
―¡Oh!,
está muy lejos de aquí―me respondió―. Ni siquiera sé por dónde se encuentra.
―¿Entonces
cómo es que te hallas en los dominios de Skor?
―Durante
una guerra los enemigos me capturaron junto con otras personas. y nos llevaron
a una gran llanura que se extendía más allá de las montañas. Una noche escapé
junto con otro cautivo. Mi compañero era un soldado que había estado por mucho
tiempo al servicio de mi padre. Era muy leal. y trató de llevarme nuevamente a
la patria, pero nos perdimos. No sé cuánto tiempo anduvimos sin rumbo hasta que
llegamos a un ancho río en el que había gente que navegaba en unos barcos. Esa
gente vivía en aquellas embarcaciones, y se dedicaban al pillaje y a la guerra.
Nos atacaron. mi compañero murió defendiéndome y yo fui hecha prisionera. Pero
pronto terminó mi cautiverio. La primera noche varios oficiales comenzaron a
pelear porque no se ponían de acuerdo acerca de quién se quedaría conmigo, y
mientras peleaban, yo llegué hasta un botecito que flotaba a la gran
embarcación y logré escapar. La corriente del río arrastró el bote durante
muchos días y estuve a punto de morir de hambre, a pesar de que a las orillas
del río veía que crecían matas cargadas de frutas. Pero no había remos en el
bote y éste era demasiado pesado, así que no podía hacerlo llegar a la playa.
Por fin la barca encalló en un banco de arena que se hallaba en una parte en
que el curso del río describía una gran curva, y dio la casualidad de que Skor
se encontraba cazando allí, y me vio. Eso es todo. He pasado mucho tiempo aquí.
XI
LOS
PIGMEOS
Cuando
la joven termino su relato, vi que en la orilla opuesta del río tres cadáveres
vivientes se hallaban mirándonos. Titubearon unos instantes, pero después se
arrojaron al agua.
Tomé
a la joven de la mano y la ayudé a ponerse en pie. Sólo huyendo podíamos
defendernos. Aunque había tenido que deshacerme de mi lanza, conservaba mi arco
y mis flechas, y éstas las llevaba atadas fuertemente a mi carcaj. El arco me
lo había colgado de un hombro poco antes de abandonar la torre. Pero, ¿qué daño
podían causar unas flechas a unos cadáveres?
Volví
a mirar a nuestros perseguidores y vi que chapaleaban en la parte profunda del
río, y me di cuenta al momento de que ninguno de ellos sabía nadar. La
corriente los arrastraba río abajo. Algunas veces flotaban boca arriba, y otras
veces con la cara sumergida en el agua.
―No
hay por qué temerles―le dije a la joven―; pronto se ahogarán.
―No
pueden ahogarse―me replicó mi compañera, estremeciéndose.
―No
había pensado en eso―reconocí―, pero es poco probable que puedan llegar a esta
orilla, al menos antes de que hayan avanzado bastante río abajo. Tendremos
suficiente tiempo para escapar.
―Entonces
vámonos; odio este lugar y quiero alejarme de él.
―No
puedo abandonar esta región hasta que haya encontrado a Duare―le dije―. Tengo
que buscarla.
―Sí
es cierto, debemos tratar de encontrarla. Pero, ¿dónde?
―Intentará
llegar al gran río para seguir su curso y llegar hasta el mar―le expliqué―. Y
creo que, igual que nosotros. pensará que es más seguro avanzar por la orilla
de este arroyo para llegar al río, puesto que el bosque la protegería de que la
viesen fácilmente.
―Tenemos
que cuidarnos de los cadáveres vivientes ―me advirtió la joven―, pues nos
encontraremos conellos si la corriente los saca a esta orilla.
―Sí.
y quiero ver por cuál ribera salen, para cruzar a la opuesta y buscar a Duare.
Durante
cierto tiempo avanzamos río abajo, con precaución y en silencio pero atentos a
cualquier ruido que pudiera indicarnos algún peligro. Yo pensaba en Duare y me
preocupaba por su seguridad; sin embargo, a veces mis pensamientos recaían en
la joven que marchaba junto a mí. y no podía menos que recordar su valor
durante nuestra fuga y la generosa aceptación de retrasar nuestra huida para
buscar a Duare. Era evidente que su carácter resultaba tan bello como su cuerpo
y su rostro. ¡Y yo ni siquiera sabía cómo se llamaba!
Esto
último me pareció tan sorprendente como el hecho de que sólo hacía una hora que
la conocía. Los lazos que ligan a las personas en la adversidad y el peligro
son tan fuertes que sentía que siempre había yo conocido a mi compañera, que
aquella hora era una eternidad.
―¿Ya
te diste cuenta de que no nos hemos dicho cómo nos llamamos?―le pregunté, y le
dije mi nombre.
―Carson
Napier―repitió ella―. Es un nombre extraño.
―¿Y
tú cómo te llamas?
―Nalte
voo jan kum Baltoo―me contestó, y lo cual significa "Nalte, la hija de
Baltoo"―. Soy conocida como Voo Jan, pero mis amigos me llaman Nalte.
―¿Y
cómo puedo llamarte?―le pregunté.
La
joven me miró sorprendida, y exclamó:
―¡Pues
Nalte, naturalmente!
―Es
un honor para mi que me incluyas entre tus amigos.
―¿Pero
acaso no eres mi mejor amigo, mi único amigo, ahora en Amtor?
Tuve
que reconocer que su razonamiento era correcto, pues podíamos considerar que
por entonces éramos los dos únicos seres vivientes en aquel nebuloso planeta de
Amtor, y, por cierto, no éramos enemigos.
Avanzábamos
cautelosamente y ya habíamos divisado el río cuando Nalte de pronto me tocó un
brazo y me señaló la ribera opuesta, al mismo tiempo que me jalaba para que nos
ocultásemos detrás de unos arbustos.
Uno
de los cadáveres vivientes había llegado a la margen opuesta del río,
exactamente frente a nosotros, y a cierta distancia, un poco más adelante de
aquél, habían salido los otros dos. Se pusieron en pie trabajosamente, y luego
el primero que habíamos visto llamó a los otros y éstos se le acercaron. Los
tres cadáveres hablaban, gesticulaban y nos señalaban. Era algo horrible, y yo
sentí que se me erizaba todo el cuerpo.
¿Qué
harían? ¿Continuarían la búsqueda o regresarían al castillo? Si se decidían por
lo primero, tendrían que cruzar el río; y ya debían de saber que aquello era
difícil que lo lograsen. ¡Pero eso era atribuirle la facultad de razonar a su
cerebro muerto! Me parecía increíble. Entonces le pregunté a Nalte qué pensaba
al respecto.
―No
lo sé―me respondió―. Conversan y parece que razonan. Antes creía que la
influencia hipnótica de Skor motivaba todos sus actos, es decir, que sólo
tenían los pensamientos que su amo les dictaba; pero cuando Skor está ausente
actúan de manera autónoma, tal como has visto que hacen hoy, lo cual destruye
la teoría. Skor dice que razonan, que les ha estimulado el sistema nervioso
para que vibre como si estuviese vivo aunque no corra sangre por sus venas.
Pero las experiencias de su vida pasada ejercen menor influencia en la
formación de sus juicios, que el nuevo patrón de conducta y el nuevo código
moral que él les ha infundido en su cerebro muerto. Skor reconoce que los
ejemplares que tiene en su castillo son muy tontos, pero insiste en que eso es
porque era gente muy tonta en vida.
Los
cadáveres vivientes hablaron durante un rato, y luego, lentamente emprendieron
la marcha río arriba, en dirección al castillo. Y Nalte y yo dejamos escapar un
suspiro de alivio al verlos desaparecer a lo lejos.
―Ahora
debemos encontrar un buen lugar para cruzar el río―le dije―. Quiero ver si en
el otro lado encuentro indicios de la presencia de Duare. Debe de haber dejado
huellas en la tierra blanda.
―Hay
un vado más adelante, río arriba―me dijo Nalte―. Lo cruzamos cuando. después de
que me capturó Skor, nos dirigíamos a su castillo. No sé dónde se encuentra,
pero no puede estar muy lejos.
Después
de avanzar por la ribera como dos millas más allá del sitio en que habíamos
visto que salieran a la margen opuesta los cadáveres vivientes, y sin haber
encontrado todavía el vado. oí débilmente un cacareo conocido que parecía
provenir de cierto punto más adelante de la otra margen del río.
―¿Oíste
eso?―le pregunté a Nalte.
La
joven prestó atención y poco a poco el cacareo fue haciéndose más fuerte.
―Si―me
contestó―, son los kazares. Debemos escondernos .
Nalte
y yo nos escondimos detrás de unos arbustos, y aguardamos. La sonoridad del
cacareo aumentaba, y nos dimos cuenta de que los kazares se aproximaban.
―¿Crees
que sea la jauria de Skor? ―le pregunté a Nalte.
―Debe
de ser ―me replicó―, pues según Skor, no existen más en esta región.
―¿Ni
siquiera kazares salvajes?
―No;
dice que en estado salvaje sólo hay en esta margen del río. ¡Esos son los
kazares de Skor!
Aguardamos
silenciosos y cada vez oíamos el ruido más cerca. De pronto divisamos en la
ribera opuesta al nuevo conductor de la jauría seguido por otras bestias de la
misma grotesca especie, y luego vimos a Skor que avanzaba montado en su zorat y
acompañado de los cadáveres vivientes que formaban su comitiva.
―¡Duare
no está ahí!―murmuró Nalte―. Skor no la capturó.
Estuvimos
observando a Skor y a su séquito hasta que se perdieron de vista entre los
árboles del bosque que se extendía al otro lado del río, y suspiré aliviado pensando
que esa seria la última vez que vería al jong de Morov.
Aunque
me tranquilice al saber que no habían capturado a Duare, todavía me encontraba
preocupado por la suerte que hubiese corrido. Muchos peligros podían
amenazarla, sola y sin ninguna protección en aquellas tierras salvajes. Y
solamente tenia una vaga idea acerca de dónde buscarla.
Después
de que se alejó Skor, Nalte y yo habíamos continuado nuestro camino río abajo,
y poco después mi compañera me señaló una franja de pequeñas ondulaciones que
se extendían de una margen a otra en la parte en que el río ganaba anchura.
―Ese
es el vado―me dijo―, pero seria inútil cruzarlo para buscar el rastro de Duare.
Si hubiese escapado por ese lado del río, los kazares la habrían encontrado
hace rato. El que no la hubiesen hallado es suficiente prueba de que no
marchaba por ahí.
Yo
no estaba convencido de aquello. Desconocía si Duare sabía nadar, pero suponía
que no, puesto que había nacido y vivido en la ciudad arbórea de Kooad.
―Tal
vez dieron con ella y la mataron―le dije a Nalte, y me horroricé tan sólo de
pensar en semejante tragedia.
―No
―me replicó Nalte―. Skor lo hubiese evitado, pues la quería.
―Pero
pudo matarla alguna bestia del bosque, y ellos podrían haber encontrado su
cadáver.
―Entonces
Skor se habría llevado el cadáver y lo hubiese animado con la vida artificial
que le ha dado a su séquito de muerte―arguyó Nalte.
Pero
yo todavía no me dejaba convencer.
―¿Cómo
persiguen los kazares a su presa? ―le pregunté―. ¿Olfatean su rastro?
―No―me
respondió―; su sentido del olfato es muy deficiente, pero tienen una vista
sumamente penetrante. Se valen exclusivamente de sus ojos para rastrear.
―Entonces
es posible que no hubiesen pasado cerca del rastro de Duare. y que ella hubiese
podido escapar.
―Es
posible pero no probable ―me replicó Nalte―. Lo que me parece más probable es
que alguna bestia del bosque la hubiese devorado antes de que Skor hubiese
podido encontrarla.
Aquella
explicación ya se me había ocurrido, pero no quería ni siquiera pensar en ella.
―De
todas maneras deberíamos cruzar a la otra orilla ―le dije―, pues si vamos a
seguir río abajo por el gran río, tarde o temprano tendremos que cruzar este
afluente, y tal vez ya no encontremos otro vado en la parte del río que se va haciendo
más profunda al irse aproximando a su desembocadura.
El
vado era ancho y las ondas del agua señalaban bien su dirección, así que no
tuvimos ninguna dificultad en marchar sobre él hasta llegar a la ribera
opuesta. Sin embargo, nos vimos obligados a tener la vista fija en el agua la
mayor parte del tiempo, debido a que el vado describía dos curvas que formaban
una S aplastada, y de no haber tenido cuidado no habría sido difícil que
hubiésemos caído en aguas profundas y que la corriente nos hubiese arrastrado.
A
ese cuidadoso empeño puede atribuírsele el desastre que ocurrió cuando
estábamos por llegar a la ribera izquierda del río. Por mera casualidad levante
la vista. Para mayor seguridad, Nalte y yo caminábamos tomados de la mano; yo
me encontraba ligeramente adelante de ella, y de pronto vi algo y me detuve tan
repentinamente que la joven chocó conmigo. Luego levantó la vista y dejó
escapar de sus labios un corto e involuntario grito de alarma.
―¿Qué
es eso?―me preguntó.
―No
lo sé―le respondí―. ¿No los conocías?
―No.
Nunca había visto seres como esos.
A la
orilla del agua, aguardándonos, había media docena de seres de apariencia
humana, y otros iguales a éstos se descolgaban de los árboles del bosque y
avanzaban torpemente hacia el vado. Tenían aproximadamente unos tres pies de
altura y su cuerpo estaba completamente cubierto de largos pelos. Al principio
creí que eran monos, aunque tenían una semejanza sorprendente con los seres
humanos. Cuando vieron que nos habíamos dado cuenta de su presencia, uno de
ellos habló, y mi suposición de que fuesen simios perdió todo su valor.
―Soy
Ul―dijo el que tomó la palabra―. Váyanse de la tierra de Ul. ¡Yo soy Ul! ¡Yo
mato!
―No
queremos hacerles daño ―le contesté―. Solamente queremos cruzar sus tierras.
―¡Váyanse!
―gruñó Ul, y enseñó sus afiladas garras.
A la
orilla del río ya se habían reunido cincuenta hombrecillos que gruñían y nos
amenazaban. No llevaban puesta ninguna ropa ni ningún adorno, y tampoco estaban
armados, pero sus afiladas garras y los abultados músculos de sus espaldas y
sus brazos hacían suponer que no tendrían dificultad en llevar a cabo las
amenazas de Ul.
―¿Qué
vamos a hacer? ―me preguntó Nalte―. Nos harán pedazos tan pronto salgamos del
agua.
―Tal
vez pueda convencerlos de que nos dejen pasar ―le dije.
Pero
tuve que admitir mi derrota después de transcurridos cinco minutos de inútiles
esfuerzos. Ul, como única respuesta a mis alegatos, repetía:
―¡Váyanse!
¡Yo matar! ¡Yo matar!
Me
disgustaba tener que dar media vuelta pues sabía que de todas maneras teníamos
que cruzar el río, y que tal vez no hallásemos otro paso como aquel. Pero al
fin a pesar de mi disgusto, tomé de la mano a Nalte y regresamos a la margen
derecha.
Todo
el resto del día, mientras avanzábamos río abajo traté de encontrar el rastro
de Duare, pero mis esfuerzos resultaron vanos. Estaba desalentado, pues me
imaginaba que no volvería a verla nunca. Nalte intentó varias veces animarme,
pero puesto que ella daba por muerta a Duare, sus empeños no tuvieron mucho
éxito.
Avanzada
la tarde logré matar un pequeño animal. Como no habíamos comido nada durante el
día, nos encontrábamos hambrientos y pronto encendimos una hoguera y asamos la
blanda carne del animalito.
Después
de comer formé una plataforma entre las ramas de un alto árbol y recogí grandes
hojas para que nos sirviesen como colchón y también para cubrimos. Y cuando
cayo la noche, Nalte y yo nos acomodamos en nuestro elevado refugio.
Durante
un rato permanecimos en silencio, absortos en nuestros propios pensamientos. No
sé en qué pensaría Nalte, pero yo maldecía el día en que había concebido la
idea de construir el enorme torpedo que me había llevado a Venus, y a
continuación lo bendecía porque me había proporcionado la oportunidad de
conocer y de poder amar a Duare.
Fue
Nalte la que rompió el silencio, y como si hubiese leído mis pensamientos, me
preguntó:
―¿Amas
mucho a Duare?
―Sí―le
contesté.
Nalte
suspiró, y dijo:
―Debe
de ser muy doloroso para un hombre perder a su mujer.
―Ella
no era mi mujer.
―¿No?―exclamó
Nalte, y el tono de su voz expresó su sorpresa―. ¿Pero se amaban?
―Duare
no me amaba ―le respondí―; al menos eso fue lo que me dijo. Es que ella era
hija de un jong y no podía amar a nadie hasta que cumpliese veinte años.
―El
amor no nace ni muere de acuerdo con ninguna ley o costumbre.
―Pero
aun cuando Duare me hubiese amado, lo cual no fue así, no podía habérmelo
dicho. Ni siquiera podía hablar de amor porque era hija de un jong y era
demasiado joven. Yo no lo comprendo, naturalmente, pero eso es porque soy de
otro mundo y desconozco sus costumbres.
―Yo
tengo diecinueve años y soy hija de un jong―me dijo Nalte―, y si amara a algún
hombre, se lo diría.
―Tal
vez las costumbres de tu patria son diferentes a las de la suya―le indiqué.
―Deben
de ser muy diferentes ―respondió Nalte―, pues en mi patria ningún hombre le
habla de amor a una joven hasta después de que ella le ha dicho que lo ama, y
la hija del jong escoge a su cónyuge cuando le place.
―Esa
costumbre puede que tenga sus ventajas―admití―, pero si amo a una joven
prefiero que me corresponda a mi el derecho de decírselo.
―Oh,
los hombres tienen muchas maneras de hacérnoslo saber sin necesidad de
palabras. Yo podría decir si un hombre me ama, pero si fuese yo la que lo amase
mucho no esperaría asegurarme primero de que soy correspondida.
―¿Y
si él no te amase?―le pregunté.
Nalte
echó la cabeza hacia atrás, y exclamó:
―Haría
que me amase.
Comprendi
que Nalte debía ser una persona a quien seria muy difícil no amar. Era delgada
y de abundante cabellera negra en desorden; su piel era de un color aceitunado.
Sus ojos reflejaban salud e inteligencia, y sus facciones medianas le daban
cierto aspecto de mozuelo. Pero por sobre todo emanaba de ella un aire de
dignidad que revelaba la sangre real que corría por sus venas. Yo no podía
poner en duda que era hija de un jong.
Parecía
que el destino se había encargado de hacerme conocer sólo a hijas de jongs, y
así se lo dije a Nalte.
―¿A
cuántas has conocido?―me preguntó.
―A
dos―le respondí―; a ti y a Duare.
―No
son muchas si tienes en cuenta a todos los jongs que debe de haber en Amtor y a
todas las hijas que deben de tener. Mi padre tiene siete hijas.
―¿Y
las siete son tan bellas como tú?―le pregunté.
―¿Me
consideras hermosa?
―Tú
sabes que lo eres.
―Pero
me gusta oírselo decir a la gente. Me gusta que lo digas―agregó con dulce voz.
Los
rugidos de las bestias nocturnas que merodeaban por el bosque llegaron a
nuestros oídos así como también los chillidos de sus presas, luego callaron y
el silencio sólo fue interrumpido por el murmullo de las aguas del río que
corrían hacia algún mar desconocido.
Y
mientras estaba yo pensando en alguna respuesta discreta para responder a la
ingeniosa observación de Nalte, me quedé dormido.
Sentí
que alguien me sacudía de un hombro. Abrí los ojos y vi que Nalte me miraba.
―¿Vas
a dormir durante todo el día?―me preguntó.
Ya
era pleno día. Me senté y miré a mi alrededor.
―Sobrevivimos
una noche más―le dije.
Recogí
frutas y cocinamos la carne que había obtenido en mi cacería del día anterior.
Nos desayunamos espléndidamente, y luego volvimos a emprender la marcha a
orillas del río para buscar..., ¿qué?
―Si
hoy no encontramos a Duare tendré que admitir que la he perdido para
siempre―dije.
―¿Y
entonces qué haremos?―me preguntó Nalte.
―¿Tú
quieres regresar a tu patria?
―Claro.
―Entonces
iremos río arriba en dirección a tu hogar.
―No
podremos llegar―me dijo Nalte―, pero...
―¿Pero
qué?
―Estaba
pensando que podríamos ser muy felices mientras intentamos llegar a Andoo―me
dijo.
―¿Andoo?
―inquirí.
―Así
se llama mi patria―me explicó―. Las montañas de Andoo son muy bellas.
En
su voz había cierto tono de ansiedad; sus ojos contemplaban un paisaje que los
míos no podían ver. De pronto comprendí lo valerosa que ella había sido, y me
di cuenta de lo alegre que se había mantenido durante las penalidades y los
amenazantes peligros de nuestra fuga, y todo eso a pesar de la probable
desesperanza de su situación. Y le acaricié la mano.
―Haremos
lo posible por que regreses a tus bellas montañas de Andoo―le aseguré.
―Nunca
volveré a verlas, Carson ―me dijo, moviendo la cabeza de un lado a otro―. Ni
siquiera una gran compañía de guerreros podría sobrevivir a los peligros que
amenazan en el largo camino a Andoo. Son mil kobs los que hay que recorrer a
través de regiones salvajes y hostiles.
―Mil
kobs es una distancia muy larga ―acepté―. Parece que nuestro empeño será
imposible, pero no me doy por vencido.
Los
amtorianos dividen la circunferencia del circulo en mil partes, y cada parte es
un hita, o grado, y el kob es la décima parte de un grado de longitud en el
ecuador (o lo que los amtorianos llaman el Pequeño Circulo). Lo que resulta
aproximadamente dos y media millas terrestres, así que, por lo tanto, mil kobs
serian poco más o menos dos mil quinientas millas.
Realicé
un sencillo calculo mental aritmético y me convencí de que Nalte no podía haber
sido arrastrada dos mil quinientas millas por la corriente del río sin probar
bocado, y entonces le pregunté si estaba segura de que Andoo estuviese tan
lejos.
―No
―me respondió―, pero eso es lo que parece. Anduvimos sin rumbo bastante tiempo
antes de llegar al río, y luego la corriente me arrastró durante tantas horas
que perdí la noción del tiempo.
No
obstante, si encontrábamos a Duare, me iba yo a ver en un problema. ¡Una de las
jóvenes debía ir río abajo para tratar de llegar a su patria, y la otra debía
avanzar río arriba! ¡Y ninguna de ellas tenia la menor idea de la situación
exacta de su patria!
XII
EL
ULTIMO MOMENTO
Durante
la tarde del segundo día de nuestra búsqueda de Duare, Nalte y yo llegamos al
gran río que Duare y yo habíamos visto desde lo alto del acantilado. Aquel era
el mismo río cuya corriente había arrastrado a Nalte hasta que la joven había
caído en manos de Skor.
Era
un río muy grande que podía compararse en tamaño con el Mississippi. Corría
entre dos bajos acantilados de piedra caliza brillante, silenciosamente llegaba
de una región misteriosa y silenciosamente continuaba fluyendo hacia una nueva
región desconocida. En toda su extensión, desde donde aparecía majestuoso,
hasta donde se perdía de vista al rodear un pequeño promontorio, no había
señales de vida, así como tampoco en sus riberas. Sólo la joven Nalte y yo. Al
contemplarlo sentí el temor que inspiraba su grandeza, y mi propia
insignificancia.
No
encontraba palabras para expresar mis pensamientos, y me alegré de que, cuando
lo contemplábamos, Nalte hubiese guardado un silencio casi reverente ante la
solitaria majestad del paisaje.
Después,
la joven dejó escapar un suspiro que me hizo volver a pensar en las necesidades
del momento. Yo no podía quedarme absorto en mi contemplación olvidándome de lo
que teníamos que hacer inmediatamente.
―Bueno,
no tendremos que cruzar el río ―dije, pero refiriéndome al afluente cuyo curso
habíamos seguido desde que huimos del castillo de Skor.
―Me
alegra que no tengamos que cruzar el río grande ―comentó Nalte.
―Tal
vez pasemos suficientes dificultades para cruzar este otro―le indiqué.
El
afluente corría a nuestra izquierda y describía una pronunciada curva antes de
desembocar en el río mayor. A nuestros pies, hacia abajo, había un gran
remolino que había sacado a la ribera hojas, ramas de todos tamaños y hasta
troncos de grandes árboles. Todas esas cosas parecía que habían sido
depositadas allí durante alguna creciente.
―¿Cómo
vamos a cruzarlo? ―me preguntó Nalte―. No hay ningún vado. y es demasiado ancho
y rápido para que, aun cuando yo supiese nadar, pudiese llegar a la otra
orilla.
La
joven levantó de pronto la mirada como si un nuevo pensamiento la hubiese
asaltado, y me dijo:
―Soy
una carga para ti; si estuvieses solo seguramente que podrías cruzar con
facilidad este río. Ya no te ocupes más de mí; me quedaré en este lado y
emprenderé camino río arriba para dirigirme a Andoo.
La
miré y no pude menos que sonreír.
―Tú
no crees que yo pueda hacer semejante cosa
―Sería
lo más sensato ―me dijo.
―Lo
más sensato es hacer una balsa con esas ramas y troncos que están ahí abajo, y
valernos de ella para cruzar el río―le contesté señalándole los desechos que se
hallaban amontonados en la ribera.
―¡Oh,
podríamos hacer eso! ―exclamó―. Es posible, ¿no?
Nalte
se animó inmediatamente, y poco después me ayudaba a separar las ramas y
troncos que creía yo que se podían usar para hacer una balsa.
Fue
un trabajo duro, pero por fin reunimos el material suficiente para que
pudiésemos navegar sin peligro. La tarea siguiente fue unir las partes de
nuestra futura balsa y atarlas fuertemente para que el río no la hiciese
pedazos antes de que llegásemos a la margen opuesta.
Recogimos
lianas para realizar esa tarea, y aunque trabajamos tan rápidamente como nos
fue posible, cuando terminamos nuestro rústico medio de transporte ya había
casi entrado la noche.
Cuando
contemplaba el fruto de nuestro trabajo, vi que Nalte observaba con mirada
recelosa las agitadas aguas del remolino.
―¿Cruzaremos
ahora, o esperaremos hasta mañana? ―me preguntó.
―Ya
casi es de noche―le respondí―; creo que será mejor que esperemos hasta mañana.
La
joven se animó visiblemente y dejó escapar un suspiro de alivio.
―Entonces
no estaría mal que pensásemos ahora en comer―me dijo.
A
ese respecto ya había yo descubierto que las jóvenes de Venus no se diferencian
mucho de las de la Tierra. Esa noche la comida estuvo compuesta de frutas y
tubérculos, pero fue suficiente. Otra vez volví a construir una plataforma
entre las ramas de un árbol y oramos por que ningún carnívoro arbóreo nos
descubriese durante la noche.
Cada
mañana, al despertar en Venus, me sorprendía de encontrarme todavía vivo, y esa
primera mañana que pasamos en el gran río no fue ninguna excepción.
Tan
pronto comimos nos dirigimos hacia nuestra balsa, y después de algunas
dificultades logramos lanzarla al agua. La había equipado con varias ramas
largas para que nos sirviesen de pértigas para impulsarla, y también con
algunas ramas cortas para usar como remos cuando nos hallásemos flotando en la
parte profunda del río; pero eran unos útiles sumamente inadecuados. Había
calculado depender casi exclusivamente del remolino para que nos arrastrase
hasta cierta distancia de la playa opuesta, y después poder usar las pértigas
para impulsarnos hasta la ribera.
La
balsa flotó mucho mejor de lo que yo había supuesto, pues había temido que se
sumergiese hasta quedar a flor de agua y que fuese sumamente incómoda; pero la
madera resultó muy liviana y el piso de la balsa quedó a varias pulgadas sobre
el agua.
Tan
pronto como echamos la rústica embarcación al río, el remolino nos apresó y
comenzó a llevarnos río arriba y hacia el centro de la corriente. Nuestra única
preocupación en aquellos momentos fue mantenernos alejados del vértice del
remolino. Desesperadamente hicimos uso de las pértigas y logramos continuar en
la periferia de la vorágine hasta que estuvimos en aguas tan profundas que ya
las largas ramas no tocaban fondo. Entonces tomamos las ramas cortas y remamos
frenéticamente. Era una faena agotadora, pero Nalte no se arredró ante ella ni
un solo instante.
Por
fin avanzamos hacia la ribera izquierda y una vez más tomamos las pértigas;
pero, sorprendido y pesaroso, me di cuenta de que el agua era todavía muy
profunda y de que también la corriente era más fuerte en aquel lado que en el
otro, por lo que nuestros burdos remos resultaban casi inservibles.
El
río, despiadadamente, nos atrapó y comenzó a arrastrarnos hacia el vértice del
remolino. Remamos con desesperación, sin perder el ánimo, y logramos alejarnos
del centro de la vorágine, pero la corriente nos estaba retirando de la margen
izquierda.
Pronto
nos vimos en medio del río. Parecía que estábamos a las orillas del remolino.
Tanto Nalte como yo nos encontrábamos exhaustos, pero no podíamos dejar de
remar ni por un solo instante. Hicimos un último y desesperado esfuerzo, y
logramos libertar la balsa de las poderosas garras de la corriente que nos
había arrastrado de nuevo hacia el peligroso remolino; luego, la corriente
principal, que fluía en medio del río, nos atrapó con su terrible e implacable
fuerza. La balsa, fuera de todo control, giró y se bamboleó, y fuimos
arrastrados hacia el gran río.
―Hemos
hecho cuanto hemos podido―le dije a Nalte y solté mi remo―, pero no ha sido
suficiente. Ahora lo único que podemos hacer es confiar en que esta balsa no se
despedace antes de que la corriente nos lleve hasta alguna playa a las orillas
de este gran río.
―Y
tendrá que ser pronto―me dijo Nalte.
―¿Por
qué?―le pregunté.
―Cuando
Skor me encontró, me dijo que había sido afortunada en llegar a la playa antes
de que el río me hubiese arrastrado hasta las cataratas.
Miré
los bajos acantilados que bordeaban ambas riberas, y le dije a Nalte:
―Aquí
no hay manera de desembarcar.
―Tal
vez tengamos mejor suerte más adelante ―me contestó.
La
corriente siguió arrastrándonos, y conforme serpenteaba, nos acercaba a
diferentes playas o nos llevaba a medio río. Varias veces vimos anchas
hendiduras en los acantilados, donde hubiésemos podido desembarcar, pero
siempre las veíamos demasiado tarde y las pasábamos antes de poder maniobrar
para que la tosca balsa se a case a ellas.
Cada
vez que nos aproximábamos a alguna de las márgenes del río tratábamos de
descubrir ansiosamente alguna irregularidad en la extensión de la playa, que
nos ofreciese la esperanza de un posible desembarco. Por fin, después de rodear
un promontorio, vimos dos ciudades. Una se levantaba en la ribera izquierda del
río, y la otra exactamente frente a la primera, en la ribera opuesta. La que se
hallaba a la izquierda se veía gris y sin ningún atractivo, mientras que la
segunda relucía hermosa y alegre con sus muros de piedra caliza blancos y sus
torres, con tejados de múltiples colores. Nalte me señaló la ciudad sombría, y
me dijo:
―Esa
debe de ser Rormor; está situada aproximadamente en el punto en que Skor me
dijo que se hallaba su ciudad.
―¿Y
la otra?―le pregunté.
Nalte
movió la cabeza de un lado a otro.
―Skor
nunca mencionó ninguna otra ciudad.
―Tal
vez sea una sola ciudad construida en ambas riberas del río―le sugerí.
―No;
no lo creo. Skor me dijo que la gente que vivía al otro lado del río era gente
enemiga, pero nunca habló de otra ciudad. Yo creí que se trataba solamente de
alguna tribu salvaje. ¡Ah!, esa es una ciudad magnifica, mucho mayor y más
atractiva que Kormor.
Naturalmente
que no podíamos ver toda la extensión de aquellas dos ciudades, pero al
arrastrarnos la corriente y acercarnos más a ellas, vimos que, sin lugar a
dudas, la ciudad que se hallaba a la derecha se extendía varias millas a lo
largo de la margen del río. Pudimos ver eso gracias a que, desde el sitio a que
habíamos llegado, el río corría en línea casi recta hasta una distancia mayor
de la que podía yo alcanzar con la vista. Pero la ciudad que se encontraba en
la margen opuesta, la cual era Kormor, era mucho menor, pues solamente se
extendía aproximadamente una milla a lo largo de la ribera. Hasta donde me era
posible comprobar, me di cuenta de que ambas ciudades estaban amuralladas, pues
unos altos muros se elevaban a cada lado del río. Kormor tenia un pequeño
muelle que se hallaba frente a una gran puerta enclavada poco más o menos en la
parte media de la muralla. El muelle de la otra ciudad parecía ser una larga
avenida que se extendía hasta perderse de vista.
Antes
de que la corriente nos acercase a Kormor, nos arrastró durante un rato frente
a la ciudad situada en la margen derecha. En el largo muelle de esta ciudad
había unos cuantos pescadores, y detrás de éstos, en lo alto de la muralla
había unos hombres que posiblemente eran guardias. Estos últimos nos vieron y
nos señalaron con la mano y parecía que discutían acerca de nosotros, pero en
ningún momento la corriente que nos arrastraba nos aproximó lo suficiente a esa
ribera como para que pudiésemos verlos claramente.
Al
acercarnos al muelle de Kormor, vimos que echaban al agua un pequeño bote
ocupado por tres hombres. Dos se dedicaron a remar y el tercero permaneció de
pie en la proa. Era evidente que se adelantaban hacia nosotros para interceptar
nuestro paso.
―Es
gente de Skor―me dijo Nalte.
―¿Qué
será lo que quieren?―le pregunte.
―Capturarnos,
naturalmente, para llevarnos ante Skor. ¡Pero a mi no me capturarán!
Al
decir las últimas palabras, Nalte avanzó hacia el bordo de la balsa.
―¿Qué
quieres decir7 ―le pregunté―. ¿Qué vas a hacer?
―Me
arrojaré al río.
―Pero
no sabes nadar―le dije―; te ahogarás.
―Eso
es lo que quiero. No volveré a caer nunca en manos de Skor.
―Espera,
Nalte―le supliqué―; todavía no nos han capturado, y tal vez no lo logren.
―No
podremos escapar ―me respondió, angustiada.
―No
debemos darnos nunca por vencidos, Nalte. Prométeme que esperarás hasta el
último momento para llevar a cabo tu fatal decisión.
―Esperaré
―me prometió―; pero en el último momento será preferible que sigas mi ejemplo y
mueras como yo, antes que caer en manos de Skor para que te convierta en un
espantoso ser igual a los que vimos en su castillo, pues entonces ya no tendrás
ni siquiera d escape final de la muerte.
El
bote se acercaba cada vez más a nosotros, y yo me puse al habla con sus
ocupantes.
―¿Qué
quieren?―les pregunté.
―Deben
ir a la playa con nosotros―me respondió el hombre que se hallaba en la proa.
Nalte
y yo nos encontrábamos lo suficientemente cerca del bote como para poder ver
claramente al hombre que me hablaba. Yo había creido que los ocupantes del bote
eran tres cadáveres vivientes de Skor, pero al mirar al que me había respondido
vi que sus mejillas estaban sonrosadas y que su aspecto era muy saludable.
―No
iremos con ustedes―le contesté―. Déjennos solos; no intentamos hacerles ningún
daño. Dejen que sigamos nuestro camino en paz.
―Nos
acompañaran a la playa―dijo el hombre cuando el bote se acercó más a nosotros.
―¡Aléjense,
o los mataré! ―le grité, y le puse una flecha a mi arco.
El
hombre rió con una risa fría y carente de todo animo. Entonces le vi los ojos y
un escalofrío recorrió todo mi cuerpo. ¡Eran los ojos de un cadáver!
Disparé.
Mi flecha fue a clavarse en su pecho, pero él, sin arrancársela, volvió a reír
lúgubremente.
―¿No
comprendes que no puedes matar a los muertos? ―me gritó Nalte. Luego avanzó hasta
el borde de la balsa, y me dijo serenamente―: ¡El último momento ha llegado!
―¡No!
¡No, Nalte! ―le grité―. ¡Espera! El último momento no ha llegado aún.
Me
volví de nuevo hacia el bote que se acercaba. Su proa estaba ya a sólo un pie
de distancia de la balsa. Y antes de que el sujeto que se encontraba de pie
sospechase mis intenciones, salté sobre él. Me golpeó con sus manos muertas;
sus dedos muertos me apretaron el cuello. Pero mi ataque había sido demasiado
rápido e inesperado y había hecho que perdiese el equilibrio mi adversario, lo
cual aproveché para sujetar a éste y arrojarlo al agua por la borda.
Los
otros dos sujetos habían estado remando de espaldas a la proa y no se habían
dado cuenta del peligro que los amenazaba, hasta que caí sobre su jefe y lo
lancé al río Entonces el que se hallaba más cerca de mi se levanto dispuesto a
atacarme. Su piel también estaba sonrosada y tenia apariencia de vida, pero sus
ojos eran los de un hombre muerto.
Lanzó
un grito aterrador y se me abalanzó. Lo recibí con un derechazo en la mandíbula
que hubiese dejado aturdido durante un buen rato a cualquier hombre viviente,
pero como por supuesto no podía dejarlo sin conocimiento, lo arrojé también por
la borda.
Al
mirar a los dos cadáveres vivientes que se hallaban en el agua comprendí que mi
suposición no había sido incorrecta, pues de igual manera que sus compañeros
del castillo, no podían nadar y flotaban mientras la corriente los arrastraba.
Pero todavía quedaba uno en el bote, y estaba saltando los bancos para
arrojarse sobre mí.
Yo
me adelanté para recibirlo con un golpe dirigido a su mandíbula, y que, de
haber acertado, lo hubiese mandado a reunirse con sus colegas que flotaban en
el río. Nuestros movimientos hicieron que el bote se bambaleara; yo perdí el
equilibrio y antes de poder recobrar la estabilidad, mi adversario ya me había
sujetado.
Era
un sujeto muy fuerte, pero peleaba sin calor y sin entusiasmo; solamente se
valía del frío y mortal empleo de la fuerza. Trató de sujetarme por el cuello,
y pensé que no tenia ningún objeto que yo intentase hacer lo mismo, pues no era
posible estrangular a quien no tenia vida. Lo único que podía hacer era evitar
que me agarrase y esperar que se descuidase un momento, pero esto último quizá
no llegaría nunca a ocurrir.
Como
soy bastante fuerte, lograba mantener a distancia a mi adversario, pero éste
pronto volvía a lanzarse contra mi. No decía nada ni producía ningún sonido, y
sus vidriosos ojos se mantenían completamente inexpresivos; pero sus labios
secos, replegados sobre sus dientes, formaban una horrible mueca. La vista de
aquello y el contacto de sus fríos y viscosos dedos, aunado al olor de muerte
que despedía, casi lograron hacerme perder el valor.
Al
lanzarse hacia mi la segunda vez, lo hizo con la cabeza baja y los brazos
extendidos. Salté y pasé mi brazo derecho por debajo de su cabeza, de manera
que la parte posterior de su cuello quedó encajada en mi axila mientras yo me
sujetaba la muñeca derecha con la mano izquierda y apretaba con fuerza. Luego,
a riesgo de hacer naufragar el bote, giré rápidamente y me erguí al mismo
tiempo. Mi adversario, al verse forzado a dar vueltas en el aire, batió los
brazos desesperadamente y entonces yo, tomando mayor impulso, lo solté y salió
disparado por la borda. De igual modo que sus compañeros, flotó, y la corriente
lo fue alejando.
La
balsa, arrastrada por la corriente, se hallaba a unas cuantas yardas del bote,
y, desde ella, Nalte me miraba tensa y con los ojos desorbitados por el temor.
Hice uso de un remo, acerqué el bote a la balsa y le tendí una mano a Nalte
para ayudarla a pasar a mi embarcación. Me di cuenta de que la joven se hallaba
temblando.
―¿Te
asustaste, Nalte?―le pregunté.
―Sí,
temía por ti. Pensé que no podrías vencerlos. Todavía no creo lo que vi. Es
increíble que un solo hombre haya podido hacer lo que tú hiciste.
―La
suerte me ayudó―le repliqué―, así como también que yo los haya agarrado por
sorpresa. No esperaban que yo los atacase.
―Qué
cosas tan extrañas suceden―murmuró Nalte―. Hace un momento la desesperación
estuvo a punto de hacer que yo me lanzase al río para ahogarme, y ahora todo ha
cambiado. Ha pasado el peligro, y en vez de una tosca balsa, tenemos un buen
bote.
―Lo
que prueba que uno nunca debe darse por vencido.
―No
volveré a sentirme perdida..., al menos mientras estés conmigo.
Mientras
hablábamos, yo no había dejado de mirar hacia el muelle de Kormor para ver si
enviaban otro bote a perseguirnos, pero ningún otro despegó del muelle.
Los
pescadores y los guardias de la otra ciudad habían interrumpido sus tareas y
nos observaban.
―¿Remamos
hacia allá para pedirles que nos ayuden? ―le pregunté a Nalte.
―En
Andoo acostumbramos decir que mientras más lejos se esté de los desconocidos,
mejores amigos serán estos.
―¿Crees
que nos hagan daño?―le pregunté.
Nalte
se encogió de hombros, y me respondió:
―No
lo sé; pero lo más probable es que te maten y me retengan como cautiva.
―Entonces
no correremos ese riesgo. Pero quisiera continuar por aquí un rato y buscar a
Duare.
―No
podemos desembarcar en la ribera izquierda hasta que hayamos perdido de vista
Kormor―me dijo Nalte―, pues de lo contrario, no tardarán en salir a
perseguirnos.
―Y
si desembarcamos cerca de la otra ciudad también nos perseguirá la gente de
allí, si es que tus temores son justificados.
―Naveguemos
río abajo hasta perder de vista ambas ciudades―me sugirió la joven―, y luego
esperemos hasta que anochezca para regresar cerca de Kormor y realizar la
búsqueda, pues allá es donde hay que buscar a Duare.
De
acuerdo con la sugerencia de Nalte, dejamos que la corriente nos arrastrase río
abajo. Pronto dejamos atrás Kormor, pero la blanca ciudad situada en la margen
opuesta se extendía todavía dos millas más a lo largo de la ribera. Puedo decir
sin temor a equivocarme, que el largo total de aquella ciudad era de unas cinco
millas, y en toda esa longitud se extendía el ancho muelle en cuyo costado
posterior se elevaba la blanca muralla en la que, de trecho en trecho, había
grandes puertas. Conté seis o siete puertas en todo lo largo de la parte de la
ciudad que se extendía junto al río.
A
mis oídos llegó un insistente sonido que, al principio, no era más que un
susurro, pero su sonoridad fue aumentando poco a poco conforme avanzábamos por
el río.
―¿Ya
oíste eso? ―le pregunté a Nalte.
―¿Ese
distante estruendo?
―Si,
ya es un estruendo. ¿Qué será?
―Deben
de ser las cataratas de que me habló Skor ―me dijo la joven.
―¡Cielos!
¡Eso es! ―exclamé―. Y lo mejor que podemos hacer es desembarcar antes de que
sea demasiado tarde.
La corriente
nos había arrastrado bastante cerca de la ribera derecha, y más adelante de
nosotros vi un riachuelo que desembocaba en el río. En una de sus orillas había
un bosque poco espeso, y en la otra, diseminados, crecían varios árboles.
Aquellos
parajes parecían ideales para acampar. Nos aproximamos fácilmente a la playa,
hacia la boca del riachuelo. Pero no había suficiente agua para que flotara la
embarcación. Sin embargo, logré que avanzara cierta distancia por el riachuelo
y la até a una rama de un árbol, que colgaba sobre el agua, y quedamos a
cubierto de que nos vieran cualesquiera posibles perseguidores salidos de
Kormor y que navegasen por el gran río con el propósito de buscarnos.
―Ahora
lo que más me interesa es encontrar algo de comer―le dije a Nalte.
―Eso
es algo que a mi siempre me interesa―me respondió, y rió alegremente―. ¿Dónde
vas a cazar? En ese bosque que se halla al otro lado del arroyo debe de haber
mucha caza.
Nalte,
mientras hablaba, se encontraba de frente al bosque, mientras que yo me hallaba
de espaldas a él. De pronto vi que cambiaba la expresión del rostro de la
joven. En seguida me tomó de un brazo y, alarmada, me dijo:
―¡Mira,
Carson! ¿Qué es eso?
XIII
VIVIR
O MORIR
Al
volverme para mirar, me pareció ver algo que se movía tras los bajos arbustos
de la ribera opuesta.
―¿Qué
viste, Nalte?―le pregunté.
―Oh,
no puede ser cierto lo que creí ver ―me dijo con voz entrecortada―. Debo de
estar equivocada.
―¿Qué
fue lo que creíste ver?
―Allá
hay otro... Allá. ¡Mira!―gritó.
Y
entonces vi de qué se trataba. Salió de detrás del tronco de un gran árbol, se
quedó mirándonos y gruñó dejando al descubierto los colmillos. Era un hombre
que caminaba en cuatro pies como si fuera una bestia. Sus patas traseras eran
cortas y sus pies parecían pezuñas; sus manos tenian mayor semejanza con las de
un ser humano, pero las asentaba extendidas sobre la tierra. Tenia una nariz
muy ancha y achatada. Su boca era muy grande, y sus mandíbulas estaban armadas
con dientes poderosos. Sus ojos eran pequeños, muy cercanos entre si, y de
mirada extremadamente feroz. Tenia la piel blanca, y solamente le crecía pelo
sobre la cabeza y en las quijadas. De pronto apareció otro junto al primero.
―¿No
sabes qué son?―le pregunté a Nalte.
―Hemos
oído hablar de ellos en Andoo, pero nadie creía que existiesen. Se llaman
zangans. Son sumamente feroces, si es que es cierto lo que se cuenta. Salen a
merodear en manadas y devoran tanto a hombres como a bestias.
Zangan
significa hombre-bestia, y no se hubiese podido escoger ninguna palabra mejor
para describir al ser que se hallaba frente a nosotros, al otro lado de aquel
arroyo de la distante región de Noobol. Y pronto vimos que aparecían otros
zangans que habían estado ocultos detrás de los arbustos y de los troncos de
los árboles.
―Creo
que será mejor que cacemos en otra parte ―dije tratando de ser jocoso.
―Volvamos
al bote―sugirió Duare.
Nos
hallábamos a cierta distancia del lugar en donde habíamos dejado nuestra
embarcación, y cuando dimos media vuelta para dirigirnos de nuevo hacia ella,
vi que en la orilla opuesta varios zangans se habían metido al agua y se
aproximaban al bote. Se hallaban más cerca de él que nosotros. y nos hubiesen
atacado mucho antes de que yo hubiese podido desatarlo y empujarlo hasta aguas
más profundas.
―¡Es
demasiado tarde!―gritó Nalte.
―Regresemos
lentamente a esa pequeña elevación del terreno que se halla detrás de
nosotros―le dije―. Tal vez ahí los pueda mantener a distancia.
Comenzamos
a retirarnos lentamente mientras los zangans cruzaban el arroyo y se dirigían
hacia donde nos hallábamos. Al salir a la orilla se sacudieron el agua como
acostumbran hacerlo los perros, y volvieron a marchar en pos de nosotros.
Parecían tigres, tigres humanos, pero yo suponía que mucho más veloces, y
avanzaban rugiendo, con la cabeza hacia adelante.
Su
ferocidad, mayor que la de las bestias, quedaba demostrada por los gruñidos y
mordiscos que se dirigían los unos a los otros. Esperaba que nos atacasen de un
momento a otro, y sabía que cuando eso sucediera, tanto las penalidades de
Nalte como las mías acabarían para siempre. No teníamos ninguna probabilidad de
salir victoriosos en un encuentro con aquella salvaje manada.
Los
zangans eran veinte, aproximadamente, y la mayoría eran machos; pero había un
par de hembras y uno o dos cachorros bastante crecidos. Una de las hembras
llevaba a sus espaldas a un pequeño, que se sujetaba fuertemente con los brazos
pasados alrededor del cuello de su madre.
A
pesar de su ferocidad evidente, nos siguieron con cautela, como si nos
temieran; pero con sus largos y lentos pasos fueron acortando poco a poco la
distancia que los separaba de nosotros.
Cuando
llegamos al pequeño promontorio hacia el que nos dirigíamos, los zangans se
hallaban todavia a unas cincuenta yardas de nosotros. Al comenzar el ascenso
del pequeño cerro, uno de los machos se adelantó y emitió un fuerte rugido.
Parecía como si se le hubiese ocurrido que intentábamos escapar y que él debía
evitar aquello.
Me
detuve, me volví hacia él y le puse una flecha a mi arco. Disparé
inmediatamente y la flecha fue a clavársele en el pecho. El zangan herido se
detuvo, lanzó un espantoso rugido y se llevó las garras al extremo adornado de
plumas de la flecha, que sobresalía de su cuerpo; luego continuó avanzando,
pero se tambaleó y cayó por tierra. Se agito durante un momento y luego se
quedó inmóvil.
Sus
compañeros se habían detenido y estaban mirándolo. De pronto, un joven macho
corrió hacia el caído y le propinó furiosos mordiscos en la cabeza y en el
cuello; luego levantó la cabeza y lanzó un horrible rugido. Supuse que era un
desafío, pues vi que recorría con la mirada a todos los demás zangans que se
encontraban a su alrededor. Tal vez se trataba de un nuevo jefe que usurparía
el poder de que gozaba el que había caído.
Evidentemente
nadie se atrevió a disputarle la autoridad, y entonces el nuevo jefe se
encaminó hacia nosotros. No avanzó directamente sino que dio un ligero rodeo.
Al hacer eso, se volvió hacia sus compañeros y gruño. Estaba claro que les
estaba dando órdenes, pues inmediatamente se esparcieron como si se dispusiesen
a cercarnos.
Disparé
otra flecha, pero entonces dirigida al nuevo jefe. Se le clavó en un costado, y
el zangan lanzó un rugido de rabia y de dolor tan espantoso que espero no
volver a oír nunca otro igual, al menos estando en las mismas circunstancias.
El
hombre bestia retrocedió y con una mano se arrancó la flecha que tenia clavada
en el cuerpo, infligiéndose de tal suerte una herida mayor que la que le había
producido el proyectil al penetrar en su carne. Los rugidos que lanzó casi
hicieron que se estremeciera la tierra.
Sus
compañeros se detuvieron para mirarlo, y vi que un gran macho se dirigía
lentamente hacia el jefe herido. Este último lo vio acercarse y, rugiendo, lo
atacó ferozmente con sus afilados dientes. El ambicioso, al darse cuenta de que
sus ilusiones habían sido prematuras, dio media vuelta y huyó sin que el jefe
lo persiguiese. Entonces éste se volvió hacia nosotros.
En
esos momentos ya nos hallábamos casi rodeados por la manada. Veinte hombres
bestias, aproximadamente, se encontraban a nuestro alrededor, y a mi sólo me
quedaban unas cuantas flechas.
Entonces
Nalte me tocó un brazo, y me dijo:
―Adiós,
Carson. Ahora creo que ha llegado el momento.
Yo
moví la cabeza de un lado a otro.
―Esperaré
hasta el último segundo para morir. Mientras tanto, no admitiré que ha llegado
ese instante, y después será demasiado tarde para que pueda importarme.
―Admiro
tu valor aunque no tu razonamiento―me dijo Nalte, y en sus labios pareció
dibujarse una débil sonrisa―. Pero al menos nuestra muerte será rápida. ¿No
viste cómo ese zangan le despedazó el cuello al que heriste con tu primera
flecha? Eso será mejor que lo que Skor nos hubiese hecho.
―Al
menos moriremos―le dije.
―¡Allá
vienen! ―gritó Nalte.
Se
acercaban a nosotros en tres direcciones. Una a una les disparé mis flechas, y
ninguna falló; pero sólo logré detener a los que les acertaba, y los demás
continuaron avanzando firmemente.
Ya
estaban casi sobre nosotros cuando disparé mi última flecha. Nalte estaba
parada muy cerca de mi, y yo le rodeé el talle con un brazo.
―Abrázame―me
dijo―. No tengo miedo a morir, pero no quiero sentirme sola ni siquiera un
instante.
―Todavía
estás viva, Nalte.
Eso
fue lo único que pude pensar para decirle. Me pareció una tontería, pero Nalte
no le prestó atención.
―Has
sido muy bueno conmigo, Carson―me dijo.
―Y
tú has sido una magnifica compañera.
―¡Adiós,
Carson! Este es el último segundo.
―Creo
que si, Nalte.
Callé
y le di un beso, y luego le dije:
―¡Adiós!
De
pronto, por sobre nosotros y más abajo, por el cerro, oímos un repentino
zumbido parecido al ruido que produce una máquina de rayos X, pero yo sabía que
no se trataba de ninguna máquina semejante. Yo sabía qué era aquello, aun sin
necesidad de comprobarlo viendo que los zangans caían hechos unos ovillos a
nuestros pies. ¡Era el zumbido producido por el rifle de rayos R de Amtor!
Di
media vuelta y miré hacia lo alto del cerro. Allí se encontraban unos seis
hombres que le disparaban a la manada los destructivos rayos de sus armas.
Aquello sólo duró unos pocos segundos, pero ninguna de las feroces bestias
escapó de la muerte. Entonces uno de nuestros salvadores, o quizá nuestros
apresadores, se nos acercó.
Al
igual que sus compañeros, era un hombre de constitución física casi perfecta,
con un rostro hermoso que reflejaba inteligencia. Mi primer pensamiento fue que
si así eran todos los pobladores de la blanca ciudad, de donde suponía que
habían llegado los presentes, habíamos dado con un Olimpo habitado solamente
por dioses.
Estamos
acostumbrados a ver que en cualquier grupo de hombres hay algunos cuyos cuerpos
están mal proporcionados o cuyas facciones son toscas; pero en el grupo que
estaba ante nosotros, a pesar de que ninguno de los hombres que lo integraban
se parecía mucho al otro, todos eran singularmente apuestos y simétricamente
proporcionados.
El
que se acercó a nosotros llevaba el taparrabo y las insignias militares que se
usan en Amtor. Y al ver la cinta que ceñía su frente supuse que se trataba de
un oficial.
―Llegamos
a tiempo ―me dijo amablemente.
―Es
cierto―le contesté―. Les debemos la vida.
―Nos
encontrábamos en la muralla del río cuando pasaron en el bote, y vimos que
luchó contra los hombres de Kormor. Me sorprendió su arrojo y, como sabía que
luego correrían peligro debido a las cataratas, me apresuré a venir para
prevenirles.
―Es
muy extraño que un hombre de Amtor se interese por unos desconocidos―comenté―,
pero le aseguro que aprecio su acción aun cuando no comprenda las razones que
la motivaron.
El
hombre rió un instante, y luego me explico:
―Me
llamó la atención la manera en que se defendió de esos tres guardias de Skor.
Me di cuenta de que en un hombre como aquel había nuevas potencialidades, y
nosotros siempre estamos buscando cualidades mejores para infundirle a la
sangre de Havatoo. Pero, aguarde, permitame que me presente Me llamo Ero Shan.
―Y
mi compañera se llama Nalte, de Andoo ―le dije― Yo soy Carson Napier. de
California.
―He
oído hablar de Andoo ―me contestó―; allí cultivan una raza excepcional. Pero
nunca he oído hablar de tu pais. Y tampoco había visto ninguna vez a un hombre
de ojos azules y cabellos amarillos. ¿Toda la gente de Cal...
―California―me
apresuré a decirle.
―...de
California es como tú?
―¡Oh,
no! Hay gente de todos los colores entre nosotros, tanto de cabellos como de
ojos y de piel.
―¿Pero
cómo pueden entonces mejorar la raza? ―me preguntó.
―No
nos ocupamos de eso.
―Me
sorprende bastante lo que dices ―comentó en voz queda como si hablara consigo
mismo―. Es inmoral, racialmente inmoral. Bueno, sea como fuere, su sistema
parece haber producido un magnifico tipo. Y ahora, si me acompañan, iremos a
Havatoo.
―Quisiera
preguntarle ―le dije― si iremos como huéspedes o como prisioneros.
Mi
interlocutor sonrió, pero su sonrisa fue sumamente leve.
―¿Qué
importancia tiene eso? Lo mismo da que me acompañen o no.
Miré
a los guardias armados que se hallaban parados detrás de él, y sonreí
irónicamente.
―Es
cierto, no tiene ninguna importancia―le contesté.
―Seamos
amigos―me dijo―. En Havatoo se les hará justicia. Si merecen quedarse como
huéspedes, serán tratados como tales, pero si no...
Calló
y se encogió de hombros.
Cuando
llegamos a lo alto de la loma, vimos tras ella un auto largo y bajo, con
asientos transversales y sin capota. Aquel era el primer automóvil que veía en
Venus. La austeridad de sus líneas y la falta de adornos indicaban que era un
transporte militar.
Ero
Shan nos indicó que lo acompañásemos en el asiento posterior, y sus guardias
ocuparon los asientos delanteros. Ero Shan dio una orden y el auto se puso en
movimiento. El conductor se hallaba demasiado lejos de mi, y los hombres que
estaban entre él y yo lo ocultaban a mi vista, así que no podía ver cómo
manejaba el vehículo, que avanzaba suave y rápidamente por el accidentado
terreno. Poco después, cuando llegamos a lo alto de una loma, vimos la ciudad
de Havatoo, que se extendía, blanca y hermosa, ante nosotros. Desde aquella
altura pude ver que tenia forma de semicírculo. Su lado rectilíneo daba al río,
y toda la ciudad estaba amurallada.
El
río describía una curva hacia la derecha, mas adelante de la ciudad, y el
camino recto que seguimos nos llevó hasta una puerta que se hallaba a varias
millas del río. La puerta era magnifica, y podía considerarse como una joya
estructural que evidenciaba un alto grado de civilización y cultura. La muralla
de la ciudad, construida con blanca piedra caliza, ostentaba escenas labradas
que supuse que representaban hechos de la historia de la ciudad o de la raza de
hombres que la habitaban. El trabajo, evidentemente, había sido concebido y
ejecutado con gusto extraordinario, y dichas escenas labradas se extendían
hasta mas allá del alcance de mi vista.
Si
se toma en cuenta que la muralla, en el lado que daba a la tierra, media
aproximadamente ocho millas, y que en el lado en que se elevaba junto al río
media unas cinco millas, y que toda estaba esmeradamente labrada, puede
comprenderse la enorme labor y el tiempo que fue preciso emplear para llevar a
cabo tal obra en ambas caras de una muralla de veinte pies de altura.
Al
marcarnos el alto los guardias que se hallaban junto a la puerta, vi que más
arriba de ella había una inscripción en caracteres del lenguaje universal
amtoriano, que decía: Tag Jug voo la sarl, que significa Puerto de los
Psicólogos .
Más
allá de la puerta llegamos a una ancha avenida que se extendía directamente
hasta llegar a la parte de la ciudad que colindaba con el río. Había mucho
tránsito; autos de todas formas y tamaños corrían rápida y silenciosamente en
ambos sentidos. Solamente había tránsito de vehículos en ese nivel, pues los
peatones marchaban por plataformas que se encontraban al nivel del segundo piso
de los edificios, las cuales estaban conectadas por viaductos en todas sus
intersecciones.
No
se oía casi ningún ruido, ni pitazos de bocinas ni chirridos de frenos, el
tránsito parecía regularse por si mismo. Entonces le pregunté a Ero Shan a qué
se debía todo aquello.
―Es
muy sencillo―me dijo―, todos los vehículos están movidos por energía que
proviene de una estación central de fuerza motriz que emana de tres
frecuencias. En el tablero de mando de cada vehículo hay un cuadrante que le
permite al operador escoger la frecuencia que desea. Una es para usar en las
avenidas que se extienden de la muralla exterior hasta el centro de la ciudad;
otra es para las avenidas transversales, y la otra, para todo el tránsito fuera
de la ciudad. Las dos primeras son encendidas y apagadas alternativamente, y
cuando se enciende una de ellas, todo el tránsito que se mueve en la dirección
opuesta se detiene automáticamente en las intersecciones.
―¿Pero
por qué no se detiene al mismo tiempo todo el tránsito en las
intersecciones?―le pregunté.
―Eso
lo regula la tercera frecuencia, que no deja de operar ni un solo instante―me
explicó―. Cien pies antes de que cualquier vehículo llegue a una intersección,
una corriente fotoeléctrica mueve la aguja del cuadrante del tablero de mando
para sintonizar la frecuencia correspondiente a ese carril.
Nalte
se hallaba emocionada con todo lo que veía. Era una joven montañesa de un
pequeño reino, y Havatoo era la primera gran ciudad que veía.
―Es
maravilloso―dijo―. ¡Y qué hermosa es toda la gente!
Yo
ya había notado aquello antes. Tanto los hombres como las mujeres que pasaban
en los autos eran de una perfección extraordinaria de forma y de facciones.
Avanzamos
por Ambad Lat, la avenida de los Psicólogos, y llegamos directamente a un
centro cívico semicircular que se hallaba en la parte de la ciudad próxima a la
ribera, y de ese punto, como si fueran los rayos de una rueda que irradiaban
del cubo a la pina, partían todas las avenidas en dirección a la muralla
exterior.
En
el centro cívico se elevaban edificios magníficos rodeados de hermosos parques,
y Ero Shan nos guió hasta un espléndido palacio. En los parques había mucha
gente que salía o entraba a los edificios. Ninguna de aquellas personas estaba
de prisa, ni había bulla, ni confusión; pero tampoco podía decirse que hubiese
vagancia o haraganería. Todo daba la impresión de eficacia sosegada. Las voces
de los que conversaban eran agradables y bien moduladas. Al igual que toda la
gente que había visto en los distintos rumbos de la ciudad, los hombres y
mujeres que veía en aquel lugar eran hermosos y muy bien formados.
Ero
Shan nos guió hasta una entrada que daba acceso a un ancho corredor. Varios de
los hombres que se cruzaron con nosotros saludaron amablemente a nuestro
compañero, y todos nos miraban con manifiesto interés amigable, pero sin
descortesía.
―Gente
hermosa en una ciudad hermosa―dijo Nalte.
Ero
Shan volvió el rostro hacia ella. y sonrió.
―Me
agrada que tanto nosotros como Havatoo te gustemos―le dijo―. Espero que nada te
haga cambiar de opinión después.
―¿Crees
que algo pueda hacerme cambiar de opinión?
―le
preguntó Nalte.
Ero
Shan se encogió de hombros, y le replicó:
―Eso
depende de ti, o más bien, de tus antepasados.
―No
comprendo―le dijo Nalte.
―No
tardarás en comprenderlo.
Luego
se detuvo ante una puerta, la abrió y nos rogó que pasásemos. Entramos en una
pequeña antecámara en la que se hallaban ocupados varios empleados.
―Por
favor. infórmale a Korgan Kantum Mohar que deseo verlo―le dijo Ero Shan a uno
de los empleados.
El
recepcionista oprimió uno de los varios botones que había en su escritorio y
dijo:
―Korgan
Sentar Ero Shan desea verle.
Una
voz que pareció surgir de la parte superior del escritorio, contestó:
―Hágalo
pasar.
―Acompáñenme―nos
dijo Ero Shan, y nos guió hasta una puerta de la antecamara.
Nos
abrió otro empleado y, al entrar a la habitación, vimos a un hombre sentado
tras un escritorio. El hombre levantó la vista y nos miró con el mismo interés
amigable manifestado por la gente con la que nos habíamos cruzado en el parque
y en el corredor.
Mientras
Ero Shan nos presentaba a Korgan Kantum, Mohar, éste se puso en pie y
correspondió a la presentación con una reverencia. Luego nos invito a tomar
asiento.
―Ustedes
son forasteros en Havatoo―observó―. Pocas veces se abren las puertas de la
ciudad para dar paso a forasteros.
Después
de decir esas palabras se volvió hacia Ero Shan, y le preguntó:
―Explícame
cómo es que se hallan aquí.
Ero
Shan le relató que había presenciado mi encuentro con los tres hombres de
Kormor.
―Era
de sentirse que un hombre como este fuese arrastrado hasta las
cataratas―continuó―, y pensé que bien valía la pena traerlo a Havatoo para que
lo examinaran. Por lo tanto, lo he traido inmediatamente a tu presencia con la
esperanza de que estés de acuerdo conmigo.
―No
veo ningún mal en ello ―admitió Mohar―. El consejo de examinadores está en
sesión en estos momentos. Lleva a los forasteros allí. Yo le avisaré al consejo
que he autorizado el examen.
―¿En
qué consiste el examen y qué propósito tiene? ―pregunté.
―Tal
vez nosotros no queramos ser examinados ―dijo Nalte.
Korgan
Kantum Mohar sonrió, y nos dijo:
―Eso
no les corresponde decidirlo a ustedes.
―¿Quiere
decir que somos sus prisioneros?
―Digamos
mejor que son nuestros huéspedes por órdenes superiores.
―¿No
tendría inconveniente en decirme cuál es el propósito de ese examen?―le pregunté.
―No,
ninguno. Es para determinar si se les permitirá vivir aquí o no.
XIV
HAVATOO
Todos
fueron muy corteses y amables con nosotros, muy profesionales y eficientes.
Primero nos bañaron; luego nos hicieron análisis de sangre, nos examinaron el
corazón, nos tomaron la presión arterial y comprobaron nuestros reflejos.
Después nos llevaron a un gran salón donde se hallaban cinco hombres sentados
detrás de una larga mesa.
Ero
Shan nos acompañó durante todo el examen. Al igual que los demás, se mostró
cortés y amigable en todo momento. También alentó nuestras esperanzas de que
pasaríamos satisfactoriamente el examen. Pero yo seguí sin comprender para qué
era todo aquello. Y se lo pregunté a Ero Shan.
―Tu
compañera hizo una observación acerca de la belleza de Havatoo y de sus
habitantes―me contestó―, y este examen es la explicación de la existencia de
tal belleza, así como de muchas otras cosas que hay aquí y que ustedes todavía
no conocen.
Los
cinco hombres que se hallaban sentados detrás de la mesa eran tan amables como
cualquiera de los demás que habíamos visto antes. Nos interrogaron
apresuradamente durante toda una hora, y luego nos pidieron que nos
retirásemos. Por las preguntas que cada uno de ellos nos formuló deduje que
habíamos sido interrogados por un químico, un psicólogo, un físico y un
militar.
―Korgan
Sentar Ero Shan―dijo el que parecía presidir el consejo―, tú te encargarás del
cuidado de este hombre hasta que se anuncie el resultado del examen. Hara Es,
mientras tanto, se hará cargo de la joven.
Y al
decir esas últimas palabras señaló a una mujer que había entrado en la sala
junto con nosotros, y que se hallaba parada cerca de Nalte. Mi joven compañera
se me acercó, y me dijo en voz queda:
―Oh,
Carson, van a separarnos.
Me volví
hacia Ero Shan para protestar, pero éste con una seña me indicó que
permaneciese callado.
―Tendrán
que obedecer ―me dijo―, pero no creo que tengan por qué inquietarse.
Luego
Nalte salió acompañada de Hara Es, y Ero Shan me guió hasta la puerta
principal. Un auto nos estaba esperando, y ambos subimos a él. El conductor del
auto nos llevó a un distrito en el que había unas casas muy hermosas, y poco
después detuvo el vehículo frente a una de ellas.
―Esta
es mi casa―me dijo mi acompañante―. Serás mi invitado hasta que anuncien el
resultado del examen. Espero que tu estancia en mi hogar te sea placentera. No
te preocupes, que de nada te servirá. Nalte no corre ningún peligro. La
cuidarán bien.
―Al
menos me han asignado una bella prisión y un amable carcelero―le dije.
―Por
favor, no pienses que eres un prisionero―me rogó Ero Shan―, pues los dos nos
sentiremos desdichados, y en Havatoo no se tolera la desdicha.
―No
me siento desdichado―le aseguré―, por el contrario, me satisface la experiencia
por la que estoy pasando; pero no comprendo de qué se nos acusa a Nalte y a mi
para someternos a un juicio en el que nos jugamos la vida.
―No
se les juzgará a ustedes, sino a su herencia ―me explicó.
―Esa
es una respuesta ―le dije―que me deja tan desorientado como antes.
Habíamos
entrado a la casa mientras conversábamos, y pronto me encontré en un ambiente
maravilloso. El buen gusto y el buen juicio habían dirigido, evidentemente, no
sólo el diseño de la casa sino también su mobiliario. Desde la entrada se veía
un hermoso jardín al fondo de un ancho corredor.
Ero
Shan me condujo a un departamento cuya puerta de acceso daba a ese jardín.
―Aquí
encontrarás todo lo necesario para tu bienestar y comodidad―me dijo―. Te
enviaré a un servidor para que te atienda. Será cortés y eficiente, pero
también será responsable de que te presentes de nuevo a los laboratorios
centrales cuando éstos lo soliciten.
Ero
Shan se sentó en una silla próxima a la ventana, y continuó:
―Y
ahora permíteme que trate de responderte más explícitamente tu última pregunta.
La ciudad de Havatoo y la gente que la habita son resultado del trabajo de
generaciones de cultura científica. Eramos, originalmente, un pueblo gobernado
por jongs que heredaban el titulo y que varias facciones trataban de dominar
para lograr su propio enriquecimiento, sin importarles el bienestar de los
demás pobladores. Si teníamos un jong de carácter fuerte, éramos bien
gobernados, pero generalmente los políticos influían en las decisiones de los
jongs y éstos cometían muchas arbitrariedades. La mitad de la población vivía
en la más lamentable pobreza, plagada de vicios y en la más completa
inmundicia; y, además, se reproducían como moscas. Las clases altas se
abstenían de traer hijos al mundo y, por lo tanto, el número de sus componentes
fue menguando notoriamente. La ignorancia y la mediocridad predominaban.
Entonces subió al trono un gran jong. Abrogó todas las leyes existentes y
desconoció a todas las autoridades, y se invistió de poder absoluto. Dos
títulos le han sido conferidos desde entonces. Uno en vida y el otro después de
muerto. El primero fue Mankar el sanguinario; el segundo, Mankar el sabio. Era
un gran guerrero y siempre lo respaldó la clase militar. Con gran crueldad
acabó con todos los políticos, y para desempeñar los cargos que éstos ocupaban
nombró a los hombres más inteligentes de Havatoo, que eran los físicos, los
biólogos, los químicos y los psicólogos. Alentó a que tuvieran hijos a las
personas que aquellos científicos consideraban propias para engendrarlos, y les
prohibió la procreación a todas las demás. Dispuso que todos los hombres y
mujeres que tuviesen algún defecto físico, mental o moral fuesen incapacitados
para tener descendencia, y a ningún niño deforme se le permitió vivir. Luego
creó una nueva forma de gobierno, un gobierno sin leyes y sin rey. Abdicó el
trono y entregó los destinos de Havatoo a cinco sabios que sólo guían y juzgan.
De estos cinco hombres uno es un sentar (biólogo), otro un ambad (psicólogo),
otro un kalto (químico), otro más un kantum (físico), y por último, otro de
ellos es un korgan (militar). Al consejo formado por estos cinco hombres se le
llama sanjong (literalmente, cinco reyes), y la idoneidad de sus integrantes se
determina por medio de exámenes semejantes a los mismos a que ustedes fueron
sometidos. Esos exámenes se realizan cada dos años. Cualquier ciudadano puede
solicitar la prueba, y cualquier ciudadano puede llegar a formar parte del
sanjong. Es el más alto honor al que puede aspirar un habitante de Havatoo, y
solamente puede lograrlo a base de verdaderos méritos.
―Y
esos hombres dictan las leyes y administran justicia ―observé.
Ero
Shan movió la cabeza de un lado a otro, y me replicó .
―No
hay leyes en Havatoo. A través de las muchas generaciones que se han sucedido
desde la época de Mankar, hemos desarrollado una raza de gente racional que
sabe distinguir entre el bien y el mal, y para la que las reglas no son
necesarias. El sanjong solamente guía.
―¿No
tienen ninguna dificultad para encontrar a los hombres apropiados para
constituir el sanjong?―le pregunté entonces.
―Ninguna.
Hay miles de hombres en Havatoo capaces de servir honorable y juiciosamente.
Existe una tendencia natural a preparar sanjongs en cinco de las seis clases en
que está dividida la población de Havatoo. Cuando conozcas mejor la ciudad, te
darás cuenta de que el área semicircular que se encuentra frente a los
laboratorios centrales, se divide en cinco secciones. La sección próxima al río
y anterior a los laboratorios, se llama Kantum. Allí residen los fisicos. No
hay distinción de castas entre los físicos y las otras cinco clases, pero
debido a que los primeros viven en el mismo distrito y a que tienen los mismos
intereses, tienden más a relacionarse entre si que con los miembros de las
demás clases. El resultado de lo anterior es que casi siempre se desposan entre
si los de la misma clase, las leyes de la herencia se encargan de realizar el
resto, y la casta de los físicos en Havatoo constantemente está mejorando. El
distrito siguiente es Kalto, y allí viven los químicos. El distrito del centro
es Korgan, en el que yo vivo, y está reservado para la clase militar o de los
guerreros. Después sigue Ambad, la sección donde viven los psicólogos; y por
último, Sentar, reservado para los biólogos, que queda en la parte colindante
con el río. Havatoo tiene la forma de una mitad de rueda de carreta, y los
laboratorios centrales se levantan en el lugar que ocuparía el cubo de la
rueda. Las principales secciones de la ciudad están limitadas, en un lado, por
semicírculos concéntricos. Dentro del primero está el centro cívico en donde se
hallan situados los laboratorios centrales. A esa parte la he llamado el cubo
de la rueda. Entre esa zona y el siguiente semicírculo se hallan los cinco
subdistritos que acabo de describir. Entre ese lugar y el tercer semicírculo se
encuentra el distrito más grande, que se llama Yorgan; allí vive la gente
corriente. Y en la cuarta sección, que se extiende en una franja delgada a lo
largo de la muralla exterior, se hallan las tiendas, los mercados y las
fábricas.
―Todo
lo que me cuenta es muy interesante ―le dije―, pero lo que me parece
sorprendente es que la ciudad sea gobernada sin leyes.
―Sin
leyes hechas por el hombre. ―me corrigió Ero Shan―. Nos gobernamos de acuerdo
con las leyes naturales, que son conocidas por todos los hombres inteligentes.
Claro que de vez en cuando algún ciudadano comete algún acto que perjudica a
otro, o que altera la paz que reina en la ciudad, pues los genes del vicio y de
las características de la falta de conformidad no han sido erradicados de las
células embrionarias de todos los habitantes de Havatoo. Si alguno comete algún
acto que dañe a alguien o trastorne el bienestar de la comunidad, es juzgado
por una corte cuyo funcionamiento no se ve estorbado por tecnicismos legales ni
por trámites judiciales, y que emite su fallo final e inapelable, después de
tomar en consideración todos los hechos relativos al caso, así como también la
herencia del acusado.
―Me
parece demasiado drástico castigar a un hombre por los actos de sus antepasados
―observé.
―Permiteme
recordarte que nosotros no castigamos ―me explicó Ero Shan―, sólo tratamos de
mejorar la raza con el objeto de que todos alcancen un mayor grado de felicidad
y satisfacción.
―Entonces,
como en Havatoo no hay mala gente, debe de ser un lugar ideal para vivir―le
dije.
―Oh,
si hay algunas personas malas―me replicó Ero Shan―, pues en todos nosotros hay
genes con maldad; pero somos de una raza muy inteligente, y mientras más
inteligente es el hombre, más capaz es de dominar sus malos impulsos. A veces
entran forasteros a Havatoo, hombres malos que viven en la ciudad que se
encuentra al otro lado del río. Hasta ahora no sabemos cómo entran, es un
misterio, pero sabemos que en ciertas ocasiones entran y raptan a algún hombre
o a alguna mujer. A veces los capturamos y entonces los destruimos. Es muy raro
que nuestra gente cometa crímenes, sobre todo crímenes pasionales; pero de vez
en cuando alguien comete algún crimen premeditado. Estos individuos son una
amenaza para la raza y no se les permite seguir viviendo, para que no les
transmitan a las futuras generaciones sus rasgos de carácter, ni ejerzan mala
influencia en el presente debido a su ejemplo.
Cuando
Ero Shan terminó de hablar, un hombre sumamente fornido apareció en el umbral
de la puerta de la habitación.
―¿Tú
me mandaste llamar, Korgan Senhr Ero Shan?
―Adelante,
Herlak―le dijo Ero Shan. Luego, volviéndose hacia mi, me explico―: Herlak
estará a tu servicio, y al mismo tiempo será tu guardián hasta que anuncien el
resulhdo del examen. Confío en que será un eficiente servidor y un compañero
afable. Herlak ―continuó, dirigiéndose a mi guardián―, este hombre es forastero
en Havatoo. Acaba de ser examinado por el consejo. Serás responsable de él
hasta que el sanjong dé a conocer su decisión Se llama Carson Napier.
―Comprendo―dijo
el hombre haciendo una ligera inclinación de cabeza.
―Ambos
cenarán conmigo dentro de una hora ―nos dijo Ero Shan al retirarse.
―Si
quieres descansar antes de cenar―me dijo Herlak―, puedes acostarte en el diván
que está en la habitación contigua.
Entré
en la habitación y me acosté. Herlak entró también y se sentó en una silla, a
cierta distancia del diván. Era evidente que no me dejaría solo ni un instante.
Yo me encontraba cansado, pero no tenia sueño, así que comencé a conversar con
él.
―¿Trabajas
en casa de Ero Shan?―le pregunté.
―Soy
soldado del regimiento que está bajo su mando ―me explicó.
―¿Eres
oficial?
―No,
soldado raso.
―Pero
Ero Shan dijo que cenarías con él. En mi mundo los oficiales no se relacionan
socialmente con los soldados rasos .
Herlok
rió unos instantes, y me dijo:
―Condiciones
sociales semejantes prevalecían en Havatoo hace siglos, pero eso no existe
ahora. No hay distinciones sociales. Somos demasiado inteligentes, demasiado
cultos y seguros de nosotros mismos; no necesitamos de esos convencionalismos
para determinar nuestra importancia. No se le da tanta importancia a que un
hombre limpie las calles o sea miembro del sanjong, como a la forma en que
realiza los deberes que le son impuestos por una posición, y a su moralidad
cívica y a su cultura. En una ciudad habitada sólo por hombres inteligentes y
cultos, éstos deben ser más o menos sociales, y ningún oficial puede perder
autoridad relacionándose socialmente con sus soldados.
―¿Pero
los soldados no se aprovechan de esa familiaridad para obtener ventajas de sus
oficiales?―le pregunté.
―¿Por
qué habrían de hacerlo?―me dijo Herlak, mirándome sorprendido―. Conocen sus
deberes al igual que los oficiales conocen los suyos, y para todo buen
ciudadano el cumplimiento de sus obligaciones, y no el evadir ese cumplimiento,
es la finalidad de su vida.
Moví
la cabeza de un lado a otro al pensar el enredo que los terrícolas habían hecho
del gobierno y de la civilización por no aplicar al desarrollo de la humanidad
las simples reglas que empleaban para mejorar las razas de perros, vacas y
cerdos.
―¿Y
pueden contraer matrimonio un hombre y una mujer de distinta casta?―le
pregunté.
―Claro
que sí ―me contestó Herlak―. Así es como mantenemos el alto nivel moral y
mental de la gente. De no ser así, las facultades de los yorgans se
deteriorarían, y, al mismo tiempo, las otras clases se diferenciarían tanto las
unas de las otras que con el tiempo ya no tendrían nada en común y no habría
ninguna base para la mutua comprensión y el respeto.
Durante
la hora que transcurrió mientras esperábamos que nos llamasen para ir a comer,
aquel soldado de Havatoo habló acerca de las ciencias y las artes con mucha
mayor comprensión y sensibilidad de la que yo poseía. Le pregunté si había
recibido educación especial, y me contestó que no, que todos los hombres y
mujeres de Havatoo recibían el mismo grado de educación después de que eran
sometidos a una serie de complicados exámenes que determinaban el oficio que
correspondía mejor a su vocación y en el que serian más felices.
―¿Pero
cómo encuentran gente para que se dedique a limpiar las calles?―le pregunté.
―Hablas
como si esa vocación fuera reprochable ―me reconvino.
―Pero
es un trabajo que a muchos les parece desagradable―argüí.
―Ningún
trabajo útil y necesario es desagradable para el hombre apto para ejecutarlo.
Claro que la gente sumamente inteligente prefiere el trabajo creativo y, por lo
tanto, esos trabajos necesarios pero más o menos mecánicos que, dicho sea de
paso, en Havatoo son realizados por aparatos automáticos, nunca resultan la
vocación definitiva de ningún hombre. Cualquiera puede realizarlos, por lo que
cada quien, a su vez, los desempeña; es decir, cada uno de los integrantes de
la clase de los yorgans. Esa es su contribución al bienestar público, un
impuesto pagado con una tarea útil.
En
eso, una joven llegó para avisarnos que fuésemos a cenar. Era una joven muy
hermosa vestida con una especie de sarong de magnifica tela, y que lucia unos
adornos muy bellos.
―¿Pertenece
a la familia de Ero Shan? ―le pregunté a Herlak, después de que la mensajera se
retiró.
―No,
es una empleada de la casa―me respondió Herlak―. Korgan Sentar Ero Shan no
tiene familia.
Ya
había yo oído antes que le antepusieran al nombre de Ero Shan aquel titulo de
Korgan Sentar, y no comprendía su significación. Esas dos palabras, traducidas,
quieren decir guerrero biólogo, pero aquello para mi no tenia sentido como
titulo. Y cuando cruzábamos el jardín para ir a cenar, le pregunté a Herlak
acerca de su significado.
―Es
un título que expresa que es a la vez guerrero y biólogo; ha pasado los
exámenes necesarios para ser admitido en ambas clases. Como es miembro de una
de las otras cuatro clases y también un korgan, resulta un oficial merecedor
del titulo. A los soldados rasos nos gusta estar bajo el mando de un hombre
talentoso, y créeme, se necesita mucho talento para pasar los exámenes
necesarios para pertenecer a las clases científicas, pues el aspirante tiene
que pasar también de manera bastante satisfactoria las pruebas correspondientes
a las otras tres clases a las que no solicita su entrada.
Herlak
me guió hasta un amplio apartamento en el que vi a Ero Shan, a tres hombres más
y a seis mujeres, que conversaban y reían. Cuando entramos, la conversación se
interrumpió por unos breves instantes, y todas las miradas se dirigieron con
interés hacia mi. Ero Shan se adelantó para recibirme y presentarme a los
comensales.
Yo
hubiese disfrutado de aquel festín en el que menudearon los platillos
exquisitos acompañados de una brillante y amena conversación, y en el que los
demás convidados me abrumaron con sus atenciones, de no haber sido porque no
podía apartar de mi mente la sospecha de que aquella amabilidad debía de ser
producto de la compasión que les inspiraba, pues suponía que, al igual que yo,
dudaban de que pudiese pasar la prueba de la herencia.
Ellos
sabían tan bien como yo que el espectro de la muerte rondaba cerca de mi. Pensé
en Duare y confié en que se hallara a salvo en aquellos momentos.
XV
EL
JUICIO
Aquella
noche Herlak durmió en un diván que se hallaba cerca de mi. Yo, al dirigirme a
él, lo llamé con el sobrenombre de "el guardián de la muerte", y él
fue lo bastante correcto para aparentar que mi broma lo divertía.
A la
mañana siguiente, Ero Shan, Herlak y yo nos desayunamos juntos. Nos atendió la
joven que la noche anterior había ido a llamarnos para que fuésemos a cenar.
Estaba tan esplendorosamente hermosa que me parecía que era yo el que debía
servirla. Era muy joven, pero eso no significaba nada, pues casi toda la gente
que había visto en Havatoo gozaba de la misma apariencia de juventud.
Claro
que aquello no me sorprendía, dado que sabía de la existencia del suero de la
longevidad que habían descubierto los sabios de Amtor, suero que a mi también
me habían inyectado para prevenirme de la vejez. Sin embargo, se lo mencioné
casualmente a Ero Shan.
―Sí―me
dijo―, podríamos ser inmortales si el sanjong lo decretara; al menos nunca
moriríamos de ninguna enfermedad o de vejez, pero no lo ha decretado así.
Nuestro suero inmuniza durante doscientos o trescientos años, según sea la
constitución del individuo, y sobreviene rápidamente la muerte cuando deja de
ser efectivo. Por lo general le ponemos fin a nuestra existencia cuando notamos
que el fin de nuestra vida se halla próximo.
―¿Pero
por qué, ya que podrían hacerlo, no viven para siempre?
―Si
no muriésemos nunca, el número de niños que podría permitirse engendrar seria
demasiado reducido para que la raza mejorase de modo considerable, y por lo
tanto, hemos renunciado a la inmortalidad en beneficio de las futuras
generaciones y de todo Amtor.
Cuando
estábamos terminando de desayunarnos, le avisaron a Ero Shan que debía llevarme
inmediatamente ante los miembros del consejo encargado de los exámenes. Poco
después, en compañía de Herlak, subimos al auto de Ero Shan y recorrimos el
Korgan Lat, o avenida de los Guerreros, para dirigirnos a los laboratorios
centrales que se hallaban situados en el centro cívico de Havatoo.
Ero
Shan y Herlak permanecieron sumamente serios y callados durante el trayecto, e
imaginé que ambos presentían que sobrevendría lo peor. No puedo decir que yo
estuviese muy satisfecho, pero la inquietud que sentía no era motivada tanto
por lo que pudiese ocurrirme, sino por pensar en Duare, en Duare y en Nalte.
Al
detenernos frente al edificio en el que el día anterior me habían examinado, vi
que las majestuosas construcciones del gobierno, el Sera Tartum o los
laboratorios centrales, como ellos los llamaban, se destacaban bellamente en
medio del Mankar Pol, el parque que llevaba aquel nombre en honor del último
jong de Havatoo.
No
tuvimos que esperar mucho después de entrar al edificio, pues casi
inmediatamente nos condujeron ante los cinco miembros del consejo encargado de
realizar los exámenes. Sus graves rostros presagiaban malas noticias, y me
preparé para escuchar lo peor. Aunque no podía dejar de pensar en la manera de
escapar, algo me decía que aquella gente hacia tan bien todas las cosas y eran
tan eficientes, que no seria posible evitar la suerte que me hubiesen
reservado.
Kantum
Shogan, el presidente del consejo, me invitó a tomar asiento, y me senté frente
a los solemnes cinco consejeros. Ero Shan se sentó a mi derecha, y Herlak a mi
izquierda.
―Carson
Napier―comenzó a decir Kantum Shogan―, tu examen demuestra que no estás exento
de méritos. Físicamente estás cerca de esa perfección hacia la que nuestra raza
constantemente lucha por alcanzar; intelectualmente eres sagaz, pero no has
sido instruido apropiadamente, no tienes cultura. Aunque eso podría remediarse,
siento decirte que padeces de defectos psicológicos que si se transmitiesen a
tu progenie, o contaminasen a otras personas que se relacionasen contigo,
causarían un daño incalculable a las futuras generaciones. Eres una infortunada
víctima de represiones heredadas, de complejos, de temores. Hasta cierto punto
has logrado superar esas características destructivas, pero los cromosomas de
tus células embrionarias están llenos de esos genes malignos y constituyen un
peligro potencial para las generaciones por venir. Por lo tanto, con profundo
pesar, tuvimos que llegar a la conclusión de que tu destrucción redundará en
beneficio de los intereses de la humanidad.
―¿Puedo
preguntarles con qué derecho decretan si debo vivir o morir? ―demandé―. No soy
ciudadano de Havatoo, yo no vine voluntariamente a esta ciudad, y si...
Kantum
Shogan levantó una mano e hizo un ademán para imponerme silencio.
―Repito
que sentimos vernos obligados a obrar así ―me dijo―, pero no hay nada más que
tratar acerca de ese asunto. Tus cualidades no son suficientes para compensar
los defectos que has heredado. Es de lamentarse pero, por supuesto, Havatoo no
sufrirá daños a causa de eso.
¡Mi
muerte estaba decretada! Después de todo lo que había pasado resultaba casi
ridículo que yo muriese sin defenderme, tan sólo porque alguno de mis
antepasados no había seleccionado inteligentemente a su consorte. ¡Y haber
llegado de tan lejos sólo para morir! Ese pensamiento me hizo sonreir.
―¿Por
qué sonríe?―me preguntó uno de los miembros del consejo―. ¿Acaso la muerte le
parece divertida, o es que cree que podrá escapar?
―Sonrío,
a pesar de que tal vez debiese sollozar ―le contesté―, al pensar que todo el
trabajo, el conocimiento y la energía que fueron precisos para que yo viajase
veintiséis millones de millas para llegar aquí, sólo ha servido para que yo
muera porque cinco hombres de otro mundo creen que he heredado algunos genes
malignos.
―¿Veintiséis
millones de millas? ―exclamó un miembro del consejo.
―¿Otro
mundo? ¿Qué quiere decir? ―me preguntó otro.
―Que
llegué de otro mundo que se encuentra a veintiséis millones de millas de Amtor
―le contesté―. Un mundo mucho más adelantado que el suyo en ciertos aspectos.
Los
miembros del consejo se miraron asombrados los unos a los otros.
―Eso
confirma la teoría que varios de nosotros hemos sostenido durante mucho
tiempo―oí que les dijo uno de ellos a otros.
―Eso
es muy interesante y puede ser probable ―comentó un tercero.
―¿Dices
que Amtor no es el único mundo?―me preguntó Kantum Shogan―. ¿Acaso hay otro?
―Los
cielos están llenos de innumerables mundos―le respondí―. Tu mundo y el mío, y
cuando menos ocho mundos más, giran alrededor de una gran bola de gases en
llamas llamada Sol, y a este sol junto con sus mundos o planetas se le conoce
como el sistema solar. En el espacio ilimitado de los cielos hay innumerables
soles, muchos de los cuales son centros de otros sistemas planetarios, y ningún
hombre sabe cuántos mundos existen.
―¡Espera!
―me dijo Kantum Shogan―. Lo que has dicho ya es suficiente para que supongamos
que nuestro examen ha sido incorrecto en lo que respecta a que nos creíamos
poseedores de todo el saber humano hasta ahora conocido. Parece que tú posees
conocimientos tan importantes que pueden compensar tus imperfecciones
biológicas. Más tarde volveremos a interrogarte acerca de esa teoría que has
expuesto y, mientras tanto, la ejecución de tu sentencia queda aplazada.
Nuestra decisión final respecto a tu suerte dependerá del resultado de ese
interrogatorio posterior. En bien de la ciencia no se puede desestimar ninguna
fuente posible de conocimiento, y si tu teoría es lógica y abre un nuevo campo
a la ciencia, se te dejará en libertad para gozar de la vida en Havatoo, y
también se te concederán honores.
A
pesar de que yo había recibido menciones especiales al terminar mis estudios en
una universidad de fama, al hallarme ante aquellos superhombres de ciencia
comprendí que lo que Kantum Shogan había dicho de mí era verdad. Comparados con
ellos, mis estudios habían sido muy pobres y era yo bastante ignorante, y mis
diplomas podían considerarse solamente como papeles sin valor. Sin embargo, mi
conocimiento era mayor en un campo científico, y al explicarles cómo estaba
constituido el sistema solar y trazar los diagramas relativos, me di cuenta del
vivo interés con que acogían mis explicaciones y de la prontitud con que las
comprendían.
Por
primera vez escuchaban la explicación del fenómeno de la transición del día a
la noche, de las estaciones y de las mareas. Las nubes que rodean su planeta
limitaban su visión y no les habían permitido ver nada en que basar una teoría
planetaria, y por lo tanto. no era extraño que la astronomía fuese una ciencia
desconocida para ellos, y que no supiesen de la existencia del Sol y las
estrellas.
Durante
cuatro horas me escucharon y me interrogaron. Luego le dijeron a Ero Shan y a
Herlak que me acompañasen a una antecámara y que esperásemos allí hasta que nos
llamasen.
No
tuvimos que aguardar mucho, pues menos de quince minutos después nos llamaron
para comparecer nuevamente ante el consejo.
―Estamos
todos de acuerdo ―informó Kantum Shogan―de que el beneficio que puedes
prestarle a la humanidad compensa ampliamente el peligro que tus defectos
heredados representan para la comunidad. Vivirás y gozarás de libertad en
Havatoo. Tus deberes consistirán en instruir a otros en esa nueva ciencia a la
que le das el nombre de astronomía, y en aplicarla para el bienestar colectivo.
Como por ahora eres el único miembro de tu clase, puedes vivir en la sección de
la ciudad que mejor te parezca. Las peticiones de todo lo que requieras para
tus necesidades personales y para el buen funcionamiento de tu departamento, se
las presentarás al Sera Tartum. Por ahora, dado que eres forastero en Havatoo y
que desearás familiarizarte con nuestras costumbres y hábitos, te recomiendo
que aceptes las indicaciones de Korgan Ero Shan a ese respecto.
Kantum
Shogan calló e hizo una señal para indicarnos que nos retirásemos.
―¿Antes
de partir podría preguntarle qué resolvieron de la joven Nalte?―le pregunté.
―Se
le consideró apta para vivir en la sección yorgan de Havatoo―me contestó―. Te
haré saber dónde puedes encontrarla después de que se haya resuelto
definitivamente acerca de las tareas que debe desempeñar y de que se le haya
asignado alojamiento.
Al
salir del Sera Tartum en compañía de Ero Shan y de Herlak, dejé escapar un
suspiro de alivio. "Nalte está a salvo, y yo también. ¡Ah, si pudiera
encontrar a Duare!"
Los
días siguientes los pasé conociendo la ciudad y comprando las cosas que
necesitaba, de acuerdo con las indicaciones de Ero Shan. Una de las cosas que
compré fue un auto. Y para ello me bastó firmar un pagaré.
―¿Pero
qué comprobantes tendrán de mis gastos?―le pregunté a mi amigo―. Ni siquiera sé
cuánto se me otorgó de crédito.
―¿Y
por qué habrían de comprobar lo que gastas? ―me preguntó.
―Pues
porque podría ser un pícaro y comprar cosas que no necesito, para revender.
Ero
Shan rió al oír mi razonamiento, y me dijo:
―Saben
que no harás eso. Si el psicólogo que te examinó no hubiese comprobado que eras
un hombre honrado, ni siquiera tus conocimientos de astronomía te habrían
salvado; la falta de honradez es un defecto que no se tolera en Havatoo. Cuando
Mankar eliminó a los bribones y a los sinvergüenzas casi acabó con esa casta en
Havatoo, y nosotros hemos completado su trabajo a través de las muchas
generaciones que se han sucedido desde entonces. Todos los ciudadanos de
Havatoo son honrados.
A
menudo hablaba con Ero Shan acerca de Duare. Yo quería cruzar el río para ir a
Kormor y buscarla allí, pero mi amigo me convenció de que eso seria un intento
suicida. Y como yo no tenia ninguna razón para suponer que Duare se encontrase
en esa ciudad, tuve que olvidar aquella idea.
―Si
tuviese un avión―dije―, no me seria difícil inspeccionar Kormor.
―¿Qué
es un avión?―me preguntó Ero Shan.
Se
lo expliqué y se mostró muy interesado, puesto que en Amtor se desconocía la
aviación, al menos en aquellas regiones que yo había visitado.
La
idea le llamó tanto la atención a mi compañero que ya casi sólo hablaba de eso.
Le expliqué los diversos tipos de aviones que se construían en la Tierra y le
describí el cohete en que había cruzado el espacio para llegar a Venus. En la
tarde hizo que le dibujara los varios tipos de aviones de que le había hablado,
y su interés se volvió obsesivo.
Una
mañana, al regresar a la casa que compartía con Ero Shan, hallé un mensaje. Era
de uno de los empleados del consejo encargado de los exámenes, y me comunicaba
la dirección de la casa donde vivía Nalte.
Después
de la cena, como ya conocia bastante bien la ciudad, salí en mi auto a visitar
a Nalte. Fui solo, pues Ero Shan tenia otro compromiso.
La
casa en que vivía Nalte se hallaba situada en la sección yorgan, en una
tranquila calle cercana al Korgan Lat, la Avenida de los Guerreros. En esa casa
habitaban mujeres que se encargaban de hacer el aseo de las escuelas
preparatorias del Korgan Lat. Una de las mujeres me recibió y me dijo que iría
a llamar a Nalte, y luego me condujo hasta un salón en el que se encontraban
ocho o diez mujeres. Una de ellas estaba tocando un instrumento musical, y las
demás, unas pintaban y las otras tejían o leían.
Cuando
entré, dejaron por un momento lo que estaban haciendo y me saludaron
amablemente. No había ninguna que no fuera hermosa, y todas eran inteligentes e
instruidas. ¡Aquellas eran las fámulas de Havatoo! La selección aplicada a la
especie había hecho de los habitantes de Havatoo lo mismo que la cría
seleccionada ha hecho con las vacas lecheras ganadoras de premios de la Tierra;
tanto unos como otras tienden a la perfección.
Nalte
se alegró mucho de verme, y la invité a dar un paseo en el auto, pues quería
hablar con ella a solas.
―Estoy
muy contento de que hayas pasado el examen ―le dije cuando nos dirigíamos al
Korgan Lat.
Nalte,
al oír aquello, rió divertida.
―Por
poco me reprueban―me dijo―. ¡No sé qué dirían en Andoo si supiesen que en
Havatoo, a mi, la hija de un jong, solo me consideraron apta para fregar
suelos!
Nalte
volvió a reír alegremente. Era claro que no se sentía herida en su orgullo
debido a la tarea que le habían asignado.
―Pero,
a pesar de todo ―continuó―, en una ciudad poblada por superhombres resulta un
gran honor que la consideren a una apta para desempeñar cualquier ocupación. ¿Y
tú? Estoy muy orgullosa de ti, Carson Napier, pues me dijeron que te otorgaron
un alto rango entre ellos.
Entonces
fui yo quien rió, regocijado.
―No
pasé el examen ―admiti―. Si no hubiese sido por el conocimiento que tengo de
una ciencia ignorada en Amtor, me hubiesen destruido.
Conduje
el auto por el Korgan Lat, pasamos por el gran parque y por la plaza de armas
en cuyo centro se levanta el magnifico estadio, y luego nos dirigimos a la
Avenida de las Puertas, que describe una gran curva de casi ocho millas de
largo y que se halla cerca de la parte de la muralla que da al campo.
En
el distrito incluido entre la Avenida de las Puertas y el Yorgan Lat, en una
amplia avenida de un tercio de milla de largo están situadas las fábricas y las
tiendas, pero los principales almacenes de comercio se hallan en la Avenida de
las Puertas. Esta avenida y las tiendas se encontraban profusamente iluminadas;
en la calle corrían innumerables vehículos, y las pasarelas que se extendían al
nivel del segundo piso de los edificios estaban llenas de transeúntes.
Recorrimos
dos veces toda la avenida y gozamos de la hermosa vista que ofrecía; luego nos
dirigimos a uno de los estacionamientos de vehículos, para lo que están
destinados todos los pisos bajos de los edificios de las principales vías de
comunicación, y después de dejar el auto, una escalera automática nos condujo
hasta la pasarela del nivel superior inmediato.
En
ese nivel las tiendas tenían vidrieras en las que se exhibían las mercancías,
tal como es costumbre en las ciudades de la Tierra, aunque la mayor parte de lo
expuesto estaba destinado más para deleitar la vista que para llamar la
atención respecto a las mercancías en venta.
Los
hombres de ciencia de Havatoo han producido una luz brillante que al mismo
tiempo es tenue, y con la que se logran efectos imposibles de obtener con
nuestros sistemas de alumbrado relativamente rústicos. Esa luz no parece emanar
de ningún punto determinado, produce sombras débiles y no despide calor; se
parece a la luz del sol, pero se diferencia de ésta en que las sombras que
origina al proyectarse sobre los objetos expuestos a ella, son de diversos
tonos de colores.
Después
de disfrutar del espectáculo durante más de una hora y de pasear entre la
alegre multitud que caminaba por la pasarela, hice unas pequeñas compras en las
que incluí un regalo para Nalte. Luego regresamos al auto y lleve a mi
compañera a su alojamiento.
El
día siguiente lo pasé muy ocupado en la organización de mis clases de
astronomía, y resultaron tan numerosas las personas que deseaban inscribirse,
que tuve que organizar varias clases grandes; pero como en Havatoo sólo se
acostumbra dedicar cuatro horas al día a la realización de cualquier género de
trabajo, era evidente que primero tendría yo que encargarme de preparar
instructores para poder enseñar aquella nueva ciencia a todos los ciudadanos
que se interesasen en aprenderla.
Me
sentí sumamente halagado al saber qué personas formaban el primer grupo de
alumnos inscritos. No solamente había en el hombres de ciencia y soldados de
las cinco primeras clases sociales, sino que también lo integraban todos los
miembros del sanjong. El hambre de conocimientos de aquella gente era
insaciable.
Poco
después del mediodía, después de haber terminado mi trabajo diario, me mandaron
avisar que me presentase ante Korgan Kantum Mohar, el guerrero y físico que
había dispuesto que nos examinasen a Nalte y a mi el día que Ero Shan nos llevó
a la ciudad.
No
me imaginaba para qué quería verme. ¿Seria que tenia yo que presentar otro
examen? Creo que siempre relacionaré el nombre de Mohar con cualquier examen.
Al
entrar a su oficina del Sera Tartum, me recibió con la misma amabilidad que
había caracterizado su actitud el día que me dijo que me iban a examinar para
decidir si me permitirían vivir, así que su gentileza no resultaba
completamente tranquilizadora.
―Aproxímate
y siéntate cerca de mí ―me dijo―. Aquí tengo algo que me gustaría discutir
contigo.
Al
tomar asiento junto a él, vi sobre su escritorio los bocetos de los aviones que
yo había dibujado para Ero Shan.
―Ero
Shan me trajo esto―me dijo señalándome los papeles―y me explicó los dibujos lo
mejor que pudo. Estaba muy entusiasmado con ellos, y debo admitir que me
contagió parte de su entusiasmo. Me interesa saber más acerca de estas naves
que pueden volar como si fueran aves.
Hablé
con él durante una hora y le respondí todas las preguntas que me formuló. Le
expliqué principalmente los logros prácticos de la aeronáutica: los vuelos de
largas distancias, la gran velocidad y los usos que tanto en tiempo de paz como
de guerra se le han dado a los aviones.
Korgan
Kantum Mohar se mostró muy interesado en todo aquello. Sus preguntas revelaron
su talento y su amplia preparación científica. Pero la ultima pregunta que me
hizo fue la de un soldado, la de un hombre de acción.
―¿Podrías
construir una de esas naves?―me dijo.
Le
contesté que si, pero que habría que realizar muchos experimentos antes de
lograr adaptar sus motores y sus materiales a las exigencias de la construcción
de un buen avión.
―Disponemos
de doscientos o trescientos años―me dijo sonriendo―y de todos los recursos
disponibles de una raza de hombres de ciencia. Podemos producir los materiales
que no tengamos; nada es imposible para la ciencia.
XVI
ATAQUE
NOCTURNO
Me
proporcionaron una fabrica situada al término de Kantum Lat, y cercana a la
Puerta de los Físicos. Yo escogí aquel lugar porque frente a esa puerta había
una explanada que podía servir de excelente pista de vuelo, y también porque al
terminar de armar mi avión, lo podría sacar de la ciudad fácilmente sin causar
problemas de tránsito.
Dividí
el tiempo de que disponía en dos, de acuerdo con la sugerencia del sanjong,
cuyos cinco miembros se habían interesado mucho, tanto en aquella nueva empresa
de aeronáutica como en la nueva ciencia de la astronomía.
Todo
mi tiempo estaba ocupado y yo trabajaba mucho más de las acostumbradas cuatro
horas por día. Pero gozaba con mi trabajo, en especial con la construcción del
avión, y cada vez mi fantasía aumentaba y en mis ensueños me veía explorando
Venus en mi propia nave.
Los
habitantes de Havatoo le dan mucha importancia a las necesidades de descansar y
de divertirse, y Ero Shan constantemente se empeñaba en apartarme de mi mesa de
dibujo, o de que yo diera por terminadas las conferencias que sostenía con mis
ayudantes, para llevarme a diversos lugares de distracción.
Había
teatros, exposiciones de arte, conferencias, recitales, conciertos, y en los
gimnasios y en el gran estadio, se celebraban diferentes juegos. Muchos de esos
juegos eran extremadamente peligrosos y a menudo algunos de los jugadores
resultaban gravemente heridos, y otros morían. En el gran estadio, cuando menos
una vez al mes, se celebraban luchas de hombres contra bestias, o luchas a
muerte de hombre contra hombre. Y una vez al año se celebraba el gran juego de
la guerra. Ero Shan, su hermano Gara Lo, Nalte y yo asistimos juntos a ese
juego anual. Aquel espectáculo era nuevo para Nalte y para mi, y por lo tanto,
no sabíamos en qué consistía.
―Tal
vez veamos alguna exhibición de las maravillas científicas que sólo los hombres
de Havatoo son capaces de hacer―le dije a ella.
―No
tengo ni la menor idea de lo que puede ser ―me respondió―. Nadie quiso
anticiparme nada acerca del juego. Sólo me dijeron: "Espera a que lo veas.
Te causará una emoción como nunca has experimentado en la vida."
―No
creo que el juego dependa del uso de los instrumentos científicos más modernos
destinados para la guerra y la estrategia ―sugerí.
―Pronto
lo sabremos ―me replicó Nalte―. Ya casi es hora de que empiece.
El
gran estadio, en el que había doscientas mil personas sentadas, estaba lleno
completamente. Presentaba una vista maravillosa debido a los trajes y joyas de
las mujeres, y a los elegantes atavíos de los hombres, pues en Havatoo se le
concede todo su valor al arte y a la belleza. Pero entre todo lo que le daba
esplendor al espectáculo no había nada más sorprendente que la divina belleza
de la gente.
De
pronto la multitud lanzó un grito, era un grito atronador de bienvenida.
―¡Allá
vienen! ¡Los guerreros!
Doscientos
hombres habían aparecido en la pista. Cien hombres cubiertos solamente con
taparrabos blancos habían hecho acto de presencia en un extremo de la gran
pista; y, en el otro extremo, cien hombres más cubiertos con taparrabos rojos
habían salido al mismo tiempo que los primeros.
Todos
ellos portaban escudos y estaban armados de espadas. Durante un momento permanecieron
inmóviles, esperando. Dos pequeños carros entraron a la pista. En cada carro,
además del conductor, había una joven.
Uno
de los carros era rojo, y el otro era blanco. El carro rojo se unió al
contingente de hombres con taparrabos rojos, y el carro blanco al contingente
de hombres que se hallaban en el extremo opuesto de la pista.
Después
de quedar formados, los dos bandos dieron una vuelta alrededor de la pista. La
gente, al verlos pasar frente a las gradas, los vitoreaba y aplaudía, y cuando
los guerreros terminaron de dar la vuelta, volvieron a ocupar sus lugares
correspondientes.
De
pronto sonó una trompeta, y los rojos y los blancos se aproximaron unos a
otros. Habían cambiado de formación. Habían constituido grupos de avanzada y de
retaguardia, y también varios guerreros se hallaban a los flancos de cada
contingente. Los carros permanecieron en la retaguardia, delante de los grupos
que ocupaban esa posición. En los estribos de ambos carros había varios
guerreros.
―Dinos
más o menos en qué consiste el juego ―le supliqué a Ero Shan―, para que lo
entendamos y disfrutemos más de él.
―Es
algo muy sencillo ―me respondió―. Contenderán durante quince vir ―tiempo
equivalente a sesenta minutos―, y el bando ganador es el que logre capturar a
la reina del bando contrario.
Yo
no sé qué esperaba ver, pero puedo asegurar que no era ni remotamente lo que
presencié a continuación. Los rojos formaron una cuña cuyo vértice apuntaba en
dirección a los blancos. y atacaron.
En
la trifulca que se armó vi que murieron tres hombres y que quedaron heridos
doce, pero los blancos no perdieron a su reina.
Cuando
alguna reina se hallaba en peligro de ser capturada por los guerreros del bando
contrario, su carro daba media vuelta y huía; entonces la retaguardia se
adelantaba para rechazar al enemigo. Lo enconado del combate se sucedía de un
lugar a otro de la pista. A veces parecía que los blancos estaban a punto de
capturar a la reina roja, pero pasados unos momentos era su reina la que
entonces se encontraba ya en peligro. Muchos duelos individuales se realizaban,
en los que podía admirarse la maravillosa destreza de los espadachines.
Pero
el espectáculo en conjunto desarmonizaba tanto con todo lo que hasta entonces
había yo visto en Havatoo, que no lograba explicarme la razón de aquello. Ante
mis ojos el más alto tipo de civilización y cultura que el hombre hubiese
podido imaginarse, retornaba de pronto al barbarismo. Era algo inexplicable, y
lo más extraño de todo era el gozo salvaje con que la concurrencia contemplaba
el encuentro mortal de los dos bandos de guerreros.
Debo
reconocer que aquel espectaculo me pareció sumamente emocionante, pero me
alegré cuando hubo concluido. Sólo capturaron a una reina durante todo el
juego. En los últimos momentos la reina blanca cayó en manos de sus enemigos,
después de que todos sus defensores quedaron fuera de combate.
No
salió ileso ni uno solo de los doscientos hombres que tomaron parte en el
juego; cincuenta fueron heridos en la pista, y luego supe que diez de éstos
habían muerto después a resultas de sus heridas.
Cuando
nos dirigíamos de regreso a la casa, le pregunté a Ero Shan cómo era posible
que tolerasen una exhibición tan salvaje y brutal, y le manifesté mi sorpresa
ante el gozo que los cultos y refinados habitantes de Havatoo habían demostrado
sentir al contemplar aquello.
―Tenemos
pocas guerras ―me replicó―. Durante siglos la guerra ha sido el estado natural
del hombre. En ella expresó su espíritu de aventura, que también es parte de su
herencia. Nuestros psicólogos descubrieron que el hombre debe tener algún
escape para esa necesidad ancestral. Si no se le brindase ese escape por medio
de guerras o de juegos peligrosos, lo buscaría en la comisión de crímenes o de
peleas con sus amigos. Lo que has visto es lo mejor que puede hacerse, pues sin
eso cualquier hombre se estancaría y moriría de tedio.
Trabajaba
con mucho entusiasmo en la construcción de mi avión. éste comenzaba a tomar
forma y yo comprendía que en ninguna otra parte del universo podría construirse
una nave aérea como en Havatoo. En esa ciudad tenia yo a mi disposición los
materiales que sólo los químicos de Havatoo podían producir: maderas, acero y
paños sintéticos muy livianos y de una gran resistencia.
También
contaba con combustibles especiales para mis motores como el elemento vik-ro,
desconocido en la Tierra, que se halla contenido en la sustancia lor y que
resulta de la extinción del lor. Se puede formar una idea aproximada de la
cantidad de energía liberada de esa manera, considerando que de una tonelada de
carbón se puede obtener por medio de su extinción una cantidad de energía
dieciocho mil millones de veces mayor, que por medio de su combustible
necesario para mi nave durante todo el tiempo de su existencia, podría caber en
el hueco formado por la palma de una de mis manos, y los físicos que me
ayudaban habían calculado que la duración de mi nave, teniendo en cuenta los
materiales con que estaba siendo construida, seria de casi cincuenta años. ¡Imagínense
con qué ansia anhelaba que aquella nave maravillosa quedase terminada! Con ella
estaba seguro de que encontraría a Duare.
¡Por
fin la había terminado! Me pasé la última tarde revisándola cuidadosamente.
ayudado por mis asistentes. Al día siguiente la llevaríamos hasta la pista para
que yo hiciese un vuelo de prueba. Sabía que seria un éxito. Todos mis
ayudantes lo sabían también; era una certeza científica el que la nave volaría.
Esa
tarde decidí permitirme un rato de descanso y llamé a Nalte por el sistema de
comunicación sin hilos, sin transmisor y sin receptor, que es una de las
maravillas de Havatoo. Le pregunté si quería salir a cenar conmigo, y ella
aceptó con tanta prontitud y satisfacción que me reconforto el ánimo.
Cenamos
en un jardín público que se hallaba en la azotea de un edificio situado en la
esquina del Yorgan Lat y el Havatoo Lat, cerca de la muralla que se eleva junto
al río.
―Me
da mucho gusto verte―me dijo Nalte―. Desde que asistimos a los juegos de guerra
no habíamos vuelto a vernos. Creí que me habías olvidado.
―Imposible―le
respondí―; pero es que había estado trabajando día y noche en la construcción
de mi nave aérea.
―Sí
algo acerca de eso―me dijo―, pero ninguna de las personas con quienes hablé
parecía comprender lo que hacías. ¿Qué es y para qué servirá?
―Es
una nave que vuela más velozmente que cualquier ave ―le contesté.
―¿Pero
para qué puede servir?―me preguntó.
―Transportará
gente de un lugar a otro, rápidamente y sin peligro alguno ―le expliqué.
―¡No
es posible que la gente viaje en ella! ―exclamó.
―¡Claro
que sí! ¿Con qué otro propósito la hubiese construido?
―¿Pero
qué la mantendrá en el aire? ¿Batirá las alas como un pájaro?
―No;
se remontará como un ave con alas fijas.
―¿Y
cómo pasará por los bosques donde los árboles crecen muy juntos los unos a los
otros?
―Volará
sobre los bosques.
―¿Tan
alto? ¡Oh, será muy peligroso! ―exclamó―. Por favor, no vueles en eso, Carson.
―No
habrá ningún peligro―le aseguré―; será mucho más seguro que afrontar a pie los
riesgos del bosque. Ninguna bestia ni ningún salvaje puede hacerle daño a quien
viaje en la nave.
―¡Oh!
¡Pero encontrarse más arriba de los árboles! ―exclamó Nalte, y se estremeció
ligeramente.
―Volaré
mucho más alto―le dije―, volaré sobre las montañas.
―Pero
no podrás volar nunca por encima de los altísimos árboles de Amtor; de eso
estoy segura.
Se
refería a los árboles gigantescos que se elevan cinco mil pies más allá de la
superficie de Amtor, para absorber la humedad de la capa inferior de nubes que
rodean el planeta.
―Si,
posiblemente yo vuele hasta por encima de esos árboles―le contesté―, aunque
puedo asegurarte que no me atrae mucho la idea de volar a ciegas por entre esos
cúmulos de nubes.
―Sentiré
mucho miedo cada vez que sepa que estás volando dentro de esa cosa―me dijo
Nalte, moviendo la cabeza de un lado a otro.
―No,
no sentirás miedo después de que te acostumbres, pues pronto me acompañarás en
el avión.
―¡Yo
no!
―Podríamos
volar hasta Andoo ―le dije―. He estado pensando en eso desde que comencé a
construir la nave.
―¿Andoo?
―exclamó―. ¿Mi hogar? ¡Oh, Carson, si eso se pudiese!
―Es
posible, es decir, si podemos localizar dónde se halla situado Andoo. Esa nave
nos puede llevar a cualquier parte. Podríamos permanecer en ella durante
cincuenta años si se pudiese llevar suficiente agua y comida, y estoy seguro de
que no necesitaríamos tanto tiempo para dar con Andoo.
―Me
gusta Havatoo―me dijo, pensativa―, pero después de todo, el hogar es siempre el
hogar. Quiero ver a mi familia, pero también quisiera regresar a Havatoo; eso
es, si...
―¿Si
qué?―le pregunté.
―Si
es que tú te quedas aquí.
Entendí
el brazo por sobre la mesa y le estreché una mano a Nalte.
―Hemos
sido muy buenos amigos, ¿verdad, Nalte? Te extrañaría grandemente si supiese
que no te volvería a ver nunca.
―Creo
que eres el mejor amigo que he tenido―me dijo, y luego me miró por un instante
y sonrió. Después comenzó a decir―: ¿Sabes que...
Pero
calló súbitamente y bajó la mirada a tiempo que se sonrojaba.
―¿Qué
cosa?―le pregunté.
―Bueno,
será mejor que te lo diga. Hubo un tiempo en que creí que estaba enamorada de
ti.
―Eso
me hubiese honrado grandemente, Nalte.
―Traté
de ocultarlo porque sabía que amabas a Duare; pero en estos días Ero Shan ha
estado yendo a visitarme, y ahora comprendo que no sabía antes lo que era el
amor.
―¿Amas
a Ero Shan?
―Si.
―Me
alegro de saberlo. Es un magnifico amigo, y sé que ambos serán felices.
―Eso
podría ser cierto, si no fuese porque hay algo más.
―¿Qué
es?
―Que
Ero Shan no sabe que lo amo.
―¿Cómo
lo sabes? No sé cómo podría evitar amarte. Si yo no hubiese conocido antes a
Duare...
―Si
me amase, me lo diría―me interrumpió―. A veces creo que se imagina que mi
corazón es de otro. Tú y yo llegamos juntos a Havatoo y nos hemos visto con
frecuencia desde entonces. Pero, ¿ para qué cavilar más sobre eso?; si me amase
no podría ocultarlo.
Habíamos
terminado de cenar, y sugerí que diésemos un paseo en auto por la ciudad y que
después fuésemos a un concierto.
―Caminemos
en vez de ir en el auto―me dijo Nalte.
Y al
levantarnos de la mesa, exclamó―: ¡Qué hermoso panorama se contempla desde
aquí!
A la
luz del extraño fulgor de la noche amtoriana, el anchuroso río se extendía
hasta perderse de vista en ambos extremos de la ciudad, y en la ribera opuesta,
la negrura de Kormor sólo parecía ser una mancha más sombría que la oscuridad
de la noche. y en la que sólo brillaban unas cuantas débiles lucecillas que
contrastaban con el esplendor de las luces de Havatoo que refulgían más abajo
de nosotros.
Caminamos
por la pasarela que se entendía por Havatoo Lat, hasta llegar a una callecilla
lateral que se alejaba del río.
―Demos
vuelta aquí―me dijo Nalte―. Quisiera gozar de la quietud que parece haber en
esta calle de escasa iluminación; no tengo ganas de andar entre la multitud y
el brillo de las luces que hay en Havatoo Lat.
La
calle por la que continuamos se hallaba en la sección yorgan de la ciudad;
estaba poco alumbrada y no había nadie caminando por la pasarela. Era una calle
tranquila y apacible en comparación con las avenidas principales de Havatoo que
también eran bastante silenciosas y en las que no se oía nunca ningún
estrépito.
Después
de habernos alejado cierta distancia de Havatoo Lat, oí que se abría una puerta
detrás de nosotros y luego oí ruido de pasos. No le di ninguna importancia a
aquello; mejor dicho. antes de que tuviese tiempo de pensar en ello una mano me
sujetó violentamente de un hombro, y cuando volví el rostro vi que otro hombre
sujetaba a Nalte, le tapaba la boca con una mano y la arrastraba hasta la
puerta por la que habían salido los dos hombres.
XVII
LA
CIUDAD DE LOS MUERTOS
Traté
de libertarme del hombre que me sujetaba, pero era muy fuerte. Logré dar media
vuelta para poderlo golpear, y le di varios golpes en la cara cuando trataba de
estrangularme.
Aunque
ninguno de los dos habló, debimos de hacer bastante ruido en la tranquila
calle, pues pronto asomo alguien la cabeza por la ventana, y poco después,
hombres y mujeres salían de sus casas. Pero antes de que llegaran hasta
nosotros, yo ya había derribado a mi asaltante y le apretaba el cuello. Lo
hubiese estrangulado de no haber sido porque varios hombres me alejaron de él.
Todos
los circunstantes se hallaban sorprendidos y disgustados por el escándalo que
habíamos hecho en aquella calle de Havatoo, y nos arrestaron sin que quisieran
oír lo que trataba de explicarles. Todos me respondían:
―Los
jueces te escucharán; nosotros no tenemos por qué juzgarlos.
Como
todos los ciudadanos de Havatoo tienen atribuciones policiales y no hay ningún
otro servicio de policía, no hubo retraso alguno en la detención como hubiese
ocurrido en cualquier ciudad de la Tierra, debido a la espera de la llegada de
la policía.
Nos
metieron a un gran auto que pertenecía a uno de los ciudadanos y, vigilados por
una guardia adecuada, nos llevaron al Sera Tartum.
En
Havatoo se hace todo con celeridad. Deben de tener una cárcel, yo supongo que
la tienen, pero no perdieron tiempo encerrándonos en ella ni malgastaron el
dinero de los contribuyentes en mantenernos durante los días de nuestra
reclusión.
Mandaron
llamar a cinco hombres, uno de cada una de las cinco clases superiores, y les
dieron las atribuciones de jueces, jurado y corte de apelación. Se sentaron en
una gran sala que parecía una biblioteca enorme, y doce ayudantes quedaron a
sus órdenes.
Uno
de los jueces nos preguntó cómo nos llamábamos, y después de decirles nuestros
nombres, dos de los ayudantes se dirigieron prestamente hacia los anaqueles y
sacaron unos libros que comenzaron a revisar.
Entonces
los jueces les dijeron a los que nos habían detenido que explicasen por qué nos
habían llevado ante ellos, y mientras escuchaban el relato que aquellos hombres
hacían acerca del delito que habíamos cometido de alterar la paz de Havatoo,
uno de los ayudantes pareció haber encontrado lo que buscaba y dejó su libro
abierto ante los jueces. El otro ayudante todavía continuaba su búsqueda.
Uno
de los jueces leyó en voz alta el registro completo de mis datos desde que yo
había llegado a Havatoo, sin omitir el resultado del examen que había yo
presentado y su triste resultado.
Otro
de los jueces me pidió que yo le expusiese mi caso. En pocas palabras le conté
el ataque que habíamos sufrido, el rapto de Nalte, y como conclusión, le dije:
―En
vez de perder el tiempo juzgándome por haber sido víctima de ese ataque
injustificable y por haberme defendido contra mi asaltante, deberían ayudarme a
buscar a la joven que fue raptada.
―La
paz de Havatoo es más importante que la vida de cualquier individuo ―me replicó
el juez―. Ese otro asunto será investigado cuando sepamos en quién recae la
responsabilidad de esa perturbación del orden público.
Al
terminar de hablar el juez, se le acercó el segundo ayudante, y le dijo:
―El
nombre del prisionero que dice llamarse Mal Un. No aparece en los registros de
Havatoo.
Todas
las miradas se dirigieron hacia Mal Un, mi asaltante, y por primera vez pude
ver claramente su rostro iluminado por una brillante luz. ¡Le vi los ojos!
Inmediatamente recordé lo que antes, cuando peleaba con él, sólo había yo
notado de manera subconsciente: lo frío de sus manos y de su cuello. Y aquellos
ojos... ¡eran los ojos de un muerto!
Entonces
me volvi hacia los jueces, y grité:
―¡Ahora
lo comprendo todo! En los primeros días de mi estancia en Havatoo me dijeron
que había muy pocos hombres malos en la ciudad, pero que de vez en cuando
llegaban de Kormor, sin saberse aún cómo, hombres de esa ciudad que está al
otro lado del río, y que raptaban a hombres o a mujeres de Havatoo. Este hombre
es de Kormor. No es un ser viviente, sino que es un muerto. ¡Él y su compañero,
por órdenes de Skor, vinieron a raptarnos a Nalte y a mi!
Con
serena eficiencia, los jueces le hicieron a Mal Un unas cuantas pruebas, breves
y sencillas, pero no por eso menos efectivas; luego, sin levantarse de su
banca, intercambiaron opiniones en voz baja durante unos pocos minutos. Después
de eso, el que parecía ser el que llevaba la palabra en el tribunal, se aclaró
la voz y dijo:
―Mal
Un, serás decapitado y tu cuerpo será reducido a cenizas. Carson Napier, quedas
exonerado de toda culpa y sigues siendo digno de todo respeto. Quedas en
libertad, y puedes llevar a cabo la búsqueda de tu compañera, y solicitar ayuda
a cualquier ciudadano de Havatoo.
Al
abandonar la sala oí la lúgubre risa de Mal Un. Aquella risa siguió resonando
en mis oídos mientras caminaba por la calle. ¡El muerto se reía de que lo
condenasen a muerte!
Naturalmente
que, en aquel apuro, la primera persona en la que pensé fue en Ero Shan, el
hombre que me había salvado de los hombres mono. Mi auto se hallaba estacionado
donde yo lo había dejado, en la esquina de Yorgan Lat y Havatoo Lat, por lo que
tomé un transporte público que me llevó a la casa donde Ero Shan se divertía
aquella noche.
No
entré a la casa sino que le mandé avisar a mi amigo que necesitaba hablarle
urgentemente acerca de un asunto muy importante, y unos momentos después salió
de la casa y se me acercó.
―¿A
qué se debe que hayas venido aquí, Carson?―me preguntó―. Creí que habías salido
a pasear con Nalte.
Ero Shan
palideció cuando le conté lo que había ocurrido.
―¡No
hay tiempo que perder! ―gritó―. ¿Podrías localizar esa casa7
―Sí―le
contesté―; creo que no podría olvidar cómo es su puerta.
―Despide
el auto en que viniste; iremos en el mío ―me dijo.
Poco
después nos dirigíamos velozmente hacia el lugar donde habían raptado a Nalte.
―Te
compadezco bastante, amigo ―me dijo Ero Shan―. ¡El haber perdido a la mujer
amada es una tragedia espantosa!
―Si
―le repliqué―; creo que aunque hubiese estado enamorado de Nalte no podría
estar mas desconsolado.
―¿Cómo?
¿Aunque hubieses estado enamorado de ella? ―me preguntó con incredulidad―.
Pero, ¿es que acaso no la amas?
―Solamente
somos muy buenos amigos―le respondí―. Nalte no me ama.
Ero
Shan no dijo nada, y continuó conduciendo el auto en silencio.
Cuando
llegamos a nuestro destino detuvo el vehículo junto a la escalera de la
pasarela, que se encontraba más próxima a la casa, y un momento después, nos
hallábamos frente a la puerta. Llamamos varias veces pero nadie abrió, y
entonces yo examiné la puerta y me di cuenta de que no estaba cerrada con
llave.
Mi
amigo y yo entramos a la oscura casa, y lamenté que no hubiésemos llevado
armas; pero los habitantes de Havatoo pocas veces andan armados. Ero Shan
localizó el interruptor del alumbrado y, al encender las luces, vimos que la
habitación se encontraba completamente desprovista de muebles.
El
edificio se elevaba dos pisos más del nivel de la pasarela para los transeúntes
y, por supuesto, había un piso que se hallaba al nivel de la calle. Primero
revisamos los superiores y luego el tejado, pues en aquella zona de Havatoo
casi todas las azoteas sirven de jardines. Pero no encontramos la menor señal
de que la casa estuviese habitada. Después revisamos la planta baja sin lograr
ningún resultado efectivo. En esa parte de la casa había un espacio libre para
el estacionamiento de autos, y, al fondo, había varias bodegas sumamente
obscuras.
―Esta
casa no está habitada, sólo nosotros nos encontramos en ella ―me dijo Ero
Shan―. Deben de haberse llevado a Nalte a alguna otra casa. Será necesario
hacer una búsqueda, pero solamente con el permiso del Sanjong se puede revisar
el hogar de un ciudadano. ¡Vamos! Obtendremos la autorización.
―Anda
tú solo―le respondí―, yo me quedaré aquí, pues alguien debe permanecer
vigilando este lugar.
―Tienes
razón―me contestó―. Espérame, no me tardaré.
Después
de que Ero Shan partió, comencé a revisar nuevamente la casa. Entré de nuevo a
cada uno de los cuartos en busca de algún lugar secreto en el que se pudiese
ocultar a alguna persona.
Revisé,
con ese objeto, los pisos superiores, y luego me dirigí a la planta baja. El
polvo cubría todo, pero noté que en una de las habitaciones posteriores, en un
sitio en que Ero Shan y yo no habíamos caminado, no había polvo. De aquello no
me había dado cuenta anteriormente, y me pareció que era algo de mucha
importancia.
Examiné
cuidadosamente el piso, y vi huellas que conducían hasta una pared. Allí
terminaban. Parecía que alguien se había dirigido hasta ese punto de la pared.
La examiné. Estaba recubierta con una especie de madera sintética usada en
Havatoo, y cuando la golpeé, sonó hueca.
El
recubrimiento consistia de entrepaños de tres pies de ancho, y en la parte
superior del que estaba yo e~aminando tenia un pequeño hoyo que media
aproximadamente una pulgada de diámetro. Introduje un dedo en aquel hoyo y
descubrí lo que me imaginaba: una aldaba. La levanté, y bastó un ligero tirón
de mi mano para que el entrepaño se abriese como si fuera una puerta y dejase
al descubierto un oscuro pasadizo.
Con
los pies tanteé los escalones de una escalera que conducía hacia abajo. Agucé
el oído y no oí ningún ruido proveniente de las sombras en que se perdía la
escalera. Yo estaba convencido, naturalmente, de que Nalte se la había llevado
su secuestrador por aquella escalera;
No
podía perder tiempo, y a pesar de que debía esperar que Ero Shan regresase,
comencé a bajar por la escalera, Al hacer eso, el entrepaño se cerró detrás de
mi, movido por un resorte. Entonces me hallé sumido en una completa oscuridad,
y tuve que tantear mi camino. En cualquier momento podía salirme al encuentro y
acabar conmigo el secuestrador de Nalte. Puedo asegurarles que el temor que
sentía no era nada agradable.
La
escalera, que había sido labrada en la piedra caliza que se halla debajo de
Havatoo, descendía hasta una gran profundidad. Al terminar los escalones
continué avanzando a tientas por un estrecho y oscuro pasadizo. De vez en
cuando me detenía para escuchar, pero no oía nada, reinaba un silencio
sepulcral.
Después
de avanzar cierto trecho por el pasadizo, empecé a sentir húmedas las paredes y
que a veces me caía alguna gota de agua en la cabeza. Después, un sonido
apagado, como un lejano rugir, invadió el pasadizo como si fuese una vaga y
opresiva amenaza.
Continué
mi camino a tientas. No podía avanzar rápidamente porque antes de dar cada paso
tenia que asegurarme de la firmeza del piso; no podía saber qué era lo que se
hallaba más allá de mi.
Así
seguí caminando hasta recorrer una larga distancia y al fin, al dar un paso
hacia adelante, sentí que mi pie topaba con algo. Al examinar aquello, me di
cuenta de que era el primer peldaño de una escalera.
Comencé
a subir con mucha precaución y, al llegar al término de la escalera, me
enfrente a una pared lisa. Pero por experiencia ya sabía dónde podía encontrar
una aldaba, pues estaba seguro de que era una puerta lo que me cerraba el paso.
Mis
dedos encontraron lo que buscaban, y la puerta cedió a la presión de mi mano.
La empujé lentamente y con precaución hasta que se abrió un poco y me permitió
ver lo que había tras de ella.
Vi
una parte de un cuarto débilmente iluminado por la luz nocturna de Amtor. Abrí
un poco más la puerta. No había nadie en el cuarto. Entré, pero antes de que se
cerrase la puerta, localicé la abertura por la que podía levantarse la aldaba
por aquel lado.
El
cuarto en el que entré estaba muy sucio y lleno de inmundicias, y de él emanaba
un repulsivo olor a muerte.
En
la pared opuesta había dos ventanas y el vano de una puerta, pero tanto unas
como el otro carecían de hojas para cerrarse. Al otro lado de la puerta había
un patio cerrado por una puerta del edificio y por un alto muro.
En
la planta baja del edificio había tres cuartos que revisé rápidamente, pero
sólo hallé en ellos muebles rotos, trapos viejos y basura. Subí al piso
superior. Allí había otros tres cuartos en los que encontré más o menos lo
mismo que en los de abajo.
Solamente
había esas habitaciones en la casa, así que me convencí de que tenía que buscar
a Nalte fuera de allí. Esa casa estaba deshabitada.
Desde
una ventana del último piso miré el patio. Más allá del muro vi una calle. Era
una calle sucia y mal alumbrada. Las casas que se hallaban al otro lado eran de
un color parduzco y estaban medio derruidas, pero no tenia yo que mirarlas para
saber dónde me encontraba. Desde mucho antes ya había supuesto que me hallaba
en Kormor, la ciudad del cruel jong de Morov. El túnel por el que había salido
de Havatoo me había llevado por debajo del gran río que se llama Gerlat kum
Rov, Río de la Muerte. Ya estaba yo completamente seguro de que los agentes de
Skor habían secuestrado a Nalte.
Desde
la ventana vi que pasaba uno que otro transeúnte por la calle de frente a la
casa. Caminaban con pasos lentos y arrastrando los pies. En algún lugar de
aquella ciudad de los muertos se encontraba Nalte, y corría un peligro tan
grande que me estremecí tan sólo al pensarlo. ¡Tenía que encontrarla! Pero,
¿cómo?
Bajé
al patio y salí a la calle por una reja que había en el muro. Sólo la luz
natural de las noches de Amtor iluminaba la calle. No sabía hacia dónde
dirigirme pero comprendía que debía continuar caminando para no llamar la
atención.
Teniendo
en cuenta la manera de ser de Skor, supuse que hallaría a Nalte donde él se
encontrase, así que sabía que tenia que encontrar el palacio del jong. Hubiese
podido detener a alguno de los transeúntes y preguntarle la dirección del
palacio, pero no me atreví a hacerlo puesto que mi ignorancia delataría que era
yo un forastero y, por tanto, un enemigo.
Dos
hombres avanzaban hacia mi. Al pasar junto a ellos noté su aspecto sombrío y vi
que se medio detenían y me miraban con atención. Pero no me hablaron, y me
tranquilicé al oír que se alejaban.
Entonces
comprendí que con el vistoso atavío que llevaba, seria un hombre que se
señalaría en Kormor si, además, caminaba con mi natural paso vivo y mi porte
erguido. Por lo tanto, era absolutamente necesario que yo me disfrazase; pero
eso resultaba mas fácil pensarlo que llevarlo a cabo. Sin embargo, tenia yo que
hacerlo, pues no podría empeñarme en buscar y rescatar a Nalte si en cualquier
momento me pudiesen identificar y arrestar.
Di
media vuelta y me encaminé nuevamente hacia la derruida casa de la que acababa
de salir, pues recordé que en ella había visto trapos y ropa usada, y pensé que
algo de eso podía servirme para cubrir mi desnudez y reemplazar la magnifica y
reducida indumentaria que había comprado en Havatoo.
Unos
momentos después volvi a salir a la calle vestido con la ropa menos sucia que
pude encontrar en la casa. Y como complemento de mi disfraz comencé a caminar
arrastrando los pies como si fuese algún muerto salido de su tumba.
De
nuevo volví a cruzarme con transeúntes, pero ninguno de ellos me miro con curiosidad,
y comprendí que mi disfraz había resultado bueno. Para quienes me viesen en
aquella oscura ciudad de los muertos yo no era más que otro cadáver.
En
algunas casas se encendieron unas débiles luces, pero no oí ningún ruido, ni
risas, ni cantos. En algún sitio de aquella espantosa ciudad se encontraba
Nalte. Era bastante aterrador pensar que tan dulce y hermosa joven estuviese
respirando aquel aire fétido, pero aún más terrible era el hecho de que su vida
corriese un grave peligro.
Si
Skor se encontraba en la ciudad podía matarla en un acceso de furia, en
venganza de que ella hubiese escapado una vez. Yo guardaba la esperanza de que
Skor estuviese en su castillo y de que sus esbirros no le hiciesen daño a Nalte
hasta que él regresase a Kormor. Pero, ¿cómo asegurarme de eso?
Sabía
que podía ser muy peligroso pedirle informes a cualquiera de los habitantes de
aquella ciudad; pero por fin comprendí que esa era la única manera en que
podría dar con la casa de Skor rápidamente, y debía apresurarme si es que
quería encontrar ilesa a Nalte.
Mientras
caminaba a la ventura nada parecía indicar que mc estuviese aproximando a una
sección mejor, tal como en la que consideraba que debía estar el palacio de un
jong. Todas las casas eran bajas y de fea construcción, y también todas estaban
desaseadas.
Vi
que había un hombre parado en una esquina y, al llegar junto a él, me detuve.
El hombre me miró con sus ojos vidriosos.
―Estoy
perdido―le dije.
―Todós
estamos perdidos―me respondió.
―No
encuentro la casa donde vivo.
―Entra
a cualquier casa.
―Quiero
encontrar mi casa―insistí.
―Pues
camina hasta que des con ella. ¿Cómo puedo saber dónde se encuentra si ni
siquiera tú lo sabes?
―Está
cerca de la casa del jong―le dije.
―Entonces
anda cerca de la casa del jong―me sugirió ásperamente.
―¿Y
en dónde está? ―le pregunté, también con aspereza.
El
hombre me señaló la prolongación de la calle por la que había yo estado
caminando, y luego me volvió las espaldas y se alejó en la dirección opuesta
arrastrando los pies. Entonces me encaminé hacia donde él me había indicado.
Quería llegar pronto a mi destino, pero no me atreví a caminar con rapidez por
temor a llamar la atención, y avancé arrastrando los pies, sin ánimo, tal como
lo hacían los demás transeúntes.
Más
adelante debía de encontrarse el palacio de Skor, el jong de Morov, y yo estaba
seguro de que allí encontraría a Nalte. Pero, ¿qué podría hacer después de
encontrarla ?
XVIII
LA
SORPRESA
El
palacio de Skor era una construcción de piedra gris, de tres pisos, de fealdad
semejante a la de su castillo del bosque que se alzaba junto al río, pero no
era mucho mayor. Estaba rodeado por una alta muralla, y ante sus pesadas
puertas vigilaban una docena de guerreros. Parecía ser un lugar impenetrable.
Pasé
delante de las puertas, arrastrando los pies y mirando con el rabillo del ojo.
Cualquier intento de entrar parecía inútil. Los guardias debían de estar
apostados allí con un propósito, y ese propósito debía de ser evitar que se
acercasen los que no tenían nada que tratar en aquel lugar.
¿Qué
razón para entrar les podía exponer? ¿Qué razón que ellos aceptasen como
válida?
Era
evidente que yo debía buscar otra manera de entrar. Si no lo lograba, entonces,
como último recurso, podría regresar a la puerta; pero aquello me parecía casi
inútil.
Rodeé
la alta muralla que circundaba los terrenos en que se encontraba el palacio,
pero no hallé ningún sitio adecuado para poder escalarla. Media aproximadamente
veinte pies de altura, lo que era demasiado para que yo pudiese saltar y
alcanzar su borde superior con las manos.
Al
llegar a la parte posterior del palacio, me convencí de que no había manera de
escalar la muralla. Había mucha basura y muchos objetos esparcidos por la sucia
calle que circundaba la muralla, pero no vi nada que pudiese servirme como
escalera.
Al
otro lado de la calle había unas casas derruidas, muchas de las cuales parecían
estar desocupadas. Solamente en algunas. unas débiles luces indicaban que había
gente, mejor dicho. cadáveres vivientes. La puerta de la casa que se encontraba
exactamente enfrente de mi estaba pendiente sólo de uno de sus goznes. Aquello
me dio una idea, y crucé la calle. No había luces en ninguna de las casas
contiguas. y la casa ante la que me detuve parecía estar desocupada. Me acerqué
sigilosamente a la puerta y agucé el oído. Ningún ruido provenía de su
interior, pero tenía que asegurarme de que no había nadie en ella.
Entré
a la casa con suma cautela. Era una construcción de dos pisos. y ambos los
revisé. La casa estaba desocupada. Regresé a la puerta y examiné el gozne que
aún la sostenía y para mi satisfacción, me di cuenta de que podía desprender la
puerta. y eso hice.
Escruté
la oscura calle con la mirada. pero no vi a nadie. Cargué la puerta y me dirigí
hacia la muralla. Al llegar junto a ésta, apoyé la puerta contra ella y de
nuevo volví a escrutar la calle. No había nadie. Con mucha precaución subí por
la puerta, y desde lo alto de ésta ya me era posible agarrarme del borde de la
muralla. Luego, olvidándome de toda precaución me elevé y salte al patio del
palacio. No podía correr el riesgo de quedarme ni siquiera por un instante en
lo alto del elevado muro, pues podían verme desde las ventanas del palacio o
desde la oscura calle.
Me
acordé entonces de los feroces kazares que Skor tenía en su castillo, e hice
votos por que no tuviera a ninguna de esas fieras en los patios de su palacio.
Pero ningún kazar me atacó, ni nada pareció indicar que alguien se hubiese dado
cuenta de mi presencia en aquellos lugares.
Ante
mí se destacaba el palacio, oscuro y tétrico aunque en su interior brillaban
algunas luces. El piso del patio era de baldosas, y se encontraba tan
desprovisto de árboles o plantas como el del castillo del bosque.
Me
dirigí rápidamente al castillo y traté de encontrar alguna entrada. Era un
edificio de tres pisos, y vi que contaba cuando menos con dos torres. Muchas de
las ventanas estaban provistas de barrotes, pero no todas. Detrás de alguna de
esas ventanas con barrotes debía de hallarse prisionera Nalte. Lo que yo tenia
que hacer era averiguar cuál de aquellas ventanas era la de su celda.
No
me atreví a ir hasta el frente del palacio por temor a que me interrogasen los
guardias. Poco después descubrí una pequeña puerta; era la única puerta que
había en aquel lado del edificio, pero estaba asegurada fuertemente con
cerrojos. Continué mi investigación y di con una ventana abierta. Miré por ella
y vi un cuarto que estaba a obscuras. Agucé el oído pero no oí ningún ruido;
entonces subí silenciosamente a la ventana y salté al interior de la
habitación. Al fin me encontraba en el palacio del jong de Morov.
Avance
por el cuarto y vi una puerta en el lado opuesto al de la ventana, y cuando
abrí aquélla, vi que daba acceso a un pasillo débilmente iluminado, y también
oí ruidos provenientes del interior del palacio.
No
había nadie en el pasillo cuando entré en él y avancé en dirección al lugar de
donde habían provenido los ruidos. Al dar vuelta salí a otro pasillo más ancho
y mejor iluminado que el primero, en el que caminaban cadáveres vivientes,
tanto en una dirección como en la opuesta.
Yo
sabía que me arriesgaba a que me descubriesen y me detuviesen, pero también
sabía que aquel era un riesgo al que tarde o temprano tendría que enfrentarme.
Daba lo mismo que fuese entonces que en cualquier momento. Me di cuenta de que
los cadáveres vivientes estaban pintados de manera que pareciese que tenían
vida y estaban saludables; solamente sus ojos y su andar revelaban la verdad.
Yo no podía ponerme otros ojos, así que lo que hice fue mantener la mirada baja
mientras caminaba por el corredor, arrastrando los pies y avanzando detrás de
un hombre que llevaba un gran platón de comida.
Lo
seguí hasta que llegó a un salón en el que unos cuarenta hombres y mujeres se
hallaban sentados a una gran mesa de banquetes. Pensé que al fin había allí
seres humanos con vida, y que eran los gobernantes de Kormor. No parecía ser
gente muy alegre, pero eso era comprensible en un lugar como aquel. Los hombres
eran apuestos, y las mujeres hermosas. Me hubiese gustado saber qué los había
incitado a residir en aquella horrible ciudad de la muerte.
Además
de los comensales había un gran numero de concurrentes que casi llenaban el
salón y sólo les dejaban a los servidores el espacio necesario para pasar
alrededor de la mesa. Esta gente estaba pintada con tanto esmero que al
principio creí que también gozaba de vida.
Al
notar que podía pasar desapercibido entre aquella multitud, me escurrí entre
los que se encontraban más atrás y poco a poco fui avanzando hasta llegar
detrás de una gran silla semejante a un trono, que se hallaba a la cabecera de
la mesa y que supuse era la silla de Skor.
La
proximidad con aquellos hombres y mujeres que miraban a los comensales pronto
me reveló que, sin duda alguna, era yo el único ser viviente entre ellos, pues
ningún maquillaje. a pesar de lo maravilloso que fuese, podía darles expresión
a esos ojos, o devolverles el fuego de la vida o la luz del alma. ¡Pobres
seres! ¡Cuánto los compadecía !
De
pronto se oyó sonar unas trompetas, y todos los comensales se pusieron en pie.
Cuatro trompeteros, marchando de dos en dos. entraron en el salón seguidos de
ocho guerreros que portaban espléndidos arreos. Tras ellos avanzaban un hombre
y una mujer, a los cuales los guerreros y los trompeteros que marchaban
adelante los ocultaban parcialmente a mi mirada. Esta pareja era seguida por
ocho guerreros más.
Unos
instantes después, los guerreros y los trompeteros se separaron para que el
hombre y la mujer pasasen por en medio. Entonces pude ver a la pareja, y el
corazón me dio un vuelco. Había visto a Skor y.. . ¡a Duare!
Duare
mantenía erguida la cabeza―era difícil abatir aquel orgulloso espíritu―, pero
la angustia, la repugnancia y la desazón que se reflejaban en sus ojos, me
hirió como si me hubiesen clavado una daga en el corazón. Sin embargo, a pesar
de todo aquello, la esperanza renació dentro de mi al ver sus ojos, pues tenían
expresión; y eso me bastaba para saber que Skor todavía no la había convertido
en un cadáver viviente.
Se
sentaron. Skor a la cabecera de la mesa, y Duare a su derecha, a escasos tres
pasos de donde yo me hallaba. ¿Cómo podría rescatarla ya que la había
encontrado? Comprendí que no debía hacer nada precipitado. En aquella fortaleza
de un enemigo, en la que se enfrentaba a tremendos riesgos, sabía que no debía
intentar nada por la fuerza.
Examiné
el salón con la mirada. En un lado había ventanas; en el centro del lado
contrario había una pequeña puerta; en el extremo más lejano se hallaban las
grandes puertas por las que parecía que entraban y salían todos, y, detrás de
mi, había otra pequeña puerta.
Yo
no tenia ningún plan determinado, pero no estaba de más reparar en todo lo que
había observado. Luego vi que Skor golpeó la mesa con el puño. Todos los
comensales se pusieron en pie. Skor levantó su copa y los convidados hicieron
lo mismo.
―¡A
la salud del jong!―exclamó.
―¡A
la salud del jong!―repitieron todos los invitados.
―¡Beban!
―ordenó Skor, y los huéspedes bebieron.
Entonces
Skor les dirigió la palabra. No se trataba de ningún discurso, era un monólogo
que todos escuchaban. Skor relataba lo que suponía que era una anécdota
divertida. Al terminar, pareció aguardar algo. Pero en el salón sólo imperó un
profundo silencio. Entonces Skor gritó con voz estruendosa:
―¡Rían!
Y
todos los convidados rieron, y sus carcajadas sonaron huecas y carentes de toda
animación. Fue entonces cuando al oír aquella risa, comencé a sospechar algo.
Al
terminar Skor su monólogo, reinó otra vez el silencio en el salón hasta que él
ordenó:
―¡Aplaudan!
El
jong de Morov sonrió e hizo una reverencia para agradecer el aplauso de sus
oyentes, como si éste realmente hubiese sido espontáneo y verdadero.
―¡Coman!
―ordenó.
Y
los huéspedes comieron.
―¡Conversen!
―dijo después.
Y
los comensales empezaron a conversar.
―¡Alégrense!―gritó
Skor―. Este es un día feliz para Morov. ¡Les presento a su futura reina!
El
jong señaló a Duare, pero el silencio volvió a imperar en el gran salón.
―¡Aplaudan!
―rugió Skor.
Y
después de que lo hubieron obedecido, volvió a ordenarles que estuviesen
alegres.
―¡Riamos
todos! ―clamó―. Cada quien reirá a su vez comenzando con el que está a mi
izquierda, hasta que la risa haya recorrido todo el derredor de la mesa y
llegue a la futura reina; después volverán a empezar.
Comenzó
la risa. Y conforme pasaba alrededor de la mesa se oía que subía de volumen y
se apagaba. ¡Oh, Dios mío, qué parodia de la alegría era aquello!
Yo
había avanzado poco a poco hasta quedar exactamente detrás de la silla de Skor.
Si Duare hubiese dirigido la mirada hacia donde me encontraba, seguramente que
me habría visto. Pero permaneció mirando fijamente frente a ella. Skor se
inclinó hacia la joven, y le preguntó:
―¿No
son unos ejemplares magnificos? Creo que pronto lograré la realización de mi
sueño. ¿No te das cuenta de qué diferente es toda la gente de Kormor de los
despreciables seres que están en mi castillo? Y mira a estos, los convidados
que se hallan sentados a la mesa. Hasta sus ojos parecen tener el fulgor de la
vida. No tardaré en lograrlo..., pronto podré infundirles vida total a los
muertos. ¿Te imaginas entonces la gran nación que puedo crear? Yo seré el jong
y tú serás la vadjong.
―No
tengo el menor deseo de ser vadjong ―le replicó Duare―. Yo sólo quiero mi
libertad.
Un
cadáver viviente que se hallaba sentado frente a Duare, al otro lado de la
mesa, dijo:
―Eso
es lo que todos nosotros queremos, pero nunca lo podremos lograr.
En
ese momento le llegó el turno para reír, y rió. Era algo absurdo, horrible. Y
vi que Duare se estremecía.
Skor
quedó lívido y miró con ira al que había hablado.
―Estoy
a punto de darles vida―le gritó el jong, furibundo ―y no lo aprecian.
―Nosotros
no queremos vivir―le replicó el cadáver―; queremos morir. Danos la muerte y el
olvido, déjanos regresar a nuestras tumbas y descansar en paz.
Al
oír aquellas palabras, Skor tuvo un acceso de ira. Se puso en pie, desenvainó
su espada y golpeó al que había hablado. La afilada hoja le abrió al convidado
una gran herida en la mejilla. La herida se abrió, pero no brotó sangre de
ella. El cadáver viviente lanzó una carcajada.
―No
puedes herir a los muertos―le dijo burlonamente a Skor.
El
jong de Kormor estaba livido. Trató de hablar pero la rabia ahogó sus palabras,
y la espuma que salió de su boca le blanqueó los labios. Parecía un loco. Y de
pronto se volvió hacia Duare.
―¡Tú
eres la causante de todo esto!―le gritó―. Nunca más vuelvas a decir esas cosas
delante de mis súbditos. ¡Tú serás la reina! Yo haré de ti la reina de Morov,
una reina con vida, o de lo contrario, te convertiré en un ser semejante a
estos. ¡Escoge!
―Mátame
―le contestó Duare.
―No
morirás, no será verdadera tu muerte sino sólo una imitación de ella como la
que ves aquí. Algo que no es ni la vida ni la muerte.
Por
fin el espantoso banquete llegó a su término. Skor se puso en pie y le indicó a
Duare que lo siguiese. El jong abandonó el salón sin que lo acompañasen los
guerreros y sin que los trompeteros anunciasen su partida. En compañía de Duare
se dirigió hacia la pequeña puerta que se hallaba al fondo del salón, y
conforme avanzaban, los espectadores se apartaban de su camino para abrirles
paso.
Al
levantarse Skor de la mesa, había dado vuelta tan súbitamente que creí que me
había visto; pero si es que llegó a verme no me reconoció, pues no tardó en
alejarse de mi, y el peligro pasó. Entonces yo comencé a seguirlo en su camino
hacia la puerta. A cada momento esperaba que alguno de los cadáveres vivientes
me sujetase de un hombro y me detuviese, pero nadie pareció prestarme atención.
No tuve ninguna dificultad para pasar por la pequeña puerta, detrás de Skor y
de Duare. Skor había levantado las cortinas que cubrían la puerta y las había
dejado tras él sin volverse para mirar a sus súbditos.
Avancé
lentamente, sin hacer ruido. El corredor en que nos encontrábamos estaba
desierto. Era un corredor de escasa longitud que conducía hasta una pesada
puerta. Skor abrió esa puerta y pude ver un cuarto con apariencia de bodega.
Era grande y estaba casi lleno de muebles viejos, jarrones, ropa, armas y
pinturas. Todo estaba en desorden y cubierto de polvo.
Skor
se detuvo un momento en el umbral de la puerta como si contemplase aquel cuarto
con orgullo.
―¿Qué
te parece?―le preguntó a Duare.
―¿Qué
cosa?―le replicó la joven.
―Esta
hermosa habitación―le dijo Skor―. En todo Amtor no puede haber otra tan
hermosa, ni ninguna colección de objetos de arte tan magnifica como esta. Ahora
le agregaré lo más bello de todo..., ¡a ti! Duare, esta será tu habitación, si,
será el departamento privado de la reina de Morov.
Entré
y cerré la puerta detrás de mi, pues ya había visto que en aquel departamento
solamente nos encontrábamos nosotros tres; y me parecía que era un buen momento
para entrar en acción.
Al
entrar, había tratado de no hacer ruido. Skor estaba armado y yo no, y mi
intención era arrojarme sobre él y reducirlo a la impotencia antes de que
tuviese tiempo de usar sus armas, pero la cerradura de la puerta sonó al
cerrarse y Skor dio media vuelta y se enfrentó a mi.
XIX
PERSEGUIDOS
El
jong de Morov me reconoció inmediatamente al verme. Desenvainó su espada a
tiempo que reía burlonamente, y convirtió mi acometida en una humillante
inmovilidad. No hay quien ataque con la punta de una espada amenazándole sobre
el vientre.
―¡Ajá!
―exclamó―. ¡Conque eres tú! Bien, bien, es bueno volverte a ver. No esperaba
que me honrases con tu visita. Yo creía que la fortuna había sido generosa
conmigo enviándome a las dos jóvenes. ¡Y ahora vienes tú! ¡Qué fiesta tan
divertida tendremos!
El
tono sarcástico de su voz cambió al pronunciar las últimas palabras que
parecieron silbar por entre sus dientes, y su rostro adquirió la misma
expresión de locura que poco antes le había yo visto. Detrás de mi enemigo,
Duare me miraba con los ojos desorbitados por el terror
―¡Oh!
¿Por qué viniste, Carson?―gritó―. Ahora te matará.
―Te
diré por qué vino―le dijo Skor―. Vino a buscar a la otra joven, a Nalte; no
vino por ti. Hace mucho que estás aquí y él no venía. Esta noche mi gente
capturó a Nalte, en Havatoo, y entonces él vino inmediatamente a rescatarla.
¡Qué tonto! Hace tiempo que sabía que ambos se encontraban en Havatoo. Mis
espías los habían visto juntos. No sé cómo llegó, pero aquí está y se quedará
para siempre.
Skor
me pinchó ligeramente en el vientre con la punta de su espada.
―¿Te
gustaría morir, tonto?―gruñó―. Quizá quieras que te dé una estocada en el
corazón, y así no sufrirías mucho. Serás uno de mis mejores ejemplares. ¡Vamos,
habla! ¿Qué tienes que decir? Recuerda que esta será la última oportunidad que
tendrás para pensar con tu propia mente, pues muy pronto seré yo quien piense
por ti. Te sentarás en mi salón de banquetes y tendrás que reír cuando yo te lo
ordene. Verás a las dos mujeres que amaste, pero éstas se horrorizarán cuando
las toques con tus manos viscosas o con tus labios muertos y fríos. Y siempre
que las veas estarán con Skor, en cuyas venas fluye la sangre brillante de la
vida.
Parecía
que no tendría yo salvación. La espada con la que me amenazaba Skor era muy
larga y puntiaguda, y de dos filos. Podía sujetarla para detenerla, pero me
cortaría los dedos mientras me la clavaba en el cuerpo. Sin embargo, hasta eso
estaba yo dispuesto a intentar. No esperaría pacientemente a que me diera la
estocada mortal.
―¿No
me contestas? ―me dijo Skor―. ¡Muy bien, acabaremos pronto!
Tiró
hacia atrás la mano con que empuñaba la espada, para darle empuje a su
acometida. Duare se encontraba detrás de él, junto a una mesa llena de los
desechos a los que Skor consideraba como sus objects d'art. Yo aguardaba la
acometida para adelantarme a sujetar la espada. Skor titubeó unos instantes,
tal vez para gozar un poco más de mi agonía. Pero yo no estaba dispuesto a
darle ese gusto y me reí burlonamente de él.
En
eso, Duare agarró un pesado jarrón que estaba sobre la mesa, lo alzó y se lo
partió en la cabeza a Skor. El jong, sin lanzar ni un solo grito, se desplomó.
Salté
sobre el caido para estrechar a Duare entre mis brazos, pero la joven me apartó
poniéndome una mano sobre el pecho.
―¡No
me toques! ―exclamó―. No hay tiempo que perder si es que quieres huir de
Kormor. ¡Sígueme Yo sé dónde está aprisionada la joven que viniste a rescatar.
La
actitud de Duare hacia mi había cambiado totalmente y yo me sentía herido en mi
orgullo. Salimos en silencio de la habitación. Duare me condujo por el corredor
por el que había yo llegado al cuarto siguiéndola a ella y a Skor. Abrió una
puerta lateral del corredor y
yo
la seguí por un pasillo hasta que se detuvo ante una pesada puerta cerrada con
cerrojos.
―Ahí
adentro está ella―me dijo.
Corrí
los cerrojos y abrí la puerta. Nalte se hallaba parada en medio del cuarto. Me
miró y, al reconocerme, dejó escapar un grito de alegría y se arrojó a mis
brazos.
―¡Oh,
Carson! ¡Carson!―gritó―. Yo sabía que vendrías; presentí que era seguro que
vinieras.
―Debemos
apresurarnos―le dije―. Tenemos que salir de aquí.
Me
volví hacia la puerta. Duare se encontraba de pie con actitud retadora y los
ojos fulgurantes. Pero no dijo nada. Nalte la vio y la reconoció en seguida.
―¡Ah,
eres tú! ―exclamó―. ¡ Cuánto me alegra que te encuentres viva! ¡Creímos que te
habían matado!
Duare
pareció quedar confusa ante la evidente sinceridad de Nalte, como si no
esperase que la joven se alegrase de verla viva. Suavizó su actitud, y dijo:
―Si
queremos escapar de Kormor, lo que no se si será posible, no debemos permanecer
ni un minuto más aquí. Creo que sé cómo podremos salir del castillo, pues
conozco una salida secreta que usa Skor. Un día, como resultado de uno de los
estados de ánimo producidos por su locura, me mostró la puerta de esa salida,
pero él lleva la llave y, antes que nada, tenemos que conseguirla
Regresamos
a la habitación donde habíamos dejado a Skor tendido en el suelo y, al entrar,
vi que el jong de Morov se movía y trataba de incorporarse. No pude explicarme
cómo había sobrevivido al tremendo golpe que Duare le había asestado en la
cabeza.
Corrí
hacia él y lo derribé. Todavía estaba medio inconsciente, así que no opuso
resistencia. Supongo que debí haberlo matado, pero me estremezco sólo de pensar
en matar a un hombre indefenso, aun cuando se trate de un pillo como Skor. Lo
até y lo amordacé, y luego revisé sus bolsillos y encontré sus llaves.
Después,
Duare nos condujo al segundo piso del palacio y nos guió hasta una amplia
habitación amueblada de acuerdo con el extraño gusto de Skor. Cruzó la
estancia, descorrió un grotesco tapiz que cubría una pared y dejó al
descubierto una puertecilla.
―Esa
es la puerta―dijo Duare―. Hay que ver cuál es su llave.
Probé
varias llaves hasta que al fin di con la que necesitábamos. Abrí la puerta y
vimos que daba acceso a un estrecho pasillo, al que entramos después de haber
corrido el tapiz y de cerrar la puerta detrás de nosotros. Avanzamos unos
cuantos pasos y llegamos hasta una escalera de caracol. Yo me adelanté a bajar
por ella, armado con la espada que le había quitado a Skor cuando me apoderé de
sus llaves. Las dos jóvenes me seguían de cerca.
La
escalera estaba iluminada, lo cual me alegró, pues así podíamos bajar
rápidamente y con mayor seguridad. La escalera desembocaba en otro pasillo, y
allí esperé hasta que las dos jóvenes llegaron junto a mi
―¿Sabes
adónde conduce este corredor?―le pregunté a Duare.
―No―me
contestó―; lo único que me dijo Skor fue que por aquí podía salir del castillo
sin que nadie lo viese, y siempre entraba y salía por este lugar En general,
todo lo que hacia, hasta las cosas más sencillas de la vida, las cubría con un
velo de misterio.
―Por
la altura de la escalera que acabamos de bajar deduzco que nos encontramos más
abajo del nivel del terreno del castillo―dije―. Ojalá supiésemos dónde termina
este pasaje secreto, pero sólo hay una manera de averiguarlo. ¡Sigamos
adelante!
El
corredor estaba débilmente iluminado por la luz de la escalera, y mientras más
nos alejábamos de ésta, más oscuro quedaba nuestro camino. El pasaje se
extendía por una distancia considerable y terminaba al pie de una escalera de
madera. A tientas subí unos cuantos escalones y pronto mi cabeza topó con algo.
Levanté las manos y el tacto me indicó que probablemente se trataba de una
trampa de madera. Intenté empujarla hacia arriba, pero no pude moverla. Luego
tente con los dedos sus bordes, y al fin encontré lo que buscaba: un cerrojo.
Lo descorrí, volví a empujar la trampa hacia arriba y ésta cedió. La abrí
solamente una o dos pulgadas, pero no vi que se filtrara ninguna luz por la
abertura. Entonces la abri más y metí la cabeza.
Podía
ver algo más, pero no mucho. Solamente veía una oscura habitación con una
ventanilla por la que penetraba la luz nocturna de Amtor. Empuñé fuertemente la
espada del jong de Morov y subí por la escalera hasta entrar en el cuarto.
Ningún ruido se oía.
Las
dos jóvenes me habían seguido y se encontraban ya detrás de mi. Podía oír su
respiración. Permanecimos inmóviles, con el oído atento. Poco a poco mis ojos
se acostumbraron a la oscuridad, y distinguí junto a la ventanita algo que me
pareció ser una puerta. Me dirigí hasta allí y por medio del tacto comprobé
que, efectivamente, se trataba de una puerta.
La
abrí con suma precaución y vi que daba a una de las sórdidas calles de Kormor.
Miré de un lado a otro con la intención de orientarme, y vi que aquella era una
de las calles que llegaban directamente hasta el palacio, cuya sombría silueta
descollaba tras la muralla, a mi derecha.
―Vamos
―les dije en voz queda a las dos jóvenes―. Si nos encontramos con alguien ―les
advertí―, recuerden que deben caminar arrastrando los pies como lo hacen los
cadáveres vivientes, mantener la vista fija en el suelo. Nuestros ojos nos
podrían delatar.
―¿Adónde
vamos? ―me pregunté Duare, con voz apenas perceptible.
―Trataré
de dar con la casa por la que entré a la ciudad―le contesté―, pero no sé cómo
podré hallarla.
―¿Y
si no la encuentras?
―Entonces
tendremos que tratar de escalar la muralla; pero lograremos escapar.
―¿Qué
importancia tiene eso?―murmuró Duare, como hablando consigo misma―. Si
escapamos, siempre surgirá algún nuevo peligro. Creo que quisiera morir.
El
tono de desesperanza de la voz de Duare era algo tan contrario a la firmeza de
su carácter, que me impresionó.
―No
te desanimes, Duare ―le dije―; si logramos llegar a Havatoo, no correrás ningún
peligro y serás feliz, y además, allí te tengo preparada una sorpresa que te
hará abrigar nuevas esperanzas.
Yo
pensaba en el avión en el que podríamos regresar a Vepaja, la tierra por la que
indudablemente Duare se encontraba al borde de la desesperación por temor de no
volverla a ver. Pero la joven, abatida, movió la cabeza de un lado a otro. ―No
hay esperanza, ninguna esperanza de felicidad para Duare―exclamó.
Le
dimos término a nuestra conversación al ver que por la polvorienta calle se
aproximaban a nosotros unos cadáveres vivientes, entonces bajamos la vista y
comenzamos a caminar arrastrando los pies. Los transeúntes pasaron junto a
nosotros y se alejaron. Yo suspiré, aliviado.
Es
inútil relatar la búsqueda de la casa que no pudimos encontrar. Toda la noche
la buscamos y, al clarear el día, comprendí que debíamos buscar un lugar para
escondernos hasta que volviese a caer la noche.
Vi
una casa con la puerta partida, lo que no era muy extraño en la lúgubre ciudad
de Kormor; y una rápida investigación me indicó que aquella casa estaba
desocupada. Entramos y subimos al segundo piso. Allí, en uno de los cuartos
posteriores, nos acomodamos para esperar que llegase a su fin el Largo día que
todavía comenzaba.
Estábamos
todos muy cansados, casi nos hallábamos exhaustos, y por lo tanto, nos tendimos
en los duros tablones del suelo para tratar de dormir. Nadie hablaba, cada
quien parecía estar absorto en sus fúnebres pensamientos. Un rato después, al
oír la respiración acompasada de las dos jóvenes, me di cuenta de que se habían
dormido; y creo que yo no tardé en dormirme también.
No
sé cuánto tiempo dormí. Desperté al oír el ruido de unos pasos en la habitación
contigua. Alguien caminaba por ella, y oí como si alguna persona hablase en voz
baja consigo misma.
Me
puse en pie lentamente, y empuñé la espada de Skor. En aquel momento no pensé
en lo inútiles que eran las armas para defenderme de los muertos.
Los
pasos parecieron aproximarse a la puerta del cuarto en el que habíamos buscado
refugio, y un momento después, una vieja se detuvo en el umbral de la puerta y
me miró asombrada.
―¿Qué
hacen aquí?―me preguntó.
Si
ella estaba sorprendida, yo no lo estaba menos, pues la vejez era algo que
nunca había visto antes en Amtor. Su voz despertó a las dos jóvenes, y oí que
se pusieron en pie y se acercaron a mi.
―¿Qué
hacen aquí? ―repitió la vieja, disgustada―. ¡Váyanse de mi casa, malditos
cadáveres ! No permitiré que ningún engendro concebido por la mente enferma de
Skor entre en mi casa.
Miré
atentamente a la vieja, y asombrado, le pregunté:
―¿No
estás muerta?
―¡Claro
que no! ―exclamó―. ¿Eh? ¿No están muertos? ―me preguntó, y dio unos pasos para
acercarse a nosotros―. Dejen que les vea los ojos. No, no parecen ser los ojos
de unos muertos. Pero dicen que Skor ya descubrió cómo hacer que los ojos de
los cadáveres vivientes tengan el fulgor de la vida.
―Nosotros
no estamos muertos―insistí.
―¿Entonces
qué hacen en Kormor? Creí que conocía a todos los hombres y mujeres vivos de la
ciudad, pero no les conozco a ustedes. ¿Las mujeres también están vivas?
Pensé
rápidamente, y me pregunté si podría pedirle ayuda y confiarle nuestro secreto
a aquella mujer. No cabía duda de que odiaba a Skor, y nosotros ya estábamos en
su poder si es que quería denunciarnos. Imaginé que, de cualquier manera,
nuestra situación no podía empeorar más, y entonces le dije:
―Éramos
prisioneros de Skor, pero escapamos y queremos salir de la ciudad. Estamos en
tus manos. ¿Quieres ayudarnos, o quieres entregarnos a Skor?
―No
los entregaré a Skor ―gruñó la vieja―. A ese malvado no le entregaría ni
siquiera un pajarillo muerto; pero no se cómo podría ayudarles. No es posible
salir de Kormor. Los centinelas muertos que vigilan la muralla nunca duermen.
―Yo
entré a Kormor sin que me viese ningún centinela ―le dije―. ¡Si pudiese
encontrar la casa!
―¿Qué
casa?―me preguntó.
―La
casa donde se halla la entrada del túnel que llega hasta Havatoo.
―¿Un
túnel que llega hasta Havatoo? Nunca he oído hablar de tal cosa. ¿Estás seguro?
―Yo
vine anoche por él.
La
vieja movió la cabeza de un lado a otro e, incrédula, dijo:
―Ninguno
de nosotros los vivos ha oído nada acerca de ese túnel. Y si nosotros que
vivimos aquí no podemos encontrarlo, ¿cómo esperas dar con él, tú, un
forastero? Pero les ayudaré en lo que pueda; al menos los puedo esconder y
darles comida. En Kormor siempre nos ayudamos unos a otros, es decir, los que
estamos vivos.
―¿Hay
aquí muchas personas más con vida?―le pregunté.
―Unas
cuantas―me respondió la vieja―. Skor no ha podido todavía pescarnos y acabar
con nosotros. Nuestra vida es muy triste, pues vivimos siempre ocultándonos;
pero al menos vivimos. Si nos encontrase, nos convertiría en cadáveres
ambulantes como a los demás―la vieja se acercó más a nosotros, y nos dijo―: No
puedo creer que estén vivos; tal vez están engañándome.
Me
palpó el rostro, y luego me tocó el cuerpo.
―Se
siente el calor de tu sangre―me dijo. Luego me tomó el pulso, y exclamó―: ¡ Si,
si estás vivo ! Vamos, los llevaré a un lugar mejor que este. Estarán más
cómodos, pues esta casa no la habito muy a menudo.
Nos
condujo a la planta baja, y luego salimos a un patio en el que, al fondo, había
otra casa. Era una casa vetusta y pobremente amueblada. La vieja nos llevó a un
cuarto posterior y nos dijo que nos quedásemos allí.
―Supongo
que tienen hambre―nos dijo.
―Y
sed―agregó Nalte―. Desde ayer por la tarde no he tomado agua.
―¡Pobrecilla!
―dijo la vieja―. Te traeré agua. ¡Ah, qué jóvenes y qué hermosas son! Yo
también fui joven y bella.
―¿Por
qué has envejecido?―le pregunté―. Yo creía que toda la gente de Amtor poseía el
secreto de la longevidad.
―Sí,
pero, ¿cuántas personas pueden conseguir en Kormor el suero? Antes de que Skor
viniera había de ese suero en la ciudad. pero él se lo llevó todo. Dijo que le
daría vida a una nueva raza que no lo necesitaría porque nunca nadie
envejecería. Los efectos de la última vez que me lo administraron ya han
desaparecido y ahora estoy envejeciendo, y moriré. Morir no es tan malo, pero
siempre que Skor no encuentre el cadáver de una. Nosotros, los vivos que
todavía habitamos en esta ciudad, enterramos en secreto a nuestros muertos,
debajo de los pisos de nuestras casas. Mi esposo y mis dos hijos están
enterrados debajo de este suelo. Pero creo que ya debo ir a buscar el agua y la
comida para traerlos. No tardaré.
La
anciana partió silenciosamente, y Nalte dijo:
―¡Pobre
mujer! Su única esperanza es morir, y todavía así, Skor podría sacarla de la
tumba y robarle la paz de los sepulcros.
―¡Qué
aspecto tan extraño tenía! ―exclamó Duare, angustiada―. ¡Conque eso es la
vejez! No la conocía. ¡Si no fuese por el suero, así quedaría yo algún día!
¡Oh, qué espantoso! Preferiría morir antes que llegar a estar así. ¡La vejez!
¡Oh, qué terrible!
Aquello
era algo interesante. Presenciaba las reacciones de una joven de diecinueve
años, que desconocía los estragos que causaba la ancianidad, y que por vez
primera los contemplaba, y no pude menos que preguntarme si los jóvenes
acostumbrados a ver la vejez no sufrirían un efecto subconsciente semejante al
que experimentaba la joven princesa. Pero el regreso de la vieja interrumpió
mis meditaciones y, al mismo tiempo, me dio oportunidad de conocer otro aspecto
del carácter de Duare.
Cuando
la vieja llego a la habitación, cargada con las cosas que llevaba para comer,
Duare corrió hacia ella y la ayudó.
―Debiste
decirme que te acompañase para cargar todo esto―le dijo―; yo soy mas joven y
más fuerte.
Duare
asentó las viandas y el agua sobre la mesa, y luego sonrió dulcemente y le pasó
un brazo por la espalda a la vieja y la llevó hasta una banca.
―Siéntate―le
dijo―; Nalte y yo prepararemos la comida. Tú esperarás hasta que todo esté
listo para que comamos juntos.
La
vieja la miró asombrada durante un momento, y luego prorrumpió en llanto. Duare
se acercó a ella y la abrazó.
―¿Por
qué lloras?―le preguntó.
―No
sé por qué―sollozó la anciana―. Tengo ganas de cantar, pero lloro. Hacia tanto
tiempo que no oía palabras amables y que a nadie le importaba que yo estuviera
contenta o triste, fatigada o descansada. Entonces vi que a Duare y a Nalte se
les inundaban de lágrimas los ojos, y que se dedicaban con mayor afán a
preparar la comida, para ocultar la emoción que las embargaba.
Esa
noche fueron a casa de Kroona, la mujer que nos había brindado su amistad, unas
doce personas vivas de las que habitaban en Kormor. Todas ellas eran muy
viejas, y había algunas más ancianas que Kroona. Rieron cuando Kroona les
manifestó que temía que Skor las buscaba, y señalando sus cuerpos, dijeron,
como sin duda habían repetido muchas veces, que si lo que quería Skor eran
cuerpos viejos hacía tiempo que podía haber encontrado a todos los presentes,
puesto que su vejez era prueba de que estaban vivos. Pero Kroona insistió en
que corrían peligro, y no tardé en comprender que esa era su obsesión
preferida, sin la cual probablemente habría sido aún más desgraciada, pues se
emocionaba al pensar que llevaba una vida peligrosa, y que tenia que estar
escondiéndose en diversas casas.
Sin
embargo, todos los que habían ido de visita estuvieron de acuerdo en que Nalte,
Duare y yo peligrábamos y nos aseguraron que nos ayudarían, es decir, en
llevarnos alimentos y agua, y en ocultarnos de nuestros enemigos. Eso era todo
lo que podían hacer, pues ninguno de ellos creía que fuese posible escapar de
Kormor.
Al
día siguiente, temprano, llegó uno de los visitantes de la tarde anterior.
Estaba muy agitado y nervioso, y le temblaban las manos.
―Están
revisando toda la ciudad con el fin de encontrarlos―murmuró―. Cuentan lo que le
hiciste a Skor y dicen que se vengará terriblemente cuando te encuentre.
Durante toda la noche y todo el día permaneció atado donde lo dejaste. hasta
que uno de sus guardias lo encontró y lo soltó. En estos momentos están
inspeccionando toda la ciudad para encontrarte. No tardarán en llegar aquí.
―¿Qué
podemos hacer? ―preguntó Duare―. ¿Dónde podemos ocultarnos?
―No
pueden hacer nada más que esperar que lleguen ―dijo el viejo―, pues revisarán
hasta el último rincón de Kormor.
―Podemos
hacer algo ―dijo Nalte. Luego se volvió hacia el recién llegado, y le
preguntó―: ¿No podrías conseguir los cosméticos que usan los cadáveres
vivientes para lograr esa apariencia de seres vivos?
―Sí―le
contestó el viejo.
―Bien,
entonces, por favor, tráenos eso lo más pronto que puedas―le rogó Nalte.
El
viejo abandonó trabajosamente la habitación mascullando unas palabras
ininteligibles para nosotros.
―Es
lo único que podemos hacer, Nalte ―le dije―. Creo que si el viejo regresa a
tiempo, podremos engañar a los guardias, pues esos cadáveres vivientes no son
muy listos.
Parecía
que el viejo no regresaría nunca,.pero al fin llegó con una gran caja de
cosméticos. Nos dijo que le había costado mucho trabajo que se la diera un
amigo suyo, que estaba dedicado a maquillar a los cadáveres vivientes.
Nalte
comenzó en seguida a maquillar a Duare, y pronto la transformó en una anciana
con el rostro surcado por infinidad de arrugas. Lo que resultaba más difícil
cambiar era el color del cabello, pero por fin todos logramos blanqueárnoslo
untándonos la pintura blanca hasta acabar con ella.
Duare
y yo maquillamos juntos a Nalte, pues no había tiempo que perder, dado que el
viejo que nos llevó los cosméticos nos había dicho que los guardias de Skor ya
estaban registrando las casas de la cuadra contigua, y que no tardarían en
llegar a la casa. Luego, Nalte y Duare desplegaron toda su eficacia y rapidez
para convertirme en un viejo de mísero aspecto.
Kroona
nos dijo que debíamos dedicarnos a realizar cualquier tarea, para que cuando
los guardias llegasen pareciese que estábamos ocupados en nuestras faenas
habituales. Entonces a Duare y a Nalte les dio unos trapos viejos para que
fingiesen estar confeccionando unos vestidos, y a mi me mandó al patio para que
cavase un hoyo. Por fortuna me asignó esa tarea, pues, por asociación de ideas,
recordé que debía ocultar la espada de Skor, puesto que si los guardias la
encontraban no habría salvación para ninguno de nosotros.
Envolvi
la espada con un pedazo de tela y la llevé al patio, y no tienen por qué dudar
de que, al llegar allí, cavé un hoyo en menos tiempo de lo que tardo en
decirlo. Al terminar de cavar el hoyo arrojé en él la espada y la cubrí con
tierra, y en seguida comencé a cavar otro hoyo junto al primero y tiré la
tierra sobre el lugar donde había enterrado la espada.
En
el preciso momento en que terminaba se abrió violentamente la puerta que daba
acceso al patio y entraron veinte cadáveres vivientes.
―Estamos
buscando a los forasteros que escaparon del palacio ―dijo uno de los recién
llegados―. ¿Dónde están?
Fingí
no oír bien, me puse la mano detrás de la oreja, y pregunté:
―¿Qué?
El
guardia, con voz más fuerte, repitió la pregunta, y de nuevo volví a preguntar:
―¿Qué?
Entonces
el cadáver viviente renunció a que yo comprendiese y se dirigió hacia la casa
seguido de sus demás acompañantes .
Unos
instantes después oí que volcaban todo lo que se encontraba adentro y a cada
momento esperaba oír también sus exclamaciones de triunfo por haber descubierto
que Duare y Nalte se hallaban disfrazadas.
XX
SOSPECHOSOS
Los
guardias de Skor registraron la casa de Kroona con mayor celo que cualquiera de
las otras casas ocupadas por cadáveres vivientes, pues seguramente el jong
supuso que los únicos que quizá podrían ayudarnos en todo Kormor, eran los
hombres que aún no habían muerto. Pero, finalmente, el registro llegó a su
término y los cadáveres vivientes abandonaron la casa. Entonces me senté sobre
el montón de tierra que había excavado y me sequé con un pañuelo el sudor que
humedecía mi frente, un sudor frío que no había sido producido por lo arduo del
trabajo. Creo que al cabo de aquellos quince minutos yo había estado a punto de
sudar sangre.
Cuando
entré a la casa, encontré a Duare a Nalte y a Kroona sentadas guardando un
profundo silencio, como si todavía no pudiesen creer que nuestro plan había
tenido éxito.
―Bueno,
ya pasó todo ―les dije, y mi voz pareció despertarlas de su arrobamiento.
―¿Sabes
qué nos salvó?―me preguntó Nalte.
―Nuestros
disfraces, por supuesto ―le contesté.
―Los
disfraces nos ayudaron, si―me dijo―; pero lo que verdaderamente nos salvó fue
la estupidez de los indagadores. Casi no nos miraron. Estaban buscando a unas
personas que debían estar ocultas, y como no lo estábamos, no sospecharon de
nosotros.
―¿Crees
que ahora debamos quitarnos el maquíllaje? ―me preguntó Duare―. Nos sentiríamos
mejor.
―No
nos lo debemos quitar―le contesté―. Ya sabemos que esta vez no nos encontrarán,
pero Skor podría ordenar un nuevo registro y entonces tal vez no tendríamos
tiempo de disfrazarnos aun cuando lográsemos conseguir los materiales
necesarios.
―Tienes
razón―me dijo Duare―, y además, la incomodidad que nos produce este maquíllaje
no puede compararse con lo que acabamos de pasar.
―Estos
disfraces tienen la ventaja de que nos permitirán salir sin gran temor de que
nos descubran ―dijo Nalte―. No tendremos que permanecer sentados todo el día en
este pequeño cuarto. Yo iré a una habitación del frente de la casa para tomar
un poco de aire fresco.
No
era mala idea; por lo tanto, Duare y yo acompañamos a Nalte, mientras Kroona se
dedicaba a sus tareas cotidianas. El cuarto al que nos dirigimos daba a la
calle. Desde él podíamos oír que los encargados de la pesquisa registraban la
casa contigua, y ver que por la polvorienta calle pasaban los cadáveres
vivientes. De pronto Nalte me sujetó el brazo y me señaló algo.
―¿Ya
viste a ese hombre? ―me preguntó con voz temblorosa.
―Si,
ya lo vi―le contesté―. ¿Qué tiene de extraño?
―¡Es
el hombre que me raptó en Havatoo!
―¿Estás
segura?―le pregunté.
―Si,
completamente segura―me respondió―. Nunca podré olvidarme de ese rostro.
Un
plan, o mejor dicho, una inspiración, surgió en mi mente, y le dije a Nalte:
―Lo
seguiré, no tardaré en regresar.
Luego
di media vuelta y salí de la habitación.
Poco
después me encontraba en la calle. El cadáver viviente se hallaba a unos
cuantos pasos adelante de mi. Si mi suposición resultaba correcta, aquel sujeto
me guiaría hasta la entrada del túnel que conducia a Havatoo.
Tal
vez aquello no fuese aquel mismo día, pero si de una vez lograba saber dónde
habitaba, entonces cualquier otro día...
Su
paso era más rápido que el de la mayoría de los demás habitantes de Kormor, y
caminaba como si tuviese en perspectiva algún propósito definido. Por lo que yo
veía, juzgué que aquel cadáver viviente era resultado de uno de los
experimentos más afortunados de Skor, y que a eso se debía que lo hubiese
mandado como agente suyo a Havatoo, donde la manera tosca de andar de los
cadáveres kormoranos habría delatado a cualquier otro.
Mientras
lo seguía me fijaba en todos los detalles de la calle por la que andábamos,
para que después yo no tuviese dificultades en mi regreso a la casa donde me
esperaban Nalte y Duare. Mis esperanzas renacieron cuando dio vuelta por una
calle que conducía hasta el río. Observé atentamente los edificios de la
esquina y luego vi que, al aproximarse al río, volvió a dar vuelta y avanzaba
por una callejuela. Lo seguí hasta la siguiente calle y entonces dobló otra vez
hacia el río. Frente a nosotros se alzaba un edificio, y antes de que el agente
de Skor entrase en él, yo lo había reconocido como el edificio bajo el cual se
hallaba la entrada del túnel que conducía a Havatoo.
Al
llegar junto a la reja del patio de la casa, el cadáver viviente, quizá para
ver si nadie lo observaba, volvió la cabeza para mirar tras él. Entonces me
vio.
Lo
único que yo podía hacer era continuar mi camino. Con la mirada fija en el piso
y sin prestarle la menor atención, me fui aproximando a él, sentía que su
mirada casi pesaba sobre mi. Me pareció una eternidad el tiempo que transcurrió
antes de que me cruzase con aquel cadáver viviente, y ya me preparaba a dejar
escapar un suspiro de alivio por haberlo pasado, cuando me habló.
―¿Qué
estás haciendo por aquí? ―me preguntó―. A los de tu clase no se les permite
entrar a este distrito. Vete y nunca más vuelvas a cruzarte en mi camino.
―Estoy
buscando otra casa para vivir―le dije con voz ronca―. A la mía ya se le cayeron
las hojas de las puertas y de las ventanas.
―Aquí
no hay ninguna casa para ti―me contesto―. Ya te dije que a los de tu clase no
se les permite vivir en este distrito. Lárgate, y que no te vuelva a ver por
estos rumbos.
―Me
iré ―le dije, y di media vuelta.
Por
fortuna no me detuvo, y un momento después doblé hacia la callejuela y quedé
fuera del alcance de su mirada. Pero yo ya me había enterado de lo que me interesaba,
y me sentía sumamente contento. Solamente un serio revés de la suerte podría ya
evitar que yo guiase a Duare y a Nalte hasta la bella y segura ciudad de
Havatoo.
Mientras
caminaba por las calles de Kormor, de regreso a la casa de Kroona, no cesaba de
pensar y de trazar planes para escapar. Estaba decidido a partir tan pronto
cayese la noche, y pensaba ya en lo que haría a mi regreso a Havatoo.
Al
entrar a la casa de Kroona, antes de que nadie me dijera nada, comprendí que
algo grave pasaba. Duare y Nalte, evidentemente alarmadas, se adelantaron
precipitamente hacia mi. Kroona y el viejo que nos había llevado los cosméticos
para disfrazarnos, conversaban mostrando señales de excitación.
―¡Al
fin llegaste! ―gritó Nalte―. Creíamos que no regresarías nunca.
―Tal
vez no sea todavía demasiado tarde―dijo Duare.
―Yo
quería esconderlas en otra casa ―intervino Kroona―, pero se negaron a partir
sin ti. Dijeron que si ya te habían capturado, no les importaba que las
descubriesen.
―Pero,
¿de qué diantres están hablando7―les pregunté―. ¿Qué ha sucedido?
―Yo
te lo contaré ―me dijo el viejo que nos había !levado los materiales para que
nos disfrazásemos―. El maquillador que me dio los cosméticos para ustedes nos
traicionó para obtener favores de Skor. Un hombre oyó que mandó a su sirviente
a palacio para que le dijera a Skor que él guiaría a sus guardias hasta la casa
donde ustedes estaban escondidos. El hombre que oyó todo eso es mi amigo y fue
a contármelo. Los guardias de Skor deben llegar aquí de un momento a otro.
Pensé
rápidamente lo que se podía hacer y luego me volví hacia Duare y Nalte.
―Quítense
el maquillaje lo más pronto que puedan ―les ordené―; yo también me lo quitaré.
―Pero
entonces estaremos perdidos sin remedio―objetó Duare.
―No,
todo lo contrario ―le respondí, al mismo tiempo que comenzaba a quitarme la
pintura que cubría mis blondos cabellos.
―Sin
los disfraces nos reconocerán―insistió Duare, a pesar de que tanto ella como
Nalte seguían mi ejemplo y a toda prisa se quitaban la pintura del rostro y de
los cabellos.
―Nuestra
juventud es el mejor disfraz que podemos adoptar en esta emergencia―les
expliqué―. Los guardias de Skor no son muy inteligentes que se diga, y como los
enviaron a buscar a tres fugitivos que se disfrazaron de viejos, sólo les
prestarán atención a las personas de edad avanzada y tendremos muchas
probabilidades de evitar que nos descubran.
Nos
apresuramos y pronto desaparecieron los últimos vestigios de nuestro
maquillaje. Luego les dimos las gracias a Kroona y al viejo por todo lo que
habían hecho por nosotros, les dijimos adiós y partimos de la casa. Al salir a
la calle vimos a un grupo de guerreros que se aproximaban.
―Tardamos
demasiado―dijo Nalte―.¿Damos medía vuelta y corremos?
―No―le
respondí―; eso despertaría inmediatamente sus sospechas, nos perseguirían y lo
más seguro es que nos dieran alcance. ¡Sigamos! Iremos a su encuentro.
―¿Qué?
―exclamó Duare, asombrada―. ¿Nos entregaremos?
―Claro
que no―le contesté―. Vamos a correr un gran riesgo, pero no hay otra
alternativa. Investigarían si viesen que tres sujetos se alejan apresuradamente
de ellos, y entonces seria probable que nos reconociesen; pero si ven que nos
aproximamos, creerán que nos les tememos y no se imaginarán que somos los que
están buscando. Caminen arrastrando los pies como los cadáveres vivientes y no
levanten la vista del suelo. Duare, tú marcharás unos cuantos pasos delante de
Nalte, y yo cruzaré al otro lado de la calle. Separados llamaremos menos la
atención; ellos buscan a tres personas que esperan encontrar juntas.
―Me
parece bastante acertado tu razonamiento ―le dijo Duare, pero noté cierto
escepticismo en el tono de su voz.
Yo
tampoco estaba muy entusiasmado con mi plan, pero crucé al otro lado de la
calle, por el que los guerreros se aproximaban, pues sabía que era menos
factible que me reconociesen a mi que a Duare, quien había estado durante algún
tiempo en el palacio de Skor.
Debo
reconocer que conforme disminuía la distancia que me separaba de los guerreros
cada vez me encontraba más intranquilo, pero no levanté la vista del suelo y
continué mi camino arrastrando los pies.
Al
pasar junto a ellos, su jefe me marcó el alto y me dirigió la palabra. Sentí
que el corazón me dejaba de latir.
―¿Dónde
queda la casa de Kroona? ―me preguntó.
―No
lo sé―le respondí, y seguí caminando.
Durante
unos momentos temí que me detuvieran, pero continuaron su camino sin prestarme
ya más atención. Mi treta había dado buen resultado.
Tan
pronto como supuse que había pasado el peligro crucé al lado opuesto de la
calle, y cuando alcancé a las dos jóvenes, les dije que me siguiesen a
distancia prudente.
Todavía
faltaba una hora para que anocheciese, y para acercarnos al túnel, yo quería
esperar la protección que las sombras de la noche podían ofrecernos; mientras
tanto, teníamos que buscar dónde escondernos, pues en las calles a cada momento
corríamos el peligro de resultar sospechosos.
Dimos
vuelta en una callejuela y pronto encontré una casa deshabitada, de las que hay
muchas en Kormor, que me pareció apropiada para escondernos, y así lo hicimos.
Las
dos jóvenes estaban sumamente abatidas. Su silencio y su indiferencia delataban
su estado de ánimo. El futuro debía parecerles desprovisto de toda esperanza;
sin embargo, ninguna de ellas se quejaba.
―Tengo
buenas noticias para ustedes―les dije.
Duare
me miró con tan poco interés que parecía que para ella ya no podían existir
buenas noticias. Desde que escapamos del palacio había estado extrañamente
silenciosa. Rara vez hablaba si no se le dirigía la palabra, y evitaba tanto
como le era posible entablar conversación con Nalte, aunque la actitud que
mantenía hacia ella no era abiertamente hostil.
―¿Cuál
es la buena noticia? ―me preguntó Nalte.
―Encontré
la entrada del túnel que conduce a Havatoo ―le respondí.
Nalte
no pudo ocultar la sorpresa que le produjeron mis palabras, pero Duare las
recibió solamente con un interés pasivo.
―Si
llegamos a Havatoo ―dijo―, no se acortará la distancia que me separa de Vepaja.
―Pero
tu vida ya no correrá peligro ―le recordé.
La
joven princesa se encogió de hombros, y me replicó:
―No
sé si me importa seguir viviendo.
―No
te desalientes, Duare ―le supliqué―. Cuando estemos en Havatoo, estoy seguro de
que hallaré la manera de localizar Vepaja y llevarte a que convivas de nuevo
con tu gente.
Yo
pensaba en aquel momento en el avión que tenia en el hangar de Kantum Lat, ya
terminado y preparado para volar, pero no le hablé de él a Duare. Quería
reservarle esa sorpresa para más adelante, y, además, todavía no nos
encontrábamos en Havaioo.
Las
dos horas que pasamos en espera de que la oscuridad cubriese completamente la
ciudad han sido las dos horas más largas que he pasado en mi vida. Pero al fin
pareció que ya no había peligro en ir a la silenciosa y abandonada casa cercana
al río, en la que se cifraban todas nuestras esperanzas.
La
calle estaba desierta cuando salimos del edificio donde nos hallábamos ocultos.
Yo conocía el camino para llegar a nuestra meta, y pronto, sin ninguna demora
ni riesgo alguno, vimos la derruida construcción que ocultaba la entrada del
camino de la salvación.
Entramos
al edificio y avanzamos en la oscuridad, con el oído atento a cualquier ruido.
Sentí no haber podido recobrar la espada que le había quitado a Skor, y que
había enterrado en el patio de la casa de Kroona, pues con ella mi seguridad
hubiese sido mayor.
Al
fin, convencidos de que éramos las únicas personas que se hallaban en la casa y
de que nadie nos había seguido, en compañía de Duare y de Nalte me dirigí hacia
la puerta que ocultaba la entrada del túnel.
No
tuve ninguna dificultad en encontrar la aldaba, y un momento después nos
encontrábamos bajando por el oscuro pasadizo, rumbo a la libertad.
Corríamos
el riesgo de cruzarnos con alguno de los cadáveres vivientes de regreso a
Havatoo, pero supuse que todo estaba a nuestro favor, teniendo en cuenta que
uno de ellos acababa de regresar a Kormor y que no había pruebas de que fuesen
varios los que estuviesen en la ciudad del otro lado del río. Me imaginaba que
los dos que nos habían asaltado, a Nalte y a mi, se habían arriesgado solos en
aquella aventura, y si eso era cierto, no cabía duda de que también resultaba
cierto que Skor nunca había enviado a Havatoo a más de dos de sus servidores al
mismo tiempo. Anhelaba fervientemente que aquello fuese de tal manera.
Avanzamos
en silencio por el oscuro y húmedo pasadizo que se extendía debajo del Río de
la Muerte. Yo caminaba más rápidamente que cuando lo recorrí para llegar a
Kormor, pues ya sabía que no había ninguna trampa en el camino.
Al
fin mis pies toparon con las escaleras del final del túnel que conducían a la
superficie de la tierra, y un momento después me detuve ante la puerta por la
que entraríamos a Havatoo. No me detuve ni aguardé para escuchar si oía algún
ruido. Ya nada podía detenerme, y tal era mi ansiedad, que habría derrotado a
una docena de cadáveres vivientes de Kormor si se hubiesen interpuesto en mi
camino.
Pero
no encontramos a nadie al entrar en el edificio de Havatoo Lat. Nos dirigimos
rápidamente a la puerta principal, y unos momentos después caminábamos por las
iluminadas calles de la avenida.
Duare,
Nalte y yo formábamos un llamativo trio vestidos con los andrajos con que nos
habíamos disfrazado en Kormor, y no fueron pocas las miradas que atrajimos a
nuestro paso.
Tan
pronto como pude llamé un auto de servicio público y le dije al conductor que
nos llevase a casa de Ero Shan, y por primera vez en muchos días, descansamos
cómodamente al sentarnos en el blando asiento del vehículo.
Durante
el trayecto conversamos mucho, en especial Nalte y yo. Duare se hallaba
bastante silenciosa. Habló acerca de la belleza de Havatoo y de las maravillas
que nos rodeaban, desconocidas y extrañas para ella, pero después de sus breves
comentarios volvía a guardar silencio.
El
conductor nos había mirado con desconfianza cuando abordamos su auto, y se
comportó de manera rara al dejarnos a la puerta de la casa de Ero Shan.
Pero
Ero Shan se mostró muy contento de vernos. Ordenó que nos sirviesen vinos y
comida, y nos acosó a preguntas hasta quedar completamente enterado de todo lo
que nos había ocurrido. Me felicitó por haber encontrado a Duare, pero me di
cuenta de que su mayor felicidad consistía en ver que Nalte había regresado.
Las
dos jóvenes estaban cansadas y necesitaban reposo, y ya nos estábamos
preparando para llevarlas a la casa que le habían asignado a Nalte para vivir,
cuando sobrevino el primer golpe que acabó con nuestra felicidad y nos hundió
en la desesperación.
Alguien
llamó a la puerta principal, y poco después un sirviente, seguido de numerosos
guerreros a las órdenes de un oficial, entró en la habitación en que nos
encontrábamos.
Ero
Shan los miró sorprendido. Conocía al oficial y, llamándolo por su nombre, le
preguntó a qué había ido a su casa con gente armada.
―Lo
siento, Ero Shan ―le respondió―, pero traigo órdenes del sanjong de aprehender
a tres personas sospechosas que entraron a tu casa esta tarde.
―Pero
a mi casa sólo ha entrado Carson Napier, a quien ya conoces, y estas dos
jóvenes. Los tres son mis amigos―protestó Ero Shan.
El
oficial miró atentamente nuestra indumentaria y su rostro expresó una expresión
de sospecha.
―Entonces
tendré que arrestarlos si es que nadie más ha entrado a tu casa―dijo.
No
quedaba más remedio que acompañar a los guerreros, y así lo hicimos. Ero Shan
nos acompañó, y poco después nos hallábamos ante un consejo de investigadores
integrado por tres hombres.
El
demandante era el conductor del auto que nos había llevado a casa de Ero Shan.
Dijo que vivía por el rumbo donde habíamos tomado el auto y que como sabía del
rapto de Nalte, al vernos por aquel lugar vestidos de manera extraña había
sospechado inmediatamente de nosotros.
Nos
acusó de ser espías de Kormor e insistió en que éramos cadáveres maquillados,
como el hombre al que yo había detenido cuando raptaron a Nalte.
El
consejo de investigadores escuchó mi relato de los hechos; luego, los tres
investigadores interrogaron brevemente a Duare y a Nalte. A continuación le
preguntaron a Ero Shan acerca de lo que sabía de nosotros, y sin abandonar la
sala, a Nalte y a mi nos pidieron que nos retirásemos, y a Duare le ordenaron
que se presentase al día siguiente para que el consejo oficial de
investigadores la interrogase nuevamente.
Pensé
que Duare les resultaba ligeramente sospechosa, y se lo dije a Ero Shan, quien
solamente admitió estar de acuerdo en mi apreciación hasta que nos quedamos
solos, después de haber dejado a las dos jóvenes en casa de Nalte.
―En
Havatoo la justicia a veces se equivoca―me dijo gravemente―. El aborrecimiento
que le tenemos a Kormor y a todo lo que se relaciona con esa ciudad, matiza
todas nuestras decisiones al respecto. Duare admite haber estado durante algún
tiempo en Kormor, así como también haber residido en el palacio del jong. El
consejo de investigadores sólo sabe de ella lo que ella misma les ha dicho y lo
que tú les has contado, pero no saben si pueden creerles. Recordarás que el
resultado de tu examen no te acreditó como merecedor de una confianza total.
―¿Crees
que Duare se halla en peligro?―le pregunté.
―No
lo sé ―me respondió―. Todo puede resolverse satisfactoriamente, pero, por otra
parte, si el consejo abriga la menor sospecha respecto a Duare, la condenará a
ser destruida, pues la idea que tenemos de la justicia es que es preferible
cometer una injusticia con un solo individuo que poner en peligro la seguridad
y el bienestar de la mayoría. A veces esa regla es cruel, pero los resultados
que se han obtenido con su aplicación demuestran que es mucho mejor para
nuestro pueblo que seguir una línea de acción débil y sentimental.
Esa
noche no dormí bien. El temor que me producía la resolución que pudiesen tomar
en el juicio del día siguiente me abrumaba.
XXI
EL
VUELO
No
se me permitió acompañar a Duare durante su examen. Fue encomendada a Hara Es,
la misma mujer que había vigilado a Nalte durante su examen.
Para
matar el tiempo que transcurriese hasta que diesen a conocer el resultado del examen,
me dirigí al hangar para inspeccionar mi avión. Estaba en perfectas
condiciones. El motor funcionaba casi sin hacer ningún ruido. En circunstancias
ordinarias no hubiese podido resistir el deseo de ordenar que arrastrasen el
avión al llano que se extendía en las afueras de la ciudad, para que yo hiciese
el vuelo de prueba; pero me hallaba tan preocupado por la suerte que pudiese
correr Duare que nada despertaba mi interés.
Pasé
una hora en el hangar. Ninguno de mis ayudantes se encontraba allí, pues habían
vuelto a encargarse de sus faenas habituales después de quedar terminado el
avión. Luego fui a la casa que compartía con Ero Shan.
Mi
amigo no estaba allí. Traté de leer pero no pude concentrarme en la lectura.
Recorría con la vista los extraños caracteres de las letras amtorianas, pero
mis pensamientos no se apartaban de Duare. Al fin renuncié a comprender lo que
leía y salí a caminar por el jardín. Me había invadido un terror incontrolable
que me agobiaba y entorpecía mi mente.
No
sé cuánto tiempo caminé por el jardín, pero al fin mis tristes pensamientos
fueron interrumpidos por un ruido de pasos que provenía del interior de la
casa. No cabía duda de que era mi amigo Ero Shan el que se aproximaba. Me
detuve y aguardé que llegase sin dejar de mirar hacia la puerta por la que
pasaría al jardín. Un instante después lo vi y el corazón me dio un vuelco,
pues la expresión de su rostro confirmaba mis temores. Se acercó a mi y me puso
una mano en un hombro.
―Te
traigo malas noticias, amigo mío―me dijo.
―Ya
sé lo que vas a decirme ―le respondí―; lo leí en tus ojos. ¿Ordenaron su
destrucción7
―Es
un error de la justicia―me dijo―, pero la sentencia es inapelable. Debemos
aceptar que el fallo se basa en la sincera convicción del consejo de que está
sirviendo al mejor interés de la ciudad.
―¿No
puedo hacer nada?―le pregunte.
―Nada―me
respondió.
―¿No
dejarán que yo me la lleve de Havatoo?
―No.
Ellos le temen tanto a la influencia contaminadora de Skor y de sus cadáveres
vivientes que a ninguno de éstos que haya caído en sus manos le permitirían
vivir.
―¡Pero
ella no es uno de los cadáveres vivientes de Skor!―aclaré.
―Estoy
completamente seguro de que tienen dudas, pero la ciudad, y no el acusado, goza
del beneficio de la duda. No se puede hacer nada.
―¿Crees
que me dejen verla? ―le pregunté.
―Es
posible―me respondió―. Por algún motivo su destrucción no tendrá lugar sino
hasta mañana.
―¿Me
harás el favor de arreglar la entrevista, Ero Shan?
―Sin
duda alguna―me respondió―. Espérame aquí mientras veo qué puedo hacer.
Nunca
había pasado yo horas tan largas y tan amargas como las que transcurrieron
mientras esperaba que regresase Ero Shan. Nunca, en ninguna dificultad, me
había sentido tan impotente y tan carente de esperanzas. Si los hombres con
quienes tenia que tratar hubiesen sido personas comunes y corrientes, habría
vislumbrado algún rayo de esperanza. Su probidad no permitía ni siquiera la
menor probabilidad de que yo pudiese sobornar, aunque fuese a uno de los
guardias de menor categoría; no era posible conmover a ninguno de aquellos
hombres, pues la fría y dura lógica de su razonamiento convertía sus mentes en
fortalezas de convicción impenetrables, a las que resultaba inútil asaltar.
Dije
que va no abrigaba ninguna esperanza, pero eso no fue totalmente cierto. No sé
en qué se basaban todavía mis esperanzas, pero el caso es que me resultaba tan
difícil concebir que Duare seria destruida, que mis facultades mentales debían
de haberse embotado ligeramente.
Ya
había anochecido cuando Ero Shan regresó. Al entrar en la habitación en la que,
finalmente, me había refugiado para esperarlo, no me fue posible descubrir ni
esperanza ni angustia en la expresión de su rostro. Mi amigo estaba muy serio y
muy cansado.
―¿Conseguiste
el permiso para la entrevista?―le pregunté.
―Tropecé
con muchas dificultades―me dijo―; tuve que hablar con todos los miembros del
sanjong, pero al fin conseguí el permiso para que visites a Duare.
―¿Dónde
está ella? ¿Cuándo podré verla?
―Te
llevaré a verla ahora mismo―me contestó.
Después
de subir a su auto le pregunté cómo había logrado que le concedieran el permiso
para visitar a la joven princesa.
―Como
último recurso llevé a Nalte conmigo ―me contestó―. Ella sabía más que
cualquiera en Havatoo acerca de ti y de todo lo que tú y Duare habían pasado
juntos Durante unos momentos creí que llegaría a convencer al sanjong para que
revocase la sentencia que había dictado en contra de Duare, y solamente gracias
a su intervención dieron al fin su consentimiento para esta última entrevista.
Por medio de Nalte supe mucho acerca de ti y de Duare, mucho más de lo que por
ti mismo he sabido..., y también me convencí de algo más.
―¿De
qué se trata?―le pregunté al ver que callaba.
―Comprendí
que amo a Nalte―me contestó.
―¿Y
sabes si ella te ama?
―Si.
De no ser por tu aflicción, esta noche yo sería el hombre más feliz de Havatoo
¿Pero qué te hizo suponer que Nalte me amaba?
―Ella
me lo dijo.
―¿Y
por qué no me lo hiciste saber?―me preguntó en tono de reproche.
―También
estabas enamorado de ella.
―Ella
me dijo que tú pensabas llevarla a Andoo, pero ahora creo que no será
necesario, pues parece que está dispuesta a quedarse en Havatoo.
Mientras
hablábamos el auto había estado avanzando por el Korgan Lat, rumbo al estadio,
pero de pronto Ero Shan dobló en una calle lateral y nos detuvimos ante una
pequeña casa.
―Ya
llegamos―me dijo― Esta es la casa de Hara Es, la encargada de vigilar a Duare.
Hara Es te está esperando. Yo te aguardaré aquí Tienes permiso de permanecer en
la casa durante cinco virs.
Cinco
virs equivalen más o menos a veinte minutos de tiempo terrestre. Me parecía que
era demasiado poco, pero peor habría sido que no me hubiesen concedido la
entrevista. Llamé a la puerta de la casa, y unos momentos después me recibió
Hara Es.
―Te estaba
esperando―me dijo―. Sígueme.
Me
condujo hasta el segundo piso, llegamos ante una puerta y la abrió.
―Entra
―me dijo―. Dentro de cinco virs vendré a buscarte.
Al
entrar en la habitación, Duare se levantó de un diván y me miró. Hara Es cerró
la puerta y corrió el cerrojo. Oí que el ruido de sus pasos se alejaba por la
escalera. Por primera vez, después de un tiempo que me parecía una eternidad,
Duare y yo nos encontrábamos solos.
―¿Por
qué viniste?―me preguntó Duare con voz fatigada.
―¡Tú
me preguntas eso! ―exclamé―. Tú sabes bien por qué vine.
La
joven princesa movió la cabeza de un lado a otro, desalentada.
―No
puedes hacer nada por mi, nadie puede ayudarme. Yo supuse que vendrías en caso
de que pudieras ayudarme, pero puesto que no es posible, no sé para qué has
venido.
―En
caso de no existir otra razón, habría venido porque te amo. ¿Acaso no basta
eso?
―No
me hables de amor―me dijo, y me miró de manera extraña.
Opté
por no hacer más infelices sus últimos momentos dedicándole atenciones que no
deseaba. Traté de animarla, pero me dijo que no era desgraciada.
―No
le temo a la muerte, Carson Napier―me dijo―. Ya que parece ser imposible que
pueda regresar a Vepaja, prefiero morir. No soy feliz, nunca podré serlo.
―¿Y
por qué nunca podrás ser feliz?―le pregunté.
―Ese
es mi secreto, y me lo llevaré a la tumba. Ya no hablemos más de eso.
―No
quiero que mueras, Duare. ¡No debes morir! ―exclamé.
―Te
lo agradezco, Carson; pero, ¿qué podemos hacer?
―Algo,
debe de haber algo. ¿Cuantas personas hay en esta casa además de Hara Es?
―No
hay nadie más.
De
pronto una esperanza insensata se apoderó de mí. Examiné rápidamente la
habitación. Solamente había en ella lo indispensable para las necesidades de un
prisionero. No vi nada que pudiera ayudarme a poner en práctica mi plan. El
tiempo volaba. Hara Es regresaría pronto. En eso vi el ceñidor, semejante a un
sarong que llevaba Duare y que acostumbraban usar todas las mujeres de Amtor.
―Dame
eso―le dije, y me acerqué a ella.
―¿Para
qué?―me preguntó.
―No
tengo tiempo de explicártelo. Haz lo que te digo; nos queda poco tiempo.
Duare
hacia tiempo que se había acostumbrado a doblegar su orgullo cuando el tono de
mi voz le indicaba que teníamos que hacerle frente a una emergencia, y me
obedecía sin replicar. Rápidamente se despojó del ceñidor y me lo entregó.
―Toma―me
dijo―. ¿Qué vas a hacer con esto?
―Espera
y lo verás. Quédate parada en el lado derecho de la habitación. Hara Es viene
hacia aquí, oigo el ruido de sus pasos en la escalera.
Me
dirigí rápidamente a un lado de la puerta, para que al entrar Hara Es no
pudiera verme. Permaneci inmóvil y aguardé. Algo más que mi vida estaba en
juego, y sin embargo no me encontraba nervioso. Mi corazón latía tan
tranquilamente como si tan sólo estuviese esperando una visita.
Oí
que Hara Es se detenía delante de mi puerta. Oí que la llave giraba en la
cerradura. Luego, la puerta se abrió y Hara Es entró en la habitación. La
sujeté por el cuello y cerré la puerta con el pie.
―No
hagas ruido―le advertí―, o tendré que matarte.
―Eres
un tonto―dijo Hara Es, sin perder la calma―. Con esto no lograrás salvar a
Duare, y en cambio tu muerte será segura. No pueden escapar de Havatoo.
Sin
responderle, seguí adelante con mi plan. La até fuertemente con el ceñidor de
Duare, y luego la amordacé. Después la levanté del suelo y la tendí en el
diván.
―Siento
tener que hacer esto, Hara Es. Ahora tengo que librarme de Ero Shan. No se
enterará de lo que he hecho. Por favor, no dejes de informarle al Sanjong que
Ero Shan no es responsable de lo que ha pasado. Te dejaré aquí hasta que pueda
separarme de Ero Shan sin despertar sus sospechas. Tú, Duare, mientras tanto,
vigila a Hara Es hasta que yo regrese. Cuida de que no afloje sus ligaduras.
Me
incliné y recogí la llave que Hara Es había dejado caer cuando la sujeté al
entrar; luego salí de la habitación y cerré la puerta. Un momento después me
encontraba en el auto en compañía de Ero Shan.
―Regresemos
a la casa lo más rápido posible―le dije.
Luego
guardé un silencio prolongado, un silencio que Ero Shan, respetuosamente, no
perturbó.
Mi
amigo condujo el auto velozmente, pero a mí me pareció que tardamos una
eternidad en llegar al garaje de la casa. Como en Havatoo no hay ladrones, las
cerraduras no son necesarias; por lo tanto, las puertas del garaje se quedaron
abiertas, como era costumbre, excepto en los días de tormenta. Mi auto también
se encontraba allí dentro de frente a la calle.
―Casi
no has comido nada hoy ―me dijo Ero Shan al entrar en la casa―; supongo que
comerás algo ahora.
―No,
gracias―le respondí―. Me retiraré a mi cuarto.
No
podría comer nada ahora.
Ero
Shan me apretó suavemente el hombro, pero yo hubiese engañado a cualquiera con
tal de salvar a Duare.
Entré
en mi cuarto pero sólo permanecí en él el tiempo necesario para recoger mis
armas; después regresé al garaje. Al subir a mi auto, me alegré sumamente de
que los motores de Havatoo fueran silenciosos. El auto salió del garaje como si
fuese un fantasma que se perdía en la noche, y al alejarme de la casa
silenciosamente, le dije adiós a Ero Shan.
Sentí
temor cuando me aproximaba a la casa de Hara Es, pero, al entrar, todo estaba
en silencio y rápidamente subí hasta el segundo piso.
Al
abrir la puerta del cuarto en el que había dejado a Duare y a Hara Es, dejé
escapar un suspiro de alivio al ver allí a las dos mujeres. Me acerqué al diván
y examiné las ligaduras de Hara Es. Parecía que se hallaban seguras.
―¡Vamos!
―le dije a Duare―. No hay tiempo que perder.
Salimos
de la habitación. Cerré la puerta con llave, y luego, en un cuarto del primer
piso, encontré un nuevo sarong para Duare. Un momento después nos encontrábamos
en mi auto.
―¿Adónde
vamos? ―me preguntó la joven―. En Havatoo no es posible esconderse. Nos
encontrarán.
―Abandonaremos
Havatoo para siempre―le respondí.
En
eso vi que un auto pasaba junto al nuestro y se detenía frente a la casa de la
que habíamos salido. En él viajaban dos hombres; uno de ellos salió rápidamente
del vehículo y corrió hacia la puerta, entonces aceleré cuanto pude la marcha.
Había visto lo suficiente como para temer algo fatal, y Duare también se había
dado cuenta de todo.
―Ahora
descubrirán nuestra fuga, y te matarán ―me dijo―. Yo sabía que esto terminaría
mal. ¡Oh, me hubieras dejado morir sola! Quiero morir.
―¡No
lo permitiré!
Duare
no dijo nada más, y el auto continuó avanzando velozmente por las calles de
Havatoo, que por entonces se encontraban ya casi desiertas, en dirección al
Kantum Lat y a la Puerta de los Físicos.
Habíamos
recorrido aproximadamente dos millas de las tres que teníamos que cubrir para
llegar a nuestro destino, cuando oí un siniestro ruido que nunca había
escuchado antes en Havatoo. Se parecía al sonido de las sirenas de las
patrullas de la policía de la Tierra. No tardé en comprender que se trataba de
una alarma, y supuse que el hombre que había entrado en la casa de Hara Es
había encontrado a la mujer atada y nuestra fuga ya era conocida.
Cuando
nos detuvimos frente al hangar donde se encontraba mi avión, el ruido de las
sirenas ya se oía bastante cercano a nosotros; parecía como si todas las
sirenas se estuviesen aproximando desde diferentes rumbos para converger en el
lugar donde nos hallábamos. No me sorprendía que hubiesen supuesto dónde
podrían encontrarnos pues hasta para personas menos inteligentes que los
habitantes de Havatoo, resultaría obvio que sólo desde allí podríamos escapar.
Tomé
a Duare de un brazo y la bajé del auto casi a rastras, y corrimos hacia el
hangar. Las grandes puertas, que funcionaban por medio de un mecanismo, se
abrieron tan pronto como oprimí un botón. Subí a Duare a la cabina del avión.
Ella no me preguntó nada; no había tiempo para hacer preguntas.
Luego
me senté al lado de la joven. Yo había diseñado el avión para prácticas de
vuelo, y había en él dos asientos, cada uno con lugar para que se sentasen dos
personas. Puse en marcha el motor. ¡Ah, qué motor! Silencioso, carente de
vibraciones, y no había que calentarlo.
El
avión corrió por el Kantum Lat. Las sirenas sonaban cada vez más cerca. Vi las
luces de los autos que corrían tras nosotros, y cuando nos dirigíamos hacia la
Puerta de los Físicos. oí el zumbido entrecortado de los rifles amtorianos.
¡Hacían fuego contra nosotros!
El
avión comenzó a despegar del suelo; la gran puerta se alzaba exactamente frente
a nosotros. ¡Sube! ¡Más rápido! ¡Más rápido! Contuve el aliento. ¿Lograríamos
elevarnos lo suficiente? De pronto la ligera nave ascendió casi verticalmente y
pasó sobre la pesada puerta, tan sólo a unas cuantas pulgadas más arriba de
ella. ¡Nos hallábamos a salvo!
Las
luces de Havatoo brillaban muy por debajo de nosotros cuando dirigí el avión
rumbo a la brillante cinta plateada del curso del Río de la Muerte ―el Río de
la Vida, para nosotros― que nos guiaría hasta el desconocido mar en el que, sin
duda, localizaríamos la isla de Vepaja.
Duare
no había pronunciado ni una sola palabra. Se hallaba temblorosa, y yo le pasé
un brazo por los hombros.
―¿Por
qué tiemblas? ―le pregunté―. Ya estamos a salvo.
―¿Qué
cosa es esta en la que estamos?―me preguntó―. ¿Por qué no cae a tierra y nos
mata? ¿Qué la mantiene en lo alto?
Le
expliqué lo mejor que pude de qué se trataba, y le dije que no había peligro de
que cayésemos; entonces ella exhaló un profundo suspiro de alivio.
―Si
tu dices que estamos seguros, ya no tengo por qué temer―me dijo―. Pero, dime,
¿por qué te sacrificas por mí?
―¿Sacrificarme?―le
pregunté.
―Ya
nunca podrás regresar a Havatoo; te matarían.
―No
quiero volver a esa ciudad si no puedes vivir en ella sin correr peligro―le
respondí.
―Pero,
¿y Nalte? ―me preguntó―. Ustedes se amaban y ahora no podrán volverse a ver.
―Yo
no amo a Nalte ni ella me ama. Yo solamente te amo a ti, Duare; y Nalte y Ero
Shan están enamorados. Vamos camino a Vepaja, y prefiero tratar de ganar tu
amor allá, a ser un sanjong y vivir en Havatoo sin ti.
Duare
guardó silencio durante un largo rato, y después se volvió hacia mí y me miró a
los ojos.
―Carson―murmuró.
―Si,
dime, Duare.
―¡Te
amo!
Yo
no podía creer lo que había oído.
―¡Pero,
Duare, eres la hija del jong de Vepaja!―exclamé.
―Eso
lo he sabido siempre ―me dijo―, pero hasta ahora sé que, por sobre todo, soy
una mujer.
Entonces
la tomé entre mis brazos... Nuestro maravilloso avión volaba hacia Vepaja, y yo
hubiese querido prolongar una eternidad aquel dulce abrazo al que nos
hallábamos entregados.
Fin

