© Libro No. 675. Vidas
imaginarias. Schwob, Marcel. Colección
E.O. Marzo 29 de 2014.
Título original: © Vies
imaginaires. Marcel Schwob
Versión Original: © Vidas imaginarias. Marcel Schwob.
Circulación
conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:
Edición
digital de Lety & urijenny. © 1980 Centro Editor de América Latina S. A. -
Junín 981, Buenos Aires.
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© Edición, reedición y
Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
Ilustración de tapa:
Rene Magritte.
"El espejo falso".
En plena Belle
époque, en pleno simbolismo y en un momento de plenitud desbordante para
las letras francesas, Marcel Schwob (1867-1905) cruza el mundo dejando una
impronta de originalidad profunda y fulgurante a la vez. Hijo de un hombre que
incurrió en la literatura, sobrino de un erudito bibliotecario, no es extraño
que conociera a la perfección las lenguas clásicas y fuese un apasionado de las
Letras inglesas. Su amor con la célebre actriz Marguerita Moreno y una
enfermedad extraña y atroz, que lo acosara durante los últimos años de su breve
vida, son datos que nunca olvidan sus biógrafos. Además de estas Vidas
imaginarias, otros tres libros de Marcel Schwob son de lectura
imprescindible: El rey de la máscara de oro, Libro de Monelle y La
cruzada de los niños (la traducción al español –1949– de esta última
lleva prólogo de Jorge Luis Borges quien tiene más de un punto de contacto con
el escritor francés). Desde la versión de Ricardo Baeza, Vidas imaginarias ha
conocido varias traducciones buenas al español; ésta de Julio Pérez Millán es,
sin duda, excepcional.
centro editor de américa
latina
Vidas
imaginarias
Marcel Schwob
Estudio preliminar y
traducción:
de Julio Pérez Millán
Centro Editor de América Latina
Título original: Vies imaginaires
Edición digital de Lety & urijenny
© 1980 Centro Editor de América Latina S. A. - Junín 981, Buenos Aires.
Hecho el depósito de ley. Libro de edición Argentina. Impreso en junio
de 1980. Tapa: FA.VA.RO., Independencia 3277 Buenos Aires. Pliegos interiores:
Compañía General Fabril Financiera S. A., Iriarte 2035, Buenos Aires.
Distribuidores en la República Argentina: Capital: Mateo Cancellaro e Hijo,
Echeverría 2469, 5° C, Buenos Aires. Interior: Ryela SAICIF y A,
Belgrano 624, 6° p., Buenos Aires.
índice
ESTUDIO
PRELIMINAR ........................ 4
Meur. Renatus
Decartes ........................ 10
Empédocles ............................................ 12
Erostrato.................................................. 13
Crates ...................................................... 16
Séptima.................................................... 18
Lucrecio................................................... 20
Clodia....................................................... 22
Petronio ................................................... 24
Sufrah ...................................................... 25
Frate Dolcino........................................... 27
Cecco
Angiolieri ...................................... 29
Paolo Uccello.......................................... 32
Nicolás
Loyseleur.................................... 34
Katherine la
Encajera............................. 36
Alain el
Gentil .......................................... 38
Gabriel
Spenser ...................................... 40
Pocahontas ............................................. 42
Cyril
Tourneur.......................................... 44
William Phips
.......................................... 46
El capitán
Kid .......................................... 48
Walter
Kennedy ...................................... 50
El mayor
Stede Bonnet........................... 52
Los señores
Burke y Hare ...................... 55
ESTUDIO
PRELIMINAR
"Ayer Schwob estuvo en casa hasta las dos de
la mañana. Me pareció como si tomara entre sus dedos finos mi cerebro y le
diera vueltas, poniéndolo a la luz. Hablaba de Esquilo, comparándolo con Rodin.
Analizaba Los siete contra Tebas y la rivalidad de Eteocles y Polínices y la
manera geométrica, arquitectural, en que esta obra se halla compuesta: tantos
enemigos contra tantos, tantos versos, diez por ejemplo, para cada jefe. . . De
pronto la lámpara se apagó. Encendí las velas del piano. El rostro de Schwob
quedó en la sombra. Siento que ese muchacho ejercerá en mí una influencia
enorme."
Aquel 20 de marzo de 1891 Jules Renard escucha
durante horas a su sereno y meticuloso encantador, sin ocasión, deseos, ni
fuerzas, tal vez, para escapar del subyugamiento. Pero el acaso llega para
librarlo transitoriamente, la sombra que arrebata el rostro al seductor le da
un respiro y en ese respiro entra justo el reconocimiento de su condición de
subyugado; alcanza para eso antes de que renazca el influjo.
Lo sucedido aquella noche supone una relación y una
situación que se repiten con cada lectura de Schwob, porque el aura de
"encantamiento" que se desprendía del hombre, ha pasado intacta,
cuando no crecida, a lo que escribió. Es esta cualidad primordial de la obra lo
que en seguida percibe el lector y lo que lo envuelve de punta a cabo, de la
primera a la última línea, placenteramente. Después, cuando "se apaga la
lámpara y hay que encender las velas del piano", no se puede evitar que la
curiosidad pique, queremos desentrañar el misterio, descubrir los elementos de
que se compone el embrujo, saber "qué hay adentro"
Uno de los primeros que se embarcó en la indagación
fue Remy de Gourmont. "El genio particular de Schwob es una especie de
sencillez pavorosamente compleja, que hace que, mediante la disposición y
armonía de una serie de detalles justos y precisos, sus narraciones den la
sensación de un detalle único. La ironía de estos cuentos y relatos biográficos
raramente aparece acentuada (...); por lo general, es más bien latente, se
difunde en sus páginas como una veladura a primera vista apenas perceptible.
Schwob, en el curso de su narración, nunca siente la necesidad de hacer
comprender sus invenciones, no es en modo alguno explicativo, y ello aguza la
impresión de ironía por el contraste natural que se descubre ante un hecho que
nos parece maravilloso o abominable y la brevedad desdeñosa de un
cuento".
Esta estimación de Remy de Gourmont encierra des
claves que nos permiten entrever el mecanismo por dentro. Una está en lo
referido a "la disposición y armonía de una serie de detalles justos y
precisos. . ." Todas las narraciones de Schwob parecerían estar armadas
alrededor de una sucesión breve de estos detalles "justos y
precisos". Irrumpen con calculada intermitencia en el relato para jugar
un papel inusitado, porque así se trate de la narración de un rasgo –físico o
de carácter–, de la mención de la circunstancia en la que encuadra tal o cual
hecho o de la parca indicación de un acontecimiento cósmico, lo que tienen en
común es siempre su índole insólita. Y, sin embargo, están intercalados en la
narración como avales de veracidad y cumplen con su cometido a la perfección.
Casi desmienten lo contado una vez por Merimée: "Si la elección del
detalle es desdichada, ya no hay ilusión. Un marinero contaba que había visto
al fantasma de su capitán, muerto algunos días antes. –Salía de la gran
escotilla con su sombrero de tres picos. . .
–Cuéntale eso a los soldados –dijo uno de sus compañeros–.
Fantasmas se ven con bastante frecuencia, pero con sombrero de tres picos,
nunca. . .".1
Pues bien; los cuentos "desdeñosamente
cortos" de Schwob están atinadamente salpicados de fantasmas con sombrero
de tres picos, sin los cuales todo lo demás resultaría falaz, o por lo menos
improbable.
Acaso fuera ese su camino para alcanzar a expresar
su realidad tal como el admirado Stevenson había configurado la suya: "El
realismo de Stevenson es perfectamente irreal y (...) por eso es todopoderoso.
Stevenson no miró nunca las cosas sino con los ojos de su imaginación (...). Ya
habíamos encontrado en muchos escritores el poder de realzar la realidad con el
color de las palabras; yo no sé si podría encontrarse fuera de él imágenes
que, sin la ayuda de las palabras, sean más violentas que las imágenes reales
(...), son imágenes irreales, puesto que ningún ojo humano podría verlas en el
mundo que conocemos. Y sin embargo son, hablando con propiedad, la quintaesencia
de la realidad".2
Esto va por los detalles. Nos queda ahora la segunda
clave, la de la tenuidad de la ironía y la en apariencia improcedente
naturalidad, con ribetes de displicencia, con que se trata lo maravilloso y
abominable.
La relación de atrocidades y maravillas con tono
neutro, despojado de todo énfasis, pero sustentada por una ironía apenas
discernible aunque siempre actuante y sostenida por una cadencia que registra
sin alharaca la magnitud de las emociones, puede ser vista como una variante de
aquella "prosa apasionada" en la que pensó De Quincey, habida cuenta
de que "la pasión puede ser durante mucho tiempo contenida por la meticulosidad
y la ironía", según comentó Pierre Leyris.
Es probable que el punto de encuentro y de fusión
del detalle exacto y desquiciado y de la prosa cálida y ponderada –parienta del
"milagro de una prosa musical sin ritmo y sin rima, lo bastante dúctil y
lo bastante dura como para adaptarse a los movimientos líricos del alma, a las
ondulaciones de la ensoñación, los sobresaltos de la conciencia",
ambicionado por Baudelaire– sea el foco del cual emane el sortilegio.
Pero lo que importa, para nuestra dicha y regocijo,
es que ninguna inspección lo anula ni recorta, pervive v está cerca, podemos
desentendernos de los engranajes recónditos y disfrutarlo, sin perjuicio de
volver a hurgar en sus entrañas, cuando ya lo hayamos atravesado, para
descifrar otras mil explicaciones posibles.
Los historiadores de la literatura ubicaron a
Schwob en el "simbolismo", marbete puesto a un momento de la historia
de las letras para el cual Hubert Juin juzgó forzoso encontrar una
"definición coherente, exacta y de aplicación constantemente segura".
"Lo que se sabe, con toda evidencia –explicó– es que entre 1885 y 1900 una
cierta poesía agonizaba y que otra, con tanteos extraños, se esforzaba por
nacer. Y nos acostumbramos, para no perder tiempo, a llamar parnasianos a los
moribundos y simbolistas a los innovadores. Los historiadores puristas
introdujeron, en ese instante y en ese lugar, sutilezas de acomodamiento: hay,
dijeron, decadentes que no son simbolistas y versolibristas que, bien vistos,
no son ni decadentes ni simbolistas, a decir verdad". Fue Bretón quien en
1911 advino para
1 Merimée, P.: Oeuvres
completes, Eludes de littérature russe, t. 1, París, H. Champion, 1931.
2 Schwob, M.: Spicilége,
1896 (en Jarry, Schwob et Stevenson, por Anne de Latis, Dosiers acenonétes du
Collége de Pataphysique, n° 5).
sentenciar
tajante que "a decir verdad, no hay decadente que no haya sido simbolista
o versilibrista y a la recíproca", 3 dictamen al cual se pliega
Juin.
Allí está Schwob, entre simbolistas y decadentes,
más cerca de estos últimos, junto a ellos, unido a ellos por los rasgos en
común que se creyó encontrarles; y está aquí, sobre todo aquí, en las Vidas
imaginarias, solo, magnífico superviviente, salvado por lo único que cada
hombre llega a poseer realmente de sí mismo, sus rarezas.
Los mecanismos persuasivos y desconcertantes que
arma, figuraciones de ese su fantástico "sin espectros ni fantasmas",
pero con profusión de alucinados "cuyas alucinaciones bastan para
espantarnos" 4, asienta en su inconmensurable erudición, en esa
cultura "un poco talmúdica que de todo hacía acopio" 5. El
principio de esa cultura se remonta a los más tempranos días de la infancia.
Su padre fue condiscípulo de Gustave Flaubert, amigo
de Théophile Gautier, a quien admiraba, y aventuró algunas líneas en el
Corsaire Satán, la publicación de Baudelaire. En 1849 incurrió en un
vaudeville intitulado Abdallah, que nunca fue representado ni publicado, en
connivencia con otro de sus amigos, Julio Verne.
En 1882 la familia Schwob decidió enviar a su hijo
a estudiar en París, donde tendría que vivir con su tío León Cahun, hermano de
su madre, Mathilde. Este tío era el muy docto autor de unos cuantos libros y
ocupaba el cargo de bibliotecario en jefe de la Biblioteca Mazarine, en el
Instituto de Francia. Y
ese, el Instituto
de Francia, fue el primer alojamiento de Marcel en París.
Pero agregadas a su educación convencional, que fue
esmeradísima, hubo muchas lecturas, diversas y constantes. Con el tiempo, nada
de lo literario le fue extraño. Llegó a conocer al dedillo y a barajar con
deslumbrante soltura las letras griegas, latinas, medievales y sobre todo, las
inglesas, que prefirió. Marcel Schneider 6 escribió que en Meredith
aprendió la paciencia para las observaciones minuciosas, y que satisfizo su
gusto por lo maravilloso y extraordinario con la lectura de Shakespeare, Poe y
los ingleses del siglo XIX, Stevenson y Swimburne en particular.
Le tocó vivir el tiempo ya señalado para siempre
con "el sobrenombre tan famoso como peligroso de bélle époque, apodo hasta
cierto punto explicable si se acepta que "de 1880 a 1910 Francia conoció
la más grande epidemia de risa de su historia. Los diarios cómicos se contaban
por decenas y Le Rire (La Risa) tiraba 150.000 ejemplares"7. Se
reía en el music-hall, en el circo, en el café concert...
Levantados y envueltos por este jolgorio se expandían
los Catulle Mendés y los Louis Veuillot, ovacionados por la gente de orden; y
moría sin escándalo Lautreamont y vivían malamente Verlaine, Rimbaud, Corbiére,
Laforgue. . ., sin que se diera por enterada la "élite poseedora de los
secretos de la elegancia y del buen gusto, dada a lo exquisito y a lo
refinado"8.
3 Juin, H.: "Des
fanatiques de l'ecriture: les symbolistes", Magazine Littéraire, n° 52,
París, mayo 1971.
4 France, Anatole: Le Temps,
12 de julio de 1891.
5 Juin, H.: Prólogo a Le roi
au masque d'or / Vies imaginaires / La croisade des enfants, París, U.G.E.,
1979.
6 Schneider, M.: La
littérature fantastique en Franco, París. Fayad, 1964.
7 Carriére, J. C: Humour
1900 (Presentación), París, Edit. Ju. 1963.
8 Juin, H.: "Chiméres
fin de siécle". Magazine Littéraire, N° 35, París, diciembre de 1969.
Hubo dos mujeres en la vida de Schwob. Una se llamó
Louise, y de ella poco y nada se sabe. Una prostituta, insinúan como al pasar las malas
lenguas: una pobre obrera, afirman con benevolencia las almas rectas. Era,
según parece, una chiquilina pequeña y endeble que abusaba del café y del
tabaco, según cuenta Pierre Champion. Se convirtió en la Monelle del Livre de
Monelle y murió abatida por la pobreza y la tuberculosis a pesar de los muchos
cuidados que Schwob le prodigó. La otra fue Marguerite Moreno, la celebérrima y
talentosa actriz de la Comedia Francesa. Su relación fue larga –se encontraron
en enero de 1895 y se separaron a la muerte de Schwob, diez años después– y
poco común– pues por entonces hizo presa de él una enfermedad de la cual sólo
se sabe que fue extraña y atroz. "A fines de aquel mismo año –refiere su
biógrafo, el ya citado Pierre Champion– fue operado por primera vez. Luego
tuvo que soportar cuatro operaciones más debido a un mal misterioso que los médicos
diagnosticaban de modo diverso. Desde entonces Schwob fue sólo un inválido
condenado a arrastrar una vida lánguida y precaria, mutilado, herido
irreparablemente en su dignidad de hombre. . .". No obstante, contrajeron
matrimonio en Londres en setiembre de 1900. La enfermedad le carcomió cuerpo y
alma. Agriado el carácter, se tornó intratable y poco a poco fue quedando
solo. En octubre de 1901 se embarcó hacia las Samoa, en la estela de su querido
y admirado Stevenson, quien allí había muerto y estaba enterrado y al que los
nativos evocaban con cariño como al "tusitala", "el que cuenta
historias". En marzo de 1902 regresó a París y, sobreponiéndose a los
embates renovados de la enfermedad, continuó viajando y trabajando hasta el 26
de febrero de 1905, fecha de su muerte, a los 37 años de su nacimiento,
acaecido en Chaville, distrito de Versailles, el 23 de agosto de 1867.
Julio
Pérez Millán
La ciencia de la historia nos sume en la
incertidumbre acerca de los individuos. No nos los muestra sino en los momentos
que empalmaron con las acciones generales. Nos dice que Napoleón estaba enfermo
el día de Waterloo, que hay que atribuir la excesiva actividad intelectual de
Newton a la absoluta continencia propia de su temperamento, que Alejandro
estaba ebrio cuando mató a Klitos y que la fístula de Luis XIV pudo ser la
causa de algunas de sus resoluciones. Pascal especula con la nariz de Cleopatra
–si hubiese sido más corta– o con una arenilla en la uretra de Cromwell. Todos
esos hechos individuales no tienen valor sino porque modificaron los
acontecimientos o porque hubieran podido cambiar su ilación.
Son causas reales o posibles. Hay que dejarlas para
los científicos.
El arte es lo contrario de las ideas generales, describe
sólo lo individual, no desea sino lo único. No clasifica, desclasifica.
En tanto como a nosotros atañe, nuestras ideas generales
pueden ser similares a las que rigen en el planeta Marte y tres líneas que se
cortan forman un triángulo en todos los puntos del universo. Pero mírese una
hoja de árbol, sus nervaduras caprichosas, sus tintes que varían con la sombra
y el sol, la protuberancia que ha levantado en ella la caída de una gota de
lluvia, la picadura que le dejó un insecto, el rastro plateado del pequeño
caracol, el primer dorado mortal que le imprimió el otoño; búsquese una hoja
exactamente igual en todos los grandes bosques de la tierra; lanzo el desafío.
No hay ciencia del tegumento de un foliolo, de los filamentos de una célula, de
la curvatura de una vena, de la manía de una costumbre, de los arranques de un
carácter. Que un hombre haya tenido la nariz torcida, un ojo más arriba que
otro, la articulación del brazo nudosa; que haya acostumbrado comer pechuga de
pollo a una hora determinada, que haya preferido el Malvoisie al
Chateau-Margaux, eso es lo que no tiene paralelo en el mundo. Lo mismo que
Sócrates, Tales hubiera podido decir NOO-IEFAYTON, pero no se habría frotado la
pierna de la misma manera, en la prisión, antes de beber la cicuta. Las ideas
de los grandes hombres son patrimonio común de la humanidad; lo único que cada
uno de ellos poseyó realmente fueron sus rarezas. El libro que describiera a un
hombre con todas sus anomalías sería una obra de arte similar a una estampa
japonesa en la cual se ve eternamente la imagen de una pequeña oruga vista una
vez a una hora particular del día.
Las historias callan estas cosas. En la árida colección
de materiales que suministran los testimonios no hay muchos resquicios
singulares e inimitables. Los biógrafos,
los antiguos sobre todo, son avaros. Como casi todo lo que estimaban era la
vida pública o la gramática, lo que nos transmitieron de los grandes hombres
fueron sus discursos y los títulos de sus libros. Fue Aristófanes mismo quien
nos dio la alegría de saber que era calvo y si la nariz chata de Sócrates no
hubiese sido objeto de comparaciones literarias, si su costumbre de andar
descalzo no hubiese sido parte de su sistema filosófico de desprecio por el
cuerpo, no habríamos conservado de él sino sus interrogatorios sobre moral. Los
comadreos de Suetonio son sólo polémicas llenas de rencor. El buen genio de
Plutarco a veces hizo de él un artista; pero no supo comprender la esencia de
su arte, puesto que imaginó "paralelas" ¡como si dos hombres
descritos exactamente con todos sus detalles pudiesen parecerse! No queda más
que consultar a Ateneo, a Aulio Gelio, a los Escoliastas y a Diógenes Laercio,
quien creyó haber compuesto una especie de historia de la filosofía.
El sentimiento de lo individual se ha desarrollado
más en los tiempos modernos. La obra de Boswell sería perfecta si no hubiese
creído necesario citar la correspondencia de Johnson y hacer digresiones sobre
sus libros. Las vidas de las personas eminentes de Aubrey son más
satisfactorias. Aubrey tuvo, sin duda, instinto de biógrafo. ¡Es lamentable que
el estilo de este excelente anticuario no esté a la altura de su concepción!
Su libro hubiese sido la recreación eterna de los espíritus avisados. Aubrey
nunca experimentó la necesidad de establecer una relación entre los detalles
individuales y las ideas generales. Le bastaba con que otros hubiesen señalado
para la celebridad a los hombres por los cuales se interesaba. Casi nunca se
sabe si habla de un matemático, de un hombre de Estado, de un poeta o de un
relojero, pero cada uno de ellos tiene su rasgo único, que lo diferencia para
siempre entre todos los hombres.
El pintor Hokusaí esperaba alcanzar el ideal de su
arte cuándo tuviera ciento diez años. En ese momento, decía, todo punto, toda
línea trazados por su pincel cobrarían vida. Por vida entiéndase individualidad.
No hay nada más parecido entre sí que los puntos y las líneas; la geometría se
fundamenta en ese postulado. El arte perfecto de Hokusaí exigía que nada fuera
más diferente. Asimismo, el ideal del biógrafo sería diferenciar al infinito
el aspecto de dos filósofos que hubiesen inventado poco más o menos la misma
metafísica. Es por esto que Aubrey, que se consagra únicamente a los hombres,
no alcanza la perfección, pues no ha sabido consumar la milagrosa
transformación que Hokusaí esperaba de la semejanza en la diversidad. Pero
Aubrey no había llegado a la edad de ciento diez años. Es muy estimable, no obstante,
y se daba cuenta del alcance de su libro. "Recuerdo –dice en su prefacio
a Anthony Wood– una frase del general Lambert: "that the best of men are
but men at the best" de lo cual se encontrarán muchos ejemplos en esta
ardua y precipitada colección. Por ello estos arcanos no deberán ser expuestos
a la luz sino dentro de unos treinta años. Conviene, efectivamente, que el
autor y los personajes (como los nísperos) estén podridos antes".
Se podría descubrir en los predecesores de Aubrey
algunos rudimentos de su arte. Así Diógenes Laercio nos informa que Aristóteles
llevaba en el estómago una bolsa de cuero llena de aceite caliente y que en su
casa se encontró, después de su muerte, una gran cantidad de vasijas de tierra.
No sabremos nunca lo que Aristóteles hacía con todo ese cacharrerío. Y el
misterio es tan agradable como las conjeturas en las cuales Roswell nos deja
sumidos acerca del uso que Johnson hacía de las cáscaras de naranja secas que
acostumbraba guardar en sus bolsillos. En esto Diógenes Laercio se alza casi a
lo sublime del inimitable Boswell. Pero estos son placeres raros. Aubrey, en
cambio, nos los ofrece en cada línea. "Milton –nos dice– pronunciaba la
letra R muy dura". Spencer "era un hombre pequeño, llevaba los
cabellos cortos, una pequeña gorguera y pequeños puños de encaje". Barclay
vivía en Inglaterra allá por la época tempore R. Jacobi. Era entonces un
hombre viejo, de barba blanca y llevaba un sombrero con plumas, lo que escandalizaba
a algunas personas serias". A Erasmo "no le gustaba el pescado, no
obstante haber nacido en una ciudad pesquera". En cuanto a Bacon "ninguno
de sus servidores osaba presentarse ante él sin botas de cuero de España, pues
olía inmediatamente el olor a cuero de becerro, que le era desagradable".
El doctor Fuller "tenía la cabeza tan metida en su trabajo que, mientras
se paseaba y meditaba antes de cenar, comía un pan de dos centavos sin darse
cuenta". Acerca de Sir William Davenant hace esta observación: "Yo
estaba en su entierro; tenía un féretro de nogal. Sir John Denham aseguró que
era el más hermoso féretro que hubiese visto nunca". A propósito de Ben
Jonson escribe: "Oí decir al señor Lacy, el actor, que tenía la costumbre
de usar una capa parecida a una capa de cochero, con aberturas debajo de las
axilas". Esto fue lo que lo impresionó de William Pryne: "Su manera
de trabajar era esa. Se ponía un largo gorro puntiagudo que le caía por lo
menos dos o tres pulgadas sobre los ojos y que le servía como pantalla para
proteger sus ojos de la luz y cada tres horas más o menos, su criado debía llevarle
un pan y un jarro de cerveza para que se refocilara su ánimo; de modo que
trabajaba, bebía y masticaba su pan y esto lo entretenía hasta la noche, cuando
tomaba una buena cena". Hobbes "se puso muy calvo en su vejez; no
obstante, en su casa, tenía la costumbre de trabajar con la cabeza descubierta
y decía que nunca sentía frío pero que lo que más le fastidiaba era el tratar
de impedir que las moscas fueran a posarse en su calvicie". No nos dice
nada del Océano, de John Harrington, pero nos cuenta que el autor, "A¡
Ddi 1660, fue enviado prisionero a la Torre, donde se lo encerró y
después a Portsey Castle. Su estancia en esas prisiones (dado que era un gentilhombre
de mucho espíritu y cabeza caliente) fue la causa procatártica de su delirio o
de su locura, que no fue furiosa; conversaba de manera bastante razonable y
era de trato muy placentero; pero lo asaltó la fantasía de que su sudor se convertía
en moscas y a veces en abejas ad celera sobrius e hizo construir una versátil
casilla de tablas en el jardín del señor Hart (en frente de St. James's Parle)
para hacer un experimento. La volvía hacia el sol y se sentaba enfrente;
después hacía que le llevaran sus colas de zorro para espantar y aniquilar a
todas las moscas y abejas que allí se encontraran; en seguida cerraba todo.
Ahora bien; este experimento lo hacía sólo en época
de calor, de manera que algunas moscas se ocultaban en las hendiduras y en los
pliegues de las cortinas Al cabo de un cuarto de hora, más o menos, el calor
hacía salir de su agujero a una mosca o dos, o más. Entonces exclamaba: ¿No ven
claramente que salen de mí?"
He aquí todo lo que nos dice de Meriton. "Su
verdadero nombre era Head. El señor Bovey lo conocía bien. Nació en. . . Era
librero en Little Britain. Había vivido con los gitanos. Tenía el aspecto de
un pillo con sus ojos picaros. Podía revestir no importa qué forma. Quebró dos
o tres veces. Fue librero por fin, o cerca de su fin. Se ganaba la vida con sus
borroneos. Le pagaban 20 chelines la hoja. Escribió unos cuantos
libros: The English Rogue, The Art of Wheadling, etcétera. Ahogóse camino de Plymouth
en alta mar hacia 1676, a la edad de 50 años, más o menos.
Se ha de citar por fin su biografía de Descartes:
Meur. RENATUS DESCARTES
"Nobilis Gallus, Perroni Dominus, summus
Mathematicus et Philosophus, matus Turonum, pridie Calendas Apriles 1596. Denatus Holmiae, Calendis
Februari, 1650 (Encuentro esta inscripción al pie de su retrato por C. V.
Dalen). Cómo pasó su tiempo en su juventud y con qué método llegó a ser tan
sabio, él mismo lo cuenta al mundo en su tratado intitulado De la Méthode. La
Sociedad de Jesús se jacta de que en la orden haya recaído el honor de
educarlo. Vivió algunos años en Egmont (cerca de La Haya) en donde dató varios
de sus libros. Era un hombre demasiado sensato como para cargar con una mujer;
pero, dado que era hombre, tenía los deseos y apetitos de un hombre. Por eso
mantenía a una hermosa mujer de buena condición a la que amaba y con la cual
tuvo algunos hijos (creo que dos o tres). Sería muy sorprendente que, salidos
de los riñones de un tal padre, no hubiesen recibido una buena educación. Era
tan eminentemente sabio que todos los sabios lo visitaban y muchos de ellos le
rogaban que les mostrara sus. . . de instrumentos (en esa época la ciencia matemática
estaba fuertemente ligada al conocimiento de los instrumentos y, tal como lo
decía el Sr. H. S., a la práctica de los trucos). Entonces sacaba un pequeño
cajón de debajo de la mesa y les mostraba un compás que tenía uno de sus brazos
roto; y después, como regla, usaba una hoja de papel doblada en dos". Está
claro que Aubrey tuvo perfecta conciencia de su trabajo. No se crea que
desconociera el valor de las ideas filosóficas de Descartes o de Hobbes. No era
eso lo que le interesaba. Nos dice muy claramente que Descartes mismo expuso su
método al mundo. No ignora que Harvey descubrió la circulación de la sangre,
pero prefiere anotar que ese gran hombre pasaba sus insomnios paseándose en
camisa, que tenía mala letra y que los más célebres médicos de Londres no
hubieran dado ni cinco centavos por una de sus recetas. Está seguro de habernos
instruido acerca de Francis Bacon cuando nos explica que tenía ojos vivaces y
delicados color de almendra y parecidos a los de una víbora. Pero no es tan
grande artista como Holbein. No sabe fijar por la eternidad a un individuo por
sus rasgos especiales en un fondo de semejanza con el ideal. Le da vida a un
ojo, a la nariz, a la pierna, a la mueca de sus modelos, pero no sabe animar
el rostro. El viejo Hokusaí veía bien que había que llegar a hacer individual
lo que hay de más general. Aubrey no tuvo la misma penetración. Si el libro de
Boswell cupiera en diez páginas, sería la obra de arte esperada. El sentido
común del doctor Johnson está compuesto por los lugares comunes más vulgares; y
expresado con la violencia extravagante que Boswell supo pintar, tiene una
calidad única en este mundo. Sólo que ese pesado catálogo se parece a los
mismos diccionarios del doctor; de él podría inferirse una Scientia
Johnsoniana, con un índice. Boswell no tuvo el coraje estético de escoger.
El arte del biógrafo consiste justamente en la elección.
No tiene que preocuparse por ser veraz; debe crear sumido en un caos de rasgos
humanos. Leibnitz dijo que para hacer el mundo Dios eligió el mejor de entre
los posibles. El biógrafo, como una divinidad inferior, sabe elegir de entre
los posibles humanos, aquel que es único. No debe equivocarse acerca del arte
así como Dios no se equivocó acerca de la bondad. Es necesario que el instinto
de los dos sea infalible. Pacientes demiurgos han acumulado para el biógrafo
ideas, movimientos de fisonomía, acontecimientos, Su obra se encuentra en las
crónicas, las memorias, las correspondencias y los escolios. De esta grosera
aglomeración el biógrafo entresaca lo necesario para componer una forma que
no se parezca a ninguna otra. No es de utilidad que sea parecida a aquella que
fue creada otrora por un dios superior, con tal que sea única, como toda nueva
creación.
Los biógrafos, por desgracia, han creído, generalmente,
que eran historiadores y así nos han privado de retratos admirables. Supusieron
que sólo la vida de los grandes hombres podía interesarnos. El arte es ajeno a
esas consideraciones. Para un pintor el retrato de un hombre desconocido por
Cranach tiene tanto valor como el retrato de Erasmo. No es gracias al nombre de
Erasmo que ese cuadro es imitable. El arte de un biógrafo radicaría en
atribuirle tanto valor a la vida de un pobre actor como a la vida de Shakespeare.
Es un bajo instinto lo que nos hace notar con placer el acortamiento del
esternomastoideo en el busto de Alejandro o la mecha en la frente en el retrato
de Napoleón. La sonrisa de Mona Lisa, de la cual no sabemos nada (tal vez sea
un rostro de hombre) es más misteriosa. Una mueca dibujada por Hokusaí lleva a
más profundas meditaciones. Si se tratase de cultivar el arte en el cual
descollaron Boswell y Aubrey no habría, sin ninguna duda, que describir
minuciosamente al más grande hombre de su tiempo, o anotar la característica de
los más célebres del pasado, sino contar con el mismo esmero las existencias
únicas de los hombres, así hayan sido divinos, mediocres o criminales.
EMPEDOCLES
Dios
supuesto
Nadie sabe cuál fue su cuna ni cómo llegó a esta
tierra. Apareció en las cercanías de las orillas doradas del río Acragas, en la
bella ciudad de Agrigento poco después del tiempo en que Jerjes hizo azotar al
mar con cadenas. La tradición refiere solamente que su abuelo se llamaba
Empédocles; nadie lo conoció. Sin duda esto ha de entenderse como que era hijo
de sí mismo, tal como cuadra a un Dios. Pero sus discípulos aseguran que antes
de recorrer en su gloria los campos de Sicilia, ya había pasado por cuatro
existencias en nuestro mundo, y que había sido planta, pez, pájaro y muchacha.
Llevaba un manto de púrpura sobre el cual caían sus largos cabellos, alrededor
de la cabeza una banda de oro, en los pies sandalias de bronce y en las manos
guirnaldas trenzadas de lana y de laureles.
Por la imposición de sus manos curaba a los enfermos
y recitaba versos a la manera homérica, con acento pomposo, subido a un carro
y con la cabeza levantada hacia el cielo. Mucha gente de pueblo lo seguía y se
prosternaba ante él para escuchar sus poemas. Bajo el cielo puro que alumbra
los trigales, los hombres llegaban de todas partes a Empédocles, con sus
brazos cargados de ofrendas. Él los dejaba boquiabiertos cantándoles la bóveda
divina, hecha de cristal, la masa de fuego a la que llamamos sol y el amor, que
lo contiene todo, semejante a una vasta esfera.
Todos los seres –decía– no son sino pedazos desprendidos
de esa esfera de amor en la cual se insinuó el odio. Y lo que llamamos amor es
el deseo de unirnos y de fundirnos y de confundirnos, como estábamos antes, en
el seno del dios globular que la discordia rompió. Invocaba el día en que la
esfera divina se inflaría después de todas las transformaciones de las almas.
Pues el mundo que conocemos es obra del odio y su disolución será obra del
amor. Así cantaba por las ciudades y por los campos; y sus sandalias de bronce
llegadas de Laconia tintineaban en sus píes y delante de él sonaban címbalos.
Mientras tanto, de las fauces del Etna surgía una columna de humo negro que
echaba su sombra sobre Sicilia.
Semejante a un rey del cielo, Empédocles estaba
envuelto en púrpura y ceñido de oro, mientras que los pitagóricos iban con sus
leves túnicas de lino, con calzado hecho con papiros. Se decía que sabía hacer
desaparecer las légañas, disolver los tumores y sacar los dolores de los
miembros; se le suplicaba que hiciese cesar las lluvias o los huracanes;
conjuró las tempestades en un círculo de colinas; en Selinonte echó a la fiebre
volcando dos ríos en el lecho de un tercero; y los habitantes de Selinonte lo
adoraron y le levantaron un templo y acuñaron medallas en las cuales su imagen
estaba colocada cara a cara con la imagen de Apolo.
Otros sostienen que fue adivino instruido por los
magos de Persia, que dominaba la necromancia y la ciencia de las hierbas que
vuelven loco. Un día, cuando cenaba en lo de Anquitos, un hombre furioso irrumpió
en la sala, la espada en alto. Empédocles se incorporó, tendió el brazo y
cantó los versos de Homero sobre la nepenta que da la insensibilidad. E inmediatamente
la fuerza de la nepenta aferró al furioso, y éste quedó inmóvil, con la espada
en el aire, olvidado de todo, como si hubiese bebido el dulce veneno mezclado
con el vino espumoso de una crátera.
Los enfermos iban a él en las afueras de las ciudades
y era rodeado por una multitud de miserables. Había mujeres mezcladas en su
séquito. Besaban los bordes de su capa preciosa. Una de ellas se llamaba
Panthea, era hija de un noble de Agrigento. Debía ser consagrada a Artemis,
pero huyó lejos de la fría estatua de la diosa y consagró su virginidad a
Empédocles. Nunca se vieron signos de su amor, pues Empédocles preservaba su
insensibilidad divina. No profería palabras como no fuera en metro épico y en
el dialecto de Jonia, a pesar de que el pueblo y sus fieles se valiesen sólo
del dórico. Todos sus gestos eran sagrados. Cuando se acercaba a los hombres
era para bendecirlos o para curarlos. Casi todo el tiempo permanecía
silencioso. Ninguno de aquellos que lo seguían pudo jamás sorprenderlo en medio
del sueño. Se lo vio sólo majestuoso.
Panthea iba vestida de fina lana y de oro. Peinaba
sus cabellos a la rica moda de Agrigento, donde la vida se deslizaba
blandamente. Sostenía sus senos una almilla roja y las suelas de sus sandalias
estaban perfumadas. Por lo demás, era bella y larga de cuerpo y de color muy
deseable. Era imposible asegurar que Empédocles la amase, pero tuvo piedad de
ella. En efecto, el soplo asiático engendró la peste en los campos sicilianos.
Muchos hombres fueron tocados por los dedos negros del flagelo. Y hasta los
cadáveres de los animales cubrían los bordes de las praderas y por un lado y
otro se veía ovejas peladas, muertas con el hocico vuelto hacia el cielo, con
sus costillas salientes. Y Panthea comenzó a languidecer por esta enfermedad.
Cayó a los pies de Empédocles y no respiraba más. Aquellos que la rodeaban
levantaron sus miembros rígidos y los bañaron en vinos y aromas. Desataron la
almilla roja que ceñía sus jóvenes senos y la envolvieron con vendas. Y su boca
entreabierta fue cerrada con un broche y sus ojos huecos ya no contemplaban la
luz.
Empédocles la miró, desprendió el círculo de oro
que le ceñía la frente y se lo impuso. Depositó en sus senos la guirnalda de
laurel profético, cantó versos desconocidos sobre la migración de las almas y
le ordenó por tres veces que se levantara y anduviera. La muchedumbre estaba
llena de terror. Al tercer llamado, Panthea salió del reino de las sombras y su
cuerpo se animó y se irguió sobre sus pies, todo envuelto en las vendas
funerarias. Y el pueblo vio que Empédocles era evocador de los muertos.
Pasiánates, padre de Panthea, acudió a adorar al
nuevo dios. Se tendieron mesas bajo los árboles de sus campos para ofrecerle
libaciones. A los lados de Empédocles había esclavos que sostenían grandes antorchas.
Los heraldos proclamaron, como en los misterios, el silencio solemne. De
pronto, la tercera velada, las antorchas se apagaron y la noche envolvió a los
adoradores. Y hubo una voz fuerte que llamó: ¡Empédocles! Cuando se hizo la
luz, Empédocles había desaparecido. Los hombres no volvieron a verlo. Un
esclavo espantado contó que había visto una saeta roja que surcaba las
tinieblas hacia la cima del Etna. Los fieles treparon las cuestas estériles de
la montaña a la luz melancólica del alba. El cráter del volcán vomitaba un haz
de llamas. Se encontró, en el poroso brocal de lava que rodea el abismo
ardiente, una sandalia de bronce retorcida por el fuego.
EROSTRATO
Incendiario
La ciudad de Efeso, donde nació Herostratos, se
extendía en la desembocadura del Caistro, con sus dos puertos fluviales, hasta
los muelles del Panormo, de donde se veía, por sobre la mar de profundos
colores, la línea brumosa de Samos. Rebosaba de oro y de tejidos, de lanas y de
rosas, desde que los magnesios, sus perros de guerra y sus esclavos que
lanzaban venablos, habían sido vencidos a orillas del Meandro; desde que la
magnífica Mileto había sido arruinada por los persas. Era una ciudad indolente,
donde se festejaba a las cortesanas en el templo de Afrodita Hetaira. Los
efesios llevaban túnicas amórginas, transparentes, vestimentas de lino hilado
en la rueca, color de violeta, de púrpura y de azafrán, sarapides de color
amarillo manzana y blancas y rosadas, paños de Egipto color de jacinto, con los
resplandores del fuego y los movedizos matices del mar y calasiris de Persia,
de tejido tupido, liviano, con todo su fondo escarlata salpicado con granos de
oro con forma de copelas.
Entre la montaña de Prion y un alto
"acantilado escarpado, se divisaba, a orillas del Caistro, el gran templo
de Artemisa. Habían hecho falta ciento veinte años para construirlo. Figuras
tiesas ornaban sus habitaciones interiores, cuyos techos eran de ébano y
ciprés. Las pesadas columnas que lo sostenían estaban embadurnadas con minio.
La sala de la diosa era pequeña y ovalada. En el medio se levantaba una piedra
negra prodigiosa, cónica y reluciente, con marcas de un dorado lunar, que era
la propia Artemisa. El altar triangular también estaba tallado en una piedra
negra. Otras mesas, hechas de losas negras, estaban perforadas con agujeros a
espacios regulares para dejar que corriera la sangre de las víctimas. De las
paredes pendían anchas hojas de acero, con empuñadura de oro, que se usaban
para abrir las gargantas, y el piso pulido estaba sembrado de vendas
ensangrentadas. La gran piedra sombría tenía dos tetas duras y puntiagudas. Así
era la Artemisa de Efeso. Su divinidad se perdía en la noche de las tumbas
egipcias y había que adorarla según los ritos persas. Poseía un tesoro
encerrado en una especie de colmena pintada de verde, cuya puerta piramidal
estaba erizada de clavos de bronce. Allí, entre los anillos, las grandes
monedas y los rubíes, yacía el manuscrito de Heráclito, quien había proclamado
el reino del fuego. El mismo filósofo lo había depositado allí, en la base de
la pirámide, cuando la estaban construyendo.
La madre de Herostratos era violenta y orgullosa.
Nunca se supo cuál era su padre. Herostratos declaró más tarde que era hijo del
fuego. Su cuerpo estaba mareado, debajo de la tetilla izquierda, con una medialuna,
que pareció arder cuando se lo torturó. Las que asistieron a su nacimiento
predijeron que estaría sometido a Artermisa. Fue colérico y permaneció virgen.
Su rostro estaba corroído por líneas obscuras y el tinte de su piel era
negrusco. Desde la infancia le gustó pararse bajo el alto acantilado, cerca del
Artemision. Miraba pasar las procesiones de ofrendas. Debido a que se ignoraba
todo acerca de su raza, no pudo llegar a ser sacerdote de la diosa a la cual se
creía consagrado. El colegio sacerdotal debió prohibirle varias veces la
entrada a la nao donde esperaba descorrer el tejido precioso y pesado que
velaba a Artemisa. Eso le inspiró odio y juró violar el secreto.
El nombre de Herostratos le parecía incomparable
así como su propia persona le parecía superior a toda la humanidad. Deseaba la
gloria. En un principio se plegó a los filósofos que enseñaban la doctrina de
Heráclito; pero ellos no sabían nada de la parte secreta, puesto que ésta
estaba encerrada en la pequeña célula piramidal del tesoro de Artemisa.
Herostratos sólo conjeturó la opinión del maestro. Se endureció en el desprecio
de las riquezas que lo rodeaban. Su desagrado por el amor de las cortesanas era
extremado. Se creyó que guardaba su virginidad para la diosa. Pero Artemisa no
tuvo nada de piedad para con él. El colegio de Gerusia, que custodiaba el
templo, lo juzgó peligroso. El sátrapa permitió que lo exiliasen a las afueras.
Vivió en una ladera del Keressos, en una cueva cavada por los antiguos. Desde
allí acechaba, a la noche, las lámparas sagradas del Artemision. Algunos
suponen que iniciados persas fueron hasta allí a conversar con él. Pero es más
probable que su destino se le revelara de golpe.
En efecto; al ser torturado confesó que había comprendido
de repente el sentido de la palabra Heráclito, el camino de lo alto, y porqué
la filosofía había enseñado que el alma mejor es la más seca y la más
inflamada. Atestiguó que su alma, en ese sentido, era la más perfecta y que él
había querido proclamarlo. No reconoció ningún otro motivo a su acción como no
fuera la pasión por la gloria y la alegría de oír proferir su nombre. Dijo que
sólo su reino hubiera sido absoluto, puesto que no se le conocía ningún padre
y que Herostratos hubiera sido coronado por Herostratos, que era hijo de su
obra y que su obra era la esencia del mundo; que de ese modo habría sido al
mismo tiempo rey, filósofo y dios, único entre los hombres.
El año 356, en la noche del 21 de, julio, la luna
no se había levantado en el cielo y el deseo de Herostratos había cobrado una
fuerza tan inusitada que resolvió violar la cámara secreta de Artemisa. Se
deslizó entonces por el camino de la montaña hasta la orilla del Caistro y
trepó los escalones del templo. Los sacerdotes guardianes dormían junto a las
lámparas santas. Herostratos tomó una y penetró en la nao.
Aquello exhalaba un fuerte olor a aceite de nardo.
Las aristas negras del techo de ébano resplandecían. El óvalo de la cámara
estaba dividido por la cortina tejida con hilo de oro y de púrpura que ocultaba
a la diosa. Herostratos, jadeante de voluptuosidad, la arrancó. Su lámpara
alumbró el cono terrible de tetas erectas. Herostratos las tomó con las dos
manos y besó con avidez la piedra divina. Después dio una vuelta alrededor de
ella y advirtió la pirámide verde donde estaba el tesoro. Tomó los clavos de bronce
de la puertecita y la arrancó. Hundió sus dedos en las joyas vírgenes. Pero
sólo tomó el rollo de papiro en el cual Heráclito había inscrito sus versos. Al
resplandor de la lámpara sagrada los leyó y supo todo.
Enseguida exclamó: "¡El fuego, el fuego!"
Tomó la cortina de Artemisa y acercó la mecha encendida
al borde inferior. La tela ardió, primero lentamente; después, alimentada por
los vapores del aceite perfumado en el cual estaba impregnada, la llama subió,
azulada, hacia el techo de ébano. El terrible cono reflejó el incendio.
El fuego se enroscó en los capiteles de las
columnas, se arrastró a lo largo de las bóvedas. Una por una, las placas de oro
consagradas a la poderosa Artemisa cayeron de donde estaban suspendidas a las
baldosas con resonancias de metal. Después el haz fulgurante estalló sobre el
techo e iluminó el acantilado. Las tejas de bronce se desplomaron. Herostratos
se erguía en el resplandor, clamando su nombre en medio de la noche.
Todo el Artemision fue un cúmulo rojo en el centro
de las tinieblas. Los guardias apresaron al criminal. Se lo amordazó para que
cesara de gritar su propio nombre. Fue arrojado a los sótanos, atado, durante
el incendio.
Artajerjes, inmediatamente, envió la orden de torturarlo.
No quiso confesar sino lo que ya se dijo. Las doce ciudades de Jonia
prohibieron, so pena de muerte, que se transmitiera su nombre a las edades
futuras. Pero el murmullo lo hizo llegar hasta nosotros. La noche en que
Herostratos quemó el templo de Efeso vino al mundo Alejandro, rey de Macedonia.
CRATES
Cínico
Nació en Tebas, fue discípulo de Diógenes y conoció
también a Alejandro. Su padre, Ascondas, era rico Y le dejó doscientos
talentos. Un día, cuando había ido a ver una tragedia de Eurípides, se sintió
inspirado ante la aparición de Telefo, rey de Misia, vestido con harapos de
mendigo y con una cesta en la mano. Se levantó en el teatro y anunció con voz
fuerte que distribuiría entre quienes los quisieran los doscientos talentos de
su herencia y que desde ese momento las vestimentas de Telefo le serían
suficientes. Los tebanos se pusieron a reír y se amontonaron delante de su
casa; no obstante, él reía más que ellos. Les arrojó su dinero y sus muebles
por las ventanas, tomo un manto de tela y una alforja; luego se fue.
Al llegar a Atenas vagabundeó por las calles y descansó
apoyando las espaldas en las murallas, en medio de los excrementos. Puso en
práctica todo lo que aconsejaba Diógenes. Su tonel le pareció superfino. A
juicio de Crates, el hombre no era de ningún modo un caracol ni un paguro.
Vivió completamente desnudo en medio de la basura y recogió cortezas de pan,
aceitunas podridas y espinas de pescado seco para llenar su alforja. Decía que
esa alforja era una ciudad amplia y opulenta donde no se encontraba parásitos
ni cortesanas y que producía para su rey suficiente tomillo, ajo, higos y pan.
Así Crates cargaba su patria en sus espaldas y se alimentaba de ella.
No se mezclaba en los asuntos públicos, ni siquiera
para burlarse de ellos y no era afecto a insultar a los reyes. No aprobó de
ningún modo esa actitud de Diógenes quien, habiendo gritado un día,
"¡Hombres, acercaos!", golpeó con su bastón a los que habían acudido
y les dijo "¡Llamé a hombres, no a excrementos!". Crates fue tierno
con los hombres. Nada lo inquietaba. Las llagas le eran familiares. Lamentaba
mucho no tener el cuerpo lo bastante flexible como para poder lamerlas, como
hacen los perros. Deploraba también la necesidad de valerse de alimentos
sólidos y de beber agua. Pensaba que el hombre debía bastarse a sí mismo, sin
ninguna ayuda exterior. Por lo menos, no iba a buscar agua para lavarse. Si la
mugre lo molestaba, se conformaba con frotarse el cuerpo contra las murallas,
pues había observado que era así como procedían los asnos. Hablaba rara vez de
los dioses y no le importaban; lo mismo le daba que los hubiese o no y sabía
muy bien que no podrían hacerle nada. Por otra parte, les reprochaba el haber
hecho desgraciados a los hombres deliberadamente, al volverles el rostro hacia
el sol y privarlos de la facultad que tienen la mayoría de los animales, la de
caminar en cuatro patas. Puesto que los dioses decidieron que hay que comer
para vivir, pensaba Crates, debían haber vuelto el rostro de los hombres hacia
la tierra, donde crecen las raíces; nadie podría alimentarse de aire o de estrellas.
La vida no fue generosa con él. A fuerza de exponer
sus ojos al polvo acre de la Ática tuvo légañas. Una enfermedad de la piel
desconocida lo cubrió de tumores. Se rascó con sus uñas, que nunca recortaba y
observó que así obtenía doble provecho, pues las iba desgastando al mismo
tiempo que experimentaba alivio. Sus largos cabellos llegaron a parecerse a
fieltro grueso y los dispuso en su cabeza de modo que lo protegieron de la
lluvia y del sol.
Cuando Alejandro fue a verlo, no le dirigió
palabras mordaces, pero lo consideró como un espectador más, sin hacer ninguna
diferencia entre el rey y la muchedumbre. Crates no tenía opinión de los
grandes. Le importaban tan poco como los dioses. Sólo los hombres le
preocupaban y la manera de pasar la existencia con la mayor simplicidad que
fuera posible. Las recriminaciones de Diógenes lo hacían reír, no menos que
sus pretensiones de reformar las costumbres. Crates se creía muy por encima de
preocupaciones tan vulgares. Transformaba la máxima inscrita en el frontón del
templo de Delfos y decía: "Vive tú mismo". La idea de un conocimiento
cualquiera le parecía absurda. Lo único que estudiaba era las relaciones de su
cuerpo con lo que le era necesario, tratando de reducirlas tanto como fuera
posible. Diógenes mordía como los perros, pero Crates vivía como los perros.
Tuvo un discípulo, el nombre del cual era
Metrocles. Era un joven rico de Maronea. Su hermana Hiparquia, bella y noble,
se enamoró de Crates. Está comprobado que lo amó y que fue a buscarlo. La cosa
parece imposible, pero es cierto. Nada la desalentó, ni la suciedad del cínico,
ni su pobreza absoluta, ni el horror de su vida pública. Él le previno que
vivía como los perros, en las calles, y que buscaba huesos en los montones de
basura. Le advirtió que nada de su vida en común sería ocultado y que la poseería
públicamente, cuando el deseo lo asaltara, como los perros hacen con las
perras. Hiparquia ya sabía todo eso. Sus padres trataron de retenerla; ella los
amenazó con matarse. Tuvieron piedad de ella. Entonces ella abandonó el pueblo
de Maronea, completamente desnuda, con los cabellos colgantes, cubierta sólo
por una vieja tela, y vivió con Crates, vestida igual que él. Se dice que tuvo
de ella un hijo, Pasicles; pero nada seguro hay al respecto.
Esta liparquia fue, según parece, buena con los
pobres y compasiva; acariciaba a los enfermos con sus manos; lamía sin ninguna
repugnancia las heridas sangrientas de aquellos que sufrían, persuadida de que
eran para ella lo que las ovejas son para las ovejas, lo que los perros son
para los perros. Si hacía frío, Crates e Hiparquia se acostaban apretados
contra los pobres y trataban de darles algo del calor de sus cuerpos. Les
prestaban la ayuda muda que los animales se prestan los unos a los otros. No
tenían ninguna preferencia por ninguno de aquellos que se acercaban a ellos.
Les bastaba con que fuesen hombres.
Esto es todo lo que llegó a nosotros acerca de la
mujer de Crates; no sabemos cuando murió ni cómo. Su hermano Metrocles admiraba
a Crates y lo imitó. Pero nunca tenía tranquilidad. Su salud estaba trastornada
por flatulencias continuas que no podía contener. Desesperó y resolvió morir.
Crates se enteró de su desdicha y quiso consolarlo. Comió una buena cantidad de
altramuces y fue a ver a Metrocles. Le preguntó si era la vergüenza de su
enfermedad lo que lo afligía de tal manera. Metrocles confesó que no podía
soportar esa desgracia. Entonces Crates, hinchado por los altramuces, soltó
ventosidades en presencia de su discípulo y le afirmó que la naturaleza
sometía a todos los hombres al mismo mal. Le reprochó en seguida el haber
sentido vergüenza ante los demás y le dio su propio ejemplo. Después soltó unas
cuantas ventosidades más aún, tomó a Metrocles de la mano y se lo llevó.
Los dos estuvieron mucho tiempo juntos en las calles
de Atenas, con Hiparquia, sin duda. Se hablaban muy poco. No sentían vergüenza
por nada. Aunque revolvían los mismos montones de basuras, los perros parecían
respetarlos. Se puede pensar que, si hubiesen sido apremiados por el hambre, se
habrían peleado los unos con los otros a dentelladas. Pero los biógrafos no han
referido nada de ese tipo. Sabemos que Crates murió viejo, que había terminado
por permanecer siempre en el mismo lugar, echado bajo el alero de un almacén
del Pireo, donde los marineros guardaban los bultos del puerto, que dejó de
andar errabundo en busca de algo que roer, que no quiso ni siquiera extender
el brazo y que se lo encontró, un día, desecado por el hambre.
SÉPTIMA
Encantadora
Séptima fue esclava bajo el sol africano, en la ciudad
de Hadrumeto. Y su madre Amoena fue esclava, y la madre de ésta fue esclava, y
todas fueron bellas y obscuras, y los dioses infernales les revelaron filtros
de amor y de muerte. La ciudad de Hadrumeto era blanca y las piedras de la casa
donde vivía Séptima eran de un rosa trémulo. Y la arena de la playa estaba
sembrada de Conchitas que arrastra el mar tibio desde la tierra de Egipto, en
el lugar donde las siete bocas del Nilo derraman siete limos de diversos colores.
En la casa marítima donde vivía Séptima, se oía morir la franja de plata del
Mediterráneo y, a sus pies, un abanico de líneas azules resplandecientes se
desplegaba hasta al ras del cielo. Las palmas de las manos de Séptima estaban
enrojecidas por el oro, y la punta de sus dedos pintada; sus labios olían a
mirra y sus párpados ungidos se estremecían suavemente. Así iba por los caminos
de las afueras, llevando a la casa de los sirvientes una cesta de panes
tiernos.
Séptima se enamoró de un joven libre, Sextilio,
hijo de Dionisia. Pero no les está permitido ser amadas a aquellas que conocen
los misterios subterráneos, ya que están sometidas al adversario del amor, que
se llama Anteros. Y así como Eros gobierna el centelleo de los ojos y aguza las
puntas de las flechas, Anteros desvía las miradas y atenúa la acritud de los
dardos. Es un dios bienhechor que mora en medio de los muertos. No es cruel,
como el otro. Posee el nepentas que da el olvido. Y porque sabe que el amor es
el peor de los dolores terrestres, odia y cura el amor. Sin embargo, no tiene
el poder de echar a Eros de un corazón ocupado. Entonces toma el otro corazón.
Así Anteros lucha contra Eros. Por esto fue que Sextilio no pudo amar a
Séptima. Tan pronto como Eros hubo llevado su antorcha al seno de la iniciada,
Anteros, irritado, se apoderó de aquel a quien ella quería amar.
Séptima supo del poder de Anteros en la mirada baja
de Sextilio. Y cuando el temblor púrpura aferró al aire de la tarde, salió por
el camino que va desde Hadrumeto hasta el mar. Es un camino apacible donde los
enamorados beben vino de dátiles recostados en las murallas pulidas de las
tumbas. La brisa oriental sopla su perfume sobre la necrópolis. La joven luna,
todavía velada, va allí a vagabundear, incierta. Muchos muertos embalsamados
alardean alrededor de Hadrumeto en sus sepulturas. Y allí dormía Foinisa,
hermana de Séptima, esclava como ella, muerta a los dieciséis años, antes de
que ningún hombre hubiese respirado su olor. La tumba de Foinisa era estrecha
como su cuerpo. La piedra abrazaba sus senos oprimidos por vendas. Muy cerca
de su frente baja una larga losa cortaba su mirada vacía. De sus labios ennegrecidos
se elevaba todavía el vapor de los aromas en que la habían empapado. En su mano
quieta brillaba un anillo de oro verde con dos rubíes pálidos y turbios
incrustados. Soñaba eternamente en su sueno estéril con las cosas que no había
conocido.
Bajo la blancura virgen de la luna nueva, Séptima
se tendió junto a la tumba estrecha de su hermana, contra la buena tierra.
Lloró y pegó su rostro a la guirnalda esculpida. Acercó su boca al conducto por
donde se vierten las libaciones y su pasión brotó:
–Oh, hermana mía, apártate de tu sueño para escucharme.
La pequeña lámpara que ilumina las primeras horas de los muertos se apagó. Has
dejado deslizar de tus dedos la ampolla de vidrio coloreada que te habíamos
dado. El hilo de tu collar se rompió y los granos de oro se derramaron
alrededor de tu cuello. Ya nada de nosotros es tuyo y ahora aquel que tiene un
halcón en la cabeza te posee. Escúchame, pues tu tienes el poder de llevar mis
palabras. Ve a la celda que tú sabes y suplícale a Anteros. Suplícale a la
diosa Hator. Suplícale a aquel cuyo cadáver despedazado fue llevado por el mar
en un cofre hasta Biblos. Hermana mía, ten piedad de un dolor desconocido. Por
las siete estrellas de los magos de Caldea, yo te conjuro. Por las potencias
infernales que se invocan en Cartago, Jao, Abriao, Salbaal y Batbaal, recibe
mi encantamiento. Haz que Sextilio, hijo de Dionisia, se consuma de amor por
mí, Séptima, hija de nuestra madre Amoena. Que arda en la noche; que me busque
junto a tu tumba. ¡Oh, Foinisa! O llévanos a los dos a la morada tenebrosa,
poderosa. Ruega a Anteros que enfríe nuestros alientos si le niega a Eros que
los encienda. Muerta perfumada, acoge la libación de mi voz. ¡Ashrammachalada!
Inmediatamente, la virgen vendada se levantó y penetró
en la tierra mostrando los dientes.
Y Séptima, avergonzada, corrió por entre los sarcófagos.
Hasta la segunda noche permaneció en compañía de los muertos. Espió a la luna
fugitiva. Ofreció su garganta a la mordedura salada del viento marino. Fue
acariciada por el primer oro del día. Después volvió a Hadrumeto y su larga
camisa azul flotaba detrás de ella.
Mientras tanto, Foinisia, rígida, erraba por los
circuitos infernales. Y aquel que tiene un halcón en la cabeza no escuchó su
ruego. Y la diosa Hator permaneció tendida en su funda pintada. Y Foinisia no
pudo encontrar a Anteros, pues ella no conocía el deseo. Pero en su corazón
mustio sintió la piedad que los muertos tienen para con los vivos. Entonces, a
la segunda noche, a la hora en que los cadáveres se liberan para consumar los
encantamientos, hizo que sus pies atados se movieran por las calles de Hadrumeto.
Sextilio temblaba acompasadamente, agitado por los
suspiros del sueño, con el rostro vuelto hacia el techo de su habitación
surcado de rombos. Y Foinisia, muerta, envuelta en las vendas olorosas, se
sentó a su lado.
Y ella no tenía ni cerebro ni vísceras; pero su
corazón desecado había sido puesto de nuevo en su pecho.
Y en ese momento Eros luchó contra Anteros, y se
apoderó del corazón embalsamado de Foinisia. En seguida deseó el cuerpo de
Sextilio, para que estuviese acostado entre ella y su hermana Séptima en la
casa de las tinieblas.
Foinisia posó sus labios tintados en la boca viva
de Sextilio y la vida escapó de él como una burbuja. Después se encaminó a la
celda de esclava de Séptima y la tomó de la mano. Y Séptima, dormida, se dejó
llevar por la mano de la hermana. Y el beso de Foinisia y el abrazo de
Foinisia hicieron morir, casi a la misma hora de la noche, a Séptima y a
Sextilio. Tal fue el desenlace fúnebre de la lucha de Eros contra Anteros; y
las potencias infernales recibieron una esclava y un hombre libre al mismo
tiempo.
Sextilio está acostado en la necrópolis de Hadrumeto,
entre Séptima, la encantadora y su hermana virgen Foinisia. El texto del
encantamiento está inscripto en la placa de plomo, enrollada y perforada por un
clavo, que la encantadora deslizó por el conducto de las libaciones en la tumba
de su hermana.
LUCRECIO
Poeta
Lucrecio apareció en una gran familia que se había
retirado lejos de la vida civil. Sus primeros días pasaron a la sombra del
pórtico obscuro de una alta casa empinada en la montaña. El atrio era severo y
los esclavos mudos. Estuvo rodeado, desde la infancia, por el desprecio por la
política y por los hombres. El noble Memio, que tenía su misma edad,
sobrellevó, en el bosque, los juegos que Lucrecio le impuso. Juntos se asombraron
ante las arrugas de los viejos árboles y espiaron el temblor de las hojas bajo
el sol, como un velo verde de luz salpicado de manchas de oro. Contemplaron con
frecuencia los lomos rayados de los chanchos salvajes que husmeaban el suelo.
Atravesaron palpitantes cohetes de abejas y bandas movedizas de hormigas en
marcha. Y un día alcanzaron, el salir de un soto, un claro totalmente rodeado
por viejos alcornoques, asentados tan cerca uno de otro como que un círculo
cavaba un pozo de azul en el cielo. La quietud en aquel asilo era infinita. Se hubiese
creído estar en un ancho camino claro que fuera hacia lo alto del aire divino.
Allí, Lucrecio se sintió impresionado por la bendición de los espacios calmos.
Abandonó con Memio el templo sereno del bosque para
estudiar elocuencia en Roma. El anciano gentilhombre que gobernaba la alta
casa le dio un profesor griego y lo conminó a que no volviese sino cuando poseyera
el arte de despreciar las acciones humanas. Lucrecio no lo volvió a ver más.
Murió solitario, execrando el tumulto de la sociedad. Cuando Lucrecio volvió
había con él en la alta casa vacía, en el atrio severo y entre los esclavos
mudos, una mujer africana, bella, bárbara y malvada. Memio estaba de regreso en
la casa de sus padres. Lucrecio había visto las facciones sangrientas, las
guerras de partidos y la corrupción política. Estaba enamorado.
Y en un principio su vida fue encantada. La mujer
africana apoyaba en los tapices de los muros la perfilada masa de sus
cabellos. Todo su cuerpo se sumía largamente en los divanes. Rodeaba las
cráteras llenas de vino espumoso con sus brazos cargados de esmeraldas
translúcidas. Tenía una manera extraña de levantar un dedo y de sacudir la
frente. Sus sonrisas tenían una fuente profunda y tenebrosa como los ríos de
África. En vez de hilar la lana la deshacía pacientemente en pequeños copos
que volaban alrededor de ella.
Lucrecio deseaba ardientemente fundirse con ese
hermoso cuerpo. Apretaba sus senos metálicos y pegaba su boca a sus labios de
un violeta obscuro. Las palabras de amor pasaron de uno a otro, fueron suspiradas,
los hicieron reír y se gastaron. Tocaron el velo flexible y opaco que separa a
los amantes. La voluptuosidad creció en furor y quiso cambiar de persona.
Llegó hasta la extremidad aguda en que se expande alrededor de la carne, sin
penetrar hasta las entrañas. La africana se acurrucó en su corazón extranjero.
Lucrecio se desesperó al no poder consumar el amor. La mujer se tornó
altanera, melancólica y silenciosa, parecida al atrio y a los esclavos.
Lucrecio anduvo errabundo en la sala de los libros.
Fue allí donde desplegó el rollo en el cual un escriba
había copiado el tratado de Epicuro.
En seguida comprendió la variedad de las cosas de
este mundo y la inutilidad de esforzarse tras las ideas. El universo le pareció
similar a los pequeños copos de lana que los dedos de la Africana desparramaban
en las salas. Los racimos de abejas y las columnas de hormigas y el tejido
movedizo de las hojas le parecieron agrupamientos de agrupamientos de átomos.
Y en todo su cuerpo sintió un pueblo invisible y discorde, ansioso cor
separarse. Y las miradas le parecieron rayos más sutilmente carnosos y la
imagen de la bella bárbara, un mosaico agradable y coloreado, y sintió que el
fin del movimiento de esa infinitud era triste y vano. Así como había visto las
facciones ensangrentadas de Roma, con sus tropeles de clientes armados e
insultantes, contempló el torbellino de tropeles de átomos tintos en la misma
sangre y que se disputan una obscura supremacía. Y vio que la disolución de la
muerte sólo era la manumisión de esa turba turbulenta que se lanza hacia otros
mil movimientos inútiles.
Ahora bien; cuando Lucrecio hubo sido así instruido
por el rollo de papiro, en el cual las palabras griegas como los átomos del
mundo estaban entretejidas las unas con las otras, salió hacia el bosque por el
pórtico obscuro de la alta casa de los ancestros. Y vio el lomo de los chanchos
rayados que tenían siempre el hocico dirigido hacia la tierra. Después, al
atravesar el soto, se encontró de pronto en medio del templo sereno del
bosque y sus ojos se sumergieron en el pozo azul del cielo. Y fue allí donde
sentó su reposo.
Desde allí contempló la inmensidad hormigueante del
universo; todas las piedras, todas las plantas, todos los árboles, todos los
animales, todos los hombres, con sus colores, con sus pasiones, con sus
instrumentos, y la historia de esas cosas diversas y su nacimiento y sus
enfermedades y sus muertes. Y entre la muerte total y necesaria, percibió con
claridad la muerte única de la Africana; y lloró.
Sabía que las lágrimas provienen de un movimiento
particular de las pequeñas glándulas que están debajo de los párpados, y que
son agitadas por una procesión de átomos salida del corazón, cuando el propio
corazón ha sido conmovido por la sucesión de imágenes coloreadas que se
desprenden de la superficie del cuerpo de una mujer amada. Sabía que la causa
del amor es la dilatación de los átomos que desean juntarse con otros átomos.
Sabía que la tristeza que causa la muerte es la peor de las ilusiones terrenales,
pues la muerta había dejado de ser desgraciada y de sufrir, en tanto que aquel
que la lloraba se afligía por sus propios males y pensaba tenebrosamente en su
propia muerte. Sabía que no queda de nosotros ninguna doble apariencia para
derramar lágrimas sobre su propio cadáver tendido a sus pies. Pero, como
conocía exactamente la tristeza y el amor y la muerte y sabía que son vanas
imágenes cuando se las contempla desde el espacio calmo donde hay que encerrarse,
continuó llorando, y deseando el amor, y temiendo la muerte.
Por esto fue que habiendo vuelto a la alta y sombría
casa de los ancestros, se acercó a la bella Africana, quien cocía un brebaje
en un recipiente de metal en un brasero. Porque ella también había pensado, por
su parte, y sus pensamientos se habían remontado a la fuente misteriosa de su
sonrisa. Lucrecio miró el brebaje todavía hirviente. Este se aclaró poco a Poco
y se volvió parecido a un cielo turbio y verde. J la bella Africana sacudió la
frente y levantó un dedo. Entonces Lucrecio bebió el filtro. E inmediatamente
después su razón desapareció, y olvidó todas las palabras griegas del rollo de
papiro. Y por primera vez, al volverse loco, conoció el amor; y a la noche,
por haber sido envenenado, conoció la muerte.
CLODIA
Matrona impúdica
Era hija de Apio Claudio Púlquer, cónsul. Cuando
tenía apenas unos pocos años, se distinguía de sus hermanos y de sus hermanas
por el fulgor flagrante de sus ojos. Tertia, su hermana mayor, se casó muy
pronto; la joven cedió por entero a todos sus caprichos. Sus hermanos, Apio y
Cayo, ya eran avaros con las alcancías de cuero y los carritos de nuez que les
hacían; más tarde, fueron avaros de sestercios. Pero Clodio, hermoso y
femenino, fue compañero de sus hermanas. Clodia las persuadía con miradas ardientes
de que lo vistieran con una túnica con mangas, le pusieron un pequeño gorro de
hilos de oro y lo ciñesen por debajo del pecho con un cinturón flexible. Después
lo cubrían con un velo color de fuego y lo llevaban a los dormitorios donde se
acostaba con las tres. Clodia fue su preferida, pero también tomó la virginidad
de Tertia y la de la menor.
Cuando Clodia tenía dieciocho años, su padre murió.
Clodia se quedó en la casa del monte Palatino. Apio, su hermano, gobernaba la
propiedad y Cayo se preparaba para la vida pública. Clodio, siempre delicado e
imberbe, dormía entre sus hermanas, las que llamaban Clodia a las dos.
Empezaron a ir a los baños con él en secreto. Les daban un cuarto de as a los
grandes esclavos que las masajeaban, después hacían que se lo devolvieran. A
Clodio le daban igual trato que a sus hermanas, en presencia de ellas. Tales
fueron sus placeres antes del matrimonio.
La más joven se casó con Lúculo, quien la llevó a
Asia, donde estaba en guerra con Mitrídates. Clodia tomó por marido a su primo
Mételo, hombre honesto y basto. En esos tiempos de alboroto, fue el suyo un
espíritu conservador y cerrado. Clodia no podía soportar su brutalidad
rústica. Ya soñaba con cosas nuevas para su querido Clodio. César comenzó a imponerse
a los espíritus; Clodia juzgó que había que impedirlo. Hizo que Pomponio Ático
le llevara a Cicerón a su casa. La envolvía un ambiente burlón y galante. Al
lado de ella se encontraba a Licinio Calvo, el joven Curión, apodado la
"nenita", Sextio Clodio, que le hacía los mandados, Egnacio y su
banda, Cátulo de Verona y Celio Rufo, que estaba enamorado de ella. Mételo,
sentado pesadamente, no decía una palabra. Se hablaba de los escándalos de
César y Mamurra. Después, Mételo, nombrado procónsul, partió para la Galia
cisalpina. Clodia quedó sola en Roma con su cuñada Mucia. Cicerón fue
totalmente subyugado por sus grandes ojos llameantes. Pensó que podía repudiar
a Terencia, su mujer, y supuso que Clodia abandonaría a Mételo. Pero Terencia
descubrió todo y aterrorizó a su marido. Cicerón, miedoso, renunció a sus
deseos. Terencia quiso más aun y Cicerón debió romper con Clodio.
El hermano de Clodia, mientras tanto, tenía en que
ocuparse. Le hacía el amor a Pompeya, mujer de César. La noche de la fiesta de
la buena Diosa no debía haber sino mujeres en la casa de César, que era pretor.
Pompeya ofrecía sola el sacrificio. Clodio se vistió de tañedora de cítara,
como su hermana había acostumbrado disfrazarlo, y entró en lo de Pompeya. Una
esclava lo reconoció. La madre de Pompeya dio la alarma y el escándalo fue
público. Clodio quiso defenderse y juró que en aquellos momentos estaba en
casa de Cicerón. Terencia obligó a su marido a negar aquello; Cicerón dio su
testimonio en contra de Clodio.
Desde entonces Clodio estuvo perdido en el partido
noble. Su hermana acababa de pasar la treintena. Estaba más ardiente que
nunca. Tuvo la idea de hacer adoptar a Clodio por un plebeyo para que pudiese
convertirse en tribuno del pueblo. Mételo, que había vuelto, adivinó sus
proyectos y se burló de ella. En esos tiempos, cuando ya no tenía a Clodio
entre sus brazos, se dejaba amar por Cátulo. Su marido, Mételo, le parecía
odioso. Y su mujer resolvió desembarazarse de él. Un día, cuando volvía del
Senado fatigado, le ofreció de beber. Mételo cayó muerto en el atrio. Desde
ese momento Clodia quedaba libre. Abandonó la casa de su marido y volvió
rápidamente a enclaustrarse con Clodio en el monte Palatino. Su hermana huyó
de lo de Lúculo y se fue con ellos. Reanudaron su vida en común los tres y
ejercieron su odio.
Primero, Clodio, convertido en plebeyo, fue
des" nado tribuno del pueblo. A pesar de su gracia femenina, tenía la voz
fuerte y mordiente. Logró que Cicerón fuese exiliado; hizo que se arrasara su
casa ante sus propios ojos y juró la ruina y la muerte para todos sus amigos.
César era procónsul en Galia y nada pudo hacer. Sin embargo, Cicerón ganó
influencias merced a Pompeyo, e hizo que se lo llamara al año siguiente. El
furor del joven tribuno fue mucho. Atacó con violencia a Milón, amigo de
Cicerón, quien comenzaba a maniobrar en procura del consulado. Se apostó de
noche y trató de matarlo, derribando a sus esclavos que llevaban antorchas. El
favor popular de Clodio disminuía. Se cantaban refranes obscenos sobre Clodio
y Clodia. Cicerón los denunció con un discurso violento; en él, Clodia era
tratada de Medea y de Clitemnestra. La rabia del hermano y de la hermana acabó
por estallar. Clodio quiso incendiar la casa de Milón, y los esclavos
guardianes lo abatieron en las tinieblas.
Entonces Clodia se desesperó. Había aceptado y
rechazado a Cátulo, después a Celio Rufo, después a Egnacio, cuyos amigos la
habían llevado a las bajas tabernas; pero ella amaba sólo a su hermano Clodio.
Por él había envenenado a su marido. Por él había
atraído y seducido a bandas de incendiarios. Cuando él murió su vida ya no tuvo
objeto. Aún era hermosa y cálida. Tenía una casa de campo en el camino a Ostia,
jardines junto al Tíber y en Bayes. Allí se refugió. Trató de distraerse
bailando lascivamente con mujeres. No fue suficiente. No podía apartar de su
mente los estupros de Clodio, a quien veía siempre imberbe y femenino.
Recordaba que había sido apresado en una ocasión por piratas de Cilicia, los
que habían usado su tierno cuerpo. También volvía a su memoria una cierta
taberna adonde había ido con él. En el frontón de la puerta había dibujos
hechos con carbón y de los hombres que allí bebían emanaba un olor fuerte y
tenían el pecho velludo.
Y Roma la atrajo de nuevo. Las primeras noches
anduvo errante por encrucijadas y pasajes estrechos. La insolencia fulgurante
de sus ojos era siempre la misma. Nada podía apagarla; y lo probó todo, hasta
recibir a la lluvia y acostarse en el barro. Fue de los baños a las celdas de
piedra, a los sótanos donde las esclavas jugaban a los dados. Y las salas bajas
donde se embriagaban los cocineros y los cocheros también conoció. Esperó a los
pasantes en las calles embaldosadas. Pereció en la mañana de una noche
sofocante, víctima de una extraña reaparición de lo que había sido una
costumbre en ella. Un batanero le había Pagado con un cuarto de as: la acechó
en el crepúsculo del alba en la alameda para recuperarlo y la estranguló.
Después arrojó su cadáver, con los ojos muy abiertos, al agua amarilla del
Tíber.
PETRONIO
Novelista
Nació en los días en que saltimbanquis vestidos con
trajes verdes hacían pasar a cerditos amaestrados por aros de fuego; cuando
porteros barbudos, con túnica cereza, desgranaban legumbres en una bandeja de
plata, delante de los mosaicos galantes a la entrada de las quintas; cuando los
libertos, llenos de sestercios, maniobraban en las ciudades de provincia para
obtener cargos municipales; cuando los rapsodas, a los postres, cantaban
poemas épicos; cuando el lenguaje estaba relleno de vocablos de ergástulo y
redundancias ampulosas venidas de Asia.
Su infancia transcurrió entre elegancias como esas.
No se ponía dos veces seguidas una lana de Tiro. La platería que caía en el
atrio se hacía barrer junto con la basura. Las comidas estaban compuestas por
cosas delicadas e inesperadas y los cocineros variaban sin cesar la
arquitectura de las vituallas. No había que asombrarse si al abrir un huevo se
encontraba una pasa de higo, ni temer cortar una estatuilla imitación de
Praxíteles esculpida en foiegras. El yeso que tapaba las ánforas estaba
diligentemente dorado. Cajitas de marfil indio encerraban perfumes ardientes
destinados a los convidados. Los aguamaniles estaban perforados de diversas
maneras y llenos de aguas coloreadas que sorprendían al surgir. Toda la cristalería
representaba monstruosidades irisadas. Al asir ciertas urnas las asas se
rompían en los dedos y los flancos se abrían para dejar caer flores
artificiales pintadas. Pájaros de África de cabeza escarlata cacareaban en
jaulas de oro. Detrás de rejas incrustadas en las ricas paredes de las
murallas, chillaban muchos monos de Egipto que tenían caras de perro. En receptáculos
preciosos reptaban animales delgados que tenían flexibles escamas rutilantes y
ojos con rayas de azur.
Así Petronio vivió blandamente, pensando que hasta
el aire que aspiraba había sido perfumado para su uso. Cuando hubo llegado a la
adolescencia, luego de haber encerrado su primera barba en un cofre ornado,
comenzó a mirar alrededor de él. Un esclavo cuyo nombre era Siro, que había
servido en el circo, le enseñó cosas desconocidas. Petronio era pequeño, negro
y bizqueaba de un ojo. No era de ningún modo de raza noble. Tenía manos de
artesano y un espíritu culto. De ahí que le fuese placentero darles forma a
las palabras e inscribirlas. Estas no se parecían en nada a lo que los poetas
antiguos habían imaginado. Porque se esforzaban por imitar a todo lo que
rodeaba a Petronio. Y no fue sino más tarde cuando tuvo la fastidiosa ambición
de componer versos.
Conoció entonces a gladiadores bárbaros y charlatanes
de feria, hombres de miradas oblicuas que parecían echar el ojo a las
legumbres y descolgaban pedazos de carne, niños de cabellos rizados que paseaban
a senadores, viejos parlanchines que discurrían sobre los asuntos de la ciudad
en las esquinas, lacayos lascivos y rameras advenedizas, vendedores de frutas
y patrones de albergues, poetas lamentables y sirvientas picaras, sacerdotisas
equívocas y soldados errantes. Fijaba en ellos su ojo bizco y captaba con
exactitud sus modales y sus intrigas. Siro lo llevaba a los baños de esclavos,
a las celdas de las prostitutas y a los reductos subterráneos donde los
figurantes de circo se ejercitaban con sus espadas de madera. A las puertas de
la ciudad, entre las tumbas, le confió las historias de los hombres que cambian
de piel, que los negros, los sirios, los taberneros y los soldados guardianes
de las cruces de tortura se pasaba» de boca en boca.
Alrededor de los treinta años, Petronio, ávido de
esa libertad diversa, comenzó a escribir la historia de esclavos errantes y
disipados. Reconoció sus costumbres en medio de las transformaciones del lujo;
reconoció sus ideas y su lenguaje en medio de las conversaciones elegantes de
los festines. Solo ante su pergamino, apoyado en una mesa olorosa de madera de
cedro, dibujó con la punta de su cálamo las aventuras de un populacho
ignorado. A la luz de sus altas ventanas, bajo las pinturas de los artesones,
imaginó las antorchas humeantes de las hosterías y ridículos combates
nocturnos, molinetes de candelabros de madera, cerraduras forzadas a hachazos
por esclavos de la justicia, camastros grasientos recorridos por chinches y
recriminaciones de procuradores de islote en medio de aglomeraciones de pobre
gente vestida con cortinas desgarradas y trapos sucios.
Se dice que cuando acabó los dieciséis libros de su
invención, mandó llamar a Siro para leérselos, y que el esclavo reía y gritaba
muy fuerte golpeando sus manos. En ese momento maquinaron el proyecto de llevar
a la práctica las aventuras compuestas por Petronio. Tácito refiere
mentirosamente que Petronio fue arbitro de la elegancia en la corte de Nerón y
que Tigelino, celoso, le hizo enviar la orden de muerte. Petronio no se
desvaneció delicadamente en una bañera de mármol, murmurando versitos lascivos.
Huyó con Siro y terminó su vida recorriendo los caminos.
Su apariencia le permitía disfrazarse con
facilidad.
Siro y Petronio cargaron un poco cada uno el pequeño
saco de cuero que contenía sus enseres y sus denarios. Durmieron a la
intemperie, junto a los túmulos de las cruces. Vieron brillar tristemente en
la noche las pequeñas lámparas de los monumentos fúnebres.
Comieron pan agrio y aceitunas blandas. No se sabe
si volaron. Fueron magos ambulantes, charlatanes de campaña y compañeros de
soldados vagabundos. Petronio olvidó completamente el arte de escribir tan
pronto como vivió la vida que había imaginado. Tuvieron jóvenes amigos
traidores a los que amaron, y que los abandonaron en las puertas de los
municipios quitándoles hasta su último as. Se entregaron a toda clase de
desenfrenos con gladiadores evadidos. Fueron barberos y mozos de baños. Durante
varios meses vivieron de panes funerarios que sustraían de los sepulcros.
Petronio aterrorizaba a los viajeros con su ojo opaco y su negrura que parecía
maliciosa. Desapareció una noche. Siro pensó que lo encontraría en una celda
roñosa donde habían conocido a una ramera de cabellera enredada. Pero un
carnicero ebrio le había hundido una ancha hoja en el pescuezo, cuando yacían
juntos, a campo raso, en las losas de una sepultura abandonada.
SUFRAH
Geomántico
La historia de Aladino cuenta por error que el mago
africano fue envenenado en su palacio y que se arrojó su cuerpo ennegrecido y
cuarteado por la fuerza de la droga a los perros y a los gatos; es verdad que
su hermano fue decepcionado por esa apariencia y se hizo apuñalar después de
haberse cubierto con la vestimenta de la santa Fátima; también es cierto, sin
embargo, que el mogrebí Sufrah (pues era este el nombre del mago) sólo se
durmió debido a la omnipotencia del narcótico, y escapó por una de las veinticuatro
ventanas del gran salón mientras Aladino besaba tiernamente a la princesa.
Apenas hubo tocado tierra, después de haber descendido
de manera bastante cómoda por uno de los caños de oro por donde desaguaba la
gran terraza, cuando el palacio desapareció, y Sufrah estuvo solo en medio de
la arena del desierto. No le quedaba siquiera una de las botellas de vino de
África que había ido a buscar al sótano a pedido de la engañosa princesa.
Desesperado, se sentó bajo el sol ardiente, y como sabía que la extensión de
arena tórrida que lo rodeaba era infinita, se envolvió la cabeza con su capa y
esperó la muerte. Ya no poseía ningún talismán; no le quedaba ningún perfume
con el cual hacer fumigaciones; ni siquiera una varita movediza que pudiese
señalarle una fuente profundamente oculta en la cual saciar su sed. La noche
llegó, azul y cálida, pero que calmó un poco la inflamación de sus ojos. Entonces
tuvo la idea de trazar en la arena una figura de geomancia y preguntar si
estaba destinado a perecer en el desierto. Con sus dedos marcó las cuatro
grandes líneas, compuestas por puntos, que están bajo la invocación del Fuego,
del Agua, de la Tierra y del Aire, hacia la izquierda y hacia la derecha, del
Mediodía, del Oriente, del Occidente y del Septentrión. Y en los extremos de
esas líneas, agrupó los puntos pares e impares, a fin de componer la primera
figura. Vio con alegría que era la figura de la Fortuna Mayor, de donde se
seguía que escaparía del peligro, pues la primera figura había de ser colocada
en la primera casa de astrología, que es la casa de aquel que pregunta. Y, en
la casa que se llama "Corazón del cielo", volvió a encontrar la
figura de la Fortuna Mayor, lo cual fue muestra de que triunfaría y que sería
glorioso. Pero en la octava casa, que es la casa de la Muerte, fue a ubicarse
la figura del Rojo, que anuncia la sangre o el fuego, lo cual es de presagio
siniestro. Cuando hubo dispuesto las figuras en las doce casas, sacó de ellas
dos testigos, y de estos un juez, para asegurarse de que su operación estaba
bien calculada. La figura del juez fue la de la Prisión, por donde supo que
hallaría la gloria, con gran peligro, en un lugar cerrado y secreto.
Seguro de que no moriría en seguida, Sufrah se puso
a reflexionar. No tenía la esperanza de recuperar la lámpara, que había sido
llevada con el palacio al centro de la China. Sin embargo, pensó que nunca
había averiguado cuál era el verdadero dueño del talismán y el antiguo poseedor
del gran tesoro y del jardín de los frutos preciosos. Una segunda figura de
geomancia, que leyó según las letras del alfabeto, le reveló los caracteres S.
L. M. N., los que trazó en la arena, y la décima casa confirmó que el amo de
esos caracteres era rey. Sufrah supo entonces que la lámpara maravillosa había
sido parte del tesoro del rey Salomón. Entonces estudió con atención todos los
signos, y la Cabeza del Dragón le indicó lo que buscaba, dado que estaba unida
por la Conjunción a la Figura del Doncel, que señala las riquezas ocultas en la
tierra y a la de la Prisión donde se puede leer la posición de las bóvedas
clausuradas.
Y Sufrah batió palmas, pues la figura de geomancia
mostraba que el cuerpo del rey Salomón se conservaba en esa misma tierra de
África, y que aún llevaba en el dedo su sello todopoderoso que da la
inmortalidad terrena; tanto como que el rey debía estar dormido desde hacía
miríadas de años. Sufran, contento, esperó el alba. En una media luz azul vio
pasar a Ba-da-oui salteadores que tuvieron piedad de su infortunio cuando les
imploró y le dieron una bolsita con dátiles y una cantimplora llena de agua.
Sufrah echó a andar hacia el lugar designado. Era
un paraje árido y pedregoso entre cuatro montañas desnudas, levantadas como
dedos hacia los cuatro rincones del cielo. Allí trazó un círculo y pronunció
palabras; y la tierra tembló y se abrió y se vio una losa de mármol con una
anilla de bronce. Sufrah asió el anillo e invocó por tres veces el nombre de
Salomón. Al momento la losa se levantó, y Sufrah descendió por una escalera
estrecha al subterráneo.
Dos perros de fuego se lanzaron fuera de dos nichos
enfrentados y vomitaron llamas entrecruzadas. Pero Sufrah pronunció el nombre
mágico y los perros desaparecieron gruñendo. Después encontró una puerta de
hierro que giró silenciosamente cuando apenas la había tocado. Avanzó por un
pasillo excavado en pórfido. En candelabros de siete brazos ardían luces
eternas. En el fondo del pasillo había una sala cuadrada cuyos muros eran de
jaspe. En el centro, un brasero de oro despedía un rico resplandor.
Y en un lecho construido en un solo diamante tallado y que parecía un bloque de
fuego frío, estaba tendida una forma vieja, de barba blanca, con la frente
ceñida por una corona. Al lado del rey yacía un gracioso cuerpo desecado cuyas
manos se tendían aún para estrechar las suyas; pero el calor de los besos se
había extinguido. Y en la mano pendiente del rey Salomón, Sufrah vio brillar
el gran sello.
Se acercó de rodillas y, arrastrándose hasta el
lecho, levantó la mano arrugada, hizo que se deslizara el anillo y lo tomó.
Al instante se cumplió la obscura predicción
geomántica. El sueño en la inmortalidad del rey Salomón quedó roto. En un
segundo, su cuerpo se desintegró y se redujo a un pequeño puñado de huesos
blancos y pulidos que las delicadas manos de la momia parecían proteger aún.
Pero Sufrah, aniquilado por el poder de la figura del Rojo de la casa de la
Muerte, eructó en una oleada bermeja toda la sangre de su vida y cayó en el
adormecimiento de la inmortalidad terrenal. Con el sello de Salomón en el dedo,
se tendió al lado del lecho de diamante, protegido de la corrupción durante
miríadas de años, en el lugar cerrado y secreto que había leído en la figura
de la Prisión. La puerta de hierro volvió a caer sobre el pasillo de pórfido y
los perros de fuego comenzaron a velar al geomántico inmortal.
FRATE DOLCINO
Hereje
Aprendió a conocer las cosas santas en la iglesia
de Orto San Michele, donde su madre lo alzaba para que pudiese tocar con sus
manitos las bellas figuras de cera colgadas ante la Santa Virgen. La casa de
sus padres estaba al lado del baptisterio. Tres veces por día, al alba, a
mediodía, al anochecer, veía pasar a dos hermanos de la orden de San Francisco
que mendigaban pan y ponían los pedazos en un cesto. Con frecuencia los seguía
hasta la puerta del convento. Uno de esos monjes era muy viejo; decía haber
sido ordenado por el mismo San Francisco. Le prometió al niño enseñarle a
hablarles a los pájaros y a todos los pobres animalitos de los campos. Pronto
Dolcino pasó sus días en el convento. Cantaba con los hermanos y su voz era
fresca. Cuando sonaba la campana para pelar las legumbres, les ayudaba a
limpiar sus hierbas alrededor de la gran tina. El cocinero Robert le prestaba
un cuchillo viejo y le permitía repasar las escudillas con su toalla. A Dolcino
le gustaba mirar, en el refectorio, la pantalla de la lámpara en la cual se
veían pintados los doce apóstoles con sandalias de madera en los pies y
pequeños mantos que les cubrían los hombros.
Pero su gran placer era salir con los hermanos
cuando iban a mendigar pan de puerta en puerta y llevar su cesto tapado con una
tela. Un día, cuando caminaban así, a la hora en que el sol está alto en el
cielo, no les dieron limosna en varias casas bajas a la orilla del río. El
calor era fuerte; los hermanos tenían mucha sed y mucha hambre. Entraron en un
patio que no conocían y Dolcino lanzó un grito de sorpresa al mismo tiempo que
dejaba el cesto. Porque aquel patio estaba tapizado de parras frondosas y lleno
de un verdor delicioso y transparente; había leopardos que brincaban con muchos
animales de ultramar y se veía, sentados, a muchachas y muchachos vestidos con
telas brillantes que tocaban apaciblemente la zanfonia y la cítara. Allí la
calma era profunda, la sombra densa y olorosa. Todos escuchaban en silencio a
los que cantaban y el canto era de un tono extraordinario. Los hermanos no
dijeron nada; su hambre y su sed se vieron satisfechas; no se atrevieron a
pedir nada. Con mucha pena se decidieron a salir, pero en la orilla del río, al
volverse, no vieron ninguna abertura en la muralla. Creyeron que era una visión
de necromancia, hasta el momento en que Dolcino descubrió el cesto. Estaba
lleno de panes blancos, como si Jesús con sus propias manos hubiese
multiplicado las ofrendas.
Así le fue revelado a Dolcino el milagro de la
mendicidad. Sin embargo, no entró en la orden, pues había nacido en él una idea
de su vocación más alta y más singular. Los hermanos lo llevaban por los
caminos cuando iban de un convento a otro, de Bolonia a Módena, de Parma a
Cremona, de Pistoya a Luca. Y fue en Pisa donde se sintió arrastrado por la
verdadera fe. Dormía en la cresta de un muro del palacio episcopal cuando lo
despertó el sonido de una trompeta. Una multitud de niños que llevaban ramos y
velas encendidas rodeaba en la plaza a un hombre salvaje que soplaba una
trompeta de bronce. Dolcino creyó ver a San Juan Bautista. Aquel hombre tenía
una barba larga y negra, iba vestido con un saco de cilicio obscuro, marcado
con una ancha cruz roja, desde el cuello hasta los pies; alrededor de su cuerpo
llevaba atada una piel de animal. Exclamó con voz terrible: Laudato et
benedetto et glorificato sia lo Patre; y los niños lo repitieron en voz alta;
después agregó: sia lo Fijo; y los niños también lo dijeron; después agregó:
sia lo Spiritu Sancto; y los niños dijeron lo mismo después que él; después
cantó con ellos: ¡Aleluya, aleluya, aleluya! Por fin, tocó la trompeta y se
puso a rezar. Su palabra era áspera como el vino de la montaña, pero atrajo a
Dolcino. Dondequiera que el monje del cilicio tocó la trompeta, Dolcino fue a
admirarlo y deseó hacer su vida. Era un ignorante agitado por la violencia; no
sabía nada de latín; para ordenar la penitencia gritaba: ¡Penitenzagite! Pero
anunciaba de manera siniestra las predicciones de Merlin y de la Sibila y del
abate Joaquín, que están en el Libro de las figuras; profetizaba que el
Anticristo había venido con la forma del emperador Federico Barbarroja, que su
ruina estaba consumada, y que las Siete Ordenes pronto iban a levantarse contra
él, según la interpretación de la escritura. Dolcino lo siguió hasta Parma,
donde, inspirado, lo comprendió todo.
El Anunciador precedía a Aquel que debía venir, el
fundador de la primera de las Siete Ordenes. En el monolito de Parma, desde
donde hacía años los podestás hablaban al pueblo, Dolcino proclamó la nueva fe.
Decía que había que vestir mantillas de tela blanca, como los apóstoles que
estaban pintados en la pantalla de la lámpara, en el refectorio de los Hermanos
Menores. Aseguraba que no bastaba con hacerse bautizar; y con el propósito de
volver enteramente a la inocencia de los niños, se fabricó una cuna, se hizo
envolver con pañales y pidió el pecho a una mujer simple que lloró de piedad.
Para poner a prueba su castidad, le rogó a una burguesa que convenciera a su
hija de que se acostase completamente desnuda junto a él en una cama. Mendigó
una bolsa llena de denarios y los distribuyó entre los pobres, los ladrones y
las muchachas de la calle, proclamando que ya no había que trabajar, sino vivir
a la manera de los animales en los campos. Robert, el cocinero del convento,
huyó para seguirlo y alimentarlo en una escudilla que había robado a los pobres
hermanos. La gente piadosa creyó que habían vuelto los tiempos de los
Caballeros de Jesucristo y de los Caballeros de Santa María y los de aquellos
que habían seguido, otrora, errantes y frenéticos, a Gerardino Sacorelli. Se
aglomeraban beatamente alrededor de Dolcino y murmuraban: ¡Padre, padre, padre!
Pero los hermanos Menores lo hicieron echar de Parma. Una doncella de noble
casa, Margherita, corrió tras él por la puerta que se abre hacia el camino de
Plasencia. La cubrió con un saco marcado con una cruz y la llevó. Los
porquerizos y los vaqueros los contemplaban desde las orillas de los campos.
Muchos abandonaron sus animales y fueron a ellos. Mujeres prisioneras a quienes
los hombres de Cremona habían mutilado cruelmente cortándoles la nariz, les
imploraron y los siguieron. Tenían el rostro envuelto con una tela blanca.
Margherita las instruyó. Se establecieron todos en una montaña arbolada, no
lejos de Novara y practicaron la vida en común. Dolcino no impuso regla ni
orden ninguno, seguro de que tal era la doctrina de los apóstoles y que todo
debía ser hecho por caridad. Los que querían se alimentaban con las bayas de
los árboles; otros mendigaban en las ciudades; otros robaban ganado. La vida de
Dolcino y de Margherita fue libre bajo el cielo. Pero la gente de Novara no
quiso comprenderlo. Los campesinos se quejaban de los robos y del escándalo. Se
mandó llamar a una banda de hombres armados para cercar la montaña. Los
Apóstoles fueron echados por los lugareños. A Dolcino y a Margherita los ataron
encima de un asno, con el rostro vuelto hacia la grupa; los llevaron hasta la
gran plaza de Novara. Allí fueron quemados en una misma pira por orden de la
justicia. Dolcino pidió sólo una gracia: que los dejaran vestidos, durante el
suplicio, en medio de las llamas, como los Apóstoles en la pantalla de la lámpara,
con sus dos mantillas blancas.
CECCO ANGIOLIERI
Poeta
rencoroso
Ceceo Angiolieri nació rencoroso en Siena, el mismo
día que Dante Alighieri en Florencia. Su padre, enriquecido en el comercio de
las lanas, era proclive al imperio. Ya en su infancia Ceceo sintió celos de los
grandes, los despreció y masculló oraciones. Muchos nobles no querían
someterse más al Papa. No obstante, los gibelinos habían cedido. Pero entre los
mismos güelfos había los Blancos y los Negros. Los Blancos no repudiaban la
intervención imperial. Los Negros permanecían fieles a la Iglesia, a Roma, a la
Santa Sede. A Ceceo lo hizo Negro el instinto, quizás porque su padre era
Blanco.
Lo odió casi desde su primer aliento. A los quince
años reclamó su parte de la fortuna, como si el viejo Angiolieri estuviese
muerto. Al serle negada se irritó y abandonó la casa paterna. Desde entonces no
dejó de quejarse a los pasantes y al cielo. Llegó a Florencia por el camino
real. Allí reinaban los Blancos todavía, aun después de haber sido expulsados
los gibelinos. Ceceo mendigó su pan, dio testimonio de la severidad de su padre
y acabó por instalarse en el cuchitril de un zapatero que tenía una hija. Esta
se llamaba Becchina y Ceceo creyó que la amaba. El zapatero era un hombre
simple, adicto a la Virgen, de la cual llevaba medallas, y estaba convencido de
que su devoción le daba derecho a cortar sus zapatos en cuero malo. Conversaba
con Ceceo de la santa teología y de la excelencia de la gracia al resplandor
de una tea de resina antes de ir a acostarse. Becchina lavaba la vajilla y sus
cabellos estaban siempre enredados. Se burlaba de Ceceo porque tenía la boca
torcida.
Por aquel tiempo comenzó a correr por Florencia el
rumor del amor excesivo que había sentido Dante degli Alighieri por la hija de
Folco Ricovero de Portinari, Beatrice. La gente letrada sabía de memoria las
canciones que le había dedicado. Ceceo las oyó recitar y las reprobó con
energía.
–Oh, Ceceo –dijo Becchina– te burlas de ese Dante,
pero tú no podrías escribir versos tan hermosos para mí.
–Veremos –dijo Angiolieri burlón.
Y comenzó por componer un soneto con el cual criticaba
la medida y el sentido de las canciones de Dante. Después hizo versos para
Becchina, quien no sabía leerlos y echaba a reír cuando Ceceo se los recitaba,
porque no podía soportar las muecas amorosas de su boca.
Ceceo estaba pobre y desnudo como una piedra de
iglesia. Amaba a la madre de Dios con furor, lo que le granjeaba la indulgencia
del zapatero. Los dos veían a ciertos miserables eclesiásticos que estaban a
sueldo de los Negros. Se esperaba mucho de Ceceo, que parecía iluminado, pero
no había ningún dinero para darle. Así, a pesar de su fe loable, el zapatero
tuvo que casar a Becchina con un vecino gordo, Barberino, que vendía aceite.
"¡Y el aceite puede ser santo!", dijo piadosamente el zapatero a
Ceceo Angiolieri para disculparse. El enlace se celebró más o menos en la misma
época que Beatrice se casó con Simone de Bardi. Ceceo imitó el dolor de Dante.
Pero Becchina no murió. El 9 de junio de 1291,
Dante dibujaba en una tablilla; era el primer aniversario de la muerte de
Beatrice. Se encontró con que había dibujado un ángel cuyo rostro era parecido
al rostro de la bienamada.. Once días después, el 20 de junio, Ceceo Angiolieri
(Barberino estaba ocupado en el mercado de aceite) obtuvo de Becchina el favor
de un beso en la boca y compuso un soneto ardiente. No por eso disminuyó el
odio en su corazón. Quería oro junto con su amor. No pudo sacárselo a los usureros.
Con la esperanza de obtenerlo de su padre partió para Siena. Pero el viejo
Angiolieri le negó a su hijo hasta un vaso de vino flojo, y lo dejó sentado en
el camino, delante de la casa.
Ceceo había visto en la sala una bolsa de florines
recién acuñados. Era la renta de Arcidosso y de Montegiovi. Estaba muerto de
hambre y de sed; su traje estaba rasgado, su camisa humeaba. Volvió a Florencia
cubierto de polvo y Barberino le cerró las puertas de su tienda debido a sus
harapos.
Ceceo regresó, a la noche, al cuchitril del
zapatero, a quien encontró cantando una dócil canción para María a la humareda
de su vela.
Se abrazaron y lloraron piadosamente. Después del
himno, Ceceo dijo al zapatero cuan terrible y desesperado era el odio que
sentía por su padre, anciano que amenazaba con vivir tanto como el Judío
Errante Botadeo. Un sacerdote que entraba para conferenciar acerca de las
necesidades del pueblo lo convenció de que esperase su liberación en estado
monástico. Llevó a Ceceo a una Abadía donde le dieron una celda y unas viejas
vestimentas. El prior le impuso el nombre de hermano Enrique. En el coro,
durante los cantos nocturnos, tocaba con la mano las losas despojadas y frías
como él. La rabia le aferraba la garganta cuando pensaba en la riqueza de su
padre; le parecía que secarse el mar era más fácil que su padre muriera. Se
sintió tan desvalido que por un momento creyó que le gustaría ser sumidero de
cocina. "Es algo –se dijo– a lo cual uno podría muy bien aspirar".
En otros momentos lo asaltó la locura del orgullo:
"Si yo fuera el fuego –pensó– quemaría el mundo; si fuera el viento, le
enviaría el soplo del huracán; si fuera el agua, lo ahogaría en el diluvio; si
fuera Dios, lo hundiría en medio del espacio; si fuera Papa, no habría más paz
bajo el sol; si fuera el Emperador, cortaría cabezas a diestra y siniestra; si
fuera la Muerte, iría a buscar a mi padre. . . si fuera Ceceo. . . esa es toda
mi esperanza. . .". Pero era frute Arrigo. Después volvió a su odio. Se
procuró una copia de las canciones para Beatrice y las comparó pacientemente
con los versos que él había escrito para Becchina. Un monje errante le dijo que
Dante hablaba de él con desdén. Buscó la manera de vengarse. La superioridad
de los sonetos para Becchina le parecía evidente. Las canciones para Bice (le
daba su nombre vulgar) eran abstractas y pálidas; las suyas estaban llenas de
fuerza y color. Primero envió versos insultantes a Dante; después pensó en
denunciarlo al buen rey Carlos, conde de Provenza. Finalmente, como nadie prestó
atención a sus poesías ni a sus cartas, quedó sumido en la impotencia. Por fin
se cansó de alimentar su odio en la inacción, se despojó de su hábito, volvió a
ponerse su camisa sin broche, su chaqueta raída, su capucha lavada por la
lluvia y regresó a buscar la asistencia de los Hermanos devotos que trabajaban
para los Negros.
Una gran alegría le esperaba. Dante había sido
desterrado; no había sino partidos obscuros en Florencia. El zapatero le
murmuraba humildemente a la Virgen el próximo triunfo de los Negros. Ceceo
Angioleri, en medio de su voluptuosidad, olvidó a Becchina. Se arrastró por
los arroyos, comió mendrugos duros, corrió detrás de los enviados de la Iglesia
que iban a Roma y regresaban a Florencia. Se vio que podía servir. Corso
Donati, jefe violento de los Negros, de regreso en Florencia, y poderoso, lo empleó
junto con otros. La noche del 10 de junio de 1304, una turba de cocineros,
tintoreros, herreros, frailes y mendigos invadió el noble barrio de Florencia
donde estaban las hermosas casas de los Blancos. Ceceo Angiolieri blandía la
antorcha resinosa del zapatero, quien lo seguía a distancia, admirando los
decretos celestes. Incendiaron todo y Ceceo encendió el maderamen de los
balcones de los Cavalcanti, que habían sido amigos de Dante. Aquella noche
sació su sed de odio con fuego. Al otro día le envió a Dante el
"Lombardo", versos insultantes a la corte de Verona. En la misma
jornada se convirtió en Ceceo Angiolieri como lo deseaba desde hacía tantos
años; su padre, tan viejo como Elias o Enoch, murió.
Ceceo corrió a Siena, hizo saltar las tapas de los
cofres y hundió sus manos en las bolsas de florines nuevos, se repitió cien
veces que no era más el pobre hermano Enrique, sino noble, señor de Arcidosso y
de Montegiovi, más rico que Dante y mejor poeta. Luego pensó que era pecador y
que había deseado la muerte de su padre. Se arrepintió. Garabateó en ese mismo
momento un soneto para pedirle al Papa una cruzada contra todos aquellos que
insultaran a sus padres. Ávido de confesión, volvió precipitadamente a
Florencia, besó al zapatero, le suplicó que intercediera ante María.
Se precipitó a lo del vendedor de cirios santos y
compró un gran cirio. El zapatero lo encendió con unción. Los dos lloraron y le
rezaron a Nuestra Señora. Hasta hora muy tardía se oyó la voz apacible del
zapatero que cantaba loas, se regocijaba con su tea y enjugaba las lágrimas de
su amigo.
PAOLO UCCELLO
Pintor
Su verdadero nombre era Paolo di Dono; pero los
florentinos lo llamaron Uccelli, es decir, Pablo Pájaros, debido a la gran
cantidad de figuras de pájaros y animales pintados que llenaban su casa; porque
era muy pobre para alimentar animales o para conseguir aquellos que no conocía.
Hasta se dice que en Padua pintó un fresco de los cuatro elementos en el cual
dio como atributo del aire, la imagen del camaleón.
Pero no había visto nunca ninguno, de modo que
representó un camello panzón que tiene la trompa muy abierta. (Ahora bien; el
camaleón, explica Vasari, es parecido a un pequeño lagarto seco, y el camello,
en cambio, es un gran animal descoyuntado). Claro, a Uccello no le importaba
nada la realidad de las cosas, sino su multiplicidad y lo infinito de las
líneas; de modo que pintó campos azules y ciudades rojas y caballeros vestidos
con armaduras negras en caballos de ébano que tienen llamas en la boca y lanzas
dirigidas como rayos de luz hacia todos los puntos del cielo. Y acostumbraba
dibujar mazocchi, que son círculos de madera cubiertos por un paño que se
colocan en la cabeza, de manera que los pliegues de la tela que cuelga
enmarquen todo el rostro. Uccello los pintó puntiagudos, otros cuadrados, otros
con facetas con forma de pirámides y de conos, según todas las apariencias de
la perspectiva, y tanto más cuanto que encontraba un mundo de combinaciones en
los repliegues del mazocchio. Y el escultor Donatello le decía: "¡Ah,
Paolo, desdeñas la sustancia por la sombra!".
Pero el Pájaro continuaba su obra paciente y agrupaba
los círculos y dividía los ángulos, y examinaba a todas las criaturas bajo
todos sus aspectos, e iba a pedir la interpretación de los problemas de
Euclides a su amigo el matemático Giovanni Manetti; luego se encerraba y cubría
sus pergaminos y sus tablas con puntos y curvas. Se consagró perpetuamente al
estudio de la arquitectura, en lo cual se hizo ayudar por Filippo Brunelleschi;
pero no lo hacía con la intención de construir. Se limitaba a observar la
dirección de las líneas, desde los cimientos hasta las cornisas, y la convergencia
de las rectas en sus intersecciones, y cómo las bóvedas cerraban en sus claves,
y la reducción en abanico de las vigas de techo que parecía unirse en la
extremidad de las largas salas. Representaba también todos los animales y sus
movimientos y los gestos de los hombres con el propósito de reducirlos a líneas
simples.
Después, a semejanza del alquimista que se inclinaba
sobre las mezclas de metales y órganos y que escudriñaba su fusión en el
hornillo en busca de oro, Uccello volcaba todas las formas en el crisol de las
formas. Las reunía, las combinaba y las fundía, con el propósito de obtener su
transmutación en la forma simple de la cual dependen todas las otras. Fue por
esto que Paolo Uccello vivió como un alquimista en el fondo de su pequeña casa.
Creyó que podría convertir todas las líneas en un solo aspecto ideal. Quiso
concebir el universo creado tal como se reflejaba en el ojo de Dios, que ve
surgir todas las figuras de un centro complejo. Alrededor de él vivían
Ghiberti, della Robbia, Brunelleschi, Donatello, cada uno de ellos orgulloso y
dueño de su arte, burlándose del pobre Uccello y de su locura por la
perspectiva, apiadándose de su casa llena de arañas, vacía de provisiones.
Pero Ucello estaba más orgulloso todavía. Con cada nueva combinación de líneas
esperaba haber descubierto el modo de crear. La imitación no era la finalidad
que se había fijado, sino el poder de desarrollar soberanamente todas las
cosas, y la extraña serie de capuchas con pliegues le parecía más reveladora
que las magníficas figuras de mármol del gran Donatello.
Así vivía el Pájaro y su cabeza pensativa estaba
envuelta en su capa; y no se fijaba en lo que comía ni en lo que bebía y se
parecía por entero a un ermitaño. Y sucedió que en un prado, junto a un
círculo de viejas piedras hundidas entre la hierba, vio un día a una muchacha
que reía, con la cabeza ceñida por una guirnalda. Llevaba un largo vestido
delicado, sostenido en la cintura por una cinta descolorida, y sus movimientos
eran elásticos como los tallos que doblaba. Su nombre era Selvaggia y le sonrió
a Uccello. Él notó la inflexión de su sonrisa. Y cuando ella lo miró, vio
todas las pequeñas líneas de sus pestañas y los círculos de sus pupilas y la
curva de sus párpados y los entrelazamientos sutiles de sus cabellos y en su
mente hizo adoptar a la guirnalda que ceñía su frente una multitud de
posiciones. Pero Selvaggia no supo nada de eso, porque tenía solamente trece
años. Ella tomó a Uccello de la mano y lo amó. Era la hija de un tintorero de
Florencia y su madre había muerto. Otra mujer había ido a la casa y había pegado
a Selvaggia. Uccello la llevó a la suya.
Selvaggia permanecía en cuclillas todo el día
frente a la muralla en la cual Uccello trazaba las formas universales. Jamás
comprendió por qué prefería contemplar líneas derechas y líneas arqueadas a
mirar la tierna figura que se tendía hacia él. A la noche, cuando Brunelleschi
o Manetti iban a estudiar con Uccello, ella se dormía, después de medianoche,
al pie de las rectas entrecruzadas, en el círculo de sombra que se extendía
bajo la lámpara. A la mañana, se despertaba antes que Uccello y se alegraba
porque estaba rodeada por pájaros pintados y animales de color. Uccello dibujó
sus labios y sus ojos y sus cabellos y sus manos y fijó todas las actitudes de
su cuerpo; pero no hizo su retrato, como hacían los otros pintores que amaban a
una mujer. Porque el Pájaro no conocía la alegría de limitarse a un individuo;
no permanecía nunca en un mismo lugar; quería planear, en su vuelo, por encima
de todos los lugares. Y las formas de las actitudes de Selvaggia fueron
arrojadas al crisol de las formas, con todos los movimientos de los animales y
las líneas de las plantas y de las piedras y los rayos de la luz y las
ondulaciones de los vapores terrestres y de las olas del mar. Y sin acordarse
de Selvaggia, Uccelle parecía permanecer eternamente inclinado sobre el crisol
de las formas.
A todo esto no había nada que comer en la casa de
Uccello. Selvaggia no se atrevía a decírselo a Donatello ni a los otros. Calló
y murió. Uccello representó la rigidez de su cuerpo y la unión de sus pequeñas
manos flacas y la línea de sus pobres ojos cerrados. No supo que estaba muerta,
así como no había sabido si estaba viva. Pero arrojó sus nuevas formas entre
todas aquellas que había reunido.
El Pájaro se hizo viejo y nadie comprendía más sus
cuadros. No se veía en ellos sino una confusión de curvas. Ya no se reconocía
ni la tierra, ni las plantas, ni los animales, ni los hombres. Hacía largos
años que trabajaba en su obra suprema, que ocultaba a todos los oíos. Debía abarcar todas sus búsquedas
y ser, en su concepción, la imagen de ellas. Era Santo Tomás incrédulo,
palpando la llaga de Cristo. Uccello terminó su cuadro a los ochenta años.
Llamó a Donatello y lo descubrió piadosamente ante él. Y Donatello exclamó:
"¡Oh, Paolo, cubre tu cuadro!". El Pájaro interrogó al gran escultor,
pero éste no quiso decir nada más. De modo que Uccello supo que había consumado
el milagro. Pero Donatello no había visto sino una madeja de líneas.
Y algunos años más tarde se encontró a Paolo Uccello
muerto de agotamiento en su camastro. Su rostro estaba radiante de arrugas. Sus
ojos estaban fijos en el misterio revelado. Tenía en su mano, estrictamente
cerrada, un pequeño redondel de pergamino lleno de entrelazamientos que iban
del centro a la circunferencia y que volvían de la circunferencia al centro.
NICOLÁS LOYSELEUR
Juez
Nació el día de la Asunción y fue devoto de la Virgen.
Era costumbre en él invocarla en todas las circunstancias de su vida y no
podía oír su nombre sin que los ojos se le llenaran de lágrimas. Después de
haber estudiado en una pequeña boardilla de la rué Saint-Jacques bajo la férula
de un clérigo flaco, en compañía de tres niños que mascullaban el Donado y los
salmos de la Penitencia, aprendió laboriosamente la lógica de Okam. Así llegó
muy pronto a ser bachiller y maestro en artes. Las venerables personas que lo
instruían notaron en él una gran dulzura y una unción encantadora. Tenía labios
gruesos de los que se deslizaban palabras de adoración. Tan pronto como obtuvo
su bachillerato en teología la Iglesia puso sus ojos en él. Ofició primero en
la diócesis del obispo de Beauvais, quien supo de sus cualidades y se valió de
él para avisar a los ingleses que asediaban Chartres sobre ciertos movimientos
de los capitanes franceses. Cuando tuvo más o menos treinta y cinco años de
edad, se lo hizo canónigo de la catedral de Rúan. Allí fue buen amigo de Jean
Bruillot, canónigo y sochantre, con quien salmodiaba bellas letanías en honor
de María.
A veces le reprochaba a Nicole Coppequesne, que
estaba en su capítulo, su enojosa predilección por santa Anastasia. Nicole
Coppequesne no se cansaba nunca de admirar el hecho de que una muchacha tan
sensata hubiese encantado a un prefecto romano hasta el punto de hacer que se
enamorara, en una cocina, de las marmitas y calderos, a los que besaba con fervor;
y tanto como que, con el rostro todo ennegrecido, volvióse parecido a un
demonio. Pero Nicolás Loyseleur le demostraba cuan superior había sido el poder
de María al devolverle la vida a un monje ahogado. Era un monje lúbrico, pero
que nunca había omitido reverenciar a la Virgen. Una noche, cuando se levantaba
para acudir a sus malas acciones, tuvo la precaución, al pasar por delante del
altar de Nuestra Señora, de hacer una genuflexión y saludarla. Su lubricidad
hizo que aquella noche se ahogara en el río. Pero los demonios no alcanzaron a
llevárselo y cuando los monjes sacaron su cuerpo del agua, al día siguiente,
volvió a abrir los ojos, reanimado por la graciosa María. "¡Ah! esta
devoción es un remedio selecto –suspiraba el canónigo– y una venerable y
discreta persona como usted, Coppequesne, debería sacrificar por ella el amor a
Anastasia."
La gracia persuasiva de Nicolás Loyseleur no fue de
ningún modo olvidada por el obispo de Beauvais cuando comenzó a instruir en
Rúan el proceso de Juana la Lorenesa. Nicolás vistió hábitos cortos, laicos y,
con su tonsura oculta bajo una capucha, se hizo introducir en la pequeña celda
redonda, debajo de una escalera, donde estaba encerrada la prisionera.
–Juanita –dijo, permaneciendo en la sombra– me
parece que es Santa Catalina quien me envía a ti.
–Pero en nombre de Dios, ¿quién es usted, entonces?
–dijo Juana.
–Un pobre zapatero de Greu –dijo Nicolás– ¡ay! de
nuestro desgraciado país; y los "gotones" me han prendido como a ti,
hija mía. ¡Quiera el cielo derramar sus loas en ti! Te conozco bien, sí; te vi
una y otra vez cuando ibas a orar a la muy santa Madre de Dios en la iglesia de
Santa María de Bermont. Y contigo con frecuencia oí las misas de nuestro buen
cura Guillaume Front. Ay, ¿recuerdas acaso a Jean Moreau y a Jean Barre de
Neufcháteau? Son mis amigos.
Entonces Juana lloró.
–Juanita, ten confianza en mí –dijo Nicolás–. Me
ordenaron clérigo cuando era niño. Y fíjate, aquí está la tonsura. Confiésate,
hija mía, confiésate con toda libertad, pues yo soy amigo de nuestro gracioso
rey Carlos.
–Me confesaré de muy buena gana con usted, amigo
mío –dijo la buena Juana.
A todo esto, se había hecho un agujero en la muralla
y afuera, en un peldaño de la escalera, Guillaume Manchón y Bois-Guillaume
escribían la minuta de la confesión. Y Nicolás Loyseleur dijo:
–Juanita, persiste en tus palabras y sé constante:
los ingleses no se atreverán a hacerte daño.
Al otro día Juana compareció ante los jueces. Nicolás
Loyseleur se había colocado con un notario al abrigo de una ventana, detrás de
una cortina de sarga, con el propósito de dar cabida sólo a las acusaciones y
pasar por alto los descargos. Pero los otros dos escribanos protestaron.
Cuando Nicolás reapareció en la sala le hizo furtivas señas a Juana para que no
pareciese sorprendida y asistió con seriedad al interrogatorio.
El 9 de mayo, opinó en la gran torre del castillo
que los atormentamientos eran urgentes.
El 12 de mayo, los jueces se congregaron en la casa
del obispo de Beauvais con la finalidad de deliberar acerca de si era útil
someter a Juana a la tortura. Guillaume Erart pensaba que no valía la pena,
pues ya había material bastante amplio y sin tortura. El abogado Nicolás
Loyseleur dijo que le parecía que como medicina para su alma, sería bueno que
se le diese tormento; pero su consejo no prevaleció.
El 24 de mayo Juana fue llevada al cementerio de
Saint-Ouen, donde se la hizo subir a un patíbulo de yeso. Encontró al lado de
ella a Nicolás Loyseleur, quien le hablaba al oído en tanto que Guillaume Erart
le predicaba. Cuando se la amenazó con el fuego se puso blanca; mientras la
sostenía, el canónigo guiñó el ojo a los jueces y dijo: "Abjurará".
Le llevó la mano para que marcara con una cruz y un redondel el pergamino que
se le tendía. Después la acompañó hasta debajo de una pequeña puerta baja y le
acarició los dedos.
–Mi Juanita –le dijo– ha sido esta una buena
jornada para ti; así lo quiera Dios. Has salvado tu alma. Juana, ten confianza
en mí, porque si tú lo quieres, serás liberada. Acepta tus vestimentas de mujer;
haz todo cuanto se te ordene; de otra manera, estarás en peligro de muerte.
Pero si haces lo que te digo, serás salvada, habrá para ti mucho de bueno y no
sufrirás ningún daño; y estarás bajo el poder de la Iglesia.
El mismo día, después de cenar, fue a verla en su
nueva prisión. Era una habitación mediana del castillo a la que se llegaba por
ocho peldaños. Nicolás se sentó en el lecho al lado del cual había un gran
madero atado a una cadena de hierro.
–Juanita –le dijo– ya ves cuan grande ha sido la
misericordia que Dios y Nuestra Señora tuvieron hoy para contigo, pues te han
acogido en la gracia y misericordia de nuestra Santa Madre Iglesia; habrá que
obedecer muy humildemente las sentencias y ordenanzas de los jueces y personas
eclesiásticas, abandonar tus antiguas imaginaciones y no insistir en ellas,
sin lo cual la Iglesia te abandonará para siempre. Ten, aquí tienes honestas
vestimentas de mujer decente; Juanita, ten mucho cuidado con ellas; y haz que
te rapen en seguida esos cabellos que te estoy viendo y que están cortados en
redondo.
Cuatro días después, Nicolás se deslizó a la noche
en la pieza de Juana y le robó la camisa y la falda que le había dado. Cuando
se le anunció que había vuelto a vestir sus ropas de hombre dijo: "Ay, es
relapsa y ha caído muy hondo en el mal!"
Y en la capilla del arzobispado repitió las
palabras del doctor Gilles de Duremort:
–Nosotros, jueces, no podemos hacer menos que declarar
a Juana hereje y abandonarla a la justicia secular rogando a ésta que sea
benévola con ella.
Antes de que la llevasen al melancólico cementerio,
fue a exhortarla en compañía de Jean Toutmouillé.
–Oh, Juanita –le dijo– no ocultes más la verdad;
ahora tienes que pensar sólo en la salvación de tu alma. Hija mía, créeme,
dentro de un momento, en la asamblea, humíllate y haz, de rodillas, pública confesión.
Que sea pública, Juanita, humilde y pública, como medicina para tu alma.
Y Juana le rogó que se lo recordase por temor a no
atreverse a hacerlo delante de tanta gente.
Se quedó para verla quemar. Fue entonces cuando se
manifestó visiblemente su devoción por la Virgen. Tan pronto como oyó las
imploraciones de Juana a Santa María, comenzó a derramar cálidas lágrimas.
Tanto lo conmovía el nombre de Nuestra Señora. Los soldados ingleses creyeron
que se apiadaba y lo abofetearon y lo persiguieron con la espada en alto. Si
el conde de Warwick no hubiese tendido su mano sobre él, lo degollaban. Montó
penosamente un caballo del conde y huyó.
Durante largas jornadas anduvo errante por los caminos
de Francia, no atreviéndose a volver a Normandía y temiendo a la gente del rey.
Por fin llegó a Basilea. En el puente de madera, entre las casas puntiagudas,
cubiertas con tejas estriadas en ojivas y los pimenteros azules y amarillos, de
pronto se sintió deslumbrado ante la luz del Rin; creyó que se ahogaba, como
el monje lúbrico, en medio del agua verde que se arremolinaba en sus ojos; la
palabra María se ahogó en su garganta y murió con un sollozo.
KATHERINE LA ENCAJERA
Muchacha
de la vida
Nació hacia mediados del siglo quince, en la calle
de la Parcheminerie, cerca de la calle Saint-Jacques, un invierno en que hizo
tanto frío que los lobos corrieron por la nieve a través de París. Una
anciana, que tenía la nariz roja bajo su caperuza, la recogió y la crió. Y
primero jugó bajo los portales con Perrenette, Guillemette, Ysabeau y
Jehaneton, quienes vestían pequeñas faldas y empapaban sus manitos enrojecidas
en los arroyos para atrapar pedazos de hielo. También miraban a los que
trampeaban a los pasantes en el juego de tablas que se llama Saint-Merry. Y
desde abajo de los saledizos atisbaban las tripas en sus baldes y las largas
salchichas bamboleantes y los grandes ganchos de hierro en los que los
carniceros cuelgan los cuartos de res. Por Saint Benoit le Bétourné, donde
están las escribanías, oían rechinar las plumas y soplaban las velas en las
narices de los clérigos, al anochecer, por los tragaluces de las boticas. En el
Petit Pont se burlaban de las vendedoras de arenques y escapaban rápidamente
hacia la plaza Maubert, a esconderse en los recovecos de la calle de las
Trois-Portes; después, sentadas en los bordes de la fuente, parloteaban hasta
que caía la bruma de la noche.
Así pasó la primera juventud de Katherine, antes de
que la anciana le enseñase a sentarse frente a un pequeño cojín de encaje y a
entrecruzar pacientemente los hilos de todas las bobinas. Más tarde se dedicó
a su oficio, así como Jehanneton se hizo sombrerera, Perrenette lavandera e
Isabeau guantera y Guillemette, la más feliz, salchichera, con su pequeño
rostro carmesí que relucía como si hubiese sido frotado con sangre de cerdo
fresca. Aquellos que habían jugado al Saint-Merry ya encaraban otras empresas;
algunos estudiaban en la montaña Sainte-Genevieve, otros barajaban naipes en
el Trou-Perrette, otros entrechocaban jarros de vino de Aunis en la Pomme de
Pin y otros reñían en la taberna de la Grosse Margot; y al llegar el mediodía
se los veía en la entrada de la taberna, en la calle de los Féves, y al llegar
la medianoche salían por la puerta de la calle de los Juifs. Pero Katherine
entrelazaba los hilos de su encaje y las noches de verano tomaba el sereno en
el banco de la iglesia, donde estaba permitido reír y charlar.
Katherine llevaba una camiseta de tela cruda y una
sobrevesta de color verde; la trastornaban los adornos y a nada odiaba tanto
como al rodete que distingue a las muchachas que no son de noble linaje. Le gustaban
también las monedas de plata, los "blancos" y sobre todo los escudos
de oro. Fue esto lo que la hizo juntarse con Casin Cholet, sargento de vara del
Chátelet; al amparo de su oficio, no era poco el dinero que éste ganaba. A
menudo ella cenó en su compañía en la hostería de la Mulé, en frente de la
iglesia de los Mathurins; y después de cenar, Casin Cholet iba a cazar gallinas
del otro lado de los fosos de París. Las traía bajo su gran tabardo y las
vendía muy bien a la Machecroue, viuda de Arnoul, hermosa vendedora de aves de
la puerta del Petit Chátelet.
Y pronto Katherine dejó su oficio de encajera; la
anciana de la nariz roja ya se pudría en el osario de los Innocents. Casin
Cholet encontró para su amiga una piecita baja cerca de las Trois Pucelles y
allí iba a verla al caer la tarde. No le prohibía que se mostrara en la
ventana con los ojos ennegrecidos con carboncillo y las mejillas untadas con
albayalde; y todos los jarros, tazas y platos con frutas en los cuales
Katherine da de beber y comer a todos aquellos que pagan bien, fueron robados
en la Chaire, o en los Cygnes o en el hotel del Plat d'Etain. Casin Cholet
desapareció un día en que había empeñado el vestido y el cintillo de Katherine
en las Trois Lavandiéres. Sus amigos dijeron a la encajera que había sido
azotado amarrado a la culata de una carreta y echado de París, por orden del
preboste, por la puerta Baudoyer. No lo volvió a ver nunca. Y sola, ya sin
ánimos para ganar dinero, se hizo muchacha de la vida y vivió en todas partes.
Primero esperó en las puertas de las hosterías y
los que la conocían la llevaban detrás de los muros, al pie del Chátelet, o
contra el colegio de Navarre; después, cuando hizo demasiado frío, una vieja
complaciente la hizo entrar en una casa de baños cuya patrona le dio abrigo.
Allí vivió en una pieza de piedra alfombrada con juncos verdes. Se le dejó su
nombre de Katherine la Encajera, aunque ya no hiciese más encaje. A veces le
dejaban ir a pasearse por las calles, con la condición de que volviese a la
hora en que la gente acostumbra ir a los baños. Y Katherine deambulaba por
delante de las tiendas de la guantera y la sombrerera y muchas veces se quedó
mucho tiempo envidiando el rostro rubicundo de la salchichera, que reía entre
sus carnes de cerdo. Después volvía a los baños, que al llegar el crepúsculo la
patrona alumbraba con candelas que ardían rojas y que se derretían pesadamente
detrás de los vidrios negros.
Por fin Katherine se cansó de vivir encerrada en
una pieza cuadrada y se fue por los caminos. Y desde entonces no fue más
parisiense ni encajera; y sí como una de aquellas que merodean por los
alrededores de las ciudades de Francia, sentadas en las piedras de los
cementerios, para dar placer a los que pasan. Esas muchachas no tienen otro
nombre que aquel que conviene a su rostro, y Katherine tuvo el nombre de
Hocico. Iba por los prados, y a la noche, acechaba a orillas de los caminos, y
se veía su mohín blanco entre las moreras de los setos. Hocico aprendió a
aguantar el terror nocturno en medio de los muertos, cuando sus pies tiritaban
al rozar las tumbas. No más monedas de plata, no más "blancos", no
más escudos de oro; vivía pobremente de pan y de queso y de su escudilla de
agua. Tuvo amigos desdichados que le susurraban de lejos: "¡Hocico,
Hocico!"; y ella los amó. Su más grande tristeza era oír las campanas de
las iglesias y de las capillas; entonces Hocico se acordaba de las noches de
junio, cuando se había sentado, con sobrevesta verde, en los bancos de los
soportales santos. Era en los tiempos en que envidiaba los atavíos de las
señoritas; ahora ya no le quedaba rodete ni caperuza. Con la cabeza descubierta,
esperaba su pan, apoyada en una losa áspera. Y añoraba las velas rojas de los
baños sumida en la noche del cementerio, y los juncos verdes de la pieza
cuadrada metida en el limo espeso en el cual se hundían sus pies.
Una noche, un rufián que se las daba de hombre de
guerra cortó la garganta de Hocico para robarle el cinturón. Pero no encontró
en él ninguna bolsa.
ALAIN EL GENTIL
Soldado
Sirvió al rey Carlos VII desde la edad de doce
años, como arquero, después de que gente de guerra se lo llevara consigo del
llano país de Normandía. Y se lo llevaron de esta manera. Mientras se
incendiaba las granjas, se desollaba las piernas de los labradores a
cuchillazos y se volteaba a las muchachas en catres de tijera, desvencijados,
el pequeño Alain se había acurrucado en una vieja pipa de vino desfondada a la
entrada del lagar. La gente de guerra volcó la pipa y encontró un muchachito.
Se lo llevaron con sólo su camisa y su atrevido brial. El capitán hizo que le
dieran un pequeño jubón de cuero y un viejo capuchón que provenía de la batalla
de Saint Jacques. Perrin Godin le enseñó a tirar con el arco y a clavar con
limpieza su saeta en el blanco. Pasó de Bordeaux a Angouléme y del Poitou a
Bourges, vio Saint Pourcaín, donde estaba el rey, franqueó los lindes de
Lorraine, visitó a Toul, volvió a Picardie, entró en Flandres, atravesó Saint
Quentin, dobló hacia Normandie, y durante veintitrés años recorrió Francia en
compañía armada, tiempo en el cual conoció al inglés Jehan Poule-Cras, por
quien supo cuál era la manera de jurar por Godon, a Chiquerello el Lombardo,
quien le enseñó a curar el fuego de San Antonio y a la joven Ydre de Laon, de
quien aprendió cómo debía bajarse las bragas.
En Ponteau de Mer su compañero Bernard d'Anglades
lo persuadió de que se pusieran fuera de la ordenanza real, asegurándole que
los dos se darían la gran vida embaucando a los crédulos con los dados trucados
que llaman "cargados". Lo hicieron, sin desprenderse de sus arreos
militares, y fingían que jugaban, en la linde del cementerio, junto a los
muros, en un tamboril robado. Un mal sargento del juez eclesiástico, Pierre
Empongnart, hizo que le enseñaran las sutilezas de su juego y les dijo que no
tardarían en ser prendidos, pero que entonces debían jurar con osadía que eran
clérigos, para escapar así de la gente del rey y reclamar la justicia de la
Iglesia, y para ello, raparse la coronilla y deshacerse con prontitud, en caso
de necesidad, de sus gorgueras hechas jirones y sus mangas de color. El mismo
los tonsuró con las tijeras consagradas y les hizo mascullar los siete Salmos y
el versículo Dominus pars. Después, cada uno tiró por su lado, Bernard con
Bietrix la Claviére y Alain con Lorenete la Chandeliére.
Como Lorenete quería una sobrevesta de paño verde,
Alain acechó la taberna del Cheval Blanc en Lisieux, donde habían bebido un
jarro de vino. Volvió a la noche por el jardín, hizo un agujero en el muro con
su jabalina, entró en la sala donde encontró siete escudillas de estaño, un
capuchón rojo y una sortija de oro. Jaquet le Grand, ropavejero de Lisieux se
las cambió muy bien por una sobrevesta como la que deseaba Lorenete.
En Bayeux, Lorenete se alojó en una pequeña casa
pintada donde se decía que estaban los baños de las mujeres, y la patrona de
los baños no pudo menos que reír cuando Alain el Gentil fue a buscarla para
llevársela. Lo condujo hasta la puerta empuñando una vela y con una gran piedra
en la otra mano, en tanto le preguntaba si no tenía ganas de que se la pasara
por el hocico para hacerle ver lo rica que era. Alain huyó y en su huida volcó
la vela y arrancó del dedo a la buena mujer lo que le pareció una sortija
preciosa; pero sólo era de cobre dorado, con una gran piedra rosada de
fantasía.
Después Alain anduvo errante y en Maubusson encontró,
en la hostería del Papegaut, a Karandas, su compañero de armas, quien estaba
comiendo mondongo con otro hombre llamado Jehan Petit.
Karandas llevaba aún su corcesca y Jehan le Petit
tenía una bolsa con sus agujetas colgada de su cinturón. La hebilla del
cinturón era de plata fina. Después de haber bebido, acordaron los tres ir a
Senlis por el bosque. Se pusieron en camino a la tarde y cuando estuvieron en
la espesura de la floresta, sin luz, Alain el Gentil fue quedándose atrás.
Jehan le Petit caminaba adelante. Y en la obscuridad Alain le clavó con fuerza
su jabalina entre los hombros, mientras que Karandas le hundía su corcesca en
la cabeza. Cayó de bruces y Alain, a horcajadas en él, le cortó la garganta
con su daga, de lado a lado. Después le rellenaron el pescuezo con hojas
secas, para que no hubiese un charco de sangre en el camino. La luna apareció
en un claro. Alain cortó la hebilla del cinturón y desanudó las agujetas de la
bolsa, en la cual había dieciséis monedas de oro y treinta y seis cobres.
Guardó las monedas, arrojó la bolsa con los cobres a Karandas, por el trabajo,
con la jabalina en alto. Allí se separaron el uno del otro, en medio del claro,
Kararidas jurando por la sangre de Dios.
Alain el Gentil no se atrevió a tocar Senlis y
volvió dando rodeos a la ciudad de Ruán. Cuando despertaba, ya pasada la
noche, al pie de un seto florido, se vio rodeado por gente de a caballo que le
ató las manos y lo condujo a la prisión. Cerca de la portezuela se escabulló
por detrás de la grupa de un caballo y corrió a la iglesia de Saint Patrice,
donde se instaló junto al altar mayor. Los sargentos no pudieron pasar del
atrio. Alain, ya inmune, recorrió con libertad la nave y el coro, vio hermosos
cálices de rico metal y vinajeras buenas para fundir. Y la noche siguiente,
tuvo como compañeros a Denisot y Marignon, rateros como él. Marignon tenía una
oreja cortada. Lo único que sabían era comer. Envidiaban a las lauchitas que
andaban por ahí y que anidaban entre las losas y engordaban royendo mendrugos
de pan sagrado. A la tercera noche debieron salir, mordidos por el hambre. La
gente de Justicia los apresó y Alain, quien vociferaba que era clérigo, había
olvidado arrancarse sus mangas verdes.
En seguida pidió ir al retrete, descosió su jubón y
hundió las mangas entre la basura; pero los hombres de la prisión advirtieron
al preboste. Vino un barbero para afeitar por completo la cabeza de Alain el
Gentil para borrarle la tonsura. Los jueces rieron del pobre latín de sus
salmos. En vano juró que un obispo lo había confirmado con una palmada cuando
tenía diez años; no pudo llegar al final de los padrenuestros. Se le hizo dar
tormento como a lego, primero en el potro pequeño, luego en el grande. Al fuego
de las cocinas de la prisión confesó sus crímenes, con los miembros
descalabrados por los tirones de las cuerdas y con la garganta deshecha. El
lugarteniente del preboste pronunció la sentencia en ese mismo lugar. Fue
atado a la carreta, arrastrado hasta la horca y colgado. Su cuerpo se tostó al
sol. El verdugo se quedó con el jubón, con sus mangas descosidas y con un
hermoso capuchón de paño fino, con forro de marta, que había robado en una
buena hostería.
GABRIEL SPENSER
Actor
Su madre fue una muchacha, llamada Flum, que tenía
un saloncito de planta baja al fondo de Rottenrow, en Pickedhatch. Un capitán,
con los dedos cargados de alhajas de cobre y dos galanes que vestían jubones
amplios, iban a verla después de cenar. Albergaba a tres muchachitas cuyos
nombres eran Poli, Dolí y Molí, qué no podían soportar el olor del tabaco. Por
eso subían con frecuencia a meterse en cama, y amables gentilhombres las
acompañaban, después de haber bebido un vaso de vino de España tibio, para disipar
el vaho de las pipas. El pequeño Gabriel se quedaba acurrucado bajo la campana
de la chimenea mirando asarse las manzanas que se echaban en los jarros de
cerveza. También iban actores de muy diversa apariencia. No se atrevían a
aparecer por las grandes tabernas a las que iban las compañías en cartel.
Algunos hablaban con el estilo de la fanfarronada, otros farfullaban como
idiotas. Acariciaban a Gabriel, quien aprendió de ellos versos quebrados de
tragedia y bromas rústicas de escena. Se le dio un pedazo de paño carmesí, con
bordes de oro descoloridos, una máscara de terciopelo y un viejo puñal de
madera. Así se pavoneaba, solo, delante del hogar, blandiendo un tizón como si
fuera una antorcha; y su madre Flum balanceaba su triple papada por la admiración
que sentía por su hijo precoz.
Los actores lo llevaron al Rideau Vert, en
Shoreditch, donde tembló ante los accesos de rabia del pequeño comediante que
echaba espuma al vociferar el papel de Jeronymo. Ahí se veía también al viejo
rey Leir, con su barba blanca desgarrada, arrodillándose para pedir perdón a su
hija Cordelia; un clown imitaba las locuras de Tarleton y otro envuelto con
una sábana aterrorizaba al príncipe Amlet. Sir John Old-castle hacía reír a
todo el mundo con su gran barriga, sobre todo cuando tomaba de la cintura a la patrona,
la que le toleraba que arrugase el pico de su cofia y deslizase sus gordos
dedos en la bolsa de bucarán que llevaba atada a su cintura. El Loco cantaba
canciones que el Idiota no comprendía nunca y un clown con gorro de algodón
pasaba la cabeza a cada momento por un agujero del telón, en el fondo del tablado,
para hacer morisquetas. Había también un juglar con dos monos y un hombre
vestido de mujer que, se le ocurría a Gabriel, se parecía a su madre Flum. Al
terminar las obras, los despabiladores acudían para ponerle una toga de gros
azul y gritaban que iban a llevarlo a Bridewell.
Cuando Gabriel tuvo quince años los actores del
Rideau Vert notaron que era hermoso y delicado y que podría representar los
papeles de mujeres y de doncellas. Plum le peinó sus cabellos negros que llevaba
echados hacia atrás; tenía la piel muy fina, los ojos grandes, las cejas altas,
y Plum le había perforado las orejas para colgar de ellas dos falsas perlas
dobles. Entró entonces en la compañía del duque de Nottingham y le hicieron
trajes de tafetán y de damasco, con lentejuelas, paño de plata y paño de oro,
blusas con lazos y pelucas de cáñamo con largos rizos. Le enseñaron a pintarse
en la sala de ensayos. En un principio se ruborizó cuando subió al tablado;
después respondió con mohines a las galanterías. Poli, Dolí y Molí, a quienes
Flum llevó, muy agitada, dijeron con grandes risas que era exactamente una
mujer y quisieron desvestirlo después de la representación. Lo llevaron a
Picked-hatch y su madre le hizo poner uno de sus vestidos para mostrárselo al
capitán, quien se deshizo en cumplidos burlones y fingió ponerle en el dedo un
tosco anillo dorado con un carbunclo de vidrio engastado.
Los mejores camaradas de Gabriel Spenser eran
William Bird, Edward Juby y los dos Jeffes. Estos decidieron, un verano, ir a
actuar en aldeas del campo con actores errantes. Viajaron en un coche cubierto
por una lona, donde dormían de noche. En el camino de Hammersmith, una noche,
vieron salir de la cuneta a un hombre que les encañonó con una pistola.
–¡Su dinero! –dijo–. Soy Gamaliel Ratsey, por la
gracia de Dios ladrón de grandes caminos y no me gusta esperar.
A lo cual los dos Jeffes respondieron gimiendo:
–No tenemos nada de dinero, vuestra merced; sólo
esas lentejuelas de cobre y esas piezas de camelote teñido. Somos pobres
actores, errantes igual que su señoría.
–¡Actores! –exclamó Gamaliel Ratsey–. Eso sí que es
admirable. No soy un ratero ni un pillo y soy amigo de los espectáculos. Si no
sintiese un cierto respeto por el viejo Derrick que se las arreglaría muy bien
para arrastrarme hasta la escalera y hacerme bambolear la cabeza, no me
apartaría de las orillas del río, ni de las alegres tabernas con banderas donde
vosotros, mis gentilhombres, acostumbráis desplegar tanto ingenio. Sed, pues,
bienvenidos. La noche es bella. Levantad vuestro tablado y representad vuestro
mejor espectáculo. Gamaliel Ratsey os escuchará. No es nada común. Podréis
contarlo.
–Eso nos va a costar unas velas –dijeron con timidez
los dos Jeffes.
–¿Velas? –dijo Gamaliel majestuoso–. ¿Qué habláis
de velas? Yo soy aquí el rey Gamaliel, como Isabel es reina en la ciudad. Y
como un rey he de trataros. He aquí cuarenta chelines.
Los actores descendieron, temblorosos.
–Lo que Su Majestad guste –dijo Bird–. ¿Qué hemos
de representar?
Gamaliel reflexionó y miró a Gabriel.
–A fe mía –dijo– una hermosa obra para esta
señorita y bien melancólica. Debe de estar encantadora como Ofelia. Hay flores
de digital aquí al lado, verdaderos dedos de muerto. Amlet, eso es lo que
quiero. Me gustan bastante los caprichos de esa composición. Si no fuera
Gamaliel, con mucho gusto representaría a Amlet. Bueno, vamos; ¡y no os equivoquéis
en los asaltos de esgrima, mis excelentes troyanos, mis valientes corintios!
Se encendieron los faroles. Gamaliel presenció el
drama con mucha atención. Cuando hubo concluido, dijo a Gabriel Spenser.
–Hermosa Ofelia, os dispenso del cumplido. Podéis
partir, actores del rey Gamaliel. Su Majestad está satisfecha.
Después desapareció en las sombras.
Cuando el coche se ponía en marcha, al alba, se lo
vio de nuevo, en medio del camino y empuñando la pistola.
–Gamaliel Ratsey, ladrón de grandes caminos –dijo–
viene a recuperar los cuarenta chelines del rey Gamaliel. Vamos, rápido.
Gracias por el espectáculo. Decididamente, los caprichos de Amlet me gustan infinitamente.
Hermosa Ofelia, a vuestros pies.
Los dos Jeffes, que eran quienes guardaban el dinero,
tuvieron que dárselo por fuerza. Gamaliel saludó y partió al galope.
Después de esta aventura, la compañía volvió a
Londres. Se contó que un ladrón había estado a punto de secuestrar a Ofelia con
su vestido y su peluca. Una muchacha llamada Pat King, que iba con frecuencia
al Rideau Vert, afirmó que aquello no la sorprendía para nada. Tenía la cara
gorda y la cintura redonda. Flum la invitó para que conociera a Gabriel. Le pareció
muy mono y lo besó con ternura. Después volvió con frecuencia. Pat era amiga de
un obrero Iadrillero a quien su trabajo fastidiaba y que ambicionaba actuar en
el Rideau Vert. Se llamaba Ben Jonson, y estaba muy orgulloso de su educación,
pues era clérigo y tenía algunos conocimientos de latín. Era un hombre grande
y cuadrado, con costurones de escrófulas, y tenía el ojo derecho más arriba que
el izquierdo. Era su voz fuerte y tonante. Ese coloso había sido soldado en los
Países Bajos. Siguió a Pat King, tomó a Gabriel por la piel del pescuezo y lo
arrastró hasta los campos de Hoxton, donde el pobre Gabriel tuvo que hacerle
frente, con una espada en la mano. Flum le había deslizado a escondidas una
hoja diez pulgadas más larga. Se la clavó en el brazo a Ben Jonson. Gabriel
cayó con un pulmón atravesado. Murió en la hierba. Flum corrió a buscar a los
condestables. Flum esperaba que lo colgaran. Pero él recitó sus salmos en
latín, probó que era clérigo, y sólo se le marcó la mano con un hierro al rojo.
POCAHONTAS
Princesa
Pocahontas era la hija del rey Powhatan, el que
reinaba sentado en un trono hecho como para servir de cama y cubierto con un
gran manto de pieles de mapache cosidas de las cuales pendían todas sus colas.
Fue criada en una casa alfombrada con esteras, entre sacerdotes y mujeres que
tenían la cabeza y los hombros pintados de rojo vivo y que la entretenían con
mordillos de cobre y cascabeles de serpiente. Namontak, un servidor fiel,
velaba por la princesa y organizaba sus juegos. A veces la llevaban a la
floresta, junto al gran río Rappahanok, y treinta vírgenes desnudas bailaban
para distraerla. Estaban pintadas de diversos colores y ceñidos por hojas
verdes, llevaban en la cabeza cuernos de macho cabrío, y una piel de nutria en
la cintura y, agitando mazas, saltaban alrededor de una hoguera crepitante.
Cuando la danza terminaba, desparramaban las brasas y llevaban a la princesa
de regreso a la luz de los tizones.
En el año 1607 el país de Pocahontas fue turbado
por los europeos. Gentilhombres arruinados, estafadores y buscadores de oro,
fueron a acostar en las orillas del Potomac y construyeron chozas de tablas.
Les dieron a las chozas el nombre de Jamestown y llamaron a su colonia
Virginia. Virginia no fue, por esos años, sino un miserable pequeño fuerte construido
en la bahía de Chesapeake, en medio de los dominios del gran rey Powhatan. Los
colonos eligieron para presidente al capitán John Smith, quien en otros
tiempos había corrido aventuras hasta por tierra de turcos. Deambulaban por las
rocas y vivían de los mariscos del mar y del poco trigo que podían obtener en
el tráfico con los indígenas.
Al principio fueron recibidos con gran ceremonia.
Un sacerdote salvaje tocó ante ellos una flauta de caña; alrededor de sus
cabellos anudados llevaba una corona de pelos de gamo teñida de rojo y abierta
como una rosa. Su cuerpo estaba pintado de carmesí, su rostro de azul; y tenía
la piel salpicada de lentejuelas de plata nativa. Así, con la faz impasible, se
sentó en una estera y fumó una pipa de tabaco.
Después otros se alinearon en columnas de a cuatro,
pintados de negro y de rojo y de blanco y algunos por mitades, cantando y
bailando delante de su ídolo Oki, hecho con pieles de serpientes rellenas de
musgo y adornadas con cadenas de cobre.
Pero pocos días después, cuando el capitán Smith
exploraba el río en una canoa, fue de pronto asaltado y maniatado. Lo llevaron
en medio de terribles alaridos a una casa larga donde lo custodiaron cuarenta
salvajes. Los sacerdotes, con sus ojos pintados de rojo y sus rostros negros
cruzados por dos grandes franjas blancas, circundaron por dos veces el fuego de
la casa de guardia con un reguero de harina y de granos de trigo. En seguida
John Smith fue conducido a la choza del rey. Powhatan vestía su manto de pieles
y aquellos que estaban alrededor de él tenían los cabellos adornados con
plumas de pájaro. Una mujer llevó al capitán agua para lavarle las manos y otra
se las secó con un manojo de plumas. Mientras tanto, dos gigantes rojos
depositaron dos piedras planas a los pies de Powhatan. Y el rey levantó la
mano, como señal de que John Smith iba a ser acostado en esas piedras y que se
le aplastaría la cabeza a mazazos.
Pocahontas tenía apenas doce años y sacaba tímidamente
la cabeza por entre los consejeros pintarrajeados. Gimió, se lanzó hacia el
capitán y puso su cabeza contra la mejilla de éste. John Smith tenía
veintinueve años. Tenía grandes bigotes enhiestos, la barba en abanico y su
rostro era aguileño. Se le dijo que el nombre de la muchachita del rey, que le
había salvado la vida, era Pocahontas. Pero no era su verdadero nombre. El
rey Powhatan hizo las paces con John Smith y lo puso en libertad.
Un año más tarde el capitán Smith acampaba con su
tropa en la selva fluvial. La noche era densa; una lluvia penetrante sofocaba
todos los ruidos. De repente, Pocahontas tocó el hombro del capitán. Había
atravesado, sola, las espantosas tinieblas de los bosques. Le susurró que su
padre quería atacar a los ingleses y matarlos cuando estuvieran comiendo. Le
suplicó que huyera si quería salvar su vida. El capitán Smith le ofreció
abalorios y cintas; pero ella lloró y respondió que no se atrevía. Y huyó,
sola, por el bosque.
Al año siguiente, el capitán Smith cayó en
desgracia con los colonos y, en 1609, lo embarcaron para Inglaterra. Allí
compuso libros sobre Virginia, en los cuales explicaba la situación de los
colonos y contaba sus aventuras. Hacia 1612, un cierto capitán Argall, que
había ido a comerciar con los potomacs (que era el pueblo del rey Powhatan)
raptó por sorpresa a la princesa Pocahontas y la encerró en un navío como
rehén. El rey, su padre, se indignó, pero no le fue devuelta. Así languideció
prisionera hasta el día en que un gentilhombre de buena presencia, John Rolfe,
se prendó de ella y la desposó. Fueron casados en abril de 1613. Dicen que
Pocahontas confesó su amor a uno de sus hermanos, que fue a verla. Llegó a
Inglaterra en el mes de junio de 1616, donde despertó, entre la gente de la
sociedad, gran curiosidad por visitarla. La buena reina Ana la acogió con ternura
y mandó que se grabara su retrato.
El capitán John Smith, que estaba a punto de partir
otra vez para Virginia, fue a rendirle pleitesía antes de embarcarse. No la
había visto desde 1608. Ahora tenía veintidós años. Cuando él entró, ella
volvió la cabeza y ocultó el rostro, no respondió a su marido ni a sus amigos y
permaneció sola durante dos o tres horas. Después preguntó por el capitán.
Entonces alzó los ojos y le dijo:
–Usted le había prometido a Powhatan que todo lo
suyo sería de él y él hizo lo mismo; extranjero en su patria, lo llamaba padre;
por ser yo extranjera en la suva, lo llamaré así.
El capitán Smith arguyó razones de protocolo, pues
ella era hija de rey.
Ella continuó:
–Usted no tuvo miedo de ir al país de mi padre y lo
asustó, a él y a toda su gente, pero no a mí. ¿Tendrá miedo, acaso, de que aquí
lo llame padre mío? Le diré padre mío y usted me dirá hija mía, y yo seré para
siempre de la misma patria que usted. Allá me habían dicho que usted había
muerto. . .
Y le confió con voz baja a John Smith que su nombre
era Matoaka. Los indios, por temor a que les fuera arrebatada por un maleficio,
habían dado a los extranjeros el falso nombre de Pocahontas.
John Smith partió para Virginia y nunca más volvió
a ver a Matoaka. Ella cayó enferma en Gravesend, a comienzos del año siguiente,
empalideció y murió. Aún no tenía veintitrés años.
Su retrato está orlado por este exergo: Matoaka
alias Rebecca filia potentissími príncipis Powahatami imperatoris Virginie. La
pobre Matoaka tenía un sombrero de fieltro, alto, con dos guirnaldas de
perlas; una gran gorguera de encaje tieso y llevaba un abanico de pluma. Tenía
el rostro afinado, los pómulos salientes y grandes ojos dulces.
CYRIL TOURNEUR
Poeta
trágico
Cyril Tourneur nació de la unión de un dios desconocido
con una prostituta. La prueba de su origen divino se encuentra en el ateísmo
heroico en el cual sucumbió. Su madre le transmitió el instinto de la revolución
y de la lujuria, el miedo a la muerte, el estremecimiento de la voluptuosidad y
el odio a los reyes; de su padre tuvo el amor por coronarse, el orgullo de
reinar y la alegría de crear; los dos le dieron el gusto por la noche, por la
luz roja y la sangre.
La fecha de su nacimiento se ignora; pero apareció
un negro día de un año pestilencial.
Ninguna protección celeste veló por la muchacha de
la vida a la que preñó un dios, pues su cuerpo fue maculado por la peste pocos
días antes de parir y la puerta de su pequeña casa fue señalada con la cruz
roja. Cyril Tourneur vino al mundo al son de la campana del enterrador de los
muertos; y así como su padre había desaparecido en el cielo común de los
dioses, una carreta verde arrastró a su madre a la fosa común de los hombres.
Se cuenta que las tinieblas eran tan profundas que el enterrador debió alumbrar
la abertura de la casa apestada con una antorcha de resina; otro cronista
asegura que la niebla en el Támesis (que bañaba el pie de la casa) fue atravesada
por una raya escarlata y que de las fauces de la campana de llamada se escapó
la voz de los cinocéfalos; por fin, parece fuera de duda que una estrella
flameante y furiosa se manifestó por sobre el triángulo del techo, hecha de
rayos fuliginosos, retorcidos, desatados y que el niño recién nacido le mostró
el puño por una claraboya, mientras que ella sacudía encima de él sus rizos
informes de fuego. Así entró Cyril Torneur en la vasta concavidad de la noche
cimeria. Es imposible descubrir lo que pensó o lo que hizo hasta la edad de
treinta años, cuáles fueron los síntomas de su divinidad latente, como se
persuadió de su propia realeza. Una nota obscura y aterrorizada contiene la
lista de sus blasfemias. Declaraba que Moisés no había sido sino un juglar y
que un llamado Heriots era más hábil que él. Que el primer principio de la
religión era mantener a los hombres en el terror. Que Cristo merecía la muerte
más que Barrabás, aunque Barrabás fuese ladrón y asesino. Que si él se propusiese
escribir una nueva religión, la establecería con arreglo a un método más
excelente y más admirable, y que el estilo del Nuevo Testamento era repugnante.
Que él tenía tanto derecho a acuñar moneda como la reina de Inglaterra y que
conocía a un tal Poole, prisionero en Newgate, muy diestro en la mezcla de los
metales, con la ayuda de quien esperaba acuñar, un día, oro con su propia
imagen. Un alma piadosa testó en el pergamino otras afirmaciones más terribles.
Pero esas palabras fueron recogidas por una persona vulgar. Las actitudes de
Cyril Tourneur indican un ateísmo más vindicativo. Se lo representa vestido
con un gran manto negro, llevando en la cabeza una gloriosa corona con doce
estrellas, el pie apoyado en el globo celeste, alzando el globo terrestre con
su mano derecha. Recorría las calles en las noches de peste y de tormenta. Era
pálido como los cirios consagrados y sus ojos relucían blandamente como
quemadores de incienso. Algunos afirman que tenía en el costado derecho la
marca de un sello extraordinario; pero fue imposible verificarlo después de su
muerte, pues no hubo nadie que viera sus despojos. Tomó por amante a una
prostituta del Bankside que frecuentaba las calles de la ribera y a ella amó
únicamente. Era muy joven y su rostro era inocente y rubio. En él, los rubores
eran como llamas vacilantes. Cyril Tourneur le dio el nombre de Rosamonde, y
tuvo de ella una hija a la que amó. Rosamonde murió trágicamente, por haber
reparado en ella un príncipe. Se sabe que bebió en una copa transparente veneno
color de esmeralda.
Fue entonces cuando la venganza se mezcló con el
orgullo en el alma de Cyril. Nocturno, recorría el Mail a lo largo de todo el
cortejo real, agitando en la mano una antorcha de penacho llameante con el
propósito de alumbrar al príncipe envenenador. El odio a toda autoridad le
subió a la boca y a las manos. Se puso a acechar en los caminos reales, no
para robar, sino para asesinar reyes. Los príncipes que desaparecieron en esos
tiempos fueron iluminados por la antorcha de Cyril Tourneur y matados por él.
Se emboscaba en los caminos de la reina, al lado de
los pozos de grava y de los hornos de cal. Escogía a su víctima en el séquito,
se ofrecía para alumbrar el camino por entre las zanjas, la llevaba hasta la
boca del pozo, apagaba su antorcha y la empujaba. La grava llovía después de
la caída. En seguida Cyril, inclinado en el borde, dejaba caer dos enormes
piedras para aplastar los gritos. Y, el resto de la noche, velaba el cadáver
que se consumía en la cal, junto al horno rojo sombrío.
Cuando Cyril Tourneur hubo saciado su odio por los
reyes, hizo presa de él el odio a los dioses. El aguijón divino que había en
él lo incitó a crear. Soñó con que podría fundar una generación de su misma
sangre y propagarse como dios en la tierra. Miró a su hija y la encontró virgen
y deseable. Para consumar su designio a la vista del cielo, no encontró ningún
lugar más significativo que un cementerio. Juró que desafiaría a la muerte y
crearía una nueva humanidad en medio de la destrucción fijada por las órdenes
divinas. Rodeado por viejos huesos, quiso engendrar jóvenes huesos. Cyril
Tourneur poseyó a su hija en la losa de un osario. El final de su vida se
pierde en un resplandor obscuro. No se sabe qué mano nos trasmitió la Tragedia
del ateo y la Tragedia del vengador. Una tradición pretende que el orgullo de
Cyril Tourneur se elevó más aún. Hizo levantar un trono en su jardín negro, y
tenía la costumbre de sentarse allí, coronado de oro, bajo el rayo. Algunos lo
vieron y huyeron, aterrorizados por los penachos azulados que bailoteaban
sobre su cabeza. Leía un manuscrito de los poemas de Empédocles, que nadie vio
después. Expresó con frecuencia su admiración por la muerte de Empédocles. Y el
año en que desapareció fue también pestilencial. El pueblo de Londres se había
retirado a las barcas amarradas en medio del Támesis. Un meteoro terrorífico
evolucionó bajo la luna. Era un globo de fuego blanco, animado por una siniestra
rotación. Se dirigió hacia la casa de Cyril Tourneur, que pareció pintada de reflejos
metálicos. El hombre vestido de negro y coronado de oro esperaba en su trono la
llegada del meteoro. Hubo, como antes de las batallas teatrales, un toque
melancólico de trompetas. Cyril Tourneur fue envuelto por un resplandor hecho
de sangre rosada volatilizada. Trompetas, enhiestas en la noche, tocaron,
como en el teatro, una charanga fúnebre. Así fue precipitado Cyril Tourneur
hacia un dios desconocido en el taciturno torbellino del cielo.
WILLIAM PHIPS
Pescador
de tesoros
William Phips nació en 1651, cerca de la desembocadura
del río Kennebec, entre los bosques fluviales a donde los constructores de
navíos iban a talar su madera. En una pobre aldea de Maine soñó, por primera
vez, con una venturosa fortuna, al contemplar el desbaste de las tablas
marinas. El incierto resplandor del océano que azota a Nueva Inglaterra le
llevó el centelleo del oro ahogado y de la plata sofocada bajo las arenas.
Creyó en la riqueza del mar y deseó obtenerla. Aprendió a construir barcos, se hizo
de un modesto pasar y fue a Boston. Su fe era tan fuerte que repetía: "Un
día, seré capitán de una nave del Rey y tendré una casa de ladrillos en Boston,
en la Avenida Verde". En ese tiempo yacían en el fondo del Atlántico
muchos galeones españoles cargados de oro. Ese rumor inundaba el alma de
William Phips. Supo que un gran navío se había hundido cerca del Puerto de la
Plata; reunió todo cuanto poseía y partió para Londres, con el propósito de
equipar un navío. Asedió al Almirantazgo con peticiones y memoriales. Le
dieron el Rose d'Alger, que tenia dieciocho cañones y, en 1687, se hizo a la
mar hacia lo desconocido. Tenía treinta y seis años.
Noventa y cinco hombres partían a borde del Rose
d'Alger, entre ellos un primer maestre, Adderley, de Providence. Cuando
supieron que Phips se dirigía a Hispaniola, no pudieron contener su alegría.
Porque Hispaniola era la isla de los piratas, y el Rose d'Alger les parecía un
buen navío. Y para comenzar, en una pequeña isla arenosa del archipiélago, se
reunieron en consejo para hacerse caballeros de fortuna. Phips, en la proa del
Rose d'Alger, escudriñaba el mar. A todo esto, había una avería en la carena. Mientras
la reparaba, el carpintero oyó el complot. Corrió a la cabina del capitán.
Phips le ordenó que cargara los cañones, apuntó con ellos a la tripulación
amotinada en tierra, dejó a todos sus hombres cimarrones en aquella guarida
desierta, y volvió a zarpar con algunos marineros fieles. El maestre de
Providence, Adderley, regresó al Rose d'Alger a nado.
Tocaron Hispaniola con mar calmo, bajo un sol ardiente.
Phips preguntó en todos los fondeaderos por el navío que había zozobrado más de
medio siglo antes a la vista del Puerto de la Plata. Un viejo español lo
recordaba y le indicó el arrecife. Era un escollo alargado, redondeado, cuyas
laderas desaparecían en el agua clara hasta el temblor más profundo. Adderley,
inclinado por sobre la borda reía y miraba los pequeños remolinos de las olas.
El Rose d'Alger dio lentamente la vuelta al arrecife y todos los hombres contemplaban
en vano el mar transparente. Phips daba golpes con el pie en el castillo de
proa, entre las dragas y los garfios. Una vez más el Rose d'Alger dio la vuelta
al arrecife y en todas partes el fondo parecía igual, con sus surcos
concéntricos de arena húmeda y los ramilletes de algas inclinadas que
estremecían las corrientes. Cuando el Rose d'Alger comenzó su tercera vuelta el
sol se hundió y el mar se puso negro.
Después fue fosforescente. "¡Ahí están los
tesoros!" gritó Adderley en la noche, con el dedo tendido hacia el oro
humeante de las olas. Pero la aurora caliente se levantó sobre el océano
tranquilo y claro y el Rose d'Alger recorría siempre la misma órbita. Y durante
ocho días navegó así. Los ojos de los hombres estaban empañados a fuerza de
escrutar la limpidez del mar. Phips no tenía más provisiones. Había que partir.
La orden fue dada y el Rose d'Alger comenzó a virar. Entonces Adderley
advirtió en un flanco del arrecife una hermosa alga blanca que se balanceaba y
tuvo ganas de tenerla. Un indio se zambulló y la arrancó. La trajo colgando muy
derecha. Era muy pesada y sus raíces enredadas parecían aferrar un guijarro.
Adderley la sopesó y golpeó las raíces en el puente para desembarazarlas de su
peso. Algo centelleante rodó bajo el sol. Phips lanzó un grito. Era un lingote
de plata que valía por lo menos 300 libras. Adderley balanceaba estúpidamente
el alga blanca. Todos los indios se zambulleron en seguida. En pocas horas el
puente estuvo cubierto por sacos petrificados, con incrustaciones calcáreas y
revestidos de conchillas. Los despanzurraron con escoplos y martillos; y por
los agujeros escaparon lingotes de oro y de plata y piezas de a ocho:
"¡Dios sea loado –exclamó Phips–; nuestra fortuna esta hecha!" El
tesoro valía trescientas mil libras esterlinas. Adderley repetía: "¡Y todo
esto salió de la raíz de una pequeña alga blanca!". Y murió loco, en las
Bermudas, algunos días después, balbuceando esas palabras.
Phips transportó su tesoro. El rey de Inglaterra lo
convirtió en sir William Phips y lo nombró High Sheriff de Boston. Allí, fiel a
su quimera, se hizo construir una hermosa casa de ladrillos rojos en la
Avenida Verde. Se convirtió en un hombre notable. Fue él quien dirigió la
campaña contra las posesiones francesas y él quien tomó la Acadia al señor de
Meneval y al caballero de Villebon. El rey lo nombró gobernador de
Massachusetts, capitán general de Maine y de Nueva Escocia. Sus cofres estaban
llenos de oro. Se lanzó al ataque de Quebec después de haber levantado todo el
dinero disponible de Boston. La empresa falló y la colonia se arruinó. Entonces
Phips emitió papel moneda. Para aumentar su valor cambió por ese papel todo su
oro líquido. Pero la suerte había cambiado. La cotización del papel bajó.
Phips perdió todo, quedó pobre, endeudado, y sus enemigos lo acechaban. Su
prosperidad había durado sólo ocho años. Partió para Londres, miserable, y,
cuando desembarcaba, fue arrestado por 20.000 libras, a requerimiento de
Dudley y Bretón. Los sargentos lo transportaron a la prisión de Fleet.
Sir William Phips fue encerrado en una celda pelada.
Lo único que había guardado era el lingote de plata que le había dado la
gloria, el lingote del alga blanca. Estaba agotado por la fiebre y la desesperación.
La muerte lo tomó de la garganta. El se resistió. Aun entonces fue acosado por
su sueño de tesoros. El galeón del gobernador español Bobadilla, cargado de oro
y de plata, se había hundido cerca de las Bahamas. Phips mandó buscar al
alcalde de la prisión. La fiebre y la esperanza furiosa lo habían enflaquecido.
Le presentó al alcalde el lingote de plata en su mano seca y murmuró en un
estertor de agonía:
–Déjeme zambullir; este es uno de los lingotes de
Bo-ba-di-lla.
Luego expiró. El lingote del alga blanca pagó su
féretro.
EL CAPITÁN KID
Pirata
No hay acuerdo acerca de por qué razón se le puso a
este pirata el nombre del cabrito (Kid). El acta por la cual Guillermo III, rey
de Inglaterra, lo invistió del mando de la galera La Aventura, en 1695,
comienza por estas palabras: "A nuestro leal y bienamado Capitán William
Kid, comandante, etc. Salve". Pero es seguro que ya entonces era un nombre
de guerra. Unos dicen que acostumbraba, elegante y refinado como era, calzar
siempre, tanto en combate como en maniobra, delicados guantes de cabritilla con
vueltas de encaje de Flandres; otros aseguran que durante sus peores matanzas
exclamaba: "Yo que soy suave y bueno como un cabrito recién nacido";
otros aun, pretenden que metía el oro y las alhajas en sacos muy flexibles, hechos
de cuero de cabra joven, y que se le ocurrió usarlos el día que saqueó un
navío cargado de azogue con el cual llenó mil bolsones de cuero que todavía
están enterrados en el flanco de una pequeña colina en las islas Barbados.
Basta con saber que su pabellón de seda negra llevaba bordados una cabeza de
muerto y una cabeza de cabrito, lo mismo que llevaba grabado en su sello. Los
que buscan los muchos tesoros que ocultó en las costas de los continentes de
Asia y de América, llevan delante de ellos un pequeño cabrito negro que debe gemir
en el lugar donde el capitán enterró su botín; pero ninguno ha logrado nada. El
mismo Barbanegra, quien había sido aleccionado por un antiguo marinero de Kid,
Gabriel Loff, sólo encontró en las dunas sobre las cuales se levanta hoy Fort
Providence, gotas dispersas de azogue que rezumaban de la arena. Y todas sus
excavaciones son inútiles, porque el capitán Kid declaró que sus escondites serían
eternamente ignorados debido al "hombre del balde sangriento". Kid,
en efecto, fue acosado por ese hombre durante toda su vida, y los tesoros de
Kid son acosados y defendidos por aquél desde que éste murió. Lord Bellamont,
gobernador de las Barbados, irritado por el enorme botín cobrado por los piratas
en las Indias Occidentales, equipó la galera La Aventura y obtuvo del rey,
para el capitán Kid, la comisión del mando. Hacía mucho tiempo que Kid sentía
celos del famoso Ireland, que saqueaba todos los convoyes. Le prometió a lord
Bellamont que tomaría su chalupa y que lo traería con sus compañeros para
hacerlos ejecutar. La Aventura llevaba treinta cañones y ciento cincuenta
hombres. En primer término Kid tocó Madera y se aprovisionó de vino; después
Bonavist, para cargar sal; por fin Saint lago, donde completó el aprovisionamiento.
Y de ahí se hizo a la mar hacia la entrada del Mar Rojo donde, en el Golfo
Pérsico, hay un lugar en una pequeña isla que se llama la Clef de Bab.
Fue allí donde el capitán Kid reunió a sus compañeros
y les hizo izar el pabellón negro con la cabeza de muerto. Juraron todos, sobre
el hacha, obediencia absoluta al reglamento de los piratas. Cada hombre tenía
derecho a votar e igual opción para provisiones frescas y licores fuertes. Los
juegos de naipes y de dados estaban prohibidos. Las luces y candelas debían
estar apagadas a las ocho de la noche. Si un hombre quería beber después de
esa hora, bebía en el puente, en la obscuridad, a cielo abierto. La compañía no
recibía mujeres ni muchachos. Aquel que los introdujera disfrazados sería
castigado con la muerte. Los cañones, las pistolas y los machetes debían
mantenerse bien cuidados y relucientes. Las querellas se ventilarían en
tierra, con sable o con pistola. El capitán y el segundo tendrían derecho a dos
partes; el maestre, el contramaestre y el cañonero, a una y media; los otros
oficiales a una y un cuarto. Reposo para los músicos el día del Sabbat.
El primer navío que encontraron era holandés, al
mando del Schipper Mitchel. Kid izó el pabellón y le dio caza. El navío mostró
enseguida los colores franceses, entonces el pirata lo interpeló en francés.
El Schipper llevaba un francés a bordo, el que respondió. Kid le preguntó si
tenía un pasaporte. El francés dijo que sí. "Y bien, por Dúos –respondió
Kid–, en virtud de su pasaporte lo apreso como capitán de este navío". Y
en seguida lo hizo colgar de la verga. Después hizo que viniesen los holandeses
uno por uno. Los interrogó y, haciendo como que no entendía nada de flamenco,
ordenó para cada prisionero: "¡Francés; la tabla!". Se fijó una tabla
hacia afuera de la borda. Todos los holandeses corrieron por ella, desnudos, delante
de la punta del machete del contramaestre y saltaron al mar.
En ese momento, el cañonero del capitán Kid, Moor
alzó la voz: –Capitán, ¿por qué mata a esos hombres? –gritó. Moor estaba ebrio.
El capitán se volvió, tomó un balde y le dio con él en la cabeza. Moor cayó con
el cráneo partido. El capitán Kid hizo que lavaran el balde, pues habían
quedado cabellos pegados con sangre coagulada. Ningún hombre de la tripulación
quiso volver a usarlo para mojar el lampazo. Dejaron el balde atado a la borda.
Desde ese día el capitán Kid fue acosado por el
hombre del balde. Cuando apresó al navío moro Queda, tripulado por hindúes y
armenios, con diez mil libras de oro, al hacer el reparto del botín el hombre
del balde sangriento estaba sentado en los ducados. Kid lo vio claramente y
echó un juramento. Bajó a su cabina y vació una taza de bombú. Luego, ya de
vuelta en el puente, hizo arrojar el viejo balde al mar. En el abordaje del
rico buque mercante Moceo no encontraron con qué medir las partes de oro en polvo
del capitán. "Un balde lleno", dijo una voz a espaldas de KM. Este
cortó el aire con su machete y enjugó sus labios, que echaban espuma. Después
hizo colgar a los armenios. Los hombres de la tripulación parecían no haber
entendido nada. Cuando Kid atacó al Hirondelle, se acostó en su litera después
del reparto. Cuando despertó se sintió empapado de sudor y llamó a un marinero
para pedirle con qué lavarse. El hombre le llevó agua en una cubeta de estaño.
Kid lo miró fijamente y aulló: "¿Es así como se comporta un caballero de
fortuna? ¡Miserable! ¡Me traes un balde lleno de sangre!" El marinero
huyó. Kid lo hizo desembarcar y lo dejó "cimarrón", con un fusil, una
botella de pólvora y una botella de agua. No tuvo otra razón para enterrar su
botín en diferentes lugares solitarios, en las arenas, que la convicción de que
todas las noches el cañonero asesinado iba a vaciar el pañol del oro con su
balde para arrojar las riquezas al mar.
Kid se dejó prender a la altura de New York. Lord
Bellamont lo envió a Londres. Fue condenado a la horca. Lo colgaron en el
muelle de la Exécution, con su casaca roja y sus guantes. En el momento en que
el verdugo le calaba hasta los ojos el gorro negro, el capitán Kid se debatió y
gritó: "¡Me cago en Diez! ¡Yo sabía muy bien que me metería su balde en la
cabeza!" El cadáver ennegrecido permaneció enganchado en las cadenas por
más de veinte años.
WALTER KENNEDY
Pirata
iletrado
El capitán Kennedy era irlandés y no sabía leer ni
escribir. Alcanzó el grado de teniente, bajo el gran Roberts, por el talento
que tenía para la tortura. Poseía a la perfección el arte de retorcer una
mecha alrededor de la frente de un prisionero hasta hacerle saltar los ojos, o
de acariciarle el rostro con hojas de palmera encendidas. Su reputación quedó
consagrada en el juicio que se celebró a bordo del Corsario, contra Darby
Mullin, sospechoso de traición. Los jueces se sentaron apoyados en la
bitácora, frente a un gran tazón de ponche, con pipas y tabaco; después el
proceso comenzó. Se iba a votar la sentencia cuando uno de los jueces propuso
que se fumara una pipa más antes de la deliberación. Entonces Kennedy se
levantó, se quitó la pipa de la boca, escupió y habló en estos términos:
–¡Me cago en Diez! Señores y gentilhombres de
fortuna, que el diablo me lleve si no colgamos a Darby Mullin, mi viejo
camarada. Darby es un buen muchacho ¡qué joder! Y me cago en quien diga lo
contrario y por algo somos gentilhombres, ¡qué diablos! ¡Si habremos andado
juntos, me cago en Diez! ¡Lo quiero con todo mi corazón, carajo! Señores y
gentilhombres de fortuna, lo conozco bien; es un verdadero sabandija; si vive
no se arrepentirá nunca. ¡Que el diablo me lleve si se arrepiente! ¿No es
cierto, viejo Darby? ¡Colguémoslo, qué joder! Y con el permiso de la honorable
compañía, voy a tomar un buen trago a su salud.
Ese discurso pareció admirable y digno de las más
nobles oraciones militares que nos son referidas por los antiguos. Roberts
quedó encantado. Ese día Kennedy se volvió ambicioso. A la altura de las
Barbados, Roberts se extravió en una chalupa cuando perseguía a un barco
portugués, y Kennedy obligó a sus compañeros a elegirlo capitán del Corsario. Y
se hizo a la mar por su cuenta. Hundieron y saquearon muchos bergantines y
galeras cargados de azúcar y de tabaco del Brasil, sin contar el oro en polvo y
las bolsas llenas de doblones y de piezas de a ocho. Su bandera era de seda
negra, con una calavera, un reloj de arena, dos huesos cruzados y, por debajo
de esto, un corazón atravesado por un dardo, de donde caían tres gotas de
sangre. Así equipados encontraron una chalupa muy apacible, de Virginia, cuyo
capitán era un cuáquero piadoso llamado Knot. Ese hombre de Dios no llevaba a
bordo ron, ni pistola, ni sable, ni cuchillo; iba vestido con un largo hábito
negro y tocado con un sombrero de anchas alas del mismo color.
–¡Carajo! –dijo el capitán Kennedy–. ¡Sí que vive
bien y es alegre! Eso me gusta. No le haremos daño a mi amigo, el señor capitán
Knot, que va vestido de manera tan regocijante.
El señor Knot se inclinó, en una afectada y
silenciosa reverencia.
–Amén –dijo el señor Knot–. Así sea.
Los piratas hicieron regalos al señor Knot. Le
dieron treinta mohures, diez rollos de tabaco del Brasil y bolsitas de
esmeraldas. El señor Knot aceptó de muy buena gana los mohures, las piedras
preciosas y el tabaco.
–Son presentes que está permitido aceptar, para hacer
de ellos un uso piadoso. ¡Ah, pluguiese al cielo que nuestros amigos, que
surcan el mar, estuviesen todos animados por sentimientos semejantes! El Señor
acepta todas las restituciones. Son por así decir, los miembros del becerro y
las partes del ídolo Dagon, lo que le ofrecéis, mis amigos, en sacrificio.
Dagon reina aún en esos países profanos y su oro suscita malas tentaciones.
–¡Me cago en Dagon! –dijo Kennedy–. ¡Cierra la
boca, carajo! Toma lo que se te da y bebe un trago.
Entonces el señor Knot se inclinó sereno, pero
rechazó su cuarto de ron.
–Señores, amigos míos. . . –dijo.
–¡Gentilhombres de fortuna, carajo! –gritó Kennedy.
–Señores, mis amigos gentilhombres –volvió a comenzar
el señor Knot–, los licores fuertes son, por decir así, aguijones de tentación
que nuestra débil carne no puede soportar. Ustedes, mis amigos. ..
–¡Gentilhombres de fortuna, carajo!–gritó Kennedy.
–Vosotros, amigos míos y afortunados gentilhombres
–repitió desde el principio el señor Knot– curtidos como estáis en largas
pruebas contra el Tentador, es posible, probable, diría yo, que no sufráis
ningún inconveniente; pero vuestros amigos se sentirían incómodos, gravemente
incómodos...
–¡Incómodos al diablo! –dijo Kennedy–. Este hombre
habla admirablemente, pero yo bebo mejor. Nos llevará a Carolina a ver a sus
excelentes amigos que poseen, sin duda, otros miembros del becerro ese. ¿No es
cierto, señor capitán Dagon?
–Así sea –dijo el cuáquero–, pero mi nombre es
Knot.
Y se inclinó otra vez. Las grandes alas de su sombrero
temblaban al viento.
El Corsario echó el ancla en una de las caletas del
hombre de Dios. Este prometió traer a sus amigos y volvió, en efecto, esa misma
noche, con una compañía de soldados enviados por el señor Spotswood, gobernador
de Caroline. El hombre de Dios juró a sus amigos, los afortunados
gentilhombres, que aquello sólo era para impedir que se introdujera en esos
países profanos sus tentadores licores. Y cuando los piratas fueron arrestados:
–¡Ah, mis amigos! –dijo el señor Knot–. Aceptad
todas las mortificaciones, tal como yo lo he hecho.
–¡Carajo! Mortificación es la palabra –exclamó
Kennedy.
Lo llevaron engrillado a bordo de un transporte
para ser juzgado en Londres. Old Bailey lo recibió. Firmó con cruces todos sus
interrogatorios, la misma marca que había puesto en sus recibos de pillaje. Su
último discurso lo pronunció en el muelle de la Exécution, donde la brisa del
mar balanceaba los cadáveres de antiguos gentilhombres de fortuna, colgados de
sus cadenas.
–¡Carajo! Sí que es un honor –dijo Kennedy mirando
a los colgados–. Van a colgarme al lado del capitán Kid. Ya no tiene ojos, pero
ese debe de ser él.
No había sino él que pudiera llevar un tan rico
traje de paño carmesí. Kid fue siempre un hombre elegante. ¡Y escribía!
¡Conocía las letras, mierda! ¡Una mano tan hermosa! Disculpe, capitán. (Saludó
al cuerpo seco de chaqueta carmesí.) Pero uno también ha sido gentilhombre de
fortuna.
EL MAYOR STEDE BONNET
Pirata
de alma
El Mayor Stede Bonnet era un gentilhombre retirado
del ejército que vivía en sus plantaciones, en la isla de Barbados, hacia 1715.
Sus campos de caña de azúcar y de cafetos le daban beneficios y fumaba con
placer el tabaco que él mismo cultivaba. Había estado casado, pero no fue nada
feliz en el matrimonio y se decía que su mujer le había trastornado el seso.
Efectivamente, su manía no le dio sino poco después de los cuarenta y en un
primer momento sus vecinos y sus criados la consintieron inocentemente.
La manía del Mayor Stede Bonnet fue ésta. No desdeñaba
ocasión para desacreditar la táctica terrestre y alabar la marina. Los únicos
nombres que acudían a sus labios eran los de d'Avery, de Charles Vane, de Benjamín
Hornigold y de Edward Teach. Eran, según él, osados navegantes y hombres
emprendedores. "Espumaban" en aquellos tiempos el mar de las
Antillas. Si por casualidad alguien los llamaba piratas delante del mayor, éste
exclamaba:
–Loado sea Dios, entonces, por haber permitido a
esos piratas, como usted los llama, dar ejemplo de la vida franca y llana que
llevaban nuestros abuelos. Por entonces no había poseedores de riquezas, ni
guardianes de mujeres, ni esclavos para suministrar el azúcar, el algodón o el
índigo; y sí un dios generoso que dispensaba todas las cosas y cada uno recibía
su parte. Es por eso que admiro tanto a los hombres libres que comparten los
bienes entre todos y llevan juntos la vida de los compañeros de fortuna.
Cuando recorría sus plantaciones, con frecuencia el
Mayor golpeaba el hombro de un trabajador:
–¿No sería mejor para ti, imbécil, estibar en algún
galeón o bergantín las balas de la miserable planta sobre cuyos retoños
derramas aquí tu sudor?
Casi todas las noches el Mayor reunía a sus
servidores en los cobertizos de grano donde les leía, a la luz de un candil,
mientras moscas de color zumbaban alrededor, las grandes acciones de los
piratas de la Hispaniola y de la isla de la Tortuga. Pues había volantes con
los que se advertía de sus rapiñas a los poblados y las granjas.
–¡Excelente Vane! –exclamaba el Mayor–. ¡Bravo
Hornigold, verdadero cuerno de la abundancia lleno de oro! ¡Sublime Avery,
cargado con las joyas del gran Mogol y rey de Madagascar! ¡Admirable Teach, que
has sabido someter sucesivamente a catorce mujeres y deshacerte de ellas, y que
tuviste la idea de entregar todas las noches la última (tiene sólo dieciséis
años) a tus mejores compañeros (por pura generosidad, grandeza de alma y
conocimiento del mundo) en tu buena isla de Okerecok! ¡Oh, qué feliz sería quien
siguiese tu estela, el que bebiera su ron contigo, Barbanegra, señor de la
Revanche de la Reine Anne!
Discursos todos que los criados del Mayor
escuchaban con sorpresa y en silencio; y las palabras del Mayor no eran
interrumpidas sino por el leve, apagado ruido de los pequeños lagartos que
caían del techo, cuando el miedo aflojaba las ventosas de sus patas.
Después, el Mayor, protegiendo el candil con la
mano, trazaba con su bastón entre las hojas de tabaco todas las maniobras
navales de sus grandes capitanes y amenazaba con la ley de Moisés (es así como
los piratas llaman a un apaleamiento de cuarenta golpes) a quien no
comprendiera la sutileza de las evoluciones tácticas propias de los
filibusteros.
Finalmente el Mayor Stede Bonnet no pudo resistir
más; compró una vieja chalupa con diez piezas de artillería, la equipó con
todo lo que convenía a la piratería, como machetes, arcabuces, escalas, tablas,
garfios, hachas, biblias (para prestar juramento), pipas de ron, fanales,
betún para ennegrecer el rostro, pez, mechas para hacer arder entre los dedos
de los ricos mercaderes y muchas banderas negras con calavera blanca, con dos
fémures cruzados y el nombre del navío: la Revanche. Después hizo que subieran
a bordo de improviso setenta de sus criados y se hizo a la mar, de noche,
derecho al Oeste, rozando Saint Vincent, para doblar el Yucatán y
"espumar" todas las costas hasta Savannah (a donde nunca llegó).
El Mayor Stede Bonnet no conocía nada de las cosas
del mar. Comenzó entonces a perder la cabeza entre la brújula y el astrolabio,
confundiendo artimón con artillería, botalón con botavara, escotilla con
escobillón, trinquete con castillete, ordenando izar por arriar. En suma, tanto
lo agitó el tumulto de las palabras desconocidas y el movimiento inusitado del
mar, como que pensó en regresar a las costas de Barbados, lo que habría hecho
de no haber mediado el glorioso deseo de izar la bandera negra a la vista del
primer buque, lo que lo sostuvo en su propósito. No había embarcado provisión
ninguna, pues contaba con el pillaje. Pero la primera noche no se divisaron las
luces ni del más pequeño galeón. El Mayor Stede Bonnet decidió entonces que
había que atacar una aldea.
Alineó a todos sus hombres en el puente, les distribuyó
machetes nuevos y los exhortó a la más grande ferocidad; después se hizo llevar
un balde de betún con el cual se ennegreció el rostro y ordenó que lo imitaran,
lo que se hizo no sin alegría.
Después, estimando, según sus recuerdos, que convenía
estimular a su tripulación con alguna bebida habitual en los piratas, les hizo
tragar a todos y a cada uno una pinta de ron mezclada con pólvora la falta de
vino que es el ingrediente acostumbrado en piratería. Los criados del Mayor
obedecieron, pero, al contrario, de lo que era de estilo, sus rostros no se
inflamaron de furor. Avanzaron con bastante simultaneidad hacia babor y hacia
estribor, asomaron sus faces negras por sobre la borda y ofrecieron aquella
mixtura al pérfido mar. Después de lo cual, dado que la Revanche había poco menos
que encallado en la costa de Saint Vincent, desembarcaron bamboleándose.
Era muy de mañana y los rostros asombrados de los
aldeanos no despertaban demasiado la cólera. Ni el mismo Mayor se sentía con
ánimo de proferir alaridos. Hizo entonces, altanero, su provisión de arroz y de
legumbres secas con cerdo salado, las que pagó (como buen pirata y muy
noblemente según le pareció) con dos barricas de ron y un viejo cable. Después
de lo cual, los hombres consiguieron penosamente volver a poner a flote la
Revanche; y el Mayor Stede Bonnet, henchido de su primera conquista, regresó al
mar.
Anduvo con velas desplegadas todo el día y toda la
noche, sin saber que viento lo impulsaba. Hacia el alba del segundo día,
habíase amodorrado apoyado as la bitácora, muy molesto debido a su cuchillo y
su espingarda, cuando fue despertado por el grito de: –¡Ah, de la chalupa!
Y divisé a un tiro de cable el botalón de un navío
que se balanceaba. Un hombre muy barbudo estaba en la proa. Una pequeña bandera
negra flotaba en el mástil.
–¡Izad nuestro pabellón de muerte! –exclamó el
Mayor Stede Bonnet.
Y al recordar que su título era de las fuerzas de
tierra, decidió ahí mismo tomar otro nombre, siguiendo ilustres ejemplos. Sin
vacilación respondió entonces:
–¡Chalupa La Revanche, capitaneada por mí, capitán
Thomas, con mis compañeros de fortuna!
Ante lo cual el hombre barbudo se echó a reír.
–¡Bien hablado, compañero! –dijo–. Podremos navegar
en conserva. Y venid a beber un poco de ron a bordo de la Revanche de la Reine
Anne.
El Mayor Stede Bonnet comprendió en seguida que
había encontrado al capitán Teach, Barbanegra, el más famoso de aquellos que
admiraba. Pero su alegría fue menos grande de lo que podía haber supuesto.
Sintió que iba a perder su libertad de pirata. Taciturno, saltó por sobre la
borda del navío de Teach, quien lo recibió muy cortés, con el vaso en la mano.
–Compañero –dijo Barbanegra–, me gustas muchísimo.
Pero navegas con imprudencia. Y quiero que me creas, Capitán Thomas, será mejor
que permanezcas en nuestro buen navío; yo haré conducir tu chalupa por ese
buen hombre muy experimentado que se llama Richards; y tú, a bordo del navío de
Barbanegra, disfrutarás a tus anchas la libre existencia de los gentil-hombres
de fortuna.
El Mayor Stede Bonnet no se atrevió a rehusarse. Se
lo desembarazó de su machete y de su espingarda. Prestó juramento sobre el
hacha (porque Barbanegra no podía soportar la vista de una Biblia) y se le asignó
su ración de galleta y de ron, con su parte de los futuros botines. El Mayor
nunca había imaginado que la vida de los piratas estuviese tan reglamentada. Padeció
los furores de Barbanegra y las angustias de la navegación. Había partido de
las Barbados como gentilhombre, para ser pirata según su fantasía, y se vio
así obligado a convertirse verdaderamente en pirata a bordo de La Revanche de
la Reine Anne.
Llevó esa vida por tres meses, durante los cuales
asistió a su amo en trece capturas; después encontró la manera de volver a su
propia chalupa, La Revanche, bajo el mando de Richards. En eso mostró prudencia
pues, la noche siguiente, Barbanegra fue atacado a la entrada de su isla de
Okerecok por el teniente Maynard, quien llegaba de Bathtown. Barbanegra fue
muerto en el combate y el teniente ordenó que se le cortara la cabeza y se la
colgara de la punta de su bauprés, lo que fue hecho.
Mientras tanto, el pobre capitán Thomas huyó hacia
Carolina del Sud y navegó aún varias semanas. El gobernador de Charlestown,
advertido de su paso, envió al coronel Rhet a que se apoderara de él en la isla
de Sullivans. El capitán Thomas se dejó apresar. Fue llevado a Charlestown con
gran pompa bajo el nombre de Mayor Stede Bonnet, que reasumió tan pronto como
pudo. Fue metido en prisión hasta el 10 de noviembre de 1718, cuando
compareció ante la corte del vicealmirantazgo. El jefe de justicia Nicolás Trot
lo condenó a muerte con este muy hermoso discurso:
–Mayor Stede Bonnet; está usted convicto de dos
acusaciones de piratería, pero sabe que saqueó por lo menos trece naves. De
modo que podrían hacérsele once cargos más; pero con dos nos bastará –dijo
Nicolás Trot– pues son contrarios a la ley divina que ordena: No robarás
(Éxodo, 20, 15) y el apóstol San Pablo declara expresamente que los ladrones no
heredarán el Reino de Dios (I, Cor., 6, 10). Pero también sois culpable de
homicidio, y los asesinos –dijo Nicolás Trot– recibirán su parte en el lago
ardiendo con fuego y azufre, que es la muerte segunda. (Apoc. 21. 8).
¿Y quién entonces –dijo Nicolás Trot– podrá habitar
con las llamas eternas? (Isaías 33, 14) ¡Ah, Mayor Stede Bonnet, tengo sobrados
motivos para creer que los principios de la religión que os inculcaron en
vuestra juventud –dijo Nicolás Trot– han sido muy corrompidos por vuestra mala
vida y por vuestra demasiado grande dedicación a la literatura y a la vana
filosofía de estos tiempos, pues sí vuestra
delicia hubiese estado en la ley del Eterno –dijo Nicolás Trot– y en ella
hubieseis meditado de día y de noche (Salmos, I, 2) habríais hallado que la
palabra de Dios lámpara era a tus pies y lumbrera en tu camino (Salmos 119,
105) Pero así no procedió usted. No os queda entonces sino confiaros al Cordero
de Dios –dijo Nicolás Trot– que quita el pecado del mundo (Juan I, 29) que ha
venido para salvar lo que se había perdido (Mateo, 18, 11) y ha prometido que
no echaría fuera a quien a él fuera (Juan, 6, 37). De modo que si quiere usted
volver a él, aunque tarde –dijo Nicolás Trot– como los obreros de la undécima
hora en la parábola de los viñadores (Mateo, 20, 6, 9) aún podrá recibiros.
Mientras tanto, la corte sentencia –dijo Nicolás Trot– que seáis conducido al
lugar de la ejecución donde seréis colgado por el cuello hasta que la muerte
sobrevenga.
El Mayor Stede Bonnet, después de escuchar con compunción
el discurso del jefe de justicia, Nicolás Trot, fue colgado ese mismo día en
Charlestown como ladrón y pirata.
LOS SEÑORES BURKE Y HARE
Asesinos
El señor William Burke ascendió de la condición más
baja a una celebridad eterna. Nació en Irlanda y comenzó como zapatero.
Ejerció ese oficio durante muchos años en Edimburgo, donde se hizo amigo del
señor Hare, en quien ejerció una gran influencia. No cabe duda de que, en la
colaboración de los señores Burke y Hare, el poder de inventiva y de síntesis
haya pertenecido al señor Burke. Pero sus nombres perduran inseparables en el
arte como los de Beaumont y Fletcher. Vivieron juntos, trabajaron juntos y
fueron apresados juntos. El señor Hare no protestó nunca contra la popularidad
que favoreció muy particularmente a la persona del señor Burke. Un tan
completo desinterés no recibió su recompensa. Fue el señor Burke quien legó su
nombre al procedimiento especial que dio celebridad a los dos colaboradores. El
monosílabo burke vivirá mucho tiempo todavía en boca de los hombres, cuando ya
la persona de Hare se haya desvanecido en el olvido que se abate injustamente
sobre los trabajadores obscuros. El señor Burke parece haber puesto en su obra
la fantasía maravillosa de la isla verde donde había nacido. Su alma debió de
estar empapada en los relatos del folklore. Hay, en lo que hizo, como un
remoto relente de las Mil y una noches.
Semejante al califa que deambulaba por los jardines nocturnos de Bagdad, deseó misteriosas
aventuras, pues era curioso de relatos desconocidos y de personas extranjeras.
Semejante al gran esclavo negro armado con una pesada cimitarra, no encontró
ninguna más digna conclusión para su voluptuosidad que la muerte de los demás.
Pero su originalidad anglosajona consistió en que logró sacar el más grande
provecho de las correrías de su imaginación de celta. Cuando su gozo artístico
había terminado ¿qué hacía el esclavo negro, decidme, con aquellos a quienes
les había cortado la cabeza? Con una barbarie muy árabe, los descuartizaba para
conservarlos, salados, en un sótano. ¿Qué provecho sacaba? Ninguno. El señor
Burke fue infinitamente superior.
De alguna manera, el señor Hare le sirvió de
Dinazarde. Según parece, el poder de invención del señor Burke fue
particularmente excitado por la presencia de su amigo. La ilusión de sus
sueños les permitió valerse de un altillo para alojar allí pomposas visiones.
El señor Hare vivía en un cuartito, en el sexto piso de una casa de altos muy
poblada de Edimburgo. Un canapé, una gran caja y algunos enseres de tocador sin
duda, componían casi todo el mobiliario. En una mesita, una botella de whisky
con tres vasos. Era norma que el señor Burke no recibiera sino a una persona a
la vez, nunca la misma. Su procedimiento consistía en invitar a un transeúnte
desconocido, a la caída de la noche. Deambulaba por las calles para examinar
los rostros que despertaban su curiosidad. A veces elegía al azar. Se dirigía
al extraño con toda la amabilidad de que hubiera podido hacer gala
Harún-al-Raschid. El extraño trepaba los seis pisos hasta el altillo del señor
Hare. Se le cedía el canapé; se le daba a beber whisky de Escocia. El señor
Burke le preguntaba cuáles eran los incidentes más sorprendentes de su
existencia. Era un insaciable oyente el señor Burke. El relato era interrumpido
siempre por el señor Hare, antes que despuntara el día. La forma de
interrupción del señor Hare era invariablemente la misma y muy imperativa.
Para interrumpir el relato, el señor Hare acostumbraba ir detrás del canapé y
aplicar sus dos manos en la boca del narrador. En el mismo momento, el señor
Burke iba a sentarse en el pecho de éste. Los dos, en esa posición, imaginaban,
inmóviles, el fin de la historia, que no oían nunca. De esta manera, los
señores Burke y Hare acabaron una gran cantidad de historias, de las cuales el
mundo no conocerá nada.
Cuando el cuento se detenía definitivamente, junto
con el aliento del narrador, los señores Burke y Hare exploraban el misterio.
Desvestían al desconocido, admiraban sus alhajas, contaban su dinero, leían
sus cartas. Algunas correspondencias no carecieron de interés. Después metían
el cuerpo en la gran caja del señor Hare para que se enfriara. Y era entonces
cuando el señor Burke mostraba la fuerza práctica de su espíritu.
Era importante que el cadáver estuviese fresco,
pero no tibio, para poder utilizar hasta el último residuo del placer de la
aventura.
En esos primeros años del siglo, los médicos estudiaban
anatomía con pasión, pero, debido a los principios de la religión,
experimentaban muchas dificultades para conseguir sujetos para disecar. El
señor Burke, como buen espíritu esclarecido, se había dado cuenta de esta
laguna de la ciencia. No se sabe cómo se vinculó con un venerable y sabio
profesional, el doctor Knox, que enseñaba en la facultad de Edimburgo. Bien
puede ser que el señor Burke hubiese seguido cursos públicos, aunque por su
imaginación debió inclinarse más bien hacia los gustos artísticos. Se sabe con
certeza que prometió al doctor Knox ayudarlo tanto como le fuera posible. Por
su parte, el doctor Knox se comprometió a pagarle por sus esfuerzos. Había una
tarifa decreciente según se tratara de cuerpos de jóvenes o cuerpos de
ancianos. Estos últimos interesaban poco al doctor Knox. De la misma manera
opinaba el señor Burke, debido a que, generalmente, éstos tenían menos
imaginación. El doctor Knox se hizo célebre entre todos sus colegas por su
saber en anatomía. Los señores Burke y Hare disfrutaron la vida como
diletantes. Corresponde, sin duda, ubicar en esta época el período clásico de
sus existencias.
Porque el genio omnipotente del señor Burke pronto
lo arrastró más allá de las normas y reglas de una tragedia en la cual había
siempre un relato y un confidente. El señor Burke evolucionó completamente
solo (sería pueril invocar la influencia del señor Hare) hacia una especie de
romanticismo. El decorado del altillo del señor Hare ya no le bastaba, e
inventó el procedimiento nocturno en la niebla. Los numerosos imitadores del
señor Burke han empañado un poco la originalidad de su estilo. Pero he aquí la
verdadera tradición del maestro.
La fecunda imaginación del señor Burke se había
cansado de los relatos eternamente parecidos de la experiencia humana. El
resultado no había respondido nunca a su esperanza. Y acabó por interesarse tan
sólo por el aspecto real, siempre variado para él, de la muerte. Localizó todo
el drama en el desenlace. La calidad de los actores dejó de importarle. Los
tomó al azar. El accesorio único del teatro del señor Burke fue una máscara de
tela embebida en pez. El señor Burke salía las noches de bruma con su máscara
en la mano. Lo acompañaba el señor Hare. El señor Burke esperaba al primer
pasante, caminaba delante de él y después, volviéndose, le aplicaba la máscara
de pez en la cara, repentinamente y sólidamente. En seguida los señores Burke
y Hare se apoderaban, cada uno por su lado de los brazos del actor. La máscara
de tela empapada en pez deparaba la simplificación genial de sofocar los gritos
y la respiración al mismo tiempo. Además, era trágico. La bruma esfumaba los
gestos del actor. Algunos parecían representar a un borracho. Cuando la escena
terminaba, los señores Burke y Hare tomaban un cab y desvalijaban al personaje;
el señor Hare se encargaba de la ropa y el señor Burke subía un cadáver fresco
y limpio a lo del doctor Knox.
Y aquí, disintiendo con todos los biógrafos, abandonaré
a los señores Burke y Hare en medio de su aureola de gloria. ¿Por qué destruir
un tan hermoso efecto artístico llevándolo lánguidamente hasta el final de su
carrera, revelando sus flaquezas y sus decepciones? No hay que verlos de otra
manera como no sea con su máscara en la mano deambulando en las noches de
niebla. Porque el final de sus vidas fue vulgar y parecido a muchos otros.
Parece que uno de ellos fue colgado y que el doctor Knox tuvo que dejar la
facultad de Edimburgo. El señor Burke no dejó otras obras.

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