© Libro No. 691. Países y meditaciones. Proust, Marcel.
Colección E.O. Abril 5 de 2014.
Título original: © Países y
meditaciones. Marcel Proust
Versión Original: © Países y meditaciones. Marcel Proust
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Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
Países y meditaciones
Marcel Proust
Recuerdos de
Marcel Proust
Cuando yo era muy joven, él ya era un
muchacho apuesto. Podéis confiar en el retrato que le hizo Jacques Émile
Blanche. La boca fina, la sombra alrededor de los ojos, la cansada frescura,
tanto las facciones como la expresión son realmente las del joven Marcel
Proust. Más tarde Pierre de Guingand se pareció mucho a él. El aspecto de los
ojos de Marcel Proust en la tela de Jacques Blanche, y el retrato que conservo
en mi memoria son extraordinariamente semejantes; abiertos de par en par, más
ansiosos que asombrados, y con una engañosa expresión de ingenuidad.
Yo era asidua concurrente a los miércoles de
Madame Arman de Caillavet, y conocí a Marcel Proust en una época en que él
tenía aún la apariencia de un adolescente, así como los modales y la cortesía,
que no habrían tenido que sorprender a nadie, pero que sorprendieron a muchos,
del joven que hace su primera comunión. Anatole France, bajo el disfraz de una
campechanía condescendiente, le prestó vivo interés, mientras que la campechana
Madame Arman (Anatole France no emplea nunca el de cuando habla de su amiga)
fue más bien brusca en su manera de tratar al joven de amable semblante.
Una noche, Proust se presentó en la avenida
Hoch con un compañero apenas menor que él y, como él, agraciado y de voz suave.
Llegaron juntos, se despidieron juntos y juntos salieron del salón, con
idéntica manera de andar. En cuanto se hubieron marchado, Madame Arman de
Caillavet estalló como una nube de tormenta:
-¡Ah, no! Esto es demasiado -gritó- ¿Los han
visto ustedes? ¡Comportarse como dos gemelos cariñosos! ¡Haciéndose arrumacos
como un par de inseparables palomitas! ¡Ese chico va demasiado lejos! Se está
exhibiendo deliberadamente... Y, si se empeña en chocar a la gente ¡al menos
que no quiera ponerse en ridículo! ¿Qué opina usted, Monsieur France? Yo le
pregunto, ¿Cree usted realmente que...?
¡Monsieur Anatole France! ¡Se lo digo a
usted! ¿Por qué me mira de esa manera?
Finalmente nuestro unánime silencio la puso
en guardia y se volvió en redondo. Detrás de ella estaba Marcel Proust, apoyado
en una jamba de la puerta que acababa de abrir, perdiendo los delicados colores
de sus labios y mejillas.
-He venido... Quiero recoger... -alcanzó a
balbucir.
-¿Qué? ¿Qué quieres? -ladró Madame Arman.
-Un libro que me dio Marcel Schwob... ¿No le
he dejado por algún lado?... Allí, en el sillón... Siento tanto haberles
molestado...
Logró reunir las fuerzas suficientes para
recoger él libro y salió a todo escape.
El silencio que siguió no fue agradable para
ninguno de nosotros. Pero nuestra intrépida anfitriona tardó muy poco en
liquidar la cuestión con un encogimiento de sus rotundos y desnudos hombros,
cubiertos de brillantes:
-¡Bueno! ¡Bueno! ... No se pudo evitar ¿no?
Cuando volví a verlo, en el "Hotel
Ritz", donde él vivió durante la guerra, su enfermedad y el paso de los
años habían efectuado un rápido trabajo. Su agitación y su palidez parecían
resultado de alguna terrible pelea interior. Vestido de etiqueta, de pie en el
débilmente iluminado pasillo, en el corazón de un París oscurecido, Marcel
Proust me saludó con temblorosa alegría. Sobre su frac llevaba una capa sin
abrochar. La expresión de la blanca y arrugada pechera de su camisa, y las
convulsiones de su corbata, me asustaron tanto como las lívidas huellas bajo
sus ojos y alrededor de la boca, negruzcas e indiscretas manchas que una
enfermedad distraída había dejado impresas para siempre en su semblante. La
misma solicitud y los mismos corteses modales que había mostrado durante toda
su vida, seguían acompañando sus ademanes y palabras, como morbosos residuos de
su primera juventud. Ofrecían una bebida o alargaban una golosina con la misma
incertidumbre grave de un muchacho de dieciséis años. Como muchas personas
excepcionalmente delicadas, había dejado de sentir fatiga en el momento en que
sus compañeros rebosantes de salud empezaban a dar muestras de cansancio.
Recuerdo ciertas veladas pasadas más tarde en compañía de Madame Ana De
Noailles... La imagen de Proust acudía a mi memoria cuando la miraba a ella,
algo reclinada en su sillón, pálida, centelleante, con la nariz fruncida, los
hombros menudos encogidos bajo un chal, brindado hasta el amanecer a los
presentes y también a los ausentes, un justo tributo de flores y de dardos, de
guirnaldas y de juicios sin apelación...
A las dos de la madrugada, al marcharse los
invitados de Proust, éste se empeñó en acompañarlos. Había un viejo simón
soñoliento en la Place Vendóme, y Marcel Proust quería pagar al conductor para
que nos llevara a casa, pues éramos sólo cuatro o cinco personas. Después
insistió en acompañarnos a nuestras respectivas casas. Pero yo vivía en el
corazón de Auteil, y ni el cochero ni el caballo estaban en edad de hacer un
viaje tan largo, en una oscura noche de tiempos de guerra. Para que Proust no
sintiese remordimiento ni lamentase mi suerte, le conté que, como no andaba muy
bien de la vista, en ocasiones cuando volvía a mi casa muy tarde por las
noches, me detenía bajo uno de los faroles azules de la place de la Concorde y
me descalzaba, y después de atar los zapatos y las medias en un pequeño bulto,
hacía el trayecto entre el Cours-la-Reine y el bulevar Suchet fiándome en mis
descalzos y exploradores pies.
Nuestro anfitrión me escuchó, frente a la
columnata del Ritz. El silencio de la noche y la niebla que empañaba la vista
de la plaza formaban alrededor de Marcel un halo perfectamente adecuado a su
decadencia y prestigio. Con el sombrero de copa echado hacia atrás, un gran
mechón de pelo cubriéndole la frente, ceremonioso y desgreñado, parecía un
invitado joven y ebrio saliendo de una boda. La velada luz que salía del
vestíbulo de entrada, y el reflejo blanco y teatral de la pechera de su
arrugada camisa iluminaban su mentón y las curvas líneas de sus cejas. Le
divirtió mucho mi cuento de la pordiosera descalza y, cuando exclamó:
"¡No! ¿De veras hace eso?", una sonrisa que no sería capaz de
describir, una especie de asombro infantil, remodeló todas sus facciones.
Cuando por fin nos despedimos de él, retrocedió, nos dijo adiós con una mano
lánguida y pálida, y una vez más la noche se alejó en las profundas cuencas de
sus ojos y llenó de ceniza el negro óvalo de su boca, jadeante en busca de
aire.
Colette
Respuestas de Marcel Proust a un cuestionario
a la edad de veinte años
-¿El principal rasgo de mi carácter?
La necesidad de ser amado y, para precisarlo
más, la necesidad de ser acariciado y mimado más que de ser admirado.
-¿La cualidad que prefiero en un hombre?
Que tenga encantos femeninos.
-¿La cualidad que prefiero en una mujer?
Virtudes varoniles y franca camaradería.
-¿Lo que más aprecio en un amigo?
Que sea tierno conmigo, si su persona es tan
exquisita que se incline a dar un gran valor a la ternura.
-¿Mi principal defecto?
No saber ni poder "querer".
-¿Mi ocupación preferida?
Amar.
-¿Mi sueño de dicha?
Temo que no sea muy elevado. No me atrevo a
confesarlo y temo destruirlo diciéndolo.
-¿Cuál sería mi mayor desgracia?
No haber conocido a mi madre y a mi abuela.
-¿Qué quisiera ser?
Como me quisieran ver las personas a las que
admiro,
-¿En qué país desearía vivir?
En aquel donde ciertas cosas que yo quisiera
se realizaran como por encanto... y donde las ternuras fueran siempre
compartidas (el subrayado es de Proust).
-¿El color que prefiero?
La belleza no está en los colores sino en la armonía.
-¿La flor que prefiero?
La misma que usted.. y después todas.
-¿El pájaro que prefiero?
La golondrina.
-¿Mis autores favoritos en prosa?
Actualmente, Anatole France y Pierre Loti.
-¿Mis poetas preferidos?
Baudelaire y Alfred de Vigny.
-¿Mis héroes de ficción?
Hamlet.
-¿Mis heroínas favoritas de ficción?
Fedra (borrado por Proust). Berenice.
-¿Mis compositores preferidos?
Beethoven, Wagner, Shuhmann (sic).
-¿Mis pintores predilectos?
Leonardo da Vinci, Rembrandt.
-¿Mis héroes de la vida real?
Los señores Darlu y Boutroux.
-¿Mis heroínas históricas?
Cleopatra.
-¿Mis nombres favoritos?
Sólo prefiero uno por vez.
-¿Qué detesto más que a nada?
Lo que hay de malo en mí.
-¿Qué caracteres históricos desprecio más?
No soy lo bastante culto para responder.
-¿Qué hecho militar admiró más?
El haberme presentado voluntario.
-¿Qué reforma admira más?
(Marcel Proust no contestó a esta pregunta).
-¿Qué dones naturales quisiera tener?
Voluntad y seducciones.
-¿Cómo le gustaría morir?
Siendo mejor... y amando.
-¿Estado presente de mi espíritu?
Enfadado por haber pensado en mí, para
responder a estas preguntas.
-¿Hechos que me inspiran más indulgencia?
Los que puedo comprender (respuesta subrayada
por Proust).
-¿Mi lema?
Temería mucho que pudiera alcanzarme el
infortunio.
De Confidencias de Salón
(París, Lesueur-Damby,
editor, 19 rue de Bourgogne).
Este álbum pertenece
a Edward Watermann.
En torno a Proust
"Era particularmente notable la espesura
de su cabello negro y desmelenado, la larga y aquilina nariz que le daba un
aspecto oriental -parecía francamente asirio cuando se dejó crecer la barba-, y
los inmensos ojos oscuros que no revelaban ningún sentimiento, pero que
parecían, según se paseaban por los presentes, dos reflectores preparados para
absorber todo rayo visual que pudiera llegarle del exterior. De sus labios, a
menudo torcidos por una sonrisa inteligente y despectiva, salía una voz sumamente
particular un poco pueril, graciosa, gentil, cargada de mil inflexiones
curiosas. Me recordaba esa manera pegajosa de los niños cuando nos pasan sus
manitas por la cara y las ropas. Su voz lo desnudaba bastante; lo mostraba a la
vez sensual y un poco tímido. Era un observador despiadado. Buscaba arrancar
secretos de las cosas y de los seres. Así, Reynaldo Hahn describe cómo,
mientras se paseaban un día de la última década del siglo por los Jardines de
Révellon, la quinta de madame Lemaire, Proust se detuvo y preguntó, suavemente,
como excusándose, si molestaría a Reynaldo que él se quedase atrás un momento;
"Quiero echar un vistazo a aquellas rosas", dijo. Cuando Hahn,
después de un prolongado paseo, regresó al mismo lugar, encontró a su amigo
contemplando todavía las rosas en actitud de profunda meditación, mordisqueando
pensativamente una punta de su bigote.
Muchos años después, en abril de 1912 cuando
ya estaba muy lanzado en busca del tiempo perdido, aunque ningún tomo de esa
obra inmensa se había publicado, los hortelanos de Rueil, un pueblecito cercano
a París, quedaron asombrados al ver pararse un taxi, del que salió un hombre
delgado, cetrino, desmelenado, que llevaba un abrigó forrado en pieles sobre
una camisa de dormir. Era una tarde fría, lluviosa; se habló de llamar a la
policía..., el pasajero y el conductor, tenían un parecido alarmante con un par
de los notorios bandidos motorizados de la época. Pero una vez que el extraño
pasajero hubo mirado larga y fijamente a las filas de los manzanos florecientes
que se veían al otro lado de un campo fangoso, subió a su asiento y el taxi se
alejó. Proust había llegado hasta allí para documentarse para su último
capítulo y había captado la impresión exacta que necesitaba: "Hasta donde
la vista alcanzaba (los árboles) estaban en plena floración, escandalosamente
lujuriantes, vistiendo trajes de gala y con los pies en el fango". Y ahora
podía volver a su casa para acostarse.
Cuando Marcel Proust inició la búsqueda del
tiempo perdido, fue la eternidad lo que descubrió, más bien que su propio
pasado; tal como la podemos percibir, con los pobres medios a nuestra
disposición, durante esos momentos de visión que nos impresionan cual destellos
de relámpagos y nos dejan irradiados y cambiados para siempre. Desde luego el
autor de estas "crónicas", ni intentó ser el retratista o cronista de
la sociedad moderna de entre 1890 y 1910, que muchos de sus lectores, siguiendo
a ciertos biógrafos y críticos, creen que fue. Del hombre que escribió en uno
de sus cuadernos "Tengo la clara visión de la vida hasta el horizonte;
pero solamente lo que está más allá es lo que me interesa describir" no se
podía esperar una reproducción realista, detallada, de la escena social que
tenía ante sus ojos. Como Balzac, Proust fue un artista visionario. El mundo
que impuso a sus lectores fue el que llevaba dentro de sí: el de un niño
enfermo, demasiado sensible, a la vez muy consentido y maravillosamente dotado,
que rompe sus juguetes en cuanto ya no le son útiles o han dejado de complacer
su fantasía.
En el "Diario de un desconocido"
Cocteau hace un penetrante análisis de Proust y dice: "Está fuera de duda
que Proust percibió el tiempo verdadero, las falsas perspectivas que presenta y
nuestra imposibilidad de imponerle nuevas... Está ligado con demasiada avidez a
una eglantina, a un espinillo, a una mesa de hotel, a una partícula de polvo, a
un vestido para escaparse. Sin duda es legítimo, ya que él no procura sino
vencer al realismo".
Proust fue un autor dedicado a la búsqueda de
la verdad. Por eso merece mejor suerte que ser víctima perenne de la mala
información y del error acerca de sus intenciones y logros".
Peter Quennell
Carta al perro de Reynaldo Hahn
Mi querido Zadig[1]:
Te quiero mucho porque tienes mucha tristeza
y amor por el mismo que yo; y no podías encontrar nada mejor en el mundo
entero. Pero no tengo celos de que te quiera más a ti, porque es justo y porque
eres más desgraciado y más cariñoso. He aquí como lo sé, mi gentil perro;
cuando era pequeño y me afligía tener que dejar a mamá, o ir de viaje, o
acostarme, o una muchacha a quien quería, era más desgraciado que ahora, en
primer lugar porque como tú no era libre como lo soy ahora de ir a consolar mi
tristeza y me quedaba encerrado con ella, pero también porque estaba atada a mi
cabeza, donde no tenía ninguna idea, ningún recuerdo de lectura, ningún
proyecto en el cual evadirme.
Y tú eres así, Zadig; nunca has leído y no
tienes ideas. Y debes ser muy desgraciado cuando estás triste. Pero, escucha
esto mi querido Zadig, lo que una especie de perrito que soy en tu género, te
dice y te dice, pues ha sido hombre y tú no. Esa inteligencia sólo nos sirve
para sustituir esas impresiones que te hacen amar y sufrir, por facsímiles que
afligen menos y dan menos ternura.
Los escasos momentos en que recobro toda mi
ternura, toda mi capacidad de sufrimiento, es porque no he sentido esas falsas
ideas, sino según algo que es semejante en ti y en mí, mi adorable perrito. Y
eso me parece taxi superior al resto que sólo cuando he vuelto a ser perro, un
pobre Zadig como tú, me pongo a escribir y sólo los libros así escritos me
gustan. El que lleva tu nombre, mi viejo Zadig, no es en absoluto así[2].
Es una pequeña disputa entre tu amo que es también el mío y yo. Pero tú no
tendrás querellas con él, pues no piensas. Querido Zadig, somos viejos y
estamos enfermos los dos. Pero me gustaría mucho ir a visitarte con frecuencia
para que me acerques a tu amito en vez de separarme de él. Te beso de todo
corazón y mandaré a tu amigo Reynaldo tu pequeño rescate[3].
Tu amigo
Bunch. (Marcel Proust)
Países y meditaciones
Cosas de Oriente
A propos
du voyage en Turquie d Asie[4]
, del señor conde de Cholet, 1er. volumen, Ediciones Plon.
A Enrique de Rothschild...
por su amor a los viajes.
I
Increíbles
viajeros, ¡qué nobles historias leemos en vuestros ojos tan profundos como
los
mares!
Mostradnos
los estuches de vuestras
enriquecidas
memorias,
esas
joyas maravillosas hechas de astros y
de éter.
Deseamos viajar sin vapor y
sin velas, para aliviar el ocio de nuestras prisiones, dejad pasar, por
nuestros espíritus tensos
como una
tela, vuestros recuerdos, con sus marcos de
horizonte.
Decid...
¿Qué visteis?[5]
Los viajeros nos han confesado -a pesar de
que nadie lo haya dicho tan bien como el señor de Cholet, con mano maestra para
la evocación, con destreza de mago para hacer aparecer ante nosotros los seres
y las cosas más diversos. Pero Baudelaire, igualmente embriagador por la
belleza del mundo y su vanidad, había dicho que "esas nobles historias"
no eran reales:
Las
ciudades más ricas, los paisajes más bellos
nunca
encierran el atractivo misterioso
de lo que
hace el azar con las nubes.
Lo hemos
visto en todas partes...
El
aburrido espectáculo del pecado inmortal,
¡Amarga
sabiduría la que uno consigue en el
viaje!
El mundo
aburrido y pequeño del día
Ayer,
mañana, siempre nos hace ver nuestra
imagen,
un oasis
de horror en un desierto monótono.[6]
Pero, a una generación muy sensible al inútil
esplendor de las cosas, sucedió otra, preocupada de devolverle su meta, su
significado a la vida y al hombre el sentimiento de que crea su destino de
alguna manera. La realidad moral del viaje le ha sido devuelta (consultar Paul
Desjardins, Le devoir présent). Consiste en el esfuerzo de voluntad que
resulta, en el mejoramiento moral al que desemboca. Hemos querido remarcar con
eso que los artistas más refinados y también los más elevados moralistas,
pueden encontrar placer en los libros de viajes, que no sólo encierran un
interés científico, sobre todo sí, como el que recomendamos al lector, son
testimonio de la más alta inteligencia y la energía más admirable.
II
"Naturaleza tan rica en la expansión de
su vitalidad". Así habla de Francia el señor de Cholet, y al que ha
terminado de leer su libro le parece, que hablaba de sí mismo. Lo que enriquece
ese libro y le otorga tanto interés es la vitalidad en todas sus
manifestaciones, vida voluptuosa de la imaginación artística que se fija a los
paisajes más diferentes y los recrea, vida rigurosa del pensamiento que piensa
los más grandes problemas de la historia, enérgica vida de una voluntad sin
fronteras ni flaquezas que proyecta las empresas más difíciles y las lleva a
buen término... El afiebramiento del pensar y la acción da su calor al relato
que abarca todo el itinerario del señor Cholet, desde Constantinopla hasta
Erzeroum, Diarbekir, Bagdad y Alejandría, desafiando el rigor de la
temperatura, la vecindad de los asaltantes, a pesar de dificultades
infranqueables por doquier, enfrentadas con una alegría que le resta al estilo
una vida singular. La compañía de un oficial, el señor Jullien que conversaba
con los indígenas en su lengua, le ayudó a recoger por los caminos, al señor de
Cholet, muy divertidas anécdotas que no forman la parte menos agradable del
libro. Tienen la fragancia de flores abiertas muy lejos de nosotros, sobre
labios de hombres muy distintos a los que frecuentamos y cuyo pensamiento al
mismo tiempo que sigue pareciéndonos, a pesar de todo, comprensible, pareciera
otro y distinto. Esas leyendas son de un realismo sabrosísimo como lo demuestra
esa maravillosa "historia de los castillos de la enamorada y del
enamorado" que la contaríamos si ya no la hubiese reproducido el Hecho de
París en su último suplemento y que a pesar de su título prestigioso y la
poesía de su
fabulación, se reduce a un consejo de higiene
y, si me atrevo a decirlo, a una prescripción de baños fríos contra la
impotencia.
III
Los curdos y los turcos le han causado, en
general, una muy buena impresión al conde Cholet, que elogia en varios pasajes
sus sentimientos familiares. Hasta dedica a la belleza de los jóvenes turcos
una descripción encantadora. Los armenios le inspiraron páginas menos
favorables pero no menos brillantes. "Tierra singular esa de Turquía, en
Asia, dice el señor de Cholet, después de haber hablado de ellos, en la que
viven las razas más disímiles sin mezclarse, sino que además se practican, sin
confundirse, las religiones más variadas: armenios o griegos, mahometanos o
sirios, maronitas o caldeos, gregorianos o nestorianos, separados únicamente a
veces por diferencias de ritual o de interpretación, y se levantan
irreconciliables unos frente a otros, excitados sobre todo por su clero,
excesivamente numeroso y paupérrimo. Algunos, sin embargo, son más eclécticos
y se nos habla de uno de los fuertes comerciantes de la ciudad, en Cesarea, que
mandó a su hijo a la escuela armenia, hizo ingresar a otro en el colegio jesuita
y al tercero en el instituto protestante. Consideraba que conseguiría apoyo en
cada sector y sólo consideraba el culto diferente que cada hijo practicaba como
un medio para proporcionarles educación gratuita y excelente".
¿Ese personaje de Cesarea no parece acaso un
personaje de Meilhac que hubiera dejado a sus camaradas inmateriales para
colonizar el Asia Menor? El capítulo sobre Erzeroum es uno de los más
divertidos. Mientras que la policía persigue al señor de Cholet y su escolta,
el Ejército le prodiga honores y respeto y desfila ante él. Se ve obligado a
pasar una gran revista, él, muy joven teniente. "Apenas dimos unos pasos y
fuimos reconocidos y de pronto los tambores llamaron a tropa a los soldados,
los oficiales presentaron armas, las banderas saludan a nuestro paso, la música
suena y nosotros, humildes tenientes acostumbrados a rendir tales honores pero
no a recibirlos, obligados a desfilar delante de todo el frente del regimiento,
con nuestros capotes de viaje, la gorra en la cabeza y la fusta en la mano, nos
sentimos como en sueños y miramos asombrados las mangas de nuestra ropa para
comprobar si en una noche no les han aparecido algunas estrellas".
Para terminar, querría resumir algunas
consideraciones generales que consagra al estado actual del Imperio Otomano ese
viajero que partió con la esperanza de estudiarlo profundamente y cuya
esperanza no parecerá frustrada a quien lea toda su obra.
Entre el cumplimiento de las ideas morales y
el avance de la ciencia, se necesita armonía en un estado equilibrado, En
Turquía no existe; se advierte un gobierno que bajo la presión de Europa
decreta reformas admirables, adquiere maquinarias, armas, arsenales y que se
encuentra, cuando hay que hacer cumplir las leyes, manejar los nuevos inventos
o disparar un tiro, frente a una jerarquía de funcionarios en que los
inspectores únicamente piensan en oprimir a los inspeccionados. El campesino,
que no tiene a nadie debajo de él, víctima de las exigencias que se prosiguen
con éxito desde el valí al simple zaptieh, trabaja con un entusiasmo admirable
y no llega a cubrir nunca el impuesto que se le reclama. Un ejército de
administradores devorando (ese es el término) a sus administrados, tal es el
esquema que presenta el Imperio Otomano. Catalina II, comparando los defectos
de sus generales con el descuido de los turcos, afirmaba: "Entre nosotros
es la ignorancia de la primera juventud, pero en ellos es la decrepitud de una
vejez imbécil". El juicio sobre el porvenir del imperio turco no parecería
haber cambiado en el último siglo.
Y así es el libro, sin pretensiones, pero no
sin talento, muy vital, ya que es obra de la reflexión y observación pintoresca
a un tiempo y en el que las descripciones tienen la frescura de las acuarelas;
en fin, tiene el acento de las cosas contempladas directamente, hechas o
sufridas en carne propia, acento inimitable y que llega siempre al corazón.
Littérature et critique,
25 de mayo de 1892
Días de lectura
Sin duda habéis leído las Memorias de la
condesa de Boigne. Como hay "tantos enfermos" en estos momentos, los
libros encuentran lectores y hasta lectoras. Sin duda, cuando no hay
posibilidades de salir ni hay que hacer visitas, preferiría recibirlas antes
que leer. Pero "por esos tiempos de epidemia", aún las visitas que se
reciben no dejan de entrañar un peligro. Ya es la señora que desde la puerta en
que se detiene por un instante -nada más que un momento- y desde donde encuadra
su amenaza, os grita:
-¿No tiene miedo a las. paperas y a la
escarlatina? Le aviso que mi hija y mi nieta la tienen. ¿Puedo pasar?
Y entra, sin esperar la respuesta.
Ya es otra, menos sincera, que saca el reloj:
-Tengo que volver enseguida: mis tres hijas
tienen sarampión; voy de una casa a otra; mi inglesa está en cama desde ayer
con una fiebre que vuela y mucho me temo que me toque el turno a mí, porque ya
me sentí mal al levantarme. Pero hice el gran esfuerzo para visitarlo...
Entonces uno elige no recibir demasiado y
como no siempre se puede telefonear, se lee. Se lee únicamente en último
extremo. Pero primeramente se telefonea abundantemente. Y como nos comportamos
como niños que jugamos con las fuerzas sagradas sin estremecernos por su
misterio, el teléfono sólo nos parece "que es cómodo" o más bien como
somos unos niños mimados, nos parece que "es una incomodidad";
llenamos con nuestras quejas Le Figaro, porque no nos parece suficientemente
rápido en sus cambios la magia admirable en que algunos minutos transcurren, en
efecto, antes de que aparezca junto a nosotros, invisible pero presente, la
amiga con quien deseábamos conversar, y que al mismo tiempo que sigue junto a
su mesa, en la lejana ciudad donde vive, bajo un cielo diferente del nuestro,
con un tiempo que no es el de aquí, entre preocupaciones y en circunstancias
que ignoramos y que nos contará, de pronto se siente transportada a cien leguas
(ella y todo su entorno en el que está sumergida) hasta nuestra oreja, en el momento
en que así lo ordenó nuestro capricho. Y nos sentimos como ese personaje del
cuento de hadas al que un mago, ante su deseo expresado, le hace aparecer su
novia con mágica prontitud, mientras hojea un libro, derramando lágrimas o
juntando flores, muy cerca de él, y sin embargo, sin abandonar el lugar en que
se encuentra en ese momento, muy lejos. Para que se renueve ese milagro sólo
tenemos que acercar los labios a la planchuela mágica y llamar -a veces durante
largo rato, lo concedo- a las Vírgenes vigilantes cuya voz oímos todos los
días sin conocer sus rostros nunca y que son nuestros ángeles custodios en esas
tinieblas vertiginosas cuyas entradas vigilan con celo, las Todopoderosas por
quienes surgen los rostros ausentes al lado nuestro, sin que nos sea posible
advertirlas; basta con llamar a esas Danaides de lo Invisible que vacían,
llenan y se intercambian incesantemente las urnas oscuras de los sonidos, las
Furias celosas que, mientras murmuramos confidencias a una amiga, nos gritan
con ironía: "Escucho", en el momento que pensábamos que nadie nos
oía; las siervas irritadas del Misterio, implacables divinidades, señoritas
telefonistas. Y tan pronto como suena su llamado en la noche llena de
apariciones, sobre la que sólo se abren nuestras orejas, un leve ruido, un
ruido abstracto, el de la distancia suprimida y ya la voz de nuestra amiga, que
nos habla.
Si en ese momento entra por la ventana y para
importunarla mientras nos conversa, la canción de un paseante, la bocina de un
ciclista, o la charanga lejana de un regimiento en marcha, todo eso suena muy
claramente para nosotros (como para demostrarnos que es ella efectivamente, la
que está junto a nosotros, ella y todo lo que la rodea en ese momento, lo que
hiere su oído y distrae su atención)-detalles de verdad, extraños al tema,
inútiles por sí mismos, pero tan necesarios para revelarnos toda la evidencia
del milagro-, rasgos sobrios y encantadores de color local, descriptivos,
típicos de las calles y los caminos provincianos, sobre los que da su casa y
del estilo que los elige un poeta cuando quiere hacer vivir un personaje o
evocar un ambiente en torno a él.
Sin duda es ella, es su voz la que nos habla,
la que está ahí. Pero qué lejos está. Cuántas veces no he podido oírla sin
angustia, como si frente a esa imposibilidad de ver antes-de largas horas de
viaje, a aquella cuya voz estaba tan cercana a mi oído, percibía mejor cuanta
desilusión hay en la apariencia del acercamiento más dulce y a qué distancia
podemos estar de las cosas queridas, en el momento en que pareciera que sólo
tendríamos que tender la mano para contenerlas. Presencia real -esa voz tan próxima-
en la separación efectiva. Pero anticipación de una separación eterna, también.
Frecuentemente, oyendo de esta manera, sin ver a la que me hablaba desde tan
lejos, me pareció que esa voz clamaba en las profundidades desde las que no se
sube jamás, cuando una voz regresaría así, sola, y sin depender ya de un cuerpo
que nunca volveré a ver murmurar a mi oído palabras que hubiera querido
encerrar al paso sobre unos labios convertidos en polvo.
Decía que antes de decidirnos a leer,
tratamos en general de conversar, de telefonear, solicitamos número tras
número. Pero a veces las Hijas de la Noche, las Mensajeras de las Palabras
sosas sin Rostro, las Caprichosas Guardianas no quieren o están impedidas de
abrirnos las puertas de lo Invisible, el Misterio solicitado permanece sordo,
el venerable inventor de la imprenta y el joven príncipe amante de la pintura
impresionista y el chófer -Gütenberg y Wagram[7]- que
ellas invocan con frecuencia, dejan sus súplicas sin respuesta; entonces, como
no se pueden hacer visitas, como no se quiere recibirlas, como las telefonistas
no nos consiguen la comunicación, uno se resigna a enmudecer y a leer.
Dentro de pocas semanas se podrá leer el
nuevo libro de poemas de la señora de Noailles, Los Deslumbramientos (no sé si
saldrá con ese título), todavía superior a esos libros de genio: El corazón
innumerable y La sombra de los días, verdaderamente parecido, creo, a las Hojas
de Otoño o a las Flores del Mal. Mientras tanto podría leerse esa exquisita y
pura Margaret Ogilvy de Barrie, traducido a las mil maravillas por R. de
Huriéres, y que no es otra cosa que la vida de una campesina contada por su
hijo, poeta. Pero no; desde el momento que uno se ha resignado a leer, se
eligen libros como las Memorias de la señora de Boigne, libros que nos brindan
la ilusión que se siguen haciendo visitas, que se sigue frecuentando a la gente
a la que no se podía, porque no habíamos nacido aún en tiempos de Luis XVI y
que por lo demás, no han de cambiaros mucho de lo que conocéis, porque llevan
sus mismos nombres, sus descendientes y vuestros amigos, los que por una
enternecedora cortesía hacia vuestra débil memoria han conservado los mismos
nombres de pila y se siguen llamando: Odon, Ghislain, Nivelos, Victurniano,
Josselin, Leonor, Artus, Tucdual, Ahéaume o Reynulfos. Bellos nombres de
bautismo por otra parte y al escucharlos haría uno mal en sonreírse; llegan
desde un profundo pasado, que en su inesperado brillo parecen relucir como esos
nombres de profetas o de santos que se escriben abreviados en los vitrales de
nuestras catedrales. El mismo Jehan, aunque más cercano. a un nombre de
nuestros tiempos ¿no parece trazado inevitablemente como con letras góticas en
un libro de Horas con un pincel empapado en púrpura,
en ultramar o en azul? Frente a esos nombres,
el vulgo repetiría quizá la canción de Montmartre:
Braganza, ya conocemos a ese pájaro;
¡Si será grande su orgullo que eligió ese
nombre!
¡No puede llamarse como todo el mundo![8]
Pero si el poeta es sincero, no comparte esa
alegría y con los ojos fijos en el pasado que le descubren esos nombres,
contestará con Verlaine:
Veo, oigo muchas cosas
En su nombre carolingio[9].
Un pasado muy vasto, tal vez. Me complazco en
pensar que esos nombres que llegaron hasta nosotros en tan contados ejemplares,
gracias a la frecuentación de las tradiciones que conservan ciertas familias,
fueron antaño nombres muy difundidos -nombres de villanos como también de
hidalgos- y que de ese modo a través, de los cuadros candorosamente coloreado§
de la linterna mágica que nos presentan esos nombres, no Sólo advertimos al
poderoso señor de barba azul o a la hermana Ana, sino también al campesino inclinado
sobre la hierba que verdea y a los hombres de armas cabalgando sobre los
polvorientos caminos del siglo trece[10].
Esa impresión medieval que dejan esos
nombres, muy a menudo no resiste el trato con los que los llevan y que no
conservaron ni comprendieron su poesía; pero ¿puede pedírsele a los hombres que
se muestren dignos de su nombre cuando a las cosas más bellas les cuesta estar
a la altura del suyo, cuando no hay un país, una ciudad, un río, cuya visión
pueda satisfacer el deseo de ensueño que su nombre había hecho nacer en
nosotros? Lo prudente sería reemplazar todas las relaciones sociales y muchos
viajes por la lectura del almanaque del Gotha y la guía de ferrocarriles...
Las memorias de fines del siglo dieciocho y
de comienzos del diecinueve, como las de la condesa de . Boigne, tienen ese
contenido conmovedor y es que le dan a la época contemporánea, a nuestros días
vividos sin belleza, una perspectiva bastante noble y bastante melancólica,
haciendo de ellos algo así como un primer plano de la historia. Nos permiten
pasar fácilmente de las personas que hemos encontrado en la vida -o que han
conocido nuestros padres- a los padres de esas personas; habiendo sido ellos
mismos autores o personajes de esas memorias, pudieron presenciar la Revolución
y ver pasar a María Antonieta. De tal manera que la gente que hemos ; podido
ver o conocer -la gente que hemos visto con los ojos de la carne- son como esos
muñecos de cera de tamaño natural, que en un primer plano de paisajes
artificiales, pisan un césped natural, y levantando un bastón comprado en una
tienda, parecen seguir perteneciendo a la muchedumbre que los contempla y nos
conducen gradualmente a la tela pintada del fondo, a la que dan gracias a unas
transiciones hábilmente dispuestas, la apariencia de la realidad y de la vida.
Así es que de esa señora de Boigne -d'Osmond de soltera-, educada, según nos
cuenta, en las rodillas de Luis XVI y de María Antonieta, he visto muy a menudo,
cuando era adolescente, en bailes, a su sobrina la anciana duquesa de Maille,
de soltera d'Osmond, más que octogenaria, pero aún soberbia bajo sus cabellos
grises que levantados sobre la frente evocaban la peluca de tres rizos de un
presidente togado. Y recuerdo que mis padres comieron frecuentemente con el
sobrino de la señora de Boigne, el señor d'Osmond, para quien ella escribiera
esas memorias y cuya fotografía encontrara yo entre sus papeles, con muchas
cartas que les había dirigido. De manera que como mis primeros recuerdos de
bailes se vinculan como. por un hilo a los relatos algo más borrosos para mí,
pero todavía muy reales de mis padres, se reúnen con una atadura, ya casi
desmaterializada, con los recuerdos que conservara la señora de Boigne y que
nos cuenta las primeras fiestas a las que asistió; tejiendo todo ello una trama
de frivolidades, poética sin embargo, porque concluye en tejido de sueños,
liviano puente tendido desde el presente a un pasado muy lejano y que une, para
hacer más viva la historia y casi histórica la vida, la vida con la historia.
¡Ay! He llegado hasta la tercera columna de
este diario y no he empezado realmente la nota. Debía llamarse "El
snobismo y la posteridad"; no podré usar ya ese título, porque he ocupado
el lugar que se me había asignado, sin decir una sola palabra sobre el snobismo
ni alguna sobre la posteridad, dos personas que pensábais sin duda no llamadas
a encontrarse, para mayor felicidad de la segunda y a cuyo respecto pensaba
someteros algunas meditaciones inspiradas por la lectura de las Memorias de la
condesa de Boigne. Será la próxima vez. Y si para entonces, algunos de los
fantasmas que se interponen sin cesar entre mi pensamiento y su objeto, como
sucede en los sueños, llega aún a solicitar mi atención y a desviarla de lo que
tengo que deciros, lo apartaré, como Ulises apartaba con su espada, las sombras
apretadas a su alrededor para implorar una forma o una tumba.
Hoy he podido resistir el llamado de esas
visiones que veía flotar, entre dos aguas, en la diafanidad de mi pensamiento.
E intenté con éxito, lo que consiguió el maestro vidriero, distancia que se le
habían aparecido, entre dos aguas enturbiadas de reflejos sombríos y rosados,
de un material traslúcido, en la que a veces un rayo caprichoso, llegado desde
el corazón, podía hacerles creer que seguían jugando dentro de un pensamiento
vivo. Así como las Nereidas que el escultor antiguo había arrancado al mar, pero
que parecían todavía sumergidas, cuando se las veía nadar entre las olas de
mármol del bajorrelieve que las representaba. He actuado mal. No volveré a
empezar. Os hablaré la próxima vez del snobismo y de la posteridad, sin
desvíos. Y si alguna otra idea se me cruza, si alguna fantasía indiscreta,
queriendo interferir en lo que no le concierne, amenaza con sus interrupciones,
le rogaré enseguida, que nos deje en paz: "Estamos conversando, no corte,
señorita".
Le Figaro, 20 de marzo de 1907
En el umbral de la primavera
Espinos blancos, espinos rosados
El otro día leía, respecto a este invierno
relativamente templado --que hoy termina- que los hubo en el transcurso de los
siglos anteriores, en que los espinos florecían en pleno febrero. Mi corazón se
estremeció ante este nombre, que está unido al de mi primer amor por una flor.
Todavía recupero para mirarlas, la edad y el
corazón que tenía cuando las vi por vez primera. Por más lejos que las descubra
en un seto, con su gasa blanca, renace el niño que yo era entonces. Es por eso,
que la débil impresión desnuda que sólo despiertan en mí otras flores, se
encuentra reforzada, en cuanto a los espinillos[11] por
impresiones más lejanas y más jóvenes que la acompañan como las voces frescas
de esas coristas invisibles que en ciertas representaciones de gala acompañan
para sostener y dar fuerza a la voz fatigada y gastada de un viejo tenor,
mientras canta una vieja canción. Entonces si me detengo a mirar las flores del
ciruelo, no se trata de mi mirada sino que toda mi memoria y mi atención están
en juego. Trato de aclarar cuál es esa profundidad sobre la que me parece que
se destacan los pétalos y que agrada como un pasado, algo como un alma, a la
flor; porque me parece recuperar en ella, canciones y antiguos claros de luna.
Fue en el mes de María que vi, o descubrí por
primera vez, los espinos. Inseparables de los misterios en que participan, como
las plegarias, colocadas en el mismo altar, dejaban correr por entre los
candelabros y los vasos sagrados, sus ramas horizontales entrelazadas, en un
símbolo de fiesta, que adornaba aún más los festones de su follaje, sobre el
que estaban sembrados profusamente, como en la cola de un vestido de novia,
unos capullitos blancos. Más arriba se abrían sus corolas, conteniendo tan descuidadamente
como un último y vaporoso adorno el ramillete de etaminas que las nimbaba
totalmente de niebla, y que al tratar de imitar en el fondo de mí mismo el
gesto de su florescencia me lo imaginaba, sin darme cuenta, como los aturdidos
movimientos de una muchacha vivaz y distraída. Cuando me arrodillaba, antes de
partir, frente al altar, sentía, al levantarme que las flores exhalaban un perfume
amargo y dulzón, como de almendras. A pesar de la inmovilidad silenciosa de los
espinos, ese perfume intermitente era algo como el murmullo de su intensa vida
con que vibraba el altar, como un seto agreste visitado por antenas vivientes
que sugería, al ver ciertas etaminas casi rojas que parecían haber conservado
su primaveral esplendor, el poder irritante de insectos, hoy transformados en
flores.
En esas tardes al salir del mes de María,
cuando el día era muy bello y había claro de luna, en lugar de volver
directamente, mi padre por amor de la gloria nos hacía dar un largo paseo por
el calvario al que la escasa aptitud de orientación y hasta para ubicarse que
tenía mi madre hacía considerar como la proeza de un genio estratégico.
Volvíamos por la avenida de la estación donde se encontraban las casas más
agradables de la comuna. En cada jardincillo, el claro de luna, como Hubert
Robert, sembraba sus escalones quebrados de mármol blanco, sus surtidores de
agua, sus rejas entreabiertas. Su luz había destruido la oficina de telégrafos.
Sólo subsistía una columna quebrada a medias, pero que conservaba la belleza
de una ruina inmortal. En el silencio que nada absorbía, se destacaban por
momentos y sin rebabas, los ruidos que venían desde muy lejos, imperceptibles
pero detallados con tal "acabado" que sólo parecían deber ese efecto
de lejanía a su pianissimo: -como esos trozos de sordina tan bien ejecutados
por la orquesta del Conservatorio, que sin perder una nota, sin embargo, se
creía oírlos muy lejos de la sala de conciertos y los viejos abonados,
emocionados, aguzaban sus oídos, como si escucharan el avance progresivo de un
ejército en marcha que aún no hubiese tomado por la calle de Trévise.
Arrastraba las piernas, me caía de sueño, el perfume de los tilos que
embriagaban me parecía una recompensa que sólo podía lograrse al precio de las
mayores fatigas y que no valía la pena. Mi padre, de pronto, nos hacía detener
y preguntaba a mi madre:
-¿Dónde estamos?
Cansada por la marcha, pero orgullosa de él,
le confesaba con ternura que lo ignoraba. El alzaba los hombros y reía. Era
entonces cuando, como si la hubiese sacado del bolsillo del saco, nos señalaba
con la llave, visible delante de nosotros, la puerta trasera de nuestro jardín,
que había venido, con la esquina de la calle, a esperamos en el final de esos
caminos desconocidos. Mi madre le decía, entonces, con admiración:
-Eres extraordinario.
A partir de ese instante no tenía que dar yo
un solo paso... el suelo caminaba por mí, en ese jardín en el que desde hacía
tiempo mis actos habían dejado de acompañarse con una voluntaria atención: la
Costumbre me recibía en sus brazos y me llevaba a la cama, como a un niño
pequeño.
Un domingo, después del almuerzo, alcanzando
a mis padres por un pequeño sendero que ascendía hacia los campos, lo encontré
rumoroso de perfume a espinillos. El seto formaba como una serie de capillas
que desaparecían bajo el cúmulo de flores amontonadas en forma de altares; por
encima el sol echaba sobre el suelo un cuadriculado de luz, como si acabara de
atravesar un jarrón; su perfume se derramaba tan untuoso, tan concreto en su
forma como si hubiese estado frente al altar de la Virgen, y las flores tan bien
distribuidas conservaban cada una con apariencia distraída, su deslumbrante
ramillete de etaminas, finas y luminosas nervaduras de estilo gótico flameante,
como las que en la iglesia calaban la rampa del púlpito o el crucero del vitral
y que se abrían en las carnosidad blanca de la flor de la fresa. Qué ingenuos y
qué campesinos parecían comparados con los rosales silvestres que en esa cálida
tarde de domingo subían a su lado, a sol pleno, por el camino salvaje, con la
seda de su corpiño candoroso que desarma un soplo.
Pero por más que me quedara frente a los
espinos, oliendo, manejando el pensamiento sin saber cómo, para perder, para
encontrar de nuevo ese olor invisible y fijo, para unirme al ritmo que
despedían sus flores, aquí y allá, con alegría juvenil y a intervalos
sorpresivos, como ciertos silencios en la música, me ofrecían indefinidamente
el mismo sortilegio con inagotable agresividad, pero sin dejármelo gozar mucho
más que esas melodías que se tocan cien veces seguidas sin que se consiga
ahondar en sus secretos. Me apartaba de ellas por un segundo, para enfrentarlas
luego con renovadas energías. Perseguía hasta la pendiente, que detrás del seto
trepaba en áspera cuesta hacia los campos, alguna amapola perdida, algunas
centáureas silvestres perezosamente retrasadas, que lo decoraban aquí y allá
con sus flores, como el ribete de una labor en que aparece salteado el motivo
agreste que se ha de imponer en el panel; escasos por ahora, espaciados como
las pocas casas que anuncian la proximidad de algún pueblo, me anunciaban la
enorme extensión donde termina la marea de los trigales, donde las nubes
retozan, y la vista de una sola amapola levantando arriba de su cordaje y
haciendo flamear al viento su llama roja por encima de su boya aceitosa y
negra, me hacía palpitar el corazón, como el viajero que divisa en las tierras
bajas un primer barco naufragado que están calafateando y exclama antes de
verlo: "¡El mar!"
Luego volvía a los espinillos, como se vuelve
frente a las obras maestras, a las que se cree mejor cuando se ha dejado de
verlas por un momento. Entonces, brindándome esa alegría que experimentamos
cuando vemos una obra de nuestro pintor favorito, diferentes de las que
conocemos, o si nos llevan ante un cuadro del que sólo habíamos visto un boceto
a lápiz, si un fragmento oído únicamente al piano nos sorprende revestido con
los colores de la orquesta, mi abuelo me llamó y mostrándome el seto de un
parque cuyo lindero bordeábamos, me dijo:
-Ya que te gustan los espinillos, mira un
poco éste, sino es bello y de los rosados...
Efectivamente, era un espino rosado, más
bello aún que los blancos. También tenía su traje de fiestas --de esas únicas
fiestas verdaderas que son las religiosas, ya que un capricho del momento no
las aplica como las mundanas a i un día cualquiera que no les está
especialmente destinado, que no tiene nada de feriado, esencialmente- pero un
traje más rico aún, porque con las flores atadas a unas ramas, unas encima de
otras, de manera de no dejar un solo lugar sin decorar, como esas borlas
alrededor de un cayado rococó, eran en "color" por consiguiente, de
una calidad superior, de acuerdo a los principios estéticos de nuestra aldea,
si se juzgaba por la escala de precios en el "negocio" del lugar, en
casa del almacenero que vendía más caros los bizcochos rosados.
Y justamente esas flores habían escogido uno
de esos tintes de cosas que pueden comerse o del color de uno de esos vestidos
para fiesta importante que por representar el motivo de su superioridad son las
que parecen más hermosas, con más evidencia a los ojos de los niños, y por ello
conservan siempre para ellos algo más vivo y más natural que los demás tonos,
aun cuando no comprendieran que nada prometían a su gula y no habían sido
seleccionados por la modista. Y realmente lo advertí al instante, como frente a
los espinos blancos, pero con un mayor deslumbramiento, que no era ficticio,
por artificiosidades de la fabricación humana, que se traducía en la intención
festiva de las flores, sino que era la misma naturaleza que la había expresado
espontáneamente con el candor de una vendedora aldeana trabajando en un altar y
recargando el arbusto con rosetas de una tonalidad demasiado candorosa y un
pompadour provinciano. Hacía el extremo de las ramas, como en tantos otros
rosalitos de macetas ocultos en puntillas de papel que, en las grandes fiestas,
deslumbran con sus brotes delgados el altar, restallaban mil capullitos de un
matiz más pálido que, al entreabrirse, dejaban ver, como en el fondo de una
copa de mármol rosado, rojas sanguíneas y demostraban más aún que las flores,
la esencia especial e irresistible de la espina que donde fuere que retoñare,
donde quiera floreciese, solamente podía hacerlo en rosado. Mezclado en el seto
pero tan diferente de ella, como una joven en traje de fiesta en medio de personas
vestidas de diario que permanecerán en su casa, todo preparado para el mes de
María, del que parecía formar parte ya, así brillaba, sonriendo en su fresco
vestido rosa, el arbusto encantador y católico.
Ese año, cuando más temprano que lo
acostumbrado, mis padres decidieron el regreso a París, esa mañana de la
partida, como me habían rizado para una fotografía y me colocaran con todo
cuidado un sombrero que nunca había usado y me vistieron con un trajecito de
terciopelo, después de buscarme por todas partes, mi madre me descubrió
llorando delante de ese montecito, despidiéndome de los espinillos, abarcando
las ramas espinosas con mis brazos y -como una princesa de tragedia a quien
molestaran todos los adornos:, ingrato para con la mano inoportuna que al hacer
todos esos lazos había tenido el cuidado de reunir todo mi pelo sobre la
frente, desarmando los papelillos de rizar y mi sombrero nuevo. Mi madre no se
conmovió por mis lágrimas pero no pudo ahogar un grito que se le escapó al ver
el sombrero abollado y el traje arruinado. Yo no la oía.
-Oh, mis pobres espinillos -decía llorando-,
ustedes no me causarán ninguna pena, no me obligarán a partir... Nunca me
dieron ninguna pena. Por eso los amaré siempre.
Y limpiando mis lágrimas, les prometí para
cuando fuera grande, no imitar la insensata vida de los otros hombres y aún en
París, en los días primaverales, en lugar de hacer visitas y escuchar
tonterías, partir para el campo a ver las primeras flores de espino.
Le Figaro, 21 de marzo de 1912
Un rayo de sol en el balcón
Recién he corrido las cortinas: en el balcón,
el sol ha desparramado sus muelles cojines. No saldré; esos rayos no me
prometen ninguna dicha; ¿por qué el solo hecho de verlos me acarició enseguida
como una esperanza... una pequeña esperanza, desafectada de toda finalidad y
sin embargo en estado totalmente puro?
Cuando tenía doce años jugaba en los Campos
Elíseos con una niña a la que quería y que no volví a ver nunca, se casó, es
actualmente madre de familia y leí su nombre el otro día entre los suscriptores
del Figaro. Como no conocía a sus padres sólo podía verla allí; ella no acudía
todos los días, por sus cursos, el catecismo, los tés, las matinés infantiles,
las compras con su madre, toda una vida misteriosa, llena de un encanto
doloroso porque le pertenecía y la alejaba de mí. Cuando estaba enterado de que
no vendría, arrastraba a mi institutriz en peregrinación hasta frente a la casa
donde vivía mi amiguita, con sus padres. Y estaba tan enamorado de ella que si
veía salir al anciano mayordomo para pasear al perro, palidecía, y trataba
inútilmente de contener los latidos de mi corazón.
Sus padres me impresionaban más aún. Su
existencia incorporaba lo sobrenatural en el mundo y cuando supe que había una
calle de París por la que a veces se podía ver al padre de mi amiga, camino a
la casa de su dentista, esa calle me pareció tan maravillosa como a un
campesino el sendero que le dijeran fue visitado por las hadas... y allí fui de
plantón, durante largas horas.
En mi casa, el único placer para mí era
conseguir, por medio de estratagemas, que pronunciaran su nombre o su apellido
o por lo menos el de la calle que habitaba; es cierto que me los repetía
constantemente, con el pensamiento, pero también sentía la necesidad de
escuchar su sonoridad deliciosa y hacerme tocar esa música cuya muda lectura ya
no me bastaba; pero como mis padres no tenían ese sentido complementario
espontáneo que proporciona el amor y que me permitía percibir en todo lo que
rodeaba a esa chiquilla el misterio y el deleite, encontraban que mi
conversación era inexplicablemente monocorde. Temían que fuera tonto, más
adelante -y como trataba de agobiar los hombros para parecerme al padre de mi
amiga- tenían miedo también que llegase a ser giboso, lo que les parecía peor
aún.
Muchas veces, había pasado ya la hora de su
llegada habitual a los Campos Elíseos, sin que ella estuviese. Me desesperaba
ya, cuando aparecía entre el Guiñol y las calesitas, aparición tardía pero
dichosa la de la borla violácea de su institutriz, que me hería el corazón como
una bala. Jugábamos. Únicamente interrumpíamos para ir hasta lo de la
vendedora, a la que mi amiga compraba algunas frutas y un alfeñique. Como la
apasionaba la Historia Natural, elegía con preferencia, las que tenían un
gusano. Miraba con admiración, luminosas y aprisionadas en una rastra aislada,
las esferitas de ágata que me parecían preciosas porque eran sonrientes y
rubias como las muchachas y porque costaban cincuenta céntimos cada una...
La institutriz de mi amiga usaba un
impermeable. ¡Ay! mis padres se negaron, a pesar de mis ruegos, a comprarle uno
a la mía, y menos aún la borla violeta. Desgraciadamente esa institutriz
detestaba la humedad, exageradamente, cuando el tiempo se mantenía estable, aún
en el mes de enero, sabía que encontraría a mi amiga; y si por la mañana al
saludar a mi madre, me enteraba, observando una columna de polvillo mantenerse
erguida, flotando sobre el piano y escuchando un organillero que tocaba bajo la
ventana Al volver del desfile, de que el invierno recibía hasta la noche la
visita inesperada y radiante de un día primaveral; si, a lo largo de las calles
veía los balcones revelados por el sol y flotando frente a las casas como nubes
de oro, era feliz. Pero otros días, el tiempo era inestable, mis padres habían
dicho que posiblemente despejara, que alcanzaría con un rayo de sol, pero lo
más probable fuera que lloviese. Y si llovía ¿para qué ir a los Campos Elíseos?
Por eso, desde el almuerzo preguntaba ansiosamente al incierto cielo y nublado
de la tarde. Seguía oscuro. Frente a la ventana, el balcón se veía gris. De
pronto sobre su piedra malhumorada, no es que advirtiera un color menos mate,
pero adivinaba como un esfuerzo hacia un color menos opaco, la pulsación de un
rayo vacilante que quisiera dejar libre su luz. Un minuto después el balcón se
veía de colores pálidos y reflejaba como aguas matinales y mil reflejos de los
hierros de su enrejado se sumaban a él. Una brisa los dispersaba, la piedra se
oscurecía nuevamente, pero regresaban como si estuvieran domesticados; empezaba
a blanquear imperceptiblemente y con uno de esos crescendos continuamos como
los que en música, al finalizar una obertura, llevan una sola nota hasta el
fortissimo supremo, haciéndola pasar rápidamente por toda la gama intermedia,
la veía alcanzar ese oro inalterable y fijo de los días hermosos, sobre el cual
la sombra del apoyo tallado de la balaustrada se destacaba, recortado en negro
como una vegetación caprichosa, con una levedad en la forma de los menores
detalles que parecía mostrar una conciencia ordenada, una satisfacción de
artista, y con tal relieve, tal aterciopelamiento, en el descanso de sus masas
sombrías y dichosas, que verdaderamente, esos reflejos anchos y espesos que reposaban
en ese lago de ensueño, parecían advertir que eran prendas de tranquilidad y de
dicha.
Hiedra momentánea, flora áspera y fugaz, la
más descolorida, la más triste, según algunos, y que trepan los muros o decoran
la ventana; para mí, la más querida de todas desde el día en que apareció en el
balcón, como la misma sombra de la presencia de mi amiguita que ya estaba tal
vez en los Campos Elíseos y que al llegar me diría:
-Empecemos a jugar rápido, está usted en mi
campo.
Frágil, como llevada por la brisa, pero
también de acuerdo, no con la estación sino con la hora, promesa de felicidad
inmediata que niega el día o ha de cumplirla, y por eso mismo de la dicha
inmediata por excelencia, la felicidad del amor; más suave, más cálida sobre la
piedra que el musgo; vivaz, un solo rayo le alcanza para nacer y hacer florecer
la alegría, también en invierno, cuando ha desaparecido toda otra vegetación,
cuando el bello cuero verde que envuelve el tronco de los árboles viejos está oculto
por la nieve y que, sobre la que cubre el balcón, inesperadamente, el sol
aparecido teje hilos dorados y borda reflejos negros.
Luego, llega un día en que la vida deja de
traernos alegrías. Pero entonces la luz que se ha absorbido nos la devuelve, la
luz del sol que a la larga hemos conseguido hacer humana y que es para nosotros
la reminiscencia de la felicidad; nos la hace gustar, a la vez en el instante
presente en que brilla y en el instante pasado que nos recuerda, o mejor, entre
los dos pero fuera del tiempo, las transforma de verdad en alegrías de siempre.
Si los poetas que tienen que describir un lugar de delicias nos lo muestran por
lo general tan aburrido, es que en lugar de recordar con el apuntalamiento de
la propia vida, qué cosas más peculiares fueron esas delicias, lo inundan con
una luz restallante y lo embalsaman de perfumes más deliciosos que los que
registró alguna vez nuestra memoria; saben dejarnos oír la leve instrumentación
que les agregara nuestra manera de sentir que nos parece única y original,
ahora que las modificaciones frecuentemente indescifrables pero incesantes de.
nuestro pensamiento o nuestros nervios nos han llevado tan lejos de ella. No
hay más que ellos -y no unos rayos tontos y unos perfumes nuevos que nada
conoce aún de la vida- que pueden traernos algo del aire de antes que ya no
aspiraremos, que pueden brindamos la sensación de los únicos paraísos
verdaderos, los paraísos perdidos. Y es por eso, tal vez, debido a la
"Escena Infantil" que acabo de recordar, que les descubrí hace unos
momentos, a lo rayos del sol que se refugiaron en el balcón y a los cuales
había comunicado su alma, algo fantástico, melancólico y acariciante, como una
frase de Schumann.
Le Figaro, junio de 1912
Vacaciones en Pascua
Los novelistas resultan tontos al considerar
y contar el tiempo por días y por años. Los días son iguales para un reloj pero
no para un hombre. Hay días desiguales y difíciles que nos roban un tiempo
precioso para treparlos y días en pendiente, que se dejan bajar a toda marcha y
cantando. Para recorrer los días, las naturalezas algo ansiosas, especialmente,
disponen como los automóviles de "velocidades" diferentes.
Además hay días desparejos, imprevistos,
llegados de otra estación, de otro clima. Está uno en París y es el invierno y
sin embargo, mientras se duerme a medias, se advierte que empieza una mañana
primaveral y siciliana. Al escuchar el ruido del primer tranvía del día, nos
damos cuenta que no está sumido en la lluvia sino en una atmósfera azul; mil
temas finamente escritos para diferentes instrumentos, desde la corneta del
plomero hasta la dulce flauta del cabrero, orquestan ligeramente el aire
matutino, como una "Obertura para un día de fiesta". Y al primer rayo
del sol que nos roza, como la estatua de Memnón, nos echamos a cantar. Ni
siquiera son necesarios esos cambios de tiempo para introducir bruscamente un
cambio de tono en nuestra sensibilidad, en nuestra musicalidad interior. Los
nombres, los nombres de países, los nombres de ciudades, semejantes a esos
aparatos científicos que nos permiten producir a voluntad unos fenómenos cuya
aparición en la naturaleza es escasa e irregular nos traen bruma, sol, rocíos
del mar.
A menudo toda una serie de días que vistos
exteriormente se parecen unos a los otros, se distinguen tan nítidamente como
una melodía de uno completamente distinto. Contar los acontecimientos es hacer
conocer la ópera sólo por el libro; pero si escribiera una novela, trataría de
diferenciar las músicas sucesivas de los días.
Recuerdo que cuando era niño, mi padre
decidió, un año, que pasaríamos las vacaciones de Pascuas en Florencia. Un
nombre es cosa muy importante, muy distinta de una palabra. Poco a poco, en el
transcurso de la vida, los nombres se transforman en palabras; descubrimos que
entre una ciudad que se llama Quimperlé y una ciudad que se llama Vannes, entre
un caballero que se llama Joinville y un caballero que se llama Vallombreuse,
no hay tanta diferencia como entre sus nombres. Pero durante mucho tiempo los nombres
nos inducen a error; las palabras nos presentan una pequeña imagen clara y
usual de las cosas, como las que se cuelgan de los muros de una escuela, para
damos el ejemplo de lo que es un taller, un carnero, un sombrero, cosas
concebidas como semejantes a todas de la misma índole. Pero el nombre nos deja
creer que la ciudad que designa es una persona; que entre ella y otra hay un
abismo.
La imagen que nos da de ella es por fuerza,
simplificada. Un nombre no es muy amplio; no podríamos encerrar mucho espacio
ni duración; un solo monumento, siempre visto a la misma hora; a lo sumo mi
imagen de Florencia estaba dividida en dos compartimientos, como esos cuadros
de Ghirlandajo, que representa el mismo personaje en dos situaciones de la
acción: en uno bajo un dosel arquitectónico, miraba yo a través de una cortina
de sol oblicuo, progresivo y superpuesto, las pinturas de Santa Marta de las Flores;
en el otro atravesaba, para volver a almorzar; el Ponte-Vecchio, pletórico de
junquillos, narcisos y anémonas.
Pero especialmente esa imagen que los nombres
dan de las ciudades, la extraen de ellos mismos, de su propio sonido, sombrío o
deslumbrante y la bañan enteramente; como esos carteles de un solo color,
azules o rojos, en que las barcas, las iglesias, los transeúntes, el camino son
igualmente azules o rojos, las más pequeñas casas de Vitré nos parecen
ennegracidas por la sombra de un tinte agudo; me parecían que todas las de
Florencia deberían estar perfumadas como corolas, quizás a causa de Santa María
de las Flores.
Si hubiera estado más atento a mi propio
pensamiento, hubiese llegado a la conclusión que cada vez que me decía "ir
a Florencia", "estar en Florencia", lo que veía no era de
ninguna manera una ciudad, sino algo tan distinto a lo que conocía como podría
ser, para una humanidad cuya vida toda hubiera transcurrido en los finales de
una tarde de otoño, esa maravilla desconocida, una mañana de primavera.
Indudablemente, una de las tareas del talento
consiste en brindarle a los sentimientos que la literatura envuelve en una
pompa convencional, su giro verídico y natural; no es una de las cosas que
menos admiro de La Anunciación a María, de Paul Claudel -¿acaso, a los que se
extasían frente a la gloria de los tréboles no corresponde gustar la fineza de
todas sus hojas?- que los pastores, la noche de Navidad, no dicen
"Navidad, he aquí el Redentor", sino "Ki-kí, hace frío"; y
Violaine, cuando ha resucitado el niño: "¿Qué hay tesoro mío?[12] En la
obra admirable del gran poeta Fracis Jammes encontraría muchos otros ejemplos
por el estilo. Pero a la inversa, el oficio de la literatura puede ser, en
otros casos, el de sustituir una expresión más exacta a las manifestaciones
harto oscuras que nosotros mismos damos de los sentimientos que nos
embargan sin discernir claramente en ellos. La deliciosa espera en que yo
estaba de Florencia, no la expresaba de otra manera que interrumpiendo diez
veces mi aseo y cantando a voz en cuello el "Pére la Victoire"; pero
esa espera no dejaba de parecerse por eso a la de ciertas santurronas que se
saben en vísperas de entrar en el paraíso.
Parecía que el invierno comenzaba de nuevo;
mi padre afirmaba que la temperatura no apoyaba nuestra partida. En otros años,
a esta altura del tiempo, cuando llegábamos a una pequeña ciudad de la Beauce
encontrábamos las violetas azuleando y los fuegos encendidos. Pero ese año el
deseo de las vacaciones florentinas había borrado el recuerdo de las vacaciones
pasadas en las cercanías de Chartres. En todos los momentos de la vida, nuestra
atención está mucho más fijada sobre lo que deseamos que sobre lo que realmente
vemos. Si se analizan las sensaciones que se acumulan en la retina y el olfato
de un hombre que regresa para almorzar a su casa en un ardiente día de junio no
se encontraría tanto el polvo de las calles que atraviesa y los letreros
enceguecedores de las tiendas frente a las cuales pasa, como los olores que
encontrará dentro de un instante -olor de la compota de cerezas y damascos, de
la sidra, del queso de gruyére mantenidos como suspendidos en el claroscuro,
untuoso, barnizado, transparente y fresco del comedor, que estrían, que señalan
como venas delicadas, tal como en el interior
de un ágata, mientras que los posacubiertos de vidrio grueso irisan arcoiris
fragmentarios o insertan aquí y allá el ocelado de los pavorreales. Igualmente,
era Florencia y las flores vendidas a pasto en el asoleado Ponte-Vecchio lo que
veía mientras que por un frío que antes no había aparecido nunca en enero,
atravesaba el bulevar des Italiens, en que, en el aire líquido y helado como el
agua que los rodeaba, no dejaban por ello los castaños, invitados exactos y ya
de gala que no desalentara el mal tiempo, de redondear, de cincelar en sus
bloques congelados, el verdor irresistible que contrariaba el poder abortivo
del frío, sin lograr dominarlo.
De regreso a casa, leía obras acerca de
Florencia que en esa época no eran de Henri Ghéon ni de Valéry Larbaud, ya que
la N.R.F. descansaba por algunos años en el futuro. Pero los libros eran menos
conmovedores para mí que las guías y éstas que el horario de ferrocarriles. Mi
confusión era, en efecto, la de pensar que esa Florencia que veía delante de
mí, próxima pero inaccesible, en mi imaginación, podía alcanzarla por una
diagonal, por un desvío, escuchando "la voz de la tierra". Ya no pude
disimular mi alegría cuando mi padre, al mismo tiempoque deploraba el frío,
comenzó a buscar cuál sería el tren más adecuado y cuando comprendí que al
entrar, después de almorzar, en el antro humeante, en el laboratorio humeante
de la estación, al subir en el vagón mágico que se encargaría de operar la
trasmutación en torno a nosotros, podríamos despertarnos al día siguiente al
pie de las colinas de Fiésole, en la ciudad de lirios:
"-En resumen -dijo mi padre- podríais
llegar a Florencia el 29 mismo, y hasta en la mañana de Pascua", haciendo
brotar esa Florencia no sólo del espacio abstracto, sino de ese Tiempo
imaginario en el que situamos no sólo una ciudad veraniega, sino otras
simultáneas, (semana que empezaba el lunes) en que la planchadora debía traerme
el chaleco blanco que manché con tinta, semana vulgar pero real, porque no
incluía un doble empleo. Y sentí que a través de la más conmovedora de las
geometrías, iba a tener que incorporar en el plano de mi propia vida los duomos
y las torres de la ciudad de las flores.
Nouvelle Revue Francaise
Por fin alcancé la mayor gratificación de la
alegría, cuando escuché a mi padre que decía:
-Debe hacer frío todavía a orillas del Arno;
harás bien en poner, por las dudas, en el baúl, tu sobretodo de invierno y tu
saco grueso.
Y entonces sentí que era yo mismo el que
pasearía en la víspera de Pascua por esa ciudad en que sólo me imaginaba a
hombres del Renacimiento, que entraría en las iglesias, en las que cuando se
descubren los murales del Angélico, pareciera que el radiante día hubiera
cruzado el umbral con uno y venido para poner a la sombra y al fresco, su cielo
azul. Fue entonces, que lo que creía imposible se realizaba... me sentí entrar
realmente en ese nombre de Florencia; por una gimnasia suprema y por encima de
mis fuerzas al liberarme, como de una caparazón inservible, del aire de mi
cuarto actual que ya no era más mi cuarto, lo reemplacé por partes iguales de
aire florentino, de esa atmósfera indecible y particular como la que se respira
en los sueños y que había mantenido bajo el nombre de Florencia; sentí que
dentro mío se llevaba a cabo una milagrosa desencarnación; se sumó ese malestar
que se experimenta cuando nos ataca repentinamente un dolor en la garganta; a
la noche estaba acostado, con fiebre, el médico me prohibió ese viaje y mis
proyectos quedaron destruidos.
No del todo, sin embargo, porque durante la
cuaresma siguiente, su recuerdo dio carácter a los días que viví y los
armonizó. Al oír a una señora, cierto día:
-Tuve que usar las pieles nuevamente; no es
verdaderamente un tiempo propio de la estación, no pareciera que la Pascua esté
tan cerca; mas bien pareciera que vuelve el invierno.
Estas palabras me trajeron una brusca
sensación de primavera, reapareció el motivo musical que me había hechizado
durante el año anterior las mismas semanas de las que éstas parecían un
recuerdo; el encontrarles un equivalente musical diría que tenía la delicadeza
perfumada, deliciosa, y frágil del tema de la convalescencia y de las rosas en
el Fervaal de d'Indy. Las expectativas que ponemos en los nombres permanecen
intactas mientras conservamos herméticamente cerrados esos nombres y en tanto
no viajemos; pero en cuanto los abrimos en la luz, por poco que sea, en cuanto
llegamos a la ciudad, el primer tranvía que pasa se precipita sobre ellos y su
recuerdo queda unido para siempre a la fachada de Santa María Novella.
El año pasado tuve la sospecha de que el día
de Pascua no era diferente de los demás, que no sabía que se le llamase Pascua
y en el viento que soplaba había creído reconocer una dulzura que había sentido
alguna vez; la materia inmutable, la humedad familiar, la ignorada fluidez de
los días antiguos. Pero no podía impedir que los recuerdos de los proyectos que
hiciera el año pasado le transmitieran a la semana de Pascua, algo florentino,
y a Florencia algo pascual. La semana de Pascua estaba lejana todavía, pero en
la columna de días que se alineaban delante de mí, los días santos de
destacaban, más luminosos, como tocados por un rayo, como algunas casas de una
aldea lejana que se descubren en un rayo de luz y de sombra; conservaban en sí
todo el sol. Como la ciudad bretona que resurge, en ciertas épocas, del abismo
que la absorbiera, Florencia renacía para mí. Cada cual renegaba por el frío y
el mal tiempo. Pero, en una languidez de convalescencia, el sol que iluminaba
los campos de Fiésole me obligaba a guiñar los ojos y a sonreír. No fueron
solamente las campanas las que llegaban de Italia; Italia misma se había
acercado. Mis manos leales no se quedaron sin flores para homenajear el
aniversario del viaje que no realizara. Porque desde que volviera el frío a
envolver los castaños y los plátanos del bulevar, en el aire glacial que los
circundaba, descubro que, como en una copa llena de agua pura, habían florecido
los narcisos, los junquillos, los jacintos y las anémonas del Ponte-Vecchio.
Le Figaro, 25 de marzo de 1913
Una iglesia de aldea
El extraordinario autor del verdadero Genio
del Cristianismo -me refiero por supuesto a Maurice Barrésencontrará,
indudablemente, acentuado el eco de su llamado a favor de las iglesias de las
aldeas; en efecto, es el momento en que vuelven a tomar contacto con lo que les
pertenece, muchos de nosotros. Y para aquellos que no pasarán sus vacaciones en
los lugares en que crecieron, los recuerdos de la estación harán resucitar el
tiempo en que iban a descansar, cada año, al pie de su iglesia.
El campanario de la nuestra se reconocía
desde muy lejos, dibujando en el cielo su inolvidable figura. Cuando mi padre,
el tren que nos traía desde París, la descubría, moviéndose alternativamente
por todos los surcos del cielo, haciendo correr en todas direcciones su gallito
de hierro, nos decía:
-Preparen las mantas, llegaremos muy pronto.
Y en uno de los más largos paseos que dábamos
alrededor de la ciudad tan pequeña, en un lugar en que el camino comprimido
desemboca sobre una meseta inmensa, nos señalaba a lo lejos, la aguda punta de
nuestro campanario, que aparecía, sola, pero tan delgada, tan rosada, que
parecía una raya sobre el cielo, hecha por una uña que hubiera querido darle a
ese paisaje, a ese cuadro, obra total de la naturaleza, esa pequeña marca
artística, esa única indicación humana.
Cuando uno se iba acercando y podía
descubrirse el resto de la torre cuadrada y semiderruida que estaba a su lado,
sorprendía particularmente el tono rojizo y sombrío de las piedras; y en una
mañana brumosa de otoño, pareciera, elevándose por el violeta tormentoso de los
viñedos, una ruina purpúrea, del color de la viña virgen.
Desde ahí sólo era todavía una iglesia
aislada, resumen de la ciudad, hablando de ella y en su lugar a los alejados;
luego, cuando se estaba más cerca, dominando desde su alto manto sombrío, a
pleno campo, contra el viento, como una pastora a sus ovejas, los lomos grises
y lanudos de las casas agrupadas.
¡Qué bien veía yo a nuestra iglesia!
Familiar, medianera, en la calle donde estaba su pórtico principal, con la casa
donde vivía el farmacéutico y el almacén; simple ciudadana de nuestra pequeña
aldea y que al parecer; habría podido tener su número en la calle, si las
calles de esa simple cabecera de cantón hubieran tenido números, para que el
cartero pudiera efectuar su reparto, después de haber dejado al almacenero y
antes de entrar a la casa del farmaceútico, había sin embargo entre ella y todo
lo que no era ella una demarcación que mi espíritu no lograba franquear. Por
más que el vecino tuviera fucsias con la mala costumbre de que sus ramas
crecieran por doquier, agachadas, y cuyas flores no tenían nada más urgente,
cuando estaban bastante crecidas, que refrescar sus mejillas violetas y
congestionadas contra la fachada sombría de la iglesia, no por eso se hacían
sagradas y entre ellas y la piedra ennegrecida en la que se apoyaban, si mis
ojos no advertían espacio, mi espíritu reservaba un abismo.
Su antiguo pórtico, agujereado como una
espumadera, estaba torcido y socavado profundamente en los ángulos (la pila a
la que conducía también) como si el suave roce de los mantos de las campesinas
al entrar a la iglesia y tomar el agua bendita con dedos tímidos, pudieran,
repetido durante siglos, adquirir una fuerza destructiva, doblegar la piedra y
tallarle surcos, como los que marca la rueda de los carros en el mojón contra
el que golpea diariamente. Sus lozas funerarias, bajo las cuales el noble polvo
de los grandes abates letrados de monasterio, ahí enterrados, le hacía el coro
como un pavimento espiritual, ya no eran materia inerte y dura, porque el
tiempo las había suavizado y hecho correr como miel, fuera de los límites de su
propia cuadratura, que aquí superaban con una rubia corriente, arrastrando a la
deriva una mayúscula gótica de flores y más allá de las cuales, se habían
reabsorbido estrechando aún ta elíptica inscripción latina, introduciendo un
capricho más en la disposición de esas letras abreviadas, acercando dos letras
de una palabra, en la que las otras se habían agrandado desmesuradamente.
Sus vitrales nunca eran tan deslumbrantes
como esos días en que el sol no se mostraba, de suerte que aunque estuviese
nublado se estaba seguro que en la iglesia el día sería hermoso; vuelvo a ver a
uno, lleno en todo su tamaño por un solo personaje semejante a un rey de juego
de naipes, que vivía allá arriba entre el cielo y la tierra y otro en que una
montaña de nieve rosada, a cuyo pie se libraba un combate, parecía haber
escarchado el mismo florero que ampollaba con su turbio granizo, como un vidrio
al que le quedaran copos, pero copos iluminados por alguna aurora (esa misma
que empurpuraba el retablo del altar, de tonos tan frescos que parecían más
bien colocados ahí temporariamente por un fulgor destinado a desvanecerse, que
por colores atados para siempre a la piedra); y todos eran tan antiguos que se
veía refulgir aquí y allá su plateada vejez, con el polvo de siglos y gastar
hasta la cuerda la trama de su delicada tapicería de vidrio. En la sacristía
había dos tapicerías de alto lizo, que representaban la coronación de Esther y
a cuyos colores, al fundirse, agregaran una expresión, un relieve, una
iluminación; un leve rosado flotaba en los labios de Esther más allá del dibujo
de su contorno, el amarillo de su túnica se distribuía tan untuosamente, tan
espesamente que adquiría una suerte de consistencia y se elevaba con vivacidad
sobre la atmósfera comprimida y el verdor de los árboles, todavía vivo en las
partes bajas del panel de seda y lana, pero reflejándose en lo alto, hacía
destacarse sobre fondo más claro, y por encima de los troncos oscuros, las
altas ramas amarillentas, doradas y como esfumadas por la iluminación, brusca y
oblicua de un invisible sol.
Todas esas antigüedades terminaban por hacer
de la iglesia, para mí, algo enteramente distinto de todo el resto de la
ciudad; un edificio que ocupaba, si puede decirse, un espacio de cuatro
dimensiones -la cuarta era el Tiempo- desplegando a través de los siglos su
nave que, de bovedilla en bovedilla, y de capilla en capilla, parecía vencer y
franquear no sólo unos cuantos metros, sino épocas sucesivas, de las que
emergía, triunfante; y como sustraída del áspero y rudo siglo onceno, en el
espesor de sus muros, donde sólo aparecía con sus pesadas cimblas obstruidas y
cegadas por groseros morrillos más que por la profunda hendidura que socavaba
junto al pórtico, la escalera del campanario, y, aún ahí, disimulado por las
graciosas arcadas góticas que se agrupaban con coquetería frente a él como
hermanas mayores, para ocultarlo a los extraños, se colocan frente a su
hermanito rústico, mal vestido y rezongón; y elevando al cielo, por encima de
la plaza, su campanario que alguna vez contemplara San Luis y que todavía
parecía mirarlo.
Desde la ventana de su torre, colocadas de a
dos, unas encima de las otras-con esa proporción justa y original de las
distancias que no otorgan belleza y dignidad más que a los rostros humanos- el
campanario soltaba, dejaba caer a intervalos regulares, bandadas de cuervos que
revoloteaban por un momento, gritando, ,mientras las antiguas piedras los
dejaban retozar inmutables, sin parecer verlos. De pronto, inhabitables y
desprendiendo un principio de infinita agitación los había rechazado y herido.
Luego, después de haber rayado en todos sentidos el terciopelo violáceo del
aire de la tarde, calmados bruscamente,
volvían para ser reabsorbidos por la torre,
de mala gana transformada en propicia, algunos posados aquí y allá, sin moverse
al parecer, pero engullendo tal vez un insecto, en la punta de una torrecilla,
como una gaviota detenida y con la inmovilidad de un pescador en la cresta de
las olas.
Frecuentemente, cuando pasaba frente al
campanario, a la vuelta del paseo, mirando la suave tensión, la inclinación
fervorosa de sus pendientes de piedra que se aproximaban en elevación, como
manos unidas en oración, me unía tan perfectamente al lanzamiento de la flecha,
que mi mirada parecía ser lanzada con ella y al mismo tiempo les sonreía
amistosamente a las antiguas piedras gastadas, a las que el poniente iluminaba
sólo en la cima y que, a partir del momento en que entraban en esa zona
asoleada, suavizada por la luz, parecían subir repentinamente más arriba,
lejanas, como un canto reiniciado "con voz de cabeza", una octava más
alto.
El otro pórtico de ese lado estaba
completamente recubierto por la hiedra y para reconocer una iglesia en el
bloque de verdor era necesario un esfuerzo que no me hacía sino ceñir más aún
la idea de iglesia (como sucede en una versión o en un tema en los que se
profundiza tanto más un pensamiento si se lo desposa de las formas usuales)
para reconocer que la ondulación de una mata de hiedra se debía, al relieve de
un capitel. Entonces soplaba una suave brisa; las hojas rompían, como olas,
unas contra otras y estremecida, la
fachada vegetal parecía abrazar los pilares ondulantes, acariciados y huidizos.
Era el campanario de nuestra iglesia que
otorgaba a todas las ocupaciones, a todas las horas, a todos los puntos de
vista de la ciudad, su figura, su coronación, su consagración. Desde mi cuarto
sólo podía percibir su base recubierta de tejas pero, el domingo, cuando las
veía llamear como un sol negro, todavía acostado en una calurosa mañana de
verano, me decía:
-Las nueve ya. Hay que levantarse para ir a
misa. Y sabía exactamente cuál era el color del sol sobre la plaza, la sombra
que proyectaba la cortina del negocio, el calor y el polvo del mercado.
Cuando, después de la misa, entrábamos para
pedirle al suizo que trajese un brioche, más grande que el acostumbrado porque
nuestros amigos habían aprovechado el buen tiempo para almorzar con nosotros,
teníamos delante el campanario, que, dorado y cocido él mismo como un brioche
mayor y bendito, con escamas y un gotear gomoso del sol, clavaba su aguda
punta, en el cielo azul. Y por la tarde, de vuelta del paseo, era por el
contrario tan suave, en el día que finalizaba, que parecía estar apoyado y
hundido como sobre un cojín de terciopelo pardo, y bajo el cielo que cediera a
su presión, se había cavado levemente para dejarle lugar y asomaba sobre su
bordes; y los chillidos de los pájaros que revoloteaban a su alrededor,
parecían aumentar el silencio, lanzar todavía su flechazo y brindarle algo
inefable.
Aún en las compras que había que hacer detrás
de la iglesia, ahí donde no se la veía, todo parecía ordenado de acuerdo al
campanario que asomaba entre las casas en distintos ángulos, tal vez más
conmovedor cuando aparecía así, como independiente de la iglesia. Y es verdad
que lo hay más hermosos contemplados de esa manera y conservo en mi recuerdo,
viñetas de campanarios sobresaliendo techos que tienen otro estilo artístico.
Nunca olvidaré, en una curiosa ciudad de
Normandía, dos encantadores edificios del siglo dieciocho que me son, por
muchos motivos, amados y venerados, y entre los cuales se lanza cuando se la
mira desde el hermoso jardín que baja desde las escalinatas hacia el río, la
flecha gótica de una iglesia, que ocultan, como si terminara, como si coronara
su fachada, pero de una manera muy distinta, tan preciosa, tan anular, tan
rosada, tan barnizada, que bien se ve no forma parte de ellas, como tampoco le
pertenecen, las hermosas piedras lisas entre las cuales queda presa, sobre la
playa, la flecha purpúrea y almenada de alguna caparazón en forma de huso y
esmaltada como una torrecilla.
Incluso en París, en uno de los barrios más
feos de la ciudad, conozco como una ventana en la que se ve, tras un primer
plano, formado con la perspectiva de los techos amontonados de varias calles,
una campana violeta, a veces rojiza, a veces también en las más nobles
"copias" que saca la atmósfera, de un negro tirado a ceniciento, que
no es otra cosa que la cúpula de San Agustín y que da a esa calle de París el
carácter de ciertas vistas de Roma, por Piranesi. Pero ninguno de esos pequeños
grabados, sea cual fuere el gusto con que pudiera ejecutarlos mi memoria,
contiene bajo su dependencia toda una parte profunda de mi vida como el
recuerdo de esas visiones de nuestro campanario en las calles, detrás de la
iglesia. Ya lo viéramos a las cinco, cuando íbamos a buscar las cartas al
correo, a pocas casas de distancia, a la izquierda, elevándose bruscamente de
una cima aislada, la línea de los techos; o llegando más lejos, si íbamos a la
estación, se le viese oblicuamente, mostrando de perfil aristas y superficies
nuevas, como un sólido sorprendido en un momento insólito de su giro, a él
siempre debía volverse, siempre a él, que lo dominaba todo, sumando a las casas
como un inesperado pináculo, levantando ante mí como el dedo de Dios, cuyo
cuerpo pudo estar oculto en la muchedumbre sin que lo confundiese con ella a
pesar de todo.
Y, aún hoy, si en una gran ciudad de
provincias o en un barrio de París que apenas conozco, un transeúnte que me ha
señalado el camino, me indica a lo lejos como punto de referencia tal torre de
hospital o tal campanario de un convento que levanta su punta de bonete
eclesiástico, a poco de mi memoria pueda oscuramente encontrarle un rasgo de
parecido con la figura querida y lejana, el transeúnte, si se vuelve para
asegurarse de que no me 1 extravío, puede verme con asombro, olvidado del paseo
emprendido o de la obligada diligencia, ahí, delante del campanario, tratando
de recordar, sintiendo en el fondo de mí mismo, tierras reconquistadas del
olvido que se desmoronan y se reconstruyen; y, sin duda, entonces, más
ansiosamente que un instante antes cuando le pedía que me informara, sigo
buscando mi camino, regreso a una calle... pero... es en mi corazón...
Le Figaro, 3 de setiembre de 1912
[1] Zadig era un perrito muy querido por el músico Reynaldo Hahn
[2] Alusión a Zadig, personaje de uno de los cuentos fantásticos de
Voltaire. Pero Pareciera que Proust hiciera referencia al mismo Voltaire.
[3] Hace referencia a una carta anterior a Reynaldo Hahn, en la cual
le dice "...en cuanto a tu perrito, lo considero inexistente mientras no
me hayas dicho el precio y yo no lo haya comprado..."
[4] A propósito del viaje por Turquía,
en Asia.
[5] El viaje de Baudelaire.
[6] Ibis.
[7] Nombres de estaciones telefónicas de París
[8]
Braganee, ou le connait cet 'oiseau - là;
Faut-il
que son orgueil soye profonde pour s'etref... un nom comme ça?
[9] Peut done pas s'appeler comme tout le
monde! Je vois, f´entends beaucoup de choses dans son nom carloingien.
[10] En el original francés hay una sutil alusión al cuento de
Perrault, Barba Azul, que no puede trasladarse exactamente al castellano.
[11] Espinillo: del latín "Crataegus oxyacantha". Arbusto
rosáceo, silvestre, de hojas pequeñas dentadas Flores pequeñas y olorosas en
corimbos que cubren completamente la punta en primavera. También Majuelo,
espino majoleto, espinaplo, pirlitero. Espino: reciben este nombre diversas
especies de plantas espinosas, arbustos de hojas aserradas y con pequeñas
flores en forma de corimbos de color blanco o rosáceo... Constantemente
evocadas por Marcel Proust en su obra En busca del tiempo perdido.
[12] Para acentuar más aún su pensamiento, en el original francés
Proust transcribe estas dos frases en el idioma defectuoso del vulgo

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