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Libro N° 15590. Maldita Fortuna. Lejardi, Myriam M.

Guillermo Molina Miranda septiembre 16, 2026


© Libro N° 15590. Maldita Fortuna.  Lejardi, Myriam M. Emancipación. Septiembre 19 de 2026

 

Título Original: © Maldita Fortuna.  Myriam M. Lejardi

 

Versión Original: © Maldita Fortuna.  Myriam M. Lejardi

 

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

https://ww3.lectulandia.com/book/maldita-fortuna/


 

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Portada E.O. de:  Imagen con Copilot

 

 

 

 

 

© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: 

Guillermo Molina Miranda




LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA

MALDITA FORTUNA

Myriam M. Lejardi


¿Matarías por amor?

Savannah, la joven heredera de un magnate empresarial, sale de un casino de Las Vegas escoltada por dos policías. Lleva unas esposas colgando de la muñeca derecha y el vestido dorado cubierto de sangre.

Una horda de periodistas la apunta con sus cámaras y micrófonos:

¿Quiénes eran los enmascarados que la han retenido junto con otras diez personas durante siete días? ¿Qué es lo que estaban buscando, además de dinero?

¿Y por qué Fox, su líder, se obsesionó con ella hasta el punto de mantenerla encadenada junto a él en todo momento?



Myriam M. Lejardi

Maldita fortuna

ePub r1.0

Titivillus 18.02.2026


Título original: Maldita fortuna Myriam M. Lejardi, 2026

© Ilustración de cubierta: Inés Pérez

Editor digital: Titivillus ePub base r2.1



A los hombres que intentaron hacerme creer que jamás sería suficiente:

espero que escueza.

O Fortuna, velut luna statu variabilis, semper crescis aut decrescis; vita detestabilis nunc obdurat et tunc curat ludo mentis aciem, egestatem, potestatem dissolvit ut glaciem.

[Oh Fortuna, como la luna de estado variable, siempre creces o decreces; vida detestable, ahora endureces y luego cuidas, derrite con el juego la agudeza de la mente, la pobreza y el poder como el hielo].

Carmina Burana, SIGLO XIII




EL CASINO

DÍA 7

19 de marzo de 2026


CÁMARA DEL NEWS NOW, canal 8 19/03/2026

00:44:09





En cuanto Savannah Price puso un pie fuera del casino O Fortuna, le apuntaron las cámaras, los micrófonos y las armas de quienes la esperaban en el exterior.

Durante siete segundos, policías y periodistas observaron a la rehén recién liberada sumidos en el más absoluto de los silencios. Al octavo, surgió un murmullo que, conforme aumentaba de intensidad, recordaba al zumbido de un avispero desperezándose.

Savannah, prácticamente catatónica, permaneció con la barbilla en alto y la mirada perdida en los horrores que la opinión pública asumía que había vivido.

Los  primeros  flashes  se  reflejaron  en  su vestido. La prenda, larga, de seda y de color champán, estaba valorada en cuatro mil dólares. Los tacones Manolo Blahnik que sujetaba con la mano izquierda en bastante más. Eran negros, a excepción de las finas cadenas de oro para atárselos al tobillo. De ese mismo material eran también los adornos del pelo y el collar que colgaba por detrás y decoraba el larguísimo escote de su espalda.

Uno de los policías de primera línea encendió el megáfono y exclamó a través de él:

—¡ Manos arriba!

El bramido metálico no consiguió que Savannah variara el gesto ausente. Hizo lo que le habían ordenado con lentitud, sin embargo. En la muñeca derecha tenía enganchado el aro de unas esposas; aunque el otro colgaba cerrado, se notaba que había rodeado la izquierda por las marcas que le había dejado en la piel.

No soltó los zapatos.

El cámara del News Now acercó la imagen para captar algunos detalles de la rehén. Empezó por las uñas, largas y decoradas con un intrincado diseño pintado del mismo color que su ropa, a excepción de la del dedo índice de la mano derecha, que estaba mordida hasta la raíz y descamada.

Luego enfocó el pelo. Era castaño y le llegaba por debajo de los omóplatos. Los adornos que lo mantenían apartado de la cara estaban colocados por funcionalidad y no por estética.

En lugar de maquillaj e, la piel bronceada de su cara estaba cubierta de hollín y restos de sangre. Parecía ajena, como si alguien se la hubiera salpicado a escasa distancia. La que indudablemente le pertenecía era la que brotaba de la herida que tenía en el costado. El tajo, cosido de forma descuidada pero efectiva, era visible a través de un roto del vestido.

Ropa y dueña estaban repletas de cortes, quemaduras y rozaduras, evidenciando el maltrato sufrido todavía más que su mirada ausente.

Una agente de policía se acercó a Savannah mientras varios de sus compañeros continuaban apuntándola.

—Las manos a la espalda, señorita Price. —Tras colocarle unas nuevas esposas sin quitar las anteriores, indicó—: Sígame, por favor.

Situó la palma entre sus omóplatos y la empuj ó con suavidad para conducirla hacia el coche patrulla más cercano.

La periodista del News Now fue la primera en salir de su estupor y se pegó a una de las vallas metálicas que la policía había utilizado para acordonar la zona. Con el metal presionándole por debajo del ombligo y los nervios contrayéndole la laringe, alargó el brazo para acercar el micrófono a la rehén e inquirió:

—¡ Aquí el News Now, del canal 8! ¿Puede hablarnos de lo que ha pasado durante estos siete días de secuestro?

La agente que escoltaba a Savannah no permitió que se detuviera y esta tampoco dio muestras de ser capaz de contestar. Con todo, se abrió la veda y el resto de los periodistas lanzó sus preguntas a la espera de que alguna diera en el blanco.

—¿Por qué la han esposado?

—¿Quiénes eran los atracadores y a qué se debe

que retuvieran solo a una decena de personas?

—Se ha sabido que el grupo criminal La Última Mano está relacionado con el golpe, ¿qué puede decirnos de esto?

—¿La policía la considera sospechosa de haber colaborado con los secuestradores?

—La empresa de su padre era la encargada de la seguridad del casino, ¿qué consecuencias cree que tendrá este desastre para PriceShield?

—¿Es cierto que todos los secuestradores han muerto?

—Hemos visto salir a alguno de los rehenes, pero no hay ni rastro de su prometido. ¿Sabe si se encuentra bien?

Solo entonces Savannah giró la cara hacia las

cámaras y las recorrió con los ojos oscuros. El

labio inferior, fino y atravesado por un corte, tembló a la misma frecuencia que su mentón.

Una lágrima dejó un surco sobre la suciedad de su mej illa cuando respondió:

—¡ Está en peligro! ¡ Por favor, salvadlo!

Departamento de la

Policía Metropolitana de Las Vegas

Primera hora del interrogatorio

En la sala de interrogatorios había tres personas. Savannah Price, la agente de policía que la condujo hacia el coche patrulla y que en ese momento la esposaba a la mesa y su jefe, un hombre con más pelo en el bigote que en la cabeza que se presentó como el detective Frank Morales.

Savannah colocó las muñecas de tal manera que el metal no le rozara la piel desollada. Estaba sentada como le enseñaron durante años de clases de piano: con la columna completamente recta, los hombros hacia atrás y la barbilla formando un ángulo de noventa grados respecto al esternón.

Todo en la mujer de veinticuatro años gritaba dinero y estatus, daba igual lo maltrecha que se encontrara o lo absurdo de la situación. Porque que la hubieran esposado en una sala de interrogatorios después de haber permanecido secuestrada una semana era, cuando menos, absurdo.

—Disculpen, ¿esto es necesario?

Su voz poseía la firmeza de quien está acostumbrado a exigir lo que es suyo y la suavidad de quien sabe que en los negocios hace falta mano izquierda. El timbre era inconfundible, pero no molesto. Como un buen perfume.

—Es el protocolo, señorita Price. —El detective dirigió una mueca hacia el espejo que ocupaba la mayor parte de la pared izquierda. Apenas disimuló el desdén, como si creyera a Savannah incapaz de captarlo—. Hemos de hablar con los rehenes para tratar de averiguar qué es lo que ha sucedido en el O Fortuna.

—¿Y han esposado a los demás? Le vuelvo a repetir que mi prometido está en peligro, ya habrá tiempo para…

—Un equipo está apagando el fuego mientras hablamos. Confíe en la policía, señorita Price.

El hombre empezó a sacar cosas del maletín que tenía sobre la mesa, entre ellas una tablet y varias carpetas de cartón de distintos colores. Mientras lo ordenaba todo con precisión milimétrica, Savannah analizó el entorno. Solo había dos sillas, una enfrente de la otra, así que la ayudante del detective permanecía en posición de firmes cerca de la puerta. En el techo, además de dos filas de fluorescentes de luz fría, vio un micrófono y un altavoz justo encima de la mesa. Aunque era su primera vez en una sala de ese tipo, la mujer dedujo que se utilizarían para grabar la conversación y para que quienes estuvieran al otro lado del espejo de la pared pudieran comunicarse con ellos. Aparte de eso, lo único destacable era una cámara de seguridad en la esquina superior derecha. El piloto de luz roja estaba encendido.

—Esperamos que su testimonio nos ayude a esclarecer lo acontecido

—retomó el detective mientras sacaba un listado de nombres de la carpeta de color verde—. Primero, ¿puede confirmarnos que estas fueron las diez personas secuestradas?

Savannah estiró el cuello. A medida que leía, los lacrimales se le llenaban de recuerdos. Con los ojos brillantes y la voz tomada, ratificó:

—Sí, están todos. —Estiró la mano lo que le permitieron las esposas y señaló con el dedo de la uña destrozada hacia «Beatrix Van Alen (mujer, 23)»—. ¿Trix está bien? Sé que la obligaron a beber y…

—Esa información es temporalmente confidencial. Lo lamento. Una vez acabe el interrogatorio, se estudiará qué podemos compartir con usted. Debo decirle, sin embargo, que me sorprende que pregunte antes por la señorita Van Alen que por su padre.

—Él…

Savannah Price lloró de la misma forma en la que hasta el momento había hecho todo lo demás: con elegancia y mesura. Su ceño no se frunció pese a la leve inclinación de las cejas. Tampoco se puso roja, moqueó o respiró de manera entrecortada.

—Está bien —concedió el inspector con evidente hastío—, lo mejor será que vayamos poco a poco, ¿le parece? Rivera, dele a la señorita un pañuelo para que pueda recomponerse.

Su ayudante sacó un paquete del bolsillo y lo colocó entre las manos de Savannah. Una vez que comprobó que las cadenas de las esposas le

permitían limpiarse la cara por sí misma, volvió a su sitio junto a la puerta.

—Empecemos por el principio, entonces. Día por día. —Frank Morales extrajo otro listado de nombres y una lámina, esa vez de la carpeta roja. Colocó ambos bocabajo sobre la mesa—. El viernes 13 de marzo acudió a la inauguración del O Fortuna, ¿no es así? Bien. En las instrucciones que recibió el personal de seguridad figuraba que iría acompañada de otras dos personas.

—De mi padre y mi prometido.

—Gregory Price y Trenton Lee, efectivamente. Pero en las grabaciones pudimos ver que entró sola en el edificio.

—Así es. Ambos se retrasaron porque tenían que resolver un inconveniente de última hora en la oficina. Decidí esperarlos dentro.

—¿Y ese inconveniente que menciona estaba relacionado con el O Fortuna?

—¿Por qué iba a estarlo?

—Porque PriceShield era la empresa encargada de la seguridad del casino.

—Lo desconozco. Como supongo que sabrá, yo no trabajo ahí.

—¿Y a qué se dedica?

La respuesta de Savannah no pareció avergonzarla ni en lo más mínimo:

—A nada en particular.

—Curioso teniendo en cuenta que acaba de obtener un MBA en Stanford. ¿Nunca pensó en dedicarse al negocio familiar?

—En absoluto.

—En ese caso, ¿por qué tanto esfuerzo? Savannah entrelazó los dedos.

—Disponía del tiempo y de los recursos. Además, quería ser capaz de mantener conversaciones con mi padre y mi prometido acerca de su trabajo. Perdone, pero ¿qué tiene que ver mi formación con el secuestro?

—Los detalles más insignificantes pueden ser de utilidad para resolver el caso, señorita Price —la reprendió el detective—. De acuerdo, continuemos. Es posible que se cruzara con alguno de los criminales. Gracias a otros rehenes, hemos elaborado una lista con sus alias para que la ratifique. Por lo sucedido durante las negociaciones, llegamos a la conclusión de que este hombre era el líder del grupo. —El detective

arrastró sobre la mesa la lámina que había permanecido bocabajo. Le dio la vuelta mientras preguntaba—: ¿Lo vio antes de entrar?

Era una fotografía en blanco y negro. Cuando Savannah la cogió, la sujetó con tanta fuerza que la arrugó por los extremos. Su expresión también se endureció, emborronando la mesura y elegancia demostradas hasta entonces.

La imagen estaba sacada de una de las grabaciones de las cámaras del interior del casino, así que no tenía demasiada calidad. En ella se veía a un hombre de pie sobre una mesa de póker. Tenía el pelo claro, rapado por los laterales y más largo en la parte superior. Era alto, fuerte, y estaba vestido con pantalones cargo militares y un chaleco antibalas sobre una camiseta térmica de tirantes. Todo de color oscuro, presumiblemente negro, a juego con la máscara con la que se tapaba la cara. Parecía de metal y representaba la cara de un zorro.

El fotograma había congelado el cuchillo karambit al que daba vueltas con el dedo índice de la mano izquierda. En la derecha llevaba una pistola con la que apuntaba a uno de los rehenes.

A Gregory Price, el padre de Savannah.

—Nos pidió que lo llamáramos Fox —explicó la rehén—. Por la máscara, supongo. No lo vi antes de entrar porque él ya estaba en el interior.

Alejó la lámina de ella, como si no soportara seguir mirándola.

—¿Se refiere a que estaba infiltrado? —preguntó el detective.

—Sí. Se hacía pasar por parte del personal. Uno de los camareros.

Yo…

Apretó la yema del dedo pulgar sobre la uña maltrecha del índice. Después, tomó aire con lentitud. Cuando consiguió calmarse, confesó con la voz helada:

—Le disparé. Dos veces.

Listado de secuestrados

  Savannah Price: (mujer, 24) hija de Gregory Price y prometida de Trenton Lee.

  Gregory Price: (hombre, 63) padre de Savannah Price y dueño de PriceShield, la empresa de seguridad del O Fortuna.

  Trenton Lee: (hombre, 31) prometido de Savannah Price, sobrino de Tiffany Whitmore y futuro CEO de PriceShield.

  Tiffany Whitmore: (mujer, 59) dueña del O Fortuna, accionista de PriceShield y tía de Trenton Lee.

  Beatrix Van Alen: (mujer, 23) mejor amiga de Savannah Price e hija de Cecilia Van Alen.

  Cecilia Van Alen: (mujer, 61) madre de Beatrix Van Alen, multimillonaria y filántropa.

  Loretta Cruz: (mujer, 42) empleada de la limpieza en el O Fortuna.

  Miles Donovan: (hombre, 29) crupier en el O Fortuna.

  Jack Morgan: (hombre, 35) director artístico en el O Fortuna.

  Vince Rourke: (hombre, 36) jefe de seguridad en el O Fortuna y mano derecha de Gregory Price.

Listado de secuestradores (en orden de importancia)

  Fox: máscara de zorro negra con detalles dorados, pantalones y botas militares, camiseta térmica de tirantes y chaleco antibalas.

  Doc: mascarilla quirúrgica, bata de médico, camiseta azul de manga corta y pantalones vaqueros.

  Honey: máscara táctica, pantalones y botas militares. Camiseta térmica de tirantes y chaleco antibalas.

  Boo: máscara blanca con dos rendijas en forma de media luna a la altura de los ojos y vestido blanco con volantes. Va en silla de ruedas.

  Copy: máscara con luz led de color rojo, ropa militar.

  Paste: máscara con luz led de color azul, ropa militar.

  Corazón: máscara blanca con un corazón pintado, ropa militar.

  Trébol: máscara blanca con un trébol pintado, ropa militar.

  Pica: máscara blanca con una pica pintada, ropa militar.

  Diamante: máscara blanca con un diamante pintado, ropa militar.

1

Viernes, 13 de marzo de 2026, 22:00

La historia que estoy a punto de contarte comienza un viernes 13. En esa fecha tan asociada a la mala suerte sucedieron dos cosas, una consecuencia de la otra: el O Fortuna abrió sus puertas y yo empecé a vivir.

Mi corazón había latido durante veinticuatro años, entiéndeme, pero no es lo mismo existir que ser. Savannah Price existía porque estaba presente, todo el mundo podía verla aunque nadie supiera quién o qué era. Sav, sin embargo… Sav es lo que soy.

No son la misma mujer, por mucho que la segunda lleve más de una década oculta dentro de la primera. Savannah Price tuvo que tragarse a Sav a los doce años para sobrevivir. La escondió en un rincón alejado y oscuro para no escucharla cuando pataleara y gritara, algo que sucedía cada vez que ella hacía cierto tipo de concesiones en un intento de cambiar su suerte.

Conforme avance el relato te darás cuenta del protagonismo que adquiere la suerte. La buena y la mala. Y aunque cruzarme con Fox implicó mucho de una de ellas, me niego a atribuirle el mérito de mi transformación.

Él solo fue el detonante.

Fue otras muchas cosas. Contraste, por ejemplo. Dos extremos que nunca se tocan, como el blanco y el negro, la cara y la cruz. Y también opuestos que se superponen, como deseo e ira, amor y odio.

Fox era una carcajada que restalla como un disparo y planes en forma de matrioska. Era la maraña de nervios que se acumula en la boca del estómago durante una cuenta atrás. La anticipación que sientes cuando quedan pocos segundos para que acabe el año y estás a la espera de recibir un beso, y también cuando el temporizador de una bomba advierte que en menos de un minuto todo estallará por los aires.

Pero esta es mi historia, no la suya, y, como decía, comienza cuando se inaugura el O Fortuna.

No era el casino más grande de Las Vegas, pero sí el más exclusivo. Tiffany Whitmore, su dueña, pretendía que fuera un punto de encuentro en el que hacer negocios con viejos y nuevos socios. Estos tendrían acceso a las mesas de juego, así como a salas de apuestas deportivas o de inversión, pero la finalidad del edificio nunca fue ganar dinero de esa manera. De eso Tiffany tenía de sobra. Lo que ella buscaba era poder.

Por este motivo, al O Fortuna solo se podría acceder con invitación y a la inauguración acudimos las cien personas de las que Tiffany tenía más ganas de rodearse. Había grandes fortunas, como mi mejor amiga y su madre, altos cargos políticos y empresarios de renombre. También familia. Trenton Lee, mi prometido y a quien mi padre estaba formando para ser el futuro CEO de PriceShield, era el sobrino y único heredero de la dueña.

El edificio era espectacular. Lo había visitado en enero, cuando las obras estaban a punto de finalizar. Pese a ello, volvió a sobrecogerme. Tenía cinco plantas de altura, aunque al principio pensara que eran cuatro, y forma de «O». Daba la impresión de estar hecho de oro. No era el caso, por supuesto, pero el metal cobrizo todavía no se había expuesto lo suficiente al sol y a la arena y refulgía a la luz de los focos igual que una alianza de bodas recién comprada. El ascensor exterior era un tubo de cristal que conducía desde la entrada hasta el penúltimo piso y atravesaba el edificio por el hueco interior. Sumado a las dos pasarelas que conectaban cada extremo de las plantas tres y cuatro, su diseño se asemejaba a una «F».

Llevaba más de quince minutos esperando frente a la escalinata que conducía a las puertas dobles de entrada. A excepción de unos gemelos que comentaban el diseño arquitectónico, no quedábamos más invitados fuera. Hasta la prensa se había marchado.

Hastiada, saqué el teléfono del bolso de mano y llamé a mi padre.

Descolgó al noveno tono, justo antes de que saltara el contestador.

—Savannah. Dime.

La inflexión de su voz era seca y apremiante, nada fuera de lo habitual.

—¿Te queda mucho para llegar al casino?

—Sigo en la oficina solucionando unos temas, llegaré más tarde.

—¿En la de Beverly Hills? —me extrañé.

—No, en la de Summerlin.

Me tragué la molestia que me provocaba que no se hubiera dignado a avisarme y pregunté:

—De acuerdo, ¿estás con Trenton?

—No, él…

De fondo escuché una puerta abrirse y a una mujer ronroneando su nombre de pila. La reconocí como su secretaria por todas las veces que me había cogido el teléfono cuando llamaba al despacho de Nevada. Brooke tenía un año menos que yo, cuarenta menos que mi padre y el estómago suficiente como para acostarse con él a cambio de una falsa estabilidad.

La compadecía, al igual que a las anteriores. Más tarde o más temprano, y con independencia de lo que hicieran o le ofrecieran, acababan siendo desechadas.

Tú lo sabes mejor que nadie.

—Trenton salió hace dos horas para ocuparse de un problema que ha surgido con la filial de los Ackermann —prosiguió—. No sé cuánto tardará en llegar, ¿por qué no lo esperas con tu amiga?

Lo que me revolvió el estómago no fue la condescendencia, sino ese apellido. Me mordí el labio inferior con fuerza para distraerme con el dolor.

—Sube a la planta vip y quédate en cualquiera de las salas —siguió diciendo mi padre—. Hace falta una acreditación para acceder al cuarto piso, quizá tengas que pedirle a Vince Rourke que te lleve. Debe de estar en recepción.

Colgó sin despedirse.

Guardé el teléfono y me dirigí hacia la entrada del edificio. Estaba franqueada por dos guardias de seguridad. Aunque llevaban el uniforme de PriceShield, no me sonaban de nada. Tampoco me sorprendió porque la empresa de mi padre tenía más de un millar de empleados. Si hubieran sido menos, tal vez me habría percatado de que esos hombres no formaban parte de la plantilla.

Cargaban con un iPad cada uno en el que comprobaban la lista de invitados y a saber qué más. Después de darles mi nombre, se miraron durante unos segundos y asintieron casi a la vez.

—Bienvenida, señorita Price. Dispone de una habitación en el hotel y acceso a la planta vip, donde podrá disfrutar de una experiencia exclusiva

—soltó de carrerilla el de la derecha.

—¿Cuál es mi habitación?

—La suite Royal. Es la 302, está justo al lado de la Whitmore Penthouse.

Conseguí mantener la compostura a duras penas.

—Perfecto.

—Le darán la llave nada más entrar en el vestíbulo, en el mostrador de la derecha. Ahí también podrá comprar fichas. Hay varias zonas de juego en la primera planta. También en la cuarta. La segunda está reservada para los espectáculos y las apuestas deportivas, mientras que en la tercera se encuentran el spa y el hotel.

Asentí y me despedí con educación.

El interior del casino era incluso más ostentoso que el exterior. De los altos techos colgaban lámparas de araña gigantescas cuyas luces arrancaban brillos dorados de la decoración. Las paredes estaban forradas en madera y repletas de cuadros de todos los tamaños. También había multitud de esculturas de mármol. La más grande medía más de tres metros y estaba dentro de una fuente situada en el centro exacto del vestíbulo. Representaba a la diosa Fortuna.

En el pedestal sobre el que estaba subida había grabada una inscripción:

O Fortuna, velut luna statu variabilis, semper crescis aut decrescis; vita detestabilis nunc obdurat et tunc curat ludo mentis aciem, egestatem, potestatem dissolvit ut glaciem.

En mi anterior visita Trenton me explicó sin ninguna necesidad que pertenecía a un poema del siglo XIII. Acto seguido, tradujo en voz alta el texto con ayuda de su móvil. En lugar de corregirlo porque, a diferencia de él, dominaba el latín desde los diecisiete, le dije a través de una sonrisa:

«Qué interesante, gracias por contármelo».

Al acercarme a la fuente pude comprobar que ya había algunas monedas en el interior. Como no tenía dinero en efectivo, me quité el

anillo más pequeño, el que llevaba en la segunda falange del dedo meñique de la mano izquierda, y lo arrojé al agua. Era mi favorito.

Los deseos se dividen en sueños egoístas y en peticiones de auxilio. Mezclé ambos con mi saliva, miré en derredor para comprobar que no había nadie cerca y susurré:

—Haz que muera.

CÁMARA DE SEGURIDAD DEL O FORTUNA

Planta 1, vestíbulo 13/03/2026

22:12:37

El personal del O Fortuna vestía de la misma forma. Sin excepciones. No importaba que estuvieran sirviendo cócteles, luchando contra el polvo o barajando cartas. Todos llevaban unos pantalones de traje del mismo tono de negro que la corbata, el chaleco y el sombrero, y una camisa burdeos de manga larga.

Un hombre con ese atuendo permanecía con la espalda apoyada en una pared. Tenía las manos metidas en los bolsillos y la vista fija en Savannah Price mientras lanzaba su ofrenda a la fuente. Aunque el ala del sombrero le cubría los rasgos casi por completo, una de las cámaras fue capaz de captar el extremo de su sonrisa. Era puntiaguda, como el colmillo de un depredador.

Cuando Savannah se acercó al jefe de seguridad del casino, situado tras un pequeño mostrador a la derecha de la entrada, el hombre que la observaba recogió la mochila que había a sus pies. Era grande, negra y de corte militar. Como sus botas.

El resto del personal del O Fortuna utilizaba mocasines.

No era la única disonancia entre el hombre

misterioso y sus compañeros. Los pantalones eran

una talla más grande de lo necesario y se doblaban de forma extraña en algunas partes, como si llevara otros debajo. Sucedía lo mismo con los pliegues que marcaba la camisa a la altura de los hombros. Sin contar con que la política de la empresa impedía contratar a alguien que tuviera tatuajes y por su nuca asomaban varias líneas de tinta.

A pesar de que cualquiera que se fijara lo suficiente habría podido darse cuenta de que algo no encajaba, el hombre misterioso estaba tranquilo. Nadie le prestaba la menor atención ni a él, que todavía no había comenzado su turno, ni al resto de los trabajadores. Los invitados solo miraban al personal durante el tiempo que tardaban en dar una orden, y en ocasiones ni eso, así que eran prácticamente invisibles.

El hombre sacó una moneda del bolsillo y la dejó caer al suelo cuando llegó a la altura de la fuente. Al agacharse para recogerla, aprovechó para meter con disimulo la mano izquierda en el agua y sacar el anillo que Savannah había lanzado. Volvió a guardar la moneda junto a su nueva posesión y fue hacia el ascensor.

Esperó frente a las puertas sin pulsar el botón hasta que Savannah y el jefe de seguridad se acercaron lo suficiente. Subió junto a ellos y se colocó al fondo, donde agachó la cabeza para ocultar todavía más sus rasgos.

Antes de que se cerraran las puertas, sacó el móvil y escribió un mensaj e:

Fox: Estoy dentro. Las mochilas están en la Whitmore Penthouse. Empezamos a las

22: 59.

2

Viernes, 13 de marzo de 2026, 22:17

Cuando se abrieron las puertas del ascensor en el cuarto piso, el trabajador del casino que había permanecido al fondo fue el primero en salir. Sin volverse, se descolgó la mochila de un hombro y guardó el teléfono en el bolsillo delantero. Gracias al gesto fui capaz de atisbar un lateral de su cara. No fue suficiente para que me hiciera una idea de su aspecto, pero sí para que no me cupiera duda de que estaba hecho a base de líneas rectas. También me fijé en su piel, mucho más clara que la mía, y en su pelo. Era del color del ámbar.

El hombre se marchó sin mirar atrás y Vince Rourke carraspeó a la espera de que le prestara atención.

—En esta planta hay varias zonas, permite que te las muestre. —Lo seguí mientras avanzaba por el pasillo—. Estamos en la parte izquierda, para llegar a la derecha hay que cruzar la pasarela. Cuidado si tienes vértigo porque tanto el suelo como la barandilla son de cristal. A la pasarela solo se puede acceder recorriendo el mirador. La puerta que tienes enfrente, eso es. Se llama así porque bordea toda la planta y la pared está compuesta por ventanas. Ofrece una vista panorámica de Las Vegas, te recomiendo dar una vuelta por ahí.

Dejé que siguiera explicándome lo que ya sabía. No tanto por educación como por evitar dirigirle la palabra. Sin contar a Trenton, Vince Rourke era lo más parecido a una mano derecha que tenía mi padre. Se encargaba del trabajo sucio y estaba convencida de que lo disfrutaba.

—Atravesando el bar puedes encontrar el reservado. Está pensado para espectáculos privados. Si te interesa, a las doce empieza el primero. — Vince Rourke me guiñó un ojo—. ¿Te gusta jugar al póker?, ¿a la ruleta? En ese caso, lo mejor será que cruces la pasarela para llegar a la parte derecha de…

—Disculpa, ¿dónde están Beatrix y Cecilia Van Alen? El jefe de seguridad torció el gesto ante la interrupción.

—Las conduje al bar hace veinte minutos, permite que te acompañe.

—No es necesario —respondí demasiado rápido. Tras forzar una sonrisa, me excusé—: Antes quiero pasar por el baño.

—Puedo esperar.

—Tardaré.

Sus labios se deslizaron hacia arriba como un par de gusanos gruesos.

—Cosas de mujeres, ¿eh?

Habría tenido que graparme la sonrisa para ser capaz de mantenerla, así que preferí darme la vuelta y marcharme sin despedirme.

«No te preocupes por el desplante, Savannah —me dije cuando el miedo comenzó a solidificarse en mi estómago—, solo es un trabajador.

¿Qué es lo peor que puede hacer?».

No fui capaz de engañarme a mí misma, dio igual lo mucho que lo intentara: Vince Rourke era capaz de cosas horribles y lo sabía bien.

El baño era mixto, grande y alargado. A un lado estaban los cubículos: dos para hombres, dos para mujeres y otro, el del fondo, sin chapa en la puerta. La pared opuesta la ocupaban un espejo enorme y una fila de lavabos. Fui hacia ellos, apoyé las manos en la encimera y observé mi reflejo. Tenía los ojos demasiado abiertos, los labios tensos y el pecho subiendo y bajando a toda velocidad.

La ansiedad de no poder permitirme ni un paso en falso se me comía por dentro.

Mantenía el mismo objetivo que cuando te marchaste, pero todo había resultado ser mucho más complicado de lo que previmos. Más peligroso, también. Pese a ello, jamás contemplé rendirme. Me había esforzado tanto y era tan consciente de lo que merecía que me sentía incapaz de visualizar otro futuro.

—Eres tú.

Di un respingo por el susto y me giré de golpe.

La primera vez que vi a Boo ya llevaba la máscara puesta. Era completamente blanca, igual que su pelo lacio y cortado a capas, su vestido de volantes similar a un camisón y la piel que recubría huesos y poco más. La máscara parecía de porcelana y tenía dos hendiduras para los ojos en forma de medialuna. Daba la impresión de estar sonriendo a pesar de no tener boca.

Miré de reojo hacia la puerta y estuve a punto de echar a correr hacia ella. Aunque lo más lógico era pensar que Boo había salido de uno de los cubículos, no había oído ninguna puerta o cisterna. Parecía una aparición y su aspecto no ayudaba en absoluto.

—¿Por qué llevas la cara cubierta? —pregunté, tratando de mantener la voz firme.

—Porque dentro de poco empieza el espectáculo.

Di por hecho que se refería a aquel del que me había hablado Vince Rourke, el que se iba a celebrar en el reservado, y conseguí relajarme en parte. Por cómo lo había descrito el jefe de seguridad, asumí que se trataría de mujeres bailando con poca o ninguna ropa. Sin embargo, dudaba que Boo hubiera alcanzado los veintiún años. Dudaba, incluso, que llegara a la mayoría de edad. Sin contar con que siquiera pude adivinar su género.

—Eres muy guapa —volvió a decirme—. Ahora entiendo que esté obsesionado contigo.

—¿Quién?

—Fox.

—No sé a…

—Pronto lo sabrás —me cortó. Su risa rebotó contra la máscara produciendo un sonido extraño, parecido al de una cacofonía, que volvió a ponerme en tensión—. Va a ser divertido. Qué bien, ¿no? Así te entretendrás. Él dice que eres muy aburrida.

A través de la puerta llegó la voz de un hombre:

—¿Boo? ¿Has terminado? No deberías estar mucho rato de pie.

—¡Ya voy, Doc!

—¿Qué tipo…? —carraspeé sin tener claro cómo formular mi duda—.

¿Cómo es el espectáculo en el que participas?

—Da un poco de miedo, pero solo al principio.

Avanzó hacia la puerta con pasos renqueantes y una mano recorriendo la pared por si necesitaba el punto de apoyo. Se notaba que andar le dolía

o, como mínimo, le costaba. Pese a ello, soltó una risita por lo bajo cuando añadió:

—Nos vemos en un rato.

Sentí alivio cuando se marchó y todavía más cuando tomé la decisión de no asistir a ninguno de los espectáculos que se celebraran en el casino, especialmente en el reservado.

Después de quitarme la incomodidad de encima, me giré de nuevo hacia el espejo y volví a examinarme, esa vez para comprobar que tenía buen aspecto.

El recogido del pelo había conllevado cerca de dos horas de peluquería. Mis ondas estaban sujetas con alfileres de oro, algunos de los cuales tenían cadenas que los conectaban entre sí. El diseño hacía juego con el collar que colgaba a mi espalda y con los pendientes en forma de gota.

Dejé el chal verde sobre la encimera para apreciar mejor el vestido. Me encantaba. No solo porque el color champán hiciera que el tono de mi piel destacara, sino porque realzaba mis curvas. Tenía poco pecho y bastante cadera, algo que había aprendido a amar aunque durante años otros intentaran que me acomplejara. «¿Por qué no te operas? Tienes el dinero. Además, los implantes no son peligrosos y quedan muy naturales». Hice oídos sordos, igual que a la sugerencia de pincharme los labios. Me gustaba mi sonrisa pequeña y fina, pero no se trataba de eso.

Era una declaración de intenciones.

En un entorno en el que solo podía mostrarme tal y como era cuando estaba a solas con mi mejor amiga, en el que me modulaba e incluso deformaba para interpretar bien el papel que me habían obligado a aceptar, necesitaba que hubiera algo genuino, inequívocamente mío, que todos pudieran ver.

CÁMARA DE SEGURIDAD DEL O FORTUNA

Planta 1, vestíbulo 13/03/2026

22:35:05

Se abrieron las puertas del ascensor y salió al vestíbulo una figura imponente. Más de seis pies de altura enfundados en ropa militar negra. Llevaba el bajo de los pantalones cargo por dentro de las botas y un chaleco antibalas sobre una camiseta térmica de tirantes. Sus brazos, fuertes, bronceados y cubiertos de tatuajes, permanecían en tensión por las dos bolsas de viaje que cargaba.

Portaba una mochila a la espalda idéntica a la del hombre misterioso y, también como él, mantenía ocultos sus rasgos. En su caso, gracias a una máscara táctica que le dejaba el pelo oscuro a la vista. La mitad inferior estaba rapada y la superior recogida en un pequeño moño alto.

Se descolgó la mochila del hombro y la situó de tal manera que el ascensor no pudiera volver a cerrarse.

Los guardias de seguridad de la puerta permanecieron inmutables y con los ojos fijos en la figura. Una vez esta llegó a su altura e hizo el más leve de los gestos afirmativos, los guardias apagaron sus iPads y se marcharon sin decir adiós.

Cuando la figura imponente soltó las bolsas, el ruido que hicieron al caer dejó constancia de lo pesadas que eran. Justo en ese instante, se abrió la puerta que había tras el mostrador de la derecha. La placa superior indicaba que al otro lado estaba la sala de vigilancia del casino.

Salieron dos personas, un hombre y una muj er, ataviadas con el uniforme del O Fortuna. Al fijarse en la figura imponente, apretaron el paso para llegar hasta ella, provocando que esta se llevara la mano a una de las armas enfundadas en su arnés táctico.

—¡ Eh, tío! —exclamó el hombre que había salido del despacho de seguridad—. ¡ No dispares! Soy Col… ¡ Ay! —se quejó cuando la muj er le dio un codazo en las costillas—. Es verdad, lo de los nombres. Joder. Bueno, yo soy Copy y esta es mi melliza, Paste. Formamos parte del equipo. ¿Fox no te habló de nosotros?

Aunque la figura imponente no contestó, apartó

la mano del arma y se cruzó de brazos.

—Nos han encargado sellar las puertas del edificio junto a los otros cuatro. Los que tienen nombres de palos de la baraja, me refiero — explicó Paste—. Creo que los palos han empezado por las salidas de emergencia. Da igual, se supone que cuando mi hermano y yo terminemos tenemos que subir a la cuarta planta.

Aunque el tono de voz de Paste era un poco más agudo que el de Cole, ambos hablaban de manera atropellada, como si tuvieran mucho que decir y quisieran hacerlo lo más pronto posible. Sus gestos también eran rápidos, más emocionados que ansiosos. Parecía que alguien hubiera pulsado un botón para ponerlos al doble de velocidad.

—Fox nos dijo que esperáramos a la señal — intervino Copy—. No tenemos ni idea de cuál es la

puta señal. ¿Tú sabes algo? Nadie nos ha dado un teléfono. Me vendría genial uno.

—No seas idiota, la policía podría intervenir los móviles o algo así —le regañó su hermana—. Es mej or que nos comuniquemos por radio.

—Con una radio no puedo ver TikTok. Además, tampoco tenemos, ¿cómo esperan que…?

Copy calló cuando la figura imponente le acercó de una patada una de las bolsas que había dejado en el suelo. Su hermana fue la que se agachó y abrió la cremallera. Dentro había multitud de cadenas de distinto grosor y longitud, candados, herramientas, un par de radios PTT y otro par de máscaras. Estas eran de plástico grueso y negro, en apariencia básicas. Tenían un pequeño botón a un lateral. Cuando Copy cogió una de ellas y lo pulsó, unas luces led de color rojo se encendieron a la altura de los ojos y de la boca. Los primeros estaban representados por sendas

« x»; la segunda, por una sonrisa con varias líneas verticales que simulaban costuras.

—Parece lo que llevaría alguien a una rave — opinó Paste. Al encender la suya, comprobó que era de color azul—. Me encanta.

Se la colocó antes de quitarse el sombrero.

Después, empezó a desabrocharse la camisa.

—¡ Eh, un momento! —exclamó su hermano—. ¿No deberíamos escondernos en el despacho del vigilante?

—¿Para qué? Nadie puede utilizar el ascensor. — Paste señaló la mochila que impedía que se cerraran las puertas.

—¿Y si a alguien de esta planta le da por volver al vestíbulo? —Como su hermana no parecía convencida, Copy se dirigió a la figura imponente en busca de validación—: Tengo razón, ¿verdad?

Son las diez y media pasadas, aún queda tiempo antes de… ¿Qué es eso?

Mientras hablaba, la figura imponente había abierto la otra bolsa y sacado un mecanismo. Era pequeño, cuadrado, y tenía varios botones y cables colgando. Lo pegó en la pared, cerca del dintel, y empezó a configurarlo.

—¡ Eres Honey! —exclamó Paste, emocionada. Su hermano emitió un sonido que dejaba clara su confusión y añadió—: El experto en bombas. Uno de los organizadores. ¿No prestaste atención a Fox cuando nos lo explicó?

—Pensaba que Honey era una muj er —se defendió Copy.

—Pues ya ves que…

La radio de Paste emitió un chasquido. La cogió

del suelo, pulsó un botón y dijo:

—Aquí Paste. Estoy con Copy y Honey en el vestíbulo.

Oyeron una carcajada chirriante al otro lado de la línea que erizó el vello de la muj er.

—¡ Los mellizos! Al habla Boo. ¡ Corto y cambio!

¿Se dice así, Doc? Ay, no, eso es al final. — Volvió a reír.

La voz anterior fue sustituida por una nueva, mucho más calmada, fría y ronca.

—Soy Doc. No quedan invitados en la primera planta, fueron trasladados hace diez minutos a la segunda para asistir a un espectáculo. Comprobadlo, de todos modos. Después, sellad los accesos al exterior tal y como os explicó Fox.

—¿Y cuándo subimos? Nos hablaron de una señal,

pero no sabemos…

—Esperad a la canción.

3

Viernes, 13 de marzo de 2026, 22:40

Al salir al pasillo me crucé con Jack Morgan, el director artístico del O Fortuna. Averigüé tanto su cargo como su nombre cuando lo conocí más de dos meses atrás. Por entonces, se estaban rematando los últimos detalles del casino y a él le habían encargado que fuera haciendo castings para los espectáculos que se ofrecerían una vez que abriera sus puertas.

En enero Jack Morgan tampoco era guapo, pero no parecía a punto de desfallecer. El 13 de marzo, sin embargo, lo encontré macilento, con las mejillas hundidas y las ojeras violáceas e hinchadas. Me pregunté si, como yo, llevaba sin dormir bien desde nuestro primer encuentro. Con un ojo medio abierto y el pie rozando el suelo, pendiente del más mínimo sonido por si tenía que echar a correr.

Aunque quizá su incapacidad para conciliar el sueño no se debiera al miedo, sino a la culpa.

Agradecí que Jack Morgan agachara la cabeza y acelerara el paso para evitar saludarme. Seguí caminando por el pasillo hasta llegar a unas puertas dobles, altas y ornamentadas, que permanecían abiertas. Sobre ellas, un cartel indicaba que al otro lado se encontraba el bar. Era grande y disponía de distintas barras, según el tipo de bebida que te apeteciera tomar, además de varias zonas con sillones y sofás. Todo eran luces tenues, neones dorados y cuero. No había ventanas, pero sí una puerta cerrada en el extremo opuesto, totalmente roja, que conducía al reservado. Aparté la vista, firme en mi decisión de no traspasarla.

Me dirigí hacia la barra de los cócteles, situada en el extremo sureste, en cuanto distinguí a Cecilia Van Alen y a su hija, Beatrix, sentadas en los taburetes. Cecilia llevaba en brazos a Archibald Maximilian III, su gato bosque de noruega, un animal enorme de color canela que tenía un collar de perlas auténticas muy similar al que usaba su dueña. En la barra, además de los cócteles de las dos mujeres, había una botella de agua premium al lado de un cuenco y un plato con taquitos de atún crudo que Cecilia le ofrecía al gato poco a poco.

Trix sonrió de oreja a oreja en cuanto me acerqué y tuve la certeza de que, de todas las personas con las que me había cruzado ese día, era la única que genuinamente se alegraba de verme. Al devolverle el gesto sentí la cara extraña porque las sonrisas de verdad no tiran de los mismos músculos que las de mentira, a las que estaba mucho más acostumbrada.

Beatrix Van Alen y yo nos habíamos conocido siete años antes en una gala benéfica por la que ninguna de las dos tenía interés. Sabíamos que ese tipo de eventos que organizaba la alta sociedad eran de todo menos altruistas, pero nuestros padres nos obligaban a ir. No tenía edad para beber, pero sí el suficiente maquillaje y el vestido adecuado, así que conseguí que un camarero me regalara una botella de champán y me alejé para dar cuenta de ella en un rincón oscuro del jardín. Allí me encontré con Trix, que había robado un paquete de tabaco de alguna de las mesas. Compartimos y odiamos los recursos recién adquiridos, transformando una noche soporífera en la más divertida que había vivido en años.

No volvimos a separarnos jamás.

Éramos muy diferentes, sin embargo. Ella era espontánea; yo, calculadora. Ella era la persona más transparente que conocía; yo estaba llena de recovecos. Ella jamás había contenido sus gestos o sus palabras; yo temía olvidar quién era de tanto fingir ser otra.

Bajó del taburete con cuidado de que no se le subiera el minúsculo vestido negro y dejó la estola del mismo color encima de la barra. No se preocupó de comprobar si la superficie estaba limpia porque daba igual lo que le hubiera costado la prenda, si se estropeaba, podría comprarse cientos más. Millones.

Cuando se acercó a mí, varios de los presentes la siguieron con la mirada. Estaba imponente. Llevaba el pelo rubio ondulado y unos tacones con la suela igual de roja que sus labios. Noté que se los había retocado hacía poco porque los tenía más hinchados de lo normal. No era el único

tratamiento estético que se había realizado y tampoco se avergonzaba al reconocerlo.

Beatrix Van Alen no se avergonzaba de nada.

Me agarró de las manos, lanzó dos besos al aire y exclamó:

—¡Savvie! ¡Estás espectacular!

—Tú también.

—Menos mal que has llegado. No me aburría tanto desde la inauguración del enésimo campo de golf de Palm Springs. —Fingió un escalofrío.

—No seas exagerada, cielo —la reprendió Cecilia mientras limpiaba el hocico del gato—. Ay, Archie, mira cómo te has puesto.

—Sabes que tengo razón, mamá. —Después se dirigió a mí—: Aquí nadie juega, se limitan a juntarse en corro para hablar de negocios mientras se emborrachan y atiborran de canapés. Y eso que en esta planta también hay una sala con varias mesas de póker y ruletas. De todos modos, se supone que debemos quedarnos en el bar hasta que aparezca Tiffany Whitmore. Odio a esa zo…

—¡Cielo!

Trix puso los ojos en blanco, pero se tragó el resto del insulto y no siguió hablando del tema. Su animadversión por la dueña del casino no era ningún secreto desde que esta había insinuado que, si no estuviera compuesta mayormente por plástico, habría sido su primera opción para casar a su sobrino. Aun sin silicona, ácido hialurónico y bótox, mi mejor amiga jamás se habría prometido con Trenton Lee, y tampoco con ningún otro hombre, porque ni quería ni la iban a obligar a ello.

A diferencia de mi padre, Cecilia no usaría a su hija como moneda de cambio.

—Sin música ni nadie menor de cincuenta años a nuestro alrededor, solo nos queda el riesgo de caer en la ludopatía para divertirnos. —Trix suspiró con dramatismo—. Preveo que la noche va a ser una mierda. Me lo advirtió mi tarotista, ¿sabes?

—¿Qué te dijo?

—Que estaba en peligro. De aburrirme mortalmente, supongo. En fin, cuando saludemos a esa… Joder. El que faltaba.

—Cariño.

Se me agarrotaron las vértebras cuando lo escuché.

La voz de Trenton era tan untuosa como el pegamento y, también igual que este, se adhería a mi piel congelándome las facciones en un gesto falso, casi maniqueo, con el que esperaba ocultar mis verdaderos sentimientos.

Giré la cara hacia mi prometido. Llevaba el pelo rubio recién rapado y un traje de color gris antracita, a juego con sus ojos. No tenía corbata, pero sí los dos primeros botones de la camisa negra desabrochados.

Odiaba la forma en la que me miraba. Como si fuera algo en lugar de alguien, un jarrón excesivamente caro que colocar en la estantería para presumir con las visitas. O, peor, una muñeca con la que jugar hasta aburrirse. A la que ponerle voz ya que la pobre ni hablar sabe y a la que rellenar con expectativas porque está hueca por dentro.

Cuando se inclinó para darme un beso en los labios, giré la cara y le ofrecí la mejilla. Al separarse de mí, su sonrisa reptó hacia arriba como una serpiente y supe que iba a hacérmelo pagar. Colocó la mano en la parte baja de mi espalda, justo donde terminaba el escote del vestido, y deseé haberme puesto otra cosa. Capas y capas que lo alejaran de mí. Sus dedos se colaron bajo la tela y me pellizcaron la piel con fuerza.

La garganta me picó porque le estaba negando un grito para el que hacía tiempo que estaba preparada. Me volví a contener, no obstante, y aguanté el dolor sin variar el gesto.

—Trenton, cuánto tiempo sin verte.

El saludo de Cecilia logró que mi prometido se separara de mí y se aproximara a ella para entablar conversación. Trix aprovechó para colocarse entre ambos, como si de verdad fuera capaz de servirme de escudo, y me miró con intención. Quería saber si necesitaba que volviera a montar una escena para que nos marcháramos juntas de ahí. Negué con la cabeza disimuladamente.

Mi mejor amiga era también la única persona en la que podía confiar, así que se lo contaba todo. Lo único que guardé para mí fue lo sucedido meses antes en ese casino, y no fue porque desconfiara de ella, sino porque no quería ponerla en peligro. Aun sin esa información, Trix sabía que estaba atada de pies y manos con respecto a Trenton. Si quería tener la oportunidad de participar en PriceShield en el futuro o, yendo todavía más lejos, si no quería que mi padre me repudiara igual que había hecho con tanta  gente  antes,  debía  tenerlo  contento.  Y,  lamentablemente,  mi

matrimonio con el sobrino de Tiffany Whitmore era un requisito indispensable para su felicidad.

Aprovechando que Trenton estaba ocupado, me senté frente a la barra y dejé el chal en otro de los taburetes.

—Un Vesper Martini, por favor.

Me di cuenta entonces de que el camarero al que le acababa de pedir el cóctel era con quien Vince Rourke y yo habíamos compartido ascensor. Permaneció de espaldas a mí mientras lo preparaba, así que seguí sin poder verle la cara.

A la altura del estante en el que estaba el Lillet Blanc que necesitaba para la mezcla había una línea de espejo muy estrecha. Cuando cogió la botella para usarla, sus ojos se reflejaron en el hueco que dejó libre.

Me dio un vuelco al corazón, todavía no sé por qué.

Quizá porque me parecieron preciosos, rasgados y de exactamente el mismo tono ámbar que el pelo.

Quizá porque los sentí capaces de ver a través de mis sonrisas falsas y de mis poses estudiadas.

Quizá porque adiviné que un día después intentaría arrancárselos.

CÁMARA DE SEGURIDAD DEL O FORTUNA

Planta 4 (izqda.), bar 13/03/2026

22:46:18

Cuando el camarero se giró para colocar sobre la barra el Vesper Martini de Savannah Price, ella inclinó la cabeza con sutileza para intentar distinguir sus rasgos. No lo consiguió. Al fin y al cabo, el camarero llevaba media vida practicando cómo esconderse.

La muj er esbozó una sonrisa minúscula, resignándose a mantener ese extraño juego, y se acercó todavía más la copa de balón para admirar la presentación del cóctel. Con un dedo distraído empezó a hacer dibujos sobre la condensación del cristal. Primero hizo una flor; después, un corazón.

El bolsillo de la mochila en el que el camarero había guardado el móvil se iluminó cuando recibió un mensaj e. Hizo amago de agacharse para cogerlo, pero pareció pensárselo mej or y acabó quedándose donde estaba. Apoyó el antebrazo sobre la barra, muy cerca de la copa y de las manos de Savannah, y preguntó:

—¿Cuál de todos los anillos que llevas es el que te regaló él?

Lamentablemente para el Departamento de Policía Metropolitana de Las Vegas, las cámaras de seguridad no graban el sonido. Por culpa de esto,

además de tenerlo mucho más difícil para resolver la investigación, no fueron capaces de escuchar la voz de ese camarero.

A Savannah Price, que sí lo hizo, le produjo la misma sensación que la yema de un dedo recorriéndole la columna. Placentera hasta el inevitable escalofrío. Era el tipo de voz que alguien emplearía para hacer una broma de mal gusto, mitad jocosa, mitad cruel.

Parpadeó varias veces en un intento de librarse de su influjo y respondió con otra pregunta:

—¿Quién?

El camarero alzó el brazo que había colocado tan cerca de ella y señaló con un gesto vago hacia Trenton.

—Tu prometido.

Ese fue el término que rompió el hechizo y recondujo a Savannah hacia su expresión inescrutable habitual.

—¿Qué te hace pensar que es mi prometido?

—Os he escuchado hablar. —Se encogió de hombros

—. Es lo único bueno de este trabajo, ¿sabes? Pagan mal y los ricos te miran por encima del hombro, pero es sencillo enterarte de sus vidas. Entonces, ¿cuál de los anillos que llevas es el suyo?

—Ninguno.

—¿No te regaló uno cuando te pidió matrimonio o no lo usas?

—Disculpa, pero no tengo por qué contestar a esa pregunta.

—No se trata de que tengas que hacerlo, se trata de que quieras hacerlo. —Con todavía más suficiencia, añadió—: De todos modos, conozco la respuesta.

—Ah, ¿sí?

—Sí. Te regaló una alianza, por supuesto que lo hizo. Una vergonzosamente cara. Y tú has decidido no llevarla.

Las uñas de Savannah golpearon el cristal de la copa durante unos segundos.

—¿En qué te basas para hacer esa suposición?

—Me han bastado un par de minutos para darme cuenta de lo que se esfuerza para dejar claro que le perteneces. —Por culpa del ala del sombrero no fue capaz de apreciar que Savannah perdió el color de la cara—. He notado algo más.

—Ilumíname.

—Lo poco que te gusta que alguien te ponga unas esposas.

Tanto la insinuación como el tono, del todo inapropiados, provocaron que Savannah dejara a un lado lo aprendido durante sus clases de protocolo y frunciera el ceño.

—Eres muy poco profesional.

El camarero se rio, en apariencia encantado.

—¿Me vas a delatar? Mira, por ahí viene la dueña del casino. —Señaló hacia un lado, donde Tiffany Whitmore acababa de detenerse para charlar con Gregory Price—. No te cortes. Dile lo mal que me he portado.

Savannah ignoró la nueva insinuación.

—¿No te preocupa perder el empleo?

—Nada más lejos.  Puedo conseguir otro cuando

quiera. Renuncio, de hecho.

Para añadir dramatismo, el camarero cogió un trapo que había cerca y lo lanzó sobre la barra con fuerza, consiguiendo que Savannah diera un respingo.

—¿Lo dices en serio?

El hombre se agachó. Cuando volvió a incorporarse, sujetaba un teléfono móvil. Tras echarle un vistazo, se cargó la mochila al hombro

y dejó la mitad de su sonrisa al descubierto. Tenía los dientes muy blancos y el colmillo particularmente largo.

Antes de marcharse, respondió:

—La seriedad está sobrevalorada.

—Lo que tú digas. Buena suerte, supongo.

—¿Suerte? Ni la tengo ni la necesito.

4

Viernes, 13 de marzo de 2026, 22:53

Había admirado profundamente a Tiffany Whitmore. Una mujer que jamás se casó, que venía de ninguna parte y que consiguió amasar una fortuna ayudándose únicamente de su visión para los negocios. Construyó un imperio dejando claro que era tanto o más válida que los hombres que alguna vez la habían menospreciado por su origen humilde o por su género.

Debido a esto, cuando mi padre y ella pusieron sobre la mesa que Trenton y yo nos prometiéramos, no me pareció el fin del mundo. No era estúpida, noté que la sugerencia era un tema minuciosamente estudiado que respondía a una estrategia, pero estaba dispuesta a casarme por conveniencia en lugar de por amor.

Al fin y al cabo, me había enamorado tiempo atrás y guardaba un recuerdo pésimo de la experiencia. Si estaba en mi mano, prefería no volver a sentirme así de vulnerable nunca más.

Tampoco podría decirse que conociera mucho a Trenton cuando acepté. Lo había visto en varios eventos sociales, me parecía atractivo y siempre me había tratado con elegancia y educación. Había estudiado lo mismo que yo en Harvard, además, y creí que tener eso en común facilitaría nuestras conversaciones y que entendiera lo importante que era el trabajo para mí. Por aquel entonces todavía estaba cursando mi MBA en Stanford y no me imaginaba el futuro que mi padre me tenía reservado.

Cuando no hubo vuelta atrás, me di cuenta de que el acuerdo al que había accedido tenía varias páginas en letra pequeña. Minúscula. Trenton resultó ser un inepto que aprobó la carrera a golpe de talonario. Alguien que, además, estaba planeado que ocupara el puesto de CEO en PriceShield para el que yo me había dejado la piel. Porque era un hombre y porque mi padre ansiaba arañar la influencia de Tiffany Whitmore, además de tenerla de su parte, y no dudó en convertirme en una llave para conseguirlo.

Por si eso no fuera suficiente, la amabilidad de Trenton se deformó en algo mucho más oscuro.

La imagen que había tenido de Tiffany Whitmore empezó a enturbiarse a partir de ahí. ¿Por qué una mujer que se vanagloriaba de haber llegado a la cima sin ayuda de ningún hombre comerciaría con la vida de otra? ¿Por qué la expondría a alguien como su sobrino, además?

Sin embargo, fue lo sucedido en enero lo que terminó de dar forma a mi rechazo hacia ella. Decidí que ni nos parecíamos ni deseaba que lo hiciéramos jamás. Que yo también lograría mis metas, que me arrastraría hacia ellas con las uñas si era necesario, pero que jamás utilizaría a otros para ello.

Con esa idea en mente, después de que el camarero se marchara me acerqué adonde estaban mi padre, Tiffany y Trenton, que acababa de incorporarse a la conversación. Presencié el saludo de ambos hombres, palpé la camaradería cuando hicieron una broma relacionada con alguien de la oficina, y me esforcé en tirar de las comisuras hacia arriba.

—Estás espléndida. —Tiffany me dio dos besos sin que ninguna parte de nuestros cuerpos se tocara.

Siempre me dedicaba cumplidos relacionados con mi aspecto, como si fuera lo único de mí susceptible de ser destacado.

A ella jamás la había visto con nada que no fuera un traje de pantalón. El de esa noche era completamente blanco. Su pelo gris estaba sujeto en un moño apretado a la altura de la nuca, como siempre, dejándole la cara despejada. No escondía sus arrugas y tampoco se maquillaba especialmente o pintaba las uñas cortas. Una vez, cuando todavía no le guardaba rencor, me dijo que se arreglaba de esa manera porque no quería que ningún hombre se distrajera de lo importante: las altas probabilidades de que estuviera a punto de joderle la vida.

Ya no soy capaz de encontrarle la gracia.

—¿Lo estás pasando bien? —preguntó sin parecer interesada en absoluto.

—De maravilla —mentí.

—Quizá ya te hayan informado, pero Trenton y tú tenéis reservada una suite en el hotel. Disfrutad de la fiesta al menos hasta pasada la medianoche, hay varios invitados a los que conviene que saludéis.

Con el estómago cerrado, respondí:

—Gracias, Tiffany. Eres muy amable. Aunque estoy contemplando la posibilidad de volver a casa.

—¿A casa? —No supe si su extrañeza era real o si estaba jugando conmigo, tal y como hacía con todos los demás—. Querida, Beverly Hills está muy lejos de aquí.

—Beatrix me ha ofrecido regresar junto a su madre y ella en su avión privado. Como sabrás, a su gato no le gusta pasar la noche fuera.

—Cariño, no digas tonterías —interrumpió Trenton. Colocó la mano sobre mi cintura para acercarme a él y agradecí que esa vez hubiera una capa de tela separando nuestras pieles, por fina que fuera—. Es un viaje innecesario, por supuesto que nos quedaremos en el hotel. Mi tía ha sido muy generosa al cedernos la suite Royal.

—La familia se merece lo mejor —respondió Tiffany antes de echarle un vistazo a su reloj—. Si me disculpáis, he de ir a mi despacho para comprobar que todo marcha bien. Volveré a medianoche para asistir al espectáculo del reservado.

Una vez que se marchó, Trenton me dijo:

—¿Sabes que hay una quinta planta desde la que se controla todo el casino? El ascensor no llega hasta allí. Además de mi tía, soy el único…

—Se distrajo cuando un hombre cercano le hizo un gesto para que se aproximara. Antes de marcharse, clavó los dedos ligeramente en mi cadera y me susurró al oído—: Estoy deseando pasar la noche contigo.

Las encías me dolieron por lo mucho que apreté la mandíbula. Mire a mi alrededor en busca de una distracción que me ayudara a relajarme y encontré justo lo que necesitaba: por la puerta que daba al pasillo entraron dos personas que destacaban entre la multitud. Una de ellas, la que iba en silla de ruedas, era con quien había coincidido en el baño: Boo. No se había quitado la máscara blanca, por lo que algunos de los invitados le dedicaron muecas de extrañeza. Duraron poco, quizá porque dieron por hecho que formaba parte del espectáculo que estaba a punto de celebrarse

en la sala contigua. O quizá porque a la gente le incomoda fijarse en los enfermos más tiempo del necesario. Como si su dolencia, fuera cual fuese, pudiera contagiárseles.

La silla de ruedas de Boo la empujaba un hombre vestido con una bata de médico. Llevaba puesta una mascarilla quirúrgica y cargaba con una mochila idéntica a la del camarero con el que había estado hablando. Tenía el pelo castaño, ondulado y alborotado, y la parte de su cara que permanecía al descubierto estaba llena de pecas. Me fijé especialmente en sus ojos, enormes y del color del chocolate. Parecían cargados de dolor.

Me giré hacia mi padre porque, después de días intentándolo, no quería perder la oportunidad de hablar con él. Coloqué una mano sobre su brazo para llamar su atención y pregunté:

—¿Has tenido ocasión de echarle un vistazo al informe que dejé sobre tu mesa la semana pasada?

—¿A qué informe te refieres?

Tenía la mirada clavada en una mujer que cruzaba y descruzaba las piernas desde una de las barras. Me tragué la decepción y expliqué:

—De la estrategia para consolidar PriceShield en Europa. He pensado que París sería una ubicación beneficiosa para…

—Para eso tenemos Waffen von Ackermann en Alemania, Savannah.

La que, por cierto, dirige tu prometido.

Soltó una risotada.

—Eso es una filial. Una empresa que, además, se encarga de algo distinto a PriceShield. Complementario, sí, pero distinto. A lo que yo me refiero es a una sucursal. —El corazón me latía tan fuerte y tan deprisa que me dolía el pecho—. Yo podría ocuparme de ella. Trasladarme a Francia para gestionarla, incluso.

—¿Cómo vas a irte a Europa? —Arqueó tanto las cejas que, de no ser por lo amplia que era su frente, se le habrían perdido bajo la raíz del pelo

—. No digas tonterías, Savannah, estás a punto de casarte. Además, ya hemos dejado claro varias veces que la empresa no es lugar para ti.

—No estoy de acuerdo. Considero que tengo la formación suficiente para…

—Eres muy emocional —atajó gesticulando como si quisiera espantar una mosca molesta.

Aunque no era la primera vez que empleaba esa ridiculez de excusa, fue la que más me molestó. Quizá porque sabía que se me acababa el

tiempo y sentía que no había avanzado nada. Que la meta que tan al detalle me había dibujado con diez años estaba incluso más lejos que entonces.

Apreté las manos con cuidado de no clavarme las uñas en la palma y fantaseé con la idea de quitarle la copa, vaciarle el contenido en la cabeza y reventar el vaso contra el suelo.

—Solo me preocupo por la empresa.

—Si eso así, céntrate en hacer feliz a Trenton. Él es el futuro de PriceShield, Savannah, no lo olvides.

Un minuto antes de que mi suerte cambiara y empezara a vivir, permití, por primera vez en una década, que Sav saliera a la superficie. Así que, en lugar de limitarme a asentir y sonreír, alcé la barbilla y escupí con desdén:

—En ese caso, no creo que la empresa dure mucho.

Me di la vuelta sin darle tiempo a responder, o sin darme tiempo a constatar que ni siquiera me había prestado atención.

Los ojos se me llenaron de lágrimas de impotencia y rabia. Me dirigí hacia la salida con la visión tan empañada que me costaba ver por dónde iba. Ni siquiera sabía adónde quería ir. ¿Al baño, para esconderme? ¿A mi habitación de hotel, para dejarme encontrar? ¿A la calle, para huir?

En ese momento entendí más que nunca que te hubieras rendido y estuve a punto, no sabes cuánto, de hacer lo mismo.

Por suerte, buena, mala o las dos a la vez, me crucé con Fox.

Cuando llegué a la puerta que daba al pasillo me extrañó que estuviera cerrada. Estiré la mano y, justo antes de tocar la barra de metal, alguien empujó desde el otro lado y la abrió de golpe.

Entonces lo vi. No al culpable de mi cambio, pero sí al detonante. Al hombre con el que tropecé tantas veces que acabé rota en mil pedazos. Gracias al cual tuve la oportunidad de reconstruirme a mi antojo.

Parecía sacado de una película de guerra con aquel chaleco antibalas que dejaba sus brazos al descubierto y los pantalones y las botas militares. Enganchado al pecho tenía un arnés táctico con dos pistolas Glock 19, varios cargadores y siete cuchillos karambit.

La película de la que parecía haber salido adquiría visos de terror cuando te fijabas en la máscara. Era de metal, igual de oscura que su ropa, y representaba la cabeza de un zorro. Dejaba tanto su pelo como sus ojos a la vista.

Eran del mismo tono de ámbar.

—Te dije que no tardaría en encontrar otro trabajo, Savannah Price. Y me apuntó a la cabeza con una ametralladora.

CÁMARA DE SEGURIDAD DEL O FORTUNA

Planta 4 (izqda.), bar 13/03/2026

23:00:03

El miedo se contagia más rápido que cualquier enfermedad. Alguien grita y casi de inmediato la persona que tiene al lado lo imita o, como mínimo, se pone en guardia.

Cuando Fox entró en el bar de la cuarta planta con una ametralladora M249, solo unas pocas personas lo vieron. Otras de lo que se dieron cuenta era de cómo el médico sacó una pistola de la cartuchera hasta entonces oculta por la bata. Chillaron, por supuesto. La compostura y las formas de las que habían hecho alarde hasta hace unos instantes desaparecieron al primer signo de amenaza.

Desde la entrada, y sin dejar de apuntar a Savannah Price, Fox dirigió un asentimiento hacia Boo, que se encorvó para coger el portátil que llevaba en la bandeja inferior de la silla de ruedas. Abrió la tapa, pulsó un botón y el pánico que se había extendido entre los invitados quedó opacado por « O Fortuna», de Carmina Burana, sonando a todo volumen a través de los altavoces.

Mientras el coro de la cantata hablaba de la volubilidad de la suerte, cerca de una treintena de miembros de la alta sociedad perdía los estribos.  Se  escondieron  bajo  las  butacas  o

detrás de las barras; lloraron mientras forcejeaban en vano con la puerta roja que conducía al reservado; trataron de negociar con los atracadores, ofreciéndoles desde objetos de valor hasta favores políticos, e intentaron defenderse con taburetes o botellas de cristal.

Todo ese caos aconteció en menos de lo que duró el primer verso. Después, los altavoces emitieron un fuerte chasquido y la voz de Tiffany Whitmore se impuso a la música durante un brevísimo instante para decir:

—Trenton, en treinta segundos sellaré mi planta. Rápido.

La cantata recuperó el protagonismo mientras Fox recorría la sala de un vistazo rápido. Al dirigir los ojos de nuevo a su rehén para vigilar que no se moviera, se dio cuenta de que esta tenía la atención puesta en algo que estaba sucediendo justo detrás de él. Parecía contrariada. Miró por encima del hombro y encontró a Trenton tratando de salir al pasillo.

Savannah aprovechó la distracción de Fox para correr hacia el centro del bar, donde Beatrix chillaba con toda la fuerza de sus pulmones junto a su madre, que abrazaba al gato. Honey las apuntaba con un arma y, aunque no pareciera tener intención de disparar, Savannah se colocó entre el cañón del fusil automático y las Van Alen para suplicar clemencia.

Cuando Fox se dio cuenta de esto, sus hombros se agitaron en una carcajada silenciosa y fue detrás de su verdadero objetivo.

Trenton llegó al pasillo sin darse cuenta de que Fox lo seguía de cerca. Antes de que pudiera girar hacia la derecha o hacia la izquierda, Copy dobló un recodo y quedaron cara a cara. El atracador  soltó  el  enorme  bolsón  negro  que

llevaba a cuestas y apuntó al empresario con la escopeta que tenía colgada del hombro gracias a un asa.

—¡ Alto! Vuelve al bar si no quieres… ¡ Anda, Fox! —Copy alzó la mano izquierda para saludarlo cuando se dio cuenta de su presencia—. Casi se te escapa este. Menos mal que estaba yo aquí, ¿eh?

El ruido de un montón de engranajes poniéndose en funcionamiento libró a Fox de responder. Luego, el estruendo de varias toneladas de metal colisionando entre sí le dejaron claro que la quinta planta se había blindado.

—¡ Hostias! —exclamó Copy—. ¿Qué cojones ha sido

eso?

—Una oportunidad perdida —respondió Fox. Sin dar tiempo a que el otro preguntara a qué se refería, ordenó—: Volvamos al bar.

Dejó que Copy se adelantara con Trenton y dedicó unos segundos a mirar hacia el techo. A la derecha, en dirección a los baños; y a la izquierda, al mirador. Tras un chasquido de lengua, dio media vuelta y también entró en el bar.

Honey mantenía a los rehenes bajo control apuntándolos con una M4 Carbine. Al contrario que el resto de los atracadores, no había dicho ni una palabra y, en vista de los resultados, tampoco parecía hacerle falta. Era difícil saber qué imponía más, si el fusil automático o su porte.

Los veintisiete rehenes permanecían sentados con la espalda contra la pared y las manos en la nuca. Copy ordenó a Trenton que se colocara en un extremo. Savannah, situada entre Beatrix y su padre, se encontraba casi en el lateral contrario. Aunque estaba lívida, parecía mucho más entera que otros.

En cuanto la cantata terminó, Boo se desconectó del sistema de altavoces y cerró el ordenador. El silencio que siguió pareció fuera de lugar. Si las paredes del edificio no hubieran estado tan bien aisladas, les habrían llegado los gritos y los disparos al aire de la segunda planta, donde cinco enmascarados trataban de controlar a setenta personas. Estaban a punto de conseguirlo, de todos modos, porque lo importante no es la cantidad, sino las armas semiautomáticas y las amenazas de bomba.

Alguien había apartado el mobiliario a un lado de la estancia. Fox se acercó para coger un sillón especialmente grande, de cuero granate, y empezó a arrastrarlo haciendo mucho ruido.

—¿Es a propósito?

La pregunta provino de Doc, que permanecía en el centro del bar. Sujetaba un fajo de papeles con una mano y una pistola con la otra. Parecía tranquilo, casi desganado, pero puso los ojos en blanco cuando Fox, a modo de respuesta, movió el sillón todavía más despacio.

Una vez que el de la máscara de zorro llevó el mueble hasta su compañero vestido de médico, se dejó caer de cualquier manera sobre él: con una pierna encima del reposabrazos izquierdo y el codo encima del derecho. Apoyó la sien sobre los nudillos y en voz baja, para que Doc fuera el único que lo escuchara, dijo:

—Reconoce que tenía razón. Como siempre.

En lugar de responder, el otro examinó sus papeles. Eran el mismo listado fotocopiado varias veces.

—Hemos conseguido controlar a más de cien personas siendo solo diez —insistió Fox—. Y todo gracias a mi plan.

—Te recuerdo que pretendías hacerlo con cinco.

—Rectifiqué a tiempo.

—Porque te sugerí que…

—Te queda muy bien la mascarilla —cortó Fox—. Una pena que se te escuche tan claramente a través de ella.

—¿Qué me dices de la música? Podríamos haber utilizado cualquier otra señal para ponernos en marcha.

—Podríamos —concedió Fox tras un asentimiento—, pero esos atronadores decibelios dificultaban que se pusieran de acuerdo. Además, ¿por qué perder la oportunidad de ser dramáticos? Cuando esta gente salga de aquí —desenfundó uno de sus cuchillos para señalar a los rehenes—, lo primero que le contará a la policía será lo de la cantata. Quizá hagan un documental después. Es una puesta en escena muy cinematográfica.

—Céntrate en el objetivo —lo reprendió Doc.

—¿Y qué crees que estoy haciendo?

—No lo sé. Ese es el problema contigo, Fox, nunca sé qué haces ni por qué lo haces. ¿A qué ha venido lo de fingir ser camarero? No formaba parte del plan. El uniforme era para que te infiltraras y colocaras las mochilas en la Whitmore Penthouse, no para que jugaras a servir a esta gente —pronunció las últimas palabras con un asco manifiesto.

—Me sobraba tiempo y pensé que acercarme a ellos sin que supieran quién soy o lo que estaba a punto de pasar podría darnos ventaja.

—¿Querías acercarte a ellos… o a ella? —Fox se mantuvo en silencio, así que Doc añadió—: No dejes que el odio te distraiga.

—Lo mismo digo.

—A mí el odio no me distrae, me mantiene en

pie.  —Palmeó el hombro de Fox con camaradería,

dando por zanjado el tema, e inquirió—: ¿Has averiguado cómo acceder a la quinta planta?

—No, Copy ha detenido al sobrino de Tiffany Whitmore cuando lo estaba siguiendo. Pero no te preocupes, entraremos.

—No estoy preocupado. Estoy ansioso.

5

Viernes, 13 de marzo de 2026, 23:05

Cuando salí del O Fortuna me enseñaron varios fragmentos de las grabaciones de seguridad. Algunos para hacerme preguntas; otros, para dejarme en evidencia. Uno de ellos fue de los primeros minutos del secuestro. El detective que me interrogó me preguntó con suspicacia por qué parecía tan tranquila. «No lo estaba», le respondí, y era cierto. Sentía que el corazón me astillaba las costillas por lo fuerte que latía, que mi sangre circulaba a tanta velocidad que me mareaba, que mis nervios se habían afilado hasta atravesarme la piel. Quise gritar y llorar y suplicar.

Pero no lo hice.

Conseguí contenerme al principio porque estaba acostumbrada a lidiar con la frustración, incluso con el miedo. A mantener la cabeza fría en situaciones de estrés. Si había sido capaz de sonreír a Trenton después de lo que sucedió en enero, podía hacerle creer a los secuestradores que conservaba la calma. Pensé que, así, quizá tuviera más posibilidades de negociar con ellos si surgía la oportunidad.

Los mellizos, que después descubrí que se apodaban Copy y Paste, entraron en la estancia cargados cada uno con dos bolsones negros. Los dejaron en el suelo, cerca de la puerta, y se acercaron al sillón en el que Fox permanecía recostado.

Paste le dijo:

—La segunda planta está controlada. Los palos ya están desplumando al personal —señaló lo que habían traído con el cañón de la escopeta—,

¿empezamos a hacer lo mismo aquí o seguimos subiendo sacos?

Doc le tendió un folio del fajo que llevaba en la mano y explicó:

—Es una lista de los nueve rehenes que necesitamos. He revisado los que tenemos aquí y faltan tres: Loretta Cruz, Miles Donovan y Jack Morgan. Ve a buscarlos. Tu hermano puede ir registrando a los de esta planta.

Copy, que se había distraído mirando al gato, recibió un codazo de su melliza.

—¿Qué? Ah, sí. Desplumarlos. No hay problema. En mi mochila tengo un par de sacos vacíos, con eso debería bastar.

Cuando nos obligaron a poner los brazos sobre la nuca, Archie escapó de Cecilia, salió corriendo y se escondió entre los muebles. Como era sorprendentemente tranquilo y estaba más que acostumbrado al barullo, no tardó demasiado en calmarse y salir. No obstante, se mantenía alejado de la gente.

Boo tampoco le quitaba los ojos de encima.

—Las personas que buscas llevan el uniforme del casino. Son una limpiadora, un crupier y el director artístico —le explicó Fox a Paste. Tras una pausa, añadió con jovialidad—: Si te equivocas, te clavaré uno de estos en el pie.

La secuestradora se fijó en el cuchillo karambit al que empezó a dar vueltas con el dedo índice. Después miró a Doc, quizá esperando que desmintiera la amenaza de su compañero. Este se limitó a encogerse de hombros y a sugerir:

—Esfuérzate.

Paste se marchó a toda prisa y su hermano, repentinamente centrado, extrajo de la mochila un saco y fue hacia el extremo de la fila de rehenes en el que estaba Trenton.

—Vacía los bolsillos, venga —exigió—. Móvil, cartera, llaves, reloj… Todo lo que tengas. Cuando acabes, te cachearé. Si me doy cuenta de que te has quedado con algo, te obligaré a desnudarte delante de todos.

Deseé que Trenton fuera lo suficientemente estúpido como para intentar engañar al atracador. No por verlo desnudo, pocas imágenes me producían más rechazo, sino para que supiera qué se siente al ser controlado mediante la violencia y la intimidación.

Lamentablemente, siguió las órdenes sin abrir la boca.

Quien decidió arriesgarse fue el jefe de seguridad. Vince Rourke se encontraba en el extremo de la fila opuesto a Trenton, relativamente cerca de mí. Aprovechando un instante en el que Doc llamó a Honey para darle otra de las listas, se aproximó a la barra que tenía más a mano. Resultó ser en la que se había tumbado Archie, al que Boo se había acercado arrastrando la silla muy poco a poco para no asustarlo. Vince cogió una de las botellas, la reventó contra el mostrador y se lanzó hacia Boo con intención de cortarle el cuello.

Lo que pasó después sucedió en un abrir y cerrar de ojos. El gato bufó, Boo se tiró de la silla para escapar de la trayectoria del ataque y Honey soltó el papel para aferrar con las dos manos su fusil automático y apuntar con él a la cabeza del jefe de seguridad.

Fox fue más rápido: sosteniendo uno de sus cuchillos por la punta, lo lanzó contra Vince. Si hubiera sido como el resto de los karambit, que tienen la hoja curvada, probablemente se hubiera desviado. Pero los siete que él usaba estaban modificados para que funcionaran perfectamente como armas arrojadizas, así que se dirigió justo adonde quería: la mano derecha del atacante. Le arrancó la botella, tres dedos y las ganas de volverlo a intentar.

El hombre se tiró de rodillas al suelo, aullando de dolor. Honey se acercó a él en un par de zancadas, sin bajar el arma, y aplastó la mano herida de Vince de un pisotón.

Fue Boo quien detuvo a Honey. Sabiendo lo que sé ahora, tiene sentido: Doc y Fox jamás habrían impedido que se vengara. Al fin y al cabo, era para lo que ellos estaban ahí.

—Déjalo y ayúdame a subir a la silla. ¿Dónde está el gato? ¡Ah, ya lo veo!

Mientras Honey hacía lo que Boo le había pedido, Doc se acercó a Vince. Examinó su herida y, tras exigirle que dejara de berrear, le indicó:

—Túmbate y levanta la mano. Así. —Luego, en dirección al resto—: Que alguien traiga mis cosas. Tengo que desinfectar y vendar esto.

Fox le acercó un maletín y más curioso que preocupado, ya no digamos arrepentido, le preguntó a su compañero:

—¿Es grave?

—Podría morir desangrado.

—Vaya. No nos viene bien que se mueran los rehenes el primer día.

—En ese caso —masculló Doc, empezando a trabajar—, no les arrojes cuchillos.

—¿Te atreves a coartar mi libertad creativa?

Dejé de prestarles atención cuando Trix cayó como un fardo sobre mi regazo. Me pilló tan de sorpresa y estaba tan alterada por la escena que acabábamos de vivir que no fui capaz de contener un grito. Hizo eco con el de su madre, que también parecía a punto de desvanecerse.

Sin pensar en lo que hacía, bajé los brazos para girar a mi amiga y comprobar qué le pasaba.

—Savannah Price, haz el favor de levantar las manos.

Ignoré a Fox y seguí palmeando la mejilla de Trix para intentar despertarla.

—Repetirme me aburre sobremanera, ¿lo sabías?

Su voz sonó mucho más cerca. Cuando alcé la vista, me di cuenta de que se había agachado frente a mí. Tenía los ojos a la altura de los míos, los antebrazos apoyados en las rodillas y un nuevo cuchillo en la mano izquierda.

—No sé qué le pasa, no sé… —empecé a balbucear, cada vez más desesperada.

—Los brazos detrás de la cabeza.

—¡No! —vociferé—. ¡Ayudadla! ¡Está mal, tiene…!

Con la misma rapidez con la que le había arrojado el arma a Vince Rourke, Fox llevó la hoja del cuchillo a mi garganta. Noté el filo contra la piel y, por primera vez en la noche, sentí que de verdad podía morir.

Después de haber experimentado situaciones mucho más peligrosas que esa durante los días que permanecí secuestrada, he llegado a la conclusión de que el cuerpo nos protege de varias maneras del pavor que nos provoca la muerte. Por un lado, y como me pasó a mí desde el momento en el que Fox abrió la puerta y me apuntó con un arma hasta el instante exacto que te estoy narrando ahora, el cerebro tarda en permitirnos asimilar la situación. Nos hace sentir miedo, por supuesto, pero retrasa lo máximo posible que hagamos la conexión entre el peligro y la posibilidad real de dejar de existir. Si llegáramos a esa conclusión demasiado rápido, nos abrumaríamos tanto que acabaríamos paralizados. Así que nos cubre con un velo de esperanza para que sigamos, sigamos y sigamos un poco más.

Si la situación de peligro continúa, tal y como me sucedió a mí, acabamos chocando de manera inevitable con la idea de que quizá no sobrevivamos. Entonces, nuestro cerebro cambia de estrategia: para lograr que luchemos, nos arranca los reparos y las convenciones sociales de raíz, dejando la base de nuestra esencia en carne viva.

Por eso, con la hoja de un cuchillo arañándome el cuello, lo que pensé fue: «Defiéndete. Como sea. Ya». No me preocupé por lo que sucedería tres segundos después de intentarlo, ni siquiera medité mis movimientos antes de llevarlos a cabo. Tan solo tuve claro que debía pelear con uñas y dientes para sobrevivir.

Y usé los dientes.

Giré la cabeza tan rápido que el cuchillo me abrió un poco la piel. El corte ardía, pero no me importó. Solo me preocupé por morder la mano de Fox con todas mis fuerzas.

Le hice sangre, ¿te lo puedes creer? Ojalá no hubiera llevado esa estúpida máscara puesta para haberle visto la cara. Por cómo abrió los ojos, estoy segura de que le pilló totalmente desprevenido.

Mi victoria no duró mucho. Con la otra mano, desenfundó una de sus pistolas y me apuntó a la cabeza.

—Te doy tres segundos para soltarme. Uno, dos…

Me aparté de él y lo miré con toda la rabia que fui capaz de reunir, que era mucha. Al fin y al cabo, había acumulado toneladas a lo largo de los años.

Fox siguió encañonándome. Sus ojos habían perdido la sorpresa y pasado a entrecerrarse. Pensé que estaría enfadado, valorando si acabar o no conmigo. Durante un instante nadie dijo ni una palabra. Que Trenton o incluso mi padre no hablaran a mi favor entraba dentro de lo previsible, que no lo hiciera Cecilia Van Alen, sin embargo, se me clavó como una astilla en el corazón.

Lo peor de los momentos de tensión, como descubrí durante esa semana, es que la gente es mucho más fea en carne viva. Sin reparos y convenciones sociales recubriéndonos, se vuelve imposible esconder nuestro orgullo, nuestro egoísmo y nuestra cobardía.

Supe que Trix habría intentado ayudarme y eso, junto a la certeza de que había luchado por primera vez en mucho tiempo, me permitió asumir mejor lo que viniera.

Pero no estaba preparada para que Fox susurrara:

—Al fin. —Tras las extrañas palabras, llevó la mano herida al cuello de Trix y añadió—: Está viva, por cierto. Solo se ha desmayado.

Colocó a mi amiga contra la pared y volvió a ponerse en pie, dejándome un regusto amargo en la lengua. Como si en lugar de haberle vencido, aunque fuera durante un instante, hubiera hecho justo lo que quería.

Era absurdo.

Doc debió de pensar lo mismo porque acabó de vendar a Vince y le preguntó:

—¿A qué estás jugando?

Fox lo ignoró y empapó un trozo de gasa en antiséptico para limpiarse el mordisco.

Poco a poco, sus compañeros volvieron a ponerse en movimiento. Honey llevó a Vince de vuelta a la fila y, junto a Copy, siguieron quitándoles a los rehenes los objetos de valor.

Paste llegó con las tres personas que le habían pedido. Después de que Doc comprobara que, efectivamente, se trataba de Loretta Cruz, Miles Donovan y Jack Morgan, le dio una nueva orden:

—Llévate de aquí a todos los rehenes que no estén en la lista y déjalos en el vestíbulo junto a los de la segunda planta. Cuando te dé la señal, sácalos del edificio de dos en dos por la salida de emergencia. Los palos te ayudarán.

—¿Qué hay de las bombas que ha estado poniendo Honey? —preguntó Paste, visiblemente preocupada.

—Desactivará temporalmente la de esa puerta. Solo serán unos minutos, así que daos prisa.

—¿La señal volverá a ser una canción o…?

—No, os llamaré por radio.

Tras asentir, la mujer de la máscara azul empezó a recorrer la fila apartando a aquellos que no estaban en la lista.

Desde mi agresión, Fox se había mantenido en silencio. Permanecía recostado en su sillón con las piernas abiertas y la cabeza apoyada sobre los nudillos. Sus ojos estaban clavados en mí. Seguían el movimiento de mi caja torácica cada vez que se expandía al tomar aire, y de mis propios ojos cuando los dirigía hacia mi mejor amiga para comprobar que estaba bien. Incluso de mis labios cuando se despegaron para consolar a Cecilia en un susurro.

No hizo nada al respecto y tampoco le hizo falta: su escrutinio ya me generaba la suficiente tensión.

Paste se paró frente a mí y murmuró:

—Savannah Price… Estás en la lista. Te quedas.

No entendí la selección que hicieron. También habían señalado a mi padre y a Trenton, lo que tenía lógica porque eran personas ricas y poderosas. Sin embargo, habían descartado otras grandes fortunas, incluso a políticos. Que quisieran a Vince Rourke siendo el jefe de seguridad podía entenderlo, tal vez lo necesitaran para ayudarlos a controlar el casino, pero ¿el crupier y la limpiadora? ¿El director artístico?

—¿Qué hacemos con ella? —preguntó Paste señalando a Trix—. Su nombre no está en la lista. El que aparece es el de Cecilia Van Alen.

Al mirarla después de que la mencionaran, me di cuenta de que mi mejor amiga estaba fingiendo. Tenía la certeza de que el desmayo inicial había sido genuino, la había visto desvaneciéndose más de una vez por su enfermedad, por bajadas de tensión o por beber demasiado. Pero en ese momento cerraba los ojos con demasiada fuerza y tenía la espalda rígida. Despegó uno de los párpados y, al fijarse en que la observaba, negó de manera casi imperceptible. Supuse que quería aparentar debilidad.

Contuve el aliento. ¿Y si la pillaban?

—Se queda —sentenció Fox—. Y el gato también.

—Estamos entreteniéndonos demasiado —le informó Doc.

—Tienes razón. Terminemos esto de una vez y vayamos a otro lugar menos lleno de botellas de cristal. No querría tener que acuchillar a alguien más esta noche. Doc, vigila que nadie se mueva. Boo, ¿te has conectado a las cámaras?

—A todas menos a las de la quinta.

—Muy bien, puedes seguir acariciando al gato. Copy, Honey, ¿cuántos os quedan por desplumar?

—Tres —respondió el mellizo de la máscara roja.

—Os ayudaré.

En lugar de empezar por el extremo derecho, es decir, por Cecilia, hizo un gesto de cabeza para que fuera Honey quien se ocupara de ella y se dirigió a mí. Se quedó de pie, justo enfrente. Durante unos segundos, muy pocos y muy largos a la vez, se limitó a observarme con la cabeza inclinada. Después me tendió la mano.

Estuve a punto de aceptar el ofrecimiento solo para apretar con fuerza en la zona en la que le había mordido. Analizándolo ahora, no me sorprendería que hubiera extendido esa mano precisamente para comprobar si lo hacía. Al final acabé incorporándome sin su ayuda y me quedé apenas a un paso de distancia de él. Cuando alcé la barbilla para encararlo, se rio por lo bajo.

—¿Dónde está tu bolso?

Miré en derredor hasta que lo localicé cerca de mi chal y de uno de los taburetes volcados. Lo señalé. Fox le pidió a Honey que lo cogiera y me ordenó:

—Date la vuelta.

Quise negarme. Sav, cada vez más cerca de la superficie, me gritaba que lo hiciera, pero acabé cediendo. Le ofrecí la nuca y la espalda, ambas al descubierto por el corte del vestido, y contuve el aliento.

La espera me electrificó los nervios.

Posó el dorso de la mano sobre mi trapecio cuando desabrochó el collar deliberadamente despacio. Regodeándose. Se tomó todavía más tiempo con los pendientes y luego pasó a los adornos del pelo. Agarraba un mechón, casi acariciándolo, y sacaba poco a poco las agujas que sujetaban el recogido. Había doce y se sintieron cientos. Miles.

El pelo me cayó suelto y ondulado sobre la espalda cuando ordenó:

—Gírate hacia mí.

Nos miramos a los ojos y me dio la impresión de que no había nadie más a nuestro alrededor. Y aunque ese tipo de intimidad suele asociarse al romance, también puede tener que ver con lo contrario. La tensión de querer destruir a alguien, la necesidad de hacerle daño, se acumula en exactamente el mismo sitio que el deseo sexual. Justo detrás del ombligo. El calor resultante de ambas emociones también es idéntico, lo que varía es el camino que toma.

Hacia arriba o hacia abajo.

Mi odio ascendió, abrasándome primero el estómago y después la laringe.

Fox inclinó la cabeza para recorrerme con la mirada. Con la mofa enredándosele en la lengua, preguntó:

—¿Escondes algo más debajo de la ropa, Savannah Price?

Guardó mis joyas en el bolsillo del pantalón en lugar de en un saco, como el resto de sus compañeros. Luego apoyó una rodilla en el suelo y

agarró el bajo de mi vestido. Con la misma suavidad y lentitud que había empleado antes, fue subiéndolo por mi pierna.

No llegó ni siquiera a la mitad de la espinilla. Soltó la tela de golpe y masculló, a todas luces contrariado:

—¿Dónde te has metido? —Volvió a ponerse en pie y anunció—:

¡Atención todo el mundo, formad una fila! Nos vamos.

CÁMARA DE SEGURIDAD DEL O FORTUNA

Planta 4, pasarela 13/03/2026

23:18:07

Boo fue la primera persona en cruzar la pasarela. Avanzó con la silla de ruedas mientras miraba hacia abajo con curiosidad. Pese a las quejas de Cecilia Van Alen, se había colocado al gato en el regazo. El animal parecía a gusto y ajeno a la inquietud reinante.

Tanto el suelo como las barandillas de la pasarela eran de cristal. Al ser de noche, dio la impresión de que las quince personas que la atravesaban, diez rehenes y cinco secuestradores, caminaban por el aire.

Había un buen trecho separando la parte izquierda y la derecha de la cuarta planta. Doc, que encabezaba la comitiva justo por detrás de Boo, alzó el brazo cuando llegaron al centro. Todos se detuvieron.

Honey cerraba la marcha junto a Fox y Copy. Como cargaba con Beatrix Van Alen, que seguía fingiéndose desmayada, le costó maniobrar para sacar un mando del bolsillo trasero del pantalón. Tuvo que sujetar a la rehén contra su cuerpo con un brazo y manipular el aparato con el dedo pulgar de la otra mano.

—¿Quieres que te ayude?

El ofrecimiento de Copy fue ignorado. Honey siguió pulsando botones con extrema lentitud hasta que sonó un pitido. Asintió entonces en dirección a Doc, que se acercó la radio a la boca e indicó:

—Soltad a los rehenes. Por la salida de emergencia del vestíbulo y de dos en dos, recuerda. Tenéis cinco minutos.

—Recibido —respondió Paste.

Al poco, un reguero de personas empezó a salir del edificio. Una vez en el exterior, la mayoría echó a correr para alejarse lo antes posible.

Copy le comentó a Fox:

—Van a llamar a la policía en cuanto consigan un teléfono.

—Cuento con ello. Tardarán entre cinco y nueve minutos. Si lo hacen demasiados a la vez, quizá colapsen las líneas durante otros tres minutos. Como máximo. En cualquier caso… —Sacó el móvil para echarle un vistazo a la hora—. Antes de las 23: 50 el Departamento de la Policía Metropolitana de Las Vegas vendrá a hacernos una visita.

—¿Y qué haremos?

—No abrirles la puerta, por supuesto. Es de mala educación llegar tan tarde y sin avisar.

Copy señaló las bombas colocadas en hilera a lo largo de la barandilla de la pasarela y preguntó:

—¿Qué pasa si las tocamos?

—Que hacen «¡ BUM! » —respondió Fox.

—¿En serio? —Su voz sonó más aguda—. ¿Y si las

rozamos sin querer?

—Ah, en ese caso no. Están hechas con un explosivo especial que detecta la intencionalidad de quien se acerca.

—Creo que me estás vacilando.

—Me preocupa que solo lo creas.

—Pero, entonces, ¿se pueden tocar o no?

—Pregúntale a Honey.

—Honey no habla.

Fox soltó una carcajada por toda respuesta.

6

Viernes, 13 de marzo de 2026, 23:24

La distribución de la parte derecha de la cuarta planta no era la misma que la de la izquierda. Según las placas ancladas sobre las puertas, en esa zona del casino había, además de otro baño mixto, cuatro salas: una para fumadores, otra para ruletas, otra para juegos de cartas, en general, y a la que nos dirigíamos, la dedicada específicamente al póker.

La sala de póker era cuadrada, más pequeña y más oscura que el bar en el que estuvimos previamente. La única iluminación provenía de una lámpara de araña. Bajo ella, en el centro exacto de la estancia, había una mesa ovalada y seis sillas de aspecto antiguo, muy ornamentadas; el forro de todas ellas era del mismo tono burdeos que la alfombra persa sobre la que estaban colocadas. Tenía cuatro ventanales altos hasta el techo, vestidos con pesadas cortinas que ni siquiera de día dejarían pasar la luz del sol.

Archie saltó del regazo de Boo en cuanto llegamos y se subió a una repisa en la que había varios jarrones. Parecía uno más de los secuestradores vigilándonos desde lo alto.

Siguiendo las órdenes de Doc, Copy movió las sillas contra una pared. Mientras tanto, Honey llevó a Trix hacia la pared opuesta y la colocó en el suelo con una delicadeza sorprendente. Tras asegurarse de que estaba bien, nos hizo un gesto al resto para indicarnos que fuéramos sentándonos junto a mi amiga.

Fox se descolgó la ametralladora, la dejó sobre la mesa de póker y nos recordó:

—Las manos detrás de la cabeza.

—No vamos a soportar mucho en esta posición.

La queja provino de Miles Donovan, uno de los rehenes que habían traído de la segunda planta. Le calculé cinco o seis años más que yo y bastante menos instinto de supervivencia.

—Eres crupier, ¿verdad? —Fox esperó a que asintiera para continuar con sospechosa amabilidad—: Estarás acostumbrado a mover los brazos, entonces. Pero si te duelen mucho, solo tienes que decírmelo…

—Te lo estoy diciendo.

—… para que te los arranque junto a la lengua.

Miles empalideció y se apresuró a colocar las manos sobre la nuca y a alzar los codos más de lo necesario.

Paste habló a través de la radio de Doc:

—Hemos terminado de liberar a los rehenes y vuelto a sellar la salida de emergencia. ¿Qué toca ahora?

—Pica, Corazón, Diamante y Trébol ya saben qué tienen que hacer. Tú sube a la cuarta y empieza tu guardia frente al ascensor.

Aunque Honey cerró la puerta y se situó frente a ella en posición de firmes sin soltar el fusil automático, se notaba que el resto de los atracadores estaba más relajado. Copy y Doc aprovecharon para sentarse, mientras que Boo sacó el portátil de la bandeja inferior de la silla de ruedas y empezó a teclear.

Trix abrió los ojos, fingiendo exageradamente que acababa de despertar del desmayo. La agarré de la muñeca con fuerza y bisbiseé a toda velocidad:

—¿Qué crees que estás haciendo? ¡Podrías haber salido de aquí!

—No pensaba dejarte sola.

Otra de las cosas que me diferenciaban de Trix es que ella jamás había estado en peligro, no de verdad, así que no me extrañó que le costara comprender el alcance de la situación en la que estábamos. Vivía con la certeza de que nadie podría quitarle ni el dinero, ni la posición, ni el amor de su madre. Y estaba acostumbrada a conseguir lo que quería.

—Esto no es un juego, Trix. Esta gente está armada y es peligrosa. — Sus ojos atravesaron la estancia hasta llegar a Honey—. No hagas nada estúpido. Tenemos que encontrar la manera de conseguir tu bolso y…

—Lo sé. Tengo un plan.

—¿Qué…?

Fox se puso de pie sobre la mesa de póker y dio una fuerte palmada para llamar nuestra atención.

—Permitid que os explique lo que está pasando aquí.

Justo entonces me sobrevino la certeza de que era el líder del grupo. El mismo hombre que le había rebanado tres dedos a Vince Rourke, al que había mordido hasta hacer sangre y que no parecía tomarse nada en serio.

La situación me pareció todavía más terrorífica.

Hasta entonces, había achacado sus intervenciones a su afán de protagonismo, creyendo que el cerebro de la operación era Doc, alguien mucho más calmado, frío y estable. Tiempo después, me enteré no solo de que todo el plan había sido idea de Fox, sino que Doc se había unido a él una semana antes y por un motivo muy diferente.

—Ahora mismo hay veinte personas y un gato enorme en el O Fortuna

—prosiguió Fox—. La mitad sois rehenes y la otra mitad tenemos armas, así que haced el favor de no invitarnos a haceros daño. A algunos nos da menos reparo que a otros, como habéis podido comprobar. Si os portáis bien, dormiréis sobre un colchón, comeréis tres veces al día y os permitiremos ducharos y utilizar el cuarto de baño. Si os portáis mal, perderéis todos esos privilegios, además de un montón de sangre.

—¡Fox! —lo llamó Boo con los ojos fijos en la pantalla del ordenador

—. Ya empieza a llegar la policía.

—Muy bien, se han dado prisa. ¿Has desviado el número de recepción a mi móvil?

—Hace un rato.

—Muchas gracias. —Se dirigió de nuevo hacia nosotros para decir—:

¿Veis? Puedo ser agradable cuando la gente sigue mis instrucciones. Vamos a estar aquí siete días, contando con hoy. Una semana de vacaciones en un casino de lujo, desconectados del mundo, sin recibir llamadas de familiares o tener que acudir a la oficina. ¿No es maravilloso? De nada.

—¿Por qué nosotros? —se atrevió a preguntar una mujer de mediana edad. La voz le temblaba, los labios también—. Yo no soy como ellos, no hay nada que pueda ofreceros. Tengo tres trabajos y una deuda de…

—Loretta, Loretta, Loretta… —Fox negó con la cabeza al tiempo que repetía su nombre—. No te infravalores de esa manera. He seleccionado a

cada uno de vosotros con mucho cuidado. A excepción del gato y de la rubia, todos, con independencia de vuestra cuenta corriente y clase social, tendréis un papel que cumplir antes de que esto acabe.

Mi padre era un hombre de negocios, pero, ante todo, era un hombre rico. Heredó PriceShield de su abuelo, así que no tenía ni idea de las dificultades que entrañaba construir algo de cero. Y, por mucho que hubiera logrado que la empresa creciera durante sus años al frente, tampoco podía decirse que lo hubiera conseguido dejándose la piel.

Gregory Price prefería arrancársela a otros.

Acostumbrado a obtener lo que quería mediante tratos sucios, chantajes y sobornos, pensó que un hombre mucho más joven y presumiblemente más pobre sería fácil de engañar. Así que se estiró en el sitio, como una cobra a punto de atacar, y siseó:

—Podemos llegar a un acuerdo.

Estuve a punto de resoplar al darme cuenta de que se estaba dirigiendo a Honey en lugar de a Fox. Típico de él asociar el aspecto intimidante al liderazgo. Honey se limitó a mover los hombros en círculos y el cuello hacia los lados hasta que emitió un chasquido.

—Tengo dinero —prosiguió mi padre—, pero no solo eso. Me relaciono con gente muy poderosa… Con políticos, incluso. ¿Queréis que desaparezcan vuestros antecedentes? No hay problema, también conozco a alguien en el departamento de policía que…

—Oh, ¿de verdad? —lo cortó Fox, en apariencia encantado—. ¿Tu amigo policía podría borrar todo mi historial? Es largo, te lo advierto.

—Sin ningún problema.

—¿Incluso si tengo cargos por usurpación de identidad?

—Claro.

—¿Y por estafa?

—Por supuesto.

—¿Qué me dices del parricidio, Gregory Price? ¿Tu amigo puede hacer algo con eso?

El silencio que siguió fue tan denso que lo sentí acariciándome la piel.

Mi padre abrió y cerró varias veces la boca hasta que logró balbucear:

—S-sí, cualquier cosa puede arreglarse si dispones del d-dinero suficiente.

Fox empezó a reír y giró la cabeza hacia sus compañeros. Boo se unió a la carcajada, Copy parecía igual de perdido que nosotros, Honey se

mantenía inmutable y Doc se frotó los ojos, probablemente anticipando lo que estaba a punto de suceder.

Cuando volvió a hablar, la voz de Fox parecía igual de afilada que la hoja de sus cuchillos. Sacó uno de ellos, metió el dedo índice en la anilla en la que acababa el mango y empezó a darle vueltas.

—¿Sabes qué? Estoy seguro de que hay cosas que no se pueden arreglar vaciándose los bolsillos. Sin embargo, te daré la oportunidad de demostrar que me equivoco. —Sacó su teléfono—. Ven aquí, Greg. — Como no le hizo caso de inmediato, Fox le apuntó con una de sus pistolas

—. Por favor.

Mi padre obedeció con reticencia y yo me quedé paralizada. No quería que muriera, pero ¿arriesgaría mi vida por él?

Estoy segura de que no tengo que explicarte el tipo de sentimiento que me despertaba ese hombre y, siendo honesta, tampoco sé si sería capaz. No lo quería, desde luego, pero era lo único que tenía. Era de quien había dependido siempre, quien mantenía mis objetivos secuestrados y lo suficientemente alejados de mí para que, cada vez que intentara alcanzarlos, tuviera que pedirle permiso.

Por muy lista que me considerara y por muy capaz que fuera de distinguir que era un manipulador egoísta, me sentía atada a él de muchas formas. Fantaseaba con eliminar poco a poco esos lazos, siempre en mis propios términos y tras lograr mis objetivos, pero me aterraba que otro interviniera y lo estropeara todo.

Pese a ello, no hice nada cuando Fox siguió jugando con él. ¿Fue por miedo, por curiosidad o porque, de alguna manera retorcida, creí que mi padre merecía haber encontrado la horma de su zapato? Al fin y al cabo, las cobras son venenosas, pero los zorros son muy listos y tienen los colmillos más grandes.

Sin bajar de la mesa y todavía apuntándole con la pistola, le dijo:

—Si eres capaz de concederme lo que necesito, te dejaré libre. —Tras darle el teléfono, indicó—: Tienes una llamada para conseguirlo. A quien quieras, pero solo una.

Mi padre fue tan estúpido como para parecer aliviado. Sin embargo, preguntó con cautela:

—¿Y si no lo consigo?

—Te mataré.

Se me cortó la respiración.

—D-de acuerdo… —El sudor le perló la nuca—. ¿Qué es lo que quieres?

—Que mis padres revivan.

La frase se sintió como un disparo a bocajarro.

—Pero eso es…

—¿Imposible? —completó Fox con fingido asombro—. ¿Eso es lo que ibas a decir, Greg? ¡Pensaba que el dinero podía solucionarlo todo! ¡Los contactos! —Chasqueó la lengua varias veces, como un profesor decepcionado—. ¿Estás seguro de que no puedes llamar a alguno de tus amigos para resucitar a mis padres? En ese caso…

Quitó el seguro del arma. Mi padre dejó caer el móvil al suelo, alzó las manos y empezó a caminar hacia atrás al ritmo de sus «No, no, por favor, no».

El arranque de compasión que sentí por él cayó como una losa sobre mi estómago. ¿Por qué temía por un hombre que apenas pestañeó cuando poco antes yo había estado en peligro?

Pero también temí por mí. Por mi futuro. En ese momento Trenton estaba siendo entrenado para convertirse en el CEO de PriceShield.

¿Significaba eso que se quedaría la empresa si mi padre moría? No me extrañaría que Tiffany Whitmore le hubiera empujado a modificar su testamento, era una mujer a la que no le gustaba dejar cabos sueltos. De ser el caso, ¿estaría obligada a casarme con Trenton si no quería perderlo todo?

El terror que me producía esa idea fue el que me hizo exclamar:

—¡No es justo!

Fox giró la cabeza y dirigió hacia mí sus ojos ambarinos.

—¿Quieres justicia, Savannah Price? —Más que una pregunta, parecía una amenaza. Asentí a pesar de ello—. De acuerdo. En ese caso…

Volvió a enganchar el cuchillo en el arnés e introdujo la mano izquierda en el bolsillo. Al sacarla, sostenía una moneda entre los dedos índice y corazón. Era dorada en el centro y plateada en el borde. Desde la distancia no fui capaz de apreciar mucho más.

Mientras hacía que se desplazara entre sus nudillos con gran habilidad, prosiguió:

—La suerte es justa, ¿no crees? Así que dejaremos que ella decida. Lanzó la moneda al aire, muy arriba, y la volvió a atrapar con el puño.

Después, la puso sobre el dorso de la mano derecha, donde todavía

sostenía la pistola. Antes de hacer otro movimiento, explicó:

—Si sale cara, le reviento la cabeza de un disparo a tu padre. Si sale cruz, no le pego un tiro.

Descubrió la moneda y, tras un instante de tensión, anunció:

—Ha salido cruz. ¡Felicidades!

No me dio tiempo a sentir alivio porque Fox volvió a desenfundar el cuchillo y lo lanzó a toda velocidad. Se clavó en el muslo de mi padre. Su grito me reverberó en los huesos cuando cayó al suelo de costado, aferrándose la pierna con manos temblorosas.

—¡No! —exclamé, haciendo amago de ponerme en pie.

Fox bajó de la mesa de un salto. Recogió la ametralladora y me apuntó con ella mientras avanzaba hacia mi padre. Le dirigió apenas un vistazo y me preguntó:

—¿Estás contenta, Savannah? He cumplido mi palabra y no le he disparado.

Antes de que fuera capaz de desentrañar la maraña de emociones que me subían desde el estómago hasta la garganta, Boo anunció con emoción:

—¡Ya ha llegado, Fox!

El aludido consultó su reloj y respondió:

—Al fin.

—¿De quién hablan? —cuchicheó Copy en dirección a Doc.

—Del negociador de la policía.

CÁMARA DE SEGURIDAD DEL O FORTUNA

Planta 4 (dcha.), pasillo 13/03/2026

23:46:23

En cuanto Doc y Fox salieron al pasillo, el primero preguntó:

—¿A cuánta gente más planeas hacer daño?

—Depende mucho de mi humor. Podemos establecer una media teniendo en cuenta lo que ha pasado hoy: si en menos de una hora he lanzado dos cuchillos, en los próximos seis días…

—Te recuerdo que fuiste tú el que insistió en no matar a los rehenes.

—Y no he matado a ninguno.

—Porque yo estoy aquí.

—Es  posible  —concedió  con  calma—.  Entonces,

¿puedes coser a Gregory Price?

Doc asintió.

—Ha tenido suerte y el cuchillo no ha tocado ni la arteria ni la vena femoral. En cualquier caso, mis recursos médicos son limitados.

—Confío en ti.

—Hablo de los materiales, no de mis habilidades. Preferiría reservar los suministros por si surgen problemas con la policía.

—Si todo sale según lo previsto, el único contacto que tendremos con ellos será a través de este teléfono.

Fox levantó su móvil y Doc resopló.

—¿Cuándo ha salido uno de tus planes según lo previsto?

—Me ofendes.

—Este no es otro de tus timos, Koen. Si no

tienes cuidado, acabarás en la cárcel. O muerto.

—Los nombres clave están para algo, Emyr —le recordó Fox con retintín.

—¿Qué más da? Estamos a solas, las cámaras no graban sonido y tampoco podrán leernos los labios con las bocas cubiertas.

—No quiero arriesgarme a que los rehenes nos oigan —zanj ó—. Y hablando de ellos: informa a los palos por radio de que nuestros invitados se han portado mal y se irán a la cama sin cenar. Así tienen más tiempo para organizar las comidas.

—¿Quieres que te acompañe durante la negociación?

—No es necesario, durará poco y me llevaré a un rehén. Quédate con Honey, Boo y Copy para vigilar al resto.

Doc tenía los ojos entrecerrados con suspicacia cuando volvió a hablar:

—¿Para qué necesitas a un rehén?

—Para que hable con la policía. Suelen exigirlo. Si no, será un gesto de buena voluntad por nuestra parte. —Trató de apaciguar a su compañero añadiendo—: Sé que este golpe es mucho más importante que los anteriores. Y también sé lo que nos jugamos. Lo tengo controlado.

—Por curiosidad, ¿a qué rehén piensas llevar contigo?

—Eso no tiene nada…

—Déj ame adivinar: Savannah Price.

Fox se recostó contra la pared e inquirió:

—¿Insinúas que soy predecible?

—Insinúo que no estás pensando precisamente en

el futuro. Esa chica es peligrosa, Koen.

—Venga ya —descartó Fox, pasando por alto que su compañero hubiera vuelto a emplear su nombre de pila—. Tengo siete karambit, dos Glock 19 y una M249, ¿qué crees que puede hacer una niña de papá de veinticuatro años frente a eso?

—¿Además de morderte? —El de la máscara de zorro no pudo evitar reír por lo bajo. Doc prosiguió, sin rastro de humor en la voz—: De todos modos, me refiero a que es peligrosa para la misión, no para ti. ¿La sacrificarías?

—¿Cómo?

—¿Sacrificarías  a  Savannah  Price  si  fuera necesario?

La pausa duró siete segundos.

—La duda ofende.

7

Viernes, 13 de marzo de 2026, 23:58

Fox y Doc me miraron fijamente cuando volvieron a entrar. La burla que se reflejaba en los ojos del primero no me sorprendió, pero el rencor que se apreciaba en los del segundo… Me encogí sobre mí misma sin poder evitarlo.

Supuse que me había ganado su animadversión después de morder a su compañero. Estaba equivocada: Doc me conocía y despreciaba desde mucho antes de que ninguno de los dos pusiéramos un pie en el O Fortuna. El hombre vestido como un médico tomó asiento cerca de Boo y se inclinó para susurrarle algo al oído sin quitarme los ojos de encima. Fox se dirigió hacia mí. Cuando estuvo lo suficientemente cerca, se descolgó la ametralladora del hombro y señaló con el cañón hacia la puerta que habían

dejado abierta.

—Acompáñame.

Algo iba mal. ¿Y si había decidido eliminarme después de que lo agrediera y pusiera sus decisiones en tela de juicio?

—¿Adónde? —pregunté para ganar tiempo.

Fox suspiró con resignación y movió la ametralladora para dirigirla hacia Trix, que ahogó un grito. Apretó los labios inmediatamente después, molesta consigo misma, y negó con la cabeza varias veces mientras me miraba.

—Por favor —insistió el hombre.

Estuve a punto de torcerme el tobillo al ponerme en pie por lo mucho que me temblaban las piernas. Los Manolo Blahnik tampoco ayudaban. Pensé en quitármelos hasta que recordé que el tacón, fino y de metal, podría servirme como arma.

—Camina por delante de mí —exigió Fox.

—¿Puedo bajar los brazos?

—Depende. ¿Te duelen?

—Sí.

—Entonces no. Venga.

Cuando salimos al pasillo me ordenó detenerme mientras cerraba la puerta. Se me agarrotaron los músculos al notar el cañón entre los omóplatos. El metal estaba helado. Su aliento, por el contrario, me abrasó el lóbulo de la oreja cuando se inclinó para indicarme:

—Camina hacia la sala de las ruletas. Al fondo del todo.

Seguí sus instrucciones con el corazón martilleándome en el pecho. Las palmas me sudaban por los nervios, pero me enorgulleció que la voz no me temblara al decir:

—Si quieres que abra yo la puerta, tendré que bajar los brazos.

—¿Y para qué tienes la boca?

Volví la cabeza por acto reflejo. No sé qué tipo de expresión debí de poner, pero provocó que Fox se riera por lo bajo.

—¿Dónde está tu sentido del humor, Savannah? Resoplé, bajé una de las manos y abrí despacio.

La sala de las ruletas, mucho más grande y luminosa que la de póker, ocupaba todo el lateral derecho de la planta. Las paredes estaban revestidas de madera y había tres ventanales con las cortinas echadas. Del techo, además de dos lámparas de araña, colgaban diminutas bombillas en forma de lágrima.

Había tres mesas de juego. Aunque todas tenían una ruleta, eran de tamaños diferentes y no tenían las mismas marcas sobre el tapete. Fox cerró la puerta y señaló hacia la que estaba más cerca del ventanal central. Mientras él apartaba la cortina con cuidado para echar un vistazo al exterior, me subí al tablero y traté de elaborar una estrategia.

—La policía ya ha montado la carpa. Desde ahí gestionarán toda la operación —me informó sin que le preguntara—. ¿Quién te ha dado permiso para sentarte?

A duras penas me tragué la réplica que quería hacerle. Me sorprendía lo mucho que me costaba mantenerme sumisa con ese hombre después de la práctica que tenía con otros. Otros que, por muy deleznables que fueran, jamás me habían apuntado con un arma de fuego o amenazado con cortarme el cuello. Achaqué este cambio a lo harta que estaba de fingir, y no dudo que en parte se debiera a eso, pero había algo más.

Con independencia de lo que me costara reconocerlo, Fox tenía muchos talentos y uno de ellos era su capacidad para sacar lo peor de mí. Su carácter me desollaba cada vez que me exponía a él y me dejó tan en carne viva que empecé a vestirme de Sav para no pasar frío. Cinco segundos al principio, cinco minutos un poco después, hasta que llegó el día en el que solo fui capaz de sentirme bien en esa piel.

—Me duelen mucho los pies —me excusé forzando un tono lastimero.

—Pues quítate los zapatos.

Contuve la sonrisa hasta que volvió a mirar por la ventana. Desabroché los Manolo Blahnik y los dejé sobre la mesa, cerca de mí. No soy ninguna santa, me había imaginado haciéndole daño a otras personas, sobre todo a Trenton, pero jamás con tanta viveza como en ese momento. Visualicé a la perfección a Fox acercándose, despistado, y a mí clavándole el tacón en un ojo antes de echar a correr.

Sin el uniforme, su tatuaje de la espalda era un poco más visible. Tanto el chaleco antibalas como la camiseta de tirantes que llevaba debajo dejaban la nuca totalmente al descubierto, y lo que en un primer momento interpreté como pequeñas rayas resultó ser el extremo de una grieta. Se veía solo la punta, tres dedos como máximo de un diseño que no tardaría mucho en descubrir que era enorme.

Durante ese escrutinio también me di cuenta de que Fox tenía varios lunares repartidos por el cuello y los brazos.

Sacó el móvil del bolsillo cuando empezó a vibrar. Dejó que sonara durante tres tonos y colgó.

—¿Qué es lo que buscáis? —le pregunté.

Quienquiera que lo estuviera llamando volvió a la carga, pero Fox lo ignoró de nuevo. Sin mirarme, murmuró:

—Hemos secuestrado un casino, ¿no es evidente?

—Si quisierais dinero, habríais esperado a que el casino estuviera en funcionamiento en lugar de organizar todo esto durante la inauguración.

Su mirada de reojo, interesada de pronto, tiró de mi sonrisa hacia arriba. Apoyé las manos por detrás de mi espalda y empecé a balancear las piernas cruzadas a la altura de los tobillos.

—¿Crees que la caja fuerte está vacía, Savannah?

—Supongo que no, pero sé que la semana que viene habrá muchísimo más dinero en ella. También más invitados a los que desplumar, como decís vosotros.

—Puede que no lo entiendas viniendo de donde vienes, pero somos gente conformista. Un par de millones para cada uno es más que suficiente.

—Mientes.

Soltó una carcajada.

—Para sorpresa y desgracia de quienes me rodean, no suelo hacerlo.

—¿Queréis pedir un rescate, entonces? La mujer de la limpieza…

—Loretta Cruz —interrumpió, rápido como un latigazo.

—Lo que ella dijo antes es cierto: de los diez secuestrados, cerca de la mitad son personas sin demasiados recursos, en ese caso…

Levantó un dedo para pedirme silencio cuando su móvil empezó a vibrar por tercera vez.

—En algún momento de esta llamada te pediré que hables para que la policía sepa que tanto tú como el resto de los rehenes estáis bien.

—¿Bien? —Arañé el tapete sobre el que estaba sentada al cerrar las manos con fuerza—. Has herido a mi padre. Y al jefe de seguridad.

—Agradecería que omitieras esos detalles. Lo plantearé de esta manera: si la policía cree que vuestras vidas están en peligro, dejará de lado las negociaciones y hará todo lo posible por entrar en el casino. No es lo que tengo planeado, así que me pondré bastante nervioso y tardaré poco en llegar a la conclusión de que matar a uno de vosotros, o a todos, me facilitará escapar. Porque voy a salir de aquí, Savannah Price, me da igual lo que tenga que hacer para conseguirlo. Te recomiendo tenerlo en mente.

—Antes de aceptar la llamada, ordenó—: Asiente si lo has entendido.

Lo hice, furiosa por haber vuelto a perder el control de la situación. Para rematar, porque estoy segura de que fue a propósito, se apoyó en la mesa y giró la cabeza hacia mí. El metal de su máscara casi rozaba la punta de mi nariz cuando susurró:

—Buena chica.

Dejé de visualizarme clavándole el tacón en un ojo y me imaginé arrancándole ambos con mis propios dedos.

CÁMARA DE SEGURIDAD DEL O FORTUNA

Planta 4 (dcha.), pasillo 14/03/2026

00:04:36

Salieron al pasillo tres personas y un gato y lo hicieron justo en este orden: Boo, con Archie sobre el regazo; Beatrix Van Alen, con las manos en alto; y Honey, con el fusil automático listo para disparar.

Boo hizo rodar su silla hasta la puerta del cuarto de baño. En lugar de entrar, se giró con brusquedad hacia Beatrix, provocando que esta diera un respingo y que el gato agitara la cola, claramente molesto.

—¿Crees que será demasiado pijo para beber agua corriente? —le preguntó a la rehén señalando al animal—. En el bar me fijé en que tu madre se la echaba directamente de una botella. Y de las caras.

—Pues claro que beberá agua del grifo. No es tonto. —Boo entrecerró los ojos, Honey apretó las manos alrededor del arma y Beatrix rebajó el tono

—: Lo prefiere, de hecho. En casa tiene una fuente.

—¿Y qué pasa con la comida? Dudo que los palos encuentren pienso. Pero quizá haya algo de pescado. O de pollo. ¿Puede comer pollo?

Beatrix Van Alen estiró los labios rojos y

gruesos en una sonrisa. Todavía con las manos en

alto, apoyó el culo contra la pared y se inclinó

para dirigirse a Boo.

—Lo cierto es que Archie es muy delicado.

—Ya no se llama Archie. Lo he rebautizado. Es Miaudini. ¿Pillas la referencia? Viene de Houdini. Como el escapista. Es mucho mej or que Archibald no sé qué. Todo el mundo tiene derecho a cambiarse el nombre. Escoger uno que de verdad le guste y le vaya bien. Yo lo hice. —Acarició al animal entre las orejas y aflautó la voz cuando se dirigió a él—: Lamento que tú no puedas decidir, pero siento que Miaudini te queda mej or,

¿qué opinas? ¿Te gusta? ¿Verdad que…? Oye —alzó la cabeza con brusquedad hacia la rehén—, ¿tú no ibas a mear? ¿O es que planeas escapar? No te lo recomiendo. En cuanto lo intentes, Honey te volará la tapa de los sesos.

Estalló en carcajadas, como si lo que acababa de decir fuera una broma particularmente graciosa y no lo que a todas luces sucedería si se diera la circunstancia.

—No pretendo escapar. Es verdad que tengo que utilizar el baño, pero también quiero ayudarte con Archie. Miaudini —corrigió ante la mirada insistente de Boo—. Sigue una dieta BARF.

—¿De qué estás hablando? ¿Te has inventado esa palabra? Porque suena ridícula. Todo lo que dices suena ridículo. Tienes un acento insoportable. Como si arrastraras las palabras. ¿Nadie te lo ha dicho?

La sonrisa de la rehén se tensó, igual que su voz.

—Me has preguntado qué comía el gato.

—Te he preguntado si comía pollo y te has inventado una palabra.

—¡ Es un tipo de dieta!

Tras el exabrupto, Honey cambió de posición, moviendo ligeramente el fusil. Beatrix alzó un poco más las manos y la sonrisa.

—Es un gato mayor y tiene problemas digestivos desde hace un par de años. Su alimentación es muy complicada, pero puedo ayudarte.

—Para eso te estoy preguntando, estúpida, para

que me ayudes.

—¡ No soy…! —Cerró los ojos con fuerza durante unos segundos—. Vas a necesitarme cerca para que te aconseje. La dieta BARF consiste en mezclar un montón de alimentos crudos en unas proporciones muy concretas…

—Eres consciente de que puedo buscarlo en internet, ¿verdad? —Boo se echó a reír ante la estupefacción de la muj er—. Eres muy rara. ¿Haces esto porque no quieres estar con tu madre? Lo entiendo, parece todavía más insoportable que tú. No deja de llorar. ¿O es porque quieres algo a cambio? Doc dice que los ricos nunca hacen las cosas gratis, que por eso son ricos. ¿Y bien? Habla de una vez, me estás cansando.

—¿Cómo voy a hablar si no te callas? —se exasperó Beatrix—. Mira, parece que Ar… Miaudini te ha cogido cariño. Solo quiero pasar tiempo con él y asegurarme de que está bien, ¿vale? Y si pudierais devolverme mi bolso…

—¿Lo dices en serio? —Boo parecía estar pasándoselo en grande—. ¿Este es tu plan? ¿Crees que si me dices qué come el gato voy a confiar en ti y te voy a dar el bolso? ¿Qué es lo que pretendes, conseguir el móvil?

—¡ No! Quedaos el móvil. O rompedlo, me da igual. Solo quiero mi neceser. Para maquillarme y eso —añadió por lo bajo.

—Pero si ya estás maquillada. Muchísimo. Seguro

que si te tocara la cara se quedaría la marca de

mi dedo. Se nota que tus pestañas son de mentira.

¿Y te meas o no?

—¡ Que sí, joder! Da igual, voy a pasar al servicio, luego seguimos hablando. —Miró a quienes la acompañaban, dubitativa de pronto—. Puedo entrar sola, ¿verdad? Tengo que vaciarme la copa.

Aunque Boo bufó, dejando claro que estaba en desacuerdo, Honey colocó una mano llena de tatuajes sobre su hombro. Después, examinó a la rehén con suspicacia antes de empuj ar con la bota la puerta del baño. Se asomó para echar un vistazo al interior sin moverse del sitio antes de hacerle un gesto con el brazo, invitándola a entrar.

Beatrix le dedicó una sonrisa al pasar. Una vez estuvo dentro y con la puerta cerrada, Boo preguntó:

—¿Por qué se lo has permitido? ¿Te has asegurado de que no tenga salidas? —A pesar del asentimiento de Honey, Boo no pareció conforme—. Da igual, a Doc no le va a gustar. Sabes lo mucho que odia a los ricos. Y no deberíamos ponerle nervioso. ¿Recuerdas lo que le hizo el mes pasado a aquel hombre? Además, tiene razón: esta gente no se merece lo que tiene. Deberíamos joderles todo lo posible. ¡ Oye!

La risa que se le escapó a Boo cuando Honey le pasó la mano por la coronilla para alborotarle el pelo fue distinta a las anteriores. Traviesa en lugar de desquiciada. Su tono de voz también se volvió más infantil después de recolocarse los mechones lacios y blancos tras las orejas.

—¿Le has hecho el favor porque te recuerda a tu hermana?

Los hombros de Honey se tensaron, pero negó con

la cabeza.

—¿Entonces por…? ¡ Ah!  Eres un caso perdido,

siempre te pasa lo mismo.

8

Viernes, 14 de marzo de 2026, 00:15

Fox se llevó el teléfono a la oreja y dijo:

—¿Qué horas son estas de llamar?

Debió de bajar el volumen al máximo porque, aunque estábamos cerca, fui incapaz de captar lo que le respondió la persona que estaba al otro lado de la línea. Creí distinguir a un hombre y di por hecho que estaría tan desconcertado como yo.

—Conque Frank Morales… Encantado, soy Fox. Exacto. Efe, o, equis. Por supuesto que es mi nombre de pila. —Su hombro rozó mi brazo cuando empezó a reír por lo bajo—. Ya, pero… Frank, ¿puedo llamarte así? Me da igual. Frank. Es muy tarde. El día ha sido intenso y tenemos muchas ganas de irnos a dormir. ¿Qué te parece si hablamos mañana a eso de las… diez? Así me da tiempo a ducharme y beberme un café. Estoy de mucho mejor humor después de… ¿Por qué piensas que te estoy tomando el pelo?

Fox y yo teníamos algo en común: si la ocasión lo ameritaba, no dudábamos en camuflar nuestra astucia. Yo lo hacía tras mis silencios y sonrisas falsas; él, tras su comportamiento histriónico.

Estoy segura de que el negociador de la policía, que fue precisamente el hombre que me interrogó cuando me detuvieron una semana después, pensó que quien estaba detrás del secuestro del O Fortuna era un incompetente y un payaso. También estoy segura de que se mostró altanero al informar a sus superiores de la situación, de que creyó tener la

sartén por el mango en todo momento y de que ni siquiera hoy es capaz de entender lo que ocurrió ante sus narices.

—Para que veas que además de sueño tengo buena voluntad, voy a pasarte con una de las rehenes. Savannah Price. —Odié el modo en el que pronunció mi nombre, como si se tratara de una broma privada—. Exacto, la hija de Gregory Price. Voy a poner el altavoz, ¿de acuerdo? Dejaré que hable durante unos segundos, nada más. Si cualquiera de los dos se porta mal, colgaré el teléfono. Es probable que lo haga incluso si os portáis bien porque, de nuevo, Frank, se nos hace tarde.

Colocó el móvil entre ambos y me apuntó con la pistola.

—Dile «hola» al negociador de la policía.

—Hola. —Mi voz salió ahogada. Carraspeé—. Soy Savannah Price y he sido secuestrada junto a…

—Una serie de personas. No hace falta aburrir a Frank con cifras y nombres.

—La precaución es innecesaria, Fox. —Se notaba lo mucho que le molestaba referirse a él por su alias—. En breve averiguaremos quiénes…

—No me cabe duda —lo interrumpió—. Seguro que os lo pasáis de maravilla trabajando en ello y no querría robaros la diversión. Savannah, continúa. Cuéntale a Frank qué os hemos ofrecido si os portáis bien.

Se lo estaba pasando en grande.

—Comida, camas y acceso al baño.

—¿Hay algún herido? —quiso saber el detective Morales. La pausa duró poco.

—No, todos estamos bien.

Sabía que Fox no mentía cuando amenazó con hacernos daño si la policía le ponía las cosas difíciles, igual que sabía que no era buena idea sincerarme mientras el cañón de una Glock 19 me rozaba la sien. Pero que hubiera ocultado la verdad tampoco significaba que fuera a seguir las reglas que me habían impuesto.

En el breve lapso de tiempo que duró la despedida de los dos hombres elaboré varias estrategias. La primera tenía que ver con mis Manolo Blahnik, que había colocado a mi derecha, al alcance de la mano. Fox se había sentado a mi izquierda y pensé que, si giraba el cuerpo y me daba el suficiente impulso, podría hacerle mucho daño con el tacón. Atinar en el ojo sería complicado, sobre todo si tenía que actuar rápido, pero el cuello también era una zona sensible y estaba totalmente expuesto.

Conocía el casino mejor que los secuestradores y confiaba en ser capaz de ocultarme en él durante al menos unas horas. Podía utilizar el teléfono para llamar a la policía e informarles de lo sucedido, instándolos a darse prisa.

Cuando tenía decidido poner en marcha este plan, caí en la cuenta de que la vida del resto de los rehenes no peligraba exclusivamente por Fox.

¿Y si Doc, que ya había dejado patente su animadversión hacia mí, utilizaba a Trix o a mi padre para castigarme?

Confeccioné y me decidí por la segunda estrategia entre un latido y el siguiente. Si hubiera dispuesto de más margen, quizá habría sido capaz de anticipar lo que pasaría, pero Fox colgó el teléfono e hizo amago de alejarse de mí. Era entonces o nunca.

La estrategia no era mala: como había dejado de apuntarme y estaba mucho más relajado, con la mano que sostenía la pistola apoyada con despreocupación sobre su muslo, intuí que no me resultaría difícil arrebatarle el arma. Y no me equivoqué. Después, solo tenía que pedirle que se deshiciera del arnés, donde estaban enfundados los cuchillos y la otra pistola, y utilizarlo como moneda de cambio. Si me daban a Trix y, con suerte, a mi padre, les devolvería a su líder indemne.

Sé que tenía fisuras, como también que hubiera sido capaz de resolver muchas de ellas sobre la marcha, pero no tuve oportunidad de comprobarlo.

Me hice con la pistola gracias al factor sorpresa y me lancé al suelo para alejarme de él. No se me ocurrió que el primer escollo al que tendría que enfrentarme estaría relacionado con mis uñas.

Sabía cómo funcionaban muchas armas porque quería heredar una empresa de seguridad, pero los conocimientos que tenía eran meramente teóricos. Jamás había disparado antes, así que no preví que la uña acrílica de tres centímetros del dedo índice chocara contra el arco del gatillo. Bajé la vista para intentar encajarla. Fue un segundo, incluso menos, pero Fox no necesitó más para anteponerse a la situación.

Se lanzó hacia mí. Mientras desenfundaba uno de sus cuchillos con la mano izquierda, extendía la derecha para agarrar el cañón de la pistola. Antes de que lo consiguiera, porque lo hizo, logré apretar el gatillo sin fijarme en dónde estaba apuntando.

Dispararle fue muy parecido a enamorarme de él. Dio igual lo preparada que me sintiera; lo fuerte que sostuviera el arma, primero, y que

negara mis sentimientos, algo después. En ambos casos me sorprendí, temí y sufrí mucho más de lo que imaginaba.

La reverberación de la pistola recorriéndome hasta el último hueso del cuerpo me recordaría a la de su risa. El estallido del cañón, seco y abrupto, a nuestros gritos.

Le acerté en el brazo derecho, justo bajo el bíceps. Ni siquiera gritó. Solo se permitió mascullar entre dientes una palabra que no entendí y que, de haberlo hecho, me habría ahorrado muchos dolores de cabeza.

La bala solo le rozó, por lo que no tuvo problema en agarrar el cañón del arma y arrebatármela de un tirón seco. La arrojó hacia la otra punta de la habitación y me inmovilizó contra el suelo apoyando una pantorrilla sobre mis muslos y la rodilla de la otra pierna en mi estómago. Me costaba respirar. Con la mano derecha me sostuvo las muñecas por encima de la cabeza, mientras que con la izquierda seguía aferrando el mango del cuchillo. Volví a notar la hoja contra mi cuello.

Noté otras dos cosas.

La primera fue la sangre de su brazo cayendo sobre mi hombro. Espesa y caliente.

La segunda fue que estaba sonriendo. Lo vi en sus ojos, entrecerrados y arrugados en las comisuras, y lo oí en su voz cuando dijo:

—Te has portado fatal, Savannah Price. Voy a tener que castigarte.

CÁMARA DE SEGURIDAD DEL O FORTUNA

Planta 4 (dcha.), ruletas 14/03/2026

00:22:36

Segundos después de que sonara el disparo, Doc abrió la puerta de golpe y entró en la estancia con la ametralladora por delante.

—Llegas demasiado rápido —señaló Fox, apenas dedicándole un vistazo a su compañero—. ¿Estabas espiándome a través del ordenador de Boo? No te tenía por un pervertido.

Doc avanzó hacia ellos a grandes zancadas, sin dejar de apuntar a la rehén.

—Aparta, vamos a solucionar esto de una vez.

Fox se mantuvo exactamente en la misma posición.

—¿Puedo preguntar cómo planeas hacerlo?

—Pegándole un tiro.

—Ah. ¿Dónde?

Lo sorprendente no fue la tranquilidad pasmosa con la que Fox preguntó aquello, sino que la amenazada mantuviera la calma.

—En la cabeza —respondió Doc.

—Preferiría que no lo hicieras. Pese a los esfuerzos de Savannah por demostrarnos que es una muj er de recursos, dudo que consiga sobrevivir si alguien le hace un agujero en el cráneo.

—Aparta, Fox.

—¿Recuerdas mi primera norma? ¿Lo de intentar no matar a nadie?

Con la tensión dibujada en la mandíbula, Doc replicó:

—No me vengas con eso. Has herido a dos hombres que probablemente habrían muerto de no ser por mí. Ella —el pronombre escapó de sus labios como si de un insulto se tratara— te ha mordido, desautorizado y disparado. ¿Qué será lo siguiente? Es un peligro, Fox. Te lo advertí.

—La bala solo me ha rozado. ¿No me crees? Echa

un vistazo.

Los ojos marrones del hombre vestido de doctor se apartaron de Savannah lo justo para comprobar que su compañero le hubiera dicho la verdad.

—Si tiene oportunidad, volverá a intentar matarte. Hazte a un lado.

—Fíate de mí por una vez en tu vida —se frustró

—. Lo tengo controlado.

—¡ No eres objetivo!

—Tampoco lo fui cuando te dejé incorporarte al plan. —La frase precedió a un largo silencio. Con un tono mucho más suave, prometió—: Sé lo que hago, créeme. La necesitamos.

Doc bajó el arma.

—Más te vale controlarla. Si vuelve a ponernos

en peligro, no esperaré tu permiso para disparar.

—Me encantan las amenazas. —El intento de disipar la tensión reinante con una broma cayó en saco roto—. ¿Puedes decirle a Copy que me traiga su bolsa? Voy a necesitar un par de cosas. —Antes de que Doc saliera por la puerta, Fox añadió—: No me arrepiento de mi falta de objetividad de entonces. Y tampoco he olvidado por qué hacemos esto. Tanto tú como yo.

Cuando el otro lo miró por encima del hombro, sus ojos parecían menos vacíos.

—Eso espero.

En el momento en que volvieron a quedarse a solas, Fox cambió el cuchillo con el que amenazaba a Savannah por la segunda de sus pistolas, que todavía permanecía en la funda del arnés. Poco a poco, y sin dejar de apuntarla, modificó la postura: colocó las rodillas a ambos lados de la cadera de la rehén y le soltó las muñecas.

Se evaluaron con la mirada durante doce segundos exactos. Después, él preguntó con genuina curiosidad:

—¿Por qué no has llorado o suplicado clemencia? Te aseguro que Doc iba en serio. Jamás conocerás a alguien que vaya más en serio con absolutamente cualquier cosa.

—No se parece a ti.

—Para nada. Entonces, ¿por qué? ¿Pensabas que podrías volver a pillarme por sorpresa?

—No. Estaba segura de que me iba a matar.

—¿Y te rendiste?

—Decidí irme con la cabeza alta.

Fox abrió los ojos de par en par y empezó a reír. Era una carcajada feroz, empapada de incredulidad. Se apartó hasta quedar sentado a un lado y musitó casi para sí mismo:

—Ahí estás. Otra vez.

—No sé a qué te refieres.

En lugar de responder, se puso en pie. Apuntando a Savannah en todo momento, fue hasta el otro lado de la habitación, cogió el arma que había lanzado y volvió a enfundarla en su arnés. Cuando Copy abrió la puerta, ni siquiera le dirigió la mirada. Se limitó a ordenar:

—Dej a la bolsa en el suelo y márchate.

—¿Necesitas ayuda? Sangras muchísimo, tío. Doc ha dicho…

—Lo que necesito es que te marches cuando te pida que lo hagas. Y una venda y un Tylenol, pero me encargaré de eso después.

—¿Quieres…?

Fox se llevó una mano a la oreja.

—No te oigo, Copy. Debes de estar muy lejos ya.

Justo donde debes.

La puerta volvió a cerrarse. Fox le dio una patada a la bolsa negra para acercarla a Savannah. Sonó a metal entrechocando.

—Ábrela.

La muj er, que se había sentado en el suelo bajo el escrutinio del secuestrador, descorrió la cremallera despacio, con suspicacia. Gruñó por lo bajo cuando comprobó lo que había en el interior.

Cadenas.

—Mírame, Savannah. No quiero perderme tu cara.

Has entendido lo que está a punto de pasar,

¿verdad? Claro que sí.  Eres muy lista aunque intentes que la gente no se dé cuenta.

Era evidente que la muj er luchaba por mantenerse inexpresiva. Había dos gestos que la traicionaban, sin embargo: la vena que se le marcaba en la frente y la dilatación de sus fosas nasales.

Fox se acercó con calma, regodeándose en cada paso. Al llegar, se acuclilló para que sus ojos estuvieran a la misma altura y le levantó la barbilla con el cañón de la pistola.

—Escoge una de las cadenas, la que prefieras. Por supuesto que has ido a por la fina. —Chasqueó la lengua—. Esas son las más cortas. Piensa que va a ser tu correa, ¿de verdad quieres que te mantenga tan cerca de mí? Eso me temía —se burló cuando Savannah optó por la de los eslabones más gruesos—. Saca uno de los candados. Sí, ese está bien.  Déjalo todo en el suelo.  ¿Qué más hace

falta…? ¡ Ah! ¿Ves el bolsillo lateral? Ábrelo y

coge lo que encuentres.

La intención de Savannah de mostrarse impasible se deshizo cuando tanteó donde le habían pedido. Su pecho subió y bajó, cada vez más rápido, y su ceño se frunció hasta el punto de que sus ojos almendrados quedaron reducidos a dos rendijas.

Con la mano temblorosa, sacó el objeto sosteniéndolo con dos dedos.

—Sabía que odiarías las esposas, Savannah Price.

9

Sábado, 14 de marzo de 2026, 00:41

Fox no se vengó de mi intento de asesinato haciéndome daño, por mucho que la postura en la que me obligó a estar durante días resultara incómoda. Lo que hizo fue humillarme. La finalidad de las esposas era dificultar que volviera a atacarlo, pero la cadena, o correa, como la llamaba él, era del todo innecesaria. Por mucho que me pesara y me revolviera ante la idea, los dos sabíamos que no sería capaz de escapar porque a partir de ese momento me vigilaría todavía más estrechamente.

No, las cadenas eran un recordatorio pesado y frío de su victoria sobre

mí.

—Las manos tras la espalda. —Más que una orden parecía una

insinuación.

Le gustaba jugar a eso, me di cuenta el primer día. Formulaba cada frase para que tuviera un doble sentido y, cuando esto no era posible, impregnaba palabras sueltas de algo ácido que escocía en el sistema nervioso. No mentía, o de eso se vanagloriaba, pero lo que decía tenía infinidad de lecturas.

Después de seguir sus indicaciones, me sujetó de las muñecas con más suavidad de la que habría empleado yo de estar en su lugar. Las mantuvo unidas usando una sola mano y con la otra me colocó las esposas. Las noté heladas contra la piel.

—Siento mucho que no sean doradas —me dijo—. Sé lo mucho que te importa que tus accesorios combinen.

Ignoré la pulla y pregunté:

—¿Para qué me necesitas?

—¿Necesitarte? Me avergüenza ser yo quien te informe de esto, pero te sobrestimas.

—Es lo que le has dicho a tu compañero. Al que está disfrazado de médico.

—No está disfrazado —corrigió mientras se agachaba para coger la cadena y el candado—. ¿Y no has pensado que le he dicho eso para evitar que te matara?

Se situó frente a mí, demasiado cerca. Sin mirarme a los ojos, pasó un extremo de la cadena alrededor de mi cintura y por un instante pareció que me estaba abrazando. Al cerrarla con el candado se aseguró de que no me apretara demasiado.

Seguí el recorrido de su mano cuando guardó la llave en el bolsillo.

—Mis pantalones esconden un montón de cosas que te interesan. — Me guiñó un ojo cuando torcí la boca con repugnancia—. Dos llaves, varias de tus joyas, la moneda que decidirá cómo sigo jodiéndote y alguna que otra sorpresa.

La cadena que se convirtió en mi correa tenía un metro y medio de longitud. Fox la sujetó del extremo y dio un pequeño tirón para que lo siguiera hasta la mesa a la que habíamos estado sentados. Se agachó para recoger la ametralladora apoyada contra la pata y se la colgó al hombro.

Levantó uno de los tacones para examinarlo.

—Deberías haberme atacado con esto. Volvió a dejarlo sobre la mesa.

—¿Puedes cogerlos?

—¿Quieres ponértelos? Parecen incómodos. Además, no pienso caminar más despacio solo porque te empeñes en fingir que eres alta.

—Soy alta.

Me dio un repaso exageradamente lento.

—¿Comparada con Boo?

—Mido un metro setenta.

—Y sigo sacándote una cabeza.

—Eso no me convierte en una mujer baja. Esta discusión es absurda — rezongué—. Quiero conservar los zapatos y ya está.

Fox entrecerró los ojos con suspicacia.

—Con las manos a la espalda no vas a poder atacarme con ellos. A menos que seas particularmente habilidosa con los pies. Hay gente capaz de…

Se echó a reír cuando arrugué la boca con asco y masculló algo que sonó muy parecido a «mojigata».

—No me los voy a poner ni los voy a usar para atacarte. Los quiero y punto.

—¿Por qué?

—Porque son unos Manolo Blahnik, estúpido. Valen más que todo lo que llevas puesto.

Negó con la cabeza, pero enganchó las tiras de ambos zapatos y se los colgó de la parte trasera del arnés.

—Que te preocupes por ese tipo de cosas, aun estando en la situación en la que te encuentras, provoca que me haga increíblemente feliz la perspectiva de pasearte por todo el casino como si fueras un perro. Vamos.

Me condujo hacia la salida.

Avanzamos por el pasillo. La puerta de la sala de póker estaba abierta y no quedaba nadie en el interior. ¿Y si en mi ausencia habían liberado a todos los rehenes menos a mí?

—¿Dónde están los demás? —pregunté en un intento de parecer relajada.

—Los hemos tirado por la pasarela para castigarte.

Era evidente que mentía, pero mi corazón desoyó al cerebro y empezó a acelerarse.

—¿Te crees gracioso? Porque no lo eres.

—Vale, lo siento. Déjame probar otra vez: solo hemos tirado a tu amiga. Es la única que no estaba en la lista, así que está claro que no la necesitamos. ¿Mejor ahora?

Me detuve en seco. Fox, que caminaba por delante de mí, se paró al notar la resistencia y me miró por encima del hombro.

—Vaya, parece que este tampoco te ha hecho gracia.

—Te arrepentirás de esto —le prometí—. No sé cuándo y no sé cómo, pero vas a desear no haberte cruzado conmigo.

—Es tarde para eso. En cualquier caso, procura vengarte sin que Doc se dé cuenta. Ya has visto que está un poco susceptible con el tema.

Abrió la puerta que conducía a la pasarela, desenfundó una de las pistolas y me indicó con ella que avanzara primero. El viento helado del

exterior me erizó la piel. Apenas acusé el frío porque todos mis sentidos estaban dirigidos a lo que sucedía abajo, en la calle.

Había decenas de coches patrulla aparcados junto a una enorme carpa blanca de la que entraban y salían policías. Algunos de ellos nos señalaron e hicieron gestos a sus compañeros para que se acercaran. Gracias a los focos extra que habían colocado, la mayor parte del edificio permanecía iluminada.

—Mañana empezará a venir la prensa —auguró Fox—. Me sorprende que no estén ya abajo, la verdad. Puede que le hayan pedido a los rehenes que liberamos que no hablen con nadie todavía. O quizá sigan interrogándolos. Tenían poco que decir, pero la policía de Las Vegas no destaca precisamente por su perspicacia.

—Ojalá te vuelen la cabeza mientras cruzamos.

Se le escapó una carcajada. Se notaba cuando se le escapaban porque estaban impregnadas de sorpresa, como si no hubiera contemplado la posibilidad de que pudiera resultarle graciosa. O como si le repateara.

—Avanza. —Cuando volví a ponerme en marcha, prosiguió—: No van a disparar ahora por varios motivos. El más obvio es que la pasarela es de cristal. Quizá esté blindada, aunque lo dudo. Se arriesgarían a reventar la estructura si fallaran el tiro, matándonos a ambos. Por otro lado, te estoy apuntando con un arma. Si no consiguen abatirme de inmediato, puedo apretar el gatillo y llevarte por delante. Además, tenemos bajo nuestro control a otros nueve rehenes y a un gato excepcionalmente grande que podrían sufrir represalias. Aunque si tuviera que apostar, diría que se contienen por las bombas.

—¿Qué bombas? —titubeé.

—¿Ves esas lucecitas que parpadean a lo largo de la barandilla? También están en puertas, ventanas, salidas de aire y similares. Dale las gracias a Honey. Tatuajes y mala conversación, ¿recuerdas? Los explosivos son su especialidad.

—¿Lo sabe la policía? No se lo dijiste por teléfono al hombre que te llamó.

—Se lo contamos a los rehenes que dejamos en libertad. Si algo se tuerce demasiado, la policía es consciente de que podemos volar el edificio. Así que, volviendo al tema… No vas a librarte de mí antes del 20 de marzo.

—¿Para qué necesitáis estar aquí dentro una semana?

—Quizá terminemos antes —reconoció—, pero me gusta mucho el número 7. Da buena suerte.

—Me dijiste que no la necesitabas —le recordé.

—Y sigo sin hacerlo, Savannah. La suerte es para ti.

Se adelantó para abrirme la puerta del otro lado de la pasarela y avanzamos por el mirador que bordeaba la zona izquierda de la cuarta planta. Toda la pared era de cristal. Al alzar la cabeza, localicé más bombas.

Atravesamos el pasillo hasta llegar al ascensor. Paste hacía guardia frente a él. Al vernos, pulsó el botón para que subiera y preguntó:

—¿Os vais a dormir?

—A intentarlo, al menos. Tu hermano te relevará en cuatro horas.

—Si consigue despertarse —masculló, como si lo pusiera en duda.

—Te dejo que le des un puñetazo por cada minuto que se retrase.

—Perfecto.

Una vez dentro del ascensor, Fox pulsó el botón de la tercera planta. Tuve esa sensación extraña en el estómago cuando empezamos a descender, como si la gravedad hubiera dejado de funcionar como debía, y que él tuviera los ojos fijos en mí no ayudó en absoluto. El espacio era grande, cabían por lo menos veinte personas, pero se me antojó insuficiente. Tal vez porque la incertidumbre bajaba con nosotros, tal vez porque él ocupaba demasiado. Y no por su físico, en cualquier caso nada desdeñable, sino por su forma de ser.

Fox resultaba apabullante. Excesivo. Como esa persona a la que no puedes dejar de notar cuando entra en una habitación, da igual que estés de espaldas a la puerta.

Hablé para que el silencio dejara de gritarme cosas sobre él:

—Quiero dormir con Trix.

—Y yo quiero que dejes de pensar que puedes hacer exigencias, pero aquí estamos.

—¿Cómo nos vamos a organizar? Supongo que iremos al hotel.

Deberíamos ponernos las mujeres en una habitación y los hombres…

—Qué binario por tu parte. E iluso.

—Entonces, ¿todos dormiremos juntos? Porque…

—Estoy deseando que te vuelvas a portar mal para amordazarte. Tú dormirás conmigo.

—De ninguna manera.

Cuando rio con malicia me dio la impresión de que se esperaba mi respuesta.

—Imagínanos abrazados en una cama de matrimonio…

—No.

—Tienes razón. —Antes de que pudiera sentirme aliviada, añadió—: No vamos a abrazarnos, pero la cama sí que es de matrimonio. Ya la he visto. Es ostentosa hasta el absurdo, te encantará.

—No podemos dormir en la misma cama. Si solo hay una, deberías cedérmela.

—¿Por qué? Soy yo el que está herido. Si tanto te preocupa compartir colchón, puedo encadenarte a la pata para que te tumbes sobre la alfombra. La cama mide más de ancho que yo de alto, pero…

El miedo se me atascó en la garganta.

—¿Es una exageración? —pregunté casi sin voz—. ¿En qué habitación vamos a dormir?

—En la Whitmore Penthouse. Privilegios de ser…

—¡No!

La vehemencia de la negativa debió de sorprenderle porque se quedó estático. Llegamos a la tercera planta y tardó tanto en moverse que las puertas hicieron amago de cerrarse otra vez. Retuvo una de ellas sujetándola con el pie, sin dejar de observarme.

—¿Por qué?

Agradecí tener las manos esposadas a la espalda para que no viera lo mucho que me temblaban. Por desgracia no fui capaz de hacer nada con la expresión de mi cara. Notaba la piel tirante y fría, como si mi sangre se hubiera evaporado.

—Esa habitación no. —Desesperada, añadí—: Por favor.

Se llevó la mano a la radio que tenía enganchada en el pantalón. Tras pulsar un botón, dijo:

—Cambio de planes, yo me quedo con la suite Royal.

—¿Por qué? —se extrañó Doc al otro lado—. ¿Qué has hecho?

—¿Necesito un motivo para ser generoso con mi mejor amigo?

—¿Tú? Desde luego. Pero me da igual, voy a aceptar. Nos vemos mañana a las nueve.

—Ocho.

—Joder.

—Lleva mi bolsa a la Royal. Y déjame un rollo de venda.

—Lo pensaré.

Volvió a engancharse la radio al pantalón, empujó la puerta del ascensor y me hizo un gesto con la cabeza para que pasara primero.

Tal vez fuera un remanente de la educación que había recibido, tal vez solo quisiera zanjar el tema, pero al salir alcé la barbilla para mirarlo a los ojos y pronuncié con claridad una palabra que pensé que jamás le dedicaría:

—Gracias.

CÁMARA DE SEGURIDAD DEL O FORTUNA

Planta 3 (dcha.), pasillo 14/03/2026

00:43:36

Los rehenes estaban en el pasillo del hotel divididos en dos grupos. Los hombres permanecían a un lado, vigilados por un secuestrador con un corazón pintado en la máscara. Las tres muj eres que había, Beatrix y Cecilia Van Alen y Loretta Cruz, parecían a su aire aunque en realidad las supervisara Honey.

Estaba a unos diez pasos de ellas, dedicándoles miradas de reojo de vez en cuando. Pese a la distancia y su actitud relajada, con el hombro apoyado contra la pared y los brazos cruzados, las tres rehenes se mantenían en absoluto silencio. La mayor, Cecilia, lloraba mientras su hija, sentada en el suelo a su lado, la consolaba pasándole un brazo sobre los hombros. Loretta permanecía algo apartada.

Boo salió de una de las habitaciones y se acercó a Honey. Avanzaba más despacio de lo normal para no incomodar al gato que dormitaba en la bandeja inferior de la silla.

—¿Has visto lo que me quiere Miaudini? No se separa de mí —se jactó con evidente regocijo cuando llegó a su altura.

—Se ha puesto encima del ordenador porque está

caliente  —apuntó  Copy  mientras  arrastraba  un

colchón por el pasillo—. El gato de mi tía hace lo mismo.

—Ah. Entonces, ¿si te prendo fuego se acercará

a ti?

Copy se detuvo de golpe y alternó la vista entre Honey y Boo. Tras constatar que nadie se reía, carraspeó con incomodidad y dijo:

—Tío, estás fatal.

—No soy un tío.

—Ah. Joder. Perdona. No sabía que eras una…

—Tampoco soy « una».

Copy tardó varios segundos en desentrañar la insinuación.

—Ah. Vale, eh… tú. —Asintió varias veces—. Bueno, voy a seguir moviendo colchones o no iremos a dormir nunca. ¿En qué habitación os ha tocado a vosotr… os ha tocado?

Boo soltó una risita.

—Con las muj eres.

—¿Con las…? ¿Eh? —Copy repasó a Honey de arriba abajo. Sin parecer del todo seguro, resolvió—: Bueno, supongo que da igual. Mi hermana tiene guardia hasta las cuatro y… ¿Alguno de los palos es una tía?

—No.

—Ya. Entonces… Sí, está bien. Creo. Sigo con lo mío.

Cuando se marchó, Boo se dirigió a Honey:

—¿Te parece bien? Que durmamos con ellas, digo. A mí me da igual. —Recibió un encogimiento de hombros por respuesta—. Lo de la separación ha sido idea de Doc.

Un rato después, Corazón y otro de los palos que acababa de subir, Trébol, movilizaron a los hombres a una de las habitaciones. Boo se fijó en que Honey seguía con la mirada a Vince Rourke.

Tras reírse por lo bajo, dijo:

—No tendrías que haberte puesto así con el jefe de seguridad. Soy capaz de defenderme sin tu ayuda, lo sabes de sobra. —Dio una palmada sobre uno de los reposabrazos de la silla—. Además, hiciste una promesa, ¿recuerdas? No más asesinatos.

10

Sábado, 14 de marzo de 2026, 00:53

El pasillo del hotel estaba desierto. Escuché órdenes tras alguna de las puertas, pero no fui capaz de distinguir qué decían o quiénes estaban al otro lado.

Fox y yo no habíamos vuelto a hablar desde que le di las gracias al salir del ascensor. Nos detuvimos frente a la habitación número 302. Se me revolvió el estómago al pensar en que era la que nos habían reservado a Trenton y a mí para esa noche, pero la prefería a la alternativa. No quería volver a pisar la Whitman Penthouse.

Fox se agachó para abrir el velcro de uno de los bolsillos bajos de la pernera. Recordé su insinuación sobre la cantidad de cosas que escondía en los pantalones y apreté los dientes, furiosa. Sacó varias tarjetas, seleccionó una y la pasó por el lector. Tras el clic de la cerradura, rompió el silencio:

—Todos dormimos en el hotel, incluida tu amiga. —Con aire casual, añadió—: Y tu prometido.

—¿Están en la misma habitación?

La pregunta salió demasiado rápido, como si hubiera saltado un resorte. Fox me examinó con curiosidad.

—¿Por qué? ¿Te da miedo que te engañe con ella? Deberías confiar más en tus…

—Respóndeme.

Mi demanda le arrancó una carcajada.

—Las mujeres están en un cuarto y los hombres en otro. Pareces más tranquila. ¿Tenía razón, entonces? ¿Lo que te preocupaba era una posible infidelidad? Tu prometido también podría enrollarse con el crupier. O con tu padre, imagínate. ¿Eso no te inquieta? —Chasqueó la lengua, decepcionado—. Los heterosexuales sois tan… En cualquier caso, dudo que tenga ganas de follar con quien sea mientras está rodeado de un montón de personas, algunas de ellas armadas. Aunque… —Se acarició la zona de la máscara que correspondería a su barbilla, fingiendo que pensaba en ello—. Tampoco suena mal.

Al darse cuenta de que no iba a responder a sus tonterías, empujó la puerta y me invitó a pasar con una parodia de reverencia.

La habitación era enorme. Tenía un pequeño salón a la entrada en el que había un televisor anclado a la pared, un sofá de dos plazas y un sillón. No disponía de terraza por el diseño del edificio, pero sí de un gran ventanal.

Fox nos dirigió hasta el baño, en el que había dos lavabos, una bañera con patas y una ducha gigantesca con efecto lluvia, hidromasaje y mampara transparente. Todo era de color blanco o negro.

Avanzó hacia el dormitorio, que seguía la estética del resto del hotel con los acabados en madera, los dorados y los rojos. Disponía de un vestidor y un espejo que ocupaba la totalidad de una de las paredes. Estaba al lado de la cama.

Fox se detuvo frente a la mesa. Alguien había dejado una botella de champán junto a dos copas, un par de pastelitos de aspecto delicado y una tarjeta. Cogió esta última y la leyó forzando la entonación:

—«Espero que disfruten de una noche muy especial». —Me miró por encima del hombro—. Dudo que quienquiera que escribiera esto pensara que acabarías esposada y encadenada, pero especial está claro que va a ser. En fin, ¿te apetece darte una ducha?

—¿Cómo?

—Es cuando te quitas la ropa y frotas tu cuerpo con agua y jabón.

Pensé que estarías familiarizada con el concepto.

—No pienso ducharme contigo cerca —escupí.

—Pues va a ser un problema. Porque no me voy a ir a ningún lado y porque tenemos que dormir juntos y me gustaría que la experiencia fuera lo menos asquerosa posible. En fin, volveremos a poner tu higiene sobre la mesa mañana. Yo sí que voy a lavarme.

Tiró de mí en dirección al baño. Desconcertada y escandalizada le pregunté:

—¿Qué haces? ¡No quiero entrar contigo! —Me ignoró y siguió avanzando—. ¡Espera! ¡Déjame en la habitación!

—Prefiero tenerte vigilada.

—¡Estoy esposada, no puedo hacer nada!

Se detuvo y me encaró tan de golpe que di un respingo.

—Quizá lo de hacerte la tonta te sirva con el resto del mundo, Savannah Price, pero yo sé de qué eres capaz, así que haz el favor de moverte si no quieres que te lleve a rastras.

Siguió avanzando, impasible, y estuve a punto de caer de bruces contra el suelo. Volví a caminar para evitarlo.

Se dirigió hacia la bañera. Tras empujarla y comprobar que no se movía del sitio, me encadenó a una de las patas. Pese a la poca libertad de movimiento, podía mantenerme en pie, pero preferí sentarme dándole la espalda a la ducha.

No tardé en oír botones y correas desabrochándose. Lo miré de reojo, todavía sin dar crédito a lo que estaba a punto de pasar, y capté el momento en el que dejaba el arnés en el suelo, lo bastante lejos de mí como para que me fuera imposible alcanzarlo. Colocó el chaleco antibalas justo al lado. Volví a apartar la vista cuando agarró el bajo de la camiseta de tirantes para subírsela.

Me pregunté si se ducharía con la máscara. No había cámaras de seguridad dentro de las habitaciones del hotel, tampoco en los baños públicos de cada una de las plantas, pero lo más inteligente sería que ninguno de los rehenes les viera la cara. Los retratos robot no son infalibles, pero podrían ponerles las cosas difíciles para escapar de la policía.

Me debatí conmigo misma. ¿Debía volver a mirar por si lograba distinguir alguno de sus rasgos? En caso de hacerlo y de que me pillara,

¿reduciría mis posibilidades de supervivencia? De primeras, pensé que, si de verdad le preocupara ser visto, no me habría obligado a acompañarlo mientras se duchaba. Sin embargo, me habían bastado dos horas para saber que era un hombre peligroso que se comportaba de manera errática. Tampoco sería sorprendente que me estuviera poniendo a prueba.

El agua empezó a caer.

El espejo estaba frente a mí. Si me incorporaba, podría mirarlo a través de él en lugar de darme la vuelta, que llamaría más la atención. Al empezar a levantarme, las cadenas sonaron y me quedé congelada en el sitio. Respiré hondo. Debía actuar con naturalidad, como si no hubiera hecho nada mal. Me puse en pie y me acerqué al lavabo con la excusa de lavarme las manos. Abrí el grifo y las enjaboné de manera concienzuda, empleando mucho más tiempo del necesario. Solo me permití alzar la vista cuando cogí la toalla para secarme.

Estuve a punto de gritar.

Fox no solo seguía con la máscara y los pantalones puestos, sino que ni siquiera había entrado en la ducha. Estaba apoyado contra la mampara con las manos en los bolsillos. Observándome. Bajé la cabeza tan rápido que su torso se convirtió en un borrón pálido.

—Puedes mirar, Savannah. No hace falta que disimules.

—No me interesa, gracias.

—¿Seguro? ¿Ni siquiera si me quito la máscara?

—Si te veo la cara, lo más probable es que nunca salga del edificio.

Me senté en el borde de la bañera, de nuevo de espaldas a él. Su risa me resultó más fría que el metal que tenía debajo.

—¿Y quién ha dicho que vayas a salir incluso sin verla? —Se bajó la cremallera de los pantalones y los lanzó al suelo—. Si estuviera en tu situación, aprovecharía.

—¿Aprovechar para qué? No me va a servir de nada verte si no piensas liberarme.

—Claro que te va a servir. —Una pausa demasiado larga y…—: Soy sorprendentemente guapo.

Resoplé, despectiva. El sonido del agua cambió y supe que se había metido debajo. Tenía el espejo delante, si alzaba la cabeza solo un poco…

La máscara colgaba de la esquina de la mampara. Sentí que seguía vigilándome aunque su dueño me estuviera dando la espalda. A propósito, con total probabilidad. Su pelo parecía mucho más oscuro al estar empapado y pegado al cráneo. Y el resto…

Tenía un cuerpo precioso. Largo y estilizado, con las piernas interminables y la cintura estrecha en contraste con los hombros anchos. Estudié Arte unos años. Mi profesor me obligaba a trabajar con modelos desnudos, hombres en la mayoría de los casos. Eran de todas las formas,

por supuesto, pero cuando había uno especialmente canónico, Leonardo se pasaba la clase dando vueltas a su alrededor y alabando su estructura ósea.

Con Fox habría sufrido una apoplejía.

De todos modos, no fue el físico lo que me llamó la atención. Fue el tatuaje. Empezaba en la nuca, bajo el nacimiento del pelo, y terminaba cerca del coxis. El diseño representaba una grieta, tal y como había sospechado. Con el interior negro como la pez y los bordes simulando un desgarro sobre la piel. Lo más llamativo, sin embargo, eran las dos manos que emergían de la oscuridad y tiraban de cada extremo como si quisieran hacer el hueco más grande. En realidad parecían garras. Humanoides, pero con las uñas enormes y puntiagudas. De monstruo.

Aparté la vista, incómoda de pronto. Todavía sugestionada por la imagen, acaricié mis propias uñas. También eran afiladas y demasiado largas para… Exacto. Había fallado el disparo por culpa de ellas, pero si volvía a tener acceso a un arma y lograba quitarme al menos la del índice de la mano derecha… Eran acrílicas, no resultaría fácil. Mi manicurista las limaba y después utilizaba un producto para reblandecerlas. Quizá si aplicaba la suficiente fricción…

Fox cerró el grifo.

—¿Has mirado mientras me duchaba?

Levanté la cabeza por inercia, dispuesta a defenderme. Lo vi reflejado en el espejo con la máscara ya puesta y el pelo mojado con algunos mechones de punta, como si se lo hubiera frotado con una toalla para secarlo. La misma, probablemente, que llevaba enrollada a la cintura.

Me molestaba más que pensara que me incomodaba mirarlo que mirarlo en sí, por lo que me obligué a no apartar la vista. Descubrí entonces que en el pecho no tenía tatuajes, pero sí una serie de músculos muy visibles y una línea de vello rubio oscuro que le bajaba del ombligo.

—Sí que lo has hecho —se mofó—. ¿Quieres que me quite la toalla para que puedas seguir?

Noté la piel de las mejillas calentándose y no quise comprobar en el espejo si me había sonrojado. Traté de sobreponerme. Con la espalda recta y la barbilla formando un ángulo de noventa grados respecto al esternón, respondí con frialdad:

—No eres el primer hombre al que veo desnudo, y ni mucho menos eres el más atractivo.

—No me has visto la cara —me recordó.

—Tampoco quiero. De todos modos, sabes de sobra que me refería a tu cuerpo. Quizá estés acostumbrado a que las mujeres se deshagan en…

Torció la cabeza.

—Oh, no solo las mujeres. Créeme.

—Me da igual. Quizá la gente te haya inflado el ego durante los… años que sea que tengas.

—Casi veintiséis.

—Puede que te repitieran lo inteligente, gracioso, audaz y atractivo que eres, pero, créeme tú —imité su tono engreído al pronunciar esa palabra—, incluso siendo generosa eres mediocre en todos los aspectos.

—Claro. Oye, ¿vas a querer que te desnude?

Se me tensaron todos los músculos del cuerpo y, entonces sí, sentí la piel hirviendo. Entendí que había jugado conmigo cuando soltó una carcajada maliciosa.

—Para dormir, Savannah. ¿En qué estabas pensando?

Se acercó al espejo para examinarse la herida que le había hecho la bala en el bíceps. Ya no sangraba y tampoco parecía necesitar puntos.

—Espero que escueza —deseé.

—Un poco, la verdad. ¿Qué me dirías si te pidiera ayuda para curármela?

—Que preferiría morir.

Se rio más con los hombros que con la voz.

—Excesivamente dramático. Me encanta. Da igual, en realidad no te necesito.

Fue hacia la habitación y regresó con un rollo de venda. Consiguió envolverse el bíceps con ella, pero no fue capaz de atarla bien porque la mano del brazo herido no llegaba adonde quería. Me dio la espalda, se quitó la máscara y la dejó sobre la encimera del lavabo. Luego mordió un extremo para hacer el nudo.

Gracias al espejo, capté un nuevo detalle: una nariz larga y afilada.

Volvió a colocarse la máscara, recogió sus cosas y las llevó hacia la habitación. Cuando vino a por mí, lo hizo con la ropa interior puesta. No me extrañó que fuera de color negro, tampoco su falta de vergüenza, aun así, apreté los dientes mientras me desencadenaba.

Me llevó hacia el dormitorio agarrada del brazo. Una vez delante de la cama, preguntó:

—¿Qué lado prefieres?

—Me da igual.

—No, en serio. Dime.

—El derecho —respondí para no estar de cara al espejo.

—Perfecto, pues te quedarás en el izquierdo.

Ni siquiera resoplé. Era una salida pueril, en su línea; tendría que haberla previsto.

Rodeó con la cadena la pata de la cama y volvió a enganchármela en la cintura.

—¿Y si me quitas las esposas? —sugerí—. No creo que vaya a ser capaz de dormir con ellas.

—¿Por qué? —preguntó mientras se sentaba en el colchón.

—Porque la postura es muy incómoda.

—Pues te conviene descansar. Mañana va a ser un día intenso. —Se tumbó y colocó los brazos por detrás de la cabeza—. ¿A qué estás esperando? Apagaré la luz aunque no te acuestes.

Estaba de pie frente a la cama, a menos de un paso de ella porque la cadena no daba para alejarme más. Aunque me había atado en corto y el colchón era ancho, podría llegar hasta él si quisiera.

—Si yo no duermo, tú tampoco —amenacé.

Se colocó de lado, sosteniendo la cabeza sobre la mano.

—Suena prometedor. Continúa.

—Gritaré.

—Me encanta. ¿Qué más?

—Y te daré cabezazos. Chasqueó la lengua.

—Savannah Price, se te da excepcionalmente bien lograr que mi libido desaparezca. Tengo que felicitarte porque no es fácil. Dos cosas antes de que apague la luz. La primera: si gritas, te amordazaré, y si me pegas, te esposaré al cabecero, lo que resultará bastante más violento. Mejor lo evitamos en este contexto en específico.

Esperé a que continuara diciendo tonterías. Al no hacerlo, caí en su trampa e insistí:

—¿Cuál es la segunda cosa?

—¿De verdad que no quieres que te desnude? Ese vestido no parece cómodo para dormir. ¿Qué llevas debajo? No es que me haya fijado, pero diría que nada o muy poco. Puedo dejarte la camisa del uniforme del casino.

—Me provocas tal cantidad de asco que me cuesta respirar.

—Vale, pero ¿te quito la ropa o no?

Me tumbé con brusquedad, de lado y dándole la espalda. Apagó la luz y el colchón tembló cuando empezó a reírse.

Odiaba su risa. Lo odiaba todo de él, en realidad. Odiaba la máscara que usaba y la cara que escondía debajo y que seguía intentando dibujar en mi imaginación. Odiaba sus ojos ridículamente expresivos y la idea de que hicieran juego con el color de su pelo. Odiaba su habilidad para lanzar cuchillos y para sacarme de quicio. Odiaba que recubriera su crueldad de humor y que sus palabras lo abrasaran todo a su paso.

Oí un ruido metálico. Cuando habló, entendí que se acababa de quitar la máscara. Su voz sonó mucho más clara sin ella y se deslizó mejor por mi corteza cerebral.

—Buenas noches, Savannah.

La historia que te estoy contando comenzó el 13 de marzo, justo cuando yo empecé a vivir, y terminó siete días después…

En el momento en el que Fox dejó de hacerlo.

DÍA 2

14 de marzo de 2026

Departamento de la

Policía Metropolitana de Las Vegas

Segunda hora del interrogatorio

El detective Frank Morales se atusó el bigote antes de preguntar:

—Así que la mantuvieron alejada del resto de los rehenes. En ese caso, debió ser capaz de averiguar muchas cosas. —Savannah hizo un gesto afirmativo y el hombre prosiguió—: Empecemos por su objetivo. ¿Qué pretendían permaneciendo siete días encerrados en el O Fortuna?

—A mí también me costó entenderlo. Me parecía imposible que se tratara solo de dinero por el momento y la complejidad del atraco. Además, como la mayoría, estaba convencida de que la única cámara acorazada del casino estaba bajo el suelo de la primera planta.

—Tal y como indicaban los planos —concedió Morales—. No obstante, según hemos podido averiguar, usted visitó las instalaciones en enero de este mismo año. ¿No se dio cuenta entonces de que había un quinto piso con otra cámara acorazada?

—No. Ese día que menciona solo llegué hasta la cuarta planta. De hecho, no supe que había un piso secreto hasta que me lo reveló mi prometido durante la inauguración.

—Entonces, ¿cuál era el verdadero objetivo de los atracadores? ¿Qué esperaban encontrar arriba?

La mujer entrelazó las manos y se inclinó hacia el detective con aire conspirador.

—Es un error creer que todos querían lo mismo.

—¿A qué se refiere?

—A que algunos de ellos participaron por el dinero, por supuesto. Y ya sabe de dónde lo han sacado. Pero los únicos interesados en llegar al

quinto eran Doc y Fox. El primero buscaba secretos.

—¿Y qué me dice de Fox? ¿Qué quería él?

—¿Además de quemarlo todo? A mí.

11

Sábado, 14 de marzo de 2026, 07:18

Me costó ubicarme cuando abrí los ojos. La cama me resultaba más blanda de lo habitual, el brazo sobre el que me apoyaba estaba completamente dormido, notaba la ropa retorcida sobre las piernas y apenas había luz. Estuve a punto de chillar cuando creí ver a alguien justo enfrente, tumbado a dos metros de mí, pero resultó ser mi reflejo.

Parpadeé varias veces tratando de enfocar la vista mientras los recuerdos volvían a mí.

El casino, el secuestro, las esposas… Fox.

La persona con la que compartía cama estaba detrás, no delante. Giré la cabeza y comprobé que seguía ahí. Su espalda se expandía y contraía cada vez que respiraba. Lo hacía de forma regular, pesada. Todavía dormía.

Atisbé el perfil de su máscara sobre la mesilla.

La minúscula rendija de luz que se filtraba a través de las cortinas me hizo saber que ya era de día. Desconocía la hora, pero lo más probable es que no dispusiera de mucho tiempo antes de que se despertara.

Era mi oportunidad de verle la cara.

Mis ojos se iban acostumbrando poco a poco a la penumbra y, aunque no lograra distinguir totalmente sus rasgos, podría hacerme una idea. Justifiqué mi obsesión por su aspecto diciéndome que así tendría detalles que darle a la policía cuando saliera de ahí. Porque necesitaba no solo que

lo capturaran y que se pudriera en la cárcel, sino ser yo la que lo propiciara.

Me volteé en el colchón. Aunque lo hice con cuidado, la cadena tintineó al arrastrarse por el suelo. Tensé la mandíbula, molesta por no haberlo previsto, y aguardé pendiente de si Fox reaccionaba. Masculló algo entre dientes, somnoliento, pero no se movió. Conté hasta sesenta antes de volverlo a intentar.

La cadena no era lo suficientemente larga como para bordear la cama, pero sí me permitía ponerme de pie sobre el colchón. Lo hice con muchísimo cuidado, tan pero que tan despacio que los músculos me ardieron por la tensión. Instantes antes de incorporarme del todo, Fox volvió a mascullar algo ininteligible y se colocó bocabajo con la cara prácticamente contra la almohada.

Negándome a rendirme, tensé la cadena y, aferrándola con las manos esposadas, me incliné de forma oblicua hacia él… y caí de boca sobre el colchón.

Fox empezó a reírse.

—De tus escasísimas virtudes, la elegancia y la gracilidad son mis favoritas.

—Estabas despierto. —No era una pregunta. Me revolví para apartarme de él—. ¿Desde cuándo?

—Desde que ha sonado la cadena.

—¿Y si lo hubiera conseguido?

—También te habrías caído. —Cogió la máscara al incorporarse y se la colocó mientras descorría las cortinas y dejaba pasar la luz del sol. Se giró a medias para añadir—: Ya te dije que soy extremadamente guapo, no todo el mundo es capaz de soportarlo. Hablando de extremos… —Me repasó de arriba abajo—. ¿Has cambiado de opinión sobre lo de ducharte?

—Depende. ¿Podría hacerlo a solas?

—Por supuesto que no —respondió alegremente—. Pero prometo no mirar.

—Como si fuera a creerte.

—Deberías. Lo digo en serio, Savannah, no tengo ningún interés en verte desnuda sin tu permiso. —Torció la cabeza—. No obstante, si me lo pidieras…

—Me asombra que aun estando despierto seas capaz de seguir soñando.

De nuevo esa carcajada sorprendida. Traté de quitarme de encima la satisfacción que me produjo provocársela y añadí:

—Tengo que ir al baño.

—Has tardado sospechosamente poco en ceder, pero no me voy a quejar. Nos espera un día larguísimo y la higiene es importante.

—No me has entendido. Tengo que utilizar el baño —pronuncié la última frase con intención—. Y de ninguna manera puedes acompañarme.

—Ah.

Se produjo un silencio en el que estoy segura que mi sangre aprovechó para concentrarse en las mejillas. Fox suspiró, recogió sus pantalones del suelo y se los colocó sin subirse la cremallera.

Sacó del bolsillo una moneda. Era la misma que había usado para decidir si disparar o no a mi padre. A esa distancia y con luz natural, pude distinguir que se trataba de dos euros. No eran raros en Estados Unidos, mucho menos en Las Vegas, sin embargo…

—Cara, te dejo hacer tus cosas de niña rica en privado. Cruz, ambos vivimos un momento muy desagradable. —La lanzó al aire y la atrapó en un puño, casi sin mirar. Tras colocarla en la mano contraria, levantó los dedos para ser el primero en ver el resultado y retrasó todo lo que pudo el veredicto—. Cara. Hemos tenido suerte. Venga.

Me volvió a encadenar a una de las patas de la bañera, de tal manera que tuviera libertad para llegar cómodamente al retrete, pero no a la ducha. Me quitó el brazalete derecho de las esposas y me agarró los brazos para colocarlos por delante. Examinó la piel de la muñeca que había dejado libre. Sus ojos se entornaron al darse cuenta de que estaba enrojecida e irritada. Quizá fuera impresión mía, pero sentí el aro más suelto cuando lo cerró de nuevo. No lo suficiente como para que doblara el pulgar y sacara la mano, como intenté inmediatamente después de que se fuera.

Me costó apañarme para subirme el vestido, bajarme la ropa interior y limpiarme. Miraba constantemente a la puerta, además, temerosa de que decidiera aparecer.

Al terminar me dirigí hacia el lavabo y me horrorizó mi aspecto. Mi pelo estaba ensortijado y hacía formas raras por culpa del recogido que había llevado durante horas el día anterior. Intenté atusarlo y me rendí pronto a sabiendas de que sin un cepillo de poco iba a servir. El rímel y el pintalabios se habían corrido; por suerte, eso sí que podía solucionarlo. Me lavé la cara y la persona que me devolvió la mirada a través del espejo

cuando terminé parecía mucho más joven. Aunque no trataba de esconder excesivamente mis rasgos naturales o imperfecciones con el maquillaje, me gustaba usarlo. Sentía, fuera o no cierto, que la gente me tomaba más en serio cuando lo llevaba. Que era una suerte de escudo.

Respiré hondo y me palmeé las mejillas.

—¡He acabado! —grité.

Oí una puerta cerrarse, supuse que la que daba acceso al pasillo, y me pregunté si me habría dejado sola en la habitación. Estaba contemplando la posibilidad de romper el espejo del baño para intentar liberarme o atacarlo cuando Fox entró de nuevo.

Al llevarme hacia la sala de estar, vi que había comida en la mesa y entendí que la puerta había sonado porque alguien nos había traído el desayuno.

Fox me indicó con un gesto que me sentara en el sofá. Dejó el extremo de mi cadena junto a sus pies cuando se colocó en el sillón y advirtió:

—Pórtate bien si quieres seguir pudiendo utilizar las manos para comer.

Se había abrochado el pantalón y poco más. Seguía descalzo y con el pecho al descubierto, ni siquiera llevaba puesto el arnés con las armas. Me molestó que me infravalorara hasta ese punto y tuve que contenerme para no tratar de estrangularlo con las esposas aprovechando que todavía tenía los brazos por delante. También me molestaba que tuviera el torso al aire, pero intuía que hacérselo saber solo serviría para empeorar la situación. Lo veía capaz de empezar a pasearse desnudo solo para incomodarme.

Me limité a ver qué había sobre la mesa. La mayoría eran sobras del catering: canapés de varios tipos, sorbetes y bocaditos dulces. También había alguna pieza de fruta de las que se utilizaban para la coctelería. Cogí un recipiente de mango cortado en dados y un tenedor. Vi unas bolsitas de té chai al lado de los sobres de edulcorantes.

—¿Cómo sabías que no bebo café? Frente a él había una taza casi vacía.

—No es ningún misterio. Por muy especial que te creas, todas las niñas de papá ricas sois iguales.

Aplasté la bolsita de té con el puño y, tras respirar despacio por la nariz, me obligué a relajarme. Esbocé una de mis sonrisas falsas favoritas, toda tibieza e inocencia, y pregunté:

—¿Te has relacionado con muchas?

—Más de lo que me gustaría. A la gente como tú le encanta la gente como yo.

—¿Te refieres a hombres violentos y ególatras?

—No, Savannah. —Pronunció mi nombre de una forma nueva, con impaciencia y a la vez resignación—. De usar y tirar. Un interludio emocionante. Nos acusáis de error para no sentiros mal cuando nos lanzáis a la cuneta, pero sabéis quiénes somos desde el principio. Justo lo que buscáis: alguien que suene a nuevo, a diametralmente opuesto. Perfecto para despedirse de la diversión antes de formar una familia con otro producto del nepotismo.

Parpadeé despacio, sorprendida por la intensidad del discurso.

—¿Es lo que te dices para no contemplar la posibilidad de que, si te han dejado por otro, quizá sea porque no has dado la talla?

Rio, pero esa vez no sonó a sorpresa, sino a rencor.

—Olvidaba tu amplia experiencia con las relaciones. Dime, Savannah,

¿qué tengo que hacer para conseguir que alguien me trate como Trenton te trata a ti? —Enervé la espalda como si un rayo acabara de atravesarme la columna—. Sigo conmovido por la manera en la que ayer se antepuso entre el peligro y tú… Oh, espera, ¿abrió la boca cuando estuve a punto de cortarte el cuello? —Negó con la cabeza al tiempo que chasqueaba la lengua—. Ahora entiendo que no quieras llevar su anillo. ¿Es una de esas relaciones de conveniencia? ¿Papá te cambió por un puñado de acciones cuando apenas levantabas un palmo del suelo?

—Mi vida sentimental no es asunto tuyo.

—Tienes razón, pero sigo queriendo saber más sobre ella. ¿Cuánto tiempo lleváis juntos? —Me sorprendió ofreciendo—: Si me lo dices, permitiré que utilices el baño a solas siempre que lo necesites.

—¿Y la ducha?

—Mi interés no llega tan lejos. ¿Y bien?

No me gustaba complacerlo, pero no entendía de qué manera podría perjudicarme que tuviera esa información, así que fui sincera.

—Nos comprometimos hace un año y medio.

Fox encorvó la espalda, entrelazó las manos y agachó la cabeza.

—Sorprendentemente tarde. ¿Hubo alguien más?

—No.

Me observó en silencio y no apartó la vista hasta que Frank Morales lo llamó por teléfono.

CÁMARA DE SEGURIDAD DEL O FORTUNA

Planta 5 14/03/2026

08:03:01

Al tener forma de « o», la primera y la quinta planta del O Fortuna eran las más pequeñas. Desde la calle, cualquiera que hubiera conocido la existencia del último piso habría dicho que tenía el mismo tamaño que el primero, pero la realidad era que el quinto era mucho más estrecho. Esto no se debía únicamente a que las paredes fueran de acero blindado y extremadamente gruesas, sino que entre ellas y el exterior del edificio, de hormigón reforzado, había un hueco de diez pies de ancho.

Ese hueco era una caja fuerte. Bordeaba toda la estancia y la única persona capaz de acceder a ella era precisamente la que ocupaba la planta en ese momento: Tiffany Whitmore.

La dueña del O Fortuna escapó en cuanto aparecieron los atracadores, abandonando a su suerte a sus socios e incluso a su sobrino, a quien le concedió un tiempo ridículo para llegar hasta el último piso antes de sellarlo. Este no tenía ventanas, pero sí comida y varios generadores con los que una persona podría aguantar al menos veinte días.

Quizá por eso parecía tan relajada mientras se

preparaba el café en la minúscula cocina.

La estancia completamente diáfana contaba, además, con un sofá cama, un cuarto de baño, una mesa ornamentada a juego con una enorme silla y un puesto de control.

Tiffany se sentó frente al puesto de control y le dio un sorbo al café mientras repasaba las pantallas. Había por lo menos quince y se podía ver todo lo que sucedía en el casino… O casi todo. Ni siquiera ella tenía acceso al interior de las habitaciones del hotel, tampoco al audio, algo de lo que parecía arrepentirse por su gesto de impaciencia.

Clavó los ojos azules en la pantalla que mostraba la puerta 302 hasta que saltó un aviso en el ordenador portátil que indicaba que la policía estaba llamando al casino. Los atracadores habían desviado la línea a uno de sus móviles sin saber que ella también tenía un teléfono allí arriba. Sonrió, pulsó un botón y escuchó las voces de Frank Morales y del hombre conocido como Fox.

Si quisiera, podría intervenir en la conversación, incluso ponerse en contacto con el exterior, pero no quería.

12

Sábado, 14 de marzo de 2026, 08:14

Fox se recostó en el sillón, estiró las piernas y apoyó los pies en el sofá, a medio metro de mí. Los miré con asco mientras él descolgaba el teléfono.

—¡Frank! Ahora sí que podemos hablar. ¿Me permites un segundo? Voy a poner el manos libres. Estoy con Savannah Price, ¿te acuerdas de ella?

Toqueteó la pantalla y me llegó parte de la respuesta del policía:

—… lo más importante es que estemos todos tranquilos.

—Soy la relajación en persona, Frank. ¿Y tú, Savannah? ¿Cómo estás? No me apuntaba con un arma, pero sabía que me estaba poniendo a prueba. ¿Me dejaría volver a hablar si decía algo que no debía? De hecho,

¿disponía de información verdaderamente relevante que pudiera jugar en su contra? Había descartado mencionar a los heridos tras su amenaza, pero me quedaba revelar el número de rehenes y de secuestradores. Aun haciéndolo, ¿de verdad marcaría la diferencia? Lo dudaba.

—Bien —respondí con aplomo—. Todos estamos bien.

—Siento tener que insistir…

—No cimentemos las bases de nuestra relación en el engaño, Frank.

No lo sientes.

El hombre al otro lado de la línea carraspeó.

—Hemos averiguado que tenéis diez rehenes.

—Y un gato.

—Y un gato. ¿Necesitáis comida? ¿Agua? Si es el caso, es importante que sepamos cuántas personas hay dentro.

—Tiene sentido —concedió Fox mientras se rascaba la nuca con pereza—. De hecho, quería pedirte una serie de cosas, y para que veas que sigue habiendo buena voluntad entre ambos, te diré que nosotros también somos diez. Una decena de rehenes, otra de atracadores, un gato enorme y muchísimas bombas. ¿Visualizas la imagen? No es una pregunta retórica, Frank. Por favor, responde.

—Sí.

—Estupendo. Tenemos intención de estar aquí unos días, no muchos, y, aunque podríamos apurar con los recursos de los que disponemos, queremos que nuestros invitados forzosos estén lo más cómodos posible.

¿Tienes un papel para apuntar mis peticiones? Te advierto que algunas son más difíciles que otras.

Se notó el hartazgo del policía cuando rezongó:

—La llamada está siendo grabada.

—Soy un hombre tradicional, quiero oír el bolígrafo rasgando el papel.

¿Tú también eres un hombre tradicional, Frank? ¿Cuántos años tienes?

—No creo que sea determinante para…

—En absoluto, pero quiero saberlo. A cambio, te diré mi edad.

Savannah puede corroborar si te miento o no, ¿qué te parece?

—Tengo cincuenta y cuatro.

—Tus últimos años de servicio, ¿eh? Esperemos que el secuestro del O Fortuna no enturbie tu expediente. Yo tengo casi veintiséis.

—¿Casi?

—Me faltan unos días. ¿Verdad, Savannah?

—Eso me dijo —intervine.

—¿Por dónde íbamos? ¡Ah, sí, la lista! ¿Tienes ya para escribir, Frank?

—Sí.

—Bien. Apunta: queremos dos li… —Se interrumpió de golpe—. Una botella de agua grande al día por cada uno de nosotros. No oigo el rasgueo sobre el papel, Frank. ¿Qué más? Ah, comida enlatada que no haga falta cocinar. Fruta, también. Y pan, que tengo antojo. Lo necesario para que un gato siga una dieta BARF y… Savannah, ¿el chai en bolsa o en polvo?

—Me… me da igual… —balbuceé, pillada por sorpresa.

—Claro que no te da igual. Responde.

—En polvo.

—¿Has oído, Frank? Chai en polvo. Y necesitamos más café y leche con y sin lactosa. También vegetal. Déjame que piense… ¡Ah, sí! Y un yate registrado en aguas internacionales, listo para zarpar.

—Eso no va a ser…

—Ni siquiera es la petición más complicada —lo cortó, desdeñoso—.

¿Qué parte no has entendido?

—¿Para qué quieres un…? —Se escucharon murmullos al otro lado y un golpe sordo, como si alguien hubiera dado un manotazo sobre la mesa. El policía acabó preguntando—: ¿Dónde quieres que lo atraquemos?

¿Cerca de Los Ángeles o…?

—No, no, no. Nada de eso. Quiero que lo dejéis delante del casino. — Se hizo un silencio larguísimo—. ¿Me has entendido, Frank?

—Sí.

—Perfecto, porque aquí viene otra difícil: quiero insulina de origen animal. Esto último es muy importante, ¿de acuerdo?

—Claro, pero a cambio…

—A cambio me comprometo a no tirar a Savannah Price por la pasarela del cuarto piso —interrumpió con tono risueño—. ¿Cómo lo ves?

¿Te parece un trato justo? Consígueme eso y seguiremos negociando. Hasta entonces, no vuelvas a llamar.

Colgó el teléfono sin esperar una respuesta. Cuando lo guardó, sacó la moneda y empezó a pasársela por los nudillos. Clavó los ojos en mí mientras tanto y tuve la certeza de que estaba esperando algo.

No lo que le pregunté, desde luego:

—¿Cuál es tu nombre? El de verdad.

Los dos euros estuvieron a punto de caer el suelo, pero los capturó en el puño a tiempo. Con una despreocupación que llegó demasiado tarde, respondió:

—¿Por qué? ¿No te gusta Fox?

—Es ridículo. Me niego a llamarte así.

—Oh. ¿Y consideras que Savannah es mucho mejor?

—Al menos es real.

—¿Real? Supongo que te refieres al certificado de nacimiento, pero

¿qué más da eso? Un nombre no sirve para definir, solo para interpelar, en especial uno que no escoges por ti mismo. ¿Eres «Savannah»? —Asentí, obcecada—. En ese caso, ¿qué es «Savannah»? Además de una mujer joven con el pelo castaño, los ojos marrones y la piel bronceada.

—Podría decirse lo mismo de Fox. ¿Qué es, además de un criminal con ínfulas que lleva un tatuaje horroroso en la espalda?

Se rio por lo bajo.

—Hay un motivo detrás de que elija llamarme así. Solo por eso, mi sustantivo está más lleno de significado que el tuyo.

Me negaba a darle la razón por mucho que la tuviera. Al fin y al cabo, yo no era Savannah, sino Sav, pero no pensaba hablarle de las diferencias entre ambos nombres. La profundidad de su punto de vista me llamó la atención, sin embargo. Sentía, quizá por esnobismo, que no casaba con la figura de un atracador.

Esa línea de pensamiento me llevó a darle vueltas a quiénes eran esas personas. Más allá de las máscaras y de sus acciones. ¿Qué los había empujado hacia el O Fortuna y, yendo todavía más atrás, hacia delinquir?

¿Habían sido siempre así? Volví a pensar, también, en qué querrían. Porque no dudaba que buscaran dinero, pero tenía que haber algo más. Alguien no atraca un casino que todavía no está en funcionamiento solo por el dinero, es demasiado complicado. Con toda la preparación que tenían, podrían haber hecho lo mismo en un banco, o en varias mansiones, y sacar más en menos tiempo.

—¿Hasta cuándo crees que podrás distraer a la policía? —solté a bocajarro.

Entonces sí, se le cayó la moneda al suelo.

—¿Por qué dices eso? —inquirió con una inocencia que no casaba en absoluto con su voz.

—La petición del yate. No lo necesitáis.

—Quizá queramos escapar con él.

—¿Y cómo pensáis llevarlo hasta el agua? —me impacienté—. Estamos en Nevada. Además, no entiendo de navegación, pero dudo que un yate sea el transporte idóneo para atravesar aguas internacionales.

—Interesante observación.

No parecía estar mofándose, así que erguí la espalda, orgullosa, y proseguí:

—Tampoco tiene sentido la petición de la insulina de origen animal.

¿Hay algún diabético entre vosotros? En ese caso, habría traído su propio kit, en especial si tenéis pensado pasar una semana aquí dentro. Además,

¿por qué de origen animal? La mayoría…

—Hay quien la prefiere por motivos religiosos —me cortó—. Entre otras cosas. Pareces saber mucho sobre el tema, ¿a qué diabético conoces?

Abrí la boca y la volví a cerrar. Tenía que ver a Trix lo antes posible para comprobar cómo estaba y para decidir cómo íbamos a enfocar el tema de su salud. ¿Convenía que aquella gente supiera que estaba enferma? No se me ocurrían muchas más opciones, pero no me gustaba lo vulnerable que la dejaba.

—No es tan raro —eludí—. Entonces, ¿tu plan con la policía consiste en distraerlos haciéndoles peticiones absurdas? ¿De verdad crees que podréis aguantar así una semana?

—Quién sabe.

Se agachó para coger la cadena y empezó a tirar de ella, obligándome a ponerme en pie y acercarme a él, que seguía sentado. Abrió las piernas y solo permitió que me detuviera cuando estuve entre sus rodillas. Ninguna parte de nuestros cuerpos se tocaba y tampoco hacía falta para que me sintiera acorralada.

Se le daba muy bien jugar con el tiempo, alargando los momentos de tensión lo suficiente como para electrificar los nervios de cualquiera y no tanto para que un grito o mal gesto estropeara la escena que había preparado. Antes de que me revolviera, pero ya con el corazón acelerado, sacó una llave del bolsillo y sujetó las esposas. Abrió el aro derecho y examinó la piel de la muñeca, igual que había hecho esa mañana con la otra.

—Date la vuelta y coloca los brazos a la espalda.

Volvió a dejar un poco más de holgura entre el metal y la piel cuando cerró las esposas.

Se quedó muy cerca de mí al ponerse de pie. Me obcequé en mantener la vista al frente, aparentemente estoica, porque igual que era un error hacerle saber que su desnudez me incomodaba, también lo era que descubriera que su proximidad me ponía nerviosa.

Creo que lo sabía, de todos modos. Y que disfrutaba con ello.

Agachó la cabeza y situó la máscara junto a mi mejilla para susurrarme al oído:

—Queremos llegar a la quinta planta. Si me dices cómo, soltaré a uno de los rehenes. Al que quieras. Los únicos que no entran en el trato son tu padre y tu prometido.

—¿Y yo?

Su carcajada me heló la sangre en las venas.

—Sálvese quien pueda, ¿eh? Tendría que haberlo adivinado. — Aunque era imposible porque la máscara se interponía entre ambos, creí sentir el roce cálido de su suspiro—. No, Savannah. A ti tampoco voy a liberarte.

—¿Por qué? Dijiste que no me necesitabas.

—Puede que te haya cogido cariño porque eres una mujer encantadora, o puede que no quiera renunciar tan pronto a hacerte la vida imposible. ¿Y bien? ¿Sabes cómo llegar?

Negué con la cabeza. Mi mejilla rozó su máscara por culpa del movimiento. Estaba helada.

—Qué lástima. Una última cosa, ¿estuviste en el casino antes de la inauguración?

Volví a negar, volví a rozarle y volví a mentirle.

CÁMARA DE SEGURIDAD DEL O FORTUNA

Planta 4 (dcha.), sala de fumadores 14/03/2026

12:26:38

Cuando Copy hizo pasar a Beatrix Van Alen a la sala de fumadores, Honey le pidió a Cecilia que se levantara del sofá. En el instante en el que ambas se cruzaron en la puerta, la madre movió la cabeza de un lado a otro, muy deprisa y con los ojos excesivamente abiertos, a lo que la hija bisbiseó:

—Yo me encargo.

Copy la acompañó hasta el sofá y le indicó que se sentara. En la mesa baja que tenía enfrente había una botella de agua. Sin esperar a que le dieran permiso, Beatrix se abalanzó hacia ella y empezó a beber como si llevara días sin hacerlo.

Boo estaba delante de la rehén con el ordenador sobre el regazo. La observó con curiosidad y le dijo:

—Qué exagerada. ¿No te han dado agua durante el

desayuno? Ya puedes marcharte, Copy.

El aludido intercambió el peso del cuerpo de un pie a otro, indeciso.

—¿Y si te ataca? Estás… Bueno, ahí. —Señaló la silla con la cabeza—. ¿No prefieres que me quede para vigilar?

—Lo que preferiría es hacerte mucho daño para

que te dieras cuenta de que puedo defenderme sin

tu ayuda, pero a Fox no le gustaría. Así que mej or te vas.

Cuando se quedaron a solas, Boo estudió con atención a Beatrix. Se había bebido la mitad de la botella de golpe y, en un intento de dosificar el resto, daba pequeños sorbos de manera compulsiva.

—Estás feísima, ¿qué te ha pasado? ¿Por eso llevabas ayer tanto maquillaj e? ¿Porque eres así por debajo? Esta mañana te ha costado meterte en la ducha. ¿Te da vergüenza tu cara? Tu pelo también está distinto, nada esponjoso. Parece que te lo ha lamido una vaca.

—¡ Cállate de una puta vez!

La indignación de Beatrix hizo reír a Boo. No le había dicho aquello solo para burlarse, sin embargo. Más allá de haber perdido las ondas y recuperado su cabello lacio natural, lo cierto era que la rehén parecía enferma. Su piel estaba macilenta y sudorosa y las manos le temblaban cada vez que desenroscaba el tapón de la botella.

—Necesito mi neceser. Podéis quedaros con lo que hay en el bolso, solo dadme…

—¿Otra vez con eso? ¿Tanto te preocupa tu aspecto? Estás en peligro, tonta. Céntrate. Preocúpate más de hacer lo que te digamos y menos de maquillarte.

Beatrix terminó lo que le quedaba de agua, arrugó la botella y observó a Boo durante unos segundos. Parecía muy cansada.

—Me da igual el maquillaj e —reconoció al final

—. Lo quiero, pero me da igual. Lo que te estoy pidiendo es un neceser plateado que tiene mis iniciales bordadas. « B. V. A. ».

—¿Y qué hay dentro?

—¿Me lo darás si te lo digo?

—¿Por qué iba a hacer eso? Solo tengo curiosidad. Te lo daré si me apetece. Y si haces una lista de lo que puede tomar Miaudini. —Señaló al gato que descansaba en la bandeja inferior de la silla—. Hoy le hemos intentado dar canapés de caviar y ni los ha mirado. El caviar es muy caro, no lo entiendo. Es un gato pijo.

—Te dije que era muy especial con la comida… — Beatrix suspiró y acabó claudicando—. En el neceser están mis medicinas. Las necesito.

Boo inclinó ligeramente la cabeza y, con mucho más interés del que había mostrado hasta entonces, lanzó una nueva batería de preguntas:

—¿Para qué son? ¿Estás enferma? ¿Es muy grave?

¿Terminal?

—Tengo diabetes. En el neceser llevo la insulina y lo necesario para medirme la glucosa.

—¡ Vaya! ¿Y qué pasa si no te pinchas? ¿Mueres?

Es eso, ¿verdad? ¿Y tienes miedo?

Beatrix tamborileó  con los  dedos  sobre  el plástico de la botella. Finalmente respondió:

—Sí.

—¿Sí a qué?

—A ambas preguntas. —Siguió el movimiento de las piernas de Boo cuando las cruzó a la altura de los tobillos y entrecerró los ojos con suspicacia—. ¿Cuál es tu enfermedad?

Boo hizo girar las ruedas hacia delante y hacia atrás, meciéndose sin apenas moverse del sitio.

—Yo te he contado lo mío —insistió Beatrix—. Es

lo justo.

—No, no lo es. Me lo has contado porque necesitas mi ayuda, no porque quisieras. Y yo no necesito tu ayuda. ¿Qué pasa si la pregunta me ofende tanto que me niego a darte tu insulina? Podría mentir a los demás. Decirles que te lo has inventado, que estás perfectamente. O aprovechar

y coger tus inyecciones antes que nadie para tirarlas por el retrete. Aunque le pidieran más a la policía, quizá no llegaran a tiempo. Y te morirías, da igual el miedo que te dé. Tu vida está en mis manos.

—Estaría en tus manos incluso si no fuera diabética —replicó Beatrix—. Nos habéis secuestrado y habéis llenado el casino de bombas, joder.

—Dices muchas palabrotas.

—¿Ahora eres mi madre?

—No, pero la gente pija habla mej or. Me lo ha contado Doc.

—Ya, pues Doc no tiene ni puta idea.

Se cruzó de brazos y giró la cara. Su evidente

molestia le arrancó una carcajada a Boo.

—Eres muy rara. ¿Por qué no explicaste ayer delante de todos lo de la diabetes? Puede que Doc hubiera insistido en que recuperaras tu medicación.  Ha  salvado  a  dos  personas,

¿recuerdas? Aunque las odia. Os odia a todos. Más que yo, más que Honey y más que Fox. O igual que Fox, en realidad. Pero quizá te hubiera salvado. Sí, eso creo. Podrías haberlo intentado. ¿Por qué no lo hiciste?

—No es lo mismo.

—¿El qué?

—Matar que dejar morir. —Volvió a centrar la vista en Boo—. Si muero por una cetoacidosis, la policía no tiene por qué echaros la culpa. Pero si moría cualquiera de los hombres de ayer, iríais a la cárcel por asesinato además de por secuestro e intento de robo o lo que sea que estéis haciendo aquí.

—Entonces, ¿por qué me lo has dicho a mí ahora?

Lo de la diabetes. No tiene sentido.

—Porque ayer intenté que me dieras el neceser con la insulina fingiendo que era el del maquillaj e y no sirvió de nada. Y hoy me encuentro fatal. No puedo seguir alargándolo.

—Era un plan ridículo. No entiendo cómo pensaste que saldría bien. Es verdad que eres tonta.

—¡ Deja de llamarme así, joder!

—Pues deja de ser tonta. Voy a hacerte una pregunta.

—¿Sobre el gato? Ya he dicho que te ayudaría, pero primero necesito…

—No,  sobre  otra  cosa.  Es  lo  que  le  hemos

preguntado a tu madre antes de que llegaras.

¿Cómo se sube a la quinta planta?

—¿A la quinta planta de dónde? —se extrañó

Beatrix—. ¿Del casino? Solo tiene cuatro pisos,

¿no te has fijado en los botones del ascensor?

—Tiene cinco.

—Lo que tú digas. Pues no tengo ni idea.

—¿Cómo puedo saber si mientes? ¿Y si te lo vuelvo a preguntar mientras te apunto con una pistola?

—Ya tienes mi vida en tus manos y mi respuesta sigue siendo la misma.

Boo se recogió el pelo tras las orejas y reconoció:

—No te entiendo.

—Yo a ti tampoco.

—Bueno, te creeré. ¿Quieres que te cuente lo que pienso hacer si me entero de que me has engañado? —Beatrix negó con la cabeza, agotada—. Vale. Pero no te va a gustar. Duele y da muchísimo miedo. Tengo POTS, por cierto.

—¿Eh?

—Me has preguntado por la silla de ruedas. Por

mi enfermedad. Es eso. POTS. El nombre largo es:

síndrome  de  taquicardia  postural  ortostática.

Horrible, ¿verdad?

—No tengo ni idea de lo que es. ¿Puedes levantarte?

—Sí —se apresuró a decir Boo. Después reconoció a regañadientes—: Pero el corazón se me empieza a acelerar y me mareo.

—¿Te duele?

—A veces. ¿Te hace feliz? Que me duela. ¿Crees

que es justo?

—¿Te hace feliz a ti mi diabetes?

Tras pensárselo, concluyó:

—No, lo cierto es que no. Pero tampoco me da pena. Ponte de pie y sígueme, ¿vale? No pienses que por ir en la silla no puedo defenderme, te recuerdo que tengo armas. ¿Tú también te mareas?

—Un poco.

—Camina delante de mí. Ve despacio, si quieres.

—¿Adónde vamos?

—A por tu insulina.

Cuando Beatrix empuj ó la puerta entreabierta, se encontró con que Honey estaba de brazos cruzados al otro lado, con la espalda apoyada en la pared.

—¿Lo has escuchado todo? —quiso saber Boo—. Es de mala educación espiar a los demás, eso fue lo que me dijiste cuando vi lo que pasó con Fox, Doc y Chloe. ¿Qué? No me levantes el dedo. ¿Es que ni siquiera podemos mencionarla?

Beatrix giró la cara en dirección a Honey. Incluso con los tacones que se empeñaba en seguir llevando era un poco más baja, así que tuvo que alzar la barbilla para decirle:

—Pensé que eras mudo.

Boo soltó una risotada.

—¿Mudo? ¿Te refieres a Honey? Por supuesto que

no. El nombre se lo puse yo, ¿sabes? Precisamente

porque su voz es dulce como la miel.

—Ya, claro. ¿Eso que llevas en la muñeca es el

collar de Archie?

—Miaudini. Y: sí. Le estaba molestando, así que se lo he quitado.

—Lleva nueve años con él puesto —replicó Beatrix.

—Pues lleva nueve años molestándole. Además, le

quedaba ridículo.

La rehén abrió la boca para seguir quejándose, pero acabó cerrándola y asintiendo.

—¿Sabes que mi madre tiene uno exactamente igual? Son perlas auténticas.

—Los ricos sois gente rarísima.

13

Sábado, 14 de marzo de 2026, 13:55

Estaba insistiéndole a Fox para que me dejara ver a Trix, aunque fuera un minuto, cuando Copy entró en la estancia arrastrando a mi padre.

Habíamos vuelto a la sala de las ruletas del cuarto piso, donde estaban el resto de los rehenes. Por una conversación que Fox mantuvo por radio con Doc, sabía que se habían repartido a la gente para interrogarlos de manera individual. Mi captor había solicitado expresamente a mi padre y a mi prometido.

Lo primero que hizo Gregory Price cuando me vio fue arquear las cejas con sorpresa. Lo segundo, torcer la boca con algo muy parecido al asco. Hasta ese gesto no caí en la cuenta de cómo podrían interpretar la situación los otros rehenes. Esposada, encadenada y paseada como si de una mascota se tratase… Supe de inmediato a qué conclusión había llegado mi padre.

Le tenía miedo a Fox, no te lo voy a negar, pero no se me había pasado por la cabeza que pretendiera abusar sexualmente de mí. Incluso cuando se ofreció a desnudarme o insistió en estar presente mientras me duchaba lo interpreté como otro intento de molestarme. Sin embargo, tampoco podía decirse que se me diera bien juzgar a las personas. Trenton Lee era la prueba de ello.

Copy hizo una pantomima de saludo militar y cerró la puerta al salir.

—Greg, ¡cuánto tiempo! ¿Qué tal va esa pierna?

Fox estaba apoyado contra la misma mesa de juego que el día anterior. No llevaba la ametralladora, pero sí el arnés con las pistolas y los cuchillos. Con una mano agarraba la Glock 19 y con la otra, el extremo de mi cadena. Yo permanecía de pie, a su lado, con la barbilla en alto y los hombros hacia atrás.

Mi padre no fue capaz de contener un gruñido por lo bajo. No supe qué le molestaba más, si la pregunta o el diminutivo. Con todo, y por mucho ego que tuviera, estaba acostumbrado a doblegarse ante quienes tenían más poder que él. Por eso, se tragó el improperio que de seguro quería dedicarle y avanzó renqueando hasta colocarse frente a nosotros.

La venda de la pierna estaba limpia de sangre, así que debía de habérsela cambiado ese mismo día. De hecho, le habían cortado la pernera por encima de la herida, seguramente para trabajar mejor a la hora de ponerle los puntos y para que en adelante fuera más sencillo curarlo.

—El médico ha dicho que podría haber sido mortal —respondió—, pero que me recuperaré.

Aunque parecía haber escarmentado o, al menos, entendido que no podía hacerse el listo con los atracadores, seguía manteniendo un porte regio. Fue una de las pocas cosas que me enseñó: «No importa lo abajo que estés, Savannah, yérguete lo que haga falta para ganar altura. Demuéstrales a los demás, sea verdad o mentira, que estás a un golpe de suerte de tener sus vidas en tus manos».

—Dime, Greg, ¿crees que fallé?

—No te entiendo.

—Me refiero a si crees que erré el lanzamiento. ¿No se te ha pasado por la cabeza que, en realidad, lo que quería era que te desangraras como un cerdo mientras tu hija miraba?

Se me encogió el estómago. ¿Lo creía yo? El primer día no pude apreciar bien en el comportamiento de Fox con el resto de los rehenes porque apenas habló con ellos. Me dio la impresión de que se burlaba de Trenton conmigo más por molestarme que porque le importara realmente. Con mi padre, sin embargo… ¿Había reaccionado con tanta violencia porque intentó sobornarlo para escapar? Porque yo le había mordido, incluso disparado, y no me amenazó de la misma manera que a él. Ni siquiera me hizo daño. Tampoco me hablaba con esa inquina. Conmigo, Fox era malicioso y mezquino, no despiadado y brutal.

—Está claro que hemos empezado con mal pie. —Mi padre alzó ambas manos, conciliador—. Lamento haber tratado de comprar mi libertad cuando es evidente que tenéis un propósito para habernos seleccionado.

Fox se giró a medias hacia mí para decir:

—Podrías aprender de Greg. ¿Has visto cómo se arrastra?

—Tenéis un objetivo que cumplir —prosiguió mi padre, incómodo—. Como hombre de negocios, respeto eso. Y quiero que sepáis que estoy a vuestra disposición.

Solo lo había visto degradarse de esa manera con Tiffany Whitmore, y pese a que una parte de mí considerara que se merecía haber acabado siendo manejado por una mujer como ella, otra se compadecía. ¿Habría sido mejor padre de no haberse inmiscuido con quien no debía? Sabía que no, pero quería pensar que sí.

Ese día en el O Fortuna, sin embargo, el hueco que tenía reservado para la compasión se llenó de resentimiento. ¿Por qué no me había dirigido más que una mirada desde que había entrado? ¿Por qué, habiendo sido la única que habló a su favor la noche anterior, no había hecho el amago de defenderme o, siquiera, preguntarme qué tal estaba?

Desconozco qué fue lo que me delató, pero Fox solo necesitó echarme un vistazo rápido para entender por dónde iba el hilo de mis pensamientos. Se rio por lo bajo y me preguntó:

—¿Te arrepientes de haber impedido que le disparara?

Contuve el aliento, sorprendida. Entonces sí, mi padre se fijó de verdad en mí. ¿Creería que estaba aliada con los atracadores? ¿Que, a través del sexo, había conseguido que me tuvieran más en consideración? O, peor,

¿que verdaderamente lamentaba haberlo defendido?

Me mantuve en silencio y Fox continuó rociando la herida de sal:

—Greg, deberías recordar que la intervención de tu hija es el único motivo de que no te pegara un tiro. Dale las gracias.

Dudó.

—Gracias, Savannah.

—Con más entusiasmo, hombre. No te cortes. De hecho… Ponte de rodillas. ¿Te parece bien, Savannah? Así comprobamos hasta dónde está dispuesto a llegar para conseguir nuestro perdón.

Seguí sin abrir la boca.

Fox le concedió seis segundos, al séptimo, le apuntó a la cabeza con el arma.

—No seas orgulloso, Greg.

Arrodillarse le costó más esfuerzo mental que físico, como si lo que de verdad le doliera fuera la pérdida de dignidad y no los puntos del muslo. Acabó haciéndolo y a medida que se agachaba sentí que el estómago se me llenaba de serpientes.

Sin alzar la vista hacia mí, masculló:

—Gracias, Savannah.

De mis entrañas surgió un siseo complacido.

—¿Qué opinas? ¿Lo damos por válido? —Tras mi asentimiento, Fox bajó el arma y continuó con aire risueño—. Tengo una pregunta para ti, Greg. De hecho, es el motivo de que le haya pedido a mi compañero que te trajera hasta aquí. Haz el favor de ponerte en pie, empieza a darme vergüenza verte. Perfecto. Lo que quiero saber es cómo acceder a la quinta planta del O Fortuna.

Por mucho que intentara mantenerse inexpresivo, el terror atravesó los rasgos de mi padre. Fue una milésima de segundo, pero me bastó para entender que no quería que los atracadores llegaran a esa zona. ¿Era porque era el escondite de Tiffany Whitmore? ¿Le preocupaba que dieran con la mujer por los negocios que tenían en común?

—¿Quinta planta? —inquirió de vuelta, fingiéndose desconcertado—.

Creo que te equivocas, este casino… Fox volvió a levantar el arma.

—Cuidado, Greg.

—Desconocía que hubiera más de cuatro pisos —rectificó mi padre—. No tengo ni la menor idea de cómo llegar a ese que buscas. Siento no poder ayudarte.

Fox lo estudió durante por lo menos un minuto. Después, asintió despacio y llamó a Copy para que viniera a recogerlo y le trajera al siguiente.

En el intervalo de tiempo en el que nos quedamos solos, me dijo:

—Necesito saber una cosa. Si prometiera dejarte en libertad junto a tu amiga a cambio de que mataras a tu padre, ¿lo harías? —Lo miré horrorizada y aclaró—: No voy a ofrecértelo, así que puedes jurarme que te negarías aunque no sea cierto. Solo quiero que lo pienses, en realidad.

¿Su vida vale más que la tuya?

—Todas las vidas son igual de valiosas.

—No estoy de acuerdo. Incluso entre dos que sí que tienen valor, siempre hay una que pesa más que la otra.

—¿Para quién? ¿Para ti? ¿Quién eres tú para decidir si una persona merece vivir más que otra?

Encogió los hombros.

—¿Por qué no voy a ser yo quien haga esa valoración? ¿O tú? No estoy hablando de objetividad, Savannah, estoy hablando de ser honesto con uno mismo. Si te diera a elegir entre matar a tu amiga o a tu padre,

¿preferirías no escoger y que acabara con los dos? ¿Me pedirías que decidiera yo o, incluso, que lo dejáramos en manos de la suerte?

Abrí y cerré la boca, sin saber cómo rebatir su argumento. Porque era consciente de a quién escogería y no solo porque la necesitara o quisiera más, sino porque, de verdad, estaba convencida de que era mejor de un modo objetivo.

Como no quería darle la razón, contraataqué:

—En ese caso, si te dieran a elegir entre tu vida y la de tu mejor amigo,

¿cuál escogerías?

—La de mi mejor amigo —respondió de inmediato, desarmándome.

Instantes después, Copy se presentó con Trenton. Como la vez anterior, nos dejó a solas con él y cerró al salir.

Mi prometido no se esforzó en fingir que no existía. Al contrario, cuando avanzó hacia nosotros sentí sus ojos recorriendo la cadena desde mi cintura hasta la mano larga y pálida de Fox.

Trenton era un sinfín de cosas horribles, pero también era inteligente. Al menos, lo justo para saber identificar una situación peligrosa. Sin embargo, jamás se había visto obligado a humillarse. Tampoco a ceder. Era un hombre que lo había tenido todo por el simple hecho de pertenecer a su familia y le molestaba muchísimo que alguien tocara sus cosas.

Nunca fui para él más que eso. Un objeto que codiciaba y al que todavía no le había sacado el partido que quería. Uno que, sin que él lo descartara primero, parecía haber acabado en posesión de otro hombre.

Por eso sonrió de esa forma: sin vestigio alguno de humor y con el único objetivo de dejarme claro que se lo cobraría.

—Me resulta un poco violento presenciar este intercambio de miradas

—se burló Fox—. ¿Hay algo que quieras decir, Trenton?

—Entiendo que la hayas escogido precisamente a ella. Es mi prometida, ¿lo sabías?

—Algo había oído, sí.

—¿Te gusta?

Fox inclinó la cabeza, quizá tan perplejo como yo.

—No particularmente. Es insufrible. Y muy violenta.

—No me refiero a eso. ¿Has estado ya con ella? —Estiró la sonrisa de manera desagradable—. Sí, ¿verdad?

Los ojos se me llenaron de lágrimas. Parpadeé muy rápido, negándome a dejarlas ir. Fox permaneció en silencio con la cabeza girada y Trenton siguió hablando:

—Considéralo mi regalo. Después de para lo que sea que la uséis ya no podré casarme con ella, pero no importa, os la cedo. A cambio, me gustaría disfrutar de una serie de ventajas durante el tiempo que dure esto.

—Oh. ¿Como cuáles?

El tono amable del atracador envalentonó todavía más a mi prometido.

—Un dormitorio solo para mí. Encerradme en él todo el día, me da igual. Lo prefiero a estar de arriba para abajo con esa gente. La comida de hoy ha sido inaceptable, exijo otro menú. Y quiero hacer una llamada.

—¿A quién?

—A uno de mis socios. —Bajó la voz, como si estuviera confesándole un secreto a un amigo—: Os conviene que los tranquilice, créeme.

—Claro.

Fox se acercó a él con calma. Por suerte, la cadena era lo suficientemente larga para que yo no tuviera que moverme del sitio. Una vez que estuvieron frente a frente, me di cuenta de que, aunque tenían alturas y complexiones similares, uno parecía mucho más peligroso que el otro. No era por las armas ni por la situación, tampoco por la máscara.

Era la imprevisibilidad.

Trenton podía hacer daño de distintas maneras, pero era fácil intuir de dónde vendrían los golpes. ¿Fox, sin embargo? Supe que iba a ocurrir algo, pero aunque hubiera pasado a su lado un año, dos y hasta diez, habría sido incapaz de predecirlo.

—¿Le tienes cariño a tu camisa, Trenton? —El aludido frunció el ceño. Fox me echó un vistazo por encima del hombro para preguntarme—:

¿Sigues pensando que todas las vidas valen lo mismo?

Negué con la cabeza.

—Lo cierto es que te había traído aquí para hacerte una consulta — prosiguió en dirección a mi prometido—. Va a ser breve: ¿sabes cómo llegar a la quinta planta del casino?

—¿Qué tiene que ver eso con mi camisa? De todos modos, no. Ni siquiera sé de qué quinta planta me hablas.

—Ya. ¿Y adónde quería que fueras tu tía cuando te avisó por megafonía de que tenías treinta segundos para llegar?

—Al exterior. —Empezó a ponerse nervioso—. Se referiría a una de las salidas de emergencia.

—Por supuesto que sí —concedió Fox—. Retomemos lo de la camisa, entonces. ¿Cuánto te afectaría que se estropeara?

—Es muy cara, si es a lo que te refieres.

—No, pero entiendo que es lo que a ti te importa, así que… —Se alejó un paso, lo justo para extender el brazo y apuntarlo con la pistola—. Quítatela.

—¿Qué?

—Entiendo que no te haya pedido mucha gente que te desnudes, pero el funcionamiento es sencillo. Primero desabrochas los botones y después…

—Pero ¿para qué?

—Para disfrutar de las vistas, por supuesto. ¿Te gusta la disposición de tus uñas, Trenton? Porque si no te quitas la camisa rápido, acabarán todas en tu garganta.

Lo hizo, desconcertado y al fin verdaderamente asustado. Mientras tanto, yo le daba vueltas a qué pretendía Fox con aquello. ¿Forzarlo a pasearse desnudo? ¿Golpearlo sin la tela de por medio? Barajé muchas opciones y las disfruté todas. Lo que no se me ocurrió fue que, cuando la prenda cayó al suelo, Fox sacara uno de los cuchillos y me dijera:

—Si te libero de las esposas, ¿le escribirás algo en la espalda?

—¿Con… con el cuchillo? —balbuceé.

—Exacto. Una letra, una palabra, una frase. Incluso un dibujo. ¿Lo harías?

—¡Un momento! —exclamó Trenton—. ¡Esto es innecesario! ¡Yo…! Fox volvió a dirigirse a él.

—Te voy a decir una cosa y no pienso repetirlo, así que presta atención: si vuelves a abrir la boca, utilizaré la hoja de este cuchillo para arrancarte los dientes uno a uno. No vas a necesitarlos porque no pienso

seguir malgastando nuestra comida contigo, pero me han dicho que este tipo de extracciones son bastante dolorosas. ¿Has entendido? Mueve la puta cabeza para dejarme claro que lo has hecho, Trenton. Buen chico. Ahora, ponte de cara a la pared.

Cuando hizo lo que le había pedido, Fox se relajó y continuó hablando conmigo.

—¿Y bien? ¿Vas a dejarle un mensaje en la espalda después de todo lo que ha dicho?

Abrí y cerré la boca, sin saber qué decir.

—¿No quieres vengarte, Savannah? ¿Lo que te preocupa son las cámaras? —insistió, señalando una de ellas con el cañón de la pistola—. No graban voz, así que no sabrán de lo que hemos hablado. También podemos ir a una de las habitaciones del hotel. O al baño. Si necesitas un chivo expiatorio, me mancharé las manos de sangre y saldré sujetando el cuchillo para que crean que lo he hecho yo. O te apuntaré a la cabeza para que parezca que te he obligado, lo que prefieras. ¿Qué me dices?

—Yo…

CÁMARA DE SEGURIDAD DEL O FORTUNA

Planta 4 (dcha.), sala de fumadores 14/03/2026

14:36:11

Loretta Cruz temblaba tanto cuando entraron en la sala de fumadores que tropezó con sus propios pies y estuvo a punto de caer de bruces contra el suelo. Doc, el atracador al que acompañaba, soltó la pistola y la agarró de ambos brazos para evitarlo.

—No hay necesidad de tener miedo —le dijo con esa voz tan grave y tan pausada—. Solo quiero hacerte unas preguntas.

Pese al asentimiento de la muj er, se notaba que seguía intranquila. Quizá para relajarla o quizá siendo consciente de que no la iba a necesitar, Doc recogió el arma y la guardó en la cartuchera. Después, le indicó a Loretta con un gesto dónde tenía que sentarse. Se colocaron en un par de sillones idénticos, el uno enfrente de la otra. Entremedias había una mesita baja con dos botellas de agua.

—Coge una si quieres —ofreció el hombre mientras desdoblaba un papel que había sacado del bolsillo de la bata. Lo ojeó antes de volver a hablar—. Loretta Cruz, cuarenta y dos años. Trabajas limpiando el O Fortuna junto a otras doce personas. ¿Es correcto?

—S-sí —titubeó.

—Formas parte de la cantera de una empresa independiente al casino. —Esperó a que ella asintiera—. Al revisar vuestros contratos he encontrado algo extraño, Loretta. Las jornadas de los trece son idénticas: mismas horas, mismas responsabilidades. Sin embargo, tú cobras quinientos dólares más que tus compañeros.

Loretta se derramó un poco de agua encima mientras bebía, pero no dijo nada.

—Estoy convencido de que la pregunta que quiero

hacerte está relacionada con ello —prosiguió Doc

—. ¿Qué planta limpiabas?

—Todas. Los trece nos encargábamos indistintamente de…

—Si me dices la verdad, te dejaré libre en cuanto tenga ocasión. —La interrupción fue tan sosegada como firme—. No te voy a mentir, hasta que la policía no presione no empezaremos a liberar rehenes. Pero tarde o temprano nos pedirán a alguien, quizá dentro de un par de días. ¿Quieres ser tú?

Los ojos de la muj er, similares a los de un roedor asustado, recorrieron cada rincón de la estancia.

—Somos como tú, Loretta. Todos nosotros. Gente sin nada a la que los de arriba siguen queriendo arrebatarle algo. Lo que sea. Venimos de ningún sitio, o de muy abajo, y nos aferramos con las uñas a nuestro derecho a existir. Ayer dijiste que no te parecías al resto de los secuestrados y tienes razón: la mayoría de ellos desconoce lo que es sufrir, ya no digamos trabajar. Tú, sin embargo… No queremos quitarte el dinero, te lo has ganado con esfuerzo y sudor, solo queremos información. Te doy mi palabra. —Ante lo dubitativa que parecía, añadió—: No protejas a un

puñado de ricos, Loretta. Sabes que ellos no lo harían por ti.

Los ojos de la muj er se anclaron finalmente a los de Doc.

—Ella… —Se cubrió la boca con la botella y musitó—: No es trigo limpio. Lo más seguro es no meterse en su camino. Hazme caso.

—No debes preocuparte por Tiffany Whitmore.

—Pero he oído…

—Da igual lo que me reveles ahora o lo que le cuentes a la policía cuando te liberemos, Tiffany Whitmore no podrá hacerte daño.

—¿Cómo estás tan seguro?

—Porque no saldrá de aquí con vida.

Lejos de apenarse o escandalizarse, Loretta pareció mucho más relajada.

—Me contrataron para que limpiara una planta secreta a la que me llevaban con los ojos vendados —comenzó—. Subíamos en un ascensor estrecho que olía mucho a metal.

—¿Quién te acompañaba?

—La señora Whitmore. Me recogía en el cuarto piso, frente al otro ascensor. Sé que ese no era el que usábamos para llegar al quinto.

—¿Y qué había arriba?

14

Sábado, 14 de marzo de 2026, 14:48

El minuto que me concedió para tomar la decisión se me hizo eterno. Cada vez había más serpientes amontonándose en mi estómago y empecé a entender sus siseos. Decían: «Se lo merece», «Nunca le harás tanto daño como el que él quería hacerte a ti» y «Nadie tiene por qué enterarse». Y Sav, un poco más cerca de la superficie, les daba la razón.

Mis verdaderos deseos no permitieron que me negara rotundamente, pero sí que me empecinara en mi silencio. Fox chasqueó la lengua y terminó por llamar a Copy para que se llevara a Trenton, no sin antes lanzarle la camisa a la cara y decirle:

—No vuelvas a tentar a la suerte.

De nuevo solos, se sentó sobre una de las mesas y empezó a juguetear con el extremo de mi cadena. Notaba sus ojos por debajo de mi piel, buscando respuestas.

—Habla. Sé que quieres hacerlo.

Parecía más resignado que impaciente, como si en el fondo hubiera sabido que actuaría tal y como había hecho. No supe qué me molestaba más, si sus juegos psicológicos o resultarle previsible.

—Si crees que tus castigos retorcidos van a conseguir manipularme, estás muy equivocado.

—¿Castigos? —repitió—. Era un regalo, Savannah.

—¿Igual que lo eran las preguntas sobre salvar a una u otra persona?

Estás enfermo.

—Es posible, pero también estoy muy en consonancia con lo que siento. —Tiró de la cadena, obligándome a dar un paso hacia él—. Ese es tu problema. Los odias, y no te molestes en negarlo porque es evidente. A tu prometido más que a tu padre, sí, pero ninguno de los dos se libra. Y en vez de hacer algo al respecto, dejas que otros se encarguen del trabajo sucio mientras tú finges escandalizarte. Muy típico de las niñas ricas, por otro lado.

—Te equivocas.

—Disfrutaste cuando hice que tu padre se humillara. Vi tu cara, Savannah. Todo ese rencor…

Rio por lo bajo y volvió a acercarme a él. Estábamos a un metro escaso.

—No trates de usarme para justificar tus atrocidades.

—Eres tú la que me usa para excusar su deseo de venganza. Hoy me has permitido intimidarlos sin abrir la boca, pero en el momento en el que te he pedido que tomaras las riendas te has echado atrás. ¿Me habrías detenido si hubiera sido yo quien rajara la espalda de tu prometido?

¿Después de lo que ha insinuado sobre ti?

Estaba incómoda. En carne viva. Quería creer con todas mis fuerzas que se equivocaba, pero no sabía cómo convencernos a ninguno de los dos.

—La violencia no es la solución —me empeciné.

—¿Quién ha hablado de soluciones? Torturar a ese cabrón no iba a convertirlo en una mejor persona, tampoco a borrar sus palabras. —Me sorprendió dejando caer la cadena al suelo. Pese a ello, no me moví del sitio—. No busco arreglar las cosas cuando le hago daño a la gente que se lo merece, Savannah. Busco disfrutar del momento.

—Ese tipo de pensamiento hace que te parezcas a ellos.

Bajó de la mesa, redujo la distancia de una zancada y se agachó para que nuestras caras estuvieran a la misma altura. Cuando la tensión se volvió insoportable, susurró:

—Hipócrita.

—¿Cómo?

Empezó a rodearme, como un depredador cercando a su presa.

—Dices que la violencia no es la solución. Entonces, ¿por qué me atacaste? Entiendo que me dispararas para intentar escapar, aunque fuera el peor plan de la historia, pero ¿y el mordisco en la mano? Estabas

rodeada de atracadores armados y no había manera de que salieras airosa de la situación. —Se detuvo para paladear la victoria—. Me arrancaste la piel con los dientes porque me odias, Savannah. Porque querías que sintiera dolor. Estoy seguro de que ni siquiera lo pensaste, que fue la rabia la que te empujó a hacerlo. Lo entiendo. Y también entiendo que es más fácil no sentirse mal al desear mi sufrimiento porque apenas me conoces y porque se supone que soy el malo de esta historia. Ahora bien…

Se detuvo a mi espalda.

—Entre Trenton y yo, ¿a quién salvarías?

Apreté tanto los dientes que me dolieron las encías.

—A ninguno.

—¿Y a quién preferirías ver muerto?

Volvió a colocarse sobre la mesa sin exigirme una respuesta. Parecía tranquilo, como si no hubiera puesto mi mundo patas arriba. O como si no le importara en absoluto.

Me escocían los ojos y la moral, así que decidí hacer algo al respecto. Si Trenton había sido sincero al insinuar que no pensaba seguir con nuestro matrimonio, y no me cabía duda de que lo había sido, no tenía por qué protegerlo. Es más, necesitaba quitarlo de en medio para poder encargarme de PriceShield cuando todo acabara. Y para que mi padre estuviera de acuerdo, debía cortar el lazo que lo unía a Tiffany Whitmore.

No era la primera vez que contemplaba la posibilidad de delatarlos, pero hasta ese momento había entrañado demasiados riesgos. Por suerte, aquella conversación con Fox me dio una idea: ¿no me había acusado de utilizarlo? Pues seguiría haciéndolo.

—Aunque no sé cómo llegar a la quinta planta, tengo información que puede interesaros.

—¿Pero? —se adelantó.

—Pero no te la daré gratis.

—Cuidado. ¿No me has escuchado cuando amenacé al bueno de Frank con tirarte por la pasarela si no me traía el yate? Suena a que eres peligrosamente prescindible.

El corazón me latía tan deprisa que sentí que me fracturaría las costillas. Pese a ello, alcé la barbilla, orgullosa.

—Si quisieras hacerme daño, ya lo habrías hecho.

—¿Estás segura? Quizá me guste jugar con la comida antes de llevármela a la boca. Además, ¿de verdad no te lo he hecho? El dolor no

tiene por qué ser algo físico. Hay distintas maneras de lograr que alguien sufra y yo soy excepcionalmente imaginativo.

—Pues yo soy excepcionalmente firme y no pienso decirte nada a menos que me des a cambio lo que quiero.

Soltó una carcajada, encantado.

—La palabra no es «firme», es «cabezota». De acuerdo, negociemos.

¿Cuáles son tus condiciones? Te vuelvo a repetir que no voy a dejarte libre, así que no nos hagas perder el tiempo a ninguno de los dos.

Me humedecí los labios. Tenía miedo de decirle qué deseaba y que me lo negara solo por molestar, pero debía intentarlo.

—Lo que quiero es ver a Trix. Beatrix Van Alen —corregí—. Hoy.

—¿Por qué?

—Porque es mi mejor amiga y quiero comprobar que está bien. A solas —añadí como idea de última hora.

—Te dejaré verla si me cuentas algo verdaderamente interesante, pero habrá más gente con vosotras. ¿Aceptas?

Asentí, tomé aire y:

—Trenton ha mentido. Sabe perfectamente que el casino tiene cinco plantas. Me lo dijo antes de que aparecierais.

Fox me estudió con curiosidad hasta que concedió:

—Lo sé. Y tu padre también.

—¿Por qué los has dejado ir como si nada, entonces?

—Porque no pretendía que me dijeran cómo acceder al quinto piso. Pretendía saber qué tipo de cara ponen cuando creen que me están engañando.

Pensé en las veces que le había mentido yo y en si se habría dado cuenta. Tardé poco en averiguarlo.

—Creo que Tiffany Whitmore está escondida en esa planta —proseguí

—. ¿Es a ella a quien buscáis? Sé que no habéis venido solo por el dinero.

—¿Para qué querríamos a esa mujer si ya hemos llegado al quinto? Fruncí el ceño, confundida.

—¿Qué más hay arriba?

—No necesitas saberlo. ¿Era esta la información que tenías para mí? Si es así, no me ha interesado ni en lo más mínimo, así que olvídate de nuestro trato.

—No, lo que iba a contarte era…

Titubeé, nerviosa, y dirigí la vista hacia las dos cámaras que tenía enfrente. Fox siguió la trayectoria de mi mirada y me hizo un gesto con el dedo índice para que me acercara. Giró la cara y se señaló la oreja. Me resultó violento e incorrecto aproximarme tanto por voluntad propia, pero prefería que nadie que revisara las grabaciones de seguridad fuera capaz de leerme los labios.

Fox tenía cuatro lunares en el cuello, justo debajo de la oreja, dispuestos igual que la constelación de aries. Traté de centrarme en ellos y no en la cercanía de su pelo o en su olor antes de susurrar:

—Tiffany Whitmore pertenece a una mafia llamada La Última Mano. Son cuatro jefes y ella es quien se encarga de las finanzas. Este casino no es solo para blanquear dinero, también sirve como punto de encuentro y para organizar apuestas clandestinas.

Suspiré y la piel sobre la constelación se erizó. Me sudaban las manos.

Tenía ganas de apartarme de él lo antes posible, pero ya había empezado.

—Trenton es el sobrino de Tiffany. Está enterado de todo esto, así que podéis sacarle mucha más información.

Fue él quien echó la cabeza hacia atrás. Sus ojos parecían un par de polígrafos cuando me examinó.

Rompió el momento de tensión diciendo:

—No hacía falta que te pegaras tanto a mí, habría bastado con que miraras hacia abajo al hablar.

Retrocedí mientras sentía el calor subiéndome por el cuello, pero no caí en su provocación.

—¿Eso es todo lo que tienes? —preguntó al fin. No parecía decepcionado, más bien curioso.

—Eso es lo que quiero intercambiar por ver a Trix, pero hay algo más.

—Háblame de tu relación con Trenton. Señalé con la cabeza hacia las cámaras.

—No aquí.

Asintió solo una vez y extendió la palma hacia arriba, invitándome a continuar.

—Puedo ayudarte a llegar a la quinta planta —agaché la cabeza— a cambio de que consigas incriminarlos. Me da igual cómo, siempre y cuando a la policía no le quepa duda de que son delincuentes. Cuando esto termine quiero que acaben los dos en la cárcel.

Alcé de nuevo la barbilla para tratar de leer sus ojos. Me los encontré abiertos por la sorpresa, al principio, y entrecerrados por la sonrisa, poco después.

—Esta mañana te ofrecí liberar a uno de los rehenes si me decías cómo llegar a la quinta planta. ¿Estás segura de que no prefieres eso a cambio de tu ayuda? Qué dilema, ¿verdad? ¿Poner a salvo a alguien o quitarte de encima a tu prometido y a su tía?

A Sav no le costó tomar el control para responder:

—Destrúyelos.

CÁMARA DE SEGURIDAD DEL O FORTUNA

Planta 4 (dcha.), póker 14/03/2026

18:41:06

En cuanto atravesaron la puerta, Fox le advirtió a Savannah:

—Tienes cinco minutos.

Había otras tres personas en la sala de póker. Honey, de brazos cruzados y con actitud relajada, no le quitaba los ojos de encima a Boo y a Beatrix, que hasta que la sala se abrió habían estado hablando de las necesidades del gato. Este dormitaba sobre una silla que previamente se había dedicado a arañar.

Encima de la única mesa de la estancia había un neceser con las iniciales de Beatrix bordadas. Savannah se fijó primero en su amiga, después en él y dejó escapar el aire que había estado reteniendo.

—Menos mal.

Al mismo tiempo, pero con mucho menos alivio, Beatrix la había analizado a ella. Se levantó y fue a su encuentro con el ceño fruncido. La sujetó por los hombros para inspeccionarla. Cuando comprobó que no había nada fuera de lugar, posó los ojos en Fox y le preguntó con odio manifiesto:

—¿Eres alguna clase de maníaco sexual?

—¿Qué?

—Las  cadenas  y  todo  eso.  ¿Son  un  fetiche?

Porque como me entere de que la has tocado…

—Trix, no…

—Espera, déjala —pidió Fox—. Me interesa. ¿Qué me harás, Beatrix Van Alen?

—Te inyectaré insulina en los huevos.

La carcajada del hombre fue tan estruendosa que el gato se despertó sobresaltado.

—Suena fantástico y estoy tentado de mentirte, pero tu amiga me lo echaría en cara porque ya le he asegurado que no suelo hacerlo. —Cerró la puerta a su espalda, soltó la cadena de Savannah y, antes de irse hacia donde estaban Honey y Boo, explicó—: Está esposada porque intentó pegarme un tiro. Lo consiguió, de hecho. —Señaló la herida del bíceps—. Os dejo para que os pongáis al día.

—¡ ¿Es eso cierto?!  ¿Le disparaste? —preguntó

Trix en cuanto se quedaron solas.

—¡ Chst! Baja la voz, no tenemos tiempo. — Savannah clavó la vista en los atracadores para vigilarlos—. ¿Estás bien? ¿Y tu madre? ¿Has tenido algún problema para que te den la insulina?

—Savvie, para. Estoy mej or que tú. ¿De verdad que no te ha tocado? —Señaló hacia sus cadenas. Cuando la otra negó con firmeza, Beatrix esbozó una pequeñísima sonrisa—. Tengo un plan. Ya se lo he explicado a mi madre. Está perfectamente, por cierto. Bueno, asustada, como todo el mundo. Llora mucho porque además le han quitado a Archie. Le he dicho que no le han hecho nada malo, que incluso parece que le gusta el niño ese. —Señaló a Boo con la cabeza—. O niña. No tengo ni idea de lo que es. Da igual, trata bien al gato y… gracias a Archie he puesto en marcha el plan.

—Pero ¿de qué plan hablas?

—Me estoy ganando la confianza de Boo poco a poco. Es fácil. Bueno, más o menos. Creo que es menor. Pero muy menor, ¿sabes? Debe de tener quince o dieciséis como mucho.

—Trix, espera, ¿qué es eso de que te estás ganando su confianza? —Savannah parecía horrorizada—. ¿Para qué?

—¿Cómo que para qué? ¡ Para conseguir cosas! Ya he logrado que me dé las medicinas a cambio de que le explique cómo cuidar de Archie. Quizá a la próxima consiga que nos dejen hacer una llamada…

¡ o  dormir  juntas!  Lo  ideal  sería  que  nos

soltaran, claro, pero no soy tan ilusa.

—Trix, por favor, no intentes…

—Creo que tengo que presionar un poco más, no sé si me entiendes. —Ignorando la desesperación de su amiga, Beatrix explicó—: Voy a seducir al de los tatuajes.

—¡ ¿Que vas a qué?! —Savannah se encogió sobre sí misma tras el grito y volvió a vigilar que los atracadores siguieran a lo suyo—. Ni se te ocurra, esto no es un juego.

Beatrix dio un pisotón en el suelo, frustrada.

—Ya lo sé, joder. Confía en mí. He visto cómo me mira… Bueno, no se le ven los ojos con la máscara, pero está muy pendiente. ¡ De verdad, Savvie! Y tiene algo de decencia. Esta mañana nos ha permitido ducharnos solas a la muj er de la limpieza, a mamá y a mí. Creo que la de la limpieza me odia, por cierto. Es muy borde. La cuestión es que parece educado… Más que el tuyo, al menos.

—Es un criminal. Todos lo son. Me da igual que no te quiera ver desnuda cuando no debe, Trix. Por favor, mantente al margen, ¿vale?

—Mira quién habla. ¡ Si has disparado a uno de

ellos!

—Ya, pero…

—Tú has conseguido que te esposen, yo que me den mis medicinas. Creo que está claro quién de las dos lo está haciendo mej or.

En la otra punta de la estancia, Fox señaló a las rehenes y preguntó a Boo y a Honey:

—¿Puede apañarse durante una semana con lo que tiene en el neceser?

Honey se encogió de hombros.

—Hablaré con Doc para que esté pendiente. Si no, le pediremos a la policía lo que le haga falta.  Los  palos  han  empezado  a  trabajar,

¿verdad? Hay que decirles que tengan más cuidado: están dejando la moqueta del hotel llena de huellas.

—Miaudini necesita una fuente para beber agua. Se supone que le gusta más así. Llama al poli y díselo —exigió Boo, sin dejar de teclear en su ordenador.

—Si el gato quiere una fuente, tiene una enorme en la primera planta. ¿Por qué tenéis a la Van Alen más joven aquí? No formaba parte del plan.

—Estoy improvisando —reconoció Boo—. ¿Estás orgulloso? A ti te gusta mucho eso, ¿verdad? Doc lo dice todo el rato.

—Doc dice demasiadas cosas.

—Trix opina lo mismo. Qué curioso.

—¿Trix? ¿Ahora es tu amiga?

—No, pero es graciosa. Para nada como pensaba.

También está enferma y dice muchas palabrotas.

—Tened cuidado con ella. No os confiéis porque sea una niña rica. —Señaló sus heridas del bíceps y de la mano—. Y, sobre todo, no dejéis que averigüe quiénes sois.

—No somos idiotas. Creo que puede ayudarme con

mi parte del trabajo.

—¿Te refieres a lo del dinero?

Boo asintió.

—Me está costando más de lo que pensaba.

—Tenemos que reunirnos para hablar de todo esto y poner en común lo que hemos sacado durante los interrogatorios. Solo los cuatro. Que los palos sigan trabajando y que Copy y Paste se encarguen de los rehenes. —Honey señaló con la cabeza a Savannah y Fox añadió—: No voy a llevarla, evidentemente. La dejaré atada en la habitación. Prefiero que no se mezcle demasiado con los demás. Sabe lo de La Última Mano, me lo ha contado hace un rato. Y apuesto lo que sea a que Tiffany Whitmore tiene a Gregory pillado por los huevos.

Rio como si aquello lo hiciera inmensamente feliz.

15

Sábado, 14 de marzo de 2026, 21:11

Llevaba muchísimo tiempo sola. No sabía cuánto porque no tenía reloj, pero desde que Fox me encadenó a la bañera y se marchó de nuestra habitación hasta que regresó, me dio lugar a elaborar cinco planes de escape y a fracasar en cada uno de ellos.

Finalmente, casi más furiosa que desesperada, me dejé caer en el suelo y retomé mi idea inicial de lijarme la uña del dedo índice contra la superficie rugosa de un azulejo. Porque no sabía cómo iba a lograrlo, pero en cuanto tuviera oportunidad me haría con una de sus pistolas y volvería a dispararle.

A la cabeza, a ser posible.

El proceso de lijado era incómodo y lento porque no quería apresurarme y arrancar mi propia uña además de la acrílica. Debido a eso todavía no había terminado cuando Fox abrió la puerta del baño.

Miró a su alrededor con interés y se fijó especialmente en el grifo del lavabo que había intentado arrancar. También en las plantas de mis pies, ambas rojas y una de ellas con un corte que seguía sangrando fruto de las patadas a la bañera para tratar de moverla.

—Veo que has intentado escapar —casi canturreó. Cerró la puerta a su espalda y empezó a desabrochar las hebillas del arnés—. Teníamos un trato, Savannah. Tú me ayudas a llegar a la quinta planta y yo te ayudo a hundir a tu encantador prometido y a su esquiva tía.

En lugar de explicarle lo obvio, que no pensaba dejar pasar la oportunidad de huir si me la servía en bandeja, mentí:

—Pensé que me habías abandonado.

Dejó en el suelo el arnés, de nuevo demasiado lejos de mi alcance, y empezó a soltarse el chaleco antibalas.

—Entiendo que mi ausencia se te haga insoportable, pero solo han sido un par de horas. ¿Te relajaría que te jurara que jamás —enfatizó con malicia— vas a poder librarte de mí? En cualquier caso, te agradecería que me informaras con la suficiente antelación si prefieres que dejemos de colaborar. Me inquietan los vaivenes, ¿sabes? No me gusta nada la gente inconsistente.

Fallé en mi intento de permanecer inexpresiva y arqueé una ceja.

—Mira quién habla.

—Por eso no me gusta. Odio que me quiten protagonismo…, Savvie.

—No me llames así.

—¿Por qué?

—Porque está reservado para la gente que me quiere.

En realidad, la que se refería a mí de esa forma era Trix. Aunque en vista de las personas que me rodeaban, lo más probable es que sí fuera la única que me quería.

—¿Y si yo también lo hiciera? —Chasqueó la lengua—. Tienes razón, no hay quien se lo crea. ¿Cómo te llama la gente que te odia?

—Cariño —rezongué sin pensar.

—¿Quién…? ¡Ah! ¿Te refieres a tu prometido o a tu padre?

—A Trenton.

—Eso me recuerda que teníamos una conversación pendiente. ¿Sabes qué otra cosa está pendiente? Que te duches. Empieza a ser incómodo estar a tu lado, Savannah. —Examinó la herida del bíceps cuando se quitó la venda y después el moretón del mordisco—. Parece casi curado, ¿dónde piensas hacerme daño la próxima vez?

—En la cabeza.

Abrió el grifo de la ducha. Tras bajarse los pantalones, murmuró:

—Tarde.

Después de eso giré la cara. Sabía que se quitaría la máscara solo cuando estuviera de espaldas a mí y prefería evitarme sus insinuaciones si volvía a pillarme mirándolo.

—¿Por qué tu padre te prometió con alguien así? —preguntó al meterse bajo el agua.

—¿Qué te hace pensar que fue él quien tomó la decisión y no yo? Se echó a reír.

—Vamos, Savannah… Ayer no llevabas su anillo y se notaba que cada vez que te ponía la mano encima querías arrancarte la piel a tiras. Además, no es tu tipo.

—¿Y tú qué sabes?

—¿Lo es? ¿Te gustan los hombres altos, rubios y crueles? En ese caso, yo debo de encantarte.

Me negué a demostrarle que me irritaba la insinuación y tomé nota de lo mucho que parecía molestarle que no le siguiera el juego.

—Entonces, ¿por qué tu padre quiere casarte con Trenton?

—No es de tu incumbencia.

—Dijiste que me lo contarías cuando no hubiera cámaras delante.

—Te mentí.

Oí la sonrisa en su voz cuando concedió:

—De acuerdo, negociemos. ¿Qué quieres a cambio de contarme la historia?

—¿Por qué estás tan interesado?

—Me hace feliz conocer las desgracias que rodean tu vida.

—Eres consciente de que puedo volver a mentirte, ¿verdad?

Cerró el grifo. Tardaba tanto en contestarme que pensé que lo habría dejado estar, por eso me sorprendió cuando se sentó en el suelo frente a mí, a apenas medio metro de distancia. Lo único que llevaba encima eran la máscara y la toalla de la cintura. Las gotas se le escurrían del pelo y le recorrían el pecho, pero yo solo podía fijarme en sus ojos. Fijos e insistentes. Abrumadores.

Le mantuve la mirada.

—Sé perfectamente cuándo me mientes, Savannah. Se me aceleró el pulso.

—Ah, ¿sí? Demuéstramelo.

—Mentías al decir que no deseabas hacerle daño a Trenton. —Una pausa deliberadamente larga—. Y también al afirmar que no hubo otro hombre anterior a él.

No mencionó cuando negué haber estado antes en el O Fortuna y solté el aire que había estado conteniendo.

—Podemos jugar de otra forma —planteó—. Yo hago una serie de asunciones y tú contestas como te dé la gana. Después, te diré si creo que me has mentido.

Encogí los hombros. Quizá aquello me sirviera para descubrir cómo engañarlo.

—De acuerdo.

—Fue tu padre el que te obligó a comprometerte con Trenton.

—No.

—Mientes.

—Te equivocas. Tiffany y él me lo sugirieron.

—Que no te pusieran una pistola en la cabeza no quiere decir que no sintieras que debías hacerlo, Savannah —me aleccionó, dando en el clavo

—. Sigamos… Al principio no sabías que estaba relacionado con la mafia.

—Menuda obviedad.

—Y tampoco Tiffany. ¿Cuándo te enteraste? —Apreté los labios por toda respuesta—. Tienes razón, no se juega así. Volvamos a por qué sentiste que debías casarte con Trenton… —Acarició la parte correspondiente al mentón de la máscara, fingiendo que meditaba sobre ello—. El bueno de Greg amenazó con desheredarte.

—Exacto.

Soltó una risotada.

—Vale, fue otra cosa… ¿Te ofreció algo a cambio? —Negué y me creyó—. Enfoquémoslo de manera distinta. Quieres hundir a Trenton y a su tía, pero solo te has animado a hacerlo después de que él haya dejado caer que no se casará contigo. Eso significa que por mucho que lo odies, y lo haces, necesitas que esa boda tenga lugar… O que él desaparezca del mapa. ¿Qué tal voy? —Entornó los ojos para estudiar mi expresión. Por muy inmutable que intentara ser, supo ver que había acertado—. Perfecto,

¿para qué necesitarías a un hombre como ese? Tienes dinero y una empresa… Oh. Claro.

Se frotó las manos, visiblemente emocionado, y se inclinó hacía mí un poco más.

—Es eso. Greg antepondría sus negocios a cualquier cosa, incluida su hija, y desprecia abiertamente a las mujeres, incluida, de nuevo, su hija. Le ha cedido PriceShield a Trenton y te niegas a quedarte al margen. ¿Me equi…?

—Lo conocías de antes —corté. Me sorprendió no haberme dado cuenta hasta ese momento—. A mi padre. Por eso sabes cosas sobre él y por eso lo odias tanto. ¿Qué te hizo?

Me pareció que se debatía durante el tiempo que tardó en responder.

También me pareció que había dado justo en el clavo cuando dijo:

—No se juega así, Savannah. Intenta adivinarlo.

—Trabajó contigo en alguna ocasión.

La asunción me resultaba extraña porque era demasiado joven, pero… Negó.

—Conoces a alguien con quien trabajó. Asintió.

—Acabó mal.

Volvió a asentir.

El historial de negocios fraudulentos de mi padre era interminable. Además, por muy al corriente que intentara estar de lo que sucedía en la empresa, ese tipo de cosas era fácil que se me escaparan. No tenía acceso a sus libros de cuentas y él tampoco compartía conmigo demasiado de lo que sucedía en la oficina. En cualquier caso, me quedé con que, de alguna manera, Fox estaba relacionado con PriceShield.

—En fin… Cuántos misterios. —Movió los hombros en una risa silenciosa y se puso en pie—. Deberías cenar. Voy a vestirme y a pedir que suban algo, ahora vuelvo a por ti.

Quince minutos después estábamos en la sala de estar de la habitación. Yo volvía a sentarme en el sillón y él en el sofá. Frente a nosotros había algunos restos del cóctel, la mayoría resecos o directamente con mal aspecto. Observé la comida con asco.

—Tiene mala pinta, ¿verdad? —concedió—. Antes, cuando estaba con los demás, lo he intentado con un canapé y he acabado escupiéndolo. Supongo que a la policía le está costando encontrar el yate. Por suerte seguimos teniendo agua de sobra.

—Habla con ese hombre y dile que mañana traiga la comida. Pronto.

—Eres sorprendentemente exigente para alguien que depende por entero de los demás.

—No dependo de mi padre —salté como un resorte.

—Me refería a mí.

Aun así, sacó el móvil del bolsillo e hizo la llamada.

—Buenas noches, Frank. Savannah quiere que te des prisa con la comida porque no le gusta lo que le hemos ofrecido. ¿Podría estar a primera hora? Lo sé, lo sé, te di a entender que lo prefería todo junto. ¿Qué tal va lo de la insulina y el barco, por cierto? ¡Excelente! De acuerdo, hablamos entonces y te digo cómo hacemos el intercambio.

—¿A qué hora la tendrán? —pregunté cuando colgó.

—Te gusta mandar, ¿eh? —Torcí el gesto ante su tono insinuante—. Eres aburridísima, joder. Se supone que estará sobre las nueve. ¿Contenta? Me daba lo mismo pasar hambre, quien de verdad me preocupaba era

Trix. Por su diabetes, era peligroso que no se alimentara apropiadamente.

—En absoluto.

—Típico.

Bebí un poco de agua, relajé la expresión y pronuncié mis siguientes palabras con toda la inocencia que fui capaz:

—Por cierto, me gustaría pedirte algo.

Fox apoyó el codo sobre uno de los reposabrazos y la sien sobre los nudillos. Sus ojos brillaron tan interesados como maliciosos. No dijo nada aun así, forzándome a continuar.

—Esta noche he dormido fatal.

—Me alegro.

—Con los brazos esposados hacia atrás me dolía mucho la espalda.

—Sigo alegrándome.

—Y me preguntaba si podrías dejarme las esposas así —levanté las manos—, por delante, para que pudiera descansar.

—¿Y por qué iba a renunciar a que sufrieras, Savannah?

—Porque ahora somos socios.

Su risotada fue tan estruendosa que, de haber podido, me habría cubierto las orejas.

—Me sorprende lo graciosa que eres cuando no lo pretendes. De acuerdo, sigue…, socia.

No logré contener el escalofrío de desagrado. Con mucho menos tacto, solté:

—Pretendes que te ayude con lo del quinto piso, pero si me matas de hambre y de cansancio de poco voy a servir.

—Tienes razón. —Antes de que pudiera sorprenderme por lo fácil que había sido, añadió—: Pero quiero algo a cambio. Savannah, no resoples,

fuiste tú la que empezó a jugar a esto. Además, deberías acostumbrarte a cómo funcionan los negocios para cuando heredes la empresa de papá.

—¿Qué es lo que quieres?

—Háblame del primero.

—¿Del primero de qué?

—Del hombre que hubo antes de Trenton.

—¿Cuál de ellos?

Se rio, pillado por sorpresa.

—Buena respuesta. ¿Hubo muchos?

—De todas las cosas que me has preguntado que no te conciernen, esta es sin duda la que menos. No pienso comentar mi vida sentimental contigo.

—¿Quieres saber por qué me interesa?

—Lo cierto es que no. Volvió a reír.

—Venga, Savannah. Véndeme la información.

Reflexioné sobre ello. Estaba convencida de que solo pretendía burlarse de mí, pero si a cambio conseguía pistas que me llevaran a averiguar quién era, estaba dispuesta a describirle con pelos y señales hasta mi primer beso.

—De acuerdo, te hablaré de mis relaciones si me dejas las manos esposadas por delante… y si me cuentas el verdadero motivo por el que habéis decidido atracar el O Fortuna.

—Ya te lo dije.

—Además de por el dinero. A mí también se me da bien saber cuándo me mienten. No soy tonta.

—Tienes razón, no lo eres. Aunque de vez en cuando te guste fingir que sí.

—La caja fuerte está en el sótano —insistí—, es imposible que no lo supierais, pero vosotros estáis empeñados en subir a esa dichosa quinta planta. ¿Qué hay allí? ¿Y por qué lleváis todo el día perdiendo el tiempo?

—No hemos perdido el tiempo.

—¡Te has limitado a pedirle ridiculeces a la policía y a preguntarles algo a dos personas que, para colmo, te han mentido!

—Te recuerdo que somos diez —se burló.

—¿Y qué ha estado haciendo el resto?

—Cosas. —Resoplé y añadió—: Disculpa si no comparto contigo los pormenores de mi plan.

—Pensé que querías que negociáramos.

—Exacto, pero de manera justa. El pago tiene que ser equivalente al producto que se ofrece. Hazme una pregunta concreta y lo valoraré.

—¿Qué buscas tú, entonces? Además de dinero.

Se incorporó. Supuse que se marcharía, negándose a responder, pero lo que hizo fue dirigirse hacia el sofá y sentarse a mi lado. Cruzó las piernas, colocando un tobillo sobre la rodilla contraria, y situó el brazo sobre el respaldo. Me erguí para que no me rozara su mano.

Con el tono propio de las confidencias, susurró:

—Acepto el trato aunque mi secreto sea mucho más grande que el tuyo, pero la condición es que empieces tú. No pongas esa cara, te doy mi palabra de que contaré mi parte cuando termines la tuya.

—Tu palabra no vale nada.

—Te equivocas. Mi palabra lo vale todo porque es el único aval que tengo.

—De acuerdo. Pues haz una pregunta más concreta —le devolví con retintín—, me niego a hacerte una lista de todas mis relaciones.

—Escoge una, la que prefieras. Ni siquiera tiene por qué ser la más significativa.

No sé por qué pensé en esa historia en concreto. Supongo que porque fue la primera y los inicios de algo, da igual lo que sea, se clavan más al fondo porque todo lo que viene después se define a través de ellos.

El beso que abre la veda a los siguientes no tiene por qué ser el mejor para ser el más especial, ni la persona que te lo da tiene que ser perfecta para cambiarte la química cerebral. En mi caso, ni siquiera recordaba con demasiado detalle su cara. Habían pasado muchos años y borré todas sus fotos cuando las cosas se estropearon.

Lo que jamás podría olvidar sería lo que me hizo sentir antes, durante y sobre todo después.

—Solo he tenido un novio aparte de Trenton. —Atajé la pregunta que sabía que se le estaba formando en la lengua—: He estado con otros hombres, pero no los he considerado mis parejas. Eran relaciones casuales o directamente errores. Como has podido comprobar, no se me da particularmente bien escoger.

—¿Y quién fue el afortunado?

—Un chico que tampoco era bueno, aunque de un modo distinto a mi prometido.

—¿Por qué no era bueno?

—Porque me utilizó.

—Háblame de él.

Me humedecí los labios, indecisa sobre qué compartir.

—Era un niño estúpido e insoportable que parecía haber sido diseñado para hacerme la vida imposible.

Se echó a reír.

—Se nota que guardas un buen recuerdo.

—No lo hago. Es horrible.

—¿Y por qué acabasteis juntos?

—Porque me rendí. En algún punto entre sus bromas pesadas y mis gritos.

Emitió un silbido.

—Definitivamente no se te da bien escoger. ¿Has pensado que tu preferencia por gente inadecuada puede ser patológica? Deberías consultarlo con un terapeuta. —Puse los ojos en blanco y él continuó hablando—: Has dicho que te rendiste. ¿A qué?

—A enamorarme de él.

—¿Cuánto tiempo estuvisteis juntos?

—Doce horas. —Por primera vez fui yo la que estuvo a punto de reír

—. Ya he respondido a tu pregunta, ahora te toca a ti. ¿Qué es lo que buscas en el O Fortuna?

—¿Además de dinero?

—Además de dinero.

Lo cierto es que no confiaba en que fuera a responderme, y mucho menos con sinceridad.

Pero lo hizo.

—Resolver un asesinato.

CÁMARA DE SEGURIDAD DEL O FORTUNA

Planta 4 (dcha.), póker 14/03/2026

21:30:39

Honey abrió la puerta de la sala de póker y le hizo un gesto a Beatrix para que pasara primero. Boo ya estaba dentro y se notaba que había jugado con el gato porque el suelo estaba lleno de pelotas de papel, cordones y fichas de casino.

En ese momento el animal mordisqueaba una de ellas mientras Boo tecleaba en su ordenador a toda velocidad. Acabó cerrándolo de golpe con evidente frustración.

—Beatrix Van Alen, quiero ver cómo te pinchas eso. —Señaló el neceser sobre la repisa. No le habían permitido llevárselo consigo cuando volvió con el resto de los rehenes—. Dijiste que también tenías que hacerlo antes de dormir. Pues venga.

—Menudas formas… —La aludida se acercó a por sus cosas, se sentó en una silla y empezó a colocarlo todo en la de al lado con precisión—.

¿Se puede saber qué coño haces todo el día con el ordenador?

—No —respondió Boo, de malhumor.

—¿Videoj uegos?

—¿Crees que he venido hasta aquí para jugar a videojuegos?

—Pues no lo sé. ¿Cuántos años tienes? ¿Quince?

No más de dieciséis, eso seguro. Y vas en silla

de ruedas, perdóname por creer que estás un poquito fuera de lugar.

—No te perdono. —Beatrix puso los ojos en blanco mientras cogía una toallita de alcohol y se lavaba las manos con ella—. Mi trabajo aquí es importantísimo, ¿sabes? Vital.

—Claro.

—¿Intentas enfadarme para que te diga a qué me

dedico? ¿Es eso? No soy tan idiota como tú.

En lugar de responder al ataque, Beatrix terminó de preparar el lancetero y se pinchó en el dedo corazón de la mano izquierda.

—¿Duele? —quiso saber Boo.

—Apenas.

Se aproximó todavía más con la silla de ruedas para no perder detalle e hizo preguntas sobre cada parte del proceso. «¿Por qué tiras la primera gota de sangre?», «¿Qué significan esos números?» , « Si estás bien, ¿por qué tienes que pincharte eso otro?», «¿La insulina hace que duermas mej or?», «¿Por qué esto te lo pones en el muslo y no en el dedo?».

La rehén fue resolviendo sus dudas, hasta que Boo pidió:

—¿Puedo pincharte mañana? —Honey colocó una mano sobre su hombro y negó sutilmente—. No es para hacerle daño. ¡ Ha dicho que no duele! Solo quiero aprender.

—De acuerdo —concedió Beatrix. La sorpresa hizo que Honey y Boo se volvieran hacia ella de golpe. Encogió los hombros—. ¿Qué pasa? Estoy acostumbrada y si te hace ilusión… Pero quiero algo a cambio.

—Cómo no.

—El pintalabios.

Boo fingió pensárselo durante un instante.

—Vale. —Honey hizo amago de volver a llevarse a Beatrix, pero Boo le agarró el brazo y pidió—: Deja que se quede. Yo he visto lo suyo, no me importa que ella vea lo mío.

Sin necesidad de preguntas, Boo le explicó paso a paso cada uno de los ejercicios que hacía. Empezó en la silla, moviendo el cuello, los brazos y el torso.

—A mí tampoco me duele lo que estoy haciendo.

Bueno,  no  mucho.  Puedo  levantarme  sin  ayuda,

¿vale? Caminar y todo.

Para probarlo, bajó por su cuenta de la silla y, muy poco a poco, se tumbó en el suelo para seguir con la tabla. Permitió que Honey ayudara con algunos de los estiramientos.

—Esto se llama « la mariposa» . Es para las caderas. Tengo que colocar las plantas de los pies juntas mientras separo las rodillas… ¿Le estás mirando los brazos a Honey?

—¿Eh?  —Beatrix  se  sonrojó  ligeramente—.  No.

Estaba fijándome en el ejercicio.

—Qué mentirosa. Te he visto.

La rehén se repuso con bastante rapidez. Seguía llevando el mismo vestido negro, ajustado y cortísimo de la noche anterior. Tampoco se había quitado los tacones. Así que se colocó la melena sobre un hombro, cruzó las piernas y sonrió de manera seductora.

—Son los tatuajes —respondió, aterciopelando la voz—. Me encantan los hombres con los brazos tatuados.

Se produjo un silencio incómodo. Tras él, Boo estalló en carcajadas como si aquello fuera lo más gracioso que hubiera escuchado en la vida. Hasta Honey se rio por la nariz. Ante esto, Beatrix volvió a sonrojarse y cambió de postura.

Trató de recubrir su vergüenza de dignidad y preguntó:

—¿Se puede saber qué os pasa?

—Así que Honey es tu tipo —dij o Boo cuando logró recuperarse—. ¿Has salido con mucha gente parecida?

—¿Con tatuajes, te refieres? La verdad es que no. Yo… —Volvió a cerrar la boca, como si se lo hubiera pensado mej or.

—¿Y con qué tipo de gente sales?

—No voy a hablar de mi vida amorosa con un niño.

—No soy un niño. Ni una niña —se adelantó. No parecía molestarle especialmente hacer este tipo de aclaraciones.

—¡ Ay, joder! ¡ Contigo! ¡ Con alguien menor!

—¿Por qué no vas a hablarlo conmigo? No sabes cuántos años tengo ni ninguna otra cosa de mi vida. ¿Cuántos tienes tú?

—Veintitrés, pero no sé de qué manera…

—¿Y cuándo es tu cumpleaños?

—El 16 de junio.

—Vale. —Le hizo un gesto a Honey, que sacó el móvil y escribió algo—. Pues háblame de tu tipo. Espera, ¿estás casada o algo de eso? ¿Tu madre no te prometió a un príncipe o a un viejo dueño de una cadena de hoteles?

—¡ Por  qué  quieres  saber  esas  cosas,  no  lo

entiendo!

—Porque me apetece. Soy muy cotilla.

El calificativo pareció aplacar a Beatrix, que

acabó reconociendo:

—Bueno, yo un poco también.

—Pues cuéntame.

—¡ Yo qué  sé!  Espera,  ¿me  darás  también el

corrector si te lo digo?

—Vale.

—No tengo un tipo. ¡ No vale echarse atrás con lo del corrector! Es la verdad, te lo juro. No salgo con nadie.

Boo inclinó la cabeza con evidente curiosidad.

—¿Te refieres a ahora o a nunca?

—Nunca.

—Pero ¿te gusta la gente?

—Sí, supongo, es solo que no he encontrado…

¡ Ay! ¡ Se me ha metido algo en el ojo! —De tanto frotárselo, empezó a llorarle y se le cayó la lentilla—. Joder.

—¡ Tus ojos azules son de mentira! —señaló Boo,

entre carcajadas.

—Cuando llevo las lentillas, ¿de qué color son?

Pues eso.

—Los de debajo son marrones.

—¡ Son pardos!

—No. Honey tiene los ojos pardos. Los tuyos son

de color nuez.

—Menuda comparación de mierda —se escandalizó Beatrix—. ¿Qué me dices de tu pelo? Te veo las raíces negras. ¿Eso significa que no es blanco?

Tras pensárselo durante un rato, Boo concedió:

—No eres tan tonta como pareces.

Beatrix sonrió, satisfecha.

—Te lo dije.

16

Domingo, 15 de marzo de 2026, 02:07

Sé lo que me vas a decir. «Las pistas estaban ahí, Savannah. Tendrías que haberte dado cuenta». Puede ser, pero estar sometida a tanta presión no me ayudaba a unir las piezas. La mayor parte del tiempo, por mucho que me jactara de lo contrario, ni siquiera sabía qué estaba haciendo. Mi cerebro se había reconfigurado para sobrevivir minuto a minuto, imposibilitándome los planes a largo plazo.

Por eso hice lo que hice la segunda noche. En mi defensa, pensé que Fox me había mentido sobre sus motivos para secuestrar el O Fortuna. Y también que, al contarle que Tiffany y Trenton estaban relacionados con La Última Mano, había hecho suficiente. Si la policía pillaba a los atracadores, seguramente fueran ellos los que delataran a ese par. Y si conseguían salirse con la suya, lo lógico sería que eliminaran a dos personas relacionadas con la mafia para no tener consecuencias en el futuro. Lo mismo me daba.

Además, no tenía ni la menor idea de cómo ayudarlo a llegar a la quinta planta.

Había conseguido mantenerme despierta hasta las tantas de la madrugada pensando en qué haría si conseguía liberarme esa noche.

¿Quería matar a Fox? Prefería huir o limitarme a hacerle daño, pero estaba dispuesta a lo que hiciera falta si las cosas se torcían.

Ya que todas las salidas estaban selladas con bombas, lo ideal era esconderme. Tras un día recorriendo el casino a sus anchas, lo más

probable es que Fox y compañía empezaran a conocer sus recovecos, pero seguía habiendo opciones. A las nueve de la mañana tendrían que abrir una puerta para pasar la comida; si lograba ocultarme lo suficientemente cerca, podría salir corriendo. Una vez en el exterior, seguro que la policía me cubría.

No era un plan perfecto, como te he dicho, pero me tranquilizaba aferrarme a él en lugar de resignarme y someterme a los deseos de un puñado de delincuentes.

Me preocupaba lo que pasaría con Trix si yo conseguía escapar.

¿Sufriría las consecuencias, tal y como había insinuado Fox? Esa tarde me di cuenta de que la estaban tratando bien. Que le hubieran devuelto el neceser solo podía significar que no deseaban que le sucediera nada malo. Además, ella misma me dijo que de alguna manera había logrado entenderse con Boo. Lo ideal sería huir junto a ella, pero no sabía si sería capaz de sacarla de su habitación y llevarla conmigo sin que se dieran cuenta.

Me agobié con todo lo que podía salir mal y empecé a hacer ejercicios de respiración. Inspirar despacio, contener el aire, espirar despacio. Diez veces. Al terminar, supe que solo había dos posibilidades frente a mí: no hacer nada y quedarme tal y como estaba o arriesgarme e ir resolviendo las cosas sobre la marcha.

Me decidí por la segunda.

No solo había conseguido que Fox me dejara las manos esposadas por delante, también le había pedido que me quitara las cadenas porque se me clavaban en la cintura al dormir. Se negó a dejarme tan libre, pero accedió a pasar la cadena entre mis brazos y engancharla al cabecero. Eso me proporcionaba dos metros de libertad de movimiento, un poco más si estiraba los brazos hacia atrás.

Antes de que apagara la luz, me fijé en que había dejado su ropa encima de la silla del escritorio. No estaba muy lejos, así que empecé a arrastrarme por el colchón para llegar hasta la parte inferior de la cama, con cuidado de que la cadena no tintineara como la otra vez. El vestido se me fue subiendo hasta acabar enredado a mi cintura, pero me dio igual. Continué avanzando hasta el final.

Una vez tuve el culo en el borde, apoyé los pies en el suelo para mantener el equilibrio y estiré una de las piernas para tratar de alcanzar el pantalón que estaba sobre el respaldo de la silla. Aunque las armas y el

teléfono estuvieran en la sala de estar, solo necesitaba la llave de las esposas.

Ni siquiera doblando al máximo el empeine fui capaz de rozar la prenda con los dedos. En un intento de ganar margen de maniobra, llevé los brazos hacia atrás y los estiré todo lo posible, curvando la espalda de forma exagerada. Conseguí dejar el culo mucho más cerca del suelo, aunque no lo suficiente como para sentarme en él.

Los hombros me dolían tanto que pensé que se me desencajarían. Levanté las caderas, volví a estirar una de las piernas y logré alcanzar la pernera del pantalón. Después venía lo difícil: agarrarlos de alguna manera para depositarlos con cuidado sobre la cama, a la que debía volver a subir no sabía cómo.

Evidentemente salió mal.

Logré sujetar la prenda con los dedos lo bastante para arrastrarla por el respaldo de la silla, pero acabó cayéndose al suelo. Aunque el ruido no fue excesivo, Fox no necesitó más para despertarse.

—¿Qué cojones…? —Tenía la voz ronca por el sueño—. ¿Dónde te has metido?

Cuando se dio cuenta de que estaba a los pies de la cama, con media espalda todavía apoyada en el colchón y la otra en el aire, se levantó de un salto. Ni siquiera se puso la máscara, aunque dio igual porque tampoco había encendido la luz y solo distinguía su silueta. Al pararse delante de mí y darse cuenta de que era incapaz de moverme, se echó a reír con incredulidad.

—¿Nunca te rindes?

Intentó subirme de nuevo al colchón sujetándome de la cintura. Es cierto que se lo puse difícil, no tanto porque pensara que todavía podía escapar como por sacar parte de la frustración que se me había anudado a la garganta. Por eso me revolví y él tuvo que reubicarse. Me separó las rodillas con impaciencia, se colocó entre mis piernas y me abrazó para tirarme sobre la cama.

Cayó encima de mí y las cosas se descontrolaron.

Estoy convencida de que si hubiera sido capaz de mantener la calma la única consecuencia de mi intento de fuga habría sido un par de bromas al día siguiente. Pero ¿cómo hacerlo? Aunque de primeras no se me hubiera pasado por la cabeza que ese hombre pudiera abusar sexualmente de mí, las insinuaciones de Trenton habían hecho mella y mis instintos ya me

habían fallado antes. Además, estaba cansada, dolorida y me sentía muy vulnerable.

Así que luché con todo lo que tenía, empezando por agitarme sobre el colchón y hacer fuerza con las piernas para quitármelo de encima.

—¡Oye!

Desoí su queja y, aprovechando que tenía las manos esposadas por delante, se las puse en la cara. No me preocupé por sus rasgos, que tampoco habría sido capaz de dibujar mentalmente gracias al tacto. Lo que estaba buscando eran los ojos.

Le arañé uno de los párpados, pero volvió la cabeza a toda velocidad.

—¡Savannah, joder! ¡Para!

Me pasó una mano por debajo de la cintura para volver a moverme y, al tratar de apartarme, me giré y pateé su mesilla. Algo hizo ruido al caer al suelo. Cuando finalmente logró inmovilizarme, agarró la cadena que unía las esposas para colocarme las manos sobre la cabeza y me aprisionó contra el colchón con su propio cuerpo.

—¿Se puede saber qué te pasa?

Le faltaba el aliento tras la pelea y se le cortó cuando respondí:

—¡Apártate de mí ahora mismo! ¡Ni se te ocurra tocarme!

Tardó en volver a respirar lo justo para entender qué se me estaba pasando por la cabeza. Tras eso, hizo lo posible por apartar el cuerpo de mí sin dejar de mantenerme inmovilizada.

—¿Crees que quiero follarte a la fuerza?

Pese al calor que tenía por la pelea y su cercanía, sentí que la temperatura de la habitación descendía drásticamente.

Parecía esperar una respuesta. Se la habría dado aunque no hubiera sido el caso porque estaba con los nervios de punta y porque el desconcierto de su voz me indignaba.

—¡¿Te sorprende?! ¡Lo único que sé de ti es que eres un criminal! ¡Me tienes encadenada a la cama! ¡No paras de hacer insinuaciones y de insistir en que me duche dejando claro que quieres estar presente!

No le hizo falta alzar la voz para interrumpirme:

—Te odio.

Desconozco por qué esa frase me bloqueó tanto. Quizá fuera por lo visceral, porque se notaba lo mucho que la había macerado, como si la hubiera tenido escondida tras las muelas a la espera del momento indicado.

Inclinó la cabeza hacia mí y algo metálico me rozó el esternón.

—Jamás te follaría, ni con tu permiso ni sin él, porque solo de pensarlo me entran ganas de vomitar. Preferiría arrancarme las yemas de los dedos a mordiscos antes que acariciarte, Savannah Price. ¿Quieres saber por qué te tengo encadenada? Porque era la única manera de conseguir que Doc no te matara, pero empiezo a pensar que me equivoqué al mantenerte con vida. Así que dame un motivo más, solo uno, y dejaré que él se encargue de ti.

Me soltó como si acabara de darle calambre. Se levantó de la cama y lo oí tanteando en el suelo antes de encender la luz. Al incorporarme para quedar sentada, vi que se había cubierto la cara y puesto los pantalones.

Lo que sonó tras patear la mesilla fue su máscara cayendo al suelo. Se había roto un trozo de la parte inferior, dejando la mitad de su boca y mandíbula al descubierto. Y, aunque no era mucho más de lo que ya había atisbado cuando fingía ser un camarero, confieso que me obnubiló.

Sin mediar palabra, se dirigió hacia la sala de estar. Cuando volvió tenía una de las pistolas enganchadas en la goma de la ropa interior. Al acercárseme, caí en que lo que me había rozado antes el esternón eran precisamente las llaves. ¿Desde cuándo las llevaba en un collar? Lo desabrochó para quitarme una de las argollas de las esposas, liberándome también de la cadena.

Su boca formaba una línea recta mientras me apuntaba con el arma.

—Colócate el vestido.

Había olvidado que la tela se me había subido hasta la cintura. Hasta que no la bajé por las piernas no siguió hablando.

—Túmbate bocarriba, levanta los brazos y pon las manos junto al cabecero.

Esa vez apretó más al cerrar las esposas. Luego dio media vuelta y, sin molestarse en apagar la luz, fue hacia la sala de estar. Antes de salir por la puerta del dormitorio, escupió sin volverse:

—A ver qué tal duermes ahora.

DÍA 3

15 de marzo de 2026

Departamento de la

Policía Metropolitana de Las Vegas

Tercera hora del interrogatorio

El detective se tomó un momento para asimilar toda la información. Después, entrelazó las manos y miró fijamente a los ojos de Savannah.

—Nos mintió cuando dijo que la primera noche no había ningún rehén herido.

—¿Por eso me habéis esposado? —Parecía perpleja—. Había cámaras por todo el casino, tuvisteis que escuchar a ese hombre amenazándome antes de descolgar el teléfono.

—Las grabaciones de seguridad no tienen sonido. —Tras una pausa deliberadamente incómoda, añadió con suspicacia—: Qué extraño que no sepa esto, sobre todo teniendo en cuenta que PriceShield ofrece servicios de videovigilancia.

—Ya le he dicho que no tengo ningún interés en el negocio familiar.

¿Y qué me dice de la pistola? Estuvo apuntándome con un arma durante toda la llamada. ¿Por qué siguen desconfiando de mí?

—Hablaremos de ese tema más adelante. —Giró la cara hacia el espejo de la pared y arqueó las cejas sin ningún disimulo—. Volviendo a los heridos. Si hubiéramos sabido que hubo violencia desde el primer día o, como mínimo, lo hubiéramos intuido, habríamos intervenido antes. En este tipo de situaciones, si se considera que la integridad de los rehenes no peligra, se evita usar la fuerza durante las etapas iniciales. Salvo ese primer día, ¿cuál diría que fue el detonante de que los atracadores se pusieran violentos?

—Doc —respondió Savannah—. Estalló el domingo y ya no hubo vuelta atrás.

El detective abrió la carpeta roja y revisó los papeles hasta dar con una ficha policial que estaba prácticamente en blanco. La imagen grapada en la primera página era un fotograma extraído de las grabaciones de seguridad, igual que el que le mostró de Fox al inicio del interrogatorio. Se veía a Doc sentado en una silla, mirando directamente a la cámara y sujetando varios papeles manuscritos. En el que enseñaba en ese momento podía leerse: «¿Viste lo que le hice a Jack Morgan?».

—¿Qué puede decirme de este hombre?

—Emyr Owen. —Savannah cerró las manos en dos puños. Los apretó tanto que los nudillos perdieron el color—. Nació en Gales, igual que Chloe Reed. Ella es… era el motivo principal de que él estuviera ahí. Quería averiguar qué le había sucedido.

Tras una mueca de asombro, Frank Morales revisó el resto de los documentos hasta dar con un fajo de folios recogidos con un clip. Había una fotografía grapada al primero, en esa ocasión de buena calidad y a todo color. En ella se veía a una mujer joven, de veintisiete años. Tenía la piel negra, el cabello afro y la sonrisa de una estrella de cine.

—¿Chloe Reed estaba relacionada con… —consultó el nombre que acababa de apuntar a lápiz en la ficha de Doc— Emyr Owen?

—Era su novia.

—¿Cómo sabe el nombre del atracador? ¿Le vio la cara?

—Porque me lo dijo él justo después de la masacre. Y, sí, lo hice.

¿Quiere que se lo describa?

Frank Morales chasqueó los dedos para llamar a su compañera:

—¡Rivera! Pídeles a los de fuera que traigan a la especialista en retratos robot. —Cuando la policía salió por la puerta para cumplir con la orden, el detective se inclinó sobre la mesa y, con un ansia mal disimulada, preguntó—: ¿Y Fox? ¿Qué me dice de él? ¿También fue capaz de verlo?

Savannah presionó la uña destrozada del dedo índice con el lateral del pulgar.

—No. Solo atisbé su boca cuando se le rompió un trozo de la máscara.

—¿Y descubrió su nombre?

—Tampoco. Para mí siempre fue Fox.

17

Domingo, 15 de marzo de 2026, 08:37

Apagó la luz en algún momento de la noche, no sé cuándo y creo entender el porqué. Apuesto a que él durmió todavía peor que yo. A que, como a mí, le dolió todo el cuerpo; solo que por dentro en lugar de por fuera. Cuando a la mañana siguiente vino a buscarme no sospechaba nada de esto. Al fin y al cabo, todavía quedaban unas horas para que descubriera que había un motivo tras su crueldad.

Gracias a la máscara rota podía atisbar su expresión en lugar de tener que imaginármela. La boca de ese hombre estaba diseñada para curvarse en una sonrisa, por lo que su seriedad se me antojaba tirante y artificial. Sucedía lo mismo con el tono de su voz, que de pronto resultaba vacío, mecánico, como si estuviera leyendo un guion escrito para otra persona.

—Despierta —ordenó sin apenas mirarme.

A diferencia de los días anteriores, estaba completamente vestido. Se sacó por la cabeza la cadena en la que estaban las llaves del candado y de las esposas y me quitó estas últimas lo justo para que pudiera incorporarme en la cama. Después volvió a colocármelas por delante sin necesidad de que le dijera nada. Con un gesto seco de cabeza me hizo ver que se me había vuelto a subir el vestido, así que me lo bajé y me puse en pie.

—Comerás cuando la policía nos entregue las provisiones.

Recogió la cadena del suelo y me indicó que avanzara por delante de él. Llevaba una de las pistolas en la mano, pero no se había colocado el

arnés. Eché un vistazo en derredor por si localizaba el resto de las armas. Aunque no las vi, me fijé en que había algo brillante en el suelo del dormitorio.

Me detuve en seco, desconcertada.

—¿Eso de ahí es mi anillo?

Se agachó para cogerlo y lo sujetó entre el pulgar y el índice para examinarlo con aburrimiento. Solo podía ponérmelo en la segunda falange del dedo meñique por lo pequeño que era, y estaba tan desgastado por el tiempo que el baño de oro se había perdido en algunas partes, dejando ver el acero de debajo.

Odié que lo tocara. No soportaba que lo hiciera nadie, pero mucho mucho menos él.

—Devuélvemelo.

—¿Por qué? —preguntó, lacónico—. Este ni siquiera te lo robé. Lo tiraste a la fuente nada más llegar al casino.

—¿Me estabas espiando? Claro, fue antes de que subiéramos al ascensor —caí en la cuenta—. Da igual. Es mío. Dámelo.

—Se nota que es barato. ¿Qué hace una niña de papá rica con algo así?

¿Por eso lo tiraste?

El insulto tampoco sonó como antes. Parecía desganado.

—No lo entiendes. Lo lancé a la fuente para pedir un deseo. —Nada más decirlo me sentí ridícula. Como si cupiera perfectamente en la imagen mental que ese hombre se había hecho de mí. Quizá por eso sentí la necesidad de añadir—: Es mi favorito.

—Debía de ser un deseo importante si pensaste que debías sacrificar tu anillo favorito.

No me sorprendió que se lo metiera de nuevo en el bolsillo, sí que no hiciera más preguntas al respecto.

Me condujo hasta el baño y me encadenó en silencio a una de las patas de la bañera. Como en días anteriores, calculó que pudiera utilizar únicamente el lavabo y el retrete. Ni me preguntó si quería ducharme ni se despidió cuando me dejó allí encerrada y salió de la habitación del hotel.

Observé mi estupefacción a través del espejo y cómo fue deformándose poco a poco en ira. Me estaba castigando, era tan obvio como ridículo. Se había ofendido por lo sucedido por la noche y, además de esposarme al cabecero, se estaba esforzando para que no me cupiera ninguna duda de que seguía enfadado. Como si fuera un crío.

Quise gritar por la frustración. Lo único que consiguió que me contuviera fue que necesitaba tiempo a solas para pensar e idear un nuevo plan de escape.

Lo primero que tenía que hacer era arrancarme de una maldita vez la uña acrílica, así que me acerqué a la pared y comencé a rasparla contra la superficie rugosa del azulejo.

CÁMARA DE SEGURIDAD DEL O FORTUNA

Planta 1, vestíbulo 15/03/2026

08:56:50

Había mucho movimiento en el vestíbulo.

A la izquierda de la puerta de salida, todavía completamente sellada, Miles Donovan atendía a las explicaciones de Copy y Paste. Fox lo había elegido para que fuera el rehén que recogiera los suministros y se notaba que estaba de los nervios.

A la derecha de la misma puerta, Honey desactivaba la bomba. A su lado, Boo revisaba a través del ordenador las cámaras de seguridad exteriores e informaba de los movimientos de la policía.

Habían dejado a dos de los palos vigilando al resto de los rehenes. Otro de ellos, Trébol, rompía el suelo con una perforadora cerca de la fuente del vestíbulo. A través del agujero que estaba haciendo era visible la placa de acero reforzado que había bajo el mármol y el cemento.

Amparados por el ruido de la máquina, Doc y Fox

mantenían una conversación.

—¿Qué le ha pasado a tu máscara? —preguntó el hombre vestido de médico.

—Anoche le di un golpe a la mesilla y se me cayó.

—¿Por qué no coges una de las de reserva?

—Me gusta esta. Además, nadie va a reconocerme.

Apenas se me ve.

—Hablando de eso, ¿has pensado ya en cómo vas a sacarle a Gregory Price la información que necesitas? Recuerda que, si averigua quién eres, él o cualquier otro rehén, tendremos que matarlo.

—Lo sé.

Tras un silencio largo, Doc sorprendió a su interlocutor diciendo:

—No me importaría hacerlo. Matarlo, me refiero. Sé que complicaría el secuestro, pero si llegado el momento no se te ocurre otra opción, estoy dispuesto a asumir la culpa. Al fin y al cabo, no me queda nada que perder.

La negativa de Fox fue igual de rápida y categórica que un disparo:

—No.

—¿No a qué? —preguntó su compañero con humor. Recuperó la seriedad para explicarse—: Si ese hombre resulta ser culpable, me aliviará casi tanto como a ti quitarlo de en medio. Además, ya tengo experiencia.

—Emyr. No.

—Es desconcertante cuando se intercambian los papeles y eres tú quien me regaña. Ojalá ella estuviera aquí para verlo.

—Sí, ojalá estuviera. Pero no está y, entre otras cosas, tenemos que averiguar el porqué. Recuerda que Price también puede estar implicado en eso, no podemos matarlo antes de llegar a la quinta planta.

—¿Y no vas a intentar sacarle lo de la empresa?

—Sí, es solo que… —Soltó una gran cantidad de aire, frustrado—. Tengo que pensar bien la manera. Quizá utilice a Savannah.

—¿Cómo planeas hacer eso sin revelarle tu identidad?

—Ya se me ocurrirá algo.

Fox recibió la llamada del detective Frank Morales a exactamente las nueve. Trébol dejó de taladrar el suelo y todos los presentes se giraron para prestar atención.

—¡ Qué puntual! —felicitó al descolgar—. ¿Tenéis listo lo que pedí? ¿Sí? ¿Incluso el yate? —Miró hacia Boo, que asintió tras consultar la pantalla de su ordenador—. Perfecto. Te diré cómo lo vamos a hacer. Miles Donovan, uno de los rehenes y antiguo crupier del casino… ¿Antiguo o futuro? Porque ahora mismo no ejerce, pero ¿el O Fortuna seguirá en marcha cuando nos vayamos? Es cierto, es cierto, no es lo que importa ahora. ¿Por dónde…? ¡ Ah, Miles! Va a salir a por los suministros. Son muchos, así que hará varios viajes. No, Frank, no va a meter el yate. Es evidente que no cabe por la puerta. El barco lo dejaremos donde está, listo para cuando queramos zarpar. —Soltó una carcajada—. En fin, si hacéis cualquier movimiento mientras Miles entra y sale, si tratáis de hablar con él o darle algo que no debéis, incluso si gesticuláis más de la cuenta… El crupier, y cualquiera que tenga cerca, volará en mil pedazos. —Guardó silencio durante un instante—. Por una bomba, Frank, ¿cómo quieres que estalle si no? No te preocupes, le hace juego con el uniforme y se la quitaremos en cuanto todo termine. ¡ Una cosa más antes de abrir! Tengo otra petición que hacerte.

Doc sacó un papel del bolsillo de la bata, lo desdobló y se lo tendió para que lo leyera.

—Además de la comida y el agua, que volveremos a recoger a las nueve de la mañana del lunes, quiero un medicamento. ¿Tienes para apuntar? —Se rio más con los hombros que con la voz—. Vale, vale. Te adelanto que es un poco complicado de

conseguir. Cuando lo hagáis, soltaré a un rehén. Sí, Frank, es una promesa. Lo que necesito se llama Zolgensma. No seas vago y busca tú mismo para qué sirve. ¡ Chao!

Inmediatamente después de colgar, le hizo un gesto a Trébol para que volviera a poner en marcha la perforadora y otro a Honey para que abriera la puerta. Parecía querer que la policía viera que estaban picando el suelo. Se asomó para saludarlos con la mano y volvió junto a Doc.

—¿Estás seguro de que tardarán en encontrar el

medicamento?

—Cada dosis cuesta más de dos millones de dólares y hay poquísimas unidades disponibles en este país. Necesitarán autorizaciones de aseguradoras, hospitales y la FDA. Perderán horas solo para comprobar si es legal dárnoslo. ¿Cuánto tiempo crees que podrás retenerlos?

—El suficiente. Espero.

—¿Y si se cansan y actúan antes de la cuenta?

—Tocará improvisar. De momento han visto o creído ver que estamos intentando entrar en la cámara acorazada —señaló el agujero del suelo— y no tienen constancia de ningún herido. Vamos bien.

Doc asintió y sacó la mano izquierda del bolsillo de la bata. Sujetaba uno de sus bisturíes. Estaba tan limpio y pulido que sus ojos marrones se reflejaron perfectamente en la hoja. Parecían más tristes que nunca.

—Seguimos sin tener ni idea de cómo llegar al último piso.

—¿Se ha hecho ya el agujero en el techo del baño de la cuarta planta? —Doc hizo un gesto afirmativo—. ¿Y está blindado?

—Tal y como pensábamos.  Corazón cree que el

blindaje ocupa todo el suelo del quinto y, por

consiguiente, el techo del cuarto. Pero tendríamos que comprobarlo perforando más zonas.

—Hacedlo.

Fox hizo amago de marcharse, pero Doc lo retuvo

colocando la mano sobre su hombro.

—Trenton Lee sabe cómo llegar. Presiónalo.

—Estoy tratando de averiguar cómo, ya te lo dije.

—Ya sabes cómo. Si no quieres mancharte las manos…

—Emyr. No.

18

Domingo, 15 de marzo de 2026, 09:37

Fox regresó a la habitación cargado con una bandeja que llevó hasta la sala de estar sin dirigirme ni una mirada. Nerviosa, froté la uña acrílica contra la parte rugosa del azulejo más rápido y fuerte. Sabía que me iba a doler arrancármela, pero no imaginaba que tanto. Lo único bueno era que no tenía tiempo que perder, así que no me lo pensé dos veces antes de llevármela a la boca para despegarla con ayuda de los dientes. Contuve un grito, respiré hondo por la nariz y parpadeé muy rápido para evitar llorar.

Nada más escupir la acrílica debajo del mueble del lavabo, Fox apareció en el baño. Me quedó claro que su actitud no había cambiado. Se acercó a mí para desencadenarme y no le dedicó más que un vistazo de reojo al tanga que había dejado secándose en la encimera después de lavarlo con jabón de manos.

Esperé una broma y me molestó todavía más que no llegara.

Me llevó hasta la sala de estar y se recostó en el sillón con su postura habitual: la cabeza sobre los nudillos y uno de los tobillos apoyado en la rodilla contraria.

Sobre la mesa había fruta en almíbar, pan caliente y un par de piezas de bollería. También había café, chai y leche entera y desnatada.

Por romper el silencio y comprobar si se resistía a volver a llamarme

«niña de papá rica», señalé los briks y pregunté:

—¿Hay alguna alternativa vegetal? De avena, a poder ser.

—Me suena que he visto un litro de soja abajo.

Alcé la cabeza tan rápido que estuvo a punto de darme un tirón en el cuello. Fox tardó en desentrañar mi expresión victoriosa y darse cuenta de su error. Tensó la mandíbula cuando finalmente sucedió, pero se mantuvo en silencio.

—Eres europeo —señalé con una sonrisa—. Lo sospeché cuando vi que juegas con una moneda de dos euros, pero podrías haberla conseguido en alguno de los casinos de Las Vegas. Lo del sistema métrico, sin embargo…

Se obcecó en su mutismo y traté de comprar la información tal y como habíamos hecho el día anterior.

—¿De qué país eres exactamente? Pregunta lo que quieras a cambio.

—¿Dónde está tu madre?

Abrí los ojos como platos, sorprendida por la salida.

—¿A qué te refieres?

—Has venido a la inauguración con tu padre y en estos días no la has mencionado ni una vez. Háblame de ella.

Aun sabiendo lo mucho que esa conversación podía revolverme, consideré que merecería la pena si con ello lograba averiguar de dónde era.

—Se llama Maria. Fue la segunda esposa de mi padre y…, bueno, su secretaria. Se quedó embarazada de mí y se casaron, en ese orden.

—¿Murió?

—No. O eso creo. Volvió a Brasil con mi abuela cuando se divorció de mi padre.

Noté un ápice de interés en su mirada.

—Por cómo lo cuentas, entiendo que no hablas con ella. —Hice un gesto afirmativo—. ¿Por qué?

—Al principio por imposición de mi padre. Era muy joven cuando se marchó y le resultó fácil controlarme. Después… —Los ojos me escocían

—. Vergüenza, supongo. Ha pasado demasiado tiempo desde que nos despedimos, no sabría cómo enfrentarla.

Preferí no continuar abriéndome con él, por mucho que hubiera logrado romper su fachada de desinterés, así que el resto de los miedos me los trasladé a mí misma: «¿Y si me odiaba por haberme quedado con mi padre o por no haber tratado de ponerme en contacto con ella antes?», «¿Y si había rehecho su vida y yo no cabía en ella?», «¿Y si se avergonzaba de la mujer en la que me había convertido?». Por último y más importante:

«¿Y si le decepcionaba que no hubiera logrado ninguna de las cosas que ella me había empujado a conseguir?».

Carraspeé para tratar de deshacer el nudo que se me había formado en la garganta.

—Ya te he contado mi parte, te toca.

—No.

—Dijiste que si te hablaba de mi madre… —Fruncí el ceño—. Me has mentido.

—Para mentirte habría tenido que acceder al trato. ¿Lo he hecho o sencillamente te he preguntado algo que has querido responder?

Me enfurecí. También volví a notarlo pagado de sí mismo. Incluso vi un asomo de sonrisa, por mucho que se apresurara a hacerla desaparecer.

Inspiré profundamente para hacer un llamamiento a la calma y decidí que ya era hora de poner en marcha mi plan.

—Tienes razón, no volveré a cometer ese error. Por cierto, he decidido que quiero ducharme.

—Sabes que voy a estar presente, ¿verdad?

Me mostré ligeramente disconforme para que no sospechara que era justo lo que necesitaba.

CÁMARA DE SEGURIDAD DEL O FORTUNA

Planta 4 (izqd.), reservado 15/03/2026

10:02:37

Al reservado de la cuarta planta solo se podía acceder a través de la puerta roja del bar. Estaba destinado a todo tipo de espectáculos, así que tenía un enorme escenario en forma de « T». A ambos lados había mesas redondas con dos o tres sillas alrededor de cada una.

No había ventanas y la iluminación era tenue y de color rojizo, a juego con las cortinas de terciopelo tras las que se escondían las bambalinas. Doc apartó la pesada tela para echar un vistazo mientras uno de los rehenes, Jack Morgan, le dirigía una mirada temerosa. Estaba de pie donde le habían ordenado: justo en el centro del escenario. Cada poco tiempo se frotaba las manos cubiertas de sudor contra los pantalones del uniforme.

Doc rompió el silencio mientras seguía paseándose por la tarima examinándolo todo.

—Eres  el  director  artístico  del  casino,

¿verdad?

Llevaba la ametralladora colgada a la espalda y era, con diferencia y sin contar a Boo, el atracador menos alto y corpulento. Su manera de dirigirse   a   los   rehenes   tampoco   era

particularmente intimidante.  A pesar de ello,

Jack Morgan estaba nervioso.

—Sí.

—¿De qué se ocupa exactamente un director artístico?

—De mu-muchas cosas —balbuceó—. De preparar los distintos tipos de espectáculos, de contactar con las empresas que haga falta para llevarlos a cabo…

—¿De contratar a los artistas? —intervino Doc,

aproximándose a él con lentitud.

—S-sí. Claro.

—¿Y qué tipo de espectáculos iba a ofrecer el O Fortuna?

—Magia, acrobacias, burlesque, danza…

—¿Y música en vivo?

—También.

Doc introdujo las manos en los bolsillos de la bata y se colocó detrás de Jack Morgan.

—Qué casualidad. ¿Sabes que conocí a una muj er que se dedicaba a cantar en casinos? Bueno, iba a dedicarse a ello, en realidad. Todavía no había empezado. Tampoco es que fuera su sueño. Lo que ella deseaba era compartir sus letras con quien quisiera escucharlas, pero, y no te lo tomes a mal, su objetivo último era que la contratara alguna productora y grabar un disco. Estaba bien lo del casino, de todos modos. Era un primer paso y, quién sabe, puede que alguien relacionado con el mundo del espectáculo la viera actuar y se interesara por ella.

Jack Morgan, que había ido perdiendo el color a medida que Doc hablaba, se empecinó en mirar al frente en lugar de al hombre que seguía tras él.

—Siempre fue humilde además de optimista, así que la perspectiva de no terminar de darle forma a  su  sueño  y  dedicarse  a  cantar  sobre  un

escenario como este le hacía inmensamente feliz.

Pero yo sabía que lograría llegar más lejos.

¿Cómo no iba a hacerlo? Cada vez que cogía la guitarra y arrancaba a cantar, se me paraba el corazón para poder escucharla bien. —Sonrió con la voz y quién sabe si también con los labios que permanecían bajo la mascarilla—. Tendrías que haberla conocido… Aunque quizá lo hicieras. Se llamaba Chloe Reed. ¿Te suena de algo?

Jack Morgan no pudo aguantarlo más y se echó a llorar.

19

Domingo, 15 de marzo de 2026, 10:16

Permíteme exagerar y decirte que, cuando cerró la puerta del baño, sentí que así era como debía ser. Que ninguno de los dos podía escapar de lo que estaba a punto de suceder ya que, lo supiera todavía o no, aquello siempre había ido de nosotros.

¿Recuerdas cuando al principio te dije que esta historia trataba de mí? Sigue siendo cierto, pero omití mencionar que mi historia no habría sido posible sin la nuestra y sin la suya.

En cualquier caso, esto es lo que pasó el día que averigüé, al fin, quién era Fox.

Nos llevó hasta el centro del baño y me quitó la cadena de la cintura sin mediar palabra. No tuve que decirle que prefería ducharme sin ella porque la dejó caer y no hizo amago de volvérmela a poner. Después, con la sonrisa en paradero desconocido, apoyó una rodilla en el suelo y cogió el bajo de mi vestido para sacármelo. Aunque fue despacio, no sentí que se regodeara, tampoco me rozó la piel con los dedos como cuando me quitó las joyas. La frialdad que desprendía hizo la situación todavía más incómoda.

Miró hacia la encimera del lavabo, donde había dejado secando mi ropa interior, y se detuvo de golpe. Tras un instante de duda, acabó poniéndose de nuevo en pie y quitándome las esposas.

—Desnúdate tú. —Tras alejarse un paso, añadió con repugnancia—: No quiero verte.

Fue hacia la puerta, apoyó un hombro sobre ella y me dio la espalda. No se había puesto el arnés, seguía llevando solo una pistola sujeta con el pantalón y pensé en que había tenido muchísima suerte.

Estaba completamente libre, al fin, y podría haber aprovechado ese momento para ir a por él, pero se notaba que seguía en tensión, demasiado pendiente de mis movimientos aunque no estuviera mirando. De hecho, solo tenía que girar un poco la cabeza para vigilarme a través del espejo.

Mi plan dependía por entero de que mantuviera su palabra y no mirara. Tenía ganas de vomitar de los nervios lo poco que había desayunado. Con las manos temblando, me quité el vestido por la cabeza y lo lancé sobre el lavabo.

Observé mi cuerpo desnudo en el espejo y comprobé que él no estuviera haciendo lo mismo. Después, abrí el grifo de la ducha y me metí debajo. Estuve a punto de gemir al sentir el agua caliente sobre la piel. Tendría que haberme puesto en marcha de inmediato, pero no pude evitar limpiarme todo lo rápidamente que pude, excusándome en que si Fox olía el champú y el gel se convencería de que no estaba tramando nada. Tardé solo un minuto, dos como mucho. Después, sin sacar el cuerpo de debajo de la ducha, estiré el brazo para coger la toalla que había colgada en la pared. La coloqué bajo la alcachofa para que el agua cayera sobre ella. De esa forma, seguiría pareciendo que había un cuerpo debajo.

Salí de la ducha sin hacer ruido y, por mucho que mi corazón me impeliera a correr, avancé muy lentamente hacia Fox. Su postura era más relajada que al principio, pero sabía que no tenía mucho tiempo antes de que empezara a impacientarse.

Él tenía los brazos cruzados y la cabeza ligeramente agachada; yo, mi objetivo casi al alcance de la mano. Había visualizado tantas veces ese momento y todo lo que podía salir mal que me sorprendió lo fácil que fue. Con un movimiento rápido, agarré la pistola, coloqué el dedo sobre el gatillo y, sin alejarme demasiado, ordené:

—De rodillas.

No esperaba que se echara a reír ni lo que esa carcajada provocó. Sé que fue la combinación de la adrenalina, la desnudez y la sensación de poder, pero noté la piel electrificada. Empeoró cuando se giró y sus ojos se encontraron con los míos. Brillaban más que nunca, a juego con los dientes que dejaba ver su sonrisa. Parecía un animal decidiendo dónde dar el primer mordisco.

—Sabía que esta vez tendría que haber mirado.

No entendí a qué se refería y me dio igual. Agarré la pistola con más fuerza. Entonces se fijó en el dedo que tenía sobre el gatillo, el de la uña destrozada y sangrante, y susurró:

—Ahí estás, joder.

—De rodillas —repetí.

Sin apartar los ojos de los míos, subió las manos con las palmas hacia mí y acató mi orden.

—Quítate la máscara. Su sonrisa se afiló.

—¿Estás segura? Si lo hago, no habrá vuelta atrás.

—Que te la quites. Ya.

—Como desees.

El momento no debió de durar más de tres segundos, pero los puntos de inflexión se estiran muchísimo en el tiempo. Tocan con un extremo el ayer y con el otro el mañana y hacen un nudo para que no tengas escapatoria.

Por eso, cuando Fox se apartó la máscara de la cara volví a ser una niña de cuatro años y me convertí de golpe en la mujer que soy ahora. Por eso, al verlo, por fin y otra vez, abrí los ojos tan de par en par que sus facciones se me tatuaron en las retinas.

Con un hilo de voz, susurré:

—Koen.

Y él respondió:

—Zickenqueen.

HACE MUCHO

2006

15 de julio

Koen Ackermann tiene seis años y la certeza absoluta de que la niña que hay frente a él va a cambiarle la vida.

Sus padres le han explicado la situación de camino a casa de los Price. Han tenido tiempo de sobra porque desde Múnich hasta Los Ángeles hay doce horas de vuelo.

—Siento que no hayas podido ir al campamento de verano con tus amigos, cielo, pero este viaje es muy importante para mamá y papá — empezó Ursula Ackermann—. Gregory Price es uno de nuestros clientes más valiosos.

—Pero si lo odias —replicó el niño, enfurruñado.

—¿Que lo…? ¿Por qué dices eso, Koen?

Andreas Müller se echó a reír. Fue él quien respondió a su mujer:

—Quizá te haya oído quejarte. Aunque me extraña porque, sin contar cuando estamos en la oficina, solo lo haces unas cien veces al día.

—¡Baja la voz! —Ursula miró con disimulo hacia atrás, como si el mismísimo Gregory Price pudiera estar en el avión espiándolos—. Solo digo que me molesta que se dirija exclusivamente a ti cuando hablamos de negocios. La empresa la fundé yo, lo sabe de sobra. Si tiene mi apellido, maldita sea. Es… ¿Recuerdas cómo trató a su mujer aquella vez?

Andreas colocó una mano sobre la de Ursula y le dio un pequeño apretón.

—Quizá aquello fuera algo puntual. Fruto de los nervios. Al fin y al cabo, el acuerdo que hemos cerrado también es algo grande para él. Si después de esta semana en California sigue sin gustarte, tampoco pasa nada. No tenemos que ser amigos para mantenerlo como cliente. Además, Koen —se dirigió al niño—, Gregory y Maria tienen una hija de tu edad. Seguro que os lo pasáis de maravilla.

—Es un año y medio menor —corrigió Ursula.

—Se llama Savannah —prosiguió Andreas, que volvió a reír porque su hijo se las arregló para que toda la cara se le contrajera por el asco—. Es

mitad norteamericana, mitad brasileña. Puedes practicar inglés con ella,

¡incluso pedirle que te enseñe portugués!

Cuando Koen Ackermann y Savannah Price finalmente se encuentran, suceden tres cosas.

La primera es que se observan durante todo un minuto. Poco menos que una eternidad para alguien que prácticamente acaba de empezar a vivir. En algún segundo de esos sesenta, los ojos ambarinos del niño registran el aspecto de la niña y lo dejan bien guardado en el hipocampo. Gracias a eso, veinte años después Koen será perfectamente capaz de establecer una comparativa entre la cría que fue Savannah y la mujer en la que acabará convirtiéndose. Los ojos marrones, oscurísimos y felinos serán idénticos, igual que el pelo castaño ensortijado y la boca pequeña con las comisuras rectas. Cambiarán la altura y, por supuesto, la complexión. Aunque la diferencia que se llevará la palma será lo que Koen siente al verla a los seis y lo que sentirá dos décadas más tarde.

El amor es una emoción demasiado abstracta para que un corazón tan pequeño sea capaz de decodificarla, así que el niño no entiende por qué la desconocida que apenas levanta un palmo del suelo ocupa tantísimo espacio. Está frente a él en el pasillo, al lado de su padre y un poco por detrás de la falda de su madre, pero también está atornillándosele al cerebro y chapoteando en su torrente sanguíneo.

Lo segundo que sucede es consecuencia directa de lo anterior: Koen se acerca a Savannah. Recorre la distancia que los separa sin mirar ni una vez hacia atrás, donde se han quedado sus padres, porque necesita saber quién es ella y contarle quién es él.

Además de no entender el amor, Koen no entiende el concepto de

«barrera idiomática», así que empieza a hablarle en alemán. Lo hace tan rápido que su lengua derrapa y se tropieza de vez en cuando. A medida que se emociona, alza la voz y empieza a gesticular de manera exagerada.

Tras uno de los movimientos que hace imitando el giro de una hélice, su mano pasa muy cerca de la cara de Savannah y esta, asustada, se echa a llorar. Berrea como Koen jamás ha escuchado berrear a nadie, pero no es eso lo que más le molesta, sino que su madre lo aparte de ella y le pida en voz baja pero apremiante que se calme.

Avergonzado y todavía agitado, Koen Ackermann decide convertir en su enemiga a esa niña que le obsesiona. Así que la mira a los ojos y le dice con toda la aversión que es capaz de reunir un corazón tan pequeño:

— Zickenqueen.

2010

3 de agosto

Koen Ackermann tiene diez años y un frasco de cristal lleno de lombrices. Se ha pasado la tarde recogiéndolas del jardín de los Price en lugar de practicar inglés con Savannah, tal y como le ordenaron.

Después de su primer encuentro había estado en Los Ángeles en otras cinco ocasiones, pero es la primera vez que va solo. Sus padres se unirán a él dentro de una semana porque les ha surgido un inconveniente en el trabajo y Koen no ve el momento de que lleguen. Quizá entonces podrá inventarse algo para que se marchen más rápido. Una enfermedad muy rara y dolorosa, por ejemplo. Si se concentra en la idea de pasar quince días más junto a Savannah Price, está convencido de que será capaz de echarse a llorar para que su relato gane verosimilitud.

Las prácticas de inglés no están yendo bien y Koen no entiende en qué momento aquello les había parecido buena idea a sus padres. Aunque el verano es para descansar del colegio y no para seguir estudiando, habría accedido a recibir clases particulares siempre y cuando fuera en Múnich.

—Rodearte de gente que habla en otro idioma te obligará a usarlo — zanjó su madre la enésima vez que se lo propuso—. Además, Savannah es encantadora y saca muy buenas notas, seguro que te sirve de ayuda.

A lo único que le ayuda esa niña es a perder los nervios. Antes de dejarla plantada y salir a por las lombrices, se había pasado una hora entera criticando su acento y resoplando cada vez que se confundía conjugando un verbo.

Koen aparta las mantas de la cama de Savannah, abre el frasco y empieza a colocar los insectos sobre el colchón. Estira tanto la sonrisa mientras lo hace que sus ojos se convierten en dos rendijas. No sabe cómo, pero intentará por todos los medios estar presente cuando esa niña se vaya a dormir porque no soporta la idea de perderse su cara de horror. Ni sus gritos.

Al terminar, empieza a abrir los cajones de su mesilla por si encuentra alguna otra cosa con la que molestarla. El primero está lleno de bragas, así

que lo vuelve a cerrar de golpe con la boca retorcida por el asco y las mejillas al rojo vivo. En el segundo hay cosas más variopintas: una revista, gomas de pelo, cuadernos de dibujo y varias fotografías agrupadas con un clip de color dorado que tiene forma de corazón.

Koen las inspecciona con aburrimiento hasta que llega a la tercera y se encuentra consigo mismo. Se la hicieron durante el viaje a Lake Balboa del año anterior, claramente sin que se percatara porque en ese entonces le dio por poner muecas cada vez que lo apuntaba un objetivo. En la fotografía aparece mirando hacia uno de los cerezos con un bocadillo a medio comer en la mano. No sale especialmente mal o ridículo, así que no entiende por qué Savannah querría conservarla. Se la guarda en el bolsillo trasero de los pantalones por si acaso pudiera servirle de algo y sale de la habitación de la niña.

La casa de los Price es enorme, mucho más que la suya. También está llena de cosas que le prohíben tocar porque son demasiado caras, en especial después de que dos veranos atrás decidiera limpiarse la mostaza de las manos sobre un lienzo valorado en miles de dólares. Tiene tres plantas y él pasea por la del medio, en la que están los dormitorios. Antes de que decida si subir para ver una película en la sala del proyector o bajar para darse un chapuzón en la piscina, se abre la puerta de la habitación de los padres de Savannah. No quiere que lo pillen donde no debe estar, así que se esconde detrás de un jarrón casi tan grande como horroroso.

—No podemos seguir haciendo esto, Gregory.

Koen no reconoce la voz y se asoma para ver a quién pertenece. La dueña es una mujer rubia bastante joven. Tiene las manos sobre los hombros del señor Price y los brazos de él rodeándole la cintura. Koen habría sabido de qué va aquello aunque no se hubieran besado justo después.

Estudia la escena con la misma curiosidad que repugnancia, preguntándose qué necesidad tiene Gregory Price de meter a otra mujer en su casa cuando tanto su hija como él están por ahí. Maria se ha ido un par de días, no sabe adónde y tampoco le importa demasiado, y Koen llega a preguntarse si Savannah será consciente de que su padre le es infiel a su madre. Durante un instante se plantea usar esa información para atacarla, pero lo descarta de inmediato. Con diez años ya sabe que aquello es capaz de hacer mucho más daño que un puñado de lombrices.

Espera hasta que la pareja se marcha y decide que va a ir a la piscina. No ha dado ni tres pasos cuando se cruza con Savannah, que acaba de salir del baño de invitados. Tiene la respiración atragantada y los ojos rojizos, como si hubiera estado llorando, pero frunce el ceño cuando le dice:

—Si se lo cuentas a alguien, mojaré tu cama con zumo de piña y le diré a todo el mundo que todavía te haces pis por la noche.

Pronuncia la frase en inglés muy despacio, vocalizando demasiado, y Koen está a punto de replicar con enfado que no hay necesidad de que hable así porque la entiende perfectamente. Pero las lágrimas vuelven a deslizarse por las mejillas de la niña y acaba inquiriendo en su lugar:

—¿Tu madre lo sabe?

Savannah se muerde el labio, indecisa, hasta que reconoce:

—Lo de esta mujer no. Es nueva. Se enteró de otra y le gritó durante horas. No quiero que vuelva a pasar porque después de la pelea estuvo muy triste.

—Vale. Te guardaré el secreto.

No entiende por qué ella se pone a llorar más fuerte y no tiene ni idea de cómo consolarla. Sus padres se quieren, o eso se repiten por mucho que a él le avergüence, pero no sabe cómo se sentiría de no ser así. Ni qué necesitaría.

Al final se le ocurre que lo mejor es distraerla, así que saca del bolsillo la fotografía que le ha robado y se la muestra. Antes de que averigüe cómo formar la pregunta que quiere hacerle, Savannah emite un chillido descomunal, se la arranca de las manos y empieza a hablar a toda velocidad en portugués. Está más roja que nunca, y también más enfadada. Supera incluso a aquella vez que le llenó de harina el interior del secador de pelo.

Como no entiende ni una palabra de lo que le está diciendo, desconoce lo que Savannah grita mientras rompe en trocitos muy pequeños la fotografía. No debe ser bueno, así que se cruza de brazos y le contesta en alemán:

—A ver qué tal duermes esta noche.

2012

18 de febrero

Koen Ackermann tiene once años y unas bragas en la mano. Ni le pertenecen ni le gusta la idea, así que las tira a la basura exagerando un gesto de repugnancia que nadie es capaz de ver porque está solo en su habitación. Al menos hasta cinco minutos después, cuando Savannah abre la puerta sin molestarse en llamar e irrumpe como una exhalación. Está envuelta en un albornoz y tiene el pelo chorreando.

Lo señala con el dedo al gritar:

—¡Te has meado en mi champú! —Koen planeaba negarse, pero se le escapa la risa y no es capaz de parar ni siquiera cuando Savannah se acerca a él y le da una patada en la espinilla—. ¡Eres asqueroso! ¡Pienso escupir…! ¡¿Qué hacen mis bragas en tu papelera?!

—Son horribles.

Elige no explicarle que en realidad las ha encontrado dentro de la pernera de uno de sus pantalones recién lavados. Porque no iba a creerle y porque está enfadado con ella. Por culpa de esa visita inesperada a Múnich, Koen apenas puede ver a sus amigos. Sabe que ha pasado algo malo en casa de Savannah, aunque no el qué porque ni sus padres ni ella se lo dicen. Sea lo que sea, está incluso más seria que de costumbre y apenas le sigue las bromas. Por eso la pincha, más y un poquito más fuerte, preguntándose dónde se ha metido la chica insoportable que conoce.

Ahora, mientras le grita, golpea y amenaza, vuelve a ser perfectamente visible. Por eso Koen entrelaza las manos sobre su nuca y sonríe satisfecho.

21 de febrero

Savannah lleva más de cinco minutos al teléfono con su madre y él necesita llamar a su mejor amigo. Ojalá tuviera un móvil como la mayoría

de los chicos de su clase, pero sus padres siguen insistiendo en que es demasiado joven.

Aunque a Savannah le regalaron uno ese año, sus padres se ponen en contacto con ella a través del fijo porque sale mucho más barato.

Con todo, no es la impaciencia la que hace que Koen descuelgue el teléfono del despacho y escuche a hurtadillas la conversación de su invitada, sino la frustración de no saber qué está pasando. Ayer se lo preguntó de buenas a la niña, incluso le ofreció a cambio el último helado que quedaba en el congelador, y lo único que recibió fueron insultos en portugués y que su madre le obligara a cederle el polo a Savannah porque:

«Hay que tratar bien a los invitados, cielo». Koen se lo tendió después de chuparlo de arriba abajo, dando por hecho que ella lo rechazaría y sorprendiéndose por lo que acabó sucediendo: Savannah lo cogió con dos dedos, como si le diera un asco tremendo, y empezó a lloriquear lamentándose por lo mucho que le apetecía. Cuando Ursula reprendió a su hijo por su comportamiento y lo castigó sin salir, Savannah sonrió con malicia a espaldas de ella, metió el polo unos segundos bajo el grifo y se lo comió como si tal cosa.

Koen pulsa el botón del inalámbrico y procura que no se le oiga al respirar.

—… saber que te quiero pese a todo —le llega la voz de Maria—, pero la abuela me necesita allí.

—¿Y por qué no la traes a casa si está enferma? —replica Savannah—.

Hay muchas habitaciones libres. No tienes que irte a Brasil.

Koen agradece que estén hablando en inglés. De lo contrario, habría sido incapaz de comprender por qué Savannah acabará convirtiéndose en la mujer con la que se reencontrará en un casino años después.

—Corazón, escúchame bien. Sé que es difícil, pero con el tiempo entenderás mi decisión, te lo prometo. Tu padre y yo no podemos seguir juntos. Él ha conocido a…

—¡Esas mujeres dan igual! ¡Siempre se van! —la interrumpe Savannah—. ¡Y tú eres mi madre!

—Lo sé, pero la decisión no es mía. A cambio de marcharme, tu padre se encargará de que tu abuela reciba el tratamiento que necesita. Y eso es lo más importante ahora mismo, ¿lo entiendes?

Savannah guarda silencio durante unos segundos y Koen la imagina mordiéndose el labio inferior con fuerza. Cuando vuelve a hablar, la voz le

tiembla:

—Entonces me voy contigo.

Al niño la idea le pilla tan por sorpresa que está a punto de dejar caer el teléfono. Por mucho que intente convencerse de que perderla de vista es algo bueno, no es capaz de deshacerse del sabor amargo que se le ha quedado en la lengua. Finalmente llega a la conclusión de que lo que le disgusta de que Savannah se marche a Brasil es que sus padres iban a seguir arrastrándolo a Los Ángeles, pero sin ella para discutir acabaría aburriéndose muchísimo.

—Tu padre quiere que te quedes con él, pero puedes venir conmigo si es lo que deseas. Sin embargo… —La mujer suspira y Koen empieza a pasear por el despacho, ansioso—. Sé más lista que yo, corazón, y no lo dejes todo por amor. Ni por el que sientes hacia mí ni por el que sientas después hacia cualquier otra persona. Quiérete a ti primero y usa todos los recursos que estén a tu disposición para conseguir como mínimo lo que te mereces. Estudia, mucho y en los mejores colegios y universidades, y no te amilanes a la hora de demostrarle al mundo lo que vales. Permítete serlo todo, Savannah.

Koen oye un sorbido y entiende que la niña está llorando. Cree que su madre también, aunque su voz mantenga la firmeza cuando dice:

—Da igual lo que te diga tu padre, te quiero y te querré hasta que muera. Y en Brasil siempre tendrás un hogar.

28 de febrero

Sus padres no le han explicado toda la situación, pero sí que le han contado que los de Savannah se han divorciado. Ha sido rápido, dejando patente que aquello era la conclusión lógica y deseada de un problema que venía de lejos, pero que ese matrimonio tuviera una muerte anunciada tanto tiempo atrás no ha conseguido que Savannah lo sobrelleve mejor.

Koen y ella están sentados en un par de sillas de plástico frente a la puerta de embarque. Su vuelo en dirección a Los Ángeles va con retraso y los padres del chico han aprovechado para ir al servicio y a por algo de picar.

La ha visto llorar en infinidad de ocasiones y se ha sabido el responsable de muchas de ellas. Se ha regodeado, incluso. Esta vez, sin embargo, la pena de Savannah no tiene nada que ver con él y tampoco se siente bien. Muy al contrario, nota como si alguien hubiera metido la mano en su interior para estrujarle los pulmones.

No es lo suficientemente maduro para entender que lo que ella necesita es un abrazo y un hombro sobre el que seguir llorando, pero sí para tener claro que gastarle una broma para distraerla sería demasiado cruel en estas circunstancias. Y como todavía no sabe actuar de otra manera, mira a su alrededor en busca de una idea.

Ve una papelería a su izquierda y se le ocurre regalarle un libro. A diferencia de él, Savannah sí que lee, así que le pide que espere un segundo, excusándose en querer ir a comprar unos chicles. Pasea por las estanterías sin tener mucha idea de qué puede gustarle hasta que encuentra un ejemplar que él mismo conoce. Es lo suficientemente corto para que le dé tiempo a terminarlo durante el vuelo y, por suerte para su cartera, muy barato.

Vuelve hacia donde está Savannah y se detiene a tres pasos de distancia sin saber cómo proceder. Le sudan las manos y cree que el corazón también, aunque no termine de encontrarle la lógica a esta sensación.

Al final decide mentir porque todavía no le ha jurado dejar de hacerlo. Saca el libro del bolsillo trasero del pantalón y se lo tiende mientras le dice:

—Toma. Me lo he encontrado en el suelo.

Ella se limpia las lágrimas con la manga y, curiosa, acepta el regalo. No es hasta que examina la cubierta con el ceño fruncido que Koen se da cuenta de que ha comprado la edición en alemán. La niña se desinfla de nuevo y trata de devolvérselo.

—Quédatelo tú. No lo voy a entender.

—¡Da igual, es…! —Se mira los pies, incómodo—. Hay dibujos. Y yo tengo uno en casa.

—¿Lo has leído? Koen asiente.

—Va de un príncipe alienígena que vive en un planeta enano. Al final se muere, creo. No lo entendí bien.

—¡Eh! ¿Por qué me lo cuentas?

La indignación de la niña es buena señal, así que Koen deja escapar una carcajada.

—¿Qué más da? Lo importante no es cómo termina, sino lo que pasa antes.

—¿Y qué pasa?

—Que cuida a una flor y conoce a un zorro. El zorro es mi personaje favorito. Tú te pareces a la rosa.

—¿Cómo?

Entiende la implicación de lo que acaba de decir o, mejor dicho, cómo ha debido de entenderlo ella, cuando se pone roja desde el cuello hasta la raíz del pelo. Tiene la defensa en la punta de la lengua: «No es lo que crees, la flor es insoportable y vanidosa. No hace más que exigirle cosas al príncipe. ¡Es tan pesada que acaba huyendo de ella!».

En lugar de eso, encoge los hombros y permite que se sienta halagada.

2013

23 de diciembre

Koen tiene trece años y los ojos clavados en la parte superior del biquini de Savannah. Por suerte para él, ella no se da cuenta de su recién adquirida fascinación porque está demasiado ocupada quejándose:

—¡No entiendo que tengamos que pasar calor en invierno! ¡Celebrar la Navidad en la playa es una idea estúpida!

Lleva así desde que llegaron a las islas Caimán, dos días atrás.

A Koen le ha parecido bien alejarse de Múnich porque está harto de la nieve. Además, no sabe por qué, pero molestar a Savannah es más sencillo y divertido que nunca. Aparta la vista del par de triángulos de tela y comenta, burlón:

—Como si en California supierais lo que es el invierno.

La chica vuelve la cara hacia él con el hartazgo pintado en cada una de las facciones.

—¿No puedes estar de acuerdo conmigo ni una vez? ¡Ni una vez, Koen! ¿Me quieres hacer creer que te gusta estar aquí? Siempre te quejas de que por culpa de estos viajes no puedes estar con tus amigos. ¿Es que ya no tienes?

—¿Y tú? Apenas sales de tu casa cuando voy a Los Ángeles.

—¡Porque me obligan a ocuparme de un niñato alemán que se aburre en cuanto pasa solo más de cinco minutos!

—Excusas.

Ursula, Andreas y Gregory, que están bebiendo cócteles en una mesa cercana, se echan a reír mientras los miran. Koen agradece que el padre de Savannah no haya traído a alguna de sus novias. Cada vez que lo hace, su hija pierde las ganas de responder a sus provocaciones y se limita a encerrarse en sí misma y en la habitación que tenga más a mano.

—¿Sois incapaces de llevaros bien?

La pregunta de la madre de Koen es tan retórica como habitual. Lo que se sale de lo normal es que Andreas suelte:

—¿Creéis que cuando se casen seguirán peleándose?

—¡¿Qué?!

Savannah casi se cae del banco en el que está sentada y a Koen le sale un gallo cuando protesta al mismo tiempo:

—¡¿Es una puta broma?!

—¡Esa lengua! —lo regaña Ursula.

—Lo siento, chicos, no queríamos que os enterarais así, pero ya va siendo hora de que sepáis lo que os espera. En cuanto cumpláis los dieciocho…

—¡¡Bajo ningún concepto!!

La negativa de Savannah se parece al alarido de un animal agonizante y a Koen le sienta como una patada en la entrepierna. Él tampoco quiere casarse; de hecho, está convencido de que los adultos les están tomando el pelo. Su padre está rojo del esfuerzo que hace por contener la risa, e incluso Gregory trata de ocultar la sonrisa detrás de una servilleta. Pero nada de eso rebaja lo insultado que se siente porque ella parezca tan horrorizada ante la perspectiva. ¿Se puede saber qué tiene de malo? Es alto para su edad. Y guapo, según algunas chicas de su clase. Además, se le dan bien los deportes, las matemáticas y hacer reír a la gente.

Excepto a Savannah Price.

¿Es eso, entonces? ¿Se niega a casarse con él porque solo es capaz de hacerla enfadar? De primeras, se molesta porque no es su culpa que ella no tenga sentido del humor. Con el paso de los minutos, sin embargo, empieza a tomárselo como un reto.

El plan que elabora es tan sencillo como ilógico: conseguirá que Savannah se ría y cuando desee esa boda con todas sus fuerzas, cuando empiece a suplicar para que el tiempo corra más deprisa, él le dejará claro que jamás se convertirá en su marido.

Pero, como la mayoría de los planes de Koen Ackermann, aquel no saldrá tal y como espera y le tocará improvisar.

La oportunidad no surge hasta media hora más tarde, cuando Savannah informa a los adultos de que se marcha a la habitación del hotel para descansar. Están dentro de un complejo enorme pero seguro, así que le permiten ir sola. Al poco, Koen finge que él también tiene sueño y va detrás de ella. La sigue de cerca, procurando que no se dé cuenta de su presencia, mientras da vueltas a cómo arrancarle una carcajada. Asustarla no servirá de nada, lo ha intentado varias veces y a cambio se ha llevado el

mismo número de bofetones. Sus chistes tampoco le han hecho gracia nunca. ¿Entonces…?

Distraído como está, tarda en darse cuenta de que Savannah se ha detenido porque un chico un poco mayor que él le está diciendo algo. Entorna los ojos y agudiza el oído, rezando para que ese muchacho de pelo negro no esté intentando ligar con ella. La idea le genera tal rechazo que no le extrañaría que le entraran arcadas. De hecho, empieza a notar algo raro reptando en el estómago.

No es lo que sucede, por suerte y también por desgracia. Con un acento más británico que norteamericano, lo que le dice el desconocido es que se ha pasado tomando el sol para, acto seguido, llamarla fea y partirse de risa.

Hay muchas cosas que Koen Ackermann no entiende. A Savannah, por supuesto. Y que su madre insista en que se coma el postre al final y no al principio cuando es lo más rico. Pero el mayor enigma para él, lo que ha provocado que le castiguen más veces, es la existencia de una supuesta línea en absoluto fina y perfectamente visible que separa lo que está bien de lo que está mal.

Para Koen, lo que determina que alguien sea una buena o una mala persona es el motivo de la acción, no la acción en sí misma. Está convencido de que quien solo es generoso para que los demás lo feliciten es peor que quien hace algo cuestionable en su intento de ayudar a otro.

Por este motivo, cuando sale de detrás del seto y se lanza contra ese chico de pelo negro, piensa que el puñetazo que va a darle en la cara está de sobra justificado porque lo único que pretende es que deje de hacerle daño a Savannah. Y lo consigue, aunque también provoca que ella grite. Mientras el desconocido y él se revuelcan por el suelo, pateándose y dándose codazos, Savannah les pide una y otra vez que paren. Koen acaba por hacerlo y recibe a cambio un cabezazo en la nariz.

La sangre empieza a salirle a borbotones.

Savannah se coloca entre ambos, saca el móvil y le toma una foto al desconocido que sigue en el suelo. Luego, con la voz igual de fría que un témpano de hielo, le advierte:

—Dentro de tres segundos chillaré. Cuando vengan a ver qué pasa, diré que este chico —le enseña su foto en la pantalla— es un racista que me ha insultado y después, cuando mi amigo ha intentado protegerme, la ha tomado con él.

—¡Yo no he empezado!

—¿Y quién te va a creer? —Esboza una sonrisa dulce y empieza a levantar los dedos de la mano—: Uno, dos…

El desconocido se da prisa en levantarse y sale de allí corriendo. En cuanto se quedan solos, Savannah pone los brazos en jarras y exclama:

—¡¿Se puede saber por qué has hecho eso?!

Koen no piensa decirle que la estaba espiando y tampoco que se ha enfadado cuando la han insultado, así que se limita a pasarse el antebrazo por la cara para quitarse la sangre. Grita cuando se roza la nariz. Savannah, tras un resoplido, lo agarra de la muñeca y lo arrastra hacia su habitación.

El chico tiene la certeza absoluta, porque esas cosas no se olvidan, de que es la primera vez que ella lo toca por voluntad propia sin intención de hacerle daño. Sus dedos le recuerdan a un grillete no porque aprieten o le molesten especialmente, sino porque tiene la sensación de que está atrapado. De un modo irremediable, aterrador y definitivo.

El corazón le bombea a toda velocidad, pero, por una vez, su cerebro no está dando gritos, sino pendiente de lo que sucede por si tiene que tomar nota.

Savannah le suelta cuando llegan frente a la puerta de su habitación y Koen levanta la mano para examinársela, seguro de que ha tenido que dejarle alguna marca. Le extraña comprobar que no es el caso.

—Siéntate en la cama —le pide la chica mientras se dirige al baño—. Ten cuidado de no mancharla de sangre, ¿vale? No quiero que nuestros padres pregunten.

Koen se coloca una mano en forma de cazo bajo la barbilla. Al poco, Savannah vuelve con una toalla blanca empapada en agua tibia y empieza a limpiarle la cara con infinito cuidado.

Está tan cerca… Ha estado cerca antes, pero de otra manera y no también por dentro. Vuelve a sentirla infinita, como aquella primera vez que se vieron. Al contrario que ese día, permanece en el más absoluto de los silencios, preguntándose si es el único al que se le queda pequeña la habitación y escaso el oxígeno.

—Mira hacia arriba, a ver si dejas de sangrar. Voy a por otra toalla.

En lugar de hacerle caso, cuando Savannah se marcha Koen gira la cabeza para inspeccionar la habitación en busca de algo que lo distraiga. Lo que sea.

Lo que encuentra no hace que piense en otra cosa, aunque sí calma la angustia que se le ha instalado en el pecho.

Savannah ha traído consigo el ejemplar de El Principito que le regaló. Lo ve en la maleta que está abierta en el suelo. Parece muy manoseado, como si lo hubiera leído miles de veces, así que pregunta:

—¿Has aprendido alemán?

—No, ¿por qué?

—Por nada. Y sonríe.

28 de diciembre

Koen no ha querido meterse en el mar por dos motivos.

El primero, el que ha esgrimido cuando le han preguntado, es que el agua está demasiado caliente. ¿Por qué va a llenarse de sal, con todo lo que le pica la piel después, si ni siquiera le sirve para refrescarse? El segundo motivo es que nota que está a punto de caer enfermo.

Esto último no se lo ha dicho a nadie. Su madre se pone muy pesada y, además, no tiene claro cómo explicar los síntomas. La cabeza no le duele y tampoco tiene mocos. Su temperatura es la de siempre y el estómago no se le ha revuelto. No obstante, lo sabe. Hay algo dentro de él que no está bien, o al menos como debe. El corazón ha dejado de funcionarle con normalidad, a veces derrapa de lo rápido que va y otras se le para de golpe, y las manos le sudan tanto que tiene que escondérselas en los bolsillos constantemente. Tampoco tiene hambre.

Entierra los pies debajo de la arena, se abraza las rodillas y suspira.

Sus ojos se pasean por la playa y saltan de persona en persona, ignorando, incluso, al grupo de amigas que toma el sol sin la parte de arriba del biquini. Acaba mirando hacia el mar y frunciendo el ceño hasta que localiza a su objetivo.

Savannah lleva más de una hora ahí dentro. La ve muy cerca de la orilla, sentada. Al principio piensa que está descansado, pero enseguida entiende que algo no va bien. Porque permanece inclinada hacia delante sujetándose la pierna con las manos, cuando lo habitual es que tenga la

espalda recta como un palo, y porque él ha empezado a experimentar todos sus extraños síntomas a la vez.

Así que se levanta y se dirige hacia ella en línea recta, pisando toallas e ignorando los insultos consiguientes. Una vez delante de Savannah, se agacha para quedar a su altura y le pregunta:

—¿Qué te pasa?

Cuando alza la cara, Koen se fija en que tiene los ojos brillantes y la piel roja por el esfuerzo que emplea en no llorar.

—Me ha picado una medusa.

Es el turno del chico de sonrojarse porque entiende lo que significa. Le cuesta unos segundos asumir su papel. No muchos, digamos que siete. Cuando lo consigue, asiente varias veces y, sin mediar palabra, se pone en pie y se baja el bañador hasta los tobillos.

—¡¿Se puede saber qué haces, maldito cerdo?!

Hirviendo por la vergüenza y el enfado, y sin volver a colocarse la ropa donde debe, el chico responde:

—¡¿A ti qué te parece?! ¡Salvarte!

—¡Vístete!

—¡Primero tengo que mearte en la pierna!

—¡¿TE HAS VUELTO COMPLETAMENTE LOCO?!

—¡Es lo que se hace con las picaduras de medusa!

—¡Hazme caso por una vez en la vida, Koen Ackermann, y súbete el maldito bañador!

El chico acata su orden a regañadientes y se cruza de brazos, disfrazando como puede su bochorno de altanería.

—Lo he visto en internet —se defiende.

—No todo lo que sale en internet es cierto, imbécil. Necesito que vayas a buscar a la socorrista. Debe de estar en esa… ¿Qué se supone que haces ahora?

Koen se ha acuclillado, dándole la espalda. Prefiere mantener la vista al frente cuando dice:

—Sube.

—¿Para qué?

—Para que te lleve hasta allí. Venga.

Le sorprende no tener que insistir más. Siente el peso de la chica y otras cosas también, síntomas nuevos de esa enfermedad a la que no sabe ponerle nombre. A los vaivenes de su corazón, la sudoración de sus manos

y la pérdida del apetito se suma una suerte de fiebre selectiva: todos los puntos de su cuerpo que rozan a Savannah empiezan a arder. También nace un bichito en su estómago, pequeño y con alas.

Cuando empieza a revolotear, chocándose contra las paredes, Koen Ackermann lo entiende al fin.

—Estoy jodido —se le escapa en un murmullo.

—¿Qué has dicho?

—Que pesas muchísimo.

2014

20 de diciembre

Koen Ackermann tiene catorce años y el corazón en la garganta.

Afila la sonrisa, sin embargo. Por un lado, para que no se note lo nervioso que está; por el otro, porque sabe que a Savannah le encanta ese gesto por mucho que diga lo contrario.

Son las nueve y media de la noche y están en la playa de Santa Mónica, lo bastante lejos del muelle para que apenas les lleguen los gritos de la gente que monta en las atracciones, y lo suficientemente cerca para que las luces de neón iluminen sus contornos.

Savannah clava los ojos en la noria para escapar tanto de sus comisuras alzadas como de su torso desnudo.

—¿Te has puesto roja? No me lo puedo creer.

Pero sí que lo hace porque es justo lo que pretendía cuando se ha quitado la camiseta: causar un impacto. Positivo, para variar. Quiere que la chica se aprenda de memoria cada uno de sus recovecos, tal y como ha hecho él con los de ella.

—Vamos, Savannah —insiste, alternando el peso del cuerpo de un pie a otro—. Me prometiste que vendríamos a la playa si te acompañaba a comprar ropa.

—Y hemos venido —responde, evasiva.

—¡Para bañarnos, no para quedarnos plantados en la orilla! Venga,

¿cuál es el problema?

—¡Que hace mucho frío!

—En Los Ángeles no sabéis lo que es el frío —repite por enésima vez.

Dejará de comparar sus ciudades natales cuando ella lo haya visitado en Alemania al menos la mitad de las veces que él ha pisado California. No se lo exige porque la sola idea hace que se muera de la vergüenza y porque sabe que últimamente su padre apenas le deja libertad de movimiento.

Lo que dice es:

—Estamos a 13ºC, eso no es nada. Y, según internet, el agua está a 15ºC, ¡a 15ºC! Eso en vuestro ridículo idioma es…

—Entiendo  perfectamente  el  sistema  métrico  —le  corta  ella—.

También lo utilizo. Por mi madre —añade con un hilo de voz.

Casi nunca habla de Maria, aunque Koen sabe que no es porque la campaña de desprestigio de su padre haya dado resultado, sino porque la echa tanto de menos que su recuerdo le pincha por dentro.

—Bueno, pues… Oye, ¿qué te parece si me miras cuando me hablas?

—Lo haré cuando te vistas.

—Me he quitado la camiseta para demostrarte que no hace frío — miente a medias.

—Pero ¡si tienes los pezones…!

—¿Te estás fijando en mis pezones? —Cuando ella empieza a balbucear, Koen estalla en carcajadas. Son de las escandalosas, de las que consiguen que la gente dé un respingo o que los profesores pierdan los nervios y lo expulsen de clase. También consiguen que Savannah alce un poquito las comisuras. Solo un instante, hasta que el chico añade—: Deberías ir acostumbrándote a verme desnudo.

Entonces sí, ella se gira hacia él con el ceño fruncido.

—¿Y eso por qué?

—Porque vamos a casarnos, Zickenqueen.

Espera un resoplido y un sonrojo, como en el último millar de veces que ha bromeado con el tema. Le encanta haber encontrado algo que la hace reaccionar sin ponerla triste o siquiera enfadarla. Y es que por mucho que finja y le golpee con la mano abierta, la pulla sobre su supuesto futuro matrimonio es inofensiva. Una broma privada.

Esta noche, no obstante, Savannah aparta a un lado los resoplidos, los ataques e incluso los ojos. Los fija en el mar y asegura:

—Nunca me casaré.

La seriedad de su voz hace que sea el propio Koen el que se sonroje. Está a punto de asegurar que no lo decía en serio, de mentir al jurarle que sería lo último que él querría. Pero están solos en esa playa enorme, muy lejos de los gritos, de las luces de neón y de la necesidad de aparentar ser quienes no son o sentir lo que no sienten.

Así que pregunta en su lugar:

—¿Por qué?

—Porque en los matrimonios siempre hay alguien que sale herido.

Mira a mis padres.

—Mira a los míos.

La réplica, inmediata y mucho más suave de lo habitual en él, provoca que la chica vuelva a observarlo. Koen se siente abrumado de pronto, como si la pared que había entre ambos, muy finita de un tiempo a esta parte, acabara de romperse en mil pedazos. Se rasca el costado por hacer algo con la mano y es su turno de girarse hacia otro lado. Con los ojos clavados en el oleaje y el pulso echándole carreras a sus nervios, cambia de tema:

—Voy a ir al agua.

—¿Incluso si yo no voy?

—Incluso así. Pero… —Su sonrisa titubea cuando su voz deja de hacerlo—. En ese caso, me habrás mentido.

—¡Mira quién habla! Te pasas la vida mintiendo, Koen.

—Hagamos un trato. Si te metes conmigo en el agua, no volveré a mentirte nunca más.

—¿Por qué iba a creerte?

—Porque quieres hacerlo, supongo. ¿Y bien?

Koen se conoce todos los resoplidos de Savannah. Los de frustración, los de pena y los de rendición, que es exactamente el que suelta ahora.

—De acuerdo. Pero ¡ni se te ocurra mirar mientras me quito la ropa!

—¡Claro que no voy a mirar! ¡¿Crees que quiero verte desnuda?!

Se atraganta con la última frase porque acaba de asegurar que no volverá a mentirle. Aunque formulado de esa manera no la está engañando exactamente, tan solo le está preguntando. Sonríe, creyéndose más listo que nadie, y continúa:

—Entraré yo primero y te esperaré dentro. —Como ocurrencia de última hora, añade—: Puedes mirar si quieres, no me importa.

Ha vuelto a mentir porque claro que le importa. Se siente demasiado delgado, demasiado pálido y demasiado lleno de lunares. Como no puede deshacer la frase y está empeñado en mantener su promesa, se esfuerza en hacer realidad su deseo de que le dé lo mismo. Es guapo, cada vez se lo dicen más. Guapo, guapo, guapo. Si se lo repite lo suficiente se lo acabará creyendo.

Dedica demasiado tiempo a desabrocharse los cordones. Luego se quita los calcetines y los dobla con cuidado y sin ninguna necesidad. Le

cuesta enfrentarse a la hilera de botones de los vaqueros por lo mucho que le tiemblan las manos. Cuando estos caen al suelo, siente la piel ardiendo con independencia de lo fresca que sea la noche.

Alza la vista, con los nervios carcomidos por la ansiedad, y se relaja al darse cuenta de que Savannah está de espaldas a él. Si Koen no hubiera vuelto a quedarse anclado en su espalda, algo que desde hace un año le pasa mucho, se habría perdido el segundo en el que ella gira levemente la cara para espiarlo con el rabillo del ojo. Pero la ve y sus nervios se evaporan. Después, en medio de una carcajada atronadora, se baja los calzoncillos de golpe y sale corriendo hacia el agua. Está helada aunque apenas lo note.

Nada hasta que le llega por la cintura. Luego piensa en que Savannah querrá tener el pecho cubierto y avanza un poco más.

—¡No mires! —le grita ella desde la playa.

—¡Que no, pesada!

Y no lo hace. Quiere, está convencido de que jamás ha deseado algo tan fuerte en toda su vida, pero mantiene su promesa y clava los ojos en las luces del muelle. Ha tensado tanto los músculos para mantenerse en esa posición que no sabe si volverá a ser capaz de moverse.

Savannah tarda cinco minutos larguísimos en llegar y a Koen le da tiempo a imaginar un montón de escenarios. Escenarios para lo que les queda de noche, escenarios para lo que les queda de año y escenarios para lo que les queda de vida.

Porque ahora su corazón es lo suficientemente grande para decodificar el amor y al fin entiende por qué esa chica que ya no es una desconocida ocupa tanto espacio. También entiende que haberse enamorado de ella traerá consecuencias.

Aunque nunca, ni en sus peores pesadillas, habría sido capaz de adivinar cuáles.

—Ya puedes darte la vuelta. —La voz de Savannah tiembla un poco.

En parte por el frío y en parte por algo más.

Cuando se gira y la ve, sabe que va a besarla. Es un axioma, un punto del camino por el que va a pasar con independencia de hacia dónde se dirija después. Lo que no sabe es cómo hacerlo porque hay un espacio en blanco entre la necesidad y la solución. ¿Por qué nadie habla de eso? La gente se centra demasiado en cómo son los besos y no en los instantes previos a ellos.

El metro que lo separa de Savannah le parece infranqueable, da igual que acabe de romperse la barrera que había entre ambos. Siente que, si da un paso en falso para salvar la distancia, caerá y jamás conseguirá volver a levantarse.

—No has mirado.

—Te lo prometí.

Cuando sonríe y Savannah se fija en sus labios, cuando ella misma alza las comisuras, Koen acaba por comprender por qué nadie explica lo que sucede entre la intención de besar a una persona y el hecho en sí mismo. Es imposible. Es un salto de fe, como no poner las manos por delante después de tropezarse con la esperanza de que alguien te recoja. Es la certeza de que, si en el peor de los casos acabas con la nariz partida y los dientes rotos, habrá merecido la pena intentarlo.

El acercamiento no fluye porque son dos niños y también porque ese beso marcará sus vidas. Va a tirones, o a fotogramas, para que sus cerebros tengan tiempo de grabarse los detalles de la escena. Primero él dobla el cuello y encorva la espalda, después ella abre los ojos como platos. Y esperan, esperan y esperan, con las manos pegadas a los costados y las respiraciones atragantadas. Con la piel erizada y el corazón sudando. Falta un último empujón que ninguno de los dos sabe cómo dar porque todavía creen, ilusos, que el otro puede desear echarse atrás.

Así que se retan porque es lo que siempre han hecho y lo que siempre harán.

Empieza él, como ya es habitual:

—Si me das un beso, te cuento un secreto.

—¿Y para qué quieres un beso?

—Para poder contarte el secreto.

Savannah entrelaza las manos detrás del cuello de Koen, Koen las coloca sobre las mejillas de Savannah.

Savannah se humedece los labios, Koen los estira hacia arriba. Savannah cierra los ojos, Koen los mantiene abiertos.

Y las bocas al fin se tocan.

Es una presión leve al principio, un roce torpe al final, pero es suficiente para que Koen Ackermann sepa que tenía razón: Savannah Price le ha cambiado la vida.

Cuando se separan, ambos rojos y sonrientes, ella pregunta:

—¿Cuál es el secreto?

—Que me gustas.

30 de diciembre

—Koen, te dije que las llamadas al móvil son carísimas —le regaña su madre nada más descolgar el teléfono—. ¿Es urgente?

—Necesito retrasar el vuelo.

—¿La vuelta a casa? Pero ¡si sales hoy por la noche!

—Ya. Pues no puedo.

—¿Por qué? ¿Ha pasado algo? Koen, como hayas discutido con Savannah otra vez…

—No es eso —se apresura a decir—. Ahora nos llevamos muy… normal. —Cierra los ojos con fuerza, temiendo que su madre sea capaz de leerle la mente y averiguar qué ha sucedido exactamente entre ambos—. Por favor.

—Cielo, sabes que no nos van a devolver el dinero con tan poca antelación y son vuelos muy caros. Además, mañana Johann no puede recogerte porque le hemos dado el día libre.

—¿Y si venís vosotros? O cojo un taxi, me da igual. Te juro que es importante, mamá. —Ursula suspira y Koen sabe que casi la ha convencido. Solo falta un pequeño empujón—: Cuando vuelva a casa te lo cuento todo.

—De acuerdo… Pero ¡más te vale que no sea una tontería! Tendrás que salir muy temprano para llegar a la cena. Tu padre y yo nos habíamos comprometido a acudir esa tarde a un evento y no podemos faltar. Si no estamos en el aeropuerto cuando aterrices, espéranos nada más pasar el control de seguridad. En un rato te mando al correo la información del nuevo vuelo.

—¡Gracias, eres la mejor! Oye, una cosa… —Gira hacia Mulholland Drive, la calle en la que vive Savannah, y se mete la mano en el bolsillo para comprobar que lo que ha comprado sigue ahí—. ¿Los anillos tienen tallas?

—¿Los anillos? ¿Para qué quieres…? ¡Ah! —En la pausa que sigue Koen se mortifica porque es perfectamente consciente de la cara que está poniendo su madre—. Sí que tienen.

Traga saliva.

—¿Y qué pasa si alguien se equivoca?

—Nada, cielo. Tiene cinco dedos en cada mano. Si quiere llevar un anillo, encontrará la manera.

—No lo pregunto por nadie en especial, ¿eh?

Miente sin remordimientos porque con su madre no ha hecho ningún trato al respecto.

—Por supuesto que no.

Dos horas más tarde, Savannah y él están en la sala de cine viendo una película. Se llama Ahora me ves y ella, que prácticamente se la sabe de memoria, está convencida de que le va a encantar. Y puede que lo hiciera si Koen tuviera la capacidad de prestarle atención, pero no para de desviar la mirada hacia el perfil de la chica y el cerebro hacia lo que tiene que hacer.

Se han besado exactamente doce veces desde el día 20. Aunque sigue causándole un poco de vértigo agacharse para capturar sus labios, cada vez le cuesta menos. Lo que ahora se le antoja imposible es darle lo que le ha comprado.

Savannah está recostada en el sofá. Tiene los ojos marrones clavados en la pantalla y la sonrisa a medio apuntalar. Se nota que le gusta la película y se nota que a Koen le gusta ella porque ambos observan lo que tienen delante con exactamente el mismo embelese.

La chica ha apoyado la cabeza sobre un montón de cojines y cruzado las piernas a la altura de los tobillos. Su mano izquierda se mantiene con la palma hacia arriba. Está muy cerca de la de Koen, como si esperara que se animara a agarrarla. Sin embargo, él está demasiado ocupado fijándose en sus dedos y deseando no haberse equivocado. Lo ha hecho tantas veces antes que no sería una sorpresa para nadie, pero eso quiere que le salga bien.

—Sav.

Ella vuelve la cara hacia él, sorprendida.

—¿Acabas de llamarme «Sav»?

Aparentando mucha más seguridad de la que siente, le responde:

—Es mejor que Savannah.

—¿Y eso por qué?

—Porque nadie más te llama así. —Un silencio, infinitos latidos y—:

¿Lo odias?

—No, no lo odio.

Mientras se mantienen las miradas, saca la caja del bolsillo y se la coloca sobre la palma.

—¿Y esto? —le pregunta con curiosidad.

—Un regalo.

Le sale un gallo y quiere morirse, pero Savannah está demasiado ocupada inspeccionando la cajita. Es de plástico, roja y barata. El contenido tampoco es especialmente caro, pero cuando Savannah lo saca, sonríe como si tuviera entre las manos un tesoro de valor incalculable.

Es un anillo fino, bañado en oro y con un grabado minúsculo en el interior.

Koen y Sav 30/12/14

Savannah tiene los ojos brillantes cuando alza la vista. No dice nada y él quiere ponerse a gritar de lo nervioso que está. Se contiene a duras penas y explica:

—Por si al final nos casamos. Y se dan el beso número trece.

31 de diciembre

Lleva más de dos horas esperando en el aeropuerto de Múnich y no hay rastro de sus padres. Todavía no está preocupado porque es un día en el que hay mucho tráfico y ya le advirtieron de que quizá se retrasarían. Además, tiene toda su atención puesta en hablar por mensaje con Savannah.

La chica le pide que vuelva a llamarlos o que coja un taxi porque es muy tarde y Koen, sonriendo al saberla preocupada por él, le quita importancia y le pregunta si lleva puesto el anillo que le regaló.

Antes de que su vida, su futuro y su corazón se rompan en mil pedazos, Savannah Price le promete:

Sav:

Nunca me lo quitaré.

Es el último mensaje que recibirá de ella.

Sin sospecharlo y todavía sonriendo, descuelga el teléfono cuando le llama un número desconocido.

—¿Koen Ackermann? —La voz del otro lado de la línea es grave, seria y excesivamente formal—. Me pongo en contacto contigo desde la Jefatura de Policía de Múnich. ¿Puedes facilitarnos tu ubicación para que dos agentes pasen a buscarte y te traigan a la comisaría?

Koen la ha liado lo suficiente para haber aprendido por las malas que no es buena señal que la policía quiera verte. Sin ocultar su animadversión, escupe:

—¿Para qué? No he hecho nada.

—Por supuesto. Solo queremos explicarte algo y es preferible que lo hagamos en persona. Todo va a estar bien —añade esto último con excesiva indulgencia.

—Estoy esperando a mis padres —responde, todavía desconfiado—.

Ellos me llevarán adonde sea.

Al día siguiente, el policía recibirá una amonestación por su forma de gestionar esa situación.

Porque lo más probable después de dar una noticia así por teléfono…

—Tus padres han tenido un accidente en la carretera. No han sobrevivido.

… es que el menor grite.

2015

7 de enero

Koen Ackermann tiene catorce años y lágrimas en los ojos. No recuerda cuándo fue la última vez que lloró y tardará más de una década en volver a hacerlo.

Está de pie frente a las tumbas de sus padres. Los han enterrado el uno al lado del otro, tal y como vivieron y tal y como murieron. La tierra que cubre sus ataúdes es oscura y está empapada por la nieve, que poco a poco empieza a cuajar. Se acumula sobre la rosa que el chico todavía sujeta, sobre sus hombros hundidos por la culpa y sobre su pelo del color del ámbar.

Koen no tiene frío, sin embargo. Siente que su piel y todo lo que esta recubre lleva días congelado.

Como no le quedan familiares vivos, quien lo acompaña es un trabajador de Jugendamt. De momento está en un hogar de menores, donde le han prometido que pronto encontrarán una familia de acogida para él. Los otros chicos le han dicho que se quite la idea de la cabeza porque es demasiado mayor y está demasiado triste.

Salvo en ese momento preciso, la tristeza de Koen no se traduce en llanto, sino en destrozar lo que tenga por delante, incluido él mismo. En la semana que lleva en ese centro, ha roto una ventana, un brazo y la paciencia de quienes lo rodean. También ha robado cosas que no quiere y que se limita a dejar en otro sitio para que sus legítimos dueños no las encuentren jamás.

No sabe por qué hace nada de esto. Quizá para volver a sentir algo, lo que sea, o quizá porque necesita sacudirse todo el odio que se le ha acumulado dentro.

La mayor parte de su odio lo dirige hacia sí mismo porque está convencido de que es el culpable de que sus padres murieran. Si no hubiera cambiado la fecha del vuelo, no habrían cogido el coche hasta el aeropuerto y no se habrían cruzado con aquel conductor borracho. Fallecieron los tres en el acto y menos mal; de lo contrario, lo primero que

habría hecho Koen al cumplir la mayoría de edad y dejar el hogar de menores habría sido matar al otro conductor.

La idea de suicidarse no se le pasa ni se le pasará por la cabeza. Al principio porque sabe que merece sufrir; después, porque cree que merece hacer sufrir a otros.

Los únicos que quedan alrededor de las tumbas son el trabajador del Jugendamt y él. La ceremonia ha terminado hace más de una hora. El motivo de que siga ahí plantado bajo la nieve no son sus padres, que ya no están y de los que jamás podrá despedirse, sino la ausencia de dos personas.

De todas las cosas que le duelen a Koen Ackermann, la que cree que menos se merece es el abandono de Savannah y Gregory Price. Siendo honestos, él le da igual. Tal y como le pasaba a su madre, nunca le terminó de gustar. Pero ¿ella? Ella lo era todo. Y debería seguir siéndolo. Si estuviera a su lado, sería capaz de sobrellevar con menos violencia los años de vaivenes entre el hogar de menores y las familias de acogida que tiene por delante. Si estuviera a su lado, sería capaz de cualquier cosa, excepto de perdonarse a sí mismo.

No entiende qué ha pasado. La noche que lo recogieron del aeropuerto y llevaron a comisaría fue interminable y horripilante, así que no volvió a escribir a Savannah hasta el día siguiente. El mensaje fue sucinto y sincero.

Koen: Ha pasado algo horrible.

Te necesito, Sav.

Le extrañó que tuviera el teléfono apagado y que el fijo no diera señal. Hasta que no trató de ponerse en contacto con ella a través de las redes sociales no cayó en la cuenta de lo que estaba pasando.

Había cambiado de número y lo había bloqueado.

12 de enero

Ackermann, Koen

¿Dónde estás y, sobre todo, por qué no estás? Para: Savannah Price

Sav:

Tengo un montón de preguntas, te las cambio por una felicitación.

¿Por qué no das señales de vida desde el día 31? ¿Por qué no viniste al funeral de mis padres? ¿Por qué has cambiado de número? ¿Por qué me has bloqueado de Facebook y Twitter y Snapchat? ¿Cuántos e-mails puedo mandarte antes de que cambies de correo? ¿Por qué soy el único al que parece importarle lo que pasó entre nosotros? ¿Por qué me has dejado tirado en el peor momento de mi vida?

¿Por qué se me da tan mal odiarte aunque me esfuerce?

Lo prometido es deuda:

Feliz cumpleaños,

K.

Ackermann, Koen

RE: ¿Dónde estás y, sobre todo, por qué no estás? Para: Savannah Price

¿Sigues llevando el anillo?

K.

Ackermann, Koen

RE: ¿Dónde estás y, sobre todo, por qué no estás? Para: Savannah Price

Zickenqueen.

K.

Ackermann, Koen

RE: ¿Dónde estás y, sobre todo, por qué no estás? Para: Savannah Price

Lo siento. Joder, Savannah, siento lo que sea que te haya hecho. Contéstame.

Te necesito.

K.

Ackermann, Koen

RE: ¿Dónde estás y, sobre todo, por qué no estás? Para: Savannah Price

Por favor…

K.

Ackermann, Koen

RE: ¿Dónde estás y, sobre todo, por qué no estás? Para: Savannah Price

Te quiero, Sav.

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No se ha encontrado la dirección

Tu mensaje no se ha entregado a savviepriceless@gmail.com

> > > Te quiero, Sav.

17 de febrero

Tiene la cabeza apoyada en los nudillos y un tobillo sobre la rodilla de la pierna contraria. Con el pie que está posado en el suelo mueve la silla hacia la derecha y después hacia la izquierda, plenamente consciente de que el abogado que hay frente a él está perdiendo la paciencia.

El vigilante que lo acompaña, mucho más acostumbrado a su comportamiento, se esfuerza en contener la sonrisa. Es el único al que no le molesta llevar a Koen de un lado al otro dentro y fuera del hogar de menores. Por lo general, los chicos pueden pulular por el centro a su

antojo, pero a Koen han tenido que sacarlo de la «habitación para reflexionar», que es el nombre bonito del zulo sin ventanas ni apenas muebles en el que encierran a los que cometen alguna infracción.

Koen ha cometido y seguirá cometiendo muchísimas, así que pasa más tiempo en la «habitación para reflexionar» que en la suya propia. Ha mencionado varias veces que deberían dejarle trasladarse definitivamente allí, pero a nadie le ha hecho gracia la broma.

Tampoco ninguna otra.

Su humor se ha afilado tanto durante esas semanas que corta, igual que cortaba el cuchillo que le clavó en la pierna al último chico con el que se peleó. Esa vez fue por hacer justicia y no por la necesidad de sentir algo o sacudirse el odio. Agredió a Lukas porque estuvo días acosando a Anna y llegó a seguirla hasta el baño para intimidarla. Aunque la joven declaró a su favor, la directora del hogar de menores le castigó de todos modos por haberse tomado la justicia por su mano en lugar de haber acudido a ella.

Le jodió, y lo que hace últimamente cuando alguien le jode es joderle de vuelta. Pese a que no tenía mucho que hacer con la directora, se las ingenió para robarle la cartera en un despiste. Destruyó la documentación y tiró todo el dinero, excepto la moneda de dos euros que sostiene ahora mismo. Trata de pasársela por los nudillos y se le cae continuamente sobre el regazo.

No le presta atención al abogado por dos motivos. Para sacarlo de quicio y porque en realidad ya sabe lo que le va a contar. Las noticias en ese lugar vuelan, especialmente las malas.

—El día 13 del pasado mes de enero se anunció públicamente que Waffen von Ackermann había cometido fraude. Como seguramente sepas, la empresa de tus difuntos padres está dedicada a la distribución de armamento para uso militar y privado, y en 2002 se asoció con PriceShield, una empresa de seguridad que actualmente pertenece a…

—No me interesa.

—Estoy obligado a informarte de… Koen esboza una amplia sonrisa e insiste:

—Me la suda.

—Pero tienes que entender…

—Lo he pillado. Los números no cuadran y hay que vender la empresa de mis padres para solucionarlo.

—No solo la empresa. También la casa y todo lo demás. Las cuentas se quedarán a cero, ¿entiendes lo que significa eso?

—Que la cagaron pero bien.

El vigilante transforma su carcajada en una tos y el abogado resopla por la nariz, evidenciando su molestia.

—Necesito que comprendas que cuando salgas de aquí no te quedará nada. Ni siquiera el nombre o la infraestructura de la empresa. Gregory Price, uno de los principales afectados por la malversación de tus padres, ha decidido absorberla como compensación. ¿Tienes alguna pregunta?

Tiene cientos. Miles. Pero se las guarda, se acaricia el mentón con aire reflexivo y dice en su lugar:

—¿Crees que colocándote el flequillo de esa manera la gente no se da cuenta de que te estás quedando calvo? Porque tengo malas noticias para ti.

El abogado se pone en pie de golpe y da un manotazo sobre la mesa, creyendo que su enfado servirá para algo más que alentar la crueldad de Koen.

—Repito, ¿tienes alguna pregunta sobre…?

—¿De verdad quieres que sigamos jugando? Hazte un favor y márchate con lo poco que te queda de dignidad.

Finalmente se va y el adolescente alza la vista para dirigirse al vigilante que ha permanecido de pie a su lado durante la reunión.

—¿Qué tal me he portado?

—Fatal, como siempre.

—Ya —concede Koen—. Gracias por explicarme las cosas ayer.

—El abogado lo habría hecho mejor.

—No. Habría sido más técnico, pero no mejor. Lo único que necesitaba saber es que me he quedado sin padres y sin herencia.

El vigilante le hace un gesto amable para que lo acompañe de vuelta a la «habitación para reflexionar». A mitad de camino le dice al chico:

—Puede que seas un cabrón, pero has tenido una suerte de mierda.

Koen lanza la moneda al aire y la atrapa con el puño. Es la primera vez que le sale con tanta fluidez.

—Suerte, ¿eh?

Está de acuerdo. Si su vida fuera un juego, habría perdido después de apostar todo lo que poseía. Pero si no tiene suerte y piensa seguir adelante,

necesitará algo a lo que aferrarse que sea más duradero que el chute de endorfinas que obtiene tras meterse en un lío.

Le han arrebatado el futuro y debe encontrar algo parecido. Un propósito a largo plazo.

Regodearse en el error que cometió le está impidiendo avanzar. Siente que la culpa es demasiado pesada, como un bloque de hormigón que lo aplasta contra el suelo, inmovilizándolo y asfixiándolo. Necesita aligerar la carga y solo se le ocurre una manera de conseguirlo: culpando a alguien más. No planea eximirse de responsabilidades, tan solo diversificar, así que divide la culpa en tres.

La parte más grande sigue siendo suya y nadie podrá quitársela jamás.

La parte mediana le toca a Gregory Price, que ha acabado quedándose con Waffen von Ackermann. Koen todavía no entiende de negocios, pero le resulta extraño que se haya alejado de él tras el accidente cuando, además, parece haber salido beneficiado. Se jura que averiguará qué ha sucedido y, si descubre que ese hombre ha tenido algo que ver con el accidente de sus padres, lo matará con sus propias manos. Esa perspectiva y la especie de misión que trae consigo logra aliviar la desazón que siente.

La parte más pequeña de la culpa es para Savannah, que se ha marchado aunque siga en todas partes. De momento le resulta imposible odiarla, pero está convencido de que lo va a conseguir. Solo tiene que repetírselo lo suficiente.

Y lo hará. Una, otra y otra vez. Durante los cuatro mil cuarenta y cuatro días que quedan hasta que vuelvan a verse.

Por eso hay tanta diferencia entre lo que Koen Ackermann sintió la primera vez que vio a Savannah Price y lo que sentirá dos décadas más tarde.

DÍA 3

15 de marzo de 2026

20

Domingo, 15 de marzo de 2026, 10:38

Lo malo del pasado es que a veces no está detrás, sino agazapado a la vuelta de la esquina calculando el mejor momento para hacerte tropezar.

¿Recuerdas a Koen Ackermann? Seguro que sí, me resulta inconcebible que alguien pueda olvidarlo. En mi caso, daba igual el tiempo transcurrido y lo mucho que se me hubieran desdibujado sus rasgos, su esencia permanecía inmutable.

Me gustaba compararlo con una enfermedad porque, igual que muchas de ellas, dejaba secuelas. El dolor sordo en el pecho y la imposibilidad de volver a enamorarme eran las peores, pero no las únicas. También se parecía porque después de tanto tiempo padeciéndolo ya no sabía lo que era vivir sin él. Cuando se marchó tuve que aprender a hacerlo todo de nuevo. Reír sin Koen, soñar sin Koen, crecer sin Koen.

Estaba segura de que jamás volvería a cruzarme con él, ni siquiera sabía si había muerto.

Busqué al adolescente que me rompió el corazón en los detalles de su cara. Reconocí la piel clara, los lunares y la forma en la que sus ojos se rasgaban hacia arriba. El color de los iris, eso también era igual. Si la memoria no me fallaba, el pelo se le había oscurecido con el paso de los años.

La boca era idéntica y diametralmente opuesta. La longitud y el grosor de los labios, incluso el arco de cupido me resultaron familiares, pero había algo que no encajaba. Como si hubiera guardado bajo llave todas las

expresiones que era capaz de formar con esos elementos conocidos y las hubiera sustituido por un rictus completamente nuevo. Recordaba la sonrisa que esbozaba cuando hacía algo malo y no se parecía ni remotamente a la que estaba trazando en ese momento. Antes no parecía ni tan afilada ni tan cruel.

Solté despacio el aire por la nariz, afiancé mis manos sobre el arma y apunté hacia el hueco que había entre sus cejas.

Sin apartar sus ojos de los míos y sin esperar mi permiso, Koen se puso en pie. Aunque su mirada se escurrió un momento por mi cuerpo desnudo, sé que no ensanchó la sonrisa por eso, sino por lo peligroso e imprevisible de la situación. Daba igual lo que hubiera cambiado en esa década, el hombre se alimentaba de lo mismo que el niño: el caos. Lo buscaba con ansia y lo creaba cuando no era capaz de encontrarlo.

—¡He dicho que «de rodillas»!

Se mordió el labio inferior, disfrutando del momento.

—Vamos, Sav. Ambos sabemos lo que está a punto de pasar.

—No me conoces.

—Claro que lo hago —disintió bajando los brazos con despreocupación—. Te conozco mejor que todos ellos y esto es lo que eres. Da igual lo mucho que intentes convencer al resto o a ti misma de lo contrario. Da igual que te grapes esa estúpida sonrisa tibia a la cara o que entierres tus verdaderos sentimientos. Nunca has estado indefensa, eres demasiado lista para eso.

Me obcequé en mi silencio y él en su discurso, paladeando cada palabra como si le supiera a gloria.

—Eres reactiva.

Empezó a desabrocharse el chaleco antibalas.

—Eres agresiva.

Se lo sacó por la cabeza, junto a la camiseta de tirantes, y los dejó caer al suelo.

—Y eres vengativa.

Extendió los brazos y la sonrisa antes de susurrar:

—Dispara, Sav.

Y lo hice. Sin pensar, o no demasiado. Estaba obnubilada por sus traiciones, sobre todo por la primera pero también por esa segunda, y quería que sufriera, si no el mismo dolor que había padecido yo, uno igual

de significativo. Bajé el cañón para apuntar a una de sus piernas y apreté el gatillo.

Lo único que estalló fue su risa.

—Está descargada —explicó con malicia—. ¿Ves? Te dije que sabía lo que estaba a punto de pasar.

Acto seguido se abalanzó sobre mí. No le costó arrancarme la pistola de las manos ni inmovilizarme entre sus brazos. Mi piel hirvió ante el contacto con la suya. Sentí que si seguíamos tocándonos volvería a colárseme dentro, así que me retorcí y pataleé pese a saber que era inútil.

—¿Te trae recuerdos? —me preguntó al oído.

—¡Apártate de mí!

Me empujó con desdén. Mientras daba un paso hacia atrás, sacó un cargador del bolsillo del pantalón y lo colocó en el arma. En un abrir y cerrar de ojos, cambiaron las tornas y era él quien me apuntaba con la Glock 19.

—De rodillas. —Deslizó la lengua por la comisura de la sonrisa y añadió—: ¿Y esa cara de asco? Normalmente la gente responde con mucho entusiasmo a esa orden.

—No vas a disparar. Tú no —aseguré.

—¿Eso crees?

—Igual que no me atacaste cuando te mordí ni cuando te robé el arma por primera vez. Es porque sabías quién era, ahora lo entiendo.

Sus comisuras cayeron un par de centímetros.

—Puedo hacerte sufrir de mil maneras, Sav. No necesito una pistola o un cuchillo.

—Lo sé, me lo demostraste hace años —respondí, rápida como un latigazo—. Y deja de llamarme así.

—¿Por qué? Dijiste que no lo odiabas.

—He cambiado de opinión.

Nos mantuvimos en ese impasse hasta que la voz de Boo sonó a través de la radio que tenía enganchada al pantalón.

—¡Fox! ¡FOX! —parecía un alarido más que una exclamación—. ¡Te necesitamos en el reservado! ¡Cuarta planta a la izquierda! ¡Vamos, vamos, vamos!

—Me pillas mal —respondió con calma y sin quitarme los ojos de encima. Seguía sosteniendo la pistola con una mano y apuntándome con ella—. ¿No puede encargarse otro?

—Es Doc. —No habría hecho falta que dijera nada más. El sustantivo borró de golpe la sonrisa de Koen y agarrotó hasta el último de sus músculos—. Ha pasado lo mismo que en febrero. ¿Entiendes a qué me refiero? ¡Todo se ha estropeado!

—Voy para allá. No dejéis que nadie entre en la habitación y tampoco que él salga. Pídele a Honey que vigile la puerta desde fuera.

Cogió la máscara y el chaleco antibalas y se los volvió a colocar. Pasó por mi lado tan rápido que parecía un borrón, agarró las esposas y se giró hacia mí con la determinación en la mirada. No esperaba que se agachara para cargarme al hombro. Me agarró por las corvas e hizo oídos sordos a mis gritos. Ni siquiera se quejó cuando lo golpeé con los puños en la parte baja de la espalda. Iba en piloto automático y se notaba.

Me llevó de esa guisa hasta la habitación y me soltó de cualquier manera sobre la cama. Luego fue hasta el vestidor, abrió una de las bolsas que tenía allí guardadas y volvió con la camisa burdeos del uniforme en la mano.

—Póntela —exigió tras lanzármela.

—No pienso llevar tu…

—¡Que te la pongas, joder!

Abrí mucho los ojos, sorprendida por el grito y preguntándome qué habría podido pasar para asustarlo tanto. Acaté su orden porque mi vestido había quedado olvidado en el baño y, pasara lo que pasase a continuación, prefería no estar completamente desnuda.

Me concedió el tiempo justo para abrocharme tres botones antes de cogerme el brazo derecho y esposarlo al cabecero. Me dejó el otro brazo libre y un regusto amargo en el paladar cuando dijo con urgencia:

—Seguiremos hablando cuando vuelva. Ahora tápate y no grites. Te aseguro que no soy lo peor que puede entrar por esa puerta.

CÁMARA DE SEGURIDAD DEL O FORTUNA

Planta 4 (izqd.), reservado 15/03/2026

10:59:35

Doc permanecía sobre el escenario del reservado con los ojos clavados en una de las cámaras. Su mirada resultaba inquietante por la mezcolanza de emociones. Dolor e ira, ambos desmedidos. Tenía el ceño fruncido en exceso, las lágrimas recorriéndole las mej illas y la sangre empapándole la bata blanca y chorreando por el bisturí. También tenía un cadáver a su espalda completamente desfigurado.

Así fue como lo encontró Fox cuando atravesó la puerta pintada de color rojo. Se notaba que le faltaba el aliento, en parte por la carrera y en parte por el miedo, pero eso no evitó que se acercara al escenario en dos zancadas y subiera aupándose en lugar de bordearlo para llegar hasta las escaleras. Fue directo hacia el cuerpo de Jack Morgan y se acuclilló frente a él a sabiendas de que estaba muerto. No lo examinó para ver si podía hacer algo para salvarlo, sino para averiguar el alcance del problema al que se enfrentaba.

Apoyó los brazos sobre las rodillas, agachó la cabeza y murmuró:

—Emyr, ¿qué has hecho?

La pregunta sonó más resignada que acusatoria. El aludido se volvió hacia él muy lentamente, manteniendo tanto el bisturí como la expresión desgarrada.

—Sabía quién era, Koen. Me di cuenta nada más mencionar su nombre. Por su culpa Chloe vino a este lugar. Quedó con ella el 12 de enero para hacerle unas pruebas. Superó la audición, también me lo ha dicho. —La voz se le rompió—: Por supuesto que lo hizo. Iba a triunfar, joder. Estaba a punto de hacerlo y esos cabrones se lo impidieron.

—¿La mató él? —Fox señaló a Jack Morgan.

—No. Pero casi. De no haberla citado ese día, no habría… —Agitó la cabeza con fuerza, desesperado por sacarse lo que tuviera dentro—. Necesito saber lo que sucedió. Tenemos que llegar a la quinta planta y ver los vídeos, Koen. Si no lo consigo, me voy a volver loco. Ya lo estoy haciendo.

Fox se incorporó e hinchó el pecho todo lo que le dio de sí mientras respiraba hondo. Parecía sobrepasado.

—Vamos a descubrirlo, te lo prometo, pero no puedes… —Suavizó los gestos y la voz, como si avanzara hacia un animal rabioso y herido en lugar de hacia su compañero—. Emyr, no solo has matado a este hombre. Lo has torturado.

Doc recorrió con la mirada el cuerpo del director artístico, deteniéndose en las incisiones que le había hecho en los párpados, en las encías, en las uñas, en el vientre…

El llanto le ganó la batalla al odio y dejó caer el bisturí. El sonido del metal chocando contra la madera de la tarima le hizo eco a su lamento:

—Lo siento, lo siento, lo siento…

Cuando Fox llegó hasta él, colocó ambas manos sobre sus mej illas y lo forzó a levantar la cabeza para encontrarse con sus ojos.

—Lo he jodido, Koen. Otra vez. No deberías haberme dejado venir, tenías un plan y ahora…

—Emyr, basta.

Como era más alto, dobló el cuello para colocar la frente de su máscara sobre la de su compañero, que a su vez lo agarró de la pechera del chaleco antibalas. Se mantuvieron en silencio hasta que la respiración de Doc volvió a ralentizarse.

Fox le habló sin variar la postura:

—Te quiero. Eres mi mej or amigo, igual que lo era Chloe. Me lo disteis todo cuando no tenía nada. Un hogar, cariño y una puta familia, y cambiaría hasta el último de mis planes por concederte la paz que mereces y vengar su muerte,

¿de acuerdo? No has estropeado nada. Averiguar qué pasó es mucho más importante que el dinero.

—Me van a odiar. —Trató de tragarse un sollozo

—. Boo, Honey y el resto. Y tendrán razón. Ibais a sacar muchísimo más. De no haber sido por mí, no habríais asaltado el casino hasta la semana que viene, cuando la caja fuerte estuviera llena y…

—Me la suda el atraco —lo interrumpió con infinito cariño—. Y votamos. La decisión de venir antes fue unánime. Además, no vamos a irnos con las manos vacías, recuerda el plan.

—¿Qué plan? La he cagado. Teníamos que mantenerlos a todos con vida. Los heridos se pueden justificar, pero esto… —Dio un paso hacia atrás y se llevó las manos a la cara, frustrado—.

¿Cómo vamos a explicarlo? ¡ Está grabado! Si pillan a alguno de nosotros, los cargos serán todavía peores. Y el resto de los rehenes entrará

en pánico cuando se den cuenta de que Jack Morgan no ha vuelto.

—Encontraré el modo de solucionarlo,  no te preocupes.

Doc volvió a agarrar a Fox por el chaleco. Sus

ojos eran incisivos cuando le dijo:

—No puedes dejar que te vea la cara.

—¿Quién?

—No te hagas el tonto, Koen, sabes perfectamente que te hablo de Savannah Price.

—Estoy utilizando una máscara, aunque se haya roto…

—Te conozco —cortó y sentenció Doc—. Sé hasta qué punto te obsesiona vuestro pasado, pero no estás aquí por ella. Es su padre al que necesitas.

Fue el turno de Fox de alejarse un paso.

—¿Por qué te pones así ahora? Soy consciente de todo esto.

—Porque las cosas han cambiado. —Doc señaló hacia el cadáver—. Si ella te ve, te reconocerá. Da igual los años que hayan pasado. Y con tu nombre a la policía no le costará demasiado encontrarte. Ni siquiera Abby podrá hacer algo al respecto. Puede que yo esté condenado, pero no voy a permitir que te pase lo mismo. Savannah Price no va a volver a joderte la vida, Koen. La mataré si hace falta —zanj ó con rabia.

Fox le palmeó el hombro y cambió de tema.

—¿Has traído más batas? ¿Y mascarillas? —Doc asintió—. Perfecto. Cámbiate lo antes que puedas. Honey está en la puerta, le pediré que te cubra hasta la habitación para que nadie te vea empapado en sangre. Hablaré con los demás para dividir a los rehenes, así no se darán cuenta de que falta uno de ellos. Lo mej or será ponerlos a trabajar para distraerlos y, de paso, despistar a

la policía. Boo ya está con Beatrix y yo con Savannah, no parecerá raro —añadió como si acabara de ocurrírsele. Luego repitió—: Lo solucionaré.

—No puedes arreglarlo todo, Koen.

El roto de su máscara dejó ver la mitad de su

sonrisa, cansada y un poco tirante.

—¿Quieres apostar?

21

Domingo, 15 de marzo de 2026, 11:52

Koen no parecía el mismo cuando regresó. No estaba enfadado, como había fingido durante toda la mañana, estaba abatido. A punto de rendirse. Fui capaz de identificar perfectamente ese sentimiento porque llevaba meses sumida en él.

Me incorporé a medias sobre el colchón, apoyando la espalda en el cabecero, y lo estudié con cautela. No dijo ni una palabra mientras se deshacía del arnés y del chaleco antibalas. Tampoco después de quitarse la máscara y sentarse en su lado de la cama con los hombros hundidos.

—¿Qué ha ocurrido? —le pregunté.

Se pasó una mano por el pelo para apartárselo de la frente y me di cuenta de que tenía manchas de sangre seca en el dorso. El corazón se me aceleró tanto que temí que se me escapara por la boca. Un par de horas atrás me había vanagloriado de conocerlo, pero era indudable lo mucho que había cambiado a lo largo de los años. ¿El Koen del que me despedí habría secuestrado a una decena de personas para atracar un casino?

—Tenemos que hablar de muchas cosas, pero no de esa. —Giró la cabeza para mirarme fijamente—. Antes de empezar, quiero advertirte algo: hagas lo que hagas, no le cuentes a nadie que sabes quién soy. — Arqueé las cejas por acto reflejo e insistió—: Sav, te lo digo en serio. Si alguno de mis compañeros se entera, te matará y no podré hacer nada para evitarlo. ¿Lo has entendido?

—¿Y qué pasa contigo? ¿Vas a dejarme ir como si nada sabiendo todo lo que puedo revelarle sobre ti a la policía? —Por primera vez, fue su boca la que formó una línea recta y la mía la que se curvó hacia arriba—. Al principio no lo entendía, pero las pistas estaban ahí. Tus preguntas sobre mi pasado, el anillo… Incluso ese insulto en alemán, Zickenqueen. Fue lo que mascullaste cuando te disparé en el brazo, ¿verdad? De algún modo retorcido, intentabas que me diera cuenta de quién eres. Así que, dime,

¿cuál era tu plan? ¿No te ocultaste mejor porque tenías claro que ibas a matarme? ¿Ese es el motivo de que hayas secuestrado el casino?

—Ya te lo he dicho alguna vez y te lo repito: te sobreestimas. No he organizado todo esto por ti y, de haber querido cruzarme contigo, lo habría hecho mucho antes. Siempre he sabido dónde estabas.

Su última afirmación me cortó el aliento y deslizó sin permiso una pregunta a través de mi lengua:

—Entonces, ¿por qué nunca viniste a buscarme? Koen pareció tan sorprendido como yo.

—¿Lo habrías hecho tú de haber sabido cómo? —En lugar de esperar una respuesta que de todos modos no tenía, continuó—: Por supuesto que no, Savannah. Me abandonaste cuando tenía catorce años, igual que abandonaste a tu madre un poco antes. Además de todo lo que te he dicho en el baño, eres orgullosa y cobarde, así que no me cabe la menor duda de que tampoco habrías vuelto a por mí porque para enmendar tus errores primero habrías tenido que disculparte.

—¡¿Disculparme?! ¡¿Contigo?! —La carcajada que forcé me raspó la garganta al salir—. ¡Me traicionaste!

Chasqueó la lengua. Sin quitarse las botas, subió las piernas a la cama para cruzarlas a la altura de los tobillos, entrelazó las manos sobre la nuca y me miró con el rabillo del ojo esforzándose demasiado en mostrarse desdeñoso.

—Has mencionado varias veces mi supuesta traición y debo de tener problemas de memoria porque lo único que recuerdo es que tú me ignoraras después de que murieran mis padres.

Quise ponerme a gritar de lo enfadada que estaba.

—Cuando éramos niños me prometiste que no volverías a mentirme y fui tan estúpida como para creerte, pero no volveré a caer en lo mismo otra vez.

Se tensó tanto que se le marcaron los músculos del brazo. Aun así, consiguió que la voz sonara relajada cuando preguntó:

—¿Insinúas que me he inventado la muerte de mis padres?

Abrí la boca para replicar, pero volví a cerrarla de inmediato. No, eso era cierto. Mi padre no me dijo lo contrario y había salido hasta en las noticias. Por mucho que odiara a Koen en el momento en el que me enteré, una parte de mí siguió lamentándose por su pérdida y preguntándose qué iba a ser de él.

—Sé que fallecieron —concedí.

Bajó los brazos, visiblemente más relajado, y se mantuvo en silencio durante más de un minuto.

—Está bien, dime por qué crees que te traicioné. A cambio, te explicaré con detalle por qué estoy aquí y para qué te necesito.

Llegados a ese punto entenderás que ya no creyera en su palabra, así que no fue la promesa del intercambio de información la que me empujó a contarle mi parte de la historia. Lo hice porque había soñado tantas veces con mantener esa conversación con él que agradecí tener finalmente la oportunidad. Ni siquiera pretendía solucionarlo porque, convencida como estaba de mi versión, dudaba que fuera a ser capaz de perdonar lo que me hizo. Solo quería librarme de algo que llevaba mucho tiempo enquistado.

Fue Sav la que tomó el relevo a partir de ahí porque con Koen nunca pude ser otra cosa además de yo misma.

—Me utilizaste por orden de tus padres para obtener información sobre PriceShield. —Abrió mucho los ojos y parpadeó despacio, claramente desconcertado, pero no me interrumpió—. Aplazaste tu viaje por eso y finalmente lograste lo que estabas buscando.

—¿Y qué tipo de información podría haber obtenido de ti para que mis padres hicieran… lo que fuera que hicieran? De hecho, ¿qué se supone que hicieron?

—Tus padres habían cometido fraude. Estaban a punto de pillarlos, así que intentaron atribuirle la responsabilidad a PriceShield, y para ello necesitaban entrar en las cuentas de la empresa. Había una clave. Una especie de contraseña que te pidieron que me sonsacaras.

—Una clave. Ya. ¿Cuál? ¿Cuándo me la diste y por qué la tendrías tú?

—¡No lo sé, Koen, era una maldita cría!

—Supongo que todo eso te lo diría el bueno de Gregory.

—Ahórrate el sarcasmo —escupí.

—El mismo hombre que trató de ponerte en contra de tu madre antes incluso de que la echara de casa y tuviera que marcharse a Brasil — prosiguió, ignorándome—. El mismo, también, que te ha prometido con un cabrón que desde que piensa que hemos abusado de ti ya no quiere casarse contigo. Al que, además, le está concediendo el control de una empresa que deberías heredar tú. —Asintió y, con el sarcasmo que le pedí que se ahorrara, agregó—: Comprendo.

—¡¿Eso es todo lo que tienes que decir?! ¡Sé perfectamente el tipo de hombre que es mi padre, pero eso no quita que llevaras un año tratando de convencerme de que sentías algo por mí cuando lo único que pretendías era robarme información! ¡¿Hacía falta llegar tan lejos haciéndome creer que te gustaba?!

Me detuve antes de que se me quebrara la voz y le giré la cara para que no viera que los ojos se me habían llenado de lágrimas.

—Una pregunta, ¿no te pareció curioso que después de todo este supuesto complot mis padres murieran?

—Se… —Carraspeé para deshacer el nudo que tenía en la garganta—.

Se suicidaron.

—¿Que se…? —Se cubrió la cara con las manos para gritar contra las palmas—. Mis padres se suicidaron, por supuesto, ¿por algo en especial o por conveniencia del guion de la película que te contó Gregory?

—Porque estaba a punto de destaparse lo del fraude.

—Claro que sí. Y como me odiaban decidieron matarse con el coche y dejarme abandonado en el aeropuerto. ¿Encaja eso con tu narrativa? — inquirió con ferocidad—. Los conociste durante muchos años, piénsalo. Da igual que supieras que se habían dejado la piel para sacar adelante la empresa, acepto que pudiera pasársete por la cabeza que fueran unos cabrones que intentaran aprovecharse de tu padre. Pero ¿me habrían hecho eso a mí? Recuerda que yo no tengo más familia, Sav. Que matándose me dejaban completamente solo. Sin herencia, por culpa de su supuesto crimen, y también sin empresa porque, ¡sorpresa!, se la quedó Gregory Price. Qué conveniente, ¿no te parece?

Cerró la boca tan de sopetón que pareció un cepo y empezó a respirar por la nariz, agitado. Una vez que consiguió relajarse, cambió de postura y se sentó de piernas cruzadas, completamente girado hacia mí. Me sorprendí deseando que volviera a ponerse la máscara para poder escapar

de su expresión. Parecía furioso, triste, ansioso y otra algarabía de emociones que me resultaba imposible desentrañar.

—Pensé que me querías —soltó a bocajarro, y algo que guardaba detrás de las costillas se me hizo pedazos—. Aunque no estuvieras enamorada igual que lo estaba yo, pensé que al menos me tenías cariño. Incluso si te hubieras tragado toda la mierda con la que acabas de excusarte, ¿cómo fuiste capaz de no decirme nada después de que murieran mis padres? Te estuve esperando durante horas el día que los enterré, ¿sabes? Te mandé cientos de mensajes que nunca contestaste. Aun si hubiera sido el monstruo que asumes que fui, ¿pensaste que no me importaría quedarme solo? ¿O me guardabas tanto rencor que te alegraste por ello?

Las lágrimas empezaron a desfilar sobre mis mejillas. Despacio y dejando surco. ¿Podía fiarme de sus palabras? Es más, ¿quería hacerlo? Supe que, si me abría a esa posibilidad, los cimientos que me sostenían, aquellos sobre los que me había ido construyendo a lo largo de la última década, se convertirían en polvo y el futuro que perseguía se me caería encima.

Porque si Koen tenía razón, si mi padre me mintió durante todo este tiempo y consiguió que le diera la espalda, ¿qué debía hacer a continuación?  ¿Abandonar  todo  aquello  por  lo  que  había  luchado?

¿Renunciar a la empresa familiar, a mi legado, por algo de lo que yo no era consciente ni mucho menos culpable? Era injusto. No había sacrificado tanto para que las cosas acabaran así. Además, ¿en quién se había convertido Koen y qué pretendía diciéndome todo aquello? ¿Recuperar Waffen von Ackermann? ¿Vengarse de mi familia? ¿Ambas?

La voz se me entrecortó cuando expliqué:

—Me quitó el móvil y el ordenador. También cambió el número del fijo. Estuve un mes completamente incomunicada.

—Te compro la excusa. —Su frialdad me erizó la piel—. ¿Y después? Te tragas sus mentiras, porque en ese momento quizá creyeras sus palabras, pero ahora mismo es imposible que sigas haciéndolo. Sabes que te mintió. Te las tragas, como he dicho, él te aísla durante semanas… ¿y qué más? Después volviste a usar tus redes sociales. Te abriste un nuevo correo electrónico. Conseguiste otro móvil. ¿Qué pensaste entonces? ¿Fue como con tu madre, sentiste que ya había pasado demasiado tiempo y no merecía la pena volver a ponerte en contacto conmigo? ¿Te dio vergüenza?

—Habías desaparecido.

—Estaba en un hogar de menores en Alemania y tú eres millonaria. Podrías haberme encontrado. Quizá no el primer año, ni el segundo, pero ha pasado más de una década. Dímelo, Savannah —insistió al cabo del rato—. ¿Te resultó así de fácil olvidarte de mí?

—¡No! Es… —Me froté la cara con la mano libre, incapaz de dejar de llorar y enfadada conmigo misma precisamente por ello—. ¡¿Me amenazó, vale?! ¡Fue él quien cerró mis perfiles en redes y cuando me dejó abrir otros me vigilaba todo el tiempo! Conocía mis contraseñas, entraba en mi ordenador… Y tú… Tú también cambiaste de móvil y desapareciste de internet.

—No cambié de móvil, sencillamente no tenía dinero para pagarlo ni cómo acceder a mis putas redes sociales. Tampoco ganas después de que me hubieras dado la espalda. Pero, dime, ¿me buscaste?

—Te intenté llamar dos meses después, por eso sé que tu móvil no daba señal.

—¿Y ya está?

Su desdén se me clavó bajo las uñas como un alfiler.

—Mi padre se dio cuenta de que te había llamado y me amenazó. — Arqueó una ceja, expectante, y reuní el valor para continuar aun intuyendo qué iba a responder—: Me dijo que me mandaría con mi madre si volvía a hacerlo. Que renegaría de mí.

Tras un instante de estupefacción, se echó a reír.

—¿En serio? ¿Ese es el castigo que tanto te preocupaba? ¿Estar con el único miembro de tu familia que te quería? Joder, Savannah, normal que no intentaras volver a ponerte en contacto conmigo. Qué perspectiva tan terrible.

Apreté el dedo pulgar contra la uña destrozada del índice y me concentré en el dolor.

—¡Te recuerdo que acababa de cumplir trece años y pensaba que me habías estado utilizando!

Negó con la cabeza varias veces, como si todavía no diera crédito.

—Respóndeme a una cosa con sinceridad y dejaré el tema. Aunque antes tienes que saber que escuché una de las conversaciones que mantuviste con Maria por teléfono cuando estuviste en Múnich.

—¿Cuál?

—En la que sugirió que te quedaras con tu padre y te aprovecharas de sus recursos. Entiendo que por eso detestabas la idea de volver con ella.

—¡Lo que detestaba era decepcionarla por no haber conseguido ninguna de las cosas que me dijo! —repliqué, a la defensiva—. Quería a mi madre, todavía la quiero. Y acabé entendiendo que si me instó a permanecer con mi padre fue por mi bien.

—Supongo, aunque a mí jamás se me habría pasado por la cabeza hacerle eso a mi hija. —Se encogió de hombros cuando lo miré con rabia

—. Lo que busco que me respondas es lo siguiente: imagina que tu padre no te hubiera hecho creer que te utilicé, pero sí que te hubiera dado a escoger entre el dinero y cortar el contacto conmigo. ¿Qué habrías elegido?

—No lo reduzcas al absurdo, Koen, nunca ha sido tan sencillo. El dinero por sí mismo me da igual, con lo que me amenazó fue con repudiarme. Me habría apartado de todo cuanto conocía y no habría tenido oportunidad de formarme como lo hice. Lo que de verdad quieres saber es si te habría antepuesto a mi futuro.

—De acuerdo. —Esbozó una sonrisa horripilante—. ¿Lo habrías hecho?

—¿Me lo estás preguntando en serio? ¡Éramos unos críos! ¿Cómo puede pasársete por la cabeza que lo habría dejado todo por ti?

—Porque yo lo habría hecho por ti.

Abrí tanto la boca que sus palabras consiguieron atascárseme en la garganta. Parecían y resultaron ser ciertas porque Koen Ackermann no sabía sentir a medias: te quería con todo y te odiaba de la misma manera.

—Te toca —exigí—. Cuéntame qué buscas en el casino y para qué me necesitas.

—¿No quieres saber mi versión de la historia? ¿Te da miedo?

—¿Por qué iba a hacerlo?

—Porque sabes que te hará sentir todavía peor. —Sacó la moneda y empezó a pasársela por los nudillos—. Solo tienes que pedirme que te lo cuente, Sav. Sin trucos esta vez. Lo prometo.

Necesitaba centrarme en lo que tenía por delante, no en lo que debía dejar atrás. Sin embargo…

—Cuéntamelo.

Me equivoqué al creer que se negaría solo por molestarme. Supongo que, como yo, llevaba mucho tiempo fantaseando con soltarme aquello.

—Lo cierto es que está relacionado con el motivo por el que estoy aquí. Empiezo por lo obvio: no hubo ningún complot. Mis padres solían ordenarme que me portara bien contigo, no que te sacara información. Retrasé el vuelo porque quería comprarte un anillo. Ese que decidiste tirar a la fuente para pedir a saber qué deseo y que llevabas puesto por a saber qué motivo. Ya hablaremos de ello en otro momento. Mientras volvía desde la joyería hasta tu casa llamé a mi madre y le supliqué quedarme un día más. Quería encontrar el mejor momento para darte el regalo y pasar contigo todo el tiempo que pudiera.

Deseaba que no volviera a sacar el tema del anillo porque no iba a saber responder a ninguna de sus preguntas. ¿Por qué lo llevaba? Porque sí. ¿Por qué quería que me lo devolviera? Porque sí. ¿Por qué no me lo había quitado jamás, ni siquiera cuando acepté como cierta la versión que me dio mi padre? Porque sí.

«Porque sí» era una respuesta ridícula y superficial, pero era la única que tenía.

—Después, lo que sabes —prosiguió—: llegué a Alemania y estuve esperando a mis padres en el aeropuerto durante horas. Hasta que me llamó la policía para decirme que habían muerto en un accidente de tráfico tras chocar contra un hombre que conducía borracho. Un par de meses más tarde, un abogado me explicó que lo había perdido todo por culpa de un delito fiscal que no creí que hubieran cometido.

Esperé en vano a que continuara.

—¿Y ya está? —Asintió—. ¿Acusaron a tus padres de haber malversado fondos y decidiste no creértelo?

—Exactamente.

—No puedes hablar en serio.

—Fíjate en lo en serio que hablo que he secuestrado un casino para tratar de averiguar la verdad.

—¿Cómo?

—Te dije que estaba aquí para resolver un asesinato, ¿recuerdas? No daba crédito a lo que estaba oyendo.

—¿Asesinato? ¿Te refieres a tus padres? Pero… pero si acabas de reconocer que murieron en un accidente. Es… es completamente absurdo.

—¿Lo es? Puede que con catorce años solo me guiara por una corazonada, pero en cuanto salí del hogar de menores comprobé que mis padres jamás habían malversado fondos. Todas sus cuentas cuadraban

desde su fundación en 2002 hasta, casualmente, el incidente que implicó a tu padre y que acabó suponiendo que él se quedara Waffen von Ackermann como compensación.

—Incluso en el caso de que hubieras dispuesto de toda la información para asegurar que jamás cometieron ningún tipo de irregularidad…

—Lo hice —me cortó, tajante.

—Incluso así —insistí—. No es imposible que, llegado un punto, decidieran hacerlo. Por verse entre la espada y la pared, para ganar más dinero o por desconocimiento. Waffen von Ackermann y PriceShield estaban tan entrelazadas que no es de extrañar que el error de una afectara a la otra, tampoco que mi padre acabara quedándose con el nombre comercial y con parte de la infraestructura de la de tus padres.

—Dime una cosa, ¿cuántas irregularidades sabes a ciencia cierta que comete PriceShield? ¿Y cuántas más sospechas? —Apreté los labios por toda respuesta y él ensanchó la sonrisa—. Conoces a tu padre, ¿te parece tan inverosímil que pudiera estar implicado?

—¿En qué, exactamente? —Entonces lo entendí y abrí los ojos de par en par—. ¿Crees que mató a tus padres? No puede ser. Koen, escúchame. Acepto que no se suicidaran, pero hubo otra víctima, ¿no? Alguien que conducía bajo los efectos del alcohol.

—Esas cosas se pueden amañar. De hecho, ¿sabes que la policía jamás logró identificar al conductor borracho? Robaron el cuerpo de la sala de autopsia.

—¡Estás siendo ridículo! —me frustré—. ¿Has organizado todo esto porque no asumes que tus padres cometieron un error y que fallecieron en un accidente de tráfico? ¡Es absolutamente demencial! ¡Incluso para ti!

Se echó a reír.

—Por eso te necesito.

—¿Cómo?

Se tumbó de lado y apoyó la cabeza en los nudillos.

—Quiero que hables con tu padre y averigües la verdad.

—Te has vuelto loco.

—Hace tiempo, pero no es lo importante ahora. Verás, no te mentí: estamos aquí por el dinero, pero hemos decidido venir en este momento tan específico y secuestraros precisamente a vosotros por una serie de motivos. El mío ya lo conoces. El problema es que no puedo dejar que tu padre descubra mi identidad.

—¿Y qué pasa conmigo?

—Todavía no lo sé —reconoció—. Por suerte para ti, nadie tiene constancia de que sabes quién soy, pero sería muy evidente si interrogara a tu padre sobre Waffen von Ackermann. Ahora, si lo haces tú…

—¡No pienso dejar que me utilices! Y tampoco iba a servir de nada. Sé que no le tienes en alta estima, pero mi padre no es tan estúpido como parece: jamás revelaría información que pudiera comprometerlo delante de un desconocido.

—Pues habla con él a solas. Fruncí el ceño.

—En ese caso, podría mentirte. ¿O piensas estar al otro lado de la puerta con la oreja pegada?

—Probablemente, lo reconozco. En cualquier caso, ¿no quieres saberlo? —Su sonrisa trepó muy arriba—. No confías en mí, lo sé y lo entiendo, pero ¿confías en él?

Aunque no lo hacía, la pregunta no era esa, sino:

—¿Y si averiguas que tuvo algo que ver? Respondió con rapidez y simpleza:

—Lo mataré.

—¿Crees que voy a permitirlo?

—Espero que sí —dijo para mi sorpresa—. Prefiero pensar que permitirías que hiciera justicia antes de que él se librara de cualquier tipo de repercusión tras haber engañado a mis padres y propiciado de alguna manera que murieran.

Recogí las piernas para pegar las rodillas contra el pecho y apoyé la frente sobre ellas. Tenía un dolor de cabeza horrible y me sentía sobrepasada de todas las maneras posibles. Necesitaba tiempo y espacio para asimilar la información que había recibido, para tratar de separar lo que era cierto de lo que no y para averiguar cómo me sentía al respecto.

También necesitaba elaborar una nueva estrategia. Al fin había descubierto quién se escondía detrás de la máscara, pero ¿qué implicaba eso? ¿Estaría en peligro aunque ninguno de sus compañeros se enterara de que le había visto la cara?

Era demasiado. Él siempre había sido demasiado, primero como Koen y luego como Fox, pero la combinación de ambos era abrumadora. Ojalá hubiera podido hablar contigo para preguntarte qué debía hacer. ¿Me

habrías recomendado confiar en él o habrías mantenido que continuara poniéndome por delante?

No tenía modo de averiguarlo, así que me centré en los hechos: la persona en la que se había convertido Koen Ackermann era peligrosa y sabía que su anonimato estaba en mis manos.

Con eso en mente, resolví:

—Hablaré con mi padre, pero tengo una condición.

—Por supuesto que la tienes.

—A cambio de mi ayuda, quiero reunirme con Trenton. A solas.

CÁMARA DE SEGURIDAD DEL O FORTUNA

Planta 4 (izqd.), bar 15/03/2026

13:45:11

Fox se situó tras la barra donde había hablado con Savannah por primera vez. Colocó encima la coctelera y varias botellas y empezó a prepararse una bebida. Quien no lo conociera habría afirmado que estaba tranquilo. Aburrido, incluso. Pero las otras tres personas que había con él en el bar tenían claro que le estaba dando vueltas a algo importante.

Lo dejaron a su aire y se centraron en las quejas de Boo.

—¿Os creéis que mi trabajo es fácil? ¿Por eso queréis cargarme con más? ¡ No es como si tuviera que averiguar una contraseña y ya está! Hablamos de un nivel de seguridad altísimo. ¡ Autenticación múltiple! ¡ Sistemas antifraude! ¡ Protocolos de…!

¿Estáis entendiendo algo de lo que os digo?

Fox terminó de prepararse el cóctel, metió una pajita demasiado grande y retorcida en el vaso y dio un sorbo.

—Para  nada.  Entonces,  ¿no  puede  hacerse?

Explícamelo como si no fuera hacker, por favor.

—¿Entrar en la cuenta? Sí, puede hacerse, pero

necesito más tiempo. Lo de Doc…

El aludido,  que permanecía cabizbajo en una

butaca ligeramente apartada, no había abierto la

boca en toda la reunión. Llevaba ropa limpia y las manos dentro de los bolsillos de la bata. Cuando Boo lo mencionó alzó la vista para mirar al resto a través del flequillo castaño y rizado.

—No deberíamos toquetear demasiado las grabaciones de seguridad —continuó Boo—. Es fácil eliminar unos segundos de aquí y de allá sin que se den cuenta. Tendrán un montón de horas de vídeo que analizar cuando salgamos. Pero varios minutos de una sola cámara… Es mucho. Lo notarán. Seguro.

—Nos arriesgaremos —decretó Fox—. En el peor de los casos, destrozaremos el reservado y fingiremos que las cámaras se han echado a perder.

—¿Cómo?

—Prendiéndole fuego o algo por el estilo. Ya pensaré en ello. Primero hay que eliminar las pruebas. Así que, dime, ¿qué necesitas para borrar lo que pasó con Jack Morgan?

—Puedo hacerlo desde mi ordenador. Pero Tiffany Whitmore tendrá una copia allí arriba de todo lo que graben las cámaras. También habrá que destruirla.

Doc se echó hacia atrás en el asiento y se frotó la cara con las manos. Su obvia desesperanza contrastó con la sonrisa ladina de Fox.

—No hay problema porque ya sé cómo vamos a llegar al último piso.

—¿Lo dices en serio? —preguntó Doc, rompiendo su silencio.

—Claro que sí.

—¿Cuál es el « pero»?

Fox chasqueó la lengua y reconoció:

—El plan es arriesgado y vais a tener que

confiar  en  mí.  Totalmente.  Honey,  ¿acabas  de

resoplar?

—¿A qué te refieres con « arriesgado»? —insistió Doc.

—A que hay muchísimas posibilidades de que salga mal. Casi todas, de hecho. Pero va a salir bien. ¿Le habéis dado algo de comer a Trenton Lee?

—Pero ¡ si nos pediste que no lo hiciéramos! —se indignó Boo—. Porque se había puesto exigente o no sé qué. Me da igual. Lleva insoportable desde esta mañana. Honey ha tenido que dejarlo encerrado en su habitación.

—Perfecto. Pues voy a necesitar una lata de conserva de algo espeso y oscuro que tenga que comerse con cuchara. También voy a necesitar parte de mi herencia.

—¿Se puede saber de qué estás hablando?

—De lo que robamos de Waffen von Ackermann antes de llegar. Boo, me hablaste de unos microchips de rastreo, ¿verdad? ¿Cómo de grandes son?

—Si se llaman « microchips» es porque… ¡ Anda!

Su carcajada reverberó en las paredes.

22

Domingo, 15 de marzo de 2026, 15:30

Seguía llevando puesta su camisa y las manos esposadas por delante. Froté el empeine del pie descalzo contra el gemelo de la otra pierna y seguí observando a la policía a través de la ventana.

El mirador iba a ser el punto de encuentro. Era una estancia alargada y estrecha, sin muebles, que bordeaba la parte izquierda de la cuarta planta. La pared que daba al exterior era toda de cristal. Según me dijo Koen antes de irse a buscar a mi padre, ni la policía ni los periodistas que habían acampado en la calle eran capaces de discernir lo que sucedía dentro.

Hay poder en observar sin ser visto. Me pregunté si Koen se sintió así cuando me vigiló en el vestíbulo mientras sacrificaba su anillo en pos de un deseo. Si también lo hizo durante todas las conversaciones que mantuvimos sin que yo supiera quién era en realidad. Había jugado conmigo a través de sus preguntas, hurgando tanto que llegó a conseguir que le hablara de mi madre. De él mismo. Repasé todo lo que le había dicho y me sentí más desnuda que cuando le ataqué al salir de la ducha.

Había demostrado tener razón cuando afirmó conocerme. ¿Era capaz de predecirme basándose en la niña que fui? ¿Me comparaba con la Savannah de la que se había enamorado? Sí. De ahí esos «Ahí estás» tan crípticos que al principio no entendía.

Es extraño saberse de memoria quién fue alguien y desconocer lo que es en la actualidad. No es como relacionarse por primera vez con una persona nueva porque en ese momento vas sin ninguna expectativa. Todas

las casillas de su ficha están en blanco. Cuando vuelven de tu pasado, sin embargo, has de averiguar si tienes que reescribir, añadir una nota al pie o mantener. ¿El color favorito de Koen seguiría siendo el rojo? ¿Todavía se rascaba el costado cuando se avergonzaba? ¿Continuaría ofreciendo una única rosa, empecinado en que juntar más flores en un ramo carecía de sentido?

Había cosas de él que eran iguales, como esa manía de guardárselo todo en los bolsillos y su necesidad de sacar a la gente de quicio. ¿Y la risa? ¿Quedaba algo de la risa del adolescente que regalaba anillos en la del criminal que amenazaba de muerte?

Me froté la cara con las manos y respiré hondo. Me daba igual. Todo aquello carecía de interés porque el futuro estaba delante, no detrás.

Volví a fijarme en la carpa de la policía, preguntándome cuándo pensaban actuar. Sabían de la existencia de las bombas, pero no podía ser su primera vez lidiando con algo así. Lo más probable es que les hiciera falta información del interior para animarse a dar el paso.

Para eso necesitaba a Trenton.

Koen abrió la puerta y le dio un empujón a mi padre para que entrara. Tras dedicarme un guiño, volvió a salir y nos dejó a solas. O eso quiso hacernos creer.

No sabía si habría colocado micrófonos en la estancia o si, tal y como había bromeado, tendría la oreja pegada a la puerta para escuchar la conversación. Debía medir muy bien mis palabras. Si mi padre adivinaba quién era Fox, o si resultaba haber tenido que ver con el accidente de la familia de Koen, lo matarían.

Dejando de lado mis intereses personales y el daño que me había hecho, condenarlo de esa manera me parecía atroz.

Se colocó a mi lado y, al contrario de lo que había sucedido en nuestro encuentro anterior, centró en mí toda su atención. Se fijó especialmente en la enorme camisa con la que me vestía y en mi pelo limpio. Pensé que estaba preparada para lo que fuera a decir, que después de tantos años me había inmunizado a sus insultos.

Me equivoqué.

—Savannah, me alegra ver que estás perfectamente. —Arqueé una ceja, escéptica tanto por su supuesta alegría como por el hecho de que nadie, al verme de esa guisa, habría pensado que estaba perfectamente—. Intuyo lo que sucede y quiero que sepas que lo entiendo y no te juzgo. Has

hecho bien en utilizar las herramientas que estaban a tu disposición para sobrevivir y es evidente que has logrado una posición privilegiada respecto al resto de los rehenes. Bien pensado, hija. Ahora has de usar la ventaja que has conseguido para tratar de sacarnos de aquí. No te preocupes si no sabes cómo, puedo ayudarte. Para eso me has llamado, ¿verdad?

Quería vomitar. Y gritar, llorar y arañarle los ojos.

—¿Alguna vez contemplaste la posibilidad de que yo heredara PriceShield?

Frunció el ceño, confundido ante el cambio de tema.

—¿Por qué me preguntas eso ahora? Savannah, no tenemos tiempo. Los atracadores regresarán de un momento a otro, el de la máscara del zorro me ha dicho que volvería a buscarme en unos minutos.

—No vendrá hasta que lo llame. —Las serpientes que habían nacido en mi interior silbaron, complacidas—. Respóndeme. ¿Tuve alguna oportunidad?

Abrió la boca varias veces, tratando de encontrar las palabras. Probablemente debatiéndose entre lo que le molestaba mi evidente pérdida de respeto y el miedo a lo que pudiera hacerle gracias a mi supuesta nueva posición.

—Nunca he querido que trabajaras, Savannah. Tienes dinero y estatus suficiente para no tener que preocuparte jamás por algo así.

—Pero yo deseaba hacerlo. Por eso estudié en Stanford e hice un MBA al terminar la carrera. Por eso fui no solo buena, sino excelente. Pero nunca lo viste o, peor, lo hiciste y te dio igual. Hay otra cosa que no entiendo, ¿por qué, si tenías previsto convertirme en poco más que un jarrón bonito, no quisiste que me mudara con mamá a Brasil?

—No impedí que te llevara consigo.

Otra vez esa manera de formularlo, como si mi madre me hubiera abandonado. Hasta ese momento no le había revelado mi conversación con ella por miedo a que me echara de casa, pero ya no tenía nada que perder.

—Hablé con mamá antes de que se marchara. Sé que me quería y que la pusiste contra la espada y la pared. También sé que peleaste hasta obtener la custodia completa. ¿Por qué?

—Porque eres mi hija.

La risa me hizo tanto daño al salir que estuve a punto de llorar.

—Eso jamás te ha importado, ambos lo sabemos. Dime, ¿qué plan tenías para mí?

Noté en la tensión con la que apretaba los puños que estaba a punto de perder la paciencia.

—Eres mi única hija —insistió.

—Te he dicho… Ah. —Abrí la boca, comprendiéndolo al fin—. Tras dos matrimonios y un sinfín de amantes, no has vuelto a ser padre. ¿Lo intentaste más veces? —Guardó silencio, pero entendí que había dado en el clavo—. Ya veo. Soy la única heredera que has conseguido, tras, supongo, varios intentos. Pero no quieres que herede. ¿Buscabas casarme, entonces?

—¿Qué hay de malo en unir dos familias? —respondió muy digno—. No todos los negocios se hacen en la oficina, Savannah. Además, nunca te obligué.

—Puede ser —concedí—, pero me hiciste creer que si me casaba con él tendría cierto papel en la empresa. Dime una cosa, ¿sabías cómo era?

—¿A qué te refieres?

—A Trenton. ¿Sabías a qué tipo de hombre me estabas prácticamente vendiendo? Porque conocías de sobra a su tía. Lleva muchos años siendo accionista de PriceShield.

Se puso lívido ante la mención a Tiffany Whitmore.

—Quizá Trenton no fuera lo que ninguno de los dos esperábamos, pero tiene capacidad para encargarse tanto de PriceShield como de ti.

Entorné los ojos, suspicaz.

—Sabes perfectamente que eso no es cierto. Entonces, ¿por qué planeas cederle el control de la empresa que montó tu abuelo?

Mi padre desvió la mirada hacia una cámara cercana y se apartó el cuello de la camisa de la piel, acalorado de pronto. Estaba acercándome. Sospechaba que Tiffany lo estaba chantajeando… No, tenía la certeza de que lo hacía, lo que no sabía era con qué.

En lugar de exigirle una respuesta, decidí bordear el tema. Esperaba que tras la conversación anterior no pareciera extraño.

—Antes de Trenton hubo otro potencial prometido. Uno que se puso sobre la mesa como si fuera una broma, pero que en realidad no te resultó descabellado. Hablo del hijo de los Ackermann.

—¿Y qué problema tenías con ese niño? ¡Estabas obsesionada con él!

—Estaba enamorada de él —corregí conteniendo a duras penas la rabia y deseando que Koen no estuviera escuchando—. ¿Es cierto, entonces?

¿Queríais casarnos?

—Los Ackermann jamás habrían accedido a comprometer a su hijo — escupió con un desprecio manifiesto—. Creían que tomar esa decisión por él, incluso planteársela, era cruel.

—Tenían razón —concedí, y seguí hurgando—: Pero habría sido perfecto, ¿verdad? Seguro que era más capaz de encargarse de PriceShield porque, además de ser un hombre, algo que pareces valorar en exceso, no era tan inepto como Trenton. Además, él venía con la lucrativa Waffen von Ackermann bajo el brazo. Aunque acabaste quedándotela de todos modos.

Supe que me habría apresurado con la última frase porque la siguiente pregunta de mi padre estaba impregnada de desconfianza:

—¿Adónde quieres ir a parar, Savannah?

—Me habría casado con ese chico. No porque me resultara favorable, sino porque lo quería. Pero no me dejaste volver a ponerme en contacto con él después de que fallecieran sus padres. ¿Por qué?

Cambió el peso del cuerpo de un pie a otro, incómodo.

—Los Ackermann habían malversado fondos…

—¿Y qué? —interrumpí—. Ibas a encargarte de su empresa de todas formas y él no tenía la culpa. Acababa de quedarse huérfano y ni siquiera me dejaste mandarle un mensaje.

—¿Que no tenía la culpa? Se acercó a ti por orden de sus padres, Savannah. No te quería, tan solo te utilizaba para llegar hasta mí.

Estuve a punto de sonreír. Al fin lo tenía donde necesitaba.

—La verdad es que esa parte la tengo un poco borrosa y no recuerdo los detalles. ¿Qué fue lo que pasó?

Vaciló un instante.

—Te sonsacó una clave para entrar en la cuenta bancaria de la empresa.

—¿Y gracias a eso los Ackermann estuvieron a punto de culpar a PriceShield de sus propias irregularidades? —repetí lo que me había dicho. No era capaz de olvidarlo porque me hizo sentir culpable además de estúpida.

—Exacto.

—Pero ¿por qué tenía yo la clave? ¿Cuál era?

—Tu… —titubeó—. El nombre de tu primera mascota.

Cerré los ojos. Solo fueron cuatro segundos. En Japón consideran que el número cuatro trae mala suerte, ¿lo sabías? Me lo explicó Koen, a quien

se lo había dicho Boo. Suena igual que la palabra «muerte» y se cree que está asociado a ella.

Tenía cierta lógica que fueran cuatro segundos porque tras ellos murió la esperanza de que mi padre no me hubiera engañado. Ya no había manera de que negara lo que de todos modos habría tenido que parecerme evidente: Koen no me había utilizado.

¿En qué más tendría razón?

—¿Te refieres a Sammy? —Asintió—. Pero, papá, ¿por qué iba a necesitar Koen sonsacarme eso? Ese gato murió cuando yo tenía seis años. Lo vio varias veces. Si solo necesitaba el nombre, ya lo conocía, y no hay manera de que yo le hubiera dicho que era la clave para acceder a alguna de tus cuentas porque no tenía ni idea.

Mi padre pareció a punto de insistir. No sé si se dio por vencido porque entendió que a esas alturas no hacía falta que siguiera con la farsa o porque fui incapaz de fingir inocencia. Quizá se debiera a ambas cosas. Al fin y al cabo, creía que Koen había desaparecido de nuestras vidas mucho tiempo atrás y, por mucho que me subestimara, engañarme no era tan sencillo como cuando tenía trece años.

—¿Qué quieres saber, Savannah?

—¿Por qué me mentiste?

Se pinzó el puente de la nariz con dos dedos.

—¿A qué viene esto ahora?

—Tú quieres mi ayuda y yo acabo de descubrir que no puedo fiarme de ti. Demuéstrame que no sigues tratándome como una cría. —Me sorprendió que volviera a mirar hacia las cámaras, así que aventuré—:

¿Quién temes que vea las grabaciones, la policía u otra persona? ¿Es Tiffany Whitmore?

—Cuidado, Savannah.

—¿Por qué iba a preocuparte que ella sepa de qué estamos hablando? A menos que… —Estudié el miedo que deformaba su expresión—. ¿Está relacionada con los Ackermann?

—Este no es el momento ni el lugar para hablar de eso —zanjó, categórico—. No sé por qué has sacado a esa gente a colación, pero deberíamos centrarnos en escapar. ¿Quieres respuestas? De acuerdo, te las daré cuando volvamos a casa. Mientras tanto…

—Todavía no confío en ti. —Sabía que no podía insistir más con el tema de Tiffany y tampoco arriesgarme a resolver el misterio de la muerte

de los Ackermann si quería mantener a mi padre con vida, pero necesitaba que confesara al menos una cosa—: ¿Me utilizó? Koen. ¿Lo hizo o querías que me alejara de él?

Emitió un resoplido largo por la nariz, claramente harto de mí y sin entender la importancia de esa información.

—No, Savannah. No había ninguna clave ni se acercó a ti por orden de sus padres. ¿Estás contenta? Entiendo que afectara a tu autoestima que…

—¿Y sus padres cometieron fraude? —Lo interrumpí para pillarlo por sorpresa y me vi capaz de leer la verdad en sus ojos: no, no lo habían hecho. Asentí más para mí que para él y le indiqué—: Mantén un perfil bajo. No intentes negociar con ninguno de los atracadores y bajo ningún concepto hables de PriceShield o de Waffen von Ackermann. —Giré la cara hacia la puerta para gritar—: ¡Ya hemos terminado!

Con una vulnerabilidad hasta entonces desconocida, mi padre preguntó antes de que se lo llevaran:

—¿Me sacarás de aquí?

—Sí.

La última conversación que mantuvimos fue sobre mentiras, así que, aunque todavía no lo supiera, tenía sentido que terminara con una.

CÁMARA DE SEGURIDAD DEL O FORTUNA

Planta 4 (izqd.), mirador 15/03/2026

16:00:44

Copy y Fox fueron quienes acudieron a la llamada de Savannah. El primero cogió a Gregory Price del brazo para sacarlo de ahí, mientras que el segundo depositó en el suelo la bandeja con la que cargaba. En ella había una lata ya abierta de alubias pintas, una cuchara y dos botellas de agua pequeñas.

—Es para tu prometido —le indicó a la rehén—. Lleva sin comer desde la última vez que hablamos con él. Cuando se quejó por la calidad de lo que le ofrecíamos y quiso intercambiarte por algo más acorde a su paladar, ¿recuerdas?

—Me sorprende que te hayas ablandado tan pronto.

El hombre soltó una carcajada.

—Nada más lejos, pero he pensado que ofrecerle esto podría ayudarte a sacarle cómo llegar hasta la quinta planta. ¿Tienes un plan?

—Improvisaré —respondió ella, encogiéndose de hombros.

La sonrisa de Fox se ensanchó todavía más.

—Mi estrategia favorita. Antes de irme… ¿Qué te

dijo el bueno de Gregory?

—Es largo de explicar. Hablaremos de todo después de mi reunión con Trenton.

Fox no perdió el gesto divertido de los labios, ni siquiera cuando se inclinó hacia el oído de Savannah y susurró:

—¿Te arrepientes ya de lo que me hiciste? —Sin darle tiempo a responder, se apartó y cambió de tema—: Si necesitas un cuchillo para dibujarle algo en la espalda, solo tienes que pedírmelo. Recuerda: estoy a un grito de distancia.

23

Domingo, 15 de marzo de 2026, 16:09

Volver a estar a solas con Trenton me trajo a la cabeza el deseo que le había pedido a la fuente, aquel por el que había creído que merecería la pena sacrificar mi posesión más valiosa.

«Haz que muera».

También me hizo recordar la pregunta capciosa de Koen: «Entre Trenton y yo, ¿a quién salvarías? ¿Y a quién preferirías ver muerto?». Incluso entonces, sin saber quién se escondía tras la máscara, tenía clara mi respuesta. No solo preferiría que muriera Trenton, sino que habría hecho muchas cosas para conseguir que sucediera. Por suerte para él, todavía estaba aterrada.

Con Trenton todo se reducía al miedo.

Miedo a perder aquello por lo que había luchado, como ya he dejado claro varias veces, y también a que me hiciera daño. Él no era como Koen, él usaba las manos en lugar de las palabras y obtenía un placer rayano en lo sexual durante el proceso.

Procuraba que no nos quedáramos a solas porque las ocasiones en las que no había podido evitarlo me habían dejado marca. Y la peor de todas sucedió el 12 de enero en ese mismo casino.

Por eso, cuando Koen entró por la puerta junto a él, estuve a punto de decirle que había cambiado de opinión, que no se marchara. Me contuve porque intuía que se me acababan las posibilidades de escapar. Además, con mi jugada no pretendía escoger a Trenton, sino utilizarlo para

salvarme. Una vez que lo lograra, esperaría a que los atracadores hablaran con la policía sobre su relación con La Última Mano. Y si la mención a la mafia no conseguía meterlos entre rejas a su tía y a él, estaba dispuesta a tomar cartas en el asunto y hacer lo que fuera necesario.

Me había cansado de esconder a Sav y aceptar migajas y golpes a la espera de que la gente se diera cuenta de lo mucho que valía.

Esa vez Koen no me guiñó un ojo antes de salir, ni siquiera sonrió. Trenton sí. A medida que se aproximaba, sus comisuras reptaban hacia arriba. Como mi padre, se fijó en mi atuendo y en las esposas, pero lo que sentí bajo su escrutinio fue distinto. Me noté demasiado desnuda y sin libertad de movimiento. Inspiré profundamente y enderecé la postura, sin embargo.

No podía evitar sentir miedo, pero sí hacérselo saber.

—Cariño.

Me había colocado de tal manera que nos separaba la bandeja de comida. Trenton le dedicó un vistazo anhelante, pero volvió a centrarse en mí casi de inmediato.

—Me han dicho que querías hablar conmigo. Parece que has averiguado cómo conseguir cierto poder.

Señalé hacia la lata de alubias.

—Cógela, es para ti. Llevas un día sin comer, ¿verdad? Es una de mis raciones —inventé para ganarme su simpatía—, puedes quedártela.

—¿Y a qué se debe este arranque de generosidad?

Agaché la mirada con sumisión, tal y como sabía que le gustaba.

—Me siento culpable por lo que sucedió ayer. El modo en el que ese hombre te hum… intentó humillarte… —rectifiqué—. Debí haber hecho algo para defenderte.

—Interesante. ¿Eso es lo único que querías decirme?

—No. También tengo una propuesta. Trenton señaló al suelo.

—Siéntate conmigo y cuéntamela mientras disfruto de tu regalo.

Lo hice. Intentando que no se notara mi desconfianza y obligándome a no apartar los ojos de él. Verlo comer me provocaba un rechazo atroz, pero esperaba que al saciar su apetito me resultara más sencillo manipularlo.

—Poco antes del secuestro me hablaste de la quinta planta. De que tu tía controlaba el O Fortuna desde ahí. —Bajé la voz para adoptar un tono conspirador—: Sé que ellos quieren entrar y no podemos permitirlo, por

eso os he guardado el secreto. He estado pensando que lo más seguro es que Tiffany tenga algún modo de contactar con la policía, pero no la información para inclinar la balanza a nuestro favor. Yo sí, Trenton. He pasado con los atracadores el tiempo necesario para averiguar muchos de sus secretos. Gracias a ellos, los agentes podrían entrar en unas horas en el edificio y reducirlos con facilidad.

Se limpió los labios con la lengua y esbozó una sonrisa perezosa que me puso los pelos de punta.

—¿Qué tipo de secretos?

—Prefiero guardarme esa información para cuando estemos arriba.

¿Era cierto lo que decía? En parte. Lo que buscaba en realidad era mantenerme a salvo porque sabía que los atracadores desconocían cómo llegar al último piso.

Aunque podía ayudar a la policía, no poseía ningún secreto particularmente relevante más allá de haber descubierto a Koen. Y aún no había decidido qué hacer con esa información. Quizá él no fuera a matarme, pero ¿y el resto? Me advirtió con demasiada vehemencia que nadie podía enterarse de que sabía quién era y, después de que Boo lo reclamara por radio, volvió con las manos manchadas de sangre. Se había reunido con Doc, así que barajaba tres explicaciones: que se hubieran peleado, que hubiera atacado a otra persona o que lo hubiera hecho Doc.

Y no necesitaba ningún aviso de Koen sobre el hombre vestido de médico: él mismo había aconsejado quitarme de en medio.

No podía arriesgarme.

—Así que esto —señaló la lata de alubias ya vacía— es porque quieres que te diga cómo subir.

—Lo que quiero es que subamos juntos.

Se puso en pie y me apresuré a incorporarme yo también.

—No me lo trago. Claramente estás aliada con ellos, Savannah, solo hay que verte.

—Trenton, por favor, escúchame. No estoy aliada con ellos, me han encadenado porque traté de huir.

Evité mencionar lo del disparo porque aquello no le encajaría con la mujer que él creía que era.

—Tienes poder suficiente para exigir hablar conmigo a solas y, si no me equivoco, con tu padre un poco antes. Llevas su ropa, y a saber si las

bragas puestas, y te pasea por el casino como si fueras su perra. No cuela, cariño.

Con Koen me había acostumbrado a no disfrazar la rabia que sentía, por eso se me escapó la réplica:

—¿Por qué sigues llamándome así? Ayer me dejaste claro que no querías que nuestro compromiso continuara.

Entrecerró los ojos y dio un paso hacia mí.

—Se me prometieron una serie de cosas antes de acceder a casarme contigo. —Creí que hablaría de la empresa y, a pesar de lo mucho que me molestaba, preferiría que se hubiera referido a eso—. Tu padre me aseguró que nadie te había tocado antes.

—¿Disculpa?

Apenas me salió la voz de lo estupefacta que estaba. Sabía que pensaba que era virgen, yo misma me había escudado en ello para mantenerme alejada de él, pero jamás se me habría pasado por la cabeza que mi propio padre se lo hubiera prometido. Como si eso me convirtiera en una mujer más valiosa.

Trenton me miró de arriba abajo con tal intensidad que sentí sus ojos rozándome la piel. Quise arrancármela.

—Ahora que sé que has pasado por varias manos no me interesas como esposa. No obstante, podemos llegar a otro acuerdo. Te ofrezco un puesto en la oficina como mi secretaria personal a cambio de que te conviertas en mi amante. Tendrás una serie de privilegios derivados de ello, por supuesto. Una casa en las afueras en la que pasaré contigo algunos fines de semana, un chófer a tu entera disposición y una nómina mensual con cuatro ceros. ¿Qué me dices? Quizá si te quedas embarazada me plantee casarme contigo. Así lo consiguió tu madre, ¿verdad?

Sabía que estaba intentando hacerme daño y en otro momento de mi vida, tan solo unos días antes, lo habría conseguido. Pero ya no era la misma mujer que mantenía la sonrisa mientras se dejaba pellizcar. Era alguien que replicaba, insultaba, mordía y disparaba. Que planeaba cómo conseguir algo y, si no lo lograba, lo intentaba de nuevo de forma diferente. Una, otra y otra vez. Sin cansarme.

Así que en lugar de agachar la cabeza, alcé las comisuras.

—Di mi primer beso a los doce años. A los catorce dejé que me tocaran por debajo de la camiseta y a los quince por debajo de las bragas. Fue profundamente insatisfactorio, pero también divertido. A tres días de

cumplir los dieciséis aprendí a hacer una mamada y dos meses más tarde perdí la virginidad. Desde entonces, he tenido sexo con más de veinte personas distintas. He llegado a grabarlo en vídeo, incluso he permitido que otros miraran, y he probado cosas que ni siquiera serías capaz de imaginar. —Ensanché la sonrisa hasta mostrar casi todos los dientes—. Si me he negado a acostarme contigo hasta ahora, Trenton, a tocarte más de lo estrictamente necesario, no ha sido porque fuera virgen. Ha sido porque preferiría arrancarme los ojos antes que verte desnudo y tragarme mi propia lengua antes que besarte. Me repugnas, simple y llanamente.

Me cruzó la cara con el dorso de la mano tan fuerte que me partió el labio. No me pilló por sorpresa. Me lamí la sangre con la punta de la lengua, disfrutando al intuir que ni siquiera el golpe había conseguido que se sintiera un poco mejor.

Jamás lo había visto tan furioso y, al mismo tiempo, tan estupefacto.

—Hemos llegado a la conclusión de que tú no quieres casarte conmigo y de que yo no quiero que me toques. Puedes quedarte con PriceShield y Waffen von Ackermann, no me importa —mentí—. Soy perfectamente capaz de levantar una empresa con mis propias manos. Volvamos a lo que te estaba ofreciendo antes.

—¿Crees que voy a seguir escuchándote después de lo que acabas de decirme?

Había algo que no encajaba en su actitud. Me esperaba que siguiera enfadado por mi exabrupto y vibrando después del golpe que me había dado, sin embargo ¿por qué la sonrisa de suficiencia volvía a amagarle en las comisuras? Trenton desconocía cómo llevar una empresa, pero no era estúpido: debía ser consciente de que estaba en peligro y de que, por mucho que me odiara, no le convenía rechazar así como así un plan de escape.

—Los atracadores sospechan que sabes cómo llegar arriba —insistí—. Si no actuamos rápido, te obligarán a decírselo. Están cada vez más desesperados. Tengo una idea. Es arriesgada, pero puede funcionar.

¿Recuerdas lo que Fox intentó que hiciera contigo ayer? Fingiré que he cambiado de opinión y le pediré un cuchillo para escribirte algo en la espalda. Aunque lo más probable es que me quite las esposas, me vigilará. Lo que no sospechará es que te pase el cuchillo y seas tú el que ataque. Con que lo amenaces…

—Yo tengo un plan mejor.

Me sorprendió agachándose. El instinto que me empujó a dar un paso hacia atrás acertó de lleno porque cuando se levantó la pernera del pantalón vi que tenía un cuchillo enganchado al calcetín. Era idéntico a los que usaba Koen. Lo agarró por el mango en lugar de por la anilla y me apuntó con él.

Coloqué las manos por delante de la cara. Las cadenas tintinearon y la sonrisa del hombre relució.

—Trenton, espera. De acuerdo, no me digas dónde está la quinta planta. Ve sin mí, da igual, pero no hay necesidad de… ¡Las cámaras! — exclamé, señalando una de ellas—. La policía verá las grabaciones. Acabarás en la cárcel si me atacas.

—Puedo decir que fue en defensa propia. Que estabas aliada con ellos e intentaste coaccionarme. Ni siquiera tendré que mentir, Savannah. ¿Qué te han visto hacer a ti estas cámaras?

—¡No seas ridículo! ¡No puedes actuar en defensa propia si estoy esposada y desarmada! ¿De dónde has sacado el cuchillo?

—Estaba encima de una mesa. El de la máscara de zorro lo dejó ahí mientras hablaba con el de los tatuajes y lo cogí sin que se dieran cuenta.

—Pero eso es absurdo…

Koen abrió la puerta en ese momento. Trenton se puso detrás de mí, usándome de escudo, y me colocó el antebrazo alrededor del cuello para inmovilizarme. Sentí la punta del cuchillo en el costado, un poco por encima de la cadera.

—¡Quieto o la mato! —le gritó a Koen.

Desde esa posición tuve la certeza de que Trenton no se había duchado y de que Koen estaba jugando con él. Ni se molestó en fingir bien ni le hizo falta porque Trenton se creía demasiado listo como para contemplar la posibilidad de haberse dejado engañar.

—Suelta la pistola y levanta las manos.

Koen acató su orden con una sonrisa y preguntó:

—¿Qué es lo que quieres?

—Que me liberéis.

—Denegado. ¿Alguna petición más razonable?

Trenton apretó el brazo con el que me envolvía el cuello.

—Sé que ella es importante para ti.

—Una asunción curiosa. Y exagerada.

Noté que estaba conteniendo la risa, aunque no supe si fue por la cara que puso Trenton o por la que puse yo.

—Lleva ropa de hombre y la dejáis hablar con nosotros sin vigilancia.

¡Sé lo que habéis estado haciendo, no soy estúpido!

—Tienes razón, Trenton —concedió Koen para mi sorpresa—. Savannah y yo hemos estrechado nuestra relación. Nos hemos desnudado, literal y metafóricamente. Incluso le he comprado un anillo. Lo tengo justo en el bolsillo, ¿quieres verlo?

—¡Deja de decir gilipolleces! —Su saliva me salpicó en la mejilla—.

¡¿Crees que puedes confundirme?! ¡La mataré, te lo juro!

—Si quieres matarla estás colocando el cuchillo fatal. De todos modos, Trenton, no puedo liberarte porque no solo depende de mí y mis compañeros no van a estar de acuerdo. Pídeme otra cosa y veré si está en mi mano.

Me giró con él para mirar hacia el otro lado de la sala, desesperado.

—¿Hay alguien vigilando el pasillo? —Koen asintió—. Dile que venga. Quiero que deje la puerta abierta para que pueda comprobar que no hay nadie más al otro lado. Después os colocaréis detrás de nosotros.

—Eso puedo conseguírtelo. Pero no te irás con Savannah, ¿de acuerdo? —Trenton debió de asentir porque Koen cogió la radio, pulsó un botón y ordenó—: Despejad el pasillo de la zona izquierda de la cuarta planta. ¿Quién está por ahí?

—Yo.

—¿Quién es «yo»?

—Perdón. Copy. Estoy haciendo guardia frente al ascensor.

—De acuerdo, pues ven al mirador.

Tardó menos de dos minutos en llegar. Por su tipo de máscara no se le veían los ojos, así que no supe si la situación lo desconcertaba tanto como a mí. Con las manos levantadas, Koen y él se colocaron por detrás de nosotros.

—¡Quedaos ahí, junto a la bandeja! —ordenó Trenton mientras me arrastraba hacia la puerta. Comprobé al mismo tiempo que él que estaba todo despejado.

—Suéltala —exigió Fox. En vista de que Trenton parecía dudar, desenfundó el arma con un movimiento ágil y le apuntó con ella—. Por favor.

—¡Si me disparas, la apuñalaré y también morirá!

—Podemos jugar a ver quién es más rápido, aunque gane quien gane tú acabas con un balazo en la cabeza y no sé hasta qué punto te sale a cuenta. —Sin rastro de humor, repitió—: He dicho que la sueltes.

Trenton me empujó contra el suelo tan fuerte que caí de rodillas. Coloqué las manos por delante para evitar darme de bruces y al mirar hacia atrás lo vi desaparecer por el recodo izquierdo del pasillo.

El camino que conducía al ascensor, cinco o seis metros en línea recta, estaba despejado. Ni siquiera lo pensé.

Eché a correr.

CÁMARA DE SEGURIDAD DEL O FORTUNA

Planta 4 (izqd.), mirador 15/03/2026

16:47:21

Fox salió al pasillo exactamente doce segundos después que Savannah. Fue lo que tardó en soltar una carcajada, recorrer la distancia que lo separaba de la puerta del mirador y abrirla después de que la rehén la hubiera cerrado en un intento de ganar tiempo.

Un poco por detrás de él iba Copy. Además de que no era tan rápido como Fox, se detuvo para desenfundar el arma. En cuanto la alzó para apuntar a las piernas de la fugitiva, Fox lo detuvo colocándole el brazo por delante.

—No dispares.

Ni gritó ni mostró ningún otro signo de nerviosismo. De hecho, el roto de la máscara revelaba el extremo de su sonrisa.

—Pero ¡ va a llegar al ascensor! —exclamó Copy—.

¡ Y está en esta planta! ¡ Tenemos que avisar al

resto!

—Ni se te ocurra.

Tal y como había temido el atracador de la máscara roja, Savannah Price se subió al ascensor y las puertas de cristal se cerraron un instante antes de que Fox llegara. Ambos se miraron con las respiraciones atragantadas. A medida que las

comisuras de ella se alzaban, las de él caían y eran sustituidas por un gesto de asombro.

La rehén se despidió haciéndole dos cortes de manga.

Copy llegó justo cuando el ascensor empezó a descender. Apoyó las manos sobre las rodillas, jadeando, y se fijó en que Fox mantenía la cabeza gacha.

—No te preocupes —dij o, interpretando que su compañero estaba abatido—. Usaremos la pantalla de arriba para saber en qué piso se baja. Espera,

¿te estás riendo?

La carcajada fue ganando intensidad hasta descontrolarse por completo. Incómodo, Copy se rascó el cuello e inquirió:

—¿Esto te hace feliz? ¿También formaba parte del plan o algo?

—En absoluto.

—¿A qué pregunta has respondido? Oye, en serio,

¿no quieres que avise a los demás? Puede estar en cualquier sitio… ¡ Ah, mira! Se ha bajado en la segunda planta. Espera —se extrañó cuando el panel subió hasta el tercer piso—. ¿Ha cambiado de idea?

—Ha pulsado varios botones.

—Anda. Qué lista.

Fox volvió a reír, esa vez con los hombros en lugar de con la voz.

—No hables con nadie de esto, yo me encargo.

—Pero…

—No tardaré. Mientras tanto…

Calló al ser interrumpido por el estruendo de los engranajes y las placas metálicas moviéndose.

—Pídele a Doc de mi parte que revise a Beatrix Van Alen. Ocúpate de que lo haga ahora mismo. No le cuentes lo que ha sucedido bajo ningún concepto, ¿de acuerdo?

—Tú mandas. Y pagas.

—Así me gusta.

Se quedó mirando el panel. El ascensor llevaba un rato detenido en la primera planta. Pulsó el botón para llamarlo.

—En el vestíbulo están con el túnel, seguro que se ha escondido ahí —opinó Copy—. Hay dos palos y un par de rehenes trabajando, no te preocupes. La verán.

—Quizá.   ¿Sabes  si  el  spa  está  en

funcionamiento?

—Sí, es donde estamos llevando a los rehenes a que se laven. Los baños son más grandes y hay duchas comunitarias.

La sonrisa de Fox se afiló.

24

Domingo, 15 de marzo de 2026, 16:58

El calor me sacudió nada más traspasar la puerta del spa. Era una de las zonas que en enero todavía estaban en construcción, así que no conocía el espacio. Me decidí por él al suponerlo vacío y con los suficientes rincones para esconderme. No me equivocaba.

El pequeño vestíbulo conducía a un amplísimo baño por el que había que pasar obligatoriamente. Descarté ocultarme en uno de los cubículos de los retretes o en una taquilla porque me parecían muy obvios y estaban demasiado cerca de la entrada.

Al atravesar el baño el calor se intensificó. Podía escoger entre tres caminos: el de la derecha conducía a las salas de masaje, el de enfrente al circuito termal y el de la izquierda a la sauna. Opté por esta última porque la cabina estaba llena de vapor y muy oscura. Incluso con una de las paredes de cristal, a Koen le costaría verme desde fuera.

Cometí el error de tomar una gran bocanada de aire nada más entrar y sentí que me abrasaba por dentro. La camisa se me adhirió al cuerpo cuando empecé a sudar por todos los poros. No pensaba quitármela, pero deseaba hacerlo con todas mis fuerzas.

La sala era cuadrada y los bancos de madera estaban pegados a la pared. Me escondí debajo de uno relativamente cercano a la entrada.

Con el corazón acelerado, vigilé el pasillo y pensé. Había muchísimas cosas a las que necesitaba darle vueltas. Sentí que llevaba dos días en

piloto automático, saltando de un plan desesperado al siguiente sin ser capaz de alejarme lo bastante de la escena para analizarla en su totalidad.

¿Iba a ser capaz de ocultarme hasta tener la oportunidad de escapar o descubrir el modo de acceder a la quinta planta? Lo dudaba. ¿Podría matar a Koen para que no le revelara al resto que lo había descubierto? De ninguna manera. La vehemencia con la que respondí mentalmente a esa pregunta me asombró y molestó a partes iguales.

Si no podía acabar con él y esconderme o huir no parecían opciones probables, lo único que me quedaba era negociar. Asegurarle que no revelaría su identidad y ofrecerle algo a cambio de mi vida. ¿Ayuda para hacerse con Waffen von Ackermann? No me importaría renunciar a ella, mucho menos tras sospechar que mi padre la había obtenido de manera ilícita, pero no veía cómo Koen sería capaz ya no solo de librarse de prisión, sino de dirigir una empresa cuando llevaba años desaparecido. Además, tampoco estaba en mi mano entregársela. En ese momento ni siquiera sabía si podría recuperar PriceShield.

Ese pensamiento me llevó al deseo que había tenido no hacía mucho de que lo pillara la policía. De ayudar a que sucediera, de hecho. ¿Seguía queriendo lo mismo? Porque si conseguía salvarme, tan solo necesitaba revelar su identidad para que acabara entre rejas.

No tenerlo claro me frustró. Me dije que, por muy trágica que hubiera sido la muerte de sus padres, por muy mal que lo hubiera pasado después, lo que estaba haciendo era una aberración. ¿Atracar un casino y secuestrar a diez personas? ¿Arrancarle tres dedos a una y clavarle un cuchillo en la pierna a otra? ¿Qué había podido pasarle durante diez años para llegar a ese punto?

Contuve un gemido al oír el chirrido de una puerta. Después, pasos lentos y pesados. Acercándose. Cuando la persona que había entrado estuvo lo suficientemente cerca distinguí sus pantalones y botas militares. Descarté entonces a Doc y a Boo y me sorprendí deseando que fuera Koen. ¿Confiaba en que no me hiciera daño? No debía y no lo sabía, pero la perspectiva de que me estuviera persiguiendo me provocaba algo además de miedo. Era una sensación no del todo desagradable, muy difícil de definir. Se situaba en el estómago, entre las serpientes que habían anidado allí, y se retorcía continuamente para cambiar de forma. También saltaba, como si estuviera a punto de salir disparada hacia arriba y como si quisiera emprender el camino contrario.

—Sav.

Mi comisura izquierda se alzó. Fue solo la izquierda y solo un segundo. Tuvo la culpa su manera de pronunciar esas tres letras, como si diera por hecho que seguían perteneciéndole. Deseé gritarle que eran mías. Se detuvo en la intersección del pasillo. Tras un instante de duda, decidió avanzar hacia la izquierda. Justo donde estaba yo. Volvió a pararse

cuando lo separaban un par de pasos de la entrada a la sauna.

—Tu comportamiento empieza a ser predecible —me dijo con su habitual tono burlón—. Hacemos un trato, finges que me ayudas e intentas escapar. ¿No te aburres?

Me sorprendió cuando dejó caer al suelo el chaleco antibalas. Lo siguió la camiseta.

—Hace un calor de la hostia. ¿Por dónde iba? Ah, sí. No podemos seguir así, Sav. Tienes que dejar de huir del pasado, literal y metafóricamente.

Me costó contener un resoplido.

Abrió la puerta para entrar y no volvió a cerrarla, supongo que con la esperanza de que eso despejara el ambiente. El corazón me restalló contra los oídos cuando sus botas quedaron a medio metro de mi cara.

—Colocamos un micrófono en el mirador antes de que hablaras con tu padre y con Trenton. Supongo que te lo esperabas.

Sus pies giraron sin moverse apenas del sitio mientras examinaba su alrededor.

—Aunque tenía claro que planeabas escapar, reconozco que no sabía por dónde saldrías. Fue buena idea lo de Trenton. No iba a funcionar porque es un cabrón egoísta y rencoroso, pero entiendo que lo intentaras.

Se internó más en la sauna.

—Lo que no entiendo es qué pretendes hacer ahora.

Se había alejado lo suficiente de mí y la puerta estaba abierta, era mi oportunidad. Con extremo cuidado, salí arrastrándome de debajo del banco y no me incorporé hasta llegar al pasillo. Una vez allí, corrí sin mirar atrás y, procurando no hacer ruido, entré en el circuito termal. Agradecí enormemente que el calor fuera menos intenso en esa zona. Tenía el pelo chorreando, igual que la piel, así que la perspectiva de meterme en una de las piscinas me parecía maravillosa. Había varias. Me decanté por la que tenía más cerca porque volví a oír pisadas a mi espalda y a Koen diciendo:

—Lo de jugar al gato y al ratón cuando tú estás esposada y yo empuño un cuchillo resulta un poco problemático.

Introduje el pie en la piscina justo cuando empezó a reírse, y menos mal, porque el agua estaba tan fría que se me escapó un jadeo. Contuve el aliento y seguí avanzando.

—Aunque eso me recuerda… ¿Es cierto lo que le dijiste a Trenton?

Pensé que se referiría a algo relacionado con la quinta planta, a, por ejemplo, cuando le aseguré que si hablaba con la policía podía conseguir que nos rescataran en cuestión de horas. Me extrañó que precisamente Koen se lo tomara en serio. Era demasiado listo y sabía perfectamente de qué información disponía.

—¿Has follado mientras otra gente miraba?

Puse los ojos en blanco y agradecí la distracción cuando el agua me cubrió el pecho. Estaba tan fría que dolía. En la piscina había cuatro cascadas de piedra, me oculté detrás de una de ellas segundos antes de que Koen atravesara la puerta.

—No te juzgo —prácticamente canturreó—. Es solo que no me lo esperaba. Tampoco Trenton, me temo. ¿O lo has dicho solo para molestarlo? Vamos, Sav, debemos contarnos este tipo de cosas si queremos reconectar. A cambio, puedo hablarte de aquella vez que mi mejor amigo y… ¡Joder!

El agua se agitó y supe que se había metido precisamente en mi piscina. ¿Se me veía? Caí en que la camisa de color burdeos era demasiado llamativa.

Tenía que pensar rápido: ¿seguía huyendo o le plantaba cara? Tal y como él había dicho, tarde o temprano íbamos a tener que hablar, pero me molestaba rendirme y todavía no había elaborado ninguna estrategia.

Antes de que me diera tiempo a tomar una decisión, sentí un tirón en el tobillo y acabé completamente sumergida. Durante un instante de pánico se me pasó por la cabeza que estuviera intentando ahogarme. Me soltó a los pocos segundos, sin embargo, y salí a la superficie con la boca y los ojos muy abiertos, aterida. Lo vi frente a mí con su estúpida sonrisa ladeada. Tenía el pecho descubierto y ningún arma a la vista. Miré en derredor hasta que vi su arnés tirado en el suelo, a unos tres metros de las escalerillas de la piscina.

—Te pillaré si lo intentas —advirtió como si me hubiera leído el pensamiento—. ¿Por qué has elegido esta puta piscina de entre todas las

opciones? Sé que a veces la gente necesita darse una ducha fría después de verme, pero este nivel de criogenización me parece excesivo.

—¿Estás desarmado? Ensanchó la sonrisa.

—Bueno, depende de cómo lo mires. Si te refieres a las pistolas y los cuchillos, sí, no los llevo. ¿Por qué? ¿Los necesitas? ¿Entran dentro de esas prácticas misteriosas de las que le hablabas a Trenton?

Tuve dos impulsos y ninguno de ellos iba a solucionar mi situación. Contuve uno, el que implicaba tratar de alcanzar su arnés para apuñalarlo con uno de sus cuchillos, y me permití el segundo.

Lo salpiqué a la cara.

—Oh, no. Ahora estoy todavía más mojado.

—¡¿Puedes parar?!

—Una pregunta ridícula porque, sí, puedo. La cosa es: ¿quiero?

—¿Por qué has cambiado?

—¿A qué te refieres?

—A que habías dejado de hacer este tipo de bromas después de lo que sucedió anoche, un alivio, por otra parte, y ahora has vuelto a la carga. Eres incluso peor que al principio.

Rio por lo bajo y se cruzó de brazos.

—Hay varios motivos. El primero es que me he aburrido. La mayoría de las cosas que hago son por joder o para joder, en ocasiones las dos al mismo tiempo, así que el estoicismo no me va. El segundo es que ahora que sabes quién soy no hay necesidad de esa pantomima. Eres consciente de que te odio y de que no voy a tocarte de esa manera. Y el tercero…

Volví a salpicarle cuando dio un paso en mi dirección.

—¡No te acerques!

Me ignoró y se detuvo a menos de medio metro. La máscara estaba chorreando y algunos mechones de pelo claro se adherían a ella. Inclinó la cabeza, con los ojos brillándole más que nunca, y susurró:

—El tercero es que sé que te encanta.

Me lancé hacia él. Conseguí pasarle los brazos por encima de la cabeza y tensé la cadena de las esposas contra su cuello. La jugada solo habría funcionado si hubiera estado a su espalda, si no hubiera sido físicamente tan superior a mí y si hubiera querido matarlo de verdad. Como no se dio ninguna de esas cosas, Koen soltó una carcajada, me inmovilizó contra su pecho y con el hocico de la máscara pegado a mi nariz, susurró:

—Sé que te enfurece que no quiera acostarme contigo, pero contrólate, por favor.

Le di un mordisco por segunda vez. En el hombro, en esa ocasión. Apreté los dientes contra la carne con fuerza hasta que me agarró por la cadena de las esposas y tiró hacia arriba. Estábamos en el agua y era bastante más alto que yo, así que cuando estiró por completo el brazo yo dejé de hacer pie.

—¿Si te informo de que se te notan los pezones vas a darme patadas?

¡Ay! Lo sabía. ¿Te importaría parar un par de minutos? Es muy complicado mantener una conversación si me distraes continuamente con tus intentos de asesinato. Qué curioso que tú, que has tratado de matarme varias veces, mantengas que el malo de la película soy yo, ¿no crees?

—¡Me has amenazado! —grité, colérica—. ¡Dijiste que moriría si alguien se enteraba de que te había visto la cara! ¡Que no sabías qué hacer conmigo ahora!

—Y no te mentí, pero eso no era una amenaza. Era una advertencia. Hay una diferencia sutil pero significativa. Oye, se me está cansando el brazo, ¿te importa contener tus ganas de agredirme hasta que terminemos la conversación? Te diría de hablar fuera si no tuviera bastante claro que ibas a tratar de escapar por…, no sé, enésima vez.

Dejé de darle patadas y me limité a mirarlo con el ceño fruncido y la respiración atragantada. Cumplió su promesa y volvió a soltarme, aunque se colocó delante de mí para cortarme el paso por si intentaba salir de la piscina.

—¿Qué planeas hacer conmigo? —le pregunté. Se acarició la barbilla, pensativo.

—Depende de ti, en realidad. No voy a matarte y tampoco voy a permitir que le cuentes a la policía o a cualquier otra persona quién soy.

—¿Cómo sé que dices la verdad?

—¿Se te ha pasado por la cabeza que podría haberte pegado un tiro antes de que llegaras al ascensor? En la pierna, ni siquiera hacía falta que el disparo hubiera sido mortal. Y no lo hice.

Suspiró y sentí sus ojos resbalando por mi cara, atentos a cualquier cambio en su intento de averiguar si le creía. Supo leerme lo suficientemente bien porque añadió:

—Voy a contarte una cosa y espero que quede entre los dos porque tengo una reputación que mantener: jamás he matado a nadie, Savannah, y

me gustaría mucho que siguiera siendo así.

—¿Por qué te arriesgaste tanto con tus preguntas e insinuaciones? Querías que te descubriera, así que debías de tener un plan para cuando eso pasara.

Se rio por lo bajo.

—¿De verdad te parezco el tipo de hombre que tiene un plan? Y menos tan a largo plazo. Tú eres la de las confabulaciones a años vista, yo me limito a fijar objetivos y a improvisar sobre la marcha.

—¿Me tomas por tonta? Sé que eres el líder de esta gente y un atraco de estas características no se idea de la noche a la mañana.

—Te sorprenderías. Iba a ser de otra manera y en otro momento,

¿sabes? Lo modificamos prácticamente todo pocas semanas antes. — Ensanchó la sonrisa al notarme sorprendida—. Me muevo por impulsos, Sav, mediante putas descargas eléctricas. Sé adónde quiero llegar, pero no cómo, y puedo cambiar de idea infinitas veces por el camino.

—En ese caso, ¿cómo sé que mañana no decidirás matarme?

—Porque que sobrevivas es el objetivo fijado, no el plan —respondió con sencillez.

—¿Y si alguno de tus compañeros trata de acabar conmigo? Sus comisuras se relajaron hasta caer por completo.

—Procuraremos que no pase, ¿de acuerdo?

—¿Y si pasa? —insistí.

Agachó la cabeza, manteniendo la barbilla pegada al pecho durante unos segundos. Cuando volvió a levantarla, permití que se aproximara un poco más a mí.

—Te protegeré. No vas a morir en este casino, Savannah Price, métetelo de una vez en la cabeza.

—¿Y si no te creo?

—Prometí que no volvería a mentirte.

—¿Y lo has cumplido? Chasqueó la lengua.

—Solo te he mentido en una cosa. Y antes de que vuelvas a ponerte en modo asesino: no tiene nada que ver con tu seguridad. ¿Entonces? ¿Vas a dejar de fugarte y de atacarme?

—¿Qué pasará cuando todo acabe? Si la policía os atrapa, que es lo más probable en vista de que te dedicas a improvisar y no dejas de pedirles

ridiculeces, yo seguiré con mi vida. Pero ¿qué sucederá conmigo si logras escapar? ¿Confiarás en que no revele jamás tu identidad?

—Excelente pregunta. —Frunció los labios, meditabundo—. No eres alguien particularmente confiable y me has demostrado varias veces que solo piensas en ti misma, así que…, no, lo más probable es que no me fiara.

Sentí una punzada en el corazón que en ese momento asocié a la incertidumbre.

—¿Qué pretendes, entonces? ¿Improvisarás llegado el momento?

—Es lo que me gustaría, pero intuyo que necesitas una respuesta ahora mismo, así que…

Suspiró, se desabrochó el collar con las llaves y me hizo un gesto para que le acercara la manos. Observé con asombro cómo me quitaba la argolla izquierda de las esposas.

—Para asegurarme de que no me delatas una vez esté fuera tendré que llevarte conmigo.

—¿Cómo?

Abrí los ojos con sorpresa en el momento en el que él cerró la argolla libre alrededor de su muñeca. Extendió la sonrisa todo lo que le dio de sí, dejando a la vista un colmillo demasiado puntiagudo, y dijo:

—Había quedado vacante el puesto de prometido, ¿verdad? —Levantó nuestros brazos unidos por las esposas y dijo—. Hasta que la muerte nos separe, Sav.

—¡No! ¡Basta! ¡Suéltame ahora mismo! ¡No puedes hablar en serio! Su carcajada opacó el inicio del mensaje de radio de Boo.

—¡¿Se puede saber dónde estás, Fox?! —gritó—. ¡Tenemos que hablar! ¡Es importante!

Haciendo oídos sordos a mis quejas, Koen me arrastró fuera de la piscina. Se agachó para coger su arnés y, al darse cuenta de que no se lo podía poner fácilmente porque uno de sus brazos estaba unido al mío, se lo enganchó al otro hombro como si fuera un bolso. Después agarró la radio.

—Aquí Fox. ¿Lo hemos conseguido?

La risa de Boo fue tan estridente que se acopló, pero Koen, probablemente acostumbrado, no se alejó el aparato de la oreja y aguardó con paciencia a que terminara.

—¡Sí! Perderemos la señal cuando Trenton digiera las judías. O cuando cague el microchip. —Otra carcajada nerviosa—. Da igual. Ha

funcionado. Pensé que se daría cuenta al comer. Qué tonto. Toda esta gente es imbécil. ¿Quieres saber por dónde se sube? Honey tenía razón. Es por el baño de la parte izquierda del edificio. Hay un cubículo sin placa. Creí que era para la gente no binaria, ¿sabes? Es el que usaba yo. Pero no.

—Entonces, ¿podemos llegar?

—Todavía no. Luego te explico bien. Hay un ascensor escondido ahí. Como un montacargas. Pero la pared solo se abre con la mano de Trenton. Ojalá se la hubieras arrancado, estuviste lento.

—¿Cómo no se me ocurrió? ¿Puedes solucionarlo?

—Quizá. Tengo que trabajar en ello. Y en muchas cosas, te lo recuerdo. Un montón.

—Cuando salgamos de aquí te invitaré a algo.

—Helado de pistacho.

—Perfecto. Hablamos después. —Tras colgar, agitó los hombros en una carcajada silenciosa y me dijo—: ¿Ves? De poco te habría servido ir con Trenton.

—¿Metiste algo en la comida para rastrearlo? —asintió, complacido—.

¿Y dejaste el cuchillo a su alcance para que me amenazara y escapara?

—Exacto. Su tía tenía que creérselo también. Sospecho que nos observa. Al fin y al cabo, desde ahí arriba poco más se puede hacer. Es una pena que no sea capaz de escucharnos.

—¿Por qué?

—Porque no va a oír esto. —Alzó la cabeza para mirar directamente hacia una de las cámaras antes de decir—: Voy a por ti, Tiffany Whitmore.

CÁMARA DE SEGURIDAD DEL O FORTUNA

Planta 1, vestíbulo 15/03/2026

18:19:52

La camisa de Savannah se había secado para cuando Fox la arrastró hasta el vestíbulo de la primera planta. Una vez allí, el atracador le señaló los escombros del suelo y le indicó que tuviera cuidado con los pies descalzos. Desoyó los insultos que le dedicó la muj er del mismo modo que había desoído los que le había escupido durante la última hora y se asomó al boquete que había al lado de la fuente.

Era lo suficientemente amplio para que varias personas se lanzaran a la vez a través de él. De hecho, se escuchaban voces en el interior.

—¡ Eh,  arquitecto!  —exclamó  Fox—.  ¡ Sube  un

momento!

Boo, que acababa de salir de la sala de vigilancia con el ordenador en el regazo, se dirigió a ellos mientras decía:

—¿No sabes cuál de todos los palos es el arquitecto? Yo sí. ¿Quieres que te lo diga?

—La verdad es que me la suda. —Boo soltó una carcajada estridente—. Ni siquiera recuerdo cómo son sus caras.

Un hombre subió por la escalinata que habían

colocado para descender por el agujero. Como la

mayoría, vestía con ropa militar y en su máscara,

blanca y simple, había dibujado un corazón.

—¿Me habéis llamado? —Su voz era ronca en exceso, como si llevara años fumando.

—Depende. ¿Eres el arquitecto? —El otro asintió

—. Pues entonces sí. Necesito dos cosas. La primera son unos cascos con cancelación de ruido.

¿Tienes de sobra?

—Sí, me deben de quedar tres o cuatro. ¿Quieres estos que llevo? —Se los quitó del cuello para tendérselos. Una vez que Fox los cogió, añadió—:

¿Qué más?

—Hemos encontrado la entrada al montacargas que conduce al quinto, aunque todavía no la hemos abierto. Cuando lo hagamos, ¿sería posible acceder a la última planta incluso estando sellada?

El hombre cruzó los brazos sobre el pecho y meditó unos instantes hasta concluir:

—No lo sé. En todo caso, será más fácil forzar el mecanismo desde el punto en el que se unen las placas. Tendría que verlo y sopesar opciones con el de los explosivos. Honey, creo que se llama.

—Perfecto. Mañana nos ponemos con ello. Si vamos a volar el techo, prefiero esperar a que la policía nos traiga los suministros del día. Intuyo que se pondrán un poco nerviosos en cuanto empiecen las explosiones.

Corazón se marchó tras asegurarse de que no lo necesitaban. Al poco, otras dos personas subieron del agujero: Doc y Vince Rourke. Este último seguía con la mano vendada y tenía la ropa cubierta de polvo y la piel perlada en sudor. Era evidente que había estado trabajando.

Fox se tensó, aunque Savannah fue la única que

pareció darse cuenta.

—¿Qué tal la pija diabética? —le preguntó a Doc.

—Bien. Se ha quedado con Honey en la sala de póker. No le pasaba nada, ¿por qué me has pedido que la revisara?

—Le vi mala cara.

—No  necesito  que  me  mantengas  entretenido.

Estoy bien.

Pese a sus palabras, la tensión en su voz era obvia. También en su mirada, en especial cuando la dirigió hacia Savannah. Sacó la mano del bolsillo de la bata y señaló las esposas que unían al atracador con la rehén.

—¿Y esto?

—Hemos decidido estrechar nuestra relación — respondió Fox con una sonrisa.

—Tienes un mordisco en el hombro.

—Porque la hemos estrechado muchísimo.

Doc suspiró y, aunque no siguió insistiendo con el tema, Savannah notó que no le quitaba ojo de encima.

—¿Adónde vas con el bueno de Vince? —quiso saber Fox—. Necesito que sus siete dedos vuelvan al trabajo lo antes posible. Me gustaría que el túnel a la caja fuerte estuviera listo para mañana.

—Voy a hacerle un par de preguntas. No tardaré.

Fox asintió, pero en cuanto su compañero desapareció por el ascensor junto al rehén le pidió a Boo:

—Avisa a Honey por radio. Que encuentre una excusa para estar presente.

—Vale. ¿Sabes que antes he estado a punto de dispararle? Esta mañana, cuando los hemos llevado a las duchas.

—¿Te refieres a Vince Rourke? ¿Por qué?

—Porque ha vuelto a preguntarme si era un chico o una chica. Quería saber qué tengo debajo del vestido. ¿Te lo puedes creer?

Fox chasqueó la lengua.

—Por desgracia, sí. ¿Qué le has respondido?

—Lo que me sugeriste. Palabra por palabra. Así:

« Es perturbador lo mucho que te importan los genitales de alguien menor de edad. Quien debería acabar en la cárcel eres tú, no yo».

Savannah abrió mucho los ojos por la sorpresa y Fox soltó una risotada.

—Maravilloso. ¿Y cómo se lo ha tomado?

—La verdad es que muy bien. Sobre todo porque Honey le ha dado un puñetazo en el estómago y ha tardado en volver a hablar.

25

Domingo, 15 de marzo de 2026, 21:47

Al principio pensé que me había esposado a él únicamente por molestar. Conociéndolo y después de todo lo que te he contado, coincidirás conmigo en que la creencia estaba de sobra fundamentada. Cuando de cara al final las cosas empezaron a desmoronarse, contemplé la posibilidad de que lo hubiera hecho para protegerme. En la actualidad creo que ambas eran ciertas pero que, además, estaba empeñado en que me enfrentara a nuestro pasado.

Gracias a la cercanía extrema y a las conversaciones que empezamos a mantener por instancia suya, recordé lo que fuimos y contemplé lo que podríamos ser.

Se quitó la máscara en cuanto llegamos a la habitación. Se notaba que le resultaba incómodo llevarla y también que sabía que yo prefería que lo hiciera. Era más fácil pensar en él como en un atracador cuando solo tenía visibles los ojos y la mitad de la boca.

Dejó caer el arnés sobre el sillón de la sala de estar y procedió a desabrocharse el chaleco antibalas. No tenía nada debajo porque, como al estar esposados era imposible, no había vuelto a ponerse la camiseta de tirantes, así que la llevaba enganchada al pantalón. La tiró sobre el respaldo.

Traté de hacerle entrar en razón antes de que siguiera desnudándose.

—Koen, esto es ridículo. No podemos estar esposados el uno al otro todo el tiempo. ¿Sigues sin confiar en mí y te preocupa que huya? Muy

bien, vuelve a llevarme con la cadena.

—¿Prefieres que te pasee como si fueras mi mascota antes que estar pegada a mí? —Forzó el tono incrédulo, pero se notaba lo mucho que le divertía la situación—. Me ofendes. Además, deberías acostumbrarte. — Levantó nuestros brazos unidos—. Estar casados debe de sentirse más o menos así.

—¿Qué pasará cuando alguno de los dos tenga que utilizar el servicio? Date cuenta de todas las posibilidades que tendré de escapar cada vez que abras las esposas.

—No te preocupes por eso, lo tengo controlado.

Se quitó los cascos de cancelación de ruido que había llevado al cuello y me los mostró. Era tan vergonzoso e infantil lo que sugería que tardé en entenderlo. En cuanto lo hice, el sonrojo me subió la temperatura varios grados. Negué con vehemencia antes de poder articular palabra.

—No. Estás loco. De ninguna de las maneras. No.

—Los he probado antes y son bastante efectivos. Te prometo que no voy a ser capaz de escuchar las salpicaduras.

Toda la sangre que se me había congregado en la cara desapareció de golpe.

—Te mataré —juré con un hilo de voz—. No me costará nada ahora que tengo una mano libre y estoy tan cerca. Cuando te pongas el arnés con las armas, cogeré uno de los cuchillos y te rebanaré el cuello.

Liberó la carcajada que había estado conteniendo.

—No vas a matarme.

—Oh, sí que voy a hacerlo. Y lo disfrutaré muchísimo.

Koen lanzó los cascos junto al resto de sus cosas y me arrastró hasta el baño. Una vez allí, fue hacia el retrete y subió la tapa. Empecé a chillar porque pensé que iba a hacer pis o algo peor para ponerme a prueba. Lo que hizo fue todavía más horrible y provocó que me quedara sin voz: se desabrochó el collar en el que tenía enganchadas la llave del candado y la de las esposas, lo arrojó al váter y tiró de la cadena.

—¡¿TE HAS VUELTO COMPLETAMENTE LOCO?!

—Apuñálame o dispárame si quieres —me invitó con una enorme sonrisa—. A ver qué tal se te da huir cargando con un cadáver de noventa kilos.

Estaba estupefacta.

—Dime que tienes una llave de repuesto, Koen —demandé con los dientes tan apretados que debió de costarle entenderme. Se obcecó en su mutismo, así que añadí—: De acuerdo. Me da igual. Te mataré y después te cortaré la mano.

—Como te veo capaz y si se da el caso no voy a poder darte consejos sobre el mejor modo de cercenar un miembro, te adelanto que con mis cuchillos no lo vas a conseguir.

Bajó la tapa del váter y nos condujo hacia la encimera del lavabo. Abrió el neceser con los suministros que le había dejado Doc para curarse la primera noche, empapó una gasa en desinfectante y la presionó contra el mordisco del hombro. Mis comisuras se alzaron cuando siseó entre dientes.

—Espero que escueza.

—¿Esta es una de las prácticas misteriosas de las que le hablabas a Trenton? ¿Te pone lo de hacerle daño a la gente? Porque no tengo nada en contra, pero tiene que ser consensuado. La próxima vez, pídeme permiso.

Fui a replicar, pero lo vi tendiéndome otra gasa empapada en desinfectante.

—No pienso curarte.

—¿En serio? ¿Ni siquiera si estuviera al borde de la muerte?

—Ni siquiera entonces.

—¿Llorarías? Si muriera, me refiero.

—Sí. —Me miró con sorpresa y con algo más que me alegré de no identificar—. De risa.

Tras una de sus carcajadas estruendosas, me explicó:

—Esta gasa es para tu boca.

La cogí sin darle las gracias y examiné mi reflejo. Un corte me atravesaba el labio inferior, ligeramente hinchado. Presioné contra la herida y, aunque yo también siseé, él no hizo comentarios al respecto. De hecho, perdió por completo la sonrisa.

—¿Es la primera vez que te pega?

—No. —Terminé de limpiarme y, mirándolo a través del cristal, dije con tono acusatorio—: Permitiste que cogiera un cuchillo y me dejaste esposada y a solas con él.

—Me lo pediste.

Con más vehemencia de la pretendida, respondí:

—¡No sabía que estaba armado! ¡Podría haberme matado!

—No. —Lo categórico de su negativa me desconcertó—. Había un micrófono, te lo he dicho. Yo estaba justo al otro lado de la puerta y entré cuando sacó el arma. Estabas a salvo.

—Pues no me sentí así.

Deseé girar la cara para que no se diera cuenta de que mis ojos brillaban más de lo normal, pero la intensidad de su mirada no me lo permitió. Gracias a ella, sus siguientes palabras me llegaron incluso antes de escucharlas.

—Lo siento.

Abrí la boca, atónita. No recordaba que me hubiera pedido perdón jamás. Ni siquiera de niños. Por eso me desconcertó todavía más que esa frase no me remitiera al hombre que era, sino al chico que fue.

Me limité a resoplar y a permitir que nos condujera de vuelta a la sala de estar sin oponer resistencia.

Koen se sentó en el sofá, obligándome a hacer lo mismo, y se desabrochó las botas. Una vez descalzo, recostó la espalda y apoyó la nuca sobre el respaldo. Parecía agotado. Giró la cabeza para mirarme de soslayo.

—¿Quieres que te quite la camisa? —ofreció como si tal cosa—. No pongas esa cara, ya te he visto desnuda. Y hablando de gente a la que permites que te vea desnuda, ¿cuánta verdad hay en lo que le dijiste a Trenton?

Ese tipo de cambios de tema, o más bien la necesidad de rebajar la intensidad del momento con una broma, era algo típico del Koen del pasado. Me molestó reconocerlo. ¿Estaba viendo cosas donde no las había o era capaz de verlas porque ahora sabía hacia dónde mirar?

—Pasa del tema ya.

—No puedo. Se me ha atornillado al cerebro. No paro de imaginar posibilidades y, créeme, prefieres decirme qué has hecho y qué no antes que dejar que yo mismo me haga a la idea.

—En el spa reconociste que me habías mentido en una cosa. — Asintió, cauto—. Muy bien. Dime en qué y responderé a tu pregunta.

Se pasó la lengua por los dientes superiores.

—No hay trato.

Encogí los hombros y me examiné las uñas. En concreto la del dedo índice.  Las  cutículas  seguían  hinchadas,  pero  ya  no  había  sangre.

Contemplé que acabara cayéndoseme porque la notaba más endeble de lo normal.

—Tengo una duda. No tiene que ver con lo que le dijiste a Trenton, lo prometo. ¿Por qué llevabas mi anillo puesto?

Recé para que no se diera cuenta de que se me había cortado la respiración. Compuse un gesto desdeñoso que esperaba que fuera convincente y respondí:

—Porque me pegaba con la ropa.

Capté su sonrisa cuando lo miré de reojo.

—El vestido, claro. Supongo que alguien como tú no tendrá joyería de oro a su disposición. ¿Quieres que te lo devuelva?

Abrí la boca por acto reflejo para decirle que sí. La volví a cerrar tras pensar en las implicaciones y en las preguntas que traería consigo.

—Haz lo que te apetezca con él. Me es indiferente.

—Cuando lo quieras de vuelta solo tienes que pedírmelo. Y explicarme el porqué, claro.

Al irnos a la cama unas horas más tarde nos enfrentamos a otro problema. Estábamos tumbados cada uno en su lado del colchón. Las manos unidas por las esposas quedaban entre ambos por lo que, si Koen hubiera sido un hombre razonable, no habría pasado nada. Dormir bocarriba no me resultaba especialmente cómodo, pero lo prefería con creces a hacerlo sujeta al cabecero o con los brazos a la espalda.

Koen no era un hombre razonable. Se giró hacia el lado contrario, arrastrándome sin contemplaciones, hasta que quedé con la espalda pegada a la suya y el brazo derecho por encima de su costado en una postura antinatural. Di un tirón, consiguiendo que fuera su brazo el que quedara hacia atrás. No tardó en responder. Luchamos durante unos segundos, yo gruñendo y él sin emitir ningún sonido. Sabía perfectamente que estaba sonriendo porque oía los engranajes que tiraban de sus comisuras hacia arriba.

Koen tenía más fuerza que yo y menos paciencia, así que cuando conseguí agarrarme al colchón con la mano esposada y se lo puse un poco difícil, tiró tan fuerte que acabé encima de él.

La sonrisa que había oído a medida que ascendía alcanzó cotas nunca vistas. Debía de dolerle, igual que a mí me dolía el corazón por lo fuerte que me latía. Koen abrumaba a media y larga distancia; a corta directamente abrasaba. Me quedé paralizada, como un ciervo ante los faros

de un coche, sospechando que se avecinaba el desastre y siendo consciente de que no me quedaba tiempo para evitarlo.

—¿«Seducir criminales» es otra de tus parafilias? Porque a Trenton le va a encantar.

Su burla rompió el influjo. Le di un manotazo en el pecho que esperaba que le escociera tanto como a mí y mascullé:

—Cállate de una vez.

Permitió que me apartara y conseguimos llegar a un punto intermedio: espalda contra espalda, muy cerca pero sin rozarnos, con el brazo de cada uno sobre su propio costado.

Estaba convencida de que no lograría dormir. Dejando de lado todo aquello en lo que debía pensar aunque no supiera solucionar, como la situación de mi padre, cómo me sentía respecto a su engaño y qué iba a pasar conmigo en caso de que los atracadores se salieran con la suya, empecé a obsesionarme con tonterías. Al notar que mi respiración se acompasaba a la suya, por ejemplo, me esforcé en cambiar la frecuencia. También en permanecer completamente inmóvil porque me aterraba la idea de rozarlo sin querer y que acabara adhiriéndose a mi piel.

Pasó mucho tiempo hasta que volvió a hablar. Entonces, supe que a él también le estaba costando conciliar el sueño y la perspectiva me hizo sentir mejor.

—Estuvimos juntos más de doce horas.

—Depende desde dónde cuentes.

—Tú lo haces desde que te di el anillo hasta que cogí el avión.

—Exacto. ¿Y tú? ¿Desde Santa Mónica?

—Desde que te conocí.

DÍA 4

16 de marzo de 2026

Departamento de la

Policía Metropolitana de Las Vegas

Cuarta hora del interrogatorio

Frank Morales abrió la carpeta de color verde, extrajo una fotografía y la colocó frente a Savannah. Al igual que la de Chloe Reed, esa era a color y tenía buena calidad. Debió de hacerla uno de los periodistas que aguardaban a la salida del casino. En ella aparecía la propia Savannah junto a Fox. Ambos asomados a la puerta abierta del O Fortuna mientras uno de los rehenes, Miles Donovan, se encargaba de trasladar las cajas de los suministros al interior.

—Esta fotografía se tomó a las 9:11 del 16 de marzo. La mañana del cuarto día de secuestro. Como puede ver y seguro recordará, usted aparece esposada al cabecilla de los atracadores. Hoy, cuando ha salido del edificio, mantenía las esposas solo alrededor de la muñeca derecha.

¿Cómo logró que la liberara?

El detective no se molestó en esconder su desconfianza. Frente a él, Savannah cerró los ojos y suspiró con pesadumbre. Parecía muy lejos de allí cuando despegó los párpados.

—No lo hizo —respondió con la voz hueca—. Tiró la llave por el retrete para que no pudiera volver a escapar, tal y como le he contado, pero no era la única. Tenía otra escondida. Antes de subir a la quinta planta me dejó esposada al cabecero para que a la vuelta… —La barbilla empezó a temblarle y se le escaparon varias lágrimas—. Disculpe, no es fácil. Hui gracias a Trenton. Él me salvó.

26

Lunes, 16 de marzo de 2026, 07:43

Esa noche soñé con Koen. No me resultó raro aunque hubiera pasado muchísimo desde la última vez; al fin y al cabo, acababa de descubrir que estaba vivo. Lo que me pareció extraño fue reproducir casi fotograma a fotograma el momento exacto en el que me rendí a enamorarme de él. Suponiendo que se debía a la última conversación que habíamos mantenido, no me costó quitarle importancia.

Pero fui incapaz de deshacerme del recuerdo.

La mayoría de la gente que conocía afirmaba haberse enamorado paulatinamente y también haberse sorprendido al darse de bruces con el resultado. «Es como una carrera de fondo, solo que no sabes cuál es la meta».

Otras personas, sin embargo, sostenían que el amor era más puro cuando se producía a primera vista. Que no era algo físico, o no solo, sino la suma de infinidad de variables que resultaban en un pequeño cataclismo emocional. «Es como chocar contra una pared que segundos antes no estaba ahí».

No me enamoré de Koen Ackermann de ninguna de esas maneras. La primera vez que lo vi era demasiado pequeña, y durante muchas de las siguientes él fue demasiado imbécil. Me resultaba guapo, lo reconozco, con el pelo rubio ambarino y la piel de alabastro. Con los lunares y las sonrisas afiladas. Pero se puede aborrecer algo hermoso, ni siquiera cuesta

demasiado esfuerzo. Odiaba y temía el fuego pese a que las llamas me resultaran hipnóticas, por ejemplo.

No, lo que me sucedió con Koen fue que un día, al girar por un recodo desconocido, me encontré frente al detalle que podía hacer que lo amara. No me di de bruces contra él porque frené a tiempo. Vi la posibilidad como si de un cartel de neón se tratara, escuché la melodía y di media vuelta. Hui todo lo deprisa que pude del niño que un 28 de febrero me regaló un libro en alemán en el aeropuerto de Múnich. Y seguí corriendo sin mirar atrás, ahogada y con los músculos a punto de desgarrarse, hasta que siete meses y cuatro días más tarde me rendí.

Fue así de extraño y no sucedió por nada en concreto. Sencillamente el 2 de octubre de 2012 me detuve en seco, apoyé las manos sobre las rodillas para recuperar la respiración y dejé de sobrepensar para hacerle hueco a lo que estaba a punto de sentir.

Lloré un poco. No por temor a que me rechazara porque, aunque existía la posibilidad, estaba segura de que Koen llevaba tiempo enamorado de mí. Lo supiera o no. Siempre había odiado, amado y deseado con tanta intensidad que le resultaba imposible esconderlo. Era consciente de cómo me miraba y, sobre todo, de cómo se forzaba en no hacerlo. De por qué me pinchaba y de lo mal que se sentía después de hacer sangre.

Lloré porque temí que enamorarme me destrozara. Despertar un día y descubrir que se había cansado de mí, tal y como le sucedió a mi padre con mi madre. También me aterró esforzarme tanto por incluirme en un hipotético «nosotros» que acabara olvidando mi «yo».

Fue aquello. El pavor a perderme para encontrarle. Por eso sentí alivio cuando se fue. Me dolió, te lo prometo. Como si me hubiera abierto el pecho para arrancarme un trozo de corazón. Pero podía haber sido peor. Fue en lo que pensé durante los meses en los que mi padre me tuvo vigilada, lo único que me proporcionó alivio. Si lo nuestro hubiera durado, si hubiéramos recorrido de la mano más etapas vitales, se habría quedado con todos y cada uno de mis órganos internos.

Y yo tenía que seguir, que conseguir, que ser. Así que lo dejé marchar.

Esa mañana, no obstante, cuando me desperté y lo vi girado hacia mí durmiendo plácidamente, supe que tenía que volver a echar a correr sin mirar atrás.

Mi codazo en las costillas le hizo dar un respingo.

—Siempre es un placer amanecer a tu lado —rezongó.

Después, entre bostezos y miradas de reproche, me arrastró hasta el baño. La noche anterior nos habíamos visto obligados a usar los cascos de cancelación de ruido y, aunque sabía que era imposible, deseaba que no volviera a repetirse. Prefería no comer ni beber durante lo que quedaba de secuestro.

No se acercó al váter, sino a la ducha. Abrió el grifo con despreocupación y probó la temperatura del agua colocando la mano debajo.

—¿Qué quieres hacer con tu camisa? —preguntó, mirándome por encima del hombro—. ¿Te la quito o no?

—De ninguna manera. No me refiero solo a la ropa, Koen, sino a que te vayas a duchar estando esposado a mí.

—¿Prefieres que huela mal?

—Prefiero que le pidas a alguno de tus esbirros una sierra para que acabemos con esta tontería.

—¿Una sierra? ¿Para qué íbamos a necesitar una sierra en un atraco? Y, espera, ¿has dicho «esbirros»? ¿Cuántos años tienes y de qué película en blanco y negro has salido?

Resoplé por toda respuesta.

—Me voy a duchar digas lo que digas, Sav, así que tienes dos opciones. La primera es aprovechar el momento y lavarte también. Aconsejo que sin camisa porque si no te va a costar llegar a las partes importantes. La segunda es quedarte a mi lado y mojarte igualmente, aunque de una forma menos efectiva desde un punto de vista higiénico.

—De ninguna de las maneras vamos a ducharnos juntos.

Encogió los hombros y con idéntica despreocupación se bajó los calzoncillos. Aparté la mirada de golpe y por culpa de eso estuve a punto de tropezar cuando avanzó hasta colocarse debajo del agua.

Dio igual lo que tratara de apartarme, no tardé en acabar empapada. El pelo se me pegaba a la cara, la camisa al cuerpo y la situación al sistema nervioso. Después del sueño que había tenido y de la determinación a la que había llegado, aquello era lo peor que podía pasarme. Koen me impedía huir literal y también figuradamente. Lo sentía por todas partes, presionándome contra las paredes de la estancia y colándose por mis fosas nasales cada vez que respiraba.

Tiró del brazo que nos unía, acercándome todavía más a él, cuando empezó a frotarse el gel por el cuerpo. Yo misma había usado ese jabón el día anterior y no me había parecido que tuviera un olor especial. A partir de ese momento, sin embargo, ese aroma le perteneció.

No le costaba hacer suyas las cosas. El hotel, por ejemplo. Sabía que, si lograba salir del lío en el que me había metido y volvía a pisar uno, no importaba lo diferente que fuera, todo me recordaría a Koen. La bañera, la ducha, la cama. También la ropa negra, las armas, la sensación de peligro, las sonrisas.

—¡Basta ya! —exigí para que dejara de arrastrarme hacia el agua.

Se limitó a reírse y la reverberación de su carcajada rompió algo, algo que hasta que no dejara de correr e hiciera control de daños no averiguaría qué era. En ese momento me giré, presa de la ansiedad y del enfado.

Fue un error por un sinfín de motivos. Entre ellos, y sin enumerarlos en orden de importancia: las gotas que le recorrían los labios, el exceso de piel desnuda, el pelo echado hacia atrás, los ojos…

Los ojos.

—¿Por qué evitas mirarme? El primer día trataste de ver esto mismo a través del espejo. —Se señaló—. Te esforzaste muchísimo para conseguirlo.

Inclinó la sonrisa de tal manera que estuvo a punto de hacerme perder el equilibrio. Logré reponerme, sin embargo. Tensé la mandíbula, eché los hombros hacia atrás y acepté el reto. Repasé su cuerpo empapado mientras él hacía lo mismo con el mío. Dejé atrás la cara y me deslicé con lentitud desde la clavícula al ombligo. No era nada que no hubiera visto ya, ni en otros hombres ni en él mismo. Y, de nuevo y no sé muy bien cómo, consiguió hacer suyo cada rasgo. A partir de entonces, cada vez que tuviera delante unos abdominales o una cadera estrecha, pensaría en él.

Deseé con rencor y con algo más que a él le sucediera lo mismo conmigo.

Cuando seguí bajando la vista comprendí que probablemente fuera así. También otra cosa. A través de una sonrisa que rivalizaba en malicia con las suyas, le dije:

—Ya sé en qué me mentiste.

Koen miró hacia abajo y se rio más con los hombros que con la voz.

—No tiene por qué significar lo que crees. Es una respuesta fisiológica como otra cualquiera. Me levanto así muchas mañanas.

—Por supuesto.

Retrocedí a medida que se acercaba a mí, hasta que mi espalda chocó contra la pared. Una vez que no tuve escapatoria, colocó su cara a la altura de la mía. Nuestras narices casi se rozaban y su aliento se me coló en la boca cuando preguntó:

—¿Piensas que quiero follarte, Sav, o deseas que quiera hacerlo?

Antes de que pudiera gritarle, gritarme o gritar, dio un paso atrás y, sin perder la sonrisa, continuó limpiándose.

Salimos, al fin, pero la tortura no terminó ahí. Cogió una toalla para frotarse el pelo y enrollársela en la cintura y me lanzó otra que de poco me sirvió. La camisa chorreaba sobre las baldosas del suelo.

Koen le echó un vistazo a la hora en el móvil que había dejado sobre el lavabo.

—Tenemos veinte minutos para desayunar antes de reunirnos con la policía —me informó.

—Espera, ¿yo también? —Observé mi reflejo, horrorizada—. No puedo aparecer empapada, con ropa de hombre y esposada a ti.

Se frotó el mentón.

—Bueno, quizá dé tiempo a que se seque la camisa. El pelo no creo, tienes demasiado.

—Lo has hecho a propósito. Para que la policía desconfíe de mí.

—¿Por qué iba a querer eso? —inquirió con una inocencia fatal fingida

—. Además, te sugerí desvestirte. Varias veces.

No creí ni por un momento que sus intenciones hubieran sido buenas, pero sí que no me beneficiaría en absoluto que la policía me viera de esa guisa después de que les hubiera mentido por teléfono. ¿Qué pasaba si acababan descubriendo la identidad de Koen? No les costaría escarbar para llegar a nuestro pasado común. Era consciente de lo poco que me serviría tratar de resistirme porque bajaríamos al vestíbulo de cualquiera de las maneras.

Solté aire despacio y dije:

—De acuerdo, me quitaré la camisa. Dame uno de tus cuchillos. Soltó una carcajada.

—Muy lista, pero no. Lo haré yo.

Nos dirigimos hacia el dormitorio. Cogió uno de los karambit, estiró hacia arriba el puño de mi manga derecha, el del mismo brazo que tenía esposado al suyo, e introdujo la hoja entre la piel y la tela. Tiró con fuerza

y contuve el aliento. Una vez hecho el corte, sujetó el cuchillo entre los dientes y con ambas manos empezó a romper la tela en dirección al cuello. Estaba tan concentrada en respirar que ni siquiera se me pasó por la cabeza tratar de arrebatarle el arma. No iba a saber qué hacer con ella, tampoco.

Cuando llegó a la solapa de la camisa y no pudo rasgarla de un tirón, frunció levemente el ceño, volvió a coger el cuchillo con la mano y, sin mirarme, ordenó:

—Quieta.

Fue del todo innecesario porque me sentí anclada al suelo. Y, me molestara más o menos reconocerlo, irremediablemente atraída hacia la situación. A partir de entonces no solo le pertenecerían a Koen las camisas, sino también la tensión que me bajara desde el ombligo.

Entendí lo que me había dicho en la ducha, aquello sobre las respuestas fisiológicas. Que lo más probable era que quisiera acostarse conmigo, pero que aborrecía la idea. Que se revolvía contra ella con independencia de lo mucho que le gritara al oído.

Y lo entendí porque me pasó lo mismo.

Sentí la hoja fría contra la piel, las yemas de sus dedos empujando mi mejilla con suavidad para que dejara el cuello más expuesto. Sentí todo lo que no me decía acariciándome el oído, sus ojos rebuscando respuestas que no quería darle entre los pliegues de mi cerebro.

También sentí un nuevo tirón, más fuerte que los anteriores, y un susurro a través de una sonrisa:

—¿Quieres que también me encargue de los botones?

Cerré los párpados. Un segundo, dos y tres. Recuperé, si no todo el aplomo que me habría gustado, al menos el suficiente para arquear una ceja, girar la cabeza hacia él y responderle con frialdad:

—Puedo hacerlo sola. —Se alejó apenas y me observó con atención—.

¿Piensas quedarte mirando?

—¿Prefieres que me dé la vuelta? Me la jugaste la última vez que lo hice. La misma, por cierto, que te vi completamente desnuda. Pero si insistes…

Volvió la cara hacia el lado contrario y empecé a desabrocharme los botones. Quise morderme los dedos, molesta porque me temblaran. Al terminar dejé caer la camisa al suelo y busqué a mi alrededor hasta que di con el vestido. Tiré de Koen hacia el respaldo de la silla del escritorio y cuando tuve la prenda entre mis manos me di cuenta de que se ponía por

arriba. No tenía cremalleras, tan solo dos finos tirantes a través de los cuales no iba a poder pasar los brazos.

—Koen.

—¿Algún botón rebelde? —se mofó, todavía con la cabeza girada.

—Mírame.

Acató la orden, todo él diligencia. Sus ojos volvieron a encontrarse con los míos y se escurrieron hacia abajo, como si patinaran. Sucedió algo curioso que no había previsto: la sonrisa perversa que mantenía pareció trastabillar, deformándose en algo que no supe definir, y… se rascó el costado con la mano libre.

Como cuando era un crío y estaba nervioso.

Tener ese poder sobre él me hizo ganar seguridad. Me cubrí con ella para no sentirme tan desnuda y, mostrándole el vestido, le dije:

—No puedo ponérmelo estando esposada a ti. Abrió la boca y la volvió a cerrar.

Después:

—¿Y si vas así? A mí no me importaría.

—Ni en tus sueños.

—Oh, Sav, no te haces una idea de la cantidad de cosas que suceden en mis sueños.

CÁMARA DE SEGURIDAD DEL O FORTUNA

Planta 5 16/03/2026

09:12:43

Trenton Lee y Tiffany Whitmore estaban sentados en el sofá cama de la quinta planta.

—Creo que te equivocas —repitió el hombre por tercera vez en lo que iba de mañana.

Trenton no se comportaba con su tía como lo hacía con otras muj eres, ni siquiera como lo hacía con hombres cuyo estatus respetaba. Su cautela dejaba claro que, además de la sangre, los unía la desconfianza.

—Tienes un teléfono —siguió diciendo— y las suficientes grabaciones para hundir a toda esa gente. Si mandas el vídeo de lo sucedido con el médico y Jack Morgan, la policía entrará sin pensárselo dos veces.

—¿Crees que no lo sé? —El tono de Tiffany bailaba sobre la delgada línea que separaba la elegancia del desdén—. Intervendrían incluso si supieran lo de los dedos arrancados del jefe de seguridad o lo de la pierna de Gregory Price. Pero no vamos a hacer nada de eso.

—¿Porque aquí estamos seguros?

—Así era… hasta que viniste tú, al menos. —No disimuló la acusación—. En cualquier caso, dudo que consigan subir. Y no es solo por eso: hablar

con la policía supondría admitir que la quinta planta del O Fortuna existe.

—Llama a alguien de La Última Mano, entonces. Explícales la situación y pídeles que traigan refuerzos.

—¿Y cómo iban a hacérnoslos llegar? El acceso al edificio está sellado para todos. Saben cuál es la situación, además. Salimos en las noticias.

Trenton golpeó el reposabrazos con el puño.

—¿Y cuál es el plan? ¿Esperar a que nos rescaten o a que los atracadores lleguen hasta nosotros?

El abatimiento que mostró Tiffany resultaba tan excepcional que su sobrino dejó el enfado aparcado.

—Nadie puede saber que existe esta planta, Trenton. Aquí dentro —señaló hacia la puerta que daba acceso a la cámara acorazada que los rodeaba

— hay secretos con los que negociar y pruebas que esconder. Si la policía pusiera un pie en este lugar, perderíamos nuestra ventaja y lo más seguro es que también nuestra vida.

—De acuerdo —se rindió el hombre—. No los llamaremos. Pero quizá si hablamos con el resto de los jefes de La Última Mano…

—No me has entendido —lo interrumpió su tía para repetir—: nadie puede saber que existe esta planta. Ni la policía, por supuesto, ni los rehenes. ¿Cuántas de las personas que hay abajo son conscientes o sospechan de la existencia de este lugar?

—Todas. Nos interrogaron al respecto.

—En ese caso, todas tienen que morir antes de que el secuestro termine.

Sin mostrarse en absoluto horrorizado, Trenton asimiló sus palabras e inquirió:

—¿Cómo?

Tiffany Whitmore dirigió la vista hacia las pantallas de la mesa de control. Concretamente a la que mostraba el interior de la cámara de seguridad del sótano.

27

Lunes, 16 de marzo de 2026, 10:03

Miré la espalda de mi vestido en el espejo por enésima vez. Como Koen tuvo que cortar los tirantes y atarlos a mi nuca, vigilaba que el nudo siguiera en su sitio.

Durante la entrega de suministros el policía al mando se fijó en las esposas y me preguntó con seriedad si todo iba bien. Deseé abofetear la sonrisa de mi captor, que sabía igual que yo todos los problemas que me ocasionaría aquello. «Perfectamente», mentí a través de una sonrisa.

Después de meter los alimentos y bebidas en el vestíbulo y de que informaran a Koen de que todavía no habían conseguido el medicamento, subimos al baño de la zona izquierda de la cuarta planta.

Koen hablaba con Boo y Corazón. Este último, mientras tanto, examinaba la pared del cubículo del fondo, ese que no tenía placa. Había introducido lo que parecía una espátula minúscula entre dos azulejos.

—Esa es la grieta —explicó Boo—. Sigue hasta el suelo. Es una puerta, ¿entiendes? Colocas la mano justo ahí. No, un poco a la derecha. Es un escáner dactilar camuflado. Bastante inteligente. Si la persona que lo toca está dentro de la base de datos, parte de la pared se hunde. Va a parar a un ascensor rudimentario. ¿Sabes lo que significa esa palabra? Cutre.

—No era necesaria la aclaración —aseguró Corazón.

—Vale, mejor. Pues eso. Te subes al montacargas y llegas a la quinta planta. Pero.

Lo dejó ahí y Corazón se vio obligado a insistir.

—«Pero» ¿qué?

—Para que se abra la puerta hace falta un permiso. No puedo falsearlo

—reconoció con evidente molestia—. Lo he intentado varias veces. Si no tuviera tanto trabajo…

—Lo siento mucho, Boo —se disculpó Koen con sorprendente cariño

—. Eres imprescindible.

—Lo sé. Pues eso. No he podido hackear la puerta.

—¿Y si rompemos la pared? —inquirió Koen en dirección a Corazón.

—Sin problema. No es un muro de carga. Se lo pediré a parte de mi equipo. Ya hemos terminado con el acceso al sótano y tengo a un par de personas libres.

—Perfecto. Nosotros nos vamos, llámame cuando esté hecho el hueco.

Boo, ¿qué tal lo de la cuenta?

Por cómo me miró antes de responder, entendí que estaban hablando deliberadamente en clave.

—Digamos que hay cinco cerrojos. Me quedan dos.

Una vez que salimos al pasillo y nos quedamos solos, le pregunté a Koen:

—¿De qué cuenta habláis?

—Quién sabe.

—Tú lo sabes.

Se rio por lo bajo.

—Es mi manera educada de responder que no voy a decírtelo, Savannah. ¿Qué te apetece desayunar?

—Nada.

—¿En serio no…? Ah. —Se rio de nuevo, esa vez más fuerte—. Venga ya. ¿Es por lo del servicio? Ayer comprobaste que los cascos aislaban bien. Venga, te invito a un chai.

—No es una invitación si no lo has pagado.

—Claro que lo es. Podría dejar que pasaras hambre y sed, como hice con Trenton, pero soy un hombre razonable.

—En absoluto. —Pulsó el botón del ascensor y mientras lo esperábamos le pregunté—: Has dejado de llamarlo «tu prometido». ¿Por qué?

—Porque ya no lo es —respondió con sencillez.

Me sorprendió que no añadiera «pero yo sí». Todavía más la decepción que se me instaló en el estómago por ello. No se debía a que deseara que

nos casáramos, nada más lejos, sino a haber fallado al anticiparme a él.

Desde lo sucedido esa mañana las cosas entre nosotros se habían enrarecido. Notaba como si hubiera una goma elástica uniéndonos además de las esposas. Si tiraba demasiado, sería capaz de romperla; si me relajaba en exceso, me empujaría hacia él. Mantenerme en mi posición era dificilísimo. Tenía que estar pendiente de todo. De evitar los roces, de escoger muy bien las palabras y de restarles intensidad a las miradas. Y Koen, por su lado, debía hacer exactamente lo mismo.

Llevábamos un par de horas sumidos en ese baile extraño, incómodo y peligroso, y sabía que, de una manera u otra, alguno, sino ambos, acabaría tropezando y arrastrando al otro.

—¿Por qué habéis agujereado el suelo del vestíbulo? —pregunté cuando entramos al ascensor—. Si lo que pretendíais era escapar por ahí, no os va a servir de nada. La policía se ha dado cuenta hoy.

—Lo sé. —Miró hacia el exterior a través de la pared de cristal. Tanto los periodistas como los agentes parecían tranquilos, a la espera de que sucediera algo, cualquier cosa, que justificara que se pusieran en movimiento—. Ayer también lo vieron, tal y como pretendía.

—Es para despistarlos de vuestro verdadero objetivo, entonces. Alzó la comisura.

—En parte. Pero también necesitábamos llegar a la cámara acorazada que hay en el sótano.

—¿La que estará vacía?

—La misma.

—¿Por qué?

—Trata de adivinarlo.

No parecía una burla y tampoco exactamente un juego. Noté por cómo me miraba que sentía genuina curiosidad por mi respuesta.

—¿Queréis esconderos dentro? —Rio y negó con la cabeza—.

¿Refugiaros?

—¿No es lo mismo?

—No.

—¿A qué te refieres, entonces?

—A volar el edificio para hacerle creer a la policía que todos habéis muerto y, al cabo de los días, cuando la zona se despeje, salir de entre los escombros.

La mirada que me dirigió provocó que las serpientes de mi estómago se estremecieran.

—Muy lista. Pero no. ¿Te rindes?

—Jamás. ¿Queréis encerrar allí a todos los rehenes y permitir que la policía los rescate solo si a cambio os deja marchar?

De nuevo esa risotada sorprendida.

—Eres  diabólica,  Savannah  Price.  Aunque  sigues  equivocándote.

Piensa en la estructura.

Fruncí el ceño, dándole vueltas.

—¿Te refieres a las paredes de metal?

—Exacto. Deben de ser iguales a las que sellan el techo de la cuarta planta —me ayudó.

El ascensor se abrió justo cuando lo entendí.

—¿Vais a utilizar esas paredes para descubrir cómo romper el techo?

—Justo. No podemos bombardear o taladrar sin más el armazón de la quinta planta porque podría caérsenos encima si no tenemos cuidado, así que vamos a practicar abajo cómo hacerlo y, de paso, engañar a la policía.

CÁMARA DE SEGURIDAD DEL O FORTUNA

Sótano, cámara acorazada 16/03/2026

14:24:17

Lo que sucedió fue un golpe de suerte para unos pocos y una desgracia para muchos más.

Los afectados podrían haberse anticipado si hubieran sido más desconfiados, pero estaban exultantes al sentir sus metas casi al alcance de la mano. Por primera vez desde que aquello había empezado, llegar a la quinta planta parecía una certeza en lugar de una posibilidad remota. Debido a eso, Honey, Boo y Beatrix no se preguntaron por qué la puerta de la cámara acorazada del sótano permanecía abierta. Estaba totalmente vacía, así que ¿qué más daba?

Después de hacer el agujero en la pared del baño y estudiar la unión entre las placas de acero blindado, Corazón había corroborado que, efectivamente, el único modo de separarlas y acceder al piso superior era o bien con el beneplácito de sus ocupantes o bien con explosivos.

Le encargaron a Honey que bajara al sótano y realizara las pruebas necesarias. Boo insistió en ir también, así que Honey tuvo que cargar con su silla mientras Beatrix le daba la mano para ayudar a que bajara las escaleras.

—¿Qué hago yo aquí? —preguntó la rehén.

Mientras ella se asomaba a la cámara con curiosidad, Boo se acomodó en su silla y Honey pasó por su lado para soltar una bolsa enorme de aspecto pesado en el interior.

—Quiero ver cómo trabaja Honey, pero no aburrirme. ¿Cuál es tu grupo sanguíneo?

Beatrix examinó con la boca torcida y roja el pasillo lleno de suciedad.

—AB+ —respondió, distraída—. Esto está lleno de

mierda, prefiero quedarme dentro.

Con cuidado de no torcerse el tobillo por apoyar los tacones sobre algún escombro, accedió a la cámara.

Honey estaba sacando el contenido de su bolsa y ordenándolo en el suelo, mientras que Beatrix seguía como hipnotizada el movimiento de sus brazos. Solo Boo fue consciente de lo que sucedía, pero no pudo hacer más que gritar:

—¡ SALID DE AHÍ!

Ni siquiera tuvieron tiempo de intentarlo.

La puerta tardó cuatro segundos en cerrarse. El sistema de altavoces de todo el casino crepitó una vez que la puerta se hubo sellado. A través de él, la voz desapasionada de Tiffany Whitmore anunció:

—Uno de los atracadores y una de las rehenes, Beatrix Van Alen, han sido encerrados en la cámara acorazada del sótano. Morirán si continuáis intentando llegar a nuestra posición. La decisión es vuestra.

28

Lunes, 16 de marzo de 2026, 14:36

La amenaza por megafonía nos pilló en el bar de la cuarta planta. Los atracadores que habían estado trabajando en el baño se vieron obligados a esperar a que Honey terminara sus pruebas, así que Koen los mandó al hotel para relevar a los mellizos con la pared, significara lo que significase eso.

Cuando Tiffany Whitmore habló, Koen apretó tanto la copa que acababa de servirse que el cristal estalló entre sus dedos. Yo sentí que me faltaba el aire, como si alguien me hubiera pegado un puñetazo en la boca del estómago. Había creído que Trix estaría a salvo porque parecía llevarse bien con Boo, lo único que me preocupaba era que pusiera en marcha ese estúpido plan del que me habló cuando nos vimos, pero, incluso así, quise pensar que lo peor que podía sucederle era que Honey se diera cuenta de lo que pretendía y frenara sus intentos de seducción. Tenía en mente estar pendiente, de todos modos, volver a pedirle a Koen que me permitiera hablar con ella. Su encierro, sin embargo…, ¿cómo iba a ser capaz de salvarla de eso?

Me volví hacia Koen con los ojos ardiendo y la expresión desencajada, ignoré su palma sangrante y lo agarré del chaleco antibalas para exigir:

—Tenéis que parar. Ya mismo. Me da igual lo que haya en esa planta, no podéis sacrificar a Trix para conseguirlo. Vended lo que nos habéis robado y…

—Savannah.

—¡La dejará morir! ¡Conozco a Tiffany y sé que ha hecho cosas peores! ¡No voy a permitirlo! ¡Te robaré el teléfono para llamar a la policía! ¡O les gritaré lo que está sucediendo cuando atravesemos la pasarela! ¡Entrarán si saben que hay alguien en peligro!

Rodeó mi muñeca con la mano sangrante. No me apartó para que dejara de agarrarlo y tampoco apretó especialmente.

—Sav. —A la primera lágrima que se deslizó por mi mejilla la siguieron muchas más—. Honey también está ahí y no pienso dejar que muera, ¿de acuerdo? Pero tienes que escucharme.

Doc lo contactó a través de la radio:

—Fox, ¿dónde estás?

Koen respondió sin dejar de mirarme a los ojos con fijeza:

—Estoy en el bar. Dame un par de minutos y reúnete aquí conmigo. Pídele a Copy que traiga a Boo. Debe de seguir en el sótano y no podrá subir.

Dejó la radio sobre la barra y volvió a dirigirse a mí:

—Has dicho que conoces a Tiffany Whitmore. Bien. ¿Crees que se conformará con que no agujereemos el techo para llegar hasta ella? —Abrí la boca para replicar, pero él fue más rápido—: Sabes que pertenece a La Última Mano, ¿te haces una idea de qué es lo que oculta ahí arriba? No va a permitir que lleguemos, pero ¿qué pasa con los demás? ¿Con la policía cuando, de un modo u otro, acceda al casino?

Estaba tan nerviosa y enrocada en mi miedo por Trix que no entendía qué trataba de decirme. Me limité a negar con la cabeza de manera automática hasta que continuó explicándose:

—Esa planta no estaba en los planos. Lo que esconde puede hundir tanto a Tiffany como, probablemente, al resto de La Última Mano. Incluso si accedemos a su petición, sabe que en cuanto pillen a uno de nosotros revelaremos su existencia. De hecho, a estas alturas, con que la policía entre bastaría para que se dieran cuenta de que existe al ver los agujeros que hemos hecho. Y no solo eso, hemos preguntado a todos los rehenes por ella. Tiffany está atrapada, y las ratas atrapadas son muy peligrosas.

—¿Y cuál es la solución, entonces? ¿Dejar que mueran porque no iba a liberarlos de ninguna manera? Negociad con ella, entonces. Tiene dinero de sobra para comprar vuestro silencio.

—Sav, nos matará a todos antes de que podamos hablar con la policía, rehenes incluidos.

—¿Y lo que habéis venido a buscar es tan importante como para que arriesguéis las vidas de veinte personas?

—Sí —afirmó sin atisbo alguno de duda—. Doc está a punto de llegar, luego seguiremos hablando de esto. Recuerda: no insinúes delante de él que me conoces. Tampoco menciones que he tirado la llave de las esposas. Cuando su compañero entró en el bar no me sorprendió que pareciera tranquilo. En todas las ocasiones en las que lo había visto, incluida aquella en la que quiso matarme, había mantenido la calma. Pese a ello, se notaba en la tirantez de su cuello y en el ceño ligeramente fruncido que estaba

preocupado.

Se sentó en uno de los taburetes, al otro lado de la barra en la que seguíamos Koen y yo, y dijo:

—La situación es grave.

—Lo sé —corroboró Koen—. ¿Cuánto tiempo podrán aguantar dentro?

—Es imposible precisarlo. La comida no será un problema porque antes morirían de sed. Eso sucederá a los tres días, tal vez un poco menos si pasan calor o no se han hidratado lo suficiente esta mañana.

—Tenemos margen.

—El problema no es la deshidratación, sino la acumulación de dióxido de carbono. La cámara acorazada es grande, pero son dos personas y una de ellas es susceptible de sufrir un ataque de pánico.

—¿Qué quieres decir con eso?

—Que no durarán más de un día y medio.

Notaba que los pulmones se me cerraban y la visión se me emborronaba. Iba a desmayarme, lo sabía, o a caer de rodillas al suelo y ponerme a chillar. Koen pegó el dorso de su mano a la mía. Eran las que teníamos esposadas y, al estar detrás de la barra y con ellas a la altura de nuestros costados, Doc no fue capaz de verlas. Con la yema de su dedo meñique repasó el mío, primero hacia arriba, después hacia abajo, marcándome el ritmo al que debía volver a respirar.

—Trix es diabética —les recordé con un hilo de voz.

—¿Eso reduce el tiempo que tenemos? —Koen entrelazó su dedo meñique con el mío cuando Doc asintió—. ¿Cuánto?

—Sin pincharse insulina, aguantará entre veinticuatro y cuarenta y ocho horas. Eso si se la ha puesto esta mañana.

—Lo ha hecho.

Miramos hacia la puerta del bar por la que justo entraban Boo, quien había hecho la afirmación, e inmediatamente después los mellizos Copy y Paste.

—Voy a matar a Tiffany Whitmore —anunció. Su voz sonaba agrietada, como si se le hubiera roto de tanto gritar—. Y antes voy a destrozarle la vida. La expondré en internet. Sacaré todos sus trapos sucios. Después…

—Claro. —Miramos a Koen, que había empezado a afirmar con la cabeza, distraído—. ¿Dónde están los explosivos de Honey?

—Dentro de la cámara —respondió Boo.

—Lo suponía. No podemos separar las placas que sellan la quinta planta sin ellos, y además de Honey nadie tiene ni idea de bombas, pero podemos amenazar a Tiffany Whitmore con exponerla para que abra la cámara del sótano. Paste, tráeme un boli, un par de papeles y algo para pegarlos al techo. Celofán o lo que sea.

La aludida tardó menos de cinco minutos en acatar la orden. Fox escribió un mensaje en cada folio.

Tienes dos horas para abrir la cámara del sótano. De lo contrario, filtraremos toda la información que tenemos sobre ti y sobre La Última Mano.

La decisión es tuya.

Le pidió a Copy que los colocara frente a dos de las cámaras de vídeo para que Tiffany los viera y tomó aire lentamente.

—¿Y ahora? —pregunté.

—Ahora a esperar.

CÁMARA DE SEGURIDAD DEL O FORTUNA

Sótano, cámara acorazada 16/03/2026

15:52:58

Ni Beatrix ni Honey supieron que se estaba grabando lo que sucedía en el interior de la cámara de seguridad. De haber sido consciente, Honey habría tratado de sostener la fachada un poco más. Aunque no lo habría conseguido hasta el final porque cada vez hacía más calor y con la máscara puesta le costaba respirar.

Doc había bajado unos minutos antes para explicar la situación y preguntarle a Beatrix qué tal se encontraba. Tras comprobar que estaba bien, se dirigió a Honey:

—Fox ha dicho que hagas lo que tengas que hacer. Da igual si te descubres. Asegura que lo solucionará, como siempre.

La rehén se había deshecho de los tacones y cada poco tiempo se recogía el pelo con una mano para abanicarse con la otra, pero tenía buen aspecto y parecía sorprendentemente tranquila.

No hizo falta que Honey le preguntara cómo se sentía porque Beatrix tenía tendencia a la verborrea, en especial cuando se aburría.

—Primero un secuestro y después esto. ¿Qué será lo siguiente, un incendio? ¿Putos zombis? Odio los zombis, son la peor criatura del cine de terror.  Si  quisiera  ver  a  unos  descerebrados

obsesionados con perseguir a la gente que huye de ellos, tendría una cita con un hombre. ¡ Joder, estoy sudando!

El interior de la cámara era cuadrado y para llegar de un extremo al otro hacían falta menos de seis pasos. Por lo que, aunque Beatrix y Honey se hubieran colocado en paredes opuestas, se escuchaban perfectamente.

—¿No te asas de calor con la máscara y el chaleco? Puedes quitarte las botas, no me importa que te huelan los pies. Y me da igual que seas feo, ¿vale? Es mej or tener una cara difícil que morir asfixiado. ¡ ¿Te has reído?! Bueno, quizá solo te haya dado un espasmo en los hombros. Eres rarísimo, ¿sabes? ¿Por qué estás siempre callado?

¿Es que te caigo mal? A Boo le gusto. Da igual lo que diga, lo sé. —Sonrió con suficiencia—. Puede que a mí también me guste un poco. Es buen cha… buena persona.

Honey apoyó los antebrazos sobre las rodillas e hizo un gesto leve de asentimiento.

—Se nota que te quiere muchísimo —prosiguió Beatrix—. Boo, me refiero. Lo ha pasado fatal cuando nos han encerrado. Casi me pongo a llorar yo también. —Se abrazó las piernas—. ¿Crees que nos van a rescatar? Tienen solo un día, ¿verdad? Dos como mucho. Eso si no me da una cetoacidosis por la falta de insulina. Da igual, seguro que nos ayudan a tiempo. Fox, Savannah o la policía, incluso. Cuando salgamos de aquí le diré a mi madre que no vuelva a relacionarse jamás con Tiffany Whitmore. Esto es su culpa, ¿no? Deja de torcer la cabeza como si fueras un perro, no soy tonta. Oigo cosas y ato cabos. Boo gritó su nombre y la primera noche la oímos por megafonía. Debe de estar escondida en algún sitio.

Tras un instante de duda, Honey volvió a asentir.

—Es una zorra total. La odio. También a su sobrino. Ojalá les quitéis todo lo que tienen, fíjate lo que te digo. No es que esté de vuestra parte ni nada de eso, pero, en fin, vosotros me habéis tratado con más respeto que ella incluso en esta situación. A mi madre tampoco le gusta mucho, así que no sé por qué acabamos en la inauguración de su maldito casino. ¿Quieres saber si me arrepiento? —Sonrió con picardía tras recibir otro gesto afirmativo—. No lo hago. He pasado miedo, tampoco te lo voy a negar, pero es más emocionante estar encerrada aquí que estar encerrada en casa. ¿Vas a regañarme, como Savvie? Me quedé por ella, ¿sabes? Se supone que esto era un secreto… Da igual. La primera noche, cuando me desmayé…, bueno, digamos que desperté antes de lo que os hice creer. Cuando estabais leyendo la lista de quiénes se tenían que marchar y quiénes no. Necesitaba estar junto a Savvie. Y junto a mi madre, claro. También junto a Archie. Amo a ese gato aunque a veces sea un auténtico cabrón. Un día me destrozó unos Jimmy Choo.

Apoyó la mej illa contra las rodillas y examinó

a Honey antes de confesar:

—Sé que fuiste tú quién me cargó en brazos cuando fingía estar desmayada. ¿Te diste cuenta de que estaba actuando?

—Sí.

Esa fue la primera palabra que le dedicó Honey a Beatrix. « Sí». Dos letras que bastaron para corroborar el motivo por el cual Boo mantenía haberle puesto ese alias.

« Porque su voz es dulce como la miel» .

La rehén levantó la cabeza muy poco a poco, sin

dar crédito,  mientras  la persona con la que

estaba encerrada se llevaba las manos a la parte inferior de la máscara. Se la quitó despacio, revelando primero una boca amplia de labios finos, después unos pómulos altos y al final unos ojos pardos enmarcados por pestañas largas y negras como la pez.

Por primera vez en su vida, Beatrix Van Alen se

quedó muda.

Honey era una muj er.

29

Lunes, 16 de marzo de 2026, 16:06

—¿Qué te apetece?

—Un Vesper Martini.

Sonrió, aun sin ganas, probablemente recordando que nuestra primera conversación en ese lugar había sucedido más o menos de la misma manera. Por entonces mi vestido no estaba roto, mis Manolo Blahnik no estaban en la habitación del hotel y la vida de mi mejor amiga no estaba en manos de Tiffany Whitmore.

—Las sacaremos de ahí —aseguró.

—¿«Las»?

—A Beatrix, me refiero. Honey la cuidará hasta que consigamos abrir la puerta. Se le da bien aunque no lo parezca. —Suavizó el tono, tratando de sonar tranquilizador—: Lleva años ocupándose de Boo. Es buena persona, o al menos mejor que el resto de nosotros.

Colocó las botellas que necesitaría para la mezcla junto a la coctelera y empezó a medir cantidades.

—¿Qué hora es? —pregunté.

—Las cuatro.

—No va a abrir la puerta —adiviné, y sentí que los ojos volvían a anegárseme en lágrimas—. La conozco, Koen, no va a hacerlo.

Miró hacia la puerta del bar, que permanecía cerrada, y me recordó con la voz tensa:

—Intenta no utilizar mi nombre fuera de la habitación. Da igual que estemos a solas. Respecto a la cámara acorazada… Le dimos dos horas, queda media.

—¿De verdad crees que lo va a hacer? ¿Que, al menos, se lo pensará?

Porque yo no.

—Si no lo hace, Boo volcará la información en internet. La está preparando ahora mismo, aunque ya traía bastante de casa. Tiffany Whitmore caerá, igual que Trenton.

Un par de lágrimas se deslizaron por mis mejillas.

—¿De qué me sirve eso si Trix muere?

—De nada —concedió, arrastrando el cóctel ya listo hacia mí—, pero no va a morir. La sacaremos.

—¿Cómo?

Era la décima vez que preguntaba aquello y me sorprendió que Koen me contestara con la misma seguridad y paciencia que la primera:

—Ya se me ocurrirá algo.

Antes de que pudiera replicar, la policía lo llamó por teléfono. Lo colocó sobre la barra y pulsó el altavoz sin indicarme si quería que dijera algo o advertirme sobre lo que tenía que callarme.

—Hola, Frank.

—Fox. Tenemos tu medicamento.

—Anda, ¿en serio?

—Ha sido extremadamente complicado de conseguir. Y caro, como supongo que sabrás. —Aguardó un segundo, quizá a la espera de una broma, pero Koen se mantuvo en silencio. Si el policía hubiera sido más avispado, habría podido notar por su inusual seriedad que algo iba mal. Pero Frank Morales no era muy avispado, ni siquiera poco avispado, así que continuó como si tal cosa—: Queremos dos rehenes a cambio.

—Quedamos en que fuera uno.

—Dos o mis jefes me impedirán seguir negociando contigo. Y supongo que sabes lo que sucedería después.

—Deja que me lo piense y te llamo en un rato.

Colgó sin esperar respuesta y pegó la frente a la barra, abatido. Entendí que él también estaba asustado, daba igual lo mucho que intentara disimularlo, y me pregunté si cuando intentaba tranquilizarme a mí no estaría tratando de convencerse a él también.

Sacó la radio, pulsó un botón y dijo:

—¿Boo? ¿Siguen faltándote dos cerraduras?

—Sí. Soy solo una persona, ¿vale? Lo he pausado. Ahora estoy con lo de Tiffany Whitmore.

La voz de Boo también sonaba más seria de lo normal. Centrada, incluso. Como si hubiera apartado un montón de rasgos de su personalidad para dejarle hueco a la preocupación.

—De acuerdo, lo entiendo. Tenemos un problema.

—¿Otro?

—Otro —ratificó Koen—. La policía quiere que liberemos a dos rehenes.

—La policía quiere que liberemos a todos los rehenes.

—Me refiero a mañana. A cambio del medicamento y seguramente de las provisiones. Y tenemos que hacerlo.

—¿Por qué?

—Porque si no van a intentar entrar antes y la persona que controla las bombas de los accesos está encerrada. Ni siquiera sé cómo va a afectar cuando filtres lo de Tiffany Whitmore. Quizá nos dé más margen porque tengan que revaluar la situación, pero no puedo asegurarlo. Así que, Boo, dos rehenes. Había pensado en Loretta Cruz y en Cecilia Van Alen. ¿Qué opinas?

—En… —Tras mascullar algo ininteligible, preguntó—: ¿No hay más?

—No. Podríamos haber prescindido de Beatrix, pero está encerrada.

Así que, dime, ¿lo ves viable?

Boo suspiró muy fuerte y muy cerca del micrófono.

—Supongo. Vale. Sí.

—Gracias.

Acto seguido, pulsó otro botón y dijo:

—Doc, mañana a primera hora tendremos que liberar a dos rehenes.

Sacaremos a Loretta Cruz y a Cecilia Van Alen.

—¿Estás seguro?

Koen chasqueó la lengua.

—No queda otra.

—Lo siento —respondió su compañero para mi sorpresa—, tendría que haber sido diferente.

—Da igual. Es lo que es y te dije que lo solucionaría, ¿verdad? Pues estoy haciéndolo. Boo está de acuerdo. Dice que puede seguir adelante.

¿Hablarás mañana con ellas para explicarles qué tienen que decirle a la policía?

—Por supuesto. ¿Fox?

—Dime.

—Vamos a averiguar lo que ha pasado. Tanto tú como yo.

—Lo sé.

Tras cortar la comunicación, dejó la radio al lado del teléfono móvil, apoyó los codos sobre la barra y se sostuvo las sienes con las manos. No impedí que levantara mi propio brazo para ello, pero mantuve los dedos inmóviles cuando rozaron su cabello para que no diera la impresión de que lo estaba acariciando adrede.

Hubo algo en la conversación que acababa de mantener con sus compañeros que no me encajaba, aunque no sabía decir el qué.

—¿Por qué esas dos rehenes de todos los que tenéis?

Se recompuso a medias, como si se hubiera bocetado a toda prisa la actitud habitual, y giró el cuerpo para coger un botellín de la repisa. Lo abrió contra la barra y dio un sorbo a través del agujero de la máscara.

—Los americanos no sabéis hacer cerveza —masculló, asqueado—. Respondiendo a tu pregunta: porque ya han cumplido su misión. Te dije que no os hemos escogido al azar, todos estáis aquí por algo.

—¿Mi misión era ayudarte a averiguar si mi padre estaba relacionado con la muerte de los tuyos?

—Entre otras cosas.

—¿Cuáles?

La sonrisa que esbozó en esa ocasión pareció más auténtica.

—También quería que me pidieras perdón.

—¿Por haberte dejado marchar?

—Es una manera muy amable de referirte al abandono, pero sí.

—¿Quieres que me disculpe o que me sienta miserable?

La acusación salió como un ladrido y liberó parte de la tensión que me comprimía el pecho. Discutir con Koen me aliviaba porque era lo único que me resultaba normal dentro de la anormalidad que me rodeaba. Al fin y al cabo, llevaba peleándome con él desde los cuatro años.

—Creo que lo segundo es consecuencia de lo primero, o al revés, no lo sé —respondió—. ¿Vas a hacerlo?

—No. —Sonrió, quizá por lo predecible de mi negativa—. ¿Se supone que hasta que no te pida disculpas no cumpliré mi misión?

Soltó una carcajada y cambió de postura, situándose de espaldas a la barra, con los codos hacia atrás y sobre ella, obligándome a colocarme frente a él.

—¿Qué más da? Sabes que a ti no puedo liberarte.

—¿Y a mi padre? Si descubres que no mató a los tuyos —me apresuré a decir—, entonces, ¿lo dejarás ir? Ni siquiera me refiero a durante el tiempo que dure el secuestro, sino a cuando acabe. Si ganáis y no resulta ser culpable.

Torció la cabeza y la sonrisa y me estudió durante un instante.

—¿Crees que Tiffany Whitmore está involucrada en el accidente? — Debió de notárseme la sorpresa en el gesto, porque explicó con tono burlón—: Recuerda que vi y oí la conversación que mantuvisteis, Savannah. Gregory se puso nervioso y miró a una de las cámaras cuando salió el tema. En cualquier caso, ¿por qué lo proteges? No te quiere. O no lo hace como debería, al menos. Cada palabra que suelta, cada decisión que toma, te daña. ¿Es solo porque es de tu familia? ¿Porque temes perderlo todo si muere? ¿Porque no quieres reconocer que deseas vengarte de él o, como mínimo, dejarlo a su suerte?

Me había hecho las mismas preguntas cientos de veces durante esos días y seguía sin encontrar la respuesta.

Me vi sin nada de golpe. Sin soluciones, sin futuro, sin seguridad, sin Trix. Lo único que parecía ser una certeza, por estúpida que me hubiera parecido la idea dos días antes, era un criminal con una máscara de zorro. Daba igual adonde mirara, a los lados, arriba y abajo, e incluso hacia dentro, parecía estar ahí. No tanto agazapado y dispuesto a atacar, como lo había sentido al principio, sino a la espera. Con una de sus sonrisas de medio lado y su pose habitual: la sien apoyada en los nudillos y el tobillo sobre la rodilla contraria. Tranquilo. Sabiendo que, hiciera lo que hiciese yo a continuación, me escondiera donde me escondiese, acabaría cruzándome con él.

Koen Ackermann era inevitable, lo que estaba al otro lado de cada decisión que tomara.

Levanté la barbilla para encararlo.

—No lo sé, Koen —susurré su nombre muy cerca de sus labios entreabiertos para que se lo tragara antes de que alguien más fuera capaz de oírlo—. ¿Por qué me proteges tú a mí?

—¿De verdad quieres saberlo?

Se lo pregunté a las serpientes de mi estómago, que dijeron que sí, y a mi cerebro, que les dio la razón. El corazón, sin embargo, se negó en rotundo y me sugirió que estudiara todo lo que se escondía en el espacio que nos separaba. Koen y yo estábamos a menos de medio metro, con mis pies descalzos apuntando al hueco entre sus piernas ligeramente abiertas, con su cuello encorvado para que sus ojos capturaran mejor a los míos, con sus manos laxas y a la vez pendientes por si tenían que agarrar algo. Un cuchillo, un momento, una cintura. Algo.

Nos separaban un millar de preguntas, la mayoría inquiridas a gritos y unas pocas entre jadeos. No quería escucharlas, tampoco pronunciarlas, así que di un paso hacia atrás y respondí:

—No.

CÁMARA DE SEGURIDAD DEL O FORTUNA

Sótano, cámara acorazada 16/03/2026

16:45:12

Beatrix Van Alen se mantuvo en silencio durante cuarenta y siete minutos exactos. A excepción de cuando dormía y de aquella vez que tuvieron que someterla a una operación de amígdalas, no recordaba haber estado callada tanto tiempo y se notaba que las ganas de decir algo se la estaban comiendo por dentro.

También se notaba que estaba furiosa.

Tal vez por eso, o sencillamente porque se aburría, Honey suspiró y le preguntó:

—¿Estás bien?

El tono de su voz, tan distinto al que se había imaginado que tendría, atravesó el cráneo de Beatrix de oreja a oreja, punzándole el cerebro. Giró la cara hacia la otra muj er, frunció el ceño todo lo que fue capaz sin preocuparse por las arrugas que aquel gesto pudiera provocarle en el futuro y gritó:

—¡ Por supuesto que no estoy bien! —Una vez roto su mutismo ya no fue capaz de parar—: ¡ Estoy harta! ¡ Pensé que me habíais tratado bien, pero sois como todos los demás! ¡ Os creéis que soy gilipollas, ¿verdad?! ¡ Rubia, pija y tonta, menudo cliché! ¡ Pues no lo soy, pero se me han quitado las ganas de intentar demostrároslo! ¡ No

os lo merecéis! ¡ Ninguno! ¡ ¿Era un juego, acaso?!

¡ ¿Os reíais de mí cada vez que te hablaba como si fueras un hombre?! ¡ Ah, sí que lo hacíais! ¡ Al menos Boo! ¡ Y seguro que tú debajo de esa maldita máscara! ¡ ¿Lo sabía todo el mundo?! ¡ Me apuesto a que sí, a que os burlabais de mí cuando… cuando me confundí y…! ¡ Da igual!

Haciendo alarde de la misma paciencia que había demostrado hasta entonces, Honey esperó a que la otra terminara de vociferar y le dijo con seriedad:

—Nunca he creído que fueras tonta.

—¡ Te has reído de mí!

—Contigo, no de ti.

—Y una mierda.

Volvió a apartar la vista, enfurruñada, y Honey

estudió su perfil.

—Solo hay tres personas que sepan que soy una muj er.

Beatrix la miró con reticencia.

—¿En el mundo?

—No, en este casino. Doc, Fox y Boo.

—Pues no me hace sentir mej or. ¿Por qué lo has

ocultado?

—No puedo decírtelo. —La rehén se cruzó de brazos y frunció los labios, tratando de dejar lo más claro posible que no se le había pasado la pataleta. Honey añadió—: Es parte del plan. Lo siento.

—¿Y qué pasa si cuando salgamos de aquí le cuento a todos que eres una muj er?

—Que a Fox se le ocurrirá cómo solucionarlo.

Por el modo en que pronunció la frase, se notaba que le guardaba cariño al otro atracador. Beatrix fue consciente de ello porque achicó los ojos y preguntó:

—¿Te gusta?

Por primera vez desde que se había quitado la máscara, la cara de Honey pasó de la serenidad a la perplejidad más absoluta. Abrió la boca varias veces, como si quisiera decir algo y no supiera formularlo. Al final, tras agitar la cabeza en un gesto de negación, resolvió:

—Me gusta como persona, no románticamente.

—Eso me parecía.

—¿Por qué?

—Porque no tienes pinta de que te atraigan los

hombres.

Miró a Honey de soslayo y vio que sonreía. Era una variación infinitesimal de la comisura izquierda de su boca que, de algún modo, cambiaba por completo la composición de su cara.

—¿Eso es un prejuicio? ¿Por los tatuajes, la complexión y lo demás?

—Quizá. —Beatrix se encogió de hombros—. ¿Me equivoco?

—No.

En el silencio que se extendió entre los seis pasos que las separaban surgieron varios caminos, pero no los vieron porque estaban ocupadas mirándose a los ojos.

—Conocí a Fox hace un año y medio —explicó Honey—. No voy a entrar en detalles, pero me pareció un desastre. Sigue pareciéndomelo. A Boo le encantó nada más verlo, dijo que le divertía porque era imposible predecir qué haría a continuación. No le quité la razón aunque no pensé que la tuviera. Fox es muy fácil de entender.

—A mí no me lo parece.

—Solo es un niño rodeado de juguetes rotos que

cree que debe arreglar.

—¿Y Doc?

—Lo conocí poco después que a Fox, pero no me he relacionado tanto con él.

—Parece el más calmado.

—Tienes razón, lo parece.

—¿No te gusta? —trató de adivinar Beatrix.

—Tampoco tiene que hacerlo, aunque no es eso. Hay personas que sencillamente no conectan. No soy dada a comunicarme, algo que no afecta ni a Fox ni a Boo porque saben cómo y cuándo arrancarme las palabras. Doc respeta mi espacio personal.

—¿Y eso no es bueno?

—Lo es. Yo también respeto el suyo. Por lo tanto, entre nosotros hay un montón de cortesía… y nada más.

—Entiendo. Yo también te estoy sacando palabras. Un montón.

—Sí.

Beatrix se abrazó las piernas, apoyó el mentón

en las rodillas y sonrió, satisfecha.

—¿Boo es familiar tuyo?

—Sí, pero no de sangre.

—¿Cuál es vuestra historia?

—Nos conocimos hace muchos años y me salvó de varias maneras distintas.

Tras aguardar a que continuara, Beatrix insistió:

—¿Y ya está?

—Y ya está.

30

Lunes, 16 de marzo de 2026, 18:23

Contemplamos Las Vegas a través del mirador. El cielo había pasado de azul a naranja y de naranja a púrpura. La luna empezaba a brillar desde lo alto y la ciudad un poco más abajo. Con sus focos, sus luces de neón y sus pantallas invitándote a perder dinero, tiempo y esperanza.

El O Fortuna estaba alejado de la avenida principal, así que podíamos ver la aguja del Strat destacando en lo alto, la pirámide del Luxor o la Torre Eiffel del París Las Vegas. Llevábamos cuatro días encerrados y la noticia habría corrido como la pólvora, pero la ciudad seguía adelante sin importar qué. Dudaba que el secuestro hubiera afectado a la afluencia del resto de los casinos y tenía claro que, de haber intentado hacerlo, la policía no habría sido capaz de cerrarlos. Al fin y al cabo, la finalidad de estos locales iba más allá de divertir y desplumar a los visitantes.

La Última Mano no era la única mafia del lugar.

Hacía varias horas que Boo había liberado la información sobre ese grupo criminal y su relación con Tiffany Whitmore. Pese a que el detective Frank Morales no volvió a ponerse en contacto con nosotros, a través de la ventana fuimos testigos de que tanto los periodistas como la policía parecían más agitados de lo normal. Koen creía que eso les concedería algo de tiempo y así se lo había hecho saber a Doc.

Tiffany Whitmore permanecía en silencio.

—¿No tenéis expertos en abrir cajas fuertes? —pregunté.

—Esto no es una película, Sav.

Koen y yo nos habíamos sentado en el suelo, de cara al cristal. Entre ambos había una botella de Lillet Blanc de la que íbamos dando sorbos. Nos habíamos bebido cerca de la mitad y empezaba a notar la lengua torpe.

Antes del vino, Koen había insistido en que comiera algo y me había conducido al sótano para que pudiera hablar con Trix a través de la puerta de la cámara acorazada. Seguía perfectamente, o eso me había asegurado. No me dijo que Honey era una mujer, lo averigüé por mi cuenta algo más tarde, pero sí que se estaba portando bien con ella y que no debía preocuparme. Quiso saber qué tal lo llevaba su madre y tuve que mentirle porque contarle que habían tenido que inyectarle un ansiolítico no serviría más que para hacerle daño. Creo que lo supo y que le alivió cuando le expliqué que al día siguiente la liberarían junto a Loretta Cruz.

A la vuelta fue cuando Koen me pidió que eligiera una botella, la que quisiera, y me llevó al mirador.

—¿Por qué estás siendo tan amable conmigo?

Cogió el vino y me miró con el rabillo del ojo mientras daba un sorbo.

—¿Por qué te extrañas? Ya me conoces. Tampoco es la primera vez que lo soy.

—No es verdad.

—¿Cuál de las dos afirmaciones estás negando?

—Ambas. Muchas veces has sido horrible y ya no te conozco.

—He tenido gestos buenos —se defendió.

—Me llenaste la cama de orugas. Su sonrisa comenzó a trepar.

—Lombrices. ¿Y qué me dices de cuando te regalé aquel libro en el aeropuerto?

El recuerdo me hizo resoplar y agarrar la botella con más fuerza de la necesaria.

—Lo leí más tarde, ¿sabes? En inglés. Y resultó que esa flor a la que decías que me parecía era insoportable. Me tomé como un halago tu insulto y no me di cuenta hasta mucho después de que habías vuelto a reírte de mí.

Intentó coger el vino antes de que volviera a depositarlo en el suelo y nuestras manos se tocaron. Estuve a punto de dejar caer la botella para alejarme rápido del contacto, pero sus dedos rodearon los míos como si fueran un cepo.

Lo miré con indignación.

—No era un insulto, Sav, aunque si no lo entiendes no voy a explicártelo. En cualquier caso, me conoces.

—Sé lo que fuiste, no lo que eres ahora. Suéltame. Lo hizo.

—Todo el mundo es la suma de su pasado. Igual que yo puedo anticiparte en base al tuyo, tú puedes hacer lo mismo. Por ejemplo, sé que nunca reconoces que te has equivocado, pero cuando asumes que lo has hecho te vuelves mucho más amable para compensar lo que sea sin palabras. Sé que los motivos principales de tu mal humor son el hambre y el calor.

—Y tú —interrumpí.

—Cierto. También sé que eres patológicamente incapaz de pedir ayuda. Que puedes ser cruel, mucho más que yo, aunque por lo general eliges activamente no serlo. Que odias que te digan lo que has de hacer y que eres capaz de cometer verdaderas gilipolleces con tal de llevar la contraria. Y sé que eres generosa —concluyó, para mi sorpresa—. No tanto como querrías y mucho más de lo que merece la mayoría de la gente que te rodea.

Rehuí la intensidad de sus ojos y dirigí los míos hacia la ciudad que había a nuestros pies. Sus luces me recordaron al muelle de Santa Mónica aquella noche en la que nos besamos por primera vez. Al margen de lo relacionado con la generosidad, de lo que no estaba tan segura, tenía razón con el resto de sus afirmaciones. Achaqué al alcohol que no me molestara tanto como debería.

Le dije al cabo del rato:

—He podido cambiar.

—Pero no lo has hecho.

—Han sucedido muchas cosas en mi vida desde que no estás. Pasé unos años fuera de casa, en la universidad, donde…

—En Stanford. Ya.

Me volví hacia él de golpe y estudié sus ojos y el lateral de su boca antes de afirmar:

—Me has investigado.

—Siempre he sabido dónde estabas, ya te lo dije.

—¿Eso quiere decir que me espiabas?

Se pasó la lengua por la comisura de la sonrisa.

—Sencillamente me crucé contigo.

—¿Cuánto?

—Poco.

—¿Cuántas veces, Koen? —insistí.

—Siete.

—No me lo puedo creer.

—Oh, sí que puedes.

—¿Por qué lo hiciste?

—Por el mismo motivo por el cual tú no te has quitado el anillo que te regalé, supongo. Te vi con él, ¿sabes? Las siete veces. ¿De verdad no lo quieres de vuelta?

Volví a enfocarme en las luces mientras trataba de digerir la información.  ¿Estaba  enfadada?  Sí.  ¿Sobrecogida?  Por  supuesto.

¿Conmovida? También. Y me sentía absurda por ello. Debía de estar perdiendo la cabeza, era la única explicación posible para que no tuviera ganas de volver a morderle con todas mis fuerzas.

Apreté con el pulgar la uña que me había arrancado. Buscaba que el dolor me devolviera la cordura, que me recordara lo mal que me lo había hecho pasar Koen antes y después de que nos separáramos. No dio resultado. Porque recordaba muchas de las ocasiones en las que lloré por su culpa, pero también en las que sentí otras cosas. Euforia, gratitud, admiración. Incluso amor. Mi incapacidad para aislar solo lo negativo me frustró tanto que quise gritar.

Bajé la vista y me percaté de que su mano estaba a escasos centímetros de la mía. Antinaturalmente quieta. La examiné con atención, adivinando lo distinta que se sentiría su palma sobre mi mejilla después de una década. Por el tamaño, por las durezas y por los secretos que escondían sus cicatrices. Tenía muchas, blancas y pequeñas en su mayoría.

—No es justo —murmuré sin pensar.

—¿El qué?

—Que sepas qué he hecho a lo largo de estos años. Así es fácil que seas capaz de anticiparme. A mí me falta información para entender en qué te has convertido.

Su dedo meñique sufrió un pequeño espasmo, como si quisiera aferrarse a algo.

—Pregúntame, entonces.

Lo miré con desconfianza, tratando de adivinar dónde estaba la trampa.

—¿Lo que quiera?

—Lo que quieras.

—Muy bien. Cuéntame lo que pasó desde que saliste del orfanato hasta que decidiste secuestrar el O Fortuna.

Soltó una carcajada y dio un par de sorbos antes de asentir.

—Tenemos tiempo, pero no tanto, así que tendrás que conformarte con la versión corta. Bueno, lo primero, los hogares de menores de Alemania no son orfanatos. Se parecen, pero no es lo mismo. Me marché en cuanto cumplí los dieciocho y, como no me quedaba nada en Múnich, decidí venir aquí. Pasé dos años dando vueltas por el país, hasta que a los veinte estuvieron a punto de matarme de una paliza.

Extendí la mano izquierda para que me pasara la botella y bebí a la espera de que continuara.

—Sucedió en Jersey City. Necesitaba dinero, así que robé una caja de analgésicos, los trituré e hice pasar el polvo por cocaína para vendérselo a unos tipos. Aprendí el truco de un DJ cuando todavía no había salido de Europa. Estaban con el mono y se metieron una raya en el momento, así que no tuve tiempo de escapar antes de que se dieran cuenta. Se me dan bien las peleas, me acostumbré a ellas en el hogar de menores, pero eran cinco y tenían navajas. Ese tatuaje de mi espalda que tanto odias cubre varias de las cicatrices que me dejaron.

—No lo odio, tan solo lo considero horrible.

—Es bueno saberlo. Esa noche me salvaron los que después se convertirían en mis mejores amigos.

—¿Quiénes?

—Una pareja galesa. Ellos también habían emigrado a Estado Unidos hacía relativamente poco, pero se ganaban la vida de manera más…, digamos honorable que yo. Ella, al menos. Él dejó la carrera de Medicina a medias en Cardiff y curaba a gente que por un motivo u otro no podía acudir al hospital. Por lo general eran personas con pocos recursos, aunque de vez en cuando se ocupaba de descarriados como yo. Espantaron a los yonquis amenazándolos con llamar a la policía y me llevaron a su piso de mala muerte. No te haces una idea de cómo era, Sav. Te habría dado algo. La mitad de grande que nuestra habitación de hotel y sin más separación entre estancias que un par de cortinas andrajosas. Y, sí, estoy incluyendo el baño.  Vivíamos  con  un  gato  que  cazaba  a  las  cucarachas  y  huía

despavorido de las ratas. Se llamaba Algodón y era malo como un demonio.

Soltó una carcajada y miró hacia arriba. Por la sonrisa nostálgica que esbozó, adiviné que lo echaba de menos.

—Entonces, ¿te salvaron y te quedaste a vivir con ellos? ¿Así de fácil?

—Así de fácil. Él estuvo gran parte de la noche remendándome. A la mañana siguiente, antes de que despertaran, limpié la casa lo mejor que pude y les conseguí un desayuno de lujo para agradecérselo.

—¿Cómo?

—Robándolo, por supuesto. —Tras una carcajada, volvió a beber un poco de vino—. Les pareció gracioso. Luego me hicieron las preguntas típicas: de dónde venía y adónde iba, quién fui y quién pretendía ser. Las respondí y me propusieron que me quedara con ellos. A mí también me sorprendió —dijo al fijarse en mi expresión—, ¿sabes por qué?

—¿Por qué?

—Porque a las malas personas nos cuesta comprender la generosidad y el desinterés de las buenas. No me exigieron nada aparte de que colaborara en la medida que pudiera, ni siquiera se enfadaban cuando seguía metiéndome en peleas por llevar muy lejos algún timo. Eran perfectos. Demasiado para su propio bien.

El cambio de tono fue evidente.

—¿Murieron?

—Ella sí, él casi.

—¿Qué pasó?

—Que ella se llevó su corazón y, aunque siguió viviendo pese a eso, él nunca volvió a ser el mismo.

Empecé a despegar la etiqueta de la botella con la uña, incapaz de mirarlo mientras decía:

—Lo lamento.

—Este es el motivo, entre otras cosas, de que esté siendo amable contigo. Sé lo que se siente al perder a tu mejor amiga y no voy a dejar que te suceda lo mismo.

—Quiero seguir preguntándote. —Levanté la vista para comprobar que asentía, invitándome a ello—. ¿Qué te llevó de Jersey City a Las Vegas?

—Vinimos a Nevada los tres juntos. Nos mudamos a Henderson por sugerencia de ella, de hecho. Trabajaba de camarera en bares de mala muerte,  pero  quería  ser  artista.  Cantante.  No  consiguió  ninguna

oportunidad en Nueva Jersey y aquí es más fácil probar suerte. A los dos nos pareció bien, en especial a mí: en pocos sitios es más sencillo timar a la gente que en una ciudad a la que se acude precisamente para ello.

—¿Logró ser artista?

—Siempre lo fue —respondió de manera sorprendentemente dulce—.

Lo que no logró fue que se dieran cuenta otras personas.

Abrí los ojos desmesuradamente.

—Te gustaba. Ella, la novia de tu amigo. Koen encogió los hombros y aclaró:

—Me enamoré de ambos. De manera más platónica que romántica, pero lo hice.

—¿Estabais… los tres juntos?

—No. Pero un día… —Fui incapaz de distinguir la forma de la sonrisa que esbozó porque bajó la cabeza casi de inmediato—. Fue solo una noche. ¿Te molesta?

—¿A mí? En absoluto —respondí con altivez, ignorando el pellizco en el corazón—. ¿Planeaste esto tras la muerte de tu amiga? ¿Habías hecho algo parecido antes?

—Empecé a planearlo antes y modifiqué el plan después. Y, no, jamás había hecho algo tan a gran escala.

—¿A qué te dedicabas, entonces?

—Robaba y timaba a la gente, que es casi lo mismo pero con labia de por medio. Se me da muy bien.

—Me hago una idea. ¿Por qué el O Fortuna? Rio por lo bajo y continuó:

—Era nuevo y siempre es más sencillo montar algo así cuando los dueños son inexpertos. Gracias a un chivatazo, conseguí información valiosa, como que la empresa de tu padre se encargaba de la seguridad.

—¿Qué tiene eso que ver? Él no tendría por qué haber estado en el edificio. Dijiste que la idea inicial iba a ser organizar el atraco una semana más tarde, que lo adelantasteis a última hora.

—Así es. Que tu padre estuviera en el edificio fue un regalo. Originariamente solo quería joderle un negocio y, si podía, relacionarlo con el atraco para inculparlo.

Le di un sorbo a la botella en lugar de confesarle que, en cierta manera, me parecía justo.

—¿Y bien? —dijo al cabo del rato—. ¿Ya tienes información suficiente para afirmar que me conoces? ¿Qué más necesitas? —añadió cuando hice un gesto de negación.

—¿Dónde has aprendido a lanzar cuchillos? ¿Y a disparar? Si es que sabes hacerlo.

—Te aseguro que sé. Y… mis padres tenían una empresa de armamento, Savannah. Sin contar con que viví durante dos años prácticamente en la calle.

—Hablando de armas, ¿de dónde las habéis sacado? No entendí su carcajada hasta que confesó:

—Precisamente de la empresa de mis padres.

—¿Cómo…? ¿Habéis robado en Waffen von Ackermann?

Asintió y estuve a punto de sonreír. Me mordí la cara interna de las mejillas para evitarlo.

El calor que se me había instalado en el estómago hacía rato me recorrió con pereza las articulaciones, extendiendo por ellas un hormigueo ni agradable ni desagradable. Cerré los ojos durante unos segundos y noté la cabeza ingrávida, como si se me hubiera llenado de helio. También sentí los párpados pegajosos.

La siguiente pregunta no la mandó mi cerebro y me hizo cosquillas en la lengua al salir:

—¿El rojo sigue siendo tu color favorito?

—No, ahora es el negro.

—¿Has tenido alguna relación?

—He follado, si es lo que me estás preguntando.

—No te estaba preguntando eso.

—En ese caso, no. Tú has sido la única.

Olvidé morderme el interior de las mejillas, así que sonreí.

CÁMARA DE SEGURIDAD DEL O FORTUNA

Planta 4 (izqd.), mirador 16/03/2026

20:33:16

Fox permaneció en la misma posición, igual de inmóvil que una estatua, durante treinta y tres minutos exactos. Estaba incómodo pese a seguir sentado en el mirador y la culpa la tenía su hombro izquierdo: ligeramente encorvado hacia delante y cargando con el peso de la cabeza de Savannah Price.

La rehén dormía debido al vino y, seguramente, al cansancio y estrés acumulados durante esos días. Su respiración era regular, ligeramente silbante. Tenía la boca entreabierta, algo que Fox fue capaz de apreciar gracias a su reflejo en el cristal.

El hombre había dedicado cada segundo de esos treinta y tres minutos a contemplar ese reflejo.

Alguien abrió la puerta. Fox giró la cabeza con cuidado de no despertar a Savannah. Al ver que se trataba de Boo, se llevó un dedo a los labios para pedirle silencio y aguardó hasta que arrastró la silla hacia ellos. Una vez ahí, examinó con atención la escena y susurró:

—Honey tenía razón.

—¿Respecto a qué?

—Sigues enamorado de ella.

—Es complicado.

—No lo es.

—Tienes catorce años, ya lo entenderás. O no.

Ojalá no lo hagas.

—¿Por qué?

—Porque es muy fácil ser infeliz cuando quieres a alguien de esta manera. ¿Qué necesitas?

Boo hizo un gesto para señalar a Savannah:

—¿Está bien?

—Sí. Borracha. Dime.

—No he conseguido hackear el sistema que controla la puerta de la cámara. —Su voz se arrugó como si fuera una bola de papel—. Se van a morir. Por mi culpa.

Fox negó con suavidad.

—Has hecho lo que has podido. Más, incluso. Ve a dormir. Se me ha ocurrido algo, pero prefiero proponérselo a Honey después de que descanse un poco. ¿Le pides a alguien que baje a avisárselo?

—¿Qué vas a hacer tú?

—Voy a la habitación. Llamadme por radio si sucede cualquier cosa.

De nuevo a solas, acercó la mano libre a la cara de Savannah. Sus dedos titubearon durante unos segundos, sin llegar a rozarla, hasta que se armaron de valor y recogieron con sumo cuidado uno de sus mechones. Lo colocó detrás de la oreja y aprovechó para acariciarle el lóbulo antes de apartarse.

—Sav —susurró—, tenemos que irnos.

Como ni se movió ni dio muestra alguna de haberle oído, decidió cogerla en brazos. No fue fácil por culpa de las esposas, de los sentimientos y de las repercusiones, pero, cuando lo consiguió, giró el cuello para observar la cara de la muj er, sonrió y reconoció:

—Estoy jodido.

31

Martes, 17 de marzo de 2026, 02:07

Me estaba costando despegar los párpados. Sentí que me pesaban una tonelada, igual que el resto del cuerpo. También sentí la boca pastosa, la mente llena de nubes y un dolor punzante a la altura de las sienes.

Antes de abrir los ojos traté de averiguar dónde me encontraba gracias al resto de mis sentidos. La superficie sobre la que permanecía tumbada de costado era blanda. Una cama, probablemente la de la habitación del hotel. Tenía calor, aunque no hasta el punto de resultar desagradable. El culpable era un cuerpo que conocía bien, aunque no a tan escasa distancia y en ese punto de mi vida. Koen estaba frente a mí, respirando contra mi frente a intervalos regulares. Casi dormido. Sabía que no lo estaba completamente porque me acariciaba. Había rodeado mi cintura con un brazo y su mano se deslizaba por mi columna. Arriba y abajo, abajo y arriba. El roce era suave, tanto que podría haber pensado que eran imaginaciones mías si no hubiera sido porque estaba cambiando demasiadas cosas.

Tenía las manos colocadas sobre su pecho y sentía su corazón rebotándome contra las palmas. Como si fuera un poco de ambos. Nuestras piernas estaban enredadas, igual que mis ideas, y decidí deshacer los nudos que pudiera antes de abrir los ojos y enfrentarme a lo que estaba pasando entre los dos.

Me resultaba estúpidamente fácil enamorarme de Koen Ackermann. Lo había hecho una vez y podía repetir el mismo error mil más sin que él

tuviera que esforzarse siquiera porque estaba en lo que había sido, en lo que era en ese momento y en lo que irremediablemente sería.

Creo firmemente que hay personas que nos pertenecen. No me refiero a que sean nuestra otra mitad, sino una consecuencia de nuestras acciones. O una respuesta. «Koen» era el resultado de todos los pasos que me habían conducido a ese momento; un axioma, ni bueno ni malo, pero irrefutable. Lo llevaba por dentro, calentando varios grados mi riego sanguíneo y electrificándome el sistema nervioso, quitándoles el polvo a los recuerdos que teníamos juntos y haciendo hueco a patadas para los que estaban por venir.

Por eso debía seguir corriendo sin mirar atrás, porque si me detenía aunque fuera un segundo, si me rendía, ¿qué me esperaba? Tendría que renunciar a todo, y no me refería solo a la empresa y al resto de mi herencia, sino a mi vida tal y como la conocía.

A Trix.

A la libertad.

Era una locura. Con independencia de los consejos que hubiera recibido y de las ganas que tuviera de cerrar los dedos en torno a su corazón, ni yo podía adaptarme a él ni él podía adaptarse a mí. Después de lo que había hecho en el O Fortuna, solo podría acabar muerto, en la cárcel o huyendo. Y ni siquiera este último escenario me resultaba aceptable.

Daban igual las esposas y lo mucho que repitiera que debía acompañarlo para asegurarse de que no lo delatara. Jamás lo haría. Ni lo uno ni lo otro. Si Koen sobrevivía, y esperaba que así fuera, desaparecería otra vez.

Y no permitiría que volviera a llevarse una parte de mí con él.

Abrí los ojos y lo primero que vi fue su cuello. Estiré el mío hacia atrás para fijarme en su cara. Alertado por el movimiento, parpadeó varias veces, despacio, tratando de ubicarse.

—Te quedaste dormida y te traje a la habitación.

—Quítame las manos de encima. —Si le sorprendió la calma con la que se lo pedí, no lo demostró.

—Vale. —Apartó el brazo que tenía sobre mi cintura—. Tú puedes dejar las tuyas donde están, no me molestan.

Lo ignoré, aunque continué tumbada frente a él.

—Se te da fatal beber —dijo al cabo del rato.

—No es cierto. Se me da demasiado bien, por eso procuro no hacerlo.

Sonrió. Se había quitado la máscara, las botas y el chaleco antibalas, pero seguía llevando los pantalones. La luz estaba encendida.

—¿Qué hora es?

—Las dos de la mañana —respondió tras echarle un vistazo a su móvil

—. Y antes de que me lo preguntes: no, no nos hemos acostado.

—No iba a preguntarte eso. —Soltó una carcajada por lo bajo, evidenciando que me estaba tomando el pelo—. ¿Hay noticias de Trix y Honey?

—No. Doc ha ido a verlas y parece que todo está bien.

—¿Pero? —adiviné.

—Pero tu amiga empieza a tener sed.

—¿Mucha?

—Dice que no.

—Quiero bajar a hablar con ella.

—Es mejor que lo dejes para cuando amanezca. Les he pedido que descansen todo lo posible. De un modo u otro, mañana vamos a abrir esa cámara y es mejor que no se caigan de sueño.

Cambió la postura, colocándose bocabajo con la cabeza girada hacia mí. Nunca había visto tan de cerca el tatuaje de su espalda. Me apoyé sobre los codos y lo examiné con atención.

—¿Te sigue pareciendo horrible? —quiso saber.

—Muchísimo. ¿Te dolió?

—Muchísimo.

—Entonces, ¿por qué te lo hiciste?

—Porque hay cosas, sobre todo las que son para siempre, que merecen el sufrimiento.

Sentí sus ojos acariciándome la cara, llamando a gritos a los míos. Los ignoré y continué centrada en la tinta.

—¿Qué significa?

—¿Por qué crees que significa algo?

—Porque no tienes más. La gente a la que sencillamente le gustan los tatuajes y está dispuesta a hacerse uno así de grande suele tener el cuerpo lleno. Y empezar por un diseño más sutil.

—Tiene sentido —concedió—. De acuerdo, te lo diré, pero a cambio quiero que me cuentes tú algo.

—¿No te cansas de ese juego?

Notar su risa a través de la contracción de los músculos de su espalda fue una experiencia completamente nueva. Sentí el impulso de seguir el movimiento con la mano. De arañarlo.

—Tenemos que recuperar el tiempo perdido —respondió—. ¿Trato? Resoplé.

—Solo si merece la pena tu respuesta.

—Es justo, aunque no sé si lo conseguiré. El tatuaje representa a un monstruo intentando salir de mi interior… Me duele tu cara de decepción.

—¿Tanto como te dolió hacerte esa aberración?

—Casi. Sobre todo porque no he terminado.

—De acuerdo, continúa.

Sin pedir permiso y con la excusa, endeble como mucho, de que estábamos hablando del tema, repasé el diseño con la yema del índice. Koen se quedó muy quieto, ni siquiera respiraba, y quise decirle que no iba a asustarme, daba igual lo que hiciera, porque estaba decidida a seguir corriendo sin mirar atrás. Que con ese roce solo pretendía llevarme un recuerdo. Quitarle yo algo en lugar de dejar que lo hiciera él.

—¿Koen?

—Todos tenemos el potencial para convertirnos en monstruos — prosiguió con la voz más grave. Su frase me reverberó en los dedos y viajó hasta mi columna vertebral—. Incluso las mejores personas. Lo que las distingue de las peores, de hecho, es la elección activa, constante e inconveniente, de ser buenas. Ser bueno por encima del propio egoísmo y de la crueldad que te espera como respuesta en la mayoría de los casos es revolucionario.

—¿Dónde aprendiste eso?

Cuando rio sentí el impulso de cerrar la mano por si podía guardar en el puño una de sus carcajadas. Sería algo bonito que conservar una vez que nos separáramos.

—Me lo enseñó la novia de la mujer que me tatuó, de hecho.

—Entonces no te hiciste el diseño por eso, sencillamente encontraste la explicación después.

—No exactamente. Cogí prestada la idea porque supo poner en palabras mejor que yo lo que sentía, pero es básicamente eso. El diseño hace referencia a mi propio monstruo saliendo a la superficie: todo el mundo puede verlo porque se me da mal ocultarlo, y si me descuido conseguirá terminar de abrirse paso.

Cerró los ojos cuando recorrí el borde exterior del tatuaje.

—¿Te consideras mala persona? —quise saber.

—Buena desde luego que no. Creo que, si pusieras a un lado de la balanza mis pensamientos e impulsos negativos y al otro los positivos, pesaría más lo malo, pero no por mucho. ¿Tú qué crees?

—¿Respecto a ti o respecto a mí?

—Ambos.

El dorso de mi mano rozó su pelo cuando repasé las líneas de tinta de la nuca.

—Yo no habría sido capaz de organizar todo esto, poniendo en peligro a tanta gente, solo por el deseo de vengarme. —Por su sonrisa adiviné que era la respuesta que esperaba. Lo sorprendí cuando añadí—: Pero fui capaz de darte la espalda cuando me necesitabas. Así que supongo que no debemos de ser muy diferentes.

—¿Esta es tu manera de pedir disculpas?

—No.

Rio en silencio y, agotada hace tiempo la excusa para tocarlo, acabé apartando la mano.

—¿Mi explicación sobre el tatuaje te ha parecido suficiente? —Me costó entender a qué se refería hasta que aclaró—: Para intercambiarla por uno de tus secretos.

—Supongo que sí. ¿Qué quieres saber?

—Lo que quieras contarme.

Sus ojos recorrieron mis facciones con avidez, pero su sonrisa parecía tranquila. Amodorrada, incluso.

—Soy incapaz de volver a la playa de Santa Mónica —revelé sin pensármelo demasiado.

—¿Por qué?

—Porque no soporto la idea de que no sea tal y como la recuerdo.

—Vayamos un día.

Parecía hablar en serio. Y como yo podía ser cruel pero por lo general elegía no serlo, preferí no decirle que una vez acabara el atraco, daba igual el modo en el que lo hiciera, no volveríamos a vernos jamás.

No sé cuánto permanecimos en silencio. Debió de ser mucho porque los ojos empezaron a cerrárseme por el sueño y porque me dio tiempo a llegar a la conclusión de que conocía a ese hombre.

El nuevo Koen, Fox, era la suma del viejo aderezado con un puñado de malas decisiones y con la necesidad de arreglar algo irremediablemente roto. Fox sabía más amargo en la lengua y cortaba si no lo manipulabas con cuidado, pero me veía capaz de anticiparme a él.

Por eso, cuando me tumbé hecha un ovillo y le dije:

—Siento haberte abandonado. Tuve claro que respondería:

—Lo sé. Te perdono.

CÁMARA DE SEGURIDAD DEL O FORTUNA

Sótano, cámara acorazada 16/03/2026

03:59:12

Daba igual lo que le hubiera dicho a Doc las veces que había bajado a preguntar por ella, Beatrix Van Alen estaba lejos de encontrarse bien.

El único color que tenía en la cara era el de sus ojeras. Hasta sus labios habían empalidecido. Además, tenía sed y que no parara de sudar no ayudaba en absoluto. También tenía miedo. Se notaba en el modo en el que se mordía los padrastros, en el que desviaba cada poco la vista hacia la puerta y en el que le temblaba el mentón.

—Intenta dormir —le recomendó Honey.

—Imposible.

También se notaba en que hablaba mucho menos.

Honey se levantó. Dejó atrás el chaleco antibalas, las botas y la máscara que se había quitado y se aproximó hacia donde Beatrix permanecía recostada contra la pared. Parecía una muñeca rota colocada de cualquier manera en la estantería. La atracadora se agachó hasta que los ojos de ambas estuvieron a la misma altura y se quitó la goma de pelo. El cabello negro, fino y liso le cayó por la cara y cubrió la mayor parte del rapado.

—Toma, la necesitas más que yo.

Beatrix cogió la goma y con la voz áspera preguntó:

—¿Sabes hacer trenzas? —Cuando la otra negó, sonrió apenas y dijo—: Joder, eres un cliché con patas.

Con esfuerzo, inclinó el cuerpo hacia delante y empezó a peinarse con los dedos para poder trenzarse el cabello ella misma. En lugar de volver a su sitio, Honey decidió sentarse a su lado.

—La semana pasada me lie con una muj er —soltó Beatrix de sopetón—, ¿quieres que te lo cuente?

—Deberías dormir.

—Pero no puedo, así que… La conocí en San Francisco. Lo acababa de dejar con su novio. Bueno, no era su novio, o eso decía. El caso es que follaban. Habían discutido por culpa de un programa de televisión en el que participó él. Este de la isla que salió mal hace poco, ¿sabes de cuál te hablo? Murieron dos personas y hasta hace nada estaba en todas las noticias.

—Lo vi.

—Pues eso. Estaba soltera y nos liamos. Nunca lo había hecho con una muj er.

Honey la miró de soslayo.

—¿Por qué me lo cuentas?

—No sé. Para que me des un consejo o algo parecido. Tú eres la experta.

—¿Consej os sobre qué? ¿Quieres salir con ella?

—No,  es  demasiado  complicada.  Es  actriz,

¿sabes? Y no me fío de que no vaya a volver con ese otro tipo. Quiero que me expliques qué significa que me gustara que nos enrolláramos.

A Honey se le escapó una risa floja. Subió las

rodillas,  colocó los  antebrazos  sobre  ellas  y

esperó a que  Beatrix se  anudara la goma al extremo de la trenza antes de responder:

—Significa que te atraen las muj eres. No tiene

mucho misterio.

—No soy tonta. Me refiero a que si eso me convierte en lesbiana o algo así.

—Depende. ¿Qué sientes por los hombres?

—Desprecio.

La risa floja se convirtió en una carcajada en toda regla que provocó que Beatrix sonriera satisfecha.

—¿Algo más? —insistió Honey.

—Pues no lo sé. Pensé que tú eras uno y la idea no me parecía incómoda. Es verdad que has resultado ser una muj er, pero ¿qué significa que no habiéndome dado esa impresión y teniendo un aspecto muy…, no sé, masculino o como quieras decirlo, me llamaras la atención?

—No lo tengo claro.

Beatrix se cruzó de brazos, molesta.

—No me estás ayudando una mierda.

—Lo siento. De todos modos ¿por qué necesitas resolver tu orientación ahora mismo? El autodescubrimiento puede ser un proceso larguísimo. Y cambiante.

—Ya. ¿Tú cuándo te diste cuenta?

—A los doce años.

—¿Ves? —se ofuscó Beatrix—. ¡ Llevas un montón

de tiempo sabiendo quién eres!

—Lo que eres va mucho más allá de quién te atraiga. No tengas prisa… Eh, ¿estás bien? — preguntó con sorpresa cuando se dio cuenta de que la otra estaba llorando.

—No quiero morirme sin saber algo tan básico.

—Beatrix, no vas a morirte.

—Sí. Savvie tenía razón, debería haberme marchado de aquí cuando tuve la oportunidad. ¿Qué

más da que me aburriera en casa? ¿Que me sintiera encerrada? Es mej or eso a morir asfixiada. O de sed. O de cetoacidosis.

—No vas a morirte —repitió Honey—, pero conozco un truco que puede ayudar a que no te rindas. Respira hondo.

—¡ Eso es una…!

—Hazlo tres veces y te lo contaré.

Beatrix siguió sus instrucciones. Cuando ya no parecía estar a punto de sufrir un ataque de pánico, Honey continuó:

—Cierra los ojos y piensa en todo aquello que te queda pendiente. En lo que debes y en lo que jamás te has atrevido a hacer. Imagínate abrazando a tu madre, por ejemplo, y demostrándole al resto del mundo que eres más inteligente de lo que creen. Si en algún momento se te ha pasado por la cabeza estudiar una carrera o confesarle tus sentimientos a una persona, visualízate haciéndolo también. Permítete soñar con todo aquello que provocaría que fueras capaz de morir sin arrepentimientos.

¿Lo tienes?

Beatrix fruncía el ceño, demostrando lo concentrada que estaba en la tarea. Asintió sin despegar los párpados.

Honey prosiguió:

—Ahora prométete que harás lo que esté en tu mano para sobrevivir y cumplir todas aquellas cosas en las que has pensado. Que tu corazón no se parará hasta que esté satisfecho.

—Es un buen truco —reconoció la rehén cuando volvió a abrir los ojos. Se la notaba más relajada aunque siguiera teniendo mal aspecto por la falta de insulina—. ¿Has tenido que usarlo muchas veces?

—Sí.

—¿En otros atracos?

—No. Antes… —Calló, dubitativa—. Tuve un trabajo incluso más peligroso que este.

—¿Cuál? Puedes decírmelo, ¿vale? Prometo no contárselo a nadie. Yo te he dicho lo de Heather.

—¿Quién?

—La muj er con la que estuve.

Honey esbozó una sonrisa minúscula.

—No creo que sea igual de arriesgado.

—Míralo de esta manera: puedes hablarme de lo que te dé la gana para pasar el tiempo y, no sé, distraerte del lío en el que estamos metidas. Si no conseguimos salir de aquí, moriremos, así que no habrá problema. Y si salimos… puedes elegir confiar en mí o silenciarme.

—¿Silenciarte?

—Exacto. Como en las películas.

—¿Te refieres a que te asesine o te corte la lengua?

—Preferiría que me chantajearas,  la verdad.

Pero, sí, eso también.

Se observaron en silencio cerca de un minuto,

evaluándose. Finalmente, la atracadora dijo:

—Era marine.

—¡ Joder! Aunque tiene sentido. Por lo del peligro y por lo de tu… —Movió la mano para señalarla, sin encontrar las palabras—. ¿Y cómo acabaste aquí?

—Abandoné hace unos años. —Parecía que fuera a dejarlo ahí hasta que acabó añadiendo—: Maté a un hombre.

—¿En una misión?

—No.

—¿Qué hizo?

—¿Por qué das por hecho que hizo algo? Quizá él fuera buena persona, quizá yo perdiera la cabeza.

Beatrix recogió las piernas, se abrazó a ellas

y respondió con sencillez:

—Quiero creer que no.

—¿Y ya está?

—Y ya está. A lo mej or me estás mintiendo. Si es así, dudo que lo averigüe nunca, pero espero que no. Así que, eso, ¿qué hizo?

—Es complicado.

—Da igual, seré capaz de seguirte —respondió con un asomo de burla—. Empieza por el principio.

—Mis padres desaparecieron en cuanto cumplí los dieciocho. Él bebía demasiado y ella se consumía de formas todavía peores, así que lo consideré algo bueno. Decidí meterme en los marines para hacerme cargo de mi hermana, que tenía dieciséis y seguía estudiando. No fue fácil. Conseguí pagar el alquiler de un cuchitril y durante un tiempo de verdad creí que podría funcionar. Que saldríamos adelante.

—¿Qué sucedió?

—Pasaba mucho tiempo fuera de casa por el trabajo. En el piso de arriba vivía una anciana a la que solía pedir que echara un ojo a mi hermana de vez en cuando. Boo vivía con ella, aunque yo no lo supiera.

—¿Era su abuela?

—No tengo ni idea. Creo que no.

—¿Cómo no vas a saberlo? —preguntó Beatrix, extrañada.

—No sé quién fue Boo antes de que nos conociéramos, solo sé quién es ahora, y con eso me basta.

—Entiendo. Creo. Aunque a mí me picaría la curiosidad. ¿Cómo sigue tu historia?

—Mi hermana heredó los rasgos de mi madre y, por desgracia, cayó en las mismas adicciones. Empezó a los diecinueve y fue cada vez a peor.

Tuve que pedir permisos decenas de veces para sacarla de algún lío o ayudarla a limpiarse. Siempre en casa porque no teníamos dinero para pagar una clínica. Hasta que un día recibí un mensaj e de un número desconocido. Era extrañamente telegráfico y me pedía que regresara lo más rápido que pudiera porque mi hermana estaba en peligro.

—El hombre al que mataste hace su aparición ahora, ¿verdad?

—Exacto. Era su camello. Llevaban unos meses saliendo juntos y, además de drogarla, la maltrataba. Cuando entré por la puerta, la vi tendida en un sofá con una aguja colgando del brazo y la nariz chorreando sangre sobre la moqueta. Ni siquiera parecía ser consciente de que la tenía rota. El tío estaba ahí. —La mandíbula de Honey se tensó casi tanto como sus puños. Prosiguió con la vista perdida—: Lo hice con las manos. Él tenía una navaja. Se la quité y la arrojé a un lado porque no quería que fuera rápido. No se lo merecía.

—Lo entiendo. ¿Qué pasó después?

—Boo llamó a la puerta. No tendría que haber abierto: estaba cubierta de sangre y había un cadáver en el suelo. Ni siquiera lo pensé. Iba en piloto automático. Además, tenía que ayudar a mi hermana, no importaba lo que me sucediera a mí. Así que abrí y vi a Boo. Era tan joven y la silla de ruedas… —Negó con la cabeza—. Resultó ser quien me había avisado. Salvó la vida de mi hermana y la mía un poco después.

—¿Cómo?

—Contactó con alguien a quien había conocido por internet para que se deshiciera del cadáver, nos consiguió identidades falsas y metió a mi hermana en un centro de desintoxicación.

—¿Cómo? —volvió a preguntar Beatrix, anonadada.

—Tenía dinero en el banco. Probablemente lo hubiera conseguido de forma ilegal. Después de asegurarme de que mi hermana estaba a salvo y de que esa anciana con la que vivía seguiría echándole un ojo e informándome de sus avances, Boo me dijo que tenía que marcharse a otro lugar y que yo también debería. No podía volver a los marines, eso por descontado, y si me quedaba lo más probable es que la policía o los socios del camello al que asesiné acabaran dando conmigo, así que nos fuimos.

—¿Te marchaste junto a Boo? ¿Sin más?

—¿Por qué no? Se lo debía por habernos ayudado

tanto. Y jamás me he arrepentido.

Beatrix guardó silencio, asimilando toda la historia, hasta que dijo:

—Gracias por habérmelo contado. ¿Vas a silenciarme si logramos salir de aquí?

—Todavía lo estoy decidiendo. Duérmete, anda.

Puedes apoyarte en mi chaleco si quieres.

—¿Y en tus piernas?

—Como prefieras.

DÍA 5

17 de marzo de 2026

Departamento de la

Policía Metropolitana de Las Vegas

Quinta hora del interrogatorio

—Antes de proseguir con las preguntas quiero que observe unos extractos de vídeo.

El detective desbloqueó el iPad, lo giró en la mesa para colocarlo de cara a Savannah, estiró el brazo y le dio al play.

En el primero, que duraba cerca de un minuto, ella aparecía dormida sobre el hombro de Fox.

El segundo, más o menos igual de largo, los mostraba con las manos entrelazadas. La imagen había sido manipulada para agrandarla porque la cámara que los grabó debía de estar demasiado lejos y en mal ángulo. Había un círculo rojo que enmarcaba el gesto para que no cupiera duda de la infracción.

El tercero era el más corto y también el peor. En los cuatro segundos que duraba podía vérselos en la sala de las ruletas. Fox cogía en volandas a Savannah, la colocaba sobre una de las mesas y colaba una mano bajo su vestido. Tras cerrar los ojos, ella le susurraba algo al oído. Inmediatamente después, el hombre lanzaba uno de sus cuchillos contra la cámara que los enfocaba y se perdía la imagen.

—¿Qué tiene que decir a esto, señorita Price?

La aludida, que no había variado el gesto en ningún momento, levantó los ojos marrones y observó al policía con incluso más dignidad que antes.

—¿Qué quiere preguntar?

Incómodo por mucho que tratara de disimularlo atusándose el bigote, Frank Morales se tomó su tiempo en recoger el iPad y decir:

—Es evidente que estableció algún tipo de relación con el hombre al que afirma no conocer y haber atacado en reiteradas ocasiones.

—Exacto.

El silencio que siguió fue tan denso que hasta la ayudante del detective carraspeó e intercambió el peso del cuerpo de un pie al otro.

—Entonces, ¿confirma que tuvo un romance con el criminal conocido como Fox?

—No. Lo seduje, como ha podido ver —hizo un gesto hacia el iPad—, pero correspondía a una estrategia pactada previamente con Trenton. No había sentimientos de por medio. Por mi parte, me refiero.

—¿Y por la de él?

—Era un hombre muy pasional… Lo más probable es que se enamorara de mí. Eso fue lo que me dijo, al menos. Pretendía que huyéramos…

Dejó la frase en el aire cuando la ayudante del detective se acercó a él y le susurró algo al oído. El hombre arqueó las cejas con sorpresa y asintió varias veces. Después, le dijo a Savannah:

—Me acaban de comunicar que han encontrado el cadáver de Fox.

32

Martes, 17 de marzo de 2026, 08:47

Esa noche volví a soñar con él y esa vez sí que me pareció extraño porque lo metí dentro de un recuerdo que no le pertenecía. Era el día de mi graduación en Stanford y, como sucedió en la realidad, no estaba nerviosa pero sí decepcionada. Había conseguido ser la mejor de mi promoción y ni por esas mi padre me había felicitado al enterarse. De hecho, me advirtió de que no acudiría a la ceremonia porque tenía una reunión importante de trabajo. Ni siquiera me contestó cuando le pregunté si podía aplazarla.

Me encaminé al estrado cuando dijeron mi nombre y me recogí la toga con una mano al subir por las escaleras. En la realidad no pude evitar mirar hacia el público en busca de mi padre, deseosa de que hubiera cambiado de opinión a última hora o de que su negativa formara parte de un plan para darme una sorpresa. No estaba. Tampoco en el sueño, donde tuve el mismo impulso.

Quien sí que estaba era Koen. En lugar de ropa militar, llevaba un traje negro con una camisa blanca. Con el cuello abrochado hasta arriba y una corbata fina metida por dentro del chaleco. La americana descansaba en el respaldo de la silla y, aunque tenía las manos en los bolsillos, permanecía de pie. Era la única persona del público levantada. Me miró con esos ojos que dependiendo de cómo les diera la luz podían pasar por dorados, levantó más una comisura que la otra y movió los labios alrededor de una frase muda.

«Estoy orgulloso de ti».

Al despegar los párpados la mañana del quinto día de secuestro, con la respiración agitada y los pensamientos revueltos por culpa del sueño, lo primero con lo que me encontré fue con esos mismos ojos. Tenían un color menos onírico, más cobre que oro, pero su efecto en mí era el mismo. Después de tanto escarbar en mi interior, al fin habían encontrado las costuras con las que me había remendado después de separarnos. Y tiraba, tiraba y tiraba de ellas.

Estábamos casi en la misma posición que la noche anterior. Yo seguía en el lado izquierdo de la cama con el cuerpo hecho un ovillo, de cara a él, a menos de un palmo de distancia pero sin tocarnos.

Parecía despejado, lo que me llevó a pensar que había despertado hacía tiempo.

—¿Por qué me miras mientras duermo?

—También te miro cuando no lo haces. ¿Te molesta?

—Sí.

—¿Por qué?

Se me ocurrían un sinfín de respuestas: «Porque me siento desnuda cuando lo haces», «Porque me agobia que te decepcione lo que ves»,

«Porque me obligas a mirarte de vuelta»… Finalmente me decanté por:

—Porque no sé qué buscas.

Desde tan cerca, el recorrido que hicieron sus comisuras al ascender me resultó interminable. Subieron tanto que el vértigo se me agarró al estómago.

—Puedo decírtelo.

—Prefiero que no lo hagas.

Toda la cama tembló cuando se rio por lo bajo.

—Es asombrosa la capacidad que tienes para huir de las cosas, Sav. Nadie diría que soy yo el que lleva años escapando de la policía. Y hablando de las fuerzas del orden… Tenemos que levantarnos ya, son casi las nueve.

La burbuja estalló y me incorporé sobre los codos a toda prisa.

—¿Ya es tan tarde? ¿Cómo está Trix? Tengo que ir a verla, he dormido demasiado y…

—Está bien, Doc fue a comprobarlo hará media hora. Me ha llamado por radio. Pensé que te despertaría, pero ni siquiera te inmutaste. En cuanto recojamos las provisiones bajaremos a hablar con ella, te lo

prometo —aseguró, consciente de que estaba a punto de replicar—. Ahora no tenemos tiempo y es importante que actuemos con normalidad frente a la policía.

—¿Por qué?

—Porque van a pasar demasiadas cosas, ¿no lo notas? —Inhaló profundamente, como si pudiera oler la pólvora que en unas horas impregnaría todo el O Fortuna—. Vamos. Desayunaremos y nos ducharemos más tarde.

CÁMARA DE SEGURIDAD DEL O FORTUNA

Sótano, cámara acorazada 17/03/2026

09:09:44

La voz de Fox les llegó a través de la puerta de

acero reforzado de la cámara:

—Ya hemos intercambiado a las rehenes por los suministros y por el medicamento… Bueno, algo así.

Boo, que también había bajado al sótano gracias

a la ayuda de Copy, se rio mientras explicaba:

—Honey, ¿recuerdas la medicina rarísima que le pedimos a la poli? La que sugirió Doc que costaba una pasta y era imposible de conseguir. Dos millones cada pastilla. ¿Te lo puedes creer? Y Fox… —Tuvo otro ataque de risa—. Nos la podríamos haber quedado, ¿vale? Para disimular o algo. Pues no. Fox les ha dicho que la vendan y donen el dinero a un hospital que investiga el POTS. Y los periodistas ahí. Grabando y todo. Así que ahora no les queda más remedio que hacerlo. Ha sido genial.

Al otro lado de la puerta, Honey, que permanecía con un hombro y la cabeza recostados contra el metal, sonrió apenas y dio un golpe con los nudillos. Ese era el código que habían mantenido hasta entonces:  un toque  significaba

« sí», dos, « no».

—La prensa se ha vuelto loca con la información que difundió Boo sobre La Última Mano, pero la policía se ha negado a hacer declaraciones — prosiguió Fox—. No creo que sea algo malo para nosotros. No obstante, que Tiffany Whitmore tampoco haya abierto la boca… No podemos seguir esperando.

Dos golpes con los nudillos.

—¿Te has quitado la máscara?

Un golpe.

—En ese caso, puedes hablar. A este lado solo estamos Boo, Savannah y yo. Es de fiar —añadió, quizá a consecuencia de una mirada o gesto de Boo

—. Respondo por ella.

—Y yo —se sumó Beatrix con un hilo de voz.

Honey llevaba horas esforzándose para no dejar patente su preocupación, pero la rehén tenía muy mal aspecto. Había empezado a vomitar hacía poco y también a temblar, daba igual que la otra le pasara el brazo por encima en un intento de darle calor.

—Si no va a liberarnos Tiffany y vosotros tampoco podéis hacer nada —empezó a decir—, tendré que ocuparme yo.

Escuchó e ignoró el «¡ ¿Honey es una muj er?! » de Savannah Price y se centró en la respuesta de Fox:

—Eso era precisamente lo que te iba a sugerir.

Tus cosas están dentro, ¿verdad?

Honey miró hacia la bolsa abierta que permanecía en el centro de la cámara.

—Sí.

—¿Cómo de arriesgado es?

—Bastante —reconoció ella—, pero es preferible morir así. Al menos será rápido.

Savannah empezó a murmurar: «¿Morir? ¿Cómo que

morir?» , y Boo chistó para exigirle silencio.

—¿Cuándo quieres hacerlo? —preguntó Fox.

—Lo antes posible. Encárgate de avisar al resto. No puede quedar nadie en el sótano. No es seguro.

—¿Y en el vestíbulo?

—Supongo. Evitad la zona inmediatamente superior a la cámara por si acaso se hunde el suelo. Aunque dudo que me pase tanto.

—¡ Esperad! —exigió Savannah—. ¿De qué habláis? Honey era la de los explosivos, ¿no? ¿Os estáis refiriendo a poner una bomba? —Alguien golpeó el metal con violencia desde el otro lado, probablemente ella—. ¡ No vas a hacerlo con Trix dentro, ¿entiendes?! ¡ Trix! ¡ Estoy aquí! ¿Puedes escucharme? ¡ Negociaremos con la policía!

Honey cambió la postura, apoyando por completo la espalda contra la puerta y cruzando los brazos bajo el pecho. Observó a Beatrix, que sonreía apenas. Sus labios estaban secos además de faltos de color.

—No hay tiempo —le explicó a su amiga—. Saldrá

bien, Savvie.

—¡ No lo sabes!  —el grito se rompió hacia el

final, justo cuando empezó a llorar.

—Claro que lo sé. Todavía me queda mucho por hacer.

Honey le devolvió la sonrisa. Era igual de pequeña que las anteriores, pero mucho más cálida. La mantuvo mientras las lágrimas empezaban a deslizarse por las mej illas de la muj er rubia.

Al otro lado de la puerta, Savannah se desgañitaba. El sonido de su angustia fue alejándose a medida que Fox, con el que parecía estar forcejeando, la sacaba de ahí.

—Te quiero, Abby —dij o Boo. Se notaba que estaba haciendo el esfuerzo de mantener la voz de

una pieza, aunque hubieran comenzado a salirle grietas.

—Si algo sale mal, cuida de Sara.

—Cuídala tú. Es una gilipollas. Así que más te vale salir de ahí. Prométemelo. —Tras una pausa demasiado larga, exclamó—: ¡ Prométemelo!

—Lo intentaré.

—No me vale. Consíguelo. ¡ Copy! ¡ Ven a por mí!

Una vez que estuvo claro que no quedaban más personas al otro lado de la puerta, Honey se acercó a Trix, se sentó frente a ella y le preguntó:

—¿Estás preparada?

—Sí.

—¿Y tienes miedo?

—Sí, pero muy poco.

—Yo también.

33

Martes, 17 de marzo de 2026, 09:44

Estaba acostumbrada al miedo, por eso solía ser capaz de desdibujarlo de mi expresión. ¿La culpa, sin embargo? Rara vez había tenido que enfrentarla, así que los picotazos que notaba en el corazón hacían que quisiera doblarme en dos en el suelo y ponerme a chillar.

No conseguí lo primero porque Koen me sujetaba del brazo para que mis rodillas no cedieran, pero sí lo segundo. Grité, grité y grité. Frases que apenas tenían sentido y sobre todo el nombre de mi mejor amiga.

Era mi culpa que estuviera en peligro. De no haber sido por mí, lo más probable es que Trix no hubiera fingido estar desmayada para quedarse en el O Fortuna. ¿Y qué había hecho yo después? Abandonarla a su suerte. Qué conveniente me resultó pensar que estaría segura junto a dos criminales a quienes no conocía de nada. Tendría que haber insistido más en verla, o haberla convencido para que se alejara de Boo y Honey. Tendría, de hecho, que haberle exigido a Koen que la liberaran durante nuestras primeras negociaciones. Pero me centré en mí, siempre en mí, y esa era la consecuencia. El precio a pagar.

Había varios atracadores en el vestíbulo esperando a que Honey detonara la bomba. Algunos de ellos, como Doc, nos miraron mientras Koen me arrastraba hasta la sala de vigilancia que se encontraba detrás del mostrador de recepción. Cerró la puerta cuando entramos, asegurándose de girar el pestillo, y trató de llamar mi atención sujetándome por los hombros.

—Savannah, para. ¡Sav!

—Va a morir, va a morir y será mi culpa, va a…

En la estancia no había más que un perchero, una estantería de metal repleta de archivadores y un escritorio frente a una decena de pantallas. Como Boo era quien había pasado a controlar las cámaras de seguridad, estaban todas apagadas.

Koen me empujó hacia la mesa y me subió encima con un gesto rápido. Una vez que nuestras caras estuvieron exactamente a la misma altura, trató de capturar mis ojos con los suyos. Por lo general funcionaba, pero en ese momento me sentía tan lejos de allí que tuvo que obligarme a mirarlo sosteniéndome la cara con ambas manos.

Fueron sus palmas las que lograron que le prestara atención. O un pensamiento intrusivo relacionado con ellas, más bien. Algo así: «No son como hace diez años, abarcan más y tienen la capacidad de hacer mucho daño, pero de alguna manera las siento una consecuencia directa. La evolución lógica. Al fin lo entiendo».

La idea se fue tan rápido como vino y volví a lo que estaba a punto de pasar.

—Tienes que calmarte.

Además de apremiante, Koen sonaba preocupado. Me pregunté si también se sentiría culpable por haber antepuesto el plan a la seguridad de Honey y Trix.

El dorso de su mano hizo de tope para mis lágrimas.

—Está mal. Lo sé. Se lo he notado en la voz —gimoteé—. Necesita insulina o morirá. Pero si utilizan explosivos para salir también morirá. Va a morir y yo tengo la culpa.

—No va a morir —aseguró, aunque esa promesa no le correspondiera hacerla a él—. Honey es la mejor en lo suyo. La sacará de ahí.

—La he dejado sola. La he abandonado igual que te abandoné a ti. Y a mi madre. Siempre abandono a todo el mundo y…

Koen acercó tanto la máscara a mi cara que mis labios rozaron el borde metálico de la parte rota. Su boca, que estaba pocos centímetros por detrás, susurró:

—¿Y qué haces cuando te das cuenta de que te has equivocado? Te esfuerzas en compensarlo sin palabras. Así que hazlo, Sav. Compénsanos. Pero no te rindas.

Alguien intentó abrir la puerta. Al no conseguirlo, dio tres golpes con los nudillos y dijo desde el otro lado:

—Fox, ¿va todo bien? Está a punto de empezar. La voz pertenecía a Doc.

Los dedos de Koen se tensaron sobre mis mejillas solo un segundo.

Después, con una despreocupación muy bien impostada, respondió:

—¡Claro! Ya salimos.

Barrió mis lágrimas con los pulgares y me concedió unos segundos para recomponerme.

—¿Lista? —Negué y esbozó una pequeña sonrisa—. Es imposible estarlo en estos casos, pero ¿prefieres enfrentar lo que está a punto de suceder aquí encerrada lamentándote por algo que ya no puedes cambiar o ahí fuera por si hay algo que puedas hacer para ayudar?

—Fuera.

Tras un par de inhalaciones y exhalaciones profundas, bajé de la mesa y nos encaminamos hacia la puerta. En un momento dado nuestras manos se rozaron y estuve a punto de aferrarme a sus dedos, pero contuve el impulso apretando el puño y salimos al vestíbulo.

Fox se detuvo tras el mostrador de recepción, desde donde observé al resto. Doc, quien estaba más cerca, permanecía de pie junto a un maletín repleto de suministros médicos. La bolsa que tenían al lado Corazón, Copy y Paste, por el contrario, estaba cargada de mazos, picos y herramientas similares. Boo, a menor distancia del agujero que los demás aunque fuera quien menos posibilidades tenía de ayudar, vigilaba las cámaras de seguridad desde su ordenador.

—Si todo sale bien…, ¿qué puede salir mal? —preguntó Koen. Corazón fue el primero en responder:

—Al ser un espacio cerrado y diáfano no tienen la posibilidad de alejarse demasiado y tampoco dónde refugiarse. Lo positivo es que no hay muchos objetos que puedan salir disparados hacia ellos, pero los escombros… Los trozos de cemento o de metal que se desprendan de la puerta pueden golpearles o clavárseles. Eso sin contar con que haya un colapso estructural. Pero Honey es un profesional, así que dudo que pase.

La mano de Koen volvió a rozar la mía y tuve claro que lo había hecho a propósito. Para indicarme que seguía ahí, para tenderme una invitación o para ambas al mismo tiempo. En esa ocasión no me lo pensé y entrelacé mis dedos con los suyos. Los apreté tanto como la mandíbula, clavándole

las uñas no con intención de hacerle daño, sino para sentirme sujeta a algo. Sin quejarse, me devolvió el apretón.

—La presión es otro problema —continuó Doc—. Puede dañar o incluso destruir algún órgano interno. El ruido de la propia detonación afectará a los tímpanos. Por suerte, eso suele ser reversible.

El roce de su pulgar sobre el dorso de la mano fue lo único que consiguió que no volviera a llorar. Arriba y abajo, abajo y arriba. Como un arrullo sobre la piel.

—Y la posibilidad de un incendio es…

¿Alguna vez has oído una bomba detonarse? Es curioso. Horrible y curioso. Antes del ruido viene la presión. Hacia fuera en lugar de hacia dentro, como si el explosivo te arrastrara a su núcleo, como si recogiera un poco de tu miedo y otro poco de tu incertidumbre y los hiciera entrechocar para conseguir la chispa que lo desencadenará todo.

El ruido no llega de inmediato. Hay un instante de silencio que dura la novena parte de un latido en el que solo tienes tiempo para pensar: «Por favor, no». En vano, por supuesto, porque ni la pólvora ni la posibilidad de la muerte atienden súplicas.

Entonces sí, el ¡BUM! Te reverbera más en la piel que en los tímpanos, como si quisiera colársete a través de los poros. El ¡BUM! que te para el corazón y te acelera el cerebro. Empiezas a hacerte preguntas que no puedes responder y a intentar pactar con la suerte: «Si sobrevive, te prometo que me convertiré en una persona mejor», «Si sobrevive, la cuidaré y la sacaré de aquí pase lo que pase», «Si sobrevive…».

CÁMARA DE SEGURIDAD DEL O FORTUNA

Sótano, cámara acorazada 17/03/2026

10:00:00

Tardaron siete minutos en llegar.

La puerta de la cámara se abrió tras la explosión, pero estaba tan deformada que hicieron falta herramientas y la fuerza combinada de cuatro de los atracadores para moverla. Cuando lograron abrir un hueco lo suficientemente grande como para que cupiera una persona, Doc fue el único que entró.

Bajo la suela de sus zapatos crujieron algunos trozos de hormigón y fragmentos metálicos que se habían desprendido de la estructura. Otros acabaron incrustados en las paredes, aunque él no fuera capaz de verlos debido al polvo del ambiente.

El cemento suspendido en el aire parecía una neblina. El hombre tosió y se colocó el interior del codo sobre la mascarilla. Los ojos le lloraban por el calor además de por las partículas del ambiente.

—¡ Honey! —llamó—. ¡ Beatrix!

A lo lejos, Fox, Boo y Savannah replicaron sus gritos como una suerte de eco. Le había costado varios intentos, pero consiguió convencerlos de que no entraran a la cámara hasta que él comprobara lo que había sucedido.  Al fin y al

cabo, estaba acostumbrado a ver cuerpos destrozados y aquellas dos muj eres le importaban mucho menos que al resto. Si se enfrentara a lo peor, sería capaz de mantener la cabeza fría.

—¡ Honey! —volvió a exclamar.

Mantuvo el brazo con el que no se cubría extendido hasta que dio con la pared opuesta a la puerta. Iba a empezar a bordear la cámara guiándose por ella cuando captó algo.

Una tos. Débil, muy débil. Desde abajo.

—¿Dónde estás? —inquirió en la dirección en la

que creía haberla oído.

Le respondieron unos golpes. Parecían manotazos sobre el suelo. Siguió el sonido cuidándose de dónde pisaba hasta que la puntera de su zapatilla dio con algo blando. Un cuerpo.

Soltó la bolsa y se agachó. En la parte inferior no había tanto polvo como en la superior y a esa distancia fue capaz de verlas. Al principio pensó que solo se trataba de una de ellas porque Honey había envuelto con su cuerpo a la rehén. Distinguió a Beatrix gracias a que un extremo de su trenza rubia asomaba entre los brazos tatuados.

Como además de abrazarla le había cedido su máscara táctica, Honey acabó llevándose lo peor de la explosión. Tenía varias laceraciones en la espalda, los oídos sangrando y un fragmento de metal incrustado en el hombro.

Doc le tocó el antebrazo con cuidado y solo entonces la exmarine giró la cabeza hacia él.

—¿Puedes oírme? —le preguntó.

Al darse cuenta de que no era así, le indicó por gestos que se apartara de Beatrix, sin levantarse, para que pudiera examinarla. No sin cierta reticencia, Honey siguió sus instrucciones.

Fue entonces cuando Doc comprobó que los arranques de tos provenían de la rehén. Con extremo cuidado le quitó el casco y exclamó en dirección a la puerta:

—¡ Las he encontrado! ¡ Están vivas!

34

Martes, 17 de marzo de 2026, 11:23

Instalaron a Honey y a Trix en una de las habitaciones del hotel. Doc no nos permitió verlas mientras las asistía y dieron igual las amenazas que le gritáramos tanto Boo como yo.

Estábamos los tres en el pasillo. Boo, que volvía a tener al gato sobre el regazo, lo recorría de un lado al otro mientras mascullaba frases inconexas y todavía más telegráficas de lo normal. Koen permanecía pendiente de mí. Había descubierto mi tendencia a presionarme la uña herida y la había apresado en su puño para impedirme seguir haciéndolo.

La policía llamó poco después de la explosión. Tal y como sospechó Koen, se pusieron nerviosos y anunciaron el cese de las negociaciones. Él les explicó que no había heridos ni daños significativos en el edificio, que sencillamente habían volado la puerta de una cámara. Como la tensión no desaparecía, les recordó que había explosivos en todos los accesos al casino y que nosotros sufriríamos las consecuencias si intentaban entrar. Tras esto, habló con los mellizos para pedirles que racionaran la comida y bebida que quedara. Por suerte, era bastante y había menos personas que antes a las que alimentar.

Cuando Doc abrió la puerta de la habitación parecía cansado. Dudé que la culpa la tuvieran las curas porque ni habían durado demasiado ni, como estaba a punto de averiguar, fueron particularmente complejas. Entendí que sus ojeras y el aspecto cetrino de la piel se debían a la falta de

sueño, pero no le di mayor importancia porque se hizo a un lado y nos indicó que pasáramos con un gesto del brazo.

Era una habitación doble, con dos camas separadas. Koen y yo nos colocamos entre ambas. Tiré de él para abrazar a mi amiga, que se rio por lo bajo antes de ponerse a toser. Me separé para dejarle espacio, preocupada.

—Te dije que sobreviviría, Savvie.

Sus labios estaban agrietados y la piel pálida y cubierta por una pátina de sudor, pero no había heridas visibles.

—¿Cómo estás?

—Noto la garganta llena de polvo y la boca me sabe a metal, pero podría haber sido peor.

—¿Y la insulina?

—Controlada. —Desvió los ojos, marrones ahora que no llevaba puestas las lentillas, hacia la cama contigua—. Ella se ha llevado lo peor. Me protegió, ¿sabes?

Me volví para fijarme en Honey. Estaba hablando con Koen y Boo sobre su estado y, efectivamente, parecía mucho más afectada. Me sorprendió verle la cara pese a saber de antemano que era una mujer. Era guapa aunque pareciera hecha a trazos gruesos y rápidos, y tenía unos ojos amables y una sonrisa suave, sobre todo cuando se dirigía a Boo.

Antes de girarme de nuevo hacia mi amiga me crucé con la mirada inquisitiva de Doc. Supuse que el hecho de que tanto Trix como yo hubiéramos descubierto la identidad de Honey tendría repercusiones, pero ya me preocuparía por eso más tarde.

—Tiene sordera parcial. En un oído —me explicó Trix en relación a la atracadora—. Se le ha perforado un tímpano y no es seguro que se recupere. También han tenido que coserle varios cortes en la espalda. Y en un hombro. Por eso está colocada de lado. Me ha salvado la vida — declaró con intensidad.

—¿Qué pasó allí dentro?

Se lo pregunté para que se desahogara, pensando que me hablaría del miedo y la angustia que había experimentado.

Lo que hizo, sin embargo, fue esbozar una sonrisa que conocía bien y que no encajaba en absoluto con la situación.

—Nada. ¿Qué iba a pasar?

CÁMARA DE SEGURIDAD DEL O FORTUNA

Planta 3 (dcha.), pasillo 17/03/2026

14:03:12

Boo salió de la habitación en la que seguían descansando Honey y Beatrix y avanzó por el pasillo. Lo hizo ligeramente más rápido y con los ojos un poco más brillantes, pero en completo silencio. Hasta que no se alejó lo suficiente, casi hasta llegar a la puerta que conducía a la pasarela, no se permitió gritar de manera contenida. Al mismo tiempo, cerró las manos en dos puños y golpeó con ellos los reposabrazos de la silla de ruedas. Se ganó un bufido del gato que llevaba en la bandeja inferior, justo encima del ordenador todavía caliente por haberlo estado usando hacía poco.

—Perdona, Miaudini. Es importante. Al fin, al fin, al fin.

Se giró para rebuscar en la bolsa enganchada en la parte trasera de la silla. Sacó la radio, pulsó un botón y:

—Fox, lo he conseguido. He abierto todos los cerrojos.

Le llegó una risa desde el otro lado de la línea.

—Sabía que lo lograrías.

—Pues claro que sí. Soy genial. Oye, una cosa.

Tiene muchísimo dinero.  Muchísimo,  Fox.  No te

imaginas.

—Lo suponía. Recuerda, dos millones por cabeza.

Veinte en total, ¿vale?

—¿Por qué? Podríamos llevarnos el doble. No se enteraría. Te lo juro. Los ricos no se merecen ser tan ricos. Es absurdo. Doc dice…

—Ya lo sé —interrumpió el otro con voz paciente

—, pero es lo que decidimos antes de llegar. Con esto podremos empezar de nuevo.

35

Martes, 17 de marzo de 2026, 14:56

Creo que empezó cuando el dorso de nuestras manos volvió a rozarse antes de que entráramos a la habitación. En ese momento se produjo un chispazo que me atravesó los nervios y puso de punta hasta el último vello de mi cuerpo, pero lo ignoré y mantuve la compostura mientras Koen pasaba la tarjeta por el lector y giraba el manillar.

Ahora que lo pienso, quizá sucediera antes. Cuando la idea de que fuera él quien me persiguiera a través del spa estuvo a punto de hacerme sonreír. O incluso más atrás, cuando lo obligué a quitarse la máscara por primera vez y observó mi desnudez con aquella sonrisa torcida. ¿Y si fue cuando, disfrazado de camarero, me preparó una copa e hizo preguntas que todavía no estaba preparada para responder?

La realidad es que da igual porque lo importante no es cuándo nace el impulso, sino cuándo cedes a él, y yo estaba dispuesta a hacer lo que estuviera en mi mano para no rendirme. A seguir corriendo, sin descanso y sin mirar atrás.

El problema fue que estaba contenta, estoy segura. El alivio de que Trix estuviera sana y salva bajó mis defensas y me ancló al presente durante demasiado tiempo. Por eso, cuando nos encaminamos a la sala de estar y se deshizo del arnés, mis ojos se escurrieron desde los lunares que formaban una constelación en su nuca hasta la cinturilla del pantalón. Ese tatuaje que tanto había aborrecido pareció decirme: «Si deja que la

metáfora de un monstruo le parta en dos, ¿qué te dejará hacer a ti?». Giré la cara y me mordí el labio hasta sentir la punzada de dolor.

Koen se deshizo de la máscara y se dejó caer en el sofá, arrastrándome con él. Colocó el brazo libre sobre el respaldo y el que permanecía esposado a mí en el pequeño hueco que había entre ambos. Me fijé en nuestras manos, cerca y a la vez a una distancia abismal, y recordé el tacto de sus palmas sobre mi piel. Cuando traté de presionar el pulgar sobre la uña del índice para alejar también ese pensamiento, se dio cuenta y me detuvo rodeándolo con los dedos.

—¿Por qué haces eso? —preguntó, molesto y curioso a la vez.

—El dolor me ayuda a centrarme.

Fue un error responder, tendía a cometerlos cuando estaba parada en lugar de en movimiento.

Pude seguir el hilo de sus pensamientos a través de sus expresiones faciales. Primero entreabrió la boca, sorprendido. Después, cuando la idea echó raíces, su comisura izquierda ascendió poco a poco.

—¿Y qué es lo que te descentra ahora mismo, Sav?

Me obcequé en mi silencio y en la certeza de que Koen Ackermann era más peligroso con las palabras que con las armas.

Apoyó la cabeza contra el respaldo, la giró hacia mí e insistió:

—¿El dolor te lo tienes que infligir tú o puede hacerlo otra persona?

—Déjalo ya.

—Solo quiero ayudar. Y hay tiempo: no podemos seguir adelante con el plan hasta que Honey se recupere, así que…

Sin soltarme el dedo índice, me acarició la yema con el pulgar. Me molestó que no me molestase, pero agradecí que se mantuviera en silencio. Tendría que haber sabido que no duraría porque, igual que yo tenía tendencia a huir de los problemas, Koen disfrutaba persiguiéndolos.

—Tengo una pregunta. —Mi resoplido le arrancó una carcajada—.

¿Qué harías si te soltara?

Lo miré, evaluando la situación. ¿Estaba poniéndome a prueba o de verdad contemplaba la posibilidad de liberarme? ¿Era capaz, de hecho? Supuse que sí, que, incluso habiendo perdido las llaves, podría pedirles a sus compañeros alguna herramienta con la que partir la cadena de las esposas.

Responderle que me quedaría a su lado como una buena chica no serviría de nada porque sabría que le estaba mintiendo. Amenazándole

tampoco lograría gran cosa. De hecho, ¿qué haría realmente si me soltara? A esas alturas era consciente de que nuestros caminos se separarían tarde o temprano, pero no cómo y tampoco cuándo.

—No lo sé —respondí con sinceridad.

Alargó el brazo libre hacia el sillón en el que había dejado sus cosas y cogió uno de sus cuchillos. Al haberle perdido el miedo, verlo manipular el arma me pareció un espectáculo, sobre todo cuando, igual que la primera noche, pasó el dedo por la arandela en la que acababa el mango y empezó a darle vueltas.

—Tengo una teoría. —Clavó los ojos en mí mientras seguía jugando, como si no le importara cortarse o como si hacerlo formara parte de la diversión—. ¿Quieres que te hable de ella?

—No.

Su sonrisa se estiró hasta que dejó a la vista el colmillo.

—Vamos, Sav, no seas cobarde. Deja de huir.

—No estoy huyendo, Koen. Sencillamente no me interesan tus tonterías —mentí con tanto aplomo que hasta yo estuve a punto de creerme.

—En realidad no hace falta que te la cuente, puedo demostrártela.

Giró el cuerpo hacia mí y, tras una última filigrana, me ofreció el cuchillo por el mango. Fruncí el ceño, confusa, alternando la vista del arma a él en busca del truco.

—Vamos, cógelo —casi pareció que ronroneara—. ¿No es esto lo que querías?

—¿Qué pretendes?

—Saber. A eso se ha reducido todo desde el principio.

Sin tener claro qué haría a continuación, agarré el cuchillo por el mango, sorprendiéndome porque no tratara de arrebatármelo de vuelta. Muy al contrario, se mantuvo girado hacia mí, a todas luces relajado.

—Y ahora, Sav, haz lo que desees. Puedes cortarme primero el cuello y después la mano, aunque te recuerdo que te va a costar con ese filo. También puedes amenazarme y tratar de negociar con los demás. O clavármelo en la pierna para vengarte por lo que le hice a tu padre… Tú decides.

Apreté el arma con tanta fuerza que los nudillos se me pusieron blancos.

—¿Crees que soy incapaz de hacerte daño?

—Al contrario. Te veo perfectamente capaz, por eso quiero comprobar si lo harás. —Me acarició el dorso de la mano que tenía esposada a él con las puntas de los dedos—. Estoy cansado de que sigas huyendo y se me ha ocurrido que ofrecerte lo que crees que necesitas es la mejor manera de que te enfrentes a mí. Literal y metafóricamente.

Me puse de pie. Coloqué la rodilla en el hueco de sofá que había entre sus piernas, apoyé una de las manos en el respaldo para inclinarme mejor hacia él y con la otra llevé el filo del arma a su cuello.

Koen no movió un solo músculo, salvo los de la cara, que estiraron todavía más su sonrisa y achicaron sus ojos.

—Te dije que te ahorraras tus juegos psicológicos. No funcionan conmigo.

—Pero sí que lo hacen, Sav. ¿Quieres que te diga lo que va a pasar ahora?

—Quiero que te calles —ordené, apretando un poco más.

—Si eres lista, y me consta que es el caso, con ese cuchillo podrías escapar. Ni siquiera haría falta que me mataras. Esta gente me necesita para salir de aquí y el único que te quería dentro era yo, así que te dejarán marchar. A tu amiga no, pero está a salvo y queda poco para que termine todo.

A mi espalda estaba el sillón en el que había dejado su arnés con el resto de las armas.

—Levántate.

—A tus órdenes. —Sus palabras estaban empapadas en burla y en mucho más.

Volvió a quedar de manifiesto la diferencia de altura cuando se incorporó, pero no me dejé intimidar por ella. Agarré con firmeza el mango y alcé la barbilla para enfrentarlo.

—Avanza. Despacio.

—¿Hacia dónde? ¿Te refieres a la habitación? —Soltó una carcajada que resonó en cada una de mis vértebras—. No hacía falta que me amenazaras para llevarme a la cama.

—Si vuelves a hablar sin permiso, te cortaré la lengua.

—¿En serio? Pues depende de lo que quieras que hagamos a continuación puede ser una grandísima pérdida.

—Cállate.

El filo se hundió en su piel y un hilo de sangre le bajó hasta las clavículas. A pesar de que siseó por el dolor, no perdió la sonrisa y comenzó a caminar hacia atrás. Despacio, llegamos al dormitorio, lejos de la salida y del resto de las armas.

—Dijiste que me llevarías contigo para que no le revelara tu identidad a la policía. Que no confiabas en mí.

—Sí.

—¿Has cambiado de idea? Se rio por lo bajo.

—Aunque supiera que nada más salir por la puerta del O Fortuna le gritarías a todo el mundo quién soy, no te obligaría a venir conmigo. Te dije aquello porque necesitaba una excusa para esto —levantó el brazo de las esposas— y porque quería que pensaras en la posibilidad.

—¿De que me secuestraras de por vida?

—De huir juntos.

—No voy a dejarlo todo por ti, Koen.

Contrajo la expresión, fingiéndose dolido, pero supe que había esperado esa respuesta.

—De acuerdo, entonces. Cuando esto termine, yo me iré por mi lado y tú seguirás empecinada en el tuyo. —Enganchó el dedo en la argolla de mis esposas y tiró de mí. Nuestros pechos se tocaron y bajó la cabeza. Su sonrisa estaba tan cerca que me costaba distinguirla—. ¿Qué harás hasta que cada uno siga su camino? De un modo u otro, esto terminará en menos de cuarenta y ocho horas. ¿Vas a intentar salir ya o vas a aprovechar el día y medio que tenemos?

Su cercanía me impedía pensar. Volvía a estar en todas partes. Ocupando cada centímetro de la habitación y viajando por mi organismo a través del oxígeno que respiraba a duras penas. Lo sentía en mi sangre, en mi cerebro y en el tuétano, empujando mi cerebro para hacerse hueco en mis pensamientos. Estaba hasta en mis papilas gustativas, sugiriéndome a qué sabría cometer ese error.

—De rodillas.

Abrió los ojos, sorprendido por la indicación, pero no tardó en pasarse la lengua por los dientes y afilar la sonrisa tanto que cortaba con solo pensar en ella.

Ya en el suelo, preguntó:

—¿Quieres saber lo que busco cuando te miro?

—No.

Él tenía el espejo detrás; yo, la cama. Observé su tatuaje y, si no hubiera sabido que era imposible, habría jurado que el monstruo estaba un poco más fuera.

Me senté en el colchón, crucé las piernas y tiré de él para volver a pegarle el cuchillo a la piel. La sangre del cuello ya estaba seca. Además de ese corte, tenía un par de marcas irritadas. Coloqué el filo sobre una de ellas y pregunté:

—¿Te escuece?

—Un poco. —Una sonrisa se abrió paso a través de mis comisuras—.

¿Te hace feliz?

—También un poco.

Se mordió el labio inferior, colocó una mano sobre mi rodilla y dibujó círculos sobre la seda del vestido con el pulgar.

—Venga, Sav. Pregúntamelo.

Inhalé profundamente. Tras exhalar, inquirí al fin:

—¿Qué es lo que buscas cuando me miras?

—Si te sientes igual que yo. —Recorrió mi espinilla con la mano. Al llegar al tobillo, lo rodeó con los dedos y apretó—. Si te va a estallar el corazón por lo deprisa que late y si disfrutas con ello porque es mucho mejor que conservarlo en hielo para que no se rompa. Si la piel también se te deshace cuando nos rozamos, como si fuéramos corrosivos el uno para el otro. Si desearías no haberme conocido jamás y a la vez eres consciente de que, de haber sido el caso, tu vida habría carecido de propósito. Si piensas que cada puto paso que has dado desde que naciste te ha llevado hasta este momento exacto.

Su mano volvió a recorrer mi pierna levantando el vestido a medida que ascendía. Llegó hasta el muslo, donde clavó las uñas y esperó con la paciencia del que se sabe vencedor. Porque había ganado, otra vez y por mucho que me hubiera tratado de resistir. Ganó años atrás y ese día sencillamente decidió recoger su premio.

¿Vas a decirme que tendría que haber salido de allí? Estuve a punto, te lo juro. Pero que ya no tuviera miedo y que estuviera contenta no jugó en favor de mi cordura. Las serpientes de mi estómago ardieron junto a las dudas y al sentido común e inequívocamente se deslizaron hacia abajo, permitiéndome llegar a la conclusión de que, si nos íbamos a volver a separar y en esa ocasión estaba avisada de antemano, podría llevarme algo

de recuerdo. Sería como el anillo, aunque en lugar de un objeto se tratara de la respuesta a una pregunta.

Deslicé el cuchillo con suavidad por su cuello hasta llegar al centro del pecho.

—Puedo hacerte daño —susurré.

—Ya lo has hecho.

—Y matarte.

—Mi vida siempre ha estado en tus manos, Savannah Price.

La frase se me clavó en el corazón como si fuera una astilla y supe que jamás sería capaz de sacarla de ahí.

Tragué saliva, paladeando antes de tiempo lo bien que sabía mi rendición y diciéndome que podía permitírmelo. El sexo no tenía por qué ser más que eso. Ninguna de las veces que lo había tenido, y con independencia de lo mucho que lo hubiera disfrutado, había desarrollado sentimientos por la otra persona. Con él sería igual, tenía que serlo. Descubriría cómo habían cambiado sus besos, qué había aprendido a hacer con el paso de los años y si se alejaba o no de lo que había aprendido yo. En el mejor de los casos seríamos incompatibles. En el peor, Koen también haría suyos mis orgasmos y pensaría en él cada vez que los tuviera.

—Está bien. —Descrucé las piernas y apoyé la mano con la que agarraba el cuchillo sobre la cama—. Convénceme de que mereces mi tiempo.

—Será un placer.

Pensé que iría rápido, no sé por qué. Quizá por las ganas de que sucediera o porque me encajaba con su necesidad de estar en continuo movimiento. Pero que fuera desesperadamente lento también tenía sentido: al fin y al cabo, siempre le gustó sacarme de quicio.

Colocó ambas manos por detrás de mis rodillas para separarme las piernas y me subió el vestido hasta la cintura. Se humedeció los labios, sin perder la sonrisa y sin apartar los ojos de los míos, y los llevó hasta mi muslo. El beso hizo que la piel me hirviera. Empecé a respirar más deprisa a medida que iba descendiendo por la cara interna.

—No te pongas nerviosa —susurró.

—Y tú no te distraigas.

— Zickenqueen.

Hizo que separara aún más la pierna que no estaba besando y dejó los dedos muy cerca del borde de mi ropa interior. Fue a propósito, igual que había detenido la boca a escasos centímetros de la tela. Su aliento la atravesaba. Una vez, otra y otra más hasta que:

—Koen.

—No seas impaciente.

—Ahora.

Levantó la cabeza para no perderse mi expresión mientras se burlaba de mí.

—¿Cómo se pide?

Coloqué el dorso del cuchillo sobre su mejilla.

—Por favor.

Alargó la mano con la palma hacia arriba. Supe lo que quería hacer sin necesidad de palabras, por eso le dije:

—Solo tengo unas.

—¿Y para qué las necesitas?

Pensé que, ya que había perdido la cordura, podía perder algo más, así que le devolví el cuchillo.

—Buena chica.

Sin rastro de la delicadeza anterior, tiró del elástico de mi ropa interior y lo cortó con brusquedad. Lanzó los restos de la tela a su espalda y, entonces sí, sus labios llegaron justo adonde quería. Al principio apenas se movieron, torturándome con la calidez de su aliento. Después, sin necesidad de volver a amenazarlo o suplicar, me rozó con la punta de la lengua. Primero hacia arriba, muy despacio y muy superficialmente, después hacia abajo exactamente de la misma manera. Arriba y abajo, abajo y arriba.

Observé su espalda a través del espejo. Los músculos se movían dándole tanto volumen al tatuaje que verdaderamente parecía que algo estaba a punto de emerger de él.

Cerré los ojos cuando introdujo el primer dedo. Eché hacia atrás la cabeza cuando lo hizo el segundo. A medida que los movía, que besaba, lamía y succionaba, me convencí de que me había equivocado. Después de aquello no solo le pertenecerían mis orgasmos. También mi epidermis, mi capacidad pulmonar e incluso los latidos de mi corazón.

Se me escapó un gemido pese a lo mucho que traté de contenerlo. A raíz de eso perdió la paciencia, si es que podía llamarse así a la necesidad

de alargar aquello con la única intención de hacerme sufrir, y me agarró de la pierna para colocarla sobre su hombro y acercarme más a él. Se me rompió un sollozo en la garganta, luego muchos más, y, cuando estaba a punto de llegar al orgasmo, cuando el sistema nervioso se me llenó de nudos y el cerebro se me vació de pensamientos, cuando los dedos de los pies se me contrajeron y el aliento se me cortó…

Se detuvo.

Alejó la cabeza de mis piernas y, a través de la sonrisa más maliciosa que había esbozado nunca, preguntó:

—¿Decepcionada?

Quise abofetearlo. Y gritar. Las dos cosas al mismo tiempo.

—¿Contigo? Siempre.

Soltó una carcajada que se cortó en cuanto me vio apoyando el talón sobre la cama y colocando mi propia mano entre las piernas. Su sonrisa trastabilló.

—¿Crees que te necesito para terminar, Koen? ¿O para cualquier otra cosa?

Empecé a acariciarme, disfrutando de su embelese tanto o más que del roce. Todavía de rodillas, se alejó todo lo que las esposas le permitieron para poder observarme mejor. Se desabrochó los pantalones sin apartar la mirada y coló la mano por dentro de los calzoncillos. Nos masturbamos para demostrarnos algo el uno al otro, todavía no sé el qué, solo sé que pocas cosas me han parecido tan emocionantes.

A medida que yo aceleraba, él bajaba el ritmo, pero los dos sonreíamos por igual. No paré cuando se puso en pie, con los pantalones colgando de las caderas, ni cuando se acercó a mí. Me apartó el pelo y deshizo el nudo que sujetaba mi vestido al cuello. Después de que la tela cayera me incliné y le rocé el glande con la lengua. Se tragó un gemido y se echó hacia atrás.

—Eres diabólica —dijo, encantado—. Se me ha ocurrido una idea.

Acepté la mano que me tendía y me incorporé. El vestido se deslizó hasta mis pies.

—Retrasando mi orgasmo no vas a conseguir que piense que merecerá la pena quedarme contigo hasta el jueves.

—¿Qué te apuestas?

Me giró hasta dejarme frente al espejo y se colocó a mi espalda. Mi desnudez no me avergonzaba, pero el modo en el que él la observó a través del reflejo volvió a acelerarme el pulso y la respiración. Sus dedos

se pasearon desde la parte baja de mi columna hasta el cuello. Lo rodearon y se quedaron ahí, similares a una gargantilla o a un grillete. Aproximó la boca a mi oreja y susurró:

—Como tenemos poco tiempo, he pensado que querrías ver lo que está a punto de pasar. Así podrás pensar en ello cuando vuelvas a abandonarme.

—¿Es un castigo?

—Un regalo. —Sonrió sobre mi cuello y me dio un pequeño mordisco

—. Apoya la mano sobre el cristal y, hagas lo que hagas, no grites.

—Te sobreestimas —le devolví lo que me había dicho tantas veces.

En lugar de responder, colocó mi cadera hacia atrás. Después, se la sujetó y muy despacio, tanteando, me rozó con ella. Era insoportablemente sutil, así que me moví contra él, impaciente. Tensó los dedos alrededor de mi garganta y me giró la cara para poder mirarme a los ojos mientras se introducía lentamente en mi interior.

Nunca me había permitido imaginar cómo sería acostarme con Koen, pero, de haberlo hecho, lo habría visualizado tal y como acabó siendo. Como otra de nuestras peleas. De las buenas, las que ambos buscábamos y disfrutábamos. Planificada una parte y descontrolada la siguiente. Sin querer ceder y tratando de conseguir todo lo posible del otro mientras durara. Yo quería su esfuerzo y el mejor de los recuerdos; él, mi rendición y la posibilidad de un futuro.

Cuando me arrancó el primer gemido, cuando se lo tragó entre la boca entreabierta, sonrió enseñando los dientes y me soltó la cara para que volviera a observarnos a través del espejo. Aunque al principio se movía despacio, no tardó en ganar intensidad y en demostrar que su advertencia anterior no había sido porque sí.

Koen Ackermann follaba igual que amaba: hasta quedarse en carne viva. Te daba todo lo que tenía, incluso un poco más, y a cambio arrancaba lo que podía. Era violento, inteligente y audaz. Incluso divertido.

Superó todos mis encuentros anteriores no porque fuera mejor, sino porque era él. Porque él era él y yo era yo y la suma de esos dos factores,

«nosotros», era algo con lo que ninguna otra persona podría competir jamás.

Sabíamos hasta qué punto estirar la goma para no romperla, cuánto podíamos molestar sin resultar desagradables y como recompensar después. Así que cuando le clavé las uñas en la cadera, exigiéndole que

fuera más rápido, tuve claro que aceptaría e incluso disfrutaría con ese dolor. Lo mismo cuando él me agarró del cuello y lo llevó hacia atrás. Pero no se trataba solo de ese tipo de límites. También eran las sonrisas cómplices a través del espejo, su pelo claro entre mis dedos y sus labios sobre mi hombro.

Su «Sav» al oído, mi «Koen» contra el cristal.

El orgasmo me sobrevino como una dentellada. Lo grité, pese a su advertencia. Por suerte, haciendo alarde una vez más de lo mucho que me conocía, me tapó la boca a tiempo. Sus ojos resplandecieron durante un instante, encantado con la reacción que me había conseguido arrancar. Poco después le llegó el turno a él e hizo amago de salir de mí. Lo detuve agarrándole de la cintura y me dijo:

—Sav, no llevo nada puesto.

—Da igual.

Confió en mí porque a él siempre le ha costado menos y continuó empujando. Cada vez más deprisa, cada vez más errático. Y fue mi turno de maravillarme con su expresión. Su cara mientras se corría no se parecía a ninguna que hubiera formado antes. Con la boca entreabierta y la sonrisa en paradero desconocido, con las cejas fruncidas y los ojos vulnerables. Con la incredulidad. Con la gratitud. Con el amor.

Puro, implacable y peligroso.

CÁMARA DE SEGURIDAD DEL O FORTUNA

Planta 4 (dcha.), ruletas 17/03/2026

16:14:59

Doc entró en la sala de las ruletas con un fajo de papeles bajo un brazo y sosteniendo una silla con el otro. La arrastró hasta el centro de la estancia y examinó las cámaras del techo. Había cuatro en total, una en cada esquina.

Sacó un rotulador del bolsillo de la bata, apoyó los folios sobre el tapete verde de una de las mesas y comenzó a escribir.

Una vez que terminó, con ayuda de la silla y de un rollo de celofán, colocó papeles delante de tres de las cámaras. Los mensaj es, en orden, eran los siguientes:

¿Recuerdas a Chloe Reed?

Sé que estuvo aquí el 12 de enero. También sé que nunca volvió a salir.

Después, situó la silla nuevamente en el centro de la estancia, cogió el resto de los folios y, apuntando hacia la única cámara que no estaba tapada, empezó a enseñarlos. Dejaba cinco segundos entre uno y otro y ni su postura, relajada y con las piernas abiertas, ni sus ojos, totalmente carentes de emoción, variaron en el tiempo que duró aquello.

¿Viste lo que le hice a Jack Morgan? Disfruté con ello.

Pero sé que, cuando llegue hasta ti y te haga lo que tengo pensado, disfrutaré mucho más.

Queda poco para que nos veamos, Tiffany Whitmore. Muy poco.

36

Martes, 17 de marzo de 2026, 16:15

Las manos de Koen Ackermann nunca fueron bonitas. Las del niño tenían las uñas mordidas y los padrastros arrancados; las de adulto, durezas, cicatrices y los nudillos deformados de tanto pelear. Aun así, me encantaban. Me parecía que hablaban de él mucho mejor que su boca, en especial cuando no cumplía su promesa de ser sincero. También me gustaban por su versatilidad. Las había visto empuñar una pistola y lanzar un cuchillo, las había tenido alrededor de la garganta; en ese momento, sin embargo, parecían plumas sobre mi piel. Koen me acariciaba desde el hueso de la cadera hasta la barbilla, bordeando el ombligo y los pechos, observando, embelesado, cómo la piel se erizaba a su paso.

Estábamos tumbados en la cama, ambos completamente desnudos. Él de costado, con la cabeza apoyada sobre los nudillos, y yo bocarriba, con los párpados a medio caer y una sonrisa amodorrada.

Lo mejor de un orgasmo no son los escasos segundos en los que te sacude, sino la sensación de ingravidez que deja a su paso. Ese momento en el que, con el cuerpo anclado al sitio, los oídos taponados y el cerebro limpio de preocupaciones, puedes permitirte ser. Solo ser.

Estaba disfrutando de ese instante cuando Koen susurró:

—Se nos ha olvidado besarnos.

Me reí. Al principio con incredulidad y poco después de manera descontrolada. No sé qué me hizo tanta gracia, quizá que verdaderamente pareciera alarmado y molesto, como si pensara que había cometido un

error imperdonable. Tras mi estallido su ceño se relajó y su sonrisa comenzó a ascender. Me pareció distinta a las anteriores, más roma.

—Llevo veinte años intentando hacerte reír y jamás se me pasó por la cabeza que fuera a conseguirlo de esta forma.

—¿A qué forma te refieres?

—Por haber empezado por los labios que no eran. Volví a soltar una carcajada.

—Bueno, ya nos habíamos besado antes. Tiene sentido que nos hayamos saltado ese paso.

—No es igual.

—¿Por qué?

—Porque éramos unos críos.

—¿Y? ¿No eres tú el que mantiene que somos las mismas personas?

—Y lo sigo manteniendo. A lo que me refiero es a que era nuestro primer beso, así que cualquier cosa que hiciéramos nos iba a parecer bien. Pero ¿ahora? Ambos tenemos con qué comparar.

—¿Estás celoso? Chasqueó la lengua.

—Por supuesto que no, aunque si me haces una lista de los hombres a los que has besado hasta ahora no prometo portarme bien con ellos. Lo que intento decir es que en este momento, después de haber practicado con otras personas, hemos desarrollado una técnica. Unas manías. ¿Y si consideras que babeo mucho?

—Koen, no seas asqueroso.

—¿Qué? Hablo en serio. ¿Y si tú metes mucha lengua y me ahogas?

¿O no la utilizas en absoluto? Sería dramático que, después de lo bien que hemos funcionado follando, fuéramos incompatibles en la… ¿Cómo llamáis los norteamericanos a esto? ¿Primera base? Algo así.

—¿Por qué das por hecho que hemos funcionado bien en el sexo?

—Sav, por favor.

—Quizá haya fingido —pinché.

—No lo has hecho. Y ha sido espectacular, pero si necesitas que te lo recuerde… —Pasó el dedo sobre uno de mis pezones—. Tengo una pregunta. ¿Quieres negociar?

—De acuerdo —le seguí el juego—. ¿Qué me darás a cambio de responderla?

—Un beso.

Lo analicé por partes. A los segmentos de él que por separado ya significaban mucho y en conjunto amenazaban con significarlo todo. A sus ojos almendrados, brillantes y astutos. A ese pelo recién revuelto cuya suavidad había redescubierto. A la comisura izquierda que, alzándose más que la derecha, revelaba un colmillo especialmente puntiagudo.

A sus labios.

Reconozco que me daba miedo besarlo y que por eso no lo había hecho antes. Me aterraba que no fuera tal y como recordaba, que acabara emborronando el recuerdo. Pero, sobre todo, temí atarme a él. Que hiciera suyas todavía más cosas. A esas alturas ¿qué quedaba de mí que no llevara su firma? Para cuando nos separáramos, ¿Koen dejaría tras de sí algo más que un corazón hecho trizas?

Indecisa, inquirí:

—¿Cuál es la pregunta?

—¿Iba en serio lo que le dijiste a Trenton? Resoplé.

—¿De verdad eso es lo que quieres saber ahora?

—No. O sea, me interesa, pero te preguntaría mil cosas antes. Sencillamente creo que es lo que tengo más posibilidades de que me respondas.

Sus dedos lánguidos me rodearon el contorno del pecho izquierdo y fue lo que se escondía un poco por detrás de él lo que me hizo decir:

—Sí, todo lo que le dije a Trenton aquel día es verdad. ¿Contento?

—Intrigado. En el futuro, ¿incluirás en la lista lo que hemos hecho ahora?

—¿Te refieres a amenazar con un cuchillo al hombre al que estoy esposada justo antes de tener sexo con él? Es posible.

Movió los hombros en una risa silenciosa.

—Cuando salgamos de aquí quiero que sepas que voy a alardear de ello. Diré: «Una vez estuve con una mujer tan desesperada por follar conmigo que me ordenó que le bajara las bragas a punta de cuchillo».

—¿Dónde está mi beso?

Su sonrisa titubeó. Después, tragó saliva y sus pupilas se dilataron. Entonces supe que no era la única a la que la situación le intimidaba casi tanto como le emocionaba, y la certeza de que aquello era importante para ambos me hizo sentir mejor.

Nos humedecimos los labios a la vez, como si fuéramos el reflejo del otro. Yo seguía bocarriba, así que fue él quien se acercó. En esa ocasión su lentitud no se debió a un intento de desesperarme, sino al cuidado extremo que puso en no acelerarse. En hacerlo bien. Poco a poco.

Coloqué la mano sobre su pecho y noté su corazón latiendo con la misma intensidad que el mío. Cuando nuestras narices se alinearon, con las puntas casi tocándose, cuando entreabrimos las bocas y nos robamos el aliento el uno al otro, cuando me di cuenta de que Koen aguardaba a que fuera yo quien salvara los últimos centímetros, me sentí como aquella niña de la playa de Santa Mónica. Igual de expectante, igual de aterrada. Nuestros miedos eran distintos, no obstante: mientras ella temía que el chico se acabara marchando, yo temía desear que no lo hiciera.

—¿No te acercas porque te preocupa que lo haga fatal? —susurró, burlón.

En lugar de responderle que me preocupaba justo lo contrario, coloqué la mano en su nuca y dije:

—Ven aquí.

—A tus órdenes.

Él cerró los ojos, yo los mantuve abiertos.

Cuando besas a alguien de niño y después de adulto sucede algo extraño. Es como ver el principio de una película y pasar directamente al final. Te has saltado todos los besos que iban entremedias, así que te cuesta unir las piezas. Inevitablemente te preguntas dónde ha estado, y no por celos, sino por afán de coleccionismo. Quieres saber cómo se movían sus labios antes, qué aprendió tras cada boca visitada y si la tuya también le enseñará algo.

El Koen niño y el Koen adulto besaban para lo mismo pero no de la misma manera. Ambos querían obtener y dar placer, pero mientras que el crío se movía con cuidado y me acunaba el rostro como si fuera de cristal, el adulto mordía. Parecía un animal muerto de hambre alimentándose de su presa. Y yo, que nunca fui frágil, lo traté con la misma urgencia y ferocidad.

Ni sobró saliva ni faltó lengua. Tampoco chocaron nuestras narices o tratamos de movernos en la misma dirección. Fue, tal y como temía y por desgracia, simple y llanamente perfecto.

Porque él. Porque yo.

Porque nosotros.

El beso se volvió más líquido hacia el final, como si, una vez hubo quedado claro hasta dónde podía llegar, quisiera dejarme claro que tenía más registros.

Al separarse de mí, su sonrisa estaba húmeda, sus ojos brillantes y su aliento entrecortado.

—Estás guapa. Parpadeé, sorprendida.

—¿Desnuda?

—No necesariamente, aunque también. Me refería a con las defensas bajadas. Siendo tú y nada más.

—Gracias.

—¿Y yo?

—Tú das miedo.

Apoyó la frente sobre mi esternón y rio por lo bajo.

—Eres diabólica.

—También estás guapo —concedí con una sonrisa que se desdibujó cuando proseguí—, pero eres terrorífico.

Alzó la cabeza y me observó con intensidad. Serio de pronto.

—¿Te doy miedo?

—Muchísimo.

—Sav, te prometo que no va a pasarte nada. Y que cuando esto acabe podrás irte adonde te parezca. Lo de las esposas era una broma, de hecho…

—No me refiero a eso —lo interrumpí—. No me da miedo que me agredas. O que me secuestres. Sé que no vas a hacer ninguna de las dos cosas.

—¿Entonces?

—Me da miedo lo que voy a sufrir pese a ello.

Abrió la boca y volvió a cerrarla, tragándose la réplica. Prefirió paladear bien sus siguientes palabras, sopesando los pros y los contras y reformulando la frase hasta darle la forma correcta. El resultado fue breve y no por ello menos sobrecogedor.

—Ven conmigo.

—¿Adónde?

—Adonde queramos. Huyamos juntos, solo tú y yo.

—¿Y qué pasa con el atraco?

Me colocó un mechón de pelo tras la oreja y no apartó la mano después.

—¿Quieres que renuncie a mi parte? Lo haré, no me importa. Ayudaré al resto a salir y me iré con las manos vacías.

—¿Y mi padre?

Su mandíbula se tensó por acto reflejo.

—Permitiré que se vaya junto a todos los demás.

—¿Lo harías?

—Si me acompañas, sí.

—Entonces, ¿de qué habrá servido todo esto?

Koen y yo nos diferenciábamos en muchas cosas y la que se llevaba la palma era su facilidad para cambiar de rumbo. Para borrar el camino que había marcado en el mapa y dibujar uno nuevo. Los que hicieran falta con tal de no aburrirse y seguir su instinto. O a su corazón. Por el contrario, yo me dejaba guiar por el cerebro y trazaba mis senderos con tinta permanente.

—Entré en este casino sabiendo que saldría con respuestas suficientes sobre mi pasado para plantearme hacer algo con mi futuro. Y las he encontrado.

—¿Te refieres a la conversación que escuchaste entre mi padre y yo?

—No, Sav. Me refiero a ti. Solo a ti. —Sus dedos se deslizaron hasta enredarse entre mi pelo—. Ahora sé lo que fuimos, también por qué dejamos de serlo. Queda averiguar lo que podemos ser.

Cerré los ojos y deseé haber seguido corriendo sin descanso. De entre todos los recuerdos que había recolectado para cuando nos separáramos, su cara cuando me propuso que huyéramos juntos era el peor. Se notaba que estaba prácticamente convencido de que me negaría, pero su resignación no fue lo que más me dolió, sino el resquicio de esperanza que mantuvo a pesar de ella. Desde ese momento, el futuro que tanto perseguía estaría manchado por el que había rechazado. Jamás podría ser perfecto, jamás podría estar satisfecha.

Aun así…

—No puedo.

La tenacidad de Koen Ackermann le impedía rendirse incluso cuando ya había perdido, por eso dibujó una sonrisa pequeña y continuó insistiendo:

—¿Es por PriceShield? Sav, no necesitas la puta empresa que tu padre no quiere darte. Construye algo desde cero. O dedícate a cualquier otra cosa. ¿Te has parado a pensar en qué quieres al margen de aquello por lo que tu madre te dijo que te esforzaras?

—Ella sabía qué era lo mejor para mí.

Esa frase que tantas veces me había repetido a mí misma tenía que ser cierta. De lo contrario, me derrumbaría. Hasta los cimientos y sin posibilidad alguna de reparación.

—No, Sav, Maria sabía lo que era mejor para ella. Quiso para ti lo que habría querido para sí misma, pensando que te haría feliz, pero eras una niña de diez años, joder. Vuelve a verla. Sabes dónde vive, ¿no? Reuníos y deja que conozca a la mujer en la que te has convertido. Hablad ahora, como iguales.

—No puedo ir con… —Mi garganta parecía revestida en papel de lija.

Carraspeé—. Con las manos vacías.

—¿Con las manos vacías? —repitió, incrédulo—. ¿Qué me dices de todo lo que has estudiado? ¿No significa nada?

—No si no he conseguido algo con ello.

—Has conseguido saber. Y, de todos modos, eres mucho más que una carrera o un puesto de responsabilidad en una empresa. Eres valiente, resiliente, lista y fuerte. Demuéstraselo o, si de verdad no quieres volver a verla, créetelo y deja de pensar que solo puedes ser lo que tu padre no permite que seas.

—Koen, la empresa es aquello para lo que me he preparado toda la vida. Es tirar por la borda no solo un montón de esfuerzo académico, sino cientos de sacrificios. Si cedo ahora, si tomo el camino fácil, ninguno de ellos habrá servido de nada.

—Ser libre nunca es el camino fácil. —Pegó su frente a la mía y continuó en un susurro—: Ni siquiera te estoy diciendo que me escojas a mí, Sav. Escógete a ti. Por favor.

No puedo decir que se me partiera el corazón porque ya lo tenía roto. Le faltaba un trozo que se había llevado Koen una década atrás y el resto estaba lleno de remiendos. Lo que puedo decir es que, a partir de entonces, mis latidos sonaron más apagados. Como si alguien se hubiera olvidado de darle cuerda.

—Venga, no llores.

No me di cuenta de que lo hacía hasta que me limpió las lágrimas con los pulgares. Separó la cara de mí y, justo antes de volver a colocarse esa sonrisa tan afilada, preguntó:

—¿Quieres saber lo que siento?

—Lo sé.

—¿Y quieres que te lo diga?

—No.

CÁMARA DE SEGURIDAD DEL O FORTUNA

Planta 5 17/03/2026

16:27:03

—¿Quién es Chloe Reed?

Trenton Lee estaba sentado frente a las pantallas. Sus ojos pasaban de los carteles que Doc había colocado delante de las cámaras al propio secuestrador, que seguía sentado de cualquier manera en la silla. Aunque fuera totalmente imposible, no consiguió quitarse de encima la sensación de que ese hombre vestido como un médico lo estaba mirando de vuelta.

En lugar de responder a la pregunta de su sobrino, Tiffany Whitmore limpió la taza en la que se acababa de tomar un café, se secó las manos y fue hacia la entrada de la cámara de seguridad que bordeaba la planta.

La puerta era de acero reforzado y no tenía pomo o ningún saliente del que tirar. Tiffany colocó la mano sobre una marca y esperó hasta oír el pitido. Tras él, se abrió una ventana rectangular del tamaño de un libro. Al otro lado había una cámara y un micrófono. La muj er alineó los ojos con la lente y aguardó un segundo pitido. Después, dijo:

—Soy Tiffany Whitmore, miembro de La Última Mano.

El siguiente pitido llegó junto al ruido de las cerraduras al descorrerse. La puerta se abrió con suavidad.

La dueña del O Fortuna accedió al interior de la cámara. Por lo que se entreveía desde fuera, parecía un trastero muy bien colocado, con multitud de archivadores y estanterías.

—¿Tienes armas ahí dentro? —inquirió Trenton.

—No del tipo que estás pensando. Pero hay cosas que podrían destruir personas, empresas e incluso ciudades enteras.

Tras unos minutos, Tiffany volvió a salir con una memoria USB. Fue hacia donde seguía sentado su sobrino, colocó el dispositivo sobre la mesa y respondió a su primera pregunta:

—Chloe Reed es la cantante.

Trenton necesitó un momento para entender a qué se refería.

—¿Por qué la buscan?

—Dudo que la busquen a ella. Lo que querrán saber es qué sucedió, y está todo aquí. —Dio un par de golpes con el dedo sobre la memoria USB—. Cuando suban…

—Debe de haber algo que podamos hacer para impedirlo.

—La de los explosivos no ha muerto y la policía sigue sin entrar. —Antes de que el otro replicara, se adelantó con impaciencia—: Créeme, Trenton, llevo días tratando de encontrar una solución y no la hay. Al menos, no para evitar que lleguen hasta aquí. Cuando suban, como estaba diciendo, les ofreceré la información que buscan y trataré de negociar con ellos con otra que tengamos a nuestra disposición.

—Te matarán.

—He estado en situaciones mucho más peligrosas

que esta. Sé cómo desenvolverme con criminales. —

La muj er esbozó una sonrisa—. Solo yo puedo abrir la cámara, y voy a configurarla ahora mismo para que tú también seas capaz de hacerlo.

—¿Para qué?

—Antes de que suban, te esconderás en el interior. Si la negociación sale bien, saldrás cuando se marchen. Si no, también. Pero antes de que llegue la policía tienes que asegurarte de destruir todo lo que hay dentro. Quémalo hasta que no quede nada.

—¿Para qué tanto esfuerzo? Si te matan, ¿qué más te da lo que suceda con La Última Mano?

La muj er observó a su sobrino con un desdén manifiesto.

—La Última Mano es aquello que llevo décadas construyendo. El proyecto por el que me he dejado la piel. He sacrificado hasta la última gota de moralidad que tenía para levantarlo y no voy a dejar que se acabe conmigo. Es mi legado, Trenton. Quizá no lo entiendas porque nunca has tenido que esforzarte tanto por nada, pero quiero que sepas que, si no haces lo que te pido y tienes la mala suerte de sobrevivir, Clayton y Silas te encontrarán y te destrozarán desde dentro hacia fuera. ¿Entiendes lo que te digo?

37

Martes, 17 de marzo de 2026, 23:11

Acabábamos de salir de la ducha cuando me abrazó por la espalda, colocó la barbilla sobre mi hombro y dijo:

—Prometo que no volveré a pedirte que vengas conmigo. Puedes bajar la guardia.

Limpié parte del vaho del espejo y lo observé a través de él.

—Aunque si me aceptas un consejo… —prosiguió—: Aprovéchame hasta el jueves, sobre todo sexualmente, porque tu vida después de mí va a ser como mínimo aburridísima.

El codazo que le di transformó su carcajada en una tos.

—Entiendo por este nivel de violencia que has vuelto a la normalidad. Oye, quiero ver cómo está Honey, pero antes necesito confesarte una cosa.

—Koen…

—No me refiero a ese tipo de cosa. Esto te enfadará muchísimo. Y enfadarte te encanta, ¿verdad? Por eso lo haces todo el tiempo.

Giré la cara para encontrarme con su sonrisa a escasos centímetros.

—Se me está agotando la paciencia.

—Para que eso sucediera tendrías que tenerla en primer lugar. Espera, mejor te lo enseño.

Alargó el brazo para alcanzar los pantalones, que había dejado sobre la encimera, y rebuscó en uno de los bolsillos de la pernera hasta que encontró una pequeña llave.

—¿Qué abre? —pregunté con curiosidad.

—Las esposas.

—Las… ¿Qué?

—Había dos llaves. Siempre hay dos llaves, Savannah. Tiré solo una de ellas y me guardé la otra.

Boqueé varias veces, sin saber cómo insultarlo y pensando en las ocasiones en las que había tenido que utilizar los cascos de cancelación de ruido. Me molestaban más cosas, pero esa era la peor. Esa me acompañaría en mis pesadillas durante muchos años.

—Te odio —mascullé al fin.

—No es verdad.

—Te odio muchísimo.

—Pues yo a ti no. —Consiguió darme un beso rápido antes de apartarse y evitar la patada que le lancé a la espinilla—. Fuera de la habitación tendremos que seguir yendo esposados, pero aquí dentro no será necesario. No hace falta que me des las gra… ¡Ay!

Quince minutos después llamó a la puerta de la habitación que hacía las veces de enfermería. Nos abrió Doc, que, tras darle una palmada en la espalda a Koen, volvió a sentarse en la silla que había en el rincón.

Tanto Honey como Trix permanecían despiertas. La segunda, de hecho, estaba aplicándose un sérum en las pestañas con ayuda de un pequeño espejo. Sobre la cama tenía el enorme neceser de maquillaje, además del de la insulina. Cuando terminó, agitó la mano para saludarme e indicarme que me acercara.

—Veo que te han devuelto tus cosas.

—Sí. Después de hablar un rato con Boo sobre tonterías, ha considerado que me las merecía. —Encogió un hombro, restándole importancia. Me examinó con suspicacia antes de añadir—: ¿Y tú qué tal estás? Tienes buena cara. Resplandeciente.

—Me he duchado.

—No me refiero a eso.

Vigilé que Doc no nos estuviera prestando atención y negué con la cabeza de manera casi imperceptible. Trix podía ser despistada para algunas cosas, pero me conocía mejor que casi cualquier otra persona, así que captó la advertencia y cambió de tema.

Mientras me hablaba de lo mal que veía porque había perdido las lentillas, Koen le preguntó a Honey:

—Entonces, ¿lo de la quinta planta es viable? ¿Crees que podremos romper el cerramiento?

—Sí.

—¿Cuándo estarás lo suficientemente bien como para poner en marcha el plan?

—Mañana a primera hora.

—No hace falta que te des prisa, todavía tenemos margen.

—Lo estaré —repitió la mujer con convicción.

—De acuerdo. Por cierto, ¿y Boo?

—Ha ido a dormir. Llevaba días trasnochando para conseguir… No hizo falta que completara la frase para que Koen respondiera:

—Se lo merece. En fin, nos vemos mañana a las ocho en la sala de fumadores. Repasaremos el plan antes de sacar a las ratas de su agujero.

Nos despedimos poco después y nos encaminamos hacia la habitación. Koen sacó la tarjeta para abrir la puerta, pero se detuvo antes de acercarla lo suficiente al lector. Giró la cabeza hacia mí. Pese a llevar la máscara, supe exactamente qué cara estaría poniendo cuando sugirió:

—No tengo sueño. ¿Te apetece estirar un poco más la noche?

—¿En qué estás pensando?

—En que es una lástima que llevemos cinco días en un casino y todavía no hayamos jugado a nada. ¿Algo que te llame la atención?

—Las ruletas.

Sus ojos parecieron refulgir tras la máscara.

—De acuerdo. Vamos.

Caminamos hacia la sala en silencio, cada uno sumido en sus propios pensamientos. Cuando atravesamos la pasarela me pregunté si desde la lejanía la policía sería capaz de notar el cambio que se había producido entre los dos. Para mí era obvio, daba igual lo que me esforzara por mantener la compostura de cara al resto y, también, de cara a las cámaras. Sentía no solo que había desaparecido la barrera que nos separaba, sino que nos habíamos tocado tanto y de manera tan intensa que habíamos dejado restos el uno en el otro. Trix se había percatado, por supuesto, pero

¿y Doc? Koen había insistido mucho en que no se diera cuenta de que había averiguado su identidad, y eso incluía, probablemente, relacionarme con él a ese nivel. Sin embargo, le había visto la cara a Honey. ¿Aquello preocupaba menos a Doc porque, aparte de decir que era una mujer, al no saber nada de ella no podría identificarla ante la policía? ¿O lo que temía

era que intentara convencer a Koen de que abandonara el plan y, en cierto modo, a él, si descubría quién era?

Seguí a Koen por el pasillo que conducía a la sala de las ruletas y me preocupó lo fácil que me resultó. Como si tras alguno de nuestros múltiples tropiezos nos hubiéramos levantado a la vez y amoldado al ritmo del otro.

Al entrar en la estancia, ambos examinamos los papeles que cubrían tres de las cuatro cámaras. Koen se valió de su altura y del extremo de uno de sus cuchillos para apartar ligeramente uno de ellos y leer lo que ponía. No pareció preocuparle porque lo dejó donde estaba y se dirigió al mueble que había a un lado de la habitación.

Chasqueó la lengua.

—No hay fichas, pero al menos está la bola. —Era pequeña y blanca. La lanzó al aire y la volvió a atrapar con agilidad—. Da igual, nos apañaremos. ¿Has jugado alguna vez?

—Nunca.

—Aprovechaste fatal tu riqueza durante estos años, Sav. ¿Para qué quieres tanto dinero si no es para despilfarrarlo?

—He estado estudiando —me defendí.

—Por supuesto que sí. —Dejó la bola sobre el tapete verde de la mesa más cercana. Después, metió la mano en el bolsillo y sacó otros dos objetos que colocó justo al lado: su moneda de dos euros y el anillo que me regaló—. Jugaremos con esto para hacer las apuestas. No te preocupes, adaptaremos las reglas para hacerlo simple. ¿Ves que hay unos números sobre la mesa? Van del 1 al 36. Ignora el 0 y el 00 porque iremos el uno contra el otro, no contra la casa. Lo único que tienes que hacer es colocar la ficha que escojas… —agarré rápidamente el anillo, arrancándole una carcajada por lo bajo— sobre la casilla que creas que va a salir.

Examiné el tapete. Había recuadros con números del 1 al 36, pero también otros que indicaban «par», «impar», «rojo», «negro», «primera docena» y similares.

—Pero es muy difícil que salga, por ejemplo, el número 2.

—Exacto. Las apuestas a un solo número son más arriesgadas y, si jugáramos con dinero y ganaras una de ellas, te llevarías mucho más. Pero también se puede apostar solo al color que crees que va a salir. O a pares o impares. En esos casos tienes un 50 por ciento de probabilidades de acertar. Lo haremos así: iremos por turnos, primero tú y después yo. Si

apuestas a un solo número y ganas, podrás pedirme que haga lo que tú quieras.

—¿Y si pierdo?

—Seré yo quien te lo pida. Pero si arriesgas menos escogiendo una de las opciones sencillas, tipo «par» o «rojo», lo que obtendrás será la respuesta a una pregunta. De nuevo, si fallas, serás tú la que tenga que responderme. ¿Entiendes?

—Sí.

—Primero giraré yo la rueda. La pelota se lanza una vez que esté en movimiento y en sentido contrario. Bien, haz tu apuesta.

Situé el anillo en la casilla con el rombo de color negro. Sonrió, pero no hizo comentarios al respecto. Se limitó a poner en funcionamiento la ruleta. La pelota cayó en el número 13, que era de color negro.

—La suerte del principiante —me dijo—. ¿Y bien? ¿Qué quieres preguntarme?

No lo pensé demasiado, quizá porque la duda llevaba rondándome desde hacía días.

—La primera noche, justo antes de lanzarle el cuchillo a mi padre, mencionaste que habías cometido parricidio. ¿Lo dijiste por decir? Porque no tiene sentido: ya sospechabas que él había tenido que ver con la muerte de tu familia y, aunque no hubiera sido el caso, habrían fallecido en un accidente.

—Da igual. Sentí que los había matado yo por haber cambiado la fecha de vuelta. Quizá tu padre hubiera orquestado lo del conductor borracho con el que se cruzaron, pero, de haber regresado antes, quien me habría venido a buscar habría sido Johann, nuestro chófer. En ese caso puede que lo hubieran tenido más difícil para fingir su accidente.

—Comprendo, aunque no estoy de acuerdo. No puedes cargarte a la espalda los crímenes de otros.

Encogió los hombros por toda respuesta y, deseoso de cambiar de tema, me indicó cómo tenía que situarme frente a la ruleta para hacerla girar.

—¿Seguimos?

Colocó su moneda sobre la casilla «impares», pero la bola se detuvo en el número 22.

—¡Fallaste! —Sonreí—. En ese caso, ¿te vuelvo a hacer una pregunta?

—Sí.

Le di vueltas al anillo entre dos dedos, pensando en ello y dándome cuenta de la cantidad de cosas que quería saber. En esos días había averiguado lo importante, pero me quedaban mil detalles. Estaba segura de que, por competitividad y puede que porque tenía tantas ganas como yo de que lo desentrañara, respondería a casi lo que fuera, aun así no quería volver a sacar a colación algo que lo entristeciera.

—¿Qué fue lo primero que pensaste de mí cuando me viste en el casino?

Agachó la cabeza, ocultándome la sonrisa. Alcancé a escuchar su

«diabólica» y también:

—Que te habías convertido en exactamente el tipo de mujer que pensé que serías.

—¿Eso es un cumplido o un insulto?

Alzó los ojos para engancharlos a los míos.

—Una declaración. ¿Seguimos?

—No estoy segura de que hayas respondido a mi pregunta.

—¿Y lo estás de querer escuchar la respuesta?

—No lo sé.

Inclinó la cabeza mientras se reía de la expresión que estuviera poniendo.

—Si lo que te interesa es mi opinión sobre tu físico, algo, por otro lado, tirando a decepcionante, me pareciste espectacular. Imponente. No dejo que cualquiera me amenace con un cuchillo, y mucho menos lo agradezco y deseo que se repita.

—Eso no es lo que me interesa. Ensanchó la sonrisa.

—Lo suponía. En tal caso, y vadeando lo que no quieres que te diga, me frustró no encontrarte a la primera. Tener que escarbar hasta dar con la Sav a la que conocía porque la habías guardado al fondo de un cajón. — Envolvió mi dedo índice con la mano para que no presionara la uña y reconoció—: Me alegra que haya vuelto.

—A mí también. ¿Y me odiaste?

—Son muchas preguntas, estás haciendo trampas.

—Es la misma, pero desgranada —rebatí—. Dime, ¿lo hiciste?

—Puede.

—¿Puede?

—Puede. Me resulta complicado, o me lo resultaba entonces, ponerle nombre a lo que sentía por ti porque era una mezcla de muchas cosas. Había odio, creo. Rencor, eso seguro. Y miedo a que volvieras a imantar mi brújula interna para que la aguja te persiguiera. También había sospecha. Y necesidad de algo, o de todo a la vez. Anhelo, por supuesto…

—¿Deseaste hablar conmigo?

—Y salir corriendo en sentido contrario. Venga, me toca girar la rueda.

Haz tu apuesta.

Puse el anillo sobre la casilla de «pares» y la bola cayó en el número 3.

—Al fin. —Se apoyó sobre la mesa y tiró de mí para acercarme a él.

Siguió mi mirada y dijo—: No te preocupes por la cámara.

—¿Y qué pasa si la policía acaba viendo las grabaciones? ¿O Boo?

Me colocó entre sus piernas abiertas, entrelazando las manos en la parte baja de mi espalda.

—Boo está durmiendo. Además, si las viera tampoco diría nada. Me pilló anoche cuando te llevé en brazos a la habitación y le expliqué la situación. No abras la boca para preguntar porque no quieres escuchar la respuesta. Buena chica. Respecto a la policía… —Coló los dedos bajo la seda y aproximó tanto la cara que el hocico de su máscara tocó mi nariz—. Diles que me has seducido. Ni siquiera tendrás que mentir. Explícales que te aprovechaste de mi atracción hacia ti para conseguir lo que querías. Piensa que llevas conmigo desde el primer día, esposada y durmiendo en la misma habitación, llegarán a esa conclusión por sí solos.

—¿Por eso lo hiciste? ¿Para que la policía dudara de mí?

—Quizá al principio y solo en parte. Pero si quieres saber el resto tendrás que jugar. Ahora me toca preguntar a mí: ¿cuál es tu plan cuando salgas de aquí? No intento presionarte o volver a sacar el tema —se adelantó—, tan solo siento genuina curiosidad. Además de quedarte con PriceShield, ¿qué harás?

—Sacar adelante la empresa. Mejorarla —expliqué, extrañada.

—Sí, ¿y qué más?

—No entiendo a qué te refieres.

—A conseguir una casa, viajar por el mundo, compartir tu vida con alguien…

—Eso… No lo sé. ¿Supongo?

—¿Y te pondrás en contacto con tu madre?

—Sí. Quizá —rectifiqué.

—¿Qué es lo que te gusta de dedicarte a una empresa de seguridad?

Fruncí el ceño. Como no encontré respuesta, ni siquiera para mí misma, le dije:

—Esa es otra pregunta. Venga, haz tu apuesta.

Sin apenas modificar nuestra postura, giró el tronco superior para situar la moneda sobre el rombo de color rojo. La bola cayó en el 35 de color negro, así que pregunté:

—¿Qué hay de ti? ¿Qué harás si la policía no te detiene?

—«Cuando no me detenga», no «si no me detiene» —enfatizó con petulancia—. Reconozco que no lo he pensado. ¿Qué? —inquirió cuando abrí los ojos como platos—. Recuerda que no soy como tú, que yo improviso sobre la marcha. Tendré dos millones con los que empezar en cualquier otro lugar, así que…

—¿Solo dos?

—Te lo dije desde el principio, Sav: somos gente humilde que se conforma con poco. Aunque para alguien acostumbrado a vivir con menos que nada, dos millones son una barbaridad.

—Entonces, ¿los invertirías en algo?

—Me marcharía de Nevada, eso por supuesto, y quizá incluso de Estados Unidos. No te lo tomes a mal, pero este país es una mierda.

—¿Entonces? ¿Europa?

—Puede ser. Conseguiría una identidad falsa o suplantaría la de alguien, me asentaría un tiempo y… —Alzó la cabeza, primero, y la sonrisa un poco después—. Supongo que lo volvería a hacer.

—¿Robar?

Rio ante mi cara de perplejidad.

—Lo más seguro. No tanto por necesidad como por hacer algo. Por probarme a mí mismo. Puede que luego devolviera el dinero o se lo diera a alguien que lo necesitara de verdad, como Robin Hood. Quizá me contentara con planear el palo y no llevarlo nunca a cabo. Pero me gusta.

—¿El qué?

—La adrenalina. No saber qué sucederá dentro de un segundo porque, por mucho que planifiques, hay mil factores en juego y la gente es muy difícil de anticipar. Me gusta incluso cuando creo que está todo perdido porque en esos momentos es cuando logro disfrutar más de las cosas. La comida sabe mejor porque crees que no volverás a probarla, los colores son más brillantes porque crees que no volverás a verlos y las personas…

—Estrechó el abrazo hasta colocar el roto por el que se veía parte de su boca justo al lado de mi oído—. Fíjate en nosotros. Nos hemos puesto una fecha de cierre casi antes de empezar, así que intentamos correr más que el reloj y arañamos lo que podemos. Preguntamos y preguntamos, miramos y miramos, con la esperanza de tener suficiente antes de que todo termine y sabiendo que haría falta más que toda una vida para cansarnos el uno del otro. Mucho más. Lo abocado al fracaso tiene un encanto especial, ¿no crees?

—Me parece triste —murmuré cuando volvió a mirarme de frente.

—Porque lo es. Te toca.

Situé el anillo sobre el «pares» y solté un grito de alegría cuando cayó en el número 36.

—¿A qué vino lo de las esposas y la cadena, entonces? —le pregunté.

—Quería joder, lo reconozco. Sabía que te molestaría y estaba enfadado. Pero también quería mantenerte cerca, ver si me reconocías incluso con la máscara. Y descubrir en lo que te habías convertido mientras rebuscaba lo que fuiste. Llegado un punto, además, pretendía protegerte. Ibas a estar más segura junto a mí. Y me pareció jodidamente sexi.

—¿Cómo?

—¿A ti no? —se extrañó—. Entiendo que no al principio, cuando desconocías quién era. En ese momento jugaba con ventaja. De hecho…

—Formó dos puños, tenso de pronto, y bajó la barbilla—. Fue injusto haberme enfadado después de lo que pasó la segunda noche. No se me pasó por la cabeza que pensarías que te iba a… Aunque es normal. Joder, claro que lo es. Lo siento. De verdad.

Noté que el corazón se me llenaba de helio.

—Disculpas aceptadas —murmuré.

Tras una pequeña sonrisa que dejaba traslucir su alivio, él también colocó la moneda sobre los «pares». Salió el número 7, así que hizo un gesto en mi dirección, invitándome a preguntar. Me mordí el labio inferior mientras pensaba en ello y Koen, creyendo que pretendía hacerme daño, lo acarició con los dedos hasta que lo liberé. Sentí su roce efervescente, como uno de esos caramelos que estallan en la lengua.

Le dije:

—Si tuvieras que escoger una de las siete veces que me espiaste, ¿cuál sería?

Silbó.

—Qué difícil. Vale, ya lo tengo. Fue el día que asustaste a un acosador en Rodeo Drive. —Entrecerré los ojos, tratando de recordar, pero no me vino nada a la mente—. Volvías de compras, cargada con varias bolsas, cuando un tipo alto con los ojos hundidos te detuvo agarrándote del brazo cerca de la salida de esa calle. No sé qué te dijo porque estaba demasiado lejos, pero parecía muy vehemente. También te regaló una flor. Una rosa blanca medio muerta. Y tú le respondiste. Pusiste una cara rarísima, jamás te había visto así. Como si estuvieras en medio de un viaje astral. Le hablaste durante un buen rato, sujetándolo incluso de las solapas de la americana, y el tipo iba empalideciendo cada vez más. Hasta que… te lanzaste al suelo de rodillas y gritaste algo parecido a: «Pero ¡yo te amo!». Se marchó poco después, tú te pusiste en pie, te sacudiste las piernas y pediste un taxi como si tal cosa.

—Oh. Vale, ya caigo.

Noté cómo se me encendía la cara, en parte por la vergüenza y en parte por el regocijo al verlo tan fascinado.

—¿Qué fue lo que pasó?

—Me pidió mi número de teléfono y, cuando no se lo quise dar, insistió muchísimo. Me sujetó y dijo que era la mujer más hermosa a la que había visto, que deseaba convertirme en su esposa para asegurarse de que nunca me faltara nada. Entonces yo… Acepté, en resumidas cuentas.

—¿Qué? —inquirió, patidifuso.

—Le dije que de acuerdo, que llevaba años esperando a que un buen hombre me salvara de caer en los brazos de la indecencia o algo por el estilo. Pero que tenía siete hermanas mayores y que mi madre no permitiría que me casara antes que ellas, así que debíamos buscarles esposos.

—¿Lo espantaste solo con eso?

—Bueno, luego le hice creer que estaba en una secta, que tendríamos que vivir en una comuna con mi amplísima familia y que cuando diera a luz a cada uno de los nueve hijos que engendraríamos debería comerse la placenta mientras el líder, que también era mi padre, miraba.

—Me estás vacilando.

—Me gustaría decir que sí, pero no.

—Definitivamente, mi escena favorita de las siete. —Se rio por lo bajo, todavía sin dar crédito—. Aunque estabas preciosa el día de tu

graduación.

Dejé de respirar.

—¿Viniste?

—Por supuesto.

En esa ocasión, la calidez que se había originado en mi estómago no se limitó a ascender o descender, sino que explosionó y ocupó hasta el último rincón de mi cuerpo.

No sin cierta inseguridad, deslicé el anillo hasta el número 12.

—¿Estás segura? —quiso saber Koen—. Si aciertas, podrás decirme qué hacer, pero si fallas…

—Lo sé. Tengo una condición, sin embargo.

—Dispara.

—¿Otra vez? —Sonreímos. Primero él y después yo—. No pediremos nada que no pueda cumplirse ahora mismo.

—Me parece justo.

Giró la ruleta. Ni me sorprendió ni me decepcionó que la bola se detuviera en el número 29 porque había contado desde el principio con fallar. Deseaba que me pidiera algo, que escogiera el recuerdo que llevar consigo cuando nos separáramos.

Nos mantuvimos un tiempo en silencio, evaluándonos, hasta que dijo:

—Como no puedo pedirte lo que querría, porque ni es posible cumplirlo ahora ni sería justo, propongo que ampliemos tu lista de parafilias. Si te parece bien, por supuesto.

—¿En qué estás pensando?

Dejó de apoyarse sobre la mesa, nos giró y, tras un movimiento rápido, me subió encima. Se colocó entre mis piernas y me acarició con una mano desde el tobillo hasta el muslo. Primero por encima del vestido, después, por debajo.

Esbozó una sonrisa perversa y susurró:

—Había olvidado que no llevabas bragas.

—Mentiroso.

Su carcajada se me coló en la boca entreabierta.

Cerré los ojos cuando sentí el roce de sus dedos y no tardé en ahogar un gemido. Entonces, le dije al oído todo lo que iba a hacerme, y también:

—Koen, no quiero que nos vean.

—A tus órdenes.

Lanzó uno de sus cuchillos hacia la cámara.

DÍA 6

18 de marzo de 2026

Departamento de la

Policía Metropolitana de Las Vegas

Sexta hora del interrogatorio

La ayudante del inspector de policía se acercó a Savannah y le dijo:

—Disculpe, tengo que llevarme sus zapatos para analizarlos.

—¿Está de broma?

—Es el protocolo, señorita Price —respondió Frank Morales—. Se los devolveremos cuando terminemos. —Dirigió la siguiente pregunta a su compañera—: ¿Te los ha pedido Sophie? ¿Solo los zapatos?

Ella asintió y señaló el aparato de comunicación que tenía en la oreja.

—Ahora mismo. ¿Necesita que le traiga algo? ¿Otro café?

—No te preocupes, Rivera. Gracias.

Cuando la policía se agachó para coger el calzado, Savannah Price no disimuló su altanería al advertir:

—Tened cuidado con ellos. Son unos Manolo Blahnik.

La ayudante puso los ojos en blanco y le dedicó un saludo respetuoso a su jefe antes de salir de la sala.

—Tengo buenas noticias para usted, señorita Price —retomó Frank Morales cuando se quedaron a solas.

—¿Van a dejarme ir? Estoy cansada y debería visitar un hospital para que me miren la herida del costado.

—Todavía no, lo lamento. La buena noticia tiene que ver con su prometido: Trenton Lee ha sobrevivido a la intervención.

38

Miércoles, 18 de marzo de 2026, 07:38

Lo observé moviéndose por la habitación. Parecía extremadamente despistado: cogía el arnés, se pisaba el cordón de la bota, dejaba las armas sobre la mesa y se agachaba para anudárselos, al levantarse olvidaba qué estaba haciendo antes…

—El arnés está ahí —indiqué, señalándolo con un dedo.

Koen me había quitado las esposas la noche anterior, en cuanto llegamos a la habitación, pero mi recién adquirida libertad no supuso que durmiera mucho más cómodamente. Permaneció a mi espalda, enroscado a mí con los brazos y también con las piernas, y ninguna de las más de veinte veces que me quejé del calor que desprendía sirvieron de algo. Me sugirió que me quitara el vestido y, cuando lo hice, empezó a acariciarme el costado excusándose en que: «Eres indecentemente suave, yo no tengo la culpa».

Lo estudié desde el colchón, apenas cubierta por una sábana. Sus despistes no eran lo más extraño, sino el rictus de sus labios. Daba la impresión de estar esforzándose, mucho y mal, para aparentar que estaba bien.

—Estás asustado —aventuré. Cuando se detuvo para mirarme por encima del hombro, descubrí que había acertado—. ¿Por qué? ¿Crees que es peligroso?

—Sí y no. Dudo que tengan armas allí arriba, y si las tuvieran tampoco serían rivales para nosotros.

—¿Entonces?

—Es Doc —reconoció—. ¿Recuerdas cuando te dije que originariamente el plan era otro? —Asentí—. Fue por él. No ha venido por el dinero, sino para ajustar cuentas con Tiffany Whitmore.

—¿A qué te refieres?

—Necesitamos subir al quinto piso porque ahí se esconden las pruebas de todo lo que ha hecho La Última Mano. Doc quiere comprobar algo y, si tiene razón, vengarse como mejor le parezca.

—Te refieres a matarla.

—Quizá. ¿Te opones?

—No —reconocí. Por muy difícil que me resultara asumir en quién me había convertido, la idea de que alguien acabara con esa mujer me provocaba alivio—. ¿Eso es lo que te parece peligroso? ¿El enfrentamiento?

—No. Las repercusiones. Él no las teme porque cree que no tiene salvación, algo que de todos modos no quiere porque piensa que ya lo ha perdido todo, pero…

—¿Te preocupa que acabe en la cárcel?

—En parte. Aunque lo prefiero a que se termine de perder a sí mismo.

Caí en la cuenta de golpe. Fue por el tono de nostalgia aderezado con el cariño, supongo. Lo uní con ese algo más que impregnaba la camaradería que habían demostrado hasta entonces y lancé mi hipótesis:

—¡Doc es tu mejor amigo! Aquel cuya novia murió. —Tras un instante de duda, se limitó a asentir—. ¿Y no puedes detenerlo? Si lo que dices es cierto y esa planta está llena de pruebas incriminatorias de La Última Mano, encerrarán a Tiffany de por vida. Tendrá su castigo y tu amigo podrá ser libre… Si conseguís escapar, me refiero.

—Mujer de poca fe —se burló—. No sería justo. Que lo convenciera, me refiero. Cuando Doc y yo nos conocimos, le hablé de lo que me había pasado de niño y de mi deseo de venganza. Sabe quién es tu padre y lo que sospecho que hizo y, con independencia de lo mucho que nos complicara el salir de aquí, jamás me impediría tomarme la justicia por mi mano. Y yo tampoco puedo hacerlo. La decisión es suya, sea cual sea, y lo apoyaré hasta el final.

Koen me acercó el vestido que anoche había tirado al suelo. Después, me ofreció las esposas.

—Estaré fuera un rato y no tendría por qué entrar nadie, pero tampoco puedo impedir que se pasen a vigilar. No sin levantar sospechas, al menos.

Las cogí y les dediqué una mirada irritada.

—Las odio.

—Lo sé.

—Tengo las muñecas destrozadas.

—También lo sé. Y lo siento. Solo será un rato, te lo prometo. Tampoco hace falta que las aprietes mucho. Con que te sujetes un brazo al cabecero será suficiente.

—¿Y la llave?

La sonrisa de Koen se afiló. Tras pasarse la lengua por los dientes, apoyó una mano sobre el colchón para inclinarse hacia mí y me dijo al oído:

—Tendrás que ganártela a la vuelta.

Mordí la cara interna de mis mejillas para que no se me escapara la risa y, fingiendo toda la suficiencia que pude, respondí:

—Eres insoportable.

—Tienes toda la razón. Me pregunto por qué te gusto tanto. —Antes de que pudiera replicar, me besó, atrapando con los dientes mi labio inferior—. Deberías consultarlo con un especialista cuando salgas de aquí. No puede ser sano.

CÁMARA DE SEGURIDAD DEL O FORTUNA

Planta 4 (dcha.), sala de fumadores 18/03/2026

08:00:04

Se habían sentado en dos sillones, Fox y Doc enfrente de Honey y Boo. Pese a lo cerca que se encontraban de lograr sus objetivos, el ambiente estaba cargado. Se palpaba en la tensión muscular, en la falta de bromas y en la pierna de Fox, que se movía sin parar. Arriba y abajo, abajo y arriba.

Boo, en su silla de ruedas, estaba más pendiente de la pantalla de su ordenador que del gato al que acariciaba. Lo había dejado abierto sobre la mesa, con el programa a través del cual supervisaba las cámaras de seguridad en funcionamiento. No iba a permitir que Tiffany Whitmore y Trenton Lee escaparan.

Doc, por el contrario, tenía la atención clavada en el bisturí al que daba vueltas entre las manos.

—¿Qué tal te encuentras, Honey? —inquirió Fox, rompiendo el silencio—. Si necesitas que aguantemos un día más…

Doc se enervó ante la sugerencia y la aludida respondió:

—No será necesario. Estoy perfec… Lo suficientemente bien —corrigió cuando Boo hizo amago de replicar.

—De acuerdo —concedió Fox—. De momento, los únicos que subiremos a la quinta planta seremos Doc y yo, así que puedes tomarte el resto del día para descansar. Apenas quedan rehenes y los palos, Copy y Paste podrán encargarse de ellos sin problema.

—¿Y yo? —intervino Boo.

—Puedo hacer algo —contradij o Honey al mismo tiempo—. No necesito seguir postrada en la cama.

—Lo sé —respondió Fox, dirigiéndose a la muj er

—, pero, si todo sale bien, mañana te espera un día complicado. Recuerda que tu misión no ha terminado y que has de estar todo lo recuperada que puedas para la última parte del plan. Si no quieres quedarte en la habitación, baja al vestíbulo a comprobar que los agujeros estén bien.

No sin cierta reticencia, Honey cruzó los brazos e hizo un gesto afirmativo.

—Y tú —prosiguió el líder, mirando hacia Boo—,

¿tienes todo listo para hacer las transferencias?

—Sí. ¿No íbamos a dejarlas para mañana? Para antes de salir. Justo antes. Eso es lo que me dijiste. Aclárate.

—Solo quería asegurarme de que estamos a un botón de distancia de conseguir el dinero.

—Es un poco más complicado —replicó Boo—. ¿Te crees que mi trabajo es fácil? ¿Que solo le doy a

« aceptar»? Hay códigos. Y más cosas. Todo el tiempo.

—Lo sé, me refería a… Ya sabes a qué me refería. Una vez que Doc y yo terminemos con Tiffany Whitmore, le pediré a alguien que te suba para que trastees con las copias de los vídeos de las cámaras de seguridad.

—Yo no trasteo. Mi trabajo es importantísimo.

—Para que investigues —corrigió Fox con una

sonrisa—. ¿Tenéis alguna pregunta? ¿No? Perfecto.

—Colocó una mano sobre el hombro de su mej or amigo y susurró—: ¿Cómo te sientes?

Entonces sí, Doc alzó la vista. Sus ojos carentes de expresión habían adquirido cierto brillo que, lejos de aliviar al resto, pareció incrementar su inquietud. En especial cuando respondió:

—Pletórico.

CÁMARA DE SEGURIDAD DEL O FORTUNA

Planta 5 18/03/2026

08:29:49

Media hora atrás, Trenton había entrado en la cámara de seguridad con una manta, un cojín y una botella de agua. Tiffany Whitmore, después de encerrarlo y de eliminar cualquier vestigio que indicara que allí se escondía más de una persona, se había sentado tras la mesa de su despacho a esperar.

Sobre el mueble, robusto y de madera de ébano, no había papeles o adornos, tan solo un ordenador portátil cerrado, una memoria USB, tres vasos y una botella de bourbon valorada en más de mil dólares.

Cuando empezaron las explosiones, la dueña del O Fortuna se sirvió dos dedos del licor en uno de los vasos. Las detonaciones eran cortas y regulares, separadas entre sí por una franja de no más de nueve segundos. Tras la cuarta, un chirrido metálico muy desagradable le indicó que los atracadores estaban abriendo a la fuerza el mecanismo con el que se sellaba la quinta planta.

Se bebió el bourbon de un sorbo y esperó con paciencia a que llegaran.

Si le sorprendió que únicamente subieran dos de ellos, no lo demostró. Uno, el de la máscara de zorro,  armado  con  una  ametralladora  M249,

recorrió la estancia, examinándolo todo con evidente suspicacia. El otro, el que estaba vestido como si de un médico se tratara, tenía los ojos fijos en ella. Al contrario que su compañero, solo llevaba en las manos un bisturí.

—¿Dónde has escondido a tu adorable sobrino? — preguntó Fox mientras pasaba la palma sobre la puerta de la cámara, tratando de averiguar cómo funcionaba—. ¿Lo tienes aquí dentro?

Haciendo alarde de lo buena que era evitando los temas que no le interesaban, Tiffany arrastró la memoria USB sobre la mesa y dijo en dirección a Doc:

—Habéis venido por esto.

El hombre de la bata se aproximó para cogerla.

—¿Qué es? —preguntó.

—Lo que sucedió el 12 de enero con aquella chica.

Para sorpresa de los presentes, incluido él mismo, Doc clavó el bisturí en la mano de Tiffany Whitmore. Lo hizo con tanta fuerza y rapidez que atravesó la carne hasta llegar al ébano. La dueña del O Fortuna no pudo evitar el alarido, pero ni intentó moverse ni, una vez se repuso, hizo comentarios al respecto.

Fox, tenso aunque tratara de aparentar lo contrario, se acercó a la mesa y abrió el ordenador portátil. Sin mediar palabra, Doc le tendió la memoria USB mientras le decía a la muj er:

—Se llamaba Chloe Reed.

—No lo olvidaré —respondió ella con el dolor atragantado en la voz. Esforzándose por parecer estoica, enderezó la postura e hizo un gesto con la mano sana hacia el ordenador—. Os invito a ver las grabaciones de aquella noche. Después, permitid que os haga una propuesta.

CHLOE REED

12 de enero de 2026

CÁMARA DE SEGURIDAD DEL O FORTUNA

Planta 2, sala de espectáculos 12/01/2026

20:00:01

La sala de espectáculos del O Fortuna no estaba terminada. Faltaban por instalar las barras y las lámparas de araña. Tampoco había un solo mueble. Ante la falta de mesas redondas y de las sillas acolchadas que las rodearían cuando el casino abriera dos meses más tarde, el hombre colocó una banqueta de plástico frente al escenario. Se sentó en ella con uno de los mocasines apoyado en el suelo y el tacón del otro sobre la barra que unía las patas y observó a la muj er que acababa de situarse tras el micrófono.

Él se llamaba Jack Morgan, ella, Chloe Reed, y lo único que tenían en común era su pasión por la música y la violencia con la que los asesinaron.

Poco antes de que su vida terminara, Jack Morgan consiguió trabajo como director artístico en el O Fortuna. Llevaba una semana haciendo pruebas a distintos candidatos y, justo esa noche, le tocó el turno a Chloe Reed.

Jack no las tenía todas consigo respecto a Chloe. Era lo suficientemente joven y guapa, pero el vídeo que le había mandado era de muy mala calidad y no contaba con experiencia. Cuando empezó a cantar, sin embargo, desaparecieron sus

dudas y la rigidez de su postura. Echó el cuerpo hacia delante y disfrutó de su talento.

Lamentablemente nadie más escuchará su actuación porque las cámaras de seguridad, como ya se ha dicho antes, no graban sonido. Lo que quedará para la posteridad será la sonrisa de ella, brillante de tan blanca, cuando, al acabar, Jack Morgan se ponga en pie sin dejar de aplaudir. También su reverencia, dulce y avergonzada, justo antes de que él le diga:

—Me encantaría contar contigo, Chloe Reed. Tienes un talento excepcional, ¿cómo es posible que no te hayan descubierto hasta ahora? —Negó con la cabeza, todavía deslumbrado, y se acercó al borde del escenario. Le ofreció la mano a la muj er para ayudarla a bajar y añadió—: Ven, querida, te enseñaré el resto del casino.

CÁMARA DE SEGURIDAD DEL O FORTUNA

Planta 1, vestíbulo 12/01/2026

20:09:02

Trenton Lee tenía un brazo alrededor de la cintura de Savannah Price. Con la mano libre sostenía el teléfono móvil mientras decía:

—Pertenece a un poema del siglo XIII. Es latín. Significa: « Oh Fortuna, semej ante a la luna, de naturaleza cambiante, siempre asciendes o desciendes; la vida insoportable unas veces hiere y otras protege, jugando con los pensamientos; la miseria y la autoridad se deshacen como la nieve».

La pareja se encontraba en el vestíbulo, frente a la enorme fuente que representaba a la diosa Fortuna. El fragmento grabado en la piedra al que hacía referencia el hombre estaba mal traducido y, por el gesto de la muj er, era evidente que ella lo sabía. No obstante, esbozó una sonrisa laxa y respondió:

—Qué interesante, gracias por contármelo.

Trenton guardó el móvil y condujo a Savannah hacia el ascensor.

—Permite que te muestre cómo ha quedado el casino.

—¿No deberíamos reunirnos ya con mi padre y con tu tía? Me preocupa que lleguemos tarde al restaurante.

—Hemos quedado con ellos a las nueve, todavía hay tiempo.

La sonrisa de la muj er se deformó hasta convertirse en una mueca de incomodidad.

—¿Y si los esperamos para ver las instalaciones los cuatro juntos?

—Seguramente estén reunidos, cariño —respondió, ligeramente molesto—. Nos encontraremos con ellos cuando acabemos la visita. Además, quiero enseñarte algo especial. Por tu cumpleaños.

CÁMARA DE SEGURIDAD DEL O FORTUNA

Planta 4 (izqd.), reservado 12/01/2026

20:14:03

—Al reservado solo se puede acceder a través de la puerta roja del bar —explicó Jack Morgan justo después de cerrar la susodicha puerta. Hizo un gesto con el brazo para abarcar la estancia—. Como ves, tanto el escenario como el espacio son más pequeños que los de la segunda planta. Eso es porque la cuarta está destinada al público más selecto del O Fortuna. Las funciones también serán más… íntimas.

Chloe Reed dejó de acariciar el terciopelo del telón y se volvió hacia el director artístico con la preocupación escrita en las facciones.

—¿Qué tipo de espectáculos…?

—Burlesque y demás, tampoco te vayas a creer — se apresuró a explicar—. Puede que los requisitos de vestuario sean más estrictos, eso sí. Y que se pida a los artistas que se acerquen a las mesas de los clientes para entablar conversación. Se paga mej or y hay peces más gordos a los que impresionar, tanto de dentro como de fuera del mundo del espectáculo, pero puedes limitarte a la segunda planta si te sientes más cómoda.

—Abaj o estaré bien —decidió Chloe, aliviada—. Llegar a actuar en este casino ya es todo un sueño. De hecho, todavía me cuesta hacerme a la

idea. ¡ Por cierto! Quería preguntar… Sé que el O

Fortuna no está abierto al gran público, pero

¿habría posibilidad de que invitara a alguien? Solo para verme. Una única vez, entrar y salir — añadió, nerviosa—. Entendería si no fuera posible.

Jack Morgan parpadeó con exagerada coquetería.

—¿Una persona especial?

Chloe Reed se sentó al borde del escenario. Con las mej illas sonrojadas y los pies cruzados, confesó:

—Se trata de mi novio, Emyr. Me ha escuchado cantar cerca de un millón de veces en casa, pero nunca sobre un escenario. Uno de verdad, me refiero, no el del bar en el que trabajo como camarera los fines de semana.

—Trabaj abas —corrigió el hombre con amabilidad.

—Trabaj aba —concedió—. Es… Vinimos a este país desde Flint. Gales. Lo dejó todo para que pudiera cumplir mi sueño, ¿sabes? A su familia, la carrera de Medicina… Sin él, jamás lo habría logrado. Es mi mayor fan.

—¿Cuánto hace que estáis juntos?

—Catorce años.

El director artístico silbó.

—Pero ¿cuántos tienes tú? ¿Veinticinco?

¿Veintiséis?

—Veintisiete. Fue mi primer novio. No hemos estado con ninguna otra persona. —Pareció avergonzarse  de  la última frase  porque  las mej illas se le tiñeron de rojo y agregó—: Tampoco es que importe, no soy una de esas muj eres que…

—Es bonito —la tranquilizó Jack Morgan—. Ojalá yo tuviera esa suerte. Mi relación más larga no ha pasado de los dos meses. El último, además, no se contentó con marcharse de casa sin motivo y sin despedirse, también me robó. —Chloe se llevó

las manos a la boca, horrorizada—. Tengo un tipo muy específico y muy inconveniente para mi estabilidad mental y financiera.

—Puedo presentarte a mi amigo Koen. Tampoco es de fiar, pero es muy guapo. Rubio… O pelirrojo. Ese color que hay entremedias. Muy alto. Y es alemán, aunque ha perdido el acento.

—¿Es gay?

—Bisexual.

—Me has convencido. Puedes traer a tu novio al espectáculo, pero pídele a ese tal Koen que se acerque también.

CÁMARA DE SEGURIDAD DEL O FORTUNA

Planta 3 (dcha.), pasillo 12/01/2026

20:19:04

—Es una lástima que no hayamos podido visitar el spa —comentó Trenton mientras avanzaban por el pasillo—. He visto los planos y va a quedar espectacular.

Conducía a Savannah con la mano que tenía apoyada en la parte baja de su espalda. Ella, envuelta en un vestido rojo que había adquirido en una subasta, se abrazaba a sí misma buscando protegerse tanto del frío como de la situación en la que se encontraba.

Consciente de ello, y probablemente disfrutándolo, Trenton continuó hablando:

—La sección derecha de la tercera planta, como puedes comprobar, está reservada al hotel. No es necesario alquilar una habitación para jugar, por supuesto, y a los clientes más importantes se les ofrecerán sin coste adicional. A excepción de las dos suites, la Royal, frente a la que acabamos de pasar, y la joya de la corona —se detuvo frente a unas  puertas  dobles  muy  ornamentadas—:  la

Whitmore Penthouse. Ambas están reservadas para la familia. El acabado es exquisito. Cuesta creerlo. Ven, te la mostraré.

Savannah miró hacia atrás. Por su expresión de

angustia, cualquiera diría que estaba

contemplando la posibilidad de echar a correr.

—Quizá deberíamos buscar a mi padre y…

—Serán solo unos minutos —la interrumpió con la voz tirante—. ¿Te he hablado ya de las vistas? Las mej ores de todo el casino. No te las puedes perder.

CÁMARA DE SEGURIDAD DEL O FORTUNA

Planta 4 (izqda.), bar 12/01/2026

20:24:05

Tiffany Whitmore y Gregory Price entraron en el bar. Permanecieron de pie en el centro de la estancia, desde donde la dueña del O Fortuna señaló las cámaras que había en el techo.

—Hay diez en esta estancia, todas visibles — explicó—. Desde la sala de vigilancia del vestíbulo, el encargado de seguridad podrá observar todo lo que sucede en el casino. Las únicas excepciones son las cámaras que hay en el interior de los cubículos sin placa de los baños de las plantas tercera y cuarta y, por supuesto, las de la quinta.

—He decidido poner a cargo a Vince Rourke. Es mi mej or hombre. Mi mano derecha en PriceShield.

—Después de Trenton, espero.

—Sin duda —se apresuró a responder Gregory, aturullado—. Trenton está haciendo un trabajo excelente con Waffen von Ackermann.

Tiffany se rio con malicia.

—Lo dudo. En cualquier caso, nuestro trato no era que se quedara con la empresa que te regalé, Gregory, sino con PriceShield.

—Llegado el momento, lo hará. Todavía tiene mucho que aprender y yo mucho que aportar.

—Eres mayor —contradij o ella—. En dos años, tres como mucho, quiero que Trenton tome el control. Asegúrate de enseñarle todo lo necesario para entonces. Tampoco puedes seguir retrasando la boda. Savannah acaba de terminar su formación,

¿verdad? Organízala para octubre, a más tardar.

—Una  celebración  de  este  calibre  requiere

tiempo, Tiffany, es imposible…

—¿Sabes lo que guardo en la cámara de seguridad de la quinta planta, Gregory? Pruebas. Grabaciones, en muchos casos. Eres el protagonista de varias de ellas, aunque la más interesante es en la que, después de culpar e incriminar a los Ackermann de tus propios errores, me pides ayuda para deshacerte de ellos.

—Eso no fue…

—Sin mí, ellos estarían vivos y tú en la cárcel. Y, si no haces lo que te pido y agradeces mi generosidad, me aseguraré de que acabes entre rejas… O como ese matrimonio alemán. La decisión es tuya.

Se abrió la puerta roja del fondo. Gregory Price fue el único que se sobresaltó cuando Jack Morgan y Chloe Reed la traspasaron; Tiffany, por el contrario, se mantuvo imperturbable.

Pese a los esfuerzos de la joven cantante por aparentar normalidad, su tensión era evidente. A Jack Morgan le sucedía lo mismo, aunque se notaba que la escena que acababan de interrumpir no le pillaba tan por sorpresa.

—Buenas noches, querida —saludó Tiffany—. ¿Cuál

es tu nombre?

—Es Chloe. Chloe Reed —respondió por ella el director artístico—. Ha venido para hacer una prueba.

—¿Cuál es tu especialidad?

—Canto —balbuceó la joven ante el escrutinio de Tiffany.

—¿Y qué tal lo ha hecho? —inquirió en dirección a Jack.

—Maravillosamente bien.

—Me alegro. Tengo ganas de verte sobre el escenario, Chloe. ¿Te importa esperar a Jack en el vestíbulo? Hay algo que tengo que hablar con él.

La aludida asintió y no pudo evitar acelerarse mientras caminaba hacia la puerta del bar. Como si tuviera prisa por estar en cualquier otro sitio.

Una vez que se marchó, Tiffany, todavía con las comisuras alzadas, selló el destino de Chloe al preguntarle al director artístico:

—¿Habéis escuchado más de lo que deberíais?

El sudor perló la frente de Jack Morgan cuando reconoció:

—Sí.

CÁMARA DE SEGURIDAD DEL O FORTUNA

Planta 3 (dcha.), pasillo 12/01/2026

20:29:06

Savannah Price se marchó de la Whitmore Penthouse como una exhalación. Fijándose atentamente en los detalles, era posible notar que la muj er que entró en esa habitación de hotel no fue la misma que salió. Dejando de lado la costura ligeramente rota del lateral del vestido o los mechones que habían escapado del recogido; obviando, incluso, el pequeño rastro de sangre bajo la nariz que se había olvidado de limpiar… La clave estaba en los ojos. Igual de secos que al principio, pero no igual de asustados. Los de la Savannah que entró parecían llenos de incertidumbre y sospecha; los de la que salió, de certeza. Y pocas cosas aterran más que comprobar que te has equivocado y saber que no puedes hacer nada al respecto.

En el pasillo resonaron el repiqueteo de sus tacones y la amenaza procedente del lugar del que se alejaba:

—No podrás huir de mí para siempre, Savannah. Tarde o temprano me pertenecerás. Y, créeme, me cobraré todo lo que me has hecho esperar.

CÁMARA DE SEGURIDAD DEL O FORTUNA

Planta 3 (izqda.), pasillo 12/01/2026

20:34:06

Cuando la puerta del ascensor se abrió, Savannah se encontró frente a una muj er unos años mayor que ella que parecía tener sus mismas ganas de salir de ahí. Se fijó primero en su ropa humilde y después en el nerviosismo con el que se estiraba un mechón de pelo afro para enrollárselo en el dedo.

—¿Estás bien?

La desconocida colocó la mano en el sensor de la puerta del ascensor para evitar que se cerrara y suplicó:

—Necesito un favor, no te lo pediría si no fuera importante. ¿Puedes conseguirme un taxi? Ahora mismo no tengo dinero para pagártelo, pero lo haré pronto. Lo prometo. He de llegar a casa de inmediato porque…

Antes de que se inventara una excusa, Savannah

dio un paso hacia ella y le dijo:

—Por supuesto que sí. Y no es necesario que me lo devuelvas, tranquila. Ahora mismo no llevo el móvil encima porque me lo he dejado en… Da igual, acompáñame al vestíbulo. Lo pediremos desde ahí.

Chloe Reed y Savannah Price se sonrieron sin saber que su encuentro acabaría con la vida de una de ellas y pondría en peligro la de la otra.

CÁMARA DE SEGURIDAD DEL O FORTUNA

Planta 1, vestíbulo 12/01/2026

20:39:07

Vince Rourke abrió la puerta de la sala de vigilancia cuando Savannah llamó dando cuatro golpes con los nudillos.

—Señorita Price —saludó con deferencia—. No sabía que había venido de visita. ¿Puedo ayudarla en algo?

—Sí, Vince. —Le hizo un gesto a la otra muj er, invitándola a entrar—. ¿Puedes pedirle un taxi? Que la lleve adonde sea. Yo me encargaré de costearlo.

—Por supuesto.

—Muchas gracias, de corazón —le dijo Chloe Reed

—. Juro que…

—No tienes que hacerlo —se adelantó Savannah—.

Espero que llegues a tiempo.

—¿Usted también se marcha? —inquirió el jefe de seguridad.

Aunque pareció dudosa durante un momento, acabó

resolviendo:

—No. He de buscar a mi padre.

CÁMARA DE SEGURIDAD DEL O FORTUNA

Planta 4 (izqda.), bar 12/01/2026

20:44:08

Tiffany Whitmore introdujo las manos en los bolsillos del traje, del mismo tono de gris que su pelo, y, sin permitir que el director artístico se marchara, le dijo a Gregory Price:

—Te concedí el honor de encargarte de la seguridad del O Fortuna. Un trabajo excepcionalmente bien pagado que requiere, entre otras cosas, que seas proactivo. Surgirán más problemas de este tipo y has de saber reaccionar a ellos. Anticiparte, incluso.

—Puedo citarme con la chica para convencerla de que lo que ha escuchado no es… —Tiffany torció el gesto, disconforme, y Gregory cambió de estrategia—: U ofrecerle un puesto en el casino a cambio de su silencio. Este hombre —señaló a Jack Morgan— ha dicho que acaba de presentarse a una audición para ser cantante, ¿no? Quizá…

—Gregory, basta. —La orden de la muj er restalló como un latigazo—. Nadie puede saber que este casino pertenece a La Última Mano, y tampoco que yo formo parte de ella, así que aprovecho este momento para advertirte de que, si en algún momento, por culpa de esa muj er o de cualquier otra cosa, se me relaciona con la mafia, me aseguraré de que caigas conmigo. ¿Queda claro?

Bien. Entonces, demuestra que eres capaz de ocuparte de este inconveniente como es debido.

Gregory Price marcó un número en su teléfono y se lo llevó a la oreja.

—¿Vince? Necesito que te encargues de una muj er. Debe de seguir en el casino o acabar de salir. Es joven, negra y tiene acento de… ¿Que está contigo? ¿Por qué iba a…? Da igual. No puede marcharse de aquí. Nunca. Ya sabes lo que tienes que hacer.

CÁMARA DE SEGURIDAD DEL O FORTUNA

Planta 4 (izqda.), pasillo 12/01/2026

20:49:09

Savannah Price, que llevaba unos minutos escuchando al otro lado de la puerta del bar, retrocedió un par de pasos, lívida, con la boca cubierta por ambas manos y los ojos reflejando otro de los horrores a los que le tocaría enfrentarse a partir de entonces.

Justo cuando se giró dispuesta a echar a correr, chocó con el cuerpo de un hombre. Al comprobar que se trataba de Trenton pareció incluso más angustiada.

Su prometido le mostró su bolso y, a través de

una sonrisa perversa, preguntó:

—¿Lo estabas buscando, cariño?

—Tengo que bajar a… —balbuceó ella. Trató de alejarse, pero él la sujetó del brazo con mucha más fuerza de la necesaria—. Solo será un momento, Trenton, he olvidado…

—No digas tonterías, ya son casi las nueve. Te preocupaba que llegáramos tarde a la cena de tu cumpleaños, ¿verdad?

—Sí, claro, es solo… Por favor.

La sonrisa del hombre desapareció.

—Hoy estás más insoportable que de costumbre.

En el interior del bar sonó el teléfono de

Gregory Price. Poco después, Savannah escuchó a

su padre diciéndole a Tiffany Whitmore:

—Ya está hecho. La chica no volverá a ser un problema.

CÁMARA DE SEGURIDAD DEL O FORTUNA

Planta 1, vestíbulo 12/01/2026

21:00:00

Vince Rourke salió de la sala de vigilancia con las manos llenas de sangre y el pelo revuelto. Sin limpiárselas primero, se echó hacia atrás el flequillo, se llevó un cigarro a los labios y se dirigió al exterior con una sonrisa.

DÍA 6

18 de marzo de 2026

CÁMARA DE SEGURIDAD DEL O FORTUNA

Planta 5 18/03/2026

09:00:00

El hombre con ropa de médico reprodujo cuatro veces el último clip. Tanto Tiffany Whitmore como Fox contenían el aliento, por lo que, tras cada una de ellas, lo único que se oía era el sonido de su corazón al romperse.

Crack,

crack,

crack,

crack,

A pesar de que las grabaciones afectaban a todos los presentes, no había dos expresiones iguales.

Doc parecía obnubilado, prácticamente catatónico, como si volver a ver a la muj er que amaba lo hubiera transportado meses atrás. Quizá reprodujera varias veces el vídeo del final por ese motivo, para convencerse de que Chloe Reed estaba muerta.

En las facciones de Fox estaba bien esculpido el dolor que sentía. Y, recubriéndolo, una pátina de extrañeza. Daba la impresión de que, de entre todas las cartas que finalmente se habían puesto

sobre la mesa, hubiera una que perteneciera a otra baraja.

Por último, Tiffany era presa del nerviosismo. Lo disimulaba bien, manteniendo relajados incluso los músculos del brazo cuya mano continuaba clavada en la mesa. Pero le sudaban la espalda, las sienes y el labio superior. Y sus ojos grises saltaban, inquietos, de uno de los atracadores al otro. Había considerado a Fox el más peligroso por ser quien portaba las armas y, según le había dicho Trenton, el que parecía liderar al resto, pero se equivocó. El hombre triste había resultado ser el peor. Por eso fue a quien se dirigió cuando dijo:

—Es una lástima que no hayáis podido oírlo por vosotros mismos, pero es evidente que el artífice del asesinato fue Gregory Pri…

El apellido acabó deformándose en un grito de agonía cuando Doc, todavía ido, sacó otro de sus bisturíes y lo clavó en la mano de la muj er, a escasa distancia del anterior. Lo hizo con incluso más fuerza, así que casi la totalidad de la hoja penetró en la madera.

Fox se aproximó a su compañero con sumo cuidado. Parecía temer por la integridad del hombre, como si este fuera sonámbulo y le preocupara despertarlo con un mal gesto. Se colgó la ametralladora y, despacio, apoyó una mano sobre su espalda temblorosa y utilizó la otra para bajar la pantalla con suavidad.

—¿Qué quieres hacer? —le susurró a su amigo—.

Sea lo que sea, te seguiré.

Doc salió del trance y levantó la cabeza. Sus ojos marrones reflejaban el dolor, la desesperación y la impotencia que guardaba dentro.

—Quiero vengarme.

—De acuerdo.

Lo que sucedió después fue horrible. De lejos, lo más salvaje que habían recogido las cámaras de seguridad de ese casino. Hasta Fox, que había sido testigo de muchos tipos de brutalidad y ejercido otros tantos, se vio obligado a apartar la vista.

De la garganta de Tiffany Whitmore salieron cuatro cosas, en este orden: excusas ( «¡ Me opuse desde el principio! ¡ Intenté proteger a la chica!

¡ Fue culpa de Gregory Price! ¡ Lo juro! ¡ Quería cubrirse las espaldas para que no se filtrara que tenía grabaciones incriminándolo! ¡ Puedo hablarte de ello, si quieres, o quizá prefieras llamarlo!

¡ Ve a por él! ») , amenazas ( «¡ La Última Mano te encontrará y te lo hará pagar! ¡ Destrozará todo lo que amas y te obligará a mirar mientras lo hace!  ¡ Te hará sufrir de maneras inimaginables! ») , alaridos y, por fin, el gorjeo que indicó que se estaba ahogando con su propia sangre.

Cuando llegó el silencio, Fox no pudo evitar cerrar los ojos y suspirar con alivio, sentimiento que se emborronó en cuanto su compañero dejó caer el cuerpo sobre la mesa, limpió los bisturíes contra la bata y anunció:

—Todavía no hemos terminado.

CÁMARA DE SEGURIDAD DEL O FORTUNA

Planta 4 (dcha.), otros juegos de cartas 18/03/2026

09:49:04

Quedaban seis rehenes en el O Fortuna y solo tres de ellos estaban en esa sala: Miles Donovan, Vince Rourke y Gregory Price. Como Honey y Boo disfrutaban junto a Beatrix de algo de tiempo libre en el hotel, los encargados de vigilar a estos tres hombres eran los mellizos Copy y Paste.

Mientras él se quejaba de lo mucho que se aburría, ella se sacaba la suciedad de debajo de las uñas con la punta de una navaja.

Ambos se sobresaltaron cuando las puertas chocaron contra las paredes por la intensidad con la que Doc las abrió. Lo miraron, tan preocupados como sorprendidos, y lo que vieron no los tranquilizó. El hombre llevaba un bisturí en una mano, mientras que la otra aferraba la pistola. Su bata de médico estaba empapada en sangre, también tenía salpicaduras en la cara y en la mascarilla quirúrgica. El pelo, todavía más revuelto que de costumbre, le cubría parcialmente los ojos.

El recién llegado enfiló hacia Vince Rourke como si no fuera capaz de ver a nadie más. El jefe de seguridad, hasta entonces sentado en una butaca, se levantó y dio un paso atrás, asustado.

De poco le sirvió. Doc se comió la distancia que los separaba y le golpeó en la sien con la culata del arma.

—¡ ¿Qué le hiciste?! —vociferó al tiempo que volvía a pegar al rehén, que trataba de protegerse la cabeza con los brazos—. ¡ Dime qué coño le hiciste!

Copy hizo amago de acercarse a separarlos, pero Fox, que acababa de entrar, lo detuvo con un gesto. Cerró las puertas y le pidió a Paste que hiciera guardia delante de ellas. Parecía tenso, también triste, lo cual no favoreció que los presentes se relajaran.

—No sé de qué me hablas —gimoteó Vince desde el suelo.

Había alzado ambas manos apuntando con las palmas hacia Doc en un intento de calmarlo, pero lo único que consiguió fue que el secuestrador pegara el cañón de la pistola a la que le faltaban tres dedos y apretara el gatillo. El disparo a bocajarro atravesó la carne de Vince. Su grito hizo vibrar las paredes y resonó como un eco mientras Doc volvía a dirigirse a él:

—He visto lo que sucedió el 12 de enero aquí mismo. Chloe Reed, ¿la recuerdas o ni siquiera te molestaste en averiguar su nombre antes de matarla?

—No sé de qué… —Fue evidente para todos el instante en el que cayó en la cuenta. No solo porque sus ojos se agrandaran, sino porque la esperanza de salir vivo de ahí que brillaba al fondo de ellos titiló hasta desaparecer—. Yo no tuve la culpa… ¡ Solo seguía órdenes! —Giró la cabeza, desesperado, quizá preguntándose si su vida era más importante que su fidelidad y que su empleo. Lo era, así que señaló a Gregory Price con la mano sana—. ¡ Fue él! ¡ Él es mi jefe! ¡ Me

pidió que acabara con la chica! ¡ Ni siquiera sé

por qué!

Doc le atravesó la otra palma con un disparo. Mientras Vince berreaba, el dueño de PriceShield trataba de evitar su destino:

—¡ No fue así, puedo explicarlo!

Calló en cuanto Doc se giró hacia él y le advirtió:

—Si dices una palabra más sin que te dé permiso, te extirparé la lengua y después te obligaré a comértela.

Volvió a centrarse en Vince. Para hablar más cómodamente, y para dejar claro que disponía de todo el tiempo que quisiera, se sentó frente a él con las piernas cruzadas. Situó el cañón de la pistola sobre el empeine de uno de los pies del rehén y dijo:

—Sé que la mataste, me da igual por qué. Lo que

quiero averiguar es cómo.

—Pero…

Tras un nuevo disparo, y una vez se extinguió el alarido posterior, Doc volvió a hablar:

—Dame los detalles.

—Esa noche no… —balbuceó con los ojos desorbitados por el dolor—. No tenía armas, así que tuve que… Usé las manos.

Doc hizo un gesto afirmativo.

—Lo vi. Las tenías igual de cubiertas de sangre

que ahora. ¿Cómo lo hiciste?

—Te lo suplico, yo… Me arrepiento…

Después del cuarto disparo, Vince Rourke vociferó:

—¡ A puñetazos! ¡ Golpeé su cabeza contra la esquina de la mesa para aturdirla y, una vez en el suelo, la maté a puñetazos!

Una única lágrima recorrió la mej illa de Doc, arrastrando consigo la sangre ajena.

—Entiendo. Yo sí tengo armas, lo que me falta es clemencia, así que vamos a ver cuánto aguantas antes de desmayarte.

Fox, sabiendo lo que venía cuando su compañero alineó los bisturíes sobre el suelo, apartó la vista. Paste y Gregory hicieron lo mismo. Miles y Copy, o bien porque se creían capaces de soportar las atrocidades que estaban a punto de suceder, o bien porque estaban tan horrorizados que no podían moverse, mantuvieron los ojos clavados en la escena. El crupier acabó vomitando; el atracador, sujetándose a la pared para no caer redondo al suelo.

A través de los berridos del jefe de seguridad, Doc, como si de un arrullo macabro se tratase, le contaba:

—Cuando estudiaba Medicina me explicaron que, a veces, en el cuerpo humano se produce algo llamado analgesia inducida por estrés. Son casos muy concretos, por lo general de extremo peligro, en los que el dolor se suprime. Dime, Vince Rourke, ¿lo sigues sintiendo? Espero que sí. Que notes lo que te estoy haciendo hasta que mueras desangrado porque te mereces todo el sufrimiento que voy a infligirte.

Vince Rourke falleció pocos minutos después, con más partes de él fuera que dentro. Al igual que había sucedido con Tiffany Whitmore, Doc utilizó la bata para limpiar tanto sus instrumentos como sus manos. Con una tranquilidad pasmosa, se puso en pie y recorrió la estancia con los ojos marrones.

—Gregory Price —llamó con la voz tan carente de vida como el hombre tendido a su espalda—. Te toca.

Perdiendo todo vestigio que pudiera haberle

quedado de orgullo,  el dueño de PriceShield se

puso de rodillas y empezó a suplicar:

—¡ Fue culpa de Tiffany Whitmore! ¡ Lleva tiempo extorsionándome! ¡ Cometí un error hace doce años y desde entonces me obliga a hacer lo que desea!

Doc se volvió hacia Fox y le preguntó:

—¿Quieres saberlo? —El otro tardó, pero acabó haciendo un gesto afirmativo. El atracador vestido de médico se dirigió hacia Gregory para proponerle—: De acuerdo, cuéntame tu historia. Con todo lujo de detalles. Si consigues que me compadezca de ti, prometo dejarte con vida.

Es difícil adivinar si Gregory Price fue lo bastante tonto para creer en las palabras de aquel hombre hecho pedazos o si, sencillamente, siguió adelante para retrasar todo lo posible la agonía que de seguro acabaría experimentando. La cuestión es que habló:

—Debido a las malas inversiones de mi predecesor, hace catorce años la empresa contrajo una serie de deudas. Hablo de grandes cantidades. Enormes. Por mucho que lo intenté, me fue imposible solucionar el problema de manera legal, así que acabé viéndome obligado a cometer fraude.

—¿Sucedió solo una vez?

—En más de una ocasión. Mentí a los inversores cuando me preguntaron por qué las cuentas no cuadraban y, en el momento en el que todo estaba a punto de salir a la luz, logré darle la vuelta y culpar a unos socios.

Fue Fox el que preguntó esa vez:

—¿A quiénes?

—A Ursula Ackermann y a Andreas Müller, su marido. Eran los dueños de Waffen von Ackermann, una empresa con la que colaboraba estrechamente. Pero una de las inversoras más potentes de PriceShield descubrió el pastel. Se trataba de Tiffany Whitmore.  Apenas  había tenido contacto

con ella hasta el momento en el que me pidió una reunión en privado para exponerme.

Miró hacia una de las cámaras de seguridad, solo que con odio en lugar de miedo.

—Es miembro de una mafia llamada La Última Mano, pero yo no era consciente por aquel entonces.

—Trabaj abas con ella —señaló Doc.

—Lo sé, pero solo me parecía una muj er rica con mucho poder. A cambio de no delatarme ante el resto de los inversores y la policía, me exigió el veinte por ciento de Waffen von Ackermann. Según mi plan, la empresa de los socios a los que culpé de con mis crímenes pasaría a pertenecerme. Me pareció un buen trato, más que justo. Tiffany añadió, además, que se encargaría de que Ursula y Andreas no volvieran a darnos problemas.

—¿Cómo pensaba encargarse de ellos?

—No me lo dijo.

—¿Y no se te ocurrió preguntarle? —insistió Doc, implacable.

—No, yo…

—Sigue —exigió Fox.

—Poco tiempo después, ambos murieron en un accidente. Me resultó extraño, así que le pregunté a Tiffany. Fue ahí cuando descubrí quién era en realidad y también lo que había hecho. Me reconoció que orquestó el asesinato de mis socios aludiendo a que no podían quedar cabos sueltos. Después, al notar mi disconformidad, sonrió y dijo que tenía varias grabaciones en las que yo le pedía que se ocupara del problema.

Gregory Price empezó a negar con la cabeza, desesperado por despertar una empatía que no sentía que estuviera logrando:

—Me incriminó sin saber a qué accedía y ha

estado extorsionándome desde entonces. Me obligó

a contratar a Trenton para que, más pronto que tarde, ocupara mi lugar como CEO en PriceShield, y me exigió comprometer a mi hija con él. No he tenido libertad para…

Doc levantó el dedo índice, pidiendo silencio.

Tras casi un minuto de tensión, resolvió:

—No has conseguido darme pena. —Colocó el cañón sobre la sien del empresario. Mientras este lloraba, Doc se dirigió a su compañero—: Es la constatación que estabas esperando, Fox. Su vida te pertenece más que a mí. ¿Quieres encargarte?

El aludido abrió y cerró los puños, debatiéndose consigo mismo. A través del agujero de su máscara podía verse que sus labios estaban apretados en una fina línea. Dio un paso hacia delante y se llevó la mano al arnés, pero antes de agarrar uno de los cuchillos, bajó la barbilla y respiró hondo.

—Merece acabar en la cárcel —masculló.

Doc frunció el ceño.

—¿Qué? No te he entendido bien.

—He dicho que merece acabar en la cárcel — decidió, esa vez con más firmeza—. Es lo que lleva años intentando evitar, el motivo por el cual ha hecho todo esto. Que se pudra ahí.

—Sí, tienes razón —farfulló Gregory, atreviéndose a sonreír—. Me entregaré en cuanto salga, podéis estar presentes si…

No fue capaz de terminar la frase ni de demostrar si iba o no en serio con su rendición porque Doc apretó el gatillo. La bala le hizo un agujero enorme al salir y el cerebro que orquestó la traición que dio origen a ese atraco se desparramó por la pared que había detrás.

Con la voz helada e igual de rota que su interior, Doc adivinó:

—Te has contenido por ella, ¿verdad? Lo sabía. Sabía que era peligrosa. Pero es su turno, Fox. — Su compañero empezó a negar, mudo de la impresión

—. Salía en el vídeo, lo viste igual que yo. Condujo a Chloe hacia Vince Rourke y tiene que pagar por ello.

—No, espera, ¡ no! —exclamó  cuando  Doc  se

levantó—. ¡ Ella no ha hecho nada! ¡ Para!

¡ Hablemos de ello a solas! ¡ Te juro que…!

Doc susurró con una calma aterradora:

—Es por tu bien.

Miles Donovan estaba cerca de la puerta, no muy lejos de donde Paste hacía guardia. Doc lo agarró por el cuello con un brazo y utilizó el otro para apuntarle con la pistola. Avanzó de espaldas hacia el pasillo y advirtió:

—Si me seguís, lo mataré.

CÁMARA DE SEGURIDAD DEL O FORTUNA

Planta 5 18/03/2026

10:14:49

Cuando Trenton salió de su escondite y vio lo que ni siquiera el acero reforzado de la cámara de seguridad le había impedido oír, no apartó la vista. Fijó los ojos claros en el cadáver de su tía, como si quisiera guardársela en la memoria de exactamente aquella manera. Para vengarse, regocijarse, aprender la lección o las tres a la vez.

Se acercó a Tiffany Whitmore y ni siquiera cuando posó la mano al lado de su lengua cercenada pareció asquearse. Daba la impresión de que había visto y soñado con cosas peores. Tras unos segundos, agarró la botella de bourbon y dio dos sorbos largos.

Luego, y siguiendo las indicaciones que le dio la difunta la noche anterior, sacó del armario que había bajo la pila un bidón de gasolina y una caja de cerillas.

Primero roció el interior de la cámara, haciendo hincapié en los archivadores y en los discos duros, y después se centró en el resto de la estancia. Empapó a su tía y dejó el bidón, ya vacío, a sus pies.

Antes de salir, comprobó en las pantallas que

los  pasillos  de  la  tercera  planta  estuvieran

despejados.

Cogió la botella de bourbon, dio un sorbo más y

encendió la cerilla.

CÁMARA DE SEGURIDAD DEL O FORTUNA

Planta 3 (izqda.), pasillo 18/03/2026

10:19:09

El ascensor se paró en el tercer piso. Doc había soltado a Miles Donovan justo antes de subir en el cuarto, así que fue el único que salió cuando se abrieron las puertas.

Se aseguró de quitarle el cargador a la pistola y dejarlo en el suelo. Todavía le quedaban algunas balas, pero necesitaba un objeto para impedir que las puertas se cerraran del todo y su compañero pudiera seguirlo.

Mientras volvía a cargar el arma, oyó la puerta del baño cerrándose de golpe. Ni siquiera hizo amago de ir a comprobar quién se había escondido en su interior.

Tenía claro dónde estaba su objetivo.

Avanzó por el pasillo en dirección a la pasarela que conectaba con el hotel. Al doblar un recodo volvió a escuchar algo, una voz en esa ocasión. Sonaba distorsionada a través de la radio, pero no le costó reconocerla porque la había escuchado miles de veces antes:

—¡ Trébol! Estás en la tercera planta, ¿verdad? Necesito que te acerques al ascensor y compruebes si la puerta está bloqueada por algo. Es urgente. Si te cruzas con…

El mensaj e llegó demasiado tarde, por lo que el hombre con un trébol pintado en la máscara no se detuvo, asustó o extrañó cuando vio a Doc aproximarse a él. Alzó la mano, probablemente también las comisuras, y lo saludó con un gesto.

Mientras Fox terminaba la frase…

—… Doc, no te acerques a él. Escóndete si hace falta y no vuelvas a salir hasta que se haya marchado.

… el atracador con la bata de médico levantó la pistola y disparó al corazón de su compañero.

Después, se agachó para arrancarle la radio de

los dedos inertes y decirle a Fox:

—Lo siento, tendría que haber sido diferente.

39

Miércoles, 18 de marzo de 2026, 10:24

Cuando oí la puerta abriéndose pensé que se trataba de Koen. Por eso mi corazón hizo una pirueta y mi sonrisa una floritura. Por eso, también, pregunté casi ronroneando:

—¿Has venido a liberarme?

Me arrepentí en el momento en el que me di cuenta de que quizá se tratara de otro de los atracadores, Koen me había advertido que podía pasar, así que me apresuré a esposar uno de mis brazos al cabecero e inhalé profundamente para intentar borrar mi expresión. Me resultó difícil formar una nueva porque me costaba recordar quién era antes de que Fox se convirtiera en Koen. ¿Dónde estaba esa mujer y cómo se sentía? Sé que mal, pero ¿solo asustada? ¿Furiosa también?

No tuve tiempo de encontrar la respuesta porque mi cerebro conectó con el presente cuando el pestillo emitió un chasquido. Quienquiera que hubiera entrado en la habitación no era Koen. Sus pisadas eran distintas, menos felinas: en lugar de acechar como si se tratara de un depredador, parecían encaminarse al patíbulo.

—Podría decirse que sí.

Su respuesta me erizó el vello de la nuca. Conocía esa voz tan grave, tan calmada y tan rota. Tan a juego con el hombre al que pertenecía.

Mientras el recién llegado arrastraba una silla desde la sala de estar hasta el recibidor con intención de atrancar la puerta, yo me arrepentía de haberme esposado a la cama. Aunque ¿qué podría haber hecho? Koen se

había llevado las armas y, sin nada con lo que defenderme, tampoco habría sido capaz de escapar.

Cuando Doc apareció en la habitación me sorprendieron tres cosas. La primera y más obvia fue que estuviera cubierto de sangre. Había tal cantidad y por tantas partes que incluso algunos mechones de su pelo estaban oscurecidos y apelmazados. La segunda fue que se quitara la bata, la doblara con precisión milimétrica y la dejara sobre el respaldo de la silla. Bajo ella llevaba una camiseta de manga corta, azul cielo, y unos vaqueros igual de sencillos. Y la tercera, la que más me descolocó, fue que se deshiciera de la mascarilla quirúrgica. Se la metió en el bolsillo justo antes de sentarse a mi lado en el colchón.

Sus labios eran finos y se orientaban hacia abajo, como si la tristeza fuera su estado natural. Estaban salpicados de pecas, igual que el resto de la cara. Los dientes que cubrían eran pequeños y en su mayoría rectos, salvo los colmillos ligeramente montados.

Él me estudió de vuelta. Me inquietó su intensidad, por eso le pregunté:

—¿Qué buscas?

—Lo que ve él en ti —respondió con naturalidad. Guardó el arma en la cartuchera que tenía al costado—. Busco el motivo por el que traicionó a sus padres, renunciando a vengarlos, pero no lo encuentro.

Con cautela, procurando no revelar más de la cuenta, inquirí:

—¿A qué te refieres con que ha renunciado a su venganza?

—Ha descubierto la implicación de tu padre en el asesinato de los suyos y en lugar de matarlo, o de pedirme a mí que lo hiciera si lo que le preocupaba era segar una vida por primera vez, ha tratado de convencerme de que acabar en la cárcel es castigo más que suficiente para alguien como él. No sientas alivio, Savannah Price —recomendó cuando notó cómo dejaba salir el aire que había estado conteniendo—, no le he perdonado la vida. Gregory Price merecía morir, así que lo ha hecho. Y tú también lo harás.

No me cupo duda de que ese hombre me había dicho la verdad.

Hacía tiempo, desde que me di cuenta de la identidad de Koen o incluso antes, cuando supe que mi padre había empezado a tratar con la mafia, que contemplaba la posibilidad de que alguien acabara con su vida. Pero es complicado hacer luto por una persona que todavía respira; da

igual lo que merezca dejar de hacerlo o las posibilidades de que suceda, nos aferramos al latido de su corazón.

Cuando supe que mi padre había muerto me sorprendí recordando los escasos momentos buenos que compartimos, ¿te lo puedes creer? Me generó rechazo aunque fuera incapaz de evitarlo. Después, con más tiempo para procesar lo sucedido, me di cuenta de que, cuando alguien que nos ha hecho mal se va, lo más natural es empezar por aferrarnos a los recuerdos felices. Al fin y al cabo, el duelo empieza desde abajo: tienes que sufrir todo lo posible antes de ser capaz de recordar lo demás. Es entonces cuando te permites odiar, cuando te vuelves a poner en pie y dejas que la rabia te empuje hacia delante.

—¿Lloras por él o por ti? —quiso saber Doc.

—No es asunto tuyo.

—Suplicó, ¿sabes? Berreó y pidió clemencia como un crío asustado. También reconoció que te vendió a Trenton Lee porque Tiffany Whitmore lo estaba extorsionando. ¿Algo de lo que acabo de decir te hace sentir mejor?

—No. —Entrecerró los ojos y me examinó como si fuera una ecuación particularmente difícil de resolver—. ¿Por qué quieres saber cómo me siento?

—Por si me ayuda a sentir algo a mí. —Alrededor de la cintura tenía una especie de riñonera. Sacó un bisturí del interior y empezó a darle vueltas entre los dedos con aire distraído—. Desde que Chloe se fue apenas he sido capaz de notar gran cosa. ¿Sabes lo que sucede cuando una estrella enorme muere? Su núcleo se aplasta sobre sí mismo y genera una explosión tan descomunal que puede dar origen a un agujero negro. Bien, pues Chloe era mi estrella enorme y el lugar en el que antes almacenaba las emociones, el agujero negro.

Dudé sobre cómo debía proceder. Entendí que Chloe era la mujer de la que me había hablado Koen, aquella que murió y lo dejó trastocado. Si le demostraba que poseía esa información, en cierto modo estaría reconociendo que había descubierto la identidad de Fox. ¿Por qué si no iba a hablarme de un tema tan sensible? De primeras, me preocupó exponerle y enfrentarlo a su mejor amigo, pero durante un segundo, solo uno e interminable a su vez, me surgió una duda: ¿Koen Ackermann había permitido que Doc me hiciera aquello? ¿Todo eso formaba parte de otro de sus planes? El instante pasó y decidí que no. Porque confiar en otro, en

especial cuando tu vida está en juego, siempre es una decisión activa. Un salto de fe premeditado. Koen no me había traicionado, porque sí y por todo aquello que no le había permitido decirme todavía, y si no estaba intentando ayudarme era porque no podía.

Por otro lado, desconocía el motivo de que Doc quisiera matarme. Lo de mi padre seguramente fuera para vengar a los de Koen, había mencionado algo así, pero ¿qué pasaba conmigo? ¿Pretendía eliminarme para que no revelara la identidad de su mejor amigo? ¿Porque se acercaba el final y había descubierto, además, la de Honey?

Decidí que de momento era más seguro indagar por ahí.

—¿Por qué te has quitado la mascarilla? ¿No te preocupa que te vea la cara?

Encogió uno de los hombros y, con la voz teñida de algo parecido a la tristeza, explicó:

—Porque vas a morir y lo más probable es que yo también. Además, ya has visto la de Fox, ¿verdad? Sabes quién es. —Me mantuve en silencio y él prosiguió—: Lo noto, Savannah Price. Lo conozco más que tú aunque haya pasado menos tiempo a su lado porque yo sí que le he prestado atención. Le has vuelto a engañar, ¿verdad? Igual que cuando erais críos.

¿Cómo fuiste capaz? Antes y ahora. ¿No te sientes mal? Él te quiere. Te quiere tanto que durante gran parte del tiempo se olvida de querer a los demás. De quererse a sí mismo. Tanto, que te acompañaría al mismísimo infierno si con eso pudiera rascar unos segundos más a tu lado. Pero no voy a permitirlo. Sé lo que sucede cuando un amor así acaba, de una manera u otra. Y lo sé porque yo sentí lo mismo por Chloe. Hasta que me la arrebatasteis.

—No comprendo a qué te…

—¿Quieres oír una historia? —me interrumpió—. No tenemos mucho tiempo, pero quizá sea capaz de disfrutar con ello. No me refiero a recordándola, sino sabiendo que te irás con ese cargo de conciencia. Entendiendo lo que has destrozado.

—Sigo sin tener idea de…

—Lo primero es lo primero: mi nombre es Emyr Owen y nací en Flint, Gales, hace veintiocho años. Nueve meses y cuatro días antes que Chloe Reed. No la conocí hasta que entramos en el instituto, donde fui incapaz de dirigirle más que una mirada de soslayo hasta los catorce. Cuando lo hice, cuando la saludé al cruzarnos en el pasillo y ella me respondió con

una sonrisa, sentí un dolor indescriptible en mi interior. He estudiado varios años de Medicina y he aprendido a identificar un gran número de dolencias, pero ninguna parecida a esa. Fue como si algo se me rompiera, como si me abriera en canal para albergar cualquier cosa que ella quisiera darme. Se sintió más o menos así…

Y me apuñaló con el bisturí.

CÁMARA DE SEGURIDAD DEL O FORTUNA

Planta 3 (dcha.), pasillo 18/03/2026

10:34:09

El alarido de Savannah Price traspasó la puerta de la habitación y Beatrix Van Alen, que estaba justo al otro lado, volvió a fallar en su intento de abrirla. Tenía en la mano la tarjeta maestra que le había dado Honey y no se limitaba a pasarla por el lector y tirar del manillar, sino que, con los pies descalzos, también pateaba la madera y arremetía contra ella con el hombro.

—¡ Savvie! —exclamó—. ¡ No te preocupes, Savvie, te sacaré de ahí! ¡ Cabrón, abre de una puta vez o juro que te arrepentirás!

Mientras tanto, y a pocos pasos de distancia, Boo hablaba con Fox a través de la radio. Con la voz contraída por el dolor, el líder de los atracadores indicó:

—No os acerquéis a Doc, ¿me oyes? Es peligroso. Creo que ha atacado a Trébol y tal vez esté… Id hacia el ascensor. Ha debido de bloquearlo con algo. Quitadlo y subid a la cuarta planta. Os veré ahí.

—¿Qué ha pasado?

—Te prometo que más tarde te lo contaré todo, Boo. Ahora necesito que te des prisa.

—Hemos pillado a Trenton.  Estaba intentando

colarse en una de las habitaciones. Ha amenazado

a Honey con una botella, así que le ha dado una paliza. Tiene la cara…

—No hay tiempo, Boo. Encerradlo y subid todo lo

deprisa que podáis.

—Vale.

Nada más colgar, Honey empuj ó a Trenton al interior de la 301 y Boo se volvió hacia Beatrix, que continuaba peleándose con la puerta. Tenía la cara y el hombro rojos y lloraba con rabia. Aunque Savannah había dejado de gritar, todavía podían oírse sus sollozos.

—Trix, vamos —pidió Boo—. Tenemos que desatascar el ascensor para ir con Fox. Él lo arreglará. Siempre lo arregla todo.

40

Miércoles, 18 de marzo de 2026, 10:44

Había padecido muchos tipos de dolor en mi vida, pero ninguno se asemejaba al que experimenté después de que Emyr Owen me apuñalara con el bisturí. Y ese, con todo el ardor que conllevó, con las punzadas en el abdomen y la sensación de estar a punto de desvanecerme, se convirtió en algo poco menos que anecdótico al lado del que me congestionó el corazón no mucho tiempo después.

Presioné la mano libre contra la herida mientras me deshacía en sollozos. La sangre manaba entre mis dedos, empapando el vestido, las sábanas y el colchón. Mientras yo sufría, el mejor amigo de Koen me observaba con curiosidad.

—Parece más escandaloso de lo que es —explicó con calma—. No he dañado ningún órgano o arteria. En condiciones normales, sobrevivirías. Ni siquiera necesitarías una transfusión. Aunque todo acabará antes de que lo compruebes.

Alguien arremetió contra la puerta. Pese a la fuerza del golpe, pensé que volvería a tratarse de Trix, pero la voz que traspasó la madera fue la de Koen y, en lugar de cuestionarme por qué había tardado tanto, solo pude sentir alivio.

—¡Abre! —exigió—. ¡Doc, joder! ¡Tenemos que hablar! ¡Solos tú y yo! ¡Por favor!

Siguió suplicando entre embestida y embestida contra la madera. Emyr, con la cabeza girada hacia la entrada del dormitorio, casi como si

pudiera ver a su amigo a través de las paredes, me dijo:

—Esto también es por él, ¿sabes? Por él y por Chloe. Para que no vuelvas a hacerle daño y por todo el daño que has hecho ya.

Al volverse hacia mí, suspiró con pesadumbre y levantó el bisturí para acercarlo a mi cuello. Aunque la mano no le temblaba, fui capaz de percibir algo titilando al fondo de sus ojos marrones. No compasión, sino pena. Más por su amigo que por mí, como entendí después. En cualquier caso, supe que quizá mi historia terminara ahí: dentro del casino O Fortuna, seis días después de que hubiera empezado a vivir. Había algo poético en ello, circular, y también profundamente trágico por la certeza de que me quedaba muchísimo por hacer. No, por «hacer» no, por «ser», por demostrarle al mundo quién era Sav. Por demostrárselo a él.

A Koen.

Quise «ser» y también «ser con él», dándome cuenta entre un segundo y el siguiente de que era más o menos lo mismo.

Lloré por eso. Con la cabeza alta y la barbilla formando un ángulo de noventa grados respecto al esternón. Con la respiración pausada, estoica, echando de menos un anillo que nunca tendría que haberme quitado y arrepintiéndome por no haber permitido que quien me lo regaló me dijera lo que ya sabía.

—Tengo dudas sobre qué hacer —reconoció Emyr a través de los golpes y ruegos que provenían del pasillo—. Si te mato ya, me ahorro tiempo y problemas, pero podría estropearlo todo. Tiene que entender mis motivos antes. Que esto es lo más lógico y lo más justo. Si no, corro el riesgo de que me odie y de que no te supere, tal y como me ha pasado a mí con Chloe. No quiero eso para él.

Tras reflexionarlo durante unos segundos, acabó guardando el bisturí y sacando el arma de la cartuchera. En lugar de encañonarme con ella, esperó.

Chillé cuando Koen disparó a la puerta con la ametralladora. Tras unos golpes más, esta cedió y él pudo entrar en la habitación. Llegó al dormitorio cubierto de sudor, dejó caer tanto la M249 como la máscara y, sumido en un dilema casi palpable, observó la escena que tenía delante. Sus ojos pasaban de Emyr y a mí, primero a saltos, después, deslizándose. Asegurándose de lo importante, que estábamos vivos, y luego recogiendo los detalles. Mi herida en el costado y la sangre que se escurría a través de ella, las esposas que me había puesto siguiendo su consejo, la cara

descubierta de su mejor amigo, el arma que sostenía en la mano… A medida que entendía a qué se enfrentaba, su inseguridad y su miedo se hacían más evidentes.

Jamás lo vi así, ¿sabes? Tan perdido y tan impotente. Sin planes en la cabeza u ocurrencias en la punta de la lengua. Y eso fue lo que más me aterró. Porque si él no sabía qué hacer, si no estaba convencido, aunque desconociera el cómo, de que podía solucionar la situación, ¿saldríamos de ella?

Metió una mano en el bolsillo y, con disimulo, sacó la llave de las esposas. Dudó, no obstante, quizá preguntándose si lanzármelas provocaría que su amigo me disparara. La guardó en el puño y dejó los brazos a ambos lados del cuerpo. No hizo amago de coger ninguna de las armas que tenía en el arnés. Usó las palabras en su lugar, volviendo a demostrar que podía ser igual de certero con ellas.

—Emyr, no puedes matarla. No puedes hacerme eso. —Su sonrisa pareció líquida, como si la estuviera llorando—. Lo entiendes, ¿verdad? Es ella. Es mi Chloe. La necesito para respirar.

La voz del otro hombre salió hecha pedazos:

—Yo también necesitaba a Chloe para respirar y mírame.

—Tienes razón. Si muere, viviré. Pero sabes que existir no es lo mismo que ser. Joder, claro que lo sabes. Por favor. Haré lo que quieras. Me alejaré de ella si me lo pides. Pero no me la quites así.

—La mujer a la que intentas proteger ayudó a matar a Chloe. A ella también la querías, ¿o es que no te acuerdas? Le tendió una trampa y la condujo hacia la oficina de ese salvaje.

—No sé qué… —traté de intervenir.

—La mataron Vince Rourke y quien le dio la orden —sentenció Koen

—. No sabemos qué hablaron entre ellas, pero ni su padre, ni Tiffany, ni el vigilante mencionaron a Savannah.

Todas las piezas encajaron, al fin. Doc, Emyr Owen, era el mejor amigo del que me habló Koen, por el que había modificado el atraco a última hora y, también, el hombre que no había vuelto a ser el mismo después de perder a su pareja. Y esta, Chloe, la artista que nunca llegó a tener una oportunidad de demostrar su talento, no era otra que la mujer con la que coincidí el día de mi cumpleaños en el O Fortuna. Aquella cuyo destino me había quitado el sueño, y la que, indirectamente, hizo que descubriera quién era Tiffany Whitmore en realidad.

Me costó unos segundos asimilarlo, pero cuando lo hice, cuando entendí que ese era el secreto que habían ido a buscar a la quinta planta, se me vino el mundo encima.

—¿Habéis visto las grabaciones? —La mirada de Koen me lo dijo todo. Además de miedo, había dolor en ella. Decepción. Como si lo hubiera traicionado. Entonces recordé otra cosa—: Te mentí. Cuando te aseguré que no había estado antes en el casino, me refiero. Vine el 12 de enero junto a Trenton. Quería… —Me tragué la bilis que me subió por la garganta—. Esa noche íbamos a cenar junto a mi padre y su tía para celebrar mi cumpleaños. Todavía no sabía quién era ella, me refiero a que pertenecía a La Última Mano, y tampoco sabía, o no tan a ciencia cierta, el tipo de hombre que era él. Yo solo… Vine a buscarlos y Trenton me convenció de enseñarme el casino. Supongo que lo habéis visto. Él… No fui sincera contigo porque todavía no confiaba en ti, no sabía quién eras, pero aun habiendo sido consciente yo… Quizá me lo habría callado. Esa noche Trenton intentó hacerme daño de muchas formas y una parte de mí sigue avergonzándose por no haber hecho más. O menos. O, sencillamente, algo distinto. Además, la chica…

Emyr levantó el arma y apuntó el cañón hacia mi frente.

—Se llamaba Chloe Reed.

—Chloe —repetí, mirando a Koen en lugar de a su amigo porque que él lo entendiera era lo único que me importaba—. No sabía quién era. Jamás me dijo su nombre. Me crucé con ella cuando huía… Cuando ambas lo hacíamos, supongo. Fue en el ascensor. Me pidió que le consiguiera un taxi porque ella no podía pagárselo. Aseguró que me lo devolvería, pero le dije que no hacía falta. Me había dejado el bolso en la habitación y me aterraba volver a por él, así que se me ocurrió acompañarla a la sala del vigilante, en el vestíbulo. No sabía…

La bola de culpa que se me atascó en la garganta provocó que me costara todavía más sacar la historia.

—Tampoco pensé que Vince Rourke fuera alguien peligroso. Hasta entonces no lo había visto haciendo nada fuera de lo normal. Le indiqué que le pidiera un taxi y que lo cargara a mi cuenta. Después…

Sollocé. Enfadada conmigo misma por lo mucho que me estaba costando continuar, presioné mi costado con algo más de fuerza. Paladeé el dolor. Uno físico, comprensible y solucionable.

—Volví a por mi padre. Pensaba contarle lo que me había hecho Trenton, pedirle que nos fuéramos de ahí y ponerle fin al compromiso. Entonces escuché la verdad sobre Tiffany desde el otro lado de la puerta, y a mi padre llamando a Vince para deshacerse de Chloe. Ella se había enterado de algo, no sé de qué, pero supongo que de lo suficiente como para relacionar a esa mujer odiosa con la mafia. Traté de ayudar, lo juro, intenté marcharme, pero Trenton me sujetó y… No pude hacer nada. Lo siento muchísimo.

Supe que faltaba algo. No información, las cartas estaban bocarriba sobre la mesa y la historia encajaba. Se trataba de otra cosa. Quizá la perspectiva de un final feliz para todos. O la voluntad de asumir la tragedia y seguir adelante pese a ella.

Entendía la necesidad de aferrarse al dolor porque soltarlo daba todavía más miedo que sufrirlo. ¿Éramos egoístas por elegir seguir adelante? ¿Queríamos menos a la persona cuyo recuerdo relegábamos a un segundo plano? Creo que Emyr se sintió así. Que, precisamente por eso, hizo lo que hizo y dijo lo siguiente:

—Incluso si lo que has contado es cierto, no puedo perdonarte.

No había odio en sus ojos cuando apoyó el cañón de la pistola sobre mi frente.

Antes de que él volviera la cara hacia Koen, vi el asomo de lo que podría haber sido su sonrisa y me pareció bonita.

—Te dije que no siempre podrías arreglarlo todo.

Ninguno de los disparos que había escuchado previamente sonó como aquel.

Ninguno rompió tanto. Mató tanto.

¡BANG!

En lugar de «Te quiero y adiós».

CÁMARA DE SEGURIDAD DEL O FORTUNA

Planta 4 (izqda.), bar 18/03/2026

11:08:35

Se habían reunido en el bar para controlar el fuego. Fue Boo quien se percató de lo que sucedía y quien puso a trabajar a tres personas porque el resto o estaban ocupadas o convalecientes o directamente muertas.

Los elegidos para apagarlo fueron Copy, Paste y Miles Donovan. Boo, que había inutilizado el sistema de alarma contra incendios para que no saltara por las explosiones, volvió a conectar los aspersores de la quinta planta. Gracias a ellos, a los extintores y a los cubos de agua, habían conseguido que las llamas no pasaran de ahí.

Mientras aquellos tres iban y venían, Boo observó de nuevo su ordenador. Comprobó que Beatrix estaba junto al gato en la sala de póker, ambos a salvo, y que Honey seguía organizando a los tres palos que quedaban para que recogieran los cadáveres. No sabían qué hacer con ellos.

No sabían qué hacer con nada.

En el exterior, la policía había empezado a movilizarse alertada por las explosiones, los disparos o el tiempo transcurrido, no estaba claro. Lo que sí que lo estaba era que, más pronto que tarde, intentarían entrar.

Boo sacó la radio, pulsó el botón correspondiente y dijo:

—¡ Fox! Tenemos problemas. Trenton ha quemado el quinto piso. Hemos perdido las pruebas. Trébol está muerto. Hay muchísimos muertos. Dijiste que todos tenían que sobrevivir y casi nadie lo ha hecho. Y la policía se está poniendo nerviosa.

¿Qué hacemos, Fox? ¿Fox? ¡ Fox!

41

Miércoles, 18 de marzo de 2026, 11:09

Casi nunca se habla del olor que queda tras un disparo. El que segó una vida en la habitación 302 olía al metal del casquillo caliente y de la sangre cada vez más fría, también tenía un toque acre, como a disolvente. Me picó en las fosas nasales hasta que salí del casino y pude darme una ducha. De lo que sí se habla es de lo injusto que resulta que algo tan rápido, algo que sucede entre un latido y el siguiente y que puedes perderte si parpadeas, sea capaz de reformular el mundo tal y como lo conoces. Es anticlimático por la velocidad y por la falta de espectáculo. A la escena que tenía delante le faltaban luces de neón, truenos y relámpagos. Mucho

más que un tic, ¡BANG!, tac.

Emyr estaba tumbado en la cama. Bocarriba. La sangre que manaba de la herida del pecho, justo a la altura de ese corazón que se había llevado Chloe Reed meses atrás, parecía morada por la combinación del rojo con el azul de la camiseta. Sus labios se inclinaban menos hacia abajo, más propensos a la calma que a la tristeza.

Koen estaba de pie, en exactamente la misma postura que tenía antes de que su mundo se viniera abajo. Con el brazo derecho estirado, el dedo índice todavía apretando el gatillo y el cañón de la pistola apuntando hacia donde había estado su mejor amigo. Sus ojos permanecían muy abiertos, para ver cada una de las equivocaciones que lo habían conducido a ese momento. A través de la separación de sus labios podría haber dejado escapar un grito, pero para eso tenía que encontrarlo.

Todavía le quedaban unos segundos.

Hasta entonces, la inmovilidad de la escena se alargó tanto que dio la impresión de ser un cuadro y no un momento en la vida de dos personas. Antes tres.

—Koen… —Su nombre escoció al salir y me tembló en la lengua—.

Koen, por favor. Mírame.

La radio que tenía sujeta al pantalón emitió un chasquido y la voz de Boo se coló en la habitación.

—¡Fox! Tenemos problemas. Trenton ha quemado el quinto piso. Hemos perdido las pruebas. Trébol está muerto. Hay muchísimos muertos. Dijiste que todos tenían que sobrevivir y casi nadie lo ha hecho. Y la policía se está poniendo nerviosa. ¿Qué hacemos, Fox? ¿Fox? ¡Fox!

Justo antes de disparar, Koen lanzó la llave sobre la cama. Lo hizo sin mirar y demasiado rápido, así que cayó lejos de mi alcance, muy cerca del borde inferior del colchón. Traté de agarrarla con el pie, estirándome todo lo posible. La muñeca me ardía por el roce de las esposas y el hombro me dolía muchísimo, como si estuviera a punto de salírseme del sitio. Tanteé con el dedo gordo sobre la sábana, sintiendo que los músculos estaban a punto de rasgárseme.

Paré cuando lo oí.

Cogió aire de golpe, a través de un sollozo, y el ámbar de sus ojos pareció aún más claro cuando se llenaron de lágrimas. La que abrió la veda se deslizó por su mejilla deprisa, como si llevara tiempo queriendo emprender ese camino. Koen dejó caer la pistola y se llevó una mano a la cara. Examinó la humedad que había recogido con la palma por si tuviera alguna de las respuestas que buscaba, pero no debió de ser el caso, así que gritó.

Fue más atronador que el disparo. También más violento y más inevitable. Cuando me encogí sobre mí misma no se debió al miedo, sino a lo horrible que me pareció oír llorar así a alguien acostumbrado a reír y bromear. Estaba mal, torcido, y necesitaba ponerle solución.

Volví a estirarme, tirando tanto de mí que ahogué un gemido de dolor. Llegué a la llave con la punta del dedo y, muy poco a poco, la acerqué lo suficiente para agarrarla con la mano libre y abrir las esposas. Ignoré la muñeca amoratada y en carne viva y solo me detuve unos segundos para quitarle la funda a la almohada. La enrollé alrededor de mi cintura,

cubriendo la herida, y apreté el nudo todo lo fuerte que pude. Después, esquivando a Emyr, fui hacia Koen.

Lo abracé justo cuando sus piernas cedieron. No pude ni con el peso de su cuerpo ni con el de su pena, así que ambos caímos al suelo de rodillas. Una vez ahí, lo noté frío, inerte, infinitamente pequeño para lo mucho que me superaba en tamaño. Como un juguete roto de tanto tirar de él en dos direcciones.

Apreté los brazos en torno a él y lloré yo también porque no sabía qué más hacer. Sentí que todo era culpa mía porque había jurado protegerme y, cuando llegó el momento, se vio obligado a hacerlo. Porque me escogió por encima de todo.

También sentí que no podía cargar más sobre mis hombros, pero que esa culpa me la quedaría. La llevaría a cuestas aunque a partir de entonces tuviera que arrastrarme por su peso.

La radio volvió a emitir un chasquido.

—Fox —llamó Boo—. Está todo mal. Dinos qué hacer. Por favor. Alargué la mano para agarrar el aparato y respondí:

—Boo, soy Savannah. Necesito que Honey venga a la habitación 302 inmediatamente.

—¿Dónde está Fox? ¿Por qué…?

—Está conmigo y no está bien. Deprisa.

Algo en mi tono debió de alertar a esa persona, porque Honey no tardó ni cinco minutos en aparecer por la puerta. Llevaba la máscara puesta, el fusil a la espalda y manchas de sangre seca en los brazos por las que no pregunté. Como no podía verle la cara, desconocía la expresión que estaría poniendo, pero pude imaginarla por la tensión de sus músculos y por el modo en el movía la cabeza del cadáver de Emyr hacia nosotros.

Koen no se inmutó cuando llegó su compañera, fui yo quien le dijo:

—Saca a Doc… a Emyr de la habitación. Después, traedme su maletín y dos botellas de agua. No volváis hasta que os llame.

CÁMARA DE SEGURIDAD DEL O FORTUNA

Planta 4 (dcha.), póker 18/03/2026

14:11:54

El  ordenador estaba abierto sobre la mesa y mostraba las cámaras del exterior del casino. A través de ellas podía verse que llegaban más coches patrulla y que los periodistas, revolucionados, trataban de arrancarle respuestas al que se acercara lo suficiente.

Ni Boo, ni Honey, ni Beatrix, ni por supuesto el gato prestaban atención a la pantalla. Sin más instrucciones por parte de su líder, los atracadores habían hecho todo lo que podían para controlar la situación: encerraron a Trenton en la Whitmore Penthouse, apagaron el fuego y llevaron los cadáveres a la cámara acorazada del sótano.

Tanto los secretos como la dueña de la quinta planta habían quedado calcinados y Boo reconoció que le parecía un alivio. Al fin y al cabo, lo que se escondía allí arriba solo les había traído desgracias.

Beatrix Van Alen dejó de lanzarle bolitas de papel al gato y observó a quienes tenía al lado. Boo desplazaba la silla de ruedas hacia delante y hacia atrás, sin apenas moverse del sitio. Honey estaba sentada en el suelo en una postura que parecía más rendida que relajada: con la espalda

contra la pata de la mesa, el codo sobre la rodilla de la pierna flexionada y la cabeza gacha.

—¿Estáis así porque no podéis escapar o porque vuestro amigo…? —La rehén dejó la pregunta en el aire. Al cabo del rato, insistió—: ¿Habéis conseguido lo que queríais, al menos? Lo digo por el incendio. ¿Se ha quemado el dinero?

Fue Boo quien respondió:

—Arriba no había dinero.

—Pues vaya.

—Lo hemos conseguido —replicó Boo ante el tono

decepcionado de la muj er—. Pero no de ahí.

—Ah, vale. Entonces, ¿no sabéis salir?

—¿Crees que vamos a compartir nuestros planes contigo? Eres nuestra enemiga.

Beatrix abrió la boca con sorpresa y se llevó una mano a la mej illa, como si le acabaran de dar un bofetón.

—Conque esas tenemos, ¿eh? Muy bien. ¿Sabes quién te va a ayudar a hacer los estiramientos esta noche? Porque yo no voy a ser. Ah, y devuélveme mi lima de uñas. Y el bálsamo labial. Me parece increíble que después de todo lo que hemos pasado…

—No hemos pasado nada. Me entretuviste unos días —añadió con crueldad—. Y Honey solo te protegió en la cámara porque es buena persona. Aunque no te lo merecieras.

—¡ ¿Y por qué coño no iba a merecérmelo?!

—¡ Porque  eres  rica  y  los  ricos  ya  tenéis

demasiado! ¡ Por culpa de unos ricos estamos aquí!

¡ Doc ha muerto! ¡ Y Chloe antes que él! ¡ Y vamos a acabar en la cárcel porque Fox no es capaz de superarlo!

A medida que gritaba, su voz se iba rompiendo,

evidenciando no solo su miedo,  sino también su

corta edad. Los sollozos se intensificaron cuando

Beatrix se puso de rodillas y le dio un abrazo.

—Te perdono.

—¡ No quiero que me perdones!

—Sí quieres. —Boo empezó a llorar y Beatrix, sin alejarse, reconoció—: Yo también digo cosas horribles cuando estoy asustada.

—Salir de aquí dependía de Fox, como todo lo demás —explicó Honey.

Por mucho que Beatrix hubiera descubierto su identidad, no solía hablar. Quizá por gusto, por costumbre o por extremar el cuidado, ya que no todos los atracadores sabían que era una muj er.

—¿Antes de entrar no os explicó cómo hacerlo?

Qué cabrón.

—No se trata de eso. Somos diez… Éramos. Hay varios planes.

—¡ No se lo cuentes! —se quejó Boo, y, cuando

Beatrix estrechó todavía más el abrazo, exclamó—:

¡ Que me ahogas!

—No iba a contárselo, aunque dudo que importe a estas alturas. La cuestión es que es difícil planificar algo de esta magnitud. Hay muchas cosas que cambian sobre la marcha.

—¿Eso quiere decir que solo podéis salir unos pocos?

Honey negó con la cabeza.

—O salimos todos, o no sale nadie. Estamos juntos en esto.

—Pero no sois amigos. —La rehén parecía perpleja—. O sea, esos de las máscaras blancas con el dibujo…

—Los palos.

—Esos. Casi no hablabais con ellos.

—Ni  siquiera  los  hemos  visto  con  la  cara

descubierta —concedió Honey—. Pero aceptaron

venir y lo que implicaba, igual que el resto. No vamos a dejarlos tirados.

—Entiendo…, bueno, no, no lo entiendo. ¿Así que os rendís? ¿A Fox se le va la cabeza o lo que sea y esperáis de brazos cruzados a la policía? Es absurdo.

—¿Qué sabes de lo que ha sucedido? —preguntó Honey con paciencia.

—Que ha muerto ese que iba vestido como un médico y que Savvie y Fox se han encerrado en su habitación. Boo no me ha dejado ir a verla.

—Ha pedido que no subiera nadie —explicó Honey

—. Lo que ha sucedido es que Fox, seguramente para salvar a tu amiga, ha matado a Doc.

Beatrix frunció el ceño, confundida.

—¿Y por qué iba a…? ¡ Joder! —Abrió mucho los ojos y se llevó las manos a la boca—. ¿Se ha enamorado de ella o algo así? Pero… Si es… Han pasado…

—¿Te resulta tan difícil de creer?

La pregunta de Honey hizo eco en la estancia. Cada vez que chocaba contra las paredes parecía adquirir una nueva connotación, hasta que las mej illas de la rehén se colorearon y respondió:

—No.

—Para Fox, Doc era lo mismo que Boo es para mí. Que probablemente Savannah sea para ti. No solo era su amigo, incluso su familia, también era su pilar. El que lo acompañaba allá donde necesitaba ir. Y ya no está. Por culpa de él. ¿Lo entiendes ahora?

Tras una pausa, Beatrix asintió con lentitud.

—¿Y qué vais a hacer?

—Esperarle.

—¿Y si no llega?

—Lo aceptaremos.

42

Miércoles, 18 de marzo de 2026, 16:19

Me restregué con rabia la mejilla para borrar las lágrimas. Si Koen se había roto, yo necesitaba estar entera. El problema era que no sabía qué hacer además de tragarme el llanto.

Horas atrás había quitado las sábanas de la cama y dado la vuelta a colchón para que no viera la sangre de su amigo. Ni siquiera me había cosido la herida frente a él por miedo a que su maletín pudiera afectarlo. Lo hice en el baño, con un trozo de tela apretado entre los dientes que me ayudara a ocultar los gruñidos de dolor. Fueron cuatro puntos que se sintieron cientos. Tras ellos, tragué más analgésicos de los que debería y volví a la habitación con Koen.

Parecía que estuviera muy lejos de ahí. Muy lejos de mí.

Le desabroché el arnés y el chaleco, los dejé en el suelo y conduje a Koen hacia la cama, donde nos tumbamos y mantuvimos en silencio. Pasaron horas, no sé cuántas y tampoco me importó, en las que lo único que hice fue abrazarlo y acariciarle el pelo con suavidad.

Aunque el momento de calma siguiera oliendo a pólvora y pitando en los oídos, me concedió tiempo para pensar en varias cosas.

Por un lado, me pregunté si Emyr buscaba morir. Cuantas más vueltas le daba, más sentido tenía. ¿Por qué si no me habría herido en el costado de tal manera que hasta yo fui capaz de curarme? ¿Por qué había esperado a que su amigo entrara en la habitación? ¿Por qué no había disparado? Por

muy rápido que hubiera sido Koen desenfundando su propia arma, él ya me estaba apuntando.

La idea de que se hubiera suicidado de esa manera me parecía muy triste y a la vez muy injusta. ¿Cómo esperaba que su mejor amigo se recuperara después de aquello? Hubiera matado o no antes a alguien, que ni siquiera lo había hecho, era imposible sobreponerse a acabar con la vida de una de las personas a las que más quieres.

Así que entendía que Koen se hubiera sumido en ese estado, pero me aterraba que me culpara de lo sucedido, tal y como estaba haciendo yo misma. Aunque hoy en día creo que habrían acabado con Chloe tarde o temprano y que, tras ello, Emyr hubiera encontrado cualquier otro modo de autodestruirse, en ese momento no pude evitar pensar que, de no haber sido por mí, ambos seguirían vivos.

Lo más seguro es que los otros atracadores se preguntaran si el silencio de Koen se debía a la falta de ideas o de ganas y que se los estuviera comiendo la ansiedad. Pese a ello, respetaron el espacio que les pedí y gracias a eso entendí que los lazos que los unían eran más fuertes de lo que había supuesto en un principio.

Otra de las cosas que obtuve en ese tiempo fue perspectiva. Mi padre había muerto, igual que Tiffany Whitmore, y no sabía qué había sido de Trenton, pero dejó de parecerme un problema tan importante. Quizá porque lo puse en una balanza y el resto de las cosas que me afectaban pesaron mucho más. O quizá porque la persona a la que había humillado y agredido ya no existía.

—Tenías razón —empecé diciendo—. Odio dártela porque odio reconocer que me equivoco, pero la tenías. Sin mi padre y sin esa horrible mujer, no creo que me costara hacerme con el control de PriceShield, sin embargo… Jamás pensé que cupiera un «sin embargo» en lo que lleva siendo mi objetivo más de una década. Puede que, al verlo tan lejano, no me parara a pensar en todo lo que implicaría dirigirla. O puede que la persona en la que me he convertido durante estos días no esté hecha para esa empresa. Me gusta la idea de crear, dar forma y controlar un proyecto, pero…

Cerré los ojos con fuerza y me mordí el interior de las mejillas. No, no era eso.

—Creí que iba a morir —volví a intentar—. Aunque mi vida no pasó por delante de mis ojos, sí que tuve un momento de revelación. Me

lamenté porque sentí que me quedaba mucho por… «ser». Pensé en varias cosas, y ninguna estuvo relacionada ni remotamente con PriceShield. Desconozco qué quiero hacer, pero sí que lo que haga no tiene por qué ser lo que soy y que ahora mismo me importa más eso: «ser». ¿Tiene sentido?

Continué acariciándole el pelo mientras trataba de aclarar las ideas.

—El resumen, supongo, es que PriceShield era lo que quería Savannah y que estoy intentando averiguar qué quiere Sav. De momento tengo algunas cosas claras. Pocas e importantes. La primera es que voy a vender la empresa y a darle el dinero a mi madre. No es lo que ella deseaba para mí, pero sí lo que considero que merece. Si no se opone, me gustaría que nos volviéramos a reunir. Contarle todo lo que ha pasado desde que se marchó. Y la segunda…

Hasta ese momento, Koen había tenido la cabeza a la altura de mi pecho. Bajé por el colchón hasta que nuestros ojos se alinearon, apoyé la frente sobre la suya y le acuné la cara con las palmas.

—No voy a volver a abandonarte, Koen Ackermann. Si tú no puedes hacer nada, si no sabes o no quieres salir de aquí, seré yo quien te saque.

Aunque no obtuve respuesta, sus pupilas se contrajeron cuando sus ojos me enfocaron. Aferré su mirada igual que él había hecho con la mía tantas veces y metí una mano en el bolsillo de su pantalón. Mis dedos palparon primero su moneda y después…

Le mostré el anillo. Era demasiado pequeño para los dedos de una mujer adulta y había perdido buena parte del baño de oro, pero seguía pudiendo leerse la inscripción del interior. Me lo coloqué en la segunda falange del meñique y sonreí.

—Esta vez cuento desde el momento en el que lo recupero. Desde que te reconozco que no sé quién soy sin este anillo y sin el hombre que me lo dio. —Volví a llorar, pero esa vez no me molestó—. Te quise, te quiero y te querré, Koen Ackermann. Así que vamos a conseguirnos un futuro, me da igual a quién tengamos que robárselo. Nos merecemos más de doce horas juntos.

Koen salió del bache muy despacio, como si le costara avanzar hacia delante por todo el tiempo que había mantenido la vista atrás. Primero fue la mano, que movió hasta rozar el anillo con la yema del índice. Después fue el ceño, que se contrajo apenas un centímetro cuando se le escapó la última lágrima que le vi derramar.

También se le escapó una pregunta:

—¿Cuánto nos merecemos?

—Por lo menos un para siempre.

CÁMARA DE SEGURIDAD DEL O FORTUNA

Planta 4 (dcha.), póker 18/03/2026

17:11:54

—Llevas todo el día dándome respuestas de mierda, y eso cuando te dignas a dirigirme la palabra —acusó Beatrix a Boo—. Entiendo que te pongas de mal humor por los nervios, pero te estás pasando.

Boo gruñó por lo bajo, pero no contestó. Se había quedado en el suelo con las piernas extendidas después de hacer sus ejercicios. Movió el cordón delante del gato para tratar de llamar su atención, frustrando todavía más a su interlocutora.

—Me da igual que seas menor —se empecinó esta—. Si eres lo bastante mayor para secuestrar un casino, también lo eres para tratar a tus amigas correctamente.

—¡ ¿Amigas?!

Escupió la palabra como si de un insulto se tratase y hasta Honey, que estaba encargándose de vigilar a la policía a través del ordenador, tensó los hombros y se asomó por encima de la pantalla.

Beatrix enrojeció, más por la rabia que por la

vergüenza, y se cruzó de brazos.

—¿Me vas a decir ahora que no soy tu amiga? Te

he dejado pincharme, te he enseñado a cuidar a

Miaudini… ¡ Y hemos hablado muchísimo! ¡ De cosas

personales, me refiero!

—¡ ¿Es que no lo entiendes?! —El gato se alejó de Boo, molesto por su estallido—. ¡ ¿Cómo puedes ser tan tonta?!

—¡ Vale ya!

—¡ Te he estado usando!

Beatrix puso los ojos en blanco e hizo un gesto desdeñoso con la mano.

—Para no aburrirte, ya lo sé, me lo has dicho mil veces. Pero nuestras conversaciones…

—¡ Que no, estúpida! ¡ ¿Te crees que te he preguntado sobre tu vida por gusto?! ¡ Era para entrar  en  la  cuenta  bancaria  de  tu  madre!

¡ Intentaba sacar las claves! ¡ ¿Lo pillas?! ¡ Y lo

he conseguido! ¡ Ya no te necesito para nada!

Beatrix abrió los ojos de par en par.

—¿Qué coño estás…?

—¡ Que no eres mi amiga! ¡ Que me das igual! ¡ Que

te he estado usando!

La rehén hizo lo posible por no echarse a llorar. Parpadeó muy deprisa, apretó los labios e inhaló tan hondo que se le dilataron las fosas nasales. Después, se puso en pie prácticamente de un salto y se marchó de la sala de póker sin que nadie hiciera amago de detenerla.

—¿Por qué has hecho eso? —preguntó Honey yendo

a sentarse junto a Boo—. Sé que te gusta.

—¡ No me gusta! ¡ Es vieja!

—Me refería a como amiga —explicó con paciencia.

Boo agitó un poco más el cordón. No consiguió llamar la atención del gato, que había ido a tumbarse sobre la mesa, receloso debido a sus cambios bruscos de humor.

—¡ Lo he hecho porque ya está! ¡ Esto se termina!

¡ De una forma o de otra! ¡ Vamos a acabar en la

cárcel o muy lejos de aquí! Así que… ¡ eso! ¡ Qué

más da!

Su forma de hablar era más tirante que de costumbre, como si tuviera las palabras enredadas en el nudo que había en su garganta.

—¿La has alejado de ti porque crees que os ibais a separar tarde o temprano?

—¡ No lo creo! ¡ Lo sé! —Se puso en pie con dificultad y extendió una mano para frenar la ayuda que iba a brindarle Honey. Una vez que se sentó en la silla de ruedas, continuó con más calma—: Imagina que Fox se recupera. Que esto sale bien. ¿Trix iba a seguir queriendo hablar conmigo? ¿Contigo? Sé que te gusta. Tengo ojos en la cara y te conozco. ¿Nos iba a perdonar haberle robado? Pues no.

—No ha sido a ella a quien hemos robado, sino a su madre. Y tampoco le has dado oportunidad de opinar sobre el tema. Ni siquiera le has explicado bien la situación.

—¿Qué situación?

—La cantidad de dinero que vamos a sacar de la cuenta y qué ha acabado significando ella para ti.

—Es una rica —espetó con desprecio—. Los ricos se relacionan con otros ricos y solo quieren ser más ricos.

—Dej a de hablar como él.

—¿Cómo quién?

—Como Doc. Emyr —corrigió a sabiendas de que había dejado de tener sentido utilizar su alias—. No todas las personas que tienen dinero son iguales, y te has dado cuenta en estos días. Trix es buena. Rara, histriónica, pero buena. Y no es justo que le hagas daño porque te dé miedo que ella no quiera mantener el contacto contigo cuando esto acabe.

—¡ Yo tampoco quiero!

—Igual que tú me conoces, yo también te conozco

a ti.

Tras unos segundos de tensión, Boo acabó refunfuñando por lo bajo:

—Prefiero cuando no hablas.

—Porque no te gusta que te diga que te estás comportando como si tuvieras los años que en realidad tienes.

Boo acercó la silla a la mesa y toqueteó el

portátil, fingiendo desinterés. Honey insistió:

—¿De verdad quieres que acaben así las cosas?

—¿Y cómo iban a acabar? ¿De qué otra forma? —A medida que hablaba, su voz se fue entrecortando—: Si no termina hoy, terminará mañana. Imagina que nos perdona lo del dinero. Que es una buena rica. O generosa o lo que sea. Me da igual. Imagina. Que a Fox se le ocurre algo y salimos de aquí. Tú y yo nos iríamos lejos. A otro estado o a otro país. No podríamos decirle dónde estamos para que nos visitara. La poli podría seguirla. Es peligroso.  Y ella no querría venir,  tampoco. Estará muy cómoda en su mansión.  Con su vida perfecta. Solo hemos sido un… un… entretenimiento.

Honey se agachó para darle un abrazo justo cuando el llanto ganó la partida.

—Estás tomando esa decisión por Trix —susurró mientras le acariciaba el pelo blanco.

—Sí.

—Y no es justo.

—Me da igual.

—Haru…

—¡ Vale! —Se apartó, sorbiendo los mocos por la nariz, y miró la pantalla del ordenador—. Acaba de entrar en la habitación. Voy a buscarla.

43

Miércoles, 18 de marzo de 2026, 17:25

—¿Al fin es mi turno de decirte lo que siento?

Su voz estaba ronca y su sonrisa en paradero desconocido. Había conseguido recuperarlo del pozo en el que había caído, pero parecía incompleto, como si se hubiera dejado algo muy importante al fondo. O como si Emyr se lo hubiera llevado al marcharse.

Le aparté el flequillo de la cara y propuse:

—Hagamos un trato.

—¿Cuáles son las condiciones?

—Cuando salgamos de aquí, permitiré que me lo digas. Y como vas a tener bastante tiempo para pensar en tus palabras, más te vale que sean espectaculares.

—Parece una amenaza en lugar de un trato.

—Tómatelo como quieras. ¿Aceptas? Su mirada resbaló hacia abajo.

—No sé si vamos a salir de aquí, Sav. Tú sí, y tu amiga —aclaró—, me refiero a los demás.

—¿Le ha pasado algo a…? ¿Cómo se llama el chico este…? El crupier.

—Miles Donovan. No, está bien. Él también podrá salir. Espero que le dé tiempo a escapar antes de que descubran que estuvo aliado con nosotros desde el principio.

—¿Qué…? Da igual. Luego. Antes de entrar en ese tema… —Le acaricié los labios demasiado rectos—. ¿Quieres hablar de lo que ha sucedido?

Abrió y cerró la boca varias veces, indeciso.

—No tenemos tiempo.

—Te equivocas —contradije—. Es lo único que tenemos. Desconozco si mucho o poco, pero podemos hacer lo que queramos con él. Y antes de que pensemos en cómo salir de aquí, necesito saber que quieres hacerlo, Koen. Es… Has pasado por algo horrible. Sé que estás esforzándote por sobreponerte, y está bien, tenemos que seguir avanzando. Pero para construir un nuevo futuro hay que borrar los restos del anterior. Hazme caso, soy experta en huir hacia delante y sé que tarde o temprano toca enfrentarse a lo que dejamos atrás. —Al no notarlo convencido, lo besé en la frente e insistí—: Entiendo y respeto que no quieras hablar del tema precisamente conmigo. Llama a Honey o a Boo, entonces.

—No es por ti, Sav. —Sus palabras salieron a tirones—. ¿Piensas que te culpo? Jamás se me ocurriría. —Deslizó el pulgar sobre mi mejilla para llevarse la lágrima que había empezado a caer—. Sé que lo que dijiste es cierto y estoy convencido de que Emyr también lo sabía. De que al principio se planteó matarte y que titubeó primero porque me destrozaría, y después porque te creyó cuando te explicaste. No has hecho nada mal. Ni con Chloe, ni con Emyr, ni por supuesto conmigo. Es a mí a quien culpo.

—Pero…

—Cambié el plan, ya te lo dije. —Suspiró y me colocó un mechón tras la oreja—. Emyr se ganaba la vida curando a quienes no podían permitirse ir a un hospital. Se encargaba de gente con escasez de recursos, a veces sin cobrarles ni un céntimo, y de miembros de la mafia. Así se enteró de lo de Chloe. Cuando ella no volvió a casa después de la audición, fuimos a la policía y nos dijeron que al ser mayor de edad lo más probable es que se hubiera marchado por voluntad propia. No convenía que presionáramos porque ni él ni yo tenemos permiso de residencia, pero Emyr lo intentó y tampoco sirvió de nada. Un día, curando precisamente a un tipo de La Última Mano, salió el tema. No sé cómo, Emyr prefirió no decírmelo y tampoco enseñarme lo que había quedado del mafioso después de que lo interrogara. Fue el primer hombre al que mató. Gracias a él, se enteró de que Chloe había sido asesinada en el casino y de que en el momento de su

muerte había más gente dentro del edificio, concretamente Tiffany Whitmore, Trenton Lee, Vince Rourke, Jack Morgan y tu padre.

Fruncí el ceño.

—¿Y yo?

—Exacto. No te mencionó, pero, cuando hice la lista de las personas que necesitábamos durante el secuestro, te incluí de todos modos.

—No entiendo…

—¿Recuerdas la lista de rehenes del primer día? Te dije que todos estabais ahí por un motivo, y era cierto, pero a ti solo te metí porque quería verte. No formabas parte del plan. Ni nos servías para salir, ni para conseguir el dinero, ni para averiguar qué había sucedido con Chloe. Me excusé aludiendo a mi pasado, y es verdad que quería saber por qué dejaste de hablarme, pero podría habértelo preguntado en cualquier otro momento. —Tensó la mandíbula, furioso consigo mismo—. Quería saber en quién te habías convertido y que me dieras motivos para seguir odiándote. O fingiéndolo. O lo contrario. Te incluí porque estaba obsesionado contigo, Savannah. De no haberlo hecho, habrías salido junto a los demás rehenes. Tu padre habría muerto, igual que el jefe de seguridad, el director artístico y todos los implicados en el asesinato de Chloe, pero tú estarías viva, sana y salva, y… Emyr también. Así que, sí, todo ha sido por mi culpa.

—Te lo dije antes y te lo vuelvo a repetir, Koen: no puedes culparte por los errores de otro. Ni por cosas que escapan a tu control. ¿Cómo ibas a saber que aparecería en esas grabaciones? ¿O que tu mejor amigo decidiría vengarse a fuerza de asesinatos? Y más allá de la información que os dio aquel mafioso, tampoco teníais ni idea de qué había podido pasar el 12 de enero.

—Pero te he puesto en peligro.

—Sí —concedí—. Y también me has salvado. Hace un rato y mucho antes, gracias a la mayoría de las conversaciones que hemos mantenido. Koen —lo llamé, insistente, al notar que volvía a perderse—, si algo he aprendido en estos días es que es imposible controlarlo todo. Conseguirlo todo. Serlo todo. Hay que elegir. Siempre. Hacemos lo que podemos con lo poco que tenemos a nuestra disposición y hemos de sentirnos orgullosos con el resultado. Y, si no, lo único que está en nuestra mano es tratar de hacerlo mejor en adelante. No puedes cambiar las decisiones que ya has

tomado. Mucho menos las que han tomado otros. Aunque quiero que sepas que, gracias a ellas, estoy aquí. Y que no me voy a ir a ninguna parte.

Se mantuvo en silencio durante cuatro minutos enteros, pero esa vez tuve claro que seguía ahí, digiriendo tanto mis palabras como sus sentimientos.

—Lo echo de menos —dijo al fin, con la voz pendiendo de un hilo.

—Lo sé.

—Siento que se ha llevado algo mío con él. Algo que jamás recuperaré.

—También lo sé.

—Y… —Volvió a apoyar su frente sobre la mía—. No puedo pensar, Sav. Estoy bloqueado. No es que no quiera salir, como me has preguntado al principio. Quiero, aunque me haga sentir miserable y egoísta. Y, sobre todo, quiero que el resto lo consiga. Porque se lo merecen y porque se lo prometí. Son buena gente, Sav, pero han tenido mala suerte.

—Pensé que no creías en la suerte —bromeé con suavidad.

—Te dije que ni la tenía ni la necesitaba, no que no creyera en ella. Joder, mírame. Míranos. Es un hecho que nos han tocado las peores cartas.

—Habrá que hacer trampas, entonces.

Me senté sobre el colchón y le invité a imitar mi postura.

—¿Cómo pensabais salir de aquí? —pregunté, entrelazando nuestras manos—. Sois muchos.

—Había varios planes. La mayoría de ellos pueden seguir adelante, el problema somos Boo y yo.

—¿Por qué?

—Porque íbamos a escondernos en la quinta planta. Junto a Emyr.

—Es… No tiene sentido —resolví cuando recordé una serie de detalles

—. Solo habría sido lógico si ninguno de los rehenes hubiera sabido o sospechado de la existencia de la quinta planta. No estaba en los planos y Tiffany escondió muy bien los accesos, así que la policía tampoco habría sabido dónde buscaros. Pero os cargasteis el plan prácticamente desde el principio al reuniros con los rehenes para preguntarles por ese lugar.

—Ya —concedió Koen—. Cuando aparecimos con las armas, supuse que al menos Tiffany Whitmore intentaría esconderse ahí y podríamos averiguar por dónde se accedía, pero había subido un poco antes. Quedaba su sobrino. Pero Copy, que no tenía ni idea del plan, interceptó a Trenton en el pasillo. Debí haber puesto a todos al corriente desde el principio y no

solo a Emyr, a Boo y a Honey… Al final tuvimos que preguntarles a los rehenes y, como has señalado, desde ese momento dejó de tener sentido ocultarnos arriba. Por eso, después no nos importó hacer el agujero en la pared del baño. Además, descubrimos que Loretta Cruz, la limpiadora, también conocía su existencia. Si la policía le ha hecho las preguntas correctas, ya se lo habrá sacado.

—Todo eso sucedió el segundo día. ¿Desde entonces no se te ha ocurrido otra manera de salir?

—No lo…

Apretó los dientes y esa vez fui yo la que le acarició el dorso de la mano con el pulgar. Arriba y abajo, abajo y arriba, marcándole el ritmo de la respiración.

—No suele costarme modificar los planes sobre la marcha. Es imprescindible en casi cualquier estafa, ya no digamos en un golpe como este. —Sus ojos estaban llenos de dolor cuando explicó—: Claro que pensé en alternativas, Sav, pero en todas estaba él. Y soy incapaz de contemplar lo contrario. Por eso estoy bloqueado.

—Lo siento, no pretendía… No te preocupes. Primero, explícame cuál era el papel de los rehenes y de qué maneras va a escapar el resto. Después…

Callé en cuanto escuché el portazo. Sonaba tan cerca que hasta las paredes temblaron.

—Parece que ha sido en la 304 —dijo Koen.

—Es la habitación de Trix, Honey y Boo. ¿Podemos ir a ver qué pasa? De todos modos, deberíamos reunirnos para decidir qué hacemos a conti…

—¡¿La policía?! —gritó mi mejor amiga.

—Me han llamado varias veces. —Koen me enseñó la pantalla de su teléfono—. Quizá estén intentando entrar…

—O lo hayan conseguido —completé con miedo—. Vamos. Koen se puso la máscara y cogió una de sus pistolas.

—Espera —susurré, una vez en el pasillo—. No llevamos las esposas y las cámaras…

—Da igual, Boo puede borrar parte de las grabaciones. Y voy armado.

Limítate a caminar por delante de mí y… ¿Honey?

La aludida se acercó por la izquierda. Parecía tranquila hasta que Boo, que entendí que estaba junto a Trix en la 304, exclamó:

—¡¿Qué haces revolviendo nuestras cosas?!

Pasamos los tres juntos a la habitación y nos la encontramos hecha un desastre. Las bolsas y mochilas de Boo y Honey estaban abiertas y su ropa y efectos personales esparcidos por todas partes. En el centro estaba mi amiga, con una camisa de color caqui en la mano y la expresión triunfante. Boo, frente a ella, seguía increpándole:

—¡Confiamos en ti! ¡Te dejamos a tu aire! ¡Y nos has traicionado!

—¡No me vengas con esas! —Trix agitó con rabia la camisa—.

¿Confiar en mí? ¡Lo que pasa es que me habéis infravalorado! ¡Otra vez!

¿Sigues creyendo que soy tonta? ¡Pues mira lo que he descubierto!

En la parte trasera de la prenda había dos palabras estampadas:

«METRO POLICE».

—¿Qué hace Trix con un uniforme de la policía de Las Vegas? —le pregunté a Koen.

—Querías saber cuáles eran nuestros planes de escape, ¿no? Pues ese es uno de ellos. O era.

Trix se volvió hacia mí. Primero sonrió, pero después, cuando se fijó en que no estaba esposada o atada a Koen de ninguna manera, frunció el ceño.

—¡Savvie! ¿Te han soltado o…? ¡Da igual! ¡Los he descubierto!

¡Quieren escapar de aquí vestidos de policías!

—Ni siquiera así lo pilla, es alucinante —rezongó Boo. Trix hizo oídos sordos y señaló a Koen con un dedo:

—¡Aléjate ahora mismo de mi amiga! ¡Dejadnos salir a ambas o iré a la pasarela y le contaré vuestro plan a la policía! ¡A la policía de verdad!

—Pero que seguimos teniendo armas, idiota —volvió a la carga Boo.

—Trix, espera —le pedí con la voz suave—. No es lo que parece, podemos colaborar…

—¡¿Estás aliada con ellos o algo así?! —Se puso aún más roja—. ¡Me han robado, Savvie! ¡Me han utilizado, me han seducido y me han robado!

¡¿Y tú te pones de su puta parte?!

El chillido que emitió cuando dejó caer la camisa y se marchó a grandes zancadas nos pitó en los oídos durante unos segundos. Hasta que Honey dijo:

—Dejad que hable con ella a solas.

CÁMARA DE SEGURIDAD DEL O FORTUNA

Planta 3 (dcha.), pasillo 18/03/2026

18:02:15

Beatrix se detuvo frente a la puerta que conducía a la pasarela. Con la mano extendida hacia el manillar y la respiración atragantada. Con la mirada borrosa por el llanto y las mej illas al rojo vivo.

Con la pena. Con la rabia. Con las dudas.

No hizo amago de abrir cuando escuchó pasos a su espalda, pero tampoco se volvió.

—¿Qué ha sido lo que te ha molestado?

La voz de Honey no solo era igual de dulce que la miel, también era igual de pegajosa. Tanto, que sentía que se le había adherido por dentro.

—¡ Todo!  —exclamó,  girándose  al  fin—.  Pero

¡ empecemos por el hecho de que me hayáis robado!

Honey apoyó un hombro contra la pared cercana y se cruzó de brazos.

—Vamos a sacar veinte millones de la cuenta de

tu madre. Dieciséis, en realidad.

Beatrix parpadeó con sorpresa.

—¿Solo?

—Solo.

—¿Por qué? Es poquísimo en comparación a… ¡ Da

igual! —reculó a toda prisa—. ¡ Me molesta! ¡ Es

nuestro dinero!

—Sé lo que hay en esa cuenta, Trix. Dieciséis millones menos no supondrán ninguna diferencia para vosotras; en nuestro caso, nos cambiarán la vida. Son dos por cabeza, lo justo para poder empezar en un sitio nuevo, pero si quieres renunciaré a los que me corresponden. Solo tienes que pedírmelo.

La rehén entrecerró los ojos, suspicaz.

—¿De verdad lo harías? ¿Por qué?

—Porque prefiero seguir apañándome como pueda a que creas que Boo y yo nos hemos relacionado contigo únicamente por el dinero.

—¡ ¿Y no ha sido así?! —exclamó, de nuevo molesta—. ¡ Boo me lo ha dejado muy claro! Todo el mundo me trata como si fuera imbécil. Da igual lo que haga y lo que me esfuerce en demostrar lo que valgo. ¡ Hasta Savvie se ha puesto de vuestra parte! ¡ A mí me robáis y con ella colaboráis! ¡ Es injusto! ¡ Y ni siquiera reconocéis que os caigo bien!

—A mí me caes bien.

—¡ Pues a ti no quiero caerte bien!

—Ah.

—O sea, ¡ joder! ¡ Sí que quiero! ¡ Me refiero a…!

¡ Que da igual! ¡ Estaba hablando de Boo! ¡ Me ha utilizado y me ha vuelto a llamar tonta! ¡ Varias veces!

—Quizá deberías decirle cómo te sientes.

—¡ Lo he  intentado!  ¡ Y se  ha portado fatal

conmigo! Pues ahora no me da la gana. ¡ Me cansé!

¡ Estoy enfadada!

—¿Y exponiéndome ante la policía vas a sentirte mej or?

—¿El uniforme es tuyo? —preguntó Beatrix, confusa.

—Sí.

—¿Eres policía?

—Evidentemente no.

—¡ Vete a la mierda! ¡ No es evidente! ¡ Nada lo

es!

Honey le mostró las palmas a modo de disculpa.

—Perdona. No soy policía, pero forma parte del plan que finja serlo. Y si sales por esa puerta y gritas que has encontrado el uniforme entre nuestras cosas, lo más probable es que acabe en la cárcel. Estarías en tu derecho de hacerlo y no voy a impedírtelo, te lo prometo. —Esperó a que sus palabras calaran antes de añadir—: Entonces,

¿me vas a delatar para sentirte mej or?

Beatrix frunció los labios y dio un pisotón en

el suelo, frustrada.

—Pues no. Pero ¡ podría!

—Claro que sí.

—¡ Porque no soy tonta!

—Claro que no. ¿Quieres ayudarnos?

La cara de la rehén pasó de la molestia a la perplejidad más absoluta.

—¿Cómo?

—Antes has mencionado que tu amiga colaboraba con nosotros y parecía que te enfadaba que no te hubiéramos dado la oportunidad. Lo estoy haciendo. Hemos sido injustos contigo de muchas maneras, y una de las peores ha sido quitándote la posibilidad de escoger. Ahora la tienes. Según lo veo yo, hay varias opciones. La primera, como ya hemos dicho, es gritarle a la policía desde la pasarela lo del uniforme. También puedes esperar y contárselo mañana cuando salgamos. La segunda es decirles lo de la cuenta de tu madre. No sacaremos el dinero hasta que el secuestro termine, así que tanto ella como el banco podrían impedir el robo si se lo adviertes ahora. Otra opción es que nos exijas que no lo llevemos a

cabo. Fox estaría de acuerdo. Y yo. Y Boo, aunque ahora no te lo parezca. Y es quien importa porque es la única persona que sabe cómo sacar el dinero. La última opción que se me ocurre es que te unas al grupo. Que formes parte del plan, como una más.

Beatrix se cruzó de brazos y agachó la cabeza mientras decidía. Cuando la levantó, una sonrisa había empezado a trepar por sus mej illas.

—Así que me necesitáis…

—Eso parece.

—Si no os ayudo, acabaréis en la cárcel.

—Bueno, en caso de que no nos delates puede que

lográramos…

—Calla —interrumpió, alzando un dedo—. Merezco que me des la razón en todo durante por lo menos dos horas. Como castigo.

—De acuerdo.

—En ese caso, podéis quedaros el dinero — anunció con aire magnánimo—. Es verdad que es una mierda. Ni siquiera voy a decirte lo que me gasté el último fin de semana que salí de fiesta. Si tenemos hasta un avión privado, por Dios. Está fuera, ¿sabes? Quizá podáis huir en él. ¿Ves? Mi cerebro ya está trabajando.

Los hombros de Honey se agitaron en una risa muda.

—¿Aliadas? —preguntó al despegarse de la pared y colocarse frente a la rehén.

—Aliadas. Ahora, hemos de actuar como si no lo

fuéramos. Por las grabaciones de seguridad.

—¿De qué…?

Antes de que Honey pudiera terminar la frase, Beatrix echó a correr en dirección contraria haciendo muchos aspavientos con los brazos.

—¡ Vamos, captúrame! —la retó. Después, mirando

hacia una de las cámaras, exclamó—: ¡ Auxilio! ¡ Un

hombre enorme y tatuado me persigue!

Tras una carcajada, Honey salió corriendo detrás de ella. No le costó darle alcance, tampoco cargársela al hombro como si fuera un saco.

—¿Lo he hecho bien? —susurró Beatrix.

—De maravilla.

44

Miércoles, 18 de marzo de 2026, 18:45

Decidimos reunirnos en la habitación 302 porque era más grande.

La puerta había quedado destrozada después de que Koen reventara la cerradura con la ametralladora, así que nos limitamos a dejarla entornada.

Nos instalamos en la sala de estar. Koen prefirió no invitar ni a los palos ni a los mellizos Copy y Paste no porque desconfiara de ellos, sino porque ninguno de los cinco conocía las identidades de Boo y Honey y, en caso de que algo saliera mal, era preferible que el menor número de personas estuviera al tanto de la totalidad del plan.

Honey me examinó el corte del costado y resolvió que me había ocupado de él razonablemente bien, pero que debía visitar un hospital cuando saliéramos de ahí.

—Era marine —me dijo Trix, colocando su mano sobre la mía y dándome un apretón tranquilizador—. Puedes fiarte. Seguro que ha visto heridas peores.

—¡No lo cuentes tan alegremente, tonta! —se quejó Boo. Después, recordando la conversación previa con mi amiga, añadió—: Perdón. Tonta no. Bocazas.

—Ahora somos un equipo —respondió Trix, ufana—. Además, tú sabes más cosas de mí que yo de ti. Incluido el dinero que tengo en la cuenta bancaria.

—Que tiene tu madre.

—Lo suyo es mío.

—Malditos ricos.

Koen y Trix se sentaron a ambos lados de mí, en el sofá. Honey se acomodó en el sillón y suspiró con alivio cuando se deshizo de la máscara. Esa vez no me sorprendió su aspecto, sino el modo en el que mi amiga parecía estar tatuándoselo en las retinas.

—Me llamo Abby. Abigail Rivera.

Tras un resoplido que me recordó mucho a los míos, Boo también se quitó la suya y dijo:

—Haru Daniel.

Era excepcionalmente joven, tal y como pensaba. Tenía los ojos rasgados, la boca pequeña y gruesa y la palidez de un fantasma.

—¡Me encanta tu cara! —exclamó Trix, genuinamente emocionada.

La sonrisa de Haru, con sus paletas grandes un poco montadas y dos hoyuelos, provocó que algo germinara dentro de mi pecho. Algo bonito y muy vivo. Entendí por qué Koen y Abby eran tan protectores y decidí que, si se presentaba la oportunidad, yo lo sería también.

—Falto yo. Koen Ackermann.

Trix se llevó las manos a la boca. Nos conocimos después de que Koen se marchara y nunca llegué a hablarle de él, así que pensé que el gesto se debería a que había reconocido el apellido, asociándolo a la otra empresa de mi padre. Hasta que me dijo al oído:

—No me extraña que te hayas pasado al lado oscuro.

—Es más complicado que… Tengo mucho que explicarte cuando volvamos a casa. —Luego, dirigiéndome al resto—: Ahora que ya nos hemos presentado, vamos a intentar averiguar cómo salir de aquí. Abby,

¿el uniforme de policía es tuyo?

Asintió.

—Antes de entrar al O Fortuna estuve un mes trabajando para el Departamento de Policía Metropolitana de Las Vegas.

—¿Cómo es posible? —se interesó Trix.

—Gracias a mí —intervino Haru—. Hackeé el sistema y la hice pasar por una oficial en periodo de prueba.

—¿Y cuál es tu excusa para no haber ido a trabajar durante estos días?

—Gripe —me explicó Koen. Ante mi cara de escepticismo, añadió—: Nos venía bien que Abby se infiltrara en la policía para darnos un poco de ventaja antes y durante el atraco. Casualmente, mañana vuelve al trabajo después de su enfermedad, así que, cuando esos cabrones de ahí fuera —

señaló la pantalla del ordenador— entren en tromba, ella se unirá en un despiste y saldrá como si tal cosa.

—Vaya, qué buen plan —admiró Trix.

—¿Y qué pasa con los tatuajes? —inquirí. Abby torció un poco la cabeza, confusa.

—¿Qué pasa con ellos?

—Bueno, pues que una de las primeras cosas que hará la policía será revisar las cámaras de seguridad —deduje—. Por mucho que puedas hacerte pasar por un hombre, y que los rehenes que ya han salido se refieran a ti de esa manera cuando los interroguen, tus compañeros del cuerpo se darán cuenta de que tienes los mismos tatuajes que el criminal conocido como Honey. Incluso si el uniforme es de manga larga, tus manos…

—¡Ah! —Abby hizo un gesto afirmativo—. Tengo maquillaje. Para las manos, digo. Lo estuve usando la semana que trabajé con ellos.

—No pienses que va a seguir infiltrada mucho más tiempo —me explicó Koen—. La idea es que se marche en cuanto salga.

—¿Tienes que desaparecer de inmediato o podrías quedarte unas horas en la comisaría? —pregunté.

—Podría aguantar un poco —concedió Abby—. ¿Qué tienes en mente?

—Luego os lo explico. ¿Y qué pasa con los demás? ¿Cómo van a salir?

—Los palos se van a enterrar vivos en el sótano —respondió Koen.

—¡¿Cómo?! —exclamó Trix.

—Es una mierda —intervino Haru—. Corazón es arquitecto. Los otros tres son sus sobrinos…, bueno, eran. O son. Trébol ha muerto. Así que le quedan dos sobrinos.

—Aprovechando el túnel que hicimos hacia la cámara de seguridad del sótano, Corazón excavó otra gruta que terminaba en cuatro cavidades no más grandes que un ataúd —continuó Koen—. Antes de salir, Abby sellará esa gruta con un explosivo. Al estar todo lleno de escombros, no se darán cuenta del engaño.

—¡¿Y morirán?! —se indignó Trix.

—No. Tienen oxígeno y agua para aguantar por lo menos tres días.

Antes de eso, alguien los sacará de aquí.

—¿Quién? —quise saber.

—Miles Donovan. ¿Recuerdas que te dije que estaba aliado con nosotros? Conoce a alguien. Prometo que esa parte está controlada — añadió, anticipándose a mis dudas—. Al fin entenderás para qué quería un yate en la puerta.

—De acuerdo. ¿Y por qué no ocupas tú el puesto de Trébol? Corazón ha hecho cuatro tumbas, así que habrá suministros para cuatro personas.

—Los que le correspondían a Trébol ahora son para Haru —respondió Koen—. El plan de ocultarnos en el quinto ya no sirve, así que he tenido que reconfigurar los escondites del interior del casino. Además de las cuatro tumbas, están los dos huecos para Cole y Prue. Copy y Paste —me aclaró—. Se accede a ellos a través de la Whitmore Penthouse… ¿Sigue Trenton ahí?

—Claro. Abby lo encerró —respondió Haru con evidente orgullo.

—Bien hecho. Habrá que sacarlo tarde o temprano. La cuestión es que hay un agujero en la pared, tras el cabecero de la cama, que conduce a otros dos escondites. Haru prefiere quedarse ahí antes que en el sótano, así que Cole ocupará el lugar de Trébol.

—¿Y no se pueden hacer más agujeros? —intervino Trix.

—No hay tiempo. Ni suministros para que sobreviva alguien más — aclaró Abby.

Giré la cabeza hacia Koen y dije:

—Y tú estás descolgado. —Asintió—. Ahora mismo, toda la gente que queda en el casino forma parte del plan… Menos Trenton. —Volvió a asentir—. ¿Tenemos que salir sí o sí mañana?

—Mejor esta noche. —Koen le explicó al resto—: La policía me ha llamado varias veces. No lo cogí al principio porque… No lo cogí. — Hasta Trix bajó la cabeza, apenada, por lo que intuí que le habrían explicado las implicaciones de lo sucedido—. Justo antes de que empezáramos la reunión, me puse en contacto con ellos y descubrí que no se habían dado cuenta del incendio de la quinta porque no hay ventanas ahí arriba. Volví a amenazarlos con las bombas de las puertas, pero no creo que sirviera de mucho.

—Van a entrar —corroboró Abby—. Seguramente haciendo un agujero en el suelo. Otra posibilidad serían las ventanas: hay muchas y no podríamos cubrirlas.

—Pero necesitamos que entren, ¿no? —preguntó Trix—. Para que puedas salir vestida como uno de ellos.

—Sí, aunque antes debemos tenerlo todo listo. Hay que cubrir con escayola el agujero tras el que se esconderán Haru y Prue, por ejemplo, y sellar a los palos.

—Creo que… Tengo un plan. —El corazón me iba a mil por hora—. Pero antes necesito saber una serie de cosas. Lo primero: ¿la policía tardaría en entrar si supiera que los rehenes estamos en peligro? Teniendo en cuenta que hay bombas en los accesos.

Fue Abby quien respondió:

—Pueden desactivarlas. Lo único que los ha mantenido fuera hasta ahora ha sido creer que estabais bien. Hay un protocolo, pero no creo que tardaran más de media hora. Y, teniendo en cuenta que ya se están preparando, posiblemente sería la mitad.

—De acuerdo. Y… —Presioné la uña del índice con el pulgar para pensar en el dolor y no en lo mal que podía salir aquello—. ¿Qué pasa si se quema un tatuaje?

—¿Cómo? —se sorprendió Abby.

—Si te quemaras un brazo, por ejemplo, ¿seguirían viéndose tus tatuajes?

—Depende del grado. A partir del segundo, aunque la tinta siguiera ahí, costaría distinguirla por la deformación de la piel. ¿Te refieres a eso?

—Sí. ¿Es muy peligroso?

—Una quemadura de tercer grado puede acabar en una amputación — me explicó—. Pero ya te he dicho que tengo cubierto lo de mis manos.

—No es para ti. —Antes de que pudieran hacer más preguntas al respecto, continué—: ¿Qué pasa si un cuerpo se calcina? ¿La policía puede identificar a quién pertenece?

—Por los dientes, pero tardarían varios días.

—¿Y adónde llevaría el Departamento de Policía de Las Vegas un cadáver para que alguien lo identificara?

—Hay una morgue en el sótano de la comisaría. Pueden hacerlo desde

ahí.

—Haru —proseguí—, Koen me ha dicho que se pueden borrar las

grabaciones de las cámaras de seguridad.

—Sí, pero queda fatal. Unos segundos no pasa nada. Más, se nota. Ya eliminamos varios minutos por lo que pasó con Emyr y el de los espectáculos. Lo mató —explicó ante mi mueca de extrañeza—. Antes de subir al quinto.

No tenía tiempo para compadecerme por el destino de Jack Morgan, así que continué:

—¿Y sería posible dar la impresión de que Koen y yo no hemos salido de esta habitación desde lo de… lo de Emyr?

Haru se mordisqueó una uña hasta que resolvió:

—Sí. Habría que quitar varios segundos de aquí y de allá. Nada muy exagerado.

—De acuerdo. Lo más complicado es sacar a Koen, el resto…

El aludido apoyó los codos en las rodillas, bajó la cabeza y me interrumpió:

—Puedo ser el cebo. —Antes de que Haru replicara, cuando Abby ya había empezado a negar con la cabeza, concretó—: Yo os he metido aquí y yo os sacaré. Cueste lo que cueste. Me da igual si tengo que sacrificarme. En la cárcel no se vivirá peor que en Jersey City.

—¡Esa broma no tiene gracia! —exclamó Haru—. ¡Si tú te quedas atrás, el resto también!

—No estaríamos aquí de no ser por ti —apuntó Abby con extrema seriedad—. Y sabes que no me estoy refiriendo al casino, así que quítate esa gilipollez de la cabeza.

—Te quedan bien los tacos —se le escapó a Trix.

—Agradezco la muestra de… Interrumpí la discusión sentenciando:

—Para que Koen salga del O Fortuna, Fox tiene que morir.

CÁMARA DE SEGURIDAD DEL O FORTUNA

Planta 3 (dcha.), pasillo 18/03/2026

19:16:37

—¿Creéis que saldrá bien? —la pregunta de Beatrix estaba cargada de preocupación.

Le acababan de advertir a la rehén la importancia de seguir usando los alias siempre que no se encontraran en la intimidad de una de las habitaciones. Caminaban por el pasillo, donde cabía la posibilidad de que se cruzaran con otros atracadores, por lo que Honey se mantuvo en silencio. Aprovechando que fingía estar empuj ando a Beatrix hacia la 304, le dio un apretón con la mano que tenía colocada sobre su hombro para tranquilizarla.

—Fox estará presente —respondió Boo con seguridad—. No dejará que le pase nada a tu amiga. Lo difícil no es eso. Viene después.

A Beatrix se le contrajo la cara por el asco.

—Ese cabrón se merece lo que le pase —escupió—. Savvie no me ha contado ni la mitad de las cosas que le ha hecho, pero no soy tonta. —Miró a Boo por si hacía algún comentario. No fue el caso, así que sonrió antes de proseguir—: Lo que me preocupa es cómo afectará a Savvie, aunque… Me ha costado un poco reconocerla. Me refiero a que ha cambiado en estos  días.  Para bien,  ¿eh?  Pero

mucho. Da la impresión de ser más fuerte, más dueña de sí misma.

—¿Y por qué pareces triste?

—Porque no he estado ahí durante toda su evolución. He visto el antes y el después, pero no el durante. Y siento que le fallé como amiga mientras sucedían esos trocitos que me faltan.

—Tú también has cambiado. Y Honey. Y Fox. Y yo. Incluso Miaudini. —El gato que dormitaba en su regazo ronroneó cuando le hizo una caricia—. Los cambios son buenos cuando dan seguridad. Cuando nos acercan a quienes somos por dentro. O a quienes queremos ser. Es casi lo mismo. ¿Lo entiendes?

—Más o menos. —Tras un suspiro, la rehén se golpeó las mej illas con suavidad para borrarse la preocupación del rostro—. Por suerte, esto acabará en unas horas. Ya queda poco para que Savvie y yo podamos ponernos al día. Porque… — Abrió los ojos desmesuradamente, alarmada de pronto—. No se va a ir con Fox, ¿verdad? Me refiero a cuando llevemos a cabo todo el plan. Cuando salgamos.

Boo y Honey intercambiaron una mirada cargada de significado de la que Beatrix no se percató.

—No tengo ni idea —reconoció Boo—. ¿Qué harías?

Si se fuera.

—Llorar y gritar.

—¿Solo?

—Y perseguirla. Es mi mej or amiga, no va a escapar de mí tan fácilmente.

Los ojos de Boo se estrecharon por detrás de la máscara y Beatrix, que ya había visto su cara, supo que estaba sonriendo. No hizo más comentarios al respecto, sin embargo, así que la rehén giró la cabeza parar mirar a Honey y preguntó:

—Oye, ¿puedo verte con el uniforme?

Tras unos segundos, de duda o de estupefacción, la aludida encogió los hombros y Boo fingió una arcada.

—Qué asco dais.

45

Miércoles, 18 de marzo de 2026, 21:44

Llevaba más de media hora sentada en la cama, de cara al espejo, tratando de hacerme a la idea de lo que iba a suceder. Estaba lívida, estaba estática y, sin duda, estaba asustada. Apreté la uña del dedo índice hasta que Koen se dio cuenta y entrelazó nuestras manos.

Mientras me acariciaba el dorso con el pulgar, ofreció:

—Puedo encargarme yo, Sav. Solo tienes que pedírmelo. Sé lo que es y no me va a costar porque él no significa nada para mí.

—Pero sí para mí. Precisamente por eso tengo que ser yo. —Inhalé y exhalé aire despacio—. Pase lo que pase ahí dentro, Koen, quiero ser la que lo haga. Da igual lo que oigas. Prométemelo.

—Te lo prometo. —Con un poco menos de seguridad, inquirió—:

¿Qué te hizo el 12 de enero? Cuando hablaste a solas con él en el mirador y te pegó, me dijiste que no era la primera vez. —Señaló el corte que todavía tenía en el labio—. ¿Se trata de eso?

—Es… Más o menos. —Me centré en su caricia en lugar de en el regusto amargo que provocaba aquel recuerdo. Lo tenía anudado a la altura del estómago e intuí que contárselo al fin a alguien, a Koen en concreto, me ayudaría a deshacerlo—. No quería acostarme con él. Dejé que creyera que se debía a mi supuesta virginidad. Al principio le hacía gracia, se tomaba mis rechazos como un juego. Después empezó a impacientarse. Esa noche, en la misma habitación en la que está ahora encerrado, intentó forzarme.

Koen apretó la mandíbula y, probablemente sin ser consciente de ello, también mi mano. Temí que se partiera algún diente. No obstante, dejó que terminara de explicarme.

—No llegó a… Me golpeó y rompió la costura del vestido de un tirón, pero conseguí salir de ahí antes de que fuera a más.

—Dijiste que no me habías hablado de ese día porque te avergonzabas.

¿Por qué tendrías tú que…? —Le costaba encontrar las palabras debido al enfado.

—Sé que no tengo la culpa —aclaré—, pero se invita a las víctimas de este y otro tipo de abusos a sentirse en parte responsables. Por las decisiones que han tomado respecto a su ropa, actitudes o conversaciones previas. A la gente le resulta más digerible asumir que dos personas lo han hecho mal antes de que una, que en estos casos, además, suele ser un hombre, es sencillamente un monstruo. La sociedad prefiere a los monstruos bajo la cama, no sea que les quiten el sueño a sus miembros. — Sonreí con amargura y concluí—: Durante un tiempo me costó no cargar con parte de la culpa. Por haber accedido a ese matrimonio, por no haber intentado romperlo después… Incluso por no haber denunciado a Trenton tras sus agresiones. Prioricé lo que quería conseguir y sentí que me lo merecía. Como si fuera una suerte de castigo por mi ambición. O el precio a pagar.

—¿Sigues pensando así?

Pasé los dedos sobre las arrugas de su ceño en un intento de que lo desfrunciera.

—No, ya no.

Asintió, aliviado.

—Por eso no quisiste que ocupáramos la Whitmore Penthouse la primera noche. —Cayó en la cuenta de pronto.

—Exacto. Y por eso, como te advertía antes, quiero ser yo la que se encargue. No se trata solo de venganza, aunque no niego que sea parte de mi motivación. Se trata, en gran medida, de demostrarme que ya no soy la mujer a la que intimidó y se avergonzó por ello sin tener culpa de nada. Es una manera de ponerle el punto y final a esa etapa.

—Lo entiendo. —Separó nuestras manos para desenganchar del arnés una Glock 19 y un cuchillo karambit—. ¿Cómo quieres hacerlo?

Examiné las dos armas que me ofrecía.

—Rápido. No planeo disfrutar el acto en sí, solo de la consecuencia.

Cogí la pistola.

CÁMARA DE SEGURIDAD DEL O FORTUNA

Planta 4 (izqda.), bar 18/03/2026

21:49:22

Beatrix se llevó la pajita a los labios y le dio un sorbo largo al cóctel que tenía sobre la barra.

—Es la primera vez que Savvie no solo no se enfada cuando bebo, sino que me lo recomienda. — Utilizó la mano para ocultarles su sonrisa a las cámaras—. Lo he hecho delante de ella mil veces,

¿eh? Pero siempre se enfurruñaba y estaba muy encima de mí. Nos conocimos compartiendo una botella y un paquete de tabaco, de hecho. No recuerdo de qué. Champán, seguramente. Aunque en aquel entonces ella no sabía que yo era diabética. El alcohol puede subir o bajar mucho la glucosa, por eso es peligroso para mí, sobre todo si no me pincho insulina. —Volvió a sorber por la pajita—. ¿Todo esto servirá de algo? Sé que quiere que esté enferma cuando entre la policía, pero ¿de verdad se van a creer que me habéis obligado a emborracharme? Hablando de eso… Sube el arma, ni siquiera me estás apuntando con ella.

Boo gruñó y siguió más pendiente del ordenador

que de la rehén, pero enderezó el fusil.

Beatrix continuó con su diatriba:

—Supongo que me llevarán al hospital. ¿Es por eso? ¿Pretende que no me interroguen?

—Lo harán después —respondió Boo—. Quiere que parezcas débil. Una víctima. Eso te ayudará. Tampoco es raro que los atracadores torturen a los rehenes. Somos mala gente y todo eso.

—Tienes razón. Puede pasar por una venganza o algo por el estilo. Una reacción violenta por sentiros acorralados… Como en las películas. Boo, has vuelto a bajar el arma.

—¡ No puedo estar pendiente de todo! Tengo mucho trabajo, ¿sabes? Siempre me cargan con mil cosas. Como si fuera fácil lo que hago. Darle a un par de botones y ya. ¡ Ja! Me gustaría verlos intentándolo.

—¿Es tan difícil borrar los vídeos de las cámaras de seguridad?

—Es fácil, pero son muchos detalles. Tengo que estar pendiente. No olvidar ninguno para que no descuadre. Y se nota que falta metraj e. ¡ Me pone de los nervios! Hay muchos parches. No hemos podido prepararlo bien. Si hubiera tenido más tiempo…

Beatrix sorbió hasta que se acabó el cóctel. Se inclinó sobre la barra para prepararse el siguiente y preguntó:

—¿Y si lo borras todo? Que la policía no tenga

ni idea de lo que ha ocurrido dentro.

Boo hizo la pantomima de apuntarla mientras mezclaba las bebidas.

—Demasiado sospechoso para vosotras. En especial para tu amiga. La policía tiene que ver que ella también ha sufrido. Ya lo va a tener bastante difícil para que la crean.

—Descuida, conseguirá un buen abogado. Una decena si hace falta. Puede pagarlo.

—Malditos ricos… —masculló con algo muy parecido al cariño—. No es mal plan. El que se le ha ocurrido, digo. Es lista. Da hasta miedo. Entiendo por qué Fox está enamorado de ella. Son tal para cual.

46

Miércoles, 18 de marzo de 2026, 22:04

Después de que Koen cerrara a nuestra espalda, me tomé un momento para observar la habitación.

La Whitmore Penthouse era más del doble de grande que la suite que habíamos compartido Koen y yo durante esos días. El maldito ventanal contra el que me inmovilizó seguía ofreciendo unas vistas preciosas, tal y como me prometió en enero. Analizado en retrospectiva, puede que fuera la única cosa cierta que me dijera durante el tiempo que estuvimos juntos.

La posición de la cama, sin embargo, era diferente. Alguien la había alejado unos metros para desanclar el cabecero de la pared. En su lugar estaba el agujero a través del cual Haru y Prue accederían a sus escondites. Cerca del boquete había materiales de construcción. Tablones de madera, sacos de yeso y algunas herramientas. Trenton aferraba una de ellas con las dos manos. Se trataba de un pico. El que había sido mi prometido se encontraba en el extremo opuesto de la estancia. Tenía un aspecto lamentable: su cara, hinchada y amoratada, estaba cubierta de sangre seca, y el rictus desquiciado de sus labios me erizó el vello del

cuerpo.

Trenton se fijó en que ya no llevaba esposas, pero sí una pistola, y soltó una risotada, como si la situación le pareciera excepcionalmente graciosa.

—Así que no solo te lo has follado, sino que también te has aliado con ellos. Eres hija de tu padre, sin duda. Igual de poco fiable e inclinada a la

traición.

Le quité el seguro al arma y estiré el brazo para apuntar hacia su pecho.

—Date la vuelta y mira a través del ventanal. Son las mejores vistas de todo el casino, no te las puedes perder —repetí sus palabras.

En lugar de hacerme caso, ensanchó todavía más la sonrisa.

—No te tengo miedo.

—Deberías. Aunque, a diferencia de ti, yo no disfruto cuando me temen. ¿Estás seguro de que no quieres mirar por la ventana? Si estuviera en tu lugar, preferiría morir contemplando ese paisaje antes que la cara de una mujer que me aborrece.

—Savannah, ambos sabemos que no vas a disparar.

Lo último que le dije a mi padre antes de que muriera fue mentira. No lo sabía entonces y tampoco me arrepentí después, pero no quería que sucediera lo mismo con Trenton.

Así que le transmití mis deseos…

—Espero que escueza.

… y apreté el gatillo.

Me da vergüenza explicarte cómo me sentí después de matarlo. Sé que tu idea de mí ha debido de enturbiarse durante las últimas horas y no querría echarla a perder por completo. Pero prometí explicarte punto por punto lo que pasó en ese casino, todas aquellas cosas que me hicieron cambiar y el resultado al que llegué, y lo que experimenté después de arrebatarle la vida a ese hombre forma parte de ello.

Empezaré diciendo que las muertes, al igual que los disparos, suceden demasiado rápido. Yo no me regodeé con Trenton, pero, incluso si hubiera escogido torturarlo, la vida siempre se escapa en un instante. Entre un latido que indica que todo va bien y el que no llega nunca. El cambio es tan brusco que a tu cerebro le cuesta seguirle el ritmo a la idea. Tarda en procesarla, pero una vez que lo hace… Ya está. Lo asimila igual que otros tantos horrores.

Quizá la interiorización de las aberraciones sea el mayor mecanismo de defensa que tenemos los seres humanos. Algo que hemos desarrollado a la fuerza para continuar pese a las acciones propias y las del resto. Para avanzar en un mundo cada vez más oscuro, más complicado. Piensa, si no, en todas las cosas injustas y crueles que suceden a tu alrededor. Las

juzgas, incluso tratas de evitarlas, pero no te paralizan. De hecho, y esto quizá sea lo peor, la repetición siempre trae consigo la normalización.

No planeo volver a matar, la simple idea me repugna. Aun así, no puedo dejar de pensar en lo poco que le costó a mi cerebro asumir el asesinato de Trenton Lee. ¿Soy yo también un monstruo, distinto a él y de todos modos terrorífico? ¿No tendría que haber llorado después? ¿O gritado o vomitado? ¿Por qué no se me aparece en sueños su cara de asombro, grisácea tras la pérdida de sangre? A veces me respondo prometiéndome que, si la víctima hubiera sido otra, habría padecido todo eso y más. Otras veces me explico que tendría que haberme dado cuenta tiempo atrás de que había algo mal en mí. Cuando empecé a desear su muerte, a fantasear con ella.

La cuestión, y espero que sepas perdonarme y me entiendas más de lo que me entiendo a mí misma, es que no me sentí culpable. Tampoco asqueada o poderosa. Lo único que noté cuando desapareció el pitido de mis oídos y bajé el brazo fue que parte del peso que cargaba sobre los hombros se evaporaba. Desapareció poco a poco, junto al olor a pólvora y a sangre.

Koen se acuclilló junto a Trenton, colocó el dedo índice y anular sobre su cuello y, tras unos segundos, corroboró lo que ya sabía:

—Ha muerto. ¿Te encuentras bien?

—Perfectamente. —Fruncí el ceño, incómoda por la ausencia de culpa y aterrada por lo que pudiera pensar Koen sobre mí—. Me preocupa no sentirme peor. ¿Vas a volver a señalar que soy diabólica?

Como prueba de que mi corazón seguía funcionando, este se encogió ante la perspectiva de que él me rechazara. En lugar de hacerlo, Koen se aproximó a mí. Con cuidado, me quitó el arma y la guardó en la funda. Después colocó las manos sobre mis mejillas y me besó con suavidad.

—No, lo que voy a decir es que quizá te cueste asimilarlo, que sería normal y que podemos hablar de ello cuando desees. O nunca, la elección es tuya. También voy a decir que es igual de normal que no lamentes lo que has hecho porque él se merecía un castigo y tú te merecías ser libre. Y que, si hubieras escogido dejarlo con vida, habría movido cielo y tierra para matarlo yo mismo. Por último, voy a decirte que te quier…

—No puedes —lo interrumpí—. Todavía no. Tenemos un trato. Una de las comisuras de Koen tembló.

—No me has dejado terminar. Iba a decir que te quiero recordar que nos queda mucho que hacer.

CÁMARA DE SEGURIDAD DEL O FORTUNA

Planta 3 (dcha.), pasillo

18/03/2026

22:49:00

Cuando la policía tenga acceso a

las

grabaciones

del O Fortuna, se darán cuenta de que a la cámara

del pasillo del hotel le faltan doce minutos de metraj e.

Sucedieron varias cosas durante ese tiempo.

La primera fue que una muj er con un vestido dorado y un hombre con una máscara de zorro salieron de la habitación 301 arrastrando por los pies el cadáver de Trenton Lee. Lo metieron en la 302, de la que volvió a salir únicamente el hombre con la máscara de zorro. Solo que ya no llevaba la máscara y tampoco su ropa militar, sino el traje de Trenton Lee. Abrió la puerta de la 304 y, tras varios minutos, golpes y gritos de dolor, regresó al pasillo con la cara completamente destrozada. Fue a la 302 y se quedó allí.

Poco después salieron tres personas de la 304. Una, la que iba en silla de ruedas, abrazó a un gato inmenso de color canela antes de tendérselo a la muj er del vestido negro ridículamente corto. Mientras tanto, la muj er con los brazos cubiertos de tatuajes observaba la escena sin intervenir.

La persona que iba en silla de ruedas y la muj er del vestido negro ridículamente corto ya se

habían dicho todo lo que tenían que decirse. Como lo que les quedaba pendiente preferían comentarlo en otras circunstancias, se lo guardaron en el hueco reservado para la esperanza y la incertidumbre. Por eso, la persona que iba en silla de ruedas no perdió más tiempo y entró en la habitación 301.

Antes de que la muj er con los brazos cubiertos de tatuajes siguiera a la persona que iba en silla de ruedas, aprovechó para observar a la muj er del vestido negro ridículamente corto. En ese breve lapso sucedió algo entre ambas que no supieron desentrañar, así que se limitaron a darse un abrazo. Cuando se separaron, la muj er del vestido negro ridículamente corto soltó al gato y dio un pisotón en el suelo, como si hubiera algo que le disgustara profundamente. Para solucionarlo, se subió encima de las botas de la muj er con los brazos cubiertos de tatuajes, le apartó la máscara y la besó.

Duró poco porque las circunstancias no ayudaban, pero fue igualmente significativo y terminó con un intercambio de promesas susurradas al oído.

Finalmente aparecieron unos mellizos con máscaras idénticas de distinto color. Tras chocar los puños entre ellos, la muj er de la máscara azul entró junto a la muj er de los brazos cubiertos de tatuajes en la habitación 301.

Por último, la muj er del vestido negro ridículamente corto volvió a coger al gato en brazos y se dirigió al ascensor junto al hombre de la máscara roja.

Y el pasillo quedó vacío.

47

Jueves, 19 de marzo de 2026, 00:13

Koen y Trenton tenían alturas y complexiones muy similares, por eso se me ocurrió el plan y por eso sabía que el traje le quedaría perfecto. La combinación del gris antracita y del negro conseguía que su piel pareciera de alabastro. Eso no supondría un problema porque mi antiguo prometido también era muy pálido. Y, aunque el tono del pelo no era el mismo, después de que Koen se lo rapara no se notaba tanto.

Seguía preocupada, sin embargo. Cuanto más lo miraba, más claro tenía que todo el mundo se daría cuenta de que no se trataba de Trenton. No era el físico, o no solamente, sino lo de dentro. La esencia de Koen brillaba al fondo de sus ojos, se le escurría a través de la boca y se clavaba en el suelo a cada paso que daba. Era descomunal, apabullante, imposible de ocultar.

Seguí negando con la cabeza mientras le desabrochaba los dos primeros botones de la camisa.

—Se van a dar cuenta —repetí.

—Espero que no. —Siseó de dolor al pasarse la lengua por la comisura del labio partido—. Me pondría de muy mal humor que la paliza que me acaba de pegar Abby no hubiera servido para nada.

Su intento de broma me aceleró el corazón. Sonaba artificial, demasiado forzada, pero era un avance que acogí con los brazos abiertos.

—Mira esto. —Metí el dedo en el agujero que había hecho la bala en la tela—. Tendría que haberle pedido a Trenton que se quitara la camisa

antes de dispararle.

—¿Qué más da? Va a acabar achicharrada en un rato. Además, nos viene bien que esté llena de su sangre.

—Sí, pero…

Pegó su frente a la mía y me pregunté si sabría que no necesitaba que se acercara tanto para ocupar todo mi campo de visión.

—Sav, tranquilízate. Es un plan fantástico. El mejor.

—Es el único que tenemos.

—Por eso es el mejor.

—¿Eres consciente de que lo peor que puede suceder no es que acabes en la cárcel? ¿Qué pasa si por culpa de mi estúpida idea no sobrevives?

—Te lo dije antes y te lo vuelvo a repetir ahora: mi vida es tuya. Siempre lo ha sido. Y entre rendirme y acabar encerrado o arriesgarme y que tengamos una oportunidad… La decisión no podría ser más fácil.

Me mordí el labio inferior cuando la barbilla empezó a temblarme.

—Lo de tu espalda… —La voz se me rompió y dejé la frase al aire.

—Será como tocar una sartén caliente.

—No me mientas. Me prometiste que no volverías a hacerlo.

Me acunó la cara con las palmas. Cada vez me costaba más recordar que sus manos eran capaces de hacer cosas horribles porque de un tiempo a esa parte lo único que me venía a la cabeza era lo protegida que me sentía entre ellas. Koen no me trataba como si fuera de cristal o de su propiedad, sino como si fuera valiosa. Irremplazable.

Ver tu reflejo en ojos de alguien que te ama resulta sobrecogedor. Por un lado te hace sentir invencible; por el otro, indigno. Porque cuando contemplamos a la persona que queremos a veces nos olvidamos de que también tiene defectos. La Savannah… No, la Sav que brillaba en los de Koen era más valiente, más fuerte y más lista. Más merecedora de él.

Con cuidado de no hacerle daño, uní mis labios con los suyos, prometiéndole a través del roce que haría lo que hiciera falta para que ambos saliéramos de ahí. Y que me pasaría el resto de nuestro tiempo juntos, ese para siempre que nos habíamos calculado, intentando parecerme a la mujer que él pensaba que era.

—Tus ojos parecen dos trozos de ámbar. Son demasiado bonitos — susurré contra su boca—. No pueden verlos o se darán cuenta.

—Los tendré cerrados cuando me encuentren —prometió—. Voy a sobrevivir, Sav. Y a escapar. Y a cumplir el último trato que hemos hecho

para que podamos hacer muchos más después.

Volvió a besarme.

—¿Qué va a pasar si lo conseguimos? Eso no lo hemos planeado. Si salgo de la comisaría, si sobrevives y no te pillan… Entonces, ¿qué?

—Tendré que huir durante un tiempo. No sé adónde, así que no te puedo dar detalles. Intentaré marcharme junto a Abby y Haru en el avión de tu amiga, pero quizá no sea posible y me toque ir por mi cuenta.

—Voy contigo.

La frase salió de algún rincón oscuro y estaba cubierta de polvo, como si llevara más de una década esperando a ser utilizada. La tenía aferrada a las entrañas y me costó tanto arrancármela que al soltarla se me escaparon un par de lágrimas que cayeron sobre los dedos de Koen.

—No puedes.

Soy consciente de lo mucho que le costó susurrar aquello. Acababa de ofrecerle justo lo que me había pedido el día anterior, tan solo tenía que cogerlo. Pero Koen Ackermann volvió a anteponerme a sus deseos y a todo lo demás.

—Sav, tienes que convencer a la policía de que eres inocente,

¿recuerdas? Vender esa puta empresa y construir cualquier otra cosa. Algo que de verdad merezca la pena. También querías volver a ver a tu madre para mostrarle en quién te has convertido. Tal y como están las cosas ahora, si te fugas la mantendrán vigilada. Es posible que no puedas volver a acercarte a ella.

—Me da igual. Todo. Podemos marcharnos a Alemania, o a cualquier otro lugar. Renunciaré a la empresa. Y mi madre… Hace mucho tiempo que no sabemos la una de la otra, pero estoy convencida de que entendería mis motivos para…

—No voy a hacerte eso, Sav. Puedo robarte muchas cosas —colocó la palma sobre mi pecho—, pero no la oportunidad de ser libre. Eh, ¿por qué lloras? Esto no es una despedida. Tenemos un trato y un futuro pendientes.

—¿Y qué pasa si tengo que marcharme? ¿Cómo vas a encontrarme?

Lentamente y no sin esfuerzo, una de sus comisuras, solo una y solo un poco, apuntó hacia arriba.

—Siempre sabré dónde estás, Savannah Price.

—¿Me lo prometes?

—Te lo prometo.

El último beso que me dio Koen Ackermann se pareció más a un mordisco que a una caricia, como si tratara de arrancarme algo más que el aliento para llevárselo de recuerdo por si todo se torcía.

Supo a su sangre, a mis lágrimas y a despedida.

—¿Lista? —Negué—. Bueno, ya sabes que es imposible estarlo en estos casos, pero… Vamos a por nuestro para siempre, Zickenqueen.

CÁMARA DE SEGURIDAD DEL O FORTUNA

Planta 3 (dcha.), pasillo 19/03/2026

00:22:33

La alarma de incendios saltó cuarenta y nueve segundos antes de que el humo llegara al pasillo, y cuatro minutos después de que alguien disparara contra varios de los enchufes de la habitación 302.

El humo escapaba a través de las grietas de la puerta destrozada, espeso y aterrador, pero ninguna de las personas del interior huía de las llamas.

No todavía.

Dentro, estaban el criminal conocido como Fox, el cadáver de Trenton Lee y Savannah Price. Los dos primeros con las ropas intercambiadas y la segunda intentando que el hombre que seguía vivo rompiera su promesa y le dijera lo que ella ya sabía.

No lo hizo, así que cuando la muj er finalmente salió al pasillo tenía los ojos anegados en lágrimas y el firme propósito de volver a verlo para poder arrancarle la declaración de amor que le debía.

Tenía otras cosas. Sus joyas de vuelta, las esposas cerradas solo alrededor de la muñeca derecha, los tacones en una mano y el teléfono móvil de Fox en la otra.  Seleccionó el último

número del registro de llamadas y mientras que al amor de su vida se le astillaban los gritos en la garganta, mientras que a ella se le rompía el corazón por abandonarlo, se llevó el móvil a la oreja.

—Al habla el detective Frank Mor…

—¡ Ayúdeme, por favor! ¡ Soy Savannah Price, una de las rehenes del O Fortuna! ¡ He logrado escapar, pero hay fuego y muchos de los otros han muerto! ¡ Los han matado ellos! ¡ Mi padre ha sido…! ¡ Oh, Dios! ¡ También se llevaron a Trix para divertirse con ella y no sé dónde está!

¡ Está enferma y necesita insulina! ¡ Tienen que ayudarnos! ¡ Entren antes de que acaben con los pocos que quedamos!

—Señorita Price, no se preocupe, le prometo que los sacaremos de ahí. Por favor, siga nuestras instrucciones.

DÍA 7

19 de marzo de 2026

Departamento de la

Policía Metropolitana de Las Vegas

Séptima hora del interrogatorio

Frank Morales se atusó el extremo del bigote con dos dedos. Bajo los ojos tenía bolsas oscuras y junto al brazo siete vasos de cartón con restos del horrible café de máquina de la comisaría. Se notaba que estaba deseando terminar con el interrogatorio.

Pese a ello, dijo:

—Todavía no hemos encontrado a todos los atracadores. De hecho, solo hemos localizado los cuerpos de Emyr Owen, de Trébol y de Fox.

¿Qué cree que ha podido pasar con los otros siete?

—Lo desconozco. Hubo una explosión, quizá acabaran bajo los escombros. O puede que hayan logrado escapar de alguna manera.

—Toda la zona está acordonada, señorita Price. Le aseguro que nadie ha salido del O Fortuna sin que nos diéramos cuenta. Por otro lado, hemos descubierto varias irregularidades en las grabaciones de seguridad. Algunos cortes y metraje borroso.

—Ya le comenté que quisieron ocultar el asesinato de Jack Morgan a manos de Emyr.

—No me refiero a lo que pasó en el reservado, sino después. Faltan varios fragmentos del sexto día correspondientes a las cámaras que cubrían el pasillo del hotel. ¿Me repite lo que sucedió con Fox, Emyr Owen y Trenton Lee?

Pese a su agotamiento, Savannah se mostró solícita con el policía.

—Por supuesto. ¿Podré irme cuando acabe? Necesito que me atienda un médico, a ser posible en el mismo hospital en el que están mi amiga y

mi prometido. Le agradezco que me haya informado de sus estados, pero me gustaría comprobarlos por mí misma.

—Hay una ambulancia esperándola en la puerta —informó el detective

—. ¿Entonces…?

—La mañana del sexto día, Fox se marchó de la habitación en la que me retenía, la 302, dejándome esposada al cabecero de la cama. Subió junto a Emyr a la quinta planta, donde permanecían escondidos tanto Tiffany Whitmore como mi prometido.

—¿Cómo sabe que fueron ahí?

—Escuché muchas conversaciones durante esa semana, especialmente después de que Fox me esposara a él. Además, para entonces ya me había ganado su confianza y me contaba de todo. Estaba convencido de que nos fugaríamos juntos. —Resopló para mostrar su incredulidad.

—¿Qué pretendían hacer ahí arriba? Dijo que buscaban secretos.

—Efectivamente. Tiffany Whitmore tenía pruebas que los incriminaban a ambos y, además, las grabaciones de lo sucedido durante el 12 de enero con Chloe Reed. En un principio solo querían destruir las evidencias de sus crímenes y averiguar dónde estaba la novia de Emyr, pero este, al descubrir la verdad, se volvió loco y decidió acabar con todos los que habíamos estado en el O Fortuna ese día.

—¿Y quién quemó la planta?

—Ellos, para castigar a Tiffany y para eliminar las pruebas que los incriminaban. Afortunadamente, Trenton pudo huir, pero lo pillaron antes de que fuera capaz de ayudarme y lo encerraron en la 301.

El detective abrió la boca, como si fuera a decir algo. Se lo pensó mejor y dejó que Savannah continuara.

—Cuando Emyr vino a por mí, Fox acabó matándolo para defenderme.

—¿Y no le parece extraño que, después de haber permitido que torturara a otros rehenes, se empeñara en salvarla?

—Estaba obsesionado conmigo, aunque es cierto que perdió la cabeza después de disparar a su compañero. —La mujer apretó la mandíbula tanto que el policía temió que se le partiera un diente—. Quiso que nos fugáramos juntos. En ese momento, solos él y yo. Pensaba traicionar al resto de sus compañeros. Jamás lo había visto tan fuera de sí y me resultó todavía más terrorífico. Por suerte, Trenton vino a rescatarme.

Frank Morales entrecerró los ojos.

—¿Y cómo pudo escapar Trenton de la 301 para ir en su auxilio? Es parte de la grabación que falta. Lo encerraron en esa habitación, sellando la puerta con cadenas, y, tras un corte, puede verse que estas están en el suelo, pero no cómo ni quién las ha abierto.

—Lamento no poder ayudarlo, pero nunca llegó a decírmelo. Apenas tuvimos tiempo. Aunque estaba malherido cuando llegó, se lanzó contra Fox para sacármelo de encima. Durante la pelea se le cayeron las llaves de las esposas del bolsillo, así que las cogí y pude soltarme del cabecero. Para entonces ellos ya estaban forcejeando con la pistola, peleando por ella. Se disparó varias veces.

—¿Cómo se originó el fuego?

—Todo fue bastante confuso. Me parece que una de las balas impactó contra el enchufe que estaba cerca de las cortinas porque saltaron chispas y fue lo primero que se prendió. Después… —Las lágrimas empezaron a rodarle por las mejillas—. Quise ayudar a Trenton, pero me suplicó que huyera. Que cogiera el teléfono que se le había caído a Fox durante la pelea y os llamara pidiendo ayuda. Dejarlo allí sin saber si sobreviviría… Fue horrible. Trenton es el hombre más valiente al que he conocido. Sin él, probablemente no estaría aquí contándole todo esto.

—Pero ese encuentro en el mirador… En el que la golpeó y le hizo la herida que tiene en el labio. No termina de encajar con alguien preocupado precisamente por su seguridad, ¿no cree?

Savannah envaró la espalda.

—Ya se lo he dicho: estábamos actuando. Recuerde que por entonces yo ya había empezado a seducir a Fox, así que debíamos fingir que nos odiábamos. Hacer lo que fuera para lograr que resultara creíble.

—Entiendo. Cuando le den el alta a su prometido, también le preguntaremos al respecto. Además, ahora que han salido a la luz las actividades criminales de su tía, hemos de asegurarnos de que él…

—Trenton no es un criminal —lo interrumpió con vehemencia—. Subió a la quinta planta para pedirle a Tiffany Whitmore que se pusiera en contacto con ustedes, para convencerla de entregarse. Si le hubiera hecho caso, probablemente seguiría viva.

—Quizá. Tengo una pregunta más antes de dejarla marchar… ¿Por qué salió del O Fortuna con los zapatos en la mano?

Savannah parpadeó, perpleja.

—Son unos Manolo Blahnik.

—¿Y?

—Son muy caros. ¿Cuándo me los van a devolver?

Frank Morales miró hacia la puerta con el ceño fruncido y dijo, sobre todo para sí mismo:

—Rivera está tardando mucho en analizarlos…

—Los llevé conmigo por si necesitaba usarlos como arma —añadió Savannah, recuperando la atención del detective—. Se me ocurrió el primer día, al ver la punta de metal de los tacones. Me da igual si se los quedan durante unos días, pero me gustaría recuperarlos. Les tengo mucho cariño. ¿Puedo irme ya?

—Está bien —concedió el hombre mientras guardaba cada papel en su carpeta correspondiente—. Volveremos a llamarla para que declare, así que esté pendiente del teléfono.

—¿Está permitido que salga del país? Me gustaría ir a…

Un policía irrumpió en la sala de interrogatorios 203. Parecía de la misma edad que Savannah, o incluso más joven. Tenía la cara bañada en sudor, marcas de acné y el vello facial demasiado ralo. Después de varios segundos jadeando, exclamó:

—¡Ha explotado el yate!

—¿De qué yate hablas, Smith?

—¡Del que tenía permiso para navegar en aguas internacionales! ¡El que estaba atracado al lado del O Fortuna! ¡La escena del crimen es un caos! ¡Hay fuego y restos por todas partes! ¡Han tenido que desalojar la zona y paralizar la búsqueda!

48

Jueves, 19 de marzo de 2026, 07:07

No recuerdo qué sentí la primera vez que vi a Koen Ackermann. Era demasiado pequeña y estaba demasiado nerviosa. De no ser por ti, ni siquiera sabría esto último. Me lo repetiste mucho durante los años siguientes. Cuando yo lloraba, gritaba o me quejaba de cualquier otra manera por tener que volar a Múnich o acoger a ese chico en casa, me decías: «Qué curioso, con lo nerviosa que estabas el día que lo conociste». Las ocasiones en las que me ponía particularmente difícil, añadías: «Te pasaste toda la noche sin dormir y, cuando lo tuviste delante, te escondiste detrás de mi falda y me preguntaste en voz muy baja si era un príncipe. Debió de ser por el pelo y por los ojos. Te obsesionaste con ese color hasta el punto de obligarnos a pintar igual las paredes de tu habitación. Quedaron fatal, pero no te importó. Aún hoy sigue gustándote, fíjate en tus pendientes». Y sonreías mientras yo lloraba, gritaba o me quejaba todavía más porque ya lo sabías. Yo era demasiado pequeña, pero tú debiste de ser consciente desde el principio de que ese chico me cambiaría la vida.

Tenías razón, mamá.

No recuerdo qué sentí la primera vez que vi a Koen Ackermann, pero sí que la última me embargaron la impotencia y el miedo. Teníamos que separarnos y supe que, durante el tiempo que permaneciéramos alejados, mirara adonde mirara lo único que sería capaz de ver sería su ausencia. La falta de sus dedos sobre mi piel, la falta de sus carcajadas resonando en mis huesos, la falta de sus sonrisas reflejándose en mis pupilas.

Cuando la ambulancia me llevó desde la comisaría al hospital, atravesé las puertas automáticas con los ojos hinchados por el cansancio y la preocupación arañándome por dentro del pecho. El detective acabó informándome de que mi prometido había sobrevivido, pero no me explicó en qué condiciones estaba. ¿Sería capaz de huir junto a Abby? ¿Cabía la posibilidad de que muriera por el camino? ¿Habían descubierto su verdadera identidad en ese tiempo?

Por eso, antes de plantearme que un médico examinara mis propias heridas, me dispuse a preguntar dónde lo tenían. Y si no me dejaban pasar a verlo por las buenas, me colaría en su habitación de la manera que fuera. Logré cruzarme con él por un golpe de suerte. Buena o mala, porque con Koen siempre ha sido difícil saberlo. Mientras esperaba a que alguien se acercara al mostrador de recepción para atenderme, oí barullo a mi espalda y me giré para ver de qué se trataba. El alboroto provenía de un pequeño grupo de médicos y enfermeras. Todavía con los guantes, las mascarillas y los gorros quirúrgicos puestos, perseguían e increpaban a una agente de policía que empujaba una camilla. No presté mucha atención y me quedé con lo básico: que la salud del enfermo seguía siendo muy delicada, que no debía abandonar el hospital hasta que no se hubiera

estabilizado y que ya habría tiempo para interrogarlo después.

La policía que arrastraba la camilla tenía el pelo negro recogido en un moño diminuto, los ojos pardos y las manos grandes. El maquillaje de una de ellas se había estropeado, permitiendo que asomara un tatuaje con forma de hueso.

Mis ojos registraron todo lo anterior en la séptima parte de lo que dura un segundo. Después, se anclaron al hombre que permanecía tumbado en la camilla. Estaba bocabajo, con la cabeza girada hacia un lado, y desnudo de cintura para arriba. Su espalda dolía de tan solo mirarla. Allí donde hubo un tatuaje que simbolizaba al monstruo que llevaba dentro solo quedaba carne quemada. La tinta se camuflaba entre la piel acartonada y las ampollas y, aunque aquello significaba que mi plan para liberarlo había dado resultado, deseé quedarme con su sufrimiento.

El hombre mantenía los párpados cerrados, tal y como me prometió, pero debió de sentirme cerca porque despegó uno de ellos cuando empecé a caminar hacia él.

Su iris seguía siendo del color del ámbar.

Sin pensar en lo que estaba haciendo, y mientras los médicos trataban, sin éxito, de que la falsa policía entrara en razón, me quité el anillo que llevaba en la segunda falange del dedo meñique. Abby se dio cuenta de mi presencia y me dedicó el más leve de los asentimientos. En su huida hacia el exterior, detuvo la camilla a mi lado un segundo más de lo necesario para permitir que metiera el anillo en la mano de Koen y le susurrara:

—Encuéntrame.

49

Viernes, 27 de marzo de 2026, 21:50

La casa tiene una planta y está pintada de azul turquesa, en la línea del resto de las viviendas de esa zona de Salvador de Bahía. Aunque la fachada esté desgastada por el sol y la humedad, se nota que a su dueña no le falta de nada.

Ya no.

El salón, donde llevamos varias horas, está lleno de fotografías. Salgo en la mayoría, a veces sola, a veces con ella. En una, incluso, junto a Koen Ackermann. No ubico el momento al que pertenece la escena, pero lo estoy mirando con algo muy parecido a la devoción mientras trepa por el tronco de un árbol.

También sale mi abuela, a la que por desgracia no llegué a conocer. Nada más llegar a Brasil, mi madre me sujetó por los hombros y me repasó desde los pies hasta la raíz del pelo. Con la sonrisa incluso más brillante que los ojos, me dijo:

—Eres igualita que ella.

Falleció dos años antes, según me explicó, pero logró tener una vida plena pese a su enfermedad.

Mi madre es tal y como la recordaba. No importa que su pelo esté salpicado de canas y que se le marquen las arrugas, porque lo que permaneció conmigo durante el tiempo que estuvimos separadas fueron su fuerza y su amor. Y ambos siguen ahí, justo por detrás de sus ojos castaños, tirando de sus comisuras hacia arriba. También están en la mano

que posó sobre la mía cuando nos sentamos y que no ha apartado desde entonces. Y en las exclamaciones de asombro que ha hecho en los momentos indicados del relato.

Y están en sus preguntas. Como por ejemplo:

—Entonces, ¿qué pasó con el resto? Con Haru, Cole, Prue y los palos.

—Consiguieron huir después de que el yate explotara. La policía tuvo que alejarse de las inmediaciones y para cuando volvió no había ni rastro de ellos. Miles Donovan era el encargado de sacarlos y, por lo que insinuó Koen, aquello debía de formar parte de su plan.

—¿Han averiguado ya que el cadáver quemado pertenecía a Trenton? Porque eso puede suponer un problema para ti, sobre todo si descubren que te cruzaste con Koen en el hospital.

—Ah, perdona, se me ha olvidado contártelo. Lo destruyó Abby. Que se llevara mis Manolo Blahnik para analizarlos era una excusa para que pudiera bajar a la morgue y cremara el cuerpo de Trenton. Una vez que terminó, fue a por Koen al hospital.

—¿Y tus zapatos? Me río.

—A saber. El apego hacia ellos del final era una actuación, pero verdaderamente me gustaban.

—¿Y qué me dices de Cecilia Van Alen? ¿Le quitaron el dinero de la cuenta?

—Dieciséis millones exactos. Al principio puso el grito en el cielo, hasta que la policía le devolvió a su gato y, según me ha dicho Trix, se lo tomó como un rescate por él. Tampoco se ha quejado demasiado por haber perdido el avión privado.

Mi madre suelta una carcajada.

—Me encantaría conocer a tu amiga.

—Lo harás. —Con menos firmeza y los nervios enredados, explico—: Tenía pensado quedarme una temporada contigo, si te parece bien, y pensaba invitarla a pasar unos días.

—Puedes quedarte todo el tiempo que quieras, Savannah. Mi casa siempre ha sido tu casa.

Mientras lo dice, se le escapa una lágrima que va a morir a su sonrisa. Ni es la primera vez que llora en estas horas ni será la última. Es otra de las cosas en las que he descubierto que somos idénticas. También nos

parecemos en lo mucho que nos cuesta enfrentar el pasado. Pero yo he recibido un cursillo intensivo durante una semana, así que soy quien pone el tema sobre la mesa:

—Esto es en lo que me he convertido, mamá. Lo que soy y tengo intención de seguir siendo. No voy a ocuparme de PriceShield, y tampoco de ninguna otra empresa. Al menos, no por el momento. Si te interesa gestionarla, arreglaré los papeles para cedértela y, si no, la venderé y podrás hacer lo que prefieras con ese dinero. Yo quiero disfrutar de mi libertad todo lo que pueda, averiguar qué necesito y qué puedo ofrecer. Y… —La garganta me aprieta porque lo que estoy a punto de decir es demasiado grande—: Y voy a buscarlo. Dedicaré mi vida entera a ello si es necesario. Hasta el último minuto, hasta el último dólar. Renunciaré a todo por amor, porque quererlo a él también es quererme a mí. ¿Estás decepcionada?

Mi historia termina cuando Maria Oliveira me dice lo que llevo queriendo escuchar desde que se marchó:

—Estoy orgullosa de ti.

DENTRO DE POCO

2026

2 de octubre

Savannah tiene veinticuatro años y miedo de haberse vuelto a equivocar.

Lleva varios meses buscándolo, negándose a contemplar la posibilidad que, con tiento, su madre le ha planteado más de una vez: que Koen Ackermann esté muerto.

Ella sabe que sigue vivo porque el mundo no se ha vuelto del revés, porque el sol sale por las mañanas y la luna por las noches, y porque su corazón, aunque aterido, continúa latiendo. Lo que no sabe es si está bien, si algo lo retiene contra su voluntad o si ha elegido mantenerse lejos de ella.

Está claro que, por un motivo u otro, Koen Ackermann permanece bien oculto. Pagarles cifras astronómicas a detectives y dejarse guiar hasta por los rumores más estrafalarios no le ha servido de nada, así que esta mañana ha decidido hacerle caso a un pálpito y ha conducido hasta la playa de Santa Mónica.

Al fin y al cabo, y aunque llevara años fraguándose, podría decirse que ahí empezó todo.

Se sienta en la arena, cerca de la orilla, y saca una moneda de dos euros del bolso. La coloca entre el nudillo del índice y el del corazón. Horas más tarde, cuando anochece y las luces del muelle se encienden, sigue cayéndosele antes de llegar al meñique.

Se frota los brazos y nota los músculos entumecidos. Tendría que haber cogido algo de abrigo. Podría irse, ha aparcado el coche cerca y reservado una habitación en un hotel de la zona, pero sabe que si se marcha de esa playa no va a volver y prefiere estirar un poco más la oportunidad que le ha dado.

Savannah tenía miedo de haberse vuelto a equivocar y también de visitar Santa Mónica. No solo por descubrir lo que ha cambiado en más de una década, sino por empañar el recuerdo de su primer beso con la decepción de no haber encontrado a Koen tampoco ahí.

Se lleva las manos a la cara y se pregunta dónde más puede buscarlo. Vendió la casa de su padre en Beverly Hills, pero se compró otra no muy lejos por si él decidía aparecer por la zona. Fue a Henderson, donde le dijo que estuvo viviendo antes del golpe, y a Jersey City, donde conoció a Emyr y a Chloe. También recorrió Alemania durante varias semanas, volviendo a visitar todos los lugares en los que recordaba haber estado alguna vez junto a él.

No quiere llorar y no va a rendirse, pero hay días en los que le cuesta un poco más mantener la entereza. Este, por ejemplo, querría abrazarlo, besarlo y regañarlo por haber tardado tanto, no sabe en qué orden. También desearía contarle a qué va a dedicarse a partir del año que viene. Le hará gracia, seguro, en especial si sigue empeñado en cometer delitos. Con ayuda de Trix, Savannah abrirá su propia consultoría para ofrecer sus servicios como estratega de seguridad y prevención. Es decir, ayudará a empresas y particulares a protegerse contra gente como Koen Ackermann.

Oye pasos a su espalda y cree reconocerlos porque parecen los de un depredador. El corazón le golpea contra el cielo del paladar chillando: «¡Es él, es él!», pero Savannah no quiere comprobarlo tan pronto por si está equivocada, así que mantiene los ojos fijos en el mar y espera.

Quienquiera que sea se detiene a su derecha y chasquea la lengua.

— Zickenqueen.

La lágrima que se le escapa cuando oye su voz va a parar a su sonrisa. Nota el peso de una chaqueta americana sobre los hombros, que guarda su calor corporal y también su olor.

Entonces sí, gira el cuello y lo recorre de abajo arriba muy despacio, embebiéndose de los detalles. Esforzándose en memorizarlos porque sabe que ese momento es importante.

Empieza por los zapatos Oxford. Es difícil asegurarlo por la escasez de luz, pero diría que son nuevos. Y negros, igual que los pantalones de vestir impecablemente planchados. A diferencia de aquel sueño que tuvo, no usa chaleco y corbata, pero sí una camisa blanca remangada hasta los codos, con los primeros botones desabrochados. Lleva las manos en los bolsillos y el pelo varios centímetros más largo. Los mechones le caen sobre los ojos y sabe, aunque no pueda apreciarlos bien por la escasez de luz, que son exactamente del mismo color.

Lo que ha cambiado es la sonrisa. A Savannah se le escapa otra lágrima, esta un poco más amarga, porque las comisuras que antes

cortaban parecen haberse mellado a fuerza de desgracias. Sin necesidad de preguntarle, entiende que sigue sin haber recuperado aquello que Emyr se llevó consigo y decide que tienen tiempo, por lo menos un para siempre, para volverlas a afilar.

Koen le tiende la mano y dice:

—Me has encontrado.

Savannah acepta el ofrecimiento y responde:

—Sospecho que te has dejado encontrar.

Una vez que están cara a cara, y pese a las ganas, no se lanzan el uno a los brazos del otro. Ellos no son así. Ellos planean, miden y estiran. Primero juegan, después se retan y finalmente se rinden.

Se mantienen muy cerca, eso sí, con las manos que una vez estuvieron esposadas sujetas. Él le acaricia la uña del dedo índice, ya curada y larga, y ella le recorre el dorso con el pulgar. Arriba y abajo, abajo y arriba.

—Te he traído varias cosas.

—¿Regalos para que te perdone por haber tardado tanto? —pregunta Savannah.

Koen se ríe por lo bajo y hace un gesto con la cabeza para señalar la chaqueta que ella tiene sobre los hombros.

—Están en el bolsillo derecho.

—¡Ay! —exclama en cuanto mete la mano. La rosa, solo una y muy roja, es apenas un capullo y tiene el tallo corto. Savannah la examina con el cariño del que contempla una broma privada. Pese a él, comenta—: Podrías haberle cortado las espinas.

—Entonces no se parecería a ti. Hay otra cosa más.

Esta vez saca un libro. Cortito y, al fin, en portugués. O Pequeno Príncipe. Savannah lo presiona contra su pecho, junto a la flor, y sonríe hasta que le duelen las mejillas.

—¿Sigues sin entender por qué te pareces a la rosa?

—Lo busqué hace poco —reconoce ella—, aunque prefiero que me lo digas tú.

—Porque eres caprichosa y exigente, pero también única. Eres a la que he decidido cuidar y a la que echo de menos cuando me marcho, en la que pienso y a la que quiero volver.

Koen coloca la mano libre en la mejilla de Savannah y barre con el pulgar una de sus lágrimas. Sin soltarla, apoya la frente sobre la de ella y susurra:

—Y ahora ¿quieres que te diga lo que siento?

—Adelante. Teníamos un trato.

Koen cierra los ojos, respira hondo y…

—Te quiero.

Al cabo de los segundos, ella frunce el ceño, divertida, y pregunta:

—¿Y ya está?

—Era lo único que no permitiste que te confesara. —Savannah suelta una carcajada y él añade a través de una sonrisa—: Sospecho que sigo sin hacerte reír por los motivos correctos.

—Es una declaración espantosa. ¡Has tenido meses para pensarla, Koen! La mía fue mucho mejor.

—Lo he hecho a propósito. Sé lo mucho que te gusta superarme en todo.

—¡Venga ya! Antes de acostarnos me dijiste que era el norte de tu brújula o algo así, que tu vida me pertenecía, ¿y cuando finalmente nos reencontramos te limitas a un «te quiero»?

Koen le suelta la mano y empieza a desabrocharse la camisa.

—Lo cierto es que se me ha ocurrido algo más, pero para eso tenemos que meternos en el agua.

—¿Estás de broma?

—Casi siempre y no en este preciso instante. Vamos, Sav, no seas cobarde.

—No es… ¡Va a estar helada!

—En Los Ángeles no sabéis lo que es el frío.

—Y nos puede ver alguien.

—Pensé que eso te gustaba.

Se ríe cuando ella le golpea en el pecho con el libro.

—Si te metes —insiste él—, te daré un beso.

—Me lo ibas a dar aunque no me metiera.

Koen se encoge de hombros y deja caer la camisa al suelo. Mientras se quita los pantalones, Savannah puede ver la enorme cicatriz que ocupa la totalidad de su espalda. Se le escurre la sonrisa de los labios y pregunta:

—¿Te duele?

—Ya no —responde él, mirándola por encima del hombro—. Abby se ocupó de curarme después de que huyéramos del hospital. Y Haru. Lo que me recuerda…

Se agacha para sacar una tarjeta del bolsillo del pantalón que acaba de dejar en el suelo. Savannah la examina con curiosidad. Es blanca y, con una serie de números, alguien ha escrito la palabra «TONTA», en mayúscula.

—Es para tu amiga —explica Koen—. De parte de Haru.

—¿Qué significa?

—Los números que forman la «A» son coordenadas. «A», de «Abby».

Para que la encuentre.

Savannah lo mira con perplejidad.

—Trix no lo va a entender. Koen se ríe por lo bajo.

—Eso mismo le dije a Haru, y me respondió que tendría que hacerlo para demostrarle que era lista. Podrías dejar que intentara resolverlo durante un tiempo y si ves que no lo consigue, la ayudas.

Tras deshacerse de los calzoncillos, da media vuelta y avanza hacia el agua. Cuando las olas le acarician los tobillos, la mira por encima del hombro para decir:

—Tu anillo está en el otro bolsillo de la chaqueta.

Savannah saca una cajita pequeña y cuadrada. Esta no es roja y de plástico, sino negra y de terciopelo. Al abrirla, se encuentra efectivamente con un anillo, solo que no con el que le dio en el hospital antes de que se despidieran. Este es más grande, lo suficiente como para encajarle a la perfección en el dedo anular de la mano izquierda. También es de oro. Tiene engarzado un trozo de ámbar y una inscripción en el interior:

Koen y Sav 15/07/06

Porque él cuenta desde el día en el que la vio por primera vez.

Con los ojos llenos de lágrimas, Savannah desdobla el papelito que hay en la parte superior de la caja, en el que explica que el ámbar atrae la buena suerte, y suelta una carcajada nerviosa.

Alza la vista para buscar a Koen y lo encuentra metido en el mar. El agua le llega a la altura de los hombros y la sonrisa mucho más arriba de lo que jamás hubiera creído posible. Savannah encierra el anillo en el puño y se quita la ropa todo lo rápido que es capaz.

Nada hacia Koen, que la espera con la misma impaciencia con la que lleva haciéndolo desde que se conocieron.

Una vez están cara a cara, ella le muestra la palma, con el anillo en el centro, y pregunta:

—¿Y esto?

—Un regalo. —Koen coge la joya y se la coloca en el dedo anular de la mano izquierda—. Para cuando nos casemos.

—¿«Para cuando nos casemos» en lugar de «Por si nos casamos»? ¿Es que das por hecho que va a pasar? —Tras el asentimiento del hombre, Savannah lanza otra pregunta—: ¿Cuándo?

—Cuando quieras. Mi futuro es tuyo. Ella resopla y dice:

—Me rindo a enamorarme de ti, Koen Ackermann.

Savannah entrelaza las manos detrás del cuello de Koen, Koen las coloca sobre las mejillas de Savannah.

Savannah se humedece los labios, Koen los estira hacia arriba. Savannah cierra los ojos, Koen los mantiene abiertos.

Y las bocas al fin se tocan.

Agradecimientos

Más que agradeciendo, empiezo pidiéndoos encarecidamente que no volváis a dejarme escribir algo tan complicado. Cuando se me pase por la cabeza, porque tengo muy mala memoria y tendencia a tropezar cien veces con la misma cochina piedra (me parezco a Koen en eso), haced el favor de recordarme el segundo semestre de 2025.

Y ahora sí: como esta historia ha superado con creces mi capacidad cognitiva, he necesitado a un montón de personas para llevarla a buen puerto y para no llevarme a mí misma a inclinarme más de la cuenta cerca de una ventana abierta.

Empiezo, como ya es costumbre, por Iria, a quien debo tantísimo que lo más probable es que olvide mencionar aproximadamente la mitad. Por un lado, ha aguantado mis (incesantes) diatribas sobre lo mucho que me gustaba, lo mucho que odiaba y lo mucho que me preocupaba esta historia. Fue la primera a la que hablé del proyecto, la que me convenció de que un casino era mejor que un banco o un barco (los otros escenarios que contemplaba) y la que me explicó por qué era tan buena idea que Koen y Savannah se conocieran de antes. Ya que estamos, el inicio de la relación de esos dos también se lo debo a La princesa cisne (a mis brazos si entendéis la referencia). Por si fuera poco, Iria ha vuelto a evitar que mate a un personaje. ¿Os ha gustado Boo? Si es así, agradecedle que acabara de una pieza.

Hablando de Boo y compañía… ¿creéis que Trix habrá descifrado la tarjeta?

Seguimos. ¿Os ha gustado la máscara de Fox? Pues la idea inicial era que llevara la de Copy. Me llamaba la atención lo de las lucecitas, es sexi a la par que creepy. Pero aparecieron Jorge y su obsesión por los zorros (concretamente, por el que hace de Robin Hood en la película de Disney) para convencerme de que mi protagonista debía parecerse a uno de ellos.

Gracias a esto, Koen es bastante más icónico y pude hacer ese juego con El Principito.

Cuando hablé por primera vez de Maldita Fortuna con el equipo de Crossbooks, el proyecto se llamaba O Fortuna y se parecía más a Ocean's Eleven (¿recordáis la mención en Misha Zhukov? Ah, las pistas…). Pero flui, algo que no suelo hacer, y lo que nunca fue simple pero sí asumible acabó convirtiéndose en algo mucho más grande. Metí tantos personajes, subtramas y giros que acabó bebiendo de La casa de papel y Seis de cuervos y no de aquella película de George Clooney. El cambio me aterró; sigue haciéndolo, de hecho. Creo que no exagero si digo que es la historia de la que más he dudado en toda mi vida. Por eso le agradezco infinitamente el apoyo a Irene. Ojalá lo viera tan claro como ella y, joder, ojalá tenga razón y este experimento no sea un cuadro de comedor ligeramente torcido hacia la izquierda. Suceda lo que suceda, ha sido precioso sentirme tan respaldada y escuchada. Esto también va por Anna, Laura, Andrea y el resto: adoro trabajar con cada una de vosotras.

Me gustaría mencionar a la talentosísima Inés Pérez, que se ha encargado tanto de esta cubierta como de las de No confíes en Asher Hall y Misha Zhukov debe morir. Es un honor que mis libros estén vestidos con su arte.

Dicho lo cual… ¡Los detalles!

Comenzamos por los números. Como buena neurodivergente, me obsesionan hasta un punto difícil de explicar. Suelo jugar con las fechas y horas, lo habéis visto en otras historias, pero en esta he sido todavía más pesada. Las repeticiones constantes del 7 (buena suerte), del 12 (las horas que dura la relación de Koen y Sav), del 13 (mala suerte), del 4 (asociado a la muerte por su pronunciación en mandarín y japonés) y del 9 (asociado al dolor por su pronunciación en japonés) no son casualidad.

¿Llegué a explicar en el epílogo que el ámbar da buena suerte? No recuerdo. Lo que sí recuerdo son los guiños a otras novelas, pasadas y futuras, que he metido. Hay un par a No confíes en Asher Hall (cierto vestido rojo y cierta exconcursante de Trickster con la que Beatrix se enrolla) y uno al desastre de Nihoa (Misha Zhukov debe morir). De hecho, en esa última historia, justo al final, las chicas del público que veían la tele comentaban el secuestro al O Fortuna. Como siempre, he escondido algunos personajes que vendrán. Si todo sale según lo previsto, os adelanto que en Maldita Fortuna se menciona a la protagonista de mi próximo

proyecto y que el coprotagonista hizo su aparición en No confíes en Asher Hall. Para poneros los dientes largos, os diré que estaba relacionado con uno de vuestros personajes favoritos…

Por último, Zickenqueen, el insulto (más o menos) cariñoso que no para de dedicarle Koen a Sav, es una palabra coloquial alemana que viene a significar «reina de las mujeres caprichosas» (entre otras cosas).

¿Nos vemos en la siguiente? Prometo que será lineal y en un espacio abierto donde los personajes tengan libertad de movimiento (por variar un poco).


MYRIAM M. LEJARDI nació en Madrid en 1987, escritora de literatura juvenil, se licenció en Periodismo, aunque no lo ha ejercido nunca. Lo que sí que ha hecho es dedicar muchos años al fanfiction, género con el que dio sus primeros pasos como escritora. En 2019, decidió pasarse a las historias originales y, hasta la fecha, ha publicado varios relatos de fantasía juvenil en diferentes antologías, una novela corta distópica Pretérito pluscuamperfecto y un romance paranormal Olor a menta.



FIN

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