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PODCAST REVISTA

Libro N° 15589. Noche Letal. Shepherd, Catherine

Guillermo Molina Miranda septiembre 16, 2026


© Libro N° 15589. Noche Letal.  Shepherd, Catherine. Emancipación. Septiembre 19 de 2026

 

Título Original: © Noche Letal.  Catherine Shepherd

 

Versión Original: © Noche Letal.  Catherine Shepherd

 

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

https://ww3.lectulandia.com/book/noche-letal/


 

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Portada E.O. de:  Imagen con Copilot

 

 

 

 

 

© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: 

Guillermo Molina Miranda




LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA

NOCHE LETAL

 Catherine Shepherd



En la sala de autopsias, la forense Julia Schwarz es infalible. Sus colegas la llaman la «Dama de Hielo»: fría, metódica, inquebrantable. Pero esa frialdad es solo una fachada.

Por la noche, las pesadillas sobre la muerte de su hermano regresan con una violencia que amenaza con destrozarla. Julia se refugia en su trabajo. Un nuevo caso parece la distracción perfecta: un asesino sádico tortura a sus víctimas antes de desecharlas en el maletero de un coche. Cuando el principal sospechoso se suicida, la policía da el caso por cerrado.

Pero los muertos cuentan otra historia.

Aparece un nuevo cadáver en la mesa de Julia. El comisario Florian Kessler cree que es otro asesino. Pero Julia ve lo que nadie más quiere ver: los detalles no encajan. El patrón continúa.

Y cuando por fin comprende la verdad, ya es demasiado tarde. Julia no está cazando al asesino. El asesino lleva tiempo cazándola a ella. Ahora está atrapada en un juego macabro del que quizá no salga viva.




Catherine Shepherd

Noche letal

Julia Schwarz - 2

ePub r1.0

Titivillus 14.04.2026


Título original: Nachtspiel Catherine Shepherd, 2017

Editor digital: Titivillus ePub base r2.1



Índice de contenido

Prólogo Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Capítulo 26

Capítulo 27

Capítulo 28

Capítulo 29

Capítulo 30

Capítulo 31

Capítulo 32

Capítulo 33

Capítulo 34

Capítulo 35

Capítulo 36

Capítulo 37

Capítulo 38

Capítulo 39

Capítulo 40

Capítulo 41

Capítulo 42

Capítulo 43

Capítulo 44

Capítulo 45

Capítulo 46

Capítulo 47

Capítulo 48

Capítulo 49

Capítulo 50

Capítulo 51

Capítulo 52 Epílogo

Sobre la autora



PRÓLOGO

Los sueños recurrentes poseen algo enigmático. A menudo intentan comunicarnos cosas que reprimimos durante el día, verdades que bajo ningún concepto queremos recordar. Pero el cerebro humano no se apaga sin más. Dominamos nuestra mente mientras estamos despiertos, pero en cuanto nos dormimos quedamos indefensos, a merced de nuestras pesadillas.

¿Quién podría saberlo mejor que Julia Schwarz? Llevaba años soñando una y otra vez ese mismo sueño, aun sabiendo perfectamente que no era real. Y, sin embargo, cada vez la arrastraba más hondo hacia un torbellino de emociones frente al que ni siquiera su razón de médica forense podía oponer resistencia.

Aquella noche le ocurrió exactamente lo mismo. Julia se revolvía inquieta en la cama y luchaba contra aquellas imágenes espantosas. Pero su subconsciente la catapultaba, implacable, de vuelta al pasado; de regreso a aquella noche en el cuarto de Michael.

—¿Sigues despierto? —Abrió la puerta en silencio y se deslizó dentro.

Sus pies descalzos se hundieron en la alfombra mullida. Le encantaba esa sensación y no sospechaba que sería la última vez que la sentiría. Nunca más volvería a estar en ese cuarto, descalza y con una sonrisa en los labios.

—¿Qué haces? —le preguntó a su hermano pequeño, y de un tirón le apartó la manta.

—¡Déjalo! —bufó él, y se levantó de un salto.

Un cuaderno cayó al suelo y Julia lo recogió con curiosidad.

—¿Sigues estudiando? —se extrañó. ¿Desde cuándo a su hermano le interesaba el colegio más de lo imprescindible? Su mirada recorrió un par de ejercicios de matemáticas.

—¡Devuélvemelo ahora mismo! —El rostro de Michael brillaba, encendido de ira, bajo la luz de la lámpara de la mesilla. La fulminó con la mirada.

—Está bien —murmuró ella en tono conciliador, y le devolvió el cuaderno.

—Hoy tuve problemas en el colegio y se me olvidó estudiar para el examen de mañana —explicó Michael, volviendo a tumbarse.

Julia frunció el ceño y se metió en la cama con su hermano.

—¿Quieres que te tome la lección? —Le subió la cálida manta por el cuerpo. A sus doce años, Michael era relativamente alto y fuerte. Aun así, se acurrucó contra ella como un niño pequeño.

—Vale —murmuró Michael, agradecido, y se hundió en la almohada, con la manta subida hasta la barbilla.

Julia le besó la mejilla. Todo parecía tan real, como si de verdad estuviera ocurriendo en ese mismo instante. Pero, al mismo tiempo, sabía que solo estaba soñando. Un sueño sagrado para ella. Porque encarnaba las últimas horas junto a su hermano. La última noche que habían pasado juntos.

Se removió inquieta sobre el colchón. Ahora empezaba la parte desagradable. La que habría querido borrar, o al menos saltarse. Julia tensó los músculos e intentó rebobinar el sueño para volver al punto en que podía sentir a Michael. Su piel cálida. La vida que latía en sus venas.

«Solo un instante más», suplicó en silencio. «Por favor, vuelve a mí».

Pero el sueño no se dejaba controlar. Avanzaba sin piedad, como una película triste proyectada en una gran pantalla. Las imágenes arrastraban a Julia y le provocaban un dolor inimaginable, tan real que casi le cortaba la respiración. Sus párpados aleteaban. Intentaba despertarse, simplemente quería escapar de aquella pesadilla. Pero estaba atrapada en la visión sombría. Veía a los agentes de la Policía Judicial y las lágrimas de su madre. Oía el grito desesperado de su padre y su propio corazón, que primero dejaba de latir y luego solo palpitaba hueco. Un órgano que la mantenía con vida, aunque en realidad por dentro estaba muerta. Exactamente igual que Michael, a quien había perdido para siempre. Vagaba entre aquellas imágenes perturbadoras que no dejaban de asediarla y que era incapaz de apartar.

Hacía quince años que su hermano pequeño había sido víctima de abusos y asesinado por un agresor que, a día de hoy, seguía en libertad.

Julia todavía no había superado la muerte de Michael. Hacía tiempo que era una mujer adulta, tenía la vida encarrilada y, en teoría, lo tenía todo bajo control. Todo, salvo sus sueños. Los párpados de Julia se sacudían violentamente, pero aun así no lograba despertarse. Vio cómo bajaban el pequeño ataúd blanco a la tierra. Como en trance, flotaba sobre el cementerio, un lugar que antes le había sido completamente ajeno. Sentía la muerte. Sus dedos largos y fríos, que se alargaban hacia ella y convertían su corazón en un bloque de hielo de aristas afiladas. La muerte, que desde aquel día se había convertido en su compañera constante. Sencillamente no podía aceptar que no existiera nada con lo que incriminar al culpable. Porque, al fin y al cabo, quien lo había hecho no era un fantasma, sino un ser humano, y los seres humanos dejan huellas.

La muerte de Michael fue, al final, el factor decisivo en la elección profesional de Julia. Hoy era médica forense. A ella no la engañaba nadie con facilidad. Era buena en su trabajo, muy buena incluso. Casi ningún detalle escapaba a sus ojos ni a su mente aguda. Pero, por la noche, cuando soñaba con Michael, perdía las riendas. Entonces no era más que una chica de dieciséis años, indefensa y completamente desesperada.

Por fin, el sueño saltó al siguiente tramo. Lo que venía ahora era surrealista. Una expresión de sus miedos abriéndose paso a través de visiones. Todo desembocaba siempre en la misma secuencia. Se calmó un poco. Su subconsciente conocía el guion. El sueño estaba a punto de terminar. Después, pasaría las últimas horas hasta el amanecer en un vacío absoluto.

Pero, de momento, la pesadilla aún le reservaba más horrores. Julia se vio a sí misma tumbada en su cama. Luego se levantaba para ir al cuarto vacío de Michael. Estaba perturbada, sumida en una tristeza profunda. Llorando, se metía en la cama de Michael y se dormía. Hasta ese punto, el sueño transcurría con calma, pero de pronto oyó un ruido. Un traqueteo, justo delante de la ventana. Julia abrió los ojos de golpe. Entraba una corriente de aire frío que se colaba bajo la manta. La ventana estaba abierta. Sintió un escalofrío. La luna brillaba con intensidad. Una silueta oscura se recortaba en el marco de la ventana: el contorno de un hombre. Aunque no podía verle los ojos, sabía que la observaba con una mirada torva. Julia era incapaz de moverse. Cerró los párpados, esperando que el hombre simplemente desapareciera. Pero no lo hizo. Cuando volvió a abrir los ojos muy despacio, él seguía allí, inmóvil. Permaneció muda en la

cama de Michael, preguntándose qué quería. Él no se movía ni un milímetro. Su mirada la tenía cautiva. Entonces cayó en la cuenta de que no podía ser real. El cuarto de Michael estaba en la planta de arriba.

¿Cómo habría llegado hasta allí? Trató de convencerse de que no era más que otra parte imaginaria de su pesadilla. Una visión espeluznante del hombre del saco, ese que por las noches trepaba por las ventanas, se arrastraba como una sombra por las paredes de las casas y mataba de puro susto a quienes dormían. Solo existía a través de su miedo; no era más que una sombra a la que su fantasía insuflaba vida. Trató de ser valiente, tragó saliva y observó al hombre, que de repente se movió y entró por la ventana.

«No es real, no es real», se repitió, abrazándose el torso.

Él se quedó de pie junto a la cama. Podía oír su respiración. El aire silbaba por sus fosas nasales. El pulso de Julia aleteaba como un pájaro acorralado. Bajó la vista y esperó la muerte. Sentía la presencia física del desconocido. Él acechaba el momento oportuno. Julia dio su vida por perdida.

Pero la muerte no llegó. Julia apretó los ojos con fuerza. Con los brazos cruzados sobre el pecho, se clavó las uñas profundamente en los brazos.

Entonces, tras lo que pareció una eternidad, el hombre dijo algo. Su voz grave le raspó el oído:

—Vuelve a olvidarme enseguida o vendré a por ti. Abrió los ojos. El hombre había desaparecido.

1

Kim Wiesinger aferraba el arma con firmeza, con ambos brazos extendidos hacia delante. Sus movimientos eran completamente automáticos; los había practicado miles de veces. Tenía los músculos en tensión. Perlas de sudor le corrían por la frente. El calor no tenía nada que ver con las temperaturas exteriores, ya otoñales. Era su equipamiento, y en especial el grueso chaleco antibalas, lo que la hacía sudar. Por supuesto, la tensión también contribuía. El operativo llevaba ya varias horas en marcha.

Se encontraban frente al tercer piso que registraban aquel día. Nadie sabía si el buscado estaba dentro y, tal vez, armado. El caso era de gran envergadura. Si tenían suerte, hoy detendrían a uno de los mayores capos de la droga de Bonn. Pero aún faltaban las pruebas; al menos, aquellas que llevarían a ese hombre entre rejas durante años. Kim Wiesinger y sus compañeros llevaban meses investigando. Por fin, su equipo había entrado en acción de forma coordinada. Estaban peinando los pisos de los principales intermediarios, incautando toda la documentación y los ordenadores para enviarlos a un laboratorio con expertos acreditados para su análisis. A Kim le hervía la sangre. «Fiebre del cazador», lo llamaban sus colegas, refiriéndose a esa sensación palpitante que se extendía como una droga por las venas y ponía los nervios al límite. Estaban muy cerca. Kim sentía que se hallaban a solo unos pasos de la meta. Quería que aquella operación fuera un éxito rotundo. Necesitaba dar en el blanco. Para sentirse bien consigo misma, para quitar de en medio a ese hombre de una vez por todas y para hacer de este mundo cruel un lugar un poco mejor.

«Mundo cruel»: así lo llamaba siempre su padre. Incluso en su lecho de muerte, fueron sus últimas palabras: «Cuídate, mi niña. Ahí fuera hay un mundo cruel».

Luego murió. Así, sin más, con apenas cincuenta y cuatro años y de una forma absolutamente indigna para un policía. Al menos, así lo había sentido él. Si hubiera dependido de él, habría elegido caer bajo una lluvia de balas. Quizá incluso en un operativo como el de hoy. Aquello habría sido ideal para él. En cambio, un tumor maligno en el pulmón había puesto fin a su existencia en pocas semanas y de manera atroz. Un final marcado por el dolor, la confusión y la ira. Su padre estaba tan furioso con su destino que ni siquiera había intentado luchar contra él con quimioterapia. El tumor resultó inoperable y las posibilidades de curación eran pésimas. Aun así, Kim, en su lugar, lo habría intentado. No se habría rendido sin más, entregando su vida a un puñado hambriento de células cancerosas que se extendían por sus órganos como un parásito. Pero su padre no quiso. Y no se debía solo a los terribles efectos secundarios que la quimioterapia podía acarrear. No quería perder todo el pelo y acabar convertido en un esqueleto enjuto, de piel fina y pálida. Pero, sobre todo, no quería alimentar esperanzas. Esperar una recuperación le habría causado tanta frustración y decepción que prefirió no hacerlo siquiera.

Kim suspiró y apartó esos pensamientos. Tenía que concentrarse. Al

fin y al cabo, ella no quería terminar bajo una lluvia de balas. Aferró con fuerza su arma reglamentaria y asintió a un compañero. Él derribó la puerta e irrumpieron en el interior.

—¡Despejado! —gritó el policía que había echado la puerta abajo, y corrió por el pasillo hacia la siguiente habitación.

Kim centró su atención en una puerta estrecha a su izquierda. El baño. Un cuarto pequeño y sucio que apestaba a heces. Y a algo más. Su estómago se convirtió involuntariamente en una roca. Contuvo la respiración. A la derecha estaba el inodoro: una taza manchada y sin asiento. Encima, un armario con espejo. De frente estaba la bañera, parcialmente oculta por una cortina de plástico enmohecida. Notó una sombra detrás y se sobresaltó. En tres pasos, y con el dedo en el gatillo, se acercó y apartó la cortina de un tirón.

La visión y el hedor la hicieron tambalearse hacia atrás. Unos ojos desorbitados, dirigidos hacia lo alto, miraban fijamente a la nada, vacíos y apagados. Al principio no estaba segura de si veía el rostro de un hombre o de una mujer. La piel estaba hinchada por el agua y oscurecida. Solo cuando la mirada de Kim se deslizó hacia el pecho y reparó en el cabello

largo recogido en una trenza, se dio cuenta de que en la bañera yacía una mujer muerta.

—Dios mío —exclamó—. Necesitamos a la Policía Científica de inmediato.

—¡El piso está despejado! —gritó un compañero que, al parecer, no había oído sus palabras, y entró en el baño. Cuando sus ojos registraron la bañera y su contenido, le cambió la cara.

—Cielo santo. ¿Qué es esto? —El musculoso policía con traje de intervención palideció ligeramente.

—El cadáver de una mujer —respondió Kim, innecesariamente.

Su compañero, el líder de un comando especial, sin duda había tratado con la muerte muchas veces y no necesitaba explicaciones. Lo único que al parecer lo desconcertaba era el hecho de que, en realidad, buscaban pruebas, es decir, drogas, dinero o armas. Cadáveres, en cambio, no se esperaban.

—Necesitamos a la Policía Científica inmediatamente —repitió Kim. Quizá aquella mujer muerta fuera el último clavo en el ataúd del narcotraficante al que buscaban. Si la había matado él, estaba acabado.

Con cuidado y evitando contaminar pruebas, se retiraron del baño. Al salir, Kim lanzó una última mirada a la muerta. Calculó que no tendría más de treinta y cinco años. En el ombligo de la víctima brillaba un aro de piercing. Las uñas de manos y pies estaban pintadas de un rosa chillón. Quizás se trataba de una prostituta; al menos, la lencería provocativa y los tacones altos, horteras y con luces parpadeantes frente a la bañera sugerían algo así. En el borde trasero de la bañera había una copa de champán medio llena. De no haber sido por las marcas de estrangulamiento, casi negras, alrededor del cuello de la víctima, se podría haber pensado que la mujer se había ahogado en la bañera fruto de una borrachera.

—Jorg. Ya estás aquí. —Saludó a su compañero de la Científica, un hombre de mediana edad, pelo ralo y gafas sin montura sobre una nariz delgada y un poco larga de más.

—La víctima está en la bañera. ¿Puedes darme los resultados lo antes posible? Necesitamos saber quién es la muerta y si nuestro hombre podría estar detrás de esto. A primera vista, parece un asesinato.

Jorg asintió.

—Claro. Me daré prisa. ¿Qué pasa con nuestra cena de esta noche?

¿Crees que habrás terminado el operativo para entonces? Parece algo

importante. —Sonrió cohibido, sosteniéndole la mirada.

¿La cena? Cierto. Habían quedado esa noche. Kim lo había olvidado por completo. Avergonzada, se pasó la mano por el cuello.

—Bueno… Podría alargarse bastante —murmuró en voz baja.

—¿Lo dejamos para mañana? —Jorg sonaba un poco decepcionado.

Kim respiró aliviada y asintió con rapidez. No había vuelto a pensar en ello en absoluto. Además, esa noche le esperaba otra cosa. Un asunto privado que no admitía más demoras. Algo que llevaba años bullendo en su interior y que por fin tenía que llevar a término. Algo de lo que su padre habría estado orgulloso. Un plan que no podía deshacer el pasado, pero que podría hacer el mundo un poco más justo. Todas las esperanzas vanas, el dolor y la pérdida no se olvidarían, pero al menos se aliviarían. El pulso de su sangre se transformó en un martilleo. Ahí estaba de nuevo, la fiebre del cazador. Por eso estaba tan tensa. Tenía una cuenta que saldar. Esta noche.

2

Julia Schwarz estaba totalmente en su elemento. Aquello no tenía nada que ver con la fría atmósfera de la sala de autopsias, que no le gustaba demasiado, sino más bien con la tarea que tenía por delante. Se había consagrado a la medicina forense y afrontaba con ambición cada nuevo desafío. Julia encendió la grabadora y comenzó la autopsia con la rutina de siempre. Primero tocaba la inspección externa del cadáver. Siempre trabajaba de arriba abajo. Examinó el cabello revuelto de la muerta y revisó el cuero cabelludo en busca de lesiones. Mientras tanto, dictaba los hallazgos en la grabadora:

—Sexo femenino; peso corporal: cincuenta y seis kilogramos; estatura: ciento setenta y dos centímetros; livideces cadavéricas aún no completamente fijadas; abundantes petequias en la mucosa bucal y en las conjuntivas oculares.

Julia se detuvo. Los hallazgos encajaban con las marcas de estrangulamiento en el cuello de la víctima. La joven había sido estrangulada. Y no solo eso. Bajó la mirada. Signos de defensa en los brazos y hematomas masivos en los muslos apuntaban a una violación brutal. Alzó la vista. Emanuel sostenía una bandeja con instrumental en la mano.

—Ya puedes empezar con el cráneo.

Julia observó a su asistente, que aún no terminaba de adaptarse. Aunque llevaba ya varios meses trabajando en la patología forense del Instituto de Medicina Legal de Colonia, todavía no se había acostumbrado a la visión atroz de las víctimas de violencia. Su prominente nuez subía y bajaba de forma llamativa una y otra vez.

—Aún era tan joven… —dijo con voz ronca, dejando el instrumental.

A diferencia de Emanuel, Julia era capaz de desconectar casi por completo sus emociones durante el trabajo. Con los años se había vuelto,

en cierto modo, insensible. Cuando un cadáver acababa en su sala de autopsias, observaba el cuerpo sin vida desde una perspectiva puramente médica. Dejaba al margen casi por completo el destino de esa persona y el hecho de que delante de ella yaciera un ser humano, un individuo arrancado violentamente de la vida. Tenía que hacerlo; de lo contrario no podría desempeñar bien su trabajo. Precisamente después de la última noche y del nuevo sueño con Michael, necesitaba su trabajo. Podía aferrarse a los hechos y así olvidar el dolor. La anatomía de un cuerpo era fiable y predecible. Su trabajo era una ciencia sujeta a directrices estrictas y a un procedimiento preestablecido. Aquello tranquilizaba a Julia. Por supuesto, el destino de aquella joven, pálida y frágil sobre la mesa de autopsias, no le era del todo indiferente. La chica acababa de cumplir veintiún años. Una estudiante que había sido atacada, violada y estrangulada en el baño de la universidad. Una persona que aún habría tenido la vida por delante.

«Exactamente igual que mi hermano Michael», pensó de pronto, y se estremeció.

—Lo único que podemos hacer ahora por ella es encontrar a su asesino

—le dijo a Emanuel, lanzándole una mirada compasiva—. No podemos traerla de vuelta. Pero sí podemos procurar que se haga justicia para ella y su familia. —Le levantó la mano a la chica y señaló las uñas—. Mira esto. Apuesto a que encontraremos bajo sus uñas partículas de piel, quizá incluso sangre del agresor. Se defendió con violencia y lo arañó.

Emanuel asintió en silencio. No parecía muy convencido.

—Solo me pregunto cómo hay personas capaces de hacer algo así. Era joven y guapa y…

—No debes pensar en eso. Tienes que bloquearlo. Concéntrate en el organismo, en la pura anatomía, y fíjate en los rastros que puedas encontrar.

Julia tomó una lupa y examinó el pubis de la joven.

—Pásame el peine y las pinzas, por favor. Peinó el vello púbico.

—¡Bingo! —exclamó satisfecha, agarrando las pinzas para sacar del peine un cabello mucho más oscuro que los demás. Lo analizó entornando los ojos. La raíz estaba intacta.

—Esto tiene que ser del agresor. Si ya está fichado por la policía, lo tenemos. —Julia sonrió y guardó el cabello en una bolsa de pruebas—.

Será mejor que lo lleves al laboratorio ahora mismo.

Julia siguió con la mirada a su asistente mientras este salía. Emanuel era un empleado muy competente. Apreciaba su sensibilidad, pero pronto tendría que dejarla a un lado en el trabajo si quería salir adelante.

Sus pensamientos regresaron a la noche anterior. De pronto, Julia sintió el cansancio pesándole en los huesos. En las últimas semanas había vuelto a soñar con más frecuencia con su hermano pequeño, que fue abusado y asesinado a los doce años por un desconocido. La noche anterior había oído la voz de Michael con una claridad que no sentía desde hacía mucho tiempo. Había sido inquietantemente realista. Julia se sacudió el recuerdo.

«Concentración», se dijo a sí misma, y comenzó con la apertura del cadáver.

Su bisturí trazó un corte profundo en la parte delantera del cuerpo. Una línea roja se extendió desde el hombro hasta el extremo inferior del esternón. Repitió el procedimiento en la otra mitad y luego guio el bisturí desde la línea media del abdomen hasta el monte de Venus. Con un costótomo abrió la caja torácica y dejó al descubierto el corazón y los pulmones. Justo cuando alargaba la mano hacia las tijeras abotonadas para abrir el corazón, la puerta se abrió.

—¿Podrías coger la sierra y empezar ya con el cráneo? —preguntó sin levantar la vista.

—Me temo que eso me revolvería el estómago —respondió una voz familiar.

Julia se detuvo. Aquella no era la voz de su asistente Emanuel.

—¿Qué haces aquí tan temprano? Estoy en plena autopsia y aún no puedo decirte gran cosa sobre la muerta. —Julia miró sorprendida al inspector Florian Kessler.

Él sonrió.

—Pensé que te vendría bien un café. —Levantó dos vasos en el aire.

—Ah. Gracias. Es un detalle. —Julia dejó las tijeras abotonadas a un lado, se quitó los guantes de goma e indicó a Florian que la siguiera a su despacho.

Allí cogió un vaso.

—Esto sienta bien. —Tragó un sorbo y cerró los ojos con placer.

—¿Cuánto tiempo llevas aquí? Tienes cara de cansada. —Florian la observó y Julia bajó la vista rápidamente. Solo le faltaba que precisamente

Florian le notara la pesadilla de la noche anterior. No quería hablar de ello ni que se lo recordaran. Se bebió el café de un trago, deprisa, aunque estaba demasiado caliente y casi se quemó la lengua. Sin responder a la pregunta de Florian, le informó de los resultados preliminares de la autopsia.

—El análisis del vello púbico ajeno al cadáver debería estar listo en un par de horas. Luego pasas el ADN por tus bases de datos y quizá incluso tengas una coincidencia.

Florian guardó silencio.

Julia siguió hablando a toda prisa.

—La víctima se resistió con violencia. Se le rompieron varias uñas y bajo las otras hemos encontrado partículas de piel. Le golpearon la cabeza contra una superficie dura, probablemente contra una pared del baño donde fue atacada. No hay fracturas, pero tiene hematomas por todo el cuerpo. —Levantó la vista y se sintió cada vez más incómoda bajo la intensa mirada de Florian. Parecía mirar directamente en su interior—. Sí, bueno… —empezó de nuevo—. El agresor probablemente tiene el pelo oscuro. Quizá eso te ayude un poco.

—Deberías descansar más —dijo Florian, como si no hubiera escuchado a Julia en absoluto—. Definitivamente necesitas dormir más. Tanto café no te va a ayudar a la larga.

—Oh, he dormido lo suficiente, solo he tenido malos sueños. —Julia se mordió la lengua al instante. No había querido revelar eso. Se enfadó consigo misma. Florian tenía ese talento para hacer hablar a la gente. Mientras que ella prefería ceñirse a los hechos, él sabía ponerse en la piel de los demás y comprender sus emociones. Furiosa consigo misma, dejó el vaso y volvió a la sala de autopsias, donde se puso de nuevo los guantes y abrió el corazón con las tijeras abotonadas. Luego agarró un cazo de acero inoxidable y recogió la sangre.

—Podemos analizar esto en busca de toxinas —murmuró, cerrando el recipiente en el que había vertido el líquido rojo. Lo colocó sobre una bandeja que ya estaba llena de muestras de tejido y que después iría al laboratorio de Criminalística. A continuación, Julia encendió el filtro de aire instalado en el techo, sobre la mesa de autopsias, que se encargaba de aspirar los gérmenes peligrosos. La corriente de aire zumbó suavemente sobre su cabeza. Ignoró a Florian, que acababa de entrar de nuevo en la sala, y abrió concentrada el pulmón de la difunta.

—Sin anomalías —dijo al cabo de un rato.

—Ahora caigo en por qué estás de tan mal humor hoy. Julia se detuvo y miró a Florian con curiosidad.

—Ayer estuviste con tus padres. No me extraña que luego durmieras mal.

La mirada de Florian seguía atravesándola. Pero ahora que él le ofrecía una explicación para su noche terrible, ya no le resultaba nada desagradable. Al contrario. Como tantas veces últimamente, constató para su propio espanto que el inspector, con quien trabajaba desde hacía cuatro años, le resultaba bastante atractivo. Sus ojos azules tenían una profundidad peligrosa. Tragó saliva.

—El regalo sigue en el sitio de Michael —dijo, concentrándose en la cavidad abdominal.

—¿En serio?

Sintió la mirada de sorpresa de Florian sobre ella. Julia se concentró con todas sus fuerzas en el estómago. El contenido proporcionaría información sobre la última comida de la víctima y también ayudaría a determinar la hora de la muerte. Hizo un corte profundo. Apareció carne sin digerir.

—Hannelore simplemente no lo supera. Aunque la muerte de Michael fue hace quince años, sigue actuando como si la policía se hubiera equivocado y él fuera a entrar por la puerta en cualquier momento para recoger su regalo de cumpleaños.

«Y eso que hoy ya tendría veintisiete años y seguro que no se conformaría con un coche de juguete», añadió para sus adentros.

La madre de Julia no encontraba paz. Las visitas a sus padres siempre eran dolorosas de la misma manera. En la casa donde prácticamente nada había cambiado desde la muerte de Michael, el shock y el duelo se palpaban en cada pequeña grieta.

—¿Y cuándo piensa guardar el paquete de una vez? El último cumpleaños de Michael fue hace semanas.

Julia se encogió de hombros.

—Mi padre me pidió que no preguntara.

Sí, así era siempre. Ulrich Schwarz, el diplomático conciliador, siempre esforzándose por mantener la paz en el hogar. Julia quería a su padre, pero le parecía mal que no apartara a Hannelore de sus rituales. De ese modo, ambos se quedarían atrapados para siempre en aquel terrible

pasado. Tenían que soltar lastre de una vez. De lo contrario, no había futuro que mereciera la pena vivir.

Julia fue colocando los órganos restantes uno por uno en la báscula, extrajo un par de muestras de tejido y luego volvió a colocarlos en la cavidad corporal abierta.

—Podría colarme en casa de tus padres y llevarme el regalo —ofreció Florian.

—Ni se te ocurra. Si no, mi madre pensará de verdad que ha venido Michael a buscarlo. —Levantó la vista y sonrió. Aquello también era algo que solo Florian lograba.

De repente, su rostro volvió a ponerse serio.

—Tengo que hablar con los padres de la chica ahora mismo. ¿Hay algo con lo que pueda consolarlos?

Julia miró a la difunta largamente. Luego negó con la cabeza.

—Me temo que no. —Sus ojos se fijaron en Florian—. No murió rápido, y tampoco puedo decir que no sufriera. —Los dedos de Julia señalaron las numerosas hinchazones amoratadas de la piel—. Pero no aceptó su muerte sin más. Se resistió hasta el último aliento. —Julia suspiró—. Quizá eso sea algo que puedas decirles a sus padres. Luchó y, al menos, le hizo unos buenos arañazos, profundos y dolorosos, a ese cabrón.

—Levantó la mano derecha de la víctima y señaló las uñas rotas—. Y además, hemos asegurado, con toda seguridad, ADN utilizable. Con eso aumentan las posibilidades de que atrapemos al culpable.

Florian asintió en silencio, con la mirada vacía.

—Nos vemos en cuanto tengas el informe listo —respondió, y salió de la sala.

3

Por la noche, todo era distinto. El dorado dejaba de brillar. Los colores vivos se fundían en una amalgama de grises sombríos. Las temperaturas descendían. Un frío viento de otoño golpeó el rostro de Kim Wiesinger. Sintió un escalofrío y se le erizó la piel. Había sido un buen día, si se pasaba por alto lo de la prostituta muerta en la bañera. Habían descubierto un almacén de droga y obtenido las huellas dactilares del pez gordo. Sus días estaban contados. Había una orden de búsqueda y captura europea en marcha. Tarde o temprano lo atraparían, y entonces estaría acabado.

Olfateaba un rastro. Una pista que llevaba décadas siguiendo. Quizá no tanto tiempo como policía, pero ya desde adolescente se imaginaba cómo sería. Qué se sentiría al rodear el cuello de ese desgraciado con las manos y apretar. Mirarlo a los ojos mientras lo hacía. Ver cómo el brillo de sus pupilas sucumbía al vacío oscuro. Sentir cómo esa vida abyecta abandonaba al monstruo y saber que borraba a ese bastardo de la faz de la tierra para siempre. Lo único que quedaría de él serían carne y huesos pudriéndose bajo tierra hasta que los gusanos se dieran por satisfechos.

No es que Kim soliera alimentar fantasías homicidas. Para ser policía, era bastante vital y optimista. Solía sobrellevar bien la truculenta rutina diaria. Pero aquello no era nada personal. Su acción de esa noche, en cambio, sí lo era; muy personal, de hecho. Kim se pegó a la corteza áspera del árbol y observó la ventana. En la habitación había luz. Él estaba allí. Como siempre a esa hora. Llevaba mucho tiempo vigilándolo. Sobre todo por la noche. Al fin y al cabo, entre semana tenía que trabajar. Pero los fines de semana, y con regularidad a partir de las seis de la tarde, espiaba al monstruo. Al principio ni siquiera estaba segura de haber dado con el hombre correcto, pero poco a poco los oscuros secretos de la bestia habían salido a la luz. La luz se apagó. Por fin.

Kim Wiesinger sabía lo que venía ahora. Salió disparada de detrás del árbol y corrió de puntillas hacia el coche. Se subió, metió la llave en el contacto, pero no arrancó el motor todavía. Bajo ningún concepto debía oír su vehículo. Ya se daría cuenta lo bastante pronto de que le pisaba los talones. ¿Cómo reaccionaría al percatarse de que se habían intercambiado los papeles? Ahora él era la presa, la víctima, y ella la cazadora.

Entonces él salió por la puerta principal y se dirigió a su Ford abollado, una pick-up con una gran plataforma de carga. La necesitaba, y para entonces ella ya sabía para qué.

El Ford se puso en marcha y Kim esperó varios segundos. Luego arrancó el motor y lo siguió manteniendo una distancia considerable. Ya no necesitaba perseguirlo, pues hacía tiempo que sabía adónde se dirigía. En el bosque tendría que apagar los faros. Kim le tenía miedo a la oscuridad. Incluso con el arma en la mano. Las sombras cobraban vida. Nunca permanecían estáticas, sino que mutaban, pasando de formas inofensivas a monstruos voraces. De eso se había dado cuenta ya de niña. Quizá pudiera sacudirse esa convicción esta noche. Al fin y al cabo, pronto habría un monstruo menos. Automáticamente, deslizó la mano hacia el arma. Por supuesto, no era su arma reglamentaria. Al fin y al cabo, no era tonta. Cerca de la estación central de Colonia se había agenciado un arma no registrada del mismo calibre. Con ella no fallaría. Tenía un plan. Al final parecería que el arma era de él y que ella había actuado en legítima defensa. Quizá simplemente lo detuviera, pero eso dependería de cómo se comportara él. Necesitaba pruebas sólidas que lo metieran en la cárcel de por vida. Si no las encontraba, no le quedaría otra opción.

El Ford abandonó la carretera asfaltada. Kim Wiesinger apagó los faros y giró también hacia el camino estrecho, apenas visible en la oscuridad. El coche daba tumbos sobre el terreno arenoso, lleno de baches y sembrado de piedras afiladas. Siguió al Ford hasta lo más profundo del bosque. Aquel paraje solitario, a pesar de su cercanía a la ciudad, era ideal para dar rienda suelta a las fantasías más abominables. Fijó la vista en las luces traseras del vehículo, que circulaba muy por delante y cuyo resplandor ocultaban los árboles una y otra vez. Cuando la oscuridad se prolongó y dejó de ver el brillo rojo, se sintió insegura por un momento.

¿Acaso el monstruo la había descubierto? El corazón le latía más rápido, bombeando sangre a toda velocidad por sus venas y preparando cada fibra de su ser para una posible huida. Levantó el pie del acelerador y escrutó

nerviosa la negrura. Entonces reaparecieron las luces rojas. Kim soltó el aire, aliviada. Ya no faltaba mucho. Decidió ir sobre seguro y cubrir el resto del camino a pie. Dejó el coche entre dos árboles y se bajó. A pesar de la humedad de la noche otoñal, las hojas crujían bajo sus pies. No había contado con eso. En realidad, había querido atravesar la maleza. Habría sido mucho más corto y probablemente más seguro que seguir el sendero. Pero el otoño imponía sus propias leyes. Tenía que evitar la hojarasca ruidosa si no quería que él la oyera venir a leguas de distancia.

Kim decidió mantenerse en el camino. Avanzaba a buen ritmo, siempre con las luces traseras del Ford a la vista. En un momento dado, todo quedó a oscuras. El monstruo había llegado a su destino. Las suelas de sus botas se hundían un poco en el suelo fangoso del bosque. Se había comprado unas botas de montaña a propósito para poder escapar más rápido en caso de emergencia y no resbalar en el suelo resbaladizo. Si no podía luchar, solo le quedaría la huida. Las botas eran buenas, salvo por el hecho de que le rozaban los tobillos. Kim ignoró el dolor. No tenía tiempo para eso. Había cosas peores.

Por fin divisó de nuevo el Ford. Se fue acercando con sigilo. El capó humeaba en el aire frío de la noche. La cabaña estaba a oscuras y parecía completamente diferente a como se veía de día. Se alzaba ante Kim como un bloque de madera anguloso y amenazante.

«Haz lo que has aprendido», se dijo en silencio, y siguió caminando. Pasó junto al Ford, dejó atrás los troncos apilados frente a la casa y unas barras de hierro oxidadas que quizá habían servido alguna vez como valla o barandilla. Y así llegó a la cabaña.

Solo había una ventana y la visión del interior estaba tapada casi por completo por una gruesa cortina negra. La última vez que había registrado la cabaña buscaba en realidad pruebas incriminatorias. Pero no había encontrado nada. El monstruo era inteligente y precavido. Siempre llevaba sus herramientas consigo. Pero eso no importaba. Kim Wiesinger sabía quién era ese hombre. Espió de lado a través de la ventana hacia el interior. De repente, algo crujió a su espalda y dio un respingo.

«Mierda. ¿No había entrado?».

Se puso en cuclillas e intentó luchar contra el pánico incipiente. «Eres una policía excelentemente formada. Tienes un arma. Eres buena disparando, muy buena incluso. No tienes por qué tener miedo solo porque esté oscuro».

Entonces lo vio y se hizo aún más pequeña.

Un resplandor rojo flotaba a pocos metros de ella. Kim dejó de respirar. Se quedó agazapada contra la pared de madera, rígida, sin atreverse a mover un músculo. El monstruo estaba justo delante de ella, fumándose un cigarrillo con total parsimonia. Al parecer no la había notado. La brasa se iluminó y volvió a atenuarse. Kim cerró los ojos y rezó para que terminara de una vez. Quería tenerlo dentro de la cabaña. Fuera era demasiado arriesgado. Estaba oscuro y él tenía la oportunidad de escapar. En el bosque, y encima en plena noche, la despistaría con facilidad. Entonces tendría que esperar hasta la mañana siguiente para retomar su rastro. Pero eso quedaba descartado. Tenía que presentarse puntual al servicio y no podía faltar sin más.

Así que esperó. En algún momento el brillo se extinguió. Aguzó el oído, pero el bosque se tragaba cualquier sonido que hiciera el monstruo. En su lugar, las hojas de otoño susurraban sobre su cabeza.

Se levantó y, de inmediato, retrocedió de un salto. El resplandor solo se había desplazado. Ya no estaba justo delante de ella; evidentemente, él se había movido unos metros hacia la esquina de la casa. Cuando el cigarrillo reapareció inesperadamente justo frente a ella, a Kim casi le dio un infarto. Pero entonces comprendió que debía de tratarse de un engaño de sus sentidos. Dada su tensión, no era de extrañar. Respiró aliviada y miró un rato hacia la oscuridad. Una vez que la brasa dejó de brillar definitivamente, decidió echar otro vistazo al interior de la cabaña. La cortina permitía ver a través de una estrecha rendija. La luz estaba encendida y el monstruo estaba sentado en una mecedora de madera, con los ojos cerrados y un rifle de caza en la mano. Se mecía lentamente hacia delante y hacia atrás. La bombilla sobre él proyectaba una luz mortecina.

A Kim no le gustaban las cabañas de caza. Odiaba los animales muertos en la pared. En cuanto veía una cornamenta de ciervo colgada, se imaginaba cómo había muerto el animal. Muchos cazadores mataban por puro afán de matar. Todo lo demás eran excusas. Todo aquel mundo de la caza le parecía enfermizo, aunque era plenamente consciente de que abatir animales era necesario cuando había sobrepoblación.

Esta cabaña era diferente, amueblada de forma austera y pragmática. No había animales disecados colgando de las paredes, mirando a la nada con ojos de vidrio opacos. «No me extraña», pensó Kim. El monstruo tampoco estaba allí para cazar animales.

El hombre seguía con los ojos cerrados. Era su oportunidad. Ahora o nunca. Lucha o huida. Se incorporó y no se molestó en abrir la puerta con cuidado. Tomó carrerilla y reventó la cerradura de una patada. La puerta se abrió con un estruendo y el hombre en la silla abrió los ojos. Kim vio el ansia de matar brillando en ellos. Y algo más. Desconcertada, advirtió que no se trataba en absoluto de sorpresa. No, parecía haberla estado esperando. En sus ojos centelleaba el deseo. No el deseo habitual de un hombre por una mujer. Era una avidez oscura lo que desprendía su mirada. Kim apuntó con el arma al monstruo. Tenía el dedo en el gatillo. Le temblaba por los nervios.

—Soy Kim Wiesinger —dijo con voz firme. Disimuló el miedo que sentía ante la visión del hombre.

Él seguía sentado allí como antes, meciéndose y sosteniendo el rifle en la mano. Solo que ahora tenía los ojos abiertos y miraba fijamente a Kim.

—Lo sé —respondió, y estiró los labios en una sonrisa malévola.

«Este tipo es de hielo», pensó Kim. Debería sentir al menos algo parecido a la inquietud. Al fin y al cabo, ella le estaba apuntando a la cabeza con una pistola cargada. Pero ese hecho no parecía impresionarle demasiado.

—¡Levántate, maldito cabrón! —La voz de Kim tembló de repente. De golpe afloraron todas las emociones que había contenido y ocultado durante tanto tiempo—. «Levántate», pensó. «Maldita sea, levántate».

Pero el hombre siguió meciéndose. La observaba con esa mirada voraz que provocó en Kim una náusea inesperada. ¿Debía apretar el gatillo sin más? ¿Sin que él la atacara?

—Levántate —repitió. Necesitaba su confesión—. Trae papel y un bolígrafo. —Su dedo descansaba sin fuerza sobre el gatillo.

Y entonces, de repente, todo sucedió muy deprisa.

El monstruo movió el brazo bruscamente. Al principio, Kim no entendió nada. Solo demasiado tarde reconoció el paño y el sedal de pesca que se había enrollado alrededor de la muñeca. Un hilo casi invisible que subía hacia el techo. Por una fracción de segundo, la luz de la bombilla parpadeó. Kim levantó la vista y descubrió el cubo sobre su cabeza. Un cacharro oxidado que normalmente estaba en el rincón. ¿Qué demonios significaba eso?

Con una sonrisa cínica, el monstruo soltó el sedal y el cubo se desplomó sobre ella.

Fue demasiado tarde para apartarse de un salto. El dedo de Kim se tensó, pero antes de que pudiera apretar el gatillo, el cubo le golpeó el cráneo. Un dolor fulgurante se extendió en forma de estrella por su cabeza. El entorno se desvaneció en una luz cegadora. Su cabeza se ladeó bajo el peso del impacto. Se oyó un crujido horrible. Sus piernas cedieron. Se desplomó. Unas piedras rodaron por el suelo y, de golpe, comprendió que venían del cubo. El monstruo había lastrado el recipiente con ellas. La luz fue devorada por la oscuridad. Un círculo negro se extendió desde el centro de sus pupilas y cubrió su campo de visión con una cortina oscura. Lo último que vio Kim fue al monstruo de pie sobre ella. Había caído en su trampa.

4

Julia abrió los ojos, pero la pesadilla no se detuvo. Seguía oyendo el llanto de Michael. Con el corazón galopándole en el pecho, se incorporó de golpe y aguzó el oído. El sopor le enturbiaba la cabeza, donde aún resonaba la voz de su hermano. Durante un segundo, Julia no supo si estaba despierta o soñando. Apartó el edredón; el calor acogedor acumulado bajo él cedió ante el aire fresco de la noche, lo que dejó a Julia completamente despierta al instante. Parpadeó y distinguió algunos contornos del dormitorio. No tenía ni idea de qué hora era. Escuchó con atención: la voz se había esfumado. Por fin. Suspiró y se dejó caer de nuevo sobre la almohada.

¿Qué demonios le pasaba? ¿Por qué la perseguían ahora aquellos sueños inquietantes casi cada noche? ¿Tenía que ver con el regalo que seguía en casa de sus padres, en el sitio de Michael? No tenía respuesta, y aquello no le gustaba nada. Para todo debía haber una explicación racional. Desde la muerte de Michael, se había refugiado en la diligencia y el ajetreo, guardando sus sentimientos bajo llave con esmero, con la esperanza de que el duelo se disolviera por sí solo en algún momento. Pero ahora la situación era peor que nunca. Aquello no podía deberse solo a su madre, Hannelore; en el fondo, ella se comportaba como siempre. En los últimos años, Julia había soportado más de una visita asfixiante a la casa de sus padres. Cada uno de esos encuentros había sido perturbador y, aun así, normalmente no desencadenaban pesadillas tan realistas. Julia reflexionó. Tampoco tenía ahora mismo sobre la mesa ningún caso comparable. Hace unos años hubo una serie de asesinatos en la que se vieron implicados niños; aquello la afectó mucho. Pero en el Instituto, por el momento, todo estaba relativamente tranquilo. No es que faltaran cadáveres por autopsiar —muertes que exigían esclarecimiento siempre

había—, pero al menos por ahora no había ningún asesino en serie haciendo de las suyas.

—¡Por favor, no!

Julia se quedó paralizada. Tras varias respiraciones, encendió la lámpara de la mesilla. Maldita sea. Ahí estaba otra vez. Michael. Su voz llorosa. Su súplica. ¿De dónde venían esos sonidos? Se levantó de un salto, corrió al salón y encendió la luz. Su mirada recorrió el sofá, la mesa, el televisor y las estanterías. Todo parecía igual que siempre. Dejó caer los hombros y dio un paso. Entonces sus ojos se clavaron en la ventana. Solo en ese instante notó el frío que hacía. La ventana estaba entreabierta. Afuera oyó el maullido prolongado de un gato. ¿Había sido eso lo que había oído? Irritada, cerró la ventana de golpe y giró la manilla. Por fin reinó el silencio. Julia miró el reloj. Eran las cinco de la mañana. Demasiado temprano para levantarse, pero demasiado tarde para volver a dormirse. Conocía bien ese fenómeno: si volvía a meterse en la cama, se pasaría las dos horas siguientes dando vueltas sin pegar ojo.

Así que decidió ir al Instituto. El día anterior, Julia no había terminado el informe sobre la víctima de violación porque hubo otro asesinato que debía tratarse con prioridad. Fue al baño y se duchó. El chorro de agua, cálido y uniforme, le alivió la tensión del cuello. Diez minutos después estaba ante el lavabo, cepillándose los dientes mientras se observaba en el espejo. El pelo negro y mojado se le pegaba a la cabeza. Estaba pálida. Bajo los ojos se le habían marcado unas ojeras oscuras que distinguía incluso sin gafas. Julia cogió el secador y dio forma a su corte paje. Luego se puso las gafas de pasta negra, que la hacían parecer mucho más seria de lo que realmente era, y se enfundó un pantalón del mismo color. A Julia no le importaba demasiado la moda; por lo general, vestía combinaciones de blanco y negro. Tampoco le veía sentido a arreglarse cada día; al fin y al cabo, en su profesión no trataba con clientes. La mayoría de las personas con las que trataba estaban muertas y, por tanto, su gusto ya no contaba mucho. Julia se abrochó rápidamente una blusa blanca inmaculada que resaltaba su cintura estrecha y se marchó con el estómago vacío.

El Instituto no estaba lejos de su apartamento. De forma macabra, justo detrás había un cementerio. Julia aparcó el coche y entró por una puerta lateral que conducía directamente a las salas de autopsia y a su despacho. Dejó sus cosas y encendió el ordenador. Mientras esperaba a que cargaran los correos electrónicos, notó un haz de luz. Frunciendo el ceño, salió al

pasillo y, a través del cristal translúcido de la parte superior de la puerta, vio que había luz en una de las salas de autopsia. Se preguntó si se habría olvidado de apagarla, pero descartó la idea de inmediato: incluso si así fuera, el servicio de seguridad la habría apagado más tarde. Oyó un ruido y se extrañó. ¿Quién más estaba en el Instituto tan temprano? Julia se acercó a la puerta y la abrió de par en par.

Lo que vio le cortó la respiración.

Su asistente, Emanuel, estaba inclinado sobre la víctima de violación que, en teoría, debería estar en una de las cámaras frigoríficas. La autopsia ya había concluido, aunque el informe estuviera pendiente. Julia se quedó sin palabras ante el gesto íntimo con el que Emanuel tocaba el pelo de la chica. Cuando él notó su presencia, se giró sobresaltado.

—Dios mío, Julia. ¿Qué haces aquí tan temprano?

—Eso mismo podría preguntártelo yo —respondió ella, entrando conmocionada en la sala, que olía a formaldehído y desinfectantes.

—He terminado el informe de Luise Schenk. Ya han llegado los resultados del laboratorio y he incorporado los datos. En realidad, solo tienes que echarle un vistazo. —Emanuel soltó a la muerta. No llevaba guantes. Tenía espuma en los dedos. Julia percibió un aroma floral a champú. Observó a su asistente, cuyas mejillas ardían encendidas. ¿Qué demonios estaba haciendo? ¿Desde cuándo los forenses lavaban el pelo a los cadáveres con champú? ¿Por qué llamaba por su nombre a la víctima y qué hacía en el Instituto en mitad de la noche? Emanuel bajó la vista.

—Este asunto no me dejaba en paz. Aún era tan joven… y quería que la policía recibiera el informe cuanto antes. Por desgracia, el ADN del agresor no consta en ninguna base de datos —murmuró Emanuel esto último con la voz tomada.

Aunque Julia estaba en shock, su cerebro funcionaba a la perfección. La necrofilia quedaba descartada; lo habría notado con toda seguridad. Las personas con esas inclinaciones disfrutan con la visión de los muertos, y Emanuel, al parecer, no. En una fracción de segundo ató cabos: su asistente tenía que estar afectado personalmente de algún modo. Aquel comportamiento tan extraño no permitía otra conclusión.

—¿Conocías a la víctima? —preguntó, señalando el champú en sus manos.

Emanuel miró a Julia, perplejo, y asintió mecánicamente.

—Vivía en nuestra calle. Hace unos años le di clases particulares. Las ciencias no se le daban bien. Tenía el pelo tan revuelto y todavía lleno de sangre… No quería que se quedara así de sucia en la cámara frigorífica.

—¿Por qué no me lo dijiste? No tenías por qué asistir a la autopsia.

Además, de eso se habría encargado el funerario.

—Yo… —Se encogió de hombros con gesto afligido—. Simplemente sentía que tenía que estar aquí.

Julia se quedó mirando a Emanuel. Al principio quiso aleccionarlo, explicarle que su comportamiento era poco profesional y que debía aprender a dejar las emociones fuera de la sala de autopsias. Además, posiblemente estaba alterando los resultados de la investigación. Sin embargo, se tragó esos comentarios. Emanuel ya sabía todo eso. En cierto modo, podía comprender sus motivos, aunque ni en sueños se le habría ocurrido lavarle el pelo a un cadáver. Ella también habría querido asegurarse de que nada fallara en la autopsia y de que hasta el rastro más ínfimo que condujera al agresor quedara al descubierto. En cualquier caso, ahora comprendía por qué Emanuel no había sido capaz de abrir la bóveda craneal de Luise Schenk.

—Lo siento de verdad por ti —dijo ella con suavidad.

—Era una buena chica. Yo… —A Emanuel se le quebró la voz. Tragó saliva y su prominente nuez osciló de forma visible—. La próxima vez tendré que dar un rodeo para ir a casa de mis padres. Normalmente paso por delante de la casa de Luise. La veía a menudo en el jardín. La última vez fue hace solo unas semanas. Me saludó con la mano y yo… —Se interrumpió y miró a Julia. En sus ojos brillaba una profunda tristeza.

Julia sabía a qué se refería. El ser humano evita el dolor por naturaleza. Pensó en Michael y en cómo cada visita a sus padres le recordaba de forma dolorosa su pérdida.

—Con el tiempo irá a mejor —mintió ella, poniendo una mano en el hombro de su asistente. Era un gesto inusual. Normalmente, Julia evitaba las demostraciones de afecto y el contacto físico. Con los años, había aprendido que mantener cierta distancia con los demás entrañaba a la larga menos riesgos. Esa actitud, sumada, por supuesto, a su profesión de forense, le habían granjeado en el Instituto la fama de «Dama de Hielo». No le gustaba el apodo. Porque, aunque por fuera pareciera fría, por dentro era muy distinta.

—Será mejor que termines de aclararle el pelo y la lleves de vuelta a la cámara. Mientras tanto, revisaré tu informe. —Le lanzó a Emanuel una mirada penetrante—. Y prométeme que no volverás a hacer nunca algo así. —Señaló el champú. Emanuel asintió, arrepentido.

Julia se dio la vuelta y regresó a su despacho. El ordenador ya estaba listo. Revisó rápidamente sus correos y leyó por encima el informe de Emanuel. Se había esforzado mucho, la verdad. No tuvo que hacer apenas cambios. La policía disponía de bases de datos muy amplias; quizá allí aparecieran pistas sobre el asesino y violador de Luise Schenk. En la mayoría de los casos, el agresor procedía del entorno cercano de la víctima. Vecinos, compañeros de universidad y profesores serían los siguientes en ser examinados con lupa por la Judicial. Dada la cantidad de rastros y el proceder descontrolado, casi chapucero, del agresor, Julia estaba segura de que habría noticias de una detención en pocos días. El timbre de su móvil la arrancó de sus pensamientos.

—Dígame, Schwarz —contestó, sin apartar la vista de la pantalla.

—Julia. Tenemos un nuevo homicidio. ¿Puedes venir rápido? — Florian sonaba afligido.

—Por supuesto. ¿Es grave? Suenas bastante abatido.

—Es una compañera. —La voz de Florian parecía la de un robot quedándose sin pilas. Sus palabras se arrastraban por la línea, alargadas y sin entonación alguna. Le dio la dirección a Julia y colgó.

Otra vez una muerta conocida, y además alguien que dejaría un vacío en el entorno policial. Julia suspiró. Por supuesto, cada asesinato abre un agujero en la vida de los allegados, pero normalmente los investigadores no conocen a las víctimas. Ven lo sucedido sin notar la ausencia de la víctima en su propia cotidianidad. Primero Emanuel, ahora Florian. Julia negó con la cabeza. El asesinato de una agente de policía causaría automáticamente un revuelo enorme. Se levantó y cogió el bolso.

—El informe está listo. Puedes entregarlo —le gritó a Emanuel a través de la puerta abierta, sin entrar de nuevo en la sala. Con pasos cortos y rápidos, recorrió el pasillo hacia la salida. Julia tenía prisa.

5

Florian Kessler contemplaba el cuerpo sin vida de la agente de policía, embutido en el maletero de su propio utilitario. Apenas unos días antes se había cruzado con ella en un local de comida rápida que, a la hora del almuerzo, solía estar atestado de policías. No la conocía a fondo, pero el mero hecho de que fuera una compañera le producía un escalofrío. Quien fuera capaz de matar a una policía debía de ser alguien frío y calculador, o bien desconocía la profesión de su víctima. Según el criterio de Florian, se trataba de un autor que sabía exactamente lo que hacía.

Kim Wiesinger no había sido asesinada sin más. Alguien la había silenciado con brutalidad. Tenía la boca sellada con cinta de embalar y los ojos de par en par. Florian se inclinó y clavó la vista en sus pupilas, como si así pudiera rescatar la última imagen grabada en la retina de Kim. Pero aquellos ojos gris azulados estaban velados. El brillo de la vida se había extinguido para siempre.

En las manos de Kim había quemaduras que debían de ser de cigarrillos. Le faltaban varias uñas. Al ver los lechos ungueales ensangrentados, Florian se estremeció. El asesino había torturado a su víctima.

Florian intentó ponerse en la piel de la joven. ¿Qué había visto o qué sabía? ¿Por qué tenía que morir? Observó pensativo su indumentaria: vaqueros oscuros, jersey de cuello alto también oscuro y botas de montaña. Cuando coincidió con ella en el local de comida, su aspecto era muy distinto. Vestía de forma mucho más femenina. Como agente de la Judicial, no llevaba uniforme, sino ropa de calle.

Florian cerró los ojos y evocó la imagen de Kim Wiesinger cuando aún estaba viva. Se veía atractiva; llevaba un vestido de algodón, leggings y botas. Además, lucía una pulsera y un collar llamativo. Florian abrió los

ojos. Las joyas habían desaparecido. Ahora parecía alguien que quería pasar desapercibida. Quizá incluso alguien que estaba de caza.

Entornó los ojos. El cabello corto y rubio estaba revuelto. Una herida sangrienta se abría en el cráneo. Notó unas líneas finas que dibujaban un patrón en el dorso de la mano de Kim. Lo primero que pensó fue que podían proceder de unos guantes. De algún modo, el atavío de Kim Wiesinger le recordaba al de un ladrón. Solo le faltaba el pasamontañas. Sin embargo, a simple vista no detectó ninguna lesión en el rostro. ¿Por qué llevaba esa ropa?

Volvió a cerrar los ojos, como si así pudiera hallar una respuesta a su pregunta. Florian sabía leer las escenas del crimen como nadie en su equipo. En la academia de policía, la asignatura de Psicología le había interesado especialmente: quería saber cómo funcionaban las personas. Quería entender por qué ciertos individuos encontraban placer en la violencia y otros no. Pero aquello no era el lugar del crimen. Su instinto, así como la posición del cadáver y las marcas de tortura, le decían que Kim Wiesinger no había exhalado su último aliento en el maletero de este utilitario. Había muerto en otro lugar. ¿Pero en cuál?

—Buenos días, Florian. ¿Es ella?

Florian se giró y se encontró con un rostro familiar. Julia Schwarz, que parecía aún más pálida que el día anterior, se ajustaba los guantes de goma con los ojos marrones ya fijos en la policía muerta. La piel de un blanco lechoso, casi translúcida, de la atractiva forense —a través de la cual incluso se adivinaban tenuemente algunas venillas en el cuello y la sien—confería a aquella mujer curtida una vulnerabilidad increíble.

Florian conocía a Julia mejor que la mayoría de sus colegas, para quienes la forense resultaba un tanto inaccesible. Él, en cambio, sabía que bajo esa fachada fría latía una mujer sensible y empática que había atravesado una oscura tragedia en su pasado.

No tenía ni idea de qué era exactamente lo que le fascinaba de Julia, pues no encajaba en su prototipo habitual de mujer. Sencillamente, no podía evitar mirarla fijamente. Esa seriedad con la que abordaba el trabajo, esa mirada ante la que nada podía ocultarse y la inteligencia aguda que chispeaba en sus ojos lo atraían de una manera inquietante. Quizá también fuera la distancia que Julia interponía siempre con los demás. Con cualquier otra mujer lo habría tenido fácil; Florian percibía al instante si resultaba atractivo a su interlocutora o no. Con Julia, en cambio, su

instinto fallaba. A veces lo miraba más tiempo de lo normal, pero en sus ojos había una profundidad inescrutable. Florian nunca sabía a qué atenerse con ella.

—¿Cuánto tiempo llevas aquí? —Julia le dio un ligero toque a Florian, que se sintió descubierto y bajó la vista, cohibido.

—¿Qué?

Ella repitió la pregunta.

—Quizá media hora. Te llamé inmediatamente en cuanto quedó claro que era una compañera. —Se frotó la nuca y dejó caer la mano al instante al percatarse de su gesto delator—. Quería que la vieras en el lugar del hallazgo. Alguien la ha encajonado en el maletero. Quienquiera que haya sido, ha actuado con una brutalidad extrema. Parece que estaba realmente furioso con Kim Wiesinger.

Julia inclinó la cabeza ligeramente hacia un lado.

—La torturaron con un cigarrillo encendido. La herida de la cabeza se la provocaron con un golpe contundente. Examinaré los bordes de la lesión más de cerca durante la autopsia. Quizá pueda determinar el arma. En cualquier caso, no parece un martillo ni un bate de béisbol. —Señaló con el dedo la marca circular ensangrentada—. Me inclino por algo duro, probablemente metálico, un objeto curvo.

Florian frunció el ceño y repasó mentalmente posibles armas.

—Solo se me ocurre un sable o una katana. Julia negó con la cabeza.

—No, fue un objeto romo. ¿Ves esta hendidura? No es especialmente profunda, pero sí bastante ancha. Una hoja afilada habría penetrado más y quizá incluso habría partido el hueso del cráneo. Además, la herida sería mucho más estrecha. Apuesto por una pala o algo similar.

—¿Y la causa de la muerte?

—Aún no puedo precisarlo. Pero ya podemos sacarla del maletero. Florian hizo una seña a dos compañeros, que levantaron con cuidado a

Kim Wiesinger y la depositaron sobre una lona de plástico extendida en el suelo.

La muerta había estado encogida y con las piernas flexionadas en el maletero, casi en posición fetal. Solo ahora, con las extremidades estiradas, vio que todo el torso estaba cubierto de sangre.

—La apuñalaron —explicó Julia, señalando un orificio en el jersey—.

Parece una puñalada certera, directa al corazón.

—Suena a ejecución.

—En cualquier caso, murió muy rápido.

Florian se quedó pensativo. Primero la torturaron y luego la mataron de inmediato. Aquello no encajaba. Normalmente, los agresores que torturan a sus víctimas también se demoran en matarlas. Algunos incluso las reaniman para poder presenciar la agonía una vez más. Tortura seguida de una muerte rápida le recordaba a Florian los métodos de la mafia o de los criminales de guerra. Una vez obtenida la información que buscaban, la víctima dejaba de tener utilidad; matarla no era más que eliminar a un testigo.

—¿Puedes estimar ya la hora de la muerte? Julia frunció el ceño.

—El rigor mortis aún no se ha instaurado por completo. A primera vista, diría que fue esta noche. Solo podré precisártelo tras la autopsia.

—Eso significa que tenemos que averiguar qué hizo Kim Wiesinger durante la noche. —«Y por qué iba vestida como un maldito ladrón», añadió para sus adentros.

—Si quieres, puedo empezar la autopsia de inmediato —dijo Julia, e indicó a los dos hombres que habían sacado a la muerta del coche que podían trasladar el cadáver.

—Eso sería estupendo —respondió Florian—. Yo echaré primero un vistazo al piso de Kim Wiesinger.

6

Florian puso los ojos en blanco. Martin Saathoff subía los escalones a paso de tortuga. Aunque todavía no podía verlo, oía su potente resuello. Desde el último caso, le habían asignado a Saathoff como compañero fijo; a su antiguo compañero lo habían trasladado mientras tanto a la brigada de estupefacientes. Florian seguía sin tener claro si considerarlo algo bueno o malo. Saathoff era un cincuentón con sobrepeso y, sobre todo, un cascarrabias de bigote descuidado y pelo revuelto. Su aspecto era la antítesis del de Florian, quien entrenaba triatlón en su tiempo libre y estaba en una forma física excelente; por eso no le había costado nada subir cuatro plantas al esprint. Saathoff, en cambio, probablemente no hacía deporte desde la época escolar. Una morsa difícilmente habría podido hacerle competencia. Por fin, remontó a duras penas los últimos peldaños. Anna Schubert, de la Policía Científica, subía tras él. Al advertir la mirada de Florian, ella sonrió con sorna.

Florian se esforzó por mantener el gesto impasible. Cualquier otra reacción habría equivalido a acoso laboral. Por muy gruñón y poco atlético que fuera Saathoff, ahora era su compañero y contaba con una dilatada experiencia en homicidios complejos. Así pues, Florian esperó con paciencia hasta que Saathoff alcanzó el rellano y se quedó, jadeante, a su lado para cederle el paso a Anna.

El piso no era especialmente grande; Kim Wiesinger había vivido sola. Atravesaron el pasillo corto, de no más de cinco metros cuadrados, y se dirigieron primero al salón. Un sofá de cuero blanco con una mesa moderna, un televisor de pantalla plana de tamaño mediano, una estantería de libros y unas cuantas fotografías llenaban la pequeña estancia. Además, a Florian le llamaron la atención las numerosas plantas de interior con las que Kim se había rodeado. Sin duda, tenía muy buena mano: las orquídeas estaban en flor y las plantas de hoja lucían un verde intenso y vibrante.

Florian contempló el reino de Kim e intentó descifrar qué clase de persona había sido. Una rubia atractiva de unos treinta y cinco que vivía sola. Se frotó la barbilla, pensativo. ¿No tenía pareja? Se acercó a la estantería y examinó las fotos. Algunas eran de su infancia; otras, de diversos viajes en los que Kim aparecía, eso sí, casi siempre acompañada de mujeres. Florian no vio rastro de una pareja sentimental, al menos a primera vista. Dejó que la mirada recorriera la habitación. Todo parecía en orden. Nada indicaba una pelea o un secuestro violento dentro de la vivienda.

Florian pasó al dormitorio. El estilo era moderno: una cama ancha, un armario grande con puertas de espejo y un escritorio con un ordenador y varios montones de papeles encima. Florian se dispuso a revisar el escritorio. Evidentemente, Kim se llevaba trabajo a casa; había sido, por tanto, una policía ambiciosa.

—¿En qué caso estaba trabajando últimamente? —preguntó, dirigiéndose a Saathoff.

Este había abierto el armario y revolvía, con los guantes puestos, la ropa de Kim Wiesinger.

—Estaba metida en algo gordo. Ayer hubo una redada para atrapar a un pez gordo de la droga de Bonn. La búsqueda sigue en marcha. Además, encontraron a una mujer muerta en un piso alquilado a nombre de uno de sus muchos alias. Si los rastros encontrados lo implican en el asesinato, ese tipo se pudrirá en la cárcel de por vida.

Florian cogió la hoja superior de uno de los montones: era un esquema con numerosos términos rodeados en rojo y flechas que cruzaban la página en todas direcciones. Era una representación de nombres, profesiones y conexiones. Kim Wiesinger había trazado el organigrama de los cabecillas de la red de narcotráfico.

—Quizá el asesinato fuera una represalia de ese capo. Tienen tantos secuaces que, desde la clandestinidad o incluso desde prisión, pueden encargar un asesinato sin despeinarse. ¿No dijiste que el asesinato parecía una ejecución? —Saathoff se arrodilló resoplando y empezó a revisar los cajones inferiores del armario.

—No lo sé —respondió Florian—. Pero entonces, ¿por qué torturarla antes? —Se acercó a su compañero y examinó la ropa de Kim. Colores claros y vivos, faldas, vestidos, blusas entalladas y camisetas. Nada se parecía ni remotamente al atuendo que llevaba la última vez.

—A lo mejor hay más cerebros en la sombra que quieren seguir pasando desapercibidos. La torturaron para averiguar si estaban en la lista de la policía —Saathoff se incorporó jadeando y pasó a una mesita auxiliar.

—Pero entonces también habrían tenido que matar al compañero de Kim.

—¿De qué estupideces están hablando?

Florian se giró, sobresaltado. Un hombre alto y musculoso ocupaba el marco de la puerta. Parecía un boxeador profesional, aunque los ojos enrojecidos no encajaban en la imagen.

—Mark Tide. Yo soy… —su mirada se congeló por un segundo—. Yo era el compañero de Kim. —Entró, le estrechó la mano a Florian y luego saludó a Martin Saathoff.

—Siento mucho lo de Kim —dijo Florian—. ¿Sabe qué pensaba hacer su compañera ayer por la noche?

El hombrón se frotó los ojos, pero no pudo evitar que una lágrima le rodara por la mejilla.

—Mierda. No. —Golpeó el marco de la puerta con el puño—. No pienso en otra cosa. En realidad, nos lo contábamos todo.

Florian arqueó una ceja.

—No, no es lo que parece. Estoy felizmente casado. Éramos amigos, eso es todo. No me lo explico en absoluto. —Mark Tide negó con la cabeza, abatido—. Pensé que quizá aquí, en su piso, encontraría alguna respuesta.

—De momento no hemos hallado ninguna pista. ¿Cuándo vio a Kim por última vez? —Florian volvió al escritorio y siguió revisando la pila de documentos.

—Fue poco después de las siete. Lo sé con certeza porque tenía que acostar a mis hijos. Después de los registros estábamos bastante agotados. Kim quería irse a casa, ducharse y dormir.

—¿Y dónde se despidió de ella?

—En la oficina. Redactamos rápido el informe del operativo. ¿Por qué?

—¿Entonces no la vio marcharse a casa?

Mark Tide bajó la mirada. La desesperación era evidente en su rostro.

—No. Como le digo, estábamos reventados y queríamos terminar la jornada. Cuando me fui, Kim seguía sentada frente al ordenador en la

oficina. Más tarde me llamó al móvil, pero no dejó mensaje. En ese momento yo estaba acostando a mis hijos y no oí el tono. —Tragó saliva con un gesto de dolor—. Por desgracia, no volví a mirar el teléfono y no vi su llamada hasta esta mañana.

Florian miró a Mark Tide con compasión. Sentía el peso de la culpa sobre los hombros del hombre. La verdad resonaba en los oídos de Florian: no había sido Kim quien tenía prisa por irse, sino Mark, que quería llegar cuanto antes con su familia. Si se hubiera quedado, o al menos hubiera atendido su llamada, quizá habría podido evitar el terrible destino de su compañera.

—¿Qué solía hacer al salir del trabajo? —Florian necesitaba saber más. Hasta ese momento, apenas lograba captar la esencia de Kim.

—Iba mucho al gimnasio. Y, por lo demás, a menudo seguía trabajando en nuestros casos. —Tide asintió hacia el escritorio—. Sin ella no habríamos obtenido pruebas contra el capo de la droga. Kim descubrió que había alquilado varios pisos en Bonn bajo nombres falsos.

—¿Tenía novio?

Mark Tide se encogió de hombros.

—¿Kim? No. Era una solitaria. No se abría de verdad a nadie.

—Pero era una mujer muy atractiva —observó Florian.

—Es… era joven y quería hacer carrera antes de atarse a alguien. De vez en cuando tenía algún lío, pero siempre cosas de unas pocas noches.

—¿Y sus padres?

—Han muerto. El padre de cáncer y la madre apenas medio año después; por lo visto, no superó la pérdida de su marido.

Florian asintió, pensativo. Así que Kim Wiesinger había perdido a ambos padres bastante pronto. Probablemente por eso llevaba una vida retraída y se volcaba en el trabajo. Era un fenómeno frecuente: el ser humano necesita sentir que tiene el control sobre su vida. La pérdida de familiares directos supone una herida profunda en el mundo emocional. La muerte es incontrolable, igual que el desarrollo de las relaciones personales. Por eso Kim se había refugiado probablemente en su trabajo; eso le devolvía una parcela de control. Aun así, esa hipótesis no explicaba qué había hecho la joven agente la noche anterior ni cómo acabó encontrándose con su asesino.

—Me gustaría participar en la investigación. Se lo debo a Kim. — Mark Tide miró a Florian con gesto suplicante. Pero Florian negó de

inmediato.

—Lo siento. Está afectado personalmente y eso sería un obstáculo para el caso. Además, el caso entra en nuestra jurisdicción. En Bonn seguro que tiene trabajo de sobra, ¿no? —Florian ya contaba con esa petición. Era comprensible, pero inaceptable. Kim Wiesinger había sido asesinada en Colonia y, por tanto, el caso era suyo. Incluso aunque hubiera querido, incorporar a un agente de Bonn habría sido un trámite complicado. Florian conocía demasiado bien las ideas de su jefe: había reglas y estaban para cumplirse.

A todas luces, sus argumentos convencieron a Mark Tide. Quizá su propio superior pensaba de la misma forma. El gigantón asintió despacio con gesto consternado.

—¿Por qué Kim no se buscó en realidad un piso en Bonn? ¿Ustedes no residen allí, cerca de la comisaría? —Florian no entendía por qué Kim se desplazaba voluntariamente cada día a otra ciudad.

—Una vez me dijo que, en su tiempo libre, no quería tropezarse por casualidad con ningún delincuente al que hubiera perseguido —dijo Mark, frunciendo el ceño. Parecía no comprender el objetivo de la pregunta de Florian. Este, en cambio, lo sabía perfectamente. Ahí estaba: una de las muchas piezas que faltaban en el puzle y que al final compondrían una imagen completa del carácter de la víctima. ¿Por qué no vivía Kim en la ciudad donde trabajaba? Mark Tide había dado la respuesta. No quería cruzarse con delincuentes o, dicho de otro modo: tenía miedo.

Florian contempló el escritorio atestado. Tendría que examinar los documentos y el ordenador con lupa. Su mirada se desvió hacia la cama.

¿Dónde escondería algo importante una policía extremadamente ambiciosa y solitaria? Kim Wiesinger era cautelosa y, probablemente, temerosa.

¿Dónde ocultaba sus secretos?

Florian se arrodilló junto al cabecero de la cama. Sus dedos palparon la parte inferior del somier hasta que tocaron un objeto encajado. Por fin había establecido contacto con la víctima. Le había llevado tiempo, pero ahora Florian estaba listo: podía meterse en la piel de la joven agente. Despacio, extrajo su hallazgo: un cargador de pistola. Florian alzó las cejas. Las balas no pertenecían a la dotación reglamentaria de la policía.

¿Por qué demonios escondía una agente de policía munición ilegal debajo de su cama?

7

—Ya lo tienen —irrumpió Emanuel en la sala de autopsias, con un brillo de cierta satisfacción en la mirada.

—¿A quién? —Julia levantó la vista y se enjugó unas gotas de sudor de la frente con la manga.

—Al tipo que violó y asesinó a Luise Schenk. Era un estudiante de intercambio estadounidense. Por eso no encontraban su ADN en la base de datos de la Oficina Federal de Investigación Criminal. Pero sus huellas dactilares lo delataron. En su país ya había sido sospechoso de violación una vez; no hubo pruebas suficientes, pero sus datos quedaron registrados en el sistema de todos modos. —El rostro de Emanuel se ensombreció—. Es una pena que lo condenen aquí. En su país le habría esperado la pena de muerte.

—¡Emanuel! —siseó Julia, horrorizada.

—Vamos, Julia, ya sabes a qué me refiero. Ese tipo se merece el infierno.

Julia puso los ojos en blanco. Iba a replicar, pero su móvil empezó a sonar. En la pantalla parpadeaba el número de Hannelore.

—Mamá, ¿cómo estás? —preguntó Julia, extrañada. Su madre no solía llamar nunca por la mañana. Un suspiro le llegó al oído y su pulso se disparó al instante.

—¿Ha pasado algo? —Apretó el teléfono contra la oreja con tanta fuerza que llegó a dolerle.

—No… Bueno, sí. Verás… no es nada grave. Tu padre se ha caído por la escalera del jardín y tienen que operarlo.

Julia escuchó las palabras, sin llegar a comprender su contenido. Su cerebro trabajó a toda velocidad, necesitando varios segundos para procesar la información.

—¿Qué?

—Se cayó sobre el codo y se ha fracturado el radio. Ya sabes cómo es tu padre: siempre está en las nubes, no miró por dónde pisaba y pasó lo que pasó.

—¿Dónde estás ahora? —preguntó Julia. La primera oleada de impacto empezaba a remitir. Una fractura de antebrazo era dolorosa, pero con toda seguridad, completamente inofensiva.

—En casa. La ambulancia se ha llevado a tu padre. No me dejaron ir con él y me dijeron que cogiera un taxi, pero yo… —Otro suspiro se filtró por la línea—. No creo que pueda hacerlo sola.

—Está bien, mamá. Paso a recogerte y vamos juntas. —Colgó y se volvió hacia Emanuel—. ¿Podrías seguir tú con la autopsia? He encontrado dieciocho quemaduras circulares que, con bastante seguridad, le infligieron a Kim Wiesinger con un cigarrillo encendido. Le arrancaron tres uñas. Además, está la lesión de la cabeza: he detectado restos de metal en la herida, pero aún no sé qué arma utilizaron. Probablemente se trate de un objeto pesado y redondeado; por la forma de la lesión, podría haber sido un cubo o algo similar. Por lo demás, la víctima fue maniatada por las muñecas y los tobillos. La muerte se produjo inmediatamente después de la puñalada en el corazón. Según mi valoración, el arma homicida fue un cuchillo afilado, de hoja lisa y quince centímetros de largo. La hora de la muerte se sitúa entre las dos y las cinco de la madrugada, aunque para un pronóstico definitivo tenemos que esperar a los análisis de laboratorio. — Julia se quitó los guantes de goma y los arrojó sobre una mesa—. Y, por favor, examina las fibras bajo sus uñas. En las suelas de sus zapatos hay mucha tierra y restos de hojarasca. Es posible que estuviera en el bosque. Quizá, mediante un análisis del suelo, podamos determinar dónde estuvo Kim Wiesinger por última vez. Me tengo que ir. Llámame si surge cualquier cosa. —Ya en la puerta, se giró una vez más—. Por cierto, me alegro de que hayan capturado tan rápido al asesino de Luise Schenk. Así te será más fácil cerrar este capítulo.

Julia esbozó una sonrisa y salió al pasillo.

Media hora después, aparcó frente a la casa adosada de ladrillo visto de sus padres, situada en una urbanización de diseño uniforme donde todas las viviendas eran idénticas. El coche de su padre estaba frente a la puerta principal, impecable como siempre. Ulrich Schwarz dedicaba la mañana de cada domingo a pulir la pintura a mano; los cepillos de un túnel de lavado jamás habían osado tocar su vehículo. En cuanto Julia bajó del

coche, la puerta de la casa se abrió. Hannelore la esperaba con el rostro pálido y los labios apretados. Su larga melena negra caía con suavidad sobre sus hombros estrechos. A pesar del duro golpe del destino, conservaba aún cierto aire juvenil. Físicamente, Julia era una versión más joven de su madre, salvo por el pelo corto. Pero, en lo referente al carácter, apenas se parecían. Su madre era temerosa, escondía rápidamente la cabeza ante los problemas y había perdido en gran parte las ganas de vivir. Julia, en cambio, era una luchadora nata. No aceptaba el destino sin más. Aunque no pudiera evitarlo, al menos lo intentaba; y si eso fallaba, se aseguraba de poner las cosas en su sitio después. También por eso se había hecho forense.

—Hola, mamá. —Le dio un beso en la mejilla a Hannelore y entró—. No tengo mucho tiempo, por desgracia. Tengo un caso urgente entre manos: han asesinado a una policía.

Hannelore le lanzó una mirada de desaprobación. Julia sabía perfectamente qué le pasaba por la cabeza: «¿Por qué tienes que andar siempre entre muertos? ¿No hemos tenido ya bastante en esta familia? Deberías preocuparte más por los vivos». Pero Hannelore no verbalizó esos pensamientos. Al menos hoy no, porque el accidente de su padre tenía prioridad. Las arrugas de preocupación se le habían marcado profundamente en la frente.

—Acabo de llamar al hospital otra vez. La operación terminará en una hora.

Julia frunció el ceño. Para ser una fractura sin importancia, la intervención estaba durando bastante, pero no quiso alarmar a su madre y prefirió callar.

—¿Papá se resbaló en la escalera del jardín? —preguntó para cambiar de tema, mientras cruzaba el salón hacia la puerta de la terraza. Al hacerlo, no le pasó inadvertido que el regalo de cumpleaños de Michael seguía sobre la mesa del comedor. Tampoco dijo nada al respecto.

—Sí, quería llevar la manguera y algunas cosas más al cobertizo. Ya casi es otoño y quiere tenerlo todo en orden.

Julia abrió la puerta y salió al exterior. El cobertizo estaba al fondo del largo y estrecho jardín. Como vivían en una ladera, el terreno descendía hacia la parte posterior. Julia caminó por el jardín y se detuvo ante la escalera. Eran exactamente cinco peldaños, los mismos que habían provocado la desgracia de Ulrich Schwarz. La manguera de jardín estaba

al pie de la escalera, junto a un rastrillo y una pala pequeña. Julia vio sangre en dos de los peldaños. Miró a su madre, que acababa de colocarse a su lado.

—Como te decía, estaba otra vez en las nubes y no miró al suelo. Se cayó y se golpeó con toda su fuerza. Tu padre olvida que ya no tiene treinta años. —Hannelore negó con la cabeza, reprobatoria.

Julia vio un destello y bajó el primer peldaño.

—¿Qué es esto? —preguntó mientras recogía un cochecito de Matchbox del borde del segundo escalón.

—Ah, es el coche de Michael.

—No me digas que ha estado ahí todos estos años. —Julia giró entre los dedos el juguete desgastado por el tiempo.

Hannelore bajó la mirada.

—Ya sabes que no he cambiado nada —respondió, en un tono furioso y dolido.

—Mamá, por favor. Dejar el coche en la escalera es peligroso. Es un milagro que no haya pasado nada hasta ahora. Tú misma podrías haberte caído.

—El viento debe de haberlo arrastrado hasta la escalera. Normalmente está siempre ahí al lado, en el césped. —La voz de Hannelore temblaba.

—Está bien, mamá. Vamos al hospital. —Julia dejó el coche de juguete junto a la escalera y luego llevó la manguera y los demás utensilios al cobertizo. Era inútil discutir con Hannelore. Nadie podía obligarla a cerrar el capítulo de la muerte de Michael; tenía que nacer de ella misma. Cualquier otra cosa era perder el tiempo. Eso, al menos, lo había aprendido Julia en los últimos años.

De camino al hospital, Hannelore guardó un silencio obstinado, así que Julia se sumergió en sus propios pensamientos. Todos giraban en torno a la policía muerta. Julia se preguntaba por centésima vez cómo una mujer tan alta y tan bien formada había podido ser sorprendida de aquel modo. Normalmente, Julia era capaz de reconstruir con rapidez la secuencia de un crimen violento: las manchas de sangre y las lesiones solían indicar con bastante precisión cómo había muerto alguien. Pero en el caso de Kim Wiesinger, la primera parte del rompecabezas no encajaba. ¿Cómo había terminado la agente en una situación así? Todo apuntaba a que, tras acabar el turno, había caminado por un bosque de hoja caduca, ya que en sus zapatos se hallaron restos de hojas y tierra. Y, al parecer, iba desarmada,

pues la Policía Judicial había incautado su arma reglamentaria en su domicilio. Julia no había encontrado ni rastro de alcohol ni de drogas en la sangre de Kim, por lo que debía de estar en pleno uso de sus facultades mentales. Sin embargo, aquella noche la víctima parecía haber desactivado por completo todos sus mecanismos de defensa. En el piso no se encontraron indicios de entrada forzada ni señales de lucha. La autopsia de Julia también reveló que no había marcas de defensa en el cuerpo, a excepción de las marcas de ligaduras en muñecas y tobillos. Por tanto, Kim Wiesinger, aparentemente, había salido de su casa por voluntad propia. Julia estaba convencida de que la primera herida que recibió la víctima fue la de la cabeza. La profundidad de la lesión y la hemorragia masiva sugerían que el golpe la había dejado inconsciente. Pero cómo el agresor, o quizá los agresores, habían logrado infligirle esa herida a la policía seguía siendo un misterio para ella. La herida se abría en la parte frontal del cráneo. Eso significaba que alguien se había plantado frente a ella y la había derribado con un objeto metálico pesado. A su vez, eso implicaba que Kim Wiesinger vio a su asesino. Pero entonces, ¿por qué no se defendió? Por más que lo intentaba, a Julia no se le ocurría ninguna explicación.

Suspiró y entró en el aparcamiento del hospital.

—Espero que tu padre haya superado bien la operación —susurró Hannelore mientras se santiguaba.

—Seguro que sí —intentó tranquilizarla Julia, aunque lo que más le apetecía era reprocharle la situación a su madre. Si no hubiera cosas de Michael por toda la casa y el jardín, su padre no se habría caído. Sin embargo, se tragó su malestar y ayudó a su madre a salir del coche. Cruzaron la puerta principal, que se abrió automáticamente. A la derecha, en la pared, había paneles con los nombres de las plantas y de los jefes de servicio. La mirada de Julia rozó un rótulo:

Servicio de Asesoramiento Psicológico.

—¿Has pensado alguna vez en buscar ayuda profesional? —La frase salió de su boca antes de que pudiera evitarlo. Julia se mordió rápidamente el labio inferior, sin atreverse a mirar a su madre. Aceleró el paso y se dirigió a toda prisa hacia el mostrador de recepción.

Hannelore, que iba del brazo de Julia, soltó un siseo cortante.

—¿Crees que una terapia me devolverá a mi niño? Suenas exactamente igual que tu padre.

Julia tragó saliva, sorprendida. Aquello era nuevo para ella. Hasta ese momento, Ulrich Schwarz siempre le había pedido que dejara en paz a Hannelore. Ni se le había pasado por la cabeza que él mismo pudiera haberle sugerido ya una terapia.

—Lo sé. Pero quizá podría aliviar el dolor —dijo con suavidad. Hannelore se detuvo y miró a Julia.

—Nadie puede quitarle a una madre el dolor de perder a un hijo. —Sus ojos brillaron. Entonces, de forma inesperada, pasó con ternura los dedos por el cabello de Julia—. Eres todo lo que me queda. Tú y el recuerdo de Michael. —Sus labios se curvaron en una sonrisa nostálgica y Julia se quedó sin palabras. No recordaba cuándo había sido la última vez que Hannelore la había mirado así. Desde la muerte de Michael, se sentía más bien como un fantasma; para su madre, solo su hermano pequeño contaba. Toda su vida giraba en torno a él y Julia solía sentir que no había sitio para ella. Pero aquel instante le demostraba lo contrario. Por una fracción de segundo, Julia sintió el amor de Hannelore, y una calidez reconfortante se encendió en su pecho. Aun así, había aprendido a ser cautelosa. Demasiadas veces la obsesión incesante de Hannelore con Michael la había herido profundamente.

—Probablemente tengas razón —dijo ella con rapidez, tirando de su madre para seguir caminando. La mujer tras el cristal de recepción tardó una eternidad en localizar la planta y la habitación de Ulrich Schwarz. Cuando por fin llegaron a la puerta correcta, Julia se puso inquieta.

—¿Cómo está? —le preguntó al médico que salía de la habitación.

—Bastante bien. Debería quedarse hoy en observación, pero supongo que mañana mismo podrá irse a casa. —El médico sonrió y dejó pasar a Julia y a su madre.

Ulrich Schwarz estaba en la cama. Su brazo derecho descansaba en un vendaje aparatoso. Menos mal que el médico se había mostrado optimista, porque el padre de Julia estaba más pálido que la pared blanca del hospital que tenía detrás. Al ver a Julia, le guiñó un ojo, pero ni con eso pudo ocultar su estado. Ulrich Schwarz, que para Julia siempre había sido como una roca en mitad de la tormenta, se veía claramente afectado.

—¿De verdad estás bien? —Julia le dio un beso en la piel fría y húmeda, y no pudo evitar examinar a su padre con preocupación de arriba

abajo.

Él asintió.

—Todavía estoy un poco atontado por los analgésicos y la anestesia. Pero el médico dice que, en un par de semanas, el brazo estará como nuevo. —Esbozó una sonrisa ladeada, con la que, obviamente, intentaba quitarle importancia al asunto. Pero no surtió efecto, porque Hannelore, que se había contenido todo el tiempo, perdió el control y rompió a llorar con fuerza. Gruesas lágrimas le rodaron por las mejillas.

—Me he preocupado tantísimo… ¿Por qué no te fijaste por dónde ibas? ¡Podría haber pasado cualquier cosa, Dios sabe qué! —Su voz temblaba. Ulrich Schwarz la atrajo hacia sí con la mano sana.

—Todo está bien. No tienes que preocuparte, cariño.

—¿Necesitas algo? —preguntó Julia.

Ulrich Schwarz soltó a Hannelore y miró a su hija.

—Oye, ¿cuándo piensas traer de una vez a tu nuevo novio a casa? El cambio de tema pilló a Julia desprevenida.

—¿De quién hablas? —Al principio no tenía ni idea de a qué se refería su padre.

Él sonrió con complicidad.

—Me refiero al joven que te llamó la última vez que estuviste con nosotros. Te fuiste volando después de aquello. Pensé que ese colega debía de ser bastante importante para ti.

Julia no pudo evitar sonrojarse. Ofendida, dio un paso atrás.

—No tengo novio. Florian es de la Judicial. Me lleva con regularidad a las escenas del crimen, por eso pasamos mucho tiempo juntos. —Oyó su propia voz como si viniera de lejos y se enfadó consigo misma por justificarse de forma tan detallada ante su padre. En aquel momento se había alegrado de la llamada de Florian porque le había permitido escapar del ambiente negativo de la casa familiar, pero, por supuesto, no podía decirlo ahora.

Las pupilas de su padre se clavaron en ella. Había algo extraño en su mirada. El silencio que se instaló de pronto hizo que Julia se sintiera, de algún modo, descubierta. Visualizó a Florian y, de repente, ya no estuvo segura de si era solo por trabajo por lo que le gustaba tanto quedar con él.

—Entonces me habré equivocado —dijo Ulrich Schwarz con calma, aunque Julia vio en sus ojos que no estaba convencido en absoluto. Al menos le hizo el favor de no seguir indagando. En su lugar, respondió a la

pregunta inicial—: No, gracias. No necesito nada. Ha sido estupendo que hayáis venido las dos.

Julia respiró aliviada. Exactamente ese comportamiento era lo que más apreciaba de su padre. Era un diplomático. De los pies a la cabeza.

8

Antes, de madrugada

Herbert Hoffmann pulsaba el botón una y otra vez. Maldita sea. Aquella chatarra no funcionaba bien. No había tenido en cuenta la elevada humedad que se generaba en el baño. Bueno, no era de extrañar: el ser humano tiende a ver las cosas sobre todo desde su propio prisma. En su baño nunca había tanta humedad; al fin y al cabo, era un hombre, y los hombres tardan algo así como entre dos y cinco minutos en ducharse. Gruñó e intentó de nuevo arrancarle una imagen a la cámara. El monitor seguía en negro. No se distinguía ni una raya ni el menor signo de vida.

¿Por qué demonios no abría ella nunca la ventana? ¿Y por qué su ducha duraba siempre al menos veinte minutos? Resopló, irritado, y lanzó con rabia el mando a distancia de la cámara sobre el sofá manchado.

Al principio, su entusiasmo no conocía límites. Alcanzaba clímax insospechados, y a su edad. Era increíble. Se sentía como un dios joven, aunque estaba a punto de cumplir los sesenta. Le bastaba pensar en la cámara para excitarse tanto que sentía como si tuviera acero en sus pantalones. Pero entonces la cámara empezó a dar problemas por la humedad. Al principio solo fueron unos cuantos fallos. Estaba tan obsesionado con su juguete nuevo que aquello no le importó demasiado. Incluso con interrupciones, las imágenes en directo le ofrecían mil veces más entretenimiento que cualquier porno de mala muerte. Pero desde hacía unos días, la tecnología fallaba constantemente. A veces tardaba horas en volver a poner el aparato en marcha. Hacía solo tres días le había llevado tanto tiempo que su recién conquistada virilidad terminó por desinflarse. Cuando por fin obtuvo imagen, ella ya había terminado de ducharse hacía rato. Una pared desnuda de azulejos lo miraba fijamente, y después ya no volvió a funcionar nada. Ya no se sentía como un dios joven, sino como lo que era: un hombre de cincuenta y nueve años, con un ligero sobrepeso, al

que su mujer había abandonado hacía años y que, desde entonces, arrastraba una carencia afectiva considerable. Su búsqueda de un sustituto acabó llevándolo en algún momento a internet y, tras un par de encuentros fallidos, se pasó a las páginas porno. Allí, al menos, obtenía lo que buscaba. Todo lo demás le resultaba demasiado agotador. Unas semanas atrás, tropezó en un foro con el tema de la tecnología de espionaje y se compró la cámara de inmediato.

El día anterior había estado fuera todo el día: primero visitó a sus hijos adultos y después acudió a una tienda para que le revisaran el equipo técnico. Al principio dio por hecho que el mando a distancia estaba estropeado, pero al final el experto llegó a la conclusión de que la cámara de Herbert no estaba diseñada para zonas húmedas.

Aun así, se había puesto expresamente el despertador para esa mañana. Su vecina era puntual como un reloj: cada mañana, a las seis y media, se metía bajo la ducha con su cuerpo divino. Ya poco después de las seis no podía pensar en nada que no fuera ella. Comprobó, satisfecho, que el sistema volvía a funcionar: al menos veía unas rayas claras en la pantalla oscura. No era extraño, pues a esa hora todavía era de noche. Lo interpretó como una señal positiva: en cuanto se encendiera la luz, tendría imagen.

Pero entonces, la maldita cámara dejó de funcionar diez minutos antes del espectáculo. ¡Al diablo! ¿Cómo iba a disfrutar ahora?

Ya había pensado varias veces en cruzar simplemente el pasillo y tomar lo que quería. En el foro por el que curioseaba últimamente daban muchos consejos al respecto. Por supuesto, él no era partidario de la violencia, pero había aprendido que a muchas mujeres les gustaba que la cosa se pusiera un poco más dura. En cualquier caso, ella le abriría la puerta; se conocían bastante bien. Él tenía la llave de su piso desde hacía años y, siempre que ella estaba fuera o necesitaba ayuda, él le echaba una mano encantado. Así que colocar la cámara en el baño había sido un juego de niños: la había fijado de forma invisible en la rendija entre los dos armarios con espejo. Siempre que él llamaba a su timbre, ella sonreía. A él siempre le costaba mantener la mirada bajo control; su escote lo atraía de forma tentadora cada vez. Pechos pequeños y firmes, con los pezones marcándose con descaro bajo la camiseta. Sabía que recibía pocas visitas masculinas. Lo necesitaba con urgencia; de eso estaba completamente seguro. El gesto severo de su boca lo decía todo. Tenía que sentirse al menos tan sola como él. En realidad, dadas las circunstancias, lo lógico

sería acercarse más, pero temía que ella fuera demasiado joven y demasiado puritana para semejantes pensamientos. Volvió a suspirar. Precisamente esa mañana tenía unas ganas tremendas de echarle un vistazo a su sexy vecina. Maldijo, fue a la cocina y se sirvió un café tibio. El primer sorbo sabía a rayos. Le habría encantado escupirlo, pero se tragó aquel brebaje amargo. Su deseo disminuyó.

En cualquier caso, el dueño de la tienda le había vendido una cámara nueva. Pensaba instalarla hoy o mañana en el dormitorio. Contempló el diminuto dispositivo, que en la pared resultaría casi invisible. Conocía su dormitorio: tenía una cama grande y un armario práctico cuyo frente estaba compuesto íntegramente por puertas de espejo. Así que, en el fondo, casi daba igual dónde colocara la cámara; tendría una vista perfecta de la cama desde casi cualquier ángulo, aunque fuera solo a través del reflejo. Su fantasía despertó. El dormitorio le abría perspectivas completamente nuevas. Allí se desvestiría. Podría observar cómo le rebotaban los pechos en cuanto se quitara la camiseta por la cabeza. Se bebió el café de un trago. En ese estado no podía pensar con claridad. Maldita sea, si quería volver a disfrutar de verdad, tenía que controlar su instinto. Pero la siguiente imagen ya se había formado en su cabeza: ella estaba tumbada desnuda en la cama, con las piernas abiertas, dándose placer a sí misma. La mano de Herbert se deslizó automáticamente dentro del pantalón. Cuando sus dedos apretaron, gruñó de placer. Sabía que ese sonido era asqueroso, pero le ponía. La bella y la bestia le vino a la mente. Frotó más rápido. El café ya no podía apartarlo de su lujuria. La veía ante él: la ropa oscura y ajustada que últimamente llevaba con más frecuencia. La había observado un par de veces por la mirilla cuando salía de su piso a hurtadillas en plena oscuridad. Sus movimientos se aceleraban cada vez más, e imaginaba cómo ella se subía el jersey negro de cuello alto. Sus pechos firmes quedaban al descubierto. Los atrapó en su imaginación, los tomó entre sus manos ásperas y apretó con deleite. Su grito agudo no le molestaba. Le retorció los pezones entre los dedos hasta que ella le suplicó que parara. Sonrió para sus adentros. Pararía, pero solo en ese punto. Con determinación la arrojó sobre la cama, le bajó los pantalones de un tirón y la penetró con fuerza. Sus gritos eran música para sus oídos. Se corrió. Y de qué manera. Un volcán no era nada en comparación.

Daba igual si la maldita cámara funcionaba o no. Tenía que verla ahora

mismo. Respirando con dificultad, caminó pesadamente hasta la puerta de

su piso y la abrió de par en par. Luego llamó al timbre de la puerta de enfrente. Entre sus piernas palpitaba algo caliente. Nadie abrió. Volvió a pulsar el timbre con todas sus fuerzas. Quería verla de inmediato. Su mirada se deslizó hacia la cerradura. Se quedó perplejo. No se había fijado en eso. Los ojos se le abrieron de par en par. ¿Qué demonios hacía un precinto policial en su puerta?

9

Sombría y austera, la catedral de Colonia se alzaba ante Julia como una advertencia para quienes no lograban encontrar la fe. Para personas como ella, pues Julia había roto con Dios tras la muerte de su hermano. Desde entonces, no había vuelto a asistir a ningún oficio religioso; ni siquiera en Navidad, cuando la mayoría de las familias vuelven a acordarse de su fe, aunque el resto del año descuiden las oraciones.

Florian la había llamado unos treinta minutos antes para pedirle que acudiera al hallazgo de un cadáver tras la estación central. Ella se puso en camino de inmediato, avanzando con dificultad entre el tráfico de la tarde, que colapsaba las calles e impedía cualquier avance fluido. Tras lo que le pareció una eternidad, por fin llegó al corazón de Colonia, mientras Emanuel seguía ocupado con la autopsia de la policía muerta.

La policía había acordonado una amplia zona de las vías, provocando un atasco de trenes regionales que la compañía, con toda probabilidad, ya no podría recuperar en lo que quedaba de día. Los numerosos viajeros que se desplazaban a diario a Colonia por trabajo no se lo agradecerían. A ambos lados de los raíles se esparcían basura, botellas rotas, envases medio podridos y prendas sucias. Los indigentes y los adictos solían merodear por aquella zona; la estación central actuaba como un imán para esa clientela, que allí podía satisfacer todas sus necesidades: droga y alcohol para el consumo, además de prostitución o receptación para financiarlos. Un círculo vicioso que, para muchos afectados, terminaba tarde o temprano en una caída absoluta, a veces mortal. Julia conocía los cuerpos demacrados de toxicómanos cuyos órganos iban fallando poco a poco. Sin embargo, el muerto que tenía delante no encajaba en esa imagen. Lo único que sugería una adicción era el kit de inyección —una jeringuilla, una cuchara ennegrecida y un encendedor— justo al lado de las piernas seccionadas del hombre. La visión era espantosa. Julia tragó saliva

instintivamente. Sus ojos recorrieron la escena hasta la cabeza del hombre, que yacía sola al otro lado de la vía.

—¿Y de verdad crees que este es el asesino de Kim Wiesinger? —Julia contempló con incredulidad el cadáver despedazado y, al mismo tiempo, se preguntó cuándo había visto por última vez tal nivel de destrucción.

Florian asintió.

—¿Crees que ha sido un suicidio? —Estaba en cuclillas junto a la cabeza, que se encontraba a más de un metro del tronco.

Julia se encogió de hombros y se inclinó sobre el cuerpo. Su mente trabajaba a toda máquina, analizando lo que veía pieza por pieza.

—No hay ataduras. Eso apunta al suicidio. —Señaló los útiles de inyección—. Pero, si acababa de meterse un chute, también es posible que cayera accidentalmente a la vía.

—Entonces, ¿tampoco fue un asesinato? Julia levantó la vista.

—Eso, por desgracia, aún no puedo descartarlo. Incluso si el hombre iba completamente colocado, hace falta una carambola del azar para acabar en la vía de una forma tan exacta que el tren separe la cabeza del tronco con esa precisión. —Miró a Florian a los ojos—. ¿Por qué crees que este muerto es el asesino de Kim Wiesinger?

Florian esbozó una sonrisa.

—Te confieso que la curiosidad no me dejaba en paz. Has tardado tanto en llegar que no podía quedarme aquí de brazos cruzados. —Sacó una bolsa de pruebas con una foto y se la tendió a Julia—. Estaba en el bolsillo de su camisa.

Julia parpadeó, incrédula, y se incorporó de golpe. La imagen de la mujer llorando la atravesó como una descarga eléctrica.

—Esto es… —No logró terminar la frase. Sus ojos se quedaron clavados en las quemaduras y en la mirada de la víctima, cargada de un dolor insoportable.

—Kim Wiesinger —completó Florian, colocándose a su lado—. Tuvo que ser poco antes de su muerte.

Julia le dio la vuelta a la foto. En cifras rojas, destacaban sobre el papel la fecha y la hora: las tres y cincuenta. Aquello coincidía, a grandes rasgos, con los resultados provisionales de la autopsia.

—Pero ¿cómo llega una foto así a manos de un drogadicto? —Julia estaba atónita—. ¿De verdad este hombre podría ser el asesino de una

agente de primera?

—Yo tampoco me lo explico, pero tuvo que ser el último en verla.

¿Cómo, si no, iba a tener esta foto? No estaba tirada por casualidad en la calle. Además, hay otro indicio. —Florian saltó de nuevo la vía y adoptó una perspectiva que Julia aún no había examinado. Él asintió brevemente y ella lo siguió en silencio.

—Tu asistente ha sido tan amable de enviarme un correo con los resultados principales de la autopsia. Yo diría que esa hoja mide algo menos de quince centímetros y es lisa.

Julia se agachó y se ajustó las gafas.

—Podría ser el arma del crimen. ¿Habéis tomado ya huellas? Florian negó con la cabeza.

—No quería que se alterara nada antes de que vieras el cadáver. Pero en cuanto termines, entra la Científica.

—A simple vista no veo punciones en los brazos. Puede que el muerto ni siquiera fuera un yonqui, sino un camello —observó Julia, contemplando pensativa el equipo de inyección, que contradecía su hipótesis. Por supuesto, también podía estar allí junto a las vías por azar—. Me temo que tendré que hacer la autopsia antes de poder decirte algo más concreto. Si este tipo mató a Kim Wiesinger, lo sabremos probablemente en los próximos dos o tres días. —Volvió a incorporarse—. ¿Qué te dice la intuición? —Julia sabía que Florian ya tenía una teoría. Siempre la tenía.

—Kim Wiesinger participó en la operación que permitió incriminar a un narco influyente. Me encaja perfectamente que él ordenara su ejecución. Da igual si este muerto era camello o yonqui: parece del mundillo, y puede que tuviera relación con el General.

—¿El General?

—Sí, ese es el apodo de Igor Petrow, el narco al que Kim seguía la pista.

—Creía que estaba en paradero desconocido. Florian asintió.

—Lo buscan en toda Europa. Quizá Kim supiera algo, o descubriera algo, que acabó costándole la vida.

—¿Y qué pasa con su compañero? ¿No debería estar también en la lista de la muerte?

—A ti no hay quien te la pegue. —Los ojos azules de Florian centellearon—. Mark Tide no sabía gran cosa sobre Kim, aunque él crea lo

contrario. Kim le quitaba mucho trabajo mientras él estaba en casa con su familia. Estoy casi seguro de que ella descubrió algo decisivo. La tortura a la que la sometieron apunta en esa dirección. Sospecho que intentó localizar al General por su cuenta y, probablemente, incluso lo encontró.

—Pero ¿por qué iba a enfrentarse a un narco sin su compañero y sin refuerzos? Sabía que ese tipo era peligroso. No acaba de tener sentido. — Julia no lograba imaginar que Kim Wiesinger hubiera actuado con tanta imprudencia.

Florian arqueó las cejas con aire de saberlo.

—Creo que fue así: la noche del crimen, Mark Tide se fue a casa mientras su compañera seguía frente al ordenador. En algún momento de la noche, ella descubrió algo y llamó a Tide. Él no respondió y ella salió sola. Eso fue su sentencia de muerte.

—¿Por qué no contestó a la llamada de Kim? —Julia tragó saliva.

—Estaba acostando a sus hijos, no oyó el móvil y no lo miró hasta la mañana siguiente. Para entonces, Kim ya estaba muerta.

—Es espantoso. Florian asintió.

—Sí. Eso explica por qué Mark Tide está tan destrozado. Quería participar en la investigación, pero en estas circunstancias es imposible. Está afectado personalmente.

Julia se quedó mirando el cadáver, absorta. La autopsia iba a ser larga. El cuerpo estaba terriblemente dañado por el impacto del tren y, probablemente, se habían perdido rastros importantes. Tendría que trabajar con una minuciosidad extrema para no pasar nada por alto. Quizá tuvieran suerte y aparecieran restos de ADN de Kim en el cadáver. Un cabello o una mancha de sangre minúscula bastarían para apuntalar la teoría de Florian. Aun así, todo aquello le parecía demasiado sencillo. Era solo una impresión subjetiva, no se basaba en hechos; pero que hubieran encontrado al asesino de Kim tan pronto resultaba extraño.

—Este caso es casi demasiado fácil, ¿no? —Los ojos de Florian estaban fijos en Julia. Como tantas veces, ella sintió que él podía leerla como un libro abierto.

—Estaba pensando lo mismo —respondió ella con una sonrisa.

—Hay otra cosa que me tiene intrigado. Encontramos munición ilegal en el piso de Kim Wiesinger. —Florian se encogió de hombros—. Puede

que no tenga nada que ver con su muerte, pero aun así necesito una respuesta.

—¿Munición ilegal en casa de una policía? ¿Y habéis encontrado el arma correspondiente?

Florian negó con la cabeza.

—No, y eso es lo raro. Solo hemos incautado su arma reglamentaria.

—Puede que ni siquiera tuviera una pistola sin registrar. Eso tampoco encaja con una agente, ¿no crees?

—Es verdad, pero no consigo quitarme la sensación de que hay algo más. —Volvió a ponerse en cuclillas y se frotó pensativo la nuca—.

¿Puedo dejar pasar ya a la Científica o necesitas más tiempo?

Julia volvió a asimilar la visión de los restos. Los examinó sistemáticamente de arriba abajo. La cabeza, que yacía junto a las vías, estaba rapada. Salvo por la violenta separación del tronco, no presentaba lesiones relevantes. Lo mismo ocurría con el resto del cuerpo. Julia se centró en las piernas seccionadas y subió un poco la pernera del pantalón, primero en la derecha y luego en la izquierda. El muerto era rubio, de unos treinta años, y tenía poco vello en las pantorrillas. Julia se agachó; un punto oscuro por encima del tobillo le llamó la atención. Aunque era pleno día, sacó una linterna pequeña.

—Creo que aquí tenemos la punción de la cánula. Florian miró la zona.

—¿No suelen inyectarse la droga en el brazo?

—No si quieren ocultar las marcas. Lo miraré con más detalle luego.

—Julia se incorporó y se dirigió al tronco—. Échame una mano. Apuesto a que su identificación está en el bolsillo trasero.

Florian levantó un poco el cuerpo, procurando no mancharse de sangre. Julia se agachó y sacó triunfante una cartera del bolsillo.

—Sergei Bugarow —dijo al extraer un documento de identidad, y se lo entregó a Florian—. Por mi parte, he terminado. Ya puede entrar la Científica.

Florian hizo una seña a Anna Schubert, que esperaba apartada con el equipo completo. A cada paso, el traje blanco de plástico crujía, haciéndola parecer casi una astronauta. Anna Schubert, jefa de la Científica, estaba a punto de jubilarse. Las décadas de experiencia estaban grabadas en su rostro, con líneas finas surcando la piel curtida de la mujer enjuta.

—He enviado a un compañero a por las grabaciones de las cámaras de la estación. No sé si servirán de algo, porque aquí, en las vías, estamos bastante lejos del edificio. Aun así, quizá veamos algo. Si el hombre salió por la puerta principal, sabremos si iba solo o acompañado. —Schubert arrugó la nariz al ver el cadáver seccionado—. Pobre maquinista. ¿En qué piensa esta gente? ¿No pueden buscarse un sótano, meterse el chute de oro y, de paso, tragarse además una caja de somníferos? ¿Por qué tienen que meter siempre a inocentes en sus planes macabros? —Se agachó y recogió el kit de inyección—. Perdonad que me altere, pero el primo de mi marido es, o mejor dicho era, maquinista. Desde que atropelló a una mujer, no ha podido volver a trabajar. Cinco años de tratamiento psicológico y ahora ni siquiera es capaz de salir de casa. Aunque la mujer dejó una carta de despedida y no había duda de sus intenciones, él sigue culpándose de su muerte. Tiró del freno de emergencia e hizo todo lo correcto, pero el tren la arrolló sin piedad y la mató en el acto.

—Entonces das por hecho que ha sido un suicidio —preguntó Florian. Anna Schubert asintió.

—Droga, sin ataduras, sin marcas de defensa ni huellas de pisadas que indiquen una pelea o algo similar. A primera vista, tampoco parece un accidente. —Negó con energía—. ¿Quién se tumba completamente estirado sobre las vías? En mi opinión, solo alguien que desea morir y quiere asegurarse de que funcionará.

—Quizá el hombre iba totalmente puesto —apuntó Julia. Schubert se lo pensó un instante.

—Puede ser, pero entonces seguramente habría quedado torcido o encogido de alguna manera. Su estatura indica que estaba tendido, estirado sobre ambos raíles, cuando llegó el tren. No, no me imagino que haya sido un accidente.

—Pero ¿por qué matar primero a Kim y luego suicidarse? —preguntó Florian.

—Quizá se conocían; entonces sería un crimen pasional. Podéis hacer que trasladen el cadáver al instituto de inmediato. Tras la autopsia sabremos más.

—Hazlo así. Yo voy a investigar el entorno de Sergei Bugarow.

Avísame, por favor, Julia, en cuanto encuentres algo relevante.

10

—Estoy para el arrastre. ¿Puedo dar el día por terminado?

Julia levantó la vista hacia los ojos inyectados en sangre de Emanuel. Tenía el rostro ceniciento. Bajo la luz parpadeante de los tubos de neón, sus mejillas parecían todavía más hundidas.

—Sí, vete, no te preocupes. Ya es tarde —dijo Julia, frotándose la nuca.

Emanuel vaciló.

—Solo si de verdad no te importa. Si no, puedo ayudarte con los expedientes.

Julia esbozó una sonrisa.

—Me las apaño. Lo importante es que mañana vuelvas a estar en forma. Tenemos una jornada intensa por delante.

Lo cierto era que, con la llegada del otoño, los delitos violentos y las muertes habían aumentado. No solo los robos en viviendas estaban en pleno auge; también se disparaba en esta época del año el número de asesinatos y de muertes no naturales. ¿Se debería a la falta de luz? ¿Sacaba el otoño, con su oscuridad, la maldad del ser humano?

Pensativa, Julia hojeó el expediente de Kim Wiesinger. Se habían pasado el resto del día intentando identificar el objeto que pudo haber causado aquella espantosa herida en la cabeza. Junto a Julia había un cubo de zinc que Emanuel había comprado en una tienda de bricolaje después de que el laboratorio completara el análisis de las partículas metálicas halladas en el cráneo de Kim. La base del cubo encajaba exactamente con la forma arqueada de la herida. Por milésima vez, Julia se preguntó cómo exactamente pudo acabar un cubo así impactando contra el cráneo de la agente.

—Bueno, hasta mañana —exclamó Emanuel antes de desaparecer por la puerta.

Julia ya no levantó la vista; estaba demasiado sumergida en el trabajo. Midió una vez más el ángulo con el que el cubo había golpeado la parte frontal del cráneo. El atacante debía de ser un gigante; un hombre de, al menos, un metro noventa. Con los brazos levantados, un agresor de esa estatura alcanzaría unos dos metros cuarenta. ¿O acaso el atacante estaba por encima de la agente, quizá en una escalera o en una silla? Julia negó en silencio. No, así no pudo haber sido. Conocía el ángulo de impacto: el cubo había caído casi en vertical.

Puso el cubo en la balanza. El peso, por sí solo, no bastaba para causar una lesión tan grave. El golpe tuvo que ser tan fuerte que la dejó inconsciente al instante. «Mierda». Volvió a clavar la vista en el esquema que había dibujado sobre la posible secuencia de los hechos. Si el asesino de Kim tenía un cubo en las manos, ¿por qué demonios no le disparó ella?

«Porque su arma reglamentaria estaba en casa», susurró una voz en su cabeza. Julia resopló. Cierto. Wiesinger había salido de su piso desarmada. Aun así, tendría que haber podido repeler al agresor. Un hombre con los brazos en alto ofrecía una superficie de ataque considerable. Una patada en el estómago o en el plexo solar dejaría fuera de combate, al instante, incluso al hombre más corpulento. Una agente de policía estaba formada para situaciones así. Entonces, ¿por qué no se defendió? ¿O hubo varios atacantes que posiblemente la sujetaron? Pero, en ese caso, Julia habría encontrado sin duda marcas de presión en los brazos. Se quedó mirando el cubo. De pronto, se le ocurrió una idea nueva. Cogió el teléfono rápidamente y marcó el número de Florian.

—Kessler —respondió él con voz ronca.

—Perdona. ¿Te he despertado? —Julia miró el reloj de reojo. Eran casi las diez y ya estaba completamente oscuro.

Florian se aclaró la garganta.

—No. Estoy peleándome ahora mismo con los documentos de Kim Wiesinger. No te imaginas lo meticulosa que era con sus casos. Por desgracia, sigo sin saber adónde fue la noche de su muerte ni por qué.

—El análisis del suelo tardará un poco, pero podría darnos pistas valiosas. Acabo de descubrir cómo podrían haber dejado fuera de combate a Kim. Probablemente fue una trampa.

—¿Una trampa? ¿A qué te refieres?

—Un cubo de zinc colocado por encima de su cabeza cayó sobre su cráneo y la dejó inconsciente al instante. Seguramente estaba lleno de algo

pesado. Si hubiera sido arena o agua, habríamos encontrado restos en el cadáver. Quizá fueran unas cuantas piedras. Mañana pediré a la Científica que reconstruya la secuencia, pero estoy casi segura de que fue así. Eso también explicaría la ausencia de marcas de defensa. La pillaron por sorpresa; no tuvo ninguna opción de reaccionar.

—Vaya. Eso aclara muchas cosas. ¿La autopsia ha revelado algo más?

—Nada más por ahora, pero aún faltan resultados. He encargado el análisis del patrón de las marcas de tortura. Si realmente fue alguien de la mafia de la droga, quizá encontremos paralelismos con otros casos. Me imagino que el General —como tan acertadamente has llamado a Igor Petrow— emplea siempre al mismo torturador. ¿Has podido establecer ya alguna relación entre él y Sergei Bugarow?

—Solo de forma indirecta. Bugarow traficaba con drogas y no era precisamente delicado en el trato con la gente. Tenía varios antecedentes por lesiones; podría ser nuestro hombre. ¿Cuándo le harás la autopsia?

Julia bostezó.

—Quería ponerme con ello mañana mismo. ¿Tenéis ya resultados de sus huellas o de ADN?

—Por desgracia, no. Hasta mañana nada. —Florian hizo una breve pausa—. ¿Te apetece una cerveza?

Julia guardó silencio. En realidad, quería volver a revisar los informes.

—Venga, ya es tarde. Deberías dejarlo por hoy. ¿Quedamos en mi casa? Tengo la nevera llena de Koelsch.

—Vale. De todos modos, estoy bastante agotada. —Julia colgó y apagó el ordenador. Luego cogió el bolso y se dirigió al coche. Como cada día, salió del instituto por una puerta lateral que daba al aparcamiento, cerca de su despacho.

Fuera, el aire fresco de la noche le golpeó la cara. Normalmente, eso le habría despejado el cansancio al menos durante unos minutos, pero la noche interrumpida y la larga jornada le estaban pasando factura. Bostezó y pensó con ilusión en una Koelsch bien fría. Se tomaría una cerveza en casa de Florian y luego se iría a la suya. No pensaba beber más; no quería jugarse el carné ni levantarse al día siguiente con resaca. Apresuró el paso por el aparcamiento, apenas iluminado, hacia su coche: un viejo Golf que llevaba años queriendo cambiar. Simplemente no había encontrado el momento. Se encogió de hombros, fatigada. Qué más daba: mientras el coche no pasara a mejor vida, le servía.

Los árboles susurraban en lo alto, sobre ella. Unas cuantas hojas planeaban en el aire. Julia se estremeció, abrió deprisa la puerta y suspiró satisfecha cuando por fin se sentó al volante. En realidad, no tenía una estación favorita; le encontraba ventajas también al otoño y al invierno. En otoño el aire olía de maravilla y el sol bajo teñía los paisajes con los toques de color más bonitos. Y en invierno, cuando nevaba, el mundo parecía de cuento. Pero el viento frío del otoño, ese que se colaba por cada fibra de la ropa, se lo podía ahorrar. Se sacudió, arrancó el motor y subió la calefacción. El aire tardó en calentarse y en llegarle a las frías puntas de los dedos. El ventilador rugía y traqueteaba, pero a Julia en ese momento le daba igual. Aceleró. Un semáforo en rojo la detuvo antes de recorrer siquiera trescientos metros. El cansancio se le metía en los huesos y, junto con el chorro de aire caliente, la adormecía. En ese instante, lo que más deseaba era meterse en la cama. Los párpados le pesaban como el plomo.

Cuando escuchó un claxon a sus espaldas, se dio cuenta de que el semáforo llevaba rato en verde. Volvió a bostezar y pisó el acelerador. La radio estaba encendida, pero no sonaba música. Alguien hablaba sin parar, aunque la voz apenas le llegaba al oído. Había algo en ella que le resultaba familiar. Se extrañó un momento por aquella emisora extraña, pero volvió a concentrarse en la carretera. Al cabo de un rato, Julia subió un poco el volumen. La recepción era mala. De pronto, el ruido aumentó tanto que dejó de entender nada. La voz solo sobresalía de forma intermitente. Julia escuchaba a medias; el siguiente semáforo acababa de ponerse en ámbar. Pasaron otros cincuenta metros hasta que se puso alerta y frenó en seco. Detrás de ella sonó un claxon indignado. Subió todavía más el volumen y alcanzó a distinguir un gemido. Un llanto que también había oído la noche anterior y que le recordó a su hermano muerto. «Mierda». Siguió trasteando con el mando, lo giró al máximo y se tapó los oídos de golpe cuando el ruido se transformó en un aullido similar al de una sirena. Apagó la radio rápidamente. ¿Qué demonios le estaba pasando? Detrás de ella pitaban como locos. Como no reaccionaba, un coche la adelantó a toda velocidad. Por la ventanilla abierta vio una peineta que se levantaba furiosa.

Maldiciendo, Julia orilló el coche y se detuvo. Miró fijamente la radio

unos segundos, intentando procesar lo que acababa de oír. ¿Michael llorando? ¿En la radio del coche? «Mierda, ¿estoy a punto de perder la cabeza?».

La voz de Michael se le había instalado en los oídos como un eco interminable. Con cautela, volvió a encender la radio. Primero, muy bajo. Solo ruido. Subió el volumen. Nada. Ya no se oía ningún llanto. Desconcertada, cambió de emisora. Un tema pop de los ochenta retumbó con nitidez cristalina por los altavoces. Julia regresó a la emisora anterior. Solo interferencia. Nada más. Estaba claramente sobrecargada de trabajo; se estaba imaginando cosas. Sintió un escalofrío. Se le erizó la nuca. El pulso se le disparó.

«¡Tienes que dormir de una vez!». Ese era el único pensamiento sensato que lograba abrirse paso en su cabeza, además de la voz de Michael. Necesitaba aire fresco. Bajó rápidamente la ventanilla y apagó la calefacción. Se sintió mejor al instante. Respiró hondo, se subió las gafas de pasta negra por el puente de la nariz y reanudó la marcha. Tardaría unos cinco minutos en llegar al piso de Florian. Vivía en un edificio moderno de apartamentos con una amplia zona deportiva detrás. Florian necesitaba el deporte como el aire para respirar. Julia lo admiraba por la disciplina que demostraba cada día. A diferencia de él, las jornadas de Julia solían terminar en el sofá del salón. Florian, en cambio, aún sacaba fuerzas para ir a entrenar. Era triatleta por pura pasión, y eso se le notaba en el físico.

Julia aparcó y llamó al timbre. El portero eléctrico zumbó. Renunció al ascensor; odiaba esos trastos. Para ella eran cajas metálicas con olor a cerrado que se balanceaban en cables inestables y le provocaban una extraña opresión en el estómago. La idea de que su vida dependiera, literalmente, de un hilo —o, en este caso, de varios— le resultaba insoportable. Era una persona a la que no le gustaba ceder el control ni depender de nada ni de nadie. Quizá por eso también se había hecho forense. No solo por la muerte de Michael, que a día de hoy seguía sin resolverse, sino por el control que podía ejercer en su profesión. Los cuerpos muertos eran predecibles; su anatomía siempre era la misma. Los muertos no discutían, no lloraban y, además, ya no se les podía arrebatar nada.

Subió las escaleras intentando controlar la respiración. Florian vivía en el quinto piso y por nada del mundo quería llegar a su puerta resoplando y sin aliento. No es que quisiera impresionar a Florian, pero tampoco era plan de exhibir su mala forma física. Julia redujo el ritmo. Cuando por fin estuvo ante la puerta, respiraba con relativa normalidad. Aun así, recibió una mirada crítica.

—¿Estás bien? Pareces agitada. —Florian se apartó y le hizo un gesto para que entrara.

—Todo perfecto, gracias —respondió ella, colándose a su lado por el pasillo estrecho. La mesa del salón estaba sepultada bajo pilas de documentos. Junto a la ventana había un tablero de corcho con fotos de Kim Wiesinger y de su presunto asesino.

—¿Te has traído la oficina a casa?

La respuesta no llegó de inmediato. Se oyó un traqueteo en la cocina. Julia oyó cómo se cerraba la nevera de un portazo. Poco después, Florian apareció con dos Koelsch en la mano.

—Quería repasarlo mañana con Saathoff. Luego me lo llevaré todo de vuelta a la oficina. —Le tendió una botella a Julia—. ¿Prefieres un vaso?

Un leve rubor se extendió por los pómulos de Florian, lo que hizo que Julia bebiera de inmediato.

—No, gracias. ¿Qué tal tu nuevo compañero?

Florian se encogió de hombros y se dejó caer con naturalidad en el sofá.

—Aún no lo tengo claro. Lo que sí sé es que sube las escaleras bastante más despacio que tú. —Sonrió y se llevó la botella a los labios sin apartar los ojos de Julia.

Ella le sostuvo la mirada unos segundos. Luego se giró para observar las fotos del tablero. Estaba acostumbrada a mirar rostros inertes, pero los ojos de Kim Wiesinger, cargados de dolor y desesperación, la llenaban de horror. Había visto muchas veces aquella foto del bolsillo de la camisa de Bugarow y, aun así, le costaba asimilarla.

—No, en serio. Creo que Saathoff está bien. Es un poco peculiar, sí, pero tiene mucha experiencia. Estamos en la misma onda.

—¿Él también cree que Sergei Bugarow es el asesino de Kim? Florian asintió.

—Hemos rastreado su entorno. Traficaba con drogas. Es muy posible que matara a Kim por encargo del General. Mañana seguimos; he pedido sus movimientos bancarios porque quiero saber si tenía deudas.

Los pensamientos de Julia empezaron a dispersarse. El alcohol empezaba a notarse; no estaba acostumbrada a beber. Su mente regresó tambaleándose a aquel momento, de camino a casa de Florian, en el que creyó oír la voz de Michael en la radio.

—¿Estás últimamente como muy estresada?

Julia no oyó la pregunta. En su lugar, se quedó mirando los ojos de Kim Wiesinger y, sin querer, se preguntó si Michael habría mirado a su asesino del mismo modo. Tragó saliva. De pronto intuyó que el miedo de Michael debió de ser bastante peor. Al fin y al cabo, él tenía solo doce años, y Kim era una policía formada con experiencia en situaciones violentas.

—¿Estás bien? —La voz de Florian estaba de pronto justo detrás de ella. Julia sintió su aliento cálido en la nuca y se volvió sobresaltada.

—¿Qué?

—Vaya. No me estabas escuchando, ¿verdad? —Florian la observó con preocupación—. Últimamente estás muy ausente. Como si tus pensamientos giraran siempre en torno a algún problema.

—Oh. —Julia bajó la mirada—. No es nada. Solo estoy cansada. — Dio un trago largo de la botella—. Quizá sea mejor que me vaya.

Florian se plantó ante ella como una roca, bloqueándole el paso.

—Primero me cuentas qué te pasa. —Le puso las manos en los hombros.

La súbita cercanía hizo que a Julia le subiera el calor a la cara. El contacto de Florian le provocó un hormigueo cálido. Sin querer, pensó en Valentin, su exnovio. Llevaban más de medio año separados. Él le había sido infiel y Julia no había podido perdonar aquel desliz. Lo había intentado, casi durante un año entero, pero la espina estaba demasiado clavada. La confianza se había roto. En cuanto Valentin se retrasaba por las noches o se iba de viaje de trabajo, ella se imaginaba lo peor. En algún momento entendió que se había acabado. No servía de nada aferrarse a los buenos momentos, porque los recuerdos estaban envenenados. Aun así, siempre había disfrutado de la cercanía de Valentin. Algo en el contacto de Florian se lo recordó. Julia bajó la vista.

—Eh, puedes hablar conmigo. ¿Es por Kim Wiesinger? ¿Te está afectando su muerte?

Julia negó con la cabeza. De pronto se había quedado sin voz.

—Siéntate. —Florian la condujo hasta el sofá.

Julia sentía su mirada sobre ella. Pensaba febrilmente qué decir. No podía contarle así como así que oía voces; pensaría que se había vuelto loca. Soltó un suspiro. Mierda. Quizá de verdad estuviera a punto de perder la cabeza.

—Es por tu hermano, ¿verdad? —Florian se acercó más.

—Últimamente sueño mucho con él y por eso me levanto como si me hubiera pasado un camión por encima. Eso es todo. —Julia se apartó un poco para recuperar distancia con Florian.

—¿Qué clase de sueños son? ¿Te habla o se repiten escenas concretas?

—Las dos cosas. Sueño con él cuando aún vivía. Pero últimamente también oigo su voz cuando estoy despierta. Está llorando… —Se interrumpió. No quería contarle más a Florian.

—Deberías descansar. Dormir de verdad. Sabes que el exceso de estrés puede causar eso, ¿no? Estás a mil por hora de la mañana a la noche, duermes cinco o seis horas como mucho. Nadie puede aguantar eso mucho tiempo.

Julia suspiró.

—Probablemente tengas razón. Ya venía muy cansada en el coche. Florian levantó su botella.

—Brindemos por una velada tranquila. —Se acercó más a Julia y le pasó el brazo por los hombros.

Por impulso, Julia quiso apartarse, pero su contacto tenía algo reconfortante. Se dejó reposar un poco contra él. Permanecieron así un rato, en silencio. A Julia le gustaban aquella calma y aquella sensación de amparo.

—Eres una mujer extraordinaria —susurró Florian.

Estaban tan cerca que a Julia se le cortó la respiración. Sentía sus músculos, el calor de su piel y su aroma varonil. Sus labios casi le rozaban la frente. Durante un segundo pensó en besarlo, pero no quería romper aquel momento tan hermoso. Así que se apoyó un poco más en él y disfrutó de su cercanía.

—Voy a poner algo de música —murmuró Florian poco después. Se levantó y encendió el equipo. Una canción lenta, casi melancólica, inundó el salón.

—Cuéntame algo más de ti —pidió Florian. Julia lo pensó. ¿Por dónde empezar?

—¿Qué quieres saber exactamente?

—Por ejemplo, ¿cuál es tu color favorito? Julia soltó una risita.

—El rojo. Supongo que a casi todas las chicas les pasa igual. —Esperó a que Florian volviera a sentarse a su lado. El azul de sus ojos brillaba

como un lago profundo en verano—. Déjame adivinar —susurró, notando su voz completamente ronca—. El tuyo es el azul.

11

El despertador de Julia sonó. Se despertó con una sonrisa en los labios; por fin había logrado dormir de un tirón toda la noche. Lo mejor era que, al parecer, no había soñado nada. Se desperezó con deleite. De inmediato pensó en Florian y siguió sonriendo: aún sentía su brazo musculoso sobre los hombros. No recordaba cuándo había sido la última vez que se había sentido tan bien. Evocó su rostro atractivo y se preguntó si estaba enamorada de Florian. La noche anterior habían charlado largo y tendido; a Julia casi le parecía conocerlo de toda la vida.

De buen humor, se arregló y fue a la cocina a preparar café. Además, en contra de su costumbre, desayunó un poco de muesli. Se sentía rebosante de energía, un ánimo que no decayó al llegar al Instituto de Medicina Legal: prácticamente levitaba por el pasillo.

—¿No terminaste ayer el informe de la autopsia de Kim Wiesinger? — preguntó Emanuel en cuanto Julia entró en la sala.

—No, me pongo con ello ahora mismo. ¿Puedes preparar a Sergei Bugarow para la autopsia?

—Claro —Emanuel ladeó la cabeza—. ¿Te ha tocado la lotería o a qué se debe este buen humor?

En lugar de responder, Julia se limitó a sonreír y le dio la espalda. Salió de la sala y se dirigió a su despacho. Los documentos de Kim Wiesinger seguían inalterados sobre su escritorio, al igual que el cubo de zinc. Julia marcó el número de Criminalística y pidió a los compañeros que verificaran su teoría: necesitaba confirmar si un cubo de zinc lastrado podía ser el causante de la horrible herida en el cráneo de Kim Wiesinger.

Llamaron a la puerta. Un hombre entradito en carnes, de pelo ralo y con gafas, se asomó por la rendija de la puerta.

—¿Había solicitado usted estos expedientes? Julia levantó la vista, sorprendida.

—Usted quería ver todos los casos en los que las víctimas presentaran quemaduras de cigarrillo. He rastreado los últimos diez años y he encontrado cinco homicidios relevantes. Perdone que entre así, de sopetón, pero me ha parecido importante y he preferido traérselos en mano. Me llamo Stefan Mobius, de administración.

—Ah, sí. Pase, pase. —Julia apartó unos papeles para que Mobius pudiera depositar las carpetas.

—Si no estoy mal informado, usted encontró dieciocho quemaduras en el cadáver de Kim Wiesinger. Además, le arrancaron tres uñas. —El hombre cogió las tres primeras carpetas de la pila—. Estos casos son muy similares, aunque datan de hace más de cinco años. —Abrió el primer legajo y pasó la página.

Julia asimiló las fotografías en cuestión de segundos: cadáver masculino, poco más de treinta años, cráneo hundido, hematomas en el torso y numerosas quemaduras en ambos antebrazos.

—Este es Luigi Travento, miembro de la mafia italiana. Un grupo rival lo torturó literalmente hasta la muerte después de que él matara a tiros al hijo del cabecilla. —Mobius cerró la carpeta y tomó la siguiente—. Anna Brosch cayó en manos de un violador sádico. Fue su tercera y última víctima. El agresor había ido endureciendo sus métodos de tortura progresivamente. Su cuerpo no solo presentaba numerosas quemaduras, sino que le arrancó todas las uñas de manos y pies.

Julia extrajo una foto de la funda.

—Recuerdo este caso. Fue una de las primeras autopsias en las que asistí como ayudante. —Volvió a guardar la imagen—. Esta mujer tuvo una muerte lenta y atroz. Poco antes del final, el agresor dejaba de torturarla, esperaba a que se recuperara un poco y luego volvía a estrangularla. Repitió ese ciclo una y otra vez hasta que ella murió.

Sin embargo, ese modus operandi no encajaba con el de Kim Wiesinger, como tampoco lo hacía el asesinato de Luigi Travento. Además, el asesino de Anna Brosch era un lobo solitario que seguía en prisión y pasaría allí el resto de su vida, por lo que quedaba descartado. En el caso de Travento, la muerte también se había prolongado. Kim Wiesinger, en cambio, había muerto en muy poco tiempo por una puñalada directa al corazón. La distribución de las quemaduras tampoco guardaba semejanzas. Julia esperó expectante el siguiente expediente.

Apareció la foto de cuerpo entero de un hombre mayor.

—Este hombre murió rápido por una puñalada en el corazón. Antes lo habían martirizado con un cigarrillo encendido. Sin embargo, no hay mutilaciones en las yemas de los dedos.

Julia observó las quemaduras, concentradas sobre todo en los antebrazos. El patrón —si es que se le podía llamar así— era completamente distinto al de Kim Wiesinger. El agresor había presionado el cigarrillo a su víctima una y otra vez en el mismo punto. El antebrazo izquierdo presentaba una quemadura del tamaño de una moneda de dos euros, tan profunda que en el centro asomaba el hueso.

—¿Y el autor sigue libre? —preguntó Julia, pensativa.

—Sí, nunca pudieron identificarlo. Pero la víctima tenía vínculos con el narcotráfico. Manfred Hauser era dueño de un burdel y conseguía estupefacientes para algún que otro visitante a cambio de sumas generosas. En el informe de la Judicial se menciona al General, al menos, aunque no pudieron demostrar nada contra él.

—¿Y los dos últimos casos?

Stefan Mobius dejó ese expediente y tomó los otros dos.

—En realidad los he traído solo para que no falte nada. Una de las víctimas, una mujer de treinta y cinco años, murió por una puñalada en el corazón. El arma tenía una hoja de quince centímetros, pero no hay marcas de tortura, como quemaduras, y las uñas estaban intactas. En el otro cadáver ocurre al revés: el hombre sí fue torturado y, en mi opinión, las marcas se parecen a las de Kim Wiesinger, pero murió de un disparo en la cabeza.

—¿Había conexiones con el mundo de la droga? Mobius negó con la cabeza.

—No. El primero fue un crimen pasional, y el hombre del segundo caso fue víctima de unos asaltantes de viviendas que le sacaron a la fuerza el código de su caja fuerte. Al parecer acabó confesando la combinación, y eso fue su sentencia de muerte.

Julia examinó las fotos y las devolvió a su sitio. Mobius tenía razón. La mujer había muerto por un arma similar, pero era un vínculo demasiado débil con el asesinato de Kim Wiesinger. Lo mismo ocurría con el último caso.

—¿Puedo quedarme con el expediente del dueño del burdel para revisarlo a fondo? —preguntó.

—Por supuesto. Le dejo todas las carpetas; cuando termine, me avisa y paso a recogerlas. —Mobius se despidió con una sonrisa amable.

Julia abrió el expediente del caso Hauser y estudió la herida del antebrazo. Después se fijó en las muñecas, que presentaban marcas visibles de ligaduras. En la parte posterior del cráneo destacaba una gran herida contusa que, según el informe, había sido provocada por un objeto similar a un martillo. Al igual que con Kim Wiesinger, el cadáver apareció en el maletero de un coche. Julia se mordió el labio inferior, pensativa. Había diferencias, pero también numerosas coincidencias entre ambos casos. Buscó en la documentación el lugar donde abandonaron el vehículo: estaba a unos diez kilómetros de donde encontraron a Kim. Julia vaciló.

¿Apuntaban estas pistas a favor o en contra del General y sus secuaces como implicados en el caso Wiesinger? Anotó esquemáticamente en una hoja aparte los pros y los contras y, al final, negó con decisión. No: las circunstancias de los crímenes eran demasiado dispares. Cerró el expediente y se concentró en el borrador del informe de Kim Wiesinger.

Emanuel había continuado de forma correcta el trabajo que ella había empezado. Julia hojeó las numerosas fotografías que detallaban las lesiones de Kim y añadió su teoría sobre la herida de la cabeza. Retocó pequeños detalles de la descripción de su ayudante y, en líneas generales, el informe quedó listo. Para entonces también habían llegado los resultados del análisis del suelo: Kim Wiesinger había caminado por un bosque de frondosas con los zapatos que llevaba puestos, aunque no era posible delimitar la zona con exactitud. Julia revisó el correo; no había mensajes nuevos. Decidió empezar con la autopsia de Sergei Bugarow.

Se detuvo en el umbral de la sala de autopsias. Emanuel estaba haciendo fotos. Con suma concentración, sostenía la cámara sobre la cabeza seccionada mientras torcía el gesto. Su incomodidad era palpable. En cuanto vio a Julia, su expresión cambió de golpe.

—Podemos empezar ya. He fotografiado las piernas y el tronco. —Sus ojos volvieron a la cabeza—. Nunca he hecho la autopsia de un suicida, y menos en este estado. —Se estremeció—. Solo de imaginarme tendido en las vías esperando el tren… yo no lo habría soportado.

Julia se puso la bata y los guantes de goma. Antes de acercarse al cadáver, se colocó la mascarilla.

—No deberías juzgar tan rápido, porque todavía no sabemos si fue un suicidio real.

—Pero no hay marcas de ligaduras en muñecas ni tobillos. Tampoco lesiones de defensa. Todo indica que él mismo se tumbó en las vías.

Julia asintió con aprobación. Emanuel era un buen ayudante y sin duda pronto sería un excelente forense; su evidente asco no parecía nublar su capacidad de análisis.

—¿Has visto el punto de pinchazo? —preguntó ella, atenta a su reacción.

Él bajó la cámara.

—Sí, en el tobillo izquierdo. Me parece que quería ocultar su consumo; desde luego, no tiene pinta de yonqui. —Se llevó un dedo al mentón y luego se tocó la frente—. Si estaba colocado, también pudo caer a las vías por accidente. Quizá no fue un suicidio, sino un accidente. —Se detuvo y sus ojos se agrandaron—. ¿O crees que lo mataron? ¿Que alguien pudo sedarlo con drogas o medicamentos y luego ponerlo en las vías?

Julia sonrió, impresionada.

—Eso lo averiguaremos ahora mismo. En cuanto termines con las fotos, sacaremos sangre y, además de las pruebas habituales, haremos un cribado toxicológico de larga duración. Así sabremos si quizá entró en contacto con drogas por primera vez el día de su muerte. —Julia observó el punto de punción y frunció el ceño—. Si era diestro, es raro, en todo caso, que se inyectara en la cara externa de la pantorrilla izquierda. — Trazó con la mano derecha un arco hacia la pierna izquierda—. Incluso sentado habría sido más fácil usar la pantorrilla derecha. —Se volvió hacia la mesa donde estaba la ropa del difunto.

—Quería mirar las suelas; quizá encontremos debajo la misma tierra que en los zapatos de Kim. —Tomó muestras y las depositó en un recipiente para Criminalística. Después comenzaron la autopsia siguiendo el protocolo estándar. Aunque avanzaban rápido, los miembros seccionados complicaban la tarea; el tejido desgarrado requería un examen minucioso.

Cuando terminaron, el reloj sobre la puerta ya anunciaba el anochecer. Era imposible determinar con certeza si Sergei Bugarow se había suicidado o no. Había indicios, pero Julia no estaba segura. Tendrían que esperar a la analítica y al cribado toxicológico. Si Bugarow no había sido sedado contra su voluntad mediante medicamentos o una sobredosis, todo apuntaría más bien al suicidio o al accidente.

Además, habían hallado en la ropa de Bugarow un pelo rubio y corto que podía ser de Kim Wiesinger. Ya estaba en el laboratorio. También en este caso tendrían que esperar dos o tres días, pero, según la primera valoración de Julia, se trataba del cabello de la policía asesinada. Exhausta, se secó la frente con el antebrazo. Si el pelo coincidía, tendrían bastante certeza de que Sergei Bugarow era el asesino de Kim Wiesinger.

—¿Quieres que te lleve a casa? —le preguntó a Emanuel, que ya se había quitado la bata de protección.

—Sería genial. —Emanuel aceptó encantado—. A cambio, mañana a primera hora traigo cruasanes de la panadería para los dos.

—No hace falta —rechazó Julia mientras cogía el bolso. De repente tenía prisa por llegar a casa; ansiaba una ducha caliente y su sofá.

—Hay algo que no entiendo —dijo Emanuel ya en el coche—. ¿Por qué el tipo mata a una policía y luego se suicida? ¿No sería más lógico desaparecer?

—Quizá le remordió la conciencia —especuló Julia. Encendió la radio y comprobó satisfecha que de los altavoces salía música completamente normal, sin interferencias ni voces extrañas.

—No lo sé. Se ensañó con Kim Wiesinger, la torturó a sangre fría. Me cuesta creer que de pronto le entraran remordimientos.

Julia se detuvo frente al bloque de Emanuel.

—Tienes razón. Me puedo imaginar perfectamente que se metiera un chute tras el asesinato y acabara en las vías completamente colocado. Florian Kessler descubrirá sin duda pronto qué ocurrió; es un buen policía y nuestros resultados de la autopsia seguro que le ayudarán.

Emanuel asintió, bajó del coche y le dio las gracias a Julia. Poco después desapareció por el portal.

Julia pisó el acelerador. Su piso estaba cerca. Subió la música y se relajó. Sus pensamientos volvieron a la noche anterior. Sonrió de nuevo, incluso cuando ya estaba ante su puerta y metía la llave en la cerradura. Dejó el bolso, cerró la puerta tras de sí y fue directa al baño. Necesitaba urgentemente una ducha caliente. Tenía los músculos agarrotados de tantas horas de pie y, además, quería quitarse de encima el olor a muerte. Así llamaba en secreto al peculiar hedor de la sala de autopsias: una mezcla dulzona y penetrante a la que uno nunca se acostumbra del todo.

Dejó la ropa sobre las baldosas y se metió bajo el agua. Suspiró satisfecha, disfrutando del chorro caliente que aflojaba sus contracturas.

Solo quince minutos después fue capaz de cerrar el grifo. Habría podido quedarse una eternidad bajo esa lluvia tibia, pero ya tenía la piel de los dedos arrugada y no quería pasarse. Se envolvió en una toalla de rizo suave. Sedienta, fue a la cocina. No se molestó en sacar una botella; bebió un vaso de agua directamente del grifo. Luego entró en el salón y encendió el televisor. Las noticias mostraban las tragedias de siempre. La vida parecía consistir ya solo en catástrofes. Ojos enormes de niños hambrientos desfilaban por la pantalla. El continente africano era incapaz de alimentar a sus hijos. El mundo observaba con pasividad. El presentador pasó al siguiente tema con gesto inexpresivo: un directivo implicado en un escándalo de corrupción. Una noticia tras otra, hasta que un locutor con una chaqueta demasiado estrecha recitó la previsión del tiempo. A Julia el tiempo no le interesaba; en el clima artificial del Instituto se reducía a algo irrelevante. Iba a apartar la mirada cuando algo metálico sobre la mesa del salón le llamó la atención. Se quedó boquiabierta. Miró fijamente aquel objeto que no era suyo y que, sin embargo, conocía demasiado bien. Parpadeó, incrédula. Tenía los nervios a flor de piel. Cerró los ojos, respiró hondo y esperó que aquello desapareciera. Con cautela, miró otra vez. Maldita sea. El cochecito de Michael no era una alucinación. Estaba allí, sobre la mesa.

Julia sintió que el pulso se le disparaba. ¿Cómo demonios había

llegado ese coche hasta allí? El mismo coche con el que su padre había tropezado. Un objeto que, a todas luces, solo traía desgracias. Se acercó rápidamente a la mesa y lo tocó con la yema del dedo. El contacto fue inofensivo. Pero también barrió las últimas dudas. Julia no se lo imaginaba: aquel coche era real. Alguien había estado en su piso. De repente, todo volvió a aflorar. Aquel sueño con Michael, con el extraño junto a la cama de Michael, su llanto en mitad de la noche y desde la radio del coche. Julia salió corriendo hacia el pasillo en busca del móvil. Presa del pánico, marcó el número de Florian.

Cuando él contestó, Julia soltó de golpe:

—El coche de juguete de Michael está aquí. Alguien ha entrado en mi piso. Por favor, ven lo más rápido que puedas.

12

Herbert Hoffmann estaba irritado. Miró por milésima vez a través de la mirilla, sin que en el piso de al lado pasara nada. Hasta ese momento no se había atrevido a retirar el precinto policial de la puerta de Kim Wiesinger. Pero ¿por qué, en realidad? ¿Qué importancia podía tener? Ella era policía. Probablemente solo quería ahuyentar a los ladrones con aquella pegatina ridícula. Otros instalaban incluso imitaciones que parecían alarmas de verdad. En cualquier caso, no iba a dejar que le tomaran el pelo. Herbert pegó el ojo a la mirilla. Llevaba un día entero sin ver a su vecina. No estaba seguro de si estaba en casa o no. Debería haber instalado la cámara nueva de inmediato; así ahora sabría a qué atenerse y no tendría que pasarse el día en el pasillo. ¿Quizá debería llamar al timbre sin más? ¿O resultaría sospechoso? ¿Y si ella le calaba los apetitos y acababa quitándole la llave del piso de ella?

Malhumorado, fue al dormitorio y sacó de una caja una de las bragas usadas de Kim. Se había hecho con ellas hacía unas semanas. Empezaba a necesitar provisiones nuevas. Se tumbó en la cama y contempló el encaje negro. En su cabeza todavía flotaban los restos del alcohol de la noche anterior. Tenía un auténtico apagón. Quizá había visto a Kim llegar a casa la noche anterior y simplemente no podía recordarlo. Ni siquiera sabía cómo había acabado en la cama. Herbert cerró los ojos. Se colocó las bragas perfumadas sobre la boca y la nariz. Sus manos buscaron su entrepierna. Se frotó con fuerza por encima del pantalón. Maldita sea, tenía que acordarse. ¿Acaso había hecho realidad su fantasía y se había lanzado sobre Kim? ¿Era esa la razón por la que esa mañana aún no la había visto? ¿O no era cierto, y simplemente no se había enterado de que ella se había ido de servicio? Últimamente su consumo de alcohol había alcanzado proporciones preocupantes. Y no solo eso: en la estación se había agenciado unas cuantas pastillas. Joder, aquella mierda lo había

dejado KO. Como en una película hardcore, se había abalanzado sobre su vecina, la había atado y había jugueteado con ella, exactamente igual que en aquel vídeo del foro de internet. A las mujeres les gustaba eso. Les gustaba sufrir. Cuanto más duro, mejor. Herbert sonrió y se bajó la cremallera. ¿Lo había hecho de verdad o solo lo había soñado? En cualquier caso, el recuerdo parecía real y jodidamente excitante. Excitante. Tan excitante como las curvas de Kim. Sus tetas puntiagudas, tan pequeñas y firmes que le daban ganas de aferrarse a ellas durante horas. Herbert adoraba a aquella gata salvaje, esbelta y rubia, que al parecer no se liaba mucho tiempo con nadie. Él conocía el motivo. Ninguno de aquellos niñatos tenía ni idea de lo que ella necesitaba de verdad. La memoria le fallaba, pero su virilidad no. Mejor así. Gimió con lascivia. De pronto decidió ignorar el precinto policial y cruzar al otro lado. Necesitaba una braga nueva y quería instalar de una vez la cámara de repuesto. Herbert se incorporó, cogió la caja con su juguete nuevo y, por seguridad, volvió a mirar por la mirilla. Se le cortó la respiración. Se frotó los ojos, incrédulo. Delante de la puerta de Kim había alguien. Un hombre.

Maldita sea, ¿es que ya tenía a otro en el anzuelo? Se mordió el labio

inferior hasta hacerse daño. Menuda zorra. Entrecerró los ojos y abrió la puerta con sigilo. Quería verle la cara a aquel tipo. Pero, cuando el hombre se giró, volvió a cerrar la puerta, sobresaltado. El desconocido no pareció darse cuenta. Herbert observó cómo se abría la puerta del piso de su vecina y cómo el hombre desaparecía en el interior.

Furioso, se dio la vuelta y lanzó el paquete al suelo. Ya se arrepentiría ella. Herbert soltó una maldición, fue a la nevera y agarró una cerveza.

13

—Florian, créeme de una vez. Yo no me llevé ese coche.

El pánico de Julia había dado paso a la ira. Florian no parecía creerle. Seguía en el marco de la puerta, con la linterna en la mano, inspeccionando la cerradura.

—No veo señales de forzamiento. ¿Te dejaste alguna ventana abierta?

—No. Vivo en un bajo; jamás olvidaría algo así. —Se detuvo un segundo e intentó reconstruir la noche anterior—. Aunque la ventana del salón estaba abierta en posición de ventilación. Yo creía haberla cerrado del todo.

—Eh, seguro que hay una explicación lógica. —Florian la observó y le tomó la mano.

—Ya… —Julia retiró la mano—. Es que me pregunto qué me pasa últimamente. Me imagino cosas que no existen. Por ejemplo, la voz de Michael: me despierta en plena noche o me persigue a través de la radio del coche. Pero, en cuanto intento comprobarlo, desaparece la voz. Sin embargo, este maldito coche de juguete no es una alucinación. ¿Cómo ha llegado a mi piso? Es el mismo coche con el que tropezó mi padre en la escalera del jardín. Ni siquiera lo toqué en casa de mis padres. Empiezo a pensar que me estoy volviendo loca. —Respiró hondo y negó con la cabeza—. No, no fue así. Sí que lo tuve en la mano. Pero te aseguro que no me lo metí en el bolsillo.

Miró a Florian y dudó si hacerle la siguiente pregunta. Al final decidió que ya daba igual lo que él pensara de ella.

—¿Has notado algún cambio en mí últimamente? Quiero decir… ¿me comporto de forma extraña, parezco confundida o algo así?

Florian la miró con atención.

—No, Julia. Yo creo que estás estresada, nada más. La falta de sueño puede provocar este tipo de fenómenos. No estás loca. —La atrajo hacia sí

un instante y luego la condujo hasta el sofá—. Siéntate primero. Te traeré algo de beber.

Florian desapareció en la cocina. Julia se abrazó a sí misma y se quedó mirando el cochecito de Michael. Un escalofrío le recorrió el cuerpo. Intentó febrilmente recordar cada detalle de la visita a su madre, pero cuanto más se esforzaba, más borrosas se volvían las imágenes que desfilaban por su mente. Durante un instante deseó que la voz de Michael resonara en ese mismo momento por todo el piso para que Florian pudiera oírla. Entonces sí le creería que algo no iba bien en absoluto. Era cierto que últimamente dormía poco, en eso tenía razón, pero estaba bastante segura de que el cansancio no era la causa de su problema.

Florian volvió de la cocina con un vaso de agua y se sentó a su lado.

Esperó a que ella diera unos sorbos.

—A ver, quizá deberíamos empezar otra vez desde el principio. Fuiste a casa de tu madre, salisteis al jardín y encontraste el coche de juguete de Michael en la escalera del cobertizo. ¿Lo cogiste?

Julia asintió con vacilación.

—Y después… ¿lo volviste a dejar en el suelo? Ella no lo sabía.

—No creo que lo volvieras a dejar en la escalera —continuó Florian—. Eso no encaja contigo. Al fin y al cabo, tu padre acababa de resbalar con él y ha terminado en el hospital. Seguro que lo dejaste en algún sitio donde nadie pudiera volver a tropezar con él.

—No me acuerdo.

—¿Recuerdas al menos si tenías el coche en la mano cuando saliste con tu madre hacia el hospital?

Julia rebuscó en su memoria. El coche azul se había desvanecido. Era incapaz de reconstruir la escena. Sabía que había tenido el juguete en la mano y que se había enfadado con su madre por seguir dejando las cosas de Michael por todas partes tal cual estaban desde su muerte. Pero no tenía ni idea de dónde había dejado el cochecito.

—Tengo una idea —dijo Florian, poniéndole su móvil en la mano—.

Llama a tus padres y pregúntales.

Julia vaciló.

—Es plena noche. No quiero despertarlos ahora. Seguro que se alteran y pensarán que ha pasado algo grave.

Florian negó con la cabeza.

—Llámalos. Quiero dejar este asunto resuelto ahora mismo para que puedas dormir esta noche.

Julia marcó el número de sus padres. El teléfono sonó, pero nadie respondió. Esperó hasta que saltó el contestador y colgó.

—Seguramente ya están dormidos. Florian se levantó.

—Entonces vamos allí.

—¿Quieres sacarlos de la cama? —Julia ignoró la mano que él le tendía.

—Lo que quiero, sobre todo, es que tú estés bien. Tus padres estarán encantados de ayudarte.

Julia se mantuvo terca.

—No puedo hacer eso. Se van a morir del susto… Además, ya me encuentro mejor. —Cruzó los brazos sobre el pecho con actitud desafiante. Florian se agachó frente a ella. Esa cercanía repentina la desconcertó.

Él le tomó las manos para que relajara la postura y la miró con preocupación.

—Me llamaste en mitad de un ataque de pánico. Crees que estás sufriendo alucinaciones; yo no lo creo. Vamos a aclararlo, y te prometo que esta noche dormirás como un bebé.

Julia sacó el labio inferior en silencio.

—O vienes conmigo o voy yo solo y les pregunto. —Florian volvió a ponerse de pie. Julia vio en sus ojos que hablaba completamente en serio.

—Está bien —murmuró ella, levantándose también.

Media hora más tarde, se detuvieron frente a la casa adosada de sus padres. Julia alzó la vista hacia las ventanas de la planta superior: estaban todas a oscuras.

—Están durmiendo —susurró. Lo que más le apetecía era dar media vuelta y marcharse, pero sabía que Florian no iba a ceder. Salió del coche y cerró la puerta. Se quedó indecisa ante el escalón de la entrada.

—Podríamos esperar a mañana por la mañana… Florian negó con energía.

—Te conozco. Mañana se cruzará una autopsia o cualquier otra cosa.

Venga, llama de una vez.

Florian la empujó suavemente. Con vacilación, Julia pulsó el timbre. El timbre sonó tan fuerte que se sobresaltó. En la casa no se movía nada. Esperó un momento.

—¿Ves? Duermen profundamente. Volvamos mañana temprano. — Aliviada, Julia giró sobre sus talones. La sombra de su propia silueta la hizo detenerse: se había encendido la luz del pasillo y se oían pasos.

—Maldita sea —maldijo en voz baja mientras se retorcía las manos.

La llave giró en la cerradura y, un instante después, apareció en el umbral el rostro adormilado de su padre.

—¿Julia? ¿Qué haces aquí? —Su mirada se desvió hacia Florian—.

¿Quién es?

—Es Florian Kessler, el inspector de la Judicial con el que colaboro con frecuencia. Lo siento muchísimo, papá, por haberos despertado. Pero tengo que preguntaros algo urgente. —Le puso el coche de juguete ante los ojos.

Ulrich Schwarz miró confundido primero el coche y luego a Julia. Al final les pidió:

—Entrad.

—¿Ulrich? ¿Cariño? ¿Quién es? —La voz fina de Hannelore, ronca por el sueño, llegó desde la planta de arriba. Poco después se oyeron sus pasos sobre los peldaños de madera.

—No es nada. Julia está aquí —gritó el padre—. Y su compañero — añadió en voz baja.

—¿Julia? ¡Dios mío! —Hannelore aceleró el paso—. ¿Ha pasado algo?

Llegó al descansillo inferior y se ajustó el cinturón del albornoz, que se había echado encima a toda prisa.

—No, en realidad no. —De pronto, Julia se sintió como una adolescente que se hubiera pasado de la raya y tuviera que agachar la cabeza. ¿Es que ya no era capaz de manejar su vida sin plantarse en casa de sus padres de madrugada?

—Han entrado en mi piso —empezó, intentando sonar lo más objetiva posible—. Alguien ha dejado el coche de Michael sobre la mesa del salón.

—Se interrumpió. No quería hablar de las voces ni de las pesadillas.

—¡Si lo he buscado por todas partes! —exclamó Hannelore. Pareció reparar en el cochecito en la mano de Julia solo en ese momento. Entrecerró los ojos. Aunque hacía un instante parecía encorvada y cansada, un impulso repentino le recorrió el cuerpo y le arrebató el juguete a Julia.

—Menos mal. Lo has encontrado. Debí de perderlo en tu piso cuando fui a llenarte la nevera.

Julia se quedó mirando a su madre. Poco a poco, fue comprendiendo lo que había sucedido.

—¿Por qué fuiste a llenarme la nevera?

—¿Es que no leíste mi mensaje? Te lo envié al móvil —respondió Hannelore, desconcertada.

Ulrich Schwarz intervino:

—Ayer, cuando fuiste a verme al hospital con tu madre, tenías un aspecto tan agotado y estabas tan pálida que quisimos hacer algo por ti. Fuimos a hacer la compra para ti; tenías la nevera casi vacía. Tienes que cuidarte más, hija.

Julia se dejó caer en el sofá del salón. Había barajado todo tipo de explicaciones, pero jamás se le habría ocurrido aquella. Por el rabillo del ojo captó la mirada de Florian, que parecía decir: «Ya te lo dije, seguro que había una explicación sencilla».

—Ojalá hubiera llamado… —Los labios de Hannelore temblaron. Se sentó junto a Julia y le pasó un brazo por los hombros—. No quería molestarte en el trabajo, por eso solo te escribí un mensaje. Si hubiera sabido que te ibas a preocupar tanto… —Negó con la cabeza—. Lo siento de verdad.

La mente de Julia iba a mil. ¿De verdad era todo tan simple?

—Pero ¿por qué dejaste el coche de Michael en la mesa del salón? Hannelore hizo memoria.

—No lo recuerdo bien. Llenamos la nevera y luego sacudí los cojines del sofá. Debió de caérseme del bolso de algún modo en ese momento. Llevo todo el tiempo preguntándome dónde lo habría puesto. En realidad quería llevarlo al cuarto de Michael para que nadie volviera a tropezar con él. —Bajó la mirada.

De pronto, el silencio cayó sobre todos los presentes como un manto pesado.

—Perdonad por la molestia nocturna. No quería arrancaros del sueño. Seguramente sí que estoy sobrecargada de trabajo. —Julia miró a Florian

—. Será mejor que nos vayamos ya para que mis padres puedan seguir descansando.

14

—Gracias por haber zanjado este estúpido asunto —dijo Julia.

Aunque en el fondo debería haberse sentido aliviada, se sentía fatal.

¿Cómo había podido reaccionar de forma tan desmedida? Precisamente ella, a quien sus colegas del Instituto de Medicina Legal apodaban la

«Dama de Hielo», ya no tenía sus nervios bajo control.

—Lo he hecho encantado —respondió Florian. Apagó el motor, se inclinó hacia ella y le plantó un beso en la mejilla—. Ahora deberías irte a dormir. Mañana volverás a ver el mundo de otra manera.

Julia asintió y bajó del coche.

—¡Y no estás loca en absoluto! —le gritó Florian.

El frío viento otoñal le recorrió el cabello con dedos de hielo. El aire era cristalino, casi invernal. Ya era casi medianoche. Cuando Julia abrió el portal, oyó a Florian arrancar el motor. Se volvió un instante, se despidió con la mano y lo vio alejarse. Luego entró en su apartamento, se tumbó en la cama y, rendida por el agotamiento, se quedó dormida.

Horas después, sin tener la menor idea de qué hora era, se incorporó de golpe. Abrió los ojos y percibió un movimiento junto a la cama. Al mirar con más atención, una sombra humana se fundió con la oscuridad del dormitorio hasta desaparecer. Reinaba un silencio sepulcral. Julia se levantó, se quitó la ropa que ni siquiera se había quitado y se puso el camisón. Miró a su alrededor con cautela, se metió entre las sábanas y cayó en un sueño superficial, removiéndose inquieta de un lado a otro.

Su mente procesaba las vivencias del día. Una y otra vez se veía en el salón, reviviendo la conmoción de descubrir el cochecito de Michael. El sueño la precipitaba a un abismo sin fondo. El patrón de siempre se rebobinaba, una y otra vez, desde el principio: Michael, la noche en que aún vivía; Michael, de camino al colegio; su voz tomada cuando le pidió que lo acompañara de vuelta a casa por la tarde. Aquella excusa ridícula de

Julia, que desencadenó la catástrofe solo porque prefería pasar el día con su mejor amiga. Y luego, la noche después del entierro de Michael, cuando ella se metió en su cama para estar una vez más lo más cerca posible de él. Porque simplemente se negaba a aceptar que se había ido. Que su hermano pequeño no volvería jamás. Que ella cargaba con una parte de la culpa de la desgracia que lo había azotado.

Empapada en sudor, abrió los ojos sin saber si seguía soñando o si ya estaba despierta. Justo al lado de la cama se alzaba una sombra negra, la silueta de un hombre: siniestra, enorme y amenazante. «No es real, no es real», susurró para sus adentros, apartando con todas sus fuerzas el miedo que empezaba a invadirla. Aturdida, se subió la manta hasta la barbilla. Entonces, el monstruo de sombra volvió a fundirse con el entorno. Probablemente nunca había estado allí.

La médica que llevaba dentro tomó el mando. Julia sabía que los trastornos del sueño podían provocar directamente alucinaciones, incluso delirios. Bastaban unos pocos días durmiendo demasiado poco. Y ella había dormido muy mal las últimas noches. No era de extrañar que se imaginara cosas y que tuviera los nervios a punto de estallar.

El llanto de Michael resonó en el silencio del apartamento. Julia no reaccionó. Se dio la vuelta y apretó los párpados con fuerza. «Solo estás soñando. Todo va bien». Se tapó hasta las orejas e ignoró aquellos sonidos que sencillamente no podían existir. De hecho, logró sacudirse la pesadilla. Ni siquiera la voz áspera, muy cerca de su oído, consiguió alterarla. Solo cuando, de pronto, se encendió una luz, se incorporó de un salto.

Michael estaba en el marco de la puerta. El corazón le dio un vuelco y, esta vez, no pudo impedir que el pánico le recorriera las venas como un cohete hasta apoderarse de ella. Temblando, se quedó sentada en la cama, con la vista clavada en su hermano, que, como un espectro, flotaba unos centímetros por encima del suelo y la miraba fijamente.

—¿Michael? —graznó.

Sentía los latidos en la garganta. Incrédula, cerró los ojos y contó hasta tres. Cuando volvió a mirar hacia la puerta, ya no estaba.

Maldijo y rebuscó en el cajón de la mesilla alguna pastilla para dormir.

«No estás loca, solo estás completamente sobreexcitada. ¡Esto va a cambiar a partir de ahora!». Con determinación, se tragó con esfuerzo una pastilla sin agua y se dejó caer sobre la almohada. Tras pasar cinco minutos con la vista fija en el techo, volvió a dormirse. Poco después, al

entreabrir de nuevo los párpados, volvió a percibir, medio dormida, aquella sombra. Se despegaba de la pared. Julia la ignoró y cerró los ojos.

15

Florian rebobinó la grabación.

—No puede ser —murmuró, mientras ampliaba un fotograma en el que dos personas caminaban una junto a la otra.

—¿Seguro que van juntos? —Saathoff se retorció el bigote, pegando casi la cara a la pantalla del ordenador.

Florian repitió la secuencia una vez más. El vídeo mostraba a Sergei Bugarow y a un desconocido en la plaza frente a la estación central de Colonia. Por desgracia, a los dos hombres solo se los veía de espaldas. Justo antes de salir de plano, el desconocido giró la cabeza hacia Bugarow. Parecía decirle algo.

—Lástima que las grabaciones de la estación estén tan pixeladas. Por cierto, ¿tenemos a Bugarow en los vídeos de vigilancia de las vías?

Saathoff negó con la cabeza.

—No, los compañeros ya lo comprobaron. Solo tenemos esta toma breve. Bugarow se tumbó en las vías fuera del alcance de las cámaras. Pudo haber llegado allí por mil caminos distintos.

Florian suspiró. Saathoff tenía razón. La estación central de Colonia estaba llena de recovecos y era difícil de abarcar. Había cámaras, sí, pero no cubrían todas las zonas; al contrario, gran parte del recinto ferroviario quedaba sin registrar. Florian extendió un plano de la estación y trazó varias rutas con un rotulador rojo. Bugarow podría haber tomado cualquiera de ellas sin aparecer en una sola cámara de vigilancia.

Florian soltó un suspiro de frustración. Al menos ahora tenían un indicio de que Sergei Bugarow no iba solo. Pero ¿qué significaba eso? ¿Se había tumbado en las vías por voluntad propia o no? ¿Lo habría forzado quizá de algún modo el desconocido? Frunciendo el ceño, volvió a hojear el informe preliminar de la autopsia. No había indicio alguno de violencia externa.

—Joder. Esto no tiene ningún sentido —maldijo, más alto de lo que pretendía—. ¿Primero tortura a una policía y luego se suicida? Esta historia apesta. Aquí hay algo podrido.

Apartó el plano de la estación y reprodujo otra vez la grabación de la cámara de vigilancia. Se detuvo justo cuando se veía el perfil del desconocido e hizo una captura de pantalla. Aunque solo fuera de lado, quizá podrían identificarlo.

—Que los compañeros de investigación rastreen al acompañante de Bugarow en las grabaciones. Tenemos que averiguar quién es.

Saathoff le lanzó una mirada de extrañeza.

—Creo que estás viendo fantasmas. Igual simplemente caminaron un tramo uno al lado del otro por casualidad. Todo apunta a que Sergei Bugarow mató a Kim Wiesinger y luego se tumbó en las vías, voluntariamente o no. Tenemos el arma del crimen con sus huellas y la sangre de la víctima. Llevaba encima una foto de Kim Wiesinger en la que aún estaba viva y, además, Julia Schwarz encontró en su ropa un pelo que, con alta probabilidad, también pertenece a Kim Wiesinger. Sinceramente, no veo por qué tendría que haber otro responsable.

Florian se rascó la mejilla, pensativo.

—Es que tengo una sensación rara. No sé explicarla. —Buscó las palabras adecuadas y apretó los labios—. Si yo torturo a una policía porque necesito información de ella con urgencia, no me suicido justo después. En ese caso, tendría más lógica matarme antes de hacer nada,

¿no?

Martin Saathoff meció la cabeza de un lado a otro.

—También pudo ser un accidente. Quizá quiso celebrar su crimen, se metió un chute de heroína y acabó bajo las ruedas del tren.

—No sé… —dijo Florian, dubitativo—. Tengo la sensación, de algún modo, de que hay algo más detrás de todo esto.

—Quizá deberíamos repasar otra vez los documentos que Kim tenía en casa, en su escritorio —propuso Saathoff—. Puede que se nos haya pasado el nombre de Bugarow.

Florian negó con la cabeza.

—No lo creo. Revisé cada página dos veces, a conciencia. Pero bueno, una tercera pasada no hará daño.

—Entonces intercambiemos tareas. Yo reviso los papeles y tú vuelves a echar un vistazo al piso de Bugarow.

Saathoff cogió una hoja.

—Aquí tienes la lista de familiares directos y amigos íntimos. Hasta ahora he hablado con la madre y con el hermano de Bugarow. No tenían ni idea de en qué andaba metido. Ambos dicen que no lo veían desde hacía más de dos años.

Florian tomó la lista.

—Me ocupo yo.

Se levantó de un salto, agarró la chaqueta y salió del despacho. En cuanto se sentó en el coche, marcó el número de Julia. Llevaba toda la mañana impaciente: necesitaba saber cómo estaba.

—Julia Schwarz, Instituto de Medicina Legal.

Su voz sonó ausente, lo que le indicó que estaba ocupada y no había mirado la pantalla.

—¿Cómo estás? —preguntó mientras sacaba el coche del aparcamiento.

—Bien —respondió Julia, escueta—. Acabo de recibir los resultados de sangre de Sergei Bugarow del laboratorio.

Florian contuvo la respiración, atento.

—El cribado toxicológico de larga duración es concluyente. Bugarow no solo traficaba con drogas, también consumía de forma habitual. Además, en el momento de la muerte tenía en sangre una cantidad suficiente para estar completamente colocado, pero la dosis no era en absoluto letal. Como la mayoría de los pinchazos estaban sobre el tobillo izquierdo, asumo que se administraba la droga deliberadamente y que, además, intentaba ocultar su adicción.

—Eso hace que la hipótesis del asesinato sea menos probable — concluyó Florian con un suspiro; la muerte de Bugarow seguía pareciéndole extraña.

—No hay lesiones defensivas. Nada indica que le inyectaran nada contra su voluntad. Sinceramente, todo apunta a un suicidio o a un accidente.

—¿Por qué iba a quitarse la vida un asesino brutal justo después de matar a una policía?

A Florian tampoco le encajaba el accidente. De pronto tuvo una idea.

—¿Sabes qué? Voy de camino al piso de Bugarow. ¿Por qué no vienes? Tú hiciste la autopsia; quizá allí veas algo a lo que hasta ahora no le hayas dado importancia.

Le dio la dirección y colgó. El corazón le latía más rápido que antes, y le sorprendió preguntarse por qué. Conocía la respuesta: se alegraba de ver a Julia. Desde hacía días, su necesidad de tenerla cerca no dejaba de crecer. Florian no se explicaba aquella nueva atracción.

Julia siempre había sido para él una buena amiga, la única mujer con la que podía hablar de todo y que no encajaba en absoluto en su tipo. Pero los latidos en el pecho lo desmentían. Julia no era la clase de mujer por la que solía perder la cabeza, pero le atraía. Florian se sentía demasiado joven para atarse a nadie; sus aventuras solían durar unos días o, como mucho, unas semanas. Julia, en cambio, lo confundía cada vez más.

Se mordió el labio inferior al recordar la noche anterior y el momento en que la besó en la mejilla. Le había costado un esfuerzo enorme de voluntad no besarla en los labios. Aún le ardían los labios de anhelo. El aroma de su pelo negro seguía seductoramente prendido en su nariz. Sus pensamientos daban vueltas alrededor de aquella mujer fuerte que ahora parecía tan frágil. Sus miedos habían despertado en él un instinto protector que no conocía en absoluto con esa intensidad.

El GPS interrumpió sus pensamientos sobre Julia.

—Su destino está a la derecha.

Florian frenó en seco y giró bruscamente el volante. Logró entrar por los pelos en un hueco de aparcamiento. El piso de Bugarow estaba en el barrio de Chorweiler, en un bloque de viviendas prefabricadas bastante deteriorado. Florian bajó del coche y vio a un grupo de hombres jóvenes silbando a una niña pequeña con mochila. La niña salió corriendo y los hombres buscaron su siguiente objetivo. Florian se quedó quieto hasta que las dos niñas estuvieron a una distancia segura de los adolescentes.

La zona no gozaba de la mejor reputación. La pobreza y la desesperanza marcaban la imagen y, en consecuencia, la criminalidad era alta. Calles enteras parecían abandonadas. La basura se acumulaba en el asfalto, en las aceras y sobre superficies de césped gris. Entre todo aquello jugaban niños, las madres empujaban cochecitos y los adolescentes mataban el tiempo en sus bandas.

Florian encontró enseguida el portal correcto. La puerta de cristal, remendada de forma chapucera con cinta de embalar, golpeaba rítmicamente el marco por culpa del viento de otoño. A ambos lados de la entrada había bicicletas viejas, la mayoría sin candado. Florian pasó los buzones y subió por las escaleras hasta la última planta. Llegó satisfecho

al piso de Bugarow, en el decimoquinto. Tenía el pulso fuerte, pero no excesivamente acelerado; estaba en buena forma. Sacó la llave y estaba abriendo la puerta cuando le sonó el móvil.

—Kessler, Policía Judicial.

—Hemos revisado los movimientos bancarios de Sergei Bugarow. No aparece ninguna conexión con Igor Petrow.

Florian dio las gracias a su compañera y colgó. Era lo esperado. El General solía pagar en efectivo. Además, en el mundo de la droga sabían borrar muy bien el rastro del dinero; había numerosos métodos para hacerlo.

Entró en la cocina y se sentó a la mesa. Intentó empaparse de la atmósfera. ¿Cómo se sentía alguien después de torturar a una mujer joven?

¿Lo habían excitado los gritos de su víctima? ¿Había sentido algo parecido a la compasión? ¿O había disfrutado de su poder? Florian sacó del bolsillo la foto de Kim Wiesinger. Miró pensativo aquel rostro deformado por el miedo y luego observó a su alrededor.

¿Dónde se había tomado aquella foto? Kim estaba sentada frente a una pared oscura. El fondo estaba desenfocado. Florian se levantó e inspeccionó el resto de la vivienda, amueblada con lo mínimo. En el salón había un sofá y un televisor; faltaba la mesa. El dormitorio solo tenía una cama metálica de menos de un metro de ancho, un perchero y una mesilla pequeña. Al parecer, no había dinero ni para un armario. Ni en el dormitorio ni en el salón había ninguna pared oscura. El baño estaba alicatado en tonos claros.

El piso no tenía sótano. Sergei Bugarow llevaba dos años viviendo allí. Tenía pasaporte alemán y había nacido en Colonia. Su madre, alemana, se había casado con el padre de Sergei en los años noventa. El padre llevaba más de diez años desaparecido, sin dejar rastro. Bugarow tenía un hermano menor y ningún otro pariente, al menos en Alemania. Había sobrevivido trabajando como portero en distintas discotecas y clubes nocturnos. Más allá de eso, apenas habían conseguido información sobre él. Florian tenía la sensación de estar tratando con un fantasma. No había cuadros en las paredes, ni una sola foto personal en toda la casa, ni siquiera una planta en una maceta. Todo resultaba impersonal y, de algún modo, provisional.

Florian volvió a mirar la foto de Kim Wiesinger. ¿Por qué la había matado Sergei? ¿Por dinero? No se le ocurría otro motivo. No había

conexiones probadas entre él y Kim Wiesinger. Florian sospechaba que Bugarow había sido contratado por alguien para torturarla y asesinarla. Por alguien que tenía un motivo de peso. El rostro de Igor Petrow, todavía fugado, cruzó su mente. ¿Había sido el llamado General quien dio la orden? Y, si era así, ¿qué demonios había descubierto Kim sobre él para convertirse en el objetivo de un sicario?

Sonó el timbre. Debía de ser Julia. Florian abrió y enseguida vio lo pálida que estaba. Había esperado que, después de la noche anterior, estuviera mejor. Se había alegrado tanto al saber que el coche de juguete de Michael había aparecido en su mesa de centro por una causa completamente inocente. Pero estaba claro que Julia apenas había pegado ojo. Decidió no sacar el tema. En su lugar, le rozó la mejilla con un beso y le sostuvo la mano unos segundos más de lo necesario.

—Pasa —dijo, cediéndole el paso—. La Científica ya ha estado aquí. No han encontrado nada que relacione a Bugarow con Kim Wiesinger ni con el General. Echa un vistazo y dime qué te parece.

Julia fue directa al salón. Miró alrededor un instante, pasó al dormitorio y observó la cama durante un rato. Con la mano derecha enguantada, abrió el cajón de la mesilla.

—Esto refuerza los resultados del test de drogas —dijo, señalando una jeringuilla y un mechero—. Siento mucho que la autopsia no haya aportado más pistas. Por cierto, bajo las uñas de Bugarow no había restos epiteliales de Kim.

Volvió a examinar la estancia y entró en el baño. Julia apartó la cortina de la ducha, que estaba llena de manchas.

—En su casa no mató a Kim Wiesinger, desde luego —añadió Florian, que la había seguido y miraba hacia la ducha por encima de su hombro.

—¿Hay sótano? —preguntó Julia. Florian negó con la cabeza.

—No tenemos ni idea de dónde pudo retener y matar a Kim. Pero he descubierto algo en las cámaras de la estación.

Le enseñó la foto del supuesto acompañante de Bugarow.

—Por desgracia, no sabemos quién es.

Julia tomó la imagen y se acercó a la pequeña ventana.

—La foto no es muy nítida.

Se quedó inmóvil un instante, y Florian admiró su perfil. El pelo negro contrastaba con su piel pálida; su rostro parecía casi de porcelana.

—Este hombre me suena, pero no recuerdo de qué —murmuró ella. De pronto se inclinó hacia delante—. ¿Qué es esto?

Sus dedos finos recorrieron una junta bajo la ventana. Golpeó los azulejos.

—Aquí detrás hay un hueco.

—¿Qué? —Florian se acercó y se puso de rodillas.

Las juntas de varios azulejos estaban agrietadas, y una pieza parecía suelta.

—Espera —dijo él, sacando la navaja. Hizo palanca hasta que el azulejo cedió.

—¡Eres un genio, Julia!

Detrás del azulejo apareció un hueco con un fajo de billetes. Encima había una nota garabateada. Florian logró descifrar algunos números.

—Podría ser una fecha. Parece el once de julio. Julia le quitó el papel de la mano.

—Mmm… puede ser. Pero abajo hay una G.

Florian observó el carácter; a él le parecía más bien una T con medio techo.

—Yo no veo ninguna G.

—Son caracteres cirílicos. Está firmado con una G y arriba pone по договоренности, que significa «según lo acordado».

—¿Y tú cómo sabes eso? —Florian arqueó las cejas, sorprendido. Julia sonrió.

—En la facultad hice un curso de ruso. Me pareció un idioma muy interesante. Tranquilo, no recuerdo mucho más que unas pocas palabras; fue hace bastante.

Florian estaba boquiabierto. Julia no dejaba de sorprenderlo. Contó los billetes, concentrado.

—Aquí hay unos diez mil euros. Es mucho dinero.

—Sí, y si esa G corresponde al General, por fin tienes un vínculo.

¿Crees que el hombre que acompañaba a Bugarow en la estación podría ser un secuaz del General?

En la cabeza de Florian todo empezó a girar a gran velocidad. Intentó encajar las piezas.

—Empecemos desde el principio. Kim Wiesinger descubrió algo sobre el General. Algo tan importante que salió de madrugada sin esperar a su

compañero. Pero el General, o más bien su gente, la atrapó, le arrancó la información y luego la mató.

Florian señaló el fajo.

—Supongamos que Sergei Bugarow trabajaba para el General y se ocupaba del trabajo sucio.

Señaló con la cabeza hacia la puerta del baño.

—Todo en este piso habla de alguien poco emocional. Bugarow tenía fama de matón y seguramente siempre necesitaba dinero. Era el candidato perfecto.

Calló un momento y se rascó la barbilla.

—Mata a Kim, la mete en el maletero del coche de ella y deja el vehículo en un aparcamiento sin dejar rastro. Probablemente no actuó solo; sería un procedimiento típico de la mafia de la droga.

Dio un golpecito en la foto en la mano de Julia.

—Este hombre también sería responsable de la muerte de Kim. Después del asesinato, los dos salen y quieren meterse algo. Se lo compran a un contacto en la estación central. Luego algo sale mal: Bugarow acaba inconsciente en las vías, el siguiente tren lo hace pedazos y su acompañante desaparece.

Florian se detuvo, buscando las palabras. Tras unos cuantos respiros, continuó:

—Pero ¿por qué muere Bugarow? Si realmente iban juntos, su acompañante debería haberlo ayudado. No termina de cuadrar del todo.

—Puede que el desconocido fuera a por el dinero. Por diez mil euros, más de un delincuente cometería un asesinato. También podría ser que Bugarow intentara birlarle su parte.

Florian asintió con reservas.

—Sería un motivo. Aun así, seguimos sin saber qué secreto descubrió Kim Wiesinger.

Julia inclinó un poco la cabeza. Se le marcó una fina arruga en la frente.

—Tú mismo habías supuesto que, muy probablemente, localizó el paradero del General.

—Sí, pero en sus documentos no encontré nada sobre eso. Quizá esté yendo por el camino equivocado.

—Vamos al piso de Kim Wiesinger. Con suerte veremos algo que hasta ahora se nos ha escapado —propuso Julia.

Florian sopesó el fajo en la mano como si fuera un trozo de oro cuyo valor quisiera calcular.

—Sí, merece la pena intentarlo. Miró el hueco tras el azulejo.

—Conociéndote, seguro que encuentras algo más. —Sonrió—. Toma la llave. Vete tirando tú. Yo llevo rápidamente los billetes al laboratorio para que comprueben si hay huellas del General.

16

Vale, así que al final no era más que una zorra estúpida que se dejaba camelar por cualquier idiota de turno.

Herbert Hoffmann se pimpló la siguiente cerveza de un trago, esperando que el líquido le arrastrara de paso la rabia y la decepción. Aún tenía ante los ojos la imagen de aquel hombre que había entrado sin más en el piso de Kim. Como si viviera allí. Como si Kim le perteneciera. Como si fuera de su propiedad. Al pensarlo, Herbert se atragantó y tuvo un violento acceso de tos. Salpicaduras de cerveza se esparcieron no solo por su camisa y sus pantalones, sino también por el suelo de la cocina, las paredes y los armarios.

Maldita sea. Esa zorra iba a llevarlo a la tumba. No podía ser que estuviera emborrachándose por completo por su culpa. ¿Qué demonios había sido de él?

Pulsó una tecla del portátil. La pantalla negra cobró vida y mostró a una rubia en una postura inequívoca. A su lado, de pie, un hombre cuyos abdominales se marcaban de forma impresionante en un six-pack. Los dedos de Herbert recorrieron con gesto crítico los michelines que le desbordaban por encima del pantalón. Durante un instante sintió asco de sí mismo, pero apartó aquel pensamiento con rapidez fulminante. Al fin y al cabo, no todo era tener un six-pack.

Al cabo de un rato, Herbert se detuvo. No podía más. Estaba completamente sobreestimulado; el parpadeo de las imágenes en la pantalla lo dejaba exhausto. Todo aquello era demasiado irreal. Necesitaba más intensidad. Algo auténtico, de la vida real. Sentía vibrar cada nervio del cuerpo.

Volvió a coger la botella de cerveza y bebió. Luego se secó el bigote húmedo con el antebrazo izquierdo, dejó la botella y se levantó. La hora

era propicia. En pleno día, Kim nunca volvía a casa. Por lo tanto, su nuevo amante tampoco podía estar allí. Ahora o nunca.

Herbert cogió la cámara nueva y la llave del piso de Kim. Se deslizó hasta la puerta de su apartamento y comprobó la situación por la mirilla. En la escalera reinaba el silencio. No se movía nada. Abrió, avanzó sin hacer ruido hasta la puerta de enfrente y pegó la oreja a la madera. Nada.

Con el corazón martilleándole en el pecho, abrió la cerradura y entró en el piso de Kim.

Primero retiró la cámara estropeada del baño. Tardó un rato en localizar el pequeño dispositivo; lo había encajado tan bien en la rendija entre los dos armarios con espejo que resultaba casi invisible.

Después se paseó hasta el dormitorio y sonrió, lleno de anticipación. A pesar de los celos, apenas podía esperar para ver cómo se lo montaba el nuevo amante con su vecina. La imagen de la rubia arrodillada se le apareció y avivó su deseo con tanta fuerza que le dieron ganas de revolcarse en las sábanas de Kim. Se pasó la lengua por los labios secos. Enseguida se tomaría otra cerveza. Pero primero, el trabajo.

Herbert se paseó por el dormitorio con aire de suficiencia, sin apartar los ojos de la cama. Sabía que los profesionales del cine no solo buscaban el ángulo adecuado, sino también la luz correcta. Sería una lástima que los espectaculares contornos de Kim se perdieran en las sombras.

Se colocó junto a la ventana y activó la cámara. Luego se quedó mirando su smartphone durante un buen rato. La aplicación funcionaba a la perfección. Con el modelo nuevo incluso podía hacer zoom. Probó el resultado apuntando a la almohada. Una locura. Herbert se quedó fascinado con la calidad de imagen. Se distinguían con claridad hasta los botones de la funda. Imaginó que eran los pezones de Kim.

Herbert también probó desde lo alto del armario. De noche, esa posición no sería un problema, pero de día el contraluz era demasiado fuerte. Se decidió por el lado de la ventana. El vendedor le había dado la idea del alféizar. Instaló la cámara justo debajo, en el rincón más profundo. El resultado era perfecto. El pequeño aparato quedaba casi invisible en la sombra. Kim no lo descubriría jamás.

Satisfecho, volvió a comprobar la imagen en el móvil. Ya podía llegar la noche. La lujuria le latía en las venas. Hizo zoom hacia la cama vacía.

De pronto, oyó un ruido.

Tardó un par de segundos en asimilarlo. Alguien estaba girando la llave en la cerradura.

Maldita sea.

El pánico lo atravesó por un instante. Con rapidez de reflejos, clavó la vista en el armario y se ocultó en su interior a toda prisa.

17

Julia se frotó la nuca, que sentía completamente agarrotada. Aunque las pastillas para dormir habían surtido efecto durante la noche, no se sentía descansada. Al contrario: los párpados parecían pesarle toneladas. Bostezó. Lo que más le apetecía era quedarse en el coche y esperar allí a Florian, pero su ambición la empujó a seguir.

Se plantó ante la puerta del piso de Kim Wiesinger y observó el precinto policial, que ya estaba roto. ¿Habría vuelto Florian después de la inspección de la Científica y se habría olvidado de reponerlo? Se encogió de hombros con cansancio, giró la llave y abrió la puerta lo justo para entrar.

Hasta ese momento solo conocía el apartamento por las fotografías del expediente. Sabía que Florian había hallado munición ilegal bajo la cama. El piso no era especialmente grande pero, a diferencia del domicilio de Bugarow, estaba decorado con esmero y un toque muy personal. Eso sí: las primeras macetas del salón ya empezaban a marchitarse.

Julia no sabía muy bien por qué, pero se dirigió primero a la cocina. En el alféizar de la ventana encontró una regadera. La llenó de agua y regresó al salón para regar las plantas. Cuando terminó, se sentó en el sofá.

A diferencia de lo que le ocurría a Florian, a ella no se le disparaba la imaginación. Kim Wiesinger estaba muerta; Julia ya no podía percibir nada de su esencia. Lo que sí era evidente era su amor por el orden. Pero aquello no era nuevo. Ya lo había advertido durante la autopsia por el estado de la ropa, la dentadura y el cabello: la policía asesinada había sido una persona muy amante del orden y muy cuidadosa.

Julia se levantó, fue al baño y confirmó sus sospechas. Además del cepillo de dientes eléctrico, Kim usaba seda dental y enjuague bucal. El cesto de la ropa sucia estaba vacío, salvo por una blusa; las toallas descansaban perfectamente dobladas en la estantería. La alfombrilla del

baño, clara y mullida, no presentaba manchas ni restos de ningún tipo. En la porcelana del lavabo no había rastro de pasta de dientes ni de jabón. Incluso la parte inferior del grifo brillaba como si fuera nuevo.

Estaba claro: Kim limpiaba con regularidad. Pero si se aferraba tanto al orden y a las normas, ¿por qué había salido sola y por su cuenta en plena noche?

Julia pasó al dormitorio y se arrodilló junto a la cama, donde Florian había encontrado la munición. Iluminó la parte inferior con la linterna del móvil y descubrió la cajita fijada al somier. Kim siempre había sabido lo que se hacía. ¿De dónde salía, entonces, aquella imprudencia repentina?

¿O quizá ocultaba también un arma ilegal para esas balas? Si era así, al parecer no había tenido ocasión de usarla, porque Julia no había detectado residuos de disparo ni en sus manos ni en su ropa.

Pensó en el cubo que le había provocado aquella herida espantosa en el cráneo. ¿Dónde habría estado Kim aquella noche?

Julia se puso en pie y siguió mirando por el dormitorio. El escritorio junto a la pared estaba despejado; Florian se había llevado tanto el ordenador como todos los expedientes a la comisaría. Aunque había revisado los documentos varias veces, no había hallado ninguna pista sobre los posibles hechos de la noche del crimen.

La mirada de Julia se detuvo en el gran armario de espejo. Durante un instante la tentó la idea de que Kim Wiesinger ocultara sus secretos allí, en aquel mueble mastodóntico. Pero habría sido demasiado fácil. Julia contempló unas fotos de Kim de niña junto a su familia: se la veía feliz. Ya de adulta, algunos rasgos de su rostro se habían endurecido, como mostraba un retrato más reciente.

Julia recorrió las paredes con la vista una y otra vez, hasta que se detuvo. No. Sería ridículo que una policía ocultara secretos en huecos en la pared, como un delincuente. No habría tenido necesidad de algo así.

Se quedó un buen rato observando una de las muchas fotos familiares que colgaban por toda la vivienda y luego se volvió hacia el armario de espejo. Abrió la puerta y pasó la mano por una hilera de blusas colgadas. Entonces, su vista cayó al suelo, sobre un par de zapatos que no encajaban en absoluto con Kim Wiesinger.

Cuando comprendió que eran zapatos de hombre, ya era demasiado tarde.

Un golpe fuerte le alcanzó la nuca. El dolor la dominó. Un estallido de destellos le cruzó el cráneo. Las piernas se le doblaron y soltó un grito agudo. Completamente desorientada, se giró y vislumbró a un hombre de reojo. Una mano tosca le tapó la boca por detrás. La otra le atenazó un pecho y apretó con tanta fuerza que Julia volvió a gritar ahogadamente.

—Grita cuanto quieras. No te servirá de nada.

El cuerpo macizo del hombre cayó sobre ella y la aplastó contra el suelo. Los pulmones se le vaciaron de golpe. Julia boqueó y se debatió con manos y pies. El hombre tiraba de sus pantalones. Presa del pánico, ella le mordió la mano tosca e intentó zafarse, pero él pesaba demasiado. Tenía el control. Le hundía la cabeza en la nuca. Las gafas de pasta de Julia cayeron al suelo; el cristal tintineó. Él resoplaba y le raspaba la piel con el bigote. Un tufo agrio a alcohol, mezclado con el hedor del sudor, le invadió las fosas nasales.

Le retorció los brazos, la levantó a tirones y la empujó hacia delante, contra la cama. Julia golpeaba a su alrededor como enloquecida cuando el hombre se le lanzó encima con todo su peso. Pataleaba, mordía, gritaba. Pero los pantalones seguían bajándole. Unas manos repugnantes estaban por todas partes sobre su piel.

Dejó de forcejear porque era inútil. Su inmovilidad pareció excitar al hombre que tenía encima. El agarre se aflojó un poco, aunque él no dejó de tirar de los pantalones. Julia giró la cabeza apenas unos grados y esperó a que la barbilla de él quedara a la altura de su codo. Sabía que un golpe fuerte en la laringe podía dejar fuera de combate al agresor de inmediato.

Contuvo el pánico. Una calma extraña se apoderó de ella: la calma antes de la tempestad. Cerró los ojos, giró con todas sus fuerzas y le clavó el codo en la garganta. El hombre gruñó, sorprendido, pero aún no estaba fuera de combate. Sus manos rodearon el cuello de Julia y apretaron. Al cabo de unos segundos interminables, aflojó la presión. Cuando intentó besarla en el cuello, Julia echó la cabeza hacia atrás con violencia. Algo crujió: seguramente el tabique nasal de él.

El agarre sobre sus hombros se debilitó y, esta vez, Julia logró librarse del peso sobre ella. Se zafó de la presa y se puso en pie de un salto.

Sobre la cama quedó un hombre desaliñado que no parecía dispuesto a rendirse. Braceó, incorporándose a trompicones, y Julia echó a correr. Él la alcanzó a los pocos pasos, lanzó un manotazo a su brazo, pero no llegó a sujetarla.

Julia tenía que salir de allí. Llegó hasta la puerta del piso, pero aquel asqueroso ya estaba pegado a su espalda. Una mano la agarró del hombro y la tiró hacia atrás. Los dedos de Julia ya se habían aferrado a la manilla. Empujó con todas sus fuerzas, pero la puerta solo se abrió unos centímetros. El atacante era demasiado fuerte. No dejaba de tirar de ella hacia dentro.

Julia gritó. Estaba perdida.

18

—¡Julia!

Julia se aferraba a la manilla de la puerta mientras el hombre la sujetaba con una fuerza increíble. Vio a Florian. Vio su rostro, el horror reflejado en sus facciones y, acto seguido, la determinación con la que desenfundó su arma.

—¡Suéltela ahora mismo! ¡Policía!

Julia cayó y aterrizó con fuerza sobre las rodillas. Sus dedos seguían atenazados a la manilla como si fuera un clavo ardiendo que pudiera salvarla de morir ahogada. Florian saltó por encima de ella y se abalanzó sobre el hombre, que se quedó paralizado como una estatua de sal.

—¡Manos arriba! ¡De rodillas! —Las esposas se cerraron con un clic.

Florian sacó el móvil y pidió refuerzos.

Solo entonces Julia se atrevió a levantarse. Unos ojos azules la examinaban con preocupación; los grises, justo al lado, echaban chispas de pura rabia.

—¡Zorra estúpida!

—¡Cierre la puñetera boca! —Florian mantuvo el arma apuntándole mientras lo empujaba hacia el perchero. Allí fijó la otra anilla de las esposas a la barra transversal para que el viejo no pudiera escapar.

—¡Maldita puta!

Julia vio cómo el rostro de Florian se tornaba de un rojo sombrío. Su mano izquierda rodeó la garganta del hombre.

—Una sola palabra más y pierdo el control. —Su voz no dejaba lugar a dudas. El hombre bajó la mirada y soltó un juramento ininteligible.

Florian se apartó y se acercó a Julia. Ella ya se había recompuesto la ropa y se apretaba de espaldas contra la pared.

—¿Estás herida? —preguntó él mientras la examinaba.

—No es nada. Solo unos rasguños. ¿Puedes ver si mis gafas están en el dormitorio?

Al cabo de unos respiros, Florian regresó con ellas. El cristal derecho estaba roto. Julia se las puso de todos modos y negó con la cabeza.

—Menos mal que has aparecido. —Julia no pudo contener más las lágrimas y Florian la estrechó contra su pecho. Se sentía infinitamente aliviada, aunque la adrenalina seguía recorriendo su sangre con tal intensidad que aún temblaba.

—¿Quieres sentarte? —preguntó Florian en voz baja.

—No. Quiero saber qué demonios hace este hombre en el piso de Kim Wiesinger. —Habló mucho más alto de lo que pretendía y fue controlando poco a poco el temblor. Ni ella misma sabía de dónde sacaba esa energía repentina. Tenía el estómago revuelto y ardía de rabia. Levantó el índice en un gesto acusador—. ¿Quién demonios es usted?

—Tranquila. Lo aclararemos ahora mismo. —Florian le tomó la mano

—. Primero deja que te examinen. —Su dedo recorrió el antebrazo, donde destacaba un arañazo amoratado.

—No —insistió Julia, ya más calmada—. Quiero saber quién es. Me ha atacado. Creo que está implicado en lo de Kim Wiesinger.

Florian le sostuvo la mirada durante un largo instante; después asintió y se volvió hacia el hombre.

—¿Cómo se llama?

El agresor de Julia estaba ahora blanco como la cal. Unas gotas de sudor le perlaban la frente. Tenía la cabeza hundida entre los hombros y parecía incapaz de matar una mosca. Aquel tipo desaliñado rondaba los sesenta y vestía una camisa de leñador arrugada. Bajo las axilas se le marcaban manchas de humedad. Su vientre fofo asomaba por encima del pantalón. Los poros dilatados de la nariz y la piel rojiza delataban un consumo regular de alcohol.

Julia se obligó a no apartar la vista. El impacto seguía ahí, en sus entrañas, pero no pensaba dejarse amedrentar por semejante criatura. Bloqueó sus emociones; por experiencia sabía bastante bien cómo hacerlo. Actuó como si aquel ser repugnante fuera un cadáver tendido sobre su mesa de autopsias.

—¿Cómo se llama? —repitió con tono gélido cuando el hombre no respondió de inmediato y se limitó a mirarla con hostilidad.

—Herbert Hoffmann, soy el vecino —gruñó al fin. Levantó la mano libre en un gesto defensivo y se dirigió a Florian—. Yo cuido del piso con regularidad. Esa mujer no tiene nada que hacer aquí. Ha entrado por la fuerza y se ha puesto a hurgar en todo. No he hecho más que cumplir con mi deber ciudadano. Le pedí que se fuera, pero se me echó encima. Solo me estaba defendiendo.

El hombre mentía con una desfachatez pasmosa. Julia todavía sentía sobre su piel aquellas manos toscas y codiciosas. Incluso entre sus piernas palpitaba el asco, que como un ejército de hormigas que le mordían la piel le recorría el cuerpo entero. Se sentía utilizada.

—Me ha atacado e intentado violar. —Consiguió que su voz sonara firme, a pesar de que las hormigas estaban por todas partes. Julia se estremeció.

—¡Si me pusiste el culo delante mientras husmeabas debajo de la cama! —bramó Herbert Hoffmann, indignado.

—A ver, tranquilícese. —Florian se interpuso—. O nos cuenta con educación qué hace en el piso de Kim Wiesinger, o seguimos esta charla en comisaría. Y le advierto de una cosa: como vayamos allí, no solo se enfrentará a cargos por intento de violación y lesiones, sino también por resistencia a la autoridad e insulto a un agente. No volverá a pisar su casa en unos cuantos años.

En los ojos de Hoffmann se produjo un destello. Parecía debatir entre su instinto agresivo y la cordura. Al final, se impuso la segunda.

—Tengo una llave del piso de Kim. Cuando ella no está, riego las plantas, le recojo el correo y echo un ojo. —Resopló con desaprobación, pero mantuvo la voz baja—. Hoy estaba revisando que todo estuviera en orden cuando apareció esta mujer. Me escondí en el armario y observé lo que hacía. Se puso a cotillear en cada rincón, hasta debajo de la cama. Decidí que tenía que intervenir de inmediato.

Julia decidió ignorar las sandeces de aquel demente.

—¿Y el precinto policial? ¿No lo vio? —preguntó. Hoffmann hizo un gesto de desdén con la mano libre.

—Eso no debe de ser más que un truco barato. Lleva ahí pegado dos días.

—Claro, un truco. ¿Y lo rompió usted? —le espetó Florian.

—Sí. ¿Y qué? Tengo llave, ¿no?

—¿Sabe que el quebrantamiento de un precinto también es delito? Vamos, ¿qué buscaba realmente aquí? —Florian se irguió frente al intruso, imponiendo su estatura. Julia supuso que intentaba evitar que el hombre volviera a arremeter contra ella. La estrategia funcionó: Hoffmann se encogió de hombros.

—Ya se lo he dicho. Quería ver si todo estaba bien. Florian guardó silencio, clavándole una mirada hostil.

—Como le digo, cuido el piso desde hace años. Kim y yo somos… bueno, somos amigos. —Una sonrisa obscena le asomó un segundo a los labios, pero se esfumó en cuanto Florian se acercó un centímetro más.

—Tengo derecho a estar aquí. —La frase sonó más a pregunta que a afirmación. Hoffmann se pasó la lengua por los labios, inquieto.

—¿Cuándo vio por última vez a Kim Wiesinger? —preguntó Florian.

—Puf, no sabría decirle. Hace unos días. Últimamente salía mucho, siempre de noche. Quién sabe qué andaría haciendo. —De nuevo, una sonrisa sugerente le cruzó el rostro. Su mano libre rozó el bolsillo del pantalón. Fue un gesto fugaz, pero suficiente para llamar la atención de Julia.

—Esconde algo en el bolsillo —dijo ella, señalando el pantalón.

—Muy bien. Arriba ese brazo —ordenó Florian. Lo cacheó concienzudamente y extrajo un pequeño dispositivo anodino. Parecía una esfera, pero la parte frontal reflejó la luz durante un instante.

—Es una cámara —dijo Florian, alzando el objeto con incredulidad.

—Está estropeada. —A Herbert Hoffmann se le había escapado el comentario y se mordió el labio inferior de inmediato.

En la escalera se oyó un traqueteo. Suelas pesadas subían los peldaños a toda velocidad. Por fin llegaban los refuerzos. Martin Saathoff apareció el primero, con la cara roja como un tomate. Tras él entraron varios agentes armados que tomaron posiciones al momento. Uno de ellos apuntó directamente a Hoffmann.

—¿Qué demonios pasa aquí? —resopló Saathoff, exhausto, mientras examinaba al hombre esposado, que abría los ojos con espanto.

—¡Maldita sea! ¿Me van a tratar como a un delincuente peligroso? ¡Si no he tocado a esta mujer! —Hoffmann miró a Julia. La rabia de sus ojos había sido sustituida por el pánico—. Dígales a estos hombres que no ha pasado nada —le exigió con voz débil.

Julia abrió la boca para replicar, pero Florian se le adelantó.

—Suelten la anilla del perchero. Que nos acompañe a su casa y nos enseñe las grabaciones que seguramente hizo de Kim Wiesinger con esta cámara.

Un agente tomó de la mano de Florian la llave de las esposas y se llevó a Herbert Hoffmann.

—¿Pero esto es legal? —protestó él—. Tengo derecho a un abogado,

¿no?

—Eso me resulta muy interesante —lo cortó Florian mientras Hoffmann abría la puerta de su propio piso—. ¿Así que tiene algo que ocultar? Quizá pueda explicarnos con detalle qué hizo con Kim Wiesinger. Le aseguro que lo mejor que puede hacer es cooperar.

Herbert Hoffmann gruñó algo antes de murmurar, apocado:

—Pasen.

La vivienda apestaba a alcohol y a basura acumulada. Julia, acostumbrada a los malos olores, se estremeció de todas formas. El recuerdo de los dedos morcillones de aquel hombre sobre su cuerpo le revolvía las tripas.

Hoffmann fue a la cocina y abrió el portátil. Tecleó una contraseña y, al instante, se puso en marcha una película porno. Julia no esperaba menos; aquel tipo era de lo más abyecto que se había encontrado últimamente. Saathoff se inclinó sobre la pantalla y esperó con paciencia a que Hoffmann localizara los archivos de la cámara de espionaje.

—Haga clic de una vez —exigió Florian al ver que el hombre vacilaba. Cuando el vídeo comenzó, Julia contuvo el aliento. Lo que vio la dejó atónita. Kim Wiesinger aparecía completamente desnuda bajo la ducha, ajena a que la estaban observando. La mujer, de figura esbelta, echó la cabeza hacia atrás y cerró los ojos, sonriendo. Disfrutaba del agua caliente que le recorría el cuerpo. Permaneció inmóvil un buen rato antes de coger el gel y enjabonarse. La cámara captaba cada uno de sus movimientos.

Tras varios minutos, la grabación terminó justo después de que Kim saliera de la ducha.

—La estaba acosando —soltó Julia, indignada—. ¿Qué más pensaba hacerle?

Herbert Hoffmann le lanzó una mirada cargada de odio y guardó silencio.

—¿De cuándo es la última grabación? —preguntó Florian.

—De hace cinco días. —Herbert pasó el cursor por varios archivos y se detuvo en la primera entrada—. La cámara se rompió porque no es sumergible. —Como prueba, hizo clic en el vídeo más reciente. Kim Wiesinger apareció solo un segundo antes de que la imagen se fundiera en negro. Luego, unas franjas de un gris claro cruzaron la pantalla; el cuerpo de Wiesinger se dibujó brevemente y volvió a desaparecer.

—¿Volvió a ver a Kim Wiesinger después de eso? Hoffmann negó con la cabeza.

—Como ya he dicho, la última vez que la vi fue por la mirilla. Iba toda de negro y se escabulló de casa en mitad de la noche.

—¿Cuándo fue eso exactamente?

—Hace tres días.

Julia hizo rápidamente el cálculo mental. Aquella era la noche del asesinato. Le habría encantado encararse con Herbert Hoffmann allí mismo, pero sabía que no era su función, así que dejó que Florian dirigiera el interrogatorio. Florian lo fue acorralando sistemáticamente, con una calma aparentemente casual; sabía que así cualquier contradicción en su relato saltaría a la vista.

Saathoff, que no había despegado los ojos de la pantalla, como hipnotizado, se desperezó y preguntó:

—¿Habló con ella esa noche?

Hoffmann puso los ojos en blanco, haciendo memoria. Luego negó lentamente.

—No. Esa noche, no. Pero antes sí. Quería saber adónde iba tan tarde. Le ofrecí llevarla en coche. —Asintió con aire condescendiente—. A una mujer joven y guapísima no se la puede dejar sola por la noche, así como así. Pero no quiso y me lanzó una mirada de odio. Como si eso pudiera impresionarme.

—¿Y adónde quería ir?

—No me lo dijo.

—¿Me permite? —preguntó Florian, señalando el portátil.

—Como quiera —murmuró Hoffmann, cediéndole el aparato.

Florian abrió un vídeo de otra carpeta. En cuanto empezó la reproducción, lanzó al hombre una mirada afilada.

—¿Le gustan las escenas violentas?

En la pantalla, una mujer gritaba mientras un hombre con un traje de cuero negro la azotaba. Hoffmann se encogió de hombros.

—Bueno… a la mayoría le va eso. —Su mirada rozó a Julia.

Florian abrió el siguiente vídeo. Se le tensaron los hombros. Julia clavó la vista en la pantalla: una mujer aparecía atada a una silla. Un hombre con un cigarrillo encendido se paseaba frente a ella. Julia casi podía sentir físicamente el miedo de la mujer. Miró de reojo a Herbert Hoffmann y vio cómo se pasaba la lengua por el labio inferior, visiblemente excitado. Asqueada, volvió a centrarse en el vídeo. En el momento en que el hombre le quemaba el antebrazo a la mujer con el cigarrillo, Florian detuvo la imagen.

—Creo que será mejor que sigamos hablando en comisaría. —Le leyó sus derechos y procedió a su detención preventiva.

—Sácalo de aquí —le pidió Florian a su compañero, que no había vuelto a abrir la boca desde que aparecieron las escenas de tortura.

Cuando la puerta del piso se cerró de golpe, Florian exhaló un suspiro profundo.

—Maldito cerdo asqueroso —maldijo—. Tenemos que registrar su vivienda de arriba abajo. Puede que tenga algo que ver con la muerte de Kim, aunque se comporte como si ella siguiera viva.

Llamó a Anna Schubert, de la Científica, para tramitar la orden de registro inmediata. Martin Saathoff volvió a entrar. Estaba lívido. Julia notó que evitaba mirar el portátil a toda costa.

—Quizá nos hayamos equivocado todo este tiempo —dijo Saathoff, pensativo, mientras observaba los antebrazos arañados de Julia—. Este tipo es violento, impulsivo y disfruta torturando a mujeres. Los indicios dictan que Herbert Hoffmann debe entrar en la lista de sospechosos principales.

—No puedo creer lo que acaba de pasar. ¿Cómo encaja todo esto? En el arma del crimen solo aparecían las huellas de Sergei Bugarow —apuntó Julia con voz débil.

Florian se encogió de hombros y la rodeó con un brazo.

—Todo eso lo discutiremos después. Ahora mismo te llevo al médico.

—Antes de que Julia pudiera protestar, levantó el índice—. ¡Ni una palabra!

19

—Duerme bien, Julia. Te llamaré mañana temprano.

La voz de Florian sonaba tan lejana… Julia oía sus palabras como si llegaran de la nada, desde un universo paralelo que podía escuchar, pero al que nunca lograría llegar. Gimió débilmente. Notó el roce de sus labios en la mejilla; fue un contacto fugaz, irreal. Tal vez solo hubiera sentido la punta de la almohada. El médico le había desinfectado las heridas y las había tratado con una pomada. Físicamente, las heridas desaparecerían en unos días. En cuanto al alma, le habían sugerido acudir a un especialista. Julia, por supuesto, no lo haría. ¿Para qué? Al fin y al cabo, no le había pasado nada y aquel malnacido iba a pasar una buena temporada entre rejas. Aún podía olerlo. No había nada peor que el hedor de un alcohólico descuidado; se le había quedado impregnado en la nariz y no conseguía quitárselo de encima.

Los tranquilizantes que Florian le había deslizado con tanta ternura entre los labios alcanzaron su siguiente fase. Julia se hundió en una nube de recuerdos. Revivió su infancia, vio a sus padres felices, vio a Michael y siguió flotando, sin cesar, hacia el punto de inflexión. Como tantas otras veces, revivió su pesadilla recurrente: Michael en su cama, Julia pegada a él. Sentía su calor, el latido vigoroso en su pecho. Lo había querido tanto… Y seguía doliendo, igual que el primer día.

Vivió el funeral como si fuera una película a cámara rápida. De pronto, todo pareció congelarse. El aire se volvió una masa espesa que le impedía correr. Julia se tumbó en la cama de Michael. No podía creer que ella estuviera bajo su manta suave mientras él yacía en una caja de madera, enterrado en lo más hondo de la tierra. Aún podía sentirlo. Si cerraba los ojos, él estaba allí mismo, a su lado. No se había ido. Algo de él seguía allí.

—Michael —susurró a la noche.

Pero nadie respondió. Su mano buscó a tientas, pero solo encontró la sábana fría. Se había ido para siempre. Se sentía sola e incompleta, porque una parte de sí misma se había quedado en el cementerio con Michael.

Julia siguió a la deriva. El hombre de negro volvió a aparecer a su lado, exactamente igual que aquella noche después del entierro. No se movía. Pero hoy Julia podía verle el rostro: era el de Herbert Hoffmann.

Julia gritó y se incorporó de golpe. Las pastillas la hacían sentir mareada. Veía borroso; no lograba atravesar la oscuridad. Criaturas de sombra, informes, rodeaban su cama. El hombre de negro la miraba fijamente. Respiraba; ella podía notar en la mejilla el leve soplo de su aliento. Su hálito no apestaba, así que no podía ser Herbert Hoffmann. Aun así, había un monstruo de pie junto a su cama. Tenía que ser un monstruo, porque su corazón se había puesto a galopar. Los nervios le vibraban. Su instinto de supervivencia dio la alarma: era mucho más fuerte que los sedantes. Julia temblaba. Estaba completamente despierta.

—¿Qué quiere de mí? —atinó a preguntar con esfuerzo.

—¡Duerme!

La respuesta le retumbó en los oídos. Intentó que su razón le dijera que estaba soñando. Pero no lo estaba. Estaba sentada, erguida en la cama. No dormía. Su pecho subía y bajaba con fuerza, como si acabara de correr un esprint. Con un movimiento fulminante, alargó la mano hacia la lámpara de la mesilla. En el instante en que la luz cegadora expulsó las sombras de su dormitorio, una puerta se cerró de golpe.

El monstruo había desaparecido.

20

—Muy bien. Pronto podrás arreglártelas sin mí —elogió Julia a su asistente, que acababa de abrir un asa intestinal y recogía en un cuenco el contenido que brotaba.

Ante ellos yacía un hombre de cincuenta años que había muerto de forma natural. Había sufrido un infarto de miocardio. Como aquel infarto no cumplía los criterios habituales y el hombre había sido considerado una persona completamente sana, su médico quería ir sobre seguro. El fallecido dejaba una herencia considerable y, en esos casos, la prudencia era fundamental.

Julia se había negado a quedarse en casa aquella mañana. Se había despertado con la cabeza a punto de estallar y prácticamente se había arrastrado hasta la ducha. Tras media hora se encontró mejor. La pesadilla que aún sentía calada en los huesos se escurrió por el desagüe junto con el agua caliente. Contra todo pronóstico, incluso había encontrado sus gafas de repuesto. Tenía que seguir adelante, no podía dejarse vencer. La normalidad era su mejor medicina.

Florian, sin embargo, insistía en que fuera al psicólogo; incluso le había concertado una cita. Julia se negó en redondo. El ambiente entre ambos estaba por los suelos. La atención de Florian era sencillamente demasiado para Julia; le gustaba que se preocupara por ella, pero no se dejaba tutelar. Al fin y al cabo, ella era médica y podía valorar perfectamente si la experiencia con Herbert Hoffmann la había traumatizado y hasta qué punto. Todo estaba dentro de lo razonable. Se encontraba bien, dadas las circunstancias, si se exceptuaban las pesadillas. Y esas ya las tenía desde mucho antes del incidente con Hoffmann.

Aun así, cuanto más pensaba en la conversación telefónica de aquella mañana, mayor era su decepción. Se sentía incomprendida, sobre todo porque Florian quería quitársela de encima enviándola a aquel psicólogo.

Ni siquiera sabía por qué le había contado sus inquietudes. Tenía clarísimo que aquellos sueños no eran reales y, aun así, había oído la voz del hombre de negro. De eso estaba completamente segura. Se sentía dividida: ¿estaba exagerando e imaginándose cosas o su percepción era correcta? Había esperado que Florian la ayudara a responder esas preguntas, pero él prefería dejarlo en manos de un psicólogo. Julia tenía la sensación de que empezaba a cansarle y de que quería quitársela de encima. La cercanía que había surgido entre ellos se había esfumado.

—¿Me pasas las pinzas?

La voz de Emanuel le llegó amortiguada, como a través de un filtro.

—¿Qué?

—¿Las pinzas? —insistió él, señalando el instrumento de acero inoxidable.

—Ah, claro. Toma.

—¿Estás bien?

Julia puso los ojos en blanco. Ahora también Emanuel empezaba con lo mismo.

—No ha pasado nada —respondió ella con evasivas, ignorando la mirada de su asistente, clavada en sus brazos arañados.

—Los rasguños desaparecerán en un par de días y ese malnacido ya está entre rejas. Terminemos la autopsia y cosamos el cadáver —añadió ella, agarrando de forma ostensible el hilo grueso y la aguja quirúrgica.

—Como quieras. Pero si necesitas apoyo moral, dímelo, por favor. Esta tarde podría traernos tarta. —Emanuel la miró como si acabara de tener la mejor idea del mundo para animarla. Su expresión hizo que Julia esbozara una sonrisa.

—Vale —dijo ella—. Pero ahora, al trabajo.

Esperó a que Emanuel recolocara los órganos en la cavidad corporal. Luego tomó dos pliegues de piel. Justo cuando iba a dar el primer punto de sutura, la puerta se abrió de golpe. Manfred Holsten, el director del Instituto de Medicina Legal, entró en la sala de autopsias y se dirigió directamente hacia Julia.

—Acabo de hablar por teléfono con Hermann Meier —abrió la conversación, sin ni siquiera saludar.

Aquello era completamente inusual en su jefe. Sorprendida, Julia se detuvo. Hermann Meier era el jefe de la brigada criminal y superior de Florian. Julia sabía que ambos intercambiaban información con frecuencia.

Observó a su superior con interés. Manfred Holsten estaba cerca de la jubilación; tenía el cabello cano y ralo, algunos kilos de más y, como siempre, llevaba la bata sobre el traje aunque ya desempeñaba un puro trabajo de despacho. Su rostro, por lo general bonachón, estaba encendido. En sus ojos, Julia detectó un atisbo de ira y decepción.

—¿Por qué no me ha informado? —preguntó él en tono de reproche.

Al principio, Julia no supo a qué se refería. Holsten siempre le había dado mucho margen. Ella decidía por su cuenta cómo organizar su jornada y a él nunca le había molestado que colaborara en las investigaciones de la Judicial. Al contrario: para él, aquello formaba parte del oficio. Según su criterio, un buen forense debía tener amplia experiencia en el trabajo de investigación. Solo si se conocía la escena del crimen y se podía imaginar gráficamente cómo había actuado el agresor, era posible interpretar correctamente las múltiples señales de un cuerpo sin vida. Julia veía a Manfred Holsten, como mucho, cada dos días. Él confiaba en ella y ella daba lo mejor de sí. Su relación profesional había llegado a tal punto que ya solo le comunicaba personalmente los casos excepcionales. Rebuscó en su memoria, pero no se sentía culpable de nada.

Manfred Holsten la miró fijamente y luego negó con la cabeza.

—Por Dios, Julia. La han asaltado y han estado a punto de violarla.

¿Por qué no ha venido a decírmelo? No puede seguir como si aquí no hubiera pasado nada. —Levantó el índice y señaló los brazos de ella—. Está herida. Yo… —Holsten se acercó aún más y la examinó detenidamente—. Quiero que se vaya a casa y descanse.

—Eso no puede ser, tenemos mucho trabajo —protestó Julia—.

Además, estoy bien. No ha sido nada grave.

—No admitiré réplica —dijo Holsten en voz baja, sin apartar la mirada

—. Habría preferido que viniera a verme esta mañana. Sé que es usted incombustible y que no va a permitir que un incidente así la hunda, pero no puedo consentir que no se detenga a procesar lo ocurrido. No quiero verla por aquí hasta que sus heridas hayan cicatrizado. Así que, a casa.

Manfred Holsten abrió la puerta de la sala de autopsias y acompañó a Julia hacia fuera. Ella lo siguió, furiosa.

—No me voy a ir a casa ahora. ¿Cómo se lo imagina? Emanuel no puede hacerse cargo solo de las autopsias. ¡Se lo ruego!

Manfred Holsten la ignoró. El hombre, alto, avanzó por el pasillo tenuemente iluminado del instituto sin siquiera volverse. Julia lo adelantó

y le cortó el paso.

—No me voy a ir a casa —protestó con energía, cruzándose de brazos. Holsten se detuvo y respiró hondo.

—Escúcheme, señora Schwarz. No hago esto para castigarla ni para humillarla. Lo hago única y exclusivamente por su bien. Quédese en casa. Al menos tres días. Descanse. Váyase a algún sitio, visite a unos amigos o haga algo que la reconforte.

Cuando Julia abrió la boca para responder, él volvió a levantar el dedo.

—Le advierto que, si dentro de diez minutos sigue aquí, haré que el servicio de seguridad la saque del edificio.

La dejó allí plantada. Con paso elástico, se alejó hasta desaparecer de su vista. Julia se quedó boquiabierta, mirando a su jefe sin palabras.

—No puede ser verdad —maldijo al cabo de un rato.

Se dio la vuelta. Emanuel la esperaba en la puerta de la sala de autopsias con expresión de absoluta confusión.

—Holsten me ha puesto de patitas en la calle de verdad —dijo Julia. Emanuel asintió con cautela.

—No puedo dejarte solo —continuó ella. Su asistente se encogió de hombros.

—Me las arreglaré. Buscaré a algún compañero; seguro que el doctor Brenner todavía tiene hueco.

—¿El doctor Brenner? —El tono de Julia no dejaba dudas sobre lo que opinaba de su colega.

—Bueno, sería solo algo puramente formal, hasta que vuelvas. — Emanuel se mordió el labio inferior, inseguro—. Son solo dos días. Seguro que te viene bien un respiro. De todos modos, en los últimos días has estado bastante tensa.

Julia guardó silencio. ¿Pero qué estaba diciendo Emanuel? Lo miró fijamente, con ganas de indignarse por aquel comentario, pero en el rostro de su asistente solo vio preocupación. No fue capaz de corregirlo.

—Está bien —soltó al final—. Pero llámame enseguida si pasa cualquier cosa.

Emanuel asintió. Julia cogió sus cosas y abandonó el edificio. Por dentro sentía un torbellino. La llamada con Florian aún le pesaba y ahora se sumaba el choque con su jefe. ¿Qué estaba pasando de repente? Uno quería mandarla al psicólogo y el otro, a casa. ¿Es que ya nadie confiaba en ella? Pensó con rabia en Herbert Hoffmann, aquel viejo verde y

asqueroso que se había abalanzado sobre ella con sus manos abultadas y a quien le debía todo aquello. Le daban ganas de ir a su celda, sacarlo de allí y asestarle un puñetazo en el plexo solar. Cerró el puño con fuerza al imaginarlo.

Julia cruzó el aparcamiento pisando tan fuerte que le ardían las plantas de los pies. Al llegar al coche, abrió de un tirón la puerta del conductor, se metió y la cerró de golpe. Pisó el acelerador a fondo. El coche dio un brinco. Un hombre se giró para mirarla, pero a Julia no le importaba nada en ese momento. Estaba furiosa. Tan furiosa como no lo había estado en días, quizá en semanas. Ni siquiera recordaba cuándo había sido la última vez que se había alterado tanto.

Con una sensación en el estómago parecida a lava ardiente, irrumpió en su piso. Sobre la cómoda del pasillo había una foto de Michael. Otra de esas reliquias que, al parecer, su madre había olvidado allí. Furiosa, barrió la foto con la mano. Salió despedida por el aire y fue a parar al suelo, junto a la puerta principal.

En la cocina, lo primero que hizo fue agarrar una botella de agua. Bebió con ansia y, poco a poco, empezó a encontrarse mejor. Los feos pensamientos dejaron de girar a tanta velocidad. Se acomodó en el sofá con una copa de vino tinto y puso su música favorita. Mientras sonaba, hojeó un libro de fotografías. El azul del Mediterráneo formaba olas suaves bajo un cielo sin nubes. A lo lejos asomaba, prometedora, una isla griega. Hacía una eternidad que Julia no tenía unas vacaciones de verdad. La muerte siempre se interponía en su camino. La muerte y, por supuesto, la ruptura con su ex, Valentin. Siempre había soñado con recorrer en velero las islas griegas junto a él. Los sueños se los lleva el viento; Valentin era la mejor prueba. Ni siquiera sabía cómo le iba desde entonces.

¿Seguiría con su amante? Probablemente.

Julia pasó de página y admiró las velas blancas como la nieve de un yate. ¿Se embarcaría Florian con ella en un velero? ¿O le parecería una idea de locos? Siguió pasando páginas mientras miraba de reojo el móvil, que llevaba extrañamente mudo desde que salió del instituto. Ni Emanuel ni Florian habían dado señales de vida. ¿Estarían todos conchabados contra ella, incluido su jefe, Manfred Holsten?

Su vejiga se hizo notar. Julia se levantó y se encaminó hacia el baño. La foto de Michael volvió a llamarle la atención. La recogió y miró los ojos oscuros de su hermano pequeño, que brillaban con sorna. Michael no

miraba directamente a la cámara, sino a alguien situado un poco más atrás, seguramente un compañero de juego, porque en la instantánea aparecía en un campo de fútbol. Julia sonrió y le dio la vuelta a la fotografía.

Al instante se le congelaron las comisuras de los labios. Una arruga profunda le cruzó la frente porque no reconoció la letra del reverso. Y la frase escrita no tenía verdadero sentido:

Michael quiere a su hermana mayor.

21

Julia recogió los trozos de papel y se preguntó por qué había roto la foto de Michael. ¿Qué le había dado? ¿Había sido aquella letra desconocida? A estas alturas, dudaba. La letra de molde podía ser de su padre; recordó que a veces la usaba cuando quería trabajar con especial esmero. Pero ¿por qué iba a escribir una frase así en la foto?

«Michael quiere a su hermana mayor». Era una obviedad. No hacía falta dejarlo por escrito. Además, no encajaba con la instantánea, que más bien documentaba el amor de Michael por el fútbol. Fuera como fuese, se arrepentía de su arrebato. Una copa de vino tinto a plena luz del día había sido seguramente demasiado.

Julia buscó cinta adhesiva y recompuso la imagen lo mejor que pudo. Por si acaso, le hizo una foto con el móvil. La peor parte se la había llevado el rostro de Michael: una grieta le cruzaba la nariz de lado a lado. Julia se avergonzó. Si su madre supiera lo que había hecho, se pondría a gritar. Y con razón. Nadie rompe la foto de un ser querido. Mucho menos si ha muerto. Julia suspiró y escondió la imagen reparada en un cajón de la cómoda del pasillo.

Luego volvió a sentarse en el sofá, esta vez con un gran vaso de agua. Pasó las horas siguientes casi sin moverse. El vacío mental y la inacción le sentaron bien. Julia notaba cómo recuperaba, poco a poco, el equilibrio.

A última hora de la noche, el móvil vibró. Lo cogió casi con alivio; por fin alguien se había acordado de ella. Se alegró al ver el nombre de Florian en la pantalla, pero su breve mensaje fue todo menos positivo. Florian le comunicaba que Herbert Hoffmann volvía a estar en libertad. No tenían pruebas suficientes de su implicación en el asesinato de Kim Wiesinger.

La Fiscalía presentaría cargos por intento de violación, pero no podían mantenerlo detenido por ese motivo. Hoffmann tenía domicilio fijo y, además, el juez competente no apreciaba riesgo de fuga ni de reincidencia.

El mensaje de Florian terminaba con un escueto: «Lo siento, vuelvo a ponerme en contacto».

Julia lanzó el móvil al otro extremo del sofá. Le frustraba que Hoffmann no estuviera entre rejas y le enfurecía que Florian ni siquiera la hubiera llamado. Apartó el vaso de agua y volvió a dar un sorbo al vino. Encendió el televisor y fue pasando canales hasta quedarse con una película de acción. En algún momento se quedó dormida.

Solo el estridente timbrazo del teléfono la despertó de golpe. Aturdida, contestó.

—Julia Schwarz —murmuró, todavía somnolienta.

—Soy Florian. Estoy en la puerta de tu casa. Ha pasado algo y tienes que venir conmigo ahora mismo.

Julia se desveló al instante. Cogió el bolso y salió de casa a toda prisa. Bajó de un salto los tres escalones hasta el portal y abrió la puerta de golpe. Florian la esperaba con gesto grave.

—¿Qué pasa?

—Herbert Hoffmann ha muerto.

—¿Qué? —Julia no podía creerlo—. Pensaba que acababan de ponerlo en libertad.

Florian asintió y le abrió la puerta del copiloto. Mientras ella subía al coche, él dijo:

—Una vecina llamó a la policía porque la puerta de su piso estaba abierta. Entró a mirar y encontró a Hoffmann muerto en la cama.

Julia miró la hora.

—¿Y se ha dado cuenta de eso a las dos de la madrugada? Florian se encogió de hombros.

—Al parecer volvía de una fiesta. Vive una planta por encima de los pisos de Hoffmann y de Kim Wiesinger.

Florian se detuvo ante un semáforo en rojo y se volvió hacia Julia.

—¿Cómo estás? —preguntó en voz baja. Julia suspiró.

—¿Qué quieres que te diga? Mi jefe me ha dado la baja forzosa. No puedo aparecer por el instituto en tres días.

Se guardó de volver a hacerle reproches por la cita con el psicólogo; al menos Florian la llevaba a la escena de un crimen pese a todo.

Florian le puso una mano en el brazo y la miró con insistencia.

—Quiero saber cómo te sientes por lo de Hoffmann.

El ataque volvió a proyectarse ante los ojos de Julia. Sintió otra vez los dedos asquerosos de Hoffmann por todo el cuerpo.

—Estoy de maravilla —mintió, sosteniéndole la mirada.

Simplemente no quería que nadie le recordara el incidente. Ni él, ni ningún psicólogo.

El semáforo se puso en verde y Florian aceleró. Hicieron el resto del trayecto en silencio. Julia se preguntó si se alegraba de la muerte de Herbert Hoffmann, pero no lo sabía. Caminó tensa detrás de Florian después de que él aparcara y la ayudara a bajar. Martin Saathoff ya esperaba ante la puerta del piso de Hoffmann. Julia lo saludó con un leve movimiento de cabeza. La Científica acababa de llegar también.

Era plena madrugada. A pesar de la presencia de tantos agentes, reinaba un silencio inquietante. Nadie decía una palabra. Julia se colocó los cubrezapatos de plástico y arrugó la nariz. El piso de Hoffmann seguía apestando exactamente como ella lo recordaba. Ignoró la ligera náusea; sabía que la intensidad del hedor no tardaría en aumentar.

Aunque las temperaturas exteriores ya hubieran bajado considerablemente, el desarrollo del olor de un cadáver no puede frenarse de forma sustancial. La temperatura ambiente bastaba para favorecer la proliferación explosiva de bacterias y la putrefacción.

Herbert Hoffmann yacía boca arriba. Sus ojos opacos miraban fijamente al techo. Tenía la boca abierta de par en par en un grito grotesco. La cabeza y el torso estaban intactos; la imagen era soportable. Pero cuanto más descendía la mirada de Julia, peor se volvía la escena.

Hoffmann tenía los pantalones bajados hasta las rodillas, y también los calzoncillos. Entre las piernas había un agujero sanguinolento. Sangre por todas partes. Los genitales de Hoffmann habían desaparecido.

—Le han cercenado el pene —soltó Florian, horrorizado. Julia asintió.

—No solo el pene, también el escroto. —Rodeó la cama e inspeccionó los alrededores—. No veo los miembros seccionados por ninguna parte.

—Uf. No me diga ahora que el asesino se ha llevado los genitales como trofeo —murmuró Saathoff, con el rostro blanco como una pared encalada.

—No puede descartarse —respondió Julia, mientras observaba el vientre de Hoffmann.

La camisa que llevaba puesta estaba desabotonada. Las entrañas de Hoffmann ya se habían hinchado considerablemente por los gases. Como para confirmarlo, empezó a oírse un borboteo en el interior del cadáver. Saathoff dio un paso atrás, espantado.

—Maldita sea. Odio esta parte de mi trabajo —soltó antes de salir del cuarto—. Voy a echar un vistazo al resto del piso.

—¿Eso de ahí son signos? —preguntó Florian, a quien los ruidos cadavéricos no parecían afectarle en absoluto. Su dedo señalaba un punto por encima del ombligo.

Julia examinó la piel ensangrentada, que alguien había limpiado parcialmente.

—Deberíamos probar con luminol y luz negra —propuso.

Florian hizo pasar a Anna Schubert, de la Policía Científica. La mujer enjuta, de cabello oscuro y rostro surcado por profundas arrugas, hizo que la sangre del vientre de Herbert Hoffmann brillara con un tono azulado.

—Jamás había visto algo así —dijo con voz ronca.

Anna Schubert pasaba de los sesenta. Los años de experiencia como jefa de la Científica se le notaban. Con mano serena, fue moviendo la lámpara sobre el vientre del muerto.

—Na… —Se detuvo y volvió a empezar desde el principio. Julia y Florian clavaron la vista en los garabatos sangrientos.

—Ahí pone «Nadie» —dijo Julia, entrecerrando los ojos.

La lámpara siguió avanzando y se detuvo sobre una pequeña letra «t».

—Entonces dice «toca» —concluyó Florian.

Anna Schubert continuó descifrando las demás letras.

—«Nadie toca a Julia» —leyó por fin—. ¿Qué demonios significa esto?

Frunció el labio inferior y miró a Julia, pensativa. El silencio funesto que se extendió de golpe fue respuesta suficiente.

22

Julia se quedó como fulminada. «Nadie toca a Julia». La frase giraba a toda velocidad en su mente. Aunque no encontraba una explicación, sabía con certeza que el autor no se refería a una Julia cualquiera, sino a ella.

—Esto tiene toda la pinta de ser una venganza —dijo Florian. Al notar la mirada interrogante de Anna Schubert, añadió—: Julia fue asaltada por Herbert Hoffmann hace dos días; estuvo a punto de ser violada.

—¿Qué? —Los ojos de Schubert se abrieron de par en par y se clavaron en el cuello de Julia, donde aún tenía un arañazo visible—. Dios santo… ¿Cómo ha podido pasar algo así?

Julia salió de su letargo. Intentando sonar lo más objetiva posible, explicó:

—Quería inspeccionar el piso de Kim Wiesinger. Él también estaba allí en ese momento. Fue una coincidencia desgraciada.

Anna Schubert apretó los labios, pero no añadió nada más. Julia se lo agradeció en silencio: ya era bastante malo que toda la comisaría de Colonia estuviera a punto de enterarse de lo sucedido.

Al cabo de un rato, Julia no soportó más el silencio y tomó la lámpara de las manos de Anna. Volvió a pasar la luz sobre las letras brillantes, como si necesitara cerciorarse de que de verdad estaban allí. No solo media comisaría sabía ya lo del intento de violación; al parecer, alguien más también estaba al tanto.

¿Pero quién? ¿Quién la había observado y aun así no la había ayudado? ¿O es que el autor se había enterado a posteriori? Eso significaría que el asesino de Hoffmann era policía… o que algún agente le había contado lo ocurrido a un tercero. Julia pensó con intensidad.

¿Había quizá una filtración? Negó con la cabeza. No, resultaba demasiado enrevesado. Además, ¿quién iba a querer vengarla? ¿Se suponía que debía impresionarle tener un justiciero?

Pensativa, observó a Florian durante un segundo y apartó la vista de inmediato. Florian no haría algo así con toda seguridad. ¿Entonces quién? En el instituto no tenía a nadie cercano. ¿Emanuel? Tampoco entraba en cuestión. Era incapaz de hacerle daño a una mosca. Además, en la sala de autopsias seguía demostrando que, en el control de sus emociones, no era más que un principiante que apenas se estaba acostumbrando a la muerte.

Julia se frotó la nuca rígida y observó el cadáver de Hoffmann. Justo sobre el corazón distinguió una profunda herida punzante. Esa debía de ser la causa de la muerte. Si a alguien le hubiera molestado el ataque de Hoffmann, lo lógico habría sido ayudarla en aquel momento. Como no ocurrió, tuvo que enterarse después. Si descartaba a un policía y también una filtración, solo quedaba una posibilidad.

—¿Dónde está su móvil? —preguntó. Florian se encogió de hombros.

—Ni idea. ¿En el bolsillo del pantalón, quizá? ¿Por qué lo preguntas?

—El autor tuvo que enterarse del asalto de alguna manera. Puede que Hoffmann no tuviera solo una cámara, y que con otra grabara el ataque contra mí.

Las cejas de Florian se alzaron con aprobación. De inmediato empezó a registrar los bolsillos del cadáver. Anna Schubert lo ayudó, mientras Julia buscaba por el dormitorio.

—Aquí no hay nada —dijo Florian al cabo de un rato—. Puede que el móvil esté en la cocina o en el baño. Si no recuerdo mal, había una base de carga en la mesa de la cocina. Quizá esté allí.

Julia se adelantó. Vio el cargador, pero se quedó clavada en el sitio. Martin Saathoff estaba inmóvil frente al cubo de basura, en una postura completamente crispada.

—¿Qué pasa? —preguntó Julia.

Por un instante, la búsqueda del móvil quedó olvidada. Miró dentro del cubo y notó cómo se le disparaba el pulso. En una fracción de segundo, asimiló el contenido ensangrentado.

—Dios del cielo. El autor ha tirado los genitales de Hoffmann a la basura —dijo con voz ronca.

Esperó a que Anna Schubert tomara unas cuantas fotos. Luego extrajo el contenido. La descomposición ya estaba en pleno curso; la bolsa de plástico y la tapa del cubo habían acelerado el proceso. El hedor era espantoso. Julia separó los tejidos blandos y los extendió sobre una lámina

de plástico. El pene y ambos testículos estaban allí, íntegros. Examinó el hallazgo y observó los bordes de la herida: no había desgarros irregulares.

—Parece que el autor amputó el pene y los testículos de un solo corte limpio —dictaminó Julia, subiéndose las gafas por el puente de la nariz. Miró a Florian, que se había puesto un poco más pálido.

—¿Seguía vivo cuando lo hizo? —preguntó Florian, tragando saliva varias veces.

—No. El pene y el escroto fueron cercenados post mortem. El tejido en las secciones de corte del tronco no presenta infiltraciones hemorrágicas. Eso significa que, cuando lo castraron, el corazón de Hoffmann ya no latía.

—Bueno, al menos eso —dijo Florian. El color regresó parcialmente a su rostro.

—Estamos ante un pervertido —soltó Saathoff, saliendo por fin de su bloqueo—. No recuerdo haber visto jamás un caso similar. —Se frotó la frente—. Este asesinato llega en el peor momento. Ni siquiera hemos aclarado del todo la muerte de Kim Wiesinger.

—Pensaba que Sergei Bugarow era el asesino —apuntó Julia.

—Sí, pero aún no sabemos cómo ocurrió, dónde la mataron ni qué descubrió ella aquella noche. Todo está conectado. Solo cuando podamos reconstruir la muerte de Kim, el caso estará cerrado.

—La Científica registró el piso, ¿no? ¿La grabación no debería estar también en el portátil? —preguntó Florian.

—El aparato está requisado y se está analizando ahora mismo — respondió Anna Schubert, que en los últimos minutos había seguido fotografiando objetos de la escena—. Que la grabación esté ahí depende de si el portátil estaba encendido en ese momento. Pero puedo preguntarles ahora mismo a los compañeros y meterles prisa.

—El móvil, desde luego, no está aquí —dijo Julia, decepcionada.

—En el baño tampoco —informó desde el umbral de la puerta un joven técnico de la Científica.

—Si no aparece en el piso, haremos que lo localicen por GPS — decidió Florian.

—Por cierto, tampoco hay señales de entrada forzada —añadió el joven técnico, antes de regresar al baño para continuar con su labor.

Julia metió los genitales de Hoffmann en una nevera portátil. Su mirada cayó sobre unos periódicos en el borde de la mesa de la cocina.

Empezó a revisar el correo de Hoffmann: la mayoría eran folletos publicitarios. Había una notificación de Servicios Sociales con un nuevo cálculo de sus prestaciones; Julia dedujo que se las reducirían porque Hoffmann había faltado sin justificar a un curso de formación.

Entonces, entre el montón de cartas, apareció un recibo de hacía apenas unos días.

—He encontrado algo —exclamó, alzando el papel—. Hoffmann compró una cámara nueva hace poco.

Florian le quitó el recibo de la mano.

—Fue al día siguiente del asesinato de Kim. Qué raro. No tiene demasiado sentido.

—Puede que Hoffmann ni siquiera mintiera durante el interrogatorio

—intervino Saathoff—. No dejó de asegurar que no se había enterado de que Kim ya no estaba en el piso.

—Y si eso es verdad, es muy posible que estuviera en el piso de Kim para instalar esta cámara nueva —concluyó Florian.

«Y fue entonces cuando se abalanzó sobre mí», añadió Julia para sus adentros. Como la cámara vieja no había resistido la humedad del baño, era lógico que para su siguiente intento hubiera elegido el dormitorio.

—Tengo que volver al piso de Kim —soltó Julia de repente.

Florian frunció el ceño un instante, pero le puso la llave en la mano. Julia se adelantó, abrió la puerta y se dirigió directa al dormitorio. Sus ojos recorrieron la cama, intentando imaginar el ángulo más favorable.

—¿Desde dónde tendría ese cerdo la mejor vista? —le preguntó a Florian en voz baja.

Iba a ponerse en cuclillas cuando, de forma totalmente inesperada, las piernas le fallaron. El pulso se le desbocó y el campo de visión se le estrechó. Se tambaleó, pero Florian logró sujetarla a tiempo.

—Tienes que salir de aquí —susurró él, llevándola al rellano—. Yo me encargo. Siéntate un momento y respira hondo —le ordenó, antes de desaparecer de nuevo en el piso de Kim.

Julia se sentó en el descansillo. El mundo vibraba a su alrededor, giraba sin tregua. Le pareció una eternidad hasta que el mareo remitió por fin. «Maldita sea, ¿qué me pasa?». Se puso en pie. Tenía que volver a toda costa a la normalidad. Se planteó entrar otra vez en el piso de Kim, pero al recordar la expresión de Florian supo que con toda seguridad la echaría de inmediato. Además, no quería parecer poco profesional, ni comportarse

como una niña terca. Así que dio media vuelta y regresó al piso de Hoffmann.

Era extraño, pero la visión del cadáver la calmó. Por un lado, estaba acostumbrada a la muerte; por otro, le aliviaba saber que aquel miserable ya no podía dañarla. Un último temblor le recorrió el cuerpo y Julia recuperó el temple. Trabajó con rutina profesional.

Hoffmann probablemente murió por una única puñalada en el corazón. La distribución de las manchas de sangre sugería que no lo mataron en la cama, sino que lo colocaron allí después, posiblemente para poder llevar a cabo la castración.

Como no había señales de entrada forzada, cabía la posibilidad de que Hoffmann abriera la puerta al autor y fuera reducido al instante. Julia pidió a Anna Schubert que buscara huellas dactilares en el timbre. Luego volvió a centrarse en el cuerpo: a simple vista no había lesiones de defensa, lo que reforzaba su teoría.

En el pasillo, un técnico de la Científica señalizaba manchas de sangre en la pared y en el suelo de linóleo. Colocaba junto a cada mancha un marcador amarillo numerado y la fotografiaba.

—Hay mucha sangre —observó Julia. El joven asintió.

—Los indicios apuntan a que la víctima murió aquí mismo, justo detrás de la puerta de entrada.

Julia ladeó la cabeza, pensativa. Recordó el perímetro abdominal de Herbert Hoffmann y su peso. Fuera quien fuera el autor, debía de tener una fuerza descomunal para arrastrar a un hombre tan pesado hasta el dormitorio y subirlo a la cama.

Anna Schubert salió de la habitación, pasando con cuidado por encima de los marcadores amarillos.

—Ya pueden llevarse el cadáver. Hemos terminado. Julia asintió y avisó a sus colegas.

—¿Han encontrado algo más de relevancia?

La jefa de la Científica negó con la cabeza, contrariada.

—No. No tenemos pelos ajenos ni huellas dactilares, y por desgracia tampoco el arma del crimen.

—Pero yo he encontrado la segunda cámara —anunció Florian con optimismo, irrumpiendo de nuevo en el piso. Sostenía en alto una pequeña

esfera—. Quizá nuestros técnicos logren establecer una conexión o reconstruir la última transferencia de datos.

Metió el anodino aparato en una bolsa de evidencias y miró a Julia.

—¿Todo bien?

Julia asintió.

—Sí. Aquí he terminado. Me voy a casa. Mañana por la mañana empiezo con la autopsia.

Intentó darse la vuelta, pero Florian la detuvo.

—Piénsate lo de ir al doctor Drechsler. Se nota perfectamente que todo esto te está afectando mucho. Conozco al doctor Drechsler desde hace mucho tiempo; es un psicólogo excelente y seguro que puede ayudarte.

Julia puso los ojos en blanco. Otra vez con lo mismo. Era médica y sabía perfectamente qué podía soportar y en qué medida. Herbert Hoffmann estaba muerto. ¿Qué iba a arreglar un psicólogo? En cuanto su interior procesara ese hecho, olvidaría el incidente. Además, conocía el consejo fundamental de la psicología: había que intentar buscar apoyo en la rutina diaria. Exactamente lo que había hecho durante la última hora. Y pensaba seguir haciéndolo.

—Te llamaré en cuanto la autopsia arroje algo relevante.

Apartó despacio la mano de Florian de su hombro y lo dejó allí plantado sin más.

23

La tarjeta de Julia no funcionaba. Eran las seis de la mañana. Solo le había dado tiempo a tomarse un café rápido antes de dirigirse de inmediato al instituto. Irritada, volvió a pasar el plástico por el escáner. Nada. Julia maldijo. ¿Por qué tenía que estropearse precisamente hoy? Quería volver al trabajo por fin. Tenía que hacerlo. Le daba igual que Holsten quisiera mantenerla fuera dos días más; con un día bastaba de sobra. No tenía por qué cruzárselo; ni siquiera llegaría a enterarse.

La mirada de Florian no se le iba de la cabeza. No quería compasión. Le había gustado mucho más cómo la había mirado aquella noche en la que casi se besaron. Lo intentó de nuevo. El lector se iluminó en rojo.

¡Maldita sea!

Sacó de un tirón el móvil del bolso y marcó el número de Emanuel.

—¿Ha llegado ya el cadáver de Herbert Hoffmann? —preguntó mientras lo intentaba por última vez.

—Sí, justo iba a empezar con el examen externo. —Emanuel se aclaró la garganta. Sonaba tenso, aunque quizá fuera solo por la mala cobertura; la línea no dejaba de hacer ruido.

—Mi tarjeta ha dejado de funcionar. ¿Puedes abrirme un momento?

Así empezamos enseguida.

Silencio. Julia apretó el teléfono contra la oreja.

—¿Me oyes? Estoy en la puerta y no puedo entrar.

—Yo… ya lo sé —tartamudeó Emanuel—. Holsten ha bloqueado tu tarjeta. Le preocupaba que… que volvieras a pesar de habértelo prohibido.

Julia tragó saliva. No podía ser verdad.

—Venga, ábreme. Ya se lo explicaré yo a Holsten luego. De nuevo, silencio.

—Joder, Emanuel. No me digas que hablas en serio —protestó Julia, alzando la voz. Indignada, le dio una patada a la puerta con la punta del

zapato.

—Lo siento. Ha dicho que me despide si te dejo entrar. Quizá deberías llamarlo y aclararlo con él. —A Emanuel se le quebró la voz en la última frase.

—Vale. Hablamos luego —gruñó Julia y colgó.

Acto seguido, marcó el número de Manfred Holsten. En cuanto él respondió, no le dio ni un segundo de tregua.

—¿Por qué ha bloqueado mi tarjeta? Tengo que practicar una autopsia muy importante.

Un suspiro hondo se filtró por la línea.

—Julia, pase un buen día y descanse. Está implicada personalmente en este caso. No puedo permitir que usted le practique la autopsia a Herbert Hoffmann. Un médico forense debe ser neutral, y usted no lo es, por mucho que se empeñe. Un asalto como ese deja huella. Yo mismo asistiré a Emanuel; le prometo que seremos muy concienzudos. Así que no tiene de qué preocuparse. Y ahora, por favor, váyase a casa. No quiero verla por aquí ni hoy ni mañana. Ya hablaremos.

La línea hizo clic. Holsten simplemente había colgado.

Julia cerró la boca. Quería protestar. Su pulgar sobrevoló el botón de rellamada, pero justo antes de tocar la pantalla, bajó el móvil. Sabía que no serviría de nada volver a hablar con Holsten. Él ya había tomado una decisión y no iba a convencerlo de lo contrario. Cuanta más resistencia opusiera ahora, más tiempo la mantendría alejada del instituto. Odiaba perder el control.

Desanimada y furiosa, volvió al coche, soltó una maldición y se metió dentro. Esperó unos segundos antes de arrancar. ¿Qué iba a hacer todo el día? No podía quedarse otra vez de brazos cruzados. Tal vez debería inspeccionar a fondo el piso de Kim Wiesinger. Por un lado, no había podido hacerlo por culpa de Hoffmann; por otro, volver de forma consciente al escenario del horror podría ser una buena terapia.

Se le puso la piel de gallina en los brazos al recordar la noche anterior. El desvanecimiento en el piso de Kim no había sido nada alentador y no encontraba explicación a su propia reacción. Buscó la llave en el bolsillo del pantalón; con las prisas se había olvidado de devolvérsela a Florian. Julia metió la marcha atrás y salió de la plaza de aparcamiento. Dejó rápidamente atrás el aparcamiento del instituto y puso rumbo al piso de Kim Wiesinger.

Al llegar a la puerta, se preparó para otro ataque de vértigo, pero no ocurrió nada. Julia recorrió el piso lentamente, paso a paso. Ni rastro de debilidad. Trató de recordar dónde se había quedado la última vez y entró en el baño. Sus ojos revisaron el lavabo y la ducha. Nada había cambiado.

Después inspeccionó la cocina. Allí también, cada rincón relucía de limpieza y orden, como el resto de la vivienda. Abrió varios armarios, revisó la nevera y el cubo de la basura. La Científica ya se lo había llevado todo: la nevera estaba vacía, igual que el cubo. De vuelta en el pasillo, que no era especialmente grande, examinó los zapatos de Kim, alineados en un estante junto a la puerta. Además de tacones, vio varios zapatos planos, todos muy femeninos; un contraste radical con las toscas botas de montaña que Kim llevaba puestas la noche de su muerte.

Julia respiró hondo. Luego entró en el dormitorio. Al ver la cama completamente revuelta, el corazón se le aceleró, pero esta vez mantuvo el control. Apretó los dientes y examinó el contenido del armario. Allí también solo encontró prendas sumamente finas y ceñidas. Buscó prendas oscuras, parecidas a las que Kim vestía la noche del crimen. Nada. Era casi como si estuviera registrando el armario de una persona completamente distinta. Se preguntó qué significaba aquel hallazgo, pero no encontró respuesta. Se quedó allí un rato, indecisa.

Fue al salón con optimismo, pero tampoco allí descubrió nada fuera de lo normal. En una estantería estrecha había algunas novelas policíacas y fotos familiares antiguas. De nuevo, le llamaron la atención los rasgos cambiantes de Kim: lo suave y aniñado había desaparecido en las fotos más recientes; una profunda tristeza se leía en los ojos de Kim. Julia pasó las yemas de los dedos por la cortina, que caía en pliegues perfectos. Revisó las esquinas de la habitación sin encontrar nada destacable. Ya había inspeccionado todo el piso. El pulso le latía tranquilo y fuerte. Se alegró de no haber entrado en pánico; Herbert Hoffmann ya no podía hacerle daño.

Pasaron unos minutos y decidió que, al menos, conseguiría el expediente de Kim Wiesinger del instituto. Quizá allí advirtiera algo que se le había escapado. Emanuel podría dárselo sin que Holsten se enterara. Tecleó el número de Emanuel en el móvil.

—¿Puedes darme el expediente de Kim? Al otro lado se oyó un suspiro profundo.

—Por favor, Emanuel. Solo será un momento y después me voy directa a casa.

Emanuel volvió a suspirar, pero cedió:

—Está bien. Pero que no te vea Holsten.

Julia salió del piso de Kim y regresó al coche. Poco después aparcaba frente al Instituto de Medicina Legal. Emanuel ya la esperaba en la puerta, mirando nervioso a un lado y a otro. Julia agarró la carpeta.

—Gracias —dijo antes de volver al vehículo y dejar los documentos en el asiento del copiloto.

Arrancó el motor distraída y, de un segundo a otro, se quedó petrificada. Desconcertada, se preguntó si se lo estaba imaginando, porque de pronto la voz de Michael empezó a chillarle en los oídos. Sobresaltada, apagó la radio. Michael enmudeció. La calma que sentía hacía un instante se evaporó.

Entonces, el cierre centralizado se activó de improviso con un chasquido. Julia miró a su alrededor: todos los seguros se habían bajado. Empujó la puerta del conductor, solo para descubrir que estaba bloqueada. Lo intentó otra vez, sin éxito. Estaba atrapada.

De repente, la radio volvió a encenderse sin que ella hiciera nada. Michael estaba llorando. Julia golpeó el aparato con el puño y este se silenció al instante. El corazón le latía desbocado. Tiró de la manilla una vez más. Nada. Pulsó el botón del elevalunas, pero tampoco respondió. Se soltó el cinturón e intentó abrir la puerta del copiloto. Nada. Estaba encerrada. Con los ojos muy abiertos, vio cómo un hombre se acercaba a su coche. Un hombre que le resultaba familiar.

24

Florian oía su propia sangre zumbándole en los oídos, latiendo al compás de su corazón. Por fin habían dado un paso en la dirección correcta; lo sentía en cada fibra. La fiebre del cazador lo tenía completamente atrapado. Tenía el dedo apoyado en el gatillo de su arma reglamentaria. Mantenía el ojo izquierdo cerrado; el derecho, clavado en el siguiente objetivo: una puerta de portal mugrienta, la entrada de un edificio de siete plantas en la periferia norte de Colonia.

Era el único acceso al inmueble y, aun así, lo habían rodeado por completo. Un comando de operaciones especiales vigilaba la parte trasera, mientras Florian, su compañero y otros agentes cubrían el frente. La búsqueda del General —o, mejor dicho, de Igor Petrow— por fin daba frutos. La pista decisiva había llegado de madrugada, de boca del dueño de una gasolinera que aseguraba haberlo reconocido. Al parecer, el General no había huido al extranjero: seguía en la región. Simplemente se había retirado de Bonn para esconderse en la vecina Colonia.

Igor Petrow parecía sentirse seguro, pero eso estaba a punto de terminar. Porque, aunque el narcotraficante todavía no lo sospechara, había caído en la trampa.

Florian miró hacia la tercera planta. En el lado derecho, en algún punto tras unos cristales desnudos, el General había encontrado refugio. En el pinganillo sonó un chasquido y, acto seguido, la voz del jefe del operativo dio la orden de asalto.

Florian arrancó a correr. Iba detrás de un agente de élite vestido de negro de arriba abajo y armado con un subfusil. El hombre se movía como una pantera: silencioso y ágil. En pocos segundos alcanzó el portal y se pegó a la fachada. En el oído de Florian comenzó una cuenta atrás desde diez. Al llegar a uno, el agente que iba delante derribó la puerta de una patada.

Subieron sigilosamente los tres tramos de escaleras hasta el escondite de Petrow. El General poseía numerosos apartamentos alquilados con nombres falsos. En los últimos días, un equipo entero de policías había intentado averiguar cuántos eran y dónde estaban, pero la lista seguía incompleta. No había rastro de movimientos bancarios: los alquileres, al parecer, se abonaban siempre en efectivo. Y los propietarios interrogados callaban por miedo.

Aun así, habían logrado identificar aquel piso. Estaba a escasos metros de la gasolinera donde Petrow había sido visto por la mañana. Un agente enviado a vigilar la zona poco después lo vio entrar en el edificio. No había margen de error: las fotos tomadas mostraban, sin ninguna duda, al General.

En el pinganillo volvió a crujir la línea. Ya estaban apostados a derecha e izquierda de la puerta del piso. Saathoff se había quedado abajo, custodiando el portal: su forma física no era la adecuada para una intervención en primera línea. Florian, en cambio, estaba en plena forma gracias a su entrenamiento diario. Además, no se habría perdido aquello por nada del mundo. Seguían sin saber por qué Kim Wiesinger había tenido que morir, y él quería respuestas.

Volvieron a aparecer ante sus ojos los diez mil euros que había encontrado en el baño de Sergei Bugarow. Quería saber si la «G» de la nota era la inicial del General. Si Bugarow había asesinado a Kim por encargo de Petrow, entonces al General le tocaría responder por el asesinato de la joven policía.

Una voz contó y los músculos de Florian se tensaron.

—¡Vamos!

La puerta se abrió de golpe e irrumpieron en la vivienda.

—¡Baño asegurado!

—¡Cocina asegurada!

—¡Dormitorio asegurado!

Florian entró corriendo en el salón con la pistola en ristre. Dos compañeros del comando especial ya estaban allí. En el sofá estaba sentado el General, un tipo corpulento y calvo, con las manos bien en alto sobre la cabeza. En sus ojos no había rastro de miedo ni de pánico; solo el rictus tenso de la boca delataba la sorpresa.

Sobre la mesa, frente a él, había un fajo enorme de billetes y una caja con una bolsa de plástico transparente llena de polvo blanco.

«Otro tanto para nosotros», pensó Florian, satisfecho. Petrow estaba acabado. Calculó que la cantidad de sustancia era, como mínimo, de un kilo. A simple vista no podía distinguir si era heroína, cocaína o alguna otra cosa.

Entonces reparó en un segundo hombre, sentado en un sillón con las manos en alto. Florian analizó su perfil y, de forma instintiva, lo comparó con la imagen del acompañante de Sergei Bugarow captada por la cámara de seguridad de la estación central. No se parecían en nada. No lograba ubicar a aquel individuo.

—¡Piso completamente asegurado! —gritó un agente.

—¿Qué quieren de nosotros? —preguntó el desconocido, pero se calló al instante cuando Florian señaló el polvo blanco.

—Quedan detenidos provisionalmente —declaró Florian, antes de leerles sus derechos—. Llévenselos a comisaría —pidió al jefe del operativo, y esperó a que el General y su cómplice fueran escoltados fuera.

—Vaya hallazgo. —Saathoff, jadeante, había logrado por fin subir hasta la tercera planta y examinó la droga—. Con esto, nuestro hombre va a la cárcel de cabeza, incluso aunque no logremos vincularlo con Kim Wiesinger ni con la prostituta estrangulada en la bañera.

Saathoff sonaba satisfecho. Se palpó la chaqueta y sacó un cigarrillo, aunque no lo encendió.

—Solo una vieja costumbre —murmuró, colocándoselo en la comisura de los labios.

—Yo quiero saber si fue él quien dio la orden de matar a Kim —dijo Florian, ausente.

Empezó a registrar el salón con concentración. No había muchos escondites; ni siquiera una estantería. Palpó los rodapiés y luego pisó con fuerza varios puntos sospechosos del laminado barato, buscando huecos. Nada. Repitió la operación en las demás habitaciones y deseó que Julia estuviera allí: tenía un instinto excepcional para los detalles.

Florian echaba de menos hablar con ella. Últimamente parecía simplemente desbordada y, de algún modo, se había distanciado emocionalmente de él. Suspiró. Quizá aquella noche él había sido demasiado lanzado. O quizá ella, sencillamente, no estaba interesada. Se preguntó en qué momento exacto se había esfumado la cercanía que había surgido entre ambos.

—¡Bingo! —gritó Saathoff, sacándolo de sus pensamientos.

Su compañero estaba subido, de forma peligrosamente inestable, al alféizar de la ventana del aseo. Había abierto el cajón de la persiana y sostenía un paquete con polvo blanco.

—Este piso es un auténtico almacén de droga —gruñó, satisfecho, antes de saltar pesadamente al suelo, que crujió bajo su peso—. Seguro que la Científica encuentra más.

Florian asintió, todavía algo ausente, y se puso a rebuscar en un montón de periódicos en el pasillo. La mayoría eran folletos y propaganda gratuita.

—¿Qué buscas entre todo ese papel? —preguntó Saathoff.

—Una G.

—¿Cómo?

—Algo escrito a mano. Una nota, lo que sea. A ser posible, con la letra G en cirílico.

—Ah. —Saathoff pareció entender al fin—. Quieres comparar la caligrafía de la nota del piso de Bugarow con la del General.

—Exacto —respondió Florian mientras extraía un papel del montón.

La nota estaba escrita en un idioma extranjero. Otra vez volvió a echar de menos a Julia, que poco antes lo había sorprendido con sus conocimientos de ruso. Florian sacó el móvil del bolsillo; le había hecho una foto a la nota encontrada en casa de Bugarow y empezó a comparar, con ojo crítico, aquellos caracteres extraños.

—Deberíamos llamar a un perito —murmuró Saathoff, que se había acercado para mirar por encima de su hombro.

Florian asintió, metió el papel en una bolsa de pruebas y dijo:

—Me encargaré de eso. Pero antes vamos a interrogar a ese malnacido.

25

—¿Está todo bien?

Julia apenas entendió la pregunta. El latido desbocado de su corazón amortiguaba cualquier otro sonido.

—¿Qué? —susurró con voz ronca, mientras las células nerviosas de sus ojos transmitían la imagen del hombre que ahora se inclinaba hacia ella junto a la puerta del conductor. Su mente se negaba a procesar la información. Tardó una eternidad en dar, por fin, la señal de calma.

—¿Doctora Schwarz?

Julia golpeó el cristal con nerviosismo. A su lado estaba Alfons Lucke, uno de los conserjes del Instituto de Medicina Legal.

—No puedo abrir la puerta —dijo Julia, incapaz de ocultar la desesperación en su voz.

—Apague el motor y vuelva a arrancarlo.

Julia hizo lo que le decía. Y el embrujo se rompió. Ventanas y puertas volvieron a funcionar a la perfección. Resopló aliviada y se recostó en el asiento.

—A veces pasa. En los coches viejos, la electrónica acaba fallando — explicó Lucke en tono tranquilizador—. Debería pasar un buen día.

Julia lo miró fijamente. Esa frase ya la había oído demasiadas veces últimamente. Lucke bajó la vista.

—Lo siento —murmuró—. Me enteré por casualidad porque tenía que arreglar algo en el despacho de Holsten; la ventana se había atascado. — Le lanzó una mirada compasiva—. Que precisamente le haya pasado esto a usted… Si pudiera, yo mismo me cargaría a ese tipo.

Pronunció la última frase con tal vehemencia que Julia, instintivamente, se puso alerta. ¿Podría Alfons Lucke tener algo que ver con la muerte de Herbert Hoffmann? Observó al conserje, siempre amable y dispuesto a ayudar. «No», pensó. No lo creía capaz de algo así. Además,

Lucke era más bien bajo y menudo; carecía de la fuerza física necesaria para arrastrar a un hombre pesado como Hoffmann desde el pasillo hasta el dormitorio.

Por fin logró esbozar una sonrisa.

—Gracias por ayudarme. La verdad es que estaba ya un poco desesperada.

—No ha sido nada. Si vuelve a tener problemas, reinicie el coche y listo. —Sonrió y le guiñó un ojo con afecto—. O llámeme. Estaré encantado de ayudarla.

Julia volvió a darle las gracias. Después condujo hacia casa por el camino más rápido. Realmente necesitaba tranquilidad. Si había algo que no soportaba era quedarse encerrada en espacios estrechos; por eso solo usaba el ascensor con enorme desgana. El corazón todavía le martilleaba el pecho como si acabara de correr un esprint.

Pero, ya en el siguiente semáforo, empezó a dudar de que el descanso fuera la solución. Decidió que, en cualquier caso, revisaría el expediente de Kim y, al mismo tiempo, los datos nuevos en la red del instituto. Emanuel era muy ordenado: guardaba toda la información de inmediato en una unidad accesible para todos los forenses. Si echaba un vistazo allí, al menos podría hacerse una idea de cómo iba la autopsia de Herbert Hoffmann.

Sonó el móvil y se alegró al ver que era Florian. Esa mañana todavía no había hablado con él.

—¿Cómo va la autopsia? —preguntó él de entrada. El ánimo de Julia cayó en picado.

—No me dejan hacerla. Florian guardó silencio.

—Estoy implicada personalmente en el caso. Emanuel y Holsten se están encargando del cadáver de Hoffmann ahora mismo —añadió Julia con un hondo suspiro.

—Ya sabes que yo tampoco dejo que Mark Tide, el compañero de Kim, participe en la investigación. Es realmente complicado cuando te toca de cerca —respondió Florian con calma.

Julia no replicó. Sabía que tenía razón, pero no era la respuesta que quería oír. Al menos podría haber fingido que le preocupaba que un examen tan importante no lo llevara ella, sino su asistente inexperto y su jefe, que ya había perdido la práctica.

—En realidad te llamo para decirte que hemos atrapado al General.

—Creía que se había fugado al extranjero —dijo Julia, sorprendida.

—Eso pensábamos, pero esta mañana lo han visto en una gasolinera y hemos intervenido. La operación ha sido un éxito total. Si tienes tiempo, podrías estar presente en los interrogatorios. Puede que detectes incongruencias; me vendría muy bien. Y, además, sabes ruso. Podrías echarle un vistazo a la letra del General y decirme si coincide con la nota del piso de Bugarow. —Como Julia no contestó de inmediato, añadió—: De todos modos, se lo pasaré a un perito calígrafo para que haga el cotejo profesional.

La propuesta de Florian mejoró considerablemente el ánimo de Julia.

—Cuenta conmigo —dijo, y dio media vuelta con el coche en ese mismo momento.

Menos de veinte minutos después, estaba sentada en el despacho de Florian, examinando los caracteres rusos de las notas.

—Uf, esto es realmente difícil —murmuró Julia, subiéndose las gafas de pasta por el puente de la nariz—. La «G» rusa no es más que un trazo con una pequeña barra transversal. —Sostuvo el papel casi pegado a la cara durante unas respiraciones y luego lo bajó—. No puedo asegurarlo, por desgracia. La letra se parece, pero no pondría la mano en el fuego.

—No pasa nada —dijo Florian—. Vamos a empezar con el interrogatorio. Yo me encargaré del General; tú puedes escuchar desde la sala contigua. Saathoff se ocupará del cómplice.

Julia dejó las notas sobre el escritorio y lo siguió hasta la sala de interrogatorios. Justo antes de entrar, Florian señaló una puerta lateral.

—Nos vemos —dijo, mientras Julia entraba en la habitación a oscuras. A través del gran cristal, Julia podía ver al General. Conocía esa cara por las fotos de busca y captura, pero en persona resultaba mucho más anodino. Se lo había imaginado más duro, más brutal. En cambio, veía a un hombre de mediana edad que casi parecía afable. Cuando Florian entró,

Igor Petrow incluso le dedicó una sonrisa.

Florian empezó con las formalidades: nombre, dirección, fecha de nacimiento y demás. Los pensamientos de Julia se perdieron lejos. Vio a Kim Wiesinger atada a la silla, suplicándole a su asesino que la dejara vivir. Se preguntó si su muerte había significado realmente tanto para el General. Al fin y al cabo, Bugarow estaba muerto y el General, detenido.

El asesinato de Kim había sido completamente inútil… ¿o había algo que seguían sin ver?

Florian puso sobre la mesa una foto de Sergei Bugarow.

—¿Conoce a este hombre? —preguntó.

Igor Petrow asintió y respondió con marcado acento ruso:

—Qué pena que esté muerto.

—¿Cómo lo sabe?

—Es compatriota mío. Vivimos en la misma ciudad. Al final, uno acaba conociéndose.

—¿Qué relación tenía con Bugarow? —insistió Florian.

—De vez en cuando hacía cosas para mí. Sergei era un hombre muy fiable, un buen hombre. Si pillo al tipo que lo mató, le arrancaré las entrañas en vida y se las echaré a los perros para que se las coman delante de sus propios ojos.

Por fin el General mostró su verdadero rostro. Torció la boca con desprecio y apretó los puños. De sus ojos chispeaba una rabia incandescente.

—¿Quién es el responsable de la muerte de Bugarow? —preguntó Florian, impasible.

La situación empezaba a ponerse interesante. Julia escuchaba concentrada.

El General se inclinó sobre la mesa hacia Florian y casi susurró:

—Si lo supiera, ese hombre ya estaría muerto. —Volvió a recostarse y observó a Florian con recelo antes de continuar—: Mis hombres llevan días buscándolo. Solo hay una cosa clara: Sergei jamás se habría dejado arrollar por un tren. Ni con un litro de vodka en sangre le habría pasado algo así.

—Además del alcohol, ¿consumía Bugarow otras sustancias adictivas?

—La voz de Florian seguía siendo extremadamente amable y serena.

Al General pareció gustarle ese tono. Empezó a hablar por los codos.

—Usted conoce mi negocio, ¿verdad? ¿Mm? ¿Por qué estoy aquí? Yo vendo sueños. Sueños de polvo blanco. —Se encogió de hombros con teatralidad y terminó negando con la cabeza—. Mis muchachos a veces son imprudentes. Quieren divertirse y no entienden dónde están los límites. Por desgracia, Sergei tenía problemas con eso. —El General puso una expresión compungida—. Lo sé, lo sé. Yo era responsable de él. Era mi muchacho. Pero ya sabe cómo son los críos: van a lo loco, una pandilla

de chalados a la que no siempre puedes tener a la vista. —Suspiró de forma afectada—. Era un buen hombre.

—¿Qué tipo de encargos hacía Sergei Bugarow para usted?

—Esto y aquello. Nada del otro mundo. —El General sonrió. Su fachada era impenetrable.

—¿Conoce a este hombre? —continuó Florian, poniendo sobre la mesa la foto del acompañante de Bugarow en la estación de Colonia.

El General entornó los ojos hasta convertirlos en dos rendijas.

—¿Quién demonios es ese? Florian se encogió de hombros.

—Eso aún no lo sabemos. Esperaba que usted pudiera ayudarnos. El General miró largo rato a Florian.

—¿De verdad cree que ese es el asesino de Sergei? Si es así, deme la foto y yo lo encontraré.

—Eso, por desgracia, no va a ser posible —respondió Florian, acercando la foto hacia sí.

—¿Qué es usted? ¿Un hombre o un blandengue?

La fachada de Igor Petrow se resquebrajó por un instante. Había alzado la voz. Florian lo miró fijamente a los ojos y volvió a deslizar la foto hacia él.

—Para que quede claro: este hombre pertenece a la custodia policial, no a manos de su gente. —Golpeó la foto con el dedo sin apartar la mirada del General.

Finalmente, Petrow asintió y levantó las manos en gesto conciliador.

—Entiendo. Perdone. Me dejé llevar. —Esbozó una sonrisa forzada y volvió a parecer tan inofensivo como al principio del interrogatorio.

Florian no se dejó desviar. Le mostró otro documento: la nota hallada en el piso de Sergei Bugarow.

—¿Ha escrito usted esto?

Igor Petrow tomó el papel y lo examinó.

—Podría ser. ¿Por qué?

Florian ignoró la contrapregunta.

—¿Cuánto dinero recibía Sergei por ejecutar sus encargos? — preguntó, en vez de contestar.

Julia no pudo evitar admirar la serenidad de Florian. Ella, en cambio, ya se había puesto de pie y casi pegaba la nariz al cristal.

—Depende. —El General puso los ojos en blanco y se encogió de hombros—. Ya sabe cómo va esto: no todo tiene el mismo precio.

Un estremecimiento recorrió el cuerpo de Florian. Era evidente que estaba llegando al límite de su paciencia. Aun así, su voz siguió sonando serena y amable.

—Es su decisión cooperar o no. Usted sabe mejor que nadie cómo reacciona la Fiscalía ante la resistencia y las evasivas.

El General fingió sorpresa.

—Mi querido Florian Kessler… Estoy hablando con usted sin mi abogado delante. ¿No es eso una gran muestra de cooperación?

Florian asintió.

—Lo es. Pero necesito saber qué debía hacer Sergei Bugarow para usted.

La expresión del General se cerró en banda.

—Eso, por desgracia, no puedo decírselo.

26

Amaba la noche más que el día. Era algo completamente natural, pues era un cazador. En la oscuridad de la noche, todos sus sentidos se agudizaban: las cosas olían mucho más intenso, se sentían más reales. Le gustaba esa sensación; así sabía que estaba vivo.

Tenía necesidades distintas a las de la mayoría. No es que fuera incapaz de sentir amor, simplemente lo vivía de otra manera. Era algo parecido a la comida: cada persona tiene su plato favorito y lo sazona a su gusto. Para él, el dolor formaba parte del amor como la sal en la sopa. Mientras otros engullen el alimento y vacían el plato en segundos, él sabía ser paciente. Disfrutaba de esa añoranza torturante que elevaba su deseo hasta lo inconmensurable.

Para él, el amor solo alcanzaba su clímax cuando se acercaba el final. Porque en ese último instante, antes de que la luz se apagara, el alma de una persona se revelaba por completo. Solo entonces, sin artificios, podía captar su esencia y reconocer al ángel que habitaba en cada individuo.

Una puerta se cerró de golpe y él dio un respingo. De inmediato fijó su objetivo. Se acercaban pasos; pies arrastrándose sobre el asfalto. Su candidato estaba cansado. Lo entendía perfectamente: había sido un día largo, también para él. El motor arrancó y esperó a que pasara el coche. A través de los cristales distinguió un rostro pálido. Lo siguió a gran distancia. Todas sus células vibraban. La caza había comenzado.

Inspiró hondo y soltó el aire lentamente. Había aprendido a controlarse. Su mente estaba concentrada al máximo. Sentía a su víctima casi como si estuviera sentado a su lado en el asiento del copiloto. Llevaba semanas analizando cada movimiento. Todo seguía una hoja de ruta invisible. Su plan.

El coche recorrió el trayecto habitual. A esas alturas, ya sabía incluso en qué momentos frenar y en cuáles acelerar. Una sonrisa le cruzó el

rostro. La gente era tan predecible… Aquello le convenía. Necesitaba el control; le daba seguridad y una sensación de poder. Por supuesto, no siempre salía todo exactamente como él quería, pero mientras al final conservara la ventaja, todo iba bien.

Vio cómo su candidato bajaba del coche y, poco después, desaparecía en el interior del edificio. Cerró los ojos y contó hasta diez. Los abrió de nuevo. Un latido más.

Bingo.

Tal como había previsto, se encendió la luz. Volvió a sonreír. Sus ojos se clavaron en la ventana iluminada. Esperó unos minutos y, mientras tanto, anotó con meticulosidad sus observaciones en un diario creado exclusivamente para ese fin.

Después, se alejó con el coche. Aún había otro objetivo del que debía ocuparse.

27

Julia esperaba en el pasillo, frente a las salas de interrogatorio, dando pequeños sorbos a un café que ya se había enfriado. No le importaba; necesitaba la cafeína. Las largas horas de espera en la sala contigua, a oscuras, la habían dejado cansada. Claro que no se debía solo a la falta de luz, sino también al frustrante desarrollo del interrogatorio. Solo habían avanzado unos pocos pasos.

La sesión había sido más que penosa. El General y su cómplice, Alexander Smirnow, acabaron llamando a sus abogados. A partir de ahí, las declaraciones se estancaron considerablemente. Lo único que habían conseguido averiguar era el vínculo entre el General y Sergei Bugarow: los diez mil euros hallados tras los azulejos del baño de Bugarow habían sido el pago por un encargo turbio. Sobre el contenido de ese encargo, ambos sospechosos guardaban un silencio obstinado.

—Eh. Ya estamos de vuelta.

Florian se sentó a su lado. Saathoff lo siguió. Ambos tenían el rostro encendido.

—¿Ha ido tan mal? —preguntó Julia, consternada. Acababan de ser citados a una reunión con su jefe, Hermann Meier.

—Mal se queda corto —gimió Saathoff—. Meier nos ha puesto finos. Mañana salimos ante la prensa y presentaremos a Sergei Bugarow como sospechoso del asesinato de Kim Wiesinger.

—Pero yo creía que el caso todavía no estaba esclarecido del todo. Aún no sabemos quién es el hombre del vídeo. Puede que hubiera varios autores. Y, si fue un asesinato por encargo, también habría que acusar al General.

Saathoff se encogió de hombros. Sus ojos se desviaron hacia un punto imaginario en el suelo.

—Además, sigue sin aclararse la relación con la muerte de Herbert Hoffmann —continuó Julia.

—Lo sabemos —respondió Florian, frustrado, fulminándola con la mirada—. Pero Meier está bajo presión. La prensa y el ministerio le pisan los talones. Han asesinado a una policía y llevamos días dando palos de ciego. Meier cree que las pruebas contra Bugarow son suficientes. Para él no es relevante por qué apareció muerto en las vías tras el asesinato de Kim ni si, por ejemplo, el General estaba detrás. Y, por cierto, tampoco ve relación alguna con lo de Hoffmann.

Florian se acercó a la cafetera y pulsó un botón.

—¿Quieres otro? —le preguntó a Saathoff. Este asintió con resignación—. Tal vez deberíamos cerrar de una vez el caso de Kim Wiesinger. Que Bugarow la mató está prácticamente claro, ¿no? —Miró a Julia como si ella tuviera la respuesta definitiva.

—Hay muchos indicios que apuntan en esa dirección —respondió ella con cautela—. El arma del crimen con la sangre de Kim y las huellas de Bugarow. El pelo de Kim en su cadáver… —Calló, evitando enumerar los puntos que aún no se habían aclarado. No quería echar más leña al fuego.

Aun así, Julia consideraba un error cerrar un homicidio sin saber dónde estaba la escena del crimen ni qué había empujado a Kim Wiesinger a salir de la seguridad de su casa en plena noche.

Florian dejó dos tazas de café sobre la mesa. Le acercó una a Saathoff y luego se frotó las sienes, abatido.

—No sé por qué me cuesta tanto aceptar que Sergei Bugarow sea el asesino de Kim. Es que no logro entenderlo. Las marcas de tortura apuntan a un asesinato por encargo. Todo encaja con el General, aunque él jamás lo admitirá. Pero la foto que encontramos en casa de Bugarow me hace dudar.

—¿Por qué? —Julia no entendía adónde quería llegar.

—¿Para qué hizo esa foto?

—Una foto basta como prueba para que el General le pague el encargo. —En ese mismo instante, Julia se mordió el labio inferior—. Ya entiendo… —añadió—. Debería haber fotografiado a Kim muerta.

Florian asintió, pensativo.

—Lo de Hoffmann también me da que pensar. —Le lanzó a Julia una mirada de preocupación—. Me cuesta creer que no haya conexión. Y

luego está esa frase en su vientre… —Se interrumpió al ver a Daniel Thiele en la puerta.

—Hemos terminado de analizar el portátil de Hoffmann.

—¿Habéis encontrado algo? —preguntó Florian con curiosidad. El agente asintió.

—Es mejor que lo vean ustedes mismos.

Julia y Florian se levantaron casi al unísono. Saathoff se incorporó con un quejido. Siguieron a toda prisa al joven compañero del equipo de análisis. Tras unos pasos, llegaron a la oficina diáfana que se encontraba solo unas habitaciones más allá en la misma planta. Daniel Thiele se abrió paso entre varios escritorios sepultados bajo expedientes y documentos. En la pared había pizarras magnéticas cubiertas de notas. Las fotos del cadáver de una mujer desnuda hicieron que Julia se detuviera un instante. No conocía a la víctima.

Siguió rápidamente hasta un escritorio junto a la ventana, donde Thiele tomó asiento. Giró la pantalla para que Julia, Florian y Saathoff pudieran verla cómodamente.

—Me ha costado un rato reconstruir su historial de navegación — explicó Thiele—. Los datos se borraron todos a la vez, pero solo de forma superficial. —Hizo varios clics y abrió una página web—. Esta es una sala de chat cerrada para usuarios con determinadas preferencias sexuales.

En la pantalla apareció una mujer arrodillada, amordazada. Tenía las manos atadas y el pelo revuelto. Julia hizo una mueca de asco.

—Esta sección cerrada pertenece al sitio web SEXtreme. Según sus preferencias, cada usuario puede registrarse en distintos chats e intercambiar mensajes. Se chatea y se suben fotos y vídeos. —Daniel Thiele alzó la vista un instante, como para asegurarse de que todos le seguían con atención—. Este vídeo debería resultarnos interesante.

La grabación comenzó con la pantalla en negro. A los pocos segundos, unos trazos más claros cruzaron el monitor. Después, la imagen se iluminó del todo. En los bordes titilaban manchas borrosas; en el centro destacaba una marca lechosa. Julia tardó un momento en comprender que era una gota de agua. Poco a poco, los contornos se fueron definiendo. El agua resbalaba por el objetivo. Por fin pudo distinguir algo con claridad. Tragó saliva. Un mechón rubio y corto cruzó la imagen. La nuca de una mujer.

Julia supo al instante a quién estaban viendo, incluso antes de que la mujer del vídeo se girara. Kim Wiesinger tenía los ojos cerrados. Una leve

sonrisa le curvaba las comisuras. En la cabeza de Julia se arremolinaron las imágenes: Kim sobre su mesa de autopsias, Kim en la foto de Bugarow, Kim embutida en el maletero de su coche. Julia apretó los dientes.

El encuadre se amplió. Kim aparecía ahora de cuerpo entero. Su cuerpo desnudo bajo la ducha, cubierto de espuma.

—Es asqueroso —soltó Julia—. Así que ese mirón no grababa los vídeos solo para él, sino que también los difundía por internet.

Nadie respondió. El silencio cortaba como una cuchilla. Al principio, Julia no entendió por qué. Luego vio los mensajes que aparecían bajo el vídeo:

—Zorra buenísima. ¿Ya te la has follado?

—Tengo la llave de su piso.

—Te doy cien pavos si me la pasas.

—¿Qué piensas hacer con ella?

—Torturarla y usarla. A ver hasta dónde aguanta.

Julia tuvo que leer dos veces la última frase. La atravesó un frío glacial. ¿Qué clase de gente había ahí fuera?

—Eso no es todo. —La voz del joven agente irrumpió en los pensamientos de Julia como a través de una niebla espesa. Daniel Thiele abrió otro chat—. Herbert Hoffmann subió este vídeo un día después.

Casi a su pesar, Julia soportó las nuevas imágenes. Esta vez, la joven se afeitaba las axilas y las piernas. Los comentarios bajo la grabación eran igual de groseros. Un usuario con el nombre «Odo 20» defendía quemarla con cigarrillos y otros métodos de tortura. Julia detestaba cada palabra que tenía que leer.

Por el rabillo del ojo vio a Florian anotando los nombres del chat. Participaban unas veinte personas. Y solo al final apareció un usuario hasta entonces desconocido.

«Nadie la toca».

La frase despertó algo en Julia. Florian pareció tener la misma corazonada y la miró, preocupado, durante una fracción de segundo.

—¿Quién ha escrito eso? —preguntó él.

—Flor Blanca —respondió Thiele.

—¿Cómo? —Martin Saathoff casi se metió dentro del monitor—. Yo ahí no veo nada.

Julia repitió:

—Flor Blanca. Debe de ser el nombre de usuario. Thiele hizo clic en el nombre.

—Exacto. Pero no parece una mujer, pese a lo que sugiere el nombre. En la pantalla apareció el perfil del usuario.

—¿Puede ampliar la foto de perfil? —pidió Julia. El peinado de aquel hombre le resultaba vagamente familiar.

Thiele hizo zoom. Julia apretó los dientes por la tensión. Sabía que ya había visto a ese hombre antes, pero no lograba recordar dónde. Esta vez fue Saathoff quien dio con la clave.

—Ese se parece al tipo que iba con Sergei Bugarow en la estación.

—Qué va —replicó Florian, restándole importancia—. Aquel era mucho más joven.

—Yo también le veo cierto parecido —coincidió Julia. Florian volvió a garabatear en su papel.

—Vale, lo investigaré. —Miró a Thiele—. ¿Puedes darme la lista de todos los usuarios?

—Claro —respondió Thiele, sacando un taco de hojas de la impresora

—. Aquí la tiene, ya la tenía preparada. Los compañeros siguen identificando a cada usuario por su dirección IP. Pero… —De pronto empezó a tartamudear y lanzó a Julia una mirada extraña—. Hay algo más.

28

—¡No! —El grito de Julia, que rasgó una vez más el repentino silencio, era una mezcla de horror y sorpresa.

El siguiente vídeo había comenzado de forma completamente inofensiva. Se había grabado en el piso de Kim Wiesinger; hasta ahí, nada inesperado. La diferencia era el lugar: el ambiente no estaba cargado y no había vapor de agua que emborronara lo que filmaba el objetivo. Los cuatro podían ver con total nitidez la cama de Kim en su dormitorio. Durante una eternidad no ocurrió nada, pero a cambio, todo fue después mucho más rápido.

Julia apareció en pantalla y empezó a registrar la habitación. En cuanto abrió el armario de espejo, de repente salió disparada de su interior una figura corpulenta. Un hombre de aspecto tosco agarró a la mujer menuda, la empujó sobre la cama y saltó sobre ella como un animal. La grabación no tenía sonido; aun así, Julia casi creyó oír cómo se le quebraban los huesos. Observó en silencio cómo se retorcía, mordía y gritaba. Le ardía la piel al ver a Hoffmann forcejeando con su pantalón, que le iba resbalando piernas abajo centímetro a centímetro. La manoseaba por todas partes. Era repugnante.

Julia temblaba y contenía el aliento, reviviéndolo todo: cómo al principio pataleó y luchó, para después quedarse completamente inmóvil, rígida. El corazón le martilleaba en el pecho; contaba cada latido. Entonces, cuando el agarre de Hoffmann se aflojó, ella contraatacó. Lanzó el codazo como una furia. La cabeza de Hoffmann salió despedida hacia atrás, pero él no cedió. Julia se retorcía intentando zafarse, pero Hoffmann le rodeó el cuello con aquellos dedos gruesos y apretó. Durante un instante la situación pareció completamente desesperada, hasta que ella echó la cabeza hacia atrás de golpe y le golpeó en la nariz. Él se ladeó. Julia se escurrió de debajo de él y se precipitó fuera del encuadre. Unos segundos

después, Hoffmann corrió tras ella. El vídeo terminó como había empezado: con el dormitorio de Kim Wiesinger. La cama estaba vacía.

—Maldito hijo de puta. —Florian fue el primero en recuperar el habla

—. ¿Qué más ha subido a la red?

Daniel Thiele bajó la mirada hacia sus manos, consternado.

—De la señora Schwarz, por suerte, no hay nada más. Kim Wiesinger aparece unas cuantas veces más. Según mi investigación, la estuvo acosando durante más de un año.

Florian se llevó la mano a la frente.

—Necesito digerir esto —murmuró, sentándose en el borde del escritorio.

Julia seguía de pie, como fulminada por un rayo. Simplemente no podía asimilar lo que acababa de ver. Tenía los ojos clavados en la pantalla: en la cama vacía, en la sábana revuelta. Aunque Hoffmann estaba muerto y sabía que aquello no volvería a repetirse, volvió a sentir aquellos dedos morcillones sobre su piel. Podía olerlo literalmente. Se volvió, asqueada.

Saathoff le apoyó una mano en el hombro en un gesto reconfortante.

—¿Se puede borrar? —preguntó. Daniel Thiele hizo una mueca.

—Puedo intentarlo, pero no es fácil. En internet los datos se propagan rápido y sin control. Ahora mismo no puedo calcular cuántas veces se ha descargado el vídeo. Yo…

—Bórrelo ahora mismo —le espetó Florian. Thiele lo miró, espantado.

—Lo siento, pero no quiero que ni un solo usuario más de ese chat vea ese vídeo. De las posibles copias que circulen por la red se ocupará después. Lo principal es eliminar la fuente.

Thiele asintió y bajó la cabeza. Acto seguido, se puso a teclear con frenesí. Su rostro se puso rojo por la tensión.

—Ya está fuera —anunció poco después—. Voy a guardar una copia de seguridad en el servidor para que ustedes tengan acceso. Ahora me pondré con las descargas e intentaré identificar a los usuarios. Si quieren ver los comentarios de… —Miró a Julia un instante y su cara se puso rojo oscuro—. Bueno, si quieren volver a ver los comentarios, pueden hacerlo en este ordenador de aquí. —Señaló la mesa de al lado—. Está encendido.

Volvió a inclinar la cabeza y siguió tecleando, como si estuviera solo en la sala.

Julia fue la primera en moverse. Quería saber qué se decía bajo su vídeo. Se sentó y movió el ratón. El monitor se iluminó y mostró la cama vacía con la sábana revuelta. Los ojos de Julia bajaron hasta el pie de la imagen:

Menudo vídeo. Pero no llegaste a mojar. Me ponen las mujeres difíciles. Vaya pringado. Tendrías que habértela follado. ¿Por qué no la ataste?

Florian le rodeó los hombros con el brazo.

—Eh. No tienes por qué mirar esto. Son todos unos pervertidos. Julia asintió.

—Pero quiero hacerlo. ¿Y si Saathoff tenía razón y Hoffmann estaba detrás del asesinato de Kim Wiesinger?

El brazo de Florian se apretó.

—Todos los hechos apuntan a Sergei Bugarow. Tú misma lo concluiste en tu informe. Hoffmann era un acosador asqueroso, y está muerto.

Julia revisó los comentarios, que sonaban relativamente inofensivos comparados con los de los vídeos de Kim. Al menos, ninguno de esos pervertidos expresaba el deseo de torturarla. La mayoría se burlaba de Hoffmann y lo tildaba de aficionado que no había estado a la altura. Algunos incluso se indignaban, alegando que los vídeos de violencia real no tenían cabida en ese chat. Uno amenazaba con informar a la fiscalía. Algo era algo.

Julia se relajó un poco y siguió bajando. El brazo de Florian seguía sobre su hombro. Echaba de menos la cercanía con él. En los últimos días se habían distanciado de forma extraña. Hasta ahora. Aquel brazo fuerte devolvía la cercanía.

—Para un momento —pidió Florian. Su voz grave le hizo cosquillas en el oído. Julia se detuvo—. Ahí vuelve a aparecer nuestro amigo «Flor Blanca». Vaya un pirado. En tu vídeo escribe exactamente la misma estupidez.

Julia leyó la línea: «Nadie la toca».

Hizo clic en el perfil y volvió a notar el parecido con el hombre de las cámaras de seguridad de la estación. Desplazó el cursor sobre un resumen de sus comentarios.

—Parece su muletilla. La ha escrito también debajo de otros cinco vídeos. —Ese detalle tranquilizó a Julia. No le apetecía convertirse en el objetivo de un pervertido, y menos ahora que llevaba ya un tiempo con los nervios bastante deteriorados.

Saathoff meneó la cabeza.

—Aun así, deberíamos investigar a ese tipo. Al fin y al cabo, es casi la misma frase que encontramos escrita en el cadáver de Hoffmann. Y además está ese parecido con el acompañante de Bugarow. ¿Es que no lo ves? —Le dio un codazo a Florian, que miraba la pantalla con gesto obstinado.

—Sí, de acuerdo. Ya he dicho que lo investigaremos. Hay cierto parecido, pero la imagen es tan borrosa que no me atrevería a asegurarlo.

—Se rascó la cabeza, pensativo—. No me gusta nada este asunto. —Giró a Julia en la silla para mirarla de frente—. Voy a poner un coche patrulla delante de tu casa. Quién sabe cuántos hombres te han visto ya. No quiero que uno de esos pervertidos vaya a por ti.

—Deberíamos hacerlo de todos modos —coincidió Saathoff—. ¿Hay ya algún informe preliminar de la autopsia de Hoffmann?

Julia negó con la cabeza.

—No. Por desgracia, no me han permitido estar presente por mi implicación personal.

—Bien —dijo Florian, frotándose las manos—. Tenemos que seguir. Propongo continuar con los interrogatorios. El asesinato de Kim Wiesinger es la prioridad absoluta. Si conseguimos que el General confiese y admita que encargó el crimen, sería extremadamente útil para la rueda de prensa de mañana. De los vídeos de Hoffmann nos ocuparemos después. De todas formas, hay que esperar a que los informáticos identifiquen a los usuarios.

—Al decir la última frase, lanzó una mirada de reojo a Daniel Thiele, que seguía tecleando concentradísimo—. ¿Quieres seguir presente en los interrogatorios?

La miró expectante, pero ella negó con la cabeza.

—Sinceramente, no creo que hoy vayáis a sacarles nada más. Sus abogados ya están allí. El General solo confesará el asesinato por encargo si el fiscal le ofrece un trato, y aun así lo veo sumamente improbable. Me voy a casa a estudiar los expedientes. Además, quizá ya pueda consultar los resultados de la autopsia de Emanuel.

Florian pareció decepcionado, pero Julia se mantuvo firme. No quería seguir esperando pasivamente. Necesitaba trabajar, aunque fuera desde casa leyendo los resultados de la autopsia. Le dedicó una sonrisa a Florian a modo de despedida.

—Avísame en cuanto le saquéis algo al General o a su cómplice.

29

La autopsia de Herbert Hoffmann se había prolongado durante todo el día debido a constantes interrupciones, por lo que Julia seguía sin tener los resultados. Ya la noche anterior había intentado conectarse desde casa al ordenador del Instituto, pero la conexión era tan deficiente que acabó rindiéndose en algún momento y se fue a la cama. Se había pasado el día entero estudiando expedientes sin encontrar nada relevante. Emanuel aún no se había puesto en contacto con ella y Julia empezaba a perder la paciencia.

Julia iba haciendo clic por el interminable directorio de archivos del ordenador del Instituto. La conexión seguía siendo desesperadamente lenta, pero al menos ya tenía acceso. Cada página tardaba una eternidad en cargarse por completo. Impaciente, tamborileaba con las yemas de los dedos sobre el escritorio. Le daban ganas de plantarse allí y entrar por la fuerza. ¿Por qué demonios tenía Holsten que ponerse tan terco? Era una buena forense y, además, lo bastante profesional como para lidiar con lo ocurrido. Su jefe estaba exagerando desmesuradamente con su afán protector y, por su culpa, ella estaba condenada a la inactividad. Se quedó mirando el encabezado que iba formándose letra a letra ante sus ojos, como si no supiera de sobra lo que ponía: «Informe de autopsia». A ese ritmo, no terminaría de leer el documento hasta la mañana siguiente. Irritada, apartó el teclado y se levantó de un salto. Necesitaba café.

El primer sorbo fue divino. El líquido caliente le resbaló por la garganta y la relajó notablemente. Miró la hora y revisó el correo. Era extraño: la jornada laboral estaba a punto de terminar y seguía sin noticias de Emanuel. No era propio de él. Emanuel era una de las personas más meticulosas que conocía y, además, muy sensible; no se olvidaría de ella así como así. ¿Estaría Manfred Holsten detrás de esto? ¿Le habría prohibido a su ayudante informarla sobre los avances de la autopsia de

Hoffmann? Se quedó mirando pensativa la pantalla del móvil y, finalmente, marcó el número de Emanuel.

—Hola, Julia, qué alegría que llames. Justo iba a marcar tu número — dijo Emanuel con voz cálida. Parecía estar sonriendo. Julia apartó los malos pensamientos que acababa de tener y se relajó de nuevo.

—Ya sabes que soy curiosa. ¿Hay algo nuevo?

—He subido todos los documentos a la unidad. Supongo que querrás conectarte ahora mismo, ¿no?

Julia tragó saliva. Era evidente que resultaba fácil de calar.

—Mi conexión con el Instituto es tan lenta que voy a tardar horas en ver algo —admitió.

—Vale. Entonces te adelanto los resultados más importantes. Del laboratorio, por desgracia, aún no tenemos nada, pero todo lo demás está bastante claro —explicó Emanuel de buena gana—. Hoffmann murió por una cuchillada directa al corazón; no hay fracturas de costillas. La hoja medía unos quince centímetros y era lisa. No presentaba lesiones defensivas. La muerte se produjo en pocos minutos. Por la distribución de las livideces cadavéricas, es evidente que lo colocaron en la cama inmediatamente después de la puñalada mortal. Comparto tu hipótesis: probablemente abrió la puerta del piso, lo atacaron al instante y lo arrastraron hasta el dormitorio. Por cierto, la Científica no ha encontrado huellas dactilares ajenas, ni fibras, ni el arma del crimen. El autor iba muy bien preparado y, desde luego, no era un principiante. Que la cuchillada al corazón pasara justo entre dos costillas podría haber sido casualidad, pero la castración indica que el autor sabía lo que hacía. Además, la castración fue post mortem. El corte se ejecutó de forma profesional: el autor hizo una sola incisión y seccionó el pene y el escroto de un solo tajo. Supongo que la castración se realizó con el arma homicida. La frase del vientre se escribió con un dedo y con la propia sangre de la víctima. Eso sí, el autor llevaba guantes de goma; hemos recuperado trazas del material. El laboratorio está en ello, aunque me temo que será un producto comercial corriente.

Emanuel tomó aire.

—Y eso es todo. Por cierto, Holsten me ha vigilado con ojos de águila durante casi toda la autopsia. Me alegraré cuando vuelvas.

Julia sonrió. Al menos uno la echaba de menos.

—Gracias, Emanuel.

—No hay de qué. Termino el informe ahora mismo y me voy a casa.

—Emanuel colgó.

Julia terminó su café con satisfacción. Por fin, el ordenador había cargado el documento completo. El disco duro zumbaba con fuerza, pero no le importó. Leyó con concentración el informe preliminar de Emanuel. No contenía novedades esenciales. Solo un detalle le puso la piel de gallina: Hoffmann tenía una uña rota y, debajo de otra, habían hallado partículas de piel que habían sido enviadas al laboratorio. La diminuta infiltración hemorrágica del tejido circundante sugería una lesión de apenas un par de días. Julia se frotó los arañazos casi invisibles del brazo y suspiró. No le extrañaría que aquellas partículas fueran suyas. Se hizo una nota: en cuanto volviera al Instituto, enviaría al laboratorio una muestra comparativa de su propia piel. Si no coincidía, tendrían posiblemente la primera pista real sobre el autor.

Empezó a descargar las fotos de la autopsia. Su ordenador emitía ruidos extraños, gorgoteando casi como un ahogado; esperaba que sobreviviera al proceso. Mientras esperaba, volvió a leer el expediente de Kim Wiesinger. ¿Tendría razón el jefe de Florian al querer presentar a Sergei Bugarow como autor? Repasó rápidamente los hechos y no encontró argumentos en contra, aunque la cadena de pruebas no estaba completa. Pasó otra hora sin que Julia encontrara nada digno de mención. Entonces sonó el móvil.

—Julia, hija. Llevas días sin dar señales de vida. —La indignación de Hannelore era inconfundible. Julia agachó la cabeza, sintiéndose culpable.

—Lo siento, mamá. Tengo muchísimo trabajo. —Julia había evitado a propósito el contacto con sus padres. No quería contarles nada del asalto; lo último que necesitaba ahora era su compasión.

—Por lo menos podrías haber mandado un mensaje. Con una frase bastaba. En fin, me alegra saber que estás bien. No deberías trabajar tanto.

—Hannelore suspiró de forma audible—. Tu padre también está mejorando, por cierto. La semana que viene le quitan el vendaje y empieza la fisioterapia.

—Qué bien —dijo Julia, sin apartar la vista de la pantalla. El cadáver de Hoffmann destacaba ante ella bajo una luz azulada y fría—. Podría pasarme mañana o pasado. ¿Qué te parece?

—Sería estupendo. Prepararé algo rico. —Su madre se despidió y colgó.

Julia esperó a que cargara la siguiente foto: un primer plano de la mano derecha de Hoffmann que se iba formando a cámara lenta. El dedo corazón tenía la uña rota. Julia hizo una mueca al fijarse en los bordes oscuros y descuidados bajo las demás uñas. Herbert Hoffmann le daba un asco profundo. Siguió investigando un rato más hasta que se dio cuenta de que ya era medianoche. Florian no la había llamado.

Decepcionada, decidió irse a la cama. En cuanto apoyó la cabeza en la almohada blanda, notó lo cansada que estaba. Le ardían los ojos de tanto mirar la pantalla y le dolía el cuello. Cerró los ojos y se quedó dormida enseguida.

En algún momento de la madrugada, volvió a ocurrir: la voz que ya no existía y que, aun así, la perseguía tan a menudo. Michael lloraba. Julia lo oía a través del sueño; era como si estuviera tumbado justo a su lado. Apartó la voz con suavidad. «Esta noche no», pensó, intentando volver a su mundo onírico.

Al ver que no funcionaba, se levantó y recorrió el piso. Michael no estaba allí. Ni él ni su voz. Cansada, Julia se masajeó las sienes. Sus nervios se estaban volviendo locos de verdad. Fue al salón y miró por la ventana. Un coche patrulla pasó lentamente por delante de la casa. Julia esbozó una sonrisa. Al menos Florian no se había olvidado de su seguridad. Regresó con pasos quedos al dormitorio, tomó una pastilla para dormir y, al poco tiempo, cayó en un sueño profundo y sin sueños.

30

Su mente era un torbellino. Odiaba que las cosas se desviaran del plan previsto. Maldita sea. Últimamente, este tipo de incidentes se multiplicaban. Su objetivo de vigilancia había visto demasiado, a pesar de que él había actuado con una cautela extrema. Era un cazador; nadie debía captar su rastro.

Miró fijamente el monitor y negó con la cabeza, disgustado. Aquel chico era demasiado minucioso; nadie más se habría dado cuenta. ¿Por qué no se había ido simplemente a casa? ¿Por qué demonios tenía que removerlo todo otra vez y levantar cada piedra dos veces? ¿No podía haberlo dejado estar? En realidad, no había entrado en sus planes eliminarlo, pero ahora probablemente no le quedaba otra opción.

En el fondo, tenía suerte de que su objetivo estuviera solo hoy; eso simplificaría mucho las cosas. ¡Maldita sea! Aquella rabia que le hervía en el estómago casi lo devoraba; lo quemaba por dentro. Tecleó frenéticamente varias combinaciones en el ordenador. Quizá aún pudiera salvar lo que quedaba por salvar. Entendía de cuestiones técnicas; tenía que lograr borrar sus huellas.

Sus dedos volaban sobre el teclado, lanzando una orden tras otra. Poco a poco, una leve satisfacción empezó a abrirse paso. Miró la hora y tecleó aún más rápido. Si quería interceptar a su objetivo de vigilancia, ya iba siendo hora. Con la precisión de un reloj, siguió adelante y llegó al coche justo a tiempo. Aceleró, pero cuidándose de respetar los límites de velocidad. Sería fatal fracasar por culpa de una simple multa.

En cuanto aparcó, su rabia se aplacó. Él se encargaría de arreglarlo todo. Nadie podía detenerlo. Solo tenía que ceñirse simplemente al plan. Pero ¿cuál era el plan? En realidad, tenía otras cosas que hacer. La medida que se veía obligado a tomar ahora no formaba parte de su plan. Al menos no del original. «Tienes que adaptarte», se espoleó, aferrándose al volante

como si fuera un salvavidas. Repasó mentalmente la ruta que tomarían en breve. Tenía que ser rápido. Pero eso no era problema: estaba en forma y sabía lo que hacía.

Por fin se abrió la puerta y su objetivo arrastró los pies sobre el asfalto hacia el coche. Cansado, como cada noche. Esperó un momento y salió tras él a toda prisa. En la siguiente esquina giró, aunque su objetivo siguió recto. Tomó un atajo porque necesitaba a toda costa llegar antes que él. Había un pequeño tramo entre el aparcamiento y la entrada del edificio que estaba mal iluminado y quedaba fuera de la vista. Lo había ensayado varias veces hasta encontrar el punto óptimo.

Se colocó junto a un arbusto y se fundió con el follaje. Así se sentía bien: casi invisible, como un cazador perfectamente camuflado al que la presa caía en la trampa sin sospechar nada.

No tardó en oír el coche acercándose. Poco después, escuchó el portazo y unos pasos. Todo iba según lo previsto. Sus músculos se tensaron. Fijó el blanco a través de las hojas. En cuanto la víctima pasó a su lado, atacó. Fue todo muy rápido. Le presionó sobre boca y nariz un paño empapado en cloroformo, esperó a que su víctima quedara laxa y luego la arrastró hasta su coche.

Sus ojos recorrieron aquel cuerpo menudo. Ahora que tenía a su objetivo delante, parecía aún más frágil. Le gustaba. Casi con ternura, le apartó unos mechones de la frente. Después cerró el maletero. Hecho. Lo que venía después era pura rutina. Sonrió, abrió la puerta del conductor y se metió en el vehículo. Sin que nadie reparara en su presencia, salió disparado.

31

Durante un instante, Julia no supo dónde estaba. Abrió los ojos, aturdida. El despertador ya iba por el tercer ciclo de repetición; lo reconoció por la rápida sucesión de pitidos, que se intensificaba con cada nuevo intento del despertador. Se incorporó de golpe, desorientada. Estaba completamente a oscuras. Le martilleaba la cabeza al compás de la alarma. Tanteó en busca de aquel trasto maldito, pero no lograba dar con él. Se tapó los oídos.

Luego hizo un segundo intento por apagarlo, pero esta vez encendió primero la luz. Con los ojos entrecerrados, buscó el origen del ruido: el despertador se había caído de la mesilla y había rodado casi hasta la puerta. Julia se incorporó con esfuerzo y apagó aquel trasto. «Ya mejor», pensó, resoplando, mientras se dejaba caer otra vez sobre la cama.

Detrás de los ojos le pinchaban incontables agujas puntiagudas. La luz cegadora de la lámpara de la mesilla hacía bailar puntos brillantes en su campo visual. Julia cerró los ojos y disfrutó un rato del calor bajo el edredón. Poco a poco, los puntos de luz desaparecieron y también remitió el martilleo en su cráneo. No toleraba bien los somníferos; quizá tendría que cambiar de medicación. Aquellos efectos secundarios la dejaban fuera de combate; así no podía seguir.

La noche anterior era una nebulosa. Solo recordaba su desesperante ordenador. El informe de autopsia de Hoffmann quedaba ya lejos, igual que sus dedos gruesos sobre su piel. Julia sentía que, poco a poco, empezaba a tomar una distancia emocional sana respecto a la agresión.

Se levantó y se metió en la ducha. Su propia mirada escrutadora la desmentía: se sorprendió inspeccionando el techo y las paredes. Necesitó varias respiraciones profundas para reconocer lo absurdo de sus temores. Herbert Hoffmann no tenía llave de su piso. No había cámaras ocultas en su ducha. De haberlas habido, Daniel Thiele, de la Policía Judicial, ya habría encontrado algún vídeo suyo, porque Hoffmann, sin duda, se habría

jactado de ello. Era adicto al sexo y al reconocimiento. Ahora estaba muerto. Ya no había peligro.

Cerró los ojos y disfrutó del chorro caliente, que aflojaba un poco sus músculos agarrotados. ¿Cumpliría Manfred Holsten su palabra y la dejaría volver hoy al Instituto? Julia dudó entre llamarlo antes o presentarse allí directamente. Decidió que una confrontación cara a cara sería más prometedora.

Cerró el grifo y se secó. Al verse en el espejo sobre el lavabo, tuvo que admitir que los somníferos realmente le sentaban fatal. Tenía aspecto de haberse pasado toda la noche de fiesta. Su piel, ya de por sí pálida, podía competir con la pared más blanca. Bajo sus grandes ojos marrones se habían marcado unas ojeras profundas. Se vio diez años mayor. Si no lograba controlar sus nervios pronto, tendría que tomar medidas. A largo plazo no podía seguir así.

¿Debería hacer caso a Florian y acudir, después de todo, a aquel psicólogo? No era tanto por las agresiones de Hoffmann. Lo que más la agobiaba eran las constantes visiones de Michael. ¿No era una señal de alarma oír voces? Tal vez estuviera al borde de desarrollar una enfermedad mental grave. Cuanto antes se tratara, mejores serían las perspectivas. Por otro lado, también podía deberse simplemente al estrés y a la falta de sueño. Quizá no debía darle más importancia de la cuenta y bastaba con descansar lo suficiente; tal vez así todo se arreglaría por sí solo.

Dejó caer la toalla al suelo y se lanzó una última mirada al espejo antes de salir del baño y vestirse. Julia prescindió del desayuno y del café. Se fue directa al Instituto. Su tensión aumentó de forma perceptible al llegar y pasar la tarjeta por el lector junto a la puerta. El sensor pitó y la luz cambió a verde. «Vaya», pensó. Holsten había cumplido su palabra y solo le había bloqueado el acceso durante dos días.

Aliviada, encendió la luz del pasillo. Al parecer, hoy era la primera en llegar. Con paso ligero fue primero a la cafetera y después a su escritorio. Soltó un suspiro de alivio cuando el ordenador arrancó y todos los documentos se abrieron a velocidad récord. Revisó las fotos restantes del cadáver de Herbert Hoffmann. Eran detalles secundarios, pero obligatorios para el protocolo. Registró con soltura los datos médicos y cerró el expediente.

En ese preciso instante sonó el móvil. Contestó de buen ánimo al ver el nombre de Florian en la pantalla.

—Buenos días —dijo con energía y una sonrisa en los labios—. ¿Ayer lograsteis sacar algo más del General y su cómplice?

—No mucho —respondió Florian con una voz extrañamente tomada

—. Julia, tengo que hablar contigo. Yo… —tartamudeó levemente y luego se hizo el silencio.

—¿Florian? —Julia se incorporó completamente erguida. La relajación de hacía un momento se evaporó y sintió cómo volvía a subirle la adrenalina.

—Ha pasado algo. Será mejor que vengas de inmediato. Mi jefe ya ha hablado con Manfred Holsten y te ha dado luz verde.

Le dio la dirección y colgó sin añadir ni un solo detalle.

En la cabeza de Julia, los pensamientos se atropellaron. ¿Qué podía haber pasado para que Florian estuviera tan trastornado? Tenía que ver con Kim Wiesinger. ¿Había averiguado algo nuevo? ¿Pero qué? Salió corriendo hacia el coche. Con un mal presentimiento, arrancó y metió la dirección en el navegador. Su destino era un aparcamiento junto a una carretera comarcal, a las afueras de Colonia.

Menos de veinte minutos después, divisó de lejos la cinta de balizamiento roja y blanca. Un agente le preguntó el nombre y la dejó pasar en silencio. A Julia le extrañó, porque normalmente tenía que mostrar su identificación.

Lo primero que vio fue a Martin Saathoff. Sus ojos se dilataron imperceptiblemente al verla. Se giró y llamó a Florian con la voz casi quebrada.

—¿De qué se trata? —preguntó Julia, tendiéndole la mano a Saathoff.

—Ya estás aquí —dijo Florian. La condujo hacia su coche—. Siéntate un momento, por favor.

Fue demasiado para Julia.

—¿Qué demonios está pasando? Deja de tratarme como si fuera una enferma mental frágil. —Aspiró con fuerza el aire fresco de la mañana.

Florian se mordió el labio inferior, consternado, y le puso una mano en el hombro.

—Lo siento. Solo quería decírtelo con delicadeza.

—¿El qué? ¿Qué ha pasado?

Julia se zafó, pasó corriendo junto a Saathoff y se dirigió al lugar donde Florian acababa de estar. Junto al asfalto yacía una figura en el suelo: una persona masculina de corta edad. Aproximadamente un metro

setenta, delgado, pelo corto castaño. El cadáver estaba boca abajo. Sus piernas iban enfundadas en unos vaqueros azul oscuro; una camiseta azul claro le cubría el torso. Le faltaban los zapatos y los calcetines.

Julia rodeó el cuerpo. Ahora podía verle el rostro de perfil.

No era un rostro cualquiera, ni un muerto anónimo. A Julia se le cortó la respiración. Parpadeó, intentando borrar aquella imagen. Tenía que ser un error espantoso. Levantó la vista hacia Florian. Su semblante petrificado lo decía todo. Volvió a mirar aquel rostro joven, inteligente y sensible. Un rostro que veía a diario. Soltó un sollozo desgarrador y se llevó la mano a la boca.

Allí yacía Emanuel.

32

—¿Qué hace él aquí? —Julia se recomponía solo poco a poco. Sentía un sapo gordo en la garganta que le cortaba el aire y hacía que su voz sonara quebrada, como tubos de órgano rotos.

—¿Quién lo ha encontrado? —murmuró. A su mente le costaba captar la situación.

Florian le tomó la mano. Martin Saathoff se balanceaba de un pie a otro.

—Lo ha encontrado esta mañana el conductor de un Golf negro. Iba camino del trabajo y se ha detenido aquí porque no le funcionaba el manos libres. Ha sido pura casualidad. —La miró fijamente a los ojos—. Lo siento.

Ella asintió en silencio. No podía apartar la vista de Emanuel.

—He pensado que querrías encargarte tú de los exámenes forenses.

Holsten está de acuerdo.

Julia volvió a asentir. Estuvo a punto de preguntar por qué Holsten le confiaba precisamente esta autopsia, cuando también aquí estaba implicada personalmente, incluso más que en el caso Hoffmann. Pero se tragó el comentario. Holsten no tenía muchas alternativas y, además, en este caso todos los compañeros estaban afectados emocionalmente.

Analizaría cada milímetro del cuerpo de Emanuel y haría todo lo posible por encontrar al malnacido que lo había matado. Nadie la detendría. Ni Holsten, ni el mismo Dios. La rabia brotó en su interior con una fuerza descomunal, desplazando la tristeza y la incredulidad. Fue como si se encendiera una luz dentro de ella: de pronto tenía la mente cristalina.

Se puso unos guantes de goma y se puso en cuclillas. El rostro de Emanuel parecía intacto, pero en los antebrazos distinguió varios arañazos profundos.

—Se defendió —dictaminó, señalando las marcas defensivas. Rodeó el cadáver. En la camiseta había numerosas manchas que podían haberse producido durante el traslado: vetas verdosas de hierba mezcladas con restos grises de suciedad. En el pantalón continuaba el mismo juego de colores. Examinó las plantas de los pies descalzos: no había heridas ni suciedad—. No caminó descalzo. Al menos, no después de que le quitaran los zapatos y los calcetines.

—¿Podemos voltearlo? —preguntó, dirigiéndose a Florian.

—Claro. Ya hemos hecho numerosas fotos en esta posición.

Le dieron la vuelta y lo dejaron boca arriba. Al instante, Julia reparó en las manchas de sangre en el pecho. Le levantó la camiseta.

—Lo apuñalaron. —Se detuvo y observó la cantidad de sangre—. No es mucha sangre. La puñalada fue directa al corazón. Apenas hay sangre en la camiseta, ni en el pecho, ni en el suelo. Lo mataron en otro sitio. Además, la camiseta está intacta en el punto de entrada. Eso significa que, en el momento del crimen, o no llevaba nada puesto o llevaba otra prenda.

Julia calculó mentalmente la velocidad a la que brotaría la sangre del tórax tras una puñalada al corazón. Por supuesto, en una lesión así era frecuente que se produjera un taponamiento cardíaco: una acumulación de líquido en el corazón que comprime el músculo desde fuera y lo paraliza hasta que deja de latir. La hemorragia externa podía ser reducida en heridas por arma blanca. Quizá por eso había salido tan poca sangre. Aun así, una puñalada de ese tipo podía desencadenar hemorragias internas masivas. Sacudió la cabeza, instintivamente.

«No», pensó. En la escena del crimen original tenía que haber mucha más sangre. Las pocas manchas del pecho y de la camiseta no podían serlo todo. Tampoco halló salpicaduras en las inmediaciones, otro indicio que respaldaba su teoría, porque con cada puñalada suelen proyectarse gotas de sangre al aire.

Se fijó en que la cremallera del pantalón de Emanuel estaba bajada.

¿Su asesino lo había desnudado por completo? Al mirar con más atención, vio que el botón de la cintura estaba arrancado. En las caderas, bajo la cinturilla, se apreciaban hematomas azulados.

—Quiero examinar todo lo demás en el Instituto. —Se puso en pie y notó que le daba vueltas todo. Su circulación se estaba volviendo loca. Respiró hondo varias veces y fijó la vista en el horizonte durante un momento. Poco a poco se sintió algo mejor.

—¿Cuándo fue la última vez que hablaste con Emanuel? —preguntó Florian, con bolígrafo y libreta en la mano.

—Ayer por la tarde. Hablamos por teléfono. Emanuel me pasó los resultados de la autopsia de Herbert Hoffmann. Tenía pensado irse a casa justo después de hablar conmigo.

—¿A qué hora fue eso?

Julia hizo memoria. Sacó el móvil y consultó el registro de llamadas.

—Lo llamé exactamente a las dieciocho veintiséis. Hablamos doce minutos.

Florian anotó las horas en su libreta.

—¿Y te pareció distinto a otras veces? ¿Quizá asustado o tenso? Julia negó con la cabeza.

—No. En absoluto. Tenía ganas de terminar la jornada. —Y de perder de vista a nuestro jefe, Manfred Holsten, añadió para sus adentros—. Parecía completamente normal.

—¿Había tenido algún conflicto últimamente con alguien?

—No que yo sepa. Ya lo conoces: era amable, sensible… Es prácticamente imposible que tuviera problemas con nadie. —Hizo una breve pausa—. Bueno, quizá haya algo. Hace poco asesinaron a una amiga suya y eso lo dejó destrozado.

Florian arqueó las cejas, interesado.

—Se llamaba Luise Schenk. Un estudiante de intercambio estadounidense la asaltó en los aseos de la universidad, la violó y luego la estranguló. La casa de sus padres está a solo tres portales de la de Emanuel. Se conocían bastante bien. —Julia se encogió de hombros—. El agresor lleva tiempo en prisión, pero quizá la muerte de Emanuel guarde alguna relación con ese asunto.

A Julia no se le ocurría otra explicación. Emanuel había sido el ayudante más querido con el que había trabajado jamás.

—Quizá también sea una víctima aleatoria —especuló, mientras palpaba los bolsillos de los vaqueros de Emanuel—. No encuentro ni la cartera ni el documento de identidad. ¿Habéis buscado por aquí? ¿Podría ser un atraco?

Florian frunció los labios, pensativo, y luego negó con la cabeza.

—No lo creo. En la mayoría de los robos, la escena del crimen y el lugar donde aparece la víctima suelen coincidir. En cuanto los delincuentes

tienen el botín, quieren largarse lo más rápido posible. Normalmente no se toman la molestia de transportar el cadáver a otro sitio.

Julia asintió.

—¿Emanuel tenía novia?

—No que yo sepa. Al menos, nunca la mencionó.

—¿Y amigos con los que pudiera haber quedado ayer al salir del trabajo?

Julia se encogió de hombros.

—No lo sé. —De pronto cayó en la cuenta de lo poco que sabía realmente de la vida de Emanuel fuera del Instituto. ¿Sabía acaso algo de su vida fuera de allí? No se había interesado demasiado por su faceta privada; estaba demasiado obsesionada con su trabajo. Siempre había visto en él a su asistente y a un futuro colega como forense. De repente, se sintió mal. Como mínimo, debería haber sabido si salía con alguna chica.

—No te preocupes. Lo averiguaremos. —Florian la miró.

Había vuelto a poner esa mirada extraña. Esa mirada de «por-favor-ve-a-un-psicólogo-y-pide-ayuda». Era lo último que Julia necesitaba en ese momento. Ignoró su expresión.

—Lo mejor será que me ponga de inmediato con la autopsia. Florian se encogió de hombros.

—Como quieras. Nosotros seguiremos analizando el lugar del hallazgo. Quizá encontremos marcas de neumáticos u otras huellas. Con un poco de suerte, habrá testigos. —Miró hacia unas casas al fondo del campo contiguo—. Después interrogaremos a su entorno.

—¿Cuándo vamos a hacer todo eso? —intervino Saathoff con gesto sombrío—. Esta tarde es la rueda de prensa. ¿No habíamos acordado que la prioridad absoluta era el caso de Kim Wiesinger? Además, también tenemos lo de Herbert Hoffmann encima. No podemos echarnos a cuestas otro asesinato; vamos a acabar dispersándonos. Lo mejor será que hable otra vez con Hermann Meier para que asigne este caso a otro equipo.

—No puede estar hablando en serio —le espetó Julia a Saathoff—. Ese chico es… era… mi ayudante. Sin él, no habrían avanzado nada en los últimos casos. Hizo un trabajo extraordinario para ustedes y ayudó siempre que pudo. Siempre hemos tenido muchísimo trabajo y nunca nos hemos escudado en esa excusa.

Saathoff se puso rojo como un tomate.

—Lo siento —murmuró—. Pero me temo que tendremos que dividirnos de algún modo. Hoy hay previstas más declaraciones del General y de su cómplice. Sus abogados volverán a estar presentes y, si perdemos más tiempo, quizá tengamos que soltarlos. Los cargos están ahí, pero eso no significa que podamos retenerlos eternamente.

—Pero, además de la posesión de heroína, tienen también el caso de la prostituta asesinada. Las huellas dactilares se atribuyeron a Igor Petrow sin ninguna duda.

La expresión de Saathoff se endureció.

—Por desgracia, eso no basta. Ha admitido que mantuvo relaciones con ella, pero dice que cuando se fue, la mujer seguía viva. No tenemos más que indicios.

Florian levantó las manos en gesto conciliador.

—Deberíamos trazar un plan de actuación. Y no te preocupes, Julia: vamos a atrapar al asesino de Emanuel.

—Eso espero —siseó ella, lanzándole a Saathoff una mirada fulminante.

—Propongo que Anna Schubert continúe aquí ella sola. Nosotros haremos los interrogatorios esta misma mañana y después nos ocuparemos del entorno de Emanuel. Para entonces ya tendremos los primeros resultados de la Científica y de tu autopsia. Empieza cuanto antes, Julia. El caso Hoffmann lo dejamos en pausa por hoy.

La propuesta de Florian sonaba razonable. Julia asintió. Saathoff, en cambio, seguía con el rostro pétreo. Florian miró su reloj.

—Bien. Entonces, en marcha.

33

Tic, tic, tic, hacía el reloj, y él se alegraba. Todo marchaba según el plan. Pronto llegaría el momento de dejar caer la máscara. No recuperaría aquello que le habían negado, pero se cobraría su venganza.

Se recostó con deleite, pensando en lo que ocurría ahí fuera, donde la gente se movía como ovejas de un punto a otro. Aparentemente sin rumbo. Se detenían, seguían caminando, se daban la vuelta. Nadie sospecharía jamás que detrás de ese caos había un plan. Esbozó una sonrisa de suficiencia.

Su dedo pulsó la tecla «Enter» y ordenó al ordenador que reprodujera la grabación una vez más. Había pasado horas montando y optimizando el material. Ahora los colores brillaban. La piel clara de su menuda víctima lucía espléndida; el contraste era asombroso. Quizá debería haber sido productor. En cuanto subiera aquel vídeo, alcanzaría miles de clics en cuestión de horas, garantizado. Contempló con orgullo las secuencias que había escenificado deliberadamente. Al ensamblar los fragmentos, había seguido un concepto concreto. Era un procedimiento estándar, similar al de las producciones de Hollywood que elevan la tensión hasta lo inconmensurable.

La escena comenzaba de forma totalmente inofensiva. La persona estaba sentada en una silla. La cámara hacía zoom y captaba la imagen de una lágrima deslizándose por su mejilla. Centelleando, reflejaba la luz; era hermosísimo de ver. Una mano entró en plano. Su mano. Enjugó la lágrima con un leve roce. Sobre la piel pálida quedó una película reluciente. En el pecho lampiño de su objetivo se distinguía cada costilla. En esa parte del montaje se había esmerado durante mucho tiempo. Mientras otros destacaban tabletas musculosas, él realzaba la fragilidad.

¿Con qué rapidez podía destruirse un cuerpo humano?

Un cuchillo cruzó el encuadre. Aquel era el primer clímax. El instante en que el espectador comprendía que aquello era algo más que un simple objeto desnudo. Volvió a esbozar una mueca. Por supuesto, mantendría a su audiencia en vilo. El oscuro presentimiento no se cumpliría antes de tiempo; podía sentir cómo los nervios del público se tensarían de golpe. No había nada más hermoso que la anticipación.

Lentamente, la hoja se deslizó sobre los pezones de su objeto de deseo. Se erizaron tal como había previsto. Había metido el cuchillo a propósito en el congelador. Todo progresaba según el plan.

El encuadre mostró una pequeña cantidad de polvo blanco, pero solo un instante. También esa sustancia entraría en juego más adelante. La cámara enfocó primero los ojos grandes, el iris surcado por pequeñas motas claras. Además del miedo, irradiaban una profunda sensibilidad. Así le gustaba. Sus objetos tenían que ser frágiles. Le gustaba la sensualidad, y eso era precisamente lo que se revelaba ante el espectador atento. La cámara recorrió los contornos del rostro: pestañas largas, nariz fina y pómulos altos. Todo era perfecto. Solo los labios carnosos quedaban ocultos bajo la cinta adhesiva. Era hora del siguiente acto.

Diversos instrumentos de tortura irrumpieron en la imagen. Los ojos de la víctima se dilataron. Él esperó. La tensión aumentaba hasta lo inconmensurable.

Entonces lo hizo. De forma completamente inesperada. La respiración pesada de su objetivo lo excitaba. Era celestial, incluso ahora, al contemplar los hechos a posteriori.

La alarma sonó. A regañadientes, apartó la vista y miró otro monitor.

Mierda.

Lo que estaba ocurriendo en la otra pantalla requería toda su atención.

34

—Si lo prefiere, puedo encargarme yo —se ofreció Manfred Holsten.

La luz azulada de los fluorescentes le daba el aspecto de un muerto viviente. Su piel arrugada se veía extremadamente pálida bajo la iluminación artificial constante y, con el mono blanco de protección, parecía aún más descolorida. Solo sus ojos inteligentes daban señales de vida. Julia negó con la cabeza.

—No. Debo hacerlo yo. Se lo debo a él.

Pensó en cómo Emanuel había lavado con tanto mimo el cabello de su amiga asesinada, Luise Schenk. Julia intentaba hacer lo mismo por él ahora. Si apenas sabía nada de su vida privada, al menos podía dedicarle la última atención que merecía.

Emanuel ya estaba completamente desnudo. Su cuerpo delgado yacía sobre la fría mesa de acero inoxidable. La piel, de un tono azulado, estaba fría al tacto. Normalmente, la textura gomosa de un cadáver no perturbaba a Julia, pero con Emanuel era distinto. Sabía qué se sentía al tocarlo cuando estaba vivo: su apretón de manos siempre había sido cálido y suave. Ahora, sus dedos estaban fríos y rígidos.

En la ropa de Emanuel no se había hallado ningún rastro ajeno. Julia había albergado la esperanza de encontrar alguna fibra o un indicio similar, pero era evidente que el autor —o los autores— del crimen había actuado con extrema cautela.

Julia comenzó la inspección externa por la cabeza: revisó el cabello y el cuero cabelludo, examinó el cráneo en busca de parásitos, buscó daños térmicos —como puntas chamuscadas— y, finalmente, palpó la estructura ósea craneal. Todo parecía intacto. Lo mismo ocurría con la estructura nasal; el contenido de las fosas nasales no mostraba anomalías. Aun así, tomó muestras para el laboratorio. Holsten la asistía, pasándole los hisopos y guardándolos después en bolsas de plástico.

Julia continuó con los ojos y los oídos, inspeccionó la piel en busca de petequias que pudieran indicar un estrangulamiento, pero no encontró nada. Tomó frotis de la cavidad bucal y comprobó el aliento ejerciendo presión sobre el reborde costal izquierdo, en la línea medioclavicular. Se trata de una línea imaginaria que discurre perpendicularmente por el centro de la clavícula.

—Sin anomalías —dictó al grabador, y describió después el ligero olor aliáceo procedente de la cavidad oral—. En el labio inferior se aprecia un desgarro fino de unos cinco milímetros. Un arañazo de exactamente veinticinco milímetros cruza el mentón en sentido transversal, causado posiblemente por una uña —continuó dictando mientras tomaba una muestra que sería analizada en el laboratorio en busca de rastros genéticos. Trabajaba de forma sistemática. En los antebrazos identificó lesiones defensivas; la piel alrededor de las muñecas estaba erosionada. Las marcas de bridas indicaban que Emanuel había sido evidentemente inmovilizado. En el tórax, además de la herida cardíaca mortal, halló algunos hematomas menores. Cuando Julia se disponía a avanzar hacia la pelvis, Manfred

Holsten levantó de repente la mano y la detuvo.

—Quizá debería seguir yo a partir de aquí.

Julia se llevó las manos a las caderas, sorprendida. No entendía qué pretendía Holsten hasta que lo miró a la cara: se estaba mordisqueando el labio inferior con nerviosismo. Aquello no era propio de su jefe, que siempre mantenía una compostura impecable.

—¿Qué…? —No terminó la frase. Siguió la mirada de Holsten hacia una zona por debajo de la pelvis. Julia advirtió varias hinchazones leves, sobre todo en la cara interna de los muslos. Se llevó el dorso de la mano a la frente—. No me diga que fue…

Miró a Holsten y vio su expresión de piedra y aquel asentimiento breve, pero inequívoco. Julia se inclinó y separó los muslos de Emanuel. Con incredulidad, vio confirmada su peor sospecha. Tomó un hisopo largo y extrajo una muestra, que guardó en silencio en un tubo de plástico. Su mente iba a mil por hora. ¿Qué demonios le había pasado? ¿Cómo era posible? Examinó minuciosamente la zona.

—Hubo penetración anal, sin duda —explicó con la mayor frialdad posible.

Sus ojos se clavaron en una fisura de la mucosa, en el borde externo del esfínter anal. Se preguntó si aquella lesión era fruto de un acto

voluntario o de una violación.

—Dado que tenía novia, me inclino más bien por una violación.

Debemos examinar el ano con el máximo detalle.

—¿Tenía novia? —Julia se sintió de golpe aún peor. ¿Por qué Manfred Holsten conocía a su ayudante mejor que ella?

—Lo llamó cuando estábamos examinando el cadáver de Herbert Hoffmann. Querían verse esa misma noche. —Holsten levantó las manos en gesto apaciguador—. Me enteré por casualidad; estaba justo a su lado y lo oí todo. No fue mi intención.

—Oh —dijo Julia, preguntándose de nuevo por qué no sabía nada de la novia de Emanuel—. Debería informar a Florian Kessler. Esta mañana me ha preguntado por su vida privada.

Con ayuda de Holsten, giró el cuerpo de Emanuel de lado para examinar mejor la zona anal. Introdujo un espéculo rectal y observó la piel, que presentaba numerosos desgarros.

—Las lesiones son agudas —determinó Julia al cabo de un momento

—. No se aprecia engrosamiento crónico de la zona ni pérdida del relieve de los pliegues, en la medida en que podía valorarlo con las múltiples lesiones presentes. El hallazgo indica que Emanuel no mantenía relaciones anales de forma habitual. Emanuel Schreiber fue violado antes de morir.

La frase de Julia quedó suspendida en el aire como una nube tóxica de varios metros de altura. Apagó el dictáfono.

—Maldita sea —maldijo—. Eso difícilmente pudo pasar con su novia.

¿Sabe cómo se llama?

La expresión de Holsten se ensombreció aún más. Negó con la cabeza.

—No. Si no recuerdo mal, era algo como Nina o Ina. No logré captarlo bien.

Julia se quitó un guante, cogió el móvil y marcó el número de Florian.

En cuanto respondió, no le dejó ni saludar.

—Emanuel fue violado. Había quedado con su novia anoche. Podría llamarse Nina o Ina.

Julia oyó la respiración de Florian al otro lado. Tras una pausa, él preguntó:

—¿Estás completamente segura?

—Por supuesto. Si no lo estuviera, no te llamaría.

—Mmm… No consigo encajarlo. Dices que tenía novia. Lo averiguaremos; hay un equipo de la Científica registrando su piso ahora

mismo. Tendrían que encontrar algo. Pero una violación es muy inusual, sobre todo asociada a un asesinato. —Florian hizo una pausa—. Seguimos con los interrogatorios del General y de su cómplice. Por desgracia, está siendo dificilísimo; desde que llegaron los abogados apenas sueltan prenda. Mi jefe me está presionando mucho porque la rueda de prensa empieza en unas horas. Gracias por la información. Te llamo en cuanto pueda.

Florian colgó.

Julia sostuvo el teléfono junto a la oreja unos segundos antes de bajarlo. Estaba decepcionada. Los resultados de la autopsia no parecían interesarle demasiado a Florian, a pesar de ser pistas importantes que podrían conducir a la captura del asesino de Emanuel. Ahora la búsqueda debía centrarse en agresores sexuales. Julia guardó el móvil y se volvió a poner el guante. Quienquiera que le hubiera hecho eso a Emanuel no era la primera vez que actuaba. Según el criterio de Julia, era más que probable que el agresor hubiera evitado deliberadamente dejar cualquier rastro de ADN.

—¿Qué ha dicho Kessler? —preguntó Holsten cuando Julia volvió a inclinarse sobre el cuerpo.

—Poca cosa. Están interrogando a un narcotraficante que presuntamente ordenó el asesinato de la policía. Me temo que esclarecer la muerte de Emanuel llevará tiempo. La Judicial está desbordada ahora mismo.

Pensó en las palabras de Martin Saathoff y se preguntó si no tendría razón. ¿No sería sensato asignar un equipo específico al caso de Emanuel? Desechó la idea al instante: Florian era el mejor, no debía dudar de él.

Continuó con su trabajo meticulosamente. Inició el examen interno, en el que se abre el cuerpo y se examinan todos los órganos. El procedimiento se prolongó durante el resto de la jornada. Cuando terminaron, Manfred Holsten se frotó la espalda, cansado.

—Ya no estoy acostumbrado a pasar tanto tiempo de pie —se quejó mientras se quitaba los guantes y el equipo de protección—. Tengo ganas de ver los resultados del laboratorio. Quizá encuentren algo útil después de todo.

Julia se encogió de hombros, frustrada.

—No hay rastro de semen, ni pelos, ni fibras. Bajo las uñas tampoco había nada. Me temo que no saldrá gran cosa de ahí. —Ella también se

quitó el equipo de protección—. Me parece asombroso que Emanuel no hubiera comido nada desde ayer al mediodía.

Holsten asintió.

—Sí, parece que ni siquiera llegó a casa. Hablo por experiencia: cuando termino una jornada larga, lo primero que hago es comer algo.

—Eso significaría que se topó con su asesino en el trayecto del Instituto a casa.

—O de camino a ver a su novia. Quizá habían quedado para cenar — añadió Holsten—. Pero todo eso son meras especulaciones. Es trabajo de la policía aclararlo. —Miró su reloj—. Debo irme ya. Por favor, descanse usted también. Hoy ya no queda nada más que hacer aquí.

—Lo haré —murmuró Julia pensativa mientras veía alejarse a Holsten. Se quedó quieta un momento, aún con los guantes en la mano. Al darse cuenta, los tiró al contenedor. Consultó su teléfono: Florian no había vuelto a llamar. La rueda de prensa debía de haber terminado hacía rato. Con expectación, buscó noticias en internet y solo encontró unas escuetas tres líneas que mencionaban a Sergei Bugarow como sospechoso en el caso de Kim Wiesinger. No daban detalles. Se acordó de la novia de Emanuel. Tenían que descubrir quién era y si lo había visto anoche. De

inmediato marcó el número de Florian. Dio señal, pero nadie respondió.

Decepcionada, guardó el móvil. Se sentía desconectada del mundo exterior. ¿Es que Florian no quería hablar con ella? Últimamente estaba extrañamente distante. Eran casi las ocho de la tarde; él ya debía de estar en casa hacía rato. Había sido un día agotador. Julia decidió dar por terminada su jornada también. Necesitaba recuperar fuerzas. Al salir, se detuvo frente al despacho de Emanuel. Entró con dudas; se sentía casi como una intrusa, pero la curiosidad pudo más. Se sentó en su silla y observó el escritorio, perfectamente ordenado. Todos los bolígrafos estaban en un cestillo y los documentos, etiquetados con esmero. Julia leyó los títulos: eran informes de autopsias recientes. Arriba del todo estaba el de Herbert Hoffmann, con un pósit pegado: «Valores de laboratorio pendientes». Era exactamente el estado en que se encontraba la noche anterior. Julia no se había molestado hoy en comprobar el correo del laboratorio. Miró a su alrededor: no había ni una sola foto en el despacho, ni de Emanuel ni de su novia. Julia sonrió con melancolía. Emanuel a menudo le recordaba a ella misma. Lo echaba de menos.

—Maldita sea, Emanuel. ¿En qué lío te metiste? —preguntó Julia en voz alta.

Se levantó y fue hacia el armario. Archivadores ordenados alfabéticamente en una mitad; en la otra, su chaqueta colgada en una percha. En el fondo, un par de zapatillas deportivas. Aunque la policía ya había registrado el despacho esa mañana, Julia registró la chaqueta. Su cartera estaba en el bolsillo izquierdo. ¿Por qué Emanuel se había ido del Instituto sin ella? ¿Se la habría olvidado? No; a Emanuel le encantaba el orden: aquello no encajaba con él. Siguió buscando, pero no encontró nada llamativo. El teléfono de Emanuel no aparecía por ninguna parte. Regresó al escritorio y volvió a repasar los documentos. Cogió el expediente de Hoffmann y lo abrió, sin saber muy bien por qué.

Arriba del todo había una foto del abdomen de Herbert Hoffmann con la inscripción:

Nadie toca a Julia

Un escalofrío la recorrió y cerró el expediente de golpe. El caso Hoffmann tendría que esperar; lo primero era atrapar al asesino de Emanuel. De pronto, sintió los nervios a flor de piel. La tristeza cayó sobre ella como una bandada de pájaros hambrientos. Julia jadeó buscando aire y, de repente, no pudo contener las lágrimas.

—Maldita sea, Emanuel —susurró, golpeando el escritorio con la palma de la mano.

Salió corriendo del despacho y dio un portazo.

—¿Todo bien?

Julia se quedó petrificada. Florian estaba frente a ella y la miraba con preocupación. Ella se secó las lágrimas rápidamente.

—Sí, todo bien. —Le temblaba la voz—. ¿Cómo ha ido la rueda de prensa?

El semblante de Florian se ensombreció.

—No muy bien. Meier no supo responder a muchas preguntas. Sobre todo a por qué Kim salió de casa desarmada en mitad de la noche, y encima, sin pedir refuerzos. —Se encogió de hombros—. No podía decir públicamente que el compañero de Kim se había quedado literalmente dormido. Si hubiera oído la llamada, quizá hoy seguiría viva… —Florian titubeó y negó con la cabeza—. En fin, no ha ido bien, pero era de esperar.

—Oh —dijo Julia, intentando recuperar la compostura. Había reprimido sus sentimientos todo el día y era lógico que estallaran ahora. Tragó saliva con dificultad—. ¿Y los interrogatorios? ¿Habéis avanzado algo?

—Solo sabemos que Sergei Bugarow cumplió un encargo del General con relevancia penal. Eso al menos es lo que afirma su abogado. Estamos negociando con la Fiscalía; si el General coopera, puede que le ofrezcan un trato a cambio de que nos cuente en qué consistía ese encargo. El fiscal podría, por ejemplo, renunciar a pedir la pena máxima. Saathoff y yo sospechamos que fue él quien ordenó el asesinato de Kim. —Florian guardó silencio y se miró las puntas de los zapatos. La frustración se le leía en la cara—. Pero no he venido solo por eso. —Suspiró y volvió a mirar a Julia. Sus ojos azules irradiaban una tristeza inmensa—. He estado con los padres de Emanuel. Siento no haberte cogido el teléfono, pero están destrozados. Habría sido inapropiado atender la llamada en ese momento.

A Julia se le contrajo el estómago dolorosamente.

—¿Y bien? —fue todo lo que pudo decir. Florian se encogió de hombros.

—Es como tú decías. Era una persona encantadora, no tenía enemigos. Nadie con quien hubiera tenido algún conflicto últimamente. Y tenía novia: Nina Haberland. Iba a ir a verla ahora y quería preguntarte si me acompañas. Después te invito a cenar; no deberías estar sola esta noche. Es la primera noche tras su muerte y sé que no será fácil para ti.

Los ojos azules de Florian escrutaron el alma de Julia. Conmovida, ella se secó una nueva lágrima del rabillo del ojo.

—Gracias —dijo con voz ronca, dejándose abrazar por Florian, que la estrechó con fuerza.

—Tú… No, nosotros lo superaremos —susurró él, dándole un beso en la mejilla.

—En la autopsia, por desgracia, no hemos encontrado ninguna pista sobre el asesino —soltó Julia en un sollozo. Se veía a sí misma como una fracasada.

—Lo sé —murmuró Florian—. Tu jefe me ha llamado.

—¿Cómo vamos a encontrarlo? Ni siquiera sabía hasta hoy que tenía novia. No lo conocía en absoluto. —Se detuvo para reprimir el llanto. Lamentarse no servía de nada; tenía que pensar con claridad.

—Escúchame. Quizá sea mejor que esperes en el coche mientras hablo con Nina Haberland, o que vuelvas a casa y luego paso a recogerte.

Julia negó con energía.

—No. Puedo hacerlo. Al fin y al cabo, yo misma le he hecho la autopsia. Tenemos que descubrir dónde estuvo anoche.

35

La calle lateral era tan estrecha que apenas quedaba espacio para los vehículos que venían en sentido contrario. Florian conducía en consecuencia despacio y frenó ante el número cinco. Frente a ellos se alzaba un edificio de cinco plantas, de ladrillo rojo oscuro, construido probablemente en los años cincuenta. Florian aparcó subiendo media rueda a la acera y bajó del coche.

—Nina Haberland vive en la tercera planta —explicó, esperando a que Julia cerrara la puerta del copiloto. Se encontraban en el sur de Colonia, lejos del apartamento de Emanuel, que estaba en el norte—. Yo haré las preguntas, pero si se te ocurre algo, no te cortes e interviene.

Julia asintió. Ahora que estaba ante el portal, dudaba de su decisión.

¿Era realmente una buena idea? Tenía los nervios a flor de piel. En el Instituto, rodeada de trabajo, se había manejado razonablemente bien; la rutina le permitía distraerse de los terribles acontecimientos. Pero lo que venía ahora era otra cosa. Los interrogatorios, las investigaciones policiales y el trato con los deudos eran todo menos rutina para ella. Incluso en circunstancias normales, sin estar implicada personalmente, le resultaría difícil hablar con los familiares. Los forenses apenas tenían contacto con los deudos.

Florian, precisamente por eso, no la había llevado con los padres de Emanuel: no quería sobrecargarla emocionalmente. ¿Entonces por qué la traía con Nina Haberland? Julia conocía la respuesta. Por un lado, no habría tenido tiempo para la charla con los padres —que había ocurrido horas atrás— porque todavía estaba en mitad de la autopsia. Por otro, Florian no la había necesitado allí, ya que los padres estaban solo superficialmente involucrados en la vida diaria de su hijo. Conocían su trabajo, sus principales preocupaciones y a su novia, pero de su rutina diaria sabían poco. Era lógico: Emanuel ya no era un niño, sino un hombre

con una vida profesional activa. Sin embargo, la conversación con la novia prometía revelar detalles esenciales sobre sus hábitos. Era razonable que Florian quisiera que Julia estuviera presente: cuatro oídos y cuatro ojos captan más que dos. ¿A quién iba a confiarle sus intimidades un hombre joven si no era a su pareja estable? Así era como los padres de Emanuel habían descrito a Nina Haberland. Llevaban juntos nueve meses y Julia seguía sin poder creer que no se hubiera enterado de nada.

—Haberland —respondió una voz de mujer, ronca, a través del interfono en cuanto Florian pulsó el timbre. Por su tono, era evidente que Nina Haberland había estado llorando. Una patrulla de la policía ya le había comunicado la muerte de su novio.

—Florian Kessler, Policía Judicial de Colonia. Hablamos hace un rato. No hubo respuesta. En su lugar, sonó el zumbido del abrepuertas. Florian empujó la puerta y subió los peldaños con rapidez; Julia lo siguió a toda prisa. En la tercera planta los esperaba una mujer joven y de aspecto sencillo, con unos ojos de cervatillo oscuros y cargados de tristeza. Los saludó con un breve gesto y los invitó a pasar. El piso constaba de dos habitaciones, baño y cocina. Nina Haberland se presentó como estudiante

de Medicina. Había conocido a Emanuel en el cumpleaños de un amigo.

Se sentó en un taburete, bajó la cabeza y entrelazó las manos con fuerza. Julia y Florian se sentaron frente a ella en un sofá estrecho.

—¿Podría decirnos cuándo vio a Emanuel por última vez? —preguntó Florian.

—Se quedó a dormir en mi casa dos noches. Ayer íbamos a quedarnos en su piso, así que decidimos vernos allí directamente. Fui, llamé al timbre, pero no estaba. —Nina hablaba en voz baja, con la voz quebrada. Durante todo el tiempo, no levantó la vista de las puntas de sus pies ni una sola vez.

—¿No le extrañó que no estuviera?

Nina Haberland guardó silencio. Florian repitió la pregunta. Las manos de Nina se apretaron aún más. Julia intuyó que ocultaba algo.

—No, no me extrañó. Nos tomábamos nuestras citas con bastante libertad.

Florian le lanzó a Julia una mirada de escepticismo.

—¿No le preocupó en absoluto? —insistió él.

—No —respondió Nina secamente, sin dejar de retorcerse los dedos, que ya estaban enrojecidos.

—Emanuel ha sido víctima de un crimen violento. Cualquier detalle que pueda darnos nos ayudará a encontrar a su asesino. ¿A qué hora habían quedado exactamente ayer?

—A las nueve.

—De acuerdo. Así que llegó con su coche al piso de Emanuel a las nueve. ¿Dónde aparcó?

—Justo frente a la casa.

—¿Notó algo inusual? ¿Alguien que estuviera por los alrededores, o algún otro coche aparcado?

—No, nada. Siempre hay muchos coches allí.

—¿Qué hizo entonces en el portal? —preguntó Florian. Julia admiró la paciencia que estaba demostrando.

—Llamé al timbre un par de veces. Pero Emanuel no estaba y en su piso tampoco había luz. Así que me di la vuelta y regresé a mi casa. Pensé que tendría algo que hacer y que ya me llamaría más tarde.

—Pero no la llamó, ¿verdad? Nina negó con la cabeza.

—¿Y no se inquietó por eso? ¿No intentó telefonearle? Volvió a negar con la cabeza.

—¿Por qué no?

Silencio.

—Mire, señora Haberland, nos está ocultando algo. ¿Es que no quiere que atrapemos al asesino de su difunto novio?

Nina Haberland levantó la vista por primera vez. Tenía los ojos anegados en lágrimas y los labios le temblaban violentamente.

—Quería romper con él —soltó antes de cubrirse el rostro con las manos—. ¡Dios mío! No podía imaginar que esa noche me iba a necesitar. Si me hubiera quedado o si al menos le hubiera llamado… Seguro que ahora seguiría vivo. —Las lágrimas corrían incontenibles por las mejillas de Nina. Sollozaba desesperada; todo su cuerpo temblaba.

—Usted no podía saberlo. Usted no tiene la culpa —dijo Florian con tono tranquilizador.

—Debería haberle pedido explicaciones esa misma mañana, en cuanto me di cuenta. En lugar de eso, fui alimentando mi rabia y ahora… — sollozó con fuerza—. Ahora está muerto.

Florian guardó silencio un rato antes de proseguir.

—¿Qué fue lo que le llamó la atención esa mañana?

Nina Haberland negó con la cabeza.

—No puedo decírselo. Sería una falta de respeto a su memoria. No voy a hablar mal de Emanuel. Es un asunto privado y no tiene nada que ver con su muerte.

Florian se inclinó hacia delante y la miró fijamente.

—Lo entiendo. Nosotros apreciábamos mucho a Emanuel; era un hombre extraordinario y nadie quiere manchar su recuerdo. Pero tenemos que averiguar quién le hizo esto y que se haga justicia. Eso es lo que Emanuel habría querido; él se esforzaba cada día por lograrlo junto a la señora Schwarz. Por favor, cuéntenos todo lo que sepa para que podamos encontrar a su asesino.

Nina Haberland se rodeó el delgado torso con los brazos.

—Es tan terrible… No puedo.

—Por favor —intervino Julia—. Emanuel significaba mucho para mí. Él no querría que su muerte quedara impune. Además, debemos evitar que el culpable vuelva a atacar a alguien.

Nina levantó la vista y observó a Julia.

—Él la apreciaba mucho. No pasaba un día sin que me hablara maravillas de usted. —Hizo una pausa y se encogió de hombros—. Se lo enseñaré —dijo finalmente.

Se levantó y salió de la estancia. Julia y Florian esperaron en silencio.

Al poco rato, Nina regresó con un portátil negro.

—A veces trabajaba aquí —explicó mientras abría la tapa—. Mi ordenador se bloqueó ayer por la mañana y quise usar el suyo. Había una página abierta que me llevó a mirar más de cerca. Se metía en plataformas de internet dudosas. —Giró la pantalla para que Julia y Florian pudieran verla.

—¿Estaba registrado en SEXtreme? —murmuró Florian con incredulidad.

Julia no articuló palabra; se limitó a mirar la pantalla con horror. No podía imaginárselo. ¿Acaso Emanuel era uno de esos pervertidos que frecuentaban chats sexuales repugnantes y se excitaban humillando a mujeres? Atónita, abrió la boca; de repente, sentía la garganta reseca.

—No puedo creerlo —balbuceó con voz ronca.

—Yo me quedé espantada. Le di mil vueltas pensando que podía ser un error. —Nina abrió el historial del navegador—. Pero no era casualidad.

Entraba en ese chat muchísimas veces. Y, además, no era la primera vez que me engañaba.

Julia aguzó el oído.

—¿De verdad?

Nina asintió.

—Hace solo unos meses lo pillé con otra estudiante: Luise Schenk. Vivía a solo tres portales de la casa de sus padres. —Se sonó la nariz—. Me prometió que no volvería a ocurrir.

Julia guardó silencio, impactada. No lo habría sospechado nunca. Ahora comprendía mejor por qué Emanuel le había lavado el cabello al cadáver de Luise.

—¿Me permite? —preguntó Florian, tomando el portátil—. Dios mío… ha visto unos cincuenta vídeos. Usaba el alias «Bloque Rojo». No entiendo nada. —Florian frunció el ceño mientras recorría el historial con tensión—. ¿Sabía algo de sus preferencias sexuales?

Nina Haberland se puso roja como un tomate.

—No, por supuesto que no. No tenía ni la menor idea. Yo… —sollozó

—. Pensaba que era un chico normal y, sobre todo, creía que éramos felices. —Volvió a ocultar el rostro entre las manos—. Últimamente se ausentaba a menudo más tiempo por las noches. Supuestamente en el Instituto. —Su mirada se posó un instante en Julia antes de volver a fijarse en las puntas de sus pies—. Obviamente, era mentira. Ayer, como no estaba en casa, fui incluso al Instituto. Todo estaba oscuro y cerrado; su coche no estaba en el aparcamiento. Entonces supe que debía de estar con otra persona.

—¿Cómo llegó a esa conclusión? —preguntó Florian con énfasis—. Que mire vídeos en internet no significa necesariamente que esté siendo infiel.

—Es que… —sollozó Nina Haberland, y tiró del portátil hacia ella. Hizo varios clics y volvió a girarlo hacia Florian—. Se escribía mensajes. Correos electrónicos. Habían quedado anoche. Por eso sabía que no me llamaría. Sabía dónde estaba.

El pulso de Julia se aceleró bruscamente. Se acercó a Florian y leyó los correos entre Emanuel y el usuario «Flor Blanca». El nombre la hizo tropezar.

—Pero si este usuario no es una mujer —exclamó Julia, llevándose la mano a la boca. «Es el mismo que comentó los vídeos de Kim Wiesinger y

el mío», pensó alarmada.

—¿Qué? —preguntó Nina, confundida, señalando el texto—. Aquí lo pone bien claro. —Señaló con el dedo índice un correo que Julia aún no había leído.

No te preocupes, solo me hago pasar por hombre para que no me acosen. En realidad busco a un chico majo con gustos especiales. Me encanta que me agarren fuerte, pero sin que duela. A los tipos brutos los descarto de inmediato. Pareces el hombre ideal para mí. ¿Quieres que nos veamos?

Los ojos de Julia volaron sobre la respuesta de Emanuel:

Claro, cielo. Sé exactamente lo que necesitas. ¿Qué te parece esta misma noche?

Me encantaría. Ven al Baluga. Poco después de las ocho.

Julia se quedó sin habla por un momento. ¿Es que no había conocido en absoluto a su ayudante?

—¿Qué es el Baluga? —preguntó, todavía en estado de shock.

—Es un bar del casco antiguo. Allí se junta un ambiente de lo más variopinto. La gente normal no tiene cabida allí —dijo Nina Haberland con rigidez.

Julia la observó. La mujer parecía estar al límite de sus fuerzas, pues apenas unos segundos después volvió a romper a llorar. Julia miró a Florian; sus ojos brillaban.

—Al menos tenemos una pista. Lo mejor será que vayamos allí de inmediato.

36

Un mazacote de al menos un metro noventa la escrutó con gesto hosco. Julia agachó la cabeza instintivamente; aquel establecimiento ya le producía rechazo. Delante de ellos, un ser extravagante y reluciente, subido a unos zapatos de tacón, acababa de desaparecer tras la cortina negra que servía de entrada. El gigante, evidentemente, trabajaba allí de portero. Del interior del edificio emanaba un ritmo sordo y machacón que le provocaba dolor de cabeza.

Florian y Julia no parecían encajar en el perfil del local. El portero los midió de arriba abajo varias veces.

—No hay paso —declaró a continuación.

Florian dio un paso hacia él. De inmediato, el coloso se plantó en mitad de la entrada con una mueca feroz. Florian mantuvo la calma y le mostró la identificación. Los ojos del gigante se dilataron; luego se apartó y asintió levemente. Florian tomó a Julia de la mano y tiró de ella. Antes de cruzar la cortina oscura, Julia se volvió una vez más y vio al portero hablando por teléfono.

—No me imagino a Emanuel entrando en un club, y menos en uno como este —susurró, dándose cuenta al mismo tiempo de que Florian, ni con la mejor voluntad, podía oírla. La música había subido hasta convertirse en un estruendo ensordecedor. La sangre le martilleaba dolorosamente las sienes al ritmo de aquel beat contundente. Miró a su alrededor mientras Florian la arrastraba de la mano sin parar cada vez más adentro del local.

Por todas partes colgaban del techo paños de seda negra iluminados por lámparas en su mayoría rojas. En el suelo, cojines desperdigados por doquier sobre los que se revolcaban los clientes. Julia contempló, incrédula, a dos hombres que se tocaban los genitales. Cuando uno de ellos advirtió su mirada, ella apartó la vista enseguida y se aferró al hombro de

Florian. Él se dirigía, decidido, hacia la barra. Una rubia apoyada en la pared —que a todas luces no era una mujer— lo observó con descaro. Al pasar, le guiñó un ojo a Florian y dio una calada profunda a su —o mejor dicho de él— cigarrillo. De repente, alguien le tiró de la cabeza hacia atrás. Solo entonces Julia vio el collar de cuero con tachuelas alrededor del cuello del travesti. Un hombre enfundado en látex lo sujetaba entre sus dedos cortos. Aquella barriga prominente le recordó desagradablemente a Herbert Hoffmann. Se apresuró a mirar a cualquier punto en la nada. Llamar la atención era lo último que necesitaba ahora. Así que se fijó en el nacimiento del pelo de Florian hasta que se detuvieron en la barra.

Florian hizo una seña al barman. Un hombre negro, alto, con un afro estilo setentero y una camisa de colores chillones, se volvió hacia ellos. Miró a Florian con interés, pero cuando su mirada se deslizó hacia Julia, torció la boca con desdén.

—Tú, guapetón, podrías encajar aquí, pero ella… —señaló a Julia con un dedo acusador—. Ella definitivamente no pinta nada aquí. —Mostró una hilera de dientes impecables y sostuvo la mirada de Florian con una sonrisa insinuante.

La expresión de Florian no se identificación. Dejó su placa sobre la barra y, acto seguido, una foto de Emanuel.

—¿Conoce a este hombre? Debería haber estado aquí ayer. El camarero se llevó la mano a la boca, fingiendo sorpresa.

—Cariño… ¿por eso has venido? ¿Mal de amores? Yo puedo ayudarte a olvidar… —volvió a sonreír con doble sentido.

Esta vez, Florian retrocedió unos centímetros.

—¿Conoce a este hombre? Sí o no —repitió con voz gélida.

—Ay, ¿qué quieres que te diga? Aquí entra tantísima gente que me resulta imposible acordarme de todos. —El hombre tomó la foto y la estudió un rato—. No. Este no ha estado aquí en su vida. Si me preguntas a mí, guapetón, pega más con la de ahí —su dedo trazó un arco amplio y se detuvo a la altura del pecho de Julia—. Pregúntale a ella cómo pasa sus noches aburridas. A mí me falta imaginación para eso —susurró esto último, inclinándose hacia Florian y lanzándole un beso al aire.

—¿Estuvo usted de turno anoche? —insistió Florian.

—Casi todas las noches, guapetón. Solo libro lunes y martes. Ya sabes cuándo encontrarme —le guiñó un ojo y se pasó los dedos por el pelo con parsimonia.

—¿Quién más trabaja aquí?

—¿Cómo? ¿No tienes suficiente conmigo? —El camarero alzó las cejas, ofendido—. A ver, por ahí anda Oliver.

Julia vio a un joven vestido íntegramente de blanco que destacaba entre la multitud. Más atrás, distinguió a una camarera con un atuendo similar.

—Esa es Mia. Luego está Julian, en la oficina. Y a Marcus, nuestro dos metros de la puerta, ya lo habéis conocido. Ah, y los lunes y martes está Nils en la barra. ¿Quieres su número? Seguro que estaría encantado.

—El camarero batió sus pestañas postizas, en las que Julia reconoció brillantes de estrás.

Florian dejó otra foto sobre la barra: la imagen de perfil de Flor Blanca, en la que, sin embargo, no se presentaba como mujer sino como hombre. El camarero se la acercó a la nariz y frunció los labios.

—Está bastante borrosa. Podría ser cualquiera. Mmm… Déjame pensar. Me suena de algo.

Florian deslizó una tercera fotografía.

—¿Y este?

—Cariño, me estás poniendo a prueba, ¿eh? Es el mismo tipo —se dio un golpecito en la frente—. Ya caigo. Podría ser Benjamin. Es un chico muy elegante. Tienes buen gusto.

—¿Y dónde puedo encontrar a ese Benjamin?

El barman se encogió de hombros con teatralidad.

—Es un culo inquieto: hoy aquí, mañana allá. Pero casualmente sé dónde estará mañana por la noche —volvió a guiñarle un ojo—. Mañana por la noche estará aquí —añadió inesperadamente rápido.

—¿Cuál es su nombre completo? —intervino Julia, cuyo único deseo era salir de aquel establecimiento cuanto antes. Se negaba a aceptar que Emanuel tuviera relación alguna con ese lugar.

—Cariño… —El camarero ignoró a Julia y se dirigió a Florian como si hubiera sido él quien había formulado la pregunta—. Ni siquiera sé si Benjamin es su verdadero nombre de pila. Mira a tu alrededor. Esto es un mundo de fantasía. Aquí vienes a vivir tus sueños. La realidad ya te alcanza bastante deprisa ahí fuera, pero aquí puedes ser quien te dé la gana

—hizo un gesto amplio con la mano—. Lo mejor es que vuelvas mañana por la noche. Os presentaré yo mismo. Prometido.

Florian ignoró la oferta y le entregó su tarjeta por si le venía a la cabeza algún otro nombre de Benjamin. Luego se volvió hacia Julia.

—¿Comemos algo en algún sitio y luego interrogamos al resto del personal?

Julia negó con la cabeza. No quería volver a poner un pie en ese local bajo ningún concepto.

—Terminemos con esto de una vez —dijo, señalando a Oliver—.

Empecemos por él.

Oliver no conocía ni a Emanuel ni a Benjamin. Con Mia obtuvieron el mismo resultado. Julian, el de administración, solo trabajaba de día; Mia les facilitó su número. Salieron de nuevo para enseñar las fotos al portero. El hombre examinó las imágenes durante un tiempo inusualmente largo. Luego señaló la de Benjamin.

—A este lo recuerdo. Creo que se llama Jonas. Florian se balanceó sobre los talones.

—¿Y qué más? —preguntó impaciente. El portero se encogió de hombros.

—Si alguien lo sabe, ese es Jimmy, el camarero. Florian suspiró y se despidió.

—Tendremos que esperar a mañana —gruñó de camino al coche.

—Al menos tenemos una pista nueva. ¿Crees que nos servirá de algo? Florian se rascó el mentón, pensativo.

—Como mínimo, estaban en contacto. Quizá fue un asesinato por celos relacionado con la novia de Emanuel. Los celos explicarían la violación. Emanuel no era homosexual, pero tal vez quiso simplemente experimentar… y el culpable perdió la cabeza.

Julia asintió, aunque no entendía nada. Para ella, Emanuel no encajaba en absoluto en un ambiente así. Debería haber hablado más con él. Soltó un suspiro de abatimiento.

—¿Seguro que no quieres comer nada? —preguntó Florian. En sus ojos brillaba una chispa.

Pero Julia volvió a rechazar la invitación.

—Estoy realmente cansada. Dejémoslo para mañana. Mientras no sepa qué buscaba Emanuel en ese bar, de todos modos se me ha quitado el apetito.

Florian asintió, visiblemente decepcionado.

—¿Estás segura de que podrás dormir?

—Me tomaré un somnífero; seguro que así descanso —explicó Julia, y añadió para sus adentros: «siempre que el dolor de cabeza de esas pastillas no me mate mañana».

En parte le dolía despedirse de Florian en ese momento. Por otro lado, se conocía. Necesitaba estar sola. Lo ocurrido en los últimos días había dejado huellas demasiado profundas en su alma. Primero, la muerte de Kim Wiesinger, que todavía no se había esclarecido y probablemente nunca se esclarecería. Después, su potencial asesino, Sergei Bugarow, cuya muerte también era un enigma. De Herbert Hoffmann prefería ni acordarse. Y el asesinato de Emanuel había sido la puntilla. A todo esto se sumaban sus pesadillas recurrentes, que le destrozaban los nervios. No, su decisión era la correcta. Necesitaba tiempo para sí misma. Además, no quería tensar demasiado su relación con Florian. Aunque le halagaban su mirada protectora y el hecho de que incluso enviara regularmente patrullas a su casa, por otro lado no quería que la compadeciera.

Recordó al psicólogo que él intentaba constantemente conseguirle. Julia sabía cuidarse sola. Quería que el interés de Florian por ella como mujer renaciera. Recordó con una punzada de dolor sus caricias de aquella noche en la que casi se besaron. Quería recuperar a ese Florian, pero para eso debía controlar sus nervios.

Se dejó llevar en silencio hasta su portal. Ya en el umbral, se volvió una vez más, pero él hacía rato que se había marchado. «Qué pena», pensó mientras cerraba la puerta. Ojalá, algún día, pudiera reavivar lo que había empezado a surgir entre ellos.

37

En su piso se sentía sola, aunque nada hubiera cambiado en el entorno. Durante un buen rato, Julia se quedó mirando el móvil, tentada de devolverle la llamada a Florian, pero se contuvo. No debía dejarse arrastrar por sentimientos espontáneos; al fin y al cabo, era forense, y la calma y la profesionalidad marcaban por lo general su día a día. No era una de esas gallinas cacareantes que se asustan ante cualquier revés.

Aunque le rugía el estómago, ignoró el hambre, cogió una botella de vino y se sirvió media copa. El alcohol hizo efecto de inmediato, envolviendo sus nervios castigados en un suave manto de terciopelo. Poco a poco, empezó a relajarse. Los pensamientos que giraban sin tregua en torno a Emanuel perdieron velocidad. Por fin pudo volver a respirar hondo. Se bebió otro vaso de agua y se tomó un somnífero. Esa noche era para ella, y pensaba dormir de un tirón. Junto a la cama dejó una caja de aspirinas por si el dolor de cabeza volvía a atacar. Lo tenía todo bajo control, maldita sea, se dijo a sí misma mientras el sueño, como una nube pesada, se cernía sobre ella hasta envolverla por completo.

A mitad de la noche, Julia se despertó sobresaltada. Volvía a oír la voz de Michael. Furiosa, encendió la luz. No podía permitir que su vida se la dictaran meras quimeras. Aturdida, se levantó y recorrió el piso. La ventana del salón estaba abierta en posición oscilobatiente. No recordaba haberla dejado así. Julia la cerró del todo y regresó a la cama.

En cuanto cerró los ojos, la función empezó de nuevo. Michael lloraba. Por primera vez se preguntó por qué lloraba siquiera. ¿Era por ella? ¿Por su parte de culpa en su muerte? ¿Acaso su espíritu no encontraba la paz y la perseguía por haberlo abandonado aquel día, hacía ya tantos años? Si lo hubiera acompañado a casa entonces, jamás habría caído en manos de su asesino.

Su pregunta resonaba en su mente, igual que su catastrófica respuesta:

—¿Podemos volver juntos a casa hoy?

Michael solo se lo había pedido una vez. Julia ignoró sin más el miedo en su voz. Había quedado con su mejor amiga después de clase; no tenía tiempo para él. Al fin y al cabo, él ya tenía doce años. No era un bebé.

—No serás un miedica, ¿verdad?

¿Qué clase de respuesta estúpida era esa? El gesto de Michael se heló al instante.

—Todo bajo control —había respondido él en algún momento, en aquel corto trayecto hacia el colegio.

«Sí, todo bajo control». Julia sacudió la cabeza con violencia. Había ignorado por completo el miedo de su hermano. Maldita sea. Si al menos hubiera cedido simplemente a la petición de su hermano… habrían vuelto juntos y, probablemente, nada terrible habría sucedido. En lugar de eso, Michael huyó de un grupo de gamberros que llevaba tiempo acosándolo en la escuela. Se internó en el bosque, hacia la casa del árbol que ambos habían adorado de niños, y cayó directo en las garras de su asesino.

«No fue un asesinato al azar», le dijo una voz interior. «Sabes perfectamente que el culpable lo observó durante semanas. Michael iba casi todos los días a la casa del árbol. No era especialmente difícil tenderle una emboscada allí. Si no hubiera sido ese día, habría ocurrido cualquier otro».

Una lágrima gruesa le rodó por la mejilla. Se quedó escuchando el llanto de su hermano. De pronto, le oyó hablar, y lo que dijo le heló la sangre en las venas.

38

Los nuevos hallazgos no daban tregua a Florian. Aunque los asesinatos de los últimos días no parecían estar conectados de forma directa, había un elemento común: salvo Sergei Bugarow, todas las víctimas habían aparecido en aquel portal sexual, ya fuera como víctimas de los vídeos o como usuarios. ¿Era pura casualidad o había algo más detrás?

Había otra cosa que también lo inquietaba: estaba decepcionado con Julia por su rechazo. Conducía hacia casa mucho más rápido de lo permitido. Ante el portal de ella, había esperado tres o cuatro segundos con la esperanza de que se volviera una última vez para mirarlo. Al ver que no lo hacía, salió disparado. Era consciente de que, tras la muerte de Emanuel, Julia no tenía espacio para sentimientos románticos, pero él había esperado que lo necesitara.

Por supuesto, era una mujer fuerte; ¿qué otra cosa podía esperarse de una forense? Quien mira a la muerte a los ojos cada día debe ser capaz de soportar mucho. Julia era dura, sí, pero hacía solo unos días él había descubierto en ella una fragilidad que lo atraía de manera casi magnética. Se preguntó si no habría proyectado en su carácter algo que nunca estuvo allí. Quizá simplemente deseaba que ella también pudiera permitirse ser débil. Quería protegerla, pero ella no parecía necesitarlo y prefería la soledad.

De mal humor, metió el coche en el primer hueco libre y se detuvo. Cerró la puerta de un portazo y alzó la vista hacia el moderno bloque de pisos en el que vivía desde hacía unos meses. A veces echaba de menos su antiguo apartamento y, sobre todo, a Elfriede. Pero su buena y vieja vecina llevaba tiempo muerta. Recordaba bien lo mucho que le irritaba su curiosidad al principio, aunque tardaron poco en hacerse amigos. Elfriede no solo cocinaba de maravilla, sino que tenía una mente brillante, un

humor agudo y una risa cálida. Echaba de menos sus cuidados y los encuentros con ella.

Florian suspiró y miró a su alrededor. Justo detrás del edificio había un campo deportivo donde entrenaba con regularidad. Como auténtico adicto a la adrenalina, hacía deporte siempre que podía. Nadar, montar en bici y correr eran su elixir de vida. Era uno de esos triatletas que aman su disciplina por encima de todo. Por eso, al final, nunca se arrepintió del todo de haberse mudado a aquel apartamento moderno, aunque bastante impersonal y neutro: estaba mucho más cerca de la comisaría y podía quedar a menudo, de manera espontánea, con otros deportistas para entrenar.

Consultó el reloj y se planteó si salir a correr para despejarse. Sin pensarlo dos veces, subió las escaleras a toda prisa hasta el quinto piso, tiró la ropa en el pasillo y se enfundó el equipo deportivo. En pocos minutos estaba en la pista y empezó a correr. Llevaba una linterna frontal para ver en la oscuridad. Las sombras pasaban a derecha e izquierda cada vez más rápido a medida que aumentaba el ritmo. Dio una vuelta al campo de césped en un esprint y se detuvo resoplando.

«Mejor», pensó, disfrutando de ese zumbido en los oídos que siempre aparecía cuando alcanzaba su límite físico. Se inclinó hacia delante, tomó aire hondo un par de veces y arrancó su carrera de cinco kilómetros, que lo sacaba del recinto hacia un camino rural. Ese recorrido corto era el que siempre hacía antes de acostarse cuando no quería activarse demasiado.

Tras apenas un kilómetro, su cuerpo ya se había adaptado al ritmo. La decepción por Julia se había desvanecido. Simplemente lo intentaría de nuevo; era egoísta mendigar su atención en una situación como aquella.

Sin embargo, los pensamientos sobre las cuatro muertes persistían. Florian no recordaba haber investigado nunca casos tan enrevesados. Había demasiadas incoherencias. Su mirada se desvió hacia el bosque contiguo. Como miles de veces antes, se preguntó qué había empujado a Kim Wiesinger a salir a la oscuridad aquella noche. ¿Había salido a correr porque necesitaba despejarse tras una operación policial extenuante?

¿Buscaba compensación en el deporte? Pero no llevaba ropa deportiva. Vestida completamente de negro, casi se había vuelto invisible.

Los dedos oscuros del bosque se cerraron sobre Florian cuando se desvió por un estrecho sendero entre los árboles. El haz de su linterna LED saltaba al ritmo de sus zancadas, dotando a las sombras de una vida

inquietante. Aunque la sangre le rugía en las venas, podía oír cada crujido de las ramas. El follaje seco crepitaba, un grito de ave rasgó la noche y un conejo saltó asustado hacia la maleza cuando la luz lo rozó. Se internó cada vez más en la espesura. Olía la humedad acumulada en el sotobosque. Le ardían los pulmones por el esfuerzo, pero no redujo el ritmo.

Entretanto, sus pensamientos habían vuelto al General. ¿Había ordenado él el asesinato de Kim? ¿Se les habría escapado algo, a pesar de que lo habían comprobado varias veces? ¿Se había apagado la vida de Kim por diez mil euros a manos de Sergei Bugarow? Florian corría y corría; el bosque empezaba a clarear y ya se acercaba al lindero, pero las preguntas no se acallaban. ¿Por qué no conseguía hallar respuestas? Al fin y al cabo, era su trabajo.

La rueda de prensa le había dejado una sensación completamente equivocada. SEXtreme, la plataforma con aquellas imágenes atroces del ataque de Hoffmann a Julia, le arañaba los nervios. Algo dentro de él se alegraba de que aquel hombre estuviera muerto, pero apartó el pensamiento de inmediato. Había sido él quien había puesto a Julia en aquella terrible situación; si se hubiera quedado con ella, ella no habría tenido que vivir todo eso.

En los últimos metros, Florian volvió a esprintar. Llegó empapado en sudor al portal. Tampoco se dio tregua al subir las escaleras. Cuando abrió la puerta de su piso, jadeando, ya había tomado una decisión. Se quitó la camiseta y agarró el móvil.

—Aquí Florian Kessler. Siento molestarle a estas horas en su número privado, pero necesito que compruebe algo urgente —dijo al teléfono, sin dar tiempo a Daniel Thiele, del equipo de investigación, a responder—. Averigüe si un tal James Miller, barman del Baluga en el casco antiguo de Colonia, tiene alguna conexión con SEXtreme y con el usuario «Flor Blanca». Necesitamos la identidad real de ese usuario. Pruebe con los nombres Benjamin o Jonas.

Florian colgó y, por primera vez en días, sintió algo que creía haber perdido: optimismo.

39

Julia cerró los ojos. Debía de haber oído mal. Aquel aturdimiento que flotaba en su cabeza era uno de los efectos secundarios típicos de mezclar somníferos con alcohol. La voz de Michael no podía ser más que fruto de su imaginación; no había otra explicación racional. Aun así, el pulso le palpitaba nerviosamente, como si acabara de hacer un gran esfuerzo físico, a pesar de que seguía sentada en la cama y no se había movido del sitio en los últimos minutos.

«Mantén la calma», se dijo, mientras se arropaba los hombros con la manta. Tenía los párpados pesados por las pastillas, que probablemente estaban alcanzando su efecto máximo en ese momento. Una mirada al reloj le confirmó que era plena madrugada. Debería intentar volver a dormirse, pero entonces volvió a oír aquella voz tan familiar. Mucho más tenue que antes, pero inconfundible.

—Quiero a mi hermana.

Julia se apretó más la manta alrededor del cuerpo. Por supuesto que Michael la quería, y ella a él. Pero ¿a quién le estaba hablando su hermano en realidad? Su mente se hizo oír y cuestionó la frase. ¿No debería haber dicho: «Te quiero, Julia»? Eso era lo que Michael le susurraba alguna que otra vez al oído cuando se acurrucaban juntos en la cama por la noche.

¿Por qué oía algo dicho en tercera persona y no dirigido a ella? Julia aguzó el oído, esperando que las palabras se repitieran, pero solo hubo silencio.

¿Se lo estaba imaginando otra vez? Sacudió la cabeza con determinación. No. Lo había oído perfectamente. De repente, recordó de qué le sonaba esa frase.

Julia se incorporó de un salto, pero tuvo que apoyarse en el colchón al sentir que la cabeza le daba vueltas. Caminó tambaleándose hacia la cómoda del pasillo, abrió el cajón superior y sacó la foto de Michael que había reparado a duras penas. Le dio la vuelta.

Michael ama a su hermana mayor.

Las letras de molde la desconcertaban, como siempre. No era capaz de asegurar si aquella caligrafía era de su padre o no. Sus ojos examinaron cada carácter hasta detenerse en la «i» minúscula. El trazo con que estaba escrita despertó un recuerdo en su memoria. Rebuscó en sus recuerdos.

¿Dónde había visto esa «i» antes? Entonces cayó en la cuenta: era una de las letras de su propio nombre. Su nombre, escrito con sangre sobre el gordo vientre de Herbert Hoffmann.

De golpe, el efecto sedante de la pastilla y el vino se desvaneció, barrido por la adrenalina que sus células liberaban a raudales. Rápidamente, hizo una foto del anverso y del reverso de la imagen con el móvil y la tiró de vuelta al cajón. Después se vistió y salió del piso.

El trayecto hasta el Instituto transcurrió sin incidentes. Eran las cuatro de la mañana y apenas había tráfico en las calles de Colonia. Julia aparcó y fue directa a la entrada principal. Cuando el indicador del lector de tarjetas no se puso en verde de inmediato, sintió durante una fracción de segundo pánico al pensar que su jefe le había bloqueado la tarjeta de nuevo por algún motivo. Pero, al parecer, el dispositivo estaba simplemente en sueño profundo y tardaba más de lo habitual. La luz cambió a verde y la puerta se abrió.

Julia corrió a su despacho. El ordenador tardaba una eternidad en arrancar e, impaciente, tamborileó con los dedos sobre la mesa. Entonces recordó que el expediente físico de Hoffmann estaba en la mesa de Emanuel. Fue hacia allí, cogió la carpeta y pasó las hojas hasta encontrar una fotografía en primer plano de la inscripción sangrienta.

Sacó rebuscando el móvil del bolsillo de la chaqueta y abrió la foto de Michael. Pasó hasta la imagen del reverso y sostuvo el móvil junto a la foto del gordo vientre de Hoffmann. El asesino había borrado parcialmente el mensaje después de escribirlo, pero habían conseguido hacer visibles las letras. Algunas estaban borrosas, pero la «i» minúscula no estaba afectada. Julia observó el punto que coronaba la letra, que más bien parecía un pequeño gancho. Cogió un bolígrafo del cestillo de Emanuel y escribió una «i» en una hoja en blanco. Su propia grafía no se parecía en nada a la del vientre de Hoffmann ni a la de la foto de Michael.

Su mirada se posó en una nota manuscrita de Emanuel; él solía trabajar con notas adhesivas. Su letra también era distinta.

Lo que disparó los latidos de Julia fue la asombrosa coincidencia entre la caligrafía del vientre de Hoffmann y la de la foto de Michael. No era experta en peritaje caligráfico, pero habría jurado que ambos mensajes procedían de la misma mano. ¿Pero qué significaba aquello? Hasta ese momento, había dado por hecho que su madre había olvidado la foto y el coche de juguete en su piso. Pero ¿y si se equivocaba? Julia miró el reloj y descartó al instante la idea de llamar a sus padres a esas horas; no podía volver a sacarlos de la cama de madrugada.

Tenía que actuar de otra manera. Quizá encontrara algo en el ordenador de Emanuel que él no hubiera subido aún al servidor compartido. Intentó encenderlo, pero entonces recordó que la Judicial se había llevado el disco duro. Se quedó mirando pensativa la pantalla negra mientras respiraba hondo. El efecto del somnífero volvía a hacerse notar; una niebla espesa le embotaba el pensamiento.

El teléfono del escritorio parpadeó. Era un terminal fijo con una pantalla grande. Julia revisó las llamadas entrantes: el laboratorio había intentado contactar con Emanuel. Allí todavía no sabían que estaba muerto. Movida por la curiosidad, Julia quiso ver a quién había llamado él por última vez. Para su sorpresa, encontró su propio número mientras iba pasando los números marcados. Al principio no lo entendió, hasta que recordó su conversación sobre la autopsia de Hoffmann.

Pero ella no había sido la última persona con la que Emanuel había hablado aquella noche. Unos minutos después, había marcado el número de Daniel Thiele. ¿Qué querría del especialista informático del equipo de investigación? Por desgracia, el registro no indicaba si la llamada llegó a producirse ni cuánto duró.

Pensativa, Julia recorrió con la vista el escritorio de Emanuel. Junto a la pila de expedientes estaba el protocolo de la cámara frigorífica. Era extraño, porque normalmente solía estar en una funda de plástico junto a la puerta. Ese documento registraba cada vez que se abría un compartimento para rastrear la ubicación de los cadáveres. Julia repasó la lista y descubrió que Emanuel había sacado los cuerpos de Kim Wiesinger, Sergei Bugarow y Herbert Hoffmann uno tras otro aquella noche, justo después de hablar con ella por teléfono.

El último nombre de la lista tenía sentido: a Hoffmann le habían practicado la autopsia ese mismo día y era habitual tomar fotos adicionales o realizar otras pequeñas tareas. Pero ¿qué buscaba Emanuel en los

cadáveres de Kim Wiesinger y Sergei Bugarow? ¿Había descubierto algo nuevo?

Se levantó decidida a ir al depósito, pero se detuvo en el umbral. Tardaría demasiado en revisar tres cuerpos. Emanuel debía de haber anotado algo. Julia cogió los expedientes de la mesa de su ayudante y volvió a su despacho. El ordenador ya estaba listo. Entró en las carpetas compartidas y buscó los documentos que Emanuel había modificado por última vez. Aunque no conocía, al parecer, nada de su vida privada, sí sabía cómo funcionaba él como su ayudante. Los hallazgos aún no confirmados, basados en conjeturas, los dejaban en borradores de informes preliminares. Con el corazón desbocado, comprobó que un archivo había sido modificado esa misma noche y lo abrió.

En la pantalla apareció una foto de unos arañazos en el torso desnudo de Kim Wiesinger. A primera vista, no parecía tener importancia. Sin embargo, Julia dejó de pasar imágenes. Emanuel se había detenido precisamente en esa. Había estado mirando exactamente esa imagen. Julia se concentró, intentando ver lo que él había visto, pero no detectó nada fuera de lo normal. Volvió al expediente en papel, que también contenía resultados de la investigación policial. Pasó las páginas esperando encontrar alguna nota adhesiva o una anotación manuscrita de Emanuel. Revisó las fotos del piso de Kim: había primeros planos de fotografías de cuando era niña. Sonreía a la cámara, igual que sus padres y su hermano pequeño. Julia suspiró y siguió pasando hojas. Al final dejó el expediente sobre la mesa. Estaba especulando demasiado; probablemente el archivo se había vuelto a guardar por error y por eso mostraba una fecha modificada.

Aun así, Julia insistió y entró en el directorio principal del servidor. Su ayudante también había revisado el informe de Sergei Bugarow. Abrió un archivo de imagen y, esta vez, lo vio al instante. Y no solo porque Emanuel hubiera rodeado una zona del torso con un círculo rojo. Había arañazos en la piel. Debido a la gravedad de las lesiones de Bugarow, esos detalles eran difíciles de distinguir, pero al fijarse bien, tres arañazos paralelos destacaban sobre el resto de heridas que cubrían su cuerpo.

Julia volvió a examinar la foto de Kim Wiesinger. Ahora también identificaba allí tres arañazos insignificantes, de no más de medio centímetro de largo, alineados en paralelo con una separación de unos dos

milímetros. Además, estaban en la misma posición: justo por encima del hueso de la cadera derecha.

—No puede ser —murmuró, y echó mano al expediente de Herbert Hoffmann.

Una vez más, halló los mismos arañazos por encima de la pelvis. Julia respiró hondo y se dirigió a la cámara frigorífica. Tenía que ver el cuerpo de Emanuel en ese mismo instante. Entró en la sala en penumbra y encendió la luz. El olor era difícil de describir: una mezcla de desinfectante agresivo y muerte. La muerte no olía a putrefacción, sino a algo mohoso y en cierto modo dulzón.

Fue al compartimento número nueve, extrajo la camilla y retiró la sábana blanca. Al ver a Emanuel, se le contrajo el estómago dolorosamente. Buscó con rapidez en su vientre. En el punto decisivo se había formado un hematoma. Julia se subió las gafas de pasta y examinó el hallazgo con minuciosidad. En efecto, allí también se distinguían tres arañazos paralelos. Sin embargo, eran menos profundos; el objeto que los había causado apenas había alcanzado la capa más profunda de la piel, por lo que la infiltración hemorrágica era mínima. Si no hubiera sabido qué buscar, jamás habría reparado en esa lesión.

Tenía que asegurarse de no estar equivocada. Abrió el compartimento de Kim Wiesinger, cuyo cuerpo aún no había sido liberado para el entierro. Tres pequeñas marcas justo por encima del hueso de la cadera derecha. Julia repitió el proceso con el torso de Sergei Bugarow y después con el de Herbert Hoffmann, cuya visión le produjo un escalofrío. Tras confirmar que presentaban los mismos arañazos, empujó el cadáver de Hoffmann hacia el interior del refrigerador con tanta fuerza que el metal golpeó con un estruendo.

A Julia le perlaron la frente unas finas gotas de sudor. Su descubrimiento arrojaba una luz completamente distinta sobre las investigaciones hasta la fecha. Alterada, empezó a caminar de un lado a otro por el depósito. Su mirada recorría los armarios de acero inoxidable, en los que se podían almacenar numerosos cadáveres. Reflexionó: a excepción de Bugarow, todas las víctimas habían sido asesinadas de una puñalada al corazón. El arma siempre era un cuchillo de cocina corriente, de hoja lisa y quince centímetros. Como esos cuchillos se venden en cualquier supermercado y las circunstancias de los crímenes eran tan

distintas, Julia ni siquiera había considerado la posibilidad de un autor común.

Pero ahora esto parecía cobrar sentido en muchos aspectos: Kim Wiesinger probablemente se convirtió en objetivo porque Hoffmann había subido vídeos suyos a internet. Hoffmann cayó en manos del asesino a través de la misma plataforma, igual que Emanuel, que al parecer frecuentaba esos abismos digitales. Solo el papel de Sergei Bugarow seguía sin estar claro; hasta entonces no parecía haber vínculo entre él y SEXtreme, pero quizá nadie lo había buscado de forma específica. Bugarow fue arrollado por un tren, pero el hecho de que también presentara esos extraños arañazos descartaba definitivamente el suicidio o el accidente.

Si su análisis era correcto, se trataba del mismo culpable en todos los casos: alguien que marcaba a sus víctimas con tres arañazos paralelos. Se secó el sudor de la frente, excitada por el hallazgo. Hasta ese momento, todos los homicidios habían sido clasificados como casos aislados, no como la obra de un asesino en serie. Tenía que informar a Florian urgentemente.

Julia volvió corriendo al despacho donde había dejado el móvil. Nerviosa, marcó el número de Florian. El teléfono dio señal una y otra vez hasta que saltó el buzón de voz.

—Maldita sea —maldijo Julia, consultando la hora. Eran casi las cinco. Lo más probable era que Florian estuviera profundamente dormido. Con el corazón desbocado, valoró qué hacer. Poco a poco recuperó la calma. No podía hacer nada en ese momento; era plena madrugada. Aunque le repelía la idea de quedarse de brazos cruzados, sabía que la única opción sensata era volver a casa, intentar dormir algo y estar despejada por la mañana. De nada servía pasarse la noche en vela y llegar al día siguiente desconcentrada y cansada. Los muertos no iban a salir corriendo; no había prisa.

Sin embargo, mientras cogía el bolso y apagaba el ordenador, Julia supo que no volvería a casa. No pegaría ojo de todos modos. Antes de salir, escribió una nota: «4 víctimas, mismo autor. Marca a las víctimas con tres arañazos paralelos». Apagó la luz y cerró la pesada puerta del Instituto. Caminó deprisa hacia su coche; su destino era el piso de Florian. Quizá él oyera el timbre.

Abrió la puerta del vehículo y se sentó. Cuando iba a arrancar el motor, vio un papel atrapado bajo el limpiaparabrisas. ¿Quién demonios ponía multas a esas horas? Y encima en el aparcamiento del Instituto. Furiosa, volvió a bajar y arrancó el papel de debajo del limpia.

Se quedó atónita. No era una multa. Encendió la linterna del móvil: lo que tenía en la mano era una entrada para un partido de fútbol. Un partido que se había jugado hacía más de quince años.

40

El teléfono de Florian sonó. Miró la pantalla y descolgó. Por fin le devolvía la llamada Daniel Thiele; al parecer, le había llevado toda la noche reunir la información.

—Tenía usted razón —soltó de carrerilla el especialista informático—. No ha sido nada fácil, pero he conseguido dar con la IP del usuario «Flor Blanca». Y solo porque me puse a rastrear todos los chats de ese barman en una plataforma totalmente distinta y me topé con una conversación entre ambos. De lo contrario, habría sido muy difícil, porque la persona buscada se movía por la red de forma prácticamente invisible gracias a una tecnología de encriptación de alta eficacia.

Daniel Thiele empezó a explicarle detalles técnicos que Florian apenas alcanzaba a seguir. A él solo le interesaba la identidad de la persona buscada, así que escuchó con impaciencia.

—El hombre se llama Benjamin Schortens. —Thiele hizo una pausa; al otro lado de la línea se oyó un crujido de papeles—. Bien, aquí tengo la dirección asociada. El último domicilio en el que Schortens constaba empadronado es en la calle Mercator, en Colonia-Chorweiler.

Florian garabateó la dirección en su libreta.

—¿Puede enviarme una foto reciente de ese hombre?

—Claro, se la mando ahora mismo al correo. Schortens solicitó un nuevo carnet de identidad hace casi un año, así que la foto debería ser actual. ¿Necesita algo más?

—¿Tiene antecedentes?

—No. Solo una infracción de tráfico menor en su historial. Por lo demás, tiene un expediente impecable. Bueno, casi. Una vez lo detuvieron con drogas, pero no hubo condena porque era una cantidad mínima. No he podido entrar a fondo en el expediente; para eso tendría que ir a la oficina

—explicó Thiele.

—Gracias. Le vuelvo a llamar —dijo Florian y colgó.

Cuando se disponía a llamar a Saathoff, vio una llamada perdida de Julia que se le había pasado por alto. Probablemente estaba sumido en un sueño profundo en ese momento. Ella no había dejado mensaje, así que marcó su número, pero saltó directamente el buzón de voz. Conociendo a Julia, supuso que ya estaría en la sala de necropsias con el siguiente cadáver. No dejó recado e intentó localizar a su compañero.

—Te has levantado temprano —gruñó Saathoff al teléfono—. Es casi todavía de noche. ¿Qué hay tan importante?

—Ya tenemos el nombre y la dirección de «Flor Blanca». ¿Sigues pensando que es el acompañante de Bugarow en la estación central? Entonces deberíamos salir ahora mismo.

Florian colgó y observó la foto del documento de identidad de Benjamin Schortens. Era innegable que guardaba cierto parecido con el acompañante de Bugarow, pero seguía considerando demasiado borrosa la imagen de la cámara de vigilancia. Los expertos en análisis facial habían llegado a la misma conclusión. Para complicarlo más, en la grabación de la estación el sujeto aparecía solo de perfil. Para una comparación fiable, Florian necesitaba otra foto de perfil: solo así los peritos podrían pronunciarse con seguridad a partir del puente nasal, la zona del mentón y otros rasgos. La foto oficial mostraba a Schortens de frente y, por tanto, no aportaba gran cosa.

Si de verdad se trataba de la misma persona, tendrían que abrir una línea de investigación completamente nueva. En ese caso, el autor podría ser un hombre con una marcada veta sádica y fantasías sexuales extremas que elegía a sus víctimas por internet. Florian había analizado al detalle los comentarios bajo los vídeos, así como las grabaciones que el propio sospechoso había subido. Schortens no solo era bisexual: todo indicaba que también albergaba fantasías de violencia brutal, con una clara preferencia por las mujeres. Florian no tenía dudas de que Schortens sería capaz de llevar esas fantasías a la práctica. Quizá fuera él quien torturó a Kim Wiesinger y violó a Emanuel.

Sin embargo, el asesinato de Herbert Hoffmann no encajaba del todo en ese patrón; sí lo hacía, en cambio, la frase escrita en su vientre. El mensaje «Nadie la toca» o «Nadie lo toca» lo había dejado Schortens bajo varios vídeos. Eso apuntaba con fuerza a fantasías de omnipotencia, típicas de un perfil sádico. Lo que Florian no lograba encajar era a Sergei

Bugarow: ahí no había ninguna coincidencia. Tal vez hubo una pelea entre ellos.

Florian torció el gesto. Especular no servía de nada. Tenía que detener a ese tipo y hacerlo hablar. Estaba convencido de que, poco a poco, la verdad saldría a la luz.

41

Julia se puso en marcha de inmediato. No fue a casa de Florian, como había planeado al principio, ni regresó a su piso, como le dictaba la voz de la razón. Con la entrada en la mano, saltó al coche y condujo directamente hacia el estadio.

En su cabeza, los pensamientos giraban a toda velocidad. Tenía el estómago convertido en un bloque de cemento. De pronto, el mundo le parecía completamente cambiado. Sus hallazgos sobre las víctimas — todas marcadas con los mismos tres arañazos y quizá asesinadas por una sola persona— ya no tenían importancia. A Julia solo le importaba una cosa: ¿cómo había llegado aquella entrada a su parabrisas?

Aparcó justo delante del estadio, junto al portón de entrada y al lado de una señal de prohibido estacionar. Normalmente Julia respetaba las normas de tráfico, pero en ese momento le daba igual. Quería saber qué estaba pasando allí.

Se coló por la puerta abierta y, con sorpresa, advirtió las modernizaciones del estadio. Ante ella se extendía el campo de fútbol que recordaba de antaño. En aquel entonces, las gradas albergaban a muchos menos espectadores. Ahora todo había cambiado: las tribunas, de varios metros de altura, cercaban el césped como un baluarte de hormigón infranqueable.

Julia caminó hacia el campo y miró a su alrededor. Michael había estado allí en otro tiempo, en medio del césped. Lo veía ante sí, aunque aún no había amanecido y solo brillaban aquí y allá algunas luces de emergencia. Cuántas veces lo había animado, cuánto lo había alentado mientras él y su equipo luchaban. Recordaba el triunfo en sus ojos cuando ganaban, y también la decepción cuando alguna vez era al revés. Michael amaba el fútbol. Tenía talento: era delantero y poseía un gran instinto goleador.

Volvió a mirar la entrada que llevaba en la mano. ¿Cómo demonios había acabado en su parabrisas? ¿Quién conservaba una entrada de un partido de hace tantos años? Aquel había sido el último torneo en el que Michael participó. Después de eso, Julia no volvió nunca más. No lo habría soportado; el recuerdo era demasiado doloroso. Y, sin embargo, ahora estaba allí.

Evocó la foto que había roto en un arrebato: Michael aparecía justo en ese estadio. Probablemente fuera una de las últimas imágenes suyas como futbolista. De repente, Julia tuvo la vaga sensación de que ella misma se había convertido en el juguete de alguien. Quienquiera que hubiera pegado la entrada en su coche quería que acudiera allí. ¿Había caído ya en una trampa? ¿Alguien había robado esa entrada de la casa de sus padres? ¿O esa persona había sido espectador? ¿Aquí, en este lugar, junto a ella y su hermano? ¿Eran, al final, los intensos sueños con Michael una señal? ¿Una pista o incluso una advertencia? ¿Pero de qué?

Unos metros más adelante vio un cartel que señalaba los vestuarios. Instintivamente siguió las indicaciones y bajó una escalera. Un aire rancio le golpeó la cara. Julia avanzó con cautela, palpando la pared hasta encontrar un interruptor. De inmediato, unos tubos de neón de un azul frío parpadearon sobre su cabeza. El pasillo estaba alicatado en blanco y el suelo era de hormigón desnudo.

Se detuvo ante una puerta. En la placa, a la altura de los ojos, se leía:

«Vestuario de árbitros». Enfrente estaban los vestuarios de los equipos. Miró a su alrededor, indecisa, y de pronto se preguntó qué demonios hacía allí. ¿De verdad creía que encontraría respuestas en ese lugar? ¿Y qué respuestas, exactamente? Michael estaba muerto. No volvería jamás. ¿Qué sentido tenía curiosear allí? Tal vez alguien solo le estaba gastando una broma de mal gusto y ella estaba cayendo de lleno.

El frío aire nocturno recorrió el pasillo y se le puso la piel de gallina. La invadió la inseguridad y, con ella, un atisbo de miedo. Julia quiso llamar a Florian, pero allí abajo no había cobertura: en la pantalla no aparecía ni una sola raya. Maldiciendo, guardó el móvil en el bolsillo.

Durante un instante pensó en darse la vuelta, pero entonces oyó algo: un clic, o quizá un raspado. Con el oído alerta, se internó un poco más por el pasillo y dejó atrás los vestuarios. De pronto, algo golpeó con estrépito. Julia dio exactamente tres pasos y se detuvo. Había luz, y eso le daba

cierta seguridad, pero aun así se preguntó si no habría perdido por completo el juicio.

«¡Fuera de aquí!», le ordenó una voz interior. El miedo más puro se apoderó de ella. Se giró en seco y echó a correr hacia la salida, sin aliento.

De repente, la luz se apagó.

Julia sintió que el pánico la desbordaba, pero no se detuvo. Al contrario: tensó todos los músculos y corrió tan rápido como pudo. Tenía que salir de allí. Ya veía la escalera. Dio un salto, pero en pleno impulso su movimiento se frenó de golpe. Su mano derecha buscó el pasamanos, pero no llegó a alcanzarlo. Cayó a plomo sobre el duro suelo de hormigón. Sus rótulas crujieron. Un dolor agudo le atravesó las piernas.

Jadeando, vio al mismo tiempo la cuerda con la que había tropezado. La entrada salió despedida de su mano y fue a parar a la punta de los zapatos de un hombre que parecía haber surgido de la nada. Desesperada, intentó incorporarse, pero ya era tarde. Algo que apestaba a cloroformo se le estampó en la boca. Ni siquiera pudo gritar. Sus párpados empezaron a temblar.

—Muy bienvenida, Julia —dijo el hombre.

Y entonces su mundo se hundió en la oscuridad.

42

Despertó en la penumbra. A derecha e izquierda se alineaban taquillas grises; frente a ellas, varios bancos. En la oscuridad apenas brillaba una luz roja, escasa e incandescente. Una cámara encendida estaba montada justo delante de ella.

Julia gimió. El cloroformo le había abrasado las mucosas. Sedienta, se pasó la lengua por el labio inferior antes de hacer una primera valoración de la situación. Estaba sentada en una silla. Tenía las muñecas sujetas a los reposabrazos con bridas de plástico. Podía mover las piernas. No sentía dolor.

Se impulsó con los pies contra el suelo y desplazó la silla unos centímetros hacia atrás. Al mismo tiempo, se maldijo por su propia estupidez. ¿Qué demonios le había pasado por la cabeza para ir sola y sin refuerzos, en plena noche, a un estadio de fútbol solo porque habían dejado una entrada en su parabrisas? Solo porque esa entrada tuviera más de quince años y, por casualidad, su hermano hubiera entrenado en ese estadio, no era motivo para perder el juicio. Alguien le había tendido una trampa y ella había caído de lleno.

De repente, pensó en Kim Wiesinger. ¿Iba a morir ella también? Volvió a impulsarse con fuerza, tanta que estuvo a punto de volcar la silla.

—Pero bueno… si aún no hemos empezado. No hay motivo para entrar en pánico —dijo una voz masculina.

Julia se sobresaltó. Distinguió a un hombre en la penumbra. Había estado todo el tiempo al final de la fila de taquillas, observándola. La figura oscura dio unos pasos hacia ella.

—¿Por qué en el fondo los forenses siempre tenéis que meter las narices en cosas que no os atañen? —preguntó.

Julia no se movió. Intentaba reconocer al hombre.

—¿Mató usted a mi ayudante por eso? ¿Porque le había seguido la pista? —Su voz sonó extraña, casi ajena. Aun así, se mantuvo sorprendentemente serena.

El hombre se quedó junto a la cámara. Julia no podía verle la cara porque llevaba un pasamontañas, pero su constitución física le recordaba a alguien. Él se encogió de hombros con displicencia.

—No estaba en mi lista, pero tuve que adelantar su turno.

Pulsó un botón de la cámara y clavó sus ojos negros en Julia. Del altavoz salió un sonido demasiado conocido.

—¿Qué es eso? —La voz de Julia tembló.

—¿Todavía no lo has entendido?

El pasamontañas se tensó en la zona de la boca; el hombre sonreía. Agitó la entrada que había pegado al parabrisas de Julia. Al bajar la mano, ella vio un anillo plateado del que sobresalían tres garras metálicas. Al instante, recordó los arañazos paralelos de las víctimas.

—¿Quién es usted? —susurró, aterrada, mientras seguía oyendo la voz de su hermano por el altavoz.

—¿Aún no lo sabes, Julia?

El desconocido cortó el audio. De golpe se hizo un silencio absoluto, que cayó sobre Julia como un sudario. Él se acercó, muy despacio. El corazón de Julia golpeaba con violencia contra las costillas. Cuando se plantó frente a ella, tuvo que alzar la vista para mirarlo.

Una voz que conocía de sus sueños y que creía olvidada desde hacía años llenó la estancia:

—Olvídate de mí cuanto antes o iré a buscarte.

De pronto, todo volvió en un torrente de recuerdos. La noche después del entierro de Michael. Ella en la cama de su hermano. Una figura negra apareciendo de repente en la ventana. Un hombre cuyo aliento había sentido, que le había hablado y la había sumido en un terror mortal. Alguien a quien nunca había considerado real. Todo aquello solo había sido una pesadilla, nada más.

Julia contuvo la respiración y cerró los ojos. Los recuerdos la golpearon con tal fuerza que casi perdió el conocimiento. De repente volvía a ser aquella chica de dieciséis años, rota por el duelo. Se había tumbado en la cama de Michael porque se sentía terriblemente sola. Sola y culpable.

El hombre de negro no existía. Y, sin embargo, ahí estaba, delante de ella. Lo sentía exactamente igual que entonces: su presencia oscura, la maldad que emanaba, el olor a cuero teñido y engrasado. No se lo había imaginado. Él había estado allí. Entonces y ahora. ¿Cómo había podido reprimir todo aquello durante tanto tiempo?

Lo miró horrorizada.

El hombre regresó junto a la cámara. Al lado había una mesita con un paquete de tabaco. Encendió un cigarrillo. Julia vio el punto rojo de la brasa. El corazón le bombeaba tan rápido que se mareó. Miró aquellos ojos oscuros e implacables y tragó saliva.

En ese instante solo supo una cosa: iba a morir.

43

—Mierda. No está en casa.

Florian pulsó el timbre por décima vez. Era inútil. O Benjamin Schortens no quería abrir, o realmente no estaba allí. Estaban a punto de dar las seis de la mañana. Florian sabía a estas alturas que, al igual que James Miller, Schortens trabajaba como barman, aunque en otro club. Por lógica, a esa hora debería estar durmiendo.

—Quizá duerma en otro sitio. En casa de algún amigo, quién sabe — especuló Saathoff—. Podríamos dejar una patrulla vigilando el edificio. En cuanto asome la cabeza, lo tenemos.

Florian golpeó la puerta con el puño, furioso. Daban un paso adelante para retroceder dos al instante. Así no iban a llegar a ninguna parte.

—Probablemente tengas razón —murmuró Florian, zarandeando la puerta. No podía esperar más—. Creo que dentro hay alguien pidiendo auxilio —añadió, ignorando la mirada de reproche de Saathoff mientras sacaba una ganzúa del bolsillo.

Justo cuando iba a introducir la herramienta en la cerradura, se abrió la puerta de al lado.

—¿Qué están haciendo aquí? —preguntó una mujer con los ojos hinchados por el sueño. Llevaba un albornoz rosa. Tenía las uñas pintadas de un rojo llamativo.

Florian sacó su identificación.

—Necesitamos hablar urgentemente con Benjamin Schortens. La mujer observó a Florian.

—¿Ha hecho algo malo? —Arqueó las cejas y continuó sin esperar respuesta—: Ya me lo imaginaba. Mire, desde hace unos días anda con un amigo nuevo. —Puso los ojos en blanco y sacudió la cabeza—. Una especie de gótico, rarísimo. Parece salido del infierno o del cementerio de

aquí al lado. El caso es que últimamente Benjamin ya no pasa tantas noches en casa.

El gesto de Florian se ensombreció.

—Lo buscan con urgencia, ¿verdad? —preguntó ella, ahora con tono comprensivo. Lo observó un momento—. ¿Quieren echar un vistazo al piso? Yo le doy de comer a su gata con regularidad; él casi nunca está. Seguro que ya tiene hambre.

La vecina se dio la vuelta y desapareció en su vivienda. Poco después regresó con una lata de comida para gatos.

—Yo le doy de la mía. Benjamin es un tacaño de cuidado. Siempre compra comida barata y de mala calidad. Eso en mi casa no existe.

Entre sus piernas apareció una gata atigrada gris que olfateó a Florian con curiosidad. La mujer le acarició la cabeza.

—Ya está, tranquila. Vamos a darle el desayuno a Lizzy. —Alzó la vista y sonrió—. Mi Karlchen está loquito por ella.

Se acercó a la puerta de Schortens y abrió la cerradura. Al ver que Florian no la seguía de inmediato, se detuvo y se volvió.

—Venga, pasen.

Florian lanzó una mirada rápida a Saathoff. Este asintió.

—Bueno, entremos.

A primera vista, el piso parecía impecable. Chaquetas y abrigos colgaban ordenados en perchas en el perchero del pasillo. Debajo, los zapatos estaban alineados y brillaban como si acabaran de pulirlos. Florian buscó fotografías: recorrió con la mirada una pequeña cómoda y las paredes.

Mientras Saathoff inspeccionaba el baño y la vecina daba de comer a la gata en la cocina, Florian encontró algo en una estantería del salón. Había tres fotos enmarcadas junto a varios libros de historia universal.

«Qué extraño», pensó. No se imaginaba a un barman interesado en la historia del mundo.

En una de las fotos aparecía Benjamin Schortens con unos diez años, junto a sus padres y una hermana menor. La de al lado lo mostraba con poco más de veinte; por desgracia, se había rapado la cabeza y el parecido con el hombre de la estación apenas era perceptible. La tercera era distinta: allí tendría algo más de treinta y llevaba el pelo castaño un poco más largo. Se parecía bastante a la foto de su documento de identidad.

—Podría ser él, ¿no crees? —murmuró Saathoff, que acababa de entrar en el salón.

—Yo también empiezo a pensar que sí. Pero para el análisis facial necesitaríamos una foto de perfil —respondió Florian, sin dejar de escudriñar la habitación.

Por desgracia, no halló más imágenes. Revisó la estantería por segunda vez, pero tampoco apareció ningún álbum. Entonces se le ocurrió algo y fue a la cocina.

—¿Podría decirme quién es este hombre? —le preguntó a la vecina, que estaba acariciando a los gatos, mientras le enseñaba la foto de la estación central.

La mujer asintió levemente.

—Está bastante oscura y borrosa. Pero si me pregunta… podría ser Benjamin. Aunque no pondría la mano en el fuego.

Florian asintió, satisfecho. Al menos la vecina no lo había descartado. A  continuación,  registró  el  dormitorio.  La  habitación,  pequeña,

albergaba un armario, una cama y una bicicleta estática. En el cajón de la mesilla de noche, Florian encontró varias revistas porno y unas esposas de peluche. Nada que apuntara a las fantasías de violencia extrema que Schortens cultivaba en la red.

—¿Qué está pasando aquí? —retumbó una voz masculina desde la escalera—. Kerstin, ¿por qué has dejado entrar a este hombre?

Florian se giró y salió deprisa al pasillo. Saathoff estaba mostrando su identificación. Un hombre alto y musculoso se plantaba en el umbral de la puerta, mirándolo con hostilidad desde arriba. Sus ojos brillaban con astucia y el rictus endurecido de su boca le confería un aire marcadamente agresivo.

—Tenemos algunas preguntas para usted —dijo Florian, plantándose frente a él con firmeza.

44

Julia aún respiraba, aunque le costaba infinitamente. Algo en su interior deseaba morir para que aquel tormento terminara de una vez, pero el dolor seguía rugiéndole en las entrañas, desgarrándola por dentro. Él no la había matado; ni siquiera la había tocado. El hombre se había limitado a quedarse allí, fumando un cigarrillo, para luego marcharse sin decir palabra y dejarla sola. Julia todavía intentaba comprender lo ocurrido. Un presentimiento sombrío la invadió, algo que la arrastraba hacia el abismo. Solo ahora empezaba a comprender, poco a poco, lo que estaba pasando. Suspiró. Florian nunca la encontraría; estaba investigando en la dirección completamente equivocada.

La puerta se abrió y Julia tensó los músculos. Él había vuelto. Traía un cuchillo en la mano. Julia calculó que la hoja mediría unos quince centímetros: un cuchillo de cocina común y corriente. Tragó saliva. Una simple hoja sería, pues, su final.

—Normalmente no me gustan los juegos, prefiero ir directo al grano

—dijo el hombre—. Pero contigo es distinto. —Se acercó a ella con una mueca mientras agitaba el cuchillo frente a sus ojos.

Julia reprimió el pánico que empezaba a aflorar. Su mente logró recuperar el control. De Florian había aprendido una lección vital: en situaciones así, el tiempo lo era todo. Cuanto más lograra alargar la conversación, mayores serían sus posibilidades de, tal vez, escapar.

—¿A qué se refiere con eso? —preguntó ella con deliberada sobriedad. La mueca del hombre se ensanchó.

—Vaya, vaya… Toda una luchadora. —Se balanceaba arriba y abajo frente a ella.

A Julia le costaba sostenerle la mirada; en sus ojos negros brillaba la maldad.

—¿Qué has descubierto? —preguntó él mientras acercaba una silla y se sentaba justo enfrente.

Julia tiró de sus ataduras.

—¿Qué has descubierto? —repitió él, presionándole con fuerza los antebrazos contra los reposabrazos de la silla.

—Usted cargará con las muertes de Kim Wiesinger, Sergei Bugarow, Herbert Hoffmann y Emanuel Schreiber. Dejó su maldito símbolo en los cuatro cadáveres. —Julia resopló de rabia—. ¡Y usted mató a Michael!

El hombre le soltó los brazos. A ella le dolían por la presión.

—Bien. —Se acercó aún más y le examinó el rostro. Luego le apartó un mechón de pelo de la frente—. Os parecéis de una manera increíble. Él realmente sigue viviendo en ti. Tienes la misma mirada.

—¿Y por qué no me mató directamente entonces? ¡Aquella noche, después de su entierro! —Julia había intentado mantener la calma, pero terminó gritándole la última frase a la cara.

—Contigo quería jugar. Además, yo no mato a niñas. —Su mueca no cesaba mientras se frotaba las manos. Era evidente que disfrutaba de la situación.

Julia clavó la vista en sus ojos negros.

—¿Cómo? ¿Eso es todo? ¿Esa es su explicación? ¿Y por qué mató entonces a Kim Wiesinger?

La respuesta estalló en la mente de Julia como un relámpago. La había tenido delante todo el tiempo; simplemente no lo había visto. Igual que había ignorado todo lo demás: la voz de Michael en su dormitorio y en el coche, su aparición en el umbral de su cuarto, la foto del partido de fútbol y, probablemente, también el coche de juguete. Nada de eso había sido producto de su imaginación. Él era el responsable de todo y la había estado manipulando sin descanso.

¿Habría hecho lo mismo con Kim Wiesinger? Julia visualizó mentalmente las fotos familiares: la Kim feliz junto al resto de los suyos; madre, padre y un hermano menor. Un hermano que después ya no aparecía en ninguna foto. Un hermano de unos trece o catorce años que, probablemente, estaba muerto. Igual que Michael. Julia lo había pasado por alto todo este tiempo.

—¿Le descubrió? —preguntó Julia, ya dueña de sí misma.

—Eso parece. —Él se encogió de un hombro.

—¿Cómo?

—Fue una casualidad estúpida. —Calló un instante y la observó pensativo.

—Explíquemelo. Por favor. —Julia insistió. Sabía que tenía que mantenerlo hablando. Además de ganar tiempo, necesitaba crear un vínculo: él tenía que verla como a una persona, no como a un objeto. Deseó con todas sus fuerzas que Florian estuviera allí; él dominaba aquellas técnicas psicológicas a la perfección.

—Registró mi piso. Yo había conseguido un poco de mercancía y me pillaron. Encontró un pantalón de chándal que pertenecía a su hermano. Por supuesto, podría haber sido cualquier pantalón; hay miles iguales. Pero vi en sus ojos que sospechaba la verdad. Le dije que el pantalón era de mi primo pequeño, pero no me creyó. En lugar de eso, empezó a seguirme. Quería pruebas. Diseccionó mi vida, interrogó a viejos conocidos míos, incluso se presentó en casa de mi madre. Tuve que quitarla de en medio.

—¿Por qué la torturó?

—Quería averiguar a quién le había contado lo que sabía. Pero la buena de Kim era tan ambiciosa que no habría iniciado una investigación policial oficial sin pruebas contundentes. No quería quedar como una loca incapaz de superar la muerte de su hermano. Fue ingenua, pero eso me vino de perlas. De verdad creyó que podría arrancarme una confesión. La pobre cayó de lleno en mi trampa. En cuanto me quedó claro que actuaba por su cuenta, todo fue muy rápido. —Su tono era casi condescendiente. Para sorpresa de Julia, siguió hablando sin el menor reparo—: Por desgracia, el vecino de Kim me vio cuando entré en su piso para buscar documentos. El idiota pensó que yo no me había dado cuenta de que abrió la puerta para observarme mejor. Lo dejé creerlo y me puse a registrar la casa de Kim. Imagínate: Kim Wiesinger había anotado toda la información sobre mí, con todo lujo de detalles, en un cuaderno. Lo encontré en su coche la noche en que murió. Por eso tenía que asegurarme de que no hubiera más notas sobre mí en su casa. Fue entonces cuando me di cuenta de que el cabrón del vecino había instalado cámaras. Por cierto, te vi cuando tú… —La miró con frialdad y chasqueó la lengua—. Chica valiente. Mi enhorabuena.

Luego, su mirada se perdió en la lejanía.

—En cualquier caso, necesitaba un asesino para Kim, y Bugarow me vino como anillo al dedo: me suministraba droga con regularidad. La Judicial aceptó mi regalo encantada y lo presentó oficialmente como

sospechoso. —Sonrió con autosuficiencia. A Julia no se le escapó el gesto pese al pasamontañas.

—¿Sabes qué? Llevo aquí hablando y hablando. Y eso no es gratis. — La sonrisa desapareció de su voz. Se levantó y agarró a Julia por el brazo. Antes de que ella pudiera reaccionar, le pasó el cuchillo por la piel. Quedó una fina línea roja. Julia abrió la boca para gritar, pero tuvo una visión repentina: vio el rostro de Michael. Estaba allí de pie, llevándose el índice a los labios. «Shhh. Sigue su juego». Julia apretó los dientes y ahogó el sonido en la garganta.

—Debería haber fotografiado a Kim muerta en lugar de viva; eso fue lo que escamó a la policía —soltó ella.

Los ojos del hombre se dilataron.

—No puedes evitarlo, ¿verdad? Eres interesante. Por cierto, eres la única mujer que se cruza constantemente en mi camino. Quizá debería terminar con nuestro pequeño encuentro ahora mismo y degollarte. Como forense, sabrás perfectamente cuánto tarda la sangre en ser bombeada fuera del cuerpo por la carótida. —Le echó la cabeza hacia atrás y le hizo una incisión en la piel del cuello.

Julia emitió un gorgoteo ahogado.

—No maté a Hoffmann solo por mí. ¡Un poco lo hice también por ti!

—Limpió el cuchillo y se lo guardó. Al rodearle el cuello con las manos, siseó furioso—: Deberías mostrar algo de gratitud. —Y apretó.

45

—Sus preguntas se las puede meter por donde le quepan —declaró el hombre que estaba en la puerta, fulminando a Florian con la mirada—.

¿Tiene una orden de registro o han entrado aquí ilegalmente?

Florian observó al individuo. Tenía el pelo oscuro, casi negro y muy corto. Los ojos, igual de oscuros, estaban bastante separados. Labios finos, mentón puntiagudo y una nariz larga y recta. Aquel no era el Benjamin Schortens al que buscaban.

—¿Kevin? ¿Qué haces aquí? —Kerstin Friedrich, que salía de la cocina con una gata en brazos, parecía completamente estupefacta.

—Eso mismo podría preguntarte yo. ¿Acaso has dejado entrar a estos dos policías?

La vecina de Schortens ignoró la pregunta.

—Pensaba que Benjamin estaba contigo.

Los ojos de Kevin brillaron con un deje sombrío.

—Si estuviera conmigo, no vendría a buscarlo aquí —rezongó—. ¿Es que no está en casa? —De pronto, su voz denotó cierta inseguridad.

—No. La policía también lo está buscando. —Kerstin Friedrich lanzó una mirada de duda a Florian—. No le habrá pasado nada, ¿verdad? — Apretó la gata contra su pecho—. ¿Han venido por eso?

—No, no se preocupe. Solo queremos hacerle unas preguntas. Podría haber sido testigo de un delito. —Florian dirigió la mirada hacia Kevin—.

¿Quién es usted? ¿Y qué relación tiene con Benjamin Schortens?

—Soy su novio. Iba a pasar la noche conmigo, pero no apareció. Por eso estoy aquí. Tiene el móvil apagado.

—¿Cómo se llama usted? —preguntó Martin Saathoff.

—Kevin Eberhart.

Florian le puso la foto de la estación central bajo la nariz.

—¿Es este Benjamin?

Eberhart asintió con vacilación.

—Creo que sí. ¿Quién es el otro?

—Alguien a quien arrolló un tren poco después de esta instantánea.

Por eso necesitamos hablar con su novio con urgencia.

—¿Benjamin tiene algo que ver con eso?

—No lo sabemos. ¿Le suena el alias «Flor Blanca»?

—Sí. Es su apodo en internet. ¿Por qué?

—¿Sabía que su novio tiene gustos especiales? Kevin abrió mucho los ojos.

—¿A qué tipo de gustos se refiere?

—Por ejemplo, le gusta ver vídeos de contenido violento o subirlos él mismo.

—Ah, bueno… —Kevin respiró aliviado—. Es solo un juego. Nos pone. Los vídeos no son reales, es todo puro teatro. —Lanzó una mirada de reojo a la vecina.

—¿Sabía que Benjamin quedó hace dos días con un conocido de internet? —Florian evitó mencionar el nombre de Emanuel.

—No me venga con esas. Somos muy felices. Benjamin nunca me engañaría. —La voz de Kevin flaqueó—. Yo… yo puedo demostrarlo.

Corrió hacia el dormitorio y reapareció en el pasillo con un portátil plateado entre las manos.

—Si quedó con alguien, lo veremos ahora mismo. Este es su ordenador. —La voz de Kevin estaba cargada de duda. Tecleó con los ojos clavados en la pantalla. Al cabo de un rato, levantó la vista—. ¿Lo ven? No hay nada —explicó triunfante, girando el portátil hacia ellos—. He revisado todos los correos de los últimos dos días. No hay ninguna cita.

Florian reflexionó un instante.

—¿Cuál es la dirección de correo de Benjamin?

Kevin   movió   el   cursor   hasta   la   línea   del   remitente:

«flor.blanca@gmail.com».

—Es la correcta —murmuró Florian, pensativo. Había visto los mensajes a «Flor Blanca» en el ordenador de Emanuel; tenían que estar en algún sitio—. ¿Está seguro de que no ha borrado los mensajes?

—En la papelera no hay nada. Florian agarró el portátil.

—Eso no significa nada. Si fue precavido, también los habría borrado de la papelera. ¿Me permite llevarme el equipo para que lo analicen

nuestros expertos informáticos? Tenemos que comprobarlo.

Kevin se mordió el labio inferior con nerviosismo.

—No sé si de verdad quiero saberlo. —Con dedos temblorosos, sacó el móvil del bolsillo y marcó un número. Tras unos instantes, colgó—. Está bien. Llévense el portátil. De todas formas es mío; solo se lo había prestado a Benjamin. Su teléfono sigue apagado… empiezo a estar realmente preocupado.

—Gracias. —Florian le entregó a Kevin una nota con las horas de la muerte de las víctimas—. ¿Podría decirme dónde estaba Benjamin en cada una de estas noches?

Kevin frunció el ceño. Consultó el calendario del móvil.

—La noche de hace dos días trabajó. Lo llamé y oí que estaba en el

bar.

Florian tomó nota. No consideró aquella llamada como coartada.

—¿Y esta noche? —preguntó, señalando la fecha en que Kim

Wiesinger fue asesinada.

—Estábamos juntos. De eso estoy seguro porque es nuestro aniversario.

Florian rodeó la fecha con un círculo rojo. Aquella información ya sonaba más bien a una coartada. Observó a Kevin, preguntándose hasta qué punto era creíble aquel hombre. Finalmente, le preguntó por las otras dos fechas. Kevin explicó que Benjamin había trabajado en el bar ambas noches y que después se había ido a dormir con él.

—¿Benjamin se mostró violento con usted alguna vez? —quiso saber Florian para terminar.

Kevin negó con la cabeza.

—No. Es un auténtico corderito. Es… —Se detuvo y se puso rojo—. Lo que hay en la red responde más bien a mis propias fantasías. Si no fuera por mí, ni siquiera se habría registrado en SEXtreme.

Florian miró a Saathoff. Estaba frustrado. Llevaban días dando vueltas en círculo. Si Kevin decía la verdad, Schortens no podía ser el asesino, y eso a pesar de que el propio Kevin lo había identificado en la foto de la estación.

—¿Tiene alguna foto de su novio donde se le vea de perfil? Kevin negó con la cabeza.

—Llámenos en cuanto se ponga en contacto con usted. —Le puso su tarjeta en la mano y salió del piso con Saathoff.

—De algún modo tengo la sensación de que vamos por el camino equivocado —dijo Florian una vez que estuvieron de vuelta en el coche.

—Daniel Thiele debe revisar el portátil de Schortens cuanto antes — respondió Saathoff—. Si Schortens borró sus huellas, él lo descubrirá. Kevin Eberhart puede creer que Benjamin pasó las noches con él; puede que incluso sea cierto que se quedaron dormidos juntos, pero Schortens bien pudo haberse escabullido sin que lo notara para regresar a la cama un par de horas más tarde.

Florian asintió. Era una posibilidad. Arrancó el motor. En el siguiente semáforo, sonó el teléfono. Puso el manos libres. Su jefe estaba al otro lado de la línea.

—Buenos días, caballeros —comenzó Hermann Meier sin preámbulos

—. Acabo de recibir luz verde de la Fiscalía. Igor Petrow obtendrá una reducción de condena si declara de forma íntegra. Ya va de camino a la sala de interrogatorios. Quiero que dejen lo que tengan entre manos y se presenten aquí de inmediato.

—Vamos para allá —dijo Florian y pisó el acelerador.

46

—Tu hermano aguantó más que tú.

Las palabras le llegaron desde algún lugar remoto, casi imperceptibles. A Julia le dolía la cabeza. Sentía la garganta inflamada y todo estaba a oscuras. Apenas podía respirar; cada bocanada de aire le raspaba dolorosamente la tráquea. Muy despacio, los recuerdos fueron regresando. Abrió los ojos y comprobó que ya no estaba sentada en la silla, sino tumbada en el suelo sobre una superficie blanda. Movió las extremidades: tenía las muñecas inmovilizadas con una cuerda y las piernas también estaban atadas. Gimió.

—Me has hecho enfurecer muchísimo —continuó su torturador—, pero no quería matarte. No te lo merecías.

En la cabeza de Julia, los pensamientos empezaron a girar. No tenía ni la menor idea de qué hablaba aquel monstruo; solo entendía una cosa: estaba jugando con ella. Primero quería torturarla, después matarla. Debía de haberle costado un autocontrol inmenso contenerse y dejar de atacarla, aunque solo fuera de momento. Era un milagro que siguiera viva.

De pronto, Michael estaba otra vez en su cabeza. Le decía algo: «¡Sé humana!». Después se desvaneció de nuevo en las profundidades de su conciencia.

—¿Tiene un trago de agua para mí? —atinó a graznar Julia, esforzándose por sonar amable.

Oyó el roce de una silla al arrastrarse por el suelo y, a continuación, unos pasos que se acercaban. Solo distinguió su silueta cuando lo tuvo justo delante.

—Toma.

Una botella de plástico cayó a su lado. Sedienta, la atrapó antes de que rodara lejos. Aunque tenía las muñecas fuertemente atadas, no le costó

beber de ella. Engulló el agua tibia con avidez. Sintió que sus fuerzas renacían.

—¿Por qué mató a Michael? —sollozó. El hombre se puso en cuclillas.

—Eso ya lo sabes. Era un chico realmente guapo.

—Pero solo tenía doce años…

El hombre guardó silencio. Julia prefirió cambiar a un tema conocido.

—¿Cómo la descubrió exactamente Kim Wiesinger?

—Ya te lo he dicho. Estaba husmeando por todas partes, interrogando a la gente, anotándolo todo con precisión en su cuaderno… con esa información elaboró un perfil de mis movimientos. Descubrió que yo estaba cerca cuando murió su hermano. Yo tenía coartada, pero ella puso en duda la declaración de mi madre. Aun así, no pudo demostrar nada. No dejaba de rondarme, entorpeciéndome. Probablemente quería pillarme in fraganti.

—¿Y por qué mató a Herbert Hoffmann? ¿Porque me asaltó? —Julia ya conocía la respuesta, pero necesitaba que siguiera hablando. Necesitaba tiempo: era lo único que le quedaba en ese momento.

—Gansa tonta, no. Él me vio. Cuando descubrí su cámara en el piso de aquella policía, quedó claro que tenía que morir. No podía correr el riesgo de que me hubiera grabado. Por cierto, efectivamente encontré una grabación mía en su móvil. Lo destruí.

Se inclinó y le acarició el pelo.

—Pero le corté los huevos por tu culpa. Fue una sensación magnífica tirarlos a la basura. —Se rio con malicia—. Te pareces muchísimo a Michael… Es una verdadera lástima que no seas un chico.

Julia se contuvo y, deliberadamente, no retrocedió. No quería volver a enfurecerlo; estaba segura de que no sobreviviría a otro ataque. Soportó aquel aliento malo que le golpeaba la cara. A pesar de la oscuridad, pudo ver que sonreía.

—¿Por qué tuvo que morir Emanuel? Aunque hubiera descubierto los arañazos, no eran una pista directa hacia usted. Ese patrón solo establecía un vínculo entre los asesinatos.

El hombre volvió a incorporarse.

—No solo descubrió los arañazos: quería quedar conmigo.

De pronto, el anillo apareció justo ante la nariz de Julia. Ella fijó la vista en las tres garras con las que aquel monstruo marcaba a sus víctimas.

Se preguntó si él habría dejado esas mismas marcas en el cuerpo de Michael. ¿Era eso lo que se le había escapado durante todos estos años? El hombre pareció leerle el pensamiento y volvió a agacharse.

Esta vez susurró:

—Te lo has preguntado tantas veces, ¿verdad? ¿Qué es lo que pasaste por alto? —Asintió con parsimonia—. Todas las víctimas llevan mi marca

—añadió antes de levantarse y dejarla sola.

Julia buscó febrilmente en su memoria. El cuerpo de Michael había estado cubierto de hematomas. En la piel se habían documentado numerosos arañazos. Lo mataron en el bosque, en el sotobosque, entre ramas y ramitas. Julia había revisado el expediente de Michael una y otra vez. Seguramente había pasado simplemente por alto esa lesión, igual que los forenses de aquel entonces. Julia no lograba recordar, por mucho que intentara evocar la imagen de su hermano muerto.

De repente, oyó un leve roce. Permaneció inmóvil, tumbada de lado, y aguzó el oído. Un escalofrío le recorrió la espalda al pensar en ratas; al fin y al cabo, se encontraba en un ala subterránea del estadio, con aseos y duchas conectados directamente al alcantarillado. Julia se estremeció. Luego se palpó el pantalón y comprobó que todavía tenía su móvil. Lo encendió y lo levantó en el aire.

—Aquí no hay cobertura —dijo una voz desconocida, y Julia dio un respingo.

47

—¿De verdad le ha entregado a ese hombre una foto del acompañante de Bugarow en la estación central? ¡No me lo puedo creer! —Hermann Meier estaba fuera de sí.

Meier había hecho salir a Florian en mitad del interrogatorio; ahora estaban frente a la puerta insonorizada, en el pasillo de la comisaría.

—¿Cómo demonios se le ocurre algo así? Es información confidencial. Una prueba. ¡Maldita sea, Kessler! Algún día, su manera tan poco convencional de proceder le va a costar la cabeza.

Florian torció el gesto. Meier podía tener razón, pero él no había visto otra salida y consideraba necesario dar aquel paso.

—Debí de dejarme la foto olvidada en la mesa —respondió Florian.

No era mentira, aunque tampoco era toda la verdad. La había dejado allí a propósito porque sabía que el General tenía medios y recursos para localizar al acompañante de Bugarow mucho más rápido que la policía.

—¿Y qué pasa si Igor Petrow manda matar a ese hombre? —preguntó Meier, clavando el índice en la foto de la estación.

Florian se encogió de un hombro y guardó silencio. ¿Qué podía decir? Había asumido ese riesgo. Aun así, no creía que llegara a suceder. El hombre era ruso y cumplía su palabra. En el momento en que Florian deslizó la foto por la mesa e insistió en que aquel hombre debía quedar bajo custodia policial, estuvo seguro de que Petrow no lo tocaría si lo localizaba. El General se lo había señalado con claridad.

—Preguntémoselo a él, entonces —propuso Florian. Meier alzó el dedo en señal de advertencia.

—Lo haré responsable personalmente si a ese hombre le pasa algo.

Se dio la vuelta y se alejó a toda prisa. Florian respiró hondo y volvió a entrar en la sala de interrogatorios. Petrow, que seguía sentado en la misma postura, lo observaba con mirada alerta.

—¿Problemas? —preguntó el General con una sonrisa socarrona cuando Florian volvió a sentarse.

Florian deslizó la foto de la estación central sobre la mesa.

—Depende de cómo se mire —respondió—. ¿Quién es este tipo? La mueca de Petrow se ensanchó.

—Es cliente de Bugarow. Desde hace años.

Se inclinó sobre la mesa y miró a Florian con intensidad.

—Se llama Mario Kimpel. Si lo quiere vivo, más vale que se dé prisa.

Mis hombres actuarán en tres horas.

—Gracias —dijo Florian, levantándose de golpe—. Informaré a la Fiscalía de su plena cooperación, siempre que encontremos a Kimpel con vida.

Igor Petrow asintió. Florian sintió un alivio enorme: por fin tenía una pista caliente. Dejó atrás al General y entró en la sala contigua, donde estaba Martin Saathoff.

—¿De verdad le has pasado la foto del acompañante? Vaya… No te creía capaz de tener tanta sangre fría.

Saathoff se levantó y le dio una palmada de reconocimiento en el hombro.

—Si te soy sincero, yo también lo había sopesado.

El elogio incomodó un poco a Florian. Sabía que había cruzado un límite, pero sin la ayuda del General jamás habrían localizado a ese hombre. Le hizo una seña a Saathoff para que lo siguiera y se dirigió a la oficina de Daniel Thiele.

—Necesito que nos averigüe algo —dijo, y le dio el nombre del sospechoso.

—¿Mario Kimpel? Me pongo con ello ahora mismo. Pero antes tengo algo para ustedes.

Thiele les indicó que se acercaran a su escritorio, donde había un portátil.

—He analizado a fondo el ordenador de Benjamin Schortens y no hay ni rastro de comunicación por correo entre él y Emanuel Schreiber.

—¿Qué significa eso? —preguntó Florian—. ¿Que realmente no tuvieron contacto o que Schortens borró los mensajes meticulosamente?

Thiele tomó aire profundamente.

—Tiene un troyano instalado en el portátil y su cuenta de correo fue hackeada. Él nunca tuvo contacto con Emanuel, así que no tenía nada que

borrar. Fue el hacker quien se comunicó con Emanuel haciéndose pasar por él.

La conclusión de Thiele cayó sobre Florian como un trueno. Su mente empezó a trabajar a mil por hora. Miró a Saathoff, a quien de repente se le marcaba la yugular.

—¡Joder! —soltó Saathoff—. Este caso es un puro zigzag. Necesito asimilar esto… Resumo: ya sabemos que Igor Petrow no encargó el asesinato de Kim Wiesinger. Sergei Bugarow recibió los diez mil euros por el transporte de cocaína. Aun así, todas las pruebas lo señalan como el asesino de Kim. Lo que sigue sin estar claro es por qué fue arrollado por un tren en las vías de la estación central de Colonia: suicidio, accidente o quizá asesinato. No lo sabemos. Tampoco sabemos quién mató a Herbert Hoffmann. Y para rematar, podemos volver a tachar de la lista a Benjamin Schortens, nuestro principal sospechoso en el asesinato de Emanuel Schreiber. ¿Lo he resumido bien? —Saathoff tenía la cara encendida de rabia—. Por Dios, Florian, no paramos de correr en la dirección equivocada.

Florian suspiró.

—Si te soy sincero, yo también había considerado a Benjamin Schortens como posible autor en el caso de Kim Wiesinger. Además, hay conexión con Herbert Hoffmann y con Emanuel Schreiber. Todas las víctimas tenían, en internet, algún vínculo con la página SEXtreme, excepto Bugarow. Está claro que hay un nexo entre todas las víctimas y Benjamin Schortens. Si no fue Schortens, sino un hacker, entonces tenemos que centrarnos en ese hombre. ¿Conocemos su identidad?

Daniel Thiele asintió.

—Estoy en ello. Por cierto, he encontrado el mismo troyano en el ordenador de Herbert Hoffmann. Así que su teoría cobra mucho peso.

Mientras hablaba, Thiele no dejaba de teclear incansablemente comandos.

—Averigüe cuanto antes quién es ese hacker —dijo Florian.

En ese instante, aparecieron varias ventanas emergentes en el monitor de Daniel Thiele. Florian abrió los ojos de par en par.

—No puede ser…

De pronto, el rostro de Mario Kimpel apareció en pantalla desde distintos ángulos. Saathoff verbalizó lo que Florian estaba pensando:

—Es el acompañante de Sergei Bugarow en la estación central de Colonia. Es el mismo perfil. Es él, sin ninguna duda.

Florian anotó la dirección que figuraba en la parte inferior de la pantalla.

Mario Kimpel, cuarenta y ocho años, vigilante de piscina, soltero, sin hijos. Había pasado trece años en prisión por robo con violencia con resultado de muerte. Kimpel había asaltado una gasolinera para financiarse la droga; una mujer murió durante el atraco. Eso era todo lo que arrojaba la base de datos.

—Consiga toda la información posible sobre este hombre —le exigió Florian a Thiele—. Lo mejor será que vayamos de inmediato a su dirección.

Le dio las gracias y le hizo una seña a su compañero.

De camino al aparcamiento subterráneo, Florian marcó el número de Julia. Quería mantenerla al tanto; además, faltaban varios informes de laboratorio de las últimas autopsias. Su móvil seguía apagado. Florian supuso que estaría en la sala de necropsias: allí no había cobertura en todas partes y, según dónde hubiera dejado el teléfono, podía resultar difícil localizarla. Colgó e intentó llamar a través de la centralita del Instituto de Medicina Legal.

—Kessler, de la Policía Judicial de Colonia. ¿Podría ponerme con Julia Schwarz?

—Un momento, por favor —respondió una voz joven.

Florian esperaba, impaciente, frente a la puerta del garaje, sin querer perder la llamada. Saathoff ya iba por delante.

—Voy enseguida —susurró Florian, balanceándose nervioso sobre las puntas de los pies.

—No está —dijo la voz al otro lado.

—¿Cómo? ¿Dónde está? ¿Está enferma?

—No… Es que no damos con ella. Hoy ni siquiera ha venido a trabajar.

Florian colgó. Una ingente cantidad de adrenalina le recorrió las venas. Con un mal presentimiento en el estómago, marcó el fijo particular de Julia. Aquello no era propio de ella. Dejó sonar más de diez tonos antes de separar el teléfono de la oreja. Algo no cuadraba. Como había dicho Saathoff, iban de un callejón sin salida a otro. Se les estaba escapando algo importante.

Soltó una maldición y echó a correr.

48

—¿Quién eres? —fue todo lo que atinó a decir Julia. Estaba demasiado conmocionada al descubrir que no era la única prisionera en aquella habitación oscura.

—Elias. ¿Y tú?

Julia temblaba. Era la voz de un niño. Se incorporó como pudo con los brazos y las piernas atados; al menos no estaba sujeta a nada fijo. Se puso de rodillas e intentó penetrar la oscuridad con la mirada.

—Me llamo Julia —dijo, aunque seguía sin distinguir a nadie—.

¿Dónde estás?

—Al fondo, junto a la última taquilla. Me dejó atado aquí.

—Vale, espera.

Julia se desplazó sobre las rodillas unos centímetros, pero vio que así no llegaría a ninguna parte. Se tumbó boca abajo y empezó a reptar por el suelo hacia el niño, oculto en algún punto de aquella negrura. El suelo rugoso le raspaba la piel. Apretó los dientes y siguió arrastrándose.

—¿Te ha hecho algo? —preguntó, totalmente sin aliento.

—No.

Julia continuó avanzando con esfuerzo. Para entonces estaba casi junto al chico, cuya edad calculó por el timbre de voz en unos trece años.

—¿Cómo has llegado hasta aquí?

—Me escapé de casa y tenía unas cosas guardadas en mi taquilla. Esta mañana, cuando iba a recogerlas, de repente un hombre me agarró y me ató aquí. Al principio pensé que era el conserje, pero luego vi la máscara negra que llevaba en la cara.

—Mierda —dijo Julia—. ¿Qué hora era?

—Poco antes de las seis. Me levanté temprano a propósito.

Por fin llegó hasta el niño y alcanzó a tocarle las puntas de los pies.

—¿Te duele algo? —preguntó Julia, incorporándose con dificultad.

—No. Las ataduras me aprietan un poco, pero por lo demás estoy bien.

¿Cómo has llegado tú aquí?

—Es una historia larga —respondió Julia mientras palpaba la ropa del chico. Estaba de pie, con la espalda apoyada en la taquilla—. A ver si consigo soltarte —murmuró—. ¿Entrenas aquí?

—Sí, desde hace cinco años.

—Entonces sabrás cuándo es el próximo entrenamiento.

—Por la tarde. ¿Por qué?

—Alguien podría encontrarnos. Quizá el entrenador o algún otro deportista.

Elias negó con la cabeza.

—No nos oirían ni de broma. Estamos en unos vestuarios nuevos que no abrirán hasta el año que viene. Esto está al final de la obra. Aquí no viene nadie.

—¿Pero tú sí?

—No, él me trajo. Al principio estaba delante, en la primera cabina del vestuario… —La voz del niño empezó a temblar de pronto—. ¿Quiere matarnos?

A Julia se le encogió el estómago.

—No. No lo hará —dijo con seguridad, aunque sabía perfectamente que no era cierto. Sus dedos tanteaban las ataduras del niño. Era una cuerda, no una brida. Si se concentraba, tal vez podría deshacer el nudo.

—Tú conoces este sitio. ¿Solo hay una entrada? Elias asintió.

—Sí.

Julia se esforzaba al máximo. Sus nervios iban en aumento. Las ataduras de sus propias muñecas le dificultaban la tarea.

—Vamos a salir de aquí. Te lo prometo —dijo, tratando de ocultar su desesperación.

Los nudos estaban apretadísimos. Ya se le había roto una uña. Le llevaría mucho tiempo liberar a Elias.

—¿Cuál es tu apellido? —preguntó.

—Fischer.

—¿Dónde vives?

El niño le dio su dirección. Julia la memorizó con precisión. Por fin cedió un nudo. Enseguida sintió renacer la esperanza. Si lograba soltarlo, él podría ayudarla a ella, y luego intentarían echar la puerta abajo. Pero la

esperanza se desvaneció al instante cuando un hilo de luz se coló por debajo de la puerta. Su captor había vuelto.

Se dirigió hacia ella con rapidez. Julia intentó interponerse entre él y Elias. Un puñetazo le impactó de lleno en la cara.

—¿Te he dado permiso para hablar con él?

Le cortó la cuerda de los pies y se llevó al niño a rastras.

—¿Qué va a hacer con él? —gritó Julia—. ¡Déjelo en paz!

Saltando como podía, intentó seguirlos. Elias lanzó un grito de auxilio, aterrorizado. Tenía los brazos inmovilizados contra el torso; no podía defenderse.

—¡Déjalo en paz! ¡Llévame a mí! —bramó Julia antes de caer de bruces.

El hombre no respondió y siguió arrastrando a Elias consigo. La puerta se cerró de golpe y Julia se quedó allí con el corazón desbocado. No quería ni imaginar lo que aquel monstruo podía hacerle al niño.

Desesperada, se arrastró hasta la puerta y empezó a golpearla con ambos puños.

49

La mente de Florian trabajaba a pleno rendimiento. Se hacía terribles reproches. A más tardar desde la muerte de Emanuel, debería haber tenido claro que Julia estaba en peligro. Se plantó ante la puerta del piso y la abrió con la ganzúa. Saathoff hablaba por teléfono a sus espaldas; intentaban rastrear el móvil de Julia. Era una tarea difícil, ya que el terminal estaba apagado o fuera de cobertura, pero quizá pudieran extraer alguna pista de la última señal emitida.

—¿Julia? —gritó al entrar en la vivienda.

Nadie respondió. Lo primero que le llamó la atención fue un cajón abierto de la cómoda del pasillo: dentro había una foto rota y vuelta a pegar. Florian entró en el salón y echó un vistazo rápido, mientras Saathoff revisaba la cocina y el baño. Todo parecía normal. No hallaron señales de forcejeo ni en la puerta principal ni en ninguna de las estancias.

Florian comprobó la ventana del salón. Estaba cerrada. Sin embargo, notó algo extraño en la manilla. La abrió y descubrió un fino hilo de alambre que descendía por la parte exterior hasta el alféizar y desaparecía en una pequeña caja instalada justo por encima del suelo.

—¿Qué demonios es esto? —murmuró mientras examinaba el dispositivo—. Parece un mecanismo para abrir la ventana. Diría que puede accionarse a distancia.

Fue rápidamente a la cocina y observó la manilla de aquella ventana, pero parecía normal. Repitió la operación con el resto de las ventanas de la casa. De vuelta en el salón, miró hacia fuera, pensativo. Últimamente, Julia había estado con los nervios de punta. No dejaba de soñar con su hermano pequeño. Florian hizo memoria: ¿no le había contado ella que esa misma ventana aparecía abierta varias veces por la noche, pese a haberla cerrado?

Cavilando, observó el fino cable, instalado discretamente en el marco. Julia vivía en un bajo; no habría supuesto ningún problema manipular la ventana desde el exterior si alguna vez se dejaba abierta o en posición oscilobatiente. Sacó fotos del dispositivo y regresó al dormitorio. Una sospecha sombría se apoderó de él. ¿Y si Julia no se había imaginado nada? ¿Y si de verdad había oído la voz de Michael?

De pronto comprendió que no era propio de ella inventarse cosas. Julia no era una persona psicológicamente inestable; toda su vida se basaba en el análisis de los hechos. ¿Por qué no la había escuchado mejor? En lugar de eso, su primera reacción fue mandarla al psicólogo. «Maldita sea», se recriminó. Tendría que haberla tomado en serio. ¿Qué clase de pareja era?

Los dedos de Florian recorrieron el marco de la puerta y se detuvieron en un pequeño relieve. El corazón se le aceleró: había allí arriba una microcámara blanca, casi invisible, apuntando directamente a la cama. Horrorizado, la arrancó de un tirón.

—¡Martin, tenemos un problema! —gritó con fuerza. Saathoff salió del baño.

—¿Has encontrado algo?

Florian le mostró la cámara. A esas alturas sentía náuseas.

—Están vigilando a Julia. La ventana del salón está manipulada. Creo que la han secuestrado. Tenemos que traer a la Policía Científica de inmediato.

Los ojos de Saathoff se abrieron como platos. Miraba fijamente la cámara entre los dedos de Florian.

—Guárdala. Seguramente siga emitiendo señal. Y no toques nada más.

Florian se metió la cámara en el bolsillo del pantalón. Era lo último que le faltaba. Solo esperaba que el culpable no hubiera recibido un aviso de alerta.

—Tenemos que encontrarla.

Sentía en la garganta un peñasco de bordes afilados. Le arañaba con cada respiración. Florian pensó frenéticamente en qué podía haberle pasado. Vio su portátil sobre el escritorio y lo abrió con prisa. «¿Qué fue lo último que hiciste, Julia? Por favor, dímelo». La voz en su cabeza destilaba desesperación. No quería ni imaginar lo que ella podía estar sufriendo; solo rezaba para que siguiera viva.

En la pantalla estaba abierta una foto del cadáver de Emanuel. Florian navegó por el historial a velocidad de vértigo. Sabía que Julia trabajaba a

menudo desde casa y que tenía acceso remoto a los archivos del Instituto de Medicina Legal. «¿Qué demonios descubriste?».

A simple vista, los informes de autopsia no revelaban nada nuevo; Florian se los conocía de memoria. Cambió de táctica y pidió ver todos los archivos añadidos en los últimos días. Bingo. Julia había hecho fotos que se subían automáticamente por wifi a la nube y, desde allí, al portátil. Revisó rápidamente las imágenes recientes del móvil. Enseguida le saltó a la vista la foto de su hermano Michael. Era la misma que estaba en el cajón de la cómoda de la entrada.

A Florian le hormiguearon las yemas de los dedos. ¿Qué tenía de especial esa foto? Fue hasta la cómoda y examinó con detalle el original reparado. Alguien la había roto y luego la había vuelto a pegar. Julia no le había mencionado nada de eso, pero el hecho de que la hubiera fotografiado con el móvil significaba que la consideraba importante. Florian contempló a Michael, vestido con ropa deportiva en un estadio de fútbol.

Entonces sonó el teléfono.

—Kessler, dígame —respondió, abstraído.

—Soy Manfred Holsten —oyó la voz del jefe de Julia—. Estoy realmente preocupado por ella. Por eso he revisado su escritorio con más detalle. Dejó una nota que probablemente sea de gran importancia. — Tomó aire y Florian aguzó el oído—. «4 víctimas, mismo autor. Marca a las víctimas con tres arañazos paralelos», —leyó Holsten—. No sé con total seguridad a qué víctimas se refiere, pero tras una primera revisión, asumo que habla de Kim Wiesinger, Sergei Bugarow, Herbert Hoffmann y también Emanuel Schreiber. Voy a revisar todos los informes otra vez a fondo y le llamo en cuanto termine.

Holsten colgó. Florian apartó lentamente el teléfono de su oreja.

—¿Qué pasa? —preguntó Saathoff con curiosidad.

—Estamos, efectivamente, ante un asesino en serie. Las cuatro últimas víctimas tienen la misma marca. Julia está en peligro de muerte. Lo descubrió y ahora el asesino quiere quitársela de en medio. —El corazón le latía con una fuerza violenta. Presentía que cada segundo contaba. Su mirada volvió a la foto de Michael en el estadio—. Oye, Martin, ¿sabes dónde es esto? Julia le hizo una foto. Tiene que haber un motivo.

Saathoff frunció el ceño.

—Tiene que ser algún lugar de Colonia, pero no sé exactamente dónde.

Florian tuvo una idea. Abrió un mapa de la ciudad en el portátil e introdujo la dirección de los padres de Julia.

—Seguro que Michael entrenaba cerca de casa —murmuró. Hizo zoom y rastreó los alrededores.

—¡Aquí! —exclamó señalando un estadio de fútbol que quedaba a unos veinte minutos a pie. Entonces vio algo más—. ¿Y esto de aquí? — indicó un edificio de forma angulosa justo al lado del estadio.

—Una piscina pública —respondió Saathoff, mirándolo interrogante.

—Exacto —dijo Florian, casi sin aliento. Todo acababa de encajar en su cabeza—. Y Mario Kimpel trabaja allí de vigilante de piscina.

En ese instante sonó el móvil de Saathoff. Contestó y colgó a los pocos segundos. Tenía el gesto serio, pero en sus ojos brillaba un atisbo de esperanza.

—El móvil de Julia emitió su última señal hoy, sobre las cinco de la mañana, justo delante de ese estadio.

—Voy a movilizar a todas las unidades disponibles. ¡Vamos, rápido! Florian solo tenía un pensamiento en mente: tenían que rescatar a Julia.

50

Arrastró al chico a través de la obra y, en otra estancia, volvió a atarlo. Debería haber imaginado desde el principio que Julia intentaría liberarlo. En realidad, su intención era recrearse en su espanto; quería que sufriera, que reviviera la muerte de su hermano. Por eso había encerrado al niño en la misma habitación. Pero Julia no se dejaba desbordar tan fácilmente por las emociones. La había subestimado. Siempre buscaba una salida; no conocía el significado de la palabra rendición. Su mente era afilada como una cuchilla y parecía funcionar siempre, sin importar la situación en la que se encontrara.

Aquello lo fascinaba. Era la única mujer por la que se había interesado jamás. Naturalmente, no en un sentido sexual; en ese aspecto lo tenía muy claro. Le gustaban los hombres jóvenes. Así los llamaba él. No se consideraba parte del grupo de los pederastas. Él no hacía esas cosas. Su víctima más joven había tenido doce años. Es decir, casi un hombre.

Se sentó junto al chico y se quedó pensativo. Sus recuerdos regresaron exactamente al momento en que todo se había descontrolado.

Había ocurrido hacía más de veinte años. Siempre había sabido que se sentía atraído por los hombres, pero entonces apareció aquel chico de catorce años en la piscina. Rizos oscuros y unos ojos igual de oscuros, centelleantes. Lo observaba saltar con valentía desde el trampolín de tres metros. Parecía no tener miedo a nada. Había muchos chicos mayores que avanzaban con vacilación hasta el borde del trampolín y luego se dejaban caer tiesos como un palo; su tensión no desaparecía hasta que salían de nuevo a la superficie. Con Steffen, en cambio, era distinto. Poseía una gracia que se le había quedado grabada en la memoria. Siempre lo esperaba con ansia. Steffen iba a la piscina una vez por semana y, cada vez, sus fantasías se volvían más intensas.

En algún momento empezó a seguirlo. Anotaba con exactitud a qué hora salía el chico del colegio, quiénes eran sus amigos, adónde iba a jugar por las tardes. Meses después lo arrastró hasta una zona boscosa. En realidad, no había tenido intención de matarlo; ocurrió en un arrebato. Pero desde entonces el asunto no lo soltó. Nadie más podía poseer a aquel chico. Le pertenecía por completo a él. La muerte había sellado su amor, por así decirlo; lo había conservado para la eternidad, porque después de él no habría ningún otro. Ver cómo la vida se apagaba en sus ojos le había provocado el subidón definitivo. Quería sentir a Steffen una última vez. Por eso, la noche después del entierro, se metió en su cama. Nadie se dio cuenta. Casi se queda dormido allí, si no hubiera sido porque el miedo a ser descubierto acabó imponiéndose.

Apenas unos meses después supo que tenía que repetirlo. No tardó en fijarse en otro chico en la piscina. Esta vez lo planificó todo desde el principio. También el final. Después del segundo asesinato, decidió buscar a su siguiente víctima en el estadio de fútbol de al lado; no quería que la policía detectara una posible conexión. Ya en el primer partido al que asistió supo que quería a Michael. Era joven. Quizá un poco demasiado joven. Con doce años todavía era casi un niño, pero Michael no lo parecía. Era excepcionalmente alto para su edad y, además, estaba condenadamente bien formado. Fue amor a primera vista.

Durante semanas no se perdió ni un solo partido. Michael iba a menudo al bosque; le encantaba la naturaleza y jugaba casi todos los días en una casa del árbol. Era el destino. Solo tenía que esperar al chico. Pero entonces todo salió mal.

Michael se defendió con mucha más violencia de la esperada. Aun así, él lo disfrutó. Marcó al chico con su anillo de plata y lo dejó tirado en el bosque. La noche después del entierro hizo lo mismo que las veces anteriores, pero, en vez de encontrar la cama vacía, halló en ella a la hermana de Michael. Aún recordaba con precisión lo fascinado que se quedó por el parecido entre los dos hermanos. Michael era alto; su hermana, en cambio, menuda y pequeña. Aquello casi anulaba visualmente la diferencia de edad entre ambos. Se quedó mirando la cama durante minutos, sopesando si debía llevársela. En ese momento habría dado cualquier cosa por repetir una vez más la experiencia con Michael. Pero entonces ella abrió los ojos y lo miró fijamente. Todo deseo se extinguió al instante. Supo que tenía que irse. La niña se habría defendido al menos

con la misma violencia que su hermano y sus padres, que estaban abajo en el salón, la habrían oído sin duda. Así que se limitó a amenazarla y desapareció. Aun así, se sintió despojado de su último momento con Michael. Quería haberlo sentido una vez más. El chico debía pertenecerle por entero.

Por eso odiaba a Julia. Y, para colmo, como ella le había visto la cara, decidió vigilarla por seguridad. Al principio la observaba con regularidad. Ella se comportaba de forma discreta, así que fue espaciando las vigilancias. Con el tiempo, solo hacía algunas indagaciones de vez en cuando. Al final, dejó de hacerlo por completo. Después de Michael no volvió a tocar a ningún chico. No porque hubiera logrado controlar sus instintos especiales, sino porque tuvo que pasar trece años en prisión. Necesitaba dinero y asaltó una gasolinera. La cajera, una gansa tonta y frenética, cayó con tan mala suerte que se golpeó la cabeza. Cuando salió de la gasolinera, justo llegaba un coche; los hombres lo persiguieron y al final lo redujeron. La mujer murió poco después del asalto a causa de las lesiones. La cárcel fue un infierno, pero sobrevivió pensando una y otra vez en sus tres chicos.

Cuando volvió a estar fuera, tuvo una suerte enorme. Gracias a un programa de reinserción consiguió trabajo de vigilante de piscina en la misma piscina. Estaba espiando a una nueva víctima cuando Kim Wiesinger se cruzó en su camino. Ella registró su piso después de que él se procurara droga. En lugar de heroína encontró el pantalón de chándal de su hermano y, desde entonces, se le enganchó como una lapa. Tenía un sexto sentido. Tuvo que quitársela de en medio; no quería volver a la cárcel. Por desgracia, no contó con que el cadáver de la policía acabaría en la mesa de autopsias de Julia Schwarz. Temió lo peor. En el fondo, desde ese día supo que Julia acabaría siguiendo su rastro. Aquella noche en la que ella había dormido en la cama de Michael seguía carcomiéndolo. Esa noche debería haber sido suya. Así que decidió jugar con ella. Debía sufrir antes de morir. Era lo único que le quedaba.

Suspiró y miró al chico rubio que había aparecido, totalmente fuera de lo previsto, en el vestuario y que ahora temblaba sentado a su lado. En realidad, a él solo le gustaban los morenos. ¿Qué iba a hacer ahora con él? No podía dejarlo marchar. Tal vez debería llevárselo a su cabaña del bosque. ¿Cuánto tiempo hacía que no tenía para sí a un muchacho tan

joven? En el fondo, el color del pelo daba igual. Desató a Elias y lo levantó de un tirón.

—Ven conmigo —dijo, pero se detuvo en seco al oír pasos fuera.

51

Un helicóptero sobrevolaba en círculos muy por encima de sus cabezas. La unidad especial todavía no había llegado, pero ni Florian ni Saathoff estaban dispuestos a esperar ni un segundo más. Se pusieron los chalecos antibalas en silencio. El coche de Julia estaba aparcado frente a la entrada del estadio; verlo le provocó a Florian una punzada en el pecho. Debería haber sospechado en cuanto no consiguió localizarla; ahora ya habían pasado horas valiosísimas. Gracias a Daniel Thiele, ya sabían que un tal Mario Kimpel, el acompañante de Bugarow en la estación, era quien había hackeado el perfil de Benjamin Schortens.

Florian iba delante, con el arma en la mano. El portón estaba abierto de par en par. Saathoff lo seguía. Recorrieron un tramo de césped y miraron a su alrededor. El estadio era relativamente grande; en las gradas de hormigón cabían varios miles de espectadores. Florian buscaba cualquier anomalía, cualquier movimiento o indicio que lo condujera hasta Julia.

—Los vestuarios están por allí —susurró Saathoff, señalando un cartel.

Decidieron empezar por ese punto. Llegaron rápidamente a las escaleras y bajaron. Las dependencias bajo el estadio estaban sumidas en la penumbra. Florian optó por no encender la luz; allí abajo no se oía el helicóptero, lo que aumentaba sus posibilidades de sorprender al agresor.

Florian esperó unos segundos a que sus ojos se adaptaran a las condiciones de luz. Luego siguió avanzando, pegado a la pared izquierda. Se detuvo ante la primera puerta y le hizo una señal a Saathoff. Se colocó junto a la entrada del vestuario y empujó la hoja. Dentro reinaba la oscuridad absoluta, así que Florian no tuvo más remedio que encender la linterna. El haz de luz recorrió, fantasmal, bancos vacíos y taquillas metálicas. Abrió la primera taquilla para calcular el tamaño; por un instante, visualizó a Kim Wiesinger embutida en el maletero de su utilitario. Cerró la taquilla. Allí no cabía ningún adulto, ni siquiera Julia,

por menuda que fuera. De pronto sintió su cercanía. Fue apenas un soplo, una leve vibración en el aire. Florian se dejó guiar por su intuición.

—Aquí no está.

Apagó la linterna y salió del vestuario a toda prisa. Algo lo empujaba a internarse más en el pasillo oscuro. El estadio parecía tener sótanos en toda su superficie. Avanzó a tientas. Si él quisiera esconder a alguien, lo haría en el rincón más apartado, no en los vestuarios de la zona de entrada, donde en cualquier momento podía aparecer un visitante inoportuno. Quizá Julia ya ni siquiera estuviera en el estadio. Florian desechó de inmediato aquel pensamiento aterrador. Tenía que estar allí abajo. Lo sabía.

A esas alturas ya no se veían ni las manos. Aunque habría preferido evitarlo, volvió a encender la linterna. Ante ellos se iluminó un cartel amarillo: Obras. Miró alrededor; a derecha e izquierda se abrían más estancias. Aquel cartel disuadiría a muchos visitantes de entrar en esa zona, por lo que debía de ser el escondite perfecto. Florian siguió adelante con Saathoff pegado a sus talones. El aire se volvía más húmedo y viciado. Sobre el suelo de hormigón rugoso había herramientas esparcidas: Florian vio un martillo neumático, varios cubos y escaleras de mano. Las obras parecían paradas, como si no se hubiera trabajado allí en meses.

Florian se detuvo de nuevo ante la siguiente puerta. Saathoff se apostó al otro lado. Florian la abrió de golpe e irrumpió en la sala. Otro vestuario, idéntico al primero. Volvió a abrir una taquilla y pasó la luz por los bancos desnudos. Nada. Se acercaron a la siguiente puerta de aquel pasillo desolador. El corazón le retumbaba a Florian en el pecho. Otro vestuario más. El haz de su linterna se clavó en una figura negra. Un destello de acero inoxidable centelleó y descendió con violencia. A Florian se le detuvo el corazón. Un grito desgarrador le atravesó hasta los huesos. El cuchillo cayó al suelo con un estrépito metálico.

—¡Julia! —bramó, lanzándose hacia delante.

Un hombre encapuchado pasó corriendo a su lado. Florian captó por el rabillo del ojo la pistola que el agresor empuñaba ahora, pero no lo detuvo; de eso debía ocuparse Saathoff. Su atención estaba puesta por completo en la mujer que yacía en el suelo, en un rincón.

—Julia… —Con las manos temblorosas, le tomó el rostro con ambas manos—. ¿Te ha herido?

Observó horrorizado los cortes enrojecidos y las marcas de estrangulamiento en su cuello. Ella se incorporó con un gemido mientras se presionaba el brazo izquierdo con una mano.

—Es solo superficial. Duele condenadamente, pero no va a matarme

—respondió ella con una sonrisa valiente, mientras las lágrimas le surcaban las mejillas.

Florian la estrechó con fuerza contra su pecho.

—Me alegro tanto de que estés viva… —susurró—. Lo eres todo para

mí.

Las palabras brotaron de sus labios sin pensar. La miró: sus grandes

ojos marrones lo observaban con sorpresa.

—¡Necesitamos un médico! —gritó Florian hacia el pasillo, mientras cortaba con su navaja las ataduras de Julia antes de ayudarla a incorporarse.

Saathoff regresó jadeando.

—Se me ha escapado, pero los refuerzos ya están aquí. No va a salir del edificio. —Miró a Julia con gesto crítico—. ¿Estás bien?

—No es nada grave. Tenemos que encontrar a Elias.

—¿A quién?

—A un niño al que también tiene retenido.

Julia se zafó de Florian e intentó dar unos pasos vacilantes.

—Quieta. Estás herida. No puedes andar por ahí en ese estado —le advirtió Florian, sujetándola.

—¡Suéltame! ¡Es urgente! Ese hombre mató a Michael y también al hermano pequeño de Kim Wiesinger. Va a matar a Elias.

Le lanzó una mirada furiosa y Florian, de pronto, no pudo evitar una mueca. Aquello era típico de Julia Schwarz.

—De acuerdo. ¿Dónde está ese niño? —preguntó. Julia lo miró desesperada.

—Kimpel ha huido hacia la izquierda, más adentro de la zona de obras

—dijo Saathoff, echando a correr—. Lo he perdido ahí delante.

Saathoff corrió hacia un remolque cargado de azulejos y Florian lo adelantó. Había visto otra puerta abierta. Se acercó con el arma desenfundada.

—¡Suelte el arma! —rugió hacia el interior.

Mario Kimpel se había arrancado el pasamontañas. En una mano sostenía la pistola y con la otra sujetaba a un niño atado que, pálido y

asustado, lloraba en silencio.

—¿Por qué iba a hacerlo? —preguntó Kimpel, apoyando el cañón en la sien del pequeño.

En ese momento, Julia llegó corriendo.

—¡No! —gritó, pasando por delante de Florian y encarando al asesino.

—¡Ni un paso más! —bramó Kimpel—. ¿Tienes que volver a entrometerte? Llevas dando problemas desde el primer día.

—Entonces tómeme a mí como rehén, pero deje marchar a Elias —dijo Julia, dando un paso más hacia Kimpel.

El rostro del hombre se había puesto de un rojo alarmante. Florian vio cómo el asesino se dejaba llevar por la cólera. Tenía que intervenir y recuperar el mando de la situación.

—¡No! —gritó Florian, dejando su arma en el suelo de forma ostensible—. ¿Cuáles son sus exigencias?

Kimpel lo miró desconcertado. En ese preciso instante, Julia se abalanzó hacia delante. Sonó un disparo. Todo pareció quedar congelado.

52

Julia tenía los ojos desorbitados. Por su torrente sanguíneo corría tal cantidad de adrenalina que ya no sentía dolor alguno. En su mente solo giraba una idea fija: tenía que salvar a aquel niño. Era como si el destino le concediera una segunda oportunidad. Había perdido a su hermano, pero no iba a permitir que a Elias le ocurriera lo mismo.

Julia había estado tan cerca del agresor que alcanzó a ver la pequeña pestaña del seguro de la pistola. Conocía bien las armas: de niña, su tío la llevaba a menudo al campo de tiro. Aprovechó el instante preciso en que Florian depositó su arma reglamentaria en el suelo para golpear la mano del asesino de su hermano y desarmarlo. Julia sabía que él no tendría tiempo de quitar el seguro. Era una maniobra infalible, siempre que golpeara con la fuerza suficiente. Y eso fue exactamente lo que hizo. Descargó toda la fuerza de su desesperación, su dolor y su rabia en un golpe tan brutal que el criminal no solo soltó el arma, sino que se tambaleó. Del muslo le brotó un surtidor de sangre: Martin Saathoff también había aprovechado la oportunidad y había disparado. Con el rostro desencajado por el dolor, Kimpel se desplomó. Elias se apartó de un salto, gritando.

Julia se abalanzó sobre Mario Kimpel.

—No volverás a hacer daño a nadie —siseó, mientras presionaba con ambas manos la herida del hombre.

—¿Por qué me salvas entonces? —logró balbucear Kimpel.

—Porque sigo siendo médica —respondió ella, apretando tan fuerte que él soltó un gemido.

—Debería haberte matado enseguida entonces, en la cama de tu hermano. Supe desde el primer instante que siempre darías problemas. Por eso te vigilé durante todos estos años. ¿Sabes que destruiste mi ritual? Yo amaba a Michael. Y esa noche en su cama me correspondía a mí, no a ti.

Con cada uno de mis chicos, pasé la noche después del entierro en sus camas.

Un atisbo de sonrisa diabólica asomó a sus labios. Julia lo entendió todo. Formaba parte de su ritual homicida. No es inusual que un criminal regrese a la escena del crimen o visite el lugar donde vivía su víctima. Incluso resultaba una maniobra astuta esperar hasta después del funeral: para entonces, la inspección forense ya ha concluido, el cadáver ha sido entregado y la vigilancia policial, por lo general, se ha retirado. Además, nadie espera que un asesino aguarde tanto tiempo; normalmente, el instinto es más fuerte y la visita se produce apenas unas horas después del crimen. Pero Kimpel era astuto; de lo contrario, no habría permanecido impune durante tantos años.

—Si de verdad amaba a Michael, ¿por qué tuvo que matarlo? — preguntó Julia con gravedad. Necesitaba saberlo para poder, por fin, cerrar ese capítulo de su vida.

Pero Kimpel guardó silencio.

De pronto, los presentes se pusieron en movimiento. Florian se acercó. Saathoff se colocó a unos metros, manteniendo el arma apuntada a Kimpel. El niño se ocultó tras su espalda. Retumbaron botas pesadas. Se oyeron órdenes a gritos. Varios agentes de la unidad de intervención, con uniformes tácticos negros, irrumpieron en la sala con las metralletas en posición.

—¡Sala cinco asegurada! ¡Sospechoso bajo custodia! —bramó el primero, levantándose la visera del casco.

El agente que venía detrás se acercó y apuntó su arma hacia Kimpel.

—¡Necesitamos un médico! —gritó el primer hombre—. Hay dos heridos, uno por arma de fuego. —Examinó el brazo de Julia—. No parece un corte profundo, pero sangra en abundancia. Deje que la atiendan. — Luego, mirando a Kimpel, añadió—: Yo sigo aquí.

Se agachó junto a él y le comprimió con las manos la herida del muslo. Julia se puso en pie, tambaleándose. Florian se quitó el cinturón, se lo ajustó en la parte superior del brazo y lo apretó. Poco después llegaron los sanitarios y un médico de urgencias. Subieron a Kimpel a una camilla. Antes de que se lo llevaran, él sujetó el brazo de Julia y levantó un poco la cabeza.

—Quería que tu hermano fuera mío para siempre… por eso lo maté — susurró con voz ronca. Luego puso los ojos en blanco y se desplomó de

nuevo.

—¡Rápido! Ha perdido mucha sangre. ¡Nos vamos! —ordenó el médico de urgencias, mientras los sanitarios sacaban la camilla a toda prisa.

Julia vio cómo se llevaban a Kimpel. Entonces se fijó en Elias, que seguía escondido detrás de la ancha espalda de Saathoff.

—Elias, ¿cómo te encuentras? —preguntó, acercándose al niño.

—Bien —respondió el pequeño, refugiándose en los brazos de Julia. Rompió a llorar y ella sintió las lágrimas calientes empapándole el hombro.

—Ya ha pasado todo. No volverá a hacerte daño —susurró ella, dejando que sus propias lágrimas fluyeran por fin.

Cerró los ojos y vio a Michael frente a ella. Su hermano ya no lloraba; sonreía. «Gracias», articularon sus labios sin emitir sonido. Él levantó la mano y le dijo adiós. Una luz blanca cegadora se abrió tras su figura; Michael flotó hacia la luz y desapareció. Julia sintió que una inmensa sensación de alivio la invadía. Por fin, la culpa se desprendía de su alma. No habría podido salvar a Michael, aunque aquel día hubiera vuelto con él a casa desde el colegio. Kimpel le habría dado caza tarde o temprano.

—Lo siento tanto… —susurró Julia, estrechando a Elias con todas sus fuerzas.

EPÍLOGO

—¿Le apetece un poco más de café? —preguntó Hannelore con formalidad. Una sonrisa amable asomaba a su rostro; se esforzaba por que todo saliera perfecto.

—Con mucho gusto —respondió Florian, alzando su taza.

—Le estamos verdaderamente agradecidos por haber salvado a nuestra hija —declaró Ulrich Schwarz con su profunda voz de bajo.

—Faltaría más —sonrió Florian, dedicándole a Julia una mirada prolongada.

Estaban sentados a la mesa del comedor. En el centro, un pastel redondo de chocolate desprendía un aroma delicioso. Hannelore se había esmerado al máximo e incluso había sacado la cara vajilla de gala, de porcelana con los bordes dorados. El sitio de Michael, como de costumbre, permanecía vacío; pero, para sorpresa de Julia, el paquete ya no estaba allí. No sabía por qué Hannelore habría retirado el regalo de cumpleaños de Michael. ¿Quizá por la presencia de Florian? ¿O acaso había superado su duelo lo suficiente como para comprender que no servía de nada fingir que Michael cruzaría la puerta en cualquier momento?

Absorta en sus pensamientos, Julia hurgaba en el pastel con el tenedor. Mario Kimpel ya estaba a buen recaudo tras las rejas. En su domicilio, la Policía Judicial había encontrado —además del cuaderno de notas de Kim Wiesinger— varios diarios en los que documentaba meticulosamente sus crímenes. Kimpel había empezado, hacía veinte años, a abusar de chicos de entre doce y dieciocho años y a asesinarlos. En total, cargaba con la muerte de tres menores; Michael había sido su tercera víctima. Kim Wiesinger descubrió su secreto y por eso tuvo que morir. Kimpel la atrajo a su cabaña de caza y acabó con ella.

Sergei Bugarow era el proveedor de droga de Kimpel. Normalmente, las transacciones se cerraban en un rincón oscuro y sin cámaras tras el

vestíbulo de la estación, al final de las vías. Kimpel redujo al desprevenido Bugarow y lo sedó con estupefacientes. Después lo colocó sobre los raíles, como si fuera un toxicómano con tendencias suicidas, y dejó pruebas suficientes para hacerlo pasar por el asesino de Kim Wiesinger. Sabía que, de lo contrario, la policía no habría descansado hasta meter al verdadero culpable entre rejas.

Herbert Hoffmann se cruzó en el camino de Kimpel por casualidad y fue eliminado por ser un testigo molesto. Durante los interrogatorios, Kimpel aseguró repetidamente que había castrado a Hoffmann post mortem por Julia, para vengarla. Fue a través de Hoffmann como descubrió la web SEXtreme. Kimpel quería borrar su rastro y desviar a los investigadores hacia una pista falsa, así que buscó dentro de los chats a un cabeza de turco. Su elección recayó en Benjamin Schortens, alias «Flor Blanca», físicamente muy parecido a él, y hackeó su perfil. De vez en cuando publicaba comentarios bajo los vídeos en nombre de Schortens. Con eso creía tener el asunto resuelto, hasta que de repente Emanuel Schreiber contactó con él para concertar una cita. Emanuel debía de haber descubierto algo, así que Kimpel le tendió una trampa. Al final, no pudo resistir la tentación de abusar de aquel hombre menudo que aparentaba mucha menos edad. Los análisis posteriores del portátil de Emanuel confirmaron que se había registrado en SEXtreme por primera vez el día después de la muerte de Hoffmann. Tras detectar la misma marca en cuatro víctimas, decidió investigar por su cuenta. Conocía la dirección web por las pesquisas policiales, encontró la frase «Nadie la toca» bajo varios vídeos, comprendió el vínculo con el mensaje en el vientre de Hoffmann y contactó con el autor, «Flor Blanca». De este modo, las indagaciones de Emanuel lo pusieron directamente en el punto de mira de Kimpel.

Florian le había enseñado a Julia a posteriori una grabación del

interrogatorio de Kimpel. El asesino la había tenido vigilada durante todos aquellos años. Si ella simplemente lo hubiera olvidado, él nunca se le habría acercado. Pero, a más tardar desde el momento en que Kimpel averiguó que Julia realizaría la autopsia de Kim Wiesinger, empezó a vigilarla a ella y a su ayudante de forma intensiva. Instaló en el piso de Julia un mecanismo de apertura remota para la ventana, además de varias cámaras y altavoces. También manipuló su coche para poder controlar por radio tanto el cierre centralizado como la radio. Kimpel había grabado la voz  de  Michael  años  atrás,  antes  de  asesinarlo.  Adquirió  sus

conocimientos técnicos en prisión: su compañero de celda traficaba con equipos de espionaje y, además, le enseñó a entrar en viviendas sin dejar rastro. Para Kimpel, todo aquello era una especie de venganza tardía. Intuía que también Julia acabaría descubriéndolo. En realidad, esperaba que ocurriera mucho antes, porque efectivamente todas sus víctimas estaban marcadas por el anillo de plata de su mano: tres arañazos inconfundibles. Michael también. Lo que Kimpel no sabía era que, en cada caso, los numerosos hematomas habían cubierto los arañazos, haciéndolos invisibles. En las otras víctimas, el patrón tampoco se detectó durante las autopsias debido a la cantidad de lesiones.

—¿Os apetece salir un poco a que os dé el aire? Mientras tanto, vuestra madre y yo recogeremos la mesa —propuso de pronto el padre de Julia, sacándola de sus reflexiones.

Julia miró el reloj.

—Me temo que ya tenemos que irnos. Ulrich Schwarz asintió.

—Entonces, mejor os acompaño a la puerta.

Julia se despidió de su madre y se agarró del brazo de su padre.

—¿Dónde está el regalo? —susurró con curiosidad en cuanto estuvieron fuera del alcance del oído de Hannelore.

Su padre esbozó una sonrisa pícara.

—Desde que sabe que el asesino de Michael está en la cárcel y que no volverá a salir, curiosamente se siente mucho mejor. Es casi como si por fin hubiera podido pasar página. —Ulrich besó a Julia en la mejilla—. Pero ni se te ocurra pensar que lo ha tirado. Ahora está en la habitación de Michael.

—Son buenas noticias. —Julia se alegró—. Nos vemos el fin de semana.

Hizo amago de irse, pero su padre la retuvo un instante.

—Me parece que ese es el hombre indicado para ti —le susurró al oído, señalando con discreción a Florian, que ya esperaba junto al coche.

—¿Qué te hace pensar eso? —sonrió ella.

—Lo veo en tu mirada. Anda, vete ya y no lo hagas esperar.

Ulrich Schwarz se despidió de Julia con la mano y se quedó en el umbral hasta que ella subió al coche.

—Tus padres son muy agradables —dijo Florian mientras aceleraba.

Condujo hacia la carretera principal y, al llegar al primer semáforo en rojo, la miró fijamente.

—¿Estás bien? Antes parecías estar en otro mundo por momentos. — Sus ojos azul intenso reflejaban preocupación.

—Sí. Es que no dejo de pensar en Kimpel. Podría haberme matado aquel mismo día, ¿verdad?

Florian negó con la cabeza.

—Creo que se quedó tan sorprendido al encontrarse a alguien en la cama de Michael que simplemente huyó. Luego te lo hizo pagar a su manera, cuando decidió que acabaría contigo.

—Pero no lo hizo.

—No. Quería tomarse su tiempo, igual que con Kim Wiesinger. Pero lo tenía todo planeado, a más tardar desde que le hiciste la autopsia a Kim. Estaba convencido de que verías los arañazos. Y al final los viste.

—¿Por qué jugó conmigo?

—Porque interrumpiste su ritual. No pudo acostarse en la cama de tu hermano la noche después del entierro, y nunca te lo perdonó. He visto las grabaciones: cómo te sobresaltabas por las noches al oír la voz de Michael. Disfrutaba viéndote sufrir. Plasmó sus pensamientos en un diario. — Florian posó la mano sobre el brazo de Julia—. Siento mucho no haberte creído y haber querido mandarte al psicólogo. Debería conocerte mejor.

—Yo misma dudé de mi cordura. Al final incluso ignoré las señales. A más tardar desde lo del coche de Michael, me he estado atiborrando de somníferos todas las noches. —Julia apoyó la cabeza en el hombro de Florian y susurró—: Intuía que Hannelore no se había olvidado el coche de juguete.

—Es verdad. Quería volverte loca. Por eso también dejó la foto de Michael sobre la cómoda del recibidor. Pero al final no lo consiguió. Estaba furioso contigo porque le habías estropeado el plan.

El semáforo se puso en verde y Florian volvió a poner las manos en el volante. Julia suspiró. Aún tardaría un tiempo en procesarlo todo.

—Aun así, me siento mucho mejor ahora que por fin han atrapado al asesino de Michael.

—Recibirá su castigo. Kimpel pasará el resto de su vida en prisión.

Julia asintió. De pronto, se le cruzó por la cabeza algo completamente distinto.

—¿Lo decías de verdad?

—¿El qué? —preguntó Florian, mirándola interrogante.

Desvió el coche hacia un aparcamiento y se detuvo. Estaban completamente solos, rodeados de árboles altos. Las hojas de colores cubrían el asfalto. Julia percibía el aire de otoño pese a las ventanillas cerradas; se colaba por el sistema de ventilación. Aquel aroma maravilloso la hizo olvidar por completo dónde estaban.

—Dijiste que lo soy todo para ti —respondió ella, clavando los ojos en los de Florian.

Sintió un cosquilleo que le recorrió el vientre al ver la respuesta brillando en sus pupilas.

—Lo eres todo para mí —susurró Florian mientras se inclinaba hacia ella.

Cuando sus labios cálidos se posaron sobre los suyos, el mundo dejó de girar. Julia sintió algo que no había experimentado en quince años: una despreocupación absoluta.

F I N




CATHERINE SHEPHERD es una referencia internacional del thriller, con más de cuatro millones de ejemplares vendidos. Sus novelas, habituales en las listas de éxitos, atrapan al lector con un suspense implacable.

Especialista en novela negra de máxima tensión y protagonistas femeninas fuertes, destaca su serie de Julia Schwarz, la «Dama de Hielo»: una forense brillante que mantiene una sangre fría imperturbable en la sala de autopsias, pero que no se detiene ante nada para descifrar los secretos de los muertos.

También es autora de la serie de Laura Kern, una investigadora de crímenes especialmente brutales, y de una singular saga de intriga histórica que entrelaza misterios medievales con la actualidad.



FIN

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