Libro N° 15463. Los Padres Pródigos. Lewis, Sinclair.
© Libro N° 15463. Los Padres Pródigos. Lewis, Sinclair. Emancipación. Agosto 15 de 2026
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LOS PADRES
PRÓDIGOS
Sinclair Lewis
Esta novela es una inversión de la parábola del hijo pródigo.
Título original: The Prodigal Parents Sinclair Lewis, 1938
Editor digital: Titivillus ePub base r2.1
I
SOBRE la carretera desierta, a través de la noche y de campos silenciosos, deslizábase un automóvil, ocupado por tres jóvenes que se apretujaban en el mismo asiento. Acababan de asistir a una gran reunión de huelguistas celebrada en el centro industrial de Cathay. El recuerdo de los violentos discursos que habían escuchado, llenábales de exuberante humor y la marcha excesivamente rápida del coche no les inquietaba en lo más mínimo. En las curvas, cuando el automóvil estaba a punto de salirse a la cuneta y las ruedas rechinaban resbalando en la grava del margen, Howard Cornplaw, que llevaba el volante, se limitaba a exclamar con voz agria:
—¡Eh! ¡Despacio…!
Pero no reducía velocidad.
No estaban borrachos; en toda la noche no habían bebido más que algunas botellas de cerveza. Sin embargo, la exaltación que les dominaba era extraordinaria. El acento y las palabras de los cabecillas les habían excitado y la imagen de aquellos hombres de larga nuca y ojos brillantes que denunciaban con vehemencia la tiranía de los patronos y la ejercida por periódicos, burgueses y demás opresores, espoleaba sus espíritus.
Howard Cornplaw y su vecino Guy Staybridge eran juniors (estudiantes de tercer curso) en la Universidad de Truxon, y como según su criterio, eran también víctimas incomprendidas de sus «patronos», es decir, de sus padres y profesores, manifestaron su intención de permanecer en Cathay, unirse a los huelguistas, desfilar con picos y palas desafiándolo todo y exponerse, tal vez, a una muerte gloriosa durante algún encuentro con la policía. Pero el club de estudiantes de Truxon celebraba al día siguiente un baile de la mayor trascendencia y ambos jóvenes no podían dispensarse de tomar parte en la fiesta.
Para substituir la corona del martirio que se les negaba, entonaban un canto triunfal y gritaban desaforadamente que «los trabajadores eran gigantes invencibles que pronto arrollarían a todos sus enemigos».
Su compañero no se unía a ellos en este sentido. Era un agitador extremista que tuvo ocasión de cantar a su gusto el mes precedente en la prisión de Cathay. Llamábase Eugenio Silga, era delgado y nervioso y tenía la piel cetrina.
Cuando los cantores hicieron una jadeante pausa para tomar aliento, Silga intervino con la soltura propia de un orador profesional.
—Al parecer, creéis que la derrota de los capitalistas explotadores será un simple juego… No olvidéis, puercos hijos de burgueses, que formáis parte de tal clase social… No, muchachos. No bastará cantar para que Wall Street se incline ante el proletariado y corra a ocultarse en un hoyo.
—¡Hurra!… ¡Wall Street en un hoyo!… ¡Cavemos el hoyo!… —gritó Howard.
Cornplaw era alto y fuerte. Sus ojos azules como el mar Báltico en verano y su pelo rubio de cobrizos reflejos, dábanle apariencia de dios nórdico; pero su cara, a pesar de ser tan bella como las ilustraciones que adornan la primera página de las revistas, estaba totalmente desprovista de inteligencia y expresión.
Empleaba el tiempo en jugar al fútbol y al golf, así como en discurrir razones y argumentos para explicar su completo mutismo a las preguntas sobre la Epistemología del Menón de Platón; sin embargo, nadaba a la braza admirablemente, lo cual, tal vez, era más que suficiente. Además, Howard estaba pletórico de juventud y de vida, y gustaba apasionadamente de la discusión.
Apretando el acelerador y separando de vez en cuando los ojos de la carretera para mirar a Silga, que estaba sentado cerca de la portezuela derecha y en penumbra, gritó:
—¡Escucha, Genio! ¿No crees que si nosotros, los jóvenes cultos, influyéramos en nuestros padres, acabarían por abandonar su estúpida hostilidad al proyecto de expropiación?
—No me parece muy probable…
—Sin embargo, considera como ejemplo a mi padre, el viejo Fred. Cuando discuto con él, pronto se queda sin argumentos y sale de la habitación dando un portazo porque no sabe qué contestarme.
Y Howard refirió cómo Fred Cornplaw, representante de una importante marca de automóviles en Sachem Falls (Estado de Nueva York) y que, en conjunto, era un hombre aceptable, hallábase periódicamente aplastado por la elocuencia de su hijo.
Para ilustrar sus palabras, Howard presentó ejemplos de la irrefutable argumentación que esgrimía ante su padre y, al calor de su animación, olvidó que llevaba el volante de un automóvil lanzado a más de cien kilómetros por hora.
A Guy Staybridge le alarmó este olvido. Era un muchacho delgado e irritable, cuya larga nariz servía de caballete a unas gafas.
—Presta un poco de atención al coche, joven Cornplaw, ¿quieres? — protestó.
—No te preocupes, amigo —replicó alegremente el dios nórdico—. Sé lo que me hago.
Howard expuso con calor su teoría sobre la manera de convertir al comunismo a comerciantes ricos y testarudos como Fred Cornplaw, en particular, y la clase media norteamericana en general. Bastaba que miembros de la «Acción Juvenil», tan conspicuos como Howard, Eugenio y Guy, les hicieran amonestaciones amistosas y les explicasen cómo funciona realmente el sistema económico actual.
Llegaban a una curva muy cerrada. Howard la siguió fácilmente, manteniendo el coche a la derecha. Pero, en aquel lugar, la carretera zigzagueaba y cuando el conductor volvió la cabeza hacia sus amigos, con el pie apoyado aún en el acelerador, el automóvil, en una milésima de segundo y a una velocidad que no tenía la menor relación con las cifras señaladas por el velocímetro, franqueó la cuneta, cayó en un campo, dio una vuelta de campana y se estrelló contra un árbol en el que se rompieron el parachoques, el capot y un faro.
Luego, se hizo el silencio, un silencio absoluto; y como los faros no funcionaban, la obscuridad lo envolvió todo. Silencio y obscuridad parecían irreales; hubiérase dicho que el coche y sus ocupantes no habían existido más que en la imaginación.
«Han muerto», pensó Silga estremeciéndose y dándose cuenta lentamente de que él, por lo menos, vivía.
Había sido proyectado fuera del automóvil por el violento choque y estaba de rodillas con las manos apoyadas en la tierra húmeda y fría. Un líquido tibio, que debía de ser sangre, deslizábase por su mejilla; sentía un violento dolor en el hombro derecho y las mangas de su traje estaban hechas jirones. Pero Silga era un hombre endurecido: había participado en revueltas callejeras y cambiado con la policía garrotazos y piedras;
también conocía las matracas de los guardias de fábricas. Gracias a eso no perdió la cabeza y pudo pensar:
«La violencia del choque ha debido destrozar la portezuela y tirarme al suelo».
Se incorporó lentamente, percibiendo con mayor intensidad el helado contacto de la tierra que el dolor de sus heridas. Al dar un paso en dirección al punto en que creía hallar los restos de sus amigos, oyó una respiración ronca. Acercóse, a tientas, y comprobó que Howard y Guy se hallaban en el interior del coche y vivos, aunque desvanecidos.
Silga prendió un encendedor de oro, demasiado bonito y caro para un militante de su cuerda (la esposa de un fabricante de cemento se lo regaló cuando Eugenio intentaba provocar una huelga en la fábrica de su marido), y a su débil luz vio que ambos juniors tenían anchas heridas en la frente.
«Deben haber chocado contra el parabrisas», pensó Silga fijando el encendedor en la carrocería.
Sacó a Howard del coche y le tendió en el suelo; luego, sacó su abrigo y lo puso plegado bajo la cabeza del dios nórdico. A continuación tendió a Guy sobre el asiento y preparó vendas con su pañuelo y con los que halló en los bolsillos de sus amigos.
Hecho esto, se dirigió maldiciendo —pues le dolía extraordinariamente el hombro— hacia la carretera. A cierta distancia percibió una débil claridad. Sujetándose fuertemente el hombro herido con la mano izquierda, encaminóse con paso vacilante hacia la luz.
Iba tarareando la Internacional, pero interrumpíase con frecuencia para suspirar y gemir.
La claridad provenía de una granja, cuya masa imponente adivinábase en la sombra. Cuando Silga estuvo cerca del edificio, furiosos ladridos le saludaron y oyó que un perro salía corriendo a su encuentro.
Algunos años antes, Eugenio había ejercido durante varios meses el penoso oficio de vagabundo, aprendiendo a conjurar el peligro derivado de la aparición de la policía y de sus aliados los perros.
Con el pie, buscó una piedra y, al hallarla, se inclinó estremeciéndose de dolor para cogerla. Luego, hizo frente a su enemigo y gritó con la misma voz que una vieja señorita emplearía para dirigirse a su pequinés:
—¡Ah! ¡perrito, perrito malo!… ¡Cómo me avergüenzas! ¿No conoces a tu viejo amigo Genio?
El perro, desconcertado, dejó de ladrar. Gruñendo y dispuesto aún a morder, se acercó a Silga y le olfateó atentamente acompañándole así hasta la puerta de la granja, donde esperaba un hombre.
—Un accidente de automóvil —bulbuceó Silga—. ¿Hay teléfono en su casa?
—Sí; entre. Ya me pareció que pasaba algo; he oído un gran estruendo.
Eugenio telefoneó a Truxon, pidiendo una ambulancia y un médico. Al terminar la conferencia, el granjero le dijo desde su habitación:
—Salgo con usted. Espere un instante; el tiempo justo de ponerme un traje.
—Bien; gracias. Yo iré delante.
—¿Quiere una linterna?
Esta pregunta hizo que una idea inesperada cruzara el cerebro de Silga y respondiera con voz extraña:
—Cla… claro, claro que sí; gracias.
Al salir de la granja iba demasiado absorto en sus pensamientos para preocuparse del perro, que seguía gruñendo. Distraídamente le acarició el lomo, mientras el animal, tranquilizado por fin, movía dulcemente la cola.
Una vez llegado a la carretera, Eugenio procuró, encolerizado, convencerse a sí mismo de la honestidad de sus propósitos:
«¿Por qué no? ¿Por qué no he de hacerlo? Los lechuguinos como Howard te ofrecen comidas con cerveza y highballs (combinados) cuando consiguen sacarle algún billete a su padre, el negrero. Así creen haber cumplido: se han mostrado generosos y llanos; eso les basta. Pero que un militante no tenga un centavo para pagar el desayuno, se vea obligado a vivir en un hotel piojoso y carezca de dinero para ir a la ciudad vecina, les importa un comino. En todo eso se zullan. Pues bien: es preciso enseñarles a pensar y a pagar… No quiero nada para mí, sino para la revolución…
¿Robo?… ¡Eso no es más que una palabra! Un recuerdo de los prejuicios burgueses… ¿Es que el mismo Stalin (y al pronunciar su nombre se cuadró mentalmente)… es que el mismo Stalin no asaltó Bancos en su juventud para procurar dinero a la Causa?… Sí; y bien puede decirse que yo haré algo parecido…».
Cuando llegó junto al coche accidentado, Silga derramó el haz luminoso de la linterna sobre los juniors. Ambos estaban aún desvanecidos. El militante se inclinó sobre ellos y con mano tan ligera como la de un miniaturista… o la de un pick-pocket, empezó a cachearles.
Del chaleco de Howard sacó un billetero que contenía seis billetes de un dólar, un billete de cinco dólares y tres de diez dólares. Cogió el dinero y después de plegar cuidadosamente los papeles, los ocultó en el zapato. Luego, con las mismas precauciones que en la operación inversa, colocó la cartera en el bolsillo del que —según los abolidos principios burgueses—era su legítimo y único propietario.
A continuación, observó los vendajes, aseguró alguna vuelta floja y sentóse en el estribo del coche esperando al granjero y a la ambulancia. Había olvidado ya el afortunado aumento de su «botín de guerra» y empezó a discurrir el artículo que escribiría sobre la insuficiencia de los cursos de Economía desarrollados en las universidades, cuando lograra fundar un periódico comunista.
El granjero llegó enseguida. El hombre manifestó el placer que experimentaba al ver que había ocurrido un verdadero accidente de automóvil tan cerca de su casa; dio pruebas del interés necesario, examinándolo todo minuciosamente y se fue tras haber recuperado la linterna y, contra lo que podía esperarse, limitar sus preguntas a los siguientes extremos:
— 1.º, nombres y apellidos de los tres jóvenes; 2.º, fecha y lugar de nacimiento; 3.º, profesión; 4.º, profesión de sus padres; 5.º, opinión que les merecía el presidente Franklin Roosevelt; 6.º, de dónde provenía el automóvil; 7.º, hacia dónde se dirigía; 8.º, el motivo de su vertiginosa velocidad, dado que él (el granjero), no pasaba nunca de los cincuenta kilómetros por hora —desde luego, reconoció no poseer un coche como aquel Triumph-Special, pero afirmó que este modelo era únicamente para lechuguinos—; 9.º, velocidad máxima que a criterio de Silga podía alcanzar un Triumph-Special.
Cuando el granjero se alejó, provisto de temas de conversación suficientes para llenar varias veladas, Eugenio, tras el alud de preguntas que acababa de caer sobre él, gustó las delicias del silencio que antes le pareciera tan pesado.
La ambulancia no se hizo esperar y el interno declaró que Howard y Staybridge no tenían ninguna herida mortal. El primero sufría la fractura de varias costillas —debida seguramente a un golpe contra el volante— y una herida superficial en la frente. Staybridge se había roto un brazo y recibido algunas contusiones de poca importancia al parecer. Silga tenía un omoplato fracturado.
En la ambulancia, el interno, que iba sentado entre Silga y el chofer, empezó:
—Vosotros, asiduos visitantes de la Universidad…
—Despacio —interrumpió Eugenio con calma—; yo no estoy en ese caso. Me despidieron de la Universidad de Nueva York por insubordinación, es decir, por llamar «vieja nuez» a un profesor y por haber vapuleado a un joven soldado que intentaba impedir una manifestación pacifista…
—Poco importa —siguió el interno—. Vosotros, jóvenes sin seso, siempre suponéis que sois más fuertes que cuatro mil libras de acero y gasolina. El que conduce a más de sesenta está loco…
Mientras el interno pronunciaba estas palabras, la aguja del velocímetro osciló dulcemente y se detuvo en el número ochenta.
Volviéndose hacia el chofer, el interno añadió irritado:
—Anda, amigo… apoya un poco el pie en la seta, ¿quieres? Esta carreta no anda y me está esperando la partida de poker. Vas a decir que debía irme a la cama… pero ¿qué quieres que haga teniendo un ful? El doctor Brady debe de tener cuatro reyes… Él se queda allí esperando el momento favorable… ¿Pero qué le pasa a este viejo chisme?… ¡Palabra que me hace el efecto de viajar en apisonadora!
II
LA casa de Frederic William Cornplaw, agente general en el distrito de Sachem Falls de la firma Automóviles Triumph y Houndtoolh, estaba situada en la esquina del paseo de Fenimore Cooper y la calle Tuck. El padre de Howard era grueso y de corta estatura.
Aquella mañana —como todas las demás— estaba acabando de tomar
el desayuno, compuesto invariablemente de copos de maíz, tocino y huevos pasados por agua, y esperaba a su esposa, la cual, siguiendo su arraigada costumbre, bajaría con retraso al comedor rojo escarlata y amarillo serrín, y se excusaría con una sonrisa amable y adormilada.
De pronto, sonó el timbre del teléfono. Hablaba la clínica de la Universidad de Truxon:
—Su hijo ha resultado levemente herido en un accidente de automóvil…
—¡Voy enseguida…!
A pesar de la emoción que le produjo la noticia, Fred dominó sus nervios. No dijo nada a su esposa ni a su hija y se limitó a escribir en un trozo de papel: «Me veo obligado a salir más pronto, para ver a un cliente. Fred».
Truxon se halla a ciento diez kilómetros de Sachem Falls y aunque muchos camiones entorpecían la circulación, Fred cubrió la distancia mencionada en dos horas, acortando la marcha al atravesar los pueblos y corriendo cuanto le era posible en la carretera. Fred era un conductor experimentado y muy prudente; empuñando el volante no se preguntaba si los «trabajadores» eran «gigantes» o no. Por otra parte, no pensaba en los
«trabajadores»: contentábase con asegurarles trabajo. Esta vez le preocupaba otra pregunta: ¿Cómo encontraría a Howard? Le habían dicho que estaba ligeramente herido.
«Es lógico; ese imprudente habrá llevado el volante como un orate.
Siempre confía en que puedo darle otro coche».
¿Le habrían ocultado la verdad? ¿Estaría agonizando su hijo? Ante la posibilidad de un desenlace trágico, la cólera de Fred desvanecióse. El dios nórdico de pelo cobrizo y simpática sonrisa no podía ser un loco; todo lo contrario: un héroe, un as del volante que inmortalizaría el apellido Cornplaw.
«¡Pobre pequeño! El accidente debió provocarlo una imperdonable negligencia del mecánico o un defecto de construcción o una avería en los frenos… tal vez falló la dirección».
La clínica William Jackson Belch alzábase exactamente detrás del pabellón blanco, decorado con una admirable columnata, que ocupaba el rector de la Universidad. Fred saltó del automóvil y subió corriendo la escalera.
—Soy Cornplaw —dijo a la joven que le recibió en el vestíbulo—. Me han dicho que mi hijo ha sufrido un accidente.
—En efecto. Afortunadamente, nada grave. El doctor no está, pero creo que puede usted subir. El señor Cornplaw está en la sala E, con otros estudiantes.
Ascendiendo los escalones recubiertos de brillante linóleum, Fred comprobó lo mal que sonaban en su oído las palabras «señor Cornplaw» aplicadas a Howard. Él, Frederic William, era el «señor Cornplaw» —¡qué caramba!— y Howard, «Howard» a secas.
Se detuvo en la puerta de la sala E. Seis jóvenes, cómodamente instalados unos en butacas y otros en el borde de la cama, discutían acaloradamente. Estaban pálidos, cubiertos de vendajes y, según criterio de Fred, locos de atar, pues manifestaban, sin escucharse unos a otros, su opinión sobre Rusia, Manchuria, el Presidente Roosevelt, la química biológica y el jamón con alcachofas que les servían en el refectorio.
Intimidado por la presencia de aquellos hijos de millonarios, y enfurecido consigo mismo por haberse emocionado durante el trayecto, Fred avanzó entre las dos hileras de camas. Howard estaba tendido en una de ellas y al ver a su padre gritó con voz estentórea:
—¡Buenos días, papá! Has sido muy amable viniendo a verme. Lo mío va bien. Dos o tres costillas rotas, pero eso no duele mucho. Sólo me molesta el ancho vendaje que el médico se ha empeñado en ponerme; me oprime como si fuera un estuche. Tú no puedes imaginarte lo que pica. Me hace el efecto de que tengo sobre la piel un ejército en maniobras: con seis
regimientos de pulgas y varios escuadrones de piojos a caballo. No puedo rascarme. Yo…
—¿Cómo ha sucedido? —interrumpió Fred.
Estaba Frederic William Cornplaw sentado junto a la cama, y aunque gustaba de reír, bromear y gesticular, en aquella ocasión adoptaba un aire solemne. Dábase cuenta de que diez pares de ojos examinaban el fenómeno curioso, el espectáculo interesantísimo ofrecido por un padre que visita a su hijo.
—¿Cómo ha sucedido? —repitió Howard—. ¡Fatalidad, papá! Nada podía hacerse para evitarlo. No había bebido ni una sola gota de alcohol. Iba tranquilamente, fijándome bien, con toda atención, en la carretera, cuando la bañera saltó por encima de la cuneta y se estrelló contra un árbol… Compréndelo… era una curva en zigzag.
—¿Cuánto hacías?
—¿Que cuánto hacía?… Quieres decir que cuántos kilómetros por hora…
—Exactamente…
—No lo sé… Sesenta o setenta…
—¿Estás seguro de que no eran noventa y cinco o cien?
—Puedes suponer que no miraba el velocímetro. El coche corría normalmente… Bien; ya te dije que era una curva en zigzag. Es una vergüenza, papá… un verdadero crimen permitir que las carreteras estén así. Es imperdonable la negligencia del gobierno. Cuando me restablezca, atacaré esa ignominia. Sí; pienso reclamar ante los tribunales… Pero, dime, ¿conoces a Guy Staybridge, de Sachem Falls? Ese tipo narizotas, que está en la cama contigua…
—¿Hijo de Putnam Staybridge? Sí, claro que sí —repuso Fred inclinándose ligeramente sobre la cama indicada por Howard.
Guy respondió haciendo un signo melancólico con uno de sus dedos válidos.
Los sentimientos que en aquel momento experimentaba Fred parecíanse mucho al respeto. Como la mayor parte de los americanos, era profundamente demócrata, excepto, tal vez, en lo concerniente a la situación social, a la fortuna, al poder público y a la entrada en ciertos casinos. Pero Putnam Staybridge era el jefe de la mejor familia de Sachem Falls y, según se decía, descendiente directo del May Flower.
Howard tomó nuevamente el hilo de sus recriminaciones:
—Sí, papá, es una vergüenza… Es culpa del inspector del gobierno. Esta incuria, este abandono delictivo, debe ser denunciado al mundo. Además, todos los gobiernos hacen lo mismo: oprimen al pueblo y le asesinan, por bajo mano, con su negligencia y su indiferencia. Rusia es el único país en que todo va bien. Tú sabes, papá, que los norteamericanos se consideran en la vanguardia del progreso… Pues bien, el año pasado, en el sector del Ural, la producción de la industria pesada ha experimentado un aumento del doscientos diecisiete por ciento…
—¿De veras? ¿Qué es eso de la industria pesada?
—¿La industria pesada?… La ind… ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja!… Yo no creo que Silga… ¡Oh! A propósito… Ahora se me ha ocurrido. Oye, Guy, yo me pregunto qué hicieron de Eugenio al traernos aquí… ¿Qué decía? ¡Ah! sí… Ignoro si Genio Silga nos ha explicado lo que es la industria pesada. Debe ser la fabricación de maquinaria y grandes motores… ¿Qué opinas tú, papá?
Fred se inflamó de pronto, como un cohete en la noche del 4 de julio y su justa cólera estalló; pero hablaba en voz tan baja que ni siquiera Guy, situado muy cerca de él, podía oírle:
—¿Quieres saber lo que opino? Voy a decírtelo… Creo que eres tan necio como imprudente. También estoy convencido de que eres tan egoísta que por pensar únicamente en ti mismo no tienes nunca en cuenta las consecuencias de tu proceder y de tus extravagancias; que no te preocupas de saber si tu madre, tu hermana y yo, temblamos por ti… Opino que harías mil veces mejor procurando que tus notas no bajaran el cien por cien cada año que Dios nos envía, en vez de ocuparte de lo que pasa en los Urales. Opino que vas a rogarme que repare tu coche, cuando sabes perfectamente que corriste con él como un loco, que no mirabas la carretera y que acusas al gobierno para no exponerte a los reproches que mereces.
Los azules ojos de Howard adoptaron la expresión propia de la inocencia ultrajada.
—Sin embargo, papá, las reparaciones no te costarían mucho si las encargaras al garaje de la Agencia.
Fred no contestó, pero sus ojos despedían centellas. Howard siguió rogando:
—Te lo pido, papá. Puedes creer que no iba de prisa… o, al menos, así lo supongo… Perdóname… La próxima vez prestaré más atención…
—¡Maldito sea el nombre del hombre que era un monicaco! — exclamó Fred.
Hallábase ante el tercer accidente grave que Howard sufría en el plazo de dos años y cada vez había creído Fred que su deber era expresar su cólera y su sobrehumana indignación por medio de este voto.
III
ALGO me ha sentado mal —murmuró Fred—. Esto se debe seguramente a una pequeña indigestión. Evidentemente, podría influir la nevada de hoy; casi he sentido vértigo al mirar la blancura que se extendía por todas partes. ¿Será el catarro de la semana pasada? No; creo que es la digestión. Sí… —su voz se hizo más firme—; es algo que me ha sentado mal.
Separó un poco las mantas apiladas sobre su cama, se frotó la frente, pasóse la lengua por los labios y se rascó el bigotito rubio; luego, con los ojos cerrados, un dedo apoyado en la sien y gesto grave, adoptó la actitud que convenía a un enfermo y añadió:
—Apostaría que la tarta…
—Cuando te decidas a hablar claramente, te ruego que me avises — suspiró su mujer que estaba acostada en la segunda de las camas gemelas que amueblaban la alcoba rosa y crema.
—¿Cómo? —exclamó Fred indignado—. Estoy a punto de morirme de neumonía, de malaria o no sé de qué… Sí, a punto de morir, sencillamente, y lo único que se le ocurre decir a mi familia es: «¿Cuándo te decidirás a hablar claramente?»…
—Pero no te enfades, querido. Quería saber lo que tienes.
—Tengo fiebre.
—¿Tú?
—Sí. ¡Yo! No el gato, ni Sara, ni Howard, ni el cuñado del primo de la criada, sino Yo… ¡F-i-e-b-r-e!
Hazel Cornplaw era tan pequeña y redonda como su marido. Tenía cincuenta y tres años, pero estaba tan bien conservada que aparentaba treinta.
Abandonando el dulce reino del sueño, separó las sábanas de lino puro, las tibias mantas y el pañuelo de seda rosa que la protegían del frío en aquella noche de febrero y se envolvió en una bata que parecía nacida del cruce entre una serpiente de plumas y un tapiz de Persia (precio: treinta y
un dólares y noventa y ocho centavos, en Swazey & Lindbeck durante la venta de Navidad).
Apoyó su gordezuela mano en la frente de su esposo y exclamó con el placer que toda persona de sano juicio experimenta al comprobar que el objeto de su amor está enfermo y que podrá tratarlo como a un niño:
—¡Se diría que estás caliente!
Fred quiso endurecer su mirada para demostrar a su esposa que no le perdonaba su tardanza en creer su afirmación de que estaba enfermo, pero únicamente logró mirarla con inmensa ternura.
—Debe ser algo de lo que he comido a mediodía en Elks Club.
—¿De qué platos se componía la carta?
—Nada extraordinario, ya lo sabes. Almorcé con el doctor Kammerking y Walter Lindbeck. Hemos hablado de los privilegios concedidos a los obreros sin trabajo. Por cierto, que dije a Kammerking:
«Querría saber cómo acabará todo esto». Y Walter repuso…
—Sí, sí, querido… Pero ¿qué has comido?
—¡Ah! Sí. Lo recuerdo muy bien. Sopa de maíz… A propósito, quiero que le digas a la cocinera de una vez para siempre que haga con más frecuencia sopa de maíz. No hay nada mejor que una buena sopa con mucho maíz dentro… ¿Qué te estaba diciendo? O… Tras la sopa comí dos costillas de cerdo, remolachas en salsa, corteza de sandía al vinagre, cohombros en dulce, una tarta de uva y helado de naranja.
Por los labios de Hazel pasó una sombra de sonrisa. Fred extendió el brazo como un agente encargado de regular la circulación y protestó:
—¡No hay motivo para reír! Sé perfectamente que no he sido muy juicioso; pero seguramente no tengo esta fiebre de caballo por haber comido un cohombro de más. ¡Espero que no vas a estar charlando, mientras yo me hallo en trance de muerte!
—Espera un momento. Creo que Sara tiene un termómetro clínico en su habitación. Lo utilizó para no sé qué cuando estuvo en la Institución de beneficencia de Nueva York. Iré a buscarlo y veremos si estás realmente enfermo.
—No necesito ponerme el termómetro clínico para saberlo. Me basta escuchar mi voz interior, según la cual soy el más enfermo de todos los enfermos.
Hazel, como toda mujer que ha vivido durante treinta años junto a su marido, no concedía demasiada importancia a los superlativos de su
esposo y siguió sin conmoverse:
—Ignoro si sabré servirme del termómetro… Entre paréntesis, Fred,
¿no te parece asombroso que hayamos criado a nuestros hijos sin termómetro, sin vitaminas, sin psicología y sin otras invenciones modernas…? No sé si podré utilizarlo, pero lo intentaré.
Hazel salió. Por la puerta, que dejó abierta, veíase el rellano de la escalera cuyos papeles estaban decorados con paisajes.
La señora Cornplaw no tardó en regresar sosteniendo el termómetro como si fuera un tubo lleno de dinamita. No habló de la enfermedad de Fred, pero dijo:
—Pronto será la una de la madrugada y aún no ha regresado Sara.
—Yo me pregunto dónde diablo puede pasar tanto tiempo esa chica — dijo Fred—. ¡Ah! ¡Las jóvenes de hoy!… Se sientan alrededor de una mesa, beben ginebra, hablan de política y discuten acerca de las condiciones de vida y de la situación económica y financiera… Prescinden del sueño… Ninguna de ellas tendrá nuestra resistencia cuando lleguen a nuestra edad… Cuando yo tenía veintiocho años como Sara… ¡Brrr!
Hazel había interrumpido el discurso de su marido hundiéndole el termómetro en la boca.
Fred sentóse en la cama, moviendo suavemente con los labios el tubo de vidrio y procurando mantener una resignada expresión de sufrimiento, a pesar de que en aquel instante no se acordaba muy bien de lo que lo hacía sufrir. Al ver el negro estuche del termómetro en manos de su esposa, recordó un agravio y apenas pudo hablar estalló:
—¡Esta mañana volviste a cogerme la pluma estilográfica!… No lo niegues; hallé la mordaza desenroscada…
Hazel no se defendió de esta acusación plenamente justificada. Como toda esposa que se respeta, consideraba muy lógico seguir sirviéndose de la pluma, de la máquina de afeitar e, incluso, de la máquina de escribir portátil de su marido. Dedicó toda su atención al termómetro y exclamó con inquietud:
—¡Fred, querido, realmente tienes fiebre!
—¿No te lo había dicho? —preguntó Cornplaw triunfalmente.
—¡Parece muy grave! Si no veo mal, tienes cuarenta y cuatro grados…
—¿Cuarenta y cuatro grados? ¡Te has vuelto loca!… ¡Si tuviera esa temperatura habría muerto ya!… Dámelo; vamos a ver…
Cogió el termómetro, lo mantuvo durante varios minutos en la boca y, al retirarlo, se fijó en las cifras con el aplomo de un comerciante experimentado.
—¡Dios mío!… ¡Tenías razón!… ¡Tengo cuarenta y cuatro grados de fiebre!… ¡Oh! ¡Dios mío!… ¡Estoy muerto… me estoy muriendo…!
Hazel sentóse junto a su marido y cogiéndole con ternura una mano, le acompañó en sus lamentaciones contra la crueldad del destino.
Sus quejas ahogaron un rumor de pasos que avanzaban por el vestíbulo y ninguno de los dos se dio cuenta del regreso de Sara hasta que la oyeron preguntar desde la puerta de la alcoba en el tono que emplearía un agente de policía al descubrir a un ladrón en flagrante delito:
—¿Por qué lloriqueas, papá? ¿Qué ha pasado?
Inspirando piedad, como un chiquillo que mostrara su juguete roto, Fred mostró el termómetro gimiendo:
—¡Pobre hija mía!… ¡Tengo cuarenta y cuatro grados de fiebre!
—¿Cuarenta y cuatro grados? ¡Qué fantasía! ¡Reconoce que ni siquiera eres capaz de leer un termómetro! ¿Qué habrías hecho si en este momento estuvieras guerreando en China? ¡No hubieras servido ni para atender a los heridos!… ¡Eres tan chiquillo como Howard!…
A los veintiocho años, Sara se parecía extraordinariamente a la reina Elisabeth. (Cuando la hija de Cornplaw nació, fue bautizada con el nombre de Sarah, pero al llegar al grado de júnior en la Universidad, ella se encargó, pura y simplemente, de suprimir la «h»).
—Yo no tengo que combatir en China ni ahora ni más adelante — protestó Fred mientras su hija cogía el termómetro—. Los chinos se encargan de hacerlo…
—¡Pero abre la boca, papá!
Sara, cuya estatura y orgulloso porte acrecentaban la blanca y brillante capa que cubría su traje de noche color piel de foca, esperó, y Fred, que no era precisamente el más paciente de los hombres, permitió que le tomaran la temperatura por tercera vez en diez minutos.
Algunos instantes después, la joven retiró el termómetro con mano firme y declaró:
—No tienes nada. Lo que te hace falta es dormir. No duermes bastante para tu edad. ¡Buenas noches!
Altiva y desdeñosa, la hija de Cornplaw salió de la alcoba.
En la mirada de Hazel, vio Fred que su esposa comprendía la cólera que le dominaba.
—«Tu edad» —gruñó Fred—. ¿Lo has oído? «Tu edad». No tengo más que cincuenta y cinco años. ¿Es que cincuenta y cinco años son «tu edad»? Debe tomarme por un viejo chocho… ¡Querría saber lo que significa eso de volver a casa a horas imposibles!… He aquí a lo que he llegado dándole sin pestañear una llave de casa apenas me la pidió…
Meditó un momento antes de añadir:
—¿No crees que un padre siempre quiere a sus hijos?
—Naturalmente…
—¿No se lee en las novelas que hay hijos que no aman a sus padres?
—Me parece que así es…
—¿Hijos que consideran a sus padres seres originales que no sirven para nada?… Pues bien, Sara debe pertenecer a esa clase…
—Hazte cargo, Fred, de que Sara es aún muy joven…
—¿Joven? A su edad llevaba yo tres años casado…
—Es tan inteligente y bien educada… Además, por su esbeltez y elegancia parece Diana…
—¿Diana? ¿Qué Diana?
—La diosa… la que está en aquel libro verde.
Hazel no exageraba. Por su fino talle, por su nariz griega y sus movimientos elásticos y rápidos, miss Sara Cornplaw parecíase a Diana (aunque nadie sepa exactamente cómo fue Diana).
Fred continuó lamentándose:
—Eso no es una excusa para mostrarse tan orgullosa. Es asombrosa la forma con que logra dar la impresión de que uno está equivocado cuando ella habla de cosas que nada tienen que ver con lo que hace su interlocutor… Condiciones de existencia y situación financiera… Inhibiciones y hormonas… Rusia… Share croppers (obreros agrícolas del sur de los EE. UU. que viven una existencia miserable)… Jornales de los mineros y otras muchas cosas semejantes…
Fred tenía la costumbre de mezclar los recuerdos de sus años universitarios y las conversaciones oídas en su garaje o en las salas de espera de las estaciones de correspondencia, de manera que quien no le conociese tenía motivo para preguntarse si era un erudito o un comediante aficionado a citar extractos de diversos papeles.
—¡Nombre de un monicaco! —prosiguió—. Yo no poseo minas ni pago salarios demasiado bajos. No tengo, pues, motivos para sentirme culpable. Siempre he tratado bien a los míos… ¿no es cierto?
—¡Nadie lo duda!
—¿Puede pretender alguien que Fred Cornplaw le ha explotado? ¡Ni siquiera en coches de ocasión! Nunca he puesto éter en la gasolina de un trasto viejo para que corriera más… por lo menos, no lo he hecho más de cinco o seis veces en mi vida. Sara dice que pertenezco al siglo de los coches de punto porque prefiero una buena camisa de dormir al pijama.
¡Me lo dice a mí!… ¡A mí que he inventado un filtro que Ford estuvo a punto de adoptar! Apostaría algo a que ella cree también que tú mascas tabaco a hurtadillas. Howard, a su vez, se pone al rojo vivo; debe ser a consecuencia de una lesión cerebral producida por su último accidente. Si él y Sara se ponen de acuerdo para combatirme, se me acabó el descanso. Hasta ahora, siempre podía contar con la oposición de sus respectivas ideas. Cuando Sara, al salir de Yassar (universidad americana) empezó a actuar en política y a interesarse por las obras sociales, abrumándome con su generosidad y con la grandeza de su alma, Howard no pensaba más que en el deporte. Al concluir Sara la titánica obra de conciliar las teorías socialistas con el trato de la alta sociedad —detesto por igual ambos extremos—, Howard considerábase heredero espiritual de los precursores y hacía camping; pero si ahora logran aliarse, nos veremos en un grave aprieto. Evidentemente, soy un poco severo con Sara, pero es innegable que la chica no sabe aún lo que quiere; vacila entre pedir regalos a papá Noel, casarse, hacerse misionera o criar Fox-terriers. ¡Pobre hija mía! Está como el que no encuentra su camino, ¿verdad que sí?
— Sí, querido.
Hazel estaba casi dormida. Fred calló, pero notando que sus nervios estaban muy excitados abrió la novela policíaca que leía aquella semana. En sus páginas recobró la calma pronto y aunque conocía los beneficios que proporciona a la salud el sueño, no pudo separarse de los «puñales chinos», «castillos de bandidos en la llanura de Yorkshire» y «nobles asesinados en estancias sin ventanas y puertas cargadas de cerrojos».
Suspiró ampliamente al llegar al final de la novela: «Cuanto diga, será consignado por escrito y podrá utilizarse contra usted —dijo el comisario Mc. Cleaver.
»El profesor tosió y llevó su delicada mano a los pálidos labios.
»—¡Apodérese de él! —gritó el comisario levantándose con dificultad del pesado sillón Tudor.
»El sargento Mc. Beaver saltó en dirección al profesor, pero se detuvo, horrorizado, ante aquel cuerpecillo febril, que parecía hecho de caucho y acero, que se derrumbaba sobre una silla con la cabeza doblada sobre el pecho.
»P. C. Mc. Deaver gruñó:
»—Seguramente llevaba disimuladamente en la mano cianuro de potasa.
»El comisario y el doctor Rossecliff cambiaron una leve sonrisa y el segundo murmuró:
»—¡Oh! No; eso no es posible, ¿verdad? Tal vez…».
También Fred Cornplaw sonrió satisfecho. Todo había terminado de la mejor manera posible. A Fred le satisfacía extraordinariamente la detención del profesor, hombre peligroso y solitario que se divertía matando con anzuelos a las viejas tías de los pastores evangélicos rurales. Sin embargo, el maniático se había mostrado caritativo con los granjeros de West Wilshire que cultivaban guisantes chinos…
Fred miró con ternura a su dormida esposa, y apagó la luz y hasta las ocho de la mañana no pensó en las flechas de la orgullosa Sara ni en las nuevas actividades de Howard.
IV
FRED WILLIAM CORNPLAW estaba solo en su despacho de la Agencia Triumph. Había decidido añadir a su almacén una sección de remolques para excursiones y Paul Popple, jefe de ventas y subdirector de la delegación, se hallaba en Chicago para estudiar una nueva marca que parecía tener gran aceptación.
La ausencia de su ayudante enojaba mucho a Fred.
Veíase obligado a dejar solos a los demás empleados, quienes no podían vender un coche sin recitar cuanto sabían acerca de los automóviles Triumph. Si un comprador quería irse antes de que hubieran tenido tiempo y ocasión de levantar el capot y decir que «estos encantadores aparatitos son las bujías» considerábanse deshonrados.
Fred acababa de despachar la correspondencia e informado al orfelinato de Nabaho, en New Hamshire, y a la Asociación de Jugadores de Volante de Truxon, que le habían pedido el donativo de un automóvil y una subvención de cien dólares, respectivamente, que no podía acceder a sus ruegos. También declinó la oferta hecha por la Cámara de Comercio, brindándole un puesto en el Comité creado para organizar el banquete anual en honor del comandante Perry.
Satisfecho por haberse mostrado tan insensible aquella mañana, Fred encendió su primer cigarro del día (esto no quiere decir que no hubiera fumado aún, pues inmediatamente después de ingerir los copos de maíz, fumaba un cigarrillo).
En aquel momento, Bert Whizzle, su representante en Enigmaville, entró en el despacho. Fred le acogió bienhumorado:
—Buenos días, Bert. ¿Cómo va eso?
—Muy bien, muy bien… Y a usted, ¿cómo le va?
—Por ahora, bien… El nuevo autocar Houndtooth eclipsa a los de la competencia. Es un negocio excelente… ¿Cómo está su mujer, Bert?
—Muy bien; muy bien… Siempre bella y encantadora…
—¿Y los niños?
—Muy bien; muy bien… A propósito… ¡Si supiera usted lo que sucedió la otra noche…!
Whizzle rióse de buena gana y prosiguió:
—La abuela tenía que venir a cenar y permití a Peggy —es la menor, pero tiene ya una inteligencia superior a la de sus hermanos— que no se acostara, con objeto de que pudiera saludar a la anciana señora. ¿Qué imagina usted que Peggy preguntó a la abuela?
—¡Diga, diga, Bert! —exclamó Fred esperando con alegre atención el final de la anécdota.
A los cincuenta y cinco años estaba tan dispuesto a entusiasmarse como el día en que siendo un joven corredor de buhonería obtuvo el primer pedido importante: seis martillitos y una horquilla de tres dientes para estiércoles.
—Pues bien —continuó Bert—, la pequeña miró a su abuela con cierta altivez y le preguntó bruscamente: «Dime, abuela, ¿tú fumas cigarrillos?». Le aseguro que creí morir de risa… Pero, dejando eso, ¿qué piensa usted del New Deal de Roosevelt?
Fred reflexionó. ¡Caramba con la pregunta! No lograba recordar si Bert Whizzle era republicano o demócrata. (Conviene decir que, ciertos días, Fred no sabía si él mismo era un ardiente republicano o un leal demócrata).
En la duda, optó por decir prudentemente:
—Si quiere saber mi opinión, le diré que no hay en todo el país un político más humano que el presidente Roosevelt. ¡Y qué voz tan radiofónica la suya!… Por otra parte, las aspiraciones de los republicanos merecen gran atención.
—Esa es precisamente la verdad; ¡tiene usted toda la razón! —aprobó Bert con calor—. Dígame, Fred, ¿le interesan dos o tres pedidos esta mañana? ¿Desea ganar algún dinero?
—Claro que sí. Aunque deseo trabajar más por el placer que encierra la acción que por ganar dinero.
Fred ni siquiera podía imaginar que Bert creyera semejante afirmación, pero sabía que tales palabras producían un efecto excelente.
—Lo mismo me sucede a mí —declaró Whizzle—. He aquí tres pedidos: un coupé Houndtooth de lujo, descapotable y de color «verde Persia»; un camión Triumph de dos toneladas completamente cerrado, y un
Triumph de conducción interior, cuatro plazas y color «arena del jardín de Alá».
—Perfectamente, perfectamente… Mañana los tendrá usted si hay existencias en el almacén; de lo contrario…
Paul Popple le interrumpió al irrumpir en el despacho gritando:
—¡Señor Cornplaw!… ¡Le traigo el mejor negocio que haya imaginado en su vida!
—Espere, espere un momento… Veamos… No se da cuenta de que estoy ocupado. Conoce a Bert Whizzle, ¿verdad?
—Sí, sí, le conozco —dijo apresuradamente Paul mirando de soslayo al representante.
Cuando Bert salió del despacho, Fred dijo severamente dirigiéndose a Popple:
—Escuche, viejo… ¿Cuántas veces he de decirle que son los representantes quienes nos hacen vender la mayor parte de los coches y que es preciso no entrar en este despacho como una bala de cañón cuando recibo a cualquiera de ellos?
—Perdone, patrón. ¡Estaba tan entusiasmado! También lo estará usted cuando…
—Lo primero que ha de decirme —interrumpió Fred— es la causa de que haya regresado tan pronto. No le esperaba hasta mañana.
—Tomé el avión.
—¿El avión?
—Sí, señor.
—Bueno, bueno… He utilizado el avión dos o tres veces; pero no puedo decir que me guste viajar así. Continuamente tuve el deseo de detenerme al borde de la carretera para echar un párrafo con el vendedor de gasolina. Además, cuando miraba hacia abajo no veía absolutamente nada y me encontraba muy mal…
Cortó la evocación de sus recuerdos aeronáuticos al darse cuenta de que su interlocutor se estremecía de impaciencia:
—¿Qué hay de nuevo? ¿Cuál es la causa de tanta prisa?
—El caso es, señor Cornplaw, que tenemos entre manos un asunto de oro. Llevo en el bolsillo un contrato de la casa Dupleix, no para un solo distrito, sino para todo el norte del Estado de Nueva York, habitado por seis millones de seres humanos y si no se venden cincuenta mil remolques en cinco años, que me cuelguen y…
—Vamos, Paul, no apriete el acelerador y explíquese. ¿En qué consiste esa máquina de hacer dinero?
—Muy sencillo, señor. El remolque Dupleix es una invención extraordinaria. A primera vista, el remolque es como todos los demás; la única diferencia es que tiene unos sesenta centímetros más de altura, que no le impide pasar por debajo de los puentes del ferrocarril. En esos sesenta centímetros se encuentra todo un piso suplementario que cuando no se utiliza queda plegado como un fuelle. El techo de este segundo piso es de tela de avión y se sostiene por medio de varillas articuladas de acero fino. Entre este techo y el del remolque hay espacio suficiente para colocar todo un mobiliario plegable de aluminio: camas, sillas e incluso un lavabo. Las paredes laterales son de tela impermeable.
Fred escuchaba a Popple sin interrumpirle. Sabía hablar sin descanso cuando pretendía animar a un comprador vacilante; pero se había acostumbrado a guardar un silencio absoluto cuando era preciso.
—Para acampar, el piso superior se levanta por medio de una bomba de aire comprimido accionada por el motor. En dos minutos tiene usted un primer piso formado por un pasillo y tres habitaciones separadas por tabiques de tela impermeable, así como un espacio en el que se encuentran el comedor y la cocina. No hay duda de que todo esto forma una verdadera casita ambulante. Con cada remolque, la casa sirve un mobiliario completo. Así, una familia compuesta por padre, madre y dos o tres niños, puede acampar en inmejorables condiciones de higiene y comodidad. ¡Le aseguro que el remolque es formidable! Vea las fotos…
Fred observó las fotografías y experimentó la misma sensación que el día en que por primera vez escuchó una emisión radiofónica. Entonces, había previsto que pronto le sería posible escuchar desde su casa los discursos de los reyes y presidentes de repúblicas. Consideraba el comercio como una lucha llena de atractivos y no podía comprender que fuera mirada con desdén esta rama de la actividad humana, pretendiendo que para moverse en ella no hacía falta inteligencia. Fred tenía el don de discernir lo que estaba llamado a tener éxito y en los remolques Dupleix entreveía un nuevo triunfo.
—Tengo confianza suficiente en su juicio, Popple, y ya que cree hallarse ante un buen asunto, le prometo reflexionar.
—Tendrá que hacerlo con cierta rapidez, señor. La casa me ha pedido que conteste enseguida. Lo único que hace falta para empezar es depositar
diez mil dólares y firmar este contrato.
Fred firmó. El contable legalizó la firma y el «botones» salió corriendo del despacho para que la carta no perdiera el correo aéreo.
Un poco preocupado, a pesar de sus esperanzas, por haber obrado con tanta rapidez, Fred se arrellanó en su butaca. Acababa de hacerlo, cuando entró Howard en el despacho.
—Buenos días, papá. ¿Cómo estás?
—Muy bien, gracias. ¿Y tú? ¿Mejoran tus costillas?
—Maravillosamente.
—¿A qué has venido a Sachem?
—Guy nos ha de presentar a su padre y a su hermana Anabel; quiere que Sara y yo les conozcamos. He hablado con Anabel varias veces e incluso bailado con ella, pero no la «conozco» aún… Vendrá con nosotros un amigo mío llamado Eugenio Silga, que es campeón y propagandista de la causa obrera…
(Debemos decir que de los veinticinco mil habitantes de Sachem Falls, pocos eran admitidos en la intimidad de los orgullosos Staybridge, aunque tuvieran la ejecutoria de buenos negocios, como los Cornplaw).
—Buen, bien —repuso Fred—. ¿Dormirás en casa esta noche?
—No; he de regresar a Truxon. No temas, papá: lo haré a paso de caracol…
—En todo caso, lo harás como un caracol fenómeno… Oye, Howard, si quieres desnucarte es asunto tuyo conseguirlo; pero yo estoy harto de pagar reparaciones y multas por exceso de velocidad, mientras tú no haces nada en la Universidad y…
—Precisamente, he venido a verte para eso —repuso el dios nórdico candorosamente—. En la Universidad no haré nunca nada bueno. Los profesores son unos viejos testarudos y puntillosos… ¿De qué me sirve aprender la… la… bueno, todo lo que ellos enseñan?… ¿No podrías darme un empleo en tu Agencia?
—Espero, hijo mío, que algún día sentarás la cabeza y podrás trabajar conmigo hasta que me retire…
—¿Hablas de retirarte? No lo harás nunca, porque te gusta demasiado la acción. A los ochenta años, aun dirigirás la Agencia. Volviendo a lo que te decía, ¿puedes emplearme aquí?
—Yo no soy más severo que los demás, Howard, pero no quiero que tú y tus amigos, Guy Staybridge y algunos otros cortados por el mismo
patrón que tú, transforméis esta casa en un cabaret para bailar, cantar y jugar al bridge.
—¡Qué cosas se te ocurren, papá!… No me comprendes. Eugenio nos ha indicado a Guy y a mí dónde está… en una palabra: que estamos hartos de ser burgueses…
—¿Hartos de ser burgueses?
—Sí, papá. Nos hemos dado cuenta de que pronto nos moveremos en un mundo nuevo. Los jóvenes deben trabajar. Guy, Genio y yo hemos decidido fundar en Sachem una célula de la Workers’ International Cohesión, para formar un frente único que comprende a todos los socialistas, demócratas, liberales y otros tipos del mismo género. No quiero tener trato con lechuguinos y holgazanes; deseo trabajar para ti. Tanto Guy como yo nos asociaremos únicamente con los intelectuales.
—¿Supones que he perdido el juicio hasta el punto de permitir que mi casa se transforme en un centro de reuniones públicas? ¿Crees que mis negocios irán adelante si todos esos rojos, bolcheviques y miembros de la Coheeze, pronuncian discursos en el almacén subiéndose a los estribos de mis coches?… Lo siento, pequeño, pero no entrarás aquí como empleado hasta que estés sinceramente dispuesto a vender automóviles. No sé si lo he dicho claro…
—No mucho… Pero no hay que reprocharte nada. No soy en modo alguno un fanático de la Revolución y no permitiré que Genio ejerza demasiada influencia sobre mí… ¿Qué dirías si obtuviera el título de piloto aviador? Ya sabes que conduzco bien.
—¿Qué dices?
—Estoy convencido de que llegaría a ser un campeón, contando en mi haber travesías de océanos y hazañas semejantes… ¿Prefieres que me dedique a criar zorros plateados?
—¿No te atraen las patas de rana?
Fred creía haber hablado con ironía; pero Howard repuso con una leve sonrisa:
—No dudo de que permitan ganar mucho dinero también, pero no creo que sea tan divertido criar ranas como dedicarse a la aviación o a la selección de zorros plateados. ¿Qué opinas tú? Yo quisiera ser útil.
Un poco descorazonado y otro poco molesto, pero muy sereno, Fred repuso:
—Escúchame, Howard: Hace dos años querías abandonar tus estudios para ir a Hollywood. El año pasado, cuando el Boletín Universitario publicó tu crónica del baile organizado por el Círculo Estudiantil, deseaste olvidar la existencia de los libros de texto y marchar a Londres como corresponsal de la Associated Press. Compréndeme; yo no creo que sea absolutamente necesario cursar estudios superiores, pero ya que empezaste el camino debes llegar a su término. Aun te falta un año y medio para alcanzar el diploma y si no tienes paciencia para seguir estudiando hasta entonces, será necesario que salgas del paso tú solo… Sin embargo, si tu deseo y tu empeño es trabajar, mi consejo es que te contrates como inspector de trabajos concluidos en la W. P. A. (creada por el Presidente Roosevelt para dar ocupación a los obreros sin trabajo).
—¡Oh, papá!…
Howard sintió herido su amor propio. No esperaba la burla de su padre y su afecto filial resintióse.
—¿Eso quiere decir que si abandono la Universidad para trabajar en algo lucrativo, como, por ejemplo, interesarme en una de esas pequeñas agencias de radiodifusión, tú no me ayudarás?
—Exactamente…
—Entonces, lo que dice Eugenio Silga sobre la «Acción de la Juventud» es cierto… La generación vieja pretende ahogar nuestras aspiraciones y aplastarnos económicamente… ¡Oh!… A propósito, papá: Eugenio es un tipo asombroso, pero siempre anda apurado de dinero.
¿Podrías darme veinticinco dólares para hacerle un préstamo?
—No. No puedo…
—Lo siento… Bueno, hasta pronto…
Howard, olvidado ya de todo resentimiento, salió tan alegre como lo estaba al entrar.
En el corazón de Fred no sucedía lo mismo. Inmóvil en su butaca, observó irritado la estancia en que se hallaba. El día anterior aun le parecía un agradable gabinete de trabajo; en cambio, en aquel momento no veía en su despacho más que una decoración banal: una mesa, algunos archivadores y estantes, una mesa llena de brillantes catálogos… Los tabiques que separaban el despacho del resto de la agencia eran de madera y cristal esmerilado. Las ventanas se abrían sobre un patinillo con suelo de cemento en el que se amontonaban accesorios inútiles y yacía una ruina que debía de haber sido en otro tiempo un automóvil. A este espectáculo
se unían el trepidar de las máquinas y la voz nasal de un vendedor que intentaba convencer a un cliente:
—No hay el menor peligro de sacudidas con este coche. Incluso corriendo sobre carreteras o calles mal pavimentadas, irá usted tan cómodo como si estuviera sentado en una butaca de su casa.
—¡Vaya un cuchitril! —murmuró Fred—. Nunca se oye en él nada nuevo.
Su casa prosperaba, pero de pronto se le hizo indiferente que prosperase o no…
¿Así, cuanto esperaba Howard, y probablemente le sucedía lo mismo a Sara, es que él les labrara una posición? ¿No podría pensar nunca en sí mismo?
Era probable que el negocio de los remolques Dupleix saliera bien y en ese caso encontraríase nuevamente arrastrado por un movimiento irresistible. ¿Por qué no había de ser posible que él y Hazel se evadieran de la jaula dorada cuyos barrotes eran el hogar y el despacho para ver un poco de mundo? ¿Podían permitirse el lujo de hacer algunas locuras, como aprender a montar a caballo, jugar una o dos veces —no más— en Montecarlo, contemplar el sol de medianoche, realizar sencillos trabajos manuales o sentarse ante una mesa en la Piazza de Venecia…?
La respuesta cruzó bruscamente el pensamiento de Fred: podía cometer algunas de estas locuras e, incluso, todas, porque si bien no era rico, tenía bastante dinero. La organización de la Agencia no era perfecta, pero bajo la dirección de Popple los asuntos seguirían por buen camino, lo cual, evidentemente, no sucedería si el substituto fuera Howard…
Casi asustado por esta inesperada idea, Fred cogió apresuradamente su sombrero y su abrigo y dirigióse con premura al Sachan Club, donde le esperaba la conversación gris, pero sedante, del doctor Kammerking y de Edward Appletree. «Bien estaríamos en el mundo —pensó Fred protestando de su propia rebeldía— si cada uno hiciera lo que le viniese en gana».
V
LA casa de Frederic William era un sólido edificio de ladrillo en el que no faltaba el cuadrado de césped ni el arco tradicional; estaba situado en una de las calles más hermosas de la ciudad y probaba incontestablemente que su propietario disfrutaba de una posición desahogada. Sin embargo, la casa de Fred se parecía a otras cincuenta que se alineaban en el paseo de Fenimore Cooper y este paseo semejábase a quinientas cincuenta avenidas de los Estados Unidos.
La residencia de Putnam Staybridge —un hotelito blanco, rematado por una cúpula— no era producto de la construcción en serie y parecía un gran bloque de hielo sobre el que no podía hacer presa el sol que calienta a los seres humanos.
Todo el mobiliario, hasta la última consola y la más pequeña silla adamascada, era rigurosamente «antiguo». (Antigüedad garantizada por la casa H. W. Fábrica de Antigüedades).
La diferencia entre ambas casas se debía a que Putnam Staybridge era, como acostumbra a decirse, «de mejor familia» que Fred Cornplaw.
Llámase «mejor familia» a la que posee dinero o bienes inmuebles desde una época anterior a las demás. Este punto es el único que tiene verdadero interés. Los títulos nobiliarios y los blasones sólo sirven de espejuelos.
Sin embargo, no es costumbre preguntar cómo adquirieron los fundadores de las familias sus primeras riquezas o propiedades. Así, las familias normandas de Inglaterra deben las suyas a Guillermo el Conquistador, el cual fue un Al Capone de más talla que el delincuente italiano y que distribuyó entre los miembros de su gang las tierras arrebatadas a los Sajones, que éstos, a su vez, habían robado a los anteriores habitantes de la isla. No habiendo acaecido estos hechos en nuestros días, sino hacia el año 1100, lejos de ser tenidos por infamantes eran considerados gloriosos y hacían a la descendencia normanda más
importante que un campeonato de golf. Si hace ochocientos años los esquimales hubieran conquistado Inglaterra, apoderándose al mismo tiempo de los más bellos títulos condales, las familias más distinguidas de América e Inglaterra proclamaríanse hoy con orgullo descendientes de las tribus nórdicas.
El origen de la fortuna de Putnam Staybridge remontábase al año 1700. En aquel tiempo, un armador de Salem, individuo piadoso que escuchaba con recogimiento los sermones que se referían a las torturas del infierno, dedicábase a una de las actividades comerciales más lucrativas. Compraba melaza en las Indias Occidentales, fabricaba ron y expedía este licor al continente africano a cambio de esclavos negros. Esta mercancía enviábala a las Indias Occidentales a trueque de melaza, que le servía para fabricar ron… e iniciar de nuevo el ciclo. Naturalmente, en cada escala de este circuito obtenía apreciables beneficios, y gracias a su actividad los descendientes del ingenioso Staybridge podían fundar universidades, participar en las actividades del gobierno y jugar a aristócratas en Sachem Falls.
Putnam se consideraba tan por encima de sus compatriotas que, en 1936, incluso se atrevía a lucir una elegante barbita. Quizá no se mantuviera dentro del marco señalado por la tradición familiar, pues solamente era director de Banco y propietario de una fábrica de relojes; pero estaba emparentado, más o menos próximamente, con un embajador, un profesor de Harvard, un obispo inglés y con la esposa de un duque napolitano. Además, su colección filatélica contenía un ejemplar único: el hexágono negro de la «Guayana suiza».
Putnam Staybridge se hallaba en su biblioteca, sentado en una butaca con tanta dignidad y elegancia como un hombre de Estado que sirviera de modelo a un pintor y tenía sobre las rodillas un Elzevir Epileus. Esta obra hallábase en su poder desde hacía diez años, pero no había leído ni diez palabras. Fijando en el libro una mirada distraída, golpeaba suavemente con los quevedos el brazo de la butaca. Se hallaba en tal postura desde hacía media hora, es decir, desde el momento en que Guy le anunció la temible visita de sus amigos.
Por fin, los jóvenes llegaron a la «casona» de Staybridge. Howard mostrábase nervioso y, por tanto, un poco torpe, Sara bromista y Eugenio indiferente. Putnam se puso en pie, inclinóse ante Sara, dedicó a Howard una mirada irónica y otra a Eugenio, tan severa como si quisiera
fulminarle. Luego, volvió a sentarse y a golpear con los lentes el brazo de la butaca. Su hija Anabel —diecinueve o veinte años, sonriente, tímida, frívola, escéptica y descuidada— estaba tras él. Los cabellos de la joven eran castaños y sin vacilar podía ser calificada de muy guapa. Howard y ella cambiaban miradas extáticas. Hacía varios años que se encontraban en bailes y reuniones, pero su conversación fue siempre la misma: «¿Quiere concederme el próximo baile?». «Con mucho gusto».
La adoración de Howard fue interrumpida por la respuesta de Putnam Staybridge a una frase bastante incomprensible que acababa de pronunciar Guy:
—Así, hijo mío, tú y tus amigos tenéis intención de fundar en Sachem Falls una sucursal de la Workers’ International Cohesión o Coheeze…
¡Qué nombre tan encantador y qué ocupación tan envidiable para un joven que ha sido educado de acuerdo con las tradiciones de Henry Adams! Además, queréis fundar un periódico titulado Protest & Progress, en abreviatura P & P, que será vendido a precio módico y mediante el cual esperáis agrupar a todos los hombres que se quejan de su suerte; tarea que, dicho sea entre paréntesis, constituirá un gran éxito para tres jóvenes secundados por una joven tan encantadora como la señorita Sara Cornplaw, pues todos los revolucionarios del mundo, y Lenin entre ellos, han fracasado en la realización del proyecto. Si no he interpretado mal tus explicaciones, bastante confusas por cierto, me pides, hijo mío, que contribuya al logro de tan hermoso propósito prestándoos cien dólares.
¿No es eso?… Entonces, señor Silga, ¿el periódico que piensan fundar será enteramente comunista?
—Ni mucho menos, señor —repuso Genio con voz serena y amable sonrisa.
—¿No estará bajo la supervisión o dirección del «partido», como llaman a esa organización que recibe órdenes de Moscú?
—No, señor. Protest & Progress debe agrupar a cuantos creen que es posible gobernar con medios científicos, sean republicanos o comunistas, aunque estoy seguro de que estos últimos nos considerarán muy tibios en relación a su temperatura.
—Siendo así, voy a darle un cheque de cien dólares a mi hijo, pero deseo que esa hoja execrable no entre nunca en mi casa.
Y, levantándose majestuosamente, Putnam Staybridge subió a su habitación para sumergirse en la trama de la misma novela policíaca que
Fred Cornplaw leía en aquel momento en su casa.
Cuando su padre hubo salido de la biblioteca, Guy preguntó nervioso:
—¿Verdad que Protest & Progress será comunista?
—Claro que sí.
—Entonces, ¿has mentido?
—Naturalmente. ¿Colocarías carteles en las paredes de los cuarteles de policía anunciando que nos haremos con el poder apenas seamos bastante fuertes?
—¡Desde luego, no lo harías! —exclamó Howard mientras Anabel admiraba su hermosa cabeza.
—No; me parece que no… —murmuró Guy rascándose la nariz que por su gran tamaño correspondía al «formato Staybridge».
Febrilmente, Guy entregóse a la tarea de limpiar los cristales de sus gafas. No había transcurrido mucho tiempo desde su paso de la poesía a los más fértiles dominios del comunismo y de la Santa Rusia.
—Con los setecientos cincuenta dólares que nos ha prometido la Coheeze de Nueva York —prosiguió Silga— disponemos de mil ciento cincuenta dólares para fundar Protest & Progress. Sara y Howard, supongo que podrán obtener algo de su padre.
—Conviene decir —repuso el dios nórdico— que papá detesta todo lo que se refiera al comunismo; pero en el fondo es de buena pasta y puede manejársele bien con tal de saber entrarle a tiempo, cuando ha pasado la tormenta.
—Bueno, sin su ayuda también podemos publicar el primer número de
Protest & Progress —exclamó Genio—. Manos a la obra.
Eugenio Silga tenía dos años y dos centímetros menos que la «Diana» Sara. No había aprendido francés en Vassar como ella y, por tanto, no podía hablarla en tal idioma (tampoco podía hacerlo Sara), pero mostrábase tan dueño de sí mismo, eran tan expresivos sus ojos negros y parecían comprender tan bien todos los pensamientos de la joven, que
«Diana» sintióse convertida al mismo y cautivada por el propagandista.
La hija de Cornplaw había «hecho» un poco de comunismo, de la misma forma con que practicara el tennis, el golf, la natación y se interesara por Thomas Wolfe, Bach, William Faulkner, la química biológica, el budismo, las teorías de los vegetarianos y el luchmanismo; pero en aquel momento consagrábase por entero a la doctrina de Lenin y, sentada con Guy y Silga en un rincón de la hermosa biblioteca de los
Staybridge, decidió de acuerdo con sus interlocutores que en el plazo de cinco años Putnam cavaría canales para los soviets norteamericanos.
Howard y Anabel estaban en el extremo opuesto de la estancia y su conversación no era en modo alguno revolucionaria:
—Lamento mucho, señorita, haberla visto tan pocas veces. Seguramente debieron enviarla a Farmington cuando era usted muy pequeña.
—Sí; cuando salí de casa era una chiquilla delgaducha y desgarbada.
Menos chiquilla, sigo siendo lo mismo.
—Usted es la más bella y encantadora joven que he conocido.
—Señor Cornplaw, usted es adulador como todos los estudiantes. En mí no hay nada extraordinario. Usted, por el contrario, es un verdadero galán de cine… Juega al fútbol en Truxon, ¿verdad?
—Psch… Evidentemente… El capitán y el entrenador me han destinado al equipo B… Siempre están sobre mí; me persiguen sañudamente. Dicen que soy demasiado perezoso. Quieren que me nutra de ciruelas y sueño y que me acueste a las nueve de la noche. No le será difícil suponer que les mando a paseo sin contemplaciones. No tengo el menor deseo de acostarme a las nueve. Además, ¿usted se imagina lo que debe ser nutrirse de ciruelas y sueño?
—¡Ciruelas!… ¡Qué ocurrencia!
—Señorita, estoy absolutamente seguro de que le gusta bailar.
—Adoro el baile; pero no me gusta bailar con individuos de corta estatura. He observado que los hombres altos y rubios bailan muy bien.
—No soy rubio, sino pelirrojo.
—No; usted es rubio…
—Pelirrojo…
—Rubio…
Echáronse a reír ambos.
En el rincón opuesto, Eugenio decía que en Rusia —hagamos notar que Fall River era el punto más próximo a esta nación que había visitado el propagandista— el obrero más humilde tenía más medios para divertirse que el mejor contramaestre de Detroit y que, especialmente, podía asistir a conferencias gratuitas y seguir cursos de paracaidismo.
Los enamorados y los conspiradores oyeron de pronto que alguien golpeaba con el pie en el suelo de la habitación superior.
—Mi padre manifiesta así su indignación —dijo Guy—. Asombra lo desagradables que son a veces nuestros padres.
Esta observación desencadenó una ofensiva general contra los padres y motivó que Anabel y Howard se acercaran a sus amigos.
—Sí —aprobó Sara—, es asombroso. Mi padre, por ejemplo, está empeñado en que hagamos lo que a él le place. Sin embargo, carece de imaginación y no comprende que no nos baste jugar al bridge y acostarnos lodos los días a las diez y media de la noche. Por si fuera poco, usa aún camisa de dormir en vez de pijama.
—¡No es posible! —exclamó Guy.
—Tiene suerte —observó Eugenio—. Yo no puedo pagarme más que una pequeña bayeta.
—Sara, creo que no tienes razón al decir que Fred Cornplaw carece de imaginación —intervino Anabel—. No le conozco, pero hablé con él un día acerca de la venta de un automóvil y me pareció muy agradable.
—No me extraña —contestó Sara—. Ante un cliente, mi padre es azúcar y miel. No tiene imaginación, lo repito. No puede comprender que la nueva generación aspire a algo más que a formar parte de los habitantes respetados de la avenida Fenimore Cooper. No queremos nada para nosotros mismos. Deseamos que el mundo entero se libre de las cadenas forjadas por el capitalismo.
Con los ojos buscó la aprobación de Silga y la halló en la sonrisa profesional y bien estudiada del agitador.
—Hay algo más —continuó Sara—. Su padre, Anabel (¿me permite que la llame Anabel?), viaja mucho, ¿no es cierto?
—Sí; pero el camarada Putnam es peor que los turistas que nos abruman con sus recuerdos y fotografías. Va a Viena o a Río de Janeiro, pero al regresar es una estatua. No dice una sola palabra referente a lo que ha visto…
—Pues bien: Fred Cornplaw no viaja nunca… ¡Cuántas veces he intentado que me acompañara a París!… Yo no he ido nunca a Francia… Pero él contesta invariablemente: «Ya veremos…»; lo cierto es que no vemos nada. Aunque podría viajar durante toda su vida, prefiere trabajar como una bestia de labor y saber que todos vivimos a costa suya… Así puede probar la generosidad de su corazón y demostrar palpablemente que su persona es un sólido pilar de la sociedad. Es preciso que haga algún
donativo a la Coheeze. Nosotros lo procuraremos por todos los medios a nuestro alcance.
—Lo procuraremos —repitió Genio.
—Sí —dijo Guy, el poeta, filósofo y «camarada»—, este problema de los padres es curioso… Sí, es un gracioso problema. En mi opinión, debían agradecer a sus hijos el que les representaran en las nuevas actividades sociales, como la nacionalización de la enseñanza y la extensión del sindicalismo… Volviendo a vuestro padre: ¿no podríamos ir a verle?… Putnam vuelve a dar pruebas de hostilidad…
—¡Excelente idea! —aprobó Howard—. No son más que las diez y media y mi padre tendrá mucho gusto en que vayamos a verle. ¡En marcha…!
Anabel estaba dispuesta a seguir a Howard. Sara miró a Eugenio y viendo que éste no hacía la menor objeción, dijo:
—¡Eso es!… ¡Vamos a casa!…
VI
FRED CORNPLAW había dado cuerda a su reloj, escuchado el boletín meteorológico transmitido por la radio, que anunciaba lluvias intermitentes en Ohama y en una parte de la Virginia occidental, y acababa de dirigir a Hazel la frase habitual: «Es hora de acostarnos», cuando se abrió la puerta principal con estruendo. Sara, Anabel, Howard, Eugenio y Guy, entraron riendo y gritando en la casa.
Cuando Fred fue presentado a la hija de Putnam, se mostró muy
amable, demasiado para el gusto de Hazel. Sara anunció triunfalmente:
—Papá, mamá: ¡Aquí tenéis a Eugenio Silga, de la Workers International Cohesión! Supongo que Howard os habrá hablado de él.
—Desde luego, Sara, desde luego —confirmó Fred tendiendo su mano al comunista.
Los dedos huesudos de Silga tenían la dureza del hierro y su mirada parecía entre divertida y burlona, y completamente cínica.
El alegre Fred, que durante todo el día tuvo en los labios una anécdota o un relato, adoptó una actitud prudente y taciturna.
—Sara me habló de su remolque de dos pisos —dijo Eugenio.
—Ah, ¿sí?
—Lo recordaré la próxima vez que haya una manifestación en la Union Square. Un discurso pronunciado desde el segundo piso debe de hacer mucho efecto.
—Sin duda…
—No sé si usted lo aprobará, señor Cornplaw, pero yo soy partidario del sindicalismo extremista.
—Vamos a ver, señor Silga… Eugenio… ¿Por qué no dice usted lisa y llanamente que es comunista y miembro del Partido? —preguntó fogosamente Sara—. Puede confesarlo, porque a mis padres no les extrañará.
—Efectivamente —dijo Fred con mayor prudencia—; no puede extrañarnos. Supe que usted era comunista cuando intervino en la huelga de la fábrica de porcelana Pragg… Pues bien; voy a decirle algo más sorprendente aún: soy republicano y voy a la iglesia.
Hazel suspiró como si preguntara: «¿Cuándo?», mientras Fred seguía:
—Me satisface conocerle. No me gusta el comunismo, aunque prefiero los extremistas como usted a los socialistas como Sara que pasean en automóvil y condenan el capitalismo al mismo tiempo que se aprovechan de él…
—No soy de la misma opinión, señor Cornplaw. Creo que los automóviles son a veces muy útiles para escapar de la policía…
—Sí, sí, claro… Me alegro de haberle conocido… He leído en alguna publicación que ahora está en boga entre los comunistas afeitarse, cuidar de su higiene personal y dejar las bombas en casa…
—Nunca he visto una bomba.
—… dejar las bombas en un cajón de la mesa de su despacho. Me satisface comprobar que es cierto…
Sara tomó la palabra. Mientras Howard y Guy la apoyaban con sus ardientes miradas, Silga la escuchaba con atención y Anabel manifestaba una indiferencia desdeñosa, la joven expuso a sus padres el porvenir de la Coheeze y el del periódico Protest & Progress, vehículos que habían de llevar a los obreros de granjas, establos y restaurantes la sorprendente nueva de que eran verdaderos trabajadores y no parásitos como Fred, así como la convicción de que los irlandeses, chinos, japoneses, alemanes, franceses, españoles de izquierdas y derechas, negros, californianos, obreros de la confección de Nueva York, cultivadores de manzanos de Vernon y buscadores de perlas de Borneo, se amarían como hermanos.
—¿Para qué me cuentas todo eso? —preguntó Fred asombrado.
—A fin de que subvenciones tan bella empresa —repuso Sara riendo.
—No pienso hacerlo. No me gustan los obreros desde que la huelga de la industria automovilística me impidió vender durante varios meses… no pude colocar un solo automóvil a pesar de que nos hallábamos en la mejor temporada para nuestro comercio…
—El señor Staybridge nos ha dado cien dólares. ¿Vas a quedarte atrás?
—preguntó Sara.
—Guy, puede usted decirle a su padre que le cedo gustoso las ventajas de subvencionar tan hermosa obra…
—¡Papá! —exclamó Sara reprochándole. Hazel intervino:
—Oye, Fred… ya que a Sara le gusta que contribuyas… Estoy segura de que el señor Silga nos dirá muchas cosas interesantes sobre Rusia, como, por ejemplo, las relaciones entre hombres y mujeres, los divorcios, los salarios de las sirvientas y otros aspectos de la vida soviética… Confío en que accederá a pronunciar una conferencia en el Egeria Club el mes que viene; tengo el encargo de buscar un orador para tal fecha… y si Sara quiere distraerse con la Coheeze, estoy dispuesta a dar cincuenta dólares, cincuenta dólares de mi dinero…
Fred William frunció las cejas. El dinero de Hazel provenía de las rentas de cierta propiedad lejana, que heredó de un tío desconocido, rentas que ascendían a setecientos noventa dólares anuales, de los que, el año anterior y según los cálculos de Fred, había gastado más de novecientos…
Todos, excepto Fred, naturalmente, rodearon a Hazel para agradecer su donativo. Fred llevó aparte a la hija de Putnam y le dijo:
—Ignoraba que usted conocía a mi hijo.
—Únicamente he hablado con él en bailes y reuniones.
—Sí; es más fácil encontrarle en ese ambiente que en las clases de la Universidad…
—¿Le parece que Howard no es serio?
—Hablando con franqueza, señorita, gasta demasiado aceite y demasiada gasolina; conduce como un loco y no asiste a las clases con mucha asiduidad, pero es un excelente muchacho y le quiero…
—Yo también…
«Bien, bien. Eso es cuanto quería saber», pensó Fred.
Los demás estaban cómodamente sentados en las butacas y charlaban con gran animación. Hazel, dirigiéndose a Silga, decía lo instructiva que fue la reunión del Egeria Club el día en que ella y sus amigas recibieron a un discípulo de Dale Carnegie, el cual les había dicho que para un club-woman era tan importante saber hablar de pie como para un senador o un vendedor.
Anabel estaba sentada, con el busto muy erguido y las manos apoyadas en las rodillas. Sus ojos brillaban y parecían perdidos en un sueño lejano. Sus labios eran muy finos y Fred pensó que si alguna vez ofendían a la joven aquellos labios debían temblar. Le parecía que Anabel no era como
las demás jóvenes, atiborradas de prejuicios y de falsas opiniones, sino franca, amable y sencilla.
«Estará enamorada de Howard porque el chico tiene planta de galán cinematográfico —pensó Fred suspirando—. Luego, no querrá abandonarle porque se compadecerá de él. Howard la hará muy desgraciada… Pero, silencio, no debo hablar mal de mi hijo.
»Creo que le gusta estar aquí. ¡Todo es tan rígido en esa casa del viejo hipócrita Putnam! En nuestro hogar halla mayor libertad y comodidad. Aun se encontraría mejor entre nosotros si Sara no fuese tan endiabladamente distinguida.
»Anabel tiene los ojos dulcísimos… Suaves como los de un perrito. Querría que Howard se casara con una chica tan buena y honesta como ella, ¿pero tengo derecho a desear que Anabel se case con un holgazán?
¡Ah! ¡El deber de los padres!…».
A ruegos de Sara, Silga no se fue con Anabel y Guy. Como Howard había subido a su cuarto para acostarse después de mantener durante un cuarto de hora que, si se marchaba antes de que hubieran transcurrido cinco minutos, aun llegaría a tiempo a Truxon, Fred y Eugenio Silga, con Hazel y Sara por auditorio, empezaron a discutir buscando cada uno el punto vulnerable de la coraza del otro.
Silga no se parecía a los bolcheviques melodramáticos de las novelas policíacas inglesas. No dirigía una banda cuyos componentes habían de reunirse inevitablemente en la cripta de un monasterio y no le servía de agente secreto una condesa enlutada; pero su objetivo era preciso y claro. Desde su infancia miserable, transcurrida en un tugurio de Brooklyn, detestaba a las gentes ricas y bien educadas. Había seguido los cursos de la Universidad de Nueva York remendando trajes para ir viviendo, pero los estudios no modificaron su situación espiritual. Ambicionaba el poder y estaba dispuesto a arriesgar su vida para derrocar los sistemas democráticos e instaurar una dictadura del proletariado, en la cual los obreros gobernarían al país y él gobernaría a los obreros.
Eugenio tampoco se parecía a las caricaturas de los periódicos humorísticos. No era sucio ni aullaba al hablar ni sentía una atracción especial por las cajas de jabón (para encaramarse a ellas y dirigirse a la multitud). Era limpio, hablaba reposadamente y a nadie se le ocultaba la amabilidad de su sonrisa; pero resultaba tan peligroso para el mundo de Fred Cornplaw, es decir, para el mundo de Franklin, Emerson, Mark
Twain, Villar Cather y William Allen Withe, como una serpiente de cascabel para un paseante imprudente.
(A este respecto, debemos desvanecer un error muy frecuente cuando se habla de serpientes. Los hombres de corazón sensible acusan a las serpientes de morder a los turistas traidoramente. El reptil, por el contrario, se considera a sí mismo como un pacífico padre de familia, y estima que los hombres causan muchas más víctimas entre los componentes de su especie que las serpientes entre los hombres).
En cuanto a la imprevista y rápida conversión de Sara, Fred juzgaba que su hija sentíase movida por el deseo de adoptar un aire importante, parecer distinta a las demás jóvenes de su edad y frecuentar el trato con muchachos románticos. Ella y Silga amaban incontestablemente a la Humanidad, pero seguramente no experimentaban los mismos sentimientos respecto a cada uno de los individuos que la componían, considerados aisladamente.
Silga hablaba de la «Acción Juvenil»:
—No es un movimiento exclusivamente comunista. Estamos dispuestos a permitir la entrada en nuestra organización a los liberales e, incluso, a los socialistas tibios. Acabo de asistir a una asamblea de jóvenes celebrada en Cincinnati. Hemos solicitado al Congreso que todos los jóvenes menores de veinticinco años —yo tengo veintiséis y, por tanto, no estoy comprendido en el grupo a que aludo— reciban gratuitamente enseñanza universitaria, dos sesiones cinematográficas semanales y cigarrillos; también hemos pedido que al terminar sus estudios tuvieran trabajo asegurado y retribuido de acuerdo con las tarifas sindicales.
Fred se disponía a contestar, pero Sara se lo impidió:
—Te ruego, papá, que no nos cuentes por enésima vez que tuviste que trabajar en Truxon como camarero y, luego, aceptar un empleo retribuido con siete dólares semanales.
Contra lo que podía esperarse, Hazel intervino para decir:
—Nunca he comprendido esa «Acción Juvenil». Ya sé que muchos jóvenes de ambos sexos luchan en vano por encontrar trabajo, pero no creo que, en justicia, pueda decirse que merecen más compasión que un hombre de cuarenta y cinco años, por ejemplo, cuya mujer está enferma y se vea obligada a mantener tres hijos.
—Eso apenas puede considerarse como una objeción —condescendió Silga.
«¡Maldito sea el nombre de un hombre que era un monicaco! —pensó Fred enfurecido—. Este galopín cree ser el dueño de la casa. Si continúa por ese camino, el que estará de visita será Fred Cornplaw».
—Eso apenas debe considerarse como una objeción —decía Silga—; estoy convencido de que puede asegurarse trabajo —semana de treinta horas retribuidas con cincuenta dólares— a todos los obreros, cualquiera que sea su edad. Si nos ocupamos preferentemente de la juventud, es porque aún no está envenenada por el mito norteamericano de que vivimos democráticamente y que a todos los habitantes de los Estados Unidos se les ofrece una oportunidad. Podemos formar a los jóvenes con mayor facilidad.
Y mientras Fred esforzábase por parecer tranquilo e imparcial —lo cierto es que la serena imparcialidad de Cornplaw semejábase a la de un animal que se debatiera en una trampa—, Eugenio le dijo que el salario de los obreros de la industria automovilística podría ser doble si los fabricantes prescindieran de intermediarios «como Fred Cornplaw»; que Inglaterra perdería pronto Egipto y la India, Francia la Indochina y Holanda Java; que era aún más probable la conquista de Alaska, el oeste del Canadá, China, los Estados escandinavos y Polonia, por Rusia, en el curso de los tres primeros años de la próxima guerra mundial; Silga añadió que la Unión Soviética haría tan felices a los habitantes de estos países como lo son los campesinos rusos. Esto los llevó a comentar la situación de España, donde, según la opinión general, iba a producirse una peligrosa revolución derechista.
—He hablado de eso con Sara —prosiguió Silga en tono extremadamente cortés—, y creemos que la única forma de ayudar eficazmente al gobierno español consista en pedir a diversos simpatizantes…
—Yo no soy sim…
—… es pedir a diversos simpatizantes cierta cantidad de dinero. Sara y yo hemos pensado —confío en que usted no nos considerará demasiado audaces— que usted podría mostrar su confianza en la democracia y en el gobierno del pueblo, destinando quinientos dólares al gobierno español.
—Quinientos dól…
—¡Claro que sí! —exclamó Sara—. Bien sabe Dios que yo no puedo hacer ningún donativo a causa de mis miserables ingresos.
Fred William, de quien provenían los «miserables ingresos», pensó:
«Le doy cuanto me permiten mis medios de fortuna y mil dólares anuales, sin tener ninguna necesidad que atender, no creo que puedan calificarse de “miserables ingresos”».
—Escuchadme, hijos míos —dijo Fred con vehemencia e irritación—. Ya estoy harto de vuestras historias… Sé perfectamente que no soy más que un vulgar capitalista, un millonario, un multimillonario… Un tirano opresor de huérfanos y débiles… También sé que los proletarios de manos encallecidas como las vuestras deben suprimir a los capitalistas, entre los cuales me incluyo. Bien está; ¡hacedlo!… Ponedme cara a la pared y fusiladme… Apoderaos de mi yate, de mi castillo francés y del collar de rubíes que luce mi mujer… ¡Cogedlo todo y fusiladme, pero no me pidáis que pague para ser fusilado…! Esta perspectiva me basta. Que sean otros los que paguen la fiesta… No; escúchame, Sara, sé que cuando abres la boca como un pez debo disponerme a pasar un mal rato. Pero tú me escucharás ahora. Leo los periódicos como tú. Sé que hay muchas cosas en el mundo que no marchan como debieran: el oficio de minero es peligroso y está mal retribuido; Tom Mooney ha sido encarcelado injustamente y debería ser puesto en libertad; los sharccroppers llevan una existencia penosa y los negocios de los plantadores van muy mal; muchos sacerdotes y catedráticos son arrestados en Europa por decir la verdad; los negros son maltratados y muchos granjeros ganan lo justo para pagar las hipotecas que pesan sobre sus fincas; pero yo no soy como vosotros, los comunistas. No creo ser un dios todopoderoso y, por tanto, no puedo llevar a cabo una reforma simultánea en todo el mundo. Mi opinión es que cada hombre debía poner en orden sus asuntos antes de ocuparse de los ajenos. No soy bastante rico ni inteligente para reconstruir todos los tugurios de Nueva York y, al mismo tiempo, hacer imposibles las guerras… No tengo la impresión de haber obrado mal en mi pequeño dominio. Mis empleados y mis clientes parecen estar bastante satisfechos. Además, me entiendo bien con los míos…
—¿Tú crees? —preguntó Sara suavemente.
Esta interrupción hirió a Fred, pues le pareció justa e impertinente a la vez. Con menos seguridad, prosiguió:
—Quería decir que… Bueno… que no creo ser un Rockefeller. No soy más que un modesto ciudadano de Sachem Falls, y vosotros, individuos superiores que habláis de realismo y de la necesidad de ver las cosas tal
como son, deberíais apreciar el hecho de que me tengo por lo que realmente soy…
Hazel había escuchado a Fred con mucha simpatía, pero decidió intervenir para cambiar de conversación. Con sedante volubilidad, habló a Eugenio del teatrito Spreadeagle de Sachem Falls, de los notables triunfos alcanzados por Howard en el base-ball durante su infancia y de sus primos de California.
Este cambio de temas calmó a todos y Silga se despidió con un «hasta la vista» a medio tono, que quería decir: «no volveré más».
—¿Era absolutamente necesario que te enfadaras y que nos insultaras, papá? —preguntó Sara.
—No, tal vez no… pero no comprendo por qué hace treinta años debíamos excusarnos ante cualquier individuo llegado de Francia e Inglaterra y pedirle perdón por ser americanos y por qué ahora, en cambio, hemos de ponernos de rodillas a los pies de Rusia… Y cuando ese joven ha tocado mi punto sensible…
—Tu cartera, papá…
—Eso es… Pero ¿no has vivido siempre de ella?… Si quieres que te hable en lenguaje vulgar…
—No lo deseo…
—Pues bien, cuando alguien viene a mi casa y pretende indicarme cuál es mi deber…
—Me asombra que no hayas dicho algo cuyos efectos pudieran compararse a los de una ducha fría, como, por ejemplo: «Si usted no está a gusto aquí, vuelva a su país…».
—Pensé decirlo, pero no tengo la seguridad de que venga de un lugar lo bastante detestado por mí para desear que regrese a él… Sin embargo, respeto a Silga más que tú. Al menos tiene la franqueza de ser enemigo declarado de todo lo que me gusta. Arriesga su vida en las huelgas y vive con quince o veinte dólares semanales… En cambio, tú y las personas que se hallan en circunstancias parecidas, sacáis a vuestros padres cuanto dinero podéis obtener de su generosidad, y luego les reprocháis su fortuna…
—¡Padre!…
—Perfectamente… pero tú no eres la única en tu especie… Hay muchos jóvenes y chicas a quienes sus padres enviaron a la Universidad empeñándose hasta las uñas para ayudarles con su dinero y sus consejos.
Los beneficiados desprecian a sus padres por haberse mostrado tan buenos y no vacilan en censurar sus maneras y en burlarse de su falta de conocimientos. Yo no quiero que haya en mi casa tales bobos intelectuales… Escúchame, Sara: A partir de los dieciocho años, los hijos ya no tienen derecho al cariño oficial de sus padres; deben merecer ese cariño…
Sara corrió a la puerta sollozando.
Durante algún tiempo, Fred recorrió la estancia en todos sentidos.
«Que el diablo se me lleve —pensaba—. Yo no quería… pero esta hija mía me ha exasperado. ¡Encolerizarme cuando había decidido ser tan correcto con ella y con ese pequeño bolchevique de ojos negros! ¿Por qué no serán tan amables como Anabel?… Ella es mi verdadera hija; una chica así hubiera querido tener… No es del todo seguro que la deje casar con Howard, con ese plato de natillas… Pero Sara… Está bien, está bien… esperaré hasta mañana para pedirle perdón; ¿será mejor que lo haga ahora mismo?…».
VII
LA célebre Old Home Week de Sachem Falls celebrábase en marzo. La estación no se prestaba mucho a las fiestas al aire libre, pero el tercer mes del año fue elegido porque en él se hallaba el aniversario del único héroe revolucionario de la ciudad: el general Abraham Pough. De este hombre únicamente se sabía que fue un héroe, que era casi cierto su nacimiento, que vino al mundo en marzo y que este acontecimiento no debió de producirse en la «casa natal de Pough», sita en la calle Beecher.
Durante la Old Home Week, organizábase un gran desfile en el que figuraban las últimas creaciones de la industria automovilística, que interesaban mucho más a los habitantes de la ciudad que la figura y los hechos del general Pough.
Aprovechando tal ocasión, Fred presentó los remolques Dupleix que nadie había visto aún en Sachem Falls.
Paul Popple había sugerido:
—¿Qué le parece adornar nuestros coches con cintas doradas?… Me han dicho que la Conqueror Motor Company se propone embellecer los suyos con guirnaldas…
—No vendo cintas ni oro —fue la respuesta de Fred—, sino automóviles.
Y, a pesar de la muda desaprobación de su ayudante y las dudas de su esposa, Fred decidió encargarse por sí mismo de todos los preparativos.
Llegó el gran día y el cortejo tradicional recorrió las calles de la ciudad. Tras una evocación histórica de los primeros colonos holandeses que fabricaban quesos y eran despojados del cuero cabelludo por los indios iroqueses; tras la American Legión; los «Hijos de Suecia»; el camión publicitario de la fábrica de conservas; los Woodmen of America, portadores de hachas e insignias de la agrupación y los seis elegantes automóviles de la Conqueror Motor Company, acaeció la presentación imaginada por Fred.
En cabeza, ocupando una limousine Triumph, iba el alcalde de Sachem Falls, que debía trescientos dólares a Cornplaw; pero los espectadores a quienes animaba un grupo de profesionales del aplauso pagados por Fred a razón de un dólar por día e individuo, consideraron la ocupación del automóvil por la primera autoridad del municipio como una consagración oficial y sacaron la conclusión de que la marca Triumph era superior a todas las demás.
A este automóvil seguía un Houndtooth-six, no sólo desprovisto de cintas y flores, sino también de carrocería. El chofer iba sentado en una caja de madera llena de manchas.
A Sara le extrañó mucho esta audacia, pero la gente observaba con interés el funcionamiento del motor y se apretujaba alrededor del chasis, gritando:
—Oye, Bill, ¿te has fijado en los frenos?
El Houndtooth-six arrastraba seis remolques Dupleix, cuyo segundo piso levantábase y volvía a plegarse sin cesar. El público, asombrado al ver que la simple presión del aire construía tres alcobas, manifestaba su agrado sin reservas. Hazel acarició admirada la mejilla de Fred, pero Sara permaneció insensible y hostil.
Ninguno de los tres periódicos de Sachem Falls —a los que Fred había prometido una gran página de publicidad para proclamar las excelencias de la marca Dupleix— pudo silenciar esta innovación y en cada gacetilla se había incluido un párrafo redactado, sobre poco más o menos, en estos términos: «… pero el broche de la jornada ha sido un nuevo modelo de remolques que pueden ser transformados en casitas de dos pisos…».
Antes de que terminara el día siguiente, habían sido vendidos seis
Dupleix.
Por la noche, sentado en un diván junto a su esposa y escuchando un nostálgico cuarteto hawaiano «de Bronx» cuyas canciones difundía el altavoz de su aparato de radio, Fred dijo lentamente:
—El desfile fue un éxito. Soy un buen comerciante y he demostrado ser hábil en la presentación de los coches, pero lo curioso es que no experimento la satisfacción que debería sentir. Mientras mis Dupleix se vestían y desnudaban en público, incluso llegué a encontrarme mal.
¿Significará eso que empiezo a cansarme de los negocios, querida?…
Nada le dijo a Hazel acerca de un incidente que se produjo durante la fiesta. Verdad es que ni siquiera había vuelto a pensar en el hecho.
Durante la presentación de los remolques, Fred se mezcló con el público para saludar a los posibles clientes y encontró a Putnam Staybridge, a quien acompañaba su hija.
A causa de la traición perpetrada por Jorge Wáshington, Putnam Staybridge no era el «Muy Honorable Putnam Staybridge P. C., D. S. O.,
K. C. M. G.», pero, aunque no se le hubieran concedido los títulos a que tenía derecho, el padre de Anabel procuraba mostrar por medio de la forma irreprochable de su barbita, el frío desdén de sus ojos grises y la altivez de sus flacos hombros, que era noble a pesar de todo.
En el momento en que Fred le encontró, esta cualidad se manifestaba en forma de censuras y burlas dedicadas a los remolques, y aunque Cornplaw sabía que Staybridge tenía intereses en la Conqueror Motor Company, su ironía le hizo un efecto muy desagradable.
—¿Cómo está usted, señor Cornplaw? —preguntó Putnam.
Sin embargo, notábase claramente que le tenía sin cuidado la respuesta e, incluso, el hecho de que Fred «estuviera» o no.
Un instante después, Staybridge volvió la espalda a Fred para saludar a una señora, separando para sonreír la comisura de sus labios con un gesto que daba a su boca la apariencia de una cinta de caucho estirada con esfuerzo.
Anabel, por el contrario, estaba radiante y Fred le dedicó una sonrisa afectuosa.
Cinco minutos más tarde, mientras Fred seguía con atención el desfile de los exploradores, notó que le tiraban de la manga y vio los ojos de la joven tímidamente fijos en él.
—Diga, señorita… —invitó con benevolencia.
—Mi padre se ha ido y…
—Pues bien; quédese conmigo; la protegeré… He pertenecido a la policía…
—¿De veras?
—Y tan de veras. Yo detuve a Jesse James.
—Jesse James no fue detenido, sino asesinado a traición por un miembro de su banda.
La simpatía que Anabel inspiraba a Fred subió de punto.
«Caso raro es —pensó—, que una chica menor de treinta años tenga en la cabeza algo más que cine y aviación y conozca la sagrada página de la historia de los Estados Unidos escrita por los James’ boys».
No podía tratarla como a una Staybridge, porque en nada se parecía a su padre.
—Querida niña —dijo Cornplaw—, temo que su padre no haya apreciado mucho mis remolques mágicos.
—¡Oh! Yo me pregunto qué es lo que aprecia… Tras una pausa añadió:
—¿Ha visto a Howard?
—No. Vendrá dentro de ocho días para asistir a la cena organizada con motivo de mi cumpleaños. ¿Por qué no viene usted también?
—Con mucho gusto, señor Cornplaw.
En los ojos de Fred se leyó la admiración que sentía por Anabel. Aquella figura sencilla y clara aparecida en un mundo complicado y nebuloso le encantaba.
«¡Pardiez! —pensó—. Si Howard no la aprecia como merece, haré con él lo peor que está en mi mano para castigarle: le permitiré que deje de estudiar y trabaje».
VIII
CÓMODAMENTE sentado en su butaca favorita, Fred leía el periódico de la noche. Era la víspera de su cumpleaños número cincuenta y seis y todo traicionaba en la casa los preparativos secretos que se llevaban a cabo para celebrar la fecha. Estaba sereno y sentíase al abrigo de quebrantos y molestias.
De pronto, sonó el timbre de la puerta de entrada y le pareció que su vibración llevaba a su espíritu todas las olvidadas inquietudes de su vida cotidiana.
—Unos señores quieren verle —anunció la sirvienta—. Se llaman Tillery… Enos Tillery y su familia…
—¿Tillery? No conozco ese apellido.
Pero, de pronto, recordó: Tillery era el apellido de un primo de su padre y evocó en su memoria el recuerdo de un alegre Joe Tillery que no se lavaba ni peinaba ni era solvente, residía en una granja sórdida y recibía del señor Cornplaw padre uno solo de los diez dólares que humildemente solicitaba. Desde su infancia Fred no había sabido nada de él, pero presentía que Enos Tillery debía de ser digno hijo de Joe.
Con secreto horror se dirigió a la antecámara, confiando, ingenuamente, en que sus visitantes no irían más lejos. Cerca de la puerta, estaba un hombre que tendría alrededor de cincuenta años, rodeado por una mujer, dos muchachotes, un chiquillo y una niña.
El hombre —Enos, sin duda— vestía un pantalón de golf a cuadros de color púrpura y verde tierno, y un swater de cuello alto y color rojo, comido por la polilla. Sus mejillas no habían sido afeitadas desde cuatro días antes, por lo menos y su pelo debía llevar cuatro meses reñido con las tijeras, pero sus facciones expresaban una cordialidad que aumentó los temores de Fred. La mujer llevaba un abrigo de algodón, cuyo cuello de piel tenía tanta necesidad de ser peinado como los cabellos negros y brillantes de su propietaria.
Hacía tiempo que Fred se había desembarazado resueltamente de la opinión errónea profesada por su padre y por los amigos de su progenitor, en el sentido de que la pobreza es un vicio y una deshonra, pero aún no se había acostumbrado a pensar de acuerdo con la nueva doctrina que proclamaba la superioridad de la falta de dinero, los fracasos y la suciedad, sobre el ahorro, el éxito y la limpieza.
Tal vez no le preocupara ninguna de las dos teorías, pero pertenecía a esa clase de hombres bien educados y disciplinados que saben evitar a sus esposas e hijos toda molestia, por ligera que sea, y estaba seguro de que ni Hazel ni Sara le perdonarían el hecho de tener tales parientes. Además, las sonrisas con que le abrumaban los Tillery significaban claramente —y más para un hombre de la experiencia de Fred— que acudían a él en demanda de hospitalidad. Por este motivo, Cornplaw se mostró reservado y prudente en extremo.
—Bueno, bueno; ¡ahí tenéis al gran Freddy Cornplaw! —gritaba Enos
—. ¡Ah! ¡Viejo ladrón!… ¿Recuerdas cómo nos robabas manzanas y los castigos que te imponía mi padre? ¿Has olvidado el miedo que tenías a bañarte en el río? ¡Aquellos eran buenos tiempos…!
Desde su lejana juventud, llegó a Fred el delicado perfume de la cochiquera de los Tillery.
—Sí, sí… claro… no lo he olvidado —balbuceó Cornplaw—.
Supongo que esta es tu familia…
—Efectivamente. Esta es Edna, la aldeana; estos grandullones se llaman Mac y Cal; el pequeño, Tom y la niña Sagitaria…
Fred ignoraba cómo había sucedido, pero los Tillery ya no estaban en la antecámara, sino en el salón. Cal había cogido un cigarrillo, la señorita Tillery un bombón y Tom y Sagitaria saltaban alegremente sobre el sillón, cuyos muelles gemían sordamente.
«No puedo poner de patitas en la calle a mis primos —pensó Fred—. Los vínculos de la sangre no son vanas palabras… Con tal de que no entre Sara…».
—Hazte cargo —decía Enos—. Uno y su gente van hacia la Virginia occidental, donde, al parecer, hay medio de hacerse con una granja con motivo de un gran proyecto de arrendamiento. Al estar cerca de aquí, le dije a Edna: «Vamos a ver a Freddy. Él y su mujer no van a molestarse por eso…». ¿Cómo se llama tu costilla? ¿Eglantina?
—Hazel…
—Hazel, eso es lo que yo quería decir. Es hija de granjeros, como tú y yo… Pues, le dije a Edna: «Vamos a ver a Freddy». Ella me dijo que no. Dijo también que haciendo más de cuarenta años que no me veías, tal vez no quisieras recibirme. ¿Por qué habías de hacerlo? ¿No habría dado yo muy contento una cama a Freddy y a sus cachorros si hubieran venido a mi pueblo?… ¿Cuántos críos tienes?
—Dos…
—Nunca has sido bueno para nada… viejo tramposo… Yo tengo seis: los cuatro aquí presentes y otro en muy buena posición: vende especialidades farmacéuticas… Bueno, queda otro, pero ese… Hum… tuvo poca suerte… Es inocente, pero… hum… el caso es que está en un correccional… Poco importa eso… «Sí —le dije a mi mujer—; ¿por qué no ha de recibirnos? Somos parientes, ¿verdad? Nunca he creído que Freddy sea orgulloso. Sé que es muy rico, pero apostaría algo a que no es orgulloso…». Oye, Freddy, huele bien… ¿es un asado?
Fred experimentaba la sensación de que iba a volverse loco. Tenía la seguridad de que si sus parientes llegaban a sentarse a su mesa, Hazel le mataría y Sara quemaría su cadáver.
—¿Habéis… habéis comido? —murmuró.
—Aún no; estamos dispuestos a devorar un buey…
—Y… ¿tenéis dinero?
Enos echóse a reír, lo mismo hizo su mujer y sus hijos les imitaron.
—No te propones desvalijarnos, ¿verdad? ¡Siempre fuiste un endiablado ladronzuelo!… Pues bien, estoy dispuesto a confesarte que, entre todos, tenemos alrededor de un dólar y cincuenta centavos…
Así diciendo, Enos se levantó y corrió hacia Fred para golpearle amistosamente la espalda, lo cual consideró Cornplaw completamente superfluo.
—En ese caso, me permitirás que te invite a comer… Toma; cinco dólares.
Enos cogió el billete sin ofrecer resistencia. La única oposición que estaba dispuesto a manifestar era la que expresó con estas palabras:
—¿Te sale más barato esto que invitarnos a comer aquí?… No cogería los cinco dólares si pudiéramos quedarnos…
Enos echóse a reír, lo mismo hizo su mujer y sus hijos les imitaron.
Viéndose obligado a mentir —lo cual no sabía hacer muy bien— Fred dijo como si lo lamentara:
—Hemos invitado a unos amigos…
—No me molesta que lo hayas hecho… ya lo sabes… Y si no hay bastante comida puedo comprar dos o tres latas de judías…
—No es necesario… Creo que lo mejor será que hagas lo que te he propuesto.
—Como quieras, amigo… Ten la seguridad de que nunca he sido causa de molestia para otro. Con frecuencia, digo: «Yo no tengo mucho, pero lo poco que es mío me lo he ganado trabajando duramente». Sí, amigo. He sido siempre independiente y estoy orgulloso de ello… No soy manirroto ni avaro… Pero, dime… ¿puedes hacernos sitio para una noche… o tal vez dos?… Querría enseñar la ciudad a los chicos… Conviene que se instruyan… Supongo que no te molestará tenerlos aquí; Mira: los pequeños podrían dormir aquí…
—Es que tal vez mis invitados se queden…
Fred tenía la frente perlada de sudor. El pobre estaba deseando utilizar de nuevo el termómetro clínico de Sara.
La señora de Tillery intervino:
—¡Enos!…
—¿Qué?
—Ahuequemos.
—Enseguida… Aun quería preguntarte algo, Fred… ¿Podrías emplear en tu garaje a Mac y a Cal? No dudo de que alcanzaré esa granja del gobierno: los chicos son magníficos para reparar cacharros y vender gasolina. Supongo que en tu gran garaje…
—¿Dónde han trabajado hasta ahora?
—Cal empezó en el C. C. C., pero le gusta menos que esto. Luego, entró en la W. P. A., pero sus patronos eran individuos feroces que le exigían el mismo trabajo que si le pagaran algo decente. A continuación, trabajó como barrendero en una fábrica; su empleo siguiente fue el de substituto de un cocinero de ferrocarriles que cayó enfermo, pero el asunto tampoco cuajó. Desde hace algún tiempo no trabaja, limitándose a viajar con nosotros. He de reconocer que hemos pasado una buena temporada: durante casi todo el invierno hemos vivido en Florida; sin embargo, uno tuvo algunas dificultades con la policía. Cal es trabajador, muy trabajador; desde luego, necesita un jefe que comprenda su nervioso carácter y por eso creo que nadie puede mandarle mejor que tú. Mac lee mucho, pero no tiene tanta experiencia como Cal… pero, ¡qué diablo!, no tiene necesidad
de alcanzarla. El gobierno tiene que velar porque todos encuentren una salida, ¿no es cierto?
—Que vengan a verme al despacho de diez a doce de la mañana.
Procuraré darles trabajo.
Fred se puso en pie, pero Enos continuó sentado. Cornplaw hubo de adoptar una expresión severa… o, por lo menos, lo intentó, pues no le era fácil mirar con ira a un hombre que le había conocido cuando aún no era más que un chiquillo gordo y coloradote.
Fred tardó media hora en librarse de los Tillery. Mientras su esposo luchaba encarnizadamente, Hazel asomó la cabeza y le miró como una Gorgona.
Cinco días y cien dólares costó alejar a Enos y a los suyos de Sachem Falls.
Mac y Cal se presentaron en la Agencia con sólo media hora de retraso. Fred les encargó que lavaran los coches, pero los vehículos no quedaban más limpios tras la intervención de ambos muchachos.
La llegada de los Tillery irritó a Fred tanto como la conversión de Sara al comunismo y el propósito de abandonar la Universidad manifestado por Howard.
Hasta cierto punto creía, como Enos, que un hombre se halla tan ligado a su familia —e incluso a los parientes afortunadamente perdidos de vista desde hacía tiempo— como a la ley, a los profetas y a sus más íntimos amigos, pero la visita de sus primos y las extravagancias de sus hijos, provocaron en él un singular movimiento de rebeldía.
«Mi verdadera familia es Hazel… y, ahora, Anabel y amigos como Walter Lindbeck y el doctor Kammerking —pensaba Fred—. A ninguno de ellos estoy unido por vínculos de sangre».
Y, sintiéndose de pronto animado por una gran audacia, se preguntó si estaría realmente obligado a ocuparse de Howard y Sara mientras sus hijos no quisieran ser sus «amigos».
En la mesa, Hazel dijo:
— Me ha parecido que esa familia era la de un primo tuyo, por lo que os oí hablar. ¿Por qué no les invitaste a comer?
IX
FESTEJÁBASE el cumpleaños de Fred. El salón estaba lleno de rosas, lirios y narcisos. La mesa del comedor lucía con alegre orgullo la vajilla de Limoges de color azul celeste, los platos de cristal tallado —exigidos por los célebres melocotones al aguardiente preparados por Hazel— y los vasos delicadamente grabados que ennoblecían su borde con un aro de esmalte dorado. Cada comensal debía beber dos copas de champán, excepto Fred que tenía derecho a tres y Anabel que tomaría ginger ale.
Fred detestaba cuanto le recordaba el paso de los años en general y, particularmente, los cumpleaños. Al ver las flores, pensó:
«Seguramente, son para que me vaya acostumbrando a mi entierro».
Sin embargo, esforzábase por parecer alegre y agradecido a las atenciones que todos le dedicaban. Cuando se exhibieron los regalos, que por cierto había visto ya sin la menor emoción, fingió una alegre sorpresa a tono con las circunstancias.
Los regalos reflejaban fielmente el gusto y el carácter de quienes los enviaron. Como Fred se había quejado de que no tenía nada para abrigar sus nerviosas piernas durante las frías mañanas invernales, el regalo de Hazel era una bata que por su longitud podría cubrir enteramente a un elefante, pero el color púrpura de la tela daba vértigo, los cordones de seda podían competir en brillantez y tono con el fuego; por si esto no bastara, Fred estaba dispuesto a jurar que, en su opinión, la cintura no se ensancharía nunca. Howard le regaló un retrato enmarcado de su nórdica y rubia cabeza. El doctor Kammerking y su esposa, una pipa (era la segunda que le regalaban, aunque Fred no fumaba más que puros o cigarrillos); el doctor opinaba que para un hombre próximo a la cuarentena o que ya había pasado de ella, la pipa era más higiénica y confería un aspecto más viril.
Sin embargo, Fred se extasió ante el objeto:
— ¡Qué magnífica pieza! ¡Ha sido importada de Inglaterra!
Sara había comprado un desagradable libro titulado: «Resumen estadístico de la disminución de beneficios bajo el régimen capitalista», cuya triste cubierta gris contrastaba extraordinariamente con el traje que vestía la joven y que había sido adquirido gracias a los «beneficios» de que hablaba el libro. Fred no podía creer que su hija se hubiese gastado tres dólares y medio para hacerle un regalo y, más tarde, hizo una investigación discreta. No le fue difícil descubrir en la guarda del ejemplar la señal de un nombre escrito con lápiz.
En compensación, Anabel —«¡que Dios la bendiga!»— le había enviado la colección completa de novelas policíacas originales de Dorothy Sayers y prometido, para el siguiente año, las obras de Agatha Christie.
—Querida joven, no mima usted al Cornplaw que tiene derecho a su atención —dijo Fred abrazándola.
Howard, siguiendo el ejemplo de su padre, la abrazó también y Hazel, que había observado estas efusiones sin el menor entusiasmo, hizo lo mismo aunque con expresión totalmente distinta.
La comida fue abundante, pero mal servida. La doncella interina contratada para la fiesta se había formado en una lavandería y queriendo hacerlo todo bien y de prisa, tiraba sobre el mantel y el suelo no sólo la sopa y el champán, sino también el helado de grosella y la crema. La comunista Sara la trataba sin miramientos, como solía hacer con los chofers de taxis y telefonistas. Hazel, por el contrario, mostrábase buena e indulgente, aunque su hija insinuaba que aún tenía miedo de los criados.
Durante los entremeses —palabra que al querer pronunciar en francés alteraba Fred transformándola en orduvre— los invitados, mientras comían anchoas, sardinas y dos clases de ensaladilla rusa, preguntaron cortésmente por el éxito de los remolques Dupleix y pasaron inmediatamente al relato de sus preocupaciones: Howard pleiteaba con el censor de Truxon, el cual no permitía que se tocara la armónica a las dos de la madrugada; Sara no podía encontrar en Sachem un peluquero
«competente» y el doctor Kammerking no había podido cobrar la cuenta que presentó al cliente que tenía la desfachatez de sufrir una «trombosis coronaria».
Al servirse la sopa con setas, Howard anunció que probablemente sería nombrado capitán de R. O. T. C. el año siguiente y Sara manifestó que a pesar de que la música y el baile eran artes totalmente desconocidas en
Rusia durante el régimen zarista, los campesinos soviéticos bailaban al claro de luna entre las cinco y las ocho de la mañana.
El pato asado fue lo que desató del todo la lengua de Howard y la palabra del dios nórdico no dejó de oírse ni siquiera cuando fueron servidos los postres. A medida que la exuberante oratoria de Howard ampliaba la altura y amplitud de su vuelo, Anabel sentía mayor admiración por el joven Cornplaw. Las miradas que la joven dirigía a Fred indicaban claramente que no estaba decepcionada: consideraba infantil a Howard, mas no por eso le amaba menos.
Sin embargo, era bastante difícil —sobre todo para los Kammerking—comprender lo que el joven deseaba sincera y únicamente. Anunciaba su intención de permanecer en Truxon, vencer a sus enemigos y formar parte del equipo de fútbol. Al mismo tiempo manifestaba su deseo de abandonar los estudios y realizar un formidable negocio con los cohetes que pronto reemplazarían a los motores aeronáuticos de gasolina, permitiendo que un avión cubriera la distancia que separa Londres de Nueva York en cinco horas, lo cual no le impedía proyectar al cabo de diez minutos la instalación de un cabaret cerca de Truxon. Lo único que necesitaba era poseer algunos miles de dólares. En su juvenil exaltación, Howard dirigía significativas miradas a su padre, pero Fred no daba muestras de comprenderle.
«Howard no es más que un primo de Cal y Mac Tillery» —pensó Fred.
Al servirse el aguardiente de melocotón que Fred consideraba artículo tan femenino como la ropa interior de seda color rosa y los cigarrillos de boquilla dorada, Howard acababa de dar cima a una empresa completamente nueva: habíase convertido en ayudante y futuro sucesor de su padre en la Agencia Triumph, y, gracias a su esfuerzo, los negocios no se contentaban con marchar a buen paso, sino que iniciaban un desenfrenado «galope».
—Evidentemente, has alcanzado una posición envidiable, papá; pero hay un montón de cosas nuevas que pueden cuadruplicar el rendimiento. En primer lugar, dentro de poco podrá instalarse la televisión y, además, tengo ciertas ideas muy modernas sobre el almacén. Podemos establecerlo en la calle Chester y ornamentarlo con espejos, muchos cristales y, para obtener buenos efectos, cristales negros combinados con cuero rojo. Un bar para clientes elegantes y una orquesta completarían la nueva
instalación. En verano podría permanecer abierto el almacén durante la noche. La competencia reventaría de envidia…
«El mundo ha perdido el juicio de tal forma —pensó Fred— que las elucubraciones de Howard podrían alcanzar verdadero éxito y cuadruplicar los beneficios».
Pero Cornplaw pensó que su trabajo también aumentaría y no deseaba que tal contingencia se produjera. Durante más de treinta años, había acogido con ejemplar y extraordinaria cordialidad a los individuos más desagradables, invitado a tomar café a sus clientes cuando lo que en realidad deseaba era calzarse unas cómodas zapatillas, y hablado más veces de la lluvia y del buen tiempo que días lluviosos y apacibles había conocido. Comprendió de pronto que había consagrado toda su vida, con devoción casi religiosa, a sentir un afecto fraternal por todo hombre que poseyera mil dólares para comprar un automóvil, y experimentó un hastío invencible. ¡Qué divino placer experimentaría si pudiese decir a un cliente:
«Sí, señor Jones, tenemos cinco millones de aparatos de televisión, modelo 1943, pero no le venderé ni uno solo aunque me ofrezca cinco millones de dólares: no me gusta su manera de pronunciar la “r”»!
En broma, pero con seria entonación, Cornplaw declaró:
—Si quieres trabajar en la Agencia, Howard, te aconsejo que aprendas mecánica, porque pronto realizaré el traspaso y me retiraré.
Esta frase cayó como una bomba. Los invitados, que lentamente habían llegado al amable aburrimiento que caracteriza a todas las comidas de cumpleaños, quedaron estupefactos.
—Tú vas a…
—Usted quiere…
—¡Qué fantasía…!
—Tú…
—¿Usted…?
—¿Retirarte…?
—¿Desde cuándo?
La sensación producida por sus palabras agradó a Fred. No había tenido tanta conciencia de su importancia como en aquel momento, desde el día en que compró su primer sombrero de copa plegable. Estaba orgulloso de comprobar que su reputación de «no ser como los demás» era tan sólida que había podido engañar a todo el mundo, excepto a Hazel quizá, y que incluso su esposa parecía anonadada.
—¿Cuándo te propones ejecutar ese plan de retirada? —preguntó Kaminerking.
—En el plazo de un año.
—¡Eso es imposible, papá! —exclamó Howard—. Tú no puedes hacerme eso. Prosiga o no mis estudios, debo crearme una posición y nadie puede ayudarme a conseguirlo más que tú.
Los ojos suplicantes de Anabel fueron el mejor apoyo al ruego de Howard.
—¡Por Dios, hijo mío —repuso Fred—, no deseo nada mejor que ayudarte! Pero únicamente quiero ayudarte al principio, facilitar tus primeros pasos. No me propongo estar tras de ti durante años y años como hacen actualmente muchísimos padres. Supongo, entre paréntesis, que esto te inspirará una nueva solicitud de la «Acción Juvenil» dirigida al Congreso y concebida sobre poco más o menos en estos términos: Los individuos aficionados al trabajo, serán castigados obligándoles a mantener holgazanes…
Hazel intervino con un tono seco que no era habitual en ella:
—No le pinches, Fred.
—No le molesto.
Y Fred se preguntó bruscamente si lo que acababa de decir no era verdaderamente más que una flecha dirigida contra el amor propio de su hijo.
Viendo que se alejaba la única probabilidad que tenía de labrarse una posición desahogada, Howard rogó:
—Retírate dentro de diez o quince años, cuando yo pise terreno firme.
—No. Lo haré en el plazo de un año exactamente. Para trabajar, te basta pedirle a Popple que te ponga al corriente de todo.
—Sé que Popple es un empleado inteligente, pero carece de cultura.
No ha ido nunca a la Universidad.
Fred quiso subrayar que algunos hombres que se llamaban, por ejemplo, Wáshington, Lincoln, Ford y Edison, habían triunfado en la vida sin necesidad de pasar por la Universidad; pero su hija no le dio tiempo a pronunciar la irónica observación.
—Papá —dijo más afectuosamente que de costumbre— sé que no hablas en serio, pero esas cosas no debías decirlas ni en broma. ¿Por qué has de retirarte? ¿Qué motivos tienes? Estás encantado con la vida que llevas. Te gusta extraordinariamente vender automóviles a gentes que no
desean comprarlos y ver que mamá, Howard y yo, nos dirigimos a ti para todo.
Fred iba a protestar, pero Sara continuó:
—En mi opinión, los remolques Dupleix son absurdos: están confeccionados de acuerdo con un mal gusto que da grima y son horriblemente incómodos. Me recuerdan las carretas y galeras de los primeros colonos, que tienen un aire muy romántico, pero no disponían de un solo sitio en el que una persona pudiera sentarse cómodamente o conciliar el sueño. Pero esos remolques pueden producir mucho dinero, lo mismo que los horrores mencionados por Howard, es decir, la televisión y los aviones cohete, y tengo la seguridad de que no quieres perder una ocasión tan buena para embolsar billetes.
—¿Qué dices, Sara?… Yo creía que eras contraria a las malditas teorías capitalistas.
—Lo soy… pero si yo… bueno, si tuviéramos mucho dinero podría hacer un sinfín de cosas en favor de Protest and Progress y de la Worker’s International Cohesión, que…
—Quieres decir la Coheeze…
—Sí; creo que a veces le dan ese nombre…
«Cree… —pensó Fred—. Sabe perfectamente, pardiez, que se llama así. ¡Acaba de pronunciar el nombre abreviado de la organización mientras hablaba por teléfono!».
Sara continuó hablando y su cara expresaba la misma satisfacción que debió experimentar San Patricio al ver que la última serpiente se iba de Irlanda:
—Trabajo todos los días con Eugenio Silga, preparando la publicación del primer número de Protest & Progress. No somos comunistas, aunque creemos que es necesario brindar una ocasión a los soviets. Para ello, queremos desmentir la infame calumnia que tanto se ha difundido. Los bolcheviques no han suprimido a nadie…
—¿Suprimido?… Querrás decir: asesinado.
—… no han suprimido a nadie más que a los traidores o a los espías trotskistas que intentaban derribar el gobierno del proletariado. ¿Hubieras obrado de distinta forma si fueras Stalin?
—¿Cómo diablos puedo yo saber lo que hubiera hecho si fuera Stalin? Tampoco sé lo que habría hecho si fuera Max Schmelling o Mae West.
Nunca he pretendido saber mejor que los demás lo que mis semejantes han de hacer.
—Sin embargo, quieres que mamá, Howard y yo, te hagamos siempre caso.
—Es cierto. Tienes razón, hija mía.
Por primera vez desde que Fred anunciara su propósito de retirarse, los invitados sonrieron.
—Me apartas del tema que me interesa —prosiguió Cornplaw—. Lo que yo digo es que voy a retirarme en el plazo de un año y que tu madre y yo vamos a disfrutar un poco de la vida. ¿Tenéis alguna objeción seria que oponer a este proyecto?
—Yo sí —contestó Hazel.
X
TEN presente —recalcó la señora Cornplaw— que ni por un solo instante he creído que hablaras seriamente. Admitamos que te propones abandonar los negocios: ¿Qué harías entonces?
—Por ejemplo, viajar.
—¡Ilusiones!… Recuerda el gran viaje que hicimos juntos. Vimos en aquella ocasión cuanto merece ser visto: Washington, Mont-Vernon, Chicago, el Parque de Yellowstone y el Gran Cañón, y todo el recuerdo que me queda de esos lugares es que nos dolían cruelmente los pies.
— Porque fuimos demasiado de prisa. Un día y medio en Washington es muy poco tiempo. Washington es una ciudad muy interesante y bien merece que se le dediquen tres días… Además, lo que yo quiero es ir a Europa… Ventilar mi pensamiento y cambiar de ideas…
—¿Y no podemos hacerlo aquí?… Imagina lo mal que dormirías en la cama de un hotel y cuánto te molestaría que el camarero de un restaurante cortara la carne… No, no. Quédate. Puedes distraerte trabajando con Howard y ampliando los negocios de la Agencia. Tú no te retirarás nunca ni lo deseas. Lo que quieres es que tus hijos triunfen y ayudarles.
—Te aburrirías mortalmente viajando, papá. Pero Anabel intervino:
—Les ruego que me perdonen, pues tal vez el asunto no es de mi incumbencia en ningún sentido, pero yo no comprendo por qué el señor Cornplaw no puede viajar si hacerlo le gusta, al cabo de tantos años de trabajo. Mi opinión es que eso sería asombroso si estuviera sentado bajo una palmera tirando piedrecitas a las ballenas, en vez de enseñar a Howard en qué parte del automóvil se encuentra el motor.
Todos la miraron severamente excepto Howard, que estaba irritado, y Fred que, bruscamente, perdió el hilo de sus pensamientos.
Aquella banal discusión mantenida durante una comida no menos banal, como de cumpleaños, adquirió de pronto para Fred una importancia
extraordinaria. ¿Acaso porque aquel día sumaba un nuevo año a quien hacía tiempo que dejó atrás la juventud? ¿Debíase al recuerdo de los Tillery y de su molesto parasitismo? ¿Sería el cuadro esbozado por Howard de una Agencia ampliada de la que él, Fred, sería el «dirigente loco», la opinión manifestada por Sara de que únicamente servía para subvencionar el comunismo o el secreto impulso experimentado desde hacía tanto tiempo y que inconscientemente combatía? Tal vez fueran todas estas razones sumadas las que producían su confusión… Lo cierto es que en una décima de segundo comprendió Fred que las palabras pronunciadas en broma eran el clarín de una realidad indiscutible. Comprendió que deseaba sinceramente retirarse de la vida comercial, irse de viaje con Hazel y averiguar qué clase de hombre era en realidad o podía llegar a ser. Sí, deseaba retirarse… y tal vez lo hiciera.
Este descubrimiento le desconcertó. Carraspeó, se rascó la oreja y volteó la cadena de su reloj. Luego, la niebla se disipó y reaparecieron la mesa y los invitados. Dedujo de este pormenor que la razón había vuelto a su cerebro, que su proyecto era quimérico y que un hombre tan sano de espíritu como él no podía acariciar semejante fantasía. «Desear el retiro» no constituía un motivo capaz de justificar una determinación tan radical.
Entonces se dio cuenta de que Howard concluía un párrafo que seguramente servía para cerrar un largo discurso:
—… y, si me permites que exprese mi opinión, te diré que estoy firmemente convencido de que cometerías una grave falta, papá. Creo, lo mismo que mamá, que no has hablado en serio. Tú no puedes retirarte, y menos en el plazo de un año, pues para ser «pertinente», como dice mi profesor de Historia, ¿qué harías además de pasar algunos meses en Europa?
El concepto que su familia parecía haber formado de él, afligió a Fred.
Hizo un gesto vago y repuso con voz vacilante:
— Pues… muchas cosas. Hasta ahora he sido un buen comerciante. He contribuido a la difusión de la comodidad mecánica entre un atajo de brutos y estoy encantado de haberlo hecho. Sara dice que no soy más que un buhonero; en cambio, yo me tengo por misionero. Me apenaría mucho tener que confesar que no sirvo más que para vender automóviles… Una vez me hubiera retirado de los negocios, viajaría, como ya he dicho, pero no dos o tres meses, sino un año entero… Iría a Europa y visitaría cada uno de sus rincones… Luego, podría aprender las cosas que no he tenido
tiempo de estudiar hasta ahora: idiomas y música o trabajos manuales, como ebanistería y relojería que son un poco más limpios que el aceite y el sebo en que vivo… Quizá me fuera al campo. Tendría un pequeño almacén en cualquier cruce de carreteras o una pequeña granja… únicamente para matar el tiempo…
Hazel estaba inquieta. Sabía mejor que los demás que su marido era capaz de cometer una locura.
—Vamos a ver, querido —dijo con ternura—, es absurdo que hables de irte a vivir al campo cuando siempre has estado en la ciudad. Te morirías de aburrimiento y no podrías ver a cuantos en cierta forma te han estimulado…
—Es una locura creer que la compañía de Popple, Bert Whizzle, Cal y Mac Tillery puede ser interesante, provechosa y estimulante.
Hazel recurrió a un nuevo argumento:
—No hemos de pensar únicamente en nosotros mismos. Es un egoísmo al que no tenemos derecho. En la vida hemos de cumplir con nuestros deberes. Nuestros hijos y amigos nos imponen deberes…
—El deber… ¡El deber! (resultaba difícil creer que era el conservador Fred Cornplaw el que hablaba). ¡Estoy harto del deber! ¿Qué es eso del deber? ¿El deber que tiene el marido de regresar a su casa al salir del despacho cuando sería mejor para todo el mundo que bebiera una copa en el café y jugara una partida de poker con sus amigos? ¿El deber que tiene una esposa de no ir al cine porque su marido se ha calzado ya las zapatillas? ¿El deber que tienen los hijos de suponer que sus padres han ido a la Universidad? ¿El deber que cumplen los Kammerking y Anabel diciendo que no están molestos por la escena familiar que presencian?
—¡No lo estamos, Fred! —protestó el doctor.
—Querría que oyera usted a los Staybridge —dijo Anabel.
—¡El deber! —continuó Fred—. La vida sería mucho más agradable si las personas hicieran muchas cosas por gusto y no por cumplir con sus sagrados deberes. Acordaos de lo que dice el amigo Frink: «La historia de los grandes hombres nos demuestra que podemos hacer sublimes nuestras vidas, a condición de molestar a nuestros hijos y vecinos y adoptar siempre un porte distinguido. ¡El deber! Brrr…».
—¡Qué desagradable palabra! —aprobó Anabel.
—Silencio, querida amiga —dijo Howard.
—Bien, bien —repuso Anabel.
XI
COMO médico de cabecera de la familia Cornplaw, el doctor Kammerking debía saber que era inútil dar consejos a Fred cuando no los solicitaba y por los que no iba a cobrar nada, pero el galeno había iniciado la lectura de una obra que trataba de los últimos descubrimientos de la ciencia moderna y sabido que para el tratamiento de ciertas enfermedades se preconizaba el empleo del psicoanálisis. (Los griegos conocían ya este método, aunque en términos no tan brillantes como los que hoy le confieren tanto interés). No era lícito permitir que un honrado ciudadano sufriera calambres de estómago o colitis, porque, subconscientemente, le desagradara el nuevo vestido azul de su esposa. Era preciso que el paciente cambiara de mujer o que ésta cambiara de vestido.
Desgraciadamente, Kammerking no había leído aún lo suficiente para
conocer la manera de aplicar esta terapéutica y contentándose con lo que sabía, declaró:
—Oye, Fred: Permíteme que te hable como médico y viejo compañero de golf. Tu propósito de retirarte, tan contrario a tu bienestar, no es más que una psicosis naciente. En primer lugar, te aconsejo que suprimas el tabaco y el alcohol, comas a horas fijas y descanses mucho…
—Consejos inútiles —cortó Fred.
—Muy útiles, amigo mío. Ya te lo he dicho varias veces: es preciso corregir tus… tus reflejos condicionales.
Anabel dedicó a Fred una mirada humorística.
—Únicamente se practica la higiene corporal —prosiguió Kammerking— olvidando que la espiritual también es muy importante. Para viejos trabajadores como nosotros, la higiene mental o intelectual consiste en continuar nuestras ocupaciones. El que se retira antes de estar maduro para ir al hospital es un imbécil, puedes creerlo. Ninguno de esos especialistas célebres que cobran cien dólares por decirte lo que ya sabes, podrá aconsejarte más calurosa y lealmente que yo largas vacaciones y
ocupaciones que alteren el curso de tus pensamientos… Voy a ofrecerte un ejemplo: He conocido a un agente de seguros que sufría dispepsia. Aconsejado por mí empezó a practicar el deporte del arco y el resultado fue que su mujer… quiero que escuches atentamente, Fred. Es un caso sensacional que habría enviado a una revista de medicina si hubiera tenido tiempo de redactar lo sucedido… Como decía, el resultado fue que su mujer —veinte años más joven que él y que según sus sospechas iba a bailar frecuentemente con amigos que podían competir con él en lozanía—se dedicó al mismo deporte…
—¿Tirar con arco? —interrumpió Fred que no escuchaba con mucha atención a su amigo—. ¿Tirar flechas?… No; no quiero tirar flechas con arco.
Pero el doctor continuó imperturbable:
—Le gustó la distracción y se convirtió en inseparable compañera de su marido… Tratamientos como éste son todo lo contrario a una retirada… Hazte cargo de que para ser respetado, un hombre debe especializarse en un solo aspecto de la actividad y perseverar en su trabajo… Supon, por ejemplo, que estás a bordo de…
—¿De un barco que va hacia dónde? —preguntó Anabel.
—¿Qué importa su rumbo? ¡Se trata de un ejemplo…!
—Ah… bueno —repuso Anabel.
Fred ahogó una carcajada y el doctor miró a Cornplaw y a la joven con suspicacia, mientras continuaba:
—Como iba diciendo, supón que te encuentras a bordo de un barco y alguien te pregunta: «¿Quién es aquel hombre?»; no se te ocurrirá responderle: «Es el que canta Trees en la orquesta del barco». «Es un individuo que puede distinguir el ron de Haití del de Barbados», sino lo siguiente: «Es el fabricante más fuerte de capotas de automóvil del oeste del Mississipí». Y el individuo que te ha hecho la pregunta se interesa por la personalidad del fabricante y te dice: «Precisamente, yo tengo una capota fabricada por él. Me gustaría conocerle». Comprendes lo que quiero decirte, ¿verdad?
—Lo comprendo perfectamente —repuso Fred.
¿Estaba el doctor en vena para aconsejar lo que convenía hacer para no marearse en el mar? Fred deseaba estar a bordo y navegar, con o sin mareo.
A su vez, Sara tomó la palabra:
—Es evidente que si te retirases no podrías soportar el descanso más de un mes.
—¿Por qué?
—Eres demasiado esclavo de la costumbre… Nos has referido muchas veces riéndote, lo maniático que fue el abuelo: su papelera y su escabel habían de estar siempre y exactamente en el mismo sitio; se encolerizaba si alguien tocaba su regla, de la que no se servía nunca a más de diez centímetros del lugar en que estaba colocada… Pues bien, tú eres igual que él.
—Siempre me he burlado de sus manías —contestó Fred.
—Si la doncella altera el orden de tus cepillos de dientes sufres tres ataques de nervios antes de desayunar. La rutina te aprisiona como si fuera un molde de yeso y tendrías frío si te lo quitaran.
—¿Yo? ¿Yo? Sin embargo, en el ramo automovilístico se me considera como hombre independiente que no hace más que lo que le viene en gana.
—Querido papá, te gusta hacer todos los días lo mismo y a la misma hora. Viajando te volverías loco, porque no tendrías más remedio que alterar tus costumbres. Ten presente que no quiero criticarte. Si prefieres jugar a las cartas en vez de interesarte por lo que sucede en el mundo, allá tú. Por otra parte, como tú mismo acabas de recordar —aunque no haya sido muy delicado por tu parte hacerlo—, gozas de un bienestar económico del que nos beneficiamos. Ten la seguridad absoluta de que no podrás hacer otra cosa en tu vida que vender automóviles Triumph y escuchar a Lowell Thomas por radio, sentado en tu butaca preferida.
—Pero… es que…
—¿Lo ves? ¡Sara confirma punto por punto lo que te dije! —exclamó el doctor Kammerking, aunque no había dicho nada semejante.
Al despedirse, todos los invitados experimentaban cierta fatiga, excepto Anabel y Howard que se fueron juntos.
En su habitación, Fred murmuraba rabioso:
—¡Rutina!… ¡Molde de yeso!… ¡Bah!…
Llenó un vaso de agua y vertió en él un poco de bicarbonato; entonces recordó que su padre tomaba el mismo medicamento cada vez que comía más de lo acostumbrado.
Hazel levantó los ojos hacia su esposo y volvió a bajarlos sin decir nada.
Tras quitarse la camisa y mientras se rascaba la espalda, Fred miraba detenidamente a su esposa pensando:
«Hazel es la mejor esposa del mundo».
Un pormenor, sin embargo, le molestaba: Hazel estaba apasionadamente unida a sus muebles, a sus vestidos y, en general, a cuanto le pertenecía. Podía decirse que era una de esas mujeres que ya en la Edad de Piedra deseaban una caverna «un poco más grande» y una piel de oso «más espesa» que la de sus vecinas.
En la granja que su padre poseía en Utica, Hazel vivió modestamente; el menor gasto originaba discusiones interminables entre sus familiares; pero a los cincuenta y tres años la señora Cornplaw se hubiera considerado muy desgraciada si le hubiesen privado de la colcha de encajes, del piano comprado para su hija o del frasco de sales perfumadas para el baño. La única envidia que había envenenado su existencia era el picante deseo de poseer lo que veía en casa de sus amigas.
Prosiguiendo en alta voz sus reflexiones, Fred dijo suspirando:
—Sería fácil que nos fuéramos juntos a ver cosas nuevas, si tú no fueras tan terca y no te obstinaras en considerar los asuntos desde un solo punto de vista.
—Escucha, Fred, y no olvides lo que voy a decirte: Si te decides a viajar, yo iré contigo. También creo que es interesante visitar Europa; pero tengo la seguridad de que no seremos felices si nos vemos privados de nuestras comodidades. Supongo que en Londres y en París hay hoteles tan modernos como en Sachem, pero ¿lograrás conciliar el sueño acostándote sobre colchones tan horriblemente duros como los que usabas en tu infancia? Tú puedes decir lo que quieras, pero es muy importante disponer de un colchón de marca conocida.
—Si el paisaje me gusta, no me importa dormir sobre una tabla.
—No comprendo cómo podrás admirar el paisaje durmiendo.
—Mujer… comprende lo que quiero decir.
—¿Has dormido alguna vez sobre una tabla? Por lo menos, no lo has hecho desde que te arrestaron por haber escandalizado más de la cuenta con tus compañeros de curso…
—Sabes perfectamente que no he sido arrestado nunca… excepto diez o doce veces por exceso de velocidad y una, hace mucho tiempo, por haber golpeado a un camarero insolente… Mira, en esta camisa falta un botón y querría ponérmela mañana.
—Déjala en esa silla… Ya coseré el botón.
—Es que… querría ponérmela.
—Bueno, puedes ponerte otra… Y volviendo a tu propósito de viajar, conviene saber si vale la pena realizarlo. En realidad, aquí somos felices. No sólo van bien tus negocios, sino que tenemos buenos hijos y amigos leales. No hay duda de que es agradable tratar con extranjeros, pero no siempre se les entiende y no se siente la misma confianza ante ellos que entre amigos íntimos.
—En ese aspecto, tienes razón. No se encuentran todos los días amigos como el doctor Kammerking y Walter Lindbeck. Este último tiene quince años menos que yo, pero es un maestro del poker.
Fred se acostó, tapándose hasta el mentón tras haberse acomodado en la almohada murmurando:
—Anabel es un ángel.
—Sara también lo es, no lo dudes —completó Hazel.
—Cuando no dice estupideces, como esa de que yo soy un esclavo de la rutina.
Fred apagó la luz, lo cual quería decir que ya habían hablado bastante y era hora de dormir.
Sin embargo, estuvo despierto durante largo rato, siguiendo con la mirada el movimiento de las sombras que aparecían en las cortinas amarillas de la ventana.
Era verdad. No podría emprender su gran viaje. Tenía suficiente valor para reconocer su derrota cuando resultaba vencido. Sin cesar inquietaba su espíritu esta frase un poco triste y, para él, desprovista de sentido:
«Seguiremos la ruta dorada de Samarcanda…». Fred se preguntaba dónde había leído o escuchado la frase que le perseguía…
XII
AL día siguiente, Fred se despertó con la confusa sensación de que algo insólito había turbado su sueño y recordó, aterrorizado, que había prometido a los suyos convertirse en un héroe de Kipling.
Las fuerzas y el latido de la vida volvieron a él lentamente,
moviéndole a decidir que, al fin y al cabo, su proyecto no era descabellado y que ninguna razón verdaderamente poderosa le aconsejaba abandonarlo. Sí; estaba dispuesto a realizar su proyecto. Sin nuevas vacilaciones, seguiría «la ruta dorada de Samarcanda»… A propósito, ¿dónde diablos estaría Samarcanda?
El día era lluvioso y triste. Hacía más frío del que podía esperarse a fines de abril. El cielo era gris y las nubes bajas prolongaban hacia la tierra una neblina glacial, que velaba el color amarillento y el brillo de la tierra. La lluvia le pareció tan triste a Fred como la afirmación de Sara: «Estás preso en la rutina como en un molde de yeso».
Fred decidió que, ante todo, necesitaba demostrar la falsedad de esta afirmación, para lo cual consideró oportuno observarse mientras procedía a su aseo. Así pudo verse tal como era, lo que para un hombre mayor de treinta y cinco años no es precisamente un espectáculo agradable. Se fijó en cada uno de sus gestos y movimientos y compuso el siguiente cuadro:
Al levantarse, lo primero que bacía era mirar a su esposa, aun dormida, para convencerse de que estaba junto a él y de que seguía viviendo. Luego, llevaba sus prendas de vestir al cuarto de baño, magníficamente caldeado, y las colgaba siguiendo exacta y minuciosamente el mismo orden, convencido de que gracias a esto podría vestirse más de prisa después del baño.
Todas las mañanas protestaba:
«Esto de bañarse cada día, es necio. Cuando era un chiquillo, me bañaba una vez por semana y no estaba más sucio que ahora».
Enjabonábase los pies antes que las rodillas y le resultaba difícil hacerlo a la inversa; se enfadaba si la doncella dejaba la botella del elixir dentífrico en el saliente inferior de la ventana en vez de guardarla en el armario-botiquín, o, si lo hacía, cuando no colocaba la botella en su sitio, es decir, entre el frasco de bicarbonato y el tubo de aspirina.
Cerraba siempre los ojos al cepillarse los dientes y le era imposible evitarlo. Por tanto, no tenía más remedio que admitir la posibilidad de que Sara tuviera razón. No tenía, pues, un minuto que perder. Necesitaba romper inmediatamente el «molde de yeso» formado por su casa, sus negocios y sus manías. Debía hacer algo, irse a cualquier sitio antes de que fuera demasiado tarde o quedara definitivamente encerrado en el ataúd de la rutina, transformándose en un muerto con vida. Sí; lo haría. No estaba dispuesto a permitir que cualquiera de sus costumbres, aunque fuera la más loable, se convirtiera en obligación.
Regocijábase pensando en su cambio de rumbo. Al ponerse la chaqueta y mientras bajaba la escalera, iniciaba ya su transformación. Sin embargo, dióse cuenta de que, como todas las mañanas desde hacía veinte años, carraspeó sin necesidad al ponerse el reloj en el bolsillo inferior izquierdo del chaleco y que si por inconcebible azar hubiera encontrado el reloj en otro bolsillo le habría parecido que no estaba vestido.
Alicaída su alegría por culpa de este pormenor se dirigió al comedor y al cruzar por delante de la puerta de la cocina dijo a la doncella la frase habitual que repetía aproximadamente a la misma hora y en el mismo sitio desde diez años atrás:
—Tomaré el café al mismo tiempo que el porridge.
Dióse cuenta igualmente de que si el Morning Reporter no hubiera estado donde debía estar, es decir, a veinte centímetros de su vaso y a la derecha de éste, le habría parecido que su mejor amigo le traicionaba.
«En consecuencia —pensó—, yo no puedo iniciar el día sin tomar café y sin leer las noticias acerca del baseball. Decididamente, es preciso que todo esto cambie».
Las comprobaciones que iba haciendo producíanle creciente desolación. Siempre había referido riéndose, lo ridículas que fueron las manías de su padre: «… Los vecinos regulaban sus relojes por las idas y venidas de mi padre… Fácil es comprender que eso no era una broma para nosotros, que éramos unos jóvenes salvajes…». Fred preguntábase cuántas veces habría repetido esta y otras frases semejantes.
Como siempre, Hazel bajó en el momento en que su marido acababa de desayunar y se excusó por el retraso con sonrisa aun adormilada.
«También ella tiene costumbres rígidas», pensó Fred.
Pero Hazel parecía tan aterciopelada y dulce con su bata gris y roja, tan semejante a un pajarito caído del nido, que su aspecto le inspiró una gran ternura.
¡Sí! ¡Iba a conquistar su libertad; pero no había libertad imaginable sin la presencia de Hazel!
Fred era un marido modelo. Sin duda, una o dos veces en su alegre existencia había mirado con interés a la dependienta de un estanco o a una cliente que se presentaba sola en el despacho de la Agencia, pero no sentía la menor atracción «por las trufas y el caviar» y sabía que siempre tendría hambre sin el honrado «pan integral» de Hazel.
—¿Estás dispuesta a emprender un pequeño viaje? —preguntó.
—Sí; sería magnífico. Deseo con vehemencia ver esa iglesia o catedral de Westminster donde será coronado el rey de Inglaterra. ¿Crees que podremos ausentarnos por varias semanas?
—«¿Que si podemos?». ¡Podemos hacer lo que nos venga en gana!
Sara entró en el momento en que Fred iba a salir hacia el despacho.
Parecía un poco más afectuosa y menos absorbida por sus proyectos.
—No me gusta molestarte, papá —dijo casi con amabilidad—. Sé que he gastado ya la cantidad anual que me tienes asignada… pero ¿querrías darme veinticinco dólares? Los necesito para dejárselos a un pobre muchacho que ha venido a vernos a la Coheeze.
—¿Quién es ese individuo y por qué necesita dinero?
—Ha intentado formar un sindicato de obreros de la industria automovilística en Detroit, pero la bofia echó tras él y se ha visto obligado a ahuecar el ala.
—¿La bofia? ¿Ahuecar el ala? ¿Qué manera de hablar es esa? ¿Para eso te envié a Yassar? ¿Crees poder pedirme veinticinco dólares hablando así? ¡Debo hacerte notar también que vendo automóviles y que por tanto no me gusta mucho que los obreros de Detroit preparen huelgas y me impidan vender coches!
—¿Entonces, según tú, los pobres obreros no tienen derecho a organizarse?
—Claro está que tienen ese derecho… pero nosotros, pobres burgueses dejados de la mano de Dios, tenemos también derecho a impedirles que
decreten huelgas a costa de nuestro bolsillo. ¿Quieres que le deje veinticinco dólares a tu pequeño «camarada» para ayudarle a que me impida ganarme la vida? ¡Te aconsejo que leas lo que el Daily Worker escribe a propósito de los hombres de mi clase! ¡Sabrás entonces que yo no soy más que un cochino perro! ¡Un cochino perro!… Por tanto, es inútil que me pidas dinero para una revolución que se propone destruir cuanto yo aprecio. ¡Un cochino perro; nada más que un cochino perro… un holgazán…! ¡Anda… lee tu periódico bolchevique y recuerda que te he dado ya sesenta y ocho dólares más de los que tienes señalados!… Hasta la vista.
Sara miró fijamente la puerta que Fred, al salir, había cerrado con violencia. Desde que había ganado la medalla de literatura en la Universidad por su disertación sobre los «Errores de Thomas Jefferson», su padre no se había atrevido a hablarla como acababa de hacerlo. Sus labios temblaron de furia y gritó:
—¡Veo, querido padre, que por tu bien y para que no quedes públicamente en ridículo, tendré que ocuparme de ti!
XIII
AUNQUE las calles estaban tan resbaladizas como una superficie encerada y a pesar de que la neblina seguía envolviendo los contornos de las cosas en su velo gris, Fred llevaba el volante con mucha alegría mientras se dirigía a la Agencia. ¿No había sacudido el yugo de la rutina al rebelarse contra la tiranía de Sara que le hablaba desde hacía tiempo como si fuera su madre en vez de ser su hija? Evidentemente, la respuesta que dio a su ruego podía tildarse de excesivamente violenta, pero convenía señalar a Sara cuál era su sitio para que no quedara públicamente en ridículo.
Orgulloso de su gesto de independencia, Fred pensaba: me retiraré definitivamente de los negocios. No; no iré tan lejos. Sin embargo, estaba completamente decidido a gozar de largas vacaciones. Esta idea le gustaba cada vez más.
Entró en la Agencia silbando ¡Oh! Columbio, perla del océano, convencido de que esta manifestación era la más indicada por las circunstancias.
No podía estarse quieto. Tras despachar el correo y leer el informe diario de las operaciones se levantó bruscamente y dijo provocando una gran extrañeza en Popple:
—Salgo. Voy a tomar un poco el aire.
—¿A esta hora?
—Sí; a esta hora. Estoy harto de tomar el desayuno todos los días a las ocho y cuarto aunque llueva, truene o nieve, llegar al despacho a las nueve menos cuarto y pasar todo el día esperando a cualquier representante, convencido de que tiene derecho a venir cuando quiera para hacerme perder el tiempo. No sé cuándo volveré. Usted, Popple, no debe ser demasiado esclavo de la rutina. Sacuda el yugo; tome ejemplo de mí.
Fred William, el «misionero de la mecánica» iba a todas partes en coche para ganar tiempo, aunque tuviera que perder un cuarto de hora buscando un lugar donde dejar el automóvil. Aquel día, por el contrario,
salió a pie, a pesar de la lluvia. Se levantó el cuello de la chaqueta de piel y se anudó un pañuelo alrededor del cuello. Sus piernas no iban protegidas y los pantalones no tardaron en quedar empapados; los zapatos se convirtieron enseguida en esponjas saturadas de agua helada.
Fred, sin tener en cuenta estas molestias, andaba sintiendo que una gran alegría se agitaba en su corazón. La modesta ciudad provinciana le parecía cambiada por arte de magia; todo era rosado como las colinas de Georgia o azul como el Mar de los Caribes.
Las cacerolas alineadas en el escaparate de un almacén no recordaron al ex-corredor de buhonería los precios al por mayor de los artículos de cocina, sino que le hicieron pensar en un zoco argelino: camellos, asnos pequeños y grises, aureolados por rumor de campanillas; hombres cubiertos con turbantes blancos y calzados con puntiagudas babuchas; olor de almizcle y esencia de rosas…
Las batas de seda azules y amarillas presentadas por Swazey y Lindbeck, no fueron para Fred el símbolo de la comodidad hogareña, sino que evocaron figuras de mandarines en templos de porcelana en cuyas galerías resonaban sordamente los gongs.
Los surtidores de gasolina pintados de color rojo vivo eran para Fred ecos de Piccadilly y en el almacén de «Trajes para hombres» había bañadores de color naranja que seguramente se llevaban en Deauville.
En un almacén de licores, vio vodka de Polonia, alcohol de arroz de China y vinos de Francia en cuya etiqueta aparecía un castillo.
Suspiró, y aunque estaba seguro de que en aquel momento su presencia en el despacho era casi indispensable por la acumulación del trabajo, entró en el restaurante Nick From Naples y pidió café con sinkers.
—¿Piensa volver a Nápoles, Nick? —preguntó.
—Claro que sí… Es una hermosa ciudad.
—¿Es cierto que se ve el Vesubio?
—Cierto… Humea continuamente.
—¿Se ve salir el humo del cráter?
—Sí; humo, cenizas, llamas y de todo… De noche, la cumbre parece una antorcha.
—¡Quisiera ver eso! ¡Una antorcha en la noche! ¡Es muy interesante!
Fred se volvió hacia su vecino, un chofer de taxi amable y mal afeitado, y añadió:
—Debe ser muy agradable viajar por Europa teniendo dinero para hacerlo.
—Ya lo creo que sí. Mi padre nació en Yugoeslavia —repuso el chofer.
—He oído decir que por allá aún quedan ciudades antiguas rodeadas por altas y fuertes murallas construidas por los romanos. Me gustaría verlas…
—Sí, claro…
—¡Murallas romanas! ¿Se dan ustedes cuenta?
En aquel momento, tenía suficiente audacia para hacer la gestión que lógicamente se imponía y fue a una agencia de turismo.
El empleado que le recibió miró con burlona expresión al hombrecillo vestido con una chaqueta de cuero que tanto gesticulaba y reía. El dependiente odiaba su trabajo y esperaba con impaciencia la hora de abandonar el mostrador para correr a la Y. M. C. A. para realizar una carrera contra reloj sobre la máquina de remar. Creía que su única ocupación era vender billetes a precios reducidos para niños y perros, establecer tarifas colectivas y alquilar las sillas plegables de los transatlánticos. Ignoraba que era un «comerciante de aventuras» y que vendía «auroras sobre mares de color rosa», «catedrales normandas» y
«altas mesetas del Macizo Central donde pacen cabras».
A pesar de ello, habrá sido de alguna utilidad para el género humano, pues gracias a él se llevó Fred prospectos titulados: «Pase el invierno en África del Sur», «Las danzas indígenas en las islas Célebes» y «Las temporadas de esquí en el Tirol».
Fred no tenía la seguridad de ver las flores del África del Sur ni de hablar el lenguaje de los indígenas de las Célebes y detestaba los deportes de nieve, porque no bastaba calzarse unos esquís para ascender cómodamente por la ladera, pero la idea de viajar le encantaba.
*
Torpe, un poco fatigado, vestido con un traje azul y luciendo una llamativa corbata verde y roja, Fred iba y venía por su despacho.
Aparentemente, era el mismo de siempre. Dirigía con precisión los negocios, hablaba infatigablemente, como un fonógrafo, con los clientes, calculaba precios y planeaba la construcción de un almacén suplementario
para colocar los remolques. Sin embargo, su espíritu había sufrido una gran transformación. Dejándose llevar por la imaginación como un chiquillo que al descubrir una cueva en el bosque cree que conduce al centro de la tierra, Fred soñaba con exploraciones sensacionales e inesperados descubrimientos: Decíase que ninguna ley prohíbe a un hombre de cincuenta y seis años el goce de placeres de la vida distintos a los que proporcionan el sueño, el baño y la lectura. Quizá le quedaran aún treinta años de vida activa y sana y no quería que ese período en el que aun conservaría sus facultades físicas y espirituales fuera semejante a los años que habían transcurrido desde su juventud.
Su nueva existencia debía iniciarse inmediatamente. Era preciso que tomara la determinación de retirarse al año siguiente o disfrutara de largas vacaciones. Formó el propósito que estaba más acorde con sus gustos, pero se arrepintió tres días después y la faz del mundo cambió…
Esta consecuencia parecerá exagerada, pero Fred Cornplaw no era únicamente un modesto ciudadano de Sachem, sino que representaba y simbolizaba las generaciones que han hecho de nuestro planeta lo que es actualmente. Individuos como «Fred Cornplaw» han existido siempre.
En Egipto fueron quienes concibieron las pirámides, calmaron la cólera de los faraones omnipotentes y suavizaron el cruel destino de los esclavos exhaustos. Los «Cornplaw» del Imperio Romano engrandecieron el Estado y gobernaron su territorio con la justicia que permitían las costumbres de la época. En la Edad Media, los monjes «Fred Cornplaw» incrementaron el desarrollo de la agricultura. Más tarde, bajo el mando de Cromwell, los capitanes «Fred Cornplaw» contribuyeron a la limitación del poder político de la Iglesia. Los combates de la Guerra Civil Americana no fueron empeñados por los generales Grant y Lee, sino por los ciudadanos «Fred Cornplaw» de Massachusetts y Alabama; y algunos años más tarde, los mismos ciudadanos introdujeron el imperio de la corrupción, hicieron construir vías férreas y consagraron todos sus bienes a la ciencia.
Entre el año 937 a. de J. C. y el de 1937 d. de J. C., los «Fred Cornplaw» dieron al mundo —exceptuando al aristócrata lord Byron y al proletario John Bunyan— los médicos más famosos y los mejores agrónomos, poetas, arquitectos, cantores, compositores y navegantes.
Algunas veces, «Fred Cornplaw» se llamó Babitt y, otras, Benjamín Franklin, y, si hemos de dar crédito a Eugenio O’Neil, «Fred Cornplaw»
ha seguido también la ruta de Marco Polo para llevar a la civilizada Europa el eco de las caravanas y de las tiendas perfumadas con sándalo, que, desde entonces, no han dejado de proyectar su sombra sobre el viejo continente.
«Fred Cornplaw» es el eterno «burgués» de todos los países, el representante de la clase media que los bolcheviques odian e imitan, que los ingleses aprecian y reprueban, y que en Francia Alemania y Norteamérica constituye la única mayoría verdaderamente importante.
A veces, los «Fred Cornplaw» han sido demasiado ruidosos y en otras ocasiones excesivamente apáticos. En ciertas épocas se han preocupado más del dinero que de la música y de la virtud; pero siempre han sido hombres de acción, a quienes detestaba igualmente el populacho y la arrogante nobleza. Por eso, cuando los «Fred Cornplaw» cambian de opinión, el momento psicológico del mundo es más grave que el sufrido a raíz de Waterloo o de la batalla de las Termopilas.
No. Fred decidió que no podía retirarse al año siguiente ni disfrutar de largas vacaciones. El testarudo Howard tenía razón. No podía abandonarlo todo en aquellos momentos; era preciso que continuara llevando el timón. Pero no estaba dispuesto a sacrificarse durante diez o quince años más…
«¡Ni un solo día más!». Su decisión en este sentido era irrevocable y si alguien intentaba oponerse a su voluntad, tendría que sufrir insospechadas consecuencias…
En espera del día de su liberación, Fred se dispuso a recobrar «la forma» de sus años juveniles.
Dejó de fumar antes del desayuno y fue de vez en cuando a pie hasta el despacho. Una o dos veces por semana, visitaba el gimnasio Elks, con la absoluta convicción de que se ponía en ridículo. En el establecimiento atlético levantaba pesas y hacía gimnasia sueca con un grupo de banqueros, agentes de cambio y bolsa y directores de escuelas. Todos eran hombres de prestigio, pero cuando hacían ejercicios de agilidad o golpeaban con el puño un balón, parecían un grupo de pavos o de hipopótamos ejecutando una «danza de las flores» andaluza.
Fred tenía la impresión de que cuanto hacía en el establecimiento de Elks era absurdo, pero siguió cumpliendo punto por punto el programa, gracias a la divisa que había adoptado: «No abandonaré ningún cambio, pretextando que es contrario a mis costumbres».
La «locura» de Fred duraba ya dos semanas, cuando Howard se presentó en la agencia Triumph y dijo a su padre:
—Evidentemente, cuanto nos dijiste el día de tu cumpleaños sobre tu propósito de abandonar los negocios, no era más que una broma. Sé que tienes suficiente conciencia de tus responsabilidades para no tomar semejante determinación.
—Ya sabes, hijo mío, que ciertos días todos los hombres desean romper las cadenas que les aprisionan.
—No lo tomé en serio.
—¿No?… Entonces no hablemos más del asunto… ¡Qué calor hace hoy!
Efectivamente, gruesas gotas de sudor perlaban su frente.
—Muchísimo —corroboró Howard.
—Estoy pensando en que sería oportuno ir a mediodía a casa de Swazey y Lindbeck, para comprarme un traje de verano.
—¡No, no! —exclamó Howard—. Te explotarán; es mejor que vayas a
Gotham Mart.
—¿Te parece mejor?
—Desde luego… Por otra parte, no es preciso que vistas aún como si estuviéramos en pleno verano. La temperatura puede cambiar aún.
—Quizá tengas razón… Tu madre debe tener un calor insoportable.
Está plantando azucenas…
—¡Es increíble! —exclamó el dios nórdico—. ¡Cien veces le he dicho que no lo hiciera! ¡Es necio plantar azucenas! ¿Por qué no cultiva alguna planta más vigorosa, como, por ejemplo, buenos rosales, que no exigen tantos cuidados? Ni siquiera me escucha cuando se lo digo…
Al emprender Howard el regreso a Truxon, a una velocidad constante de cien kilómetros por hora, Fred se dijo:
«Pues si este muchacho triunfa y dentro de diez o quince años ya no me necesita, me arrinconará con Hazel junto al fuego y nos dirá el momento en que nos permite respirar. No hay más remedio: es preciso que yo sea libre… libre con Hazel, naturalmente…».
XIV
EL despacho de Sara y Eugenio Silga, que, a la vez, era sucursal en Sachem Falls de la Workers’ International Cohesión y «Redacción y Administración» del periódico Protest & Progress, no inspiraba un respeto desmesurado.
Hallábase en el tercer piso del Stiggis Building, entre un fotógrafo
especializado en niños rebeldes y una agencia para la explotación de una mina de platino. La única habitación que constituía el despacho de Sara y Eugenio contenía una mesa y cuatro sillas de cocina, una cesta de tela metálica llena de facturas, un montón de publicaciones extremistas editadas por asociaciones rivales que se maldecían unas a otras acusándose mutuamente de tibieza en los ideales revolucionarios y un teléfono cuyo abono se debía.
Pero Sara y Eugenio preferían esta decoración a un local fastuoso con muebles de nogal macizo, sillones tapizados con terciopelo y empleados respetuosos. ¿No es lógico que una mujer se sienta más fácilmente heroína en mangas de camisa que vistiendo un abrigo de armiño?
Aquel día, Sara intentaba corregir las pruebas de imprenta del primer número de Protest & Progress, mientras Silga hablaba por teléfono:
—Desde luego, camarada… nosotros proporcionaremos los oradores… Uno de ellos ha sido vapuleado seis veces por los «gorilas»… Sí, sí; todos los carteles. Tengo un retrato de Lenin de tres metros de altura por dos de anchura… El cincuenta por ciento de los ingresos… No, no puedo encargarme por menos… Bien, pídaselo y llámeme…
Colgó el aparato y volviéndose hacia Sara la miró con ojos audaces e irónicos que parecían comprender cada uno de los deseos de la joven.
«Es lo mismo —había decidido Sara— me casaría con Eugenio, aunque tuviera que vivir en una sola habitación y cocinar».
¡Ah! ¡Sí! Eso era lo que había intentado recordar: Tenía que aprender la ciencia culinaria.
Apartó las pruebas de Protest & Progress, se puso en pie y, tímidamente, acercóse a Silga. Su corazón latió con mayor celeridad al ver que Eugenio sonreía con ternura, pero el agitador dijo algo muy distinto a lo que ella esperaba:
—Sara…
—Di, Genio…
—Conoces a la vieja Channing Pragg, ¿verdad? La mujer del comerciante en porcelanas… ¿Podrías lograr que me dedicara una velada? Hablaría de la regulación de nacimientos en Rusia y, luego, postularía… Creo que no te será difícil conseguirlo, porque es simpatizante… Es curioso, pero lo cierto es que nadie apoya el movimiento mejor que las esposas de los millonarios, a pesar de que no ocultamos nuestro deseo de acabar con el régimen actual y crear una verdadera dictadura del proletariado. ¿A qué se debe eso? Tú, que eres hija de un capitalista, tal vez puedas explicarme por qué la clase dirigente nos permite continuar trabajando contra ella.
Eugenio acarició la mano de Sara.
—No creo que Frederic Cornplaw nos ayude como supones y no será fácil conseguir que cambie de actitud —repuso la joven.
Echáronse a reír y sus carcajadas barrieron, como si fueran viento huracanado, a todos los seres insignificantes parecidos a Fred.
Sara esperaba que Eugenio se mostraría más afectuoso a partir de aquel momento y que no se limitaría a acariciar la mano que le abandonaba; por eso, se inclinó un poco sobre los cabellos brillantes y negros del propagandista. En aquel momento, Frida Kitz, tesorera de la Coheeze, entró en el despacho. Trabajaba en una casa de papeles pintados. Nunca se la veía reír, excepto cuando evocaba el cuadro de un pelotón de soldados «convirtiendo» a individuos como Pragg y Cornplaw. Entonces se iba, soltando una carcajada triunfal.
La frente ancha y las facciones regulares que dallan a su cara una expresión serena, hacían que Frida pudiera ser considerada hermosa; pero llevaba el pelo severamente peinado hacia atrás y vestía siempre un traje de terciopelo muy ceñido y sencillo, y zapatos de tacón plano.
Las dos jóvenes cambiaron una mirada desprovista de amenidad: Los ojos de Sara expresaban odio y los de Frida desprecio.
—Buenos días, camarada —dijo Silga en un tono de familiaridad que exasperó a Sara.
Le pareció que la despedían como a una sirvienta y, con la cabeza baja, volvió a su mesa de trabajo y a fijar su atención en las pruebas, por las que empezó a sentir, de pronto, una profunda aversión.
Había sido humillada por comunistas principiantes como la señora Channing Pragg, pero nunca hubo de soportar la afrenta de una bolchevique «pura». Sentados uno junto a otro, Eugenio y Frida comentaban las órdenes dictadas por los grandes jefes comunistas de Nueva York. No procuraban velar sus intenciones, tal vez porque no concedían a Sara suficiente importancia para desconfiar de ella.
La hija de Cornplaw no había experimentado una sensación tan molesta como la que en aquellos momentos la mortificaba, desde el día en que al entrar por casualidad en el salón donde su madre se hallaba conversando con varias amigas, sorprendió las confidencias desagradables y sorprendentes de las casadas: «Dicen que bebe más de la cuenta…».
«Ella me ha dicho que en octubre…», etc.
Frida se despedía de Silga en aquel instante y el afectuoso apretón de manos que cambiaron, así como el cordial: «Hasta pronto, camarada», pronunciado por Eugenio traicionaban el perfecto acuerdo que les unía; esta observación aumentó el sufrimiento de Sara. Sin embargo, no hizo el menor comentario cuando su rival salió del despacho, ni cuando Silga descolgó nuevamente el teléfono a través del cual transmitía durante todo el día con asombrosa placidez, planes destinados a derribar el gobierno de los Estados Unidos. Concentró toda su atención en el trabajo y hasta aquel momento no comprendió la antigua y profunda verdad de que el trabajo consuela y apacigua.
Sara desempeñaba numerosas funciones. Era secretaria de la Coheeze, agente de publicidad al servicio de Protest & Progress, redactora del mismo periódico y mecanógrafa, aunque no sabía escribir a máquina más que con dos dedos. Escribía artículos pensando regocijada en que molestarían a su padre y sentíase a la vez tan importante como la reina María, Emma Goldmann, lady Astor, Virginia Wolf y Carlota Corday.
Su trabajo le gustaba, porque no sólo le permitía insultar a los que se elevaban sobre la multitud, sino que le exigían que lo hiciera, pagando además los vituperios que escribía… a condición, claro está, de que encontrara subvenciones para llenar la caja.
De improviso, entraron los demás miembros de la Coheeze, es decir, Howard y Guy; tras ellos apareció Anabel, cuya conversión al comunismo
no habían podido lograr aún y que seguía siendo desesperadamente burguesa.
—¡Escúchame, Eugenio! —exclamó Guy—. Tengo un verso para ti.
Lo escribí durante la clase de biología. Atiende:
«He aquí mil» dice el Presidente.
«Vota por mí e inclínate ahora.
Ve a comprarte un traje, si quieres,
pero, sobre todo, que no sea rojo; de lo contrario, adiós».
—¡Muy bien, muy bien! —aprobó Eugenio con aquella voz tranquila que tanto gustaba a Sara.
Silga guardó la obra de Guy en una carpeta que contenía los originales aceptados, pero que no habían de ser publicados.
—Supongo que habrás logrado reunir un poco de galleta, Guy — añadió Eugenio—. El periódico atraviesa en este momento un período de crisis y es preciso que nuestros amigos nos ayuden a terminar el mes.
—Sí; el doctor Goinber, profesor de fonética, me ha dado quince dólares. Es simpatizante y muy rico; su padre es uno de los directores de la Dynamitrie Piping Rock Explosive Corporation.
Guy tendió a Silga dos billetes, uno de diez dólares y Otro de cinco, que no siguieron el camino del verso hacia la carpeta, sino que desaparecieron en el bolsillo del agitador.
—Y tú, amigo, ¿qué has hecho? —preguntó Eugenio afectuosamente, dirigiéndose a Howard.
El dios nórdico experimentó de pronto un gran interés por la ventana.
—No tenéis aire suficiente aquí —dijo—. Si dispusiera de tiempo, ensancharía la ventana para que gozarais de mejor ventilación.
—Agradezco tu buena intención… ¿Encontraste dinero?
—Me ha sido imposible; he tenido mucho trabajo.
—Tal vez sea cierto, pero la revolución mundial es tan importante como tus ocupaciones.
—Escucha, Eugenio —empezó a decir Howard cuyo aspecto era tan bello y salvaje como el Pike’s Peale al ponerse el sol—, ya sabes que aún no me he convertido del todo al comunismo. Al tratar con individuos cultos, semejantes a mí en conocimientos, deberías hablar con más precisión.
—¡Eso es! Precisión… —exclamó Anabel que estaba sentada sobre un montón de ejemplares de «El arte proletario».
—¿Comprendes? —dijo Howard—. ¿No te parece que es necesario puntualizar?
—Sí, sí. Puntualizar es indispensable —apoyó Anabel.
—Sólo te gusta bromear, Anabel. ¿No te das cuenta de lo que arriesgo al hacer política de extrema izquierda, en un ambiente reaccionario como el de Truxon? Yo querría saber de una vez si estás conmigo o contra mí.
—Estoy a tu lado, bello rubio, como tu madre estaría junto a tu padre, por muchas que fueran sus reservas y opiniones propias cuando a él se le ocurriera cometer cualquier cosa disparatada y encantadora.
Sara y Howard se miraron sorprendidos. Nunca habían imaginado que alguien —y mucho menos una joven despreocupada, una orgullosa Staybridge— pudiera hablar de sus prosaicos padres con tan afectuoso entusiasmo.
Luego, Sara preguntó:
—¿Cómo funcionará la propulsión de los aviones por medio de cohetes?
—¿La propulsión por medio de cohetes?…
—Claro, hombre; ¿no recuerdas que hablaste de ella la otra noche? Incluso querías ganar una fortuna con eso. No tienes necesidad de callarte el secreto ante tu hermana y tus amigos; es ridículo tu afán de disimular.
¿Cómo va todo eso de los cohetes? Quiero escribir un artículo sobre la nueva propulsión.
Anabel quiso acudir en socorro de Howard:
—Es muy sencilla: el aviador lleva un sombrero de copa plegable, con cohetes dentro y cada vez que cierra el sombrero, sale uno de ellos.
—Cállate, Anabel —ordenó Howard.
—No digas idioteces —dijo Sara irritada.
—Bueno, bueno; me callo —repuso Anabel.
—Los cohetes… —empezó a decir Howard—. Bien… ¿necesitas una explicación técnica? Pues… los cohetes se fijan en la parte posterior del fuselaje… Y cuando se disparan… la suma de las reacciones es igual a la reacción… a la acción, mejor dicho… ¿Comprendes? ¡Ah! ¡Si estudiaras un poco de Física en vez de interesarte por toda esa literatura y otras cosas…!
—¡Pobre amigo mío…! —suspiró Anabel.
El salón de té de Winnie Weston Blear, era, para Sachem Falls, una mezcla de todos los restaurantes de Greenwich, cuyas enseñas empiezan por Ye, y de todos los de Broadway que visitan los directores teatrales célebres antes de trasladarse a Hollywood.
El establecimiento de Madame Blear tenía caviar una o dos veces al año y en él podía beberse slivovitz —si el cliente conocía a la jefe de camareras— y los english muffins eran casi obligatorios. En casa de Madame Blear se reunían las vicetiples y chicas de conjunto del teatro Spreadeagle, todos los profesores de violín de la ciudad y las celebridades literarias locales, como el crítico teatral del Evening Tidings, que había escrito un libro sobre su viaje a Nueva Zelanda.
Guy llevó a este salón de té a todos los conspiradores de P. & P., excepto a Eugenio que aun tenía cosas que hacer por teléfono.
Como el glacial Putnam Staybridge había tolerado, algún tiempo antes, que su hijo pasara dos semanas en Londres y algunos días en París, Guy deslumbró a sus sedentarios amigos Sara y Howard, demostrando su conocimiento de las costumbres europeas y diciéndoles que era muy elegante comer queso mantecoso, regado con Barle Duc, stilton con Parto y beber zumo de peras con curaçao. En casa de Madame Blear lo más parecido a estos manjares exquisitos era el té frío y tostadas con canela.
Anabel no prestaba atención a las palabras de su hermano. Desde hacía varios años, estaba acostumbrada a oírle hablar de la cocina europea. Una de las causas del afecto que sentía por Howard era precisamente su ignorancia (paladinamente confesada por el dios nórdico) de todos los refinamientos gastronómicos y, particularmente, sobre el stilton, al que tomaba por una especie de pastel de Saboya.
Envalentonado por la cálida mirada de Anabel, Howard preguntó de pronto provocando la indignación de los endurecidos comunistas Sara y Guy.
—¿Me quieres?
—Con locura.
—Me voy al despacho —dijo Sara en tono seco.
—¿Cuándo publicareis mi poema? —preguntó Guy viendo que Sara se levantaba.
XV
SENTADA en el brazo del sillón ocupado por Fred, Hazel leía con su marido el primer número de Protest & Progress, mientras Sara, fingiendo que su atención estaba concentrada en el Daily Worker, observaba a sus padres con una expresión que consideraba de humorístico desprecio.
En la primera página del periódico, aparecía una gran caricatura,
semejante a las que Fred había visto en los diarios escolares de sus hijos, que llevaba por título: «Un magnate de la industria automovilística», y representaba a un hombre desmesuradamente obeso, bebiendo el champán de una gran botella.
Hazel comprendió muy bien este dibujo, pero el sentido de otros dos se le escapó; titulábanse: «Trabajadores, uníos» y «Newest Deal» y sus temas eran, respectivamente, un enano agonizando bajo el látigo de un monstruo diabólico llamado «Capital», y un joven obrero gigante que cantaba y reía, teniendo sobre la palma de su vigorosa mano —digna de un obrero metalúrgico o de Litvinoff— un «Capital» acoquinado.
—¿Cómo es posible, Fred, que ese trabajador tan miserable del primer dibujo pueda convertirse en un gigante?
—Es el resultado de la acción de la Coheeze —repuso Fred—. ¡Ya es hora de que te libres de esa mentalidad burguesa tan lenta!
Sara encogióse de hombros.
Los «burgueses» dedicaron luego su atención al titular: «Noticias de Rusia». P. & P., ponía en conocimiento de sus lectores que los soviets, en diecinueve años, habían construido fábricas, vías férreas, campos de deporte y un edificio de doce pisos.
—Hum… Eso está muy bien, poro diecinueve años son los que median entre 1845 y 1864, y durante ese período Norteamérica, a pesar de que estaba debilitada hasta lo increíble por la guerra civil, edificó el oeste entero…
Fred comprobó con placer que esta flecha daba en el blanco.
—Eso no tiene nada que ver —declaró Sara.
—¿Por qué?
—Por muchísimas razones…
Cornplaw no estuvo tan satisfecho cuando leyó la entrevista concedida a Eugenio Silga por el vicepresidente de la Colonial Motor Car Company. En la referencia de la conversación se leía que el presidente de dicha firma era una completa nulidad, «un Jorge III, en peor» y que no sabía nada sobre «la fabricación de automóviles» ni estaba enterado «de las condiciones de vida de los obreros». Fred había conocido a este implacable censor en Detroit. Era hijo de un fundidor y aunque poseía el título de ingeniero se interesaba tanto por la tracción mecánica como por los hospitales o las ascensiones a montañas tenidas por inaccesibles.
«No tiene nada de divertido», pensó Fred.
—¡Casi lo olvido…! Oye, Hazel, hay que llamar al doctor Kammerking por teléfono…
Hazel abrió la boca para responder, pero Fred le pidió con un gesto que callara y la llevó al vestíbulo. Con gran sorpresa para Hazel, no se dirigieron al teléfono sino al guardarropa.
Del bolsillo de un viejo impermeable sacó Fred una botella de ginebra, bebió un sorbo y se la ofreció a Hazel, diciendo:
—Toma, prueba esto. Así tendremos fuerzas para seguir leyendo
Protest & Progress.
—¡Ah! ¿Conque lo ocultas ahí? —repuso Hazel—. Yo no puedo beber eso; es demasiado fuerte… Y, sobre todo, sin haber comido nada. No he visto nunca que se bebiera ginebra sin causa alguna… Bueno, si insistes…
¡Dios mío! Qué fuerte es… Ya pasó…
Así reconfortados, fijáronse de nuevo en los artículos del periódico bolchevique…
«El genio moderno ha creado gran número de máquinas nuevas que, construidas para servir al proletariado y utilizadas para desplegar una propaganda sana, llevarían rápidamente al triunfo de las aspiraciones populares. Invenciones como los remolques que pueden ser adaptados a un simple coche de turismo y transformados en una casita de cuatro o cinco habitaciones; la televisión; la propulsión de los aviones por medio de cohetes, que permitiría cubrir la distancia que separa Nueva York de Moscú en seis o siete horas, deberían de haber dado lugar a una era nueva; pero en el cerrado, avaricioso y cruel espíritu de los grandes comerciantes
norteamericanos, estos inventos no constituyen más que una nueva fuente de beneficios destinados a mantener los ejércitos fascistas que amenazan a Rusia».
«La verdadera mentalidad de los comerciantes norteamericanos se nos revela cínicamente a través del deseo de retirarse que manifiestan cuando han logrado poseer suficiente dinero. Con esto demuestran lo poco que en realidad les interesa la actividad económica. Naturalmente, no pueden experimentar la gran satisfacción interior de los especialistas soviéticos que trabajan de manera permanente en favor del pueblo…».
—¿Quién habrá escrito estos artículos? —murmuró Fred. Y volviéndose hacia su hija, la llamó:
—¡Sara!
—Dime —repuso la joven negligentemente.
—Acabo de leer el periódico de la Coheeze.
—¡Ah!, ¿sí?
—Creo haber hallado un nuevo título para tu periódico, que permitirá conservar la abreviatura P. & P.: Prig & Prattle.
—¿Te propones ser espiritual, papá?
—Ni mucho menos. Poner a la disposición de un comunista que es tan fanático como un partidario de la prohibición o un maníaco de la censura, ametralladoras y pelotones de ejecución, puede parecer un proyecto espiritual, pero en mi opinión no lo es.
XVI
HAZEL se había ido a acostar y Fred estaba solo con Sara aquella noche. Aunque habitualmente era locuaz, Cornplaw no decía una sola palabra y parecía estar absorto en la lectura del periódico.
Sin pronunciar una nueva diatriba contra la Coheeze, había
manifestado rotundamente a su hija que no daría un solo centavo para la organización. A esta negativa se sumaban otras dificultades que entorpecían la realización de los deseos y proyectos de Sara. También ella estaba preocupada.
—A veces, por tu expresión adivino que supones que no aprecio en su justo valor el esfuerzo que haces, papá —dijo Sara en tono casi cariñoso
—. Te aseguro que no es así. Me doy cuenta perfectamente, porque sé lo que es «trabajar». Yo también despliego una gran actividad. En primer lugar, desempeñando las misiones que me encomienda la Coheeze… No hablaré de ellas, porque sé cuánto te molesta hablar de ese asunto, pero
¿sabías que durante el próximo otoño he de tomar parte en un campeonato de tenis?
—¡Enhorabuena!
—Aun no sé cómo pagar la cotización reglamentaria. Mi anualidad hace tiempo que la gasté…
—¿Tienes bastante con diez dólares?… ¿No?… ¿Quince?…
¿Tampoco?… Bueno, te ofrezco veinticinco y ni un centavo más.
—Espero que tendremos bastante con veinticinco dólares.
—¿Tendremos?
—Es que no solamente estoy inscrita en el campeonato de tenis. También formo parte de grupo de aficionados al teatro que actúan bajo el patrocinio del Spreadcagle y que me ha elegido presidenta del Comité que se ocupa del alquiler de locales, de las recepciones y de la caja. Es un verdadero honor, pues comparto la presidencia con la señora Channing Pragg y Putnam Staybridge. A propósito de Putnam: yo me pregunto cómo
se las arregló para tener una hija tan loca como Anabel… No, no te enfades… Ya que Howard y tú la consideráis encantadora, debe serlo efectivamente. Bueno, dejemos eso… Como te decía, comparto la dirección del grupo de aficionados con la señora Pragg y Staybridge. Debo encontrar cincuenta o setenta y cinco dólares para hacer efectiva mi subscripción. Pensamos organizar representaciones al aire libre durante el verano…
Fred la interrumpió. Se había dominado durante este preámbulo, pero no pudo seguir haciéndolo.
—Sé perfectamente que no soy más que un rústico, un burgués imbécil, un payaso, pero forzosamente hay que tener un pensamiento genial para comprender que puedas armonizar tu actividad revolucionaria en la Coheeze con los tés de la madre Pragg y de los lechuguinos del club de tenis…
—Tal vez logre convertirles al socialismo…
—Es más probable que no lo consigas y tú lo sabes tan bien como yo… Escúchame, Sara: Te he dado siempre el dinero que me permitían mis medios, pero ahora te propones ayudar no sólo a la Santa Rusia, sino también al padrecito Stalin, a la Confederación de los Pantalones Blancos y a una patulea de titiriteros aficionados…
—¡De artistas dramáticos, papá…!
—¡Estoy completamente seguro de que la madre Pragg no os dará ni un centavo!… y yo estoy harto de pagar para los demás. Si quieres satisfacer todas las fantasías que se te ocurren, será necesario que Silga te aumente el sueldo, es decir, que no seas tú la que mantengas a tu patrono, sino al contrario…
*
En el cuarto de baño, donde Fred refería esta escena a su esposa, el relato terminó con estas palabras:
—Entonces ha adoptado su conocida expresión de disgusto y se ha ido sin contestarme una sola palabra. No soy mezquino, Hazel, pero no quiero que se deje explotar por individuos que fingen ser amigos suyos para sacarle algunos dólares… sobre todo teniendo en cuenta que soy yo quien se los proporciona. Te aseguro que es desolador…
Hazel le acarició la mejilla para indicar que compartía su aflicción.
Fred tenía en aquellos momentos mayor necesidad de reposo y paz en su hogar, porque su actividad comercial y su cansancio habían aumentado. Los coches Triumph y los Houndtooth se vendían bien y los remolques Dupleix habían hecho verdadera sensación. Fred recorría su distrito en todas direcciones y cedía parte de sus derechos a los representantes, librándose de esta forma de una parte de su responsabilidad, pero sacrificando también parte de sus beneficios. Sin embargo, consideró inútil comunicar a su familia este último pormenor.
No hablaba ya de retirarse y ni siquiera recordaba haberlo anunciado. A pesar de ello, continuaba asistiendo al gimnasio con cómica gravedad y aconsejaba continuamente a Popple que se pusiera al corriente de la contabilidad y de la venta.
—Puede sucederme algo imprevisto, y conviene que usted pueda reemplazarme.
En un solo aspecto le faltaba energía: La presencia de Cal y Mac Tillery era tan poco necesaria a la Agencia como la de las ratas, el pago de primas de seguro excesivamente elevadas y el olor a gasolina. Fred, sin embargo, no se atrevía a despedirlos por no exponerse a la carta llena de reproches que Enos no dejaría de escribirle si lo hiciera.
Al principio, los dos brillantes jóvenes habían sido destinados a la limpieza de los coches, pero los clientes se quejaron de que la tapicería de los asientos quedaba mojada y que los estribos aparecían llenos de manchas.
Luego, fueron destinados a la venta de gasolina, pero Fred comprobó que por cada galón obsequiaban a los clientes con cinco minutos de conversación en estos o muy parecidos términos:
—¿Hace calor, muchacho? «Sí; se puede decir que hace calor».
—¿Verdad que hace mucho calor hoy?… «Esta mañana, cuando me he levantado, sí que hacía calor…».
La pintura al Duco tampoco les convenía. Rompían los aparatos o sobrecargaban de color diversas partes de la carrocería, dejando de pintar otras.
Convencido de que no lograría sacar partido de los muchachos, Fred les envió a la sección de accesorios, encargándoles de hacer y llevar paquetes. Esto lo hacían bastante bien, si no se les caían —o dejaban caer
— instrumentos frágiles, perdían las piezas o tomaban los paquetes por blanco de su saliva.
En las diversas secciones que iban conociendo, anunciaban triunfalmente a empleados y clientes:
—¡Somos primos de Fred Cornplaw!… ¡Él sí que ha sabido abrirse camino en la vida!…
Cierto día, Fred les dijo en tono suplicante:
—Se acerca el verano, hijos míos, y es probable que vuestro padre os necesite en su granja…
—¿En su qué?
—En la granja de Virginia que esperaba obtener del gobierno…
—¡Ah, sí!… Papá no está allí. Se detuvo en casa de un primo de mi madre que tiene una granja de animales salvajes… Papá, mamá y los pequeños, se quedaron para ayudarles a amaestrar tigres.
—Muy bien, Cal… perfectamente, Mac; eso debe ser muy interesante. Me han dicho que los tigres amaestrados son tan cariñosos como los gatos.
¿No deseáis reuniros con vuestros padres? Con mucho gusto os pagaría el viaje.
—¡Oh, no!… Papá nos ha escrito diciendo que el primo es un viejo gruñón y que apenas les da de comer… Papá ha perdido tantas carnes que ha tenido que abandonar el trabajo. Tranquilícese; estamos muy bien aquí.
¡No le abandonaremos…!
A través de Sara, Fred preguntó a Silga si deseaba dar trabajo a uno o dos jóvenes, verdaderos proletarios como aquellos a quienes el revolucionario quería confiar el gobierno de los Estados Unidos. En caso de respuesta afirmativa, podía ofrecérselos, e, incluso, estaba dispuesto a prestar ayuda financiera a la Coheeze.
Eugenio respondió con una carta irónica, concebida en estos términos:
«Los soviets y sus discípulos, lo mismo que los capitalistas, no aceptan holgazanes e ineptos. Además, los soviets no son tan necios como los burgueses norteamericanos y brindan a los perezosos la alternativa de trabajar o perder todos sus derechos de ciudadanía».
Aquel día, Fred estuvo a punto de convertirse al comunismo y experimentó el mismo sentimiento cuando Howard le presentó a su alegre amigo Ben Bogey que se dedicaba al alquiler de pisos y había adoptado como divisa:
«Interiores confortables a precios abordables».
XVII
LAS vacaciones debían empezar quince días más tarde. A Howard no le faltaba para terminar sus estudios más que el curso de sénior y tenía intención de pasarlo en Moscú. El dios nórdico afirmaba, aunque Silga no recordaba haber dicho nada semejante, que, en Rusia, los estudiantes empleaban la mayor parte del año escolar en cazar, practicar el paracaidismo con aparatos absolutamente seguros y nadar con chicas que estaban «locas por los americanos».
Pero aquel día, Howard sentíase muy desgraciado. No sólo estaba de nuevo enfrentado con el decano de Truxon por haber tocado la corneta a las cuatro de la madrugada ante el Henry Word Beecher Hall, sino que se había enfadado con Anabel. La hija de Staybridge le había manifestado que no podía aprobar sin reservas su proyecto de «estudiar las huellas digitales e ingresar en el Cuerpo de Policía». ¡Anabel podía irse al diablo! Estaba dispuesto a no verla más… por lo menos durante algunos días.
Para consolarse de su rebeldía y de su soledad, Howard había resuelto ir a Sachem Falls para colaborar con Sara y Eugenio. Gastó en aceite, gasolina y salchichas fritas destinadas a proporcionarle nuevas fuerzas, más dinero del que hubiera exigido el salario de un auxiliar de oficina; sentado ante una caja que utilizaba como mesa de despacho, escribía cartas a los simpatizantes y adheridos a la Coheeze, para informarles de que si ayudaban aquel mes a P. & P., la prosperidad del periódico quedaría definitivamente asegurada.
A su lado, Silga llamaba por teléfono a un pastor «liberal» de la localidad y Sara redactaba en una máquina de escribir portátil un artículo destinado a revelar que Kathleen Norris, Carter Glass y Dizzy Dean conspiraban contra la independencia de Méjico.
La entrada de un joven calvo que calzaba botines y vestía un abrigo con cinturón, interrumpió el trabajo de los conspiradores. El recién llegado
tendió a cada uno de los miembros de la Coheeze una tarjeta en la que se leían estas palabras:
BEN BUTLER BOGEY
Saringhaim & Peters Optimists Bank Building
«Interiores confortables a precios abordables».
—¿Para qué necesito un piso? —preguntó Eugenio.
—¡Estoy harta de mi casa! —exclamó Sara.
—¿Acepta usted la subscripción al periódico Prolest & Progress? — preguntó Howard.
—Claro está que sí —repuso Ben Bogey.
—¿Cuánto es, Eugenio? —interrogó el dios nórdico.
Bogey le tendió dos dólares y medio, cantidad que no había ingresado en la Coheeze desde hacía una semana; luego, se quitó el sombrero para saludar a Sara, volvió a ponérselo haciendo un cómico gesto y, sentándose en la mesa, dijo:
—Los «interiores» que les brindo no son para ustedes exclusivamente. Pueden decirme lo que quieran, pero estoy convencido de que tienen fondos en una bolsa de regular tamaño y por eso les ofrezco un despacho en el que puedan instalar las oficinas del periódico y las de su International Worker… o como se llame, porque ahora no lo recuerdo… La entidad que represento trabaja siguiendo principios completamente nuevos. Queremos colaborar únicamente con intelectuales. No nos dirigimos a los banqueros, agentes de cambio e individuos por el estilo, sino a los abogados, agentes de publicidad, locutores de radio y otros auténticos intelectuales. Les ofrezco un local situado en una casa construida en 1890 y completamente renovada. En ella hemos puesto cuantas comodidades puedan desearse e, incluso, una nevera eléctrica. Podemos alquilar dicho local por doscientos dólares mensuales y, si aceptan, participarán inmediatamente en las actividades sociales y artísticas de nuestra firma. Apostaría cualquier cosa a que recibirán enseguida invitaciones para los tés de la señora Stotes Emery. Es exactamente la persona que necesitan. Ha escrito un libro de versos del que se han enviado ejemplares a G. B. Wells y a otros grandes críticos
extranjeros. Aceptará encantada la misión de inspirarles y aconsejarles. Además, su esposo es un banquero…
—Escuche, camarada Bogey —dijo Eugenio con su voz serena y su amable sonrisa—, en cierto modo somos colegas, pues ambos buscamos ganar adeptos; pero me parece que usted no se da cuenta de que nuestra organización es absolutamente subversiva y que se nos considera «rojos» y elementos extranjeros peligrosos. Temo que su Pansy Park… ¿es así cómo llama usted a su ciudad-jardín?
—No; se llama Lilac Lane; pero Pansy Park también es un nombre bonito. ¿Me permite que tome nota?
—No faltaría más… Decía que su organización no tardaría en expulsarnos ruidosamente.
—Se equivoca usted, querido amigo. El comunismo y el extremismo izquierdista son los ideales y sistemas que hoy están en boga. La mujer de un banquero disfruta oyendo decir que su esposo puede ser llevado ante un pelotón para ser pasado por las armas y nada presta a un pastor liberal casado y con siete hijos que mantener, un servicio publicitario más útil que el anuncio hecho durante un banquete íntimo de que la vida de familia pronto habrá terminado. Su iglesia conocerá una afluencia de fieles inusitada y las hipotecas dejarán de ser para él una pesadilla. No, no… Debe unirse a nosotros… Le ofrezco tres meses de alquiler gratuito.
—Es usted muy amable, camarada; pero le ruego que tenga presente nuestra personalidad: somos sinceros, tenemos un ideal y no nos gustan las burguesas adineradas que reparten té y consejos.
—¡Dios mío! ¿A quién puede gustarle eso? No se trata de que nos guste la compañía de las burguesas con cuentas corrientes, sino de alcanzar una posición ventajosa.
Durante un cuarto de hora, Silga no hizo ningún esfuerzo serio por librarse de Bogey. Como a todos los que trabajan en despachos, ya sean redacciones de revistas, casas editoriales o entidades modernas dedicadas a
«Conferencias», «Cine» y «Radio», le gustaba tener un pretexto para abandonar el teléfono.
En el momento en que Ben Bogey, sin haber perdido su buen humor, iba a salir, Howard le detuvo:
—Oiga… ¿podría hablar con usted? Vamos a tomar café… En Old Robin’s Egg Rotisserie, Howard confió a Ben:
—Señor Bogey, el año próximo concluyo mis estudios y pienso labrarme una posición. Me han propuesto la televisión, la cría de ranas y otros negocios muy interesantes; pero lo único que despierta mi interés es una agencia inmobiliaria…
El dios nórdico era tan sincero al expresarse así, como Fred cuando decía que le gustaba extender por triplicado las hojas de pedido.
—Hágase cargo, señor Bogey: yo no soy comunista. Estoy en ese despacho porque mi hermana trabaja en él, pero mi única pasión son los terrenos e inmuebles. ¡Además, tengo una gran idea…!
—¡Ah! —exclamó prudentemente Ben.
—En vez de construir un montón de casas modestas, sería mejor construir un rascacielos. Los inquilinos no tendrían que mojarse los pies para visitar a sus vecinos en invierno y el terreno ganado de esta forma podría aprovecharse para construir campos de deporte y crear jardines con grutas y todo.
—No es mala idea; pero en realidad, nos hacen más falta clientes que ideas.
—¡También pienso en ello! —exclamó Howard—. Le pediré a mi padre que me apoye económicamente. Es muy rico y no sabe qué hacer con su dinero, porque es un esclavo de la rutina.
—¿Quién es su padre?
—Frederic William Cornplaw, agente general de Triumph.
—Le conozco por referencias y una vez le oí hablar en el Boostor Club. Es un comerciante notable. Quisiera ofrecerle un local para su agencia. Puedo brindarle mejores condiciones que cualquier competidor nuestro.
—Pues bien, vamos a visitarle —propuso Howard—. ¿Tiene usted coche o quiere que le lleve en el mío?
—No, mi coche está en el garaje, cerca de aquí. Vaya usted delante; yo le seguiré.
—Perfectamente, Ben.
—¿Cuál es tu nombre de pila, niño?
*
Cogidos del brazo, entraron en el despacho de Fred.
—Papá, permíteme que te presente a Ben Bogey. el mejor agente de alquileres de Sachem. Tiene que hacerte una propuesta admirable respecto a un local para tu agencia.
Fred miró los botines de Ben y su abrigo con cinturón; luego, repuso con la mayor indiferencia que le fue posible expresar:
—No necesito nada.
Bogey dio un paso hacia adelante y tomó la palabra:
—Sé que está usted muy ocupado, señor Cornplaw…
—Mucho…
—… y no quiero distraerle ahora. Si necesita luz, espacio y aire, reduciendo sus gastos generales…
—No necesito nada.
—Sería mejor que atendieras a Ben —repuso Howard riendo—, pues hemos decidido fundar una agencia inmobiliaria…
—¿Con qué dinero? ¿Con el suyo?
—De momento, no. Ben te dirá lo que nos proponemos y cuando conozcas nuestros planes…
—Hablaremos nuevamente de esto el año que viene, hijo mío; cuando hayas concluido tus estudios. Ahora, te ruego que me dejes trabajar…
*
Anabel estaba sentada en el extremo de un inmenso diván de anacardo, orgullo de la casa Staybridge. Parecía pequeñita y abandonada y su única ocupación consistía en mirar furtivamente hacia el teléfono, que se hallaba en el vestíbulo. Le parecía que el aparato había de tener tal costumbre de comunicar con Truxon, que bastaría descolgar el auricular para que se estableciera la comunicación. «¿Por qué —preguntábase la joven— habré llamado tantas veces a Howard?». El dios nórdico no decía más que
¡hello! ¡hello!, pronunciando esta palabra con lo que él consideraba como puro acento inglés. ¡Pero su voz era tan alegre y franca y tan distinta de la del noble Putnam Staybridge que siempre establecía entre él y sus interlocutores una barrera de hielo…!
El aristocrático padre de Anabel estaba sentado precisamente en la misma habitación en que se hallaba su hija. No era mucho más alto que la
joven, pero se erguía tanto y adoptaba actitud tan orgullosa y altiva que, comparado con Anabel, parecía un obelisco.
Putnam no apartaba los ojos de Anabel y espiaba sus menores gestos. Anabel azorada, dejó de mirar hacia el teléfono, se levantó y fue hacia la chimenea preguntándose lo que podría hacer cuando llegara a ella. Cuando la repisa estuvo a su alcance, empujó indecisa hacia la izquierda el Buda de bronce, pero al notar en su espalda la mirada de su padre como un contacto ardiente, se apresuró a dejar la figurilla en su sitio. Luego, mientras acariciaba con suavidad la cubierta fresca y brillante de una revista, volvió nuevamente la cabeza hacia el teléfono. A continuación, se puso a hojear un volumen de Yeats, perteneciente a una edición muy antigua. La cubierta estaba adornada con hojas otoñales y con la rosa mística. Putnam Staybridge adquirió el libro en Londres treinta años atrás y, a la muerte de su esposa, permitió que Anabel lo leyera. Sin embargo, el día en que la joven se mostró sensible al encanto de los versos, se irritó, tiró el libro al suelo y dijo que aquella literatura sentimental no era digna más que de «ocas románticas». Anabel recogió del suelo el volumen dirigiendo una mirada de desafío a su padre, ocultándolo luego cuidadosamente. Era su lectura preferida y mientras su padre la observaba con gesto irónico, leyó:
… el país de las hadas
Donde nadie llega a ser piadoso, viejo y serio,
Donde nadie llega a ser piadoso, viejo, astuto y prudente,
Donde nadie llega a ser piadoso, ni viejo, ni dice cosas amargas Y ella sigue todavía danzando
Oculta a la sombra de los bosques cubiertos de escarcha Donde las estrellas recorren las, cimas de las montañas.
Al terminar, su mirada se dirigió de nuevo al teléfono.
Entonces, Putnam dijo con la voz monótona que caracteriza a los hombres que están por encima de toda emoción humana:
—Es evidente, querida Ana, que esperas una llamada telefónica de ese joven bruto apellidado Cornplaw, que nos ofrece una imagen perfecta de lo que debió de ser el hombre primitivo y cuyo trato has frecuentado mucho durante los pasados meses.
—Howard no es un bruto, aunque es cierto que espero su llamada telefónica. Espero también que se alargue hasta aquí.
—¿Que «se alargue» hasta aquí?… ¡Curiosa manera de hablar! El lenguaje moderno es extraordinariamente pintoresco, pero le falta una cosa que debería tener: corrección.
—¡Te ruego que no sigas! —exclamó Anabel—. Tu forma de subrayar cada una de mis frases y de criticar cuanto digo, me volverá loca… Y si quieres saberlo, estoy enamorada de Howard porque es sencillo. Es como la luz y el aire, mientras que esta casa parece una cárcel.
—Supongo que también quieres a sus padres, porque pueden calificarse de… sencillos.
—Así es; quiero también a sus padres y, especialmente, a su padre. Tiene ciertas arrugas muy agradables alrededor de los ojos cuando se ríe.
¿Aún te atreves a despreciarles…? ¡Oh! ¡Te detesto!
—Mi «desprecio», querida Ana, te impedirá cometer una tontería. Así lo espero y…
El timbre de la puerta de entrada le interrumpió. Un momento después, Howard entraba en el vestíbulo.
Tras la helada burla de su padre, Anabel consideró a Howard como un rayo de sol. Cogió la fuerte mano del joven y le introdujo en el salón.
Staybridge podía cambiar de expresión según sus propósitos y abandonando el tono meloso y cáustico, dijo con rudeza:
—Buenos días, joven. Hace calor hoy, ¿verdad?
—Sí… sí, se… ñor —balbuceó Howard.
—Veo que estamos de acuerdo sobre la temperatura; pero hay temas mucho más importantes. Ignoro si usted tiene suficiente inteligencia para darse cuenta, pero su asiduidad con mi hija puede interpretarse de dos maneras: o usted tiene intenciones deshonestas o es tan cerrado de mollera que cree poder casarse con la señorita Anabel.
—¡Dios mío!… Se… señor Staybridge, yo… yo…
—¡No tartamudee!
—Es que… es que… esto me ha sorprendido. No sé… claro… no sé qué debo contestarle…
Por medio de una ligera presión con el dedo, Anabel llevó a Howard hasta una rígida banqueta de estilo colonial y sentóse a su lado. Junto al robusto muchacho, la frágil mujercita parecía un pájaro posado cerca de un buey.
Howard intentaba justificarse:
—No hay duda de que debo terminar mis estudios antes de pensar en casarme, pero estoy locamente enamorado de Anabel. Cuando salga de Truxon, confío en que conseguiré alcanzar una situación que me permita subvenir a las necesidades de mi hogar.
—¿Así, en su opinión, lo que necesita mi hija es alimento y casa? Me parece que en ese sentido no le falta nada ahora. ¿Se le ha ocurrido pensar que tendrá que aprender su idioma?
—¿Su idioma?
—Si no me entiende, la señorita Anabel se lo explicará con mucho gusto…
Aquella vez, Putnam Staybridge no molestó a los jóvenes golpeando con el pie en el suelo de la habitación inferior, porque prefirió ponerles nerviosos permaneciendo en el salón y leyendo negligentemente Barón Corvo. Su presencia helaba a los enamorados y les privaba del uso de la palabra. Sin embargo, lograron ponerse de acuerdo por medio de la mímica y se fueron al jardín, donde tomaron asiento en un incómodo banco de madera, próximo a unos rosales.
A pesar de que el idilio era absolutamente banal, sus protagonistas temblaban como azogados. Temían los sarcasmos de Staybridge; tenían miedo de un mundo en el que los lugares comunes «pan cotidiano»,
«posición económica» y «hogar» se habían convertido en símbolos de otras tantas empresas tan difíciles como la conquista de un imperio; sobre todo, les asustaba el grande e incomprensible amor que las burlas de Putnam habían descubierto.
Anabel abandonó su actitud despreocupada y protectora a la vez, que debía a las dependientas de los grandes almacenes y a las distinguidas Juniors Leaguers, y Howard no dio muestras de su alegre humor habitual.
Rodeando con un brazo la espalda de Anabel, el dios nórdico dijo:
—Es preciso hallar una solución. Yo no puedo soportar nuestra separación. En Truxon, mis compañeros emplean el tiempo en gritar, tirar los libros por todas partes y beber ginebra. Empiezo a creer que la ginebra es perjudicial para la salud. Además, los bedeles vienen a mi habitación de día y de noche, con su veste sucia y sus pantalones grises, y siento tentaciones de mandarles al infierno… Puedes decirme que quizá estoy loco, pero te aseguro que muchas veces te veo en el centro de mi habitación vestida de blanco, como si fueras una flor llevada allí por el
viento… A veces me pregunto si soy muy inteligente: no me interesa mucho la lectura y prefiero los dibujos humorísticos.
—Tu corazón es lo único que me interesa, y creo que puedo contar con él. ¡Que Dios se apiade de mí si me equivoco!
—Escúchame, Anabel; voy a estudiar como un loco: Tolstoi, biología y cuanto sea preciso…
—Estudiaremos juntos. En realidad soy muy ignorante. No sé más que lo que le oigo decir a mi padre.
—Te verás obligada a ser severa conmigo y a exigirme implacablemente que trabaje. No es tarea fácil. Pero el amor es más fuerte que nosotros. Su puño me atenaza con irresistible poder y me hace notar que ya no soy dueño de mí mismo. Quiero que nos casemos antes del próximo domingo.
—¿No excluyen de la Universidad a los estudiantes casados?
—Sí…
—¿No te parece que antes de casarte debías terminar tus estudios?
—No somos monjes, Anabel.
—Quizá no…
—Buscaré trabajo enseguida. Papá se hace el remolón, pero puedo contar con él.
—No, Howard, no debemos contar con nadie. Por otra parte, creo que tu padre está harto de alimentar a dos hijos que se cuelgan de él como chiquillos. Claro está que, si quiere, puede encontrarte trabajo; no es como el señor Putnam, que prefiere tenerme junto a él sin permitirme hacer nada para poder envenenarme la existencia y contarme todas las historias que ha oído en Munich y Florencia. Papá Fred no nos debe nada y empieza a darse cuenta de que se abusa de su bondad.
—Debe ayudarnos. El mundo, el gobierno y la familia, deben brindar recursos a los seres humanos.
—Mi padre… Ya sabes que a veces dice cosas acertadas. Yo no sé si se le ocurren o las lee en algún libro. El caso es que, según él, no existe
«gobierno»; no hay más que una masa de individuos que son «gobierno» sin saberlo.
—Es posible. De todas formas, los padres deben ayudar a sus hijos. Yo no solicité venir a este mundo.
—Tu padre no te obliga a contraer matrimonio y estará en lo justo si te
niega su ayuda en el supuesto de que nos casemos.
—¿«Supuesto»? No hay duda alguna de que nos casaremos.
—Admitámoslo. De todas formas, quiero vivir modestamente. Ten presente que seré más feliz si tengo fuerza de voluntad suficiente para prescindir de lo superfluo y no nadar en la opulencia. Me gustaría que nuestra casa tuviera una sola habitación, gastar dieciocho dólares por semana si nuestros ingresos no son superiores a esa cantidad y guisar yo misma. Conozco bastante bien la asignatura: Putnam, que sabe apreciar la buena cocina, se ha empeñado en que aprendiera.
—Estoy de acuerdo contigo, pero, a pesar de todo, tendremos que comprar algunas cosas y como yo no tengo dinero en este momento, lo habrá de hacer mi padre. En primer lugar, es preciso adquirir un aparato de radio. No tengo más que uno, muy pequeño, y el del coche, pero con ése no hay que contar. Me conformaría con un modelo de cincuenta dólares…
—¡Howard! —exclamó Anabel severamente.
¿Te parece que es demasiado caro? Bueno, bueno, esperaremos cuanto quieras, aunque sean varios meses… Pero, sin buscar mucho, necesito otro smoking.
—Pobrecito —suspiró Anabel—. ¡Adiós, señor Yeats; adiós, playas de arena gris; adiós, velero atormentado en la noche por el mar tempestuoso; adiós mis sueños de juventud!
Abandonando el lenguaje poético, la joven añadió:
—¡He aquí lo que me he visto obligada a aceptar como esposo!… Abrazó a Howard y huyó diciendo:
—Llámame mañana a las diez, cuando el oso Putnam se haya ido a su antro.
Y desapareció en la obscuridad del edificio, mientras Howard gemía:
—Espera, espera un momento, Anabel…
XVIII
A las tres de la tarde de un hermoso día del mes de junio, Putnam Staybridge llegó a la agencia Triumph, que albergaba también los remolques Dupleix, «verdaderas casas ambulantes al alcance de todos», como rezaban los prospectos de propaganda.
—¿Cómo está usted, querido amigo? —preguntó Fred—. ¿En qué puedo serle útil? ¿Quiere que le enseñen uno de los últimos modelos de nuestra casa?
—No, gracias. ¿Me permite tomar asiento?
—Se lo ruego…
—Óigame, Cornplaw. He resuelto hacer esta gestión, aunque no esté muy de acuerdo con las normas del complicado mundo en que vivimos. Incluso estoy persuadido de que le pareceré terriblemente anacrónico. Se trata de lo siguiente: ¿Se ha dado usted cuenta de que mi hija y Howard, que no son más que unos chiquillos, creen estar mutuamente enamorados? El tono dulce y condescendiente de Putnam exasperaba a Fred, el cual, sentado tras la mesa de su despacho apretábase unos dedos contra otros hasta el punto de hacer crujir las articulaciones. A pesar de su excitación,
repuso tranquilamente:
—En efecto, señor… hum… señor Staybridge; me ha parecido notar algo así.
—Supongo que usted se hará cargo de que Anabel no puede casarse con su hijo.
—¿Cree usted que no?
Staybridge esperaba una explosión de cólera y hubo de proseguir sin haber obtenido este resultado:
—Lo primero que hace imposible esa boda es que, si no me engaño, su hijo carece de dinero.
—Así lo creo y…
—Y no tiene ningún proyecto para el porvenir…
—Eso no es cierto. El otoño próximo, formará parte del equipo de fútbol de Truxon.
—¡No hablo en broma, Cornplaw!
De la garganta de Fred salieron algunos sonidos inarticulados.
—Dejando aparte su situación económica, creo que no concuerdan en otros aspectos.
—¿Por ejemplo…?
—¿Quiere usted que puntualice?
Fred hubo de patear la alfombra durante quince segundos con gesto nervioso antes de poder contestar tranquilamente:
—¿Quiere que le diga lo que usted ha venido a comunicarme, querido Staybridge? Sé que hubiera preferido decirlo usted, pero siento privarle de esa satisfacción. Usted pretende que mi hijo no puede casarse con Anabel porque el apellido Staybridge es el de una familia aristocrática, mientras que mis antepasados fueron granjeros y fundidores. Pues bien, se equivoca…
—¿Que me equivoco?
—Sí; en el mundo hay alrededor de seis Staybridge que son pobres y se ven obligados a ganarse la vida como funcionarios o preceptores; pero un Staybridge rico…
—¡Le ruego, Cornplaw…!
—Por lo que se refiere a usted, mi opinión es que se le puede considerar como un lechuguino de los que creen que un fabricante se halla en posición superior a la de un mayorista y que éste es superior a un tendero. Sólo Dios sabe por qué… Además, usted no es un verdadero fabricante, pues se ha limitado a invertir grandes cantidades de dinero en la Conqueror Motor Company, que vende automóviles lo mismo que yo…
—¡También existe diferencia de educación y de maneras! —gritó Staybridge poniéndose en pie de un salto, con el rostro encendido por la cólera.
Un momento después, Putnam salió de la agencia dando un gran portazo.
—Que me cuelguen si no consigo casar a esa pareja de idiotas, aunque no tengan el menor deseo de casarse… —murmuró Fred al quedarse solo.
Anunciáronle una visita y repuso:
—No puedo atender a nadie. Dígale a Popple que reciba esa visita…
Con los codos apoyados en la mesa, Cornplaw se absorbió en sus graves pensamientos:
«Putnam sólo tiene razón al decir que Anabel está mejor educada que Howard y supongo que la chica sabe leer y escribir… ¿Qué puede hacer por sus hijos un padre que no tiene más que una inteligencia regular?
¿Dejarles hacer lo que quieran? ¡Ah! ¡Si yo lo supiera…! Quizá ese vanidoso quiere a su hija, a su manera, claro está, y desea retenerla a su lado. Pues bien, obrando así, la pierde. ¿Será inevitable el hecho de que nos abandonen siempre aquellos a quienes amamos y que no conservemos más que los seres que hemos embrutecido con nuestro afecto?… Esas son las verdaderas guerras y no las tonterías que hacen allá en Europa; los hombres contra sus esposas y los padres contra sus hijos… Yo pido un armisticio. Quisiera irme a un lugar en el que reinara la paz…».
XIX
AQUELLA noche, aparecieron en el jardín de la casa de Staybridge las primeras luciérnagas. En el aire flotaba el olor de los rododendros húmedos. Anabel, vestida de blanco, esperaba en el quicio de una puerta.
No tardó en aparecer un automóvil deslizándose lentamente y sin ruido
entre los olmos y manzanos que bordeaban la pequeña avenida. El coche se detuvo ante la verja del jardín y lanzó tres llamadas de claxon tan débiles, que parecían un lamento.
Silenciosamente, Anabel atravesó el jardín y ocupó el asiento situado junto al conductor del coche. A pesar de la obscuridad, la joven pudo distinguir a Sara, Eugenio y Guy, que estaban sentados tras ella.
Howard, que llevaba el volante, anunció:
— En el bolsillo llevo la licencia de matrimonio.
Y tan discretamente como había llegado, se alejó el automóvil.
Mientras Anabel oprimía nerviosamente el brazo de Howard, Sara se inclinó hacia adelante y preguntó:
— ¿Eres mayor de edad?
— Sí.
— Entonces, tu padre no puede oponerse.
— ¡Dios sabe de lo que es capaz ese hombre! ¿Y tú, Howard, has hablado con tu padre?
— No le he dicho nada de la boda y aunque él tampoco me ha hablado, tenía una expresión traviesa…
—De la boda… —repitió Sara—. ¡Qué solemne e impresionante es esa palabra!
—Para mí es tan anticuada como las patillas largas y los corsés de ballenas —observó Eugenio.
—¡Boda…! —suspiró Anabel—. Sufro la impresión de que no se celebrará nunca. Me parece que estamos representando una comedia y que Putnam Staybridge vendrá a mi camerino durante el entreacto, para
decirme: «Si tuviera usted más dominio de sí misma y no se dejará dominar por la emoción, sería una buena actriz». Al fin y al cabo, quizá tenga razón mi padre…
—¡Eso no! —exclamó Howard—. ¡Tu padre no tiene nunca razón!
—¿Ni siquiera tuvo razón al traerme a este mundo?
—En eso sí. E incluso añadiré que fué una obra genial, aunque no ha repetido nada semejante en toda su vida.
Habían llegado al centro de la ciudad y corrían por calles brillantemente iluminadas por los anuncios y las muestras de los cinematógrafos. Howard conducía obteniendo del coche su máxima velocidad y apretando el acelerador apenas las señales de tráfico cambiaban el disco rojo por el verde. A cada sacudida, los demás ocupantes del coche balanceaban la cabeza como dioses asiáticos.
Libres de la opresión que el silencio ejercía alrededor de la casa de Staybridge, todos habían recobrado el buen humor y las bromas se sucedían ininterrumpidamente:
—¡He contratado un coro de montañeses y una orquesta formada por seis músicos yugoeslavos que tocan doce pianos!
—¿Y cómo se las arreglan?
—¡Tocan con los pies, bendito!
—Vosotros, arios puros y aristocráticos, podéis pensar en el matrimonio. Yo creo que haría mejor estudiando el Pinocho —dijo Silga.
—Howard, por lo que más quieras… ¡Vas a ciento treinta!
—Ciento treinta y tres…
Guy, que había vuelto la cabeza para mirar por la ventanilla posterior del coche, exclamó de pronto:
—¡Howard, Anabel! ¡Nos siguen! Hace un momento he visto un coche que tomaba la dirección del nuestro. He podido fijarme en él porque hay muy poco tránsito en la calle Patchin.
—La carretera es muy larga y somos mayores de edad —repuso Howard, pisando a fondo el acelerador.
—Me parece reconocer el claxon —prosiguió Guy—. Debe ser el
Conqueror de papá.
—Perfectamente. Vamos a cansarle. No es que le tema, pero…
Y Howard torció tan bruscamente hacia una calle lateral, que sus compañeros casi fueron lanzados fuera del coche. Evitó por centímetros el
choque contra un camión y después de rodear una manzana, volvió a la calle principal.
—¿Continúa siguiéndonos?
—Creo que sí —repuso Guy—, pero no estoy seguro de que sea el mismo automóvil, porque sus faros me deslumbran.
—Te ruego, Howard —dijo Anabel—, que vayas un poco más despacio. Sería una verdadera pena que en mi esquela hubieran de poner:
«Fallecida a consecuencia de un accidente automovilístico cuando iba a casarse».
—Sí —aprobó Eugenio—. Vas demasiado de prisa.
Guy, que no había dejado de observar la carretera y que consideraba muy importante su papel de investigador aficionado, declaró con afectada calma:
—No creo que el claxon que acabo de oír sea el suyo. Los Conqueror
tienen una voz mucho más potente que los Triumph.
De pronto, Anabel profirió un grito.
—¿Qué te pasa? —preguntó Howard.
—¿No te parece que la hostilidad entre los coches Conqueror y Triumph recuerda la que existía entre los apellidos Montesco y Capuleto? Fíjate: Howardeo Montesco Triumph y Anabeleta Capuleto Conqueror…
—No comprendo. Ya me lo explicarás cuando no tengamos tanta prisa.
Anabel miró a su novio, sus labios dejaron escapar un breve suspiro que parecía un gemido y, pensativa, se inclinó hacia adelante apoyando la frente en las manos.
*
El pastor de Patchin, pueblecito situado en los alrededores de Sachem Falls, vivía en una casita blanca cuyo portal era mayor que toda la construcción.
Sara había anunciado:
— Ya veréis… El pastor será un anciano bondadoso, con lentes, casado con una mujer gordita. Ambos serán muy molestos y abrazarán a quien no tenga tiempo de ponerse en salvo. A los novios, les recomendarán que se ayuden mutuamente, lo cual es absurdo.
Pero el pastor y su mujer, que aparecieron en la puerta de la casita apenas se detuvo ante ella el coche, no tenían más años que los novios. Acompañábanles sus dos hijos, llamados Abner y Berenice, a quienes enviaron a la cama, desoyendo sus vehementes protestas.
Más emocionados por la ceremonia que iba a celebrarse que los principales interesados, los dueños de la casa introdujeron a sus visitantes en un recibidor amueblado según el gusto de 1890, con un armonio, una mesa cubierta con un tapete de brocado cuyos ribetes llevaban en sus extremos bolitas de plomo; en una estantería fija a la pared, había varios libros cuidadosamente forrados con hule.
La mujer del pastor invitó a los jóvenes a tomar «un piscolabis; tal vez una o dos empanadillas recién hechas». Luego, abrazó con ternura a la novia y tras mirar con aprensión a Sara, Eugenio y Guy, los encasilló entre los accidentes debidos a la Fatalidad y no volvió a ocuparse de ellos.
Anabel murmuró:
—Ya te lo dije, Howard: esto no es una boda, sino una comedia.
—Bel —replicó Howard severamente—, deja de bromear, te lo ruego. Ten presente que estamos viviendo el momento más trascendental de nuestras vidas.
—¿A mí me lo dices? —exclamó Anabel. En el momento en que el pastor decía:
—Pues, si quieren…
Oyeron un ruido extraño sobre ellos. Anabel levantó la cabeza y vió que los dos hijos del pastor seguían la ceremonia mirando por un agujero abierto en el tabique para favorecer la ventilación de la estancia y hacían comentarios empujándose vigorosamente para ver mejor lo que sucedía:
—Es bastante guapa…
—Lo menos le ha costado cinco dólares ese sombrero…
—¿Por qué se casan?
—¡No me empujes más!
Estuvo a punto de soltar una carcajada, pero se contuvo al darse cuenta de que el pastor preguntaba dirigiéndose a ella:
—Acepta usted por legítimo esposo…
Con estas palabras, el pastor arrancaba a la joven de su blanca y tímida existencia de soltera.
Tras la ceremonia, el pastor dijo:
— Queridos amigos, no soy muy instruido y no sé casi nada acerca de las grandes y ricas ciudades en que ustedes viven. Cuanto puedo desearles y pedir a Dios para ustedes, es que sean felices como lo somos mi mujer y yo en esta casita y que se ayuden uno a otro como ella me ayuda todos los días.
Anabel sintió deseos de llorar y miró a Howard. El dios nórdico tenía la boca abierta, los ojos húmedos y por su nariz se deslizaba una lágrima absurda y magnífica.
Pero Anabel no se echó a llorar —sino que sollozó como una chiquilla
— cuando volvió la cabeza. Junto a la puerta y sin que pudiera explicarse su presencia, estaban Fred y Hazel que tendían hacia ella sus gruesos y cortos brazos.
XX
EL viaje nupcial de los recién casados duró ocho días, porque Fred consideró que, por bien de todos, no debía prolongarse durante más tiempo. Cornplaw, aprovechó la ausencia de Howard y Anabel para instalar el nido en que habían de vivir.
Alquiló un piso de tres habitaciones, pagó un mes de alquiler por
adelantado y, ayudado por Hazel, amuebló tímidamente el departamento con algunas sillas, una mesa, un radiador y un refrigerador, ambos eléctricos; también les proporcionó algunos utensilios de cocina.
Sara se mostró bastante satisfecha de estas adquisiciones y a sus padres les envaneció la aprobación de la joven.
Cuando Anabel regresó, Fred la llamó a su despacho;
—Transcurrirán, muchos días —le dijo— antes de que Howard se halle en situación de ganar dinero suficiente para mantener su hogar; por consiguiente voy a prestarte —a ti personalmente— mil dólares para que puedas completar la instalación iniciada por nosotros. Querría que extendieras un recibo concebido en estos o parecidos términos: «Mil dólares a reembolsar… ¡hem!… bueno… en… a un dos por ciento». En los tiempos que sufrimos, es una buena inversión para mí.
—No, papá; agradezco tu generosidad, pero no puedo aceptar el préstamo. Has hecho ya demasiado por nosotros. Los muebles que poseemos nos bastan por ahora. Pienso dejar a un lado el dinero y comprar poco a poco lo que nos falta. Ya sabes que Howard es un ángel, pero…
—Anabel, no hagamos un torneo de generosidad. Yo soy generoso, tú eres generosa… Acepta el dinero, firma el recibo y vete a comprar muebles.
—A sus órdenes, mi general…
El sueldo inicial de Howard, el nuevo aprendiz de la Agencia Triumph, ascendía a veinticinco dólares semanales, de los cuales percibía dieciocho.
Había sido destinado al departamento de ventas y su trabajo le gustaba. Compróse un traje de tweed, unas gafas —cuya utilidad no se pudo explicar nunca y que guardaba siempre en su cartera comercial— y planeaba magníficos proyectos para el porvenir. Veíase recorriendo el distrito de Sachem Falls en un espléndido automóvil rojo y plata, charlando con su «ex compañeros de cárcel», es decir, de Truxon, haciendo ventajosas operaciones bursátiles con el dinero que ganaba en las ventas y alcanzando enseguida el envidiable título de «millonario».
Entretanto, una o dos veces por semana, pedía dinero prestado a su primo Cal Tillery.
Sin embargo, no logró vender un solo automóvil y Fred, que había aceptado sin quejarse el traje de tweed, se conmovió.
Una tarde, cuando ya se habían cerrado los almacenes, llamó a Howard.
—No puedo dedicarte mucho tiempo —dijo el dios nórdico al entrar en el despacho de Fred—. He de jugar una partida de golf con Bel.
—Oye, hijo mío, para todo hay tiempo…
—¡Papá, acabas de decirme «para todo hay tiempo» exactamente igual que Bel cuando me quiere obligar a hacer cualquier cosa desagradable!…
—No me interrumpas. Para todo hay tiempo y ya es hora de que te pongas a trabajar; eso es lo que quiero decirte. Ningún patrono consentiría en pagarte un sueldo por no hacer nada; ni siquiera en Hollywood lo hallarías, pues allí, por lo menos, hay que ser puntual y durante los nueve días que han transcurrido desde que entraste en mi casa como empleado, has llegado con un promedio de veintiún minutos de retraso y tardas una hora y veintidós minutos en comer.
—Eso quiere decir que me has espiado…
—Sí; otro patrono te habría despedido. Pero tu falta de puntualidad es menos censurable que tu absoluto desconocimiento de la técnica automovilística.
—Eso no, papá; conduzco automóviles desde que tenía quince años.
—No lo niego, pero todo lo que sucede bajo el capot es para ti tan incomprensible como el idioma chino. Eso no puede tolerarse. Antes de vender automóviles, es necesario saber lo que tienen en el vientre. Por tanto, he decidido enviarte al taller de reparaciones, donde Bill Merman te enseñará cómo funciona un motor y la utilidad del martillo y de la llave inglesa.
—¿Cómo?… ¿Quieres que trabaje a las órdenes de ese hombre que masca tabaco y tiene las manos llenas de grasa?
—Quizá mascar tabaco sea una de las características propias de un buen mecánico y tal vez no perdieras nada aprendiéndolo también… Pero no te he llamado para bromear… Escúchame, Howard: ya no eres un niño. Eres un hombre casado y debes ganarte la vida y algo más para Anabel… por lo menos, en principio. Presta atención a lo que voy a decirte: o trabajas seriamente o tendrás que buscar un empleo en otro sitio.
—¿Y si no consigo encontrarlo? Ya sabes lo difícil que es encontrar trabajo actualmente…
—Entonces, no tendrás otra salida que morirte de hambre.
—Por mí no me importa —repuso Howard con dignidad—. Puedo vivir pidiendo limosna y dormir en un pajar… pero ¿qué será de Anabel? Su padre no quiere verla más.
—Tu madre y yo tendremos mucho gusto en recibirla entre nosotros mientras tú duermes en el pajar; pero te ruego que si vienes a verla te quites antes el estiércol del traje… ¡Oh! ¡Howard, Howard! ¿Quieres obligarme a decir que tengo un hijo idiota? ¡Si no empiezas a trabajar inmediatamente, te enviaré al cuerno! Elige lo que quieras, me tiene sin cuidado… Hijo mío, hijo mío, no me encolerices. ¿No ves que quiero ayudarte?
—Está bien, papá. Intentaré serte útil… Voy a mascar tabaco y contaré veinte veces cada centavo… Ahora, ¿quieres venir conmigo? Saludarás a Bel y te invitaré a un Martini seco…
Fred visitaba al matrimonio una o dos veces por semana, para almorzar en su compañía o sólo para tomar una taza de café.
Con el dinero que recibió en préstamo, Anabel había comprado un modesto canapé, una mesa de despacho, butacas y un tocador. Fred dedujo que su nuera guardaba, por lo menos, quinientos dólares, previniendo cualquier quebranto o dificultad imprevista.
Anabel preparaba perfectamente sopas, ensaladas y postres; pero Putnam Staybridge no se había preocupado de que aprendiera a cocinar un asado o un pudding.
Las labores domésticas, dejaban también un poco que desear. Anabel no sabía hacer muy bien la cama y quedaba polvo en los muebles.
Sin embargo, dábase cuenta de sus negligencias y Fred comprobaba una mejora a cada nueva visita: las pinzas para coger los dulces no estaban
pringosas, los ceniceros aparecían un poco más limpios y los vasos utilizados por los invitados de la víspera estaban brillantes y alineados.
Fred pensaba suspirando:
«No sé por qué, pero prefiero comer sinkers y beber café tibio en casa de Anabel que vaciar una botella de champán en compañía de Sara».
(Cornplaw no conocía más que cinco clases de vino: champán, Jerez, vino tinto, vino de California y cowslip wine. En su opinión, el primero únicamente podía beberse por gusto y no para honrar a los invitados).
XXI
EL tercer número de Protest & Progress contenía dos artículos que pusieron a Fred fuera de sí. Los leyó una noche en que Sara estaba ausente y a pesar del cansancio que sentía, determinó esperarla para manifestar su indignación.
El primer artículo indicaba que raras veces habían dado los
norteamericanos una prueba mayor de su estupidez, que con motivo de la reciente visita del general Kynok, del arma aérea soviética. El general soviético fue recibido por los aviadores norteamericanos, invitado a comer con el presidente Roosevelt, y solicitado por diferentes ciudades para que pronunciara en ellas conferencias, visitando, además, fábricas de material aeronáutico y campos de aviación. Exceptuando estas muestras de consideración, el general había sido ignorado. Todo esto lo utilizaba el articulista para entrar en materia antes de anunciar algunas verdades, como las siguientes:
«1.a Ser soldado y poder esgrimir las armas en defensa de la patria es un timbre de gloria para un ruso.
2. a Todo americano que quiere defender a su patria o se propone ingresar en el ejército, es un tigre sediento de sangre o un hombre envenenado por los agitadores a sueldo del capitalismo.
3. a La potencia de la flota aérea soviética es superior a la de tres países reunidos.
4. a Si Norteamérica tiene un adarme de sentido común, lo mejor que puede hacer es prestar ayuda a Rusia, que está indefensa y sin aviación.
5. a El general Kynok era, al mismo tiempo, un Wellingtonian-commander y un verdadero camarada».
En el segundo artículo, Eugenio Silga proclamaba la necesidad de transformar en closed shop (fábrica en que sólo se admiten obreros sindicados) la fábrica de porcelana Pragg, que era la industria más importante de Sachem Falls, añadiendo que, por haberse impedido hasta
entonces la realización de este propósito, debía recurrirse a la fuerza. Silga, de paso, aconsejaba a los obreros que comprasen fusiles, hicieran ejercicios de tiro y leyeran a Jorge Sorel.
Cuando Sara volvió —pasada la medianoche— y Fred quiso dar rienda suelta a su furia, ella le detuvo:
—Espera un momento antes de saltar y mira lo que han hecho otros antes que tú.
Le entregó un ejemplar de la primera edición del Sachem Falls Recorder, en cuya primera página aparecía un artículo titulado: «El Consejo Municipal, combate a los “rojos” de nuestra ciudad»; Fred se enteró así de que en la última reunión del municipio, un consejero había denunciado la actividad de un destacado bolchevique llamado Eugenio Silga, el cual incitaba a la rebelión desde las páginas de un periódico que editaba, y que el alcalde había adoptado medidas encaminadas a lograr que Silga y sus comparsas abandonaran Schem.
La furia de Fred desapareció.
—Sería conveniente que te fueras de la ciudad un par de días.
—No; no quiero huir.
—Por lo menos, no vuelvas a la Coheeze y renuncia a ver a Silga durante algún tiempo.
—Observo que te avergüenzas de mí y que desearías marcharte con mamá.
Un poco sorprendido de su propia mansedumbre, Fred contestó:
—No, no… No tengo necesidad de manifestarte la aversión que siento por los planes de Silga, que tienden a transformar los Estados Unidos en un W. P. A. en el que se exija como único mérito para alcanzar un empleo ser completamente inepto para desempeñar la misión correspondiente al cargo; pero te ayudaré cuanto pueda.
—Lo único que puedes hacer es ordenar nuestra contabilidad, pues tengo la seguridad de que, a consecuencia de esta ofensiva, nuestros acreedores caerán sobre nosotros para cobrar lo que se les debe.
—Es muy posible que suceda lo que anuncias. Por extraño que te parezca, a ciertos comerciantes les gusta que les paguen… Mañana por la mañana iré a la Coheeze.
—Si quieres… —repuso Sara en tono fatigado.
Al quedarse solo, Fred hizo mentalmente estas dos comprobaciones:
1. a Aunque un delincuente se halle en la situación que por sus culpas merece, no siempre se le abandona a su justa suerte.
2. a No hay que preparar un gran discurso sin preguntarse si aquel a quien va destinado permitirá pronunciarlo.
No meditó mucho tiempo. Sabía que, bajo su indiferente apariencia, Sara estaba muy deprimida. Subió a la habitación de su hija: no se engañaba. Sara, que ya debería haberse acostado, paseaba inquieta por su habitación. Deseó entrar y hablar con ella «franca y cordialmente», como él decía, y se dio cuenta de que su hija y él vivían distanciados, como si no se conocieran, desde hacía mucho tiempo. Quizá —pensó Fred— el desastre de la Coheeze la acerque a mí…
Ante la puerta de la alcoba dudó. Los hijos que temen pedir un favor a sus padres, saben cuántas veces permanecen vacilantes éstos ante la puerta de sus habitaciones temiendo parecer inoportunos y ridículos si entran.
Por fin, Fred llamó, sin que le respondiera un cordial: «¡Entra!». Comprendió que Sara buscaba una bata y cuando la joven abrió, únicamente preguntó en tono ligeramente aburrido:
—¿Qué quieres?
—Nada importante. Sólo quería repetirte que estoy dispuesto a hacer cuanto pueda por ti.
—Bueno; gracias, papá —repuso Sara en el mismo tono.
Fred no había estado nunca en el despacho de la Coheeze y cuando a las diez de la mañana del día siguiente subió la escalera que conducía a él, experimentó la desagradable sensación de que habían vuelto los difíciles días de su juventud.
Los escalones estaban gastados, sucios y llenos de papeles. En el ambiente flotaba un desagradable olor a jabón negro y, en las paredes, campeaban los anuncios de un fabricante de aparatos eléctricos que curaban todas las enfermedades, y los de un filántropo que vendía dados con trampa «únicamente para experiencias científicas».
Al entrar en el despacho, Fred creyóse en la tienda llena de objetos diversos que ocupó tantos días de su infancia.
Sentados en una mesa, Sara y Eugenio hablaban a media voz y parecían aterrados.
—¿Mala suerte, Eugenio? —preguntó Fred.
—¡Caramba! Buenos días, señor Cornplaw… No; no tenemos suerte. Reconozco que merezco algunos reproches, pero ¿cómo podía imaginar
semejante cosa?
—Debió haber obrado con mayor prudencia.
—No hice más que seguir al pie de la letra las instrucciones recibidas.
Estoy seguro de que a partir de ahora ya no recibiré un solo centavo…
—¡No esperará que los Channing Pragg continúen subvencionando sus actividades, cuando amenaza destruir su industria…! —exclamó Fred.
—¿Los Channing Pragg? ¡No hablamos de lo mismo, señor Cornplaw!
—¡Seguro que no! —exclamó Sara encogiéndose de hombros.
Fred se sintió molesto, como un chiquillo cuando dice una tontería ante personas mayores.
Eugenio, condescendiente, explicó:
—No me importa tener luchas con autoridades y periódicos, porque, al fin y al cabo, son gajes del oficio, pero me ha sucedido algo muy curioso con el P. C.
—¿El P. C.?
—¡Dios mío! —exclamó Sara—. ¿Con el partido?
—¡Ah, bueno!
—Sí —prosiguió Eugenio—. Acabo de recibir un extenso telegrama. Entre paréntesis: soy un buen comunista, pero no he comprendido nunca que una organización tan necesitada de dinero envíe centenares de palabras por telegrama, cuando puede ahorrar muchos dólares haciéndolo por correo. Bueno, eso importa poco… El caso es que he recibido esta mañana un telegrama… ¿Leyó mi artículo sobre el general Kynok, publicado en el último número de P. & P.?
—Sí.
—Pudo darse cuenta, por tanto, de los términos elogiosos que empleé. Pues bien, me informan ahora de que el general Kynok fue arrestado secretamente anteayer, acusado de hacer espionaje en favor del Japón, que anoche compareció ante el Consejo de Guerra y que le fusilarán esta mañana… ¿Se da usted cuenta?… ¡Apenas hace un mes que Kynok revistó junto a Stalin setenta y cinco mil niños!… Uno siente la tentación de preguntarse a sí mismo si es agente secreto del Japón o trotsquista.
—Si es un personaje tan importante, no hay duda de que su inocencia será reconocida y recobrará la libertad.
Eugenio mostró con una sonrisa su escepticismo.
—Me asombraría que ocurriera eso. En Moscú no pierden el tiempo, ni los bolcheviques gastan el dinero del Estado en averiguar si alguien es
inocente, a menos que pueda probarse su culpabilidad. Es un nuevo sistema de justicia… ¡Estoy hablando como un contrarrevolucionario!… No, no… Cuanto hacen allá, está bien hecho… Es preciso que escriba otro artículo, refiriendo cómo he logrado descubrir que Kynok era un cochino traidor. Los enemigos del pueblo deben ser exterminados sin piedad…
¡Esa es mi divisa!
Y la máquina de escribir de Eugenio despidió centellas, mientras el agitador rezongaba perversidades.
Sara preguntó casi cortésmente:
—¿Quieres observar nuestros libros, papá?
Tras estudiar desesperadamente la contabilidad durante media hora, Fred se convenció de que sería imposible «ordenar un poco las cuentas», pues no existían. Excepto las operaciones realizadas durante la primera semana, los miembros de la Coheeze no habían consignado nada. Varios cheques sin contabilizar dormían junto a facturas no pagadas y en pequeñas hojas leíanse notas como ésta: «Recibidos diez dólares de J. K.». En un sobre se hallaba un cheque de cien dólares enviado por el «Club Marxista y Literario del Sur», al que iba unida una factura por valor de setenta y cinco dólares con el membrete de una papelería. Fred miró la procedencia del sobre que no era del Club ni de un almacenista de papel, sino de la Universidad Popular Maplchurst.
Iba a protestar con furia de esta contabilidad absurda, cuando oyéronse pesados pasos en la escalera. Al escuchar este ruido, los tres pusiéronse en pie de un salto y Eugenio, temblando, llevóse una mano a los labios.
—¿Tienes miedo? —preguntó Sara.
—Quizá sea la policía… y ya conozco sus puños.
—No pueden detenernos.
—También arrestan sin motivo, por gusto.
Fred asumió el mando. Hacía años que no se había atrevido a dar órdenes a su hija.
—Marchaos de aquí los dos. Subid al tejado; allí podréis esconderos.
Conozco a muchos policías y procuraré arreglar este asunto.
Al ver que dudaban, Fred dijo en tono que no admitía réplica:
—¿Me habéis oído? ¡Largo de aquí!
Los dos revolucionarios desaparecieron.
Al quedarse solo, Fred tomó asiento frente a una mesa y abriendo un cuaderno esgrimió el lápiz como si se hallara enfrascado en importantes
comprobaciones. Más tarde, comprobó que lo único escrito por su mano en el cuaderno, era esta frase: «Yo también tengo miedo».
La puerta se abrió bruscamente. Un sargento y cinco agentes irrumpieron en la estancia. Todos llevaban porras y dos de ellos tenían la mano apoyada en la culata de sus pistolas.
Al ver a Fred, el sargento exclamó:
—¡Qué diant…!
Los agentes se detuvieron indecisos.
Fred permaneció sentado, pues sabía que era la mejor posición que podía adoptar frente a un bruto al que aún no dominaran demasiado los vapores alcohólicos.
—Buenos días, sargento —dijo—; llegan ustedes con retraso. El pájaro ha volado.
—¡Caramba…! ¡Si es el señor Cornplaw! ¿Qué hace usted aquí?
¿Dónde está ese anarquista peligroso?
—Se ha ido de la ciudad y yo represento a sus acreedores. Silga me debe una camioneta. ¡El diablo se le lleve…!
—¿Cómo sabe que se ha ido de la ciudad?
—Porque mi hija le acompañó.
—¡Ahora recuerdo que también está complicada en este asunto!
—Lo único que usted sabe es que trabajó aquí. Mi hija consultó con mi buen amigo el alcalde antes de aceptar el empleo. No tenía responsabilidad alguna.
—De todas formas, no es una chica lo que busco… ¡Al trabajo, muchachos!
El apacible Fred quedó horrorizado del frenesí con que los
«muchachos» se entregaban al «trabajo». Recogieron unas hachas —que debieron dejar a la puerta—, destrozaron los muebles, tiraron la máquina de escribir por la ventana rompiendo los cristales y echáronse a reír alegremente, pues no hay nada más agradable que destruir en nombre de la Ley.
Como por arte de magia empezaron a llegar periodistas y fotógrafos y el relámpago de magnesio sacó a Fred de su letargo intelectual. Se puso en pie y dirigiendo una mirada terrible al sargento, gritó:
—¡Impida esa estúpida destrucción o serán todos expulsados del Cuerpo! Represento a los acreedores y usted no tiene autorización firmada por un juez para romper lo que hay en este despacho.
—¡Al diablo las autorizaciones!
—Le haré responsable de toda destrucción… Escúcheme, sargento; ponga de patitas en la calle a esos salvajes. Hablaremos usted y yo.
—¡Vamos; a la calle, muchachos! —ordenó el sargento frotándose la mano en el pantalón a fin de que estuviera limpia para recibir el sucio dinero.
El argumento de Fred fue muy breve. Se limitó a la entrega de un billete de veinte dólares y a la afirmación de que los periodistas habían retratado ya la marcial figura del sargento lo suficiente para que su publicidad personal quedara asegurada.
—¡Lástima que no hayamos podido echar el guante a ese individuo! — gruñó el policía—. Me irrita pensar que nuestros colegas de la ciudad vecina consideren que no le hemos dado lo que merece.
El sargento salió tras decir esto.
«Ahora comprendo cómo se incorpora un hombre al comunismo» — murmuró Fred mirando el devastado despacho y recordando las palabras del sargento.
La escasa firmeza de sus piernas le hizo tomar asiento y cuando Sara y Eugenio entraron prudentemente, Fred, que había odiado sinceramente a todos los «rojos», dijo casi afectuosamente:
—Amigo, es preciso que se ponga en salvo inmediatamente. Quieren darle una paliza. He conseguido alejarles, pero pueden volver.
Sara observó desdeñosamente:
—Aseguraría que les has untado la pata y que te has humillado ante ellos.
—¡Perfectamente! ¡Eres una vanidosilla insoportable! ¡Una adherida al Salvation Army de Rusia! ¡He mentido, he untado la pata del policía y me he humillado!… Eugenio, ¿tiene usted papeles comprometedores aquí?
¡Sálvese aprisa y lléveselos!
—Lo único que puede comprometerme es el telegrama que he recibido esta mañana. He quemado los demás.
Y Silga se guardó en el bolsillo un papel que retiró del anuario telefónico.
—¿Quiere usted esconderse durante algunos días en mi casa? —brindó Fred—. Ya que Sara ha compartido…
—No; me voy de Sachem…
—Seguramente no dispone usted de mucho dinero… Acepte estos diez dólares.
Eugenio cogió el billete desdeñosamente y, sin dar las gracias siquiera, se dirigió hacia la puerta.
—¡Genio! —gimió Sara.
—¿Qué pasa?
—¿Podemos ayudarle a hacer las maletas?
—¿Mis maletas? ¡Usted bromea, camarada Cornplaw! Mi equipaje se compone de dos maletines, uno de los cuales está lleno de libros. ¡Es cuanto he podido reunir en veintiséis años de vida, durante seis de los cuales me ha golpeado la policía y he tenido que sufrir la compañía de jóvenes burguesas que se divierten jugando a libertarias!
El corazón de Fred se conmovió ante la mirada de amor y ternura que su hija dedicaba a Eugenio.
—Pero usted me hace recordar… —dijo el revolucionario con su amable sonrisa habitual.
Dirigióse al teléfono, marcó un número y murmuró:
—La señorita Kitz, por favor… ¿Eres tú, Frida?… Soy Genio… Sí, me marcho y estoy muy contento de hacerlo… Han estado aquí y lo han destrozado todo… Te espero en nuestro acostumbrado punto de reunión, en Albany, a las ocho de la noche… hoy mismo. ¿De acuerdo? Perfectamente. Hasta la vista…
Y, volviéndose hacia Cornplaw, añadió:
—Como ve, no hacía falta que se inquietara por mi suerte… Usted no es malo, Cornplaw, pero hace mal no comprendiendo que los individuos como usted, es decir, aquellos que no pertenecen a la extrema derecha ni a la extrema izquierda, serán aplastados entre las dos.
—¡Si no entiendo mal, usted me aconseja que, para ponerme al abrigo de esa desagradable contingencia, ingrese en el Partido Comunista!
Fred creía haberse mostrado espiritual e irónico, pero Silga respondió serenamente:
—Mucho temo que no le aceptaran. Y la puerta se cerró tras él.
Con inmensa ternura, Fred se volvió hacia Sara, que estaba de pie, con las manos sobre el corazón…
—Pobre pequeña querida… Esto es lo que sucede cuando uno se relaciona con estos furiosos aficionados a la política… ¿Le amabas
mucho?
La respuesta cayó sobre Fred como una tormenta:
—¿Quererle? ¿A ese pillete? Le detesto y siempre le he detestado. No ha sido para mí más que una experiencia psicológica… ¡Amar!… Ni siquiera puedo pedirte que empieces a comprenderme… Me voy al club de tenis. He abandonado mucho mi entrenamiento estos días y voy a reemprenderlo seriamente. Pero antes quiero beber un Tom Collins para quitarme el mal sabor de todas estas vulgaridades.
Miró indignada a su padre, que era la causa de todas sus molestias y sufrimientos, simbolizados éstos y aquéllas en los nombres de: Coheeze, Protest & Progress y Policía.
Desde la puerta añadió:
—¡Cuánto me molesta todo eso!… La corrupción… Suponer que soy capaz de amar a un cretino como Silga. ¡Brrr…!
Ante el montón de facturas, Fred juró con un veinticinco por ciento, como mínimo, de sinceridad:
—No pagaré un solo céntimo…
Y una hora después, cuando los papeles estaban milagrosamente ordenados, añadió:
—¡Es preciso que todo esto termine! Quiero a mis hijos, pero comprendo ahora lo que el rey Salomón quería decir cuando escribió:
«Dadme manzanas para recuperar mis perdidas fuerzas, pues me siento enfermo de amor».
XXII
DURANTE algunos días, el aprendiz mecánico Howard consideró con olímpico desprecio el mecanismo de los automóviles, el reloj que registraba la entrada de los empleados, la grasa y las agujetas, pero se dio cuenta enseguida de que sus nuevos compañeros de trabajo tenían tanto humor y personalidad como los hijos de padres adinerados que había conocido en Truxon. Las narraciones de talleres, mujeres, borrachos, marinos y costas del Pacífico, que conoció, le gustaron mucho más que las anécdotas estudiantiles y sintió deseos de llegar a ser semejante a sus compañeros.
Supo que llenando de aceite nada más que una cuarta parte de la caja de velocidades, se ahorraba trabajo y que nadie podría darse cuenta del engaño hasta que los engranajes empezaran a gastarse, es decir, al cabo de varios meses.
Enteróse también de que tras un almuerzo regado con dos o tres
«borbones», podía hacerse algo muy parecido a una siesta tendiéndose bajo un automóvil y dando de vez en cuando un martillazo a los ejes.
Los demás obreros sentían simpatía por él. Algunas veces, Howard los reunía y les invitaba a gritar un triple «¡Viva!» por Truxon; el capataz soportaba con indulgencia las fantasías del «hijo del dueño».
Howard comprendió que hasta entonces había sido injusto con su primo Cal Tillery al considerarle «rústico». Sin duda, Cal no alcanzaría nunca el objetivo supremo de la existencia, o sea vender automóviles a los banqueros; tal vez sus cabellos no hubieran trabado conocimiento aún con el peine, pero había adquirido en su retiro de Adiorndax un espíritu campesino que Howard consideraba muy superior a las ideas de un sabio como Guy Staybridge. Cal jugaba al poker con la tenacidad de un campesino y aunque las camareras de restaurante se burlaban de él, únicamente en su compañía aceptaban un paseo.
Cal sentía un profundo desprecio por todos los jóvenes de Sachem y por sus costumbres. Cuando Cal decía a su primo con voz burlona y poco agradable: «Vamos, hombre de mundo, aun debes ponerte el smoking sobre el lomo y jugar a las cartas con esas gallinas de uñas coloradas», Howard sentía mayor embarazo que ante la más severa reprimenda de su padre.
Cal empezó a pedir préstamos a Howard, pero pronto fue este último quien necesitó ayuda. Cuando Howard hablaba a Fred de Cal, afirmaba que el muchacho era una «perla» de la que no podía prescindirse a ningún precio. Cornplaw escuchaba esta apreciación de su hijo sin otro comentario que un fruncimiento de cejas muy acentuado.
Cierto día, Fred visitó a Ben Bogey, el hombre de los «interiores confortables a precios abordables».
—Dejando aparte ilusiones y fantasías —le dijo—, ¿tiene alguna seguridad de que usted y mi hijo pueden ganarse la vida fundando una agencia inmobiliaria?
—¿Ganarnos la vida? ¡Lo menos realizaremos un beneficio equivalente al veinte por ciento del capital invertido!
—Yo le pregunto «si se ganarán la vida» y eso representa más para mí que el «veinte por ciento del capital invertido», beneficio calculado con la ayuda de una aritmética misteriosa o, por lo menos, ignorada por un simple comerciante como yo.
Ben Bogey mostró algunas cartas. Dos sociedades se comprometían a confiarle la exclusiva de alquiler de los inmuebles que les pertenecían; una tercera entidad le felicitaba por haber transformado en terrenos urbanizables algunos campos incultos.
Fred reflexionó.
—Ben —dijo por fin—, supongamos que se constituye la sociedad de que le he hablado. ¿Qué utilidad podría tener mi hijo en ella?
—¡Considerable, extraordinaria! Todo en él contribuye a que los clientes experimenten una sensación de simpatía, su aspecto físico, su bien timbrada voz, su cultura, su conocimiento de los deportes y sus correctas maneras. ¡Las mujeres se volverán locas!… Conozco perfectamente el valor de todo eso y comprendo que esté orgulloso de su hijo, señor Cornplaw. No tiene que decirme lo que vale Howard.
—Si me lo permite, completaré el cuadro que acaba de esbozar: Howard, por así decirlo, carece de instrucción; estudió tres idiomas, pero
no sabe ni uno solo. Ignora la Historia de los Estados Unidos y ha olvidado la de Europa. No es puntual, habla en vez de arreglar los coches, despilfarra el material, se vanagloria de ser el hijo del dueño y pide dinero prestado… ¿Sigue creyendo que es posible sacar partido de su actividad?
—Sí; en mi opinión, no ha nacido para estar en un taller. Es uno de esos hombres que necesitan libertad.
—¿Cuánto dinero hará falta para poner en marcha esa agencia inmobiliaria?
—Cinco mil dólares.
—No constituyen un obstáculo… Le ofrezco diez mil de momento y otros tantos antes de tres meses si el negocio va bien.
—Pues bien, sea.
De esta forma fué promovido Howard a la jerarquía de «patrono» y la Agencia Triumph escapó del peligro que corría con la presencia del dios nórdico de transformarse en «Salón de charla».
El ex aprendiz mecánico inició su carrera de «constructor de ciudades», «rey de los alquileres» y «virrey de las casas de lujo» con la firme creencia de que únicamente sus relevantes méritos eran la causa del ascenso.
El despacho de la nueva sociedad «Bogey & Cornplaw, Agencia Inmobiliaria» estaba situado en un inmueble ocupado casi totalmente por médicos y dentistas. Bogey había elegido el distrito más próximo al barrio extremo en que se proponía edificar los nuevos inmuebles y, durante todo el día, recorría Sachem Falls y sus alrededores en busca de clientes.
Howard dirigía el despacho. Su trabajo consistía, de momento, en seguir con los ojos a su esposa, que ponía visillos en las ventanas y flores en los búcaros, y en vigilar a la dactilógrafa que hacía en la máquina ejercicios de velocidad.
Encendiendo un raquítico pitillo, Howard dijo en tono de suficiencia:
—Compréndelo, Bel. En Triumph no podía seguir. Como el «hijo del dueño», todo el mundo procuraba aprovecharse de esta circunstancia y todos mis compañeros me pedían dinero…
—¡Howard, Howard, te ruego…!
El dios nórdico tiró el pitillo y repuso con seriedad:
—Sí, sí; sé cuanto vas a decirme. Yo pedía dinero y no trabajaba; pero
¿qué porvenir me esperaba en aquella sucia nave? Ahora soy libre. ¡Verás
cuánto trabajaré: lo menos veinte horas diarias! ¡Te lo juro!… Cuando haya clientes, claro está…
Fred dedicaba los meses de agosto y septiembre al veraneo en compañía de Hazcl y sus hijos; pero aquel año, la boda de Howard, la actividad revolucionaria de Sara, el desastre de la Coheeze y el éxito de los remolques Dupleix, alteraban los planes de Cornplaw.
Una tórrida tarde del mes de julio, Fred estaba sentado con Hazel bajo la terraza que formaba una de las alas del edificio y que estaba a salvo de miradas indiscretas gracias a una valla. El calor era sofocante y propio para originar accesos de nervosismo y mal humor.
Fred estaba muy cansado. Había librado una batalla en la selva contra algunas sombras que parecieron transformarse de pronto en enemigos armados, pero que, en realidad, no eran más que fantasmas. Sufría la impresión de que estaba solo, sin apoyo y sin amigos. No podía contar más que con Hazel, su dulce y sedante compañera.
—Deberíamos ocuparnos de nuestras vacaciones —empezó—; como Howard se ha casado y Sara está endiabladamente ocupada en demostrar a los socios del club de tenis que no ha sido nunca comunista, seguramente nos iremos solos. Será la primera vez que lo hacemos, desde muchos años atrás y me complace mucho. ¿Quieres que vayamos a Gaspé? Pasaremos algunas semanas agradables, porque Sara no estará allí para intimidar a la gente con su distinción y estaremos tranquilos.
—Efectivamente, Fred, sería muy agradable; pero los chicos han hablado conmigo y sé que sus planes son distintos. Howard y Anabel quieren acompañarnos.
—¿Ahora? ¿En plena luna de miel? ¿Cuando el negocio de Howard acaba de ser fundado?
—Dice Howard que será ventajoso para ellos.
—¡Ah! ¡Comprendo! No le interesa nuestra compañía, sino nuestra bolsa.
—Sara quiere tomar parte en un campeonato de tenis que se celebrará en Warmtail Hot Springs. Me ha sugerido la idea de alquilar un hotelito allí y pasar el verano juntos.
—¿En aquel cochino hoyo? Si quiere ir, lo hará sola.
—Dice que después de su equivocación con la Coheeze, su norma de vida ha de ser muy respetable, y no quiere viajar ni vivir sola… Insiste para que…
—¡Maldito sea el…!
—Sí, sí, ya lo sé, Fred. Pero cuando a Sara se le mete algo en la cabeza, no deja de marearnos hasta que cedemos por mantener la paz. El único medio de escapar a su ataque es huir.
—Pues bien; pensaré en la fuga. Fred se levantó y dijo:
—Voy a dar una vuelta.
Hazel le siguió con los ojos. Sabía que su esposo estalla irritado y temía una explosión de cólera.
XXIII
AL día siguiente, a las diez de la mañana, Fred llamó a su casa desde el despacho.
— Hazel… ¿está Sara?
— No; ha salido. ¿Me necesitas?
— ¿Qué haces en este momento?
— Estoy a punto de salir.
— ¿Tienes que hacer algo importante hoy?
— No; Luisa Kammerking me ha invitado a tomar el té.
— Entonces, ¿tienes algún inconveniente en esperarme? Voy enseguida.
Fred no iba nunca a su casa a tal hora de la mañana y Hazel experimentó sorpresa e inquietud.
Algunos minutos después, llegó Fred y dijo con cierto embarazo:
—Hoy hace mucho calor y estoy fatigado. ¿Quieres que nos marchemos un par de días?
—¿Que nos vayamos hoy?
—¿Por qué no?
—Es necesario disponer lo necesario para el viaje.
—¿Qué necesitamos? Gasolina, aceite, un cepillo de dientes, ropa de dormir y un peine… Si necesitas carmín para los labios, creo que encontraremos perfumerías aunque nos vayamos de Sachem.
—¿Por qué no me has avisado antes? Tengo que acudir a varias citas…
—¿Importantes?
—No; pero no sería correcto que dejara mi palabra sin cumplir…
—¿Y si te atropellara un coche? ¿Podrías visitar a tus amigas?
—¡Qué cosas se te ocurren!
—Sin embargo, sucede a veces, ¿verdad que sí? Pues bien, te brindo un pretexto menos desagradable. Arréglate como quieras y olvida tus visitas.
—Eres tan autoritario como Sara.
—No me extraña; tomo ejemplo. ¿Vienes o no?
—Si insistes…
—Date prisa; prepara una maleta con algunos objetos de aseo y ropa interior.
—¿Dónde vamos?
—He pensado en Saratoga Springs. Podríamos ver los nuevos inmuebles que se han construido allá; pero poco importa el sitio. Lo que satisface es salir de Sachem.
—Sí; tal vez sea divertido.
Hazel descolgó el receptor para telefonear a la señora de Kammerking. Fred subió al primer piso y temiendo un descuido de su esposa guardó en la maleta la última novela de P. G. Wodehouse; luego, telefoneó a su secretaria:
—Hoy hace mucho calor. Mi mujer y yo vamos a descansar dos o tres días en Saratoga. ¿Quiere hacerme el favor de advertir a Howard y a Sara que volveremos a fines de esta semana o a principios de la próxima?
Howard llamó poco después, y Fred se obstinó en no comprender que la firma Bogey & Cornplaw tenía gran necesidad de sus consejos. Bromeó durante algunos minutos, hablando de diversos temas, y terminó anunciando:
—Tu madre y yo nos vamos paseando hasta Saratoga…
Y colgó mientras Howard hablaba aún, crimen imperdonable para un hombre de negocios.
Momentos más tarde, el timbre del teléfono sonó de nuevo. Fred no contestó; debía de ser Sara quien llamaba y Cornplaw tenía la seguridad de que su hija se apresuraría a regresar a casa, lo cual equivaldría a suspender el viaje.
Fred dirigíase hacia el oeste por la carretera de Saratoga. Hazel iba sentada junto a él, un poco turbada. Fred pensaba menos en la audacia de que había dado prueba al huir para librarse de la tiranía de sus hijos, que en Hazel. Le parecía que con el ajustado traje sastre y el pequeño tricornio que se había puesto para el viaje, era diez años más joven que con el traje de tarde y la quincallería que solía lucir en casa. Notó también que ella se iba acostumbrando a disfrutar de nuevas alegrías, olvidada de que hasta
entonces había dudado de que fuera lícito gozar de los placeres que brinda la existencia. ¿Lograría curarse totalmente Hazel de su amor a las riquezas, de su apego a la comodidad y de la convicción de que no es posible dar pruebas de respetabilidad más que mostrando un amplio bienestar económico? ¿Dejaría de ser esclava de las tazas de porcelana y de los mantelitos de encaje?
Hazel rompió el silencio:
—Será muy interesante visitar Saratoga Springs —dijo alegremente.
—Si vamos…
—¿Cómo «si vamos»? ¿Qué significa ese tono misterioso?
—No sospechas más que la cuarta parte de la verdad, querida. Soy el hombre más enigmático de Sachem Falls. Soy «Fred el Terrible», el
«Terror Enmascarado» y acabo de salir disparado de una novela de Edgar Wallace. Soy J. G. Raeder y llevo un puñal en la estilográfica.
—¡Tonto! ¿Qué estás diciendo?
—Soy el hombre de las tres caras y ninguna de ellas es la verdadera.
Soy…
—Oye, Fred, ¿no habrás bebido un poco más de la cuenta?
—Sí; ¡estoy borracho, estoy borracho, pero no he bebido alcohol, sino
«néctar de vida»!
—Bueno, ya basta. Deja de ser espiritual y dime qué te propones hacer.
—Muy sencillo: lo que estamos haciendo ahora. Deslizamos por la ruta dorada de Samarcanda.
—Quizá sea un nombre que conoces tú solo, pues yo conozco esta carretera; es la número veintinueve y en vez de oro veo asfalto.
—No hagas caso; es un pormenor sin importancia. Los pobres de la
W. P. A. vinieron anoche y se llevaron algunas planchas de oro, pero verás el precioso metal cuando hayamos recorrido un kilómetro.
—Fred, querido, ¿te has vuelto loco?
—Del todo. ¿Ves al hombrecillo aquél?
—¿Qué hombrecillo?
—Aquel que está sentado sobre el capot con un sombrero puntiagudo y patillas verdes.
—No muy bien…
—Le verás si viajas conmigo mucho tiempo y te hará observar muchas cosas en las que ahora no te fijas.
Fred no quiso añadir ni una sola palabra hasta que abandonó la carretera veintinueve para tomar la que se dirigía hacia el sur.
—¿Hacia dónde vamos? —preguntó asombrada Hazel. Sin embargo, en su voz no había la menor inquietud.
Por muchas que fueran las dudas que podía concebir sobre la capacidad de Fred como amante romántico, tenía una confianza absoluta en su destreza ante el volante.
—¿Por qué me lo preguntas? —gruñó Fred.
—Porque creo que el coche no sigue una dirección correcta.
—¿De veras? Bueno, lo siento. Nos veremos obligados, a seguir el camino que exige. Corre demasiado para que intentemos saltar.
—¡Frederic, te pido por favor que dejes de bromear!
—Sé que te molesto un poco, pero no puedo hacer nada para evitarlo.
Me siento libre, lejos de la rutina de mi vida y muy salvaje…
—Domina tus impulsos un momento, te lo ruego. Di lo que quieras, pero Saratoga no está en esta dirección.
—¿Quién ha dicho que lo estuviera?
—¿No vamos a Saratoga?
—¿En qué te fundas para suponer que vamos a esa ciudad?
—He oído que se lo decías a Howard por teléfono.
—¿Crees que nuestro hijo es un individuo tan prudente que pueda confiársele un secreto?
—Entonces, ¿hacia dónde vamos?
—Si no te opones formalmente, vamos a un hotel de Stonefield (Estado de Massachusetts), al este de Lenox. Pero ¿qué importa eso a cambio de que podamos olvidar durante algunos días nuestras responsabilidades como padres y comprobemos que aun somos seres humanos? ¿Qué opinas?
—La idea no es mala. Me gusta viajar contigo.
—Recuérdalo: Cierta noche, hablé en términos muy vagos de retirarme. No he abandonado tal propósito y ahora pienso hacer una experiencia… sólo un pequeño ensayo… y ver si no soy demasiado viejo para aprender cosas de la vida. No estoy muy satisfecho de lo que ha hecho Fred Cornplaw desde que nació… Por otra parte, hay algo más… Creo que alejándome un poco de mis hijos y viviendo algún tiempo en un lugar inaccesible para ellos, conseguiré ser menos perverso y nervioso al tratarles…
—Yo no creo que seas perverso…
—¿No? Entonces no he logrado lo que me proponía, pues quise llegar a serlo. En ese caso, el resultado de mi viaje puede ser precisamente contrario a lo que pretendo y tal vez me comporte al regreso cruelmente. Además, creo que a un hombre no pueden sucederle más que cosas agradables cuando tiene el valor de alzarse contra la tiranía de la juventud. Exijo «Derechos para Adultos».
En la cima de una colina, se detuvieron y descansaron durante media hora. Sentados ambos en el estribo del coche, contemplaban el paisaje, las laderas de los montes en cuyos praderíos pacía el ganado. No hablaban y sentíanse dichosos. El cigarrillo tenía para Fred un sabor distinto al de costumbre.
Almorzaron en una granja, a la sombra de un árbol, y Fred proclamó:
—En la ciudad no encontraré nunca pollo y crema semejantes. Se nota que no es cocina de restaurante…
Hazel no dijo que, seguramente, el pollo provenía de una lata de conserva y que la crema había sido fabricada por una reputada pastelería de Troy.
A media tarde, en una farmacia pueblerina y siguiendo una moda ya fenecida a manos del modernismo, tomaron un combinado a base de leche y, mientras Hazel procuraba crear una atmósfera de intimidad, Fred y el farmacéutico se hicieron mutuamente algunas confidencias: sus automóviles eran elegantes y rápidos, y sus hijos guapos y serviciales; ambos tenían ideas constructivas sobre el porvenir del Partido Republicano y consideraban que la vida era algo muy agradable.
El farmacéutico tenía el pelo gris, cejas grises y manos largas y de piel grisácea. Vestía una chaqueta de alpaca gris.
—Lo más agradable, por no decir lo único —aseguró apoyando los codos en el mostrador—, es que de vez en cuando vienen gentes distinguidas como ustedes a charlar un rato conmigo.
Al regresar al coche, Fred iba erguido como un soldado durante el desfile.
«Está satisfecho de ser “distinguido” —pensó Hazel—. Si le llevaran a Varsovia o Tokio, Fred sabría inmediatamente el nombre de los hijos del estanquero más próximo y del jefe de policía del distrito. En esto se parece a Howard. Acaso acaben por entenderse».
Stonefield estaba a ciento cuarenta kilómetros de Sachem Falls, y esta distancia representaba normalmente para Fred cuatro horas de viaje; pero él y Hazel estaban tan orgullosos de perder juntos el tiempo, tan satisfechos de poder contemplar las vastas praderas y los árboles de grueso tronco, que a las cinco de la tarde aún se hallaban a ochenta kilómetros de su destino y llenaban el depósito de gasolina en Daisy Dell Celle Cabins, Café, Confort Moderno, Reparación de neumáticos.
El establecimiento así llamado se componía de algunas casitas de madera que parecían construidas por carpinteros que hubieran aprendido el oficio en un jardín de niños.
«La única razón que debe impedir el hecho de que se los lleve cualquiera —pensó Hazel—, es que las Cabins no sirven más que para hacer leña».
Las casitas se alzaban alrededor de un pequeño patio lleno de cenizas donde vivía un perro atemorizado, cuya única ocupación consistía en rascarse continuamente.
Con verdadera desesperación escuchó Hazel la propuesta de Fred:
—Se me ocurre algo… ¿Y si pasáramos la noche en una de esas barracas?
—Podríamos llegar fácilmente a Stonefield a la hora de cenar —objetó ella—. Esas casitas parecen estar muy abandonadas.
—Seguramente no tienen más que apariencia de abandono; dormir aquí rompería nuestras costumbres y nos haría el efecto de que acampamos.
—Los colchones… deben estar llenos de huesos de albaricoque.
—No nos sentará mal prescindir del lujo habitual por una sola noche.
—Como quieras… No soy partidaria del martirio voluntario…
—Piensa en las piojosas tiendas de camelleros, en las que habremos de dormir a lo largo del camino que conduce a Samarcanda.
—Imagina lo gracioso que será despertar en una de esas tiendas y ver que nos hemos equivocado de camino —añadió Hazel.
XXIV
LAS Daisy Dell Cabins eran estrechas y altas y tenían una extraña tendencia a parecerse a la Torre Inclinada de Pisa.
Las planchas de madera que se habían empleado en su construcción
eran estrechas y quedaban mal ensambladas. Las habían pintado, pero la madera no tardó en absorber la pintura.
La única construcción cuidada, era el «Café», situado en el centro de la pequeña aglomeración. Recibía el popular nombre de «Café» un barracón dividido en cuatro habitaciones y una sala pintada de color amarillo claro, en la que varias mesas rodeadas por cuatro sillas formaban pequeños compartimientos aislados. En el mostrador podían adquirirse bombones rancios, cigarrillos, pasteles y objetos diversos, como ceniceros de porcelana con la leyenda: «Recuerdo de Daisy Dell».
Los dueños eran conocidos con los nombres de comadre y compadre Stickle. Éste no llevaba cuello en la camisa, prenda que hubiera tenido tal vez otro color si se hubiese lavado con mayor frecuencia. El bigote del compadre parecía un trozo de algodón deteriorado que pidiera a gritos el relevo. La comadre Stickle tenía lunares negros en la nariz, pero ambos eran amables y acogedores y con su actitud permitían suponer que en Fred reconocían a un miembro de la raza de vagabundos a que pertenecían.
Cuando Fred se inscribió en el libro-registro con el nombre de Frederic William, de Nueva York —precaución que adoptaba para que no pudieran hallar su pista—, el compadre Stickle murmuró:
—No tenemos aquí licencia para vender bebidas alcohólicas, pero un tipo a quien no conozco ha dejado applejack y… tal vez tenga usted gana de remojar un poco el gaznate después del viaje…
Fred bebió un vasito; el licor era tan fuerte, que tuvo la impresión de haber recibido un golpe. Miró a su alrededor para comprobar que nadie le había pegado, tosió y, de pronto, experimentó una gran alegría. Hazel pidió que vertieran un dedo de applejack en su ginger ale y, al beber la
mezcla, exclamó: «¡Dios mío!», carraspeó y empezó a reír por lo bajo. Viendo que Fred se burlaba de ella, le dedicó una mirada de reproche tan expresiva como la de una ternera y, luego, manifestó la misma locuacidad que su esposo.
No cenaron basta las siete, pues habían perdido la noción del tiempo.
Ya en la pendiente de las confidencias, refirieron al compadre todas las incidencias y episodios de sus vidas y escucharon con atención al ventero cuando dijo que había sido cocinero a bordo de un transatlántico, bailarín de revista, explorador polar y —el matrimonio Complaw bebía el relato tan bien como el applejack— comerciante en las islas Salomón.
Cuando Stickle fue en busca de los Hamburg steak, dijo Fred:
—Es un tipo asombroso y juraría que el cinco por ciento de sus relatos se fundan en la verdad.
—¿No te parece que es extraordinariamente vulgar? —preguntó Hazel.
—¿Vulgar? ¡Gracias a Dios, es vulgar! Estoy muy satisfecho de charlar con él, después de haber frecuentado tanto el trato de Sara y muy contento de comer una buena costilla de carnero tras el régimen de buñuelos con queso.
—Estoy segura de que los Hamburgs no serán muy buenos —afirmó Hazel.
La señora Complaw acertó, pero sobre su plato no quedó más que un trozo de papel frito que se había deslizado con insolencia en la sartén.
Daisy Dell carecía de vecindad y únicamente se alzaban dos o tres casas a cierta distancia. Sin embargo, la sobremesa estuvo cuajada de rústicas imitaciones de Sara y Howard…
El comedor olía a col, aceite frito y matrimonio Stickle, pero tenía un aspecto alegre gracias a las servilletas de papel amarillo y rosa y a los carteles en que unas jóvenes bañistas proclamaban las virtudes de cierta marca de soft drinks. El altavoz de un aparato de radio derramaba música y chistes.
Fred admiró a una joven vestida con un traje de noche adornado con amapolas bordadas, que llevaba medias de seda y zapatos plateados. Sentada en un taburete alto, frente al mostrador, sorbía graciosamente una limonada en la que su acompañante, un joven vestido con una chaqueta a cuadros escoceses y un sombrero de pelo de camello que parecía pegado con cola a su cráneo, trataba obstinadamente de verter ginebra.
—Esa chica que lleva un traje de seda, debe de ser rica —murmuró Fred al oído de Stickle.
—¿Ésa? Sí; es una chica inteligente. Su padre es el viejo Bocks, que vive junto a la carretera y más allá de este lugar. Ahora está en la cárcel. Sí; prendió fuego a las granjas de sus vecinos. La chica tiene un buen empleo, pues trabaja en casa del doctor Onderdonck. Gana ocho dólares por semana y la lejía aparte. ¿Comprende? El vestido es de seda artificial. Seguramente no le ha costado ni siquiera once dólares.
—Para individuos tan conservadores como nosotros, este lugar es demasiado extravagante —suspiró Hazel—. Me voy a la cama.
—Excelente idea —aprobó Frcd—. Yo también iré a acostarme enseguida.
Pero a las once, Fred aún estaba jugando al poker en la cocina con Stickle, un vendedor de cepillos, un comisario que era a la vez consejero municipal del pueblo y el criado de una granja. Perdía con admirable perseverancia y estaba satisfecho de ello.
Más tarde, la comadre Stickle les invitó a comer lo que ella calificaba de «uno o dos bocadillos, o cosa así», y que consistía en guisantes, pan integral, pescado frío, mejillones y applejack.
Fred comió de todo e imitó a Stickle relatando emocionantes e increíbles historias sobre viajes imaginarios. Cuando atravesó el patio para ir a su habitación, el delegado de Triumph se tambaleaba y tenía ganas de cantar.
A la mañana siguiente, examinó el hotelito. Se había despertado a las ocho con un dolor de cabeza insoportable y sobre una cama que obligaba a tener los pies en una posición de tormento. El colchón, a juzgar por la impresión que recibió Fred, ocultaba trozos de hierro y adoquines. Exhalando breves gemidos porque su cabeza parecía próxima a estallar, Fred pensó en que el doctor Kammerking hablaría de su hígado y de su tensión arterial, y le satisfizo recordar los divertidos incidentes de la víspera, mientras sus ojos recorrían la «caravanera de Samarcanda», por cuyas delicias había abandonado la alcoba rosa y crema de Sachem.
El que albergaba a los Cornplaw, era el hotelito más grande de Daisy Dell, y estaba amueblado con dos camas de hierro, dos sillas, una lámpara de piano sin pantalla y una mesa de despacho a la que faltaba un cajón. El yeso con que estaba cubierta la pared tenía color de lechuga seca; en algunos puntos se había caído y los claros así formados adoptaban
contornos semejantes a mapas siluetados. El principal elemento decorativo de la habitación estaba constituido por numerosos calendarios. Fred los contó. Eran nueve, y representaban frutas en una cesta, cerezas en un jarro de porcelana, niñas atormentando a un perro y una iglesia situada a orillas de un lago en el que se reflejaba un claro de luna.
Fred volvió la cabeza para ver lo que hacía su esposa. Hazel estaba despierta y le sonreía cariñosamente. Sin hacer ninguna alusión a lo tarde que Fred se había acostado, dijo:
—Es bonito esto, ¿verdad?… Nunca he disfrutado tanto de un paseo en coche como ayer. Cuando éramos más jóvenes, nuestros hijos estaban siempre con nosotros y nos molestaban continuamente gritando y discurriendo continuamente nuevas preguntas. ¿Recuerdas que Sara tenía la costumbre de preguntar «¿Por qué?» con cualquier motivo? «¿Por qué cultiva el campo ese hombre?». «Para sembrar trigo». «¿Y para qué siembra trigo?». «Para tener una cosecha. Y ahora cállate, bija». «¿Para qué quiere la cosecha?». «Para venderla». «¿Y por qué la vende?». «Para alimentar a sus hijos». «¿Por qué lo hace…?».
—Esa última pregunta me parece muy juiciosa —subrayó Fred.
—Y siempre me hacía el efecto de que teníamos que ir de prisa para no llegar con retraso a una cita importante. Ayer, en cambio, íbamos despacio…
—Me he preguntado lo que pensarías al despertar en esta barraca…
—¡Oh! Su estado no me importa puesto que no he de preocuparme de que Hilda la recorra despacio con el aspirador… Oye, Fred, ¿es posible que me haya ocupado alguna vez de eso? Parece tan lejano…
Fred se felicitaba cordialmente. ¡Qué gran mago era! Consideraba que casi había curado a su mujer del apego a la comodidad material.
Pero Hazel continuó con voz firme:
—Evidentemente, no está mal del todo para una sola noche y para distraerse con el cambio; el colchón parece un mapa en relieve del Adirondax. Considero que sería preferible tener una casita de campo.
—Sí, sí…
—Algo que estuviera bien… Ya sabes… Una piscina, un cenador de boj o cubierto por las enredaderas… Una casa minúscula, pero bonita. Es muy agradable que, por la mañana, cuando se experimenta cierto malestar, haya una sirvienta que lleve el desayuno a la cama…
—Hum… —dijo Fred dándose cuenta del naufragio de todas sus ilusiones.
XXV
STONEFIELD es un pueblecito de Berkshires. Sus casas, construidas al estilo antiguo, tienen ventanas abiertas en el tejado y el campanario de la iglesia es blanco. Las colinas que rodean el pueblo parecieron a Fred menos orgullosas, pero más acogedoras que los montes de Adirondax.
El hotel, en cuyo libro-registro volvió a escribir Fred con decidido
gesto: «Frederic William, de Nueva York», no se parecía a Daisy Dell, sino que era un establecimiento más serio. También se componía de un edificio central, rodeado de hotelitos para los clientes, olmos, pinos y rientes prados.
La casita que alquiló Fred tenía un portal cubierto por una reja blanca; frente a él crecían unos cuantos pinos, extendíase un prado y dormía un lago. Fred pensó que sus aguas se teñirían de color rojo al atardecer, brillarían como plata al amanecer y serían rojas y negras como un escudo al ponerse el sol. Desde la terraza posterior, pavimentada con ladrillos, veíanse las colinas cuyas cumbres se sucedían escalonadas, hasta confundirse con el horizonte.
El hotelito se componía de tres habitaciones: una alcoba con dos camas, un saloncito y una cocina que hacía las veces de comedor. Por tanto, si los huéspedes querían cocinar ellos mismos, en vez de comer en el hotel, podían hacerlo. El suelo y casi todo el mobiliario, eran de madera de pino, así como la repisa de la chimenea. Algunos cromos de vivísimos colores adornaban las paredes. Los platos que Hazel halló cuando planeaba con íntima alegría las tareas domésticas, eran de fabricación local inmejorable, hechos a mano y costaban cinco o diez centavos. Los ceniceros que por todas partes se veían, estaban destinados a recoger ceniza y no a servir de elementos decorativos. También había en la casita una ducha y un tub minúsculo. Y, para terminar el inventario, la puerta de la verja se cerraba sin ruido.
El hotelito se llamaba William Tylor Lomgwhale.
—Ese nombre es más bonito que «Porcia», «Romeo» o «Desdémona».
Los Cornplaw no lograron nunca averiguar a qué personaje histórico debía la casita su nombre, pero Fred se empeñó en que se pronunciaran las tres palabras que lo constituían.
Fred miraba todos los rincones, iba y venía por la casa con expresión radiante, y sentíase tan feliz como el día en que fue por primera vez propietario de una casita amarilla situada en un espacio de terreno reducidísimo. Cada metro cuadrado de su «propiedad» le parecía entonces distinto a las demás casas y terrenos del mundo; el único árbol del «jardín» albergó «un verdadero nido» y el sol acariciaba el tronco, en forma tal, que ningún otro árbol de la tierra adquiría tanta belleza.
Una tarde, Hazel y Fred estaban sentados ante la casa y llenos de tartas de frambuesa —postre que les habían servido en la comida que acababan de hacer— y saturados de indulgencia por el género humano. A sus pies, la pradera, centelleante de luciérnagas a pesar de lo avanzado de la estación, parecía un lago que reflejara estrellas errantes.
—¿Te das cuenta —murmuró Hazel maravillada— de que por primera vez tenemos una casa para nosotros solos?
—Sí —repuso Frederic William mirando con ternura a su mujer.
Desde que habían llegado a Stonefield, Fred trataba a su esposa con más atención y delicadeza de la que hubiera sido capaz de dedicar a un representante que le hubiese enviado un pedido de cincuenta automóviles.
Fred se había llevado los palos de golf y Hazel suponía que pasaría horas enteras jugando, por lo que se proponía «arreglar un poco el nido» mientras él estuviera ausente. No necesitaba la casa grandes arreglos, pero ella encontró, de pronto, un atractivo extraordinario en los trabajos domésticos. Sin embargo, Fred se irritaba con sólo pensar que se vería obligado a realizar cualquier cosa determinada, aunque únicamente se tratara de observar las reglas del juego.
—Vamos a perder el tiempo a nuestro gusto durante algunos días, sin determinar siquiera el objeto de nuestros paseos…
—Si quieres…
Ascendían por las laderas de los montecillos, encantados de poder detenerse cuando les venía en gana, sin tener que buscar un sitio en que dejar el coche. Desde la cima, admiraban el apacible valle del Houseatonic, los huertos salpicados por la mancha roja de las manzanas
entre las altas hierbas y los bosquecillos de pinos que recordaban los cuentos de hadas alemanes.
Andaban respirando un poco premiosamente, asombrándose de que el
«fuelle» de Fred no se hubiera hecho más regular por medio del cigarrillo, sudaban mucho y lamentaban haber llevado prendas de abrigo suplementarias.
Algunas veces, descansaban en la terraza de losas multicolores del King’s Arm Hotel, el establecimiento más famoso de la región, en el que se daban cita condes austríacos acompañados de sus esposas (nacidas en Chicago) y orgullosos estudiantes de Amherst y William, para practicar los deportes de nieve durante todo el invierno. Hazel y Fred brindaban por su felicidad respectiva y su sincera alegría no se parecía a la de aquellos ciudadanos de Sachem Falls que «decidían» divertirse y cuya animación era siempre un poco forzada.
El lugar favorito de los Cornplaw era el gran bazar de Stonefield, cuya trastienda comunicaba con un campo de diecisiete hectáreas, donde pacían los animales domésticos. Hazel y Fred solían sentarse sobre las cajas, entre trajes de faena, fardos de bacalao, especialidades farmacéuticas y carteles que anunciaban ventas en pública subasta, para escuchar los relatos del tendero. Allí supieron que el juez Basser, que vivía en la parte baja de la costa, tenía desde veintisiete años atrás una ama de llaves y que las gentes empezaban a suponer lo peor.
Cuando abandonaban el almacén, sus ropas estaban impregnadas del olor dulzón del tabaco para mascar y llenas de polvo, pero en sus almas reinaban la paz y la serenidad.
Cierto día, Hazel dijo suspirando:
—Me gustan mucho estas anacrónicas tiendas. Dentro de diez años tal vez no habrá ninguna. No veremos más que aparatos destinados a purificar el aire, cristales y teléfonos.
—¡Caramba! Te consideraba admiradora del progreso, de las cocineras eléctricas y de los demás perfeccionamientos —observó Fred.
—No es lo mismo —repuso Hazel con imperturbable lógica femenina. Siendo los únicos inquilinos de William Tylor Longwhale, Fred y Hazel diéronse cuenta de que su casa de Sachem Falls no les pertenecía ya y que únicamente estaban ligados a ella por el convencionalismo de los actos legales. La casa de la Avenida Fenimore Cooper, pertenecía a Sara, Howard y Anabel, a los amigos de éstos, a la Compañía telefónica, al
cobrador del gas, a la criada, a la hermana política de la criada y al sobrino de ésta, que no se podía separar de su gran auto rojo de pedales.
Hazel se entregó con tanto celo al cuidado de la casa, que quería preparar no sólo el desayuno, sino también el almuerzo y la cena. Fred se lo impidió en el preciso momento en que Hazel iba a cubrirse con la cofia, claro símbolo de esclavitud doméstica.
—Nos fuimos de Sachem para ser libres —dijo Fred.
—No me propongo cocinar. Creo que bastará un poco de carne fría…
—Y algunas legumbres calientes…
—No; una sola: guisantes.
—Y patatas…
—¡Claro está!… No faltaría más.
—¿Y qué postre?
—Ciruelas en almíbar. Es muy fácil prepararlas. Dan muy poco trabajo…
—Carne fría, guisantes, patatas, ciruelas en almíbar… ¿a eso le llamas
«no cocinar»? Las mujeres nos acusáis de ser incapaces de ocuparnos de la casa y de cuidar a los niños. En realidad «ocuparse de la casa», significa para vosotras complicarlo todo el doble de lo necesario. Además, os enfadáis porque los hombres no cuidan bastante las cosas que no han pedido. Puedes tener la absoluta certeza de que los hombres no han inventado las escuelas de baile para niños, los cuellos de encaje, las reverencias, los tenedores, los «si usted gusta» y «gracias», los perfumes, los jardines semicirculares, los platos de porcelana, las servilletas para el té, los muebles tapizados con terciopelo, el smoking y las camisas. Si un hombre ha fabricado alguna vez cosas semejantes, no hay duda de que lo hizo porque su mujer se empeñó…
—Lo cual, dicho de otra forma —replicó Hazel—, significa que las mujeres han hecho la vida más agradable y civilizada, mientras que los hombres, por su gusto, habrían seguido viviendo en las cavernas, sin lavarse nunca.
Y Hazel se levantó para preparar las ciruelas en almíbar.
XXVI
SUCEDE a veces, que hombres comprendidos en la edad peligrosa, es decir, entre los cuarenta y los sesenta años, hayan de comparecer ante los tribunales de Justicia y soportar la lectura en público de sus cartas, con encabezamientos como éste: «Capullito adorado». Sin embargo, la mayoría de cuantos han de pasar por este tormento, no sólo han olvidado la forma de cortejar a una mujer, sino que se preguntan cómo es posible que un joven inteligente llegue a considerar a cualquier campesina metida en carnes, señalada por la viruela, y que ignora la química biológica e, incluso, la existencia de Bach, como una Elena de Troya rediviva.
Fred pertenecía a la clase más favorecida. Hazel no era para él un ser fantástico, capaz de sentir pasiones violentas, adoptar actitudes glaciales y dar pruebas de incomprensibles histerismos, sino una compañera fiel y constante. Sabía Fred que los hombres notan en sus contemporáneos el avance del tiempo, pero que no observan su propia decadencia; en cambio, él se daba cuenta de que iba perdiendo agilidad y de que no sentía interés por lo que pudiera suceder a partir de la una de la madrugada, así como de su absoluta incapacidad para ser agradable a las jóvenes apasionadas por el baile, sin observar cambio alguno en su esposa. Los cabellos de Hazel eran grises… pero armonizaban muy bien con su tez rosada y sus ojos azules. Era un poco más corpulenta, y esto, a los ojos de Fred, la embellecía, pues recordaba que treinta años antes estaba demasiado delgada.
Fred cantaba: «Todas las mañanas te llevo violetas». En realidad, lo que llevaba a su esposa eran helados de chocolate y Tabloids que iba a buscar al King’s Arm. ¿Qué podía resultar durante las vacaciones más agradable que la lectura de noticias sensacionales y las fotografías de ladrones y bandidos arrestados?
Todas las noches abrazaba Fred a su mujer y por las mañanas acariciaba sus manos; dábase cuenta de que estas expresiones de afecto no demostraban con suficiente amplitud y elocuencia sus sentimientos, pero
la experiencia le había enseñado que no podía permitirse mayores sentimentalismos, so pena de provocar sospechas sobre su actividad durante los meses precedentes.
Fred veía que Hazel era feliz en aquel retiro: su sonrisa no parecía forzada y al desayunar huevos con jamón, canturreaba; él también estaba plenamente satisfecho.
Sin embargo, le asaltaban ciertos remordimientos de vez en cuando.
¿Había abandonado a su familia? Mientras paseaba solo, al atardecer, o escuchaba tendido en un diván la radio del hotel, recordaba la rizada cabeza de Howard y sus juegos con un gatito, así como la Sarah de otros tiempos, cuando no había mutilado aún su nombre y que decía que únicamente su «papaíto» podía hacer un buen columpio con cuerdas. (Es lamentable que los niños y gatitos de carne y hueso, se parezcan como una gota de agua a otra a los sentimentales grabados cuyos temas son los juegos entre niños y gatitos).
En tales momentos, Cornplaw no hubiera tenido suficiente fuerza de voluntad para soportar el exilio sin Hazel e iba a buscar su compañía y apoyo apresuradamente. En, cierta ocasión, Fred preguntó:
—Dime, querida, ¿no te parece que deberíamos escribir a casa? Sólo para saber cómo se venden los Dupleix y enterarnos de lo que hacen Howard y Anabel.
Hazel, que estaba sentada ante el tocador peinándose, repuso tranquilamente:
—Es inútil que lo hagas. Tienen que aprender a valerse sin ayuda ajena.
—¿Tú crees…?
Al día siguiente por la mañana, en el momento en que Hazel empezaba a irritarse porque la cocina no se encendía de prisa, Fred entró con una brazada de ramas secas, considerándose un Pablo Bunyan. Dejó la leña en el suelo y preguntó:
—¿Eres feliz?
—Sí, Fred.
En cierta ocasión, mientras hacía punto de media a la sombra de la terraza, Hazel dijo:
—Siempre has mimado a nuestros hijos, permitiéndoles hacer cuanto les venía en gana; esa es tu equivocación más grave, porque se han
acostumbrado a tratarte sin respeto. Y ahora te indignas y estás dispuesto a huir hasta Abisinia con tal de librarte de su tiranía.
—Es cierto; pero no creo ser el único que merece esas palabras. Vivimos en una época muy curiosa. Las naciones se disponen a combatir para tener derecho a la esclavitud, los hijos se muestran severos con sus padres y éstos tiemblan ante ellos como chiquillos atemorizados… Yo me pregunto con frecuencia si es posible que individuos tan apacibles como nosotros hayan podido traer al mundo dos hijos tan insoportables como Sara y Howard.
—Les hemos mimado mucho, y hablo en plural porque soy culpable de lo mismo que te censuro —dijo Hazel con extraordinaria calma.
—Tal vez sí.
—Vamos a tomar un combinado al King’s Arm.
—Con mucho gusto… ¿Eres feliz?
—Muy feliz.
*
Habían transcurrido siete días desde la llegada de los Cornplaw a Stonefield. Fred se despertó a las seis y media y como estaba completamente despabilado, se levantó y salió en camisón al jardín. Las agujas de pino que alfombraban la tierra crujían bajo sus pies y por ello no percibía la fresca humedad del suelo.
«Soy un verdadero oso de Alaska» —pensó con orgullo.
El aroma de los pinos y de la hierba perlada de rocío, perfumaba el ambiente. ¡Qué lejos quedaban la gasolina y el cemento!
Desde la casa le llegó la voz indignada de Hazel:
—¡Vaya una hora de levantarse!
Fred respondió que ella debía permanecer en cama y se dirigió a la cocina, llenó el filtro de agua y café y regresó a la terraza para tenderse majestuosamente en una silla plegable. No tardó en oír el ruido que Hazel hacía en la cocina. ¡Decididamente, ni siquiera le consideraba capaz de hacer café! A poco, la vio aparecer llevando sobre una bandeja comprada por dos centavos en el bazar, dos tazas humeantes. Hazel sentóse junto a él y le besó en la mejilla.
—¿Qué te parecería alquilar William Tylor Longwhale para todo el verano? —preguntó él—. Cada dos o tres semanas podría estar un par de días en Sachem para atender los asuntos del despacho y de nuestra casa.
—Es una idea excelente, quer… Interrumpióse y gritó:
—¡Dios mío!…
En la avenida que conducía al hotelito, acababa de aparecer un Triumph-Special, que subió lentamente el repecho, se detuvo frente a la casa y permitió que Sara y Howard salieran de su interior.
—¡Oh! ¡Papá descalzo! ¡Qué mono! —exclamó Sara con irónica admiración.
Fred dirigió una mirada hacia aquellos objetos que hasta entonces había considerado indispensables y que se llamaban «pies», trozos de carne sin forma definida que la vida sedentaria había hecho tan pálidos que los dedos parecían artificiales. Fred pensó que sus pies merecían un calificativo peor que el de «monos»; ¡eran francamente ridículos!
A pesar de esta sensación, Fred halló en su voluntad fuerzas para preguntar severamente:
—¿Cómo nos habéis encontrado?
—¡Oh! Ben Bogey nos dio tu dirección por teléfono —repuso Howard
—. A la media hora de irte ya sabía Ben lo suficiente; era muy difícil que tu coche pasara desapercibido, gracias al parachoques rojo. Hace tres o cuatro días que se conoce vuestro retiro, pero hemos preferido que alimentarais la ilusión de que os habíais fugado. Te necesitamos, papá. Prometiste darnos más dinero y ha llegado el momento de que lo hagas. Podemos hacer un buen negocio con una nueva empresa: la Capitola Lodge, cuyos directores quieren hablar antes contigo.
—La cocinera se marchó —intervino Sara—, y te juro que no sé por qué lo hizo. La traté con toda amabilidad.
—Anabel teme que os constipéis aquí —prosiguió Howard.
—¡Por culpa vuestra he tenido que ir sin sombrero al campeonato de Rochcstcr! —exclamó Sara—. ¿Dónde teníais la cabeza?
—Cal Tillery ha discutido con Popple —refirió Howard—. Cal cree, y yo comparto su creencia, que debías fijarte un poco en la manera con que Popple dirige la Agencia.
—Louise Kammerking se quejó de que no fuerais el jueves a su casa, como habíais prometido —interrumpió Sara.
—Popple tiene que someter a tu firma un montón de papeles y dice que se volverá loco —continuó Howard.
—¡Todo el mundo se pregunta qué mosca os ha picado! —exclamó Sara.
—Anabel dice que su padre conoce este agujero y pregunta la causa de que no hayáis ido al King’s Arm —anunció Howard.
—Me he visto obligada a mentir —dijo Sara—, y aunque odio la mentira, excepto cuando no es necesaria, he tenido que hacerlo. Las facturas de los acreedores de la Coheeze siguen lloviendo y no sé una palabra de ese sapo revolucionario. Perdonadme, pero lo menos que puedo decir de vuestra marcha es que ha sido desconsiderada.
—Después de todo, Sara, Bel y yo, no somos niños —declaró Howard
—. Yo no querría deciros cuál es vuestro deber, pero…
—¡Pues bien; lo haré yo! —gritó Sara—. Seguramente, no tenéis idea de vuestro actual aspecto. Lamento no disponer de una máquina de retratar, para fijar esta excelsa imagen: dos aventureros salidos de un escenario cinematográfico y vueltos al seno de la Naturaleza como en los tiempos en que los hombres se hallaban en estado salvaje y no se bañaban nunca, y en que los niños obedecían sin protestas, labraban la tierra antes de tomar el desayuno, recorrían diez kilómetros a pie para ir a la escuela y estaban contentos.
—¡Maldito sea el nombre de…! —exclamó Fred.
Pero Sara se echó a reír como sabe hacerlo una persona bien educada y con todo el respeto que debía a sus padres, prosiguió:
—¡Si por lo menos estuvierais bronceados y atléticos como los frontversmen… pero estáis más pálidos que antes y, permitidme que os lo diga, en forma física deplorable a causa de la falta de ejercicio! Lo mejor que podíais haber hecho es permanecer en Sachem, consultar al doctor Kammerking, seguir un régimen y jugar un poco al golf… Además, no creo que un camisón antediluviano sea un traje muy romántico… En confianza, añadiré que vuestra encantadora cabañita parece ser muy húmeda y que el nombre de William Tylor Longwhale es grotesco.
«Diana» Sara, no podía hacer más. Se había empeñado en transformar las apacibles noches de sus padres, sus tranquilos días, su placer de contemplar la Naturaleza y los valles lejanos y el rebrote de su amor, en una locura ridícula, síntoma de precoz senilidad, nublando así toda su alegría y destrozando la modesta felicidad de que gozaban. No podía hacer
más. Pero lo que estaba en su mano supo realizarlo con toda la destreza de que era capaz y que había adquirido en sus diversas funciones de comunista fanática y campeona de tenis relacionada con la mejor sociedad.
Así, Fred y Hazel, conocieron de nuevo la amargura del cautiverio.
Una semana después de su regreso a Sachem, Fred solicitó dos pasaportes. No sabía cuándo haría uso de ellos y, ni siquiera, si los utilizaría, pero deseaba tener resuelto este trámite.
XXVII
EL otoño no acostumbraba a ser favorable al comercio automovilístico; pero aquel año, los negocios de Fred no disminuyeron, pues los remolques Dupleix seguían teniendo éxito. Los ciudadanos de Sachem Falls retirados de la lucha económica por exceso o por falta de dinero, soñaban con adquirir un remolque y pasar el invierno en Florida o en California.
Durante los meses de verano, la venta de remolques experimentó una progresión constante, pero en septiembre la Conqueror Motor Company intentó asestar a los Dupleix un golpe mortal, lanzando al mercado un modelo llamado Allover Caravan y dedicando al elogio de sus cualidades páginas enteras de los periódicos.
El Allover no era un remolque, sino un coche muy largo, dividido en pequeñas estancias, que permitía la cómoda permanencia en él de varias personas. (Como es de una sola pieza —afirmaban los folletos de propaganda— resulta más manejable y maniobrero que otros vehículos). Además, todos los accesorios podían quitarse fácilmente, con lo que se transformaba el coche en un espacioso camión.
Toda competencia que pudiera privarle de una parte de los beneficios que esperaba obtener con sus operaciones comerciales, irritaba a Fred; pero la campaña desarrollada por la Conqueror Motor Company, le fue particularmente penosa, pues no veía en ella una simple lucha comercial, sino que presentía la existencia de algo hostil, dirigido contra él personalmente. «¿Estará Putnam Staybridge tras el telón?» —pensaba—.
«¿Me habré equivocado al imaginar que las relaciones entre él y yo serían normales en lo sucesivo, puesto que Howard y Anabel han pasado una semana en su casa veraniega del Adirondax y Sara fué invitada a pasar allí el fin de semana?».
A nadie se le ocurrió invitar a Fred y a su esposa, pues todos consideraban que ya habían disfrutado de vacaciones suficientes.
Al día siguiente de ser publicados los gigantescos anuncios del Allover Caravan, Putnam Staybridge llamó por teléfono a Fred y le pidió que pasara por su despacho.
—¡Al diablo Putnam! ¡Si quiere verme, que venga! ¡No daré un solo paso hacia su oficina! —gritó Fred extendiendo el brazo para coger su sombrero.
La gran mesa de caoba, ante la que se sentaba Putnam, daba a su despacho la apariencia de un comedor colonial. Incluso parecía flotar en el ambiente el típico olor a bacalao hervido.
Putnam recibió a Fred con reservada cordialidad:
—¿Cómo está, Cornplaw?
—¿Y usted, querido Staybridge? ¿Disfrutó de buenas vacaciones en su casa de campo?
—Excelentes. Su hijo… Ho… Howard, es un nadador excelente. Sentí mucho no tener habitaciones bastantes para invitar a su esposa y a usted.
—¡Oh! No pensábamos ausentarnos de Sachem… ¿En qué puedo serle útil?
Staybridge adoptó una expresión de desagrado, dando a entender así que le molestaba la sequedad con que se había expresado Fred, el cual estaba desolado por la reacción de Putnam. En la atmósfera glacial que rodeaba siempre al padre de Anabel, Fred sentíase completamente «seco».
—Seguramente ha visto usted los anuncios del Allover Coraran.
—Sí; me han parecido magníficos.
—Es usted muy amable al reconocer su valor. Quería hablarle del Allover precisamente. Tengo algunos intereses en la Conqueror Motor Company…
—Sí, sí; ya lo sabía.
—Me propongo ofrecer a la Conqueror un acuerdo entre nosotros… es decir, entre ellos y usted. Dándose la circunstancia de que el Dupleix es un remolque y el Allover no, es inútil que salgan al mercado como competidores. Sería más conveniente unirlos y eliminar, así a los demás que nos disputan el favor del público. Puedo ofrecerle algo mejor: los remolques Dupleix no son fabricados por la casa Triumph, ¿verdad? Por consiguiente no tienen una importancia capital para usted, porque Fred Cornplaw es, ante todo, representante de la firma Triumph. Según lo que me ha dicho su hijo… Ho… Howard, tiene usted intención de retirarse en el plazo de cuatro o cinco años. La casa Conqueror dispone de recursos
muy superiores a los que usted puede movilizar y, por tanto, es mal momento este para iniciar una lucha publicitaria en la que Dupleix sería vencido. ¿Quiere usted cedernos su concesión? Será una prudente maniobra, que le permitirá prepararse una retirada tranquila. ¿Quién sabe si al cabo de cinco años de lucha contra nosotros… quiero decir contra Conqueror, su fortuna estará demasiado comprometida…?
El empeño que ponía Staybridge en «olvidar» el nombre de Howard, hubiera bastado para exasperar a Fred, pero a esto se sumaban el tono desdeñoso y condescendiente de Putnam y el desprecio de la casa Conqueror por los automóviles Triumph. Fred, que nunca había dado un paso atrás para evitar una lucha —excepto al enfrentarse con Sara—, se puso en pie de un salto.
—¿Retirarme? —pudo preguntar con calma—. ¡Qué quimera! No sé dónde ha podido oír mi hijo semejante cosa. Y por lo que se refiere a un acuerdo entre nosotros, lamento… pero le agradezco sus inestimables advertencias. ¡Hasta la vista!…
Frente a los almacenes de la casa Conqueror había un solar. Fred lo alquiló y situó allí un remolque Dupleix una de cuyas paredes había quitado a fin de que pudiera verse bien el interior. Contrató un par de hombres y otro de mujeres pertenecientes al elenco de un cabaret en quiebra y ambas parejas hicieron camping en plena ciudad. Comían, bebían combinados y bailaban al son del aparato de radio. Por la noche, ocupaban sus respectivas habitaciones. Una verdadera multitud se estacionaba alrededor del remolque y los curiosos no abandonaban sus puestos hasta las dos de la madrugada, para ver bien «a los individuos pagados por dormir».
La venta de los remolques duplicóse. El espía de Fred en la Conqueror, le informó de que cada vez que un agente intentaba demostrar públicamente las ventajas del Allover, la gente acogía sus palabras con burlas y carcajadas.
Ocho días después de la instalación del «circo Cornplaw», Staybridge llamó de nuevo por teléfono a Fred, pero éste repuso que tenía demasiadas ocupaciones y que, por tanto, no podía ir a visitarle.
Al día siguiente, Anabel se dirigió a la Agencia Triumph.
—Papá me ruega que te diga que tu cabaret es vulgarísimo…
—¡Vaya por Dios! ¿Y a ti, bija mía, qué te parece?
—Estoy de acuerdo con mi padre…
—¡Ah!, ¿sí?
—Pero me gusta la vulgaridad. Cuanto es interesante en la vida, es vulgar: el nacimiento, la muerte y la lucha… ¿He cumplido bien mi deber?
—¿Cómo?
—¿He sabido quejarme como convenía de la vulgaridad, querido papá?
Durante la tarde de aquel mismo día se produjo un extraño accidente. Un granjero llamado Toin Mc. Kuffee, que vivía a dieciséis kilómetros de Sachem y había comprado un Allover pocas horas antes, quiso detener el vehículo ante el solar alquilado por Fred; pero los frenos fallaron y el pesado automóvil saltó el terraplén y fue a estrellarse contra un montón de piedras que nadie había visto hasta entonces en aquel lugar. El granjero resultó ileso, porque salió del coche antes de que ocurriera el accidente.
Aunque las únicas víctimas del Allover fueron algunos guijarros, Mc. Kuffee no quiso declinar su responsabilidad; trasladóse a la Comisaría, refirió la forma en que había ocurrido el accidente y presentó como excusa y justificación el mal funcionamiento de los frenos. Un periodista que se hallaba presente redactó un artículo, y cuya publicación autorizó el redactor jefe. Al día siguiente, todos los ciudadanos de Sachem Falls leyeron en los periódicos que los frenos de los automóviles Allover eran muy defectuosos.
Los fotógrafos, a su vez, no quisieron perder la oportunidad que al inquieto objetivo de sus máquinas se ofrecía y todos los periódicos de la noche publicaron la fotografía de un gran automóvil destrozado, junto al cual los ocupantes del remolque Dupleix bailaban y bebían highballs y ginger ale. La rivalidad Allover y Dupleix era tan conocida que ni siquiera fue necesario mencionar las marcas de los vehículos.
Durante todo el día permanecieron los mirones alrededor del solar burlándose de los Allover y afirmando que se proponían comprar un Dupleix. Por extraña casualidad, el granjero Mc. Kuffee se hallaba también allí y consideraba obligación suya repetir a cuantos querían escucharle, que los frenos del Allover funcionaban muy mal y que los accesorios eran fragilísimos. Dábase asimismo la no menos extraña coincidencia de que Fred conocía al granjero, el cual había sido tiempo atrás capataz en la Agencia Triumph.
Sara censuró:
—Llevas demasiado lejos todo esto, papá. Putnam no querrá dirigir la palabra a ninguno de nosotros.
A Fred no le pasó desapercibida la admiración que expresaban los ojos de «Diana», en contradicción con las palabras que acababa de pronunciar.
Al día siguiente, los anuncios del Allover llenaban dos páginas en todos los periódicos; pero en las calles, cafés y restaurantes, la gente se reía al leerlos.
Ocho días después del accidente, el jefe de policía visitó a Fred, proponiéndole retirar el automóvil siniestrado.
—¡No vale la pena! —replicó el director de la Agencia Triumph—. Me satisface tener el coche en mi solar y hacerle así un favor a ese granjero… Por cierto… ¿Cómo se llama?… Mc. Gurrey, eso es Mc. Gurrey. Él mismo se encargará de retirar su coche cuando haya reunido suficiente dinero.
—Hay algo en este cuento, que no es muy católico —dijo el policía con expresión preocupada volviendo a su partida de naipes después de realizar una llamada telefónica.
Durante una semana, no se vendió un solo Allover. Cuando Fred se lo dijo a su esposa, ésta se lamentó:
—¡Eres un auténtico bribón…! Creí que te habías enmendado.
—Quise hacerlo e, incluso, emprendí una peregrinación; pero mis hijos se opusieron, me han traído a casa contra mi voluntad. ¿Qué quieres que haga?
Poco tiempo después, Putnam llamó por teléfono al señor Frederic Cornplaw:
—Tal vez le interese saber que la casa Conqueror se propone reducir sus anuncios al tamaño de los de su firma…
—Bien; muchas gracias —contestó Fred.
Al día siguiente, desapareció el «circo Cornplaw» y el Allover
también.
Fred supo más tarde que su benevolencia no había logrado mover las ventas de coches Allover Caravan.
—Una vez más —dijo Hazel— has alcanzado un gran éxito. Ya estás otra vez preso en el engranaje. ¿Tendremos ocasión de efectuar una nueva fuga?
—¿Hablas seriamente? ¿Te gustaría mucho viajar conmigo?
—Sí…
XXVIII
FRED estaba en el club de tenis. El espectáculo que se ofrecía a sus ojos no evocaba la comodidad por él deseada, pero no por eso mostrábase insensible a su belleza: asfalto blanco, vallas verdes, jóvenes con corbatas azules y rojas sobre sus blancas camisas, chicas con blancos pantalones cortos que permitían ver sus bronceadas piernas y, en segundo término, colinas resplandecientes bajo el sol de septiembre.
Lo que más le gustaba era la silla del árbitro.
—Debe ser muy agradable estar por encima del conflicto y, a la vez, tan cerca, dirigiéndolo —confió a su amigo Walter Lindbeck.
—No siempre resulta agradable. Conozco a un árbitro que recibió un pelotazo en un ojo durante uno de los partidos de Fred Perry.
Walter Lindbeck tenía quince o dieciséis años menos que Fred, a quien conoció casualmente en una partida de pesca, llegando a ser enseguida su mejor amigo. Walter era el más joven de los dos propietarios de los grandes almacenes Swazey & Lindbeck, en cuya razón social había sucedido a su padre. Aunque perdió el tiempo durante su permanencia en la Universidad y no hizo nada notable en los doce meses que pasó viajando por Europa, gozaba de gran reputación en Sachem. Teníasele por conservador y partidario del progreso, a la vez; fiel a las tradiciones, pero no inaccesible a las ideas renovadoras, Lindbeck comportábase con mucha seriedad a pesar de que era soltero. Era miembro del club de ajedrez, pero montaba a caballo todas las mañanas y aunque asistía a todas las funciones de la «temporada» de la Ópera de Nueva York, jugaba al billar con los mozos de ascensor y dependientes de su almacén. En pocas palabras: reunía todas las cualidades propias de un cabeza de familia y de un hombre de negocios cabal.
Sara no podía reprocharle más que una cosa: su aspecto romántico, acentuado por su bigote negro, que era total y estridentemente
incompatible con las facturas y precios de venta como únicos ideales y ocupaciones.
Fred y Walter acababan de «hacer» sus dieciocho «agujeros», y descansaban viendo jugar a Sara.
Cornplaw admiraba la agilidad y rapidez de su hija. Estaba orgulloso de ella, más orgulloso aún que del pantalón ancho, pero ceñido a la cintura, que estrenaba.
La adversaria de Sara era una chica de dieciocho años y mirada triste, que jugaba con la precisión de una máquina. No tenía los gestos teatrales de Sara ni sus elegantes actitudes. Sus pelotas pasaban rozando la red, por lo que Sara, aun corriendo cuanto le era posible, llegaba siempre tarde.
La señorita Cornplaw, enfurecida, tiró al suelo su raqueta y gritó:
—¡Pon un poco de fantasía en tu juego, Dangherty! ¡No somos obreros de «cadena», demonio!
—¡Tss, tss! No debía enfadarse así —dijo Fred. Walter defendió a Sara.
—Tiene razón tu hija. También me ha indignado el juego de esa chica en algunas ocasiones. No juega más que para ganar. ¡Mírala! Parece un autómata. Sara, por el contrario… ¡qué ardor!… ¡qué gracia preside todos sus movimientos!… A propósito: ¿por qué intervino en la redacción de esa hoja comunista? Ella no tiene ideas sovietizantes.
—Claro está que no… No ha hecho más que seguir el dictado de la moda. Ten presente que, dado el actual estado de cosas, no puede censurarse a la juventud y al obrero que quieran participar en la dirección política del país.
—Creo lo mismo que tú.
Ambos admiraron con cierta alarma el liberalismo de que daban prueba con esta opinión y Fred prosiguió:
—Lo de la Coheeze se debió a que Sara no tenía nada que hacer, como ahora. Es muy inteligente para permanecer inactiva; por eso acepta lo primero que se pone al alcance de su mano. En este momento el tenis la apasiona y querría tomar parte en los campeonatos de las Bermudas y de Florida; pero yo no puedo proporcionarle tal satisfacción porque mis medios económicos me lo impiden… ¡Hombre, se me ocurre una idea!…
¿No podrías ofrecerle un empleo en la sección de tus almacenes dedicada a la decoración de interiores? Estoy dispuesto a pagar los gastos del ensayo, aunque asciendan a varios centenares de dólares, a condición de que no
sepa nada. Es muy orgullosa y no querrá aceptar tu ofrecimiento si sabe que yo he planeado el asunto.
—No es necesario que pagues. Siempre he creído que hacía falta inyectar savia nueva a la sección que has mencionado. La vieja Wix es muy amable, pero sus ideas pertenecen a la época del rey Eduardo VII. Sara tiene gusto y energía y me satisface ponerla a prueba si el empleo le gusta.
—Se negará a trabajar si sabe que yo he intervenido. Ya que mi proposición te interesa —y no puedo expresar hasta qué punto agradezco tu gentileza— dejemos que sea ella la que proponga la experiencia.
Cuando Sara acabó de jugar, Fred la llamó. Ella se acercó andando con paso firme y elástico, y sentóse entre su padre y Walter.
—Supongo que ese partido te ha distraído muy poco —dijo Walter que tenía trece años más que Sara.
—¡Esa Daugherty es la jugadora más estúpida del club…!
—Es cierto —aprobó Walter. Fred intervino:
—Pues bien, si tú estás también de mal humor, seré el único de los tres que por su euforia puede gozar hoy de los últimos días del verano y de la contemplación de las hojas amarillas y rojas que caen de los árboles. Sí, Sara; Walter también está furioso. No encuentra a nadie que pueda dirigir su departamento de decoración. Necesita una persona que frecuente el trato de las familias adineradas de Sachem y que, al mismo tiempo, tenga muy buen gusto para el dibujo… No creo pagarás mucho a un colaborador o colaboradora que reuniera las condiciones exigidas, ¿verdad, Walter?
—¡Dios mío! Al principio ganaría veinte dólares por semana y una pequeña comisión; pero andando el tiempo le pagaría diez mil dólares anuales o tal vez más, siempre que supiera ganárselos… No busco a una señora de su casa o a un fatigado miembro de la aristocracia, hombre o mujer, que crea tener gusto artístico. Lo que necesito es un joven o una chica bien instruidos, con nociones de Historia del Arte, mucha decisión y buen juicio…
Fred se divirtió mucho viendo cómo su hija caía en la trampa:
—Es curioso que hables de eso, Walter. Siempre he sentido afición a decorar interiores y no creo carecer de cierta experiencia. Ya sabes que tengo ideas muy personales. Creo que es necio emplear siempre el cuero rojo, los espejos y las rinconeras. Ese estilo da a todas las estancias
amuebladas «a la moderna» un aspecto insoportable a sala de café. Creo que podrían utilizarse los modelos Biedermeyer y Duncan Phyfe modernizándolos un poco. Así prestaríamos más originalidad a las casas. Supongo que pueden obtenerse efectos preciosos utilizando la iluminación indirecta.
—Tienes razón. ¿Aceptarías el empleo?
—Con mucho gusto…
—¿Quieres venir mañana al despacho, para hablar con Swazey y conmigo?
En el coche, mientras regresaban a su casa, Sara dijo:
—Es inconmensurable la ingenuidad de los hombres. He manifestado vagamente algunas ideas acerca de la decoración, sin dar a entender que deseaba la plaza, y el astuto Walter ha caído en la trampa. Incluso está orgulloso de haber encontrado él solo lo que le hacía falta… Tengo la seguridad de que puedo hacer algo en esta cochina ciudad. Intentaré agradar a los plutócratas estúpidos como Pragg… Será una labor muy interesante… Tú, que siempre eres tan severo conmigo y fiscalizas cuanto hago, nunca hubieras discurrido un empleo semejante para mí…
—Es cierto —repuso Fred.
Durante quince días, Cornplaw apenas vio a su bija. La tarea de conspirar contra los muebles viejos de Sachem, absorbía toda la atención de Sara y Fred vivió en paz varias semanas.
Cierta noche, posterior a esta «tregua», al entrar en su casa, Fred halló a su esposa y a Sara en el vestíbulo discutiendo animadamente junto a la puerta del salón.
—Te repito que eso no le gustará —decía Hazel.
—En cuanto se acostumbre, le gustará —aseguraba Sara—. Si mi familia no aprecia en su justo valor mis ideas creadoras, ¿cómo quieres que tengan éxito entre el público?
—¿Qué sucede? —preguntó Fred.
—Mira eso y no protestes demasiado —repuso Hazel señalando hacia el salón—. En cierto modo, es bastante agradable y creo que acabará por gustarme…
Fred se acercó a la puerta y se detuvo estupefacto en el umbral. El salón se había transformado como por arte de magia. El viejo sillón rojo y raído cuya forma y blandura eran los únicos factores que hacían agradable la lectura del periódico de la noche, el canapé donde Fred y su esposa
sentábanse juntos para escuchar la radio, el cuadro de Maxfield Parrish que representaba una joven bailando al atardecer, la mesa con patas de dragón que oprimían bolas de cristal y en cuyo tablero descansaba un inútil montón de revistas, la cabeza disecada de un ciervo delictivamente cazado en Quebec, es decir, cuanto significaba para Fred el «bienestar de su casa», había desaparecido. Las paredes, por iniciativa de Sara, vestíanse con un papel color ciruela y oro mate, que daban a la estancia un aspecto tan sombrío como los pensamientos de un diputado vencido en las elecciones. Los nuevos muebles presentaban una línea que podría calificarse de «falso estilo Luis XV» y en la pared, reemplazando a las fotografías de Hazel con una regadera, de Fred calzado con alpargatas y empuñando un fusil, de Howard jugando con un automóvil de pedales y de Sara recitando versos de James Whitecombe Riley, figuraba, solitaria y melancólica, una reproducción de las torres de Ruán, cuyo conjunto adoptaba una forma semejante a la de un tridente.
—¿No te parece que es muy distinguido y rebosante de dignidad? — preguntó Sara.
—No… no me lo parece —repuso Fred intentando conjurar el peligro cuya aproximación presentía.
—Desde luego, no es más que un ensayo —aclaró Sara.
—Es muy bonito, pero creo que no es eso precisamente lo que concuerda con tu madre y conmigo.
—A mí, sí. Me gusta mucho —dijo traidoramente Hazel denotando en el brillo de sus ojos todo su amor al lujo.
—¿Si mis padres no me apoyan, cómo es posible que triunfe? — preguntó Sara.
Pensando: «Tiene razón. Tú lo has querido, infeliz», Fred preguntó:
—¿Cuánto me costará esto si decido que me guste?
—Lo puedo hacer por unos mil novecientos dólares.
—¡Casi nada! —exclamó Fred volviéndose hacia su esposa en busca de apoyo.
Pero comprendiendo por la expresión de Hazel que estaba perdido, murmuró:
—De todas formas… no puedo pagar al contado esa cantidad…
Así se transformó el «hogar» de Frederic William Cornplaw en una
«casa» y ya se sabe que es más fácil abandonar una «casa» que un
«hogar».
XXIX
LA familia Cornplaw en pleno se hallaba reunida en el piso de Howard.
Hazel y Anabel trajinaban afanosas en la cocina, preparando la comida, compuesta de jamón frío, bananas, queso mantecoso, ensaladilla rusa y helado de vainilla con azúcar quemado. Sara, sentada en una butaca, leía majestuosamente el periódico.
Fred y Howard se habían refugiado en la alcoba, donde mantenían lo que Fred llamaba «charla franca».
Desde la fundación de la entidad Bogey & Cornplaw, es decir, desde cuatro meses antes, Fred no había dejado de invertir dinero en ella; pero lo que Fred no podía soportar era la mentalidad de Howard. El muchacho no podía firmar un solo presupuesto sin pedirle cien veces opinión y esperaba que Fred condujera a la Agencia Inmobiliaria a cuantas personas adineradas hallase en la iglesia, en el club o en el garaje.
El socio de Ben Bogey inició la conversación diciendo:
—Supongo, papá, que piensas como yo…
—Eso me asombraría…
—… lo cierto es que, si he de alquilar o construir casas hermosas, debo tener ciertas posibilidades y demostrar mi buen gusto…
—¿Tu qué?
—… viviendo en una casa bella y no en esta barraca…
—¿Barraca?… Me habría gustado que vieras el pisito de cuatro habitaciones minúsculas que habitábamos tu madre y yo cuando nos casamos. No había cuarto de baño y los excusados estaban en el patio. La calefacción central, naturalmente, ni presentimiento siquiera; pero en aquella época parecía cosa natural llevar carbón y tirar las cenizas. Actualmente, la gente se fatiga al pulsar el interruptor de los radiadores eléctricos; y, sin embargo, nosotros éramos tan felices —por no decir más
— que los jóvenes de hoy, deseosos de empezar por donde terminaron sus padres.
Howard escuchaba distraídamente.
—Quizá tengas razón, papá, pero es preciso que consideres este nuevo gasto como una inversión comercial. Conozco una casa muy elegante en la que hay pisos por ciento diez dólares mensuales. En ella podría recibir a los clientes e invitarles a comer sin sentirme cohibido… Quiero que lo comprendas, papá. He iniciado una vida completamente nueva. Ben es diez veces más severo conmigo que tú o Popple. Ni siquiera tengo tiempo de beber un vaso de cualquier cosa. Por verdadera casualidad tomo a veces un combinado antes de comer…
—Un combinado… o dos.
—Si algo queda en el shaker, no hay por qué tirarlo…
—Me satisface extraordinariamente que hayas iniciado «una vida completamente nueva» como dices, pero sintiéndolo mucho no puedo concederte ciento diez dólares mensuales más. No pienses en ello… es inútil que los pidas… completamente inútil.
Y Fred deseaba sinceramente que fuera «completamente inútil».
Durante la comida, Howard no podía estarse quieto. Sonreía a su esposa, hacíale gestos cariñosos con la mano y, una vez, extendió el brazo para acariciarle la mano. Sin embargo, la conversación no motivaba ni justificaba tales muestras de ternura. Sara decía que era absolutamente necesario conseguir que la señora de Channing Pragg comprase un dormitorio azul celeste y amarillo azafrán; Howard preguntaba a Fred cómo lograría interesar al doctor Kammerking por un terreno de la Capitola Lodge y Anabel rogaba respetuosamente a Hazel que le diera la dirección de su peluquero.
A los postres, Howard, apoyándose con firmeza en la mesa, dijo:
—He de comunicaros una noticia muy importante… No es necesario que te ruborices, Bel.
—No tengo intención de ruborizarme —respondió la joven con las mejillas encendidas.
—Queridos padres —prosiguió Howard en tono enfático—, os anuncio para el mes de marzo próximo, el nacimiento de vuestro primer nieto y a ti, hermana mía, el de tu primer sobrino.
—¡Oh! ¡Howard! ¡Anabel! —exclamó Hazel.
—¡Qué buena noticia! —dijo radiante Fred.
—Voy a bautizar a mi hijo, pues tengo la seguridad de que será varón…
—¡Un momento! —interrumpió Anabel—. He de hacer una observación. Creo que tendré algún parentesco con la criatura, ¿verdad?
—¡Naturalmente! —dijo Howard con indulgencia.
—Pues bien, yo quiero llamarle little Nero, cualquiera que sea el nombre con que se le inscriba en el registro civil. Siempre he soñado con llamar a mi hijo little Nero. Espero que eso le preservará de la maldición que pesa hoy sobre el mundo…
—No es momento de bromear, Bel —repuso Howard—. Permíteme que diga algo más importante: Papá, es preciso que me ayudes a preparar un gran sitio para ese pequeño ser, para tu nieto. Siento imponerte una nueva carga… pero así es la vida.
—No comprendo por qué ha de soportar papá esa nueva carga — protestó Anabel—. No es responsable del nacimiento de little Nero…
—No me gusta ese estúpido nombre, ni siquiera en tono de broma…
—manifestó Howard.
—¿Por qué no preparas un buen sitio para el niño sin ayuda ajena? — continuó Anabel—. Sé que formas parte de la generación de los «Todo para mí»…
—Esa broma es de muy mal gusto —interrumpió Howard severamente.
—Sí; tú, querido rubio, y todos los de tu generación creéis que el mundo entero se halla en deuda con vosotros y que la humanidad debe trabajar para facilitaros…
—Basta, Anabel. Si estuvieras en estado…
—Sí… perfectamente… que el mundo entero se halla en deuda con vosotros…
—¡Anabel!
—Por eso quiero llamar a mi hijo little Nero. ¡El mote le protegerá tal vez y cuando tengas setenta años no te pedirá que le nutras!
—Nunca te he oído decir semejantes tonterías, Bel. ¿Qué pensarán mis padres?
Y volviéndose majestuosamente hacia Hazel y Fred, Howard prosiguió:
—¿Tú, por lo menos, mamá, estás contenta?
—Encantada, hijo mío. No debes enfadarte porque Anabel te espolee un poco.
—La generación de los «Todo para mí» —murmuró Anabel con tal humorismo que Fred se preguntó si ella habría bebido más de un combinado antes de comer.
Desgraciadamente, Anabel no debió de haber tenido semejante fortuna. El optimismo de Howard, absorbido diariamente a dosis extraordinarias, era tan capaz de turbar el espíritu como el alcohol.
—¿También estás contento tú, papá?
—¡Claro que sí!… Hazte cargo: litt…, es decir, mi primer nieto. ¡Es maravilloso!
—Es maravilloso —repitió Sara maquinalmente—; pero, oye Howard, no creas que papá debe ocuparse únicamente de ti. También existo yo. No es imposible que pronto me decida a dejar mi empleo en Swazey y Lindbeck para establecerme. Entonces, será preciso que papá me ayude…
¡Eso no excluye que ofrezca mis mejores votos y mis felicitaciones al niño!…
Cuando regresaron a su casa, Hazel preguntó a Fred:
—Te alegra el próximo nacimiento del chiquillo, ¿Verdad que sí?
—¿De qué niño?
—¡Del hijo de Howard!
—No es hijo de Howard; no es más que un accidente…
—¡Es nuestro futuro nieto!
—Naturalmente. Sí; estoy contento. Little Nero no será muy feliz, pero…
—No es agradable que digas eso.
—… pero divertirá a Bel y llenará de satisfacción a Howard. Podrá envanecerse alegando su calidad de protector, educador y amigo de un débil ser indefenso. Una idea me reconforta: se dice que los niños se parecen a sus abuelos; little Nero tal vez se verá favorecido por un reflejo de nuestra energía y no será una nulidad como su padre.
—Noto que hablas con reservas; sin embargo, siempre produce gran felicidad el hecho de tener el primer nieto.
—Soy muy dichoso; pero no quisiera ser a la vez abuelo y padre. Por lo común, los nietos no quieren tener a su cargo a los abuelos; pues bien,
¿por qué ese deseo no ha de ser recíproco? No te hagas ilusiones: Howard hablaba muy seriamente al decir que debemos relegar a segundo término nuestros proyectos personales, para consagrarnos únicamente al pequeño
«príncipe real». Y si empezamos a ocuparnos de little Nero, Howard nos
obligará a hacer lo que quiera, pues no hay nada más poderoso que la sonrisa de un niño. Por eso querría que del cachorro se ocuparan sus padres. ¿Tengo razón o no?
—Tal vez sí. Es indudable que no se te puede pedir que alimentes a cuatro generaciones.
—¿Cuatro generaciones?
—Cuando eras viajante de comercio, ayudaste a tu padre: primera generación. Luego, proporcionaste dinero a tu hermana para que estableciera su negocio de confección…
—¡Modista! ¡Cómo le extrañaría eso a Putnam! Staybridge considera que es muy elegante llevar vestidos bien confeccionados, pero trivial hacerlos…
—Desde que te hallaste en edad de trabajar, siempre has subvenido a tus necesidades. Tu hermana y tú, representáis a la segunda generación.
—Exacto —repuso Fred. Y añadió:
—Espero que nuestra hija no venga a sorprendernos… quisiera estar cómodo.
Hallábanse en el hermoso salón «Luis XV». Del aparato de radio, en sordina, salía una «música de fondo» parecida al murmullo del viento en un bosque; mas a pesar del refinado ambiente, Fred se quitó resueltamente los zapatos y suspiró satisfecho.
Hazel prosiguió su demostración:
—Desde que nacieron nuestros hijos, no has permitido que carecieran de nada: Tercera generación. Pedirte que velaras también por little Nero, sería demasiado.
Fred miró a su esposa con más ternura de la que hubiera provocado una magistral partida de golf realizada por él.
—No me importaría velar por little Nero —repuso—; pero no me gustaría que sus padres le enseñaran a criticarme.
—Si, como acabas de decir, little Nero ha de parecerse a nosotros, preferirá tener un abuelo alegre y bueno que un depósito de dinero.
Aquella noche, recordando la afirmación de sus hijos según la cual se hallaba preso en la rutina como en un molde de yeso, Fred decidió realizar un gesto brillante y en vez de colocar cuidadosamente la camisa en el respaldo de una silla, como era su costumbre, la tiró al suelo.
Hazel la recogió, creyendo que no era más que una camisa; no se dio cuenta de que aquella prenda era la camisa de fuerza de la timidez.
XXX
FRED no había sufrido nunca insomnio. Incluso en su juventud, cuando por razón de su empleo se veía obligado a pasar noches enteras en las salas de las estaciones de correspondencia o viajando en incómodos departamentos, había dormido profundamente. En cambio, desde hacía varias semanas no lograba conciliar pronto el sueño, atormentado por preocupaciones que no le daban punto de reposo.
Los motivos de su preocupación despabilaban su espíritu. Pensaba
Fred en que Howard no ganaría dinero suficiente para proporcionar a little Nero cuanto necesitara, lo cual sería un gran dolor para Anabel; en que Sara, deslumbrada por sus nuevas ambiciones, no sabría administrar ni sus energías ni la cartera de su padre y que Popple demostraba claramente no tener el menor entusiasmo para dirigir él solo la Agencia Triumph. Y Fred se preguntaba si sus hijos y su colaborador, abandonados a sus propias fuerzas e iniciativas, lograrían triunfar o sucumbirían ante las dificultades de sus empresas.
Fred pensaba asimismo en su propia timidez y en la insuficiencia de sus conocimientos. La opinión de cuantos le rodeaban y que le clasificaba entre los hombres insignificantes, le producía viva mortificación. El doctor Kammerking, Edward Appletree e incluso Walter Lindbeck, le aconsejaban que se dejara llevar suavemente hacia la vejez y que desear otra cosa era una locura.
«Casi todos los hombres hacen lo que la mayor parte de sus semejantes esperan que haga» —se decía—. «De esta forma llegamos a ser honrados o delincuentes, o ambas cosas a la vez».
Fred temía tener que rendirse a las presiones ejercidas sobre él y verse obligado a concluir tristemente su existencia. El único medio que podía utilizar para evitar este desastre era la fuga.
Pero, al pesar en una huida, asaltábanle nuevas dudas. ¿Hacia dónde?
¿Qué podría hacer lejos de Sachem?
Algunas veces, no podía permanecer acostado. Sin hacer ruido, para no despertar a su esposa, se levantaba e iba a la cocina, donde tomaba una taza de café y apoyaba los codos en la mesa meditando.
Sentía nostalgia al recordar Stonefield y el hotelito William Tylor Longwhale; su breve escapada había demostrado en forma incontestable que le era posible vivir sin su despacho y sus automóviles, que todos consideraban necesarios para el mantenimiento de su buena salud física y moral.
Sin embargo, no reflexionaba siempre: también leía libros pertenecientes a la biblioteca de Sara y artículos de revistas con estos o semejantes títulos: «El cultivo del café en Java», «Los dialectos de Birmania», «El ciclismo en Tanganyka» y «Los hoteles de Dar es Salaam». En ciertos momentos, la lectura despertaba en su imaginación quiméricas ideas: veía los Pike’s Peak iluminados por el sol, los campanarios de Brujas, una casita inglesa en la que él tocaba el piano, el almacén de Stonefield donde charlaba ante el mostrador y los gestos de Hazel al movilizar las cacerolas de la cocina de William Tylor Longwhale.
A pesar de las molestias del insomnio, no eran las noches que pasaba desvelado las peores, sino aquellas en que tras haber logrado conciliar el sueño le despertaban sus inquietudes a las tres o las cuatro de la madrugada. A esa hora no sentía deseos de saltar del lecho y permanecía acostado hasta la hora del desayuno, nervioso y desazonado.
Hazel se había dado cuenta del nervosismo de su esposo y más de una vez, con los párpados entornados, le vio abandonar la alcoba. Sara, como también sufría insomnios, notó también las idas y venidas nocturnas de su padre, pero éste, hábilmente, eludió una respuesta a las preguntas que ambas le hicieron.
Cierto día del mes de noviembre, Fred se despertó a las cuatro de la madrugada. No pudiendo seguir acostado, se levantó, envolvióse grotescamente en un batín y poniéndose a guisa de bufanda una media de golf, descendió a la planta baja. Desde una ventana miró hacia la calle y tiritó. La avenida estaba desierta y tenía un aspecto siniestro; el pavimento era gris y la centralilla para avisos de incendio, de color rojo vivo durante el día, también quedaba envuelta en la uniforme tonalidad gris; un silencio absoluto reinaba en el interior de la casa y en la calle. Después de prepararse una taza de café, se puso a leer un folleto de las líneas aéreas australianas.
De pronto, se puso alerta. En el primer piso se había abierto una puerta. En la escalera se oyeron pasos cautelosos, rechinaron los goznes de la puerta de la cocina y entró Sara. Sus facciones denotaban cansancio, aunque sonreía y hablaba afectuosamente.
—¿No puedes dormir, papá? Yo tampoco.
Abrazó a Fred, le quitó la bufanda-calcetín y pareció adoptar de nuevo la ya olvidada actitud de hija amante y dulce. Esta gentileza desacostumbrada conmovió a Fred y, prescindiendo de la prudencia que regía siempre su trato con Howard y Sara, borró de su memoria todos los agravios recibidos de su hija.
—No hay nada tan desagradable como el insomnio. Tengo unos comprimidos hipnóticos muy eficaces… ¿quieres probarlos?
—No, gracias.
—Sin embargo, es preciso que duermas.
—¿Por qué? Lo importante es descansar, con sueño o sin él. La necesidad de dormir puede considerarse superstición y me satisface librarme de esa inútil costumbre. Por otra parte, es pernicioso habituarse a tomar esos comprimidos.
—Los míos no provocan hábito.
—Ya lo es la necesidad de tomarlos. No permitas que te esclavicen.
—Es raro que no puedas dormir —dijo Sara en tono severo—. ¿Tienes muchas preocupaciones?
—No, hija mía.
—He observado que lees muchas narraciones de viajes. ¿Sigues teniendo intención de retirarte y viajar?
—¿Por qué había de abandonar esa idea?
—Supongo que no te propones ir a Europa o a cualquier otro lugar alejado de América…
—Si me voy, será para ver algo absolutamente nuevo.
—Sería horrible para mí que te fueras. Sobre todo, si mamá te acompaña.
—¿Horrible?
—Howard se consideraría cabeza de familia y me haría la vida imposible. Quiero mucho a su mujer, pero Howard es muy cerrado de mollera. Me recuerda esos individuos que se aprenden de memoria el
«Manual del Perfecto Vendedor» y tienen tanta prisa por empezar a
vender, que ni siquiera estudian o piensan en lo que han de ofrecer al mercado…
—Los defectos de Howard no han de atormentarte. Tú eres inteligente y desempeñas muy bien tu misión en la casa Swazey y Lihdbeck.
—Querría establecerme y no lo conseguiré sin tu ayuda.
—¿Para qué quieres montar un negocio? ¿No es Lindbeck el mejor de los patronos?
—Sí; es muy amable, pero… ¡no sé por qué te abro de pronto mi corazón! Tal vez se deba a lo intempestivo de la hora en que charlamos… Con franqueza, papá: no quiero convertirme en una solterona solitaria y confío en que, dirigiendo una tienda, veré mundo y desarrollaré una actividad agradable; por fuerza has de reconocer que no tengo mucho éxito entre el sexo fuerte, si exceptúas a un descamisado como Silga.
—Creo que era partidario del amor libre.
—¡Y de qué manera! Teóricamente, soy de su misma opinión. Nunca he aplaudido los matrimonios de conveniencia, pero en la práctica,
¡diablo!, tengo demasiada sangre Cornplaw… ¡Dios mío! ¡Estoy jurando como tú, papá!
—¿Qué dices? ¿Juro yo acaso?
—No siempre. A veces olvidas hacerlo y empleas expresiones completamente académicas.
—Ten presente que no carezco de cultura y durante estos últimos años he oído muchos discursos en los banquetes del club: «Queridos colegas: No podemos alcanzar una prosperidad firme y duradera si abandonamos la olvidada fórmula: “Cada uno para sí mismo…”, etc.», pero dejo el vocabulario de los literatos en la buhardilla, con los martillos.
—¿Estás decidido a viajar?
—Casi…
—Mira las cosas de frente: Supón que ahora te hallas en un hotel europeo, entre turistas de todas las nacionalidades; ¿no crees que tu situación en tal momento sería comparable a la de un perro que perdiera a su dueño en pleno Broadway? Comprendo que desees airear tu pensamiento, porque has trabajado mucho. Incluso creo que tu fatiga es superior a la que imagina mamá y calculas tú. Te he observado atentamente y me doy cuenta de tu estado; pero puedo asegurarte que el vagabundeo no es buena medicina para tu caso. Los viajes exigen que quien los realiza esté acostumbrado; en caso contrario, son experiencias
penosas. Lo que necesitas, por el contrario, es que te cuiden individuos competentes. ¡Deseo tanto que te cures…!
—¿Que me cure? ¿Que me cure de qué?
—De tu insomnio, de tu neurastenia y —permite que te lo diga con todo cariño— de tu afán de viajar. Eres demasiado viejo para hacerlo o para iniciar el estudio de la música o de los idiomas. Fíjate en que ni siquiera en hipótesis admito que quieras abandonarnos por egoísmo… en todo caso, únicamente por egoísmo. Tampoco creo que el propósito de viajar pueda tildarse de absurdo; pero no se hizo para ti… En vez de empeñarte en salir de Sachem siguiendo a la vez todas las direcciones de la rosa de los vientos, como un héroe de Leacock, deberías descansar y pedir consejo a quienes tienen costumbre de guiar y curar.
—¿Curarme? —gritó Fred encolerizado—. Me han dicho que ciertas mujeres creen que, si sus esposos no son obedientes como perritos falderos, han perdido el juicio y deben ser examinados por un psiquiatra. Ahora me doy cuenta de que hay hijos que piensan lo mismo. ¡Maldito sea el nombre de…! Estaba convencido de que la juventud que fue capaz de beber durante el período de la prohibición todas las porquerías que se les presentaban con el nombre de «alcohol», había llegado al límite de la ignominia. Me engañaba. Ahora, los jóvenes desprecian a sus padres si éstos no piensan como ellos y les desprecian si tienen la audacia de suponer que tienen tanto derecho a gastar el dinero que ganaron con el sudor de su frente y gozar de la vida tanto como sus hijos e hijas… Nunca he comprendido cómo te las arreglaste para pasar de la noche a la mañana de la extrema izquierda a la alta sociedad. Me doy cuenta de que has sido lógica contigo misma: para ti, el mundo fue creado en 1917 y todos los conceptos y normas anteriores a esa fecha no son más que idioteces. Permíteme que te diga…
—¿Papá, tomaste una copa de más esta mañana?
Esta pregunta estuvo a punto de flojear la elocuencia de Fred; sin embargo, su dialéctica halló aún fuerzas para responder:
—No he bebido ni una sola y tú lo sabes perfectamente.
—Entonces, tus palabras y tu actitud confirman lo que yo decía hace poco. Nunca me habrías hablado en ese tono si gozaras de buena salud y tu insomnio…
—Creo que tú sufres de lo mismo…
—En mi caso, el insomnio tiene otro carácter. Soy una artista…
—Y yo soy un tendero, ¿verdad?
—No te obligo a decirlo, papá.
—Oye, Sara, no discutamos. Al entrar, parecías ser muy amable; te es absolutamente imposible comportarte como hija cariñosa. Eres demasiado joven para comprender que los hombres pueden cambiar y sentir deseos de reemplazar todas sus rutinas por otras nuevas, exactamente igual que cuando uno está harto de repetir el mismo estribillo y tararea otro para olvidar el que ya resulta tedioso.
—Eso es, sobre poco más o menos, lo que dice el doctor Janissary, célebre psicoanalista a quien tuve la suerte de conocer durante mi estancia en Nueva York.
—¿Psicoanalista? ¿Un hombre que cree tener la exclusiva de la higiene mental y de la psicología? Creo que Franklin, Voltaire y Dickens, sabían algo referente a esos mismos temas.
—Respetuosamente hago notar que tú no eres ni Franklin, ni Voltaire ni Dickens. Estoy convencida de que el doctor Janissary podría…
—No conozco al señor Janissary ni me interesa conocerle. Sería capaz de transformarme en otro individuo cuya personalidad no deseo en modo alguno alcanzar… Sin embargo, he sanado de una enfermedad: la que he sufrido hasta ahora y que me hacía no negar a Sara y a Howard, hijos míos ambos, nada de lo que me pedían. Vosotros no considerabais que mi benevolencia fuera una enfermedad, porque os resultaba muy cómoda.
—¡Oh! ¡Si el doctor Janissary te oyera! ¡Según tus palabras, Howard y yo somos unos monstruos!
—Vuestra monstruosidad no es superior a la mía. Somos seres normales y practicamos un método tan viejo como el mundo: nos envenenamos la vida mutuamente; pero quiero que recuerdes esto: no conseguirás demostrarme que hago mal queriendo dejar de ser un padre para convertirme, simplemente, en un hombre… Buenas noches… o, por mejor decir, ¡buenos días!
Fred volvió a la alcoba con el propósito de rumiar su indignación, pero se durmió inmediatamente como un bendito.
Sara, en la cocina, murmuraba con rabia:
—¡Desea abandonarnos! ¡Es insensato! ¡Es inhumano! Es preciso que adopte medidas trascendentales.
XXXI
UN marido normalmente testarudo no puede sorprender a su esposa más que comportándose como «buen enfermo», es decir, declarando estar completamente de acuerdo con el médico de cabecera, aunque este acuerdo no sea absoluto y sin reservas.
El caso es que Hazel decidió inquietarse por la salud de su marido.
Una noche en que Sara había salido —circunstancia que hacía particularmente agradable la atmósfera de intimidad—, Hazel dijo:
—Debías hablar con el doctor Kammerking.
Fred esperaba esta recomendación, porque había observado que su mujer preparaba el terreno refiriendo incidentalmente que uno de sus vecinos había muerto repentinamente con gran extrañeza por parte de sus amigos, a la edad de ochenta y un años, «probablemente a causa del abuso del café, del tabaco y de las bebidas alcohólicas, así como de su asiduidad en asistir a los partidos de base-ball». Por tanto, Fred estaba preparado para responder.
—¿Por qué debo hablar con Kammerking? —preguntó.
—¡Oh! Por nada en particular; yo creo que una vez cumplidos los cincuenta años, todo hombre debe vigilar de cerca el estado de su salud.
—¿Entonces, la salud no merece atención antes de los cincuenta años?
—Sí… bueno… quiero decir que…
—¿Deja algo que desear mi salud? ¿Tengo dolores en la espalda, sufro vértigos, amnesias repentinas, sudo de noche o me quejo de intertrigo?
¿Pretendo acaso saber hablar en francés? ¿Me atormenta la manía persecutoria? ¿Me lanzo tal vez contra los hombres que me parecen cobradores?
—No digas tonterías, querido.
—¿La camarada Sara ha insinuado que estoy enfermo porque no consigo comprender que su establecimiento sea indispensable y que un
almacén destinado a la decoración de interiores es una excelente inversión?
—Sara está un poco inquieta y yo también.
—¿Pero qué tiene este viejo Fred?
—Lo primero es que duermes mal.
—Desde siempre, los seres humanos se quejan de que el sueño les haga perder la mitad de la vida. Si he logrado desembarazarme de esa molestia, debo felicitarme.
—Atiéndeme, querido: Haz el favor de visitar a Kammerking.
—¡Ah! Si eso te gusta…
—¿Cuándo irás?
—El próximo sábado.
Sorprendida por esta docilidad inesperada, Hazel pensó:
«Que me cuelguen si comprendo algo».
El doctor Kammerking, cuando hubo concluido la auscultación y el interrogatorio que los médicos llaman «examen», declaró:
—Necesito una prueba de metabolismo basal y el índice leucocitario.
Así demostró que la medicina progresaba y que estaba al corriente de los descubrimientos más recientes.
—Perfectamente —dijo Fred.
Kammerking adoptó una actitud de sospecha. ¿Qué significaba tanta obediencia?
—Exijo una verdadera prueba de metabolismo basal —insistió.
—No sé lo que es eso, pero estoy conforme.
—Que se realizará tras doce o catorce horas de reposo absoluto; durante ese tiempo no has de fumar ni comer.
—Bueno.
—Si has de permanecer en tu casa, no tengo confianza en que me obedezcas.
—Yo tampoco.
—Por consiguiente, pasarás la noche en una clínica.
—Perfectamente.
Kammerking estaba asombrado. ¿Qué debía de estar pensando Fred para aceptarlo todo sin hacer ninguna objeción? Nunca su amigo le había permitido suponer que pudiera ser normal hasta el punto de obrar como un enfermo cualquiera. Mientras procuraba adivinar los planes de Fred, llamó al hospital para que preparasen una cama, encendió un cigarrillo y se
dispuso a demostrar a su visitante los estragos que produce el vicio de fumar y la necesidad de mantenerse apartado de tan sucia costumbre.
La habitación que le destinaron en el hospital gustó mucho a Fred. Estaba satisfecho de hallarse en aquel cuartito blanco en el que no había cuadros ni colcha de encajes ni reinaban las criadas soñando con el cine o con otras distracciones escuchando melancólicamente los gemidos del aspirador, sin que la causa de su permanencia en el hospital fuera una enfermedad.
«En el paraíso todo debe estar tan limpio como aquí» —pensó.
Hazel se ofreció para hacerle compañía, pero él prefirió estar solo. También rechazó las flores y las lecturas amenas destinadas a proporcionar ideas alegres a los enfermos, pues sabía que unas y otras producían con frecuencia efectos opuestos.
Se le permitió desnudarse solo y subirse sin ayuda ajena a la elevada cama. Esto le satisfizo, pues había temido que una enfermera bella y joven le quitara las prendas de vestir con burlona sonrisa, haciéndole quedar ante ella como un conejo desollado.
Resuelto a sacar partido de las ventajas que le ofrecía la situación, llamaba con cuanta frecuencia le era posible a la enfermera de guardia. Hazel le quería mucho, pero nunca habría pensado en llevarle durante toda la noche zumo de frutas refrescantes, proporcionarle una almohada suplementaria, taparle cada vez que el embozo dejaba al descubierto sus hombros o su espalda y escuchar con interés sus chistes más antiguos.
Pensó en que era comodísimo tener la perilla de un timbre al alcance de la mano… Hubiera hecho instalar un timbre en su habitación, pero sabía que la doncella acogería esta innovación con poco entusiasmo.
Había oído decir que, durante la prueba de metabolismo, el paciente respiraba con dificultad y se había propuesto pensar en ello durante toda la noche para disponerse a sufrir la penosa prueba, pero como sus habituales preocupaciones: «¿Llamará tarde Howard?» y «¿A qué hora volverá Sara?», no le enervaban, olvidó que sufría insomnios y a las diez durmióse profundamente.
Cuando despertó era ya de día. Una encantadora joven entró en la habitación empujando un aparato que parecía un mortero de trinchera barnizado, para uso de príncipes reales.
—Esta señorita es la especialista —presentó la enfermera con la voz dulce y cariñosa que se emplea para dirigirse a niños, pobres de espíritu y
enfermos.
Fred no tuvo tiempo más que para comprobar que la recién llegada era muy guapa y preguntarse si todas las «especialistas» lo eran tanto. La joven le cerró la nariz con un aparato parecido a una pinza de las que se utilizan para tender la ropa, le introdujo un tubo de goma en la boca y le ordenó que respirara. Fred vio que la respiración hacía subir y bajar un flotador en el «mortero de trinchera» y aunque esto le impresionó un poco, decidió ser galante. Respiraba poniendo en acción cuantos músculos podían ayudarle en la tarea y, por tanto, su función era laboriosa; pero pronto se dio cuenta de que la complicaba inútilmente, por lo que, renunciando a la galantería, dejó de luchar. Inmediatamente, su respiración se hizo tan normal como si se hallara en la cima de una colina y no tuviera la nariz aprisionada por la pinza y la boca ocupada por el tubo.
—¡Muy bien! —exclamó la especialista—. ¡Qué buen enfermo es usted!
Fred situó mentalmente esta muestra de satisfacción junto a otras distinciones honoríficas con que le habían distinguido a lo largo de su vida, como por ejemplo: la carta del director de la Dupleix Company, en cuyos párrafos le decía que su reputación era la más brillante de la región este; el certificado de un profesor de golf atestiguando que tenía un swing muy correcto; el murmullo de las palabras de una Hazel muy joven, agradeciéndole que se hubiera mostrado «tan cortés» con su padre; su nombramiento por elección de vicepresidente del Booster Club, y las palabras pronunciadas por su profesor de literatura en Truxon para decirle que su disertación sobre el carácter de Porcia, «no estaba del todo mal».
Aun gozaba de la emoción que le había producido el nuevo elogio, cuando la «especialista» le cogió con ternura la mano y, con repentina ferocidad, clavó en uno de sus dedos una aguja.
—¡Ay! —gritó Fred.
Al cabo de un momento ya no le dolía el pinchazo, pero seguía considerando censurable el procedimiento. Luego, se durmió antes de que pudiera darse cuenta de lo que le sucedía.
Abrió los ojos ante un plato de huevos con jamón. El doctor Kammerking estaba junto a él. Su expresión era más suspicaz que nunca y declaró en tono de reproche:
—Yo diría que no tienes nada…
Cuando Sara comunicó triunfalmente a los suyos el resultado del análisis, Sara le preguntó:
—¿Te han examinado la dentadura y las amígdalas?
XXXII
FRED estaba jugando al poker en casa de su amigo el abogado Appletree. La conversación seguía un cauce espiritual e íntimo.
—Paso.
—¿Qué haces con las cartas? ¿Las guardas para tus nietos?
Entretanto, en la casa de la avenida Fenimore Cooper se celebraba un consejo de familia. Hazel, Sara, Howard, Anabel y el doctor Kammerking se habían reunido en el salón, adoptando la postura más cómoda que les fue posible al sentarse en los incómodos sillones «Luis XV».
Sara empegó la conversación diciendo:
—Tal vez digáis que siempre considero las cosas desde un punto de vista trágico, pero creo que la situación debe ser estudiada cuidadosamente. No pienso que papá esté loco; pero tiene ideas muy extrañas y se dispone a hacer cosas que más adelante será el primero en lamentar.
—Al grano, hija mía —intervino Hazel—. ¿Qué es lo que te parece tan extraño?
—Su proyecto de marcharse y ser una especie de John Rustin, para visitar Europa y estudiar las manifestaciones del Arte. Papá es el hombre más serio y firme del mundo, o, por lo menos, lo ha sido hasta ahora; incluso tú, mamá, has de admitir que no será nunca más que un tendero desprovisto de imaginación. Cuantos le amamos, tenemos la obligación de impedir que se ponga en ridículo.
Este principio provocó diversas reacciones.
—¡Papá es el único de todos nosotros que tiene imaginación! — exclamó Anabel.
—Lo que dice Sara es cierto —observó Howard.
—¡Nunca ha dicho que se propusiera recorrer Europa como John Ruskin! —protestó Hazel.
—¡Confieso que su euforia me pone en un brete! —declaró el doctor Kammerking.
—¿Su qué? —preguntó Anabel—. ¿Eso de la eu… como sea, es algo que preparan en la farmacia y que se ha de tomar tres veces al día antes de las comidas?
—Euforia quiere decir alegre disposición de ánimo y sensación de bienestar —explicó el médico,
Y añadió en tono de censura;
—No dejo de preguntarme qué es lo que motiva la alegría de Fred y qué es lo que le parece tan divertido.
Sara volvió a tomar la palabra:
—Yo no quiero ser alarmista y supongo que papá goza de buena salud. Sin embargo, vosotros sabéis tan bien como yo que ciertos hombres, los cuales han sido durante muchos años padres de familia ejemplares, abandonan de pronto —y precisamente a la edad de papá— el camino recto para jugar y hacer la corte a las mujeres, abandonando sus hogares.
—La generación de los «Todo para mí» —murmuró Anabel.
—Evidentemente —continuó Sara— la Agencia Triumph no va mal; pero ya sabéis lo que sucede en una empresa, aunque sea próspera, si el que la dirige no cumple celosamente con su deber. Que yo sepa, nosotros no podemos contar más que con un seguro de vida de cincuenta mil dólares contratado por papá. Fijaos bien en que no quiero vivir a costa suya. Pertenezco a la nueva generación femenina que quiere vivir su vida y forjarse por sí misma su destino; sin embargo, papá debe ayudarme a fundar la empresa que proyecto. No es culpa mía carecer de dinero y experiencia para hacerlo sin su ayuda y no estoy dispuesta a permitir que papá me deje fracasar. Como nosotros somos los únicos que pueden influir en las decisiones de papá, podemos impedir que haga una tontería, uniéndonos. Además, no hay que olvidar la carrera de Howard y la vida del hijo que va a tener pronto Anabel.
—¿Es cierto que tu carrera se interrumpiría si tu padre se marcha? — preguntó Anabel en voz baja.
—Cállate —repuso Howard.
—¿Perteneces también a la nueva generación de hombres que quieren forjar su destino sin ayuda de manos extrañas?
—Estoy convencida —prosiguió Sara— de que el doctor Kammerking me apoyará si digo que el psicoanálisis ha progresado tanto actualmente
que permite curar un «esguince cerebral», si tal imagen puede ser empleada, con la misma facilidad que si se tratara de un esguince de la muñeca. Casualmente conozco a un eminente psicoanalista, el doctor George Janissary, cuyos clientes sienten por él un respeto lindante con la veneración. Estos clientes no son histéricas solteronas, sino agentes de Cambio y Bolsa, ingenieros, profesores e, incluso, médicos. Muchos acuden a su consultorio todos los años…
—¡Si me hubiera fracturado un tobillo —dijo Anabel— y tuviera que ir cada año al médico que redujo la fractura, diría que es un perfecto ignorante!
—¡Por lo que más quieras, Anabel, no bromees cuando hablamos de cosas serias! —exclamó Sara.
—La generación de los «Todo para mí» —suspiró Anabel.
—Cuando estuve en Nueva York la última vez, hace pocos días — prosiguió Sara—, visité al doctor Janissary y le expuse el caso de papá. Me dijo que no era nada importante y que podía curarle fácilmente.
Hazel, que a pesar de su desaprobación evidente había guardado silencio hasta aquel momento, intervino:
—¿Janissary hizo el diagnóstico basándose únicamente en tus palabras?
—Mamá, una joven que vive con su padre, debe ser capaz de describir minuciosa y fielmente su estado, por poca inteligencia que tenga.
—Por poca… —murmuró Anabel.
—No tengo seguridad absoluta —repuso Hazel— de que bayas descrito fielmente el estado de tu padre. Yo no creo que esté enfermo y añadiré que nunca me ha parecido tan sano espiritualmente.
—Reconocerás, sin embargo, mamá, que ningún daño puede provenirle si Janissary le reconoce. ¿Te satisfizo que Kammerking le visitara?
—Sí… Sí… Desde luego…
—Y usted, doctor, ¿qué opina? —preguntó Sara. Kammerking repuso prudentemente:
—¡Dios mío! Yo no creo que un reconocimiento de Janissary pueda serle perjudicial; aunque, por otra parte, no creo que haya necesidad de…
—No tengo una confianza ciega en ese psicoanalista —dijo Hazel—. No soy tan ignorante del progreso como crees, Sara, y sé que el psicoanálisis ha sido beneficioso para muchos enfermos; pero, a pesar de
todo, sus procedimientos aún no se han extendido mucho y es preciso saber si el médico que los emplea es honrado o no. Me han dicho que muchas mujeres norteamericanas han caído en Europa bajo las garras de psicoanalistas que les han sacado grandes sumas de dinero a cambio de historias que servirían para hacer dormir a los niños del mundo entero.
¿Qué pasaría si tu padre cayera en manos de un charlatán?
—Los extranjeros son, con frecuencia, ladrones —repuso Sara—; pero el doctor Janissary es un auténtico norteamericano. Habla cinco idiomas, le gusta pescar truchas…
—Esa última afición me complace mucho… —dijo el doctor Kammerking.
XXXIII
FRED se envaneció mucho cuando Sara le rogó que la acompañara a Nueva York, donde tenía que hacer diversas compras para los almacenes Swazey & Lindbeck y no sospechó nada cuando Sara le dijo que su opinión tendría un gran valor al elegir mesas de billar y de naipes, bares para pisos y parrillas especiales para asar costillas de cordero, que entonces gozaban de gran aceptación en Sachem Falls. Fred se proponía mostrar a su hija cosas tan importantes como la manera con que procede un comerciante al comprar y los mejores restaurantes de Nueva York.
En el tren, Sara elogió de tal forma el buen gusto de su padre, que al recordar los brazos de los sillones «Luis XV» a los que había sido llevado a traición, Fred empezó a sentir cierta desconfianza. Sin embargo, en Nueva York se sintió contagiado por la trepidante música de Kiss me quiete y experimentó un entusiasmo verdaderamente juvenil a la vista de los cafés italianos y de los Souvenirs de las avenidas parisienses, que no había visto nunca. Así olvidó sus prevenciones y confió en su hija como si no estuviera emparentada con él.
También la siguió sin hacer resistencia cuando al día siguiente de su llegada a Nueva York propuso:
—¿Quieres venir conmigo? Te presentaré a un hombre muy agradable.
El taxi se detuvo ante un inmueble de up-town, en cuya puerta anunciaba una sobria placa que la clínica del doctor Janissary ocupaba los pisos siete al diez y la terraza. Sin embargo, Fred continuaba dando pruebas de gran credulidad. Creía que Sara le llevaba a casa de un simpático amigo suyo al que debió de conocer durante su permanencia en la benéfica institución donde trabajara años atrás, o en los almacenes de Swazey & Lindbeck. ¿Estaría casado el hombre a quien iban a visitar? Seguramente. ¿Tendría un piso decorado con buen gusto? Sin duda. ¿Les ofrecería un combinado y él, Fred, lo tomaría a pesar de que la hora no resultaba muy propicia? Probablemente…
A pesar de estas conjeturas, la estancia en que Fred y su hija entraron no evocaba al amigo simpático ni al piso decorado con buen gusto y ni siquiera al combinado. El recibidor parecíase a un vestíbulo señorial de North Riding, a quirófano y al salón de un instituto de belleza de Hollywood. Junto a una gran chimenea de estilo Tudor, había dos sillones de encina. En un rincón, sentada ante una mesa esmaltada de blanco y cubierta con un cristal, estaba una joven vestida de enfermera, cuya voz era dulce y suave como los vapores del éter.
—Su nombre, por favor —solicitó.
—¿Qué diablo hacemos aquí? —preguntó Fred comprendiendo al fin que había caído en una emboscada.
—Quiero presentarte al doctor Janissary, el famoso psicoanalista. Es un hombre de relevantes méritos. Te gustará conocerle.
—Lo dudo. Su casa no parece provocar olas de simpatía…
¿Psicoanalista, dices? ¿Se dedica a trastornos mentales?
—Sabes que los psiquiatras son médicos de valía…
—Para curar a los enfermos, sí; pero yo no les necesito… como tampoco me hacen falta los quiromantes o los aviadores en este momento…
Discutieron animadamente durante diez minutos. Sara afirmaba que de vez en cuando es conveniente consultar a un psicoanalista para descubrir las fobias, actos paranoicos, reacciones esquizofrénicas y obsesiones, que se hubieran alojado en el espíritu durante la semana anterior. Fred objetaba que, según su propia experiencia, no ha de permitirse que un mecánico manipule un carburador si éste funciona bien. Fred ignoraba que en la clínica de un psicoanalista, el único que tenía derecho a decir «según mi experiencia» era el médico.
Luego, fueron recibidos por el amable George Carlyon Janissary B. A.,
M. A., M. D., L. H. D., y Fred, que esperaba hallarse ante un brujo vestido con un manto constelado de estrellas rojas y cubierto con un gorro puntiagudo, respiró tranquilizado.
El doctor Janissary, era alto, de aspecto deportivo y jovial. Llevaba bigote, rubio por cierto, tenía las manos bronceadas por el sol y voz de barítono. Olía a jabón caro, tabaco de lujo y zarzales.
—No sé exactamente por qué ha venido, señor Cornplaw —dijo—. La señorita Sara considera que yo puedo darle un buen consejo relacionado con su propósito de abandonar la vida comercial —excelente idea, por otra
parte—, de la misma forma que usted podría asesorarme perfectamente si me propusiera comprar un automóvil.
Esto era muy espiritual. Fred sonrió, Sara hizo lo mismo y el doctor Janissary sonrió dos veces más que sus visitantes. Sin embargo, el tono de su voz se hizo más severo cuando cogió un montón de fichas y preguntó:
—¿En qué fecha nació? ¿Qué profesión tenían su padre, su abuelo y el abuelo materno de su padre? ¿Sus padres y abuelos eran ricos, acomodados o pobres? ¿Cuál es su ambición en la vida? ¿Cree tener un carácter apasionado o frío? ¿Tiene ocupaciones distintas a las de su profesión o un interés distinto al de ganarse la vida y mantener a su familia?
Hasta la última pregunta que consignamos, Fred estaba excesivamente impresionado para hacer algo más que contestar sin preocuparse mucho de la exactitud de las respuestas; pero apenas se recobró un poco preguntó:
—¿Qué quiere decir todo eso? ¿Sara, prometiste al doctor que yo disertaría sobre mi vida y mis aventuras? ¿Quién pagará a quién?
Janissary no consideró divertida esta interrupción y Fred no estaba muy seguro de que le hubiera gustado. El médico prosiguió gravemente:
—Señor Cornplaw, según lo que me ha dicho su hija y teniendo en cuenta lo que yo mismo he observado, es evidente que su estado deja mucho que desear. No es grave su anormalidad y puede ser fácilmente curada por medio de un tratamiento psicobiológico de reeducación. Por tanto, no se alarme.
—No tengo ni sombra de alarma…
—Es frecuente incluso entre los hombres de negocios más equilibrados y es producida por la fatiga o por las preocupaciones. Estoy convencido de que su idea fija es pasajera y que muy pronto abandonará su propósito de convertirse en explorador. Únicamente es de temer que su psicosis…
(«Mi psicosis… —pensó Fred— Que me cuelguen si permito que alguien me diga que tengo una psicosis»).
—… le arrastre a cometer extravagancias que consuman su pequeña fortuna… Evidentemente, no tengo la seguridad de que usted esté dispuesto a recurrir a nuestros modestos conocimientos. Permítame, de todas formas, que le muestre mi instalación.
Fred no sabía si enfadarse o soltar la carcajada. Optó por seguir a Jannissary a través de los cuatro pisos y la terraza que ocupaba su clínica. Las habitaciones eran pequeñas, pero bastante alegres y las ventanas no
tenían barrotes. En los pasillos flotaba un penetrante olor a productos farmacéuticos y, en uno de ellos, montaba la guardia un enfermero alto y robusto, con melancólica flema; vestía una blusa cuyas cortas mangas permitían ver unos brazos muy musculados y limpios.
Una gran sala estaba destinada a los trabajos manuales, llamados por Janissary «Laboroterapia», por Kammerking «distracción» y por Fred — que no era doctor en medicina— «destreza». En aquel taller podían hacerse cestos, muebles y labores de punto. Fred quedó asombrado al ver que esta última ocupación motivaba la actividad de un anciano cuya respetabilidad era aumentada por una barba blanca.
Cuando Fred interrogó al doctor Janissary sobre el motivo de que aquel señor trabajara con tanta aplicación con las agujas, el psicoanalista le respondió:
—Las labores de punto son muy sedantes. El año pasado, un ex senador de los Estados Unidos hizo aquí una bufanda para su señora.
—¿Y qué hizo la señora con el regalo? —preguntó Fred—. ¿Se lo regaló a un amiguito a sueldo o lo envió al Ejército de la Salud?
Viendo la entristecida expresión de su hija y las crispadas facciones del doctor, comprendió que sus intervenciones eran muy desagradables y que no debía importunar a los espíritus distinguidos con sus groseras bromas norteamericanas.
Fred deseaba preguntar también si los hombres se curaban haciendo punto o eran recluidos porque la afición a tales labores era la prueba de su manía; pero no se atrevió.
En la terraza, llamada por el doctor Janissary «Jardín de recreo», Fred recobró su mal humor.
«Como jardín deja bastante que desear» —pensó.
En la terraza podían admirarse algunas sillas plegables abandonadas bajo el sol de diciembre, unas paralelas y una alta reja que rodeaba por completo el «jardín». Desde allí se veía un gran café emplazado frente al edificio en que radicaba la clínica y la bahía de Hudson a lo lejos. Sin poder evitar esta nueva muestra de su agrio humor, Fred preguntó:
—¿Para qué sirve la verja? ¿La pusieron para que los enfermos no se diviertan tirándose a la calle desde aquí?
Janissary no contestó, pero dirigió a Sara una mirada tan extraña que Fred tuvo una inexplicable sensación de incomodidad. Miró a su alrededor buscando algo agradable que comentar y vio que el enfermero, con los
brazos cruzados, se hallaba tras él. El empleado no les había seguido; el hombre subió a la terraza creyendo que nadie había en ella, para fumar un cigarrillo contraviniendo el reglamento; pero Fred ignoraba este pormenor y experimentó verdadero espanto.
Mientras regresaban al gabinete de consulta, Sara dijo en un tono maternal y afectuoso que exasperó a su padre:
—¿No te parece que es un rinconcito encantador para tomar el sol y el aire?
Aun bajo los efectos de su emoción, Fred únicamente tuvo fuerzas para responder:
—¡Encantador!…
No recobró del todo el uso de la palabra hasta que llegó al despacho del médico.
—Me satisface mucho haber visitado su clínica, doctor. Estoy firmemente convencido de que puede curar muchos trastornos mentales, pero supongo que no puede clasificarme entre los orates… Vamos, Sara…
Pero Janissary no quiso dejarle marchar tan pronto.
—No creo que tenga usted razón, señor Cornplaw, al decir que no podemos hacer nada por usted —dijo amablemente—; lo que procuramos, ante todo, es permitir que nuestros clientes vean con claridad sus características espirituales. ¡Hay tantas personas que, por así decirlo, tienen «lagunas» en su visión espiritual…!
A pesar de que, en su creencia, ninguna ley podía obligarle a permanecer contra su voluntad en la clínica de Janissary, Fred tenía la impresión de que dos enfermeros se hallaban tras él dispuestos a reducirle por la fuerza. A pesar de ello, aun pudo bromear:
—¿Y usted, doctor, tiene también «lagunas»?
Le sorprendió que el médico no se abalanzara sobre él para castigar su impertinencia, sino que respondiera tras un momento de vacilación:
—Quizá…
—Entonces —prosiguió Fred—, estamos en paz.
Sin embargo, Fred, interiormente, se reprochaba su ligereza: «¿Por qué, amigo Fred, no has de comportarte seriamente en presencia de estos espíritus selectos y por qué les hablas como a Cal Tillery?».
Janissary quiso replicar, pero Fred continuó:
—Supongo que ni Sara ni usted imaginan que voy a dejarme encerrar y toleraré que se hagan sobre mí experiencias de psicoterapia constructiva,
como ustedes le llaman.
El doctor no contestó con tanta calma como podía esperarse de un apóstol de la serenidad:
—No hay duda de que los trastornos que usted sufre se deben a un estado tóxico provocado por el abuso del tabaco, del café y de las bebidas alcohólicas. Contrariamente a lo que se supone, es imposible que uno mismo se cure gracias a un esfuerzo de voluntad; es preciso recurrir a diestros especialistas.
—¿Nadie, absolutamente nadie, puede curarse por medio de un esfuerzo de su voluntad? —insistió Fred.
—Naturalmente, hay excepciones.
—Pues bien: soy una de esas excepciones. Es posible que haya muchas más de las que usted calcula, porque los individuos normales consideran muy natural tener preocupaciones y usted no trata con muchos que merezcan el calificativo de normales… Vámonos, Sara…
—Al despedirme de usted, permita que le diga, señor Cornplaw, que, hasta cierto punto, estoy de acuerdo con su diagnóstico.
—¿Y en qué reside la divergencia?
—No aceptaré el tratamiento de su caso, más que si tengo plena autoridad. No querrá concedérmela, seguramente, porque usted cree, como casi todos los enfermos, que sus conocimientos igualan a los del médico. En pocas palabras: es preciso que permanezca bajo mi vigilancia durante seis meses.
—¡Seis me… vámonos, Sara…!
Se fue sin volver la cabeza. En el vestíbulo, la enfermera dijo con afectuosa sonrisa:
—La consulta son cien dólares; si no les molesta, el doctor prefiere que los clientes nuevos paguen al contado.
Fred sonrió y aquélla fue la última sonrisa que alegró sus labios aquel
día.
—Pagará esta señorita. Ella ha traído al cliente… el pobre no puede
pagar porque tiene una psicosis.
Ya en la calle, Fred dijo a Sara:
—No censuro al doctor Janissary, sino a ti y a tus estúpidas ideas. Coge un taxi y vuelve al hotel. Yo iré andando. No te veré ya en Nueva York, porque regreso a Sachem en el tren de las doce. ¡Hasta la vista!
XXXIV
EN el mismo departamento del tren que llevaba a Fred hacia Sachem Falls, viajaba un orador célebre que procuraba matar el tiempo examinando a sus compañeros de viaje. No concedió más que una rápida ojeada a Fred Cornplaw, porque aquel hombre de corta estatura, pequeña y redonda cabeza, manos gordezuelas y mirada quieta, que golpeaba maquinalmente con los dedos la portada de una revista, era, simplemente, a su juicio, un tendero insignificante, desprovisto de imaginación y demasiado preso en la rutina para experimentar románticos dolores o alcanzar grandes triunfos. No podía, por tanto, merecer la atención de un afamado charlista que antes de ocho horas había de explicar ante un selecto auditorio lo agradable que sería la vida si se «supieran abrir los ojos».
A pesar del despectivo juicio del orador, en el espíritu del «tendero
insignificante» hervían tumultuosos pensamientos. Había oído decir que personas completamente sanas de juicio, habían sido recluidas por la fuerza en clínicas llamadas de «Enfermedades nerviosas» —que, en realidad, eran verdaderos asilos de alienados—, por parientes ambiciosos o simplemente incomprensivos. Cuanto más protestaban los infelices, mayor juicio de peligrosidad merecían, así que acababan por creer que estaban verdaderamente locos.
Fred ignoraba si cosas semejantes habían acaecido alguna vez. Creía que si se negaba a seguir siendo una máquina de hacer dinero no habían de considerarle loco; en este sentido tenía confianza en la ayuda de Hazel y Anabel, y tenía pruebas de amistad suficientes para contar también con Walter Lindbeck, el doctor Kammerking y el abogado Appletree; pero no ignoraba la influencia que podía ejercer sobre su círculo de amistades una persona animada por una idea invariable.
¿Lograría Sara convencer a su familia y a sus amigos?
Fred estaba convencido —aunque tal vez se equivocaba— de que si residía una sola semana en la clínica del doctor Janissary, donde sacarían a
la luz del día los secretos que ocultan todas las almas, caería verdaderamente enfermo. Posiblemente no llegaría a conocer las camisas de fuerza y las celdas destinadas a los locos furiosos; pero los continuos cuidados, la incesante vigilancia y la piedad fingida, podían ejercer sobre su mente un efecto altamente destructivo.
Fred sabía que ciertos ambientes tenían sobre los hombres una influencia extraña. Hombres absolutamente normales, buenos comerciantes y excelentes padres de familia, se transformaban al ingresar en el Ejército en soldados estúpidos, ineptos e incluso cobardes, mereciendo el desprecio de cualquier sargento. ¿Obtendríase un resultado análogo en una clínica como la del doctor Janissary?
Gracias a un esfuerzo de su voluntad, Fred alejó las negras ideas que le asaltaban. Abrió la revista, leyó algunos párrafos, volvió a cerrarla y empezó a pensar en el porvenir, y aunque absorto en el esbozo de los proyectos que imaginaba, percibía con fidelidad todos los ruidos, imágenes y olores que le rodeaban. Era tan sensible en aquellos momentos a estas sensaciones, como el día en que por primera vez se acercó al mundo en su juventud considerando cuanto en él se hallaba prometedor, terrible y magnífico. (Janissary, seguramente, habría sonreído calificándole inmediatamente de hipomaníaco). El vagón Pullman no le parecía semejante a los que utilizaba cuarenta veces al año; percibía el olor del terciopelo y la pana con que estaban tapizados los asientos, el de su maleta, el de los guantes lavados con bencina que calzaba su vecina y el del aire viciado del pasillo. Oía claramente el ruido cadencioso de las ruedas y el producido por las cadenas tendidas entre uno y otro vagón. Tenía la garganta seca y mentalmente gustaba las delicias de un vaso de agua en el que se hubiera derretido lentamente un trozo de hielo y que se hallara en el grado justo de frescura para agradar.
Su mirada se fijaba en los pasajeros, lo cual no acostumbraba a hacer.
Detestaba al hombre de pelo rizado y cara apergaminada, que aseguraba sus lentes por medio de un cordoncito (era, precisamente, el aplaudido charlista); por el contrario, le gustó mucho una señora que tenía una expresión dulcísima y que estaba plácidamente sentada con las manos sobre las rodillas. El viajero narizotas que se hallaba en el extremo opuesto del vagón le inquietaba; ¿acaso era un espía enviado por su hija para que siguiera sus pasos? ¿Por qué no apartaba los ojos de él? ¡Que el diablo le lleve!
En una estación, Fred oyó la melodía Corning Round the Mountain, transmitida por la radio, y sus notas tiernas y lánguidas casi le hicieron derramar lágrimas.
«Esta sensiblería es ridícula» —pensó burlándose de sí mismo.
A pesar de su reacción, la suave música evocó los recuerdos sentimentales de Fred: las campanas de una iglesia lanzando sus sones a la transparente atmósfera de una mañana del mes de junio; un grupo de chiquillos jugando en el prado; la puesta del sol reflejándose en un lago; el hotelito William Tylor Longwhale y Hazel limpiando espejos.
Dióse cuenta de que una nueva vida y que no era solamente un hombre de negocios, es decir, un traje sentado ante una mesa de trabajo. Dábase cuenta de que su alma despertaba y que se iba haciendo diferente a las demás. Esta comprobación le llenó de alegría.
«¿Por qué no tendré tanta conciencia de mi valía como Napoleón, San Francisco y Felipe Sidney, de sus valores espirituales?» —se preguntó—.
«Quizá su grandeza se debió en parte a su deseo de no ser bobos».
No había de vivir más que una vez y aun le quedaban, como máximo, treinta años para ver todas las colinas, montañas, costas y ríos. Debía darse prisa, para verlo todo con ojos mortales. Quizá le fuera posible pasear por los Campos Elíseos…
Llegó a Sachem Falls alrededor de las cuatro. Sin anunciar su llegada, se dirigió inmediatamente al despacho, cortó los saludos un poco asombrados de sus empleados y llamó a Popple.
—Primero, envíeme a Cal y Mac Tillery. Cuando haya hablado con ellos, págueles un mes de sueldo y preocúpese personalmente de que se vayan enseguida de la Agencia. Espere luego aquí a que yo le llame por teléfono. Tengo que hacer varias cosas fuera del despacho y le llamaré a las seis o, tal vez, más tarde. ¡Andando!…
Cal y Mac se presentaron confiados y burlones como de costumbre.
—Os despido —dijo Fred—. No servís para nada.
—Hace mal separándose de nosotros, primo Freddy —replicó Cal—. Trabajamos con mucho interés en su casa, pero, entre nosotros, sus bañeras no valen gran cosa.
—No tengo intención de discutir con vosotros; me limito a expulsaros de mi casa. Sé perfectamente que sois parientes míos, pero Caín también era pariente de Abel. Sois unos campesinos a quienes la ciudad ha hecho perder el juicio. El trabajo no es para vosotros más que una lucha contra
vuestro patrono. Cada minuto de trabajo que podéis robarle, lo consideráis un trofeo de victoria. No habéis imaginado nunca que entre vosotros y el patrono para quien os dignáis trabajar pueda haber algo más que odio. Podéis escribirle una carta a vuestro padre diciéndole que os despido. Si viene a decirme: «Tú no puedes permitir que tus primos mueran de hambre», le contestaré: «Si se trata de primos semejantes, sí». ¡Y ahora, ahuecad el ala!
Cal y Mac desaparecieron.
«Ignoro el tiempo que durará este acceso de energía» —murmuró Fred
—; «pero lo aprovecharé para actuar con rapidez. ¡Qué asombroso es ese doctor Janissary: ha bastado una hora de conversación con él para transformar completamente mi personalidad!».
Llamó por teléfono a Hazel, al abogado Appletree, a una agencia de viajes de Sachem Falls y a otra de Boston. A su mujer, que estaba en casa de la modista, le dijo:
—Nos encontraremos en casa dentro de media hora. He de comunicarte una decisión trascendental.
Salió del despacho sin volver una sola vez la cabeza. En el taxi que tomó para dirigirse a su domicilio, repetía continuamente, sin darse cuenta, cierto pasaje de un poema que elogiaba el encanto de los viajes.
Dióse cuenta por fin de lo que recitaba y murmuró sin bromear:
—¡Vamos, viejo Freddy, turista empedernido! Recuerda al plantador de té que hallaste en el bar del Shanghai Club y el día en que remontaste la corriente del Wing-Wang-Wong tripulando un catamaran… Bueno,
¿qué es un catamaran?
Hazel le esperaba. Abrazóle plácidamente y dijo:
—Howard acaba de llamar por teléfono. No he comprendido bien lo que deseaba; ha dicho que Sara le había llamado desde Nueva York: parece ser que habéis visitado juntos a un médico y Sara sugiere que habiendo sido tal doctor muy de tu agrado, le invitemos a que te visite otra vez en Sachem. ¿Qué significa todo eso? ¿Estás enfermo?
—Todo lo contrario. Significa que estoy curado… No quiero perder tiempo contándote el proceso de mi curación. Basta con que sepas esto: Sara está decidida a impedir por todos los medios a su alcance que me retire de los negocios o disfrute de largas vacaciones.
—No se me ocurre cómo puede oponerse.
—A mí tampoco; pero Sara tiene mucha voluntad y es muy enérgica. Si lo pones en duda, fíjate en ese salón que ha entrado aquí, no sé cómo, te lo juro… Hazel, me voy a Europa.
—¿Qué?
—Esta misma noche. Quiero…
—¿Esta noche?
—… que vengas conmigo. No puedo perder minutos que tienen ahora un valor inestimable, para explicarte los motivos que me han impulsado a tomar súbitamente esta decisión. Supongamos que me distrae: es la mejor explicación que puede darse. Me voy esta noche. ¿Estás conmigo o contra mí?
—Pero…
—¿Qué contestas?
—Claro… Naturalmente… Pero… Me gustaría mucho ir a Europa contigo; pero esta noche… es una locura…
—Estoy conforme contigo en que es una locura. Estoy loco, pues al parecer, estar loco o ser muy serio es lo mismo. ¿Vienes conmigo?
—Necesito un par de semanas por lo menos para preparar el viaje.
—¿Qué has de preparar?
—Trajes, vestidos…
—Te sorprenderá mucho lo que voy a decirte, pero te aseguro que también venden trajes y vestidos en Europa. Incluso hallarás cepillos de dientes.
—¿Pero por qué tanta prisa?
—Porque Sara y Howard impedirán que nos vayamos… o nuestra huida, como quieras llamar a este viaje. Esgrimirán tantos argumentos para demostrarnos que nuestro deber es quedarnos en Sachem Falls y alimentarles, que durante veinte años más tendré que seguir trabajando para labrarles una «posición»…
—Pero si queremos irnos, no pueden retenernos por la fuerza.
—Claro está que no van a encadenarnos; pero nuestra hija se burlará tanto de nuestro proyecto, que perderemos el deseo de viajar, como sucedió en William Tylor Longwhalc, cuando estropeó nuestra segunda luna de miel. Nos demostrará que somos viejos reumáticos si deseamos hacer algo más que permanecer en casa y hacer ganchillo.
—¿Ganchillo?
—Yo me entiendo… O nos vamos esta noche sin que ellos se enteren o no lograremos irnos nunca… Yo me voy. ¿Me acompañas? ¿Eres mi esposa?
—Creo que sí, Fred… ¿A qué hora salimos?
—Poco antes de medianoche.
—Bien; voy a preparar las maletas. ¿Quieres llevarte ropa interior de invierno?
—Sí… No… No sé… Coge lo que quieras y si Howard llama por teléfono mándale a paseo.
Fred se presentó en casa de Appletree y dijo:
—No tenemos tiempo de cenar. Vamos a comer un bocadillo y manos a la obra.
A pesar de sus vehementes protestas, el ahogado hubo de resignarse. Poco después, el cajero del Banco, a quien Fred había llamado por teléfono y que más indignado aún que Appletree preguntó a qué se debía tanta «precipitación», entregó a Fred dos mil quinientos dólares en Travellers Cheques.
Cuando Popple, que se había encargado de revisar y engrasar el coche de Fred, llegó, el director de la Agencia Triumph dijo:
— Empezaré por deciros que he tomado ya la determinación de marcharme y que es inútil discutir. Paul, usted dirigirá la Agencia. Edward, redacta un documento en el que consten estas condiciones: percibirá su sueldo actual, más el quince por ciento de los beneficios; el resto del dinero debe ser depositado a mi nombre en la Grangers National. Tú, Appletree, me substituirás en todo lo que se refiere a mi casa y a los míos. Redacta, pues, otro documento en ese sentido. Mañana, entregarás quinientos dólares a Howard y otros tantos a Sara. Todos los meses les entregarás mil dólares a cada uno de ellos. Si Sara contrae matrimonio, lo cual no considero probable, no le des más que quinientos. De momento, Sara vivirá en mi casa y tú pagarás los impuestos, el salario de las sirvientas y las primas de los seguros. Te enviaré una relación de gastos. Es posible que dentro de algún tiempo te pida que alquiles la casa amueblada. Cuanto os recomiendo en este momento, es que no sigáis mi ejemplo y deseéis aprovechar la vida. Sí, sí, Edward, sé lo que vas a decirme, pero es inútil. No pierdas el tiempo. Sé que nada resulta más insensato para un respetable ciudadano que irse de pronto del lugar en que reside por la única razón de que tal es su deseo. Su deber es reflexionar
detenidamente, preparar minuciosamente su viaje y, cuando todo está listo, no marcharse…
XXXV
CUANDO Fred volvió a su casa, halló a Hazel sentada en el suelo, en el centro de la alcoba. No era difícil comprender que había empezado a preparar las maletas e interrumpido su labor. Sollozaba como un chiquillo y ni siquiera se preocupaba de secarse las lágrimas que rodaban por sus mejillas. Ante ella, estaba abierta una gran caja de cartón en la que acostumbraba a guardar todos los recuerdos de su vida. Sin decir nada, tendió a su marido la papeleta de calificación de Howard, correspondiente a su cuarto grado de estudios: «Conducta: buena. Dibujo e Idiomas: sobresaliente. Aritmética, Geografía y demás asignaturas: regular». Fred dijo sonriendo:
—Dibujaba una pequeña espiral y decía que era el humo saliendo de una chimenea; pero el trazo se parecía a todo menos al humo…
Hazel le mostró a continuación una tarjeta de doradas letras que invitaban por primera vez a Sara a un baile. Fred recordó que su hija — quince años tenía entonces Sara— llevó aquel día un vestido ridículamente corto que no disimulaba en lo más mínimo la longitud y delgadez de sus piernas, y que su pelo, también corto, se mostró rebelde al peine como el de un chico. ¡Qué buena era por aquel tiempo!
Hazel preguntó con voz entrecortada:
—¿Es… es preciso… absolutamente preciso… que nos vayamos, Fred? Son tan agradables… y nuestro único tesoro…
Fred sintió impulsos de renunciar a la realización de su proyecto. Su desesperación era la de un hombre que ha emprendido un trabajo superior a sus fuerzas. Sin embargo, repuso:
—Acaso tengas razón; pero el cariño que nuestros hijos sienten por nosotros aumentará si comprueban que somos algo más que objetos necesarios a su subsistencia.
Fred ayudó a su esposa a concluir de preparar las maletas. Habiendo resuelto no llevarse más que lo indispensable, lograron reducir el equipaje
a ocho maletas, un saco de tela de forma oblonga y varios paquetes. Más tarde no encontraron nada inútil, excepto:
Una fotografía enmarcada de Sara a los once años y otra de Howard a los cuatro;
dos fotografías de los mismos, cinco, siete y nueve años después;
el estuche de unos prismáticos, que contenía dieciséis cartuchos de caza;
un mapa de Nueva Inglaterra;
el segundo tomo de Tom Jones (ni Fred ni Hazel habían leído el primero);
una guía turística de Austria-Hungría editada en 1913; una zapatilla de piel de cocodrilo; una tableta de chocolate;
un cepillo de dientes de repuesto (Fred creía que era de Hazel y ésta que él lo necesitaba).
cuatro hojas de papel de cartas con el membrete: «Olympia Hotel, East Utica»;
un par de ligas redondas para medias de golf; un frasco de esmalte para las uñas que Hazel no utilizaba nunca;
una caja de píldoras laxantes, vacía; un magnífico impermeable transparente, de color rojo, que tenía un largo desgarrón en la espalda.
A las doce menos diez de la noche, las maletas estaban colocadas en el Triumph Special y Fred y Hazel, sentados en el asiento delantero, levantaban los ojos hacia su casa, Hazel fue la primera en decidirse.
Volvió la cabeza bruscamente y murmuró:
—Anda… Vámonos, mientras nos dura la decisión…
Hasta que el automóvil recorrió diez kilómetros no preguntó:
—¿Sabes en qué barco vamos a tomar pasaje y en qué puerto embarcaremos? Eso no tiene gran importancia ahora que hemos abandonado cuanto apreciábamos, pero puede ser interesante.
Fred había elegido Boston, porque Nueva York le pareció muy peligroso. En él se hallaban «Saras» y «Janissarys» apostados en cada esquina.
—No sé si hemos obrado justamente —repuso—; pero ya es demasiado tarde para volver atrás. Lo único interesante es saber si confías en mí.
Hazel dudó. Frotó con su dedo enguantado el asiento y repuso débilmente:
—Sí… Yo…
Boston se halla a trescientos ochenta y cinco kilómetros de Sachem Falls.
A Fred le parecía que el automóvil corría a través de un cementerio, entre dos filas de lápidas. De vez en cuando, aparecían las luces de un pueblo; pero corría tanto el coche y era tan fugaz la observación, que Fred no estaba seguro de haberlas visto. Únicamente las vibraciones de un puente bajo las ruedas del automóvil o el silbido del viento al pasar por un terraplén cortado entre dos colinas, testimoniaban a Fred que no era fantasma, sino que iba hacia una vida más agradable.
Llegaron a Albany, cuya intensa circulación les sorprendió y asustó. Fred detuvo el coche y, un poco adormilados, entraron en un bar. La amarga y caliente bebida les reconfortó.
Detuviéronse también al llegar a Pittsfield y Fred pensó en que Stonefield estaba cerca de allí, recordando el hotelito William Tylor Longwhale y el jardín en que él y Hazel habían descansado tantas veces intentando cantar Seeing Nelly home.
En el momento en que el Triumph Special se ponía nuevamente en marcha, Fred intentó tararear la melodía, pero su voz tuvo un sonido falso y se ahogó entre los cristales que cerraban las ventanillas.
Hazel permanecía silenciosa y grave; sin embargo, después de atravesar Stonefield, tocó afectuosamente el brazo de su marido. Fred, emocionado, exclamó:
—¡La ruta dorada de Samarcanda!… ¡Vamos hacia la ruta dorada…!
Poco después durmióse Hazel y él pisó a fondo el acelerador. De vez en cuando miraba el velocímetro, única mancha de luz en la noche. La aguja giraba suavemente: 85, 90, 95, 100… A la luz de los faros aparecían de pronto las colinas y Fred lanzaba hacia ellas el coche con morbosa alegría. A derecha e izquierda de la carretera extendíase la llanura. Fred creía escuchar, en pleno diciembre, el croar de las ranas. Las luces de los pueblos desaparecían tan de prisa que semejaban enjambres de luciérnagas.
Lentamente, la fatiga se apoderó de Fred. Le escocían los ojos y obrando como conductor prudente, detuvo el coche y esperó a que Hazel despertada. Entonces, le cedió el volante y apoyando la mejilla en la palma de la mano procuró dormir.
De pronto, recordó que sobre la mesa de su despacho había dejado una lista de los barcos que salían rumbo a Europa del puerto de Boston. ¿La encontrarían sus hijos y correrían a su encuentro para abrumarle con quejas y apelaciones a su sentido del deber? Tranquilizóse pensando en que no hallarían la lista antes de la mañana siguiente y como entre Boston y Sachem no había línea aérea directa, les sería imposible llegar a tiempo a Boston.
Renunciando a dormir, encendió un cigarrillo. A la débil luz de la cerilla vio que las facciones de su esposa manifestaban cansancio y que sus manos se crispaban sobre el volante. Había conducido el coche en un trayecto de ciento doce kilómetros y Fred murmuró sin demostrar la ternura que sentía:
—Descansa tú ahora.
Tras una corta incursión en Worehester, la carretera les llevó nuevamente a la «llanura de los cementerios». Llegaban a Waltham cuando las primeras luces del alba aparecieron en el cielo y Fred sintióse fuerte y alegre. Estaba ya cerca de Boston, a punto de subir al barco y de balancearse a impulsos de las heladas olas del Océano.
En los arrabales de Boston disminuyó la velocidad del automóvil y le satisfizo concluir aquella carrera a través de un gran Estado y la mitad de otro, que había durado siete horas y media.
Tomó una habitación en un hotel de Beacon Street, cuyo portero le preguntó bostezando:
—¿Quiere guardar su coche durante todo el día?
—Querría dejarlo aquí tres meses. Pagaré por adelantado.
Fred se dio cuenta de que había suspirado al pronunciar estas palabras y de que estaba acariciando con ternura la tibia cubierta del motor.
¿Tendría ocasión de conducir otra vez un Triumph?
*
Después de dormir durante dos horas, Fred fue a la agencia de viajes con la que había hablado por teléfono desde Sachem Falls y tomó dos pasajes para «Constantinopla». Aquel mismo día zarpaba el Aranjuna Queen, un cargo que admitía veinte pasajeros y que haría escala en los puertos de la Mancha, Lisboa, Gibraltar y el Mediterráneo. Luego, visitó
tímidamente los diversos consulados para solicitar las autorizaciones de paso reglamentarias para Gran Bretaña, Portugal, Yugoeslavia y otros países cuyos nombres le parecían igualmente mágicos e irreales. Compró un libro titulado «Guía de bolsillo para Europa» y un pequeño tomavistas cinematográfico con el que se proponía fotografiar a su esposa andando al pie de las Pirámides, dando cañamones a las palomas de la Plaza de San Marcos y pescando en los fiordos noruegos. Regresó al hotel, comprando antes seis rosas de invierno para Hazel, por las que le cobraron un precio muy elevado. Entonces supo que Hazel, muy fatigada por el viaje, había dormido hasta el mediodía, pero que en aquel momento ya estaba preparada para salir.
A las dos de la tarde, Fred y su esposa se hallaban en la cubierta del Aranjuna Queen y Fred se dio cuenta de lo equivocado que estaba al suponer que un cargo se destina únicamente al transporte de mercancías.
Acodados en la barandilla, ambos miraban hacia el muelle, lleno de cajas y paquetes. El capitán gritó desde la pasarela dirigiéndose al primer oficial, que estaba a proa:
—¡Largad amarras!
Y el contramaestre aulló:
—¡Subid la escala!
Hazel se apoyó en el brazo de su marido.
—La escala es el último vínculo que nos une a tierra —dijo—; dentro de un instante será demasiado tarde.
—Sí, demasiado tarde…
La escala cayó con ruido sordo sobre el puente.
El capitán gritó dirigiéndose al tercer oficial que estalla de pie cerca de las bocinas que comunicaban con la sala de máquinas:
—Atrás, lentamente…
Era increíble, pero el barco se movía y, por vez primera, Hazel y Fred abandonaban la tierra firme para dirigirse hacia lo desconocido. Muy cerca uno de otro, como niños que quisieran tranquilizarse mutuamente, escucharon la llamada de la sirena que se transformó en mugido ensordecedor. De pronto, vieron a una mujer y a un hombre que corrían por el muelle agitando los brazos.
—¡Dios mío! —exclamó Fred—. ¡Howard y Anabel!… ¿Pueden hacernos volver atrás? ¡No; afortunadamente es demasiado tarde!
La joven pareja corría cerca del borde del muelle. Cuando la sirena dejó de sonar, oyeron la llorosa voz de Anabel que gritaba:
—¡Llevadme con vosotros! ¡Llevadme con vosotros, por favor!
Hazel sollozaba. El barco vibraba ya por la acción de las máquinas y su velocidad aumentaba gradualmente.
Howard hacía gestos de desesperación; pero viendo que el espacio que le separaba del barco aumentaba cada vez más, dejó de hacer aspavientos y el llanto contrajo sus facciones.
—Pobre pequeño… mi pobre pequeño —gemía Hazel—. Le abandonamos… ¡Es tan joven aún!… ¡No está preparado para luchar con la vida!…
El Aranjuna Queen se acercaba al límite del puerto y, una vez más, el sonido de la sirena llenó el espacio. Howard y Anabel no eran más que formas minúsculas, semejantes a muñecos. Fred y Hazel los vieron hacer gestos de despedida hasta que se desvanecieron en la luz gris de la mañana.
—¿Cómo hemos llegado a este barco? —balbuceó Fred estupefacto.
XXXVI
FRED Y HAZEL se hallaban en su camarote. Ella seguía llorando y su marido procuraba consolarla.
—Pobre pequeño, pobre chiquillo —murmuraba Fred—. Nunca ha
tomado nada en serio, ni siquiera su matrimonio… Quizá sea nuestra la culpa… Nunca le hemos enseñado a moverse en la vida sin andadores. Ahora va a realizar el aprendizaje… Nuestra marcha, seguramente le aterra, pero le será beneficiosa… Algún día huirá él también para escapar a la acción de little Nero… Además, no queda desamparado. Tiene buenos amigos y he asegurado su existencia… Sé que esta separación es cruel; pero ya verás qué contentos viviremos en esta casa flotante cuando poco a poco se mitigue nuestra pena…
—¡Odio a este cochino barco! —exclamó Hazel con vehemencia— y estoy dispuesta a embarcarme en el primer correo que salga para Nueva York apenas lleguemos a un puerto. Las lágrimas de Howard me perseguirán continuamente…
Fred se guardó de manifestar a su esposa que podía regresar a Boston en la canoa del práctico. Escuchaba los lamentos de su esposa sin prestar demasiada atención a sus palabras y mientras golpeaba cariñosamente su espalda, se fijaba detenidamente en el camarote, el cual era muy sencillo, pero le gustaba más que los lujosos departamentos de los grandes transatlánticos, decorados con palo de rosa y bellas tapicerías. Como aseguraba y prometía el folleto que Fred había leído atentamente, en el camarote había un par de camas iguales, separadas por una mesita de noche con una lámpara.
Las sillas eran pequeñas y de recto respaldo. El lavabo —de anticuada línea— se abría y cerraba como un secreter. En una de las paredes veíase un grueso tornillo pintado de blanco, próximo al cual se abría la redonda ventanilla.
«No hay duda —pensó Fred con euforia—, viajo a bordo de un barco».
Pero en aquel momento el Aranjuna Queen se balanceó pesadamente y el estómago de Fred no dio pruebas de la misma euforia que animaba el pensamiento del viajero.
—¿Vamos a tomar un poco el aire? —propuso.
Penosamente subieron la estrecha escalera cuyos escalones escapaban a la demanda de sus pies. Ya en el puente, vieron a popa una franja gris que podía ser niebla o la línea de la costa. Hazel decidió que era tierra firme, lo cual le permitió lamentar nuevamente su marcha.
—Fíjate bien en esa tierra de nieve y de hielo —dijo Fred con afectada alegría. Vamos a ver la de un país extranjero y confío en que será verde como la primavera.
—¿Hacia dónde vamos? —preguntó Hazel.
—¿Hacia dónde? Hacia los países cuya lista te he mostrado al enseñarte los pasajes.
—Quiero decir cuál será el primer puerto en que hará escala este barco.
—¡Dios mío! Tenía tanta prisa por marcharme, que olvidé preguntarlo. El mayordomo de a bordo le informó:
—La primera escala es Hull, en Yorkshire.
—Eso es lo que suponía —aseguró Fred.
*
Nunca, ni siquiera en William Tylor Longwhale, habían vivido Fred y Hazel tan cerca uno de otro como durante los primeros días de la travesía. No salían del camarote ni se vestían con otras ropas que batas y trajes de dormir. No sufrían mareo, pero tenían la impresión de que no gozaban de buena salud. Tal estado intermedio no era excesivamente desagradable y les dispensaba de afrontar la intemperie en el puente o tener que sufrir la compañía de los demás viajeros.
En casa de Fred, las comidas únicamente eran servidas en las habitaciones en caso de absoluta necesidad; por el contrario, en el barco tenían un camarero a su servicio y podían llamarle en cualquier momento, facultad que les proporcionaba ocasión de disfrutar las delicias de un poder desconocido. Para experimentarlo llamaban continuamente al criado, pidiéndole té, zumo de naranja y pan tostado.
En cierta ocasión, Hazel dijo suspirando:
—Me estremece pensar que me veré obligada a dejar esta pequeña habitación y moverme entre un montón de extranjeros. Ahora me doy cuenta de que no sirvo para viajar. Me asustan las nuevas costumbres y el trato con desconocidos. Esperaré pacientemente a que te hartes y estés dispuesto a volver a casa.
Ni ella ni su esposo eran muy desgraciados entonces y olvidando a veces que habían abandonado cobardemente a sus hijitos indefensos, gustaban el placer de evocar el tiempo pasado. Recordaban riendo sus querellas antiguas, empequeñecidas por los años transcurridos, pero que produjeron graves daños al producirse. La más penosa surgió una noche en que Fred fue hallado durante un baile oficial jugando a los dados con varios chofers en la bodega de la casa, con la chaqueta colgada de una pala empleada para recoger el carbón y con la corbata del chaqué decorada con una calavera y dos tibias cruzadas, pintadas con una barra de carmín. Nunca pudo descubrir Hazel qué «serpiente» había cometido el desaguisado, lo cual ignoraba también Fred.
El cuarto día de navegación aparecieron por primera vez en el comedor. Hazel había anunciado:
—Me sentiré muy cohibida cuando los demás pasajeros nos miren.
Por eso se sintió mucho más molesta al darse cuenta de que nadie se fijaba en ellos. Los demás pasajeros no preguntaron por qué los Cornplaw habían permanecido en su camarote durante tanto tiempo, ya que todos habían sufrido más o menos el azote del mareo.
Los dieciocho pasajeros ocupaban cuatro mesas. En su calidad de representantes de la industria automovilística, Fred y Hazel fueron encasillados en los «aristócratas del comercio» e invitados a comer en la mesa del capitán, circunstancia que dio lugar a que conocieran al matrimonio Alphen, de Joliet, y a la señorita Pablum, institutriz de Minneápolis. Los tres no iban a Europa más que para ver lo que el Viejo Continente atesora y exclusiviza: la cultura, los castillos y los lugares históricos.
El capitán era un marino veterano, lo cual no era óbice para que su fortuna estuviera constituida principalmente por bienes inmuebles en Mont-Vernon (Estado de Nueva York), donde residía. Era alto y delgado, tomaba como blanco de sus bromas a las mujeres que atormentan a sus maridos y tocaba el piano.
En la primera comida que hicieron juntos, la señora Alphen mostró a los Cornplaw las fotografías de sus hijitos y la señorita les prestó un libro titulado: «Siguiendo las huellas de los bardos británicos».
El señor Alphen era uno de los últimos representantes de esa especie de hombres, casi extinguida, que están convencidos de que su Estado es superior a los cuarenta y siete restantes de la Unión. Afirmaba que el aire de Illinois era más sano que el de Wisconsin, que los impuestos de Illinois eran inferiores a los de Nueva York, que los suecos de Illinois eran más suecos que los de Minnesota y que la penitenciaría de Joliet era más próspera que Sing-Sing.
Cuando después de comer regresó Hazel a su camarote, dijo a Fred:
—¡Pues resulta que son muy agradables; exactamente iguales a las gentes de Sachem!
Pronto se lamentó Hazel de que los demás pasajeros fueran más tímidos que ella. Se limitaban a charlar y bromear durante las comidas y a decir que el mejor jugador de bridge se hallaba en «su» mesa, sin entregarse a ninguna de las diversiones que distraen los ocios de la travesía.
Ella se encargó de todo: de acuerdo con el mayordomo (a quien consideraba encantador porque pretendía que ella había estado en Europa por lo menos diez o doce veces), organizó un campeonato de bridge, un baile de máscaras y una sesión de lectura a cargo de la señorita Pablum, que llevó al auditorio tras «las huellas de los bardos británicos».
Fred había notado, durante las temporadas de veraneo, el placer con que Hazel intimaba con quienes acababa de conocer y tomaba parte en los juegos de sociedad que los adultos discurren para escapar a la obligación de permanecer quietos en un sitio o butacón determinados y reflexionar. Atribuía esta inclinación de Hazel, al placer que le producía no tener que ocuparse de las tareas domésticas; pero en el barco tuvo ocasión de comprender que su esposa era mucho más aficionada que él a la vida de sociedad y que brillaba con luz propia en las reuniones. Hazel era la indiscutible reina a bordo y los demás pasajeros le preguntaban el día y la hora en que el barco llegaría a Hull, la propina que habían de dar al personal del servicio, las reglas del tenis de a bordo y la latitud de Spitzberg.
Frcd no era más que príncipe consorte. Antes, cuando pensaba en viajes, disfrutaba de antemano imaginando que inmediatamente trabaría
amistad con quienes le acompañaran. ¿No era el «jovial Freddy», el comerciante optimista que a los cinco minutos de hallarse en un hotel cualquiera llamaba por sus nombres de pila a seis huéspedes, por lo menos? Sin embargo, en el Aranjuna Queen, Fred se dio cuenta de que únicamente deseaba conocerse a sí mismo.
—Indudablemente —confesó Fred a su esposa—, Alphen es un individuo interesante; pero estoy harto de oír comentarios al New Deal y elogios a las cocinas de petróleo.
Se había visto obligado a escuchar durante tantos años a los clientes en la Agencia, y a su esposa e hija en casa, que disfrutaba al no conversar, aunque este hecho no dejara de sorprenderle. Se preguntaba con frecuencia qué dirían Kammerking y Janissary de su repentino e inesperado amor al silencio; el primero, seguramente se habría burlado de su transformación en pensador únicamente atento a conocer su alma. Por el contrario, Hazel, tan replegada en sí misma mientras se hallaba en su casa, se convertía en una mujer expansiva y alegre fuera de ella.
Mientras su mujer jugaba al bridge Fred paseaba por cubierta o, acodado en la barandilla de proa, fijaba sus ojos en el horizonte. La señora Alphen gustaba de reprocharle alguna vez su ostracismo, señalándole una de las sillas plegables:
—¡Qué mal se porta usted, señor Cornplaw, abandonando a pobres mujeres como nosotras!
Fred se limitaba a sonreír y se alejaba consciente de que era incorrecto y poco sociable.
Durante horas enteras observaba el balanceo de la grúa delantera del barco. En la impetuosidad de las olas simbolizaba la libertad y percibía la velocidad en las oscilaciones del barco. ¿Lograría alcanzar viajando la grandeza que no había podido conquistar o merecer en treinta años de rutinario trabajo?
La travesía duró diez días. Hazel acabó por hablar poco de Howard, mencionándole de tarde en tarde y como si lo hiciera por costumbre. Pero su pena y la de Fred se agudizó nuevamente en Navidad, fiesta que celebraron en el Arajuna Queen, a la vista de Margate y de la desembocadura del Támesis.
—Es preciso reconocer que no somos más desgraciados que los demás pasajeros por hallarnos lejos de nuestra casa —suspiró Hazel entre dos sollozos.
Efectivamente, ningún pasajero estaba libre de melancolía y cuanto más se esforzaban por simular alegría, más velados y tristes parecían sus ojos. En el salón alzábase un árbol de Navidad y el capitán juró que era un
«famoso pino». ¿No lo había elegido él mismo en Mont-Vernon?
El jefe de camareros presentó con gesto maquinal cintas plateadas y bolas de cristal rojas, y los pasajeros procedieron a adornar el árbol con movimientos automáticos.
Vaciaron luego las estanterías del peluquero de a bordo que era, a la vez, vendedor de «recuerdos» y se regalaron mutuamente pañuelitos, automóviles de aluminio y cajas de bombones de a diez centavos.
A la hora de cenar no faltaron ocas y pavos asados. Todos los pasajeros se cubrían con sombreros de papel, pero este pormenor no logró animar el ambiente. Luego, bailaron. La señorita Pablum, cada vez que pasaba junto al árbol navideño, volvía la cabeza. Su madre había muerto el día primero de diciembre.
A media tarde, Fred y Hazel recibieron un radiograma de Sachem Falls que decía:
Feliz Navidad año nuevo felices Pascuas no olvidéis vuestros hijos que os quieren Sara Howard Anabel little Nero.
Hazel lloró y algunas de sus lágrimas cayeron sobre la rosa de Navidad.
—¡Son unos chiquillos asombrosos! —exclamó Fred—. Ahora, viendo que no somos ya esclavos de sus caprichos, llegarán a ser perfectos… Dime, Hazel, ¿sigues pensando en regresar a Nueva York en el primer correo que salga de Hull?
—¡Dios mío! Hay que ser razonable, querido. Ya que estamos en Europa, sería una lástima haber gastado tanto dinero para nada. Katie Alplien dice que la Riviera nos gustará muchísimo… No estaremos mucho tiempo y pronto regresaremos a casa… Pero creo, Fred, que, si aún estamos en Europa al llegar el verano, deberíamos alquilar un hotelito en la campiña inglesa. Minnie Pablum dice que nos gustará muchísimo veranear allí… aunque ella no ha veraneado nunca en Inglaterra.
En el salón de fumar —que en realidad era una parte del salón—, bebieron champán a la salud de sus hijos.
—Dediquemos particularmente un brindis a Anabel, que aventaja en bondad a los otros dos —propuso Fred.
—¡Pobre Fred! —repuso Hazel sonriendo—. Pretendes conocerte y no eres capaz de ver claramente tus pensamientos. Casi estás enamorado de tu nuera y no lo sabes.
—¿Tú crees? —preguntó Fred, pensando en que el estudio de su personalidad era mucho más fácil por la presencia y compañía de una esposa amable que no le estorbaba procurando comprenderle.
XXXVII
FRED Y HAZEL visitaron una pequeña parte de Londres, de Rotterdam, de Brest, de Lisboa —agitada por los rumores sobre la inminente guerra civil española—, de Capri, de Nápoles, de la divina Venecia, de Ragusa, de Atenas y de Estambul. (Ambos ruborizábanse avergonzados al recordar que antes habían llamado a Estambul «Constantinopla», pero la fuerza de la costumbre les hacía emplear con frecuencia este último nombre).
En Estambul, Fred se hallaba por fin muy cerca de la «ruta dorada de
Samarcanda», aunque en ninguna otra ciudad había experimentado tan desagradable sensación de soledad y abandono. No lograba comprender que pudieran acumularse montañas de mercancías en tiendas minúsculas, no sabía dónde encontrar un baño caliente, no veía un solo automóvil de la marca Triumph y no escuchaba en ningún sitio palabras pronunciadas con acento norteamericano.
Aunque ignoraba la existencia de barcos yugoeslavos, un buque de esta nacionalidad llevó a Yillefranche su persona y la de Hazel. Era un barco negro y niquelado, muy limpio, y a Fred le gustó navegar en él a través del Mediterráneo. Al desembarcar en Francia, Hazel y su esposo fueron tímidamente a Belfayol, pueblecito situado entre Hyéres y Saint-Tropez. Fatigados y un tanto hastiados de vagabundear, se instalaron en una casita llamada Villa Sofía y les satisfizo disponer por algún tiempo de domicilio fijo.
En Ragusa habían recibido un cablegrama de Sara anunciando que acababa de contraer matrimonio con Waltor Lindbeck; al mismo tiempo preguntaba si ella y su esposo podían alquilar la casa de la avenida Fenimore Cooper. A la sombra de las viejas paredes de la ciudad, Fred y su esposa habían leído cien veces la noticia sin atreverse a dar crédito a sus ojos. Poco después, Fred contestó afirmativamente a la pregunta de su hija, aunque temía no volver a la única ciudad del mundo que atraía su interés al verse privado de casa.
A principios de marzo supieron, también por cable, que little Nero había venido al mundo, que se llamaba Franklin Roosevelt Cornplaw y que tanto él como su madre se hallaban en perfecto estado de salud.
Por entonces, la vida de Fred y Hazel discurría por apacibles cauces. Villa Sofía era una pensión familiar muy agradable; las habitaciones no eran grandes, pero los balcones se abrían sobre una playita llena de barcas de pesca, permitiéndoles admirar la serenidad de aquel mar sin mareas. El vestíbulo, pavimentado con baldosas grises y con visillos de color oro viejo en los ventanales, estaba amueblado con butacas de junco y veladores de mármol amarillos. En la rosaleda había un cenador en el que los huéspedes solían tomar el té. El casino estaba a corta distancia de Villa Sofía y no lejos de ésta veíase una larga fila de coches de punto que, al parecer, nadie alquilaba.
Los huéspedes de Villa Sofía eran: un conde belga; un coronel ruso y su esposa; un profesor que, contrariamente a lo que suele suceder, parecía lo que en realidad era; un escultor sueco que no esculpía nunca, pero que dedicaba el tiempo a estudiar a sus vecinos; una misteriosa dama enlutada, de la cual no se tenían otras referencias que su actitud reservada y el aire de misterio que la rodeaba; una corpulenta inglesa llamada Lady Jaxon; cinco señoras respetables tan parecidas, que resultaba difícil no confundirlas, y un contratista de obras de Omaha, retirado, al que acompañaba su esposa.
El contratista tenía un carácter muy expansivo y alegre, y pronto trabó amistad con Fred, a pesar de que a éste no le gustaba la afectuosa asiduidad de su compatriota. Su esposa hablaba de arte y estudiaba el idioma francés y, por muy asombroso que parezca, contagió a Hazel esta última afición.
En aquel grupo de turistas que parecían personajes de revista frívola, Hazel no podía reinar como en el Aranjuna Queen; pero se distraía mucho con la compañía de sus nuevos amigos y admiraba la circunstancia de que sus padres y antecesores fueran gentes adineradas. Cada día aumentaba un poco el tono rosado de sus mejillas, lo cual prestábale mayor belleza; alegremente tomaba parte en todas las distracciones que animaban la vida de los huéspedes de Villa Sofía, es decir, las conversaciones que precedían y seguían a las comidas; los ratos de natación; visitas a las tiendas del pueblo; partidas de bolos en el casino, y los almuerzos y meriendas en el monte Nid, regados con Burdeos blanco. Fred notó que los gastos
producidos por estos almuerzos eran pagados por él, Lady Jaxon y el contratista.
Al principio, Hazel quedó muy impresionada por los títulos de algunos huéspedes; pero, al cabo de un mes, confió a Fred:
—No son más que insignificantes turistas. Deseo con impaciencia visitar París y Montecarlo. También me gustaría mucho vivir algún tiempo en una casita de campo inglesa. Lady Jaxon dice que veranear en la campiña inglesa es lo mejor del mundo y que podemos alquilar una casita cerca de la suya en Devon. ¿Qué te parece?
—No estaría mal…
—¿Eres feliz, querido?
—Sí… claro que sí…
—¡Oh! ¡Fred, te ruego que seas feliz!
De día en día iba distanciándose Fred de cuanto le rodeaba. En aquel país extranjero, cuyos habitantes hablaban una lengua incomprensible para él, no interesaban ni la política ni el comercio ni las costumbres ni la forma de cocinar. Allí era un extranjero cuya presencia se toleraba y sentía un deseo indefinido de regresar a la parte del mundo en que tenía el incomparable privilegio de ejercer sus derechos de ciudadanía, es decir, su derecho a criticar cuanto hicieran los rectores de la vida pública.
Aquella mañana, Hazel se había ido a Bandole con Lady Jaxon y la esposa del contratista. Fred había logrado que le permitieran no unirse a ellas, pues Hazel, contrariamente a lo que suponen la mayor parte de las mujeres norteamericanas, no sospechaba que su marido quisiera verse libre de su esposa para entregarse a orgías y bacanales o buscar el íntimo trato con alguna belleza provenzal.
En esto no se equivocaba Hazel, pues Fred, sentado en la terraza de un café de aquel «arrabal de Samarcanda», miraba unas veces al mar que se extendía ante él y otras hacia el casino, situado a su derecha, cuando no perdía su mirada en la estación del ferrocarril, emplazada a su izquierda. En el Aranjuna Queen disfrutó evitando el trato y la conversación de sus compañeros de viaje, pero en aquellos momentos habría sido feliz si un amigo o un individuo cualquiera, a quien sólo hubiera visto una vez, se hubiese acercado a él para darle una fuerte palmada en la espalda y preguntarle a gritos: «Bien, viejo Cornplaw; ¿qué diablo haces aquí?».
Procuró leer los periódicos norteamericanos que acababa de comprar.
¿Qué sería la nueva organización obrera llamada Commitee on Industrial
Organization?
No sabía lo que podía hacer exactamente, pero tuvo la impresión de que inmediatamente debía partir hacia el Estado de Michigan y enseñar a los dos partidos que litigaban la manera de obrar con equidad. La proposición del Presidente Roosevelt sobre la reforma de la Corte Suprema, le sorprendió. En Belfayol nada podía hacer en el sentido político; los franceses parecían tener la opinión de que él no tenía la menor competencia para juzgar su política, pero si volviera a su país, podría ayudar al Presidente de una forma o de otra.
Como Belfayol estaba cerca de España, conocíanse los disturbios y tragedias provocadas por la guerra civil y, a veces, Fred veía pasar grupos de refugiados de expresión atemorizada que llevaban maletines y paquetes; estas eran las únicas imágenes que evocaban el drama y Fred se decía con frecuencia que la desgracia de un país cambiaba muy poco el aspecto y la vida cotidiana de los demás.
Como siempre que iba a aquel café, Fred observaba el término de la línea del tranvía. De uno de los coches vio descender a dos jóvenes que, a juzgar por su acento eran norteamericanos, y sintió deseos de conocerles; pero tanto ella como él eran demasiado elegantes y consideró inoportuno relacionarse con ellos. Ella vestía traje de playa y su acompañante un ancho pantalón, cubríase con una boina y calzaba alpargatas. Sin duda, supuso Fred, vivían en un hotelito del monte y, acostumbrados a ir todos los años a Belfayol, le consideraban como turista vulgar.
«Bueno, ¿qué demonio importa que yo no sea más que un turista? — protestó interiormente—. En Sachem tampoco soy otra cosa».
Cuando la pareja se hubo alejado, Fred volvió los ojos hacia la estación. El tren de París iba a llegar de un momento a otro y los cocheros se disponían a brindar sus simones a los viajeros, los mozos de equipajes salían a los andenes gritando y sus gritos se mezclaban con los de los vendedores de naranjas. Cierto día, Fred tuvo la suerte de ver que entre los viajeros recién llegados se encontraba un habitante de Kansas City al que conoció en una asamblea general de la sociedad Triumph celebrada en Atlantic City. Tal vez aquel día llegara otro ciudadano de Kansas City… o de la incomparable Sachem Falls.
El rápido entró con estruendo en la estación y poco después aparecieron los viajeros, a quienes Fred miraba con impaciencia.
¿Conocería a alguno de ellos? Su corazón latía como el de un enamorado cuando acude por primera vez a la cita de su amada.
Vio a una joven que llevaba a un chiquillo en brazos. Su manera de vestir era propia de una norteamericana. Parecía completamente aturdida por la aglomeración de gente, se volvía continuamente para cerciorarse de que la seguía el mozo de equipajes que llevaba sus maletas y procuraba que el chiquillo dejara de llorar.
«Tal vez pueda serle útil», pensó Fred con indiferencia.
En aquel momento se dio cuenta de que la joven era Anabel.
XXXVIII
HAZEL bajó del carruaje en el cual regresaba con sus nuevas amigas de Bandole y dijo a Lady Jaxon:
—Ha sido una excursión interesantísima… Iré sin falta a Cotswolds…
Y se volvió para entrar en Villa Sofía. Entonces vio estupefacta que su esposo daba pruebas de gran agitación; que Anabel estaba junto a Fred, cuando ella la suponía en Sachem Falls, y tenía entre sus brazos a Franklin Roosevelt Cornplaw, llamado en la intimidad little Nero, el cual, en su espíritu, no era más que una de las palabras de un cablegrama y el tierno resumen de una carta; que un mozo llevaba una maleta muy conocida por ella y que un cochero manifestaba claramente su indignación por no haber cobrado aún el importe de la carrera.
—¡Dios mío! —exclamó Hazel.
Los leves celos que había sentido siempre por la joven se desvanecieron, siendo reemplazados por la alegría de ver nuevamente la cara familiar y simpática de su nuera. Se precipitó sobre Anabel, la abrazó, llenó de besos la cara de little Nero y balbuceó:
—¡Bel, Bel!… ¿Es posible?… El niño no tiene más que seis semanas… ¿Cómo habéis podido soportar las fatigas del viaje? ¿Dónde está Howard?… ¿Qué quiere decir todo esto?… No puedo dar crédito a mis ojos…
—Puedes creer cuanto ves tranquilamente —replicó Fred—. Y todo esto significa que Howard está a punto de rodar al abismo y que debo embarcar mañana por la tarde en el Havre para poner las cosas en orden.
La habitación de Anabel en Villa Sofía tenía pavimento de mosaico, paredes blanqueadas con cal y techo pintado de color rosa y oro. Para aquellos norteamericanos que escuchaban consternados las palabras de Anabel, era una estancia triste. Little Nero dormía en un cajón de la mesa, transformado en cuna.
—Ahora —dijo Hazel— deseo comprender lo sucedido. ¿Dónde está Howard?
—En casa. No quería que me fuera; pero no podía impedírmelo porque estaba borracho. Mi padre me dio el dinero necesario para el viaje… Se burló de mí y me dijo que ya que no me había hecho ningún regalo de boda, estaba dispuesto a proporcionarme los medios para que fuese a Reno. No sé por qué he venido aquí… He sido muy desgraciada en casa… Howard estaba siempre ebrio.
—¡Pobre hijo mío! —exclamó Fred—. ¿Qué ha pasado desde que nos fuimos? ¿Qué ha sido del negocio que llevaban Howard y Ben Bogey?
—Se han separado. Howard dice que Ben le ha engañado y Ben pretende que Howard estropeaba sus mejores negocios no sólo porque bebía, sino porque nunca acudía a las citas que le daban los clientes. Estuvieron a punto de llegar a las manos y me costó lo indecible calmar a Howard. Después del altercado, Ben compró la parte de Howard en el negocio por quinientos dólares. Con ese dinero y con las cantidades que nos enviaba Appletree, hemos vivido; pero Howard daba casi todo el dinero a Cal Tillery. Semejante situación no podía prolongarse.
—¿Cal Tillery? —interrumpió Fred—. ¿Qué iba a hacer a vuestra casa?
—Ahora es amigo inseparable de Howard. Mi marido dice que es el único que no le encoleriza. Entre los dos han comprado un garaje; Cal se ocupa de los pagos y del negocio en general, pues Howard no va nunca a trabajar. Se queda en casa y bebe en compañía de Cal, que se pasa casi todo el tiempo con nosotros. Mac se ha ido a trabajar asqueado de la vida que su hermano y Howard han emprendido; le ha sorprendido mucho comprobar que el trabajo le gusta… Cal ha llegado a ser el verdadero dueño de la casa. Se burlaba de mí y un día intentó abrazarme.
—¡Miserable! —gritó Fred.
—Entonces, decidí marcharme. Temía también por mi hijo, pues aunque Howard le trataba con cariño incluso cuando estaba borracho, cierto día, al intentar vestirle, estuvo a punto de caérsele al suelo, porque sus manos temblaban como las de un azogado. No he querido que mi hijo creciera escuchando las canciones que su padre y Cal entonaban borrachos…
—¿Pero qué será de Howard si ya no trabaja con Ben y no va nunca al
garaje? —preguntó Hazel inquieta.
—Cada día imagina cien planes totalmente distintos; quiere ingresar en el cuerpo de aviación y obtener el título de piloto, ir a Hollywood para dedicarse al cine… Sus facciones cambian de día en día: se ha estropeado muchísimo… ¡Oh! Queridos, cuánto siento tener que hablaros así…
—Tan hija nuestra eres como él —repuso Fred.
Hazel no parecía estar tan convencida como su esposo de que esto último fuera cierto, pero no protestó.
—Quiere irse a Alaska —prosiguió Anabel— y tener allí una granja, pues, según él, es el único sitio donde un hombre joven puede abrirse camino. Otras veces anuncia que va a ganar millones vendiendo máquinas para recoger algodón. Su último hallazgo ha sido la horticultura… pero, en mi opinión, no debe tomarse en cuenta nada de lo que dice, porque está completamente desmoralizado y noto que resbala lentamente hacia el fracaso absoluto. Tal vez no sea únicamente suya la culpa…
—Yo tengo la culpa de cuanto sucede por haber decidido este necio viaje —murmuró Fred.
—No; no obrasteis mal viniendo a Europa. Vuestro error fue aplazar tanto el viaje. Howard y Sara imaginaron que siempre estaríais a su lado para ayudarles.
—A propósito… ¿Es feliz Sara? —preguntó Hazel.
—¡Oh!, sí. Parece que se haya casado hace cincuenta años. No comprende por qué Howard no me obedece como Walter la obedece a ella. A consecuencia de los insistentes ruegos de Sara, Walter ha organizado en sus almacenes una exposición de pintura surrealista. El autor de uno de los cuadros expuestos es un contable de Schenectady y otro un francés que quiso asistir a la inauguración, pero no le permitieron salir del asilo…
—Querida, perdona que te interrumpa, pero debo preparar mi marcha
—dijo Fred—. Hazel, creo que lo mejor que puedo hacer es tomar el tren que sale esta noche, para embarcar en el Sovereign que sale mañana. Así estaré en Nueva York dentro de seis días y medio.
—¿Quieres que te acompañemos?… Yo, por lo menos, podría hacerlo
—dijo Hazel sin entusiasmo.
—No; quédate aquí. Enséñale la Costa Azul a Bel. Llévala a París. Quiero que por lo menos dos miembros de nuestra familia vivan a su gusto. Si lo conseguís, la Associated Press registrará el éxito y pasará a la Historia como uno de los hechos más importantes del año…
Aunque Fred sintiera gran afecto por Anabel, era natural que quisiese estar solo con Hazel durante la última media hora que había de permanecer en Belfayol y la llevó a su café preferido, que no era la bodega famosa de un castillo histórico, sino un pequeño bar novísimo, con bancos pintados de color rojo vivo y mesas agraciadas con un verde deslumbrante. El toldo era de un tono amarillo tan claro, que parecía permitir el paso de la luz del sol y en los cristales de las ventanas había dibujos que representaban tallos y flores…
—Siento mucho tener que separarme de ti, querida. ¿No volveremos a encontrarnos en un café francés?
—¡Sí, sí! Y viviremos el uno para el otro. Me duele el recuerdo de cada uno de los momentos que he pasado lejos de ti y, sobre todo, la estúpida excursión que esta mañana hice en compañía de ese hatajo de necias charlatanas.
—Ya sabes que los cónyuges se entienden mejor si no están siempre juntos…
—Tal vez sí…
—De todas formas podemos decir que nuestro viaje ha sido un éxito,
¿verdad?
—Sí; además, hemos visto Europa.
—¿No he representado excesivamente mal mi papel? —preguntó Fred con inquietud.
—Ni mucho menos —aseguró Hazel—. Yo creo haber estado a la altura que exigían las circunstancias… ¿me equivoco? Los viejos han demostrado que aún son capaces de adaptarse. He aprendido a gustar el Borgoña…
—Puedes enorgullecerte…
—¿Eres feliz?
—Sí.
—¡Oh! ¡Te ruego que seas feliz!
La joven pareja cuya amistad deseó Fred algunas horas antes, pasó ante el café. Fred estaba tan absorto en su conversación con Hazel que saludó maquinalmente a los desconocidos y ni siquiera se dio cuenta de la agradable sorpresa con que éstos respondieron a su saludo.
*
A bordo del Royal Magesty’s ship, Fred no habló con nadie, exceptuando a un camarero y a un viajero inoportuno que se empeñó en conocer su opinión sobre el tiempo. Fred, que era ya un veterano del turismo, hubiera podido contestar una frase parecida a éstas: «Me gusta que la brisa sea fresca, como la de hoy», o «Hay que tener presente que estamos en alta mar», pero se limitó a murmurar algunas palabras vagas.
Apenas veía a cuantos le rodeaban, porque entre ellos y él se interponían las sombras de Hazel, Anabel, Howard y Cal Tillery. Pasó los cinco días de viaje acodado en la barandilla de la cubierta de paseo, fijando la mirada en un punto del horizonte como si viera ya a lo lejos la playa de Long Island.
Durante aquellas horas de meditación, intentó discurrir una filosofía de la familia.
A lo largo de varios años —pensaba— las mujeres se habían sublevado contra lo que ellas llamaban «tiranía masculina» y trabajos caseros; reclamaron el derecho al sufragio y a empleos considerados hasta entonces como exclusivamente masculinos. Entre 1914 y 1918, quisieron vestir uniformes, pidiendo luego combinados y cigarrillos. En aquel momento, los hijos se sublevaban no para pedir como en otros tiempos que sus palabras pesaran en los asuntos familiares, sino pretendiendo reinar en sus hogares. Los padres eran considerados por sus hijos como individuos desagradables o tiranos. ¿Estaría próxima una sublevación masculina?
¿Preparábase ya sordamente? Los hombres estaban hartos de cojines perfumados y de advertencias agridulces sobre la ceniza caída en las alfombras. Tal vez se retirasen a monasterios o factorías de pesca, ambas cosas equivalentes en el fondo, abandonando a sus mujeres e hijos. Si la familia quería sobrevivir, si podía lograrlo, era preciso que los padres renunciaran definitivamente a su pretensión de imponer sus ideas a sus hijos. Esta era una advertencia anterior a Bernard Shaw. Los hombres y las mujeres no debían exigirse nada unos a otros ni considerar que tenían derechos para imponerse en cualquier sentido. También éste era un viejo problema que no había adelantado un solo paso hacia la solución desde que las primeras obras de Ibsen escandalizaron al Universo.
Lo que era muy claro a partir de 1914 era la reacción —cada año en aumento— que provocaba en los padres la insurrección de sus hijos. Los jóvenes como Sara y Howard no habían de considerar la casa paterna como un guardarropa donde se habita el tiempo justo para cambiar de
traje, antes de dirigirse a cualquier otro lugar más interesante, ni creer que el guardarropa, los trajes y los automóviles habían de serles servidos gratuitamente por «la dirección que no se amilana ante ningún sacrificio».
Sin embargo, Fred no era partidario de sistemas ingenuamente considerados como nuevos, pero en realidad tan viejos como el mundo y que podían resumirse así: nadie debe sacrificarse por su vecino. Fred creía, por el contrario, que nadie debía esperar sacrificios de sus semejantes, única fórmula capaz de poner fin en el plazo de unos diez mil años —si Dios presta vida a la Humanidad— al procedimiento practicado tanto por las familias como por los grandes Estados y que puede ser definido de la siguiente forma:
A renuncia a sus más legítimos deseos en favor de B.
B trabaja únicamente para beneficiar a C.
C, contra su voluntad y lamentándose durante todo el día, se sacrifica por A, y cada uno de ellos queda extasiado al considerar su desinterés y la grandeza de su alma, al mismo tiempo que maldice al destino.
No fue al ver nuevamente la estatua de la Libertad cuando Fred experimentó la mayor emoción del regreso, sino cuando pidió en un bar de Nueva York una taza de café y una tarta norteamericana.
Al salir de la estación de Sachem Falls, quedó sorprendido viendo que nada había cambiado desde que se fue. Su ausencia había durado cinco meses, que le parecieron interminables y suficientes para transformar la faz del mundo. Sin embargo, Harriman Square seguía siendo la misma, las expendedurías de tabaco habían continuado vendiendo cigarrillos y cigarros puros y los mirones le veían pasar indiferentes.
Únicamente Sara estaba advertida de su regreso y Fred se dirigió a la casa de la avenida Fenimore Cooper.
Al subir la corta escalinata que había ante la que durante tanto tiempo fue «su» casa, le pareció que sus pasos tenían un sonido distinto sobre los escalones. El timbre de la puerta de entrada tenía un sonido diferente al ruidillo familiar y agradable. Le abrió una criada desconocida y cuando Fred preguntó suspirando: «¿Está la señora Lindbeck? Soy el señor Cornplaw…», la sirvienta repuso: «Señor… ¿cómo?».
«La madre», pintada por Whistler, que adornaba el vestíbulo, había sido reemplazada por un gran espejo.
Sara bajó sin precipitación, aunque sonriendo amablemente.
—Vamos, vamos, señora Lindbeck… ¡Criatura!… ¿Estás contenta de verme?
—Desde luego, papá —repuso Sara con calma.
—¿Me perdonas la fuga?
—No tengo nada que perdonarte. Tenías motivos para irte. Todos golpeábamos tus nervios y el viaje ha sido beneficioso para ti y para nosotros. Por mi parte, veo la vida de distinta manera desde que me casé y creo que soy un poco más sensata.
—¿Eres feliz?
—Mucho. Walter es firme como el Peñón de Gibraltar y, lo que es más importante aún, es interesante. Somos un matrimonio muy racional y nos comprendemos como pocos esposos lo hacen.
En el comedor, la sirvienta procedía a la limpieza de los muebles ruidosamente. Sara dijo con severidad, pero sin cólera:
—¡Un poco de silencio, Inga, se lo ruego…!
—¿Sigues trabajando en decoración?
—Sí, pero de momento descanso.
—Háblame de Howard ahora. Aún no he ido a verle.
—¡No quiero saber nada de él! —exclamó Sara perdiendo su magnífica serenidad—. Después de lo que ha hecho me cuesta trabajo creer que es hermano mío. Siempre está borracho y no se separa de ese asqueroso Cal Tillery. Walter y yo hemos hecho cuanto estaba en nuestra mano para evitar que las cosas llegaran a un extremo tan grave; Walter llegó a ofrecer un empleo a Howard en los almacenes, si se comprometía por escrito a no beber más, pero fue inútil. Nos vemos obligados a dejarle caer… Pero, consuélate, papá; tu hija ha dejado de hacer necedades y se ha transformado en una mujer juiciosa.
—Estoy sinceramente satisfecho en lo que a ti concierne, pero no puedo abandonar a Howard. Debo intentar ayudarle.
—Tienes razón, papá —aprobó Sara. Y añadió riendo:
—No sé cómo distribuir los papeles en la nueva versión del Hijo Pródigo que acabas de representar. Evidentemente, tú eres el hijo pródigo, asistido por mamá. Yo soy la «madre» que perdona, Howard es el cerdo y Cal su comida. Pero… ¿dónde está el hermano mayor y quién es el cordero rollizo?
A Fred no le gustó la broma y dijo para cambiar de conversación:
—¿Tienes noticias de Silga?
—¿De Silga?
—Sí; de Eugenio, mujer…
—¡Ah! ¿De ese descamisado?… Intervino en una huelga automovilística en el oeste y le encarcelaron. ¡Bien hecho!…
—No es noble que digas eso, Sara. Nunca he tenido motivos para sentir simpatía por él, pero creo que es preciso admirar a los individuos de buen temple, aunque sean enemigos.
— Pues bien, admírale si te place.
Con cierto embarazo, Fred se despidió de la tranquila señora Lindbeck y declinó su ofrecimiento de la casa —de «su» casa— que había abandonado huyendo y a la que, aparentemente, no podía volver nunca. Para explicar su negativa a vivir con la feliz pareja, Fred pretextó haber prometido a Howard que residiría con él.
Ya en el taxi, pensó:
«Sara se ha casado y confío en que será feliz; pero mi otro hijo aun me necesita».
XXXIX
EL departamento de Howard se hallaba en el segundo piso de una casa sin ascensor. El rellano de la escalera situado ante su puerta estaba lleno de colillas y de botellas de leche, algunas vacías y otras llenas de leche cortada.
Fred llamó, y la respuesta fue dada por la voz agria de Cal:
—¡Al diablo! Ahueque…
Cornplaw empujó la puerta, que cedió a su presión.
El pequeño vestíbulo, que mientras Anabel rigió la casa estaba limpio como el oro, parecía la tienda de un trapero. En el centro, yacían una lámpara con la pantalla rota y el volumen de Yeats, el libro preferido por la joven, con la cubierta arrancada. Una fotografía de Putnam Staybridgc, con la barba pintada de color rojo, estaba clavada en la pared, y sobre una mesita baja había un vaso con highball. Un cigarrillo, que se consumió solo, había dejado la huella de su lumbre en la madera y aun se veían cenizas de tabaco y rastros del papel carbonizado. En camisa y calzoncillos, Cal estaba tendido en la cama turca de Anabel y arrugaba con su peso la ligera colcha tejida por la joven. Al ver a Fred, incorporó el busto.
—¡Caramba! ¡Buenos días, primo Freddy! ¿No os han querido en Europa? ¿Cómo es que te dejaron marchar sin tu criada?
Con mucha lentitud, Fred se acercó a él y le dijo en voz baja:
—¡Fuera de aquí! ¡De prisa!
—¿Por qué tienes tanta prisa? ¿No quieres beber un vaso de…?
—¡Fuera de aquí! —rugió Fred.
—¡Dame tiempo para vestirme, hombre!
Fred miró a su alrededor. Los zapatos de Cal estaban sobre el pequeño piano de Anabel, que la difunta señora Staybridge regalara a su hija cuando ésta cumplió diez años. El traje y el sombrero estaban en el suelo. Fred cogió las diversas prendas y las tiró al vestíbulo. Luego, se inclinó
sobre Cal. Era mucho más bajo que el mozo, tenía treinta años más y carecía de entrenamiento pugilístico, pero parecía que iba a estrangularle. Su expresión era la de un hombre que hubiera perdido el juicio.
—¡Fuera de aquí!
—Voy, hombre, voy… no te excites —gruñó Cal levantándose y dirigiéndose hacia la puerta con paso vacilante.
Desde la alcoba llegó la voz de Howard:
—¿Qué… qué… caramba… caramba… qué significa ese escándalo…
eh?
Antes de entrar en la habitación de su hijo, Fred se detuvo ante la
puerta de la cocina-comedor. La despensa estaba abierta y vacía. Un montón de platos sucios, que conservaban huellas amarillas de huevos secos, grasa de cerdo y pan tostado, se mantenía en equilibrio junto a la fregadera. Bajo el grifo, en una jofaina llena de agua sucia de grasa, había una cafetera rota y una pastilla de jabón de lujo se disolvía lentamente. El paño para secar las manos, situado detrás de la puerta, era casi negro.
Fred dirigióse a la alcoba. Howard estaba tendido en la cama. Vestía traje de dormir y la chaqueta abierta permitía ver su pecho rojo y velludo; el infeliz respiraba ruidosamente y procuraba enjugar el sudor que perlaba su encendida frente. Junto a su mejilla, tendida sobre la almohada, veíase una botella de whisky.
Levantando la cabeza con gesto de dolor y fijando en Fred sus ojos brumosos, gritó:
—¡Caramba!… ¡Papá!… ¿Has… has… vu… vuelto de E… Europa?
Estaba orgulloso por haber reconocido a su padre tan pronto.
Inmediatamente preguntó con voz ronca:
—¿Dónde… dónde está Cal?
—Se ha ido.
Howard sollozó:
—¡Llámale, llámale enseguida!… Es el mejor individuo que conozco… Mi único amigo es Cal… Nunca me pide que haga lo que me disgusta… Vos… vosotros… no hacéis más que irritarme siempre… irritarme siempre… Howard, lávate el cuello… Howard, no te pares en la calle… en la calle para charlar con cualquiera, porque has de estar en el taller a las ocho en punto. Howard, di que le gusta… que te… la música tras… cendente que loco. Howard, no te rías. Howard, trabaja. Gana un millón de dólares… aunque no quieras un millón de dólares. Howard, no
fumes, no… bebas, no juegues al poker, no abraces a la chi…chica del guardarropa… no lleves el coche a más de cincuenta… Cal es el único que me deja en paz y me permite ser como soy…
Agotado por su largo monólogo, cerró los ojos. Fred le había escuchado inmóvil. De pronto, comprendió que las palabras de su hijo decían muchas verdades. Howard se incorporó y dijo con voz amenazadora:
—¡Envíame a Cal! Enseguida… No quiero… no quiero hablar contigo mientras Cal no esté aquí… ¡Cal!… ¡Cal!
—Tendrás que prescindir de él por ahora. Le acabo de echar…
—¿Tú has hecho eso? ¡Entonces, vete al diablo!
Se levantó penosamente. Era mucho más alto que su padre. En sus ojos brillaba un fuego salvaje. Se inclinó hacia atrás y, palpando la almohada, buscó la botella. En el momento en que la levantaba con mano temblorosa, Fred le asestó un puñetazo en el mentón. Howard cayó sobre la cama, intentó inútilmente levantarse, gimió como un perrillo y perdió el conocimiento.
Fred acercó a la cama una silla, sentóse y durante mucho tiempo estuvo contemplando la cara de su hijo. No pensaba en nada, porque estaba demasiado conmovido para discurrir.
Luego, se levantó y fue al cuarto de baño. Todas las toallas estaban sucias. Enjuagó una, la mojó en agua fría, regresó a la alcoba y humedeció la frente, la nuca y las muñecas de Howard, que seguía desvanecido.
Después de hablar por teléfono con diversas tiendas, empezó a limpiar el piso.
En la cocina, rascó los platos sobre el cubo de la basura, los lavó y los dejó ordenados en la estantería correspondiente.
Sus gestos eran rápidos y torpes.
Los empleados de una lavandería y de un pressing a quienes había convocado, no tardaron en llegar y Fred les entregó toda la ropa blanca y los trajes que pudo encontrar con destino al special 12 hours service. A continuación, se puso a lavar el suelo y la puerta. Estaba de rodillas sobre las frías baldosas; le dolía la espalda. Cuando llegaron los mozos que le llevaban café, leche, huevos y el filtro que había pedido, le encontraron en mangas de camisa, despeinado y sucio y le dedicaron la misma mirada que él había dedicado a su hijo.
Poco después, oyó que Howard se quejaba. Le llevó café caliente y aspirina y, sin decir nada, le ayudó a beber, le afeitó, lavó y peinó lo mejor que pudo. Howard tampoco habló, pero sus ojos expresaban una gratitud inmensa. Cuando su padre acabó, articuló con voz ronca:
—Perdón, papá… Y se durmió.
Fred, por teléfono, envió el siguiente cablegrama a su esposa:
Howard está bien tengo proyectos para él sigue carta. ¿Eres feliz? Te quiero.
Apenas había colgado el aparato, llamó Sara:
—Papá, he sido poco generosa con Howard. Perdóname. Me apena mucho su situación, pero hice mal enfadándome. Una vez más te pido perdón, papá querido.
Fred se preguntaba si todo aquello era un sueño.
«¡Aleluya!», exclamó interiormente. Y, pensando en Howard, murmuró:
—Veamos ahora lo que se puede hacer por el otro.
Aunque estaba fatigado, empezó a poner en orden el salón.
*
No procuramos averiguar si cuanto hizo por Howard fue acertado y prudente. Una de sus determinaciones, por lo menos, fue inteligente. Cuando el piso estuvo presentable, contrató a una cocinera —una robusta negra— y empezó a nutrir a su hijo.
Como Howard no estaba alcoholizado sin remedio, Fred, rivalizando con el doctor Janissary, pensó que sería contraproducente orientar toda la atención de su hijo hacia el alcohol prohibiéndoselo por completo; al principio, permitió que Howard bebiera tres o cuatro vasos de whisky al día y, aunque lo hacía sin gusto, bebió con él para acompañarle. Luego, redujo la dosis a un par de vasos y, más tarde, a uno solo.
Durante tres días Howard no hizo más que comer, beber y dormir. Sabía que su padre velaba por él, dispuesto a perdonarle y a concederle cuanto pidiera.
Fred meditaba. Ni siquiera en los barcos o en las horas de soledad que había pasado en Europa, había reflexionado tanto. En primer lugar, decidió
estudiar el único problema que siempre es de actualidad: «¿Por qué estamos en el mundo y cuál es el objeto de nuestra existencia?». Consideraba imprescindible hallar una respuesta, o algo que lo pareciera, a esta pregunta, antes de emprender la tarea de regenerar a su hijo; quería saber si tenía derecho a intervenir en la vida de su hijo o si toda intromisión por su parte era inadmisible.
Como todos los que han abordado este problema desde que existe el mundo, sean viejos filósofos de barba blanca retirados en sus gabinetes de trabajo o paracaidistas que tienen un par de minutos para reflexionar antes de tirar del cordón, hubo de renunciar a su propósito de hallar una solución. Sin embargo, pudo dar forma a varios principios útiles:
1. º El acto más importante de su vida había sido abandonar por completo la actividad que le permitió alcanzar el puesto que ocupaba entre sus conciudadanos, y meditar sobre la existencia.
2. º El objeto de su vida no había sido vender automóviles, como equivocadamente creyó. Sin embargo, los intelectuales y los comunistas hacían mal considerando desprovisto de importancia su negocio. Su trabajo exigía diplomacia, paciencia, ingenio y convicción de que los coches ofrecidos merecen ser comprados.
3. º Howard no había recibido la educación necesaria. Nadie le enseñó a servirse de su inteligencia, de sus músculos y de sus ojos. Por el contrario, le habían acostumbrado a disfrutar sin esfuerzo de una comodidad que ningún emperador medieval se hubiera atrevido a imaginar siquiera; Howard vivía en un «palacio» pequeño, pero caldeado; viajaba en una
«carroza» que podía alcanzar una velocidad de ciento treinta kilómetros por hora y disponía de un aparato mágico que le permitía hablar con sus amigos aunque se hallaran en el extremo opuesto del continente.
4. º Era preciso que él mismo aprendiera a dominarse, para poder enseñar a su hijo el dominio de los impulsos dictados por las pasiones.
Si alguien se siente inclinado a sorprenderse de que Fred Cornplaw se transformara en filósofo, debe recordar que todos los «Fred Cornplaw» son grandes hombres, pero que no todos tienen la molesta buena suerte de poder meditar solitarios e inactivos durante cinco interminables meses, a bordo de transatlánticos, mesas de café europeas y a la cabecera de un hijo enfermo, y que, por consiguiente, no se ven arrastrados a preguntarse continuamente: «¿Qué es, pues, “Fred Cornplaw” para que se le autorice a
vivir como a esas maravillas de la Naturaleza que se llaman pájaros mosca y tiburones?».
«¿Puede hacer mucho por su hijo un padre?» —se preguntaba Fred—.
«Ni siquiera estoy seguro de ser capaz de probarle que debe empezar de nuevo por el principio. Aunque tuviera la elocuencia de Janissary, mi hijo, después de escucharme, me contestaría: “Tienes razón, papá, pero en nuestros días, un joven ha de demostrar que tiene clase y que está al día”. En todo caso, si no soy de gran provecho para él, tal vez consiga preservarme de la senilidad».
¿Qué había de hacer para que Howard aprendiera a volar con sus propias alas? La solución lógica era abandonar todas sus ideas novelescas y admitirle en la agencia Triumph; pero, ante todo, era preciso que cambiara de ideas. Para eso, de nada servía un cuadro nuevo de actividades. ¿No había aprendido Fred en Europa a soportar la soledad sin lloriqueos? ¿Resolvería la situación enviar a Howard a Europa? No. Era preferible que Anabel descansara sola en el Viejo Continente.
Fred recordó White Fall River, en el Canadá, donde había pescado en su juventud y decidió ir con su hijo al campo, pensando que aunque no consiguiera hacer de aquel muchacho indolente un hombre con suficiente energía para ser algún día ayudante del secretario del vicepresidente de una fábrica de goma de mascar, los paseos por calurosos senderos abiertos en los bosques de pinos, los baños en helados ríos y las noches tranquilas pasadas a la intemperie, les proporcionarían sensaciones muy agradables.
XL
HOWARD echóse a reír; desde hacía algún tiempo, reíase con mucha frecuencia. Iba con su padre por la orilla del río, para salvar un trozo innavegable. No estaban lejos de su tienda, pero deseaban llegar enseguida a ella, porque estaban fatigados y tenían hambre.
Se adentraron por el último sendero, antes de volver a embarcar. A
derecha e izquierda del camino, los pinos formaban un estrecho pasillo. Los mosquitos les picaban en la nuca, irritada y dolorida por las quemaduras del sol. La canoa se les hundía en los hombros y en los brazos llevaban remos, mantas y utensilios de cocina. Cuando embarcaron de nuevo, el sol se reflejaba en el agua y las moscas de las orillas cayeron sobre ellos.
—Es una buena idea recorrer quinientos kilómetros —dijo Howard riendo—, para ser martirizado por los mosquitos y experimentar el mismo quebranto que si nos hubieran pasado por un molino.
—¿Te gusta esta vida? —preguntó Fred.
—Muchísimo. Soy «feliz», como diría mamá.
La tienda de campaña estaba al borde del agua, en una región salvaje, cubierta de pinos y alerces. El único camino practicable era el río, lo cual les daba la impresión de que se hallaban no a quinientos kilómetros del ruido y la agitación de Sachem Falls, sino a cinco mil.
«El mundo está muy lejos», pensó Fred.
Su hijo había recobrado el buen color, el humor alegre y no había vuelto a tocar una botella de whisky. Fred estaba seguro de que Howard no había sido borracho ni perverso, sino víctima de un irreflexivo matrimonio, de un trabajo para el que no estaba preparado y de un mundo desordenado.
Fred se ocupaba de la cocina. Aquella noche no sólo preparó tocino y pescado frito, cogido en el lago Dead Man, sino también —y esto era un verdadero lujo— compota de ciruelas. Comieron de prisa y en silencio.
Luego, Howard se tendió perezosamente, apoyó la cabeza en el tronco de un árbol, y dijo:
—Deberías ser jefe de exploradores, papá. Has tenido magníficas ideas esta tarde.
—¿Puedes quejarte de algo ocurrido hoy?
—No, no; hablo en serio. Has remado como un verdadero marino. Tenías un calor de muerte y no has dejado de hacerlo aunque estabas a punto de caer exhausto. Te aseguro que me avergüenzo de ser tan perezoso.
—¿Has pensado alguna vez en trabajar en la Agencia Triumph?
—Con frecuencia, pero quiero conocer el oficio a fondo para poder substituirte el día en que se te ocurra emprender otro viaje.
—Perfectamente. ¿Quieres hojear un poco mi Tratado de los motores de explosión?
—Con mucho gusto.
Así fue pasada la esponja que borró las faltas de Howard.
*
Fred estaba sentado sobre un saco de dormir en el interior de la tienda y tenía una maleta sobre las rodillas que utilizaba como mesa. Procuraba responder a las angustiosas preguntas que Hazel le había remitido desde París:
«¿Vendrás a recogerme? ¿Quieres que embarque hacia Nueva York? París es una ciudad encantadora, donde disfrutamos mucho. Anabel es la mejor compañera que pueda imaginarse, pero yo no quiero seguir lejos de ti.
»Te quiere
HAZEL».
Fred había esperado durante mucho tiempo el soplo de la inspiración y aunque llevaba media hora escribiendo, rompió la empezada carta. No estaba acostumbrado a redactar escritos largos; las cartas que había dirigido a los suyos durante sus viajes de negocios se limitaban a estas palabras:
«Todo va bien. Espero que gozaréis de tan buena salud como
vuestro FRED».
Por fin logró escribir la respuesta:
«Permanece con Anabel en Europa y visita con mayor detenimiento París y Londres, etc. Quédate ahí tanto tiempo como quieras. Nunca hemos impuesto uno a otro nuestra voluntad y lo mismo puede afirmarse respecto a nuestros hijos. Los resultados de este proceder no han sido siempre buenos, pero me parece que los hijos empiezan a comprender y que todo irá bien de ahora en adelante. Confío en que un día volveremos a marcharnos tú y yo; pero actualmente no tiene el viaje tanta importancia como cuando te hablaba de la “ruta dorada de Samarcanda” y la recorrimos: Estambul, etc. (¿No era muy desagradable el olor que en ella reinaba?). Ahora comprendo que la verdadera libertad no consiste en ir donde uno quiere, sino en saber que puede hacerlo».
En estas líneas tomó cuerpo su máximo esfuerzo. Secóse la frente, suspiró tranquilizado y salió de la tienda para sentarse junto a su hijo.
— ¿No oyes el ruido de un motor, papá? —preguntó Howard—. ¿A quién se le habrá ocurrido la peregrina idea de traer una canoa a motor hasta aquí? ¡Debe ser muy gracioso cargar con ella si se encuentran cascadas o rápidos!
Fred prestó atención. Efectivamente, percibíase con claridad el característico ruido de un motor. No había duda de que algún ignorante navegaba en canoa a motor por aquellos parajes.
Fred tuvo, de pronto, la sensación de que lo desconocido iba hacia él. Pronto apareció en un recodo del río una lucecita que iluminó la blanca espuma, las piedras que emergían y, en la ribera, la cabaña de un trampero hecha con ramas de pino y medio arruinada.
Padre o hijo murmuraron:
—¿Qué quiere decir eso?
—Ya no hay indios bravos por aquí, pero cualquier indígena es salvaje si está borracho…
Dirigida por una mano segura, la embarcación se detuvo cerca de la tienda de campaña. Un indio estaba de pie en la proa y tras él distinguíase
una masa obscura, que se adelantó, apoyó tímidamente un pie en tierra y entonces se vio que era Hazel, cubierta con un sombrero masculino y llevando unas mantas en los brazos.
Cuando la sorpresa se lo permitió, Howard preguntó:
—¿Dónde está Anabel? Dímelo, mamá, dímelo…
—La he dejado en París, hijo mío, para que se divierta un poco… Ahora la quiero mucho. ¡Y pensar que he sido necia hasta el punto de tener celos de ella!… ¡Tu hijo está muy bien; es un chiquillo adorable y fuerte como un roble! Te coge el dedo con su manita y parece que te lo ha de arrancar. Y su sonrisa… Es exactamente igual que la tuya cuando tenías su edad, Howard.
—¿Cuándo volverá Anabel? Quiero verla.
—Perdona que te lo diga, hijo mío, pero más vale que esté lejos de ti hasta que merezcas su presencia.
—¿Merecer la presencia de mi mujer? En el fondo tal vez no sea una mala idea, porque eso me alentará en mi trabajo.
Poco después, dijo Hazel:
—¡Dios mío! Nunca imaginé que habríamos de estar los tres sentados sobre unas mantas en pleno campo y comiendo tocino. Se está bien aquí y no hay timbres de teléfonos.
—Casi nunca —aseguró Fred.
—Oye —prosiguió Hazel—, no querría que me tomaras por una persona que no puede estar quieta, pero deberíamos hacer otro pequeño viaje. Me gustaría visitar los países escandinavos, si no estalla la guerra en Europa. No iremos como turistas estúpidos por todas partes, sino que nos limitaremos a visitar algunos lugares: Brasil, Egipto, El Cairo, Java e Islandia. ¿Qué te parece?
—Sí… desde luego, no estaría mal. En la tienda tengo una carta que te pensaba enviar, hablando precisamente de eso. Aun no hace una hora que la escribí. Te decía que, en mi opinión, debíamos estar quietos algún tiempo y…
Howard le interrumpió. El Howard de antes, seguro y omnisciente, pero más cariñoso.
—Te equivocas, papá. Mi opinión es que tú y mamá debíais viajar con más frecuencia, para ver lo que pasa en el mundo. Nadie te aventaja en prudencia y conocimientos, pero, de vez en cuando, es preciso que
abandones tu ajetreo. No temas dejar la Agencia. Tú no sabes lo que somos capaces de hacer los jóvenes.
—Tienes razón —aprobó Hazel.
—Tal vez… Ya veremos… debe haber muy buen café en el Brasil y en Egipto… Ya veremos… De momento, voy a acostarme. Vosotros podéis quedaros charlando hasta el amanecer si os place. Yo me voy a dormir. Buenas noches…
SINCLAIR LEWIS (Sauk Center, 1885 – Roma, 1951). Novelista y dramaturgo estadounidense. Estudió en la Universidad de Yale y trabajó como reportero y editor literario durante algunos años, en los que fue discípulo de Upton Sinclair. Realizó también colaboraciones humorísticas en diversas revistas y trabajó como secretario de redacción del Transatlantic Tales. Su primera novela célebre fue la satírica Calle Mayor, que dividió las opiniones de la crítica. Lewis cambió la tradicional visión romántica y complaciente de la vida estadounidense por otra mucho más realista, e incluso amarga. Supo retratar como nadie la vida del americano medio. Entre sus obras destaca Babbit y Doctor Arrowsmith, por la que recibió el premio Pulitzer, que él rechazó. En 1930 recibió el Premio Nobel de Literatura, convirtiéndose en el primer escritor estadounidense que obtenía este importante galardón.
FIN

