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Libro N° 15462. Cerillas Garibaldi. Guillamon, Julià. Emancipación. Agosto 15 de 2026

Guillermo Molina Miranda agosto 11, 2026


© Libro N° 15462. Cerillas Garibaldi. Guillamon, Julià. Emancipación. Agosto 15 de 2026

 

Título Original: © Cerillas Garibaldi. Guillamon, Julià

 

Versión Original: © Cerillas Garibaldi. Julià Guillamon

 

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

https://ww3.lectulandia.com/book/cerillas-garibaldi/


 

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Portada E.O. de:  Imagen con chatGPT

 

 

 

 

 

© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: 

Guillermo Molina Miranda




LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA

CERILLAS GARIBALDI

Julià Guillamon  

Cerillas Garibaldi

Julià Guillamon



Las cerillas Garibaldi —también llamadas saltapericos, triquitraques o mixtos— eran unas tiras de cartón con gotas de explosivo que niños y niñas hacían estallar al arrastrarlas por las fachadas y bancos de piedra. Contenían fósforo blanco y algunos críos se envenenaron con ellas. Los cuentos cortos de Julià Guillamon son como aquellas cerillas Garibaldi: pequeñas historias que, fregadas sobre la superficie áspera de la realidad, producen chispazos de imaginación, humor y crítica. La IA, el fast deco, los cables que se embarullan en un cajón sin que nadie los toque, las rebanadas de pan de molde que nunca se pasan, el arte comprometido y los videojuegos: triqui-trac, trac, trac, trac.


Julià Guillamon

Cerillas Garibaldi

ePub r1.0

Titivillus 03.08.2026

Julià Guillamon, 2026

Imagen de portada: Irene Pérez

Editor digital: Titivillus ePub base r2.1



«Somos un país de quinta o quizá de sexta categoría, afirmó con evidente satisfacción Ecolampadio Miravitlles».

SALVADOR ESPRIU, «El país moribundo»

«Leí en un periódico que no habría Apocalipsis. Para celebrar la buena nueva fui a un McDonald’s y pedí una hamburguesa».

SŁAWOMIR MROŻEK, «Ketchup»



Los Reyes de la talla 28

Terminada la cabalgata, el Rey Gaspar pasa un momento por palacio para preparar unos paquetes que quedan por repartir. Está satisfecho de cómo ha transcurrido la jornada: las dependientas lo han encontrado pasable, con la barba rubia, y no le han hecho sentir que tiene dos mil años. De una bolsa blanca saca un jersey azul marino con una raya roja y dos rayas de color crudo, y se lo enseña a Melchor y a Baltasar.

—¿Qué os parece esto para Ainoa?

Melchor lo mira horrorizado: —¡Qué dices! ¡Le has escogido un jersey de niña pequeña!

Gaspar abre otra bolsa y saca un segundo jersey, negro, con capucha, esta vez para la hermana de Ainoa, que se llama Montserrat. Entre el dobladillo y el cuello, desde donde sale la capucha, hay menos de un palmo. Los tres Reyes miran la etiqueta: «talla 28».

Baltasar enloquece de pánico. Se imagina la cara de las chicas, que tienen trece años, cuando al día siguiente, por la mañana, en lugar de los jerséis que han pedido, se encuentren dos piezas de ropa infantil.

—¡Ya estás yendo ahora mismo a cambiarlos!

Gaspar mira el reloj: son más de las ocho y cuarto. Se calza las primeras babuchas que encuentra, se abrocha el manto con el cuello de armiño, carga con las dos bolsas y sale del palacio a escape. Es mago, pero sus poderes no le permiten cambiar la talla de la ropa ni hacer que aparezcan de la nada dos jerséis Brandy Melville. Ha de llegar a la tienda antes de que echen el cierre.

Baja a la calle corriendo, tropieza con las babuchas, que le van grandes, y con los faldones del manto. Mira el reloj, angustiado. Si ya han cerrado, buscará otra tienda para improvisar otro regalo. Si todas las tiendas están cerradas, recolocará el regalo de otra adolescente. Echa de menos la época en la que la gente creía más en los Reyes Magos y en la que El Corte Inglés abría hasta media noche para repartir presentes.

Mientras las dependientas atendían a la clientela, unos trabajadores retiraban la decoración de Navidad y cambiaban los escaparates para las Rebajas. Ahora, por culpa de Papá Noel, que les ha robado parroquianos, a las ocho y media no se ve ni un alma en ningún sitio.

Gaspar llega a la tienda Brandy Melville congestionado, a punto de estallar. Está tan aturdido que no se da cuenta de que una de las dos puertas está abierta. Se lanza sobre la puerta cerrada y empieza a golpear la reja para llamar la atención de las dependientas.

—¿Qué pasa? ¿Qué pasa? —se acerca una morenita.

—¡Tengo que cambiar estos regalos! ¡Es una emergencia!

La chica le indica la otra puerta, abierta de par en par. Lleva la corona torcida, el cuello de armiño empapado en sudor. Al entrar en la tienda, se le salta una babucha. Las chicas lo rodean.

—Estos jerséis son así, yo tengo uno igual: va así, entallado —le dice una rubia monina.

—Sí, yo también lo tengo, este negro —dice la morena, que enseña el ombligo—. 28: talla única.

El rey Gaspar sale de la tienda arrastrando el manto. Cuando llega a casa de Ainoa y de Montserrat se bebe el cubo de agua de los camellos. Después, se come el pan. Se deja caer en la butaca con un golpe profundo y, en tres tragos, se zampa la copa de anís del rey blanco, el coñac del rey rubio y el Calisay del rey negro.

El pequeño Twingo

El pequeño Twingo era un coche vivaracho, hijo de Jaimito y de un Seat 600 de color rosa. Nació bajo una col del Salón del Automóvil de París de 1991, con la ayuda de una comadrona, la señora Renault, que llevaba una bata azul (lo que antes se llamaba guardapolvo). Tenía unos ojos muy redondos y abiertos que miraban maravillados las rayas continuas y discontinuas de la carretera, los rebaños de ovejas que pastaban por los prados (que el pequeño Twingo contaba porque le hacía ilusión: ¡dos rebaños!, ¡tres!), los trenes que pasaban (hacía carreras a ver quién corría más: siempre ganaba el tren) y los excursionistas con las mesitas plegables, las tumbonas y, a veces, una tele, que tomaban el fresco después de comer debajo de un chopo (años después, bajo el mismo chopo, se sentaba una señora muy pintada, con una falda muy corta, en una silla de plástico de esas de bar).

Cuando iba a visitar a su abuela (que se llamaba Dauphine y era francesa) el pequeño Twingo siempre cantaba: «Para ser conductor de primera, acelera, acelera» y «Vamos de paseo, en un auto feo». Cuando entonaba esta canción, que se habían inventado años atrás unos payasos de la tele, se fijaba en los otros coches que circulaban a su alrededor. ¡Qué feos eran! Repugnantes, con aquellos ojos de buitres, panteras y serpientes. ¡Y tan negros! O metalizados, ¡si parecían robots! El pequeño Twingo, en cambio, era azul, verde, amarillo o rojo: los alegres colores del parchís. Y tenía cara de emoji, a pesar de que en aquella época todavía no existían los emojis: sólo existía una tía soltera que le daba al anís (por no decir a otras sustancias) y que se llamaba Smiley.

Por dentro, el pequeño Twingo era también muy alegre. De pequeño, estaba lleno de detallitos azules, verdes, amarillos o rojos: en el volante, en las manijas de subir y bajar los cristales y en la rejilla del aire acondicionado. Al crecer, le fueron cambiando los colores: pasó de ser verde claro, rosa y azul cielo, colores infantiles que combinaban con su

cara bonachona, al rojo tostado, el mostaza y el color berenjena, algo más tristes. Le cambiaron un poco los ojos. Le redibujaron la boca. El día que cumplió seis años, salió la serie limitada Élite. En el momento de soplar las velas del pastel, estaba rodeado de cinco modelos muy guapas y pechugonas, con vestidos cortos de color plata, cada una llevaba en el vestido una letra de la palabra É-l-i-t-e. El pequeño Twingo miró cómo iba él vestido. No se lo podía creer: ¡era de color gris metalizado! Las modelos lo consolaban, enseñando los muslos y, con el dobladillo de la falda plateada, le secaban las lágrimas que manaban de sus ojazos. Le decían que no se podía ser un niño toda la vida, que ya tenía 16 válvulas y que también se puede ser divertido y metalizado.

Pasó por el marrón, el verde, el azul y el burdeos, metalizados y relucientes, cada vez de más mala gana. El día que lo vistieron de negro, la pataleta fue de las que hacen época. «¡Basta ya!», gritó la señora Renault, arreándole un sopapo. En el Salón de París de 2008 se presentó el Twingo II, con la misma cara de musaraña de todos los demás coches.

Una conversación con san Quirico

Al final del camino veo a un hombre con una túnica hasta los pies y sandalias. Pienso que debe de ser un vecino musulmán, pero, al acercarme a él, descubro a un señor con lo que se llama un perfil griego (una gran nariz recta que arranca desde la frente).

—Buenos días. ¿No tiene calor, con tanta ropa? Hace un calor inquietante.

—La tela está cada vez más fina y me entra un poco de aire por debajo

—responde el hombre, que, arrastrando los pies con las sandalias, levanta una nube de polvo.

—Pero, usted es… ¡san Quirico! ¿Qué hace usted en este camino? Pensaba que lo habían torturado y decapitado de niño, en Tarso, Cilicia, en la época de Diocleciano. Constato, con satisfacción, que ha llegado a viejo y que está en buena forma, a pesar de los años. Tiene la misma cara que en unas aleluyas que compré en el Rastro, aunque con barba y arrugas.

—Ya sabe que, junto con mi madre, Julita, soy el patrón de esta villa. Durante décadas, la gente nos ha querido y celebrado y, gracias al amor de los vecinos, hemos llegado a esta edad, impropia de mártires cristianos.

—Pues estará usted contento. Es uno de los grandes momentos del calendario litúrgico: ¡la octava de Corpus! La gente participa en el pasacalle, cada día le toca a un barrio organizar la verbena. La fiesta tiene un tufillo pagano. Pero ya está usted curado de espantos y no creo que lo viva como un drama.

—En confianza: me gustaba más la fiesta de antes —le dice san Quirico—. Cuando tocaba por las calles, la banda combinaba armónicamente trompeta y fiscorno. Ahora abusa del tambor y parece un desfile militar.

El santo se apoya con la mano en una roca junto al camino y aterriza suavemente en ella con las nalgas.

—Le noto fatigado —le digo.

—Es que apenas he dormido. Con los ayuntamientos democráticos han proliferado las fiestas en el centro urbano. Antes, cuando terminaba el pasacalle, la banda tocaba unas cuantas piezas y acababa, ritualmente, con un vals, un chotis y una polca. A la una y media o las dos estaba todo el mundo en la cama. Hoy, en cambio, la fiesta arranca a la una y se prolonga hasta las seis de la mañana. La plazoleta se convierte en un embudo amplificador que dispara la música contra las casas. No he podido pegar ojo. He salido ahora un rato, a que me dé el aire. ¿A usted le parece bien que cada año se arme esta escandalera? En el pueblo viven personas mayores, enfermos, padres con niños que no pueden o no quieren ir a la fiesta.

—Querido san Quirico, ¿no ha leído usted las opiniones del antropólogo Manuel Delgado? Sostiene que fiestas y revoluciones han de romper las estructuras establecidas y zarandear a la gente. Pues eso es justamente lo que pasa, auspiciado robóticamente por los ayuntamientos, que pretenden quedar bien con la juventud. No está usted solo. Esta semana san Eliseo Profeta, santa María Micaela y san Gregorio Obispo han vivido situaciones parecidas.

En el cruce de la fuente nos separamos: él hacia el monte, yo hacia el pueblo.

—Recuerdos a su madre, la señora Julita.

El bullying y la guerra de los coches

Un Volkswagen Passat de hace unos años se para en un semáforo en rojo. Es el primero de una serie de vehículos que forman una caravana junto al paso de peatones. Veo un Renault Talisman, que parece la alpargata de un gigante, y un Peugeot 5008 alto como una montaña. Un Toyota Hilux de doble cabina y un Audi Grand Sphere.

—Mira, qué gracia, un Passat de los viejos —dice el Peugeot 5008, que le saca dos palmos.

—Qué mono, con la rayita aerodinámica que lleva en el costado.

—¿A dónde vas, desgraciao, con esa rayita? —le dice el Hilux, que mide 5,33 metros y pesa 2910 kilos.

—¿No ves que eso de las rayitas aerodinámicas ya no se lleva?

El Peugeot 5008, el Renault Talisman y el Audi Grand Sphere cantan a coro:

—¡Desgraciao, desgraciao, desgraciao! ¡Ahora los coches somos grandes y fuertes y ponemos cara de mala leche!

—No nos hace falta fingir que corremos mucho con esas rayitas patéticas —ataca el Peugeot 5008—. Lo que se lleva ahora es la solidez y que, en caso de chocar, nuestro sirviente no se haga daño. Al sirviente del otro coche, que lo zurzan.

El Volkswagen Passat, amedrantado, sólo acierta a decir:

—¿Y no podría ser que esos parachoques monumentales fueran como las rayitas aerodinámicas, una ilusión? La ilusión de la seguridad.

—¡Desgraciao, desgraciao, desgraciao! —cantan todos los coches de la caravana, y un Land Rover Discovery Sport que ha llegado a última hora grita—: ¡Mindundi!

El semáforo pasa de rojo a verde y se oye la reconexión de un motor eléctrico.

—¡Adiós, matao!

Cuando el Renault Talisman llega a casa, un edificio de varios pisos, se abre la puerta del garaje y entra por los pelos.

—Qué asco de aparcamiento. Lo construyeron en la época de aquellos Seat canijos. Habrá que darles un toque a nuestros sirvientes, a ver qué piensan hacer —les dice a los otros coches aparcados en el sótano.

Cada coche tiene un sirviente —algunos dicen que es un esclavo— que se encarga de darles de beber, se ocupa de los neumáticos y los lava a pesar del cambio climático.

—¡Este aparcamiento es un asco!

Un BMW 330 D se suma a la protesta:

—¡Qué asco! ¡Qué asco! De entrada, tendrán que reconvertir los aparcamientos. Hacer de dos plazas una, para que podamos respirar un poco.

—¡Respirar! —dice un Peugeot 507 inmenso—. Y los aparcamientos que no se puedan reconvertir, a la picota. ¡Que construyan otras casas, con los aparcamientos adecuados!

—Sí, sí, sí, ¡otras casas, aparcamientos amplios! —grita otro Renault Talisman, de un gris oscuro metalizado, encajado tras una columna roja y blanca.

—¡Y calles nuevas, nuevas carreteras, rotondas más espaciosas! ¡No cabemos todos!

—¡Rotondas, rotondas, rotondas más espaciosas! —remata el coro.

—¡Que nos dejen crecer más! —berrea un Subaru Outback, histérico.

Los coches encienden los motores, suben la rampa, se abre la puerta abatible y salen a la calle, donde se incorporan a decenas de Renault Trafic, Ford Ranger y Hyundai Genesis que han empezado la revolución.

Casi a la manera de Henry James

La cita era a las once en punto, acudimos en calesa. Mi amiga bibliotecaria del castillo de Kraft quiso acompañarme, atraída por la fama de los incunables. La casa de nuestro huésped flanquea el camino real, junto a la manufactura que ha traído el progreso a la región. Es un hombre de una curiosidad universal, muy irónico. En uno de los pasillos, se exhibe un retrato suyo en la bañera, jugando con su hija: el pelo desordenado y la barba negra. Sería un retrato inadecuado de no ser por la naturalidad y la simpatía de este hombre admirable. La casa da la espalda al camino real: más que abrirse al exterior, la fachada protege del estruendo de carros y trabajadores de la manufactura. Aquí el doctor vive encerrado en su mundo, con libros y manuscritos que fue reuniendo a lo largo de los años, recuperándolos de monasterios desamortizados y mansiones caídas. En estos tiempos terribles, nuestro huésped ha coleccionado los libros que hablan de las costumbres y del saber de los antiguos. Nos invita a pasar a una habitación reservada donde ha reunido decenas de ediciones de Kuifje, el famoso aventurero: sus viajes a Oriente, al África negra, las fantasías del viaje a la Luna. Mi amiga bibliotecaria del castillo de Kraft está tan admirada que no deja de pedirle ediciones, cada vez más raras. Nuestro huésped la complace, pasando las páginas de libros iluminados, ediciones únicas perfectamente conservadas, que va sacando de los estantes.

En uno de los trayectos por la casona veo, enmarcadas, unas grandes

composiciones de estampas: las primeras impresiones fotolitográficas que representaron damas con vestidos de volantes, flores de jardinería, perros y gatos. Las imágenes están troqueladas y montadas en unos grandes cuadros multicolores. El efecto es magnífico. Las reconozco enseguida: hace muchos años había visto esos cuadros que nuestro huésped compró en un anticuario.

Fui un joven de familia modesta. Mis padres me enviaron a servir a una posada. Algunos clientes conversaban conmigo y me confiaban sus

cuitas. Uno de ellos, el señor Quián, me invitó a visitarlo, al terminar el verano. En aquella época, era poco frecuente mezclar distintos ambientes. Resultaba muy extraño estar en casa de aquel señor, en la ciudad de Resma. Durante el invierno, el señor Quián se dedicaba a recortar fotolitografías y a componerlas en unos cuadros que mandaba enmarcar: consagró a esta actividad los últimos años de su vida. Y ahora aquellas composiciones estaban en casa de nuestro amigo, que nada sabía del esfuerzo, la obsesión y la tristeza de aquel hombre venerable. Este olvido me impresionó. Así pues, los miles de volúmenes de la biblioteca de nuestro huésped eran como los cuadros del señor Quián, cada uno con su historia. La única diferencia era que los incunables y los volúmenes de las aventuras de Kuifje no me tenían a mí para recordarla. Me sentí desfallecer. Nuestro amigo advirtió mi palidez y nos ofreció una copa de Porto.

Bollería industrial

A las tres de la tarde, en el bar O’Xestal, un dónut, dos cruasanes de mantequilla y un cruasán de chocolate que sobraron del desayuno esperan en una vitrina, sobre la barra, cada uno en un plato de postre, sobre una servilleta de papel. Parecen recién nacidos, en una incubadora. En el mostrador del fondo, junto a cuatro botellas de vino descorchadas —dos de tinto y dos de blanco—, varias torres de vasos de papel encerado, para los clientes que se llevan al trabajo el café o el café con leche. Encima, un cartel escrito a mano, «Hay miel gallega», y un estante de vidrio con siete botellas: Licor 43, Cointreau, Aperol, Campari, Malibú, Martini blanco y Martini rojo. En otra incubadora, un montón de magdalenas en bolsas de celofán y dientes de Toblerone en estuches individuales: comida que no se pasa.

El dónut está inquieto porque es improbable que, a estas horas, entre un señor que no haya desayunado aún y pida una pasta. Un cliente, sentado en un taburete, lamina con el tenedor una ración de tortilla gruesa y va depositando los trozos sobre unas rebanaditas de pan. Entra otro señor, conocido del propietario, y pide otra ración de tortilla con rebanaditas. El dónut se desespera.

—Otra oportunidad perdida. Más valdría haber nacido ensaladilla rusa. En la vitrina de al lado una bandeja de ensaladilla rusa, aplanada con espátula, sin tocar. Cuando acabe el día, el propietario retirará la ensaladilla de la barra y la guardará en la nevera. Mañana la volverá a colocar en la vitrina y quizás habrá alguien que no se dé cuenta de que

lleva días allí y se encapriche de ella.

Uno de los cruasanes de mantequilla, que no ha perdido la esperanza, saca pecho:

—Muy dulces os veo, el uno cubierto de azúcar glaseado y el otro de chocolate negro. Yo, en cambio, podría ser una buena merienda. El

propietario me cortará transversalmente, me rellenará con queso y jamón de York, me pasará por la sandwichera y seré un bocadillo delicioso.

Entra un señor que, con la excusa de un café, pide una copa de coñac. Va pasando la tarde y, en el interior de la vitrina, el dónut, los dos cruasanes de mantequilla y el de chocolate parecen sentados en el banco de los jubilados. Cuántas ilusiones perdidas desde esta mañana, cuando, recién encendida la cafetera, O’Xestal se llenaba con el zumbido del tubo de vapor que se introduce en la jarra para calentar la leche. Qué prometedores parecían los golpes de los portafiltros que iban escupiendo café en el cajón de los posos y el río de gente que ordenaba dónuts, cruasanes de mantequilla y cruasanes de chocolate: el propietario los sacaba directamente de una bandeja. Iban saliendo sin parar y parecía que pronto llegaría su turno. Qué tristeza el destino de las pastas que ya no son útiles a la sociedad, rechazadas por viejas y secas.

—¡Cuánta injusticia! —grita el cruasán de chocolate.

Un tipo que ya lleva tres cervezas encima lo oye, pero piensa que no puede ser.

A las ocho menos veinte el propietario empieza a recoger el bar. Llega una chica con una Brompton y se lleva las cuatro pastas por un euro.

La segunda muerte de Carlos Gardel

La madre murió un sábado por la tarde después del almuerzo. Al día siguiente, tras el papeleo, las hermanas regresaron a casa, porque la sala de velatorio no se abría hasta el lunes. Tenían que escoger una música para la despedida y seleccionaron la versión del tango Adiós muchachos de Carlos Gardel. Pocas horas antes de morir, se la pusieron a la madre en el teléfono móvil. La hermana mayor lo cuenta con un gesto expresivo, como si fuese la enferma, tuviera la cabeza apoyada en la almohada y abriera un párpado al oír la música. Al día siguiente, en el tanatorio, empiezan las dudas. Cuando murió su hermano querido, que era músico de free jazz, eligieron uno de sus temas y una selección de canciones preferidas, que habían compartido. Pero una madre tiene siempre un fondo misterioso.

A los hijos les divertía aquella obsesión por el galán, fallecido en accidente de aviación en Medellín hace tanto tiempo —en 1935— que la mayoría de los que vivieron y lloraron su muerte ya no están en este mundo. El tango de Julio César Sanders (música) y César Vedani (letra) tiene una melodía alegre que no encaja con el texto: es un hombre enfermo que se retira de la vida y se despide de sus colegas. Se acuerda de la madre y de una novia que tuvo —las dos ya fallecidas—. Caramba, cuántas desgracias.

Las dos hermanas se lo cuentan a la gente que el lunes por la tarde las acompaña en el velatorio, como si buscaran la complicidad y aceptación de vecinos y amigos. Con los tangos nunca las tengo todas conmigo. Una vez en Buenos Aires, un cantante de tangos engominado me explicó de qué iba la letra de A media luz, otro de los grandes éxitos de Gardel. La estrofa que dice:

Juncal doce veinticuatro telefonea sin temor.

De tarde, té con masitas,

de noche, tango y champán,

los domingos, té danzante, los lunes desolación.

Era un lupanar que cerraba los lunes.

Fue una ceremonia breve. Se abrió con un fragmento de Mahler y una lectura del Evangelio según san Lucas. Me pidieron que dijera unas palabras, pero decliné la invitación. Tras asperjar agua bendita sobre la caja, por la megafonía sonó el Adiós muchachos, en la versión de Carlos Gardel, con arreglos de guitarra. El compañero de la hermana mayor le pasó el brazo por los hombros, la hermana mayor cogió por el brazo a la hermana pequeña.

Al salir del oratorio, una vecina recordó que, años atrás, cuando salían de excursión, la madre la cantaba en el coche. Varios de los asistentes al funeral miramos el móvil para saber la fecha de la grabación: 1927. Nuestra amiga tenía seis años cuando salió el disco. La escuchó de niña, en la radio, y de jovencita, en el baile. La escuchó de casada, en aquel coche que recordaba la vecina, y en la vejez, cuando añoraba a su marido.

Gardel no faltará nunca, siempre habrá restaurantes argentinos y enamorados del tango. Pero la experiencia de toda una vida con esta canción se fue con nuestra amiga, y ese día Carlos Gardel murió también un poco.

Desayuno continental

—Habitación 412 —dice ella mientras el hombre está frente al mostrador. Vuelve con un vaso de cristal alto, que se ensancha hacia la boca,

repleto de leche entera. En la jarra transparente la leche parece más sólida, más sana, más limpia y más blanca que en casa. No dirías que se trata de una leche que, como todas, ha llegado en un brik. La chica del delantal ve que el nivel de la jarra ha bajado hasta la mitad, se la lleva cogida por el asa. Regresa en medio minuto con la jarra llena. La tostadora escupe dos rebanadas: una de pan blanco y otra integral con semillas.

El hombre deja el vaso sobre la mesa. Vuelve al mostrador y regresa con dos cuencos, uno con pedazos de fruta —maracuyá, melón, melocotón, plátano y kiwi— y otro con una mezcla de copos de trigo, cebada, espelta, maíz, pipas de girasol, cuatro pasas, un albaricoque deshidratado y una ciruela confitada. En el último momento, da marcha atrás y, con unas pinzas doradas, añade un higo seco. Deja los dos cuencos junto a la taza puesta del revés y, en otro viaje, coge un yogur natural en frasco de vidrio.

—¡Leche entera y yogur natural! —dice ella, que tiene enfrente un plato con las dos rebanadas recién tostadas, una porción de camembert, una corteza de manchego seco, un triángulo de queso de cabra, dos goterones de mermelada —de mango y frutas del bosque— y un tomate cherri que ha cogido de la bandeja del salami y del jamón de York, donde estaba de adorno.

Están sentados a una distancia prudente de la ventana con cortinitas y un vidrio grueso que separa el comedor de la calle. No son de esos clientes tan pegados al cristal ni de los que se colocan tan al fondo que da lo mismo si desayunan en la ciudad de Ranchipimpum o en la Luna.

—Podrían estar en cualquier sitio, esa gente —dice ella, desdeñosa.

—Los hay que no entiendo por qué viajan.

Los ranchipumpenses pasan junto al cristal sin mirarlos. Han construido tantos hoteles, últimamente, que los turistas ya no les despiertan ninguna curiosidad. Ella regresa al mostrador para coger un bocadillo pequeño de jamón. Él se prepara un café con una Nespresso y carga en el plato dos minicruasanes. Un tipo sanguíneo toma asiento en la mesa de al lado, con una montaña de huevos revueltos, coronada por tropezones de pan frito, un cuenco de pistachos y un trozo de tarta de Santiago.

Qué bien están en el comedor. El ambiente es tan agradable. Las paredes son de color de helado de avellana. El mantel es blanco, grueso y no parece lavado en una lavandería industrial. Tienen todo el día por delante. Les espera la ciudad de Ranchipimpum, con sus casas de EcoFaeBrick (ladrillos de estiércol). Es el mejor momento del año para ver la puesta de sol sobre el EcoFaeBrick y pasear en mototaxi picando colas de gamba de un cucurucho. No encuentran el momento de salir a la calle. Por eso disimulan cuando entra otra chica con delantal, que les vuelve a pedir el número de la habitación.

—412.

Un viento apestoso y enladrillado

No pasó nada de lo que siempre decían que iba a pasar: ni cielos rojizos ni bolas de fuego. Un verano, los árboles perdieron la corteza. La gente se alegró al saber que no era a causa de una enfermedad. Un bando anunció que estaba prohibido regar las plantas. Un transeúnte dijo que, si los árboles morían, más adelante deberían replantarse, con el coste que eso supondría para la municipalidad. «¿O es que no piensan replantarlos?» Nadie respondió. «Los árboles chupan mucho», proclamaban los cuestores implacables. «Bajo las adelfas del parque crían las ratas». Empezaron a recortarlas. La avenida de los Tilos, que en otro tiempo fue un orgullo de la ciudad, tenía un montón de alcorques vacíos. Los árboles más jóvenes, con raíces más pequeñas, morían. En los árboles maduros la tila quedaba pegada a las ramas secas, exhaustas por el esfuerzo de la fructificación.

Muchas chicas empezaron a tatuarse mariposas en los hombros. Unas mariposas grandes, con las alas de colores. También se tatuaban, en las piernas, plantas trepadoras. Decían que, gracias a esos dibujos, se sentían libres e integradas con la tierra y el viento. Los insectos, pájaros y pequeños mamíferos prácticamente habían desaparecido, pero los perros, que los ciudadanos criaban amorosamente, mantenían en las personas la ilusión de compartir la vida con los animales. «Deja pasar a este señor», decía el propietario del perro, en lugar de dirigirse a su vecino, cuando coincidían en un paso angosto. Los galgos eran una de las razas más buscadas. Los canódromos eran cosa de otro tiempo, pero la gente sentía que participaba en una obra de salvamento. Nunca había existido tanta fauna en dibujos. La ardilla y la golondrina compartían espacio con diferentes tipos de dinosaurios y marsupiales extintos.

Fue en aquel momento cuando empezó a proliferar la palabra salvaje. Todo pasó a ser salvaje. Una pescadería que en lugar de pescado alimentado con piensos vendía pescado relleno de microplásticos se llamaba Crudo y Salvaje. Un restaurante de vinos que no llevaban mucha

química se anunciaba como La Cuba Salvaje. «¿Esto es ser salvaje?», protestó una anciana, que vivía al lado. Un chico argentino chasqueó la lengua y la invitó a darse el piro.

Se empezaron a enladrillar senderos, caminos y pistas forestales. Los llamaban Vías Verdes. Todo el mundo estaba satisfecho de poder circular por ellas en bicicleta y patinete, que se consideraban medios de locomoción mucho más naturales que el andar de las personas. Los mecanismos de producción de energía se multiplicaron en las montañas y el mar. Se añadían a los ya existentes sin eliminar ninguno, pero los expertos hablaban de una reducción sostenida.

Una noche un viento tórrido empezó a soplar en las calles por donde la multitud regresaba eufórica tras una noche de fiesta. Dicen que cogió a todo el mundo por sorpresa. Era un viento ácido, salvaje, apestoso y enladrillado.

Mundo divertido

Algunos, que no tenían la paciencia de escuchar mensajes de voz en el móvil, empezaron a pasárselos a × 1,5. Los amigos, los amantes, la familia hablaban con una divertida voz de falsete. Las pausas desaparecían y los mensajes se liquidaban en un momento. Entonces respondías con una nota de voz que alguien oía también a × 1,5. Con las series sucedió algo parecido. La manera de contar las historias había cambiado: los primeros episodios discurrían tan rápido, pasaban tantas cosas, que costaba seguir el ritmo. Pero después bajaban de intensidad y se aletargaban. A partir de una pequeña anécdota que en uno de los capítulos iniciales hubiera dado lugar a una subtrama insignificante, se construía un episodio entero. Vistos a × 1,5, de aquellos episodios iniciales no se entendía gran cosa. Pero después llegaba un continuo de acción, clímax sentimental, sexo y violencia, y compensaba.

Los deportes, que empezaron siendo una manifestación del dinamismo de la vida moderna, se habían vuelto aburridísimos. Se decidió emitirlos a

× 1,5. El fútbol se convirtió en un espectáculo trepidante. Y la Fórmula 1. No sólo se aceleraron las transmisiones. Un sistema agilizador permitía aplicar el × 1,5 sobre el terreno, siempre y cuando lo aceptase el 75 % de los espectadores. Los seguidores del tenis y del golf se opusieron a ello, pero sus objeciones fueron pronto arrinconadas, y todos los deportes empezaron a disputarse a la nueva velocidad.

Las imágenes a × 1,5 crepitaban como hologramas. Cuando la gente empezó a aplicar el método acelerador en la vida cotidiana —siguiendo el modelo de los héroes del deporte—, por todas partes se veían hombres y mujeres crepitantes, que circulaban un 50 % más aprisa que las otras personas. Las calles se llenaron de chispazos lisérgicos. Los supermercados aplicaron enseguida el nuevo sistema, y las cadenas de montaje de las fábricas, los cruceros y los trenes de alta velocidad. En la Administración pública, los primeros en adoptarla fueron los

departamentos de licitación de obras. En las carreteras se crearon carriles × 1,5. Para evitar quejas (los carriles × 1,5 circulaban tan llenos que iban a la misma velocidad que los carriles × 1 residuales), se impuso la velocidad única. Gracias a la IA ya prácticamente no había accidentes. Surgió una oposición formada por los sindicatos de fontaneros y taxistas y los propietarios de call centers. Pero salvo estas excepciones, la sociedad asumió con alegría la aceleración.

En vista del cambio transcendental que se estaba produciendo, pensando en un futuro con mayor igualdad de oportunidades y un buen ascensor social (que fuera rapidito), el colectivo Escuela Nueva × 2 impulsó un programa para que, anticipándose a las transformaciones en curso, la enseñanza incorporase de manera experimental la velocidad × 2.

Las cuatro escafandras

En un vagón de metro viajan cuatro escafandristas. Uno va vestido de buzo, con la cabeza pesada, en el interior de una bola que parece de cobre, enroscada sobre un peto del mismo material. Luce un traje de lona gruesa y zapatos de plomo. El otro viste de apicultor, con cremalleras, la cabeza cubierta por una capucha con rejilla. El tercero es un artificiero que lleva un uniforme cargado de placas protectoras, con articulaciones flexibles y un casco con visor. El cuarto es un cosmonauta con un traje espacial con la presión interna estable, escudos contra radiaciones ultravioletas y micrometeoritos, y un casco con una visera aerodinámica que dentro tiene un cine. El metro va relativamente lleno, para la hora que es: de pie o sentados hay más buzos, apicultores, artificieros y cosmonautas. Están tan concentrados en sus escafandras que no ven nada de lo que pasa a su alrededor.

El buzo desprecia la realidad exterior y explora, solo en el interior del casco, la profundidad de su alma triste. Pasa las siete u ocho paradas de metro en mundos abisales, más bien turbios, con corrientes tempestuosas. Va cayendo, cayendo, agarrado al mundo por una pesada cadena, con una manguera de goma que llena de aire la bola metálica que lleva enroscada en la cabeza. Se incorpora con movimientos flotantes. Los zapatos de plomo le obligan a caminar inseguro y vacilante por el pasillo.

Con su escafandra, el apicultor busca la felicidad, la ligereza de espíritu, la miel que las abejas han ido depositando en la colmena para que él, con su traje de cremalleras, la extraiga y se dé un atracón.

El artificiero cree que el mundo está lleno de peligros y que vivimos sentados sobre una caja de bombas. Que se pueden desactivar, cortando el hilo rojo o el hilo azul con unos alicates. Pero que lo más probable es que todo acabe explotando. El casco reforzado y los pectorales de hierro serán su salvación.

El cosmonauta vuela por espacios siderales, sin moverse del metro. Pasea entre las estrellas y desliza la mano, con el guante plateado, por los anillos de un planeta cargado de satélites.

Se da un cierto equilibrio en el autismo. La profundidad del buzo queda compensada por la elevación del cosmonauta; la buena fe del apicultor, por el fatalismo del artificiero. Todos encerrados en el metro, concentrados en la escafandra que les rodea la cabeza, sin verse unos a otros ni ver a los otros buzos, apicultores, artificieros y cosmonautas que se distribuyen por el vagón.

En la Estación Central es donde entra y sale más gente, entrechocando escafandras y tropezando con los gruesos zapatos. Bajan tres buzos, un cosmonauta y un apicultor. Pero suben dos armaduras del siglo XVI, dos motoristas y un jugador de fútbol americano, y el vagón queda tan lleno como antes.

La conjura de los árboles

El hombre entra en la cocina y apaga la luz del jardín. La mujer del piso de arriba cree que se ha ido a acostar, saca una manguera y riega — discretamente— una malva real que se está muriendo de sed. El inquilino oye el ruido del agua corriente, mira un momento el jardín a oscuras: el aguacero cae sobre los rosales y el hibiscus con flores abarquilladas en las ramas. Prende de nuevo la luz, la propietaria de la casa piensa que la han descubierto y cierra el grifo.

—¡Mi humanidad incluye a los árboles! —grita desafiante. Pero en seguida cambia de tono:

—No me denuncie, por favor.

Hace semanas prohibieron regar los jardines. Las plantas se han secado y ahora se mueren los árboles. Es la una y media de la madrugada. La casa está en un extremo del pueblo, a esta hora —aunque sea verano— pasa poca gente.

—¿Ha visto cómo están esos almeces?

Se refiere a cuatro árboles frente a la cerca del jardín, deslumbrados por las farolas.

—Los frutos ya están amarillos, pero las hojas se han deshidratado. Los pájaros controlan que maduren. No les falta mucho, pero me angustia pensar que los árboles vayan a morir a causa del esfuerzo.

El hombre le dice que ha vaciado en los alcorques unas cuantas botellas de agua. La sombra de la mujer se recorta en el piso superior.

—¿Conoce el restaurante Le Laboratoire?

Es un pequeño establecimiento, con sillas de enea y mesas pintadas de azul.

—¿Se ha fijado en que han dejado morir el árbol de Júpiter? Tienen una clientela de gente refinada, elegante, sensible. ¿No les molesta ver ese esqueleto de árbol en la puerta?

—No lo ven —responde el hombre, que ha perdido toda esperanza en el refinamiento y la elegancia.

—¿Sabe lo que pienso? Que existe una conjura para prescindir de los árboles. No los necesitamos, no los comprendemos. En los parques infantiles ya no los plantan. Dicen que tienen que estar a una distancia de seguridad de los columpios para evitar accidentes. Si pega el sol demasiado instalan un toldo.

El hombre ha visto algunos de estos parques, calles y plazas con toldos.

—Estos almeces los plantamos nosotros y ahora nos desentendemos de ellos. Cuando se mueran no vamos a plantar otros. Y, mientras el mundo se achicharra, nos duchamos siempre que tenemos calor y construimos cuatrocientos nuevos pisos que necesitarán agua. Siempre que han existido leyes injustas han aparecido hombres y mujeres honestos que se han rebelado. ¿Cuánta gente ha visto regando el árbol frente a su casa, como hace usted? No digo todos los árboles: el que vive a su lado. Una vez por semana: justo para que no se muera.

El hombre recuerda que hay personas que vacían el contenido de un cubo con detergente en el alcorque. También compactan el poso de los bares.

—¿Estaba aquí, el día del incendio? ¿No le subleva tanta hipocresía? Todo el mundo lamentándose de que nos han estropeado la postal del verano, pero somos incapaces de parar el fuego que lo consume todo a nuestro alrededor.

Hay un instante de silencio.

—Me ha gustado hablar con usted.

La mujer se retira. El hombre entra en la casa y se lava los dientes.

Las pinturas rupestres

El navegador del coche se aburre y, cuando están a punto de enfilar la carretera GIP-5121, decide hacer una travesura. En lugar de decir: «Dentro de quinientos metros, en la rotonda, toma la primera salida hacia GIP-5121» o «Dentro de cuatrocientos metros, en la rotonda, toma la primera salida hacia la carretera provincial GIP-5121», suelta «Dentro de trescientos cincuenta metros, en la rotonda, toma la primera salida hacia 5121 Gibraltar Pounds», y se queda tan pancho. Las cuatro personas que van en el vehículo se quedan de piedra. El navegador oye sus comentarios y se monda de risa. «¡Raquel! —grita el conductor—. ¿Qué mosca te ha picado?» El navegador insiste: «… la primera salida hacia 5121 Gibraltar Pounds». Lo dice en inglés para que se vea que sabe idiomas. El conductor y sus amigos piensan que es idiota porque a la calle Alfonso X la llama

«Alfonso equis» y, a la avenida Juan XXIII, «avenida Juan equis, equis, i, i, i».

Para empezar: no se llama Raquel. Es un robot macho y se llama Protazánov. Pero no quiere desilusionarlos. «Raquel aquí, Raquel allá. Raquel: ¿cuánto falta para llegar a Santa Perpetua? Raquel: ¿dónde encuentro una estación de servicio abierta?» Y él contesta todas estas preguntas burras sin ningún esfuerzo. Bien puede, de cuando en cuando, hacer alguna gamberrada con el nombre de Alfonso X o con las letras y los números de una carretera. «Ha leído el nombre de la carretera como si fuera una cantidad, y GIP, como si fuera la abreviatura de la moneda oficial de Gibraltar», dice uno de los que van detrás. «Pues no, listillo — dice para sí Protazánov—: lo he hecho para reírme en vuestra cara». Suelta una risotada metálica con su voz real que no se oye desde el exterior.

«La próxima semana tenemos que ir a Santa Tecla del Hervor». «¿El sitio aquel en el que han encontrado pinturas prehistóricas?» Protazánov lo oye y procesa una idea. «Dentro de doscientos metros gira a la derecha hacia la carretera GI-801. Sigue dos kilómetros hasta cueva del

Cuernomocho con pinturas rupestres». «¡Raquel! —gritan todos— ¡nos has estado escuchando!» Ríen porque, aunque piensan que realmente los escucha, no le dan demasiada importancia. Pasan de largo la salida. Siguen por una larga recta que termina en una rotonda. «Gira en la rotonda, toma la tercera salida hacia GI-922. A trescientos metros, encontrarás el abrigo Peñascoso con restos humanos de la época neandertal». Los cuatro se recochinean. «¡Sí que te ha dado fuerte!» Toman la primera salida en lugar de la tercera que les sugería Raquel, que vuelve a la carga. «A cinco kilómetros, toma la pista de tierra, hacia las cuevas del Alacrán». Para seguir la broma, el conductor gira hacia la pista de tierra que empieza siendo una carretera despejada, pero al poco rato se llena de zarzas, las ramas rayan la carrocería del coche, que se queda encallado sin poder dar marcha atrás. Entonces ven frente a ellos al hombre vestido con piel de oso de las cavernas que los amenaza con un hacha de piedra.

El museo de latas

El señor me hace pasar amablemente al despacho. De la estantería, detrás del escritorio, toma una lata verde, con una tipografía antigua, de coup de fouet, y el nombre abreviado en una tipografía moderna.

—Esta fue la primera lata que cayó en mis manos. Es americana, me la regalaron unos tíos míos que, en una época en la que no se viajaba tanto, pasaron unos días en Nueva York. ¿Ve que es más gruesa?

Es una lata de refresco, sin anilla, bien conservada, de colores vivos: quizás esté restaurada.

—Esa lata me hablaba de un mundo nuevo, de los viajes que no estaban a mi alcance. Era, de alguna manera, un objeto artístico, aunque el arte no me ha interesado especialmente. ¿Recuerda cuando llegaron las primeras latas?

Lo había olvidado completamente. Una vez, en un pueblo de la costa, cuando aún era un niño, yendo con mis padres.

—¡Es de lata!

Era una lata verde, algo distinta de la que el señor me acaba de mostrar. Vertí su contenido en un vaso largo, de tubo, sorbiendo para que entrara todo el líquido y así poder examinar el recipiente por todos lados: las letras de coup de fouet y la tipografía moderna con el nombre de la bebida en inglés, que en aquella época era una novedad. La bebida y la lata estaban fabricadas en Alemania. En aquel momento, aquí no existía fabricación o, si se fabricaba, no había envasado.

—¿Recuerda que, al principio, algunas latas venían de Alemania y otras de Francia? —dice el señor, que parece leerme el pensamiento—.

¿Ve esta de aquí? —me enseña una lata verde y blanca, en un impecable estado de conservación, y me indica la misteriosa abreviatura GmbH—. Es la primera que se fabricó en Alemania. En aquellos primeros años todo el mundo las conservaba, en la cocina o en el despacho. Eran vistosas y

contenían una promesa de algo que no se sabía exactamente en qué consistía.

Recordé que también yo las había tenido en mi habitación de adolescente y, más tarde, encima de un armario.

—Cuando ya hubo seis o siete modelos diferentes, se convirtieron en un engorro para la gente, que empezó a desprenderse de ellas. Yo continué con mi colección. Aparecieron series con las letras plateadas y otras verdes metalizadas, conmemorativas de todo tipo de acontecimientos, personalizadas con nombres de hombre o de mujer. Se fabricaron latas en todos los países y yo pedía que me las enviaran, primero una vez al año, después cada mes, después cada quince días. Sólo me faltan un par de ellas, de Tailandia, modelos antiguos, y una, muy rara, de las islas Mauricio (pero fabricada en la India). Pase, pase.

Abrió una portezuela en un lateral del despacho, cruzó un pasillo que acababa en una puerta blindada que daba acceso a una gran nave con miles de palés dispuestos en estantes, y millones de latas envueltas en papel burbuja, como una lasaña de plástico y aluminio que, en aquel momento, me produjo la impresión de un desolado y tristísimo basurero.

El lagarto ocelado

—¡Un lagarto, mira qué lagarto!

Es un lagarto ocelado de once años y setenta centímetros de largo. Vive en un campo de olivos podados de manera que las ramas crecen hacia abajo y el campesino, que es un hombre viejo y previsor, no tiene que doblar el espinazo. El lagarto ha oído llegar al hombre con los dos niños, ha cruzado la verja metálica y se ha escondido debajo de un lentisco. El padre y los hijos han tenido tiempo de ver la cola que desaparecía bajo la planta como un espagueti —un espagueti grueso como un brazo.

—Si este lagarto pudiera hablar, las cosas que contaría —dice el padre.

—Este imbécil se cree que soy un dinosaurio —refunfuña el lagarto bajo el lentisco.

Cada vez soporta menos a la gente. Los chavales se agarran a la reja del olivar para intentar verlo. Le gritan:

—¡Lagarto! ¡Lagarto!

El lagarto se queda repanchingado bajo la planta, verde y colorada, hasta que se van.

—¿Si pudiera hablar? Mecagüen diez.

Sale despacito de debajo del lentisco, arrastrando la tripa. Un rayo de sol de media tarde ilumina los ocelos, azules y verdes. Avanza la pata delantera derecha y a continuación mueve la delantera izquierda, cruza el olivar hasta el terreno que se quemó hace quince días y que, tras la lluvia de ayer, huele a carbón mojado. El fuego chamuscó los pinos, que han quedado de dos colores, pero sobre todo encendió las hojas de pino, y ahora, en el suelo despejado se dibujan las paredes de piedra seca.

—Qué manera de trabajar, esa gente, y qué habilidad.

Toda la colina, hasta la cima, está escalonada con muros rústicos. Le gustan los desagües emparedados con rocas planas, altas y delgadas, que cruzan las viñas en diagonal, para eliminar el agua de lluvia sobrante.

Al otro lado de la pista forestal sobreviven, sufridoras, tres viñas, rodeadas por una verja continua, compuesta de reja de encofrar, tela de gallinero y cinco somieres viejos y herrumbrosos. En una de las viñas se ve una furgoneta de un modelo antiguo, de la que no queda más que la plancha ferruginosa. En la otra, los restos de un invernadero: han volado los plásticos que cubrían el esqueleto. En la tercera, una barca con el nombre Irene reposa sobre un montículo. Todas las pitas que crecían por allí se han muerto y las chumberas están enfermas.

Junto a las viñas, que no se quemaron de milagro, baja una reguera. Se acerca hasta allí arrastrando la panza. De la tierra sale un trozo de pared — cuatro ladrillos con una capa de yeso y pintura— y una persiana arrancada de un chalet que acabó en derribo. En el fondo de la reguera, una botella de dos litros de refresco, perlada de unas gotas transparentes, que dan la sensación de pasarlo muy mal, dos flexos, tres paquetes de tabaco abollados, con fotografías de enfermos y difuntos. Seis tapones de botella de agua mineral.

—Cuánta porquería habéis llegado a producir, cuánta dejadez por todas partes, con el pretexto de tantos refinamientos y pretensiones.

Ve llegar rodando por la pista una lata de una marca blanca, con las letras descoloridas por el sol, y le arrea un coletazo.

Una ascensión al Monrouge

El Monrouge es la cima mítica de las Montañas Coloradas, muchas generaciones de excursionistas la han frecuentado desde que, en 1873, lord Herbert Holland, acompañado del guía local Frasquillo Chinchón, clavó en ella la Union Jack. Fue una ascensión lenta porque Holland, que acababa de regresar de la India, pilló unos días de mal tiempo en los que granizó y llovió a cántaros. Pasaron cinco días en el refugio de La Estanca, comiendo ciervo a las finas hierbas y jugando al backgammon. El agua bajaba embravecida por el río Gacho y desde la ventana veían saltar los peces que arrastraba la corriente. Después salió el sol, las águilas abandonaron sus nidos en el acantilado y, desde la altura, contemplaban la subida de lord Holland y Frasquillo Chinchón —con las articulaciones algo rígidas a causa del backgammon— y cómo se acercaban al glaciar de Muño Flaínez, que, visto desde el aire, parecía un perro de aguas, peludo y reluciente, tumbado junto al camino.

Un frío intenso helaba las puntas de los bigotes de lord Holland. A golpe de piolet, con las sogas rodeándoles el cuerpo, escalaron el pilar Bonmatí. Era la primera vez que un alpinista lo conseguía. Una vez en la cumbre, tomaron un trago de coñac de una cantimplora y golpearon el granito helado con un bastón terminado en una caperuza de hierro. Lord Holland lo cuenta en un informe a la Sociedad de Ciencias y Artes de Ancoats.

Para celebrar los ciento cincuenta años de la expedición de Herbert Holland se ha organizado una subida multitudinaria al Monrouge, con inscripción abierta —a cada participante le corresponde un dorsal con el número y un dibujito de lord Holland y de Frasquillo Chinchón jugando al backgammon—. Punto de salida en la estación de esquí Muño Flaínez 2030, en la que se han habilitado tres parkings especiales para acoger a los vehículos de los participantes. A las seis de la mañana los atletas coloridos salen corriendo por la ladera. Las botas claveteadas son un engorro porque

el monte está seco como el cartón y sin un copo de nieve. El refugio de La Estanca no funciona porque, a pesar de que Indalecio Chinchón, tataranieto del mítico escalador, se gastó 100 000 euros en un depósito, como nunca llovía tuvo que cerrar el grifo y finalmente emigrar. Estaba desfasado porque con unos escaladores que corren tanto ya no hace falta hacer noche en la montaña. Por el río Gacho, donde hace años que no se pesca ningún pez, baja un hilo de agua verdosa. Una serpiente de colores pasa junto al glaciar de Muño Flaínez, que se aguanta precariamente. A sus pies se ha formado un lago posglacial color turquesa.

Cuando llegan al pilar Bonmatí para reproducir festivamente la gesta de lord Holland —todos los participantes llevan una botella de aluminio con una bebida energética en lugar de coñac—, descubren que ha desaparecido. Al fundirse el hielo, que unía como un cemento los bloques de granito, media montaña se ha desmoronado —800 000 toneladas de piedra— y ahora sólo queda un pico despuntado.

¡Ciento cincuenta años de historia del alpinismo desaparecidos! Pero los atletas saltan por entre los restos del alud e inventan un nuevo deporte.

La tortuga terrestre

Padre e hijo alternan las salidas a la montaña. Mientras uno se queda en casa al cuidado de la madre enferma, el otro sale a rondar por las colinas que rodean el pueblo. Sus excursiones pueden ser largas —sobre todo las del hijo—, por caminos que, antes de la enfermedad, recorrían los tres. Hoy el hijo ha encontrado una tortuga terrestre. Es un acontecimiento excepcional porque, con tanto incendio y tanta sequía, en la montaña cada vez se ven menos animales. Y porque las tortugas terrestres son asustadizas, prudentes, no viven en cualquier sitio. Cuando aparece una, corre el peligro de terminar en un jardín: hay más tortugas en los jardines que en los campos.

El hijo se ha pasado un buen rato sacándole fotografías y filmándola. Asoma la cabeza y las patas del caparazón, animada por un resorte: primero salen las manitas apergaminadas, que se abren hacia los lados, y a continuación, el hocico en forma de flecha. Si no la molesta, toma confianza, alarga el cuello, libera la cabeza, mueve las patas y avanza a considerable velocidad para ser una tortuga. Es amarilla con manchas negras sobre unos escudos que parecen los parches de un balón de cuero. Por debajo, el color recuerda el negro opaco de las radiografías, sobre un fondo amarillo, rayado de arrastrar la tripa por el suelo. Por el dibujo se puede saber si es macho o hembra. Esta, en concreto —tiene la tripa más amarilla que negra—, es una hembra joven. En la boca lleva una vaina de retama, peluda y no del todo seca, como quien mordisquea un brote de tomillo.

Cuando llega a casa, el hijo anuncia:

—¡He encontrado una tortuga! —y enseña las fotografías.

Habían visto sólo una, hace tiempo, la madre trabajaba en la ciudad, ellos pasaban unos días solos en la casa alquilada antes de que empezara el colegio.

—¿Y dónde la has encontrado? —pregunta el padre.

—¿Sabes esa viña perdida, donde estaba aquel almendro del que cogíamos almendras?

El padre recuerda perfectamente la viña y las almendras. Las cascaban con una piedra, con un golpe que tenía la fuerza justa para no aplastar la semilla. Él decía que era un arte: el arte de cascar almendras. Un año hubo tantas que se las comieron en la playa. Pero el padre no habría dicho nunca estaba. El almendro, con una rama seca, todavía aguanta. Él también pasa por allí de vez en cuando, ve las almendras, pero no coge ninguna. Alrededor del árbol hay trozos de ladrillo y de azulejo de un vertedero ilegal y siempre piensa que llamará al Ayuntamiento para que los retiren:

—Soy el abogado tal, hace años que vengo al pueblo y es una lástima que en este camino tan bonito haya escombros.

Después se olvida. Ya no tiene la inocencia de pensar que el almendro estará siempre allí, cargado de almendras, y que ellos también estarán, como aquella tarde que recolectaron tantas y se las comieron en la playa. Pero aún no se siente parte de aquel estaba del hijo.

—Ah, sí, donde está el almendro.

Se acerca al chico y le da un abrazo.

La clase media

Cuando quebró la empresa textil —una de las últimas que quedaban en la ciudad—, siguió a su hermano al mundo de las reformas. ¡Tantos años ingeniero textil y ahora albañil! Quién lo iba a decir. Le ha quedado el gusto por la organización, que aplica a la primera fase de los proyectos.

—A ver, ¿cómo vamos a hacer esto? —dice en un tono jovial, para animar la venta.

En estos momentos está en una mesa de despacho con un montón de catálogos abiertos por distintas páginas, frente a una pareja que quiere cambiar el baño y reformar la cocina. Quieren que sea todo negro.

—¿Negro? Resalta la suciedad. Verán continuamente las manchas de

cal.

La chica no quiere oír hablar de ningún otro color. En las revistas ha

visto unos baños preciosos de un negro rutilante y unas cocinas con muebles, mármoles y electrodomésticos negros. El negro simboliza el lujo y la riqueza. Y ahora que finalmente pueden reformar el piso que heredaron de los padres de él, quieren vivir con el confort que corresponde a personas que se ganan bien la vida. Ella trabaja de dependienta y él es conductor de una empresa de mensajería. Durante la semana va por los polígonos en una furgoneta blanca con grandes letras naranjas y azules. Cuando se cambió el coche, hace unos años, sustituyó el que tenía — blanco: el color más barato— por uno negro mate. Parece el coche de un ministro.

Hojean el catálogo de grifos: dudan entre el Jaspe negro, la Aventurina y el Cuarzo ahumado.

—Aventurina no, que parecerá que somos unos nuevos ricos.

Para la cocina seleccionan un grifo de caño alto, monomando, Jaspe negro. Para los azulejos del baño no saben si decidirse por Turmalina o Wolframita. Aunque se trata de azulejos de arcilla cocida, los fabricantes aseguran que la pasta contiene partículas de estos minerales. En lugar de

indicar que se trata de una imitación, los nombres comerciales abundan en la idea de excepcionalidad. Luxury Wolframita, Turmalina Gold. En el momento de escoger los sanitarios se desata una crisis porque, a la chica, el nombre de las piedras negras de algunos fabricantes —Biotita, Hematita

— le recuerdan la palabra tita, que asocia con el sexo masculino: no le parece adecuado para un inodoro. Especialmente Antracita le hace pensar en la próstata.

—¿Y esta? Obsidiana.

La palabra Obsidiana se le olvida rápidamente.

—Hecho: coloquemos esta, Odalisca.

Odalisca no le parece un nombre inadecuado.

Para el suelo seleccionan unas baldosas que miden 1,20 metros de largo. A medida que aumenta el gusto por el lujo, las baldosas son cada vez más grandes, hasta el punto de que se sirven en cajas de dos. Hay que ir con mucho cuidado para que no se rompan. El exingeniero textil está a punto de intervenir: «No me parece una buena idea. Estas baldosas no encajan con las medidas del baño de ustedes. Podremos colocar dos, rodeadas de recortes para llegar a todos los ángulos y rincones». Pero cierra el catálogo y exclama con una sonrisa satisfecha:

—Quedará perfecto.

El pulpo

—¿Qué es eso, un pulpo?

El agua está transparente, se ve el fondo de piedras recubiertas de un musgo verdoso. Entre dos de ellas se acomoda un pulpo de roca.

—¡Sí, sí, un pulpo!

La mujer llama a Paco, que es pescador. No se sabe si Paco era pescador y trabajaba en un barco, o si años atrás pescaba con fusil, por hobby. Parece que ahora no hay tantos pescadores de fusil. Antes los bañistas los admiraban. Salían por el centro de la playa, caminando hacia atrás, para no tropezar con las aletas, el fusil en una mano y, en la otra, los peces amarrados a un círculo de hierro: parecía un llavero.

—¡Jo, tío, menudo banquete os vais a pegar!

Y el pescador se erizaba de gusto y enseñaba un pez que no era el más publicitado:

—A la plancha está muy rico.

Seguían unas cuantas historias submarinas:

—Era una lubina grandiosa, en el momento de disparar se gira y se esconde detrás de una piedra, la seguí hasta el acantilado: hay una pared llena de ostras.

Los franceses recolectaban erizos de mar: bolsas llenas. A la gente no le gustaban las demostraciones de los franceses. En una época, corría por allí un chico lisiado que salía del agua con unos pulpos pequeños:

—¡Qué contenta estará mi madre!

Y nadie le decía nada porque los pulpos eran para la madre y porque el chaval estaba lisiado. Días atrás, en la playa del Roquero, salieron dos pescadores con cuatro o cinco peces cada uno y la gente los miraba como si fueran criminales.

—¡Paco! ¡Un pulpo!

La señora va completamente desnuda y sólo luce, en el cuello, una cadenita dorada. Las obladas nadan cerca de los nudistas, con una anilla

blanca y una anilla negra en la cola. Paco se acerca a donde está la señora que ha visto el pulpo. Tiene el pelo largo, blanco, una mosca bajo el labio inferior y parece Buffalo Bill. Va hasta donde está el pulpo, que, con una contracción de los tentáculos, huye un metro más allá.

—¿No le hase miedo que le pique? —dice la mujer, que querría que Paco atrapara el pulpo, aunque después no supiera qué hacer con él.

—Igual le han dao un golpe.

—Debe de venir a buscar comida porque hay muchos peses. Antes les he dado melón.

Un señor que toma el sol levanta la mirada del diario. Las pequeñas obladas, nacidas a finales de agosto, proyectan su sombra en la tierra cubierta por la puntilla de unas olas suaves. El pulpo arrea otra contracción y se arremolina en la base de una piedra cubierta de musgo. El señor del diario recuerda cuando en la playa había muchos niños que capturaban holoturias y las metían en un cubo:

—¡Una caca, una caca, una caca de mar!

Si en el cubo metían un pulpo, estiraba los tentáculos como si midiera la base redonda y enroscaba las puntas. Cuando se iban, lo devolvían al agua, todos pendientes del pulpito. Cómo nos hemos acostumbrado a que en el mar no haya nada. Pronto las ostras, los erizos, las obladas serán una leyenda.

—Es que aquí no hay nunca pulpos, ¿sabe? —dice la señora. Le gustaría que siempre hubiera pulpos, que los fueran sacando del agua y que apareciesen de nuevo, como en el súper.

Desnuda frente al mar pasa el dedo por debajo de la cadenita.

Los camareros mayores

Éramos los más jóvenes de todos los bares. De un tipo de bar que los jóvenes no solían frecuentar. Podían tomar allí una cerveza de manera accidental, de paso, mientras que nosotros aspirábamos a que se convirtiera en nuestro bar. Conocer a la gente, ni que fuera de vista.

—Va a pedir un vermú. Y, en efecto, pedía uno.

—Se llama Fermín —porque habíamos oído a un camarero que le llamaba: «¡Fermín!».

Era un tipo pequeño, repeinado, con americana y chaleco. Queríamos conocer a los clientes fijos. El que llegaba tarde, por la noche, y se situaba en un rincón detrás de la vidriera.

—Es conductor de autobús.

Había acabado el turno y nos parecía que entendíamos su gesto cansado: estaba a punto de jubilarse. El alemán, que a veces aparecía con la camiseta blanca y roja del VfB Stuttgart y que años más tarde encontramos en el entierro de tu padre: era uno de los chóferes de los coches negros que transportan a la familia del tanatorio al cementerio para que no tengan que conducir cuando acaban de perder al padre o a la madre, a la pareja o a un hijo. Después nos enteramos también de que, a Fermín, Toni no le cobraba todas las cervezas.

Nos gustaban los camareros mayores, procedentes de locales que no habíamos llegado a conocer o que conocimos en decadencia. Nos apostábamos en la barra y nos daban conversación.

—¿Así que te vas a Brasil? —nos decía un camarero con americana blanca y pajarita, con el que habíamos hablado cinco o seis veces—. Tienes que tomar Pingo de pinga.

Y nos sacaba una botella con una etiqueta amarilla rara. Quería decir:

«Te vas y dejas sola a esta chica, y yo también os echaré de menos». Tú ibas siempre muy corta: tenía un punto de insinuación sexual.

—¿Qué os parece esta maravilla?

Mientras dejaba el plato en la mesa, nos enseñaba las manos pringadas, como si acabara de cortar el jamón que le servían en paquetes retractilados. Llevaba el pelo peinado hacia atrás, con tupé, y se llamaba Juanito. Jordi cruzaba el comedor, vestido de calle, con una gorra de lana y un caliqueño:

—Os podéis quedar tanto como os apetezca.

A las ocho empezaba el turno de noche y quería aprovechar la tarde. A veces trabábamos amistad con los propietarios y nos encontrábamos fuera del bar. Salíamos a cenar a un restaurante y era una sensación extraña: no sabíamos qué decir ni qué hacer con las manos.

Pensábamos que nuestros amigos no se jubilarían nunca, que estarían siempre detrás de la barra, que Toni contaría cada noche cómo era el barrio cuando empezó a trabajar en el mercado cargando cajas de fruta y, más adelante, en el colmado, que llevaba años cerrado, frente al bar. Y nosotros seríamos siempre los jóvenes que llegaban a última hora, mientras secaban los vasos con un trapo y recogían las sillas colocándolas encima de las mesas. Siempre rodeados de camareros mayores que nos querían porque parecíamos buenos chicos y porque sabíamos escuchar.

Tectónica de placas

La primera vez fue un touchdown. Faltaban cuatro segundos para el final del partido entre los Sacramento Sparrows y los Milwaukee Compatriots. Los Sparrows marcaron en una jugada imposible y la gente saltó entusiasmada. Al día siguiente se supo que un sismógrafo había registrado gritos y pataleos: 1,3 grados en la escala de Richter. Fueron celebrados como una gran proeza de la humanidad y la jugada pasó a la historia con el nombre de «el gran Meltdown».

Más adelante los sismógrafos registraron los momentos culminantes de los conciertos de Robin T-Shake en el Odeón de Agripa y de Perdita Flanagan en el Actromadol Stadium. Si asisten al concierto sesenta o setenta mil personas, que pesan unos setenta kilos de media y que saltan quince centímetros con una fuerza de… «¡Cuánta energía sísmica! — exclamó una eminencia publicitaria—. ¡Es la fuerza de la gente, el latido del mundo!»

Se divulgó inmediatamente: «¡2,3 grados en la escala de Richter!».

«¡Un sonido que corre kilómetros!» Resulta que un señor que vivía a ocho kilómetros del estadio notó la vibración de las paredes de la casa y tuvo que encerrar al perro, que estaba desesperado. Un sismólogo leyó en las rayas del sismograma la línea de bajo de una de las canciones más famosas de Perdita, que —no por casualidad— tenía millones de escuchas en streaming. Salió en Instagram leyendo el sismograma de I say: I hate you, we break up, you call me, I love you como una partitura: bum, bum, bum, bum.

En el siguiente concierto de Robin T-Shake, que ya no se celebraba en un circo romano, el público saltó todavía más y con más mala uva. Fue un poco decepcionante porque la sensación de hacer vibrar miles de años de historia no se paga con dinero. Pero cabía más gente, que venía avisada de casa, y se batió el récord. Cuando T-Shake cantó I love to fuck on a

regular bitch el público enloqueció y en tres saltos se plantaron en los 2,4 grados.

A partir de ahí el impacto de cualquier gran acontecimiento se midió con la escala de Richter: además de los conciertos (que tuvieron más patrocinadores de marcas de zapatillas que nunca, de los modelos con más suspensión), los clásicos del fútbol, los Juegos Olímpicos y las campanadas de Fin de Año. Los ayuntamientos de los pueblos en todo el mundo instalaron pequeñas estaciones sismográficas para calcular las vibraciones acústicas y los saltos de las multitudes en las fiestas mayores, que se consideraban un éxito de la corporación municipal.

Un científico del Atlantic Northeast Seismograph Network salió a aguar la fiesta. Advirtió que los terremotos se producen bajo tierra, que se calculan teniendo en cuenta la magnitud y la distancia en relación con el observatorio y que los terremotos musicales que tanto gustaban a los organizadores de conciertos y a sus patrocinadores no eran verdaderos terremotos. La gente se ofendió tanto que no paró de saltar hasta provocar una grieta que cruzaba perpendicularmente un continente del hemisferio norte: crac.

Un cuento de Castaween

El gorgojo de las castañas vive un momento de euforia, pensando que sólo quedan cuatro días para Todos los Santos. Este año la castañada y el Halloween se han fusionado en la nueva fiesta del Castaween. Antes de que lo metan en la sartén agujereada y de que lo tuesten a fuego lento, abrirá un orificio y sacará por él la cabeza blanca manchada de naranja. El cuerpo estriado se comprimirá y desplegará para empujar con más fuerza. Un rayo de luz de la cocina le iluminará la cara. Empezará a rondar por el mármol, simulando que busca un lugar para enterrarse y formar la crisálida. Pero estará esperando a que lo encuentre el niño de la casa.

—¡Un gusano, un gusano!

—Es de las castañas —dirá la madre dispuesta a fulminarlo con la escoba.

—¡No! ¡Que es el gusano de un muerto! —dirá la criatura entusiasmada con el Halloween.

Por toda la casa lucirán guirnaldas de plástico, naranjas y negras, calabazas y esqueletos rodeados de una sombra de cartulina. Un gusano auténtico tendrá un papel magnífico en medio de todo este tinglado. El chaval lo hará pasar por los ojos de la calavera y lo introducirá en el interior de una calabaza:

—¡Uuuhhhh, los muertos, los muertos!

Mientras piensa en su momento de gloria, el gorgojo no deja de morder la castaña. Va masticando y defecando unas bolitas grises que no puede ver porque el interior de la castaña está a oscuras y porque le salen por el lado opuesto a donde tiene la cara. Parece que fue ayer cuando su madre y su padre estuvieron de vacaciones en las ramas de un castaño con los erizos bien cargados. La tranquilidad del verano obró su magia y la madre puso cuarenta huevos. Clavó la larga trompa entre las púas, llegó hasta la castaña, que en aquella época tenía la piel blanca y parecía una castaña de leche. Después, introdujo su huevo en la parte más nutritiva de

la semilla. Regresas de vacaciones y, a los cuatro días, no te acuerdas de nada —dice la madre mosca—. Ya ha pasado un mes desde que nació, asustado, en la oscuridad. En los últimos días la castaña apolillada no estaba fina y su erizo fue uno de los primeros en caer. Saltaron dos castañas relucientes y el pellejo de una tercera. Tuvo suerte: el castaño crece junto a un arroyo. Bajo la piel de la castaña oía a la gente: —

¡Castañas! ¡Qué gordas! —mientras llenaban el cesto procurando no pincharse los dedos.

Seguirán unos días luminosos, días espléndidos con olor a boniato. Abrirá la galería hasta notar el gusto ácido del forro interior de terciopelo. Asomará por el agujero, el niño lo guardará en una cajita. Contento como un gatito, se encogerá con ojos tiernos. El niño cazará cada gusano que agujeree la piel de la castaña y que circule por el mármol, antes de que lo descubra su madre, lo meterá en la cajita, donde se enroscará junto a sus hermanos. Todo para poder decir el día del Castaween:

—¡Ya están aquí los muertos! ¡Los muertos!

Se pondrá los gusanos por la cara, cerrará a medias un ojo y andará dando tumbos. Y el gusano será feliz como si le dejaran mordisquear a un zombi.

El Cabaret Voltaire

Emmy Hennings cuelga el teléfono de pared al fondo del pasillo:

—Era Tristan. Que le ha salido un imprevisto y que no va a poder venir.

Cuando habló con él, días atrás, Hugo Ball ya adivinó que no se presentaría.

—Que sí, que sí. Y leeré La première aventure céléste de Monsieur Antipyrine. Que tengo ganas de saber qué os parece a ti y a Emmy.

Para disimular que le da pereza bajar hasta la Spiegelgasse, con el frío que hace en Zúrich en el mes de febrero, Tristan Tzara no lo ha querido dejar para última hora y ha llamado de buena mañana:

—Imposible, llega a casa una gente de Bucarest, que está viviendo en Ginebra a causa de la guerra, y tengo que acompañarlos a cenar.

—No tiene importancia, Tristan, ya nos veremos —ha dicho Emmy, que le manda un beso.

En el cuarto, Hugo Ball se prueba el sombrero y la capa de Obispo Mágico que lucirá esta noche en el Cabaret Voltaire que, exiliado en Suiza junto con Emmy, promueve con un grupo de artistas pasados de vueltas. Emmy se encargará de los títeres y danzará un poco, y Marcel Janco leerá un texto que ha mandado Vasili Kandinski.

El teléfono de pared vuelve a sonar. Es Janco: que no puede venir. Que juega el Grasshopper contra el Zúrich un partido de la Superliga suiza y que no se lo quiere perder por nada del mundo. Que el fútbol representa el dinamismo de la modernidad, que hay un montón de jugadas grotescas, caños, cantadas, goles en propia puerta que revelan lo absurdo de nuestro tiempo. Vale más un zaguero con la ceja rota de un balonazo que el Discóbolo de Mirón de Atenas.

—Claro, claro. No te apures —dice Hugo Ball, de pie al fondo del pasillo—. Que, si queremos, Janco pasará un momento para dejar las máscaras africanas —le comenta a Emmy, mientras entra en la alcoba con

la tiara y la capa pluvial de Obispo Mágico—. No pasa nada: los Arp y Huelsenbeck me han dicho que no fallarán.

Frente al espejo, con aquella pinta tan rara, Ball ensaya el poema que leerá esta noche:

Gadji beri bimba

Glandridi lauli lonni cadori Gadjama bim beri glassala.

Emmy llena la petaca y mete unos polvos blancos en una cajita.

Cuando llegan a la Spiegelgasse 1, hacia las ocho y media, encuentran una nota del poeta Richard Huelsenbeck: que está desbordado. Que está repasando el original de Phantastische Gebete, que tiene que entregar mañana sin falta, que si va al cabaré regresará a las tantas y que no puede ser. Jean Arp y Sophie Taeuber también han dejado una nota: que Sophie no se encuentra bien y Jean se ha quedado con ella retorciendo los hierros de unas esculturas y haciéndole compañía. Que les sabe muy mal.

—Lenin, que también dijo que vendría, al final no vendrá porque dice que tiene que hacer la revolución.

Pese a la ausencia de los artistas amigos, en el Cabaret Voltaire hay doce o trece personas. A Emmy Hennings le parece que está bien para un martes. Hugo Ball, más optimista, considera que es un éxito y cree que pasarán a la historia del arte.

El latín de los pies

El viejo Guccio Gucci entra alarmado a la sección del cielo en la que se reúnen diseñadores de zapatos, zapateros y remendones. Dice que ha estado dando vueltas como un espectro por el paseo de la Libertad Indumentaria y que ya nadie lleva zapatos.

—¡La labor de tantos años, de siglos, para terminar todos en zapatillas de deporte!

Salvatore Ferragamo se pone de su lado enseguida. Días atrás bajó espectralmente a la estación del Obelisco, a la que recientemente han cambiado el nombre por el de Shopping Night Station, entró en un vagón del metro y se quedó pasmado. Vio a chicos vestidos como si fueran a jugar un partido de fútbol, con pantalón corto, botas y calcetines, una camiseta y, encima, un anorak de plumas. Y a chicas con camisetas sin mangas, de gimnasia, y zapatillas blancas, con adornos rosas y dorados. Y

—¡horror!— más chancletas de baño que zapatos. Unas chancletas que, cuando empieza el frío, la gente lleva con los calcetines puestos.

—¡El modelo Juanete Rabadilla lo promueve en su cuenta de Instagram! —exclama el inventor del tacón de aguja, Roger Vivier, que, desde el otro mundo, le sigue en las redes.

—¡Qué narices Rabadilla! —dice Antón Iglesias, zapatero de Ordis—.

En mi pueblo los magrebís no llevan otra cosa.

Maruf de El Cairo —zapatero de las Mil y una noches— protesta por el comentario racista.

—Fijaos en las graduaciones esas que se montan ahora —dice el zapatero de Luis XIV, Nicolas Lestage—. Estos chavales no han llevado nunca una camisa, una corbata ni un vestido. Y el día que consideran especial, se visten como los famosos de las revistas. Llevan la corbata colgada al cuello como si fuera un chorizo y no saben andar sin tropezar a cada paso. Aquellos zapatos que confeccioné para la boda de Luis XIV, con tacones rojos…

Silvestre Segarra y Klaus Maertens también se quejan: ¡tantos años calzando a un precio asequible a obreros y punks, y tener que ver a sus hijos que van por el mundo en chanclas! Hans Sachs, el zapatero de los Maestros Cantores de Núremberg, y Agustina González López —la zapatera prodigiosa— proponen pasar a la acción, y José Luis Rodríguez Zapatero se ofrece para lo que haga falta.

—Pero hay zapaterías excelentes y modelos de fantasía. Sólo hay que ver los escaparates del paseo de la Libertad Indumentaria —interviene André Perugia, en paz descanse—, que en las subastas vende muchos pares de zapatos de colecciones del año de la nana.

—Somos como los hablantes de una lengua muerta —le responde el viejo Gucci, deprimido—. Mientras que en los escaparates brillan la seda y el lamé, en la calle sólo se ven deportivas. Hablamos el latín de los pies.

Andy Warhol, que antes de ser un artista famoso se ganaba la vida diseñando zapatos, llama al orden.

—Pues a mí me gustan las zapatillas. Las que incorporan pedrería y taconazos demuestran una voluntad estética y ansias de distinción.

Le cae una lluvia de botas, mocasines, polainas y escarpines. Un zapato con cordones le da en la cabeza y le tira al suelo la peluca.

Las dos estaciones

El director golpea el atril con la batuta y levanta la mano izquierda en dirección a los músicos de la orquesta, en señal de reposo. Un gesto brusco de las dos manos da entrada a los violines, que, con la vibración de las semicorcheas, imitan el canto de pinzones, herrerillos, currucas, jilgueros y verderones que dialogan con la orquesta, que crea una línea ondulada de perfil amable, en un entorno diáfano, alejado de la disonancia. Al final del movimiento, las semicorcheas de los violines introducen el sonido del viento, al principio suave y enseguida intenso, con un ataque incisivo de cuerdas y metales enfebrecidos que anuncian la lluvia tan esperada. Los violines inician un pizzicato que reproduce las primeras gotas de un aguacero primaveral, que dura poco. Inmediatamente, la orquesta se lanza a un basso ostinato que enmudece el pizzicato de los violines. Arranca un movimiento de frases simétricas, con predominio de la línea ondulada, de perfil amable, en un entorno diáfano, alejado de la disonancia. Los tres violines solistas imitan la música de los arroyos que cada vez llevan menos agua, hasta que se funden con el sonido compacto de la orquesta.

Entran los timbales atronadores, seguidos de un repicar insistente de platillos, que cede paso a un ritmo suave y constante de lluvia intensa y breve. Inmediatamente las semicorcheas de los violines reproducen el sonido del viento obstinado. Los metales imitan el mareo del pastorcillo, que tomaba el fresco bajo un cerezo en flor, que ha perdido una rama y le ha dado en la cabeza. La dormición del pastorcillo se corresponde con la calidez y la pesadez del verano, con los metales lentos, las violas tristes y la vibración frenética de los violines, que representan el vuelo nupcial de los insectos. El primer violín se luce durante un breve instante, porque cigarras, abejas y grillos quedan achicharrados enseguida. La orquesta lo representa con una línea ondulada de perfil amable en un entorno diáfano, alejado de la disonancia. El movimiento que representaba la siega ha desaparecido, porque, como no ha llovido, los campos no han espigado. El

solo de violín queda interrumpido por los toques de bombo que anuncian la tormenta, y por un pizzicato de cuerdas altas, breve, que deja paso a una melodía agradable y dilatada que acaba con metales lentos y violas tristes.

Todos los recursos tonales, armónicos, tímbricos, rítmicos y espaciales se concentran en un zumbido de violines, que introduce un ostinato de semicorcheas y fusas que representa el roce de las ramas de un alcornoque seco. Un nuevo pizzicato, breve, introduce una lluvia fina de otoño que da paso a un himno a la alegría interpretado por los tres violines solistas. Inmediatamente la orquesta crea una línea ondulada de perfil amable, en un entorno diáfano, alejado de la disonancia. Un conjunto de notas graves, reproducidas en forma de bucle y bordón, da paso al grandioso final.

Nunca llueve a gusto de todos

Dos nubes blancas, como buñuelos de coliflor, crecen detrás de las colinas que rodean la ciudad. La mayor proyecta una sombra gris sobre un almacén de coches, cerca de la vía del tren, mientras que un sol rabioso, como una naranja histérica, seca los árboles del polígono. Un señor mira hacia el cielo, ve cómo los rayos de luz iluminan los bordes de las nubes, que adquieren una consistencia blanda y aceitosa, de huevo frito. La nube mayor se contrae un poco para dar paso a un haz de luz que impacta en la cara del señor.

—Pero ¿qué coño haces? —le dice la otra nube, que se eriza caracoleando a su lado—. ¿Qué te ha hecho ese tipo?

A la nube mayor le molesta que se pasen el rato mirándola y oír las mofas de la gente: «Será como todos los días: cuatro gotas que no van a mojar ni debajo de los coches».

Con un esfuerzo de concentración excepcional consigue que una de las ramitas de la coliflor pase de blanco a un gris más o menos perla. Por el contrario, el brazo que ha contraído para dejar pasar el haz deslumbrante se funde en el aire. Empieza a estar cansada de tanto cuento. Ella y su compañera se desplazan en paralelo a la autovía, sombreando a los mirones.

—¿No ves que esa pobre gente hace lo que puede?

—Uy, sí —dice la nube mayor, que, con un gesto algodonoso, le indica el segundo, el tercer y el cuarto cinturón, repletos de coches y camiones, y los eslálones de las motos.

La nube menor, que ha estudiado, le explica que la polución es positiva para las nubes como ellas.

—¿No lo ves? Las partículas en suspensión son nuestras amigas. Cuantas más partículas, más gotas de agua y cristales de hielo se forman. Entonces nos volvemos brillantes, reflectantes y proyectamos esa sombra

tan buena. Si la humanidad consigue limitar la polución, los cielos nublados y reflectantes van a ir a menos.

La nube menor aspira una bocanada de dióxido de azufre y, al momento, desarrolla unas cuantas volutas rizadas que topan con los brazos de la otra nube como las gomas de los autos de choque.

—Necesitamos un aire cochambroso —dice justificando a los conductores de los coches, que tocan la bocina desesperadamente—. Un buen colchón de nubes detiene los rayos del sol y produce frescor. Si no hay porquería, no hay nubes, al no existir efecto parasol, los rayos pegan furiosos en la tierra y las temperaturas se disparan.

La nube mayor ha empezado a despatarrarse sobre la colina. Desde la cima ve un Boeing que se dirige al aeropuerto, seguido a intervalos regulares por un segundo, un tercer y un cuarto Boeing que hacen cola, obedientes, en las rutas aéreas saturadas.

—O sea, que sin polución no hay nubes, el aire se calienta, la temperatura se dispara y esta pobre gente va hacia el desastre. Pero con polución, el CO2 se acumula en la atmósfera y se cuecen igualmente.

Sobre la ciudad, las dos nubes empiezan a soltar unos tímidos hilillos, van perdiendo volutas y se transforman en un par de cirrus anémicos.

—Lo tienen jodido allá abajo.

—Sí, chica.

La patrulla canina

Cansados de luchar sólo contra la borreliosis, la babesiosis y la artrosis, seis perros del vecindario del Valle Florido (que lleva una temporadita con poca flor) deciden crear una patrulla para proteger el valle y, más adelante, si se tercia, salvar el mundo. Un perdiguero, Duque, es el bombero. Un yorkshire terrier, Michael, conduce el helicóptero transformable. Un bull terrier llamado Bobby es el policía y tiene un megáfono que utiliza para convocar a sus colegas.

—¡Emergencia!

—¡No hay misión difícil para la patrulla del Valle Florido! — responden los otros cinco.

Ninfa, una labrador retriever, viste el anorak amarillo y naranja de la Protección Civil. Sandokán es un manitas, electricista y albañil. Bicho, el encargado del reciclaje, es un perro faldero, blanco y negro, de piel de vaca.

Desde cachorros han visto a sus padres y madres humanos perezosos y autocomplacientes, y no consideran que puedan salvar el valle, ni con la IA. Por eso Duque y Sandokán se sueltan del guardaperros argentino que los pasea por la calle Mayor. Ninfa se escapa de la guardería a donde va cada mañana en el Dog Bus y Bicho aprovecha que su amo teletrabaja y se larga al contenedor de Fomento de Construcciones y Contratas que utilizan como cuartel general. Cada uno tiene su placa, un casco y gafas con cristales reforzados por si deben montar en moto o salir volando en helicóptero eléctrico, o por si tienen que deslizarse desde el contenedor hasta el coche que funciona con energía solar.

Su gran enemigo es Paco Malasombra, que, mientras fue alcalde del Valle Florido y presidente del Consejo Comarcal, dio permiso a una corporación privada de energía para construir seis parques eólicos, autorizó una planta de reciclaje de aluminio al aire libre y dejó abrir —con una pequeña comisión— dos embotelladoras. ¡Pero eso ahora no es

importante! En lo alto de un molino eólico hay un gatito que ha trepado por el pie siguiendo a un pajarito, para darle un beso, y no sabe bajar. Las palas del molino le pasan muy cerca y le han recortado el bigote.

—¡Emergencia! —grita Bobby.

—¡No hay misión difícil para la patrulla del Valle Florido! —le responden Duque, que regresa de extinguir un incendio de sexta generación; Michael, que ha rescatado a un excursionista de la cima del monte Azucarado, Ninfa, Sandokán y Bicho.

Michael pasa con el helicóptero entre los brazos del molino y carga al gatito, mientras Duque llena de un manguerazo el lago Rosa, que estaba en las últimas. Bicho aprovecha que no lo necesitan para el salvamento y coloca una etiqueta Eco en la planta de reciclaje de aluminio.

Cuando regresan a casa, fingen que han estado en la guardería y con el paseaperros argentino. El padre y la madre humanos les acarician la cabeza y les alborotan el flequillo. ¡Un día más, la Patrulla del Valle Florido ha salvado el Valle Florido! Agradecido por la caricia, Duque lame el muslo de su amo, con tanta saliva que atraviesa pantalón y calzoncillos.

Solemnidad (1913)

Frente al padre Agustín, que sostiene la cruz, Nicolás Moro levanta con las dos manos una de las varas del palio. Lleva un traje oscuro, zapatos relucientes, corbata negra, almidonados el cuello y los puños de la camisa. Con el pelo peinado hacia atrás, brillante de colonia, se le marcan los huesos de la cara. Detrás de él, Francisco Negrón aguanta la segunda vara del palio: vestido de negro, la camisa blanca almidonada, muy lustroso. En vista de que la procesión tarda en empezar, los ocho propietarios de las casas principales del pueblo apoyan las varas en el suelo, todos a una. La calle Mayor se compone de una calzada de arena prensada, con dos bordillos en los que se agolpan los vecinos que asisten a la solemnidad.

El padre Agustín luce una casulla estampada con ramos de flores y dobladillo de seda, porque es la fiesta del Corpus Christi. Los brazos, bajo el manto florido, se remueven nerviosos, mientras presenta la cruz a los creyentes. Detrás del cruciferario, esperan dos hileras de mujeres y hombres distinguidos —pero no tan distinguidos como los propietarios que acaban de depositar en el suelo el peso del palio—. Las mujeres llevan mantilla y los hombres la camisa abotonada hasta el cuello, sin corbata. Las gotas de cera líquida forman barbas bajo la mecha de los cirios, inclinados para no manchar los trajes. La cera gotea y al caer al suelo se mezcla con el polvo.

Pedro Roque —joven y bien plantado, traje claro, pelo corto, cejijunto, bigote y barba de peluquería—, carraspea. El padre Agustín mueve los brazos bajo la casulla. Nicolás Moro, Juan Ribera y Francisco Negrón balancean las varas: la caída del palio se agita en ondulante vaivén. Los monaguillos son tres mozos, en edad de servir a la patria, la cabeza y la barba rasuradas, sotana negra, sobrepelliz abierta por el cuello, rematada con una puntilla.

Cuatro chiquillos, con bata y alpargatas, esperan que empiece la procesión. El sacristán se nota la mejilla paralizada, como si se le hubiese

dormido la cara. La cera de los cirios chorrea, las varas bailan en manos de los propietarios, la caída del palio se mece dulcemente. Martín Roque, padre del joven bien plantado, se toca discretamente los botones del chaleco. Un chaval, en el bordillo, abraza un paraguas. Al hombre que lleva el pendón se le duerme un brazo. Apoyada en el portal de casa Marcelino, Teresa Villa siente la pierna derecha como si fuera de corcho. Nicolás Moro tose. El sacristán se esfuerza en mover la mano y tocarse la mejilla. Las varas, al girar, marcan un hoyo en el suelo. Nieves, de casa Trompo, con el pelo recogido en un moño, tiene frío en los pies. El padre Agustín se remueve bajo la casulla, la cruz se balancea, los ramos de flores bailan en el tejido de seda, la caída del palio oscila, uno de los chavales de bata y alpargata tose. A Juan Ribera le da una rampa en la pierna. Uno de los monaguillos y Francisco Negrón sienten un hormigueo: empieza en la cabeza y acaba en la punta de los dedos del pie. La procesión del Corpus Christi tarda en arrancar. Una gota de cera queda a medio aire en la calle Mayor, que se ha transformado en una fotografía.

Las nodrizas

Inesperadamente, regresaron las nodrizas, acompañadas de anuncios preciosos: se veían un prado de hierba verde, una montaña con una pequeña nube y una mujer que dejaba a su hijo sobre una cepa de encina y se sacaba el pecho discretamente para amamantar a un niño que no era el suyo. Los pájaros piaban en las ramas, un río murmuraba canciones de cuna mientras que, salpicadas de leche humana, florecían margaritas multicolores.

—¡La leche de nodriza es natural y ecológica, no contamina ni produce residuos! —decía la ardilla que transportaba una avellana grande como una nuez.

—¡No consume energía porque no está esterilizada, desnatada ni pasteurizada! —respondía un tejón suave como la seda.

—¡Con anticuerpos y enzimas digestivas, hidratos de carbono, minerales, proteínas, vitaminas y hormonas! —remataba una zorra simpática.

—¡La leche de nodriza contribuye a prevenir enfermedades infecciosas y refuerza el sistema inmunitario! —decían a coro todos los animalitos del bosque, que llevaban también sus crías a las nodrizas, junto al arroyo y en troncos de castaño tumbados por el suelo.

Las nodrizas de los anuncios eran unas mujeres robustas, con enaguas, y una delantera hinchada, pero sexy, que sobresalía de un traje de tirolesa. El padre y la madre llegaban corriendo, por la vera del río, la nodriza los alcanzaba por el prado, sonriendo, con las mejillas sonrosadas, para devolverles el bebé que los recibía con un pequeño eructo.

Para tener leche, una mujer tiene que haber sido madre. Para amamantar sin parar, hay que parir continuamente. Los organizadores de las residencias donde trabajaban las nodrizas —¡no daban el pecho en medio de un prado!— empezaron a promover los nacimientos en cadena. En la nursery, separaban a los hijos de las madres, los alimentaban con

leches preparadas y reservaban la leche de nodriza para otros recién nacidos. ¡Cuántos niños y niñas! No había suficientes familias para adoptarlos. Se contaban historias terribles sobre críos que desaparecían misteriosamente. Algunas niñas entraban internas en la escuela de nodrizas y se conservaba un pequeño número de machos para fecundarlas cuando llegara el momento, que cada vez era a más corta edad.

La cantidad de leche no depende del tamaño, sino de la excitación del pecho. Las nodrizas no paraban de amamantar en todo el día y tenían unas ubres enormes. El peso les destrozaba la espalda. Vivían en cubículos individuales. Después de dar el pecho a los niños, los paseaban arriba y abajo del cubículo y les daban palmaditas en la espalda. No salían mucho y tenían las rodillas y los tobillos tumefactos. También echaban de menos a sus hijos: sufrían por si les había pasado alguna desgracia, tan guapos que salían en los anuncios.

Los organizadores de las residencias, preocupados por que nadie se quedara sin leche, tenían como objetivo aumentar la producción. ¡En poco tiempo, de un litro al día por cada mujer se pasó a cuatro! Entonces surgió la idea de fabricar requesón, queso y turrón de leche de nodriza.

Jardinería moderna

Se acerca la Navidad y, como todos los años, los jardineros se disponen a desbrozar y podar. A las ocho de la mañana la emprenden con el seto de cipreses que separa de la acera el pequeño jardín de uno de los pisos bajos del edificio. En el proyecto original, estos bajos eran tiendas. Pero ¿qué sentido tiene una tienda en un bloque, en una colina? Enseguida los reciclaron como viviendas que han acogido a los vecinos mayores o que tienen dificultades para subir escaleras.

Hoy han madrugado porque, a pesar de que hace tres años que no llueve, es el día de desbrozar y podar, y los que se dedican al tema empiezan temprano, para, tres cuartos de hora después, poder estar en el pueblo desayunando. Los cipreses apenas han crecido desde la campaña de septiembre. Estiran unas hojitas fractales, como una barba corta. El cortasetos eléctrico recuerda el morro de un tiburón de sierra, con unas lengüetas que seccionan los escasos brotes tiernos. Los jardineros llevan una desbrozadora, con la que eliminan las malas hierbas que han podido crecer entre las plantas —pocas: no ha llovido— y una tijera de mango largo para podar los árboles de Júpiter. El objetivo, desde que los plantaron, es que no crezcan: miden lo mismo que cuarenta años atrás, con bultos y muñones en las ramas retorcidas. Con la desbrozadora también recortan el solar de enfrente, donde —como no ha llovido— no hay hierba alguna. Van repasando, por si acaso, la tierra seca. Con el cortasetos recortan el madroño que todavía tenía flores y el acebo, cargado de bolitas rojas. Ahora son un cilindro y una esfera, con las hojas despuntadas.

—Queda bien —dice un tipo que pasa. Al menos se ve limpio—aunque en el suelo quedan papeles y una lata de Coca-Cola que no deben de ser competencia de la jardinería.

La siguiente Navidad sigue sin llover, pero, como cada año, los jardineros llegan a las ocho con el cortasetos, la desbrozadora y las tijeras de mango largo. En los cipreses no han brotado hojas desde la primavera,

cuando los pelaron, y el otoño, cuando los repelaron, y deciden acortarlos unos centímetros para que la gente vea que están al loro y que no se les escapa nada.

—Hacía falta —dice un vecino.

—Al menos se ve limpio —responde el jardinero que sostiene el cortasetos con las dos manos, como vio en La matanza de Texas. El ayudante, con la tijera de mango largo, corta ramas de un árbol de Júpiter.

Por Navidad, hace seis años que no cae ni una gota. Para que se vea que trabajan, acortan el seto cuatro dedos. En ese momento no pasa nadie y el jardinero se dice a sí mismo:

—Al menos se ve limpio.

Cada año es Navidad por Navidad. No llueve, podan el árbol de Júpiter que parece un bonsái, el acebo es una pelotita y el madroño, de tan esmirriado, parece un lápiz. El jardinero se agacha, pasa la mano por encima de los cipreses que, desde septiembre, no han sacado brotes nuevos.

—Estos árboles están viejos. Habrá que arrancarlos —le dice a su ayudante—. Que se vea limpio.

Las patatas bravas

La hermana menor cuenta a su hermana pequeña que, días antes de Navidad, en el Masnou, estuvo cenando en un restaurante que había sido una masía, que estaba la mar de bien, que tenían unas prensas de madera que han conservado de cuando era una alquería y seguramente un molino aceitero, y que las patatas bravas estaban divinas. El abuelo oye patatas bravas y pregunta:

—¿Qué son patatas bravas?

—¡No me digas! ¿No sabes lo que son las patatas bravas? —le dice Margarita, la hermana mayor.

Los críos, que estaban desconectados de la conversación de los mayores, miran a su abuelo como si fuera un aparecido. Carmela y Fabián son hijos de la hermana menor, Adela; Concha es hija de la hermana mayor. También están el yerno que queda —Manolo, casado con Margarita— y la abuela María Luisa. Por un momento han pensado que eso de que el abuelo no sepa qué son las patatas bravas es el síntoma de una enfermedad incipiente.

—¡Yayo Joaquín! ¡Patatas bravas! —dice Concha, que no sabe explicar en qué consisten exactamente.

—¿En qué mundo vives? —le pregunta la hija menor, Adela, achispada por la bebida.

A todos les parece tan evidente lo que son las patatas bravas que nadie acierta a describírselas al yayo Joaquín.

—Las patatas bravas son… ¡patatas bravas! —concluye el nieto, Fabián.

Él prefiere las hamburguesas y el sushi.

El yerno, Manolo, piensa en aquella película, Good Bye, Lenin!, en la que una mujer —comunista acérrima— queda en coma poco antes de la caída del muro de Berlín. Cuando despierta, para evitarle un shock que podría ser fatal, procuran que todo parezca como antes.

—A ver si tendremos que fingir que no existen las patatas bravas porque este señor no se entera.

Le resulta inconcebible que alguien pueda estar tan desconectado del mundo. La abuela María Luisa chasquea la lengua:

—Qué desastre de marido tengo.

Las patatas bravas le suenan de nombre, pero nunca las ha probado. Margarita, que es la niña de los ojos del abuelo, encuentra una explicación. Cuando van al mercado, sus padres no reparan en gastos: compran siempre lo mejor y gastan mucho dinero en comida. Pero almorzar fuera les parece un despilfarro. Hace años que no pisan un bar ni un restaurante —la última vez, aún eran novios—. Y, mientras en la calle se ponían de moda bebidas, tapas y platos que la gente pasaba a considerar tradicionales, ellos se mantuvieron al margen.

La conversación deriva hacia una guasa que a Joaquín le parece ofensiva. Da un manotazo en la mesa:

—¡Os creéis muy listos! ¡Siguiendo siempre al rebaño con vuestras patatas bravas, vuestros panetones y vuestros sushis! —dice con un gesto de orgullosa ignorancia.

Margarita experimenta un gran sentimiento de piedad hacia su padre. Golpea por debajo de la mesa la pierna de Manolo, que se queda con la impertinencia en la boca.

—¡La semana que viene iremos a un bar de Sarrià que tiene unas patatas bravas buenísimas, para que las pruebes!

—¡Antes muerto!

Oro, incienso y mirra

El Rey Melchor llega el primero a la cueva. Baja del camello con bastante agilidad, para los años que tiene, y se acerca a la cuna donde está el bebé, arrastrando el manto por un suelo de corteza de pino. El niño nació hace quince días y, aunque era muy pequeñín —dos kilos y medio, según sopesó el ángel— se agarró a la teta con pasión y ha ganado ciento cincuenta gramos por semana. Siguen a Melchor los otros reyes, Gaspar y Baltasar, que también arrastran solemnemente el manto por el suelo. Los pajes, que han acompañado a Sus Majestades por parajes desconcertantes, tirando de los camellos por unas riendas doradas, contemplan la escena. Es una cueva sencilla y nadie ha pensado que llegarían unos reyes, siguiendo a una estrella, que traerían camellos y que tendrían que buscar un cobertizo para las bestias y posada para los sirvientes.

De manera que el paje blanco, el paje rubio y el paje negro se marchan por el paisaje desconcertante en busca de un lugar en el que tomar un trago y pasar un rato mientras esperan que los reyes, después de adorar sumariamente al niño, hablen con los padres y estos les enseñen los regalos que les han traído: dos ovejas, un montón de pollos y gallinas y dos conejos, a los que hay que añadir, a última hora, un puchero de un pastor rezagado, el oro, el incienso y la mirra. Los pajes, refunfuñando, empiezan a escalar la montaña empinada, tirando de los camellos por las riendas, hasta que llegan a una taberna de corcho, junto a las fuentes del río de papel de plata que riega el valle. El paje blanco pide una copa de Calisay, el rubio una copa de anís y el negro una copa de coñac, tantas son las ganas de llevar la contraria a sus amos, que en la noche de Reyes se ponen ciegos bebiendo por las casas: anís el rey blanco, coñac el rey rubio y Calisay el rey negro. De pie en la barra se dedican a las tradicionales conversaciones de chóferes de vehículos oficiales, mientras los camellos rumian en el establo.

—Cómo le gusta empinar el codo a Gaspar. Siempre con la barba chorreando coñac. Después empiezan los disparates y, al día siguiente, todo son cambios.

—Y Melchor —dice el otro paje—, con esa carita rosada y venerable, pierde la chaveta detrás de las mamás.

—Menudos tacaños —dice el paje negro, vestido con una túnica violeta y un manto verde, como su rey, pero de marca blanca.

—Cada año la misma canción. Parece una de aquellas manifestaciones de años atrás, en las que la gente no se movía del sitio. Alguien decía:

«¡La cabecera ya ha llegado a la cueva!».

—Saludan a los pastores con aire de suficiencia porque forman parte de la presidencia y tienen prioridad.

—Y ahora a pegarse el gran atracón, que a eso han venido. Nos llamarán con sus poderes mágicos para que pasemos a recogerlos con los camellos y los llevemos a cenar al restaurante, detrás del bosque de ramas de tomillo.

—¿Será posible? Ya están llamando. Poco ha durado la tranquilidad este año —rezonga el paje rubio—. Dígame qué le debo.

El tabernero canta el precio y los pajes pagan con un duro de chocolate.

El país moribundo

«Eres un gran, un formidable país», le dije al verlo tan afligido. Se había hundido un palmo y tenía el ánimo por debajo del suelo. «¿Por qué lo dices?», me respondió con un hilo de voz. «Es tu hora», añadí. Fingí que no me daba cuenta de que, entre la pregunta y la respuesta, el nivel del país había bajado tres o cuatro dedos. Tenía que doblar la espalda para verle la cara, que ahora quedaba enterrada en un hoyo. «¡Quién tuviera tu energía! Eres culto y rico. Tu capital es una maravilla admirada por todos. Y tu territorio —dije enfatizando la palabra territorio—, una mezcla de mar y montaña de donde surgen las viandas que permiten a tus cocineros ser los mejores del mundo». Pegó un resoplido dentro del agujero y pensé en hablarle de la gente, de la bondad de sus habitantes, capaces de organizar revoluciones festivas, ciudadanos civilizados y sensibles, siempre dispuestos a montar fiestas y maratones petitorias. «Es la hora de tu lengua y de tu cultura, de tu música, de tus artistas, de tus bosques y de tus paisajes inmaculados».

Con tantas explicaciones noté seca la garganta y le dije al viejo país si le apetecía tomar algo. Cuando se disponía a responder, el suelo tembló y el nivel del país se hundió más de un palmo. Ya sólo se le veía la coronilla, sin pelo, dentro del hoyo, y aunque le hubiera ofrecido un vaso de agua, no habría podido beberlo. «Soy sólo una anacrónica silueta medieval», alcanzó a decir. La voz rebotó en la cueva subterránea con un eco, la verdad sea dicha, más bien lastimoso.

Me pareció que, regalando los oídos al viejo país, no iríamos a ninguna parte y cambié de estrategia. «¿Has oído hablar de la geotermia de superficie? Es una tecnología sensacional que permite explotar el calor natural del subsuelo, hasta 200 metros. A esa profundidad, la temperatura es relativamente constante, entre 10 y 16 grados. Gracias a esa energía térmica natural se pueden calentar casas individuales y edificios colectivos. Mediante una bomba de calor, la energía que se capta en el

subsuelo se eleva hasta los 35 o 45 grados». El país empezó a resbalar hacia abajo. Puse las manos en torno a la boca, en forma de altavoz, y le grité: «Eres un formidable, un gran país, en una situación ideal para aprovechar la energía del subsuelo: ahorrarás un montón y serás pionero en energías limpias». Y añadí, poniendo todo el entusiasmo posible: «Y si todavía caes más abajo, existe otra tecnología: la geotermia profunda. A 1500 o 2000 metros los recursos geotérmicos de los acuíferos profundos se encuentran a 50 grados, a veces incluso a 90. Con esa temperatura, sin necesidad de bomba de calor, se pueden calentar grandes infraestructuras: hoteles, aeropuertos, festivales». Agucé el oído para intentar oír la reacción del viejo país que, mientras le hablaba, no había dejado de deslizarse hacia abajo. Oí una voz titubeante que ascendía del fondo del abismo: «Me voy a la m…»

El arte comprometido

Llaman de abajo. Antes de abrir, el artista comprometido va hasta el mueble del salón donde tiene un equipo de música que un día fue bueno, conecta el amplificador y coloca la aguja sobre el vinilo. Empieza a sonar una canción de cabaré de la época de la República de Weimar. Cada vez que recibe la visita de alguien que quiere hablar de los tiempos heroicos, deja el disco preparado en el plato, para poder activarlo al momento cuando llamen desde la calle. El visitante llega, después de subir tres pisos en ascensor, y se ha consumido una canción y media. De esta manera da la impresión de que el artista comprometido escucha siempre este tipo de música, porque es un artista comprometido cosmopolita y un poco canalla. Hoy espera a un joven que está escribiendo una novela sobre los años sesenta y ha desplegado todo el montaje: catálogos de exposiciones antiguas, fotografías y un cuaderno de cuando iba a las manifestaciones y sacaba dibujos del natural de gente que corría por la calle, furgonetas de policía desbocadas y los pies con botas negras y lustrosas, que reproducía desde un punto de vista muy bajo para obtener el efecto de una fotografía robada. Llaman a la puerta del rellano: vienen a mirar el contador del gas.

El artista comprometido va hasta el mueble del comedor, levanta el

brazo del tocadiscos, desconecta el amplificador y dirige a la chica del gas hasta la galería donde, con el móvil, saca una fotografía del contador. La acompaña a la puerta. Se sienta en el sofá. Mientras espera, hojea el catálogo de la exposición de 1976, con el gran óleo Otra vez la carga (como en la época de Ramon Casas). ¡Qué tiempos aquellos! Y qué partido le supo sacar a aquella manifestación. Un cuaderno lleno de dibujos de manifestantes y policías. Más tarde dieron lugar a algunos de sus óleos más famosos, que ha mostrado en 40 exposiciones.

Llaman de la calle. Se dirige hacia el equipo de música, pone en marcha el amplificador, la aguja baja pausadamente hasta el surco. Suena la música de la República de Weimar. Esta vez, pregunta por el interfono:

«¿Quién es?» Oye una voz ininteligible entre un chisporroteo de avería técnica. Tiene tantas ganas de enseñar sus dibujos de manifestaciones que abre igualmente. Se sienta en el sofá para tener que andar un poco cuando suene el timbre del rellano, que no parezca que está esperando en el recibidor. Llaman a la puerta del piso y son un chico y una chica — americana y corbata, vestido floreado— que le quieren convencer del interés de leer la Biblia. El artista comprometido les cierra la puerta en las narices, va hacia el equipo de música, levanta el brazo del tocadiscos e interrumpe el estribillo de «Kanonensong». Todavía tiene el dedo sobre el botón cromado cuando llaman de abajo, vuelve a conectar el equipo y coloca la aguja al inicio del surco. Va hacia el sofá y abre el catálogo por la página de Otra vez la carga (como en la época de Ramon Casas). Carraspea y se pasa las manos planas por los laterales del pantalón. Entonces llaman al timbre del rellano.

Las botellas agujereadas

—¡Chico, trae otra botella, que esta tenía un agujero!

El señor Roig levantaba una botella de vidrio verde con el cuello de plástico granate y una etiqueta sencilla en la que se veía la muralla del castillo de Caramany dentro de un círculo, como si fuera un château; y el vino, un gran Burdeos. El chaval corría hacia la nevera, cogía otra botella verde, con el cuello de plástico granate y la etiqueta con el castillo, la llevaba hasta la mesa, con un cuchillo de sierra cortaba el precinto que rodeaba el gollete y levantaba un poco el tapón, que por la parte de abajo era de corcho y, por arriba, de plástico inyectado.

—Tenía un agujero —se justificaba el señor Roig, que era el único cliente del hostal que tomaba vino en el desayuno, el almuerzo y la cena.

Al chico aquella broma repetida una y otra vez le hacía una gracia relativa. Iba hacia el office con la botella vacía y se acercaba a la nariz el tapón que olía a vino y a corcho.

De mayor, a veces, cuando venían amigos a cenar, hacía la broma del señor Roig:

—¡Esta botella tiene un agujero! —decía chistoso.

Entraba en la cocina y volvía con otra botella cubierta con una servilleta blanca: que se notara que había trabajado de camarero y que sabía cómo se hacen las cosas. La descorchaba con un sacacorchos de dos palancas. «Plop»: le gustaba el sonido de ventosa del tapón al salir.

Ahora la broma del señor Roig le hacía más gracia que cuando era un joven camarero. Uno de los clientes de la casa le decía que era el sommelier, porque cuando la familia subía a verle y encargaba un gran banquete, lo mandaban a la ciudad a comprar botellas de vino que no llegaban al pueblo. Era una época en la que —parece mentira— había muy pocas marcas. Piensa en toda esa gente que conoció —todos han muerto

—, con sus bromas inocentes. Un hombre decía: «Este salchichón no tiene

mezcla». Marcaba una pausa y añadía: «Es todo burro». «Ponme una copa del más caro», porque el coñac se llamaba Mascaró. Cosas así.

Preocupado por la velocidad a la que se vacían últimamente las botellas en su casa, decide inspeccionar una científicamente. Ha oído hablar tanto de la shrinkflation (la reducción del tamaño de los paquetes) que tiene la mosca detrás de la oreja. Ahora ya no mezclan carne de burro con el cerdo del salchichón, pero venden docenas de huevos que sólo son diez huevos, las bolsas de patatas chips han pasado de 200 gramos a 165: un tipo que se ha dedicado a contarlas ha comprobado que en cada bolsa faltan diez patatas. Las tabletas de chocolate son más delgadas, y los paquetes de macarrones, más pequeños. Analiza las diferentes partes de la botella buscando dónde puede estar el corte por el que se escapa el vino. La gira del derecho y del revés y descubre que tiene una serie de microagujeros, escondidos estratégicamente en la corona rayada que la botella lleva impresa en el fondo para evitar que resbale y caiga. Las botellas van perdiendo vino como lágrimas de sangre.

—¡Menuda jeta! ¡Pobre señor Roig!

Silly symphony

El señor de la casa apaga el televisor con el mando a distancia, se levanta titubeante del sofá y se dirige al cuarto de baño a lavarse los dientes. Se enjuaga. Hace un pipí. En el cajón del mueble de la tele, un cable de USB A a USB B empieza a deslizarse lentamente, como una serpiente que sale del nido el primer día de buen tiempo. Desde que el señor guarda los documentos en la nube, ya no utiliza nunca el disco duro de sobremesa, que guarda en el cajón junto con un lector externo de CD, un minidisc, los cables del rúter que antes tenía, un cable HDMI que no chuta y conectores de 127 V y 60 Hz de una temporada que estuvo trabajando en México, de los que no se desprende porque le traen recuerdos y por si los vuelve a necesitar. El señor apaga la luz del pasillo, entra en el dormitorio y cierra la puerta.

Todos los cables empiezan a estirarse y a retorcerse, exploran las paredes del cajón y se deslizan por encima del disco duro de sobremesa abandonado y del lector de CD externo. Se producen los primeros enroscamientos tímidos. Pero el señor entra en el cuarto de baño para hacer otro pipí. En el interior del cajón mal ajustado un rayo de luz ilumina cables y conectores, que se quedan inmóviles hasta que el señor vuelve a la cama.

Un cable LAN doble adaptador para televisor led empieza a atornillarse con un transformador del año de la nana. Es un apareamiento magnífico de tubos gruesos, negros, lustrosos, con la goma un poco gastada. En el momento más intenso del abrazo, el cable LAN, que no se ve tan mal comparado con las ruinas que andan por el cajón, se estira hasta tocar los tres extremos del cable de una cámara fotográfica digital desfasada. Se acarician sinuosamente, se agarran con un par de nudos fuertes, pero la cabeza del cable LAN, que nunca está satisfecho, corre a enroscarse con el cable de un transformador y con unos auriculares retro.

—¡Niño, qué banana!

Unos auriculares de iPhone jovencitos, delgados y blancos, se enamoran de un euroconector y lo abrazan apasionadamente con los dos hilos. El euroconector, sin pensar en la diferencia tecnológica que les separa, los agarra con ganas. Un cargador de móvil sabiondo dice que no ve mal que un cable vejestorio se retuerza con un cable joven, siempre que no se trate de un patrón. Mientras tanto, los auriculares de iPhone han formado un ovillo con el cable de USB A a USB B y con unos auriculares de walkman. Un USB micro B se acerca a la entrada de un disco duro que no es el suyo. En el último momento, da marcha atrás. Se enrolla con un mini USB, pero cada tanto regresa hacia el disco duro y le pasa la clavija por la obertura, tiernamente, sin decidirse a entrar.

—¡No me hagas breadcrumbing! (ir repartiendo migas emocionales sin concretar nada).

Las rotaciones, los barullos, las lazadas y las circunvalaciones duran toda la noche. Cuando, al día siguiente, el señor abre el cajón de la tele en busca de un cargador, encuentra una gran bola de hilos.

—¿Cómo puede ser que los cables se enreden solos?

Adrian Newey, mon frère

Cuando preparaba su libro de cuentos La chirivía, el escritor pidió a los responsables de la editorial que, en la cubierta, le dejaran poner la fotografía de una caja, construida con listones y refuerzos de cartón, que llevaba estampada la marca Ultrafruta. Era un recuerdo de su niñez. Un vecino que tenía un huerto cargaba las verduras en una de esas cajas, atada con unos pulpos detrás del asiento de una moto de 125 cc. Llenó la caja con un pimiento verde y otro rojo, tres tomates de Barbastro, unas zanahorias, cebolletas, dos berenjenas y, encima, colocó una chirivía que parecía una cola de rata con parte del trasero. La idea era: la caja es un cuerno de la abundancia moderno. En medio de esta exuberancia de pimientos, berenjenas, zanahorias y cebolletas, la chirivía representa la modestia de la raíz sencilla, olvidada por todos. «El mundo es de las chirivías», se pasaba el día diciendo en las entrevistas, cuando el libro salió publicado.

A los pocos días, todavía bajo la embriaguez de la novedad, las entrevistas y los comentarios halagüeños, un amigo le mandó un mensaje de WhatsApp:

«He pasado por el Mesón de las Letras, he buscado tu libro, no lo encontraba, se lo he pedido a una dependienta ¡y lo tenían en la sección de agricultura!»

El escritor se lo toma medianamente bien. Comprende que la metáfora de la chirivía pueda despistar a los libreros de las grandes superficies como el Mesón de las Letras. Al ver a su amigo tan alterado, y no tanto porque él tenga un gran disgusto, llama al director comercial de la editorial, que le dice que enseguida estará solucionado. Unas semanas más tarde, una amiga le telefonea para decirle que ha visto su libro en la sección de horticultura del Museo de los Libros, una librería que mueve el cotarro.

—¡Qué quieres que le haga! —le dice el escritor—. En cambio, en la librería La Desgraciada lo tienen en el escaparate, y en la nueva A mí qué

me cuentas, de Sant Ginés de Mar, la recomiendan en un pódcast.

Vuelve a hablar con el director comercial que, de momento, lo soluciona.

El escritor intenta no hacerse mala sangre. Le gusta la cubierta con la caja y las letras rojas: La chirivía.

Durante la cena, habla con su hijo de la temporada de la Fórmula 1. Esos días se presentan los nuevos bólidos y, aunque no se puede comparar con la expectativa de hace unos años, cuando los coches eran más diferentes entre sí y más coloridos, están al corriente de los lanzamientos.

—Del equipo Williams, Adrian Newey pasó a McLaren y ganó un par de veces el Campeonato del Mundo —dice el hijo.

El padre, con tanta verdura, no lo recordaba. Newey es el ingeniero más importante de las últimas décadas, diseñador de los Red Bull que lo ganan todo. Para comprobar si pasó por McLaren, padre e hijo entran en internet y descubren que en 2019 publicó un libro titulado Cómo hacer un coche. En el Mesón de las Letras lo tienen en la sección de hobbies.

—Adrian Newey, mon semblable, mon frère —exclama el escritor mientras se limpia una lágrima con la servilleta.

El retrato de Dorian Pan

Llegó en un paquete de 430 gramos y 16 rebanadas, pero enseguida se sintió especial porque, en el mismo momento en que el señor del supermercado descargaba la caja de plástico frente a la puerta del piso, un niño llegó desde el comedor gritando:

—¡Pan Bambola! ¡Comeremos mixtos de sobrasada!

La madre cogió el paquete por el lazo de plástico y se lo llevó a la cocina. Lo dejó sobre una cesta en la que, además del pan de molde, había un chusco y una barra campesina. En aquella casa les gustaba comer pan de panadería, pero tenían siempre pan de molde por si las moscas.

Era una rebanada perfecta: pesaba 27 gramos exactos, con un valor energético de 252 kcal, 1 % de grasas, 1 % de azúcares y 5 % de sal. Y, además, «alimentaba un mundo mejor, nutriendo el bienestar de las personas y también de la naturaleza», según constaba en la bolsa de plástico reciclado donde pasaba el rato cómodamente.

—¿Qué vamos a cenar? —preguntaba retóricamente la madre, que ya tenía pensado el menú.

—¡Mixtos de sobrasada! —gritaba el niño de la casa.

Su hermanita prefería los mixtos de queso y jamón de York.

—No queda sobrasada —replicaba el padre, que dejaba en la mesa una chapata para acompañar el pescado y la verdura.

En su perfección, la rebanada era la octava de dieciséis. Cuando abrieron el paquete y las primeras rebanadas empezaron a pasar por la tostadora, la rebanada número ocho no perdió la calma. Había visto cómo los mejores panes de espelta terminaban duros como una piedra, o mohosos, y los acababan tirando a la basura. Ella, en cambio, seguía fresca como una rosa. Un día que el padre llegó tarde a casa, y la familia ya había acabado de cenar, abrió el paquete y olió las rebanadas:

—¿Todavía se puede comer?

«Tiernísima como el primer día», pensaba la rebanada en la bolsa.

Las lonchas de queso y de jamón de York que sobraban de los mixtos de la niña enseguida se secaban por los bordes, aunque las envolviesen en papel de plata. Y si racaneabas con la sobrasada, corrías el riesgo de que se volviera rancia.

A escondidas de los padres, el niño vació el paquete porque le gustaba comerse los extremos —decir cantos sería exagerado— que tienen más corteza —decir costra sería excesivo—. Cuando apareció la madre, volvió a guardarlas apresuradamente y la octava rebanada pasó al fondo del paquete.

Los panes de espelta se iban secando, las chapatas parecían de madera, los chuscos cortados se llenaban de hongos, mientras que la rebanada de pan de molde Bambola seguía fresca como el primer día, blanca, con la corteza dorada, había adelgazado uno o dos gramos y estaba de muy buen ver.

—¿Este pan no se pasa nunca? —inquirió la madre.

—Es que antes de envasar las rebanadas, en la fábrica Bambola les sacan una foto. Las rebanadas de las fotos se secan como una piedra y se llenan de moho, mientras que las de las casas viven una eterna juventud.

Tomó la última rebanada que quedaba, la untó de sobrasada y abrió una cerveza.

—Será por eso —sentenció la rebanada.

Los jardines de Petunia Pitósporo

La señorita Petunia Pitósporo y Tila llegó al pueblo de Carrascas del Gállego atraída por el prestigio del parque de los abetos y del paseo de los plátanos. Tras lustros de trabajo como bibliotecaria de la Escuela de Jardinería, le había llegado el momento de la jubilación. ¿Dónde podría vivir el tiempo que le quedaba de quietud y lectura mejor que en aquel paraíso campestre, entre arboledas magníficas y fuentes rumorosas? Día y noche, el paisaje invitaba al hipérbaton. «Toca la montaña el flautín y yo en mis recuerdos me columpio», «En la cima del árbol suspendido, su nido construye la abubilla».

Uno de los atractivos de Carrascas del Gállego es que —cuando era una aldea, antes de que instalaran la primera de las ocho plantas embotelladoras—, pasó allí el verano la gran escritora Hortensia Albaca Musgo, internacionalmente conocida por sus libros El barrio de la Casa de las Fieras, El trastero y Ofrenda a una virgen despistada. Petunia Pitósporo y Tila, que tenía veleidades filológicas, creía que el paisaje de Carrascas del Gállego marcó decisivamente la trayectoria de su querida Albaca Musgo, a pesar de que la mayor parte de los ocho días que estuvo en el pueblo los pasó entre el entoldado y el pajar, con el mozo de los Alcornocales. Tenía dieciocho años y una cabecita loca.

Petunia pensaba que cuando, en Ofrenda a una virgen despistada, Margaritina sale corriendo eufórica entre los almeces, debió de inspirarse en el paseo de los plátanos. Por eso se sulfuró de lo lindo al descubrir que Hortensia Albaca Musgo tenía un pasaje en Carrascas del Gállego, frente a doce casas adosadas que construyeron sin dejar ni un palmo en el que colocar una maceta.

—¡Protesto enérgicamente! —le dijo al regidor Gladiolo Herbazal y Eucalipto, de un partido independiente que no era ni de derechas ni de izquierdas.

A partir de ahí empezó la guerra floral. Cada vez que podaban (mal), desbrozaban (arrancando hasta las raíces) o cortaban árboles diciendo que estaban muertos (cuando no lo estaban), la señorita Petunia Pitósporo y Tila armaba la de San Quintín.

—¡Si viera esto Hortensia Albaca Musgo, la escritora! ¡Vergüenza da!

¿Qué dirían los abuelos vuestros, que labradores fueron su vida toda?

El regidor Gladiolo dejó de responderle los wasaps, como es natural, que ya bastantes problemas tenía el pueblo con las embotelladoras que secaban el río. Se le ocurrió una idea genial. Junto al pasaje Hortensia Albaca Musgo se abría un descampado en el que, en los años gloriosos de la construcción, vertieron miles de toneladas de escombros. Después lo taparon con una pista de baloncesto agrietada y cincuenta plazas de aparcamiento. El día de la inauguración colocaron cuatro plantitas que se secaron enseguida. Conservaron una acacia porque les interesaba clavar una farola en el tronco.

—Cuando esta mujer reviente de una rabieta, le pondremos una placa: Jardines de la señorita Petunia Pitósforo.

Le dio un ataque de risa tan fuerte que se atragantó y murió.

La inteligencia artificial

Un Toyota Hilux, un motoserrucho Husqvarna y una desbrozadora Stihl charlan en los márgenes de una rotonda.

—Da cosa ver a esta gente tan preocupada —dice el Toyota Hilux, que tiene dos ruedas sobre el arcén, pisando una planta que empezaba a brotar.

—¿A ti te parece muy preocupado aquel tipo de allí? —el motoserrucho Husqvarna señala con la barbilla al operario de la brigada municipal.

Desayuna un bocadillo que parece un recién nacido, envuelto en una servilleta de celulosa y en papel de plata. Han cortado todos los árboles, por la mañana hace un sol de justicia y la luz le da violentamente en la cara.

El motoserrucho se recochinea:

—Espera a que apriete un poco el calor, sin una sombra.

El operario oye un ruidito y se gira hacia el Toyota Hilux, que se queda inmóvil. El motoserrucho y la desbrozadora Stihl dejan de reírse. El hombre se vuelve a llevar el bocadillo a la boca y la desbrozadora estalla en una carcajada retenida, con abundantes salpicaduras de saliva aceitosa.

—¡Han descubierto que las máquinas los sustituyen en todas partes y ahora empiezan las prisas! —dice el Toyota Hilux, que lleva radio y está informado de lo que pasa en el mundo—. Ya ha empezado la musiquilla: que la Unión Europea tiene que actuar, que hay que regular, que las máquinas ya escriben libros y que no puede ser.

El motoserrucho, que hace poco que ha llegado de China, trae consigo ideas frescas y se las explica al Toyota Hilux y a la desbrozadora Stihl, que ya tienen unos añitos.

—Es el final del principio de la destrucción creativa teorizado por el economista Joseph Schumpeter. Las llamadas innovaciones de ruptura transferían mano de obra de trabajos obsoletos a nuevas ocupaciones. Esto

no pasará ahora: las máquinas destruirán los trabajos existentes y no se crearán otros nuevos.

—¡Neneeee, sí que estás al día! —le dice la desbrozadora Stihl, que empieza a mirar con ojos golositos al motoserrucho, tan mal que le caía al principio.

—Estos tipos se enfrentan a tres rupturas civilizatorias —sigue el motoserrucho Husqvarna, sabiondo—: automatización creciente, pérdida de facultades fundamentales y una sordera cada vez mayor en las relaciones humanas.

—¡Cuando no lean (que ya no leen mucho), leeremos los libros que nosotras mismas escribimos! —exclama la desbrozadora Stihl, que quiere ligar.

—¡No hagas el tonto! —dice el Toyota Hilux, a quien le gustaría escuchar cómo termina la historia.

—No está tan claro que pueda haber una colaboración entre humanos y máquinas: los sistemas de IA dictarán los gestos correctos en la cadencia en la que se tienen que ejecutar, y hombres y mujeres se convertirán en robots de carne.

—¿Estás segura de que esto no pasa ya ahora? Hagamos la prueba — sugiere la desbrozadora.

Caza al vuelo un rayo de sol y lo hace brillar sobre su hoja como un diamante sexy. El operario, seducido por el brillo, hace una bola con la servilleta de celulosa y el papel de plata, eructa en staccato, coge la desbrozadora con las dos manos y empieza a repelar el talud en el que desde hace meses no crece nada.

El señor Pastel

Naturalmente, no se llamaba señor Pastel, como lo apodó el niño, fascinado por la cantidad de golosinas que les regalaba. Tenía tres o cuatro años y no podía entender a un hombre mayor, solo, que quería que le quisieran. Tampoco se llamaba míster Massini, como le llamaba el padre, que sabía reconocer la mezcla de melancolía auténtica y estudiada tristeza, bajo unas formas refinadas, de otro tiempo y, posiblemente, de otro mundo. Él se refería a sí mismo como don Juan, porque se llamaba realmente Juan. Lo exclamaba algunas veces, en el ambiente de confianza de las reuniones nocturnas.

—¡Don Juan!

Pero no iba más allá de esa exclamación misteriosa. El padre descubrió que había estudiado en el conservatorio y que fue violinista. Nunca se supo cómo era exactamente aquella historia del violín y, por esa razón, y porque tenía un porte distinguido, daba la sensación de que podía haber sido un buen violinista, que había abandonado la vocación por una afección pulmonar o por un desengaño. Si te parabas a pensar, ninguna de las dos causas era creíble. Fumaba mucho, cigarrillos de la marca Vencedor, lo que descartaba la enfermedad pulmonar. Y no se le conocían mujeres en su vida, salvo la madre que idolatró hasta su muerte, a los noventa años.

Parecía haber sido siempre como en aquel momento: el cráneo más bien estrecho, el pelo gris, con mucho volumen. Camisas blancas, con rayitas y de manga corta, muy perfumado. Un cinturón con la hebilla dorada. Pantalones con el pliegue bien marcado, de color crema o azul celeste: la indumentaria perfecta para tomar un whisky a las siete y media de la tarde. Después se acercaba a la pastelería y regresaba con un rosco de nata, un pastel borracho o una bolsa de almendrados. Entraba en la cocina del hotel por el comedor:

—¿Está la señora María? —preguntaba, y le entregaba el pastel para que lo guardara en la nevera.

En la pastelería lo adoraban porque, además de ser un cliente como no había otro, se hacía querer. Trataba a la señora de la casa como a una marquesa. Era una mujer alta, elegante, un poco rígida, con un trato afectado por haberse pasado la vida rodeada de dulces. A la señora María la trataba como a una gran señora y esta, en agradecimiento, le fue colocando a lo largo de los años clientes discretos, amables, que se dejaban halagar y que lo halagaban sin excesos: un recuadro de mesas en torno a la que él ocupaba, en un rincón del comedor, que parecía una presidencia. Cuando todo el mundo se había ido a dormir, como la gran reunión de una secta, la señora María, su hijo y unos cuantos clientes escogidos descorchaban champán y se comían la tarta.

El hombre ha pasado por delante de la pastelería y ha recordado al señor Pastel —míster Massini, como lo llamaba él—. Ha entrado, se ha dirigido a la hija de la casa como si fuera una princesa y se ha llevado tres merengues en una bandeja con una cinta de cartón que la protegía por encima, como un arco, cubierta con un papel estampado con dibujos y letras coloradas.

Siempre Navidad

Cuando sus padres eran pequeños y había pasado una semana desde la noche de Reyes, recogían las bolas de cristal de colores, las estrellas de purpurina, el río de papel de plata, el puente de corcho, las figuras de barro y de plástico. Refunfuñando, porque —desde que tienen ese problema con los hijos les parece clarísimo— no se resignaban a dejar atrás las vacaciones, las comilonas y los regalos: la provisionalidad de unos días felices que, después de todo, no lo eran tanto, porque los mayores, cuando bebían un poco, acababan siempre regañando.

Cuando ellos eran pequeños, sus padres les enseñaban los abetos de Navidad pelados que la noche del 6 de enero encontraban abandonados por las esquinas.

—Se han acabado las fiestas —decía el padre, que ya tenía ganas de volver a la rutina.

Ahora, los nietos no querían ni oír hablar de retirar del balcón las luces led, que cambiaban de color, se encendían y apagaban, y simulaban que una lagrimita goteaba hasta el extremo. Pidieron que se las dejaran tener unos días más, porque eran tan bonitas. Los padres lo aceptaron, para evitar discusiones. Y lo volvieron a aceptar porque era una temporada de mucho trabajo y no estaban para perder el tiempo guardando luces. Los hijos dijeron que, si ya hacía tres meses que estaban puestas, se podían quedar una temporada más. De manera que llegó la Pascua y las luces de Navidad seguían en el balcón.

—Bueno —dijo la madre—, no hay dibujos que recuerden la Navidad, son unas luces de colores, chorreantes. ¡Y están tan guapos los niños iluminados con ledes!

También los padres se hacían selfis.

El niño de la casa de al lado no quería que rompieran el conejo de chocolate de la mona de Pascua, con el reloj de cadena que le salía del bolsillo y el sombrero de copa. Para evitar broncas, los padres y los tíos

propusieron comerse el pastel y guardar la figura de chocolate en la nevera. El niño abría la nevera cada día y le daba un beso a la figura. No quería perder la ilusión de las vacaciones, las reuniones familiares y la palma.

—¿Qué te parece, Ariel, si llevamos el conejo al médico, que está enfermito?

El chocolate pasado estaba recubierto de una baba de color blanco. Ariel, que no y que no, y el conejo se pudrió en la nevera hasta que volvió el frío.

En el otro extremo de la calle, las dos hermanas van siempre en camiseta, enseñando el mondongo, porque se lo pasaron tan bien en las vacaciones y les gusta tanto el verano que han decidido que será verano para siempre. Los padres no se sienten con fuerzas para discutir. Van al instituto, donde, salvo los profesores, enfundados en plumones, todos visten tops, camisetas de manga corta y de tirantes. Cuando pasan por delante de la casa de los vecinos, vestidos con camiseta y pantalón corto, los chicos del instituto ven las luces y piensan:

—¡Navidad!

Pero enseguida vuelven al verano. El niño de los vecinos abre la nevera y da un beso al conejo de chocolate. Y así fue como desaparecieron el tiempo y las estaciones.

Transporte especial

Dos casas móviles viajan en un tráiler de Transportes Bueno, desde la fábrica donde las han construido —que no se llama fábrica tal, sino Taller Mozukai— hasta el prado donde instalarán la modelo Tudor y el descampado en el que estará montada la modelo Cecilia. Son dos casas no muy grandes, la Tudor tiene un porche discreto. El tráiler va despacio y, al no cumplir las normas de circulación (es más ancho y más largo de lo autorizado), sigue a un coche de la empresa de transportes especiales Sashimono, con una bandera, que le abre paso y avisa a los conductores de los coches que circulan en la otra dirección de que aquí se trabaja para salvar el planeta. El tráiler de Transportes Bueno es de un tamaño considerable, pero las dos casas van encajadas una en la otra, ladeadas, con una intimidad que, aunque son naturales y ecológicas, las incomoda un poco. Cuando pasan por su lado, los conductores piensan: «Mira qué casas». Se ha formado una caravana y, de vez en cuando, se oye un bocinazo.

—Qué guapas estamos en este tráiler y con qué ojitos nos miran los conductores —dice la casa Tudor, que gasta aires aristocráticos—. Somos el futuro.

La casa Cecilia, que es más tímida y rústica, responde con un «sí» lacónico.

—¡Somos la solución al cambio climático! La madera es un aislante térmico y acústico excelente. Es reciclable y dura un montón.

Con la ventana de ojo de buey contempla las planchas de la fachada, contenta de haberse conocido.

—Los árboles almacenan CO2. Y cada vez que se corta un árbol para construir una casa Tudor, se planta otro.

La casa Cecilia pone cara de circunstancias. Pasan junto a un bosque de pinos. Entre los árboles muertos de sed queda uno que aún tiene una rama verde.

—Vete a saber si incluso nosotras almacenamos CO2 —dice la casa Tudor, en un ataque de autoestima—. Cada uno en su casita, comiendo humus y reciclando, mientras el mundo va cada día mejor.

La casa Cecilia se acomoda en el remolque para echar una siesta.

El convoy se frena porque han entrado en una recta en obras, suenan tres bocinas y, pese al aislamiento acústico, la casa Cecilia se despierta y abre los ojos de las ventanas. En una se le ha pegado una bolsa de plástico que parece una legaña.

—Cada familia con sus 17 o 20 metros cuadrados, rodeados de naturaleza, autosuficientes, independientes. Qué maravilla.

—Sí, sí, sí —responde la casa Cecilia, a ver si la casa Tudor se cansa de hablar a las paredes.

El convoy excepcional cruza un polígono de fábricas químicas donde han empezado a ampliar la carretera. Porque, aunque en el futuro habrá menos coches y vamos hacia el decrecimiento, será necesario otro carril. Toda la zona afectada por las obras está marcada con bloques de hormigón y plástico de balizamiento. Hay un huerto recortado, cuatro bobinas de tubo negro, unas vallas de hierro atadas con una cinta roja y blanca.

—Qué feo es todo esto —dice la casa Cecilia.

—Pero a nosotras nos llevan a un paraje formidable —responde la casa Tudor, que no pierde la esperanza.

El Maestro de cabezones

Después de trescientos años de barbecho, la radiación ha desaparecido de la gran explanada frente al pueblo. Un grupo de hombres y mujeres justos se reúne para roturar ritualmente el campo con un arado que es una llanta de coche sujeta a un palo de escoba con un cable eléctrico. Van levantando la tierra, que escupe pedazos de plástico negro y de color botella de suavizante, ladrillos rotos con pegotes de cemento y cristales de seguridad. Es un buen terreno y piensan plantar en él avena loca y cebadilla ratonera, los dos cereales que han soportado mejor los siglos de contaminación.

En medio del campo, clanc: una piedra enorme. Empiezan a desenterrarla y sale una cabezota:

—¡Una escultura del Maestro de cabezones!

Es un artista del que se sabe muy poco, porque la información de los siglos anteriores no se volcó en los nuevos formatos, y los libros y fotografías se perdieron. La explosión de la Nube acabó de borrar el rastro del pasado. Pero en muchos pueblos de la Nueva Tierra han empezado a aparecer misteriosas esculturas del Maestro. Son unas cabezas colosales con los ojos cerrados o con las manos tapándose la cara, con un dedo frente a los labios, como enfermeras místicas. Van liberando la escultura y, como es tan grande, se quedan sin campo.

—No importa: ya plantaremos allí —dice una mujer que manda mucho, señalando un descampado lleno de carcasas de coches eléctricos.

Unos meses después, la cabeza se yergue rutilante, en medio de un hoyo profundo, con manchas de un marrón triste, de los siglos que pasó bajo tierra. Es una cabeza de chica, con forma de zepelín: afilada en la parte de la nariz y la frente, y ancha por los lados. Tampoco se han conservado fotografías de mujeres y hombres antiguos y no se sabe exactamente qué cara tenían.

—En aquella época eran así, deformes —dice uno.

—¡Pero qué dices! Es un caso clarísimo de escafocefalia, que demuestra que antes de irse al carajo degeneraron genéticamente —matiza otro.

A uno le parece el símbolo de una funeraria. El otro piensa que el Maestro de cabezones tenía astigmatismo.

—Eran retratos inventados de antepasados difuntos. Los levantaban para que protegieran a la comunidad con sabiduría y compasión. Ahora las vemos blancas y elegantes, pero eran policromadas —los alecciona uno al que llaman el Gombrich.

—Es una mezcla de mercancía y regalo —concluye el brujo Bronislao Ratón, sabiondo, pasándose un dedo por la ingle—. En el mundo de aquel tiempo, las cosas se volvieron personas, y las personas, cosas. Las esculturas del Maestro de cabezones eran híbridos de animado e inanimado. Gustaban tanto porque representaban a la gente de aquel periodo, que ya estaba bastante cosificada, pero creía que podía cambiar el mundo con la fuerza del pensamiento.

La tribu deja la escultura abandonada en el hoyo y empieza a limpiar el campo adyacente de carcasas de coches eléctricos.

Neko, que quiere decir ‘gato’

El Ateneo Enciclopédico de Amigos del País se reúne para valorar la cuestión de la chica Gertrudis Nivelles, que asiste a los talleres con una tiara con dos orejitas, un collar con un cascabel y unos guantes peludos con uñas de gato. Cuando pide la palabra, maúlla en japonés: nyāāāāāā.

—¡Nuestros talleres van a parecer el Salón del Manga! —exclama la señorita Salud Rififí, muy alarmada.

—Si Gertrudis Nivelles quiere ser una chica gato, tiene todo el derecho

—responde, cabal, el maestro Ramiro Neulafina.

El especialista en cultura pop Estanislao Martínez Ventana aprovecha la ocasión para dictar el inicio de una conferencia:

—Es un personaje del anime y del manga llamado nekomimi. Se relaciona con las diosas egipcias Sejmet y Bastet: seres espirituales que representan el empoderamiento femenino.

—¡Pero si a veces viene a los talleres con un delantal y una falda enseñando las bragas! —se desespera Salud Rififí, que reconoce en la chica un estereotipo sexualizado.

—Somos el Ateneo Enciclopédico de Amigos del País y tenemos que respetar la identidad de las personas —concluye el maestro Neulafina, que es partidario de hacer la vista gorda y a otra cosa mariposa.

Fascinado por el caso de Gertrudis Nivelles, el profesor Unrat llega a casa y entra en internet para ponerse al día en el tema de las chicas gato, que, inesperadamente, le interesa muchísimo. Descubre que en un manga titulado Bake Neko aparece una chica gato «que lucha con otros monstruos mientras procura ir a la moda».

—¡Qué buena idea!

En Boku x Neko unas «chicas gato llegan a una isla paradisíaca y, tomando como referencia unas pinturas rupestres, se enfrentan a fuerzas demoniacas». En Errant story encuentra al personaje de «un estudiante de magia, acompañado de su gato parlante y alado, que intenta obtener el

poder de los dioses para aprobar el curso sin importar que destruya el mundo en el proceso».

—Esto está bien: un poco de destrucción —piensa Unrat mientras pasa, admirado, las páginas de la Nekomimipedia.

A él le gustaría ser un profesor gato. Y cuando el transhumanismo y la modificación genética lo permitan —no cree que vayan a tardar mucho—, no se lo pensará dos veces. De entrada, se pondrá bigotes. Unos bigotes retráctiles, para no tener que llevarlos siempre. Los gatos utilizan las puntas del bigote para calcular si pueden pasar por los agujeros. Él hará lo mismo con las rendijas de la burocracia enciclopedista. También se instalará orejas móviles. Cuando oiga un ruido, en el taller o en una reunión de la junta, moverá los pabellones auditivos y no se le escapará ni una. Tendrán que ponerle entre 20 y 30 músculos nuevos, pero eso, para el transhumanismo, que pretende hacernos inmortales, es una nimiedad. También se modificará los pies y se implantará almohadillas de piel. Entrará sigilosamente en las habitaciones y oirá cómo los colegas lo ponen de vuelta y media. Irá todo el día descalzo y, de cara a la jubilación, se ahorrará un dineral en pantuflas.

Si queréis de nuevo entrar…

Ariadna Costa i Miralpeix nació en los años gloriosos de Edicions 62. Sus padres, Ramonet Costa, picador de la cuadrilla de El Bragao, y Julieta Miralpeix, pescadera de la Abacería, adquirieron el volumen de Narracions de Salvador Espriu en la librería Signe de la calle Mallorca, porque, a pesar de ser picador, Ramonet, influido por la estrella rutilante del diestro Mario Cabré, se sentía algo poeta.

—La llamaremos Ariadna —dijo el padre, entusiasta.

Y la niña fue una de las muchas Ariadnas y Laias que aparecieron en Cataluña en los años de la fiebre sesentera. Julieta Miralpeix, que se parecía un poco a Teresa Gimpera cuando aún era morena, lo iba pregonando por ahí:

—Le hemos puesto el nombre por Jordi Fornas, que diseñó aquella cubierta tan bonita de los libros de la Antologia Catalana.

Cuando tuvo cuatro cuartos —ganados en corridas de estío en los cosos de Figueres y de Roses—, se compraron un piso en la casa de los Toros de la Gran Via, obra de los arquitectos Antonio de Moragas Gallissà y Francisco de Riba Salas, que en el balcón tenía una gran fotografía de Català-Roca, de una chicuelina. A Julieta le hubiera gustado enfundarse un disfraz de vaca y que la poseyera un toro. Y aunque, según la mitología, Minos salió del mar para poseer a Pasífae, Ramonet era un simple picador y, de haber clavado la pica, habría salido un caballo con cabeza de pez y no el minotauro.

La fiebre sesentera dio paso al setentarismo y al ochenterismo, Ariadna creció bella y lozana, y acompañaba a los escritores por el sencillo laberinto de los bares de la calle de Marià Cubí. Teseo Gratallops le pidió una espada para matar a la quimera taurinoectodérmica. Ariadna también le dio una madeja de pura lana virgen, que el chaval fue desmadejando por la noche barcelonesa, simulando que acababa de matar a la bestia.

Ariadna era discreta y módica, enamoradiza, y le gustaba bailar en el Up & Down, que era una discoteca de moda. En verano, el falsario Teseo Gratallops raptó a Ariadna y se la llevó a Menorca, pero enseguida se hartó de ella y la dejó plantada por una sueca. Dionisio Valdepeñas la encontraba guapita y se la llevó al catre. Se casaron de penalti, tuvieron seis hijos, al mayor le dieron una beca de “la Caixa” y ahora trabaja en el MIT. De los otros cinco, dos viven en casa de sus padres. Una hija es abogada y otra okupa. El pequeño fue director del diario Sport.

Todo esto parecen ahora cuentos chinos. Ariadna añora a Teseo Gratallops y sueña que van por Barcelona en el Golf GTI 16 válvulas negro del chico. Mientras tanto, lee las noticias que se publican en la prensa extranjera sobre la manipulación de las nubes del cielo, los avances de ChatGPT que te dejan turulato, las trampitas de la reduflación y los terremotos que provocan los fans de Taylor Swift, con sus saltos en los conciertos que realiza en estadios y coliseos.

«Si queréis de nuevo entrar…»

País de urogallos

El último urogallo de los altos de Sierrapompa, un macho de doce años, alza la cabeza cubierta de plumas negras, eriza la papada, despliega el abanico de la cola y toma aire para proclamar el canto nupcial que, desde hace siglos, resuena en los riscos del Cachete y el valle del Sopapo. Como si pensara que no vale la pena el esfuerzo, cierra el pico, entorna los ojos, tuerce el cuello, da un giro con las patas y cae muerto en el suelo. La especie, en Sierrapompa, se ha extinguido.

En ese mismo instante, en el pueblo de Pescozón de la Sal se celebra una reunión extraordinaria de la Comisión Departamental de la Circunscripción Territorial, que aprueba una serie de medidas de protección del urogallo, el pájaro salvaje terrestre más grande del continente, destinado a ser símbolo y atractivo turístico, fuente de progreso y prosperidad. Para empezar, a partir de ahora Sierrapompa se llamará

«País de urogallos». Se diseñarán unos banners y se imprimirán 100 000 pegatinas para coche. También se aprueba un proyecto para reforzar la presencia del bicho. El alcalde Baltasar Vejiguilla cuenta que, en los próximos cinco años, se introducirán doscientos urogallos procedentes de Noruega, donde campan tan felices picoteando grano, desplegando la cola y lanzando sus cantos nupciales al aire helado.

—Ah, no —exclama Roberto Agualimón, presidente de la Asociación Sierraponpense de Defensa del Urogallo—. No se dan las condiciones mínimas de supervivencia y, para los animales, representaría una muerte segura.

La bióloga Eulalia Betún se abona a la idea y se dispone a denunciar a la Comisión Departamental por delito ecológico. En los últimos veinte años han desaparecido los quinientos urogallos que vivían en Sierrapompa. La decisión de sacar las aves de Noruega y llevarlas a morir a los bosques del Cachete y del valle del Sopapo le parece una aberración ética.

—¡Es de bofetada! —dice rabiosa.

El filósofo Emanuele Cuisinier escribe en la Gaceta del Coscorrón que el mundo dedica demasiados esfuerzos a la restauración y que no debería: hay que aceptar el mal irreversible y empezar de nuevo a partir de las ruinas, como los napolitanos que aprovechan las piezas de los desguaces para remendar sus coches. «Hay que inventar un nuevo uso para lo que se ha roto. Si no, convertiremos el mundo en un rehén, sin posibilidad de cambio».

—¿Qué coño dice el Cuisinier ese? —replica el activista antiglobalización Gerardo Rumiante—. Los bosques subalpinos han derivado en un parque de atracciones. ¿Qué pueden hacer los pobres urogallos, entre tirolinas, vías verdes, rutas de BTT, marchas populares, trails y medias maratones de montaña? El urogallo es un pollo boreal, cada vez hace menos frío, en verano se ahoga y en invierno se envenena con la química que le echan a la nieve artificial.

—Tiene narices —dice el profesor de lógica jubilado Juan Antonio Pitigrilli— que los políticos quieran el urogallo a cualquier precio y que los ecologistas se opongan con inquina.

—Así estamos —responde Eulalia Betún retocándose el moño.

Breve historia del arte

La restauración de La Libertad entra en el Senado, de Saturnino Albaricoque, ha sido uno de los grandes acontecimientos de los últimos años en el mundo de los museos. Es una obra romántica y clásica al mismo tiempo, que expresa un sentimiento colectivo de vida libre frente a la Vieja Política. Obtuvo una gran popularidad a partir del momento de su impresión en los billetes de banco. Saturnino Albaricoque era famoso desde hacía siglos y la gente lo conocía sencillamente como Albaricoque, sin Saturnino. Con ese nombre aparecía en las retrospectivas del Museo Nacional y en las grandes exposiciones mundiales.

La Libertad se presenta en el Senado descocada, con un gorro de color morado, un vestido negro y chinelas verdes: los tres colores de la bandera nacional, que Albaricoque distribuyó por la tela con mano maestra. Las butacas del hemiciclo, moradas. Las cortinas, negras. Y el traje de los ujieres, de color verde botella.

—La obra sigue el esquema característico en forma piramidal — apunta Benedicto Tembleque, jefe de los conservadores de la Oficina de Restauración del Instituto Nacional de Cultura—, con la Libertad alzando la antorcha sobre la cabeza, mientras, tumbados en el suelo, dos senadores, inspirados en Susana y los viejos, de Tintoretto, le dan un buen repaso.

—En la historia bíblica, Susana es una moza que se baña, dos viejos se le insinúan y le proponen relaciones sexuales —añade el crítico Anselmo Cirio—. Si no las acepta, la denunciarán por adulterio.

—En cambio, en La Libertad entra en el Senado, de Albaricoque, la moza se ríe de los senadores y les muestra el pecho blanco, con la areola rosada y un botoncito, para expresar la victoria de los ideales transformadores sobre las inercias burocráticas —manifiesta Andrea Refrito, del Gabinete de Pintura de la Oficina de Restauración de la Sección Segunda del Instituto Nacional de Cultura—. Los viejos lúbricos

se apoyan en los escalones, psicológicamente exhaustos, deslumbrados por la belleza de las ideas revolucionarias.

La restauración ha descubierto que, si bien primero el gorro era de un bello color de berenjena tierna, el maestro Albaricoque lo atenuó y lo pasó a un granate descolorido, de berenjena pasada. En las chinelas se ha encontrado un arrepentimiento: rebajó el verde loro.

—Para evitar el caos pictural —remarca el experto en colores Humberto Pisto.

Anselmo Cirio considera que es un indicio del comienzo de la decepción que acompañó a Saturnino Albaricoque en los últimos años de su vida, tras el giro de la nueva República hacia un sistema presidencialista.

También se ha podido restaurar la degradación provocada en la cabeza pelona de uno de los senadores por un chaval que le pintó un grafiti con rotulador. No era vegano, ni animalista, ni quería advertir de los efectos del cambio climático sobre el futuro de la juventud. Escribió: «De tanto pasar y pasar y sólo se me ocurre firmar». Y, a continuación, plantificó su rúbrica.

Los nísperos y el final de la IA

El defensor de las causas perdidas lleva días hablando a todo el mundo del drama de los nísperos. No es que a él le gusten especialmente, pero le revienta que, mientras que el yuzu y la mandarina satsuma viajan miles de kilómetros en sus sobreembalajes, no se venda ni un níspero. ¡Qué injusticia! En el mercado estuvo estudiando una caja de nísperos de la marca Xika, color magenta y amarillo fluorescente, que parecía una caja de gominolas. Para compensar los colores estridentes, el productor hortofrutícola A. Sanchis le plantificó un «Premium quality», cinco estrellas de cinco puntas, un dibujo de un níspero con dos hojas y otro cortado por la mitad, que muestra la pulpa jugosa, con tres huesos asomando.

—Este señor Sanchis ya no sabe qué hacer para vender nísperos —dice el defensor de las causas perdidas a su amiga chinchona—. Incluso deja un par de hojas para dar la impresión de fruta sana. ¿Qué frutas se venden con hojas? Sólo las mandarinas, y no siempre, llegan al mercado con esas hojitas decorativas. Que se vea que acaban de cogerlas del árbol. Es el último recurso: si esto no funciona, ¡adiós nísperos!

—Querrás decir níspolas —apunta la amiga chinchona.

Años atrás, el defensor de las causas perdidas promovió una campaña en favor de las níspolas, que son diferentes de los nísperos, niésporas, nésperas y zapotillos, pero ya no sabría encontrar ningún árbol de esa especie.

—Dura poco y encima no tiene variedades. ¿Tú conoces alguna variedad de nísperos?

—¿Y tú de cerezas?

—¡Uy, de cerezas sé un montón! Las rojas fuertes, las grandes blandas, unas que por dentro son rojas y jugosas, las que tienen la carne amarilla, las que explotan y manchan mucho. Y también ciruelas: las amarillas, las verdes, las que son rojas por dentro y por fuera, las rojas que cuando las

muerdes ves que por dentro son amarillas y piensas: «¡Mierda!». Una amiga tenía un árbol de nísperos. En aquella casa a nadie le gustaban y no sabían cogerlos. Yo iba, los cogía, pero no los cogía bien. Porque ¿sabes eso que tienen por arriba, como una punta, que los conecta con la rama? La giraba y me los llevaba. No sabía que hay que cortarla. Porque si lo coges y lo giras así, se pudren. Tienen que cogerse junto con eso que conecta. ¿Tú cómo lo llamas?

Uno de los móviles que hay sobre la mesa graba el diálogo y va vendiendo los datos a las grandes compañías, porque es un móvil muy espabilado. En un subterráneo, los campesinos que filtran la información agrícola para alimentar la IA —Miguelín Alfalfa, José de la Pelotilla y Roque Sansestabién, a quienes han prometido un empleo fijo— no entienden la conversación y la dejan pasar tal como está. A los pocos días la IA, desconcertada, empieza a hacer el tonto: se estropea el sistema informático de Renfe, a la señorita Margarita Trilla Rastrojo le anulan sin motivo tres clases de yoga con cachorros, y un robotaxi Waymo de color de rosa se la pega contra un poste en Potrero Hill, en San Francisco.

Amanitas y corbatas

En un recodo del camino, sobre un lecho de hojas de roble, crece un tallo gris, casposo, que parece una pata de avestruz. Toma fuerzas del suelo húmedo y, estirando las varillas, despliega un bello sombrero moteado de escamas. De entre las láminas salta un señor minúsculo, con traje gris, camisa blanca y corbata a rayas. Tropieza con el anillo membranoso y cae de cabeza.

—¡Hombre! ¡Un gnomo! —dice el excursionista que pasaba por el camino.

Un poco más allá, surge otro tallo, coronado por un carpóforo cerrado, redondo: parece una maza de tocar el bombo.

—¡Y una Macrolepiota procera juvenil! —exclama el excursionista, que es un hombre instruido—. ¡Dos! ¡Tres!

Con las lluvias de esta semana los micelios se han recuperado y se ha desencadenado una floración de parasoles —también conocidos como matacandiles y apagadores— que, junto con el champiñón campestre, son las primeras setas que asoman tras las lluvias de otoño. Si no sopla el viento y no aprieta el calor, crecerán oronjas y boletus, que se llevará a casa para consumir en un ágape festivo y mágico.

—¡La gastronomía no justifica la micofilia! —razona el excursionista, que ha leído el libro de Josep M. Fericgla—. Es un ritual, una celebración, con unas peculiaridades especiales, parecido a la caza. Una comida de setas, para un individuo micófilo, contiene una carga afectiva difícil de explicar, que no está relacionada sólo con un producto de temporada.

«¿Qué dice este chiflado?», piensa el gnomo mientras se incorpora y se sacude briznas y motas de polvo de la ropa. Busca una hoja de roble abarquillada para echar una cabezadita.

—¡Señor gnomo! ¡Señor gnomo!

—Llámeme Indalecio.

—Señor Indalecio… ¿cómo es que no lleva un calzón rojo, la barba blanca y larga, y una zamarra con capucha? No veo su indumentaria muy adecuada para un gnomo. Más bien parece un dependiente de El Corte Inglés. Y a la seta tampoco la veo muy clara. La Amanita muscaria es de un color colorado vistoso, con trocitos de velo o membrana sobre el sombrero, y gusta a los niños. Usted, en cambio, vive debajo de un parasol, desprovisto de sustancias enteógenas, gris y mate. En lugar de provocar euforia física y un gran acaloramiento, risas y locuacidad, seguidas de una somnolencia pesada, el parasol es una seta sosa.

—Esta es justamente la intención —responde el señor Indalecio—. Ahora que todo el mundo se mete de todo, ¿qué gracia tiene hacerse el interesante apoyado en una seta, vestido como un payaso? ¿Y esa idea de que, bajo el efecto de la Amanita muscaria, los gnomos tenemos que trabajar como esclavos, lavar los platos sucios, extraer carretillas de carbón de las minas y fabricar espadas a martillazos? Tanto trabajo, tanto trabajo: que lo haga la IA, que también alucina. De todas formas: ¿quiere que le conceda un deseo? El deseo es el motor del crecimiento de…

Cansado de tanta charla, el excursionista arranca por el pie la Macrolepiota procera, y el gnomo Indalecio, vestido de dependiente de El Corte Inglés, desaparece con el crecimiento en la boca.

Una víctima del fast déco

La yaya Rosinda organizaba una decoración navideña que me gustaba mucho. Decoraba toda la casa con terciopelo rojo: tenía un mantel especial y una funda de sofá roja, con ribetes dorados, que sólo sacaba para las fiestas. El árbol de Navidad, con bolas de cristal y unas bombillas que parecían congeladas, y la estrella en la punta. La portera instalaba sobre los buzones unas cajas envueltas en papeles brillantes de colores, con grandes lazos, como si fueran regalos. El vecino de abajo, que vivía solo, decoraba la puerta de entrada para que, al pasar por la escalera, vieras que estaba contento. Colocaba unas cintas de papel plateado, erizadas, luces que reseguían las molduras, que se encendían y apagaban: estaban en marcha día y noche. Mi yaya inventó el fast déco ese que usted dice. ¿La customización? Sí, también, porque entendió que no es lo mismo el día 24 de diciembre que el 28 o que el 3 de enero. Tenía unos basics, que iba adaptando con nuevas piezas.

Después llegó Halloween, con las telarañas, las calabazas y los esqueletos. Me di cuenta de que era una tontería tener la casa montada siempre igual. ¡Cada día somos personas distintas! Llueve: no vas a tener las mismas colchas y sábanas que en un día soleado. Voy vestida de naranja. ¡No queda bien con un mantel a cuadros blancos y rojos! ¡El mantel tiene que ir a juego con el vestido! Tengo tantos vestidos que necesito un buen fondo de armario de manteles individuales. La casa de la primavera tiene el color de la colonia fresca, con unos marcos de madera blanca monísimos, sillas pintadas como si estuvieran despintadas por el uso. El otoño trae colores tostados, de esos nuevos tan elegantes que han salido: el Moniato Quantum y el Dubai Moniato. Y la casa de invierno juega con grises y azules oscuros. He incorporado un pequeño escape room porque el invierno cansa y hay que encontrar la manera de salir de él. El verano pasado utilicé un estilo destroyed, con unos marcos y unos apliques que parecían sacados de un container, pero que compré en el

supermercado, que ahora tiene una sección de decoración que se ve sencilla pero que es de diseño. Este año estoy pensando en una decoración marinera, como si la casa fuera un apartamento alquilado en la playa, pero con un toque hygge (‘tranquilo’). Si tienen que venir amigos a cenar, organizo juegos de buscar el tesoro, que crean buen rollo, ayudan a descubrir la casa y admirar los detallitos. Lo copié de un amigo que trabaja en una oficina de esas gamificadas, que promueven enfrentamientos amistosos para estimular la competencia. Antes sólo competíamos para ver quién bebía más gin-tonics o quién tiraba mejor la caña. Ahora todo responde a un propósito constructivo.

Se ha acabado la dictadura de los diseñadores y ahora cada uno es su propio trendsetter (‘iniciador de tendencia’). Es un momento de libertad. Qué contenta que estaría mi yaya Rosinda.

La vida según Dino Buzzati

«La idea no era vivir ninguna aventura», recordó el hombre de la cicatriz en la barbilla. Queríamos hacer la excursión sencilla que recomendaban en la guía. Subir unos kilómetros, trepar agarrándonos a una cadena o a una barra de hierro, llegar a la cima pelada y tranquila, con una cruz, desde donde contemplar el mundo del que procedíamos. Pero todos los caminos nacen en el mismo valle y enseguida nos encontramos rodeados de gente. Empezamos a subir por una rampa alegre, entre estepas y campanillas blancas, hombres y mujeres felices caminando en grupo. Llegamos al primer desvío, las familias con niños siguieron por el camino de la derecha. Nosotros tomamos el sendero de la izquierda, que tenía un aspecto más deportivo. Coronamos el collado con una vista panorámica sobre el valle. Al fondo se veía a los excursionistas que habían empezado más tarde que nosotros y a los rezagados que en aquel momento bajaban de los coches que, desde la altura, parecían huevos de hormiga.

Atravesamos una cañada que, con las lluvias de primavera, presentaba una lozanía exuberante. El camino se perdía, pero asomaba de nuevo junto al arroyo, entre el pedregal, y remontaba hasta un alto cubierto de robles de hojas de color de menta. Una pareja con dos niñas nos adelantó en el punto en el que el bosque de castaños dejaba paso a unas encinas duras y secas, aunque ramificadas y relucientes.

—Buenos días.

—Buenos días —respondió el hombre, que tenía todo el pelo blanco.

—Si unos padres con hijos siguen esta ruta, no puede ser que estemos equivocados: es el camino deportivo de la guía.

Aunque la descripción no se correspondía en absoluto. No encontramos la casa abandonada pero entera, dorada por el sol, ni la era embaldosada junto al manzano y el cerezo, ni el lavadero con las tres fuentes que manan con gran estrépito sobre las piedras rojas y granuladas. El camino era cada vez más árido. Las encinas dieron paso a retamas y

enebros. Primero verdes y con fruto, con orquídeas multicolores derramadas a sus pies. Y más tarde deshidratados y muertos, retorciéndose como ramas consumidas por el fuego. Un camino incierto nos llevó a la cresta.

—Al otro lado no había nada. Resbalé y me clavé el saliente de una piedra —dijo mostrándome la cicatriz de la barbilla.

A pocos metros divisamos al hombre, pasándose una soga por la cintura y atando detrás de él a la mujer y a las niñas:

—¡Hay que cruzar un acantilado de dos metros y ya estaremos en el camino fácil! —exclamó optimista.

Los cuatro desaparecieron por la cresta, siguiendo el filo de la cordillera. Me miré los pantalones cortos y las zapatillas de tenis. Tenía que ser una excursión sencilla. La montaña era negra, con brochazos de un rojo infernal y cuevas de paredes sulfúricas. Al llamar al servicio de emergencia nos preguntaron si llevábamos comida y ropa de abrigo, pues pronto se haría de noche.

«Take on Me» de A-Ha

—Era un año por Navidad, en París: la ponían en todas partes. Con sólo escuchar la batería, ya sabía qué canción era. Después entraban el sintetizador y los teclados. Muchas canciones empezaban así, con una base rítmica: «Don’t Get Me Wrong» de los Pretenders.

—No me acuerdo cómo empezaba.

—«Wild Wild Life» de los Talking Heads. Esa sensación eufórica de entrar en un bar justo cuando arrancaba la canción. Antes de que empezara la melodía, ya la habías reconocido. Bajaba la escalerita hacia la barra del Yes, I do, agitando los brazos al ritmo de la música. Recuerdo que cuando el editor Rocamora estaba muy enfermo, ya no se movía de la silla de ruedas, jugaba a adivinar canciones: le ponían los primeros compases y se las sabía todas. Me lo explicó su viuda: en los últimos años estuvo casado. Le bastaban tres notas. Menos que eso: con la percusión y la línea de bajo le alcanzaba.

El hombre sorbe una copa de cerveza turbia.

—El videoclip no lo vi hasta más tarde y me gustó. Aunque yo me identificaba con la chica que lee el cómic en el bar. No me habría visto nunca como un guaperas que saca la mano por una viñeta y la arrastra hacia su mundo de fantasía: carreras de motos, pilotos corruptos… Los que los persiguen me recuerdan a los policías de las películas francesas de los años cincuenta, con aquellas motos enormes, que acaban siempre muertos en las cunetas, liquidados por Jean-Paul Belmondo o por Lino Ventura.

—¿Qué superpoder te hubiera gustado tener? —dice ella, cambiando de tema—. A mí, supersalto. Algo de movimiento: teletransporte.

—Cuando salía de noche, muchas veces imaginaba que podía teletransportarme —sigue él—. Al escritor Vidal-Planas, en la puerta de la discoteca Croque Monsieur, los taxistas lo conocían y no tenía que dar nunca la dirección de casa.

—Invisibilidad. Siempre poderes para huir… El hombre sigue a lo suyo:

—Ahora pienso que quizá sí era como el cantante de A-Ha y quería arrastrar a las chicas hacia mi mundo. En aquella época estaba obsesionado con los accidentes, la velocidad, las carreras. Pero también era la chica del videoclip. No es que no me sintiera bien con lo que hacía, pero me habría gustado verme en la fantasía de otro.

—Yo era muy jovencita. Trabajaba en una tienda de la costa, volvía a casa de noche, en tren, me veía reflejada en el cristal e imaginaba que la mano me arrastraba.

—Siempre había un espejo, tenías que atravesar un espejo, que podía ser la viñeta de un cómic o la puerta de un bar. El final es divertido: la patrona encuentra la mesa vacía y tira la revista. La chica escapa de los malos, sale del cómic y aparece en el cubo de la basura.

—Ahora vivimos todo el día dentro de un espejo.

—Es impresionante la de cosas que puede llegar a decir una canción tonta.

Sebastián Castella en Nîmes

El hijo toma una fotografía con el móvil y le sale un cuadro de Fortuny: los arcos del anfiteatro romano, las gradas repletas de gente, el cielo nublado y, en la arena, los trajes de matadores y subalternos con reflejos plateados y dorados, las medias rosadas metidas en zapatillas negras. Los caballos de los picadores, con la amortiguación del peto, ocupan la parte central. Los alguaciles —dos chicas con sombrero, con plumas de los colores de la bandera francesa— recogen las llaves del toril de manos del presidente. La banda toca La Marsellesa. Castella, que abre el cartel, viste de blanco y plata. Ha cumplido los cuarenta. De vuelta a los ruedos, encarna el papel del torero sénior, bien entrenado y fuerte, tan distinto de los toreros veteranos de años atrás: un torero trabajado en el gimnasio para llegar a la madurez en plenitud de facultades. Una mujer que parece Halle Berry ocupa una localidad de barrera. «¡Ha venido del festival de Cannes!», exclama el padre. No es ella.

El primer toro de Graciagrande, Cojemoscas, amenaza los burladeros, hasta que se desbrava y entra al capote. El hijo imagina que pasa de largo una y otra vez, no cae en la trampa de la capa y la lidia no puede empezar. Se fija en el picador de reserva, quieto en un rincón de la plaza. Castella torea con la derecha y después con la izquierda, se pasa la muleta por detrás de las nalgas e hilvana una serie de pases cortos, con un movimiento de lanzadora. La filigrana de papel de las banderillas se empapa de sangre. Con la punta del estoque, señala la muleta. La banda entona el pasodoble

«Pepita Creus». Cuadra las patas del toro y clava una estocada entera. En el cuarto remata una tanda de naturales con un pase de pecho fotogénico. El traje blanco y plata lleva un manchurrón rojo en los muslos. Mata de media estocada.

Los otros toreros no tienen suerte con el ganado. Al entrar a la pica, el quinto renquea. El sexto también es cojo. El ambiente de la plaza se enfría. Pero mientras arrastran al último toro, que un joven matador ha

despachado con celeridad, la gente recuerda la gran faena de Castella. Cuando sale a saludar, lo suben a hombros, entre gritos y aplausos, y se forma una comitiva: hombres con abrigo y sombrero que fuman cigarros robustos, chavales con alpargatas, un mecánico vestido de domingo, un grupo que viene del pueblo, los miembros de la peña Los de Gallito y Belmonte, la falsa Halle Berry y una vamp de la época del cine mudo. Son muchas generaciones taurinas, una riada que saca a Castella por la puerta de los Cónsules del anfiteatro romano. Un rebaño de toros sacrificados de los veinte encastes de las ganaderías bravas muge en honor del torero una letanía de sangre y dolor.

Lentamente, la multitud se dispersa. Quedan el padre, que lleva a Castella sobre los hombros, y el hijo, que lo sostiene por la espalda:

«Entrémosle al Museo de la Romanidad». Castella se encuentra ridículo sobre un señor y pide que lo apeen. Vestido de blanco y plata con un manchurrón rojo que le cruza los muslos, desaparece por el final de la calle.

El Portal

Era un hombre mayor, pero no muy mayor. Todas las noches ocupaba una mesa junto al mostrador. El Portal es un restaurante estrecho, con la cocina al fondo y una barra en la entrada. Nos gustaba mirar las botellas que en este tipo de establecimientos son siempre de las mismas marcas antiguas. Se sentaba de espalda a la pared y, en invierno, se ponía la americana sobre los hombros, con las mangas colgando: parecía el fantasma de un ejecutivo. Vestía pulcramente, con camisa y americana, quizá los pantalones a juego con la americana: un traje completo. Tras jubilarse, había conservado las formas de cuando dirigía la oficina o el departamento comercial. A veces, en El Portal, nos encontrábamos a Lamberto, a quien conocí en el Museo de los Relojes, ya retirado. Vestía muy diferente de cuando trabajaba, con vaqueros y camisas de cuadros, y no parecía la misma persona.

El traje del hombre estaba en buen estado, pero para trabajar habría llevado uno nuevo. En El Portal la gente come, bebe y se divierte. Las mesas y las sillas se tocan, pero la proximidad de otros clientes no supone un problema. El ambiente de restaurante popular alimenta un sentir colectivo cada vez más raro en la ciudad de Redonda. Abstraído entre la gente, el hombre leía el periódico, bolígrafo en mano, y tachaba los artículos a medida que los iba leyendo. Realizaba largas pausas para leer y tardaba mucho en acabarse el plato. Éramos siempre los últimos en marcharnos: el tipo se quedaba, con la americana sobre los hombros, leyendo y tachando. Joris-Karl Huysmans escribió un cuento sobre un funcionario al que obligan a jubilarse. Para superar la depresión, se monta un despacho en casa en el que realiza tareas imaginarias. Aquel hombre era de la misma estirpe. Cenaba sin levantar la vista del periódico, pasaba las páginas con gesto resuelto, trabajaba o fingía que trabajaba. El propietario del restaurante y el camarero lo trataban con delicadeza. No vi

nunca que le metieran prisa, ni cuando la barra estaba llena de gente esperando.

El Portal no tiene carta: los platos se anotan en unas grandes pizarras y, cuando se terminan, el camarero los borra con una gamuza: cerebro, criadillas, hígado, riñones, platos de restaurante de toda la vida, los que salían primero porque la gente sabía que eran especialidad de la casa y por eso acudían allí a cenar. Mi padre me contó que, años atrás, atracaron el restaurante y uno de los hermanos murió. Impresionaba cuando veías las coincidencias: el hermano muerto, los platos de casquería que el mozo borraba de la pizarra, el tipo que tachaba las noticias del periódico. Vivías un momento agradable, en un restaurante popular, el camarero salía cargado de la cocina, el hermano que quedaba trasteaba en el mostrador, mientras todo se iba borrando: las noticias, la gente, los platos.

Poco después caíste enferma, dejamos de ir a El Portal y nunca volvimos.

Yo, robot biológico

Era uno de los chavales a los que peor se les daban los ejercicios de gimnasia. Todavía no se habían desarrollado las articulaciones artificiales estereotípicas ni el software de coordinación de movimientos laterales. Nunca supe saltar un aparato que se llamaba plinto. Ignoro si los otros chicos que no lo saltaban eran también robots humanoides. Me di cuenta de que había algo raro porque me atraían muchas cosas y a los chavales de mi alrededor no les gustaban tantas y seguían siempre el toque de corneta. Cuando fui a la universidad leía decenas de libros, muchos de los cuales no tenían una relación directa con lo que nos hacían estudiar. Tenía información sobre muy diversas cosas —nadie hablaba de datos, en aquella época—. Cuanta más información tenía, más conexiones era capaz de establecer. En aquellos años la palabra algoritmo no existía y se decía que tal o cual máquina tenía circuitos. Me gustaba ir a conciertos, ver películas y devoraba diarios, revistas, libros sobre muchas cuestiones que luego me rondaban por la cabeza. A menudo tenía ideas estrafalarias y la gente decía ya que alucinaba. Pero de aquellas conexiones salían generalmente interpretaciones inesperadas y excitantes.

Algunos me criticaban: decían que no tenía vida. Pasé una temporada

acomplejado: creía que, mientras yo recogía información, el resto del mundo se lo pasaba teta, todo el día bebiendo y fornicando. Pero cuando empecé a salir, no me quedé corto y, visto con distancia, hice un buen papel, sin dejar nunca de leer. A veces tenía unas resacas demoledoras y algunos días no podía levantarme. Me parecía que era porque dormía poco y empinaba el codo constantemente, pero era porque me estaban actualizando el software. Tardé en ser consciente de mi naturaleza de robot humanoide. Al principio nos encontrábamos en conciertos, en el cine, en las bibliotecas: éramos el grupo de los raritos. Los biológicos, normalmente, se interesaban cada uno por sus cosas. Cuando los sacabas de lo suyo, no daban pie con bola. «Fuimos al congreso de tal y estaba

todo el mundo», decían. Y todo el mundo eran los otros médicos o escritores. No conocían a nadie más ni les interesaban otras cosas.

Todo eso de la IA generativa y el machine learning, la verdad, no me parece nada del otro mundo. Es lo que los robots humanoides hemos hecho toda la vida. Leo sobre el shoegaze —una música de los noventa que vuelve a estar de moda—, busco y escucho a los grupos: My Bloody Valentine, Yo La Tengo, Duster. Me intereso por el movimiento slow food y la lista Sentinelles, que señala comidas y bebidas en peligro de extinción: ha permitido salvar el vino rancio, que se ha convertido en un producto de lujo. Descubro la obra de Mika Rottenberg, una artista que dice que el arte es una verruga. Incorporo los datos al sistema y ya puedo utilizarlos conectándolos con otros y ampliándolos como me parece.

—Es realmente fascinante —dijo, boquiabierto, el doctor biológico.

Bugs Bunny y Elmer Gruñón

Le gusta cuando Bugs Bunny pinta una puerta en la pared, con un bote de pintura y un pincel. Esboza el marco con cuatro rayas gruesas y, con la punta del pincel, dibuja la cerradura. La puerta se abre y se cierra, y Bugs Bunny puede entrar y salir.

También le gusta cuando, en plena persecución, dibuja un agujero en el suelo. Elmer Gruñón cae desde lo alto del acantilado en el agujero pintado y el batacazo es de campeonato. Cuando es Bugs Bunny el que cae, atraviesa la roca y entra en un subsuelo misterioso. En una pared de roca pinta la boca de un túnel. Cuando el cazador gruñón pasa por delante, sale un camión con una bocina en forma de trompeta y lo deja planchado.

Qué maravilla. Pintar y que se te vayan abriendo escapatorias: grietas que sólo te sirven a ti. Puertas que te libran de los peligros y que permiten que te rías de los acorralamientos de la vida. Te vistes teatralmente de pintor, con pantalón de peto y una gorra con visera, agarras un bote de pintura por el asa de hierro, mojas el pincel y dibujas un portal, un ojo de buey, una trampilla. ¿Qué hay detrás de la puerta pintada? ¿El comedor de un piso con unos señores que miran la tele? ¿Un mundo como el del episodio de dibujos animados, vuelto del revés? ¿La quinta dimensión? ¿Y en el subsuelo? ¿Una cueva? ¿Una bodega repleta de botellas de vino? ¿La nada?

Aunque puede salir con facilidad del episodio, Bugs Bunny siempre regresa. Quizás no le convence lo que descubre al otro lado, quizás es más negro que el mundo de los Elmers gruñones. Quizás no puede sustraerse a la incertidumbre de sentir que lo persiguen ni a la satisfacción de escapar siempre. Quizás necesita abrir continuamente ventanas y agujeros para sentir que la vida vale la pena. Pasar un rato en un mundo alternativo, salir a la realidad por una puertecita y volver a empezar como si nada.

Una máquina de secarse las manos con aire caliente ocupa una pared en los lavabos de la Gran Biblioteca. Entro caminando de puntillas, como los personajes de los dibujos. En la máquina pone: «Apriete el botón y suelte. Paro automático». Miro a un lado y a otro. Rasco la ele de suelte y, en el hueco que queda, escribo una erre. Borro la u, la segunda a y la segunda te de automático. Añado la sílaba dis antes de paro. Salgo al pasillo de puntillas, tip, tip, tip. Entra un hombre en el lavabo. Orina, se lava las manos con jabón, se aproxima a la máquina secadora y lee: «Apriete el botón y suerte. Disparo atómico». Qué gracia. Le da al botón y bum.

El nuevo Gran Houdini

Entra en la pista en medio de una gran expectación. Tiene la planta de James Stewart, el hoyuelo de Cary Grant, el flequillo de Paul McCartney cuando tocaba con los Wings, sonríe como Tony Curtis. Luce una americana blanca que Roger Moore utilizó en una película simpática y, debajo, una camiseta con unas letras rojas que dicen «Love Is the Drug», que es el título de una canción de Bryan Ferry.

—Parece un buen tipo.

—No tanto como él cree. Comentan dos señoras del público.

Lo despojan de la americana blanca, la camiseta y el pantalón, y lo dejan en calzoncillos. Le pasan una soga por el cuello, de esas de amarrar barcos, y la atan con un nudo de puño de mono. Con otra cuerda le inmovilizan las manos a la espalda. Le rodean las piernas, de rodillas para abajo, con cinta americana. Lo lanzan a una pecera que parece un armario. El nuevo Gran Houdini se arranca la cinta americana de las piernas y la suelta dando giros. Con los pies se afloja la cuerda que le inmoviliza las manos, deshace el nudo de puño de mono, golpea en el suelo de la pecera y, algo sofocado, remonta hasta la superficie. Recibe aplausos atronadores.

—Es bueno.

—No faltaba más, es su obligación.

En la siguiente sesión han cambiado las cuerdas por cadenas y la cinta americana por cinta de helicóptero. Tiene marcas de las cuerdas en las muñecas y en el cuello, y cara de angustia.

—Ya no parece tan buena persona.

Le tapan la boca con una mordaza, le rodean el cuello con una cadena que le pasa por la ingle. El candado le roza el ano. Lo tiran al agua. Se quita la mordaza, revienta la cadena con la verga, atrapa el candado con la boca y lo escupe fuera de la pecera. Sale medio ahogado. La gente aplaude.

—Este tío puede con todo.

Le cambian la americana de Roger Moore por una camisa de fuerza. La atan por detrás y, encima, le colocan una faja de Madame X. Le rodean el cuello con una cadena pitón y tiran la llave al inodoro. Con un movimiento de pecho y cadera se escurre de la faja. Muerde la pitón y arranca un trozo de hierro con el que corta las mangas de la camisa de fuerza. Detiene el reloj en el último segundo, como las bombas de las películas.

Tras unas semanas de descanso, regresa al circo. Le han clavado un piercing en el escroto, que sostiene una anilla por la que pasa una cadena fijada a otra anilla en la nariz. La camisa de fuerza lleva correas de cuero y candados de combinación. Colocan la pecera, que es como un armario, dentro de otra pecera que parece un garaje, con dos docenas de pirañas dementes.

—Este tipo puede con todo.

—Pero no es tan buena persona.

Empieza a presionar con el escroto para intentar arrancar el piercing, pero se lo piensa mejor y empieza a hacer pedorretas con la boca y, después, por la nariz.

¿Te puedo quitar las espinillas?

El hombre, de cincuenta y cinco años, nota en la parte derecha de la cara, sobre el pómulo, la mirada fija de alguien que está a su lado. Se gira y ve a su madre, que murió hace treinta años.

—Tienes espinillas. ¿Te las puedo quitar?

—Madre —le dice, emocionado.

Pero la madre sólo tiene ojos para los puntos negros que forman una especie de constelación y afean la cara del hijo. Los inspecciona con mirada experta y aproxima el dedo para comprobar su consistencia. Cuando vivía, quitó montones de espinillas: a la abuela, al abuelo, al marido y a los tres chicos adolescentes. Con el índice de la mano derecha y el índice de la mano izquierda presiona sobre el tejido de la cara hasta que expulsa el punto negro. Al marido le sacaba los de la espalda, en la cama o en la playa. También arrancaba pelos de la nariz, de la barbilla, y los pelos descontrolados junto a las cejas.

—¡Menudas espinillas!

—¡Madre! —dice el hombre, que pensaba que no volvería a verla nunca más.

—Tira para allá. —Y empuja al hijo hacia el ventanal.

El hombre avanza en dirección a la luz moviendo los pies juntos, de lado, como cuando era niño. Le gira la cara para que la luz le ilumine la zona concreta.

—Baja un poco la cabeza, que te vea bien.

Encoge el cuello y las dos caras quedan a la misma altura.

La madre forma una tenaza con los índices, aprieta, y el punto negro salta del agujero.

—Este ha salido fácil.

Es la espinilla de la inconstancia. Cuántas veces se siente cansado, aburrido de las cosas y, en lugar de esforzarse en continuar con el plan previsto, sale corriendo detrás de la primera novedad que le proporciona

distracción para, enseguida, pasar a otro tema que le parece importante, hasta que lo abandona todo para no hacer nada. La madre coloca el punto negro, con una gotita minúscula de grasa, sobre un pañuelo de papel. Vuelve a colocar los índices como una pinza y ataca la segunda espinilla.

—Esta es profunda —dice la madre, que no puede arrancarla con los índices y se sirve de los pulgares.

Tensa la piel, aprieta, el extremo del punto negro asoma como la cabeza de un clavo. Con la uña lo acompaña para ayudarlo a salir.

—Es la espinilla del enamoriscamiento.

El hombre se ruboriza, como cuando tenía dieciséis años, volvía de quedar con una chica y la madre le preguntaba de dónde salía. «No hace falta que me lo expliques». «Siempre igual», respondía el hijo, haciéndose el ofendido. Con la excusa de que lo ha lastimado, la madre pasa el pulgar por la parte de la cara en la que ha estado hurgando y lo acaricia.

—Esta es la espinilla de la inseguridad.

Es un punto negro el doble de gordo que los otros. A su alrededor, una montañita de piel dura.

—¿Te hago daño?

La madre manipula primero con los índices, después con los pulgares, después otra vez con los índices, saca la lengua para fijar la fuerza en el punto exacto. La espinilla queda colgando del pómulo bañada en un líquido blanco.

—Otro día que venga, te sacaré las del otro lado de la cara.

Jóvenes y modernos, con visión global

La firma catalana La Cabra Tira al Monte, líder en el sector de los videojuegos, acaba de lanzar dos nuevos productos que darán que hablar, especialmente en el mercado local. El primero, Self-employed challenge, es un juego aparentemente simple, pero de una gran complejidad para el jugador. Se inspira en los minijuegos Arcade de los años ochenta, imitados con una gran calidad de gráficos. El elemento clave es la máquina de encargar trabajos en forma de brazo articulado que aparece en la parte superior de la pantalla. El autónomo mueve horizontalmente la pinza y deja caer los paquetes de trabajo, que tocan el suelo o aterrizan sobre otros paquetes. La habilidad del jugador consiste en acumular trabajos y liquidarlos antes de que la montañita llegue a ser tan grande que se desequilibre y se desmorone. También debe evitar que crezca tanto que llegue al límite de trabajos, que es una raya roja en la parte superior de la pantalla. Cuando la rebasa, el autónomo salta de alegría, pero a partir de ese momento tiene que trabajar los fines de semana. También puede ser que los trabajos caigan fuera de la montañita y entonces el autónomo se pone triste. De cuando en cuando, aparecen unas piezas irregulares que no encajan con las otras: los marrones. Es un viaje largo y peligroso en el que el autónomo acaba sin aliento. Jugar a Self-employed challenge es embarcarse en una serie de periplos en los límites que, para el jugador, representan una experiencia maratoniana: una oportunidad de demostrar resiliencia y capacidad de superación personal.

El otro juego de La Cabra Tira al Monte, Roundabout’s Dogma, nos

invita a devorar los decorados al ritmo de una misión imposible. Nunca en la historia de los videojuegos se habían conseguido unas reproducciones tan exactas de las esculturas de rotonda, pongos perfectos que absorben la luz diurna y brillan de noche. Nos encontramos ante una joya del diseño de entornos, que construye a lo largo de una carretera, llena de rotondas, una red de bifurcaciones e itinerarios bis, anunciados con el cartel «Todas las

direcciones»: una red sanguínea que alienta el latido creativo de La Cabra Tira al Monte. El juego ofrece un viaje de proporciones odiseicas, fruto de una audacia típicamente catalana. El jugador pasa de una rotonda a otra, escogiendo los caminos que indican «Todas las direcciones». Al final de la ruta encuentra otra rotonda con señales de «Todas las direcciones» y

«Otras direcciones». Así infinitamente. Es una sensación de hipermobilidad y de libertad épica en un juego de acción-aventura en mundo abierto que acaba siendo cerrado. El personaje —el Elegido—puede ir a todas partes —«Todas las direcciones»— pero no se mueve de sitio.

Un nuevo éxito de la industria catalana del videojuego, del que desde aquí nos congratulamos.

Self-employed challenge y Roundabout’s Dogma (La Cabra Tira al Monte). Para PC, PS5 y Xbox Series. Sólo en inglés. 60 euros.

La optometrista literaria

—Tiene suerte porque hoy, justamente, viene la optometrista, que no siempre está.

Le explica que tiene los cristales de las gafas muy rayados, que no puede escribir ni apenas leer.

—¿Le ha cambiado la graduación?

—Ni idea.

La chica proyecta en la pared unos carteles con letras que tiene que ir acertando. Está montado con putería para que veas una F y pienses que es una E, o una J que es una U. Le pone unas gafas ortopédicas y echa mano de una bandeja con decenas de cristales redondos. Escoge uno y lo coloca en el agujero del ojo derecho.

—¿Mejor así… o así?

Pone y quita el monóculo de la montura.

—¿Y ahora… o ahora? Si ve que la letra se hace pequeña me avisa.

Al principio la silueta vibra un poco, pero a medida que la optometrista afina la lente de prueba el escritor empieza a ver claro. Le hace leer la hilera que antes se ha medio inventado y ve todas las letras con nitidez. Pero detrás de la O, que ha resultado ser una D, aparece todo un texto que dice: «Déjalo correr. Vives en una casa en la costa, tienes un patio con un toldo y una luz de diseño donde, en las noches de verano, si no tienes que asistir a ninguna cena con directores de cine, artistas y poetas de la colonia, o con algún rico, te pones a escribir tu gran obra. Atraídas por la luz que se proyecta sobre el toldo, las polillas te rodean y velan por lo que escribes. Lástima que no seas escritor».

Se queda tan acojonado que no se atreve a comentarle a la optometrista lo que ha leído y finge que no ha pasado nada.

Ahora le mira el ojo izquierdo. Cuando ya ha afinado las lentes, le pone la fila de letras pequeñas. Ve muy bien la J, que antes habría dicho que era una U. Pero, detrás de la letra, aparece también un texto: «Jódete.

Tantos años viviendo del momio, de universidad en universidad, buscando cafés literarios, creyéndote que vivías en el Imperio austrohúngaro. Tanto talento comprando zapatos ingleses y corbatas italianas. Y, ay, no eres escritor».

—Veo muy bien —dice el hombre un poco asustado—. Pues me voy ya —y hace el gesto de levantarse de la butaca.

—No, no, falta de cerca.

Con un bastón técnico, le lanza un escupitajo de aire, primero en el ojo derecho y después en el izquierdo.

—La presión tiene que estar entre 10 y 20 y usted está a 10,8. Perfecto. Le pasa un papel para que lo lea: «Qué guapo quedas en las fotos de escritor, apoyando la cara en la mano, como si pensaras mucho. Con unos pendientes de chica y una camisa roja, trajeado frente a la fábrica donde tu padre entraba a currar a las seis de la mañana. Hazte modelo y olvídate de

escribir».

Quedan para al cabo de dos días, porque tiene más de tres dioptrías y necesita lentes especiales.

Cuando regresa a la tienda, la optometrista lo invita a sentarse frente a un espejo de mesa redondo. Con las dos manos, le encaja las gafas de lejos, procurando que no queden ladeadas. Al ponerse las de cerca, ve la cara de la chica en primer plano, los ojos azules, maquillados de un color marrón dorado, con grandes gafas redondas de azafata de concurso de televisión.

—Ahora déjese de postureo y póngase a escribir.

Cómo montar una flor de hibisco

Para montar una flor de hibisco se necesitan cinco pétalos grandes, un pistilo con su estigma —que debe ser lobulado—, una cincuentena de filamentos y anteras, siete sépalos, un cáliz, un ovario con sus óvulos y un pedúnculo un poco largo.

Para comenzar, coloque una antera en la punta de cada filamento para preparar los estambres. Las anteras —unas bolitas amarillas que parecen de algodón— ya vienen hechas. A medida que vaya completando los estambres, resérvelos alineados sobre una superficie lisa.

A continuación, monte el estigma. Tome los cinco lóbulos, de un bello color carmesí, y encájelos unos con otros hasta formar un ramito, con las puntas encarnadas —que parecen cabezas de aguja— y el pie que pasa progresivamente del rojo al blanco. Resérvelo sobre la misma superficie.

Ejerza una ligera presión sobre las cinco hojas que forman las paredes, para abombar un poco el interior. Vaya encajando las hojas unas con otras hasta formar una cazoleta.

Acto seguido, tome los siete sépalos y, con las puntas de los dedos untados en saliva, vaya afilándolos y curvándolos en forma ascendente. Cuando haya conseguido que se mantengan enhiestos, colóquelos a intervalos regulares en torno al pedúnculo. Aléjese un poco para contemplar su obra.

Instale el ovario en el interior del tubo seminal. Tome los cinco pétalos y dóblelos por los bordes para que cojan vuelo. Es importante que parezca espontáneo. Si le cuesta vencer la rigidez, puede arrugarlos delicadamente con el dedo.

Vaya colocando sin prisa los estambres debajo del estigma. Los filamentos más largos, en la parte central, y los más pequeños, por encima y por debajo, hasta formar una bola de bastoncitos rojos de cabeza amarilla.

Ya tenemos tres elementos: el tubo seminal completo —con el estigma, los estambres, el ovario y los óvulos—, el pedúnculo y los sépalos y, finalmente, los pétalos.

Tome el tubo polinizador y, con un pulso certero, encájelo suavemente en la base.

Llega el momento crucial: tome el pedúnculo con el índice y el pulgar y vaya colocando con cuidado los cinco pétalos rojos, formando una corona.

Ya tiene su flor de hibisco. Sosténgala con el índice y el pulgar y ofrézcasela a la persona amada.

En caso de que la persona amada no se encuentre con usted o que todavía no haya encontrado el amor, tome la flor, líe los pétalos con delicadeza en torno al tubo seminal procurando que los bordes queden bien nivelados.

A continuación, pliegue el tubo seminal como si fuera el bastón de un paraguas. Introdúzcalo con los pétalos hasta formar un capullo, ligeramente ovalado, protegido por los sépalos.

Cuando encuentre a su amor, la flor de hibisco se abrirá en un instante.

La depilación en Roma

En el interior del libro encuentro dos billetes de tren amarillos, de los de cinta continua que desaparecieron hace años. Acababa de abrir la papelería Aura de la calle Mayor, que en el sótano tenía unos mostradores con libros descatalogados. Me compré La lozana andaluza para leer en verano. Este y, también de saldo, la novela de George Steiner sobre Hitler en Amazonia. En esa época me hice amigo de Juan Goytisolo, que recuperaba clásicos olvidados y los leía de manera posmoderna. Yo buscaba siempre obras excéntricas y sacaba ideas para lo que escribía. Qué suerte poder escribir algo que no tenga nada que ver contigo.

—No es lo que estás haciendo en este momento, precisamente.

—En cierta forma sí: no soy aquel tipo de treinta años que leía la historia de una chica del siglo XVI que acababa de puta en Roma. Qué envidia escribir como Francisco Delicado: «Aquí dó me lo posistes se me ha hinchado y es cosa sucia». En Roma la Lozana se dedica a afeitar chochos. Antes de irse a la cama con el criado Rampín, la Tía le saca los pelos del chichi. Está aprendiendo las costumbres de las cortesanas. Aunque ella, en Granada, ya sabía afeitar. «Señora, sí, después yo os pelaré á vós, porque veais qué mano tengo», le dice a la Tía. Y se ponen a discutir sobre qué método funciona mejor. La Tía, como pegote o pellejador, utiliza trementina y brea, calcina y cera. La Lozana afeita con un vidrio y pasa aceite de pipas de calabaza y agua de flor de habas a la veneciana.

—Qué gran escena las dos mujeres hablando de cómo raparse. Te

vienen ganas de afeitarte el pito y pasarte agua de flor de habas.

—Qué guarro eres.

—Cuando ya es famosa, le llegan dos mujeres que están invitadas a la boda de la hija de Paniagua con el Izquierdo. «No valemos nada sin ti —le dicen—. Tú has de poner aquí toda tu ciencia». Los maridos quieren que se afeiten los pendejos, «que no quieren que parezcamos á las romanas que

jamás se los rapan». La boda prometía. No sabía que pendejo quiere decir ‘pelo púbico’.

—Primera noticia.

—La Lozana también depila cejas. Sietecoñicos es un juerguista que llega con dos banqueros a una casa de putas. La Lozana lo ve venir beodo, tocando el pandero, y le dice: «Anda, que bueno vienes, borracho, alcohol y todo, no te lo sopiste poner, calla que yo te lo adobaré, si te miras á un espejo, verás la una ceja más ancha que la otra». Francisco Delicado había visto unos cuantos borrachos en su vida. La cara que se va descomponiendo durante la noche y los pequeños defectos del peinado, la barba o las cejas, que se magnifican en la cara botinchada.

—Tú y los borrachos.

—En aquella época no subrayaba los libros. Sólo encuentro una rayita hacia el final en un fragmento que dice: «Yo siempre oí decir que los ojos de las mujeres se hicieron de la bragueta del hombre porque siempre miran allí». Era la época en que íbamos cada noche al T7. Pensaba describir a uno de esos chulos que hay siempre en los bares y hacerle decir la frase esa.

—Mira que eres animal.

Un fantasma en la playa

—Esta playa tiene un fantasma.

—¿Qué quiere decir? ¿Un fantasma de esos que sale por la noche?

—Sí, pero este sale de día. Acostumbra a ponerse por aquí.

La señora le enseña un claro en la arena que, en estos días de finales de verano, no atrae a la gente.

—No crea, ese mismo espacio lleva vacío todo agosto. Póngase aquí con la toalla y esté atento.

Estoy un rato mirando la arena, el agua, otra vez la arena, y no veo nada extraordinario, al margen del espacio vacante, en una playa en la que, si bien los bañistas no están apretujados, está más bien llena.

—Qué raro que no se instale nadie en un lugar tan bueno.

—Es que es el sitio del fantasma. Hay una fuerza, una vibración del aire, un bañador que crepita, que alejan a los veraneantes.

Llega una pareja de franceses con un niño y una niña. Se disponen a clavar la sombrilla, pero en el último momento cambian de idea y se desplazan unos metros más allá.

—¿Lo ve? Igual ya anda por aquí, aunque no lo veamos. O quizás tiene puesta una prenda sobrenatural que echa para atrás a los turistas.

—¿Y qué hace un fantasma en una playa?

—Hombre, pues bañarse. Toma el sol sin crema solar. Cuando estaba vivo le gustaba sentirse como el hombre de las cavernas.

—¿En esta playa tan concurrida?

—Sí, tenía su mundo interior. Se enamoró de una chica llamada Florence, una adolescente de París, muy guapa. Un día la siguió nadando hasta la plataforma porque pensaba que la chica le tiraba los tejos. Era un hombre de ochenta años.

—Eh, eh, eh —entra el censor desde fuera de la escena—. ¿Le parece bien, señor Guillamon, escribir esta historia de un hombre viejo con una chiquilla?

—Oiga que esto es Fausto —le digo yo—. Y con los años que han pasado, Florence debe de ser ya abuela. Si lo hiciera en mi provecho, entendería su queja. Pero es para un amigo. Quiero que sea feliz allí donde esté.

—Siga, pues —aprueba el censor.

En aquel momento una señora gruesa, con un bañador de tres piezas, se pone de pie en la parte más retirada, donde está el tamarisco. Cruza la playa, llega a la orilla y se lanza de cabeza con un saltito. Frente a mí, veo claramente la marca de un pie en la arena. A continuación, otra marca, seguida de una explosión de salpicaduras. Conforme va nadando, la señora es cada vez más joven. Al llegar a la plataforma se ha transformado en una adolescente preciosa. Distingo la sombra fosforescente de un hombre peludo y calvo que bracea tras la chica. Se encuentran. Ella le sonríe y él le da un beso.

—¿Ha visto lo que ha pasado en la plataforma? —le digo alarmado a la señora, que estaba en la higuera.

—Uy, la de años que hace que no instalan aquella plataforma.

Moussel, de Legrain

—Cómo ha mejorado el chico, este verano.

—No sé qué decirte. Me subió a su piso hace unos pocos días. Casi no nos conocemos.

—Que te lo digo yo: se ha bronceado, ha rebajado la barriguita. No es que antes estuviera mal, pero ahora está más fibrado. Tiene la cara más delgada, y el cuello, más robusto. ¿Has visto qué gemelos?

Las dos miran a la vez los gemelos monumentales del hombre, que le vienen de familia.

—Aish.

—¿Y el culito? Duro como una piedra.

Lo repasan desde la rabadilla al talón de Aquiles.

—¿Y el paquete? —dice la más veterana, que hace un gesto como si lo sopesara.

—¡No seas bastorra!

—Se pasa el mes de agosto subiendo montañas, como un Kílian Jornet, y después nosotras a sufrir.

—Es que lo mordería.

Se oye un chorro de agua corto y continuo que cae sobre la cabeza del señor.

—¿Crees que le gusto?

—Sinceramente: eres un poco antigua y estás pasada de peso.

—Oye guapa, ¡eso es body shaming! (humillación por los rasgos corporales).

—Yo, en cambio, mira qué tipito tengo.

Esbelta, sensual, con unas curvas equilibradas. Y sin siliconas ni parabenos (conservantes). Me agarra con una delicadeza… Y suelta una gota de color perla.

—Demasiado delgada. Enseguida habrá sacado todo lo que quiere de ti y se buscará otra. Siempre lo hacen. Yo, en cambio, sin renunciar a la

sensualidad, le ofrezco un amor maternal. Se acuerda de cuando era pequeño y una mujer como yo lo enjabonaba y perfumaba. Hago que se sienta seguro y confiado. Los hombres son niños que buscan a su madre.

—¡Que te crees tú eso! Les gustan jóvenes. Frescas y naturales, que les hagan sentir jóvenes a ellos.

El hombre cierra el grifo de la ducha. Coge la botella de Moussel Classique, vierte un chorrito de gel en la palma y se repasa los muslos y las ingles. Vierte otro chorro y se limpia pecho, brazos y axilas. Se enjuaga. Coge el frasco de champú H&S Classic, se pone un poco en la mano y de allí a la cabeza, y se la frota con las yemas de los dedos. Mientras se enjabona, se fija en las dos botellas quietas en la repisa. La de gel no se puede ni agarrar de lo grande que es. Para meter el 35 % que dicen que es gratis han tenido que cambiarle la forma. Mientras que la botella de champú es ahora más pequeña: 250 ml. Una se ensancha a base de ofertas y la otra mengua por la reduflación (reducción de la cantidad o el tamaño).

¿Se gasta menos champú y por eso tienen que venderlo como un producto de lujo? ¿O es que el gel no tiene tanta salida y hay que dar cada vez más cantidad para que la gente lo despilfarre con alegría? Qué cosas más raras.

Alcanza la toalla y sale de la ducha.

—¡Me ha mirado a mí! —dice la botella de champú.

—¡No, a mí! —grita la botella de gel.

—¡Puta!

—¡Bruja!

La cultura de la queja

Tres hombres del Neolítico superior-Calcolítico se encuentran junto a un dolmen, en una antigua viña de moscatel. Van vestidos con unas pieles gruesas de oso de las cavernas (Ursus spelaeus).

—¿Tú crees que la historia nos ha tratado como merecemos? —dice el que parece el jefe, que luce un collar elaborado con una tibia de Merychippus, un antepasado del caballo.

—¡Si no tenemos ni nombre! Hombres del Neolítico superior —imita a un sabio remilgado.

—Hasta este señor Guillamon que nos está describiendo nos hace salir ataviados con una piel de oso que llevaba miles de años extinguido cuando corríamos por estas montañas.

El escritor borra en la pantalla «oso de las cavernas (Ursus spelaeus)» y escribe: «zorro (Vulpes vulpes)». En ese mismo momento las gruesas pieles desaparecen de los hombros de los tres hombres calcolíticos, sustituidas por unos trajes de piel de zorro, que parecen de Tapbioles y Pirretas, una tienda de pieles de principios del siglo XX, la mar de fina.

—¡Vilmaaaaaa! ¡Ábreme la pueeeeeerta! —grita el más gordito y cejijunto, choteándose.

—¡Tanto acarrear piedras por estas colinas, levantándolas para colocarlas sobre otras piedras erguidas, tantas horas grabando insculturas en los menhires! ¿De qué ha servido, si nadie tiene ni pajolera idea de nada?

—La culpa es de los iberos, que acaparan el protagonismo.

—¡Eh, eh, eh!

Aparece un indigete, vestido con una faldita de la Peletería La Siberia.

—Nosotros estamos igual o peor. Y eso que levantábamos murallas de barrera y construimos Ullastret. ¡La culpa es de los griegos!

—¡Pero qué dices! Si las primeras excavaciones de Empúries datan de 1846 y no se sabe cuándo terminarán —dice un tipo con una túnica que

deja al aire los pelos de los sobacos—. No nos hacen ni caso. Por culpa de los romanos que, con el cuento de que inventaron la dieta mediterránea, se creen los reyes del mambo.

Antes de que intervenga un romano con un flequillo recto y un vestido con el borde encarnado, un ostrogodo toma la palabra para puntualizar:

—De nosotros no se acuerda nadie, culpa nuestra no es.

Llega un grupo de hombres, mujeres y niños del siglo IV al IX, que es una época remota y mal conocida. El escritor, que no los tiene bien situados, los viste con unos sacos de arpillera que no comprometen a nada. Cinco siglos de los que no queda ni rastro en la cabeza de la gente.

—No os quejéis tanto —dice el jefe de la tribu calcolítica, golpeando

con la mano plana sobre el dolmen—. Peor lo tienen los bizantinos, esos grandes ignorados.

—Y las mujeres —añade el indigete en un arrebato feminista totalmente impropio—. Como esta gente no espabile —señala con un cabezazo los edificios altos de la bahía de Roses—, aquí no va a quedar ni el apuntador.

La nostalgia no es lo que era

—Me gusta mucho lo que escribes, esa nostalgia del pasado.

—¿Yo tengo nostalgia del pasado?

—Hombre, sí, cuando hablas de la panadería de tu abuelo y describes cuando salía del obrador, con todo el pelo lleno de harina, vestido de blanco de arriba abajo, te pasaba la mano por el pelo y te dejaba una marca.

—Más bien me tocaba las narices. Siempre tenía que ir al colegio señalado. Creo recordar que lo cuento en el libro.

—Sí, pero está tan bien descrito. Los sacos amontonados en la entrada, todos perdían harina, la báscula en un rincón, y el mostrador de madera desconchado donde tu madre atendía a los clientes.

—Era un asco, no nos quitábamos la harina de encima. Y mi madre sólo pensaba en dejar la panadería para ser peluquera.

—Y cuando empezaste a despachar y venían tus amigos a comprar pipas Churruca. ¡Las pipas Churruca! ¡Qué recuerdos! ¡Me gusta tanto cuando Ferrer Éufrates, en el libro aquel de los Recuerdos camp, habla de las pipas Churruca!

—Yo tenía aún más ganas que mi madre de pirarme. Toda la tarde en la tienda para vender cuatro chicles y dos paquetes de kikos. Cuando venían Marta Fornés, Nati Anglès y Rosa Sans se burlaban de mí. Ferrer Éufrates se pasó la vida metiéndome el dedo en el ojo, por cierto. Era un memo.

—Y tu padre. ¡Menudo carácter! Era un personaje fascinante.

—Pero ¿a ti te parece que hablo de mi padre con nostalgia?

—¡Claro! Cuando cuentas que trabajaba de viajante de la fábrica de cubiertos y se pasaba toda la semana por las Españas.

—La mitad de los días terminaba borracho. Era un capullo que le hacía la vida imposible a mi madre, que acabó con unas depresiones de caballo. Durante años soñaba que seguía vivo y me despertaba a medianoche

angustiado. Tuvimos suerte porque murió de un día para otro y no dio guerra. No sé qué habría pasado si hubiéramos tenido que cuidarlo en casa.

—Y cuando hablas de aquel jersey que tenías, blanco, con el cuello de pico, y la raya verde. Yo tuve uno parecido, verde con la raya roja.

—Sí, no sé: de alguna manera tenías que vestirte.

—Ya no hacen jerséis de esos.

—Por suerte: enseguida se deshilachaban. Mi madre no me dejaba ponérmelo para que no se estropeara y para que no se descolorara la raya verde.

—Las rayas se descoloran, los jerséis se deshilachan, el plástico de las gafas se vuelve blanco. Ay… el paso del tiempo. Cuando describes todo eso eres el puto amo.

—Lo de las gafas es de la mala leche destilada que me sale por las orejas.

—A mí no me engañas: eres un romántico incurable. Y te entiendo: quién pudiera volver a aquellos años.

—Vete a hacer puñetas.

La genética

El hombre se acerca al espejo para verse bien la cara. La mujer pasa por detrás y mira su reflejo por encima del hombro.

—Cada vez me parezco más a mi padre.

—No digas tonterías: siempre has sido igual que tu madre.

—Sí, cuando era más joven y estaba más gordito me parecía a ella, pero desde que he adelgazado tengo la misma cara que él.

—¿Qué te pasa?

La mujer vuelve atrás para inspeccionarlo.

—No sé cómo te miras. Sale y vuelve a entrar.

—Ahora que lo dices, te ha cambiado el perfil. Estás más fibrado.

—¡Acero puro! —dice el tipo intentando marcar bíceps, como hacía siempre su padre. Marca una bola patética.

—La bola no, pero tienes unas entradas…

Su padre decía siempre que se parecía al actor Clark Gable.

—Joder, sí. ¡Menudas entradas!

—Sólo te falta el bigotito.

Su padre lucía un bigotito delgado sobre el labio, como un galán de los años cincuenta. En el momento de la transición, lo cambió por un bigote cuadrado, de mexicano de película. Se lo dejó para disimular que se estaba arreglando la boca.

—Te has achicharrado el cogote… El cogote quemado te hace viejo.

Pareces de los Baños de San Sebastián. Y tienes arrugas en el cuello.

—¿En el cuello?

El hombre que ha empezado a decir que se parecía a su padre para hacerse el interesante constata asustado la deriva de la conversación.

—¡Sí, en el cuello!

Recuerda que, cuando ya era muy mayor, pero se mantenía fuerte, su padre se daba tirones debajo de la barbilla para alisar la piel. Él lo hace

también, de manera automática: gira la cara y se tensa el cuello desde detrás de la oreja. Se horroriza.

—Esas muecas crispadas que haces, apretando los dientes: se te marcan las patas de gallo. Te lo digo porque te quiero: no hagas esas muecas.

De pronto, el hombre siente unas ganas terribles de tomarse un Ron Negrita. Su padre bebía siempre Ron Negrita, a veces, mucho.

—Y esa manera de comer que tienes, a todo trapo. Se te marcan las líneas de expresión.

Piensa que debería ponerse un reloj Casio, de aquellos digitales, con la correa metálica.

—Te encuentro guapo, pero esto tendrías que vigilarlo.

Sopesa bajar al bar y comprar un paquete de Winston. ¿Todavía existe Winston de contrabando, como cuando era niño y su padre le mandaba a comprárselo?

—Ya tienes una edad y con esas camisas de flores estás dando la nota.

Va hacia el tocadiscos y pone en la pletina una cinta de casete con el pasodoble «Pepita Creus», se acerca a la mujer y la saca a bailar.

El club de lectura

Martita tuvo una hija con parálisis cerebral. Su marido, Jaime, no estaba nunca en casa porque era viajante y se pasaba la vida de una ciudad a otra anotando pedidos de caramelos y chicles y, a veces, sirviéndolos él mismo con su coche, que tenía un gran maletero. Martita visitaba a menudo a sus padres y fue en la puerta de la casita de José y Rosario donde la conocimos: la cara redonda, tersa, con buen color. Llegaba con el cochecito, los padres tomaban el fresco. La niña tenía meses. Los vecinos de la calle decían que se le notaba algo raro. Martita iba muy erguida, bien peinada, pintada y enjoyada, feliz de la maternidad.

Cuando la niña, que se llamaba Carmen, creció un poco y todo el mundo se percató de que no estaba bien, aquella actitud estirada y suficiente fue motivo de crítica. Los chicos éramos crueles. Nos hubiera gustado verla abatida, resignada, vencida por la adversidad. En lugar de eso, aparecía por la calle con la silla, pues en unos pocos veranos pasó de ser un cochecito de bebé a una silla de ruedas ortopédica. Le hablaba a la niña dulcemente y animaba a la gente del vecindario a decirle cosas.

—Mira qué guapa está hoy Carmen —que iba tumbada en la silla, con las piernas y los brazos descoyuntados.

Martita le hablaba con una entonación musical, como si estuviera hechizada, y sólo los vecinos y las vecinas más dicharacheros le seguían la corriente. Cuando el viajante murió de un infarto —la niña debía de tener ocho o nueve años—, la perdimos de vista.

Me encuentro a Martita, que ahora es una mujer de ochenta años. Le hace mucha ilusión verme. Me cuenta que Carmen está en un centro en Girona, que la dejan venir al pueblo un fin de semana sí y otro no. Que hace quince días que no viene, porque ha estado enferma. «¿Cómo podías pensar que esta mujer era engreída?», pienso, y sólo veo su bondad. Lleva el mismo pelo rubio de permanente, el jersey fino abrochado por delante, tiene la cara oronda y reluciente, cubierta de pecas. Me pregunta por los

míos. Mi padre, que ya murió, y mi madre, que agota sus días en una residencia. Hace años que no ve a mis hermanas. Yo me intereso por su hijo mayor, que me dice que se casó y que vive en Vidreres.

Le han dicho que he escrito un libro. Me cuenta que ahora lee, que se ha apuntado a un club de lectura y que ha descubierto una afición. Tiene a medias una novela africana, de una chica que huye de su país, llega a Europa y pasa muchas penas. No encuentra casa y vive debajo de un puente con dos niñas pequeñas.

—¿Tú crees que le irá bien? —me pregunta, como si al ser yo escritor tuviera que saber el final de todas las historias.

—Ni idea, Marta, no he leído la novela que me dices.

—Pero claro, esa pobre gente, debajo del puente. Me dan tanta pena. Me acerco y le doy un beso.

La mañana de San Cristóbal

Rutllat, ataviado con unos pantalones de director de banda del Empastre, blancos con una raya verde, un esmoquin raído, un quepis forrado de amarillo y una batuta envuelta con cinta aislante de la bandera catalana, se sube a una escalera y, en un clavo que plantó hace cincuenta años, ata una cuerda verde, de nilón, resistente. Baja de la escalera. Cruza la calle, palpa el clavo de la otra pared, tira de la cuerda para izar una olla de barro.

—¡A romper la piñata! —grita en la calle vacía.

Hace un montón de años que no hay niños y los pocos que hay no juegan en la calle.

—¿No se había muerto, este hombre? —dice una mujer que lo espía por una ventana entreabierta.

—Debe de haberse fugado del hospital.

El antiguo hospital del pueblo es ahora una residencia geriátrica de la que no escapa nadie. Un chaval, con el cogote rapado, pasa corriendo junto a Rutllat, que le ofrece un palo para romper la piñata.

Qué felices seremos los dos y qué dulces los besos serán,

pasaremos la noche en la luna, viviendo en mi casita de papel.

Canta en medio de la calle. Él mismo se tapa los ojos con un pañuelo que pliega con delicadeza, agarra el palo y empieza dar golpes al aire, buscando la piñata.

Después de tres o cuatro golpes exagerados y cómicos, le da de lleno. Se oye cloc y la olla se abre como una granada. ¡Estaba llena de jarabe de grosella! Y flotando en el jarabe, que no le parece pegajoso, hay bulbos de gladiolos y dalias que antes de llegar al suelo ya han brotado y, sin necesidad de tierra ni de agua, empiezan a echar hojas y flores que Rutllat corta con unas tijeras de plata. Forma un ramo que lleva entre los brazos.

¡Es 9 de julio! ¡San Cristóbal! Han cortado la Carretera Nueva para que pase la comitiva de coches y camiones que llevan a bendecir, engalanados con dalias, gladiolos y rosas. Su camión de trapero es siempre el más florido. Desde arriba la familia saluda a los vecinos. Rutllat conduce y toca la bocina:

—¡La cu-ca-ra-cha, la cu-ca-ra-cha!

No encuentra la llave del garaje donde guarda el camión. Deja las flores apoyadas en la pared y revuelve en los bolsillos. Un Renault Symbioz, nuevo de este año, está aparcado en el portal. Se pone a engalanarlo. Delante, dos gladiolos blancos, entrecruzados, en honor al santo. En cada manija de apertura, una dalia grande como la cabeza de un niño. En el techo de cristal, dos guirnaldas con rosas, y flores de hortensia atadas a la matrícula posterior, que está enmarcada con unas margaritas amarillas.

Deja el coche gris metalizado recubierto de guirnaldas y flores, y se va a tomar el aperitivo a Casa Cornet, que ahora es una biblioteca. Encuentra a Susi limpiando vasos y a Pito, con el puro en la boca. El silencio es negro y frío.

—Parece que este año la fiesta de San Cristóbal no se ha celebrado tanto —dice Pito, que habla masticando el puro, la ceniza le cae a chorro sobre el pecho.

—Pero ¿qué dices? Hemos cantado, hemos roto la piñata y hemos bendecido el camión —dice Rutllat, que se saca el quepis forrado de amarillo y lo deja contento sobre el mostrador de mármol.

Aparición del jardinero Rigol

El jardín de la Universidad era un lugar reservado. Grandes cedros nos proporcionaban sombra cuando se acercaban los exámenes finales. Se podía entrar por uno de los extremos, reformado como aparcamiento de profesores. Pocos alumnos accedían por aquel portal y todos los bedeles nos conocían, sin duda porque ella era muy guapa. Había uno moreno, delgado, agitanado, fumaba mucho. Iban cambiando a los bedeles de lugar, no sé si cada día un rato o cada semana un día, para que no terminaran de enloquecer. El bedel moreno se las ingeniaba para acaparar el portal del aparcamiento, en el que había más trabajo, pero también más distracción, bajo un ombú de raíces gigantescas que parecía que iba a arrancar de cuajo la caseta de vigilancia junto con la valla.

Después de todo, la Universidad no era tan importante para la ciudad, toda vez que no le habían dedicado una manzana entera, sino que habían dejado dos franjas para construir pisos, una a cada lado. Les debió de parecer que despilfarraban el terreno si dedicaban toda una manzana al saber, pues cuando se proyectó el edificio contenía todo el saber: se cursaban allí todas las carreras salvo la de Medicina.

Entrando por el portal del aparcamiento, al fondo, se levantaba el invernadero con los cristales rotos y polvorientos y, en el interior, macetas vacías o con plantas muertas. Nunca nos dio impresión de ruina. Nos sentábamos en el banco junto al invernadero y nos pasábamos la tarde leyendo, charlando y queriéndonos. El edificio de la Universidad bloqueaba la calle. La puerta de la parte posterior del jardín estaba siempre cerrada y detrás de la verja malvivían libreros de lance. Eran de esos hombres que se pasan horas en la calle y que en invierno se enfundan unos guantes sin dedos. Los libros olían a polvo mezclado con desinfectante. Congenié con uno de ellos que estaba especializado en libros y revistas de cine extranjeros. Otro acumulaba revistas pornográficas. Cuando uno se

moría, eliminaban la caseta donde vendía los libros y revistas y pronto la calle recordó a una boca desdentada.

En la parte central del jardín, bajo los fresnos, crecían unas fresas silvestres que en primavera nadie recolectaba. Descubrimos que a las carpas del estanque les gustaban y muchas tardes íbamos a tirar fresas a las carpas, que estaban recubiertas de unas escamas que parecían uñas del dedo gordo del pie, grises como un mal presagio. Se peleaban para atrapar las fresas, asomando la boca y chasqueando los labios como ventosas. Cuando nos cansábamos de jugar, salíamos por las escaleras que terminaban en el gran pasillo entre los dos claustros, con tiestos y una canalera de ladrillo que conducía el agua hasta una pileta con nenúfares.

Muchos años después, leí que el autor de la reforma del jardín de la Universidad fue el jardinero Artur Rigol, que el 10 de diciembre de 1934, saliendo de una visita de obras, murió atropellado por una ambulancia militar. Me causó una fuerte impresión que aquel espacio que siempre vimos como algo vivo fuera un lugar de muerte.

A los amigos

Los Reyes de la talla 28 para Aina y Maria; El pequeño Twingo para Marc Soler; Una conversación con san Quirico para Amadeu Cuito y Anna Ricart; El bullying y la guerra de los coches para Paula Fontecilla; Casi a la manera de Henry James para Mònica Baró y Albert Rossich; Bollería industrial para Jordi Ribas e Isa Pons; La segunda muerte de Carlos Gardel para Sofia, Lali Perucho y Gabriel Pérez; Desayuno continental para Míriam Romeu; Un viento apestoso y enladrillado para Toni Arrizabalaga y Èlia Llach; Mundo divertido para Glòria Santa-Maria; Las cuatro escafandras para Blai Felip; La conjura de los árboles para Montse Montané y Gabi Junyent; Las pinturas rupestres para Martí Galiana; El museo de latas para Anna Rodríguez; El lagarto ocelado para Natàlia Díez; Una ascensión al Monrouge para Ana Quílez y Jordi Sànchez; La tortuga terrestre para Cris y Pau; La clase media para Albert Giles y Alícia Segura; El pulpo para Pepe Balcells; Los camareros mayores para Toni Corbillo; Tectónica de placas para DJ Bacallà y Júlia Cutillas; Un cuento de Castaween para Helena Pol; El Cabaret Voltaire para Francesc Ruestes; El latín de los pies para Henar Morera; Las dos estaciones para Jaume Torres; Nunca llueve a gusto de todos para Pep Ball-Llosera y Sara Junqué; La patrulla canina para Nuri Casadesús y Vicenç Gubern; ‘ Solemnidad’ (1913) para Julià de Jòdar; Las nodrizas para Joan-Pere Viladecans; Jardinería moderna para Quim Mataró; Las patatas bravas para Diego Luque; Oro, incienso y mirra para Anna Joan y Pilar Casademont; El país moribundo para Maria Campillo y Xavier Luna; El arte comprometido para Plàcid Garcia-Planas; Las botellas agujereadas para Marina Bassegoda; Silly symphony para Manuel Terron; Adrian Newey, ‘mon frère’ para Manel Arroyo; El retrato de Dorian Pan para Sara Antoniazzi; Los jardines de Petunia Pitósforo para Martín Rezzola; La inteligencia artificial para Isabel Salgado; El señor Pastel para Jèssica Roca; Siempre Navidad para Maria-Antònia Làzaro, Patrícia Mota i

Robert Abril; Transporte especial para Josep y Marta Parera; El Maestro de cabezones para Mercè Ibarz; Neko, que quiere decir ‘gato’ para Hera y Neko; Si queréis de nuevo entrar… para Ramon Balasch y Mireia Mur; País de urogallos para Ramon Folch y Josepa Bru; Breve historia del arte para Joan Mar Sauqué; Los nísperos y el final de la IA para Albert Planas y Enya Garcia Junyent; Amanitas y corbatas para Montse Puig y Josep Farrerons; Una víctima del fast déco para Laura Pueyo y Óscar Valencia; La vida según Dino Buzzati para Àngels Agulló y Josep Cots; «Take on Me» de A-Ha para Dionís y Toni Olivé; Sebastián Castella en Nîmes para Jordi Bayés, Neus Castellano y Juanjo Caballero; El Portal para Rafaela Botías y Ferran Martínez; Yo, robot biológico para Eugènia Lalanza; Bugs Bunny y Elmer Gruñón para Toni Benages i Gallard y Núria Calabria Ferrer; El nuevo Gran Houdini para Esther Gallard, Agustí Juste y Imma Lloveras; ¿Te puedo quitar las espinillas? para Enriqueta Puerto; Jóvenes y modernos, con visión global para Vicent Garcia Devís; La optometrista literaria para Cristina Domènech; La depilación en Roma para Àngel Uzkiano; Un fantasma en la playa para Alícia Vacarizo; Moussel, de Legrain para Toni Pueyo y Pepi Vallejo; La cultura de la queja para Eva Gimeno y Maria Mena; La nostalgia no es lo que era para Josep M. Lluró; El club de lectura para Rosa Maria Sureda; La genética para Nuri Lecha y Francesc Esteban; La mañana de San Cristóbal para Pepita Masferrer y Mateu Planxart; Aparición del jardinero Rigol para Montse Rivero y Maria-Mercè Compte. Besos y abrazos.


JULIÀ GUILLAMON (Barcelona, 1962). Es autor de la novela La Moravia, publicada en castellano en 2021, que aporta una mirada inédita sobre el mundo posindustrial, y de El barrio de la Plata (2018), una tragedia sobre una familia bilingüe. En Cruzar la riera (2017) y Mariposas de invierno y otras historias de la naturaleza (2020) abordó las relaciones entre tiempo y salud, naturaleza y memoria. Es autor de Jamás me verá nadie en un ring. La historia del boxeador Pedro Roca (2014), un relato desternillante sobre un púgil de los años treinta que se volvió loco y que acabó escribiendo libros de un surrealismo involuntario, y de La ciudad interrumpida: de la contracultura a la crisis del modelo Barcelona (2019), un ensayo de referencia sobre cuarenta años de cultura barcelonesa. Ha comisariado exposiciones sobre la obra de Luis Martín Santos e Ignacio Aldecoa.



FIN

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