Libro N° 15461. Aprendiz De Burro. Calleja, Saturnino.
© Libro N° 15461. Aprendiz De Burro. Calleja, Saturnino. Emancipación. Agosto 15 de 2026
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APRENDIZ DE BURRO
Saturnino Calleja
Don Saturnino Calleja, publicó una innumerable cantidad de cuentos escritos especialmente para niños y jóvenes. Eran ediciones muy cuidadas, que se alternaban con otras más populares y baratas, pero siempre bien presentadas.
Los textos recogían, convenientemente arreglados para no aburrir o asustar a los niños lectores, tradiciones anónimas, clásicos de los hermanos Grimm, o de las «Mil y una noches», etc. Pero también otros textos inéditos, que sin firma o tan sólo figurando unas simples iniciales, eran escritos especialmente para Calleja.
Este relato recoge las andanzas del pícaro Simón, que se lanza a la búsqueda de ciertos objetos tan inútiles como difíciles de encontrar.
Saturnino Calleja, 1902
Editor digital: Titivillus ePub base r3.0 (ePub 3)
Un día oyó decir que en el cerro de los Angeles había tres cosas de di cil adquisición, pero tan inútiles, que nadie se había preocupado en poseerlas.
Eran la silla de los azotes, la flor de los estornudos y la cola que hace correr. En la primera, nadie podía sentarse sin llevar una azotaina; la segunda, al olerla, hacía estornudar sesenta y seis veces seguidas, y la última, era una especie de rabo que tenía la endiablada propiedad de hacer salir corriendo y rebuznando al infeliz a quien se le prendía.
Y hete aquí a Simón en busca de aquellos objetos. Y como en él, concebir una idea era lo mismo que llevarla a ejecución, una mañanita se puso en camino hacia el cerro de los Angeles, con poco dinero en el bolsillo, pero mucho aliento en el corazón.
Llevaba andada como media legua de Castilla, cuando dio vista al montecillo.
Dio vuelta al cerro, y por fin vio un labrador que cultivaba sus tierras no lejos del sitio en que Simón se encontraba: y el chico, ni corto ni perezoso, allá se fue a preguntarle el paradero de las tres cosas que venía a buscar.
—Tú debes ser más tonto —dijo el labrador — que una mata de habas, cuando ya no has dado en la dificultad. Las tres cosas que buscas están ahí: pero lo di cil es encontrarlas, por lo mismo que están muy a la vista. Busca con paciencia y ya encontrarás.
Simón volvióse al monte y comenzó a buscar mata por mata la flor de los estornudos.
—Oliéndola yo —decía— debo estornudar, y así la conoceré.
En efecto; al poco rato vio una florecita azul que crecía cerca de unas maravillas, y se acercó a olerla. Del primer estornudo dio con las narices en el suelo, y a poco se queda chato para siempre.
—¡Es… es… esta es… aaachiss! ¡aaachiss! — decía estornudando.
Y tanto estornudó que quedó molido como si le apalearan.
—Bueno —dijo—, ya tengo una cosa de las que buscaba.
Y cortando la florecita, la envolvió en un papel y guardó en el bolsillo. Púsose de nuevo a buscar el rabo que hacia correr, pero ese no le encontró por ninguna parte; hasta que viendo un borrico que tranquilamente pastaba en una ladera, se acercó y le cogió la cola, tiró y se quedó con ella en la mano. Era un rabo postizo prendido con un alfiler a la verdadera cola del pollino.
—¿Y cómo a ese burro no le causa efecto este rabo? ¿Será que no podrá nada con los animales? Veamos que efecto me produce.
Y al decir esto se enganchó el misterioso rabo en la chaqueta. En aquel mismo momento sintió tales ganas de correr que, sin poder dominarse, salió tras del burro como una centella, dando rebuznos que se oían a tres leguas a la redonda.
Por fin, pudo quitarse aquel adorno molesto y se tiró al suelo para reposar de tan dura caminata.
Ya no le quedaba por coger más que la silla, y a fuerza de buscar, dio con una choza de pastores, abandonada, y en ella había una silla con el asiento estropeado. Sentóse en ella Simón, y tuvo que saltar más que aprisa, no sin haber recibido dos tremendos azotes que le hicieron dos cardenales en las posaderas.
—Ya vencí —dijo el muchacho con alegría.
Y poniéndose la silla al hombro y guardando el rabo en el bolsillo, se puso en marcha hacia su casa, adonde llegó después de dos horas largas de camino, en ocasión en que estaban cenando, y como no hubiera muchos asientos libres, le dijo su padre:
—Pues mira; has tenido buena idea en recoger esa silla vieja, porque así ya sabes cuál ha de ser tu asiento en lo sucesivo.
El chico quiso protestar, pero su padre le hizo sentar a viva fuerza. Sonaron dos azotes monumentales, gritó el chico, y se quiso levantar; creyó el padre que resistía sus mandatos y le sujetó por los hombros; sonaron otros dos azotes, y los hermanos creyeron que su padre estaba haciendo entrar en calor a Simón; en fin, se armó tal galimatías que el muchacho recibió más de veinte azotes que le pusieron como nuevo.
Cuando se puso en claro la cuestión, quisieron todos probar si era cierto, y todos llevaron un susto mayúsculo cuando la mano invisible les daba los azotazos.
Tocó luego el turno a la flor, y era de ver cómo al olerla estornudaron todos tan aprisa y con tal fuerza, que no podían ni hablar. Pero no quiso Simón sacar la cola del bolsillo, porque estaba rendido de fatiga. Se acostó, y de un tirón hubiera pasado toda la noche, sin la idea que tuvo de colgar la cola de burro de los pies de su cama. Al pronto, el sueño le impidió hacerse cargo de nada, mas luego le pareció que estaba en un barco que se movía y, por último, al despertar sobresaltado, vio que la cama estaba galopando por la habitación y de entre los colchones salía un ruido muy semejante a un rebuzno.
—¡Caramba! —dijo Simón incorporándose —. Esta cama está haciendo burradas sin saberlo.
Quitó el rabo de la cama y lo puso en una percha y ésta comenzó a bailar como una descosida, yendo al suelo las ropas que en ella estaban colgadas.
Al día siguiente fue a ver a don Lesmes Sacamantecas, hombre muy malo, que jamás socorrió a ningún pobre, ni dio a nadie los buenos días sino por interés. Era un hombre tan miserable que contaba los garbanzos que echaba en su puchero.
Cuando Simón fue a casa de don Lesmes, llevaba su silla a cuestas y en el bolso la flor y la cola de pollino. Llamó y salió a abrirle el vejete, que no tenía criados por no mantenerlos.
—¿Qué quieres, galopín? —dijo.
—Venderle a usted esta silla vieja — contestó Simón con mucho descaro.
—¡Pero si no vale nada! Más vale que me la des, y un día de estos te daré yo un caramelito muy bueno.
—No, señor; esta silla vale veinte reales, porque tiene muchas virtudes.
—¿Y qué virtudes tiene? —dijo D. Lesmes lleno de curiosidad.
—La de aumentar el dinero al que lo lleve.
—Y ¿cómo no te lo aumenta a ti? — dijo escamado el avaro. —Por ese he dicho al que lo lleve, y como no llevo ninguno… —Bueno; ya probaremos.
—También tengo una florecita que despide un olor admirable. Huela usted.
Y al decir esto, se la puso, bajo la nariz. En el acto D. Lesmes comenzó a estornudar de tal modo, que los esfuerzos que hacía le reventaban.
Cuando acabó, cayó rendido sobre la silla, y un fuerte par de azotes que recibió, le hicieron levantarse con cuanta presteza pudo.
Levantó el palo para pegar al chico, pero éste, más listo que el diantre, se colocó detrás de don Lesmes, colgándole de los faldones de la chupa la terrible cola de pollino. Al momento salió don Lesmes de su casa sin poder contenerse, corriendo por las calles de la corte como un desesperado y lanzando cada rebuzno que metía miedo.
—¿Qué es eso? —preguntaban algunos. —Un aprendiz de burro que se está ensayando — respondían otros.
Conducido a la delegación por seis u ocho guardias, sable en mano, el pobre les decía:
—Vamos aprisita que tengo gana de correr.
Y los llevó al trote largo. Dentro de la delegación tampoco podía estar quieto, y de un par de coces derribó la mesa del delegado, hasta que al fin se le cayó la cola, y don Lesmes se dejó caer medio muerto sobre un banco.
El delegado cogió aquel adorno tan raro y, por broma, se lo puso a un guardia, y lo mismo fue ponerlo, que el del Orden se arrancó rebuznando y corriendo hasta que se lo quitaron.
Contó, al fin, D. Lesmes lo que le había ocurrido con el pequeño Simón, y el delegado fue a la casa del avaro, en donde el muchacho había dejado la silla. Sentóse el delegado, y, al recibirlos primeros azotazos, embargó la silla, por desacato a la autoridad.
Don Lesmes se vio obligado a pagar una fuerte multa por escándalo en la vía pública, y Simón recibió de su padre una tollina muy regular por dar bromas pesadas.
La flor de los estornudos se perdió, sin que nadie sepa adónde ha ido a parar. La silla y la cola han pasado a un museo de curiosidades; y Simón no vuelve a meterse en aventuras peligrosas por el gusto de hacer pasar mal rato a sus semejantes.

