Libro N° 15460. Las Buenas Intenciones. Del Árbol, Víctor
© Libro N° 15460. Las Buenas Intenciones. Del Árbol, Víctor. Emancipación. Agosto 15 de 2026
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LAS BUENAS INTENCIONES
Víctor Del Árbol
Las buenas intenciones
Víctor del Árbol
Cuando todo se derrumba, solo queda actuar. Incluso si equivocarse es lo único que uno puede hacer.
Crimen, secretos y venganza.
Tras años oculto, el sicario sin nombre ha encontrado algo parecido a la paz en una casa frente al mar. Pero la muerte de un viejo aliado lo obliga a aceptar un último encargo: cerrar una cuenta pendiente con tres nombres en una lista. Solo entonces podrá liberarse.
Mientras tanto, Clara Fité intenta reconstruir su vida en Barcelona. Un cuaderno robado y la desaparición de dos niños en 1992 la arrastran a una investigación que nadie quiere reabrir.
El poder, la culpa y el miedo se entrelazan en una trama que conecta lo que ocurrió entonces con lo que está a punto de estallar ahora. Cuando todo se derrumba, solo queda actuar. Incluso si equivocarse es lo único que uno puede hacer.
Con Las buenas intenciones, Víctor del Árbol cierra una trilogía memorable. Crimen organizado, especulación inmobiliaria, criptomonedas, secretos de Estado e Iglesia y un pasado que no se deja enterrar.
Víctor del Árbol
Las buenas intenciones
Sicario - 3 ePub r1.0
Titivillus 24-01-2026
Título original: Las buenas intenciones
Víctor del Árbol, 2026
Editor digital: Titivillus ePub base r2.1
A Clara, que amó la vida más allá del dolor.
D. E. P.
Non nobis solum nati sumus.
(No hemos nacido solamente para nosotros).
MARCO TULIO CICERÓN, De Officiis 1:22
En el sótano
Algo viscoso, junto al sumidero, roza mi pie descalzo. No puedo verlo, pero lo siento.
Algunos niños tienen pesadillas sobre cosas que se deslizan en las sombras. Monstruos. Yo no fui uno de esos niños; de otra manera, me estaría volviendo loco aquí abajo. El truco para mantener la cordura está en no mirar lo que ves, en no obsesionarte con los pequeños detalles —el silbido de la caldera en alguna parte de los pisos superiores, los ruidos detrás de la puerta, el goteo de la tubería de plomo que recorre el techo— y en no adelantar acontecimientos; obligarte a pensar en lo que va a suceder antes de que suceda es la tortura preferida de todo carcelero. Si te obsesionas con escapar a cualquier precio fracasarás. Ellos, los que están ahí fuera, cuentan con que lo intentes; lo están deseando, en realidad. Quieren que les des una excusa. No hay que dársela ni precipitarse. Ahorra energías, observa, espera una grieta que puedas aprovechar: quién es el guardia más débil, cuál el más voluble, a cuántas plantas bajo el suelo estás, qué te vas a encontrar si logras llegar a la superficie.
Traza un plan y elige el momento para ejecutarlo.
Aunque no es sencillo sin referencias. Aquí no hay ventanas, así que no tengo modo de saber si es de día o de noche, y eso hace que el tiempo se dilate hasta deformarse. La oscuridad hace también que el espacio desaparezca; sin tiempo y sin espacio se tiene la sensación de flotar en la nada. Como si no existieras. La única medida de la realidad es el cubo que tengo para cagar. Ese cubo es mi reloj de arena: lo vacían a intervalos regulares, da igual si rebosa o flotan dos dedos de porquería. Solo en esos breves intervalos se enciende una bombilla, la puerta se abre, entra alguien, se lleva el cubo, la puerta se cierra, la bombilla se apaga. A los pocos minutos lo devuelven vacío, sin limpiarlo. Junto a la puerta.
Siempre lo dejan junto a la puerta.
Me tienen miedo.
He estado en sitios peores, mucho peores. Revisitar todos los infiernos que he conocido antes —las perreras del Oso Dávila, donde te daban de comer las sobras que dejaban los perros, las celdas de Quintana Roo, donde ocho reclusos peleábamos por el espacio concebido para dos— me ayuda a mantener la cabeza fría y a valorar las cosas que tengo a mi favor. Por ejemplo, puedo moverme —aunque no más de cinco o seis pasos en cada dirección—, el techo es lo bastante alto para no tener que andar encorvado, me han dejado un colchón y una manta, aunque me obliguen a permanecer desnudo. A veces se acuerdan de alimentarme y de traer agua.
Y aquí está otra vez mi vieja amiga, rozándome el pie. Dicen que las ratas son casi ciegas, por eso se mueven tan bien en la oscuridad. Su olfato, sus bigotes y sus oídos hacen el trabajo. Eso les da ventaja con respecto a los animales diurnos. El problema de esta es que, a veces, se confía demasiado. No debería haberse puesto al alcance de mi mano.
Por fin se acaba la espera. Casi es un alivio ver a esos tres orangutanes entrar con los bates de béisbol y los puños americanos. La bombilla parpadea sobre sus siluetas como un anuncio de Navidad: a Belén, pastores. Uno de ellos, el que parece llevar la voz cantante, mira la rata muerta junto al sumidero. Debe de hacerle gracia, porque, al verla reventada, sonríe antes de indicarles con un gesto a los otros que es hora de empezar.
Nadie dice nada. No sé qué quieren, no sé quiénes son. Podrían ser cualquiera, por cualquier razón. Es parte del juego: el silencio alimenta la especulación, y la especulación acaba rompiendo los nervios. Si les preguntara por qué estoy aquí mostraría mi debilidad, y en el mundo en el que yo me muevo, eso se paga muy caro. No importa, cada cosa llega a su tiempo.
Nada de lo que va a pasar es necesario, ellos lo saben y yo lo sé. Pero hay rituales, ceremonias que deben cumplirse: el castigo responde a una lógica que nada tiene que ver con la culpa ni con la proporcionalidad. Tanto aguantas, tanto tienes. Y si no aguantas lo necesario estás perdido. Todos los que nos dedicamos a este negocio acariciamos la secreta esperanza de librarnos de nuestra adicción al miedo y casi nadie lo consigue, pero aprendemos a disimularlo. Dependemos, en buena medida, de nuestra reputación, del terror que podamos llegar a causar en los demás. La fama que te precede te allana el camino, y yo tengo una fama que proteger. No necesito conocer sus motivaciones, sino poner a prueba su determinación. Demostrarles que no soy su prisionero, que, en realidad, son ellos los que están atrapados aquí abajo conmigo.
Cuando empiezan, los golpes reverberan en la bóveda del techo, como sus respiraciones esforzadas. Aparte de eso, todo transcurre en extraño silencio y, de alguna manera, el mundo se hace más transparente y el pensamiento más lúcido. Dejo que el dolor me inunde, que sature cada terminación nerviosa, que se desate por cada partícula; es cuestión de disciplina. Convertirme en un saco de arena. Cruzado ese umbral, los oídos empiezan a zumbar y en alguna parte de mi interior oigo una canción: Puto, de Molotov. A saber por qué, nunca me gustaron esos mierdas. Quizá sea porque cualquier esperanza es ahora absurda, o porque la violencia es un lenguaje que puedo entender.
Son profesionales, golpean con experiencia, metódicos —hay matones que conocen la anatomía humana mejor que un cirujano—, y eso me tranquiliza. Estamos en el preludio, primero se ablanda la carne para que se abra el espíritu. No van a matarme, no todavía.
Cuando terminan, resollando tras el esfuerzo, abriendo y cerrando los puños doloridos, contemplan su obra y se dan por satisfechos. Dos de ellos me alzan por las axilas y me sitúan frente al que dirige. El tipo suda y recoge con la lengua un grumo de saliva seca. Se está quedando calvo y ni siquiera ha cumplido los cuarenta. En la mano derecha sostiene sin ganas un bate. Lleva puesta una camiseta descolorida que le viene dos tallas pequeña. No sé el motivo por el que eso me hace gracia —el mal gusto, la fanfarronería— y me echo a reír. Río porque todavía resuena en mi oído la letra de la canción de Molotov, o porque, al final, seas quien seas, el dolor te afecta. Río cada vez más fuerte, aunque me duelen los dientes, y el bazo, y el pecho. Río porque me gustaría que el sufrimiento se acabase y esa ilusión me parece obscena.
Se miran unos a otros perplejos, desconcertados. El tipo que dirige se encoge de hombros, como si no le importara lo que tiene delante. Sonríe comprensivo, me da una palmadita en la mejilla, retrocede dos pasos, agarra el bate con las dos manos y lanza contra mi cara un swing de abajo arriba, al mejor estilo de Héctor Espino.
Home run.
1
Si estamos en abril, supongo que todo esto comenzó hace dos meses, en febrero, cuando viajé a Chipre. Así que debería empezar hablando de Orestes, el chipriota.
Pocos saben que debe su nombre a la fascinación enfermiza de su padre por la mitología griega y, concretamente, por el hijo de Agamenón, el rey heleno en la guerra de Troya. La historia es conocida, pero a él le gustaba contarla a su manera, y a ti no te quedaba más remedio que sentarte a escucharla. En la casa de Famagusta, frente al puerto y las alambradas de espino donde nació, invitaba a los visitantes a contemplar una réplica, idéntica a la pintura original que se conserva en el Chrysler Museum de Norfolk, Virginia, del Orestes perseguido por las furias de William Bouguereau que decoraba su despacho, además de las costosísimas encuadernaciones de Píndaro y Esquilo, de Sófocles y de Eurípides, todas versiones distintas de la misma leyenda, que decoran la biblioteca. Orestes paga auténticas fortunas por cualquier edición original que trate sobre el tema.
Para él, el dinero no es problema. Al morir su padre heredó un imperio levantado en los astilleros de Lárnaca desde los tiempos de la ocupación turca. A los veinte años ya disponía de una enorme fortuna, pero no se conformó con gestionarla o conservarla; empleó su propio talento en multiplicar las operaciones de la naviera familiar y rentabilizar al máximo la inestabilidad política de la isla, su opacidad fiscal y, lo más importante, se valió de su innato ingenio para entenderse con Dios y el diablo indistintamente, tejiendo una telaraña de influencias de la que no escapa nada ni nadie en esa parte del Mediterráneo. Todo pez, grande o pequeño, honesto o depravado, acaba cayendo en la red de Orestes. Nadie puede moverse ni respirar sin su permiso.
Aquella mañana, desayunábamos en su finca de veraneo, en la península de Karpas. Me gusta ese lugar, es tranquilo, apenas una estrecha franja de tierra que se adentra en el mar, como un índice señalando en dirección a Turquía. Desde la terraza podían verse el monasterio grecochipriota del apóstol Andrés y un mar tranquilo y cristalino, la carretera que descendía entre olivos, rebaños de ovejas y burros salvajes que pastaban sin temor alguno. Orestes contemplaba todo aquello que le pertenecía como el pastor que come queso en el filo de su navaja y vigila desde lo alto de un cerro. Su mirada mansa y paciente no escondía, sin embargo, que aquel hombre, avejentado y silencioso, comprendía perfectamente dónde radicaba el verdadero poder y cuál era su finalidad última. Solo tiene poder absoluto quien no necesita ejercerlo, ni siquiera reivindicarlo. Basta con encarnarlo y que los hombres lo acepten como se acepta lo indiscutible, lo inevitable.
Ser invitado a ese lugar íntimo y privado era muy poco común. Orestes siempre ha huido de la atención mediática, es alguien tremendamente críptico y muy celoso de su intimidad. Se suponía que yo debía mostrarme agradecido por la deferencia. He sido testigo de la veneración de aquellos que eran admitidos en su círculo con un gesto imperceptible, de la gratitud perruna ante su beneplácito silencioso y del miedo atroz a ser expulsado de ese paraíso, que tanto se parecía al infierno. Y lo admirable es que ejercía ese poder, mucho más real que las normas sociales o las leyes, con una contención medida, consciente, discreta, sin ostentación ni arrogancia. Solo así podía regir sin ser temido, envidiado o sentirse amenazado.
Sonrió y me sirvió un poco más de café. Del mismo modo que al paisaje, también me observaba a mí con calma, sin acritud.
—Daba por supuesto que después del tiempo de las fieras te habías retirado. He oído que ahora cuidas un nidito de amor en Puglia, con esa periodista española. ¿Cómo se llamaba?
—Se llama Clara.
—Bonito nombre, sí. Como las intenciones.
Orestes intimidaba a la mayoría, sabía amenazar, pero a mí me caía bien. Entendía que la crueldad solo lo es cuando la fuerza resulta insuficiente, innecesaria o ineficaz, pero no repudiaba su uso. Aceptaba sin complejos que la violencia era el lenguaje más antiguo y universal del ser humano y, como todo lenguaje, solo es útil si responde a su fin. Hay que mirar la cuestión con perspectiva, en ausencia de todo juicio y sin adentrarse en la retórica moral o ética. Si consideras las nociones del bien y del mal como elementos circunstanciales, no como categorías, y aceptas que el poder no es aséptico, todo resulta más sencillo.
Supongo que eso nos igualaba como cínicos.
—Tengo mis planes —reconocí.
Asintió mientras se servía un poco de queso halloumi que elaboraba él mismo.
—Quieres cancelar el acuerdo al que llegaste con Virginia Ortiz y con los italianos: te quitaron de encima al Oso Dávila y a cambio tú solo debías olvidarte de lo ocurrido en Lanzarote y retirarte discretamente. Es un buen trato, ¿por qué quieres romperlo?
Conozco lo suficiente a Orestes para saber que practica lo que predica, aunque raramente dice lo que piensa de verdad. El Oso Dávila había sido mi mentor, el hombre que me construyó a su imagen y semejanza desde que yo era un niño. Me enseñó todo lo que sabía sobre mi oficio y yo le traicioné. Eso era lo que estaba pensando el viejo; no creo que me estuviese juzgando, más bien trataba de calcular el límite de mi lealtad.
Escribí una cifra en una de las bonitas servilletas de hilo y se la pasé.
—¿Te parece un buen motivo?
A pesar de la exorbitada cantidad de ceros, apenas parpadeó. No he conocido a nadie con su capacidad de autocontrol. Aquella era su tarea autoimpuesta más difícil, conocerse a sí mismo sin excusas, encontrar el equilibrio entre dos imposibles: el hombre que era y el hombre que había resuelto ser. Cada decisión que tomaba respondía a una drástica asunción de esa dualidad y a una férrea coherencia con su filosofía existencial. Igual que el terror, asumía con facilidad la belleza, admiraba la voluntad de cada hombre de alcanzarse a sí mismo por sus medios, aplaudía como una cualidad heroica la generosidad y el altruismo, respetaba a quien sabía imponerse límites. Y todo ello sin encontrar contradicción alguna entre esto y su propio deseo dionisíaco, el placer perverso de ser el mismísimo Tánatos. Yo conocía sobradamente su falta de compasión cuando lo creía necesario, la terrible frialdad con la que podía sellar el destino de alguien con un gesto; sus excesos, su gusto por lo prohibido, las orgías celebradas en aquella misma villa, en las que nadie estaba a salvo si se atrevía a aceptar participar, con la promesa de que, pasara lo que pasara, sería inolvidable.
Con la misma naturalidad que concedía que las moscas se posaran sobre el mantel de lino y sobre los cubiertos de plata, dobló la servilleta y la puso a un lado.
—Con ese dinero podrías empezar una guerra o acabar con el hambre en el mundo.
—No pienso hacer ni lo uno ni lo otro.
Nada pasaba en el universo de Orestes a menos que él permitiera que sucediese. Nada resultaba inocuo ni banal. A su lado, era todo o nada; a menudo, ambas cosas a la vez. Y a pesar del peligro, yo había decidido acudir a él.
—Supongo que esta cantidad no ha salido de debajo de las piedras — insistió con una media sonrisa.
—Te necesito para que muevas ese dinero. Es lo único que debes saber.
Si alguien podía asumir esa cantidad para blanquearla era él. Los políticos le dejaban hacer, los funcionarios de segundo rango le apreciaban y respetaban honestamente, los jueces le preguntaban, los periodistas callaban, los clanes del crimen organizado le confiaban conflictos de difícil solución, los banqueros le besaban el anillo… Disponía de un ejército innumerable, y con él había conseguido imponer desde la isla la pax romana en su imperio, y ahora contemplaba, complacido pero sin relajarse, su obra.
Encendió un cigarrillo y expulsó el humo con suavidad. Creyó necesario advertirme de que, una vez cerrado un trato, el diablo nunca acepta devoluciones:
—Pedirme un favor es arriesgado, ya lo sabes.
Lo sabía. Orestes no era exactamente un amigo, no era un protector ni un consejero. La relación entre ambos era bastante más procelosa y difícil de explicar. Se basaba en una afinidad en los objetivos y en las formas que, al pasar de los años, había derivado hacia una suerte de afecto mutuo no exento de la necesaria suspicacia. En el pasado, yo había cumplido algunos encargos para él. Siempre con rapidez, eficacia y de manera limpia, a menos que el guion de Orestes requiriera otro tipo de procedimiento: la violencia también era espectáculo y en ocasiones era necesario sazonarla con teatralidad —la tortura, la mutilación, exponer cadáveres colgados en el puente de una autopista— para enviar un mensaje, un recordatorio para los tibios o los diletantes de que el terror siempre acecha. En ese apartado, yo también había cumplido con creces. Tácitamente, teníamos la presunción de que, hasta donde fuera posible, condescenderíamos con los errores mutuos, trataríamos de no perjudicarnos y privilegiaríamos echarnos una mano cuando fuera necesario. Era cuanto podía esperarse de hombres como nosotros.
—¿Qué pides a cambio?
Movió la cabeza lentamente.
—Lo que tal vez no puedas pagar.
La comisión que pedía era escandalosamente alta, pero contaba con ella. No tuve problema en aceptarla.
Sin embargo, puso otra condición inesperada.
—Un socio me ha pedido un favor y quiero que te encargues tú. Para mí es importante que quede satisfecho, y debe hacerse rápido.
Tres nombres, tres cadáveres. No me pareció un precio desorbitado. No necesitaba saber por qué era prioritario para Orestes complacer a ese supuesto socio. No era de mi incumbencia. Solo un encargo más. Con suerte, tal vez sería el último. Asentí con un gesto, pero él insistió una última vez antes de estrecharme la mano, como si se viera obligado a tratar de hacerme reflexionar:
—Piénsalo bien. Si aceptas mis condiciones no habrá marcha atrás.
Orestes olía el miedo a distancia y no reaccionaba bien ante ese olor. Si cometía un error, mis huesos abonarían la hierba que comían los burros y las ovejas de mi anfitrión.
Debería haberle hecho caso, ver las señales. Pero no lo hice, y así empezó todo.
Ocho horas después volaba desde Pafos hacia el aeropuerto de Bari. En el asiento, hojeaba la documentación que me había enviado el vendedor del rancho en Southfork. Unos miles de acres de buena tierra, una buena cabaña de ganado Longhorn y depósitos de agua accesibles. El precio era negociable. En aquel momento, comprar el rancho y regresar a Marfa para reencontrarme con mi hermana y mi sobrino me parecía la mejor manera de empezar de nuevo. Las cosas habían mejorado entre nosotros, y el sueño de tener algo parecido a una familia parecía posible tras años sin hablarnos. Me permitía imaginar una versión mejorada de mí mismo, reconvertido en ganadero al viejo estilo tejano: pasar los días entre caballos, vacas y puestas de sol, ensuciándome las manos con la tierra en vez de con la sangre de mis víctimas para variar. Mi última oportunidad para dejar algo más que muerte y dolor a mi paso.
Y ese futuro aguardaba en un cofre de jacaranda que escondía en el desván de la casa de Ostuni donde había vivido oculto los últimos meses, tratando de cumplir mi parte del pacto con Virginia Ortiz y los italianos.
Estaba, por supuesto, la cuestión de Clara. Hasta ese momento no había pensado detenidamente en cómo encajaba ella en esa nueva postal de mi vida. Tal vez porque ni siquiera yo sabía exactamente lo que significábamos el uno para el otro. Nos acostábamos juntos.
Compartíamos silencios.
Decidí que lo hablaría con ella cuando aterrizase.
Me recliné en el asiento y moví el cuello para desentumecerme. La luz en la cabina estaba atenuada, la mayoría de los pasajeros dormía o veía una película en la pantalla del asiento. Las luces intermitentes en el extremo del ala tenían un efecto tranquilizador. Todo iba bien, no había por qué pensar en la oscuridad y en el frío que me rodeaba. Intenté ver una película protagonizada por Leonardo DiCaprio, un enredo en un psiquiátrico de una isla de Boston desencadenado a partir de la desaparición de una peligrosa reclusa, pero a los pocos minutos me venció el cansancio y me quedé dormido. Las historias de asesinos psicópatas me aburren.
El avión aterrizó en Bari con treinta minutos de retraso. Esteban Rodríguez, ciudadano panameño, pasó el control de pasaportes sin dificultad, igual que lo había hecho en Nicosia. Un hombre sin nombre tiene muchos nombres, el secreto reside en que todos sean igualmente anodinos y en que los pasaportes parezcan auténticos. No hay que temblar ante el agente de fronteras, no hay que sonreír ni ser obsequioso, no hay que hablar más de la cuenta, ni meter las manos en los bolsillos, ni esquivar la mirada. A esos funcionarios no les importas, solo eres un rostro más, una cara vulgar. Una más en la larga cola que espera su turno. Y, sobre todo, no hay que suspirar aliviado cuando finalmente estampan el sello de bienvenida. Coge tu equipaje, pasa el control y no aceleres el paso. Recuérdalo, no eres nadie. Solo una sombra que se pierde en la parada de taxis entre cientos de sombras más.
Todavía quedaba lejos el verano, pero en la autopista ya se veían vehículos con matrículas extranjeras. Puglia estaba de moda: Madonna y sus fiestas, Vogue, Bono, actores de Hollywood, todos enamorados de la nueva Ibiza, de sus casas blancas y sus playas rodeadas de olivares, de sus caminos rurales y de los espaguetis alla puttanesca o all’assassina, de los quesos de cabra, de las orecchiette. Y siguiendo su estela, los ricos de Milán y de Roma levantando sus monstruosas residencias en Rosa Marina y en el valle de Itria, y tras ellos, desembarcando con las compañías low cost, el ejército de la clase media que pedía las migajas del sueño. Siempre era lo mismo. A cada paraíso seguía el siguiente y detrás solo quedaba la ruina. Marcharse a tiempo sería un alivio.
La casa estaba vacía, el aspersor funcionaba y el césped se ahogaba. No había luces pese a que ya oscurecía. La cancela estaba entornada. Tuve un mal presentimiento. Que Clara no hubiera contestado a mis mensajes desde el aeropuerto no era normal.
Pensé mil cosas a la vez y ninguna buena.
No hay manera de pasar un arma de fuego por el control de pasajeros, de modo que iba desarmado, y tuve que conformarme con una pequeña tijera de jardinería que encontré junto a unos tiestos de geranios. La puerta de casa estaba cerrada con llave y no había signos de forzamiento en la cerradura. Eso me tranquilizó un poco. Quizá Clara había ido al mercado callejero, tal vez había perdido la noción del tiempo en la plaza de la Libertad, donde solía tomar un café y leer.
La realidad, sin embargo, se impuso cuando vi las perchas del ropero colgando vacías, la cama hecha y la vajilla lavada en el escurridor. Sus libros no estaban en la estantería y sobre la mesa vi su juego de llaves.
No había dejado ninguna nota. Simplemente se había marchado.
Sentí entonces la corriente de una sospecha horrible en el espinazo. Pero no quería creerlo. Tuve que bajar al sótano para comprobarlo. Retiré las cajas una a una. El cofre estaba ahí, oculto al fondo de la estantería. Fue un alivio momentáneo. La jacaranda no es una madera fácil de manipular, pero dicen que mi tatarabuelo Guillermo era un verdadero artista. Era un burgalés de Quintanadueñas que, siendo un muchacho, llegó a México con una mano delante y otra detrás a finales del siglo XIX. No se sabe qué le empujó a cruzar el océano, si el hambre o cualquier otra miseria, ni cómo se las apañó para abrirse camino en aquella tierra nueva. Conoció a mi tatarabuela Concha y se instalaron en una casita en Tapalpa. Tenían una pequeña parcela en la parte trasera, y allí plantó Guillermo un retoño de copaya, junto a su taller de ebanistería. Ahí echó raíces y creció durante décadas, y cuando mi tatarabuela murió él quiso enterrarla a los pies de su copa rosada. Quería que el árbol se la bebiera para verla renacer cada primavera. En la sequía de 1923 el árbol ya no floreció y mi tatarabuelo decidió talarlo y hacer el cofre, que pasaría de generación en generación en mi familia a través siempre de sus mujeres. Fue la ofrenda de paz de mi hermana Elisa cuando decidimos dejar atrás las heridas pasadas y empezar a ser de nuevo una familia. Ella asegura que en los nervios de esa madera y en su aroma que nunca desaparece están las manos de Guillermo y el alma de Concha. La historia de nuestra familia.
Me senté en el taburete con el cofre sobre las rodillas y lo abrí. Tenía un cerrojo de latón con el candado roto. Lo habían cortado con una cizalla. Por dentro estaba forrado con un raso avejentado de color carmesí. Ahí seguían mis pasaportes, en los que nunca había figurado mi verdadero nombre, las reservas en dólares y euros para emergencias, la caja de munición de 9 mm y la Glock con la corredera desmontada.
Pero lo más importante no estaba. Y el hueco de su ausencia era llamativo.
Cerré el cofre y encendí un cigarrillo. Miré alrededor todos esos trastos que se van acumulando en una vida en común, la bicicleta, las cestas, los libros, las sillas plegables, las tumbonas. Cuántas cosas se necesitan para construir una ficción de vida. Clara me había traicionado, pero no me pregunté en ese instante por qué lo había hecho.
Solo me pregunté a dónde podría haber ido, y la respuesta, como la decisión de lo que me tocaba hacer, vino a mí de manera lógica.
2
Una semana después, Barcelona
Manuela Juan parecía feliz, aunque en ella la felicidad nunca era pacífica, sino más bien un torrente de gesticulación y frases. Sus ojos alegres centelleaban, iban de una cosa a otra como si tuviera un hormiguero dentro. Se había cortado mucho el pelo y se había teñido de un blanco plateado que la favorecía. Las cosas le habían ido bien tras el escándalo de CITRAORCOMPANY y el suicidio del antiguo presidente, Armando Ortiz. Ahora era la redactora jefa de una revista que se dedicaba a la investigación periodística, su reputación iba al alza y había recibido varios premios internacionales.
Clara contemplaba el éxito de su amiga sin acritud, aunque a veces la envidiara y otras la detestara. Manuela siempre caía de pie y sabía rentabilizar la desgracia ajena. Era una de sus virtudes. Cuando olfateaba una buena historia no la dejaba escapar, cayera quien cayera, y eso incluía a sus amistades. No hacía prisioneros ni dejaba resquicios para las dudas sobre quién era o lo que quería, para ella la vida era correr detrás de las exclusivas, acumular prestigio profesional y meterse en la cama de quien le viniera en gana. Sus prioridades simplificaban su existencia y le ofrecían un horizonte diáfano, lo que le permitía sacudirse los prejuicios y la moralidad como un perro se quitaría de encima la lluvia al llegar a casa.
Se habían citado en un pequeño restaurante detrás del Palau de la Música. Pese a la exigente clientela, que buscaba la clandestinidad elegante —era el sitio perfecto para las confidencias discretas—, Manuela se las había apañado para reservar en uno de los comedores privados del piso superior. En aquella misma mesa, la veterana periodista les había descosido las costuras a políticos, banqueros, jueces y artistas.
—La lengua es más proclive a soltarse cuando se tiene delante un timbal de merluza regado con dos copas de un buen Zalema —sonrió, alzando su copa para brindar.
Clara se refugió en el vino y luego paseó la vista por los afiches modernistas y el papel pintado que decoraba las paredes del pequeño comedor. Se preguntó cuánta gente habría echado su vida a perder con decisiones erróneas tomadas en ese mismo lugar, y cuántos otros habrían encontrado la manera de volver a empezar. Que ella acabara en un bando u otro estaba todavía por ver.
—Me ha sorprendido tu llamada. Pensaba que lo habías dejado definitivamente después de lo que te pasó en Milán —admitió Manuela apartando el plato con el dorso de la mano, como si quisiera despejar sobre el mantel una pista de aterrizaje.
Clara contrajo el cuerpo involuntariamente. Recordar era abrir heridas que no estaba segura de haber cerrado. Seguía soñando con el rostro de Konstantin y con los matones de Petrucci, que la dieron por muerta y la arrojaron a una zanja. Y aun así, allí estaba.
—Ya sabes cómo es este oficio. Es un veneno que se te mete en la sangre y que siempre pide más.
Manuela Juan sopesaba pros y contras. Parecía preocupada. Quería decir algo que no estaba segura de que Clara quisiera oír.
—¿Y qué pasa con tu sicario de los ojos oscuros?
Clara hizo un gesto ambiguo.
—¿Mi sicario de los ojos oscuros?
—Ya me entiendes.
Lo entendía, desde luego. Entendía que nadie, ni siquiera su mejor amiga, estaba a salvo de los prejuicios.
—Eso se acabó. Es cosa del pasado.
Manuela aligeró un poco su mirada.
—Así de fácil, ¿eh?
No, desde luego que no era tan sencillo. Pero su decisión era irrevocable.
—¿Podríamos dejar mi vida sentimental a un lado?
Manuela negó con vehemencia. No estaban hablando de una relación normal y corriente, de dos personas que comparten unos meses de vida y luego se van cada uno por su lado con un apretón de manos y un par de cajas de cartón con las bragas, el cepillo de dientes y unos pocos libros. —¿Estás segura de querer hacer esto, Clara? ¿Volver a exponerte después de lo que has pasado? Joder, mírate. Estás hecha una mierda. No sé si podrás soportar toda esta presión otra vez.
Clara se enderezó en la silla y la miró directamente. Quería sentir de nuevo que existía, dejar de ser una sombra.
—Estoy lista para volver, y has dicho que tenías algo para mí.
Manuela intentó resistir un poco más, ya con tibieza:
—Solo digo que quiero lo mejor para ti.
—Lo mejor para mí es que me des detalles de ese caso sobre el que quieres que escriba. Has dicho que era algo bueno y yo estoy lista. Digamos que la necesidad y la oportunidad se han encontrado.
Manuela abrió las manos en señal de rendición. Lo había intentado y eso le bastaba.
—Y lo es, puede significar tu regreso por la puerta grande. Algo tan jugoso como lo de CITRAORCOMPANY.
Clara pensó que su amiga debería haber completado la frase: «Y esta vez el mérito te lo llevarás tú». No lo hizo, como era de esperar. En lugar de eso, Manuela sacó del bolso su cuaderno de notas y se puso unas coquetas gafas de montura lila.
—¿Te suena de algo la desaparición de los hermanos Vera? —Clara negó con la cabeza tras pensarlo unos segundos—. Ocupó buena parte de las portadas de los periódicos y los programas de radio y televisión durante las primeras semanas del mes de enero de 1992.
El caso tenía los elementos necesarios para convertirse en noticia y exprimirla al máximo: Sergio tenía ocho años y Patricia diez, a lo que se sumaba el hecho de que la policía acusó al padre de los niños, José Luis Vera, de haberlos asesinado. En aquella época nadie usaba la expresión violencia vicaria, pero a medida que se iban conociendo más detalles del caso aumentaba la indignación, alimentada día tras día por los medios que seguían el proceso y filtraban datos que supuestamente estaban bajo secreto de sumario. El colmo del paroxismo se alcanzó la tarde que Gabriela Llanos —la atribulada madre de los niños— acusó entre llantos en un programa de máxima audiencia a su marido de haberlos matado para castigarla a ella. Los cuerpos nunca aparecieron y el padre jamás confesó su culpa. Aun así, los jueces consideraron que las pruebas en su contra eran lo suficientemente firmes para condenarle a veinte años de prisión.
Clara no veía dónde estaba el interés periodístico de algo que había sucedido casi dos décadas atrás y que, probablemente, ya nadie recordaría.
Manuela asintió, pero en su boca apareció una sonrisa hambrienta:
—José Luis Vera, el padre, acaba de salir en libertad.
Clara la miró con perplejidad.
—¿Pretendes que le entreviste? Parece algo más propio de la prensa amarilla y del morbo que de una verdadera investigación periodística.
Manuela hizo un gesto para pedirle algo de paciencia.
—Dudo que pudieras conseguir nada de Vera, no ha concedido jamás una entrevista. Si esto tiene interés periodístico para la revista, es por otro motivo. Hace una semana recibí una llamada. La persona no quiso identificarse y el número era imposible de rastrear. Me dijo que tenía información que podía demostrar que el informe de la policía sobre la desaparición de los niños Vera estaba repleto de inexactitudes y de falsedades. Que José Luis Vera no era el culpable de sus muertes.
—¿Y le creíste?
Manuela se encogió de hombros.
—En circunstancias normales habría colgado sin más y me habría olvidado del tema. Es increíble la cantidad de gente que llama a una redacción para dar supuestas primicias que resultan pura fantasía o que, en el mejor de los casos, conducen a un callejón sin salida. Pero aquella fuente aportaba datos muy concretos, parecía conocer perfectamente el caso… Y lo más importante: dijo que sabía dónde estaban enterrados los cuerpos.
Ambas intercambiaron una mirada de euforia.
—Eso lo cambia todo —admitió Clara.
Sin embargo, el brillo de triunfo en los ojos de Manuela Juan se atenuó inmediatamente.
—Después de esa primera comunicación no ha habido más.
Clara sintió que la efervescencia inicial se convertía en decepción.
—De modo que no sabes si dice la verdad o miente. Y quieres que yo lo averigüe.
Manuela movió la cabeza afirmativamente.
—Al menos, sabemos por dónde empezar. Me dio nombres, y te aseguro que no son nombres de cualquiera, Clara. Si es cierto lo que me ha contado, vamos a meter el dedo en el ojo a mucha gente; gente importante, y no les va a gustar.
Clara puso una expresión casi cómica. Cabrear a la gente que no debía era su especialidad. Solo tenía una duda:
—¿Por qué me lo das a mí? Tienes redactores muy capaces de hacerlo.
Manuela podría haber dicho que lo hacía por amistad, o porque una parte de ella sabía que casi todo el mérito de su ascenso se lo debía a lo que Clara descubrió sobre los negocios y las actividades macabras de Ortiz y sus socios durante la guerra de Bosnia, a pesar de que fuera ella quien recogiera los laureles del triunfo. Cualquiera de esas razones habría bastado, pero le debía la verdad. Al menos, parte de ella:
—Porque esa fuente solo hablará contigo. Es lo que dijo.
Clara puso cara de desconcierto.
—¿Por qué conmigo?
—Parecía saberlo todo de ti. Ha leído tus artículos sobre las mujeres de Juárez y sobre la explotación de menores en el DF, y conocía tu antigua amistad con Julián Leal y lo que escribiste del caso Restrepo.
Clara recordaba aquel caso, no habían pasado tantos años para que se le borrara la cara de aquel niño, Chinchilla, que Restrepo utilizaba en sus vídeos snuff. Y todavía seguía doliéndole el fallecimiento de su amigo Julián.
—¿También sabe que por escribir aquellos artículos me secuestraron en México y me convirtieron en una adicta? —preguntó con ironía—. ¿Sabe, acaso, que mi padre era un camello que trabajaba para el mismísimo cártel de Guadalajara? ¿O que el caso de Nadie en esta tierra estuvo a punto de costarme la vida y acabó con mi carrera como periodista?
Manuela le apretó la mano por encima de la mesa.
—Lo que sabe es lo que yo sé. Que, llegado el momento, no te echarás atrás ni te pondrás de perfil. Sabe que irás hasta el final aunque se compliquen las cosas… Y créeme, se van a complicar.
Clara se concentró en los nombres que Manuela había anotado. Brillaban como brillaría el metal para un cuervo, pero no era de las que se dejaba seducir por las baratijas de la profesión. No le interesaban el prestigio, el nombre o la fama. Le interesaba la verdad, aunque esa verdad tuviera aristas y grietas peligrosas.
—¿No te parece extraño?
—¿A qué te refieres?
—Si ese hombre, el padre de los niños, era inocente, ¿por qué no ha dado una entrevista en todo este tiempo? ¿Por qué no gritarlo a los cuatro vientos? ¿Por qué pasar callado veinte años en la cárcel?
Manuela se recostó en la silla con un brillo de euforia en la mirada. Hasta ahora había tenido dudas de si Clara seguía siendo la misma de antes o no. Su pregunta las acababa de disipar.
—Eso es lo que tendrás que averiguar.
Clara asintió, más excitada de lo que estaba dispuesta a admitir.
—Empezaré por revisar la versión oficial del caso. Quiero estudiarla y ver si tiene grietas.
Manuela alzó la mano y pidió otra botella de vino.
—Entonces, vamos a por todas —concedió satisfecha—. Tráeme pruebas sólidas y te daré las tres páginas del artículo central, además de la portada.
Ya sola, de camino hacia la parada de taxis, Clara se detuvo junto a una plazoleta. Unos niños jugaban a la pelota y la tapia pintarrajeada les servía de parapeto a los que, sentados sobre los montones de carteras escolares, hacían de espectadores. Los empujones, las carreras y los gritos alegres llenaban la calle. Clara añoró algo inconcreto.
La risa de un niño le quita gravedad a cualquier otra cosa.
Aquella noche, en la habitación de un discreto hotel de la periferia, no logró conciliar el sueño. Fumaba con el brazo fuera de la ventana para no hacer saltar el detector de humos, atenta a los peatones y a los coches que circulaban por la calle, cuatro plantas más abajo.
Pensaba en él. No quería hacerlo, pero tampoco quería evitarlo. Su imagen se proyectaba en la nada bajo las farolas, como si cualquier transeúnte pudiera encarnarlo. Lo imaginaba sentado ahí mismo, en el bar de enfrente, vigilándola para hacerle sentir ese frío intenso que transmite una estatua de mármol o el fuego antes de abrasar la carne. Sin juzgarla. Sin comprenderla. Al repasar los últimos ocho meses, se daba cuenta de que a su lado todo había sido estar viva y muerta, amar lo que se teme, temer lo que se ama, desear y repudiar en el mismo gesto, en el mismo instante. Querer huir y quedarse, caer en un pozo sin fondo, un vértigo permanente. Esa había sido la locura en la que había estado inmersa, y ni siquiera ahora se atrevía a aventurar qué era lo que realmente sentía.
En la mesita de noche estaba la libretita con las tapas de cuero que le había robado antes de marcharse. No sabía lo que significaban todas aquellas cifras y claves alfanuméricas, ni las iniciales asociadas a cada una en la columna derecha, pero sabía que eran importantes para él, tanto como para arriesgarse a ir a Chipre y romper el pacto con Virginia Ortiz y con los italianos. No era difícil imaginar lo que estaba dispuesto a hacer — lo que le haría a ella— para recuperarla. Contaba con ello y estaba asustada, pero no se arrepentía.
El único consuelo de tener un plan era que, una vez puesto en marcha, era demasiado tarde para arrepentirse.
Se apartó de la ventana y se concentró en las notas que le había pasado Manuela. Centrarse en la investigación que le había propuesto, la desaparición de los niños Vera, volver a sentirse periodista, era lo mejor para ahuyentar las demás hipótesis.
Sobre el papel el caso no admitía demasiadas especulaciones. Las pruebas contra José Luis Vera eran abrumadoras, pero Clara confiaba en el instinto de su amiga. Ambiciosa o no, Manuela Juan era una periodista de investigación excepcional. Si ella decía que ahí había algo que no cuadraba, debía escarbar hasta encontrarlo.
Apenas pensó en el hecho de que la fuente anónima solo quisiera ponerse en contacto con ella. A veces, los demás se forjan una idea equivocada de uno, le creen capaz de hacer aquello que ellos no se atreven a hacer, le otorgan poderes sobrenaturales.
Tarde o temprano, esa fuente contactaría con ella.
3
El agente inmobiliario conducía deprisa, estudiando por el retrovisor a la mujer en el asiento de atrás. Apenas había hablado durante el trayecto, se limitaba a observar con gesto pensativo el paisaje con la ventanilla a medio bajar. El agente se preciaba de calar rápido a la gente, al tipo de cliente con el que debía tratar, pero con aquella mujer no sabía a qué atenerse. Había entrado en la inmobiliaria con las ideas muy claras sobre lo que estaba buscando, de hecho le había dado la dirección exacta sin querer valorar otras opciones. Sin embargo, mientras estudiaba sus reacciones, el agente temía que se echara atrás ante los carteles oxidados a lado y lado de la carretera, los jardines descuidados y las promociones abandonadas a medio construir, de modo que trataba de distraer su atención.
—¿Ya conocía la Montaña? ¿Había vivido aquí antes? ¿Tal vez algún familiar?
La mujer movió la cabeza negativamente sin apartar el rostro de la ventanilla. Con un gesto despreocupado abrió el bolso de mano y sacó una cajetilla de SAX. No preguntó si podía fumar. El agente inmobiliario tampoco le pidió que no lo hiciera. Algo le decía que ella no le habría hecho caso.
—Esta es la mejor parte de la urbanización, la mayoría de los vecinos compraron al principio, en los años noventa. Aquí viven todavía abogados, profesores universitarios, incluso tenemos a un cardiólogo… Familias que se mudaron de la ciudad para criar a sus hijos en un entorno tranquilo y bien comunicado. El pueblo está a unos diez minutos, pero aquí disponen de todos los servicios.
Decidió callarse, de nada servía venderle las bondades del lugar. Ella no le estaba escuchando.
Por fin apareció la calle Amadeus. El agente inmobiliario redujo la marcha para sortear los socavones del asfalto maltrecho y se detuvo frente a los adosados del número 32.
—Pues aquí es —dijo, volviéndose hacia la mujer con su mejor sonrisa, aunque no lograba disimular su inquietud. Era difícil ocultar que los buenos tiempos de esa calle habían pasado; ambas fachadas presentaban grietas alarmantes, mal tapadas con revoque y una capa de pintura reciente, los patios anteriores acumulaban hierbajos y el entramado del parterre se pudría desde dentro.
Nada de eso pareció desanimar a la mujer, que bajó del coche y contempló ambas casas sin que su expresión delatara impresión alguna.
Miraba en concreto hacia una de las ventanas del piso superior del 32A.
—¿Quién es?
El agente inmobiliario se volvió en esa misma dirección con un gesto de incomodidad. Una mujer de unos sesenta años con el pelo muy largo y blanco se había asomado tras la cortina. Tenía un parche en el ojo derecho. Al verse descubierta, la mujer se apartó bruscamente de la ventana y echó la cortina.
—Es Marta Beltramo, la vecina. Vive con uno de sus hijos, Gianni. Su familia fue la primera en instalarse en esta calle hace veinte años — respondió con rapidez, como si quisiera eludir la cuestión. Sacó un manojo de llaves y la invitó con un gesto un tanto perentorio hacia la cancela contigua. Se apresuró a explicarle que el otro adosado tenía un jardín bastante más grande y que el interior apenas necesitaba reformas.
Aquella afirmación era demasiado indulgente con la realidad. Decir que aquella casa apenas necesitaba reformas era tanto como afirmar que un enfermo terminal ya no requiere paliativos. Las capas de pintura blanca y la limpieza con lejía industrial no podían ocultar que llevaba mucho tiempo deshabitada, tanto como para olvidar cualquier sensación de hogar que hubiera tenido. El parqué se hinchaba, la cocina era vieja y destartalada, la ducha goteaba y el aire se filtraba por las juntas de las ventanas, la mitad de las puertas estaban desconchadas y el jardín se había convertido en una selva donde dormitaban los gatos callejeros.
Clara recorrió las estancias con aire ausente.
—¿Quién vivía aquí? —preguntó con un calculado tono neutro.
El agente inmobiliario movió las manos con una gesticulación nerviosa. Varios propietarios, dijo, gente que no se había quedado mucho tiempo. Habían entrado en una de las habitaciones. Clara acarició con aire distraído la superficie de la pared. Aquella debió de ser la habitación de uno de los niños, quizá Sergio, tal vez Patricia.
—Tengo entendido que pasó algo terrible en esta casa. Unos niños que desaparecieron.
El agente inmobiliario palideció.
—No sabría decirle —titubeó—, algo he oído, pero fue hace mucho. Yo ni siquiera trabajaba en la inmobiliaria.
Clara asintió sin prestarle atención a su mentira. De nada iba a servir presionarle. Aquel pobre idiota solo pensaba en la comisión que se le escapaba. En cualquier caso, ya había visto lo que necesitaba.
Al volver a la calle, el frío de febrero la abofeteó en la cara. Arriba, en la cima de la montaña, empezaba a formarse la tormenta.
Frente a ella, junto a la cancela vecina, un hombre joven la examinaba con curiosidad, no exenta de cierta displicencia. Era corpulento, tenía la cabeza afeitada y todo el cuerpo, incluido el cráneo, cubierto de tatuajes. Pese a la época del año, solo vestía una camiseta de tirantes y un pantalón deportivo corto. A su derecha, sujetaba con firmeza por la correa un espectacular macho de lobo checoslovaco.
Clara intentó no sentirse intimidada.
—Bonito perro —dijo sosteniéndole la mirada.
El joven asintió despacio, observando alternativamente al agente inmobiliario y a la desconocida al tiempo que acariciaba la cabeza del animal. Una sonrisa desagradable se le dibujó entre la dentadura mellada.
—¿Piensa instalarse aquí?
Clara le devolvió la sonrisa. Lentamente, la mirada descendió hacia el perro.
—Lo estoy pensando.
El joven abrió su cancela y empujó con un gesto suave al animal hacia dentro. Esperó a cerrar para volverse hacia ella.
—Algo me dice que este no es su sitio.
—¿Y eso?
El joven se encogió de hombros.
—Nadie se queda mucho tiempo. ¿No le han dicho que en esa casa hay fantasmas?
Clara se volvió con una mirada divertida hacia el agente inmobiliario, visiblemente incómodo.
—No me lo han mencionado.
—Los hay, se lo aseguro —insistió el joven—. Y son muy exigentes con los inquilinos que aceptan.
Clara vio la oportunidad. Sacó la cajetilla de cigarrillos y le ofreció uno.
—Quizá podrías hablarme de esos fantasmas.
El joven declinó la invitación. No fumaba, y en cuanto a los fantasmas del adosado 32-B, no les gustaba que se hablara de ellos. Eran celosos de su intimidad.
De regreso hacia el pueblo, el agente inmobiliario conducía con cierto desánimo. Aun así, hizo una última intentona.
—Ya ha conocido a Gianni Muñoz Beltramo. Por supuesto, todo eso de los fantasmas es una estupidez. No le haga caso, es un chico con ciertos problemas.
—¿Qué clase de problemas?
—Ya sabe… Dicen que no está bien de la cabeza, problemas con las drogas.
El agente inmobiliario se dio cuenta demasiado tarde del error que acababa de cometer. No se le dice a un futuro cliente que su hipotético vecino está como una puta cabra. Intentó enmendarlo con torpeza, pero Clara ya no le escuchaba.
Sentada en el sillón, Marta Beltramo observaba al lobo checoslovaco, que a su vez la observaba a ella desde el rincón donde tenía su manta. Odiaba a aquel perro y estaba segura de que el sentimiento era mutuo. Gianni preparaba café en la cocina.
—¿Se va a quedar?
El joven apareció con la cafetera y un trozo de pan duro que el animal cazó al vuelo.
—Lo dudo —dijo, sirviéndole el café a su madre en una taza de porcelana con una cenefa de lazos morados. Se había puesto el mono de trabajo y en el bolsillo posterior asomaban los guantes.
—¿Debería avisar a tu hermano?
Gianni bebió su propia taza de pie, con prisa. Miró a su madre con aire despectivo.
—Que tu hijo sea cura no significa que pueda hacer milagros.
Marta Beltramo trató de contener la ira que experimentaba cada vez que Gianni fingía que nada importaba para él.
—¿Y eso qué significa?
Gianni miró a su perro y este se puso en pie inmediatamente con las orejas alerta.
—Que lo que tiene que pasar, acaba pasando… Tengo que ir a trabajar.
—Es sábado… ¿Crees que no sé a dónde vas en realidad?
Gianni no respondió. Dejó la taza en la mesa y se dirigió hacia la puerta seguido por su lobo.
—Ten cuidado con la cafetera. Está hirviendo.
El cementerio antiguo contaba desde los años setenta con algunas edificaciones de nichos en la explanada que se extendía más allá del declive y, junto a la moderna sala de vigilias, con una capilla propia que solo se utilizaba en los días de sepelio si así lo solicitaban los familiares del difunto. Recientemente se había instalado un pequeño crematorio y un columbario para quienes elegían la incineración. Una verja blanca de medio metro custodiada por dos figuras bastante groseras de arcángeles separaba esa parte del viejo camposanto, que ya apenas se usaba, y donde la maquinaria de los entierros y la caseta del encargado convivían con sepulturas en la tierra cubiertas de maleza y lápidas rotas cuyos nombres se habían borrado hacía mucho.
El encargado del cementerio se llamaba Júcar. O, al menos, todo el mundo le llamaba así. Apenas había cumplido los cuarenta pero parecía mucho más viejo. Tenía un cabello raquítico que se esforzaba en repartir por la superficie del cráneo para disimular las calvas crecientes y su andar era rechoncho y vacilante, siempre cabizbajo y con su inseparable cigarrillo colgando de los labios. Pese al sobrepeso tenía la cara demacrada, poco más que un cartílago tachonado de manchas oscuras. No era de hablar mucho, algo bueno tenía vivir entre los muertos.
Ya pensaba que Gianni no se presentaría cuando oyó el motor de la vieja Derbi y lo vio aparecer en el sendero de los cipreses. Júcar salió a su encuentro con pasos cortos, como si tuviera los pies atados o se estuviera meando. Gianni aparcó la moto y le saludó de lejos.
—Llegas tarde.
—Tenía algo importante que hacer.
Júcar no estaba de buen humor.
—¿Más importante que lo que tenemos entre manos?
Gianni se encogió de hombros. No era sencillo definir con exactitud la clase de relación que le unía al sepulturero. Se habían conocido en Chefchauen unos años atrás y allí habían tenido que hacer de la necesidad virtud, pero eso no los convertía en amigos. Que Júcar hubiera decidido regresar a la Montaña con él había sido una decisión enteramente suya.
Para Gianni, los negocios solo eran negocios.
—Estoy aquí, ¿no?
—Escucha, esto no es como en el Rif. Esta gente es peligrosa de verdad, y no parece que te lo estés tomando en serio, Gianni.
Gianni se lo quitó de encima con un gesto de impaciencia. Júcar tenía la boca demasiado grande y la lengua demasiado larga. Quizá debería haber permitido que aquellos traficantes de Chefchauen a los que estafó se la cortaran. Se detuvo a considerarlo un momento, lo miró e imaginó que no le oía decir estupideces, solo veía cómo se movía la boca sin emitir sonido alguno.
—¿Dónde está?
Júcar señaló uno de los edificios de nichos.
—Acabo de cerrarlo.
Caminaron juntos hasta allí. Gianni trataba de adecuar su paso al del sepulturero. Siempre había pensado que era imposible tomar en serio a alguien que caminaba de ese modo. Se detuvieron frente al nicho número 234. La lápida era de alabastro con letras doradas:
ANTONIO MUÑOZ MANZANEDA
1946-1992
Júcar ya había sacado la piqueta. Gianni le pidió que esperase un momento. Acarició el relieve grabado en la piedra.
—Hola, papá.
4
No tardó en correrse la voz de que había una forastera haciendo preguntas sobre la desaparición de los niños Vera. Pero no iba a resultarle sencillo resucitar a los muertos. Ya nadie recordaba en la Montaña aquel suceso, excepto los más viejos, y estos preferían no recordar. Nadie quería hablar de esas criaturas ni de la desgracia que sobrevino después.
Y los que estaban dispuestos a hacerlo eran partidarios de rebobinar para explicarle que antes de la fiebre del ladrillo la Montaña era un lugar hermoso. Contaban que el pinar llegaba casi hasta la ermita que coronaba la cima y que por el sendero era común cruzarse con algún zorro o ver entre la maleza a un corzo asustadizo. Antes de que los cauces se perdieran, bajaban arroyos que nacían en la fuente natural de la Candelaria, el agua era buena para beber, y había quien se daba la caminata para cargarse de garrafas que bajaban a peso hasta el llano, porque entonces no había carretera. Hubo épocas en las que nevaba casi todos los inviernos y el ibón aguantaba helado hasta finales de marzo, derritiéndose a tiempo para la romería del santo; las familias subían mesas de plástico y sillas y se instalaban ahí arriba todo el fin de semana. Si hacía bueno, los más jóvenes dormían al raso —o no dormían, perdiéndose entre los pinos o detrás de la tapia de la ermita— y los mayores se las apañaban apretujándose bajo las cubiertas de lona y las mantas. En esas tiendas y entre los pinares se hicieron más niños que en las camas del pueblo. En la Montaña todos tenían grabada una noche que añorar o de la que avergonzarse.
—En la romería la gente bebía más de lo que el hígado aguanta. Unas veces era para bien, otras para mal, si usted me entiende.
Desde lo alto se veían toda la llanura y las hileras de olivos, miles de ellos, ordenados como para una parada militar, y unas pocas casas, diseminadas aquí y allá. Una pista forestal dejaba el pueblo a la derecha y descendía con suavidad rectilínea hacia el embalse. En aquella época había un pequeño camping y un estacionamiento de tierra para las autocaravanas de los extranjeros, pocos entonces, que llegaban atraídos por aquel paisaje, sin un solo restaurante o chiringuito en muchos kilómetros a la redonda.
—Hasta donde la vista alcanzaba, todo era una pintura viva. Uno podía quedarse horas mirando cómo cambiaban los colores de tonos, rojos, azules y verdes, mientras se ponía el sol.
Visto lo que era ahora la Montaña, a Clara le parecía que los viejos exageraban las bondades del pasado y que lo hacían por despecho, como si les hubieran arrebatado algo que les pertenecía. En el bar de la plaza donde se había acostumbrado a tomar el café, colgaban fotografías de aquellos años, que algunos contemplaban con nostalgia, como si pudieran mirar por una ventana y ver lo mismo que entonces.
Aunque no todos compartían esa visión idílica del pasado.
—Antes de que construyeran la salida de la autopista, aquí se estaba lejos de todo —rememoraba uno de los asiduos—. No había ni un dispensario, los niños se caían de la vida como higos antes de madurar.
—No seas exagerado, Damián —le reprochaba otro parroquiano—. Lo pintas como si fuera esto Zimbabue.
—¿Exagerado? —se exasperaba el otro—. Si no quiere creerme dese un paseo hasta el cementerio viejo, donde trabaja ese inútil de Júcar, y cuente las lápidas de los que no pasaron del primer año. No le llegan las dos manos… ¡Exagerado, dice este! Mire usted, todo eso de la estampa bucólica y pastoril está muy bien, pero del aire no se come, y del paisaje, tampoco. Lo que necesitábamos era progreso, tiendas, servicios, alumbrado y escuelas. De no ser por el ladrillo, aquí no quedaban ni las ratas.
A finales de los años ochenta, el plan urbanístico se acababa de recalificar y todavía se estaban colocando las vallas publicitarias de las primeras promociones de viviendas: adosados de 180 metros cuadrados con un pequeño jardín trasero, piscina, garaje, tres habitaciones y dos baños. La futura calle Amadeus, donde vivirían los Vera, solo existía en los planos, era aún una ligera pendiente sin asfaltar que descendía de norte a sur, desde el futuro polideportivo hacia la futura rotonda, en la que acabaría colocándose una más que cuestionable escultura de Amadeus Mozart encargada a un artista local —y cuyo coste, salido del erario público, provocaría un escándalo que terminaría con el alcalde y el concejal de Urbanismo sentados en los juzgados unos años después—, y donde faltaba parte del alumbrado, de las aceras, las alcantarillas y los repetidores de telefonía y televisión, las grúas trabajaban sin cesar, los operarios doblaban turnos, incluso de noche, el ruido era ensordecedor y el trajín de camiones y excavadoras incesante.
—Nos cortaron el pinar a rodajas, como una sandía. ¿Se lo puede creer? El bosque entero convertido en parque, domesticado. Hasta trajeron en camiones esos laureles gigantes de la plaza. No son de la zona y se comen todo lo que crece alrededor. Luego se inventaron lo de la plaga de la cochinilla para arrasar sin piedad con los olivares.
La alteración del paisaje también mudó radicalmente el carácter de sus habitantes, como si todos hubieran enloquecido de la misma fiebre; los campesinos ya no querían trabajar su propiedad, sino venderla al mejor postor, los chicos de dieciséis años abandonaban los estudios para enrolarse —sin contrato— en la construcción, la antigua ferretería del pueblo dobló sus precios y amplió el negocio comprando el local adyacente, donde ahora vendían, además de tornillos y arandelas, baños de último diseño, chimeneas y barbacoas eléctricas. Los bares de la plaza del Agua cambiaron las sillas de plástico con anuncio de Coca-Cola o la Menorquina por otras más elegantes, remozaron las fachadas y pusieron toldos nuevos y ahora los camareros tenían que ir de uniforme y ya no había menú del día en las pizarras. Aparecieron nuevos negocios, sucursales bancarias, un veterinario para mascotas que ofrecía servicio de peluquería, una parafarmacia que vendía productos homeopáticos, incluso un gimnasio en el que podían adquirirse proteínas en polvo y todo tipo de aminoácidos. En las afueras, donde el antiguo caserío abandonado de Can Paterna que los chicos siempre habían usado para jugar y buscar fantasmas, una empresa de ocio inauguró una discoteca con tres pistas y un aparcamiento.
—Eso es verdad, pero no todo fue tan malo. Se abrió el ambulatorio, hasta con servicio de urgencias, se compró la ambulancia nueva, se puso la biblioteca y se arregló el viejo cine, que llevaba lustros cerrado. Se cambió el pavimento de la plaza Mayor, se puso el alumbrado en todas las calles del pueblo y hasta recogida diaria de la basura tuvimos. Era un gusto pasearse el sábado por la tarde y ver a tanta gente arriba y abajo, matrimonios jóvenes con sus hijos mirando tiendas, llenando las terrazas.
—¿A qué precio tuvimos todo eso? —se quejaba otro.
—Se empezó a vivir bien, así que ya me dirá usted si cortar unos árboles que ya no rendían o vender unas tierras que solo traían amargura fue tan terrible.
—Al final, el tiempo pertenece a los jóvenes y a sus ambiciones — asintió otro, y en eso estuvieron todos de acuerdo.
Fue en el pleno apogeo de aquella efervescencia cuando empezaron a llegar los primeros propietarios de las nuevas casas.
—Antes de los Vera llegaron los Muñoz Beltramo, los del adosado 32A. Fueron la atracción del momento.
Todavía se acordaban del camión de la mudanza que se detuvo en la calle Amadeus. Le seguía un Ford Taurus del noventa color verde plateado que conducía Marta, la mujer. Tenía entonces unos cuarenta años, y a todo el mundo le llamaron la atención dos cosas. La primera fue su aire de modelo salida de la portada de la revista Vogue: extremadamente delgada y muy alta —varios centímetros por encima de su marido, pese a calzar unas bailarinas—, con un pantalón Chantal Thomass de color crema a juego con el bolso y la chaquetilla corta que llevaba puesta. La segunda cosa que dejó a los curiosos pasmados fue el parche de terciopelo que le tapaba el ojo derecho.
—Le aseguro que ese parche no le restaba un ápice de belleza, más bien, todo lo contrario.
—¡Sí que estaba buena, la muy jodía! —Todos rieron el comentario—. Si hasta hubo quien afirmaba que, en realidad, no le faltaba un ojo ni le pasaba nada, que ella lo usaba para darse un toque de misterio que multiplicaba su atractivo.
En cuanto al marido, Antonio Muñoz, era de apariencia más sobria. Aquel día llevaba puesto un polo de color verde y unas bermudas que dejaban a la vista un cuerpo trabajado en el gimnasio y unas piernas vellosas y de músculos de corredor de maratones; algo mayor que ella, debía de rondar los cincuenta, el cabello y la barba canosa, perfectamente recortada. Bajó del coche observando con cierta indiferencia el que iba a ser su futuro hogar. Correspondió con la misma desgana al beso de su esposa y enseguida se dirigió a los operarios de la mudanza para darles indicaciones. Su tono era desagradable, seco, directo e intransigente.
En lo que a él se refería, las opiniones en el pueblo sonaban menos unánimes:
—Era un arrogante, uno de esos clasistas de ciudad que jamás devolvía el saludo si alguien se le cruzaba por la calle a menos que esa persona tuviera cierta relevancia a sus ojos, cosa que rara vez ocurría. Al alcalde y al concejal de Urbanismo bien que los saludaba y les estrechaba la mano. Hasta con aquel cura del Opus, monseñor Ricart, se entendía.
Otros, en cambio, disculpaban, e incluso aplaudían, esos rasgos de su carácter y preferían realzar ciertas cualidades que acabarían redundando en beneficio del pueblo.
—¡Eso no es así! El abogado no era de ir limpiando con la lengua botas de concejales, de empresarios locales o de autoridades, eso seguro. Eran ellos los que venían a pedirle favores, hasta monseñor Ricart lo hacía… Y él se dejaba querer. Si quiere llamar a eso soberbia, soberbio era. Pero encontrará muchos a los que echó una mano discretamente con pleitos, permisos y burocracia… Eso por no hablar de que trajo un poco de tono y de clase a esta mierda de pueblo. —Lo de su muerte fue una tragedia.
—Muerte accidental —apuntó alguien con cierta sorna.
Aquel día había mucha niebla. La noche anterior había llovido y el andén del apeadero de Gualba estaba resbaladizo. Por alguna razón, Antonio Muñoz se acercó demasiado al borde y resbaló justo cuando transitaba por la vía un tren de mercancías. El maquinista no pudo hacer nada, ni siquiera se dio cuenta de lo ocurrido hasta varios cientos de metros después.
—Todo el mundo lloró su pérdida. Sobre todo porque dejaba viuda y dos chicos todavía muy jóvenes. Gianni y Luca, los gemelos, de unos diez u once años. La gente tardó semanas en aprender a distinguirlos, pero a poco que empezaron a fijarse, las diferencias se hicieron evidentes.
—Nada es exactamente igual a sí mismo, ¿sabe? Esos chicos eran asimétricos, como nuestra cara; en cuanto a quién prefería la gente, hay distintas opiniones: hay quien prefiere ofrecer el perfil derecho para las fotos y quien prefiere el izquierdo.
—Y qué me dices de los nombres de los críos, ¿eh? No podían llamarse Luis y Pepe, como cualquier hijo de cristiano.
—No seas tan mala entraña… Lo de los nombres italianos fue una ocurrencia de la madre en homenaje a sus remotos orígenes piamonteses.
De la aristocracia venía.
Alguien soltó una risotada sarcástica:
—Esa es más de Valdepeñas que tu hermana, te lo digo yo. Se inventó lo de sus orígenes principescos para que se le quedara el mote de la Señora.
Ambos chicos compartían una belleza un tanto andrógina, mezcla indecisa de Agyness Deyn y Daniel Furlong, el mentón y los pómulos angulosos, sus mismos huesos largos, los labios sutilmente perfilados y los ojos vastos y oscuros, la dureza de la nariz, las cejas espesas y una mata de pelo rebelde. Como un castigo, vestían la misma camisa, los mismos pantalones y la misma chaqueta. Su madre, obsesionada en convertirlos en la misma cosa, solo les concedía la singularidad de calzar zapatillas de colores y marcas distintas. A Luca le gustaba el color azul de New Balance; Gianni prefería el blanco con trazas negras de Adidas. Uno se ataba los cordones con una perfecta lazada doble, el otro prefería esconderlos bajo la lengüeta. Lo que la madre no lograba borrar, pese a su empeño de hacer de dos uno, era la sutil línea que separaba a ambos hermanos. Esa delgada frontera, invisible para la mayoría, se manifestaba en el modo de moverse, de mirar, de callar. Gianni parecía apostar por la felicidad, era curioso e inquieto, sus gestos tenían un brío nervioso que solo se contenía frente a la mirada severa de su madre. Luca era más apocado, prudente, atento a lo que le rodeaba, como si en todo viera una amenaza o una pérdida. Antonio, el padre, sabía de sobra que, a menudo, su mujer utilizaba a Luca para hacerle llegar mensajes y reproches que iban dirigidos a él.
La mudanza ocupó buena parte del día. Algunos muebles venían del piso de la calle Rocafort que los padres de Antonio le habían dejado en herencia, y donde habían vivido desde que se casaron. Eran muebles pesados, grandes y antiguos, que desprendían un olor a iglesia y a oscuridad mohosa que ofendía a Marta. Al mudarse, ella esperaba también poder desprenderse del legado de sus suegros, pero Antonio se había negado a abandonar el chifonier, los armarios o la gigantesca mesa del salón. Al menos, tras negociar y llegar casi al berrinche, ella había logrado un acuerdo razonable: la cama era nueva, las habitaciones de los niños también, como el tresillo y el vestidor que los operarios habían empezado a montar en la habitación que apuntaba hacia el este, junto al dormitorio principal. La Señora —como pronto se la conocería— odiaba las habitaciones lúgubres, por eso había insistido tanto en quedarse con el adosado 32-A, a pesar de que el jardín del 32-B era mucho más grande.
Necesitaba que la casa entera se bañara en la luz, desde el amanecer hasta el atardecer.
Antonio había aceptado sus condiciones con un encogimiento de hombros. Y del mismo modo aceptaría, con cierta sorna, la adenda que su mujer añadió a última hora: nada de crucifijos ni de imágenes de santos; en cuanto a los óleos horrorosos que su suegra coleccionaba y a los cuadros de retratos familiares, irían todos a parar al garaje. Tal vez no podría deshacerse de ellos de manera inmediata, pero mandarlos allí era la antesala del vertedero. Quizá cuando Antonio superase el duelo por la muerte de sus padres y ya no sintiera la necesidad de aferrarse a las cosas que se los recordaban.
—La verdad es que ese hombre era un calzonazos. En esa casa, quien llevaba los pantalones era ella.
En lugar de crucifijos, budas de madera de sándalo; en vez de naturalezas muertas y bodegones, litografías y cuadros de Lita Cabellut y Georgia O’Keeffe. Sofás de piel crema, grandes cojines con mandalas bordados en Bombay, lámparas minimalistas, cerámicas de Bordallo Pinheiro y dos gigantescas alfombras Volcano Rug y Ralph Lauren… Una fortuna con la que comprar un nuevo paraíso.
—El marido debía de pensar que si le concedía todos los caprichos salvaría su matrimonio.
—Pues así les fue —acabó murmurando uno.
—Una desgracia… Toda una desgracia lo que pasó —asintió otro.
Ya nadie siguió hablando. De manera más o menos disimulada, las miradas se fueron para la puerta del bar, por donde asomó un hombre avejentado con una barba de semanas y la mirada taciturna. Tenía las uñas sucias y vestía ropa vieja. Casi parecía un pordiosero.
—¿Quién es? —preguntó Clara.
Uno de los ancianos tocó la muñeca de Clara y la acercó a la confidencia:
—El mismísimo diablo. Ese es José Luis Vera.
Otro le desmintió.
—Ese no puede ser Vera.
—Te digo que es él, lo han soltado. —El que hablaba tenía una expresión feliz, le encantaba ser portador de chismes, especialmente si acarreaban malas noticias. Lo suyo era vocación de ángel anunciador, un ángel del apocalipsis.
En la Montaña no era posible el secreto. Las piedras y los pinos conocían las noticias antes de que el eco se propagase por el valle. En poco tiempo, todo el mundo supo que el padre asesino de los niños Vera había vuelto al lugar de su crimen. Unos decían que lo habían visto entrar en la ferretería del pueblo, que había comprado herramientas —una pala, un pico—, otros aseguraban haberse cruzado con él en el supermercado avituallándose como si se preparase para la guerra, en la sucursal del banco, en el estanco, incluso se le había visto rondar por la calle Amadeus y detenerse un buen rato frente a su antigua casa, el adosado del 32-B.
—Qué desvergüenza, volver aquí después de lo que hizo. ¿Qué viene buscando?
En el bar, los viejos lanzaban sus pronósticos.
—Ese viene buscando venganza. No se olvida de que Marta Beltramo y Bernardo Sanabria declararon en su contra.
—He oído que lo primero que ha hecho ha sido subir al cementerio y escupir en el nicho donde está enterrado Antonio Muñoz.
—Peor, el sepulturero dice que lo ha visto bajarse los calzones y cagarse ahí mismo.
—¿Júcar? Ese es un embustero y un liante. Ni caso.
Las exageraciones se empujaban unas a otras hacia el exceso. Que si había conseguido una escopeta de caza, que si había hecho acopio de latas de gasolina para quemarle la casa a la viuda… Solo unos pocos trataban de mantener la sensatez.
—Ese hombre ha cumplido su condena. Veinte años de cárcel son muchos años, suficientes para arrepentirse y querer pasar sus últimos días en paz.
Esa teoría era refutada con vehemencia por los apóstoles de la tragedia. En primer lugar, afirmaba algún entendido sin título, la gente no cambia.
—Si de verdad hubiera cambiado habría confesado dónde escondió los cuerpos de los niños.
—Y si lo que quiere es hacer borrón y cuenta nueva, a santo de qué ha regresado a la Montaña.
—¿No tenía otro sitio para instalarse? Os digo que es una provocación, su presencia es una amenaza clarísima.
—¿Y qué va a hacer, matarlos a todos? ¿Tú te crees que los hijos de Marta se van a quedar cruzados de brazos?
—De Luca no hay que preocuparse, el párroco no es de mala sangre y ya tiene lo suyo con todo el jaleo de la ermita y la visita del papa. Al que hay que vigilar de cerca es al otro, a Gianni. A ese muchacho no hay que echarle una cerilla para que se prenda. Es un polvorín andante.
—Aquí va a pasar una desgracia. Os lo puedo asegurar.
Y en eso todos estaban de acuerdo.
5
José Luis Vera buscaba una intención en el ocaso, algo en las nubes rojizas antes de que cayera la oscuridad. Se preguntó si llovería. La lluvia no le molestaba. Traía aromas nuevos, a veces una sensación de limpieza. De niño le gustaban las tormentas eléctricas y los truenos. El miedo llegó después. Contemplar el paisaje desde la silla vieja del porche le hacía sentirse viejo. No le parecía mal hacerse viejo aunque no hubiese cumplido los sesenta años. Podía fumar y beber cerveza caliente sin pensar en el tiempo que le quedaba, sin preocuparse por las cosas que estaban por venir.
En aquel lado de la montaña los troncos de los árboles eran más oscuros, la niebla siempre resbalaba por esa ladera y los prados eran más verdes. A veces la humedad era tal que esponjaba la tierra. Por eso nadie la cultivaba —todo se pudría— y nadie quería vivir a ese lado de la carretera. Era el lugar perfecto para él. Lejos. Le gustaba la soledad, la ausencia de otras presencias. Era un lujo del que no había podido disfrutar durante casi veinte años. Olerse solo a sí mismo, escuchar su propio silencio. Sin gritos, sin pasos en la galería, sin sonidos de verjas abriéndose y cerrándose. Una sensación extraña y maravillosa a la que costaba acostumbrarse.
Ahora pensaba en cosas pequeñas. En reparar la caldera, en enderezar la valla que bordeaba la finca, en taponar las goteras del techo o en cambiar los neumáticos de la maltrecha furgoneta que había comprado. En qué cocinar, qué leer, qué música escuchar, cómo pasar las horas de insomnio. Ni siquiera había conectado a la corriente el televisor y no se había preocupado de comprar un teléfono. El mundo de fuera ya no le interesaba.
Excepto por una sola cosa. Esa cosa no había podido olvidarla ni arrancarla de sus tripas. Ni en la cárcel ni ahora. Esa cosa se iría con él a la tumba. La tenía —literalmente— tatuada en la piel de su antebrazo izquierdo. Los nombres de sus hijos.
El sol ya se había puesto. El frío empezaba a entumecerle y no le quedaban más latas de cerveza a mano. Seguir allí o marcharse daba lo mismo, pero, aun así, se puso en pie y pensó que valdría la pena preparar unas alubias en el fogón —no recordaba si había probado bocado en todo el día— y tal vez leer a la luz de las velas unas páginas de ese libro viejo que había encontrado en un contenedor hasta quedarse dormido. Los hábitos de la cárcel eran difíciles de borrar: ir a dormir cuando se pone el sol y hacerlo con un ojo abierto, como dicen que hacen las ballenas.
Iba a entrar en la casa cuando oyó el sonido de un motor, y luego vio los faros de un vehículo que se acercaba desde el desvío de la carretera. A veces ocurría que algún conductor se despistaba y tomaba el sendero por error, aunque enseguida daba media vuelta para regresar a la carretera; sin embargo, esta vez los faros avanzaban en línea recta. Lo hicieron hasta estar tan cerca que le obligaron a protegerse los ojos con la mano.
Del coche bajó una mujer con aire decidido. Aire de ciudad.
—¿Es usted José Luis Vera? —preguntó desde la valla, todavía con la puerta del coche abierta y el motor en marcha.
Podía tratarse de alguien del juzgado. Libre o preso, nunca le iban a dejar en paz.
—¿Quién lo pregunta?
La pregunta era la respuesta. La mujer apagó el motor y cruzó la valla sin pedir permiso. Solo la detuvo el fango que la separaba del porche. Sus zapatos eran demasiado bonitos.
—Soy Clara Fité, periodista. Estoy escribiendo sobre la desaparición de sus hijos y me gustaría hablar con usted.
Buitres y carroña. Nunca se cansan.
—Váyase.
No pensaba irse. José Luis Vera la vio mirar el fango con aprehensión, calcular el paso largo y dar ese saltito adelante que no pudo evitar que se le hundiera el tacón. Casi pierde el equilibrio. Eso le habría gustado. Ver a un cerdo rebozado en la mierda.
—Solo le pido que escuche lo que tengo que decirle. No es necesario que hable si no quiere.
Una sombra de duda le recorrió el rostro. No, todos eran iguales. Te camelan, te utilizan, pero a ninguno le interesa la verdad.
—¡Lárguese de mi propiedad! —repitió dándole la espalda.
Clara lo intentó a la desesperada:
—¡Puedo demostrar que usted no mató a sus hijos!
José Luis Vera se detuvo. Sujetaba el pomo pero no empujaba la puerta. Dudó unos segundos. Acabó cabeceando, entró y la dejó abierta. Clara lo tomó como una invitación.
La casa era poco más que una cabaña que se caía a pedazos. Todo quedaba en penumbra salvo por la luz de una bombilla de 40 vatios que colgaba de un cable sin tulipa sobre una mesa atiborrada de todo tipo de cosas: cazuelas, tarros de conservas, herramientas y latas de cerveza. Olía a humedad. Vera le señaló con un gesto displicente la única silla disponible y él se sentó en la cama, que ocupaba el mismo espacio que la cocina y la estancia. Las sábanas tenían unas manchas repugnantes. Costaba imaginar cómo había sido la vida de aquel hombre antes de caer en semejante abandono.
—Ha dicho que iba a hablar y que yo solo tengo que escuchar. Hable, entonces.
Clara se fijó en el tatuaje que asomaba en su brazo, bajo la camisa arremangada. Sergio y Patricia, los nombres de sus hijos. Sin embargo, en la casa no había ni una sola fotografía de ellos o de su mujer.
—Tengo información que cuestiona la versión de la policía y las declaraciones de los testigos que ayudaron a condenarle —lanzó, un poco a ciegas.
—¿Información?
—Datos que no concuerdan, incoherencias en las declaraciones. Y pruebas que demuestran que en los días en los que se supone que desaparecieron sus hijos usted no estaba en la Montaña, sino en un viaje de negocios en Zaragoza.
Vera levantó la cabeza hacia una mancha de humedad en el techo. No parecía interesado ni sorprendido.
—¿De dónde ha sacado eso? —se limitó a preguntar, levantándose para buscar un cubo.
—Una fuente anónima, alguien que quiere que se sepa la verdad… Me estaba preguntando…
—¿Si soy yo su «garganta profunda»? —Siguió con la vista el reguero de humedad en el techo y colocó el cubo donde goteaba—. No lo soy.
Su falta de entusiasmo, de curiosidad, al menos, resultaba desconcertante.
—¿Por qué nunca contó su versión? Se negó a declarar en el juicio, no ha dicho una palabra en estos veinte años.
José Luis Vera pensó que por la mañana tendría que subir al tejado y comprobar si había manera de cambiar algunas tejas. Creía haber visto algunas medio enterradas en la parte de atrás.
—Las cosas son como son. Las palabras solo enredan lo que no puede cambiarse.
—¿No siente rabia, deseos de justicia, por haber pasado veinte años en la cárcel?
José Luis Vera sonrió con amargura.
—Lo único que siento es que esté sentada en mi silla y gastando mi aire mientras habla de cosas que no entiende.
—Pues haga que las entienda. Hable conmigo.
En la boca de José Luis Vera apareció un rictus de cansancio irritado.
Se arrepentía de haberla dejado entrar.
—No hay nada que usted o yo podamos hacer.
—¿De verdad no quiere saber qué pasó con sus hijos?
Vera la fijó con una mirada vidriosa. La mirada de un loco o de un mártir.
—Sé perfectamente qué les pasó. —Su voz temblaba, pero no de ira o de miedo. No había remordimiento ni duda. Solo el temblor de un movimiento muy profundo de placas tectónicas.
—¿Lo sabe?
Él se aproximó hasta estar tan cerca que podía notar el pálpito de la sangre de Clara en su cuello. La vena azulada que se dilataba al respirar agitadamente. Hubiera podido aplastarla como se aplasta una flor hermosa y dañina.
—¿Y si lo hice? ¿Y si yo maté a mis hijos? ¿No se le ha ocurrido pensarlo? Supongo que no, porque, entonces, no habría una historia que contar, ¿verdad?
Clara no apartó la vista de aquellos ojos hasta descender a sus manos crispadas que podían partirla en dos sin el menor esfuerzo. Pero lo que fuera que había nublado el juicio de Vera se esfumó de forma tan repentina como había aparecido; su rostro se relajó paulatinamente y se apartó, dejándole espacio para respirar.
—Debería irse a casa, viene tormenta y el sendero hasta la carretera no es bueno. Suele haber accidentes por aquí.
—Pero yo podría…
Vera se revolvió furioso. Sus palabras silbaron como el chasquido de un hueso al partirse.
—Lo que usted podría hacer es meterse en sus asuntos y dejarme en paz. Largo, se lo repito por última vez.
Clara movió la cabeza resignada. No obtendría nada de aquel hombre, que parecía haber perdido el juicio.
Buscó la salida con precipitación, como si la atmósfera de locura y resentimiento que se respiraba allí la estuviese ahogando. Ya fuera, se detuvo un instante y abrió la boca para llenarse los pulmones de aire fresco. Miró un instante atrás, hacia la puerta entreabierta, y vio a José Luis Vera plantado en medio de la estancia con los brazos caídos y la cabeza alzada hacia el techo.
—Pobre infeliz.
Caminó deprisa hacia su coche sin que ahora le importasen nada sus zapatos y el barro que los retenía a cada paso. Algo llamó su atención mientras buscaba las llaves en el bolso. Donde el sendero por el que había venido se transformaba en un tajo entre los pinos vio una silueta difuminada por las últimas luces del crepúsculo. Estaba lejos para distinguir sus facciones, pero no tanto para advertir que la observaba, allí plantada. De no ser por la pavesa de un cigarrillo que se dilataba y se contraía como un puntito de luz, habría pensado que se trataba de un espectro o de uno de esos fantasmas de los que había hablado Gianni. Pero, que se supiera, los fantasmas no fumaban, no en este mundo, por lo menos.
La silueta desapareció entre los pinos antes de que Clara pudiera acercarse.
Se dio cuenta de que había dejado la puerta del coche abierta y las llaves puestas. Respiró profundamente. Inspirar y espirar, dos, tres, cuatro veces. Desde el diafragma. Le habían enseñado esa técnica de respiración en la clínica de desintoxicación para controlar los ataques de pánico. Casi nunca le funcionaba. Abrió la guantera para coger la cajetilla de SAX y entonces vio la nota manuscrita.
Un papel pautado, arrancado con violencia de una libreta de anillas con cinco palabras escritas con letra meticulosa:
Ten cuidado. Te está vigilando.
6
Solían reunirse en un bajo de la calle Industria los jueves por la tarde, entre las 19.00 y las 20.00 horas; a veces, las reuniones se alargaban un poco más. Pura solía ser de las rezagadas. Soria se sentaba a esperar en un bar en el chaflán de enfrente; era un garito sucio y deprimente, pero tenía una vista privilegiada, desde la barra podía controlar el goteo de personas que iban saliendo en grupos de dos o tres.
Le pidió la segunda cerveza al chino de la barra al tiempo que le entraba una llamada en el móvil. Le pareció extraño; desde que se había jubilado el teléfono solo sonaba cuando alguien pretendía engatusarle para cambiar de compañía eléctrica o venderle alguna promoción. A veces contestaba solo para tener alguien con quien hablar, aunque la mayoría de las veces no se molestaba en responder la llamada.
Tenía que concentrarse. Pura acababa de salir en compañía de una mujer más joven. Charlaron un poco, se despidieron afectuosamente y Pura se dirigió a la parada del autobús. Soria pagó las consumiciones y se puso a seguirla.
Le pareció que su exmujer caminaba de un modo diferente, más erguida, con pasos más decididos. Como si la separación le hubiera quitado diez años de encima. Estaba guapa con el suéter beige y le sentaba bien el nuevo corte de pelo. Se detuvo delante de un escaparate de bolsos y selló una Primitiva en la administración que había frente a la parada. Estuvo esperando unos diez minutos antes de subirse al H8 en dirección al Buen Pastor. Se sentó justo detrás de la mampara del conductor, sacó una revista del bolso y se puso las gafas para leer.
Soria se situó en la parte de atrás, parapetado tras el atestado pasaje para observarla mejor. Sí, definitivamente, aquellos meses separados parecían haberla rejuvenecido. Una parte de él sintió amargura al darse cuenta de que las cosas nunca volverían a ser como antes; era lo que ella le había repetido una y otra vez por teléfono: no quería verle, no quería recuperar la relación, no le importaban sus disculpas ni sus excusas. Iba en serio, quería el divorcio. Otra parte, sin embargo, reconocía que ella estaba mejor ahora, que parecía, si no más feliz, al menos más a gusto consigo misma.
La vio alzar la vista, guardar las gafas y bajar en la parada de LimaCiudad de Asunción. En el asiento de plástico había olvidado —o abandonado a propósito— la revista que había estado leyendo. Soria tuvo tiempo de recuperarla y de saltar del autobús justo cuando las puertas se estaban cerrando. Con la revista en la mano, la siguió a distancia. No sabía por qué se comportaba como un imbécil o como un maníaco, no tenía intención de abordarla, de acosarla; solo quería asegurarse de que estaba bien, o eso era lo que se decía a sí mismo. En realidad, tenía la vaga ilusión de que ella le descubriera, de que se diera la vuelta y le abordara, aunque fuera para insultarle. Cualquier cosa menos aquella indiferencia y aquella distancia.
La ilusión se quedó en eso; Pura entró en un edificio feo de los años setenta con balcones minúsculos atestados de ropa, antenas parabólicas y toldos maltrechos. En la acera había cagadas de perro que alguien había pisado y arrastrado por el suelo, y un grupo de adolescentes fumaba y bebía cerveza en un semicírculo de ciclomotores que ocupaba el espacio de los peatones. Alrededor había naves industriales, concesionarios de vehículos y otros edificios parecidos. Más allá se veían las vías del tren, la divisoria entre el final de una ciudad y el principio de la siguiente, que, salvo por la nomenclatura de las calles, seguían siendo la misma, montones y más montones de cemento y ventanas semiciegas a las que no se asomaba nadie.
Las posibilidades de Soria terminaban en el portal. Más allá, la nueva vida de Pura continuaría siendo, por ahora, un misterio. No sabía en qué planta vivía ni cómo era su nuevo piso: el color de las paredes, los muebles, cuántas fotografías tenía o cuál sería la distribución de la ropa en los armarios. Echó la cabeza hacia atrás buscando una señal entre los balcones, una pista que le ayudase. No encontró nada.
Desarbolado como la goleta Monte Protegido —la maqueta en la que ahora trabajaba—, desanduvo el camino que había recorrido desde la parada del autobús, mirando hacia atrás cada pocos pasos, hasta perder de vista la fachada y la esperanza de que ella estuviera asomada en uno de los balcones o tras una de las ventanas.
Por curiosidad echó un vistazo a la revista que llevaba enrollada en la mano, ¡Despertad! Soria frunció el ceño al comprobar que se trataba de una publicación de los Testigos de Jehová. En su declaración de intenciones, la editorial afirmaba tener la solución a los problemas de nuestro tiempo, basada en la confianza en la promesa del Creador de traer la paz al mundo.
Lo que conocía sobre los Testigos era demasiado rudimentario para opinar con criterio. Recordaba vagamente que, siendo un niño, su madre había acudido también a alguna de aquellas reuniones y que durante un tiempo habían recibido en casa La Atalaya, pero no pasó de una especie de escarceo con el Dios del Antiguo Testamento del que su madre terminó aburriéndose, como de costumbre. Su madre abortaba cualquier curiosidad antes de que pudiera crecer.
En general, tenía la presunción de que aquello era una especie de secta que le lavaba el cerebro a la gente. Se preguntaba cómo narices habría acabado ahí Pura. Durante cuarenta años solo había conocido la vida con ella, y ahora se le había abierto el suelo que creía firme bajo los pies. Quizá ella sentía algo parecido y buscaba con qué sobrellevar la inseguridad.
En aquel momento volvió a sonar el teléfono. El mismo número de antes. Vio en la pantalla que habían llamado otras tres veces. Hay días en los que son insistentes, otros cambian de número para engañarte. Con desgana, plantado bajo una farola, Soria pensó que cada vez entendía peor cómo iba esto de la vida. Descolgó como quien se somete a lo inevitable.
—No me interesa —dijo antes de oír nada al otro lado—. Vas a soltarme que haces tu trabajo, pero me importa una mierda.
—¿Subinspector Soria? Soy Clara Fité… No sé si me recuerda.
La pereza vagamente rabiosa de Soria se esfumó al instante y fue sustituida por una curiosidad desconfiada. Su memoria recuperó con rapidez ese nombre. No podía decir exactamente que conociera a Clara Fité. Su relación en el pasado se había limitado a los tiempos en los que él y Virginia investigaban el asesinato de su padre. Recordaba haberla interrogado en la clínica de desintoxicación. Una yonqui. No se cayeron bien. También recordaba que era amiga del inspector Julián Leal.
—La recuerdo. ¿Cómo ha conseguido mi número?
—Julián me lo dio. Me dijo que si alguna vez le necesitaba, podía confiar en usted.
Soria chasqueó los labios malhumorado. «Jodido Julián, incluso muerto me sigues complicando la vida».
—Eso es mucho decir… ¿Qué quiere?
—¿Podríamos vernos? Es urgente.
Parecía asustada. Soria buscó en el bolsillo un caramelo, dándose unos segundos para pensar. Nunca había acabado de entender por qué Julián quería tanto a esa periodista, qué era lo que veía en ella de especial. Lo habría entendido si se hubiese tratado de algo romántico, pero, que él supiera, jamás pasó nada de esa índole entre ellos. Y aun así, su exjefe se había arriesgado una y otra vez por ella.
—¿Tiene papel? Apunte esta dirección.
El Museo Militar en el Portal de la Pau. Un lugar extraño para una cita, pensó Clara. Con Soria nada podía ser previsible. Él la esperaba en el gran patio de columnas, desde el que se accedía a las diferentes salas. Examinaba, absorto, una MG8 con su trípode y la cinta de munición en una caja contigua.
—Una réplica casi exacta de la Hiram de 1884. Quinientos disparos por minuto a una distancia de casi mil quinientos metros.
Clara examinó a su vez el traje raído de Soria, su calvicie galopante y la manera en que abría las fosas nasales para respirar.
—¿Le interesan mucho esos artilugios para la matanza industrial de seres humanos?
Soria la observó como si fuera una flor mustia.
—Me interesa el ingenio que emplean los hombres para matarse unos a otros. Si son listos, los muertos sabrán perdonarse lo que no han podido en vida.
Clara lo miró con curiosidad. Tal vez detrás de esa fachada de cromañón, Soria escondía a todo un estoico.
—Me encantaría creerlo, subinspector.
—No soy subinspector, ya no. Estoy jubilado. —Soria masticó esa evidencia como si un caramelo de menta se le hubiese pegado en el cielo de la boca. Movió la lengua buscando algo en las encías y acabó desistiendo.
Clara se dio cuenta de que evitaba mirarla directamente.
—No le caigo bien, ¿verdad?
Soria se encogió de hombros.
—Julián confiaba en ti. Decía que eres de las buenas. No sé qué coño significa eso, pero yo no soy como él.
—Y sin embargo, aquí está.
Soria desvió la mirada. Entre dos columnas se filtraba la luz sobre una estatua de bronce de un soldado anónimo. Por la vestimenta, debía de tratarse de un expedicionario colonial de finales del XIX en Cuba, del
Regimiento de Infantería ligera Barcelona. Podía imaginar qué veía desde su posición de vigía, tan lejos de casa, en el declive hacia el valle; la luz del sol creaba extrañas formas de colores verdes, azules, rojas. La selva entera se movía bajo sus pupilas asustadas y asombradas. Antes no se fijaba en esos detalles, lo estético no tenía valor. Ahora se preguntaba dónde murió ese muchacho anónimo, cómo fue su vida.
Así era la vejez, pensó. Una escalera multicolor por la que se quiera o no hay que bajar. Buscó un Ducados que llevarse a los labios obviando la prohibición de fumar.
—Has dicho que era urgente. ¿Qué es lo que quieres?
Clara dudó un instante. Renuente, sacó del bolso una libreta con tapas de cuero.
—No tengo intención de complicarle la vida, pero no sé a quién más acudir.
Soria lanzó una bocanada nerviosa.
—Sus intenciones me importan muy poco. Tampoco las ratas querían traer la peste… ¿Qué es eso?
Clara admitió que no lo sabía.
—Hay docenas de códigos. Cifras y letras. Y este lado, en la columna de la derecha —dijo mostrándole una de las páginas—…, deben de ser iniciales, nombres u apodos.
Soria se rascó la ceja. Los resortes del viejo policía se activaban de manera automática. No era experto en delitos financieros, pero parecía un libro de contabilidad opaca. Cuentas bancarias y titulares. Pagos e ingresos no declarados.
—¿De dónde lo has sacado?
No esperaba que ella se lo dijera. Era consciente de que las personas que tienen algo que perder pueden mentir u omitir partes de la verdad para preservarse hasta que ese parapeto se rebela insuficiente. Son la desesperación y el miedo los que empujan a sincerarse. Y Clara parecía estar bajo la presión de ambas cosas.
Aun así, su obligación era preguntarle. Imaginaba que la periodista se había metido en un buen lío y que no sabía cómo salir de él.
—¿A quién has cabreado? ¿Otra vez mafiosos italianos?, ¿un cártel mexicano o algún banquero?, ¿un partido político? Tengo que saber dónde quieres meterme. Te repito que yo no soy Julián. No me gusta que me partan la cara sin motivo.
Clara no tenía una idea exacta de lo que Soria sabía o pensaba sobre su relación con Julián Leal, aunque de algún modo esperaba que no la juzgara o no se marchase antes de acabar su historia.
—¿Recuerda al sicario con el que Julián hizo un trato en el caso del niño Chinchilla? En Barcelona, hace unos tres años.
Soria tensó las mandíbulas. Recordaba mucho más que eso. Recordaba lo que había ocurrido en Lanzarote ocho meses atrás, la traición de Virginia, que Pura había estado a punto de morir por su culpa y no se lo perdonaba.
—¿Qué pasa con él? Tenía entendido que ya es historia, que llegó a un acuerdo con los italianos y con Virginia.
Clara negó con la cabeza. Fueron unos minutos confusos en los que las palabras salían de ella como si hubieran estado esperando su oportunidad. No habló de intenciones —Soria ya le había dejado claro lo que pensaba al respecto—, sino de hechos, de lo que había pasado en Italia, de la historia que habían tenido juntos, del sentimiento perverso y confuso que la atraía hacia ese hombre al mismo tiempo que lo rechazaba.
—La libreta es suya. La encontré por casualidad cuando decidí marcharme. Sé que es importante para él.
—Y se te ocurrió la brillante idea de robársela para tener algo con lo que negociar o chantajearle si decidía seguirte.
—Estaba desesperada… Creo que me ha encontrado y que me está vigilando.
—¿Y esperas que yo te proteja?
—Sé que es una locura. Yo sola me metí en la boca del lobo, no sé por qué estúpida razón creí que las cosas entre nosotros podrían funcionar. Me equivoqué, y ahora estoy atrapada.
Soria no perdió el tiempo en recalcar esa clase de obviedad ni cayó en la mezquina tentación de los reproches. Los sentimientos de cada cual eran un misterio y él no era un ejemplo de claridad en ese sentido. Sus pensamientos estaban en otra parte, en el instante en que Pura estaba siendo torturada por Konstantin, ocho meses atrás. De no haber sido por el sicario, ahora estaría muerta. La paradoja era casi imposible: Clara le pedía ayuda para protegerla del hombre que había salvado la vida de su mujer y se la había perdonado a él mismo. El enemigo al que Julián Leal había llegado a reconocer casi como a un igual, lo más cerca que podía estarse de la amistad.
Creía haberse librado de esa clase de dilemas al dejar la Policía, pero la encrucijada otra vez estaba ahí, como un círculo que necesitaba cerrarse de una vez por todas. Malhumorado, aplastó contra el suelo el cigarrillo.
—¿No es curioso? Que estemos aquí otra vez, donde todo terminó, para empezar de nuevo. La misma mierda de siempre.
Clara trataba de encontrar un punto de conexión con él:
—La casualidad se niega a desentenderse de nosotros.
Soria dejó caer una sonrisita irónica.
—¿Qué clase de periodista eres tú? La casualidad no existe, ya deberías saberlo. Están las decisiones y están las consecuencias. Y tú tendrás que apechugar con las tuyas, como yo y como cualquier hijo de vecino.
El rostro de Clara mostró su desánimo. De nada serviría darle explicaciones. Soria no las necesitaba y no las quería. Aun así, se había convencido de que no se negaría a ayudarla, aunque fuera en nombre del cariño que ambos sentían por la memoria de Julián. Sin embargo, tal vez el inspector Leal se hubiese equivocado, quizá Soria no era el hombre que él creía.
—¿Eso significa que no va a ayudarme?
Soria necesitaba pensar. Se agachó sobre un aparador en el que se exponía un arcabuz de principios del XVI. Observando aquella arma caviló que todo dolor pasado, toda gloria o vergüenza, toda victoria o derrota, acaba por sucumbir a los imperativos del aquí y el ahora. Tardó unos segundos en alzarse con la expresión grave. Estaba disgustado. Hundió las manos en los bolsillos del pantalón.
—Vayamos por partes. Lo primero es entender qué contiene exactamente esa libreta. Y sé quién puede averiguarlo de manera discreta.
Lo segundo es intentar mantenerte a salvo hasta que sepamos a qué nos enfrentamos.
—Ya sé a quién me enfrento. Y no necesita utilizar el plural. Es cosa mía, no quiero ponerle en peligro a usted o a los suyos.
Soria puso los ojos en blanco y movió la cabeza irritado.
—No sé por qué Julián pensaba que eras tan lista. A mí no me lo pareces. Para empezar, crees que te enfrentas a alguien que conoces, pero no le conoces. Apuesto a que ni siquiera tú conoces su verdadero nombre, y eso que has estado comiendo, durmiendo y follando con él.
—No necesita ser desagradable.
Soria la ignoró por completo:
—No solo te enfrentas a ese sicario. Si lo que sospecho es cierto, habrá mucha otra gente tratando de recuperar esta libreta. Al robársela te has puesto una diana en la espalda. Si llega a saberse que la tienes, vendrán a por ti. Y puesto que yo la he visto, también vendrán a por mí. Estoy igual de jodido que tú.
—Nadie tiene por qué saberlo. Puedo irme ahora mismo.
Soria abrió las manos en señal de impotencia.
—Mira a tu alrededor, Clara. ¿Ves a esa gente que pasea por el museo? ¿Cómo sabes que alguna de esas personas no te ha seguido hasta aquí? ¿Cómo sabes que él no te ha seguido? ¿Cómo sabes que no puede rastrear tus llamadas, que tu teléfono no está pinchado? Si no querías implicarme, deberías haberlo pensado antes de llamarme. Me has metido en la mierda y ya no tiene remedio. No es algo que vaya a agradecerte.
—Es usted tan desagradable como recordaba, ¿sabe?
Soria se permitió una sonrisa.
—Es bueno saber que algunas personas no cambian, ¿no te parece?
Puede que Soria fuera un gilipollas deslenguado, pero era lo único que tenía. Su gilipollas. Le preguntó dónde se alojaba. Clara le dio el nombre del hotel. Él negó con un gesto imperativo.
—Un hotel no es un lugar seguro, demasiado movimiento de gente entrando y saliendo. Hasta que sepamos más puedes instalarte en mi casa, tengo un sofá cama y algunas toallas limpias. Es fundamental que mantengas un perfil bajo, que no te dejes ver.
—Eso no es posible.
Clara le habló del artículo que estaba escribiendo para Manuela Juan.
Era importante para ella y no iba a dejarlo correr.
Soria se echó las manos a la cabeza.
—¿Más importante que tu vida?
—Soy periodista, hago lo que hago. Igual que hizo Julián con Restrepo o igual que hizo usted con Armando Ortiz.
—No necesito que me dores la píldora. Julián está en el cementerio y yo solo finjo que estoy vivo, así que no servimos como ejemplo.
Clara fue inflexible.
—Tengo la oportunidad de recuperar mi vida, y mi vida es el periodismo. No renunciaré a ella.
Soria buscó algo que decir, pero se dio cuenta de que sería inútil. Acabó lanzando una especie de gruñido, aunque en su interior empezaba a comprender lo que Julián veía en aquella jodida periodista.
—Al final, la gente como vosotros siempre hace lo que cree que tiene que hacer, ¿verdad? Caiga quien caiga, aunque seáis vosotros los que deis con los morros en el suelo. Jodidos idealistas.
7
A Bernardo Sanabria le iban bien las cosas. Tenía un bonito despacho en el último piso de un lujoso edificio de oficinas con su nombre estampado en la entrada y unas impresionantes vistas sobre la ciudad. En la librería de caoba se alineaban tomos de derecho mercantil que parecían haber sido comprados a peso para decorar, y en las paredes colgaban pinturas abstractas que probablemente habían sido elegidas por un decorador profesional, como las telas de las sillas, los muebles y las cortinas. Clara echó una mirada de reojo al ordenador y se preguntó si Sanabria sabría interpretar las gráficas bursátiles de la pantalla. También tenía serias dudas de que pudiera leer los periódicos ingleses, italianos y alemanes que descansaban en una mesita rinconera. Todo parecía estar hecho a medida para impresionar a las visitas. Los únicos detalles personales eran un par de fotografías del constructor con su familia, un cenicero de vidrio oscuro y la cartera de bolsillo —desgastada y gruesa— que descansaba en el escritorio, junto a las gafas de montura ancha.
Con la generosa indiferencia de quien sirve agua con gas, Sanabria le ofreció un Macallan embotellado en 1993 en vasos de Rive Droite. Todo en aquel hombre resultaba excesivo. Daba la sensación de que desdeñaba la discreción porque consideraba que el dinero no sirve de nada si no puede hacerse ostentación de él: no era solo el whisky, ni esos vasos de cristal a trescientos euros, eran también el reloj de oro, el diamante del anillo, el traje a medida hecho en Savile Row.
—Mi secretaria dice que es una periodista de lo más insistente, así que usted dirá en qué puedo ayudarla.
Curiosamente, hablaba con un tono de voz inseguro y su mirada esquiva delataba timidez. Cruzaba con fuerza las manos para no moverlas. Clara sabía que era puro teatro. Una trampa para los incautos. Se había informado bien: Sanabria contaba con los prejuicios de los demás, esperaba que lo vieran como un campesino estúpido enriquecido con el ladrillo. De ese modo, cualquiera podía bajar la guardia, no percibirle como una amenaza. Durante un rato seguiría desempeñando su papel, pero al mismo tiempo no dejaría de observar a su interlocutor, lo estudiaría disimuladamente buscando sus debilidades y la forma de explotarlas. Y solo cuando estuviera seguro de cómo doblegarlo mostraría su verdadero rostro. En el desconcierto que sobrevendría, sería él quien recogiera los frutos.
Por suerte, venía avisada y no iba a dejarle hacer su juego. La mejor manera de desmontar su numerito era una entrada directa y frontal.
—Estoy investigando la desaparición de los niños Vera. Voy a escribir un artículo que cuestiona la versión oficial de lo que ocurrió.
Los párpados de Bernardo Sanabria se movieron lentamente. Él también debía de haber hecho los deberes; no iba a ser fácil sorprenderle.
—Fue algo trágico, aunque no entiendo cuál es su interés en algo que ocurrió hace tanto tiempo. Ya se contó todo sobre aquello. ¿No tiene desgracias más actuales a mano?
Clara no se desanimó:
—He oído que usted fue el primero en reconvertir sus tierras y edificar en la Montaña.
—Yo construí los adosados de la calle Amadeus, efectivamente.
—Tuvo buen olfato. Ese suelo acabaría valiendo un dineral.
Bernardo Sanabria asintió, ligeramente halagado.
—A finales de los años ochenta esas parcelas no valían nada, tierra baldía que heredé de mis padres y ellos de los suyos. En el pueblo todos dijeron que estaba loco cuando empeñé mi patrimonio y me deshice de los animales y del tractor para dedicarme a la construcción, pero el tiempo me dio la razón.
A juzgar por lo que Clara había logrado averiguar, lo que le dio ventaja a Sanabria sobre los demás propietarios fue tener a un yerno trabajando en la Oficina Técnica de Urbanismo. Por supuesto, no lo dijo. Resultaba más prudente alabar su instinto que censurar su ética.
—Usted, entre otros, declaró en contra de José Luis Vera durante el juicio.
El constructor elevó la barbilla, borrando las fingidas arrugas acomplejadas de un momento antes. Sus ojos de mirada marchita brillaron ahora como los del hurón.
—Me limité a declarar, es cierto, como tantos otros. Pero no recuerdo haber aportado nada sustancial.
«Poncio Pilatos se lava las manos», pensó Clara.
—Su declaración fue de todo menos aséptica; la he leído y no escatima en adjetivos como violento, conflictivo, agresivo… Tanta animadversión hacia Vera suena a algo personal.
Bernardo Sanabria abrió la boca y movió un dedo. Clara pensó que iba a escarbarse los dientes en busca de un trozo de carne, pero el dedo se inclinó ligeramente hacia ella.
—¿Para qué medio de comunicación dice que trabaja?
—No he dicho que trabaje para nadie.
El constructor asintió; podía resultar de lo más convincente. Sus manos blancas y regordetas, con las palmas abiertas como si fuera a llover; su mirada, que llegaba a difuminarse entre la bobería y la bondad más ingenua; la expresión amable de sus labios, solícita pero impotente.
—Apenas conocía a ese hombre. Me limité, repito, a contar lo que sabía y a manifestar mis impresiones, sin más.
Clara no se dio por vencida.
—No es lo que he oído; en la Montaña dicen que José Luis Vera y usted tuvieron más de un enfrentamiento.
Sanabria se encogió de hombros y negó lentamente:
—A la gente le gusta especular, inventar cosas. Ese malentendido al que se refiere es fácil de explicar: al poco de llegar ellos, sus vecinos del 32-A, los Muñoz Beltramo, presentaron una queja. José Luis Vera había decidido elevar por su cuenta varios centímetros el muro medianero entre ambas casas sin consultarlo con ellos y yo me ofrecí a mediar. Mi papel consistió en recordarles a los recién llegados lo que dictaba la normativa municipal sobre alterar las medidas de construcción. El señor Vera no se lo tomó muy bien, su reacción fue un poco desagradable; no era un tipo muy dialogante, y, como se sabría unos meses después, por desgracia, resultó ser, además, una persona extremadamente violenta. Pero en aquel momento la cosa no pasó de ahí.
—Según usted, entonces, ¿la relación de los Vera Llanos con los Muñoz Beltramo no era buena?
—Lo era, hasta que pasó aquello. Antonio Muñoz era un buen abogado, supo moverse y hacer que se impusiera la norma. Supongo que lo que enfureció de verdad al señor Vera fue que el ayuntamiento le obligara a derruir la parte del muro levantada ilegalmente y que le impusiera la multa pertinente. Eso enrareció el ambiente entre ambos matrimonios.
Clara sentía que estaba deslizándose por un terreno inseguro.
—¿Es su versión de lo que pasó?
Bernardo Sanabria sonrió con cinismo.
—¿Acaso hay otra? La única verdad que cuenta es la de los hechos. ¿Qué cree que puedo decirle yo? Solo construí y vendí esas casas.
—Tengo entendido que tenía una buena amistad, en cambio, con los vecinos de Vera. Tal vez eso influyó en su declaración.
El constructor se detuvo a considerar ese detalle durante unos segundos y acabó rechazándolo por irrelevante.
—Yo no diría tanto. Los Muñoz Beltramo fueron mis primeros clientes, me ayudaron a empezar todo esto. Además, Antonio era un buen hombre y un abogado eficaz, al que consulté ciertos asuntos menores. Él y su mujer, Marta, se hicieron enseguida miembros de la congregación, solíamos reunirnos los domingos después de misa con monseñor Ricart.
Tomábamos el vermú, charlábamos del mar y de los peces. Eso es todo.
—¿Y qué hay de los niños?
El constructor la miró como si no comprendiera el giro.
—¿Qué pasa con ellos?
—Creo que, a pesar de las disputas de sus padres, los gemelos y los hijos de Vera se llevaban muy bien. Dicen que ese grupo de cuatro era inseparable.
Sanabria negó con la cabeza.
—No sabría decir, aunque es cierto que andaban siempre juntos por la explanada de la ermita o que bajaban a la fábrica de muñecas abandonada. Cosas de niños en las que un adulto no repara.
De repente guardó silencio, pensativo. Quería reunir un puñado de palabras para zanjar el asunto. Se puso en pie y se acercó a un cajón del secreter. Ahí guardaba su reserva de Regius Doble Corona. Se tomó su tiempo en encender uno. Durante unos segundos se quedó ensimismado frente a la visión de la hoja de tabaco, como si el mundo a su alrededor se hubiese apagado y toda la luz se concentrase en aquella pavesa.
—Mire, hay algo que no aparece en el expediente de los niños Vera y que, tal vez, usted desconoce. Varios meses después de que concluyera el juicio y de que José Luis Vera ingresara en prisión, Antonio murió.
—He oído que un tren le arrolló accidentalmente.
El constructor hizo girar el puro entre los dedos, esperando a que el tabaco se calentara.
—Para eso también hay versiones. Hay quien dice que no fue un accidente, sino un suicidio… En cualquier caso, fue una tragedia para esa familia.
Clara escuchaba lo que Sanabria decía, pero sobre todo prestaba atención a lo que no decía, a lo que delataba su expresión cambiante, la forma de acomodar el cuerpo o de volver la mirada hacia el vacío.
—… La muerte de Antonio no afectó a todos de la misma manera. Marta, la esposa, y Luca, el otro gemelo, parecieron aceptarlo mejor, o, al menos, pasado un tiempo, intentaron sobreponerse y seguir adelante. Para Gianni fue mucho peor, estaba muy unido a su padre.
—¿Se refiere al chico del lobo checoslovaco con el cráneo tatuado? No parece muy dialogante.
Sanabria asintió. Dio una larga calada, retuvo unos instantes el humo y lo dejó salir suavemente.
—Veo que ya lo ha conocido. Gianni es algo irascible, y no le gusta demasiado la gente —reconoció el constructor con un tono extrañamente paternal—. No siempre fue así, ¿sabe? Hasta la muerte de su padre había sido un niño modélico, cariñoso, discreto, servicial. La gente les tenía mucho cariño a los dos gemelos, aunque si había un preferido, ese era sin duda Gianni. Pero la pérdida de su padre lo cambió, como si algo se hubiera roto de manera irreparable. Empezó a meterse en peleas, a volverse arisco y desagradable. Hubo un episodio de vandalismo y robos en la ermita y en otras propiedades del pueblo. Fue cuando su madre estuvo de acuerdo, aconsejada por monseñor Ricart, en que lo mejor era enviarle a un reformatorio.
Clara torció un poco el gesto.
—¿Su madre le envió a un reformatorio?
Sanabria asintió comprensivo.
—No sea tan dura juzgándola, era lo único que podía hacerse, aunque la separación de ambos hermanos fue traumática. Y que Luca se marchara interno al seminario menor no mejoró la situación. Pese a sus diferencias, ambos estaban muy unidos, y Luca ejercía cierta influencia sobre su hermano, era capaz de contenerle. Sin ese amarre, Gianni se desbocó. Su adolescencia fue, por decirlo suavemente, problemática. Malas compañías, drogas, peleas atroces con su madre. Cuando cumplió los dieciocho años desapareció, sin más.
El constructor hizo una pausa y se acercó a la ventana. Tenía la propiedad en los ojos. «También esta tierra me pertenece —parecía decir —: el aire que se respira, las nubes que pasan, el cemento que solidifica la realidad y los hombres que la pueblan… Todo mío».
—… Hace un año, Gianni se presentó en casa de su madre, sin más. Costaba reconocerle con esos tatuajes, el cráneo afeitado y ese cuerpo de forzudo. Fue un shock para todos, pero nos alegramos de que regresara. Apenas se sabe qué hizo mientras estuvo desaparecido. Dicen que tuvo problemas de drogas en Marruecos. Cuando su madre vino a verme y me pidió que le echara una mano, no dudé en contratarle. Desde entonces, no ha faltado ni un solo día al trabajo. Cuida los jardines y lo hace con entrega absoluta. Parece haber encontrado el modo de ofrecer lo mejor de sí mismo.
Clara le observó con curiosidad. No le pegaba el papel de benefactor.
—¿Por qué me lo cuenta?
—La gente puede cambiar, ¿no cree?
Clara no lo habría afirmado categóricamente. Puede que la gente cambie, o puede que solo finja hacerlo.
—… Gianni lo ha pasado mal, pero merece una segunda oportunidad —insistió el constructor—. Ahora es otra persona, y remover el pasado no va a ayudarle. Piense en ello cuando escriba su artículo.
Qué cabrón manipulador. Ella iba en busca de una historia y él se la estaba dando. Una historia de consecuencias. Si se empeñaba en remover el pasado, quería que supiera a quién iba a hacerle daño.
Era hora de marcharse, allí no iba a conseguir nada más. El constructor la despidió con un apretón seguro y confortable. Clara hubiera preferido que le sudara la mano o que fuera más meliflua. Eso habría confirmado sus sospechas de que aquel tipo escondía algo. Ya había abierto la puerta del despacho y veía acercarse a la secretaria que la acompañaría hasta el ascensor. Pero todavía le quedaba una pregunta por hacer.
—Creía que su relación con los Muñoz Beltramo era superficial. En cambio, parece muy unido a esa familia.
Sanabria parpadeó como si ese detalle careciera de importancia.
—En la Montaña somos una comunidad pequeña y nos ayudamos.
Marta sigue siendo parte de la congregación, Luca es nuestro párroco y monseñor Ricart me pidió que intercediera. Eso es todo.
Lo que Clara vio en la mirada del constructor no fue esta vez condescendencia o un afecto difuso, como cuando se refería a Gianni. Se trataba de otra cosa, algo mucho más inquietante.
Mientras se dirigía al ascensor recibió una llamada de Manuela.
Parecía nerviosa.
—Tienes que venir a la redacción.
—¿No me puedes decir de qué se trata por teléfono?
—No. Te lo explico cuando llegues. Date prisa. Es importante.
Manuela mostraba esa cara de circunstancias que la gente se pone cuando debe dar el pésame a alguien a quien no conoce demasiado. Lo definitivo fue que la cogiera de la mano, algo que no hacía desde la universidad, entonces para compartir un canuto o hablarle de su último novio, y la arrastrase hasta su despacho. En realidad, no era el despacho ministerial o de un rectorado, nada que ver con el de Sanabria, por ejemplo. Se trataba de un cubículo separado del resto con unas mamparas semitransparentes, con puerta y persianas, eso sí, que Manuela cerró a conciencia antes de señalar un sobre a nombre de Clara encima de la mesa, atiborrada de papeles, tazas con lápices, celo, grapadoras y un cenicero rebosante.
—Lo ha traído un mensajero hace una hora. Pero no lo ha traído aquí, lo ha llevado a mi casa. Es de él, o de ella, yo qué sé…, de nuestra fuente anónima.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque diez minutos después de que llegara el sobre ha llamado para decírmelo. Y ha añadido que solo podías abrirlo tú y que sabría si lo hacía cualquier otra persona.
—¿Cómo va a saberlo?
Manuela dejó caer los brazos contra las caderas.
—¿Y cómo puede saber dónde vivo? El caso es que le creo. No sé cómo, pero nos tiene controladas a las dos. De hecho, sabía que estabas en las oficinas de Bernardo Sanabria. Esto empieza a acojonar un poco. No me gusta sentirme espiada.
Clara pensó en la silueta en medio del sendero al salir de la entrevista con José Luis Vera y en la nota que había encontrado en su coche: «Ten cuidado. Te está vigilando». Quizá era el momento de hablarle a Manuela de la libreta con tapas de cuero, pero entonces recordó lo que le había dicho Soria: cada persona que supiera de la existencia de ese cuaderno pasaba a estar en peligro.
Ambas miraron el sobre marrón de 250 × 350 mm sin decidirse a tocarlo. Los dedos de Clara se acercaban con precaución, como si temiera que al contacto con el papel se le fuera a perforar la piel. Esa clase de tensión habría tenido algo de cómica vista desde fuera.
—Ábrelo de una vez, no vamos a llamar a los TEDAX para que lo hagan
—la increpó Manuela, más nerviosa que asustada.
El sobre no explotó y tampoco contenía ácido o veneno, solo un pliegue de varios planos fotocopiados y un informe pericial de un conocido estudio de arquitectos de Barcelona.
—¿Qué es esto?
Clara tardó unos minutos en darse cuenta de que se trataba de un plan urbanístico para la Montaña. Una remodelación que abarcaba varias hectáreas, desde la cima de la ermita hasta los terrenos de la fábrica de muñecas abandonada.
—Parece el Palmar de Troya. Joder, han planeado hoteles, una residencia, una iglesia nueva, una zona comercial… Hasta una terminal eléctrica. El presupuesto debe de ser una millonada.
En el sobre había algo más, un pequeño díptico en papel de mala calidad fotocopiado en blanco y negro. Lo firmaba una supuesta agrupación vecinal llamada Amics de Sant Genís. El eslogan venía enfatizado con signos de exclamación: «Salvem la Muntanya!! Fotem fora els especuladors de l’ermita!!». Convocaba a los vecinos a una manifestación y una sentada de protesta para el 12 de febrero a las 12.00 horas.
—Eso es dentro de cuatro días.
Manuela miró el calendario colgado en la pared y asintió. Parecía más relajada. Su mente funcionaba mejor cuando veía la lógica de los acontecimientos.
—Parece que empezamos a entender la motivación de nuestra fuente.
—¿Qué quieres decir?
—Diría que nos está utilizando. Su causa no es la verdad sobre la desaparición de los niños Vera, sino paralizar esas obras. Si el caso se reabre o si consigue que nosotras hagamos ruido, quizá logre su propósito.
A Clara no le parecía tan evidente. Su mente era algo más rebuscada. —Quizá sea al revés. Dijiste que tu fuente sabe dónde están ocultos los cuerpos de los niños. Puede que nos esté dando una pista.
—Joder, si lo sabe, ¿por qué no se deja de jueguecitos del Cluedo y lo dice de una puñetera vez?
Clara le dio la vuelta al díptico. Había una anotación a mano, «IOR», y la letra era idéntica a la del papel que alguien había dejado en su coche.
—Porque todo esto quizá no resulte tan sencillo —dijo mostrándoselo a Manuela.
—¿Qué significan esas iniciales?
—IOR.
Esas siglas se referían al Istituto per le Opere di Religione, conocido popularmente como banco vaticano.
Diez minutos después de que Clara se hubiera marchado, Manuela bajó a la cafetería, pidió un carajillo de coñac y se sentó en la terraza. Sacó del bolsillo un teléfono móvil y le colocó una tarjeta SIM nueva. Cuando estuvo operativo, marcó el único número de la agenda.
—Acaba de salir.
—¿Piensa dejarlo?
—De ninguna manera. Lo de la ermita todavía la ha motivado más. No va a parar hasta descubrir lo que pasa en la Montaña.
La voz tardó unos segundos en volver a preguntar.
—¿Ha dicho algo de la libreta?
—Ni una palabra. Cree que no sé nada de eso.
—¿Ha mencionado de qué ha estado hablando con Soria?
La noticia cogió por sorpresa a Manuela. Paradójicamente, se sentía traicionada.
—¿Ha ido a ver a ese policía? No me lo ha dicho.
Se oyó un chasquido. Un encendedor.
—Expolicía… De acuerdo, yo me encargo.
Manuela inspiró y espiró con fuerza, frotándose la frente.
—Me prometiste que Clara quedaría al margen y que no le pasaría nada.
—Yo no recuerdo haber prometido nada —respondió la voz con tono cortante antes de colgar.
8
—Deberían prohibirse los espejos detrás de la barra de un bar, o, al menos, obligar por ley a que el efecto se vea atenuado por una luz más favorecedora.
Marta Beltramo habría votado a favor de la propuesta de aquel moscardón que se le había pegado:
—Brindo por eso.
En el reflejo de su cara se leía la decepción. Mientras el camarero le preparaba un Grass Hopper con doble de menta, se observó como quien contempla con desagrado el efecto del paso del tiempo en alguien a quien se deseó en el pasado, pero que ya solo despierta una tenue sensación de lástima. Supo lo que parecía: una mujer madura y sola, a las cinco de la tarde de un martes, tomando un cóctel digestivo en un local pasado de moda. La voz de Teddy Swings —Tennessee Whiskey— en el hilo musical no mejoraba el cuadro.
—La putada de los buenos tiempos es que nunca son los que vuelven, ¿verdad, preciosa?
El solo hecho de escuchar a aquel idiota le provocaba acidez. El tipo la evaluaba especulativamente, como una libra de carne a punto de caducar, decidiendo si valía la pena esforzarse un poco más.
—¿Qué te pasó en el ojo? —preguntó, como si esperase un chiste por respuesta.
Marta Beltramo lo miró con desagrado; las uñas mordidas, el vello de esos dedos que, apostó, solo servían para aporrear un ordenador sin ideas propias. Apestaba a fracaso y frustración: traje barato, loción barata, zapatos baratos. Palabras vacías y sonrisa sin nada detrás de los dientes.
—Me lo arrancó un tigre de Bengala.
—¿En serio? No me lo creo.
La expresión de Marta se volvió desafiante.
—Me hice un llavero con sus pelotas, lo guardo en el bolso. ¿Quieres verlo?
El desconocido todavía se preguntaba si hablaba en serio o le tomaba el pelo cuando el incurable optimismo de Luca cambió el aire que se respiraba en La Mariposa Negra.
Justo a tiempo, pensó Marta, volviéndose hacia su hijo, que llegaba, como siempre, con el aire ciclónico del ajetreo y de las cosas importantes que ocurren en alguna parte. Nadie hubiera dicho que detrás de aquella sonrisa imperativa y de aquella agilidad se escondía un sacerdote, párroco de pedanía, hombre de confianza del obispo y joven promesa de la nueva Iglesia. Pocas personas tenían una apariencia tan opuesta al papel que representaban en la sociedad. Media melena, gafas de diseño, sudadera, pantalones vaqueros desgastados y zapatillas Adidas. Para colmo, Luca fumaba y bebía como si Dios solo pudiera fiarse de los santos con vicios.
Besó en la mejilla a su madre de esa manera que hacía aterrizar los besos en la carne sin brusquedad y pidió su bebida preferida.
—Jameson con dos cubitos grandes de hielo.
El moscón de la barra se le quedó mirando con una sonrisa a medio camino entre la idiotez y la frustración.
—¿No es un poquito joven para ti? —le preguntó a Marta. Ella fue a responder, pero Luca posó la mano en el antebrazo de su madre y se volvió hacia el desconocido con la mejor de sus sonrisas.
—¿Por qué no te vas a merodear alrededor de otra tristeza? Esta te queda demasiado grande.
El tipo se irguió bastante ridículamente.
—¿Eso es un acertijo?
Luca negó con la cabeza sin desdibujar la sonrisa, pero añadiéndole una tonalidad más rígida.
—Si lo fuera, supongo que tampoco lo entenderías. Lo que intento decirte es que no hay nada en ti que pueda llegar a la sombra de esta mujer. Así que coge tu patética existencia y líbranos de ella, ¿quieres? — La sonrisa se borró por completo y en su lugar asomó otra cosa, lo bastante intimidante para que el tipo se retirase sin protestar.
Si las madres pudieran expresar formas de amor más perversas hacia sus hijos tendrían la mirada con la que Marta Beltramo miraba a Luca. No podía evitar pensar que el mundo había perdido la ocasión de conocer a un gran seductor. Una pena, un desperdicio.
Durante un rato, madre e hijo bebieron sumidos en sus propias cavilaciones. Fue Luca quien hizo la pregunta que no debía hacerse. Una de esas preguntas cuya respuesta ya se conoce y no se quiere oír:
—¿Has estado con él?
Marta puso mala cara. Luca era honesto, un buen hombre, pero también obtuso en cuanto a lo que una mujer puede llegar a sentir o a necesitar.
—¿Sabes qué es lo peor de pedir favores a la gente como Bernardo? Que nunca se olvidan de cobrarlos. Y pagaré el precio que se me pida hasta el final. Tú tienes a tu Dios y yo tengo mis deudas. Creo que has salido ganando.
La expresión de Luca se relajó, como si en el fondo del whisky hubiera visto a un genio benéfico que le mostraba la paradoja de su existencia. La gente acudía a él desprovista de esperanza y él les ofrecía una posibilidad, los sostenía, como si en sus manos los milagros fueran simples algoritmos, pero en cambio no podía ayudar a quien más le necesitaba, a su propia madre. Ni siquiera Moisés, que abrió los mares, podía reescribir el pasado.
—No pretendo juzgar tus intenciones, madre —se disculpó.
Más tranquila, Marta barajó la posibilidad de un segundo Grass Hopper; últimamente no eran muchas las ocasiones que tenía de compartir un rato con su hijo; las obligaciones le mantenían cada vez más alejado de su parroquia y más cerca del palacio episcopal. Acarició el dorso de la mano de Luca y agradeció que él no la retirase.
—Centrémonos en lo que es importante ahora —aceptó.
Conocía lo que Bernardo y Ricart se traían entre manos y el papel que le tocaba desempeñar a su hijo. Debían olvidar los viejos reproches y concentrar sus energías en el presente. Pero antes había algo que era necesario abordar, la única cosa capaz de torcer la perenne sonrisa de Luca.
—¿Qué vas a hacer con tu hermano?
Luca crispó los dedos sobre el vaso.
—Gianni ya no me escucha. En realidad no escucha a nadie.
Marta sacó del bolso una octavilla fotocopiada en papel amarillo y se la mostró.
—Pero hay gente que sí le escucha a él.
Luca leyó la octavilla. Invitaba a los vecinos de la Montaña a manifestarse contra el proyecto de la ermita. No dudó de que Gianni estaba detrás de la convocatoria. Dobló cuidadosamente el papel y lo puso bajo su bebida a modo de posavasos.
—Mi hermano se ha vuelto de repente un ecologista, quién lo iba a decir.
—Sabes muy bien por qué lo hace, Luca; no tiene nada que ver con la preservación de la Montaña.
Luca observó a su madre como si a veces no la quisiera, o como si no quisiera quererla como la quería.
—… Por supuesto que lo sé; mi hermano y tú compartís eso, ¿verdad? Solo sabéis vivir en lo que duele, y nada duele tanto como el pasado.
Marta apartó la vista. «Ahí está —pensó—, la herida que nos ha robado la vida a todos».
—Eso es injusto. Yo siempre he mirado por vosotros, siempre os he protegido.
—¿Eso hiciste?
—¿Lo pones en duda?
Luca apuró de un trago el whisky. Sabía cómo acabaría la conversación si se dejaba arrastrar por su madre.
—Dejémoslo estar, ¿de acuerdo?
Marta Beltramo debería haber aceptado la propuesta, pero nunca sabía cuándo conformarse. No aceptaba treguas, solo la rendición incondicional.
—Hay alguien más que no está dispuesta a dejarlo estar —anunció con irritación.
Se refería a esa periodista entrometida que andaba soliviantando los recuerdos de los viejos con sus preguntas. Incluso se había reunido con Bernardo para sonsacarle. El constructor la había prevenido: «Esa no tiene pinta de soltar el hueso cuando lo atrapa».
—¿Qué pasará si habla con Gianni?
Luca torció el gesto. Bastante ocupado estaba ya preparando su salto a la diócesis de la mano del arzobispo para contagiarse con las paranoias de su madre. Sin embargo, admitía que la presencia de esa periodista le causaba también cierta inquietud.
—Averiguaré lo que pueda.
—Y Gianni, no te olvides de tu hermano —apostilló su madre.
Luca suspiró con fatiga.
—¿Cómo podría hacerlo? Es mi maldito gemelo, la mitad de mí. Ahora tengo que irme, me espera una pesada reunión con la curia por la visita del papa.
—¿No eres un cura demasiado moderno para ese alemán? —bromeó Marta con una buena dosis de acidez.
Luca sonrió.
—En alguna parte guardo la sotana. Creo que todavía me cabe.
Dejó un billete en la barra y le regaló a su madre uno de aquellos besos mariposa a modo de despedida. Marta le retuvo por la muñeca. Luca pensó que iba a volver de nuevo al asunto de Gianni, pero se equivocaba.
—¿Sabes que aquí conocí a tu padre? Estaba sentado en ese sofá, junto a la puerta.
—Ya me lo habías contado. Te acuestas con Bernardo y después vienes a esta barra para sentirte una mierda, pides tu Grass Hopper y empiezas a recordar otros tiempos. Así es como te castigas.
Marta endureció la expresión.
—No me gusta que hables así. Soy tu madre.
—Lo eres.
Ella se quedó callada, luego su mirada recorrió el local con pesar.
—Tu padre se fijó en mí apenas entré, como todos los hombres en esa época. Yo podría haber elegido a cualquier otro, gente rica, políticos, famosos… Todos querían su parte del botín, pero lo elegí a él.
Luca estiró el cuello.
—Eras muy hermosa y él estaba loco por ti. Siempre dispuesto a hacer lo que le pidieras para complacerte —la consoló.
Marta se miró en el espejo con pesar. Su ojo de cíclope. ¿Era ella o era aquel sitio el que había perdido su esplendor?
—¿Dónde están ahora esos hombres como él, que me idolatraban? ¿Ya solo sirvo para que los mediocres coman mis migajas? ¿Me he vuelto invisible?
Luca se apartó de ella con impaciencia.
—No es una pregunta que deberías hacerle a un hijo. Al menos, no a este hijo.
9
A Gianni Beltramo le gustaba madrugar y bajar con su lobo al embalse a pesar de que el baño estaba prohibido. El fondo lodoso escondía todo tipo de trampas, ramas, desperdicios humanos y cadáveres de animales. Además, estaban los remolinos que de tanto en tanto se formaban cerca del desagüe, capaces de succionar y arrastrar a un nadador poco diestro. Tras algunos sustos con bañistas imprudentes, el ayuntamiento había colgado aquellos carteles y había puesto cadenas en el camino; también retiraron las barcazas recreativas y cerraron la caseta del embarcadero.
A Gianni le traía sin cuidado; de hecho agradecía todas esas prohibiciones, que le permitían disfrutar del embalse para él solo. Lloviera o nevase, hubiera niebla o un sol tórrido, hombre y animal nadaban sin prisa hasta la boya, se tomaban unos segundos de descanso y continuaban hasta la orilla septentrional, el tramo más largo y difícil. Luego se tumbaban en la playa artificial, un declive resbaladizo por la acumulación de algas, y se quedaban muy pegados el uno al otro, respirando casi al unísono. De manera mecánica, Gianni acariciaba a su lobo entre las orejas y el animal posaba su pesada cabeza sobre el vientre del hombre. Ambos eran felices, ambos eran libres. Cada uno a su manera.
Aquella mañana apenas había ojeado el libro que descansaba junto a su brazo, Secretos del buen botánico. Le costaba concentrarse. Se limitaba a darle vueltas a la misma idea desde hacía semanas: cómo boicotear los planes de su madre, Ricart y su hermano para la Montaña, cómo parar la aberración que se habían propuesto llevar a cabo en la ermita. Pensar que Luca formaba parte de aquello le daba risa, una risa biliosa. ¡Su hermano, el cura, el santo al que todo el mundo adoraba!
Quizá porque él lo amaba más que nadie era también quien más le odiaba.
Su mirada perdida recordaba ahora la balsa que fabricaron Luca y él siendo niños para cruzar de una orilla a la otra. Les llevó buena parte del verano construirla con trozos de madera y una cubierta de lona; quedó bastante bien, y con la ayuda de una pértiga habían logrado mantenerla a flote sin volcar. A veces se detenían en el centro del embalse y se lanzaban al agua de cabeza, a pesar del riesgo. Cuando el nivel del agua bajaba podía verse unos metros más abajo el perfil de algunas casas que habían quedado sumergidas cuando inundaron esa parte del valle, y ambos se retaban para ver quién se atrevía a bucear hasta tocar una de ellas. Luca era el que descendía más, tan abajo que la luz del sol no era ya capaz de llegar al fondo; la oscuridad no le asustaba.
Solían esconder la balsa en el ribazo antes de volver a casa, la ocultaban con matojos y ramas. Pero Sergio y Patricia, los hijos de los nuevos vecinos, acabaron descubriéndola.
Fue así como se conocieron, o como Gianni lo recordaba. La primera vez que se vieron cara a cara, sin el muro medianero que separaba sus jardines, los cuatro a solas, sin la presencia de sus padres. Aquel encuentro fortuito podría haber acabado muy mal, podría haberse interpretado que Sergio y Patricia les estaban robando la balsa —ya le habían quitado el camuflaje y la arrastraban cuando los gemelos les sorprendieron—, y de no ser por Luca, que lo retuvo, Gianni habría azuzado contra ellos a Orco, aquella mezcla de rottweiler con otras mil razas que tenía entonces. Era un perro fiel y con un carácter que solo Gianni comprendía.
Fueron unos segundos de duda en los que el futuro tomó naturaleza de realidad, los cuatro mirándose, midiéndose, sin saber cómo reaccionar. ¿Enemigos o amigos? Había que trazar la línea divisoria. En cualquier caso, el instinto del perro allanó el camino para sellar la paz antes de empezar una guerra; deshaciéndose de la correa que sujetaba Gianni, Orco se acercó, juguetón, primero a Sergio y luego a Patricia. La risa de Sergio —Gianni no podía olvidarla— rompió toda la tensión con un cascabeleo alegre. La camiseta de Patricia y los bultitos de perfil oscuro y puntiagudo que apuntaban debajo de la tela, en los que se fijaron ambos gemelos con una especie de turbación, hicieron el resto.
Se volvieron inseparables. Era difícil acordarse de quién de los cuatro inventó aquella historia del embalse; la de la casa del indiano. Tal vez fue Luca, empeñado en sorprender y llamar la atención de Patricia, o quizá fue
Sergio, que siempre andaba exagerando la realidad con su imaginación desbordante; en cualquier caso, la historia se refería al fantasma que habitaba en las profundidades, el del viejo que se había negado a abandonar su casa y sus tierras cuando se vaciaron los caseríos del antiguo poblado para inundar esa parte del valle. Como buen fantasma, no había que ponerle nombre, sino dotarlo de una biografía de locuras y crímenes sangrientos. Debía tratarse, además, de alguien que se había marchado muy joven, en tiempo de los tatarabuelos, a hacer las Américas —a Cuba, preferentemente, o, en caso contrario, a México o Venezuela— y que había regresado a la Montaña años más tarde con un montón de baúles y de animales exóticos —un papagayo, un tucán, un mono albino o algún felino peligroso—, trayéndose consigo a un criado negro y a una esposa niña del Paraguay —lo que contradeciría el origen de su aventura americana, aunque esa incongruencia podía pasarse por alto— que casi no hablaba. Abundando en los detalles, la muchacha no entendía más que el guaraní, y, a decir de los aldeanos, la catalogaba de lerda, o sorda, o muda. El indiano trataba a la mujer y al esclavo con una dureza que recordaba a la que recibían las bestias de acarreo; ni los perros comían esas sobras o soportaban esos castigos. Era un hombre obcecado y su ambición le cegaba. Vivían en esa vieja casa y trabajaban de sol a sol sus tierras, que había comprado por cuatro chavos porque todo el mundo sabía que estaban más secas que el vientre de una vieja y que iban a ser inundadas por el Gobierno. Seguro que hubo quien trató de hacerle entrar en razón, pero el indiano insistía, empeñado en convertirlas en un vergel. La gente acabaría dejándole de lado por loco.
Para darle dramatismo a la historia que se contaban los cuatro en las tardes del embalse, y que iba creciendo en matices conforme avanzaba aquel verano, se acordó que el tirano había acabado matando a palos al negro y a su mujer niña cuando descubrió que estaba embarazada. Que el indiano no pudiese tener hijos porque una mula le había pateado los cojones allá en Paraguay y se los había dejado para hacer tortillas fue el añadido de Gianni. El final lo puso Luca: un tiempo después, cuando llegaron las máquinas para demoler la casa, encontraron los huesos del negro y la guaraní al remover la tierra.
—¿Y qué hicieron? —preguntó Sergio con los ojos muy abiertos.
—¿Qué iban a hacer? Volver a enterrarlos y dejar que se los tragasen el agua, el barro y las algas.
—¿Y el indiano?
Luca se había olvidado de él. Se quedó pensativo y acto seguido se encogió de hombros, como si eso no pudiera estropearle la historia. Se le daba bien improvisar.
—Dicen que no quiso irse de su casa y que se ahogó con ella y con los muertos que guardaba. A veces, cuando nadas cerca, notas algo que te roza la pierna. Es su mano, la del fantasma, que quiere tirar de ti hacia abajo. Muchos se han ahogado así.
Gianni recordaba ahora aquel final dramático, la voz con la que Luca remató la historia en medio del embalse, los cuatro subidos en la balsa. Y el silencio que se apoderó de ellos, la aprensión con la que miraron el fondo lodoso y cómo se apiñaron en el centro para no acercarse al borde de la frágil embarcación que los mantenía a salvo. Esa fue la primera vez que Gianni había sentido la presión del cuerpo de Patricia, aquellos bultitos incipientes contra su brazo. Y, por supuesto, se acordaba de la erección que tuvo, a pesar del miedo. Y también del modo en el que Luca le arrebató aquel momento cuando, de repente, se puso a gritar para asustarlos y balanceó la balsa hasta desequilibrarla y hacerlos caer al agua.
Aquel día regresaron los cuatro empapados y descalzos a casa y les tocó dar bastantes explicaciones.
Gianni recogió una piedra y la lanzó con fuerza hacia el agua. La piedra trazó una curva, cayó con un chapoteo sordo, dibujó una onda en la superficie y se perdió. Si allí había algún fantasma no se había dado por aludido. A veces se preguntaba si el recuerdo de aquel verano no era una invención, si no lo era todo lo que había pasado después: una de aquellas historias de Luca, un cuento de fantasmas y sangre y criados negros y mujeres niñas del Paraguay. Algo de lo que asustarse y luego reírse. Eso lo habría hecho todo más fácil.
Era el primero de los nombres que Orestes quería cobrarse. El primero de tres. No voy a negar que, tras días observándole, el chico me caía bien: iba a lo suyo, mantenía un perfil bajo y me gustaba la comunión que tenía con ese animal feroz suyo. Incluso sentía cierta curiosidad por esos tatuajes. Seguro que cada uno de ellos tenía un significado, no me daba la impresión de que Gianni fuera de los que hacen las cosas sin un motivo, aunque eso carecía de importancia; yo tenía una misión que cumplir y buscaba el mejor momento y el lugar adecuado para cumplirlo. El embalse parecía el sitio perfecto. Sin testigos y apartado.
Teniendo en cuenta cómo han ido las cosas después, reconozco que acercarme a Gianni en vez de pegarle un tiro en la nuca mientras se vestía en la orilla del embalse fue un error, el primero de los muchos que me han conducido a esta situación. Sin embargo, antes de cumplir con el encargo de Orestes, necesitaba saber qué tenían que ver aquel joven y su familia con la aparición en la Montaña de Clara. A veces, las cosas son exactamente lo que parecen, casualidades, pero este no era el caso. Necesitaba una respuesta y no conformarme con esas migajas que los perezosos llaman azar.
—¿No es peligroso bañarse ahí?
Estaba acuclillado, completamente desnudo a pesar del frío. Tenía un pitillo en la boca y buscaba el encendedor en los bolsillos de los pantalones. Me miró de mala manera y luego me ignoró. El lobo checoslovaco se acercó chorreando a él y encogió el hocico, mostrándome los colmillos. Gianni susurró algo en un idioma que no comprendí y el animal se relajó, aunque permanecía atento a mis movimientos.
—Bonito traje —dijo, levantándose y echándome un vistazo irónico—; lástima que no sea el sitio adecuado para tanta elegancia. ¿Te has perdido?
Tenía un cuerpo macizo y bien trabajado, es verdad. Y más tatuajes de los que he visto nunca en alguien, excepto en la gente de la Yakuza. Algunos realmente impresionantes, como la serpiente que le bajaba desde el centro del pecho y se le enroscaba alrededor de una polla digna de cualquier actor porno. En el cuerpo a cuerpo habría podido fácilmente conmigo, por no mencionar los dientes de su perro. Por suerte para mí, la Glock en mis riñones igualaba las condiciones. Tenerla a mano me daba algo de confianza.
La cuestión era cómo abordar la situación.
—No me he perdido. De hecho, hace días que te vigilo. Ponte los pantalones, me incomodas un poco.
No creí necesario amenazarle con la pistola. Hay códigos, un lenguaje sin palabras que él ya conocía. Aceptó a regañadientes, porque entendía que tras mis palabras se leía el ruego de que no intentara resistirse. Además, me habría disgustado tener que matar al perro.
Le dejé que se pusiera también la camiseta. Estaba tranquilo, no diré que resignado. Simplemente esperaba acontecimientos. Podría haberlo dejado correr, de verdad que me caía bien.
—¿Vas a contarme de qué va esto? —me preguntó. En la mano derecha sujetaba las llaves de su motocicleta, aparcada un poco más lejos. Daba golpecitos en el llavero con el dedo índice como si estuviera enviando un mensaje con código morse: tres golpes cortos, tres golpes largos, tres golpes cortos. Iba a atacarme de un momento a otro, y yo deseaba evitarlo.
—Esperaba que me lo dijeras tú. —Saqué la pistola y le hice un gesto para que se quitase de la cabeza la idea. Para afianzar mis intenciones, apunté al lobo, que, como si estuviera mimetizado con su dueño, había erizado el lomo y tensado las patas traseras.
—No le apuntes a él. Apúntame a mí —me advirtió. No le hice caso.
—Clara Fité… ¿Qué quiere de ti y de tu familia?
La pregunta le desconcertó. Supongo que imaginaba que yo era otra persona, que estaba allí por otros motivos. Motivos que tenían que ver con la tumba de su padre y con el sepulturero, Júcar. Comprobar que se equivocaba le produjo un alivio momentáneo, al que siguió una exaltación de la carótida.
—¿Quién te envía? ¿Sanabria o monseñor Ricart? ¿O es cosa de mi hermano? ¿Tan acojonado está por lo que puedo contar que envía a un matón?
No tenía ni puñetera idea de lo que estaba diciendo, pero decidí tirar de ese cabo.
—De ti depende lo que vaya a pasar ahora, Gianni. Puedo largarme por donde he venido o puedo hacer lo que he venido a hacer. Solo tienes que decirme qué tiene que ver Clara Fité con todo esto.
El perro fue el primero en atacar. Saltó sobre mi brazo como si lo hubiese activado una orden inaudible. O quizá reaccionó por puro instinto. Tengo entendido que los perros no conocen la premeditación. Sentí la dentellada en el brazo y la mano que sujetaba la pistola se abrió en lugar de crisparse sobre el gatillo. Aquel bicho tenía una fuerza descomunal, y lo más curioso era que mientras atacaba y desgarraba no gruñía, se concentraba en destrozarme hasta el hueso. Tuve que golpearle varias veces con todas mis fuerzas bajo el vientre para que aflojara un instante, suficiente para alejarme arrastrándome por el barro y tratar de coger la pistola antes de que lo hiciera Gianni. Apunté desde el suelo al perro, que se disponía a atacarme de nuevo, y disparé.
10
El cadáver apareció tres días después, en una acequia a las afueras del pueblo, un lugar al que todos llamaban la Finca del Moro. Estaba cerca del meandro del arroyo y de la antigua fábrica de muñecas. Nadie solía ir ya por allí. Desde que la cerraron a finales de los ochenta, la nave se había convertido en refugio ocasional para algunos indigentes, que usaban el cañaveral como letrina y el arroyo para lavarse.
Fue uno de ellos quien lo vio primero, pero no se atrevió a tocarlo. Los cadáveres le daban asco. Era un asco supersticioso, como si la muerte fuera contagiosa. Se subió los pantalones a toda prisa y corrió a avisar a su compañero. Nunca se sabe; a veces, los muertos dejan algo para los vivos.
La cabeza asomaba entre las cañas, el cuello levemente girado, la boca entreabierta y la lengua fuera. Una nube de moscas se cebaba sobre los ojos, abiertos y fijos, y tenía las pupilas estriadas, como si hubieran estallado en un sufrimiento terrible. El primer indigente ayudó al segundo a llegar hasta el cuerpo, pero se negó rotundamente a moverlo.
—Ya lo sacarán los bomberos. Tú solo mira si tiene algo de valor en los bolsillos.
El segundo indigente se desprendió de la mano que le sujetaba para no resbalar. Olvidándose del barro y de los insectos, se dejó caer junto al cuerpo. Tenía el vientre hinchado, las hormigas entraban y salían frenéticas de las orejas y las ratas ya habían empezado a despedazarle la cara. El indigente lo puso de costado para registrarle los bolsillos. Sus ojos brillaron con un triunfo en la mano alzada:
—¡Dos papelinas!
El otro aplaudió desde arriba, asomando la cabeza como los viejos que miran desde los balcones las desgracias ajenas y hacen sus conjeturas. Hoy era su día de suerte.
—Sal de ahí antes de que nos vea alguien.
El segundo indigente movió la cabeza. Había fijado su atención en algo, unos metros más abajo.
—Ahí hay otro.
—¿Otro muerto?
El indigente negó con la cabeza.
—Es un perro, parece un lobo. Le han pegado dos tiros. ¡Qué hijo de puta habrá sido capaz de hacerle algo así a un pobre animal!
11
Luca abrió el confesionario y se encerró dentro. Le gustaba sentarse ahí a pensar cuando la parroquia se vaciaba y solo quedaban encendidas las velas votivas en la capilla de Sant Genís. El resto quedaba a oscuras, y en esa caja de madera tenía la sensación de poder esconderse también de Dios. No del Dios en el que no creía, por supuesto —el de las misas y la Biblia, el del rito y las formas—, sino de ese otro que le conocía bien, ese Dios que no existía para el resto, solo para él.
A ese Dios no había modo de conmoverlo ni de engañarlo.
El joven sacerdote se reclinó haciendo crujir el asiento de madera y encendió un cigarrillo. El humo se escapaba a través de la celosía que separaba el habitáculo del confesor del escalón donde la gente se arrodillaba para desahogar la culpa y recibir la penitencia y el perdón. El rito tenía su gracia. A veces, Luca se sentía como un repartidor de vales descuento para poder seguir pecando: uno se arrodillaba y juntaba las manos compungido, soltaba su retahíla de mezquindades, rezaba unos padrenuestros o unos avemarías y se iba ligero, libre de culpa, con el contador a cero.
No recordaba cuándo había sido la última vez que se había confesado con sinceridad, ansiando esa limpieza de corazón. Tal vez fue antes de su ordenación. Recordaba con ternura a ese jovencísimo diácono, tumbado con los brazos abiertos en cruz y la frente en el suelo. Con el permiso del obispo, monseñor Ricart fue el celebrante que le impuso sus manos para transmitirle la fuerza, la fe del Espíritu Santo, a través de un rito ancestral que le hizo sentirse renacido, puro y bondadoso hasta las lágrimas: «Ut hunc electum benedicere et santificare et consecrare digneris, te rogamus, audi nos».
Todavía soñaba con aquel joven, de vez en cuando. Aún lo echaba de menos.
—Fumando en el confesionario… ¿No respetas nada?
Al otro lado de la celosía reconoció el ligero tono de reproche de monseñor Ricart. Aplastó el cigarrillo y salió. El anciano se había alejado hacia el primer banco frente al altar. Luca tuvo la desasosegante sensación de que la imagen del Cristo crucificado le observaba como quien ve a un ladrón o a un farsante.
—Siéntate, Luca. Tenemos que hablar.
Fue Ricart quien le dio la noticia. Lo hizo como era costumbre en el anciano, con una voz pausada y palabras medidas, sin excesos ni rodeos sentimentales: Gianni estaba muerto. Lo habían asesinado.
La mejilla de Luca palideció y sus ojos titilaron como una llama de vela oscilante, sin saber a dónde dirigirse. Lo que acababa de oír no tenía cabida en su cabeza, era demasiado desconcertante. Monseñor Ricart lo sujetó por la mano, como si pretendiera retenerle por si decidía arremeter contra el Cristo crucificado o ponerse a blasfemar.
El funeral se celebró en la parroquia de la Montaña. Todos habrían comprendido que Luca pidiera a otro sacerdote que se encargara, pero insistió en oficiarlo él. Apareció ojeroso y apagado pero digno —eso dirían luego los presentes—, con una estola morada que su madre le había regalado para su ordenación y que solo utilizaba en las ceremonias más señaladas. Marta Beltramo escuchó la lectura del Evangelio y la homilía en primera fila. Erguida, completamente de luto, no permitió que las emociones la sobrepasaran, ni siquiera cuando a Luca se le quebró la voz desde el púlpito. Su ojo de águila se clavó como una garra en su hijo, obligándole a recomponerse y continuar.
Hubo quien comentó después que parecía de mal gusto que Bernardo Sanabria ocupara un puesto de privilegio a su lado y que se permitiera tomarla de la mano un par de veces. Era cosa sabida que el constructor formaba parte del círculo íntimo de la familia, pero a nadie se le escapaba que algo de cierto había en los rumores que circulaban acerca de la relación íntima que esos dos mantenían desde hacía décadas. Habría sido de buen gusto algo de disimulo, teniendo en cuenta que Sanabria era un hombre casado.
Después de la ceremonia el féretro fue trasladado al cementerio nuevo.
Fue Luca quien decidió que su hermano reposara junto al nicho de su padre. De niño, Gianni había estado muy unido a Antonio. Confiaba en que la muerte volviera a reconciliarlos. El entierro fue privado. Aparte de madre e hijo, solo estuvieron presentes Sanabria y monseñor Ricart. Júcar, el sepulturero, obligado a hacer su trabajo, estaba realmente afectado. Cuando se acercó a Marta Beltramo para ofrecer sus condolencias, ella le rechazó con un reproche.
—¿Crees que no sé lo que hacías con mi hijo? ¡Todo el pueblo lo sabe!
Luca tuvo que intervenir para calmarla —Marta solo perdió los nervios en ese momento— y que todo concluyera en paz y con el decoro necesario.
Algunos curiosos esperaban fuera del cementerio para dar el pésame. Apartado, José Luis Vera observaba la escena con una media sonrisa.
—Hipócritas —murmuró. Se quedó ahí un rato, hasta que apareció el coche fúnebre, ya vacío. Como si eso le bastara para confirmar la muerte de Gianni, asintió, escupió en el suelo y se alejó hacia el pinar. Le apetecía silbar.
Horas después, Marta Beltramo seguía con el pintalabios incrustado en los labios, dejando manchas de carmín en los besos y en el pañuelo. A Luca le habría gustado fregotearle la boca con la manga para borrárselo y apartarse de esa mano fría que le había sujetado durante todo el desfile de lamentos que, por fin, se acababa. La muerte puede ser muchas cosas. Para algunos, una anécdota, para otros, incluso un alivio. Unas pocas palabras y un abrazo discreto, una falsa solidaridad entre los vivos.
Solo quedaban en la casa ellos, Sanabria y monseñor Ricart.
—¿Cómo estás? —le preguntó el anciano.
—La última vez que le vi estaba vivo —respondió Luca, como si lo obvio fuese ahora más necesario que nunca.
Sanabria hablaba con su madre, permitía que ella recostara la cabeza sobre su hombro y le ofrecía un consuelo insulso. Luca apartó la mirada asqueado. Le repugnaban la escena y su significado. Ella tenía derecho a la felicidad de tener un hombre, pero aquello no lo era. Era otra cosa. Y él no podía hacer nada.
—Tienes que recomponerte, Luca —insistió monseñor Ricart como si leyera en la mirada sus pensamientos—. Dentro de ocho días se reúne la comisión y debes estar a la altura. La vida sigue, hijo mío.
Sí, la visita del papa, el proyecto de la ermita, el futuro de príncipe púrpura, por el que tanto había peleado: la vida que supuestamente debía desear. Todo eso le resultaba ahora inconsistente y, peor, indeseable. Las ambiciones se escurrían entre las grietas de la realidad. Gianni estaba muerto. Y ese hecho incuestionable era de repente mucho más relevante que el hecho de que antes hubiese estado vivo. En su mente todavía no era posible la separación de ambos. ¿Recomponerse? Primero debía averiguar cómo lograrlo, porque el dolor se estaba tiñendo de una rabia sorda y ciega que no sabía contra quién dirigir. Tenía que salir de esa casa. Todo pesaba demasiado.
—Ahora no puedo pensar en eso.
Salió a fumar y se detuvo en el jardín trasero, que había ido cambiando de fisonomía con el paso de los años. Sus padres nunca habían tenido el talento o las ganas necesarias para cuidarlo. Las plantas se morían al final del verano y eran repuestas al principio de la primavera siguiendo el criterio caprichoso de su madre: hoy rosales, mañana gramíneas, pasado las flores del almendro. Tuvo que ser Gianni quien le diera esa vida propia y sosegada que lucía ahora, las formas equilibradas y romboidales del césped, el mimo de los macizos de romero que convivían con la lavanda en armonía, la templanza de los geranios que esperaban su momento. Dónde aprendió esa paciencia del jardinero era un misterio, como todo lo que le había pasado durante los años en los que estuvo desaparecido: sus tatuajes, su silencio y ese lobo checoslovaco. Solo ese animal podía ver en su oscuridad.
—Maldito seas, hermano.
La casa parroquial era modesta, apenas sesenta metros con una habitación, un cuarto de baño y una pequeña cocina. No necesitaba más. Incluso, mientras se acercaba y observaba el tejado, cuyas viejas tejas había cambiado con sus propias manos, y las ventanas que había pulido y pintado, se daba cuenta de que añoraría aquella sencillez cuando le destinaran a Roma. Una parte de él deseaba que nada cambiara, seguir siendo el párroco de la comunidad de la Montaña, el hombre al que todos conocían y en el que se podía confiar, pero la voz de Gianni se reía de ese pensamiento pusilánime. «¿A quién pretendes engañar?», se burlaba.
A lo largo de la tapia baja que rodeaba la casa parroquial eran todavía visibles algunas de las pintadas que habían aparecido días atrás en contra del proyecto para la ermita de Sant Genís. El alcalde le había prometido que estarían borradas para cuando llegase la comitiva diocesana, pero solo había cumplido su palabra a medias; la fina capa de pintura blanca con la que el operario las había cubierto no alcanzaba para borrar del todo las más ofensivas, aquellas que le acusaban de ser un especulador al servicio de Bernardo Sanabria. Luca conocía de sobra de quién eran obra, aunque se había negado a denunciar al autor. La letra de Gianni seguía siendo tan desastrosa como cuando iban juntos al colegio y él tenía que transcribirle los ejercicios de texto para que fueran mínimamente legibles. Habría apostado que las otras pintadas, las que no eran de su hermano, las había añadido su cómplice, el sepulturero. Solo a un desgraciado como Júcar podía temblarle de esa manera el pulso.
Sabía por qué Gianni se había opuesto con tanta vehemencia a aquel proyecto. A su hermano le importaba una mierda la Montaña y lo que pasara con la ermita. Solo le importaba el pasado.
Entró en la casa sin encender la luz y fue directo a la nevera para abrir una cerveza. Dejó las llaves y la chaqueta en la mesa y encendió el televisor.
En alguna parte guardaba las viejas cintas de la cámara, lanzándole el bumerán de la culpa de su padre. El vídeo 8 podía adaptarse a VHS, aunque el reproductor era antiguo y la imagen perdía calidad. Luca se dejó caer en el sillón.
La pantalla parpadeó varias veces, la estática se fue difuminando y aparecieron aquellos colores desvaídos, verdosos, las voces antiguas, como los gestos y la ropa y los cortes de pelo.
Escenas familiares que a su padre le gustaba filmar: Gianni jugando en el jardín con el cachorro de rottweiler, Marta leyendo una revista en el porche con un Fine 120 mentolado entre los dedos, Luca haciendo el bobo con una bolsa de papel en la cabeza para atraer su atención…
Pulsó el avance rápido. Una cena con los vecinos, José Luis y Gabriela. Los adultos a la mesa, fumando y bebiendo vino blanco, distendidos, risueños. José Luis hacía bromas, sobre todo a su madre, que se reía como si se hubiera fumado un canuto de marihuana. Gabriela estaba un poco ausente, algo incómoda. Tenía a Sergio en los brazos, miraba sin ver, sonreía sin ganas. La cámara viraba sesenta grados y aparecían ellos, Luca, Gianni y Patricia. Un conciliábulo de tres que se dispersaba al ser descubiertos.
Volvió a pulsar el avance rápido.
Ahí estaban.
Ellos dos.
Su madre y José Luis en el Ford Taurus.
Luca puso en pausa la imagen y se bajó la cremallera. Notaba cómo le iba creciendo la erección.
El Otro Dios sonreía.
En el sótano
Si miras mucho rato la oscuridad, los ojos acaban doliendo. Pero si los cierras, esa misma oscuridad es distinta; se puebla de cosas, de imágenes que llenan el vacío, y el tiempo pasa: mi madre y su melena blanca y muy larga, sentada en la puerta de nuestra casa como si fuera una virgen, con su toquilla azul pálido. Me tiene en el regazo y me cuenta algo que no recuerdo, o me canta una canción cuya letra he olvidado. De pie, a su lado, como un centurión, mi padre fuma y contempla la calle y la gente que pasa. Tiene la mirada llena de sueños. Siempre en otra parte.
No sé por qué se piensa en los padres cuando se está desesperado, por qué se quiere retroceder a la infancia en esos momentos. Tal vez sea porque buscamos la insidiosa esperanza de volver a empezar. Supongo que esa clase de delirio es una forma de escapar del presente.
Han pasado días desde la última paliza, y aunque el cuerpo se recupera, la mente se quiebra, se agota tratando de anticipar la siguiente vez. Puede ser pronto o tarde, todo depende, mientras el cubo de mierda se va llenando con la sangre que orino y la sangre que excreto. Solo he vomitado un par de veces, buena señal. El estómago sigue en su sitio. Permiten que me recupere. Arreglar lo que rompes para volver a romperlo y a arreglarlo otra vez. Hay lógicas así de absurdas. Lo único que puedo hacer es concentrar mis esfuerzos para la siguiente vez, acallar ese gusano del oído que me dice que me rinda.
Ese gusano se retuerce en mi tímpano: «No saldrás vivo de este sótano».
Tal vez no. Tal vez sí. El gusano no lo sabe todo.
Cuando vuelve a encenderse la bombilla y se oye la corredera del pestillo en la puerta me pongo de pie. No me gusta que me apaleen sentado o encogido en un rincón.
Pero no hay más palos, por ahora. Me arrojan un puñado de ropa y me dicen que me vista. No es mi estilo: pantalón de chándal, sudadera y zapatillas de deporte sin cordones. A saber de qué muerto.
Me sacan engrilletado y me conducen por una galería de bóvedas que recorren tuberías y cables viejos. En el suelo se forman charcos de agua mezclada con grasa. Seguimos en el subterráneo, pero de alguna parte llega aire fresco, una corriente ligera que sienta bien. Me meten en un habitáculo estrecho, algo que debió de ser un trastero o un cuarto de archivos. Hay taquillas vacías y un par de sillas. Sin ventanas. Solo un fluorescente que emite una luz que nos da a todos un tono ictérico.
Una de las sillas ya está ocupada por una mujer que se vuelve a mirarme con un gesto especulativo. La he visto antes. La reconozco. Hace una seña con la barbilla y me sientan enfrente, a una distancia segura. Los hombres que me han traído se colocan detrás de ella como una guardia pretoriana. No tengo ninguna posibilidad, pero no me quita los grilletes. Es precavida, y hace bien.
A estas alturas, definir a alguien por su apariencia física es una frivolidad. Lo importante es que parece ser la que manda, que no es ni joven ni vieja, que viste bien pero sin darle mucho valor, que tiene una alianza puesta y que, resulta evidente, esas manos no han ejercido nunca la violencia. Para eso tiene a otros. Segura de sí misma, este tipo de trabajo no debe de resultarle novedoso. No es la primera vez. Algo en ella, quizá el pelo, la constitución, me recuerda un poco a Margar, la mujer que Dávila envió a Cubagua a matarme en el tiempo de las fieras, y que ahora pasta con las iguanas.
—Eso ha sido excesivo.
Se refiere a la hinchazón de mi mejilla. Me pregunta si quiero fumar, si quiero un café, si necesito lavarme. No respondo a nada y ella no parece esperarlo. Es como si siguiera un manual de buenas prácticas para la tortura. Cumplido el trámite, lo siguiente es abrir el grueso expediente que tiene delante. Lo lee con interés, aunque ya debe de haberlo hecho antes. Seguramente, muchas veces. Tiene una forma curiosa de mover los labios, como esos ancianos que aprendieron a leer tarde y que necesitan musitar las palabras para entenderlas bien.
—¿A cuántos has matado? ¿Llevas la cuenta? Apuesto que ni siquiera lo sabes.
Debe de verme como una especie de operario de un matadero, una máquina de triturar carne y hacer salchichas. No es que le importe, es simple curiosidad, como quien se interesa por un gorila albino.
—¿Por qué matar también a Gianni y a su lobo? ¿No te gustan los perros? A mí me encantan.
No digo nada.
La mujer cruza los dedos sobre la rodilla. Tiene una sonrisa agradable, como Margar. Se diría que la han sacado de un departamento de recursos humanos y que esto es una entrevista de trabajo. Ha visto mi currículo y ahora quiere aclarar algunas dudas. Cambia de estrategia.
—¿No vas a preguntar quiénes somos o por qué estás aquí? Sería lo justo, para ponerte en contexto.
—Los enemigos viejos no difieren demasiado de los nuevos.
Ella amplía la sonrisa. Dientes bonitos.
—Eres un estoico.
Sonrío con lo que me queda de boca sana. Tratar de obtener de mí virtudes de las que carezco es un error. La disciplina de mi carácter no está destinada a reprimir mi verdadera naturaleza, sino a multiplicarla.
Se inclina hacia mí como si fuera a revelarme un secreto importante.
—He oído decir que eras el niño prodigio del Oso Dávila, hecho a su imagen y semejanza, que te moldeó para ser el asesino perfecto desde que eras un crío. Cien por cien de efectividad, sin remordimientos y sin hacer preguntas. El hombre para todo del cártel de Guadalajara, el más fiable. Un clásico.
Mi madre conducía un viejo Vocho, un sedán de color verde que rascaba en el cambio de marchas y que se ahogaba en las subidas al cerro del Cuatro. Fue la primera mujer de la familia en sacar la licencia de conducir y le compró esa chatarra a un vecino. Nunca quiso cambiarlo por esos nuevos coches que venían de Corea o de Estados Unidos. Decía que su Volkswagen nunca le fallaba.
Ella se toma su tiempo. Me observa, me disecciona. Está intrigada.
—Sabes que estás acabado. La gente de tu clase es cosa del pasado. Descatalogado.
Me encojo de hombros. El viejo Vocho de mi madre un día dijo hasta aquí, el motor se gripó en una excursión al Alto de las Mesas y el mecánico no dio con la causa ni el remedio, simplemente el corazón se le había parado por puro cansancio o desgana de seguir rodando. Acabó sus días en el desguace. Una maza mecánica aplastó la plancha y una gran pluma lo elevó igual que un ángel de acero a la cima de un montón de muertos mecánicos. Una buena metáfora. Todo se acaba estropeando con el uso, como una lavadora o un frigorífico, como un traje de Savile Row… Como los sentimientos. No es para tanto.
Se pone en pie. Da una vuelta a mi alrededor, igual que una mosca que busca dónde posarse. Se detiene detrás de mí. Noto sus uñas en mi cuero cabelludo:
—Has cabreado a tanta gente que es un milagro que sigas vivo. No sé cómo lo conseguiste, pero esta vez has ido demasiado lejos. Seguro que sigues pensando que tendrás otra oportunidad, que de una forma u otra te las apañarás para salir de esto, como tantas otras veces… Siento desilusionarte, pero eso no va a pasar. No habrá más prórrogas ni más acuerdos. A lo único a lo que puedes aspirar ya es a sufrir un poco menos.
Puedo sufrir un poco más. Siempre cabe otra gota en el vaso.
Posa sus manos en mis hombros. Algo así debe de sentir la liebre cuando la atrapan las garras del águila.
—Podríamos hacerlo fácil. Tú me dices dónde está el cuaderno, yo te pego un tiro en la nuca y te prometo un entierro digno… ¿Qué me dices? No digo nada. Hace un gesto administrativo, de funcionaria aburrida.
—Que no se diga que no lo he intentado.
Ahora es el momento en el que puedo darle algo.
—¿Dónde te formaste? ¿En el Ejército, en la Policía?
Me mira con curiosidad. Incluso con un poco de simpatía.
—Eres un listillo, ¿verdad? En la IRT.
Asiento.
—Respondéis al mismo patrón… ¿Qué hacías en la Interpol?
Ella sonríe con tranquilidad. No parece sorprendida, y tampoco que le importe lo que yo crea saber de ella. Me da por amortizado.
—Me moría de asco persiguiendo a idiotas como tú.
Algo ha mudado en su expresión. Por más que la observo, no detecto señales de vida humana en su rostro. Ni familia, ni mascotas. Solo una determinación fría.
—Supongo que te hartaste y te volviste agente libre. Diría que viste la luz en África, posiblemente en Abiyán, quizá en Yaundé. Ahí te enseñaron a rentabilizar tu talento.
Asiente, burlona, mientras enciende un pitillo.
—Estoy impresionada. Sigue, por favor.
—Seguro que ahora te diviertes mucho más, por no hablar de la pasta. Te gusta esta vida, pero todavía estás a prueba. Y tu prueba soy yo. Estás aquí para demostrar que los que te han contratado no se equivocan contigo. Si la cagas, harán un bonito saco con tu pellejo.
Me mira de reojo. Mal jugado por mi parte. Acerca el cigarrillo y lo aplasta en mi mejilla, lentamente, haciéndolo girar. Duele. Mucho. Cuando lo apaga me lo lanza a la cara y vuelve a alejarse. Piensa. Calcula. Se acaricia la nuca. Suspira y levanta la cabeza. Se toma su tiempo.
—De acuerdo —decide—, si quieres jugar conmigo, juguemos.
Hace una señal y los hombres que la rodean me sujetan. Esta vez no va a pedirle a un esbirro que haga el trabajo sucio. Sin prisa, se pone unos guantes de piel. Alguien le tiende unas tenazas.
—Tienes razón en algo. Estuve en África, pero no fue en esos sitios que mencionas. Fue en Nigeria. En Benín estuve con los Black Axe. Yo era una moyu, una idiota blanca que trabajaba para Interpol investigando el tráfico de personas, y me pillaron. Podrían haberme martirizado y darles los restos a sus hienas, pero me pusieron a prueba y les demostré que se equivocaban; maté a varios miembros de Eiye y de los Maphites, clanes rivales. Y entonces me permitieron pasar el bamming. ¿Sabes lo que es?
—Es un ritual de iniciación.
—Así es, pero no es un ritual cualquiera —admitió—. Nada de cortarse la mano y mezclar tu sangre con la de un hermano de armas… Me llevaron al bosque, me arrancaron la ropa y me hicieron tumbarme en el centro de un círculo de hombres. Uno tras otro, me violaron. Pensé que lo harían hasta reventarme, pero lo que hicieron fue dejarme ahí tirada mientras ellos se reían y celebraban. Creí que se había terminado, pero entonces empezaron a golpearme por turnos con cañas de bambú hasta que mi cuerpo quedó hecho una pulpa. Luego, semiinconsciente, me hicieron masticar nuez de cola y arrastrarme entre ellos y besarles los pies mientras me gritaban y me amenazaban con machetes y pinchos. A eso lo llaman la puerta del diablo. Duró hasta el alba, pero no morí ni supliqué. Y entonces me aceptaron.
Se levanta la parte inferior de la camisa y me muestra un tatuaje hecho con un cuchillo. Las cicatrices son las palabras del lema de esa secta: Secreto, disciplina y hermandad. Deja caer la camisa y sonríe con crueldad.
—Ahora voy a mostrarte algunas cosas que me enseñaron. Cosas que solo se aprenden en el infierno.
12
Tres semanas antes
No fue difícil dar con La Cuadra, un garito de mala muerte en la comarcal. Solo tuve que preguntar por ahí dónde conseguir algo de diversión. Para ciertos lugareños tenía el atractivo añadido de las putas, mayoritariamente del Este, además de las drogas. Era un sitio feo, y esa fealdad no venía de la cutrez de las plantas de plástico descoloridas o de la fachada de cemento mal pintado. Venía de la gente que entraba y salía: eran como zombis, comerciales de paso con trajes baratos y zapatos desgastados, camioneros sin afeitar, chicas con vestidos ridículamente cortos que ni siquiera se sentían con ánimo de fingir algo de alegría.
Vi a Júcar en el aparcamiento de tierra, apoyado en la Derbi Antorcha —la vieja Derbi paleta de Gianni—, vigilando la entrada del local. Al verle con la camisa medio desabotonada, sudoroso y con las botas cubiertas de polvo, me vino a la cabeza que cierta gente tiene el vicio de perder desde que son niños. Luego, las circunstancias solo aceleran esa vocación. En la mirada del sepulturero no había más que desprecio, una acusación permanente y difusa a su mala suerte. No se esforzaba en sonreír. Las estrategias de la seducción eran innecesarias con los camioneros que estacionaban en batería junto a la gasolinera y que se le acercaban en busca de éxtasis, cocaína o cualquier otra basura de las que vendía. Decir que el sepulturero se arrastraba en la mierda sería redundante. Nada que no supiera y aceptara de antemano. No me daba ninguna pena. Si estaba allí era porque lo había elegido. Hay tipos que rechazan la oportunidad de reconducir las cosas de la mejor manera posible. Me ofendía su voluptuosidad y esa vanidad oculta que exhiben los que culpan al mundo de su fracaso.
Se le acercó una chica de no más de veinte años. Tenía andares de joven desenfadada, de universitaria de Ciencias Políticas en segundo curso. Un pañuelo alrededor del cuello, tejanos ceñidos y zapatillas de deporte. Llevaba colgado del hombro un bolso tipo capazo y en los labios un cigarrillo de liar. Miraba con agradable confianza al sepulturero, pero sus ojos se desviaban involuntariamente hacia la mochila sobre el manillar de la moto. La codicia endurecía y taladraba esa mirada ingenua. Llegaron a un acuerdo rápido. El sepulturero cargó la mochila y se alejaron hacia el aparcamiento de los camiones. Entre dos contenedores, ella le hizo una mamada. Fue rápido. Puede que él ni siquiera se corriera. A cambio, abrió la mochila y le dio a la chica una bolsita que ella guardó en el bolsillo con voracidad. La vi alejarse y escupir repetidamente, limpiándose la boca con un gesto de asco.
El sepulturero parecía satisfecho. Regresó a la motocicleta, la arrancó y se puso en marcha. Le seguí a distancia, iba hacia el cementerio. Su día estaba a punto de cambiar.
Se detuvo en el camino de grava y aparcó la moto. Con la mochila al hombro, entró en el cementerio con unos pasos cortos y ridículos. Alguien le llamó por teléfono. Le oí alzar la voz y le vi hacer aspavientos. Le eché un vistazo rápido: calcular el grado de brutalidad que necesita cada hombre para que su voluntad se doblegue es parte de mi oficio. En la mayoría de los casos basta con la amenaza, en otros es necesaria una muestra algo más contundente. Relajé los músculos y esperé a que aquella gallina gordinflona colgase el teléfono. Era mediodía y no se veía a nadie más. Un buen momento.
Me acerqué tranquilamente, dándole tiempo para que me viera. Me echó una mirada rápida, suspicaz. Debió de olerse algo, pero ya estaba al alcance de mi brazo, así que, sin mediar palabra, le asesté un puñetazo seco en el tabique nasal. Eso debía bastar como aviso; la sangre, sobre todo cuando es la propia y brota escandalosamente, suele aclarar las ideas y ordenar las prioridades. Algo incómodo, molesto, pero necesario. Esperaba no tener que pasar a mayores.
Sorprendido por el golpe a contrapié, el sepulturero retrocedió echándose las manos a la cara. Cuando vio brotar la sangre, su chillido fue tan fuerte que habría acallado el de un cerdo en el matadero. Dejé que se quedara sin aire en los pulmones antes de quitarle la mochila. Enderezó la cabeza y escupió un grumo de sangre, más cabreado que espantado.
Supongo que pensaba que iba a robarle, de modo que lo saqué rápidamente de su error. No tenía mucho tiempo y necesitaba algunas respuestas.
—Gianni Beltramo.
—¿Tú quién coño eres?
Cargué el brazo de nuevo. El levísimo gesto de resistencia del sepulturero se evaporó con la misma rapidez que sus manos tendidas a modo de parapeto inútil.
—¿No ves las noticias, tío? A Gianni se lo han cargado.
No necesitaba ver las noticias. Gianni era el primer nombre de la lista que me había dado Orestes. Eliminado el primero, quedaban dos. Todo bien, salvo por un pequeño detalle: yo no le había matado, pese a lo que dijera la mordedura de mi brazo.
No tengo por qué mentir al respecto. Iba a matarlo, desde luego, pero cuando acorralé a Gianni en el embalse mi primer objetivo era conseguir algunas respuestas, y eso no varió. Ya he dicho que el chico me caía bien. Incluso puedo admirar la lealtad ciega y feroz de su perro. Pocas personas se sacrificarían de ese modo. Por eso entendí y pude compadecer el desconcierto del joven, su quietud espectral al verle ahí tendido, jadeando y sacando sangre por la boca y el hocico. No debería haber sufrido de esa manera, pero no pude apuntar bien.
—Hay que rematarlo —dije poniéndome en pie, cubierto de fango y con el brazo destrozado. Tanto que tuve que apuntar a Gianni con la otra mano. Buena o mala, a esa distancia no fallaría si me atacaba.
Ni siquiera me escuchaba. Estaba de rodillas junto al animal, le acariciaba el costado y le hablaba muy bajito. En sus ojos solo cabía una tristeza conmovedora, todavía no había irrumpido la furia suicida, el odio sin límites con el que se volvió hacia mí.
—Hazlo.
Esta vez no fallé. Fue un tiro limpio, a bocajarro. Juro que lo sentí más de lo que he lamentado dispararles a algunas personas. No es fácil de explicar algo tan contradictorio, y no pretendo hacerlo.
Gianni se había apartado. Erguido, separaba los brazos del cuerpo, todos los músculos en tensión. Dije que lamentaba haber matado a su perro, y lo dije sinceramente. Una brizna de esa verdad debió de colarse tras el muro de su ira.
—¿Quién eres?
Algo se había alterado. A medida que pasaban los segundos, su respiración agitada se sosegaba, y lentamente su actitud dejó de ser ofensiva para pasar a un estado de resignación. Su atención fluctuaba entre la mirada hacia su perro y hacia mí. Como si de repente le hubiese invadido un vacío total, o un cansancio sin límites. He oído cosas así, les pasa a algunos soldados en la guerra. Luchan con una ferocidad terrible, son guerreros temibles, y de repente, sin más, arrojan las armas y se rinden o se hacen matar. A veces, simplemente, uno se harta de luchar o de vivir.
Una parte minúscula de esa rendición me llegó a contagiar de algún modo. Inconscientemente, mi estado de alarma disminuyó, noté que el dedo aflojaba la presión sobre el gatillo, que mi brazo estaba menos tenso, que me llegaban los matices de la luz reflejados en el embalse y la tranquilidad del lugar. Solo he sentido algo parecido dos veces antes en una situación así. La primera fue cuando conocí a Julián Leal y pude matarle pero no lo hice. La segunda fue cuando conocí a Clara. Antes pensaba que habían sido síntomas de debilidad, indicios de que no podía seguir haciendo mi trabajo. Ahora ya no estoy tan seguro.
—¿Conoces a Orestes?
Negó sin pensarlo y supe que decía la verdad. No es tan raro que desconozcas a quien ordena tu desgracia, aunque, si escarbas un poco, seguro que darás con el motivo.
—Es por las drogas, ¿no?
No sabía nada de eso, y tampoco me impresionó mucho descubrirlo. Se mata o se ordena matar por muchas razones, pero casi todas están relacionadas con la codicia y el dinero. Nada nuevo había en el horizonte, aunque reconocí que había cierta perversión en el chiringuito que Gianni y Júcar se habían montado.
—¿Qué relación tienes con la periodista Clara Fité?
La pregunta le sorprendió momentáneamente. Se recompuso, como si en su cabeza los hilos de la historia tuvieran una lógica que nadie más podía percibir.
—¿Y qué tienes que ver tú? —contratacó.
—Busco cierto cuaderno.
Se encogió de hombros. Eso no le incumbía. Dijo que no sabía nada de ningún cuaderno. Y de nuevo le creí.
—Entonces, ¿qué hace aquí? ¿Por qué le interesáis tú y tu familia?
Me dedicó una mirada llena de ingenuidad. Como un niño al que se le pregunta por qué ha roto su juguete preferido. No tuve que golpearle ni torturarle. Ni siquiera tuve que seguir apuntándole. Bastó un cigarrillo. Y luego otro, y otro más para hacerle hablar. Me lo contó todo con naturalidad, abandonada ya toda esperanza, como quien quiere librarse de un peso que lleva mucho tiempo soportando. Tanto que ha olvidado por qué.
Para cuando acabó nos sentíamos protegidos por un extraño silencio, al margen del tumulto de todo lo que pasa en una vida.
—Deberías mirarte ese brazo. La herida se infectará.
Me dio la espalda, se inclinó y recogió entre los brazos a su perro. Se alejó sin que le importase lo que yo fuera a hacer.
Y no hice nada.
No creo que eso le supusiera un alivio. De un modo u otro, estoy convencido de que sabía que estaba muerto.
El sepulturero me observó abrir la mochila. Seguía sangrando y sujetándose la nariz. Vacié el contenido en el suelo.
—Eso vale una pasta. Quédatelo si quieres.
Me agaché y recogí uno de los paquetes. Gianni decía la verdad. Ahí estaba estampada la marca.
—La tumba de Antonio Muñoz. Quiero verla.
Calle L, número 52. El nicho estaba en el tercer piso, el cuarto empezando a contar desde la derecha. El de su izquierda era el de Gianni. Un poco por encima de los ojos del sepulturero pero al alcance de sus manos sin necesidad de una escalera. La losa era de hormigón prefabricado, decorada con una lápida de granito negro. Una fotografía incrustada en el óvalo dorado sobre el nombre y las fechas 1946-1992 mostraba al padre de Gianni en blanco y negro, joven y con una sonrisa rara, como si supiera algo que los demás desconocían y eso le hiciera gracia. La paremia en cursiva rezaba: «Fuimos felices hasta en la infelicidad».
Miré de reojo al sepulturero, que seguía taponando la nariz con un pañuelo y este negó con la cabeza.
—A mí no me mire, la frasecita de marras fue idea de la señora Beltramo.
La tumba llevaba ahí casi dos décadas. Y sin embargo, la argamasa de la lápida estaba fresca, apenas tenía unos días.
—Ábrela.
Júcar me miró como si le hubiera pedido una cosa absolutamente obscena.
—¡No puedo hacer eso!
No estaba mal como comediante. Casi resultaba convincente. A mano estaban la carretilla y la maza con la piqueta. Los residuos recientes de la masa se acumulaban en el suelo. El sepulturero ni siquiera se había preocupado por ocultar las pruebas. Llevaba tanto tiempo haciendo aquello que se había vuelto negligente.
Señalé la maza y le indiqué con un gesto que la recogiera.
—O la abres tú o la abro yo con tu cabeza.
El granito se separó con facilidad con los primeros golpes, apenas estaba sujeto al hormigón. El sepulturero apartó con un bufido la lápida. Al fondo se adivinaba la madera descompuesta del ataúd, y entre los restos pululaban a cientos esas arañas hipogeas que prosperan en la oscuridad. El nicho exhalaba una ligera pestilencia, pero el aire pútrido no llevaba mucho tiempo acumulándose. A lado y lado, en los huecos entre el féretro y las paredes prefabricadas, se amontonaban ordenadamente los paquetes, del tamaño de un ladrillo. Todos tenían dibujado en el envoltorio el mismo símbolo. Saqué una pequeña navaja y hendí uno de los paquetes. En la punta extraje un poco del contenido. Bastó con tocarlo con el meñique y frotarlo en las encías. La llamaban tusi, la mejor cocaína que puede encontrarse en el mercado. No hay mucha gente capaz de mover un producto de esa calidad, solo algunos proveedores al por mayor del Mediterráneo oriental. Y yo conocía al más importante de todos.
La cocaína rosa era el producto estrella de Orestes.
Aquella historia me resultaba familiar. Ya la había vivido antes, en Galicia, cuando el Oso Dávila me envió a ajustarle las cuentas a Fouliña y al padre de Clara porque, mientras distribuían la droga, también la robaban. Allí fue donde conocí a Julián.
Al final, todo se repite. Tal vez Gianni y el sepulturero se habían pasado de listos, quizá habían decidido que podían mover un poco de tusi y que nadie se daría cuenta si faltaban unos gramos aquí o allá. Y ese había sido su error. Chipre está muy lejos, pero Orestes tiene ojos y oídos en todas partes.
Sin embargo, el asesinato por un ajuste de cuentas entre traficantes era una hipótesis demasiado fácil, algo tan evidente que parecía puesto ahí para que la policía le pusiera un lazo al caso y lo cerrase sin más, descartando cualquier otra posibilidad. Algo no encajaba en esa narrativa. Conozco bien a Orestes y, si me había enviado para asesinar a Gianni porque le estaba robando, ¿por qué iba a buscar a otro para asegurarse de que cumplía el trabajo por mí? Él y yo nunca habíamos tenido problemas, sabía que yo era un activo seguro. Por otro lado, que yo supiera, los siguientes nombres de la lista no tenían nada que ver con el negocio de las drogas. Y en cuanto al sepulturero, tampoco parecía tener las agallas ni el seso para hacer algo así por su cuenta. Sudaba y estaba aterrado. Probablemente, ni siquiera sabía para quién movía la droga en realidad, trabajaba para intermediarios de otros intermediarios.
Aquel asunto me cuadraba más con la historia que me había contado
Gianni. El dichoso artículo que Clara estaba escribiendo sobre los niños Vera. Alcé la barbilla y observé el interior del nicho. Un escondite un poco macabro, pero ingenioso.
—¿Guardar la droga en la tumba de su propio padre? Suena a escarnio.
Júcar se tocó el tabique nasal, se estaba hinchando y el dolor iría a más.
—Fue cosa de Gianni.
—¿Tanto lo odiaba?
El sepulturero negó con la cabeza.
—Todo lo contrario. Era uno de esos críos que andaba todo el día enganchado a los pantalones de su padre, lo admiraba y hacía cualquier cosa para complacerle. Pero tengo entendido que todo eso cambió cuando su padre le pidió el divorcio a su madre.
Esa música resonaba algo mejor. Para entender lo que estaba pasando necesitaba cambiar la perspectiva.
—¿Por qué se divorciaron? ¿Gianni te lo contó?
El sepulturero hizo un gesto inseguro.
—Creo que tuvo algo que ver con el padre de los niños que desaparecieron.
Asentí. José Luis Vera. Eso me permitía apuntar en otra dirección.
Júcar se refregó la sangre de la boca. Se le estaba adormeciendo la cara.
—No sé de qué va todo esto, tío, pero yo no he hecho nada.
Me guardé un poco de la cocaína de Orestes. El chipriota solía decir que para que la alegría se transforme en euforia hay que empujarla un poco.
—Deberías desaparecer. Supongo que quien ha matado a tu socio es partidario de las matemáticas.
—¿Matemáticas?
—Sumas y restas simples. Muerto tu socio, quedas tú. Si no puedes hablar no hay manera de que las matemáticas fallen.
13
En el folleto de publicidad no se hacía mención alguna a la actividad de la masía. Utilizaban eufemismos —casa de reposo, terapias de ayuda— y ofrecían una galería de imágenes bucólicas —los bosques, los prados, la cercanía del mar— junto con media docena de fotografías de las instalaciones —gimnasio, zona de baños, piscina, un huerto y una granja con animales— para hacerte creer que entrabas en una novela de Thomas Mann. Había un número de atención al público, pero la persona que le había atendido al teléfono se había negado a facilitarle dato alguno sobre los pacientes alegando cuestiones de privacidad. Llegar hasta allí tampoco había resultado sencillo, como si los propietarios hubieran elegido a propósito una ubicación tan remota para preservar la privacidad de su negocio.
Fuera de cobertura y sin indicaciones específicas, José Luis Vera se perdió un par de veces, viéndose obligado a retroceder algunos kilómetros hasta el desvío de la carretera local, que se bifurcaba en varios caminos sin asfaltar. Para cuando alcanzó a ver el complejo, el sol decaía. La casa principal asomaba entre los pinos y la jara sobre una pendiente que caía hacia el horizonte como si no hubiera dónde agarrarse, los salientes rocosos bajaban —o mejor, se desplomaban— sobre un mar suave y brillante. A lo lejos se veían las islas Medas, como una tortuga durmiendo la siesta cuyo caparazón se teñía de amarillos, rojos y verdes. Se oían el rumor de las olas y el canto de los pájaros; la brisa era agradable y el olor de la resina y el romero silvestre le animó a respirar hondo.
Era como si alguien hubiera puesto ahí la postal perfecta para calmarse antes de afrontar el último trecho de la cuesta y cruzar el umbral. La inquietud que lo había acompañado durante el viaje se mitigó, al menos en parte. Se tomó unos segundos para repasar su aspecto en el espejo retrovisor. Se había cortado el pelo y se había afeitado la barba, pero los años no se habían borrado. La camisa nueva tampoco le hacía parecer un hombre nuevo. Tenía los ojos de un conejo asustado.
—Puedes hacerlo —se animó.
A medida que se aproximaba, la masía se iba agrandando, pasando de ser una mole sólida a una suma de cuidados detalles, desde el reloj solar sobre el arco de la entrada hasta la forma exacta de las piedras del muro que rodeaba el recinto y que separaba la casa principal de las cuadras, el huerto, el granero y las otras instalaciones diseminadas por un cuidado prado. En el aparcamiento solo quedaban algunos vehículos en el área destinada al personal. José Luis Vera se detuvo junto a una furgoneta de lavandería y recorrió la distancia hasta la entrada observando la calma que lo rodeaba. No se veía a nadie en el exterior, los bancos diseminados por el jardín estaban vacíos, como la pérgola y el mirador que se asomaba al filo de la propiedad. Desde allí, las vistas eran todavía más vertiginosas. Aquel lugar le pareció tan hermoso como inquietante.
En el interior le recibieron un amplio vestíbulo y una doble vidriera que daba acceso a otra estancia mayor, que olía a madera de pino y estaba decorada con altas y bien surtidas bibliotecas. En el centro había una pesada mesa circular, también de madera, con revistas, periódicos y una cesta de fruta. Junto al sofá, donde descansaba una manta perfectamente doblada, había otra mesa más pequeña con una cafetera de autoservicio. La lámpara del alto techo con bóveda se sostenía de una cadena colgada en una gruesa viga. Desprendía una luz cálida, de color caramelo. Enfrente, separando el espacio con una alfombra, otro mueble macizo con un gran televisor y algunos juegos de mesa.
Pensó en un refugio de montaña, en una casa rural o en un hotel boutique. Se preguntó cuánto costaría aquello.
—Disculpe, ¿lo puedo ayudar? —Una mujer le salió al paso. Debía de ser la misma que le había negado la información por teléfono; algunas personas son iguales a su voz.
—Vengo a ver a Gabriela Llanos.
La mujer tendría unos treinta y tantos años, de sonrisa agradable pero líquida, pelo largo, rubio, recogido en un moño que le tensaba el rostro. Buena ropa, joya cara pero discreta en el cuello. Bonitas gafas, a juego con la liviana blusa, bajo la que apuntaba un busto generoso, probablemente una prótesis. Al oír el nombre de Gabriela palideció ligeramente y parpadeó nerviosa.
—¿Y usted es…?
José Luis Vera dudó antes de responder con un tono imperativo, tal vez demasiado brusco.
—Soy su marido.
La mujer miró hacia una puerta, dubitativa.
—Puede esperar en la sala de la derecha. —Le indicó una puerta bajo un arco que reposaba sobre unas columnas con una laboriosa mampostería.
Aquella otra sala era una delicia para los amantes de los detalles, desde la sillería en forma de hoz que ocupaba parte del espacio hasta los arbotantes de las columnas que se elevaban hacia el cénit central, coronado con una borla donde se había tallado un antiguo escudo heráldico. Dos ventanas altas y estrechas como arpilleras daban al exterior, una a cada lado de la habitación, de este a oeste, como si desde allí se pudiera seguir el nacimiento y la postración del sol. El suelo era de piedra tan antigua y dura que había conservado las honduras y las huellas de cientos de años y cientos de hombres y mujeres. En las paredes colgaban decenas de pequeños óleos en trabajados marcos, todos retratos de otras épocas.
Algunos debían de ser realmente valiosos.
—¿Qué coño es este sitio? —se maravilló Vera.
Pasaron unos diez minutos antes de que la puerta se abriera. La mujer que apareció no era Gabriela. Tenía una expresión airada y unos bonitos ojos almendrados que parecían sembrar cadáveres con solo parpadear. El tono de su voz era tan hostil como el resto de su actitud. José Luis tardó unos segundos en reconocer a Leire, su excuñada. A pesar del tiempo pasado, continuaban odiándose de manera irremediable.
—¿Qué has venido a hacer tú aquí?
—Vengo a ver a mi mujer. Estoy en mi derecho.
La diplomacia y la simpatía nunca habían formado parte del arsenal que Leire podía emplear. La única baza con la que contaba era el lenguaje directo, sin ambigüedades. La sinceridad era arriesgada, sin embargo. Una moneda girando en el aire: a veces caía cara, y más a menudo, cruz.
—Perdiste todos tus derechos cuando mataste a mis sobrinos e hiciste enloquecer a mi hermana. No te mereces ni el aire que respiras.
La expresión de José Luis vaciló. Sus ojos cambiaron, incluso el color, como si hubiera emergido de las profundidades una mancha de aceite hirviendo. Dio un paso adelante con la mano crispada, pero se contuvo.
—Necesito hablar con ella. Hay mucho que decir.
Leire negó con desprecio.
—Nada de lo que pueda decir un hijo de puta como tú puede ser creído. Destrozaste la vida de mi hermana, la de todos nosotros. Y no permitiré que vuelvas a hacerlo.
José Luis notaba la saliva secándose en la lengua y ese ardor violento en la frente; era como un clavo ardiendo taladrándole entre las cejas. Tenía que hacer un esfuerzo enorme para intentar apaciguarlo. Retrocedió dos pasos y se detuvo, mirando al suelo de mármol desigual, como si buscara algo, una moneda, un anillo que se le hubiera caído. Remontó lentamente la mirada hasta Leire, pero no se detuvo en ella, siguió ascendiendo hacia los arcos del techo; luego giró hacia los cuadros de las paredes, hacia las estrechas ventanas, y de nuevo hasta ella. Ya no era la misma persona. No quería serlo. Pero no estaba seguro de lograrlo.
—Por eso estoy aquí. Porque necesito que sepa la verdad.
Leire le dedicó una mirada de profundo asco.
—¿Esa verdad va a venir de un asesino?
—No sabes de lo que hablas.
—¡Claro que lo sé! Tú eres de esa clase de monstruos, ¿verdad? De los que no se conforma con hacer daño una vez. Necesitas volver a hacerlo, pisar el sufrimiento de los demás como si fueran uvas, sin contemplaciones, hasta conseguir lo que quieras. De esos que no miran atrás si no es para volver a abrir heridas.
José Luis recibió aquella bilis en pleno rostro. Y sin embargo, se sentó en una de las sillas como si fuera a encadenarse a ella.
—No voy a ir a ninguna parte hasta que vea a mi mujer.
Leire agarró el pomo de la puerta y la abrió con violencia.
—Deberías irte, ahora que todavía estás a tiempo. O juro que me pondré a gritar, diré que me has atacado, me arrancaré un ojo, si hace falta, con tal de que vuelvas a la cárcel, que es donde deben estar las bestias sin alma como tú.
José Luis se sujetó con fuerza la rodilla. El hombre que odiaba, el que reptaba en su interior y que no había logrado matar —solo ocultar— en veinte años de encierro, quería saltar sobre la yugular de Leire y arrancarle la tráquea de un mordisco. Esa imagen —su excuñada desangrándose con la garganta abierta— se desplegó ante sus ojos con todo lujo de detalles. No tenía ni la menor duda de que había sido ella la instigadora de aquella patética comparecencia de Gabriela en televisión que acabó poniendo en su contra a todo el mundo, como tampoco la tenía de que fue Leire quien la incitó a denunciarle, alimentando sus sospechas con susurros insidiosos hasta convencerla de que él era culpable. Si había alguien merecedor de su venganza y de toda su rabia acumulada, si podía culpar a alguien de sus desgracias, al margen de Marta Beltramo y sus hijos, esa era su excuñada. Ella exacerbaba cuanto había en él de homicida.
Nadie sabe lo que habría pasado si no hubieran aparecido dos celadores enormes dispuestos a echarle de allí. No fue necesario que Leire los avisara, ya se había ocupado de hacerlo la recepcionista. La ira de José Luis Vera fue cediendo a regañadientes ante la imposibilidad; no tenía más remedio que aceptar su derrota momentánea, pero no pensaba dejar las cosas así. De ninguna manera.
Volvería a por Gabriela, costara lo que costara. Y que Dios protegiera a quien se interpusiera en su camino.
Curiosamente, en lo referente a la desaparición de los niños Vera, eran pocos los que tenían en consideración a Gabriela Llanos, su madre, como no fuera para mencionarla como se habla de los fantasmas: con incertidumbre y un respeto rayano en lo nebuloso.
Encerrada en su habitación de papel floreado y vistas privilegiadas sobre los atardeceres en el mar, había renunciado a cualquier faceta de su vida que no tuviera que ver con la quietud y el silencio. A lo largo de los años, quienes la habían cuidado, alimentado y bañado acababan llegando a la misma conclusión: el rasgo que mejor definía a aquella paciente era la renuncia a toda obligación de pensar y aun de existir. Gabriela no aspiraba a ningún propósito, su existencia estaba supeditada a las horas del día y la noche que se desvanecían en su ventana. Por sus ojos quietos desfilaban con igual eternidad las lluvias y los días de sol, las estaciones y los años.
No siempre había sido así. Si los que la consideraban uno de esos muertos que no mueren la hubieran conocido en sus años de estudiante en el piso de Malasaña, habrían encontrado algo más que una sombra que se dejaba hacer sin que nada le importara. A los dieciocho o diecinueve años era para su hermana pequeña y sus amigos una especie de superheroína, un modelo a seguir. Pasaba las vacaciones en algún país remoto de África o de Sudamérica con la mochila a cuestas, practicaba cualquier deporte que desafiara sus miedos, leía con fruición a los del boom latinoamericano, no se perdía un concierto de Antonio Flores y eran míticas las borracheras con sus amigos en El Templo del Gato y los polvos impulsivos en el baño de La Vía Láctea. Para cualquiera que se hubiera encontrado entonces con ella bajando por la Gran Vía, con su chaqueta tejana y sus cascabeles y debatiendo con vehemencia sobre el valor de la democracia, era lo más parecido a alguien que sería por siempre inmortal. Todos daban por hecho que acabaría logrando las cosas más imprevisibles, que se convertiría en una artista de renombre, una gran escritora, una actriz de fama internacional, una gran directora de teatro, o que, si se lo proponía, acabaría siendo alcaldesa o presidenta del Gobierno.
Nadie entendió qué pudo ver en un hombre como José Luis ni la mutación que sufrió a partir de entonces, hasta transformarse en una tenue versión de sí misma. No fue un cambio tan paulatino como cabría esperar, sino algo abrupto, rápido y desconcertante que se produjo ante los ojos atónitos de quienes la habían tratado antes. El nacimiento de su primera hija, Patricia, la desdibujó aún más. Para cuando llegó el segundo, Sergio, nadie podía reconocerla en la que había sido. Si alguien se lo recordaba, ella se encogía de hombros: la vida son etapas, y hay que vivirlas conforme llegan. Las personas que no cambian no viven en el presente. Lo decía convencida, sin amargura. Pero a los demás, especialmente a Leire, les dolía oírla. Sonaba a renuncia, a derrota.
Hasta esa felicidad contenida —o asumida— se diluyó cuando se trasladaron al adosado de la calle Amadeus. Gabriela hizo suyo el desafío de que aquella mudanza, la cuarta en seis años, fuese lo menos traumática posible para sus hijos, que las cosas funcionaran como si nada se hubiese alterado. En pocos meses, logró que el universo volviera a parecer ordenado y seguro. Y lo logró con una sonrisa triste colgada de la boca. Si le gustaba o no la nueva casa, si consideraba que era demasiado grande, que no necesitaban ese jardín que solo le traería más trabajo, no importaba. José Luis nunca le preguntaba. Él decidía por la felicidad de los dos.
No le costó habituarse a la vida en el pueblo, aunque tampoco se implicó demasiado. La gente la veía en la calle y la saludaba con distancia, sin que les disgustara su presencia, pero sin dejar huella. Como la escarcha, que se funde al salir el sol hasta convertirse en un poco de humedad en la tierra. Buena gente, aunque sin presencia. Nadie sabía de qué estaba hecha.
Lo que más le gustaba, cuando las obligaciones le concedían una tregua, era dar largos paseos por la montaña, en ocasiones con un libro en la mano. Otras veces prefería la compañía de No dudaría en los auriculares. Le gustaba perderse, literalmente, por los senderos, segura de que mientras siguiera subiendo tarde o temprano llegaría a la ermita. Perderse la hacía sentirse bien, no estar en ningún sitio, no tener que llegar a ninguna parte. Recordaba que Victor Hugo pensaba así sus novelas, paseando sin rumbo. Era su escritor preferido, aunque eso dependía de la época en que le preguntaran. Entonces era Victor Hugo.
Los martes por la tarde solía ir a la biblioteca, que tenía un club de lectura. Eran buena gente —unos más parlanchines que otros—, casi todas mujeres mayores que ella, pero no le importaba. A veces se atrevía a hacer algunas recomendaciones, casi siempre escritoras de los países del Este, pero sin mucho éxito. La mayoría tenían gustos menos exigentes, y solo pudo conectar realmente con un hombre que estuvo acudiendo durante un tiempo. Al salir del club de lectura se entretenían un rato charlando de Szymborska, de Ajmátova… A Gabriela le gustaba verle, sin más. Era un aliciente añadido, le alegraba saber que él estaría allí, sentarse a su lado en el corrillo de sillas los martes por la noche, aunque hablaba poco cuando estaba en presencia de los demás. Apenas le había oído manifestar discretamente alguna opinión de vez en cuando. Pero, repentinamente, el hombre dejó de ir, y al cabo de un tiempo ella hizo lo mismo.
Nadie conocía su secreto, lo de los paseos y lo de los sueños en los que el hombre de la biblioteca se le aparecía con una rosa en llamas a modo de tea. Y la sensación física de haber estado con él que le quedaba al despertar. De alguna manera, esas fantasías la ayudaban a respirar.
Que Gabriela supiera o sospechara que su marido tenía una aventura con la vecina, Marta Beltramo, cabía dentro de lo posible. Pero, lo supiera o no, eso no la empujaba a tomar decisión alguna, para irritación de su hermana. Corrían rumores, unos decían que habían visto el Taurus de Marta aparcado de madrugada en la cementera con un extraño, uno que no era su marido. Otros aseguraban haberse topado con ellos paseando por el casco viejo de Girona y que iban muy acaramelados. Pensaban que aquello no estaba bien, no señor, criticaban por lo bajo, pero era mejor no meterse en esa clase de avisperos. La gente rumiaba y callaba. Gabriela debía de conocer esos rumores, pero no parecían afectarle. Tal vez porque no les daba credibilidad, o porque, en realidad, ni siquiera le importaba ya lo que José Luis hiciera. Con Marta Beltramo mantenía, por otro lado, una relación parecida a la que puedan mantener un halcón y una paloma. Se vigilaban, y Gabriela se protegía a la distancia de una sonrisa desde su lado de la valla. No le interesaba competir con su vecina o defender su territorio, y aunque lo hubiera intentado, carecía de las intrincadas estrategias de seducción de Marta, no tenía su glamur ni, desde luego, su misterio. No era la primera vez que José Luis rodaba por cuestas parecidas y no sería la última. Su marido era de ardores tan intensos como pasajeros. Quizá por eso, cuando José Luis le preguntó, lanzándole el bumerán de la culpa, poco antes de que todo se destapara, si todavía lo amaba, Gabriela no supo qué responder. Decirle que sí y hacerle una felación fue la solución más razonable.
Leire se enfurecía ante esa actitud pasiva de su hermana, parecía que le diera igual estar viva o muerta. Le pidió repetidamente que dejase a ese cabrón y que se volviera con los niños a Barcelona, pero Gabriela no la escuchaba.
A Leire se le daba mejor dar consejos que aplicárselos. Ambas hermanas discutieron, y durante un tiempo dejó de ver a sus sobrinos, a los que adoraba. Aquello no duró mucho, Gabriela acabó disculpándose. Siempre se arrepentía. De todo, por todo. Cada vez que daba un paso al frente deseaba al instante retroceder, cada vez que abría la boca quería tragarse las palabras apenas las había soltado. Vivía con la sensación de no encajar, de no ser capaz de leer las situaciones, y eso le causaba una permanente desazón. Odiaba el griterío, los conflictos, no sabía lidiar con esas situaciones. O no quería hacerlo. Que no fuera feliz era lo de menos. Sobre todo, no quería que los niños supieran. Deseaba protegerlos a toda costa. Sergio y Patricia se llevaban bien con los gemelos de los vecinos, siempre andaban juntos. Consciente o inconscientemente, los niños se negaban a tomar partido en las guerras de los adultos. Ellos formaban sus propias alianzas.
Sin embargo, los niños ya sabían. Sobre todo Patricia. Y cuando apareció Luca con aquella cinta en la cámara de su padre, ya no hubo modo de mirar a otra parte.
Patricia estaba fascinada con la cámara que Luca había cogido del despacho de su padre. Una Sony Handycam que el gemelo manejaba como un artista; conocía todas las funciones, y aunque había intentado explicárselas con detalle, Patricia se había desentendido con rapidez. Lo que a ella le gustaba era posar delante de la cámara, que Luca la grabase bajo el olivo, junto a la mesa del jardín, apoyada en la baranda. La hacía sentirse guapa, especial, como una estrella de cine. Jugaba con el pelo, con los gestos, con la expresión, y el ojo de Luca la guiaba. Luego se sentaban a ver la casete y a Patricia le parecía que esa no era ella, que las cosas tampoco eran las cosas, como si todo fuera inventado.
Cada vez que Luca cogía la cámara de su padre corría el riesgo de ganarse una buena bronca —al parecer ese trasto costaba una fortuna y era muy delicado—, pero eso no detenía al gemelo.
—Me dedicaré al cine, seré director de películas. Y tú serás mi musa.
Patricia no sabía lo que significaba ser una musa, pero no lo preguntaba, por vergüenza, y también porque le gustaba cómo sonaba eso. Cómo sonaba en la voz de Luca.
Sergio y Gianni se habían alejado con el cachorro de rottweiler. Aquellos dos siempre andaban juntos, ingeniándoselas para idear algún plan desastroso que solía acabar con castigo para los cuatro. Aunque en teoría eran una pandilla, entre ellos también tenían sus preferencias. Patricia prefería a Luca. Le gustaba cuando se quedaban solos en la ermita mientras los otros dos se largaban con el perro a explorar o a fumar un cigarrillo a escondidas. Con Luca todo era más fácil, hasta el silencio era tranquilo y agradable.
Aquella mañana, el gemelo quería enseñarle una cosa. Se apartaron a un rincón y, tras asegurarse de que no había nadie cerca, encendió la cámara y la hizo mirar por el visor.
Al principio, Patricia no tuvo claro lo que estaba viendo. La cámara se movía y se desenfocaba, como si se estuviera grabando la escena desde lejos, oculto entre unos árboles cuyos troncos aparecían en primer plano entorpeciendo la visión. Poco a poco la imagen se aclaraba, se volvía más nítida. Ahora se veía un coche aparcado en el claro de la arboleda. Era el Taurus de los padres de Luca y Gianni. Se escuchaba música que venía del interior. En la parte trasera del coche podía distinguirse la silueta de dos personas que parecían estar peleando. Pero no era eso lo que hacían. La cámara acercaba el zoom hasta que se distinguía claramente la forma de Marta Beltramo sentada a horcajadas sobre alguien mientras se desabotonaba la camisa y mostraba sus pechos. Un hombre se incorporaba y los agarraba con ambas manos, llevándoselos con ansia a la boca. La cámara pudo captarlo un instante.
Era José Luis Vera, su padre. Patricia se echó hacia atrás, sofocada y con miedo. Incrédula. En el gesto estuvo a punto de tirar la cámara y hacerla añicos. Luca tuvo los reflejos suficientes para cogerla antes de que cayera al suelo.
—¿Por qué me enseñas eso? —le preguntó ella. Tenía los ojos vidriosos.
Luca se la quedó mirando con la misma incredulidad, aunque con otra forma de tristeza. O de presagio.
—Porque tu padre y mi madre están follando. Y mi padre los ha grabado.
Y la palabra follar sonó gruesa, peligrosa, demasiado grande en su boca pequeña. Ambos intuían lo que se avecinaba.
14
La muerte de Gianni seguía estando presente en todas partes. Clara podía percibirlo al pasear por las calles del pueblo, en la mirada de los transeúntes, en la quietud de los escaparates, incluso en las pintadas hechas en la plaza contra el proyecto de la ermita que los operarios del ayuntamiento se afanaban en borrar con agua a presión. En Puglia, cuando alguien moría, los familiares pegaban por la ciudad la fotografía del difunto con un responso para que la gente rezase por él. Aquí nadie rezaba, nadie hablaba. Incluso los viejos de la taberna habían enmudecido. Esperaban los acontecimientos en un silencio que parecía la sábana remetida herméticamente en la cama del joven muerto. Y aun así, el susurro flotaba en el aire. Algo, lo que fuera, iba a pasar.
Manuela le preguntó si quería dejarlo. El asesinato de Gianni añadía una incógnita demasiado peligrosa a la ecuación. Pero Clara se negó en redondo, si bien debía comprender la magnitud del riesgo al que se enfrentaba. Caía una fina llovizna que le recordó un poco a la temporada que pasó en Belfast para escribir sobre las víctimas de Hugh Leonard Thompson Murphy. A los herederos de Lenny, como le llamaban en la Fuerza Voluntaria del Úlster, no les iban los dramas ni toleraban bien los reproches, sobre todo teniendo en cuenta cuestiones más importantes que valorar para los que veneraban la memoria de aquel paramilitar lealista. Para ellos, Murphy fue un héroe y cuanto hizo, asesinatos y torturas incluidas, estaba más que justificado. No se tomaron muy bien que aquella joven periodista española anduviera por ahí escarbando mierda del pasado, la amenazaron, incluso unos críos imberbes llegaron a apedrearla al salir de un pub. Pero eso no impidió que Clara escribiera su artículo.
Tampoco pasaría ahora.
La casa de Marta Beltramo también estaba de luto, un luto austero y sin aspavientos. Las ventanas cerradas y las malas hierbas en la base del muro, como si el trébol salvaje supiera que esta vez no vendría nadie a arrancarlo.
Pulsó el timbre. Por intentarlo, no perdía nada.
Para su sorpresa, Marta Beltramo la invitó a pasar y le ofreció una copa de vino. Ni siquiera preguntó quién era o qué quería. Debía de estar agotada de fingir, y un poco borracha. Era evidente que le llevaba bastante ventaja, la botella estaba por la mitad y no era la primera que había abierto.
—Hacía meses que no bebía tanto, pero a quién le importa ya la virtud o el coraje de los que no recaen en los vicios —rezongó con la voz pastosa.
Sobre la mesa del salón se acumulaban los álbumes familiares y las colillas en el cenicero. Fue extraña la sensación de entrar en esa casa por primera vez; difícil saber cómo había cambiado desde 1991, buscar los vestigios de los gemelos correteando por el salón o la presencia masculina de Antonio Muñoz.
—Siento la muerte de su hijo.
Marta Beltramo sonrió como si la boca se le derramara. Estaba bebida, pero no había alcanzado todavía el nivel de borrachera que buscaba. Quería beber lo suficiente para meterse en la cama y que su mente se fundiera sin sueños ni pensamientos.
—¿Por qué todos decís lo mismo si no es verdad? No sientes una mierda.
La periodista se sintió cohibida. Marta volvió a llenarle la copa sin preámbulos, a pesar de que todavía no la había tocado.
—Lo sentirías si tuvieras hijos, pero no los tienes.
—¿Cómo lo sabe?
—Ese vientre terso no ha sufrido la guerra de los cuerpos y esas tetas tan duras no estarían así si alguien se hubiera colgado de ellas. No te juzgo, haces bien. Tener hijos es una porquería. Luego se mueren y a ti solo te quedan la culpa y el vino para llorarlos.
Clara se fijó en la copa que Marta sostenía. Le temblaba la mano, casi tanto como la voz. No hay nada que decir sobre el dolor de los otros. Ella nunca había experimentado esa clase de pérdida, era cierto.
—Imagino que estabas muy unida a él.
Marta soltó una risita sin cáscara.
—Mi hijo me odiaba, pero eso es algo con lo que debe contar una madre.
Clara sintió ese pudor que debería haberle impedido aprovechar el sufrimiento de Marta, respetar su intimidad y marcharse. Tal vez en otro tiempo, cuando era otra clase de persona, lo habría hecho, comportarse con respeto y decencia.
—¿Por qué dices eso? Suena terrible.
—Los hijos se pasan la vida culpándonos de sus desgracias. Somos su excusa preferida. Gianni no era una excepción.
Hizo un movimiento descoordinado y parte del vino se derramó sobre las fotografías. En un primer momento, ni siquiera se dio cuenta. Todas eran de un tiempo lejano, los gemelos recién nacidos, Gianni con seis años y un mono de esquí verde, vacaciones en un lugar con dunas, Gianni con su cachorro de rottweiler… Se percató del vino derramado. Marta intentó limpiarlo con la manga de la camisa que llevaba puesta y lo único que consiguió fue extender la mancha. Ladeó frustrada el cuello hacia la periodista.
—La ventaja de los muertos es que pueden transformarse en lo que nosotros queramos. Se quedan donde les pedimos que lo hagan. Si quieres que tu hijo muerto se quede en los seis o siete años, cuando era un niño adorable, ahí lo tienes.
—¿Por qué dices que te odiaba?
Marta chasqueó la lengua.
—Su padre murió y yo estoy viva. Razón más que suficiente.
—He oído que fue un trágico accidente.
Marta se incorporó y apoyó los codos en los muslos. Su ojo brillaba, pero la lágrima brotaba —aunque eso fuera imposible— del parche que tapaba el páramo en el otro lado de su nariz.
—¿Eso has oído? Bueno, llevas semanas merodeando por aquí como una mosca, así que habrás oído muchas cosas y habrás sacado tus propias conclusiones.
—Me he enterado de que la policía ha hecho una redada en el cementerio. Andaban buscando al sepulturero, pero no lo han encontrado…
—¿Y qué más? Adelante, suéltalo.
—Han abierto el nicho de tu marido. Al parecer, Gianni y Júcar traficaban con cocaína y escondían la droga ahí. La policía cree que a tu hijo lo han matado en un ajuste de cuentas con otros traficantes.
El rostro fatigado de Marta no dejaba lugar a la confusión.
—¿Tú te lo crees?
Clara abrió las manos.
—¿Quién más podría haber hecho algo así?
—Dímelo tú, señorita periodista. Has hablado con ese monstruo, con Vera. Si eres una buena profesional, te habrás dado cuenta del odio que rezuma hacia mi familia desde que le encerraron.
—¿Piensas que José Luis Vera ha matado a Gianni?
Marta Beltramo enseñó los colmillos.
—¡No lo pienso! ¡Lo sé! Ese cabrón ha esperado veinte años para vengarse por lo que pasó. Va a por mí y a por mis hijos, pero nadie quiere creerme. Incluso Luca dice que me he vuelto una loca paranoica. Mi propio hijo, el único que me queda, me mira como si no me conociera.
Clara retrocedió mental y físicamente ante aquella perturbadora reacción. No era el gesto violento lo que la había sorprendido —la desesperación no tiene formas que la definan—, sino el grito de soledad de una madre que ha perdido a su hijo y a la que nadie cree. En ese momento comprendió lo que Julián le había contado poco antes de morir: que nada puede conmocionarnos tanto como descubrir en aquellos en los que confiamos la mirada de un extraño.
El cuerpo de Marta se balanceó como un edificio a punto de colapsar. Echó las manos hacia delante y se sujetó a la mesa para mantener el equilibrio.
—Ahora todos ven a ese monstruo como un viejo acabado, piensan que el sistema ha triunfado, que se ha redimido y que la bestia que lleva dentro ha sido domada. Pero yo sé la verdad, y no voy a permitirle que me quite lo que me queda.
15
Soria bajó la ventanilla dos dedos y tiró fuera la colilla humeante.
Hacía más de una hora que estaban parados en aquel chaflán y seguía sin decir qué hacían allí.
—Me pediste ayuda y es lo que te ofrezco. Ten paciencia. —Esa fue su única aclaración, y a Clara no le quedó más remedio que aceptarla.
Soria vigilaba las idas y venidas en la calle.
—Últimamente, me ha dado por leer la Biblia. El Génesis — reflexionó, volviendo a la periodista—. ¿Sabías que la única tarea que Dios le encomendó a Adán en el paraíso fue la de ponerles nombre a las cosas, a los animales, a las plantas que Él había creado?
A Clara le pareció que aquello carecía de interés. Sus clases de catequesis quedaban muy lejos y tampoco le apetecía matar el tiempo con una conversación anodina.
—Suena fácil —continuó Soria—, un trabajo que podría hacer cualquiera, no muy cansado. Un suertudo, ese Adán. Andar desnudo por ahí señalando con el dedo: león, río, montaña, y luego echarse una siesta.
Clara sabía que a Soria no le iban los rodeos ni los circunloquios. Sin embargo, el exsubinspector parecía sentirse a gusto en su papel de exegeta.
—Una tarea fácil, repito, la del fulano; al menos sobre el papel… Pero luego me puse a pensar y me dije que Dios, más que un favor para mantenerle ocupado, le hizo una putada cargándole esa responsabilidad. Porque antes de ser nombradas, las cosas no eran más que eso, cosas. Pero él tuvo que darles un significado, y ese significado debía ser inmutable. Una casa debía ser una casa; un ratón, un ratón… Pero luego las palabras degeneraron, y los nombres acabaron siendo más importantes que las cosas.
Soria sacudió la cabeza, como si le hubiera costado mucho llegar a una conclusión que, a fin de cuentas, ahora le parecía de lo más evidente:
—Lo que pretendo decir es que si un hombre se apodera de una palabra nada podrá impedirle hacer lo que imagina, porque creerá haberse apoderado de la verdad misma.
—¿Qué tiene que ver todo esto conmigo? ¿Pretendes decirme algo?
Soria movió las manos, como si solo estuviera acariciando un gato mientras pensaba en otra cosa.
—Esfuérzate, Clara. Eres más lista de lo que quieres hacerme creer, y yo no soy tan idiota como te figuras.
—No sé qué pretendes con estos juegos.
Para Soria estaba claro:
—Te enamoraste de alguien cuyo nombre ni siquiera conoces. Y eso es tanto como decir que no lo conoces a él. Un hombre que cambia de significado según quién lo nombra y quién le paga. Te has estado acostando con alguien que jamás antepondrá los sentimientos a su instinto de autoconservación, que ha venido para matarte y recuperar esa libreta que le has robado… Pero, aun así, sigues pensando en él, ¿verdad?
Clara se tomó su tiempo para responder. Detestaba la presunción de quien creía poder horadar su cerebro como un gusano.
—No pretendas conocerme o juzgarme solo porque me has hecho un favor, Soria. No sabes nada de mí. Y no esperarás que, a estas alturas, nos hagamos confidencias o nos convirtamos en amigos.
Soria se pasó la mano por la cabeza. Las ilusiones de los demás no le causaban ternura, más bien le irritaban. No le interesaban los juicios morales. No era un maldito inquisidor y tampoco dibujaba el mundo con líneas rectas. Y le importaba una mierda la amistad de aquella mujer. Lo que le jodía, por encima de todo, es que ella hubiera supuesto, ni por un segundo, que podía manipularle o utilizarle. A veces los ciegos lo son porque no pueden dejar de serlo. Otras, porque tienen una venda en los ojos. A los primeros hay que dejarles vivir en su oscuridad sin remedio. A los otros, alguien debe arrancársela, les guste o no.
—A mí no me engañas con esa pose de periodista fría y distante. Sé que una parte de ti anhela creer que, en realidad, ese hombre te ha negado su nombre para protegerte. Como si el puto Adán no supiera que la manzana era la manzana.
—¿De qué estás hablando?
—Una parte de ti quiere volver atrás. Lo noto. Pero ya es demasiado tarde, me has colocado en la mira de ese cabronazo. Y no te voy a permitir que pongas en peligro a nadie más con tus dudas. Antes de salir de este coche y de entrar en ese edificio necesito conocer tus verdaderas intenciones.
Clara estaba furiosa. Furiosa consigo misma, furiosa con Soria y sus discursos bíblicos. Aquel gordinflón le había metido el dedo en la llaga y lo había retorcido sin contemplaciones. Sobre todo estaba furiosa porque tenía razón. Había vivido con un fantasma durante casi un año, había follado con una idea, comido a su lado, hablado y callado, y se había convencido de que era alguien de carne y hueso. Pero luego despertaba de madrugada y lo veía sentado de espaldas en el borde de la cama, fumando frente a la ventana, ausente, lejano, y evitaba tocarle en esos instantes, porque temía que, si lo hacía, sus dedos no alcanzarían nada, que lo traspasarían como si fuera una ilusión de la mente.
La vida que tenían en Puglia era un cuento de hadas con los días contados, ahora se daba cuenta. Un maldito cuadro colgado en la pared: las puestas de sol, hacer el amor entre las dunas, los paseos por la muralla de la ciudad blanca de Ostuni. Chispazos de belleza, instantes de éxtasis, de emociones tan intensas que la ahogaban. A veces, él obraba milagros que se le caían de los bolsillos sin siquiera darse cuenta: las tardes en las que se entretenía reparando la valla del jardín, tarareando distraídamente Cien años, de Pedro Infante, porque era la canción preferida de su madre. Y es verdad que en esos momentos creía estar conociéndole. Pero entonces, sin solución de continuidad, llegaba el silencio. Tormenta y calma se fundían en el mismo gesto pausado mientras él se vestía —su americana, su corbata, sus gemelos—, sin que se supiera si lo hacía para una boda o un entierro, y desaparecía durante días sin dar explicaciones.
Eso era lo que la aterraba y la fascinaba. Había topado con uno de esos seres humanos que nacen de la melancolía, como si los hubiera parido un verso triste, con un muerto que respiraba de tanto en tanto.
Sí, lo que más la enfurecía era haberse enamorado de quien no debía.
Tenía el pulso acelerado, su corazón bombeaba con fuerza y notaba la sangre en la sien, la mano derecha le dolía de tanto apretarla.
—Solo quiero que se acabe de un modo u otro —reconoció—. Pase lo que pase, sienta lo que sienta, no volveré atrás.
Soria estudió aquel rostro devastado por la tristeza y la confusión. Estaba llorando con los ojos abiertos, como los ciegos. Instintivamente le rozó la mejilla con el dorso de la mano y le ofreció un cigarrillo que ella aceptó. Fumaron en silencio, sin nada más que decir. Aquello estuvo bien.
Sí, estuvo bien. Clara seguía llorando, ahora con los ojos cerrados.
«Mejor —pensó Soria—. Así duele menos».
—De acuerdo —asintió abriendo la puerta—. Vamos a ver a alguien.
La calle de las Torres era casi un suspiro al final del barrio de Roquetes. Había mujeres salidas de una película de los años sesenta que empujaban cuesta arriba con todo el cuerpo sus carros de la compra desde el mercado de Montserrat, un paquistaní que cargaba una bombona de butano al hombro y unos niños sentados en el escalón de un portal que mascaban chicle y que los siguieron con la mirada como si fueran una pintura de Caravaggio. Una o dos veces, Soria se detuvo a descansar y a consultar el número de las fachadas. El edificio que buscaba estaba arriba del todo, en la encrucijada con Mina de la Ciudad. En el vestíbulo no había luz y los buzones que no estaban rotos no tenían nombre. En el suelo se amontonaban papeles de publicidad, sobres con facturas sin abrir y requerimientos del ayuntamiento. Alguien se había molestado en amontonarlos en un rincón sin recogerlos.
Subieron por una escalera estrecha, sin prestar atención a las paredes pintarrajeadas, las puertas desconchadas y los ruidos y olores de cada rellano, niños llorando, niños riendo, la voz del telediario, el olor a coliflor hirviendo, el ladrido histérico de un perro.
Antes de llamar a la única puerta del cuarto piso, Soria se inclinó sobre las rodillas.
—Estoy viejo para esto… —dijo sofocado. Recuperó algo el aliento y miró a Clara—. Si llamo a esta puerta pasarán algunas cosas, y si damos media vuelta y nos marchamos por donde hemos venido pasarán otras muy distintas.
Clara se encogió de hombros. Hiciera lo que hiciera, tenía la sensación de que se equivocaría.
—Llama.
Soria golpeó la puerta con los nudillos. Con suerte no habría nadie al otro lado y el destino decidiría por ella. Pero enseguida oyeron pasos acercándose y la vuelta del cerrojo abriéndose. Al otro lado apareció una chica joven. Tenía el pelo rapado en el lado derecho hasta dejar la sien a la vista, mientras que por el lado izquierdo las puntas teñidas de caoba le rozaban el hombro desnudo y el tirante del sujetador. Había cambiado bastante desde el tiempo de las fieras, pero Soria reconoció el tatuaje del cuello, los ideogramas chinos y toda esa quincalla que le colgaba de los labios y las orejas. Guapa, por mucho que se empeñara en ocultarlo. La joven torció el gesto con una sombra en su mirada, como la del niño que abre un regalo y se encuentra con un sucedáneo, una mala imitación de lo que había pedido.
—Hola, Vesna. ¿Podemos hablar contigo?
16
Marta Beltramo miró con su único ojo alrededor. Ese ojo, todavía hermoso, extraordinariamente vivo, la asemejaba a una lechuza. Una lechuza tuerta con la mirada posada sobre las cosas con un punto de distancia, como si nada le importase mucho.
—Tienes un par de ovarios viniendo a mi casa. —José Luis se levantó y apartó el taburete con un pie y se plantó frente al escalón del porche. No pensaba dejarla ir más allá.
Marta buscó el resquicio de una emoción, pero no encontró nada en aquellos ojos turbulentos.
—¿Este cuchitril es ahora tu casa? He visto indigentes que viven mejor.
—¿Qué quieres?
Años atrás, José Luis tenía una hermosa cabellera oscura, algo racial, que le asemejaba a una especie de príncipe gitano y que hacía juego con sus largas pestañas y sus ojos de cueva. Poco quedaba de aquella melena despreocupada y salvaje, y lo poco que quedaba lo cubría la escarcha. El aliento le apestaba a leche agria y no quedaba rastro de sus otrora blanquísimos dientes. Tenía puesto un tabardo viejo y sucio y calzaba unos zapatos moribundos.
Una parte remota de ella se vio sorprendida por el deseo de tantear físicamente aquella piel vieja que debía de tener un sabor amargo y un tacto estropajoso. La memoria guarda sensaciones y no pide permiso para presentarse en los momentos más inesperados.
Se preguntó qué había visto en él veinte años atrás y admitió que el deseo también es una cuestión práctica. José Luis había cubierto ciertas carencias, necesidades de ensoñación, de un poco de aventura e inquietud, un efecto revitalizador con el que tapar los huecos del aburrimiento. Eso era todo. Cumplida su función, el deseo fue suplantado por una suerte de hastío y desgana que terminó convirtiéndose en auténtico desdén. Él debería haberlo aceptado, conformarse con su sitio, con Gabriela y sus hijos, pero se empeñó en hablar de amor. Algo ridículo. El amor era otra cosa, lo que empuja el deseo hasta los límites de lo posible para entregarse sin condiciones, y ese sentimiento siempre estuvo reservado para Antonio; nunca para otro, y hubo muchos. Ese fue siempre el problema de José Luis, que le costaba dilucidar lo fundamental de lo accesorio y dejar esa parte anecdótica —el sexo y las palabras que se dicen sin pensar— atrás. Encendieron una hoguera que para ella se apagó al cabo de tres semanas aunque él insistiera en soplar los rescoldos.
Pero eso pasó hacía mucho. Ahora, la mirada de José Luis destellaba, afilada y amenazante. Partículas minúsculas de saliva se le secaban en la garganta. El odio picaba como el pelo de un gato. Fuera lo que fuera lo que hubo entre ellos, lo fue en el pasado, antes de la desaparición de los niños, del juicio, y de que Marta y los demás declarasen en su contra para condenarle.
—No eres bien recibida aquí. Deberías largarte —le advirtió.
—Eres tú quien no debería haber vuelto a la Montaña —replicó ella firme, sin arredrarse—. Si hubieras cumplido con tu parte muriéndote en la cárcel no se habrían revivido las llamas… Pero tenías que volver para atizarlas.
Él la miró fijamente, como si fuese a sacarle las vísceras. La misma Marta Beltramo de siempre. Creer que tenía el control sobre algo o sobre alguien la hacía sentirse mejor. Quizá eso le hubiera funcionado hace años. Ya no.
—Deberías estar llorando a tu hijo y guardarte unas cuantas lágrimas para el que te queda.
El ojo de lechuza de Marta parpadeó, un movimiento tan lento como el gesto de su mano para dejar caer el pitillo que acababa de encender al suelo y girar encima la puntera de su zapato. Como si aplastase a un gusano. A una cucaracha.
—He venido para que me lo digas cara a cara, sin testigos. Reconoce que has sido tú quien ha asesinado a Gianni.
José Luis habría saltado como un resorte sobre ella y habría hundido en la cuenca ese ojo vitriólico con el pulgar, la habría arrastrado con el pelo atado al guardabarros de su coche por todo el pueblo hasta desmembrarla, pero en la cárcel había aprendido algunas cosas. Había aprendido a esperar.
—Es extraño, ¿verdad? —dijo, fingiendo calmarse—. Cómo puede odiarse a alguien con la misma intensidad que se ha amado.
Marta Beltramo sonrió.
—Hay un viejo dicho en mi tierra: entre dos, es amor. Entre tres, es follar. Nosotros nunca fuimos dos, José Luis.
—Tu marido el mirón, claro. El que nos grababa… ¿Qué hacíais después? ¿Mirabais juntos la grabación? ¿Os excitabais así? ¿Te pedía detalles de nuestras citas?
Marta Beltramo le dedicó una mirada de asco.
—No he venido hasta esta pocilga para hablar contigo de mis apetitos o de tus ilusiones de entonces.
—Has venido para acusarme otra vez, como hace veinte años. Pero ahora eres tú la que sabe lo que se siente cuando te lo arrebatan todo y no puedes hacer nada para impedirlo.
José Luis Vera ni siquiera se dio cuenta de que Marta se había hecho sangre clavándose las uñas al cerrar el puño.
—Eres un hijo de la gran puta y un asesino —silbó ella con una voz ronca.
Por primera vez, él se permitió sonreír. Una sonrisa que se asemejaba a una dentellada. Para el futuro, ya no existía. Para el pasado solo era un borrón en la memoria de ese sitio, tan acostumbrado al olvido. Solo había presente. Y en el presente no había sitio para su dolor y su pérdida. Ahora les tocaba a otros, y él se encargaría de obligarlos a recordar.
—No sabes cuánto, pero lo vas a averiguar.
17
La comitiva se puso en marcha cuando todavía estaba oscuro. Luca los había convencido de que valía la pena subir hasta la ermita a pie para contemplar desde lo alto el amanecer. Aunque parte de esa esperanza era cierta —conmover con la belleza de la obra de Dios los corazones arrugados de aquellos sacerdotes y burócratas—, en realidad lo que pretendía era eludir el acoso de los activistas que acampaban al pie de la Montaña. No deseaba que aquellos ancianos palaciegos y acomodaticios se enfrentaran a los insultos y el griterío de un puñado de jóvenes exaltados que se oponían al proyecto urbanístico de la ermita.
Monseñor Ricart se lo había advertido: aquellos clérigos y funcionarios formaban la comisión encargada de la visita de Ratzinger, y de ellos dependía el éxito del plan que ambos habían trazado. Ricart, con sus influencias, había allanado el camino, pero causar una buena impresión —convencerlos de que toda la comunidad estaba a favor del proyecto del santuario— era misión de Luca.
—Si queremos que el papa haga un alto en su agenda y se acerque a bendecir esta ermita, ellos deben ser los primeros en convencerse. Tienes que impresionarlos.
Junto al anciano habían viajado hasta allí otros cuatro sacerdotes y dos laicos. No parecían demasiado entusiasmados con la caminata, que preveían agotadora e inútil. Estaban allí porque Ricart les había prometido que valdría la pena, pero se mostraban renuentes. Aun así, el veterano mentor de Luca procuraba animarlos, les daba conversación e iba de uno al otro como un perro pastor cuidando de que el rebaño no se desperdigara. A Luca le admiraba su energía.
Los acompañaba Bernardo Sanabria. El constructor avanzaba a grandes zancadas, con un brío del que los demás carecían. Como un crío fanfarrón, pretendía dejarlos atrás ya en los primeros metros.
—Esto me recuerda a los buenos tiempos, a las jornadas en el campo, que empezaban cuando el sol apuntaba ahí arriba y terminaban mucho después de que se hubiera puesto. ¡Me hace sentir joven de nuevo, un hombre del surco!
Solo una parte de ese entusiasmo era real. Tal vez la del campesino que todavía llevaba dentro, pero el hombre de negocios hacía sus cálculos. No tenía muy buena relación con Dios y no se fiaba de sus servidores en la tierra. Para él lo mundano y lo divino terminaban donde empezaban, en un balance. Y más valía que fuera positivo. Había invertido casi todo su patrimonio en el proyecto del santuario, y además había convencido a los inversores americanos y a los chipriotas de que aquel sería un negocio más que rentable para todos. Ellos le habían dado su dinero, pero también le habían puesto una espada sobre la cabeza. Estaba sometido a muchísima presión.
—Espero que Ricart y tú no os equivoquéis con esto —murmuró con la respiración entrecortada mientras empujaba su pesado cuerpo hacia arriba con la ayuda de una vara de pino.
—Cálmate, Bernardo —le animó Luca—. Saldrá bien.
Bernardo Sanabria se detuvo un momento para secarse el sudor. A pocos metros de la cima, empezaba a asomar en el horizonte la claridad.
—Más nos vale a todos, Luca. Ya tenemos bastante con el regreso de Vera y con esa periodista metiendo las narices. Si esa mujer no entra en razón por las buenas, tendrá que hacerlo por las malas.
Luca lo miró sorprendido.
—¿Qué quieres decir con eso?
El constructor retomó la marcha.
—¿Los curas no entendéis latín? Pues a buen entendedor, sobran palabras.
Luca le siguió con la mirada preocupado.
Pronto dejaron la niebla abajo, posada sobre el valle. Arriba, el cielo se iba desvelando. La tierra crujía bajo sus pies, todavía era tiempo de escarcha, y los primeros pájaros callaban a su paso para volver a la algarabía cuando se alejaban. Los hombres habían dejado de hablar, concentrando la respiración y el esfuerzo en el último repecho. Luca confiaba en que se les pasara el malhumor que adivinaba en sus rostros cuando vieran la ermita.
Y ahí estaba, posada entre las rocas grises, humilde y melancólica. No era especialmente grande, unos diez metros de largo por unos cinco de ancho. En la parte del tambor absidal se abría una ventana de medio punto. Por lo demás, no tenía elementos que la hicieran distinta a cualquier otra sencilla ermita del románico de las muchas que podían encontrarse en la comarca.
Los miembros de la comitiva se miraron entre sí, visiblemente decepcionados pese a la hermosa luz anaranjada que empezaba a acariciar la nave, con la bóveda y el ábside semicircular. Quien más quien menos buscaba a monseñor Ricart pidiéndole explicaciones con la mirada. El anciano, sin embargo, mantenía la calma. Tomó del brazo a su joven pupilo y le animó a hablar.
—Adelante, hijo.
Luca asintió. No se mostró nervioso ni titubeó aun comprendiendo lo que estaba en juego. Si de algo servía su talento para la seducción, era el momento de demostrarlo:
—Desde que los antiguos propietarios de estas tierras la construyeron en el siglo XI, la ermita de Sant Genís ha conocido toda clase de vicisitudes. Por aquí han pasado guerras, pestes, tragedias, horrores, incendios y hambrunas, pero también alianzas, nacimientos, amores, esperanzas y sueños, alegrías y uniones, lealtades y fe… Los hombres han sido hombres en toda su dimensión junto a estas piedras de toba calcárea. La ermita es testigo de nuestras vidas en la Montaña, nos ha protegido, nos ha dado un sentido de permanencia, de continuidad, que va más allá de nosotros, que nos une con las generaciones pasadas y conectará a las venideras cuando nosotros ya no estemos y ella permanezca.
Aquellos testigos mudos no parecían muy emocionados. Luca corría el peligro de aburrirlos o enojarlos aún más, pero no moduló el tono de su voz ni aceleró el discurso.
—¿Y qué le hemos dado a cambio de su presencia? Olvido. Olvido e indiferencia. De no ser por la generosidad de Bernardo Sanabria, aquí presente —el sacerdote señaló al constructor, que movió la cabeza en señal de agradecimiento—, hoy solo quedaría un puñado de escombros, unas piedras sobre la cima sin historia que contar.
Uno de los sacerdotes susurró en el oído de su colega más cercano que, puestos a gastar, Sanabria podría haber financiado algo mejor que aquella ermita sin personalidad alguna. Luca fingió no oírlo.
—Como Dios, que oculta lo esencial para que sea descubierto solo por el que hace el camino sin flaquear, también la ermita ha guardado su secreto más importante para aquellos dispuestos a ver y a creer, pues todo milagro pone a prueba primero nuestra fe. Y ese milagro no está en lo que ven aquí, sino en el interior de estas paredes. Ha permanecido oculto durante siglos, sepultado por capas y más capas de pintura, de ladrillo, de yeso. Paradójicamente, lo mismo que ha dañado ese secreto también lo ha protegido para que nosotros, ahora, lo desvelemos al mundo… Si me acompañan al interior, no necesitaré más palabras. Podrán comprobarlo ustedes mismos.
Corría en la Montaña la leyenda de que unos caballeros franceses, al regreso de la segunda cruzada, pasaron por la ermita. Se decía que, cansados y abatidos, se les había aparecido el mismísimo santo para insuflarles ánimo y darles consuelo, y que, en agradecimiento, otorgaron a la parroquia ricos donativos en forma de plata y objetos de oro, incluso habían depositado una miniatura de la mismísima madre de Dios con un rico brocado de piedras preciosas, y todo ello con la sola condición de que aquellos presentes quedaran para siempre al cuidado del ermitaño. Muchos dieron pábulo a la leyenda, agrandándola y enriqueciéndola hasta transformarla en una especie de maldición o hechizo. Aseguraba la tradición que el tesoro de los franceses permanecía oculto tras las paredes de la ermita y las profundas oquedades del suelo, bajo la protección del santo, que no dudaba en cegar o en causar deformidades horrendas a quienes trataran de robarlos. Se conocían innumerables casos, hasta el punto de que cuando se veía antiguamente a un ciego o a un lisiado por la comarca se le atribuía el intento de robo: «Ese quiso quitarle al santo lo suyo». Esa advertencia, o superstición, no impidió que a lo largo de los tiempos aventureros y cazafortunas de todas partes tentaran la suerte. El resultado fue el previsible, el destrozo de la ermita y un puñado de polvo en las manos. Se contaba que incluso otros franceses, estos pertenecientes a las tropas de Napoleón en retirada, habían levantado palmo a palmo las losas del suelo sin encontrar más que huesos de animales muertos. A la gente del lugar le gustaba adornar el mito asegurando que la mitad de aquel regimiento de gabachos había regresado a su país cargando enfermedades incurables, ceguera o artritis. Más reciente, y documentado, era el expolio que había seguido a la desamortización de Mendizábal, desaparecieron casi todos los ornamentos, la sillería e incluso una preciada imagen con fama taumatúrgica que nunca se recuperó. A la atribulada historia de la ermita se le sumaba el trágico —y hasta cierto punto cómico — episodio de la guerra civil, cuando un grupo de anarquistas destrozó lo que quedaba, ejecutando simbólicamente al santo y enterrándolo en una zanja detrás de la ermita. No menos esperpéntico había sido el acto de desagravio realizado por las autoridades franquistas un tiempo después: se resucitó la imagen para devolverlo de la tierra a su sillar con misa solemne, palio y procesión de autoridades. En el trasiego de muertes y resurrecciones, la figura había perdido la mano izquierda y parte de la nariz. Además, seguían ahí los perdigonazos de los anarquistas que le habían fusilado, uno de ellos en medio de la frente. Aún había quien aseguraba que si le metías el dedo dentro sangraba como las llagas de Cristo, pero nadie había podido constatarlo.
Aquella figurita —sin gracia alguna, salida de un taller de imaginería de Barcelona a principios de los años veinte— era lo único con algo de valor que conservaba la ermita. El resto eran paredes vacías pintadas y repintadas muchas veces… O eso se creía hasta que al limpiar las capas del ábside habían descubierto lo que había detrás del altar.
—Ecce homo —murmuró emocionado Luca—. Idoù ho ánthropos.
Ante los ojos asombrados de los presentes se extendía un mural a base de pigmentos coloreados y diluidos en agua y cal. Las características sobrepasaban, a simple vista, las propias de aquella clase de pintura. En primer lugar, no se había pintado directamente sobre la pared del ábside, como era tradicional hacer cuando el enlucido estaba todavía húmedo. La imagen estaba impresa sobre una base de piedra y madera, como un retablo. Lo segundo que indicaba su excepcionalidad era que las figuras no seguían el principio geométrico clásico, no eran planas, sino que tenían perspectiva y volumen. En tercer lugar, no se tenía constancia de que existieran representaciones de ese pasaje del Evangelio de san Juan anteriores al siglo XIV, pero aquella, sin duda, lo era.
—Hemos enviado muestras de pigmentación al museo diocesano y varios expertos han corroborado su antigüedad: todo apunta a que estamos ante una maravilla de principios del siglo XII, algo verdaderamente revolucionario para ese momento del arte religioso. Se desconoce su autoría, aunque podría tratarse del mismísimo maestro de Tahull, a juzgar por el cromatismo y el realismo. Estamos investigando si pudo pasar por aquí, enviado por el obispo de Roda, en 1137, tiempo después de terminar su famoso pantocrátor en Santa María. Si nuestras sospechas son ciertas, el artista podría haber decidido plasmar en un lugar modesto como la ermita nuevas perspectivas con las que ya ensayaba, pero que no se atrevía a afrontar en encargos mayores. Aquí puso a prueba dimensiones volumétricas, más naturales que arquitectónicas y mejor proporcionadas, algo realmente impresionante, adelantado en doscientos años a la evolución que sufriría la pintura mural. Es probable que la obra fuera rechazada por las autoridades o los contratantes, disgustados con el resultado por estar tan fuera de las tradiciones y los gustos de la época, y que, por eso mismo, se ordenase su ocultación.
Luca hizo una pausa, maravillado como el resto por lo que contemplaban sus ojos. La imagen propia de la Vulgata: un Cristo sufriente cubierto con un manto azul y una corona de espinas, atado con sogas a un poste de tortura y que, ensangrentado, imploraba hacia el cielo. Tras él la imagen difusa de soldados y sacerdotes en escala, con un fondo cuarteado pero que debía de representar el palacio de Poncio Pilato.
—Supongo que son conscientes de lo que significa este hallazgo. Algo que, sin duda, va a reformular todos nuestros conceptos sobre el arte románico y su transición al quattrocento. En cuanto se conozca la noticia, la ermita de Sant Genís se convertirá en centro de peregrinaje para estudiosos y curiosos del mundo entero… Pero la primera persona en tener ese privilegio debe ser el Santo Padre. Sabemos de su pasión por la iconografía del periodo medieval y estamos convencidos de que no podrá sino emocionarse ante semejante hallazgo, por bien de la Iglesia y de su historia.
La bruma que flotaba sobre las cabezas de aquellos hombres al entrar se había disipado por entero para satisfacción del anciano Ricart, que había estado vigilando sus reacciones ante el retablo. La sonrisa que le dedicó a Luca era la suma del alivio y del orgullo. Su pupilo podía estar contento, el alborozo era general entre la comitiva, todos hacían preguntas, lanzaban conjeturas, se acercaban para ver la pintura más de cerca. Incluso Sanabria se permitía relajar el rostro y bromear.
—¿Tanto alboroto por unos garabatos que podría haber pintarrajeado mi hijo de diez años en la pared de casa?
Luca, cauteloso, le dedicó una media sonrisa. No olvidaba la velada amenaza que el constructor había lanzado contra la periodista, pero confiaba en que aquella momentánea victoria aplacase algo su ciclónico carácter.
Dejó en el altar al grupo de hombres y salió a fumar un cigarrillo en la plazoleta empedrada que había frente al pórtico. El amanecer ya era un hecho, y el efecto de los rayos del sol jugando con los cipreses era hermoso, una armonía que se deslizaba hacia el mirador, extendiéndose sobre el valle y los senderos que salían del bosque. Pronto las máquinas excavadoras entrarían allí y desventrarían esa calma milenaria. Valía la pena aprovechar mientras quedara algo de todo aquello.
Sacó el teléfono para llamar a su madre. Quería darle la buena noticia, pero, tras pensarlo unos segundos, lo guardó. Ciertas cosas hay que decirlas en el estado de ánimo adecuado. Y ambos seguían bajo el luto por la muerte de Gianni.
Tardó un poco en percatarse de que alguien le observaba, sentado en el bancal que rodeaba la ermita. Nunca lo había visto antes por la parroquia ni por el pueblo. Esa manera de vestir —traje oscuro de corte caro, camisa blanca, zapatos y un sobretodo que descansaba sobre su rodilla— no era apropiada para subir hasta allí y, sin embargo, el hombre parecía salido del probador de la sastrería Casanova. Ni una arruga, ni una gota de sudor, ni una mancha de barro o rastro de polvo en los zapatos. Ni siquiera el pelo, cuidadosamente peinado, estaba fuera de lugar. Con todo, la mayor extrañeza estaba en la manera de mirarle y en su inmovilidad. No parecía alguien real.
—Es usted el párroco, ¿verdad?
—Lo soy. ¿Se le ofrece algo?
El hombre ladeó la cabeza. Estudió al sacerdote como si estuviera memorizando los detalles de su cara.
—¿Diría que Dios es justo? Ya sabe, que castiga a los malos y premia a los buenos.
Luca enarcó la ceja. Una pregunta extraña.
—Algo simplificado, pero, en esencia, es lo que nos dicen las Escrituras. ¿Usted es creyente?
El hombre sonrió. Le hizo gracia la pregunta.
—Yo creo más en lo que veo que en lo que me cuentan. Y a juzgar por la experiencia, diría que Dios no sabe lo que se hace, que anda un poco despistado.
Luca lo observó con una curiosidad inquieta.
—Tal vez no entendamos sus designios.
El hombre negó con la cabeza.
—Nadie se cuestiona si Dios no cumple bien su trabajo. Y cuando Dios la caga, entonces nos toca a nosotros resolverlo, ¿verdad? Somos los que tenemos que hacer el trabajo.
—¿A qué clase de trabajo se refiere?
El hombre se puso en pie y sacudió un poco la pernera del pantalón.
—Un cura como usted debería saber que si Dios es ciego, los hombres no lo son.
La comitiva estaba saliendo. El hombre miró fijamente a Luca una última vez.
—Vaya a celebrar la victoria con sus amigos. Disfrútela mientras pueda.
Le dedicó una sonrisa que era una promesa. Dio media vuelta y se alejó hacia la arboleda tranquilamente. Notaba los ojos del sacerdote clavados en su espalda.
18
Soria asomó la mirada por el hueco de la escalera, que ascendía ocho pisos, y maldijo su suerte. Ni los alpini italianos en la batalla por la ciudad de Zara habrían podido subir hasta allí sin dejarse el higadillo por el camino.
—¿Y qué pasa con el ascensor?
Un viejo sentado en la portería no se molestó en levantar la vista del periódico que estaba leyendo.
—Que baja más deprisa de lo que sube y que la mitad de las veces se queda atascado en la tercera planta.
—¡Pues menuda mierda!
—A esa boca le hace falta lejía —dijo el viejo sin despegarse de los resultados de la liga de fútbol.
Soria le lanzó una mirada asesina que el otro ni siquiera se molestó en recoger.
El exsubinspector sopesó seriamente la posibilidad de morir de un infarto en el intento por llegar hasta arriba. Encendió un Ducados y se echó un caramelo de menta a la boca.
—Pues venga —suspiró—, a la conquista de Caporetto.
El amago de colapso le asaltaba en cada rellano donde se paraba a esponjar la respiración bronquítica y dar un par de caladas al pitillo. En dos ocasiones tuvo que echarse a un lado y pegarse a la pared para dejar sitio primero a unos chiquillos que bajaban saltando los escalones, dueños de una energía que parecía inagotable, y luego a un joven que subía con una bombona de butano con una sonrisa de deportista, como si estuviera haciendo glúteos en el gimnasio. «Cabrones, ya os llegará el día», les pronosticó. Para cuando alcanzó la última planta las piernas le temblaban y tenía el gaznate como una lija.
Aporreó la puerta igual que si viniera a pedir la extremaunción.
—¿Tienes una cerveza para este moribundo? —preguntó a la joven que le abrió.
Vesna se hizo a un lado para dejarle pasar. No quería un muerto en el felpudo.
—Siéntate, voy a buscar en la nevera.
El escritorio estaba lleno de artilugios parpadeantes que desconcertaban a Soria. Todo aquello le sonaba a la consola del Enterprise.
—¿Algo de lo que haces aquí es legal?
La joven movió la mano desde la cocina.
—Define legal.
—No juegues conmigo, chiquilla. Ya me las hiciste pasar canutas en Lanzarote con tus trapicheos y tus algoritmos.
Ambos recordaban aquello con sentimientos encontrados. Y preferían olvidarlo.
—Esto es distinto, por eso te he llamado —dijo Vesna regresando con un botellín abierto.
—¿Esperamos a Clara?
Vesna negó con la cabeza.
—No la he avisado. Primero quería hablar contigo.
Soria no iba a caer en la trampa de creer en esa lealtad complaciente. Él y la hacker no eran amigos, tampoco pretendía ser para ella una especie de ejemplo o el sustituto de la familia que le mataron en Bosnia. Pero había algo en ella que le gustaba, que le obligó a salir de esa galbana existencial en Lanzarote para atreverse a ser el otro hombre, el que Julián siempre vio en él. Vesna señalaba con el dedo al mundo y lo hacía con esa indecencia emocional de los jóvenes que no se tragan el cuento del pragmatismo, y a pesar de los golpes que ya había recibido, continuaba juzgando la injusticia del sistema con la crueldad de quien sabe vivir todavía sin parches ni tapujos. Era una superviviente; sin embargo, eso no podía bastar. Tenía que aspirar a vivir a pesar de su fragilidad, o gracias a ella.
—¿Y bien? Me has traído hasta aquí y casi me muero en el intento. ¿Me vas a explicar de qué va todo esto?
Vesna se recogió en un abrazo como si hubiese abierto una puerta y se asomara a la intemperie. Parecía asustada.
—Vamos, niña. Cuéntame qué pasa.
—Se trata del cuaderno que me trajiste… He descifrado los códigos, sé lo que significan.
—De acuerdo —admitió Soria preocupado—. Asumimos que sería algo malo, pero ¿tan grave es?
—Comparado con lo de Lanzarote, aquello fue una riña de colegio. Así de grave.
Después de que Clara y Soria le contaran lo que necesitaban de ella durante la visita que semanas atrás le habían hecho, Vesna había buscado refugio en casa de Rafael. Necesitaba pensar, alejarse de Barcelona, y la casa de su amigo en Gandía era su escondite más preciado.
—Puedes venir siempre que quieras —le había dicho Rafael durante aquellos meses horribles que siguieron a la muerte de Julián Leal.
En su compañía, Vesna podía ser ella misma sin necesidad de fingir que todo estaba bajo control. Rafael no era de los que le preguntaban cada cinco minutos cómo se encontraba, ni de los que daban consejos bienintencionados. Simplemente, permitía que ella siguiera su curso natural y la acompañaba en silencio. Volver a verle después de tantos meses había resultado sanador: el mismo bebedor sin culpa, la misma ternura ácida, las partidas de ajedrez y las lecturas tranquilas. Se habían dado un abrazo, y luego él había cogido la bolsa de viaje y la había acompañado a su habitación sin preguntar nada.
—Me alegro de que estés aquí —fue cuanto dijo. Y era verdad.
Hablaron poco del pasado reciente. Rafael prefería contar algo bonito, cualquier cosa feliz que hubiera pasado, por insignificante que pareciera. La muerte de Julián Leal le había afectado también, mucho más de lo que estaba dispuesto a reconocer. En su casa no había televisión, se negaba a ver las noticias o a leer los periódicos. No se cansaba de repetir que existe una correspondencia factual entre la ficción y la realidad de la que se servían dictadores y embusteros. Fingir una verdad para contar una mentira sin que pudiera distinguirse la una de la otra.
—Se llama intoxicación informativa.
Vesna no siempre entendía su lógica, que le sonaba un tanto disparatada. A pesar de la buena voluntad de aquel hombre sabio y beodo —él decía que la lucidez y el whisky van de la mano—, no estaba segura de que convertirse en el mono que no ve ni oye fuera la solución a sus problemas. Todavía había noches en las que la joven se despertaba gritando de terror: veía al sádico de Konstantin dispuesto a degollarla, sentía en la nuca el aliento de los esbirros de Petrucci y Armando Ortiz persiguiéndola, y al abrir los ojos, creía ver sentado a los pies de su cama al peor de todos, al sicario sin nombre, observándola fijamente con una media sonrisa y un cigarrillo entre los dedos.
Y, con todo, el mundo aparecía nuevo por la mañana. Algunos amaneceres, bajaba a nadar, como solía hacer en Lanzarote. Entre las rocas y el mar llegaba a entender que pensar ya no era mejor que vivir.
—Disfruta un poco. La felicidad es aceptable —la animaba Rafael chupando la felpa de su bigote mientras buscaba en alguna parte la botella de Jameson.
Vesna debía alegrarse del calor y la luz del Mediterráneo. Más después de tanto frío, tanta nieve y tanta grisura en su infancia. Que sonara la música de Shakira en vez del tableteo de los disparos en Sarajevo, que los hombres llevaran en la cabeza sombreros de paja en vez de cascos militares, que las risas sonaran a alegría y no a demencia y crueldad. Algo en ella debería estar sanando si los niños de piel rojiza se dedicaban a construir castillos de arena en la orilla con sus cubos de color amarillo en lugar de esconderse bajo la cama en las noches de bombardeos o si un policía la saludaba con una sonrisa amable en lugar de agarrarla por el cuello y arrojarla contra un muro para toquetearla.
Debía pensar en algo bueno que pasara antes o después de la guerra, antes de que los Armando Ortiz y los Petrucci del mundo cazaran a sus padres y a su hermano como conejos en la nieve por pura diversión. Rafael aseveraba que hasta en las tragedias hay algo cómico, o hermoso, o romántico. Un poco de paz, un instante en el que pudo respirar y sentirse alegre. «Esfuérzate, Vesna. Mírate, en alguna parte, con ternura». Y ella lo intentaba, pero la ternura no podía serlo solo a medias, tenía que ser completa y, al final, en la cola de cualquier buen recuerdo que pudiera invocar aparecía la misma sombra: el asedio de Sarajevo, la huida a las montañas, sus padres cayendo abatidos como pinos raquíticos sobre la nieve, el sonido seco y punzante de los francotiradores escondidos en el bosque mientras ella corría campo a través tirando de su hermano, y ese instante en el que su mano se quedó vacía y no tuvo valor para mirar atrás. Lo intentaba honestamente, pero se le llenaban los ojos de agua cada vez que recordaba a su padre leyendo un libro de Meša Selimović con sus grandes anteojos rayados o a su madre soñando con algo mientras escuchaba las letras de Dino Merlin, los anocheceres con la lámpara a medio gas mientras su hermano fingía hacer los ejercicios de caligrafía pero solo pegaba los mocos debajo de la mesa brasero.
Prefería pasar las horas enganchada al ordenador y a esos artilugios electrónicos y parpadeantes que Rafael no entendía. Solo algunas mañanas, cuando él la empujaba, literalmente, a salir a la calle, se animaba un poco a conectarse al presente.
—No vuelvas hasta ver el sol sembrado en tu cara —le advertía con fingida severidad antes de darle con la puerta en las narices.
A Vesna no le quedaba más remedio que echarse a pasear marina arriba y marina abajo sin rumbo ni propósito. Se sentía como una extraterrestre; era una extraterrestre. De repente se quedaba quieta en medio del gentío con expresión de extrañeza, mirando como si hubiera visto algo que pasaba desapercibido para los demás. Y era al fijarse en la luz solar matizada entre las ramas de una palmera, en un brillo peculiar o la onda de una ola, en una sombra proyectada sobre una fachada, cuando creía posible ser como los demás. Podía percibir entonces los olores de las verduras frescas que le llegaban del mercadillo improvisado —los tomates, las hortalizas, la fruta de temporada—, que se mezclaban con el del plástico de las falsificaciones baratas de los bolsos que vendían en la calle unos jóvenes africanos. Todo era muy colorido y ruidoso, y raro, como una película de Sorrentino. Estaban la mano de alguien sobre la pringosa superficie de un tonel y los dientes perfectos de un hombre que era el diablo pero parecía un hombre. Seguro que usaba carillas, como los actores y los futbolistas. Nadie podía lucir esa sonrisa tan perfecta, tenían que asomar los restos de sangre en los colmillos. Alguien le dio accidentalmente en el hombro al pasar. El bar estaba lleno, ni siquiera se había dado cuenta ni se había disculpado. Llevaba una cerveza en la mano. Vesna vio la gota que le cayó en el vestido. Era un vestido de tirantes ligero, de color verde vaporoso y flores rojas. Todas las mujeres lo llevaban en Gandía, los vendían unos gitanos en un puesto ambulante. Eran baratos y cómodos. La mancha de la cerveza que le habían tirado encima se expandió como un cáncer, trazó una especie de isla en la tela y luego, de repente, se paró.
Y entonces reaccionó. Ya no olía las verduras ni el salitre del mar, olía la venganza, y ese olor —¡Dios, ese olor!— la embriagaba. La invadió una gran sensación de alivio, casi de euforia. Lo haría, desde luego. Desentrañaría los misterios de esos archivos, averiguaría a quién pertenecían aquellos códigos del cuaderno.
Los días siguientes fueron frenéticos. De una pared a la otra de su cuarto, cada centímetro estaba empapelado con fórmulas, códigos, esquemas, flechas y corchetes que parecían la obra de una inteligencia obsesionada y enloquecida. Día tras día se empeñaba en descifrar la naturaleza mutante de aquellos números que se movían de un minuto al otro como un ente con vida propia. Nada la llevaba a nada, cuando creía estar cerca de una solución, los números se cruzaban entre sí de nuevo, enigmáticos, se volvían pegajosos, se desvanecían untuosos entre sus dedos. Un error, otro error, y Vesna gritaba desesperada e iracunda, arrancaba con furia los papeles de la pared como si quisiera arañar el yeso y la pintura con las uñas mordidas. Descifrar aquello parecía tarea imposible, incluso para ella, que había sido capaz de entrar en las entrañas digitales del imperio Ortiz para dinamitarlo desde dentro.
—Si se quema por fuera, se queda crudo por dentro —le decía Rafael, aunque no entendiera lo que ella estaba haciendo.
Vuelta a empezar, otra vez. Desde cero. Contra la imposibilidad, tenía a su disposición una voluntad intransigente, ningún riesgo la detendría, al contrario, cada fracaso la empujaba a seguir. Se castigaba y era despiadada, no se permitía un segundo de respiro, apenas dormía o comía, ya no salía de su cuarto; acabó descuidando la higiene y toleraba mal las intromisiones de su anfitrión. Tirar la toalla no era una opción, por más que aquel misterio se hiciera más y más intrincado, por más que su mente, exhausta, le dijera que jamás lograría resolverlo.
Rafael la observaba desde el umbral con preocupación creciente. Vesna no había querido decirle en qué trabajaba, pero, fuese lo que fuese, la estaba consumiendo. Pensaba en Baudelaire y en las obsesiones que nos devoran hasta que la intención se desvanece y queda solo la obsesión misma. Sin un porqué ni un para qué. Observándola en silencio, dejaba junto a la mesa la bandeja con la cena, a la que no prestaba atención.
Hasta que, por fin, apareció en el salón con una sonrisa agotada y ojeras de muerta viviente. Apretaba contra el pecho un ordenador portátil.
—Ya está. Lo he conseguido —dijo como en un soplido, y de repente todo el cansancio acumulado se le vino encima.
Durmió sin parar casi cuarenta y ocho horas, un sueño de roca en un pozo, tan profundo y quieto que, cada pocas horas, Rafael entraba para comprobar que seguía respirando. Cuando por fin despertó, sus ojos volvían a ser los de antes, pero con un fulgor renovado, una vela que oscilaba de modo distinto al mirar. Desayunó en la cama como si hubiera renacido, se dio una larguísima ducha y se vistió con calma. Cuando salió del baño, con el pelo mojado y la piel todavía caliente, Rafael la esperaba fumando junto a la ventana; había llegado el momento de las explicaciones.
Cuando Vesna acabó de hablar y le mostró lo que había encontrado, los nombres que aparecían en esas cuentas fantasma —desconocía muchos, pero reconocía otros tantos, a cuál más inquietante—, dio por supuesto que Rafael le aconsejaría que se olvidara de todo y que quemara sus ordenadores.
—¿Qué opinas?
Rafael leía y releía la lista de nombres y las cantidades asociadas. Su bigote se movía con autonomía cada vez que reconocía a alguien, un periodista famoso, políticos, artistas, deportistas de élite, incluso miembros de la curia católica. Sus cejas hablaban solas, como sus movimientos de cabeza.
—Adelante —dijo insospechadamente—. ¡Jódelos a todos, desde el primero al último! ¡Que arda el puto mundo!
Le contaba todo aquello a Soria y su hilo de voz se hacía inaudible por momentos. La mirada hundida en las manos, que retorcía y apretaba para sentir que era sólida. Pero a medida que relataba sus hallazgos la voz se aceleraba, reconstruía espasmódicamente lo que había descubierto y lo mezclaba con los acontecimientos que se avecinaban.
Soria escuchaba, y podía percibir la desesperación de la muchacha bajo esa efusión de palabras y datos. Se mostraba segura, pero solo era una fachada; el valor de la inconsciencia que se transforma en pavor cuando se atisban las consecuencias y no se está preparado para afrontarlas. Porque el coraje de esa edad es pura arrogancia, paja que el ogro se lleva con un soplido. Quería echarse atrás pero ya no podía.
—Siento haberte metido en esto, Vesna.
La joven hizo un gesto casi imperceptible con la cabeza.
—En realidad no has sido tú, sino nuestra historia en común… ¿Qué vamos a hacer?
El exsubinspector arrugó la frente. Sabían lo que contenía esa libreta, lo que significaban esas cifras y a quién pertenecían esos nombres, no había nadie que pudiera protegerlos. Cualquiera que estuviera en ese cuaderno iba a arrasar con todo para recuperarlo.
—Podríamos no hacer nada, fingir que no sabemos lo que sabemos y tirar ese cuaderno a una alcantarilla —razonó—. O devolvérselo a Clara.
Vesna le dedicó una mirada de incredulidad. No podía hablar en serio.
De todos modos, ya era demasiado tarde para eso.
—Me han pinchado.
—¿Y eso qué significa?
—Al entrar con esos códigos en mi ordenador, los mismos a los que yo buscaba se pusieron a buscarme a mí. A pesar del cuidado y de los cortafuegos, alguien ha encontrado mi huella en sus sistemas.
—¿Alguien? ¿Quién?
Vesna se encogió de hombros. Probablemente un cerebrito de quince años en un sótano de Nueva Deli, o un experto en ciberseguridad que había desertado del FSB pasándose al sector privado a cambio de una visa oro, quizá un experto de la Keshet dispuesto a utilizar esa información para que su país pudiera chantajear a terceros o pedir un rescate.
—Podría ser cualquiera. Pero, sea quien sea, sabe lo que tenemos. Y vendrá a buscarlo.
Soria apenas alcanzaba a entender la cantidad de información con la que Vesna le había inundado… Python, SQL, Bash, Nmap, hackers de sombrero negro, botnets, rootkits… Como si le hablase en griego clásico. Pero le quedaban claras dos cosas: en esencia, el cuaderno que la periodista le había robado al sicario contenía docenas de claves de acceso para cuentas no declaradas en valor de criptomonedas. Cuentas desorbitadamente enormes cuyos fondos provenían en su mayoría de actividades del crimen organizado, activos en pausa que esperaban el momento de emerger al mercado de divisas y de integrarse, mediante diferentes técnicas de blanqueo, a la economía de mercado. La intención del sicario era, ni más ni menos, robarle a toda esa gente. Nadie denunciaría el robo, desde luego. Pero tampoco se iban a quedar de brazos cruzados mientras esas fortunas se desvanecían en el aire.
La segunda cosa que Vesna le había aclarado es que para hacer aquello se necesitaban conocimientos que el sicario no tenía.
—No sé cómo ha conseguido esos códigos, pero no podrá vaciarlos solo. Necesita a alguien con una infraestructura muy compleja y segura si espera llevarlo a cabo sin dejar huella… Yo apuesto por alguna granja de ordenadores en Bangladesh, en Turquía o en alguna región remota de China. Seguro que le han pedido una comisión enorme, aunque sin este cuaderno no podrán hacer nada.
—Habrá copias digitales.
Vesna movió la cabeza.
—No si ha sido inteligente. Él sabía lo que significaban esos códigos, a diferencia de mí. No se habrá arriesgado a darles una pista.
Una paradoja divertida, pensó Soria. Que algo analógico fuera la clave para abrir esa puerta de millones de bits. Vesna se quedó pensativa durante unos segundos.
—Hay algo más…
—¿Algo más que traficantes de todo tipo, grupos armados, mercenarios y defraudadores multimillonarios? —se burló Soria, al borde del desquiciamiento.
—Por eso te he avisado antes que a Clara. Es algo que tiene que ver con ella directamente… Y contigo.
Vesna volvió hacia Soria la pantalla del ordenador. Junto a varias de esas cuentas aparecía el mismo nombre repetido, una y otra vez.
—¡No me jodas! —exclamó el exsubinspector, furioso.
Vesna apretó las mandíbulas. El pasado que nunca pasa. No hasta que lo entierres bajo una tonelada de cemento y acero.
—Ya estás jodido, Soria… Lo estamos todos.
En el sótano
De dónde vienen los acontecimientos que nos acaban arrollando, cuándo se empieza a fraguar la desgracia que acabará con nosotros, es un misterio.
Mi madre le escribía cartas a mi padre cuando él se marchaba de viaje. No se las enviaba, ni se las enseñaba cuando regresaba; las guardaba en un cajón para releerlas de vez en cuando. Pensé que las quemaría cuando él murió, a modo de exorcismo, pero no lo hizo. Las conservó para existir en ellas, en las letras minúsculas y en sus propios renglones torcidos. Mi hermana Elisa me leyó algunas. Su letra era pulcra, sin arabescos ni adornos, pequeña y puntiaguda como un estilete. En esas hojas amarillas quedaban atrapados el dolor y la ira, la traición y la culpa, las mentiras y las verdades que solo las palabras son capaces de retener. Fue turbador entender que se puede odiar lo mismo que se ama sin contradicción.
Pienso ahora en una carta que me escribió Clara. Le gustaba tener esos detalles, innecesarios y por ello generosos. Podría habérmelo dicho, pero prefirió dejarme aquel sobre en la almohada para que yo lo encontrase al despertar un día que ella había madrugado para bajar a pasear entre las dunas de Rosamarina. A diferencia de la de mi madre, su letra era modesta y digna en su enojo, en su súplica, en su necesidad de comprender. Me preguntaba cosas para las que no tenía respuesta —continúo sin tenerlas —, cada frase era dubitativa, asaltada por una pulsión incontrolable, y enseguida el arrepentimiento en forma de tachones, a veces más parecida al garabato de una niña que al pensamiento de una mujer adulta.
No sé por qué estamos juntos. Qué nos une y, al mismo tiempo, nos separa. Digo tu nombre, el que tú me has ofrecido, por costumbre, no porque sepa a quién me dirijo. Sé que me mientes y aun así lo acepto. Pero ¿quién eres tú, al que no conozco? ¿Qué monstruo vive detrás de esos ojos tuyos, escondido entre tus gestos de ternura, debajo de la sábana de tu risa? ¿Qué me atrae hacia ti sin poder impedirlo sabiendo que tu llama me destruirá? ¿No hay nada en ti que se conmueva cuando adivinas mi miedo?
La carta seguía entre el estupor y la súplica, línea tras línea, durante dos folios más en los que quedaba la huella de sus lágrimas allá donde la tinta se diluía. No la terminé, no podía. Ahora ya no tienen importancia esta clase de confesiones, pero puedo jurar que lo intenté. ¡Dios sabe cuánto lo intenté! Las noches de insomnio, los nudillos ensangrentados de tanto golpear la pared, el grito hacia dentro que no me estaba permitido exclamar, la pena, la tristeza infinita. Envilecido, ausente, pero respirando. Un ser antinatural, una aberración que no estaba bien. La imagen perpetua de mis muertos y de sus hijos la última vez que los vieron con vida. De eso no se puede hablar en voz alta. Cómo podía contarle esas cosas sabiendo de antemano que no las aceptaría, que no me creería, o peor, arriesgarme a que sí las creyera. De haberlo hecho, no seguiría con vida.
En aquellos meses juntos intenté remediarlo, equilibrar la balanza, pero en el último instante siempre había algo en mí que retrocedía, asustado por la oscuridad que se entreveía al otro lado. Algunas personas no pueden soportar la presión de su nueva situación, sobre todo cuando cargan sobre las espaldas con penas tan largas. Pierden toda esperanza, todo sentido de su existencia, se ahogan bajo el peso de la culpa, del remordimiento. Me he repetido hasta la saciedad que no soy una de ellas, que puedo asumir la ligereza de un mundo sin ética ni moral.
La existencia misma de Clara me demostró que ese autoengaño ya no me servía como coartada. Solo sabes que estás atrapado cuando alguien te abre la puerta para que veas las posibilidades que hay fuera. Y entonces quieres experimentar todo eso, lo quieres de verdad. ¿Cómo será enamorarse de alguien sinceramente? ¿Qué se sentirá viviendo sin miedo, entregado a esa alegría de los pequeños y grandes momentos? ¿Qué tiene esta mujer que me invita a acurrucarme entre sus brazos? Querrías salir de la jaula, del manicomio de tu cerebro, pero la inercia es demasiado fuerte en tu contra, los hechos recalcan que no puedes despojarte sin más de tu locura.
La locura de un mundo hueco se acerca cuando te rodeas de borrones en los rostros, de sombras en los cuerpos, de temor y desconfianza ante cualquiera que se aproxima y te habla o te mira. Los espejos se multiplican, las esquinas te susurran, y pronto dejas de discernir entre lo que es cierto y lo que no lo es. La sospecha se convierte en un gusano que te taladra el cerebro y solo quieres esconderte debajo de la cama o arrancarte la lengua con una cuchilla y ahogarte con ella.
Cómo y por qué he sobrevivido a todo eso durante tantos años, no lo sé. Como tampoco he entendido el motivo por el que Clara me ha traicionado y aun así no logro que anide en mí el odio, la decepción o el deseo de venganza. Del mismo modo, no sé por qué sigo resistiendo a las torturas de mi captora y sus secuaces. Puede que Julián Leal tuviera razón y que el dolor sirva en última instancia para aclarar el propósito de una vida. Quizá tenía que conocerla a ella para entender que he vivido sin estar vivo para morir de una vez, no a pedazos, sino por entero.
Patético, lo sé. Pero el patetismo es un lujo que puedo permitirme. Joder, cualquier otro tendría derecho a compadecerse de sí mismo si estuviera en mi situación. Mi torturadora me ha destrozado, sus maestros nigerianos le han enseñado bien. Mi cuerpo está al límite de su resistencia.
Esperan que con eso baste. Se supone que voy a derrumbarme y darles lo que quieren. Así de fácil. La mujer sigue haciendo las mismas preguntas, hora tras hora y día tras día. Cómo he conseguido ese cuaderno, quién me iba a ayudar a decodificar las cuentas, cómo pensaba hacerlo, dónde están ahora esas claves…
Son preguntas equivocadas. Si te ponen delante una jirafa ves la jirafa, pero no te preguntas quién la ha puesto ahí ni para qué. Diáfano y sencillo. Una causa es un efecto. Para una mente mediocre todo es binario. Blanco o negro, derecha o izquierda, bueno o malo. Inocente o culpable. Simplificar las cosas evita la incomodidad de la complejidad: Alicia se come al conejo y fin de la historia. Para esa clase de mente existe un plano donde todas las contradicciones se resuelven con líneas rectas, donde todo punto parte de A y llega a B manteniendo una dirección inequívoca, como una flecha en pos de la diana. En ese dibujo mental yo soy como ellos, como cualquier otro delincuente: solo quiero el dinero, soy codicioso, he medido mal mi ambición y he tratado de robarles a las personas equivocadas.
Pero no lo soy. Tengo mis propias razones y mi interrogadora jamás las comprenderá. El tiempo apremia y su paciencia se agota. Cada hora que pasa intentando romperme es distancia que pongo de por medio. Sabe que no le quedan recursos, si estoy dispuesto a dejarme matar, el triunfo que persigue se le escapa de entre las manos. Y tiene miedo. Se toma una pausa. De pie, junto a una ventana rota, observa algo que nadie más que ella ve, medita su siguiente paso, las opciones se le están acabando. Puede que entre esos pensamientos se cuele algo más personal, que sea dura juzgándose, que esté dándoles la razón a los que cuestionan su capacidad.
También ella tiene detrás la sombra de un perro que le muerde los talones.
Va a precipitarse y a cometer un error.
—De acuerdo —cede—, dime qué quieres.
Me tomo mi tiempo. Las palabras ya no se articulan muy bien en mi voz. Hay un silbido premonitorio en mis pulmones:
—Quiero hablar con la persona que te sujeta la correa.
—Eso no es posible.
—Lo es. Apuesto a que está aquí mismo, vigilándonos. Seguro que disfruta de todo esto.
Instintivamente, la mirada de mi torturadora se dirige hacia una de las puertas. Solo es un segundo, pero me basta para saber que tengo razón.
Y ojalá no la tuviera.
19
Dos semanas antes
El conserje se sentía a gusto con su uniforme de botones dorados y charreteras, sombrero de copa y guantes blancos. Orgulloso bajo las columnas de imitación clásica, guardaba la puerta giratoria ajeno a la lluvia que aquella mañana ensuciaba Barcelona. Las gotas colgaban desde la visera del sombrero y resbalaban sobre su nariz y sus labios, pero él se mantenía tan imperturbable como un guardia real británico. Soria admiró sinceramente esa marcialidad al tiempo que la consideró absolutamente ridícula e innecesaria.
Al entrar en el gigantesco vestíbulo del hotel tuvo la sensación de que acababa de traspasar la frontera de una realidad distinta, otra ciudad, otro país, otro planeta. Sonaba en el hilo musical una pieza clásica que no conocía pero que tenía un efecto apaciguador y anestésico. Las notas se deslizaban sin fricción por el suelo de mármol rojizo y ascendían por las enormes columnas abombadas del mismo material hacia un techo altísimo del que colgaban varias lámparas de araña. Los muebles, pocos y bien distribuidos, eran de estilo Luis XV, perfectamente encerados, y las pesadas cortinas de color dorado con motivos florales contrastaban con las pinturas de René Magritte, Remedios Varo y otros surrealistas que fotografiaba un huésped alemán mientras sus colegas le esperaban en uno de los sillones de la cafetería dando cuenta de un buen L’Ermita Magnum como quien bebe en copa de oro.
—Me gustaría saber cuánto cuesta alojarse una noche aquí —dijo con ironía a modo de saludo.
Virginia Ortiz le esperaba en los confortables sillones junto a uno de los vitrales. La luz ambarina que se filtraba desde el exterior jugaba con sus reflejos sobre el bonito traje chaqueta de color crema que llevaba puesto. Soria se percató de que se había cortado mucho el pelo, ahora lo llevaba al estilo garçon, ni rastro de su preciosa melena negra. Además, utilizaba unas pesadas gafas, o quizá solo eran parte del atrezo, como el reloj o los pendientes. ¿Se había operado las tetas y se había puesto algo de bótox? En cualquier caso, estaba guapa, mucho. A qué negarlo.
Su antigua compañera le sonrió como se le sonríe a un viejo amigo que ya no lo es. Dudó si debía levantarse y estrecharle la mano, darle dos besos o quedarse exactamente como estaba, sentada con las piernas cruzadas. Finalmente optó por esta opción. No era una visita de cortesía y los dos lo sabían.
—Me ha sorprendido tu llamada —dijo invitándole con un gesto a sentarse.
—Lo he intentado por la vía oficial, pero hay que pasar más filtros que en el KGB para llegar hasta ti.
—Te las has apañado bien, como siempre.
—Una de las ventajas de conservar el teléfono de los viejos camaradas. Nunca sabes cuándo vas a necesitarlos. Vi en los periódicos que estabas cerca y pensé: «Por qué no». Puede que la señora doña poderosa se acuerde todavía de este expolicía.
Virginia negó con la cabeza con un deje de nostalgia. Echaba de menos la mala uva de su antiguo compañero.
—Cerca es un concepto relativo. Hay dos horas y media de vuelo desde Berlín y he tenido que modificar mi agenda, pero dijiste que era importante. Y espero que lo sea.
Soria comprendió que no iban a hablar de los viejos tiempos, cuando los dos estaban bajo el mando de Julián Leal y pretendían arreglar el mundo, o de lo que hizo su padre. Tampoco estaban allí para hacerse reproches por lo ocurrido después en Lanzarote. No iban a brindar y a fingir que nada de aquello había pasado, que en el fondo seguían siendo los mismos.
—Quiero hablar de Clara Fité y de Vesna —soltó sin acabar de sentarse.
Virginia se quitó las gafas y se recostó en el sillón, volvió el cuello hacia el vitral y el juego de luces de los cristales dibujó unas bonitas ondas en su perfil.
—¿Y ellas saben que has venido a negociar en su nombre?
—Es cosa mía.
Virginia asintió. Conocía, o al menos había conocido, a Soria. Que ella recordase, su máxima era evitar los problemas que podía esquivar. Solo intervenir cuando no quedara más remedio.
—Estás jubilado. ¿Por qué te involucras?
—Ya sabes por qué.
Virginia sonrió con pesar y volvió a mirarle.
—¿Porque es lo que habría hecho Julián? ¿Porque es lo correcto?
Soria se había jurado contenerse, no decir nada que pudiera molestarla o apartarle del plan que tenía, pero no pudo evitarlo:
—Porque es lo que habrías hecho tú no hace muchos años, antes de venderle tu alma al diablo y convertirte en alguien que no reconozco.
Virginia dejó que una mancha de fatiga apareciera en su rostro. Su respiración era profunda, contenida.
—Demos un paseo.
Soria movió la cabeza.
—Está lloviendo.
Ella le echó una mirada divertida. Una mirada de antes.
—¿Eres un gremlin?
Descendieron sin prisa hacia el obelisco seguidos de cerca por un guardaespaldas que habría pasado por un asistente personal de no ser por el bulto que se apreciaba bajo la americana y por la manera en la que escaneaba todo a su alrededor.
—¿De dónde lo has sacado? Mosad, SFOD-D, ISA…
—De un sitio que no existe —se limitó a decir Virginia.
Con los zapatos de tacón era bastante más alta que Soria, y resultaban un tanto cómicos los esfuerzos del exsubinspector para mantener el paraguas de tal manera que los protegiera a ambos. Virginia sacó un paquete de cigarrillos del bolsillo de la gabardina y cogió uno, ofreciéndole otro a Soria. Ella misma se lo encendió. Su antigua pupila — destinada a ser la comisaria más joven y brillante de su promoción si su padre no la hubiera devuelto al mundo de los negocios— miraba al frente con cierta añoranza, como si echase de menos los taxis negros y amarillos, los balcones modernistas y las palomas bebiendo en las alcantarillas. Y también aquellos pitillos con Soria, que eran la antesala de toda discusión y de todo acuerdo.
—Es por el cuaderno, ¿verdad? Todo esto tiene que ver con el dinero, como siempre.
Virginia se encogió de hombros. No iba a meterse con Soria en un callejón sin salida. No estaban allí para eso.
—Ojalá fuera tan sencillo. No deberías haberte involucrado en esto, Soria. Ya tentaste a la suerte en Lanzarote.
—A mí me da igual lo que me pase, ya soy viejo, una caja de trastos que nadie sabe dónde poner y que acabará en la basura.
—¿Cuándo te volviste tan aburrido? No te pega —se burló ella—. No estás tan mal. Unos kilos de más y un aliento que apesta, como de costumbre.
Virginia se fijó en una fachada sin nada particular, la fecha en una piedra en la entrada —1902— y en unas sillas de enea rotas que el agua empapaba. Unos chicos jóvenes salían de ese portal y metían las sillas dentro contentos con su hallazgo. Seguro que podrían arreglarlas. Hay cosas que pueden arreglarse y hay cosas que no. Parpadeó como si la felicidad le molestara.
—¿Qué quieres, Soria?
—Quiero un trato. Sé que te interesa ese cuaderno porque aparece tu nombre.
Virginia Ortiz se detuvo en el paso de peatones. Miró a izquierda y derecha, negando con la cabeza.
—¿Sabes que después de Lanzarote el sicario se ofreció a liquidaros a todos, a ti, a Vesna, a la periodista, incluso a Julián? Me ofreció atar todos los cabos sueltos a cambio de un acuerdo. Quizá debí hacerlo, me habría ahorrado muchos problemas.
Era difícil dilucidar qué parte de esa afirmación era sincera y qué parte solo una bocanada de frustración. Soria ya no sabía distinguirlo. Sin embargo, confiaba en que Virginia no hubiese cambiado tanto como parecía.
—Pero no lo aceptaste. Todavía debes de tener algo humano dentro.
Virginia sonrió.
—¿Eso es un reproche? Antes se te daba mucho mejor.
—Nosotros no somos el problema. Y podemos ser parte de la solución.
—Esta vez no, Soria. Esto ha ido demasiado lejos, ya no depende solo de mí.
—¿Lo dices por tus socios en ese proyecto de la ermita que investiga Clara? Vesna también ha descubierto eso.
Virginia no pareció sorprendida. Habían llegado a la rotonda del obelisco. Los autobuses pasaban atestados. La lluvia convertía el tráfico en un caos.
—Una chica lista esa Vesna, lástima que elija mal sus batallas.
—Las cuentas en criptomonedas, entonces. No necesitas el cuaderno, ella puede devolverte el control de esas cuentas, sabrá cómo hacerlo.
Virginia le hizo una seña al guardaespaldas. Este se adelantó y le quitó el paraguas a Soria, dejándole a la intemperie.
—Te has vuelto lento y obtuso, Soria. Hace un tiempo veías venir la jugada mucho antes de que aparecieran los jugadores. Crees que soy la encarnación de todos los males, pero no tienes ni idea de con quién os habéis metido. Incluso yo tengo que responder ante alguien.
Se dio media vuelta, se detuvo, lo miró un momento. Triste, acabado, bajo la lluvia.
—Una pena terminar así, viejo amigo.
El guardaespaldas le preguntó si debía avisar al chófer para ir al aeropuerto. En Berlín esperaba a Virginia una complicada junta de accionistas europeos.
—¡Puedo entregártelo a él! Sé cómo hacerlo —afirmó Soria a la desesperada.
Virginia le hizo un gesto al guardaespaldas para que esperase. Otra vez había cometido el mismo error del pasado, ignorar la capacidad de improvisación de su antiguo compañero.
Soria hizo un gesto de impaciencia, como si le pidiera que tomara una decisión en vez de dejarle ahí quieto como un pasmarote. Detestaba Barcelona cuando llovía sin parar y esa pesadez detrás de la nuca. Quería irse a casa.
—Ya ves que el viejo Soria no ha perdido el olfato —resumió—. Cuando Vesna me dijo que estabas en el proyecto de la ermita, el resto fue fácil de encajar. Todo tiene que ver con tu plan para atrapar al sicario. Eso es lo que has estado buscando desde el principio, ¿verdad? Bueno, pues yo puedo dártelo, y ya conoces mis condiciones.
Virginia le observó con una perspectiva distinta. Un viejo hijo de puta decadente, pero no había perdido su don. Bajo aquel cuerpo de gusano en las últimas y aquella mirada de desdén seguía habiendo uno de los mejores policías que había conocido. De haber seguido su senda, habría sido para ella el maestro perfecto.
—Tengo mis propios medios.
Soria asintió, resignado ya a empaparse.
—Y yo tengo el cebo perfecto.
20
La vigilaba desde hacía varias noches. Sin conmoverme, con la indiferencia de quien ha visto la misma representación —drama, comedia o tragedia— una y otra vez sabiendo de antemano cómo acaba: las luces se encienden y la fiesta se termina, lo que era divertido se vuelve anodino. Al final, la miseria siempre gana.
Marta Beltramo cruzaba las fronteras invisibles de la ciudad a la velocidad de sus zapatos de tacón, su bolso Cartier y las lentejuelas del vestido que quedaban pegadas en el asiento trasero de cada taxi. Como una funambulista, se movía con pasmosa facilidad de lo sórdido a lo lujoso. Siempre acompañada por hombres diferentes, aunque ninguno de ellos parecía reparar en lo volátil de su sonrisa y en lo escurridiza que era su mirada de cíclope. Los momentos cruzaban ante su ojo sin pausa, sin consistencia, casi irreales: la mano en la rodilla de un presentador estrella de la radio, los travestis de Trafalgar y los camareros con tirantes y pechos musculados y tatuados en la calle Tuset, las salas de baile, la música girando, el desenfreno y el llanto en una taza de váter sin tapadera, los cigarrillos de risa boba junto a un portero senegalés que le hablaba con ternura de su familia, allá en Dakar.
Yo me daba cuenta de que nada la tocaba. Escapaba a todo. Como si el ácido que se colocaba bajo la lengua la hubiera cegado. Solo al alba, cuando los neones se apagaban con un chasquido y su paso con los zapatos en la mano se alejaba hacia algún lugar incierto —a veces acompañada, pero siempre sola—, parecía humana. En su rostro fatigado había algo de incredulidad y de victoria pírrica, como si le sorprendiera haber vivido una noche más.
No la juzgaba. Tampoco la compadecía. No soy el repartidor de indulgencias.
Mientras caminaba tras ella a cierta distancia calculé la posibilidad de que usara el arma que guardaba en el bolso. En el último bar al que la seguí había creído ver una culata. Tal vez pensaba en suicidarse, quizá aspiraba a asesinar a alguien. Di por hecho que se trataría de un revólver pequeño, tipo Ruby. Con suerte y mucha puntería podría matar a un gato con esa antigualla, eso si es que llegaba a funcionar. Aun así, era mejor tomar ciertas precauciones. Todavía me dolía la mordedura del perro de Gianni. Marta Beltramo era sangre de su sangre.
Aceleré el paso. No tanto como para que ella intuyera que alguien se le acercaba demasiado rápido y se volviera antes de tiempo, pero lo suficiente para rebasarla; me adelanté unos metros, me detuve con la excusa de encender un cigarrillo y dejé que me viera y me calibrara. Fingí no encontrar un encendedor para que ella, hermosa como todo lo que se acaba, deslizase su mano hacia la mía para ofrecerme fuego. El nombre número dos en la lista de Orestes.
Al salir del edificio, horas después, me fijé en la salpicadura en el puño de la camisa y la oculté bajo la bocamanga de la americana. La ciudad había recobrado su pulso. Una de esas mañanas que anuncian la primavera y en las que se agradece estar vivo. Había dejado de llover, y de repente sentí la exigencia de mezclarme con el gentío, de ser parte de algo que se moviera, en la dirección que fuera. Tardé un rato en aminorar el paso y lo hice a medida que me sacudía de encima la amarga figura de Marta Beltramo tumbada en la cama sin hacer.
Me pregunté dónde podría tomar un buen café y dónde encontrar una buena tintorería.
21
La tentación de mirar atrás con buenos ojos estaba presente. Sobre todo al despertar, justo antes de que la realidad suplantase lo soñado durante la noche y las cosas presentes se impusieran a las cosas ilusorias. En algún punto intermedio, a mitad de camino entre el momento en el que llegaron a la calle Amadeus y en el que acabaron en la fábrica abandonada de muñecas, fueron felices los cuatro. Gianni, Sergio, Patri y él. Una auténtica falange griega, una legión romana, una caravana de colonos en el Oeste. Invencibles, férreos, inseparables.
Quedarse en la cama, volver a cerrar los ojos, soñar recuerdos como si fueran tal cual. Olvidar que su hermano estaba muerto, que todos lo estaban, y él solo un poco menos que ellos. Eso le apetecía. Pero los ojos ya estaban abiertos y la mente se había dado cuenta.
—Ya llorarás a tu hermano cuando el papa haya echado el agua bendita en la ermita —le había arrojado a la cara Bernardo Sanabria cuando apenas habían pasado unas semanas del entierro.
Con más suavidad, pero con idéntico propósito, monseñor Ricart le había pedido que se centrara en la comisión del obispado. Incluso su madre, pétrea y fantasmagórica al mismo tiempo, le había exigido un aplazamiento para el duelo. Luca lo entendía, o quería entenderlo. Sumirse en el placentero dolor era un lujo que no se le permitía porque él no era quien importaba en esta historia. Demasiados intereses de por medio para parar el engranaje. Su vida, simplemente, no le pertenecía. Él la había vendido y otros la habían comprado.
Pero podía permitirse buscar la canción preferida de Gianni y poner Boots of Spanish Leather mientras se afeitaba. Nadie iba a recriminarle que llorase al acordarse de que hubo un tiempo en el que los dos —Gianni más que él— estaban fascinados con Bob Dylan. Aquella época en la que Gianni le llamó desde Londres y él fue a verle sin decírselo a nadie. Lo encontró apostado junto al hotel en el que se alojaba la estrella, bajo la lluvia y un terrible frío. Gianni con una cazadora de polipiel y una camiseta con la cara de un Dylan mucho más joven. Pretendía asaltarle en cuanto apareciera para que le firmara aquel single. Dylan nunca apareció —debieron de sacarlo por otra puerta—, pero era uno de sus mejores recuerdos.
«Migajas», pensó. «La muerte no es el final», había recitado en el funeral de su hermano. Y una mierda. Una puta mierda.
Mientras acababa de vestirse, consultó las llamadas y los correos electrónicos pendientes. Entre sorbo y sorbo de café contestó los urgentes sin sentarse. Eran las seis de la mañana y su agenda ya no le daría un respiro: reunión en el obispado, entrevista con el conservador del museo, acuerdo con el Departament de Cultura de la Generalitat, almuerzo con Ricart… Lo prefería así. Hacer cosas para no pensar en cosas.
Tenía varias llamadas de un número desconocido y un mensaje en el buzón de voz. Era la periodista. Le proponía un encuentro. Luca la había estado evitando por consejo de Ricart, pero no podría ignorarla siempre. Pensó en dejarle un mensaje excusándose, pero, para su sorpresa, ella cogió el teléfono pese a lo temprano de la hora. No parecía somnolienta. Tuvo la desagradable e incómoda sensación de que Clara Fité lo estaba acorralando, pero no supo negarse cuando propuso la vieja fábrica abandonada de muñecas para verse.
Cuando se disipó el polvo del camino, apareció la verja de alambres flojos y, más allá, el recinto de la vieja fábrica. El techo se había hundido parcialmente tras las últimas lluvias torrenciales, las columnas de hormigón estaban agrietadas y las paredes pintarrajeadas con grafitis obscenos. Incluso sin bajar la ventanilla del coche se percibía el olor del abandono y la podredumbre. Hubo un tiempo en el que la mitad de la gente del valle trabajaba allí, pero la habían cerrado años atrás; unos decían que por el revestimiento de amianto, otros que porque las niñas ya no compraban princesas de plástico o porque resultaba más barato fabricarlas en China. Al parecer, tras años de pleitos, por fin iban a demolerla, pero nadie estaba seguro.
Aquellos terrenos pertenecían a Bernardo Sanabria.
Luca aparcó junto a la verja y echó un vistazo. Solo podía haber una razón por la que la periodista le había citado allí, y eso no auguraba nada bueno. Quizá debía dar media vuelta, largarse por donde había venido y dejar que Bernardo se ocupase del tema, como había sugerido:
—Esto lo arreglo con un par de rumanos que se pasen a darle un buen susto.
Tal vez en otras circunstancias eso habría bastado, pero Luca le había convencido de que esa solución solo complicaría las cosas. Para hacerle entrar en razón había tenido que recordarle lo que estaba en juego.
—Se acabará cansando cuando vea que no hay donde rascar.
Al principio, su madre había estado de acuerdo con aquella estrategia paciente, pero la muerte de Gianni y la presencia de José Luis Vera en el pueblo había puesto a todos nerviosos. Sanabria era quien más asustado estaba, y Luca sabía de lo que era capaz. No había olvidado la amenaza en la ermita.
Confiaba en persuadir a la periodista de que se conformara con escribir un artículo que no levantara demasiadas ampollas. Quizá, con mujeres como Clara Fité, el mejor camino —al menos, no el peor— era ir de cara.
Bajó del coche. Clara ya estaba esperando dentro del recinto. Iba arriba y abajo mirándolo todo como si su tarea consistiera en almacenarlo mentalmente para analizarlo después.
—¿Encuentra algo interesante? —le preguntó el sacerdote para hacerse presente.
Clara se volvió hacia la voz. Luca era la viva imagen de Gianni; gemelos auténticos, y, al mismo tiempo, completamente diferentes. Como si una misma persona pudiera tener dos identidades opuestas.
—No lo sé.
—¿No lo sabe? No es una respuesta que sirva de mucho.
Clara se sacudió el polvo de las manos y sonrió con amabilidad. Mejor empezar bien, allanar el terreno.
—A veces lo que buscas está donde menos lo esperas, a la vista de todo el mundo. Me gusta fijarme en los detalles aparentemente insignificantes.
—¿Y qué busca aquí?
—Vestigios… Los sitios guardan algo de todas las personas que los han recorrido, partículas de su presencia, por decirlo de alguna manera. Se quedan impregnados de ellas.
—Vestigios… —repitió el sacerdote con una media sonrisa descreída —. ¿Se dedica a buscar el rastro de fantasmas? Sabrá que la Iglesia no cree en esas cosas.
Clara se colocó un mechón detrás de la oreja. Un gesto instintivo de coquetería que la pilló por sorpresa. «Espabila —se dijo—. Tú no eres Maggie Cleary y él no es el padre Ralph de Bricassart».
—No, claro que no —se burló—. Ustedes creen en los ángeles y los demonios, en mujeres que paren siendo inmaculadas y hombres que separan mares con un bastón o multiplican el pan y los peces con las manos.
Luca aceptó la broma de buen talante.
—Debería actualizar un poco su visión de la Iglesia. Hemos cambiado bastante desde el Concilio de Nicea.
Clara se encogió de hombros.
—No lo suficiente.
En cualquier caso, no estaba interesada en entablar ningún tipo de debate ideológico o teológico con el sacerdote. Y tampoco pensaba dejarse atrapar por su innegable atractivo. Aquello no era la novela de Coleen McCullough, que sus padres seguían en la adaptación a la televisión y que no le dejaban ver porque tenía dos rombos.
—En primer lugar, le doy el pésame por la muerte de su hermano. He leído en alguna parte que los gemelos suelen estar unidos de tal forma que lo que siente uno afecta al otro. Imagino que estará destrozado.
Fue un cambio demasiado brusco, pero el sacerdote aceptó estrecharle la mano sin perder aquella expresión entre lo mundano y lo divino.
—No haga caso de todo lo que lee. Quería a mi hermano, lo quería muchísimo, pero en los últimos años nos distanciamos más de lo que yo habría deseado. La distancia puede incluso con ese vínculo.
Clara se preguntó si le decía la verdad o le mentía. En aquel rostro todo parecía lo mismo.
—Solían venir aquí, ¿verdad? Cuando eran niños. Ustedes y los hermanos Vera.
Luca asintió.
—Está bien informada.
—Aparece en el informe de la policía de la época. También dice que usted y Gianni fueron los últimos en ver con vida a Sergio y Patricia el día anterior a su desaparición.
—¿Puedo preguntar cómo ha conseguido ese informe?
Clara negó con la cabeza. El sacerdote hizo un gesto de comprensión y se movió despacio, adentrándose unos pasos en la nave en ruinas.
—Este era nuestro territorio y solíamos explorarlo a fondo. ¿Sabe que bajo nuestros pies hay toda una galería donde estaban los hornos y el sistema de refrigeración? También nos metíamos ahí abajo con nuestras linternas, asustados pero fingiendo que no teníamos miedo.
—¿No era peligroso?
Luca rio con ganas. Una risa bonita y sincera.
—¿A qué niño le importa el peligro? ¡Éramos exploradores, piratas, pioneros…! En aquella época todavía quedaban parte del equipamiento de la fábrica y materiales desechados. Estaba lleno de tesoros. Recuerdo ver a Gianni y a Sergio aparecer por allí —señaló un rincón de la nave— con una cabeza agarrada por la desgreñada mata de pelo y una pierna rolliza. Parecían caníbales que regresaban de una cacería. Y en aquella otra parte montamos nuestro refugio, una especie de cabaña que hicimos con latón y plásticos. Teníamos hasta un sofá. Nos sentábamos ahí los cuatro y compartíamos los cigarrillos que mi hermano y yo le robábamos a nuestro padre. —Se quedó quieto, observando a esos cuatro niños inseparables que correteaban entre los escombros. Clara le estudió atentamente; ahí parado se elevaba del suelo, rocoso, como si naciera de la tierra misma. Había algo intrigante en él. Un anhelo peculiar.
El sacerdote tardó unos segundos en volver al presente. Se miraron en silencio. No estaba claro quién iba a llevar la conversación hacia el territorio resbaladizo que los había convocado en la fábrica.
—¿Ahora vendrán sus preguntas?
Clara ladeó la cabeza.
—Con Gianni… ¿Hay algo de lo que se arrepienta?
Luca no pudo evitar una sonrisita mordaz.
—Es usted muy directa, ¿se lo han dicho alguna vez? Normalmente le diría que veo eso como una virtud, pero en determinadas situaciones una virtud se convierte fácilmente en un defecto.
—¿Esta es una de esas situaciones?
Luca negó con la cabeza.
—Hay cosas de las que no merece la pena arrepentirse.
Clara retrocedió discretamente para ganar espacio.
—Extrañas palabras en un sacerdote católico.
Luca abrió las manos como quien no tiene nada que ocultar.
—Mea culpa. Lo que pretendo decir es que hay personas condenadas a buscarse en los lugares equivocados. Y mi hermano era una de ellas. Lo que yo podría haber hecho al respecto ya no tiene importancia. Está muerto.
Clara vio la oportunidad:
—Fui a darle el pésame a su madre. Está convencida de que José Luis Vera es el asesino.
Luca apenas tensó los hombros.
—Lo dudo. ¿Ha visto a ese hombre? ¿Cómo podría haber vencido en una pelea a Gianni? Por no hablar del lobo. Ese animal era fiero y leal a mi hermano hasta extremos insospechados. No creo que ese pobre viejo tenga tanta fuerza ni tanta sangre fría.
—¿Tiene usted otra teoría?
Luca movió la cabeza indeciso.
—Los agentes creen que mi hermano andaba metido en asuntos de drogas. Podría tratarse de un ajuste de cuentas. Algo que viene de lejos, de su época en Marruecos.
—¿Se lo cree?
—Lo que yo creo es que hay decisiones irrevocables.
—De nuevo, palabras duras y raras en un sacerdote. ¿Qué hay de la confesión, la penitencia y la redención? ¿No es ese el plan de Dios para su rebaño de pecadores?
—Dios puede perdonar lo que quizá no podemos perdonar nosotros mismos. Hay actos que se vuelven caballones y que cambian el curso de los acontecimientos para siempre. El agua que debería regar el sembrado se desvía, el surco se seca, la tierra se vuelve arcilla, luego se agrieta y muere.
Antes de entrevistarse con el sacerdote, Clara había trazado una estrategia que en la teoría era asombrosamente nítida: tenía una sospecha y se había propuesto confirmarla. Pero ahora que lo tenía delante, todo resultaba confuso.
—Puede que exista otra posibilidad —aventuró con cuidado.
Luca la animó con curiosidad:
—¿Otra posibilidad?
—Una fuente anónima llamó hace un tiempo a la revista para la que escribo. Nos animaba a contrastar el informe oficial sobre la desaparición de los niños Vera que se hizo en 1991. Mi jefa no le habría prestado oídos de no ser porque aportaba datos que cuestionan seriamente esa versión.
—¿Por ejemplo? —preguntó Luca a regañadientes.
—No puedo entrar en detalles hasta poder demostrarlos.
Luca la estudió con extrañeza.
—Es metódica, y eso es algo mínimamente exigible en su trabajo, supongo. Lo que no entiendo es por qué me lo cuenta o qué tiene eso que ver conmigo o con mi familia.
Clara volvió a preguntarse si aquello estaba bien, lanzar acusaciones sin fundamento solo para comprobar si algo en la superficie se movía. No lo estaba. Y aun así, lanzó la piedra tan lejos y tan fuerte como pudo.
—Estoy bastante segura de que esa fuente anónima era Gianni.
Luca levantó las cejas y la miró como si estuviera ebria.
—¿Cómo dice?
—Creo que era una prueba, me estaba poniendo a prueba a mí; pretendía que le demostrara que era digna de su confianza.
—¿De qué está hablando?
—En mi opinión, su hermano sabía algo sobre la desaparición de Sergio y de Patricia y pensaba contarlo, pero alguien debió de averiguarlo y se adelantó silenciándole.
Luca contrajo la boca como si hubiera mordido algo amargo.
—¿Por qué dice semejante barbaridad?
—¿No le parece raro que Gianni encabezara la plataforma que se niega a la urbanización de los terrenos que colindan con la ermita? Por lo que tengo entendido es una obra faraónica, las máquinas van a excavar y remover media montaña, hectómetros cúbicos de tierra. También demolerán y removerán los cimientos de esta fábrica, donde jugaban ustedes cuatro.
Luca le dirigió una mirada desalentadora.
—¿Qué insinúa?
—Tal vez Gianni no quería que se excavase esa tierra por temor a lo que podría emerger.
Luca la detuvo con la mano abierta.
—Oiga, intento ser amable, pero creo que se está excediendo con sus especulaciones. Eso no tiene ningún sentido.
Clara se mantuvo firme, al menos por fuera.
—No soy una carroñera, si es lo que insinúa.
—No digo que lo sea, pero compartirá conmigo que hay compañeros suyos que no tienen límites éticos ni morales. Nadie quiere volver a revivir todo aquello.
Clara se dio cuenta de lo que el sacerdote pretendía. Lo mismo que había dicho Sanabria, aunque con otras palabras y con un tono más dulce y agradable: convencerla de que no escribiera el dichoso artículo.
—Quizá me equivoque, posiblemente la policía esté en lo cierto y la muerte de Gianni responda a un ajuste de cuentas entre traficantes, incluso puede que su madre tenga razón y que José Luis Vera siga siendo un depredador con pinta de oveja medio muerta…, pero no sería descabellado que usted empiece a preguntarse si hay personas interesadas en que nada de esto salga a flote. Porque si las hay, y han sido capaces de asesinar a Gianni para silenciarle, no se detendrán ahí. Irán a por todos los que saben algo o están relacionados de un modo u otro con la desaparición de los niños Vera… Eso le incluye a usted.
Luca volvió a recordar la amenaza de Sanabria y, enseguida, rememoró la imagen del hombre de traje caro que se le había acercado al salir de la ermita y le había hecho aquellas preguntas tan extrañas. Le recorrió un escalofrío. Y aun así se las ingenió para disimular.
—¿A dónde quiere ir a parar? Esto empieza a ser muy desagradable.
—Le estoy preguntando, por cortesía, si tiene algo que decir antes de que se publique mi artículo. Porque le aseguro que voy a publicarlo.
Luca intentaba ver lo que su lógica no alcanzaba a comprender. Su mirada se había vuelto más fría.
—No puede probar nada de lo que afirma. Hay gente que la demandará, se meterá en pleitos que la asfixiarán. ¿Por qué le importa tanto esa vieja historia?
—Si le resulta más cómodo pensar que soy una especie de buitre ansioso de dar con una historia morbosa, adelante, pero lo cierto es que me importa lo que les pasó a Sergio y a Patricia, y algo me dice que no se hizo justicia con ellos. Que condenaron a un inocente para proteger a los verdaderos culpables.
Luca movió la cabeza entre la exasperación y la inutilidad.
—Confiaba en su buen criterio para evitar el escándalo y las acusaciones infundadas justo ahora, cuando nos jugamos tanto en esta comunidad con la venida del papa. Pero oyendo sus desvaríos me doy cuenta de que esta entrevista ha sido un lamentable error y una pérdida de tiempo.
Clara no cedió.
—Le estoy dando la oportunidad de que dé el paso que pensaba dar su hermano. Si hay algo que quiera decirme, ahora es el momento. El artículo se publicará, con su ayuda o sin ella.
Luca se encogió de hombros.
—Se equivoca pensando que Gianni era su fuente. No sé quién lo será, ni lo que pretende, pero comete un grave error, Clara.
Clara asintió.
—Me arriesgaré… Una última pregunta…, ¿qué relación tiene el Instituto para las Obras de Religión con el proyecto urbanístico de la ermita?
Luca se alarmó.
—Ninguna, que yo sepa. La Iglesia prohíbe invertir dinero de los fieles en cualquier cosa que no tenga que ver con los estatutos del instituto.
—No es eso lo que pasó con el Banco Ambrosiano, en los años ochenta, ¿verdad?
Se refería al escándalo que había afectado a Roberto Calvi, presidente del banco, y a su relación con Paul Marcinkus, presidente del IOR, al que se conoce popularmente como banco vaticano. Algunos cardenales y altos cargos de la Iglesia habrían favorecido el blanqueo de capitales de origen ilícito, entre ellos la fortuna de mafiosos sicilianos, además de participar en operaciones especulativas prohibidas por los estatutos de la institución. El escándalo acabó con la quiebra del Banco Ambrosiano y el encausamiento de varios altos prelados.
Luca había pasado de la alarma a sentirse ofendido. Su enfado parecía sincero.
—Eso no tiene nada que ver, son cosas a las que el papa está poniendo coto y se denunció a las autoridades. ¿Por qué lo pregunta?
Clara prefirió no mencionar el sobre que había llegado a la redacción de la revista de Manuela con aquel díptico contra la ermita y las siglas del IOR escritas detrás.
—Creo que todo esto acabará salpicando a mucha gente. Sería una lástima que se viera implicado si no tiene nada que ver.
—Es suficiente, hemos terminado. Haga lo que estime conveniente, escriba lo que quiera, vilipendie cuanto guste… Pero piense en esto: siguiendo su lógica absurda, si publica ese artículo y quien ha asesinado a mi hermano tiene intención de silenciar a cualquiera que tenga algo que ver con la desaparición de Sergio y de Patricia, usted misma se va a poner la diana en la espalda.
—¿Es una amenaza?
—Es una conclusión lógica, ¿no le parece?
Clara asumió esa posibilidad. No sería la primera vez, y, seguramente, tampoco la última, que alguien intentase cerrarle la boca.
22
Pura le dijo que se quitara la camisa mientras iba en busca del costurero. Que ahora estuviera solo no le daba derecho a andar por la calle como un pordiosero, rezongó. Esos botones necesitaban unas buenas puntadas.
Sentado en camiseta de tirantes, Soria sonrió sin mover los labios. Añoraba sus quejas, esas palabras de reproche que siempre tenía en la punta de la lengua como una escopeta cargada y que soltaba maquinalmente, por costumbre, sin ánimo de dañar, casi sin oírse a sí misma. La vio sentarse en la silla junto a la mesita y ponerse las gafas para hilvanar la aguja después de mojar con la lengua el cabo del hilo. En el meñique el dedal. «Ten cuidado con la sal», repetía cada dos por tres. «No más de una uña, un dedal». «Vigila el colesterol».
Estaba guapa y le habría gustado decírselo, pero nunca hubo costumbre entre ellos, ni cuando eran novios. Habría sonado raro, tanto como que intentase abrazarla o darle un beso al final de la ceja, donde se le caían las arrugas. Debía quedarse sentado con las manos cruzadas, un poco ridículo con la camiseta de tirantes fajada en el pantalón, mirando al techo, a las paredes, sin saber muy bien qué hacer o qué decir, porque a Pura no le gustaba que le hablase mientras cosía. Decía que le distraía. De todas maneras, fue ella quien le dio pie:
—Si no lo sueltas vas a reventar, oigo tus pensamientos desde aquí. Además, ya estás ahí sentado, así que di lo que has venido a decir. —No levantó la cabeza, parecía que le hablaba a la camisa de cuadros.
—¿Puedo fumar?
Pura no respondió. Silencio administrativo. Eso significaba que no. Soria se frotó el muslo. Una situación de lo más extraña, sentirse así de perdido delante de la persona con la que había vivido cuarenta años. Podría haber dicho que la casa era bonita, que olía a ambientador y a limpio, preguntar de dónde habían salido aquellos cuadritos de arlequines que decoraban la pared. Elogiar las cortinas, por ejemplo, pero Pura habría levantado una ceja con aire burlón: «¿Ahora eres interiorista?». O podría haber hecho algún comentario sobre sus reuniones con los Testigos de Jehová, preguntarle qué tal se las apañaba con el de ahí arriba, aunque eso habría desatado la tormenta: «¿Me has estado espiando?».
—¿Vas a decir algo o vas a seguir pasándote las palabras de un lado de la boca al otro como si jugaras con la comida?
—Estoy investigando un caso. —Podría haber dicho que estaba acabando un diorama: la batalla de Cambrai. Otto von Moser contra Julian Byng. Uno a cero para los alemanes. Al menos habría evitado que Pura le mirase de aquella manera, alzando la vista por encima de las gafas.
—¿No lo habías dejado?
Lo dijo como si fuera un mal vicio, igual que el tabaco o la sal. Quizá tenía razón. Ser policía era un mal vicio del que costaba deshabituarse.
—Es extraoficial, un favor que alguien me ha pedido. Oficialmente, sigo jubilado.
Pura movió un poco la cabeza, acercó el botón a los dientes y cortó el hilo sobrante. Comprobó los otros botones y negó con un murmullo: «Este hombre es un desastre, no tiene remedio».
—Oficialmente también te has divorciado, pero aquí estás. Se te da bien lo de hacer las cosas a medias. Estar casado y tener una aventura, por ejemplo.
Soria se tragó la pulla sin rechistar. Empezaba a atisbar la posibilidad inaudita de perder a su mujer para siempre. Las gilipolleces se pagan muy caras.
—En Lanzarote, lo que pasó… Fue una idiotez, Pura. No significó nada.
Pura reaccionó como si se hubiera pinchado con la aguja. Sostuvo las manos en vilo, sin soltar todavía la camisa, y le dirigió una mirada inescrutable.
—Idiota es el que hace idioteces, sí, y también quien no sabe distinguir lo que significan sus actos para aquellos a quienes afectan. Eso también te convierte en un egoísta. ¿Quién querría vivir con un idiota egoísta?
El viejo atavismo, la propia incredulidad le jugó a Soria una mala pasada. Demasiado impulsivo, Virginia siempre se lo decía: «Esa boca te costará algún día más de lo que puedes permitirte perder».
—No he venido a que me insultes ni a arrastrarme.
Pura dejó caer mansamente la camisa sobre el regazo y se quitó las gafas, todavía con el dedal puesto. El pecho se le inflamó, a punto de sacar lo peor de ella misma, toda la iniquidad que quería tirarle a la cara, escupirle cuantas mezquindades se le ocurrieran para castigar su orgullo y hacerle caer de ese pedestal de dignidad santurrona. Toda la ignominia que había estado guardando durante meses y, por qué no, durante años.
—¿Y a qué has venido, si puede saberse?
Soria entrecruzó los dedos y se inclinó hacia los muslos. Apoyó los antebrazos y cogió aire:
—Ese caso que estoy investigando… Pensé que me iría bien hacer algo para tener la mente ocupada, sentirme útil…, pero las cosas se han complicado un poco.
Pura volvió a la camisa. Los botones estaban firmes. Aguantarían.
—¿Por qué me lo cuentas? Nunca me hablabas de tus cosas. Te llevabas mejor con tus soldaditos y tus tanques que con tu hijo o conmigo.
«Hay una parte de ti intransferible, Soria». Virginia se lo dijo una vez, durante una troncha en un coche que apestaba a horas de plantón. Era esa propensión a callar lo que le importaba de verdad, a poner todo el empeño de sus verdaderos pensamientos en la minuciosidad de las maquetas.
—He metido las narices donde no me llamaban y la mierda me ha salpicado. Voy a arreglarlo, pero ahora lo que importa es ponerte a salvo.
Pura se quedó quieta, la cabeza baja, los hombros echados hacia delante. Notó la presión en las cervicales.
—¿De qué debo ponerme a salvo?
A Soria le sudaban las manos.
—No es nada, solo precaución. Tienes que marcharte al pueblo, a casa de tu hermana; al menos un tiempo, hasta que todo se calme.
Pura forzó la voz para decir algo más articulado que un gemido:
—Es él, ¿verdad? Ese hombre del traje caro y los ojos oscuros con el que tú y Julián andabais en tratos… Y ahora vuelves a meterme en tus líos.
Todavía era demasiado reciente lo ocurrido, el terror del secuestro, lo que había visto hacer a ese hombre.
—Esta vez será distinto, Pura. No permitiré que se acerque a ti.
No le creyó. Ya había oído esa promesa antes. Él había jurado protegerla, cuidarla en la salud y en la enfermedad, pero no dudó en ponerla en peligro por torpe arrogancia. Su marido creía que ella le había pedido el divorcio por una infidelidad, por un par de tetas. No era por eso, sino por incumplir su promesa.
Se levantó con la camisa en la mano derecha. Cansada, aturdida, pero extrañamente digna. Se quedó mirando los cuadritos de los arlequines como si estuviera asimilándolo. Tendió el brazo con la camisa.
—Habría que plancharla y el cuello está ya muy rozado. Deberías jubilarla también.
No quiso mirarle, ni que la mano de Soria la rozase. —Pura, tienes que hacerme caso. No seas testaruda.
Los hombres son cobardes hasta cuando fingen valor, egoístas en sus intenciones incluso cuando se dicen que hacen lo correcto. Cobardes para ser simples hombres.
—No voy a irme a ninguna parte. Si ese hombre viene a buscarme, que Dios disponga y que pese en tu conciencia… Vete de mi casa.
Los días y las noches siguientes fueron un calvario para Soria. Vivía en estado permanente de alerta, siguiendo a distancia los movimientos de Pura por la ciudad, buscando enemigos por todas partes, sospechando de cualquier transeúnte que se detenía más de lo necesario cerca de ella o que le parecía que merodeaba alrededor. Anticipaba los lugares y los momentos en los que una emboscada del hombre de los ojos oscuros sería más factible y exploraba el territorio antes. Incluso había recurrido a viejas amistades poco recomendables de su época como policía para hacerse con una vieja Beretta y dos cargadores con su correspondiente munición. Cualquier precaución le parecía poca, pero aun así sabía que no podría mantener a salvo a Pura si el sicario decidía actuar. Cubrir todos los frentes y hacerlo solo era una auténtica pesadilla: el supermercado, la peluquería, la tintorería, el centro de los Testigos, los cafés con sus nuevas amigas, el cine…, hasta el concierto en el parque del Pueblo Español —¿desde cuándo le gustaba a su mujer Isabel Pantoja?—. Fue un tormento.
Fiel a su palabra y a su fe recién adquirida, Pura no tomaba precaución alguna, no se escondía, no se comportaba con prudencia, sino más bien todo lo contrario: era como si al exponerse de aquel modo le estuviese castigando. Porque ella sabía que él estaba cerca, vigilando. Una noche, incluso había bajado a la calle en bata y había cruzado la carretera para llevarle un termo de café. No le dijo que se marchara, y tampoco le invitó a subir.
Hubo momentos, cuando el cansancio y la espera le rompían los nervios, en los que Soria vertía su frustración contra Clara Fité y se armaba de razones: ¿quién coño se creía, Juana de Arco? ¿O era una simple ladrona que solo quería aprovecharse del descubrimiento de Vesna? ¿Por qué debía él asumir la responsabilidad de lo que le pasara?
En otros momentos la perspectiva era distinta. ¿Tenía que tomar la iniciativa o confiar en la palabra de Virginia? También podía acudir a un par de colegas que le quedaban en comisaría y contarles lo que pasaba, dejar que ellos se encargaran. Cualquiera daría lo que fuera por una pista que llevara al arresto del sicario y apuntarse el tanto. Por no hablar de la gente del crimen organizado que se la tenía jurada: los cárteles mexicanos, los colombianos, los gallegos, la N’drangheta, la Mocro Maffia, seguro que hasta los rusos tenían alguna cuenta pendiente con ese cabrón. Soria conocía a gente que conocía a otra gente, bastaría con dar un lugar y una hora y cualquiera de ellos le quitaría el problema de encima.
Parecía la opción más plausible, los lobos que se devoran entre sí, y no habría dudado en cruzar esa línea —como no lo dudó Julián con Restrepo ni lo había dudado él mismo con Konstantin— si no hubiera sabido, en el fondo, que eso solo habría enfurecido más al sicario y que no habría funcionado. Ese tipo tenía mil formas de sobrevivir, llevaba haciéndolo desde los trece años; matar y no dejarse matar era su talento. ¿Cómo si no se había movido de un lado a otro con total impunidad? Años apareciendo y desapareciendo como un fantasma. Si la congregación entera de todos los hijos de puta de la tierra reunidos no había podido eliminarlo, qué se suponía que iba a poder hacer él.
La única solución realista era confiar en que el plan de Virginia funcionaría y en que, cuando todo acabase, cumpliera con su parte del trato. Pero, para llevarlo a cabo, Vesna y Clara debían aceptar sus condiciones; algo que no podía darse en absoluto por hecho.
Vesna no fue difícil de convencer. Con el paso de los días, parecía menos asustada que él, aunque debería estar aterrada. De repente, actuaba con la inconsciencia de los suicidas, ese valor irracional de las brigadas de caballería británicas cargando en 1914 sable en mano contra las ametralladoras 08 alemanas al grito de «Hurra». Contrariamente a lo que Soria había imaginado, a la joven le pareció que el plan que le presentaba, lejos de ser absurdo, podía tener éxito.
—La cuestión es cómo piensas convencer a Clara. No sabemos cuánto sabe en realidad, ni hasta qué nivel está implicada con el sicario. No nos hemos planteado la posibilidad de que nos haya estado ocultando cosas o de que nos haya mentido hasta ahora.
Soria estuvo de acuerdo. Lo único que podían hacer era averiguarlo.
Soria y Vesna observaban a Clara como si quisieran radiografiarla. Vesna, con esa mirada desapasionada que podía helar la sangre. Soria, con un destello de fragilidad y una remota esperanza de que, después de todo, sus intenciones fueran sinceras. Y aun así, fue él quien atacó primero.
—¿Por qué le robaste el cuaderno? Fue por la pasta, admítelo. Sabías lo que contenía desde el principio y nos has estado utilizando. Querías tu tajada, ¿no es eso?
Vesna no decía nada. Estudiaba a la periodista como miraría un inuit el atardecer en la tundra. Clara se había apartado a un rincón. En la pequeña habitación apenas se podía respirar por culpa del humo de los cigarrillos y del calor que desprendían los aparatos de Vesna. No se dirigía a nadie. Estaba lejos, en otra parte. Se movió, como la sombra en la pared, hacia la derecha, donde estaba la puerta.
No sabía qué decir, porque no había forma racional de explicarlo. A veces hay que huir, abrir los ojos y escapar de la jaula; y asegurarte de que estarás a salvo.
—Ya os lo he dicho —susurró—. Sabía que ese cuaderno era importante para él, pero no lo que contenía. Algo que era más importante que yo. Y decidí arrebatárselo.
Soria negó con la cabeza. No sabía lo que estaba viendo, si una escena de teatro o un gesto sincero de confusión. Nada de lo que Clara decía tenía sentido para él. Sin embargo, Vesna atisbó su verdad. A veces, los sentimientos y las emociones son tan abstractos y difíciles de explicar como los motivos por los que hacemos ciertas cosas. Una lógica que se desliza en silencio, que se desarrolla en el interior sin que sea comprensible para nadie más.
—Cuéntaselo —le pidió a Soria sin moverse de la silla.
El exsubinspector dudó un instante. No sabía hasta qué punto fiarse de Clara: un ser amenazado se vuelve imprevisible. Y por otra parte, aquella alianza entre los tres era tan extraña como frágil.
—Esos códigos corresponden a cuentas bancarias en criptomonedas. Hablamos de una fortuna inmensa, que, en su mayoría, está en manos de gente del crimen organizado con fondos de difícil justificación legal. Hemos rastreado algunos de ellos y hemos descubierto cosas curiosas. Por ejemplo, que una de esas cuentas pertenece a Bernardo Sanabria, el mismo Sanabria que declaró contra José Luis Vera en el caso de los niños Vera y que ha intentado convencerte para que dejes de remover la mierda — concluyó Soria.
—Mejor dicho, a dos testaferros suyos —aclaró Vesna sin darle mucha importancia a que Soria se arrogase el mérito de algo cuya mecánica ni siquiera comprendía bien—. De modo que he investigado sus cuentas, las declaradas y las no declaradas, incluyendo los fondos que tiene en Chipre y en Barbados —apuntilló con una media sonrisa.
—Querrás decir que has pirateado sus datos bancarios y vulnerado doscientas leyes internacionales.
Vesna se encogió de hombros:
—Lo que tú digas. El caso es que, como sospechaba, ese tipo es un fantoche, está arruinado, y sobrevive porque debe tanto a los bancos y a los acreedores que no pueden dejarle caer. Pero hay algo que sí tiene valor. Los terrenos de la ermita son, casi al ochenta por ciento, de su propiedad. Los ha ido comprando durante estos veinte años a precio irrisorio incluyendo la vieja fábrica de muñecas. La repentina premura en tirar la fábrica abajo, tras décadas de abandono, se debe a que esos terrenos van a formar parte del plan urbanístico que afecta a la ermita de la Montaña. Van a construir un hotel y otras instalaciones. Millones en inversión.
Vesna fue más lejos. Sanabria no podía asumir en solitario el coste descomunal del proyecto del balneario de la ermita, por mucho dinero que pudiera haber hecho un constructor corrupto con el ladrillo y por muchos préstamos bancarios que se le pudieran haber concedido.
—Necesita socios, así que me puse a tirar de ese hilo. Hace poco, Sanabria recibió una importante inyección de liquidez. Fue justo poco antes de que la propiedad de esos terrenos haya cambiado de titularidad. En realidad, Sanabria ha vendido casi todas sus acciones y se ha convertido en socio minoritario de un consorcio llamado CRYSÓSALTIN.
Hay tres socios mayoritarios que se reparten el setenta y cinco por ciento de las acciones.
—Y aquí empiezan las sorpresas —subrayó Soria.
—Bajo capas y más capas de nombres de paja, empresas pantalla y otras emboscadas financieras hemos descubierto que esos tres socios aparecen como propietarios últimos de algunas de las cuentas en criptomonedas del cuaderno. Si sigues las miguitas, la lógica es fácil de entender.
Clara lo entendía.
—Quieren utilizar el proyecto de la ermita para blanquear parte de ese dinero.
Hasta aquí, aunque algo farragosa, la explicación tenía sentido. Sin embargo, a ninguno de los tres se le escapaba el hecho de que el cuaderno del sicario y el artículo de Clara tenían como conexión a Bernardo Sanabria, el constructor y amigo de la familia Muñoz Beltramo. Con el añadido de que Luca, el sacerdote, era el impulsor de ese proyecto.
Clara entendía la renuencia de Soria, su desconfianza. Aquello no podía ser casual.
—¡Os juro que no sabía nada de esto! Manuela me propuso escribir el artículo y me pareció la tabla de salvación a la que agarrarme para salir de una relación que me estaba asfixiando. Es la verdad, tenéis que creerme.
Soria seguía barruntando, y se le notaba en las expresiones cambiantes de la cara. ¿Qué decirle y qué no? ¿Hasta dónde arriesgarse? Buscó la ayuda de Vesna y la joven, encendiendo un canuto de hachís, le dio el visto bueno. Ella sí creía a la periodista.
—Deberías hablar con tu amiga Manuela y preguntarle ciertas cosas.
Vesna le tendió a Clara un documento en el que aparecían los nombres del consejo de administración de la revista cuya redactora jefa era Manuela Juan.
—Creo que hemos encontrado a tu fuente anónima.
Clara movió la cabeza con incredulidad al leer el nombre subrayado.
—¿Quién es Branson Tholder?
—No se trata de quién es, sino de a quién representa en el consejo de administración.
23
Isla de Chipre
Orestes comprobaba los valores del oro en el mercado de Turquía. Resultaba ser relativamente barato comparado con otras plazas: el de 24 quilates se vendía a unas 100.000 liras turcas por onza. Aun así, el negocio iba bien. La lira turca sufría constantes fluctuaciones y el oro se había convertido en un bien refugio, la gente acaparaba cuanto podía, joyas, lingotes, monedas, como medida de seguridad, y eso alimentaba un negocio de lo más floreciente. Él era uno de los mayores compradores a través de una empresa llamada ARSÍNOE.
—¿Sabías que Arsínoe era, según explica Píndaro, la esclava niñera que salvó a Orestes?
—No he viajado hasta aquí para que me des una lección de mitología.
Orestes apartó la vista de la pantalla, en la que fluctuaban los gráficos.
—Tu padre comprendía el valor de estas cosas, la importancia de tomarse tiempo y ser paciente. Por eso me gustaba hacer negocios con él, sabía disfrutar el momento. Los jóvenes carecéis de esa virtud.
—Yo no soy mi padre, solo he heredado sus decisiones.
—Y su dinero. Nos fue bien juntos, y espero que sigas honrando ese acuerdo.
Orestes la estudió como si la hubiera desmontado para averiguar cuál era el problema antes de recomponer las piezas y comprobar que funcionase correctamente.
—Tú eras inspectora de policía, ¿no?
Virginia no respondió. Todavía recordaba la mirada furibunda de su padre cuando le dijo que al finalizar la carrera no se incorporaría al negocio familiar, sino que opositaría a una plaza en el CNP. Solo los años habían amortiguado sus gritos y sus reproches.
Se fijó en las paredes empapeladas con deliciosas formas vegetales, en las esculturas griegas y en la luz pacífica que entraba por la ventana. Aquel encuentro podría haber sido cualquier cosa diferente a lo que era, algo pacífico, incluso hermoso. Veía con transparencia que los hombres como su padre y Orestes le habían robado algo que no podría recuperar, esa cosa indefinible de la juventud, acaso la posibilidad de haber sido la clase de mujer que veía en los ojos de Julián o de Soria cuando pateaban las calles de Barcelona. Ellos contra el mundo. Ahora el mundo era ella, y todo parecía pequeño e inútil.
—Quieres limpiar la casa, ¿verdad? Te has puesto manos a la obra. Ahora eres tú la que manda y quieres hacer las cosas a tu manera. — Orestes sonreía vagamente, como si hubiera aceptado recibirla solo para ver qué pasaba. Un pasatiempo, una minúscula alteración de su rutina. Esa sonrisa no significaba nada para nadie que no fuera él.
Virginia se fijó en que al chipriota no le temblaban las manos. Ella se fijaba en esos detalles. Había hombres que temblaban en su presencia y otros no. No sabría decir cuáles eran los mejores. Luis, su exmarido, no temblaba, aunque le vomitó encima la primera vez que la besó. Una no puede olvidarse de algo así. Casi siempre se quedaba traspuesto después de correrse. Echaba de menos aquel olor ahumado y sus dedos cuando se quedaba dormido con la mano en su pubis, a qué negarlo. Esas sensaciones pasadas le recordaban, de tanto en tanto, el futuro que la esperaba, un futuro en el que no habría nadie al otro lado de la almohada que la quisiera, solo tíos con los que follar. Esos nunca faltarían, ni los que se le acercaban como si fueran perros abandonados con la pata quebrada que necesitaban ser cuidados.
—Tu padre y yo teníamos planes. El proyecto de la ermita, por ejemplo. Nos asociamos para llevarlo a cabo con ciertos socios que no entenderían que ahora quisieras retirarte.
Virginia sabía a qué socios se refería.
—Pienso cumplir los compromisos que mi padre tenía contigo.
Orestes pareció conforme.
—Es bueno saberlo. No hay por qué hacerse daño innecesariamente.
Creo que una guerra entre tú y yo no beneficiaría a ninguna de las partes. En cambio, si nos entendemos podemos seguir ganando mucho dinero juntos.
—Pero quiero algo a cambio.
Orestes frunció el entrecejo. Un trato era un trato; no le gustaba que se cambiaran sobre la marcha las condiciones acordadas. Empezaba a preguntarse si la hija de Ortiz sería un problema o parte de la solución. Sin embargo, en los negocios no debía confundirse la firmeza con la rigidez. Él era firme, pero también podía ser dúctil.
—Tú dirás.
—Conoces al antiguo hombre del Oso Dávila. Sé que tenéis una relación profesional desde hace años y que lo has estado protegiendo. Hace unas semanas vino a verte para proponerte un negocio.
Orestes no confirmó ni negó que eso fuera así. Tampoco cayó en la trampa de preguntar cómo conocía esos detalles, ya lo averiguaría él mismo a su tiempo. Dejó que Virginia siguiera hablando. Siempre es mejor escuchar atentamente.
—Quiero que te olvides de ese asunto. Yo cubriré la comisión que él pensaba pagarte. Puedes añadir la cantidad que quieras por las molestias.
Orestes rio con ganas. Qué maravilloso el mundo cuando el dinero nunca es el problema. Y qué arrogancia la de quien lo dispone todo a su antojo. Él tenía sus propios planes, pero, aun así, preguntó a qué se debía tanta generosidad.
Virginia no se anduvo por las ramas. Deseaba zanjar aquel asunto de una vez por todas.
—Voy a hacer algo y no quiero que intervengas. Esa es la segunda condición.
La pasividad no era algo que estuviera en la naturaleza de Orestes. La traición, en la medida en que pudiera evitarse, tampoco.
—Quieres que deje tirado a mi hombre y falte a la promesa que le he hecho a mi socio.
—Ya te comprarás otra mascota. En cuanto a tu socio, garantízale que obtendrá lo que quiere. Yo me encargaré de que así sea.
Pragmatismo. Orestes también adoraba esa palabra.
Quizá, solo quizá, Virginia Ortiz era digna heredera de su padre.
24
Había visto ese rostro docenas de veces y nunca se había fijado en él. Un retrato anodino junto a otros seis retratos casi idénticos colgados en la pared de la sala de juntas. Todos hombres. Traje azul marino a juego con la corbata, cabello rubio peinado hacia la derecha y un gesto inexpresivo. Edad indefinida. Y sin embargo era la clave de todo. Branson Tholder era la voz en la junta de CITRAORCOMPANY, el mayor accionista —y, de facto, propietario— de la revista de Manuela.
Eso significaba que Tholder no era más que el ventrílocuo o la marioneta de su jefa, Virginia Ortiz.
—¿Por qué no me lo habías dicho?
Manuela, que siempre tenía a mano el recurso de la improvisación, no sabía cómo reaccionar esta vez ante la batería de preguntas y la andanada de reproches que le estaba lanzando Clara. Sin tiempo para preparar una versión exculpatoria y sin la posibilidad de escabullirse, optó por un silencio rígido frente a la indignación de su amiga. Sus labios formaban una larga cicatriz que apretaba a conciencia. Era de esas personas que evitan lo que no pueden decir; no sacaba las palabras a pasear a ver qué tal sonaban.
Durante años, había andado enredada en el cuento de la grandeza, ser una mujer independiente, libre… Pura patraña. Cada vez se sentía más vieja y desgastada, con la sensación creciente de que no iba a ninguna parte y de que, tarde o temprano, acabaría en la mierda. Últimamente, al despertar en la cama con algún desconocido, se encerraba en el baño, oliendo sus entrañas a través de los dedos. Olían a podrido, como un cuajarón de sangre y semen. Veía girar en el tambor de la lavadora sus bragas y la ropa manchada de otros y pensaba que ella misma debería meterse dentro. Era en esas mañanas de los domingos cuando miraba a su alrededor y tenía la impresión de que toda su carrera, todos los diplomas y reconocimientos, todos los premios, se erigían sobre los desechos de la gente, nada más. Había entrevistado a jefes de Estado, a premios nobel, a grandes empresarios y gente significativa en sus áreas: cultura, líderes de opinión, policías, magistrados… Pero ¿los había escuchado realmente, los había comprendido? ¿O se había limitado a seguir la estela de una idea preconcebida?
Ella mejor que nadie sabía que la sinceridad tiene sus límites y que, a menudo, estos se encuentran en la incapacidad de librarse del discurso asumido o de la autopromoción. Tal vez por ello había cometido el peor de los pecados para un periodista: situarse en el centro de la noticia, convertirse ella misma en la protagonista. Rara vez había conseguido escapar de esa tentación, desperdiciando así grandes oportunidades. Del mismo modo que cuando el escritor se pone por encima de su obra malogra su mérito o cuando el privilegio es ser entrevistado y el mérito se lo arroga el entrevistador, algo estaba funcionando mal en la información.
Manuela había entregado cuanto puede entregarse por la gloria. Ahora se preguntaba qué gloria era esa, hasta dónde era lícito llegar y qué había que sacrificar para alcanzarla. Problemas gastrointestinales, insomnio, adicción al sexo, incapacidad de tener relaciones personales sólidas eran el precio. Y una vez arriba, ¿qué quedaba? Agarrarse con uñas y dientes para retrasar cuanto fuera posible la inevitable caída. Su talón de Aquiles era el miedo a la irrelevancia. Si no era la periodista que era, no era nada. No era nadie. No iba a pasar sus últimos años buenos tejiendo su propia mortaja, de ninguna manera.
Por eso había aceptado la propuesta de Virginia Ortiz.
Las cosas habían ido más o menos de este modo. Branson Tholder era quien la había contratado, y ni siquiera fue necesario que apelara al ego o a la vanidad de enunciar los méritos periodísticos de Manuela para que ella aceptase el cargo. Le bastaba con saber que sería la redactora jefa, que cobraría un sueldo que a su edad ya pocos podían permitirse y que tendría las manos libres para decidir la línea editorial de la revista, además de los recursos que necesitara.
—¿Quién puede negarse a algo así?
Podría haber investigado un poco, no le habría costado nada averiguar quién estaba detrás de Branson Tholder y de esa supuesta empresa de publicidad que dirigía, cuál era el fondo de inversiones que había puesto sus ojos en la revista. Demasiadas capas de la cebolla, el peligro de entrar en conflicto con su decisión y su ambición. Mejor obviar todas las banderas rojas que la advertían de que aquello era demasiado bueno para ser cierto, y de que, en caso de serlo, tendría un coste a la altura.
No iba a fingir a esas alturas que la llamada de Virginia Ortiz la había sorprendido, o que lo que le pidió que hiciera la escandalizara. En realidad, puestos a ser honestos, apenas tuvo dudas.
—La fuente anónima es ella, Virginia Ortiz. Y suya es la idea de que fueras tú quien investigase el caso de la desaparición de los niños Vera. En realidad, nunca tuve opción de negarme.
—La tuviste, pero elegiste traicionar nuestra amistad.
Manuela no se permitió el lujo de la ironía. A fin de cuentas, la amistad era un accesorio del que desembarazarse cuando la situación lo requería, un bien pasajero. Tanto como la lealtad. Un palo en las ruedas. ¿Qué tenían ellas en común, después de todo, como no fuese un puñado de recuerdos universitarios, algunas aventuras y unos cientos de horas de confidencias?
Clara masticaba como una estúpida su decepción. Despertar de esa manera a la realidad era cruel. Consideraba a Manuela la hermana que no había tenido, una elección más allá de los vínculos de sangre, y ahora comprendía que el valor que concedía a todo lo vivido juntas, a tantos años en la vida de la otra, solo era una ilusión.
—¿A cuánto se vende la amistad en el mercado de la ambición?
En su descargo, Manuela se decía que al menos había tratado de sostener un cierto equilibrio entre su traición y su intención.
—Me prometió que no te pasaría nada, que solo eres un medio para un fin. Y pensé que te ayudaría a volver con un caso importante.
¿Qué importaba ya si esas eran sus intenciones o lo eran solo a medias? El mal estaba hecho, no se trataba simplemente de unos arañazos que la hubieran lastimado, ni siquiera de esas esquirlas que se tarda más tiempo en arrancar de debajo de la piel y que a veces se infectan. Habían superado cosas así. Pero esto era otra cosa. No conocía, ahora se daba cuenta, a la mujer que, sentada en la silla, le echaba en la cara el humo de su cigarrillo.
—Virginia Ortiz forma parte del consorcio de urbanización de la ermita. Sacar ahora a la luz el asunto de los niños Vera perjudicaría su inversión. ¿Por qué iba a hacer algo así?
Manuela reconoció que no lo sabía. Virginia no era una mujer de la que pudieran esperarse explicaciones, solo daba órdenes. En cambio, parecía bastante obvio por qué había elegido a Clara para escribir el artículo.
—No deja de presionarme para que te saque algo sobre un cuaderno y sobre el sicario mexicano.
Clara apartó la mirada. Todos mentimos cuando callamos la verdad. Y ella no era muy distinta a Manuela, si lo pensaba detenidamente. De repente, quien juzga ve su dedo acusador en el espejo y lo encoge. No le había hablado a Manuela de las cuentas en criptomonedas que el sicario pretendía vaciar, no le había contado la verdadera razón por la que había aceptado regresar a Barcelona. Solo para protegerla, se había repetido cada vez que sentía que traicionaba su confianza, únicamente para mantenerla al margen de algo sumamente peligroso.
Pero no era cierto. No del todo. Tampoco Clara Fité era inmune a la ambición, al deseo de preeminencia, al miedo a la invisibilidad en su oficio. A diferencia de ella, al menos había tenido la decencia de admitirlo.
Manuela se dio cuenta de que Clara le ocultaba algo fundamental. Lo vio en las ligeras arrugas que se formaron bajo sus párpados y en la reconcentración de una intención que hasta entonces le había pasado desapercibida. Caza mayor.
—¿Qué me estoy perdiendo, Clara?
Clara le dedicó una mirada impregnada de las cosas que no van a volver. Una puerta se estaba cerrando para siempre. Las tardes de primavera en el césped del campus chupando la salsa que goteaba del bocadillo, la cerveza de la que bebían en el mismo vaso, las noches locas del Luz de Gas saltando con Héroes del Silencio, los abrazos, los peligros compartidos, las manos enlazadas para superar juntas el miedo.
Ahora ya todo estaba en manos de Soria. Al menos con él sabía a qué atenerse.
—Tendrás tu artículo, y nada más —dijo con una frialdad que encogió toda una vida.
25
El polígono de las afueras se extendía en todas direcciones, hasta donde abarcaba la vista. En otros tiempos aquel había sido uno de esos desiertos que las ciudades toleran para que se instalen los desgraciados. Luego llegó el desarrollo, las máquinas echaron abajo el barrio de chabolas y expulsaron a los fantasmas que las habitaban para construir aquella monstruosidad de centros logísticos y fábricas. Por la noche, la verdadera ciudad brillaba amarillenta como el resplandor lejano de una explosión atómica.
En el extrarradio del extrarradio, donde se escuchaba el rumor de los talleres que no cesaban su actividad ni de día ni de noche, un sendero borroso que nadie se había preocupado de asfaltar servía de vertedero y de aparcamiento para las plataformas de los camiones, los coches abandonados y algunas putas que ya no tenían cabida en la luz. Por lo demás, era territorio de ratas, gatos tuertos y perros desesperados. El lugar perfecto para las confidencias y los intercambios.
Mientras esperaba sentado en el capó del coche, Soria recordaba sin nostalgia las ocasiones en las que había estado allí mismo en el pasado, en los ochenta, cuando los confidentes vendían a su madre por un poco de heroína. Cada vez que desaparecía un cuerpo, sabías dónde encontrarlo. Buenos tiempos, si uno quería verlo así.
Iba a quitarle el envoltorio al caramelo cuando le vio aparecer al principio del sendero.
Venía a pie, caminaba despacio, como si hubiera algo de lo que disfrutar, mirando a izquierda y derecha. Las manos fuera de los bolsillos, los brazos algo separados del abrigo abierto. Soria pensó en uno de esos pistoleros de las películas del Oeste de los años setenta. A Pura le gustaban —especialmente El fuera de la ley o cualquier otra de Eastwood—, pero a él le aburrían. Encontraba a esos tipos rudos, sucios y varoniles muy aburridos, casi cómicos, con todas esas volteretas y esa manera de morirse cuando les disparaban; los cabrones tardaban dos semanas en irse al suelo, daba tiempo de ir a mear y, al regresar a la butaca, ahí seguían, cayendo.
Sin embargo, tuvo que reconocer que aquel hijo de puta imponía lo suyo. Soria se había topado en sus muchos años como policía con bichos de todo pelaje, pero ninguno absorbía la luz como aquel. A su paso el mundo parecía secarse, quedarse vacío. Soria no tenía problemas en reconocerlo: estaba acojonado, y echó de menos llevar encima al menos su viejo y fiable revólver de servicio. Era un puñetero jubilado, ¿quién narices le obligaba a meterse en aquella mierda?, se recriminó levantándose.
Me detuve a unos pocos metros y le observé con un interés desapegado, más clínico que amistoso.
—Estás más gordo de lo que recuerdo. Y más calvo.
Soria carraspeó. Tenía la garganta seca. De repente, se moría de sed. Él no era como Julián. De una manera vaga, a su amigo y exjefe le gustaba medirse conmigo, incluso le complacía provocarme.
—Por lo que he podido comprobar, tú sigues siendo el mismo cabrón sin escrúpulos de siempre.
Superé el insulto con una sonrisa suave, como una advertencia. Puedo tolerar cierto grado de crítica, aunque mi paciencia no es infinita.
—Entonces ya sabes lo que quiero.
—No tengo el cuaderno, si es lo que esperas.
No contaba con ello cuando propuse el encuentro. Habría sido ingenuo por mi parte.
—Pero tienes a Clara, sé que te ha pedido ayuda. Y también que habéis estado trabajando con Vesna. Ahora ya sabéis por qué necesito recuperarlo. Intacto.
—No sabíamos en lo que nos estábamos metiendo.
—Ahora ya lo sabes.
Aunque Soria me cayera más o menos bien —no creí necesario recordarle que había salvado la vida de su mujer—, no era ni de lejos Julián Leal. Solo mi querido enemigo podía permitirse cierta clase de licencias. Consideré necesario desengañarlo con respecto a las posibilidades de traicionarme o de hacerme caer en una trampa:
—Siento lo de tu divorcio, pero las mujeres como Pura no perdonan una infidelidad, ¿verdad? Aun así, sé que te importa y que te preocupas por ella. Hasta puede que sueñes con recuperar lo vuestro. ¿Qué otra razón habría para que la sigas a todas partes como un perro que busca a su amo?
—¿También me has estado siguiendo a mí?
Ignoré la obviedad. No soy un experto en cuestiones de pareja, pero di por supuesto que Soria se mostraría más colaborador si amenazaba a lo que más quería. Que eso pudiera permitirle recuperar a su mujer no era asunto mío.
—Si me obligas a hacerlo, pondré a prueba esa fe suya.
—Si la tocas, te juro que te mato.
Escruté su rostro blando. Sí, lo decía en serio. Los hombres siempre acaban encontrando el coraje en su lado más salvaje. Ese coraje suicida, épico e inútil.
—Nada de eso será necesario si consigo lo que quiero. Ayúdame y desapareceré para siempre.
Le tendí el papel con las coordenadas.
—Pasado mañana, a las 18.00. Tiene que ser ella quien lo traiga. Solo ella. Si intentáis algo, lo sabré.
Soria negó con la cabeza.
—¿Vas a asesinarla?
Lo miré como se mira una cosa pequeña pero necesaria. En sus ojos veía una llama violeta. Era un hombre de recursos, ya lo demostró en Lanzarote. Buscaría la manera de hacer lo correcto. Contaba con ello. —Dos días —le recordé.
A solas podía quitarme la máscara, como quien se quita la piel de diario y la cuelga en la percha. Descalzarme, abrir la camisa, descorchar una botella de Screaming Eagle y servirme una copa sin sentido de la responsabilidad. Mañana mataría, tal vez. Pero no esa noche.
Esa noche solo necesitaba relajarme, fingir algo de normalidad.
Le ofrecí una copa a Marta Beltramo, que ella rechazó con una mirada esquiva. Moví la cabeza comprensivo. Había olvidado su pasado. Los adictos jamás se curan, solo luchan contra la tentación esperando retrasar el mayor tiempo posible lo inevitable. A lo sumo, logran vivir el resto de sus vidas con la sensación de que les falta algo vital. Esa renuncia podía considerarse heroica. Bebí por los dos sin la ansiedad del necesitado y eché la cabeza hacia atrás para inspirar.
—Háblame un poco de ese otro hijo tuyo, el sacerdote.
Marta Beltramo me observó con cansancio. Cualquier animal acorralado acaba agotándose y aceptando su situación. Estaba allí, encerrada conmigo, y no iba a ir a ninguna parte. En cuanto a mí, deseaba no tener que volver a golpearla ni atarla a los barrotes de la cama.
—¿Cuándo es suficiente? ¿Cuándo vas a dejar que me vaya o me vas a pegar un tiro?
—Intenta responder a la pregunta, siento curiosidad. ¿Qué espera obtener de todo esto? ¿Llegar a obispo, a cardenal, a papa?
Una mujer admirable; incluso en sus circunstancias no se molestaba en disimular aquella insolencia fría y despiadada. Me miró como si yo fuera imbécil.
—¿Y por qué no andar sobre las aguas? —se burló, despreocupada, señalándome con ligereza.
Era evidente que tenía una lengua acerada y rápida que podía ser más dañina que un puñal. Estaba claro que no se permitía el lujo del miedo. Algo le había enseñado a pasar por alto esa clase de frivolidad. Su expresión era monótona, sin signos de ansiedad. Conozco a pocas personas capaces de semejante autocontrol, que no se sobresaltan ante los imprevistos, que saben adaptarse y relegar las preguntas a la espera de los acontecimientos. Esa actitud debió de serle útil en el pasado, y confiaba en que lo seguiría siendo ahora. Se le habría dado bien el oficio. Marta Beltramo también parecía no hacerse ilusiones, y no necesitaba llenar los huecos con dudas. Esas habrían sido dos buenas cualidades en este negocio de no haber sido tan bella. La belleza juega en contra de quien debe permanecer en las sombras, y era evidente que aquella mujer estaba acostumbrada a brillar, y que ese brillo de admiración inalcanzable que causaba en ciertos hombres le gustaba. Quizá podía estar intentando seducirme a mí con esa actitud marmórea; habría estado bien averiguar hasta dónde era capaz de llegar y qué posibilidades de éxito tenía. Solo se alteró ligeramente —un gesto de incomodidad rápidamente reprimido— cuando me acerqué y le acaricié ligeramente el mechón que le caía sobre el parche. Sentí cierta curiosidad sobre la historia de ese ojo vacío, aunque prefiero no profundizar en las heridas ajenas.
Tendría que hacerle daño, ambos lo sabíamos. No me lo pondría fácil. No se rendiría.
Tal vez mañana. No esta noche. Volví a llenar las copas. Volví a ofrecérsela.
Esta vez, no la rechazó.
26
Su madre no contestaba al teléfono. Luca hizo un gesto de hastío y colgó. ¿Dónde estaba cuando la necesitaba? Apostó que pasando el fin de semana con Sanabria en algún hotel boutique de la Costa Brava sin cobertura o alargando una noche de desmanes en cualquier parte.
La familia por encima de todo, proteger a la familia merece todos los sacrificios. No había dejado de oírlo en su boca desde que tenía uso de razón. Aunque viendo lo que quedaba, estaba claro que su madre también había fracasado en eso.
—Yo solo quiero lo mejor para ti. Es lo que he querido siempre — había vuelto a decirle días atrás, cuando se enzarzaron en una agria discusión. Intentó cogerle la mano y atraerlo para besarle en la comisura de la boca, uno de esos gestos equívocos por los que podía colarse lo prohibido. Un código arcano, un secreto por el que solían transitar en el pasado, cuando eran ellos dos contra todo.
Él la rechazó.
—No intentes manipularme otra vez, por favor.
Su madre fingió que su repugnancia no le dolía, que no le importaba que su hijo la odiara y la amase al mismo tiempo y con la misma intensidad, incapaz de diferenciar un sentimiento del otro. Lo fundamental era obligarle a continuar por la senda marcada. Cada paso había sido preparado meticulosamente, encaminado en una única dirección: la púrpura del príncipe.
—No puedes quebrarte ahora, ¿me oyes? No cuando estamos tan cerca. ¿Acaso no eres consciente de lo que se te ofrece?
Luca negó con una sonrisa triste. Lo que se le ofrecía no era una ambición negligente, sino el poder de obrar, el de decidir, el de actuar por un bien mayor. Su madre utilizaba los mismos argumentos que Ricart: salvar a los hombres de ellos mismos y a pesar de sí mismos requería de operantes capaces de hundir los brazos en la mierda hasta los codos, no era tarea para espíritus débiles ni titubeantes. Influencia, dinero, política, intriga eran más útiles a ese fin que la caridad, los votos religiosos, las buenas palabras y la eucaristía. El porvenir se había convertido en el destino elegido por otros, y se le pedía que lo aceptase sin condiciones.
Pero ¿y si no quería ese poder? ¿Y si no quería ser quien se suponía que debía ser? Eso no era posible, ya no. Que Luca expusiera sus escrúpulos antes de aceptar su destino solo provocó en su madre cierto asombro.
—Estás afectado por la muerte de tu hermano. Mañana verás las cosas de otra manera.
El mañana había llegado y Luca continuaba viendo la misma cara en el espejo, escudriñándole con intensidad hiriente. Se lo dijo a su madre y ella le respondió que con el tiempo aprendería a soportarla, igual que hacía ella. El provenir exigía los sacrificios pasados y los venideros. Ser fuerte, más fuerte que su padre y que su hermano, tan fuerte como ella, al precio que fuera. Esa fortaleza pasaba por borrar la memoria, soltar amarras del hombre, cualquier hombre, que hubiera sido antes o que pudiera ser en el futuro.
Sin corazón, sin escrúpulos. Un candidato sin mácula. Una cáscara vacía.
Se preguntaba si Gianni no estaría en lo cierto y su madre se equivocaba. Si no sería mejor llamar a esa periodista y contárselo todo y liberarse de esa carga que los adultos soportaron sobre sus espaldas de niños.
Desde la muerte de Gianni, pensaba mucho en aquel día e imaginaba cómo habrían sido sus vidas sin esa mentira. Su madre estaba en la cocina, preparando un postre. Era el cumpleaños de su padre. Llevaba puesto el delantal que los niños le habían regalado para el Día de la Madre, que era rojo y tenía bordados sus nombres y un corazón de color verde. «A la mejor madre del mundo». Estaba manchado de harina y yemas de huevo, como el hule de la mesa donde batía la masa. Tarareaba una canción de Amy Grant que sonaba en el estéreo cuando Gianni y Luca entraron en la cocina empujándose el uno al otro. Se plantaron delante de la mesa e intercambiaron una de esas miradas que encerraba secretos y complicidades que únicamente les pertenecían a ellos. «Queremos contarte una cosa, mamá». Fue Gianni quien lo dijo. Su madre levantó la cabeza y los miró con su único ojo como si estuviera dispuesta a soportarlo todo. Una mezcla de arrogancia y martirio, de valor y de miedo.
Cuando la llevaron a la fábrica abandonada y vio el agujero con los cuerpos de Sergio y de Patricia, se santiguó. «De nada sirven los santos en la tierra de los pecadores», murmuró dejando ir el aire, y con él, aquel acto horrible. Luego les dijo que tenían que ser fuertes.
—Sobre todo tú, Luca.
Nunca le permitió quejarse de que no lo soportaba más ni desmoronarse. Él no era como su padre o como su hermano, pusilánimes.
—¿Por eso le odiabas? —le había escupido él con ira dos días atrás.
Y ella repitió lo de siempre:
—Tu padre iba a destruir esta familia y yo no podía permitírselo. Por eso le dije que se marchara.
Luca negó lentamente. No era así como él lo recordaba.
—La vi, ¿sabes? Encontré aquella cinta en la que tú y José Luis follabais… Si quieres puedo refrescarte la memoria.
Muy despacio, su madre se quitó el parche que cubría la vieja úlcera que había colonizado la cuenca. Rara vez lo hacía en presencia de alguien. La carne tenía un tono lunar, como de ceniza posada sobre el pliegue donde debería haber estado la órbita verde de su ojo. Esa visión llagaba su belleza y la transformaba en decrepitud.
Puestos a hacer confesiones, también ella sabía que Luca le había enseñado la grabación a Gabriela, quien hizo visible lo que todo el mundo sospechaba. ¿El motivo? Nunca lo sabría. Quizá fue su amiga Patricia quien se lo pidió. Quizá fue con buena fe, tal vez por pura inconsciencia. Aunque su madre sospechaba que lo hizo por pura maldad. Tantos años después, el propio Luca seguía sin ser capaz de atribuirse una intención clara.
Lo que Luca no esperaba fue lo que su madre dijo a continuación:
—¿De verdad crees que tu padre iba a marcharse de casa por esa tontería? ¿Crees que yo no sabía que estaba allí, mirando y grabándolo todo? Fui yo quien le previno. Era nuestro juego, el de tu padre y el mío. Nos excitaba verlo después. José Luis no fue el primero, ni esa la única vez.
En cualquier caso, aquello fue el fin de la diversión y el principio de las hostilidades entre ambos matrimonios, el maldito muro de Berlín en plena Guerra Fría. Sin embargo, los niños se las apañaban para pasar de Berlín Oeste a Berlín Este ignorando las prohibiciones de sus mayores. No; la verdadera razón de su padre para querer marcharse los alcanzó meses después, cuando ya se había celebrado el juicio contra José Luis Vera y la Montaña empezaba a olvidar el caso de los niños desaparecidos. Que su padre cogiera la maleta y pusiera de cualquier modo las camisas en ella fue algo inesperado, quizá un odio que en realidad llevaba tiempo enmascarado detrás de lo rutinario y cuya revelación repentina sacudió a todos. Un absceso de heroísmo tardío o de cobardía, que venía a ser lo mismo. Puro egoísmo disfrazado de honradez. En realidad, aquel arrebato fue una rebelión contra su madre, contra su lógica, contra la cárcel revestida de seda que Marta Beltramo había ido construyendo a su alrededor durante años sin que su padre, displicente e idiota, se hubiera percatado de lo que sucedía. «¡Una araña tuerta, eso es lo que eres!», le gritó aquella madrugada de lluvia intensa en el dormitorio mientras cerraba la maleta sin pensar siquiera en lo que metía dentro. Una huida al tuntún, levantando a los niños, ordenándoles que se vistieran porque se volvían con él a la ciudad.
Marta no lo podía permitir: que Antonio le arrebatara su razón de ser, su obra más perfecta. Sus hijos. Su casa, su libertad, su vida.
Luca conocía ese orgullo innoble de su madre, practicante de una bondad inapelable que nunca fue sino tiranía, con su propensión a ahogar el aire que se respiraba a su alrededor, a forzar la pleitesía y la obediencia de cuantos la rodeaban sin que cuestionaran nunca sus decisiones ni sus intenciones. Hacerlo se consideraba traición.
—Erais demasiado pequeños para entender lo que estaba pasando. Tu padre iba a contarlo todo. Debía impedirlo.
Pero no fue ella quien le empujó en aquel andén. Prefirió delegar en la mano de un hijo cuya inocencia ya había sido manchada y movida a distancia por una voluntad adulta.
Luca lo recordaba todo con precisión. El apeadero vacío y esas luces de película alemana en la farola, amarillas y difuminadas tras la espesa niebla que sube y baja. La imagen de un campo de concentración. Los matojos entre los rieles y la grava, malas hierbas que crecen en todas partes. Un cartel de las pasadas elecciones, descolorido, que alguien ha apedreado desde detrás de la mampara. Le han pintado cuernos de diablo y dientes de vampiro a Jordi Pujol. El tren que se acerca y todavía no se ve, el aire que se reconcentra y los zapatos grises de su padre con la puntera humedecida. El brazo extendido hacia sus hijos. «Apartaos de la vía». Pero él no se aparta. La máquina que pasa como un rayo, dos ojos de dragón emergiendo de la niebla y un silbido estruendoso.
La mano del niño que sale del bolsillo del pantalón y los dedos que huelen al semen de la noche. Era un juego, masturbarse juntos. Gianni era el primero en correrse, le ponía más ganas. Decía que pensaba en las tetas de la señorita Rosa, la profesora de Matemáticas. Luca pensaba en otra cosa. A veces, Gianni le ayudaba. Al terminar comparaban sus manchas, se limpiaban con la sábana y se dormían casi al unísono.
La mano que empuja a su padre al paso del tren y se queda quieta luego, sosteniendo el vacío. Su madre nunca les preguntó quién de los dos lo había hecho.
Volvió a coger el teléfono, pero esta vez no marcó el número de su madre. En alguna parte guardaba la tarjeta que le había dado Clara Fité.
27
Monseñor Ricart opinaba que hay que elegir bien los excesos. También que se necesita algo de buena suerte para gestionarlos con mesura. Bernardo Sanabria había estado siguiendo los movimientos sinuosos de una de las bailarinas en el podio. Ladeó la cabeza hacia el viejo sacerdote con una sonrisa de fauno.
—¿De qué sirve el exceso si no lo es? ¿Y qué tiene que ver la buena suerte?
Ricart contempló con detenimiento a la bailarina que atraía la atención del constructor. Ni joven ni vieja, ni guapa ni fea, un cuerpo semidesnudo que jugaba al escondite con las luces de neón, fingiendo abandonarse a la música mientras se enroscaba en la barra metálica. Previsible, vulgar, un deseo demasiado fácil de complacer. Los hombres pequeños como Sanabria —uno más entre los bobos que babeaban alrededor de la bailarina— eran fáciles de contentar. Su Eminencia y Ricart contaban con ello. Todo se reducía a las drogas, a las mujeres de catálogo, a los reservados en las discotecas y a los restaurantes de moda. Vendían lo que fuera y, a cambio, solo pedían una corona de reyes, aunque fuera de latón. «Dame un yate, dame una casa con siete baños, dame putas y paga el champán». Pedid y se os dará. Tontos útiles, necesarios para la función que se les encomendaba.
—Un hombre inteligente sabe que el verdadero placer está en la contención, en el deseo que se desliza gota a gota sobre una boca sedienta. Pero no todos nacen con ese carácter ni tienen la disciplina necesaria para educarse.
Sanabria le hizo un gesto patético, el que se dedica al amigo aguafiestas acodado en la barra mientras los demás se divierten.
—Uno es cura hasta cuando se quita la sotana, ¿verdad? Ni siquiera aquí puedes relajarte, Ricart.
El anciano ladeó el cuello hacia las escaleras que subían al piso superior. Detrás de las cortinas de terciopelo azul que había en ese pasillo estaba la fuente más dulce de la que le gustaba beber.
—Me relajaré cuando cerremos definitivamente este asunto. —Tal vez entonces podría permitirse algunas gotas que refrescaran sus labios agrietados.
—¿Por qué te preocupas tanto? Tu pupilo lo ha hecho genial con la comisión, todos han quedado impresionados con ese retablo. Dile a su eminencia el cardenal que puede estar tranquilo, su inversión está a salvo, el proyecto saldrá adelante y todos ganaremos un montón de pasta. ¡Para mayor gloria de Dios y de su Santísima Iglesia! —se burló Sanabria como un beodo.
A veces el mundo desprendía olor a mugre y nada disimulaba esa pestilencia, ni siquiera las flores de los cementerios. En eso pensó monseñor Ricart al contemplar con indiferencia los manchurrones de sudor bajo las axilas de Sanabria y sus dientes postizos.
—¿Debo preguntar por la oportuna muerte de Gianni Beltramo? —El jugo de la manzana podrida rezumaba en la boca de cuantos la mordían. También en la suya.
El constructor endureció la expresión. En sus ojos de desvarío se asomaba el infierno.
—No lo sé. ¿Debes preguntarlo?
Monseñor Ricart le sostuvo la mirada sin pestañear. Sanabria no podía mostrarle infierno alguno en el que no hubiera estado ya.
De repente, la cara del constructor mutó y en su boca rígida apareció una extraña sonrisa. Abrió la funda de los puros y se tomó su tiempo para encender un habano.
—¿No lees las noticias? A Gianni Beltramo lo han matado los turcos por un asunto de tráfico de drogas. La policía está buscando a su socio, el sepulturero. Caso resuelto. ¿Cómo llamáis a eso en vuestro gremio? Providencia… Dios está de tu parte, monseñor.
La música mantenía el monótono gemido disfrazado de euforia, la bailarina se había quitado el diminuto sujetador de lentejuelas y mostraba sus grandes pechos artificiales. Los hombres alrededor del podio aullaban sin prestar atención a las cicatrices bajo las tetas.
—¿Qué pasará cuando las excavadoras tiren abajo la fábrica de muñecas? ¿Qué pasará si aparecen los esqueletos de esos niños?
Sanabria se recostó en el sillón acolchado y echó una mirada risueña a la contorsionista, que empezaba a quitarse el tanga.
—El cemento armado es un invento prodigioso, Ricart. Puede cubrirlo todo mil años, si es necesario. Solo el hormigón sabe guardar secretos… Bueno, el hormigón y los muertos.
Ricart cerró ligeramente los párpados, sin presión. Recordaba aquel día de veinte años atrás, cuando Marta Beltramo vino a verle para contarle lo que había pasado y pedirle consejo. Traía de la mano a Luca. Marta era una buena mujer, como Antonio era buen hombre, un buen católico y un abogado brillante, amigos los dos de la Iglesia. Y estaba Luca. Aquel niño que le hacía sentir algo especial desde la primera vez que lo vio servir de monaguillo en la parroquia. No podía negarles su ayuda. Les pidió que le enseñaran los cuerpos. Se acordaba de que era Antonio quien conducía. Lo hacía rápido, sudaba y fumaba compulsivamente. Un abogado que pierde los nervios ofrece una imagen impactante. Los neumáticos levantaban tierra suelta y una polvareda rojiza. En el asiento de atrás viajaban Gianni y Luca y entremedio su madre. No decían nada, cada uno absorto en su lado del paisaje. Fue Luca quien levantó la vista y se cruzó con su mirada en el espejo retrovisor interior. Ricart sentía algo paternal e inexplicable por aquel muchacho. Esbozó una pequeña sonrisa. Dios lo perdona todo si te arrepientes, aunque tal vez él no se arrepentía lo suficiente.
—¿A qué viene esa cara? Disfruta un poco, joder. Todo va bien —soltó Sanabria; le dio una palmada en el hombro y le enseñó una sonrisa confiada.
Monseñor Ricart se esforzaba en disimular el desprecio que sentía por la gente como el constructor. Y ese esfuerzo le había costado, con los años, una úlcera.
—Hace días que no logro contactar con Marta. ¿Sabes algo de ella?
Sanabria escondió los labios y luego los liberó como un idiota. El efecto del alcohol y la cocaína estaba dibujando laberintos de espinas en su cabeza abotargada.
—¿Por qué iba a saberlo? Solo nos acostamos de vez en cuando. Esa mujer es un gato callejero. No hay quien la dome.
Ricart lo vio ponerse en pie pesadamente y acercarse al podio dando tumbos. Una planta en un tiesto que se cree la maldita selva, eso era Sanabria. Sería muy placentero verla morir lentamente, marchitarse y secarse cuando alguien decidiera dejar de regarla.
Volvió la cabeza hacia la escalera enmoquetada atraído por el imán de unos ojos hambrientos que le esperaban. No un hambre común, sino la del que se ha saciado ya y solo admira la carne por lo que es. Cuándo resistirse y cuándo ceder; la elegancia del equilibrio, el refinamiento del que sabe aplazar la recompensa, el dulce escozor de lo que se dilata era un plato que los hombres vulgares como el constructor jamás aprenderían a degustar.
La silueta de piel mortecina se perdió escalera arriba. Monseñor Ricart se puso en pie y siguió su estela. En el piso superior las cortinas eran puertas abiertas a cualquier deseo. La única condición que se imponía al traspasarlas era entregarse a la perdición con ternura inaudita, aceptar que la enfermedad de todos era también la suya, dejarse devorar con abandono e inapetencia. Morir un rato entre cadenas, fustas y hombres jóvenes desnudos que le observaban desde sus pestañas postizas y sus maquillajes barrocos, permitir que le pusieran una máscara de cuero en la cabeza, entregarse al suplicio de los grilletes, a las lenguas extrañas en sus glúteos caídos y amorfos, a la cera y a las correas, acoger todas esas bocas y esas manos en su cuerpo viejo, que rejuvenecía con cada mordisco, golpe o pellizco, que volvía a endurecerse con las lenguas en su falo apagado y, aunque incapaz, ardiente de placer.
La tortura del insatisfecho le concedía desaparecer entre esa montaña de carne silenciosa que lo asaltaba: dedos, manos y brazos de Medusa. Ya lloraría luego, tumbado en una cama redonda que giraba en su cabeza, entre los efebos durmientes, alicaídos y satisfechos. Lloraría sin pena, sin culpa, sin remordimientos. Pensando que Dios lo es Todo, que el Infinito es solo una ausencia. Que nada importa cuando deja de importar. Y, al final, también él se dormiría en un sueño oscuro, rojo a veces, carmesí.
Al despertar, llamaría a Luca y le pediría que le oyera en confesión.
28
La cuestión era no tener prisa. Este no es trabajo para gente impulsiva. Además, la espera me regalaba tiempo. Un tiempo con el que no siempre sé muy bien qué hacer. No tengo hobbies, como Soria y sus dioramas, como Julián y sus películas de Coppola o sus discos de Bruce Springsteen. Podría haberme aficionado a la lectura, como Clara. Sus libros siempre estaban por todas partes, a medio leer. A veces, por curiosidad, cogía uno y lo hojeaba al azar, pero me cansaba pronto de esa pretensión de entenderlo todo y explicarlo todo con palabras. La mayoría me parecían redundantes y discursivos. En una ocasión le dije que leer novelas me parecía una pérdida de tiempo. Ella, que estaba leyendo absorta, levantó la mirada por encima de las páginas con un brillo ensoñador y me sonrió como se le sonreiría a un bebé que empieza a gatear: «No lo entiendes; es todo lo contrario. Leer novelas es detener el tiempo y llevarlo al espacio que quieres. Pararlo, hacerlo retroceder o avanzar a tu capricho. Leer novelas es estar más allá del tiempo, volverte su amo».
Me dieron ganas de creerla. O de desengañarla. Aparté el libro y tendí el dorso de la mano sobre la cálida y ondulante carne de su pecho. «Esto es real», le dije; la forma de un pezón que emergía poderoso. Es inevitable pensar en esa imagen y no asociarla con el color anaranjado de los cielos en Rosamarina. Excitarla y oírla respirar agitándose, todavía dormida, mientras amanecía. Su cuerpo entre las sábanas, abriéndose incluso antes de despertar, la humedad del sexo, su sabor blanco de primera hora, el roce de su pubis en la nariz antes de hundirle la lengua… A pesar de todo lo que ha pasado. Sus vestidos vaporosos en el armario, su costumbre de poner cuatro cojines sobre los almohadones al hacer la cama. Su apariencia cuando se sentaba en la misma roca frente al mar y fumaba sin darse cuenta de que el viento había apagado el cigarrillo.
Por suerte, las especulaciones se acabaron cuando vi aparecer a Sanabria. Era una presa fácil, a pesar de su corpulencia. De no ser por la fulana sobre la que se apoyaba, estrujándola como si fuera a ahogarla, se habría ido al suelo. Se las apañaba para magrearle las tetas sin soltar la botella. La puta se dejaba hacer, quizá esperando el momento en que un rayo le cayera en la cabeza y lo partiese por la mitad.
En eso, yo podía ayudarle.
Crucé la calle sin prisa. El club estaba a punto de cerrar y los porteros iban pastoreando a los noctámbulos hacia la parada de taxis. Sanabria se detuvo en medio de la calle mirando la raya añil del horizonte sin saber dónde estaba, o preguntándose cómo se le había escapado miserablemente la noche. Seguí a la pareja a cierta distancia hasta un bonito BMW plateado. Entraron en el coche y casi al instante vi la cabeza de la mujer desaparecer bajo la pesada mano del constructor. Probablemente ella no lograría nada y él le echaría la culpa.
Me aseguré de que no había nadie cerca antes de golpear con el nudillo la ventanilla del conductor. Sanabria tenía la cabeza echada hacia atrás y los ojos cerrados, le caía una babilla líquida. Fue la mujer la que reaccionó primero, alzó la cara con el pintalabios descorrido y sus ojos entendieron.
—¿Qué haces? ¿Por qué paras?
Ella apenas tuvo tiempo de hacerse a un lado antes de que los cristales estallaran. Con una mano agarré a Sanabria por la pechera y con la otra le golpeé con fuerza. Utilicé un puño americano. No era necesario, pero reconozco que disfruté. La puerta se abrió y el cuerpo del constructor salió disparado hacia afuera. Es inútil razonar con un borracho que va hasta las cejas de coca. Hay que ir al grano, patearle bien el bazo y el estómago para que entienda la situación y obedezca. Aprovechar el desconcierto.
La prostituta era una buena profesional. No gritó ni salió corriendo. Se quedó ahí sentada, esperando. Registré los bolsillos de Sanabria. Unos trescientos euros en metálico. No era mucho.
—Por las molestias.
Debió de pensar que la noche no se le había dado tan mal. Guardó el dinero y bajó del coche sin prisa. No sé por qué me sonrió.
Me concentré en Sanabria. Lloriqueaba y se retorcía en el suelo.
—Ahora vas a venir conmigo. Tú y yo tendremos una conversación.
Mientras lo metía a empujones en el coche por la puerta de atrás, tuve tiempo de levantar la cabeza. En la puerta del club, Ricart me observaba bajo la luz pálida de un foco. Tenía una mano en el bolsillo y con la otra sostenía un cigarrillo. Desvió la mirada sin apetencia y levantó el brazo para parar un taxi al que subirse.
Ese cura tenía el don de la ubicuidad y la sensatez de la invisibilidad cuando le convenía.
29
Estaban sentados en el primer banco de la ermita. Todavía era muy temprano, olía a día nuevo. Luca tenía las manos cruzadas y hablaba sin dirigirse a ella. Observaba el retablo del ábside.
—Cuando nuestro padre murió, mi hermano Gianni empezó a perder el pelo, se le caían los mechones como hojas enfermas. Antes de eso, su cabellera era fuerte y robusta. Había entonces un barbero que nos cortaba el pelo a los dos; no era un peluquero sofisticado, no podías esperar de él peinados de revista o lujos de boutique, pero conocía bien su oficio. Le dijo a mi madre que la única solución para Gianni era raparlo al cero varias veces, hasta que el cuero cabelludo se recuperase por entero. Mi madre se negó en redondo; dijo que ningún hijo suyo iba a parecer un niño de la guerra.
El sacerdote movió la cabeza, como si aquella anécdota le entristeciera particularmente.
—Esa fue la expresión que utilizó, aunque en realidad supongo que pretendía decir que sus hijos no se podían asemejar a otros chicos del pueblo, a los hijos de las barracas del arroyo, o a los de los payeses y de los jornaleros que llegaban en la época de los piñones o de la patata. Sus hijos no podían parecer pobres, tristes o miserables. Tampoco huérfanos de padre. De modo que permitió que Gianni fuera perdiendo territorio en su cráneo, que aparecieran unas calvas cada vez más grandes, como si el desierto avanzara por una selva moribunda. Mi hermano sufría esa mortificación y lo único que se le ocurrió a mi madre para aliviarla fue comprarle una gorra de béisbol de la marca Gucci que Gianni se calaba hasta las orejas para ocultar su mirada avergonzada y furibunda… ¡Cómo odiaba aquella maldita gorra!
Clara se preguntó si la historia del joven sacerdote tenía alguna finalidad o si solo la había llamado para escucharle divagar.
—Mi madre no iba a ayudarle, así que un día tomé la determinación: cogí unas tijeras de cocina, la brocha, el jabón y las cuchillas de mi padre y le afeité la cabeza a mi hermano. A continuación, él hizo lo mismo conmigo. Nos provocamos cortes, sangramos bastante, y reconozco que el resultado podría haberse mejorado, pero ahí nos presentamos, juntos, frente a mi madre, que no daba crédito a lo que su horrorizado ojo contemplaba. Dos bolas de billar magulladas, cráneo con cráneo, que la desafiaban por primera vez.
Clara miró disimuladamente el reloj. Luca la había sacado de la cama y la había hecho subir hasta allí arriba diciéndole que tenía algo importante que contarle. Por muy enternecedora que fuese aquella anécdota fraternal, no estaba de humor para perder el tiempo.
—¿Por qué estoy aquí, Luca?
El sacerdote hizo una pausa y asintió, todavía pensando en la travesura que había cometido con su hermano, como si en aquel acto de rebeldía infantil estuviera el germen de un orgullo que se mantenía intacto en alguna parte de su interior.
—Tú crees que, si te ayudo a comprender, la verdad encajará por sí misma como una sucesión natural de hechos y consecuencias, pero me temo que ese camino que has elegido es bastante más proceloso y que, al final, no encontrarás sino más dudas e incertidumbre.
Había algo trágico en ese bello rostro. Clara podía percibirlo y eso la predisponía, en contra de todo lo que su profesión le había enseñado, a darle el beneficio de la duda. Era realmente difícil abstraerse de aquel ambiguo deseo que destilaban sus ojos enfebrecidos y sus labios. Tenía que hacer un esfuerzo continuo para dejar de mirarlos.
—¿Te has preguntado alguna vez qué te gustaría haber sido de no dedicarte al periodismo? —Su voz sonó hueca y ausente de emoción, rebotó contra la pared a la que le hablaba y se derramó por toda la ermita.
Clara parpadeó como si se hubiera producido un cortocircuito en su cabeza, una interrupción inesperada de la línea temporal. No pensaba en eso, o muy raramente. Alguna vez, en el pasado. Hay decisiones que no nos cuestionamos porque ya hemos ido demasiado lejos en nuestra elección.
—Gianni quería ser adiestrador de perros, entrar en una de esas unidades caninas de los bomberos y enseñar a los perros a rastrear bajo los aludes o los terremotos, ir a las zonas de guerra a desescombrar muertos o detectar explosivos… Siempre tuvo mano para esos animales: le seguían a cualquier parte, incluso los perros callejeros le acogían como uno más de la manada. Mi hermano quería ser un héroe.
Clara no se atrevió a replicarle.
—Mi hermano un héroe y yo un director de cine que le habría acompañado por el mundo para dejar constancia de sus hazañas. Deberíamos haberlo conseguido; y lo habríamos hecho… de haber sido quienes queríamos ser. Pero no lo éramos, nunca lo fuimos, ninguno de los dos.
Seguía con la mirada perdida en aquellas imágenes detrás del altar.
—Todos nos decían que había sido un accidente, que no era culpa nuestra: mi madre, mi padre, Sanabria, Ricart… Pero nadie nos preguntó qué hacíamos allí. Hay quien cree que los niños carecen de maldad, que sus actos son impulsivos y que no responden a la premeditación, y mucho menos que estén motivados por la perversión. Puede que sea así o puede que no. Ya no soy capaz de recordarlo.
El sacerdote recogió un grueso paquete que había dejado en el banco trasero y se lo entregó.
Clara sintió cómo se le erizaba el vello de la nuca. Conocía esa sensación de electricidad que le recorrió el cuerpo. Algo importante estaba a punto de pasar.
—No lo abras aquí —le pidió el sacerdote.
—¿Qué es lo que voy a ver?
El sacerdote movió la cabeza.
—Lo que estés dispuesta a soportar.
Primera grabación: día 7 de junio de 1991
La casa está cobrando forma de hogar. Los operarios están subiendo por las escaleras el escritorio nuevo para Antonio, el colchón para la cama que ha encargado Marta. Los niños corretean entre los plásticos y los cartones de embalaje por el suelo que el cachorro de rottweiler de Gianni hace trizas. Antonio lleva puesta una camiseta de los Rolling Stones y abronca a Luca por haber cogido la cámara sin permiso. La grabación se corta bruscamente.
Segunda grabación: día 4 de agosto de 1991
Un paisaje que pasa rápido y turbulento desde la ventanilla del coche, pinares y rocas que caen hacia el mar de la Costa Brava. A lo lejos se enfocan las barcas de recreo. Se escucha el sonido monótono del motor y la radio. Las nucas de
Antonio y Marta. Conduce ella, tiene el pelo recogido. La cámara se acerca al
lunar de la nuca y al cierre de la cadena de oro. Una gota de sudor sale de las raíces y se pierde bajo el vestido. Atrás, a la izquierda, Gianni duerme con la frente apoyada en la ventanilla y su rottweiler lo hace con la cabeza en su regazo. La voz de Luca se escucha mal. «… A la masía de Begur, de vacaciones». También dice que tiene ganas de vomitar. Marta extiende la mano hacia atrás sin apartar la vista de la carretera. Quiere acariciarle pero no alcanza. Le dice que ya no falta mucho para llegar, que aguante un poco más. A su padre le molesta que se maree en cuanto se sube al coche. Le pregunta si ha cogido las bolsas para el vómito. También le ordena que deje la puñetera cámara. «Si no paras de moverte al final vas a marearte del todo».
Tercera grabación: día 26 de septiembre de 1991
Hay vapor de agua en el baño. Marta limpia el vaho del espejo con la mano. La toalla está en el suelo; ella, desnuda, la pisa. Se ha depilado el pubis. Mira hacia la cámara y le pregunta si le gusta. La voz de Antonio suena ronca al responder que sí. Ella no lleva puesto el parche. Se pone de rodillas y le hace una felación. La cámara tiembla, pero sigue grabando. «No hagas ruido», dice ella, mirándole desde abajo con su único ojo. Los niños están abajo. Antonio se ríe y dice que intentará quedarse mudo. Luego, entre suspiros, se oye decirle que la quiere.
Cuarta grabación: día 18 de octubre de 1991
Los vecinos nuevos han venido a cenar. Gabriela ha preparado pastel de carne. Sergio y Patricia han pedido permiso para levantarse de la mesa y subir. Quieren enseñarles a los gemelos su cuarto de los juegos. Los adultos no les prestan atención, ríen y beben. Y fuman. Sobre todo José Luis, Antonio y Marta. Gabriela va y viene de la cocina. La cámara se fija en una mano que se posa en el muslo de Marta por debajo de la mesa. No se sabe de quién es esa mano. O sí se sabe y la cámara se asusta.
Quinta grabación: días del 10 al 17 de enero de 1992
Hay nieve recién caída, pero no tiene mucho espesor. Apenas da para recoger unas bolas y lanzárselas a Sergio y Gianni. El rottweiler salta con ellos, caza algunas al vuelo y las deshace de una dentellada. Todos respiran como los bueyes, echando chorros de aire condensado por la nariz y la boca. Patricia está a la izquierda del encuadre, con un gorro forrado de piel y una bufanda que le da tres vueltas al cuello. No mira los juegos, mira a la cámara. Posa como una actriz. Aparece Gianni seguido de Sergio y propone entrar en la fábrica abandonada y hacer un fuego. Del calcetín saca tres cigarrillos que le ha robado a su padre y los muestra sonriente a la cámara.
Clara empezaba a desesperarse. No entendía a qué venía tanto misterio. Aquellos vídeos no dejaban de ser grabaciones domésticas de unas vidas en apariencia sin nada relevante.
Y entonces, cuando estaba a punto de dejarlo, vio la sexta cinta.
30
Hoy han vuelto al refugio. Han arrastrado hasta un rincón un viejo colchón y unas sillas metálicas. Las ha encontrado Gianni ahí abajo, él y Sergio han reaparecido en la superficie sucios como mineros, pero eufóricos. Dicen que hay túneles para explorar. Patricia no quiere. Es peligroso, hay socavones en el suelo y pozos ciegos de antes de la guerra. Gabriela les ha prohibido ir allí. A Luca le gusta verla tan seria, aunque se burle como los demás.
Sus padres no se hablan. Por lo de la grabación en el coche en el que se ve a Marta con José Luis. Gianni le ha gritado a su hermano por habérsela enseñado a los Vera. Sergio y Patricia no pueden salir de casa, están castigados. Les han prohibido andar en compañía de los gemelos. Gianni también culpa a su hermano de eso. Echa de menos a Sergio y sus correrías por los subterráneos de la fábrica.
Luca no quiere acompañarle, le da miedo la oscuridad y caerse en uno de esos pozos. Gianni le dice a la cara que es un cobarde, un gallina. Él y su rottweiler se pierden por una de las trampillas que bajan al subsuelo. Lleva una linterna de cabeza, de las que usan cuando la familia sale de acampada.
A veces los gemelos se comunican en secreto con los Vera a través del muro trasero de los jardines. Patricia le ha escrito una carta a Luca. Dice que le echa de menos. Que le quiere.
Tienen un plan para escaparse juntos los cuatro. Han estado acumulando víveres discretamente, robando en las alacenas de casa. Gianni y Luca son los encargados de llevarlo todo al refugio. Incluso han conseguido algo de dinero. Lo han contado: 3.255 pesetas. Con eso podrían llegar a la ciudad, o más lejos.
Habían fijado el sábado como día D, pero al final ha habido que abortar el plan. José Luis ha llevado a Patricia al médico. Le dolía la tripa.
Marta ha encontrado la carta de Luca debajo del colchón, y recortes de una revista guarra. No ha dicho nada, ni una palabra, mientras hacía todo añicos. Luego ha dejado caer los pedazos y le ha dado un bofetón al niño.
Esa noche oyen a sus padres gritar después de la cena. Gianni y Luca escuchan desde la cama, sin respirar.
Una escalera antigua y oxidada desciende por la pared, que chorrea por la humedad. La luz de arriba solo llega hasta el tercer o cuarto peldaño. Más allá se vuelve todo oscuro y hay que encender las linternas. El primero en bajar es Gianni y, enseguida, casi pisándole la mano, como si no quisiera perderle, le sigue Sergio. Patricia no se atreve a encaramarse a la escalera hasta que oyen las voces de Gianni y de Sergio muy abajo. Han llegado al suelo y celebran su hazaña. Les gritan que son unos cobardicas, que se van a perder una gran aventura si no espabilan. Antes de decidirse, Patricia mira a la cámara —mira a Luca a través del objetivo— con sus grandes ojos inquietos. Tiene dudas, pero no quiere que él la juzgue. «Bajamos juntos —la anima Luca—. Yo voy detrás de ti, tranquila».
En la bóveda subterránea es difícil distinguir nada, solo las linternas que se mueven un poco al azar, de izquierda a derecha, adelante y atrás. Gianni dice que parecen catacumbas, pero nadie sabe lo que eso significa, ni siquiera él, que solo ha oído esa palabra tétrica en alguna parte y la repite sin más. No hay huesos ni esqueletos, solo cachivaches, taquillas y mesas rotas, archivadores tirados, cajas de madera con bobinas y montañas de plástico y tejido podrido. El suelo tiene las baldosas sueltas y en algunas partes hay enormes socavones a los que da miedo asomarse, porque todavía hay algo más abajo, pero eso quedará para otra exploración. Buscan cualquier cosa que justifique haber bajado hasta ahí: trofeos que sacar a la luz del día, las canicas verdes con las que se hacían los ojos de las muñecas, las bobinas de hilo para el pelo rubio, una caja llena de zapatos en miniatura.
Hacen un alto y forman un círculo. Hay una rata muerta. Es gigante, negra, del tamaño de un gato. El rabo la hace todavía más grande. Sergio tantea el cuerpo con la punta de la bota. Determina que debe de haber muerto hace poco y nadie cuestiona su veredicto forense. De los cuatro es el que sabe cosas más raras: que una rata de cloaca puede vivir entre dos y cuatro años, que una hembra puede llegar a parir hasta doscientos individuos y que estos pueden empezar a reproducirse a su vez a los dos meses de haber nacido. También que se calcula que en el mundo hay unos siete mil millones de ratas. Lo dice sin afectación. Luego lo olvidan y siguen adelante.
A medida que avanzan por el subterráneo abovedado el valor comienza a retroceder, las bromas son cada vez más breves y menos graciosas, empieza a aparecer en los ojos de Patricia una especie de resentimiento hacia los otros por haberla metido allí. Hasta que se detiene y estalla: «¡Aquí no se puede respirar, no se ve nada! Yo me voy». Gianni y Sergio tratan de detenerla, pero ella los empuja, cada vez más nerviosa, más fuera de sí. Grita al borde del histerismo, se abre paso y echa a correr por donde han venido. La cámara la sigue hasta que se pierde, como si la oscuridad se la hubiese tragado.
Los que quedan se miran indecisos. Sergio, en la trifulca con su hermana, se ha hecho un corte feo en la mano con un hierro oxidado. Van a tener que darle puntos y pincharle la vacuna del tétanos. Las agujas le dan miedo, tiene que mirar para otro lado cuando su madre lo lleva al ambulatorio para que le saquen sangre, siempre se marea. Pero lo que más le asusta es tener que explicarlo en casa. Sus padres se pondrán furiosos si saben que han estado con los gemelos. Quiere volver con su hermana, pero Gianni lo retiene por el brazo con una mirada acusatoria. Se siente traicionado, le ofende que Sergio prefiera a su hermana a él. Lo zarandea y le escupe insultos: marica, comemierda, rajado. Sergio se hace más pequeño, solloza, pero niega con un gesto tozudo. Se suelta bruscamente de Gianni y echa a correr por donde ha desaparecido su hermana llamándola. Patricia no responde.
Gianni mira fijamente a la cámara. Tiene las mejillas enrojecidas y le tiembla el labio inferior, como si tuviera tiritera. «Todo es culpa tuya», dice justo antes de largar un manotazo contra la cámara, que pierde la perspectiva y cae al suelo. Se oye la voz de Luca, gritando también: «¿Cómo vamos a contar en casa qué ha pasado si se rompe la cámara de papá, idiota?». A Gianni le trae sin cuidado.
Retroceden a tientas, guiándose por un lado de la pared del sótano. La escalera no está lejos. Empiezan a pensar qué va a ocurrir ahora si los Vera cuentan en casa lo que ha pasado, si Sergio tiene infectada la herida y pierde un dedo o, peor, la mano. Les echarán la culpa a ellos, dirán que fue idea de Luca lo de bajar ahí abajo, se sabrá que llevan meses haciéndolo, que han incumplido la orden tajante de sus padres, sobre todo de su madre, de no juntarse con esa gentuza del 32-B. Y verán las grabaciones, y entonces su padre se pondrá violento al descubrir que Luca ha estado usando la cámara sin permiso, con mayor motivo si el manotazo de Gianni la ha estropeado. Su padre cumplirá la amenaza que le hizo después de que Luca enseñara a Patricia la imagen en la que el padre de los Vera y su madre follaban en el coche y ella lo contara en la cena, delante de la señora Gabriela: le mandará con monseñor Ricart, irá a un internado, le separará de Gianni.
Ambos hermanos entienden la gravedad del momento, y aceleran el paso. Hay que alcanzar a los Vera antes de que salgan a la superficie. Tienen que ponerse de acuerdo los cuatro para explicar la misma versión y olvidarse de contar lo de la fábrica de las muñecas y el subterráneo.
Y cuando casi pueden ver la luz que viene desde arriba e ilumina los últimos peldaños oxidados de la escalera pegada a la pared, cuando piensan que es demasiado tarde, se hace el silencio.
Sergio les da la espalda. Parece una estatua de lo quieto que está. Mira hacia abajo, la puntera de sus botas se abisma al borde de un enorme socavón que antes no estaba ahí. La nube de polvo a su alrededor se está asentando y le cubre la cabeza y los hombros de una neblina de yeso. El silencio —debe de ser como el que se produce después de que haya caído una bomba— se prolonga inquietante cuando el niño mueve por fin la boca, pero no emite sonido alguno, como si cantara un mudo. El primero en acercarse es Gianni. Él también mira abajo. Luego se acerca Luca. Los dos gemelos flanqueando a la estatua que es Sergio.
Miran los tres lo mismo, pero es como si no lo vieran, porque hay cosas que no pueden ser ciertas.
Patricia está ahí abajo, pero no es ella. Es como las muñecas de los contenedores, las que se desechan porque han salido defectuosas, feas y deformes. Patricia es una muñeca rota, asaetada por unas barras de hierro clavadas al fondo, como esas trampas de los hombres prehistóricos para cazar animales que les enseñaron en la escuela. Tiene una forma rara, los brazos y las piernas se retuercen de forma antinatural. Parecen dibujar una esvástica. El vestido ensangrentado ha quedado recogido por encima de los muslos, tanto que se le ven las bragas. Los ojos, sus ojos, están abiertos, miran hacia arriba pero no parpadean.
«¿Está muerta?» Es una pregunta que no tiene lógica. No la entienden. Es Gianni quien la hace, como si los otros tuvieran que saberlo. No hay forma de saberlo si no bajan, si no le hablan, si no la tocan. Pero durante un minuto nadie se mueve ni dice nada.
—Se ha movido —murmura Sergio absorto, y señala con timidez una mano de su hermana—. ¡Se ha movido! —grita a continuación, como si una revelación le estallara en la cabeza.
Hay que avisar a alguien, traer cuerdas, llamar a los bomberos. De repente su mente y su cuerpo se han activado con una excitación incontrolable. Gianni y Luca asienten como niños obedientes pero no se mueven. Está muerta, seguro que está muerta. Y eso, a lo mejor, es un alivio. No lo dicen, claro que no. A lo mejor ni siquiera lo piensan con esas mismas palabras, pero en las tripas, muy abajo, los gemelos intercambian una mirada y sienten un cosquilleo.
Hay que bajar para saberlo, pero no hay por dónde. El suelo se ha tragado una parte de sí mismo, sin más, un mordisco limpio de varios metros de profundidad. Si se ayudan, a lo mejor pueden. Hacer una cadena de brazos. Pero tampoco así. Entonces, Sergio echa a correr hacia la escalera. Tiene que salir, avisar a alguien. El pueblo está lejos, pero él puede correr. Correrá como ese griego que la profesora de Historia le mostró en un dibujo antiguo, aunque reviente como un caballo.
Todo es muy rápido a partir de ese momento. Gianni se adelanta y le agarra con fuerza por detrás. «Tenemos que pensarlo». Sergio se revuelve furioso. «No hay nada que pensar». La mano le sangra más que antes y en el forcejeo con Gianni se rompe la camisa.
No se ve con claridad quién golpea a quién. No se adivina si Gianni arrastra a Sergio hacia el agujero o si el pequeño de los Vera resbala accidentalmente, si trastabilla y cae porque pierde pie o porque Gianni lo empuja.
Solo están los dos cuerpos ahí abajo, el de Sergio sobre el de Patricia, como si se abrazaran, ensartados.
31
Clara tardó un rato en darse cuenta de que estaba respirando agitadamente y de que jadeaba. Sentía un peso terrible en el pecho y calambres en el estómago. Tenía los ojos nublados. Las imágenes desfilaban por sus pupilas sin juicio, sin connotación alguna. Frías, mecánicas. Tal vez eso las hacía más terribles y escalofriantes. Como presenciar en las noticias una decapitación sin sonido.
Algunos enigmas no deberían ser resueltos. Pensaba en eso. Porque ahora tenía que hacer algo al respecto y no se sentía capaz de dilucidar qué sería lo correcto. Resultaba inevitable preguntarse la razón por la que el sacerdote le había dado aquellas grabaciones. Probablemente Sergio y Patricia ya estaban muertos cuando los gemelos se marcharon, o puede que no, que agonizaran ahí, en ese agujero, durante horas. Durante días. Sin embargo, Clara no había visto a alguien arrepentido, dispuesto a confesar para liberarse de esa carga, sino a un hombre apesadumbrado, sí, y triste, tal vez avergonzado y tocado por la desdicha, pero no dispuesto a aceptar su responsabilidad.
La pregunta que cualquiera se haría era por qué no habían dicho nada. En realidad, lo hicieron, pero no inmediatamente. Necesitaban tiempo para entender lo que había sucedido. Culpables o inocentes, eran unos niños, y su lógica buscaba una salida sin aceptar la dimensión de lo ocurrido. Quizá estuvieran convencidos de que los muertos pueden volver a la vida por sí mismos, de que un día, en cualquier momento, Patricia y Sergio aparecerían al fondo de la calle algo magullados, sí, enfadados con ellos, pero enteros, y al cabo de un tiempo todo volvería a ser como antes entre los cuatro. O puede que decidieran que si se convencían de que no había pasado, no lo habría hecho. Bastaría con no volver a la fábrica de las muñecas y no hablar de ello, seguir como si nada. Se tenían el uno al otro y eso debía bastarles.
Quizá uno de los dos podría haber tratado de impedirlo, decirlo antes, pero se conjuraron para callar hasta que fue demasiado tarde. Estaban asustados, temían las consecuencias y dibujaban horrores venideros si sus padres averiguaban lo que habían hecho, aunque no supieran exactamente cuál era en ese momento su culpa.
No fue hasta una semana más tarde cuando empezaron a aparecer en la calle Amadeus los periodistas y los curiosos, y los policías con sus preguntas. Entonces Gabriela Llanos compareció en aquel programa de televisión con la cara descompuesta, los ojos hundidos y la boca torcida, como una loca, pidiendo ayuda a cualquiera que pudiera dar una pista sobre el paradero de sus hijos.
Clara había recuperado ese archivo de imagen de televisión. A todo el mundo le llamó la atención que en esa comparecencia ella estuviera acompañada de su hermana, Leire, pero sin su marido. José Luis había desaparecido y las sospechas de la policía ya empezaban a señalarle. Se hizo público el pasado violento del padre de los niños. José Luis ya había estado en la cárcel, muchos años atrás, por una reyerta en la que acabó dejando en silla de ruedas a otro joven tras una pelea en una discoteca. Pronto se dispararon los rumores de la mala relación del matrimonio, se hablaba de agresiones físicas a la mujer y a los hijos, y en el pueblo hubo quien secundó esas teorías sin tener verdadera constancia. Leire hizo unas declaraciones explosivas contra su cuñado y Gabriela, que estaba ausente y sin capacidad de reacción, no las negó. Su silencio, por el contrario, se tomó como una confirmación.
Los gemelos veían y oían lo que sucedía sin verdadera conciencia de la monstruosidad que se estaba generando. Era como una película. Llegado cierto punto, es más fácil seguir alimentando una sospecha que contar la verdad. Eso duró hasta que los investigadores se presentaron en la casa e interrogaron a sus padres y hablaron con los gemelos; entonces sí, el terror se adueñó por completo de ellos. Aquello era demasiado grande, se les había ido de las manos.
Fue Gianni el primero en confesar lo ocurrido. Cuando los agentes se marcharon, ambos se plantaron delante de su madre, Gianni como un hombrecito, rígido y consciente. Luca mirando al suelo. La reacción de su madre fue, primero, de incredulidad, luego de enfado. «No bromeéis con esas cosas», les advirtió. Solo al final, al ver que sus hijos ni siquiera parpadeaban, empezó a abrirse paso la estupefacción. Tenía que comprobarlo antes de acudir a las autoridades o de asustar a Antonio.
Su padre dijo que había que llamar a la policía; se acercó al teléfono y llegó a descolgar. Fue Marta quien lo detuvo, quien dijo que debían pensarlo antes. Discutieron, no había nada que pensar. Había sido un accidente, los niños se habían asustado y por eso no se habían atrevido a decir nada.
Quizá fue entonces cuando vieron la última grabación, en la que cabía la sospecha de que Gianni hubiera empujado a Sergio adrede al agujero. El padre de los chicos movía la cabeza como si las imágenes y lo que significaban se hubieran desunido. De pronto, lo correcto ya no aparecía tan diáfano. Antonio colgó el teléfono y aquel gesto fue de claudicación.
Dio unos pasos lentos hasta el sillón. Sentía una punzada entre las costillas. La cara parecía brillar más, pero era un brillo frío, lunar. Sacó la maquinilla de liar tabaco, el papel de fumar y la bolsita con una piedra de hachís. Le daba igual que sus hijos lo vieran. Abrió un cigarrillo con la punta de la lengua y vertió el tabaco en el papel de fumar antes de mezclarlo con la resina. Escupió una hebra de tabaco de la lengua. Alzó la vista sin nada dentro y les ordenó que se fueran a dormir con una voz robótica.
En los días y las noches siguientes, los llantos, los gritos, los reproches entre los padres fueron continuos. A distancia, como si en lo único en lo que estuvieran de acuerdo fuera en el destierro en su propia casa, los gemelos esperaban que se decidiera su suerte. Quedaban así privados de toda voluntad, aunque todavía no estaba claro si quedarían exentos de las consecuencias. Relegados a su cuarto, ya no eran los actores, sino los espectadores de sus propios actos, sin derecho a decir una sola palabra… Hasta que su madre entró en la habitación y les pidió que acudieran al salón. No es difícil imaginar un tribunal en el que ellos eran los acusados, sometidos al escrutinio de los adultos. Allí estaban, formando un semicírculo de rostros circunspectos, Sanabria, monseñor Ricart y su padre. Marta se les unió tras cerrar la puerta. Daba la impresión de que hubieran llegado a una decisión unánime.
Los gemelos estaban paralizados. ¿Qué podían saber dos críos asustados de los intereses cruzados o las alianzas entre los adultos?
Tardarían un tiempo en saberlo, y varios años en comprenderlo.
Sanabria era quien parecía tomarse el asunto más a la ligera. Se mostraba extrañamente tranquilo y se permitía una cercanía impropia de la situación con Marta Beltramo, a la que tocaba el hombro con confianza. «Todo va a salir bien», repetía con una sonrisa mezquina. Parecía una burla, como si al pasar de mano en mano y de boca en boca lo sucedido menguase en importancia y allí no se estuviera dirimiendo más que una travesura infantil.
Fue monseñor Ricart quien le hizo entender al constructor que él no estaba libre de culpa; los terrenos de la fábrica eran de su propiedad y era su responsabilidad mantener la seguridad y la vigilancia. Si las autoridades daban con elementos de negligencia, también pagaría las consecuencias. La amenaza de un pleito y de futuras indemnizaciones y multas, incluso de consecuencias penales, ensombreció la expresión de Sanabria. Ya no le parecía tan prudente tomarse el asunto a la ligera.
Monseñor Ricart era quien se mostraba más sereno. Tal vez porque era quien menos se jugaba; Marta y Antonio habían acudido a pedirle ayuda y no iba a desaprovechar la ocasión de cobrársela llegado el momento. Por lo pronto, sopesaba el provecho de tener de su parte a un abogado de la categoría de Antonio y los beneficios que eso podía reportarle, pero lo que vislumbraba era un proyecto mucho más ambicioso, una visión en la que incluía a uno de los gemelos, Luca. Ricart venía observándole desde hacía tiempo y se daba cuenta de que el chico era especial, tenía un potencial que, en las manos adecuadas —las del propio Ricart—, podía ser infinito.
Acordaron que debían ocultarse los cadáveres, hacerlos desaparecer. Sanabria enviaría a algunos operarios de confianza para cubrir con hormigón el agujero donde yacían Sergio y Patricia y luego cegarían la trampilla de acceso al subterráneo.
Jamás volverían a hablar de ello.
De los cuatro, era Antonio quien tenía más dificultad en mantenerse ecuánime. Por momentos, parecía alejarse de las emociones, como si en realidad nada de aquello hubiese pasado, como si cupiera la posibilidad de que todo fuese una invención. En otros, estaba completamente sobrepasado por la situación. Confiaba, tal vez, en la buena suerte, en que todo saliera bien, sin poder pensar más allá. La suerte es una forma de esperanza, no la mejor, desde luego, sino la más fútil de todas, pero ejercía el efecto analgésico y consolador de creer que todo acabaría olvidándose.
Solo querían librarse de aquel asunto. Nadie, excepto Marta Beltramo, pensó en las consecuencias para José Luis Vera y Gabriela Llanos, los vecinos. La madre de los gemelos permanecía al margen, escuchando en silencio, pero, a diferencia de su marido, estaba decidida a no conceder la mínima iniciativa a la suerte. Ella fue quien vio con mayor claridad lo que requería la situación. No bastaba con hacer desaparecer los cadáveres y borrar cualquier huella de la presencia de sus hijos. Había que dar con un culpable convincente, un foco al que dirigir la mirada de todos los implicados tan potente y deslumbrante, tan cegador, que nadie quisiera o pudiera mirar en otra dirección. Y tenía al candidato perfecto.
La idea de inculpar a José Luis fue suya. El viento ya soplaba en esa dirección entre la opinión pública y entre los investigadores, incluso Gabriela parecía predispuesta a creerlo. Solo había que desbrozar el camino, declarar en falso, inventar pruebas, sobornar a peritos, colocar todas las migas necesarias, y finalmente, acorralar a José Luis hasta que se derrumbara. Bastaría con hacerle parecer culpable para que lo fuera.
32
—Su silencio durante el juicio lo condenó. ¿Por qué? ¿Por qué aceptó algo así?
José Luis Vera oscilaba entre la lógica de la pregunta y lo inverosímil de la respuesta. Nunca había visto aquellas grabaciones. No sabía si quería verlas, pero no lograba apartar la mirada de la pantalla.
—Porque no me quedaba más remedio.
Clara no lo entendía y él no tenía ganas de explicárselo. Cuando lo has perdido todo y ya nadie está dispuesto a creerte, cuando has sido declarado culpable antes del juicio, la inocencia ya no tiene valor, luchar se vuelve inútil. Como una Artemisa muda, nadie te escucha, a nadie le importa lo que tengas que decir. Te conviertes en un vidente al que le han cortado la lengua, y la desesperación de esa injusticia te transforma en un loco, en un demente al que nadie presta atención.
—Le dije que no volviera por aquí, se lo advertí. Lárguese.
La periodista movió la cabeza incrédula.
—¿No lo entiende? Tiene delante las pruebas que demuestran su inocencia y que señalan a los culpables. ¿No quiere hacer nada al respecto?
En un gesto de rabia, iracundo, José Luis Vera se puso en pie y estrelló la vieja cámara contra la pared.
—¡Usted no tiene derecho! —gritó, volviéndose hacia ella con una respiración jadeante.
Clara retrocedió hacia el umbral de la puerta, desconcertada y asustada. No comprendía por qué aquel hombre no aceptaba la ayuda que se le ofrecía, ni el porqué de esa reacción de agresividad contra ella.
—No soy su enemiga, José Luis.
Él cabeceó como un buey furioso. Dio un salto adelante y la agarró con fuerza por el cuello.
—No se entrometa, ¿me oye? —Sus palabras silbaron en la mejilla enrojecida de Clara, pastosas y lentas—. Si publica algo de esto, la rajaré como a un cerdo. Por última vez se lo digo: váyase de mi casa y olvídese de mí y de mi familia.
Dos horas después, José Luis Vera observaba la vieja fábrica de muñecas desde fuera de la cancela oxidada.
Desde dentro, yo le observaba a él. Me alegré de que hubiera aceptado mi propuesta. Había tenido tiempo para prepararme por si las cosas se torcían. Cuando te enfrentas a una mente rota hay que contar con lo imprevisible. Aun así, confiaba en que la escenografía le convenciera de mis intenciones. Decidí salirle a su encuentro, dejarme ver. Durante unos segundos se quedó quieto al otro lado de la cancela; me miraba y vigilaba los alrededores como si temiera una trampa. En la mano derecha sujetaba una barra de hierro. Impresionaba. Cuando hubo reconocido el perímetro rebasó la cancela y se acercó despacio. Volví adentro y esperé.
Las cosas se simplifican cuando las despojas de cualquier forma de literatura, algo que Clara no podía entender. Ella confía demasiado en el poder de convicción de las palabras. Yo le doy más relevancia a los hechos. Y el hecho era que tenía a Sanabria sentado en una silla en medio de la nave atado de pies y manos. Frente a él, también sentada en una silla, aunque con las manos libres, estaba Marta Beltramo. Ambos evitaban mirarse.
Un regalo, una ofrenda, un sacrificio, eso era lo que le ofrecía a José Luis Vera como gesto de buena voluntad. Confiaba en que lo aceptara.
Sin embargo, no era tan sencillo. Un hombre al que se lo han arrebatado todo, excepto su odio, no acepta con naturalidad la generosidad ajena. Calcula qué se le va a pedir a cambio. Receloso, busca dónde está el truco, cuál es la trampa. Aunque le sorprendió ver allí a Sanabria y a Marta y comprobar que lo que le había dicho por teléfono era cierto, seguía desconfiando. Sus ojos agrietados miraban en todas direcciones sujetando con fuerza esa barra a modo de lanza. Luego se concentraron intensamente en mí.
Le di su tiempo para calibrarme.
—¿Quién eres?
—Alguien me ha mandado aquí para matarte. Estás en mi lista.
No pareció alterarse más de lo que ya estaba. Si acaso, su fuerza se reconcentró más, tensando los músculos. Inténtalo, me decía todo su cuerpo. Pero al mismo tiempo dedicó una mirada de soslayo a las dos sillas y sus ocupantes.
—¿Cuál de ellos?
Le saqué de su error.
—Creo que ni siquiera le conoces.
Me miró fijamente mientras se movía hacia mí lentamente, flanqueándome.
—¿De qué va todo esto?
—¿Por qué no sueltas ese hierro y te calmas un poco?
De manera inconsciente aflojó la presión con la que sujetaba la barra. Empezaba a hacerse cargo de la situación. Los moratones en la cara de Sanabria le ayudaron a entender de algún modo que yo no era su enemigo. El constructor apoyaba la barbilla sobre la camisa ensangrentada. Gimoteó como si estuviera drogado.
—No sabéis con quién os estáis metiendo. Haré que os jodan y… — Corté su verborrea con un golpe seco y duro en el cuello.
—Todavía no le he cortado la lengua ni se la he hecho tragar. Esperaba a tener público.
José Luis dibujó una levísima expresión de agrado. Marta Beltramo no dio muestras de sentirse impresionada. Debía de estar haciendo un esfuerzo sobrehumano para reprimir el asco y el terror que sentía. Sin embargo, su voz la traicionó. Al protestar, sonó como una ramita que se pisa sin querer.
—¿Todo este teatro es por venganza? —Intentó levantarse. Tuve que forzarla con una leve presión en el hombro para que permaneciera sentada. Tal vez fuera de hielo por fuera, pero, bajo la ropa, la piel le hervía.
—¿Tanto te sorprendería? La venganza es una forma de justicia como cualquier otra.
Ella nos miró alternativamente a José Luis y a mí con una mueca que basculaba entre el desprecio y la resignación.
—¿Qué pintas tú en todo esto? —me preguntó Vera, todavía indeciso.
—Es lo que intento averiguar —reconocí, acercándome al constructor y levantándole ligeramente el mentón para que pudiera apreciar bien los estragos en su cara.
Le conté la parte que le concernía del acuerdo al que había llegado con Orestes. Tres nombres: Gianni Muñoz, Marta Beltramo y José Luis Vera.
—No tengo cuentas pendientes con nadie con ese nombre. ¿Por qué iba a mandar a alguien para matarme?
Era inútil tratar de entender cómo funcionaba la lógica de Orestes, la tupida telaraña de alianzas, favores y devoluciones que había tejido y en la que aquellos desgraciados habían caído atrapados. Un favor para un tercero, un socio suyo; era la única explicación que me había dado el chipriota. Y con eso debería haber bastado. En otras circunstancias el por qué debía hacerse no me habría quitado el sueño, pero la muerte de Gianni me había aclarado las ideas. A partir de ese momento las piezas habían ido encajando con una sencillez que, una vez visto el puzle completo, resultaba casi sonrojante. Desde el principio, había planteado mal la cuestión. No se trataba únicamente de comprender qué interés podía tener el socio de Orestes en hacer desaparecer esos tres nombres: Gianni Muñoz, Marta Beltramo y José Luis Vera, sino por qué el chipriota me había pedido a mí, expresamente, que silenciase a los mismos a los que Clara pretendía hacer hablar.
No puede existir esa clase de coincidencia. Tenía que haber una conexión y necesitaba encontrarla.
—Y eso me llevó a la respuesta más obvia —dije señalando a Sanabria.
El constructor alzó pesadamente la cabeza. Le costaba fijar la mirada en un punto concreto, apenas podía respirar con la nariz rota y los labios hinchados. Por un momento me desentendí de Vera y me acuclillé frente a él para sondear en sus profundidades.
—Lo que Sanabria ha intentado ocultarle a todo el mundo es que es socio de uno de los tipos más peligrosos del Mediterráneo oriental, alguien que ha puesto sus ojos de buitre en la Montaña.
Sanabria apenas podía hablar, de modo que hice un rápido resumen.
—Estos terrenos son propiedad de Sanabria. O mejor dicho, lo han sido hasta no hace mucho. A cambio de ceder la titularidad a terceros se ha convertido en socio minoritario del consorcio para el desarrollo del proyecto urbanístico de la ermita. Una porción muy pequeña del pastel que Orestes compensó en su momento con un acuerdo paralelo. Amenazar al sepulturero me ha servido de cebo. No me ha costado mucho seguirle el rastro para averiguar quién es el distribuidor de la cocaína con la marca del chipriota en Barcelona. Aquí nuestro amigo, el constructor, se ha querido poner a jugar a Pablo Escobar. Utiliza las obras y la maquinaria para distribuir la droga y repartirla por la ciudad y el área metropolitana sin levantar sospechas. Gianni y el sepulturero eran sus camellos en la zona.
Miré con cierta lástima a Marta Beltramo.
—A lo mejor creía que le hacía un favor a tu hijo ofreciéndole ese trabajo.
No vaciló en escupirle en la cara a Sanabria. A mí me hizo gracia. José Luis Vera no se inmutó. La barra de hierro colgaba inerte como una extensión de su brazo.
—Las cosas podrían haberse quedado así. No es sencillo crear una red de distribución fiable, el tráfico de drogas necesita una capilaridad armoniosa para funcionar. Gianni y el sepulturero tenían experiencia de su pasado en Marruecos y habían ideado un sistema discreto en el cementerio de la Montaña. De modo que, al morir Gianni, descarté en un primer momento a Sanabria. Matar a tu pupilo habría sido pegarse un tiro en el pie. Fue entonces cuando me puse a buscar la relación que os une a los tres nombres de mi lista. De un modo u otro, todos tenéis que ver con la desaparición de los niños Vera. Pero, a diferencia de vosotros, el único que parecía dispuesto a hablar de ello con la periodista que investiga el caso está muerto.
No tenía ninguna pretensión de ponerme a jugar a los detectives, pero sabía en la dirección que debía presionar a continuación.
—Así que uno de los socios de Orestes sospecha que todo esto puede salir a la luz veinte años después y arruinar el negocio inmobiliario y le pide que intervenga para erradicar el problema de raíz. Y el chipriota me envía a mí. Pero alguien se adelanta. Alguien que no sabía de mi presencia aquí, ni quién me enviaba ni para qué… Eso reduce bastante las posibilidades.
Me acerqué a Marta Beltramo y le acaricié con la punta de los dedos la mejilla. Ese perfil perfecto, esa determinación a prueba de cualquier emoción. Ella apartó con brusquedad la cara.
—Tuve una conversación con tu hijo en el embalse unos días antes de que lo asesinaran junto a su perro. Me dijo algo interesante, que no soportas la debilidad —le aprisioné la barbilla para forzarla a mirarme—. La consideras una traición imperdonable. Eso pensabas de tu marido, y lo piensas de este imbécil de Sanabria.
—Y también lo pensaba de mí —dijo José Luis Vera con un tono irónico.
Dejé que resolvieran en silencio su pasado intercambiándose una mirada de desprecio. Alcanzado el punto de ignición, continué con mi hipótesis:
—Ves a los hombres de tu vida como seres inferiores y manipulables cuya única misión es cumplir tu voluntad y satisfacer tus deseos. Por lo demás, todos te resultan prescindibles. Eso es lo que creía de ti Gianni. Y tenía sus motivos, porque ni entonces ni ahora te has manchado las manos. Podrías haber empujado tú misma a Antonio al paso del tren, pero para qué arriesgarte si tenías quien lo hiciera por ti. Y lo mismo con tu hijo. Desde luego que podrías haberle envenenado tú misma, pero nunca habrías podido acercarte a su lobo, del que jamás se separaba, así que no le impediste que viniera a contarme lo que pensaba hacer porque sabías qué haría yo al respecto.
Se giró hacia mí con un desprecio lunático.
—¿Qué intentas decir? ¿Que maté a mi propio hijo?
—Marta Beltramo solo mata por delegación, ¿no es así?
Soltó una risotada áspera.
—¿No es lo que hacen contigo tus clientes?
Bien visto, pensé. La diferencia es que yo lo hago por dinero y la mano ejecutora de esa mujer lo hacía por amor, perverso, enfermizo, pero amor a fin de cuentas.
Quería proteger a toda costa a su otro hijo. A Luca. Y Gianni era un estorbo, débil, inconsistente y demasiado parecido a su padre: sus escrúpulos habrían acabado por arrastrarlos a todos. Apuesto a que hubo periodos en los que Marta llegó a considerarle un error de la naturaleza cometido durante la gestación, un absceso en su placenta. Poco menos que una mala copia de su otra mitad, Luca, en quien veía reflejadas sus ambiciones, incluso las más perversas.
No siempre debió de ser así. Esa clase de sentimientos inconvenientes no se tiene de antemano, debe ocurrir algo, o no ocurrir, para desencadenarlo.
33
La maternidad se presentaba para Marta Beltramo como el final de sus aspiraciones inconcretas, de una vida que había imaginado muy distinta. Era algo que sufría en silencio, insinuar siquiera que sus hijos eran responsables de su desgracia habría sido considerado algo aberrante en su nuevo entorno y, al mismo tiempo, habría sido una reducción demasiado simple de las consecuencias a las que sus decisiones la habían conducido. Así que intentó entregarse por completo a su nuevo papel, convencerse de que eso, y no otra cosa, era lo que deseaba: cuidar de esos niños, aprender a amarlos, olvidar todo lo que ya no pasaría en su vida. Durante años ocultó ese sentimiento de frustración, pero ocultarlo no significaba eliminarlo, y cuanto más lo escondía, más se pudría y se convertía en una certeza que la predisponía en contra de su marido y de sus hijos, especialmente contra Gianni. Siendo iguales, los gemelos eran tan distintos que al tenerlos en los brazos por primera vez sintió un desequilibrio en su pecho, como si fueran materia diferente, como si su corazón, su propia biología, se inclinara involuntariamente hacia Luca.
De nuevo debía disimular aquella preferencia inexplicable porque era antinatural, fea, inmoral, cuando lo cierto era que se afirmaba año tras año sin que ella pudiera hacer nada para evitarlo, aunque por fuera tratase de ser justa con ambos. Del mismo modo, ellos parecían percibir esas preferencias y las utilizaban de manera más o menos inconsciente. Gianni, de tendencia más salvaje y explosiva, se inclinaba, paradójicamente, hacia su padre, quizá como respuesta refleja al imperceptible rechazo que percibía en ella. Luca, más sereno y observador, la buscaba instintivamente. Esos roles, relaciones afectivas y equilibrios de poder que se establecen mudamente en toda familia habrían podido funcionar dentro de una normalidad aparente, sin reproches, consustancial a todo vínculo humano, de no haber recibido Marta aquella llamada tardía de una revista de moda italiana.
¡Querían que volviera! La resurrección de Lázaro. De nuevo a los focos, a transitar un camino de alfombras que parecía olvidado para siempre. La maternidad no había ajado su belleza ni su cuerpo, que había absorbido el fenómeno biológico sin inmutarse apenas. No necesitaría mucho para volver a estar en forma: algo de dieta estricta, gimnasio, meditación y, cuando fuera necesario, unos discretos retoques estéticos en el Quartz Hospital. De pronto su mundo, el que añoraba, volvía a existir, y ella en él. Esta vez, se juró, no iba a permitir que nada ni nadie la apease del lugar que le correspondía.
Faltaban dos días para su renacer, una sesión de fotos nada menos que con Nick Knight, que había elegido para ella un vestido de seda natural y un escenario de rosas y gardenias. Iba a retratarla como la diva eterna que merecía ser, eso le había prometido aquel joven visionario y rompedor con el que deseaban trabajar todas las grandes firmas.
Y entonces ocurrió, porque las cosas siempre acaban ocurriendo, aunque no entendamos por qué.
Marta recordaba que llevaba puestas unas sandalias ligeras de lona, unas menorquinas azules, y el bolso grande de yute colocado entre ella y Antonio. Era una mañana preciosa y se sentía ligera, feliz, mientras conducía. Habían decidido, no recordaba quién, pasar el sábado en Sitges, llevar a los niños a la playa de Sant Sebastià y luego almorzar en el Cable. Necesitaba distraerse, aliviar la tensión antes de viajar a Londres, donde la esperaban a primera hora de la tarde el lunes siguiente. Subían sin prisa por las cuestas del Garraf dejando el mar a la izquierda, tan cerca del quitamiedos de la carretera que parecía posible tocarlo si se extendía el brazo. Antonio dormitaba en el asiento contiguo, parecía relajado tras sus gafas de sol. Estaba guapo, pensó Marta, incluso habían hecho el amor después de mucho tiempo sin necesidad de terceros que los excitaran ni artilugios, solo ellos dos entre las sábanas, cuerpo sobre cuerpo, y muchas risas.
Atrás, los niños se apañaban como podían, Luca concentrado en respirar y no apartar la mirada de la ventanilla para no vomitar con las curvas y Gianni jugando, nervioso, incómodo, con un muñeco del espacio. Lo hacía volar y lo disparaba contra la ventanilla. Una y otra vez. Sus gruñidos y sus patadas en el respaldo del asiento interferían en la perfección que buscaba Marta. Intentó ignorarle, sacar esos ruidos y gestos molestos de su cabeza. A veces parecía hacerlo a propósito, provocarla hasta que estallaba para luego retirarse a su guarida con una mirada rencorosa. Marta subió el volumen de la radio. En el programa de Radio Reloj sonaba Olvidado, de Zumo de Vidrio. Esa canción le traía buenos recuerdos de sus años en Zaragoza. Quería pensar en eso mientras conducía, pero a la par que los decibelios de la guitarra de Fernando Navarro aumentaban lo hacían la voz de Gianni y sus gestos en el asiento trasero.
Le gritó. Le dijo que se estuviera quieto de una puta vez. Perdió los nervios. Hubo un instante de calma, un silencio pesado. Una curva elevándose sobre el mar a la izquierda, la música demasiado alta, la respiración agitada y un vago sentimiento de culpa por haberle dicho aquello. Y de repente, sintió el golpe en la coronilla. La maldita escafandra del astronauta que Gianni le había clavado en el cráneo. Un asteroide. La sorpresa y el dolor repentino la hicieron gritar, el volante giró bruscamente y el pie del acelerador perdió la menorquina.
No hubo tiempo para rectificar.
Despertó tres días después en una cama de hospital. Como si volviera de un largo sueño, apenas distinguía los contornos de las cosas, las voces que le hablaban, el tacto de los dedos de Antonio sobre su mano. Tardó unos minutos en comprender que lo que sentía era el dolor que despertaba con ella, los huesos rotos, los vendajes que la presionaban en el esternón y la extraña tirantez en la cara. «Los niños están bien». Fue lo primero que le dijo Antonio, que había sido un milagro. Él tenía una escayola en el brazo izquierdo y un par de moratones. Un milagro, repitió. Pero ella no le escuchaba. No le oía. Preguntó qué día era. ¿Su vuelo a Londres? Cancelado. Todo cancelado. Entonces su mano buscó con miedo el tacto de su cara, el vendaje que le cubría la mitad del rostro. Tanteó el vacío que notaba bajo la gasa, en el ojo.
—No te preocupes —le dijo Antonio con una expresión de funeral—. Todo saldrá bien.
Marta volvió la cabeza hacia la mesita. Había un jarrón con rosas y gardenias. Y una nota aséptica, «Get Well, Marta», firmada por Nick Knight con un rotulador verde.
¿Es suficiente motivo que un hijo te arrebate tus sueños o el odio viene de antes? Marta no podía saberlo. Ni siquiera esa palabra podía ser admitida ni pronunciada en voz alta. El odio. Los niños tienen durante ciertos años la prerrogativa de ser inocentes, aunque sean culpables, nadie podía achacarle a Gianni la responsabilidad ni cargarle con ese peso. Un accidente, eso era lo que había pasado, un terrible y desafortunado accidente. No cabe el odio, ni el rencor, ni siquiera el reproche. No hay castigo, no hay penitencia. La vida sigue adelante, sin más.
Pero no es tan fácil. Dios sabe que no lo es. ¿Habría podido matar o hacer matar Marta Beltramo a uno de sus hijos para proteger al otro, como quien amputa un miembro gangrenado para salvar el resto? Es imposible entrar en el territorio de lo oscuro, de lo que jamás será desvelado ni siquiera ante uno mismo, desbrozar alguna verdad en ese puño donde las raíces del amor y del odio se funden en la misma tierra.
Tal vez lo habría hecho, y en ello estaba su culpa. Pero no lo había hecho, aunque en ello no estuviera su inocencia.
—¿Sabías que Gianni visitaba regularmente a Gabriela Llanos en su clínica?
No, claro que no. Ni su hermano, ni su madre, ni Sanabria sabían de aquellas visitas, o se lo habrían impedido.
Gianni se ocupaba del jardín que Gabriela veía desde su habitación. Lo hacía de forma gratuita, ocuparse del prado y de los setos le relajaba, y, en cierto modo, cuidar las vistas desde la ventana de Gabriela también era cuidar de ella. Cuando la temperatura lo permitía, como aquella mañana, Leire bajaba a su hermana al jardín y se sentaban en un banco bajo el tilo y le veían trabajar. En ocasiones así, Leire se ocupaba de peinarla y darle un poco de color en las mejillas y en los labios. Incluso, contraviniendo las normas de la residencia, le encendía un par de cigarrillos que Gabriela fumaba lentamente. Nunca hablaba ni parecía estar presente del todo, y cuando Gianni se acercaba a saludarla ella le sonreía con timidez, pero tenía la sensación de que no le reconocía, aunque Leire le aseguraba que sí, y le animaba a darle un poco de conversación. Estaba convencida de que aquellas visitas le sentaban bien, después Gabriela estaba de mejor humor, se mostraba más comunicativa e incluso dormía la siesta sin sobresaltos.
Gianni sentía que estaba en deuda con ella, pero nunca había mencionado hasta esa mañana lo que había ocurrido en el pasado. Leire, que apenas se separaba de ella, decía que en la cabeza de su hermana los fantasmas seguían revoloteando y que recordar solo le causaría más dolor.
En cuanto a su estado, nadie sabía decir a ciencia cierta qué le ocurría, su fractura no era física, de eso daban fe los especialistas que la habían estado tratando durante años. Su mente se había refugiado en algún lugar del que nadie parecía capaz de hacerla regresar. Leire llamaba a ese lugar el no dolor, una especie de catatonia en la que Gabriela había decidido vivir tras la desaparición de sus hijos y la condena de su marido, cuando intentó suicidarse, primero desgarrándose las entrañas con matarratas y semanas después con una mezcla de barbitúricos.
Tras apilar las hojas muertas con el rastrillo, Gianni decidió tomarse un descanso. Aunque no era nada formal o que se hubiera puesto de manifiesto mediante hechos o palabras, entre Leire y él existía cierta atracción, a pesar de la diferencia de edad. Al menos les gustaba la cercanía del otro, el roce fingidamente casual, el intercambio de miradas equívocas y los juegos de palabras con doble sentido. Cada cierto tiempo esa sensación se apagaba, pero luego resurgía de nuevo como un juego que les divertía y en el que no comprometían nada. Alguna vez se habían invitado vagamente a verse fuera de allí, sin la presencia ausente de Gabriela, para tomar tal vez una copa, salir a cenar, por qué no a bailar, pero, por una razón u otra, nunca habían concretado la promesa.
Aquella mañana, Gianni parecía especialmente alterado. Sus gestos nerviosos y su mirada descentrada sugerían que necesitaba soltar algo que le preocupaba o le incomodaba. Leire le animó a que dijera lo que tenía que decir, pero Gianni miraba de reojo a Gabriela, que parecía ensimismada en los juegos de luces de las hojas del tilo que mecía el viento. Fue su hermana la que sugirió dar un breve paseo, alejarse un poco. Al principio, Gianni no lograba dar con las palabras correctas, titubeaba, incapaz de articular algo con sentido, hasta que la mano de Leire posada sobre su antebrazo logró calmarle. Fue entonces cuando le contó lo que se decía en la Montaña, que José Luis Vera había salido de la cárcel y que se había instalado a las afueras del pueblo.
Para su sorpresa, Leire no se lo tomó como cabía esperar. Asintió con calma, dando a entender que ya conocía la noticia. Lo importante era que eso no afectase a Gabriela, ella no necesitaba saberlo ni revivir todo aquel infierno. Por eso había tomado medidas inmediatamente, advirtiendo al personal de que de ninguna manera permitieran que el malnacido de su excuñado pudiera acercarse a su hermana.
Sin embargo, Gianni tenía sentimientos contradictorios.
—He pensado en ir a verle. Hablar con él.
Leire le escuchaba al principio con ligereza, y después alarmada.
—¿Con qué finalidad, qué pretendes conseguir?
La pregunta tenía resonancias inquietantes. ¿Qué esperaba obtener?
¿El perdón o el castigo que creía merecer? Gianni desvió la atención hacia Gabriela. La chaquetilla le había resbalado del hombro derecho y el aire le acariciaba un rizo rebelde en la nuca. Las hojas que había amontonado volvían a dispersarse, el tiempo estaba cambiando. Gabriela parecía más pálida, más perdida. Su mano derecha sobre el regazo temblaba. Leire dijo que era hora de devolverla a su habitación.
—Deja las cosas como están, Gianni —le aconsejó antes de despedirse de él con un beso que rondó la comisura de sus labios—, es lo mejor para todos.
De haber hecho caso de aquel consejo, quizá seguiría con vida. Pero en vez de continuar soportando su parte de la carga en silencio, decidió visitar a José Luis Vera y confesar. No debió de ser una conversación fácil; probablemente, Gianni saltara por encima de la mirada de desconcierto de Vera para no perder impulso una vez que había comenzado a hablar. Le contó toda la verdad, o al menos la parte de esa verdad que él conocía. Y siguió hablando, como si las palabras ya no pudieran callar; en algún momento se vino abajo y empezó a temblar al borde de las lágrimas mientras juraba que ya no podía soportarlo más, que él no era como su madre o su hermano, que iba a contarlo todo, y que asumiría las consecuencias de lo que hizo.
—Lo que ese pobre infeliz no podía saber es que tú ya habías llegado a un pacto de silencio: dinero y protección para Gabriela a cambio de asumir la culpabilidad. Así que tomaste cartas en el asunto. Marta tenía razón desde el principio, ¿verdad? Has sido tú. Tú has matado a Gianni y a su perro. Pero no mataste al chico para proteger a tu mujer, o no únicamente por eso. Creo que entiendo por qué lo hiciste.
José Luis Vera permanecía ausente, como si no estuviera hablando de él.
—Lo entiendes… ¿Qué crees que entiendes?
José Luis Vera inspiró con fuerza y cerró los ojos. Cuando volvió a abrirlos no había culpa alguna en ellos.
—No hay diferencia entre culpables e inocentes —murmuró, sosteniendo la mirada incrédula de Marta Beltramo.
No me sorprendió el hueco de desprecio que adivinaba entre palabra y palabra. Si Gianni confesaba, su verdadero plan se iba al garete. Veinte años en la cárcel alimentan el odio, lo refinan, lo purifican hasta convertirlo en una promesa. Venganza. Con su confesión, el gemelo pretendía arrebatársela, y eso enfureció todavía más a Vera: la cobardía es una de las causas más comunes de la confesión. Y a ella, y no al verdadero arrepentimiento, achacó la intención de Gianni.
—Pensabas matarlos a todos de un modo u otro. A Sanabria, a Marta, a los gemelos. Y luego ¿qué? ¿Sacarías de esa clínica a Gabriela y desaparecerías sin más con ella o el drama terminaría con vosotros dos en una cama, como los amantes de Teruel? ¿La matarías a ella también y te pegarías un tiro? ¿Voy muy desencaminado?
José Luis Vera seguía de una pieza, no se desmoronaba. Le sonreí, realmente intrigado:
—Aunque puedo entenderte, habrá quien opine que has ido demasiado lejos, que es hora de atajar el problema de raíz. Tu venganza interfiere en los negocios de Orestes y de sus socios, y me temo que no puedo hacer mucho más para evitarlo.
Fue en ese momento cuando saqué la pistola y le apunté. Él se encogió de hombros y, de nuevo, pensé que aquel hombre era un misterio en el que no anidaban el temor ni el deseo de seguir viviendo.
—Me importa una mierda. ¿Qué esperas de mí?, ¿que lo olvide sin más?
Eso me parecía aceptable, pero, ni mucho menos, suficiente.
—¿No es evidente? —dije señalando a Sanabria y a Marta—. Un gesto de buena voluntad por tu parte. He sido sincero contigo, y me gustaría que esa confianza sea recíproca.
Apretó los labios.
—No sé a qué te refieres.
—Necesito que me ayudes con algo.
Le dije lo que quería.
De nuevo una pausa, esta vez más larga. No era fácil aceptar lo que le pedía, pero tampoco iba a dejarle otra alternativa. O accedía a mis condiciones o uno de los dos no saldría vivo de allí. Y quien tenía la pistola era yo. No es que le importara su propia suerte, pero sí la de Gabriela y, sobre todo, llevar hasta el final su venganza.
—Puedes quedarte con el premio de consolación —añadí, dándole el último empujón.
En el rostro de Sanabria apareció una sombra de miedo al ver el brillo efervescente en los ojos de Vera. En cambio, Marta Beltramo lo enfrentó erguida. No necesitaba decir nada, porque sabía lo que vendría ahora.
—¿Tenemos un trato?
José Luis Vera asintió lentamente, sujetando la barra de hierro con ambas manos.
—Lo tenemos. Ahora, lárgate de aquí.
Lo hice sin mirar atrás. Era hora de segar la hierba.
En el sótano
Han pasado días desde que vi la luz. Por ahora, las visitas de mi interrogadora se han terminado, como sus juegos y ese cuchillo tan fino y delicado que utiliza. Supongo que no quiere que me muera en sus manos sin conseguir lo que desea. Sería mala prensa para quien le paga. No tiene sentido ocultar que me está rompiendo desde dentro, desmontándome pieza a pieza. Es buena, la mejor que he visto. Sabe, como sé yo, que ya no falta mucho para que me desmorone. Solo tiene que mantenerme con vida un poco más y yo solo tengo que intentar morirme un poco antes. A eso se limita ya nuestra pelea.
El resto del tiempo es espera, y siento que mis reflejos se abotargan. Tampoco estoy en condiciones de pensar en nada. Apenas logro arrastrarme hacia el cazo de agua cuando me lo alcanza un guardia y ya ni siquiera uso el cubo de la mierda. Me lo hago encima y la mierda seca es cubierta por la mierda nueva. Costras de mierda en mis nalgas y en mis úlceras. A ratos, oigo un ruido, como un balbuceo inarticulado, más de animal que de persona. Me parece que viene de detrás de la puerta, pero luego me doy cuenta de que viene de mí, soy yo. Lo que queda de mí.
Me acuerdo de cosas raras y ya no siento vergüenza ni las rehúyo. Están en mí, soy yo. El sol que en alguna parte de mi niñez se ponía tímidamente, como en una película costumbrista. Las casas blancas de una planta, el ruido de las calles cuando caía un chaparrón, un prado donde crecía un ahuehuete y unas nubes puestas ahí a propósito. La hierba amarilla en el desierto de Chihuahua, que recorrí una vez con mi padre, el vendedor de electrodomésticos. La gravilla en las calles de Marfa se desmenuzaba y saltaba al paso de la camioneta Ford, levantando una polvareda pegajosa sin nada a lo que agarrarse. Mi padre no entendía, aferrado a esa incredulidad inútil, la resistencia de aquella tierra a entregarle lo que él deseaba. Aquella carretera que no le llevaría a ninguna parte.
Padres que se inmolan para salvar a sus hijos, hijos que cargan con las culpas de sus padres. Es la historia de mi vida. Y entonces me ocurre algo tan extraño, una especie de paroxismo, un lloriqueo débil de bebé que quiere regresar al vientre de su madre.
Cuando oigo la burla de los guardias, me recompongo. Me arrastro hasta el rincón, me cubro con la manta y fijo la mirada en la puerta.
Vuelve a aparecer. Mi torturadora. Fresca, descansada. Tiene el pelo recogido en una coleta que le estira la sien. Lleva puesta una camisa de cuadros arremangada por encima de los codos. No traspasa el umbral, el hedor la ofende: retira la cara y ordena que me bañen y me vistan.
Yo me dejo hacer como un pelele cuando me tiran los cubos de agua gélida y cuando estropajean mi cuerpo, hecho pura llaga, con un cepillo de cerdas duras. Aúllo de dolor y no les importa. Hasta tienen la decencia de echarme un peine con una ropa usada.
—Ponte guapo, que tienes visita.
Se ríen. Uno de ellos me sujeta la cabeza y me peina. Usa su saliva para pegarme el flequillo entre el jolgorio de los suyos. No me ofenden. Ya no me queda nada.
Me sacan a rastras, sujetándome por las axilas, y me llevan a otra estancia distinta a la que han estado usando para masacrarme. Supongo que todavía no habrán acabado de limpiar el estropicio de sangre en las paredes y el suelo. En algún cubo habrán amontonado los pedazos de carne que la torturadora me ha arrancado, las uñas, los dientes.
Ella está allí, apoyada en una pared. Me mira sin nada, con los brazos cruzados. Hace un gesto displicente para que me sienten en una silla y nos dejen solos. Ya no es necesario vigilarme tan férreamente, no represento una amenaza. Me pregunto cuál será el siguiente paso. Qué le queda en el catálogo de atrocidades. Pero no dice ni hace nada.
Igual que una fiera al acecho, miro a un lado y a otro. Mi voluntad no es que importe mucho cuando la suerte que voy a correr ya no está en mis manos, pero tengo derecho al miedo, eso puedo reivindicarlo. Se oyen unos pasos detrás de la puerta y la expresión inane de mi torturadora se sacude involuntariamente, con una sombra de duda. Sus labios se mueven como si le costara despegarlos y lo hiciera en contra de su voluntad. —¿Querías conocer a quien me paga? Pues deseo cumplido. Solo has aplazado lo inevitable. Deberías haberme dejado hacer mi trabajo, yo habría cargado gustosa con la culpa.
Cuando la puerta se abre y aparece esa figura apenas disimulo mi estupor. Orestes. Virginia Ortiz. Cualquier otro cuyo nombre apareciera en el cuaderno. Incluso había albergado la amarga sospecha de que fuese Clara. Cualquiera de ellos excepto este anciano.
Monseñor Ricart.
Me observa con compasión y mueve la cabeza.
—Todo esto era innecesario —se lamenta. Supongo que se refiere a mi estado, pero no me hago ilusiones pese al crucifijo que le cuelga en el pecho; la piedad es para los piadosos.
Viste un sobrio traje gris con alzacuello y huele a esas flores que atraen a los insectos. Más menudo que pequeño, en el sentido de que los años han ido chupándole carne y estatura. Me fijo en el reloj de su mano izquierda y en el anillo de oro de su mano derecha. Unas manos como alambres retorcidos. Podría haber pasado por un simple párroco de pueblo, uno de esos curas que por las tardes se dedican a traducir a Jenofonte o a escuchar Radio María sentado en el sofá con una taza de té. Lo que delata su ambición palaciega y su vida de cortesano no está en su apariencia, sino en unos ojos de curvatura grisácea de los que no escapa nada. Hace un breve gesto, como quien bendice por costumbre, y mi torturadora sale de la estancia, rígida como un palo. Es evidente que teme la decepción del sacerdote, haber tenido que claudicar y concederme este último deseo.
Todavía me queda algo de energía para la ironía.
—¿Viene a darme la extremaunción?
No parece tener sentido del humor. Arrastra una silla y se sienta. Primero limpia el asiento con un pañuelo, que dobla pacientemente y guarda en el bolsillo interior de la americana.
—¿Sabes quién soy?
Me pregunto si lo sabe alguien. Una sombra que se esconde tras columnas de mármol, púrpuras cardenalicias y obras de arte del cinquecento.
—¿El brazo vengador de Dios? ¿O solo el mamporrero de su amo, el cardenal?
Seco como un tallo en el mes de agosto, no le afectan ni la bondad ni la maldad. Inmune al halago o a la crítica. Entregado a su causa en cuerpo y alma. Así son los fanáticos, y él lo es. Cruza los dedos y se inclina hacia mí. En verdad parece que quiera escucharme en confesión. No sé qué podría conmover a esas orejas en las que asoma un ramo de cerdas blancas.
—Soy monseñor Ricart. Y me han dicho que querías verme. Muy bien, pues aquí me tienes. ¿Hay algo que quieras decirme?
No sé cómo doblegar a un hombre así. Con qué se le puede amenazar o cómo desmontar la entelequia en la que cree. Ni siquiera da la sensación de que le preocupe mucho lo que pueda obtener ya de mí. Aun así, debo intentarlo. La última carta que me queda.
—Quiero que hablemos de su pupilo, de Luca.
Me mira un segundo con una especie de rubor, pero este desaparece instantáneamente.
—Yo prefiero que hablemos del cuaderno.
—¿Y de las cuentas opacas de su cardenal? ¿O del dinero que ha desviado de los fondos del IOR para sus operaciones especulativas en la Montaña?
Mantiene la calma. No le ve sentido a negar ni a afirmar. Yo ya no soy más que una pelusilla en la solapa de la que puede desprenderse con un gesto sencillo. Echa la cabeza hacia atrás, dándome a entender que puedo seguir hablando cuanto quiera. No cambiará nada.
—Por curiosidad… ¿El cardenal actúa bajo el auspicio de Roma o lo hace por simple codicia personal?
Le traicionan una leve rojez detrás de la oreja y el modo en que contrae involuntariamente la mano que ahora tiene apoyada sobre el muslo. Debe irritarle dar explicaciones a quien considera que no las merece.
—Mateo 18:18: «De cierto os digo que todo lo que atéis en la tierra será atado en el cielo; y todo lo que desatéis en la tierra será desatado en el cielo». Lo que no entiende la gente como tú de la gente como yo es por qué hacemos lo que hacemos.
A los hombres como él, los hombres como yo debemos de parecerles sosos, estúpidos y convencionales. Una pesada y aburrida carga de la que es necesario desprenderse para logros mayores que solo los elegidos pueden alcanzar. Eso sí lo entiendo.
—Daba por hecho que la soberbia es un pecado capital… Aunque supongo que a los curas el pecado les trae sin cuidado.
Le hace gracia.
—He oído que algunos asesinos como tú se encomiendan a santos y vírgenes antes de matar, incluso bendicen con agua sagrada sus balas.
No soy creyente. Si no existe el paraíso, tampoco existirá el infierno. No fuera de estas paredes, al menos.
—¿Qué me dice de su protegido, de Luca? ¿Sabe lo que usted ha hecho para allanarle el camino a Roma?
—Eso no es asunto tuyo, ¿por qué insistes? Hablemos del cuaderno. Dime dónde lo has guardado, quién te ayudó a conseguirlo y te prometo que todo esto acabará. Podrás descansar en paz.
Siempre me ha gustado ese eufemismo para referirse a la muerte. Causa el efecto de imaginarla como algo agradable, parecido a un vacío en el que cualquier cosa de este mundo pierde gravedad, en el que la arropa una suave oscuridad que se va haciendo más y más densa. Es tentador; si eso fuera cierto, ¿quién querría seguir pesando en el mundo? Una promesa como esa al alcance de la mano sería como una pistola cargada sin seguro, solo tengo que alargar el brazo y cogerla. Algo así como dispararme en la sien. Pero no lo es, nadie puede saberlo. Sé que, si le doy lo que quiere, toda acabará, puede que en paz, puede que con más tormento. Y aunque mi voluntad quiere seguir resistiendo, todo mi cuerpo grita lo contrario. «¡Cede, ríndete!» Cualquier cosa con tal de acallar el sufrimiento. Alzo la cabeza, negándome ahora a caer. Miro al anciano con los párpados entornados; me pesan y querría cerrarlos por completo y para siempre. Noto las hormigas comiéndome los ojos y ese frío que se acurruca en la nuca como un adiós y que os jodan.
Una lucha épica. Una derrota en toda regla.
—Quiero un trato.
El cura está sentado, observándome. Con el mismo pañuelo que ha limpiado el asiento limpia ahora delicadamente las salpicaduras de saliva que cuelgan de mis labios. Es un pañuelo bonito, suave, con las iniciales bordadas.
—Ya es tarde para hacer tratos. No tienes nada con lo que negociar.
En eso se equivoca. Sí lo tengo.
—Debería llamar a su protegido. Puede que le interese lo que tiene que decirle.
Mi voz apenas es audible, las palabras parecen estar brotando más de mis pensamientos que de mis cuerdas vocales. Solo muevo la boca y salen sonidos, como si agotara las últimas reservas de lucidez.
Pero he ganado algo de tiempo.
Monseñor Ricart suspira con una especie de contención autoimpuesta. Por un momento da la sensación de que se va a levantar y a dar el asunto por concluido. Guarda el pañuelo y duda. Me mira y saca el teléfono. Marca el número de Luca.
Vale la pena ver su cara de poema cuando escucha la voz que responde al otro lado.
34
Una semana antes
—¿Quieres comer algo?
La luz del exterior —verde y limpia— se filtraba a través de una cortina vaporosa que el aire del jardín mecía. Clara inclinó la cabeza, protegiéndose los ojos. Casi era posible paladear el salitre del mar mezclándose con el olor de césped recién regado y de los macizos de lavanda y romero. El oído reconoció el zumbido cercano de un abejorro y el trino de unos pájaros entre los árboles. En alguna parte borboteaba el agua de una fuente o de una piscina.
Virginia estaba sentada frente a una mesa preparada para el desayuno. A una distancia discreta, un joven con porte marcial montaba guardia.
—No tengo hambre. —Cuando Clara se acercó, el joven le dirigió una mirada penetrante. Iba armado, la funda de la pistola le asomó un instante bajo la chaqueta.
Ignorando su expresión de desconfianza, Virginia le hizo un gesto para que tomase asiento y le sirvió una taza de café y un par de tostadas.
—No me gusta desayunar sola.
Clara contuvo el aliento. Pese a la escena bucólica y el entorno pacífico, aquella no era una visita amistosa.
—¿Esta era la casa de tu padre, donde organizaba sus cacerías? ¿Aquí es donde él y Petrucci tramaron el asesinato de la familia de Vesna?
Virginia asintió.
—Sigue siendo la casa de veraneo de la familia. Yo no soy responsable de lo que hizo mi padre, si es lo que intentas decir. Mi conciencia está tranquila.
Clara echó un vistazo. Había dos guardaespaldas más recorriendo las inmediaciones.
—¿Y por eso tu conciencia necesita que te protejan matones armados?
Virginia estaba por encima del sarcasmo. Posó la mirada pesadamente sobre ella para recordarle cuál era su lugar.
—Si tú y esa joven pirata no hubierais metido las narices donde nadie os llamaba, nada de esto sería necesario. Con vuestra estupidez, nos habéis puesto en el punto de mira a todos.
Clara no se amilanó ante esa pose de omnipotencia. Quizá porque todavía recordaba a la joven oficial que acompañaba a Soria cuando le comunicaron que su padre había sido asesinado, tres años atrás. No parecía comprender que aquella mujer y esta ya no se parecían en nada.
—Fuiste tú quien me metió en este asunto al obligar a Manuela a contratarme para investigar la desaparición de los niños Vera y al hacerte pasar por la fuente anónima.
Virginia se permitió un gesto condescendiente. Encendió un pitillo y apartó el plato del desayuno con desgana. Reconoció que se había sentido algo decepcionada con Manuela al ver lo fácilmente que cedía a la presión; le habría gustado que mostrase algo más de resistencia antes de doblegarse y utilizar a Clara. Pero, a fin de cuentas, eso era lo que Virginia pretendía y no iba a disculparse por las traiciones de otros. Bastante tenía con las que se producían en su propia casa.
—Deberías elegir mejor a tus amigos. O no tenerlos; evitarías esa clase de decepción.
Clara no conocía a Virginia lo suficiente para percatarse de que bajo el cinismo y la falta de intensidad de su movimiento transmitía en realidad algo muy distinto al desapego emocional que pretendía mostrar. Para Julián, e incluso para Soria, que llegaron a conocerla antes de su transformación, habría resultado patente el dolor que le ocasionaba la pérdida de algo íntimo que ya no era posible recuperar. Virginia Ortiz aceptaba quién era, en quién se había convertido al asumir el mando de los negocios de su padre tras el suicidio de este. Pero no olvidaba, ni un solo día, todo aquello a lo que había renunciado.
—¿Por qué me ayudas con esto, Virginia? Si publico ese artículo perjudicarás tu inversión. Perderás millones.
—Cierto, pero ganaré otras cosas.
Clara no entendía la lógica de ese recuento. Virginia sopesó qué decir y qué callar. Desde que había descubierto en lo que andaba metido su padre al morir, ella practicaba ese ejercicio agotador.
—¿Qué sabes del IOR y de su relación con el Banco Ambrosiano?
Rumores. Cuando Pío XII fundó el Instituto para las Obras de Religión en 1942, la finalidad de la entidad era administrar los bienes de la Iglesia católica y centrarlos en las obras religiosas y de caridad, pero desde sus inicios se había dedicado a otros fines más lucrativos y menos cristianos. Varios papas habían intentado limpiar la entidad de sus elementos corruptos sin éxito. Uno de los problemas radicaba en la relación del IOR con un banco de dudosa fama, el Banco Ambrosiano, del que el Vaticano era el principal accionista. Una investigación interna destapó que existían cuentas opacas por un valor de miles de millones de dólares cuya procedencia se desconocía. La leyenda hablaba de mafia, asesinatos, cardenales corruptos, espionaje y suicidios…
—No son solo leyendas —afirmó Virginia con aire sombrío—. Hay enemigos que ni siquiera yo me puedo permitir. Y la Iglesia católica no es uno con el que quiera enfrentarme. Hay varios miembros de la curia pontificia implicados en escándalos financieros y de blanqueo de capitales, tráfico de influencias y venta ilegal de patrimonio de la Iglesia que harán lo que sea para que eso no salga a la luz. Uno es cierto cardenal con el que mi padre tenía acuerdos desde los tiempos de Calvi, el presidente del Ambrosiano. Entre otros, el proyecto de la ermita. Dicen que este papa está decidido a hacer limpieza a fondo, y cuando todo estalle, y estallará muy pronto, cualquiera que esté cerca de esa mitra acabará salpicado.
—A menos que te alejes a tiempo. El cardenal se ha convertido en un lastre muy tóxico.
Virginia asintió.
—Nunca me gustó ese proyecto, ni la gente con la que mi padre negociaba, pero no podía romper sola ese acuerdo adquirido sin levantar sospechas.
Clara empezaba a ver el cuadro completo.
—Y encontraste la manera de que otros lo hicieran por ti: el caso de los niños Vera… Y para dinamitar el proyecto desde dentro me has utilizado a mí.
No podía reprocharle a Virginia que lo hubiera intentado. Conocía bien las dinámicas internas del poder y lo que puede y no puede hacerse desde dentro. A veces, lo mejor es una agente externa, alguien que pueda sacudir toda la estructura y que, al mismo tiempo, sea prescindible. Sin embargo, quedaban zonas en sombra dentro del marco:
—El sacerdote de la Montaña, Luca. ¿Sabe de dónde proviene ese dinero?
Virginia no podía afirmarlo con rotundidad.
—No tengo pruebas. Pero sí las tengo contra su mentor, monseñor Ricart, un fanático que aspira a una Iglesia más propia del Concilio de Trento que del siglo XXI. Es la mano ejecutora del cardenal desde hace décadas, aunque, a diferencia de su amo, a quien idolatra hasta la ceguera, a Ricart no le mueve la codicia, sino esa visión estricta y fundamentalista que le convierte en alguien realmente peligroso. Por alguna razón, tal vez poco evangélica, Ricart siente predilección por Luca. Ha diseñado durante años cada peldaño de su carrera, apartando cuantos obstáculos se interponían en ese camino que apunta directo a Roma, incluyendo la participación de Luca en lo que ocurrió con esos niños desaparecidos.
—He visto las grabaciones…, Luca me las entregó.
A Virginia no le sorprendió demasiado. Pero tampoco se fiaba de las intenciones del joven sacerdote.
—Puede que el cachorro sea menos fiero que el lobo; o puede que sea más listo que el resto de la manada y quiera soltar el lastre, una vez comprobado que no vas a echarte atrás y que publicarás esa historia.
En cualquier caso, añadió, esa decisión había sido contraproducente. Si monseñor se enteraba, y se enteraría, se volvería todavía más imprevisible y peligroso.
—Ricart fue quien negoció en Chipre con Orestes para que enviara a un sicario a eliminar a cuantos supieran algo de la historia de los niños Vera, aunque, desde luego, no lo hizo en nombre propio, sino del cardenal.
De ninguna manera iban a permitir que ese escándalo alterase sus planes. La orden del cardenal era clara: debían morir todos. Eso os incluye ahora a ti, a Vesna, a Soria… Pero negoció una excepción. Luca debía salvarse. Estaba convencido de que su pupilo no hablaría y se ceñiría al plan. Ahora, eso está por ver.
Virginia trenzó los dedos y miró hacia la derecha. El sol jugaba con las sombras del jardín y los guardaespaldas recorrían el perímetro del muro.
—Me caes bien, Clara; Julián te consideraba una buena amiga. Por eso, y porque Soria ha intercedido en vuestro favor, tú y Vesna seguís respirando. Estoy dispuesta a darte la oportunidad de reparar lo que has hecho.
Clara comprendía lo que Virginia pretendía decirle. Si publicaba aquel artículo estaba muerta. Y quizá lo estuviera ya, aunque no lo publicase. Y no habían mandado a cualquiera para hacer el trabajo, sino a alguien que ella conocía perfectamente. La policía no podría protegerla, Soria tampoco. Ella, Virginia Ortiz, era su única posibilidad. La de todos ellos.
Y para salvarlos, sabía lo que le iba a pedir.
—Nuestra vida a cambio de ese cuaderno.
—No es tan fácil. Vas a tener que darme mucho más.
Y, por fin, ahí estaba. Virginia no la había elegido para investigar aquel caso por su integridad periodística ni por su currículo. La verdadera razón por la que la había elegido era para usarla como el único cebo capaz de atraer a la pieza que quería cazar. Lo quería a él. Al sicario.
—Sabías desde el principio lo que contenía ese cuaderno, ¿verdad? Y sabías que él lo tenía y lo que pensaba hacer.
Virginia permaneció inmóvil, ajena a cualquier necesidad de desagraviar a la periodista.
—En realidad, yo no te metí en esto, Clara, tú sola te echaste el lazo al cuello al robarle ese cuaderno, yo solo he apretado un poco más el nudo. Ahora soy la única que puede evitar que te ahogues con él. Y no te queda mucho tiempo para decidirte.
Diez minutos después, uno de los guardaespaldas acompañaba a Clara hacia la salida de la finca. La periodista sentía el peso de una cadena invisible que la sujetaba por el cuello y el brazo que tironeaba de ella la observaba con aire displicente desde el borde de la piscina.
—Siento curiosidad —oyó que Virginia le decía a sus espaldas—. Si no sabías lo que contenía el cuaderno ni lo que hacer con él, ¿por qué se lo robaste?
Clara se detuvo un instante, como si la cadena la retuviese, pero no se volvió.
35
Dos días, ese era el tiempo que el sicario le había dado. Y el plazo se había cumplido.
Soria había conducido hasta donde la carretera lo permitía. Más allá, donde el sendero se perdía entre los árboles, Clara debía continuar sola.
—¿Estás segura de esto?
Era una pregunta absurda, de esas que se hacen para tranquilizar la conciencia. Ambos sabían que negarse estaba fuera del alcance de la periodista. Soria abrió la guantera y le entregó el cuaderno.
—¿Tienes claro qué hacer? Cíñete al plan y todo saldrá bien.
Clara dibujó una tibia sonrisa. A Soria se le daba fatal mentir. A partir de aquí estaba sola y nadie podía anticipar cómo acabaría todo. Por impulso y necesidad de sentirse arropada le dio un abrazo al exsubinspector y bajó del coche. Soria pensó en algo que decir mientras ella se adentraba en el bosque, pero no se le ocurrió nada.
Mientras caminaba, los pies se le hundían en la hojarasca, y a ratos la luz del sol que se filtraba a través de la espesura le señalaba rincones en los que detenerse un instante. A pesar del nerviosismo sentía que entraba en una especie de sueño alucinógeno donde el tiempo parecía no penetrar, un entorno tan irreal como cierto: aquellos troncos tan viejos, los márgenes del camino, con huellas recientes de animales, los olores que flotaban sobre su cabeza. Si iba a morir, no era un mal lugar.
Las coordenadas que el sicario le había dado a Soria la conducían a un punto en el que el bosque se desdoblaba como si dudase hacia dónde seguir expandiéndose. Hacia la derecha, el sendero se volvía abrupto, una torrentera seca que remontaba hasta la cima de una colina pelada y polvorienta. Hacia la izquierda, en cambio, el sendero se plisaba como una falda y se iba cerrando hacia un barranco que descendía hasta un claro varios cientos de metros más abajo. Un prado de gramíneas y flores silvestres conducía hacia una antigua masía en ruinas. No se veía ningún coche ni rastro de presencia humana. Clara dudó una última vez, mirando hacia arriba y hacia abajo. No estaba perdida, sabía a dónde debía dirigirse, pero el miedo la retenía. ¿Por qué bajar hacia ese valle sombrío si el cielo y el sol estaban en la dirección opuesta? Todo era tan sencillo si decidía dar marcha atrás, huir. Desaparecer. ¿Quién se lo habría reprochado?
Y aun así, inició el penoso descenso.
Lo que uno espera durante largo tiempo también se teme cuando está a punto de verse cumplido. Se imagina ese momento de muchas maneras, con todo lujo de detalles, si es que se tiene suficiente imaginación, o simplemente se anticipan los acontecimientos como un todo borroso que irá despejándose sobre la marcha, si se carece de ella. Y de repente el momento llega, se va acercando, y nada de lo previsto es como debería.
Desde abajo veía la silueta de Clara acercándose. Un punto blanco desplazándose por el flanco transitable del barranco. En algunos tramos, cuando la orografía se elevaba, la perdía de vista, para verla emerger unos metros más allá. Su paso era inseguro, fuera de su hábitat, la vi tropezar y caer un par de veces. Una parte de mí quería que no se levantase, que renunciara a seguir, que diera media vuelta. La otra quería correr en su ayuda. No hice nada, sino esperar. Me di cuenta de que tenía seca la boca. Tiré el cigarrillo con asco y fui a sentarme en el tronco cortado de la derecha. No sé de árboles, pero sé que ese llevaba mucho tiempo muerto.
De nuevo oteé los alrededores para asegurarme de que nadie la seguía. La casa estaba protegida por una gran pared caliza en la parte de atrás. Por delante y por los flancos, el prado despejaba la vista y el campo a través impedía que me cogieran por sorpresa. Si Soria o cualquier otro planeaba tenderme una emboscada, lo sabría.
Me había propuesto mirarla fijamente a los ojos y preguntarle por qué me había traicionado. O no preguntarle nada, solo mirarla fijamente y después volarle los sesos de un disparo entre ceja y ceja. Incluso había cavado el agujero en el que pensaba enterrarla. Pero mientras la veía alcanzar la última estribación, ya visible toda ella, concreta, entendí que no tenía ni idea de lo que iba a hacer. Dejé la pistola junto al muslo y no me pareció que aquel objeto ni la intención que lo movía me pertenecieran. Sé que es difícil de entender, ni entonces lo entendí yo, y sigo sin entenderlo todavía. Es desconcertante sentir algo que no se ha sentido antes y no comprender qué es, cómo encajarlo, qué palabras darle. En lo único en lo que podía pensar mientras ella entraba en el prado, magullada y con la ropa manchada de tierra y polvo, era en que yo la había habitado a ella y ella me había habitado a mí. Una estupidez, quizá.
Me puse en pie. La Glock, todavía donde estaba.
Clara tenía los ojos muy abiertos y la boca reseca. El aire caliente se rizaba en su garganta, aunque en los pies sintiera el frescor de la hierba. Había insectos alrededor de ella, una libélula, unas abejas, unas moscas. Zumbaban y ella oía el batir meteórico de sus alas. Y percibía con claridad la masa de su sangre en las venas condensándose. Era consciente de todo, como si ahora la vida quisiera recordarle lo que iba a dejar atrás, un mundo de sensaciones que había pasado por alto demasiado a la ligera. En las manos le escocían las palmas despellejadas al caerse, en el muslo derecho presentía el crecimiento de un moratón. Y lo vio a él, junto al tronco. Igual a sí mismo, con una camisa blanca arremangada y unos pantalones azul marino. Llevaba puesto el cinturón que ella le había comprado en Ostuni y, en la muñeca izquierda, la misma pulsera con pequeñas virutas de cuarzo rosa engarzadas en cuero. El cuarzo rosa es la piedra del amor y la misericordia. Fue un acto de ingenuidad, a lo mejor, un brindis al sol cuando otras cosas parecían posibles.
También vio en la base del tronco su pistola.
Durante un largo minuto no hicieron nada, separados por una decena de metros en los que crecían las primeras margaritas y un puñado de salvia. No se atrevían a pisar esa tierra de nadie, como si ahí hubiera una puerta y ninguno se decidiera a cruzarla. ¿Eran extraños el uno para el otro o no lo eran?
Fue ella la primera en salir de la trinchera y avanzar con la sensación de que cada paso contaba, camino a ser ella misma esa hierba salvaje. Llevaba el bolso en bandolera. Sin decir una palabra, sacó el cuaderno y se lo tendió.
Miré su mano, al alcance de la mía, sujetando el cuaderno. El pulgar apretaba con fuerza la tapa de cuero. Para no temblar. Tampoco le temblaban los ojos al mirarme a mí. Nunca los he visto temblar, excepto cuando se cerraban y los notaba moverse inquietos bajo sus párpados. Cuando dormía. Cuando alcanzaba el orgasmo. Cuando pensaba y creía que yo no la veía. Rocé sus dedos al cogerlo y no los retiró ni los contrajo. Algo en nosotros recordaba.
Eso lo hacía más difícil. Hojeé el cuaderno sin mucho interés y me lo guardé en el bolsillo. No pude evitar admirar la reverberación de la luz en su mejilla.
—Supongo que ya no tiene ningún valor, después de haber pasado por las manos de Vesna.
—No ha movido un céntimo. Puedes comprobarlo.
—Lo haré, desde luego. Aun así, supongo que los códigos habrán cambiado después de que se lo hayas enseñado a Virginia, seguro que ha tomado medidas para protegerse, así que esto ya no sirve para nada. — Quería que supiera que yo sabía, que las mentiras no eran necesarias. No teníamos mucho tiempo.
Apenas se turbó. Su mirada se esquinó involuntariamente hacia la pistola que quedaba a mi derecha.
—¿Para qué lo quieres, entonces?, ¿por qué lo has perseguido con tanta insistencia? ¿Por qué venir hasta aquí para recuperarlo?
Me encogí de hombros:
—Nombres. Fechas. Lugares. Esa información vale mucho dinero y es una garantía.
Clara movió la cabeza con incredulidad.
—También es una sentencia de muerte. Nadie va a dejarte en paz hasta recuperarlo.
Asentí. Contaba con ello. Con lo que no contaba era con que ella me traicionase.
—¿Qué esperabas conseguir? ¿Hundirme, quedarte el dinero…? ¿Qué? ¿Por qué?
Por un instante pude percibir la embarullada tensión de sus sentimientos, en los que se mezclaban sus deseos y sus reproches.
—Porque te odio —dijo lentamente.
Era cierto, lo odiaba. Y también era falso. Porque cada palabra era una metáfora incompleta. Ojalá fuera posible asistir a la lucha de las emociones como quien presencia una representación en la que no se implica. Ver lo correcto y lo incorrecto sin resultar afectado lo más mínimo. Pero no era posible vivir la vida como una obra de teatro o una novela decimonónica en la que el personaje, inocente o culpable, sabe a dónde le dirigen sus sentimientos y sus acciones. A la plenitud o a la destrucción, sin término medio. Para ella no era tan sencillo. A una emoción le seguía la opuesta, un momento de goce recordado era suplantado al instante por otro doloroso, a la alegría le seguía la tristeza, a la esperanza, el miedo. Amar y odiar no parecían territorios tan distintos cuando pensaba en él. Todos los posibles y los imposibles en un solo hombre. Lo terrible y lo magnífico.
Aquello tenía que acabarse, de un modo u otro.
No pude reprocharle sus palabras ni lo que se ocultaba tras ellas. Nunca había sabido nombrar mis sentimientos porque no los conocía y eran tan confusos como los suyos. Aunque acaso los míos fuesen más oscuros. Durante los meses que habíamos compartido nunca tuve la sensación de pertenecer a esa parte de mi historia, me asaltaba continuamente la turbación de mis estados de ánimo, la manera en que me relajaba y bajaba la guardia, los intersticios por los que asomaban nuevas posibilidades que hacían tambalearse el mundo en el que he vivido desde que empuñé por primera vez un revólver a los trece años y me puse al servicio del Oso Dávila. Yo no era ese hombre que se puede enamorar y crear vínculos duraderos, pero al mismo tiempo que lo rechazaba, quería serlo. Esa descompensación me irritaba, me contradecía y me debilitaba.
Como ella, yo también debía elegir.
—¿Qué crees que pasará ahora, Clara?
No se hacía ilusiones. Incluso daba la impresión de sentirse aliviada:
—Me matarás y me enterrarás en este bonito prado.
Su asunción de la realidad es parte de lo que me ha fascinado de ella desde que la vi por primera vez, cuando yo andaba tras los pasos de su padre. Esa serenidad última que, en su caso, no tiene que ver con la cobardía, la resignación o la falta de ganas de vivir, sino con una fuerza interior arrolladora que le impide apartar la mirada o buscar excusas.
—Y a pesar de ello, aquí estás.
—Es lo que has pedido para dejar en paz a Soria, a su mujer y a Vesna.
—No te pega el papel de mártir, ¿cómo sabes que cumpliré mi palabra?
—Lo harás, igual que la cumpliste con Julián en el pasado. Es lo que querías.
—También es lo que quería Virginia Ortiz, ¿verdad? Ella cuenta con que no seré capaz de matarte. Presupone que me dejaré llevar por los sentimientos y que trataré de salvarnos a ambos. Me hará salir a la luz y estará ahí esperando para cazarme.
—Es lo que hemos acordado —admitió Clara sin reparos ni justificaciones inútiles.
Chica lista, Virginia:
—Y si sale mal, si te mato, le ahorro el trabajo de quitarte de en medio y no pierde nada ni se ensucia las manos. De un modo u otro, ella gana.
Abrió las manos y confirmó lo evidente.
—Y el mundo seguirá girando, como siempre ha hecho, y ellos seguirán empujando ese giro, pase lo que pase.
—¿Y si hubiera otra opción?
Clara no iba a permitir que una chispa de vana esperanza la hiciera dudar.
—No la hay, los dos lo sabemos. Si no me matas tú, probablemente lo haga Virginia, o monseñor Ricart, puede que incluso José Luis Vera. Sea por culpa de ese cuaderno o por mi investigación sobre la desaparición de los niños Vera, estoy jodida. En cuanto a ti, intentarás salirte con la tuya de nuevo, pero esta vez no lo conseguirás. Virginia, Orestes, el cardenal… Cualquiera de ellos te encontrará. Y supongo que no te dejarán morir con tanta facilidad ni te enterrarán en un sitio tan bonito. Apuesto por un vertedero, o tal vez arrojarán por partes tu cuerpo desmembrado en el mar… Al final, todos tendremos lo que nos merecemos.
No, pensé; no todos tendremos lo que nos merecemos, ni en lo bueno, ni en lo malo. Me temo que la balanza está desequilibrada, que alguien la ha manipulado. Esa idea de la justicia cósmica, del karma, si se quiere, era y sigue siendo negada por la obstinada realidad.
—Un rancho, en Marfa —dije evocando otra imagen, muy lejos del lugar en el que estábamos.
—¿De qué estás hablando?
—Unos miles de acres, unas cabezas de ganado, cielos apabullantes y horizontes sin límite. Eso es lo que puedo ofrecerte. Sin promesas, excepto que podemos intentarlo.
Vi su titubeo diminuto, tan sutil que podría haber sido fruto de mi imaginación. Lo insólito de mi propuesta la había cogido por sorpresa y quise aprovecharlo. Le dije que me acompañase al interior de la casa. Ella observó una vez más la pistola sobre el tronco viejo.
—No voy a hacerte daño. Quiero enseñarte una cosa.
Clara no sabía a qué atenerse. Su propuesta la había sacudido por dentro como un charco de agua sacudiría a un sediento que se daba por muerto. Sin tiempo a asimilar lo que significaba, si lo había dicho sinceramente o como parte de una mentira más, retorcida y oscura, y sin comprender por qué sentía esa mezcla de alegría y pesar en la boca del estómago, obedeció el gesto de caminar hacia la casa. La puerta, muy vieja y ruinosa, estaba entornada. Del interior solo emanaba oscuridad y una nube de humedad fétida y de polvo en suspensión. Él empujó la puerta y se hizo a un lado. Al fondo, Clara distinguió a dos hombres sentados en torno a una mesa. Tuvo que acercarse para reconocerlos. El primero se puso en pie y un hilo de luz que se filtraba a través de la techumbre agujereada le iluminó parte del rostro. Era José Luis Vera. El segundo permaneció sentado. Tenía las manos atadas a la espalda y una capucha le cubría la cabeza. Buscaba algo o a alguien moviéndola a izquierda y derecha. Clara no necesitó verle la cara para saber que se trataba de Luca, el sacerdote de la ermita.
—Puede que el plan de Virginia no sea el único —oyó a su espalda.
36
Cinco días antes
Vesna le había telefoneado hacia las once de la noche. Soria se preparaba una cena a base de embutidos y se disponía a ver por enésima vez Senderos de gloria. La llamada de la muchacha le quitó las ganas de cenar y de emocionarse con Kirk Douglas.
—Creo que se está preparando algo esta noche… Y no te va a gustar.
Para cuando acabó la conversación y colgó, hacía rato que la mirada de Soria resbalaba más allá de la imagen puesta en pausa en la pantalla del televisor. Lo que Vesna había encontrado —demasiado complicado para que él pudiese saber cómo— era grave, tanto como para entender lo que se avecinaba sin que nadie pudiese impedirlo. Una sensación de asco y amargura le subió desde el estómago, y le entraron ganas de barrer con la mano las escuadras de infantes franceses que había ido colocando durante semanas en las calles de Noyon. La ira, comprendió, no iba a solucionar nada. Miró la hora y recordó mentalmente el nombre del hotel que había mencionado Vesna. Si se daba prisa, tal vez podía llegar a tiempo.
Al primero que vio llegar fue al cardenal, tenía que ser él. Soria se sintió algo decepcionado. Esperaba a uno de esos príncipes cortesanos que se pasean por los pasillos del Vaticano como los de las películas de Coppola, grueso, con el cabello blanco y con ojos de águila imperial, pero, sin mitra ni parafernalia, el cardenal pasaba por cualquiera, un hombre algo chepudo, no más viejo que él, delgado y con ojillos de hurón. Lo único destacable era su traje, demasiado caro para usarlo un miércoles por la noche. El sacerdote que le acompañaba debía de ser monseñor Ricart.
Virginia llegó unos minutos después. Traje de chaqueta marrón y zapato plano, el cabello recogido y un pequeño bolso de mano. Venía a la guerra, no a una fiesta. Le dio instrucciones al guardaespaldas que la acompañaba y luego entró en el hotel.
Todavía faltaba la pieza de bisagra. Se demoraba más de la cuenta. Soria empezaba a pensar que la inteligencia de Vesna le había jugado una mala pasada. Tal vez la muchacha se había precipitado en sus conclusiones. Eso hubiera aliviado un poco el ardor de estómago del exsubinspector.
Pero no, ahí estaba.
Llegó a pie, sin escolta visible, como quien pasea sin prisa por un bonito barrio de la Ciudad Condal admirando la arquitectura de los edificios. Las manos en el abrigo de entretiempo, el rostro relajado. Orestes, el chipriota. Sus ojos se quedaron flotando un momento ante la entrada del hotel, mirando hacia los salientes modernistas de la fachada. Luego, como quien va sin ganas a un acto al que no puede faltar, cruzó la puerta.
El cónclave duró cerca de una hora. Soria los vio salir por separado. La última en aparecer fue Virginia, que encendió un cigarrillo mientras el guardaespaldas iba a buscar el coche. A juzgar por su expresión, no había sido un encuentro agradable. Fumaba con nerviosismo, malhumorada y tensa.
Soria no necesitaba acercarse ni delatar su presencia. Habría sido un gran error, y ya había cometido demasiados con ella. Tampoco le hacía falta haber escuchado lo que se había hablado en aquella reunión. No era idiota, podía imaginarlo. Lo único que había pretendido era comprobar si la información de Vesna era cierta. Ver a aquella suerte de triunvirato reunido se lo confirmaba.
La cuestión era qué hacer con lo que sabía. Aunque, en realidad, ya lo había decidido. El papel con el número de teléfono estaba en la guantera, entre otro montón de papeles, multas de aparcamiento, cajetillas de Ducados vacías y envoltorios de caramelos. Pura siempre le recriminaba que tuviera el coche como si fuese el hogar de un vagabundo.
Marcó el número. Como era de esperar, no recibió respuesta. Solo dejó el mensaje.
—Tenemos que vernos. Es muy urgente.
La preocupación de Soria resultaba conmovedora, aunque por supuesto no era mi seguridad la que le preocupaba, sino la de su mujer, la suya y, en última instancia, la de Vesna y Clara. La idea de no decirle nada a ella y de seguir con el plan de Virginia fue mía. Se puso furioso, como era de esperar.
—¡Te has vuelto loco! ¿No entiendes lo que acabo de decirte? ¿Acaso no conoces el refrán de reunión de pastores, oveja muerta?
Lo conozco. Como casi todos los refranes, me parece una majadería.
—Haremos el intercambio como estaba previsto. Y tú no harás nada al respecto.
Soria seguía sin dar su brazo a torcer.
—Me parece bien que quieras morir, pero no tienes derecho a jugar con la vida de los demás.
Le dediqué unos segundos de curiosidad. No era el hombre de Barcelona o Lanzarote, el que yo recordaba.
—¿Desde cuándo te han empezado a importar los demás? Que yo recuerde, a ti lo único que te ha motivado siempre ha sido salvar el pellejo.
Soria se quedó callado, algo realmente asombroso. Si algo tenía ese hombre era una lengua de víbora cuando se sentía atacado. Sin embargo, cruzó los brazos con su culo fofo apoyado en el capó del coche. Estábamos en el aparcamiento del observatorio. A nuestros pies la ciudad brillaba como en una de esas canciones de Loquillo que ponían en la radio.
—No quiero quedarme solo —admitió por fin.
Su mejor amigo, Julián, estaba muerto. Su mejor amiga, Virginia, estaba a punto de traicionarle y ya no podía confiar en ella. Su mujer lo había cambiado por Jehová y de su hijo apenas sabía nada. Ahora, Vesna y Clara eran su familia, su responsabilidad. Su tabla de salvación.
Puede que lo juzgara con demasiada dureza.
Encendí un cigarrillo rubio y le ofrecí otro. Lo rechazó con un chasquido de los labios.
—Yo no fumo esas mierdas.
Cinco días después, Clara y yo debíamos encontrarnos en un lugar a las afueras del pueblo. Fui yo quien sugirió cambiarlo por la fábrica abandonada. Ni siquiera valía la pena disimular, tal y como estaban las cosas. Supuestamente, ella debía entregarme el cuaderno. Era el momento para dejarme ver. Alguien aparecería. Quién y por qué, era lo de menos.
Para entonces ella conocía ya mi plan, pero eso no la tranquilizaba. Y yo no tenía tiempo para convencerla de que era la única posibilidad que ambos teníamos de salir con vida de esta.
—Ahora viene cuando te marchas. Soria estará esperándote en la carretera, te llevará a un lugar seguro.
Me miró como si sus ojos tropezaran con los míos, y permanecieron en mí unos segundos.
—¿Por qué no me has disparado cuando podías? Sabías que iba a traicionarte y entregarte a Virginia.
No tenía una respuesta lógica, o no era el momento de enredarme con explicaciones sentimentales. Fuese como fuese, estaba viva, al menos de momento. Y eso le daba una ventaja que debía aprovechar, ahora que todavía estaba a tiempo.
—No creo que haya que castigar a nadie por querer sobrevivir —fue lo único que se me ocurrió decir. No debía estar allí cuando ellos llegaran, pero no se movía. Seguía quieta junto a la cancela de la fábrica, mirándome como si siguiera esperando de mí algo que no podía darle.
—Todo eso del rancho, de vivir juntos con tu hermana y tu sobrino… No es cierto, ¿verdad?
—Si no lo es, parece un bonito sueño.
—Sabes que no vas a salir con vida de esa fábrica, que tu plan solo es una forma de disfrazar un suicidio.
Sonreí confiado.
—Ya me han dado por amortizado muchas veces y aquí sigo. Saldrá bien.
No me creyó. Ninguno de los dos lo creía, pero queríamos hacerlo.
Lentamente, retrocedió. Creo que quería grabarme en la memoria una última vez. No hubo dejadez romántica, ni excesos, ni despedida. Dio media vuelta y empezó a caminar. Se detuvo un momento cabizbaja, como si les pasara algo a sus zapatos. Volvió un momento la cabeza.
—Nunca le he dicho a nadie tu verdadero nombre.
Asentí.
Cada vez oía más cerca el rumor de un motor. Ya estaban aquí. Busqué el cargador auxiliar de la Glock y salté la cancela. Si querían cazarme, no se lo iba a poner fácil.
En el sótano
La llamada de José Luis Vera y su amenaza no han provocado la reacción que yo esperaba en monseñor Ricart. Ni extrañeza, ni un gesto dubitativo, ni señal iracunda alguna. Ha colgado, sin más. Ahora recorre la estancia mientras se acaricia una ceja con el pulgar. Se pone fuera de mi alcance, me rodea y vuelve junto a la puerta sin decidirse. Finalmente, sonríe un poco, como si aplaudiera mi jugada, se apoya en la pared y cruza los brazos, mirándome con algo que se parece a la benevolencia.
—Así que no te importa morir, pero sí te importa que otros vivan. Un código extraño para un asesino profesional. Y un poco tarde para la redención, ¿no te parece?
No es más extraño que el de un hombre de Dios que saquea, corrompe y ordena asesinatos para proteger una mitra. Lo pienso, pero no tengo fuerzas para decirlo. En realidad, creo que ya no las tengo para otra cosa que atrapar hilos sueltos de aire que apenas alcanzan mis pulmones. Supongo que estoy muriéndome y que esto es la agonía.
—¿Qué piensas proponer? ¿La vida de Luca a cambio de la de esa periodista entrometida?
—Cuestión de elegir lealtades, monseñor —acierto a decir.
—¿Qué sabes tú de lealtades? —me escupe, perdiendo momentáneamente los nervios.
Esa me parece una buena señal.
—Sé que llegaste a un acuerdo con Orestes para que yo eliminase, en nombre de tu cardenal, a Gianni, a Marta Beltramo y a José Luis Vera. En el lote iba también Luca, pero convenciste a tu jefe para que lo indultase. Tienes grandes planes para él.
Me escucha con distancia, imposible saber lo que causan en él mis palabras. Me obligo a seguir hablando, dudando de que mis argumentos vayan a inclinar su decisión en el sentido que quiero.
—También sé que ya has descubierto quién es la garganta profunda que ha estado pasando información sobre los niños Vera a Clara: Virginia Ortiz —añado con fatiga.
—Pareces saber muchas cosas, pero no te han ayudado mucho, viendo tu situación.
—Virginia os ha traicionado pero es intocable, incluso para ti, así que habéis negociado una especie de tregua. No habrá represalias contra ella y, a cambio, se aparta de vuestro camino, os cede su parte del capital en el proyecto de la ermita y no hace nada mientras vosotros acalláis al resto. Por eso estoy yo aquí contigo y no con ella. Y por eso vais a darles caza a los demás. Somos la compensación, la moneda de cambio por las molestias. Virginia nos ha vendido.
—¿Así es como crees que han ido las cosas?
—Más o menos…, aunque también debió de prometerte que yo llevaría el cuaderno conmigo cuando me atraparais.
Un breve brillo de ansiedad:
—¿Cómo? Dime cómo conseguiste ese cuaderno.
Niego con la cabeza.
—Eso no importa. Y tampoco debes preocuparte por Marta Beltramo ni por Bernardo Sanabria. José Luis Vera ya te ha ahorrado el esfuerzo, igual que hizo con Gianni.
Se permite una amable ironía:
—Debería haberle pedido a Orestes que lo contratara a él para hacer tu trabajo.
—Puede ser, aunque el problema de los locos es que cuando los sacas de la jaula se vuelven imprevisibles. Una vez que empiezan, nunca sabes cuándo van a parar. Y ahora tiene en sus manos el destino de tu amado discípulo. Y yo soy el único que puede sujetarle la correa y devolverle a la jaula. Así que lo que debes preguntarte es: ¿cuánto te importa la vida de Luca?
No parece esa clase de cura, quizá haya calculado mal sus instintos y sus perversiones sean más refinadas. Creo que ve en ese joven algo puro, una limpieza de espíritu que añora y que ayudó a arrebatarle cuando era niño. Se siente en deuda con el sacerdote porque se siente en deuda consigo mismo. Me recuerda a Julián Leal, en cierto modo. Esa idea quijotesca de que salvar a un inocente puede salvarnos de nuestra propia culpa. Una idea ingenua, sin duda, en la que no creo, pero me basta con que la crea él.
—O sirves a tu cardenal y nos matas a todos obedeciendo su mandato o salvas la vida de tu amado discípulo. Bonito dilema. Ni Pilatos lo tuvo tan crudo.
A juzgar por cómo me mira, yo tampoco debo de parecerle la clase de asesino que esperaba. Me doy cuenta de que sus pensamientos mudan de un lado al otro del espectro de posibilidades a una velocidad increíble. Es alguien acostumbrado al cálculo y a la estrategia a largo plazo, sopesa ganancias y pérdidas, anticipa cada variable y la examina con cuidado. Pero no es de los que dudan cuando llega a una conclusión.
Sabe que algo va mal, hay detalles que se le escapan. Trata de resolver un dilema.
—¿Qué quieres?
—Dejarás a Clara en paz. A cambio, ella no publicará nada que os perjudique.
—¿Y el cuaderno?
—Te contaré dónde está cuando ella se haya puesto a salvo. Luego, le diré a Vera que suelte a tu pupilo.
Apenas levanta la mano derecha y dibuja una expresión casi cómica.
—Así de fácil. Debo fiarme de tu palabra, pero no hay modo de saber si la cumplirás.
—Me tienes a mí. Si el sacerdote sufre algún daño siempre podrás desahogarte conmigo.
Me echa un vistazo especulativo y niega con la cabeza.
—No queda mucho con lo que desquitarse.
Debo de parecerle una carroña que todavía respira.
—Dale las gracias a tu torturadora y a sus habilidades.
Sigue segmentando información y acontecimientos, lo noto. Igual que intuyo que ya ha resuelto su dilema.
—¿Cómo sabes que yo cumpliré mi parte?
Ya está, me digo aliviado. Se ha rendido. Me asoma una sonrisa irónica.
—Porque los curas no mentís.
—Muy gracioso.
—… Y porque Clara se ha hecho con ciertas grabaciones que te comprometen a ti directamente y que echarán por tierra vuestro faraónico proyecto de la ermita si salen a la luz. Y lo harán si a ella o a cualquiera que haya tenido que ver con esto le sucede algo.
No es capaz de disfrazar su desconcierto, ni la alarma que asoma en su viejo rostro de cortesano pillado al traspié.
—¿De qué grabaciones hablas?
—Deberías tener una larga conversación con tu pupilo, si es que aceptas mis condiciones.
No me hago ilusiones, no me las he hecho en ningún momento. Sé que a pesar de lo que vaya a decir, en cuanto tenga el cuaderno y sepa que Luca está a salvo, Ricart faltará a su palabra. Removerá cielo y tierra hasta dar con Clara y con esas cintas en cuanto sepa lo que contienen. Es algo con lo que he contado desde el principio, me decepcionaría, de no hacerlo. Solo necesito un poco más de tiempo.
Piensa, sigue pensando. Pero ahora su pensamiento está atrapado en un callejón, se vuelve pequeño, contenido, sin perspectiva. Así es como el impulso vence a la lógica. Así es como cometemos los mayores errores de apreciación.
Saca del bolsillo el teléfono y marca el número de Luca. Me lo pasa y asiente.
Al otro lado oigo la voz bronca de José Luis Vera. La conversación es breve. El cura está bien, dice; cagado de miedo, pero vivo y sin un rasguño.
—Dentro de una hora, lárgate de ahí y déjalo libre.
Le oigo respirar agitadamente antes de decir, entre maldiciones, que se hará como hemos acordado, aunque no le parezca buena idea. Sé que cumplirá porque también él tiene algo que ganar y mucho que perder, como todos nosotros. Le devuelvo a Ricart el teléfono y le digo dónde encontrará a Luca.
—¿Y el cuaderno?
—Mira en el bolsillo interior de la chaqueta de Luca cuando Vera lo suelte. Tuve que improvisar y me pareció el mejor sitio. Controlado uno, controlado lo otro.
—Muy listo.
—Al final todo está unido: los niños Vera, el proyecto de la ermita, esas cuentas y esos nombres. Como este lugar en el que estamos, la fábrica abandonada. Esos niños están enterrados aquí, ¿verdad?
Ricart relaja los hombros sin asomo de emoción.
—Justo debajo de nuestros pies, donde te enterrarán a ti.
Podría decirse que se trata de justicia poética; una hermosa expresión, pero insuficiente. Yo prefiero la justicia de los hechos a la de los versos.
Para él todo está concluido, va a marcharse. Luego entrará mi torturadora y acabará el trabajo. Imagino que Ricart le pedirá que, una vez liberado Luca, sea rápida, ya no tiene sentido alargar mi suplicio. Pero todavía necesito retenerlo unos minutos más.
—Tengo una pregunta, monseñor.
Se vuelve hacia mí con el pomo de la puerta en la mano.
—Una pregunta —me concede, como la última gracia al condenado.
—¿Luca sabe que usted ordenó la muerte de su hermano y de su madre?
La piel se estira sobre sus pómulos arrastrada por la conjetura de su boca.
—Luca es un devoto. Como yo.
Un devoto de qué, me pregunto. De un Dios justiciero, vengativo, del Antiguo Testamento, de un poder terrenal con una tradición secular cimentado sobre el miedo, la fe ciega y la violencia, la ambición, la codicia y la traición. Devoto de una idea suprema sin espacio para la bondad.
—Pero ¿conoce sus verdaderas intenciones?
Se ríe. A carcajadas. Hasta las lágrimas. Luego se serena y me dedica una última mirada llena de incógnitas.
—Mis verdaderas intenciones solo las conoce Dios.
37
En aquel preciso momento, Soria se juró que dejaría de fumar. Estaba harto de escupir aquella porquería grumosa por la ventanilla y del gato que le arañaba los pulmones. Utilizó los prismáticos para vigilar una vez más los alrededores de la fábrica abandonada.
—Yo cuento cuatro.
—Cinco. Arriba, a la derecha. —El guardaespaldas de Virginia señaló con insultante juventud en la dirección en la que asomaban una cabeza y el reflejo brillante de lo que parecía un fusil de precisión.
El muy cabrón ni siquiera necesitaba los aumentos. Soria se preguntó de dónde lo habría sacado Virginia. Parecía salido de un catálogo de la Military Review. Guapo, discreto, elegante. Daba miedo, con ese acento que le identificaba como originario de algún país del Este.
—Dentro habrá más, no sabemos cuántos.
—No es problema. Mi equipo se encargará.
Soria le echó una mirada rencorosa. El tipo hablaba de un asalto como quien está a punto de servirse el té. Un día más de rutina en la oficina.
—¿Vais a entrar ahí a tiro limpio como si fuera Chechenia? Esto no es una república bananera. Aquí hay leyes y normas.
El joven se permitió una sonrisa mientras cogía del asiento trasero el chaleco antibalas y se lo ajustaba.
—Podemos entrar con una bandera blanca y pedir parlamentar, si le parece mejor.
—¿Tú tienes sangre en las venas, muchacho, o eres una especie de cíborg?
Volvió a sonreír mientras comprobaba el mecanismo de su arma, un subfusil Fortnite de disparo rápido y medio alcance al que enroscó un silenciador.
—Procuro sangrar poco, si es lo que pregunta. Espere aquí, le avisaré cuando todo esté despejado.
—Sabes a quién no tienes que dispararle, ¿verdad?
—Si está vivo, intentaremos sacarlo. Si está muerto, podrá ver su cadáver para identificarlo. Es lo único que puedo prometerle.
El guardaespaldas ya estaba saliendo del vehículo. A derecha e izquierda, una escuadra de hombres bien pertrechados flanqueaba el recinto de la fábrica abandonada.
Desde el coche, oculto entre los árboles, Soria tenía la sensación de estar asistiendo en directo a una partida de Call of Duty, uno de esos juegos bélicos de moda. A esa distancia, la muerte parecía irreal, los hombres del interior del recinto caían como muñecos de uno de sus dioramas, sin ruido, pillados por sorpresa. Caían uno tras otro como en una coreografía teatral. A través de los prismáticos, vio desplomarse al del fusil que habían descubierto en el tejado y aparecer, justo detrás, al guardaespaldas. El muy hijo de puta ni siquiera sudaba.
Al cabo de cinco minutos, los alrededores de la fábrica estaban sembrados de cadáveres y el equipo de mercenarios entraba dentro. Ahí debieron de encontrar más resistencia. Se escucharon ráfagas intermitentes y un par de explosiones de granadas. Luego, durante varios minutos interminables, no se escuchó nada. Soria no sabía qué coño estaba pasando, pero no había nada que pudiera hacer, salvo esperar y mantener el motor en marcha por si la cosa salía mal y necesitaba salir pitando. Apretaba tanto el volante que le dolían las manos. Olvidando su propósito anterior, encendió un cigarrillo. Y luego otro más.
Iba a encender el tercero cuando por fin aparecieron varios hombres. Eran del equipo de asalto. Dos de ellos llevaban entre hombros a un compañero que cojeaba ostensiblemente.
—Mierda, mierda, mierda —gruñó Soria.
Unos instantes después apareció el joven guardaespaldas. Tranquilamente, alzó el brazo y le hizo una seña. Todo bien, podía acercarse.
En el interior de la fábrica quedaban tendidos varios cuerpos. Soria contó tres. La muerte se volvía real de cerca, y olía mal, a tripas abiertas y miembros desparramados por todas partes. Uno de ellos, con la barriga al aire y sangre en la entrepierna, se retorcía aún, gimiendo apenas. Nadie le hizo caso. En las paredes quedaban los agujeros de bala y una salpicadura. —No son militares; solo matones del montón —le explicó con frialdad el joven mientras pasaba por encima del moribundo y le guiaba hacia una trampilla que descendía hacia el subterráneo. La profesionalidad debía de ser para él algo importante, digno de respeto, porque parecía un tanto ofendido ante la escasa categoría de los rivales.
Abajo, en el estrecho pasillo abovedado, quedaban otros tantos cuerpos. Uno de ellos había muerto con la espalda contra la pared y sentado. Parecía dormido, con la cabeza apoyada sobre el pecho. Otro era arrastrado hacia afuera por dos mercenarios, dejando un reguero de sangre. Soria tuvo que hacerse a un lado para dejarlos pasar. Dos mercenarios más estaban acabando de inspeccionar las estancias a lado y lado del pasillo por si se les había escapado alguno. ¿Cuánto había durado aquella matanza? Puede que no hubiera llegado a los veinte minutos. Soria estaba acostumbrado a los tiroteos entre delincuentes; siempre moría alguien, pero todo era caótico, casi accidental. A veces ni siquiera se sabía de dónde había partido la bala que hería o mataba, y normalmente se trataba de algo animal, volcánico y efímero. Pero esto era distinto, frío, metódico, implacable y certero. Para estos hombres matar era como colocar tornillos en una cadena de montaje. Algo mecánico y repetitivo. No expresaban nada, ni cansancio, ni alegría, ni alivio, ni brutalidad. Simplemente, hacían el trabajo y se iban a casa. No era personal. Pensar en ello le daba escalofríos.
—Su hombre está ahí. —El guardaespaldas señaló una puerta entreabierta.
Si un rostro era capaz de contar una historia, la de los últimos días del sicario hablaba de un sufrimiento indecible. Estaba masacrado e irreconocible. Los signos de terribles torturas eran tan evidentes que Soria tuvo que ponerse la mano en la boca para aguantar el vómito.
—En la refriega han debido de apuñalarle varias veces, esas heridas son muy recientes. —El guardaespaldas señaló los cortes debajo de las costillas y en el pecho.
—¿Está vivo?
El joven se encogió de hombros.
—Respira, si es lo que pregunta. Pero lo hace solo porque no sabe que ya está muerto.
38
Una semana después Soria visitó un lugar que tenía arrinconado en la memoria desde hacía demasiado tiempo. Volver allí le traía recuerdos que prefería evitar. Sin embargo, parecía el lugar adecuado para verse con Virginia. Ambos se lo debían a Julián. Ella estaba sentada en un pequeño banco junto a la lápida. Había traído flores, pero no las había depositado bajo el nombre del inspector. Descansaban en su regazo. Rígidas.
—¿Por qué les traemos flores a los muertos? Ni siquiera sabes si a él le gustaban —preguntó Soria.
Virginia inspiró y ladeó un poco el cuello.
—No lo sé, a lo mejor es porque queremos que sepan que no los olvidamos.
—Pero lo hacemos. Los olvidamos. Se nos olvidan sus caras y sus voces, y a lo que olían.
Ella se volvió hacia el exsubinspector.
—Y entonces los inventamos. Inventamos a los muertos. Y es como si no hubieran estado vivos en realidad, solo en una novela.
Soria puso los ojos en blanco. Demasiado temprano para tanta intensidad. Y, sin embargo, a pesar de su teatrillo, le costaba mirar la tumba de su amigo.
—Era un cabrón arrogante, ¿verdad?
Virginia sonrió.
—Él pensaba de ti que eras un saco de mierda, un policía corrupto y displicente… Ambos os equivocabais.
—Los dos confiábamos en ti. Los dos te queríamos. Habrías sido la mejor de los tres, Virginia.
Ella se puso en pie y le dio las flores a Soria.
—Eso ya no lo sabremos. Haz los honores.
Soria obedeció con un movimiento apresurado y torpe, como si las flores le quemaran en las manos o le avergonzase un gesto de ternura sin sentido.
—¿Y qué pasará ahora?
Ella le cogió del brazo.
—¿Esperamos a ver si el muerto estornuda?
A Soria le hizo gracia, pero no recogió el guante.
—Ya sabes a lo que me refiero.
Virginia le estrechó un poco más fuerte el antebrazo antes de soltarlo.
—Ahora seguiremos con nuestras vidas, tú y yo no volveremos a vernos nunca más y nadie volverá a traer flores a esta tumba.
—Así de fácil.
—Y así de difícil, amigo mío.
Soria encendió un pitillo.
—¿No ibas a dejarlo?
—Algún día, o tal vez no. Puede que el tabaco me acabe dejando a mí… Sigo sin entenderlo, Virginia —añadió frunciendo el entrecejo—, tu juego me confunde. ¿Qué pretendías con todo esto?
Virginia Ortiz se puso las gafas de sol. Un gesto adecuado para esconder lo que su mirada no podía callar.
—Más o menos, lo que esperaba conseguir. Ya sabes lo que decía Julián.
—Tozuda y paciente. Siempre te sales con la tuya… ¿Por qué utilizar a Clara y luego salvarla?
—Te devuelvo la pregunta… ¿Por qué decidiste ayudarla tú cuando acudió a ti?
Soria asintió, mirando esas flores tontas junto a la lápida.
—Julián se habría levantado de la tumba para patearme el culo si no lo hubiera hecho.
—Era una deuda que teníamos con él, esa chica le importaba. Ahora estamos en paz.
Soria no estaba tan seguro de eso, pero resultaba consolador convencerse de que algo bueno puede borrar algo malo. Habría creído eso de cualquier otro, pero no de Virginia.
—Sigues mintiéndome, incluso ahora.
Virginia le acarició la mejilla.
—No pretendas entenderlo todo, Soria. Créeme, hay preguntas cuya respuesta no quieres oír.
—¿Al menos ella está a salvo?
—Lo está. Lejos, en alguna parte de la que ni tú ni yo sabremos nunca.
—No ha debido de ser fácil convencerla.
—No le gustó tener que renunciar a escribir su artículo, pero acabó comprendiendo que era lo mejor.
—¿Sabe que él ha muerto?
Virginia asintió.
—Me he encargado de que lo sepa. Es difícil entender lo que hubo entre esos dos, pero, en cierto modo, estoy segura de que Clara se siente liberada.
—Entonces, aquí paz y después gloria, como siempre. El proyecto de la ermita seguirá adelante, monseñor Ricart y el cardenal seguirán haciendo de las suyas, Orestes se hará más rico y nunca se desvelará la verdad sobre lo que pasó con esos niños.
Virginia encogió los hombros:
—¿Por qué te sorprendes? Es el mismo mundo en el que siempre hemos vivido.
—Una mierda de mundo.
—Depende de lo que estés dispuesto a esperar de él.
—Yo no espero nada.
Virginia le dedicó una sonrisa enigmática.
—Deberías hacerlo… Podrías esperar lo mejor, para variar… A veces se dan los milagros… Cuídate, gordinflón.
Soria no recogió enseguida el beso en la mejilla con el que se despidió Virginia. Tardó unos segundos en acariciar su rastro con los dedos. Para cuando giró la cabeza ella se alejaba como una de esas siluetas que se va a tragar la niebla y que jamás se vuelven a ver. Fue entonces cuando se sintió solo —solo de verdad—, cuando le vino toda la vida encima, con sus errores y aciertos. Un peso abrumador que le ahogó el pecho, y no fue por culpa del tabaco, y le obligó a sentarse en el banco frente a la tumba de Julián. Fue entonces, mirando aquellas flores que no vivirían mucho más, cuando arrancó a llorar.
—¿Por qué coño estoy llorando ahora, joder?
39
Tres meses después
La ambulancia atendía a uno de los celadores en la propia explanada de la clínica. Las contusiones, más allá de un brazo roto y algunos moratones, no eran graves. Su compañero había corrido peor suerte. Lo habían trasladado a Barcelona en helicóptero con una conmoción cerebral. No estaba claro que lograse sobrevivir. Los testimonios del resto del personal del turno de noche habían confirmado a la policía lo que mostraban las cámaras de seguridad. Sobre las 02.30 de la madrugada, un hombre, armado con una gruesa barra de hierro, había entrado en el recinto de la clínica a cara descubierta y se había abierto paso hasta el piso superior, donde estaban las habitaciones de los pacientes. Los celadores de guardia habían intentado retenerle, pero el hombre reaccionó con extrema violencia, golpeándolos con furia. Luego abrió una habitación tras otra gritando hasta dar con la de Gabriela Llanos. La cámara lo grababa sacándola en brazos envuelta en una manta y metiéndola en el asiento trasero de un coche cuya matrícula también había captado el circuito de seguridad.
La policía no tardó en identificar al hombre como José Luis Vera. Días atrás se habían encontrado en su casa dos cadáveres, el de Marta Beltramo y el de Bernardo Sanabria. Presuntamente, Vera los había matado a golpes. Desde entonces estaba en paradero desconocido.
Fue Leire Llanos quien indicó a los agentes a dónde se podría haber dirigido su excuñado con su hermana.
A las 08.30 de la mañana, una patrulla de la Policía Local encontró el coche en el recinto de la antigua fábrica de muñecas. Los agentes dieron el aviso. Treinta minutos después, cuatro vehículos policiales acordonaron la zona mientras llegaba la Unidad de Intervención. A las 09.15 los agentes de la unidad especial entraron en la fábrica. En el subterráneo oyeron lo que parecía un martillo neumático taladrando el cemento.
Cuando encontraron a Vera, la escena era dantesca. Gabriela Llanos estaba sentada en una silla, medio desnuda y con el cabello y la cara cubiertos de polvo. Emitía unos terribles ruidos guturales, mitad llanto, mitad palabras que no encontraban su final. Sus ojos, extraordinariamente abiertos y fijos, apuntaban a un agujero en el que José Luis Vera, con el torso desnudo, percutía con el martillo, hundido casi hasta la cintura. La polvareda era muy densa y el ruido ensordecedor. Vera lloraba y sudaba a partes iguales, desoyendo las órdenes de los agentes que le apuntaban con sus armas. Más de cuatro hombres tuvieron que emplearse a fondo para sacarlo de allí y reducirlo, mientras otros se llevaban fuera a la mujer. José Luis Vera siguió forcejeando, pateando y mordiendo, incluso esposado en el suelo.
Uno de los policías apuntó con la linterna al agujero. No daba la impresión de que hubiese nada, solo barras oxidadas y hormigón troceado. Pero entonces el haz de luz traspasó la polvareda y alumbró lo que parecían —lo que eran— los huesos de una mano. Una mano infantil.
Tres horas después, los bomberos rescataron el conjunto de restos humanos: dos cráneos, tibias, costillas, y la ropa podrida y apelmazada.
El equipo forense tardaría dos semanas en determinar que pertenecían a Sergio y Patricia Vera.
Para el pueblo de la Montaña aquella fue la prueba irrefutable de lo que ya se sospechaba: que, efectivamente, José Luis Vera había matado veinte años atrás a sus hijos y que los había enterrado para siempre en la vieja fábrica.
Nadie se preguntó por qué había decidido desenterrarlos ahora.
Vera contó una historia increíble. Acusaba a los Muñoz Beltramo de haber encubierto el crimen de los gemelos Gianni y Luca, y afirmó que Antonio y Marta se habían valido para ello de la ayuda y las influencias de monseñor Ricart y de Bernardo Sanabria.
Nadie creyó aquel delirio.
Al menos hasta que aparecieron en televisión aquellas grabaciones de vídeo, acompañadas por las declaraciones reveladoras de la periodista Manuela Juan, quien afirmaba que la revista que dirigía llevaba semanas investigando el caso que ahora se mostraba al público. Un trabajo de equipo. Eso dijo, aunque solo ella apareció en pantalla, ese y los días siguientes. En cada uno de los programas a los que asistió le hicieron la misma pregunta, una y otra vez. ¿Cuál era la procedencia de esas cintas? Ella, sonriendo, se limitaba a dar la misma respuesta. No se revelan las fuentes.
Tres días después de que salieran a la luz, un juez ordenó parar las obras del proyecto urbanístico de la Montaña mientras se investigaban las nuevas circunstancias. En cualquier caso, la comisión vaticana que preparaba la visita del papa a Barcelona informó a monseñor Ricart de que en la agenda del viaje no habría hueco para que Su Santidad visitase el retablo descubierto en la ermita, al mismo tiempo que se le comunicaba que debía presentarse en Roma para someterse a una investigación. Ciertos documentos referentes a cuentas opacas relacionadas con el blanqueo de dinero y con actividades ilícitas habían llegado anónimamente al cuestor vaticano, y en ellos se señalaban movimientos del IOR.
Aquello parecía el principio de una limpieza definitiva y la caída de hombres como monseñor Ricart y el cardenal al que servía, cuyo nombre nunca se desveló, aunque hubiera caído en desgracia y fuera desterrado a algún puesto irrelevante, siguiendo una vieja costumbre vaticana por la que los trapos sucios se limpiaban de puertas adentro. De manera inmediata, el papa renovó la comisión cardenalicia, poniendo al frente al secretario de Estado vaticano, el cardenal Bertone, sustituyendo al cardenal Angelo Sodano. Todo el mundo daba por hecho que se acabarían destapando toda clase de actividades fraudulentas practicadas impunemente durante décadas. La caída de los corruptos parecía inevitable.
Sin embargo, pese a sus buenas intenciones, pasarían dos años antes de que Benedicto XVI promulgase la ley para prevenir el lavado de dinero, y algunos más para que Freiberg, alemán perteneciente a la Orden de Malta y hombre de su confianza, pusiera en marcha una verdadera intentona de renovación en el banco vaticano.
—Las cosas de palacio van despacio. Y en la Iglesia, todavía más, ¿no es así?
Luca no reaccionó inmediatamente. Se quedó donde estaba, en el banco desde el que contemplaba el retablo, con la espalda recta y las manos cruzadas sobre el regazo. La luz de dos cirios en el altar le iluminaba parcialmente el rostro. Esperó a que los pasos se acercaran, le rodearan por detrás y el dueño de esa voz se dejara caer con esfuerzo en el extremo del mismo banco. Solo entonces giró el cuello hacia su derecha.
—Me preguntaba cuándo aparecerías.
La silueta miraba al frente, aunque era dudoso que supiera apreciar la belleza de lo que veía.
—Estoy muerto, ¿no te lo han dicho? He necesitado algo más de tres días para resucitar.
—No se te ve en muy buen estado.
El hombre alzó el bastón del que se servía como prueba. Estaba más delgado de lo que Luca recordaba, envejecido, pero seguía vistiendo con estilo y elegancia. Incluso desde su lado del banco era evidente que le costaba respirar.
—Estaré mejor. ¿Qué me dices de ti? ¿Lamiendo las heridas en la melancolía, ahora que tu camino a Roma parece haberse truncado?
La luz titilante de los cirios los alejaba y los acercaba alternativamente, como una suave marea. Luca volvió a mirar al frente.
—Puede que no me creas, pero en realidad me siento aliviado. No sé qué pasará ahora conmigo. Puede que me envíen a una residencia para sacerdotes jubilados o a alguna parroquia de un país pequeño y de nombre impronunciable. Casi me alegro, aunque echaré esto de menos. Habríamos podido hacer algo hermoso aquí.
El hombre asintió. El banco crujió un poco cuando se movió para colocarse algo mejor.
—¿Qué hay de los remordimientos, de la culpa y del arrepentimiento?
¿Los curas estáis exentos de esas cosas?
Luca señaló el confesionario del extremo, negando con la cabeza.
—Tenemos la cajita mágica. Puedo confesarte, si es lo que estás pidiendo.
—La última vez que me confesé fue la primera. Tenía diez años, creo.
Fue en la primera comunión.
—Dios es paciente. Sabe esperar.
—¿En serio crees en esas cosas?
—Lo importante es que lo creas tú.
Al hombre le pareció bien, aunque tendría dificultades para arrodillarse, todavía llevaba puesto un corsé bajo el traje. Luca sonrió.
—Eso no será un inconveniente. —Se levantó y fue al confesionario. Volvió con una estola morada con una cruz bordada con hilo dorado, se la colocó sobre los hombros y fue a sentarse a su lado—. ¿Listo?
El hombre le observó con aire divertido.
—Recordaba esto como algo más formal y solemne.
—Los tiempos han cambiado, pero los pecados son los de siempre.
—¿Por qué no?
Las palabras, como la señal de la cruz, acudieron a él casi de manera instintiva. Y al instante acudieron olores de cera y madera vieja, los misales y la oblea empapada en vino. Ahí estaban su padre, su madre y su hermana. Ahí estaba el Dios de los creyentes, que rezaban y se daban la paz.
—En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Perdóneme, padre, porque he pecado… Y volveré a pecar.
—No puedo absolverte así. Debes hacer ejercicio de contrición de cuerpo, mente y espíritu. Tu arrepentimiento debe ser sincero.
—Oh, y lo es, créeme. Lo que ocurre es que no creo en la absolución.
Me estaba preguntando, más bien, si yo puedo confesarte a ti.
—¿Aunque no vayas a absolverme?
—Para eso tienes a tu Dios, no me necesitas. Lo que quiero es escuchar lo que tengas que decir.
El Dios en el que Luca creía, no sobre el que predicaba, había mandado de nuevo a aquel emisario para arrancarle la verdad del fondo de las tripas, si era necesario. Quería ese Dios implacable oír de su boca lo inconfesable, el pecado del orgullo disfrazado de humildad, la cobardía vestida de prudencia, la perversión escondida detrás del amor, la generosidad que había cabalgado a lomos de la ambición toda su vida.
«¡Desnúdate y muestra tu horror!», le ordenaba perentoriamente ese Dios.
Pero eso no bastaba. El hombre quería más.
—¿Sabías de dónde procede el dinero que iba a financiar tu oda a Dios? Drogas, armas, prostitución, tráfico de personas…
—Siempre he sabido que los seres humanos fingen querer algo mientras desean otra cosa. No hay inocencia en su corazón. Este es un paraíso de ángeles caídos.
La poesía no iba a servirle de alivio.
—¿Sabías que me enviaron aquí para matar a tu hermano y a tu madre?, ¿que ese era el precio de tu perdón?
Luca no respondió. A la luz de los cirios su rostro era pálido, y su presencia misma, inestable.
—Las cintas que le diste a Clara. ¿Así de pesada es tu carga? —insistió el hombre.
El sacerdote sujetó ligeramente entre los dedos el fleco de la estola.
—El rito de la confesión no está completo hasta que el sacerdote impone la penitencia y el penitente la cumple.
No estaba implorando un castigo, no había ningún énfasis en su tono de voz. El hombre escrutó su silencio. ¿Cómo eran aquellas palabras en latín? Ego te absolvo in nomine Patris, et Filii, et Spiritus Sancti.
No las dijo. Apoyándose en el bastón, se puso en pie, le echó una última ojeada y se marchó dando pasos lentos, que resonaban en la nave de la ermita.
40
Había pasado casi un año.
La temporada alta estaba en su apogeo. En el paseo de Gandía no cabía un alfiler, imposible moverse sin tener que sortear las mesas en las terrazas de los bares y las riadas de turistas que iban de un lado a otro como una nube de insectos, con la piel tostada y trajes de baño de todas las formas y colores. A Rafael le divertía aquel espectáculo de flotadores con patos de goma y expositores de cremas solares en las tiendas, pelotas de playa y camisetas de todos los equipos de fútbol, por supuesto falsificadas. Aunque si se paraba a observarlo en detalle, acababa deprimiéndose, prefería aceptar la alegría naif de todos esos británicos que venían de los barrios suburbiales de Mánchester o de Liverpool, concederles la ilusión de que también ellos y sus hijos y sus abuelos tenían derecho a un pedazo del paraíso. Para eso estaban las palmeras, el sol y los bares de la hora feliz.
Con el bigote brillante a causa del sudor y la americana de lino arrugada, arrastró la bolsa de plástico que cargaba en la mano derecha — un ensayo sobre Mariano José de Larra, un cartón de cigarrillos, una botella de J&B y cuatro manzanas— por la cuesta hasta su casa. Quería quitarse los calzoncillos y tumbarse desnudo delante del ventilador. Le sorprendió que la puerta, aunque cerrada, no tuviera las dos vueltas de llave que siempre daba al salir. Quizá se estaba haciendo viejo, pensó. O puede que ya acumulara demasiadas resacas seguidas.
Se pegó un susto al entrar y la bolsa estuvo a punto de irse al suelo. Por suerte, solo se desparramaron un par de manzanas, que rodaron lentamente hasta la bota de Vesna. La joven se agachó y recogió una con aire divertido.
—¿Se te olvidó que tengo llaves de tu casa? —Como si se hubieran visto ayer, Vesna le quitó de la mano la bolsa y la puso encima de una silla —. ¿J&B? Te he visto mejor, Rafael. Tira este matarratas, te he traído un regalo.
En la mesa descansaba una caja de madera. Nada más y nada menos que dos botellas de The Emerald Isle edición especial. De no ser por la sorpresa de ver a Vesna en su casa, Rafael Reyes se habría echado a llorar de alegría.
—¿Qué haces aquí, chiquilla? —dijo recomponiéndose, aunque la boca le salivaba mirando el whisky—. Este lugar es muy peligroso para ti.
Vesna asintió con una risita.
—Lo es. De camino a tu casa me las he tenido que ver con dos alemanes enormes que creen que los tríos sexuales son parte del paquete turístico. Hasta se han ofrecido a pagarme.
—Hablo en serio, Vesna. Todavía hay mucha gente que te está buscando.
—¿Lo dices porque vacié esas cuentas?
Finalmente, Rafael dio un paso y se sentó.
—Y tú lo dices como si hubieras robado unas chuches en el quiosco de la esquina… ¿Cuánta pasta te has llevado?
Vesna se encogió de hombros.
—Suficiente para comprar un par de estas —dijo señalando la caja, encima de la mesa—. ¿Por qué no abres una y brindamos?, te mueres de ganas. Te lo contaré todo.
Rafael seguía alarmado, pero la actitud relajada de la muchacha le ayudó a tranquilizarse un poco. A decir verdad, se la veía estupenda, guapísima, con aquel vestido veraniego, bronceada y pletórica de vida. No era la imagen de alguien a quien estuvieran persiguiendo delincuentes de medio planeta. Y la perspectiva de paladear aquel elixir de dioses mejoraba aún más la situación.
Todo arrancaba del tiempo de las fieras, con Vesna siguiendo la pista de los asesinos de su familia en Sarajevo durante la guerra.
—¿Recuerdas que hackeé el ordenador de Armando Ortiz?
Rafael lo recordaba, igual que recordaba la tormenta que aquello acabaría desatando. Entre otras cosas, la muerte de Julián Leal. Casi le costó la vida a Vesna también, y, de no haber sido por Julián, probablemente no estarían bebiendo ahora juntos, como si nada.
—La que parece haberlo olvidado eres tú, muchacha.
—Fui yo quien descubrió esas cuentas. No sabía lo que eran, pero podía intuirlo. Al principio, pensé en utilizarlas para vengarme. Cuando vi que no iba a haber justicia para mi familia, que ni siquiera se hablaba de lo que Ortiz y sus amigos hicieron en Sarajevo, pensé que la única manera de hacerlo era arrebatarles su imperio, destruirlo desde dentro. Ya había visto por mí misma que la justicia no servía, ni la policía, ni los abogados, ni los periodistas. Esa gente controla todos los resortes del sistema, los manipula a su antojo, así que pensé en buscar ayuda en los márgenes de ese mismo sistema.
Vesna hizo una pausa para observar la reacción de Rafael. Solo sujetaba el vaso de whisky y miraba al vacío de la pared con aire sombrío, quizá porque intuía a dónde conducía aquella confesión.
—¡Fuiste tú quien le hizo llegar ese cuaderno al sicario!
Vesna todavía fingió ligereza, como si hubiera sido poco más que una travesura.
—Así es.
—Pero ¿cómo le encontraste?
—¿De verdad crees que alguien puede desaparecer en este mundo sin dejar una huella en pleno siglo XXI? Solo hay que saber dónde y qué buscar, un movimiento de tarjeta, un billete de avión, una factura de alquiler, una cámara de tráfico… Todo está ahí, en los ordenadores.
Rafael asintió, a caballo entre la decepción y un dolor idiota que no entendía. O sí entendía y no quería entender.
—Eso significa que conoces su verdadero nombre. Lo conoces desde hace años.
—Nadie, repito, puede esconderse eternamente. Existen partidas de nacimiento, fe de bautismo, una época en la que él era quien era sin necesidad de ocultarse.
—¿Os pusisteis de acuerdo?
—Nunca supo que fui yo quien se lo hizo llegar. Confié en que haría lo que se esperaba. Y lo habría hecho de no haberse entrometido Clara, eso lo complicó todo. Ahí fue cuando me di cuenta de que debía cambiar mi perspectiva, y también mi objetivo. ¿Por qué iba a permitir que volviera a pasar? Pactos secretos, acuerdos en los que yo no pintaba nada. Esta vez sería distinto. Esta vez pensaba actuar por mi cuenta.
Rafael hizo girar el vaso de whisky antes de tragárselo de un sorbo seco y rápido. Chasqueó los labios y volvió a llenarlo hasta el borde. —Querrás decir que pensabas actuar en tu beneficio.
Vesna negó con vehemencia juvenil. Necesitaba que él, más que nadie, lo entendiera.
—Al principio lo pensé, es verdad. Pero no para quedarme el dinero. Quería hundir todo ese sistema podrido… ¿Tienes idea de cuánto genera la economía del crimen organizado? Cientos de miles de millones de dólares al año. Sin ese dinero fluyendo a la economía oficial todo se vendría abajo. Bancos, constructoras, navieras, cadenas hoteleras… Todo depende de ese dinero. Dejar sin fondos a esas asociaciones criminales es sumir en el caos a las bolsas, al sistema mismo.
Rafael le echó, de reojo, una mirada descreída.
—Pero no es lo que has hecho.
Vesna enrojeció levemente.
—Comprendí que algo así no es posible.
—Así que recurriste al origen, a Virginia. Le vendiste a la hija del hombre que mató a tu familia la información. Seguro que te ha pagado bien.
—Esas cuentas ya no valían nada, Rafael. En cuanto se percataron de que las había hackeado me pincharon. Era cuestión de tiempo que me encontraran y las vaciaran. Pero ese cuaderno tiene un valor muy importante: los nombres de los titulares, la prueba de su fraude. Quien tenga esos nombres, tiene a sus dueños cogidos por las pelotas. De modo que puse un precio, uno que ella estuviera dispuesta a pagar, además de pedirle ciertas garantías personales.
Rafael sintió en la garganta algo que ya no pensaba que sería capaz de sentir. No a su edad. La tristeza de sentirse decepcionado por alguien otra vez.
—No me mires así —le recriminó Vesna—. Sacar provecho es toda la justicia a la que puedo aspirar.
—Me engañaste, Vesna. Nos utilizaste a todos, a Clara, a Soria, a mí… Incluso al sicario.
—Utilicé a los demás, sí. Y les he compensado por ello. A fin de cuentas, están vivos, ¿no? Es más de lo que pueden decir mis padres y mi hermano. A ti no te utilicé. Te mentí para protegerte. Y ahora estoy aquí, contándote la verdad.
—Con dos putas botellas de whisky… ¿Eso es lo que te dices, muchacha? ¿Tanto te duele aceptar que, después de todo, la ambición y la codicia también han podido contigo?
—No quiero que pienses eso de mí. No quiero que me veas de ese modo. Usaré bien el dinero: quiero volver a Bosnia, hacer algo bueno allí con él. Piénsalo, Rafael, ¿no es justo que ese dinero repare el daño que hicieron sus dueños?
Nunca se trató de justicia, pensó Rafael. Y daños que el dinero no puede reparar y Vesna ya debía saberlo, pero quién era él para juzgar las mentiras que cada cual se dice a sí mismo para seguir adelante sin demasiada vergüenza.
—Deberías irte de mi casa… Puedes dejar las llaves en la mesa —dijo poniéndose en pie y agarrando una botella.
Vesna intentó retenerle.
—Piénsalo, Rafael.
Él se desembarazó de ella con un gesto de derrota. En lo único en lo que pensaba era en meterse en la cama abrazado a la botella, beber hasta el coma etílico, bajar la persiana, dormirse y fingir que ya no era de este mundo. Quizá, más tarde, leería a Larra.
41
Marfa, Texas
En el plato quedaban restos de comida. El chico le preguntó si no le había gustado. Clara lo observó con atención. Debía de ser su sobrino, había algo suyo en él, tal vez en la intensidad de aquella mirada tan oscura.
—Estaba todo muy bueno, gracias.
La taquería se hallaba poco concurrida. Pensó que era un lugar bonito, acogedor. Los altavoces reproducían música oaxaqueña, le sonaba la canción. Caminos del recuerdo. Él decía que a su hermana le gustaba canturrearla mientras preparaba la masa en la cocina.
—¿Usted es española? —le preguntó el joven con un acento que ya se decantaba hacia el inglés.
Uno no es de donde nace, sino de donde quiere. Como ellos, que nacieron en Guadalajara y ahora servían especialidades oaxaqueñas en un pueblo de Estados Unidos.
—Sí, aunque conozco un poco México. Pasé un tiempo allí hace mucho, y mi pareja —le sonó extraño decirlo así— era de Guadalajara.
—¡Como mi madre y toda su familia! Se trasladaron aquí ella y mis abuelos en los años ochenta.
A Clara le habría gustado escuchar aquella historia, rellenar los huecos de una biografía que él nunca le contó del todo. Pero no tenía mucho tiempo, su vuelo partía al anochecer desde Austin.
—Me gustaría felicitar a la cocinera, ¿crees que podría hablar con ella?
El joven asintió con placer. Debía admirar mucho a su madre, quizá pensaba que un poco de alegría aliviaría el duelo por la muerte de su hermano.
—Vaya usted misma, seguro que se lo agradece. Es ahí, detrás de la cortina.
La mujer que estaba detrás de la mesa amasando la harina con el huevo no era como él se la había descrito, o como ella la había imaginado. Parecía mayor, con el pelo blanco recogido en un moño sin gracia. Concentrada y triste, fuerte todavía, pero desmoronándose ya. Una persona con las cicatrices del sufrimiento en las arrugas y una especie de paz alcanzada al final. Una paz silenciosa.
Alzó la cabeza contrariada. La licencia de su hijo no le había gustado, aquel era su territorio, su intimidad.
—¿La puedo ayudar?
—Su hijo me ha dejado pasar. Solo quería felicitarla, la comida era excelente.
Ella juntó los labios y cabeceó. Era su manera de dar las gracias y de decirme que no era necesario exagerar. Clara supuso que esperaba que, una vez dicho el cumplido, se fuera por donde había venido, pero al ver que no se movía la mujer dejó lo que estaba haciendo y la observó con atención. Clara abrió el bolso y le entregó unos documentos.
—En realidad, he venido hasta aquí para darle esto.
Elisa se limpió las manos con un paño y salió de detrás de la mesa con desconfianza.
—¿La conozco?
Clara negó con la cabeza con un deje de tristeza y la animó a mirar los documentos.
El rancho estaba a unos diez kilómetros, cerca de la frontera. Clara había echado un vistazo por la mañana: una tierra que no parecía gran cosa, aunque ella no entendiera de vacas y forraje. La casa principal era bonita y amplia. Vesna se había ocupado de la transacción desde el extranjero, y le había prometido que nadie podría rastrear el origen del dinero. También había una cuenta a nombre de Elisa en el West Fargo con un saldo suficiente para empezar.
Elisa la miró como si no comprendiera lo que decía. Luego hojeó atribulada esos papeles, aunque en realidad no los leía. Le brillaban los ojos y en la boca se le había dibujado un mohín que anunciaba una exclamación o un llanto. Se pasó la mano por la cara, dejando un rastro de harina en la mejilla derecha. Movía la cabeza incrédula, pero logró contenerse. Levantó la barbilla y se encogió de hombros.
—Este no era mi sueño…, era el de mi hermano.
—Ahora es el suyo. Dele una buena vida a su hijo, y vívala usted también. Es lo que a él le habría gustado.
La mujer la miró de un modo distinto.
—Eres tú, ¿verdad? La periodista española… Manuel me hablaba mucho de ti en los últimos tiempos. Si eso hubiera sido posible en él, juraría que le hacías sentirse en paz consigo mismo. Por primera vez me hablaba de planes, de la familia. Parecía casi contento.
Manuel. A Clara le hizo gracia oír ese nombre pronunciado sin nada detrás, sin muertes, sin violencia. Un nombre común, quizá el mismo que su abuelo, o el de un primo lejano. El nombre de un niño de Guadalajara que hacía ceniceros de arcilla en el colegio porque le gustaban a su madre. El mismo Manuel de zapatillas desgastadas que acompañaba a su padre en la camioneta para vender electrodomésticos y que trataba de impedir que el viejo se fundiera el poco sueldo que ganaba en apuestas que siempre perdía y le escondía las botellas para que no se emborrachara. Dicho en boca de su hermana, sonaba evocador y real.
Un nombre que poder acariciar y que echar de menos.
—Tengo que irme. Mi vuelo sale esta noche y me queda un trecho por conducir.
Fue entonces cuando ella la cogió de la mano y le pidió que se quedase un poco más.
—Quédate. Tú conocías lo que yo no conozco de mi hermano y quiero saberlo. Yo te contaré lo que nadie te ha contado. —Sacó la cajetilla de cigarrillos del bolsillo del delantal y señaló el patio trasero, donde estaba el jardín—. ¿Tú fumas?
Clara recorrió con la mirada aquella cocina, los cacharros en el fregadero, las hierbas y las conservas, la harina y las claras de huevo. Unos minutos, se dijo. Unas horas, una vida.
¿Acaso importaba a dónde ir o qué hacer con el tiempo?
Epílogo
En Guanacaste, en la costa del Pacífico, anochece. El pueblo de Tamarindo está animado y en la playa de la Langosta grupos de jóvenes, americanos en su mayor parte, se preparan para la puesta de sol. Hamacas, cámaras fotográficas, hogueras y todo lo que cabe imaginar.
La veo cruzar la pasarela de madera desde el chiringuito hacia la orilla más alejada. Se aparta del bullicio. Sola. Lleva una cerveza en la mano derecha. Un bonito biquini bajo un pareo que oculta parte de sus cicatrices. Nadie diría cuál es su verdadero talento. Parece una turista solitaria que busca un poco de paz, tal vez un romance de verano para olvidar un mal divorcio o un duelo que ya dura demasiado. Me extraña que no lleve un bolso playero en el que esconder un arma. Se siente segura, a salvo.
Quién sabe por qué ha venido hasta aquí. Quizá por trabajo. Pero es hasta aquí hasta donde la he seguido. No ha sido fácil dar con ella.
Mi torturadora.
La dejo unos minutos en la orilla. Que sienta el suave braceo de las olas en las piernas, que respire por última vez el salitre y note en la cara la brisa que viene al atardecer y se lleva los mosquitos hacia el interior. Que sus ojos se llenen de ese cielo rojizo y del sol retirándose majestuosamente. Es más de lo que ella me ofreció a mí. Podría dejarlo estar, entender que nunca es algo personal. Podría seguir muerto para todos o resucitar solo para aquellos que conocen mi nombre, pero es que, vivo o muerto, soy lo que soy.
Sin prisa, con la Glock en la mano, me acerco por detrás, sin anunciarme. Igual que las cosas nefastas e inevitables que nos pasan.
FIN

