Libro N° 15454.El Asesinato De Cecily Thane. Ashbrook, Harriette.
© Libro N° 15454.El Asesinato De Cecily Thane. Ashbrook, Harriette. Emancipación. Agosto 15 de 2026
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EL ASESINATO DE CECILY THANE
Harriette Ashbrook
El asesinato de Cecily Thane
Harriette Ashbrook
El fiscal de distrito de Nueva York, R. Montgomery Tracy, no está pasando por su mejor momento. Acaba de sacar de la cárcel a su hermano Spike, encerrado por embriaguez y alteración del orden público, y además tiene entre manos un caso candente. Cecily Thane, esposa de un millonario traficante de joyas, ha sido asesinada a tiros en su casa. De su caja fuerte han desaparecido piezas de enorme valor, por lo que para la policía no hay duda posible: se trata de un robo que salió mal y el culpable no puede ser otro que Tommy Spencer, visto a menudo en compañía de la víctima. Cuando el fiscal, satisfecho, está a punto de dar carpetazo al asunto, su hermano se lo impide rotundamente. Pues tras esa apariencia de playboy indolente, Spike Tracy esconde una mente brillante y un incomparable espíritu de observación, y no parará hasta descubrir al verdadero culpable. Aunque, llegados a este punto, la cuestión ya no es solo quién mató a la señora Thane, sino si Spike será capaz de resolver el misterio antes de volver locos al fiscal, al inspector Herschman y a toda la policía de la ciudad.
Publicada en 1930 e inédita hasta ahora en español, El asesinato de Cecily Thane es la primera de las siete novelas protagonizadas por el atípico, incorregible y encantador Spike Tracy.
Harriette Ashbrook
El asesinato de Cecily Thane
Biblioteca de Clásicos Policiacos 32
ePub r1.0
Titivillus 21.02.2026
Título original: The Murder of Cecily Thane
Harriette Ashbrook, 1930
Traducción: Natalia Zarco
Editor digital: Titivillus ePub base r2.1
1
—Hay momentos, querido hermano mío, en los que me pregunto por qué Dios sigue dejándote vivir.
Sin parar de andar de un lado a otro a grandes zancadas por el despacho, y sin sacar las manos de los bolsillos, el fiscal del distrito contrastaba mucho con el joven que tenía delante.
Acomodado en un gran sillón de piel, con una pierna colgando con indiferencia del reposabrazos, el joven se limitaba a exhalar lentas nubes de humo. Tenía una sonrisilla en los labios, y el sol primaveral, que se colaba por la ventana abierta, lo inundaba de un agradable calor acorde con su estado de ánimo. Se le veía alegre y despreocupado pese a vestir un traje de noche lleno de arrugas y a que su rostro pidiera a gritos un buen afeitado.
—Te lo repito: hay momentos en los que me pregunto por qué Dios sigue dejándote vivir, para que continúes respirando y metiéndote en problemas.
—Imagino que este es uno de esos momentos, ¿me equivoco?
El joven se expresaba con la indolencia propia de alguien que se divierte y se encuentra a sus anchas en situaciones de ese tipo.
—¡Así es!
—Bueno, es una suerte que Dios no te consulte cuando gestiona el universo.
—Si tienes que hacer que te arresten, ¿por qué no lo haces en cualquier otro sitio que no sea Nueva York? En París…, en Londres…, donde sea, pero ¡no aquí!
—Ya lo he hecho. Cuatro veces en París y tres en Londres. O quizá fue al revés. Por cierto, ¿cómo se llama ese sitio donde me han encerrado esta noche?
—Era la comisaría de policía del distrito 47.
—No es muy interesante, ¿verdad? Sin embargo… —Sacó un cuadernito negro y un bolígrafo de un bolsillo interior y se puso a escribir algo—. Estoy haciendo un listado de los calabozos por los que he pasado —explicó—. Quizá, un día, escriba un libro. Las prisiones que he conocido. Será muy divertido. En Mónaco te sirven champán y te lo cargan a la cuenta, ¿lo sabías? Y en París, una vez…
—Deja de decir estupideces y trata de tomarte en serio este asunto.
—¿Por qué?
—¿Por qué? Pues porque cada maldito periódico de la ciudad va a publicar la noticia en primera página.
—¿De verdad? —preguntó el joven sonriendo—. Ah, qué bien; por fin formaré parte de la élite de los que salen en la primera página. ¿Crees que gustará mi foto? ¿O mejor una de los dos juntos? ¿Qué me dices de una imagen apasionada como esta? —Se incorporó de un salto y se arrodilló al lado de su hermano, que lo miraba furioso. Ocultó el rostro tras las manos y encorvó los hombros con una pose humillada del todo falsa—. «Fiscal mete entre rejas a pariente descarriado».
—Escúchame bien, Philip. —La voz del mayor de los hermanos se suavizó por la desesperación y por fin dejó de caminar de un lado a otro; es más, adoptó un tono casi implorante—. Si no eres capaz de tomarte en serio este asunto, al menos intenta ponerte en mi lugar. Aquí soy el fiscal, el que está de parte de la ley, del orden y del decoro; pero a mi hermano, mira tú por dónde, acaban de acusarlo de embriaguez y altercados nocturnos.
—Bueno, ¿qué preferías?, ¿que me acusaran de escupir en el metro o de cometer un crimen?
Al oír esa última palabra, el fiscal hizo una mueca.
—No me hables de crímenes. Ya tengo bastantes entre manos para que venga un burro como tú y lo transforme todo en una chanza.
—Ah, ¿sí? —El joven deshizo su ridícula postura, se levantó despacio y se sacudió las rodillas—. ¿Me estás diciendo que ahora mismo te estás ocupando de un caso de homicidio?
El fiscal del distrito asintió con la cabeza.
—Estaba a punto de desplazarme a la escena de un crimen cuando he tenido que venir a sacarte del calabozo. De todos los momentos en que podías meterte en problemas, ni por asomo habrías podido elegir uno peor. —Vamos, amigo mío, de nada sirve que sigas repitiendo la misma cantinela. Además, me parece mucho más interesante hablar de tu homicidio.
—Razón no te falta al llamarlo «mi homicidio», porque estoy seguro de que lo acabará siendo. —El fiscal pareció calmarse un poco, pero su aspecto se ensombreció. Luego, estalló de nuevo con cierta irritación—. ¿Por qué tenía que ocurrir esto ahora que me estoy ocupando de las leyes de los bancos nacionales? Los periódicos levantan tanta polvareda con los crímenes… Mira esto, por ejemplo —dijo señalando en su escritorio un ejemplar doblado por la página del editorial.
El joven lo cogió y leyó el párrafo que le indicó su hermano.
Podría ser que la policía local y la administración judicial estén tratando de camuflar sus repetidos fracasos con discursos solemnes sobre «progreso civil» y sobre «reformas necesarias», pero el ciudadano de a pie no se deja engañar por frases grandilocuentes. Además, se da el caso de que, desde que el fiscal del distrito es Tracy, se han producido tres asesinatos que aún no han sido resueltos, lo cual contribuye a su descrédito. En calidad de funcionario del pueblo, encargado de castigar a quienes quebrantan la ley, parece que ha fracasado manifiestamente en el ejercicio de sus funciones. Alguna investigación más eficaz y menos «reformas necesarias»: eso sería lo único que podría salvar su mandato. Las «reformas», así como la caridad, han de empezar en casa propia.
—Mucho me temo que a ese tipo no le caes simpático —observó soltando el periódico.
—¿Que no le caigo simpático, dices? Están esperando la ocasión de echarme. ¡Malditos periodistas! Si cada día no hay algo nuevo que comunicar, son capaces de inventarse cosas que por lo general son peores que la verdad, y…
—Calma, calma —lo interrumpió el joven queriendo consolarlo—. Cuéntamelo todo. Echa el sapo fuera y te sentirás mejor. ¿Quién ha matado a quién y dónde, cómo y cuándo?
—La muerta es Cecily Thane.
—¿Cecily Thane? —El joven abrió mucho los ojos, mostrando un repentino interés.
—¿La conoces?
—En realidad no, no puedo decir que la conozca. La he visto un par de veces en varios clubs nocturnos, pero lo que sí es cierto es que todo el mundo sabe de sus joyas.
—Muy bien, pues ha muerto. La han asesinado esta noche, y de su caja fuerte particular han desaparecido doscientos mil dólares en joyas. —El fiscal se volvió y con súbita agresividad disparó una pregunta a su hermano—: De todas formas, ¿tú qué sabes de este asunto?
—Calma, calma, Richard, no he sido yo el que ha cometido ese homicidio. Te juro que yo no la he matado. Si no me crees, pregúntale al estupendo sargento y a los dos agentes que han estado jugando conmigo al póker toda la noche.
—Lo que quería decir es: ¿qué sabes tú de ella?
—Solo he oído rumores. Suele salir por ahí acompañada de chicos jóvenes, y por lo general cargada de diamantes. Dicen que no son todos suyos, sino que los coge de la joyería del marido. La llaman «el escaparate ambulante».
—Bueno, ahora que ha muerto, no tiene sentido hablar de eso. Tengo que averiguar quién la ha matado. Ha sido todo un verdadero golpe de suerte el mío.
—Y también el mío. —El joven tendió la mano hacia el sombrero y el bastón que había en el escritorio.
—¿Qué quiere decir eso de «y también el mío»?
—Quiero decir, que estaba a punto de viajar a la Columbia Británica para cazar alces, pero, a la vista de la situación, creo que me voy a quedar en Nueva York para cazar asesinos, un deporte muchísimo mejor. —Se caló el sombrero y señaló la puerta—. ¡Vamos!
—¿A dónde vamos?
—A esa famosa «X» que siempre señala el lugar donde ha aparecido el cadáver.
Era difícil creer que R. Montgomery Tracy, conocido como el fiscal de distrito del Condado de Nueva York, fuera el hermano de Philip Tracy, el alocado joven, cuyo apodo familiar era «Spike», que animaba la vida de muy variopintas gentes a uno y otro lado del Atlántico.
Los problemas matrimoniales del difunto R. Montgomery Tracy sénior y de su mujer podían, al menos hasta cierto punto, justificar las diferencias tan evidentes que existían entre los dos hermanos. Fue al poco de nacer Philip cuando la señora Tracy, una mujer de índole inconstante, de un día para otro se negó a seguir marchitándose bajo las austeras reglas puritanas de su marido. Así que se trasladó a Europa con su hijo menor y allí enseguida pasó a formar parte de aquel grupo de jóvenes simpáticos e irresponsables que revoloteaban entre Saint Moritz, la Riviera francesa y París, con alguna temporada ocasional en Londres o Berlín.
Por eso Philip había crecido como una suerte de híbrido fascinante, mitad norteamericano y mitad europeo, una encantadora combinación de Piccadilly y Broadway, Oxford y Yale, que dividía su tiempo entre las escuelas de Francia e Inglaterra, y de vez en cuando visitaba a su padre y hermano en Norteamérica.
No había arruinado su vida con algo tan penoso como un trabajo; por supuesto que no. El college había sido un grato interludio entre la adolescencia y la madurez: un periodo de fracasos escolares y de triunfos en atletismo y en los bailes estudiantiles. La imposibilidad de obtener una graduación solo le produjo una feliz sensación de libertad en un mundo lleno de lugares donde lo único que esperaban era a un playboy: París, Nueva York, Viena…
Había vivido sus veinticinco años de manera intensa y feliz, gracias únicamente al incesante flujo de dólares del patrimonio paterno, una vida del todo inútil, la suya, pero divertidísima.
No obstante, la anterior no sería una valoración de su persona del todo objetiva. Cuando la ocasión lo requería, Philip sabía demostrar una agudeza muy alejada de la línea habitual de su carácter. Tras aquella apariencia traviesa, a menudo la capacidad de su intuición dejaba estupefacto a cualquier testigo que tuviera cerca.
Su hermano, en cambio, distaba bastante de ser así.
A los cuarenta años, R. Montgomery Tracy ya tenía mujer y cuatro hijos, además de notables ambiciones políticas, y su sentido del humor era tan elemental que rozaba lo inexistente. El hecho de haber pasado tantos años en contacto con la magnificencia de la ley le había imprimido una gris severidad que a veces empañaba su capacidad de juicio, sobre todo, en lo relacionado con determinadas emociones humanas. Para alguien como Tracy, uno nunca podía tomarse la vida a la ligera.
Como fiscal de distrito del Condado de Nueva York, demostraba una tenaz eficacia que constituía el orgullo y, al mismo tiempo, la desesperación de sus partidarios. Él creía en ese tipo de hombre cuyos orígenes y honestidad lo situaban por encima de los meros bienes materiales. En la gestión de su cargo, había éxitos de los que él y sus partidarios podían jactarse por derecho propio. Sin embargo, en cuestiones más imaginativas, se quedaba muy pero que muy corto. Es más, ya circulaban voces de desaprobación por el simple hecho de no haber proporcionado nunca ningún buen «espectáculo» para disfrute de las masas. Pan daba con generosidad; en cambio, como circense, era del todo insuficiente.
En particular, sentía un profundo disgusto por los crímenes. Interferían demasiado con el sólido programa constructivo que se había propuesto; un programa que, con el espíritu utópico que lo caracterizaba, consideraba que debería llevarlo a ascensos políticos cada vez más altos y cada vez más nobles. Además, no hacían más que acabar en su despacho hordas de periodistas que lo ensordecían y llevaban a sus orejas el clamor de un público sediento de emociones fuertes.
Y ahora tenía otro entre manos, un crimen llamativo y espectacular. Los principales periódicos del país habían publicado artículos sobre el inesperado triunfo del comerciante de joyas Elton Thane. Diez años antes, era un simple viajante y ahora era millonario. Importaba piedras raras y preciosas que en el pasado ornaron las testas coronadas ya difuntas de Europa. Era propietario de un caro local ubicado en una elegante avenida y de una filial más pequeña en una zona residencial de Broadway.
Al pensar en los periódicos de la tarde, al fiscal le entró un escalofrío. Mientras recorría la calle Lafayette en coche con su hermano, de camino a una casa de la calle Ochenta y Dos Oeste, la discusión iniciada en la comisaría aún continuaba.
—Mi muy querido muchacho —protestó—, no voy a aceptar que te tomes como unas vacaciones la investigación de uno de los delitos más graves del Código Penal.
—Eso no es así. Voy a dedicarme a estudiar este crimen con la máxima seriedad, y no creo que me sorprenda mucho descubrir que no es tan aburrido como puede parecer.
—En otras palabras: ya te ves en el papel de detective.
—Bueno, algo así.
Por primera vez en la mañana, el fiscal del distrito se echó a reír.
—Herschman se va a poner muy contento.
—¿Quién es Herschman?
—El jefe del Departamento de Homicidios.
—¿Cuándo tendré el gusto de conocerlo?
—En unos quince minutos, más o menos. A esta hora seguro que ya ha llegado a la oficina.
—Ah, entonces, ¿de verdad me vas a llevar contigo?
Pillado por sorpresa, aunque en el fondo el anzuelo lo había lanzado él, el fiscal se paró a pensar la pregunta.
—Bueno, solo esta mañana. Puedes venir conmigo, pero, por favor, evita hacer preguntas sin sentido e intenta ser lo más discreto posible.
—Una suerte de observador oficioso, en definitiva.
—Exacto. Y trata de mostrar una actitud un pelín más seria. Recuerda que una mujer ha sido asesinada.
—¡Oh, vamos, ya lo sé! —dijo Spike sonriendo.
2
La casa de Elton Thane, en el número 8 de la calle Ochenta y Dos Oeste, estaba en una hilera de edificios de arenisca de aspecto algo tétrico, pero con cierta elegancia gracias a las relucientes aldabas de latón y al brillo de las ventanas limpias, que revelaban que el servicio era muy eficiente, así como un notable desahogo económico. Desde el lado sur de la calle, a solo tres manzanas de la avenida Central Park Oeste, podía colegirse de inmediato que aquella casa era víctima del estruendo infernal que producían las obras de la nueva parada de metro que estaban construyendo en la Octava Avenida.
Se había arrancado el asfalto de la Central Park Oeste, y los coches que circulaban traqueteaban por la avenida, reducida a un puñado de baches. Se habían colocado tablones de madera a intervalos a lo largo de la calle, y había hombres trabajando a unos ocho o diez metros bajo la superficie. En la calle Ochenta y Dos, en el lugar donde habría de estar la futura estación, parecía como si un puño gigantesco hubiese reventado el pavimento, y para abrirse camino en aquella vorágine los operarios utilizaban martillos neumáticos.
Asomando por una perpendicular de la avenida Central Park Oeste, a la altura de la calle Setenta y Dos, el vehículo que transportaba al fiscal del distrito y a su hermano se dirigió con cautela hacia el norte, abriéndose paso entre camiones y hormigoneras. En la Ochenta y Dos, no obstante, los ocupantes del coche se vieron obligados a bajarse y recorrer un trecho a pie, desde la esquina hasta el número 8, porque las excavaciones para la estación, que estaban justo delante de la casa de los Thane, bloqueaban la circulación del tráfico que venía del este.
—¡Un lugar ideal para un crimen, ¿no?! —gritó Spike por encima del estruendo de los martillos neumáticos.
El fiscal arrugó el ceño y empezó a subir hasta el portal, pero Spike lo retuvo tirándole del brazo.
—Escucha, amigo mío —protestó Spike—, ¿crees que estamos abordando el problema como es debido? ¿No se examina siempre antes la zona con atención?
—¿«Se examina»?
—Me refiero a posibles huellas de calzado que hayan quedado en el felpudo, rastros de neumáticos y cosas por el estilo.
—No hay ningún felpudo aquí, y los coches no dejan huellas de neumáticos en el asfalto.
—Bien, entonces, ¿no deberíamos interrogar a aquellos hombres? — dijo Spike señalando a los trabajadores de la zona de excavaciones—. Al menos deberíamos pararnos a mirar de qué color son sus ojos, preguntarles a todos si están vacunados y desde cuando…
—¡Philip! —rugió el fiscal, pero en voz baja, en señal de respeto por el cadáver que había en la casa—. Por favor, te pido, Philip, que evites ciertas bromas de mal gusto. O dejas a un lado tu ironía barata o te quedas en la puerta.
—Pero, Richard, solo trataba de ser útil.
—Bien, pues no lo hagas. El departamento de policía y la fiscalía pueden ocuparse perfectamente de este caso sin la ayuda de un hombre que ha pasado la noche en el calabozo.
Spike encajó el golpe con humildad; aun así, lanzó una mirada furtiva a los operarios: tres italianos sudorosos y un enorme capataz con un grueso mostacho negro. Parecía uno de esos nihilistas rusos que se ven en algunos cuadros, pero, cuando impartió órdenes a los otros tres, su voz demostró un acusado acento irlandés.
Al final de la escalera de entrada había un policía que saludó al fiscal y a su hermano antes de abrirles la puerta.
Ante ellos apareció un pequeño vestíbulo que daba a un largo pasillo; más adelante, a la derecha, había una escalera por la que se subía al primer piso. El interior de la casa de los Thane contrastaba mucho con la fachada tradicional del edificio. En cuanto los dos hombres cruzaron el umbral, se vieron rodeados por montones de colores chillones que iban del verde y el malva de las paredes al rojo intenso de las cortinas. Había sillas con formas singulares, mesas de distintas alturas, librerías que contenían figuritas futuristas en vez de libros, y lámparas dispuestas en los ángulos más extravagantes. Todo allí era recargado y para nada relajante. Saltaba a la vista que la difunta señora Thane tenía gustos decorativos muy modernos.
A la izquierda, una gran abertura en arco daba acceso al salón, de donde llegaba un rumor de voces. El inspector Herschman y uno de sus hombres estaban sentados de manera un poco inverosímil en un diván triangular de solo tres patas, tan finas que suscitaban cierta intranquilidad.
Cualquier lector de novelas policiacas habría reconocido justo lo que era Herschman: un «madero» de comisaría. Su rostro, envergadura y vestimenta representaban con exactitud la idea popular de lo que debería ser un policía. Era un tipo corpulento, dotado de algunas habilidades bastante rudimentarias, derivadas de un largo aprendizaje en las calles de la ciudad. Era fácil imaginarlo intimidando a una banda de gánsteres, pero muy difícil, enfrentándose a un criminal de capacidades poco comunes como el A. J. Raffles de E. W. Hornung[1].
Le echó una mirada interrogante al fiscal, casi como para recordarle el enorme retraso con el que se había presentado en la escena del crimen. Tracy no explicó que los problemas de su hermano le habían hecho perder el tiempo y pasó a presentar a este último de la manera más ágil posible.
—Mi hermano. Por casualidad estaba con él esta mañana, así que lo he traído. —A continuación, con cierto nerviosismo, se puso manos a la obra —: Hágame un breve resumen de los hechos. Conozco el caso solo a grandes rasgos, según lo que me ha referido esta mañana por teléfono.
Herschman empezó a contarle lo sucedido.
Poco antes de las cuatro de la mañana Elton Thane regresó a su casa y subió a su habitación, que se hallaba en el segundo piso. Al ver que en el apartamento de su mujer, en el primer piso, aún había una luz encendida en el salón, llamó a la puerta. Al no recibir respuesta, entró y descubrió el cadáver. Le habían disparado en el corazón, le habían arrancado el collar que llevaba al cuello, y de la caja fuerte empotrada en la pared se habían llevado los diamantes, perlas y esmeraldas que contenía, cuyo valor completo ascendía a doscientos mil dólares.
—Aún no se ha retirado el cuerpo —dijo Herschman—; está allí, con todo lo demás, tal y como lo hemos encontrado. He pensado que quizá querría verlo en persona antes de que se altere la escena del crimen.
Tracy asintió con la cabeza como aprobando la iniciativa, y el inspector continuó.
Elton Thane llamó de inmediato a un tal doctor Partridge, un amigo suyo médico que vive en la casa de al lado, y ambos a su vez llamaron a la comisaría de policía de la calle Ochenta y Dos. Tras un rápido examen de la situación, Groaty y McCarthy, los agentes que se presentaron en primer lugar, refirieron cuanto pudieron a la central. A partir de ahí Herschman se hizo cargo del caso. Ya habían llegado a la escena los peritos de balística y los expertos en huellas dactilares; y Sayler, el médico forense, estaba arriba haciendo una primera valoración antes de trasladar el cuerpo al depósito.
—¿Hay alguna pista por la que podamos empezar? —preguntó Tracy nervioso.
—He enviado a Groaty y McCarthy a buscar al tipo que acompañó a la señora Thane anoche. Parece que se llama Spencer, Tommy Spencer. Los dos, Spencer y la señora Thane, salieron de casa sobre las ocho para ir a bailar. A las once y media, de regreso, subieron al apartamento de la señora Thane, en el primer piso. Una media hora después, él se marchó.
Tracy se quedó pensativo; su mirada se cruzó con la de Herschman y ambos asintieron con la cabeza, como confirmando lo que el otro estaba pensando.
—Hay muchas similitudes con el caso Schlockenhass —dijo el fiscal del distrito.
—En efecto, tantas que he dicho a Groaty y McCarthy que echen un vistazo a las fotografías y las huellas antes de empezar las investigaciones.
—¿Tiene una descripción de las joyas que han desaparecido?
—Todavía no. El marido, el único que podría decirnos algo, está tan afectado que aún no ha conseguido abrir la boca.
—¿Qué le parece si subimos?
Mientras los tres subían por las escaleras, el fiscal y el inspector delante, y Spike, como correspondía, detrás —viva imagen de la mansedumbre—, Herschman explicó la distribución de la casa. Como la mayor parte de ese tipo de edificios de arenisca, también este tenía cuatro pisos, incluida la planta baja, además de un semisótano, y había tres habitaciones en cada planta. La cocina y la sala de la caldera ocupaban todo el semisótano, a excepción de una sala de estar dispuesta para el servicio. Esta sala daba a la calle por un postigo y una ventana con rejas. En la parte de atrás había otra puerta por la que desde la cocina se pasaba a un jardincillo rodeado por una tapia alta.
En la planta baja estaban el comedor y el salón, y al fondo, un pequeño dormitorio y un baño. El primer piso lo ocupaba el apartamento de la señora Thane, que consistía en un dormitorio, un baño y un saloncito; y encima, el apartamento del señor Thane, con idéntica estructura. En el tercer piso estaban los tres dormitorios de la doncella, la cocinera y el mayordomo.
—Imagino que los habrá interrogado a todos, ¿no? —preguntó Tracy.
—Solo a la doncella. Es la única que estaba en la casa anoche. La cocinera disfrutaba de su noche libre y fue a Jersey a visitar a unas amigas, y el mayordomo se despidió ayer mismo.
—Qué contrariedad —comentó el fiscal—. Cuando en un caso hay varios testimonios, es mucho más fácil reconstruir la cronología de los hechos.
El primer piso de la casa de los Thane revelaba más pruebas de la variedad de gustos en materia de decoración de su ahora difunta ocupante. La sala de estar era de estilo Luis XIV, con pequeñas butacas de patas doradas, una alfombra Fragonard, paredes forradas con paneles de madera y vistosas cortinas de tafetán. Instalada entre los cojines de una chaise longue, con la pose del famoso retrato de Juliette Récamier, una muñeca vestida como una universitaria ponía una nota discordante en aquel ambiente.
Cuando los tres hombres pasaron al salón, desde la entrada vieron, a la derecha, un gran arco que llevaba al dormitorio, de donde provenían fragmentos silbados de forma bastante extraña de una alegre canción popular. Era el doctor Sayler, forense oficial de la Policía de Nueva York, que estaba sentado en una butaca lacada en oro con aspecto a todas luces satisfecho. Pasaba el rato silbando y fumando, del todo ajeno al funesto entorno que lo rodeaba.
—El inspector me ha dicho que iba usted a venir —dijo dirigiéndose alegremente al fiscal—, así que he decidido esperarlo. He pensado que quizá querría ver la escena del crimen antes de que ordene trasladar el cadáver.
Con un gesto indicó al rincón de la sala a la derecha del arco que llevaba al dormitorio.
Cecily Thane yacía bocarriba, con un brazo levantado por encima de la cabeza y la boca entreabierta. La mujer estaba en esa edad indefinida y algo trágica para las señoras, entre los treinta y cinco y los cuarenta y cinco. Tiempo atrás había sido hermosa, pero de una efímera belleza rubia que empezaba a desvanecerse. El cabello, ondulado de forma geométrica, tenía un color demasiado intenso, y la angulosidad del rostro estaba remarcada con brochazos triangulares de colorete bajo sus prominentes pómulos.
Sus finos labios estaban destacados con una sutil línea de carmín. El rostro entero delataba un estrés crónico, una tensión nerviosa que no podía atribuirse por entero a un evento fortuito, extraño o aterrador que hubiera ocurrido poco antes de la tragedia.
Vestía un traje de noche de satén opalino decorado en exceso con lentejuelas. En el seno izquierdo, una horrible mancha roja se extendía por el tejido brillante.
En la pared, a un metro y medio por encima del rodapié, estaba la caja fuerte, abierta de par en par. Repartidos por el suelo estaban los estuches de las joyas. Uno de ellos era de mayor tamaño y con compartimentos. Tanto la caja como los estuches estaban vacíos. El cuerpo yacía justo delante de la caja fuerte, a un metro de la pared.
El fiscal le preguntó con la mirada al médico forense.
—Tiene que haber ocurrido hacia medianoche o poco después — respondió este—. Antes de la una. Un disparo preciso en el corazón.
Se acercó al cadáver y, con la indiferencia de un conferenciante profesional, impartió su lección.
—Como se ve, no hay quemaduras de pólvora. Lo más probable es que le hayan disparado a una distancia de un metro o metro y medio. La bala entró al cuerpo justo por aquí, a la izquierda del esternón.
—¿La ha sacado usted?
El médico negó con la cabeza.
—No. Salió por la izquierda de la columna vertebral. Imagino que la habrá encontrado uno de sus hombres, inspector.
—La tengo yo —respondió Herschman—. Es de un Colt de calibre 38, un arma muy común.
Volviéndose a la pared del dormitorio que daba al sur, señaló un punto en los paneles de madera, justo debajo de una de las grandes ventanas que daban a la parte trasera de la casa.
—Aquí es donde ha acabado la bala.
El doctor Sayler, el fiscal del distrito y Spike se acercaron al inspector para examinar la pequeña oquedad de medio centímetro de profundidad que la bala había abierto en la blanda madera pintada del panel.
—Bien, ¿qué les parece si llamamos a la doncella? —propuso Tracy —. Quiero ver qué nos cuenta.
Herschman pasó la orden a uno de sus agentes, que esperaba fuera, en la puerta del salón, y poco después subió una joven descarada y bastante graciosa de unos veinticinco años. Su nombre, Emma Bloomstead, sugería cierta flema escandinava, cuando no una vergonzosa dificultad de comunicación, pero la muchacha desmintió por completo esa impresión. Pertenecía a la segunda generación de inmigrantes y se expresaba sin ninguna dificultad. Aunque afectada por lo ocurrido la noche anterior, se daba también perfecta cuenta de que ese era su momento de gloria.
—¿Cuánto hace que trabaja en esta familia? —preguntó Tracy.
—Casi cinco años.
—¿Es usted la única persona del servicio que estaba presente en la casa anoche?
—Sí, señor.
—Muy bien, Emma —siguió Tracy con un afán conciliador algo inútil —, cuéntenos todo lo que ocurrió anoche, al menos, como lo recuerde usted.
—Pues… la señora Thane salió sobre las ocho con el señor Spencer, como hace con frecuencia, y…
—¿Quiere decir que el señor Spencer es amigo suyo y viene a menudo?
—Viene dos veces por semana, los lunes y los jueves, y salen, o salían, siempre juntos. El señor Spencer debe de tener bastante dinero, porque la señora se ponía siempre traje de noche cuando salía con él, como si fuera a visitar un lugar lujoso. En fin, anoche salieron sobre las ocho, y ella me dijo que volvería sobre las once y media; me pareció un poco pronto, la verdad, porque por lo general volvía a la una, las dos, las tres y alguna vez incluso a las cuatro de la madrugada.
»Cuando se fueron, subí aquí, a arreglar un poco la habitación, a colgar los vestidos, vaciar los ceniceros y guardar los zapatos y otras cosas. Luego bajé y pasado un rato el señor Thane me llamó para pedirme que echara una carta al buzón de la esquina. Volví enseguida, y él salió sobre las nueve.
»Más tarde, alrededor de las once y media, volvieron la señora Thane y el señor Spencer y me llamaron para que les subiera un poco de hielo y agua con gas, y así lo hice.
—¿Quiere decir aquí, al salón? —interrumpió el fiscal.
—Sí, señor, a esta misma sala. Subí con la bandeja y vi a la señora Thane sentada allí, en la chaise longue, mientras el señor Spencer deambulaba por la sala esperando para echarle mano a la coctelera. Dejé la bandeja y volví a bajar.
—¿Volvió a bajar? ¿Se refiere a la planta baja?
—No, la sala de estar del servicio está en el semisótano. Unos diez minutos más tarde sonó la campanilla del recibidor y vi que quien me había llamado era el señor Spencer. Estaba de pie en la puerta esperando su sombrero y su bastón. Se los entregué y se marchó.
—¿Cómo lo vio? ¿Le pareció que estaba nervioso? ¿Iba con prisa?
—En absoluto, estaba muy tranquilo. Incluso trató de bromear conmigo, pero yo no se lo permití. No trae nada bueno mezclarse con los amantes de la señora.
—¿El señor Thane conoce al señor Spencer? —preguntó Tracy con una mirada de interés.
—Lo conoce y se comporta con él como si fuera su amigo. Ayer mismo, cuando el señor Spencer vino a recoger a la señora, lo hizo pasar al salón y me pidió que les llevara una botella de agua de Seltz y otra de whisky escocés. Estuvieron bebiendo como si fueran amigos de toda la vida.
—¿Por casualidad recuerda algún fragmento de la conversación que tuvieron?
La doncella se paró a pensar.
—Bueno, no es que hablaran mucho. Las típicas cosas de hombres, ya sabe. El señor Thane le enseñó un nuevo palo de golf del que presumía a más no poder, tanto que a punto estuvo de romperlo todo cuando se puso a darle vueltas por los aires. Al poco bajó la señora Thane, y los tres estuvieron charlando de pie apenas un minuto. Oí al señor Thane decirles que volvieran pronto a casa, como si la señora fuera su hija, en vez de su mujer. El señor Spencer dijo que sí, que volverían sobre las once y media.
La doncella arrugó la nariz. Estaba claro que no aprobaba el comportamiento conciliador de su empleador, el cual no parecía actuar en absoluto conforme al estándar de marido ultrajado.
—Continúe con su relato. El señor Spencer, decía, la llamó para recuperar su bastón y su sombrero, y usted se los entregó. ¿Qué ocurrió después?
—Él se marchó y yo bajé de nuevo.
—¿Recuerda qué hora era?
—Sí, señor. Pasaba un minuto de la medianoche. Miré el reloj porque el señor Thane quiere que espere levantada hasta las doce y media, por si acaso regresa tarde y necesita algo. Recuerdo haber pensado que me faltaban solo otros veintinueve minutos para acostarme, porque tenía mucho sueño, y, en cuanto sonó la hora, me fui a dormir.
—Al subir a su dormitorio, tuvo que pasar por delante de la puerta de la señora Thane. ¿Notó algo raro?
—No, señor.
La locuacidad de Emma Bloomstead menguó al pensar que había pasado por delante de la habitación donde, justo a aquella hora, yacía una mujer asesinada.
—¿Estaba la puerta abierta?
—No me fijé.
—¿Se acostó enseguida? ¿No oyó ningún ruido más en la casa?
—No, señor.
—¿No oyó el disparo de un arma de fuego?
—No, señor.
—Mientras estaba sentada abajo, en el semisótano, ¿tampoco oyó nada?
—Oh, no, y usted tampoco habría podido oír nada con todo ese estruendo que hay fuera con las obras del metro.
—En definitiva, usted no oyó el ruido de un disparo ni antes ni después de irse a dormir.
—Exacto.
—Y, después de acostarse, ¿qué pasó?
—Bueno, recuerdo que sonó la campanilla en mi habitación, así que bajé y me encontré al señor Thane… —Emma lanzó una mirada de aprensión al dormitorio.
—¿Qué vio?
—El señor Thane estaba allí —dijo la doncella indicando hacia el arco —. Estaba inclinado sobre la señora y la sacudía como si quisiera hacerla hablar. Tenía la mirada vidriosa, temblaba y hablaba de forma atropellada. Me dijo que llamara al doctor Partridge, que vive al lado. Traté de llamarlo, pero el teléfono no funcionaba, así que fui a buscarlo en persona, y el doctor Partridge vino conmigo de inmediato.
—¿Dice usted que el teléfono no funcionaba? —intervino el inspector.
—Sí, señor.
—¿Qué teléfono?
—Ese de ahí —explicó ella, y señaló un teléfono que estaba oculto tras una pastorcilla de porcelana. Al lado había una pequeña agenda que contenía direcciones y números de teléfono.
Herschman cruzó deprisa la sala y levantó el auricular; sin embargo, no oyó nada. Presionó varias veces la horquilla, pero el aparato seguía mudo.
—El del piso de abajo y el de la habitación del señor Thane funcionan; en cambio, este, no —explicó la doncella.
Con las cejas levantadas por el estupor, Herschman se agachó para revisar el cable dorado que recorría un trecho de pared hasta desaparecer en la caja, junto al rodapié. Estaba fijado a conciencia a los paneles de la pared con grapas, y parecía intacto si un observador casual lo hubiera mirado al pasar, desde cierta altura, pero, en cuanto lo examinó, soltó un largo silbido.
—¡Lo han cortado! —exclamó señalando un punto junto a la caja.
Los cuatro observaron el rodapié, y el fiscal, interrogante, miró al inspector, pero Herschman guardó silencio, suponiendo que tuviera alguna hipótesis que exponer.
—¿Los demás teléfonos de la casa funcionan? —preguntó Tracy, y la doncella asintió con la cabeza.
—Sí, esta mañana los hemos utilizado, y anoche llamé a la policía desde el de abajo.
—¿Eso lo hizo cuando volvió aquí con el doctor Partridge?
—Sí, señor. Él entró, echó un vistazo a la señora Thane y dijo que estaba muerta. Y el señor Thane me ordenó que llamara a la policía.
—¿Está el doctor Partridge ahora disponible?
—¿Quiere decir si puede venir aquí?
El fiscal asintió con la cabeza.
—Sí, señor. Se volvió a su casa no hace mucho, y creo que seguirá allí porque sale muy poco.
El fiscal hizo un gesto como para despedirla, y Emma salió de la habitación, aunque con cierta reticencia. En el umbral, hizo una pausa con la esperanza de que tan agradable situación pudiera alargarse con una pregunta imprevista que, para su decepción, nunca llegó.
—¿Qué les parece si le pedimos a uno de sus agentes que vaya a llamar al médico? —preguntó Tracy al inspector—. Querría…, pero ¿qué diablos estás haciendo?…
A su libre albedrío durante el interrogatorio, Spike se había entretenido en merodear por la habitación, contemplando sin un fin concreto las muchas baratijas que había por allí. Había estado jugueteando con los cojines de la chaise longue, observando muy serio los objetos del escritorio y mirando fijamente con gesto pensativo los ceniceros. Ahora estaba junto a la mesa del tocador. De entre los varios objetos de vidrio y plata que había allí, había elegido un pintalabios con el que, muy concentrado, se estaba pintando el arco de Cupido en la boca. Al oír la voz de su hermano, se volvió sonriente.
—¿Qué diablos estás haciendo? —El fiscal, como siempre que estaba nervioso, se repetía con creciente vehemencia.
—Fascinante, ¿verdad? —Spike se encendió un cigarro como si embadurnarse los labios con carmín fuera lo más apropiado para un caballero durante la investigación de un homicidio.
El fiscal consiguió dominarse, con cierta dificultad. Por un instante estuvo a punto de explotar como una caldera, pero logró articular su reprimenda.
—Mi queridísimo hermano, te recuerdo, puesto que parece que lo has olvidado, que esto no es un espectáculo de variedades.
Fue la aparición del doctor con el inspector lo que evitó que siguiera ahondando en el tema con otro solemne sermón. Su impulso había sido el de repetirle todas las acusaciones de la mañana, quizá con algún añadido especial para la ocasión. Fue muy oportuna la llegada del doctor Partridge, pues permitió que Herschman y el forense apartaran su atención del humillante numerito de Spike, que, como de costumbre, se estaba poniendo en ridículo.
A Peregrine Partridge el nombre le iba como anillo al dedo, porque el hombre parecía talmente un halcón peregrino. Al atribuirle un nombre, en un remoto pasado victoriano, sus padres habían intuido con admirable acierto que un día su vástago se convertiría en un…, eso es, en un halcón peregrino. Partridge era un hombre minúsculo y meticuloso de ojillos de pájaro y con una actitud efusiva que no concordaba para nada con su mostacho caído de morsa.
Mientras saludaba al fiscal del distrito, del talante de Partridge se deducía que era muy consciente de su importancia en ese caso e, igual que Emma, no dejaba de demostrarlo. Bajo la chaqueta cruzada de corte algo anticuado le asomaba el pecho con cierta pomposidad, aunque no de manera excesiva. Aunque hacía diez años que se había jubilado, no había olvidado cómo hay que comportarse en presencia de un muerto, en especial si la persona ha fallecido en circunstancias extrañas y misteriosas.
—Doctor Partridge, me gustaría que fuera tan amable —pidió Tracy— de repetirme todo lo que ya le ha contado al inspector Herschman esta mañana.
El pequeño doctor estuvo a punto de exclamar: «¡Encantado!», pero se contuvo justo a tiempo. Por un instante reflexionó sobre la petición de Tracy en el más estricto silencio; entonces, empezó su relato con voz atenta y precisa.
—El señor Thane, como seguro que usted sabrá, pasó la noche conmigo. O quizá sería mejor decir parte de la madrugada. Ambos sufrimos insomnio, y a menudo nos hacemos compañía jugando al ajedrez. Anoche jugamos hasta casi las cuatro menos cuarto. No hacía ni cinco minutos que se había marchado cuando Emma, la doncella, se presentó en mi casa hecha un manojo de nervios pidiéndome que la acompañara. Vine a toda prisa y me encontré a la señora Thane… muerta.
Hizo una pausa dramática para que la trascendencia de lo dicho calase en sus oyentes.
—¿Le importaría decirme en qué posición encontró el cuerpo?
—Yacía tal y como está ahora. Veo que el médico forense no ha alterado lo más mínimo la escena del crimen.
—¿Hizo usted algún examen?
—Sí, breve pero minucioso, dadas las circunstancias.
—Según usted, ¿a qué hora murió la señora Thane?
—Es posible que hacia la medianoche. Quizá un poco antes o un poco después. En ningún caso después de la una.
Tanto Herschman como Tracy miraron al médico forense impresionados por el criterio unánime de los dos doctores. A continuación, Tracy se volvió de nuevo hacia Partridge y le formuló la siguiente pregunta con cierta cautela:
—Doctor, ¿por casualidad conoce usted a Spencer, con quien anoche salió la señora Thane?
—Solo de oídas. El señor Thane de vez en cuando se refería a él.
—¿Cree que tenían una relación amistosa?
—Bueno, no exactamente. Thane y ese joven tienen mentalidades y gustos diferentes. Pero Thane era tolerante con la relación. Comprendía el deseo de la señora Thane de salir a bailar y de ir al teatro, y, como él no iba nunca, no ponía objeciones, o al menos eso creo. —Dudó un instante, como si no estuviera muy seguro de haber expresado su opinión con claridad—. Según tengo entendido, la señora Thane le pagaba muy bien.
—Ah, ¿era un gigolo profesional?
—Algo parecido.
—De nuevo, como en el caso Schlockenhass —intervino Herschman, y el médico forense asintió con la cabeza.
—¿El… qué? —preguntó el pequeño doctor.
—El crimen de Schlockenhass, que ocurrió hace unos seis meses.
—Ah, sí, lo recuerdo. Se habló mucho de ello en los periódicos.
—Dígame, doctor —siguió Tracy—, después de examinar el cuerpo de la señora Thane y de haberse asegurado de que había muerto, ¿qué hizo?
—Me ocupé del señor Thane. Me di cuenta de que el vivo me necesitaba más que la muerta. Mi amigo padece desde hace años una enfermedad crónica del corazón. Debido al fatal hallazgo, sufrió un grave shock. Cuando llegó la policía, tuve que convencerlo de que se encargaran del asunto los investigadores y de que se viniera conmigo.
—¿Está todavía ahí?
—Sí. Imagino que querrá interrogarlo, ¿no?
—En efecto, pero, si cree que por ahora no está en disposición de responder, podemos esperar.
—No, quizá sea mejor que hablen ahora: aunque le he dado un sedante, los efectos del fármaco están empezando a disminuir. Le vendrá bien hablar.
—De acuerdo, doctor.
Tracy indicó la puerta y los cuatro, el fiscal, el inspector, el doctor Partridge y Spike, bajaron a la planta baja en fila india. Pero al pie de la escalera, justo cuando el cuarteto iba a salir, apareció Emma.
—El señor Thane ha despertado —anunció—. Dice que, si la policía necesita hablar con él, lo encontrarán en sus aposentos.
El apartamento de Elton Thane tenía la misma distribución que el de su esposa, solo que en el piso superior. No obstante, el parecido entre los dos terminaba ahí, pues estos eran a todas luces los aposentos de un hombre. La decoración era en ocres y verdes, había cómodas butacas de piel, muebles macizos de nogal que mostraban las marcas del tiempo, alguna alfombra algo desgastada y aquí y allá espacios reservados para los fumadores. Lo que mostraba el apartamento, más que el mero lucimiento creativo de un decorador de interiores, era que allí se hacía vida.
Cuando los cuatro hombres entraron, Elton Thane estaba de pie, de espaldas a la puerta y mirando por la ventana. Era un tipo alto, de espeso cabello gris, y tenía los hombros caídos, como si le hubieran asestado un repentino golpe en la espalda. Al oírlos, se dio la vuelta despacio.
Era obvio que de joven había sido atractivo. Ahora, a los cincuenta años, era aún un hombre agradable, pero el tiempo le había marcado la boca de arrugas profundas y le había sombreado los ojos de un marrón apagado. Tenía un aspecto macilento, y la ropa que llevaba estaba arrugada. Parecía no haber descansado lo más mínimo durante el sueño del que acababa de despertar. Se quedó parado, mirándolos con un rostro inexpresivo, como si la tragedia lo hubiera dejado noqueado y solo en parte fuese consciente de lo que ocurría a su alrededor, mientras asimilaba la presencia de los cuatro hombres. Luego les indicó las butacas y por fin se sentó también él.
—¿Entonces? —Una sola palabra, pero era como si la voz se le hubiera quedado bloqueada en la garganta seca.
—Señor Thane —empezó el fiscal—, comprendo que se trata de un momento sumamente doloroso para usted, y lamento mucho tener que molestarlo. Espero que pueda entender mi situación.
Thane asintió con la cabeza en silencio y Tracy continuó.
—¿Puede contarnos, de la manera más detallada posible, todo lo que hizo la señora Thane ayer por la noche?
Hubo un silencio. Luego, con voz baja y controlada, Elton Thane habló. Su relato fue similar al que ya habían expuesto la doncella y el doctor Partridge. Después de que su mujer hubiera salido a las ocho, él escribió una carta, mandó a la doncella a echarla al buzón y se acercó a su club, el Chatham, que estaba en la calle Setenta y Seis Oeste.
Volvió sobre medianoche, se quedó jugando al ajedrez con el doctor
Partridge hasta las cuatro de la madrugada y regresó a su casa. Al pasar por delante de la puerta del apartamento de su mujer y ver la luz encendida, llamó. Como no obtuvo respuesta, entró y la encontró muerta; el cuerpo estaba en el suelo delante de la caja fuerte saqueada.
Hizo una pausa. Su rostro seguía inexpresivo.
—Dígame, señor Thane —dijo el fiscal, apartando con tacto la conversación de la dolorosa escena—, ¿qué sabe de ese joven, de Spencer? Elton Thane tuvo un momento de vacilación.
—Bueno —respondió al fin—, para ser sincero, sé muy poco de él. Él era…, ejem…
—Creo que lo he comprendido. Era el acompañante de su mujer, que cobraba por llevarla a cenar y a bailar, cosas que a usted no le interesaban.
Thane asintió con la cabeza.
—¿Nada más?
—¡No! —Por primera vez, el hombre alzó la voz y sus ojos relampaguearon. Como si ese esfuerzo lo hubiera debilitado de golpe, se derrumbó en la butaca con los brazos caídos. Cuando volvió a hablar, parecía haber recuperado cierto control—. No, estoy casi seguro de que no había nada entre ellos. Mi mujer era mucho más joven que yo y… teníamos gustos muy distintos.
—¿Ese joven venía a menudo por aquí?
—Dos veces a la semana. Se le contrató para los lunes y los jueves.
—¿Y usted tenía una relación amistosa con él?
Thane asintió con la cabeza.
—Era… Sí, me caía simpático. Me parecía buena persona. Además, venía a veces a jugar al golf conmigo. No puedo creer que… que…
«¿Que haya matado a su mujer?». Como si sus pensamientos hubieran sido verbalizados por el fiscal, Elton Thane se agarró a los reposabrazos de la butaca con tal fuerza que los nudillos palidecieron. Pero se limitó a repetir lo ya dicho.
—No puedo creerlo.
—¿Había alguna otra persona ayer en la casa entre las ocho de la tarde y la medianoche?
—Solo la doncella, Spencer y yo.
—Además de la señora Thane, ¿quién más conocía la combinación de la caja fuerte de su dormitorio?
—Solo yo.
—¿Por casualidad sabe dónde vive Spencer?
—Tenía un apartamento por la calle Ciento Cuatro Oeste, entre las avenidas Columbus y Central Park. No sé el número preciso, pero fui allí dos o tres veces, al volver de jugar juntos al golf. Sin embargo, sé que se mudó no hace mucho. Creo que no vive muy lejos de aquí, pero no sé exactamente dónde.
—Quizá —dijo el fiscal volviéndose hacía Herschman— el teléfono esté anotado en la agenda de la habitación de la señora Thane.
—Ya lo había pensado —respondió el inspector—. Han arrancado la página de la «S». Es la única de todo el alfabeto que falta.
3
Al volver en taxi a la central de policía, Tracy y Herschman recapitularon lo esencial del caso Schlockenhass, del que tanto se había hablado en la ciudad seis meses atrás.
Greta Schlockenhass, esposa de mediana edad de un rico productor de cerveza, propietaria de gran cantidad de joyas lujosas y caras, apareció muerta en el apartamento de hotel que ocupaba. Una bala le había acertado en el corazón, y de sus aposentos se habían llevado joyas por valor de ciento cincuenta mil dólares. Las investigaciones revelaron que la mujer frecuentaba distintos clubs nocturnos en compañía de jóvenes elegantes, y que, por su trabajo de acompañantes, ella les pagaba con generosidad. Cuatro de aquellos jóvenes pasaron a disposición judicial, pero no se encontraron pruebas suficientes para acusarlos, pese a que dos de ellos tenían antecedentes por robo. Al final, todos quedaron en libertad. El asesino no apareció nunca, ni tampoco las joyas.
El acontecimiento llenó las páginas de los periódicos durante cuatro semanas. Se publicaron varios artículos con fotos de la mujer asesinada, del tolerante marido de luto y de los cuatro gigolos que habían tenido la desventura de que los contratase la difunta.
—¿Qué les parece si al llegar a la comisaría volvemos a revisar el expediente Schlockenhass? —dijo el fiscal.
—Estaba pensando lo mismo —respondió Herschman.
—Mientras tanto —sugirió Spike interviniendo en la conversación por primera vez desde la regañina por el incidente del pintalabios—, podríamos echar un vistazo a lo que han escrito los periódicos, ¿no?
Bloqueando el tráfico, el taxi se detuvo delante de un quiosco que acababa de recibir una pila de las primeras ediciones de los periódicos de la tarde. Spike le hizo un gesto al vendedor.
—El Sun y el Evening Post para ellos —dijo—, y para mí el jugoso y suculento Graphic.
El taxi arrancó y los tres se sumergieron en la lectura; el fiscal con cierta aprensión, el inspector con pinta de estar pensando en otra cosa.
Spike en cambio lo hizo con sumo deleite.
—Como de costumbre —dijo nada más echar un vistazo a la primera página—, mi periódico de confianza va seis horas por delante de los vuestros. Aquí está toda la historia.
Así era, en efecto. Empezaba con un titular en grandes tipos que decía: «Reina de diamantes asesinada». Seguía con una fotografía de Cecily Thane, y otra del marido. La casa de los Thane aparecía marcada con una infausta «X». «La policía busca a un donjuán que frecuenta los clubs nocturnos». Aparecía también una fotografía de Emma Bloomstead, que dejaba las piernas un poco demasiado a la vista.
El fiscal miró compungido esa página epatante y soltó un suspiro de resignación.
—Ya hemos llegado —dijo.
Cuando entró en el vestíbulo de su oficina, en la central de policía, se vio de inmediato asediado por la marea de los acontecimientos. Todo estaba lleno de periodistas que parecían casi enfadados. Cada uno de ellos había recibido una reprimenda de su redacción por la manera en que los había derrotado el Graphic, el único periódico de la ciudad que había publicado la noticia.
Tracy y el inspector tardaron sus buenos veinte minutos en poder zafarse de aquella manada de paparazzis y de sus preguntas, y por fin alcanzaron el despacho de Tracy, donde Spike ya se había acomodado.
Milliken, el experto en huellas digitales, se había dado más prisa en realizar su trabajo de lo que habría podido imaginar el inspector, de manera que ya había un buen puñado de fotos en el escritorio de su jefe.
Tanto a Tracy como a Herschman les asaltó la misma idea mientras las observaban: el expediente del caso Schlockenhass. Y a Lovelace, el secretario de Tracy, se le ordenó ir a buscarlo de inmediato.
—Han aparecido bastantes huellas —explicó Milliken mientras soltaba fotos aún húmedas sobre el escritorio—. Son de al menos cuatro personas distintas.
Tracy y Herschman examinaron las fotos con interés. Todas estaban bien etiquetadas con el punto exacto de la habitación del que provenían las huellas: del borde de la repisa de la chimenea; de una esquina de la mesa del tocador; del reposabrazos de una butaca… —¿No hay ninguna del pomo de la caja fuerte?
—No he encontrado rastros. Debieron de limpiarlo.
—Mmm. —El inspector se quedó pensativo, pero la llegada de Lovelace con el expediente del caso Schlockenhass interrumpió cualquier cavilación que pudiera haber comenzado.
Tenían también un buen número de documentos legales y dos fotografías, una de frente y otra de perfil, de cada uno de los cuatro hombres que fueron arrestados en el famoso crimen de las joyas del año anterior, y, bajo cada foto, aparecían cinco huellas digitales muy nítidas.
Fueron estas últimas las que Milliken, a petición del inspector, comparó con las huellas encontradas en el dormitorio de Cecily Thane esa misma mañana. No llevaba ni tres minutos observándolas con la lupa, cuando levantó la vista, satisfecho, y empujó un par de fotografías hacia los dos hombres que esperaban con ansia la respuesta al otro lado de la mesa.
—Aquí está su hombre —dijo Milliken con calma y, con una varilla de metal, pasó a indicar las semejanzas.
Las huellas de un pulgar y un índice recogidas del borde de una mesa para fumar en la habitación de Cecily Thane eran idénticas a las de uno de los arrestados en el caso Schlockenhass.
Herschman leyó lo siguiente, que estaba escrito en el reverso de la foto: «William Preston; veintitrés años; altura: metro setenta; peso: sesenta y cinco kilos; ojos marrones; ocupación: bailarín profesional. Sin antecedentes penales. Visto en el Lido Venice con Greta Schlockenhass tres horas antes de que se descubriera el cadáver de esta última».
—Pues sí —dijo el inspector—, parece que este es exactamente el hombre que estamos buscando. Debe de haberse cambiado el nombre por el de Spencer.
El fiscal sintió una oleada de alivio por el giro positivo que había dado el caso. Aquella mañana, por primera vez, se recostó en el respaldo de la silla y se le borró del rostro la preocupación que había mostrado hasta el momento.
El increíble parecido entre el crimen de Greta Schlockenhass y el de Cecily Thane, con al menos una misma persona común implicada en ambos casos, parecía anunciar una pronta resolución.
Una vez que Herschman y Milliken hubieron salido, Tracy cogió un cigarro, lo encendió con gran tranquilidad y miró a su hermano. Spike, como era su costumbre, nada más entrar a la sala había elegido la butaca más cómoda para repantingarse allí. Mientras su hermano, el inspector y el experto comparaban las huellas, él estuvo mirando las ventanas sombrías y enrejadas de la prisión de Manhattan, justo al otro lado de la calle.
—Bueno —dijo Tracy satisfecho—, ¿has visto cómo se hace?
—¿Cómo se hace qué? —preguntó Spike volviendo con esfuerzo a la realidad.
—Tú querías saber cómo se descubría a los criminales —explicó el hermano con paciencia— y acabas de presenciar un buen ejemplo de ello. Después de todo, no es tan emocionante, ¿no?
—Es decir, ¿tú crees que es ese tal Spencer quien ha quitado de en medio a la señora Thane?
—Exacto.
Spike alargó la mano para coger las cuatro series de fotografías del caso Schlockenhass y las examinó de una en una. Tres de ellas eran de jóvenes elegantes con el cabello engominado, de esos que pueden verse por docenas en cualquier salón de baile. En cambio, la cuarta, la que llevaba escrito el nombre de «Preston», era distinta. Los ojos del joven fotografiado no eran los de un bailarín profesional, sino los de un muchacho que, a su pesar, parecía haberse metido en un tremendo embrollo. El mentón, tanto en la foto frontal como en la de perfil, era huidizo, pero en conjunto el rostro del joven podía definirse como atractivo.
Spike observó con atención la foto.
—¿No te estás precipitando un poco en tus conclusiones? —preguntó.
Tracy soltó una carcajada indulgente.
—¿Tiene acaso el investigador diletante una hipótesis?
—Una hipótesis no; solo un par de preguntas.
—Adelante, oigámoslas, a ver si puedo resolver tus dudas. —Tracy adoptó un aire paternalista.
—Muy bien, primero: si Spencer ha cometido el crimen, ¿para qué se tomó la molestia de mover el cuerpo de la chaise longue al punto donde ha sido encontrado, delante de la caja fuerte? ¿Por qué no lo dejó donde estaba?
—¿Cómo dices?
—Quiero decir, que a la mujer no la asesinaron delante de la caja fuerte. Segundo…
—Mi querido niño, no había oído nunca semejante ridiculez.
—Déjate de «mi querido niño» y escúchame hasta el final. Estamos solos aquí. No hay nadie presente que pueda ser testigo de las tonterías que mi pobre cerebro pueda alumbrar en comparación con las perspicaces mentes de los funcionarios de la fiscalía y de la policía, así que déjame hablar.
»Como iba diciendo, segundo: ¿quién es la mujer, además de Emma, por supuesto, que estuvo en el salón de Cecily Thane entre las ocho de la tarde de ayer y las cuatro de la madrugada siguiente?
—Ahora hablas como uno de esos infernales periódicos tuyos. Me gustaría que de vez en cuando leyeras el Times. Así tu mente no correría de forma tan obsesiva detrás de las mujeres.
—Sea como sea —insistió Spike—, sería interesante saberlo. —Se sacó una pitillera del bolsillo interior de la chaqueta y la abrió. Sin embargo, no sacó un cigarrillo porque dentro no había ninguno intonso, sino solo cinco colillas—. Tienes toda la razón, mi querido hermano — continuó—, al pensar que esta mañana me he comportado como un verdadero estúpido jugando con la barra de labios de la difunta señora Thane. Pero en realidad no ha resultado ser más que uno de mis insólitos destellos de lucidez. —Durante unos segundos sostuvo la pitillera abierta y se quedó mirando las cinco colillas. A continuación, las sacó de una en una y las colocó en la mesa—. Estas dos de Lucky las he encontrado en el cenicero que estaba a la derecha de la butaca que había junto a la chimenea. Como veras, están manchadas de carmín rojo intenso, un color que suelen utilizar las muchachas que tienen el cabello oscuro. Estas dos de Benson & Hedges, en cambio, estaban en el cenicero que había junto a la chaise longue. Te ruego que te fijes en que presentan un carmín mucho más claro, casi anaranjado, diría yo, y esta es del Camel que me he fumado yo después de haberme pintado el arco de Cupido en la boca. El color es idéntico al que puede verse en el Benson & Hedges… Y la doncella dijo que vació los ceniceros a las ocho, después de que la señora Thane saliera.
Hizo una pausa para permitir que la información fuera asimilada como debía.
—Y todo esto ¿qué significado tiene? —preguntó el fiscal.
—Significa que ayer tarde, antes de salir, la señora Thane se fumó dos cigarrillos, y que hubo otra mujer en la habitación después de las ocho, cuando la doncella vació los ceniceros, y que también fumó un par de cigarrillos, en vista de lo cual, creo que sería interesante averiguar de quién se trata.
El fiscal se quedó mudo un instante, pero se revolvió incómodo en la silla.
—¿Y no se te ha ocurrido pensar —dijo al fin— que la barra de labios más oscura pudiera pertenecer a la señora Thane?
—Por supuesto que lo he pensado, querido mío. Por eso he querido hacer un atento inventario de las barras de labios presentes en el tocador de la señora Thane, y en los distintos cajones, y te diré que han resultado ser todas del mismo color, un naranja claro.
—Quizá la doncella se tomó un rato de descanso cuando acabó de ordenar la habitación.
—Puede —dijo Spike como aflojando con su argumento.
—No significa nada —continuó Tracy. Estaba claro que intentaba acallar todos los inquietantes interrogantes que planteaba el hermano—. Estoy seguro de que Herschman conseguirá una explicación lógica en cinco minutos.
—Tal vez —admitió Spike. Después alargó la mano para coger un cigarrillo del paquete que llevaba en el bolsillo de la chaqueta del esmoquin, lo encendió y dio una larga calada.
—Quién sabe si tendrá los ojos azules —se preguntó—. Toda la vida llevo queriendo conocer a una morenita de ojos azules. La única que he conocido fue una camarera de Dublín con un marido que pesaba veinte kilos más que yo. Muy bonita, sí, pero que no…
—Escúchame bien, Philip —lo interrumpió el fiscal—, eres un verdadero tonto, ¿lo sabes? Pero… pero…
—Pero, a veces, de la boca de los tontos pueden salir palabras sabias.
Tracy asintió con la cabeza de mala gana.
—Esto de los cigarrillos también a mí me parece sospechoso. Sin embargo, ¿en qué te basas para decir que el cuerpo se trasladó de la chaise longue al suelo, delante de la caja fuerte?
—De eso no estoy del todo seguro —admitió Spike—. Lo he dicho para suscitar en ti apetito de detalles más cruentos. Sin embargo, creo que estoy en lo cierto.
Se levantó de repente de la butaca, cogió el sombrero y le lanzó una mirada a su hermano en la que se percibía cierto anhelo.
—Oye, ¿te importa si me salgo del papel de observador no oficial?
—¿Por qué?
—Porque querría cruzar dos palabras con la fascinante Emma. No es que tenga debilidad por las rubias, pero…
—Ni se te ocurra. Convertirás este caso en una de tus famosas aventuras, y encima, con una doncella.
—Queridísimo Richard, no me has entendido. Quiero hablar con Emma solo en interés de esta investigación. En su presencia no diré y no haré nada que tú y nuestra querida bisabuela no pudierais observar sin conservar intacta vuestra inocencia. Lo que estoy sugiriendo no es una cita, sino una conversación seria. Una conversación…, digamos…, reveladora.
El fiscal dudó por un instante.
—Está bien —dijo—, no es algo del todo regular, pero… —Y también él cogió su sombrero.
—Ah, por cierto —dijo Spike parado en el umbral—, ¿podemos llevarnos también la bala fatal?
En pocos minutos estaban ambos en un taxi en dirección, por segunda vez aquella mañana, a la calle Ochenta y Dos.
—Otro detalle curioso —observó Spike— es que el cable del teléfono estuviera cortado.
—Una precaución muy habitual —lo tranquilizó el fiscal.
—Sí, pero en este caso ¿qué necesidad había de hacerlo? Aun admitiendo que haya sido Spencer, es obvio que la señora no tuvo tiempo de pedir ayuda antes de que le dispararan, y después no estaba en condiciones de hacerlo.
Si el fiscal tenía alguna explicación, no la pronunció, y Spike continuó como si pensara en voz alta más que queriendo comunicar algo a alguien.
—También lo de las huellas en la caja fuerte es curioso. Si el culpable es Spencer, lo normal es pensar que esperó a que ella la abriera para meter o sacar joyas o alguna otra cosa, y la liquidó. Entonces, ¿para qué borrar las huellas de la mujer?
Se quedó callado, absorto en la maraña de sus hipótesis.
Cuando se detuvieron delante de la casa de los Thane, la ambulancia de la policía se alejaba con su macabra carga. La habitación de Cecily Thane estaba tal como la habían dejado, salvo delante de la caja fuerte. Una horrenda mancha oscura se extendía por la alfombra en la que había yacido el cadáver hasta poco antes. De guardia, había dos agentes, uno en el apartamento y otro fuera, en la entrada. Tracy le pidió a uno de ellos que fuera a llamar a la doncella.
Algo más tarde, cuando Emma entró en la habitación, tanto el fiscal como Spike se sorprendieron por el enorme cambio que percibieron en su actitud. Toda la seguridad de la muchacha había desaparecido y ahora parecía mucho más sumisa que por la mañana. Era obvio que ese segundo interrogatorio no la llenaba en absoluto de la misma eufórica sensación de protagonismo. Miró a los dos hombres con desconfianza y se quedó en silencio.
Spike lanzó una mirada interrogativa a su hermano y el fiscal asintió con la cabeza.
—Adelante, procede, pero… —Se interrumpió y lo miró como diciendo «pero intenta no hacer demasiado el ridículo».
Spike indicó con amabilidad la butaca a Emma, y ella, que no estaba acostumbrada a que la tratara con tanta consideración la banda de desconocidos que había invadido la casa desde las cuatro de la madrugada, se sentó en el borde y se quedó a la espera. Él abrió la pitillera, ahora ya recargada, y le ofreció uno a la muchacha. El fiscal arrugó el ceño.
—¿Fuma?
Ella negó con la cabeza.
—¿Nunca ha fumado?
—No, señor.
Spike cogió un cigarrillo, se lo encendió y se sentó en otra butaca.
—Debería aprender a fumar, señora mía —le aconsejó en tono sabio —. Es perfecto para calmar los nervios.
—Sí, señor. Eso decía siempre la señora Thane.
—¿Era la señora Thane muy nerviosa?
—Bueno, últimamente sí.
—Usted conocía a la señora Thane desde hace mucho tiempo, ¿no es así?
—Trabajaba para ella desde hace cinco años.
—Entonces conocerá también a todas sus amistades, ¿no?
—Sí, señor.
De pronto, Spike cambió de actitud. Se volvió más sobrio, abandonó la informalidad y, como si considerara que ya había dudado bastante, fue directo al grano. Mientras formulaba la siguiente pregunta, nada en sus ademanes indicaba que, pocas horas antes, había puesto la caza del alce y la investigación criminal al mismo nivel. Adoptó un aire serio, y Emma empezó a sentirse cada vez más intimidada por aquella mirada directa.
—Dígame —siguió Spike—, ¿pasó por la casa anoche alguna amiga de la señora Thane después de que la señora saliera con el señor Spencer?
—No, señor.
—¿Recibió la señora alguna otra visita antes de salir?
—Bueno, alrededor de las seis, vino a verla su hermano.
—¿Su hermano?
—Sí, el señor George Griffis.
—Imagino que pasa a menudo por aquí, ¿no?
—No, no se le ve mucho; al menos, desde que se mudó.
—¿Por qué? ¿Antes vivía aquí?
—Sí, señor, hasta hace más o menos un año.
—Y en el plazo de un año ¿era la primera vez que venía a verla?
—Sí, señor.
—¿Fue una especie de reunión familiar?
—Bueno, no exactamente.
—¿Qué quiere decir «no exactamente»?
—Quiero decir que… que… —Emma calló de repente, mientras el miedo se le dibujaba en el rostro—. Será mejor que le pregunte al señor Thane.
—Comprendo. —Spike hizo una breve pausa y siguió con sus preguntas—: ¿Salió la señora durante el día?
—No, señor. Estuvo todo el día en casa.
—¿Tuvo más visitas, además de su hermano y el señor Spencer?
Emma dudó, luego se humedeció los labios.
—No, señor.
—¿Escribió alguna carta?
—No sabría decirle.
—Quiero decir si en algún momento le mandó a echar al buzón alguna carta.
—No, señor.
—¿Quizá le pidió que avisara a un recadero?
—Sí, señor.
—¿Era su costumbre enviar las cartas de esa forma, es decir, a través de un recadero?
—Sí, de un tiempo a esta parte, ocurría bastante a menudo.
—¿Sabe por casualidad a quién iba dirigida la que se envió ayer?
—No, señor.
—Pero llamó a un recadero, ¿verdad?
Emma asintió con la cabeza.
—¿De la Western Union?
—No, señor, de la Service.
Spike dio una larga calada antes de seguir hablando.
—¿Está usted segura…, por completo segura, piénselo bien, de que no vino nadie a casa después de salir la señora?
—Eh…, no, señor, no vino nadie —dijo la chica con énfasis; sin embargo, mientras lo decía movió los pies como si estuviera incómoda.
Spike se paró a pensar y a continuación cambió el discurso.
—¿Tiene idea de cuándo se adquirieron estos muebles?
La muchacha lo miró algo perpleja, incapaz de establecer una relación entre los muebles y el asesinato de su difunta señora, pero pareció aliviada por el repentino giro del interrogatorio.
—La señora Thane siempre estaba comprando cosas nuevas y tiraba las viejas.
—¿Ha comprado algo recientemente?
—Redecoró la habitación hará unos dos meses, y compró un escritorio, la radio, la chaise longue y esa butaca de ahí.
—¿Es usted quien se ocupa de limpiar esta habitación?
La chica asintió con la cabeza.
—¿Recuerda cuándo fue la última vez que limpió aquí?
—Ayer por la mañana.
—Imagino que limpió también esa cosa de ahí —dijo señalando la chaise longue, hecha de madera, acero y mimbre.
—Sí, señor.
—¿Y sacó todos los cojines?
—Sí, señor.
—¿Notó algo extraño?
—No, señor.
Spike se levantó y cruzó la habitación hasta la chaise longue, quitó los cojines y los dejó a un lado.
—¿No se fijó en este agujero?
Siguiendo la dirección del dedo de Spike, tanto el fiscal como la doncella abrieron los ojos de par en par. En la trama del mimbre, a la altura más o menos de los omóplatos, había un pequeño agujero circular.
—Richard —dijo Spike dirigiéndose a su hermano con indiferencia—, estoy seguro de que la bala que recogió tu agente encaja a la perfección en este agujero.
4
Una vez despidieron a la doncella, Tracy pasó un rato mirando incrédulo el respaldo de la chaise longue. Entonces, sin prisa, sacó la bala del bolsillo y la hizo pasar a través del agujero. Como había previsto Spike, el proyectil se insertaba de forma perfecta. Llegado ese punto, con nerviosismo, el fiscal se volvió hacia su hermano.
—De todas formas, aun admitiendo que no la matara allí, no entiendo de qué forma altera esto la investigación —protestó.
—Sí, pero, entonces, ¿por qué se molestó en trasladar el cuerpo y colocarlo de esa forma tan melodramática entre los estuches de joyas vacíos? A no ser que…
Spike se calló como si hubiera cambiado de idea de repente.
—¿A no ser que qué?
—A no ser que la persona que lo hizo tuviera un objetivo concreto. Una mujer a la que le han disparado en el corazón…, una caja fuerte vacía…, joyas robadas. Está clarísimo: el móvil es el robo.
—No te sigo.
—Normal, amigo mío. No te esfuerces o asfixiarás ese pequeño cerebrito tuyo tratando de seguir mis brillantes deducciones. Deberías leer periódicos de baja estofa; así te sería mucho más fácil comprender este tipo de cosas.
—En fin, lo que está claro es que el agujero que hizo la bala en el mueble es muy evidente.
—Así es. Pero tanto tú como yo o quien sea seríamos capaces de imitarlo en un par de minutos utilizando un clavo y un zapato como martillo.
—En todo caso, se ha demostrado que tu hipótesis de que una tercera persona, quizá una mujer, estuvo aquí es del todo equivocada.
—Ah, ¿eso crees?
—¿Acaso no ha negado la doncella que haya venido nadie a casa?
—Cierto, pero ha mentido. ¿No has notado que no ha dicho de inmediato «no» cuando le he preguntado? Ha dicho: «Eh…, no». En mi opinión, cuando la frase empieza con un «Eh…», se está pensando lo contrario. Estoy muy impresionado además con el cambio que se ha operado en Emma. Temo que esté perdiendo el control de sí misma.
—Ya —admitió Tracy—, a mí tampoco me ha parecido tan segura como esta mañana.
—Es posible que cuando nos fuimos alguien la advirtiera de que tuviera cuidado con lo que decía.
—Quizá Thane.
—No me sorprendería. Hablemos otra vez con él.
Tracy asintió con la cabeza y se levantó para alcanzar al agente que había en la puerta, pero Spike lo detuvo.
—Espera un momento. Esto del recadero me intriga mucho. ¿Qué te parece si averiguamos antes a quién le envió ayer una carta la señora Thane?
En dos minutos estaba en línea con la Service Messenger Company desde el teléfono de la planta baja. Al principio, la empresa parecía reticente a dar datos, pero en cuanto se pronunció el nombre del fiscal del distrito las respuestas fueron inmediatas.
—Hacia las cuatro de la tarde de ayer, nuestro recadero se presentó en casa de los Thane para recoger una carta que había que entregar a una tal señora Fennel, residente en el número 204 de la calle Ochenta y Seis Oeste —admitió la voz telefónica.
—¿El recadero tuvo que esperar respuesta?
—No.
Spike colgó y se dirigió al piso de arriba subiendo los escalones de dos en dos. Cuando entró en la sala, su mirada fue al escritorio que había al fondo. A continuación, cogió un espejo de mano del tocador del dormitorio.
—El papel secante —le explicó a su hermano— es algo muy interesante, sobre todo, el de las señoras a las que acaban de asesinar, o, al menos, así es en todas las novelas policiacas que he leído en mi vida.
El bloc de papel de carta no presentaba ninguna mancha de tinta, pero el tampón de papel secante, colocado en un soporte azul y verde, mostraba varias marcas. Esas marcas parecían fruto de algo escrito no hacía mucho porque las impresiones sobre el papel eran aún bastante visibles, aunque un tanto confusas.
Spike colocó el espejo en ángulo recto y los dos hombres examinaron el reflejo.
—Qué decepción, ¿verdad? —dijo Spike—. Estaba ya esperando el chantaje y la violencia sexual. No obstante, guardaremos estos garabatos como referencia para un futuro. —Quitó el papel secante de su soporte y se lo entregó a su hermano—. Y, ahora, vamos a llamar a Thane.
Elton Thane estaba aún en su apartamento del segundo piso. Cuando uno de los agentes lo informó de que el fiscal quería hablar otra vez con él, bajó a la sala destinada a recibir huéspedes en la planta baja y se quedó esperando. Por acuerdo tácito, esta vez sería Tracy quien haría las preguntas. Aunque había permitido a su hermano interrogar a la doncella, no tenía intención de concederle el mismo privilegio con el señor de la casa.
—Disculpe que le moleste de nuevo, señor Thane —explicó—, pero hay algunos puntos que no han quedado del todo claros. Este es mi hermano, que…, en fin, está echando una mano con la investigación, de manera que no se incomode por su presencia —añadió al percibir la mirada de escepticismo que Thane dirigió a Spike.
»Sabemos que su mujer recibió visitas ayer.
En un principio, Elton Thane no dijo nada y se limitó a mirar afuera por la ventana mordiéndose el labio inferior. Luego, aún sin mirarlos, dijo:
—¿Sí? —Pero esa palabra era más una pregunta que una respuesta.
—Sí. La doncella nos ha dicho que ayer por la tarde pasó por la casa el hermano de la señora Thane.
—Sí, estuvo aquí —admitió el hombre sin inmutarse.
—¿A qué vino?
—No lo sé. Yo no estaba.
—Pero tal vez su mujer le contó algo.
—No, yo volví a las seis y ella estaba descansando, así que decidí no molestarla. Volví a verla poco antes de que saliera con Spencer. Lo único que me dijo fue: «Esta tarde ha venido George».
—Era la primera visita que les hacía desde hace tiempo, ¿no?
—Sí, hacía casi un año que no venía. Antes vivía aquí, con nosotros.
—¿Y por qué se mudó?
—Quería vivir más cerca de su puesto de trabajo. Tiene una pequeña agencia inmobiliaria en la calle Nassau, así que decidió que le convenía mudarse a Brooklyn Heights.
—¿Tiene su dirección?
—Solo la de la agencia: Nassau, 154.
—¿Hubo algún conflicto cuando se mudó?
—Ninguno en absoluto. Además, es cierto que, de alguna forma, él aún tiene habitación aquí.
—¿Qué quiere decir con «de alguna forma»?
—Quiero decir que todavía tiene llaves de casa, y su habitación, aquí en la planta baja, está igual que la dejó, y siempre ha sido libre de entrar y salir a su antojo.
—¿Y se ha aprovechado alguna vez de esa situación?
—Yo diría que no —contestó Thane después de reflexionar un momento.
—Entonces, ayer, por lo que usted sabe, era la primera vez que el señor Griffis pasaba a visitar a su hermana.
—Sí.
El fiscal hizo una pausa para pensar en las respuestas y decidió cambiar de estrategia.
—Que usted sepa, ¿recibió su mujer alguna otra visita ayer?
—No.
—¿De alguna señora, por ejemplo?
—No.
—¿Y no vino nadie a preguntar por ella después de que saliera con Spencer?
—Eh…, no.
Otra breve pausa. Spike cruzó una mirada con su hermano. El fiscal dudó y al final asintió con la cabeza de manera casi imperceptible.
—Estimado señor Thane —dijo Spike en un tono relajado del todo opuesto al martilleante interrogatorio de su hermano—, ¿le molesta si le doy un consejo?
—Adelante, por supuesto.
—Es el siguiente: si quiere mentir de manera convincente, debe evitar a toda costa el «eh…».
Elton Thane se puso tenso y sus orejas enrojecieron.
—¿Qué trata de decirme?
—Solo eso; tenemos fuertes sospechas de que, además de Spencer y de su hermano, ayer tarde vino alguien más aquí después de que saliera su esposa.
—Es lo más absurdo que he oído nunca.
—Vamos, señor Thane, será todo mucho más fácil si se decide a decir la verdad. Algunos indicios me llevan a pensar que se trata de una mujer.
—¿Una mujer?
—Ah, o sea que no era una mujer. Entonces, un hombre.
Elton Thane se quedó muy rígido en la butaca hasta que poco a poco empezó a ceder a lo inevitable y se desmoronó derrotado.
—Está bien —dijo—, lo admito. Pero… pero… ¿puedo pedirles que no mezclen a esa persona en la investigación? —imploró con una voz casi angustiada.
—Puede estar seguro —intervino el fiscal— de que haremos todo lo posible por evitar que en el caso se involucren personas inocentes. No obstante, no podremos saber quién es inocente y quién no a menos que usted sea del todo sincero con nosotros.
Thane asintió con la cabeza.
—Tiene razón. Discúlpeme si he tratado de ocultárselo.
—¿Quién era ese hombre?
—Es un viejísimo amigo nuestro, tanto mío como de la señora Thane. Él, su mujer y su hija vivían en nuestro mismo edificio antes de que nos trasladásemos aquí. Los conocemos desde hace al menos doce o quince años. Anoche, él pasó por aquí al poco de que salieran mi esposa y Spencer. Emma me dijo que le pidió que entrara y esperara un poco, pues pensó que yo volvería pronto del club. Subió al salón de mi señora, porque es allí donde solemos estar, y esperó un rato, pero enseguida se marchó. —¿Vino solo?
—Sí.
—¿No iba acompañado por ninguna mujer?
—Estaba solo. Su esposa está inválida desde hace años y parece que en los últimos días ha empeorado. Por eso espero que su nombre pueda quedar fuera de esta historia, o que se mencione de la manera más discreta posible. Su esposa es una mujer con los nervios muy frágiles y, si se enterara de algo, su salud podría resentirse.
—Comprendo. ¿Cómo se llama ese señor?
—Mortimer Fennel.
5
El fiscal y su hermano recorrieron a paso ligero la calle Ochenta y Seis en dirección a Riverside Drive, intercambiando algunos comentarios.
—Querido hermano mío —protestó Tracy—, me temo que Thane ha contado una historia bastante creíble, después de que lo asediáramos.
—¿De que «lo asediáramos»? —Spike se echó a reír—. Hum, será creíble para ti, pero no para mí.
—¿Qué sórdida idea te pasa por la cabeza ahora?
—Es tan sórdida que me da apuro confesártela.
—¿De qué se trata?
—Cuando una señora escribe una carta a la esposa de un caballero y esa misma noche el caballero se dirige a casa de la señora y después esta señora aparece muerta con una bala en el corazón… En fin, a mí me parece un asunto bastante intrigante, ¿no crees?
—Quizá, si consiguiera seguirte.
—Lo que me deja perplejo, sin embargo, es dónde entra mi morenita de ojos azules… o, al menos, espero que se trate de una morenita de ojos azules, teniendo en cuenta la barra de labios. La de color rojo intenso, ¿sabes? Aunque todavía no conozco al señor Fennel, no creo que sea el propietario del carmín.
—Espero que te abstengas de sugerir algo así de ridículo.
—Claro, claro. Me quedaré mudo como una tumba; a menos que acabes acorralado, como te ha pasado hoy con el señor Thane —dijo Spike lanzando una sonrisilla irónica a su hermano—. ¿Sabes? —continuó—. Todavía no entiendo el cambio de actitud de Emma. Estaba cerrada como una ostra en comparación con esta mañana.
—Casi seguro que se habrá desilusionado tras el primer momento de euforia. Le pasa a menudo a la gente.
—Mi querido Richard, la tuya es una psicología de tres al cuarto y en definitiva poco estimulante. Prefiero pensar que alguien la ha obligado a cerrar la boca. Como mi débil mente ha deducido, Thane no tuvo oportunidad de hablar con ella hasta que no nos fuimos esta mañana, y, en cuanto lo hizo, descubrió que tanto George Griffis como Mortimer Fennel pasaron por la casa anoche, y, por alguna razón que aún no consigo discernir, prefiere que estos dos señores queden al margen de la investigación, sobre todo, Mortimer Fennel.
El fiscal farfulló algo y los dos siguieron caminando en silencio; Tracy, enfurruñado, y Spike, con una alegre despreocupación.
El número 204 de la calle Ochenta y Seis Oeste era un edificio algo anticuado de seis plantas, con exceso de ornamentos barrocos y un amplio vestíbulo antaño cubierto de mármol. Ahora, en cambio, todo lo que quedaba de la vieja gloria eran piedras amarillentas, sillones viejos y un ascensor con puerta de hierro accionado por un ordenanza negro. La cercanía del edificio a Riverside Drive le otorgaba cierta distinción, mientras que su estilo un poco pasado de moda lo clasificaba como una residencia de gente de medios limitados.
El apartamento de los Fennel se encontraba en el quinto piso. Mientras el fiscal y su hermano esperaban en el rellano a que alguien abriera, Spike sacó el reloj.
—Mediodía, justo a tiempo para comer.
—Dudo que lleves la indumentaria adecuada para una comida —le recordó Tracy echándole una mirada desaprobatoria.
Spike vestía aún el traje arrugado con el que había dormido en el calabozo de la comisaría del distrito 47.
—Oh, eso no me preocupa —respondió intentando tranquilizar a su hermano—. Me preguntaba si por casualidad el señor Fennel habrá leído algo de lo ocurrido en la calle Ochenta y Dos. No creo que compre el Graphic, y los otros periódicos no lo sacarán hasta su segunda edición. En caso contrario, nosotros…
La frase quedó interrumpida por la apertura de la puerta, que daba a uno de aquellos largos y siniestros pasillos por los que son famosos los apartamentos de Nueva York. Por eso mismo, al principio, no consiguieron distinguir bien la imagen de la muchacha que les había abierto.
—¿El señor Mortimer Fennel? —preguntó el fiscal del distrito.
—¿Desean hablar con él?
—Así es.
—¿No quieren pasar? —dijo la muchacha abriendo camino por el pasillo hacia un salón en la parte exterior de la casa. Era una habitación confortable y elegante, con alegres cortinas de chintz y muebles antiguos de nogal y latón pulido. La muchacha indicó a ambos que se acomodasen, pero no fue enseguida a avisar al señor Fennel.
Era una mujer joven, de unos veintitrés o veinticuatro años, pero su complexión imponente la hacía parecer más madura. Casi tan alta como Spike, era sin duda más atractiva que bella. Tenía una barbilla rotunda, de la que se podía deducir que, tanto en aspecto como en carácter, se trataba de una mujer con mucha personalidad.
—Mortimer Fennel es mi padre —explicó—. ¿Puedo hacer algo por ustedes?
—Por desgracia, no, señorita Fennel —respondió el fiscal.
—Mi madre está muy enferma; por eso mi padre está siempre a su lado. No quiere alejarse ni un segundo de ella, a menos que se trate de algo importante.
—Lamento mucho tener que molestarlo, pero es importante.
—De acuerdo. —Y dicho esto la muchacha salió de la habitación con esas pisadas delicadas que se perciben en las casas donde viven personas enfermas.
Volvió enseguida con su padre. Mortimer Fennel debía de rondar los cuarenta y cinco años y era un hombre que ejercía una enorme fascinación. El denso cabello negro, que empezaba a pintarse de gris, le caía por la frente; y la nariz, fina y elegante, le confería un aire de nobleza. En cambio, la boca lo traicionaba. Era carnosa y sensual, sí, pero curvada hacia abajo en un gesto perenne de derrota.
El tiempo pasado velando a su mujer había marcado a aquel hombre. Estaba pálido, sin afeitar, y bajo los ojos se veían dos profundas sombras oscuras. Vestía una bata sobre el traje, y una camisa sin cuello rígido. Se quedó mirando a los dos visitantes un tanto desconcertado, así que el fiscal decidió presentarse.
—Siento muchísimo tener que molestarlo en un momento como este, señor Fennel; por desgracia, las circunstancias me obligan a hacerlo. Soy el fiscal del distrito del Condado de Nueva York, y este es mi hermano, que…, en fin, me está echando una mano.
Una vez los tres hombres se hubieron sentado, Tracy lanzó una mirada interrogativa a la muchacha, que aún seguía en la habitación.
—Me atrevería a sugerir que la señorita Fennel…
Lo interrumpió un gesto del hermano. Spike se adelantó para coger una silla de un rincón de la sala y, con gran savoir-faire, invitó a sentarse a la muchacha. Se produjo un cruce de miradas entre los hermanos, y Tracy capituló.
—Con gran pesar —prosiguió este último—, esta mañana he tenido que hacerme cargo del asesinato de Cecily Thane.
Incluso R. Montgomery Tracy, el hombre con menos sensibilidad de los que habían desempeñado el cargo de fiscal de Nueva York, se dio cuenta de lo dramático del momento y tuvo la delicadeza de no entrar en detalles. De golpe, se hizo un silencio sepulcral. El hermoso rostro de Mortimer Fennel se crispó de repente. Sin embargo, cuando abrió la boca, la voz parecía bajo control.
—¿Me está diciendo que la señora Thane ha sido… asesinada?
Tracy asintió con la cabeza.
—Ha aparecido en su apartamento, a las cuatro de esta madrugada, con una bala en el corazón.
Fennel no se movió y miró al frente, así que Tracy continuó.
—Teniendo en cuenta que usted pasó ayer tarde por casa de los Thane, señor Fennel, me veo obligado a hacerle unas preguntas.
—Eh…, sí, claro. Por supuesto.
—¿Le importaría hablarme de su visita?
—Eh… —Fennel hizo una pausa y se humedeció los labios—. Pues pasé por allí por la tarde, pero no había nadie, así que esperé un poco y me volví a casa.
—Discúlpeme que insista, pero necesito una versión más detallada. Por ejemplo, ¿qué hora era cuando llegó?
—No… No lo recuerdo con exactitud. Era ya de noche, las nueve quizá.
—¿Quién le hizo pasar?
—Emma.
—¿Fue ella quien le dijo que el señor y la señora Thane habían salido?
—Sí.
—Aun así, ¿decidió usted esperar un poco?
—Sí.
—¿Y qué hizo durante la espera?
—Pues… Subí al salón de la señora Thane.
—¿Cuánto tiempo estuvo allí?
—Veinte minutos, quizá media hora.
—Y ¿cuál era el objetivo de su visita?
Fennel hizo otra pausa y de nuevo se humedeció los labios.
—Yo…, eh, es decir, pasaba por allí y pensé acercarme un rato a saludarlos.
—¿Solo una visita amistosa?
—Sí, solo una visita amistosa.
—¿Nada que ver con la carta que la señora Thane le escribió ayer tarde a su mujer y que le envió con un recadero?
—Bueno, a decir verdad, algo sí tenía que ver —admitió el hombre—. Mi mujer está enferma desde hace años. Por desgracia, de un tiempo a esta parte ha empeorado, y la señora Thane le escribió para darle un poco de ánimo, así que me pareció un gesto amable por mi parte acercarme para darles noticias del estado de salud de la señora Fennel.
—¿Por casualidad tiene aún la carta?
—Eh…, no creo. La tiré a la papelera.
—Quizá todavía esté allí.
—No —intervino Nina Fennel tajante—. Esta mañana he vaciado yo misma la papelera, y la basura se la ha llevado el camión que pasa todas las semanas.
Tanto Spike como Tracy se volvieron hacia ella, y ambos quedaron impresionados por lo distintos que eran padre e hija. Él era débil y nervioso; transmitía su incomodidad. Ella, en cambio, estaba sentada con toda calma y miraba a los dos visitantes con determinación.
—Dígame, señor Fennel —siguió el fiscal—, mientras estaba en casa de Thane, ¿vio a alguien más aparte de la doncella?
—No.
—Por lo que he entendido, entonces, usted, en cuanto entró a la casa, se dirigió al salón de la señora, se quedó allí unos veinte minutos o media hora, y se marchó. ¿Es así?
—Sí.
—¿Y luego qué hizo?
—Bueno, volví a casa, aquí.
El fiscal se quedó callado, como si estuviera reflexionando sobre la información y sobre la siguiente pregunta. Fue el propio Fennel quien rompió el silencio.
—¿Me puede contar algo más del… del crimen? ¿Quién…?
—Por ahora hay poco que contar: la investigación acaba de empezar.
Dígame: ¿conoce usted a un tipo llamado Spencer?
—¿Spencer?
—Tommy Spencer.
—Sí, creo que la señora Thane salía a menudo con él.
—¿Usted lo conocía?
—Sí, me lo presentaron.
—Por lo que sabemos, él es la última persona que vio a la señora Thane con vida.
—Entonces…, ¿la mató él?
—Como ya le he dicho, la investigación acaba de empezar y todavía no hemos llegado a ninguna conclusión. Por casualidad, ¿sabe usted dónde vive Spencer?
—No.
De las preguntas siguientes, el fiscal obtuvo la misma información que de Thane por la mañana. Se conocieron en aquel edificio donde los Thane habían vivido antes de que su creciente fortuna les permitiera, cinco años atrás, trasladarse a una residencia más elegante. En los diez años anteriores, habían vivido en la planta de arriba; por eso las dos familias tenían trato desde hacía quince años. Sin embargo, pese a esa duradera cercanía, fue muy poco lo que Mortimer Fennel supo decirles de Cecily Thane.
—Verán —explicó como excusándose—, en estos últimos años, nuestras diferencias económicas han abierto una especie de brecha entre nosotros.
En la esquina de la calle Ochenta y Seis con Riverside Drive, el fiscal y su hermano aguardaban a que llegara un taxi.
—Bueno, ¿qué piensas? —preguntó Spike.
—Francamente, no lo sé.
—¿Sabes, amigo mío? Creo que deberías haber prestado más atención a la señorita.
—A propósito de la señorita, tu decisión de invitarla a quedarse ha sido imperdonable. Siempre que sea posible, es mejor que las mujeres queden al margen de las investigaciones de la policía.
—Pero, querido hermano mío, esa no es una mujer como las demás. Si no fueras un pobre viejo, del todo insensible a la fascinación que el sexo femenino ejerce sobre los hombres, te habrías dado cuenta de que la señorita Nina Fennel, pese a sus imponentes proporciones, es una muchacha muy atractiva. Y…
—Pero eso no es un salvoconducto automático para asistir a la investigación.
—… y tiene el cabello negro y los ojos azules más hermosos que he visto nunca. Además, si no hubieras estado tan concentrado en mirar al padre, te habrías dado cuenta de que, cuando has hecho la pregunta sobre la carta que entregó el recadero, la hija ha tratado de controlar los nervios encendiéndose un cigarrillo.
La respuesta sarcástica que el fiscal tenía en la punta de la lengua quedó en el aire al llegar el taxi, que se paró en aquel preciso momento delante de ambos. Tracy subió y esperaba que su hermano hiciera lo mismo, pero Spike cerró la puerta y se asomó por la ventanilla.
—Si no te molesta, voy a dar un paseo por la Drive, a ver si consigo despejarme un poco la cabeza.
—Estupenda idea —acordó el fiscal, feliz de alejarse del hermano y de sus inquietantes descubrimientos.
—Antes de que te vayas —siguió Spike—, hay otro indicio que quería comentarte. Es… —De un bolsillo interior sacó un cigarrillo que parecía haber tenido una vida breve. Había sido fumado solo en parte, pero en el filtro se veía con claridad una marca de carmín—. Cuando has nombrado a Tommy Spencer —dijo Spike—, esta colilla cayó a la alfombra de entre los dedos de Nina Fennel sin que ella se diera cuenta.
6
A las once de la mañana del día siguiente al del asesinato de Cecily Thane, R. Mortimer Tracy y el inspector Herschman estaban sentados con aspecto abatido en el despacho del fiscal.
—Le digo que no hemos perdido el tiempo —protestó el inspector—. Dos horas después de encontrar el cadáver, Groaty y McCarthy ya estaban a la caza.
—Pero se les ha escapado.
—¡Escapado, y un cuerno! El momento en que de verdad escapó fue cuando puso pies en polvorosa al salir de casa de los Thane después del crimen. No esperaría usted que se quedara sentado en la puerta esperando a que llegara la policía, ¿no? Y que puso pies en polvorosa es absolutamente cierto. Lo más probable es que ya no esté siquiera en la ciudad.
—En todo caso, ¿le importaría repetirme lo que han averiguado Groaty y McCarthy? —preguntó Tracy.
Herschman suspiró con exasperación y empezó a recapitular todo lo que ya le había dicho.
—Se han personado en la calle Ciento Cuatro Oeste, en la dirección que les dio Thane. El portero les ha dicho que Spencer se había marchado sin dejar dirección, que no había abonado el alquiler de los últimos tres meses y que solo Dios sabe cuántas facturas quedaban aún por pagar a los proveedores. Añadió también que estaba tan interesado como nosotros en saber dónde estaba.
»Groaty, además, ha visitado algunos de los clubs nocturnos adonde iba de joven, como el sospechoso, y al fin ha encontrado a una persona que lo conocía. Parece que ahora vive en un apartamento de la calle Noventa y Tres Oeste, junto a Central Park Oeste, un sitio magnífico. Por lo visto, incluso tiene mayordomo o asistente o como quiera llamarlo.
»El mayordomo les ha dicho que ayer Spencer volvió a casa sobre las cuatro de la madrugada y se acostó enseguida. Se levantó alrededor de las once, salió y aún no ha vuelto.
—Podríamos pescarlo cuando intente vender las joyas —sugirió Tracy esperanzado, pero Herschman se echó a reír.
—Quizá, pero la gente no roba joyas por valor de doscientos mil dólares sin tener a alguien de antemano dispuesto a comprarlas.
—¿Ha publicado ya la descripción de las joyas?
Herschman asintió con la cabeza.
—Y además es buenísima. Me la proporcionó Thane ayer por la mañana, poco antes de irnos de su casa. Al ser él mismo un reputado joyero, sabía bien de qué manera darnos la información que queríamos. Hay un diamante y un collar de esmeraldas que, según él, valen cerca de cincuenta mil dólares, más un collar de perlas valorado en unos diez mil dólares y otras piezas más pequeñas.
Se sumieron en un profundo silencio; a continuación, el fiscal habló con voz ronca.
—¿Ha visto los periódicos esta mañana?
—Sí. Se han ensañado. Acabaremos contra la pared si no encontramos al tal Spencer. Yo le he dicho a la prensa que esperamos que se produzca un arresto en breve.
—Imagino que ha dejado bajo vigilancia el apartamento del joven, ¿no?
—Por supuesto. —Herschman no pudo contener el disgusto en su respuesta.
—¿Qué tipo de persona es el mayordomo?
—Es inglés. Un tipo honesto y de pocas palabras. Ha habido que sacárselas una a una.
—¿Aún no han encontrado a Griffis?
—No. No se ha presentado en el trabajo desde el lunes por la tarde. Vive en el número 70 de la calle Pierrepont, en Brooklyn Heights, pero allí tampoco ha estado. Mis hombres están vigilando ambos lugares.
—Otro que se nos escurre entre los dedos.
—Escúcheme bien, señor Tracy —dijo el inspector, ahora enfadado de verdad—, si me dejara llevar a mí la investigación en vez de confiársela a ese medio tonto de… de su hermano, estas cosas no pasarían. En toda mi carrera de investigador no me he encontrado jamás con una situación como esta.
El fiscal no se lo tomó a bien. Él podía tener su opinión sobre su hermano, pero no permitía que nadie más se tomase la misma libertad.
—Creo que debería admitir, inspector —dijo resentido—, que mi hermano nos está siendo de gran utilidad, y ha abierto muchas más líneas de investigación de las que parecía haber a primera vista. No creo que esté usted autorizado a…
—Calma, calma, señores, nada de peleas. Hagan las paces; y, Richard, dile al inspector que sientes mucho tener un hermano medio tonto.
En la atmósfera recalentada y sombría de la sala, Spike era como una brisa de primavera. Con una bonita flor en el ojal, movía su bastón de paseo con un desparpajo indolente. Resultaba del todo obvio que estaba en paz con el mundo; es más, parecía incluso más exuberante que de costumbre. Lanzó el sombrero al perchero que estaba en el otro lado de la sala, colgó el bastón en su soporte y se arrellanó en una butaca.
—Bueno —dijo mirando con alegría a uno y otro—, ¿por qué están tan crispados hoy? ¿Otro crimen?
—No —atajó el fiscal—, el que estamos manejando es ya bastante deprimente.
—¿Deprimente? Al contrario, yo lo encuentro muy pero que muy divertido. ¿Qué hay de nuevo?
—Nada. Herschman ha localizado el apartamento de Spencer y, por lo visto, no lo pisa desde ayer por la mañana; y a Griffis no lo han visto ni en la oficina ni en su casa desde ayer.
—¿Y ustedes dos han estado aquí sentados haciéndose reproches?
—¿Tiene una sugerencia mejor? —exclamó Herschman sarcástico.
—Bueno —respondió Spike fingiendo un arrojo que no sentía—, no es que yo sea un gran fabulador, pero quizá, puesto que no hay nada mejor que hacer, podría interesarles saber todo lo que se me ha ocurrido desde la última vez que vi sus rostros, tan apreciados por mí.
Herschman se limitó a gruñir, y Tracy soltó un irritado:
—¿Y bien?
—Veamos —dijo Spike poniéndose cómodo—, antes que nada, te he mentido, Richard. Te he mentido y lo admito sin remordimientos. Cuando ayer por la tarde nos separamos, no tenía ninguna intención de dar un paseo. Para ser sincero, lo último en lo que yo pensaba era en caminar. Tenía algo bastante más siniestro en mente.
»Desde el principio he tenido la sensación de que este caso no estaba siguiendo el camino adecuado. —Hizo una pausa para lanzarle una sonrisa al inspector, pero este no se tomó la molestia de devolvérsela—. En primer lugar —siguió—, debo confesar que estoy decepcionado con la manera en que han actuado. No enfadado, atención, sino más bien decepcionado. No me ha parecido que estuvieran a la altura del papel que debe desempeñar un verdadero investigador. No ha habido una ocasión en la que al menos uno de ustedes haya examinado una huella con una lupa. No han hecho el menor intento de ahondar en el pasado de los Thane para descubrir posibles maldiciones familiares, y…
—Escúcheme bien —le cortó el inspector—, ¿puede saberse a dónde quiere ir a parar?
—Estoy llegando, inspector. Deme solo un segundo. Lo que estoy intentando decir es que, como a este caso le faltaba color, he pensado añadirle un poco yo mismo. Por desgracia, no llevaba encima las patillas postizas, pero he tratado de hacerlo lo mejor posible sin ellas. Creo que mis patillas postizas son precisamente las que usan los investigadores cuando están…
—Philip —intervino el fiscal en tono perentorio—, ni el inspector ni yo tenemos tiempo ni ganas de escuchar tus patéticos numeritos de humorista.
Spike suspiró.
—Entiendo. Entonces, seré breve: volví al apartamento de los Fennel después de que te fueras y hablé un rato con el ordenanza del ascensor. Fue muy interesante. Él dice que Mortimer Fennel y la señorita Nina salieron juntos el lunes por la tarde, hacia las ocho y media, y que no volvieron antes de la una.
Hizo una pausa. El fiscal, que tamborileaba con los dedos en la mesa, levantó la vista con súbito interés.
—Pero Fennel nos dijo que salió de casa de los Thane sobre las nueve y media y que volvió rápido a la suya.
—Exacto —observó Spike—. Empleó más de tres horas y media en recorrer menos de un kilómetro, quizá incluso más tiempo. El tipo del ascensor dice que sobre la una, y jura que ni Fennel ni la señorita Nina volvieron antes de esa hora. A partir de la una el ascensor se cierra y ya no hay nadie en el vestíbulo, por lo que es necesario subir a pie.
—Bastante…, ejem…, interesante —admitió el fiscal.
—¿Bastante? Tienes mucha razón al decir que es «bastante» interesante, como es también bastante interesante constatar que Mortimer Fennel se alejara del lecho de su mujer enferma durante más de cuatro horas el lunes por la noche para realizar, como ha dicho él mismo, «una visita amistosa», y que, en cambio, cuando estuvimos allí esta mañana, no quisiera abandonarla ni dos minutos.
Herschman no dijo nada, pero su actitud fue cambiando poco a poco. Ahora estaba escuchando con un indisimulado interés.
—Muy bien, siga. ¿Y luego? —preguntó impaciente cuando Spike hizo una pausa para encender un cigarrillo.
—Luego —siguió Spike— viene la parte turbia de verdad. Después de hablar con el tipo del ascensor, me volví a la esquina de la Ochenta y Seis con Riverside Drive. Quizá recuerden que hay allí un pequeño parque con árboles y arbustos, al oeste de la avenida. Ese parque desciende hasta llegar a una barandilla de hierro, y las vías de la New York Central Railroad, que bordean el Hudson, corren justo por debajo.
»Bien, pues crucé para llegar al pequeño parque y esperé tratando de hacerme pasar lo mejor que pude por un transeúnte ocioso. Fue bastante aburrido, sobre todo, porque estuve casi tres horas y porque tuve que aguantar las miradas suspicaces de tres policías que andaban por allí.
»Pero al fin, cuando casi llevaba cuatro, obtuve mi recompensa. La chica que esperaba salió del 204 y echó a andar por la Drive.
El fiscal soltó un suspiro de exasperación y disgusto, pero Spike atajó cualquier palabra que su hermano fuese a pronunciar.
—No, Richard, me estás malinterpretando de la forma más injusta. Mis intenciones eran del todo viles; de hecho, me sentía como una bestia escondiéndome entre los arbustos para espiar a aquella pobre muchacha en vez de seguir mi impulso natural de caballero galante, dar la cara y tratar de conseguir una cita para la noche. —Se detuvo y dio una calada al cigarro—. Y, con ese propósito, querría que se solucionara lo antes posible este feo asunto del crimen, para poder dar la cara de verdad… Y una morenita de ojos azules…
—¿Qué te parece si continúas con tu relato en vez de perder el tiempo soñando despierto? —preguntó el fiscal enfadado.
—En fin, ¿por dónde iba? Ah, sí, volvamos a los arbustos. La señorita Fennel cruzó la avenida y entró en el parque. Su comportamiento permitía pensar que estaba allí solo para contemplar la naturaleza y asomarse a la barandilla, pero a mí me pareció un poco tensa y, quizá, me dije, como si esperara que no hubiera nadie alrededor que pudiera ver lo que estaba a punto de hacer.
»Cruzó el parque y bajó la cuesta hasta la barandilla que está sobre las vías, y allí se quedó esperando hasta que pasó un tren de mercancías con vagones abiertos llenos de arena. Dejó pasar algunos; eso sí, sin cesar de mirar a su alrededor como un conejillo asustado.
»Mientras, yo la había seguido y me había escondido detrás de un gran seto, y estaba lo bastante cerca como para poder ver lo que estaba haciendo. —Hizo una pausa y dedicó una sonrisa benévola a sus dos oyentes—. ¿Pueden creerlo? De repente, la bella muchacha sacó del bolso uno de los revólveres más mortales que haya visto en mi vida.
El fiscal y el inspector se echaron adelante en sus asientos.
—¿Y qué hizo entonces? —exclamó Herschman.
—Mmm —respondió Spike con calma—, lo arrojó a uno de los vagones que pasaban por debajo, y el revólver desapareció de inmediato, engullido por la arena, para ser transportado a donde solo Dios sabe que fuera ese tren.
Herschman se levantó de un salto y se quedó mirándolo.
—Joven, ¿está diciendo la verdad, o es todo una broma?
—Inspector, usted no está entendiendo mi sentido del humor.
—¿Está dispuesto a jurar cuanto ha dicho ante un tribunal?
—Humm, como me considera medio tonto, lo haría solo si me obligaran, pero, si no le molesta, preferiría abstenerme. La señorita Fennel, como sabe, es una muchacha extremadamente fascinante, y no querría que…
—¡Basta! —rugió Herschman y, un poco nervioso, alargó la mano hacia el teléfono.
—En fin —dijo Spike—, no sea maleducado conmigo, inspector, porque podría alterarme y decidir no acabar de contar el resto de la historia, que le prometo que es muy intrigante.
Pero Herschman tenía ya su despacho en línea y no prestó atención a la advertencia.
—¿Mallory?
—¿Sí?
—Contacte ahora mismo con la estación de mercancías de la New York Central de la Riverside Drive y compruebe todas las cargas de arena que ayer por la tarde se enviaron al norte. Trate de averiguar el destino de todos los convoyes y dígales que, sea cual sea su destino, tendrán que ser revisadas antes de la descarga. Ponga a varios hombres a trabajar en ello. Hay que cribar cada vagón en busca de una pistola. ¿Le ha quedado todo claro?
—Sí, señor.
—Bien, pues deprisa, no pierda ni un segundo.
El inspector colgó de un golpe el auricular en la horquilla y se dirigió a la puerta.
—Voy a interrogar a la Fennel, y prefiero ir solo —zanjó.
—Pero, inspector. —También Spike se había levantado y ahora trataba de retener a Herschman por un brazo—. Creo que ganaría más si se quedara a oír mi historia hasta el final.
—Quiero hablar con Nina Fennel, y quiero hacerlo ahora.
—Ah, ¿en serio? —Spike aumentó la fuerza con la que sujetaba el brazo del inspector, tanto que lo hizo retroceder un poco dentro de la sala —. Si se va ahora no oirá la conclusión de mi relato. En todo caso, la señorita Fennel tuvo un día agotador ayer, y estoy seguro de que todavía estará durmiendo.
—Escúcheme bien, jovencito —dijo Herschman mirando amenazante a Spike—, ¿acaso trata de ocultarnos algo?
—Al contrario, estoy haciendo lo posible por contárselo todo y desnudar mi alma, pero usted no quiere escucharme.
Herschman se sacudió la mano que aún lo retenía, dudó un instante y volvió a sentarse.
—¿Entonces?
—Entonces —continuó Spike—, ya liberada de la pistola, la señorita Fennel volvió a cruzar el parque y llamó a un taxi para ir al centro, con el que suscribe en otro taxi pisándole los talones. Se detuvo en un oscuro restaurantito de la Segunda Avenida, cerca de la calle Catorce, entró, se sentó a una mesa y empezó a desmigar un trozo de pan y a hacer dibujos sobre el mantel con el tenedor, mientras, de tanto en tanto, echaba un vistazo al reloj. En resumen, se comportaba como alguien que estaba muy nervioso.
»Todo apuntaba a que tenía una cita acordada. En efecto, al rato entró un joven que se sentó a la mesa con ella. Los dos se pusieron a discutir en voz baja, pero se veía que estaban muy tensos. Aunque no sé leer los labios, es una lástima, creo que ella le dijo algo que lo sorprendió mucho, y él la rebatió con algo más que la sobresaltó tanto que tuvo que agarrarse al borde de la mesa. Después de pedir una comida de tres dólares y comer solo un poco, ella se levantó y se fue.
Spike hizo otra pausa, aparentemente para coger aire.
—¿Y la siguió usted? —preguntó el inspector.
—No.
—¿No la siguió?
—No. A decir verdad, empezaba a estar cansado de mi papel de personaje con patillas postizas, y me avergonzaba también un poco hacer de espía, así que me quedé en el restaurante a vigilar al joven.
Herschman levantó las manos con teatral disgusto.
—¡Santo cielo!
—Vamos, inspector, no se lo tome así. Es perjudicial para la tensión. En todo caso, el muchacho no era menos interesante que la señorita Fennel.
»Mientras esperaba a que el camarero trajera la cuenta, me acerqué a su mesa y, de manera del todo casual, entablé una charleta con él. Es un tipo muy agradable y enseguida hicimos amistad. Figúrense si nos caímos bien que lo invité a mi casa.
Spike volvió a hacer una pausa, cogió otro cigarrillo de la pitillera y lo encendió con toda la calma del mundo.
—Bah —dijo Herschman impacientándose—, y ¿quién es el pretendiente de la señorita Fennel?
—Se llama Tommy Spencer —contestó Spike.
7
Tanto el fiscal como el inspector se quedaron sin palabras. Cuando por fin abrieron la boca lo hicieron los dos al unísono.
—¿Tommy Spencer?
Spike asintió con la cabeza.
—Tommy Spencer. El acompañante de Cecily Thane. Tuvimos una buena conversación los dos. Muy interesante.
—Y ahora ¿dónde está? —dijo Herschman casi disparando las palabras.
Spike señaló a la antesala.
—Ahí fuera. No… —protestó en cuanto Herschman saltó directo a la puerta—. No hay peligro de que escape. Hay dos agentes vigilándolo. A propósito, creo que Tommy no me lo ha contado todo, y eso me fastidia. No quisiera que cerrara el grifo antes de que descubramos qué es lo que falta.
De repente Herschman se plantó delante de Spike y lo miró desde arriba.
—Escúcheme bien, jovencito —dijo—, se cree usted muy listo, ¿no es así?
—No, solo he tenido la suerte de los tontos.
—Philip —intervino el fiscal en un tono conciliador en el que aún no había desaparecido del todo la sorpresa—, ¿qué te parece si nos cuentas algo más de tu tarde con Spencer?
—Lo lamento, pero no hay mucho más que añadir. Después de presentarnos, le dije toda la verdad: que era el hermano del fiscal y que…, en fin…, estaba interesado en el caso Thane, y que si era tan amable de contarme lo que supiera del tema.
—¿Y lo ha hecho?
—Diría que hasta cierto punto ha pagado mi franqueza con la suya. —Manso como un corderito, ¿eh? —dijo Herschman sarcástico.
—No —admitió Spike—, no exageremos. Ha habido momentos durante nuestra conversación en los que lo único que ha mantenido a Tommy de mi parte ha sido mi amenaza de usar la fuerza. Por suerte, peso algunos kilos más que él.
—Muy bien, siga contando.
—Hay un punto interesante que me ha aclarado, sin embargo. Tommy no tiene nada que ver con el caso Schlockenhass.
—Mira por dónde. ¿En serio? Y usted ¿cómo lo sabe?
—Porque me lo ha dicho él.
—¿Y le ha creído?
—Tommy me ha dado una explicación muy lógica. Ha dicho que su infeliz arresto se debió al hecho de que usted, inspector, no entendió su verdadero carácter.
—¿Eso le ha dicho?
—No con esas palabras —ganó tiempo Spike—. Sus palabras exactas fueron, si no recuerdo mal: «A ese maldito idiota de Herschman no le entraba en la cabeza algo muy simple: que aquella vieja me pagaba para que le permitiera pisotearme los zapatos, de acuerdo, pero eso no significaba que fuera yo necesariamente el que la quitó de en medio».
—¿Y qué más ha dicho en su descargo?
—Ha añadido que usted casi le arruina la carrera, que por eso tuvo que cambiarse el nombre. Y me ha explicado lo que hizo cuando salió de casa de los Thane el lunes por la noche. Ha sido bastante sincero al respecto. O, al menos, hasta cierto punto. Y ya, de ahí en adelante…, en fin, no sé. Querría saber la opinión experta de la policía de Nueva York sobre lo que me ha contado el muchacho.
—¿Qué le ha contado?
—Hagámoslo entrar y que sea él mismo quien lo diga.
Herschman asintió con la cabeza, y el fiscal avisó por teléfono al agente que estaba afuera. La puerta se abrió al instante.
Los antiguos detalles del informe de la policía no aportaban una adecuada descripción de William Preston, alias Tommy Spencer. El joven, esbelto y de cabello oscuro, vacilaba en el umbral. Irradiaba un atractivo innegable, debido quizá a su bello aspecto y a una incapacidad de defenderse casi patética, una característica muy suculenta para las mujeres. Aun así, era obvio que estaba haciendo todo lo posible para aparentar cierta seguridad. En su mirada, cuando se cruzó con las del fiscal y el inspector, había una nota de aprensión, pero también de desafío. Sus gestos revelaban cierto nerviosismo, típico de un joven que duerme de día y pasa las noches bebiendo y bailando.
—Bien —dijo con exagerada frialdad—, aquí estoy.
—Aquí estamos, sí —replicó Herschman. Le indicó una silla y se quedó mirándolo con los ojos entornados, con el gesto clásico del policía que detecta a un maleante en una fila de personas alineadas para un reconocimiento. Entonces apretó la mandíbula y se metió las manos en los bolsillos—. ¿Sabe usted por qué está aquí? —soltó.
—Sí, lo sé. —Spencer respondió con una brusca bravuconería a todas luces forzada—. Usted cree que yo he matado a la señora Thane, igual que pensó que fui yo quien mató a la señora Schlockenhass.
—¿Qué le parece si me cuenta lo que sabe? ¿Adónde fue el lunes por la noche con la señora Thane?
—Fuimos al Paradis. Allí cenamos y bailamos. Volvimos a casa sobre las once y media y subimos al salón de la señora, en el primer piso.
—No me parece muy normal en un trabajo como el suyo volver a casa en un horario tan respetable. Pensaba que las mujeres le pagaban para poder quedarse hasta más tarde.
—Sí, pero esa noche unos amigos míos daban una fiesta, y por eso ya había avisado a la señora de que solo podría estar con ella la mitad de la velada. Era una fiesta cuya fecha cambió de manera repentina, y, como ella era una persona comprensiva, me dijo que no había ningún problema.
—Muy bien, ¿y qué hizo una vez la devolvió a casa y la acompañó hasta su salón?
—Bebimos un par de copas y me fui.
—¿A qué hora?
Antes de que Spencer pudiera responder, Spike intervino.
—Tommy, es importante que nos digas dónde estaba la señora Thane la última vez que la viste.
—Estaba en la chaise longue.
—E imagino que estaba bien y todavía viva, ¿no?
—Uf, ¿cuántas veces tengo que decir que no fui yo quien le disparó?
—Está claro, Tommy, que no conoces la famosa frase de Shakespeare:
«Me parece que protestas un poco demasiado». Deberías leer… Una mirada fulminante de Herschman lo hizo callar.
—¿A qué hora se marchó de casa de los Thane el lunes por la noche?
—siguió el inspector.
—Pues… no lo sé. Una media hora más tarde, creo.
—Y luego ¿qué hizo?
—Volví al Paradis y me entretuve con mis amigos hasta las cuatro. Desde allí me fui a casa, donde dormí hasta las once. Si no me cree, puede preguntar al mayordomo que trabaja para mí… —Interrumpió la frase, un poco desorientado.
—Ya lo hemos hecho.
—Y él… ¿qué les ha dicho? —preguntó Spencer con una repentina tensión en la voz.
—No importa lo que haya dicho. Las preguntas las hago yo, no usted.
¿Qué hizo después?
Spencer vaciló un momento.
—Fui a dar una vuelta.
—¿Fue a dar una vuelta? —repitió Herschman con sarcasmo—. Su rato de ejercicio diario, imagino.
—No, era solo un paseo normal. ¿Es que no se puede dar un paseo?
—Eso depende de adónde vaya. ¿Adónde fue?
—Pues… di una vueltecita por Riverside Drive.
—¿Por casualidad no llegaría hasta la calle Ochenta y Seis para ver a la señorita Fennel?
Al oír el nombre de la señorita Fennel, parpadeó, apretó la mandíbula de forma casi imperceptible y, cuando habló, lo hizo en un tono un poco más insolente y hosco.
—No, no vi a la señorita Fennel hasta las cuatro de la tarde de ayer.
—¿Y cómo es que la vio?
—Tenía una cita con ella.
—¿Para qué?
—¿Cómo que «para qué»?
—Dadas las circunstancias, señor Spencer —intervino el fiscal con una voz tranquila, en claro contraste con las preguntas apremiantes del inspector—, sería mejor que nos explicara la naturaleza de su relación con la señorita Fennel.
—No tengo ninguna relación con ella. Solo habíamos quedado. Santo cielo, ¿usted no queda nunca con nadie?
—Es mejor que hables claro, amigo mío —intervino Spike, y a continuación, dirigiéndose a Herschman y al fiscal, añadió—: Creo que trata de decir que su cita era solo de naturaleza social, del tipo de tomar un té juntos o charlar un rato.
—Sí, exacto.
—¿Y de qué hablaron? —continuó Herschman.
—Pues… de varias cosas.
—¿Por ejemplo?
—Uf, no sabría decirle; de personas que conocemos, por ejemplo. De cosas como esa, en general.
—¿Por un casual no hablarían de la señora Thane?
—Sí, también hablamos de ella. La mayor parte del tiempo estuvimos conversando de ella. ¿Por qué no íbamos a hacerlo? A fin de cuentas, de no ser por la señora Thane, nunca habría conocido a Ni…, a la señorita Fennel.
—Ah, entonces, ¿fue la señora Thane quien le presentó a la señorita Fennel? ¿Cuándo ocurrió eso?
—Una noche, hará unos tres meses, en un club. La señorita Fennel estaba en otra mesa con más gente. Cuando se acercó a saludar a la señora Thane, ella nos presentó.
—Tommy —intervino Spike—, vamos a intentar dejar las cosas claras: ¿primero la señorita Fennel se acercó a hablar con la señora Thane y luego la señora Thane os presentó?
—Sí.
—Y, desde entonces, ¿habéis profundizado en vuestra amistad?
—Eh…, sí.
—¿Sería impertinente que te pregunte si es otra de tus… clientas?
—No, Nina Fennel no tiene que pagarme para que la lleve por ahí. — Por cómo lo dijo, quedaba claro que Spencer sentía cierto desprecio por su clientela.
—¿Qué te pareció la primera vez que la viste? Y ¿qué pensaba ella de ti?
Spencer bajó la mirada y se puso a juguetear con los botones de la chaqueta.
—Me pareció que…, en fin, que yo le gusté desde el principio, así que le pedí a uno que conozco que se ocupara de la señora Thane y saqué a bailar a Ni…, a la señorita Fennel…, y ella…, sí, es decir…
—¿La señorita Fennel te dejó bien claro que tus intenciones eran bienvenidas?
—Sí, en efecto.
—No sé qué tiene que ver todo esto con la investigación —intervino Herschman irritado.
—Quizá nada, inspector —admitió Spike—. Es solo una idea extravagante por mi parte. Pero a mí me interesa conocer a la gente, ¿sabe?
—¿Cada cuánto se ha visto usted con la señorita Fennel desde aquel día? —siguió el inspector.
—Pues… nos vemos unas dos veces a la semana.
—¿Solo para salir?
—Solo para salir.
—Y, cuando ayer por la tarde la señorita Fennel abandonó el restaurante, usted se marchó con el señor Philip Tracy y pasó la tarde en su apartamento, ¿no?
Spencer asintió con la cabeza.
—¿Está seguro de que ayer solo salió a dar un paseo?
—Sí.
—¿Calle arriba y calle abajo por la Drive?
—Sí, calle arriba y calle abajo por la Drive.
—¿Lo hace a menudo, eso de pasear desde las once y media de la mañana hasta las cuatro de la tarde?
—No, ayer tenía un terrible dolor de cabeza debido a la fiesta de la noche anterior y quería despejarme, tomar el aire.
—¿Comió en algún sitio?
—En mi trabajo no se come nunca.
—¿Cuándo «quedó» con la señorita Fennel?
—Busqué un teléfono, la llamé y le pregunté si podíamos vernos.
—¿Sobre qué hora era cuando llamaste a la señorita Fennel? — intervino Spike.
—No sabría decir.
—Piénsalo con atención y trata de darme una hora lo más aproximada posible.
—No sé, quizá las dos o las tres.
—¿Y desde dónde la llamaste?
—Desde el estanco que está entre la calle Setenta y Dos y Broadway.
—Y quedaste con ella en la Segunda Avenida a las cuatro.
—Sí.
—El testigo es suyo, inspector.
—Así es. Le puedo asegurar que es mío —dijo Herschman—, y me preocupo tanto por él que tengo la intención de retenerlo como testigo material y sin libertad bajo fianza. —Le lanzó una sonrisa triunfal al fiscal del distrito—. ¿No le había prometido que de un momento a otro tendríamos un arresto?
Spike sonrió, pero no dijo ni una palabra.
8
Mientras Spike se dirigía en taxi a los barrios altos, echó un vistazo a uno de los periódicos de la tarde que anunciaban el arresto de Tommy Spencer. «Detenido donjuán de club nocturno», decía, y debajo de la imagen, tal y como se temía, explicaba:
A Tommy Spencer, acompañante de Cecily Thane y última persona, que se sepa, que la vio con vida, lo han trasladado a la cárcel de Manhattan por orden del inspector Herschman (artículo en pág. 2).
Seguía el relato de los acontecimientos de la mañana en la comisaría de policía. No quedaba claro cómo y dónde había sido detenido el fantasmal Spencer, pero la deducción obvia era que el inspector Herschman, en calidad del verdadero servidor del Estado que se jactaba de ser, no había estado de brazos cruzados.
Veo, pensó Spike cuando llegó al final del artículo, que con la euforia del arresto el inspector se ha olvidado de Nina. Me temo que no se está dando cuenta de que, en cuestiones publicitarias, las féminas causan más sensación que los hombres. En todo caso, a mí no se me ocurriría arrojar el nombre de una señora a los periodistas, y que Dios los tenga en su gloria.
El taxi se detuvo en el número 15 de la calle Noventa y Tres Oeste. El edificio en el que entró Spike era uno de los más nuevos, que se habían construido en los últimos tiempos en la Central Park Oeste. Era en sí bastante llamativo, con un vestíbulo lleno de una mezcla de divanes modernistas y mesas de refectorio renacentistas, y un imponente portero.
El apartamento de Tommy Spencer se encontraba en el decimoquinto piso. Era una suite bastante lujosa compuesta de cuatro habitaciones con magníficas vistas a Central Park. Cuando Spike llamó, un mayordomo le abrió la puerta.
—Usted debe de ser Murray —dijo Spike sin cruzar el umbral.
—Sí, señor.
Tanto en su aspecto como en los modales, Murray era la
personificación del perfecto sirviente inglés, y, de alguna manera, a Spike le sorprendió hallar un símbolo de la aristocracia al servicio de un bailarín profesional.
—Tengo que darle un mensaje no muy bueno de parte de su empleador —anunció Spike—. Mire —le dijo tendiéndole el periódico mientras lo esquivaba para pasar al salón.
La casa estaba desordenada, y no cabía duda de que llevaba un tiempo sin limpiar. De esto se deducía que la impecabilidad de Murray no incluía el desempeño habitual de sus deberes. Spike observó con atención a su alrededor mientras esperaba a que el hombre leyera los titulares.
—¿El señor Spencer está en prisión?
—Una verdadera desgracia, ¿no le parece?
—Una verdadera desgracia, en efecto, señor, pero me la estaba viendo venir. Unos tipos del departamento de policía pasaron por aquí ayer y me hicieron algunas preguntas.
Spike se dejó caer en un sillón y sacó la pitillera.
—A propósito de esa visita, ¿qué les contó? Verá, yo también formo parte del departamento de policía, soy el hermano del fiscal del distrito y colaboro en la investigación.
—Solo respondí a sus preguntas, señor.
—Muy bien —dijo Spike sacudiendo el cigarrillo en el cenicero que tenía al lado—, ¿qué le parece si responde a algunas de las mías?
—Lo siento, señor, pero me temo que no tengo nada más que añadir. Los policías me hicieron preguntas muy exhaustivas.
—¿De verdad? —preguntó Spike con esa entonación que convertía una afirmación en una respuesta negativa.
—Sí, señor.
—Por lo que yo sé, el lunes por la noche el señor Spencer volvió a casa sobre las cuatro, se acostó y al día siguiente se levantó a las once de la mañana.
—Sí, señor.
—¿Sabe por casualidad si tiene una pistola?
—Eso no sabría decírselo, señor.
—Pero usted es su mayordomo, ¿no? Se ocupa de su ropa y le ordena los armarios. ¿Es así?
—Sí, señor.
—¿Y nunca ha visto una pistola por esta casa?
—Eso no sabría decírselo, señor —repitió Murray.
—Pero al menos recordará lo que ha visto y lo que no, ¿verdad?
—No recuerdo, señor.
El buen humor que formaba parte del carácter habitual de Spike se fue desvaneciendo, y en su mirada asomó una expresión calculadora, apenas disimulada por una desconcertante informalidad.
—¿Cuánto hace que trabaja para Spencer?
—Cuatro meses, señor.
—¿No será usted acaso el John Murray que durante un tiempo fue el criado del duque de Westbury?
—No, señor. Yo me llamo Angus Isaac Murray y en Londres trabajaba para sir Jordan Henley.
—¿Tiene orígenes mixtos?
—Sí, señor. Mi madre era escocesa; mi padre, inglés, y uno de mis abuelos, judío.
Spike sonrió.
—Bien, eso lo simplifica todo.
—¿Disculpe, señor?
—Quiero decir, que encuentro su historia familiar muy divertida. Dígame una cosa más: ¿por qué ahora ha aceptado un trabajo que está por debajo de sus cualidades?
—Las desventuras nos llegan a todos, señor. Fui tan tonto como para dejarme arrastrar a Nueva York por un señor americano que necesitaba un sirviente. Más tarde discutimos en un momento muy inoportuno, es decir, justo cuando yo acababa de perder un poco demasiado dinero en las carreras de Pimlico. Por eso, como remedio extremo, me vi obligado a aceptar lo primero que me ofrecieron, al menos, hasta que tenga la oportunidad de volverme a Inglaterra.
—En cuatro meses, estoy seguro de que habrá conseguido ahorrar lo suficiente para pagarse el viaje de vuelta, ¿no?
—No, señor.
—Discúlpeme, Murray, si parezco entrometido en una cuestión que es delicada, pero ¿usted cobra su sueldo con regularidad?
—No, señor.
—¿El señor Spencer no acostumbra a pagar sus deudas cuando toca?
—No, señor. Esa es una de las características más engorrosas de mi trabajo aquí.
—¿Cuánto le debe?
—Doscientos dólares, señor.
—¿Y por qué sigue usted aquí?
—Quiero quedarme hasta cobrar lo que el señor me debe. La semana pasada me dijo que iba a obtener una gran suma de dinero.
—¿Y el alquiler del apartamento?
—Lleva un atraso de dos meses, señor.
En el rostro de Spike se dibujó una leve sonrisa. Con indiferencia, sacó la billetera del bolsillo interior de la chaqueta y de ella un billete de diez y dos de veinte. A continuación, una vez devuelta la billetera al bolsillo, palmeó los billetes doblados que tenía en la mano con un gesto significativo.
—¿Sabe, Murray? —dijo—. No creo que los tipos que estuvieron aquí ayer fueran muy amables. Tengo la sensación de que quizá usted y yo podamos entendernos mejor.
El mayordomo guardó silencio, con la mirada clavada en los billetes.
Cuando habló, lo hizo sin apenas inmutarse:
—Sí, señor, por supuesto.
Con los ojos entrecerrados, Spike le echó un vistazo al desorden de la habitación.
—¿Cuándo fue la última vez que limpió esto?
—El lunes, señor. El lunes por la tarde.
—¿Recibió por casualidad visitas el señor el lunes por la noche?
—Sí, señor.
—¿De quién se trataba?
—Vino una persona, señor, una dama.
—¿Su nombre?
—No lo sé, señor.
—¿Era joven?
—Sí, señor.
—¿Era la primera vez que venía?
—No, ya había venido antes: el domingo por la tarde, a la hora del té.
—¿A qué hora llegó el lunes por la noche?
—Sobre la una menos cuarto.
—La una menos cuarto. —Spike se echó hacia delante—. ¿Está seguro?
—Sí, señor. Tengo por costumbre anotar las horas de las visitas para poder referirlas sin equivocarme.
—¿Qué le parece si me cuenta todo lo que sepa sin que tenga que hacerle preguntas?
—En fin, señor, la mujer preguntó por el señor Spencer y yo le dije que, con toda probabilidad, no regresaría hasta pasadas unas horas. Entonces dijo que quería dejarle una nota. La hice pasar aquí, la dejé sola y al minuto me llamó para entregarme el escrito y me pidió que se lo diera a Spencer en cuanto llegara. Insistió mucho en eso. Luego se fue.
—¿Cómo le pareció que se comportaba?
—Me pareció…, eso es, que estaba un poco alterada. Diría que muy alterada.
—Y a la mañana siguiente ¿le entregó usted la nota a Spencer?
—Sí, señor.
—¿Sabe por casualidad qué ponía? Es decir, ¿la leyó? De forma involuntaria, claro.
Murray dudó y su mirada se posó en los billetes que había en la mano de Spike.
—No, señor —respondió decidido.
Hubo otra pausa. Spike entonces sacó de nuevo la billetera, extrajo otros dos billetes de veinte y uno de diez y los añadió a los otros cincuenta dólares.
—Trate de recordar, Murray. ¿Está seguro de que no lo sabe?
—Mmm… —El mayordomo hizo tiempo interpretando a alguien que se esfuerza por exprimirse las meninges—. Si le soy sincero, creo que era un mensaje que, aunque no estoy seguro de las palabras exactas, venía a decir: «Tommy, ha ocurrido algo terrible. Tengo que verte de inmediato.
Llámame por la mañana».
—¿Y la firma?
—No conseguí descifrarla. Era una única letra, pero ilegible.
Spike se quedó pensando. Entonces, metió la mano en el bolsillo interior de la chaqueta y sacó otros dos billetes de veinte y otro de diez.
—Ahora concéntrese en la pregunta de la pistola que le hice antes, Murray. ¿Está seguro de que el señor Spencer no tiene una?
Otra breve pausa mientras Murray hacía memoria.
—Pues, señor, pensándolo bien, creo que sí la he visto.
—¿Y la tiene aquí, en su apartamento?
—Sí, señor.
—¿Sabe, por casualidad, qué tipo de arma es?
—Un Colt de calibre 38, creo.
—¿Pudo ver si el lunes por la noche la llevaba cuando fue a ver a la señora Thane?
—No, señor, no lo vi.
—¿Está seguro? —dijo Spike agitando los billetes. —Segurísimo, señor, pero… —Pero ¿qué?
—Ahora no está en su sitio.
—¿Y dónde está?
—No lo sé. El señor Spencer se la llevó ayer por la mañana cuando salió.
—¿Cómo le pareció que se encontraba antes de salir? ¿Estaba…, ejem…, como siempre?
—Pues, señor, a las once me llamó y me pidió que le llevara el desayuno y el periódico de la tarde.
—¿El periódico de la tarde?
—Sí, señor. Verá, es que dice que las noticias de la mañana están ya pasadas cuando se levanta él; y que casi nunca sucede nada antes de las once. Cuando se levanta me pide siempre el periódico de la tarde.
—¿Qué tipo de periódico?
—Este. —Con gesto de fastidio, Murray cogió de la mesa de lectura el ejemplar que Spike había traído y lo sujetó entre el pulgar y el índice.
—Por su gesto, creo deducir que usted lee el Times —dijo Spike con sutil sarcasmo.
—Sí, señor.
—Y, después de entregarle el periódico, el señor Spencer desayunó y salió, ¿no?
—No, señor. Salió de inmediato, el desayuno casi ni lo tocó.
—¿Es habitual que salga sin desayunar?
—No, señor. Es la primera vez que ocurre.
—¿Tiene usted alguna…, ejem…, hipótesis que pueda explicar ese imprevisto rechazo de su señor hacia la comida?
—Creo que se debió a lo que leyó en el periódico.
—Puede ser. O quizá a la nota de la joven. ¿La leyó antes o después de ver el periódico?
—No sabría decirle, señor. Se lo llevé todo junto y me marché.
—¿Hizo alguna llamada antes de salir?
—No, señor. Me pareció que tenía mucha prisa.
—Murray, me ha sido usted de gran ayuda. —Spike se levantó, soltó los billetes en la mesa de lectura y cogió su bastón de paseo.
—¿Y el mensaje del señor Spencer? —le recordó Murray.
—Ah, eso, ha dicho que necesitaba calcetines, camisas y ropa interior. Yo me he ofrecido a acercarme a su casa a por todo, pero me ha parecido que el señor se oponía por completo a la idea de que me entretuviera hablando con usted. Me ha dicho que fuera a comprar la ropa a una tienda, de manera que para que él se quede tranquilo haré lo que me ha pedido.
—Sí, señor. —La sombra de una sonrisilla cómplice relampagueó en el semblante impasible de Murray.
Ya en la puerta, Spike se detuvo como si hubiera recordado algo.
—Por cierto, ¿se dio cuenta de si la joven señora era morenita y con los ojos azules?
—No, señor. Llevaba el cabello oculto con un sombrero, y no tengo por costumbre quedarme mirando el color de ojos de las señoras.
—Pues debería hacerlo, Murray. No sabe lo que se está perdiendo.
—Sí, señor.
—No obstante, ¿quizá recuerda parte de su conversación? Me refiero a la del té que la señora tomó aquí el domingo.
Murray vaciló un instante. Alargó despacio la mano hasta los billetes, los contó y se los guardó en el bolsillo.
—Lamentablemente, no, señor —respondió con decisión.
—Pero seguro que es capaz de decirme qué tipo de persona era. Querría saber, por ejemplo, si era como la mayoría de las amigas de Spencer.
—No, señor. Si se me permite, diría que era de un nivel muy superior. La mayor parte de las amigas del señor Spencer es de un tipo al que yo, si le soy sincero, no estoy acostumbrado.
—En otras palabras, era una mujer con clase.
—Sí, señor.
—Pero de vez en cuando oiría usted algún trozo de la conversación, ¿no?
—Bueno, sí, algo.
—¿Recuerda algo?
—Ejem, señor, yo… —dejó morir la frase.
—Trate de concentrarse un poco más, Murray —insistió Spike; y, mientras hablaba, cruzó de nuevo la habitación y soltó otro billete de cincuenta dólares en la mesa de lectura—. Habrá oído usted algo importante en la conversación de esa singular invitada, ¿no?
—En su momento, no me lo pareció, pero…
—Pero ¿los acontecimientos recientes han añadido cierto interés a las observaciones de la joven?
—Sí, señor.
—¿Le importaría repetírmelas?
—El señor Spencer me llamó para servir el té, y yo oí por casualidad el nombre de la señora Thane. Me dio la impresión de que la joven señora estaba enfadada con ella por alguna razón. Si recuerdo las palabras exactas, dijo: «La conozco hace quince años y la odio hace siete. Desde que…». En ese momento, por desgracia, tuve que abandonar la estancia.
Murray hizo una pausa.
—Pero volvió, ¿no es así? —lo animó a continuar Spike.
—Sí, señor, una media hora más tarde, para retirar la bandeja del té. Comprenda usted que no podría asegurar que estuvieran hablando aún de la señora Thane. Al menos, no oí que pronunciaran su nombre. La joven casi no había probado el té, y todavía estaba diciendo algo sobre el odio. Dijo… —Vaciló porque trataba de ser lo más preciso posible—: Dijo: «La odio tanto que algún día acabaré por matarla».
9
Una hora más tarde, en la comisaría central, Spike tuvo que enfrentarse a un fiscal furibundo y a un inspector exasperado.
—¡¿Cómo puede ser que el tal Murray callara toda esa información delante de la autoridad y, en cambio, te la diera a ti?! —exclamó Tracy—. Groaty y McCarthy lo interrogaron durante una hora, ¿sabes? Podría arrestarlo por obstrucción a la justicia.
—Creo que estás siendo un poco duro con él —lo defendió Spike—. Estoy seguro de que Murray respondió a todas sus preguntas, pero es obvio que no le hicieron las adecuadas…, ni de la forma adecuada. Ese hombre tiene la típica aversión del sirviente inglés a las fuerzas del orden y la publicidad sensacionalista. No obstante, por suerte para nosotros, gracias a que su madre era escocesa, y su abuelo, judío, Murray no se resistió a cerrar un buen trato. Tus hombres se dirigieron a Murray; en cambio, yo he hablado con Angus Isaac.
—Pero eso es un soborno —insistió Tracy—, un soborno puro y duro.
—Para nada. Yo solo le he entregado sus pagas atrasadas. Con ese fin, antes de irme, le he recordado que tal vez Dios tenga reservado algo más para él si se queda un poco de tiempo y no se marcha a su querido Londres en el primer barco disponible. Pensé que quizá querría que le confirmara él mismo todo lo que le estoy diciendo ahora, inspector.
—Escúcheme bien, jovencito, ¿con qué derecho interroga a los testigos sin mi autorización?
—Vamos, inspector, no está en su mano prohibir que dos ciudadanos particulares intercambien cuatro palabras entre ellos, ¿no le parece?
—Muy bien, entonces sin más rodeos le digo que usted…
—¡No lo haga! Podría suceder que me ofendiera, y yo me negara a terminar mi relato. ¿Sabe?, he descubierto un par de detalles que le van a interesar mucho.
—Pues métase bien en la cabeza que no me interesan lo más mínimo. —Con gran dificultad Herschman trató de poner freno a su rabia al tiempo que se daba cuenta de que en realidad le interesaban mucho. Cuando volvió a abrir la boca, la suya fue una imprevista capitulación—: Venga, siga, ¿qué ha descubierto?
—Antes que nada, inspector, permítame que le diga que hay un punto en el que estoy totalmente de acuerdo con usted. Creo que acertó al mostrarse escéptico respecto a la devoción de Tommy por la naturaleza y el placer de los paseos al aire libre. Me parece que, durante ese paseo, lo que hizo fue deshacerse de la pistola que, según Murray, tenía consigo cuando salió por la mañana, porque ayer no la llevaba encima de camino a mi casa. —Herschman se ablandó, y Spike pudo continuar—. El primero de mis descubrimientos es este. —Sacó del bolsillo un periódico y desplegó la vistosa primera página—. He aquí nuestro viejo Evening Graphic, el único periódico que sacó la noticia del asesinato de Cecily Thane en su primera edición, el periódico que Tommy Spencer leía todas las mañanas en su apartamento a las once en punto.
—¿Y entonces?
—La verdad, podría ser también simple coincidencia, solo otra prueba de la calidad imbatible de mi periódico favorito. Pero, por otra parte…, confieso que no lo sé. No obstante, aquí tengo algo más concreto. —De la pitillera sacó un cigarrillo fumado a medias, en cuyo filtro había restos de carmín—. En cuanto cogí este suvenir del cenicero que había junto a la butaca más cómoda del apartamento de Tommy, tuve la sensación de que Murray no le había contado todo a quienes me habían precedido. Por eso decidí ser tan generoso.
Herschman se acercó y examinó la colilla.
—¡Es de la Fennel! —exclamó olvidando su enojo.
—De la señorita Fennel, inspector —le regañó Spike—. Richard, ¿te importa pasarme las otras de la colección?
De un cajón del escritorio, Tracy sacó una caja de cartón, la abrió y Spike puso al lado de las otras la colilla que acababa de enseñarle al inspector.
—Es idéntica.
—Bah —dijo Herschman—, y ¿qué sacamos de esto?
—Permítame recordarle que una joven visitó la casa de Spencer el lunes a la una de la madrugada, y Murray me ha asegurado que él no había limpiado la sala ni vaciado los ceniceros desde entonces. Por eso creo que podemos deducir que fue ella la que fumó este cigarrillo. El carmín es idéntico al de las demás colillas recuperadas en el salón de los Thane y al del cigarrillo que yo mismo vi encender a la propia Nina Fennel.
»La conclusión está bastante clara: Nina Fennel estuvo en el salón de Cecily Thane el lunes por la noche, y también en el apartamento de Tommy Spencer a primerísima hora del martes, y allí le escribió una nota, digamos, bastante desesperada.
»Menos de cuarenta y ocho horas antes de que Cecily Thane fuera asesinada, Nina Fennel había amenazado con quitar de en medio a alguien, y yo tengo la firme sospecha de que se trataba de Cecily Thane, y, menos de veinticuatro horas después de la muerte de Cecily Thane, Nina Fennel arrojó una pistola a un vagón de mercancías lleno de arena. Todo esto me parece de sumo interés. Imagino que ahora la señorita Fennel tendrá que ser nuestro próximo movimiento.
—¿Nuestro próximo movimiento? —Herschman se levantó decidido y se acercó a la puerta.
Sin embargo, una vez más, Spike lo retuvo agarrándolo por un brazo.
—Inspector, no me gusta nada el énfasis irónico que ha puesto en la palabra «nuestro». No irá a negarme el placer de interrogar en persona a la única morenita de ojos azules que he conocido que no está casada con alguien más grande y fuerte que yo, ¿verdad?
Una vez llegados los tres a la sombría entrada del apartamento de los Fennel, Spike lanzó una mirada suplicante a Herschman.
—Recuerde, inspector —amenazó mientras suplicaba—, que, aunque apenas la conozca, le he cogido un profundo afecto a la señorita Fennel, y me molestaría muchísimo que usted la tratase mal.
—Conozco mi trabajo —farfulló el inspector mientras llamaba al timbre.
Esta vez la que abrió fue la doncella, una joven descuidada que escondía a la espalda un trapo del polvo. En el más absoluto silencio, los hizo pasar a una sala que había en la parte delantera de la casa, y no abrió la boca hasta que no estuvieron todos sentados.
—Tanto la señorita como el señor Fennel están con la señora Fennel. La señora está muy mal, y me han pedido que no les moleste a menos que sea importante.
—Es importante, muy importante. —El inspector la miró tan serio que la muchacha se dio la vuelta y salió a toda prisa.
Nina Fennel no tardó mucho en llegar. Llevaba el mismo vestido que el día anterior. Estaba arrugado, como si no se hubiera quitado la ropa en toda la noche, y no se había peinado. Tenía profundas ojeras y su cara reflejaba cansancio y ansiedad. Sin embargo, de manera bastante extraña, parecía aún más encantadora que el día anterior. Era como si la tragedia inminente la hubiera hecho más fuerte y más bella.
Mientras miraba a los tres hombres desde la puerta, a ellos les pareció que tensaba los músculos. También su expresión se volvió de repente algo forzada.
—Mi madre… —empezó, pero el fiscal la detuvo enseguida.
—Sí, lo sé, señorita Fennel, y lo lamento muchísimo, pero es absolutamente imprescindible que hable con usted y con su padre. Le presento al inspector Herschman, del Departamento de Homicidios. Hay unos detalles que me gustaría repasar con usted.
—Muy bien. —La muchacha se sentó como si se rindiera ante los tres hombres.
—Quisiera hablar también con su padre, señorita Fennel —le recordó Herschman.
—Disculpen, pero es imposible. Mi madre está muy mal, y al menos uno de nosotros tiene que estar a su lado. ¿No le basto yo?
—Me temo que no. Necesito ver también a su padre.
Nina Fennel no se movió un milímetro ni levantó una ceja; sin embargo, poco a poco pareció volverse como de acero; algo impenetrable e inflexible.
—Lo siento —dijo sin inmutarse—, pero es imposible.
—¿Y si insisto?
—Usted no… no puede hacerlo. —De repente una oleada de pánico pareció arrasarla, y su voz adquirió un matiz implorante—. Por favor, usted no lo entiende. Podrían ser los últimos minutos de mi madre en este mundo. Podría morir ahora mismo, y usted no hace más que reclamarlo. No lo aparten de su lado. No pueden hacerlo.
Aunque Herschman abrió la boca para hablar, no consiguió emitir sonido alguno, de manera que fue Spike el que intervino con toda serenidad.
—¿Puedo sugerirle, inspector, que acepte la oferta de la señorita Fennel y que hable con ella en vez de con su padre?
Herschman miró a Spike y se mordió el labio. Se notaba que le encantaría que Spike se fuera a dar un paseíto por Central Park, o, mejor aún, por Hyde Park, lo que equivaldría a que hubiese un océano entero entre ellos, pero al fin tuvo que ceder y, con modales bastante bruscos, se dirigió de nuevo a Nina Fennel.
—¿Qué le parece, señorita Fennel —dijo—, si me cuenta de nuevo qué hizo el lunes por la noche?
La sala se sumergió en un silencio sepulcral. Nina Fennel se quedó sentada mirando al frente con los labios crispados. A continuación, se volvió de golpe hacia el inspector.
—Estuve en casa de la señora Thane. —Herschman se sobresaltó con aquella imprevista rendición. Una respuesta así de directa, cuando él esperaba otra evasiva, tuvo el efecto de un bofetón. El inspector parpadeó y Nina Fennel esbozó una sonrisa—. Eso es lo que quería saber, ¿no es así?
—Sí, pero…
—¿Le importa continuar con las preguntas? Quiero volver con mi madre lo antes posible.
—¿A qué fue allí?
Ella hizo otra pausa, como si estudiara la respuesta.
—Inspector —dijo por fin—, seré del todo franca con usted. Ayer, cuando el fiscal y este señor —señaló a Spike— hablaron con mi padre, no se tomaron la molestia de interrogarme también a mí. Le hicieron preguntas solo a él, y él les respondió con la máxima sinceridad.
—No está contestando a mi pregunta. ¿Qué hacía en casa de la señora Thane? ¿A qué hora fue allí? Y ¿quién le abrió la puerta?
—Fui con mi padre.
—¿Entró usted en aquella casa con su padre?
—No, fui a casa de los Thane con mi padre. Él entró y, poco después, me abrió la puerta a mí.
—¿Qué hora era?
—Las ocho y media, quizá las nueve.
—¿Y qué hicieron usted y su padre en casa de la señora Thane?
—Estuvimos esperando un poco, unos quince o veinte minutos. Luego él volvió a casa.
—¿Y usted?
—Yo me quedé.
—¿Cuánto tiempo?
—Una hora, quizá más; no sabría decirle.
—Y ¿qué hizo cuando estuvo allí?
—Estuve sentada fumando.
Spike lanzó una mirada triunfal a Herschman, pero el inspector no le hizo caso.
—¿Y después de irse?
—Di un paseo, un largo paseo.
—Un largo paseo… ¿A dónde fue? ¿No iría, por casualidad, a casa de alguien?
—No, solo di un largo paseo. Hacía… hacía una noche preciosa y necesitaba un poco de aire fresco; por eso decidí pasear.
—¿Qué hora era cuando volvió a casa?
—No estoy segura; sería poco después de la una. El ascensor se cierra a la una, así que tuve que subir a pie. Por eso supongo que era la una pasada.
—Señorita Fennel, ¿qué fin tenía su visita a casa de los Thane?
—Como le dijo mi padre ayer al fiscal, se trataba solo de una visita de cortesía. La señora Thane fue muy amable y le escribió una carta a mi madre para interesarse por su salud; por eso se nos ocurrió ir a verla.
—¿Por qué no entró al mismo tiempo que su padre?
—Tenía un recado que hacer en una tienda cercana, así que le dije a mi padre que entrara solo y que enseguida me reuniría con él, solo que tardé más de lo previsto.
—¿Quién le abrió?
—Mi padre. No quería que la doncella tuviera que subir desde el semisótano para abrirme, así que, cuando me vio llegar, me abrió sin que yo llamara al timbre.
—Comprendo, entonces su padre y usted subieron al salón, esperaron quince o veinte minutos y por fin él se marchó, ¿es así?
—Sí.
—Y ¿por qué no se marchó con él?
—Mi padre estaba cansado de esperar. La doncella me dijo que no sabía dónde estaba el señor Thane, pero que podía volver de un momento a otro; por eso decidí esperar un poco más.
—Señorita Fennel, ¿cuánto hace que su padre y usted son amigos de los Thane?
—Desde siempre. Desde que yo era niña.
—¿Venía la señora Thane a menudo aquí a visitar a su madre desde que enfermó?
—No. Era una mujer muy ocupada, y además los enfermos la deprimían. Pero le escribía a menudo y le mandaba flores.
—¿Su madre está enferma desde hace mucho?
—Mi madre lleva confinada en una silla de ruedas desde los veintitrés años. Pero su empeoramiento es reciente. Tuvo un ataque funesto a primera hora de la mañana del martes.
Herschman se apoyó de nuevo en el respaldo de la silla y clavó los ojos en Nina Fennel con las comisuras de la boca ligeramente hacia arriba, como formando una vaga sonrisa: el gesto de un gato que observa a un ignaro ratoncillo justo antes de darle un zarpazo.
—Dígame, señorita Fennel —preguntó por fin el inspector—, ¿por casualidad conoce…?
—¡Un momento! —Fue Spike el que intervino—. ¡Escuchen! — Levantó una mano para imponer silencio—. La están llamando de arriba, señorita Fennel —dijo señalando la puerta que llevaba a la habitación de la enferma.
La señorita Fennel se levantó de un salto y salió a toda prisa con una mueca de angustia y terror en el rostro.
Una vez fuera del apartamento, Herschman se enfrentó de inmediato con Spike.
—¿Por qué demonios ha tenido que salir con esa falsa llamada justo cuando iba a apretarle las tuercas a la muchacha?
—Exacto, inspector, exacto —dijo Spike riendo—. De hecho, he tenido que intervenir porque he visto a dónde quería usted llegar…
Herschman lo miró con una elocuente expresión y pensó: «Solo me contengo de tirarlo al Hudson con un pedrusco de doscientos kilos al cuello porque es el hermano del fiscal del distrito».
Spike continuó sin prestar la menor atención a la mirada homicida que fulguraba en el rostro del inspector.
—Verá, amigo mío —explicó—, cuando una mujer dice «seré del todo franca con usted», puede apostar a que está a punto de soltarle un aluvión de patrañas, y, respecto a esto, Nina Fennel, pese a sus muchos encantos, es idéntica a las demás mujeres. Ha mentido con desvergüenza. Ha sido «del todo franca» solo en los detalles que sabía que podíamos comprobar. Su llegada a casa de los Thane, su regreso a casa…; en fin, esas cosas. Sin embargo, no sabía que ya habíamos tenido un pequeño cara a cara con el mayordomo de Tommy Spencer; por eso ha seguido mintiendo, convencida de que se saldría con la suya.
—Y, entonces, ¿por qué no decírselo a la cara?
—¿Y ponerla sobre aviso? No, no. Ella cree que nos ha engañado; por eso no prestará tanta atención a sus siguientes movimientos.
Por segunda vez ese día, Herschman se recluyó en un pesaroso silencio de derrota.
—Y también me ha sorprendido —siguió Spike— que hubiera preparado con antelación todo lo que nos ha dicho. Lo ha contado con demasiada soltura.
—Vaya, jovencito —dijo Herschman—, creía que estaba usted batiéndose el cobre por su amada, pero ahora parece contento de que la hayamos pillado.
—¿Contento? ¡Inspector! ¿Y usted cree de verdad que se le da bien interpretar el comportamiento de las personas? En realidad, estoy en plena lucha interna. Por segunda vez en mi vida estoy sufriendo una amarga decepción. La otra morenita de ojos azules, como ya dije, tenía un marido que pesaba veinte kilos más que yo, y esta…, en fin, todo parece apuntar a que es una asesina. —Spike soltó una bocanada de humo y añadió con filosófica resignación—: Pero imagino que todas las mujeres tienen su lado negativo, ¿no? Así que hay que aceptar las cosas como son.
—Ya, y otro de los lados negativos, al menos, de esta muchacha — intervino Herschman—, va a ser el agente que desde ahora va a seguirla vaya donde vaya.
10
El jueves por la mañana, tres días después del asesinato de Cecily Thane, Herschman entró en el despacho del fiscal del distrito dando un portazo. Tracy, que estaba sentado a su mesa leyendo el periódico con gesto atormentado, levantó la vista del susto.
—¿Y bien? —preguntó irritado.
—Acabo de recibir noticias de Mallory respecto a la carga de arena de la New York Central —estalló Herschman—. El martes por la tarde solo salieron seis vagones por esa vía que transcurre a lo largo del río en dirección al nuevo puente que están construyendo en la calle Ciento Sesenta y Ocho, y parece que toda la carga se volcó en la hormigonera a última hora de esa tarde. La pistola que la Fennel tiró estará ahora fraguando en uno de los pilares. No hay ninguna posibilidad de recuperarla.
Presa de la frustración, el inspector mordió la punta de un cigarro y la escupió con brutalidad.
—Si algún escritor de novelas policiacas tuviera conocimiento de esta investigación —dijo una voz relajada que provenía de las profundidades de una cómoda butaca que había en un rincón—, imagino que la titularía Las armas desaparecidas.
—¡Vamos, déjelo estar!
—Como usted quiera, inspector.
—¿Aún no le ha echado el guante a Griffis? —preguntó Tracy.
—No, pero tengo una pista que me llevará hasta él. Dirige una agencia inmobiliaria que está pasando por dificultades económicas. He puesto a Mark a trabajar en ello. Dice que no sabe aún si de verdad hay algo turbio en esa empresa, pero que le parece un poco sospechosa. Griffis debe un montón de dinero a los clientes y se mantiene alejado de la oficina y de su apartamento. Me he enterado además de varios detalles del pasado de ese hombre. Parece que, tiempo atrás, hacía muy buenos negocios; sin embargo, en los dos últimos años los vientos han cambiado.
—Muy bien, entonces, ¿cuál es el próximo movimiento? —El fiscal, nervioso, picaba con el lápiz en la mesa y miró al inspector como si estuviera esperando una respuesta que, sin embargo, no llegó. Herschman se sentó a fumarse el cigarro sin abrir la boca.
—Ya va siendo hora —observó Spike— de que nuestro Padre Eterno nos dé un respiro. Hasta el momento hemos procedido solo con nuestras fuerzas, pero creo que empezamos a necesitar una pizca de suerte celestial.
Como providencial respuesta a esa demanda, apenas quince minutos más tarde apareció Morris Shansky. El señor Shansky tenía un aspecto engañoso, pues de ninguna manera parecía un regalo del cielo. Era un hombrecillo vestido de forma elegante, que hablaba con un leve rastro de su viejo acento yidis. Cuando se acomodó en la sala de espera de la oficina del fiscal del distrito, se negó a explicarle al secretario la razón de su visita e insistió en que se trataba de un asunto privado, y parecía estar muy nervioso.
Por fin, al entender que sus protestas eran del todo inútiles, sacó su as de la manga. Haciendo que Lovelace bajara a su altura para escuchar y mirando a su alrededor para que nadie le oyera, susurró una sola frase. Incluso las rígidas cejas de Lovelace se arquearon imperceptiblemente un segundo antes de desaparecer en el despacho.
—Hay aquí fuera un hombre, señor Tracy —dijo—, que quiere verle. Es en relación con el caso Thane. Insiste en hablar solo con usted.
Herschman levantó las orejas y al fiscal se le puso cara de angustia. Ya había demasiados detalles desconcertantes en el caso para que se añadieran más. No obstante, con toda resignación, le indicó al secretario que hiciera pasar al recién llegado.
En cuanto Shansky entró en el despacho, les lanzó una mirada suspicaz a Spike y al inspector; pero el fiscal apaciguó de inmediato la desconfianza del hombre.
—Él es el inspector Herschman y el otro es mi hermano, que me está ayudando en este caso. Lo que tenga que decirme puede decirlo delante de ellos.
En absoluto tranquilizado, Shansky tomó asiento frente a la mesa del fiscal.
—Antes que nada, señor Tracy —comenzó—, quiero decirle que nunca, en toda mi vida laboral, me había pasado nada como esto. Morris Shansky tiene un honor que defender. Jamás ha habido la menor sospecha sobre mi negocio. Siempre…
—No me cabe la menor duda de lo que dice, señor Shansky —dijo el fiscal impacientándose—, pero ¿qué era lo que quería contarme?
—Lo que le estoy diciendo ahora. Pregunte sobre mí a quien quiera en la Tercera Avenida, y todo el mundo le dirá que Morris Shansky solo trata con personas respetables. Que él nunca ha… —¿En qué trabaja usted?
—En préstamos por empeño. Tengo licencia para hacerlo y nunca he aceptado nada que no fuera mercancía limpia de personas decentes. Pregunte a la policía de mi distrito, y verá como también ellos lo confirman. Siempre…
—Escúcheme un momento —interrumpió Herschman—: ¿qué tiene que decirnos sobre el caso Thane?
Ante semejante ataque frontal, Shansky pensó que lo mejor era zanjar rápido la autodefensa profesional. En silencio, sacó de un bolsillo interior una cajita y la depositó en la mesa. Luego la señaló pronunciando una sola palabra.
—Eso.
—¿Qué es?
—Es… una de las joyas cuyas imágenes han difundido y de las que han dicho que se las habían robado a la mujer asesinada, Cecily Thane.
Casi de un zarpazo, Herschman agarró la caja y levantó la tapa. Dentro, sobre un pedazo de algodón, había un collar de diamantes y esmeraldas que incluso el ojo menos experto habría valorado en una fortuna. Tanto el inspector como el fiscal se quedaron mirándolo con la boca abierta. A continuación, el inspector se dirigió a Shansky con voz eufórica:
—¿De dónde lo ha sacado?
—Le estoy diciendo, inspector, que yo siempre trabajo con mercancía limpia. Nunca…
—Oiga, amigo, ya sé que no es usted un perista, así que corte el rollo. Lo que quiero saber es quién llevó el collar a su negocio y cuánto le dio usted.
—Era un tipo alto, con una buena mata de cabello oscuro, pero con una curiosa mecha blanca en el centro que parecía casi pintada con un pincel.
—¿Cuándo?
—La mañana siguiente al asesinato de Cecily Thane, temprano.
—¿A qué hora?
—Sobre las ocho y media.
—¿Cómo se llama el hombre?
—John Morgan. Mire: aquí está el resguardo.
—¿Cuánto le pidió?
—Cinco mil dólares.
—¿Se los dio?
—No enseguida. No tengo en casa todo ese dinero, sobre todo, a esa hora de la mañana, antes de que abran los bancos.
—Entonces, ¿qué hizo? Adelante, cuéntenos todo. No le vamos a morder, ¿no?
—Pues le dije que esperara hasta las nueve y media, pero él me dijo que no porque necesitaba el dinero de inmediato. Dijo que su esposa estaba a punto de partir en un barco y que tenía que conseguir el dinero a toda prisa, porque la mujer no llevaba efectivo consigo, y yo le dije que no, que solo tenía mil dólares en la caja fuerte y le pregunté si con eso podía bastarle. Me respondió que no, y que volvería a las nueve y media, así que fui al banco a las nueve, retiré el dinero y, cuando volví a la tienda, él ya estaba allí, y se lo entregué.
—¿Era uno de sus clientes habituales?
—No, no lo había visto nunca. Y, cuando leí la descripción de las joyas del caso Thane, la que han distribuido ustedes por todas las casas de empeño con licencia, comprendí enseguida que ese debía de ser el hombre que la mató para robarle las joyas. Siempre…
Pero Herschman estaba ya al teléfono e invitó a Shansky a guardar silencio con un gesto perentorio de la mano. Marcó el número de la casa de los Thane, donde enseguida respondió Elton Thane.
—Soy Herschman, de la comisaría central, señor Thane. ¿Conoce usted a alguien que se llame John Morgan?… ¿No? Bueno, lo imaginaba. Es un tipo con cabello oscuro y un mechón blanco… ¿Cómo? Sí… ¿Le importaría venir ahora mismo a la comisaría? Ha aparecido algo muy importante y necesitamos que lo vea… Sí… ¿Unos veinte minutos?… Estupendo… Ah, espere, traiga también a Emma… Sí, la necesitamos también a ella… Perfecto.
Herschman colgó y se volvió hacia el fiscal con una sonrisa victoriosa.
—Sin embargo, tenemos… —Se calló justo a tiempo, y señaló con la cabeza a Shansky de forma significativa.
—Señor Shansky —dijo el fiscal—, le estamos muy agradecidos por su ayuda. Ha sido de verdad impagable. Tendremos…
—No es usted quien necesita ayuda, señor Tracy, sino yo. Tengo que velar por mi licencia. Por no hablar de mis cinco mil dólares. ¿Qué me dice de eso?
—Estimado señor Shansky, si tuviera cualquier problema con la renovación de su licencia, le ruego me lo haga saber. Yo mismo me ocuparé del asunto. En cuanto a los cinco mil dólares, usted está protegido por el seguro de joyas, que cubrirá su pérdida. Mientras tanto, si no le importa, vuelva a la sala de espera e indíquele a mi secretario su nombre, dirección y número de teléfono, por si tuviéramos que volver a hablar con usted.
Con gesto decidido, Herschman acompañó a Shansky a la puerta antes de que este tuviera oportunidad de repetir cuán impecable era su reputación. No veía el momento de cerrar y dejar fuera al prestamista.
—Thane me ha dicho —explicó al volver— que la única persona que conoce con abundante cabello negro y un mechón blanco es el hermano de la señora Thane, George Griffis.
En la media hora que necesitó Elton Thane para llegar en coche desde la calle Ochenta y Dos a la comisaría, Herschman se documentó sobre lo que la policía sabía de Shansky y descubrió que todas las informaciones de que disponían coincidían con lo que les había contado el prestamista.
Thane se presentó sin aliento y con el rostro alterado. Dejó a Emma en la sala de espera y entró en el despacho del fiscal. Los dos días transcurridos desde su último encuentro habían operado un gran cambio en su aspecto. El cansancio y el dolor habían desaparecido de su semblante, y ahora el hombre transmitía una gran sensación de calma.
Herschman, impaciente, se saltó las formalidades.
—Mire, señor Thane —dijo señalando con gesto triunfal la cajita de cartón que contenía la resplandeciente joya.
Thane abrió los ojos de par en par.
—¡El collar! Pero ¿cómo…?
—Nos lo ha traído el propietario de una casa de empeños —explicó Herschman—. No es un perista, por supuesto. Lo hemos comprobado. Su negocio tiene licencia legal.
—Y ¿cómo lo ha conseguido? ¿Spencer…?
—No, de Spencer no. Se la llevó un hombre que se presentó como John Morgan, un tipo de cabello oscuro con un mechón blanco en el centro.
—¡George!
Herschman asintió con la cabeza. El señor Thane se quedó un instante sin palabras, y luego añadió:
—No puede ser. Es su hermano. Vivía con nosotros.
—Exacto, y, pese a que se ha mudado, conserva aún la llave de la casa.
—¿Está seguro, señor Thane —intervino el fiscal—, de que nos ha contado todo sobre la visita de Griffis a su mujer el pasado lunes por la tarde?
—Sí, todo. Solo la vi un minuto, ya sabe, antes de que saliera con Spencer; y lo único que me dijo fue: «Esta tarde ha venido George».
—Creo que será mejor que entre la doncella —sugirió Tracy, y asintió con la cabeza a Herschman.
Acto seguido, Emma entró en la sala. Se paró en el umbral y miró incómoda a los tres hombres que tenía delante, luego se detuvo en Thane, interrogándolo en silencio. Él la tranquilizó con voz amable.
—Emma, estos señores tienen que hacerte unas preguntas.
Ella no dijo nada mientras se sentaba en la silla que Spike le ofreció.
—Emma —comenzó el fiscal yendo directo al grano—, el señor Thane nos ha dicho que la tarde del pasado lunes el hermano de la señora Thane, George Griffis, pasó a visitarla.
—Sí, señor.
—¿A qué hora llegó?
—Pues… por la tarde, creo que sobre las cuatro. No lo recuerdo exactamente.
—¿No fue usted la que le abrió?
—No, señor. Usó la llave que tenía, de cuando vivía allí.
—¿Lo vio cuando se iba o en cualquier otro momento?
—No, señor.
—Entonces, ¿cómo sabe que estuvo allí?
—Oí su voz.
—¿Qué le parece si nos cuenta todo?
—Cuando subía del semisótano a mi habitación para coger un delantal limpio, pasé por delante de la puerta del salón de la señora Thane.
—¿La puerta estaba abierta?
—No, estaba cerrada.
—Pero ¿oyó voces?
—Sí, personas hablando en voz alta.
—¿Se paró a escuchar?
—Bueno…, sí —admitió Emma bajando la mirada—. Lo que decía la señora Thane no pude oírlo porque hablaba más bajo, pero el señor Griffis casi gritaba.
—Y ¿consiguió oír lo que decía?
—Algo. —Era obvio que Emma odiaba tener que reconocerlo.
—¿Qué oyó?
Ella buscó de nuevo la mirada del señor Thane.
—Responda, por favor, Emma —dijo él tranquilo, pero con cierta tensión en el rostro.
—No… no llegué a oírlo todo, pero él repetía algo sobre el banco y cinco mil dólares.
El fiscal y Herschman se miraron con complicidad.
—Muy bien, siga.
—Él dijo: «Te digo que los necesito». La señora Thane respondió en voz baja, y no pude oírla, y luego él dijo algo sobre… —Emma se calló y miró al señor Thane aterrorizada—. En fin, dijo algo sobre el señor Thane.
—¿Qué?
—Dijo: «Si te contara todo lo que sé de tu marido, no te atreverías a ser tan tacaña».
Emma hizo otra pausa y empezó a juguetear nerviosa con el bolso. El fiscal le pidió de nuevo que continuara.
—¿Qué más dijo?
—No oí nada más porque sonó el teléfono y tuve que ir a responder. Era una llamada para la cocinera, así que bajé al semisótano para avisarla y tuve que quedarme un rato en la cocina, hasta que volviera, vigilando la comida que había en los fogones. Cuando volví a subir, la puerta del salón de la señora Thane estaba abierta, y ella me llamó para decirme una cosa sobre la cena; para entonces él ya se había marchado.
Cuando Emma acabó su relato se hizo un silencio incómodo.
—¿Está usted segura de no haber oído nada más?
—Sí, señor.
Tracy le indicó que podía retirarse. Una vez salió del despacho, tanto el fiscal como el inspector clavaron los ojos en Elton Thane.
—Dígame, señor Thane —preguntó Tracy—, ¿tiene idea de qué quería decir el señor Griffis con la frase que la doncella acaba de referirnos?
—Yo…, esto…, no sabría decirles.
—¿Sabe si su cuñado tiene problemas económicos?
—Bueno, sé que ahora no le está yendo muy bien, pero no tengo información directa de sus negocios.
—¿Se le ocurre alguna cosa que pueda explicar la frase en la que le mencionó?
—George y yo no hemos sido nunca…, es decir, no hemos tenido nunca una relación particularmente buena.
—Sin embargo, vivía con ustedes hasta hace un año, ¿no?
—Sí.
—¿Por qué no tenían una buena relación?
—Creo que es por diferencias de carácter. Ya se sabe que entre parientes políticos no suele ir muy bien la cosa.
—Y ¿puede usted asegurar que no sabe a qué se refería Griffis cuando dijo: «Si te contara todo lo que sé de tu marido, no te atreverías…»?
Tracy se detuvo y miró a Thane. Despacio, este último bajó la mirada.
—Señor Tracy, quizá sea mejor que sea del todo sincero con usted — respondió casi en un suspiro.
—Entonces, ¿lo sabe?
—Sí. Hace tres años, yo… estaba entre la espada y la pared. El trabajo no iba del todo bien, y perdí mucho dinero en la bolsa. Necesitaba cincuenta mil dólares; de lo contrario, perdería diez veces esa suma; así que firmé un cheque con el nombre de mi cuñado. —Nadie abrió la boca, y Elton Thane dejó que su confesión quedara como suspendida en el aire. Luego siguió con más fuerza y seguridad—: Pero le devolví hasta el último centavo en cuanto conseguí acumular un poco de dinero. Le devolví hasta el último centavo, repito, y al ocho por ciento de interés.
—¿En efectivo?
—Sí, no quiso aceptar un cheque.
—¿Su mujer se enteró de esa falsificación?
—Sí, lo sabía. Además, cogió el cheque para custodiarlo en persona. —¿Quiere decir, señor Thane —intervino Herschman incrédulo—, que su mujer se guardó el cheque de cincuenta mil dólares que usted falsificó?
Thane asintió con la cabeza.
—¿Cómo consiguió hacerse con él? ¿Dónde lo tenía?
—Convenció a George de que se lo entregara, pero yo no supe nunca dónde lo guardaba.
—Entonces, ¿cómo está tan seguro de que aún lo tenía?
—Porque de vez en cuando me lo recordaba.
—¿Se lo recordaba? ¿En qué sentido?
—¡Santo cielo! —Thane se desmoronó de golpe. Era como si los músculos que lo habían sostenido calmo y erguido hubieran cedido de repente. Sus hombros se aflojaron y la voz le salió ronca—. ¡Dios mío! ¿No lo entiende? Mi mujer ha estado machacándome con el maldito cheque durante tres años ¡a mí, a su marido!, cuando fue ella quien me convenció de que lo falsificara. Yo no quería; juro que no quería. Pero ella me obligó.
»Primero hablamos con George y le pedimos el dinero, pero él se negó. El caso era que yo necesitaba conseguir a toda costa esos cincuenta mil dólares; de lo contrario, mi empresa saltaría por los aires y perdería todo lo que tenía. Así que ella me obligó a falsificar ese cheque. Me dijo que convencería a George de que no me denunciara. Se guardó el cheque y desde entonces siempre ha pesado sobre mi cabeza como una espada de Damocles. Ella era… ¡Ay, Dios mío!
Con un movimiento desesperado, Elton Thane se cogió la cabeza con las manos y cortó el río de palabras que sus labios torturados tanto deseaban pronunciar.
11
En la sala se hizo un silencio cargado de tensión, roto solamente por un repentino suspiro de la figura doblada en dos que estaba frente al fiscal.
—¿Está seguro —dijo Tracy, apaciguador— de que comprende el significado de sus afirmaciones?
Thane levantó el rostro crispado y miró al fiscal. Thane parecía haber envejecido diez años en los últimos diez minutos. Asintió con la cabeza en silencio.
—Sí, sé lo que digo, y sé también lo que está pensando usted. ¡Pero no he sido yo! ¡Juro por Dios que no he sido yo! —gritó con la voz ronca.
—Nadie aquí está sacando conclusiones precipitadas, señor Thane, pero, en vista de la situación, tengo que pedirle que nos haga una descripción exhaustiva de lo que hizo el lunes por la noche.
Thane se esforzó por recomponerse, luego se humedeció los labios resecos. Cuando por fin abrió la boca, su voz estaba de nuevo bajo control.
—Está bien. Usted dirá. Pregúnteme lo que quiera.
—¿Y si fuera usted el que nos lo contara todo?
—Salí entre las ocho y las ocho y media, no recuerdo la hora exacta, y fui a mi club, el Chatham, en la calle Setenta y Seis Oeste. Pasé casi toda la velada allí.
—¿Recuerda el nombre de las personas que vio en el club? ¿Habló con alguien en particular?
—Sí, sobre las diez estuve jugando al bridge con J. P. Crandall, Horace Pullman y otro tipo, cuyo nombre no recuerdo, que es amigo de Crandall.
—¿Cuánto tiempo estuvo allí?
—Casi hasta medianoche. Entonces me acordé de que le había prometido al doctor Partridge, mi vecino… Lo han conocido esta mañana, ¿recuerdan? Como decía, le había prometido que me pasaría a echar una partida de ajedrez, así que dejé el club y me dirigí a su casa.
—¿Volvió a pie?
—Sí.
—¿Y sin detenerse en ninguna parte?
—Sí.
—¿Y luego…?
—No. Ahora recuerdo. Me paré en un estanco, en el de la esquina de la Columbus con la Setenta y Seis. Allí compré un par de paquetes de cigarrillos y unos cigarros. Le había prometido a Partridge que llegaría más temprano, pero me había distraído tanto con la partida de bridge que se me olvidó la promesa, así que se me ocurrió comprarle unos cigarros de su marca favorita a modo de disculpa, por decirlo de alguna manera.
—¿Ese fue el único lugar en el que se detuvo?
—Sí.
—Entonces, ¿desde el estanco fue directo a casa de Partridge? — Herschman miraba impertérrito a Elton Thane, pero no consiguió nada.
Fue como si Thane hubiera adivinado lo que estaba pensando el inspector.
—No —dijo—, no pasé por casa. Fui directo a la del doctor Partridge.
—¿Qué hora era?
—Pues… sería medianoche.
—Me parece un horario poco preciso.
—Lo sé, pero es lo único que puedo decirle.
—¿Hasta qué hora estuvo con el doctor Partridge?
—Hasta casi las cuatro.
—¿Estuvo todo el rato allí?
—Estuve todo el rato allí.
Herschman arqueó las cejas y miró a Thane con gesto interrogativo.
—Señor Thane, le tengo que pedir que se quede un rato más. Póngase cómodo ahí dentro —añadió indicando una puerta que había al fondo del despacho.
Thane consintió sin protestar y siguió al inspector por un largo pasillo hasta una pequeña oficina donde había dos agentes jugando a las cartas.
—Muchachos, este señor no os molestará —dijo, y le indicó una silla a Thane—. Tiene que esperar aquí un momento.
Uno de los agentes levantó la vista de las cartas y asintió con un gesto mínimo.
Herschman volvió deprisa al despacho del fiscal y levantó el auricular del teléfono.
—Póngame con la casa del doctor Partridge, en la calle Ochenta y Dos Oeste. —Mientras esperaba que le dieran comunicación, le dijo a Tracy—: Quiero que venga enseguida Partridge, para comprobar toda esta historia. He dejado a Thane con Matt y Parker.
La voz del propio doctor Partridge no tardó mucho en responder. Estaba feliz de poder ponerse al servicio del departamento de policía. Por el tono, se deducía que se había sentido un poco abandonado en los últimos días y que ahora estaba contentísimo de haber recuperado protagonismo.
En el breve lapso de tiempo que transcurrió entre la llamada y la llegada del doctor a la comisaría, Herschman mandó a un agente al estanco de la esquina de la Columbus con la Setenta y Seis para hablar con el dependiente que estuvo de servicio el lunes por la noche.
El doctor Partridge entró en el despacho con una sonrisa cordial en el rostro. A cierta distancia de la escena del crimen, y con un intervalo de cuatro días desde la noche de la tragedia en casa de su amigo, ahora mostraba un comportamiento más natural, mucho menos pomposo.
—Lamento molestarlo, doctor Partridge —empezó a decir el fiscal—, pero hay algunos puntos del caso Thane que no están del todo claros y necesitamos revisarlos con usted.
Partridge asintió con la cabeza y se acomodó en la silla que acababa de desalojar el señor Thane.
—¿Cuánto tiempo hace que conoce a los Thane?
Aquel hombrecito riguroso pensó un instante antes de dar su meticulosa respuesta.
—El mes que viene hará cuatro años que los Thane se mudaron a la casa de al lado. A los cinco meses y medio de llegar, un día, el señor Thane me llamó alteradísimo pasada la medianoche. Su esposa se había sentido mal de repente; y, aunque yo estaba ya jubilado, no podía negarme a atender una llamada de emergencia. Fue un caso simple de indigestión con una crisis nerviosa, sobre todo eso, una crisis nerviosa. Por tanto, el principio de nuestra relación se remonta a aquella noche.
—¿Solía tener la señora Thane crisis de ese tipo?
—Sí, de vez en cuando. Era una mujer hipersensible y, si me permiten, sufría también violentos arranques de cólera que por lo general terminaban en una crisis nerviosa.
—Entonces, ¿usted la cuidaba cuando le daban esos ataques pasajeros?
—Sí, aunque sería exagerado decir que la cuidaba; solo le administraba un sedante, que es el único fármaco aconsejado en casos así.
—En su opinión, ¿a qué se debían esas crisis?
—¡A irascibilidad! A pura y simple irascibilidad. —Bajo el largo bigote, la pequeña boca del doctor se crispó en una sutil mueca de desaprobación.
—¿Irascibilidad provocada por las discusiones con el marido? — sugirió Tracy.
El doctor asintió con la cabeza con cierta reluctancia.
—Por lo general, ¿cuál era la manzana de la discordia?
—Yo no me meto en la vida privada de mis pacientes, a no ser que me lo pidan ellos.
—Sin embargo, doctor, usted ha podido conocer bastante de cerca a los Thane, y creo que no puede ignorar qué problemas había entre ellos.
—No, yo solo conozco al señor Thane. No tenía relación alguna con la señora, salvo cuando me llamaba para asuntos relacionados con mi profesión. Desde el principio de mi amistad con el señor Thane, descubrimos que ambos teníamos gran pasión por el ajedrez y, como ya le he dicho, a menudo jugábamos hasta altas horas de la madrugada.
—¿Cada cuánto juega al ajedrez con el señor Thane?
—Al menos, una vez a la semana; últimamente, incluso dos o tres.
—Por lo general, ¿hasta qué hora suelen jugar?
—Hasta la una y media o las dos.
—Pero este lunes pasado jugaron hasta las cuatro, ¿no es así?
—Sí. Nunca habíamos terminado tan tarde.
—¿No les entró sueño?
—Sí, pero Thane estaba pasando por una racha complicada y estaba tratando de recuperarse. Por supuesto, nos jugamos siempre pequeñas cantidades, sumas simbólicas, lo justo para añadir un poco de salsa al juego. Tal y como estaban las cosas, no me atreví a pedirle que lo dejáramos.
—¿En qué zona de la casa jugaban, doctor?
—En el salón de la planta baja.
—¿Estuvieron los dos todo el rato en esa habitación hasta que él se marchó a las cuatro? ¿Estuvieron siempre juntos?
—Sí, todo el rato juntos —declaró con énfasis el doctor. No obstante, acto seguido se corrigió—: No, espere. Una vez Thane salió de la habitación, solo para acercarse a la entrada. Hacía una noche calurosa y los dos nos habíamos quitado la chaqueta y el chaleco, pero incluso así teníamos calor, de manera que él se acercó al pasillo para abrir la puerta de la entrada.
—¿Cuánto tiempo tardó?
—Veinte segundos, quizá medio minuto.
—¿Esa fue la única vez que uno de los dos salió de la habitación?
—Bueno, ahora que lo pienso, al rato fui yo el que bajó al semisótano a por una frasca de brandi.
—¿Por cuánto tiempo se ausentó?
—No creo que fuera más de un minuto, las escaleras están justo delante de la puerta del salón, y la frasca estaba en el aparador que tengo al pie de la escalera. Bajé y subí enseguida.
—Y ahora dígame, doctor —intervino Herschman—, ¿a qué hora llegó Thane a su casa el lunes pasado?
El médico se paró a reflexionar, esforzándose por ser lo más exacto posible.
—Faltaban diez minutos para la medianoche.
—¿Recuerda siempre con tanta precisión las horas?
—No —admitió con franqueza el doctor Partridge—, pero en este caso sí. Vi al señor Thane durante el día y me propuso la partida de ajedrez esa noche diciéndome que estaría disponible sobre las once y media. Yo soy una persona que ama la puntualidad y, por tanto, espero que los demás hagan lo mismo. Cuando a las once y media vi que no llegaba, comencé a impacientarme. Más tarde, cuando por fin se presentó, saqué el reloj para amonestarlo y se lo enseñé. Llegaba con veinte minutos de retraso. Es decir, eran exactamente las doce menos diez. No tengo la menor duda de ello.
—¿Le llevó él algo para disculparse?
El doctor sonrió de repente.
—Claro que sí. Me trajo cinco cajas de mis cigarros favoritos.
—¿Cinco cajas?
—¡Cinco cajas!
—Por tanto, usted está muy seguro de la hora a la que el señor Thane llegó a su casa, ¿verdad?
—De la manera más absoluta. Es imposible que me equivoque.
En el rostro de Herschman se leyó la contrariedad. Apenas el médico salió y cerró la puerta, el inspector se derrumbó en la silla y lanzó una afligida mirada al fiscal.
—Otra buena hipótesis que naufraga. Siempre que el tipo haya dicho la verdad, claro, y yo creo que sí. —Por alguna inexplicable razón que ni siquiera él llegó a entender, para obtener una confirmación, el inspector no miró al fiscal, sino a Spike.
—Sí, inspector, creo que tiene usted razón. Una verdadera lástima, ¿eh? Habría sido una historia maravillosa para los periódicos: «Asesino juega al ajedrez después de dispararle a su mujer».
—Creo que le preguntaré de nuevo a la doncella a qué hora se fue Spencer —dijo Herschman tomando una repentina decisión—, así veremos si repite por segunda vez las mismas cosas.
Emma apareció de nuevo ante los tres hombres y confirmó con gran seguridad la hora exacta a la que Spencer se marchó.
—Sí, señor, estoy segura de que fue a medianoche, o quizá un minuto después. Lo sé porque miré el reloj.
12
El informe del agente que Herschman mandó al estanco de la esquina de la Columbus con la Setenta y Seis solo sirvió para corroborar lo que Thane había contado. El dependiente en cuestión recordaba bien al cliente del lunes por la noche.
—Por supuesto que lo recuerdo —respondió a la pregunta del agente —. Compró cinco cajas de los cigarros más caros que tenemos. Quería seis, pero solo quedaban cinco, así que se llevó todas las que había.
—Y ¿a qué hora entró a comprar? —preguntó el agente.
—Poco antes de medianoche; unos diez o quince minutos antes, diría yo. Lo recuerdo bien porque cierro a medianoche, y en la última media hora miro a menudo el reloj. Sí, faltarían quince o veinte minutos para las doce, estoy seguro.
Cuando el agente volvió a la comisaría con la información, Herschman se limitó a mascullar por lo bajo y a entregar el informe en el despacho del fiscal.
—Me gustaría saber —dijo Herschman— cómo proceder llegados a este punto. Este caso está siendo malditamente complicado.
—Creo que sería interesante tener una conversación con George Griffis —sugirió Spike.
—Claro. —La palabra se pronunció con un intenso sarcasmo.
—Bien, pues, si ustedes dos son capaces de prescindir de mi presencia un rato, yo voy a hablar con Tommy.
Puesto que ni el fiscal ni el inspector hicieron el menor caso a su proposición, Spike interpretó su indiferencia como un consentimiento, salió de la comisaría y cruzó la calle camino de la prisión. En el trayecto se detuvo a comprar un poco de fruta, un paquete de cigarrillos, dos perritos calientes y el diario Graphic.
En el artículo sobre el caso Thane, se esperaba con impaciencia que llegaran noticias del desarrollo de la investigación, puesto que no parecía que las fuentes oficiales divisasen nada en el horizonte. Por el momento, Tommy Spencer era la principal preocupación de los ingeniosos reporteros. Habían encontrado viejas fotos de la época en la que se hacía llamar William Preston y estaba aún al principio de su carrera como compañero de baile de la pobre Greta Schlockenhass.
Seguía un relato de Murray sobre los movimientos de Spencer la tarde del lunes. Spike hojeó por encima el artículo en busca del nombre de Nina Fennel, o al menos alguna referencia a una «misteriosa mujer». Conociendo la predilección del diario por las mujeres misteriosas, no se fiaba de la caballerosa discreción de Murray, que, imaginó, debió de pasar una dura prueba con los asaltos sin escrúpulos de los astutos reporteros. Sin embargo, todo apuntaba a que había juzgado mal al mayordomo, pues no había ninguna referencia a la visita femenina que Spencer recibió la memorable noche de la tragedia.
Spike no tuvo ningún problema a la hora de entrar en la prisión, y su parentesco con el fiscal demostró ser un salvoconducto incluso para las puertas más blindadas. Encontró a Spencer desconsolado, tumbado en su duro catre de hierro, el único mueble permitido dentro de la celda.
—Tommy —dijo en tono de reproche—, me ofendes. Me ofendes de verdad. Tienes un aspecto tan triste… He venido para subirte un poco la moral. Te he traído perritos calientes. —Dicho esto, se sentó con las piernas cruzadas en el suelo y abrió la bolsa de las compras.
—Precisamente tú me pides que no esté deprimido —farfulló Tommy, y mordió el primer perrito con voracidad.
—Hace falta tener la cara muy dura, ¿verdad? —replicó Spike con condescendencia—. Yo tengo la libertad de ir y venir a mi antojo por la ciudad, mientras tú estás encerrado en esta maldita celda, lo sé.
—¿Ninguna novedad? —preguntó.
—Solo una conversación con el señor Thane.
—Ya, eso es lo que mejor se le da.
—¿Tú crees? A mí me parece un tipo muy reservado.
—¿Thane? Es una de las personas más parlanchinas que conozco. No ha habido una sola vez que haya ido a recoger a su esposa que no haya revoloteado a mi alrededor para invitarme a charlar en el salón antes de que bajara la señora; igual que si fuera el hermano de la mujer, y yo, su novio.
—En el fondo lo eras, ¿no?
Tommy bajó la cabeza.
—No, entre la señora Thane y yo solo había una relación de trabajo. Ella me pagaba puntualmente, o casi, y yo le ofrecía un excelente servicio, pero entre nosotros eso era todo.
—Tommy, me estás pareciendo un tipo bastante interesado.
—Cuanto más interesado se sea, mejor; al menos, en mi trabajo.
—A propósito, ¿qué clase de persona era la señora Thane? ¿Sabes una cosa? Es increíble lo poco que sabemos de esa mujer.
—Es que ella era una persona como es debido.
—Pero eso no quiere decir nada. Intenta ser más preciso.
—Pues… era como todas mis clientas, o casi: cansadas del marido, deseosas de estar con alguien con quien no pueden estar, y sin ninguna cosa en que ocupar su tiempo. Algunas terminan teniendo una crisis nerviosa, y llaman al médico para que les aconseje unas vacaciones en las Bermudas. Otras, en cambio, me llaman a mí y me piden que las lleve a una sala de baile.
—Y, en teoría, ¿cómo se hace para encontrar…, ejem…, una clientela como la tuya?
—Hay varias maneras. Por lo general, si frecuentas los clubs nocturnos, alguna mujer acaba por verte y te pregunta, y a veces te llaman también para trabajos extras; por ejemplo, cuando les llega de repente la prima Susie de Dubuque y no hay ningún acompañante disponible para ella. Otras veces es el propio marido el que te contrata, como sucedió, en particular, en el caso Schlockenhass. El viejo marido prefería quedarse en casa en pantuflas, con una caja de cervezas y un paquete de palomitas, mientras que la mujer quería algo más movido; y por eso me encargó que la tuviera entretenida, para tener él las tardes libres y poder leer su Police Gazette en santa paz.
—Tommy, permíteme que te haga otra pregunta sobre el caso Schlockenhass. ¿Estás seguro de haber dicho toda la verdad?
—Lo juro por Dios. Con el asesinato de la señora Schlockenhass yo no tengo nada que ver, de la misma manera que no tengo nada que ver con el de la señora Thane. Solo he tenido la mala suerte de haber visto a cada una de esas dos mujeres justo antes de que un hombre las quitara de en medio. —¿Cómo estás tan seguro de que ha sido un hombre? —Spike hizo la pregunta como quien no quiere la cosa, a través de una nube de humo de cigarrillo.
—No puede ser de otra manera —respondió enseguida Tommy—: Las mujeres no tienen valor para hacer algo así. Además, ¿qué mujer desearía la muerte de la señora Thane?
—Visto así, ¿y qué hombre?
—Yo qué sé. No soy policía. En este embrollo solo soy el chivo expiatorio.
—¿Sabes una cosa? —le preguntó Spike con una sonrisilla—. Pese al trágico fin de la señora Thane, hay un momento previo que me intriga muchísimo. Tú fuiste a aquella casa a recoger a la mujer, ¿no? Y el marido te entretuvo hasta que ella bajó. Me parece una situación cómica de verdad. En circunstancias semejantes, ¿de qué se habla mientras se espera a que llegue la clienta?
—No sabría decirte: de todo un poco, de lo que se lee en los periódicos, del tiempo, de golf… Thane es un fanático del golf, además. Me ha llevado con él un par de veces, pero a mí ese tipo de juegos no me ha interesado nunca demasiado. Él quería saber siempre adónde iba a llevar yo a su mujer. Si ella hubiera tenido dieciocho años, y él hubiera sido su madre, no habría sido más puntilloso preguntando si los lugares a los que íbamos eran decentes, o a qué hora teníamos intención de volver a casa.
—Imagino que debes de oír historias muy interesantes de tus…, en fin…, clientas, ¿no?
—¿Qué entiendes por «historias muy interesantes»?
—Quiero decir que la mayoría de ellas te confesará que sus maridos no las entienden, ¿me equivoco?
—Ya, sí, eso lo dicen siempre. Pero, en defensa de la señora Thane, debo admitir que ella nunca lo hizo. No me habló nunca de sus problemas.
—Ah, entonces, ¿tenía problemas?
—Ninguna mujer contrataría a un hombre para que la lleve a bailar si no tiene alguna espinita que sacarse.
—¿Y Cecily Thane tenía alguna espinita que sacarse?
—No conmigo.
—Entonces, entre vosotros dos era una cuestión de simple trabajo.
—Sí, al menos, desde mi punto de vista.
—No obstante, sigue siendo un asunto muy embarazoso, ¿no crees?
—¿Embarazoso? ¿Por qué?
—Me refiero a la parte económica. ¿Le presentabas una factura mensual, o te pagaba cada vez que salíais?
—Al principio de cada velada, la señora me entregaba cien dólares, que servían para cubrir los gastos y mi estipendio.
—¿Tuviste alguna vez alguna… discusión con la señora Thane por el dinero?
—No, discusiones no. Una o dos veces, sin embargo, no me pagó y me pidió que esperara a la vez siguiente, que me pagaría el doble. ¿Sabes?, el señor Thane es un tacaño tremendo.
—¿De verdad?
—Sí. Una vez que cogimos un taxi para ir a su club de golf, la carrera costó cinco dólares, y él solo le dio veinticinco centavos de propina al taxista. ¿Te lo puedes creer?
—De todas formas —insistió Spike—, ¿estás seguro de que nunca hubo problemas de dinero con la señora Thane?
—Segurísimo, ya te lo he dicho.
—Lo sé, Tommy, amigo mío, pero dadas las circunstancias, permíteme ser un poco escéptico.
Tommy se limitó a mascullar algo y escupió una dureza.
—A propósito —siguió Spike—, ¿cómo te contrató la señora Thane?
—Nos presentó una chica, una muñeca llamada Audrey Keating. Se gana la vida como showgirl y de vez en cuando me pasa algún trabajo bueno.
—No sabía que la señora Thane tuviera amigas de ese ambiente. ¿Cómo es que la señorita Keating la conocía?
—No me lo contó nunca. Yo la conocí en el club Lido una noche, después del espectáculo, y me dijo que tenía un trabajo para mí. Al día siguiente, trajo a la señora Thane al club. En la práctica, mi contrato empezó aquella noche.
—Dime una cosa, ¿la señora Thane alguna vez…, es decir…, se enamoró de ti?
—Eh, escúchame bien. Te estoy diciendo que para mí se trataba solo de trabajo y nada más. Yo me comporto siempre así con mis clientas, y la señora Thane solo quería a alguien que la sacara a bailar.
—Tengo curiosidad por una cosa que acabas de decir —observó Spike —. Sostienes que la mayor parte de tus clientas son mujeres cansadas de sus maridos, «deseosas de estar con alguien con quien no pueden estar». Entonces, ¿quién era la persona con la que la señora Thane quería estar, pero no podía estar?
—Qué sé yo —dijo Tommy, y dio un mordisco a una pera que le llenó la boca.
—Bah, pensaba que podías tener cierta idea —dijo Spike con indiferencia, y dejó correr la cuestión—. Qué profesión tan interesante, la tuya. ¿Cómo es que escogiste un trabajo así?
—No es algo que eligiera. Empecé porque estaba sin blanca y pasaba una mala racha; y descubrí que lo único que se me daba bien para recibir dinero era bailar. Aunque no era tan bueno como para subir a un escenario, sí lo suficiente como para entrar en el mundo de los gigolos.
—Por tu acento diría que no has nacido en Nueva York, ¿verdad?
—No, vengo de una ciudad pequeña del Medio Oeste. No te lo creerás, pero incluso trabajé en una multinacional. Poco después llegué a la gran ciudad con la esperanza de hacer fortuna como cantautor de música folk. —Tommy hizo una pausa y puso una cara entre melancólica y cínica—. ¡Menudo tonto! No tenía ni idea de que el mundo de los cantautores es muy cerrado y de que había las mismas probabilidades de entrar en él que de prosperar en el campo de la ópera, de manera que me gasté todos mis recursos y, al final, cuando me quedaban solo cinco dólares en el bolsillo, conocí a un tipo que me introdujo en este mundillo. Desde entonces no he hecho otra cosa. Ya llevo casi dos años. Si te soy sincero, me gustaría no haber tenido que ver nunca un club nocturno o una orquesta de jazz.
—Da la sensación, Tommy, de que detestas tu trabajo.
—Estás en lo cierto.
—Sin embargo, ganar cien dólares por noche me parece una paga muy buena, sobre todo, teniendo en cuenta que solo has de limitarte a bailar con señoras guapas.
—¡Señoras guapas! Dios mío, si vieras algunos de los adefesios con los que he tenido que salir, pero eso no es lo peor. El caso es que, cuando eres un bailarín profesional y conoces a una muchacha de verdad… Quiero decir, a una que te interesa de verdad, ella acaba mirándote de arriba abajo y pensando que no eres más que un…
Tommy decidió no seguir, y Spike, con gran tacto, lo ayudó con su respuesta.
—Comprendo. —Se levantó después de haber estado en el suelo todo ese rato. Cogió el sombrero y el bastón, que estaban al pie de la cama y, cuando llegó al umbral de la celda, se detuvo—. Puede que vaya de nuevo a hablar con Nina Fennel —dijo sonriéndole—. ¿Quieres que le diga algo? Spencer se quedó mirándolo y también le sonrió, pero con amargura.
—Bravo, hagamos leña del árbol caído. Imagino que te la ligarás tú, ¿verdad?, a la única verdadera dama que he conocido en mi vida. ¡Y yo, metido en esta maldita celda!
—Para nada, Tommy, te equivocas. Aunque me encantaría hacerlo, no puedo en ningún caso ir a verla solo, sino que tengo que ir acompañado siempre de mi hermano y del inspector Herschman.
Mientras Spike se volvía hacia el pasillo, con el rabillo del ojo vio que los nudillos de Spencer palidecían de como aferraba el borde de la chaqueta, y a él, muy asustado, mirando al vacío.
13
A las once de la cuarta mañana después del asesinato de Cecily Thane, el inspector Herschman y el fiscal Tracy terminaron su rueda de prensa señalando que tal vez estaban muy cerca de llegar a la resolución del caso. Sin embargo, cuando cerraron la puerta, al salir los últimos periodistas, se hundieron en un pesimismo del todo opuesto a la actitud que habían presentado segundos antes. Spike, que durante la semana había sido casi una presencia permanente en el despacho de su hermano, ahora estaba recostado en una butaca, fumando y mirando a sus dos compañeros con sonrisa divertida. Ni Tracy ni Herschman tenían ganas de hablar; por eso la sala estaba sumergida en un denso silencio.
—Como no hay ningún otro tema que requiera nuestra atención —dijo por fin Spike—, propongo que hablemos del asesinato de Cecily Thane.
Herschman lo miró con hosquedad, mientras que la boca de Tracy dibujó la clásica curva de desaprobación que el talante despreocupado de su hermano le provocaba a menudo.
—Tal y como están las cosas —continuó Spike, ajeno a la gélida acogida que había recibido su propuesta—, tenemos un nutrido grupo de personas que estuvieron en casa de los Thane o en los alrededores la noche fatal del 15 de mayo. Por ejemplo, está Tommy Spencer. Tommy ya ha estado involucrado en un caso parecido, está siempre buscando dinero y le había dicho a su mayordomo que esperaba recuperar una gran suma de dinero en un breve plazo de tiempo.
»Luego está George Griffis, el hermano que ya no vivía con ellos, que ha empeñado el collar de la víctima.
»También está el propio Elton Thane, sobre cuya cabeza pesaba la amenaza de que se hiciera público el cheque que había falsificado años atrás.
»Por no hablar de Emma, la doncella. Durante nuestra primera conversación con ella, parecía un libro abierto, una de esas personas incapaces de callarse nada. Sin embargo, después, empezó a comportarse como una liebre asustada.
»En el lado opuesto a la doble actitud de Emma, tenemos al doctor Peregrine Partridge, que, según creo, es de las pocas personas involucradas en esta investigación que están diciendo la verdad y nada más que la verdad. —Spike hizo una breve pausa—. Y, por último, está Nina Fennel —añadió en tono sereno.
—Exacto —saltó Herschman—. Si pudiera actuar a mi manera, iría a verla para meterle un poco de miedo en el cuerpo.
—Mi querido inspector, tiene que entender que la señorita Fennel no es el tipo de persona que se deja intimidar con facilidad. Tengo la sensación de que, al menos por ahora, es mejor dejar las cosas como están. No estoy del todo convencido, pero no creo que sea aún el momento de llamar la atención de la señorita Fennel sobre el hecho de que nos ha mentido.
»No creo que la carta que Cecily Thane escribió a la señora Fennel tuviera tan solo como objetivo el informarse sobre su estado de salud, como tampoco creo que la visita de padre e hija el lunes por la noche fuera solo para tener una charla amistosa con ella. Es más, me parece que la señorita Fennel y Tommy guardan un secreto que no quieren revelar. Arrojar un arma a un vagón de arena no es algo que una mujer haga si tiene la conciencia tranquila.
—Yo diría que no —convino Herschman.
—No obstante, lo que más me intriga es el retraso a la hora de deshacerse de la pistola. Si yo hubiera disparado a alguien y quisiera liberarme del arma, creo que la habría tirado al primer cubo de basura con el que me hubiera cruzado.
—Escúcheme, amigo —dijo Herschman con aire paternalista—, si llevara mezclándose con criminales desde hace tanto tiempo como yo, vería que hasta el más listo de ellos comete alguna estupidez.
—No me cabe duda. Créame, inspector, ha sido solo culpa de mi naïveté que haya alumbrado yo esta historia tan estrafalaria.
Herschman miró a Spike con suspicacia. Palabras como naïveté y «estrafalaria» no formaban parte de su vocabulario habitual, por lo que lo irritaban.
—Ahora que los ha nombrado a todos —bufó—, ¿qué piensa hacer? Spencer, Griffis, Thane y la Fennel, ¿no? Thane tiene coartada: llegó a casa de Partridge a las doce menos diez, y la señora Thane no fue asesinada hasta pasada la medianoche.
—A menos que —le recordó Spike— haya sido Tommy.
El inspector asintió con la cabeza.
—Os estáis olvidando de alguien —dijo el fiscal.
—¿De quién?
—De Mortimer Fennel.
—Bueno —dijo Spike—, puede que el inspector lo haya olvidado, pero yo no. En efecto, lo encuentro un tipo muy interesante.
—Aun así, no tenemos nada sobre él, mientras que sí sobre su hija — rebatió Herschman.
—No —admitió Spike—. No tenemos nada, salvo el hecho de que el lunes por la noche entró en casa de los Thane, pero nadie lo vio salir, y, sobre todo, a no ser que me esté equivocando mucho, me parece que la hija está muy preocupada por él. Tengo la sensación de que prefiere hablar ella con nosotros para proteger a su padre.
—¿Qué quiere decir…?
Fuera lo que fuera aquello que el inspector iba a preguntar se vio interrumpido por el teléfono. Con la reacción impulsiva de quien está soportando mucha presión, levantó el auricular antes de que el fiscal tuviera oportunidad de hacerlo.
Le pidieron que se acercara a su despacho, que se encontraba al final del pasillo. El inspector salió enseguida de la sala, y en menos de cinco minutos estaba de vuelta con una luz en los ojos y una sonrisa de triunfo que le recorría todo el rostro, de oreja a oreja.
—Han detenido a Griffis.
Tanto Spike como el fiscal saltaron de la silla.
—¡Lo han detenido! McCauley acaba de llamar para decir que vienen de camino. Lo ha pescado gracias al banco. Dice que supo de él a través de la sociedad de un agente inmobiliario con quien Griffis trabaja y averiguó que tiene una cuenta en una filial del Corn Exchange, entre la Cuarta Avenida y la calle Veintinueve. McCauley le tiró de la lengua al director y este le contó que el martes por la mañana Griffis se presentó en el banco para saldar un descubierto en su cuenta por valor de cinco mil dólares. No obstante, tenía otro por valor de dos mil que cumplía justo hoy. McCauley ha estado esperando en los alrededores del banco y, como era previsible, Griffis ha acudido a saldar el de dos mil también hoy. Al salir, McCauley lo ha arrestado.
Un cuarto de hora más tarde, el agente McCauley entró con el detenido.
George Griffis era joven, de unos treinta y cuatro o treinta y cinco años. Tenía la cara muy pálida, marcada por una red de arrugas prematuras, y los ojos, azules y con expresión aprensiva. Aun siendo de estatura media, daba la impresión de ser bajo, quizá por los hombros caídos o por la forma en que la cabeza se proyectaba hacia delante.
Ahora, en pie ante el inspector y el fiscal, seguía mirando a un lado y otro de la sala, mientras sus dedos huesudos jugueteaban con las solapas de los bolsillos. Era un tipo débil de aspecto anónimo, que uno podría cruzarse cientos de veces sin reparar en él, salvo por la mata de pelo oscuro. Era intrigante cómo una criatura tan anémica había sacado la fuerza para generar, cuando no para darle vigor, una melena tan abundante, y, justo en el centro de aquella cabellera, como pintada de un brochazo, resaltaba una mecha de cabello blanco.
Se sentó en la silla que le indicó el fiscal. A una señal del inspector, McCauley se retiró.
—Señor Griffis —dijo el fiscal—, ¿sabe por qué está usted aquí?
—Ss-sí. —Cuando el hombre abrió la boca por primera vez, la voz le temblaba de tal forma que tartamudeó incluso con una sola sílaba.
—¿Sí? —intervino Herschman—, y ¿por qué se ha estado escondiendo, si sabía que lo estábamos buscando?
—Yo… no me estaba escondiendo.
—¿Dónde ha estado estos últimos tres días?
—He estado fuera de la ciudad por negocios.
—¿Qué negocios?
—Trabajo en el sector inmobiliario y tenía que ver a una persona en Camden, por una propiedad en la que estoy interesado.
—¿Y esa persona se llama…?
—Pearsall. Trabaja en la Jones & Pearsall. Es una agencia con la que trato a menudo.
—¿Y esa es la única razón por la que no ha estado en Nueva York desde el martes por la mañana?
—Sí, señor.
—¿Había visto usted esto antes?
Herschman soltó en la mesa el collar de diamantes y esmeraldas de Cecily Thane con indiferencia, como si estuviera hecho de cuentas de vidrio. Griffis tragó con esfuerzo.
—Sí. Era de… de mi hermana. Me lo dio ella —dijo hablando a toda prisa.
—¿Se lo dio ella?
—Sí, el lunes por la tarde, pocas horas antes de que la asesinaran.
Herschman, que caminaba nervioso delante de su presa, se sentó despacio en una silla, cruzó los brazos y miró a Griffis con los ojos entrecerrados.
—¿Qué tal si nos cuenta todo? —dijo sin alterarse, pero con un tono glacial.
—El lunes por la tarde pasé a verla y, como tenía cierta urgencia de dinero, se lo pedí a ella, pero me dijo que no tenía, que había gastado mucho últimamente y que odiaba tener que pedirle nada a su marido. Es un poco tacaño, ¿saben? Así que me dijo que me llevara el collar, que me serviría para sacar un poco de dinero; al menos, para un primer momento. El mes que viene recuperaré una buena suma de dinero, y entonces podré recobrar el collar y devolvérselo, ¿entiende?
—Entiendo —contestó Herschman, irónico—. ¿Visitaba mucho a su hermana?
—Pues sí, bastante.
—Entonces, imagino que le tendría mucho afecto. Su muerte habrá sido un duro golpe para usted.
—Sí, por supuesto.
—El lunes por la tarde, cuando la vio, ¿le pareció… le pareció preocupada o alterada por algo?
—No más de lo habitual.
—¿Qué quiere decir «no más de lo habitual»?
—Ella siempre estaba nerviosa.
—¿Y estaba nerviosa cuando usted la vio?
—En fin, era la misma de siempre.
—¿Cuánto rato estuvo allí?
—Unos veinte minutos o media hora.
—Lo justo para una visita de cortesía entre hermanos, ¿no? Usted le contó que tenía problemas económicos, y la señora Thane le entregó el collar para ayudarlo.
—Sí.
—Una hermana amable y dispuesta.
—Sí.
Herschman hizo una pausa antes de disparar la pregunta siguiente tan de golpe que Griffis se sobresaltó.
—¿Le devolvió alguna vez el señor Thane los cincuenta mil dólares del cheque que falsificó usando su nombre de usted?
—Ejem…, no.
—¿No le ha devuelto ni un céntimo?
—No.
—¿Por qué no lo ha denunciado?
—Por mi hermana.
—¿Dónde está ahora ese cheque?
—No lo sé. Cecily me obligó a entregárselo poco después de aquel deplorable suceso. Desde entonces no lo he vuelto a ver.
—Imagino que quiso quedárselo para asegurarse de que usted, señor Griffis, no lo usara en su contra, ¿no?
—Sí. Quería proteger a su marido.
—¿Por qué se mudó el año pasado?
—Pues…, ejem…, discutí con Ce… con Thane.
—¿Sobre qué?
—Quería que me devolviera el dinero que sacó con el cheque falso.
—¿Y lo hizo?
—Ya se lo he dicho, ¿no?
—¿Y no discutió con su hermana?
—No, siempre hemos tenido muy buena relación.
Herschman hizo otra pausa y Spike aprovechó la ocasión para intervenir.
—Por cierto, señor Griffis, ¿vio por casualidad si su hermana estaba escribiendo una carta cuando usted entró en su habitación?
—No.
—E imagino que no sabe si por un casual su hermana conocía a un tal Fennel, ¿no?
La mandíbula de Griffis se tensó.
—Pues sí, en efecto, lo conocía.
—¿Lo conocía mucho?
—Oh, no —dijo a toda prisa Griffis—. Mor…, el señor Fennel…, los Fennel… —dijo casi atragantándose—. Los Fennel ocupaban el apartamento contiguo, cuando mi hermana vivía aún en la calle Ochenta y Seis.
—¿Y desde entonces la amistad continuó, incluso después de mudarse los Thane?
—No, en ese tiempo ya casi no se veían.
—Todo suyo, inspector —dijo Spike encendiendo un cigarrillo.
En el rostro de Herschman apareció una sonrisilla burlona. Miró a Griffis como un gato observaría un ratón con el que está jugando antes de pasar a torturarlo. Griffis sacó un pañuelo y se secó el sudor de la frente.
—¿La situación entre la señora Thane y su marido —preguntó Herschman en un tono falsamente encantador— era… amistosa?
Los dedos nerviosos de Griffis dejaron de manosear el borde de la chaqueta, y en la mirada del hombre apareció un fulgor. Cuando volvió a hablar, su voz estaba del todo bajo control.
—Ellos —dijo eligiendo con atención las palabras— no estaban hechos el uno para el otro.
—¿Qué quiere decir?
—Quiero decir que a mi hermana, como a cualquier mujer, no le gustaba tener un marido que no le prestaba atención.
—¿Él no le prestaba atención?
—No. Cecily estaba muy sola. —La voz de Griffis bajó y acusó cierto pesar.
—¿Había otras mujeres?
—No sabría decirle si había otras mujeres, pero una seguro.
—¿Sí?
—En el último año, Elton Thane salía con una corista, y mi hermana se quedó desolada por ello.
—¿Thane habló alguna vez con su hermana de divorcio?
—Muchas veces. Él le imploraba que le concediese el divorcio.
—¿Y ella no quería?
—Por supuesto que no. Ella… lo amaba —dijo Griffis apesadumbrado.
—¿Sabe quién es esa mujer?
—Actuaba en espectáculos de variedades, pero me pareció entender que ya no trabaja. —La última parte de la frase se pronunció con una frialdad mucho más elocuente que las palabras.
—¿Sabe dónde vive?
—No.
—¿Cómo se llama?
—Solo sé su nombre de pila: Audrey.
Herschman alargó la mano hasta el teléfono y llamó a su despacho.
—McCauley —dijo en cuanto respondieron—, busque todos los programas del último año de las revistas de Broadway y trate de dar con una muchacha llamada Audrey y me la trae aquí.
14
Una vez más, los periódicos no hablaban de otra cosa que del caso Thane. Esta vez se trataba del arresto de George Griffis, el hermano de la víctima. Su foto ocupaba tres columnas, y justo debajo había otra foto, la del collar, que había entregado a la policía el honestísimo Shansky. Aparecía incluso una foto de Shansky, para que también él tuviera su momento de gloria. Había sido inmortalizado delante de su negocio, en la Tercera Avenida.
Una vez más, Spike leyó los titulares mientras el taxi se dirigía al norte, a un sitio de la calle Noventa y Tres Este que le había indicado cinco minutos antes, en la cárcel, Tommy Spencer. Esa dirección, pocos portales al este de la avenida Madison, resultó ser un edificio elegante con un conserje de uniforme y un portero a la entrada, que, con discreción, le preguntó el nombre y se lo comunicó a la inquilina antes de permitir que Spike cogiera el ascensor.
La puerta de la señorita Audrey Keating la abrió una doncella francesa con un uniforme almidonado blanco y negro, una estampa que parecía sacada de una película. En efecto, todo el interior de la casa no difería mucho de los sets más lujosos de Hollywood, llenos de damas de moral distraída pero también extremadamente astutas. Como era obvio, el de la señorita Keating era justo lo que se podía esperar del de una corista que dedicaba su tiempo libre a frecuentar millonarios.
Tampoco la propia señorita Keating difería mucho de la idea popular. Es más, vestía una lujosa bata escarlata cuyos pliegues brillantes y envolventes insinuaban las curvas que eran su más preciado tesoro. Era una rubia alta e imponente, con grandes ojos azules. Mirándola bien, sin embargo, se percibía en su cándido mentón cierta dureza y un rictus firme en su boca perfilada con esmero, rasgos que, de alguna forma, contradecían la impresión general de voluptuosa suavidad que quería transmitir. Se acercó a Spike con ese paso artificial y ondulante que tanto cultivan las señoras que aparecen ante grandes plateas, cargadas de strass y coronadas por increíbles penachos.
—Señor Tracy —le dijo. La voz tenía acento del Medio Oeste, pero con ese deje que se suele oír en los salones de los teatros ingleses. Spike inclinó la cabeza y, con los labios, rozó la mano tendida de la mujer. La señorita Keating lo recibió con la sonrisa que reservaba solo para los millonarios y productores. En efecto, estaba segura de que ese atractivo joven de modales fascinantes debía de pertenecer a una de las dos categorías, o quizá a ambas, lo cual era aún mejor—. ¿No quiere… ponerse cómodo? —le preguntó con su ademán más profesional.
—Discúlpeme —respondió Spike—, pero es imposible. Por desgracia, tengo mucha prisa. He venido a recogerla para que me acompañe a dar una vuelta en coche, y le aseguro que no hay ni un segundo que perder.
—Pero… —protestó la señorita Keating, aunque era obvio que estaba agradablemente sorprendida por el comportamiento indescifrable del extraño joven—. Pero, señor…, eh…, Tracy —dijo refrescándose la memoria con la tarjeta de visita que tenía aún en la mano—, no entiendo.
—Comprendo que mi petición le resulte insólita y precipitada; aun así, le ruego que se vista: le contaré todo en el coche.
La señorita Keating, sin embargo, no parecía tener intención alguna de vestirse. Al contrario, se dejó caer con indolencia en un sillón, tratando de hacer que sus gracias quedaran a la vista todo lo posible.
—Es usted un joven muy extraño, ¿sabe? —dijo sonriendo.
—Querida mía, usted no está al corriente de todo, pero le aseguro que no soy más extraño que los jóvenes y viejos que llegarán aquí en cinco o diez minutos.
—¿Qué quiere decir? —preguntó la señorita Keating estirándose como un gato sinuoso y posando una mano inocente en la muñeca de Spike.
—Quiero decir que el fiscal del distrito y el jefe del Departamento de Homicidios llegarán dentro de poco, con toda probabilidad para interrogarla en relación con el asesinato de Cecily Thane.
El efecto que aquellas palabras tuvieron en Audrey Keating no fue muy distinto al de una descarga eléctrica. Se irguió de golpe en el sillón, con sus azules ojos perdidos en el vacío. Peor aún, cuando volvió a abrir la boca había perdido todo su acento de comedia inglesa y había retornado al yanqui puro.
—¿Qué… qué está diciendo?
—Exactamente lo que le he dicho. Si es lista, vendrá conmigo antes de que esa tropa llegue a su casa.
—Pero ¿cómo sé… si…?
—¡Así! —Spike le puso una nota en la mano—. Se me había olvidado entregarle mi carta de presentación.
Ella aferró el papel y leyó las pocas líneas garabateadas que contenía.
Audrey, creo que este es un tipo en quien se puede confiar, pero no estoy del todo seguro. De todas formas, haz lo que te diga, y él te sacará del embrollo… quizá.
Tommy Spencer
La joven se quedó paralizada, indecisa, con el papel aún en la mano, y, de repente, salió de la habitación. En no más de tres minutos, volvió con una gabardina y un sombrerito que le tapaba los ojos. Cuando se subió el cuello de la gabardina, su rostro desapareció casi por completo.
Una vez en el taxi (que Spike tenía preparado en la puerta), cuando recorrían despacio la avenida Central Park Oeste, la chica se volvió hacia él y habló:
—Entonces, ¿quién es usted?
—Me apellido Tracy.
—¡El fiscal del distrito! —exclamó la señorita Keating sin aliento.
—Querida señorita, me pregunto por qué el nombre del fiscal la aterroriza tanto.
—Pero ¡¿qué dice?! No tengo miedo. No tengo nada que temer. — Hablaba a toda prisa, en un vano intento de convencerse a sí misma de lo que decía.
—Y ¿por qué parece tan asustada?
—Oiga —dijo ella—, ¿qué es lo que quiere de mí?
—Bueno, antes que nada, quizá será mejor que corrija la impresión que se ha llevado de mí, pues está equivocada: no soy el fiscal del distrito.
La muchacha pareció aliviada.
—Entonces, ¿quién es?
—Soy su hermano. No, no me malinterprete —añadió Spike enseguida, pues la muchacha parecía desconfiar de nuevo—. Él y yo no tenemos casi nada en común, salvo el parentesco. Richard cree que la vida es un enorme problema legal, mientras que yo pienso que es un espectáculo divertidísimo. Aun así, los dos tenemos un interés común: el caso Thane. —Hizo una pausa y miró a la chica con el rabillo del ojo. Estaba muy quieta, con las manos en el regazo y los dedos crispados—.
¿Le importaría decirme qué sabe al respecto? —Ella siguió muda—. Porque, si no lo hace —continuó Spike sin alterarse—, la devuelvo a casa, adonde mi hermano y su querido amigo, el inspector Herschman, habrán llegado ya con la horda de periodistas y fotógrafos que llevan siempre detrás.
—Le suplico que no me ponga en una situación semejante —dijo aferrándolo por un brazo—. No puedo permitirme acabar saliendo en los periódicos, y menos aún involucrada en un caso de homicidio.
—Querida muchacha, usted desbarata todas mis ideas preconcebidas sobre las actrices. Siempre he creído que la publicidad era una ventaja en su profesión.
—Pero no de este tipo. No la que viene de un caso de homicidio. ¡Mire cómo les ha ido a las actrices implicadas en algún crimen!
—Entonces —continuó él, filosófico—, lo mejor será que me cuente todo. Le aseguro que esa es la única escapatoria que le queda. —De repente, Spike se volvió hacia ella con esa sonrisa seductora que había derretido a centenares de mujeres a ambas orillas del Atlántico, y con delicadeza le cogió las tensas manos. Cuando habló de nuevo, su voz tenía esa nota que nuestros novelistas más avispados describen como baja y vibrante—. ¿No puede… confiar en mí?
Pese al miedo que tenía, aquella situación de puro melodrama era demasiado intensa para que la señorita Keating pudiera resistirse.
—¿De verdad puedo? —Había vuelto a su papel de actriz.
Por toda respuesta, Spike le apretó largo rato la mano, como si sus sentimientos no pudieran expresarse con palabras. Luego, con amabilidad, la soltó y sacó la pitillera, como si quisiera recobrar una postura menos íntima.
Algo reticente, la señorita Keating aceptó un cigarrillo y dejó vagar la mirada por su acompañante. Ni siquiera al haberse dado cuenta de que no era ni un millonario ni un productor, sino solo el hermano del fiscal, se le había borrado del rostro la expresión de aprecio.
—¿Qué quiere saber?
—Todo lo que pueda decirme.
—Pero es que yo no sé nada, de verdad.
—Por ejemplo: ¿cómo conoció a la señora Thane?
—Ah, pues lo cierto es que no era conocida mía; me la presentaron una noche en una fiesta.
—¿Recuerda las circunstancias exactas?
—No, voy a muchas fiestas, ya sabe, y ya se imaginará también con qué rapidez se conoce la gente allí.
—Está bien, entonces quizá pueda decirme esto: ¿presentó usted a la señora Thane y a Tommy Spencer antes o después de empezar a salir con el señor Thane?
La muchacha acusó el golpe mientras exhalaba una larga bocanada de humo, y la mano del cigarrillo empezó a temblar.
—¿Qué quiere decir?, ¿que yo salgo con el señor Thane?
—Me parece que es del todo superfluo formular preguntas tan retóricas e inútiles, querida señorita —observó Spike.
—Le juro que no sé de qué me habla —rebatió la joven, desafiante.
—Claro que lo sabe. Es más que sabido que usted y Elton Thane habían alcanzado cierto grado de intimidad por el que… —¡Es mentira!
—¿Qué es mentira?
—Lo que acaba de decir.
—Yo no he dicho nada.
—Acaba de decir que yo y Elton Thane… —La muchacha se calló, algo insegura.
Su formación de bailarina no la había provisto de palabras lo bastante eufemísticas como para afrontar una situación tan delicada.
—¿Sabe una cosa, querida mía? —siguió Spike—. Sería mucho mejor que me contara toda la verdad; de lo contrario, pensaré lo peor, y con ello quiero decir «lo peor» —añadió con énfasis—. Me encuentro ante una joven que no trabaja desde hace seis meses y, sin embargo, vive en un apartamento que debe de costar, por lo menos, trescientos dólares al mes. Solo hay una conclusión posible, ¿no le parece?
—Ah, ¿eso piensa? Pues déjeme que le diga que está totalmente equivocado.
—¿De verdad?
—Sí, se lo aseguro. No soy ese tipo de persona.
—¿No?
—No. Ningún hombre me tendrá hasta que no me ponga un anillo en el dedo. He visto demasiadas chicas colocadas en bonitos apartamentos, pero más adelante, cuando, al empezar a ponerse un poco rellenitas, ya no pueden actuar en otro espectáculo ni encontrar otro hombre, el tipo las planta sin ningún problema.
—¿De verdad? Qué gente sin corazón.
—Estoy harta de verlo como para picar ese anzuelo también yo. La pequeña Audrey es demasiado lista para caer en esa trampa.
—Entonces, imagino que le dijo al señor Thane que, hasta que no se divorciara de su mujer y se casara con usted con todas las de la ley, solo le permitiría agasajarla con toda suerte de detalles lujosos a cambio de los cuales él no obtendría otra cosa que el mero placer de su compañía.
La muchacha no dijo nada. Luego cedió con cierta reticencia.
—Sí, así es. Es usted muy listo, ¿sabe?
Spike le dedicó una sonrisa complacida.
—Querida mía, comparado con usted, soy un aficionado. Lo que ha hecho requiere no solo una simple sofisticación de fachada como la mía, sino auténtico genio. Y, dígame, ¿aceptó el señor Thane sus condiciones?
—No tenía alternativa.
—Y ahora, supongo que, al haber muerto su esposa, no queda nada que obstaculice su boda, ¿no es así?
—Bueno, esperaremos un poco de todas formas; lo justo para guardar las apariencias.
—¿Cómo se conocieron?
—Unos hombres de negocios que frecuento daban una fiesta y nos invitaron a mí y a otras tres chicas del espectáculo en el que trabajaba, y él estaba allí.
—¿Desde entonces siempre han sido… amigos?
—Sí.
—Pero continúo sin entender cómo entra en esto Tommy Spencer.
—Fui yo la que lo metí. El señor Thane siempre temía que su mujer nos descubriera, así que le dije que la solución era muy fácil: bastaba tenerla entretenida con otra persona. Había que encontrarle un caballero a su servicio, y yo pesqué a Tommy.
Spike suspiró.
—Así que todo era una cuestión de negocios. ¿Y no tenía miedo de encontrarse con ellos cuando salía con Thane?
—No. Más o menos, sé cuáles son los clubs a los que va Tommy, pues se lleva una comisión de los clubs, ¿sabe?, y nos absteníamos de ir allí.
Además, no solíamos ir a clubs, sino solo de cena o a algún espectáculo. El señor Thane es un tipo tranquilo.
—Sí, esa es la impresión que da. Sin embargo, nunca diría que usted pudiera sentirse atraída por alguien como él.
—¡¿A qué se refiere?! —exclamó ella—. El que sea bailarina no le da derecho a pensar que sea una infeliz, alguien a quien no le pueda gustar una vida refinada con un hombre que tiene un montón de… En fin, usted ya me entiende.
—Un buen partido, claro que sí. —Spike sonrió y la señorita Keating pareció ofendida—. Y, dígame, ¿el señor Thane trató de divorciarse alguna vez?
—No.
—Sin embargo, decía que estaba ansioso por casarse con usted, ¿verdad?
—Sí.
—Es extraño, ¿no le parece?
—No, a mí siempre me ha dicho que no era capaz de hacer frente a una discusión con su mujer. Yo le repetía que era bobo. No le habría sido difícil obtener el divorcio. Discutimos a menudo por eso, ¿sabe? Pero acabé pensando que, si a él le parecía bien cómo estaban las cosas, ¿para qué iba a preocuparme yo?
—Una actitud muy sensata la suya, me atrevería a decir. Entonces, señorita Keating, ¿a qué se refiere con eso de que no le habría costado obtener el divorcio?
Ella lo miró estupefacta.
—¿Es que no lo sabe? Fennel: la señora Thane y él eran amantes desde hace años.
—¡Ah, claro! —saltó Spike, pero su supuesta indiferencia fue desmentida por el repentino y eufórico clic que había saltado en su mente al oír aquellas cuatro palabras: «amantes desde hace años».
Spike esperó en la comisaría al fiscal y al inspector. Llegaron dos horas más tarde, y venían discutiendo.
—Hemos ido a buscar a Audrey —explicó el fiscal—. Se apellida Keating. Pero no estaba en casa. Herschman ha puesto el edificio bajo vigilancia.
—Dudo que sirva de mucho —comentó Spike—. Tengo la sensación de que la señorita Keating no va a volver a casa en un tiempo. Me ha confesado que detesta a los fotógrafos y a los policías.
Herschman giró sobre sí y miró de frente a Spike.
—¿Cómo?
—Que acabo de volver de dar un paseo en coche con la señorita Keating y me ha pedido que la dejara en la esquina de la Cincuenta y Nueve con la Octava Avenida. La última imagen que tengo de la muchacha es cuando desapareció en la boca del metro. La he avisado de que su apartamento recibiría con toda seguridad la visita de la policía, y me ha parecido horrorizada con la idea.
—¿Está diciendo que ha conseguido contactar con ella, pero que la ha dejado marchar?
—Eso es.
—Y, ahora, ¿dónde está?
—No tengo ni idea.
—Escúcheme bien, amigo —exclamó Herschman—, ¿acaso está tratando de jugar a dos bandas? Estoy harto de verdad de sus injerencias.
¿Con qué derecho…?
—Inspector… —lo interrumpió Spike—, recuerde su tensión arterial.
—¡A la mierda mi tensión!
—Sepa, amigo mío, que tenía una impresión sobre la señorita Keating que, por suerte, he podido comprobar: la muchacha es una increíble mezcla de ignorancia y astucia, algo que ni siquiera las mentes unidas de la policía y los abogados de Nueva York podrían afrontar. Lo que hacía falta con ella era sex-appeal, y ya le digo: en ese aspecto, me parece que tengo una ligera ventaja sobre usted y Richard.
—¡A la mierda usted y su sex-appeal! ¿Cómo ha sabido dónde vivía? No estaba en la agenda del teléfono, y nosotros hemos tardado dos horas en localizarla.
—Ah, me dio su dirección un amigo, y debo confesar que nuestro breve paseo en coche ha sido de lo más revelador. Actuando como el sinvergüenza que tengo fama de ser, me he ganado su confianza y he obtenido información muy interesante.
Herschman se sentó, sumido en un hosco silencio, y Spike empezó a contar lo que había hecho por la tarde. Sin embargo, cuando su relato llegó a la parte de la relación financiera del todo única entre Thane y la señorita Keating, el inspector recuperó el interés.
—¿Sabe? —explicó Spike—, es una muchacha muy lista.
—Cierto, y a mí me parece que Elton Thane es un tipo muy pero que muy culpable. —El inspector se levantó como si hubiera tomado una repentina decisión.
—¿A dónde va? —le preguntó el fiscal.
—Voy a arrestar a Elton Thane por el asesinato de su mujer. El móvil está más que claro y comprobado. Quería casarse con la Keating para obtener algo a cambio del dinero que se gastaba en ella, pero no podía mientras su mujer siguiera amenazándolo con el cheque. Thane no conseguía devolverlo, así que… —Herschman empezó a gesticular para dar a entender que estaba todo claro como el agua.
—Se olvida usted —le recordó el fiscal— de que no puede haber sido Thane: estuvo con el doctor Partridge desde las doce menos diez en adelante. Y Spencer estuvo con la señora Thane hasta la medianoche.
Herschman se detuvo justo cuando iba a coger el sombrero.
—Tiene razón —admitió. Se volvió hacia Spike y le dijo insatisfecho —: Bien, siga contando. ¿O eso era todo?
—No, eso no era todo —siguió Spike.
Mientras terminaba de contar, le pidió el folio de papel secante que cogieron del escritorio de Cecily Thane la mañana después del crimen y se puso a observarlo con una lupa.
Con un lápiz, trazó con mano ligera las letras que faltaban y entregó el folio a Tracy y a Herschman. Ahora se podía leer el siguiente mensaje:
—«Su marido y yo somos amantes desde hace años». Ahí lo tienen, queridos míos, lo que escribió la señora Thane en la carta de cortesía que le envió a la señora Fennel el pasado lunes por la tarde. Por eso, dadas las circunstancias, creo que habrá que volver a hablar con los Fennel, sobre todo, con Mortimer Fennel.
15
Los tres hombres estaban de nuevo delante del apartamento de los Fennel, esperando a que alguien les abriese. Tuvieron que llamar dos veces antes de que la descuidada doncella les hiciera pasar y los acompañara, como era costumbre, al salón de la casa.
Enseguida apareció Nina Fennel. Tenía profundas ojeras, y el abundante cabello oscuro que le caía por los hombros afilaba las líneas de su rostro.
—Ustedes dirán —dijo desde el umbral.
—Señorita Fennel, estamos aquí para hablar con usted y con su padre. —El fiscal hizo especial hincapié en las tres últimas palabras.
—Temo que sea tan inútil como la última vez —dijo la chica con voz cansada—. Las condiciones de mi madre no han cambiado.
—Lo siento mucho, pero debo insistir en ver a su padre.
—No, es imposible. —La señorita Fennel seguía en la puerta como si quisiera impedirles el paso.
Herschman se levantó de su asiento y se acercó a ella.
—No, imposible no es —repuso—. No me obligue a pasar a la habitación de su madre.
—¡No…, no! —En el rostro de la muchacha apareció una mueca de terror, y sus ojos echaban chispas. Aun así, el inspector no dudó. Cogió a la señorita Fennel por un brazo, aparentemente con ademán gentil, aunque ejerciendo una fuerza como barrera de acero. Ella vaciló, pero al poco cedió.
—Está bien —dijo—, voy a llamarlo. —Derrotada, se dio la vuelta y se perdió en el oscuro pasillo.
Si la mañana en que conoció al fiscal, Mortimer Fennel ya parecía débil y cansado, ahora daba la impresión de no tener fuerzas ni para arrastrar un pie delante del otro.
—Usted… ¿quiere hablar conmigo de nuevo?
—Sí, quiero hablar con usted y con su hija —dijo Tracy.
—¿Se da cuenta de que mi mujer…?
—Lo sé bien, y lamento muchísimo molestarlo en un momento así, pero hay un par de cosas que debe confirmarnos, señor Fennel. ¿Le importaría repetir qué hizo la noche en que asesinaron a la señora Thane?
Fennel relató de nuevo todo igual que la primera vez.
—Entonces, ¿asegura usted que su visita a los Thane no tiene nada que ver con la carta que la señora Thane le escribió a su mujer el lunes por la tarde?
—Ya se lo he dicho.
—¿Y asegura usted que después de marcharse de casa de los Thane, a las nueve y media, no volvió más tarde?
—Así es.
—¿Se marchó directamente a casa?
—No —intervino de forma apresurada la muchacha—. Dio un paseo.
—No le estoy preguntando a usted —saltó Herschman—. Le estoy preguntando a su padre. ¿Fue directamente a casa?
—No. Di un paseo.
—¿Cuánto rato?
—No sabría decirle.
—¿Media hora?
—No, más.
—¿A qué hora llegó a casa?
—Era…, bueno, creo que era bastante tarde. El ascensor ya no funcionaba.
—Y usted, señorita Fennel, imagino que también asegura haberse marchado de casa de los Thane no más tarde de las diez, ¿no es así?
Fennel lanzó una mirada de estupor a la hija.
—Pero… ella no estaba —protestó.
—Sí, papá —le rebatió la muchacha—. Les he dicho que estaba.
—¿Con qué fin nos mintió, señor Fennel, al decir que estuvo solo en casa de los Thane?
—No quería mezclar a Nina en el asunto.
—¿Qué quiere decir con «el asunto»?
—Pues toda la publicidad, el escándalo y… —Mortimer Fennel hizo un gesto de cansancio y desesperación.
Herschman se dirigió de nuevo a la muchacha.
—¿Está segura de haberse marchado no más tarde de las diez?
Nina levantó la barbilla de repente, como desafiando al inspector.
—Estoy segurísima.
La boca del inspector se curvó de nuevo hacia arriba con el gesto satisfecho del gato que juega con el ratón. Guardó silencio un momento, antes de empezar a hablar mirando a Nina Fennel.
—Puesto que es tan rápida en sus respuestas, señorita, quizá pueda explicarnos cómo es que se personó en el apartamento de Tommy Spencer el lunes por la noche, poco después de la una, en concreto, en el lapso de tiempo en que nos dijo que estaba paseando por Riverside Drive.
Nina Fennel no respondió. El gesto de desafío pareció congelarse en su rostro, de manera que Herschman continuó, implacable.
—Y quizá podría también decirnos cómo es que, el martes por la tarde, tiró usted un revólver a un vagón de arena de un tren que iba hacia el norte por las vías de la New York Central.
La joven se llevó despacio una mano temblorosa a la boca y abrió los ojos de par en par, aterrorizada. La voz de Herschman sonó aún más retumbante.
—Tampoco hace falta que me diga qué le escribió la señora Thane a su madre el lunes por la tarde, porque ya lo sé. Le confesó a su madre que ella y su padre de usted eran amantes desde…
De repente se oyó un grito ahogado. Nina Fennel se abalanzó sobre el inspector y le tapó la boca con las dos manos.
—Por el amor de Dios, no, no… —dijo con una mirada horrorizada vuelta hacia el pasillo oscuro.
Se hizo un silencio sepulcral porque nadie osó abrir la boca. Todos los ojos estaban clavados en la muchacha. Entonces, como un gemido inquietante y extraño, se oyó una voz débil, paralizada por la enfermedad.
—¡Mo… Mortimer!
La chica y su padre se miraron intercambiando un mensaje desesperado.
—Ve, papá —dijo ella, indicando el pasillo oscuro. Mortimer se alejó con su paso quejumbroso hacia aquel gemido lastimero.
Una vez que el hombre salió, la muchacha cerró la puerta, se acercó a una silla y se dejó caer en ella como si las piernas le hubieran cedido.
Apoyó la cabeza en una mano y no los miró al hablar.
—Continúe —dijo.
—Le toca a usted continuar —le recordó el inspector—. Aún no ha contestado a mis preguntas. ¿Por qué fue al apartamento de Tommy Spencer el lunes por la noche y le dejó una nota en la que ponía que había ocurrido algo horrible?
—Yo… yo pensé que podría ayudarme con lo de la carta que había recibido mi madre.
—¿Cómo habría podido ayudarla?
—No lo sabía. Él conocía bien a la señora Thane; por eso pensé…, eso es…, pensé que quizá podría hacer algo para detenerla.
—Eso no explica que usted se tomara la molestia de deshacerse de un revólver la tarde siguiente. ¿Por qué lo hizo?
—Pensé… —Se detuvo de nuevo y apretó los labios.
—¿Qué pensó?
—No… no lo sé.
—Entonces, ¿no sabe por qué tiró el revólver? ¿De quién era?
—En fin…, andaba por casa desde hacía tiempo.
—¿Era por casualidad un Colt del calibre 38?
—No lo sé. No me fijé.
—Pero ¿por qué tiró el arma?
—Nunca me han gustado las pistolas, así que pensé que era mejor librarse de ella.
El inspector hizo una pausa para pensar en la situación, pero tomó una decisión rápida.
—Sus explicaciones, señorita Fennel, no me satisfacen lo más mínimo. La declaro detenida como testigo material y sin libertad bajo fianza. Usted y su…
—No, no, por favor. Arrésteme a mí. No lo aparte de ella. Mi madre se está muriendo. Puede que no llegue a mañana. Es usted… ¡Ay, Dios mío!
Se refugió de golpe en el reposabrazos de la silla, una imagen penosa que lloraba e imploraba de forma histérica.
—¿No cree, inspector —intervino el fiscal—, que es suficiente con detener solo a la muchacha?
16
—¿Sería muy impertinente preguntar —dijo Spike a la mañana siguiente, dejándose caer indolente en una butaca del despacho de su hermano— qué va a hacer ahora?
—¿Qué podemos hacer? —saltó brusco el inspector—. Aquí…, no sé…
—Sí, es justo lo que pensaba.
—¡Escúcheme bien, jovencito! —explotó Herschman.
—Llámeme Spike, amigo mío, solo Spike. Es más simple, incluso para usted.
Herschman no acusó la provocación y cayó en otro huraño silencio.
—Le entiendo —admitió Spike—. De verdad. Spencer habla demasiado, mientras que la señorita Fennel no quiere abrir la boca, al menos, más allá de cierto punto, y Griffis tiene mucho miedo para sernos de utilidad. Así las cosas, creo que voy a tomar las riendas del asunto. — Se acomodó mejor en la butaca y encendió un cigarrillo—. Vamos a ver, ¿dónde estamos? Parece bastante cierto que la noche en que asesinaron a Cecily Thane su casa estaba llena de gente que no le tenía mucho afecto, de personas a quienes no les molestaría mucho que desapareciera.
»Primero está el marido, que, mientras espera quedarse libre por ley, se ve obligado a gastar mucho para mantener a su amante, eso sí, sin obtener nada a cambio. Cuando le pide a su mujer el divorcio, ella, se supone, le recuerda el cheque falsificado que conserva y lo desafía.
»Segundo: Mortimer Fennel y la amazona de su hija, Nina, que como es lógico guardan cierto rencor a la asesinada por haber tratado de revelarle a su esposa y madre enferma que, en los últimos quince años, Mortimer no ha sido lo que se dice un marido devoto. Es posible que interceptaran la carta antes de que llegara a manos de la señora Fennel, y seguro que se temían que en otra ocasión la señora Thane tuviera más éxito.
»Tercero: George Griffis, que está sin blanca, necesita dinero y le guarda un viejo rencor más que comprensible a Cecily por haber ayudado al marido a salir del atolladero con la historia de los cincuenta mil dólares.
—Te olvidas —intervino el fiscal— de que Thane le devolvió el dinero.
—Eso dice Thane, pero George parece tener una laguna en la memoria al respecto. En cualquier caso, no se le veía nada afectado por la muerte de su hermana. Y eso es todo.
—Se deja a Tommy Spencer —recordó el inspector.
—No, no me he dejado a Tommy. Es que sobre él no acabo de decidirme. El hecho es que, a pesar de la disparidad de carácter y de posición social, Nina Fennel ha hecho lo indecible por conocerle, y desde entonces no ha hecho otra cosa que darle expectativas. Sin embargo, pese al notable encanto de Tommy, no es la clase de persona que puede gustarle a una chica como Nina Fennel. A decir verdad, creo que…
Spike no pudo seguir porque los interrumpió el secretario del fiscal, que entró en ese momento.
—Hay una persona aquí que quiere hablar con usted —anunció—. Es el señor Fennel.
—No habrá fianza para la chica —declaró Herschman—. Si cree que nos va a convencer para que soltemos a su hija, se equivoca de cabo a rabo.
Tracy hizo una señal a Lovelace para que hiciera pasar a Fennel.
Mortimer Fennel compareció en el umbral ante el fiscal, el inspector y el joven Spike. Incluso el observador más despistado se habría sorprendido del cambio operado en él. Su nerviosismo había desaparecido, aunque el temblor de manos persistía. Todo su cuerpo parecía invadido por una enorme desesperación, una desesperación contra la que ya no intentaba luchar. Era como si se hubiera aferrado con todas sus fuerzas a algo que al final había cedido. Quizá había comprendido que luchar era ya del todo inútil. Tenía los hombros encorvados por la derrota.
El fiscal le indicó una silla. Fennel arrastró los pies y se dejó caer en ella. Hubo un momento en que nadie habló. Fue Tracy quien rompió el hielo.
—Usted dirá, señor Fennel.
Fennel lo miró con cansancio, desesperado.
—He venido a llevarme a mi hija —dijo sin más, pero con una voz que sonó a ultratumba.
—Es imposible —respondió Herschman—. La chica está en prisión sin fianza.
—Sí, lo sé, pero tienen que soltarla.
—¿Soltarla?
—Su madre se muere. El médico dice que no llegará a mediodía. —Escúcheme, Fennel, no hay necesidad de que venga aquí a… Pero Fennel levantó una mano para interrumpirlo.
—No fue mi hija la que mató a la señora Thane. Ella no sabe nada. — Pronunció las últimas palabras con calma y con los ojos cerrados, y continuó con un tono aún más apagado—: Fui yo.
Se hizo un silencio absoluto. Spike, Tracy y Herschman estaban clavados en sus asientos mirando sin respirar al hombre que tenían delante. —¿Usted?
—Sí, fui yo. Si llama a un taquígrafo, les dictaré mi confesión. Suponiendo que ese sea el procedimiento habitual, por supuesto. —Había algo trágico y penoso en aquella profunda serenidad.
Sin pronunciar palabra, Herschman se levantó, se acercó a la puerta y avisó a Lovelace. Una vez que el secretario ocupó su lugar ante la máquina, Fennel miró interrogante al fiscal.
—¿Hace falta dar una descripción de uno mismo en estos casos?
El fiscal asintió con la cabeza.
Con la misma voz incolora de antes, Fennel empezó su relato despacio, de manera que Lovelace pudiera anotarlo todo sin dificultad.
—Me llamo Mortimer Fennel, tengo cuarenta y siete años y trabajo por cuenta propia. Hace veinticuatro años me casé con Maybelle Comminger, y un año más tarde nació nuestra hija Nina. Desde entonces mi mujer está inválida. —Era como si estuviera repitiendo algo que se había aprendido de memoria, sin una pausa para coger aire, ni una corrección en una frase —. Cuando mi hija tenía ocho años, conocí a Cecily Thane y a su marido. Ella estaba insatisfecha con su vida, y yo, también, así que nos hicimos… amantes. Hace siete años, su marido descubrió nuestra relación, pero no le dio apenas importancia.
»En el curso de los últimos tres años mis sentimientos han ido cambiando, y ya no estaba interesado en continuar con esa relación, pero la señora Thane insistía diciendo que, si la dejaba, le contaría todo a mi mujer. Pese a mi conducta en los últimos quince años, siempre he sentido por mi mujer un amor que jamás he sentido por nadie más, y ella no ha tenido nunca la menor sospecha de mi infidelidad. Sin embargo, mi hija Nina sabe la verdad desde hace años y me ha ayudado a ocultársela a su madre.
»Al final, mi relación con la señora Thane se volvió tan tensa que por desesperación le dije que no quería verla más. El pasado lunes por la tarde, ella le mandó una carta a mi mujer con un recadero, una carta en la que le contaba toda la sórdida historia. Por suerte, mi hija consiguió interceptarla.
»El lunes por la tarde, fuimos los dos a casa de la señora Thane para pedirle que lo dejara. Yo no quería meter a mi hija en todo esto si podía evitarlo, pero, cuando vi que la señora Thane no estaba, le pedí a Nina que se reuniera conmigo allí. No sé por qué lo hice, quizá porque tengo un carácter débil y siempre me he apoyado en su juventud y su fuerza.
»Estaba tan nervioso que mi hija me obligó a irme y me dijo que sería ella la que hablaría con la señora Thane. Pasada una media hora, al ver que la señora no regresaba, también ella se marchó.
Fennel hizo una pausa y cerró los ojos como reuniendo fuerzas para continuar, y lo hizo con calma.
—Volví a aquella casa a las once y entré con la llave que tengo desde hace años, cuando aún tenía una relación amistosa con la señora Thane. Me escondí en el vestidor y esperé a que volviera con Tommy Spencer y a que este se marchara.
»Cuando él se fue, yo… le disparé. Cogí las joyas para simular un robo, salí de inmediato, las envolví en un periódico y las tiré al cubo de la basura. Luego volví a mi casa, en el número 204 de la calle Ochenta y Seis Oeste.
»Y eso es todo.
Fennel se quedó sentado mirando al vacío. Alargó despacio una mano, cogió la pluma de la mesa y la mojó en el tintero. Con mano firme, escribió su nombre al final del largo escrito que el secretario había redactado con la máquina de escribir.
—Y, ahora —dijo entregando el documento al fiscal—, ¿puede soltar a mi hija? Es necesario que vea a su madre antes… antes de que muera.
A continuación, en silencio, Mortimer Fennel se desmayó y cayó al suelo sin conocimiento.
17
El domingo por la mañana, el día siguiente a la confesión de Mortimer Fennel, Spike estaba delante del edificio de comisaría, como si dudase en entrar. Las vistosas portadas de las revistas de un quiosco le llamaron la atención, así que se paró a comprar un periódico. Sin embargo, cosa extraña, no fue el rosa de su diario vespertino favorito el que eligió de entre la oferta del puesto, sino las respetables páginas del Times.
Bajó paseando por la calle Centre hasta llegar a Sherman Park. Allí se sentó en un banco y abrió el periódico. Incluso el erudito Times había concedido dos columnas en primera página a la confesión, porque ni siquiera la sabiduría y el decoro de ese periódico podían pasar por alto la conmovedora y lastimosa historia de Mortimer Fennel.
Aparecía todo el relato: el secreto que su hija y él habían guardado con tanto esfuerzo ahora se le divulgaba al mundo entero, para que pudiera leerlo y saborearlo. Sin embargo, incluso en medio de la tragedia, había una idea reconfortante: lo habían logrado. La señora Fennel había fallecido el día anterior en brazos de su hija, desconocedora hasta el último momento de la sombra que, durante quince años, había sobrevolado su casa.
Spike leyó con atención el artículo. Como conocía en persona a las personas involucradas, unió fácilmente todas las piezas de esa historia recién descubierta por los periodistas. Acabó el artículo, soltó el periódico y dejó que su mente reconstruyera el trágico suceso.
Mortimer Fennel, un joven titulado en una escuela de arte que soñaba con trasladarse a París, descubre que un matrimonio por pasión, pero quizá prematuro, le impide continuar sus estudios en el extranjero. Sin embargo, cede con gusto al nuevo rumbo de los acontecimientos porque está muy enamorado. El arte comercial le sirve para pagar el alquiler y las facturas. Poco después llega una alegría, pero también una tragedia. Nace Nina; sin embargo, desde ese día Maybelle queda inválida, encadenada a una silla de ruedas, una sombra dulce y gentil cuya debilidad solo es comparable a la inestabilidad moral del marido.
Dotado de toda la intensidad de un temperamento artístico, pero con sus ambiciones frustradas por falta de dinero, Mortimer Fennel descubre pronto que no está hecho de la madera de los mártires. Aunque ama a su mujer con una extraña ternura mística y adora a su hija, la debilidad inherente a su naturaleza junto con el deseo de la carne acaban siendo demasiado para él.
La relación con Cecily Thane comienza de forma bastante casual. Los Thane se instalan en el mismo edificio en el que viven los Fennel, y los típicos problemas de comunidad, como la falta de agua caliente, el ascensor estropeado o un portero ladrón, los convierten en amigos.
Cecily Thane está ávida de cambio. Elton Thane, vendedor de joyas, no puede darle a su mujer todo el lujo al que estuvo acostumbrada en su juventud y que todavía anhela, y ella, cuyo cerebro, vida y tiempo están vacíos, recibe con sumo agrado la llegada de Mortimer Fennel. Él es joven, quijotesco y atractivo, e irradia ese encanto particular, que las mujeres tanto aprecian, de los hombres frágiles. La situación desesperada de su vida familiar no da mucha tregua a la naturaleza apasionada de Fennel; por eso, en poco tiempo, acaban siendo amantes.
A él le basta con las cosas como están; en cambio, por primera vez en su vida, Cecily Thane se enamora de verdad. Quiere a Mortimer Fennel y lo quiere con desesperación. Lo quiere, pese a lo pobre y débil que es ese hombre. Siente la clase de amor de los «dos corazones y una choza» por el que estaría dispuesta a seguirlo hasta el fin del mundo si él se lo pidiera.
Sin embargo, Mortimer Fennel no dispone de la fortaleza de carácter necesaria para comportarse siquiera como un cobarde. Desea con ardor librarse de todas las complicaciones de una vida con una inválida y una hija pequeña, pero no tiene valor para dar el paso. Así, durante quince años, Cecily y él viven su romance de esa forma ambigua. Cuando Elton Thane descubre el lío, está tan absorto en sus propios enredos que le importan bien poco los amoríos de su mujer.
Al principio, de todas formas, esa relación le hiere en el orgullo, pero poco a poco descubre que no le viene tan mal, porque, en el fondo, la situación le permite cumplir sus deseos, y, puesto que el tiempo en que Cecily Thane formaba parte de esos deseos ya ha pasado, Thane no le da importancia. De esta manera, el enredo continúa. Mientras tanto, Nina crece. A los quince años, la chiquilla empieza a sentir una antipatía instintiva por la bella señora Thane, a quien su padre menciona de vez en cuando. A los veinte, la detesta, y a los veintiuno descubre la odiosa relación.
Cuándo se confirma ese descubrimiento es algo que ni ella sabe decir, de la misma manera que Mortimer Fennel no sabe decir cuándo se da cuenta de que día tras día se ha acostumbrado a apoyarse en su hija, que, hasta hace nada, no era más que una niña, pero que ahora ya es una mujer hecha y derecha. Los años de su relación con Cecily Thane no fueron tan felices para Mortimer Fennel, al fin y al cabo. El apetito de la carne es lo único que le hace seguir con ella, porque la instintiva perspicacia de Fennel, tan mal combinada con su naturaleza débil, le demuestra con toda claridad cuán vacua es esa mujer. Pasado el primer año, él deja de amarla, pero no de desearla.
Sea como sea, también el deseo acaba por apagarse, y en Mortimer Fennel el debilitamiento fue prematuro. La arrolladora pasión de su naturaleza lo abandona, y así, a los cuarenta y cinco años, descubre que no siente nada por esa mujer. En ella, en cambio, el paso del tiempo obra el efecto opuesto. A los treinta y ocho años, tanto sus encantos como su amante se le escapan de las manos. Con la rabia de la desesperación, lucha por recuperar el antiguo ardor, pero Mortimer está cansado. Solo aspira a la tranquilidad hogareña y a la gentil compañía de su esposa inválida. Se siente como un atleta que ha corrido mucho al principio y que de pronto está exhausto y solo desea descanso infinito.
Ella intenta hacerle reaccionar con el típico truco del amante más joven, que en realidad es solo un bailarín a sueldo. Entonces, con un imprevisto coletazo, la lenta tragedia de los quince años previos se convierte en una verdadera amenaza. Cecily Thane le dice a Mortimer que, si no vuelve, le va a contar todo a su mujer. Utiliza la última y más ruin arma de la mujer al límite de sus fuerzas, una mujer movida por la desesperación vengativa o el chantaje moral, y lleva a cabo su amenaza, pero Fennel y su hija interceptan la carta antes de que llegue a su destino.
Menos de veinticuatro horas después de que escribiera a la señora Fennel, Cecily Thane aparece muerta con una bala en el corazón.
Lo cierto es que la coincidencia temporal de los hechos daba que pensar, tanto que Spike acabó su lectura con el ceño fruncido y la mirada clavada en las últimas palabras del artículo. Se levantó del banco y volvió despacio a la comisaría, pero no entró, sino que se quedó parado allí delante, indeciso, con dos marcadas arrugas en el entrecejo. Acto seguido, llamó a un taxi.
—Al Hospital Bellevue.
Cuando el taxi se detuvo delante del hospital, Spike le pidió que esperara. Volvió a los veinte minutos. Estaba perplejo y confuso, indeciso sobre su próximo movimiento, pero una cierta inquietud había reemplazado su anterior abatimiento.
—A la calle Noventa y Tres Oeste, número 15 —le indicó al taxista. Sin embargo, casi de inmediato, al pasar por la Segunda Avenida, se echó hacia delante y le dio al taxista otra dirección—: Calle Ochenta y Dos Oeste, número 8.
Sin embargo, cuando el taxi llegó a casa de los Thane, Spike no se bajó. Se quedó sentado en el coche mirando la inocente fachada del edificio. Era como si estuviera buscando en algún punto de la construcción o de la carpintería la respuesta a ese misterio que le dibujaba dos surcos en el entrecejo. Su mirada recorrió despacio la fachada…, arriba y abajo por la calle… y el lado opuesto… hasta que al final, agotado, reparó en el enorme agujero en el asfalto, las tuberías del alcantarillado arrancadas y las pesadas vigas de madera que marcaban la ubicación de la próxima estación de metro. El fiero irlandés bigotudo y los pequeños italianos estaban aún trabajando, o, al menos, los italianos sí que trabajaban. Poco dispuesto a esforzarse, el irlandés estaba sentado en un cubo vuelto del revés y daba órdenes atusándose al mismo tiempo el bigote victoriano.
Por fin, resignado, Spike dio orden al taxista de arrancar. Poco después, se detenía en el número 15 de la calle Noventa y Tres Oeste. Mientras subía en el ascensor, rememoró la última vez que había estado allí y los nefastos resultados derivados de su investigación. Fue el propio Tommy quien abrió la puerta. Pese a estar todavía en pijama, su rostro estaba tenso, como si hubiera dormido muy poco, pero no era de extrañar, pues era su primera noche en casa tras salir en libertad.
—¿Dónde está tu mayordomo? —preguntó Spike acomodándose en una silla, mientras Tommy lo hacía en el sofá.
—Lo he despedido. Quería que le pagara el sueldo y yo no tengo un centavo, así que he reunido unos cuatrocientos dólares en ropa y cosas viejas y lo he echado. ¡Qué cara más dura pedirme el dinero a las dos horas de salir de la cárcel!
—Ya, qué poco respeto por los sentimientos de un caballero. Has hecho muy bien al despedirlo, pero, dime, amigo mío, ¿cómo te sientes después de haber descansado una semana?
—¡Destrozado!
—Eso es increíble. La cárcel debería haberte hecho bien. Nada de trasnochar, la única receta que saben prescribir los médicos.
—No me refería a eso. Estoy destrozado por otro motivo.
—Ya. Quieres decir que, al estar un poco colgado por Nina Fennel, estás desolado por la suerte que ha corrido el padre.
Tommy asintió con la cabeza.
—¡Santo Dios! —exclamó de repente—. Habría preferido que me acusaran a mí en vez de asistir a ese lamentable suceso.
—Un sentimiento noble y caballeresco por tu parte, la verdad. Mucho más de lo que merece Nina Fennel.
—¿Cómo? —preguntó Tommy.
—Quiero decir, querido mío, que Nina te ha seguido el juego porque pensaba que podías ayudarla con la señora Thane.
Tommy se ruborizó de golpe.
—No es cierto. Ella nunca haría algo así.
—En cambio, yo creo que sí. Según yo la veo, Nina es una mujer calculadora y resoluta. Solo quería utilizarte como herramienta. Aunque tampoco creo que tuviera muy claro cómo hacerlo.
—Sí —admitió desconsolado Tommy—. Quizá tengas razón. Ella no es de mi nivel. De todas formas, lamento que su padre haya matado a la señora Thane.
—Ese sentimiento da fe de la bondad de tu corazón, pero no de tu perspicacia.
—Sea lo que sea de lo que estés hablando, a mí me da igual.
—Quiero decir, querido mío, que no ha sido Mortimer Fennel quien ha matado a la señora Thane.
—¿Qué?
—Mira que eres duro de mollera, Tommy, ¿lo sabías? ¿Es que no entiendes mis palabras? Te digo que no ha sido Mortimer Fennel quien ha matado a la señora Thane.
—Pero si lo ha confesado.
—Claro. Él también es un caballero, como tú.
—Y, si no ha sido Fennel, ¿quién ha sido?
Spike se acomodó y se encendió un cigarrillo antes de seguir hablando.
—Es una verdadera lástima, Tommy, que no entiendas mejor la psicología humana, porque, de lo contrario, comprenderías que por primera vez en su vida Mortimer Fennel se ha comportado con nobleza, solo que ha exagerado.
»Siempre fue débil, y durante toda su vida siempre necesitó el respaldo de alguien. Antes de que enfermara su mujer, estoy seguro de que se apoyaba en ella. Luego pasó a Cecily Thane, y, al final, cuando ya estaba demasiado viejo y cansado para las atenciones que ella exigía, ha acabado por recurrir a su hija, y también de forma onerosa. Quizá por eso Nina tiene un carácter tan fuerte. Ha sido necesario.
—Bah, pues no veo nada de noble en todo eso.
—Por supuesto que no, y esa es la cuestión. Mortimer Fennel ha ido acumulando demasiados remordimientos con el tiempo. Ha sido un débil durante toda su vida y, como muchos débiles, se ha dado cuenta demasiado tarde de que ha sido un gusano. Por eso está tratando de hacer un noble gesto de expiación, y lo está haciendo porque ha comprendido que no vale nada y que, por tanto, lo mejor que puede hacer es renunciar a su vacía existencia para salvar la de su hija.
—¿Qué significa «salvar la de su hija»? —preguntó Tommy desafiante.
—Quiero decir, salvarla de la silla eléctrica.
—No estarás diciendo que ha sido Nina la que mató a esa mujer, ¿no?
—Eso es lo que cree su padre, y me parece que la conoce mejor que nosotros.
—¿Y tú le crees?
—Querido amigo, yo nunca me precipito en las conclusiones, sobre todo, cuando hay tantas alternativas. Que esté convencido de que no ha sido Mortimer Fennel no quiere decir que piense que ha sido su hija, máxime teniendo en cuenta, además, que hubo más personas en la casa aquella noche.
Un prudente silencio cayó de repente sobre Tommy. Apagó el cigarrillo y se quedó absorto, con la mirada vagando por la habitación.
—Muy bien —dijo al fin, apremiante—, sigue. Venga, dilo. De todas maneras, ya estoy acostumbrado.
Spike se echó a reír.
—Parece que tú seas un criminal y yo un poli encargado de echar sospechosos a la parrilla.
—Crees que es así, ¿verdad?
—Reconozco que existe esa posibilidad, pero admito también que existen otras. Al fin y al cabo, la noche del asesinato pasaron otras personas por la casa, además de ti. —Spike sacó del bolsillo un bloc y una pluma—. ¿Qué te parece si ponemos negro sobre blanco algunas de estas posibilidades?
»En primer lugar, está la doncella.
«Primero: la doncella», escribió.
—Luego el marido…, el marido ultrajado. La esposa le es infiel desde hace años, pero, como él le da una vida de lujos, ella no quiere divorciarse. Entretanto, él se enamora de otra. Es una razón ideal para cometer un asesinato.
»También está el amiguito de la muerta, el bailarín contratado. Sus antecedentes penales revelan que usa un nombre falso y que ya ha estado involucrado en un caso similar, aunque salió libre por falta de pruebas.
—Te repito que no tengo nada que ver con el caso Schlockenhass, como no tengo nada que ver con este.
—Tommy, amigo mío, trata de observar este asunto con un poco más de objetividad. Solo estoy haciendo una lista de todo aquello que cualquier persona suspicaz y con una pizca de sentido común tendría presente.
»Seguimos con el hermano, que tiene serios problemas económicos. Si no consigue cincuenta mil dólares, tendrá que cerrar el negocio. Pero su hermana se niega a dárselos.
»Quinto: Nina Fennel. Ella…
—¡No ha sido ella! —saltó Tommy con vehemencia—. ¿Cómo te lo tengo que decir?
—Ahórrame tus aspavientos caballerescos, por favor —dijo Spike levantando una mano—. Y te ruego que no me digas que has sido tú el culpable. El caso ya está bastante complicado, con un hombre que ha confesado ese acto innoble para salvar a la bella Nina, sin necesidad de que te metas tú.
—Pues muy bien. —Tommy se encogió de hombros y se sumergió de nuevo en su mal humor.
—Como ves, amigo mío —siguió Spike—, aquella noche había al menos cinco personas in situ muy interesadas en quitar de en medio a Cecily Thane. Empezando por ti, por ejemplo.
—Muy bien, méteme a mí, si sigues insistiendo en tu cabezonería, pero que sepas que ya te he contado todo. No me he callado nada.
—Lo sé, pero hay algunos detalles que no están muy claros en mi cabeza. Quisiera que me repitieras, si no te molesta, qué hiciste cuando la doncella te trajo la coctelera y el hielo.
—Pues… preparé las bebidas y nos las tomamos. Tenía esa fiesta de la que te hablé, así que debía darme prisa.
—¿Dónde estaba exactamente la señora Thane cuando la dejaste?
—Estaba echada en la chaise longue.
—Y tú bajaste y llamaste a la doncella para que te entregara el abrigo, el sombrero y el bastón. ¿Es así?
—Sí. Cuando salí me encaminé directo a la Central Park Oeste en busca de un taxi. En la esquina con la Ochenta y Dos encontré uno… No, espera. Salí de casa… —Tommy repasó escrupulosamente todo lo que hizo, intentando no omitir ningún detalle, por pequeño que fuera—. Salí de casa, decía, y me paré a mirar las obras del metro.
»Los operarios estaban trabajando con un martillo neumático, ¿sabes?, uno de esos cacharros que taladran la piedra y hacen un ruido infernal. Había un tipo grande y gordo con bigote y otros dos o tres trabajadores. Estuve mirándolos un rato, pero al poco pararon de trabajar, y yo seguí hasta la Central Park a por el taxi.
—¿Cuánto tiempo crees que estuviste parado mirando a los trabajadores del metro?
—Pues… no sé, cinco minutos o así, ya sabes cómo es cuando te paras a mirar unas obras, ¿no?
—Y, mientras estabas ahí, ¿viste a alguien entrar en la casa de los Thane?
—No, no estaba mirando la casa, sino las obras.
—Bien, continúa.
—Subí al taxi y fui al club Paradis, donde me esperaban mis amigos. No recuerdo qué hora era. Me tomé tres o cuatro copas y bailé un poco; después me volví a casa y me acosté. Juro que esa es toda la verdad.
Spike guardó silencio y se quedó pensativo, digiriendo todo lo que había oído.
—Entonces —dijo con toda calma—, ¿por qué la mañana siguiente, en cuanto leíste en el Graphic lo del asesinato de Cecily Thane, te vestiste a toda prisa y saliste para deshacerte de tu pistola?
Tommy estaba llevándose un cigarrillo a la boca, pero se quedó paralizado de golpe y bajó la mano.
—¿Qué quieres decir? —preguntó.
—Vamos —protestó Spike—, es difícil decirlo con más claridad. Respóndeme y punto. ¿Por qué saliste a deshacerte de tu pistola, y dónde la tiraste?
—Vale, vale —dijo al fin Tommy frunciendo el ceño—. Para alguien que estuvo metido como yo en el embrollo de la Schlockenhass, la idea de verse de nuevo envuelto en un caso similar no era muy atractiva. Con cuantas menos armas te pillen en una situación así, mejor para ti.
—Muy cierto.
—Sobre todo, si da la casualidad de que la pistola que tienes es del mismo calibre que la que se usó para cometer el asesinato.
—Comprendo perfectamente tu aprensión.
—Así que la envolví en un trozo de papel de periódico, la até con un cordel y la tiré a un cubo de basura.
—Supongo que sabes que el perito en balística puede averiguar si el disparo se hizo con tu pistola o con otra, ¿no?
—¿Tú crees? —Tommy soltó una risilla irónica—. Yo creo que la persona que contrate para mi defensa se levantará y asegurará que mi pistola no fue el arma con la que se disparó, y el experto de la policía dirá justo lo contrario. Y ¿quién será capaz de dirimir quién miente y quién no? No, querido mío, no. Sé bien cómo son estas cosas. Espero que esa maldita pistola ya esté en el fondo de Jamaica Bay.
—Puede —dijo Spike levantándose para irse—. Bien, amigo mío, gracias por tu disponibilidad, aunque no me ha sido de gran ayuda. —Sin embargo, una vez en la puerta, se detuvo y añadió—: A propósito de tu prisa excesiva, la mañana que leíste lo del crimen de la señora Thane, ¿no se vería tu prisa incrementada acaso por la nota que Nina Fennel te dejó la noche anterior?
La mano de Tommy se detuvo de nuevo a medio camino hacia la boca. Miró a los ojos a Spike y, poco a poco, los suyos se llenaron de miedo y preocupación, aunque hizo todo lo posible por mantener la calma.
—¿Qué-qué quieres decir? —preguntó con indiferencia.
—Déjalo —contestó Spike, distante—. No importa.
Salió y cerró la puerta sin hacer ruido, dejando atrás el rostro de Tommy Spencer, que se había quedado de pronto pálido, casi verdoso.
18
Una vez fuera del edificio, Spike se detuvo, indeciso sobre qué hacer. Los surcos de su entrecejo eran aún más profundos. Al final, llamó a un taxi y le dio la dirección de la casa de los Thane. Sin embargo, ni sus gestos ni sus órdenes parecían convencidos. Aún iba tanteando en la oscuridad y, como siempre, esperaba un golpe de suerte.
En la esquina de la calle Ochenta y Dos con la Sexta Avenida, pagó el taxi y siguió a pie hasta la casa. Dudó un momento en la escalera y dio la vuelta hacia las obras del metro. Estuvo un rato en la valla que impedía que los peatones distraídos acabasen en la zanja, mirando a los trabajadores.
Por una vez, el irlandés bigotudo estaba participando en los trabajos. Una piedra enorme no se soltaba, y los hombres trabajaban con todas sus fuerzas para moverla con una palanca. Los cuatro sudaban tirando de la barra de hierro. Por fin, con gran estruendo, el sustrato cedió y el bloque de piedra se soltó.
El irlandés se irguió para secarse la frente con un pañuelo no muy limpio. Con su parte del trabajo manual hecha, se retiró y se sentó encima de su cubo vuelto del revés a dar órdenes. La insistencia con la que Spike lo miraba dio por fin sus frutos telepáticos. El hombre se levantó del cubo, cruzó el pedregoso trecho de las obras y se paró delante de su observador.
—Menudo trabajazo —dijo el irlandés, solo para empezar la conversación, señalando la palanca.
Spike asintió con la cabeza, comprensivo, y le preguntó con amabilidad cuándo terminarían las obras.
—Tardaremos aún otros dos o tres años, si no cuatro.
—Pero van un poco lentos, ¿no cree?
—¿Lentos? Oiga, amigo, en los últimos seis meses hemos trabajado con tres turnos las veinticuatro horas. Estamos exhaustos.
—¿Usted está siempre en el diurno?
—Los turnos cambian. Hasta hace una semana, estaba en el que va de cuatro a doce, pero hace dos días cambié al de nueve a cuatro.
La mirada de Spike se iluminó de golpe.
—Entonces, ¿estaba usted trabajando aquí la noche…? —Y señaló con la cabeza la casa de los Thane.
—Sí, estaba aquí; y pensar que a no más de seis metros de mí se estaba cometiendo un asesinato. —El operario se echó a reír—. Es curioso — continuó saboreando la idea de debatir sobre ese acontecimiento increíble del que podía considerarse parte—, pero estaba seguro de que había sido ese tal Spencer hasta que leí en el periódico de esta mañana que ha sido Fennel.
—¿De verdad? —Spike abrió la pitillera y se la ofreció al hombre—. ¿Qué le hizo pensar eso? ¿Sabe?, me interesan muchísimo los crímenes.
—Bueno —siguió el trabajador entre calada y calada—, ¿sabe la noche que Fennel la mató? Bien, pues hacia medianoche o poco antes vi a alguien en la valla, igual que a usted antes. Pero son tantas las personas que se paran a mirar que no presté mucha atención. Y a lo mejor no le habría visto siquiera de no ser porque a uno de los muchachos se le escapó por los aires el pico, y la parte de hierro se soltó y voló peligrosamente en dirección al joven observador.
»Entonces, levanté la vista y lo miré bien a la cara. El pico había fallado por apenas cinco centímetros. Como es lógico, en el momento, no lo pensé demasiado, pero el día siguiente, cuando vi su foto en la prensa, me acordé y me dije: ¡santo cielo, qué temple! Dispararle a una mujer y luego pararse diez minutos a contemplar a unos trabajadores cavando. Si hubiera cometido el crimen yo, habría puesto pies en polvorosa en dirección opuesta.
—Ya, a mí también me parece la decisión más lógica —admitió Spike, pero lo dijo un poco a la ligera, pues estaba pensando solo con una parte del cerebro y, por tanto, prestaba poca atención a lo que decía. Entonces, miró al operario y le preguntó—: ¿Ha dicho usted que el turno de noche acaba a las doce?
El hombre asintió con la cabeza.
—¿Y son puntuales? ¿No se quedan unos minutos más?
El trabajador se echó a reír.
—Amigo, cuando llevas ocho horas en el tajo, estás loco por salir pitando, a menos que te obliguen a quedarte. Yo me voy en cuanto oigo el timbre. —Y señaló un punto de la caseta de madera, al otro lado de la zanja, donde brillaba el círculo metálico de un reloj eléctrico—. Es automático, ¿sabe?
—¿En serio? Qué práctico. Entonces, la noche en la que asesinaron a la señora Thane, ¿se marchó usted a medianoche en punto, después de que el joven Spencer estuviera aquí mirándolos unos diez minutos?
—Sí, nosotros… Oiga, amigo —se interrumpió el operario—, ¿no será usted, por casualidad, policía?
—Señor, no sé si sentirme insultado por mi aspecto o por mi forma de pensar.
—¿Eh?
—Nada, déjelo, tranquilo. —Con los labios apretados, Spike se alejó de repente de la obra, subió los escalones que llevaban a la puerta de la casa de los Thane y llamó al timbre.
—Pero ¡qué diablos! —El irlandés se quedó con la boca abierta, perplejo, cuando vio la puerta de la casa cerrarse al entrar el joven.
Una vez dentro, Spike se encontró con un nuevo sirviente, un mayordomo que con discreción le preguntó el nombre, le cogió el sombrero y el bastón, y lo informó, cuando preguntó por el señor Thane, de que el señor estaba en su tienda, en la zona alta de la ciudad, y que no volvería hasta última hora de la tarde. Spike dudó un momento y estaba a punto de recuperar su sombrero y bastón cuando recapacitó.
—Y, dígame, ¿podría hablar un minuto con Emma?
El mayordomo asintió con la cabeza, pero se notaba que no aprobaba que los visitantes del señor de la casa confraternizasen con el servicio femenino.
Spike pasó al salón y enseguida entró Emma. Cuando lo vio, el rostro de la joven se iluminó con una sonrisa algo coqueta. Era como si la confesión de Mortimer Fennel hubiera restaurado, de alguna misteriosa forma, la autoestima de la muchacha. Ahora ya no se la veía desconfiada ni asustada.
—Oh, señor Tracy —dijo, pero el inesperado saludo serio de Spike la hizo entender que su presencia allí no era nada personal, cosa esta que ella habría querido.
—Dígame, Emma —preguntó—, la noche del asesinato, usted… —Se detuvo como si pensara bien lo que estaba diciendo. Cuando retomó la pregunta, lo hizo con esa verdadera ligereza típica de su forma de conversar—. Dígame, Emma, ¿conoce usted a Nina Fennel?
—Sí, señor.
—Hasta donde usted sabe, ¿vino alguna vez a ver a la señora Thane?
—No, señor.
—¿Está segura?
—Sí, señor. Si estuvo aquí, le aseguro que yo no le abrí la puerta.
—¿Siempre es usted quien abre la puerta?
—No, señor; solo cuando no tenemos mayordomo.
—Ahora tienen uno nuevo, ¿no? Un tipo encantador, ¿no le parece?
Emma se ruborizó y asintió con la cabeza. Estaba claro que también ella estaba encantada con el nuevo mayordomo.
—¿Cuándo se fue el mayordomo anterior? —Pocos días antes de que la señora… —¿Se fue por voluntad propia?
—No, señor. Discutió con el señor Thane, y este lo despidió.
—¿Sabe por casualidad el motivo de la discusión?
—No, señor. Hickson, el mayordomo anterior, no me lo contó. Solo dijo que era un asunto feo.
—Cuando estaba Hickson, ¿era siempre él quien abría la puerta y hacía pasar a las visitas?
—Sí, señor, excepto cuando tenía el día libre; entonces el trabajo me tocaba a mí.
—Por tanto, ¿es posible que Nina Fennel hubiera venido aquí sin que usted se hubiera enterado?
—Sí, señor.
—Gracias por su ayuda, Emma. ¿Le molesta si echo un vistazo por aquí antes de irme?
—Claro que no, señor —respondió ella, y con la mirada le concedió el permiso para registrar toda la casa, si quería.
—Espéreme aquí —dijo él—. Puede que me haya dejado un par de cosas.
Subió los escalones de dos en dos hasta el rellano del primer piso e inició a toda prisa una búsqueda aparentemente infructuosa. Pasó de una habitación a otra, revisó deprisa el salón de la señora Thane y su dormitorio, y continuó con el apartamento del señor Thane. Tampoco se dejó las habitaciones del servicio del tercer piso. Ya en la planta baja, le echó un vistazo asimismo a la habitación del final del pasillo. En el salón, Emma seguía esperando su regreso.
—Si no le molesta —le dijo—, me gustaría echar un vistazo también al piso inferior.
El semisótano tenía la misma distribución que las demás plantas: la sala del servicio de frente, la gran despensa del mayordomo que era una habitación en sí misma, y la cocina en la parte de atrás. La mirada de Spike recorrió veloz todas las habitaciones y en su rostro, por fin, apareció una sonrisa de satisfacción. Luego, se puso serio, muy serio, y miró a la doncella.
—Y ahora, Emma —dijo—, quiero que piense con suma atención, con suma atención, ¿me ha entendido?
Emma asintió con la cabeza, cada vez más tensa.
—Cuando el señor Thane la llamó el lunes por la noche, ¿bajó usted rápido de su habitación al salón de la señora Thane?
—Sí, señor.
—¿Y quién había?
—El señor Thane y… y la señora.
—¿Qué hizo a continuación?
—El señor Thane me dijo que corriera a avisar al señor Partridge.
—¿Y usted se fue?
—Sí, señor. Ya se lo dije.
—Imagino que no pensaría en cambiarse de ropa, ¿no?
—No, señor, salí en bata y zapatillas.
—¿Salió por la puerta principal y fue hacia la del doctor Partridge?
—Sí, señor.
—¿La puerta que dejó atrás estaba cerrada con llave?
—Uf, no lo sé. Supongo que sí.
—¿Llevaba una llave consigo?
—No, estaba muy alterada para pensar en la llave.
—O sea, a menos que hubiera llevado la llave, no habría podido volver a entrar. Pero quizá dejó la puerta entornada, ¿no?
—Sí, señor, así fue.
—¿Y volvió a entrar sin ningún problema?
—Sí… No, espere un momento. No, ahora recuerdo. La puerta se había cerrado con el aire, así que tuve que llamar. El señor Thane bajó a abrirnos.
De nuevo en el rostro de Spike se dibujó una sonrisa de satisfacción.
—Gracias por su ayuda, Emma.
Cuando estaba a punto de salir, la muchacha lo detuvo.
—Señor Tracy… —dijo indecisa.
—¿Sí, Emma?
—Eh…, ¿es cierto lo del señor Fennel? Es decir, ¿de verdad ha sido él?
Spike se limitó a sonreír y cerró la puerta despacio al salir. Una vez fuera, se fue directo a casa del doctor Partridge y llamó al timbre. Por suerte, el doctor estaba en casa, descansando en mangas de camisa y zapatillas. En cuanto su gobernanta anunció que tenía visita, se puso deprisa los zapatos y volvió a convertirse en la persona animada y un poco petulante que era cuando tenía gente alrededor.
—Ah, señor…, ejem…
—Tracy —sugirió Spike.
—Sí, Tracy. Pase, pase. Justo ahora estaba leyendo aquí —dijo señalando el periódico de la mañana que estaba en la mesa— el magnífico trabajo que ha hecho el departamento de policía. ¡Espléndido! ¡Espléndido de verdad!
Spike le sonrió.
—El problema, doctor, es que estamos solo a medio camino.
—¿Solo a medio camino? Pero creo haber entendido que el señor Fennel ha confesado, ¿no es así?
—Así es; sin embargo, aún está el hecho de que… —Spike hizo una pausa, como si no supiera bien cómo proceder—. Oiga, doctor, creo que necesito su ayuda.
—Por supuesto, señor Tracy. Siempre he estado dispuesto a hacer lo que esté en mi mano, y también ahora, pero no entiendo… —Lo sé. Permítame que le haga unas preguntas.
El doctor asintió con la cabeza y Spike continuó escogiendo las palabras con atención y levantando de vez en cuando la vista para ver qué efecto producían en su interlocutor.
—Dígame, doctor, ¿conoce usted a Nina Fennel?
—No.
—¿Y conoce a su padre?
—No. Recuerde que, aparte del señor Thane, no sé casi nada de quienes frecuentaban la casa.
—Eso lo sé, pero ¿el señor Thane le habló alguna vez del señor Fennel, de su hija o de alguien que esté involucrado en este caso?
El doctor lo pensó con suma atención.
—Pues… un par de veces mencionó al señor Fennel, pero de forma del todo casual, como hablaría de cualquier otro conocido. Debo decir que, en mi opinión, cuando habló del señor Fennel, en sus palabras no había ningún matiz malicioso ni rencoroso.
—¿No le habló nunca de su hija?
—No.
—¿Está seguro?
—Segurísimo.
—Qué raro —dijo Spike pensativo. Luego miró al doctor con zalamería—. Doctor Partridge, ahora le voy a pedir algo un poco raro y quisiera que me lo concediera sin preguntarme el porqué.
—En fin —respondió el doctor—, eso dependerá de lo que sea, claro.
—Es una cosa muy sencilla. Le pido que me permita ver todas las habitaciones de su casa. Puede usted acompañarme para asegurarse de que no me lleve ningún recuerdo de familia, si lo desea. Lo único que quiero es echar un vistazo a todo.
—No veo el problema —dijo el doctor, indulgente. El joven le caía simpático y quería ayudarlo—. Mire todo lo que quiera. ¿Por dónde empezamos?
—Hagamos un recorrido sistemático. ¿Qué le parece si empezamos por el semisótano y vamos subiendo?
El doctor asintió con la cabeza y abrió paso hasta la entrada y luego abajo por las escaleras que llevaban al sótano. La distribución de la casa de Partridge era casi idéntica a la de los Thane. Por segunda vez aquel día, Spike recorrió un piso tras otro, echando una ojeada veloz a todas las habitaciones: la cocina y el comedor del semisótano; el salón y el estudio de la planta baja; siguió con los dormitorios del primer y segundo piso, y las dependencias del servicio en el último.
—Bien —dijo el doctor al terminar—, ¿ha encontrado lo que buscaba?
—No —respondió Spike sonriendo satisfecho.
Sin embargo, cuando volvieron al pasillo de la planta baja, no se despidió, sino que entró de nuevo en el salón, se acomodó en una butaca con un suspiro de cansancio y apoyó la cabeza en la mano.
—Mi querido amigo —preguntó el doctor—, ¿no se encuentra bien?
Spike negó con la cabeza.
—No, no es nada, pero todo este asunto me está poniendo nervioso. Lo que necesitaría ahora es tomar una copa.
—Ah, pues, si ese es su problema, espere aquí —dijo y desapareció por las escaleras que llevaban al semisótano.
Mientras oía los pasos del doctor bajando, el cansancio desapareció de repente de la cara de Spike y recobró su sonrisa de satisfacción. Se acercó deprisa a la chaqueta y chaleco del doctor, que estaban en el respaldo de una silla cercana.
Cuando el doctor volvió, un minuto más tarde, él había recuperado su actitud exhausta de poco antes. Con un suspiro de gratitud, tomó un sorbo del vaso de brandi y pareció volver en sí.
—Doctor —dijo por fin—, gracias por su paciencia con los caprichos juveniles y gracias por haberme abierto los ojos.
Spike hizo girar el bastón, salió de la casa y bajó a toda prisa las escaleras. Ya no había indecisión en sus movimientos. Alcanzó enseguida la esquina de la Ochenta y Dos con la Columbus y cogió un taxi.
—A la calle Hudson —dijo, pero de inmediato cambió de idea—. No, lléveme a Times Square.
Hasta primera hora de la madrugada del lunes no llamó de nuevo a un taxi para ir a la calle Hudson. Entre medianoche y las cuatro, la redacción del Graphic suele ser un lugar lúgubre, donde las señoras de la limpieza se pelean en vano con enormes papeleras. Solo había en la redacción dos o tres reporteros despeinados, que tecleaban a máquina hastiados, y un joven de aspecto serio sentado a una de las mesas, enfrascado en la lectura del periódico.
Cuando Spike apareció en el umbral, al contemplar aquella enorme sala, sintió un pellizco de decepción. Durante los cuatro años que llevaba en Nueva York, había sido lector asiduo de ese periódico colorido, con sus «aterradores asesinos», sus «guerras entre bandas», sus «rencillas amorosas» y otras variopintas atrocidades periodísticas.
Parecía casi imposible que ese periódico tan antiguo pudiera planearse en un lugar tan inane. Siempre se había imaginado que las dependencias del Graphic serían un espacio lleno de periodistas frenéticos que se movieran de un lado a otro, y ahora resultaba que el sitio recordaba más a un pajar bastante sucio, con sus pocos habitantes soñolientos fumando y confiándose unos a otros sus anhelos y deseos secretos.
Con cierta desilusión, cruzó la sala hasta el joven serio que leía en su mesa, cogió una silla y se sentó. El joven, que estaba absorto en la lectura de la confesión de la mujer de un contrabandista, se detuvo y levantó la cabeza.
—Me llamo Tracy —dijo Spike, y se tocó el sombrero, se acomodó en la silla y le ofreció un cigarrillo.
—Gracias —respondió el joven—. ¿Y bien?
—Oh, nada. Un bonito nombre, ¿no cree?
—Sí, pero ¿qué diablos quiere de mí?
—Querido amigo —protestó Spike—, debería leer los periódicos. Lo digo en serio.
—¿Leer los periódicos? Muchacho, los leo antes incluso de que se conviertan en periódicos. —Y señaló con impaciencia, sobre la mesa, una copia que esperaba revisión.
—Ya veo —sentenció filosóficamente Spike—. Lo que quiero decir es que va a ser un duro golpe para mi hermano enterarse de la rapidez con la que el mundo olvida.
—Oiga, ¿se puede saber qué es lo que quiere? Y dese prisa porque no tengo tiempo que perder.
—Estupendo. —Spike adoptó una actitud más resolutiva y dejó de intrigar—. Me llamo Spike Tracy, soy el hermano de Richard Montgomery Tracy, el fiscal del distrito, y estoy echando una mano en el caso Thane.
La actitud del joven serio sufrió un profundo cambio. Apartó la copia que esperaba revisión, y su impaciencia dio paso a la curiosidad, mezclada incluso con una pizca de admiración.
—Así que usted es el tipo que le ha estado metiendo palos en las ruedas a la investigación —dijo.
—Bueno, para alguien ajeno al tema puede que sea así, claro. Sin embargo, solo estoy tratando de ser útil.
—Solo una ayudita, ¿no? —Por primera vez, el joven sonrió—. Como es lógico —añadió enseguida—, no hemos osado contarle al mundo que el asesinato de la señora Thane se ha resuelto gracias a usted. Habrá más homicidios en esta ciudad, y no queremos ponernos a malas con los de la comisaría central dando a entender que ha hecho falta un aficionado para que el caso se resolviera; no obstante, todos los muchachos que han seguido las investigaciones saben la verdad.
—Pare, pare, me está ruborizando, en serio.
—Sí, pero es que la forma en que ha resuelto usted este caso es encomiable.
—Sin embargo, el caso aún no está resuelto.
—¿Cómo dice?
—Digo que aún no está resuelto.
—El señor Fennel ha confesado.
—Mi querido amigo —dijo Spike mirándolo con indulgencia—, es usted tan ingenuo como mi hermano y el inspector Herschman. Ya debería saber que, en el amor y en el crimen, los hombres confiesan siempre miles de cosas que no son la verdad.
—Y usted ¿cómo lo sabe?
—Es una larga historia, demasiado larga para contarla ahora.
—Si no ha sido él, ¿por qué ha confesado?
—El señor Fennel tiene una hija muy bella y de carácter fuerte — respondió Spike con tranquilidad.
—¿Trata de decir… que la está encubriendo?
—Por ahora no trato de decir nada. Solo estoy mirando a mi alrededor mientras mi cabeza da vueltas a algunas ideas vagas. Por eso he venido a verle.
—¿Sí? —preguntó el joven casi sin aliento.
—¿Estaba usted aquí en la oficina a las cuatro de la madrugada del lunes pasado?
—Sí.
—Y ¿qué pasó sobre aquella hora?
—Llamó Mathews para contarnos lo que había pasado. Charlie Mathews es el que cubre la zona de la calle Ochenta y Seis.
—¿Qué les dijo exactamente?
—Tenía mucha prisa. Solo dijo que mandáramos de inmediato a alguien al número 8 de la calle Ochenta y Dos Oeste porque habían asesinado a una mujer.
—¿Nada más?
—No. Colgó enseguida. Después nos contó por qué iba con tanta prisa. Nos dijo que la policía no había abierto la boca y que él había descubierto la noticia de oídas. Sabía que, si se presentaba allí en persona, la policía reaccionaría mal, así que me pidió que mandara a otro.
—¿Todo eso se lo dijo Mathews cara a cara?
—Sí.
—¿Cuándo?
—La noche siguiente, cuando entré a trabajar.
—Por lo general, ¿Mathews trabaja de día o de noche?
—De día, pero también pasa el rato aquí por la noche, a veces; viene y juega al póker con algún colega en la sala de prensa.
Spike arrugó el ceño. Estaba claro que esa información no encajaba con la hipótesis que se estaba formando en su cabeza. Cogió un lápiz de la mesa y empezó a darse golpecitos en los dientes en un gesto de irritación.
—¿Está seguro de que fue Mathews quien telefoneó?
—Se supone que era él. De hecho, al día siguiente se hizo con su extra de cien dólares por ello.
—Y eso ¿qué es?
—Cada colega que consigue un soplo sobre algo que acaba siendo un titular gana un extra si nos adelantamos a todos los demás periódicos.
—Ah, entiendo. —La seriedad de Spike se transformó en una sonrisa —. Por casualidad, ¿no estará Mathews por aquí ahora?
—Es su día libre.
Spike se levantó sin prisa y aplastó la colilla con el zapato.
—Mil gracias. Me ha sido de gran ayuda.
—Oiga —protestó el joven—, pero ¿hay algo nuevo en el caso?
—No, de momento no, pero, si ve a Mathews, dele mi tarjeta y dígale que, si quiere ganarse otros cien dólares, venga a verme mañana a las ocho.
19
Era lunes por la mañana, casi una semana después del asesinato de Cecily Thane. El fiscal de Kings County se acomodó en su mesa y llamó al secretario. Parecía más feliz que en los últimos siete días. La extraña combinación de depresión e irritabilidad que venía sufriendo parecía haber desaparecido por completo.
En el ojal, lucía una roja flor primaveral, y en la cara, una feliz anticipación, como cuando una persona retoma por fin un quehacer agradable que ha tenido que aplazar y que lo pone contento.
—El expediente con los informes del auditor de cuentas, Lovelace —le dijo, y dio un profundo suspiro de satisfacción mientras el otro se lo ponía delante, en la mesa.
Poco después, murmuraba alegremente ante las varias columnas de cifras y varios volúmenes de jurisprudencia financiera. Estaba tan absorto que no se dio cuenta de la llegada de su hermano menor.
Como de costumbre, Spike se dejó caer en la primera butaca que encontró y se encendió un cigarrillo. Durante un rato no dijo nada y se quedó mirando a su hermano en un divertido silencio. Al fin, un ligero movimiento delató su presencia; fue entonces cuando Tracy levantó la cabeza.
—Ah, hola —dijo como ausente, y tendió la mano hacia el informe sobre la Fidelity Finance y la Trust Corporation.
—Hola —respondió Spike perezoso—. ¿Estás aún con el caso Thane?
—¿El caso Thane? —Para el fiscal fue como hurgar en la memoria en busca de una historia antigua—. No, gracias al cielo ese caso ya está solucionado.
Tracy siguió trabajando en silencio con una sonrisa complacida en los labios. Spike seguía sentado fumando con una expresión entre pensativa, satisfecha y ceñuda. Al final, como si hubiera llegado a una conclusión, decidió romper el silencio.
—Qué bella es la vida, ¿eh, Richard?
—¿Eh? —El fiscal no prestó atención a su hermano y siguió con su trabajo como si nadie hubiera hablado.
—Esto…, ¿te gustaría atender a los caprichos de un pariente que quizá se equivoque, aunque sea de buena fe?
Tracy soltó el lápiz y miró a Spike levantando la vista por encima de las gafas.
—Si es dinero lo que quieres, no lo vas a conseguir. Ya te has pulido el que te di, así que tendrás que sufrir un poco.
—Richard, tienes una mente un pelín demasiado suspicaz. Según tú, solo pienso en mujeres y dinero.
—Humm, por lo general no me equivoco.
—Por lo general, vale, pero en este caso te equivocas, y mucho. No estoy pensando en ninguna de esas dos cosas, sino en el asesinato.
—Sigues creyendo que sabes más que nosotros sobre ese crimen, ¿no es así?
—No es que lo crea, es que es así. Solo eso.
—Philip Tracy, ¿sabes que tu egocentrismo es inefable?
—No lo dudo, hermano. Es solo comparable a mi encanto y a mi perspicacia.
—Lo lamento. Esta mañana no tengo tiempo de hablar contigo. Tengo cosas que hacer.
—Pues tus tareas no son ni la mitad de las que tendrás dentro de poco.
—Escúchame bien, Philip, te ruego que te marches y me dejes en paz. Tengo que terminar este informe lo antes posible, y no puedo…
—Puedes, querido mío, claro que puedes. —Spike tendió la mano y pulsó el interfono que había en la mesa—. Lovelace —dijo en cuanto apareció el secretario—, ¿le importa decirle al inspector Herschman que sea tan amable de venir?
Una vez se marchó el secretario, el fiscal soltó el lápiz con exasperación.
—¿Qué delirante idea se te ha ocurrido ahora?
—«Delirante» es la palabra exacta, porque es una idea tan fantástica que no alcanzo a creérmela ni yo.
Al poco, Herschman entró en el despacho. Como el fiscal, también él tenía en el rostro una expresión beatífica después de la estresante experiencia de la investigación del caso Thane, y ahora parecía en paz con el mundo entero. La amplia sonrisa que llevaba en los labios no desapareció ni siquiera cuando su mirada se cruzó con la de Spike.
—Mi hermano —dijo Tracy señalando con un gesto de desaprobación a Spike— dice que tiene algo más que añadir al caso Thane.
Herschman sonrió.
—Tenemos la confesión firmada de Fennel; no creo que haya mucho que añadir.
Sin embargo, Spike no se dejó amilanar por ese recibimiento tan poco amistoso. Ofreció un cigarrillo a Herschman y le dio fuego.
—En vista del entusiasmo e impaciencia que demuestran, voy a ir directo al grano. Voy a salir un momento, y mientras, quisiera que se convocara a venir a este despacho a Nina Fennel, Elton Thane, Emma, Tommy Spencer, el doctor Partridge y George Griffis. Háganlos venir y reténganlos aquí hasta que yo vuelva.
—Vamos, Philip, ahora estás de verdad siendo ridículo.
—Quizá —admitió Spike—, pero podría también estar siendo malditamente listo. El hecho es que aún no lo sé ni yo.
—¿Qué idea se te ha metido en la cabeza esta vez? —preguntó Herschman.
—La idea, inspector, es tan absurda y delirante que no me atrevo a confesarla hasta que no esté más seguro. Lo único que quiero saber es si van a hacer lo que pido o no.
—Por supuesto que no —dijo Tracy con vehemencia.
—Ah, estupendo. —Spike se dio la vuelta y alargó la mano hacia su sombrero y bastón—. Pero va a ser muy embarazoso para ambos cuando escriba mi artículo para el Graphic como investigador aficionado y cuente que están a punto de mandar a la silla eléctrica a la persona equivocada.
—¿La persona equivocada? ¿Qué estás diciendo?
—Estoy diciendo, amigo mío, que Mortimer Fennel no mató a Cecily Thane. Ay, au revoir. Os mandaré ejemplares del periódico.
No llegó a cruzar la puerta.
—¡Quieto! —estalló el fiscal, preocupado.
—Creo que iré a Columbia a hacer un curso de periodismo; así me prepararé para mi futura carrera de escritor.
—Vuelve aquí y siéntate.
Spike dudó un instante. Luego, más relajado, cruzó el despacho de nuevo y se dejó caer en la butaca de la que acababa de levantarse.
—El inspector Herschman, que perseguía criminales cuando tú aún eras lactante —declaró Tracy—, ha analizado bien la confesión de Mortimer Fennel y me ha asegurado que no tendremos la menor dificultad en obtener un veredicto de homicidio en primer grado.
—Claro, claro, no me cabe duda, pero tengo la impresión, y, por favor, corríjanme si me equivoco, de que los estándares más elevados de la profesión legal exigen la persecución de la justicia, y no de una condena irrevocable.
Con un suspiro exasperado de derrota, el fiscal apartó a un lado los papeles con los que estaba trabajando.
—Está bien, adelante. ¿Qué más has descubierto? —Era el mismo tono de una madre que sospecha que su hijo acaba de romper un cristal o saquear la despensa—. ¿Qué te hace pensar que no ha sido Mortimer Fennel quien mató a Cecily Thane?
—Pues bien, el domingo por la mañana fui a la unidad carcelaria del Hospital Bellevue para hablar con él. No, mejor dicho, fui para hacerle una pregunta. La respuesta que me dio me convenció de que, en materia de crímenes, es un torpe absoluto.
—¿Cuál era la pregunta?
—Le pregunté dónde estaba Cecily Thane cuando le disparó, y me contestó que estaba delante de la caja fuerte. Si no les parece demasiado esfuerzo rebuscar en la memoria, recordarán que fue en la chaise longue donde se encontró el delator agujero de una bala.
—Estaría desvariando —atajó Herschman.
—No, no estaba desvariando. La cabeza le funcionaba a la perfección y no tenía ni una décima de fiebre. Le pregunté a la enfermera.
En el más absoluto silencio, el inspector y el fiscal se miraron incómodos cuando Spike se volvió hacia la ventana.
—En fin, señores —dijo al fin—, ¿quieren hacerlo o no?
—¿Si queremos hacer qué?
—Pedirles a Nina Fennel, Elton Thane, Emma, Tommy Spencer, el doctor Partridge y George Griffis, y será mejor que apunten ustedes todos los nombres para que no se les olviden, que vengan aquí esta tarde y que esperen a que yo vuelva. Mi aportación a la reunión será presentarme aquí con Charlie Mathews del Evening Graphic, un pequeño oportunista de los más grandes que haya conocido.
El fiscal y el inspector volvieron a cruzar una mirada.
—Está bien —dijo por fin Tracy, derrotado. Con gran irritación pulsó el interfono y llamó al secretario, y, en cuanto este entró, le señaló todos los documentos que tenía en la mesa—. Lovelace, por favor, recoja todo esto y lléveselo.
Cuando, dos horas más tarde, Spike entró en el despacho, su hermano y el inspector estaban intentando ocultar a los seis invitados, sin mucho éxito, la sensación de que iba a suceder algo sensacional. Bastó un vistazo al rostro satisfecho de Spike para convencer a los presentes de que cualquier cosa que se trajera entre manos había alcanzado el éxito.
Pese al esfuerzo de todos los presentes por comportarse de manera natural, en el aire flotaba cierta inquietud. Elton Thane y George Griffis, dejando a un lado sus diferencias del pasado, estaban sentados uno junto al otro, como si quisieran protegerse entre ellos, y de vez en cuando comentaban algo en voz baja.
El doctor Partridge parecía un pajarito nervioso y un poco desorientado, aunque en el fondo estaba feliz de encontrarse en aquella situación. Charlie Mathews, un joven apuesto, pero con el traje arrugado, en la mejor tradición periodística, estaba acechante, a la espera del desarrollo de los acontecimientos, y Emma, la doncella, se había sentado en un rincón y se la veía algo atemorizada.
Nina Fennel estaba sola, con las manos en el regazo, ajena a todos los demás, a quienes casi ni miraba. Solo sus ojos, que con trágica intensidad miraban al otro lado de la calle, donde estaba la cárcel, daban una pista de lo que pasaba por su cabeza. Al fondo de la sala, Tommy Spencer miraba a la muchacha con una mezcla de aprensión y nostalgia.
De las diez personas allí presentes, solo Spike parecía no estar afectado por la atmósfera de inquietud.
—Han sido todos muy amables por venir —quiso tranquilizarlos, con idea de que se sintieran más cómodos, pero no logró su objetivo—. Solo espero no haberles causado muchas molestias. —Como nadie se atrevió a protestar, continuó—: El hecho es que hemos descubierto quién mató a Cecily Thane, y, como creo que están todos interesados, o debería decir implicados, he pensado que les gustaría saberlo.
Con el rabillo del ojo miró al fiscal y al inspector, sentados a un lado del grupo, y, al ver que tenían los ojos muy abiertos, sonrió.
—Mi hermano y el inspector Herschman no quedaron satisfechos con la confesión de Mortimer Fennel. Desde el principio, estaban convencidos de que el señor Fennel cargó con la culpa por un motivo que, pese a ser muy noble, no dejaba de ser algo confuso. De todas maneras, como es lógico, un padre es capaz de hacer cualquier cosa por su hija.
Spike hizo una pausa. Nina Fennel apartó de repente la vista del edificio de la cárcel. Era difícil decir si la mirada que le lanzó al joven fue solo interrogativa o de puro terror. Luego se llevó la mano a la boca como para reprimir las palabras… o un grito. Spike se limitó a sonreír con benevolencia a la muchacha, como haría un maestro ante una clase de niños, y continuó.
—Que George Griffis estuviera en posesión de al menos una de las joyas robadas de la caja fuerte parecía una prueba muy evidente que desmentía la confesión del señor Fennel.
Hizo otra pausa y todos fijaron la mirada en Griffis. Estaba sentado, tenso, sin moverse, y su mirada nerviosa volaba de la punta de los zapatos al rincón más alejado de la sala, pero sin cruzarse con la de los demás.
—El caso, como verán —siguió Spike—, tiene muchos aspectos desconcertantes, y quizá uno de los más significativos nos lo ofreció el señor Spencer. Señoras y señores… —y aquí inclinó la cabeza hacia Nina y Emma—, en esta enigmática situación, les presento como prueba A el rostro franco y sencillo de Tommy.
En aquel momento, no obstante, el rostro de Tommy no se correspondía para nada con la descripción de Spike. Como Griffis, también su mirada recorría la sala de un lado a otro mientras con las manos jugueteaba nervioso con la cadena del reloj que llevaba en el bolsillo del chaleco.
—Admito que mi interpretación no está siendo muy convincente — observó Spike—. Pese a todo, presento el rostro de este joven como prueba, prueba de las increíbles dificultades con las que personas como él pueden toparse en un trabajo como el suyo, con el cual, sin embargo, se ganan la vida.
»Señoras y señores…, permítanme presentarles al chivo expiatorio. Tommy ha tenido la desdicha de elegir una profesión cuya clientela tiene una alta tasa de mortalidad. Todos ustedes recordarán el caso Schlockenhass. Como estoy seguro de que sabrán, Tommy fue la persona que vio por última vez a Greta Schlockenhass viva, y, por lo que sabemos, también fue la última que vio a Cecily Thane antes del crimen. Es una coincidencia muy pero que muy llamativa, ¿no creen?
Spike miró alrededor con expresión interrogante.
Y de repente, por primera vez aquella tarde, su actitud cambió a ojos vistas: ahora ya no era el animador de la reunión. Su rostro se ensombreció, y la voz perdió esa nota de ligereza que tenía hasta un minuto antes. Estaba de pie, firme y con los brazos cruzados.
—La persona que mató con alevosía a Cecily Thane contaba con que la culpa recaería en Tommy Spencer. A sabiendas de la previa relación de Tommy con el otro caso y de la mala reputación que tenía el joven entre las fuerzas del orden, el asesino tramó un plan para que le echaran la culpa a Spencer, y, por cómo se ejecutó, dicho plan tenía la precisión de un reloj.
»El pasado lunes por la noche, en menos de cinco minutos desde que Tommy Spencer salió de casa de los Thane, el culpable disparó a Cecily Thane en el corazón cuando estaba echada en la chaise longue, arrastró el cuerpo por la habitación, lo colocó delante de la caja fuerte, cogió la bala que perforó el respaldo de la chaise longue y la clavó en la pared del dormitorio para que diera la impresión de que a la señora Thane le habían disparado estando de pie delante de la caja fuerte. Para completar la puesta en escena de un robo, desvalijó la caja fuerte.
Spike se detuvo un momento y en la sala se hizo un silencio sepulcral. Nadie osaba moverse.
—El asesino sabía que las sospechas caerían de inmediato sobre Tommy Spencer y que, en cuanto este último se enterara del homicidio, se sentiría en peligro y decidiría poner tierra de por medio.
»Por eso mismo, era necesario que Tommy se enterase de la noticia lo antes posible. Y, por eso mismo, el culpable hizo aquello que más le podía garantizar la consecución de su objetivo: llamó al Evening Graphic de Nueva York para referir lo ocurrido. Luego, para asegurarse de que Tommy tuviera tiempo de sobra para escapar, el asesino arrancó de la agenda de Cecily la página de la «S», que contenía su número, razón por la cual la policía tardó cinco o seis horas en localizar el apartamento de Tommy.
Spike hizo otra pausa y, con la mirada, pasó lista a los presentes. Nina Fennel estaba quieta, con las manos en sus temblorosos labios; George Griffis se mordía los nudillos, y Elton Thane se secaba nervioso la boca con un pañuelo.
Todos miraban a Spike hipnotizados por su relato de semejante plan criminal. Entonces, despacio, una de las nueve personas abrió los ojos de par en par y dijo con voz rota:
—Tiene… razón. La maté yo. Fui yo… exactamente como ha dicho.
Yo…
Y, con un gemido ronco, Elton Thane se derrumbó hacia delante, golpeándose el rostro contra el suelo. Su cuerpo se estremeció y dejó de moverse.
En un primer instante, nadie se atrevió a moverse. Todos se quedaron petrificados por la imagen que tenían ante los ojos. El doctor Partridge fue el primero en recuperarse. Dio un paso adelante y le dio la vuelta al hombre que estaba en el suelo. Le tomó el pulso de inmediato y se quedó a la escucha. Al poco, soltó la mano.
—Está muerto.
El espantoso silencio de la sala se rompió con el llanto histérico de Nina Fennel.
—¡Tommy, no ha sido mi padre! ¡Tommy!
20
Doce horas más tarde, Spike se despertó de un descanso profundo y sin sueños. Se estiró perezosamente y se quedó tumbado disfrutando esa relajada soñolencia. Alargó una mano hacia la mesilla y, palpando, buscó la pitillera de piel; después de encender un cigarrillo, se quedó echado en los almohadones con aspecto satisfecho.
—Su hermano y otra persona quieren hablar con usted, señor —dijo Meeks, el asistente, desde la puerta que daba al salón—. Han pasado ya dos veces esta mañana, y ambas les he dicho que usted no quería que le molestaran.
Spike sonrió.
—La montaña viene a Mahoma. Las mentes unidas de la policía y de la justicia del condado de Nueva York esperan pacientes a mi puerta.
—Sí, señor.
—Vale, hazlos pasar.
Cuando R. Montgomery Tracy y el inspector Herschman entraron en la habitación, en su actitud hacia el hombre que aún estaba tumbado en la cama había un atisbo de sumisión y respeto. El fiscal esbozó una sonrisilla, mientras que el inspector manoseaba el sombrero. Parecía que el único de los tres que se encontraba a gusto era Spike.
—Meeks, trae bebidas para los señores y para mí, y tómate algo tú también, Meeks. Esta mañana me siento particularmente contento.
Tracy y Herschman se sentaron.
—¿Y bien? —preguntó el fiscal, pero esta vez sin esa irritación que por lo general había en su voz cuando se dirigía a su hermano. Parecía más bien una sugerencia educada de que, si no era mucha molestia, podía dar las explicaciones necesarias.
—Sí —se unió Herschman—, cuéntenoslo todo.
—Antes que nada, inspector —observó Spike—, dígame si tenía yo razón o no.
—Pues claro que la tenía, por supuesto. Todo encaja a la perfección.
—¿Y Thane?
—Pastillas de estricnina. Le encontramos una cajita en el bolsillo. Partridge dice que tuvo que tomarse al menos tres para que el veneno actuase tan rápido.
—¿Y las joyas han aparecido?
—Sí, estaban en la habitación de Thane, escondidas dentro de unos libros viejos a los que les arrancó las páginas.
—Estaba seguro de que un hombre tan avaro no habría tenido el valor de arrojar al río ciento cincuenta mil dólares. Seguro que contaba con partir las piedras más grandes y más importantes para hacer joyas más pequeñas. ¿Y la pistola?
—Ha desaparecido.
—Todas las pistolas han desaparecido, la de Tommy, la de Nina Fennel y la de Elton Thane, y ¿sabe una cosa? Si alguna vez fuera sospechoso de haber cometido un crimen, no cometería el error de azuzar a los detectives deshaciéndome de la mía. Ah, por cierto, ¿cómo está la señorita Fennel?
—Bien, ella está bien. Ha pasado la mayor parte del tiempo en el hospital, con su padre. Ahora lo han trasladado a uno privado y también se está recuperando. Pero óigame, joven…, ejem…, señor Tracy…
—Inspector, ahórrese los formalismos. Después de todo lo que hemos vivido juntos, llámeme Spike y punto.
—En fin, nos gustaría saberlo todo. Ha llevado a cabo un trabajo magnífico, y… —Herschman se quedó sin palabras. Era un papel nuevo para él, y su voz sonaba insegura—. Es decir, esta se la debo, y, si alguna vez en el pasado le dije algo que…, en fin…
—Por supuesto —dijo Spike con gran magnanimidad—. Lo
comprendo perfectamente, inspector. ¿Cómo iba usted a saber que Richard tiene una idea de mí del todo equivocada? Es un error comprensible que explica sus amables cualidades humanas.
El inspector estaba algo confuso; aun así, parecía aliviado. No estaba acostumbrado a que lo definieran como «amable», pero se alegró de no tener que excusarse.
Meeks entró con tres vasos helados. Spike levantó el suyo hacia los dos invitados.
—¡Por mayores y más importantes crímenes!
Él y el inspector dieron un buen sorbo, pero el fiscal se limitó a probar su bebida. Parecía que los brindis no eran muy de su agrado.
—En fin, Philip —dijo—, tenemos mucha curiosidad por saber cómo llegaste a la conclusión de que había sido Elton Thane quien mató a su mujer. Antes de nada, quiero unirme al inspector Herschman en un sincero…, ejem…, arrepentimiento por haber dudado a veces de tus capacidades. Tengo que admitir que has hecho una enorme contribución a la resolución del caso.
De un bolsillo interior sacó un recorte de periódico con la fecha de la mañana impresa. Era del mismo diario que, menos de quince días antes, había definido como «fracasadas» las investigaciones del fiscal. El editorial decía:
Está claro que el fiscal Tracy y sus colaboradores del departamento de policía por fin han hecho borrón y cuenta nueva. La forma en que han actuado en el crimen Thane servirá para devolver a los ciudadanos de Nueva York la más completa confianza en su Administración. Pese a haberse enfrentado a un caso de asesinato complicado y con detalles desconcertantes, obstaculizado por más de una confesión falsa, han conseguido, no obstante, llevar al culpable ante la justicia y salvar a un inocente de la silla eléctrica, y por eso se merecen todo nuestro agradecimiento.
Spike le devolvió el recorte a su hermano y sonrió.
—Quiero decir, además —continuó el fiscal—, que te estoy muy agradecido por… por tu modestia, y que me siento incómodo al recibir felicitaciones que en realidad… En fin…
—Vamos, vamos —lo interrumpió Spike—. De todas formas, el crédito de la prensa por haber hecho yo alguna sugerencia útil para descubrir al asesino de Cecily Thane me iba a servir muy poco en mi futura carrera de juerga y desenfreno. Úsenlo ustedes mejor, sin ningún problema. —Y agitó la mano en el aire como queriendo zanjar el asunto.
—Entonces, continúe —lo apremió Herschman con impaciente curiosidad—. ¿Qué lo llevó a saber que Thane era el asesino?
—Bien, inspector, si leyera usted más novelas policiacas, sabría que el asesino siempre es la persona que está protegida por una coartada de hierro, la que a primera vista no habría podido estar presente cuando se cometió el crimen, y, en nuestro caso, ese es Thane.
»Tommy, Nina y su padre, así como George Griffis habrían podido estar allí a esa hora. Tommy, con bastante facilidad. Nina y su padre, lo mismo. Recuerden que Emma no vio a ninguno de estos dos últimos salir. Ambos dicen que se marcharon a las nueve y media, pero ¿de verdad fue así? Uno u otro pudo esconderse sin dificultad y esperar hasta que llegara Cecily Thane y Tommy se marchara.
—Caray, no se me habría ocurrido que la chica y su padre pudieran trabajar juntos —dijo Herschman—. Pensaba que era algo entre ella y Spencer.
—Yo también lo pensé. Es probable que Nina Fennel planease meses antes usar a Tommy para liberar a su padre de la presión de la señora Thane. Cómo lo habría hecho es algo que, según creo, ni ella sabía. No pienso, de todas formas, que se le pasara nunca por la cabeza la idea de asesinarla. No obstante, aquel lunes, cuando Cecily Thane puso en práctica sus amenazas y mandó una carta a la señora Fennel, los dos sintieron pánico; sobre todo, el padre.
»Como contó en su “confesión”, estaba enganchado, como los pámpanos de la vid, a esa hija con carácter de amazona. Fueron juntos a casa de los Thane para hablar con Cecily. Luego ambos perdieron la cabeza y empezaron a actuar por libre sin un fin concreto.
»Nina Fennel va a casa de Spencer y le escribe una nota que más tarde la incrimina. ¿Pensaba que la policía no relacionaría ese “algo terrible” que mencionaba con el homicidio? De hecho, así lo interpretó Tommy Spencer. Él siempre ha creído que había sido ella quien la mató, y ha tratado de esconder su nombre cada vez que aparecía en las investigaciones. A lo que Nina se refería, en cambio, era a la carta que le llegó a su madre.
—Pero, si era inocente y lo sabía, ¿por qué diantres tiró la pistola el día siguiente? —preguntó Herschman.
—Claro que se sabía inocente, pero también sabía que la noche anterior el padre no había vuelto antes de la una, y lo más probable es que sacara la conclusión de que en un ataque de rabia él la mató.
—Y ¿por qué el padre no le dijo de inmediato que no había sido él?
—Pues porque el padre pensaba lo mismo de la hija, y, cuando dos personas empiezan a sospechar la una de la otra de un homicidio, suelen cometer muchas estupideces.
»La señorita Fennel tiró la pistola porque temía que la policía la encontrara y sospechara del padre, y él confesó, en un tardío ataque de nobleza de espíritu, porque creía que la culpable era la hija. Cada uno trataba de proteger al otro.
—Y George Griffis ¿cómo consiguió hacerse con una de las joyas robadas?
—Es probable que la cogiera cuando visitó a su hermana por la tarde.
—Entonces, ¿por qué Thane incluyó la joya en la lista de piezas robadas que nos entregó? —preguntó Tracy.
—Si lo piensas, verás que cuando entregó la lista no había tenido tiempo de hacer un inventario de lo que escondió. Seguro que metió a toda prisa las joyas dentro de los libros justo después de matar a su mujer. Acto seguido, se dirigió a casa del doctor Partridge; y tampoco pudo hacer un repaso de las joyas que había en ese momento en la casa cuando, al volver, «descubrió» el cadáver. Partridge llegó a los cinco minutos y no se separó de él hasta que no acudimos nosotros, a la mañana siguiente.
»En todo ese tiempo no tuvo oportunidad de hacer un inventario. Hasta que no entregó la lista con la descripción de las joyas y se quedó por fin solo no pudo hacer la revisión y darse cuenta del error que había cometido, ya que, como el collar era una de las piezas principales, debió de pensar que estaría por fuerza entre las que sacó de la caja fuerte.
»Griffis, por su parte, temía que lo acusaran de hurto mayor, así que lo que creo que sucedió fue que, cuando descubrió que no recibiría ni un dólar de su hermana, esperó a que ella le diera la espalda para arramblar con la primera joya que tuviera a mano. Por cierto, ¿ha aparecido el cheque falsificado?
—Sí —respondió Herschman—, hemos encontrado el banco donde la víctima tenía una caja de seguridad con otro nombre, y lo único que contenía era el maldito cheque.
—Posiblemente fuera la inversión más rentable de la señora Thane — observó Spike.
—Pero sigue usted sin explicarnos —insistió el inspector— cómo fue posible que Thane estuviera en dos sitios distintos al mismo tiempo. La doncella asegura que era medianoche cuando Spencer se marchó, y Partridge asevera que faltaban diez minutos para las doce cuando Thane llegó a su casa, donde estuvo hasta las cuatro. Es decir, ¿cómo lo hizo para estar en su casa a medianoche y dispararle a su mujer?
—Si me presta un lápiz y un papel, le hago un esquema.
El esquema no era una planta de las casas de los Thane y de Partridge, sino una simple tabla llena de números, con notas al margen. Cuando acabó, se la entregó a los dos hombres.
—Creo que sospeché de Thane desde el principio, pero era una de esas sensaciones injustificadas que todas las pruebas parecían contradecir. ¿Cómo podía estar en su casa a medianoche y disparar a su mujer si a esa hora estaba en otra parte?
»Fue uno de esos detalles insignificantes, al que no dimos importancia en su momento, lo que continuaba sin convencerme, y cada vez me convencía menos, aunque pareciera imposible. Si recuerdan, las fotos de las huellas dactilares demostraron que alguien limpió el pomo de la caja fuerte.
»Thane fue categórico cuando dijo que solo su mujer y él conocían la combinación; sin embargo, si fue ella la que abrió la caja, ¿por qué el asesino se tomó la molestia de limpiar sus huellas? Sobre todo, teniendo en cuenta que la escena del crimen se preparó para dar la impresión de que fue ella la que la abrió, y que un segundo después le dispararon.
»La única otra persona que conocía la combinación era Thane. Si la abrió él, era obvio que no quería dejar sus huellas; por tanto, lo lógico era limpiarlas. ¿Estoy en lo cierto?
Herschman asintió con la cabeza.
—Sí, tiene sentido.
—Después de hablar con Audrey Keating, la extraña sensación que yo tenía se intensificó. Existía un móvil más que válido: Thane quería casarse con otra mujer, pero su esposa se negaba a concederle el divorcio, y, cuando trató de obligarla, y solo Dios sabe cuántas pruebas tenía él de la historia de su mujer con Fennel, fue cuando ella sacó a colación lo del cheque falsificado y lo amenazó con denunciarlo. Por consiguiente, la única solución posible era eliminarla.
»Aun así, yo no tenía todavía ninguna prueba concluyente, sino solo sospechas, una hipótesis y un indicio de poca monta, hasta que… —Spike hizo una pausa y le dedicó una mirada de reproche a su hermano—. Si recuerdas bien, Richard —continuó—, tú mismo invalidaste mi primer intento de ayudar en este caso cuando dijiste que era “ridículo”: la primera mañana, cuando estábamos a punto de subir la escalera de entrada de la casa de los Thane, te propuse pararnos a hablar con los trabajadores de las obras que estaban haciendo delante, pero tú me ignoraste y me invitaste a dejar a un lado tales frivolidades.
»Sin embargo, fue precisamente uno de los trabajadores el que me puso sobre la pista adecuada. ¿Recuerdas que Emma declaró que no oyó ningún disparo después de que saliera de la casa Tommy Spencer? También añadió que, con todo el estruendo de la calle, no se habría podido oír nada.
»Mi charla con el hombre que estaba trabajando justo allí me reveló que, en la memorable noche del lunes, el estruendo cesó a medianoche en punto, en cuanto sonó el timbre del cambio de turno.
»Por eso mismo, era razonable creer que, si el disparo se produjo después de medianoche, cuando afuera no había ruido que pudiera taparlo, Emma lo habría oído.
Spike hizo otra pausa y miró interrogante a sus dos interlocutores.
—Sí, claro —dijo Herschman—. Aunque hubieran disparado con la puerta del salón cerrada, el sonido del tiro en el primer piso se habría oído con claridad en el semisótano.
—Exacto —continuó Spike—, y de ahí deduje que el tiro debió de producirse antes de medianoche.
—¿Cuando Spencer estaba aún en la casa?
—No, después de que se fuera.
—Pero ¿no se marchó antes de medianoche? ¿No te acuerdas de lo precisa que fue la doncella con esa cuestión? Aseguró que el reloj del semisótano marcaba casi las doce en punto cuando ella lo acompañó a la salida.
—Y así es, pero según su reloj. Sin embargo, la verdad es que faltaban aún diez minutos para las doce.
—No le sigo.
—Es bastante simple, si observa la tabla. ¡Pero espere! Dejen que antes les explique lo que hice después de hablar con el capataz de la obra. Fue él quien me dio la idea de que quizá la hora, en este caso, jugaba un papel más importante de lo que sospechábamos.
»No sé si se han dado cuenta de que casi todos los que esa noche estuvieron en contacto con Elton Thane, por una razón u otra, recordaban la hora exacta. Por ejemplo, el dependiente del estanco de la esquina de la Columbus con la Setenta y Seis. En ese caso era fácil, puesto que era su última media hora de trabajo, y no hacía más que mirar el reloj.
»Además, para asegurarse de que el dependiente lo recordara, Thane compró cinco cajas de cigarros caros, cinco cajas. De hecho, habría comprado seis si hubieran tenido. Teniendo en cuenta que tanto Tommy Spencer como el doctor Partridge dijeron que Thane era algo tacaño con el dinero, una caja habría sido más que suficiente como regalo, pero, comprando cinco, era más fácil que el dependiente lo recordara.
»No solo eso: puesto que Thane llegaba tarde a su cita con Partridge, el buen doctor, como es lógico, sacó su reloj para comprobar la hora y reñirle, y así pudo atestiguar que faltaban en concreto diez minutos para la medianoche cuando Thane llegó.
—Y todo esto ¿a dónde nos lleva? —protestó Herschman.
—Estaríamos aún con la miel en los labios si no me hubiera rebajado a cometer un pequeño hurto. —Spike hizo una pausa y sonrió.
—¿Qué quiere decir?
—En fin, se lo desvelo si promete que nada de lo que cuente será utilizado en mi contra.
—Claro, siga.
—Bien, volvamos a mi charla con los trabajadores. Una vez terminada, me acerqué a casa de Thane y crucé un par de palabras con Emma. Temía que sospechara lo que se me había ocurrido, así que le hice varias preguntas para despistar: le pregunté por la discusión de Thane con el mayordomo y si conocía a Nina Fennel, lo justo para darle la impresión de que seguía la pista de la joven. Sin embargo, mi verdadero objetivo era el de revisar con atención la casa en busca de una sola cosa: relojes.
—Ajá, relojes, y ¿para qué? —Herschman estaba sentado en el borde de la silla, tenso de la emoción.
—«¿Para qué?». Le diré que, al cabo de la revisión, solo encontré un único reloj en toda la casa: el despertador que el servicio tiene en su sala de estar y que llevan al último piso cuando se acuestan. En toda la casa no había ningún otro reloj.
»En casa del doctor Partridge hice la misma operación y allí, en cambio, encontré unos cuantos, uno en la cocina del semisótano y otro en la habitación de la gobernanta, en el segundo piso, pero ninguno en las habitaciones donde vive él, que son las de la planta baja y el primer piso.
»Quiero subrayar el hecho de que tuve mucha suerte, porque el doctor estaba en mangas de camisa cuando llegué. Tenía la chaqueta y el chaleco en una silla del salón, igual que la noche del asesinato. De esta manera, hice acopio de todo mi talento teatral, fingí encontrarme mal y le pedí algo de beber. Él bajó al semisótano a por el brandi, la misma frasca que sacó la noche en que jugó al ajedrez con Thane, y, cuando se ausentó, le sustraje el reloj. —Spike se detuvo y sonrió de nuevo—. Recuerden que han prometido no delatarme.
—Sí, pero ¿con qué objetivo hizo usted todo eso? —Herschman aún seguía confundido.
—Con el objetivo de comprobar una idea desatinada que se me había ocurrido. Admito que me comporté de forma un poco melodramática, pero era la mejor oportunidad de averiguar si tenía razón. Entonces, fui a comisaría y les pedí a ustedes que convocaran a todos. Mientras se cumplía con mi petición, fui al negocio de Elton Thane, en la calle Ochenta y Seis, y esperé allí un rato hasta que me aseguré de que, al llamarlo vosotros, había salido de camino a la comisaría.
»Entonces entré. Saqué el reloj de Partridge como si fuera mío y me quejé porque no marcaba la hora exacta. Tal y como sospechaba, la empresa de Thane, como cualquier joyería que se precie, tiene un registro de todos los relojes que pasan por allí para ajustarlos o repararlos, así que les pedí que buscaran el registro del “mío” y encontré la confirmación de mis sospechas.
Spike volvió a hacer una pausa, como si quisiera mantener la intriga de los dos oyentes.
—¿Y? —Herschman no podía contener su curiosidad—. Siga. ¿Qué dijeron en la joyería?
—Dijeron que el 15 de mayo, el día del asesinato, el propio Elton Thane recogió el reloj para llevárselo en persona al doctor Partridge.
—Y, de vuelta a casa, Thane lo atrasó —intervino Herschman.
—Exacto.
—Mmm, diantres, ¿a quién se le podía ocurrir una cosa así?
—Imagino que Elton Thane tenía estudiados los detalles desde hacía tiempo —continuó Spike—. El 15 de mayo fue la culminación de tantos meses haciendo planes, y luego, de repente, llega un golpe de suerte inesperado. El doctor Partridge le lleva el reloj para repararlo, y para Thane es bastante fácil retenerlo hasta una noche en la que sabe que su mujer saldrá con Spencer. En adelante, la suerte jugó siempre a su favor, dándole ventajas que ni él mismo esperaba. Por ejemplo, esa noche Spencer le dijo que tendría que marcharse pronto.
»A partir de ahí, las cosas fueron fáciles. Si recuerdan, Emma dijo que sobre las ocho Thane la mandó a echar al correo una carta. Mientras la doncella estaba fuera, él adelantó el reloj de la casa diez minutos, y el reloj de Partridge ya lo había atrasado sus diez minutos también. Por tanto, con todo ello ganaba veinte minutos de margen. El resto está claro, miren la tabla.
Los tres se acercaron al folio que Spike había garabateado a toda prisa y él siguió explicando.
Reloj de Emma / Tiempo real / Reloj de Partridge
11:40 / 11:30 / 11:20 — Thane sale del club
11:45 / 11:35 / 11:25 — Thane compra los cigarros
12:00 / 11:50 / 11:40 — Spencer sale de casa de Thane
12:05 / 11:55 / 11:45 — Asesinan a Cecily
12:10 / 12:00 / 11:50 — Thane se reúne con Partridge
—Cuando Spencer salió de casa, seguro que Thane lo estaba vigilando desde no muy lejos. Una vez lo vio alejarse, subió al salón de su mujer y le disparó mientras la maquinaria de las obras del metro aún hacía un ruido infernal. Acto seguido, fue a casa de Partridge, adonde llegó, según el reloj del doctor, a las doce menos diez, aunque en realidad ya era medianoche. No está mal, ¿eh?
Spike soltó el lápiz y se recostó en las almohadas. El fiscal y el inspector se quedaron callados, pero con un silencio lleno de admiración.
—Tengo que admitirlo —dijo por fin Herschman—. Este chaval es inteligente de verdad.
—No sea ambiguo, inspector. ¿A quién se refiere? ¿A Elton Thane o a mí?
—A usted, por supuesto.
—Pero vale también para Thane. Tenía estudiados hasta los más mínimos detalles. Piense en el corte de la línea de teléfono.
—Eso: ¿por qué diablos lo hizo? La mujer no podía llamar a nadie cuando ya había muerto.
—Claro que no. Era solo una forma de ganar tiempo. Estaba claro que, para que su coartada funcionase, los relojes que había manipulado tenían que volver a su hora exacta.
El inspector asintió con la cabeza.
—Exacto. Entonces, Thane confió en la suerte ciega y en la cálida temperatura de la noche con la esperanza de que Partridge se quitara el chaleco donde llevaba el reloj, y la fortuna lo premió. Como sabía dónde guardaba el doctor el brandi, le pidió algo de beber, y Partridge bajó a por ello, y, cuando el doctor no estaba, él puso en hora el reloj.
»A continuación, su problema era el reloj de Emma. Así, cuando volvió a su casa, la despertó y le dijo que llamara al doctor, pero, como el teléfono no funcionaba, lo normal era que la mandara a buscarlo. Entonces tuvo tiempo de hacer dos cosas muy importantes: subir a la habitación de Emma y cambiar de hora el reloj, y llamar al Graphic desde el teléfono de abajo.
—Ajá, y ¿cómo es que en el periódico no sospecharon nada? Un soplo como ese, sin ninguna explicación, debería haberlos obligado a hacerse alguna pregunta.
—Sí, pero en eso Thane tuvo otro golpe de suerte. Aunque no creo que conociera en persona a Charles Mathews, por suerte para Thane, el señor Mathews no es de los que rechazan aceptar dinero que, al menos en el sentido estricto del término, no se hayan ganado. Sabiendo que el periódico ofrecía cien dólares de extra al reportero que entregara un titular, Charlie se guardó bien de informar a la mano que firma los cheques de que él no tenía nada que ver con la llamada que permitió al Graphic barrer todas las demás portadas el martes por la mañana.
»Como ven, hasta ahí todos los interesados favorecieron de algún modo los planes del señor Thane, pero lo que este no previó fue la visita de Mortimer Fennel. Si recuerdan, el martes por la mañana Thane no consiguió cruzar unas palabras con Emma hasta después de hablar con nosotros, y, cuando se enteró de que Fennel había estado en la casa, lo más probable es que le metiera el miedo en el cuerpo y le dijera que no soltara tanto la lengua con la policía. Como es lógico, no le interesaba que Fennel se viera implicado en esta investigación. La gente podría pensar que había matado a su mujer porque le había sido infiel, y él, por supuesto, no tenía ni la menor idea de que nosotros sabíamos de la existencia de Audrey Keating. Ella…
De pronto, sin motivo aparente, Spike se quedó pensativo y miró suplicante a su hermano.
—Richard, muchacho mío —se aventuró—, imagino que no podrás prestarme algo de dinero ¿no?
Tracy se puso tenso. La admiración desapareció de repente de su rostro.
—¿Cuánto quieres? Y ¿para qué?
—Necesito una bonita cantidad y, si te dijera para qué, todavía te pondrías más reticente de lo que ya estás.
—Para una mujer, como siempre.
—Eres todo un lector de mentes, Richard, en serio.
—Deja que te recuerde, Philip, que, como ya te he dicho otras veces, no pienso prestarme a…
—Antes de seguir, amigo mío, ¿te importaría dejarme releer el editorial del periódico de hoy, quizá en voz alta?
Los dos hermanos se quedaron escrutándose un instante. Luego, despacio, el mayor bajó la mirada.
—¿Qué te parecen cinco mil? —preguntó Spike mientras Tracy sacaba el talonario—. Mil gracias —dijo recogiendo el cheque con la tinta aún fresca.
De golpe, Herschman estalló en una sonora carcajada.
—¡Pásalo bien, muchacho! Pero, la próxima vez, diga a la polluela que, si se ve de nuevo implicada en un caso de homicidio, se quede el arma consigo.
Spike miró interrogante al inspector.
—Estamos hablando de Nina Fennel, ¿o me equivoco? —siguió Herschman—. Me di cuenta de que esa muchacha lo hechizó desde el primer día.
—¡Santo cielo, no! Inspector, ¿sabe una cosa? He llegado a la conclusión de que no existe una morenita de ojos azules perfecta. O tienen marido, o están dotadas de un carácter noble y fuerte, lo que es todavía peor.
»Y, si soy sincero, me equivoqué sobre Nina Fennel, al menos, en parte.
—¿En qué sentido?
—Creo que estaba en lo cierto cuando pensé que se acercó a Tommy solo para utilizarlo. Sin embargo, cuando lo conoció mejor… —Spike hizo un gesto que resumía la sencillez de lo ocurrido—. Es una mujer de carácter fuerte que necesita tener a su lado a alguien que se apoye en ella y dependa de ella. En resumidas cuentas, es la clásica persona que puede enamorarse de un tipo débil pero fascinante como Tommy. Él la acompañó a casa después de esa suerte de melodrama que montamos ayer en comisaría, y, por la carta embelesada que he recibido de él esta mañana, tengo la sensación de que Nina lo ha convencido para empezar un tipo de vida más elevada y noble. Es más, dice que va a abandonar para siempre su vieja y precaria profesión de gigolo. —Spike hizo una pausa, apartó las sábanas y se levantó—. ¡No, no, inspector! Siento echar abajo su ensueño de una historia de amor, pero, de ahora en adelante, he decidido dedicarme a las rubias…, ¡las rubias del Medio Oeste que intentan hablar como en los salones de la aristocracia!
HARRIETTE ASHBROOK
(Manhattan, Kansas, 1898 - Mitchell,
Nebraska, 1946) empezó a trabajar para el Lincoln Journal, y más tarde se incorporó a Harper’s como publicista, oficio que compatibilizaría con el de escritora. Además de la serie de Spike Tracy, firmó otras novelas bajo el seudónimo de Susannah Shane.
Notas
[1] Ernest William Hornung fue un escritor británico de novelas policiacas y de aventuras. Es conocido por el audaz personaje A. J. Raffles, el caballero ladrón. Hornung estaba casado con una hermana de Arthur
Conan Doyle. (N. de la T.). <<
FIN

