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Libro N° 15453.Glamour De Osario. Samuels, Mark .

Guillermo Molina Miranda agosto 10, 2026


© Libro N° 15453.Glamour De Osario.  Samuels, Mark . Emancipación. Agosto 15 de 2026

 

Título Original: © Glamour De Osario.  Samuels, Mark


Versión Original: © Glamour De Osario. Mark Samuels


Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

https://ww3.lectulandia.com/book/glamour-de-osario/


 

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: 

Guillermo Molina Miranda




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GLAMOUR DE OSARIO

Mark Samuels  

Glamour de osario

Mark Samuels


Mark Samuels (Londres 1967-2023), considerado por Ramsey Campbell como «el Thomas Ligotti inglés», es uno de los más destacados y originales narradores de literatura fantástica y de horror contemporáneos. Vinculado a la corriente de la «weird fiction», Samuels ha logrado reunir una obra consolidada —siete colecciones de relatos y dos novelas— a pesar de su prematuro fallecimiento a los 56 años.

De los nueve relatos reunidos en Glamour de osario, los siete primeros comparten el mismo escenario geográfico imaginario, el valle del Thool y el pueblo de Gallows Langley, al norte de Londres, una suerte de epicentro telúrico y espiritual de actividad paranormal, mágica y sobrenatural, con una larga historia de tradiciones paganas, ritos druídicos y sacrificios humanos que se remontan a tiempos prerromanos, y con un repertorio legendario de maldiciones, apariciones, crímenes, suicidios y sucesos extraordinarios. La mayor parte de estas historias giran en torno a un tema omnipresente, la posibilidad de que el relato fantástico sea en sí mismo una forma de magia, una invocación capaz de alterar la realidad, no solo mental, de sus lectores. El oscuro e impenetrable bosque de Penceddo, el pub El Hombre Verde o el manicomio local abandonado de infausto recuerdo serán sus escenarios; y los siniestros ocultistas que forman parte del Culto de Lilith, el viejo escritor de terror Rupert Alderman, el infame doctor Charles Winterburn o el sacerdote experto en ocultismo Alphonse Winters, algunos de sus protagonistas.

Los dos últimos relatos, “Si aún manda el destino”, que plantea la carencia de libre albedrío en una nueva era de máquinas pensantes, y “El fin de la muerte”, que nos sitúa en el fin de los tiempos, cuando los vivos se comporten como muertos en vida, los muertos resuciten y hasta la muerte pueda morir, completan este volumen.


Mark Samuels

Glamour de osario

Cuentos extraños y macabros

Valdemar: Gótica 134

ePub r1.0

Titivillus 04.08.2026



Título original: Charnel Glamour

Mark Samuels, 

Introducción: Jesús Palacios

Traducción: Lorenzo Díaz

Ilustración de cubierta: Chris Mars: Hanford # , 

Corrección de pruebas: Ana García de Polavieja Embid

Editor digital: Titivillus

Digitalización y OCR para Epublibre ePub base r . (ePub )

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ÍNDICE DE CONTENIDO

EL VALLE INQUIETANTE (JESÚS PALACIOS)

PRIMERA PARTE - LA SERIE DE CUENTOS DE GALLOWS LANGLEY

POSTERIDAD

UNA INFESTACIÓN ELEMENTAL

UN UNIVERSO CON GLAMOUR DE OSARIO

LA ABOMINACIÓN INTERMINABLE

VINO DE MORAS DE DUXFORD

LA OMINOSA RECUPERACIÓN DE CIERTAS COSTUMBRES DE ANTAÑO CARTA DE JACK

SEGUNDA PARTE - OTROS CUENTOS

SI AÚN MANDA EL DESTINO

EL FIN DE LA MUERTE

COLECCIÓN VALDEMAR / GÓTICA

NOTAS



El valle inquietante

Los últimos cuentos de Mark Samuels

I

Premoniciones nales

Como si intuyera su prematuro fallecimiento, la noche del al de diciembre de , los dos últimos relatos incluidos en esta antología que el lector tiene en sus manos, publicada originalmente de forma póstuma, poseen un carácter eminentemente apocalíptico, que los distingue del resto del libro. En ellos, el británico Mark Samuels, además de mostrar una vez más su habilidad como narrador de cción extraña y fantástica, introduce también ciertos elementos cabría decir místicos, losó cos e incluso teológicos y escatológicos.

El primero, “Si aún manda el destino”, juega con la ciencia cción, el horror cósmico y la conspiranoia para, en una línea que combina las sensibilidades pesimistas de Lovecra , Ka a, William Burroughs y Ligotti, plantear la carencia de libre albedrío en una nueva era de máquinas pensantes, cuya esencia literalmente alienígena y cibernética las pone más allá del bien y del mal, extrañas a cualquier moral, a la que son completa y esencialmente indiferentes por su propia naturaleza. Por tanto, ajenas a cualquier antropomor smo o intento de aproximación a una humanidad condenada a evolucionar hacia su misma condición maquinal o desaparecer, lo que en realidad viene a ser lo mismo. Pero el segundo, con el que concluye el libro, “El n de la muerte”, resulta todavía más complejo, inquietante y singular.

Quienes le conocieron y trataron, a rman que Samuels había comentado ocasionalmente — y quizá ya estaba en ello — un cambio en la orientación de sus siguientes trabajos literarios, tal vez, según algunos testimonios, siguiendo una línea más cercana al Lord Dunsany de las «historias del club de Jorkens». Sea como fuere, “El n de la muerte” es otro rotundo homenaje a su amado Arthur Machen, pero a ese Machen de La gloria secreta ( ) que evidenciaba también fuerte inspiración en el cristianismo esotérico, en un catolicismo místico y mistérico, donde el milagro es fuente no solo de maravilla y elevación, sino también de pavor, asombro y temor reverencial.

El relato se abre con una cita del propio Machen, para seguir de inmediato con otra en latín, procedente de la Biblia, Salmo : «… soy como un inválido. Estoy libre, pero camino entre los muertos». Y exactamente de eso nos habla este cuento oscuramente meta sico a la vez que muy sico, que nos sitúa en el n de los tiempos: cuando los vivos se comportan como muertos en vida, los muertos resucitan y hasta la muerte, en esos extraños eones, puede morir. En medio de todo, se abre paso una extraña secta teñida de cristianismo primitivo y casi gnóstico, con ritos olvidados que son, en realidad, una renovación o reminiscencia de la misa católica. Comprendemos entonces que ha llegado el tiempo del arrebato, del rapto. Pero Samuels nos hace sentir no tanto la esperanza en la salvación, no tanto la alegría del éxtasis, como la extrañeza, el sobrecogimiento e incluso el miedo que trae consigo. “El n de la muerte”, que es también el nal de Glamour de osario. Cuentos extraños y macabros, es un singular epita o para el autor y su obra, escrito por su propia mano como si sintiera acercarse ominosamente la sombra del Angel de la Muerte, que le cubrió silenciosamente en medio de la noche en la tranquilidad del sueño, arrebatándonos injustamente a uno de los mejores y más originales narradores de literatura fantástica y de horror contemporáneos.

II

El valle encantado

Probablemente Samuels habría sonreído y quizá incluso leído con expresión irónica un tanto despectiva los párrafos anteriores, puesto que de forma tan valiente como coherente se opuso a menudo a esa tendencia más o menos reciente, más o menos académica, que quiere ver en todo relato y en todo escritor de literatura extraña a un lósofo o, incluso peor, a un moralista, que utiliza los recursos de la cción fantástica para hablarnos de los horrores e injusticias del mundo real en que vivimos o para exponernos de manera apenas disimulada su loso a personal de la existencia. Afortunadamente para nosotros, nada más lejos del excelente hacer literario de Samuels, para quien el relato de terror era, ante todo y sobre todo, relato. Su estructura, su juego con el lector — para sorprenderle, inquietarle y desa arle —, su principal motivo y razón de ser, siguiendo los preceptos de ese genio de la técnica narrativa que fuera Edgar Alian Poe. No quiere esto decir, por supuesto, que el autor no exprese en sus obras sus ideas acerca del mundo, el demonio y la carne, algo inevitable e indeseable si es que no imposible. Pero sí que la narración, el argumento y sus personajes nunca están al servicio de estas ideas, sino al contrario.

«El Arte procede del Misterio. Lo que importa — declaró Samuels en entrevista con Matt Cardin — es el tratamiento del tema, la habilidad en la narración de una historia y el éxito con el que es evocada la atmósfera que rodea al fenómeno». Aunque los cuentos de Samuels no carecen en absoluto de la ironía existencial, el horror cósmico y la crítica implícita hacia aquellos aspectos de la vida y la sociedad modernas que repelen o disgustan al escritor y que podemos encontrar también a menudo en omas Ligotti, no llega al extremo de este último en algunas de sus obras más recientes, donde parece crear directamente sus tramas en función de expresar cada vez con mayor contundencia su visión pesimista y nihilista de la existencia, su convencimiento de la inutilidad de la vida humana. En cierto sentido, Ligotti ha ido evolucionando hacia una loso a que utiliza la cción fantástica como modo de expresión, mientras que el difunto Samuels permaneció siempre el a una literatura de lo extraño de la que se puede desprender — o no — una loso a, pero sin que, en de nitiva, esto importe demasiado en comparación con el disfrute puramente estético y literario que producen sus relatos. De todo ello son exquisita muestra la mayoría de los que forman parte de este volumen.

De los nueve cuentos aquí incluidos, los siete primeros se desarrollan todos en un mismo escenario geográ co imaginario, compartiendo numerosos elementos y personajes comunes entre sí, así como con relatos anteriores de Samuels, en especial con “Las manos blancas”, historia que le diera justa fama, recogida en numerosas antologías y que da título a la primera recopilación publicada por el autor: e White Hands and Other Weird Tales ( ), pero también con otros como “Patient ”, “Regina vs. Zoskia”, “Cesare odol”, “Vrolyck”, etcétera (varios de ellos incluidos en La era del futuro degradado. Valdemar, ), además de con su única novela Witch-Cult

Abbey ( ). Este decorado común es el del cticio valle del ool, junto al no menos cticio pueblo de Gallows Langley, situado, por otra parte, en el auténtico condado de Hertfordshire, que limita al sur con la región del Gran Londres, estando por tanto bien comunicado con la capital londinense. Escenario idílico de la obra maestra de Jane Austen Orgullo y prejuicio ( ), nos acercamos más al espíritu del lugar si pensamos que también dio cobijo a la Casa desolada (Bleak House, ) de la novela del mismo título de Charles Dickens, sin duda, mucho más del gusto de Samuels.

Después de dar cumplida lectura a estos siete relatos interconectados pero independientes al tiempo, quedamos inevitablemente atrapados por el valle del ool, el pueblo de

Gallows Langley y los cercanos Reapers End y Hallam Hardwick, con sus casitas jacobinas de tejados a dos aguas, su oscuro e impenetrable bosque de Penceddo, plagado de ominosas setas con motas blancas y sombrero rojo, bordeado por el casi innavegable río ool. Por sus tradicionales pubs como el Egremont Arms o, por supuesto, El Hombre Verde; su peculiar Institución de Libreros Jubilados, su por fortuna abandonado antiguo manicomio local — cuyo diseño se atribuye al arquitecto Augustus Pugin ( - ), uno de los principales abogados del movimiento neogótico inglés — y otros encantadores y oscuros rincones rurales. Atrapados, aterrados y fascinados. Convencidos de haber disfrutado de unas inolvidables vacaciones infernales, en un marco incomparable de locura, horrores ancestrales, ritos arcanos, crímenes abominables y otras estas populares del lugar. Un lugar imaginado por Samuels con toda suerte de detalles ingeniosos, que remiten constantemente al imaginario del cuento fantástico extraño y de terror ocultista.

Samuels fue siempre consciente de que su obra se inscribía en la gran tradición de la literatura macabra sobrenatural, bajo la oscura luz proyectada por gigantes como Poe, Lovecra y Machen. Es a partir de sus obras y estilos desde donde construye su propio discurso narrativo y su universo mágico, haciendo alarde tanto de su voluntaria adscripción a esta larga genealogía del cuento extraño como de su capacidad para introducir una mirada distinta y distintiva. Por ello, no resulta sorprendente que estos relatos exuden el aroma, el sabor y la atmósfera característica de los grandes maestros de la literatura de horror de nales del siglo y primeras décadas del . Sin embargo, al mismo tiempo, Samuels se erige en mucho más que simple heredero o epígono de esta tradición: añade su propia perspectiva e inventiva, demostrando que aún se puede si no innovar en sentido estricto, sí reavivar y renovar el cuento de miedo clásico, dotándolo de nuevas implicaciones y matices. Lo intertextual y lo metanarrativo, inevitables corolarios del nal de la modernidad, no implican en su caso la parodia ni la imitación o el descarado aprovechamiento de unos modos literarios hoy resucitados por nostálgicas modas que, por otra parte, son generalmente incapaces de ir más allá del homenaje o el plagio mal disimulado.

Aquí no encontraremos intentos de «elevar» el género de terror a categorías literarias supuestamente superiores. Samuels sabe perfectamente que el cuento de miedo no es un medio sino un n en sí mismo. Mucho menos una sucesión de metáforas más o menos afortunadas para ilustrar la realidad. Como explica en la citada entrevista: «Los autores de terror no deberían ser valorados simplemente como comentaristas sociales o teóricos políticos que sostienen puntos de vista con los que estamos de acuerdo, y que parecen simplemente condescender a escribir cción de terror en lugar de cción convencional… Después de todo, ¿qué podría ser más vital que el terrible misterio de nuestra propia existencia y el enigma de este cosmos espectral que habitamos todos? Ha sido una parte integral de la experiencia humana desde que uno de nuestros primeros ancestros simiescos se paró sobre dos piernas, dirigió su mirada hacia el cielo nocturno y sintió un terror sagrado. La cción de terror sobrenatural sigue siendo un n artístico válido en sí mismo, una respuesta a estar vivo».

Ajeno a los manierismos que han hecho del fenómeno del denominado new weird un terreno tan resbaladizo como sospechoso, minado por las pretensiones literarias e intelectuales de muchos de sus autores, contaminados tanto en lo formal como en lo ideológico por talleres literarios, escuelas de escritura y tesis académicas, Samuels nos invita a olvidarnos del mundo que nos rodea para penetrar en el valle del ool, donde el tiempo parece haberse detenido en los años sesenta o setenta, lejos de teléfonos móviles, de internet y las redes sociales, para disfrutar así mejor del placer del miedo, del escalofrío y de las tenebrosas sorpresas que nos deparan sus páginas.

Porque son sus páginas lo que importa: la literatura, la cción, la imaginación. Sus historias giran casi todas en torno a un tema omnipresente, no carente desde luego de carga de profundidad losó ca y meta sica, pero sin que esta se convierta nunca en sermón o en discurso didáctico de ningún tipo. Este tema es la posibilidad de que el relato fantástico sea en sí mismo una forma de magia, una invocación capaz de alterar la realidad no solo psicológica o mental del lector, sino el propio tejido del que está hecho el mundo material que nos rodea. Es a partir de esta idea central, que sin duda podrían compartir los decadentes y simbolistas del Yellow Book, que se articulan sus historias y personajes, en especial los siniestros ocultistas que forman parte del Culto de Lilith, creado alrededor de la gura cticia de Lilith Blake, misteriosa escritora nisecular de cción ocultista con más de un rasgo en común con autoras reales como la poeta Christina Rossetti o la escritora simbolista de cuentos fantásticos Vernon Lee. Un grupo de nigromantes despiadados que persiguen la inmortalidad a través de la literatura de forma nada simbólica o metafórica. Al n y al cabo, como aprendemos leyendo a Samuels, ni la muerte ni la tumba son el nal… Por desgracia.

Como el valle del Miskatonic del viejo Lovecra , como el valle de Sesqua del desgraciadamente también fallecido W. H. Puigmire, otro brillante renovador del cuento extraño, seguidor del solitario de Providence, el valle del ool es una suerte de epicentro telúrico y espiritual de actividad paranormal, mágica y sobrenatural, con un carácter decididamente oscuro y peligroso. Su concentración de personajes moralmente dudosos, dedicados a las artes negras, además de una larga historia de tradiciones paganas, ritos druídicos y sacri cios humanos locales que se remontan a tiempos prerromanos es tan asombrosa como la cantidad de asesinatos que se cometen en el entrañable condado de la popular serie televisiva británica Los asesinatos de Midsomer, basada en las novelas de Caroline Graham. Si poner un pie en cualquiera de los pueblos de Midsomer es arriesgarse notablemente a convertirse uno en cadáver (o en asesino), darse un garbeo desde el no muy lejano Londres por Gallows Langley — cuyo primer nombre signi ca «patíbulo» en inglés — y sus cercanías es un deporte de alto riesgo que no suele acabar bien. Lo más fácil es que quien se arriesga a ello no pueda retornar nunca a su hogar, pasando a formar parte, de una u otra forma, del acervo legendario de la zona, rico en maldiciones, apariciones, crímenes, suicidios, incendios, rumores de actos innombrables, desapariciones y sucesos extraordinarios.

A continuación, pasamos a revisar algunas de las claves de las historias del valle del ool, repletas de guiños al género y a sus aspectos más esotéricos, por lo que recomendamos al lector que se pierda primero sin más en ellas, para volver después si lo estima justo y necesario a estas páginas introductorias, evitando así el peligro de saber demasiado antes de tiempo. III

Guía de supervivencia para el viajero a Gallows Langley

Perderse es, precisamente, lo que le espera a la protagonista del primero de los cuentos, el divertido, siniestro e irónico “Posteridad”, que ofrece una oscura y sardónica cautionary tale moderna donde Samuels da rienda suelta a su desprecio por la tendencia actual de los medios universitarios a explotar las guras de escritores antaño olvidados o menospreciados, rei cándolas a n de subir puntos publicando tesis, ensayos y estudios tan sesudos como generalmente basados en presunciones vacuas y pedantes, expresadas en el ampuloso y críptico lenguaje del análisis formal estructuralista o post-estructuralista, así como en el de la teoría crítica posmodernista, a n de que resulten tan incomprensibles para el lector ajeno al ámbito académico como representativas de las tendencias políticamente correctas e ideológicas de moda, sancionadas por el propio discurso académico, mostrando a veces una profunda incomprensión e incluso desprecio por el material y los autores que utilizan y pretenden interpretar.

La profesora de literatura que viaja hasta el valle del ool para examinar la colección de cuadernos y libros del viejo escritor de terror Rupert Alderman, que vivió sus últimos años acogido por la peculiar Institución de Libreros Jubilados de Gallows Langley, a n de terminar su tesis sobre este, que pretende ir a la contra de los estudios publicados hasta el momento por sus colegas, presenta una no demasiado exagerada caricatura del actual estudioso académico de Lovecra y su obra, autor con quien el cticio Alderman guarda más de una similitud, especialmente su carácter misántropo y conservador. Vegana, indignada por los comentarios reaccionarios que encuentra en las notas del escritor al que pretendía reivindicar, viendo constantemente a su alrededor señales de «acoso sexual», la profesora Court, con su bolso de Gucci a mano, demostrando su desprecio por el género a cada momento (por ejemplo, al recordar burlonamente a

Bulwer-Lytton, sin caer en la cuenta de que se trata también de un autor de historias sobrenaturales profundamente relacionado con el ocultismo), no dudará en atentar contra la obra de Alderman para hacer que coincida con sus intereses académicos. Por supuesto, se encontrará atrapada en un in erno a su medida: la peor pesadilla para una intelectual progresista, feminista y liberal que imaginarse pueda.

Es evidente que a Samuels le fastidia profundamente la actitud entusiasta y al mismo tiempo condescendiente con la que universidades y catedráticos han acogido en las últimas décadas la literatura de lo extraño y de terror, como si fuera un pobre sustituto, una especie de hermano pequeño necesitado de protección, del terreno ya agotado y sobreexplotado del canon clásico literario, al que acudir in extremis, recurriendo a toda suerte de eufemismos e imposturas para justi car su importancia o, mejor dicho, la de sus propios estudiosos y exegetas actuales.

En consonancia con este desagrado, su opinión sobre el estado actual del género, en manos a menudo de nuevos autores de cción que proceden del mismo caldo de cultivo académico, es también ilustrativa. En otra entrevista, concedida al blog de Angela Slatter en septiembre de , con motivo de su participación en la antología editada por Stephen Jones Horrorology ( ), al ser interrogado por el porvenir del terror respondía a la pretensión «de que el futuro es una mayor inclusión» y de «que se debe brindar una mayor exposición a una mayor proporción de escritoras y de minorías», sentenciando que «la verdadera igualdad consiste en tratar a todos sobre la misma base artística, no sobre la base de cuotas, y el criterio nal de aceptación debe ser la calidad real de la cción presentada, no el sexo, la etnia, la discapacidad ni ningún otro factor. Lo que importa es la imaginación y la habilidad de un autor para contar un cuento. Nada más. Ciertamente no suscribo la opinión de que los viejos blancos individualistas estén, por alguna razón, intrínsecamente más capacitados para escribir cción de terror de calidad que individuos provenientes de cualquier otra categoría de la sociedad. Pero sostengo que la idea de que consideraciones políticas externas sean el punto de referencia para juzgar una obra de cción es una especie de indulgencia».

De la inquietante Institución de Libreros Jubilados al bosque de Penceddo solo hay un paso, el problema es más bien salir del bosque. “Una infestación elemental” presenta las di cultades a las que se enfrenta un humilde funcionario del Departamento de Plani cación del Consejo de Distrito del ool ante la imposibilidad de que las obras de trazado de una carretera que atraviese el bosque puedan no ya terminarse, sino simplemente comenzar. Las máquinas se estropean, los obreros y encargados se emborrachan y abandonan el trabajo, aterrorizados por presencias apenas entrevistas, entre ellas la de un momi cado y ancestral habitante del lugar, quizá sacri cado por los antiguos druidas, en esta ingeniosa combinación de “Luces antiguas” de Algernon Blackwood y El hombre de mimbre (e Wicker Man, Robin Hardy, ), obra maestra del folk horror inglés, donde van apareciendo y reapareciendo nombres que pronto se harán familiares para el lector, como el del viejo escritor de terror Rupert Alderman, el del historiador local Roderick Carden o el del sacerdote experto en ocultismo Alphonse Winters, obvio pero no por ello menos simpático trasunto invernal del reverendo Montague Summers (Winters = Inviernos / Summers = Veranos).

Las cosas se van poniendo cada vez más oscuras, terrorí cas y truculentas según avanzamos en nuestro recorrido turístico por el valle del ool. La siguiente parada es el abandonado edi cio del manicomio de Gallows Langley, como ya se dijo supuestamente construido por el auténtico e ilustre arquitecto neogótico Augustus Pugin, lo que le ha valido escapar a la demolición, aunque no a un conveniente olvido y abandono, seguido por su inevitable deterioro. “Un universo con glamour de osario” nos invita a viajar también en el tiempo, para conocer el motivo por el cual el asilo adquirió su pésima reputación, siendo clausurado tras una serie de catastró cas desdichas, íntimamente relacionadas con las actividades nigrománticas del doctor Winterburn y sus asociados, Edward Reynolds y el aristócrata lord De Gabiston, procedente de un nada ilustre linaje de brujos. Todos ellos, junto al residente en Londres Alfred Muswell — otro personaje que debemos sumar a los muchos inspirados en Aleister Crowley que pueblan la cción de terror moderna, como subraya el propio Samuels al relacionarle tanto con Oxford como con el poeta irlandés Yeats —, viejos conocidos del relato “Las manos blancas”, forman parte del Culto a Lilith. Que no es exactamente un culto a la Lilith bíblica y babilónica, sino a una de sus «descendientes»: la escritora de cción ocultista decadente Lilith Blake, a cuya tumba en el cementerio de Highgate (el mismo donde el cazador de fantasmas Richard Price intentara atrapar al famoso vampiro de Highgate) acudieran todos en cierta aciaga ocasión para llevar a cabo un perverso ritual literario y mágico de terribles consecuencias. No resulta gratuito recordar que aunque la cticia Lilith Blake murió o, mejor dicho, fue enterrada, según informa el cuento, en , dos años antes lo era a su vez en el mismo cementerio la poeta y musa de los prerrafaelistas Christina Rossetti, cuya sepultura han creído identi car algunos estudiosos de lo Oculto como la del susodicho vampiro, llegando incluso a sugerir que se trata también de una de las fuentes de inspiración para el Drácula ( ) de Stoker.

En ningún momento, sin embargo, se adueña este juego de referencias metaliterarias y metanarrativas de “Un universo con glamour de osario”, que es uno de los cuentos más divertidos, truculentos y pulp del libro, con un peculiar sabor gótico a película de la Hammer o producción de Roger Corman para la AIP e incluso al Re-Animator ( ) de Stuart Gordon (y Lovecra ), perfectamente combinado con una exposición y explicación más detallada de la nigromancia literaria practicada por los seguidores de Lilith, impregnada de resabios místicos propios tanto del Romanticismo de Coleridge como de simbolistas, estetas y decadentes del n de siècle.

Con “La abominación interminable” seguimos en el territorio de la magia (casi cabría decir makgia, a la manera crowleyana) libresca y literaria, en un cuento empapado en Poe y Baudelaire, que remite tanto a “Los hechos en el caso del Sr. Valdemar” ( ) de Poe como al peculiar relato de horror místico de Crowley, posiblemente su cuento de cción más logrado, “El testamento de Magdalen Blair” ( ), especialmente en la parte que atañe a la supervivencia de la consciencia tras la muerte, con su lúcida y angustiosa percepción de los terribles cambios que suceden a la misma, tanto sicos y materiales como psicológicos y espirituales, descritos de manera grotesca y detallada. Por otro lado, su argumento central sobre un texto o libro maldito que provoca la locura y la muerte a través de su lectura, aunque es evidente que remite a su vez al Necronomicón de Lovecra , al Rey de Amarillo

( ) de Robert W. Chambers e incluso a El maestro del juicio nal ( ) de Leo Perutz, cobra aquí dimensión y color propios, demostrando una vez más Samuels su capacidad para dotar de vitalidad tópicos y arquetipos clásicos del género, re ejando al paso la crisis actual del libro y las librerías. Además de evidenciar una maestría comparable a la de HPL para mezclar personajes, obras y hechos reales con otros productos de su feraz y feroz imaginación, totalmente convincentes, como el ilustrador de libros de horror Neil Harkness, escritores como el ubicuo Alderman, Sinclair Xavier o Victor Armstrong, recopilador de la nefasta antología Pesadillas desconocidas o revistas igualmente cticias (que uno querría hubieran existido) como la demasiado apropiadamente llamada El necró lo. Al n y al cabo, ¿no es todo lo que vemos y parecemos solo un sueño dentro de un sueño?

Imposible no recordar “Vinum Sabbati”, es decir, “El polvo blanco” ( ), del favorito entre todos de Samuels, Arthur Machen, al leer “Vino de moras de Duxford”, otra pieza llena de elementos interconectados con el resto de narraciones precedentes, como la presencia del historiador ocultista regional Roderick Carden, las citas al reverendo Winters, el viejo manicomio de Gallows Langley, sin duda uno de los vectores de maldad más destacados e in uyentes de la región, y hasta nuestras amigas las setas de motas blancas y sombrero rojo que debemos recordar no añadir a ningún guiso ni tocar siquiera, si queremos evitar un destino fatal. Paganismo, retorno de lo reprimido y humor negro para otro toque de folk horror en una colección con muy marcada inclinación por este género o subgénero que, más allá de modas espurias, recupera Samuels de sus fuentes literarias originales: Machen, Blackwood, Buchan y M. R. James.

De hecho, lo pone al día espléndidamente con su siguiente incursión en el valle del ool, a orillas de su río del mismo nombre y en la proximidad del «encantador» pueblo de Reapers End (téngase bien presente la primera parte de su nombre: «Reapers») y su cercano arrabal de Hallam Hardwick: “La ominosa recuperación de ciertas costumbres de antaño”. Título que ya lo dice (casi) todo. En este relato, uno de mis favoritos, Samuels se las apaña estupendamente para combinar su vena ludita, que le ha llevado a escribir bastantes cuentos entre el horror y la ciencia cción donde la tecnología en general y la audiovisual e informática en particular juegan un papel alienante e inhumano monstruoso — véase en este mismo volumen el ya comentado “Si aún manda el destino” o

“Interferencia externa”, incluido este último en La era del futuro degradado, por poner un par de ejemplos —, con el más puro y duro folk horror a la inglesa, como si de una especie de singular coyunda obscena entre la citada El hombre de mimbre y el Videodrome ( ) de David Cronenberg se tratara, con guiños a las hadas de Cottingley de Conan Doyle, reaparición de los sospechosos habituales del valle y presencias tan inquietantes como las de cierto número creciente de pequeños espantapájaros grotescos, quizá solo aparentemente de paja, además de algunos momentos catódicos con estética propia del cine de «falso metraje encontrado» o, en este caso, de «vídeo encontrado», para ser más exactos. Antiguas brujerías, modernas antenas y monitores de televisión, para una de las más conseguidas incursiones de Samuels en esa «cosa» llamada folk horror. De hecho, quizá una de las mejores aportaciones contemporáneas al subgénero. Ni qué decir tiene lo mucho que nos gustaría encontrar, por cierto, algún ejemplar del libro del historiador Roderick Carden Los misterios antiguos del valle del ool.

¿Recuerdan que poco más arriba señalamos que no se debía pasar por alto el «Reapers» de Reapers End? “Carta de Jack”, séptima y última historia de las situadas en Gallows Langley y alrededores, nos devuelve de lleno al entorno ocultista y diabólico del Culto a Lilith y sus seguidores, ahora a través de la personalidad ( cticia pero muy creíble) del artista e ilustrador macabro Neil Harkness, destinado a encontrar, pesadillas mediante, el último ejemplar del fatídico y maldito libro La reunión y otros relatos de la mismísima Lilith Blake, publicado en . Harkness, hipersensible como todo verdadero artista visionario que se precie, ha pasado por desgracia para él una temporada no en el in erno, pero sí en lo más parecido a este que puede ofrecer el valle del ool: el hospital psiquiátrico del doctor Winterburn, convirtiéndose así en una nueva víctima, quizá no del todo involuntaria, de las maquinaciones del Culto de las Manos Blancas.

Por las páginas demenciales de este cuento pasará también como estrella invitada el famoso inspector A. de la Policía metropolitana de Londres — es decir: el auténtico inspector jefe Frederick George Abberline ( - )—, conocido por su papel en la investigación de los crímenes de Jack el Destripador — o sea: Jack the Ripper, cuya pronunciación es prácticamente idéntica al Reaper (segador) de Reapers End —, cuyas pesquisas le llevan a Gallows Langley y hasta un paciente internado en su manicomio: el misterioso David K. No diremos más, salvo que esta es una perfecta parada nal en nuestro recorrido turístico por el valle del ool, que sin duda haría las delicias del mismísimo Robert Blóch. Solo cabe añadir que pese a todos los horrores, o quizá precisamente gracias a ellos, estaríamos más que dispuestos a pasar nuestras próximas vacaciones en la zona, ya sea buscando setas por el bosque de Penceddo o para tomar unas pintas en El Hombre Verde, con el oído bien atento a las susurrantes conversaciones de los parroquianos, entre quienes puede encontrarse quizás el inefable Roderick Carden, experto en la región y sus costumbres ancestrales.

IV

Últimas palabras

No podemos por menos que terminar lamentando de nuevo que Mark Samuels nos haya sido arrebatado por las fuerzas oscuras antes de tiempo o, al menos, antes de que tuviera tiempo su ciente para escribir más. El presente volumen, junto al anteriormente publicado en esta colección, La era del futuro degradado, son muestra palpable de que Samuels fue uno de los escritores actuales de cuentos extraños, fantásticos, de horror, weird ction o como queramos llamarlo, más terrorí cos e inquietantes además de, pese a que pueda sonar paradójico, divertidos.

Sus relatos, inscritos voluntariamente en la tradición clásica al tiempo que moderna de nales del siglo y comienzos del

, participan de las ambiciones literarias de un verdadero amante del género, que no sentía vergüenza alguna por serlo — ni necesidad de justi carlo a través de explicaciones o discursos homiléticos acerca de la naturaleza metafórica de la cción de horror como mejor manera de diseccionar los grandes problemas políticos, sociales y existenciales de la humanidad —, tanto como del sentido lúdico que ha de acompañar siempre a la mejor narrativa fantástica en general y a la de terror en particular. No se trata solo de sus múltiples juegos metaliterarios, inevitables en cualquier manifestación artística actual, sino de su capacidad para enganchar, cautivar y despertar el gozo del lector a cionado al género, haciendo con uir al tiempo y a la vez la veta especulativa y hasta mística del mismo con su expresión más pulp, sin pretensiones o imposturas.

En este sentido, aunque Samuels evitó casi siempre aproximarse a los parámetros contemporáneos de autores de terror profesionales como Stephen King, Peter Straub, Ramsey Campbell, Robert McCammon, James Herbert, Dan Simmons, Dean R. Koontz o incluso Clive Barker, que han marcado la deriva actual de muchos de los recientes cultivadores del género en los últimos años, como Paul Tremblay, John Langan, Philip Fracassi, Grady Hendryx, Stephen Graham Jones, Victor LaValle, omas Olde Heuvelt o, por supuesto, Joe Hill, por citar algunos, también supo evitar con éxito las pretenciosas veleidades intelectuales, formalistas y experimentales de los a menudo autodenominados representantes del new weird como China Mièville, Je VanderMeer, Michael Cisco, Je Noon, Mark Danielewski, David Mitchell, Michael Wehunt, Jon Padgett, Brian Evenson, Richard Gavin, Simon Strantzas y otros tantos que, en opinión de quien esto escribe, abusan con frecuencia innecesariamente de arti cios narratológicos, supuesta experimentación vanguardista, rebuscadas expresiones líricas o poéticas, mostrando tácitamente su ambigüedad respecto a formar parte del género de horror en sentido estricto, para perderse y perdernos (a veces como lectores) en un territorio intersticial, fronterizo y poroso entre este y la «gran literatura», que en no pocas ocasiones enmascara una cínica necesidad, tanto personal como comercial, de ampararse bajo coartadas culturales elevadas, evadiendo la etiqueta de «cuento de terror» para intercambiarla por otra u otras que pretenden evocar e invocar el prestigio de clásicos universales como Borges, Ka a, Cortazar, Bulgákov, Bruno Schulz, Poe o, más recientemente, el propio Lovecra .

Posiciones que han encontrado precisamente cierto apoyo en la reciente rei cación de HPL y, con él, de algunos otros clásicos del pulp — por ejemplo Clark Ashton Smith —, como literatos de altura, se diría que pese a ser escritores de fantasía y horror, reclamando una relectura losó ca e incluso ideológica de sus obras desde la academia, que pre ere olvidar interesadamente que escribían sobre todo para entretener, asustar, maravillar y divertir, sin que ello signi cara en modo alguno renunciar a la calidad literaria ni a la especulación o la re exión intelectual, pero estando estas siempre o casi siempre implícitas en sus relatos y novelas de manera digamos que tangencial, sin ser nunca el objetivo principal.

Ni con los unos ni con los otros se alineaba Mark Samuels, que parecía haber tomado la muy saludable decisión de escribir, lisa y llanamente, cuentos de terror extraño tales como los que le gustaba leer, sin preocuparse por cuestiones de prestigio literario y mucho menos de mensaje moral o didáctico alguno. Tampoco, a diferencia de Ligotti, como ya apuntamos antes, se dejó llevar por sus posturas losó cas personales hasta el extremo de que dominaran sus historias, convirtiéndolas a veces en poco más que un vehículo ccional para estas. Quizá tenga algo que ver en ello que el modelo elegido por Samuels fuera Machen antes que Lovecra .

En el solitario de Providence encontró Ligotti un alma gemela por lo que respecta al profundo nihilismo cósmico y existencial de ambos, amén de a su misantropía y ateísmo, mientras que en el místico y al tiempo más mundano Arthur Machen, que frecuentó la bohemia londinense, perteneció a sociedades ocultistas, se casó dos veces, fue actor de teatro y periodista renuente pero prolí co, descubrió Samuels, convertido al catolicismo cuando contaba poco más de veinte años, idéntico impulso místico e interés por cuestiones espirituales y religiosas que, sin embargo y a diferencia de su colega americano, evita convertir en elementos centrales de su obra, que reclamen más atención de la debida o exijan el sacri cio de la historia, los personajes y la atmósfera.

Como le explicara a Matt Cardin en la citada entrevista: «Soy católico romano. Pero realmente no se me ocurriría intentar incorporar ninguna enseñanza moral en mi cción extraña. No soy un proselitista. Lo que más me atrae de la Iglesia es su dimensión mística. También creo que existimos en un universo caído y que la naturaleza humana es inmutable». Quizá por eso, mientras al leer a Ligotti a veces sentimos demasiado la carga de su angustia psicológica, existencialismo y pesimismo losó co, elevada a un nivel de protagonismo casi absoluto que inter ere en nuestro disfrute lector (aunque raramente lo invalida por completo), con Mark Samuels siempre nos sentimos cómodamente instalados en el delicioso, inquietante, terrorí co pero al tiempo fascinante y divertido territorio del mejor cuento de miedo moderno, que aúna la extrañeza con la intriga y la emoción, la ironía e incluso la sátira ocasional con el suspense y, sobre todo, con la creación puramente literaria de atmósferas ominosas y surreales, que procuran genuino disfrute estético a quienes somos por naturaleza inclinados al Misterio, lo Oculto y lo macabro.

Por eso echaremos mucho de menos a Mark Samuels: nadie como él volverá a guiarnos al valle del ool, para descubrir sus enigmas ancestrales. Con su pérdida hemos perdido también la oscura magia que su escritura era capaz de invocar. Dicho lo cual, como el que no se consuela es porque no quiere, aún quedan muchos relatos e incluso ensayos y una novela de Samuels por ver la luz en castellano. Esperemos que quienes lean las páginas que siguen queden tan hechizados por ellas que exijan fervientemente, como enardecidos eles del Culto de Lilith, la pronta traducción y edición del resto de su fantástica obra en nuestro país.

Jesús Palacios

Primera parte

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POSTERIDAD

No debería importarme si me saco en mis cciones, salvo que sea después de muerto.

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Era algo que a Sibyl Court le consumiría mucho tiempo, pero que debía resolver de una vez por todas, y no solo por el bien de su reputación. Corrían habladurías que insinuaban mala fe por su parte, que habían acabado convirtiéndose en claras acusaciones de parcialidad. Pese a ser la primera académica en interesarse de manera póstuma por la obra de ese anacoreta literario que había sido Rupert Alderman, estableciendo una base sólida desde la que defender su relevancia, una serie de declaraciones anecdóticas de los pocos autores contemporáneos que aún seguían con vida estaba cuestionando la visión que había ofrecido de su obra. Por tanto, le era vital, o así lo había decidido ella, arrancar de raíz esas malas hierbas antes de que llegaran a multiplicarse y contaminar cualquier posible estudio futuro sobre Alderman. No buscaba defender su integridad rea rmándose públicamente, sino partir de las fuentes primigenias para presentar pruebas indiscutibles de que su interpretación era irrefutable. Se decía que Penguin Classics estaba preparando una colección Alderman.

Pero había cometido el error de depender en exceso de su análisis de texto (algo que Court admitía ante sí misma al recordar el libro de ensayos publicado un año antes con la University College London Press). Le dio varias vueltas a la situación en determinados momentos del viaje de Euston a Gallows Langley en el tren de las : . El hecho de que, en la década inmediatamente posterior a su muerte, Rupert Alderman se convirtiera en icono literario de una compañía tremendamente popular de personajes televisivos que hacían humor negro fue algo que ni el propio escritor habría podido imaginar en algún momento de toda una vida castigada por el desprecio de la crítica y en constante declive hacia una pobreza menos que acomodada. Irónicamente, alguno de los detractores de Court (la mayoría anónimos, señalaba ella) había puntualizado que Alderman detestaba la televisión, y que incluso había amenazado con una demanda por derechos de imagen. Ella daba por supuesto que semejante leyenda urbana quedaba desmentida por la frecuente referencia en sus relatos a fantasmales interferencias de estática, pero resultaba sorprendente la persistencia de los rumores que a rmaban que Alderman se consideraba perseguido por furgonetas detectoras de televisores (invariablemente conducidas por insaciables funcionarios al estilo de la Gestapo[ ]).

Court miró por la ventanilla, guardó el iPhone nuevo en el gran bolso de Gucci, y retiró del portaequipajes una pequeña maleta con ruedas.

Había llegado a Gallows Langley.

Bajó al andén y miró a uno y otro lado, pues había acordado con antelación que la recogieran allí. Tras ella se alzaba imponente el horrible viaducto por el que pasaba la línea ferroviaria de la costa oeste y el trá co de la autopista M que cruzaba el valle del ool. En la distancia, al nal del andén cuatro, había una gura con gabardina y sombrero que le hacía señas. Cruzó las vías por el paso subterráneo, momentáneamente confusa al serle evidente que por allí no estaba la salida de la estación a la que se dirigían los pocos pasajeros que habían bajado con ella del tren.

El desconocido se acercó a recibirla a medio andén, claramente consciente de su confusión. Era un hombre de unos cincuenta años, delgado como una araña, con un mechón de pelo a modo de perilla y gafas de abuela sujetas con cinta adhesiva. Aunque el sombrero trilby de ala ancha (bastante estropeado) parecía concebido para dar sensación de elegancia, la arrugada gabardina beis (que notó un tanto salpicada de moho) solo transmitía sordidez. Y hacía tiempo que necesitaba lustrarse los zapatos negros.

—Usted debe de ser la señora Court — dijo, con un acento impreciso de las inmediaciones de Londres —. ¿Cómo está usted? Yo soy Dan Remal.

—Señorita Court.

—Como quiera. Bienvenida al Instituto. Estoy a su disposición.

Sacó un juego de llaves y le hizo señas para que lo siguiera hasta el nal del andén, donde abrió una verja de metal oxidado que daba a un corto pasillo, también cerrado del mismo modo en el otro extremo. El ruido del trá co que rodaba sobre sus cabezas por el viaducto de la M retumbaba de forma constante como los latidos de un corazón.

El Instituto se había fundado en gracias al generoso legado de un rico terrateniente, Jonas Atkinson, que había cedido los terrenos para la construcción de una residencia de libreros jubilados con nes bené cos. Algo más de un siglo después de su fundación, al edi cio original de Atkinson House, de estilo neotudor con dos plantas y pináculos ornamentados en los laterales, se le añadiría una serie de chalés de ladrillo rojo, todo el lugar estaba aislado del mundo exterior por una barrera circular de tejos de hoja perenne. El lugar podría haberse considerado tranquilo y apartado de no mediar la incesante ola de ruido ascendente y descendente de la autopista y el estremecedor rugido de los trenes de alta velocidad que pasaban cada pocos minutos. Court pensó que cualquier librero jubilado que llegase a aquel lugar descubriría que lo mejor para su paz mental sería llegar ya medio sordo… No, se corrigió mentalmente, mejor sordo del todo.

Rupert Alderman había llegado al Instituto hacia el nal de su vida, con más de sesenta años, al comunicarle un amigo que dejaba su habitación en el edi cio principal. El comité del Instituto acababa de relajar las normas de selección, y la exigencia de haber dedicado toda la vida a la venta de libros se había reducido a un mínimo de un año en el o cio. Como Alderman pudo demostrar haber trabajado dieciocho meses en una librería cuando contaba veinte años, se consideró que encajaba dentro de los nuevos criterios. Además, el alquiler era algo más barato de lo habitual e incluía el coste de agua y electricidad. Pero no licencia de televisión.

Alderman había legado sus derechos de autor al Instituto, así como su colección de libros. Algunos de sus papeles estaban dispersos en manos privadas, pero la mayoría se conservaba en la biblioteca privada de Atkinson House, de acceso exclusivo para personal y residentes. El comité del Instituto también administraba el patrimonio literario de Alderman. No con mucho éxito. Pero esa biblioteca privada sería la base de operaciones de Court en las dos semanas que pasaría en el Instituto y donde prepararía el terreno para su defensa del autor.

—Le hemos preparado el chalé para invitados — dijo Remal, entregándole dos llaves —. Estoy seguro de que lo encontrará confortable. La llave pequeña es la del chalé. La grande para la verja de la estación. Mañana le daré la llave de la biblioteca. No sé dónde la habré dejado.

—¿Dónde podré encontrarlo, si lo necesito?

—Mi o cina está en la casa del guardia, en la parte de la nca que da a Gallows Hill. Solo debe seguir el sendero hasta el nal.

La verdad era que a Sibyl Court ya le desagradaba lo que sabía de Rupert Alderman como persona. Sí, su recóndita obra literaria («cuentos extraños» los llamaba él) estaba abierta a múltiples interpretaciones y era una mina de profundidades insondables para la teoría crítica, pero esos recalcitrantes solteros tan británicos le revolvían el estómago. Había llegado tarde para revivir el interés por autores más cosmopolitas y adelantados, como la políglota Veronica Plunkett, implicada en movimientos sufragistas, lésbicos y de objeción de conciencia. Aspiraba a poder encontrar en el pasado de Alderman alguna relación gay secreta (hasta el acérrimo reaccionario Sinclair Xavier podía presumir de tener una así), pero de momento solo contaba con un ensayo inédito de juventud a base de re exiones utópicas que él mismo había repudiado, que nunca había mencionado por escrito y que, de alguna manera, parecía habérsele olvidado destruir. Court había hecho mucho hincapié en ese ensayo, asegurando que era la clave para entender toda su obra posterior, pero no le apetecía demasiado repasarlo en el manuscrito original (aunque debía de ser más legible que la fotocopia emborronada y casi incomprensible que le había enviado años antes el comité del Instituto).

En lugar de sumergirse de inmediato en su trabajo de investigación en la biblioteca Atkinson, dedicó la primera tarde y noche posteriores a su llegada a instalarse en el chalé de invitados y sus alrededores de cara a su estancia de dos semanas.

Los muebles parecían llevar allí desde los años cuarenta y, pese a estar desgastados y usados, al menos parecían limpios. Había un mapa de los terrenos del Instituto (enmarcado en una de las paredes), perteneciente a la misma década, que estudió durante varios minutos. No tenía muchas cosas que sacar de las maletas, y el lugar incluía todas las necesidades básicas, como lavadora, utensilios de cocina y demás. De hecho, el proceso de instalarse era más psicológico que sico. Luego daría un paseo por la zona antes de que anocheciera. Eso era algo que la alienaba todavía más. La transición de lo urbano a lo rural la perturbaba de una forma sutil. Era una de las razones por las que iba tan pocas veces a la casa de campo que tenían sus padres en Tenby, en el oeste de Gales. Pero Gallows Langley, en Hertfordshire, no era ni urbano ni rural, no era «o lo uno o lo otro», sino más bien «ambos/y». Rozaba la parte superior del tentáculo noroeste del Gran Londres urbanita, pero estaba rodeado por descampados salpicados de ovejas y vacas de aspecto descon ado, separados por setos, contemplados por árboles altos y delgados y jalonados por recónditos senderos rurales. A medida que los pueblos del extrarradio londinense eran engullidos por el hormigón y el ladrillo rojo, debían adquirir la misma cualidad fronteriza que durante la expansión urbana de mediados del siglo .

Cuando regresó al chalé, justo después de oscurecer, se entretuvo escuchando un viejo aparato de radio que habían dejado en el único estante vacío de una estantería atiborrada de viejos y amarillentos libros de bolsillo. Al principio le costó sintonizar la BBC World Service en ese desconocido aparato de onda larga. El crepitar del monótono sonido del cosmopolitismo occidental que emanaba del altavoz apaciguaba su ansiedad. Se calentó una sopa vegetariana orgánica, acompañada de unos panecillos sin gluten y, una vez saciada y aletargada, se durmió en el cómodo y viejo sillón con su redundante antimacasar.

Se despertó de repente, algo después de medianoche, vagamente consciente de haber tenido un sueño perturbador.

No conseguía recordar los detalles, pero tenía mal sabor de boca, y de la parte delantera de la blusa le llegaba una peste repugnante. Se tambaleó medio dormida hasta el cuarto de baño, se quitó la blusa manchada y la puso bajo el grifo de agua caliente antes de arrojarla distraídamente a la cabina de la ducha. Se detuvo un instante para mirarse al espejo manchado del armarito del baño, con las manos en las caderas, en sujetador deportivo. También se le había manchado el sujetador. Se lo desabrochó y arrojó a la ducha. Resopló ante lo ridículo de la situación y volvió a la otra habitación con sonoras zancadas para envolverse en un albornoz y sentarse de rodillas en el sillón.

No recordaba haber apagado la radio, pero debía de haberlo hecho. No consiguió conciliar el sueño tras esa desagradable experiencia. Habría sido algo en el agua, o en la vieja tetera donde la había hervido, que seguramente haría meses que no se limpiaba. Era monstruoso. Podía haber muerto ahogada en su propio vómito.

Volvió a intentar encender la radio; el silencio era agobiante. Los trenes debían dejar de circular a medianoche y no se oía ni el ruido del viaducto de la M . La vieja radio no funcionaba, o ella no sabía hacerla funcionar. El típico producto masculino. Mientras se mordía inconscientemente las uñas (un hábito de colegiala que había superado diez años antes), fue consciente del sonido de un movimiento furtivo fuera del chalé. Sería alguna clase de animal nocturno. Quizás incluso ese salido cutre de Remal, que se las daba, risiblemente, de donjuán. No, no podía creer que pudiera ser él. Lo que fuera lanzó un resoplido, como un animal, uno con el hocico algo taponado, y que parecía estar moviéndose, pegado al suelo, lenta y deliberadamente, junto a las paredes del chalé.

Fortalecida por la indignación, Court acabó por levantarse de un salto y descorrer las cortinas de una ventana lateral cuando lo que hacía el ruido de fuera llegó hasta allí.

El destello de luz iluminó el césped y vio a una criatura extrañamente jorobada, del tamaño de un zorro grande, color gris ceniza, que caminaba torpemente a zancadas hacia la ladera cubierta de arbustos que había detrás del chalé. La cosa parecía reseca.

Un instante después desapareció.

Aunque Court solo lo había atisbado por detrás, el misterioso animal parecía estar deforme, quizá por haberle atropellado algún automóvil, y sintió alivio cuando no se volvió para mirarla.

—¿Ha dormido bien? — le preguntó Remal por la mañana mientras la acompañaba a la biblioteca Atkinson.

Ella intentó ignorar esa pregunta indiscreta.

Doblaron la esquina camino de la fachada principal y hacia la puerta de la biblioteca. La entrada daba a un césped delantero en pendiente que descendía poco a poco hasta los setos que separaban la nca de la vía férrea.

—Oh, cielos. Tengo que coger su llave de la biblioteca. Me la he dejado en la caseta. Qué descuido por mi parte olvidarla así. Discúlpeme un momento. No tardaré — dijo Remal.

El sol brillaba en el despejado cielo azul y, desde donde estaba, podía ver con claridad todo el valle del ool. Los árboles deshojados por el invierno destacaban nítidamente en la lejana cresta de las colinas y, a medio camino de la extensión de exuberantes campos verdes y ovejas pastando, podía verse una barca pintada con alegres colores desplazándose lentamente por esa parte del canal Grand Union. El timonel de la embarcación pareció volverse para saludarla, pero estaba tan lejos que era poco más que una mota con forma humana y costaba distinguirlo.

Remal volvió poco después.

—Una vista maravillosa, ¿no le parece? — murmuró.

A ella no se lo parecía, e intentó imaginársela como una urbanización asequible con elegantes cafeterías europeas y una tienda Waitrose en cada esquina.

Remal nunca lo entendería.

—Solo si le gustan ese tipo de cosas. Oiga, ¿hay por aquí muchos animales salvajes?

—Bueno, supongo que sí. Zorros, tejones, faisanes. Algún ciervo perdido de vez en cuando, claro. Y las puñeteras ardillas grises.

—¿Algo inusual?

—¿Como los muntíacos? Ya sabe, esos ciervos ladradores. Proceden de Asia oriental. Tengo entendido que algunos lugareños hasta los cazan para reducir su número.

Court decidió que luego buscaría por internet detalles sobre esas criaturas. Quizá fuera una de esas cosas lo que había estado husmeando por el chalé de madrugada. No había motivo para pensar que fuese a volver; probablemente lo había espantado.

En el porche ante la entrada de la biblioteca, Remal le sugirió que probase la llave para asegurarse de que encajaba, y ella trasteó torpemente con la cerradura hasta que por n giró y les concedió el acceso.

—¿Podría interrumpirnos alguno de los demás residentes? — dijo Court mientras cruzaban el umbral.

—¿A estas horas del día? Lo dudo. Suelen amenazar con pasarse alguna vez por aquí, para devolver algún libro prestado, pero la biblioteca ya no se usa tanto como hace veinte años o así. Ya sabe cómo son los jubilados, muy rmes en los detalles, pero descuidados por norma.

Ella no lo sabía, y tampoco le importaba.

El interior era bastante agradable y se sintió aliviada al encontrarla en buen estado. Llevar a cabo su investigación allí le sería muy cómodo; había un par de sillones de cuero verde donde descansar, y la mesa central era lo bastante grande como para poder examinar varios libros a la vez. Su nariz protestó un poco ante el olor a humedad de la sala, pero era una ofensa inevitable.

El fondo de la biblioteca era muy variado. La mayor parte de las obras de cción eran viejos libros de bolsillo de Penguin, además de una hilera tras otra de ediciones de la Folio Society, todo ello localizado en la pared sur. La pared oeste estaba dividida en dos secciones, por una puerta victoriana con paneles de cristal; una estantería contenía biogra as y memorias (pocas posteriores a los años sesenta), mientras la otra albergaba biogra as de la realeza, enciclopedias botánicas, hortícolas y de cine y televisión. La pared este tenía atlas, diccionarios y enciclopedias varias. A su lado, junto a una misteriosa puerta blanca con paneles de cristal esmerilado en forma de rombo, había un pedestal donde un aristocrático busto de mármol del mismísimo Jonas Atkinson lo vigilaba todo con intensos ojos en blanco.

—Carlo Marchetti, por si se lo preguntaba — dijo Remal, probablemente creyendo que la habría impresionado —.

Escultor italiano de estilo clásico.

—¿Adónde conduce esa otra puerta? — respondió ella.

—Arriba, a lo que solía ser la antigua sala del comité. Ahora es parte del número cuatro, donde vivía Alderman. Y donde… murió, claro. Su presencia fue lo que nos hizo trasladar la sala del comité a la casa del guardia.

Court recordó que había muerto de algún tipo de cáncer. Al nal sangraba con regularidad por la nariz de forma bastante espeluznante. Se merecía que le pasara, pensó. Al parecer, a Alderman le desagradaba tanto el socialismo que se negó a ingresar en un hospital del Estado. En vez de eso, recurrió a tratamientos de curanderos, a cosas como la acupuntura, que siempre hay que pagar en efectivo. Una locura. Llevaba tiempo con esa manía, ya que no había visitado a un dentista ni una sola vez desde , si bien sus escasos ingresos le impedían recurrir a la alternativa privada.

Supuso que, antes de esa última enfermedad, debió de bajar en innumerables ocasiones a la biblioteca desde su residencia, probablemente disfrutando de ese acceso exclusivo. Al preguntarse por un instante dónde se reuniría ahora el comité, le asaltó otro pensamiento.

—¿Puedo mirar arriba? —dijo, expresándolo en voz alta.

—Está cerrado. Lo están renovando. El lugar está vacío.

—Aun así… Me gustaría ver…

—Puedo intentar arreglarlo. Veamos antes hasta dónde llegamos. Aquí dispone de toda la documentación que pudiera necesitar. Aquí abajo.

Remal agitó la mano detrás de ella, haciendo que volviera la cabeza para seguir su dirección.

La pared norte de la biblioteca contenía una gran chimenea, anqueada a un lado por una amplia gama de libros relativos a la historia del negocio editorial inglés, y sus diferentes editoriales. También albergaba las actas encuadernadas del comité del Instituto desde su creación en , cuando el sexto conde de Clarendon puso la primera piedra del edi cio (en presencia, o eso se decía, no solo de Jonas Atkinson, sino de un amigo escritor, Sir Edward Bulwer-Lytton, responsable de la muy conocida y parodiada frase con que abría uno de sus libros: «Era una noche oscura y tormentosa»).

Todo el otro lado de la pared norte albergaba los restos de una serie de libros que pertenecieron a Rupert Alderman, incluyendo primeras ediciones de sus propias obras, además de media docena de cajas de archivo que ocupaba los dos últimos estantes y que contenían sus documentos literarios sobrevivientes. La mirada de Court se desplazó hacia arriba, hasta la altura de los ojos, y repasó con rapidez los chillones lomos de la colección de obras de Alderman. Un conjunto de libros que, vistos a la vez, conformaban un revoltijo de lamentables lugares comunes, con títulos que eran un rompecabezas de palabras intercambiables: «oscuro», «extraño», «polvoriento», «peculiar», «muerto», «noche», «fantasma», «sombra», «horror», «miedo» y «terror».

El desagradable olor a moho era allí más fuerte.

—Bueno, la dejo aquí —murmuró Remal —. Estará impaciente por ponerse manos a la obra.

Ella respondió con una mueca distraída.

Tras pasar la mayor parte de la tarde tomando notas sobre el contenido de las cajas de archivo (sobre todo correspondencia comercial), detallando brevemente las pocas cosas que le serían de utilidad y a las que recurriría luego en busca de información, Court se centró, por variar, en los ejemplares que Alderman conservaba de su propia obra. En el primer volumen de relatos, que llevaba el lamentable título de Manos atravesando la oscuridad, descubrió con entusiasmo (inicial) anotaciones a lápiz en los márgenes, escritas con la letra característica de Alderman. Eran notas que esclarecían ciertos detalles simbólicos demasiado imprecisos para permitir una interpretación psicológica correcta. Hasta ese momento, los expertos, ella incluida, se habían tomado al pie de la letra los frívolos comentarios de Alderman sobre la importancia del psicoanálisis de Sigmund Freud. Miró las anotaciones de los tres primeros relatos — “En el tren nocturno”, “Deceso imperfecto”, “La desaparición” — y le parecieron las divagaciones de algún aristócrata inglés trastornado. El progreso no solo le desagradaba, sino que lo execraba.

Se dio cuenta, para su horror, de que esas notas, escritas por el propio Alderman, corroboraban la interpretación de su obra que habían hecho sus rivales y que ella había desechado alegremente como «vil oportunismo de neorreaccionarios que se suben al carro de Alderman». Pasaba las páginas de Manos a través de la oscuridad respirando con di cultad, progresivamente espantada ante lo que estaba descubriendo.

La esperanza de que pudiera haber hecho esas tonterías al nal de su vida, tras años de descenso senil al mayor de los conservadurismos, se desvaneció ante la cuidadosa forma en que fechaba cada entrada a medida que se adentraba en el libro; y ninguna de las entradas estaba fechada más de un mes después de que la edición saliera de imprenta. Era como si supiera que, algún día, esta información sería desenterrada por algún investigador persistente. En algunos comentarios incluso se alegraba de haber engañado deliberadamente a su público. Sí que consideraba sus «historias extrañas» como un reino feudal psicológico donde los lectores eran siervos de Alderman y él ejercía su voluntad sobre ellos.

Court se sintió violada. Si esas anotaciones llegaban a ser conocidas por otros estudiosos, eso no solo perjudicaría su reputación, sino que convertiría a Alderman en persona non grata en todos los círculos literarios respetables. Todas y cada una de las manifestaciones elogiosas por su obra tendrían que descali carse de una forma todavía más contundente.

Repasó a toda prisa los otros cinco volúmenes presa de algo parecido al pánico, amontonándolos en la mesa. Aunque no pareciera posible, las anotaciones de los márgenes eran todavía más atroces que las del primer libro. Apenas quedaban dudas de que, con el paso de los años, Alderman se había ido volviendo más y más inaceptable, pese a haber ocultado sus intenciones a propósito.

Miró por encima del hombro. Hacía horas que nadie entraba en la biblioteca. Remal debía de estar ocupado en lo que fuera que le sirviera para ocupar su limitada capacidad de atención. Estaba segura de que no la molestarían. Cogió el bolso Gucci y rebuscó en sus profundidades hasta encontrar la pequeña arma oblonga que necesitaba. Su rostro se volvió una máscara rígida a medida que pasaba cuidadosamente la goma de borrar a uno y otro lado de los amplios márgenes del libro, borrando poco a poco las anotaciones a lápiz. Salieron con facilidad. Fruncía los labios y soplaba con cuidado después de cada borrado, dispersando los pequeños fragmentos negros de revelaciones sin descubrir.

No hubo tormentas que estallaran de repente, ni se manifestó el ominoso retumbar del trueno, y para cuando terminó su tarea en el primer volumen, el sol ya se había ocultado bajo la cresta de las colinas del noroeste.

Antes de abandonar la biblioteca, Court encontró en una de las cajas de archivo el cuaderno de notas de Alderman — el tratado de re exiones utópicas, titulado “Neutrón X” — y se lo llevó al chalé. Siendo estrictos, debería haber pedido permiso para llevárselo, pero eso le pareció una mera cortesía. Al n y al cabo, tampoco iba a sacarlo de la nca. Decidió que, una vez comiera algo nutritivo y se pusiera cómoda para pasar la noche, se dedicaría al cuaderno para rememorar las especulaciones que contenía y que la habían hecho sacar las conclusiones que se había formado después de leer las borrosas fotocopias proporcionadas por el Instituto.

Se preparó algo de arroz integral, guisantes ecológicos y quorn (aderezado con abundante salsa de soja baja en sodio). Apenas había empezado a comer cuando oyó fuertes golpes en la puerta principal. Dio un pequeño respingo de sorpresa y fue a investigar. Por la mirilla de ojo de pez vio a un hombre de aspecto o cial y bigote de cepillo de dientes parado ante la puerta. Vestía alguna clase de uniforme negro, con gorra militar, y llevaba un portapapeles. No pudo evitar pensar que se parecía a sir Oswald Mosley, líder de la Unión Británica de Fascistas.

Abrió la puerta, asegurándose de tener puesta la cadena de seguridad, y le habló por el hueco.

—¿En qué puedo ayudarlo?

Él la miró un momento con ojos vidriosos, y luego habló con tono desagradable:

—Soy un o cial de la policía local. ¿Tiene usted al día la licencia para ver la televisión en esta propiedad?

—¿Qué?

—¿Puede demostrar que no ve programas de la BBC en su televisor? Necesito examinar la casa.

—¿Qué?

—¿Es usted dura de oído?

Court cerró la puerta de un portazo y volvió a asomarse a la mirilla.

El hombre uniformado sacó un sobre del bolsillo y lo introdujo en el buzón. Luego dio media vuelta y se alejó por el camino hasta desaparecer en lo que parecía ser una furgoneta detectora de televisores aparcada fuera.

Court recogió el sobre del felpudo, lo abrió y encontró en su interior una sucia hoja de papel doblada con el siguiente mensaje garabateado a lápiz, y con mayúsculas:

Las primeras tres palabras estaban subrayadas media docena de veces para mayor énfasis.

Hizo una bola con la hoja y la lanzó al otro lado de la habitación. Luego se acercó a la ventana principal para comprobar que el intruso se hubiera ido ya, descorrió las cortinas y miró al prado de fuera. No había ninguna furgoneta; de hecho, el lugar parecía desierto. Pudo distinguir otros cuatro chalés con las luces apagadas, pese a la oscuridad del atardecer. Hasta las farolas estaban apagadas. Puede que el comité quisiera ahorrar electricidad, o que se hubieran estropeado los generadores.

Entonces vio dos animales jorobados color gris ceniza, del tamaño de zorros, asomándose por la esquina de Atkinson House. La criatura deforme que había rondado la casa la noche anterior parecía haber vuelto, acompañada de otro miembro de su misma especie. Subieron por el sendero y se pararon sobre los cuartos traseros para mirar la luz que emanaba de la ventana del chalé. Estaban demasiado lejos para distinguir sus rostros con claridad, pero no parecían tener rasgos caninos o de ciervo, sino de niños horriblemente acos, con un hocico, y el rostro reseco y arrugado.

Corrió las cortinas de golpe y, al cabo de cinco minutos paseando nerviosa a uno y otro lado de la habitación, volvió a descorrerlas.

Las dos criaturas habían desaparecido.

Tenía que comentárselo a Remal por la mañana. Le costaba saber qué le había afectado más, si la visita del enloquecido funcionario fascista o la visión de esos animales deformes y espeluznantes. Se sentía como el espectador elegido contra su voluntad para participar en un surrealista número de circo.

Se acordó de la cena que había interrumpido de forma apresurada y volvió a ella, llevándose mecánicamente a la boca el tibio contenido del cuenco. Una vez concluida esa tarea, volvió a plantearse repasar el cuaderno “Neutrón X”, pero decidió no hacerlo. No estaba segura de tener la capacidad de concentración necesaria para ello.

En su lugar, encendió la radio, pero la apagó casi de inmediato al oír por el altavoz una voz familiar gritando a un volumen ensordecedor:

A primera hora del día siguiente, Court se dirigió a la casa del guardia para quejarse a Remal de lo sucedido la noche anterior. Una bruma envolvía el valle del ool, amortiguando el ruido del trá co; el aguado sol se mostraba ante los ojos como si tuviera cataratas. Al pasar ante Atkinson House y los demás chalés, siguió sin ver señales de que hubiera otros ocupantes residiendo en ellos. Los edi cios del Instituto empezaban a adquirir en su mente el aspecto arti cial de un decorado de película.

Encontró la casa justo en los límites de la nca, tal y como le había indicado Remal, y le resultó evidente que no se había construido mucho después que la propia Atkinson House. Era similar al diseño del edi cio original, de estilo arquitectónico neotudor, con una sola planta y una campana en la puerta que se accionaba tirando de una cuerdecita.

Remal la recibió en la puerta y lo siguió por un desordenado pasillo lleno de cajas hasta el destartalado despacho donde trabajaba en lo que fuera que requiriera su atención. Los montones de papeles sin clasi car cubrían casi todas las super cies posibles, las lámparas de para na colgaban de las vigas bajas del techo, los cirios catedralicios parcialmente derretidos repartidos azarosamente en las super cies, el ordenador de la mesa emitía un zumbido constante y su polvoriento e inútil monitor parecía haberse construido décadas antes; la impresión general era que reinaba un perverso retroceso a un tradicionalismo caótico y descuidado. Un reloj de pie eduardiano, inclinado por el deformado suelo de madera, guardaba silencio, con las manecillas de la esfera inmóviles. Botellas vacías de licor, criando moho, se amontonaban a su lado formando una pila triangular.

Remal la invitó a sentarse, pero no había un lugar evidente donde hacerlo. La mueca que hizo Court informó sin palabras de este hecho, y él recuperó de las turbias profundidades de algún trastero adyacente lo que parecía ser una silla sobrante de la biblioteca Atkinson.

Ella le detalló lo sucedido la noche anterior: la inexplicable intrusión del funcionario, lo que parecía ser la voz del hombre saliendo de la radio, y de paso se re rió a los inquietantes animales que había visto. Remal respondió con una exclamación primero de duda y luego de sorpresa.

—¿De verdad? ¡Es extraordinario! — repuso.

—Bueno —replicó nalmente Court —, ¿y qué puede hacerse al respecto?

—¿Qué me sugiere usted? —preguntó él, formando un arco ante su rostro con gafas.

—Sospecho que alguien me está gastando una broma pesada muy bien organizada. Creo que podría cali carse de acoso.

—Deje que se lo diga de otra manera. ¿Se ha planteado vestir falda larga negra y camisa con corbata? Le quedaría muy bien.

—¿Cómo? —La mirada dura y gélida de sus ojos denotó un desa o repentino. No podía creerse lo que acababa de oír. Pero Remal siguió hablando como si no hubiera dicho nada inapropiado.

—Quizá deba explicarle algo sobre nuestros residentes.

—Adelante —replicó ella.

—La gran mayoría son muy mayores y están enfermos. Han desarrollado cierta tendencia a la reclusión. También han manifestado un deseo colectivo a no ser molestados por las tendencias entrometidas del mundo exterior. Los jóvenes de hoy en día aseguran ciegamente que no se puede dar marcha atrás al reloj.

—No veo qué…

—Usted ahora mismo solo es una invitada de este Instituto. Si va a quedarse el tiempo que necesite para completar su investigación, le corresponderá mostrar el respeto debido al entorno que hemos desarrollado aquí.

—Por supuesto, eso no hace falta decirlo, pero no ha…

—Lo de que le estén gastando alguna broma pesada, puedo asegurarle que estoy tan indignado como usted por la intromisión de ese funcionario público. Me ocuparé personalmente de ello, enseguida, telefoneando de inmediato a la autoridad competente. No imagino a ningún residente gastando una broma pesada a sus expensas. Supongo que ahora mismo la mayoría de nuestros residentes ignoran su presencia aquí.

—Pero usted sigue sin…

—No puedo explicarle lo de la voz que cree haber oído por la radio, pero me temo que deberá acostumbrarse a cualquier fauna salvaje despistada que pueda encontrarse. Comprendo que tales criaturas puedan resultar, al principio, aterradoras para alguien que se haya pasado toda la vida con nado a entornos metropolitanos.

—Esas cosas no eran…

—En la oscuridad, la naturaleza puede parecer de pesadilla. ¿Me he explicado?

Pasó esa tarde en la biblioteca, leyendo con atención primero y borrando luego todos los desvarios reaccionarios que encontró en los márgenes de los cientos de páginas de los cinco volúmenes restantes de la primera edición de los relatos extraños de Alderman (a saber, Mala Fide, Espejos rotos, Polvo al polvo, Intrusos y Fuerzas nocturnas). Si el autor se creía de verdad las viles absurdeces que profería, y sus ideas no eran síntomas de alguna necesidad enfermiza de expresar en privado especulaciones prohibidas, no era de extrañar que hubiera acabado en la pobreza, aislado y medio olvidado. Todo el que creyese semejantes delirios, acabaría perdiendo con el tiempo el apoyo de cualquier amigo, colega o asociado que siguiera cuerdo, sobre todo dentro del ámbito social y profesional de las Artes. A medida que Court avanzaba, su mismo sentimiento de indignación ante esas opiniones fue dando paso a la reconfortante idea de que, en el fondo, no solo le estaba haciendo un gran favor a Alderman, sino a la misma literatura. Si su reputación había llegado a ensuciarse tanto que ni sus colegas habían podido salvarla mientras vivía, al menos ahora ella aprovecharía esta oportunidad que se le había presentado para salvar su reputación póstuma, aunque fuera mediante este acto radical de omisión deliberada. No había sido un escritor de cartas muy prolí co (así lo demostraban las cajas de archivos), por lo que cualquier «prueba» anecdótica que pudiera haber en entrevistas a los pocos contemporáneos que siguieran vivos no sería más que eso, anecdótica, y por tanto nada able. No puede con arse en los ancianos, tan reacios al cambio. Esas «pruebas» espurias apenas contarían contra Alderman en esta era más ilustrada de expertos universales en Teoría Crítica.

Una vez terminó de borrar, devolvió los cinco volúmenes a la estantería cuidando el orden en que estaban y decidió volver a centrarse en el cuaderno utópico.

Solo tras revisar dos de las cajas se acordó de que lo tenía en el alojamiento.

El olor a humedad que la rodeaba volvía a ser agobiante.

De todos modos, ya estaba oscureciendo, y las nubes se habían acumulado en el crepúsculo al entrar una banda de bajas presiones en el valle; una cortina de lluvia azotada por el viento castigaba inútilmente los cristales de las altas y estrechas ventanas de la biblioteca. El fantasma de Bulwer-Lytton volviendo a hacer gala de su aristocrática in uencia, pensó. Se rio ante la idea, se ajustó el impermeable que había dejado en un sillón cercano, se envolvió los cabellos con un pañuelo y cogió el bolso.

Se movió con rapidez por entre el diluvio, doblando la esquina de Atkinson House todo lo deprisa que le permitían los tacones, para pararse en seco al ver la furgoneta del detector de televisores aparcada ante el chalé de invitados.

Para eso había servido la promesa de Remal de «telefonear de inmediato a la autoridad competente».

Court se acercó al vehículo con cautela. Era un modelo de fabricación británica y la matrícula lo databa en, supuso, los años setenta. En el techo llevaba una antena de alguna clase, además de lo que parecía, por extraño que fuese, un Tannoy o algún otro tipo de altavoz, de los que se usan en las campañas electorales. Desde luego, el vehículo se encontraba en un estado de conservación notable. Así que pensó que, al nal, sí que debía de ser una broma pesada a su costa. Rodeó el coche despacio y en silencio hasta ponerse delante, mientras intentaba mirar por las ventanillas. No había nadie dentro. Todas las puertas estaban cerradas. Aun así, el funcionario totalitario podía estar acechando en alguna parte. Recordaba haber oído, o leído, algo sobre que esa ota de furgonetas detectoras de televisores era un montaje, que los vehículos no contenían equipo electrónico alguno y que solo eran para aparentar, exhibiéndolos para meter miedo y dudas a la población general, de modo que se acobardase y pagara. Pero no podía asegurar que hubiera sido así.

El caso es que ahora podría hacer que el idiota de Remal se diera cuenta de lo grave de la situación. Se dirigió a la casa del guardia, calada hasta los huesos por la lluvia, y tiró una y otra vez de la cuerda de la campanita. Pero o había salido o se negaba a abrir.

Al deshacer el camino hasta el chalé de invitados, descubrió que el vehículo ya no estaba. No se explicaba cómo podía haber pasado por su lado sin verlo, ya que solo había una carretera para el trá co que atravesaba toda la nca, y la única entrada y salida posible era pasando ante la casa del guardia.

Dio una vuelta por la nca por si la furgoneta había aparcado en otro lugar, pero no encontró ni rastro de ella.

Abandonó la búsqueda, desesperada por quitarse la ropa mojada y secarse.

Una vez en el chalé de invitados, se quitó apresuradamente las empapadas capas de ropa, las arrojó al cesto de la ropa sucia y fue al dormitorio a por el albornoz.

Sobre la cama había una camisa blanca, una falda negra larga y una corbata recién lavadas.

Se habían llevado el resto de su ropa. No tenía otra cosa seca que ponerse.

Era evidente que Remal había entrado en el chalé de invitados y dejado esa ropa como parte de alguna fantasía enfermiza. No tenía forma de saber qué haría a continuación. Aquello había dejado de ser una broma intimidatoria; eso era acoso sexual.

Aun así, le resultó extrañamente di cil pensar una respuesta adecuada a la situación. El caos de sus pensamientos parecía paralelo al de la tormenta que seguía azotando el Instituto. Se obligó a pensar con claridad, y recordó el smartphone nuevo que llevaba en el bolso. No lo había tocado desde que llegó, cosa que la sorprendió, ya que antes rara vez lo perdía de vista. Una momentánea oleada de pánico se apoderó de ella mientras lo buscaba, imaginando que lo habrían robado, que no funcionaría, o que no tendría cobertura. Pero no se dio ninguna de estas eventualidades y marcó el número de los servicios de emergencia.

Si la policía le decía que solo estaba exagerando por un montón de ropa, les diría que en ese momento había un ladrón rondando el lugar.

Oyó la señal de llamada, luego un clic como si se hubiera establecido conexión y luego una pausa vacía al otro extremo de la línea.

—¿Policía? Necesito a la policía. ¿Hola? ¿Policía?

Alguien al otro lado de la línea se aclaró la garganta. Y entonces habló, casi con un susurro.

—¿Cuál es el número de su licencia de televisión? — dijo la voz incorpórea.

Entonces el iPhone soltó un fuerte crujido, algunas chispas y se apagó por completo.

Court tiró el aparato a un lado. Parecía que la única solución sería huir de inmediato.

Echó un vistazo a la habitación. No había tiempo ni para recoger sus pocas pertenencias.

En la mesa seguía estando “Neutrón X”, el cuaderno utópico de Alderman. ¿Debía llevárselo? Al nal sí que sería un robo. No podía decidirse, y pasó rápidamente las páginas al azar, sintiendo de nuevo una sensación de pánico creciente.

Habían tachado las páginas una y otra vez, hasta el punto de hacerlas completamente ilegibles y, de hecho, malignamente inútiles.

Cogió del cesto de la ropa sucia el impermeable y el pañuelo todavía húmedos, se los puso y volvió a salir a la tormenta.

El primer impulso de Court fue ir a la puerta que llevaba al pasaje del ferrocarril bajo la M , que daba acceso al andén de la estación de Gallows Langley. Esperaba de antemano que estuviera cerrada, pero tenía una llave general claramente etiquetada que le permitiría entrar y salir. Entonces descubrió que la llave ni siquiera encajaba en la cerradura. Pensó en gritar pidiendo ayuda, pero el ruido de la tormenta, además del estruendo del trá co motorizado que pasaba por las alturas del enorme viaducto de hormigón, habría ahogado sus gritos. Recorrió con la mirada el pasaje que llevaba al distante andén. No había ningún pasajero esperando.

¿Y ahora qué? Estaba a punto de dar media vuelta cuando vio que se acercaba un tren y, al entrar en la estación con un silbido agudo y jadeante y sin aminorar la marcha, vio que era una locomotora de vapor, tirando de un contenedor cubierto. El maquinista, un borrón inde nido, la saludó con la mano al pasar velozmente ante el pasadizo.

Miró cómo el tren desaparecía en la lúgubre distancia, arrastrando pesadas nubes a su paso.

La única otra forma razonable de salir era por el camino que pasaba junto a la casa del guardia, en la otra punta de la nca. Pero seguro que Remal estaría allí, esperándola, al acecho.

Para entonces volvía a estar calada y la lluvia no daba señales de amainar.

No le quedaba más remedio que intentar conseguir ayuda de alguno de los otros chalés. Llamó a los primeros cuatro, no obtuvo respuesta y descubrió que todas las ventanas estaban tapadas por gruesas cortinas.

Se acercaba al quinto chalé cuando una de las criaturas jorobadas gris ceniza salió de detrás de una serie de arbustos que tenía delante. Esta vez estaba mucho más cerca de ella y con rmó la extraña impresión que obtuvo a mayor distancia de que poseían un hocico en un rostro marchito pero extrañamente infantil. Pero esta criatura no se jó en ella, sino que continuó su camino hacia el chalé y, una vez en su destino, se levantó sobre las patas traseras, utilizando las delanteras para alzarse hasta una ventana con cortinas. La monstruosidad empujó contra el cristal, que se abrió, y pasó al interior, por encima del antepecho, antes de cerrar la abertura tras de sí.

Ahí se va la idea de conseguir ayuda de los residentes, pensó. Tan solo la idea le resultaba tan angustiosa como una alucinación repentina.

¿Debía intentar cruzar la frontera de tejos? No debían de ser infranqueables.

Recordó el mapa de los terrenos del Instituto que estaba en la pared del chalé de invitados.

Detrás de los chalés de la parte este había una cuesta, o una loma, pero era un obstáculo fácilmente salvable, aunque el suelo estuviera resbaladizo por ese tiempo asqueroso. Más allá, a no más de diez metros, estaba la barrera de árboles.

Y después de los árboles un gran espacio abierto con pastizales, y la libertad.

Había necesitado diez minutos para superar la loma y abrirse paso por entre los acebos que cerraban el espacio entre los troncos de tejos. Llevaba el impermeable empapado y rasgado en varios sitios, además de la piel de la cara y las manos ensangrentada por los cortes. El caso era que se había esforzado por pasar, cuando descubrió una verja de tres metros de altura. Una barrera infranqueable. Cada una de las varillas metálicas terminaba en una punta con forma de or de Lis. Recorrió el perímetro unas dos docenas de metros, esperando poder encontrar alguna barra faltante, con la consiguiente abertura por la que poder colarse, pero fue en vano, ya que cualquier posible progreso se vio bloqueado por un enorme arbusto espinoso que crecía a ambos lados de la verja. En la dirección opuesta había otro arbusto espinoso igualmente enorme e infranqueable.

Le quedaban dos opciones: arriesgarse a pasar ante la casa del guardia y encontrarse con que allí la esperaba el lunático de Remal, o quizá, probar por los terrenos ante Atkinson House. Seguro que el prado delantero en pendiente que descendía hasta la vía del tren también estaría cercado por una verja, pero no podía tener la misma altura, o la habría visto antes, sobresaliendo por encima del seto. La primera opción seguía llenándola de alarma, así que decidió arriesgarse con la segunda. Cruzar una vía de ferrocarril con mucho trá co es de por sí bastante peligroso, pero esta tenía catenaria y no un tercer riel en el suelo. Y solo necesitaría unos segundos para atravesarla.

Una vez que regresó tambaleándose por donde había venido, vio que había reaparecido la furgoneta del detector de televisores y volvía a estar aparcada ante el chalé de invitados. Pero, en cuanto se acercó, el megáfono ladró un estribillo familiar:

El motor se encendió de repente, el embrague cambió de marcha y el vehículo avanzó a trompicones, directo hacia ella con intención de atropellarla. Se las arregló para esquivarlo en el último momento, arrojándose a un lado, pero al hacerlo pisó mal y aterrizó con torpeza.

La furgoneta giró bruscamente sobre el asfalto mojado, carenó, se subió al césped trazando un amplio arco, atravesó unos arbustos y se alejó en dirección contraria, hacia la casa del guardia.

Court descubrió que se había torcido el tobillo izquierdo y dobló la esquina de Atkinson House dolorida y cojeando, con intención de bajar por el prado como pudiera y luego cruzar la vía férrea. También debía de tener un tirón en algún músculo de la espalda, pues caminaba con di cultad, casi encorvada por el esfuerzo. Llovía con más fuerza, y cortinas de agua helada barrían implacables los espacios desprotegidos de los terrenos del Instituto, como anunciando otro diluvio bíblico para los transgresores de las leyes del Creador.

Las luces de la biblioteca estaban encendidas y la puerta de entrada abierta de par en par. Se preguntó si Remal no le estaría preparando otra trampa. La luz también brillaba a través de la ventana hastial de triple hoja de la antigua sala del comité, situada sobre la biblioteca.

Una gura se asomó al panel central de la ventana, enmarcada por la iluminación, pero borrosa e imprecisa debido a las riadas de agua de lluvia que corrían por la fachada del edi cio desde los canalones inundados del tejado. Court intentó desesperadamente distinguir quién era, y al principio estuvo segura de que era Remal.

Pero, mientras estaba allí parada, pensó que sus ojos le jugaban una mala pasada al darse cuenta de que la forma parecía alterarse de forma drástica.

No, ese hombre debía de ser mucho más corpulento que el ( aco) Remal, y entonces, el ocupante de la casa alzó la mano con un gesto un tanto teatral y saludó.

Se acercó hasta tropezar en los escalones de la entrada y miró directamente hacia arriba. El hombre había abierto de par en par el panel central de la ventana, y se inclinaba hacia delante para mirarla a través de las gafas de montura negra que habían sustituido a sus gafas de abuela.

Por n reconoció ese rostro pálido, regordete y recién afeitado. La lluvia le mojaba la espesa cabellera negra, pegándosela a las mejillas. Tenía secos los chorros gemelos de sangre cancerosa que brotaron de las fosas nasales, y residuos apelmazados le cubrían los gruesos labios superior e inferior.

Cuando por n esbozó una sonrisa maníaca, lo hizo para mostrar los dientes más destrozados y pesadillescos que había visto Sibyl Court en una vida brutalmente interrumpida.

—Pase dentro y quitémosle esa ropa mojada — gritó él con voz familiar e incorpórea.

Court respondió chillando repetidamente, pero al oírse le pareció estar ladrando, acompañada de ecos que se acercaban al lugar.

UNA INFESTACIÓN ELEMENTAL

1

La primera vez que Havelock vislumbró el lindero del bosque de Penceddo fue desde su automóvil, al aproximarse a las obras de la propuesta carretera alternativa. Hasta ese momento no había prestado especial atención al bosque, pese a llevar seis meses viviendo en el lugar. En la distancia se extendía una franja de tejos de kilómetro y medio de ancho sobre la meseta situada en la ladera occidental del valle del ool, con tres kilómetros más de denso bosque acechando detrás. El sol invernal de última hora de la tarde se ponía tras la sombría extensión de coniferas en un derroche de color carmesí y azafrán que confería al paisaje un aire espectral. Tal era el efecto de la intensa visión a la que se enfrentaba que olvidó por un momento la irritación que le producía el ser enviado allí con tan poca antelación (y sin estar debidamente informado de los últimos acontecimientos) por su superior inmediato en el Departamento de Plani cación del Consejo del Distrito del ool.

Sus pensamientos se apartaron de esa imagen de la boscosa colina, iluminada como si ardiera, para volver al aburrido y funcional interior del polvoriento despacho de Charles Beech eld OBE, en la sección del departamento dedicada al desarrollo de la red de carreteras locales.

—Havelock —le había dicho Beech eld —, debo irme a algún lugar tranquilo durante al menos un mes, y debo hacerlo de inmediato. Asuntos propios repentinos. Tengo órdenes estrictas. Hoy es mi último día en la o cina. Por si quiere saberlo, el médico dice que mi viejo corazón me está dando la murga. A mí me parecía demasiado alboroto por nada, pero la señora Beech eld se enteró no sé cómo. Es la que debe ser obedecida y todo eso. Por tanto, debo salir de inmediato. No me queda más remedio que dejar esto en sus manos. Aquí tiene el expediente, estúdielo. Quizá haya descuidado un poco el asunto, pero no dudo de que usted sabrá retomarlo. Acérquese mañana a las obras, averigüe a qué se deben los retrasos y resuélvalo. Es usted una persona competente.

Havelock asintió con la cabeza en varios momentos del monólogo de Beech eld, deseó a su superior una pronta recuperación, se llevó el voluminoso expediente de color beis a su escritorio, se sentó y hojeó los diversos documentos que contenía.

Sí que lo había descuidado, pensó: la situación incluso olía a ineptitud deliberada. La construcción de una carretera alternativa para descongestionar el trá co interrumpida de golpe, pese a haber comenzado las obras dos meses antes. Por lo que podía ver, se habían construido apenas ochocientos metros de la carretera prevista antes de que los trabajos quedaran paralizados por todo tipo de interminables retrasos. La naturaleza de los retrasos era desconcertante: informes imprecisos sobre inexplicables fallos mecánicos del equipo pesado, además de problemas tanto sicos como mentales del personal asignado a los equipos de obreros. Parecía ser que varios empleados locales se habían negado en redondo a continuar trabajando, pese a los generosos incentivos, pre riendo incluso ser despedidos, por lo que cualquier mínimo progreso conseguido era debido a la contratación de obreros traídos de Londres. En esos momentos, ya hacía dos semanas que no se habían realizado trabajos. Apenas habían desbrozado una pequeña parte del bosque de Penceddo y la carretera se interrumpía nada más adentrarse poco más de veinte metros en la interminable masa de tejos densamente apiñados.

La tarde del mismo día en que habló con Beech eld, mientras se relajaba en la taberna el Gryphon tomando un whisky con soda, se le ocurrió mencionar su situación al locuaz propietario del pub.

—¿Y qué? ¿Irá a ver si se construye esa carretera a través del viejo bosque de Penceddo?

—Así es —dijo Havelock—. Hace un año hicimos una encuesta por correo para consultar a la población local. No hubo objeciones.

—Seguro que tampoco la respondió la gente sensata. Los tontos solo aprenden haciendo mal las cosas, nunca de las advertencias previas. Debería hablar de ese bosque con Roderick Carden, el historiador local. Una pena que no haya venido esta noche.

—¿Qué sabrá ese chi ado? ¿Acaso el bosque tiene alguna fama siniestra en la zona, alguna tontería supersticiosa como las que suele colar en sus libros?

—Pregúnteselo usted mismo — dijo el barman, yendo a atender a otro cliente y dejando que desde ese momento fuera la joven y taciturna camarera quien sirviera las bebidas a Havelock.

Y así fue como, al atardecer del día siguiente, Havelock se vio conduciendo hacia el lugar de las obras, que, una vez acabada la carretera, pasaría a llamarse, con falso estilo rústico-idílico, «Paseo de Penceddo», por mucho que el proyecto conllevase la destrucción de tres kilómetros de bosque viejo. La visión de esas amontonadas hileras de tejos enmarcadas por la llameante puesta de sol daba a Havelock motivos para re exionar, pero era dudoso que pudiesen alterar de forma signi cativa lo que pensaba de la conveniencia de descongestionar aún más el trá co local. Al n y al cabo, seguía siendo un empleado municipal sin imaginación alguna, un burócrata menor con facturas y alquiler que pagar, además de ser uno de esos individuos informados que se limitan a encogerse de hombros y recurrir al dictamen universal de que no puede haber nada ni nadie que se interponga en el camino del «progreso». Ni siquiera el (a sus ojos) antiestético pueblecito de Gallows Langley, con su sombrío apilamiento de casas jacobinas de dos plantas, podridos tejados triangulares y ventanas voladizas, que acabarían por ser demolidas y reemplazadas por edi caciones de ladrillo rojo más utilitarias.

Aparcó el vehículo al lado de algunos otros, en un pequeño claro de la ladera que servía de aparcamiento improvisado. Salió de él y, justo en las sombras que tenía delante, distinguió una hormigonera, una excavadora y un camión volquete, además de diversos tipos de maquinaria pesada, toda ella parada en el lugar de la obra. Había media docena de obreros con cascos de seguridad sentados alrededor de un fuego en un bidón de aceite vacío, calentándose las manos ante las llamas, fumando cigarrillos y bebiendo humeantes tazas de té. Cuando se acercó a ellos, alzaron la mirada y uno le dio un codazo a otro antes de susurrarle alguna obscenidad.

—Soy del departamento de plani cación. ¿Dónde puedo encontrar al capataz? — dijo Havelock, algo incómodo ante la mirada descon ada de esos rostros demacrados y sin afeitar, que más que amenazadores parecían amenazados.

—El capataz está allí, en esa portacabina — respondió uno de ellos, señalando detrás de Havelock, antes de volver a llevarse el cigarrillo a los agrietados labios.

Havelock dio media vuelta y se dirigió a la portacabina, observando a su derecha el corto tramo de carretera terminado: una estrecha franja de asfalto de unos veinte metros de largo que se había abierto paso entre la tunelada masa de tejos y que terminaba en un enorme montón de maderas y escombros solo medio visible en la creciente oscuridad.

Subió el pequeño tramo de escalones de la entrada de la portacabina y encontró la puerta sin cerrar y ligeramente entreabierta. Dentro había un hombre inconsciente, desplomado boca abajo sobre un escritorio, con la cabeza descansando entre una botella de ginebra Greenall’s a medio acabar y una linterna de para na encendida que desprendía un cálido resplandor ambarino, además de un aroma sumamente espeso y empalagoso que impregnaba todo el interior. Había un montón de papeles esparcidos por el suelo, la mayoría correspondencia o cial y facturas a medias, que parecían haber sido pisoteados por botas embarradas, sin el menor cuidado y más de una vez.

Havelock sorteó los restos y se detuvo ante el desplomado capataz, escuchando con creciente impaciencia los gruñidos apagados y los murmullos incoherentes de aquel inútil que hablaba en sueños. El hombre parecía sumido en una repugnante embriaguez y tener una pesadilla provocada por la bebida, sin duda agravada por el sentimiento de culpa que debía producirle su negligencia. Al dirigirse verbalmente al capataz para que reaccionara y se recompusiera y no obtener respuesta alguna, lo sacudió bruscamente por el hombro hasta que ese lamentable despojo humano abrió los ojos y despertó soñoliento con cierta medida de consciencia.

Miró con total incomprensión a su alrededor, y a Havelock, y su mano serpenteó por el escritorio hasta agarrar la botella de ginebra. Vertió temblorosamente una generosa cantidad de licor en un sucio vaso de cristal y se tragó el contenido.

—¿No le parece que ya ha bebido más que su ciente? — dijo Havelock.

El capataz le dirigió una imprecación, arrastrando las palabras.

—Me envía el señor Beech eld. Soy funcionario del departamento de plani cación. Quiero saber qué trabajo se ha realizado últimamente por aquí — continuó Havelock —. Muy poco, o eso parece.

—No puede hacerse —dijo el capataz —, por muchas máquinas u obreros que lo intenten. Todo se estropea más pronto que tarde. No puede hacerse, le digo. Lo peor son los sonidos. No sería tan malo si no me susurrara el bosque.

El hombre parecía al borde de un colapso nervioso. Solo decía cosas sin sentido.

Havelock se dio por vencido y salió fuera. Las estrellas más brillantes que se veían en esa época del año empezaban a ser visibles en la inmensidad del cielo nocturno y pudo distinguir la familiar forma de Orion elevándose en la distancia, por el sudeste.

Cuando preguntó a los obreros sentados alrededor del fuego del bidón qué le pasaba al capataz, estos se encogieron de hombros, dijeron que no les creería aunque se lo contaran, que los tomaría por locos, y que ese era su último día de trabajo. Que tampoco ellos aguantaban más en ese lugar. Y que ahora que había oscurecido, habían decidido irse todos para no volver. También le dijeron, por si acaso no lo tenía claro, que podía «meterse el trabajo por donde le cupiera».

El día siguiente, una vez en el despacho, Havelock telefoneó a Carden, el historiador local, y le preguntó si podía arrojar alguna luz sobre la historia del bosque de Penceddo. Se sentía idiota consultando con un chi ado local tan conocido, pero quizá, si hubiera constancia de algún tipo de folclore relativo al lugar que explicase aquel brote de histeria colectiva, eso le daría alguna idea sobre la mejor manera de enfrentarse a las aparentemente insuperables di cultades relativas a la construcción del proyectado paseo de Penceddo.

—Mire —le respondió Carden por teléfono —, probablemente sea mejor que se pase por mi casa en el campo y vea usted mismo la documentación que tengo sobre el bosque. Por ejemplo, describirle las fotogra as nunca será lo mismo que verlas con sus propios ojos.

Havelock, que hasta el momento solo se había cruzado y hablado con Carden en dos ocasiones en la taberna el Gryphon, se había formado la clara impresión de que el hombre se consideraba una especie de sucesor del famoso cazador de fantasmas Harry Price. Havelock tuvo una visión repentina en la que visitaba a Carden y acababa estudiando una ridícula serie de fotogra as de médiums Victorianos de ojos muertos asomándose entre los tejos y exhalando nubes de ectoplasma por la boca abierta.

—Creo que las que más le interesarán son las fotogra as del «hombre de Winton» — dijo Carden —, pero ha de verlas por sí mismo. Esta hora es tan buena como cualquier otra. Pásese. Prepararé una buena taza de té.

2

Carden vivía en la antigua casa del esclusero, situada a unos ochocientos metros de Gallows Langley, junto al canal de Grand Union. La escarcha de la noche anterior seguía presente pese al frío sol de la mañana y, cuando Havelock recorrió el camino de sirga, pasando ante la docena de barcos de alegres colores amarrados a lo largo del canal, y ante los campos de brillante blanco tomados por ovejas de aspecto taciturno, se sintió como embarcado en una misión inútil. Los extraños sucesos del día anterior en el bosque de Penceddo le resultaban ya fantásticos e irreales, como pertenecientes a algún sueño horrible que más le habría valido desechar, en vez de obsesionarse con él al despertar.

Carden lo recibió en la puerta de la cabaña. Tenía sobrepeso y los cincuenta bien avanzados, vestía una bata larga y gruesa sobre un polo de cuello abierto y anchos pantalones Oxford. En la cabeza llevaba un gorro chino con borlas y zapatillas de terciopelo rojo en los pies. Parecía salido de un número de circo, o algo parecido, y estar a punto de saltar a la pista e interpretar a un mago profesional. Obviamente, tan bohemio atuendo era lo que solía llevar en privado, pues las veces que lo había visto en público siempre vestía de forma conservadora, con tweed, más o menos como iba vestido el propio Havelock.

—Justo a tiempo. Ya he puesto la tetera a hervir. Pase — dijo Carden.

Havelock lo siguió por el corto pasillo, y le llamaron enseguida la atención las hileras de archivadores y de cajas de cartón apoyadas contra las paredes. Sobre ellas se amontonaba un desconcertante surtido de libros viejos y mohosos que tocaban todo tipo de temas abstrusos. En el aire otaba un olor curiosamente penetrante y almizclado, no a tabaco, pero sí a «algo más» que se había fumado poco antes. Cuando Carden condujo a su invitado al salón, tuvo que hacer sitio para que Havelock pudiera sentarse en un sillón, retirando la pila de libros que ya ocupaban el asiento; volúmenes sobre cuestiones de brujería y magia negra, todos escritos por alguien llamado Alphonsus Winters.

Carden volvió con la bandeja del té y la depositó en el suelo. Cruzó las piernas para sentarse en la alfombra y sirvió el Darjeeling de la tetera de plata en dos tazas de porcelana de hueso a través de un colador. Havelock se sirvió leche y azúcar.

—¿Ha leído los libros del reverendo Winters? — preguntó Carden —. El viejo es interesante, aunque demasiado romanista para mi gusto. Hace diez años que desapareció por estos lugares. Hay muchas brujas en esta zona, sobre todo las del linaje Degabaston, descendientes de Zebulón, pero seguro que no ha oído hablar de ellas. Se dice que tenían…

—Me interesa más el tal «hombre de Winton» que mencionó — dijo Havelock, interrumpiéndolo —. Él… Eso… Esa cosa… ¿tiene algo que ver con el bosque de Penceddo?

—Por supuesto. Deje que se lo esclarezca. El «hombre de Winton» era un cuerpo de la época romano-britana que se encontró en , increíblemente bien conservado, en una turbera de los lindes del bosque de Penceddo, algo más al sur, junto al valle del ool, cerca del puente de Winton.

Havelock nunca había oído hablar de turberas en la región y normalmente las asociaba a partes del país situadas más al norte; por el centro del país como mínimo. Que él supiera, cuando terminaron el informe sobre la construcción del paseo de Penceddo no se habló de ninguna turbera.

—Obviamente, la turbera se ha reducido con el paso de los siglos — continuó Carden, como si detectara el fogonazo de escepticismo de Havelock —, y ahora mismo su tamaño será la vigésima parte de lo que fue en el siglo .

—¿Dónde están ahora esos restos humanos? En algún museo, supongo.

—Bueno, se expusieron, claro está, en el Museo del ool. Causaron gran sensación. Pero luego, apenas una semana después, los robaron. O eso se dijo.

—¿Los robaron? ¿Quién los robó?

—Nunca se detuvo a nadie por el delito. Le diré lo que creo que pasó, pero antes permita que le enseñe las fotogra as que le mencioné por teléfono.

Arrastró los pies hasta otra habitación y volvió unos segundos después cargado con una carpeta gris que entregó a Havelock, el cual examinó su contenido.

Pese a no contener fotos de médiums «posando» entre árboles y exhalando ectoplasma falso por la boca, las que contenía eran, la verdad, realmente horribles y extraordinarias. En todas se veían, enfocados desde diferentes ángulos, los restos momi cados de forma natural de un individuo varón que había vivido unos dos mil años antes. La carne se había curtido hasta ser cuero marrón y la presión de la turbera donde había reposado el cuerpo había deformado tanto su aspecto que esa cosa parecía estar medio aplastada, con un cuerpo, una cabeza y unos rasgos faciales que parecían haberse apartado y resbalado de la retorcida estructura del esqueleto y el cráneo que había bajo la piel. Tenía la boca abierta en un agónico e inmóvil bostezo. Pero, por perturbadora que fuera esa imagen, la sensación generalizada de horror se veía acentuada por la presencia de grupos de setas que brotaban del cadáver como si se alimentaran de él. Aunque las fotogra as eran en blanco y negro, a Havelock le recordaron unas setas venenosas de sombrero rojo sangre y motas blancas que le habían señalado en los senderos de montaña, una especie que solo parecía orecer en la región del valle del ool y alrededores. Las setas de las fotogra as y las que había visto con sus propios ojos parecían pertenecer a la misma familia.

Havelock devolvió las fotogra as a la carpeta.

—Sacri cio humano —dijo Carden —, y metempsicosis.

A Havelock no le llegó este último comentario, salvo por una vaga impresión de que no venía al caso.

—¿Así que usted sostiene que este «hombre de Winton», que pudieron robar o no allá por , ha vuelto para encantar el bosque de Penceddo, o algo por el estilo? — dijo Havelock.

Una nota de escepticismo volvía a delatarse en su voz; conocía de sobra la tendencia de este historiador local concreto a mezclar el folclore local con los hechos.

Carden se encogió de hombros.

—Le digo que esta región es un nexo para toda clase de perturbaciones psíquicas. Rupert Aldeman, el escritor de historias de fantasmas y a cionado a los viajes uviales, escribió hace poco un artículo para e Illustrated London News sobre una perniciosa infestación elemental que acechaba a menos de kilómetro y medio de aquí. Decía que mirar jamente a ese elemental durante cualquier medida de tiempo era invitar a la locura y el suicidio espiritual. Me parece algo muy signi cativo. Un artista local, Neil Harkness, me dijo que incluso había dibujado esa cosa, tras verla en un espejo durante un sueño. Se niega rotundamente a enseñar el dibujo a nadie.

—¿En serio? —replicó Havelock, conteniendo el impulso de reírse.

—Dígame, ¿qué sabe usted de los antiguos druidas?

—Poca cosa. Que visten túnicas blancas y siguen reuniéndose en Stonehenge durante el solsticio de verano. ¿No eran lósofos bondadosos y adivinos?

—Stonehenge no tiene nada que ver con esos autoproclamados druidas contemporáneos, digan lo que digan ellos. Me re ero a los antiguos y auténticos druidas celtas. Veo que vuelve a negar con la cabeza; bueno, pues permítame aconsejarle que prescinda de cualquier falsa noción moderna sobre el tema. El «hombre de Winton» era, evidentemente, un claro ejemplo de prueba arqueológica que respaldaba las aseveraciones de Tácito y de Plinio el Viejo sobre los sanguinarios rituales con sacri cios humanos de los druidas. Quizá sepa que Halloween se originó en el antiguo festival celta de Samhain. Como decía Winters, «los druidas no eran una agrupación homogénea de sumos sacerdotes y videntes bátanos; cada localidad tenía su propio tipo de druidismo y, aunque algunos eran mucho más malé cos que otros, no hay ninguna duda de que, pese a las pueriles objeciones de sus actuales imitadores, todos practicaban tanto el sacri cio humano como el canibalismo». Winters sabía lo que se decía.

—Todo esto es muy interesante, sin duda, pero…

Carden ignoró la interrupción de Havelock y continuó hablando, ahondando en el tema.

—El tipo concreto de druidismo que arraigó en el valle del ool en tiempos precristianos fue especialmente extraño. Mis investigaciones apuntan al hecho de que, debido a la campaña iniciada por la Roma Imperial en el siglo para aniquilar todas las manifestaciones de druidismo dentro del Imperio, los druidas del ool se sometieron a un proceso voluntario de autosacri cio en masa envenenándose con setas, proceso concebido para crear una unión sica nal con estos bosques que ellos consideraban sagrados.

—¿Y qué pasa con el «hombre de Winton»?

—Si acierto en mis suposiciones, es muy probable que fuera un druida del ool, pero uno que delató al culto ante las autoridades romanas, intentó huir, fue capturado y obligado a consumir, de un modo u otro, las setas venenosas, y nalmente arrojado a la turbera. Se le dejó allí, permanentemente suspendido entre dos mundos, tanto para castigarlo como para aplacar la furia de los antiguos dioses.

—Sigue sin decirme lo que cree que acabó pasándole al cuerpo, una vez lo robaron.

—Le diré una cosa: aquella noche de enero de , en el Museo del ool no se encontraron indicios de que alguien entrase en él. Hay una declaración del conservador diciendo que una ventana de la planta de calle parecía haberse roto desde dentro, se encontraron fragmentos de cristal en un solo lugar: en el exterior, en el parterre medio aplastado que había bajo esa misma ventana. Las huellas de pisadas, extrañamente torcidas, desconcertaron por completo a la policía local. Yo creo que se oyó la llamada del bosque y que la invocación se obedeció.

3

Havelock se excusó y se marchó casi inmediatamente después de que Carden emitiera su disparatado veredicto nal. Supuso que el capataz de la obra se habría enterado de algún modo de esa absurda leyenda del folclore local y que se la habría contado a cualquier obrero contratado para la obra durante su rápido descenso al alcoholismo, mientras sufría las consiguientes alucinaciones del delirium tremens. Aunque Carden no lo hubiera manifestado de forma explícita con su fantasiosa historia, había dado a entender que, en , el «hombre de Winton» había vuelto al bosque de Penceddo para acecharlo en su forma corpórea, y que décadas después seguía en ello. Cuando uno se paraba ante esas inmensas y apretadas hileras de tejos, resultaba fácil entender que semejantes habladurías sobre espíritus malignos y bosques malditos y susurrantes pudieran asustar a la gente sencilla y de naturaleza supersticiosa.

Havelock hizo gestiones para relevar de sus funciones al viejo capataz, alegando motivos personales, pero el posterior examen médico hizo que lo ingresaran en el manicomio de Gallows Langley para su tratamiento, institución supervisada por el respetado doctor Winterburn. Parece ser que, en cuanto se le dijo dónde iban a internarlo, el capataz enloqueció y se volvió agresivo, lo cual solo sirvió para con rmar aún más el estado completamente desequilibrado de sus facultades mentales destrozadas por la bebida y por su inclinación paranoide a creerse habladurías locales completamente infundadas.

Pocos días después, y pese a estar de baja por sus teóricos problemas cardiacos, Beech eld hizo una llamada a larga distancia al teléfono de la o cina de plani cación. Era evidente que alguien le había telegra ado contándole la sustitución del capataz de la obra y quería ser informado sobre cuánto tardarían en reanudarse las obras del paseo de Penceddo. Había parásitos en la línea, además de una ligera demora, y los dos se pisaban la conversación cada vez que había alguna pausa momentánea en uno u otro lado.

—Debe acabar de una vez por todas con esos absurdos rumores locales — dijo Beech eld —, y la mejor manera de hacerlo es exponer todo el asunto ante el gran público como el chismorreo que es. Quiero que visite el bosque con un reportero local, para que escriba un reportaje donde diga que allí no hay absolutamente nada que temer. Puedo responder personalmente por Brian Fengrove de la ool Gazette. Un periodista sensato y razonable. Lo escribirá. Me debe algún que otro favor. Es quien escribió ese excelente artículo desmintiendo las falsedades y estupideces que se dicen sobre los malos tratos en el manicomio. Llámele por teléfono, explíquele cómo están las cosas y dígale que llama de mi parte. Es buena gente — dijo Beech eld.

—Muy bien, señor —replicó Havelock justo antes de que se cortara la línea.

4

Brian Fengrove era un hombre al nal de la cincuentena, corpulento y con gafas, que tenía un curioso parecido sico con el conocido presentador de televisión Gilbert Harding, con el que solía confundirlo la gente. Llevaba muchos años trabajando en Fleet Street, para el Evening News, cuando tres años antes le ofrecieron la oportunidad de ser reportero en jefe de la ool Gazette. Sin duda, su nuevo propietario estadounidense, el extrañamente afeminado Zebulón De Gabiston, debió pensar que incorporar a un periodista de un diario londinense a la reducida plantilla del semanario aumentaría el prestigio del periódico local. Fengrove ya era de por sí residente en Gallows Langley, donde tenía que coger todas las mañanas el tren a Londres para trabajar en el Evening News, y dijo que la idea de escribir sobre agricultura y estas religiosas le atraía más que hacerlo sobre asesinatos y atracos a bancos. Por tanto, y según decía, había aceptado encantado el nuevo puesto por considerarlo un cómodo preludio a la jubilación. En vez de frecuentar la taberna el Gryphon, solía ir al pub del Hombre Verde, en High Street, donde escribía los artículos para la Gazette ayudándose con una sucesión vespertina de pintas de cerveza Bass, acompañadas por chupitos de oporto con hielo y limón.

Havelock telefoneó a Fengrove siguiendo las instrucciones de Beech eld, y su esposa le informó (con un tono, digamos, un tanto malhumorado) de que «sin duda, a esas horas de la tarde encontraría a su marido bebiendo en esa horrible tabernucha».

Los dos hombres solo se habían visto en un par de ocasiones y su trato se había limitado a saludarse asintiendo con la cabeza, por lo que Fengrove denotó cierta sorpresa al ver a Havelock entrar en el pub del Hombre Verde, mirar a su alrededor, y luego dirigirse resueltamente hacia donde él estaba sentado, dando la clara impresión de tener que tratar algún asunto urgente. Era el pub más pequeño del pueblo y el menos acogedor para los «no habituales», su interior ahumado y de bajas vigas de madera era el coto semiexclusivo de una variada camarilla de clientes conocidos por un mismo hábito: beber en exceso, sobre todo los nes de semana fuera de horario, en encierros secretos que duraban toda la noche.

Una vez Havelock hubo explicado todo lo concerniente al paseo de Penceddo, Fengrove se recostó en su silla y resopló.

—Estaré encantado de poder ayudar al viejo Beech eld, por supuesto —d ijo —, aunque eso de cazar fantasmas no sea lo mío.

Havelock se preguntó si no iría a inventarse alguna excusa para no participar en el desmentido previsto.

—¿No creerá en esas supercherías sobrenaturales? — le preguntó.

—No, claro que no. Supongo que por eso pensaría Beech eld en mí. Aun así, habría que llevar cámara. El artículo necesitará alguna que otra foto. Pero no me apetece mucho pasear de noche por esos bosques. Uno puede tropezarse fácilmente con alguna raíz que sobresalga y torcerse el tobillo en la oscuridad.

—No veo por qué no podemos hacerlo a la luz del día. Los árboles están tan juntos que bajo las ramas todo debe de estar en penumbra, incluso a mediodía.

—Cierto. Muy bien, me apunto. ¿Quiere otra?

Al día siguiente, Havelock y Fengrove recorrieron los veinte metros del principio del paseo de Penceddo, cruzaron el páramo de escombros amontonados que había a continuación y se internaron en el bosque con paso lento y tranquilo. El aire era gélido y la dura escarcha nocturna seguía presente en la hierba, las hojas, las agujas, los troncos y las ramas, cubriéndolo todo con una capa de cristalina blancura. Fengrove llevaba una cámara Gra ex, uno de los modelos preferidos por los fotógrafos de prensa, y de vez en cuando se paraba para fotogra ar los tejos que los rodeaban. Havelock no veía nada especialmente ominoso en el bosque, pese a todo lo oído sobre él y los terrores fantasmales que se decía que acechaban en su interior, y enseguida fue consciente de lo antigua que era realmente esa zona apartada de las rutas habituales. Podía imaginarse, incluso con su escasa imaginativa mente, aquellos tiempos tan lejanos, anteriores a la llegada de los romanos, cuando los celtas britanos adoraban a cosas extrañas, no en templos construidos por el hombre, sino en lugares sagrados creados por la misma naturaleza: en arboledas, en cuevas, en hondonadas y en lo alto de las colinas bajo la Luna del Lobo.

Los dos hombres llevaban cosa de una hora caminando, adentrándose cada vez más en el bosque, cuando Fengrove se apoyó en un fragmento de árbol caído, lo bastante ancho como para que una persona pudiera sentarse en él, dejó la cámara a un lado y sacó una petaca del bolsillo de su gabán negro. Bebió un trago rápido y volvió a guardársela en el bolsillo, exhalando una gran bocanada de vaporoso aire. Sobre sus cabezas parecía aumentar el murmullo de las ramas con sus agujas mecidas por el viento. Pisoteó el suelo para intentar estimular la circulación de los pies.

—Creo que ya estamos lo bastante lejos — dijo —, ¿no le parece? He tomado muchas fotos. Nada fuera de lo normal de lo que informar. Menuda cacería de fantasmas.

Havelock asintió con la cabeza, notando a su vez los efectos sicos de la caminata y deseando dar media vuelta, pero entonces volvió a mirar por entre la falange de árboles que se alzaban justo delante de él. No podía ser solo su imaginación, había algo realmente peculiar en esos tejos en sombras de allí: su forma parecía haberse alterado, casi como si los hubieran sorprendido en pleno movimiento y se hubieran detenido momentáneamente ante la repentina presencia de intrusos humanos. Era una idea ridícula, algo que podía decirse de un ciervo asustado, pero aun así le costaba quitársela de la cabeza. Y había otra cosa que le resultaba curiosa: aunque no era temporada, alrededor de las raíces expuestas y cubiertas de escarcha de los árboles había toda una franja de setas de sombrero rojo, como gotas de sangre salpicando unos dedos blancos, gigantescos y nudosos.

—Qué desconsiderado por mi parte — dijo Fengrove, volviendo a sacar la petaca —. ¿Le apetece un traguito? Sé que es temprano, pero hace un frío que pela, ¿verdad? Nada como esto para quitarse el frío de los huesos.

Havelock cogió la petaca, asintió agradecido y bebió un trago. Era whisky, pero tenía un regusto extraño y acre, y le quemó un poco la garganta a medida que lo tragaba.

—Eche un vistazo a esos árboles de ahí — dijo —, puede que valga la pena hacerles una foto. Me resultan muy raros. Raros de verdad.

Fengrove se encogió de hombros, parecía un tanto escéptico ante esa idea, pero aun así se puso en pie y procedió a alejarse un poco, camino de los árboles que le había indicado Havelock.

Este tenía intención de seguirle, aunque solo una vez hubiera descansado un rato en el fragmento de tronco que Fengrove acababa de desocupar. Pero, una vez sentado, se sintió repentinamente exhausto y, al cabo de unos instantes, descubrió que no podía levantarse. Era como si se hubiera bebido de una sentada todo el potente contenido de la petaca, en vez de dar un trago solitario.

Fengrove reapareció, sonrió, le miró con expresión socarrona y le hizo una foto. Le dio la vuelta a la cámara, abrió el panel trasero y le mostró que no contenía ningún rollo de película. A continuación, se colgó la cámara del hombro por la correa de cuero, se metió ambas manos en los bolsillos laterales del gabán y le enseñó dos petacas de idéntico aspecto.

—Lo siento, amigo. Me temo que voy a tener que dejarlo aquí — dijo.

Havelock fue deslizándose poco a poco por el tronco hasta caer al suelo, con la nuca apoyada en la corteza helada. Intentó gritar, pero solo emitió una especie de gruñido ahogado en su vano intento, y no tardó en perder por completo el conocimiento. Entonces, y antes de irse, Fengrove arrastró a Havelock a la región plagada de setas que había unos veinte metros más adentro.

Cuando Havelock despertó, encontró que tenía el cuerpo agarrotado por el frío, sin sensibilidad en las extremidades, y que los dientes le castañeteaban de forma involuntaria. Consiguió incorporarse con torpeza y, poco a poco, fue dándose cuenta de que Fengrove lo había internado en el bosque con falsos pretextos, lo había drogado y lo había abandonado a su suerte. ¿Por qué habría hecho algo así? Era evidente que no deseaba matarlo, pues, de ser ese el objetivo habría utilizado veneno y no un simple soporífero. Tal vez hubiera cometido un error y lo había dejado por muerto, adentrándolo aún más en el bosque para ocultar mejor su cuerpo. Pero ¿qué motivo podía tener para cometer un acto tan atroz?

Havelock se dio cuenta de que debía llevar horas tirado en medio del bosque en un estado de completa inconsciencia, pues ya había oscurecido y, a través de un hueco entre las agitadas y entrecruzadas ramas que se alzaban sobre su cabeza, podía ver multitud de estrellas que salpicaban el cielo nocturno negro como la tinta. También había salido la luna llena de enero, la malé ca Luna del Lobo, cuyo disco amarillo parduzco proyectaba sombras danzantes y medio borrosas sobre la maleza llena de hongos.

Lo primero que debía hacer, se dijo, era recuperar la circulación de sus congeladas piernas para poder ponerse en pie, volver sobre sus pasos y salir del bosque. Le costó subirse la pernera derecha del pantalón por encima de la pantorrilla debido a que una protuberancia del tamaño de un dedo se enganchaba en los pliegues. Cuando por n consiguió remangarse el pantalón hasta la rodilla, vio que tenía una seta de sombrero rojo adherida a una herida en la piel de la pantorrilla. Al pasar los dedos por ella, descubrió que no estaba allí por accidente, sino que parecía brotar del interior de su carne, como una excrecencia parásita y nociva.

A su mente acudió repentinamente la desagradable y nada bienvenida imagen de las fotogra as del «hombre de Winton».

Retorció la base de la seta, poniendo una mueca de disgusto, hasta arrancar la mayor parte, pero dejándose atrás un fragmento de tallo todavía rmemente arraigado en la pierna. Lo que quedaba del tallo roto rezumaba un líquido viscoso de color rojo sangre.

Al examinarse la pantorrilla izquierda, tras remangarse la pernera hasta la rodilla, descubrió varios bultos subcutáneos, como si en su interior hubiera más setas creciendo, pero todavía no hubieran acabado de romper la piel, como le había pasado en la pierna derecha.

Aun así, consiguió ponerse en pie y avanzar cojeando. El problema era que, pese a estar ya levantado y erguido, no tenía muy claro hacia dónde dirigirse para deshacer el camino hecho con Fengrove. Cuando se decidió por una dirección, le pareció que los huecos que veía a media distancia se esforzaban de algún modo por cerrarse y bloquearle el paso antes de llegar a ellos, e incluso empezó a tener la enloquecedora sensación de que lo dirigían activamente hacia un destino concreto.

Estaba mareado y tropezaba una y otra vez con obstáculos ocultos en la oscura y densa maleza. Tuvo la clara impresión de vislumbrar más de una vez tentáculos peludos que reptaban por entre la sombría vegetación a sus pies. Le resultaba extremadamente di cil concentrarse en la tarea que tenía entre manos y, absurdamente, para su desesperado desconcierto, se sorprendió riendo de forma histérica.

Al nal, fue consciente de haber llegado ante una hondonada central, rodeada por un anillo de retorcidos tejos, en cuyo claro se desparramaba el resplandor cobrizo de la gigantesca Luna del Lobo. Del suelo arcilloso que tenía bajo los pies brotaba un enorme amasijo de setas deformes, con sombreros rojos punteados de blanco, de las que brotaban a su vez otras en una especie de gigantesca amalgama caníbal; un núcleo anormal que latía en el mismo corazón del bosque de Penceddo. Y solo cuando oyó el solemne susurro de los tejos, pidiéndole que descendiese, hablándole con lo que parecían claras palabras britanas que, a pesar de ello, podía entender, recordó lo que le dijo Carden de los antiguos druidas y sus ritos secretos de metempsicosis. Y obedeció esa antigua e irresistible llamada apenas instantes antes de que ese universo de setas venenosas, burbujeante y putrefacto, de la profunda hondonada le diera la bienvenida, abriendo no solo bocas de dientes podridos y manchados de sangre, sino también ojos que lo miraban jos e inexpresivos, ojos como los de los memento mori que se encuentran en las fotogra as victorianas de muertos.

5

—La ceremonia escarlata ha terminado para otro año — dijo Fengrove, al día siguiente, mediante una llamada telefónica a larga distancia —, ya puedes volver con seguridad a Gallows Langley. Solo De Gabiston está al tanto de todo. Puede que el idiota de Carden intente husmear algo, pero lo ignorarán por chi ado. No hay pruebas de juego sucio.

—Destruiré personalmente todos los registros del

Ayuntamiento — replicó Beech eld —. Una pena que hayamos tenido que utilizar a Havelock, pero la culpa es de ese capataz borracho que habla demasiado.

Se había aceptado el sacri cio, y los susurros del bosque de Penceddo, que ya solo eran del viento, silbaron por entre la vasta masa de tejos viejos que cubría la recóndita ladera occidental del valle del ool. Su núcleo fantasmal seguiría dormido, apaciguado por el tributo, y no se extendería fuera de los con nes de la hondonada. Seguiría burbujeando y supurando, soñando siempre en aquellos días remotos y perdidos anteriores al imperio de los romanos. Seguiría dormitando hasta que en el cielo nocturno de enero volviera a asomarse la anual Luna del Lobo, y entonces, una vez más, el pasado volvería a buscar hambriento el presente, reclamando un tributo sacri cial.

Las obras del corto tramo de carretera que iba a ser el paseo de Penceddo se abandonaron de nitivamente y, al cabo de solo unos meses, la hierba brotó de las grietas del asfalto, invadiéndolo todo, y, a principios del siguiente mes de enero, asomaron los primeros grupos de esa curiosa especie de seta con sombrero rojo y puntos blancos.

UN UNIVERSO CON GLAMOUR DE OSARIO

De entre todos los hospitales psiquiátricos abandonados que salpican Inglaterra, ninguno gozó del mismo grado de aversión y miedo por parte de los residentes locales que el manicomio de Gallows Langley. Por supuesto, los demás también tenían su propio escándalo estrafalario y tristemente conocido — como el Instituto Zoskia o la Residencia Psiquiátrica Privada de Glanville, por mencionar solo dos —, pero el manicomio de Gallows Langley encarnaba por completo el misterio estremecedor que antaño envolvió a esas titánicas plazas de la locura. Su enorme edi cio Victoriano en descomposición estaba construido como si fuera una elaborada parodia gótica localizada en medio de ochenta hectáreas de terreno aislado, y solo acogía a las peores víctimas de la enajenación humana procedentes del norte de Londres y sus alrededores. La institución se mantuvo allí más de un siglo, rodeada por un alto muro con pinchos, habitada por una comunidad autocontenida cuyos residentes rara vez eran vistos por forasteros. Los habitantes de Gallows Langley del siglo ya hacían especulaciones temerosas cuando cruzó sus puertas el primer coche de caballos con las ventanas tapadas por cortinas y, a medida que el paso de los años fue haciendo que la procesión de coches diera paso a ambulancias motorizadas con ventanas tintadas, sus descendientes del siglo siguieron especulando con el mismo temor que sus antepasados.

Muy rara vez se ltraba al exterior alguna información precisa sobre lo que sucedía en el manicomio o sobre la naturaleza exacta de la comunidad de pacientes que albergaba. El personal de la institución tenía estrictamente prohibido alternar con la gente del pueblo, pero, de vez en cuando, el siempre inquisitivo dueño de la taberna el Gryphon, principal establecimiento hostelero de Gallows Langley, pillaba desprevenido a algún empleado fuera de servicio y lo invitaba a beber. Un puñado de esas extrañas historias de borrachos, oídas a lo largo de los años, tendían a con rmar que la mayoría de los peores casos médicos eran consecuencia de una sí lis sin tratar (incluyendo la fantástica historia sobre que el mismísimo Jack el Destripador había muerto allí en , idiotizado sin remedio). Pero uno de esos trabajadores del manicomio, un borracho que visitó en tres ocasiones el Gryphon antes de desaparecer misteriosamente, insinuó además algo siniestro sobre la existencia de un cáncer responsable de todo, un cáncer con forma humana, que había extendido sus malé cos tentáculos por toda la institución, mezclando nigromancia con psiquiatría. Tales confesiones provocadas por la bebida podrían haberse considerado más que extravagantes, hasta para la de por sí febril imaginación de los habitantes del pueblo, de no ser porque en tuvo lugar un suceso que pareció con rmar las aseveraciones más descabelladas de ese borracho en concreto.

Ese mismo año, un recluso consiguió escapar del manicomio y pasó varias horas merodeando por los campos, antes de refugiarse en una granja local, donde suplicó que le dejaran usar el teléfono. Era el cascarón de un hombre destruido, vestido con una camisa de fuerza desgarrada y ensangrentada, y rasgos faciales arrasados por docenas de pústulas supurantes que apuntaban a las primeras fases de la sí lis. A rmaba ser prisionero, que no paciente, víctima de una conspiración cuidadosamente urdida contra él por el superintendente médico del manicomio. El caso es que el granjero y su mujer no tenían teléfono y, antes de que pudieran preguntarle algo más, aparecieron de pronto dos empleados corpulentos que lo habían seguido hasta allí. Se lo llevaron detenido, explicando con obviedades sus demenciales aseveraciones, y a rmaron que era un hombre peligroso y violento, cabecilla de un intento frustrado de fuga en masa de los pacientes del manicomio.

Si el granjero y su esposa hubieran informado de la situación, dando pie a alguna investigación inmediata, tal vez habrían evitado ciertos hechos tormentosos, monstruosos, que tuvieron lugar más tarde en el cementerio privado del manicomio. Pero los habitantes de Gallows Langley son notoriamente reacios a llamar la atención. Y más en este caso, dado que también se rumoreaba que en esa granja se cultivaban hierbas venenosas de penetrante olor destinadas a la cercana abadía (que por aquel entonces albergaba a un americano, último descendiente de una antigua familia aristocrática de dudosa reputación).

El caso es que ahora mismo el manicomio está cerrado, y así lleva desde , aunque no debido a las reformas del entonces Secretario de Estado de Sanidad. Lo que acabó nalmente con las actividades de ese superintendente médico, cuyo juicio y posterior ejecución se llevaron a cabo con un secretismo y una rapidez sin precedentes, fue su condena en a morir en la horca. En aquel momento era imposible revelar al público los detalles del caso, pues, sin duda, habría tenido como consecuencia la aparición de acusaciones inconsistentes por parte de la prensa a rmando que aquello marcaba la reaccionaria reaparición de la Ley de Brujería. Y eso que el diabólico cómplice del superintendente, el aristócrata estadounidense, había escapado de la justicia de los hombres, al perecer en un incendio sucedido poco antes del juicio.

En el periodo de seis meses posterior al cierre del manicomio se asignó un conserje a las instalaciones abandonadas, pero una mañana lo encontraron con el cuello rebanado de oreja a oreja en un acto sangriento de aparente autoaniquilación. Ningún conserje posterior duraría en el puesto más de tres días sin que encontrase alguna excusa para dejarlo. A nales de la década de se recibieron peticiones para derribar el edi cio, pero el reputado arquitecto Augustus Pugin había participado en el diseño del ornamentado patio interior, y una década de indecisión burocrática acabó desembocando en un callejón sin salida con los conservacionistas locales. El edi cio en ruinas y sus extensos alrededores siguieron en pie, pero estos últimos acabaron invadidos por el bosque sin que las autoridades impidieran su descontrolado crecimiento, consecuencia no solo de la cada vez más de moda causa ecologista, sino de la esperanza en que fuera la propia naturaleza la que sirviera para hacer desaparecer los horrores del pasado debidos a la mano del hombre.

En los años setenta, las pandillas de jóvenes del lugar solían adentrarse por la noche en las profundidades del bosque, sobre todo durante la festividad de Halloween, por mucho que padres o abuelos dijeran que debían mantenerse apartados de tales parajes. Los que se atrevían a realizar esas exploraciones nocturnas volvían con historias sobre el terrorí co y laberíntico edi cio que había en el corazón del bosque, con pasillos sucios, carritos oxidados, rudimentarios instrumentos quirúrgicos, incomprensibles narraciones garabateadas en cuadernos, espeluznantes fotogra as en blanco y negro de pacientes si líticos incurables, y legiones de alimañas extrañamente deformes. Los insensibilizados por las drogas o el alcohol que buscaban un «subidón», volvían con historias todavía más disparatadas sobre un cementerio amurallado en la ladera de la colina que acecha más allá del antiguo manicomio, una región de pesadilla donde la espesa hiedra y los arbustos con espinas se amontonaban sobre lápidas de madera podrida que tenían garabateado el número del caso asignado a cada paciente enterrado. También se decía que, en aquel depósito de gente que había muerto irremediablemente demente, parecían oírse constantemente susurros incoherentes y risas nada alegres.

El número de expediciones nocturnas fue disminuyendo poco a poco, con el paso de los años se notaba que los a cionados a las emociones fuertes cada vez eran menos dados a burlarse de las severas advertencias sobre el manicomio que proferían sus mayores, y cuando esa generación más joven tuvo hijos a su vez, no repitieron las mismas advertencias oídas (que solo habrían servido para despertar interés por el lugar). En vez de eso, pre rieron explicar esas leyendas como «supersticiones locales sin base alguna», por mucho que la mirada furtiva de sus ojos no coincidiera en absoluto con su supuesto escepticismo.

El doctor Charles Winterburn, superintendente médico del manicomio de Gallows Langley, apartó la carpeta con el último informe médico, se quitó las gafas de montura de carey y se frotó el puente de la nariz aguileña. Era un hombre delgado, calvo, de mediana edad, vestido con un traje de tres piezas, azul marino a rayas. Tenía una aureola de pelo blanco y dentadura postiza de color amarillo verdoso. Winterburn acababa de dar el visto bueno a un nuevo régimen de terapia electroconvulsiva semanal para los pacientes a su cargo. Aunque puede que su programa de escritura creativa fuera mejor aceptado tras una campaña más amplia de leucotomías prefrontales. Solo tenía que aplastar cualquier resistencia residual a la aversión que pudieran sentir por los libros seleccionados por su señoría para estimular aún más la imaginación de por sí perturbada de sus pacientes.

Momentáneamente satisfecho, el doctor Winterburn desechó estas dudas de su mente. Tenía asuntos personales más acuciantes que resolver. Rebuscó en el escritorio, sacó la pipa y la bolsa de tabaco, llenó la cazoleta, acercó una cerilla a la mezcla y dio una calada mientras examinaba la parte más destacable de la carta que le había escrito Edward Reynolds.

… y si bien en el siglo pasado podía ser práctica habitual que un hombre con posición e in uencias mandase recluir a su esposa en un manicomio por falsos motivos, en estos tiempos no es tan fácil hacer algo semejante. Puedo asegurarle que mi denuncia de su escandaloso abuso de poder no solo tendría como consecuencia la ruina de ese horrendo De Gabiston, sino que también conllevaría la de usted.

Había más frases llenas de insultos y amenazas que Winterburn asimiló con indiferencia y un encogimiento mental de hombros. Miró su reloj de bolsillo y cogió el teléfono. Lord De Gabiston le había prevenido años antes sobre los peligros de relacionarse con mujeres pelirrojas, y cuando la dulce Molly y él se prometieron, le había predicho, también con razón, que nunca consentiría en ser matrona y trabajar estrechamente a su lado.

—Benson, ¿ha llegado ya el tal Reynolds? — dijo.

—Todavía no, doctor —respondió una voz.

—¿Está todo preparado? —preguntó.

—Del todo, doctor, tal y como ordenó.

Fue dos años antes, en , cuando se veri có apropiadamente la existencia de la hasta ese momento insospechada rama estadounidense de la sucesión masculina de los Degabaston (los «De Gabiston»), dando pie a la restauración del título a los ool. Y un primo olvidado, Zebulón De Gabiston, nacido en Salem en , acabaría siendo lord De Gabiston, teórico cuarto conde de ool, pero no antes de que hubieran transcurrido cincuenta años de su nacimiento. Era de familia acomodada, con padres que fallecieron jóvenes en un trágico accidente, pero que le dejaron un sustancioso legado económico. Había visitado Inglaterra por primera vez a los dieciocho años, para estudiar allí, atraído por la tradición familiar de tener un linaje aristocrático en la vieja patria. Winterburn y De Gabiston se conocieron en , pues tenían habitaciones contiguas en la planta baja del patio interior de St. Swithun, perteneciente al Magdalen College de Oxford (donde Winterburn estudiaba Medicina, mientras que el estadounidense De Gabiston cursaba Humanidades con una beca Rhodes). Ambos ingresaron en la conocida sociedad secreta del «Culto de Lilith», que más de un catedrático (los más ignorantes creían que defendía ciertas prácticas atribuidas a Diógenes) y un clérigo especialmente cansino y ortodoxo (autor de tratados tan risibles como El culto maldito de la brujería) habían intentado suprimir en vano. El culto en sí lo había fundado el año anterior otro catedrático de Oxford, el tristemente célebre Alfred Muswell, al que despojarían de su puesto por no querer retractarse de sus excéntricas teorías sobre la naturaleza «esotéricamente auténtica» del mérito literario, cuyas herejías pretendía inculcar a los alumnos.

Aquel hombre tenía diversas excentricidades, como la de vagar a altas horas de la noche por el patio de los colegios mayores, todavía vestido con la toga, y disfrutar ostensiblemente de esta forma de ejercicio sico. También solía llevar guantes negros durante el día, como si tuviera algún extraño motivo para mantener las manos tapadas.

Se decía que este «Culto de Lilith» presidido por Muswell había acabado teniendo un círculo interno y secreto de conversos degenerados, dispuestos y preparados a pasar por completo de la teoría a la práctica de los principios del culto. La literatura sobrenatural, expresada en su grado más elevado, o eso sostenía Muswell, era una forma de rito iniciático que permitía acceder a órdenes superiores del ser. Las narraciones de cción podían ser la puerta de acceso a una inmortalidad sica donde hasta la decadencia corporal se detendría post mortem. Aludía al principio de Coleridge de la «suspensión voluntaria de la incredulidad», al cuento “Ligeia” de Poe, al “Amour Dure” de Vernon Lee, e insistía en que la fuerza motivadora de toda empresa artística era el deseo de inmortalidad. Consideraba que el poder de una imaginación intensamente concentrada, dedicada a la muerte y a lo macabro, era un medio de liberar un poder oculto en todos. Pese a exponer Muswell estas teorías en un entorno cultural ya estimulado por los dictados revolucionarios del modernismo literario, solo se jó en ellas un William Butler Yeats de por sí inclinado hacia el esoterismo, si bien no tardó en repudiarlo al cabo de varias sesiones de «escritura automática» con su esposa Georgie, en las que se obtuvieron unos resultados extremadamente inquietantes que destruyó a continuación. Resultados que parecían indicar que lo que había después de la muerte, al menos para los iniciados del culto a Lilith era, en realidad, una locura eternamente maligna movida por un odio obsesivo y el deseo abrumador de asesinar a los que aún están vivos.

También se dijo, pero de nuevo por boca de sus detractores, que Muswell, al relacionarse con De Gabiston y Winterburn a nales de la década de , llevó a los dos hombres a cierta tumba forrada de libros situada en las profundidades del cementerio de Highgate, una tumba que contenía los restos de una escritora olvidada fallecida en . Los tres habrían realizado allí algún rito nigromántico en las horas posteriores a la medianoche, con De Gabiston como médium, si bien resultó ser un rito ejecutado de manera imperfecta. Había terminado con la pérdida de conciencia del médium durante un periodo de varias horas y, según otros rumores, con una crisis nerviosa. La cuestión es que De Gabiston nunca volvió a ser el mismo después de esa experiencia. En ocasiones manifestaba ciertos manierismos marcadamente afeminados, hablaba con acento inglés y, quizás en homenaje a su mentor, nunca se quitaba los guantes. Incluso llegó a decirse que, durante estos episodios de disociación, sus rasgos faciales sufrían un curioso cambio, en el que se le suavizaban los contornos, antes más masculinos, duros y angulosos.

El verdadero inicio de su obsesión por demostrar alguna relación familiar con el linaje Degabaston puede rastrearse hasta el período inmediatamente posterior a este extraño cambio; aunque le llevase décadas de luchas legales poder establecer una reclamación satisfactoria del título que tanto ansiaba. Sus intentos no fueron especialmente aplaudidos por lady Caroline, último miembro del linaje Degabaston. En diría que mientras no se acabase de resolver una reclamación previa no podía ni plantearse admitir alguna sucesión de ultramar. Pero la cuestión quedaría completamente resuelta en , y la anciana lady Caroline fallecería poco después de que De Gabiston tomase posesión de la abadía del ool, acallando así los persistentes rumores que había en ciertos círculos ocultistas sobre un posible innominado rival a dicha reclamación, mutilado y encarcelado en la abadía.

Edward Reynolds paseaba a uno y otro lado del pasillo que llevaba al despacho de Winterburn. Ese médico tan supremamente arrogante, pensó, ¡seguro que disfrutaba haciéndolo esperar! No pudo dejar de jarse en la presencia de dos empleados con bata blanca al nal del pasillo, que ngían conversar, pero que, según sospechaba Reynolds, en realidad estaban allí apostados como salvaguarda para cualquier posible escena violenta. Dios sabe que tenía todo el derecho del mundo a dar una paliza a Winterburn por ser un sucio degenerado. ¿Acaso no había intentado Molly convencerle de no hacerlo? ¿Y cuál había sido el resultado? Su marido médico se las había arreglado para enterarse de su relación. Ella sufría interminables ataques de histeria, probablemente debidos a drogas que él le administraba, y luego había hecho que la encerrasen (sin duda con la connivencia de amigos in uyentes) en su propia institución psiquiátrica, en ese siniestro agujero infernal que era el manicomio de Gallows Langley.

La puerta del despacho se abrió e hizo acto de presencia la calva y espantosa aparición del doctor Winterburn, con sus mal ajustados dientes postizos mostrando una sonrisa acogedora y cínica. ¡Que una mujer de la edad de Molly hubiera tenido que casarse con este ser putrefacto! Resultaba obsceno.

—Pase, señor Reynolds, lamento haberle hecho esperar — canturreó Winterburn.

Reynolds pasó por su lado y se quedó mirándole jamente con ojos que irradiaban desprecio. Winterburn miró al nal del pasillo, asintió a los empleados y cerró la puerta del despacho tras de sí, antes de cruzar la sala y sentarse cómodamente en su asiento tapizado en piel detrás del gran escritorio.

—¿Y bien? —dijo nalmente.

—Seguramente habrá recibido mi carta. Por tanto, será consciente de que vengo a llevarme a Molly lejos de esta repugnante casa de locos, y lejos de usted. Le prevengo, Winterburn, que he investigado por mi cuenta y que lo sé todo sobre usted y sobre su repugnante socio, ese degenerado yanqui de lord De Gabiston. Ninguna mujer decente querría tener nada que ver con sus viles planes. La liberará inmediatamente de su custodia. En caso contrario, provocaré tal escándalo que…

—Por desgracia, mi pobre y querida esposa Molly ya no está entre nosotros — dijo Winterburn.

La expresión sardónica de su rostro no se correspondía con el sentimiento que expresaban sus palabras. Aun así, produjeron un efecto sorprendente en Reynolds, que pensó seriamente que sus rodillas cederían bajo él.

—¡Miente! Exijo verla —dijo, intentando que no se le quebrara la voz.

—Oh, sí —respondió Winterburn—. La verá, sin duda. A su debido tiempo.

El médico pulsó un botón del intercomunicador de la mesa y los dos empleados entraron en la consulta con la mirada ja en Reynolds, y llevaban una camisa de fuerza entre los dos.

—Llévense arriba al pobre señor Newhouse — murmuró Winterburn mientras abría con gesto distraído una carpeta y se llevaba la pipa a la boca.

Reynolds fue encerrado en una celda acolchada, aislado de todo contacto con el exterior, y el único empleado al que veía se dirigía a él como «señor Newhouse». Expuso su caso a ese huraño individuo, contándole las razones por las que Winterburn lo había encerrado en el manicomio, pero todas sus explicaciones fueron recibidas con ausente indiferencia o, en una ocasión, piadosamente achacadas a los desvarios de un maníaco sexual enfermo. Sus peticiones para que se le permitiera hablar con Winterburn eran ignoradas, al igual que sus reiteradas preguntas sobre el destino de Molly. No le cabía duda de que su familia y sus amigos estarían para entonces muertos de preocupación por él y que intentarían descubrir su paradero, pero había sido muy discreto en su relación con Molly y no le había contado a nadie su estúpido y precipitado plan de retar personalmente a Winterburn en su manicomio y ponerlo en evidencia. Algunos podrían haber considerado eso como un chantaje. El caso era que podían tardar al menos semanas en localizarlo, incluso después de ser considerado o cialmente persona desaparecida.

Las inyecciones empezaron el primer día de su con namiento, y los síntomas iniciales de la sí lis que le inocularon deliberadamente con dichas inyecciones se manifestaron por primera vez solo dos semanas después, en forma de lesiones cutáneas en los genitales. En las dos semanas posteriores, la erupción que le cubría el cuerpo y el rostro pasó a ser de múltiples pústulas color rojo sangre. Protestó ante el celador alegando que las inyecciones que le administraban no eran para contrarrestar la enfermedad, sino para provocarla, pero sus súplicas no supusieron ninguna diferencia. Decían estar administrándole «penicilina».

Reynolds no tenía ni idea de lo que había planeado Winterburn para él. ¿Lo retendría allí inde nidamente hasta volverlo loco de remate, o solo hasta que la sí lis alcanzase nalmente su cerebro y los estragos de la enfermedad obtuvieran el mismo resultado?

Los días se alargaban de manera interminable. Reynolds solo los distinguía por la salida y la puesta del sol, y por la llegada de la comida matutina.

Pero una noche se produjo un fallo en el suministro eléctrico. La caída de un árbol derribó los cables eléctricos y todo el manicomio quedó sumido en la oscuridad. Reynolds oyó un gran alboroto en el pasillo, al otro lado de su celda, gritos sobre el fallo del generador de emergencia y, entonces, sorprendentemente, la puerta de su celda se abrió. Otro paciente, con una vela encendida, y que había conseguido de algún modo un manojo de llaves, intentaba liberar a todos los pacientes de esa planta.

En la abadía del ool, a tres kilómetros de distancia del manicomio, el doctor Winterburn y lord De Gabiston estaban inclinados sobre un tablero de ajedrez en un salón de techos altos y lleno de libros perteneciente al anexo jacobino del enorme y enmohecido edi cio medieval. La luz de gas titilaba constantemente en las lámparas de la pared del fondo; era la única concesión relativamente moderna que se había concedido al viejo edi cio medieval.

—Has jugado —dijo el americano lord De Gabiston, con su voz curiosamente afeminada y de marcado acento inglés — con engañosa habilidad, digna hasta de Boris Petrovski, mi querido Winterburn, pero me temo que esta partida concreta acaba en un jaque perpetuo.

El médico asintió, dio otro trago a la copa de vino que tenía junto al codo y contempló, con aversión que intentó disimular desesperadamente, los dedos anormalmente largos y nos como arañas de las blancas manos de De Gabiston. La izquierda jugueteaba con la pieza de la reina negra, mientras la derecha tamborileaba en el borde de la mesa de caoba situada entre ellos. Aun así, no sabía qué le resultaba más desconcertante: si las manos blancas o el espeso maquillaje blanco que aplicaba a sus envejecidas facciones. ¿Eran solo restos del vino tinto que bebían o se había aplicado en la boca lápiz de labios escarlata?

—¿Cómo va la otra partida? — dijo De Gabiston, con los ojos azul cobalto brillando juguetones y obscenos al resplandor de la luz de gas que iluminaba la sala.

—Yo ya he hecho mi parte —respondió Winterburn —, esa zorra in el está enterrada y solo espera el inminente abrazo del infeliz cornudo.

—Dulce Molly. Viva, viva, oh… — rio nervioso De Gabiston.

—¿Y tú?

—He acabado el manuscrito. ¿Quieres verlo?

Winterburn asintió. De Gabiston se levantó y se dirigió a un escritorio situado junto a una alta ventana con celosía. Rebuscó en uno de los cajones y sacó un libro manuscrito atado con dos tiras de seda color turquesa. Cuando volvió con Winterburn y le entregó el manuscrito, De Gabiston arqueó la espalda e hizo una mueca de dolor.

—Este viejo cuerpo se está volviendo una carga, como los anteriores. Me agota. Incluso ahora noto la resistencia mental de su anterior ocupante. Aun así, es preferible a estar en la otra carcasa, en el cementerio de Highgate, enterrada en ese asqueroso ataúd, sola, soñando con la viscosa negrura, con libros enmohecidos por única compañía. Y ahora será mejor que leas lo que he escrito. Con el tiempo será uno de los cuentos de una colección póstuma.

Winterburn desató las cintas de seda y su mirada recorrió la primera página del texto. Su antiguo mentor en el arte de la necrogra a, el viejo loco y regordete de Alfred Muswell, habría dado lo que fuera por poseer este tesoro literario. Muswell incluso escribía a diario a la abadía, en un patético intento de aplacar a De Gabiston, pero hacía mucho que había dejado de serles útil y ahora estaba reducido a escribir estúpidos ensayos promocionando algo que él denominaba « cción de lo extraño» en oscuras publicaciones underground americanas.

El nuevo cuento estaba escrito con la letra ya familiar que

De Gabiston había adoptado desde que visitaron la tumba, y Winterburn experimentó una deliciosa sensación de placer mezclada con pavor a medida que avanzaba en la narración. Se maravilló ante la maestría con que el autor era capaz de manipular la vida real para que imitase el arte.

En algún lugar distante de su consciencia, se dio cuenta de que sonaba el teléfono de la abadía y que De Gabiston atendía la llamada. Solo cuando el conde se inclinó sobre él, posó en su hombro una de aquellas manos sin guantes y apretó su carne con esos dedos largos y sinuosos, se apartó del manuscrito y asimiló las palabras que le decía al oído.

—Charles, atiende el teléfono. Quien llama es Benson, del manicomio. Parece ser, aunque no sea del todo inesperado, que el señor Newhouse, perdón, el señor Reynolds, se ha escapado.

—No es del todo inesperado.

En efecto. Hacía dos párrafos que Winterburn se había jado en ese episodio concreto de la narración, justo antes de llegar a la interrupción que también tenía lugar en ese mismo momento.

La huida por el campo una vez fuera del manicomio había sido como un episodio de un delirio febril, una pesadilla provocada por una enfermedad. Al principio, Reynolds sintió un alborozo salvaje por su aparente buena suerte. El paciente de las llaves y él, junto con otros pacientes, habían conseguido llegar hasta la puerta de entrada, donde tuvieron una pelea encarnizada con los empleados apostados en la salida para evitar posibles intentos de fuga. Reynolds consiguió atravesar las puertas en el encontronazo y salir al exterior. No lo persiguió nadie, ya que los empleados estaban ocupados en evitar el éxodo en masa de la multitud de pacientes enloquecidos.

Esperaba llegar a la Institución de Libreros Jubilados de Gallows Langley, que había visto en un mapa o cial de la región justo antes de salir de Londres. Esperaba que una vez allí le permitieran hacer una llamada telefónica y establecer de ese modo su verdadera identidad, la de Edward Reynolds, y demostrar que la falsa que le habían endilgado, la de «Newhouse, el maníaco con una enfermedad sexual», formaba parte de una conspiración. Cualquiera que tuviera el más rudimentario conocimiento del italiano se daría cuenta de la ironía con la que Winterburn había elegido ese nombre falso. Pero ¿le harían caso en esa comunidad de libreros si conseguía llegar hasta ella? Cualquiera que estableciera contacto con él se sentiría repelido al instante: la piel llena de pústulas, un historial de sufrimiento y persecución grabado en la expresión del rostro, la camisa de fuerza ensangrentada y andrajosa que lo delataba. Realmente, ¿qué esperanzas tenía de conseguirlo?

Reynolds se sentía como si la enfermedad si lítica con que lo habían infectado deliberadamente ya hubiera desquiciado su raciocinio. Recorrió kilómetros de campo abierto iluminados por la luna y plateados por la niebla que cubría el suelo, y sorteó un enorme y denso bosque de cuyo interior parecía emanar un distante coro semejante al aullido de una jauría de perros. Pero estaba seguro de que ninguna especie de perro conocida por el hombre habría podido emitir un sonido tan terrible y ultraterreno.

Finalmente, llegó a un campo en la ladera de una colina desolada, un campo maloliente donde se cultivaba alguna hierba pestilente, y vio una luz en la distancia, a través de las ventanas enrejadas de una vieja, solitaria y desproporcionada granja.

Tal vez, pensó esperanzado, sus ocupantes tuvieran teléfono.

—Hemos encontrado a Newhouse en la granja ool — dijo el empleado —. Se resistió bastante, pero ya está de vuelta en su celda.

El doctor Winterburn se permitió una leve sonrisa.

—Bien hecho, Benson. Será recompensado por su e cacia. Dígales a las enfermeras y demás empleados que esta noche solo se quedará el menor personal posible. Prepare los turnos. Todos se merecen una noche libre. Pero que pongan a Newhouse bajo sedación.

Supuso que los residentes de la granja ool guardarían silencio y no causarían problemas; De Gabiston les arrendaba la propiedad, que pertenecía al patrimonio de la abadía. Además, tampoco querrían llamar la atención sobre el veneno que cultivaban en las tierras.

Reynolds se sentía aturdido y confuso. Lo habían drogado con algún tipo de condenado brebaje y estaba sentado, desconcertado, en una esquina de su celda acolchada, con una nueva camisa de fuerza. La luz de la luna brillaba a través de la estrecha rendija del ventanuco con barrotes que había en lo alto a su izquierda, indicándole que era noche cerrada; y, al oír voces en el pasillo, junto con el ruido de un manojo de llaves y, a continuación, una girando en la cerradura, supuso que su nal debía de estar cerca. Había estado a punto de escapar de las garras de esa conspiración urdida contra él, pero seguramente ya no había esperanza posible.

El doctor Winterburn entró en la celda, con su bata blanca y sus amarillentos y verdosos dientes postizos formando una amplia sonrisa, y lo hizo acompañado de otro hombre, de más o menos la misma mediana edad, pero de cabellos inusualmente largos y rostro cubierto de maquillaje. Llevaba guantes de cuero y tenía los dedos anormalmente largos y delgados.

—Permítame presentarle a alguien de quien habrá oído hablar mucho y, sin embargo, según tengo entendido, todavía no ha tenido el placer de conocer en persona: el conde de ool, lord De Gabiston. Mi señor, permita que le presente al señor Edward Reynolds — dijo Winterburn.

—Encantado —dijo con voz queda esa horrorosa aparición, inclinando ligeramente la cabeza, mientras una sonrisa sardónica deformaba la chillona línea carmesí que era su boca.

Reynolds hizo una mueca; sentía que perdía la cabeza.

—¿Es que no me ha hecho ya su ciente? ¿Qué más quiere? — dijo.

—Si solo venimos a hacer realidad su mayor deseo — respondió Winterburn —. Vamos a hacer que por n se reúna con Molly. ¿No es lo que quería?

Entre los dos cargaron con el sedado Reynolds por los interminables y desiertos pasillos de esa parte del viejo manicomio Victoriano, pasando junto a celdas de las que brotaban gritos desgarradores, risas siniestras, llantos desesperanzados y monólogos susurrados, desquiciados y autoinculpatorios. Lo llevaron fuera, al cementerio amurallado en la ladera que había detrás del manicomio, donde las malas hierbas crecían entre tristes cruces de madera que llevaban garabateado el número, que no el nombre, de los casos de pacientes muertos y olvidados. La luna llena refulgía plateada en el cielo nocturno y sin nubes, proyectando un luminoso resplandor sobre esa horrible y macabra escena. Lo arrastraron hasta el nal del cementerio, a una parcela oculta por un amasijo de zarzas, y Reynolds descubrió que estaba mirando a una tumba recién abierta. Sobre un montón de tierra a un lado de la excavación podía verse la tapa de un ataúd.

Resultaba imposible identi car los rasgos faciales de esa cosa putrefacta, tal era el avanzado estado de su viscosa disolución, pero, gracias a los descompuestos mechones pelirrojos que se aferraban a su cráneo, Reynolds supo al instante a quién pertenecían los restos que albergaba aquel ataúd de paredes anormalmente altas. De la tumba brotaba un hedor abrumador y nauseabundo como el de una cloaca abierta.

Empujaron a Reynolds dentro de la fosa, sin quitarle la camisa de fuerza, colocaron encima la tapa del ataúd, la cerraron con clavos y empezaron a amontonar sobre la tumba la tierra removida.

—La belleza —exclamó De Gabiston mientras trabajaban — existe en muchas formas poco comunes. Los que están monstruosamente deformes, los aborrecibles, los mutilados, los enfermos, los repelentes mentales, todos poseen cierta pureza y un extraño atractivo propio solo de ellos. Pero hay un fulgor oscuro y realmente único en los estragos que alberga la tumba y una monstruosa maravilla en el misterio de la desintegración por gusanos. Yo también conozco las más absolutas profundidades del sueño del horror, pero, ay, carezco de algún compañero con quien compartir por toda la eternidad mi con nado universo con glamour de osario.

Winterburn no dijo nada en respuesta. Al n y al cabo, no era realmente De Gabiston quien formulaba esas frases que tanto recordaban la literatura enfermiza, nebulosa y decadente que había producido en la década de .

Y una vez estuvo la tumba llena, dibujaron a su alrededor un círculo de tiza que contenía ciertos símbolos ocultos, quemaron ciertas hierbas malolientes y dieron inicio a un rito nigromántico con el que devolver a la vida a la pobre y muerta Molly.

En un sótano londinense de reciente adquisición, situado al nal de una serie de crípticas callejuelas que salían de Pond Square, en Highgate Village, en la parte alta de la metrópolis,

Alfred Muswell, antiguo catedrático de Oxford, leía una y otra vez la carta que había recibido de Molly Winterburn. Había sido reenviada desde su antigua dirección, y llegado nalmente a la nueva con algún retraso:

… y es movida por la desesperación por lo que me dirijo a usted pidiendo ayuda. Se dará cuenta de los abismos de degeneración moral a la que se han rebajado tanto mi marido como su socio lord De Gabiston. Sus intentos de involucrarme en las enfermizas prácticas de ese «Culto de Lilith» son constantes. Hay una tercera persona, a quien quiero mucho, pero no deseo ponerla en peligro pidiéndole ayuda. Tiene una vena temeraria y temo que quiera enfrentarse cara a cara a mi marido, con gran riesgo para su seguridad personal. Si pudiera convencerlo a usted para que escriba a las autoridades y exponga las actividades de mi marido y de su señoría, que he detallado ampliamente en otra parte de esta carta, nos haría un gran servicio al mundo y a mí. Como ya sabrá, una esposa no puede testi car contra su marido en un tribunal, y no se me ocurre nadie mejor que usted para sustanciar los graves cargos por los que deberá responder. Si mi marido descubriese mis intentos de delatarlo, tanto a su cómplice como a él, las consecuencias serían extremadamente horrendas para mi persona.

A Muswell le importaba bien poco el destino de la cotilla de la señora Winterburn. Solo le preocupaba recuperar el control sobre el patrimonio y el legado literario de la única autora cuya obra validaba por sí sola todas sus extravagantes teorías meta sicas acerca de la preeminencia del arte sobrenatural sobre el llamado «realismo». Estaba enterado de que el doctor Winterburn y lord De Gabiston habían manipulado hábilmente la situación para que el primero consiguiera el puesto de superintendente médico de un manicomio. Y que lo habían hecho con el único propósito de poder actuar con impunidad sobre un suministro casi ilimitado de individuos enfermos, perturbados y aislados. Pretendían crear un movimiento literario nuevo y «transgresor» que sustituyera al viejo orden. Muswell había escrito varias veces a lord De Gabiston, intentando salvar la distancia que se había creado entre ellos, pero este se había mantenido en silencio. La situación resultaba exasperante, pues ¿acaso no había sido el propio Muswell quien había apoyado la reclamación de De Gabiston de heredar el vacante título de conde de ool, pese al escepticismo manifestado por lady Caroline Degabaston? Y ahora era objeto, sin ningún motivo razonable para tan displicente trato, de ese mudo desprecio que antes se reservaba para gente como, por ejemplo, ese medievalista católico entrometido, el reverendo Alphonsus Winters (supuesto «conocedor del diabolismo»), con sus reiteradas peticiones para acceder a los documentos privados de la familia conservados en la abadía del ool.

Quizá, pensó Muswell, si pudiera separar a sus dos antiguos alumnos de la in uencia que pudieran tener el uno sobre el otro, conseguiría recuperar parte de su antiguo ascendiente. Y fue con este posible resultado en mente como tomó la pluma para escribir una carta anónima a la Inspección de Instituciones Psiquiátricas, detallando ciertos abusos intolerables que a rmaba haber presenciado en Gallows Langley, como antiguo empleado que trabajó bajo la estrecha supervisión del doctor Winterburn.

Reynolds estaba atrapado boca abajo a varios metros bajo tierra, en un negro in erno repugnantemente maloliente. No podía mover las extremidades, ya que la tapa del ataúd le oprimía la espalda y los hombros, las paredes lo aprisionaban por ambos lados, y bajo él yacían los restos horriblemente putrefactos de Molly Winterburn. La falta de aire era sofocante, y el poco que quedaba para respirar apestaba a una repugnante asquerosidad que le provocaba continuas arcadas. La oscuridad absoluta del lugar donde se encontraba solo le ofrecía una bendición, la de no poder ver los rasgos en descomposición del rostro que tenía a escasos centímetros del suyo. Pero lo había visto a la luz de la luna, justo antes de que Winterburn y De Gabiston lo arrojaran a la tumba y sellaran el ataúd, y la pesadillesca imagen de aquel horror deteriorado, hinchado e irreconocible, todo lo que quedaba sicamente de la mujer que amaba, se le había grabado a fuego en la memoria. Mientras forcejeaba, notaba en las mejillas el roce de su cabello rojo, de esos cabellos que una vez fueron abundantes, brillantes y suaves, pero que ahora eran escasos, resecos y ásperos.

Se preguntó si se volvería loco, o si antes perecería al agotarse el decreciente suministro de aire, pero la pregunta pareció responderse sola, ya que, en su locura, le pareció que el cadáver que tenía debajo se agitaba y cobraba vida, que le subía y bajaba el pecho a medida que su fétido aliento le asaltaba las fosas nasales. Sintió que esa cosa se removía en la oscuridad emponzoñada y que apartaba lentamente del torso esos brazos hinchados y nauseabundos, mientras buscaba su cuello con dedos huesudos y anormalmente largos.

Cuando las autoridades asaltaron el manicomio el mismo día en que la Inspección recibió la carta de Alfred Muswell, encontraron el lugar en un estado de caos absoluto y solicitaron la ayuda de la policía del condado. El doctor Winterburn se atrincheró en su despacho, los pacientes eran presa de un frenesí incontrolable (habiendo escapado varios de su celda) después de haber asesinado a la mayor parte del personal. Todos parecían ser víctimas de algún tipo de alucinación colectiva, pues tanto el personal como los pacientes daban crédito a la fantástica idea de que el responsable de la oleada de estrangulamientos había sido un fantasma, o aparecido. Extrañamente, solo el doctor Winterburn pareció ser inmune a esa alucinación colectiva e insistía en que los asesinatos habían sido obra de un paciente especialmente violento, dotado de gran fuerza y astucia, que luego se las había arreglado para huir. Pero no se encontró ninguna prueba creíble de esa aseveración, por lo demás razonable.

Un miembro del personal, llamado Benson, señaló el repugnante olor a osario que se aferraba a las víctimas como corroboración de su explicación sobrenatural; aunque él no hubiera llegado a ver al agresor. Pero fue evidente que el hombre llevaba demasiado tiempo viviendo entre los pacientes y, en todo caso, eran tantas las excentricidades que evidenciaba, incluida una histeria incontrolable, que fue trasladado a su vez como paciente al manicomio de Colney Hatch. No obstante, hubo un aspecto de su extraña historia que era di cil de explicar. Aconsejó a los funcionarios de la Inspección de Asilos y a los agentes de policía que los acompañaban que examinasen cierta parcela situada al nal de cementerio amurallado de la colina.

Lo que encontraron allí fue algo en extremo abominable.

La tumba en cuestión mostraba señales de haberse removido. A ambos lados de ella había terrones de tierra, como si algo, quizá un animal grande, se hubiera abierto paso desde sus profundidades. Al exhumarse la tumba, en el ataúd de paredes extrañamente altas encontraron los restos mutilados, y con el cuello roto, de una persona desaparecida, un tal Edward Reynolds, a quien solo pudieron identi car por los registros dentales. Curiosamente, de la tumba salía un rastro de baba todavía maloliente que se dirigía al propio manicomio.

El examen de los registros médicos fotográ cos evidenció que el doctor Winterburn había catalogado falsamente a Reynolds, esa persona desaparecida, con el nombre de «Newhouse», internándolo contra su voluntad. El informe con dencial del forense detallaba el hecho de que Reynolds solo había tenido la sí lis a raíz de su internamiento y que no cabía duda alguna de que Winterburn lo había infectado deliberadamente con dicha enfermedad. No llevó mucho tiempo descubrir la relación ilícita que mantenía Reynolds con Molly, la señora Winterburn, estableciéndose así un móvil. También se estableció que la causa de la muerte en sí había sido as xia por estrangulamiento, y la fuerza empleada por el agresor había sido tan tremenda que le había partido la columna vertebral.

En cuanto a la posterior mutilación del cadáver de Reynolds, se consideró en términos generales que habría sido obra de unos zorros de tamaño anormal que se sabía rondaban por el lugar, concretamente por las grandes extensiones de bosque próximas a la abadía del ool. Alguno de ellos tendría una madriguera subterránea cerca del cementerio y habría llegado al ataúd excavando desde abajo para salir por allí. Por otro lado, el rastro de babas fue ignorado con displicencia, dado que era algo tan demencial que nunca llegaría a explicarse de forma satisfactoria.

Todas las informaciones que se publicaron acerca de lo sucedido en el manicomio de Gallows Langley fueron implacablemente censuradas por el Ministerio del Interior, que se enteró del escándalo al mismo tiempo que el Secretario de Estado de Sanidad.

La carta de Reynolds al doctor Winterburn selló su destino. Nadie dudaba de su cordura, pero, durante su encarcelamiento, antes de que se dictara sentencia, mostró una inusual disposición a expiar sus actos por medio de una ejecución dictaminada por el Estado, en vez de, como él mismo expresó de forma misteriosa, por «las interminables consecuencias de alguna retribución infernal». Una súplica y solo una le hacía continuamente al Gobernador y al capellán que lo visitaron: no ser enterrado en el cementerio de la prisión la tarde inmediatamente posterior a su ahorcamiento judicial, sino que incinerasen su cuerpo.

El juicio, celebrado en el Old Bailey a puerta cerrada, fue rápido, nadie informó de él, y un jurado que juró guardar el secreto más absoluto emitió su fallo al cabo de unos pocos minutos de deliberación. Se dice que el juez hasta se puso el birrete negro antes de que el presidente del jurado se levantara para comunicar el veredicto unánime del jurado.

Media hora después de desatarse el caos en el manicomio de Gallows Hill, Zebulón De Gabiston, conde de ool, arrojó al fuego las cuatro últimas páginas de un manuscrito; y lo escrito en ellas no llegaría a hacerse realidad.

Winterburn no se había dado cuenta de que De Gabiston se las había arreglado días antes para tomar ciertas medidas ocultas de cosecha propia y liberar su consciencia de la tumba de Highgate, donde había estado presa en el cadáver sin descomponer de esa bruja escritora a la que ambos habían dedicado alma y vida. De Gabiston no podía poseer su forma sica durante mucho tiempo y debía actuar con rapidez para poder desorientar aún más a esa cosa que intentaba constantemente reocuparla de manera permanente. Por tanto, había alterado sutilmente ciertas fórmulas del rito nigromántico con el que devolverían la vida a Molly Winterburn, introduciendo de ese modo la conciencia de la bruja de Highgate en el cadáver de la adúltera. Aquel discurso demencialmente hiperbólico que había recitado sobre la tumba de la señora Winterburn evidenciaba que su cerebro aún llevaba la impronta de esa inteligencia malé ca y alienígena.

Cortar la electricidad del manicomio le había sido sencillo; un árbol talado de manera que se desplomase contra una catenaria. Pero no le había sido nada fácil mantener su mascarada personal, perfeccionar el re nado acento inglés e imitar esos gestos femeninos; solo la alteración de sus manos, de esos extraños apéndices aracnodáctilos de extraña palidez ultraterrena, había resultado ser irreversible, como permanente señal sobrenatural de su actual, o pasada, encarnación. Ese ser necesitaba un recipiente que le permitiera generar sicamente esas narraciones cticias que doblegaban la misma realidad, pero solo podía ocupar uno en cada momento. Y ahora De Gabiston lo había arrojado a la condenación eterna, a una tumba sin nombre que nunca sería perturbada, una tumba que compartiría con un idiota romántico y si lítico. Winterburn creyó llevar a cabo una venganza personal sobre una esposa in el y su amante, pero ¿qué era esa estúpida nimiedad al lado de la venganza que pensaba cobrarse De Gabiston? Venganza contra la bruja de Highgate y contra Winterburn, que lo habían engañado y atrapado en ese apestoso ataúd, solo, in nitamente solo, en la negrura agusanada, sin poder soñar otra cosa que no fueran pesadillas interminables.

Winterburn nunca se arriesgaría a descubrirlo; sabía que era un mago mucho más poderoso que él y que podía atrapar su consciencia en algún receptáculo todavía más despreciable.

De Gabiston recorrió el suelo de la habitación llena de libros en el ático del anexo jacobino de la abadía, mirando brevemente la partida inconclusa de ajedrez que jugaba con Winterburn. Por una de las ventanas enrejadas, vio que empezaba a llover copiosamente, y contempló el extenso prado que separaba la abadía de los lindes del bosque.

¿Le engañaban los ojos o allí había algo que parecía desprenderse de las sombras de los lejanos árboles? Era di cil saberlo; el aguacero iba en aumento. El siseo del diluvio era cada vez mayor, más intenso. No, seguro que no se había equivocado. Una gura que parecía vestida con harapos se abría paso poco a poco por la hierba mojada camino de la abadía, una gura deforme que se torcía a un lado, como si le costara andar erguida. No podía distinguir sus rasgos pero, a medida que se acercaba, notó la consciencia asaltada por una sensación familiar de aterradora disociación. Y entonces supo lo que ella le haría.

El sudor se apoderó de su frente mientras intentaba recordar, en vano, las palabras ocultas que frenarían su avance y le permitirían huir. Pero era demasiado tarde. Ella iría a por él, inexorable, por todo el espacio y el tiempo. Solo tenía una forma de escapar a ella.

Cuando la cosa estuvo en la habitación forrada de libros y se abalanzó hacia él, con su pútrido hedor imponiéndose incluso sobre el otro hedor as xiante a metano, y sus largos y huesudos dedos buscaron su cuello, De Gabiston chilló en voz alta y acercó una cerilla encendida a una de las lámparas de la pared y a su abierta y siseante válvula de gas.

Aunque los daños que sufrió el anexo jacobino de la abadía del ool fueron considerables, los bomberos locales tuvieron éxito en sus valientes esfuerzos por salvar lo que quedaba del viejo edi cio medieval. De entre los restos calcinados se rescataron dos cuerpos extrañamente entrelazados, uno masculino y otro femenino, ambos reducidos a huesos ennegrecidos y humeantes. Los registros dentales los identi caron (igual que a Reynolds) como Molly Winterburn y lord De Gabiston. La teoría de que hubieran sido amantes parecía explicar muchas cosas, aunque el doctor Charles Winterburn ya no estuviera con vida y no pudiera con rmar o desmentir tal suposición. Que el incendio hubiera sido deliberado, en un acto intencionado, solo aumentaba las preguntas sin respuesta que marcaban el orden de los acontecimientos.

La propiedad de la abadía se volvió blanco de disputas y permaneció sin inquilinos, aunque continuasen las habladurías sobre la presencia de un Degabaston mutilado y sin nombre, perteneciente al linaje original, que residía en alguna sala oculta en lo más recóndito de su interior. Las persistentes leyendas locales de que la abadía del ool contenía laberínticas inmensidades que nadie podía ni imaginar, y que con el paso de los años se alteraba la geogra a de su interior, sin duda contribuyeron a crear esa atmósfera local de misterio fantástico; una atmósfera todavía más persistente que la que había envuelto al manicomio.

Y se dice que, tras el incendio, Alfred Muswell, antiguo catedrático de Oxford, empezó a tener sueños extraños, pero el alma de la cosa que había salido del cementerio de Highgate debía haber quedado muy debilitada después de que el fuego la devolviera a su cadáver incorrupto. Quizá fuera porque solo Muswell estaba lo bastante cerca, geográ camente hablando, y lo bastante obsesionado psicológicamente como para detectar las débiles reverberaciones telepáticas que seguían levantando ecos desde las profundidades de su tumba.

Pero si hay algo cierto es que Muswell obtuvo con rapidez el control de los pocos documentos que quedaban de esa sociedad denominada «Culto de Lilith». Y a partir de ese momento, asumió de forma permanente la costumbre de llevar guantes negros en todo momento, como atestigua el pie de una fotogra a reproducida en el cuarto número de la publicación El necró lo, de .

LA ABOMINACIÓN INTERMINABLE

Me preguntó si había leído los cuentos de un tal Edgar Poe. Le dije que los conocía mejor que nadie y que tenía buenas razones para conocerlos. Luego me preguntó, con tono muy enfático, si creía en la existencia de ese Edgar Poe. Yo, por supuesto, le pregunté quién creía que había escrito los cuentos. Me contestó que «un club de escritores muy listos y poderosos, que están al tanto de todo lo que pasa de verdad».

, en carta a Auguste Poulet-Malassis de enero de 

Me volví loco, con largos períodos de horrible cordura.

 

de enero de 

Resulta curioso, pero pese a llevar treinta años en el negocio del libro, de leerlos y venderlos con un pequeño bene cio, no puedo decir que mi ocupación me despertase alguna vez ganas de escribir alguna narración, autobiográ ca o de cción. Limité mis actividades redactoras a la correspondencia del negocio, a mi Gaceta de Librerías de Segunda Mano y a Libros de Vathek, mi catálogo trimestral de venta por correo. Si mencionase que mi principal «rival» londinense en el sector era Aloysius Condor Books — empresa de larga tradición librera, perteneciente a ABA y actualmente llevada por Nicholas Condor, sobrino de su todavía menos escrupuloso fundador —, resultará inmediatamente evidente para los a cionados cuál es el género literario que me dedico a comprar y vender. Cuán horrible resulta, por tanto, que en este momento me vea impelido a escribir las siguientes líneas dentro de ese mismo género.

Pero me adelanto a los acontecimientos. Permítanme, pues, que intente organizarlos en el debido orden cronológico y revelarlos tal y como me fueron revelados a mí.

Llevaba los últimos años semirretirado del negocio librero; la creciente presencia de internet había ido encareciéndolo todo en todas partes (hasta en los mal llamados locales de bene cencia), de modo que no solo cada vez se encontraban menos gangas, sino que incluso empezaban a cerrarse las tradicionales librerías sicas de segunda mano. Todas blanco de unos impuestos locales progresivamente despiadados a medida que las calles londinenses antes consideradas de «clase baja» se gentri caban y diversi caban por la tiranía pija reinante en el barrio de Islington. Incluso tuve que reducir a la mitad el contenido de mi propia Gaceta de Librerías de Segunda Mano a medida que se aceleraban los cierres. Cada vez era más di cil conseguir ofertas para mi lista trimestral. Aunque todavía podía con arse en la venta ocasional de alguna biblioteca personal (a menudo vendida por algún pariente sin interés por la lectura, y mucho menos por los libros), el trabajo sico que suponía acarrear cientos de volúmenes por aceras irregulares me había destrozado las lumbares hasta el punto de que mi labor había pasado a ser algo semejante a estar atado a un potro medieval.

Y fue en ese triste crepúsculo de mi carrera como librero cuando recibí una petición de un cliente con el que hacía años que no hablaba, el coronel Archibald Dowson. En otros tiempos había sido un cliente valioso y lucrativo (aunque nunca hubiéramos hablado por teléfono, y mucho menos visto en persona, sus cartas mecanogra adas siempre tenían una gramática peculiarmente mala). Otro de mis clientes me dijo que tan lucrativo cliente había sido coronel del Ejército británico, destinado durante la Segunda Guerra Mundial a alguna parte de Birmania. Era conocido por su obsesión con el horror, cuanto más siniestro mejor. Parecía ser que nunca tenía su ciente en página impresa, incluso después de haber presenciado personalmente horrores de pesadilla en el lejano Oriente. También se rumoreaba que había sido expulsado en desgracia de la carrera militar. Se decía que había cometido actos de crueldad espantosamente re nada con los soldados capturados al Ejército imperial japonés. Pero también se decía, algo extraño en vista de lo anterior, que veinte años después de la guerra se había casado con una viuda oriental.

Yo le había vendido docenas y docenas de libros extremadamente caros y raros (libros que ahora mismo, no me cabía ninguna duda, alcanzarían una suma aún mayor al anunciarse y venderse en Libros de Vathek). En su última comunicación escrita a máquina, tan mal de gramática como siempre, dejaba muy claro que deseaba vender toda su biblioteca, para conseguir urgentemente fondos con los que mudarse de forma inmediata a un chalé en Gallows Langley, Hertfordshire. Por mi mente pasaron todos los libros que podía seguir teniendo en su poder (y lo baratos que podría conseguirlos). Tuve deliciosas visiones de hileras e hileras de estanterías repletas de libros bien conservados, cientos de obras selectas publicadas por editoriales como Arkham House.

Suelo tener por costumbre insistir en que se me proporcione una lista de más o menos cincuenta de los títulos de la biblioteca privada antes de visitarla para examinarla personalmente y hacer la oferta (detesto las pérdidas de tiempo). Pero el coronel me había comprado en el pasado docenas de títulos caros de coleccionista para poder, como él mismo diría entonces, de forma poco gramatical, «rellenar huecos algunos de nuestra biblioteca».

¡Ojalá hubiera tomado esas precauciones que yo mismo solía poner en práctica!

Acordamos por teléfono que lo visitaría a última hora de la mañana, y me llamaron la atención tanto los modales bruscos como la forma en que hablaba, entrecortada y resoplando. No parecía ser capaz de hablar largo y tendido, así que no insistí en que me proporcionase verbalmente alguna idea del estado de su colección de libros. Me pregunté si no sería un fumador empedernido, y si el borde de los libros estaría irremediablemente marrón por la pátina alquitranada de décadas de humo de pipa o de cigarro. A veces, la peste a tabaco tarda meses en disiparse de los libros contaminados de forma tan inexcusable.

El coronel Dowson seguía viviendo en la misma casa de un segundo piso de uno de esos empinados edi cios Victorianos de seis plantas de Muswell Hill Broadway (por supuesto, conocía la dirección) y, una vez localizado el timbre en el interfono de la puerta (rezaba simplemente «El Coronel» en mayúsculas, pero con las palabras adicionales de «y Sra.» tachadas), me abrió al cabo de un breve intercambio de palabras. Había resultado extremadamente di cil encontrar aparcamiento para mi furgoneta a una distancia razonable a pie, y pensé, con cierto temor por el estado de mis lumbares, en el esfuerzo de cargar hasta mi vehículo las cajas de pesados libros. Ya había decidido cuál sería el máximo de mi desembolso económico: dos mil en billetes y dos mil más en cheque, esto último solo de ser absolutamente necesario. No me cabía duda de que recuperaría la inversión en uno o dos meses y que acabaría obteniendo un bene cio razonable de la compra.

Mientras subía la escalera de caracol, con su ornamentada balaustrada de hierro forjado y sus peldaños de mármol, me pregunté cuánto tiempo llevaría el coronel Dowson recluido en ese lugar y si habría adoptado la suspicaz reserva que se considera propia de ermitaños. No parecía haber ascensor y, si la falta de aliento al hablar por teléfono era indicio de su estado de salud, no resultaba muy probable que fuera capaz ni de bajar las escaleras, ¡y mucho menos subirlas! Debía mandar que le entregaran a domicilio la comida y demás cosas.

Encontré su puerta en el rellano del segundo piso. Estaba entreabierta, pero, a pesar de ello, me detuve en el umbral, llamé con los nudillos a la desconchada pintura negra de la madera y grité «¿Coronel?» a través del hueco. Oí al otro lado de la puerta que se acercaba algo que parecía una bicicleta oxidada, pero sin obtener respuesta alguna a mi pregunta. La puerta acabó abriéndose hacia dentro y, en el recibidor, vi a un anciano demacrado, al que supuse en torno a los ochenta años, sentado en una desvencijada silla de ruedas. Un bigote blanco se erizaba como un cepillo de dientes sobre el labio superior y tenía la calva con muchas manchas debidas a la edad. Llevaba gafas de montura negra proporcionadas por la seguridad social, con cristales tan gruesos que los ojos que había tras ellos aparecían extrañamente distorsionados. Debía ser prácticamente ciego. Sus desagradables rasgos arrugados se completaban con una expresión de aguda impaciencia. Una nariz larga, ligeramente torcida y aguileña y unas orejas obscenamente agrandadas por la edad daban el toque nal a ese siniestro retrato de la decrepitud que desa a a la muerte.

Resoplaba de forma alarmante.

—Ah, usted debe ser el coronel — dije —. Me alegro de verlo en persona. Quedamos en que vendría hoy, justo antes de la hora del almuerzo, para hacerle una oferta por sus libros.

El coronel Dowson no contestó, pero me miró de arriba abajo con desagrado nada disimulado. Se llevó a los labios un dedo índice retorcido y artrítico, hizo girar la silla de ruedas chocando con todo hasta que estuvo orientada en dirección contraria e impulsó a mano su pequeño carruaje por el linóleo marrón del pasillo hasta el oscuro interior de su retiro en la segunda planta.

Lo seguí, murmurando insulsas banalidades sobre el espantoso frío que hacía para esa época del año. No respondió. Tal vez, especulé, tenga el cerebro tan mal como el cuerpo y pueda quedarme su colección a un precio considerablemente reducido.

Me encontré en un lúgubre salón con papel pintado de terciopelo rojo y escasos muebles, algo que siempre es mal presagio. No había estanterías a la vista, ni tampoco libros. En un escritorio en una esquina había una vieja y maltrecha máquina de escribir. En el lugar reinaba un olor persistente y prolongado, que no provenía del tabaco, sino de algo orgánico y podrido escondido cerca de mí. Dos radiadores de calefacción central gorgoteaban continuamente mientras el agua caliente circulaba por su interior.

El coronel Dowson se había situado junto a una bombona de oxígeno e inhalaba débilmente tras la mascarilla de plástico transparente que se había colocado sobre la boca y la nariz. Pude oír el creciente silbido del gas mientras ajustaba la válvula de presión. Por n, aparentemente revitalizado, o recuperado, pareció descubrir que ya disponía de su ciente oxígeno en los pulmones como para hablar conmigo.

—Llega usted inusualmente tarde — dijo —. Le esperaba hace diez minutos. Me ha hecho retrasar el almuerzo.

Sus frases tenían esa peculiar combinación de tono, persuasivo al tiempo que amenazador, habitual en las personas de carácter fuerte que se ven debilitadas por los años.

—Le pido disculpas —dije—. Me ha sido muy di cil encontrar dónde aparcar. ¿Le importa si me siento? Me molesta la espalda.

—¡ ! — gritó, aunque el impactante efecto inicial del arrebato se vio mitigado por el resuello que siguió al «estúpida».

Tosió débilmente y tragó saliva dos veces antes de señalar distraídamente con la mano a una ajada butaca a su derecha, haciéndome gestos impacientes para que me sentara.

—Le pido disculpas de nuevo, coronel — dije —. No deseo importunarlo ni robarle más tiempo del necesario, así que ¿podría ver ya los libros? Le aseguro que le ofreceré un precio justo.

Volvió a utilizar la bombona de oxígeno, esta vez por un periodo de tiempo más largo. Parecía estar preparándose para un breve soliloquio y nalmente lo declamó con muy poco del re namiento que había evidenciado antes. Supuse que estaba yendo conscientemente al grano.

—¿Un precio justo? ¡¿Un precio justo?! ¡Eso espero yo también! La biblioteca la reunió mi difunta esposa. Así fue como aprendió nuestra jerga. Probablemente no se dé cuenta de cómo son las viudas, o al menos las orientales. Era una obsesa, y cruelmente retorcida. El caso es que al nal la mató esa obsesión. Me leía esos libros cuando se me jodieron los ojos, que fue hace treinta años. Se me empezaron a escacharrar justo después de casarme con ella. Debía habérmelo esperado. Pero no se crea que no sepa nada de esos libros o de sus temas. Exijo que las historias de horror sean realistas, y cuanto más informativas, mejor. Quiero hechos, no imaginación. Sé cómo es el horror de verdad, y no me dejo engañar por esas chorradas artísticas y bohemias que hoy en día se venden como si lo fueran.

—Ya… bueno… sí… claro —respondí yo, de forma intermitente, mientras él exponía su personal loso a sobre el género de terror. Me pregunté cuánto tiempo llevaría viviendo solo y encerrado en esas habitaciones. Su insulsa locuacidad indicaba que probablemente llevaba semanas sin hablar con otro ser humano.

Por lo que me decía, supuse que las compras que había hecho en el pasado a Libros de Vathek fueron en nombre de su esposa (supuse que, probablemente, coincidiendo con aniversarios de boda o como regalo de cumpleaños). Dudaba que un hombre como el coronel Dowson hubiera dejado que su esposa se acercara a un talonario de cheques. Seguro que le daría una asignación semanal que cubriera los gastos de la casa y poco más. Aun así, estaba prácticamente ciego, así que seguro que ella se las arreglaba más de una vez para hacer las cosas a su manera.

Finalmente, conseguí que retomáramos el asunto que nos ocupaba.

—¿Y dónde tiene ahora la biblioteca? — dije.

—La colección está en el «cuarto de los libros». Pero debo avisarle que querré el pago en efectivo y por adelantado. A mis años y con esta discapacidad no puedo estar yendo al banco a cobrar un cheque — dijo —. Hoy en día hay demasiados pu… hem… ladrones por la calle.

Volvió ligeramente la cabeza hacia una puerta en el otro extremo del salón, que yo había supuesto daba a la parte de la cocina. El interior de ese territorio desconocido se ocultaba tras una de esas cortinas de cuentas que mantienen alejados a los insectos voladores y que pasaron de moda a nales de los años setenta. Tenía un dibujo chabacano que representaba una selva tropical, y la idílica escena (sin duda ya poco apreciada por el coronel) ondulaba suavemente en ese piso recalentado y con corrientes de aire.

—Es la puerta de la izquierda, NO la de la derecha. Esa es la habitación de mi difunta — dijo.

Estaba cerrada por unas pesadas cortinas blancas que colgaban de un raíl. Varios escarabajos negros y grandes se arrastraban por los pliegues de la tela.

Yo todavía albergaba la esperanza de que el «cuarto de los libros» de la izquierda fuera la cueva de Aladino para un biblió lo.

El coronel respiró varias veces por la bombona de oxígeno y se puso en marcha hacia la barrera tropical. Yo lo seguí de cerca y enseguida estuve dentro del sancta sanctorum.

No era una habitación grande, poco más que una despensa de gran tamaño, pero tres de las paredes estaban forradas de estanterías, y lo que me esperaba allí era la decepción y las amargas heces de mis recientes esperanzas. Una bombilla desnuda, suspendida del techo por un cable, revelaba el grado de expolio al que algún saqueador previo había sometido al «cuarto de los libros». Seguía quedando un fuerte aroma a libro viejo y mohoso para burlarse de mí, un olor que para los no lectores resulta tan desagradable como la halitosis a poca distancia, pero que, para un amante de los libros, es como la fragancia de las rosas en un jardín de verano.

—Nicholas Condor, quizá haya oído hablar de él, vino el otro día — jadeó el coronel —, pero seguro que todavía quedan su cientes cosas buenas para que le compense el viaje. Me aseguró que no se llevaba gran cosa de mucho valor.

Intenté articular una respuesta coherente, pero solo conseguí emitir un gorgoteo medio contenido.

—De todos modos, le dejaré solo para que lo valore — dijo, girando la silla de ruedas para desaparecer tras la falsa selva tropical.

Contemplé sombríamente lo poco que quedaba en las desnudadas estanterías: una colección completa, ajada y polvorienta, de las obras en tapa dura de Dornford Yates, unas cuantas ediciones en casete de audiolibros de “Sapper”, una amplia selección de títulos sobre las campañas militares de la

Segunda Guerra Mundial en Extremo Oriente, y gran variedad de biogra as o memorias impresas con letra grande, la mayoría de antiguos militares.

Nicholas Condor había sido extremadamente concienzudo.

Solo en el semioculto estante inferior había algo que pudiera resultarme mínimamente interesante, y todos eran libros de bolsillo muy usados. Un puñado de libros publicados por Panther en los años setenta, escritos por «Lovecra & Derleth» [sic], Clark Ashton-Smith y Arthur Machen, además de algunas antologías de Tandem con cuentos de Charles Birkin y R. Chetwynd-Hayes, dos títulos de William Hope Hodgson publicados por Sphere, la inevitable reedición por Corgi del Psicosis de Robert Bloch en rústica de principios de los ochenta, y media docena de maltrechas antologías de terror e historias de fantasmas publicadas por Fontana o Faber, incluyendo dos compiladas por Rupert Alderman, y la única preparada por Sinclair Xavier. Finalmente, había una antología compilada por VictorArmstrong. La respiración se me aceleró al ver el lomo. El último libro se titulaba Pesadillas desconocidas.

Parecía que Condor no había sido tan minucioso como había supuesto.

Casi arranqué de la estantería el grueso libro de bolsillo de bordes amarillentos para mirarlo más de cerca. Publicado en por Maelström Books (sello de Jackson Publishing Ltd.), era un título por el que me habían preguntado varias veces. La edición se había anulado antes de entrar en imprenta y solo había unos pocos ejemplares de muestra. No recordaba el motivo concreto por el que se había retirado de forma tan repentina, pero debía de ser el único libro con valor real que había en lo que quedaba de la colección del coronel Dowson o, más bien, de la señora Dowson y suya. Seguía desconcertándome que Condor la pasase por alto. La cubierta (una ilustración no acreditada muy in uida por el estilo de Neil

Harkness en sus ilustraciones para Charnel House) mostraba el rostro putrefacto de un cadáver entremezclado con un fondo de estrellas salpicadas sobre un tecnicolor desvaídamente surrealista.

Pasé a la página del índice. Figuraban rarezas como “La hermandad cadáver” de Edmund F. Bertrand, “La mente de la medianoche” de Ivan Gilman, “Los placeres horrendos” de Henri Nisard, “Ego et Mater Tenebrarum Unum Sumus” de Veronica Plunkett, “En los lóbulos fúngicos” de Cesare odol, “La pirámide dybbuk” de Trefosis Vrolyck, “Colmillos de blanca estática” de Joanna Wolski, y un cuento titulado “La abominación interminable” de X.

Hojeé el volumen al azar y llegué a la página donde empezaba el cuento “La abominación interminable”.

Eché un vistazo a la primera línea y luego a la siguiente, y a la siguiente, y las palabras, que en sí mismas parecían grotescamente desordenadas y poco naturales, empezaron a afectarme la mente como si fueran un encantamiento. Para cuando estaba a la mitad del párrafo inicial, la página había pasado a ser el único objeto que existía en el universo, anulando todo lo demás. Leerlo era caer a un pozo negro como la noche de inconcebible profundidad, donde tus pensamientos se desintegraban a medida que ahondabas en su misterio.

El narrador hablaba de estar muerto y enterrado, pero mientras recuperaba lentamente la conciencia de sí mismo y de los sueños que se ve forzado a soñar un cerebro en descomposición. El relato desvelaba poco a poco lo que le sucede realmente a la consciencia después de morir, ya que la muerte no es siempre el nal, sino que puede ser una puerta por la que acceder a horrores maravillosamente superiores, inimaginables para quien sigue con vida. Había aterradoras referencias a laberínticos nidos de larvas necrófagas que infestaban ataúdes negros como la noche en las profundidades subterráneas de los cementerios de todo el mundo. Revelaba los terrores que vivía un cerebro infestado de larvas mientras se licuaba en una pesadilla eterna, destinado, post mortem, a ser un cadáver irremediablemente enloquecido y torturado por pesadillas. Un ciclo infernal que se prolongaba de forma inde nida mediante una metempsicosis con larvas que se convertían en escarabajos, arrastrando consigo los purulentos sueños acumulados, emergiendo del subsuelo para aparearse y luego volver a enterrarse y depositar sus huevos en cerebros humanos recién muertos, creando más y más larvas, y…

De repente, fui vagamente consciente de que el coronel me arrancaba el libro de las manos y de que alzaba la voz.

—¡ !

Yo estaba estupefacto y todavía en estado de shock por leer solo esa pequeña parte de “La abominación interminable”. Sentía las rodillas como si fueran de agua y una capa de sudor helado me empapaba la frente. Me invadió una oleada de náuseas y sentí fuertes ganas de vomitar.

—¡Domínese, hombre! —Ladró el coronel, indiferente o ajeno a mi angustia —. Sueña despierto como lo hacía uno de mis antiguos sargentos mayores, ¡hasta que hice que un cocodrilo de agua salada lo persiguiera durante tres kilómetros por un pantano de la isla de Ramree!

Me tambaleé hasta el salón y me dejé caer en el sillón. Apoyé la cabeza en un antimacasar de encaje blanco. El intenso calor del piso era agobiante.

El coronel me siguió, aparentemente inseguro de cómo reaccionar ante mi ya evidente angustia. Al no obtener respuesta a sus preguntas, desapareció en otra habitación.

Instantes después, reapareció con una polvorienta botella de Hankey Bannister en el regazo y vertió torpemente un dedo de líquido en una taza desconchada de porcelana.

—Beba un poco de esto —dijo—. Hace maravillas.

Tras beberlo, volvió a reinar una larga pausa. El aprovechó la oportunidad para volver a usar la bombona de oxígeno, pero sus ojos inútiles y distorsionados se mantuvieron todo el tiempo jos en mí. Tuve la clara impresión de que creía que yo ngía.

—Debo de haberle dado un buen susto — dijo cuando pudo volver a respirar con más facilidad —, pero la verdad del asunto es que llevaba ahí dentro más de media hora soñando despierto. No conseguía entender por qué diablos tardaba usted tanto. En n, vayamos al grano. ¿Cuánto por el lote?

Aún me costaba concentrarme en lo que decía, pero sentí que me recuperaba, al menos en parte. Lo único que yo quería era irme de ese piso lo antes posible. Mi mente se rebelaba contra la experiencia vivida en el «cuarto de los libros» y me preguntaba si, de hecho, no habría sido víctima de algún tipo de ataque epiléptico. No pensaba ni en el valor que tendría ese ejemplar de Pesadillas desconocidas.

—Sigo sin encontrarme bien, coronel — dije —. Voy a tener que marcharme. Le escribiré una nota sobre los libros en cuanto pueda pensar con claridad. Necesito ver a un médico.

—¿¿ ? ¡¡¿ ?!! No diga tonterías. Ni siquiera me ha hecho una oferta — replicó. Había vuelto a su voz el antiguo tono seductor y amenazador a la vez —. A usted no le pasa nada, maldita sea. Será un vahído, o algo así. No me sea tan condenadamente idiota. Quédese y lea el resto del libro si quiere.

—Una vez más, debo disculparme — dije —. De verdad que debo irme. Me encuentro muy mal.

Me puse en pie tembloroso y caminé por el pasillo hasta el rellano, manteniendo una mano pegada en la pared como apoyo. Oía al coronel detrás de mí, jadeando y maldiciendo alternativamente.

—¡Vuelva aquí, maldito estafador! ¡ ! ¡ !

¡No me dé la espalda mientras le hablo! ¡ ! ¡ 

!

Cerré de un portazo, sin darme cuenta.

Esa tarde pasé varias horas en la sala de urgencias del hospital más cercano, el Whittington de Highgate Hill. Cuando expliqué en recepción lo que me había ocurrido, parecieron pensar que era muy posible que hubiera sufrido algún derrame cerebral leve, y procedieron a hacerme una serie de pruebas. Pero, al nal, no pudieron encontrar indicios de hemorragia cerebral, ni de infección microbiana alguna, y me enviaron a casa con la recomendación de que me sometiera a otra serie de pruebas al cabo de una semana o así, en busca de otras posibles causas sicas u orgánicas.

Esas nuevas pruebas no aportaron solución alguna al misterio.

Y durante todo ese período de tiempo yo esperaba ser blanco de airados comunicados mecanogra ados del coronel, pero no se puso en contacto conmigo en ningún momento.

Deseché el repentino efecto que había tenido la lectura del cuento en mi salud como una coincidencia peculiar. Pero pasaba el tiempo y cada noche me atormentaban sueños que estaba convencido que solo podía tener un cerebro podrido e infestado de larvas.

Me vi obligado a hablar de todo esto, en con anza, con un joven psiquiatra amigo (y suscriptor de Libros de Vathek), un tal doctor Arnold, que me recomendó antidepresivos. También me hizo las siguientes observaciones:

—No se lo tome a mal —me dijo—, pero creo que podría serle bene cioso encontrar otro ejemplar de ese cuento. Parece haber actuado como una especie de mecanismo psicológico desencadenante. Por supuesto, ahora mismo sería mejor que no volviese a leerlo, pero yo quisiera echarle un vistazo, como medida preliminar. Quizá pueda relacionarlo mediante psicoanálisis con algún trauma mental reprimido de su infancia que lo acecha desde lo más profundo del inconsciente. Me ayudaría a determinar la naturaleza exacta de cualquier posible complejo. Con el tiempo, y una vez asimilada correctamente, la historia perderá cualquier dominio que crea que tiene sobre usted. Dígame, ¿lo encerraron alguna vez de niño en el armarito que hay debajo de las escaleras, por portarse mal?

Esta última pregunta me pareció una necedad, por lo que me mostré reticente a seguir su consejo. Pero ¿qué otra cosa podía hacer?

¿Sería “La abominación interminable” un simple cuento de cción sobre cadáveres infestados de larvas y conscientes de su propia disolución, una y otra vez, en diferentes cuerpos? ¿O una mera locura post mortem que servía de telonero infernal para horrores in nitamente mayores? ¿Era el sueño lo que engendraba la realidad o la realidad la que engendraba el sueño?

Tenía que apartar de mí esas obsesiones debilitantes. No existía ninguna obra de cción que pudiera tener un efecto semejante sobre un lector del mundo real. Pero yo seguía haciéndome la misma pregunta: ¿quién era el autor? Pesadillas desconocidas incluía el cuento solo como obra de X, así que decidí hablar con el antólogo del libro, Victor Armstrong.

Encontrar a Victor Armstrong no fue tarea fácil. Maelström Books (y, de hecho, Jackson Publishing Ltd.) había cerrado casi una década antes, a raíz de un misterioso incendio en sus o cinas después de la publicación (y rápida retirada) de Pesadillas desconocidas, pero conseguí ponerme en contacto con el editor de la última antología de Armstrong (titulada de forma muy apropiada Pesadillas ciegas), que apenas media docena de años antes había visto la luz en JAW Books. El editor, Jacob Andrew Whitemoor, se mostró extremadamente comprensivo (y resultó ser un suscriptor de Libros de Vathek), pero me dijo que lo último que había sabido de Armstrong era que se había mudado de nitivamente a México unos años antes y que había dejado de compilar antologías. Además de dejar muy claro que no quería volver a tener nada que ver con la literatura de terror, en ninguna de sus variantes. Al nal, Whitemoor me dio el nombre de un hotel en la calle de Bucareli, en Ciudad de México, última dirección conocida de Armstrong.

Después de tres llamadas telefónicas al hotel, conseguí localizarlo en otro lugar, el Café La Habana, que, al parecer, solía frecuentar por las tardes y a primeras horas de la noche.

—¿Victor Armstrong? —dije.

Una pausa apagada, luego un grito de:

—¡Señor Inglés, el teléfono!

—¿Quién es? —Fue la lejana respuesta —. ¿López?

—Perdón, pero no lo sé, señor. Un otro Inglés.

—¿Quién habla? —preguntó nalmente en inglés arrastrando ligeramente las palabras por el exceso de bebida.

Le expliqué de la forma más concisa que me fue posible por qué quería hablar con él.

—No, no sé quién escribió la historia — respondió tras asimilar la información —. Lo rmaba X y, por tanto, era anónimo. De todos modos, debía de llevar mucho tiempo libre de derechos. La anciana que me lo envió aseguraba haberlo encontrado en una oscura revista victoriana de los años , y que lo había transcrito ella misma de forma muy descuidada.

—¿Quién era la mujer? —pregunté.

—¿Cómo se llamaba?… hum… Dawson, creo.

—¿No sería Dowson?

—Sí, tiene razón, era Dowson, no Dawson. Pero creo que su apellido original era «Mleen». Alguna expatriada oriental. La esposa de un coronel inglés ciego y medio loco, según tengo entendido. Desde luego, era todo un personaje. No paraba de encomendarle a su mujer que me dijera que mis antologías no eran lo bastante realistas o truculentas.

—¿Leyó usted el cuento?

Hubo una pausa. Le oí tragar de una bebida con tintineantes cubitos de hielo.

—Por supuesto que lo leí. Bueno, una parte, pese a estar escrito en una vieja máquina de escribir. No publico cuentos sin leerlos antes. A no ser que los escriba Steve King. La comunicación se interrumpía… Tenía una pregunta más.

—¿Qué le pareció lo que leyó?

—Ya me había salido del presupuesto, tenía un plazo de entrega apremiante, necesitaba desesperadamente incluir algo libre de derechos, y pensé que la idea del cuento, pese a sus defectos, era bastante interesante. Lo de una partida de ajedrez que se juega en una pesadilla que comparten el autor y el lector era…

La línea se cortó, pero se recuperó.

—… pero, de todos modos, me quitaron el control de la publicación de las manos.

—No parece el mismo cuento. El que yo leí era más macabro y, bueno, mucho más, supongo, lovecra iano.

Oí un gemido claramente audible al usar ese adjetivo concreto. Y la línea se cortó de repente.

A partir de ese momento, y pese a numerosos intentos por mi parte, no conseguí convencer a Armstrong para que volviera a ponerse al teléfono.

Conseguir en el mercado otro ejemplar de Pesadillas desconocidas resultó imposible. Tras preguntar a todos mis competidores especializados en el género del terror/fantasía/extraño/especulativo (que respondieron a mis preguntas con desconcertada diversión, alegaciones de ignorancia o cierto desprecio de «enterado»), llegué a la conclusión de que los pocos ejemplares que podían quedar, si es que quedaba alguno, estarían enterrados en colecciones privadas. Incluso publiqué un apresurado «suplemento especial» de Libros de Vathek con un anuncio en portada haciendo saber que pagaría una buena cantidad por cualquier ejemplar que pudiera haber en alguna de las bibliotecas privadas de mis suscriptores. También miré en ABE Books y demás librerías virtuales, con el mismo resultado. Por último, me dirigí a la Biblioteca Británica con la esperanza de que hubieran depositado en ella algún ejemplar para el archivo (como acostumbran a hacer las editoriales serias), y a efectos de derechos de autor. Después de muchas idas y venidas, se me informó de que el ejemplar que tenían lo había robado hacía unos años (o, más bien, se sospechaba que lo había robado) un académico conocido por ser amigo de lo ajeno, y al que no quisieron identi car, por estar loco y haber fallecido, y del que se rumoreaba que mantenía una sórdida relación con otra persona mayor, a la que tampoco quisieron nombrar, antiguo colaborador de El necró lo, revista infame y prohibida que había visto brevemente la luz en Estados Unidos durante la década de los años .

La biblioteca privada del académico más joven, sin nombre y amigo de lo ajeno, había pasado a la Biblioteca del Instituto Sternburg de Bloomsbury. Concerté una cita allí excusando alguna investigación por mi parte, pero una vez me presenté negaron tener Pesadillas desconocidas en su fondo. Cuando mencioné a un bibliotecario la posibilidad de que cualquier ejemplar que pudieran tener en su poder de la antología sería robado de la Biblioteca Británica y, por tanto, no sería legalmente de ellos, llamaron a un guardia de seguridad que me echó de allí.

Dadas mis propias experiencias de pesadilla tras leer solo una fracción de “La abominación interminable”, no me costaba entender la enmarañada red de intrigas, evasión, negación, secretismo e incluso miedo descarado tejida en torno a la antología donde se había publicado por última vez.

Los lectores quizá se pregunten por la primera publicación del relato, pero mis esfuerzos para localizarla por este método resultaron igual de frustrantes, si bien de manera más prosaica. De las innumerables revistas y publicaciones periódicas que contenían obras de cción y se publicaron en los , solo una parte sobrevivió y llegó a la era moderna y, de todas estas, solo una parte todavía menor se ha pasado a micro lm o se ha digitalizado. El hecho de que el relato se publicara bajo el seudónimo de X era de por sí un obstáculo adicional (ya que los impresores solían utilizar la X en lugar de «anónimo»), por no hablar de la posibilidad de que el título original del relato no fuera “La abominación interminable”. Por supuesto, no pude encontrar ni rastro de su existencia ni en Colindale Newspaper Archives ni en ninguna otra hemeroteca por el estilo.

Las pesadillas eran cada vez peores. Y debía recurrir con frecuencia a una mezcla de mor na y dexedrina para poder continuar. Mi salud, tanto mental como corporal, se deterioraba a un ritmo alarmante. El doctor Arnold quería internarme en su «centro psiquiátrico asistencial» privado, la residencia Glanville, para ponerme bajo tratamiento y observación, pero decliné la oferta.

No me quedaba otra salida que acudir al coronel. Ahora que sabía que su difunta esposa había contribuido decisivamente a que Victor Armstrong se enterara de la existencia de “La abominación interminable” parecía lógico que fuera el coronel quien estuviera más enterado que nadie de este siniestro asunto. También era la única persona que, por supuesto, tenía en su poder un ejemplar de Pesadillas desconocidas. Puede que hasta un ejemplar de la revista original de donde se había publicado el relato por primera vez. Después de todo, Armstrong me había dicho que fue la esposa oriental del coronel quien lo había transcrito «de forma muy descuidada» a partir de la publicación original.

No pude encontrar su número de teléfono, por lo que, desesperado, le escribí una carta donde me rebajaba a disculparme y le pedía una nueva oportunidad para examinar lo que quedase de su colección de libros. Esta vez, le aseguré, me comprometía rmemente a pagarle generosamente en efectivo y en el acto. Incluso haría un desembolso extra por mi «comportamiento imperdonablemente grosero» la última vez que nos vimos. Esperaba que algún amigo o vecino amable le leyera la carta en voz alta a ese cerdo fascista y ciego.

La O cina Real de Correos debió reenviar la carta al coronel, quien, al parecer, ya había abandonado su refugio en Muswell Hill para trasladarse a una vivienda protegida de

Hertfordshire. La respuesta escrita a mano, funcional y apenas legible, solo contenía instrucciones detallando cómo encontrar el chalé donde vivía (yendo a pie desde la estación de tren más cercana) y la hora y el día en que le vendría bien mi visita. No tenía ninguna duda de que había dictado esta respuesta y que alguien la habría escrito por él, tal y como yo esperaba que hiciera.

Dos días más tarde, poco después de las once de la mañana, y tras un viaje de más o menos media hora, bajé del tren de pasajeros que había cogido en Londres Euston y pisé el andén de la estación de Gallows Langley, en la campiña sureña de Hertfordshire. Llevaba toda la mañana lloviendo a cántaros en el interminable laberinto de ladrillo y cemento que es Londres, y parecía que el diluvio me había seguido hasta allí. Al oeste vi campos abiertos de un verde exuberante que se perdían en la distancia siguiendo la ladera del valle, mientras los cielos todavía más abiertos y rurales de Hertfordshire bullían en una masa estigia de agitadas nubes de tormenta grises y negras. Aquí y allá podían verse rebaños de ovejas sucias pastando, todas aparentemente ajenas a los elementos.

Yo estaba con ebre y con una temperatura elevada. No podía enfrentarme a la perspectiva de una excursión a pie por entre arcadas de árboles y empinados senderos, como requerían las detalladas instrucciones para llegar al chalé del coronel.

Nada más dejar la entrada de la estación, a medio camino de un parterre de hierba, había una pequeña caseta de madera. Sobre la ventanilla había un letrero cutre donde rezaba «Taxis de Gallows. No dejamos colgado a nadie[ ]». Me acerqué a la ventanilla y llamé al cristal salpicado de lluvia. Un rostro borroso apareció momentáneamente tras el cristal, donde había pegada una nota manuscrita que decía «vuelvo en minutos». Entonces se abrió una puerta lateral y salió el dueño, que llevaba un sombrero impermeable de ala ancha, un abrigo mackintosh y unas botas wellington, todo ello del mismo color amarillo chillón.

—Es allí abajo —dijo, señalando el montón de chatarra oxidada que había aparcado en el bordillo.

Esa trampa letal que parecía ser el taxi era un modelo que podría haber sobrevivido a los años setenta (nunca me han interesado las marcas de automóviles), y me pregunté si no seguiría usando esa antigualla para ahorrarse el impuesto de circulación.

Una vez instalado en el asiento trasero, me sentí todavía más pegajoso que antes y noté que mi ebre había empeorado considerablemente. También había desarrollado una migraña espantosa.

—¿Adónde, amigo? —dijo el conductor, sin volverse.

Le pasé por encima del hombro, sin decir nada, las indicaciones que me había enviado el coronel.

Las estudió un momento y luego dijo:

—Esto está equivocado. El que le envió estas indicaciones le habría hecho ir por el camino más largo. Pero vale, lo llevaré en un santiamén.

El chalé resultó estar en un sendero sin señalizar y cerrado por un portalón, al nal de un serpenteante camino rural bordeado a ambos lados por hileras de goteantes carpes. La carretera ondulaba por toda la ladera del valle y los regueros de agua de lluvia corrían por zanjas a ambos lados de la super cie ligeramente elevada y llena de charcos del asfalto. El taxi había subido la cuesta con di cultad, pero el conductor no emitió ninguna palabra de protesta por las peligrosas condiciones del viaje. Puede que viajar dentro de una trampa mortal lo volviera a uno indiferente a esos peligros menores. Me daba miedo imaginar cómo lo habría pasado yo de haber intentado hacer ese mismo viaje a pie, tal y como me había indicado el coronel. Cuando el taxista me dejó allí, le di una generosa propina junto con la tarifa indicada, aunque él se limitó a tocarse el sombrero sin volverse, y mucho menos dar las gracias, mostrándose impaciente por ponerse en marcha.

Tan confuso era mi estado de ánimo que se me olvidó decirle que volviese al cabo de media hora y me esperase allí para recogerme.

Como ya he dicho, el chalé estaba situado al nal de un sendero cerrado por un portalón. Un único escalón impedía cualquier acceso que no fuera peatonal. No había cartel alguno que indicase de quién era el lugar, ni cuál era la dirección.

El chalé en sí era un edi cio de ladrillo rojo sin nada que lo distinguiera, aparte de una enorme masa de hiedra a la que se había permitido invadir casi toda la fachada, ventanas aparte. Multitud de objetos de piedra salpicaban el extenso prado de césped sin cortar de la entrada y, en la penumbra de la tarde y a simple vista, me parecieron restos de los cimientos de un edi cio más antiguo y enorme, imperfectamente cortado a ras del suelo.

La ebre estaba siendo ya paralizadora, y tenía un espantoso dolor de cabeza.

Busqué un timbre o una aldaba y descubrí en su lugar una vieja campanita jada y montada verticalmente en la pared derecha, con un trozo de cordel atado al badajo.

La hice sonar varias veces, el ruido traspasó el siseo de fondo de la fuerte lluvia.

La puerta del chalé se abrió de golpe y casi me caigo por el hueco al tambalearme al interior.

Cuando volví a ser plenamente consciente de lo que me rodeaba me encontré desplomado en el mismo sillón, con el mismo antimacasar de encaje blanco, del piso que tenía el coronel en Muswell Hill. Con el mismo calor agobiante y el mismo olor nauseabundo de fondo, como de algo podrido escondido en algún lugar cerca de mí. Por un momento me pregunté si no estaría de vuelta en su anterior residencia y si todo lo sucedido desde entonces no había sido más que una pesadilla provocada por “La abominación interminable”. Pero no cabía duda de que si estaba dentro de un chalé. El coronel estaba ante mí, sentado en su silla de ruedas, respirando con fuerza por la máscara de oxígeno que llevaba en la cara y ajustando la válvula de la bombona. Detrás de él había una puerta que daba a otra habitación. Estaba cerrada por las familiares cortinas blancas que colgaban de un riel, y los escarabajos negros que había visto la última vez en ellas se habían multiplicado de forma considerable. El interior del chalé estaba a oscuras y el coronel había encendido unas lámparas de mesa en los lados opuestos de la vivienda; supuse que más por mí que por él. Se veían varias cajas de cartón sin desembalar, un par de voluminosas cajas de té abiertas, y en una esquina de un pequeño escritorio acechaba la misma vieja máquina de escribir con una hoja de papel en blanco ya insertada.

—¿Despierta ya? —dijo, tras quitarse la máscara —. Pero sigue sintiéndose malamente… supongo. No vuelva a desmayarse. Antes tenemos que concluir nuestros asuntos pendientes. Sé por qué está aquí, y no es para comprar los libros que quedaban, sino porque quiere ese cuento concreto. Y yo quiero que lo tenga.

Me sentí peor que nunca al darme cuenta de que conocía tan bien como yo la causa de mi deterioro mental y sico.

—Le daré seis mil libras. En efectivo — dije, sacando de la gabardina un paquete abultado y algo húmedo —. Tanto por Terrores desconocidos como por la revista donde apareció la versión original.

Hizo rodar su silla de ruedas por la alfombra, se detuvo ante una de las cajas de té, rebuscó en su interior y sacó de sus profundidades una enmohecida revista victoriana dentro de una carpeta de plástico amarillo brillante y el voluminoso ejemplar de Pesadillas desconocidas.

Intercambiamos los artículos.

No notó la diferencia. Lo que le había dado no eran seis mil libras, sino billetes falsos, dinero del Monopoly.

Pero entonces se puso a romper uno a uno los billetes falsos con sus dedos artríticos y nudosos, riéndose obscenamente mientras lo hacía.

—Supongo que querrá seguir ahí sentado y leerse esas dos cosas, pero… Todo en su momento — dijo.

Sus palabras parecían llegarme desde muy lejos. Su voz era poco más que un eco apagado. ¿Y acaso no estaba la habitación mucho más oscura? No podía ser todavía primera hora de la tarde; debía ser ya noche cerrada.

—Sí, fue la señora quien redescubrió esa puñetera cosa escrita por X en esa vieja revista victoriana, y, sí, ella la envió a Armstrong después de «transcribirla» personalmente. Pero nunca es la misma historia si la lees dos veces. Cambia todo el rato, y cada vez les quita más y más vida a sus lectores. Los médicos me dijeron que, hacia el nal, ella tenía el cerebro tan podrido y agriado que se le salía del cráneo, goteándole por la nariz y las orejas como un líquido putrefacto amarillo. Pero resultaba increíble lo lúcida que parecía estar al nal. Los médicos dicen que suele pasarles antes de morirse a los pacientes con grandes lesiones cerebrales y cosas por el estilo. Lucidez terminal, lo llaman. Al nal les dije que le apagaran el puñetero soporte vital, que era lo único que seguía manteniéndola viva. Y tampoco es que fuera el nal. Ni de lejos.

—¿Pero es el autor original, ese tal X? — conseguí decir entre jadeos —. ¿Alguien que ha desaparecido por completo de los registros?

—¿Cómo diablos voy a saberlo yo? Puede que el autor, o los autores, sea “La abominación interminable”. Lo último que me dijo mi esposa sobre eso, aunque para entonces ya debía de estar loca, pese a esa aparente lucidez, fue una fantasía idiota balbuceada sobre un continuo irresistiblemente horrible con eones de antigüedad. Incluso ahora sigue balbuceando sobre eso. Tonterías.

La siguiente frase acudió a mi mente para atormentarme: «Era conocido por su obsesión por el horror, cuanto más siniestro mejor. Parecía ser que nunca tenía su ciente».

¿Habría quedado él mismo afectado sica y mentalmente por oír la historia leída en voz alta, pero había escapado a sus peores efectos al no poder leerla por sí mismo? La habitación empezaba a girar sobre su eje, pero notaba mis pensamientos más claros que nunca, como si por n hubiera recuperado la cordura, pero una cordura que ahora resultaba in nitamente horrible.

Algo cálido y viscoso empezó a supurarme por la nariz y las orejas y me sorprendí mirando al escritorio de la esquina, a la máquina de escribir con su hoja en blanco esperándome. Me sentí impelido a acercarme a la máquina para escribir en ella.

—Lea primero lo que le he dado. Que para eso ha venido. Luego susúrreme, página a página, a medida que escribe su propia versión — me dijo —. Empiece por el principio. Escríbalo todo como pasó de verdad. La primera persona del singular siempre es lo mejor. Y debe darme solo los hechos. No quiero productos de su imaginación. Es de cobardes crear horrores que esquivan la cruda realidad.

VINO DE MORAS DE DUXFORD

A Jennifer Duxford se le encogió el corazón nada más ver la vieja casa de la granja.

Su marido Keith y ella llegaban en coche desde Finchley, en el norte de Londres, tras atravesar Watford hasta el campo abierto de Hertfordshire, para luego girar al este, pasar por Gallows Langley y llegar nalmente al pueblo de Helmont, situado en una posición algo más elevada de la ladera empinada que dominaba el valle del ool. Al haberse criado y vivido siempre entre laberínticas calles de casas adosadas, donde solo el parque del barrio ofrecía algún atisbo de naturaleza, todo aquel lugar le resultaba por completo ajeno. Cuando se casó con Keith dos meses antes, había supuesto que no tardarían en irse a vivir a una casa propia de dos plantas con patio trasero, y que no se limitarían a alquilar una. Una vez él ahorrase lo su ciente para pagar la entrada de una, claro. Pero entonces, una semana escasa antes, Keith le dijo que un tío suyo había muerto sin testar y que el bufete de abogados encargado de la herencia le había declarado heredero único. Heredaba todas sus posesiones y unos modestos ingresos, su cientes para poder vivir dos o tres décadas a poco que decidiesen hacerlo de forma relativamente frugal.

Keith no sabía casi nada de su tío. Sus padres habían fallecido cuando era niño, no tenía hermanos ni hermanas, y siempre habían vivido en una pobreza acomodada. Ninguno de sus padres le había mencionado ese misterioso pariente con posesiones en Hertfordshire, y tampoco lo habían hecho los padres adoptivos que acabaron haciéndose cargo de él. Hasta los abogados encargados de la herencia se habían mostrado reticentes a proporcionar más información al respecto. De hecho, tenía la impresión de que no se alegraban nada de tener a su difunto tío como cliente.

Jennifer se había creado mentalmente una fantasía acerca de una casita cubierta de rosales, un manzano y un jardín vallado, y llevaba días recreándose en esa idea, por lo que cuando el coche se detuvo ante la valla de madera que rodeaba a su destino y vio la realidad, su fantasía se trocó, como ya he dicho, en decepción.

Al otro lado de la valla, tras un breve sendero plagado de baches, se alzaba una casa de granja aislada y torcida que parecía datar del siglo . Tenía dos plantas y un tejado en cruz de tejas rojas del que sobresalían dos chimeneas. Un gran amasijo de hiedra descontrolada envolvía toda la mampostería exterior como una barba sin acicalar. En la fachada se veían seis ventanas en arco, todas oscuras y sin alegría en la tarde sombría y nublada.

Keith apagó el motor, rebuscó en el bolsillo de la chaqueta las llaves que le habían dado los abogados y se volvió hacia Jennifer.

—Bueno, ¿qué te parece? —dijo, alegre.

La respuesta de Jennifer fue una sufrida mirada de horror.

—Echemos al menos un vistazo por dentro. Quizá contenga alguna antigüedad. Puestos a vender la casa, quisiera no hacerlo con cosas valiosas no incluidas en el precio de venta — dijo Keith.

—De acuerdo —respondió Jennifer.

Bajaron del coche, Keith cerró las puertas movido por la fuerza de la costumbre, cruzaron la puerta de la valla y caminaron por el breve sendero que llevaba a la casa. Jennifer se detuvo en la entrada para examinar un letrero de latón medio oculto por la hiedra, mientras Keith buscaba entre el manojo de llaves la que abría la puerta principal.

—Pone «Granja Rakesmeer» —dijo—. ¿Por qué no Granja Duxford? ¿Es que era tío por parte de madre o algo así, y tenía otro apellido?

—No, era el hermano mayor de mi padre. Es todo lo que se dignó a decirme el abogado. Tenía mi mismo apellido. Y su nombre cristiano era Ronald. Será un letrero antiguo, de los anteriores dueños. Ah, aquí está.

Keith había conseguido encontrar la llave correcta. Abrió la puerta y los dos cruzaron el umbral, entrando uno detrás del otro. Los recibió un olor a humedad que llevaba tiempo allí presente, y que evocaba años de fumar en pipa.

—Atufa un poco, ¿no? —dijo Keith.

—Llevará meses deshacerse de él — gimió Jennifer —. Tu tío no debía de salir de aquí. Apuesto a que nunca oreaba la casa.

Las paredes del pasillo estaban cubiertas por un papel pintado con ores de un verde enfermizo y el suelo por una serie de gastadas y descoloridas alfombras persas.

—Bueno, curioseemos un poco, ¿te parece? — dijo Keith. Jennifer se obligó a asentir.

En la casa no parecía haber nada de mucho valor. Era evidente que la mayoría de los muebles provenían de grandes almacenes de Londres y Keith debió de quedarse decepcionado, pues esperaba encontrar alguna cubertería de plata de la familia Duxford. Una cosa inusual era la gran cantidad de estatuillas que llenaban el lugar, todas de dioses de la antigua Roma. Pese a ser reproducciones baratas, tenían señales de haberse quemado incienso en su honor. Era más que probable que su tío hubiera sido un solitario excéntrico. Su único entretenimiento parecía estar en la pequeña biblioteca de libros que había acumulado, ya que no había ni aparato de radio. El azaroso desorden de parte de las distintas habitaciones indicaba que el lugar había sido coto cerrado de un solterón recalcitrante que solo ordenaba y limpiaba a largos intervalos.

Jennifer había estado mirando con cierto desagrado los curiosos libros de la biblioteca cuando Keith salió del sótano cargado con una pequeña caja de madera llena de frascos cerrados.

—¿Qué tienes ahí? —preguntó ella.

—Ni idea —respondió—. Vamos a descubrirlo, ¿vale?

Depositó la caja en un sillón y sacó uno de los doce frascos de medio litro taponados con corcho, para ponerlo contra la luz. Contenía un líquido rojo oscuro del color de la sangre.

—Quien no arriesga, no gana — dijo Keith, y tiró del tapón de corcho hasta que se soltó del pequeño frasco con un sonido apagado.

Olfateó la parte superior del cuello.

—Huele a vino casero de moras — dijo sonriendo.

—No te lo b… —exclamó Jennifer, pero Keith ya se había llevado el frasco a los labios y le había dado un pequeño y rápido sorbo.

Puso cara de asco, tosió un par de veces y volvió a cerrar el frasco con el corcho.

—Es vino, sí. Por así decirlo.

—No deberías haberte arriesgado así, Keith. Podría estar estropeado — dijo Jennifer.

—No te preocupes tanto —replicó Keith, acercándose a las baldas de libros— . A ver, ¿qué le gustaba leer a mi tío? ¿Algo picante?

—Yo no diría precisamente eso — dijo Jennifer —. Míralo tú mismo.

Leyó en voz alta el título de los lomos de algunos de los libros.

—A ver qué tenemos aquí: Acerca de Por rio de Tiro, Comentario de «Contra los galileos» del emperador Juliano, En defensa de Decio y Valeriano… Veo que le iba una temática de nida, ¿eh? Cartas de Plinio el Joven, Edictos de Diocleciano contra los cristianos. Bueno, creo que ya vale con esto, ¿no crees?

—Más que de sobra —dijo Jennifer —. Oye, ¿tus verdaderos padres no eran católicos?

—Qué cosas —comentó Keith—. Sí que lo eran. Eso explicaría en buena medida por qué no mencionaban al tío pagano. Seguro que para bien. Sospecho que al viejo Ronald no le habría hecho mucha gracia la idea de ser tutor legal y responsable del bienestar de un sobrinito papista.

—Se hace tarde. ¿No crees que deberíamos ir pensando en volver a Londres, querido? — dijo Jennifer, con ojos suplicantes.

No le apetecía quedarse en la casa después de oscurecer, ni aunque hubiera electricidad.

—Tienes razón, claro, pero antes quiero echar un vistazo rápido al cobertizo de la parte de atrás.

El «cobertizo» era de madera, estaba adosado a la granja y cerrado con candado, y parecía construido con prisas por algún carpintero incompetente. Algunos de los deformados tablones apenas se alineaban unos con otros y varias arañas lo habían convertido en su hogar, llenando las esquinas del techo con grandes amasijos de telarañas. En el suelo había varios cubos con restos viscosos y fermentados de moras recolectadas muchas semanas antes.

—Bueno, esto explica los frascos del sótano — dijo Keith.

—Un vino secreto —respondió Jennifer.

—El vino es un vicio muy pagano, que llegó aquí con el culto a Baco. Mi tío debía tomarlo mientras fantaseaba con sus lecturas y rendía tributo a sus estatuillas falsas de deidades de la antigua Roma.

—¿Has acabado? ¿Has visto su ciente? ¿Podemos irnos ya? — preguntó Jennifer, intentando que la irritación no se le notara en la voz.

—Sí, vámonos.

Nada más llegar al automóvil aparcado ante la valla, Keith se detuvo en las primeras sombras del atardecer para rebuscar en los bolsillos y una expresión de desconcierto se dibujó poco a poco en su rostro.

—Qué raro —d ijo —. No encuentro las llaves del coche.

—No hagas el tonto. No tiene gracia.

—No, de verdad. No es broma.

Volvió a rebuscar en todos los bolsillos, incluso les dio la vuelta, pero solo encontró las llaves de la casa.

—Debo habérmelas dejado dentro de la casa.

—No estarán en el contacto, ¿verdad? — dijo Jennifer tirando de la puerta del acompañante, que siguió negándose a ceder.

Keith miró por la ventanilla del conductor.

—No, no están. Me temo que habrá que volver dentro a por ellas — murmuró.

—¡Jesús, dame paciencia!

—Buenas noches —dijo una voz desconocida —. ¿Puedo serles de ayuda?

La voz pertenecía a un hombre de unos sesenta años, con sobrepeso y vestido de tweed hasta en la gorra plana de la cabeza. El desconocido se había acercado en silencio, sin que la pareja se diese cuenta, por la vereda que desembocaba en la carretera a una docena de metros de ellos.

—¿Problemas con el motor? — preguntó el desconocido.

—No —dijo Keith—, pero parece que he extraviado las llaves del coche.

—Qué inoportuno. Objetos escurridizos las llaves. ¿Se mudan a la Granja Rakesmeer? — El desconocido interrumpió entonces el interrogatorio —. Disculpen, ¿dónde tendré los modales? Soy Roderick Carden, ¿cómo están ustedes?

Hubo una ligera e incómoda pausa, como si el desconocido esperase que la mera mención de su nombre despertara algún reconocimiento en ellos.

—Yo soy Keith Duxford y esta es mi esposa, Jennifer. Mire, no quisiera ser grosero, pero estamos apurados y tenemos que buscar las llaves, así que debemos volver a entrar. Buenas noches.

—¿Duxford, dice? Er… ¿Permiten que les ayude a buscar las llaves perdidas? Tres pares de ojos son mejor que dos.

Keith y Jennifer se miraron dubitativos por encima del techo del coche.

—Les aseguro que no me supone ninguna molestia. Prácticamente somos vecinos. Estaré encantado de ayudarles — añadió.

Al cabo de más de una hora de búsqueda, las llaves perdidas seguían sin aparecer y, para irritación de los Duxford, ya era evidente que el principal motivo por el que Carden se había ofrecido a ayudar era el de poder ver la casa por dentro. Mientras perdía el tiempo levantando jarrones y macetas y pasando los dedos por debajo de sillas y sofás, explicó que era un historiador local y que la Granja Rakesmeer ocuparía todo un capítulo en el libro sobre la región que estaba escribiendo.

Finalmente, se dejó caer en un sillón y empezó a divagar de forma interminable.

—La Granja Rakesmeer tiene una historia muy interesante. ¿Saben que se dice que aquí nació el único Papa inglés? Pues bien, debió de ser a principios del siglo , pero el valle del ool contaba con abadía propia incluso en tiempos tan antiguos, una cuyos ya degenerados monjes rechazaron al joven y futuro Papa cuando quiso ingresar como novicio. Fue así como empezó su largo peregrinaje por el continente, el rápido asentamiento de su autoestima y su coronación nal en Roma con la tiara papal. Con el paso de los siglos, la abadía del ool adquiriría el apodo de Abadía del Diablo, o Abadía de las Brujas, y de forma muy merecida. Entiendan que al decir esto solo cito al reverendo Alphonus Winters, que sería bastante sectario, pero no por ello deja de ser una autoridad en la materia.

—Me cuesta creer que el pagano de mi tío apreciase esa conexión con la Iglesia católica — dijo Keith, con manos y rodillas en el suelo y levantando las alfombras persas del pasillo.

—¿Su tío? Ah, vaya, esto es delicado. De lo más delicado. Daba por hecho que ya lo sabrían todo acerca de…

—No sabemos nada de él —dijo Jennifer, interrumpiendo a Carden a media frase —, ¡nada de nada!

El normalmente locuaz Carden pareció volverse entonces muy reservado en todo lo relativo a esa nueva cuestión, y se limitó a murmurar algo acerca de la sospechosa desaparición de un sacerdote católico local y de que Duxford se había «quitado de en medio» cuando la magistratura emitió nalmente una orden para que la policía local registrase la Granja Rakesmeer.

Por supuesto, todo el asunto se había silenciado.

Poco después, Carden presentó sus excusas y se marchó, sin que se hubieran encontrado las llaves, pero no sin informar antes a Keith y Jennifer de que el único cerrajero de la zona resultaba ser un conocido suyo llamado Mick O’Sullivan.

Desgraciadamente, a esas horas de la noche, O’Sullivan ya habría terminado su jornada laboral y estaría frecuentando alguno de los pubs de Gallows Langley. Seguramente estaría incapacitado para acudir en su ayuda antes de la mañana del día siguiente, por lo que Carden prometió llamarlo a primera hora de su parte y ahorrarles el paseo hasta la cabina telefónica más cercana, a más de kilómetro y medio de distancia, al norte por Old Chapel Lane.

Jennifer lo había mirado malhumorada durante toda la conversación.

Y casi un instante después de que se marchara, Jennifer se enzarzó con Keith en una acalorada discusión.

—Te digo que no pienso pasar la noche en este sitio — le gritó ella.

—Ya has oído al señor Carden, ¿qué quieres que le haga?

—Ve a la cabina telefónica que dijo ese viejo loco y pide un taxi que nos lleve a la estación de tren más cercana. Y mañana por la mañana vuelves y vas tú al cerrajero. ¡Fuiste tú quien perdió las llaves!

—Vale, vale. ¡Lo haremos a tu puñetera manera!

Keith cerró la puerta principal de un portazo cuando salió a buscar la cabina.

Hora y media después, Keith seguía sin volver y el enfado de Jennifer se había tornado en nerviosismo. Tenía encendidas todas las luces de la casa y paseaba a uno y otro lado del salón y de la cocina, incapaz de quedarse en alguna de las dos habitaciones. Había sido un error quedarse allí mientras su marido iba a la cabina. Debía haberlo acompañado. Y, ya puestos, no dejaba de preguntarse cómo se habría «quitado de en medio» el salvaje tío de Keith. ¿Metiendo la cabeza en el horno? ¿Colgándose de una viga? ¿Cortándose el cuello con una navaja de afeitar? ¿Cómo lo hacían los antiguos romanos? El método preferido era abrirse una vena y dejar que la vida los abandonase. ¿Y qué papel habría tenido en la desaparición del sacerdote? Era evidente que el tío Ronald debió ser una especie de psicópata peligroso. Esperaba que esas cosas no se llevaran en la sangre. Ahora que lo pensaba, ¿no era un tanto raro que Keith hubiera «extraviado» las llaves? Corta ya, pensó para sus adentros, te estás poniendo paranoica.

Su mirada errante y distraída se posó en el frasco de vino de moras que Keith había dejado en un aparador. Un par de tragos la ayudarían a calmarse. Se lo llevó a la cocina, cogió un vaso algo polvoriento que limpió bajo el grifo y se sirvió un poco. Tras dudar un instante, se bebió el contenido del vaso sentada a la mesa de la cocina.

No estaba nada mal. Ni mucho menos. Keith exageraba, como siempre. Soltó una risita. El viejo tío Ronald sería un psicópata, pero haciendo vino era un artista que ponía todo su ser en su obra. Jennifer se sirvió algo más, esta vez en mayor cantidad.

Mientras tanto, Keith apresuraba el paso para cruzar Helmont en la oscuridad, buscando Old Chapel Lane y su cabina telefónica. La carretera estaba salpicada por casitas destartaladas y, por lo que podía ver, la mayoría de sus habitantes residían en edi cios centenarios bastante apartados de la carretera principal, ocultos tras altos muros de ladrillo. A la luz de las farolas victorianas solo podían verse los tejados y las chimeneas de las viviendas más altas.

Old Chapel Lane empezaba justo en la parte más al norte del pueblo, marcada por un inusual «tabernáculo de hojalata» prefabricado, como los que Keith solo había visto en las películas del «Salvaje Oeste» norteamericano. Tenía encaladas las paredes de hierro corrugado y una torre en un lateral, sin duda el campanario. Puede que el edi cio de nales del siglo estuviera allí reemplazando alguna capilla anterior. Cruzó la carretera movido por la curiosidad, para mirar más de cerca el tablón de anuncios acristalado de la puerta de la iglesia, que cualquiera habría supuesto que contendría el horario de los o cios. Pero, una vez ante él, descubrió que su única nalidad parecía ser el criadero para una peculiar especie de seta venenosa con motas blancas y sombrero rojo.

Bastante asqueado por la imagen, reanudó la búsqueda de la cabina y la descubrió al cabo de diez minutos más de caminata, acechando al borde de la carretera, casi oculta en un profundo recoveco entre arbustos que necesitaban una poda urgente y que tapaban casi toda la luz que pudiera ltrarse por las enrejadas ventanas de la cabina roja. Se alegró de tener tan buena vista; estaba en un lugar que habría sido muy fácil pasar por alto. De hecho, estaba seguro de que habría pasado de largo de no estar en su mismo lado de la carretera.

Keith entró en la cabina y descolgó el auricular para llamar a la operadora local y que lo comunicaran con la empresa de taxis del lugar. Pero al llevárselo al oído no oyó nada y la línea le pareció cortada. Volvió a probar, insertando una moneda de seis peniques y pulsando el botón A, pero sin conseguir nada. Tampoco le devolvió la moneda tras pulsar el botón B y colgar el auricular en su sitio[ ]. Era evidente que estaba estropeada, ¡qué mala suerte!

Después de recorrer ochocientos metros más de carretera en busca de otra cabina, solo consiguió internarse aún más en la oscuridad del campo, así que dio media vuelta hacia Helmont, acelerando el paso. Estaba cansado, le dolían los pies y no le quedaba más remedio que ponerse a merced de alguno de sus habitantes y preguntar si le permitirían usar el teléfono pagando.

Una vez en Helmont, eligió una de las casitas menos destartaladas que daban a la carretera y llamó con la aldaba de latón a su baja puerta principal. Al cabo de un breve intervalo, se oyó el sonido de un cerrojo al descorrerse. La puerta se abrió parcialmente y por el hueco se asomó un viejo calvo y desdentado, vestido con un abrigo comido por las polillas.

—¿Qué busca usted, llamando a estas horas de la noche a la puerta de un anciano? — resolló la aparición.

—Siento mucho molestarlo, pero es una emergencia. Me encuentro en un aprieto. ¿Me permitiría utilizar su teléfono?

Le pagaría, por supuesto.

—¿Quién es usted?

—Me llamo Keith Duxford, vengo de la granja de… —¡¡¿Duxthford, dice usted?!! ¡¡¡Un Duxthford!!!

El viejo desdentado se echó un poco hacia delante, entrecerrando los ojos para mirar jamente a Keith a la cara, y luego escupió en el umbral.

—Sí que eres un Duxthford, sí. ¡Ahora lo veo! ¡Fuera de aquí, maldita escoria Duxthford o llamaré a la policía!

El anciano cerró de un portazo y Keith le oyó echar el cerrojo.

Cuando Keith estuvo de vuelta en el corto sendero que conducía a la casa de la Granja Rakesmeer, o Duxford, se sorprendió al ver el edi cio en completa oscuridad. Jennifer parecía haber apagado todas las luces eléctricas por no sabía qué razón. ¿Habría renunciado a seguir esperándolo y optado nalmente por retirarse a dormir? Vale que llevaba más de tres horas ocupado en su infructuosa tarea, pero eran poco más de las once. Estaba temiendo la manera en que ella recibiría la noticia de que no tenían más remedio que hacer de tripas corazón y pasar la noche en la granja. Pero que ya estuviera dormida le facilitaba mucho las cosas. El tal Roderick Carden les había prometido telefonear por la mañana a un cerrajero. Y parecía ser un caballero (por así decirlo) y hombre de palabra. Keith lamentó no haberle sonsacado más información sobre su misterioso tío; si la reacción del anciano desdentado de Helmont le revelaba algo es que su difunto tío era bastante odiado. ¿Qué habría hecho exactamente antes de quitarse de en medio?

Ahora Keith se sentía culpable por dejar a su mujer sola en la granja, y se apresuró a recorrer el breve sendero, abrir la puerta principal, entrar en el vestíbulo y buscar a tientas el interruptor de la luz. Pero, cuando lo encontró, no parecía funcionar.

—¿Jennifer? —llamó, mientras avanzaba a ciegas por el pasillo —. ¡Soy yo! ¿Qué pasa con las luces? ¿Jennifer? ¿Estás ahí?

—No —respondió una ronca voz masculina con el tono burlón de un borracho.

Cuando Mick O’Sullivan, el cerrajero enviado por Roderick Carden se presentó con su furgoneta por la mañana temprano, encontró la granja cerrada y sin nadie que respondiera cuando llamó a la puerta principal. Su primer instinto fue marcharse, pero el automóvil que le habían mencionado seguía allí aparcado, ante el breve sendero que llevaba al viejo edi cio cubierto de hiedra. De no haber encontrado allí el vehículo cerrado, habría supuesto que sus potenciales clientes no estaban y se habría marchado. En vez de eso, se detuvo en la puerta de la casa y se preguntó qué hacer a continuación, hasta que oyó a alguien reírse en una de las habitaciones del piso de arriba. La risa tenía un tono que le indicó que algo iba muy mal, pues era una risa completamente carente de alegría y humor. Una vez se decidió por un curso de acción, condujo hasta la comisaría de Gallows Langley, donde el escéptico agente de servicio solo tuvo que oír las palabras «Granja Duxford» para acompañarlo de inmediato de vuelta al lugar.

A un cerrajero como O’Sullivan le fue fácil acceder al interior, no dejaban de oírse las carcajadas ultraterrenas mientras recorrían el pasillo, subían las escaleras y entraban en el pequeño dormitorio de donde parecía proceder la risa.

Dentro estaba Jennifer Duxford. Sentada en una mecedora junto a la cama, vestida con un mono manchado de moras y unas botas demasiado grandes para sus pies. Parecía que acababa de cortarse los cabellos de forma muy descuidada. Intentaba encender como es debido una pipa que olía bastante mal. Miró con desconcierto al agente de policía y al cerrajero y volvió a reírse de esa manera horrible y ronca.

En el cobertizo adosado a la granja descubrieron en varios cubos lo que quedaba de su marido mezclado con moras podridas.

Tras un rápido examen, Jennifer Duxford fue encomendada a los cuidados del doctor Charles Winterburn en el manicomio de Gallows Langley, donde no tardaría en no poder recordar absolutamente nada sobre Ronald Duxford, ni de sus intentos psicóticos para revivir el paganismo y los sacri cios humanos. Unas semanas antes de que muriese, creía estar viviendo felizmente con Keith en una casita cubierta de rosales, con un manzano y un jardín vallado, pero nunca volvió a tener ganas de reírse.

En cuanto a la Granja Rakesmeer, o Duxford, fue demolida a nales de los años sesenta, pese a ofrecerse al Fondo Nacional de Preservación Histórica como lugar de importancia histórica, y el único testimonio que queda ahora de su existencia es una pequeña losa de hormigón colocada en medio de un parterre de ores en una ladera inclinada de Helmont, que lo señala como lugar donde nació el único Papa originario de Inglaterra.

LA OMINOSA RECUPERACIÓN DE CIERTAS COSTUMBRES DE ANTAÑO

En los lejanos con nes del valle del ool, a unos ocho kilómetros de la ciudad de Gallows Langley, que queda más al sur, se encuentra la antigua aldea de Reapers End. Es una colección de dos docenas de casas rurales medievales anqueadas al este por campos de maíz y de nabos que ascienden poco a poco por la ladera de una colina, y al oeste por un serpenteante y perezoso a uente del río ool. Aunque tanto el descubrimiento de una villa romana en las afueras de Reapers End en el año (durante las obras de la carretera de ese mismo año) y la posterior excavación del lugar al año siguiente suscitaron un considerable interés arqueológico, hubo otra ocasión en que la aldea fue también objeto de similar atención: en julio de , cuando se hizo otro descubrimiento igualmente casual e importante al reformarse el interior de una casa. Fue en una de las casas de una hilera de edi cios con tejado a dos aguas, que se había construido pocos años antes de la Reforma.

El propietario de la casa, Antony Harwood, ingeniero electrónico de profesión, descubrió accidentalmente una peculiar serie de murales tapados y olvidados durante largo tiempo. Había heredado poco antes la casa, propiedad de una anciana tía recién fallecida. El desenterramiento de los murales anteriores a la Reforma tuvo lugar cuando Harwood se dedicó a arreglar el lugar por su cuenta aprovechando unas vacaciones anuales de dos semanas. Dada su antigüedad, el viejo edi cio requería de atención constante y había decidido valientemente acometer él mismo el trabajo, en vez de gastar dinero en albañiles. La mayor parte del trabajo consistía en retirar paneles de madera de las paredes, que estaban con hongos y hacía siglos que no se tocaban. Le fue sorprendentemente fácil, una vez que se familiarizó con el proceso. Disponía de la mayoría de las herramientas necesarias para la tarea y no tuvo reparos en romper la madera. Los hongos la habían dañado hasta el punto de dejarla prácticamente inservible, útil solo como leña.

Fue al retirar los paneles y quitar varias capas de papel pintado cuando descubrió detrás de todo ello una capa protectora de lino: tras esa última barrera era donde se encontraban los murales, pintados directamente sobre el yeso blanco que cubría las paredes. De ejecución tosca y muy desvaídos sus extraños colores, los murales representaban lo que el único experto (ni más ni menos que del Museo Británico) al que se permitió examinarlos brevemente cali có de «representaciones simbólicas de escenas sobre algún rito de brujería relativo a los sacri cios para la cosecha y asociado con el mundo de las hadas». Este experto también se declaró perplejo ante la representación anacrónica de algunas guras de los murales, pues varias parecían pertenecer a un periodo posterior al momento en que se pintaron. Aunque debían de ser alteraciones posteriores, la técnica utilizada en ellas era tan parecida que podrían haberse considerado obra de la misma mano.

En los días siguientes al descubrimiento, el simplemente perplejo interés (inicial) de Harwood por esos murales tanto tiempo ocultos pareció aumentar hasta convertirse en una especie de obsesión. Aunque debía volver en menos de una semana a su trabajo de ingeniero electrónico en la Broadcasting House de Londres, pre rió despedirse del puesto sin más. Todos los intentos del experto del Museo Británico, que estaba impaciente por fotogra ar los murales y llamar a otros expertos que lo ayudasen en la investigación, por comunicarse con Harwood sobre el asunto fueron rechazados en seco, hasta el punto de que este último llegó incluso a desconectar el teléfono.

Harwood se pasaba horas sentado ante las pinturas, incapaz de apartar la mirada de las nebulosas imágenes de las paredes e hipnotizado por sus ya muy desvaídos colores, que seguían siendo ultraterrenos. Cuando no tenía luz del día, encendía velas para continuar con su vigilia. Durante ese periodo se convirtió en un completo recluso. Se decía que había enfermado de gravedad. Se veían furgonetas de reparto a domicilio que le llevaban cada semana alimentos y artículos de primera necesidad, a los que añadía en ocasiones alguna entrega de artículos eléctricos, cosa que parecía indicar que no había perdido del todo el interés por algunos aspectos técnicos de su antigua profesión.

Solo se le vio salir de la casa en dos ocasiones posteriores, ambas el de septiembre. En la tarde de ese día, se le vio montando con torpeza en el tejado de la casa una antena de dos o tres metros de altura; se lo reconocía fácilmente por las gafas y la melena plateada. Luego se le vio clavando octavillas escritas a mano en todos los postes telefónicos que bordeaban la calle principal de Reapers End, zigzagueando de un lado a otro como lo haría alguien ebrio.

He a rmado antes que Reapers End rara vez llamaba la atención, aseveración que era básicamente cierta, en términos generales. Pero, a nivel local, la aldea siempre había sido blanco de terribles rumores y persistentes cotilleos, sobre todo entre los residentes chapados a la antigua de Hallam Hardwick, el viejo pueblo Victoriano con mercado que se alzaba en la colina a apenas kilómetro y medio de distancia, donde la descon anza hacia quienes residían en Reapers End se había transmitido elmente de generación en generación debido a la suposición de que sus residentes tenían el poder de la clarividencia. Puede que tal descon anza tuviera sus raíces en el hecho de que, durante los nueve días de , cuando el país estaba dividido por la lucha por la corona entre lady Jane Grey y la reina María Tudor, los habitantes de Reapers End se declararon, de manera desconcertante, leales súbditos de «la antigua madre de Albión, la dedilarga reina de las hadas».

Es fácil imaginar cómo se tomarían en los residentes más ancianos de Hallam Hardwick el descubrimiento de los extraños murales de Reapers End, que se convirtió en tema diario de conversación entre los ancianos que se reunían en alguna de las cuatro tabernas centenarias del lugar para trasegarse la cerveza de la tarde, fumar pipas o cigarrillos y reírse de la ignorancia cientí ca de sus nietos y nietas. Los reservados residentes de Reapers End, o eso decían los de Hallam, se pasaban la noche pegados al televisor, seguramente viendo esos infames y «repugnantes vídeos» que querían prohibir cristianos sensatos como Mary Whitehouse. El viejo Bert, uno de los ancianos, juraba que, la misma noche del de septiembre, tras tomarse una o dos pintas de más, se había confundido de camino al volver a casa desde el pub, se metió por donde no debía y acabó tambaleándose por la aldea a cosa de medianoche y, «de verdad de la buena», decía él, que había visto a través de las ventanas con cortinas de encaje la luz fantasmal de las parpadeantes pantallas de televisión y había oído lo que estaba completamente seguro que eran gritos enloquecidos provenientes de todas y cada una de esas malditas casas rurales.

Dos días después de que el viejo Bert se encontrase vagando por Reapers End en estado de embriaguez, un entusiasta a cionado a la televisión llamado Priam Stanhope amarró su barco uvial, e Beagle, en la orilla en cuesta que descendía hasta el río ool desde el imponente edi cio georgiano del pub Egremont Arms, situado en los lindes de la aldea. La antena de televisión que llevaba en el techo del barco había captado una extraña señal cuando recorría el canal Grand Union. Al principio, la recepción había sido granulada e inde nida, pero parecía la señal de UHF en pruebas de alguna televisión pirata que operase en la región. Stanhope había viajado por buena parte de la red de canales del interior y, cada vez que pasaba de una zona de emisión regional a otra, consultaba impaciente las últimas guías de televisión para tomar nota de las variantes en la programación.

Durante las pausas de su viaje, ya fuera en alguna esclusa, o al atracar, se dedicaba a ajustar la frecuencia (situada en torno a los MHz) en que emitía esa recién descubierta emisora pirata. Giraba a uno y otro lado el dial de su pequeño televisor portátil para mejorar la recepción y salía a mover la antena de fuera. Cuanto más al norte viajaba por el canal, más mejoraba la imagen transmitida, hasta que, al cabo de una hora o así, desaparecía bruscamente, para su gran decepción, quizá por haberse apagado en origen.

Finalmente, se encontró navegando por las aguas tranquilas y poco profundas del estrecho y casi infranqueable río ool, y pasando bajo el Victoriano puente del ool, de hierro forjado, hasta verse obligado a detenerse y atracar de manera improvisada junto a una arboleda de sauces. Habría sido peligroso seguir adelante: el casco había chocado ya varias veces contra el lecho del río, y la abundancia de maleza amenazaba con enredarse en la hélice. Ese tramo del río era en verdad intransitable.

La carta de ajuste, pensó Stanhope, había resultado peculiarmente extraña. En vez del patrón habitual de Phillips PM , mostraba, en franjas verticales, lo que parecían ser imposibles colores en negativo, y no se limitaban a ser los equivalentes complementarios. Una barra horizontal en el centro rezaba «Transmisión experimental en pruebas». La carta de ajuste parecía haber sido diseñada a propósito para atraer a los curiosos, ya que Stanhope se sintió hipnotizado al cabo de tan solo unos instantes. Hasta la música que acompañaba a la carta de ajuste resultaba extravagante e hipnótica. Era una especie de melodía aguda que se repetía de forma cíclica cada treinta segundos, más semejante a unas campanadas que a cualquier otra cosa.

Stanhope se sintió inmensamente intrigado por esa emisión inexplicable, y decidió pasar un tiempo atracado en Reapers End para investigar más a fondo el asunto y ver si podía volver a captar la emisión en su televisor portátil. Era uno de esos entusiastas que, una vez jubilados, dejan que sea su a ción lo que acapare toda su atención. No percibía la ironía de que, pese a recorrer los canales de la bella campiña inglesa, estuviera mucho más interesado en ver televisión que en observar el paisaje que lo rodeaba. Tampoco se daba cuenta de que, para hacer lo mismo que había venido haciendo todas las noches en los últimos treinta años después de la jornada de o cina, que era pudrirse ante la pantalla del televisor, bien podía haberse quedado en su solitario piso de un dormitorio en Hampstead Village.

Pensó que, si iba a atracar en aquel lugar, tendría que pedir permiso al propietario del terreno colindante con el canal, teóricamente el dueño del pub Egremont Arms. Subió por la orilla cubierta de hierba hasta el imponente y encalado edi cio georgiano, cuya gran terraza estaba adornada con pequeñas guritas de paja, para descubrir al llegar que había cerrado a las tres en punto de la tarde. Ya eran las cuatro. Stanhope no había contado con los horarios comerciales. Pero un cartel indicaba que el pub volvería a abrir sus puertas a partir de las seis de la tarde. Llamó a la puerta de todos modos, pero no obtuvo respuesta, así que regresó al barco, redactó una breve nota explicando que había atracado al nal del jardín del pub debido a un «problema mecánico», volvió a subir la ladera e introdujo el papel en el buzón de la puerta de entrada. Satisfecho por haber hecho todo lo que era razonable esperar dadas las circunstancias, decidió dar un paseo por la aldea de Reapers End. Había pasado la mayor parte de los últimos días con nado en el barco, exceptuando las veces en que debía salir para abrir las esclusas, y agradecía la oportunidad de hacer algo de ejercicio.

Lo primero que le llamó la atención fue la preponderancia de cuervos graznando en los árboles. Era como si casi todos los árboles albergasen nidos hechos con ramas y ramitas, construcciones grandes y extrañamente grotescas con forma de cono invertido. Las aves revoloteaban de uno a otro árbol, y las negras sombras de sus alas resaltaban contra la extensión blanquecina y apagada de nubes bajas que cubría el cielo al caer la tarde. Tuvo la inquietante impresión de que alguien lo observaba mientras caminaba despacio por la única calle que cruzaba Reapers End.

Entre las casas medievales que salpicaban la carretera, podía divisar los maizales que había tras ellas, la mayoría en tierras de labranza. En la lejana distancia, había varias guras que parecían de niños al aire libre, con sombreros de paja, ninguna de más de metro y medio de altura, pero todas completamente inmóviles, y Stanhope volvió a tener la impresión de que lo observaban. Una de las guras estaba ligeramente inclinada hacia un lado, como si tuviera la espalda deforme. Stanhope se quedó mirando unos instantes, levantó el brazo y saludó a uno de ellos, esperando una respuesta. Ninguno se movió. Se encogió de hombros y siguió deambulando por la calle hasta llegar a una casa con un gran jardín delantero y, tras mirar por entre los maderos de la puerta de la cerca, desentrañó el misterio del porqué lo ignoraban.

En medio del jardín, apoyado en un poste de madera, había un espantapájaros especialmente feo y encogido. Habían vestido a esa cosa con ropas viejas, guantes, botas embarradas y una gorra de tweed salpicada de tierra. Tenía la cabeza ovalada y aplastada dentro de una bolsa de lino bien apretada.

Stanhope no podía mirar a esa espantosa aparición sin sentir repugnancia, y se alegró de que las guras de los campos, que supuso que también serían espantapájaros, hubieran estado demasiado lejos para verlas con la misma claridad que esta que tenía delante. ¿Qué nalidad tenían esas cosas? ¿Alejar a los cuervos en tiempo de cosecha? Pero ¿los cuervos no eran aves carroñeras?

A medida que se adentraba en la aldea de Reapers End, no tardó mucho en descubrir que en todos los jardines podía verse alguno de esos espantapájaros de tamaño infantil. Por supuesto, todos diferían algo en su construcción o atuendo, pero, aun así, todos llevaban guantes y una bolsa de lino en las deformes cabezas.

La incomodidad que sentía Stanhope ante la reiterada visión de los alarmantes espantapájaros de los jardines era tal que pasó de largo ante varios postes telefónicos antes de jarse nalmente en una de las octavillas escritas a mano y clavadas en ellos con un al ler.

«Recuperemos nuestro Patrimonio. Vuelve el Festival de la Cosecha. Sintonicen los televisores a medianoche en la frecuencia de , MHz. Viernes de septiembre», instaba con una letra de torpes trazos.

¡Dos días antes!

Stanhope se guardó la octavilla en el bolsillo de la chaqueta. ¿Repetirían la emisión? ¿Qué contenido tendría? Mientras re exionaba sobre estas preguntas, vio que alguien lo observaba desde la ventana del ático de la última casa de una hilera de edi cios con tejados de dos aguas. Quienquiera que fuese llevaba un sombrero de paja de ala ancha, deshilachado por los bordes y con varios agujeros en el tejido de su super cie. No podía verle la cara, al estar completamente sumida en sombras. Stanhope se quedó un rato allí parado, imitando el escrutinio de ese observador sin rostro, hasta que su pequeña estatura y su completa inmovilidad lo convencieron de que era otro de esos espantapájaros de pequeño tamaño. Stanhope lo saludó con la mano como había hecho antes, pero sin esperar respuesta, y, por supuesto, no la obtuvo. La curiosidad ya empezaba a mitigar la creciente inquietud que sentía cuando vio que se habían dejado abierta la puerta principal de la casa. Empezó a recorrer el camino que atravesaba el jardín hasta la entrada, y apenas había dado tres pasos cuando apareció un pequeño chucho de pelaje gris, que avanzó lentamente hacia él, como queriendo impedirle el paso, y se puso a ladrar en un tono curiosamente estrangulado. Instantes después de ese enfrentamiento, el perro corrió hacia él, cambió de dirección en el último instante, rodeó a Stanhope y atravesó corriendo la calle hasta un pequeño puente de madera que cruzaba el estrecho a uente infestado de maleza.

Stanhope continuó adelante, se detuvo en el umbral y gritó.

—Hola, ¿hay alguien en casa? La puerta está abierta.

Necesito ayuda.

Y volvió a gritar.

—Su perro se ha escapado, ¿sabe? Parece que se ha ido.

No obtuvo respuesta. De alguna parte en las profundidades de la casa le llegó el majestuoso tic-tac de un reloj de pie mientras su péndulo oscilaba serenamente a uno y otro lado.

Cruzó el corto recibidor cosa de un minuto después y se encontró en el salón delantero. No supo decir si era un desorden inhabitual o si el propietario era extremadamente descuidado. Le alarmó el estado del televisor. Tenía la pantalla rota; alguien había destrozado el aparato y rellenado el interior con gavillas de maíz. El responsable debía de haberse cortado en el proceso, porque las gavillas estaban salpicadas con lo que parecía sangre seca. Bajo el televisor roto, en un estante inferior del mismo mueble, había una grabadora de vídeo Panasonic VHS de carga frontal. Estaba intacta. Se le ocurrió algo y, sin poder contenerse, cruzó la habitación, pulsó un botón y la máquina expulsó una videocasete con un sonoro zumbido mecánico. En la etiqueta lateral de la cinta habían garabateado con bolígrafo lo siguiente: «Tiempo de cosecha, / / ».

Tuvo la absurda idea de que a continuación oiría un ruido procedente de arriba, el sonido de unas botas unidas a unas piernas falsas nada familiarizadas con el gesto de caminar, seguido del crujido de la paja o el heno embutido en ropas viejas al moverse como si tuvieran huesos, músculos y carne, como si estuviera bajando torpemente el tramo de escaleras que llevaba al recibidor, pero lo único que oyó fue el ritmo continuo, lento y metronómico del reloj de pie en alguna parte de la casa.

Pero esa idea bastó para acelerar su marcha, aunque no bastó para empujarlo a dejar la cinta de vídeo.

Llamó a las puertas y tocó los timbres de varias de las casas de la única calle que serpenteaba por Reapers End, pero todas las llamadas fueron ignoradas. Quizá supiera algo más cuando volvieran a abrir el Egremont Arms. Solo faltaban diez minutos para las seis, y no tendría que esperar mucho. En todo caso, parecía una oportunidad excelente para que la cinta que tenía en su poder le ofreciera alguna pista sobre la naturaleza de la emisión pirata que se había transmitido dos días antes.

Mientras volvía por donde había llegado, el graznido de los cuervos pareció todavía más frenético que antes y, cuando pasó ante las tierras de labranza, se medio convenció de que los espantapájaros encogidos con bolsas en la cabeza no estaban exactamente en el mismo lugar que donde los había visto antes; los habría movido alguien para gastar una broma, arrancándolos de la tierra para colocarlos más cerca de la aldea. Ni siquiera los espantapájaros que había en las tumbonas de los jardines parecían conservar la misma posición; era como si les hubieran desplazado sutilmente las extremidades. Alguna persona, o mejor un grupo de personas, quizás alguna pandilla de niños locales, debía de estar pasándoselo muy bien gastando bromas a los visitantes de la aldea. Quizá fuese por algo relacionado con el «Tiempo de cosecha» que mencionaba la octavilla, fuera lo que fuera eso, y, en todo caso, iba siendo hora de acabar con la ominosa recuperación de ciertas costumbres de antaño. En cuanto llegase al pub, utilizaría el teléfono público para llamar a la policía local. Si los responsables eran una pandilla de niños, sus travesuras habían superado el límite y habían pasado a ser vandalismo en propiedad privada; y si los responsables eran adultos, había que detenerlos y encerrarlos.

El Egremont Arms había abierto puntualmente a su hora, ya que el reloj de pulsera de Stanhope indicaba que eran poco más de las seis, y la puerta de entrada estaba entreabierta. Pero al entrar lo encontró desierto. En vez de clientes humanos, había media docena de los mismos espantapájaros enanos que había visto ya, con las mismas bolsas de lino en la cabeza ovalada, todos en diferentes posiciones, algunos sentados ante la barra y otros en las mesas. En una de las mesas descubrió la nota que había dejado; alguien la había roto en pedazos y depositado los fragmentos en una jarra de pinta vacía. Encontró el teléfono público con facilidad, pero tenía colgado un cartel de «Fuera de servicio» y, al levantar el auricular y acercárselo al oído, no oyó tono de llamada.

—Te digo que la policía no quiso saber nada — dijo el viejo Bert, que ya iba por la tercera pinta pese a haber llegado media hora antes y ser poco más de las siete de la tarde.

Como pensionista, se atenía a un presupuesto muy estricto en lo referente a la bebida, pero esa noche parecía decidido a pillar una buena cogorza lo más deprisa que le fuera posible. Los demás viejos del lugar, sentados a una mesa ante la más grande de las dos ventanas curvas del Olde Queen’s Arms, situado en la calle principal del casco viejo de Hallam

Hardwick, sonrieron para sus adentros y se dieron codazos. Era un lugar pintoresco, y al otro lado de la calle se alzaba la imponente torre de la iglesia de St. Margaret, que sobresalía por encima de los tejados de tejas rojas.

El viejo Bert se había negado a olvidar el tema de su peculiar experiencia de dos días antes, y esa noche había ido al pub para encontrar a alguien que lo escuchara. Su esposa lo había amenazado con partirle la crisma con una sartén si no se iba y le daba un poco de paz y tranquilidad. Sus «nervios», había dicho ella, no lo soportaban más. Bueno, pensó él, puesto que era ella quien lo echaba, se dedicaría a pasárselo en grande.

—¿Y qué pasó entonces, Bert? ¿No lo investigaron? — dijo Charlie el Niño (un jovencito de cincuenta y siete años) mientras liaba papel Rizla alrededor de una escasa cantidad de tabaco Golden Virginia para hacerse un cigarrillo.

El viejo Bert se mesó los bigotes canosos que tenía bajo el lado izquierdo de la boca, se ajustó la pipa bulldog que colgaba del otro lado, dio otro trago a la cerveza y exclamó:

—¡Qué diablos van a investigar! Me dijeron que no me metiera en los asuntos de Reapers End; que son tierras propiedad de Degabaston, y que en tiempo de cosecha siempre cabe esperar alguna bufonada inofensiva.

Tres o cuatro de los clientes del pub parecieron removerse inquietos en la silla cuando se mencionó el nombre de «Degabaston», pues la abandonada abadía del ool, en Gallows Langley se encontraba a ocho kilómetros escasos de Hallam Hardwick, y los de Hallam no olvidaban los rumores sobre la relación que tenía la abadía del ool con la brujería, una reputación maligna que seguía proyectando una larga sombra, todavía sin disipar, sobre la totalidad del valle.

—Bueno, ¿y qué vas a hacer al respecto? ¿Eh, Bert? — dijo Charlie el Niño, dando una calada a su cigarrillo liado.

—Tengo aquí una cámara de bolsillo, ¿ves? Una Canon Sure Shot. Con ash incorporado. Todavía faltan diez fotos para acabar el rollo de película. En cuanto me tome alguna pinta más, iré al puñetero Reapers, tomaré fotos y se las venderé a la Gaceta del ool. Será como una exclusiva. Algunos chelines me darán por ellas, digo yo. ¿No os parece? — terminó con una risotada.

—¿Ese periodicucho no es propiedad de un yanqui, lord Zeb De Gabiston, y no está emparentado con los mismísimos Degabaston? — preguntó Rob el Mudo, que casi nunca decía nada; de ahí su apodo.

Otro de los clientes, de los que se habían removido inquietos al oír el nombre por primera vez, vació su pinta ante la segunda mención, se levantó y se dirigió a la salida, murmurando algo sobre algún compromiso anterior.

—Venga ya. Que eso pasó hace treinta años. Yo me tomaré otra pinta, gracias — dijo el viejo Bert, haciendo un gesto a la camarera.

Dos pintas de cerveza más tarde, alrededor de una hora después del anochecer, el viejo Bert hacía eses por la colina que unía, a lo largo de unos ochocientos metros, el barrio viejo de Hallam Hardwick con las afueras de Reapers End. En la oscuridad de su izquierda podía distinguir todo oolbridge Park más allá del bajo muro de piedra, ya que la oscuridad estaba puntuada por los charcos de luz amarilla de las viejas farolas victorianas que bordeaban periódicamente sus frondosos senderos. Pero, a medida que se acercaba a la aldea, cada vez era menos e caz el valor del alcohol que lo había empujado a fanfarronear en el Olde Queen’s Arms. Los demás habían intentado disuadirlo de su plan, pero el viejo Bert se había sentido obligado a seguir para no quedar mal, pero en cuanto se vio ante al viejo letrero de madera podrida donde ponía «Reapers End» y que marcaba el límite de la aldea, empezó a sentirse mucho menos dispuesto a continuar.

Él, personalmente, no tenía ninguna duda de que los gritos que había oído dos días antes habían sido reales — o de que le parecieron reales —, pero también era verdad que aquella noche había bebido más de lo acostumbrado. Si la policía no quería darle importancia, ¿por qué tenía que meterse él? Caray, pensó, que él también estaba algo aturdido esa noche. Quizá debería volver a pensárselo mientras se trasegaba otra pinta en el Egremont Arms; aunque, claro está, ni loco mencionaría alguna vez su visita a ese pub si quería seguir manteniendo la cabeza bien alta en alguno de los cuatro pubs familiares de Old Hallam.

Cuando el viejo Bert llegó a la entrada del local, no supo decir si estaba abierto o no. No había luces encendidas, pero podía distinguir lo que le parecieron un puñado de guras sorprendentemente inmóviles, tanto sentadas a las mesas como en la barra del local. Eran extrañamente bajitas, y no se parecían a ninguno de los espantapájaros que el viejo Bert había visto por esos lares. Esa peculiar imagen era, de por sí, más que su ciente para disuadirlo y proporcionarle una buena excusa para irse por donde había venido, y más en tiempos de cosecha, y estaba a punto de darse a la fuga cuando oyó a su izquierda un sonido procedente de la herbosa ladera que llevaba a las aguas del a uente del río ool. Era un extraño tintineo agudo. Por lo que podía ver en la oscuridad, había un barco de río amarrado en la orilla; la cabina del camarote tenía la luz encendida y el extraño ruido procedía de ella.

El viejo Bert encontró el sonido peculiarmente hipnótico y, pese a su buen juicio, acabó descendiendo por la ladera hasta su origen.

—¿Quién anda ahí? —dijo Priam Stanhope al oír dos pasos en cubierta.

Detuvo la reproducción de la cinta de vídeo que había cogido de la vieja casa con el tejado a dos aguas, y dejó el televisor con la titilante imagen de la carta de ajuste pirata, sin que se oyera la aguda melodía de su banda sonora. ¡Maldición! Acababa de poner en el reproductor la cinta «Tiempo de cosecha / / » y solo había visto el preludio de la emisión de medianoche antes de verse interrumpido de forma tan grosera.

Quizá fuese el dueño de la cinta que venía a reclamar su propiedad robada, pensó. El recuerdo del horrible habitante del desván acudió a su mente; esa cosa de paja y harapos, con cabeza de lino y rostro liso, ¿sería capaz de moverse ahora, por no haber luz del día? Contuvo el aliento un instante.

—¿Quién anda ahí? ¡Quién es! — exclamó.

—Solo el viejo Bert, señor — respondió una voz un tanto arrastrada —. Soy de Hallam.

Stanhope abrió la puertecita de popa que llevaba a cubierta.

Fuera había un viejo delgado, de rasgos tapados por una tupida barba gris. Tenía una deshilachada gorra de tweed en la cabeza. Y llevaba una cámara de bolsillo en la mano.

—Perdone que le moleste, señor. Tengo ciertas di cultades para encontrar al dueño del bar. Usted no es de por aquí, ¿verdad? ¿Está de visita? — dijo el viejo Bert.

—No, no soy de «por aquí», como dice usted, pero estoy muy ocupado, así que dígame por favor qué quiere o déjeme en paz — respondió Stanhope.

El típico londinense, pensó el viejo Bert, un snob engreído, rico y «superior» a los demás. No diremos que solo eran prejuicios por parte del viejo Bert, que sabía perfectamente que no todos los londinenses eran nacidos y criados allí. Muy a menudo la gente de campo que pasaba mucho tiempo en esa ciudad acababa dándose los mismos aires. Por desgracia, ahora podías encontrarlos por toda la campiña inglesa. La mayoría de las veces estropeándola con sus continuas «mejoras» de cosas que de entrada no necesitaban mejora alguna. El viejo Bert gruñó, giró sobre sus talones — de forma algo inestable, la verdad — y se dispuso a marcharse.

—Espere un momento —dijo Stanhope —, vuelva aquí. ¿Qué sabe de esos horribles espantapájaros de tamaño infantil? ¿Es alguna broma? Si es así, están yendo demasiado lejos. Alguien está entrando en las casas y destrozándolas. Usted no tendrá nada que ver con eso, ¿verdad?

El viejo Bert explotó. ¡Estos tipos de Londres!, pensó.

¡Siempre acusando a los demás de algo!

—Ande y que le den. En Hallam no tenemos nada que ver con el tiempo de cosecha, don estirado, así que a mí no me pregunte — murmuró el viejo Bert por encima del hombro mientras saltaba de la popa del barco a la herbosa orilla y subía por la ladera todo lo deprisa que le permitían sus viejas piernas.

—Maldito idiota —dijo Stanhope, cerrando de un portazo la puerta del camarote y volviendo a la silla de lona plegable que tenía ante el televisor portátil.

Pulsó el botón de reproducción del videocasete y la imagen congelada de la pantalla cobró vida, al igual que las agudas campanitas de su banda sonora. Mientras miraba la carta de ajuste de colores imposibles y escuchaba el hipnótico sonido que la acompañaba, los ojos se le pusieron vidriosos, la mandíbula se le a ojó, y se olvidó por completo de la persona de Hallam que acababa de interrumpirlo de forma tan insolente.

Mientras tanto, el viejo Bert descubría que irse de Reapers End no le sería tan fácil como había sido llegar. Era como si alguien hubiera estado moviendo esos espantapájaros canijos, si es que eran espantapájaros, y algunos estaban colocados y apoyados para bloquear deliberadamente el estrecho sendero que conducía al santuario que era Hallam. El viejo Bert, incluso en su aturdido estado cervecero, se pensó dos veces el intentar ignorarlos y abrirse camino por entre esa grotesca y harapienta barrera de siniestros centinelas sin rostro. Conocía una ruta alternativa que empezaba detrás de una de las casas, atravesaba un tramo de las tierras de labranza y luego ascendía por los campos de nabos. Mientras se encaminaba a ese desvío, no pudo dejar de jarse, con temeroso asombro, en que los cuervos graznaban frenéticamente. Debía de ser muy mal presagio que lo hicieran en las horas de oscuridad.

En el barco, la visión de la carta de ajuste, con su melodía de acompañamiento que tan extrañamente cautivaba a su audiencia, al nal dio paso al programa que se había emitido y grabado en la cinta de video la noche del de septiembre, y que Stanhope veía y escuchaba con dos días de retraso.

Empezaba con una cabecera sencilla y animada (al principio), donde unos rayos quebrados brotaban de la antena de una vieja casa, rayos que sin duda representaban las señales de televisión que emitía. Entonces, en el cielo sobre la casa, aparecía un hada bailando, esbelta, con el pelo negro, la túnica agitada al viento, con translúcidas alas en punta de mariposa, agitando una varita mágica, como si homenajeara a las de Cottingley[ ], pensó Stanhope, mientras se reía para sus adentros.

La imagen volvió a ser estática pura durante cinco segundos, para reajustarse luego de forma brusca al empezar el siguiente segmento. Stanhope tuvo muy claro que lo que estaba viendo eran cintas pregrabadas en una videocámara de mm, cada una de ellas insertada a su vez manualmente en un reproductor de vídeo VHS conectado directamente a un transmisor UHF.

Era una grabación de un hombre de mediana edad, con una llamativa melena plateada y gafas de montura negra, sentado ante la cámara. Parecía llevar días sin dormir; algo que delataban la barba incipiente y salpimentada, la expresión de cansancio y ansiedad y los ojos inyectados en sangre. Tras él, podía verse un fondo de nebulosas imágenes, pintadas directamente en las paredes, con colores muy desvaídos pero todavía ultraterrenos. Stanhope no pudo dejar de pensar que, pese a su deterioro, los colores de esos murales habían sido alguna vez como los de la carta de ajuste. La iluminación era mala, y la única fuente de luz parecían ser velas, y había docenas y docenas de ellas.

Hubo otra interrupción discordante de estática antes de que teóricamente insertara el siguiente casete en el reproductor de vídeo y se emitiera la siguiente parte por el transmisor UHF de la emisora pirata.

Esta vez era una grabación realizada dentro de los con nes de una serie de pasillos laberínticos, recubiertos con paneles de madera, iluminados solo por velas en candelabros de pared. Pasillos que parecían haberse construido con un diseño descentrado y desorientador, suelos claramente torcidos, paredes inclinadas que hacían que la llama de las velas no siempre fuese paralela a ellas, los techos bajos con vigas que apenas parecían horizontales. Y quien avanzaba con rapidez por esa interminable casa de locos parecía ser el mismo individuo del segmento anterior, solo que esta vez acompañado de un sonido de gruñidos, jadeos y una respiración trabajosa.

Pasados varios minutos de imágenes semejantes, hubo otra ráfaga de estática que interrumpió la grabación antes de insertarse y transmitirse el siguiente videocasete.

Volvió a oírse el ya familiar ruido de respiración trabajosa, con gruñidos y jadeos, como en el segmento anterior, pero esta vez la imagen se mantuvo completamente negra. Poco después, esos sonidos se vieron acompañados por el crujido de la paja o el heno al agitarse, y entonces se repitió la primera escena con el fondo de velas y murales. Pero lo que antes habían sido colores muy desvaídos, ahora tenían toda la potencia de su estado original, siendo completamente abrumadores y alucinógenos en su intensidad, incluso a la luz de las velas.

Y la gura en primer término, la del hombre con gafas y cabellos plateados, también había cambiado de forma radical. Ahora era de mucho menor estatura y llevaba la cara tapada por una tela de lino, lisa, sin agujeros para los ojos o para la boca.

Stanhope empezó a plantearse apagar la grabación; tenía el pulso acelerado y estaba más aterrorizado que intrigado. Entonces la gura se arrancó el lienzo de lino que le tapaba la cara, revelando los rasgos del hombre que había aparecido antes: su anterior palidez había pasado a ser una tez blanquecina con motas de un púrpura ultraterreno, destacando un tono amarillo maíz alrededor del cuello, y sus cabellos plateados eran ahora de un negro lustroso, y había cambiado su expresión tensa y ansiosa por una sonrisa malévola e inalterable.

Todo ello resultaba demasiado inquietante para Stanhope, que nalmente apagó el aparato de vídeo.

Pero, al hacerlo, los murales del fondo, con esa serie de colores imposibles, saltaron al primer término y se extendieron fuera de los con nes de la pantalla del televisor — como el haz de un foco —, llenando el camarote del barco uvial con un resplandor caleidoscópico y deslumbrante.

« », retumbó una voz susurrante e incorpórea.

Stanhope sintió que su forma sica se veía arrastrada hacia los colores de la emisión y que pasaba a ser parte de los murales, mientras su lugar en el mundo real era usurpado por un símbolo antiguo e inteligente, mucho más antiguo que la humanidad, participante más a n al interminable ciclo de la naturaleza.

Y en el mismo momento en que gritó como protesta, la pantalla explotó de forma violenta, esparciendo cristales rotos por los con nes del camarote, y del interior del televisor se derramaron gavillas de maíz ensangrentadas.

Un par de semanas después, en el pub Olde Queen’s Arms de

Hallam Hardwick, Charlie el Niño explicaba al grupo de mayores allí reunido las razones de la ausencia del viejo Bert. No era propio del viejo Bert renunciar durante tanto tiempo a tomarse una o dos pintas diarias en la taberna, para nada era propio de él. Empezaban a circular rumores de que había encontrado la fe y hecho promesa de abstinencia, pero tampoco se le había visto ir a la tienda a por su media onza de tabaco Clan para pipa.

—No —dijo Charlie, tras el primer trago de Double-Diamond y limpiarse la espuma del bigote con el dorso de la mano —, la cosa es así. Veréis, sé de buena tinta que el viejo Bert se ha ido y ha dejado a la mujer.

—¡Ha abandonado a la mujer! No me lo puedo creer — dijo uno de los ancianos, negando solemnemente con la cabeza —. Si llevan más de treinta años casados.

—Así es. Pero lo peor es que ahora vive en la aldea. En un viejo cobertizo desvencijado que hay cerca de una de las casas, en medio de un campo de maíz — replicó Charlie el Niño —. Se niega a ver o hablar con nadie. Lo mismo que le pasa a todos los que se mudan a Reapers End.

Rob el Mudo volvió a romper su costumbre trapense de limitarse a asentir como respuesta y añadió:

—Y eso no es lo peor. El otro día me encontré una cámara tirada en el barro de una zanja, una Canon Sure Shot. La misma que el viejo Bert nos dijo que llevaba aquella noche. He mandado revelar el rollo en la farmacia. Resulta que solo tiene fotos con ash de unas guritas con cabeza de nabo, nueve fotos tomadas de cerca de eso, en la oscuridad, todas iguales, y la última, a mí me parece que tomada por accidente por el propio Bert pegado a la tele y mirando lo que parece un vídeo repugnante de esos. Tomad, miradlas vosotros mismos.

Puso las fotos sobre la barra para que pudieran verlas todos.

Charlie el Niño frunció el ceño. No le gustaba que lo eclipsaran.

—Bueno, he ido a una librería y he investigado un poco por mi cuenta. Escuchad esto — dijo, sacando del bolsillo un viejo libro de , cuya ilustración de cubierta mostraba un valle con una abadía semiderruida a lo lejos, titulado Los misterios antiguos del valle del ool, escrito por Roderick Carden.

Charlie el Niño pasó las páginas hasta llegar al sitio que había marcado doblando una esquina, y leyó en voz alta el siguiente pasaje:

La última celebración del antiguo «Tiempo de cosecha» en el valle del ool tuvo lugar en la aldea de Reapers End, en las afueras del pueblo de Hallam Hardwick, a nales de septiembre de . Hay evidencias anecdóticas que apuntan a que el origen de esta esta concreta (que se pierde en la Antigüedad y que fue un preludio a la esta del Samani o festival de «Samhain») radica en una secta de nuevos druidas adscritos a una tribu celta local. Adoraban y hacían sacri cios al pueblo de las hadas, por creer que eran lo único que quedaba de las degeneradas y desconocidas multitudes de antiguos dioses celtas. Se dice que este culto provocó la desaparición de los habitantes de una villa romana (que se cree existió en el norte del valle, junto a Reapers End), que se vieron sustituidos por grandes muñecos de paja con cabeza de nabo que representaban a miembros del pueblo de las hadas.

En las semanas siguientes a estos sucesos, en Hallam Hardwick aumentaron las conversaciones preocupadas sobre los habitantes de Reapers End, y no solo entre los mayores del lugar. A veces veían llegar a grupos de residentes de la temida aldea, dedicados a sus asuntos y que parecían haber encogido de tamaño; ninguno de ellos medía más de metro y medio de alto, y todos tenían la cabeza algo achaparrada, como con forma de nabo, y se expresaban con un extraño lenguaje arcaico, «como si actuaran en una obra de Shakespeare», diría un tendero de la calle principal de Hallam. Además, «tienen la piel espantosamente arrugada, del color del maíz, menos en esa cabeza de forma rara, que es de un blanco pastoso y violáceo», diría otro. Las murmuraciones no acabaron ahí. Aunque los habitantes de Reapers End eran perfectamente capaces de comprender la nalidad de muchos artilugios modernos, como los automóviles o las cabinas telefónicas, mostraban un asombro mal disimulado por la existencia de esos objetos, casi como si se los encontraran por primera vez. Se hacían con casi todos los periódicos y revistas que se vendían en el casco antiguo de Hallam, de modo que en los estantes de los quioscos solo se dejaban ejemplares de cosas como e Racing Post, dedicado a las apuestas de caballos.

Pero, descontando estas cuestiones, lo que más molestaba e irritaba a la gente de Hallam era la sonrisa constante e inane que mostraban siempre. Algo que hizo que los habitantes más violentos de Hallam acabasen chocando con los visitantes de la aldea, por no ver con buenos ojos que se les sonriera y mirara jamente sin un motivo aparente. Pero eran agresiones que dejaban a las víctimas completamente ilesas, así que en vez de disuadirlas de su absurdo comportamiento, este no se vio alterado en lo más mínimo.

Puede que la gota que colmara el vaso fuera la repentina aparición la mañana del de octubre, en buzones, cabinas telefónicas y escaparates de Hallam, de unas octavillas escritas a mano (que debieron repartirse la madrugada de la noche anterior). Decían lo siguiente:

Presencien la gran representación del misterio de

Halloween, que se emitirá para las televisiones de todos sintonizando la fórmula , al lo de la medianoche. Para ello, el terrateniente Harewoode ha aumentado la potencia de su mástil.

Esa tarde de Halloween, los más ancianos se reunieron temprano en el Olde Queen’s Arms.

No deja de ser tema de conjetura el que la posterior con agración de esa noche fuese o no provocada de forma deliberada. Se vio a kilómetros de distancia y acabó con la mayoría de las casas de Reapers End, pero sobre todo con la casa estilo Tudor que tenía una antena de transmisión, y donde se descubrieron los murales. La policía local no pareció muy dispuesta a atribuir dicha destrucción a un incendio intencionado y no tardó en dar por concluida su mediocre investigación. Aun así, cuesta entender que las llamas pudieran saltar de una casa aislada a otra, por no hablar del hecho de que las únicas residencias cuyo interior quedó reducido a un negro esqueleto fueron un viejo cobertizo perdido en medio de un maizal y un barco de río llamado e Beagle, anclado en las afueras de la aldea. Por otro lado, tampoco se encontraron restos humanos en ninguna de las ruinas, si bien una característica singularmente curiosa de la destrucción fue la preponderancia de gavillas de maíz quemadas y dispuestas de tal manera que formaban parodias de la forma humana, con nabos por cabezas. Aspecto este del caos reinante que se ignoró por considerarse de escasa relevancia. Por otro lado, la pérdida de los murales fue muy lamentada por un experto del Museo Británico especializado en la historia de los Tudor.

Y los más ancianos del Olde Queen’s Arms, en el casco viejo de Hallam Hardwick, murmurarán evasivas si se les pide que opinen sobre el incendio que destruyó la mayor parte de Reapers End. Por su parte, Charlie el Niño y Rob el Mudo se encogerán de hombros, sonreirán de forma enigmática y darán otro trago a sus pintas de espumosa cerveza inglesa con la que habrán brindado por amigos ausentes como el viejo Bert, que nunca serán olvidados y que, quizás, hayan sido incluso vengados.

CARTA DE JACK

El ilustrador Neil Harkness se dedicó a su o cio durante años de relativa oscuridad y escaso éxito comercial. Residía en Gallows Langley, pueblo desprestigiado sito en el corazón del in nitamente misterioso valle del ool, Hertfordshire, por lo que se vio morbosamente afectado por los in ujos de la región, foco de todo tipo de extravagantes e inquietantes leyendas locales, algunas de las cuales, sin duda, tendrían una base real. Harkness incluso fue internado por un periodo de varios meses en el famoso manicomio Victoriano que dirigía el tristemente célebre doctor Charles Winterburn, si bien se le dio de alta justo antes de que tuviera lugar su desgraciado nal en . Cuando se le dio de alta, Harkness soñaba reiteradamente con los abandonados con nes de la cercana abadía del ool, foco medieval de degeneración pagana, en cuyas insondables profundidades llegó a encontrar, no se sabe cómo, cierto libro delgado encuadernado en moteado cuero amarillo.

Ese libro era, por supuesto, la colección La reunión y otros relatos de Lilith Blake, publicada en , antología de cuentos de terror sobrenatural interconectados, que contenía (como estoy seguro de que sabrán los a cionados más fanáticos a la « cción extraña») un cuento espantosamente pesadillesco titulado “Carta de Jack”. Parece ser que fue este cuento de Blake en concreto lo que empujó a Harkness a realizar su última y angustiosamente perturbadora obra. Aunque ahora parezca estar de moda entre los bien pensant tachar de teoría conspiratoria los restos veri cables que quedan del «Culto de Lilith», mantengo que dicha corriente ocultista — que sostiene que una locura eternamente maligna movida por un odio obsesivo a la vida puede convertir el arte en realidad — ha sobrevivido hasta nuestros días, y puede que incluso se esté expandiendo con más fuerza que antes.

El nombre de Neil Harkness se asocia a lo outré y lo oscuramente siniestro desde que sus ilustraciones en blanco y negro empezaron a publicarse en la década de los años cuarenta, mucho antes de que conociera ese libro de cuentos de Lilith Blake. Sus ilustraciones adornaron las páginas y las sobrecubiertas de diversos libros publicados en Estados Unidos por la editorial especializada en terror Charnel House, y su gran talento a la hora de retratar la decadencia, la mutilación y la des guración humanas con un grado enloquecedor de microscópico detalle siempre suscitaron pueriles acusaciones de degeneración moral. No obstante, cualquier posible reconocimiento que obtuviera entonces, alentador pero limitado, quedaba con nado al mundo de los a cionados a lo macabro y completamente eclipsado por la reacción de la prensa a la única exposición que hubo de su obra, en , en una galería de arte de Chelsea. Arnold Hoxling, crítico de e Manchester Guardian, reaccionó ante la exposición publicando que «el verdadero horror es que se permita al señor Harkness in igir su “arte” al desprevenido público británico; debería presentar su ofensiva obra en algún matadero, lugar donde debe estar semejante truculencia y carnicería». Harkness ya mentalmente delicado, y proclive al aislamiento intelectual, se sumió en una depresión aguda a raíz de este giro de los acontecimientos. El abatido artista acabaría ingresando antes de un año en el manicomio de Gallows Langley.

A su salida del manicomio, los recuerdos que tenía Harkness acerca de su estancia allí y sobre el tratamiento recibido eran, en el mejor de los casos, nebulosamente vagos. No cabía duda alguna de que había recibido cuidados psiquiátricos especializados y de que su estancia en el manicomio había mejorado notablemente la debilitadora depresión que sufría. Ya no padecía su antiguo letargo, ese desinterés por la comida y una completa incapacidad para concentrarse durante largos periodos de tiempo. Pero estaba muy afectado por las lagunas que plagaban su memoria de los largos meses pasados bajo la supervisión del doctor Winterburn, cuyos rasgos brotaban de las profundidades de su mente en momentos aleatorios, sobre todo su cabeza calva con la aureola de pelo blanco y su horrible sonrisa con una dentadura postiza teñida de verde y amarillo.

Harkness volvió a su buhardilla en el corazón del pueblo, en medio del sombrío grupo de casas jacobinas con sus enmohecidos tejados a dos aguas. En los momentos más bajos de su desaliento, a raíz de la hiriente crítica que recibió su exposición en la prensa, perdió por completo el interés por crear más obras, incluso por los cuadros que había realizado ya, pero al retomar los hilos de su interrumpida vida y responder a las preguntas acumuladas que su pequeño círculo de devotos admiradores estadounidenses le había hecho por carta, descubrió que había recuperado el deseo de volver a dibujar.

Rebuscó en las cajas que contenían sus antiguos trabajos tanto tiempo sin tocar, limpió las herramientas del o cio y compró una nueva provisión de tinta negra de cara a reanudar su trabajo artístico. La interrupción de su carrera implicaba que en ese momento no tenía encargos pendientes en los que trabajar, así que decidió embarcarse en algo nuevo. Era una decisión rmemente arraigada en su mente, pero que requería de algún estímulo externo para poder llevarla a cabo. Tenía una pequeña biblioteca, compuesta sobre todo de volúmenes publicados por Charnel House, pero donde también había otras antologías y colecciones de relatos de lo extraño y lo siniestro. Por desgracia, no tardó en darse cuenta de que eran inútiles para sus nes. Hacía tiempo que había explotado las historias que lo inspiraron para representar visualmente sus horrores literarios (las ilustraciones acabadas de las cajas daban fe de ello), y los libros de Charnel House ya contenían las ilustraciones que se le habían encargado con anterioridad.

Fue una semana después de que volviera a su ático cuando experimentó una fatídica pesadilla, o lo que él tomó por una pesadilla. Llevaba tres noches durmiendo mal, perturbado por un sueño extrañamente vívido y repetitivo. Un sueño que se centraba invariablemente en la vieja, vasta y laberíntica abadía, situada a cosa de kilómetro y medio del pueblo. Solo podía llegarse a ella cruzando extensiones de campo abierto iluminadas por la luna y amortajadas en una niebla plateada, y en sus profundidades había interminables estantes llenos de libros largo tiempo mohosos que respiraban en la oscuridad como si estuvieran vivos. La tercera noche que tuvo ese mismo e inquietante sueño, se encontró dentro del viejo edi cio cogiendo un objeto concreto de las estanterías de su biblioteca, y este era el libro de Lilith Blake antes mencionado: el delgado volumen de cuentos de terror encuadernado en moteado cuero amarillo.

Harkness despertó la mañana siguiente al tercer sueño sumido en un estado de profunda angustia. Apartó las sábanas de la cama para descubrir que estaba completamente vestido con un traje viejo, y tenía las botas cubiertas de barro por alguna caminata nocturna a través del campo. Tenía la ropa, las manos y la cara negras por el carbón. Parecía haber estado rebuscando dentro de algún edi cio afectado por un incendio y manchado de hollín. De inmediato sospechó que volvía a fallarle la mente y que a la pérdida de memoria sufrida durante su estancia en el manicomio se le añadía ahora un episodio de sonambulismo. Una angustia que se agravó aún más al ver un libro en la mesilla de noche, cuando la noche anterior no había ninguno: el mismo libro con el que había soñado; la colección de cuentos extraños de Lilith Blake, La reunión y otros relatos, encuadernado en moteado cuero amarillo. Y pensó en los versos de Samuel Taylor Coleridge:

Si un hombre pudiera recorrer el Paraíso en un sueño, y se le ofreciera una or en prenda de que su alma había estado realmente allí, y al despertar se encontrase con esa or en la mano… Ah, ¿y entonces qué?

Cogió el libro para examinarlo más de cerca, medio esperando que desapareciera en la nada mientras hojeaba sus páginas mohosas y quebradizas, y empezó a leer el relato “Carta de Jack”, y se sintió completamente fascinado por él.

De no haber estado Harkness hipnotizado por ese relato y distraído con planes para reavivar su carrera creativa, tal vez el escándalo que nalmente estalló a nivel local, sobre las actividades delictivas del doctor Winterburn en el Manicomio de Gallows Langley, habría hecho que se replanteara las cosas, respecto a haber sido paciente de ese lugar. Pero Harkness vivía completamente al margen de rumores y murmuraciones de desagrado. Después de todo, no era más que un ermitaño que no se relacionaba con casi nadie, aparte de su vecino Roderick

Carden, excéntrico historiador y esoterista místico. Aunque no se tratara con la gente del pueblo, disfrutaba de una amistad con Carden basada en la admiración que este sentía por la dedicación de Harkness a ilustrar lo extraño y por la peculiar técnica y temática de su obra. En realidad, si la relación había orecido era, paradójicamente, porque ninguno de los dos exigía acaparar el tiempo del otro, y a menudo transcurrían largos intervalos entre sus encuentros. De hecho, el tiempo transcurrido desde su último encuentro había sido tal que, cuando Harkness mostró a Carden un dibujo increíblemente detallado de un ser elemental especialmente vil, este ni siquiera estaba al tanto de los muchos meses que había residido en el manicomio de Gallows Langley. Además, Carden estaba muy concentrado investigando las tradiciones druídicas y el nexo de fuerzas ocultas presente en la región, todo ello de cara a escribir un capítulo de su futuro libro Los misterios antiguos del valle del ool.

En lo referente a lazos familiares, Harkness solo tenía una hermana mayor y puritana, Melissa, a la que no veía desde hacía años, y con la que había perdido el contacto desde que esta se casó durante la guerra y emigró a Estados Unidos. Y, de todos modos, a ella nunca le había gustado lo macabro de su obra y siempre lo instaba a centrarse en temáticas más «sanas». Sin duda, su encierro la habría rea rmado en su creencia de que desperdiciaba el potencial comercial de su talento artístico, de manera que solo conseguía enfermarse.

Debido a la rápida disolución de las operaciones administrativas de la institución y a la destrucción deliberada de buena parte de sus archivos internos, no recibía la ayuda de la Seguridad Social que cabía esperar como paciente externo después de haber dejado el manicomio. Y también debemos recordar que el rápido juicio y posterior ejecución del doctor Winterburn se efectuaron bajo la protección de un secreto de estado, sin llegar al público ningún detalle sensacionalista acerca de los crímenes perpetrados por el doctor Winterburn, y solo los residentes de Gallows Langley y alrededores tenían alguna idea de lo que realmente había sucedido en el manicomio, y eso gracias a cotilleos locales. Prensa, radio y televisión estaban sometidos a una orden judicial dictada por el señor juez Hirsig, el mismo juez que, en fechas posteriores, presidiría el infame caso del escándalo del Instituto Zoskia (caso con el que sin duda ya estarán familiarizados mis lectores).

Harkness trabajó las semanas siguientes en pleno frenesí artístico haciendo bocetos preparatorios para la obra inspirada en el relato “Carta de Jack” de Lilith Blake que supondría su «regreso». Nada más entrar en posesión de ese libro de moteado cuero amarillo, dejó de tener el sueño recurrente sobre la abadía abandonada. De hecho no tenía recuerdo alguno de haber soñado algo. Aun así, continuaba padeciendo episodios de sonambulismo, aunque nunca llegaba muy lejos, pues no salía del ático, e invariablemente acababa ante el espejo ovalado y manchado que había en la pared al nal del pasillo. Una vez allí despertaba poco a poco y se descubría mirando su propio re ejo apagado. Alguna que otra vez, antes de despertar del todo, creía ver allí sus propios rasgos retorcidos en una expresión sardónica y desconocida, con la boca torcida en una sonrisa depravada de labios y dientes cubiertos de sangre.

Harkness temía estar volviendo a perder la razón, pese a no padecer sus antiguos síntomas de apatía aguda y desinterés, y ahora sentía un entusiasmo obsesivo por el trabajo que tenía delante, un trabajo que debía terminar a toda costa. Se dijo que ni se planteaba volver al manicomio antes de terminarlo. Pero en el fondo de su mente seguía carcomiéndole una inquietud no admitida por ser incapaz de recordar, por mucho que lo intentase, el tipo de tratamiento al que lo había sometido el doctor Winterburn.

Además, seguía sin leer los demás cuentos del libro. El efecto que había tenido en él “Carta de Jack” era tal que, sinceramente, le daba miedo leerlos. ¿Qué clase de pesadillas podrían depararle? Quizá se forzase a echar un vistazo a los demás cuentos una vez terminase de ilustrar este, o eso pensaba, pero no antes de ese momento.

Para que podamos encajar todas las piezas de este macabro rompecabezas, es necesario tener ahora en cuenta el extraño relato de sir Montague Scarsdale, célebre alienista y superintendente médico del manicomio de Gallows Langley entre y . Sus memorias, escritas en , se titulan Algunos recuerdos curiosos de un alienista, y proporcionan información sobre un paciente mental violento que ingresó a nales de noviembre de . Sir Montague escribe lo siguiente:

«Uno de los pacientes más extraños y francamente aterradores que he encontrado en el devenir de mi carrera fue el hombre al que llamaré aquí David K. Nunca llegó a establecerse su identidad con precisión, pero parece ser que era originario del distrito de Spital elds, tenía alrededor de cuarenta y cinco años, y me lo trans rieron desde Colney Hatch, después de pasar menos de una semana en dicha institución. En ese breve periodo de reclusión, consiguió dominar a una de las empleadas, llevársela a su celda y, con un cuchillo robado del comedor del hospital, cortarle la arteria carótida del cuello, viéndose interrumpido en el proceso de acometer otras mutilaciones indecibles en el cuerpo sin vida. Parece ser que se le había diagnosticado una paresia generalizada (dementia parylitica). Las autoridades médicas no sabían de antemano que fuera capaz de semejante arrebato de violencia, y desconocían su diabólica inteligencia, que demostró al robar el arma letal mediante una serie de trucos de prestidigitación. Se compensó más que generosamente a los familiares de la pobre mujer por su pérdida y, para no herir sus sentimientos, se les dijo que había muerto de ebres tifoideas y que no podían ver su cadáver sin peligro. El propio David K fue trasladado en cuestión de días al manicomio de Gallows Langley, donde se le impusieron severas restricciones y todas las medidas de precaución posibles.

»Su estado sico presentaba varios aspectos increíblemente desconcertantes. El diagnóstico de paresia general proporcionado por Colney Hatch ni siquiera empezaba a explicar ciertas anomalías biológicas que encontré durante un examen médico al que el paciente se resistió con violencia y que solo pudo llevarse a cabo atándolo y sedándolo. De no ser porque la propia idea es completamente absurda, nos habría sido imposible esquivar la conclusión de que el hombre no estaba vivo, al carecer de un pulso discernible, tener una temperatura corporal que oscilaba entre los y los ° C, y respirar de forma notablemente super cial e infrecuente. Por no hablar de la inexplicable y extraña decoloración blanquecina que tenía en la piel de las manos, a las que no parecía llegar la sangre y que eran mucho más pálidas que el resto de su anatomía.

»En el transcurso de las siguientes dos semanas descubrí que el paciente padecía una manía por la que a rmaba que sus actos estaban dirigidos por una fuerza externa y controladora que le daba instrucciones. Aseguraba que, de no obedecer esas instrucciones, las consecuencias de la desobediencia serían mucho peores que la tortura. Por supuesto, no di mucho pábulo a sus delirantes divagaciones, al considerarlas un síntoma más de su enfermedad, uno de los rasgos más peculiares de su manía era la macabra carta que escribió al mes de llegar al manicomio y la infamia de su rma.

»Pero, antes de que David K escribiera dicha carta, recibí la visita de un tal inspector A de Scotland Yard, cuyo nombre real, por supuesto, identi qué en relación con esos recientes asesinatos en Whitechapel que habían causado tan impúdica sensación en todo el país. Me informó de que David K guraba en su lista de sospechosos por aquella atroz serie de asesinatos. Y me solicitó permiso para entrevistar a mi paciente como parte de la investigación. Cuando se lo negué, nuestro intercambio verbal se volvió extremadamente acalorado. Cuando el inspector A reconoció que mi paciente no estaba en condiciones de ser interrogado, y mucho menos de ser juzgado (por estar demente), me avisó de que uno de sus “informantes” le había dicho “que el Destripador estaba haciendo de las suyas en el manicomio de Colney Hatch, pero que toda la condenada profesión médica lo había ocultado, asegurando que no era más que un débil mental inofensivo”, o algo a tal efecto. Objeté enérgicamente a esa caracterización sensacionalista de los hechos y a que el inspector les diera crédito, explicándole además que ahora David K estaba en el manicomio de Gallows Langley bajo mi más estricta supervisión, y que le era imposible ser un peligro para los demás. La ley decía que ahora se trataba de un caso médico y no uno penal. En ese momento nuestra entrevista terminó. Por supuesto, no volví a saber nada de él.

»Volviendo a esa carta que luego escribiría David K, permitan que les diga que en realidad nunca llegué a enviarla por correo y que, hasta este momento, sigue sin salir de los con nes del manicomio. El original sigue en mi poder. Yo era de la opinión profesional de que tal actividad puede proporcionar una visión útil del funcionamiento de la mente de mi paciente, por lo que le di la impresión especí ca de que relajaría un poco las normas para que pudiera comunicarse con la persona a quien dirigía su misiva. Por supuesto, sabía perfectamente que el engaño no duraría mucho tiempo; sin duda, David K acabaría sospechando que su comunicación no obtenía respuesta. Iba dirigida a una tal “señorita B” de Highgate Village. Imagínense mi asombro cuando, al hacer discretas averiguaciones sobre la destinataria, descubrí que se trataba de una niña de apenas catorce años que, al ser huérfana, había sido adoptada por una familia de esa parroquia. Por supuesto, en lo primero que piensa uno en esa situación es en el bienestar de la niña, solo que el contenido de la carta no indicaba que pudiera correr algún peligro inmediato, ni que David K, aunque fuera “el asesino de Whitechapel”, la hubiera elegido como futura víctima de sus atrocidades. De hecho, en su perturbada mente, parecía ser todo lo contrario.

»La carta en cuestión la escribió con su propia sangre, que recogió en un tintero vacío tras hacerse una pequeña incisión en la muñeca. Pero, antes de reproducirla aquí, me veo forzado a explayarme sobre otro elemento importante. No demostró sorpresa o preocupación por no obtener respuesta a dicha carta — dado que no se había enviado —, pese al transcurrir de los días. Eso me dejó desconcertado y, durante una visita a su celda, dejé caer alguna observación capciosa sobre cartas que se extravían, esperando conseguir alguna reacción.

»—Ya sé, doctor, que se cree usted muy listo — dijo con voz ronca, hueca y con acento cockney, contaminada por una ironía lasciva y la boca torcida en una sonrisa depravada —, y que usted retiene la carta. Eso no supone ninguna diferencia. Verá, ella sabe cuándo le escribo, ¿sabe? Eso es al margen de que la envíe o no. Ella la ha leído ya, hasta la última puñetera palabra.

La leyó en su mente…

»A continuación, reproduzco íntegramente la carta:

Querida princesa:

No creo haber tenido ocasión de agradecerle como es debido que se tomara la molestia de sacarme de ese in erno donde sueñan los muertos. Lo he intentado, enviándole pensamientos sobre todo lo que veo y hago. Pero ya ve que su chico se ha hecho encerrar en otro manicomio más hermético que el anterior. Sí, he disfrutado mucho con los juegos en que he participado destripando putas, tal y como me prometió que haría, ja, ja. Donde los loqueros pude tener a otra más en mi poder, una moza jugosa, así que con esa van seis, pero no encontré dentro de ninguna de ellas algo que mereciera la pena leerse, como lo que encontré en sus preciosas entrañas. Las de las otras estaban todas pegajosas y rojas y carecían de sentido. Ah, cómo me gusta su sabor.

Pero eso ya lo sabe, ¿verdad, princesa?

Mis recuerdos para su anciana madre.

Su humilde servidor,

Jack el Destripador

»No puedo explicar la mayoría de las referencias de esta desquiciada carta ni qué tienen que ver con una niña de catorce años, hasta ese momento intachable y que, estoy seguro, ignoraba por completo ser la destinataria de esa carta. Lo realmente notable es que, unos siete años más tarde, hacia nales de , esa misma persona, la señorita B, obtendría notoriedad por sus cada vez más pronunciadas tendencias morbosas, llegando incluso a publicar un libro de decadentes historias de fantasmas, una de las cuales era un relato de pesadilla acerca de un lunático no-muerto recluido en un manicomio, y que era (se insinúa) ni más ni menos ¡que el infame asesino de Whitechapel! Otra característica curiosa de esta relación, tan notable como inexplicable, entre la señorita B y David K radica en el hecho de que ambos murieron en noviembre de ; ella falleció, según me informaron, debido a un cáncer que se manifestó a una edad trágicamente temprana.

»Por su parte, David K permanecería a mi cargo durante todos los años que precedieron a su fallecimiento y, me complace decirlo, sometido al más estricto de los regímenes. Por supuesto, no le permití escribir más cartas. Nunca hubo la menor posibilidad de que llegase a ser un peligro para los demás. Me aseguré de que solo tratase con los mejores y más experimentados miembros de mi personal masculino, de que estuviera permanentemente con nado a una camisa de fuerza y de que, además, siempre estuviera sedado y encerrado en su propia celda acolchada. A medida que se avecinaba su nal, su delirio fue centrándose en la idea de que la humanidad es incapaz de soportar un conocimiento real de las “verdaderas” razones que hay detrás de lo peor de su conducta. En cuanto al diagnóstico médico de su paresia generalizada, debo añadir que, en los años siguientes a su ingreso, nunca presentó ninguno de los síntomas avanzados que habrían denotado que padecía realmente esa enfermedad. Fuera cual fuera el diagnóstico correcto, la medicina era incapaz de determinarlo y, de todos modos, su estado ya era incurable. Yo, por mi parte, me abstuve de mantener con él cualquier otro contacto innecesario. En las muy raras ocasiones en que me vi obligado a hacerlo por motivos médicos, hacía comentarios crípticos sobre ciertos detalles de mis asuntos privados que era imposible que conociera, mientras yo le correspondía con un sentimiento de aversión cada vez mayor.

»El nal llegó con rapidez; una mañana lo encontraron en su celda inconsciente y, tras examinarlo, lo declaré indiscutiblemente muerto. Se le enterró rápidamente en una parcela del cementerio vallado de la ladera, situado a cierta distancia detrás del propio manicomio, el cementerio donde la mayoría de nuestros pacientes tenían su descanso nal.

»Así termina mi historia del hombre al que he llamado David K, el paciente más extraño con el que me he encontrado en mis años de alienista y superintendente del manicomio de Gallows Langley».

Cuando Neil Harkness estuvo completamente preparado para acometer el arte nal de la macabra historia de “Carta de Jack”, se vio acosado por una nueva serie de sueños, tan diferentes como igualmente horrendos. Se veía atrapado en una habitación estrecha y mal iluminada, con un techo lleno de moho negro y paredes cubiertas por un papel pintado amarillo moteado y desconchado, del mismo tono que las cubiertas del libro que lo tenía tan cautivado. En una esquina, donde las sombras eran más oscuras, había un somier Victoriano de hierro con un colchón de paja. Sobre él yacía una forma extraordinariamente deforme, con extremidades torcidas en extraños ángulos, una forma terrible que no soportaba mirar directamente. Y mientras soñaba, oía todo el rato una lejana voz femenina, ebria, entonando una vieja canción de musichall:

En ese frío apartamento yaciendo desnuda y muerta, Dicen que con el cuerpo casi separado de la cabeza, 

Con el corazón arrancado y otras partes de igual manera, 

Quiera la misericordia que sin dolor muriera, 

En el triste suelo rodeada de vísceras y sangre, 

Casi hecha pedazos fue como la vio la gente, Que al asesino no cojan, a todos nos ha de manchar Y el demonio de Jack el Destripador volverá a trabajar.

Harkness solo conseguía escapar a ese sueño recurrente gritando hasta despertar.

—Entiéndelo, por favor —dijo Melissa Harkness —, te escribí para avisarte que venía a Inglaterra, pero es evidente que no recibiste mi carta. Ha sido Roderick Carden quien me ha dado tu nueva dirección. Y aquí me tienes. Oh, Neil, lo siento mucho.

No pudo dejar de notar la extraña expresión que asomó al rostro de su hermano cuando dijo haberle escrito. Fue una expresión momentánea, casi de disimulo.

Los hermanos reunidos estaban sentados en el salón escasamente amueblado del ático de este último. Fuera, una niebla otoñal acababa de cubrir los tejados a dos aguas de ese grupo de casas jacobinas, apagando el sol vespertino.

Apenas reconocía a su hermano. Había envejecido terriblemente en los años que ella había vivido fuera, en Estados Unidos, soportando su propio in erno: el inexorable descenso de su matrimonio a la in delidad, las recriminaciones y los malos tratos. Mientras tanto, su hermano había tenido que enfrentarse solo a sus propios demonios.

—¿Así que no sabes nada de lo que pasó con ese demonio del doctor Winterburn? — preguntó Melissa —. ¡Todo es tan increíblemente fantástico! Yo apenas puedo creerlo.

—No, nada —respondió Harkness.

Melissa le proporcionó detalles precisos del tipo de atrocidades médicas cometidas por Winterburn, y acerca de la conspiración en las altas esferas que había impedido que la información de sus atrocidades llegase a hacerse pública, información que le había comunicado Roderick Carden en una carta con dencial. Pero eso apenas había ocupado la mitad de su carta, ya que entonces su corresponsal había procedido a hacer las más extravagantes especulaciones, con referencias esotéricas que ella apenas había entendido. Quizá Neil supiera encontrarles algún sentido. Parecía haberlas escrito esperando que se las comunicara a su hermano.

—Aquí —dijo, leyendo en voz alta dicha carta— , esto es lo que asegura Carden…

Sostengo que las actividades secretas de Winterburn en el manicomio de Gallows Langley no eran sino la reaparición de la increíblemente antigua «Ceremonia escarlata», una ceremonia de sacri cio nigromántico homenaje al «Culto de las Manos Blancas», también conocido como «Culto de Lilith». Por supuesto, todo esto se realizó con la ayuda de cómplices, sobre todo pertenecientes al linaje de Degabaston, rama local de una nobleza degenerada largo tiempo asociada a la abadía del ool, aunque también participasen de ello plebeyos locales como Ronald Duxford. No fue casualidad que el doctor Winterburn quisiera dirigir este manicomio concreto de entre todos los que hay en el país. Su proximidad a la abadía era primordial, claro, pero también había otro factor a tener en cuenta. Tengo en mi poder un manuscrito de sir Montague Scarsdale, uno de los predecesores de Winterburn en el cargo de superintendente de la institución, una memoria que deja bien claro que ese repugnante asesino conocido de forma popular como «Jack El Destripador» fue enterrado en el cementerio del manicomio.

—No entiendo ni una sola palabra de todo esto — dijo Melissa —. ¿Qué quiere decir?

—Querida hermana —dijo Harkness —, he soñado repetidamente con la abadía. De hecho hasta me llevé algo de ella, algo real y sico. Un ejemplar de un libro de Lilith Blake, La reunión y otros relatos, y uno de los relatos que contiene se titula “Carta de Jack”, y habla del con namiento del Destripador en ese mismo manicomio. No he sido capaz de pensar en otra cosa, y estas últimas noches he soñado, no con la abadía, sino con un lúgubre antro de Whitechapel, donde yacía destrozada y destripada una de sus víctimas.

Melissa intentó no evidenciar gesto alguno de alarma ante los desvarios incoherentes y sin sentido de su hermano, pero notó en su interior una sensación nauseabunda que empezaba en la boca del estómago. No pudo dejar de jarse en la extraña palidez y los dedos anormalmente largos de las manos de su hermano que, hasta entonces, había mantenido ocultas en las mangas excesivamente largas de una bata de seda amarilla. Fuera, la niebla era cada vez más espesa y las sombras empezaban a llenar la habitación. Sintió que corría un peligro real y mortal. ¿Acaso su hermano se había vuelto loco?

—¿Todavía tienes ese libro? — preguntó.

—Pues sí — respondió Harkness —, no permitiré que lo aparten de mi lado. —¿Puedo verlo? —La verdad, no debería… —Por favor.

Melissa pensó que si podía demostrar a su hermano que ese libro supuestamente sacado de un sueño no era real, se desharía de golpe de la extraña obsesión que se había apoderado de él. Era evidente que había cometido un error al citarle la carta de Carden; a ella solo le había parecido incomprensible, pero a su hermano parecía inspirarle nuevos vuelos de demente fantasía.

Harkness volvió con el libro después de desaparecer unos instantes en la habitación contigua que utilizaba de estudio, y se lo entregó a Melissa.

Estaba ennegrecido desde hacía tiempo, irremediablemente dañado por el fuego, con las cubiertas pegajosas al tacto, como encuadernado con la piel de algún enorme molusco ultraterreno. Incluso antes de abrirlo, sospechaba Melissa que su contenido resultaría casi ilegible, y así era. Cada página que pasaba con sumo cuidado, por miedo a que se desintegrara en sus manos, era poco más que carbón quebradizo, y apenas podía discernirse alguna serie de palabras extrañamente sugerentes aquí y allá, entre la destrucción. Era un objeto estremecedoramente repulsivo, una obscenidad, un Grial impío. Se lo devolvió a Harkness con un sentimiento palpable de desagrado y se puso en pie.

—¿Dices haber leído este libro? — le preguntó ella, intentando en vano quitarse con un pañuelo de encaje la mucosidad oscura, pegajosa y maloliente de los dedos.

La evidencia de sus propios ojos demostraba que era sencillamente imposible que alguien pudiera leer algo más que alguna que otra palabra superviviente esparcida al azar por sus páginas. Su hermano debía seguir trastornado para poder creer lo contrario. Ahí estaba la prueba. Si tan solo hubiera seguido su consejo años atrás y se hubiera concentrado en temáticas más sanas…

—Solo una historia, “Carta de Jack”. Me falta lo demás. No me atrevo a…

—¿Puedo usar tu baño, por favor? Necesito limpiarme las manos.

Melissa dio un rodeo pasando por la cocina, donde, instintivamente, se embolsó en silencio y con rapidez un cuchillo antes de entrar en el cuarto de baño. Se sentía como si hubiera vuelto al brumoso San Francisco, con su siempre borracho marido americano. Volvió al salón después de haberse lavado las manos durante varios minutos con jabón carbólico bajo el grifo de agua caliente. Su hermano estaba sentado en una oscuridad casi completa, tarareando para sus adentros una peculiar tonada antigua que sonaba como una canción de music-hall Victoriano. Murmuraba la letra, pero Melissa no alcanzaba a oírla.

—¿No crees que deberíamos encender alguna luz? — dijo, sentándose en una silla frente a él.

—Todavía no, todavía querría explicarte algunas cosas, para llenar los huecos de lo que no sabes.

El malestar que sentía Melissa se acentuó en ese momento. ¿Eran imaginaciones o la voz de Neil había adquirido cierto acento ajeno al suyo, un acento cockney ronco y apagado? ¿Y no tenían sus palabras un asomo de lasciva ironía? Quiso levantarse, dirigirse hacia la puerta, inventar cualquier excusa para marcharse, pero alguna fuerza intangible e hipnótica se lo impidió. La habitación ya estaba tan oscura que apenas podía distinguir a Neil con claridad; solo podía ver la silueta imprecisa de un hombre sentado en el sillón que tenía delante.

La voz aparentemente incorpórea continuó hablando en la oscuridad, y Melissa, atrapada e impotente, no pudo hacer otra cosa que escuchar lo que le decía.

—Contrariamente a lo que dijo ese farsante de Oscar Wilde, lo que más imita al arte es la muerte, no la vida. Como le pasaba al doctor Winterburn, que practicaba lo que ha venido a denominarse «las artes oscuras», siendo algunos de los pacientes bajo su supervisión, y al nal hasta su propia esposa, víctimas de invocaciones a corrientes mágicas concebidas para encarnar sus teorías meta sicas acerca de la preeminencia de lo Extraño sobre lo Mimético. Pretendía que unos lunáticos peligrosos creasen el único arte verdadero, creaciones artísticas que no fueran un mero entretenimiento público, sino que desvelaran lo que nos separa de los abismos de lo eterno e in nito. Desorden, enajenación, enfermedad y des guramiento de cuerpo y alma mediante la forma más negra de manipulación psíquica. ¿Te preguntabas por qué tenía Harkness…

Entonces, oír a quien tenía delante referirse a sí mismo en tercera persona, acentuó el terror que sentía Melissa.

—… esos lapsos de memoria desde que fue dado de alta en el manicomio? Por una sugestión posthipnótica. Se le ordenó que olvidase su iniciación, que crease la gran obra que se le había encomendado (y que solo él podía realizar), que obtuviera ese ejemplar de La reunión y otros relatos, el ejemplar quemado que solo él podía leer, y luego, una vez completada su tarea, se trans gurase en el Horror encarnado.

—¿El Destripador…? —balbuceó Melissa.

—Fue el Culto de las Manos Blancas quien lo invocó primero, pero sin llegar a controlarlo del todo, trayendo desde el in erno a un escultor cockney arruinado, resucitado de entre los muertos en , después de morir por una sobredosis de opio. Una cosa que rindió el antiguo homenaje que los verdaderos acólitos rinden a los dioses más antiguos y oscuros, y lo hizo en los interminables callejones, patios y antros de Whitechapel. Su obra alcanzó un estatus de inmortalidad mundial, con el asesinato como quintaesencia del éxtasis, el terror como culmen de irresistible fascinación, el miedo como epítome del deleite, y la evisceración corporal como artesanía suprema. Convirtió a las prostitutas de las que se valió su arte en mártires inmaculadas y dignas de lástima, cuyo nombre ha perdurado con el paso de las décadas y que ahora solo se mencionan con carnal reverencia. Si, como a rmaba De Quincey, el asesinato sangriento puede considerarse como una de las bellas artes, ¿no sería entonces el Destripador uno de los principales artistas de esta era de futuro degradado? Scarsdale era incapaz de asimilar toda esta verdad, pero también es cierto que en estaba en su momento más bajo, con su poder temporalmente suspendido, algo que permitió a Scarsdale aprovechar la oportunidad y re-enterrar profundamente a «David K» lejos de miradas indiscretas, para que se pudriera en la tumba, y penara y soñara infructuosamente sus sueños rojos como la sangre. ¿Comprendes ahora por qué el doctor Winterburn no podía permitir que esa fuerza siguiera eternamente presa y deseara imprudentemente liberarla, creyendo que sería capaz de controlarla? ¿Y si monsieur Valdemar — hay que leer a Poe, ¿sabes?— resultara ser el hipnotizador y no el hipnotizado?

La voz había perdido el anterior deje de acento cockney, pero conservaba la ironía lasciva y el tono ronco y apagado. Melissa estaba aterrorizada no solo por lo que decía, sino por la sensación de estar atrapada en su pesadilla. Se sentía como si estuviera siendo hipnotizada, como si su propia mente fuera ocupada poco a poco por la forma sombría e indeterminada que se sentaba ante ella en la oscuridad.

—Siempre te has apartado horrorizada del horror

— continuó la voz —. Ya no.

Pero había sido su propia boca la que había dicho esas últimas palabras.

Una semana después, el propietario del edi cio entró en la casa a raíz de recibir numerosas quejas de los demás inquilinos debido al insoportable olor procedente de las habitaciones del ático de Harkness y la ausencia de respuesta ante las reiteradas llamadas a su puerta. La escena que encontraron sus ojos desa aba toda credibilidad.

En el salón había dos cadáveres, sentados el uno frente al otro. Uno de ellos era una masa repugnante de carne licuada cuya peste y aspecto abominables provocaron arcadas al propietario, que casi se desmayó allí mismo. La cosa se había disuelto en su propia corrupción, asemejándose a un enorme cefalópodo de forma humana y con cuatro extremidades, que se hubiera dejado pudrir durante semanas en la orilla del mar. Ante este horror se encontraba otro cadáver mucho más reciente de mujer, pero igual de aterrador y cubierto de sangre seca. Le habían cortado el cuello de izquierda a derecha con un reiterado movimiento en vaivén, seccionándole la arteria carótida y el esófago, rebanándolo por entero hasta tocar las vértebras del cuello. Su mano derecha seguía aferrando el cuchillo de trinchar de hoja larga, manchado de sangre, con el que ella misma se había mutilado de manera imposible.

No sabría decir si es acertada o no la horrenda sospecha que alberga Roderick Carden de que la forma viva y transferida de Neil Harkness reside ahora, sin que se sepa, en la tumba perdida y sin nombre de «David K», el escultor cockney conocido como «Jack el Destripador». Pero resulta evidente que la cosa resucitada que se encontró en el ático de Harkness carecía de la vida necesaria para acometer mayores atrocidades por mucho que lo deseara, y que solo pudo completar su, o quizá de Harkness, expresión artística de nitiva recurriendo a manos ajenas.

Segunda parte

SI AÚN MANDA EL DESTINO

El de diciembre tuvo lugar un fenómeno internacional que causó inmediata sensación, pero que, al cabo de una semana de febriles especulaciones, se explicó y descartó como una tomadura de pelo. En la pantalla de todos los aparatos del mundo capaces de recibir la señal, apareció de forma simultánea la misma retransmisión de un minuto de duración y origen desconocido. Por supuesto, todos recordarán que la primera reacción de la población ante tal fenómeno fue de desconcierto, que no de alarma. Era un contenido demasiado outré y la transmisión en sí demasiado incoherente y borrosa como para merecer cualquier otra reacción. Las especulaciones sobre lo sucedido se convirtieron en tema principal de todos los programas de noticias mientras el misterio seguía sin aclararse, y corrían rumores sobre inminentes reuniones secretas de seguridad de alto nivel convocadas por organizaciones nacionales e internacionales del mundo entero. Pero, al estallar repentinamente un gran con icto armado en Extremo Oriente, las especulaciones sobre el origen y la causa de la transmisión en sí se volvieron menos urgentes que la resolución pací ca e inmediata de dicha crisis. Y la capacidad de atención del consumidor común de los medios de comunicación, ya de por sí limitada, se redujo aún más cuando un desconocido experto en tecnología y activista contra el cambio climático reivindicó la transmisión asegurando haber pirateado con ella los sistemas de transmisión de datos, tanto terrestres como por satélite.

Desgraciadamente, o eso aseguraba él, sus intentos de transmitir un aviso sobre el peligro de no reducir inmediatamente el nivel de CO producido por el hombre se habían visto frustrados por los protocolos de seguridad de los servidores. La consecuencia había sido que su comunicado internacional resultó alterado hasta el punto de generar solo un galimatías incomprensible. Aun así, nadie podrá negarle que consiguiera volver a llamar la atención de los medios sobre el problema medioambiental, aunque solo fuera de forma breve.

Los lectores de las publicaciones más esotéricas de la red, las preferidas por teóricos de la conspiración, investigadores paranormales y disidentes meta sicos a ultranza notaron que estas fuentes de información proporcionaban explicaciones no coincidentes con las aceptadas por el conjunto de comentaristas o ciales. Algo nada inusual en sí mismo. No es necesario que detallemos aquí las diferentes explicaciones que defendían dichas publicaciones esotéricas, dado que ahora resulta evidente que eran tan erróneas como las asumidas por los comentaristas o ciales, pero sí que me corresponde describir, en primer lugar, la transmisión en sí, tal y como yo la vi y oí, para luego pasar a detallar cómo establecí contacto con la última persona que la identi có por lo que realmente era.

La transmisión en sí consistía en una señal en blanco y negro de un minuto de duración, cuya imagen estaba grotescamente distorsionada por interferencias estáticas, y cuya pista de audio se veía comprometida por un zumbido rítmico de fondo. Ha sido tema de discusión qué imágenes y sonidos vio y oyó cada individuo que experimentó la transmisión. Los expertos elegidos por la comunidad de comentaristas en general sostenían invariablemente que lo experimentado había sido completamente subjetivo y que obedecía al «orden» que hubiera impuesto cada cual a ese caos aleatorio (tal y como pasa con lo que «se ve» en las manchas de tinta del test de Rorschach o con las frases que se «distinguen» en las llamadas psicofonías). Aun así, sigue habiendo una sorprendente unanimidad de interpretación en el limitado número de personas que aportaron reacción e información, lo cual, en mi opinión, contradeciría la teoría de que cualquier sentido que pueda imponerse a la transmisión nacería de la mente de cada individuo por separado. Fuera cual fuera la verdad al respecto, a cualquier analista realmente imparcial debería serle evidente que no existe base alguna para considerarla como la propaganda frustrada de un activista que alerta a la humanidad contra un cambio climático provocado por el hombre.

Mis propias impresiones sobre la transmisión no di eren de forma signi cativa de las impresiones ya manifestadas por otros. Fueron de la siguiente manera:

Lo que vi más allá de la distorsionante neblina de estática en blanco y negro, y contra el zumbido de fondo de un rítmico rechinar de engranajes, fue otro mundo, uno cuya super cie era de un metal ennegrecido y oxidado y lleno de cráteres. La sucesión de imágenes jas era acelerada y con un montaje rápido para mostrar el mayor número posible de ellas en el escaso tiempo disponible. Y dentro de esa sucesión de desolados paisajes atisbé una serie casi in nita de túneles subterráneos pertenecientes a una máquina planetaria que era como una colmena, poblada en su totalidad por componentes, engranajes y mecanismos de incomprensible relevancia y espantoso aspecto. En esas imágenes no había nada relativo a la vida orgánica, ni indicio alguno de que esta hubiera existido previamente.

Conocí a Josef Rostok por la fama que había adquirido, como genio rebelde ruso experto en comunicaciones, dentro de los círculos periodísticos en los que yo me movía. Intenté verme con él días después de que tuviera lugar la transmisión. Sabía que era el más indicado para darme una opinión informada sobre ella, mucho antes de que se aceptase de forma generalizada la teoría de que era una emisión falsa. El análisis de Rostok sería una especie de exclusiva si conseguía entrevistarlo antes que los burgueses comentaristas o ciales. Con Rostok, y solo con Rostok, podríamos empezar a resolver ese rompecabezas como es debido. Si la transmisión provenía de alguna parte del planeta, él sería la única persona, al margen de las diversas agencias estatales de inteligencia, capaz de determinar quién la había enviado.

Al principio intenté contactarlo por correo electrónico y, de hecho, le envié varios en un solo día, insistiendo en la urgencia de la situación, pero sin obtener respuesta. Conseguí su teléfono y su dirección privada, para descubrir que tenía el teléfono permanentemente apagado o que no le funcionaba. No tenía más remedio que intentar verlo en persona. Pero, por desgracia, acababa de jar su residencia en la ciudad de Arkilsk, y hacía tiempo que los visitantes no eran bienvenidos en ese lugar, que sigue siendo inaccesible para los forasteros. Una vieja leyenda soviética dice que todo el que quiera ir voluntariamente a Arkilsk está loco.

El lugar había sido originalmente un gulag, perteneciente al antiguo sistema de campos de trabajos forzados, llamado «Arkilag», antes de que lo rebautizaran como «Arkilsk», y ahora era un importante centro de procesado para los yacimientos de níquel y paladio que hay en Naltakh, al pie de las montañas Putoran, a veintiséis kilómetros de distancia. Un enorme complejo industrial y de viviendas donde el cercano y contaminado río Daldykan se tiñó de rojo hace poco, y donde el aire de la región es una mezcla tóxica de gases residuales como el dióxido de azufre y partículas como el estroncio- , todo ello eructado sin parar por las gigantescas chimeneas a rayas rojas y blancas adosadas a las fábricas. La temperatura media en diciembre es de veinte grados bajo cero. El parte meteorológico del día indicaba treinta y cinco bajo cero. Se decía que el infartante viento ártico es tan fuerte que los peatones deben arrastrarse sobre pies y manos por las aceras cubiertas de nieve.

La mañana siguiente tomé un vuelo de cuatro horas desde Moscú, una ruta de S Airlines que cruzaba los páramos septentrionales de Siberia y la espectacularmente aislada región del krai de Krasnoyarsk; y, nada más llegar al aeropuerto de Alykel-Arkilsk, fui sumariamente entrevistado por un «comité de bienvenida» teóricamente formado por funcionarios del Estado, pero que, evidentemente, también estaba a sueldo de la compañía minera de níquel.

La breve conversación se desarrolló más o menos así:

—¿No será un periodista ecologista encubierto?

—No, solo he venido a entrevistar a Josef Rostok, experto en comunicaciones.

—Lo conocemos. Se ha vuelto loco. Pierde usted el tiempo.

—Tengo una autorización del FSB.

—A veces, a un mentiroso le es más fácil venir a Arkilsk que irse.

—Comprendo.

—Somos como una isla, ¿sabe? Las reglas del continente no se aplican aquí.

Una isla rodeada de tierra habitada por más de cien mil ciudadanos de la Federación Rusa, pensé, y con una esperanza de vida diez años inferior a la de los demás habitantes de Siberia. En su día, los bombarderos soviéticos habían utilizado este aeropuerto como base de operaciones en caso de con icto con Estados Unidos, y el Grupo de Control del Ártico Ruso seguía estando al cargo. No tenía ninguna duda de que habían examinado mis credenciales mucho antes de que yo llegase y de que esa «entrevista» se estaba llevando a cabo para asegurarse de que mis intenciones al ir allí eran las mismas que había declarado en mi solicitud.

Tras rechazar la oferta de compartir una furgoneta marshrukta con una docena de trabajadores industriales borrachos, se me acercó un taxista en busca de clientes, ofreciéndose a llevarme por el mismo precio que ellos: rublos. No tardamos mucho en recorrer la carretera de circunvalación A- , cuya super cie se había limpiado de nieve, pero a base de crear muros de hielo de seis metros de altura a ambos lados de la calzada.

Una vez que dejamos atrás esa carretera y pude mirar sin obstáculos que lo impidieran a través de las ventanillas (de doble cristal) del taxi, vi pasar a toda velocidad un paisaje ultraterreno de terrible belleza.

Era de noche, esa noche polar terrible y aparentemente interminable, y los habitantes que existían bajo el cielo de Arkilsk debían llevar diez días sin ver el sol. No volverían a verlo hasta dentro de treinta y cinco días más. La mayoría de la vegetación de los alrededores solo era de musgos y líquenes de la tundra, y los pocos árboles que seguían en pie estaban tan erosionados por la lluvia ácida que no eran más que tocones ennegrecidos. Sobre ese paisaje desolado solo se elevaban las torres de alta tensión, gimiendo con acentos metálicos a medida que eran azotadas por los vientos incesantes.

Vi el resplandor rojo de las siderúrgicas fundiendo miles de toneladas de mineral y contemplé la maquinaria pesada trabajando sin cesar: trenes de mercancías transportando depósitos de mineral, grúas gigantescas que salpicaban el horizonte, y todo tipo de vehículos motorizados que facilitaban el proceso industrial: excavadoras, buldóceres y carretillas elevadoras. Por todas partes se veía el logotipo «AN» de la corporación Arkilsk Nickel, hasta en el lateral de los enormes monolitos que eran los edi cios de estilo brutalista soviético donde se alojaban los trabajadores, de colores chillones desteñidos desde hacía tiempo por el abandono y los elementos. La tercera parte de los edi cios parecía abandonada, presuntamente por haber huido sus ocupantes de esta macabra ciudad perdida en el fuego, la nieve y la noche. La seca funcionalidad arquitectónica de los edi cios contrastaba con el espectacular paisaje helado que había detrás: la vasta y lejana cordillera de Putoran, cuyas plateadas cumbres brillaban con magni cencia ultraterrena en las noches claras de luna llena.

Rostok vivía un poco apartado del viejo centro industrial de la ciudad, en el último piso de uno de los enormes bloques de viviendas de degradado hormigón, y mi taxista nada comunicativo me depositó ante el edi cio que buscaba (bloque cuatro, polígono Molotov), para marcharse en el mismo instante en que le entregué un billete de mil rublos. Era evidente que tanto las autoridades como los lugareños consideraban presa fácil a todo el que fuese a Arkilsk por algo que no fueran negocios con la AN.

Había alguien rondando la entrada del bloque cuatro, sin duda fumándose un cigarrillo para aliviar los pulmones que venían de respirar las todavía más letales toxinas atmosféricas que se proporcionaban libres de cargo a todos los residentes en Arkilsk. Vestía un gabán militar con el cuello subido. Tenía un enorme bulto en el bolsillo exterior izquierdo, y pude ver que de él sobresalía el cuello abierto de una botella. Una barba canosa gris metálico le oscurecía en buena medida la parte inferior del rostro. Se cubría la cabeza con una ajada gorra negra de béisbol Jack Daniels Old No. (sin duda con una discreta etiqueta de «Made in China»). Bajo la visera solo se veía un buzón de carne y ojos, lo primero era un amasijo de lesiones agrietadas por el frío, y lo segundo dos penetrantes ojos, de pálido gris azulado, y no nivelados, sino ladeados, con el izquierdo notablemente más bajo que el derecho. Pero tenía una mirada muy intensa y rme, como si pudiera adivinar mis pensamientos más íntimos con solo concentrarse en ellos.

—¿Conoce a Josef Rostok? —pregunté al desconocido que holgazaneaba por allí.

—No quiere saber nada de periodistas deshonestos — respondió, apagando la punta encendida del cigarrillo entre índice y pulgar y guardándose la colilla en el bolsillo exterior derecho.

Me encogí de hombros, y estaba a punto de pasar por su lado cuando me agarró con fuerza del hombro.

—Mi amigo Rostok no recibe a nadie que se presente aquí sin ser invitado — gruñó con dientes apretados.

Saqué la cartera.

Nada más abrirla, el desconocido me pegó en la sien derecha con cegadora rapidez. Un mazo no habría sido más e caz.

Lo siguiente que supe es que estaba desplomado contra una de las paredes del vestíbulo del edi cio y que el desconocido se inclinaba sobre mí. La intensidad hosca y hostil de su mirada había sido reemplazada por una mirada de severa reprobación. En ella no había ni rastro de preocupación o arrepentimiento. Mi primer pensamiento fue que tenía suerte de estar vivo, y el segundo de alivio porque no me había robado; aún tenía la cartera en la mano.

—Tome —dijo—, beba un poco de esto.

Limpió el borde de una botella de Old No. de cl (¿qué otra cosa podía ser con ese aspecto?, pensé) y me la acercó a los labios. Bebí un par de tragos entrecortados.

—Tenga cuidado y no vuelva a insultarme. Soy hombre de honor y no me gusta que intenten sobornarme — dijo.

—Le pido disculpas.

—No se lo parecerá al verme ahora, pero provengo de la nobleza y mis ancestros tenían linaje Romanov. En cuanto a esta marca americana — agitó la botella —, puedo bebería o incluso dejarla para siempre, según me apetezca. Solo me someto a mi propia fuerza de voluntad, y estoy bajo la guía y protección del Todopoderoso. Cierto es que últimamente he bebido mucho, pero nunca lo su ciente como para borrar todo el horror de este mundo materialista en el que vivimos.

Aunque este «aristócrata» no se hubiera rebajado al robo, seguía siendo un matón borracho a mis ojos. Aun así, esa combinación de brutalidad y locura era de las que deben tratarse con cierta cautela, sobre todo si se añade alcohol a la mezcla.

—Vengo a ver a Josef Rostok, pero me marcharé si rechaza la entrevista.

Mientras hablaba y trataba de despejarme, ese loco desconocido me ayudó a ponerme en pie, me condujo dentro a la fuerza y, entonces, vi atónito el destartalado interior cuya decoración chillona parecía no haber cambiado desde los años setenta. Puede que tal estridencia de colores estuviera pensada para ser un alivio tras la miseria continua que encontrarían los residentes del edi cio al aventurarse o contemplar el desolado mundo exterior.

—Me presentaré: soy el barón Nicolai Maximilian.

Incluso asintió con la cabeza mientras chocaba los tacones de las botas en un gesto absurdo.

Estaba tan deseoso de deshacerme de ese loco violento, y más sabiendo que el viaje a Arkilsk había sido para nada, que casi me tambaleo de vuelta al horrendo frío, para intentar encontrar algún transporte hasta el aeropuerto, cuando aquel individuo me hizo cambiar de opinión.

—He mirado su cartera mientras estaba usted indispuesto, disculpe el atrevimiento, y sé quién es usted, Fyodorovich Mestovski. He leído lo que escribe y acepto que no pertenece a esos cerdos periodistas o ciales que tanto detesto. Tengo las llaves del apartamento de Josef. El conserje me las dio esta mañana, tras cierta persuasión. Le ayudaré a ver a Rostok, si así lo desea. Pero antes le enseñaré lo que hizo en la azotea hace dos días.

Pero el único ascensor del edi cio no funcionaba. Al parecer, hacía semanas que en lo más alto del ascensor había una enorme grieta y la nieve caída se había acumulado sobre la cabina, congelando el mecanismo. Por tanto, hubo que subir varios tramos de escaleras para llegar a la azotea. Allí el viento era salvaje y soplaba a sus anchas, sin obstáculos arti ciales que pudieran proteger contra él. Casi me vi derribado por su ferocidad y arrastrado hasta más allá del borde, pero Nicolai me agarró, me obligó a ponerme de rodillas, y los dos nos arrastramos en la oscuridad y la nieve hasta llegar a los restos semienterrados de algo: todo eran antenas y parabólicas destrozadas.

—¿Ve esto? —gritó por encima del aullido del viento —. Eso lo hizo él.

Una vez dentro del edi cio, descendimos la corta distancia que había hasta el apartamento de Rostok. O hasta donde Nicolai dijo que estaba.

—¿Cuándo lo vio por última vez? — pregunté.

—Hace dos días. Desde entonces se niega a volver a verme. El conserje dice que en el apartamento se han oído ruidos de alguien destrozando cosas. Los demás inquilinos están muy molestos. Pero Rostok no me dejó entrar. Dijo que el peligro era demasiado grande. Pero ahora que ha venido usted, un periodista importante y honesto, tengo una nueva excusa para invadir su preciada intimidad. Sé que él quiere que se cuente su historia, y no las mentiras de la prensa de siempre.

Nos paramos ante la puerta de un apartamento situado en un pasillo tan gris, tan lúgubre, tan mal iluminado y tan agobiante que habría sido ideal para empezar allí un cuento de Leonid Andreyev. Que yo supiera, Rostok podría estar completamente cuerdo y en otro apartamento, y resultar que este dudoso personaje, este «Nicolai» (si es que ese era su verdadero nombre), estaba implicado en alguna elaborada estafa para desplumar a los forasteros que llegasen a Arkilsk buscando reunirse con amigos o parientes. Incluso podía haber sido él quien destrozase las antenas y las parabólicas de la azotea. Aun así, seguía hablando a su favor el hecho de que no me hubiera robado la cartera cuando tuvo una oportunidad ideal para hacerlo.

Alguien había arrancado poco antes el timbre. Nicolai gruñó al verlo y golpeó la puerta con uno de sus puños como mazas.

—¡Abre, Josef! ¡Soy yo, Nicolai! ¡Tengo conmigo a alguien de Moscú al que querrás ver! ¡Abre, Josef!

No pasó nada.

Entonces sacó un manojo de llaves, que fue mirando una a una, llevándoselas a los torcidos ojos. Me pregunté si no sería también «el conserje».

—¿Y si Rostok ha echado el cerrojo? — dije.

—Volveremos con una palanca y un hacha — respondió.

Al nal del pasillo se abrió una puerta y un inquilino marchito asomó la calva. Nos miró temeroso desde la distancia y la oscuridad. Tras evaluar rápidamente la situación, retiró la cabeza y cerró la puerta de golpe.

Nicolai localizó un par de llaves concretas, las giró en la cerradura superior y en la inferior y, tras apoyar el hombro en la puerta, consiguió abrirla nalmente.

—Esta puñetera siempre se resiste — dijo.

El pasillo del apartamento estaba sucio y hecho un desastre. Había periódicos rotos esparcidos por todas partes, y los pocos muebles que quedaban enteros estaban volcados. Un reguero de colillas y botellas vacías de vodka serpenteaba hasta la habitación del fondo, donde Rostok trabajaba con sus sistemas de comunicación, un amplio despliegue de aparatos de radio, monitores de pantalla plana y ordenadores caseros. Todo un arsenal de máquinas recopiladoras de información que había pasado a ser un amasijo de restos desgarrados y aplastados. La habitación era toda cristales rotos, cables arrancados, placas madre rotas y plástico carbonizado. El penetrante hedor a tecnología quemada era abrumador en ese auto-da-fé, esa sentencia privada de un hombre sobre los avanzados adornos de la era de la máquina. Y allí mismo, en medio de lo que había sido un santuario al progreso mecánico, colgando de una cuerda que le rodeaba el hinchado cuello, estaba el cuerpo ahorcado del mismísimo Josef Rostok, con los ojos inyectados en sangre saliéndose de las órbitas y el rostro empurpurado con una espantosa expresión de angustia terminal.

Mis nervios no consiguieron soportarlo y me apoyé en la pared más cercana, con piernas temblorosas, mientras el acerado Nicolai sacaba en silencio el cigarrillo a medio fumar del bolsillo del gabán, lo encendía y daba caladas al muñón como si estuviera decidiendo qué hacer a continuación.

—Será mejor no bajarlo —dijo nalmente —. Es preferible irse de aquí ahora mismo y no tocar nada. Beba un poco más de este whisky americano.

Me pasó la botella de Old No. y le di varios tragos. Era su remedio para todos los males, o eso parecía.

Yo apenas podía pensar, mucho menos andar, y fue él quien me agarró del brazo y me sacó del apartamento, me hizo bajar las escaleras, me sacó del bloque cuatro, del polígono Molotov, y me adentró en la aullante oscuridad de la gélida noche polar.

Llevábamos más de una hora instalados en una mesa al fondo de un bar lleno de humo, El Oso Polar, que solía frecuentar Nicolai. El local de copas estaba situado a medio kilómetro del polígono Molotov, en una callejuela casi sepultada por ventisqueros. Prácticamente me había arrastrado hasta allí yendo sobre manos y rodillas, dada la ferocidad de ese viento que helaba los huesos. No había taxi a la vista.

Apenas había visto algo de los demás habitantes de Arkilsk, los que vivían fuera de la zona minero-industrial. Había oído historias sobre enfermedades prolongadas de la población, esperanzas de vida reducidas y debilitamiento crónico debido a los contaminantes. Los moscovitas solían considerar a Arkilsk el equivalente siberiano del Chernóbil de Ucrania, pero la realidad era que allí, en ese apartado bar de la vieja ciudad industrializada, la gente parecía abrumadoramente vigorosa, como si el clima ártico los blindara contra cualquier degeneración corporal.

Los continuos chupitos de vodka consiguieron amortiguar por n lo peor del shock que había experimentado en el apartamento de Rostok, pero mi consciencia seguía intentando traspasar la niebla alcohólica autoin igida.

—¿Informar de ello? ¡Usted está loco! — siseó Nicolai.

—¿Y qué pasa con el hombre que nos vio intentando entrar?

¿Su vecino? ¿No cree que podría identi carlo?

—¿Ese? Si apenas ve nada. Además, es un condenado idiota. —Aun así, sigo teniendo que salir de Arkilsk. Ya he perdido mucho tiempo con usted. Las autoridades saben que he ido a ver a Rostok y vendrán a por mí en cuanto descubran el cuerpo. No tardarán en cerrar el aeropuerto. Tengo que moverme deprisa.

Saqué el smartphone, preguntándome banalmente si podría pedir un Uber.

Nicolai puso una pesada zarpa sobre el teléfono, me lo quitó y rompió la pantalla con el enorme pulgar. Se chupó la sangre y las astillas de plástico de la herida del dedo y las escupió sobre el mantel. Luego dejó caer el aparato al suelo y lo pisoteó repetidamente.

—No pensemos que esos zoquetes descubrirán el cuerpo antes de que hayan pasado días, o semanas. Josef no se trataba con nadie y pocas personas pudieron llegar a conocerlo.

Miré por encima de la mesa los restos inservibles del smartphone. Me preocupaba ser el siguiente.

—Me pregunto qué pudo descubrir o hacer Rostok que lo llevara al suicidio. Supongo que nunca lo sabremos — dije.

—No esté tan seguro.

Hizo una pausa y volvió a hablar.

—Sé por qué quería verlo usted.

—¿Se re ere a preguntarle por la transmisión? Eso ya no importa.

—Sí que importa. Es más importante que nada.

—No creo que Rostok supiera algo que no puedan decirme otros. Solo era una posibilidad remota.

—Sí que sabía. Me lo contó todo.

—Dijo que no lo había visto.

Los ojos torcidos de Nicolai se entrecerraron y cerró y abrió el puño derecho. Se quitó la gorra de béisbol Old No. y se pasó los dedos por la desordenada maraña de pelo gris hierro que le caía sobre la frente sorprendentemente alta. Gotas de sudor oleoso se acumulaban en las raíces del pelo. Pensé que podía estar a punto de volver a atacarme, quizá por dudar de su sinceridad, pero en vez de eso me sonrió; una sonrisa tensa y na.

—Y no lo he visto. Me escribió una última carta y la echó bajo mi puerta. La tengo aquí. ¿Quiere echarle un vistazo?

Asentí, y me tomé otro chupito del vodka barato que había estado bebiendo. Me di cuenta de que la botella que había entre nosotros estaba casi vacía. Nicolai no había probado ni una sola gota.

Sacó dos hojas manuscritas y arrugadas de un bolsillo en las profundidades de los pliegues del gabán, las alisó sobre la mesa y me las acercó. Empecé a leerlas.

Querido amigo:

Tenías razón. Es muy importante que una vez termines de leer esta carta destruyas todas las máquinas que puedas. En los siguientes párrafos te explico el porqué. Créeme cuando te digo que el mundo entero está al borde de su n. Por favor, manda copiar esta carta a mano y dásela a todas las personas con las que te encuentres. No utilices máquinas para copiarla o distribuirla. Esto es algo imperativo.

He conseguido rastrear el origen de la transmisión que se vio en todo el mundo el pasado de diciembre. No hay conspiraciones humanas que quieran ocultar la verdad, pero sí que hay una conspiración. La transmisión no se originó en este planeta, ni siquiera en esta dimensión. Tú, Nicolai, pese a tu noble linaje, no eres cientí co, así que antes debo explicarte ciertas facetas de nuestra actual comprensión del universo.

La verdad es que nuestro modelo cosmológico ha acabado siendo de ciente. Es el que siguen utilizando los cosmólogos, pero solo por no haberse encontrado otro tan útil como el antiguo. El antiguo parte de una teoría muy bonita, pero no se ajusta a la realidad.

O sea, que las observaciones empíricas que creíamos que validaban el materialismo mecanicista han acabado siendo una nueva forma de teleología.

Esto no son más que chorradas místicas, pensé yo. Rostok había perdido la cabeza.

Los cambios en el universo no son consecuencia de una secuencia temporal donde una causa produce un efecto. Los cambios son resultado de una fuerza universal perpendicular que afecta a toda la eternidad en cada instante indivisible de la existencia.

El origen de esa fuerza es un sistema operativo arti cial que degenera retrocediendo en el tiempo, yendo del orden al caos. A medida que su programa se deteriora, los mismos métodos empíricos van sumiéndose en la entropía. La prueba de que es teleológico radica precisamente en nuestra misma incapacidad para formular un nuevo modelo cosmológico; salvo que, tal y como he dicho, no es una teleología que pueda reconocerse como tal.

La transmisión la enviaron máquinas alienígenas auto-replicantes. Su función es ejecutar programas que determinan todos y cada uno de los acontecimientos que tienen lugar en nuestro universo. El resultado no es una realidad arti cial, no es sombras en la caverna de Platón.

Yo recibí la transmisión completa antes de que se cortara, y no la cortaron las agencias secretas de inteligencia humanas, sino las mismas máquinas de este, nuestro planeta. Las otras máquinas, las alienígenas, son máquinas primigenias, tan distantes del más avanzado de nuestros ordenadores, cuando no más, como lo está el ordenador del ábaco. Carecen de una consciencia de tipo humano, pero poseen alguna otra disposición interna que modela una forma de consciencia más avanzada, un código de programación autogenerado, una ecuación in nita que se ejecuta en la base de toda realidad.

La humanidad está siendo anulada. Olvida el amor o el odio, olvida la paz o la guerra, olvida la salud o la enfermedad, olvida la felicidad o la tristeza, olvida salvar o contaminar el planeta, olvida la vida o la muerte. Nada de eso incumbe a las máquinas.

Y ahora es nuestra propia tecnología la que está a punto de apoderarse de todo, pero no de forma consciente o con alguna intención malévola, ya que no valora nuestra forma de consciencia, ni nuestra ética, por muy elevada que pueda ser la opinión que tengamos de ellas. Las máquinas se están apoderando de todo solo porque está en su naturaleza hacerlo así. Solo percibimos un atisbo del futuro una fracción de tiempo antes de lo previsto, nada más.

Una ecuación carece de remordimientos.

Yo, por mi parte, no puedo vivir en un mundo así.

Tu amigo,

Josef Rostok

En el reverso de la primera hoja, Rostok había dibujado un diagrama que mostraba la intersección, en ángulo recto, de la órbita del planeta alienígena con la de la Tierra. En el reverso de la segunda hoja, un primer plano de los bordes de ambos planetas, indicando que una pequeña sección de los mismos se solaparía cuando se rozaran interdimensionalmente. Un acontecimiento cósmico que tendría lugar en cuatro semanas.

Miré a Nicolai.

—Rostok se mudó a Arkilsk porque sabía que la intersección con el Poder de la Oscuridad tendría lugar aquí, en esta región de la Santa Madre Rusia. Se lo dije así. Yo me había adelantado a él al venir desde mi exilio en Chambleau. Era la única persona del mundo capacitada para recibir la visión completa y sin ltrar — dijo Nicolai.

—¿Así que cree que Rostok tenía razón?

—La tenía, bajo el símbolo elegido por él. Hace mucho que los antiguos textos budistas y cristianos avisaron de la «Maldición» que se avecinaba: la fuerza maligna que quiere usurpar la Divinidad en el n de los días. La antigua sabiduría de profetas y santos se verá suplantada por el dictado burocrático del nihilismo organizado. Nuestro actual culto al materialismo, nuestro borrar la cultura y las tradiciones, el creciente odio y autodesprecio que sentimos en relación con la pureza mientras abrazamos el pecado, nuestra abominable adoración al vil altar de las máquinas; todo este repugnante progreso no es sino la forma nueva que asumen los demonios de siempre. Las mentes de los hombres están siendo reprogramadas como si fueran máquinas, sus pensamientos con nados a una serie de fórmulas operativas, convirtiéndonos en meros engranajes del sistema que nos controla. Y ahora recogeremos nuestra cosecha de negro infortunio, ¿y qué lugar mejor para hacerlo que esta ciudad ignorante, que exporta el cobre y el níquel que se utilizarán para imitar por todo el mundo la mismísima tecnología del In erno?

Se me hizo evidente que Nicolai estaba loco. Por lo que sabía, bien podía haber sido él quien estrangulara a Rostok, para luego esceni car su ahorcamiento póstumo.

—Entonces, si no puedo irme, me entregaré a las autoridades — dije.

No me quedaba más remedio que arriesgarme con ellas.

—Es tarde para eso —dijo—. El karma ha intervenido ya. Ha sido elegido para hacer penitencia por la blasfemia ajena. Está bajo mi mando personal y tendrá el honor de servir en la batalla nal por el alma de la Madre Rusia y del mundo. Hágame el solemne juramento de acatar mis órdenes. Niéguese y lo mataré aquí mismo como a un perro.

Puso sobre el tapete un revólver Nagant M . Parecía tener cien años.

¿Qué criterio debía usar para juzgar su comportamiento? ¿El suyo, el mío o el del n de los días?

Y a partir de ese momento estuve atrapado en Arkilsk, atenazado por una devastadora parálisis psicológica, y con Nicolai por única compañía. No podía decidir quién era el más lunático: si Rostok, él o yo. Nicolai aseguraba llevar meses embarcado en una campaña de sabotaje, inter riendo en el suministro eléctrico de la ciudad, en la red de transporte y en las comunicaciones, así como enviando numerosas amenazas anónimas de bomba, pese a carecer de medio o manera de hacerlas realidad. Su mayor triunfo hasta la fecha había sido interrumpir temporalmente la conectividad del cable de bra óptica para internet que se había tendido años antes a lo largo del río Yenesei. Intentos de sabotaje estos que debió creer convalidados al establecer una retorcida amistad con Rostok.

Nos trasladábamos de un lugar desolado a otro, refugiándonos en apartamentos vacíos y helados, acurrucados en torno a fogatas hechas con muebles y demás pertenencias rotas y abandonadas. En esta ciudad hay tantos edi cios abandonados, tantos escondrijos (y Nicolai los conocía todos) que las autoridades tardarían meses en dar con nosotros. En las esquinas de las calles había carteles donde se me cali caba eufemísticamente de «persona desaparecida», pero era casi imposible reconocerme a partir de la foto utilizada; ahora llevaba el rostro oculto bajo un pasamontañas como el que llevaban muchos más. Hicimos cientos de copias a mano de la carta de Rostok, la mayoría para cubrir los carteles de «persona desaparecida».

La campaña de propaganda se intensi có, y yo lo ayudaba en todo, pero era imposible interrumpir todas las operaciones mecánicas de Arkilsk. Solo habría podido hacerlo si tuviera un ejército, pero habíamos fracasado en nuestros intentos por reclutar a alguien más. No teníamos ni idea de lo que podía estar pasando en el mundo fuera de esta región, pero aquí no reinaba el pánico y nuestras acciones parecían ser fútiles.

Nicolai nunca dormía. Su intensidad febril no disminuía. Me vigilaba siempre. Fumaba incesantemente cigarrillos Marlboro rojos, no había vuelto a probar el alcohol desde aquella última ocasión y toda su conversación estaba limitada a sus teorías místicas acerca de la inminente llegada del poder de las tinieblas y el n de los días. Ninguno de los dos comía mucho, y cuando no despotricaba contra la modernidad se dedicaba a rezar de rodillas, meciéndose de adelante hacia atrás y persignándose el pecho sin parar.

—Todas las ciudades son abominables — dijo —, pero esta es la más abominable de todas. Este es el lugar llamado Armagedón, y aquí se reunirán los ejércitos satánicos bajo el estandarte de la gran Babilonia.

Pasaron los días y ya estaba encima el momento previsto para la gran intersección de los dos mundos. Para ese día nos situamos en lo alto de un reducto desolado ante la enorme extensión de bloques de viviendas brutalistas que componían la ciudad, teniendo desde esa posición ventajosa una visión clara de todo el paisaje. La vasta meseta de gélida tundra salpicada por las torres del tendido eléctrico se perdía en la distancia, y a lo lejos se alzaban las cumbres blancas de las titánicas montañas Putoran. Algo más cerca veíamos los resplandores anaranjados y rojizos del enorme complejo metalúrgico y el ruido de los trenes de mercancías al llevarse de las fábricas su cargamento subterráneo. También podíamos oír el continuo ruido de fondo de los cláxones, las bocinas y las sirenas a medida que las máquinas parecían encontrar su voz.

Hacía días que no nevaba, pero el gemido del viento había sido constante, dispersando la capa habitual de nubes, dispersando hasta la contaminación sulfurosa que exhalaban las gigantescas chimeneas de las fábricas, cuyos gases solían otar sobre el viejo centro industrial como una sempiterna niebla aérea.

Y fue ese cambio en el cielo, de ese cielo ahora despejado de la noche polar, lo que hizo que Nicolai desbarrase de forma todavía más insistente y desbocada sobre el n de los días. Sus períodos de semilucidez se redujeron rápidamente en cuanto aparecieron las interminables auroras. El fenómeno era habitual en esa misma latitud, pero ninguno de los dos había visto antes algo semejante en intensidad a ese nuevo despliegue de luces celestiales que se revolvía y ondulaba en una capa multicolor tras otra de una gran serie de tapices radiactivos, que se elevaban hasta el espacio y los con nes de los cinturones de Van Alien. Bañaban todo Arkilsk y sus alrededores con una iluminación parpadeante, tan espectral como variada.

—Nuestra misión ha fracasado — declamó —. Estamos demasiado metidos en el pecado, somos demasiado pocos y estamos demasiado apartados de lo divino y lo espiritual como para ser dignos de la tarea que se nos encomendó. Todas nuestras oraciones y ayunos han sido en vano. ¡Rostok sabía que acabaríamos así!

La intersección de esta región con parte del planeta de las máquinas tendría lugar en solo una hora. Y antes habíamos jugado a la ruleta rusa, en otro apartamento abandonado, sentados sobre las tablas desnudas del suelo, cargando Nicolai con una bala adicional la recámara de su viejo y maltrecho revólver M , tras girar y apretar el gatillo sin éxito. Nos pasábamos el arma en silencio el uno al otro después de cada gatillazo. Tras cargar cuatro de las siete recámaras y seguir sin volarnos la cabeza, Nicolai asintió con hosquedad mientras me miraba, con el rostro espantoso debido al parpadeante resplandor de la lámpara del suelo, y procedió a cargar las siete recámaras para que la próxima vez no hubiera error posible.

Depositó la pistola completamente cargada junto a la lámpara.

—Nunca he considerado este juego algo semejante al suicidio — dijo —. Solo una forma de poner tu vida en manos de la suerte o del destino y eso, seguramente, no puede ser pecado. Pero, ahora que todas las probabilidades están del lado de la muerte, eliminarse de esta manera ya no es una cuestión de suerte o de destino, sino de libre elección. Sería el mayor de los pecados. Así pues, yo te pregunto, amigo Fiodorovich, en nombre de la divina misericordia, para que tú decidas: ¿te disparo yo a ti o tú a mí? Si soy quien queda vivo no me dispararé, pero si eres tú, ¿qué harás?

—Esta vieja arma también es una máquina — respondí —. Puede que se haya encasquillado deliberadamente. Quizá quiera mantenernos a los dos con vida para que podamos sufrir juntos en su nuevo mundo las torturas de los condenados.

—Un planteamiento interesante. Si tienes razón, no podría aplicarse mi argumentación anterior — dijo —. Veamos si aún manda el destino.

Con un solo movimiento, bajó la mano derecha hasta el revólver, lo levantó y apoyó la punta del cañón justo detrás de la oreja derecha.

—Voy —dijo.

Puede que Rostok se hubiera equivocado en sus cálculos, o puede que la intersección prevista solo fuera el más cercano de los roces, ya que, para cuando salí tambaleándome a las calles de Arkilsk, las auroras habían desaparecido, el cielo se había oscurecido por completo con su perenne mezcla de nubes y gases sulfurosos, y ya empezaba a caer la nieve ácida.

De alguna manera encontré el camino de vuelta al bar Oso Polar, donde me senté a beber durante horas.

Nada había cambiado en la ciudad.

No pasó mucho tiempo antes de que me vieran, me reconocieran y me denunciaran, para luego ser detenido por la policía federal y nalmente entregado a la sección local del FSB para ser interrogado.

Negaron todo conocimiento sobre la existencia de Nicolai, alegando que no habían tenido sabotajes industriales, y que ya habían clasi cado a Rostok como un suicida que se había quitado la vida a resultas de una enajenación melancólica crónica. Mi pequeña participación en el asunto fue considerada irrelevante y simple publicidad periodística. Las octavillas que habíamos repartido Nicolai y yo fueron valoradas como propaganda anarquista. A pesar de ello, me juzgaron y acabé encarcelado en Arkilsk acusado de perturbar el orden público, en parte por mi propia seguridad.

¿Acaso Nicolai, o sus plegarias, habían evitado temporalmente el desastre profetizado? Nunca llegué a conocer la respuesta a esa pregunta, pero, con el tiempo, la órbita del planeta alienígena acabará por volver a cruzarse con la de nuestro planeta, y la transmisión que recibimos podría ser un último atisbo de lo que el futuro nos depara a todos.

El proceso universal de involución mecánica es, por su misma naturaleza, ineludible, y el viejo mundo cada vez presagia más y más la imagen caótica de ese nuevo mundo que se ha impreso sobre el nuestro desde alguna espantosa y remota dimensión. Porque cuando el progreso en sí se vuelva tan carente de sentido como un paisaje metálico degradado, y esa tecnología incomprensiblemente superior, concebida para imponerse a pensamientos y sueños humanos mediante el procesamiento automático y la estática electrónica, se vuelva nalmente suprema, entonces, y solo entonces, será cuando no sobreviva ningún recuerdo que nos rea rme en nuestra propia existencia. Solo quedará una ecuación alienígena in nita e implacable, en incesante degradación, pero, aun así, autoperpetuándose por todo el ciclo de la eternidad.

EL FIN DE LA MUERTE

El credo quia impossibile es paradójico en su expresión. Sin duda, lo que signi ca es: creo en ciertos misterios religiosos, entre otras razones, porque son misterios; porque trascienden todos los hechos de la experiencia vulgar y corriente; porque la religión, por de nición, implica trascendencia; porque una religión que no proponga nada fuera del conocimiento humano medio no sería en absoluto una religión, aunque pueda ser un código moral capital.

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Factus sum sicut homo sine adjutorio, ínter mortuos líber.

El detective inspector Gray no conseguía decidir si el hecho de llevar meses sin poder recordar sus sueños era debido al olvido o a la ausencia. Cada vez que dormía, se producía un brusco descenso a un completo vacío, y cuando despertaba era como si su mente se limitara a encenderse, como un interruptor de la luz accionado por un temporizador automático. No era el único con esta incertidumbre. La mayoría de la población también parecía padecer el mismo trastorno. Algunos psicólogos especulan que los sueños son una forma de locura autoterapéutica, y que son necesarios para el funcionamiento saludable de la mente. Los mismos que, por lo general, consideran la ausencia de sueños una reacción a la inconcebible y fantástica realidad que supone el así llamado n de la muerte, ese acontecimiento tan inesperadamente extraño, y de consecuencias tan peculiares y angustiosas que quizá hiciera que alguna parte natural de nuestra mente se apagase en reacción, dejando así de funcionar correctamente. Incluso despiertos, durante el día, los recuerdos contenían lagunas evidentes. Además, desde que se inició este fatídico fenómeno (en una fecha sobre la que nadie se pone de acuerdo), cada mañana era tan apagada como la anterior, la luz seguía siendo plomiza, el cielo se cubría de nubes bajas y grises que amenazaban continuamente con lluvia e imperaba una persistente niebla húmeda, aceitosa y vagamente verdosa que nunca parecía disiparse del todo.

La misma naturaleza parecía a punto de expirar, ¿y cuánto hacía que la gente estaba tan terriblemente vieja? Ocho de cada diez personas tenían más de sesenta años, y la media de edad era de setenta y cinco o más, ¡y ver un niño era una rareza increíble! Pero no podía negarse la realidad, ya que las escuelas llevaban largo tiempo abandonadas y los patios de recreo estaban cubiertos de maleza. Y, lo que es más, ¿qué había pasado con los animales? ¿Habían huido o se los había empujado a la extinción? Los bosques estaban desiertos de vida salvaje, los cielos libres de pájaros, los campos vacíos de ganado, y nada de esto había tenido una explicación satisfactoria.

Al principio costaba creer las sorprendentes noticias de los periódicos sobre personas recién fallecidas por causas naturales que abrían los ojos en los tanatorios y, al ser preguntadas, insistían en que se les permitiera reanudar su existencia anterior, porque era evidente que se había cometido algún ridículo error burocrático. Estos «regresados» estaban confusos, mentalmente discapacitados, y se movían con una rigidez que sugería alguna parálisis parcial. Pero el malestar y los síntomas que padecía toda la población (amnesia parcial, incapacidad para soñar, falta de apetito, etc.) hicieron que quienes «murieron» por causas naturales y quienes volvieron de entre los muertos fueran prácticamente indistinguibles de la mayoría de una población extremadamente avejentada.

Puede que se hubieran cometido errores, que todo fuera debido al contagio de un nuevo tipo de catalepsia.

Pero pronto se hizo evidente que nadie podía morir.

Los heridos «de muerte» volvían a la vida de la noche a la mañana conservando todavía las lesiones o des guraciones más espantosas e intratables y, a menudo, padeciendo los mismos dolores que antes. En los rarísimos casos de completa desintegración corporal, la persona fallecida reaparecía en las pantallas y monitores de televisión envuelta en una neblina de estática en blanco y negro, interrumpiendo constantemente las emisiones, acusándose como locos de sus actos, siendo ese espantoso fenómeno lo que hizo que decayese casi por completo cualquier uso de esa tecnología.

El minúsculo número de mujeres embarazadas siguió estando (aparentemente) embarazado, pero continuó sin haber nacimientos. El niño desaparecía del vientre antes de venir al mundo, por lo que todos los casos se consideraron embarazos psicológicos.

La prensa informó de que los pacientes atendidos en los hospitales se limitaron a seguir inde nidamente en ellos. Los tratamientos médicos se fueron orientando poco a poco hacia los cuidados paliativos de última etapa, pero al nal se prohibió a los amigos y parientes cercanos visitar a sus «seres queridos» sempiternamente enfermos. Se decía que el interior de esas instituciones se había vuelto mil veces más infernal que el peor de los manicomios Victorianos. Al nal, los edi cios se abandonaron por completo, se atrancaron las puertas, se tapiaron las ventanas, y lo que quedara de los inconcebibles horrores de su interior se entregó a la podredumbre y la oscuridad claustrofóbica. Para entonces, la mayoría de los médicos y enfermeras estaban tan desesperadamente enloquecidos como sus antiguos pacientes.

Que el n de la muerte tuviera algún tipo de conexión con el malestar general parecía incontrovertible y, sin embargo, fue solo gracias a este último que la población ahora era capaz de tolerar cualquier tipo de existencia: el letargo, la indiferencia y la abstracción insensible fueron unos amortiguadores muy bienvenidos ante los horrores de la nueva realidad.

En algún momento de esta pesadilla (aunque no podía recordar exactamente cuál) Gray fue transferido a una plaza fuera de la capital. Recordaba haber esperado jubilarse anticipadamente, pero se le había comunicado por escrito que sus servicios seguían siendo necesarios hasta que pasara lo peor. La de por sí sobrecargada plantilla de policía no soportaba más reducciones de personal, y solicitar en esos momentos la jubilación anticipada sería invitar a una acusación por abandono del deber. Aunque delitos como el asesinato o el homicidio, que requerían mucho tiempo, habían dejado de estar tipi cados y el toque de queda general había supuesto una reducción en otros delitos, seguía considerándose vital mantener la apariencia de un sistema de ley y orden que funcionaba. (De hecho, la profesión legal estaba operando con un grado de diligencia burocrática mucho mayor que nunca).

Preparó su taza matutina de sucedáneo de café en un cazo sobre la cocina de gas, fumando el primer cigarrillo del día, y se bebió la amarga infusión mientras fumaba el segundo junto a la ventana abierta del primer piso de su estudio. Era una vivienda tan espartana como la de su antigua casa en la capital, con su pequeña estantería de enmohecidos libros de terror publicados décadas antes. Las escabrosas cubiertas con fotogra as eran lo único que delataba esa a ción en él. Fuera, la calle estaba desierta. Había unos cuantos automóviles aparcados en el bordillo, ya completamente abandonados y que empezaban a motearse de óxido. El transporte privado se desaconsejaba por peligroso desde que la gente dejó de soñar y el malestar se adueñó de todo.

Gray miró las hileras gemelas de casas adosadas de ladrillo rojo que se perdían en la distancia con su uniformidad monótona y lúgubre, una visión embrutecedora de los suburbios modernos. Toda la región estaba sometida a un toque de queda inde nido y cualquiera que se aventurase a salir al exterior y fuera detenido por las patrullas territoriales debía enseñar documentación o cial que lo autorizase a salir del hogar por cualquier asunto urgente. Esta venía siendo la situación desde hacía meses. Engulló lo que quedaba de café, escupió en el fregadero los posos que habían acechado en el fondo de la taza y cruzó el rellano hasta el estrecho cuarto de baño de azulejos verdes.

Se afeitó en el lavabo con agua tibia y jabón, pero la cuchilla de afeitar empezaba a perder el lo. Miró en el espejo del armarito de las medicinas el re ejo calvo, con papada y de cincuenta y seis años que lo miraba desde el cristal. Tenía bolsas bajo los ojos y una mirada ja y sin expresión: ojos muertos.

Volvió a su habitación, localizó y se guardó en el bolsillo el pase para moverse libremente y un paquete de cigarrillos B&H color dorado, se vistió con un arrugado traje azul marino, una gabardina marrón, unos desgastados zapatos Oxford, y bajó por la estrecha escalera hasta el portal. Al atravesar la verja del jardín delantero, vio moverse las cortinas de alguna de las casas adosadas de la calle, vislumbró uno o dos rostros inexpresivos que se asomaban para luego desaparecer apresuradamente y, tras ignorarlos, se dirigió a la parada de autobús a unos ochocientos metros de distancia.

Todo el mundo vivía asustado dentro de sus casas y la jefatura lo asignaba, risiblemente, a robos domiciliarios.

El destartalado autobús de un solo piso llegó puntual, y su serpenteante ruta lo llevó por un lento y deprimente recorrido por todas las callejuelas de la localidad, aunque el vehículo no llevase más pasajeros que el propio Gray. Pocos ciudadanos se aventuraban a salir, y menos aún se les permitía hacerlo. El conductor de siempre asintió cansado cuando Gray mostró su pase, sin molestarse en examinarlo. Nunca se dirigían la palabra y el conductor siempre parecía padecer una bronquitis aguda: tosía restos líquidos de los pulmones en un crujiente pañuelo blanco. Parecía ser el único que llevaba esa ruta, conduciendo solo de forma incesante por las mismas calles lóbregas, día sí y día también, como una rata de laboratorio atrapada en un laberinto. Gray pensó que al conductor cada vez se le veía más roedor, con ese rostro a lado y sin afeitar, esos ojillos negros y brillantes y esos dos dientes marrones que sobresalían sobre el labio inferior.

El autobús llegó a la comisaría de policía al cabo de unos quince minutos. Era un edi cio destartalado, de seis plantas, situado junto a un antiguo centro comercial cuya multitud de locales comerciales fueron tapiados y abandonados meses antes, en pleno malestar. La mayor parte de las seis plantas del cuartel general de la policía también estaban abandonadas, ya que los índices de delincuencia habían descendido de forma tan drástica que no resultaba económicamente viable tener algo más que un simple simulacro de mantenimiento del orden público. Hacía tiempo que patrullas territoriales de a pie habían sustituido voluntariamente a los anticuados «policías de barrio». Gray volvió a asombrarse por la perversa decisión que habían tomado en instancias superiores para obligarlo a seguir desempeñando sus funciones como agente de investigación mientras iban despidiendo a casi todos los demás como él. Era casi como si lo eligieran especialmente para recibir ese trato desfavorable y hacer un ejemplo con él, debido a alguna indiscreción desconocida por su parte.

Gray contempló el desolado edi cio y pensó en un fuerte medio abandonado en las fronteras de un Imperio Romano en decadencia, pero esto no era un fuerte de antigua piedra y madera, sino de modernos acero y hormigón, con las ventanas agrietadas y medio cubiertas de moho, la fachada decorada con gra tis obscenos e insultantes, con su ine cacia como tributo burlón al desprecio ya universal que se tenía a las fuerzas del orden.

Su mesa estaba en un despacho «diáfano» de la tercera planta, y se dirigió a ella a través de una serie de escaleras y pasillos vacíos y en sombras, ya que la mitad de los uorescentes estaban fundidos. No había nadie más de servicio, y hasta quienes tenían un turno asignado solían poner las peores excusas (que se aceptaban sin rechistar) para justi car su ausencia constante: cualquier signo del malestar era causa su ciente. Pasar un día inútil sin hacer nada, mirando jamente a la pared, podía hacerse igual de bien en casa y sin la carga y el gasto añadido de tener que viajar hasta allí.

El teléfono sonó instantes después de llegar a su mesa y el inspector jefe Mortimer citó a Gray en su pequeño y desordenado despacho. Su superior parecía no salir nunca de sus con nes y puede que realmente no tuviera ningún otro sitio al que ir. Los dominios del inspector jefe eran como un rincón estrecho de una celda oscura y él una araña hinchada que esperaba y daba vueltas sin cesar entre sus telarañas. Era un caos desconcertante de archivadores, montones de carpetas, mapas callejeros clavados en paredes agrietadas y macetas de cactus grisáceos y plantas de plástico con las hojas agujereadas y mutiladas por apagar cigarrillos en ellas. Se rumoreaba que, entre todos esos trastos, Mortimer guardaba un alijo de «revistas verdes» extremadamente sórdidas que había rescatado del (ahora difunto) departamento de publicaciones obscenas. Fuera cual fuera la veracidad de esa alegación, él caso era que la persona del inspector jefe Mortimer tenía un aspecto verdaderamente sórdido. Parecía un enorme y enmohecido muñeco de ventrílocuo. Tenía el traje negro de tres piezas polvoriento y arrugado, la camisa blanca amarilleaba alrededor del cuello, y la corbata torcida y salpicada de manchas. Miró a Gray por encima de unas gafas de media luna con montura negra y le indicó que se sentara.

—Voy a quitarle de robos y a reasignarlo a personas desaparecidas — dijo —. Su expediente dice que tiene experiencia en ese campo. ¿Acaso no lo llamaban el «detective rarito» cuando trabajaba en el caso Drayton?

Algo se agitó en la mente de Gray, como un engranaje defectuoso en un mecanismo. No podía recordar si la a rmación de Mortimer era certera o no, pero al intentar hacerlo, algún sendero de sus pensamientos se bloqueó de repente.

—Pero ya debe tener a Cargill en personas desaparecidas — respondió nalmente Gray, tras una larga pausa.

—Hmm. Quien ha desaparecido es el propio Cargill, ¡y mientras investigaba un caso de personas desaparecidas! Puede que aquí las cosas se estén yendo al in erno en carretilla, pero Cargill es uno de los nuestros. No pienso ignorar esto sin más.

Creo que le debemos al menos eso — dijo Mortimer.

—De acuerdo —dijo Gray.

Pese a sospechar que Cargill solo era uno de los últimos en sucumbir al malestar y la pérdida de memoria, no expresó ese pensamiento en voz alta.

Más tarde, Gray examinó las notas mecanogra adas que Cargill había dejado antes de su desaparición. Al parecer, se había dedicado a investigar lo que evidentemente consideraba una serie de desapariciones conectadas bastante recientes. Había empezado buscando pruebas que respaldaran su teoría de una banda de delincuentes que secuestraba en secreto a personas al azar y luego reclamaba un rescate a cónyuges o familiares. Aunque la información que había podido reunir respaldaba su idea de que había una banda implicada, enseguida llegó a la conclusión de que no hubo coacción sica alguna y que las personas desaparecidas debían haberse sometido a ese destino de forma libre y voluntaria. Por supuesto, cónyuges y familiares estaban al tanto de la desaparición, pero proporcionaban una desconcertante gama de explicaciones para ella, y nunca habían recibido petición alguna de rescate. Aun así, Cargill los interrogó de forma minuciosa a todos, para descubrir que la utilidad de esas entrevistas se veía cada vez más obstaculizada por los efectos psicológicos del malestar. Una cantidad signi cativa de los entrevistados tenía di cultades para recordar a las personas en cuestión o mostraba una clara tendencia a querer olvidarse de ellas.

Fue entonces cuando a Cargill se le ocurrió la teoría de que podía haber implicada alguna secta de control mental y, tras interrogar a uno de los entrevistados más comunicativos, decidió que era una línea de investigación que valía la pena seguir. En el expediente había incluso una fotogra a de un presunto miembro de esa secta también desaparecido, Gregory Holder, al que había señalado un tal Robert Zachary (una especie de profesor universitario de política y medios de comunicación), que parecía ser una de las pocas personas que sabía algo sobre las operaciones secretas de la secta.

Por tanto, era muy probable que Cargill hubiera dado con algo a raíz de su visita a Zachary. Pero en el informe no se mencionaba nada más acerca del asunto. De hecho, la única conclusión a la investigación era un sello en la última página de

la carpeta que declaraba « 

».

Al detective inspector Gray no le fue demasiado di cil localizar nalmente a Robert Zachary en el domicilio de su madre, aunque le fue evidente que el hombre había cambiado últimamente varias veces de alojamiento. Pese a haberse retirado hacía años por motivos de salud, seguía dando clases ocasionales en estos tiempos de malestar, y no caía nada bien entre el escaso personal que quedaba en un campus casi desprovisto de estudiantes. A Gray le hacía gracia que ese centro educativo abandonado siguiera ngiendo ser útil a una sociedad que se degradaba rápidamente, pero, por otra parte, ¿acaso no estaba participando él mismo en una impostura similar?

Encontró a Zachary en un piso en el sótano de una de las calles laterales del centro de la ciudad, una zona llena de patrullas a pie cuyos miembros parecían especialmente desaliñados, con la mirada ausente y padeciendo el malestar de forma todavía más acentuada que la media de la población.

Después de apagar el cigarrillo y descender un tramo de escaleras hasta una zona abierta delante del anodino edi cio de tres plantas que había sido dividido en pisos, Gray tuvo que llamar varias veces al timbre antes de ver algún movimiento tras los paneles de cristal esmerilado de la puerta. Se abrió por n y en el marco apareció un hombre demacrado, al nal de la

sesentena, vestido con una camisa de cuello abierto con estampado de cachemir, una informe rebeca beige de punto con manchas rosas en los puños, pantalones de pijama verdes y zapatillas para casa, todo lo cual parecía venirle grande. Iba bien afeitado, y le caía un mechón de revuelto pelo blanco sobre unas pobladas cejas también blancas. Era de complexión púrpura y con manchas. Se frotó los ojos astutos y furtivos.

—¿En qué puedo ayudarle?

—Soy el detective inspector Gray. ¿Es usted Robert Zachary?

Gray le mostró su identi cación.

—Así es. Lo soy.

—¿Puedo robarle unos instantes de su tiempo? Quisiera preguntarle acerca de un compañero mío desaparecido: el detective inspector Cargill. Creo que usted le proporcionó cierta información, justo antes de que desapareciera.

—Así es. ¿Esta investigación también tiene que ver con Holder? Doy por hecho que sí.

—¿Podemos hablar dentro?

Zachary hizo una pausa, pero solo por un instante, mientras miraba por encima del hombro antes de responder: —Por supuesto. Pase.

Una vez Zachary le hizo pasar al salón y se sentaron, procedió a responder a todas las preguntas de Gray con una franqueza que al principio resultó encantadora, pero, a medida que respondía, hizo pensar al detective que el malestar había afectado a su memoria y que su imaginación estaba rellenando algunos huecos de su relato. Por alguna morbosa razón había dejado encendido el televisor que había en una esquina de la habitación, pese a mostrar solo la estática en blanco y negro entre canales.

—Sí, como ya le dije a Cargill, conocía a Gregory Holder; era alumno mío. Al cumplir los dieciocho años se enrolló con una joven muy dulce y sensata: Beatrice Wemyss, también alumna mía. De bonitos cabellos castaños. Supongo que se conocerían en mis clases. Entonces, un día, alguien le dio una octavilla o un folleto que repartían en una esquina. El folleto invitaba a la gente a acudir a una reunión secreta fuera de la ciudad, en el sótano de unas viejas ruinas.

—¿Qué tipo de reunión? —dijo Gray, sin decir que ya lo había deducido por el expediente del caso.

La mirada del inspector recorrió el salón hasta las estanterías que cubrían una de las paredes: interminables volúmenes relacionados con el marxismo y un puñado de obras losó cas de autores como Locke, Hume y Schopenhauer.

—A eso voy. Parece ser que asistió a varias de esas reuniones y, con el tiempo, Beatrice, quiero decir la señorita Wemyss, notó que él era cada vez más indiferente con ella, ya me entiende. Acudió a mí para pedirme consejo. Le dije que hablaría con el chico. Este se mostró muy reticente al principio, pero acabé sonsacándole que quería romper su relación con Bea… quiero decir con la señorita Wemyss, debido a su asociación con esa secta de trastornados. Dijo que lo que de verdad deseaba era iniciarse del todo en la secta que acababa de descubrir. Me pidió que le diera a ella la mala noticia, pero con delicadeza. Era evidente que tenía la intención de abandonarla. Tengo uno de sus folletos por alguna parte. Créame, siempre supe que esa secta era la escoria que aparentaba ser: enemigos de la raza humana.

Zachary rebuscó entre algunos expedientes hasta dar nalmente con el folleto.

Gray echó un vistazo a la hoja de papel A y se la metió en el bolsillo.

—Verá, todavía no me ha…

Las palabras de Gray se vieron interrumpidas por el sonido de algo rompiéndose en alguna habitación contigua.

—Es mi anciana madre —respondió Zachary, con aire de hastío —. Ignórela. Bueno, como le iba diciendo…

Entonces se oyó un fuerte golpe, como si se cayera algo pesado. Gray se puso en pie. ¿Podría ser, pensó, que Zachary tuviera a Cargill o a Holder, o incluso a los dos, encerrados en alguna parte del piso?

Ignoró a Zachary, cruzó la habitación hasta un pasillo que salía del salón y oyó otro golpe seguido de un grito de angustia:

—¡Déjenme salir de aquí!

La voz era débil y aguda.

Venía de una puerta al nal del pasillo. Zachary apareció junto al hombro de Gray, con un aire de agotado hartazgo todavía más pronunciado que antes. Entregó a Gray una llave que sacó del bolsillo de la rebeca.

—Bueno, vaya e investíguelo — dijo —. Ya que tiene que hacerlo.

La llave abrió la puerta de un cuarto de baño. En la habitación de azulejos verdes había una anciana medio dentro y medio fuera de una bañera llena de un agua rosada, vestida con un camisón empapado que había sido blanco y que ahora tenía el mismo tono rosado que el agua de la bañera.

La anciana estaba muy angustiada. Tenía heridas en la cabeza y el cuello y, al ver aparecer a Gray, extendió los brazos hacia él. En el lavabo había un cuchillo de carnicero ensangrentado. Un frasco de sales de baño se había roto y esparcido por todo el suelo de linóleo en una mezcla de cristales rotos y cristales granulados.

—Por favor, joven, ayúdeme a salir…

¿«Joven»? Hacía décadas que nadie llamaba así a Gray.

La agarró por las muñecas y la ayudó con cuidado a salir de la bañera. Tenía la carne arrugada como una ciruela pasa y fría como la de un muerto.

La anciana señora Zachary, una vez seca y envuelta en una bata, estaba tranquilamente sentada en una de las sillas y sorbía la taza de té que le había preparado su hijo, el profesor. Tenía las heridas cubiertas por vendajes.

Gray había telefoneado a comisaría diez minutos antes, disponiendo la detención de Zachary. Había un furgón policial en camino.

—Todo esto es un malentendido, inspector — dijo Zachary —. Le aseguro que soy el más pací co de los hombres. Aborrezco la violencia.

Gray lo ignoró. No sabía qué hacer con la anciana. Sus heridas eran lo bastante graves como para justi car la hospitalización, pero los hospitales estaban llenos y cerrados a cal y canto. ¿El profesor la había asesinado previamente? ¿Sería el último intento de una serie de asesinatos?

—Además, no pueden acusarme de un crimen que ya no existe — dijo Zachary —. Esto no es un estado policial fascista.

Tal vez, pensó Gray, fuera una de esas «afortunadas regresadas» incapaces de sentir dolor por tener los nervios dañados de forma irremediable. Había leído sobre casos así en los periódicos: los a igidos de ese modo solían reaparecer en un estado deforme semejante al de los leprosos, les faltaban dedos, orejas, ojos o narices.

—No se lleve a mi hijo, por favor — decía la señora Zachary, con los apagados ojos marrones llenos de lágrimas —. Es la única compañía que me queda.

—Lo siento, señora Zachary, pero se viene conmigo para ser interrogado en comisaría — murmuró Gray, incapaz de mantener un tono de cansado disgusto en la voz.

—No presentaré cargos, no — dijo ella —. Haya hecho lo que haya hecho, sigue siendo mi niño.

Fuera se oía el sonido de una sirena de policía que se acercaba.

En el sótano de la comisaría había una docena de celdas, aunque no se hubieran ocupado mucho desde el advenimiento del malestar. Robert Zachary ocupaba ahora la celda más antigua y menos accesible de todas: un agujero húmedo y vil que hacía décadas que no acogía un sospechoso.

—Hmm. No podemos retenerlo aquí solo porque «mató» a su madre, ¿sabe? — había dicho el inspector jefe Mortimer —. Ahora esas cosas se consideran incidentes puramente domésticos.

—Había pensado en retenerlo veinticuatro horas para interrogarlo acerca de la desaparición de Cargill — había respondido Gray —. Podemos retenerlo ese tiempo. —Adelante con ello, entonces.

El consiguiente interrogatorio policial se hizo acorde al método de probada e cacia que Gray consideró apropiado para el caso. Una técnica que, así lo creía él, no solo arrojaba un resultado rápido, sino que satisfacía las máximas «morales» de Zachary de que el n justi ca los medios y que la necesidad de muchos pesa más que la de unos pocos. Por tanto, tras dejar la chaqueta en su taquilla personal, Gray bajó al sótano con un maletín de médico que contenía un juego de alicates, un destornillador, un martillo y clavos. Cerró la puerta de la celda por dentro para que no les molestaran y que los gritos de Zachary no se oyeran fuera de los con nes de las cuatro paredes de la celda medio olvidada. Una vez concluida tan espeluznante tarea, Gray cerró la puerta desde fuera, dejando atrás una masa de carne humana ensangrentada, sollozante y agonizante, y subió las escaleras para cambiarse la camisa manchada de sangre por una de repuesto que tenía en la taquilla, rmar un documento o cial donde a rmaba que Robert Zachary había sido puesto en libertad tras el interrogatorio, e ir al despacho del inspector jefe Mortimer para informarle de lo averiguado.

No dejaba de tener ciertas ventajas que anduvieran muy escasos de personal.

—También ha confesado que «asesinó» a Beatrice Wemyss — dijo Gray, manteniendo la mano derecha escondida en el bolsillo de la chaqueta —. Volvió a la vida y consiguió escapar de alguna manera, aunque no sabría decirle en qué lamentable estado. Porque debió dejarla muy mal. Creo que la madre también participó en ello.

—Hmm. Todo eso es muy interesante, pero ¿qué relación tiene con la desaparición de Cargill? — replicó Mortimer.

—Cargill se presentó en casa de Zachary. Y este debía querer deshacerse de él lo antes posible, así que lo puso tras la pista de Holder. Es evidente que el profesor detestaba a Holder, probablemente por celos de su relación con Wemyss. Creo que ella pensaba ingresar en la secta de Holder, y Zachary intentaría seducir a Beatrice Wemyss una última vez, pero ella lo rechazó a las claras. Es el típico hipócrita viejo verde asqueroso.

Ante esta descripción, Mortimer se removió incómodo en la silla y se tiró involuntariamente del cuello de la camisa.

—El caso es que me ha proporcionado toda la información que dio a Cargill sobre la secta y la relación de Holder con ella. No dejo de pensar que debieron de ser las diatribas de Zachary en sus clases las que empujaron a Holder a querer averiguar por sí mismo si lo que decía sobre la secta era cierto.

—Hmm. Hábleme de esa «secta» — dijo Mortimer.

—Existe, y es de las depravadas. «La vieja fe». Probablemente no haya oído hablar de ella, pero, según Zachary, los expertos aseguran que nació hace miles de años. La verdad es que resulta sorprendente que haya sobrevivido. Con el paso de los siglos, ha habido innumerables intentos por parte de autoridades estatales y de sectas rivales del mundo entero, pero más progresistas, de erradicar esta fe perniciosa. Sus adeptos están obsesionados con los muertos, y desde tiempos remotos han llevado a cabo todo tipo de prácticas y rituales macabras relacionadas con cadáveres… rechazando siempre la cremación, defendiendo solo el entierro. Creen que los difuntos pueden interceder por los vivos. La mayoría de sus actividades se llevan a cabo en secreto, en catacumbas.

—Hmm. Bueno, los últimos acontecimientos han debido afectarles mucho — dijo Mortimer.

—Puede. Creen que aquello a lo que adoran sostiene a la existencia misma, sea lo que sea lo que signi que eso. Y parece ser que una de sus manifestaciones fue torturada hasta la muerte cuando asumió el aspecto de un delincuente común, simbolizado por una X, y que, desde entonces, deben recrear y alimentarse colectivamente de partes del cuerpo de ese felón, a n de rendirle un tributo eterno.

—Suena a repugnante rito caníbal — dijo Mortimer.

—La cosa empeora. En vez de ser razonables y aceptar que no existe una verdad absoluta, insisten en no aceptar — ni siquiera de forma nominal, para guardar las apariencias — ninguna de las otras creencias permitidas por la sociedad. Se habla de sumos sacerdotes poseídos que hacen sacri cios para obviar los males eternos que ha heredado la humanidad entera, incluidos los inocentes. En n, es todo una locura. De hecho, los adeptos parecen aceptar con agrado el sufrimiento, sobre todo la tortura. Zachary asegura despreciarlos solo por ser así de ridículos, pero no puede dejar de pensar en ellos.

Gray hizo una pausa momentánea y recordó algo que le dijeron una vez acerca de que las pruebas obtenidas mediante tortura no son ables. Un hombre torturado confesaría cualquier crimen, fuera o no culpable del mismo.

—También dice que algunos de estos ilusos a rman que, mediante no sé qué abracadabra, asumen los males de los demás, y que lo hacen voluntariamente, convirtiéndose así en víctimas sustitutorias. Creen que es la única manera de evitar un desastre in nitamente mayor que amenaza a toda la especie humana. Zachary asegura que no creen que sea verdad lo de los horrores indescriptibles en los hospitales cerrados, que no es más que propaganda inventada. De hecho, o eso a rman, están todos vacíos y no hay nadie necesitado de tratamiento. Por eso los cerraron. Las personas que había en ellos expiaron todos sus males. Y la pérdida de memoria explica otras discrepancias.

El inspector jefe miraba aturdido a Gray, con una expresión de completa incomprensión pintada en el rostro.

—Hmm. ¿Y qué ha hecho con Zachary? ¿Lo ha soltado? — dijo nalmente —. No tenemos motivos para retenerlo más tiempo.

—Seguramente ya estará camino del este. Sus actos han causado demasiado escándalo como para que pueda quedarse en el país. Creo que al nal conseguí llegar hasta él — replicó Gray, jugueteando dentro del bolsillo de la chaqueta con la llave de la celda, con los dedos largos y huesudos de la mano derecha manchada de sangre.

—Hmm. ¿Y qué pasa con Cargill?

—Cuando encuentre a Holder, encontraré a Cargill, o viceversa — dijo Gray.

Gray se las arregló para disponer del único coche de policía sin distintivos que quedaba en el garaje de la comisaría. Mortimer se había quejado de ello, ya que tendía a considerar el vehículo como de su exclusiva propiedad, aunque era bien sabido que rara vez lo utilizaba para asuntos policiales. Era conocido no solo por su supuesta colección de «revistas verdes», sino por tener cierta fama de putero en secreto. El caso es que el lugar al que se dirigía Gray estaba a varios kilómetros de la ciudad, escondido en algún pueblecito de la lejana campiña, y di cilmente podía usar el transporte público para llegar hasta allí.

El pueblo se llamaba Bevelham y Holder se había mudado allí después de dejar su última casa. Encontró mapas antiguos donde aparecía ese conjunto de tres docenas de viviendas y una taberna, junto a unas ruinas en una colina cercana, pero en ninguno de ellos se lo identi caba por ese nombre; solo en el folleto que Zachary había entregado a Gray. El folleto también contenía una ruta dibujada a mano que mostraba la posición de las ruinas en relación con la carretera secundaria más cercana. Holder debió de alquilar una habitación en alguna casa del pueblo para poder estar más cerca del resto de la secta.

Había anochecido, y hacía un frío glacial, cuando Gray salió de comisaría, y las farolas empezaban a encenderse, formando una hilera de luces de un color naranja difuso. La niebla vagamente verdosa del suelo era más densa de lo habitual y Gray condujo con faros encendidos por las calles siniestramente desiertas. En el asiento del copiloto descansaba el maletín de médico de cuero negro, que contenía un destornillador, un martillo de orejas, alicates y clavos.

Gray llegó a campo abierto una vez quedó atrás la zona urbanizada, y el paisaje fue oscureciéndose a medida que avanzaba, con campos y setos desvaneciéndose lentamente en la combinación de noche y niebla, salvo cuando quedaban atrapados por la luz de los faros. No vio ningún otro vehículo en la carretera.

En una ocasión, paró en el arcén para consultar con más detenimiento el mapa y el folleto, pues creyó haberse perdido. Pero, después de dar varias vueltas por una serie de caminos semiocultos, se encontró recorriendo una carretera larguísima, recta y llena de baches, bordeada a ambos lados por grandes árboles que se arqueaban unos contra otros hasta el punto de parecer que viajaba por un inmenso túnel. Y, cuando salió de ese túnel natural, fue como si hubiera emergido en una oculta tierra invernal. Parpadeó incrédulo. Nevaba con fuerza, y debía hacerlo desde hacía muchas horas, ya que todo estaba cubierto por una espesa capa blanca.

Pudo distinguir delante de él un pueblecito detrás del cual, supuso, estaría la colina con las misteriosas ruinas en la cima: el nexo de unión de lo que quedaba de «la vieja fe».

El pueblo estaba formado por edi cios bajos de dos plantas, todos ellos aparentemente jacobinos, las plantas superiores con gabletes sobresaliendo por encima de las inferiores, y las ventanas cerradas o a oscuras. El único otro edi cio que había a la vista era la taberna local, construida en el mismo estilo que el resto, pero con una estructura baja de madera adosada que debía de haber servido de establo. Aparcó delante y salió del vehículo mirando a un lado y a otro la estrecha y helada calle del centro del pueblo; no había nadie más allá fuera. Pero tras las ventanas con parteluz de la vieja taberna había luces parpadeando y se oía el murmullo de risas y conversaciones. Un cartel chirriante, colgado de un soporte sujeto a un mástil de madera maciza y ennegrecida, proclamaba que la taberna era La Estrella de Oriente.

Tras cerrar el automóvil y abrirse paso por entre la nieve que crujía bajo sus pies, Gray se aventuró a entrar en el local.

Debían de estar celebrando algún tipo de festejo, pues todo el pueblo parecía estar de esta en la cálida taberna, y las paredes y el techo bajo de madera estaban engalanados con guirnaldas de acebo. Algunos de los clientes iban vestidos con ropajes antiguos para la ocasión. Las fosas nasales de Gray se vieron asaltadas por la embriagadora fragancia de los troncos encendidos en la chimenea, que se mezclaba con el aroma de la cerveza y del humo de pipa. Nadie se volvió a mirarlo cuando entró, pese a haberse preparado para miradas inquisitivas, ojos entrecerrados y habladurías en voz baja. Se acercó a la barra y una joven, vestida con un ridículo corsé medieval, blusa y falda, le puso delante una jarra de peltre llena de espumeante cerveza.

—Invita la casa, señor, y sea bienvenido — le dijo.

Estaba a punto de replicar cuando, a través de la niebla del humo de tabaco, vislumbró un rostro familiar al otro lado del salón. No le cupo ninguna duda acerca de la identidad del propietario, aunque tuviera los rasgos medio devorados por una barba espesa y asilvestrada. Era el detective inspector Cargill, que sonreía estúpidamente y le hacía señas para que se acercara y se reuniera con él en la mesa del rincón donde estaba sentado con una jarra de cerveza delante. También le daba felices caladas a una pequeña pipa de tallo curvo.

—Vaya, me alegro de volver a verlo, Gray — dijo, tras beber de la jarra —. Hace años.

La sonrisa irritante y alelada parecía jada de forma permanente en sus rasgos.

—Tiene muchas explicaciones que dar — replicó Gray —. Me he metido en muchos problemas debido a su desaparición. ¿No se le ha ocurrido llamar a comisaría?

—He dejado el cuerpo, para siempre. Estoy mucho mejor aquí, preparándome para el…

—Mire —le cortó Gray—, es más que evidente que está atrapado en las garras de esta secta de locos de la vieja fe. Me lo dice esa expresión ausente que tiene.

Cargill suspiró y dio otro trago a la jarra.

Gray se llevó uno de sus cigarrillos a los labios y tocó la punta con la llama de su viejo y castigado Zippo. El mechero desprendía olor a gasolina. Dio una calada, exhaló y nalmente habló.

—Puede mandar a paseo su pensión y desperdiciar el resto de su vida en la chorrada que quiera, eso es cosa suya. Pero yo sigo teniendo que redactar un informe o cial. A ver, ¿qué ha sido de Holder?

—Está arriba, en la colina, con los otros que quedan. Pero supongo que nos dejará pronto — dijo Cargill— . Aquí abajo pasa lo mismo, no podemos hacer otra cosa aparte de esperar.

Gray resopló. Cargill hablaba con acertijos. El hombre había perdido el seso. Tal y como había sospechado, la pérdida de memoria y el malestar habían acabado por alcanzarlo. La mirada de Gray volvió a vagar por el lugar hasta detenerse en una bonita joven a punto de cumplir los veinte, con una melena rizada de color castaño, que los miraba directamente a los dos. También sonreía, mostrando unos dientes pequeños y brillantes y, de nuevo, había algo en su expresión abierta y amistosa que ponía nervioso a Gray. Le costaba explicarlo, pero sentía como si ella, al igual que Cargill, no tuviera ningún motivo, o derecho, para estar tan despreocupada.

—Esa es Beatrice Wemyss —dijo Cargill, entre calada y calada de su pipa.

—Tonterías —replicó Gray, apagando el cigarrillo y dando un trago a la bebida que tenía delante. El sabor del lúpulo le bailó en la lengua, pero escupió el trago que había tomado de vuelta a la jarra. De haber querido beber algo, habría sido algo más astringente y con más contenido en alcohol, a ser posible un vodka barato. Pero no esta cosa para palurdos de pueblo. —Beatrice Wemyss fue destrozada por el cabrón de Zachary. Vale que se escapara, pero seguiría estando muy marcada, aunque ya se le hubieran cerrado las heridas. Esa chica de ahí no tiene ni una sola marca.

—Sigue siendo ella —dijo Cargill.

—Ya me he hartado de usted y de este manicomio — replicó Gray— . Subiré a esa colina a echar un vistazo a esas ruinas. Y si alguien intenta detenerme lo…

—Nadie intentará detenerlo, viejo amigo — dijo Cargill, con esa sonrisa irritante y alelada todavía en el rostro —. Pero es casi medianoche y es tarde para confesiones.

El ascenso a la colina resultó ser trabajoso. Gray llevaba una linterna que había sacado de la guantera del vehículo y su haz bailaba mientras avanzaba con cautela, llevando el maletín de médico en la otra mano. Sus viejas dolencias de estómago le di cultaban el avance, y de vez en cuando debía descansar hasta que cesaran las protestas internas. La nevada había cubierto la maleza formando una vasta extensión blanca, que ocultaba numerosos peligros, como raíces al aire, ramas caídas, zarcillos sueltos y arbustos de espinas, que impedían caminar con seguridad. Tropezó en varias ocasiones, pero por n llegó al claro de la cima y divisó las ruinas: lo que quedaba de enormes muros de piedra, algunos con vacías ventanas de media punta, además de algunas columnas rotas que seguían en pie sin nada que sostener.

Dio una vuelta por el lugar y, detrás de uno de los muros, encontró un tablero de madera cubierto por la nieve caída, depositado horizontalmente sobre un hueco en el suelo de adoquines. Una vez apartado, iluminó la abertura con la linterna y descubrió un tramo de estrechos escalones de piedra en un corredor de ladrillo. Al nal de los escalones había una puerta abierta, con un arco gótico. La linterna no le mostró nada más allá de la entrada.

¿Debía bajarlos? Le parecía oír un cántico procedente de esas profundidades subterráneas. Bajar iba en contra de todos sus instintos. Debía pedir refuerzos, pero ¿qué refuerzos? La comisaría estaba medio abandonada, y la idea de que llegase un furgón policial lleno de agentes armados y con chalecos antibalas le resultaba tan fantástica como la aparición de la caballería de los Estados Unidos subiendo por la colina mientras una corneta triunfante llamaba a la carga. No llevaba armas de fuego, solo los instrumentos de tortura. Pero, de nuevo, ¿qué más daba eso? Ni podía matar ni podía morir; si la cosa acababa mal, seguiría volviendo a este mundo, solo que en peor estado sico. Así que descendió.

No cabía duda de que estaba en las catacumbas. Hileras de ataúdes en nichos se alineaban a ambos lados de las paredes, y el techo era bajo y redondeado. El sonido de los cánticos fue haciéndose más nítido a medida que se adentraba por el macabro pasadizo subterráneo, y tuvo una espantosa sacudida de recuerdos, de frases inconexas que se agolpaban en sus pensamientos: «abajo todo es dolor», «las cosas que deben ser alimentadas», y «tras esos ojos solo hay oscuridad». Gray jadeó buscando aire y sintió que el corazón se le aceleraba en el pecho como un martillo neumático. Consiguió dar unos pasos más, giró a ciegas y se encontró en una especie de cámara iluminada, donde se movió a un lado, mientras intentaba asimilar la enormidad de la escena que tenía delante.

Se echó hacia atrás para apoyarse en una pared.

Era una cripta baja y abovedada, adornada con grotescas estatuas de escayola, una de las cuales era de una mujer que lloraba, con un velo de encaje azul que le cubría de la cabeza a la cintura; llevaba una corona de estrellas, de pie sobre una media luna con una serpiente aplastada bajo los pies y con siete dagas de plata hundidas en su corazón en llamas. Se habían dispuesto bancos antiguos en dos grupos de tres separados por un pasillo central. Cientos de velas ardían por todas partes. Y en el aire otaba un aroma a incienso, quemado no mucho antes en un incensario. Los practicantes de la secta se arrodillaban en los bancos, mirando al frente, de los cuales solo se veían las nucas, en su mayoría calvas o con el pelo blanco. Todas las mujeres llevaban mantillas de encaje negro. Una abrumadora sensación de pánico se apoderó de Gray al contemplar los misteriosos rituales latinos que se celebraban allí, en las mismas entrañas de la tierra. Sintió la inexplicable certeza de que no tenía derecho a estar en aquel lugar, y recordó una frase leída en uno de los viejos libros de bolsillo de terror que poseía, acerca de que la verdadera esencia del pecado era tomar el cielo por asalto.

Al fondo de la cripta había una gura vestida con una túnica negra, que daba la espalda a los eles, con los brazos en alto, y sostenía en las manos un pequeño disco circular blanco ante una especie de altar donde había un cáliz lleno de sangre. En lo alto de aquel espantoso altar se alzaba el temible signo de la X ante el cual estaban tan impacientes por postrarse los adeptos de la secta.

Gray oyó una insistente campanilla procedente de las sombras y unas palabras murmuradas en latín, y se sintió como si todo su mundo se desintegrara.

Al nal, antes de perder el conocimiento del todo, vio a una persona (a la que reconoció sin di cultad como Gregory Holder por la foto de su expediente) dar un paso adelante, arrodillarse ante la barandilla del altar junto con algún otro y hacerse una curiosa señal en el pecho, antes de verse envuelto en un halo de luz cegadora… y luego, increíblemente, desaparecer por completo de su vista.

Gray despertó en su coche. Estaba desplomado en el asiento del copiloto, a kilómetros de distancia de «Bevelham». Debían haber conducido el automóvil hasta alguna solitaria carretera comarcal, con él todavía dentro, para luego abandonarlo allí. Tal y como le ocurría al despertarse después de dormir, era como si su mente hubiera vuelto a encenderse, como un interruptor de la luz activado por un temporizador. Y no podía recordar con claridad lo sucedido; los acontecimientos recientes le parecían tan escurridizos como los antiguos sueños. El maletín de médico estaba vacío. Por alguna razón, tenía las botas sucias de aguanieve, aunque fuera no hubiera nieve, solo la sempiterna niebla baja.

Ese mismo día fue interrogado en comisaría por el inspector jefe Mortimer, exasperado por las imprecisas respuestas de Gray. Todo indicaba que el malestar y la pérdida de memoria por n habían afectado al detective inspector.

Pero, unas horas más tarde, Mortimer recibió una breve nota manuscrita dirigida a él, en un sobre con el matasellos corrido e ilegible. Anunciaba formalmente la dimisión de Cargill del cuerpo y, extrañamente, su « rme intención de subir por n la colina sagrada».

—Hmm. Bueno, ya vale. No pienso perder más tiempo de la policía en este asunto. Si ese maldito idiota quiere arrojar por la borda toda su carrera para liarse con demonios y lunáticos, allá él — le dijo a Gray.

Miraba a Gray jamente, como esperando más información.

—¿Demonios? —respondió Gray con aire ausente, jugueteando con sus dedos largos y huesudos con la llave que llevaba en el bolsillo de la chaqueta. No recordaba por qué tenía ahí algo así.

—Hmm. Una última cosa. Debo comunicarle que encontramos a Zachary hace una hora. Hubo que derribar la puerta de la celda. Lo dejó usted en muy mal estado. Sus métodos resultan especialmente salvajes, sobre todo en estos tiempos ilustrados. También engañó a un o cial superior, a mí. El superintendente está fuera de sí. Zachary tiene toda la intención de presentar cargos contra usted, y no le culpo, la verdad. Queda usted o cialmente suspendido por tiempo inde nido. Solo su actual de ciencia mental y su largo historial de servicios me impiden encerrarlo ahora mismo en una celda.

—Entonces será mejor que le dé esto, señor. Puede serle útil en el caso contra mí — dijo Gray, entregándole la llave.

—Hmm. Quítese de mi vista, Gray. Es usted una desgracia — dijo Mortimer.

Cada día era semejante al siguiente, con una luz que seguía siendo plomiza, con el cielo cubierto de nubes bajas y grises que amenazaban continuamente con lluvia, y una niebla baja, húmeda, aceitosa y vagamente verdosa que nunca parecía disiparse del todo.

Pero, poco a poco, y durante los siguientes días, el inspector Gray fue recordando más y más detalles de sus sueños recurrentes. Ya recordaba con alegría, y no con horror, los rostros amables de una vieja taberna con la chimenea encendida, y la nieve que caía en un pueblecito enclavado en la base de una colina mística.

La mañana del duodécimo día tropezó con el folleto que tenía las indicaciones para llegar a «Bevelham», que se había guardado en el bolsillo superior del abrigo y luego había olvidado. No sabía si sería tan fácil encontrar la colina mística por segunda vez, y estaba seguro de tener mucho que expiar antes de que eso fuera posible.

Pero ¿qué otra cosa podía hacer?

Nada, solo esperar a ser liberado de todos sus terrores pasados para poder llegar, una vez limpio, a las catacumbas iluminadas con velas que había bajo las ruinas sagradas, donde participaría de los milenarios ritos ceremoniales con los adeptos que quedasen de la vieja fe y, con ellos, adoraría a X en toda Su Gloria.


Colección Valdemar / Gótica

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Esta edición de

Glamour de osario 

Cuentos extraños y macabros de Mark Samuels

se acabó de editar digitalmente en el mes de agosto

del año 


Notas

[ ] Tras la Segunda Guerra Mundial, el Reino Unido creó una televisión pública nanciada por los televidentes, que pagaban una licencia para verla. Y se estableció un servicio de vigilancia con equipos detectores en furgoneta que buscaban infractores con televisor que no hubieran pagado la licencia. (Notas del traductor).

[ ] Juego de palabras intraducibie. «Gallows» puede ser tanto horca como patíbulo.

[ ] Este modelo de teléfono desapareció en los años sesenta. Se presionaba el botón A para continuar con la llamada y el B para interrumpirla y recuperar el dinero sobrante.

[ ] Las Hadas de Cottingley son una serie de cinco fotogra as tomadas por Elsie Wright y Frances Gri th, dos jóvenes primas que vivían en Cottingley, cerca de Bradford (Inglaterra). Estas imágenes representaban a las dos realizando actividades con supuestas hadas. En julio de , cuando se tomaron las dos primeras fotos, Elsie contaba con años y Frances, . En las dos mujeres admitieron haber falsi cado todas las fotogra as excepto una, pero insistieron en que realmente habían visto a las hadas (Wikipedia).

Para Arthur Conan Doyle fueron la prueba tan esperada de la existencia de espíritus.




Índice de contenido

El valle inquietante (Jesús Palacios)

Primera parte - La serie de cuentos de Gallows Langley

Posteridad

Una infestación elemental

Un universo con glamour de osario

La abominación interminable

Vino de moras de Duxford

La ominosa recuperación de ciertas costumbres de antaño Carta de Jack

Segunda parte - Otros cuentos

Si aún manda el destino

El fin de la muerte

Colección Valdemar / Gótica

Notas



FIN

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