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Libro N° 15452. Tierra De Sueños. Modroño, Félix G.

Guillermo Molina Miranda agosto 10, 2026


© Libro N° 15452. Tierra De Sueños.  Modroño, Félix G. Emancipación. Agosto 15 de 2026

 

Título Original: © Tierra De Sueños.  Modroño, Félix G.


Versión Original: © Tierra De Sueños. Félix G. Modroño

 

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

https://ww3.lectulandia.com/book/tierra-de-suenos/


 

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: 

Guillermo Molina Miranda




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TIERRA DE SUEÑOS

Félix G. Modroño 

Tierra de sueños

Félix G. Modroño


Una joya precolombina de gran valor, una historia de amor que traspasa fronteras.

Santander, 1937. Ana Cossío, una joven de trece años, huye para embarcarse en el Mexique con destino a México junto con otros cientos de niños españoles con el fin de protegerse de la inminente llegada de las tropas franquistas, dejando en tierra a su familia y a Mateo Llamazares, su primer gran amor.

México, 1939. Arriba a Veracruz el Vita, un yate colmado de joyas y objetos preciosos, requisados por el Gobierno de la República para financiar a los exiliados a causa de la guerra civil. En el barco viaja Mateo Llamazares con la misión de salvaguardar su codiciada mercancía y dispuesto a encontrar a Ana.

Madrid, verano de 2005. David Quijano, arqueólogo del Museo Arqueológico Nacional, conoce a María, una galerista de arte mexicana, y enseguida queda cautivado por ella. Al día siguiente, decide enseñarle unos valiosos pendientes precolombinos que custodia para restaurarlos. Pero las consecuencias de este acto irán mucho más allá de lo esperado y David deberá partir rumbo a México en un viaje surrealista y cargado de historia que lo obligará a enfrentarse no solo a los secretos ancestrales de una tierra inabarcable, sino también a sí mismo.


Félix G. Modroño

Tierra de sueños

ePub r1.0

Titivillus 09.02.2026

Título original: Tierra de sueños Félix G. Modroño, 2026

© de la imagen de la cubierta: José Luis Paniagua Del poema: © Herederos de Pedro Garfias

Editor digital: Titivillus ePub base r2.1


A Marianela, que me enseñó México, que me enseñó a vivir.

Estos días azules y este sol de la infancia…

ANTONIO MACHADO


Entre España y México

Qué hilo tan fino, qué delgado junco de acero fiel nos une y nos separa con España presente en el recuerdo, con México presente en la esperanza. Repite el mar sus cóncavos azules,

repite el cielo sus tranquilas aguas

y entre el cielo y el mar ensayan vuelos de análoga ambición, nuestras miradas.

España que perdimos, no nos pierdas; guárdanos en tu frente derrumbada, conserva a tu costado el hueco vivo

de nuestra ausencia amarga

que un día volveremos, más veloces, sobre la densa y poderosa espalda

de este mar, con los brazos ondeantes

y el latido del mar en la garganta.

Y tú, México libre, pueblo abierto al ágil viento y a la luz del alba,

indios de clara estirpe, campesinos

con tierras, con simientes y con máquinas; proletarios gigantes de anchas manos

que forjan el destino de la Patria; pueblo libre de México:

como otro tiempo por la mar salada te va un río español de sangre roja

de generosa sangre desbordada.

Pero eres tú esta vez quien nos conquistas,

y para siempre, ¡oh vieja y nueva España[1]!


Prólogo

Con una mano aferrada a la barandilla del barco y la otra al colgante que acariciaba su pecho, Ana Cossío era incapaz de corresponder a los saludos de una muchedumbre exaltada que los recibía en el puerto con la emoción reflejada en sus rostros morenos. Durante los últimos meses, los periódicos locales venían publicando noticias sobre la decisión del Gobierno mexicano de acoger a unos quinientos huérfanos para protegerlos de la guerra civil que se libraba en España y, por fin, el día había llegado.

Aquel 7 de junio de 1937, el Mexique arribaba a Veracruz escoltado por un sinfín de pequeñas embarcaciones que hacían resonar sus sirenas, e incluso por numerosos muchachos que se echaban al agua, formando un enjambre de ilusión alrededor del buque que transportaba a todos aquellos niños, hijos de republicanos españoles, a los que el pueblo mexicano deseaba mostrarles su cariño. En el muelle, junto al viejo fuerte de San Juan de Ulúa, miles de personas gritaban enfervorecidas a la espera de poder agasajar a aquel contingente infantil, que se sentía abrumado ante lo que estaba viviendo.

Fue Carmen Casal, la hermana menor de Emilio, uno de los pocos amigos que había hecho durante los doce días de travesía por el océano, quien la sacó momentáneamente del trance.

—¡Ya estamos aquí, Ana! —le gritó para hacerse oír, exhibiendo su preciosa sonrisa, entre expectante y nerviosa.

Ana la miró con esa clase de ternura que solo producen los recuerdos tristes. Calculaba que su hermana, de haber sobrevivido a la tuberculosis que se la llevó cuando apenas comenzaban a compartir juegos, tendría ahora la misma edad de Carmen.

—¡Recoge tus cosas, que vamos a bajar! —la apremió su pequeña amiga, rascándose la cabeza.

Sin poder contener las lágrimas, Ana pensó que poco tenía que recoger, ya que su equipaje consistía en un maletín de cartón con un par de vestidos gastados y alguna muda. Ni siquiera llevaba dinero, porque el director de la expedición, un tipo sin demasiados escrúpulos, se dedicó a revisar las maletas y a rebañar en los bolsillos de los pequeños, en busca de cuantas pesetas pudiese rapiñar, con la excusa de que ni les valdrían en México ni las necesitarían porque no les faltaría de nada. Lo más preciado que poseía Ana era aquel colgante regalado por Mateo la tarde que se despidieron bajo los soportales del edificio de Correos en su Santander natal hacía poco más de un mes, aunque a ella le pareciese una eternidad.

—Lo he tallado yo mismo. Es para que te acuerdes de mí hasta que vuelvas —susurró el muchacho mientras le pasaba el cordón de cuero por encima de la cabeza al tiempo que, con el dorso de la mano, le acariciaba al descuido la mejilla.

—¿Y si no vuelvo? —preguntó ella con la voz temblorosa.

—¿Por qué no ibas a volver?

—Nos han dicho que nos iremos solo unos meses, hasta que acabe la guerra. Que serán una especie de vacaciones. Pero México está demasiado lejos, y nadie sabe cuándo acabará todo esto. Te juro que tengo miedo de no volver.

—No digas tonterías, Ana —le dijo Mateo en un tono tan firme como cariñoso—. Hasta entonces, prometo escribirte.

—¿Lo harás? —coqueteó ella con un deje de amargura.

—¡Pues claro que lo haré! Hasta que vuelva a verte, ocuparás todo mi pensamiento.

—Tampoco quiero que te distraigas, por favor, tienes que cuidarte mucho —comentó la muchacha, azorada por las palabras de Mateo.

—Nos veremos pronto, Ana. No te preocupes —le susurró angustiado, pesaroso por no atreverse a tomar sus manos.

—¿Y si perdemos la guerra?

—No la perderemos —sentenció él sin demasiado convencimiento.

En el fondo, se alegraba de que Ana se alejara de Santander, ya que intuía que las bombas que los aviones alemanes lanzaban sobre la vecina Bilbao no tardarían en caer donde ellos se encontraban. Tampoco quiso contarle que, al día siguiente, él debía incorporarse de nuevo al frente, en la zona montañosa que delimitaba la Cantabria republicana de la Castilla dominada por las tropas franquistas.

—Ojalá no te equivoques, pero de verdad que tengo miedo de no volver —insistió ella.

—Pues si no vuelves, iré yo a buscarte. Quizá en México todo sea más fácil que aquí.

La muchacha sabía que Mateo podía estar en lo cierto en lo concerniente a su amor. No se engañaba. El motivo principal por el que sus padres la habían obligado a embarcarse en aquel viaje de colonias vacacionales era alejarla de ese arrojado soldadito de diecisiete años, cuatro más que ella, que la venía cortejando desde que sus miradas se cruzaran durante un paseo junto a la playa del Sardinero meses atrás. Y aunque se trataba del hijo de una modista y un tipógrafo, ambos trabajadores honrados, la familia de Ana no veía con buenos ojos esa relación, dado que todavía la consideraban una niña.

Porque sí, Ana tenía padres, al igual que la mayoría de los pequeños que habían llegado en el Mexique. De hecho, el único huérfano era un mozalbete madrileño con la rodilla destrozada en el bombardeo en que pereció su familia, que sería acogido en la casa presidencial de Los Pinos por el propio presidente de México, el general Lázaro Cárdenas[2]. Cuando los periódicos locales más conservadores se percataron de ello, iniciaron una campaña de desprestigio contra su Gobierno, acusándolo de mentir a la nación al convertir en huérfanos a niños que no lo eran, y de cometer un crimen moral por separarlos de sus padres naturales, instrumentalizando su sufrimiento para obtener rédito político. Por no hablar del agravio que suponía dedicar tan elevado presupuesto a acoger a niños españoles, habida cuenta de las necesidades sin cubrir de muchísimos chiquillos mexicanos que vivían en la más absoluta de las miserias.

En cualquier caso, la suerte estaba echada, y los componentes de aquella expedición infantil se convertían en los primeros refugiados en México de una guerra incierta al otro lado del océano.

Ajenos a lo que les depararía el futuro, los niños desembarcaron temerosos, pero enseguida se dejaron llevar por la felicidad que les transmitían aquellas gentes, ávidas por tocarlos y por mostrarles su afecto con pequeños obsequios. Entre los más preciados para los recién llegados se encontraban esas piezas de frutas extrañas, que degustaron con deleite. Después del hambre que arrastraban desde el comienzo de la guerra, fue un verdadero milagro que ese día no se produjera una indigestión masiva

por la ingesta descontrolada de piñas, guayabas, aguacates o papayas, cuyos aromas impregnaban el ambiente tropical que les brindaba Veracruz. También Ana sucumbió a la tentación de unos mangos, ya pelados y cortados, que le ofreció una joven indígena, con un bebé dormido en el colorido rebozo que llevaba anudado a la espalda. Por un instante dudó si aceptarlos, porque aquella mujer parecía incluso más pobre que ella. Sin embargo, gracias al destello de sus ojos, del color de la obsidiana, adivinó la ilusión con que se los mostraba y optó por no despreciarlos. Además, necesitaba tomar algo fresco con que combatir ese calor húmedo que se le colaba por los poros de su piel, aún blanquecina, hasta llegar a sus entrañas y nublarle la razón, intensificando la sensación de irrealidad que

la envolvía.

—Tlazohtla, xōchitl —le dijo la joven, regalándole una sonrisa cargada de nobleza e inocencia.

Sin saber muy bien cómo actuar, la joven santanderina se echó la mano al pecho para pronunciar su nombre.

—Gracias, me llamo Ana.

—Metztli —respondió la muchacha sin dejar de sonreír.

—¿Metli?

Su burdo intento de repetición provocó una linda risita en la indígena.

—Metztli —insistió.

—¡Metztli! —exclamó la española, ufana. Lo cierto es que les costaba hacerse entender, ya no tanto por la diferencia de idioma, sino por el bullicio desmesurado que las rodeaba—. ¿Y él? —preguntó señalando al bebé, que seguía durmiendo con placidez, ajeno a cuanto acontecía.

—Tonahuac —contestó la muchacha.

A Ana le sorprendió que no le hablara en español, porque hasta ese día ignoraba que hubiese personas en México que solo conocieran la lengua de su etnia. En ese momento no supo qué significaba el saludo de Metztli, pero grabó para siempre en su cabeza aquellas primeras palabras escuchadas en tierra mexicana. Poco después, gracias a una viejecita indígena con la que trabaría amistad, descubriría que lo que Metztli le había dicho en náhuatl era: «bienvenida, flor», lo que le parecería muy respetuoso y sumamente poético. Más aún cuando también supo que la traducción del nombre de la joven veracruzana era «diosa de la luna». Y quiso creer que aquello no podía ser más que un buen presagio de lo que viviría en ese país.

Una joven con uniforme de enfermera apremió a Ana para que no se despegara del grupo que, a duras penas, intentaba alcanzar el tren que los conduciría a la capital de la república, abriéndose paso entre la muchedumbre que comenzaba a excederse en sus muestras de cariño y se esforzaba por tocar a los muchachos españoles como si fuesen pequeños dioses. Aprovechando el caos reinante, una mujer de tez blanca agarró de la mano a una de las niñas de menor edad y la secuestró sin que nadie se percatara.

Ya en el tren, los muchachos mayores, algunos casi adolescentes, se peleaban por ocupar los lugares junto a las ventanillas para poder recoger el dinero, los juguetes, la fruta y las golosinas que les ofrecían los veracruzanos con los brazos en alto.

El recibimiento en la estación Colonia de Ciudad de México al día siguiente no desmereció al de Veracruz. Los militares, formando una valla humana, apenas podían contener a la multitud que trataba de acercarse a los niños para darles algún regalo o, simplemente, para acariciarlos. La comitiva se dirigió a pie hacia unas escuelas cercanas y allí, de repente, se produjo, entre los recién llegados, un momento de pánico que incrementó la compasión que ya sentían los mexicanos por ellos.

Aprovechando la aglomeración de público, un avión publicitario sobrevoló el recinto para lanzar octavillas de propaganda con un caramelo adherido. Pero la mayoría de esos niños españoles no conocía otros aviones que los que bombardeaban sus ciudades natales, y se produjo una desbandada general por parte de los chiquillos, quienes, ante la ausencia de refugio, se tumbaron bocabajo en el suelo, con las manos en la cabeza y el terror dibujado en sus rostros. Los presentes observaron la escena en silencio, conmovidos porque la reacción de los pequeños evidenciaba la tragedia de la guerra sufrida en sus carnes. Tras restablecerse el orden, Lázaro Cárdenas, el presidente de la república, que había promovido aquella acogida, saludó con la mano a todos y cada uno de los niños, que le observaban con una mezcla de curiosidad y agradecimiento, conscientes de que no podían tener mejor padrino.

Después de una jornada en Ciudad de México, un nuevo tren con catorce vagones acercó a los niños a su destino final: Morelia, una bella ciudad colonial a menos de trescientos kilómetros de la capital del país, considerada la más castellana de las ciudades mexicanas —no en vano fue llamada Valladolid durante casi dos siglos y medio, hasta que cambió su

nombre en honor a uno de sus hijos más ilustres: José María Morelos, héroe de la independencia nacional—. Allí los alojaron, separados por sexos, en dos vetustos caserones, otrora seminarios expropiados al clero, donde había un antiguo cementerio, en el que los nuevos huéspedes pronto descubrieron restos humanos emergiendo de las tumbas, de tal modo que tuvo que ser pavimentado con urgencia, ya que aquel era el espacio destinado a los momentos de recreo.

Al contemplar el que sería su nuevo hogar durante un tiempo indefinido, a Ana le invadió la tristeza, no ya por ella, sino por las niñas más pequeñas, que sufrían pesadillas imaginándose fantasmas en aquel tétrico lugar, al que llegaban los aullidos inquietantes de los coyotes y en el que se escuchaban por la noche los silbidos de los murciélagos que entraban a sus anchas a cazar insectos a través de los ventanales sin vidrio situados a lo largo de las galerías que albergaban los dormitorios colectivos. Con frecuencia, el silencio de la madrugada se quebraba por los llantos de los niños que extrañaban a sus madres. A los que mojaban la cama en sueños se los aislaba en otra estancia con esteras de paja putrefactas en el suelo, donde tenían que dormir sobre sus propios orines. Y, como único tratamiento para que dejasen de hacerlo, se los obligaba a recorrer un estrecho pasillo conformado por sus mismos compañeros, que les propinaban golpes con las manos abiertas. Sin embargo, había quien aprovechaba la ocasión para desatar su furia dando patadas o puñetazos despiadados, que quedaban absolutamente impunes.

Los muchachos no tardaron en darse cuenta de que aquel sitio, más que a una residencia de vacaciones, se asemejaba a un duro internado en el que regía una estricta disciplina militar, con toque de diana a las seis de la mañana, llamada de tropa, pase de lista, ejercicios de marcha y baño con agua fría a la intemperie, fuera cual fuese la época del año, antes de acudir a los salones donde se impartían las clases y los talleres. El aspecto de los alumnos no ayudaba a mejorar ese aire marcial que imperaba en la escuela, ya que casi todos estaban rapados por culpa de la epidemia de piojos que los perseguía permanentemente desde su travesía en el Mexique. La tiña, los trastornos gastrointestinales e incluso las fiebres tifoideas también formaban parte de su día a día, por lo que el trasiego por la enfermería era continuo. Ana y sus compañeras pasaban muchas horas despiojándose entre ellas, pero aun así tampoco habían podido evitar que las trasquilaran. Al verse reflejada en el espejo sin su coqueta cabellera,

del color de las hojas de los castaños en otoño, la joven santanderina derramó un par de lágrimas, apretó los dientes y se marchó a consolar a las más pequeñas.

En realidad, los dirigentes de la escuela no habían sabido encontrar otras alternativas educacionales para intentar controlar a aquellos centenares de niños, muchos de los cuales arrastraban desequilibrios emocionales como consecuencia de los traumas provocados por la guerra de la que acababan de huir a costa de un desarraigo que no ayudaba a mejorar su conducta. Algunos de los mayores eran verdaderos delincuentes que hacían la vida imposible a los educadores, pero también a los niños más débiles. Tanto era así que, en la primera noche de Reyes alejados de sus familias, destrozaron la inocencia de los más pequeños cuando defecaron sobre los zapatitos que estos, ingenuamente, habían dejado en el alféizar de los ventanales a la espera de algún regalo. No conformes con eso, los despertaron muy pronto a la mañana siguiente al grito de «¡Mirad, cabroncetes, lo que os han traído los Reyes!». Hechos de esta índole daban que pensar que algunos padres habrían decidido apuntar a sus hijos a las colonias mexicanas no tanto para alejarlos de la guerra, sino para quitárselos de encima, confiando en que fueran reconducidos.

Con independencia de su comportamiento, la mayor parte de los muchachos venían aleccionados por una educación republicana anticlerical, lo que supuso un serio problema para los habitantes de Morelia, que presenciaban estupefactos cómo los Coñitos, apodo con que los bautizaron de forma despectiva por el vocabulario soez que empleaban, se dedicaban a lanzar basuras a las iglesias y a blasfemar delante de sus puertas, objeto además de triquitraques, lo que suponía un gran escándalo, dada la exacerbada religiosidad de los morelianos. Hasta que, un día, los niños españoles rebasaron todos los límites y apedrearon los templos de San Juan y de María Auxiliadora, destruyendo ventanales y abatiendo imágenes, lo que obligó a la intervención del ejército y de la policía, tanto para evitar que se repitiesen los ataques como para proteger a los niños de la ira de las gentes locales que trataban de lincharlos.

Aquel incidente supuso un punto de inflexión, y, poco a poco, los ánimos se apaciguaron, de tal modo que los niños españoles se fueron integrando en la vida de los morelianos. Estos, venciendo sus reticencias iniciales, comenzaron a abrirles sus casas en las horas libres de los pequeños exiliados, principalmente los fines de semana, con el propósito

de calmar sus estómagos hambrientos; pero, sobre todo, para suplir de alguna manera el calor del hogar que habían dejado a miles de kilómetros de distancia. Algunas de estas familias las componían antiguos residentes españoles, afines al régimen franquista, que confiaban en que la victoria de los suyos restableciese la monarquía. Sin embargo, la mayoría eran gentes humildes de Morelia que se afanaban en cuidar de unos niños necesitados de cariño.

Fue casi por casualidad que Ana Cossío conoció a su familia de acogida. Una tarde, al salir del internado, vio a una anciana indígena que caminaba despacio con unas bolsas y la muchacha se acercó para ayudarla a llevarlas a casa. Se trataba de Soledad, aunque todos la llamaban Cholita. Estaba casada con Octaviano Ponce, que trabajaba como sastre para unos importantes almacenes de la ciudad, donde le pagaban poco y a destiempo. Nadie dudaba de la bonhomía de Octaviano, a pesar de que ahogara sus penurias en mezcal. Muy al contrario, si sobrio ya resultaba generoso, ebrio era capaz de quedarse desnudo con tal de tener algo que ofrecer.

—¡Ay, Octavianito! No tomes más —le decía su esposa sin perder la dulzura.

Cuando se emborrachaba, le regalaba todas sus monedas a Ana. Y, en cuanto este se descuidaba, ella le devolvía el dinero a Cholita, ya que sabía que les hacía falta para cubrir sus necesidades más básicas. No obstante, la santanderina sí aceptaba la comida de la buena mujer, en especial los deliciosos platos de frijoles refritos que la mexicana guisaba con primor ante los ojos curiosos de la joven española, que disfrutaba ayudando en la cocina. Le encantaba amasar las tortillas de maíz, tan diferentes a esas otras tortillas de patata de su tierra natal, que a veces echaba en falta.

Por mucho que le costara reconocerlo, lo que no extrañaba eran los mimos de su madre, por la sencilla razón de que esta nunca se había prodigado en muestras de afecto. En solo dos meses, Cholita la había abrazado más veces que su madre en toda su vida. Además, para sus adentros, le reprochaba ser la instigadora de aquel viaje a México y de haber convencido a su padre para que la llevara hasta Burdeos en el barco de pesca donde faenaba con el fin de unirse a la expedición que ya aguardaba la salida del Mexique, compuesta principalmente por niños catalanes. Si se paraba a reflexionar, le alborotaba pensar que sentía más afecto por Cholita que por su propia madre.

Una de las cosas que le llamaba la atención de aquella humilde casita tenía que ver con la presencia de estampitas de santos y crucifijos por doquier en la cocina, el pasillo y las habitaciones. También en la salita había un pequeño altar, en el que jamás faltaban velas encendidas, presidido por la Virgen de Guadalupe, por la que Cholita sentía una tremenda devoción, lo que despertaba la ternura de Ana. Sin ser católica, la convivencia con ese apacible matrimonio sirvió para que aprendiese a respetar sus creencias. Eso sí, nunca se planteó tomar la primera comunión, al igual que unas cuantas de sus compañeras en el internado. Algunas, incluso, varias veces, aunque, más que por convicción, la mayoría lo hacía buscando llenar su estómago en las celebraciones. El hecho de que los niños españoles se declarasen ateos escandalizaba a los morelianos. Tanto fue así que un grupo de pías damas locales llegó a crear una eficiente organización dedicada a sustraer niñas del internado, al que ellas consideraban un centro de perdición, para esconderlas en el seno de familias católicas o escuelas confesionales, de modo que su rastro desapareció para siempre.

Además de las visitas a Cholita y Octaviano, lo que más le gustaba a

Ana era acudir al recién inaugurado cine Rex para disfrutar de algunas de esas películas mexicanas que relataban los amores, a priori imposibles, entre mujeres bonitas y antihéroes que se valían de sus serenatas para conquistarlas. Compartía esta afición con el resto de las niñas del internado y, desde el primer momento, trataba de guardar los pocos centavos en que consistía el pre de los domingos hasta juntar el medio peso que costaba una localidad en la gayola del Rex, si bien don Juanito, un anciano bondadoso que cuidaba la puerta del cine, a veces simulaba quedarse dormido en su banquillo para que los muchachos pudiesen entrar sin pagar.

En una de estas visitas, en la tarde de un aciago jueves de agosto, a poco más de dos meses de su llegada a Morelia, Ana acompañó a Carmencita Casal y a su amiga Clara Nebot a ver Así es mi tierra, una película protagonizada por un jovencísimo Cantinflas, que con el tiempo se convertiría en un icono mexicano gracias a su manera de ejercer la crítica social mediante su genuino sentido del humor. A la pequeña comitiva se unió Francisco, el hermano mayor de Clara, quizá con la intención de protegerla. Las niñas gozaron de lo lindo con los amoríos del personaje protagonizado por Cantinflas con Chole, la rancherita. Sin

embargo, todo se torció en unos minutos. Los niños no se dieron cuenta de que se les había hecho demasiado tarde y, a pesar de que regresaron al internado a toda prisa, se encontraron las puertas cerradas. El vigilante, que tenía instrucciones de no abrir a nadie después de esa hora, desoyó sus insistentes llamadas, por lo que se vieron abocados a pasar la noche a la intemperie. Sin pensárselo dos veces, Francisco Nebot comenzó a saltar la valla con el propósito de facilitar el acceso de las niñas desde dentro, con tan mala fortuna que se sujetó a unos cables de alta tensión y cayó fulminado sobre el asfalto ante la mirada aterrorizada de sus compañeras de aventura. Ana Cossío nunca olvidó los gritos desgarradores de su amiga Clara intentando reanimar a su hermano, ni los ojos vacíos de Francisco antes de que ella misma le bajara los párpados.

Aquella muerte causó una gran conmoción entre los pequeños refugiados, y el internado tardó algún tiempo en recuperar el bullicio habitual, ya que durante días fue invadido por el silencio del luto. Como consecuencia de aquel lamentable accidente, se ordenó el cese inmediato del director del centro por no haber sabido aplicar la disciplina adecuada. A su reconocida hispanofobia se unía además su ineptitud. Hasta ese día, no dejaba de repetir que si él pudiera se sacaría hasta la última gota de sangre española que corría por sus venas. Los niños enseguida le hicieron responsable del suceso, por lo que no tuvo más remedio que huir a la carrera para nunca más volver, cruzando el patio bajo una lluvia de proyectiles lanzados por los muchachos, junto a uno de sus subalternos, que se había mofado de lo acontecido comentando: «Así aprenden, pinches gachupines», el término con el que despectivamente los mexicanos se referían a los españoles.

Ninguno de los niños borraría de su memoria tampoco aquel funeral, cargado de dramatismo. Ellos mismos se encargaron de portar a hombros el ataúd blanco con los restos de su compañero durante el cortejo fúnebre. Detrás, los tambores de la banda de guerra del internado marcaban el paso sin rozar los parches, en tanto las cornetas permanecían mudas. Mientras, los vecinos morelianos, con la desolación en sus rostros, se persignaban consternados al verlos desfilar.

A partir de ese día, Ana solía acompañar a Clarita a depositar flores silvestres en la tumba de su hermano. A veces, incluso acudía sola al cementerio municipal, donde estaba enterrado, con algún ramito de hibisco que colocaba con delicadeza junto al puño de piedra, que sustituía a la cruz

de los creyentes. En su muñeca podía leerse: «Restos del niño Francisco Nebot Satorre, muerto en la ciudad de Morelia el 19 de agosto de 1937, víctima de la barbarie fascista que lo alejó de sus padres y de su patria, y que vivió en México bajo la custodia del gobierno del señor general Lázaro Cárdenas». A la joven santanderina le resultaba inevitable compadecerse de la familia del muchacho, a quien enviaron al otro lado del océano para librarlo de la muerte y ahora se hallaba enterrado en tierra extraña.

Los compañeros de Francisco guardaron silencio durante varios días. Su pena quedó atenuada con la llegada de aquel hombrecito flaco sin edad, de bigotito de galán y ojos picantes, de uniforme beige y azulito, que sonreía feliz al saberse importante.

—¡Caaartasss de Espaaañaaa! —gritaba al tiempo que comenzaba a extraer de la bolsa de cuero que le cruzaba el pecho un montón de sobres lila que lucían los tres colores de la bandera republicana.

Alborozados, los niños le rodeaban deseosos de ser los destinatarios de algunas de esas misivas, cuartillas con unas cuantas letras torpes, aunque escritas con esmero, que no siempre traían buenas noticias, y eso en el caso de que no hubieran sido censuradas con grandes tachones negros que impedían conocer la realidad de lo que sucedía en España. Aquellas cartas portadoras de ilusión indefectiblemente provocaban el llanto de los muchachos, conformando un arcoíris epistolar de lado a lado del Atlántico.

Al oír su nombre de boca del cartero, Ana se le acercó con la esperanza de que esta vez el remitente fuese Mateo, en el que no había dejado de pensar ni un solo día. Sin embargo, al igual que en las dos ocasiones anteriores, la carta venía firmada por su madre. Le inquietaba no haber tenido noticias de su primer amor desde que se despidieran en Santander, cuando ella le regaló una preciosa concha marina, que él conservaría a modo de amuleto, y un beso en la mejilla. Al menos confiaba en que el hecho de que él no hubiera podido cumplir con su promesa de escribirle tuviese que ver con que la hubiese olvidado y no con que le hubiera ocurrido algo malo. Lo que no se imaginaba es que a esas horas, ante la llegada de las tropas del general Franco, Mateo emprendía la huida de Santander rumbo a Barcelona después de quemar sus diarios por miedo a que pudieran comprometerle si caían en manos enemigas. Diarios en los que el nombre de su amada se repetía casi en cada página. En la soledad de las trincheras del puerto del Escudo, también había tenido

tiempo de escribirle cada semana mientras contemplaba su precioso rostro gracias a un bonito retrato tomado por un fotógrafo ambulante en la playa del Sardinero una de las pocas tardes que consiguieron pasear a solas, bajo un delicioso sol de primavera, en plena guerra, cuando Santander aún resistía ante el acoso de las fuerzas franquistas. Sin embargo, esas cartas nunca alcanzaron su destino porque la madre de Ana se había encargado de dar las oportunas instrucciones para que a su hija no le llegara más correspondencia que la suya, por lo que las palabras de amor y de ánimo de Mateo se fueron amontonando en la papelera de un aséptico despacho oficial.

Resignada, Ana leía lo que le contaba su madre sin ninguna emoción. Esa sensación de resentimiento que la invadía se incrementaba todavía más con el paso de los meses. No podía evitar comparar la dulzura de Cholita con el carácter adusto de su madre, como si su forma de entender el amor materno fuese mediante una sobreprotección autoritaria. El tono de sus cartas no delataba ningún atisbo de afecto y, desde luego, no servía para acortar la distancia, no solo geográfica, que las separaba. Pareciera, más bien, que se viese en la obligación moral de escribirle, relatando una serie de trivialidades, a modo de noticiero familiar, que no interesaban a Ana en absoluto. De hecho, no guardaba ninguna de sus cartas. Simplemente, se limitaba a responderle de una manera cordial contándole algunos pasajes de su vida cotidiana en México, pero sin mostrarle tampoco ninguna muestra de cariño. La verdad es que llegó a desear que su madre no le escribiese para evitarse el fastidio de tener que contestarle. Al fin y al cabo, ese cordón umbilical que, a duras penas, las unía se había roto al haberse visto obligada a marcharse de Santander cuando comenzaba su noviazgo con Mateo, del que solo conservaba los recuerdos y su colgante.

Alejada de la tierruca, de su familia y, sobre todo, de Mateo, con una

España que guerreaba por un futuro desalentador, a Ana le invadía la tristeza y la incertidumbre. No le resultaba nada fácil seguir adelante en aquellas condiciones. Lo único que la animaba era ilusionarse con un retorno inminente y con el hecho de que, entonces, no iba a permitir que nadie impidiese sus amores con aquel muchacho de ojos claros y mirada serena, ya que pensaba fugarse con él, llegado el momento. Lo último que podía sospechar es que ella y sus compañeros, los Niños de Morelia,

caerían en el olvido. La mayoría de ellos no regresaría jamás a España ni volvería a abrazar a sus padres.

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La voz rota de una bella mujer con acento mexicano captó la atención de la bullanguera clientela del Toni 2, el mítico piano bar madrileño, al que acudía un público con cierto señorío canalla. Entre los que interrumpieron su conversación aquella noche de julio de 2005 para fijarse en los ademanes de aquella mujer de piel canela se encontraba David Quijano, un arqueólogo que acababa de entrar en el local junto a sus compañeras del museo en el que trabajaba después de haber cenado en una tasca cercana para celebrar su cuadragésimo cumpleaños, justo un par de días antes de que comenzaran sus vacaciones de verano.

En el Toni 2, el micrófono pasaba de mano en mano entre los parroquianos que se atrevían a cantar en público en aquel garito anclado en el pasado, de suelo enmoquetado y barra de madera, bastión de noctámbulos nostálgicos. Solo había tres condiciones para ello: no golpear el piano, saberse la letra y, por supuesto, tener ganas de pasarlo bien.

La espontánea mexicana interpretaba una canción en apariencia alegre, pero que transmitía desamor y melancolía, como si fuese una versión moderna de alguna de esas rancheras por las que David sentía auténtica devoción. Embaucado por aquella mujer, cuya figura se mostraba etérea entre el humo del tabaco, enseguida se unió a quienes coreaban el estribillo.

Hasta hacía pocos meses hubiese resultado impensable escuchar otra música en el Toni 2 que no fueran boleros, coplas o tangos. Sin embargo, los dueños habían decidido añadir otros ritmos que atrajeran a un público más joven, ya que el suyo tradicional envejecía sin remedio, camino de la extinción. Eso sí, sin perder nunca el buen gusto del que hacían gala. Así que allí estaba Jesús Serrano, sentado en su banqueta, al igual que en las últimas dos décadas, acompañando con su piano de media cola a aquella linda mexicana que entonaba, de una manera muy particular, El sol no

regresa, un tema pop que ese año sonaba en todas las emisoras de radio. Cantaba sin dejar de sonreír, con un vaso casi vacío en la mano, moviendo el cuerpo y disfrutando como si le fuera la vida en ello. Al concluir, arrancó los aplausos de la concurrencia que los rodeaba, muy especialmente la del género masculino, en tanto ella levantaba el brazo feliz, sin soltar aún el micrófono, en señal de agradecimiento.

David la siguió con la mirada durante el trayecto hacia la sinuosa barra, de corte clásico, donde no tardó en ser abordada por unos cuantos señores, deseosos de invitarla al siguiente trago. Con la elegancia natural de quien está acostumbrada a salir airosa de esas lides, fue desembarazándose de sus admiradores hasta pedir una copa de ginebra con agua mineral que pagó ipso facto con la tarjeta que extrajo de un bolsito negro del mismo color de su vestido, el cual hubiese resultado discreto de no ser por el interminable escote de su espalda, que le confería un aire seductor, nada sofisticado.

David arrastraba cierta fama de donjuán no del todo inmerecida. Tras su divorcio, hacía apenas tres años, venía acumulando amantes, aunque él prefería llamarlas amigas coloridas, traducción libre de una expresión brasileña referente a esas amistades con las que se traspasa el umbral de la intimidad. Sus compañeras se burlaban cariñosamente de él, en especial los lunes por la mañana, cuando le asaltaban en el desayuno para saciar su curiosidad por conocer sus andanzas del fin de semana. El hecho de ser el único hombre en el Departamento de Conservación del museo no le suponía problema alguno y hasta le agradaba, porque ya desde su adolescencia se sentía más cómodo entre mujeres.

—Un caballero no debe hablar de sus conquistas —respondía con cierta sorna.

—Eres un golfo —solían decirle medio en serio, medio en broma.

—No lo niego, pero un golfo con principios —se defendía tratando de mantener su dignidad.

En el fondo, a David no le faltaba razón. Porque el arqueólogo nunca prometía más de lo que podía dar ni tampoco mentía jamás a las mujeres que pasaban por su vida, conocedoras de su mentalidad en los lances amorosos, ya que él mismo se encargaba a las primeras de cambio de explicar su modo de entender las relaciones para evitar que surgieran los malentendidos. Y si alguna llegaba a sugerirle exclusividad, él procuraba apartarse con el máximo tacto con el único propósito de causar el menor

daño posible, si bien a veces no conseguía que los sentimientos de las afectadas salieran indemnes, dado que jugar con las ilusiones amatorias siempre termina siendo peligroso.

Una de las compañeras que se mofaban en público de él era Raquel, aunque sus chanzas no dejaban de ser una estrategia para disimular la pasión que se desataba entre ambos cuando se quedaban a solas. A David, el affaire con aquella treintañera de grandes ojos rasgados le resultaba muy cómodo por cercano. Además, estaba casada con un brillante médico demasiado ocupado con el que tenía dos hijos, por lo que dudaba que alguna vez le diera por pedirle cuentas.

—Te vas a quedar bizco —le dijo su amante riéndose y elevando la voz con la intención de que la oyesen sus compañeras.

—No sé de qué me hablas. ¿Hay algo que me estoy perdiendo? — respondió él, refugiándose en su ironía, mientras se atusaba su barba recortada.

—¡Ten cuidado, que también te va a crecer la nariz! —exclamó ella divertida. Si sentía celos, desde luego que procuraba esconderlos.

—Bizco y con una napia que ni Cyrano de Bergerac. Voy a quedar hecho un cromo. ¡Y yo sin enterarme de por qué! —bromeó, llevándose un dedo a la cara. Aprovechó para ajustarse las gafas de pasta, las cuales le conferían cierto aire de intelectual despistado al que ayudaba su pelo largo cuidadosamente despeinado, en el que las canas empezaban a ganar terreno.

—No, si no te culpo, la chica es preciosa. ¿No será una actriz? La cosa es que su cara me suena.

Una de las cualidades que más le atraían de Raquel, aparte de tener un cuerpo escultural recuperado a la perfección después de sus embarazos, era su increíble perspicacia. Lo cierto es que la cabeza de David andaba maquinando la táctica a seguir. Elucubraba sobre la forma en que aquella belleza que acababa de cantar se fijara en él. Ya había comprobado, por los intentos fallidos de sus rivales de esa noche, que un acercamiento directo por su parte conduciría, sin duda, al fracaso. Por otra parte, tampoco quería parecer descortés delante de sus compañeras, y mucho menos ante Raquel. Aunque no tuvieran compromiso alguno, procuraba no flirtear con otras mujeres en su presencia; no obstante, no siempre lo conseguía, porque su instinto de seducción le resultaba innato, por mucho que se defendiera afirmando que había quien confundía amabilidad con coqueteo. Ella le

había susurrado durante la cena que no podrían escabullirse porque debía volver a casa sobre las doce, antes de que se marchase la canguro que cuidaba de los niños, porque su marido tenía guardia en el hospital, así que David pensó que se trataba de tener un poco de paciencia. Solo faltaban veinticinco minutos para la medianoche y la copa de la mexicana aún estaba casi intacta.

Tan pronto como Raquel se despidió, él se acercó al maestro Serrano para pedirle un tema al oído sin perder de vista a aquella mujer de refinados movimientos, que había optado por unirse a quienes rodeaban el piano sin más compañía que su copa de ginebra. Después de escucharse Mi gran noche de Raphael y Vivir así es morir de amor de Camilo Sesto a modo de premonición de lo que David anhelaba, sus manos sujetaron el micrófono con cierto nerviosismo ante la expectación de sus compañeras, que lo jaleaban divertidas. Era su oportunidad. Si pretendía despertar el interés de una mexicana en Madrid, nada mejor que una ranchera. Tras sonar las primeras notas, la mujer le sonrió con la mirada. El arqueólogo no supo interpretar aquel gesto, quizá de agradecimiento, y comenzó a cantar con los ojos cerrados, confiado en que los de ella se hallarían posados en él. No es que su voz fuese la más melodiosa del mundo; sin embargo, trató de suplir sus carencias musicales con todo el sentimiento que llevaba dentro.

Estaba apostando fuerte al elegir aquella legendaria ranchera de amores imposibles compuesta por José Alfredo Jiménez, uno de los más grandes de la música popular mexicana, cuando este apenas contaba con dieciocho años. Por suerte, no se notaba demasiado borracho. Creía haber bebido lo suficiente como para tener el valor de agarrar el micrófono, pero no tanto como para desentonar. A medida que avanzaba en su interpretación se iba sintiendo más seguro. Abrió los ojos justo cuando llegó el fragmento por el cual había elegido esa canción.

Y entonces, mirando a la mujer del vestido negro, alzó su copa y le lanzó un brindis al aire. El brindis de un bohemio por una reina, tal y como decía la letra de la tonada, al que ella correspondió con agrado. David suspiró. La suerte estaba echada. Y deseaba con toda su alma que se hubiese dado por aludida. Concluyó la ranchera entre los aplausos de sus compañeras, que arrastraron los del resto de la concurrencia, incluidos los de ella. Ahora solo restaba saber quién de los dos iniciaría el acercamiento. Animado por su pequeño éxito, David caminó hacia la mexicana, en

dirección a los lavabos, con el propósito de pasar junto a ella. Al cruzarse, sus brazos se rozaron al descuido y, simplemente, se dirigieron una sonrisa. De cerca, le pareció aún más hermosa. Los rasgos de su rostro moreno, definidos a la perfección, la dotaban de una belleza serena y exótica de la que resultaba imposible sustraerse. Él dudó si detenerse para entablar una conversación; sin embargo, en el último momento no se atrevió y pasó de largo, timorato.

—¿Suele funcionarte? —sonó la voz grave, pero sugerente, de la mexicana a su espalda.

Sin voltearse todavía, pensó a toda prisa. Había conseguido captar su atención, si bien tampoco se le escapaba que ella sabía que su actuación tenía poco de inocente.

—¿Qué quieres decir? —contestó con una pregunta, girándose, para ganar un poco de tiempo mientras tanteaba el terreno.

—¡Oh, vamos! Lo sabes de sobra. Tu canción —dijo sin esconder el delicioso seseo que confería dulzura a su manera de hablar.

Procurando disimular el deslumbramiento que sentía por haber percibido la respiración pausada de aquella maravillosa mujer, David contuvo la suya en tanto valoraba las posibilidades que se le ofrecían. Su único propósito consistía en no decir ninguna inconveniencia que pudiera concluir con aquella charla incipiente. Sin duda, nunca había visto una mujer tan bella. Y más aún cuando sonreía.

—¿No te ha gustado?

—¡Vaya!, así que te gusta bromear. Por si no te has dado cuenta, cosa que dudo, soy mexicana. Y esa canción es una de mis favoritas.

—¿Mexicana? ¿En serio? ¿Cómo podía saberlo?

—¡Válgame Dios! Por favor, no te hagas el tonto. ¿Cómo te llamas?

—David —respondió el arqueólogo, ofreciéndole la mano.

Aunque se moría por apreciar su aroma, no quiso aprovechar la ocasión para presentarse con dos besos, al uso español, porque estimó más oportuno evitar invadir su intimidad. Al fin y al cabo, la partida acababa de empezar y debía mover sus piezas con cautela.

—Yo soy María —le dijo complacida, devolviéndole el saludo—. A ver, David… —prosiguió—, no irás a decirme que la elegiste de forma casual. Y piensa bien la respuesta, porque si hay algo que me disguste en este mundo son las mentiras.

—¡Uf! ¿Y ahora qué te digo yo?

—La verdad.

—¿Un tequila mientras lo pienso?

—Buen intento, pero lo del tequila, mejor después, dependiendo de tu respuesta.

—Al verte cantar, me pareciste la mujer más bella que he visto jamás. Enseguida me di cuenta de tu acento mexicano y no se me ocurrió otro modo de que te fijaras en mí. Ya he visto cómo ibas espantando moscones sin despeinarte —confesó él desvelando todas sus cartas, sin ser consciente de que su mirada se posaba en sus ojos, con escapadas fugaces a sus labios.

Ella le observó durante unos segundos, con sus cejas espesas arqueadas, para terminar sonriendo.

—Tampoco hacía falta que exageraras, aunque no ha estado mal. Se nota que estás acostumbrado a florear a las mujeres. Vamos por ese tequila.

—Pues creo que incluso me he quedado corto —replicó él con la satisfacción reflejada en el rostro.

El pequeño recorrido hasta la barra sirvió para que David se sintiese envidiado por cuantos hombres se cruzaban. Ignoraba cómo concluiría la noche, pero la mera compañía de aquella mujer durante el tiempo que fuese constituía todo un triunfo. Ella ojeó la gama de tequilas que reposaban en los estantes de madera con arco de medio punto que jalonaban las paredes entre apliques pasados de moda antes de decidirse a elegir uno.

—Dos 1800 en copa pequeña, por favor —le solicitó a un camarero muy serio, con la pajarita torcida, que los sirvió de manera ceremoniosa, como si se creyese el sumo sacerdote de un ritual sagrado.

Ante la mirada escrutadora de María, David contempló circunspecto las copas sin atreverse a tomar ninguna en espera de que el camarero les trajera lo que él consideraba que faltaba.

—¿Y el limón y la sal? —preguntó finalmente a la mexicana.

—¡Vamos, hombre! No me digas que pensabas beberte esta delicia de un trago. ¡Los shots son cosa de gringos! Muchas películas has visto. El tequila ha de beberse despacito, a besitos —explicó justo antes de brindar

—. ¡Salud! ¡Por el gusto!

—Por el gusto de haberte conocido, María —dijo, pronunciando su nombre por primera vez.

Ambos le dieron un pequeño sorbo a su bebida. Tras unos instantes iniciales en los que los aromas de aquel destilado le recordaban a los del orujo de su tierra natal, David percibió que su sabor le resultaba más afrutado, incluso dulce.

—¿Te gustó? —quiso saber ella.

—He de confesar que sí.

—Te encantaría conocer Tequila.

—¿Tequila es un lugar? —preguntó sin ocultar su ignorancia.

—¡Claro! Un pueblo bien hermoso —rio María, divertida, haciendo un gracioso mohín con su bonita nariz—. ¿Por qué crees que se llama así la bebida? ¡Porque nació allí! Es más, únicamente puede elaborarse en ciento ochenta y un municipios, la mayoría del estado de Jalisco, al que pertenece Tequila. Solo ellos pueden cultivar el agave azul, la planta de donde se extrae.

—Me flipa el entusiasmo con que lo cuentas —reconoció David.

—El tequila forma parte de nuestra identidad nacional. Estoy muy orgullosa de donde vengo. Los mexicanos podemos ser muy distintos y discrepar entre nosotros, pero tenemos algo en común: el amor por México y por nuestra bandera. No como ustedes, que parece mentira que siendo tan poquitos estén siempre divididos y enojados —relató, divertida.

Abstraído ya de cuanto le rodeaba, David pensó que a María no le faltaba razón. Sin embargo, necesitaba derivar la conversación por otros derroteros más acordes a sus intereses, que le permitieran calcular las posibilidades de intimar con ella. Para ello, precisaba saber si podría volver a verla o si tenía que jugarse el todo por el todo esa noche sin resultar atrevido ni pacato. Debía conocer un poco más el terreno sobre el que pisaba para medir el grado de prudencia de sus palabras. De momento, no le quedaba más remedio que lanzarle una trivialidad.

—¿Y qué hace la chica más linda de América en Madrid? ¿Vives aquí?

—¡Oh, no! Suelo venir con frecuencia a Europa por motivos de trabajo

—comentó ella sonriente, sin referirse al piropo, lo cual David entendió perfectamente.

—¿A qué te dedicas? —preguntó él, más por averiguar el tiempo que solía pasar en España que por un interés real sobre su profesión.

—Dirijo una galería de arte en México.

La respuesta le abrió las puertas del cielo al descubrir que tenían algo muy importante en común.

—¿En serio? ¡Yo soy un apasionado del arte! —exclamó él con absoluta sinceridad—. Trabajo en el Departamento de Conservación del Museo Arqueológico Nacional.

—¿De a de veras? ¡Caray! ¡Qué maravilla! Esto se merece otro tequila

—sentenció ella, haciendo un ademán con sus manos huesudas y delicadas, que el camarero captó enseguida—. Debe de ser muy interesante lo que haces.

—Estoy muy contento, sí. ¿Y tú? ¿En qué ciudad tienes tu galería?

—En San Luis Potosí, ¿lo conoces?

—La verdad es que no lo había oído nombrar hasta ahora. Perdona mi incultura.

—Es una ciudad colonial con mucho encanto, ¡y muy próspera! Que sepas que está en uno de los territorios que más les costó conquistar a los españoles porque pertenecía a los indios huachichiles, famosos por su fiereza.

—Y tú desciendes de ellos, claro.

—Supongo que algo de su sangre debo de tener, así que ya sabes.

—Gracias por avisar, princesa huachichil. Me andaré con cuidado — bromeó David.

—¡Más te vale! Me extraña que no te suene de nada San Luis Potosí.

¿No has estado nunca en México?

—Una vez —afirmó él lacónico, como si no quisiese extenderse en la explicación.

—Déjame que adivine… ¡Estuviste en la Riviera Maya!

—Pues sí, en Cancún —reconoció él de mala gana.

—¡Qué padre! Pero eso no es México. Bueno, sí que lo es, pero es territorio gringo. Allí casi se ha perdido nuestra esencia —aclaró ella.

—Accedí porque el viaje incluía las visitas a los yacimientos arqueológicos de Tulum y de Chichén Itzá. Y también una estancia de tres días en el D. F. Entenderás que tenía muchas ganas de conocer el Museo Nacional de Antropología y las pirámides de Teotihuacán.

—¡Excusas! No me digas más, fuiste en tu luna de miel.

—¿Siempre eres tan lista? Estoy divorciado, si era eso… — interrumpió su discurso al darse cuenta de lo que iba a decir y le dio un trago a la nueva copa de tequila para disimular, con la esperanza de que su metedura de pata no fuese irreversible.

—¿Si era eso lo que quería saber? —concluyó ella riendo—. Si estás casado o no es problema tuyo. Nosotros simplemente estamos tomando algo y nadita más.

Contrariado por haberse pasado de frenada, David sabía que su engreimiento acababa de jugarle una mala pasada. Así que pensó que la mejor defensa era un buen ataque, puesto que ya no tenía nada que perder.

—Divorciado —repitió él, con pausas deliberadas entre cada sílaba—. Tan divorciado como para invitarte a cenar pasado mañana —se atrevió a decir.

Su intención pasaba por conducir hasta su casa familiar en Santander la misma tarde en que comenzaban sus vacaciones, pero una buena causa bien merecía posponer el viaje un día, o los que hicieran falta. Además, desde la muerte de su madre, coincidente con su divorcio, la ilusión por regresar a su hogar no era la misma. En los últimos tiempos, su padre estaba acostumbrado a los vaivenes de su hijo, que venía cambiando sus planes con frecuencia y siempre a última hora, en función de la emergencia amatoria que le surgiera. De ahí que le llamara el Doctor Amor, con esa retranca de las gentes del norte de España.

—¿El viernes? Ya lo siento. Mi vuelo para México sale en menos de veinticuatro horas. Quizá en otra ocasión —respondió ella en un tono que no denotaba ningún pesar, sino mera cortesía, ante la contrariedad de David, que veía cómo aquella mujer se le escapaba entre los dedos—. Bueno, tengo que marcharme. Mañana debo hacer un montón de pendientes antes de ir al aeropuerto. Muchas gracias por tu tiempo, de verdad que ha sido muy agradable —afirmó tras mirar la hora de su reloj.

Se trataba de un elegante Bvlgari con el logotipo grabado dos veces en su bisel plateado. Aquellas inscripciones circulares, al estilo de las antiguas monedas romanas, inspiraron a David, quien no estaba dispuesto a rendirse tan fácilmente. Si quería una cita, precisaba sacar toda su artillería pesada. Para ello debía hacer una propuesta que María no pudiese rechazar, relacionada con el arte, por supuesto.

—¿Puedo acompañarte?

—No es necesario. Voy a pedir un taxi que me lleve al hotel.

—¿Dónde te quedas?

—En el Palace —contestó con aire de obviedad, como si lo natural fuese alojarse en uno de los hoteles más lujosos de Madrid.

—¡Eso queda a quince minutos andando de aquí!

—Ya sé. Conozco la ciudad.

—Y la historia del yate que transportó un cargamento de oro a México en la guerra civil, ¿la conoces?

—¿A qué viene eso? —quiso saber ella, eludiendo la respuesta.

—¿Por qué te sorprende?

—No sé, no me esperaba que me preguntaras algo así.

—Pues si me permites que vayamos dando un paseo, te la cuento. Hice mi tesis doctoral sobre ello. Muchas de esas joyas pertenecían al Museo Arqueológico, que fue saqueado. Y mañana, antes de irte, puedo enseñarte algo en mi laboratorio que te va a encantar.

—Y tú, ¿eres siempre tan necio?

—¿Me estás llamando ignorante?

—¡No! Perdón, en México necio significa «terco» —rio ella.

—¡Ah! «Cabezota». Creo que sí, aunque solo cuando estoy muy interesado en algo.

—Me has convencido —admitió, sonriente—, pero vámonos ya, que tengo que descansar.

El bullicio se apagó al salir del Toni 2. Hacía una noche agradable para pasear y María no tuvo ningún problema en asirse del brazo ofrecido por David, quien apenas tenía unos minutos para contarle la historia del Tesoro del Vita, su baza para que ella manifestase algún tipo de interés y aceptase su invitación para el día siguiente.

I

El camión que conducía Mateo Llamazares trataba de abrirse paso entre los miles de personas ateridas de frío que huían desde Figueras bajo las bombas de los aviones franquistas en aquella primera semana del gélido febrero de 1939. Su vehículo pertenecía a un pequeño convoy que portaba un cargamento secreto, el cual, hasta hacía menos de una hora, se hallaba escondido en las profundidades de una vieja mina de talco en La Vajol, una aldehuela enriscada en los Pirineos, a muy pocos kilómetros de La Junquera, donde estaba la frontera con Francia.

El contenido de esas cajas no formaba parte del acuerdo internacional firmado tres jornadas antes para garantizar que todas las obras de arte evacuadas del Museo del Prado para preservarlas de los aviones enemigos, que lo bombardeaban sin miramientos, regresaran a territorio español al finalizar la guerra. En esos días, otros setenta y un camiones hacían el mismo recorrido en dirección a la estación de ferrocarril de Perpiñán para transportar los cientos de tapices, cuadros, esculturas y manuscritos de la pinacoteca madrileña, después de un accidentado periplo por Valencia y Barcelona durante los últimos quince meses. Pero, mientras que las obras del Museo del Prado tenían como destino Ginebra, donde serían acogidas por la Sociedad de Naciones, el cargamento secreto debía embarcar en un tren que lo llevara hasta París.

También en Figueras se encontraba Juan Negrín, el presidente del Gobierno, que acababa de pronunciar un emotivo discurso en la última sesión de las Cortes republicanas en suelo nacional, celebradas en los sótanos del castillo de San Fernando, la mayor fortaleza abaluartada de Europa, convertida en aquella época en almacén distribuidor de material bélico, en refugio de parte del Tesoro Artístico Español y en sede del Gobierno de la República, que preparaba su retirada ante la inminente derrota final. En su alocución, el presidente del Gobierno aún insistía en su

famoso lema «¡Resistir es vencer!», a pesar de que a nadie se le escapaba que la guerra estaba perdida desde hacía mucho tiempo. Incluso Negrín lo reconocía de manera implícita al final de su alegato: «… en último término, los pueblos no viven solamente de las victorias, sino que viven también del ejemplo que hayan sabido dar a las generaciones en momentos de adversidad y en momentos de desgracia, y el ejemplo que de la historia se recoge es fecundo para la vida de un pueblo y es también, a veces, indispensable para que vuelva a resucitar lo aparentemente muerto».

Pero su empeño en alargar la contienda le había enemistado con la facción moderada de su propio partido socialista, encabezada por su antiguo amigo Indalecio Prieto, un asturiano criado en Bilbao, quien desde su posición como ministro de Defensa Nacional abogaba por entablar conversaciones con el bando franquista para que el sufrimiento de los españoles cesara cuanto antes. Sin embargo, Negrín consideró que aquellas ideas derrotistas no eran las más apropiadas para el máximo responsable de sus tropas, por lo que acabó por forzar su dimisión y asumir él mismo el cargo, mandando a Prieto a Sudamérica para que ejerciera allí la labor de representar al Gobierno republicano. Así que, en aquellos días, a Negrín le faltaba poco para exiliarse en Francia, en tanto su enemigo íntimo estaba a punto de llegar a México, país en el que sería recibido con los brazos abiertos, merced a su amistad con el presidente Lázaro Cárdenas, con el que compartía su credo político socialista, más atemperado que el de Negrín, que se había radicalizado con el devenir de los acontecimientos y comulgaba cada vez más con las tesis comunistas.

Tras finalizar la evacuación de Figueras, se procedió, por parte del ejército republicano, a la voladura del ingente material de guerra, todavía almacenado en la fortaleza de San Fernando, con el propósito de evitar que cayera en manos enemigas. La explosión, además de causar importantes daños en el castillo, había provocado la destrucción de algunas obras de arte que no había dado tiempo a cargar en los camiones por la precipitación y el nerviosismo reinantes. Por fortuna, otras resultaron milagrosamente intactas, como el venerado Cristo de Lepanto de la catedral de Barcelona. Igualmente se había salvado la colección bibliográfica de los condes de Heredia Spínola, trasladada desde el palacio de Zabálburu tras su incautación para convertirlo en la sede madrileña de la Alianza de Intelectuales Antifascistas. Entre sus valiosísimos textos se hallaban el Código de Leovigildo, la correspondencia de los Reyes

Católicos con el Gran Capitán, la de Carlos I y Felipe II con sus virreyes en ultramar o la última comedia escrita por Lope de Vega.

Al llegar a la aduana de Le Perthus, Mateo detuvo el camión a la espera de la autorización de la gendarmería francesa, que, gracias a la intervención de Negrín ante las autoridades galas, ya tenía instrucciones de franquearles el paso sin que el material de aquella expedición fuese revisado.

Le rompía el corazón ver a su alrededor miles de hombres cabizbajos depositando sus pistolas en pirámides de armamento derrotado y mujeres y niños hambrientos y aterrorizados por los bombardeos, que no cesaban. No quiso pensar que, entre aquella marea humana envuelta en mantas, podían estar sus padres y sus dos hermanas, de los que carecía de noticias. Y aun así, se sentía afortunado en comparación con esas pobres gentes.

Merced a su sentido del honor y a su capacidad de liderazgo en las Juventudes Socialistas de Santander, aquel muchacho enjuto de pelo trigueño y mirada transparente era el capitán más joven del ejército republicano, en el que venía demostrando su arrojo y su destreza a los mandos de los carros de combate, especialmente sobre los campos de batalla minados. No en vano su padre le había enseñado a conducir cuando apenas llegaba con los pies a los pedales, practicando a escondidas con los coches que llegaban al taller en el que el cabeza de familia echaba una mano los sábados después de trabajar toda la semana como tipógrafo linotipista en los principales periódicos de Cantabria. De ahí que la designación de Mateo para aquella misión no hubiese sido casual. Antes de abandonar el suelo español, aún extrajo del bolsillo de su chaqueta el ajado retrato de una muchacha que sonreía con timidez.

—Ana…

Se limitaba a pronunciar su nombre en voz baja para escucharse y cerciorarse de que seguía siendo real. Le preocupaba no haber sabido nada de ella desde que se despidieran en Santander. Y cada día se preguntaba si andaría bien y si le estaría esperando, allá donde quisiera que estuviese.

—¿Tu novia? —quiso saber su compañero de cabina.

Quien se interesaba era Enrique Puente, un hijo de campesinos gallegos que antes de la guerra trabajaba en una panadería de Madrid, donde estuvo preso por su participación en la Revolución de Octubre de 1934. Tras su liberación, dieciséis meses después, se había convertido en jefe de la Motorizada, un grupo paramilitar socialista de dudosa reputación

formado por casi una cuarentena de jóvenes sindicalistas, incondicionales de Indalecio Prieto, al que llegaron a escoltar en varias ocasiones. De ahí que no resultase raro que, a sus treinta años, fuese el responsable de la protección de la zona española que delimitaba con la frontera francesa. Ahora que su misión en La Junquera se daba por concluida, iba al frente del convoy que transportaba aquel cargamento secreto junto con Francisco Lucía Traid, un comandante de Carabineros, cuerpo en el que también se habían integrado los miembros de la Motorizada.

—Sí, mi coronel…, mi novia.

—La guerra ha terminado para nosotros, Llamazares. Puedes llamarme Enrique, que hace un siglo que nadie dice mi nombre. ¿Es bonita?

—Mucho. La más bonita del mundo.

—¡Joder! Sí que te ha dado fuerte. ¿Qué es de ella?

—No sé dónde está. Se la llevaron hace casi dos años a México y no he vuelto a saber nada desde entonces.

—¡No jodas! —exclamó Puente con sinceridad—. La culpa de todo la tiene ese iluminado de Negrín, que no le ha salido de los cojones que tuviéramos una derrota honrosa.

—La culpa la tiene Franco —contravino Mateo—. ¿De verdad crees que ese hijo de puta hubiera querido la paz antes? A lo mejor sí, pero hubiese sido una paz sangrienta, en todo caso.

—A saber —replicó Puente sin querer dar su brazo a torcer—. Ya no lo sabremos. Lo que sí te digo es que ahora sí que va a ser sangrienta de cojones.

Ambos permanecieron un rato en silencio, hasta que el decepcionado coronel ofreció un cigarrillo a su compañero de viaje, que este rehusó con amabilidad.

—No fumo, gracias.

—Y haces de puta madre, esta mierda mata —comentó, dando a su cigarrillo una calada que le supo a gloria—. Oye, ¿sabes lo que llevamos ahí atrás?

—Ni idea, no es asunto mío. Solo espero que no explote —afirmó Mateo muy serio, provocando la risa de su superior.

—¿Por eso vas pisando huevos?

—Voy despacio porque todo el convoy va a la misma velocidad — masculló el joven santanderino.

—¡No hace falta que te justifiques! —rio el gallego.

—Si es que te gusta provocarme.

Mientras Puente disfrutaba de su cigarrillo, pensaba que aquel capitán encargado de las guardias en el castillo de Figueras le caía bien. A su edad, él todavía estaba trabajando en la panadería, aunque ya tuviese inquietudes sindicalistas. Desde luego, la guerra obligaba a madurar deprisa. Y pensó que la misión del muchacho no tenía por qué terminar en Perpiñán, a donde llegarían en una hora.

—¿Qué tienes pensado hacer?

—¿A qué te refieres?

—A qué coño vas a hacer a partir de mañana.

—Ni puta idea.

—Pues como te descuides, te llevan a un campo de internamiento.

¡Vaya manera cursi de llamarlos! ¡Si son campos de concentración!

—¡No jodas! Exageras.

—Te lo digo yo, Llamazares.

—Llámame por mi nombre tú también, si quieres.

—Claro, Mateo. Tú hazme caso, que sé de lo que hablo.

—¿Qué vas a hacer tú?

—El comandante Lucía, ese cabrón negrinista que va en el camión de delante, y yo tenemos que entregar todas estas cajas —dijo apuntando con el pulgar hacia atrás sin girarse— a un par de funcionarios del Gobierno que nos deben de estar esperando en Perpiñán. Luego, nuestras órdenes son las de embarcar el cargamento en un tren a París y no perderlo de vista ni un puto segundo hasta dejarlo en la embajada. ¿Te vienes con nosotros?

—¿A París?

—Sí, claro… De momento, a París —afirmó el gallego con aire misterioso—. Es una misión secreta y no puedo contarte más, pero estoy seguro de que no lo lamentarás.

—¿Son órdenes?

—¡Claro que no, rapaz! Ya te he dicho que la guerra se ha acabado para nosotros. Esta operación es extraoficial.

—No sé… La verdad es que me gustaría encontrar a mis padres y a mis hermanas.

—¿Cuándo los viste por última vez?

—Hace un par de meses, en Barcelona.

—Pues no te engañes, Mateo. A estas horas, andarán camino de Gurs o de Argelès-sur-Mer, si es que no han llegado ya. Y poco puedes hacer tú

en esos sitios rodeados de alambradas. Elige tu suerte, muchacho. Ellos todavía son jóvenes y saldrán de esta. Además… —Puente iba a contar algo, pero recordó su juramento de confidencialidad y se arrepintió—. Créeme, ayudarás más a tu familia viniendo conmigo.

—Puede que tengas razón.

—¡Yo siempre tengo razón!

Mateo no se creía estúpido y se quedó pensativo durante varios minutos procesando las palabras de Enrique Puente. Estaba seguro de que aquella carga era más valiosa de lo que él podía imaginar e intuía que aquel hombre intentaba ayudarlo de algún modo.

—Me voy a París contigo.

—¡Cojonudo!

El cargamento llegó precintado a la capital de Francia sin mayores contratiempos. Allí fue depositado en unos almacenes secretos de la embajada española, donde un par de funcionarios afines a Negrín se encargaron de colocar su contenido en más de un centenar de maletas y baúles con doble cerradura adquiridos a toda prisa en las galerías Lafayette. Se trataba de facilitar el traslado con la máxima celeridad, ya que comenzaba a ser vox populi la intención del Gobierno republicano de sacar de Europa objetos artísticos de elevado valor en alguna embarcación que también se encargaría de evacuar a algunos de sus dirigentes refugiados en París. Estas informaciones, publicadas incluso por los periódicos franceses, alertaban a los servicios de espionaje franquista, que a punto estuvieron varias veces de abortar la operación, cuya seguridad se había encomendado finalmente a Enrique Puente, quizá porque quien se encontraba al mando era el ministro de Hacienda, Francisco Méndez Aspe, un morfinómano del que se decía que ejercía de hombre de paja de Negrín. A Aspe le urgía dotar de la máxima protección a aquel cargamento y tampoco tenía mucho donde elegir, así que se inclinó por la experiencia de Puente, en cuya nobleza creía, dado que ambos procedían de una humilde familia gallega de Lugo. Pero para curarse en salud, Aspe había nombrado responsable administrativo de la expedición a José María Martínez Sabater, un honrado funcionario de su ministerio de absoluta confianza, y tan partidario de Negrín como él.

Aquellos días supusieron un bálsamo para Mateo. Mientras esperaba

las instrucciones que Enrique Puente había quedado en transmitirle en breve, el joven santanderino se dedicó a vagar disfrutando de la paz de las

calles de París, sin sospechar que en unos meses también en Francia estallaría la guerra. A pesar de la grandeza de la ciudad, él se sentía más cómodo caminando por los parques o sentándose en los bancos de las placitas en las que paseaban los enamorados, a los que miraba con envidia. Le gustaba acercarse al Jardín de Luxemburgo para contemplar la escultura de la fuente de los Medici, en la que el cíclope Polifemo descubre los amores de la nereida Galatea y el mortal Acis, al que, según la mitología griega, terminaría matando por celos para que a continuación ella convirtiera a su amado en espíritu del río. Otras veces recorría las librerías de viejo a orillas del Sena, en las que consiguió una edición microscópica en español de Don Quijote de la Mancha a cambio de unos pocos francos, o se detenía en algún puesto de flores donde fantaseaba con comprar el ramo más hermoso para regalárselo a Ana.

Se alojaba en la casa de una pareja de artistas que habían huido de la guerra civil dos años antes y ahora se dedicaban a acoger nuevos exiliados. A Mateo le parecían algo estrafalarios, en especial ella, una joven catalana de nariz aguileña a quien le gustaba disfrazarse de torero y vender pasteles en la calle, por no hablar de los desconcertantes cuadros que pintaba — según ella, inspirados en sus sueños—, como el de un corpiño blanco trenzado con una rama de hiedra que yacía en las profundidades de un pozo, que colgaba en la habitación en la que dormía. Y tampoco le resultaba muy normal que un poeta francés hubiese dirigido una unidad del ejército republicano en el frente de Teruel. Sin embargo, debía reconocer la influencia de ambos surrealistas, como ellos mismos se denominaban, en su intención de retomar su diario, cuya escritura alternaba con la lectura del Quijote, cuyo personaje protagonista le obsesionaba en esa época de ideales frustrados en la que la locura constituía un refugio lógico.

Fue el propio Puente, del que no había sabido nada desde su llegada a París, hacía dos semanas, quien entró sin llamar en su habitación y le despertó sin contemplaciones.

—¡Venga, pipiolo! Recoge tus cosas, que nos vamos a México.

Amodorrado y aturdido, el santanderino tardó unos instantes en asimilar la noticia. ¿A México? Si lo que acababa de oír no formaba parte de un sueño como los de su amiga pintora, en poco tiempo podría estar buscando a su amada. En cualquier caso, Mateo Llamazares sabía que ese día comenzaba una nueva vida.

2

Apenas dos minutos más tarde de la hora fijada, María cruzaba la verja de acceso al Museo Arqueológico Nacional. Apostado impaciente en la puerta, y ataviado con su bata blanca de trabajo, David la vio llegar vestida con unos vaqueros, unos tenis inmaculados y una blusa beige de seda, lo que le confería una seductora armonía, que también transmitía mediante su hablar relajado. Llevaba, además, colgado un gracioso bolsito azul cielo del mismo tono que los pantalones, con un cierre metálico en forma de abeja.

—Disculpa el retraso y, sobre todo, las fachas. Pero es que así ya no tengo que andar pendiente de cambiarme. Puede que ya no me dé tiempo a volver al hotel más que para recoger la maleta, y me gusta ir cómoda en los vuelos —le dijo acercando su mejilla a la de David una sola vez, tal y como se hacía en su país.

De no ser porque parecía agobiada, el arqueólogo hubiese creído que bromeaba. Aquella mujer, aun vistiendo con un estilo informal y maquillada de modo casi imperceptible, le resultaba más elegante que la mayoría de las invitadas en cualquiera de esas bodas a las que, debido a su aversión a las celebraciones multitudinarias, acudía obligado, y en las que se encontraba fuera de lugar.

—Pues yo te veo muy guapa —afirmó con rotundidad.

—¿Ya empezamos? —respondió ella mostrando su sonrisa.

Lo cierto es que David se sentía cansado por haber dormido mal. Claro que, al verla, se repuso como por encanto. Después de haberla acompañado la noche anterior hasta el vestíbulo del Palace, donde se despidieron, muy a su pesar, sin que ella le hubiese concedido la más mínima oportunidad de subir a su habitación, había pasado la noche fantaseando con esa mujer que le descolocaba por completo. No tenía ningún sentido que malgastara sus energías con ella cuando iba a

marcharse ese mismo día y lo más probable es que jamás volviese a saber de su existencia. Y, por mucho que le costara reconocerlo, algo en su fuero interno le impedía alejarse de ella por iniciativa propia. Ese algo, además, le obligaba a mirarla embelesado y le hacía sentir la necesidad de tocarla. No quería ni pensar que ese algo tuviese un nombre ni que ese nombre fuese amor. Nadie se enamora en unas horas, no al menos en la vida real. Eso solo sucedía en una de esas comedias románticas de las que renegaba, pero que a veces veía en la soledad de su habitación antes de dormir.

Sin embargo, no había sabido controlar los sentimientos que le venían dominando desde que la viera cantar en el piano bar, con aquella voz de rayo de luna llena. Y lo que era peor: a la luz del día, y sin una gota de alcohol en la sangre, la veía aún más hermosa. Trató de protegerse evocando los buenos ratos vividos con sus amantes, en especial con aquellas que consiguieron proporcionarle sosiego una vez sofocado el deseo. Con alguna incluso había dormido y, obviamente, consideraba menos íntimo el sexo que abandonarse con alguien en el territorio ignoto de los sueños. No sabía si pretendía engañarse con esos pensamientos absurdos que se le cruzaban; en cualquier caso, le ayudaban a tranquilizarse y a sujetarse el escudo forjado a lo largo de los años para evitar que nadie pudiese hacerle daño de nuevo, después de que su mujer le pidiera el divorcio por haberse quedado embarazada de un amante que mantenía desde antes incluso de casarse sin que él nunca hubiese alcanzado a sospechar lo más mínimo.

Fuera como fuese, había logrado que María moviese su agenda del día para pasar unas horas con él. Sin duda, ayudado por su relato acerca del Tesoro del Vita, con el cual creía haberla impresionado más de lo previsto; pero, sobre todo, por su invitación a enseñarle algunas de las piezas en las que andaba trabajando, todavía no expuestas al público.

Parecía que David ya hubiese dado las instrucciones oportunas a las dos funcionarias del mostrador de la entrada, porque, al verle entrar, le sonrieron, permitiéndoles el paso sin ninguna traba. Tras avanzar por uno de los pasillos, cruzaron una puerta con un letrero que indicaba que solo estaba permitido el acceso al personal autorizado hasta llegar a una gran sala con aspecto de laboratorio, en la que una joven técnica faenaba sobre un sarcófago egipcio de madera policromada bajo la supervisión de la conservadora jefe.

—¡Hola! —saludó la mexicana, mostrando su simpatía natural.

—¡Hola! —le respondieron ambas, al unísono, sonrientes.

—¡Caray, qué maravilla! —comentó María al acercarse al ataúd—.

¿De qué dinastía es?

—Así que algo entiendes de esto —intervino David sin ocultar su admiración.

—No creas, Egipto no es mi fuerte. Entiendo un poquitito más de la época grecorromana.

—¿Una mexicana experta en arte clásico? —preguntó él.

—Ya ves. Soy rara —dijo sin perder el gesto risueño.

—De la dinastía XXVI —aclaró la técnica.

—Siglo sexto antes de Cristo, entonces. Increíble que se encuentre en ese estado —aduló María.

—Para eso estamos nosotros —replicó David.

Sus compañeras se miraron con sorna y optaron por permitirles unos minutos de intimidad, a fin de que su amigo pudiese exhibir sus dotes de seducción sin testigos que luego fueran a burlarse de él, aunque pensaran hacerlo igualmente.

—Vamos a tomar un café —dijo la jefa—. ¿Os traemos algo?

—No, no, gracias —respondió él—. Nos iremos enseguida.

—Son muy amables —apuntó María de forma encantadora.

Apenas las dos conservadoras se hubieron despedido, David abrió el cajón superior de su mesa de trabajo, se puso unos guantes de algodón y extrajo de un estuche dos pequeñas piezas de oro puro, que colocó bajo un enorme foco. Aguardaba ansioso ese momento, y era de agradecer la discreción de sus compañeras para dejarle a solas con aquella mujer a la que pretendía asombrar, lo que le costaría invitarlas en una tasca cercana a la que solían acudir ocasionalmente para tomar alguna que otra cerveza al terminar la jornada laboral. Por suerte, Raquel disfrutaba de un día libre y tampoco se encontraba esa mañana en el museo, por lo que se sintió más cómodo a la hora de moverse por el laboratorio en compañía femenina.

—Mira, ven.

Sin aparentar impaciencia, ella se inclinó con cautela. Sus ojos brillaron al descubrir dos mascarillas precolombinas, perfectamente conservadas, casi idénticas. David le prestó una lupa y ella se aproximó hasta que pudo contemplarlas en todo su esplendor. Le pareció apreciar algún ligero deterioro en ambas imágenes, las cuales representaban a una deidad mesoamericana, pero nada extraordinario habida cuenta de su

antigüedad. Tenían sendos ganchos en la parte superior, que alguien había engarzado para convertirlos en pendientes en algún instante de su azaroso periplo a lo largo del devenir del tiempo. Con delicadeza, David los giró para que ella pudiera analizarlos por el otro lado, en el que se apreciaba una mutación en el rostro de la deidad.

—Son espectaculares —musitó con emoción contenida—. ¿De qué época son?

—Resulta complicado datarlas con exactitud. Le mandé fotos a un experto mexicano con el que coincidí estudiando el doctorado en París y me comentó que quizá de principios del siglo XV.

—Es muy difícil poder tener algo así tan cerquita. Este tipo de objetos solo se ven detrás de las vitrinas de los museos.

—Por eso las tenemos nosotros —respondió David, ufano—, aunque por pocos meses. Están en el Arqueológico de casualidad. Las donó un anciano que no se identificó. Tampoco quiso dar explicaciones de cómo habían llegado a sus manos. Simplemente nos dijo que pretendía hacer justicia porque pertenecían a este lugar: formaban parte del expolio que se produjo en la guerra civil. Ya te contaré esa historia también si quieres. En cuanto concluya su tratamiento, su destino final será el Museo de América, donde se exponen todas las colecciones de vuestro continente, salvo las numismáticas, que también están aquí. Pero eso ya será después del verano.

—¿Les quitarás los ganchos?

—Claro, la cosa consiste en recuperar su estado original en la medida de lo posible.

—De verdad, muchas gracias por enseñármelas. No te imaginas lo que significa para mí —le susurró, acariciándole fugazmente el brazo—. Todo lo que tiene que ver con nuestra historia me llega al corazón.

El arqueólogo estaba feliz. No recordaba esa sensación desde que, siendo todavía preadolescente, una quinceañera le puso la mano en la rodilla cuando hablaba con él en un banco de los jardines de Piquío, en Santander. Creía haber conseguido su propósito de impresionarla y apenas podía disimular su satisfacción. Era el momento de ir un paso más allá y continuar con su plan.

—Bueno, para celebrarlo, te propongo dar un pequeño paseo antes de invitarte a comer.

Ella le miró a los ojos, sonriente.

—Eres un tramposo, pero supongo que no puedo negarme. Anda, vamos —resolvió, ahogando un suspiro.

—¡Genial! Antes déjame que me quite la bata —le pidió David mientras salían del laboratorio en dirección a los vestuarios del personal del museo—. Espérame en el vestíbulo, por favor. Te pasas la vida viajando por todo el mundo, por lo que imagino que recordarás el camino.

—No estés tan seguro. Mi sentido de la orientación no es una de mis virtudes.

—¡Vaya! No me digas que tienes algún defecto.

—¡Tengo muchos! Pero no pienso decírtelos.

—¿Eso es que tendré que descubrirlos?

—¡Quién sabe! —respondió ella, risueña—. Dale, no vaya a ser que me arrepienta.

—¡Ni se te ocurra marcharte!

Con aire sonriente, David cruzó deprisa la puerta del vestuario, donde se limitó a colgar la bata en una percha de su taquillero. Necesitaba un lavado; no obstante, pensó que la aprovecharía en su última jornada antes de irse de vacaciones y que ya se la llevaría a casa al día siguiente. Un par de minutos después estaba de vuelta, pero no tuvo que llegar hasta el vestíbulo para reencontrarse con María, porque permanecía en el mismo sitio en el que la había dejado, conversando animadamente con las dos compañeras de David, que regresaban al laboratorio.

Tras despedirse de ellas, ambos salieron a la calle bajo un sol respetuoso, más propio de la primavera que del verano madrileño. Una ligera brisa, procedente de la sierra, atemperaba el ambiente.

—¿Dónde me vas a llevar? —preguntó María.

—Al bulevar de los sueños rotos.

—¿Eso no queda en México? —respondió ella siguiéndole la broma.

—¡Vale! Lo admito. Me has pillado. Iremos entonces a un sitio más cercano, ¿conoces el parque del Retiro?

—Solo de pasada. La verdad es que en Madrid suelo andar con la agenda completa y siempre me dejo visitas pendientes.

—¡Perfecto! Me encantará ser tu cicerone.

Caminaron, sin dejar de charlar, hacia la majestuosa Puerta de Alcalá, para llegar luego a la de Hernani, por la que se adentraron en el parque. Durante el trayecto, ella se interesó por el trabajo de David y se preocupó por haberle obligado a abandonarlo antes de tiempo. Sin embargo, él adujo

que, por pura vocación, pasaba en el museo muchas más horas de las que le correspondían, y que nadie le llamaría la atención por eso.

De repente, se les acercó una preciosa labrador que correteaba alegremente delante de su dueña, que la perseguía agobiada para evitar que molestara a nadie. María no dudó en agacharse para hablarle y acariciarla ante la mirada precavida de David, que procuraba mantenerse a distancia de los perros por culpa de un temor que arrastraba desde la niñez. Tras una breve conversación con la dueña de la perrita, continuaron paseando despacio mientras el arqueólogo daba sucintas explicaciones de cuantas peculiaridades se iban cruzando.

—Esta es la fuente de los Galápagos. La mandó construir Fernando VII para conmemorar el primer cumpleaños de su hija, la que sería Isabel

II. Supongo que es una de las pocas cosas buenas que hizo, porque menudo rey tuvieron que aguantar nuestros antepasados. Mira, esas tres hadas conceden los dones a la princesa. Y las esculturas representan los buenos deseos para la futura reina. Los delfines sobre los que cabalgan los niños se asocian a la inteligencia, la sabiduría y la paciencia; y los elementos marinos se relacionan con la fecundidad, ya que del agua surgió la vida. Los galápagos y la tortuga son símbolos de longevidad.

—¿Y funcionó?

—Bueno, no estoy seguro de la parte de los delfines, pero la otra no estuvo mal del todo. Vivió setenta y tres años, lo cual estaba muy bien para la época. Y dio a luz doce veces, claro que no todos los niños sobrevivieron.

—¡Qué bárbaro! —exclamó ella, divertida.

Enseguida se abrió ante sus ojos el fastuoso estanque del Retiro, rodeado de falsas acacias, álamos y eucaliptos blancos, castaños de Indias, cedros del Líbano y plátanos de sombra, lo que le provocaba a David una sequedad en la garganta que le obligaba a mantener algunos silencios para evitar los ataques de tos.

—¿Te gusta? —preguntó él con aire ufano.

—¡Es una delicia de lugar!

—Venga, vamos al embarcadero.

—No irás a decirme que nos iremos a subir a las barcas.

—¡Por supuesto, milady!

—¿Milady? ¿Te recuerdo a Milady de Winter? ¿En serio? —rio ella—.

¿A qué ha venido eso? ¿Tan mala te parezco?

—¡Nah! Lo decía porque no te imagino realizando ciertas tareas manuales.

—¿Como remar? Lo mismo te sorprendo, mosquetero.

Navegaron despacio, a lo largo y ancho del estanque, sin dejar de conversar. Quizá por el entorno romántico, a David se le ocurrió hablar sobre su peculiar filosofía acerca del amor.

—¿Has estado enamorada alguna vez?

—Es una buena pregunta. Por si tienes curiosidad, ahora mismo no lo estoy.

—¿Y antes?

—En su momento estaba segura de que sí, pero cuando lo miro con la perspectiva del tiempo me surge la duda de si confundía el amor con otro tipo de afectos o de emociones. ¿Y tú? Tienes pinta de ser muy enamoradizo.

—Y enamoradizo no es lo mismo que enamorado, claro.

—No, no tiene nada que ver.

—Bueno… Hay muchas maneras de entender las relaciones. Por nuestra cultura cristiana…

—Cuidado con lo que dices, que yo soy creyente y practicante —le interrumpió.

—No hablo de fe, sino de costumbres. En España, e imagino que en México en mayor medida, nos han educado según unos parámetros católicos entre los que se incluye la monogamia.

—A ver por dónde sales, que te veo venir.

—Pues ya lo puedes intuir, chica lista. A la Iglesia le interesa tener controlado a su rebaño y nos ha inculcado un sentimiento de culpa ante determinados actos, que yo considero normales. Es su forma de evitar que se le descarríen las ovejas.

—¿Estar con dos o tres personas a la vez es normal? ¡O a saber con cuántas!

—¿Por qué no habría de serlo?

—¡Porque no está bien, carajo! —exclamó airada la mexicana, para excusarse enseguida con un «perdón» casi infantil, lo que provocó la carcajada de su compañero de travesía.

—¿Está mal decir carajo?

—Es muy feo, sí.

—Pues a mí me ha resultado muy divertido. Me gusta que, de vez en cuando, olvides que eres una señorita.

—Es que…, ¡uf! A ver, David. ¿Tú crees que alguien puede estar enamorado de dos personas a la vez?

—Y de más. ¿Acaso un padre o una madre no quieren a todos sus hijos?

—¡No es lo mismo!

—No entiendo por qué no ha de ser lo mismo. Estamos hablando de amor. Y yo, desde luego, ya te digo que no puedo irme con nadie a la cama si no siento algo. El sexo como sustituto del gimnasio no me va.

—Así que eres poliamoroso.

—Prefiero decir que tengo relaciones abiertas.

—Es que ustedes, los europeos, son muy modernitos —contestó ella con sorna.

—Pero no me has podido rebatir.

—Porque no todo se puede justificar ni se puede explicar con la ciencia. ¿Qué hay de lo que se siente? Claro que si no eres creyente me da mucha pena que no lo llegues a entender. Es cuestión de fe. ¿No será que vas de mujer en mujer buscando un cariño que ni siquiera quieres encontrar? Además, ¡qué complicado, caray! Si ya cuesta llevar una pareja, no puedo imaginar lo que sería mantener varias. ¿Cómo te organizas? ¿Con una hoja de Excel?

—¡Menuda retahíla! —comentó David en tono de broma, intentando reconducir una situación que se le iba de las manos.

—No pienses que soy una antigua. Es solo que tengo mis principios. De todos modos, me gusta escuchar y procurar entender. Tu punto de vista es interesante. Por eso no te preocupes, que tampoco me considero una mojigata.

—¡No intentaba convencerte!

—¡Lo sé! —replicó ella, más distendida.

David se quedó pensativo, con los ojos puestos en un cormorán que extendía sus alas en la orilla para secarlas antes de emprender un nuevo vuelo. De alguna manera, abrió imaginariamente las suyas para retomar la conversación.

—Quizá no sea más que un escudo —sentenció, muy serio, con la vista aún fija en el horizonte.

Manifestó su vulnerabilidad sin ninguna pretensión más allá que la de ser sincero.

—¿A qué te refieres? ¿A tus enamoramientos múltiples y pasajeros?

—preguntó ella en un tono suave, exento de ironía.

—Algo así, sí —suspiró.

—Bueno, todos tenemos nuestros escudos particulares.

El santanderino dejó que su mente se perdiera durante unos instantes antes de centrar la mirada en su reloj. Y pensó que ya debían ir a comer. Tuvo dudas a la hora de elegir dónde hacerlo. Buscaba agradarla, y suponía que ella estaría acostumbrada a esos lugares glamurosos donde te cobraban solo por respirar, los cuales no encajaban con su estilo ni con su presupuesto. Al final optó por un restaurante asturiano recién inaugurado, que aunaba una cuidadosa elaboración con la honestidad de la comida norteña. Se llamaba El Paraguas en recuerdo de la plaza ovetense en la que se habían enamorado sus dos jóvenes propietarios. Fue ella quien los recibió, con su sempiterna sonrisa, y los acomodó en una de las pocas mesas del coqueto local.

—¡Qué lindo! —exclamó la mexicana, provocando la satisfacción de David.

—No lo conocía más que por referencias. No es comida de la tierruca, pero nuestros vecinos los asturianos también son muy aficionados a la buena mesa.

—¿Vecinos? ¿De dónde eres?

—¡De Santander! ¿Lo conoces?

Por unos instantes, María pareció pensarse la respuesta.

—Sí —respondió ella, lacónica.

—¡Vaya! ¡Esto sí que es una sorpresa! Los mexicanos, cuando vienen a España, se limitan a visitar Madrid, Barcelona o Sevilla. ¿Te gustó?

—Sí. Toda la tierruca, como la llaman ustedes, es preciosa. Y Santander tiene una de las bahías más hermosas del mundo.

—¡Qué te voy a contar yo, que no soy nada objetivo!

—Me encanta este sitio. Es muy acogedor —manifestó la mexicana, procurando desviar el tema.

—¡Me alegra que te guste! Pues veamos ahora qué tal nos dan de comer. Lleva pocos meses abierto y se ha puesto muy de moda. Esperaba una buena ocasión para venir.

—Entonces se supone que tengo que sentirme halagada —afirmó ella, mostrando una sonrisa enigmática.

Enseguida, David pudo darse cuenta de que María era una mujer fascinante que disfrutaba con cada pequeño detalle, independientemente de donde estuviese. E imaginaba que podía zamparse un bocadillo de calamares en alguna de las cervecerías que rodeaban la plaza Mayor con la misma satisfacción con que degustaría unas costillas de wagyu en salsa teriyaki en un restaurante japonés con estrella Michelin.

Una vez asentados junto a una esquina, María se dejó asesorar por David, no sin que antes este se interesase por sus preferencias.

—Me gusta todo —aseveró ella de una forma muy convincente.

—¿Y el vino?

—También… ¡Y la cerveza!

Compartieron unas alcachofas salteadas, unas fabes con almejas y un cachopo de solomillo de ternera. Entre plato y plato, rozaban sus copas mientras se intercambiaban brindis exentos de banalidad. A medida que disminuía la botella de Rioja, su charla se tornaba más distendida, como si se fueran desprendiendo de los tapujos iniciales para mostrarse de un modo más sincero. David creyó adivinar en el brillo de los ojos de María una admiración incipiente, o quizá solo se tratase de los efluvios del vino. En cualquier caso, ella parecía sentirse muy cómoda en su compañía. Para su sorpresa, él también se encontraba muy a gusto dejando entrever su vulnerabilidad. Dudaba si el hecho de mantener la guardia baja se debía a una estrategia inconsciente, dado que con María no valía la superficialidad, o si se correspondía con un deseo real de mostrarse sin artificios por alguna extraña razón que se le escapaba.

Tras apurar la botella, David se atrevió con su brindis más personal.

—Por que esta reina y este bohemio no sea la última vez que se vean.

Ella se mantuvo inmóvil durante unos segundos con la copa en la mano, sin arrimarla, como si se resistiese a aceptar algo que no podría cumplir.

—La vida da muchas vueltas —dijo enigmática sin perder la sonrisa, sellando el envite con un suave chinchín.

Casi por educación, para hacer ver que se preocupaba por ella, David miró la hora en su Swatch cobrizo.

—No sé cómo andas de tiempo, María.

—Es pronto. Mi vuelo no sale hasta las once de la noche. Bonito reloj, por cierto.

—Sí, gracias, me lo regaló mi madre poco antes de… —No consiguió terminar la frase porque se le quebró la voz y se le empañaron los ojos, lo que despertó la ternura de la mexicana.

—¿Tu mamá murió? —preguntó ella. David solo pudo asentir con la cabeza—. ¡Ay! ¿Sabes? Puedo adivinar cómo te sientes. Mi abuelo Paco, que era mi segundo papá, también murió hace poquito. Estábamos muy unidos.

—Lo siento… Yo no puedo hablar de ella —balbuceó él.

—Y yo, en cambio, lo menciono a todas horas porque lo recuerdo continuamente. Cada persona tiene una manera de afrontar los duelos — afirmó ella traicionándose a sí misma, porque prefería callar sobre la trágica muerte de sus padres cuando aún era una niña.

Sin saber muy bien quién inició el movimiento, los dedos de sus manos se entrelazaron durante unos instantes, conformando algo parecido a una caricia.

—Y en México tenéis una visión muy particular de la muerte.

—Eso es. ¿Sabes?, creo que el último brindis va a ser por tu mamá y por mi abuelo. Y por lo mucho que los quisimos. Bueno, que los queremos, porque nadie muere si se le recuerda.

David alzó a duras penas su copa, pero no consiguió llevársela a los labios, limitándose a esbozar una sonrisa triste. Buscó reponerse, tratando de reconducir la conversación.

—¿Te queda hueco para algo más?

—¡Claro! ¡Y si no, lo buscamos!

—Pues me alegro. Soy un enamorado de las tartas de queso, y me han dicho que aquí hacen una con cuajada que es un espectáculo.

Tras devorar el postre y pagar la cuenta, salieron del restaurante sin rumbo fijo. María no aparentaba tener prisa por irse y él le propuso dar un paseo por el Madrid de los Austrias, que ella aceptó con agrado porque le vendría bien para ayudarla a digerir la comida y también para ordenar ideas. Su cargo de conciencia no le permitía sentirse atraída por aquel tipo que la miraba con idolatría, como si jamás hubiese estado con una mujer.

Y, sin embargo, le tentaba abrirle su corazón, desvelarle sus secretos y compartir con él su pena por haberse quedado huérfana después de que la

avioneta que pilotaban sus padres se estrellara en medio de la selva en unas circunstancias que nunca llegaron a esclarecerse.

II

El Vita era una enorme marioneta flotante a merced del furioso oleaje, que lo zarandeaba a su capricho en medio de una tormenta que amenazaba con desplomar el cielo sobre el océano Atlántico. Su capitán, José Ordorica, un vizcaíno nacionalista curtido en las más temidas galernas del Cantábrico, observaba cómo los rayos iluminaban fugazmente las olas, encabritadas por unos vientos de más de setenta millas por hora, a la espera de que amainara el temporal para volver a gobernar la embarcación que le habían asignado con el propósito de llevar a cabo la secreta misión de transportar hasta la costa mexicana un cargamento que ahora se encontraba guardado bajo llave en el camarote de aquel yate que, bajo bandera estadounidense, en un intento de pasar lo más desapercibido posible, navegaba a duras penas.

Y para evitar que nadie sospechara del destino del barco, en la documentación de a bordo constaba que navegaría con rumbo a Filipinas, país del que era natural Marino Gamboa, su propietario legal, un comerciante de origen vasco con pasaporte norteamericano a quien Negrín, el presidente del Gobierno español, había nombrado director de la Mid-Atlantic Shipping Company. El cometido de esta naviera, con sede en Londres, consistía en coordinar la flota mercante leal al Gobierno republicano, órgano que le solicitó la compra del Vita después de que hubiese demostrado su lealtad a los socios nacionalistas de Negrín, para los que incluso compró como testaferro el palacete parisino en el que tenía instalada su sede el Gobierno vasco en el exilio.

El capitán sabía que algunos de los miembros de su tripulación, antiguos pescadores de bacaladeros vascos, censuraban su empeño por hacerse a la mar en aquellas pésimas condiciones climatológicas. Sin embargo, la decisión de zarpar con premura se debía a que tanto Francia como Inglaterra acababan de legitimar al Gobierno de Francisco Franco,

sin aguardar a que finalizara la guerra en España, a cambio de su promesa de neutralidad en el caso probable de que se desencadenase una gran contienda europea, lo que dejaba en papel mojado cualquier salvoconducto firmado por los mandatarios de la República española, con el consiguiente riesgo de que la codiciada carga del Vita fuese incautada por la gendarmería francesa para ponerla a disposición de las autoridades franquistas.

A su lado, Enrique Puente fumaba un cigarro para apaciguar las náuseas provocadas por el mareo y, de paso, tratar de mostrar tranquilidad delante de aquel capitán de aspecto bonachón y nervios de acero que aparentaba estar jugando una partida de dominó con sus amigos en una taberna de su Lequeitio natal. Para sus adentros, se juraba que si el yate llegaba a tierra firme no volvería a embarcarse en su puta vida. Ordorica, sin perder de vista el horizonte, pareció leerle la mente.

—Después de la tormenta siempre llega la calma —apuntó el vasco.

—En mi pueblo se dice que nunca ha llovido que no escampase — respondió Puente—. Pero, ¡manda carallo!, la gracia está en que podamos contarlo.

—No se preocupe. Lo peor ha pasado.

—Si usted lo dice, capitán… —comentó el gallego no muy convencido.

Ambos eran conscientes de que debían salir de aquella adversidad por ellos mismos. Antes de zarpar, habían recibido instrucciones por parte de un representante del Gobierno republicano para que se abstuviesen de emitir ningún radiograma con el fin de evitar su localización, dado lo confidencial del viaje; y de seguir las indicaciones de Sabater, el funcionario al mando de la misión, que en esos instantes estaba rezando, acurrucado en su litera, a pesar de no ser creyente.

El resto del pasaje, compuesto por la marinería y por los encargados de custodiar la mercancía, también se hallaba encerrado en sus camarotes, capeando el temporal cada quien a su modo.

Mateo Llamazares se aferraba a la concha marina que le había regalado su amada, ya idealizada con el paso del tiempo, mientras miraba su retrato como si fuese la estampa de una santa a la que encomendarse. Estaba aterrado, pero de haber sabido lo que le aguardaba en alta mar, habría aceptado igualmente la propuesta de Puente porque era el único medio de llegar a México, donde se encontraba la chica que ocupaba sus

últimos pensamientos conscientes antes de dormir con el deseo de que su imagen permaneciese en su cerebro hasta el inicio de sus sueños.

Se había incorporado al pasaje el 24 de febrero en el puerto fluvial de Rouen después de intervenir en la custodia, durante el transporte por carretera desde su escondite en París, de casi un centenar de maletas, cajas y baúles en los que aparecía como destinatario Pablo Azcárate, el todavía embajador español en Londres, lo cual no se trataba más que de una estratagema diplomática para el supuesto de que alguien pretendiese hacerse con el cargamento en algún momento de la travesía. Además, tenía sentido que constase su nombre, puesto que acababa de ser nombrado presidente del SERE, un organismo recién creado por Negrín para auxiliar a los cientos de miles de republicanos que ya comenzaban a exiliarse y que, obviamente, se encontraba necesitado de fondos.

Mateo contribuyó a acomodar los bultos junto a otras decenas de ellos que ya estaban en el yate sin que le preocupara su contenido, ya que su pensamiento se centraba en llegar a México. En realidad, nadie sabía con certeza lo que se transportaba ni el número exacto de valijas, cuyo peso total excedía las siete toneladas. De entre todas, la única que le llamó la atención fue un arcón de madera con varias estampaciones de «Frágil» en letras rojas y una etiqueta en la que figuraba el nombre de «Santander», su añorada patria chica, a la que quizá jamás regresaría.

—¿Qué tendrá esa caja? —se atrevió a preguntarse en voz alta en presencia de Enrique Puente.

—Te mosquea que ponga el nombre de tu pueblo, ¿eh? —contestó su compañero mientras encendía un cigarro.

—Me resulta raro, sí, pero era simple curiosidad. Entiendo que no debería importarme. Tú tampoco tendrás ni puta idea —comentó Mateo hurgando en el amor propio del gallego.

—Pues mira, pipiolo, por una vez te equivocas. Me advirtieron de que tuviéramos especial cuidado con eso. Es material radiactivo.

—¡No jodas! ¿Radio?

—Lo que oyes. Y no vayas pregonándolo por ahí. Alguien en tu pueblo tuvo la feliz idea de llevárselo de la Casa de Salud.

Enseguida, el pensamiento de Mateo viajó hasta su Santander natal y al hospital fundado por el marqués de Valdecilla, un filántropo indiano que quiso dotar a su hospital de las técnicas científicas más avanzadas, de ahí

que dispusiera de aquel elemento químico sumamente peligroso usado para los tratamientos oncológicos.

—Seguro que fue idea de Manuel Neila —aventuró Mateo.

—¿Lo has tratado? ¡Menudo pájaro!

—Tú dices que Santander es un pueblo, nos conocemos todos. Antes de la guerra era dependiente de una tienda de tejidos en el paseo de Pereda, y yo algunas veces acompañaba a mi madre, que es modista.

—¡Joder! Y luego, cuando le dieron el mando de la checa, le patinó el cerebro, ¿no? Porque hasta Madrid llegó su fama de carnicero —dijo Puente.

—Se le fue la mano, sí, por decirlo de una manera suave. Debió de huir de Santander un mes antes que yo, porque le perdí la pista. Yo salí por los pelos, la víspera de que llegaran los fascistas.

—¡Menudo cobarde! Y en vez de regresar al frente, como hicisteis tú y otros muchos, se escondió en Francia. Pues se le va a caer el pelo, porque tengo entendido que la gendarmería lo encontró en un chalet cerca de Biarritz y le van a endiñar una pila de torturas y asesinatos. Dicen que le trincaron con un montón de billetes, algunos manchados de sangre, y con joyas que parecían arrancadas con tenazas a cadáveres y moribundos.

—A lo mejor se libra, porque no estoy seguro de que le puedan juzgar en Francia por delitos cometidos en España —conjeturó Mateo.

—No, si al final acaba también en México. Lo que te digo: un pájaro. Fijo que, imaginándose su valor en el mercado negro, mandó el radio a los jefes para callarles la boca y no tener que rendir cuentas de lo que birló.

—La cosa es que ahora lo llevamos nosotros con a saber qué más.

—Sí, manda cojones… ¡Qué ganas de llegar, joder! —resopló Puente, encendiendo un nuevo cigarrillo.

El hecho de que ni siquiera los tripulantes del Vita supiesen con exactitud lo que transportaban se debía a la desidia de sus responsables a la hora de realizar un inventario, ya que gran parte de la carga había sido arrebatada a sus legítimos propietarios con métodos poco ortodoxos por los esbirros de la Caja General de Reparaciones. Este organismo, dependiente del Ministerio de Hacienda, se dedicaba a incautar los fondos y el patrimonio de los civiles afines al golpe de Estado que originó la guerra con el propósito de reparar los gastos causados por ella, si bien, en la práctica, los funcionarios republicanos habían carecido de miramientos a la hora de acopiar objetos de valor, actuando de manera indiscriminada

hasta el punto de forzar las cajas fuertes privadas del Banco de España y del Monte de Piedad, donde se hallaban empeñadas las joyas de todo tipo de ciudadanos, algunos de condición humilde, las cuales acabaron en las maletas transportadas por el Vita.

En el yate también viajaban piezas únicas procedentes de la capilla del Palacio Real, los depósitos monetarios de la Generalidad de Cataluña, cuantiosas alhajas de las catedrales de Tortosa y de Toledo, incluido el famoso manto del siglo XV de Nuestra Señora del Sagrario, compuesto por decenas de miles de perlas, y numerosas colecciones numismáticas del Museo Arqueológico Nacional, cuyo valor histórico superaba con creces su peso en oro. Y eso que un reducido número de empleados había conseguido esconder algunas de las monedas más preciadas sin sopesar las represalias en el supuesto de que hubiesen sido descubiertos.

Las accidentadas circunstancias en que se había conseguido la carga, el desinterés por realizar un listado detallado de esta, las noticias contradictorias por parte de la prensa, alimentada por filtraciones del espionaje franquista, y la precipitación con que tuvo que ejecutarse la operación, envuelta en un halo de secretismo, contribuyeron a que el contenido de aquel yate de lujo que se encontraba luchando contra la zozobra constituyese todo un misterio y a que fuese bautizado de forma genérica como el Tesoro del Vita. Las incógnitas sobre su destino final no harían sino alimentar su leyenda.

Después de tres infernales días de tormenta, la flamante embarcación de sesenta y dos metros de eslora navegaba por aguas más tranquilas. Poco a poco, comenzaron a asomar en cubierta, con caras lívidas de recién resucitados, los miembros de la tripulación y los demás componentes de la expedición. A medida que se cruzaban con Ordorica, este los saludaba con sorna, especialmente a los que se suponía más curtidos en las lides marineras.

—Nos comíamos ahora unas buenas cocochas con almejas, ¿eh, Manresa? —le dijo a un marino cántabro, militante socialista, nombrado administrador del barco por su afinidad con el presidente del Gobierno de la Segunda República. Sin embargo, a pesar de su pasado como capitán de un pesquero en mares bravíos, imaginarse la textura gelatinosa del plato que le sugería Ordorica le obligó a retirarse de nuevo en busca de un retrete donde vomitar sin testigos.

Singlaron otros once días sin mayores contratiempos, con cierto cargo de conciencia por sentirse en paz en época de guerra. Mateo Llamazares, por órdenes de Enrique Puente, alternaba sus momentos de asueto en cubierta con la vigilancia del camarote del capitán, donde estaban amontonadas las maletas.

—No creo que a nadie se le ocurra hacer una tontería, pero, por si las moscas… —se justificaba el gallego.

A veces, a Mateo se le pasaban las horas con la vista perdida en el azul del horizonte y la mente navegando por las aguas de su imaginación.

¿Sería capaz de dar con el paradero de Ana en aquel país ignoto? ¿Acaso ella le estaría esperando o ya se habría olvidado de él? En cualquier caso, por su tardanza en llegar, no podía reprocharle nada. Y, aun así, se le partía el corazón solo de pensar en esa posibilidad.

La mano amiga de Ordorica en su hombro lo sacó de su ensimismamiento.

—¿Todo bien, muchacho?

—Sí, capitán. Gracias —respondió el joven santanderino, girándose para mirar a los ojos de su interlocutor.

—¿Cómo llevaste la tormenta?

—Sé que estábamos en buenas manos.

—¡Gracias! —rio Ordorica—. Y en buen barco. ¿Sabes por qué se llama así?

—No, capitán.

—Es el diminutivo de Victoria Sackville-West, una poetisa que andaba escandalizando a esos ingleses, tan puritanos ellos. Este yate ha heredado su carácter indómito.

—No me suena.

—Dicen que iba acumulando amantes de ambos sexos. Su relación con Virginia Woolf fue bastante comentada en Londres. Yo paraba mucho por allí —dijo Ordorica con sonrisa pícara.

—A ella sí la he leído —respondió Mateo, encantado. Su padre solía llevarle algún ejemplar de Sur, una revista publicada en Buenos Aires que circulaba en los ambientes intelectuales republicanos, en la cual Jorge Luis Borges había traducido parte de la obra de la escritora británica.

—¿Cómo es eso? —quiso saber el capitán extrañado.

—Me gusta mucho leer. Y aspiro a ser escritor algún día —confesó Mateo con voz ahogada.

—¿Y ese suspiro? ¿Añoras ya España? ¿O quizá a una mujer?

—A una mujer…

—¿La dejaste en Santander?

—Sí, aunque creo que está en México, capitán. Por eso acepté enrolarme.

—¡Vaya! Me alegro, entonces. Confío en que lleguemos en menos de una semana. Mañana de madrugada tendremos que atracar en las Islas Vírgenes. No me hace ni puta gracia, pero el temporal nos ha retrasado y no nos queda más remedio que parar a repostar. Procuraremos no estar allí demasiado tiempo.

Los planes de Ordorica estuvieron a punto de irse a pique, y con ellos el éxito de la expedición, porque las autoridades portuarias norteamericanas de Carlota Amalia, en la isla de Santo Tomás, habían recelado de que un yate tripulado por españoles enarbolara la bandera de las barras y las estrellas. Las explicaciones del vasco sobre que había sido nombrado capitán por el propietario de la embarcación, a quien debían recoger en Veracruz para proseguir viaje hasta Filipinas, no terminaron de convencer a los oficiales navales estadounidenses, pero Ordorica aprovechó el momento en que estos se ausentaron con el fin de realizar las oportunas comprobaciones para zarpar enseguida, después de haber conseguido su propósito de obtener agua y combustible.

Aquellas cinco horas en las Islas Vírgenes también fueron aprovechadas por Enrique Puente para mandar un telegrama al antiguo ministro de Defensa español, Indalecio Prieto, al que Negrín había destituido por sus discrepancias estratégicas en la guerra y que ya se encontraba en México. En él le advertía de la inminente llegada de un barco con un cargamento de gran valor enviado por el propio Negrín, su enemigo íntimo, que seguía empeñado en prolongar la contienda. Y es que, desde que se había enterado de los detalles de su misión, Puente buscaba la manera de esquivar las instrucciones de entregar la mercancía al delegado de Gobierno, que debía de estar esperando al Vita en su destino, para que quien gestionara el tesoro fuese su admirado Don Inda, el apodo con que le llamaban cariñosamente sus allegados.

El yate aún tendría que atravesar otra tempestad, que le causó más desperfectos, antes de quedar amarrado en el muelle de Veracruz en la tarde del 23 de marzo. Al sentir en sus pies por primera vez el suelo mexicano, Mateo Llamazares tuvo la extraña sensación de estar en casa,

como si siempre hubiese pertenecido a ese lugar. Claro que acaso solo se tratara de una percepción provocada por saber que estaba pisando la misma tierra que Ana Cossío, ya que el ansia por volver a perderse en su mirada alteraba sus emociones. Sin embargo, nuevos contratiempos en la misión retrasaron el comienzo de la búsqueda de su amada.

3

Caminaron juntos entre roces casuales que los hacían vibrar, y en poco más de media hora cruzaban la plaza Mayor para, a continuación, callejear hasta la de Oriente. Pasearon con lentitud frente al Palacio Real en dirección a los jardines de Sabatini sin dejar de dialogar, con tal complicidad que parecían viejos amigos que se conocían desde niños. A menudo, él la contemplaba embelesado y ella le rehuía la mirada, sonriente, como si se dejara querer. Esa tarde, David hubiese deseado detener el tiempo para que ella no tuviera que subirse al avión que la llevara a México.

Al declinar los rayos de sol, él empezó a canturrear en voz baja El reloj, un viejo bolero sobre la desesperación de un hombre que desea pausar las horas para prolongar el momento de estar con la mujer amada, que ha de irse para siempre al amanecer.

—Esa canción era una de las favoritas de mi abuelo Paco —le interrumpió María, ahogando un suspiro.

—Así que la conocías.

—¿Y cómo no, si es de un mexicano? Roberto Cantoral. Es todo un tipazo.

—¿Vive todavía? —comentó él, sorprendido.

—Vive en la colonia de Lindavista, en México D. F. El portón de su casa está decorado con la partitura de la canción. Imagino que la compondría muy joven.

—¿Hay algo que no sepas? —Su pregunta denotaba más admiración que ironía.

—¡Muchas cosas! Aunque ya sabes que me encanta todo lo que se refiere a mi país.

—Ya, ya. Y que estás muy orgullosa de ser mexicana.

—¡Sí! Pero ni se te ocurra remedarme, no seas payasito —le replicó ella, risueña, sin que sus palabras mitigaran el estado de encantamiento en que parecía estar sumergido David.

—Son casi las siete —informó él, con desgana, en un intento obligado de ir regresando a la realidad.

—Tengo que irme, sí. Vamos a buscar un taxi.

—Si quieres, puedo llevarte yo al hotel y luego al aeropuerto. Tengo el coche en el parking de Santo Domingo. Ya te dije que vivía cerca.

—¿Parking? —rio ella—. ¡Con lo mal que hablan ustedes inglés! Me resulta muy gracioso que empleen anglicismos.

—Me gusta que te parezca tan divertido —replicó fingiendo estar ofuscado—. ¿Puedo llevarte o no?

—No quiero molestarte. ¿Estás en condiciones de manejar?

—María…

—Dime.

—Nada —respondió con un nudo en la garganta—. Que claro que quiero llevarte. A cambio solo te voy a pedir que me dejes hacerte una foto. Estás preciosa con esta luz. Bueno…, en realidad, estás preciosa siempre.

—¡Ay, David! Te aviso que no me gusta posar —contestó ella otorgando su consentimiento tácito.

Con la sonrisa en los labios, el arqueólogo extrajo de su bolsillo el flamante Nokia 7610, con cámara de un megapíxel, que le había regalado su padre las Navidades anteriores. Pulsó con rapidez el teclado del teléfono con el propósito de captarla lo más natural posible. Tras tres disparos, miró la pantalla con un gesto de aprobación.

—Lo que te dije: preciosa.

—A saber a cuántas chicas les habrás dicho lo mismo —replicó ella a la defensiva.

—Tal vez a alguna sí, no lo niego, aunque jamás con la sinceridad de hoy —comentó él con una rotundidad casi convincente.

Emprendieron el regreso en silencio, como si ambos supiesen que de ese día solo quedarían los recuerdos y estuviesen tratando de grabarlos en la memoria con un sello indeleble antes de que los deliciosos matices que lo hacían especial se diluyeran en el tiempo.

De camino al aeropuerto, el sol languidecía con una belleza arrebatadora y efímera, trazando en el cielo una metáfora de lo que María

y David estaban viviendo.

Él no dejaba de mostrarse sorprendido porque ella viajara únicamente con un bolso de mano y un tróley. Más aún cuando se imaginaba su amplísimo vestuario. Ella alegaba que solía evitar facturar para no verse atrapada en las filas. Y que, de tanto hacer equipajes, dominaba la técnica de aprovechar al máximo cada hueco de su maleta.

Para alargar la despedida, David aparcó su Golf azul junto a la terminal de salidas y acompañó a María hasta los accesos del control de seguridad. Había esperado a lo largo del día a ver si ella le facilitaba el modo de seguir en contacto, pero estaba a punto de marcharse y no parecía que eso fuese a suceder, así que no tuvo otra opción que la de evidenciar, una vez más, su deseo de no perderla para siempre.

—¿No pensabas darme tu teléfono?

—¡Ya creí que no me lo ibas a pedir! —respondió ella sin que David la creyera del todo—. Déjame tu celular.

Ella misma incluyó su contacto en la guía tecleando los números y una dirección de correo electrónico. Con una sonrisa melancólica, David leyó lo que acababa de escribir.

—María México. ¿Esa eres?

—Confío en que no conozcas muchas Marías mexicanas —respondió, risueña.

—No, la verdad es que no conocía a ninguna mexicana. ¿Sois todas igual de encantadoras?

—¡Claro! No sé si todas, pero México está lleno de mujeres maravillosas.

—Estoy seguro de que no tanto como tú, María. Hoy ha sido uno de los días más bonitos de mi vida.

Sin cambiar el semblante, la mexicana le acarició la mejilla y le besó en los labios, humedeciéndoselos con ternura.

—Muchas gracias, David. Me has regalado unas horas preciosas. Me gusta mucho platicar contigo. Tú sí que eres encantador cuando te olvidas de ese pinche escudo —se despidió con dulzura.

Con la congoja instalada en su corazón, él la siguió con la mirada hasta que desapareció entre el gentío. En alguna de esas películas románticas había visto que si la chica se daba la vuelta por última vez antes de perderse de vista significaba que extrañaría al hombre del que se alejaba. Para su pesar, María no se giró en ningún momento, lo que incrementó las

dudas de David acerca de sus sentimientos. Claro que, si lo pensaba bien, su felicidad no podía depender del criterio ñoño de un guion cinematográfico.

Tentado estuvo de mandarle enseguida un SMS. Sin embargo, pensó que debía dominar su ansiedad. Imaginaba que María estaría acostumbrada a tratar con hombres que la cortejaban y tampoco pretendía resultar invasivo, máxime cuando no tenía gran cosa que ofrecerle más allá de unas sensaciones incipientes que él mismo se veía incapaz de identificar, y menos todavía de reconocer, pero que le turbaban por completo. Además, en el caso de poder expresarlas, a ella le costaría creerle, habida cuenta de que seguramente lo consideraba demasiado frívolo en las lides amatorias.

Esa noche se acostó confundido. Sin duda, aquella mujer le impresionaba como ninguna otra antes. ¿Qué habría sentido ella? Suponía que algo muy diferente. Él debía de haber sido un mero pasatiempo al que nunca regresaría, porque dudaba de que ni siquiera le interesase resolverlo. Pero, entonces…, ¿por qué le besó? Desde luego, no parecía que fuera de esas personas que regalan sus gestos de cariño de un modo altruista ni condescendiente. Claro que lo que más le preocupaba era averiguar sus propias emociones. ¿Acaso mezclaba idealización con amor? Una combinación peligrosa, sin duda. O lo que podía ser peor: ¿no se habría encaprichado de aquella mujer únicamente porque la creyese inalcanzable? El cansancio lo dejó dormido en medio de un laberinto de incertidumbres, recuerdos y contradicciones, del que no escapó hasta que

sonó la alarma de su teléfono.

La luz del nuevo día se confabuló con el olor de la cafetera para tratar de desenmarañar los pensamientos embrollados en su cerebro. Comenzaban sus vacaciones y Santander lo esperaba. Nada mejor que unos paseos por la playa del Puntal para refrescar las ideas. Sabía que debía olvidarse de María y que evocarla no le resultaría beneficioso a su frágil equilibrio emocional. No obstante, le escribió un mensaje de texto con la excusa de interesarse por su viaje. Como cabía imaginar, ella no contestó y David quiso deducir que aún le faltaría cobertura.

Entró al laboratorio con buen humor, asumiendo con estoicismo la situación. Raquel lo vio llegar con gesto sonriente, si bien le faltó tiempo para lanzarle una pulla intencionada.

—¡Buenos días, donjuán! ¿Cómo te fue con esa linda mujercita? — saludó con un impostado acento mexicano.

—¡Vaya! Sí que corren las noticias en Radio Museo —respondió con sorna, dirigiendo una mirada acusadora a sus compañeras.

—¡Oh, vamos, David! Nos alegramos por ti. Es una chica encantadora

—se defendió su jefa.

—Y muy guapa —apuntó Raquel—. Ya te dije en el Toni 2 que su cara me sonaba. Pero no porque sea una actriz, que a lo mejor lo es… Luego me acordé. Me había fijado en ella en la bodega Casanova el otro día, cuando estuvimos tomando una cerveza. Solo que llevaba el pelo recogido y gafas de sol. Me llamó la atención que no se las quitara. Pero, claaaro, la chica es muy fashion —comentó.

—¿El día que quedamos para cenar y luego ir al Toni 2?

—¡Ese!

—¿Estás segura?

David sabía que su pregunta era retórica, teniendo en cuenta la perspicacia de la que Raquel hacía gala; aun así, confiaba en que dudara.

—Una mujer como ella es difícil de olvidar. Tú lo sabrás mejor que nadie, ¿no?

Sus compañeras observaban divertidas la conversación. El arqueólogo intuía que detrás de las chanzas de Raquel se escondía una buena dosis de resquemor, aunque lo que le preocupaba en ese instante era ir a comprobar que se equivocaba acerca del absurdo presentimiento que le acababa de asaltar, provocándole una taquicardia.

—Bueno, basta de cháchara que hay que trabajar —resolvió.

Aparentando tranquilidad, se dirigió a su mesa de trabajo para abrir el cajón donde guardaba las mascarillas precolombinas. Emitió un ligero suspiro al comprobar que el estuche seguía en su sitio. Acto seguido, se puso los guantes y, con dedos temblorosos, se dispuso a abrirlo sin sacarlo de donde se encontraba. De repente, le dio un vuelco el corazón al verlo vacío. Y sintió que el cielo caía inmisericorde sobre su cabeza.

Respiró con profundidad para intentar sosegarse. ¿Cómo había sido tan imbécil? Se sentía como un títere seducido por una embaucadora capaz de leerle el alma. Y él que creía haberse enamorado perdidamente. Necesitaba aclarar sus ideas. Ya tendría ocasión de lamentarse a lo largo de toda su vida. Ahora se hacía preciso controlar su estupor sin que sus compañeras se percatasen de lo sucedido. Por un momento llegó a pensar que ellas mismas podían estar gastándole una broma pesada en su último día antes de las vacaciones. Las miró de reojo, pero ya andaban concentradas en el

sarcófago egipcio. Por otra parte, tampoco las creía capaces de tamaña crueldad.

Resopló con disimulo tratando de domar su corazón desbocado, aunque demasiado nervioso como para reconstruir los hechos con fidelidad. Sin embargo, no parecía muy complicado deducir lo ocurrido. Sin duda, María había aprovechado los escasos minutos de su ausencia para colarse en el laboratorio y llevarse las piezas. Contraviniendo las directrices, David no había tenido la precaución de cerrar la puerta con llave porque sus compañeras estaban a punto de regresar. De ahí que María no hubiese alcanzado a llegar al vestíbulo.

¿Qué se suponía que debía hacer? Estaba obligado a comunicárselo a su jefa, pero eso implicaba la apertura de un expediente, con su consiguiente despido y desprestigio. Lo que menos le importaba era convertirse, además, en el hazmerreír de sus compañeras, empezando por Raquel, a la que veía capaz de disfrutar con la situación. Su negligencia incluso podía acarrearle consecuencias legales.

Buscando entre sus arrestos, halló el cuajo suficiente como para dominar el miedo que le invadía. Necesitaba tiempo. Y nadie tenía por qué averiguar lo sucedido. No, al menos, por ahora. Si actuaba con calma, disponía de todo el mes de agosto para planear la estrategia a seguir.

—Chicas, no me encuentro bien. Me estalla la cabeza —acertó a decir.

—¿Mucha resaca? —respondió Raquel, jocosa.

—Sí, va a ser eso. Me estoy haciendo mayor —claudicó—. Creo que me voy a descansar a casa. Pretendía ir hoy a Santander, pero me da que no estoy en condiciones de conducir.

—Anda, cuídate, que los años no pasan en balde —autorizó su jefa.

—Sí, gracias… Necesito dormir.

Sin perder el temple, David ordenó su mesa de trabajo y, con toda naturalidad, bajó la tapa del estuche vacío y cerró el cajón con una llave que se introdujo en el bolsillo del pantalón. A continuación, se despidió de sus compañeras con un abrazo.

Salió del museo en busca de una bocanada de aire que mitigara su asfixia. No esperó para escribir un nuevo SMS a María, a sabiendas de que caería en saco roto. Su «Por favor, llámame» tenía menos posibilidades de ser respondido que un mensaje en una botella en medio del océano. Acto seguido, llamó a su padre para mentirle piadosamente. Le contó que no iría

a Santander porque le acababa de surgir un proyecto arqueológico a última hora para desarrollar durante sus vacaciones.

—Y ese proyecto, ¿cómo se llama? ¿Isabel, Lucía…?

—¡Venga! ¡No fastidies!

—¡Va, va! Haré como que me lo creo. ¿Dónde es, David?

—Me voy a México, papá.

Sabía que se trataba de una locura, pero necesitaba encontrar a María.

Y que ella volviese a mirarle a los ojos.

III

Tal y como cabía esperar, dado lo accidentado del viaje, no había en Veracruz ningún representante del Gobierno español aguardando la llegada del yate. La improvisación de la operación provocó que el doctor Puche, la persona designada por Negrín para recibir al Vita en su destino, ni siquiera hubiese embarcado en el transatlántico que le llevaría desde El Havre a Nueva York, donde haría escala antes de volar a México.

Al darse cuenta de la situación, el funcionario al mando de la misión se reunió con Manresa, Puente y Ordorica, en calidad de responsables del barco y su mercancía, para recordarles las instrucciones ordenadas.

—Señores, el Vita debe permanecer en el puerto hasta que un comisionado del Gobierno de Negrín se presente para recibir la carga — dijo Sabater con un hilo de voz trémula.

—Negrín está en Francia o quién sabe dónde. Y nosotros estamos en México con una patata caliente en las manos —le respondió Puente, que intentaba tomar ventaja de la coyuntura.

—Da igual dónde esté el presidente. Sus instrucciones fueron muy claras —apuntó Manresa intentando apoyar a Sabater.

—Con todos mis respetos, Manresa. Usted es administrador del barco, no de su contenido. Vale que le demos voz, pero no voto —replicó Puente.

—No podemos permanecer mucho tiempo en el puerto sin dar explicaciones a las autoridades mexicanas —corroboró Ordorica—. El cónsul norteamericano de Veracruz acaba de pedirnos que arriemos la bandera de Estados Unidos porque sospechan que nuestra carga sea ilegal. Imagino que le alertarían desde las Islas Vírgenes. Y en cualquier momento, los agentes de aduanas van a registrar el yate sin que podamos impedirlo.

—Lo más sensato es que nos entrevistemos con Indalecio Prieto — propuso Puente con la suerte de cara—. Él es ahora el máximo

representante del Gobierno aquí.

—Prieto ya no está en el Gobierno —protestó Sabater.

—Técnicamente no, pero si el propio Negrín lo envió a estas tierras sería por algo. Y, que yo sepa, no hay otro embajador en México. Es la única persona que puede hacerse cargo de esto, dadas las circunstancias, y más teniendo en cuenta sus buenas relaciones con este país —aseveró Puente—. Y no creo que nadie dude de su lealtad hacia la República.

Sin que la camisa le llegara al cuello, a Sabater no le quedaba más remedio que aceptar la realidad. Carecía de argumentos con los que rebatir a Enrique Puente y percibía el fracaso inminente de su cometido. Incluir a Prieto en aquella operación no estaba previsto y, además, lo consideraba una traición a Negrín. Sin embargo, no veía otra salida, y no le quedó más alternativa que aceptar la entrevista con el veterano dirigente socialista.

El discurso ideológico de Prieto, que sostenía que la nación mexicana era la prolongación de la patria española perdida, sintonizaba con las ideas de su presidente, el general Lázaro Cárdenas, quien acogió al prócer asturiano con simpatía y admiración. Su afinidad política se vio refrendada por la cesión a México, por el precio simbólico de un dólar, de un importante lote de veintidós aviones biplaza, que habían sido adquiridos previamente por el Gobierno republicano español en Estados Unidos, a través de una sociedad fantasma dirigida por un abogado judío, con el fin de poder realizar compras en ese país eludiendo su pacto de no intervención en la guerra civil. Con esta a punto de concluir, ya no tenía sentido tratar de trasladar a Europa aquel material aeronáutico, pero se corría el riesgo de su incautación por parte de las autoridades norteamericanas, por lo que la operación orquestada por Cárdenas y Prieto con la colaboración de sus respectivos embajadores en Washington, aun siendo de dudosa legalidad, no solo había puesto a salvo las aeronaves, sino que había contribuido también a afianzar la amistad entre ambos.

La reducida comitiva del Vita, formada por Puente y Sabater, viajó hasta el domicilio en el que la familia de Indalecio Prieto se acababa de instalar, ubicado en la exclusiva colonia Condesa de la capital mexicana. Este los recibió a los pies de la escalinata de su mansión de manera muy efusiva, dándose un fuerte abrazo con Enrique Puente, quien no podía disimular su satisfacción por reencontrarse con su admirado líder.

Una vez en el despacho, rodeado de anaqueles en los que ya se iban acumulando los libros, Sabater no tardó en tomar la palabra como

responsable de la carga del yate. Tras exponer la situación, el funcionario insistió en que debían contactar con Negrín para recibir las instrucciones precisas. Prieto lo escuchaba con atención, asintiendo con la cabeza en actitud de estar meditando.

—No le falta razón, señor Sabater. Lo que quizá no sepa es que han pasado muchas cosas mientras ustedes estaban en el Atlántico. Entre otras, la sublevación del general Casado, que ha terminado por derrocar al Gobierno del señor Negrín, que ha tenido que huir de España. Así que en estos momentos le debe de estar resultando muy complicado llevar a cabo sus funciones, por lo que me temo que no pueda tomar decisión alguna en este asunto —razonó Prieto.

—El señor Negrín sigue siendo el presidente del Gobierno —protestó excitado el funcionario, dominado por los nervios.

—No se lo cuestiono. Sin embargo, debemos ser prácticos, señor Sabater —le respondió Prieto con mucha calma—. Puede tener la seguridad de que nadie va a actuar a sus espaldas, pero no se olvide de que estamos en un país que no es el nuestro, por lo que debemos contar con el visto bueno de las autoridades mexicanas antes de realizar ningún movimiento.

Sin disimular la sonrisa, Puente observaba el debate en silencio.

—¿Qué sugiere entonces, señor Prieto? —preguntó el funcionario.

—Usted ha cumplido de sobra con su deber de trasladar esa importantísima carga hasta México —le tranquilizó el veterano socialista

—. Regresen, por favor, al barco en tanto que damos con una solución satisfactoria para todos.

Mientras, en Veracruz, la situación del Vita se complicaba, especialmente para su capitán, quien acababa de recibir un cablegrama del presidente del Partido Nacionalista Vasco, al que él pertenecía, instándole a que no entrara en ningún puerto sin una orden previa por su parte, en un intento de hacerse con el control de la embarcación, dado lo enrevesado de la tesitura. Pero, para desgracia de las pretensiones nacionalistas, su mensaje había llegado cuando ya el Vita se hallaba atracado, por lo que poco margen de maniobra le quedaba a Ordorica, cuya prudencia le recomendó no mencionar ni siquiera el asunto. Bastante tenía con que sus marineros pudieran cobrar los haberes correspondientes a la travesía, ya que nadie parecía estar dispuesto a asumirlos.

Y tal como había previsto, el 27 de marzo el Vita recibió la visita de los agentes de aduana mexicanos. Al verlos llegar, Ordorica optó por ausentarse con sigilo, no sin antes instruir a los hombres de Enrique Puente, entre los que se encontraba Mateo, para que abandonasen la vigilancia de su camarote con el propósito de no despertar sospechas. Al fin y al cabo, nadie podía acceder a este si la puerta estaba cerrada con la única llave que él poseía. Por suerte, los agentes se limitaron a examinar las bodegas, tal vez porque no pensaron que el cargamento se escondía en los aposentos privados del capitán, o quizá hubieran decidido no complicarse la vida por el momento.

Lo cierto es que la situación se tornaba cada vez más insostenible, y esta vez fue el propio Ordorica quien decidió ir a la capital mexicana con Puente para pedir a Prieto su urgente intermediación, porque estimó que la mercancía del Vita corría serio peligro de ser incautada y él mismo de ser encarcelado por contrabandista.

Esta vez, al veterano político socialista no le quedó más remedio que informar a su amigo, el presidente Cárdenas, de lo que acontecía, y ambos determinaron que lo más prudente era conducir al Vita a un puerto más discreto que el de Veracruz, donde la prensa local ya comenzaba a elucubrar sobre lo que transportaba aquel yate misterioso, en el que se rumoreaba que incluso se escondía el mismísimo presidente de la Segunda República española. Los únicos requisitos que Cárdenas le impuso a Prieto para ayudarle fueron que él mismo se hiciese responsable de la carga y de su posterior gestión; y, por supuesto, de que todas las actuaciones se realizaran con un sigilo absoluto.

Al día siguiente de su conversación, el Vita zarpaba hacia Tampico, a unos cuatrocientos kilómetros al norte de Veracruz, donde quedó atracado en un muelle propiedad de la empresa estatal de petróleos, lo que facilitó que el Tesoro del Vita se trasladase al vagón blindado de un tren que lo llevaría hasta la capital del país, custodiado por una unidad del ejército mexicano y los hombres de Puente, ante la pasividad de los funcionarios de la Administración de Aduanas de Tampico, que no pusieron traba alguna en el desembarque.

Sin embargo, el secretismo de este viaje no fue total porque un grupo de periodistas aguardaba en la solitaria estación de Lecherías en Ciudad de México la aparición del convoy, después de que un redactor estadounidense hubiese alertado, en Veracruz, del arribo del Vita. Al

verlos, la escolta proporcionada por Cárdenas actuó con eficacia y los retuvo mientras los bultos se cargaban al anochecer en tres camiones alquilados por Prieto. Con todas las peripecias sufridas por el Tesoro del Vita, llegaba su momento más delicado: el de ser conducido a un escondite seguro sin que fuese descubierto por nadie ajeno a la operación. Misión que se antojaba difícil, considerando la cantidad de ojos pendientes de aquel codiciado cargamento. Por ello, Indalecio Prieto solicitó a José Manuel Núñez, un general de confianza asignado por el presidente Cárdenas para protegerlos, que sus hombres se quedasen en la estación, ya que estimaba que habían cumplido con creces con su cometido. Con esa maniobra, el político español pretendía reducir al mínimo el número de personas que conociesen el destino final del tesoro.

Fue Mateo, al volante del camión que cerraba el convoy, quien alertó a Puente de que no perdía de vista por su retrovisor a un Buick negro que los seguía a cierta distancia desde que salieran de la estación de ferrocarril. Si no se equivocaba en sus sospechas, resultaba evidente que la carga corría peligro. Y, posiblemente, ellos también, aunque lo más lógico era que los ocupantes del lujoso auto se estuviesen limitando a realizar una labor de vigilancia para conocer el lugar al que se dirigían. Aun así, si lo conseguían, todo podía venirse abajo, por lo que Puente decidió tomar una decisión arriesgada.

—Ralentiza la marcha, Mateo. No te importe que nos separemos — ordenó el gallego, mientras desenfundaba su pistola, con un cigarrillo entre los labios.

Procurando templar los nervios, el joven santanderino obedeció. Tal y como habían previsto, el Buick hizo lo propio.

—Está claro, Enrique. Nos siguen —confirmó Mateo.

Los dos camiones que los precedían giraron a unos cuarenta metros hacia una vía más estrecha.

—Cuando nos metamos en esa calle, detente enseguida y apaga las luces —dijo Puente.

—¿Estás seguro?

—¡Hazme caso, joder! Y atento a lo que te diga.

Completamente tenso, al doblar la esquina, Mateo pisó a fondo el freno. Al Buick no le quedó más remedio que adelantarlos con lentitud. Entre la penumbra, los españoles pudieron contemplar a los cuatro hombres que lo ocupaban, algunos de ellos con fusiles sobre las piernas,

que procuraron no mirar hacia ellos. El conductor pareció titubear durante unos instantes, porque aumentó el ritmo de su marcha como si se dispusiera a alcanzar a los camiones de delante, pero finalmente el coche también se detuvo a su derecha.

—¿Y ahora? —preguntó Mateo apretando la mandíbula.

—Arranca. Ve despacio. Con la vista al frente. Cuando yo te avise, cambia de carril y dale gas —ordenó tras tirar la colilla por la ventanilla.

El camión llegó con paso lento a la altura del Buick, cuyos ocupantes se mantenían a la expectativa. Mateo se cubrió la cara con la mano para mirar de reojo entre los dedos. Su corazón se desbocó al descubrir que uno de ellos los apuntaba con una pistola de manera disimulada. Nada más sobrepasarlos, Puente se asomó por la ventanilla y disparó a las ruedas del vehículo.

—¡Dale! —gritó el gallego.

A Mateo no le hizo falta siquiera esperar la orden de su compañero. En cuanto escuchó el primer tiro, aceleró cuanto pudo. Por el retrovisor comprobó cómo la marcha que acababa de reiniciar el Buick quedaba truncada porque Puente había acertado en su objetivo. Enseguida tres hombres con traje y sombrero se bajaron del auto y abrieron fuego contra ellos. Sin embargo, la pericia en la conducción de Mateo le permitió alejarse con rapidez sin ser alcanzados por ningún proyectil.

Al darse cuenta de que estaban a salvo, resopló profundamente para tratar de apaciguar su ritmo cardiaco.

—Joder, Enrique —susurró Mateo su desahogo.

—Menudo recibimiento nos tenían preparado esos cabrones, ¿eh? — respondió Puente, encendiendo un nuevo cigarrillo.

—¿Quiénes serían?

—Apostaría el tabaco que me queda a que eran agentes franquistas.

Hay cucarachas por todas partes.

Poco más tarde alcanzaron al resto del convoy sin dejar de observar por el retrovisor. Por fortuna para ellos, parecía que habían conseguido su propósito de llegar a su destino sin testigos. Aun así, introdujeron con rapidez el cargamento en el sótano de un hotelito propiedad del encargado de negocios del Gobierno republicano español en México, situado en el elegante barrio de San Ángel. No obstante, Prieto creía que aquel solo podía ser un emplazamiento provisional porque no cumplía con unas mínimas condiciones de seguridad, por lo que debía pensar con celeridad

en un lugar donde poder esconder mejor el cargamento hasta buscar la forma de revestir de legalidad su gestión, para lo que tendría que conseguir el beneplácito de las autoridades españolas en el exilio y contrarrestar la oposición que con absoluta seguridad mostraría Negrín. También sabía que, en caso de jugar bien sus cartas, se le presentaba la oportunidad de ganarle en poder político gracias a su ventaja económica y, de este modo, consumar su venganza sobre quien le había ninguneado en plena guerra. Mientras, no le quedaba más alternativa que confiar la custodia de aquella valiosa carga a los hombres de su amigo Enrique Puente.

Al recibir la noticia por parte del gallego, Mateo no pudo disimular su contrariedad por tener que posponer la búsqueda de su novia, además de ver coartada su libertad a pesar de haber huido de una guerra. Pero las instrucciones de Puente eran claras. Aquella misión precisaba la máxima discreción, por lo que no podían relacionarse con el resto de los exiliados, cuyos sitios de reunión debían evitar.

Aunque aquello no es lo que tenía previsto, al santanderino, de alguna manera, se le aplacó el vértigo que le producía su temor a fracasar. No ya por no encontrarla, sino por la posibilidad de ser rechazado por ella después de tanto tiempo. Esa madrugada, recostado en un catre del sótano donde se hallaban apiladas las cajas que acababan de descargar de los camiones, Mateo procuró dormir, con el retrato de su amada reposando entre su mano y su pecho, con el pensamiento de que no cambiaría su sonrisa ni por todo el oro que pudiera haber traído el Vita.

4

El avión aterrizó en la capital mexicana con unos minutos de adelanto sobre la hora prevista. María solía dormir en ese tipo de vuelos transoceánicos, especialmente si llegaba a su país con la misión cumplida, como era el caso. Por eso le extrañó que, durante aquel trayecto, una inquietante sensación de desasosiego le impidiese conciliar el sueño, más allá de algunos momentos de duermevela, en los que las sonrisas de David se colaron de una manera inesperada. Desde luego, no se trataba de la primera vez que coqueteaba con alguien para conseguir su objetivo; sin embargo, hasta ese día ningún hombre había permanecido en su pensamiento después de haberlo despedido. No es que sintiera lástima por aquel arqueólogo español con torpes dotes de seducción, por mucho que él creyese lo contrario, si bien no recordaba que nadie jamás la hubiese mirado de esa forma, entre ardiente e infantil. Por no hablar de las anómalas conexiones que los unían.

En otras circunstancias, quizá se habría dejado llevar, empujada por la curiosidad de saber si la atracción que había sentido en Madrid podría haber desembocado en un bonito romance. Pero hacía tiempo que su puerta amorosa se encontraba cerrada bajo siete llaves y así debía seguir. De ningún modo permitiría que un devaneo se inmiscuyera en ese trabajo que amaba por encima de todas las cosas, por muy peligroso que a veces le resultase.

Su relación con el arte precolombino venía desde su misma cuna. Sus padres se habían conocido muy jóvenes, en 1962, cuando trabajaban de asistentes junto a Alberto Ruz Lhuillier, un francés nacionalizado mexicano, descubridor una década antes de la tumba de Pakal el Grande en el estado de Chiapas, lo que constituyó todo un hito en el mundo de la arqueología; ciencia a la que ella estaba predestinada y que cursó con brillantez en la Escuela Nacional de Antropología e Historia en Ciudad de

México, adonde se trasladó procedente de su San Luis Potosí natal. Porque, aunque le hubiese omitido a David detalles importantes de su vida, como que ella también era arqueóloga o que sus padres habían fallecido en el supuesto accidente aéreo de una avioneta cuando andaban tras la pista de un yacimiento escondido en la selva huasteca, había procurado no mentirle en ningún momento. Aquella constituía una de las máximas de su trabajo: «Cuanto menos faltes a la verdad, más difícil será que te descubran». Por eso usaba siempre su nombre de pila auténtico, aunque nunca dijese sus apellidos reales. Podía ocurrir que alguien la saludara casualmente en algún sitio imprevisto, acompañada de una persona a quien ella quisiera ocultar su identidad, y un simple «hola, María» no la comprometía en absoluto.

Desde hacía algún tiempo ejercía, de una manera extraoficial, de recuperadora de arte, empleando métodos que distaban bastante de ser legales. Quizá la gente, e incluso los códigos penales, se atrevía a calificarlos de hurtos o de robos; pero para ella se trataba de reparar injusticias históricas producidas como consecuencia de los expolios sufridos por su país, al que adoraba profundamente. Por supuesto que no se enriquecía con sus operaciones, porque en la mayoría de los casos devolvía las piezas a sus lugares de origen para que fueran expuestas en los museos a cambio de una comisión que le cubriera los gastos y le permitiese vivir con relativa holgura. En ocasiones, esos emolumentos procedían de los presupuestos estatales a través de partidas gestionadas por los servicios de inteligencia que no requerían demasiada justificación por ser destinadas a asuntos confidenciales de alto interés nacional.

La galerista potosina bien sabía que narcóticos, armas y tesoros artísticos seguían siendo, en ese orden, los tres productos más codiciados en los mercados ilícitos y clandestinos de todo el planeta. Y, para los ladrones, el saqueo arqueológico solo significaba un lucrativo negocio de compraventa, en tanto que para los pueblos perjudicados representaba la pérdida de bienes culturales, de los testimonios de su historia y, sobre todo, de su propia dignidad. Por eso, cada vez que María regresaba a México con una pieza sentía que recuperaba también una parte del honor mancillado. En lo referente al período precolombino, la arqueóloga no entraba en valoraciones estéticas ni poéticas del arte, sino que lo contemplaba como reflejo de su cultura y de su identidad.

Su modus operandi más efectivo consistía en crear un ambiente de confianza con algún rico coleccionista que hubiese conseguido su obra fuera de los cauces legales y la tuviese en su casa con el fin de presumir delante de sus amistades o de alguna mujer a la que pretendiese conquistar, y allí entraba ella, desplegando todos sus encantos y su impostada ingenuidad a la espera de un descuido para marcharse con su tesoro, aunque a veces tuviese que echar en la bebida del incauto coleccionista unas gotas de algún compuesto inductor al trance con efectos alucinógenos. Su favorito era un brebaje cuya receta a base de peyote, marihuana y hoja de pastora se la había enseñado un viejo chamán teenek de la Huasteca Potosina, una ancestral región tropical a la que se llegaba por carretera en poco más de cuatro horas desde la capital del Estado. Al usarlo para sus propósitos, de algún modo tenía la percepción de estar participando en un rito sagrado. Dado que las piezas recuperadas habían sido adquiridas normalmente de una forma ilícita, rara vez se producía una denuncia, con lo que su actuación gozaba de una absoluta impunidad. Máxime cuando en las aduanas exhibía su pasaporte diplomático, facilitado por los servicios secretos mexicanos, que la eximía de tener que mostrar su equipaje.

La vocación de su particular profesión se remontaba a sus tiempos de

estudiante en el colegio Motolinía de San Luis Potosí, en concreto a un día en que le llamó la atención la noticia de que un abogado tapatío había conseguido sustraer de la Biblioteca Nacional de París un valioso códice prehispánico, arrebatado a México en el siglo XIX por un viajero inglés. En realidad, su intención era simplemente la de consultarlo; sin embargo, al darse cuenta de que estaba solo y de que los guardias de seguridad no le observaban decidió ocultarlo bajo su sarape y llevarlo de vuelta a México, donde fue recibido como un héroe nacional. Pocos años después, ya iniciada la carrera, al recordar ese hecho entre risas y tequilas con Leopoldo Durán, un brillante compañero de aulas, determinaron que algún día les encantaría emular a su compatriota, pero con más discreción, lo que les permitiría llevar sus operaciones en secreto, para así convertirse en una especie de agentes arqueológicos.

Todavía cursaban sus estudios cuando un importante suceso impactó terriblemente a la opinión pública, y a ellos en especial. En la Nochebuena de 1985, unos asaltantes perpetraron uno de los robos más espectaculares de la historia de México. Para ello, aprovechando que los vigilantes

andaban celebrando la Navidad en su caseta, se colaron por los conductos del aire acondicionado en el Museo Nacional de Antropología para sustraer ciento cuarenta valiosísimas piezas de las salas Mexica, Maya y Monte Albán. En un principio se pensó que detrás del atraco se encontraba la mano del crimen organizado internacional, por lo que el presidente ordenó que todos los cuerpos de seguridad del Estado, incluido el Ejército y la Marina, se implicaran en la búsqueda del material robado. Sin embargo, los meses pasaron sin que nadie tuviese la más mínima noción de lo ocurrido. No sería hasta tres años después cuando la declaración de un narcotraficante puso en alerta a las autoridades sobre dos individuos que habían contactado con él para intentar vender la mercancía robada. La policía vigiló a uno de ellos durante meses. Y, para su asombro, descubrieron que se trataba de Carlos Perches, un joven estudiante de Veterinaria adicto a la cocaína, que guardaba casi todas las piezas en el armario de la habitación del piso en que vivía con sus padres, ajenos totalmente a lo ocurrido. A Perches lo detuvieron y encarcelaron. En cuanto salió de prisión, una década más tarde, fue asesinado en extrañas circunstancias sin que el crimen se lograse resolver. Mejor suerte corrió Ramón Sardina, su compañero de fechorías, que consiguió huir con siete piezas y jamás nadie halló pista alguna acerca de su paradero, lo que llegó a obsesionar a María.

Por eso estuvo presente en la pomposa ceremonia organizada por el

presidente del país para la devolución al Museo Nacional de Antropología de gran parte de las piezas robadas, a la que acudieron personalidades de la talla del premio nobel de literatura Gabriel García Márquez, intrigado por lo fantástico de la historia, merecedora de ser contada en una novela, según sus propias palabras. Durante el transcurso del acto, María no dejaba de escudriñar entre el público por si a Ramón se le hubiera ocurrido disfrazarse para ser testigo silencioso de su propia fama, habida cuenta del peculiar sentido del humor que se gastaba. Claro que tampoco estaba segura de si él se sentiría demasiado orgulloso de la situación. Aunque lo que sí había conseguido era que se tomara conciencia para proteger mejor el patrimonio cultural mexicano, de ahí que ya se hubiese estrenado en el museo un sofisticado sistema de cámaras y alarmas, del cual se carecía en el momento del robo.

Desde entonces, María no dejaba de permanecer alerta cada vez que corrían rumores sobre la aparición de una de las piezas que se suponía que

tendría Ramón. Pero, salvo en una ocasión en que lo mencionaron al mostrarle la fotografía de un cuchillo ceremonial de sacrificio con mango de oro y hoja de obsidiana, muy similar al sustraído por la pareja de estudiantes, parecía que se lo hubiese tragado la tierra. Por desgracia, la pista de la foto del tumi que se suponía en poder de Ramón terminaría siendo falsa, y no volvió a toparse con ningún otro indicio que pudiera conducirle hasta él.

Llegó al despacho de Leopoldo Durán, su antiguo compañero de aula, desde el Sanborns de la Casa de los Azulejos, uno de esos elegantes lugares de siempre donde le gustaba desayunar enchiladas suizas con la tranquilidad de sentir que todavía quedaban espacios inmutables que conservaban la esencia de antaño. Antes se había pasado por su coqueto departamento del edificio Condesa, en el que se alojaba cada vez que visitaba la capital mexicana, para darse una ducha y cambiarse de ropa. Aquel regalo de sus abuelos maternos era una de las muchas cosas que les agradecía. De algún modo, le complacía sentirse parte de un lugar cargado de historia, frecuentado por artistas y gentes de la bohemia. Y es que sus abuelos le habían comprado aquella entrañable vivienda a una amiga escritora exiliada desde niña que se trasladaba a una casa en Coyoacán, muy cerca de la residencia de Frida Kahlo.

La carrera de Leo, como le llamaban sus amigos, distaba mucho de la discreción con que ella llevaba la suya, lo cual tampoco resultaba demasiado extraño. El doctor Durán la miró sonriente al verla entrar en su oficina del museo del Templo Mayor, el antiguo recinto sagrado de los mexicas, cuyas excavaciones dirigía.

Con aires de fingida suficiencia, ella depositó sobre la mesa un envoltorio de terciopelo rojo sin ni siquiera abrir la boca, porque consideraba que las buenas noticias se debían adelantar con la mirada. Para ella, se trataba simplemente de fortalecer la complicidad entre amigos.

Y ahora esa amistad había desembocado en aquella peculiar relación profesional que mantenían desde que, después de dejar de verlo durante algún tiempo tras acabar sus estudios, recibiera su llamada en la casa que ella poseía en Santa María del Río, un pueblecito inmune al paso del tiempo al que se retiraba cuando buscaba una soledad que le permitiese abandonarse a la introspección para reencontrarse con sus padres y sus abuelos paternos, aunque fuese en el recuerdo, porque estaba convencida

de que su abuelo Paco se sentaba a su lado mientras leía el periódico en el porche y de que su abuela Eva agradecía su ayuda a la hora de calentar tortillas sobre su viejo comal en la estufa de la cocina. Y que al acostarse cada noche junto al peluche que conservaba desde niña, sus padres entraban en la habitación para darle un beso en la frente. Incluso creía que su espíritu volaba en los petirrojos que a veces se posaban en las ramas de los árboles del jardín para hacerle compañía.

En no pocas ocasiones se le venía a la cabeza cómo aquella llamada telefónica de su amigo, en noviembre de 1995, le había dado sentido a su vida.

—¿Bueno?

—¿María? Soy Leo.

—¿Leo Durán? ¡Qué milagro! ¿Tú no andabas en París con tu doctorado?

—Y en ello estoy, sí, en la Universidad de Nanterre. Pero me escapo a México cada dos por tres.

—¿Y qué onda? ¿Cómo va todo?

—No me puedo quejar.

—¡Ya sé! Te estás convirtiendo en una celebridad. El otro día leí tu artículo de la Casa de las Águilas en la revista Arqueología Mexicana.

—¡No exageres! Es que mi tesis versará sobre ese tema. Estamos descubriendo cosas muy interesantes. Es una lástima que decidieras volver a San Luis Potosí. Te llamé allí primero, y luego supuse que podrías estar en Santa María. ¿No tienes celular aún?

—Me resisto a estar localizada en todo momento, Leo. Y no creas que he estado con los brazos cruzados.

—Algo he oído de que andas trabajando con Patricio Dávila en recuperar el yacimiento de Tamtoc.

—¡Sí que corren las noticias!

—Bueno, ya sabes, me gusta estar informado. Y en este mundillo nos conocemos todos.

—Lo cierto es que siento debilidad por la Huasteca. Y me encanta sentirme cerca de casa.

—¿Estáis consiguiendo avances importantes? —se interesó Durán.

—Pues sí, la verdad. Hemos hallado cerámicas, máscaras, restos funerarios, herramientas de trabajo, armas… Están en los almacenes del INAH —explicó, refiriéndose al Instituto Nacional de Antropología e

Historia, con el que colaboraba—, a la espera de que un día puedan exhibirse en un museo. Pero todavía queda mucho por hacer.

—¡Qué padre! Oye, ¿y dónde están esos almacenes? —preguntó él, no sin cierta sorna.

—¡No pensarás que voy a decírtelo! De sobra sabes que su ubicación es secreta por su seguridad.

—¡Ella siempre tan discreta! —rio Durán—. Por eso es por lo que te he llamado.

—¡Caray! A ver por dónde me sale este señor.

—¿Recuerdas aquella vez que hablamos medio en broma de ser agentes arqueológicos? Pues ahorita quiero que lo hablemos medio en serio —comentó él, adoptando un tono más severo a medida que avanzaba en la explicación.

Al otro lado de la línea telefónica se hizo el silencio necesario para que María analizase cuánto de verdad albergaba la propuesta de su antiguo compañero. Pero lo conocía lo suficiente como para saber que no iba a llamarla solo para enredarla con una estupidez.

—Leo, no irás a decirme que pretendes recuperar alguna pieza de un modo… no convencional.

—¿Ves? Además de discreta, lista. ¿Cuándo podemos vernos para tratar el asunto? No me gustaría hacerlo por teléfono. ¿Quieres que me acerque mañana a Santa María?

Por un instante, ella lo dudó. Si existía algún hombre al que podía invitar allí, ese era Leo, al que tenía por un amigo incapaz de insinuarse. Sin embargo, aquella casita constituía su refugio familiar, al que prefería acudir sola para disfrutar de sus abuelos. Ni siquiera sus amigas de la infancia, conocedoras de lo que representaba para ella, le habían propuesto nunca visitarla.

—¡No te preocupes! Ando desquehacerada estos días. Y hace un montón de tiempo que no voy a México. Mañana mismito nos vemos, si te viene bien.

—¡Padrísimo! Estoy deseando apapacharte.

María se sonrió al escuchar la expresión de su amigo, al que le gustaba emplear ese tipo de vocablos de origen náhuatl. Como si al hacerlo sintiese todavía más respeto por sus raíces. Esa, en concreto, se refería a una forma de abrazarse que además aparejaba cierta ternura. Pero sabía que Leo daba unos apapachos sinceros, con cariño casi fraternal. Los pudo disfrutar en

su época de estudiantes sin que a él pareciese importarle que su novia torciera el gesto cada vez que los veía juntos.

En efecto, el abrazo prometido duró lo suficiente como para que ambos sintieran que su conexión emocional permanecía intacta. María consideró oportuno no hacer comentario alguno sobre la incipiente calvicie de su amigo, a sabiendas de lo mal que llevaban los hombres el asunto. Por eso le sorprendió que fuese él quien bromeara.

—¡Estás más guapa que nunca! Yo, en cambio, he iniciado mi decrepitud, cual momia de Guanajuato. Más calvo cada día —dijo Durán en un tono alegre y distendido—. Hace quinientos años ya estaría a punto de ser un cadáver.

—Pero estamos en 1995. Apenas hemos cumplido los treinta, así que esperemos que aún nos quede mucho por recorrer. Tú siempre tan payaso

—rio ella.

Enseguida se pusieron al día sobre sus temas personales. Él se había casado con su novia de toda la vida, con la que estaba a punto de tener su segunda hija. Ella, por contra, acababa de dejar al enésimo novio, con demasiada propensión a la jarana y a las faldas. Y, al oírse, se dijo a sí misma que quizá debía cambiar el patrón de los tipos a los que permitía acercarse…, o, mejor, hacer un voto de castidad.

Cuando Leopoldo Durán comenzó a contarle el motivo de su reunión, ambos tensaron el semblante.

—El mes pasado estuve en la casa de un rico coleccionista de arte parisino. Me lo presentó un amigo común. Al enterarse de que era un arqueólogo mexicano quiso presumir de algunas de sus piezas. Tenía una especialmente valiosa, ya no solo porque fuese de oro, sino por lo que representa.

—¿Cuál? —preguntó María impaciente.

—¿Recuerdas el inventario de los ciento cincuenta y ocho objetos enviados por Hernán Cortés a Carlos I en 1519?

—¿Los que le regaló Moctezuma? ¡Oh! No me digas que…

—Es uno de ellos, sí. Increíble, ¿verdad? ¿Cuántas veces hemos hablado tú y yo de la máscara de Quetzalcóatl?

—Las mismas que del penacho de Moctezuma, que está en Viena, o de los tres discos que representaban al Sol, a la Luna y a Venus.

—Sí, el regalo más preciado fue ese disco de oro de dos metros de diámetro y diecisiete kilos de peso.

—Pero lo que tenía ese coleccionista francés era lo que los españoles llamaron la cabeza de caimán con pico de ave…, ¿verdad? ¡La máscara de oro de Quetzalcóatl! ¡Y tú la has visto!

—Así es —respondió él emitiendo un suspiro, como si temiese la reacción de su amiga ante lo que estaba a punto de decirle—. Y quiero que tú la veas también. De hecho, me gustaría que la trajeras de vuelta a México.

—¡Caray, Leo! ¿Hablas en serio? —Su pregunta sonaba retórica, porque no se le escapaba que su amigo no la había hecho venir para perder el tiempo. Él frunció el ceño durante unos segundos en silencio—. ¡Caray! Ya veo que sí —concluyó ella, circunspecta.

Confundida, María se incorporó de su asiento para asomarse a la ventana. Fuera, una marabunta de gente caminaba junto a la catedral, preocupada más por su futuro que por su pasado. Todo lo contrario que ella, que todavía buscaba respuestas a las incógnitas sobre la misteriosa muerte de sus padres.

La arqueóloga intentaba razonar a toda prisa. Desde luego que no se trataba de una broma de mal gusto. Y sí, creía que Leo era capaz de proponerle algo tan descabellado. Cuando lo conoció era el alumno más brillante de la Escuela Nacional de Antropología e Historia, y a la vez el más intrépido. Recordó que le había contado que su madre le decía que tenía hormigas en la cola, porque en el colegio lo amonestaban continuamente por sus travesuras, amparadas en su cara de niño bueno, después de haber realizado sus exámenes con una perfección absoluta. Ella también sabía que, quizá debido a su mente privilegiada, su amigo podía parecer un testarudo, ya que incluso su padre le acusaba de tener pocas ideas, pero persistentes, las veces que discutían. Claro que él tampoco lo negaba, porque defendía que la arqueología era una de sus pocas ideas…, pero persistente.

—¿Y bien?

—Me estás pidiendo que robe, Leo.

—Yo no lo llamaría así.

—¿Ah, no? Esa máscara salió de aquí de manera lícita. Se la regaló Moctezuma a Hernán Cortés, quien decidió mandársela a su rey. Otra cosa distinta sería que la pieza hubiese sido objeto de algún expolio, como tantos que hemos sufrido.

—Ese tipo no quiso, o no supo, explicarme cómo la había conseguido. Estoy convencido de que ilegalmente. Además, lo que más me molestó fue su soberbia a la hora de dirigirse a mí de ese modo tan… estúpido. Me daba la sensación de que mi piel morena le hacía sentirse superior.

—No sé, Leo… —Las últimas palabras de su amigo consiguieron hacerla dudar.

—Piensa en lo que representa esa máscara para nuestro pueblo. Estamos hablando de la serpiente de las hermosas plumas; de la deidad de la vida, de la sabiduría…

—¡Sé lo que representa, caray! —le interrumpió ella, algo molesta porque pareciera que él la estuviese tratando como a una principiante.

—Te resultará muy sencillo, María. Eres la única persona capacitada para hacerlo —le respondió Durán.

—No hace falta que me dores la píldora… —protestó ella, para enseguida dejar escapar una sonrisa—. Lo padre que quedaría la máscara en el Museo Nacional de Antropología, ¿no crees?

—Ese es su sitio, y no donde está ahora. Te facilitaremos documentación falsa. Y si las cosas salen mal, estarás amparada.

—¿Por qué hablas en plural? ¿Hay alguien más detrás de esto? ¿El INAH, tal vez?

—El Centro de Investigación y Seguridad Nacional.

—¿El CISEN? Sí que te has tomado interés.

—Jorge, su director, es buen amigo. Y ha sabido entender mi propuesta.

Ella le sonrió durante unos instantes. Lo cierto es que llevaba una existencia anodina entre las excavaciones de Tamtoc y los saraos con las mismas caras de siempre en San Luis Potosí. Su única ilusión consistía en abrir una galería de arte en el barrio de San Miguelito, pero aún no había reunido los arrestos ni los fondos para ello. Quizá su amigo le estuviese brindando la oportunidad de darle un giro a su vida con aquella propuesta que, además, implicaba la defensa de la dignidad del pueblo mexicano.

—¿Y dónde dices que vive ese francés engreído?

La recuperación de la pieza se realizó de una manera rápida y sencilla. Un encuentro casual en el café Les Deux Magots, donde el tipo solía acudir a desayunar, un botón de la blusa desabrochado al descuido, una sonrisa altiva, una breve charla en inglés, una cita para cenar, una copa en

su casa, unas cuantas palabras aduladoras, unas gotas del brebaje huasteco… y la máscara regresó a México, casi cinco siglos después.

Aquella operación fue la primera de las muchas que vendrían durante los diez años siguientes, hasta ese momento en que Leopoldo Durán estaba a punto de admirar el contenido del envoltorio de terciopelo rojo que ella acababa de depositar sobre la mesa tras su último viaje a Madrid.

El arqueólogo lo abrió como si lo estuviera acariciando, recreándose en el proceso, antes de dejar al descubierto las dos piezas; y no pudo por menos que rozarlas con las yemas de los dedos.

—Son maravillosas, María —susurró con un hilo de voz emocionada

—. Las fotos que me mandó el restaurador español no les hacen justicia.

Se trataba de objetos únicos que parecían las dos caras de una misma moneda. De un lado, Quetzalcóatl; del otro, Tezcatlipoca. Según la cosmogonía del pueblo indígena más extendido por Mesoamérica, los nahua, cuyo nombre significa «los que hablan con conocimiento», fueron los dos primeros soles de la creación. Ambos dioses eran considerados hermanos y hacedores del universo. Su relación reflejaba la simbiosis cósmica entre fuerzas opuestas que da estabilidad al tiempo. De ahí que Leopoldo Durán se quedase extasiado contemplando las imágenes, cargadas de simbolismo ancestral, ante la mirada complacida de su amiga, quien no quiso desvelarle que conocía esos pendientes desde siempre.

María se mostraba encantada de proporcionarle aquella felicidad a su querido colega; sin sospechar que el arqueólogo español al que le había sustraído las reliquias estaba en la puerta de embarque para subir al avión que lo llevaría a México con el firme propósito de encontrarla.

IV

Ni con la guerra terminada los últimos meses estaban resultando especialmente plácidos para Indalecio Prieto. Sabía, según palabras textuales que comentaba a sus allegados, que asumir la responsabilidad de gestionar el Tesoro del Vita lo llenaría de mierda. Pero en ningún momento había calculado hasta qué punto.

Y eso que las cosas habían empezado con buen pie desde que el presidente mexicano le confiara la carga antes de que al doctor Puche, el comisionado designado por Negrín para administrarla en México, le diese tiempo a llegar al país. Y cuando por fin lo consiguió, Prieto no tuvo inconveniente en que este revisara la mercancía que almacenaba en el sótano del hotelito adonde había sido trasladada la misma noche de su llegada a la ciudad bajo la custodia de Enrique Puente y de sus hombres de confianza, entre los que aún permanecía Mateo Llamazares, que ya comenzaba a realizar pesquisas discretas para dar con el paradero de su novia, aunque sin demasiado éxito, dado que le aseguraban que ya no se hallaba en el internado de Morelia.

Al comprobar el estado en que se encontraba la carga del Vita, con algunas maletas abiertas y sin ningún tipo de inventario realizado, el doctor Puche se negó a formar parte de aquel desastre, ya que consideró que nunca podría rendir cuentas del tesoro de un modo decente en esas condiciones en que lo guardaba «el gordo pletórico con pasión senil», como definía despectivamente al político asturiano en la correspondencia que mantenía con Negrín para ponerlo al día de los acontecimientos.

Con aquella manera astuta de actuar, Prieto conseguía una mayor libertad de maniobra y, de paso, asestaba un golpe casi definitivo a su enemigo íntimo, que se aferraba todavía a su presidencia del Gobierno republicano en el exilio sin que en la práctica tuviese demasiados efectos, ya que ni siquiera sus antiguos aliados políticos admitían su legalidad.

En un último intento de revertir la situación con respecto al poder económico y político que iba acumulando Indalecio Prieto, Negrín le escribió a la desesperada una carta, que concluía con el saludo a sus hijos y a su médico personal, en la que le solicitaba una reunión apelando a la amistad mantenida durante tantos años.

Mi querido y buen amigo:

Aprovecho la salida para México de nuestro común amigo don Francisco Méndez Aspe para anunciarle, con estas líneas, mi próxima llegada ahí. Pronto tendré ocasión de exponerle verbalmente varias razones de mi viaje, pero no es la menor, y desde luego ha contribuido a anticiparlo, mi deseo de que en una entrevista se aclaren los equívocos y las malas inteligencias surgidas en los últimos meses. Puede haber habido errores, de una u otra parte y quizá de ambas, pero como nos ha guiado el mejor buen deseo y para mí su estimación y amistad están por encima de cualquier otra consideración, estoy seguro de que con pocas palabras se desvanecería cualquier enojo o molestia que usted sienta.

Me han dicho anoche que Fraile está en cama con una flebitis, cosa que me preocupa.

También me aseguran que ayer llegaron a Nueva York su cuñado y su familia, pero aún no los he visto ni sé dónde viven.

Salude de mi parte a Blanca, Concha, Luis y Fraile, a quienes pronto he de

ver.

Con el afecto y cariño de su amigo,

J. Negrín

Pero por mucho que Negrín hubiese tratado de buscar un resquicio emocional en Prieto, este no estaba por la labor de dar un paso atrás, ni de ofrecerle la más mínima oportunidad, con lo que le respondió de una manera fría, casi insultante, evidenciando la arrogancia de quien no pretende disimular su situación de superioridad.

Sr. D. Juan Negrín. Estimado correligionario:

En respuesta a la carta que de usted me trajo el señor Méndez Aspe al venir de Nueva York, debo decirle que nuestra amistad, ya muy quebrantada a partir de abril de 1938, la considero rota por completo desde abril de 1939. Consiguientemente no debe verificarse la entrevista conmigo que proyecta usted a su llegada a esta capital. Habría de ser muy penosa. Desde luego lo sería en alto grado para mí. Los hechos que motivan mi actitud son tan notorios y de tal volumen que no podrían ser desvirtuados por ningún género de explicaciones. Y puesto que la entrevista resultaría, además de inútil, desagradable, es preferible evitarla.

Si aparte de esa amistad ya muerta, tuviera usted algo que decirme, ruégole que lo haga por escrito para que sea también escrita mi respuesta. Así, ante

palabras perdurables, se eliminarían los riesgos de interpretaciones equívocas.

Atentamente le saluda,

Indalecio Prieto

Su venganza terminaría de consumarse durante su visita a París con el objetivo de dotar de legalidad a su gestión sobre el Tesoro del Vita. Por esos azares caprichosos del destino, viajó en el mismo barco que Negrín, al que evitó en todo momento. Ya en la capital francesa, promovió una reunión de la Diputación Permanente del Congreso, el último resto de la soberanía española en el exilio, sin convocar a los partidarios de su enemigo, con lo que se garantizó que se adoptaran los acuerdos conforme a su conveniencia. El encuentro tuvo lugar en el lujoso Lapérouse, el primer restaurante del mundo en obtener tres estrellas Michelin seis años antes.

La Diputación Permanente comenzó por deslegitimar el Gobierno de Negrín, al que declaró inexistente. A continuación, redactó los estatutos para constituir una institución alternativa de auxilio a los refugiados que se financiaría con los recursos de la República, que básicamente consistían en algunas cuentas abiertas en bancos extranjeros y, sobre todo, en el Tesoro del Vita. De este modo, sin apoyos ni dinero, las horas del organismo de ayuda a los exiliados creado por Negrín tenía las horas contadas, con lo que también perdía sus últimas posiciones de poder para satisfacción de Indalecio Prieto, quien colocó en la directiva de la Junta de Auxilio a los Republicanos Españoles, JARE, a políticos afines a su causa como Emilio Palomo, un antiguo periodista con aspiraciones de escritor que había ocupado importantes puestos de responsabilidad durante la República.

Pero Indalecio Prieto se percató enseguida de que los recursos que podía manejar resultarían insuficientes para atender al medio millón de refugiados españoles repartidos ya por medio mundo, por lo que buscó llegar a un acuerdo con el Gobierno franquista: la devolución del Tesoro del Vita a cambio de una amnistía general y facilidades para el retorno de la gran mayoría de estos refugiados, con la excepción de los cargos políticos, militares o sindicales. Para su disgusto, la propuesta fue desestimada por el general Franco, que no estaba dispuesto a ceder en su salvaje represión contra los que no habían comulgado con sus ideas.

Ante esa tesitura, a Prieto no le quedó más remedio que regresar a México para generar fondos con los que poder afrontar las ayudas

prometidas. Y para ello debía convertir en dinero el tesoro que se hallaba en su poder con el fin de enviarlo a Luis Nicolau d’Olwer, antiguo gobernador del Banco de España, nombrado ahora presidente de la JARE, que permanecía en Francia con necesidades perentorias de liquidez, ya que los refugiados en los campos de concentración carecían de alimentos y de medicinas, por lo que se hacía muy difícil la supervivencia.

Comenzó por lo que parecía más eficaz: vender en esas Navidades de 1939 a una prestigiosa joyería llamada La Violeta las piezas más sencillas de colocar y las monedas de metales nobles que careciesen de valor histórico, al tiempo que sus hombres buscaban coleccionistas que no se limitasen a pagar estrictamente la cotización del oro. No obstante, pronto se dio cuenta de que poner en el mercado demasiada mercancía desvirtuaba su precio, por lo que contactó con el presidente Cárdenas para cambiar su estrategia. Así es como el día de Reyes de 1940 se decidió que procederían al desmontaje y fundición de las joyas y de las piezas de orfebrería sin valor artístico para convertirlas en lingotes que se venderían al Banco de México, sin intermediarios ni tampoco impuestos, después de solicitar de nuevo la intercesión del presidente Cárdenas.

Sin embargo, aquel método ponía en peligro la seguridad de la mercancía traída por el Vita, cuya búsqueda continuaba tanto por parte de delincuentes comunes como de los agentes franquistas afincados en México. Y cada trayecto en taxi desde el taller instalado en la calle Michoacán, muy cerca del domicilio de Prieto, a donde se había trasladado el tesoro para distraer a quienes andaban tras su pista, suponía un quebradero de cabeza para Prieto, que no respiraba hasta que Puente no le confirmaba que había dejado en su casa a Eusebio Rodrigo, el tesorero de la JARE encargado del canje, sin mayores contratiempos.

Tampoco le resultó muy grata la extraña muerte de José María Martínez Sabater, el funcionario de Hacienda que debía cumplir las instrucciones del presidente del Gobierno republicano con respecto a la carga del Vita, quien falleció a las pocas semanas de llegar a México, trastornado por una depresión al no haber podido responder a la confianza de Negrín.

Pero lo menos que podía esperar el político asturiano era que el problema más delicado de resolver se lo ocasionase un miembro de su propia organización. El mensajero de la noticia fue su amigo Enrique Puente, que llegó congestionado a casa de Prieto cuando este se disponía a

degustar a solas una deliciosa cazuelita de bacalao que se hacía traer del restaurante Luciano, su favorito de toda España.

—Don Inda, siento molestarlo, pero estamos jodidos —le anunció Puente sin miramientos.

Con la flema que le caracterizaba, Prieto dejó los cubiertos sobre la mesa y entornó los ojos, en un gesto suyo característico que le servía para paliar la fotofobia que sufría desde la niñez.

—¿Se te ha roto alguna tripa?

—Nos han robado —soltó el gallego a bocajarro. Al político se le mudó el gesto.

—¿Cómo es posible?

—Palomo, Don Inda.

—¡No me jodas! ¡Qué susto me has dado! Creí que me hablabas en serio. No irás a decirme que uno de los miembros de la JARE, que además ha sido presidente del Tribunal de Cuentas en la República, se ha llevado algo —respondió Prieto sin tenerlas todas consigo, ya que conocía lo suficiente a Puente como para saber que le gustaba la sorna, pero no solía bromear, y menos con asuntos de esa relevancia.

—Anda con una querida, Don Inda. Corteja a la viuda de Manjarrez, el periodista. Y además tiene tiempo para mantener una amante, una cabaretera del Waikikí. Las ha debido de camelar a base de alhajas — relató Puente, indignado.

—¡Joder con Palomo!

—Eso no es todo. Ha vendido otras piezas a Ángel Mijares, uno de los joyeros del centro.

Sin embargo, Prieto no daba crédito a aquellas palabras. Aun así, trató de seguirle la corriente a su amigo, convencido de que estaba equivocado, en busca de una explicación que aclarara lo que él consideraba algún tipo de malentendido.

—¿De cuánto estamos hablando? ¿Alguien ha echado algo en falta?

—No sabría decirle. Es imposible saber lo que hay en esas cajas a ciencia cierta porque todavía no se habían inventariado. Pero es seguro que han desaparecido anillos, broches, pendientes, varias pulseras de oro y platino, algunas con monedas y otras con dijes esmaltados. También un imperdible, una medalla italiana y un reloj, todos con brillantes. ¡Ah! Y unas figuritas aztecas que se trajeron del Museo Arqueológico Nacional.

—Es una acusación muy grave, Enrique. Supongo que puedes demostrar lo que dices.

—Verá, Don Inda. Llamazares, uno de nuestros hombres, le descubrió metiéndose algo en el bolsillo. Me lo contó enseguida y le pedí que lo vigilara con discreción. Lo vio entrar en la joyería de Mijares, quien le dio dinero después de analizar con una lupa lo que le entregaba. Siguiendo sus órdenes, todos los canjes los está realizando Rodrigo, al que acompañamos siempre. Me permití preguntarle si había pedido a alguien que hiciese una venta en su nombre y me lo negó. Así que le ordené a Llamazares que no le quitara ojo a Palomo. Anoche lo siguió hasta el domicilio de la viuda, donde estuvo un par de horas, para a continuación visitar ese cabaret. Allí fue testigo de cómo le regalaba un estuche a una muchacha que llevaba un vestido… ya sabe —explicó colocándose las dos manos sobre sus pectorales.

—Escotado —afirmó Prieto con resignación.

Si era cierto lo que estaba escuchando, más allá de las decenas de miles de pesos que pudiese haberse llevado Palomo, le preocupaba el escándalo que estallaría en el caso de que la noticia llegara a la prensa o, lo que era peor, a sus adversarios políticos. Ya veía frotándose las manos tanto a Negrín como al doctor Puche, de quien ya sabía que lo insultaba llamándolo obeso desquiciado a sus espaldas. Desde luego, ninguno de los dos tardaría en poner en entredicho su gestión del Tesoro del Vita.

—Siento todo esto. Jamás pensé que podríamos tener al ladrón en casa.

Deberemos incrementar la vigilancia aún más.

—No es culpa tuya. ¿Quién lo sabe?

—Usted y yo, Don Inda. Y Llamazares, claro.

—¿Ese muchacho es de fiar?

—Absolutamente. Solo que anda un poco inquieto porque su familia sigue en el campo de concentración de Argelès-sur-Mer y, además, está deseando tener la libertad de marcharse para buscar a su novia, que al parecer se encuentra en algún lugar de México, tal vez en Morelia.

—Ya… Por favor, que no comente nada a nadie. Dile que, si se porta bien y todo sale como es debido, en un par de meses lo relevaremos. Y que intentaremos traer a los suyos.

—No se preocupe. Por esa parte, puede estar tranquilo. Y el muchacho va a quedarle muy agradecido. ¿Qué hacemos con Palomo?

—Creo que lo más prudente es que yo me reúna con él. Seguro que puede darme alguna explicación. También hablaré con Rodrigo para que visitéis a Mijares con total discreción, a ver qué os cuenta ese joyero.

—A lo mejor debería preguntarle a Luis García Galiano, ya sabe que es muy amigo de su paisano Palomo. Los dos son de Toledo. Estoy seguro de que está al corriente de lo que pasa.

—Sé que anda muy ocupado con su tienda de mazapanes, pero así lo haré. Nos vemos en cuanto tengamos novedades.

—Descuide, Don Inda.

Tras emitir un suspiro, Prieto se quedó mirando su cazuela de bacalao. Si eso sucedía con solo ocho bultos abiertos, no quería ni pensar lo que se le vendría encima a medida que fueran examinando el resto. Sin duda, debía acelerar las tareas de desembalaje y clasificación, además de reforzar la seguridad.

Por fortuna, la visita de Puente no había conseguido quitarle el apetito, por lo que llamó a una de sus asistentas para que recalentara la comida mientras admiraba complacido las paredes del comedor, donde iban tomando forma los murales que había encargado a Aurelio Arteta, uno de los mejores pintores vascos de su generación, que también se encontraba exiliado en México desde hacía unos meses. Luego degustó despacio aquel manjar traído desde España, evocando los sabores de su añorado Bilbao gracias a aquel envío del restaurante Luciano, un santuario del buen yantar para los devotos de la buena mesa, como él.

Prieto consideraba a Bilbao su patria chica desde que llegara a sus ocho años, de la mano de su madre viuda y de su hermano menor, en busca de un lugar en el que salir de la pobreza. Sus estudios de taquigrafía, becados por la Diputación, le sirvieron para entrar a trabajar en El Liberal, donde empezó voceando periódicos por la calle, continuó redactando todo tipo de crónicas y acabó como propietario, al tiempo que se incrementaban sus ambiciones políticas, que no se habían menoscabado en México.

Acompañó la comida con un par de copas de vino de Rioja, pese a la opinión de su médico, que procuraba cuidarle después de que el corazón le hubiese dado algún que otro susto. Casi por inercia, se palpó el pecho. Por fortuna, parecía que su ritmo cardiaco hubiese asimilado las noticias de Puente con normalidad. Claro que quizá se estuviese acostumbrando a tantos sobresaltos.

En vez de echarse la siesta, optó por telefonear a Palomo. Respiró al oír su voz amable al otro lado de la línea telefónica.

—¡Hombre, Don Inda! ¿Qué se le ofrece?

—Hola, Emilio. Ante todo, ¿sabes algo de tu primo Eduardo? Tengo entendido que está detenido.

—Una putada, sí. Y con siete hijos. Sigue preso en España.

—Bueno, un poco de paciencia. Seguro que lo indultan y lo sueltan pronto.

—Sí, eso espero.

—Oye, me gustaría tratar algo contigo en persona. ¿Puedes venir a mi casa esta tarde?

—¿Tan urgente es? Es que precisamente hoy tengo una cita a la que no debo faltar.

Durante un par de segundos, Prieto sopesó su respuesta. De ningún modo pretendía aparentar preocupación ni impaciencia, no fuese que Palomo se alarmase, aunque le daba la sensación de que su mera llamada ya inquietaba a su interlocutor.

—No te preocupes. Vente mañana a desayunar, sobre las nueve. Tengo una muchacha que prepara unos chilaquiles para chuparse los dedos.

—¡Perfecto! Nos vemos entonces.

Algo en el tono de Palomo le hacía ver que las acusaciones de Enrique Puente contra él tenían visos de ser acertadas. Y no pudo por menos que sentirse culpable al hacer memoria. Ya en París, el toledano le había propuesto que contratasen a un experto joyero santanderino, apellidado Piedra, para que los ayudase en el proceso de desmontaje de la mercancía del Vita. En un principio le pareció oportuno, pero se le ocurrió pedir referencias a su amigo Ruiz Rebollo, presidente de la Diputación en Santander durante la República, el cual le informó que el tal Piedra era conocido como el Imbécil de las Medallas y que se dedicaba a negocios de dudosa honorabilidad, ya que se sospechaba que falsificaba diamantes para cambiarlos por los auténticos que llevaban las piezas que pasaban por sus manos para tasarlas. Con esta información, le comunicó a Palomo que no requerirían de los servicios de Piedra, sin ser consciente en ese instante de que el hombre en quien confiaba ya estaba premeditando un delito aún mayor. Al darse cuenta de lo que ocurría, se lamentó de su estupidez, porque pocas cosas le fastidiaban más en este mundo que equivocarse.

A la hora señalada de la mañana siguiente, el que llamó a la puerta de la mansión de la avenida Nuevo León 103 no fue Emilio Palomo, sino su amigo Luis García Galiano, quien, tras saludarse de manera cordial, le disipó cualquier atisbo de duda que pudiese quedar.

—Vengo en nombre de Emilio. La verdad es que no sé cómo empezar

—titubeó Galiano, ajustándose sus gafas de pasta.

—¿Es cierto que se ha llevado joyas? —inquirió Prieto, muy dado a la dialéctica pero enemigo de andarse con rodeos, por lo que ni siquiera le invitó a pasar más allá del vestíbulo.

—Y bien que se ha arrepentido.

—Entonces, ¿por qué no ha venido él?

—Se encuentra muy avergonzado por haber faltado a su confianza.

—¿Y dónde está ahora?

—Lo ignoro, pero me ha pedido que le entregue esto —dijo Galiano ofreciéndole un sobre con dinero—. Es lo que sacó por la venta de las piezas.

—¿Se puede saber lo que tenía ese hombre en la cabeza? —preguntó Prieto mientras contaba un total de cinco mil setecientos pesos.

—Ya puede imaginarse que anda perturbado, con su primo Eduardo, que es como un hermano para él, en la cárcel condenado a muerte sin que nadie pueda hacer nada. Las mujeres han sido su refugio y lo han vuelto loco.

—Bueno, le agradezco que haya venido. Le honra que se atreva a dar la cara por él en un tema tan delicado. Ahora necesito meditar.

—Me tiene a su disposición. Y lamento muchísimo lo ocurrido.

Se despidieron en el umbral de la puerta de la casa justo cuando llegaba presuroso Enrique Puente, quien saludó a Galiano con un simple gesto de cabeza, clavándole una mirada inquisitorial. El toledano agachó la suya y emprendió la retirada con paso ágil.

—Buenos días, Don Inda. Discúlpeme la gracia, porque sé que el horno no está para bollos, pero Palomo ha volado. Ya veo que Galiano se me ha adelantado, porque tenía previsto ir a buscarlo ahora a su tienda. No sé qué milongas le habrá soltado, pero la cosa es que su amiguito ha tomado hace un rato el tren a Veracruz, imagino que para embarcarse hacia quién sabe dónde. Le pedí a Llamazares que lo siguiera esta mañana, después de su turno de vigilancia, y me lo acaba de contar.

Con el gesto crispado, Prieto se dirigió a su despacho en la planta baja y tomó asiento en su sillón sin abrir la boca, tratando de reflexionar sobre los movimientos a seguir. Quizá podía frenar aquella huida con una llamada, pero eso implicaba tener que dar demasiadas explicaciones y, con toda probabilidad, que el escándalo se hiciese público.

—¿Viste a Mijares ayer?

—Sí. Desconocía que Palomo estuviese actuando por su cuenta y nos confirmó que, según sus registros, entre el 13 de diciembre y el 9 de enero le visitó para venderle seis lotes de joyas, y que un par de veces le acompañaba un tipo que por la descripción bien podría ser Galiano. También le hizo el encargo de ponerle unos ganchos a un par de piezas de oro para convertirlas en pendientes. Fijo que son los del Museo Arqueológico y que esos los tiene ya la cabaretera.

—¿Te dijo cuánto le pagó?

—Un total de 55.900 pesos.

—¡Eso es un tercio de lo que hemos recaudado en el último mes! — calculó Prieto, dándose cuenta de que Galiano pretendía saldar cuentas únicamente con la décima parte de lo robado.

—Ya sé que no es consuelo, pero Mijares se ha comprometido a devolvernos el beneficio de la reventa de las alhajas.

—No doy crédito con Palomo. Semejante…

—Hijo de puta, Don Inda, con todas las letras, ya lo digo yo. Y a saber lo que, aparte de eso, se habrá llevado. Además de los regalos a la amante y a la querida, claro.

—¿Alguna se ha ido con él?

—Entró solo al tren, aunque no lo puedo asegurar. Llamazares no se atrevió a detenerlo por no llamar la atención, ya que usted nos pidió discreción.

—Hizo lo correcto… —murmuró Prieto.

—Si me permite, Llamazares y yo podemos ir esta noche al Waikikí cuando acabemos nuestro turno de vigilancia de esta tarde. Con suerte, quizá consigamos alguna información. Ya sabe que los dueños son españoles. Moselo, de Santiago de Compostela, y Negreira, que creo que también es gallego.

Sin tenerlas todas consigo, Prieto dio su visto bueno, con la advertencia de que se moviesen con toda la cautela que les fuera posible. En cualquier caso, sabía que la noticia del robo de Palomo se filtraría

enseguida entre los exiliados, con lo que no le quedaba más remedio que compartirla con el resto de los miembros de la JARE, incluido su presidente, a quien debía escribir de inmediato a su domicilio en París. Y, al pensarlo, no pudo evitar acordarse de que por allí aún andaría Carmen Bernal, la mujer de la que se había enamorado desde el mismo momento que vio su precioso rostro iluminado por el sol del Mediterráneo, que se colaba por las ventanas de sus oficinas de Valencia, ciudad en la que ya se encontraba el Gobierno español, obligado a abandonar Madrid ante el peligro de que la capital española pudiera ser tomada por las tropas enemigas.

Luego facilitó su traslado, junto con sus tres hijas, a Barcelona para seguir teniéndola cerca, con la esperanza de que nunca regresara su marido, a quien se le daba por muerto. Y, posteriormente, las cuatro viajaron a París en el mismo coche que Prieto, subyugado por la belleza y la prestancia de Carmen.

Desde que falleciese su esposa hacía ya casi dieciocho años, nunca se había fijado en ninguna mujer. Y, sin embargo, ahora estaba ilusionado como un colegial. De ahí que estuviese intentando enviar a Carmen a México, aunque su marido ya hubiese aparecido y ella tuviera que viajar acompañada. Por el momento, se conformaba con volver a verla de vez en cuando. En cuanto llegaran, les tendría preparada una casa adonde trasladaría el Tesoro del Vita para esconderlo de una forma más segura, ya que nadie podría sospechar de aquella apacible familia.

5

El concurrido callejón junto al templo de San Francisco encarnaba un trocito de alma del viejo San Luis Potosí, la preciosa ciudad colonial cuyas piedras susurraban historias de sus más de cuatro siglos de existencia desde que fuese fundada, justo cien años después del descubrimiento de América por parte de los españoles, para explotar los depósitos de oro y plata hallados en el cercano cerro de San Pedro. David Quijano lo transitaba despacio, invadido por una sensación de irrealidad, embargado por el aroma y el colorido de los puestos adosados al antiguo convento franciscano. En el lado opuesto de la calle se sucedían pintorescas cantinas en las que se anunciaban deliciosos platos tradicionales, decoradas con imágenes de Frida Kahlo y frases de canciones de Chavela Vargas pintadas en sus paredes llenas de cicatrices, de donde emanaban melodías tristes de mariachi.

Tras un sinfín de horas de vuelo, el arqueólogo español había aterrizado a última hora del día en el coqueto aeropuerto potosino. Desde allí, bajo un aguacero que impedía distinguir las luces del horizonte, un taxi cochambroso lo trasladó al Progreso, un destartalado hotel que apenas conservaba reminiscencias de sus épocas pretéritas de esplendor, en las que se alojaban en él personalidades ilustres, y en cuyo restaurante podían degustarse los suculentos platillos cocinados por su guisandera, doña María, entre los que destacaba su famoso mole a base de chiles secos, cacao y una mezcla de semillas y especias.

Llegó exhausto a la habitación por no haber querido dormir en el trayecto para combatir el jet-lag de una manera inmediata. Un par de libros sobre arqueología precolombina y un ejemplar de Pedro Páramo a duras penas le habían rescatado en los ratos de zozobra, cuando comenzaba a ahogarse en su mar de pensamientos.

Se despertó muy temprano, despabilado por la claridad del amanecer, por sus preocupaciones y, sobre todo, por una alarma en su estómago casi vacío que le recordaba que era el momento de desayunar unos chilaquiles rojos con huevos estrellados, sugeridos por una recepcionista de rasgos indígenas que la noche anterior le había regalado amablemente un plano del centro histórico y una guía telefónica con la sección amarilla, que incluía los comercios locales.

Por suerte, a pesar de que en verano lloviese con frecuencia en México, la ciudad amaneció soleada para enorgullecerse de la riqueza cromática de las fachadas y la belleza de los balcones de hierro forjado que adornaban sus edificios barrocos. David los contemplaba maravillado, aunque con cierto desasosiego. No en vano, acababa de comenzar su búsqueda de María sin saber cómo se enfrentaría a ella en el caso de encontrarla.

Se había adentrado en aquel callejón dado que allí se ubicaba la galería de arte más cercana al hotel, según las indicaciones trazadas por él mismo en su mapa con ayuda de las páginas de la sección amarilla. Regentaba el coqueto establecimiento una atractiva mujer francesa, cuyo cuello delataba una edad que aún no se reflejaba en la dulzura de su rostro. En otras circunstancias, el arqueólogo quizá hubiese coqueteado con ella. Y si no lo hizo esa vez fue porque tenía otros propósitos, lo que no dejó de contrariarle al no estar seguro de si el objetivo de su viaje a México era recuperar los pendientes robados o acaso descubrir un amor en el que no creía hasta hacía unos días. No lo desanimó que la francesa le respondiera que no le sonaba que ninguna colega suya se llamase María, ni que tampoco la reconociese al ver la foto que David le mostró en su teléfono. La mujer le explicó que llevaba instalada menos de un año en San Luis Potosí y que apenas empezaba a tomar contacto con sus gentes.

El siguiente punto de su ruta se hallaba muy próximo a la Caja del Agua, uno de los monumentos más representativos de la ciudad, desde el que se divisaba la basílica de Nuestra Señora de Guadalupe, junto a la vieja penitenciaría donde se planeaba albergar el Centro de las Artes, un espacio que sería un referente cultural. Sin embargo, justo antes de llegar al jardín de San Miguelito se topó con un elegante portón que presidía la fachada de una casona señorial, en la que figuraba un rótulo de madera con el nombre del establecimiento labrado: Galería Alebrije, la cual no formaba parte de su lista. Para su fastidio, estaba cerrada. Un par de

ventanas con los marcos pintados de azul maya, protegidas por unas rejas del mismo color, permitían ver algunas de las piezas expuestas en su interior. Del techo artesonado colgaban macetas que regaban de verdor la estancia; sobre un suelo hidráulico original se veían algunas sillas decimonónicas, elegantes maletas de otros tiempos y un par de mesas de roble desgastado, en las que reposaban candelabros, bolsos bordados de artesanía local, portarretratos, lámparas, jarrones y una colección de figuras variopintas que, no obstante, dotaban al conjunto de una deliciosa armonía. David presintió que no debía buscar más. Que aquel espacio podía pertenecer perfectamente a María, aunque no hubiese visto ni una sola escultura clásica. Aun así, decidió completar su recorrido y visitar tanto las galerías que le quedaban como unas cuantas tiendas de antigüedades que había añadido a sus anotaciones.

El día le sirvió para deleitarse con algunos rincones de aquella genuina ciudad, alejada de las rutas turísticas, lo que le confería el encanto de lo auténtico. Pensó que le habría gustado descubrirla de la mano de María y a la vez le atormentaba desear tenerla a su lado… cuando era algo que ni quería ni lograba evitar. No se negaba cierta obsesión por su parte, pero la verdad es que le superaba la necesidad de verla. Además, le perturbaba la idea de haber encontrado su galería enseguida, ya que no creía que el destino se molestase en ir mandando señales, de las que no solo recelaba, sino que hasta se reía. Sin embargo, en aquellas circunstancias, con el juicio trastocado en un lugar que alteraba los sentidos, se le pasó por la cabeza que acaso una panda de hados se estuviese vengando de él de un modo burlón, contagiándole de la magia que percibía en el ambiente.

Su periplo le llevó por hermosas plazas como la de Aranzazú, la del Carmen, la de Armas o la de Fundadores, en las que se ubicaban templos, palacios e impresionantes edificios que acreditaban su majestuosa arquitectura colonial. En su caminar, le despertó especial curiosidad el teatro Alarcón, uno de los más antiguos de México, de cuyo interior emanaba una bellísima melodía al piano, a pesar de su aparente estado de abandono.

Según lo previsto, no tuvo demasiada suerte en sus siguientes indagaciones, porque nadie supo darle ninguna referencia de la misteriosa mujer que buscaba. Y cada vez que él preguntaba por la propietaria de la Galería Alebrije, la respuesta siempre era la misma: que el establecimiento

llevaba allí muy pocos meses y que habitualmente estaba cerrado, lo que a David le extrañó sobremanera porque parecía lleno de vida.

A pesar de su contrariedad, habida cuenta de su fascinación por los mercados tradicionales, no dejó pasar la oportunidad de entrar en el de Hidalgo, otro de esos reductos en los que el tiempo había preferido detenerse. Lo primero que le llamó la atención fue que los perros callejeros se pasearan por sus pasillos con la impunidad de quien se siente en su casa. No obstante, toda la esencia de México le abofeteó en la cara y su asombro crecía con cada pequeño descubrimiento: las coloridas guirnaldas de papel picado que colgaban de techos descascarillados, los expendios de vísceras, la inmensa diversidad de chiles y de frutas, los puestos de insectos comestibles, el queso de tuna que le dio a probar un dulcero o el aroma de las rosas, casablancas, margaritas y claveles que cuidaba con esmero Magdalena, una vieja florista ataviada con un impoluto vestido blanco con bordados huastecos a quien la gente llamaba cariñosamente por su nombre de pila. De fondo se oía el murmullo de las voces que reverberaban en el recinto y las canciones populares de los músicos que, con su guitarra, iban buscando alguna moneda por las humildes fondas del piso superior, donde se servían comidas al estilo tradicional.

No pudo evitar detenerse en una taquería con un enorme mostrador de

azulejos desconchados en el que reposaban ajadas cacerolas con diferentes guisos, que a David le recordaban las que usaba su abuela materna en los fogones de carbón de aquella humilde cocina de su pequeño pueblo del valle del Pas, al que acudía los veranos de su niñez.

Contra la pared, una pizarra ofertaba, por muy pocos pesos, una gran variedad de antojitos mexicanos de maíz: sopes, tostadas, enchiladas potosinas, quesadillas, tamales, gorditas…, que el español aún no sabía distinguir, por lo que se inclinó por lo seguro: pedir un par de tacos de cochinita pibil y otros dos al pastor con queso asadero, que una jovencísima mesera le sirvió enseguida, junto a un Boing de mango, expuesto con el resto de las bebidas en una repisa, que David consideró que podía resultar un acompañamiento muy apropiado para la comida.

—Aquí le dejo esto por orden de picante —le dijo la muchacha, a la que oyó que llamaban la China, apodo que el español entendió poco adecuado, teniendo en cuenta el enorme tamaño de sus preciosos ojos negros.

—Gracias.

La muchacha depositó sobre el colorido mantel de hule cuatro cuencos de barro que contenían distintas salsas y otro con gajos de limón.

—Mire, esta es la que pica más y aquella la que menos —le señaló ella.

—Es bueno saberlo —le respondió David, quien creyó percibir cierto retintín en el tono de la mesera, seguramente porque sus rasgos europeos no pasaban inadvertidos, por lo que no quiso preguntar en qué consistía cada uno de los condimentos para no parecer, además de extranjero, ignorante.

—Provechito —susurró la China con dulzura.

En un intento burdo de reivindicarse, con los ojos de algunos clientes locales fijos en él con evidente descaro, se sirvió una cucharadita de una salsa de color rojizo, casi granate, con algunos trocitos de frutos secos.

—¿Qué son?

—Cacahuates, es salsa macha. Tenga cuidado, porque esa es la que más pica.

—Sí, sí. Gracias —contestó David con suficiencia, cayendo en la cuenta de que los españoles le habían cambiado una letra a aquella palabra de origen náhuatl para convertirla en cacahuete.

Al probar el primer bocado, notó una desazón en la punta de la lengua que provocó que las mejillas se le encendieran y el sudor apareciese en su frente. No obstante, su sentido del ridículo le obligó a disimular como buenamente pudo, dándole pequeños tragos a su jugo, aunque las evidencias terminaron por delatarle.

—¿Se enchiló? —preguntó la joven mostrando inquietud, si bien David sospechó que, por dentro, disfrutaba con la situación—. Chupe limón o un tantito de sal.

—No, no —negó él, muy serio, aprovechando para absorber un poco de aire que le refrescara la lengua—. Está delicioso.

—Muchas gracias, señor.

Para no dar su brazo a torcer, todavía regó el siguiente taco con la misma salsa, tomando la precaución de echarle solo unas gotitas. Casi a escondidas, se introdujo un trocito de limón en la boca y, para su sorpresa, sintió un alivio inmediato. Aun así, los dos últimos los aderezó con un poco del caldo verdoso que contenía el cuenco situado en el otro extremo. Sin embargo, su rostro seguía sonrosado, y hasta algunas lágrimas

traicioneras brotaron de sus ojos. Consideró que para servir algunos de aquellos aliños que rendían culto al chile sería bastante más práctica una jeringuilla que una cucharilla.

—Hay que probar de todo —se justificó David a la mesera, que le correspondió con una pícara sonrisa condescendiente.

A pesar de haberse excedido con el picante, los tacos le resultaron exquisitos, muy diferentes a los que había comido en España. Y determinó que debía seguir degustando los antojitos mexicanos; eso sí, sin faltarle al respeto a las salsas.

Regresó al hotel con cierto aire de derrota, aunque su estómago agradecido alimentó la esperanza en su corazón de que la Galería Alebrije, ese museo en miniatura que albergaba retazos de melancolía, perteneciese a María. La simpática recepcionista de la noche anterior lo recibió de una forma jovial. A David le agradaba la dignidad con que ella atendía a los clientes de aquel hotel que por las noches se asemejaba a una casa del terror para desgracia de la aprensión del arqueólogo, que se imaginaba espíritus deambulando por los pasillos.

Por si acaso, echó de nuevo el pestillo de la puerta de su habitación y la cerró con llave, para terminar ajustando una silla bajo el picaporte, lo cual no dejaba de ser una solemne estupidez, ya que, sin ser un experto en fenómenos paranormales, se figuraba que los fantasmas podían desplazarse sin que se lo impidiese ningún obstáculo.

Lo peor era que él no creía en los espíritus…, o eso pretendía. Claro que la lectura de Pedro Páramo durante el viaje, en la que aparecían personajes que no se sabía muy bien si estaban vivos o muertos, no había contribuido a aplacar sus cuitas sobre el mundo de los espíritus. De todos modos, no le cabía duda de que ese hotel tenía más vida de día que de noche, porque el trasiego de la clientela con la que se cruzaba le hacía pensar que se trataba de un lugar de citas efímeras para amantes que buscaban desfogarse a escondidas con urgencia.

—¿Cómo le fue? ¿Le gustó la ciudad? —preguntó la recepcionista.

A David le pareció que la joven mostraba un interés sincero, quizá porque suponía que ella no acostumbraba a trabajar con turistas de manera frecuente.

—La verdad es que sí. Me ha sorprendido muy gratamente, Karla — confesó él, fijándose en la chapita con su nombre que la muchacha lucía en

el uniforme, que incluía un pañuelo de seda anudado al cuello a pesar del calor.

—¡Me alegro mucho! ¿Le sirvió la guía telefónica?

—Sí, sí. Gracias.

—¿Le puedo ayudar en algo más?

Tras unos instantes de duda, David terminó por responder a la joven, con la seguridad de que no perdía nada por ello.

—¿Por casualidad no conocerás la Galería Alebrije…? Está junto al jardín de San Miguelito. Me gustaría saber quién es su dueño… o dueña.

A la muchacha se le iluminaron los ojos porque olió el chisme al deducir que el español, en realidad, no estaba allí de turismo sino buscando a una mujer. Y se le vino a la mente el argumento de una de esas novelas románticas que había leído en sus momentos ociosos.

—Lo lamento, señor. Tampoco trato con tanta gente fuera del hotel… Aunque sé de uno de nuestros clientes que a lo mejor le puede ayudar. Es un reportero de la nota roja que lleva muchos años trabajando en San Luis Potosí. Conoce a todo el mundo.

—¿La Nota Roja es un periódico?

—¡No! —rio ella—. Es el nombre de las páginas de sucesos que aparecen en todos los medios.

—Ya… Muy apropiado. ¿Sabes dónde trabaja, entonces?

—Es que debo ser discreta. Pero le diré que se llama Samuel Medina. Y rara es la noche que no frecuenta el Pinin, que está ahí mismito, a menos de una cuadra. También sé que para bastante en El Escalón, en la esquina de Melchor Ocampo con Reforma. Mire, se los señalo los dos aquí —le susurró la recepcionista mientras marcaba un par de puntos en uno de los mapas que se exhibían en el mostrador—. Por favor, si da con él no le diga que me conoce.

—No te preocupes. Esto queda entre nosotros —respondió David guiñando un ojo—. ¿Qué aspecto tiene?

—Un poco fachoso y desaliñado, con barba y pelo largo, bastante canoso porque ya no es ningún chavo, aunque él piense lo contrario. Puede que lo confunda con un mendigo, pero es muy culto y educado.

—Muchas gracias, Karla —dijo él, sacando de su cartera un billete de cincuenta pesos que ella amagó con rehusar para terminar guardándolo en uno de sus bolsillos sin dejar de sonreír.

—Estoy segura de que encontrará a esa chica, sea la dueña de la galería o no. Para ello quizá tenga que salir de San Luis. Las ciudades no son buenos lugares para este tipo de conexiones.

—¿Cómo sabes que…? —preguntó David, desconcertado.

—No creo que lo vaya a entender. Acabo de tener un escalofrío. Y eso, para mi pueblo, indica un presentimiento. La verá dentro de tres días, el viernes —aseveró Karla, mudando el gesto hasta el punto de que parecía una persona distinta, como si hubiese entrado en trance, lo que provocó la perplejidad del español, que no se atrevió a cuestionarla, solo a saber un poco más de la muchacha.

—¿De qué pueblo hablas?

—De los nahua de la Huasteca. Conectamos profundamente con la naturaleza porque es la morada de los dioses. El fuego, la tierra, el aire y el agua tienen tal poder que regulan la vida del mundo. Mi abuelo es chamán, actúa como intermediario entre los seres humanos y las fuerzas divinas. Imagino que algo he aprendido de él —explicó ella con desparpajo.

Tras despedirse, el arqueólogo subió la escalera despacio, perdido en la maraña de pensamientos que se confundían en su cabeza. Estaba cansado, pero le apetecía avanzar en su investigación, aparte de que no le seducía la idea de pasar demasiado tiempo en la habitación de un hotel donde las luces de la noche, más que tenues, se le antojaban tenebrosas. Así que abrió el grifo de agua caliente y se dio una ducha casi fría antes de acicalarse como si en vez de buscar a un periodista melenudo se hubiese citado con alguna de sus antiguas amantes.

Le despistó que en el rótulo de la entrada del local rezara

«Bienvenidos. “Pinin”. Ladies-Bar». Sin bajar la guardia, se adentró con cierta cautela esperando ver a unas cuantas señoritas acodadas en la barra a la caza de tipos incautos en busca de cariño de circunstancias a los que intentarían llevarse al Progreso a cambio de que les solucionaran la comida del día siguiente. Sin embargo, enseguida salió de su error porque se trataba de una simple cantina tradicional, muy similar a la vieja taberna que había en el pueblo de su abuela, cerrada hacía ya más de dos décadas por falta de parroquianos. A la izquierda, un largo mostrador moría cerca del mingitorio, cuyos efluvios emanaban hacia el exterior al tener la puerta abierta; a la derecha, unas cuantas mesas sin manteles, ocupadas todas por hombres que bebían tequila, mezcal y cerveza; y del techo, adornado con arcos de mampostería, colgaban algunos ventiladores para espantar a las

moscas. Curiosamente, las únicas mujeres del local eran un par de meseras sonrientes a las que oyó hablar con rudeza, acostumbradas a lidiar con borrachos apacibles con el propósito de que mantuviesen la compostura durante sus tragos.

Quizá solo fuera mera sugestión, pero percibía que sus sentidos se habían alterado desde el mismo momento de pisar tierra mexicana. Acodado en el mostrador de aquella cantina, con una botella de cerveza Victoria en la mano, recordaba el vaticinio que la joven nahua le acababa de hacer. Y pensaba que, por muy inexplicable que pudiese parecerle, su legendario escepticismo se tambaleaba porque comenzaba a confiar más en la magia que en las casualidades.

—Una cerveza más, por favor —le pidió a la mesera el arqueólogo, ensimismado, con la mirada posada en ninguna parte.

—¿Español?

Quien le preguntaba era un tipo que ocupaba el taburete de al lado. Al verlo, David se sonrió por dentro, como si el encuentro con Samuel Medina fuese natural. Porque no le cabía duda de que aquel hombre desgreñado, de ojos escrutadores, tenía que ser el periodista al que se refería Karla.

—Sí… Recién llegado. ¿Tanto se me nota?

—El acento de ustedes es inconfundible.

—Me llamo David —se presentó, ofreciendo la mano a su compañero de mostrador.

De buena gana le habría dicho al reportero que conocía su nombre, pero se dejó guiar por la prudencia y esperó a que él se lo dijera.

—Yo, Samuel. Un gusto.

El arqueólogo dudó si seguir la conversación para no mostrar demasiado interés o si callar unos instantes a riesgo de resultar descortés.

—Curioso lugar —dijo el español, que finalmente se había decidido por emitir un comentario inofensivo que a nada le comprometía.

—El Pinin es un clásico en San Luis Potosí. Antes estaba cerca de la plaza del Carmen, pero se trasladó aquí este año —explicó Medina mientras la mesera le servía su bebida, sin necesidad de que él la solicitase, junto a un platillo con unas rodajitas de naranja.

—¿Mezcal?

—Para todo mal, mezcal; para todo bien, también.

—¡Y si no hay remedio, litro y medio! —concluyó el refrán la mesera, con un oído puesto en la charla de sus dos clientes, provocando la risa de David.

—Yo creía que en México todo el mundo bebía tequila —comentó el español.

—Aquí no había tequila hasta que ustedes trajeron alambiques para destilar. El pulque sí que es prehispánico, el elixir de los dioses, una bebida espiritual que se tomaba en los rituales y en las ceremonias para honrarlos. Claro que yo le doy más al mezcal porque el pulque es demasiado suave. Y hay quien dice que también es sagrado. La leyenda cuenta que un rayo cayó sobre un agave y originó la primera tatema.

—¿Tatema?

—Tatemar es asar. Para elaborar el mezcal hay que cocer el corazón del agave en un horno de piedras volcánicas antes de destilarlo. Parece que los pueblos indígenas encontraron la manera de hacerlo artesanalmente, sin necesidad de alambique, pero a saber —explicó Medina, haciendo un gesto con el dedo para que la mesera le sirviese uno a su nuevo amigo.

El arqueólogo, en un intento burdo de demostrar su hombría, apuró de un trago la cerveza para a continuación introducir la nariz en aquel vaso ancho que tenía labrada una cruz en la base.

—Sí que es sagrado, sí. Hasta hay que tomarlo en esto —bromeó David, provocando la risotada de Samuel Medina, quien le dio una palmada en la espalda.

—En estos vasos se colocaban las velas para rezar a los santos en las iglesias —aclaró el periodista—. Ya sabe que somos fruto de una mezcla de culturas, y nuestros antepasados supieron integrar los usos católicos en sus ritos ancestrales.

—Me recuerda vagamente al orujo que hacía uno de mis abuelos.

—Entonces le gustó.

—La verdad es que sí, pero me da que es más fuerte incluso que el tequila. No creo que se puedan tomar muchos.

—Le daré un consejo, amigo. Ni los tequilas ni los mezcales se cuentan nunca. Son bebidas para aliviar el alma.

—Visto así, a lo mejor tengo que pedir otro —respondió David al intuir que podía llevar la conversación a su terreno.

—¿Mal de amores, muchacho? ¿Por eso vino a México? ¿Para olvidar? No, no…, espere. Déjeme que adivine. Para olvidar habría

elegido otro sitio. ¡Ha venido a San Luis Potosí detrás de una mexicana que no lo pela!

—¿Es usted detective?

—Soy periodista, que es peor —contestó Medina riendo de buena gana.

—¡Vaya! Entonces tal vez pueda ayudarme a encontrarla.

—¿Acerté? —preguntó satisfecho el reportero.

—Más o menos. Conocí en Madrid a una misteriosa mujer, con la que apenas pasé unas horas, y creo que me he enamorado a primera vista.

Dadas las circunstancias, David consideró que debía parecer franco a la hora de referirse a sus sentimientos si pretendía conseguir la ayuda de Medina, aunque no tenía ninguna intención de referirse al robo de los pendientes.

—Y le platicó que era de San Luis Potosí.

—Así es. Y lo único que me contó es que trabajaba en una galería de arte. Ni siquiera sé su apellido.

—¿Y su nombre?

—María.

—¿No tiene una foto?

Procurando disimular su nerviosismo, David tecleó en su teléfono hasta que el rostro de la mexicana apareció en la pantalla.

—Imagino que no la conocerá.

—¡No mames, güey! —exclamó Medina, cayendo en la provocación del español—. Nos salió listo el gachupín. ¿Cómo no iba a enamorarse de una de las mujeres más guapas de San Luis?

—¿La conoce?

—¡Pues claro! María Garza. Abrió hace poco una galería al lado de los jardines de San Miguelito.

—¡Qué alegría acaba de darme, amigo! Esto se merece otra ronda.

Permítame que le invite —respondió David con el corazón alterado.

—¡No faltaba más! Pero le aviso de que para poco por aquí. En realidad, es arqueóloga, y su trabajo la obliga a viajar por todo el mundo.

El descubrimiento de la profesión de María lo desconcertó por un instante. Claro que tampoco le sorprendió que ella no se la hubiese revelado. Y en ese momento volvió a sentirse burlado.

—¿Arqueóloga? ¿Está seguro?

—Completamente. Le viene de familia. Sus papás también lo eran hasta que murieron después de que la avioneta que ellos mismos pilotaban se estrellara en una zona muy boscosa de la Huasteca siendo María aún muy niña. Aquello fue muy sonado. Aunque yo creo que no se trató de un accidente.

Con el vaso mezcalero en las manos, sin acordarse de llevárselo a los labios, David escuchaba estupefacto el relato de Medina.

—¿Insinúa que los mataron?

—Lo recuerdo porque yo estaba empezando en el periódico —explicó el periodista bajando la voz—. Jamás pudo demostrarse nada, al igual que ocurre con la mayoría de los crímenes en este país. Aquí, la probabilidad de que un delito se resuelva es menor al uno por ciento. Y, en gran parte, es porque la mayoría de ellos no se denuncian. En México es preferible buscar la paz que la justicia.

—¿Y por qué llegó a esa conclusión?

—Yo lo sospeché desde el principio porque, al día siguiente del siniestro, nos llegó al periódico la noticia de que alguien había entrado a robar en su casa.

—¿En la de los padres de María?

—Eso es, en la colonia Moderna, no muy lejos de aquí. Por suerte, la niña estaba con sus abuelos paternos, que vivían junto al jardín de Tequis. Lógicamente, fueron ellos quienes la criaron después de quedarse huérfana. Eran encantadores los dos y se desvivieron por ella. Don Paco era todo un señor, muy querido en San Luis. Tengo entendido que también pasaba temporadas con sus otros abuelos, en Ciudad de México. Él es un rico empresario, muy popular en todo el país. Fue pionero en el mundo de la publicidad y ha hecho mucha lana.

—¿Y se sabe qué se llevaron?

—Eso fue lo curioso. Nadie echó nada en falta, y eso que tenían una interesante colección de piezas arqueológicas. Estaba claro que buscaban algo en concreto. Por eso relacioné los hechos. Pero nunca pudo demostrarse nada. Yo había olvidado ya esa historia hasta que, hará unos tres años, mi bolero de toda la vida me platicó algo que escuchó por casualidad.

—¿Qué es un bolero? —le interrumpió David con el fin de no aparentar demasiado interés por el relato que le contaba el periodista, aunque en su fuero interno estuviese deseando escucharlo. Intuía que solo

se trataba de ser paciente, porque resultaba evidente que a Medina le gustaba darse importancia.

—Los que limpian los zapatos; suelen ser personas muy entrañables… y muy informadas de los chismes de la ciudad. El mío se llama Hugo. Bueno, en realidad, ese no es su nombre verdadero. Le decían que se parecía a Hugo Sánchez.

—¿El jugador de fútbol?

—¡Órale! Supongo que por el pelo chino.

—¿Chino?

—Chino, sí. Ya sabe, rizado.

—¡Ah, claro! —exclamó David, comprendiendo el porqué del apodo de la muchacha del mercado.

—Total, que a mi amigo el bolero todo el mundo le llama Hugo, aunque ya está bastante pelón, pero tanto asumió su papel que siempre va con la playera del Real Madrid. Suele parar en el mercado de los Huaracheros.

—Debe de ser todo un personaje.

—Sí que lo es, un tipazo. Le decía que, como sabe que soy periodista, me platicó que escuchó a uno de sus clientes hablar por el celular sobre su implicación en lo sucedido. Al parecer, criticaba unas órdenes que acababa de recibir porque las consideraba precipitadas. El tipo decía que podía ocurrirles lo mismo que aquella vez hacía veintitantos años que manipularon la avioneta de una pareja de arqueólogos en la selva de la Huasteca y luego se quedaron con un palmo de narices.

—Y usted ató cabos enseguida.

—No era tan difícil concluir que se trataba de los papás de María y que su secreto, fuese cual fuese, murió con ellos. Yo siempre anduve con la mosca detrás de la oreja. Hugo me platicó que el tipo se quejaba de no haber dado con esa pinche mercancía.

—Ya —murmuró David, fantaseando con la posibilidad de la existencia de algún valioso hallazgo arqueológico en una ciudad escondida

—. ¿De qué podía tratarse?

—¡A saber! Pero algo gordo buscaban en su casa el día después de su muerte. Se llegó a rumorear que andaban metidos en asuntos turbios.

—¿Droga?

—¡Baje la voz! Pero, por aquel entonces, se desarticularon las redes europeas y asiáticas que suministraban a Gringolandia, así que la droga

mexicana empezó a ponerse muy de moda. Acuérdese de la operación Cóndor.

—Ya siento no estar muy ducho en esos temas.

—El ejército quiso cargarse los cultivos de amapola y marihuana del Triángulo Dorado (Sinaloa, Durango y Chihuahua), pero la historia no salió del todo bien porque aquello sirvió a los narcos para organizarse mejor. Así nacieron los primeros cárteles, empezando por el de Guadalajara.

—En cualquier caso, sea lo que fuese lo que esos tipos buscaban en la casa de los papás de María, no lo encontraron, ¿no?

—Eso parece. De ahí que Hugo se enterara de los reproches.

—¿Y usted no averiguó nada más?

—México es uno de los países más peligrosos del planeta para ser periodista. Y si quieres llegar a viejo, cosa que estoy a punto de conseguir, no debes meter la nariz en asuntos malolientes.

—Y tampoco le contaría nada a su hija, supongo —conjeturó David, con la convicción de que Medina le ocultaba información.

—¿Para qué? ¿Para hurgarle en la herida?

—No sé…

—¡Había pasado demasiado tiempo, carajo! Y solo tenía el chisme de Hugo.

—Y la intuición de que la historia podía ser cierta.

—Espero que no llegara hasta los oídos de María. Su abuela Eva murió el año pasado y don Paco hace unos pocos meses. Entonces decidió vender la casa de Tequis y quedarse definitivamente en una que tenía en Villa Antigua, una de esas cerradas lejos del centro con guardias de seguridad en la puerta…, ustedes las llaman urbanizaciones; donde les gusta vivir a los fresas, ya sabe, la gente con dinero. Oiga, si le cuenta algo a ella, no se le ocurra desvelar sus fuentes.

—Por eso no se preocupe. Le agradezco muchísimo que me haya relatado esa historia. Me ha dejado… alucinado. Y no le podemos echar la culpa al mezcal del mareo. Creo que me voy a que me dé un poco el aire, a ver si ordeno un poco las ideas.

—Ha sido un gusto platicar con usted. Si la ve, no deje de saludarla de mi parte. Supongo que se acordará de mí porque hemos coincidido en varios eventos. ¡Y mucha suerte! Es una mujer de bandera y nunca la he visto acompañada por ningún galán.

—Gracias, amigo —se despidió el español, que le dio un abrazo cruzado, al estilo mexicano, de tal modo que sus corazones se chocaron.

Tras pagar la cuenta, David salió a la calle consternado. De buena gana se hubiera acercado a cualquier otro sitio a tomarse un par de gin-tonics que terminaran de aturdirlo. Pero ni la ginebra era algo que se estilara en las cantinas populares, ni se atrevía a perder más reflejos en la noche potosina, durante la cual sentía que las sombras le acechaban detrás de cada esquina. Así que se dirigió al hotel en busca de un descanso que le permitiera ahuyentar los fantasmas de sus pensamientos. Y no es que creyese que María se encontraba cada vez más cerca, es que percibía la extraña sensación de llevarla dentro.

V

Sin dejar de estar atento a cuanto sucedía a su alrededor, Puente y Llamazares escuchaban las explicaciones de José Moselo sobre la mujer por la que Palomo había perdido la cabeza, una tal Lupe, a la que apodaban la Cielito Lindo por el lunar que tenía junto a su boca. El dueño del Waikikí les contaba que se trataba de una de sus mejores ficheras, las cabareteras que se encargaban de atraer a los clientes, con los que conversaban y bailaban para que consumiesen bebidas, si bien Lupe no solía prestar sus favores sexuales más que al Colo Cora, un joven padrote al que rendía cuentas dinerarias y sentimentales a cambio de su protección, por lo que el fulano se creía en el derecho de ponerle la mano encima cuando percibía que ella se excedía en los arrumacos a sus clientes. No en vano acarreaba la fama de ser un tipo duro que se dedicaba principalmente a escoltar a alguno de los actores que comenzaban a destacar en el cine para salvaguardarlos del asedio por parte de sus admiradoras, aunque se rumoreaba que a veces también realizaba trabajos de pistolero a sueldo.

—No creo que el Colo Cora esté muy contento, porque hace días que nadie sabe nada de Lupe. Si estoy mosqueado yo, puedo imaginarme lo cabreado que estará él —les relataba Moselo, fumando su puro, mientras el maestro de ceremonias del local presentaba a un jovencísimo tenor cuya voz comenzaba a sonar en la XEB, la popular emisora de radio que hacía las delicias musicales de sus oyentes.

—Vendrá por aquí a menudo, supongo —respondió Puente sin que pareciera importarle mucho el talante del padrote.

—Sí, claro, se deja caer de vez en cuando. Pero, a estas horas, casi seguro que andará en el Salón México.

Con su evasiva revestida de información, Moselo pretendía ahorrarse un más que probable jaleo en su elegante local, cuya decoración rojiza guardaba ciertas reminiscencias moriscas, porque sabía que el Colo

siempre remataba la noche en una de las ciento noventa mesas del Waikikí; sin embargo, consideró más prudente para la integridad de su negocio que ese encuentro se produjese en otra parte, ya que a pesar de que sus paisanos aparentaban ir con buenas intenciones, conocía las malas pulgas que se gastaba el padrote, con quien mantenía una relación profesional basada en el respeto mutuo con el fin de que ambos obtuviesen sus beneficios de la manera más pacífica posible.

—Vamos hasta allá, entonces —respondió Puente.

—¿No se quedan a escuchar al cantante? Se llama Pedro Infante. Estoy seguro de que este chico triunfará —dijo Moselo por compromiso.

—En otra ocasión, tenemos trabajo. Gracias por la información — concluyó Puente sin prestar demasiada atención al escenario, ni siquiera al pomposo mural de una playa tropical pintada en la pared junto a la que se situaba la orquesta.

Llegaron al Salón México guiados por su enorme letrero de neón después de cruzar la Alameda, a cuyo alrededor se concentraba la mayoría de los garitos de la bohemia nocturna. En aquella época, la ciudad comenzaba a recuperarse de los efectos de la revolución y de la guerra cristera, levantamientos de principios de siglo, a los que siguió la devastadora crisis de 1929, que habían acelerado la ruina del país. Esta relativa bonanza económica, sin embargo, no ayudó a mejorar la tremenda desigualdad social, aunque sí provocó que gran parte de la población buscara divertirse de un modo despreocupado, de ahí la proliferación de lugares de esparcimiento, a los que las gentes de buenas costumbres calificaban de locales de vicio y perdición, en los que más de cinco mil chicas trataban de ganarse la vida huyendo de la pobreza.

Antes de subir la escalera que daba acceso a las salas de baile del Salón México, Mateo había caminado despacio para maravillarse con disimulo del espectáculo que ofrecían los espejos cóncavos y convexos situados frente a la taquilla, que deformaban su figura y lo mismo le hacían parecer un gigante que un enano o un jorobado. De paso, también pudo cerciorarse de que su pistola se encontraba bien camuflada en el bolsillo derecho de su gabán, en tanto su mano izquierda acariciaba la concha marina que le había regalado Ana.

Al verlo, Puente le recriminó su parsimonia mientras encendía un cigarrillo.

—Pipiolo, céntrate, que no estamos para juegos de niños.

Con el gesto tenso, el santanderino prefirió no responder. Comenzaba a estar cansado de todo aquello, pero se sentía atrapado, y el único motivo por el que aún permanecía junto a ese gallego sabueso al servicio de Indalecio Prieto era porque creía que no tenía otra alternativa para conseguir que su familia escapara del infierno en que se había convertido aquel campo de refugiados en Francia. Aunque, tan pronto como ellos se subiesen al barco que los llevara a Veracruz, él dedicaría todos sus esfuerzos a encontrar a Ana.

El olor a sudor, alcohol y perfume se confundía con el del tabaco en aquel pintoresco cabaret decorado al estilo colonial californiano, tan de moda desde que Hollywood se hubiese convertido en la meca del cine, donde el dinero cambiaba de manos continuamente para terminar llegando siempre a los mismos.

Se adentraron en él con la máxima cautela, como quien explora un territorio ignoto, ajenos al bullicio que los rodeaba, con los ojos bien abiertos, intentando identificar entre la humareda al tipo que les acababa de describir José Moselo.

A priori, no parecía tarea fácil dar con el Colo Cora en ese microcosmos formado por gentes de la más variopinta condición, en el que cabían desde verduleros y comerciantes hasta reconocidos hampones y carteristas de poca monta, que se mezclaban con políticos, intelectuales y artistas, o con simples curiosos que iban a echarse una cana al aire para tener una anécdota que contar a sus amigos del pueblo, además de disfrutar del espectáculo que ofrecían los mejores bailarines de danzón, auténtico protagonista del Salón México.

Prefirieron no preguntar para no llamar la atención e iniciaron el recorrido rehusando como podían las continuas invitaciones de las ficheras, que se les acercaban en actitud cariñosa, luciendo sus escotes y las infinitas aberturas de sus vestidos largos, que morían en delicados zapatos de tacón. El cabaret albergaba tres salones de baile, cuya mera denominación incitaba a que las distintas clases sociales se segregaran por sí mismas, así que decidieron comenzar por el Mantequilla por ser el preferido de los clientes que se consideraban de elevada posición, razón por la cual gozaba de la decoración más elegante, que incluía un colorido mural, atribuido al mismísimo Diego Rivera, que representaba una pareja de bailarines en actitud sensual, mientras al fondo un franciscano porfiaba con un demonio alado.

Sin embargo, después de vigilar durante más de media hora fingiendo que disfrutaban del espectáculo, no descubrieron a ningún tipo fornido que, habida cuenta de sus ínfulas de galán al que le gustaba vivir de las mujeres, luciera bigote a lo Errol Flynn. Así que continuaron su periplo por el Manteca con idéntica suerte. De vez en cuando, Mateo miraba de reojo a Puente, sin atreverse a mostrarle su decepción ni a sugerirle que acaso no sería mala idea interrogar a alguna de las muchachas que se les seguían insinuando.

Al entrar en el Sebo, leyeron un cartel que rezaba «No tirar colillas porque se queman los pies las damas». La indicación cobraba todo el sentido al advertir que muchísimas parejas bailaban descalzas en el salón más humilde del cabaret. Atrapados por el magnetismo del lugar, los españoles interrumpieron momentáneamente su búsqueda para quedarse absortos con la destreza de los bailarines, que se movían por la pista con inusual energía al ritmo de Nereidas, el popular danzón interpretado por la orquesta dirigida por Acerina, un timbalero cubano que, en cuanto hacía su aparición, se ganaba el cariño del público no solo por su talento musical, sino también por su simpatía y sus cualidades como showman.

Tras la canción, Puente se acercó a los baños contrariado por no haber dado con el padrote. Allí, un nuevo cartel advertía a la concurrencia:

«Favor de no limpiarse las manos en la cortina» con el fin de que los clientes que se habían engominado con vaselina no acabaran, por falta de toallas para secarse, dejando sus dedos impregnados de grasa en la tela. A pesar de la prohibición, Puente pudo comprobar cómo tres hombres, uno tras otro, hacían caso omiso. Suspiró aliviado al percatarse de que el último, sin duda, era el que andaban buscando. No obstante, dudó un instante antes de abordarlo.

—¿El Colo Cora? ¿El famoso Colo Cora? ¡Joder! Es un placer conocerlo —le dijo el gallego, tocándose el ala del sombrero a modo de saludo, ante la estupefacción de su interlocutor, quien introdujo la mano en el bolsillo casi por inercia.

—¿Quién carajo es usted? —preguntó el padrote, haciendo que sus dos acompañantes crisparan el rostro.

—¡Oh, disculpe! Soy un exiliado español. Nuestro común amigo Moselo me informó de que podría encontrarle por aquí.

Al escuchar el nombre del dueño del Waikikí, los mexicanos bajaron levemente la guardia.

—Pues ya me ha encontrado. ¿Qué es lo que quiere?

—Verá… Estoy muy preocupado por un amigo. Hace días que ha desaparecido y nos resulta muy extraño. Me temo que le haya ocurrido algo.

—¿Y por qué me pregunta a mí?

—Moselo me ha contado que en México no se mueve una mosca sin que usted lo sepa. Mi amigo solía frecuentar el Waikikí, al igual que usted, según tengo entendido. Se llama Emilio Palomo.

La revelación de Puente desató la furia del padrote.

—¡No mames, güey! ¿Palomo? ¿Ese viejo gachupín rabo verde? ¡No sé ni madres dónde está!, pero más le vale que deje en paz a mi Lupita, porque, si no lo hace, dígale a ese pendejo que ya puede volverse a España, aunque sea nadando, ¡antes de que yo lo mate de una golpiza!

—Quizá Lupita sí sepa dónde ha ido —replicó Puente sin dejarse intimidar.

—Mire, güey. A mi Lupita solo la llamo yo así. ¡No vuelva a hacerlo en su chingada vida! ¡Y si se le ocurre platicar con ella sin mi permiso, se las tendrá que ver conmigo!

Los gritos del padrote silenciaron, por un momento, el local. Y mientras algunos se alejaban de allí, otros se arrimaban atraídos por el morbo. Al intuir lo que ocurría, el maestro Acerina instruyó a sus músicos para que siguieran tocando con el propósito ahora de distraer al público y apagar el ruido de lo que parecía una pelea inminente. También Mateo se acercó con la intención de ayudar a su amigo, pero al ver el rostro del Colo Cora se paralizó como si hubiese descubierto a un fantasma y se quedó observando a cierta distancia, oculto entre los mirones que deseaban un poco de diversión en el desenlace de la disputa, presto a intervenir en caso de que fuese necesario.

No obstante, la sangre no llegó al río porque Enrique Puente no se amedrentó. Con gesto pausado, echó la mano al bolsillo, lo que provocó que el padrote le imitara en busca de su pistola. Sin perder la sonrisa, el gallego extrajo una cajetilla de Alas y ofreció un cigarro al Colo Cora, quien lo aceptó, receloso al comprobar el cuajo del español, después de titubear durante un instante.

—Lamento haberlo enojado. Yo solo buscaba a un amigo.

—Si lo encuentra, recuérdele lo que le he platicado —replicó el padrote, ya más relajado.

—Descuide, no se preocupe. Por lo que veo, dudo que esté todavía en México.

Con el susto aún en el cuerpo, Mateo se apartó con sigilo para no dejarse ver y esperó a Puente junto a la escalera.

—Te hacía más valiente —bromeó el gallego, exhalando lentamente el humo de su cigarro como si necesitase tranquilizarse.

—No lo has reconocido, ¿verdad? Y me da que él tampoco a ti.

—¿Por qué habría de hacerlo? No le había visto antes.

—Es uno de los tipos que nos dispararon la primera noche.

—¡No me jodas! —exclamó Puente mirando hacia atrás, aleccionado por su instinto de protección—. A ver si va a resultar que fue él quien echó a su Lupita en brazos de Palomo para sacarle información.

—O para seguirle.

—Le tenemos que decir a Don Inda que debemos andar todavía con más cuidado. Bueno, yo no le reconocí, así que imagino que él tampoco a mí. La noche estaba muy oscura.

—Eso espero. Aunque te recuerdo que llegué a verle apuntándonos con una pistola.

—¡Bah! Hoy no se ha coscado. Pero, por si las moscas, será mejor que nos vayamos ya. Es una putada que nos hayamos arriesgado para nada. Vamos a echarnos unos tacos en algún puesto callejero, que a mí estas cosas me dan hambre.

Apenas sintieron el azote del viento frío en la cara cuando una joven fichera se les acercó.

—Por cincuenta pesos puedo darles alguna información sobre la Cielito Lindo —les dijo visiblemente nerviosa.

Puente no lo dudó. Sacó un billete de su cartera y se lo entregó a la muchacha. Ella se lo guardó con destreza en la liga que le sujetaba las medias sin importarle que los dos hombres se fijaran en su bonita pierna.

—Tú dirás —le apremió el gallego.

—Pregunten a doña Graciela, la Bandida. Es la única mujer en México a quienes los padrotes respetan porque tiene más huevos que todos ellos juntos para hacerles frente —respondió ella de manera atropellada, con la mirada puesta en la puerta.

—¿Dónde podemos encontrarla?

—Tiene su negocio en un penthouse del Hotel Regis —reveló la muchacha antes de regresar al cabaret sin ni siquiera despedirse.

Con el ceño fruncido, Puente miró primero su reloj y luego a Mateo en busca de complicidad, porque su intención pasaba por seguir investigando, principalmente por tener algo que contarle a Indalecio Prieto a la mañana siguiente. El santanderino se encogió de hombros, dando a entender que no tenían gran cosa que perder por acercarse a ese elegante hotel de estilo neoclásico que comenzaba a ponerse de moda entre artistas y políticos, del que los separaba un breve paseo de quince minutos a pie a través de la Alameda.

—Habrá que echarle un vistazo al Regis. Eso sí, unos tacos antes no nos los quita nadie —dijo Puente.

Después de que el ascensor les dejara en la última planta del hotel que identificaron enseguida por su pomposo cartel de neón, en el que bajo el nombre se anunciaban también sus baños y su peluquería, llamaron a la puerta que les había indicado la recepcionista. Les abrió un joven robusto, de casi dos metros de altura y con aspecto de villano de película, si bien sus ojos desprendían cierta candidez, quizá por su falta de inteligencia, aunque contaba el dinero mejor que nadie.

—¿Qué se les ofrece?

—Buenas noches, queríamos saludar a doña Graciela —dijo Puente quitándose el sombrero.

—¿Quién es, Potranco? —Se oyó la voz rota de una mujer desde dentro.

—¡Dos gachupines que preguntan por usted! —gritó el guardaespaldas.

—¡Que pasen!

—Déjenme las pistolas aquí —solicitó Potranco con la naturalidad de estar acostumbrado a recibir hombres armados.

Los dos españoles obedecieron para entrar despacio en un pequeño vestíbulo enmoquetado que daba a acceso a una imponente suite con vistas a la ciudad, en la que llamaba la atención la presencia de un bello piano de cola, además de unos cuantos instrumentos de cuerda desperdigados y una mesa de juego con fichas y naipes. En ella, una señora bajita que sobrepasaba la cuarentena, de facciones duras, pero de piel suave, tocaba la guitarra mientras fumaba marihuana acompañada de dos preciosas chicas jóvenes vestidas con traje de noche, que les sonrieron al intuir su timidez. La Bandida dejó en un sillón la guitarra que rasgaba para escrutar

durante unos segundos a sus visitantes antes de darles el visto bueno, como si fuese capaz de saber a simple vista si iban a darle problemas.

—Son cien pesos la ocupada por cada una de mis hijitas. Media hora. Se paga por adelantado. La habitación, por cuenta de ustedes. Si quieren más rato, todo en esta vida es negociable —les soltó a modo de letanía sin ni siquiera saludar.

—Disculpe, pero no hemos venido a eso —respondió Puente en tanto Mateo se mantenía en silencio a su espalda.

—¿Y entonces? ¿Qué pedo? No tienen ustedes pinta de buscar medellines.

—¿Medellines?

—Perico…, ¡cocaína! —rio la Bandida, de buena gana, ante la ingenuidad que mostraban los dos españoles, a quienes se los veía totalmente fuera de lugar.

—Ah, no, no… Estamos aquí porque un amigo nuestro ha desaparecido y, bueno… —tartamudeó Puente—, creemos que se enamoriscó de una muchacha. Y quizá ella pueda ayudarnos a encontrarlo. Intentaba explicarse sin dejar de mirar de reojo a una de las jóvenes,

que tenía un lunar junto a la boca. Al oírlo, la muchacha se echó a llorar.

—¡Carajo! Estará contento con lo que acaba de conseguir. Así que andan detrás de ese coyón…, cobarde, dicen ustedes —dijo la Bandida, incorporándose para mirar a Puente a los ojos, apenas a un palmo de distancia—. Ustedes no son sus cuates. Lo que pasa es que Palomo los ha desplumado y pretenden recuperar las joyas que se ha llevado.

Los ánimos andaban tan crispados que nadie se rio por la ocurrencia de la Bandida, salvo ella misma por dentro.

—Me temo que no está usted en lo cierto, señora —rebatió Puente.

—Acompaña a este caballero a la puerta —ordenó ella sin miramientos dirigiéndose a Potranco—. El chavo puede quedarse si quiere. Seguro que miente menos —concluyó, ante el gesto estupefacto de su interlocutor.

Sorprendido por la situación, Mateo aguardó a que Puente asintiera con la cabeza. A continuación, el gallego recogió su pistola y salió a fumar al pasillo.

Lo menos que podía figurarse Puente era que la Bandida, más allá de su trabajo de madrota de aquel elegante burdel, llevaba camino de ser una de las personas más influyentes del país, merced a sus relaciones con gran parte de los políticos y empresarios más relevantes, a los que trataba desde

los tiempos en que ella misma ejercía la prostitución y ellos eran jóvenes militares que aún no habían triunfado. Ahora ellos llegaban a los dominios de su vieja amiga buscando olvidarse de sus quehaceres diarios, a sabiendas de que se encontraban en buenas manos gracias a su discreción y profesionalidad. No en vano contaba con las chicas más bellas de México, a las que pagaba sus clases diarias de estética y danza, de natación y de buenos modales y urbanidad con los mejores maestros de la ciudad. De ahí que sus tarifas no estuviesen al alcance de cualquier bolsillo. «Donde hay buenas putas, no hay hambre», solía decir. Pero sus clientes a veces ni demandaban la compañía de ninguna muchacha. Con frecuencia, llegaban simplemente para integrarse en las fiestas que surgían de manera espontánea cuando la Bandida cantaba sus famosísimos corridos, compuestos por ella misma e inspirados en su época de revolucionaria, o cuando Agustín Lara, uno de sus íntimos amigos, convertido ya en una estrella musical, interpretaba al piano alguna de sus inmortales melodías.

—No me gusta que me roben ni que me mientan —le dijo la madrota a Mateo.

Aquella mujer menuda y vivaracha se llamaba, en realidad, Marina Aedo, si bien ella se presentaba con su nombre de pluma, Graciela Olmos, quizá para romper con su desgraciada niñez, pues se quedó huérfana a una temprana edad, después de que sus padres fueran asesinados junto a los patronos para los que trabajaban por una gavilla de bandidos que se dedicaban a asaltar haciendas; por suerte, la pequeña Marina consiguió huir de la mano de Benjamín, su único hermano, que se ordenaría sacerdote. Más tarde, tomaría su legendario apodo en honor a un joven general, conocido como el Bandido, con el que se casó al poco tiempo de estallar la revolución y que murió luchando por la causa de Pancho Villa. Al enviudar, con veinte años recién cumplidos, llegó a la capital mexicana, donde comenzó a prostituirse, pero pronto se vería involucrada en la venta de las joyas que robaba la Banda del Automóvil Gris, que se dedicaba a saquear las casas de los ricos haciéndose pasar por militares con orden de registro. Así que huyó hacia el norte del país para fabricar whisky, que ella misma transportaba de contrabando a Chicago en plena Ley Seca, lo que le granjeó la amistad de algunos integrantes de la mafia, entre ellos Al Capone, al que le gustaba que Graciela Olmos le interpretara La cucaracha o Cielito lindo en las fiestas que daba en su lujosa mansión.

Aunque su favorita era Adelita, que el gánster cantaba en español a dúo con su proveedora mexicana, quien había entablado amistad con la musa inspiradora del popular corrido en sus días de soldaderas en la revolución. Sin embargo, su afición al juego terminó por arruinarla enseguida, y se vio obligada a regresar a la capital para instalar un prostíbulo junto a Ruth Delorge, una nueva amiga de la que la Bandida decía que tenía el monte de Venus más hermoso del mundo. Tal era su atractivo que Agustín Lara, deslumbrado e inspirado, le compuso Señora Tentación. La relación de ambas mujeres no duraría mucho debido a los celos de Ruth, cuya belleza no podía competir con el espíritu bohemio de Graciela, que seducía a todos los clientes que llegaban a sus dominios, no en busca de sexo, sino de divertirse riendo, cantando y bebiendo en un ambiente relajado y cordial, del que igualmente formaban parte intelectuales, artistas y toreros. Sus desavenencias coincidieron con las restricciones a la prostitución impuestas por el Gobierno de Lázaro Cárdenas, de ahí que la Bandida, protegida por sus amistades de la política, hubiera decidido trasladar sus negocios a aquel coqueto penthouse del Hotel Regis, donde ahora se hallaba mirando con curiosidad a aquel jovencito español ante el gesto expectante de Lupe la Cielito Lindo.

—¿Cómo te llamas, güerito? —le preguntó la madrota.

—Mateo… Mateo Llamazares.

—Dale, cuéntame, Mateo. No tengas miedo por eso. Ni te imaginas la de confidencias que me llevaré a la tumba.

El joven se encontraba confundido. Si corroboraba la versión de Puente, sabía que correría su misma suerte y su torpe investigación habría concluido sin resultado alguno. Y si no lo hacía, sentía que lo traicionaba. Claro que suponía que si el gallego le había dejado solo era porque, a su modo, le estaba autorizando a contar lo que hiciese falta con tal de averiguar algo a cambio.

—Usted tiene razón —dijo Mateo en un tono casi imperceptible.

—¡Eso ya lo sé, carajo! Dime algo que yo no sepa.

—Estamos buscando a Palomo para intentar recuperar las joyas que ha robado.

—¡Menudo hijo de la chingada! Se encoñó con Lupe, así le dicen ustedes, ¿no? Y después de engatusarla con promesas de matrimonio y de cabrear al Colo Cora, se larga como un coyón.

—Lo lamento mucho por ella —aseveró Mateo con franqueza, dirigiendo su mirada compasiva a la muchacha, que le correspondió con una sonrisa triste.

—No te preocupes por Lupe, está en buenas manos. Al menos esto le ha servido para cambiar de aires. Ahora está bajo mi protección.

—¿Y el Colo Cora?

—Es amigo de la casa. Le pedí que la dejara tranquila. Sin embargo, esto son negocios y no hay nada gratis. Le dimos las joyas que Palomo le regaló a Lupe: un juego de pendientes y un par de pulseras hechas con monedas de oro. Con eso no la molestará más.

—Joder —murmuró el español, restregándose brevemente la cara—.

¿Solo le regaló eso?

—Solo eso. —La respuesta de la Bandida vino acompañada con un movimiento asertivo de la muchacha con la cabeza, quien ocultaba que se había quedado como recuerdo con un reloj orlado con piedras preciosas y una pulsera con dijes esmaltados—. ¿Lo quieres recuperar?

Lo que menos se esperaba Mateo era una propuesta similar, pero se temió que llevara aparejada alguna trampa, por lo que optó por la prudencia.

—Me gustaría, aunque no veo el modo de hacerlo. No pretendemos tener ningún problema con nadie.

—¿Sabes jugar al póquer?

—Alguna que otra mano nos hemos echado en las trincheras, durante la guerra en España. Eso sí, lo más que nos apostábamos eran unos cigarros —respondió él disimulando su perplejidad.

—¡Padrísimo! No hay nada más valioso en una guerra que el tabaco salvo la vida. Te lo digo yo, que fui soldadera en la revolución. Organizaré una partida para mañana. Jugaremos el Colo Cora, mi amigo Agustín Lara, tú y yo. Ya me encargo de que ese cabrón traiga las joyas. ¿Con qué vas a apostar tú? Se rumorea que tu jefe tiene guardado un tesoro.

—¿Mi jefe? —comentó Mateo, aterrado ante la idea de que el padrote pudiera reconocerlo.

—Trabajas para Indalecio Prieto, ¿no?

Tras dudarlo unos instantes, el santanderino resolvió no mentir. Necesitaba aparentar sinceridad, pero sin desvelar demasiada información para no comprometer la seguridad del Tesoro del Vita.

—Sí, aunque…

—Piensa en lo que vas a decir. Si me vienes ahora con que los españoles no tienen joyas escondidas, ya estás saliendo por esa puerta para no volver más.

—Bueno…, entenderá que ese es un tema confidencial. Pero de haberlas, no todos saben dónde están; ni, por supuesto, yo tendría acceso a ellas sin permiso.

—Pídele a tu jefe que te preste alguna.

—No creo que el señor Prieto autorice eso. El descosido puede resultarle aún mayor.

—Entiendo… Que te dé la lana, entonces. El dinero está para que ruede, por eso hicieron redondas las monedas. Será divertido.

—Me está pidiendo que sea doble o nada.

—¡Tampoco es eso, carajo! Piensa que, tanto si ganas como si pierdes, te diré dónde se ha largado ese cabrón, y así tendréis muchas posibilidades de recuperar lo que se llevó. Es un buen negocio para todos.

—No me gusta prometer nada que no esté en mi mano, pero le garantizo que trasladaré su propuesta.

—La aceptarán. No tengo duda. ¿Quieres pasar el rato con alguna de mis hijitas antes de irte? Invita la casa.

—No, lo siento. Se lo agradezco igualmente.

—¿No quieres un regalo al estilo francés?

—¿Al estilo francés?

—¡Claro, güerito! —exclamó ella, divertida—. Una chica que te coma el taco o te toque la trompeta.

—Tengo novia —respondió Mateo, azorado, entendiendo por fin la proposición.

—¿Y eso qué tiene que ver? No irás a decirme que no te han desquintado —comentó la Bandida, provocando las risas de las dos muchachas que la acompañaban.

—¿Desquintado?

—¡Que todavía eres virgen!

—Sí, señora. Le debo un respeto a mi novia.

Sorprendida por la respuesta, la Bandida prefirió no continuar con la sorna. Acostumbrada a lidiar con gentes maleadas, le agradaba la nobleza de aquel muchacho, al que no sería fácil corromper. Lo que no dejaba de ser una lástima, ya que estaba segura de que él sabía dónde se escondía el tesoro de los españoles, y ella tenía los contactos necesarios para asestarles

un buen golpe. Aunque, en el fondo, pensaba que no debía caer en la tentación, porque sus negocios eran otros. Y más ahora que se encontraba a punto de hacerlo crecer gracias a la lujosa casa que algunos de sus amigos políticos le habían prometido comprar en la colonia Condesa con el fin de divertirse con mayor discreción.

—¿Es mexicana?

—No, española.

—Pero imagino que está en México.

—Es muy posible. Hace casi tres años que no sé nada de ella.

Si no hubiese estado curtida en tantas batallas, la candidez del muchacho la habría conmovido, ya que pensaba que apenas quedaban hombres que respetaran a las mujeres. Las palabras del muchacho le dieron que pensar y prefirió dar por terminada la conversación. Aunque, sin duda, se quedaba con las ganas de interrogarlo como le correspondía hacer a una buena alcahueta.

—Te espero mañana para la partida; con tres mil pesos. Vente a las ocho, antes de que empiece la farra —concluyó la Bandida, sin permitir la réplica de Mateo, a quien no le quedó más remedio que asentir y despedirse.

6

Se despertó temprano con la certeza de que, por mucho que lo intentara, no encontraría a María hasta el viernes. Empezaba a considerar que la fuerza de los hados en ese país resultaba tan arrolladora que no merecía la pena rebelarse. Desde siempre, su escepticismo le había convencido de la inexistencia del destino, de que todo cuanto le sucedía a alguien venía determinado por una simbiosis entre las casualidades y las decisiones. Y si bien las primeras estaban condicionadas por elementos externos, las segundas dependían de nosotros mismos. Aun así, estimaba que incluso algunas casualidades se podían forzar en cierto modo, por lo que no existía nada inmutable. Sin embargo, los acontecimientos de los últimos días y la profundidad con que la recepcionista del hotel le había hablado la noche anterior le hacían cuestionarse su tradicional incredulidad, hasta el punto de no menospreciar el augurio de la muchacha. Así que comenzaba a dudar de la autonomía de sus razonamientos. Aunque se resistiese a admitirlo, llegó a pensar en la hipótesis de que sus propias decisiones viniesen guiadas por una mano invisible. Y solo el mero hecho de planteárselo le desconcertaba.

Antes de pasar por el comedor donde se servía el desayuno, optó por

acercarse a la recepción con el propósito de averiguar si la joven nahua seguía firme en su profecía. Por eso se contrarió al ver a un hombre de mediana edad, que llevaba una plaquita con su nombre en el uniforme, detrás del mostrador.

—Buenos días, señor —saludó el recepcionista.

—Buenos días, Rafael… Supongo que Karla solo está en el turno de noche.

—¿Karla? Aquí no hay ninguna Karla, señor.

Por un instante, David supuso que aquel tipo estaba equivocado; sin embargo, el tono de su voz le pareció sospechoso, como si le mintiese o le

ocultase algo deliberadamente. Y ya se disponía a rebatirle cuando un escalofrío le azotó la nuca, alterando su sentido común. En otras circunstancias hubiese porfiado con él, haciéndole ver su error o su falta de información. Pero, en esa ocasión, intuía que llevarle la contraria le conduciría al fracaso, e incluso a que lo tomase por loco.

—¡Qué raro! Juraría que la chica que me atendió se llamaba así.

—Por las noches solo está un compañero, señor —le respondió Rafael de modo amable, aunque no sin cierto resquemor.

El arqueólogo tragó saliva y respiró lentamente en un intento de manejarse en una situación que se le antojaba irreal.

—Me habré equivocado, entonces. Una amiga española me recomendó este hotel porque me dijo que aquí trabajaba una joven nahua con la que coincidió estudiando cuando estuvo becada en México. Ya veo que andaba confundida —contestó David, expectante ante el resultado de su cambio de estrategia.

El recepcionista lo miró unos segundos en silencio, como si evaluara las consecuencias de expresar lo que se le pasaba por la cabeza.

—Antes de que yo llegase había una muchacha en este puesto. Lamento platicarle que la asesinaron una noche aquí mismo. Al parecer, intentaron violarla; pero ella se resistió y la apuñalaron en el cuello. La encontraron a la mañana siguiente, desangrada en el suelo. Y sí, tengo entendido que era nahua y que se llamaba Karla. Procuramos olvidar la desgracia para no asustar a nuestros clientes.

Aturdido por la noticia, David se estremeció de nuevo. Todo aquello escapaba a su lógica. Y, no obstante, se veía obligado a considerar que había hablado con un espíritu.

—Dígame… ¿Más clientes le han preguntado por Karla alguna vez?

—Nunca, señor.

—¿Y no se extrañó de que yo la mencionara?

—Mucho, señor. Los espíritus están presentes en todas partes, pero no suelen ser visibles a nuestros ojos. Ellos deciden a quién mostrarse. Y me late que usted la vio, ¿no es así?

—¿De verdad cree que los espíritus existen?

—¡Por el amor de Dios! No es una cuestión de creer o no creer. ¡Todo el mundo en México ha visto alguno!

—Ya… Gracias. Voy a desayunar. Mi cerebro necesita azúcar con urgencia.

Con la mirada extraviada en la ventana, David intentaba asimilar lo que le sucedía mientras abrazaba una taza con sus manos, dejándose embriagar por los efluvios de aquel café aguado, sin saber si debía empeñarse en razonar o, simplemente, sucumbir ante el surrealismo que parecía invadirlo todo. Tal vez se estuviese sugestionando por el misticismo que se respiraba en la atmósfera y, a lo mejor, esa muchacha nahua solo formase parte de sus sueños. Eso sí, estaba convencido de que, aunque tuviese que esperar todavía un par de días, ese encuentro tendría lugar en alguna parte. Lo que carecía de sentido era esforzarse en diseñar un plan. Y menos sin saber cómo le recibiría ella. Ni siquiera se imaginaba su propia reacción, ya que lo mismo podía enfurecerse con María por haberle robado y engañado que podían asaltarle las ganas de tenerla entre sus brazos para susurrarle que no había sido capaz de apartarla de su pensamiento desde el preciso momento que la vio por primera vez… O quizá ambas cosas al mismo tiempo.

Casi por obligación, se dirigió con lentitud hacia la galería de arte contemplando cada detalle de su recorrido, acaso con la intención de sumergirse en el colorido que le rodeaba para tratar de espantar los nubarrones de su mente. Sin embargo, según lo previsto, estaba cerrada. No se desanimó por ello, ya que imaginó que al día siguiente le sucedería lo mismo. Otra cosa sería lo que ocurriese el viernes. Así que pasó la jornada paseando por las calles empedradas del centro, entrando en algunas de las librerías que hallaba a su paso.

Una lluvia repentina le obligó a cobijarse, por lo que terminó hojeando sus adquisiciones en una preciosa cafetería ubicada bajo los soportales del edificio Ipiña, cuya arquitectura le recordó a la rue de Rivoli en París. Mientras leía algunos pasajes de un libro que hablaban de la historia de la ciudad volvió a percibir esa inquietante sensación que le erizaba la piel. Miró con recelo a su alrededor recordando la lectura de Pedro Páramo, figurándose que las personas que veía no siempre habitaban en el mundo de los vivos. Con los dedos temblorosos, abrió las páginas de un ejemplar que versaba sobre los mitos y leyendas de San Luis Potosí. Enseguida descubrió un relato que hablaba del lugar donde se encontraba. Allí mismo, en la época colonial, se ubicaba una cárcel para los detenidos por la Inquisición en cuyas mazmorras se los sometía a salvajes tormentos, y había quienes decían que por las noches se oían los aullidos de las ánimas que aún permanecían ahí, incluida la de una bruja inquisidora apodada la

Maltos que, caída en desgracia, consiguió huir cuando estaba a punto de ser quemada en una hoguera en la plaza de Armas después de trazar en la pared el dibujo de un carruaje tirado por dos caballos, que cobró vida ante la estupefacción de los presentes. Desde luego, no sería él quien se quedara para verificarlo, así que se encaminó al hotel antes de que oscureciera en exceso. Al entrar, dirigió una mirada suspicaz hacia el mostrador de recepción para comprobar que le saludaba un joven moreno de pelo rizado. Por una extraña razón que no alcanzaba a comprender, se sintió desilusionado al no haber sido recibido por Karla. Y llegó a pensar que su cordura se tambaleaba, por lo que enseguida buscó refugio entre las sábanas. Dormido se encontraba a salvo, o eso creía.

La luz de la mañana terminó por disipar momentáneamente sus fantasmas. No obstante, su masoquismo le llevó a seguir hojeando su libro de leyendas potosinas durante el desayuno. Si iba a caminar por lugares encantados, precisaba conocer el suelo que pisaba. Y, sobre todo, evitarlos cuando cayera la noche.

Le agradaba la sensación de despertarse con lentitud, dejándose llevar por la pereza, alejado de las malas noticias que, a buen seguro, se producían en una Europa cuya maquinaria funcionaba desde hacía varias horas a un ritmo frenético.

Sin necesidad de mirar la hora, se abandonó al agua templada de la ducha y se vistió con parsimonia antes de disfrutar despacio de otro de esos desayunos mexicanos ricos en colores y sabores.

A continuación, regresó a la galería con la seguridad de que estaría cerrada como de costumbre. Sin embargo, se le aceleró el corazón al ver el portón abierto. Suspiró a cámara lenta para intentar desenredar las ideas que se mezclaban confusas en su cabeza. Todavía era jueves y le costaba creer que la joven nahua no hubiese acertado en su predicción.

Se adentró en el local sin detectar señales de vida. A su izquierda se hallaba el precioso salón que se podía contemplar desde la calle y a su derecha se exhibía la colección de alebrijes que daba nombre al local, además de numerosas piezas de artesanía, sobre unas estanterías de madera colgadas en una larga pared que conservaba algunos restos de piedra antigua. Caminó despacio por el pasillo, iluminado por un enorme tragaluz en el techo, que desembocaba en un arco de medio punto por el que se accedía a un pequeño patio, más propio de una isla griega que de una ciudad mexicana, lleno de plantas muy bien cuidadas que crecían en

grandes macetas cuyos llamativos colores contrastaban con la serenidad que transmitía el blanco inmaculado de sus tapias y el azul vibrante de las ventanas.

Escudriñaba cada espacio con tanta tensión contenida que se sobresaltó al escuchar la voz jovial que lo saludó desde una coqueta estancia contigua.

—¡Hola!

David se giró para descubrir que quien le hablaba era un tipo de su misma edad, pulcramente afeitado, vestido con un traje rosa y un elegante sombrerito de fieltro gris del mismo tono que su camisa de seda y que el pañuelo que asomaba por el bolsillo de su chaqueta.

—Hola —respondió sonriente el arqueólogo tras reponerse del susto, si bien se sintió decepcionado al darse cuenta de que María no estaba allí.

—¿Español?

A David le sorprendía que, enseguida, sin apenas abrir la boca, acertasen con su lugar de procedencia.

—Español, sí —confirmó.

—Es raro ver europeos por aquí, así que bienvenido a nuestro santuario. Me llamo Jerry —se presentó el mexicano sin disimular su amaneramiento.

—Yo, David. Es una galería preciosa. Está cuidada con mucho mimo.

—¡Eso procuramos!

—Es una pena que esté tantos días cerrada.

—Bueno, es que no tenemos demasiado tiempo para atenderla. Cuando la dueña no está, lo que es muy habitual, yo procuro venir dos o tres veces por semana.

—¿La dueña es María? —preguntó David aprovechando el momento y el buen talante de Jerry, que se mostraba encantador.

—¿La conoce?

—Coincidí con ella en España hace poco. Y pensé que sería buena idea pasar a saludarla.

—¡María es un cielo!, ¿verdad? Nos conocemos desde el colegio.

—Es una mujer única, sin duda.

—¡No me diga que usted también se ha enamorado!

—¿Es posible conocerla y no enamorarse? —le susurró David adoptando un tono confidencial, en busca de complicidad, ante el regocijo de Jerry.

—¡Claro que no es posible! Yo la adoro con toda mi alma —contestó el mexicano con absoluta naturalidad—. Lamento que no esté aquí. ¿No la llamó usted antes?

—Podemos tutearnos, si quieres. Pretendía darle una sorpresa.

—¡Uy! Lo que le gusta a la gente dar sorpresas. Te advierto que a María no le agradan para nada. No he conocido nunca a nadie que le guste tanto tenerlo todo bajo control.

—Bueno, este es un caso especial. O eso quiero creer.

—¿Viene con buenas intenciones? —inquirió Jerry arqueando una ceja.

—No puedo dejar de pensar en ella —se sinceró David en un intento de buscar un aliado.

—María es un hueso duro de roer. Es toda bondad, pero le hicieron mucho daño una vez y no entrega su corazón a cualquiera.

—Algo intuí cuando la conocí. ¿Vendrá por aquí mañana?

—No lo creo. Me dijo que antes de venir a San Luis pasaría por Xilitla para hacer algunas adquisiciones para la galería —informó Jerry pronunciando con gracejo la equis como jota.

—¿Dónde está Xilitla?

—¿No lo sabes? ¡Santa Madre de Dios! Los europeos se consideran muy cultos y, sin embargo, no tienen ni idea de lo que ocurre fuera de su pequeño territorio. Ustedes se creen que el mundo se acaba en Europa.

—Supongo que no te falta algo de razón.

—¡La tengo toda! Al menos en eso. Xilitla está en la Huasteca. ¿No has oído hablar de sir Edward James?

—¿El millonario excéntrico que esculpió el jardín surrealista?

—¡Ese! ¿Y dónde piensas que está ese jardín?

—¿En Xilitla?

—¡Órale, querido!

—Confieso mi ignorancia. Si no es un pueblo muy grande, imagino que no será difícil encontrar a María allí.

—¡Claro que no! Ella es muy amiga de Gaby, la sobrina pequeña de sir Edward. Bueno, en realidad, no es su sobrina, sino hija de Plutarco Gastélum, el asistente que tenía en México. Y suele quedarse en la casa que sir Edward le diseñó y le hizo construir.

—¿A Plutarco?

—Te voy a platicar el chisme completo —dijo Jerry en voz baja, feliz por contar una historia que David desconocía—. Se rumorea que Plutarco, en realidad, ejercía de algo más que de asistente de sir Edward. No se sabe si llegaron a ser amantes, pero lo cierto es que sir Edward estaba loquito por él. Y no me extraña, porque he visto fotos suyas y era guapo a rabiar. Sir Edward se alojaba en esa casa cuando venía a México y convivía con la familia de Plutarco. Por eso sus hijas lo llamaban tío.

—¡Vaya! ¡Con razón este país tiene fama de surrealista!

—¡Uy! ¡No te queda nada por ver!

—Estoy convencido. Tenemos que quedar un día para tomar una cerveza y que me sigas contando cosas.

—Órale. Si quieres, cuando vuelva María, los invito a mi casa a comer mis legendarios tacos rojos.

—¡Por mí, encantado!

—¡Hecho! Oye, entonces…, ¿vas a ir a Xilitla?

—Es posible, sí.

—No le platiques que he sido yo quien te ha contado dónde está. Es demasiado reservada y no le gustan los chismes.

—Ni las sorpresas. Me ha quedado claro, Jerry. No te preocupes, por lo que a mí respecta esta conversación no ha tenido lugar, así que no le digas que ando por aquí —respondió David sonriente.

—Me costará tener la boquita cerrada, pero lo prometo. Haríais una pareja preciosa. Lástima que ella se muestre tan arisca, porque te juro que no he conocido nunca a ninguna persona tan cariñosa.

—Como celestino no tienes precio —bromeó el español, estrechando la mano de su nuevo amigo.

—¡Hago muchas cosas bien! Eso sí, la continencia verbal no es una de ellas. No sé cómo María me lo consiente.

—Porque supongo que eres un tipo cojonudo —dijo David, dirigiéndose hacia la puerta, acompañado por Jerry—. Por cierto…, ¿crees en los espíritus?

—¡Uy! ¿Ya has visto alguno?

—No estoy seguro.

—Si no estás seguro, es que sí. Imagino que no es fácil de entender para un extranjero. Aquí la línea entre el mundo de los vivos y el de los muertos es más difusa que en ningún otro lugar. ¡Claro que los espíritus conviven con nosotros! La esencia de una persona persiste después de su

muerte y puede asentarse en los objetos, en las plantas, en la naturaleza…, hasta en los corazones de sus seres queridos. Así seguimos llevándolos dentro. Sé que puede parecer paradójico, pero eso forma parte del ciclo de la vida —explicó Jerry con solemnidad.

—Entiendo… —mintió a medias David.

—Tenemos que seguir platicando otro día. Recuerda que nos debemos unas chelas —comentó el mexicano recuperando su jovialidad.

—Será un placer, Jerry —se despidió el arqueólogo para a continuación alejarse en dirección al jardín de San Miguelito.

Se sentó en un banco frente a la fachada barroca de la iglesia que daba nombre al barrio para volver a tratar de ordenar sus ideas, cada vez más confusas. Lo único que tenía claro es que necesitaba ver a María. Y no estaba dispuesto a esperar a que regresara a San Luis Potosí. Le urgía viajar a Xilitla, por lo que debía averiguar la manera de llegar hasta allí. De ese modo, la profecía de Karla cobraba todo el sentido, máxime si el encuentro finalmente se producía entre el misticismo de la Huasteca.

Los pensamientos seguían correteando a su libre albedrío por su cabeza en tanto la mirada se le perdía en una indígena que vendía golosinas en un colorido puesto frente al templo, en un viejo mendigo de aspecto aseado que daba de comer a las palomas, en unos niños que correteaban entre los arbustos, en una pareja que se abrazaba sin que ella le consintiese los besos que él buscaba o en un organillero que lucía orgulloso su uniforme beige mientras giraba la manivela para que los sonidos de sus valses melancólicos se extendiesen por todo el parque.

En aquel entorno, no le resultaba difícil imaginarse deslizándose sigilosa entre los árboles a la figura fantasmal de Claudia Zulley, una joven vestida de blanco a quien su novio dejó plantada el mismo día de la boda. Según relataba el libro de leyendas que había leído, la Loca Zulley comenzó a caminar sin rumbo a la espera del regreso de su amado, y continuó haciéndolo incluso después de morir, por lo que su espíritu sigue vagando por las calles del barrio de San Miguelito.

En el camino de vuelta se encontró a varias personas delante de un puesto callejero de molletes instalado junto a la catedral, por lo que decidió ponerse en la fila para comprar su bolillo untado con frijoles refritos recubiertos de queso, cuyo delicioso sabor le acompañó hasta el hotel.

—Hola, Rafael —saludó David al recepcionista.

—Hola, señor. ¿Todo bien?

—Bien, gracias. Quería preguntarle por la mejor manera de viajar a Xilitla.

—Solo se puede llegar por carretera. Puede alquilar un auto, aunque no se lo aconsejo. El trayecto no es demasiado seguro. Y si se desvía, resultaría peligroso. Lo mejor es que vaya en camión.

—¿Camión? —preguntó extrañado el español.

—Perdón, ustedes lo llaman autobús. Creo que salen dos o tres todos los días a Ciudad Valles, temprano. Allí hay que hacer transbordo. Tardan unas ocho horas.

—¡¿Ocho horas?!

—Son algo más de trescientos kilómetros, pero hay muchas curvas. Si quiere llamo a la central camionera y pregunto por los horarios.

—Se lo agradecería. Sería para mañana.

Enseguida Rafael marcó un número en el teléfono de la recepción para informarse.

—El primero sale a las cinco de la madrugada. Después hay otro a las siete.

Por un instante, David sopesó las posibilidades. Le podía la impaciencia, pero también le retraía salir a la calle de noche.

—¿Cuánto tarda un taxi en llegar a la estación desde aquí?

—Unos diez minutos.

—¿Puede encargarse de que me espere uno a las seis y media?

—Por supuesto, señor.

—Gracias. Y, por favor, prepáreme la factura. Así mañana no los molesto.

—Sí, señor. Como usted quiera.

Tras saldar su cuenta con el hotel, David pasó la tarde en la habitación terminando de leer sus libros. Poco a poco, el sueño le fue venciendo hasta caer dormido en cuanto comenzó a hacerse de noche, no sin antes poner la alarma de su teléfono.

Sus sueños pronto le condujeron a ese mundo confuso en el que la fantasía y la realidad se difuminan. En su subconsciente, se adentraba en el teatro Pereda de su Santander natal, un edificio que él ni siquiera conoció porque inexplicablemente lo habían derribado cuando él tenía año y medio para construir viviendas. Sin embargo, de repente se veía en el interior del teatro Alarcón, cuya fachada había contemplado el día anterior. Hubiese

jurado que se hallaba vacío, de no ser por el sonido de un piano, las risas burlonas de una joven o las pisadas de unos zapatos femeninos sobre la madera. Se giró aterrado al sentir una mano en el hombro y descubrir la figura etérea de un tipo con sombrero y gabardina negra, quien le explicó que los ruidos que oía los emitían los fantasmas que vivían allí: el Pianista, la Niña y la Tacones, todos ellos fallecidos en el teatro. Cegado por el pánico, David corrió en busca de una salida con el estruendo de los espíritus en su cabeza. Pero, cuando por fin creyó ver la luz de la calle, se encontró ahorcado al hombre de la gabardina que le acababa de hablar.

Se despertó en plena madrugada, agitado, con la boca seca. Miró su reloj en la penumbra para darse cuenta de que aún quedaban tres horas para las seis. Su sed pudo más que su aprensión a salir al pasillo de noche, así que se medio vistió para bajar a la recepción en busca de agua.

Enseguida Karla le dio una botella sin esperar a que él se la pidiera. David no se sorprendió al verla, ni tampoco se atemorizó. Es más, su presencia le calmó.

—¿Impaciente por ver a esa chica? —preguntó ella.

—Sí.

—Apenas quedan unas horas ya.

—Supongo que crees que ese es mi destino.

—Está en su tonalli.

—¿Mi tonalli?

—Una de las entidades anímicas que conforman la naturaleza humana junto con el teyolía y el ihíyotl. Las tres están interconectadas, y de su equilibrio depende la salud, tanto la física como la emocional. El teyolía reside en el corazón y es la fuente de los sentimientos y las pasiones; el ihíyotl está en el hígado y proporciona la respiración, el aliento vital; el tonalli se encuentra en la cabeza y marca la fuerza y el destino. He podido ver su tonalli porque a veces lo ha dejado escapar. Por eso sé que la verá.

—¿Y por qué precisamente hoy?

—Porque en este mismo instante hay luna nueva. Es momento de reflexionar sobre el pasado y de prepararse para el futuro.

—¿Cómo nos irá en el futuro?

—¿Qué día nacieron?

—Los dos nacimos en 1965. Ella, el 21 de agosto y yo el 3 de abril.

Karla cerró los ojos durante unos segundos, como si tratase de concentrarse.

—Según el tonalpohualli, el calendario sagrado, ella nació bajo el signo de cuauhtli, el águila, y su número es el uno. Es valiente y tiene un fuerte sentido de la libertad. Usted pertenece al tochtli, el conejo, y su número es el diez. Es una persona alegre y afortunada. Dependerá de usted, de cómo maneje su suerte sin que ella deje de sentirse libre. Que la luna nueva esté siendo justo ahora, a las 3.04, números que coinciden con su fecha de nacimiento, solo puede traer buenos presagios. Es tiempo de sembrar; en este caso, su amor.

—¿Sabes?, creí que eras un espíritu.

—¿En serio? Seguro que se lo dijo Rafael. Le encanta hacerme bromas con eso, platicándoles a los clientes que estoy muerta —rio la muchacha aflojándose el pañuelo, de modo que David pudo ver la cicatriz de su cuello.

El pitido de un claxon desde la calle provocó que él dirigiese la mirada hacia la puerta en un gesto reflejo. Al girarse de nuevo hacia el mostrador, Karla ya no estaba allí. Apenas tres horas después sonaba la alarma de su teléfono.

VI

La Bandida repartía los naipes con la serenidad de quien ha jugado mil partidas, mientras el Colo Cora disimulaba su enojo por estar a punto de quedarse sin fichas, las cuales se amontonaban poco a poco entre los dedos ágiles del pianista Agustín Lara, cuya sonrisa melancólica dulcificaba la cicatriz que le recorría la mejilla izquierda desde la comisura de sus labios. Mateo, procurando no perder la concentración en sus cartas, lo observaba para adivinar si iba de farol en sus apuestas, al tiempo que analizaba sus ademanes, sus palabras y sus silencios para descifrar cómo ese tipo flaco tan poco agraciado podía ser uno de los hombres más seductores de México. De vez en cuando, ya más tranquilo después de comprobar que no lo había reconocido, también miraba de reojo al padrote.

—Voy con doscientos cincuenta —dijo el compositor con su voz suave y profunda, tras el descarte, sin dejar de acariciar su copa de tequila.

En tanto la Bandida y Mateo habían decidido no aceptar el envite, el Colo Cora aumentó la apuesta arrastrando despacio las pocas fichas que le quedaban hacia el centro de la mesa, convencido de que sus tres ases cambiarían el rumbo de su mala noche de póquer. Sin embargo, Lara no dudó en igualársela, ante el regocijo momentáneo del pistolero, que enseñó presto su jugada, seguro de su victoria hasta que el pianista, sin alardear de la suya, mostró sus naipes sobre la mesa de uno en uno: primero, un rey; luego, otro; a continuación, un tercero; más tarde, una reina… y finalmente, ¡otra reina!, lo que causó el enojo del Colo Cora, quien interpretó que Lara se estaba regodeando más de lo debido en su triunfo.

—¡Eso no ha sido de caballeros! —gritó el pistolero echando mano a su bolsillo, sin acordarse de que Potranco había requisado todas las armas a la entrada antes de canjear el dinero de los jugadores y las joyas que el propio Colo Cora había aportado por tres mil pesos en fichas, de modo que todos partiesen en igualdad de condiciones.

Sin inmutarse, Lara encendió un cigarro y se acercó a la ventana dándole la espalda.

—Colito, cariño, cálmate. A estas alturas, ya sabes que estos son lances del juego —intervino la Bandida en un tono maternal, acostumbrada a tratar a los jóvenes malhechores como a sus hijos descarriados, de ahí que le gustara rodearse de ellos porque además así se sentía más protegida—. Y Agustín es y será un caballero toda su vida.

Conteniendo la cólera, que se le reflejaba en el rostro, el Colo Cora recogió sus pertenencias en silencio. Antes de irse, aún se acercó a Mateo para decirle algo al oído sin que nadie más pudiese oírle.

—Eras tú quien conducía ese camión, ¿verdad? —le susurró. El español dudó unos instantes, para terminar asintiendo con la cabeza—. Lo sabía. Son cosas de nuestro oficio. Sin rencor. Pero, por si las moscas, anda con cuidado.

Y tras su breve charla, se marchó sin despedirse del resto de sus contrincantes dando un sonoro portazo.

—¡Carajo con estos chavos! Lo que les cuesta respetar a los mayores

—comentó ella, condescendiente—. Bueno, sigamos —propuso mientras con un gesto ordenaba que se rellenasen las copas.

Para sorpresa de los curiosos que contemplaban la partida, Mateo encadenó una serie de jugadas poco habituales que le hicieron recuperar terreno, hasta el punto de que una mala decisión de la Bandida, quizá por pecar de exceso de confianza, acabó por retirarla de la mesa. No obstante, se lo tomó con aparente buen humor, sabedora de que la casa nunca perdía porque siempre se quedaba con un suculento porcentaje de lo jugado.

—La suerte del novato —afirmó ella dejando escapar una risa histriónica.

—Bueno, parece que esto ya es cosa de dos —murmuró Lara, dirigiéndose a Mateo, para a continuación tatarear una melodía inédita, como si el póquer solo fuese un interludio en su mundo de notas y versos.

Pero, cuando el español se quedó mano a mano con el músico, su nerviosismo se empeñaba en descentrarlo, aunque seguramente también tuviese que ver que el tequila ingerido le envalentonaba al mismo tiempo que le impedía razonar con lucidez. Por primera vez en toda la noche, se veía capaz de recuperar las piezas robadas, y eso le hacía imaginar las consecuencias en el caso de que ocurriese. Trataba de evitar esos pensamientos fugaces, que le llevaban a verse recibiendo los parabienes de

Indalecio Prieto, quien le mostraría su agradecimiento rescatando a su familia del campo de concentración francés e incluso ayudándole, merced a sus influencias, a buscar a su novia. Sin embargo, por mucho que intentaba retenerla, su mente viajaba a menudo lejos de aquella suntuosa suite. A veces, magnetizado por su aura de misterio, se quedaba mirando el rostro de su contrincante, conjeturando sobre el origen de su cicatriz, convencido de que una amante despechada le habría herido con una navaja o una botella rota en alguna pelea provocada por los celos en uno de esos cabarets que debía de frecuentar desde su juventud.

Aún aguantó casi una hora en la mesa, gracias a alguna que otra buena mano, antes de que sus fichas fuesen mermando lentamente hasta que se le agotaron, al igual que sus posibilidades de salir de aquel hotel con las dos pulseras de oro y los pendientes precolombinos en el bolsillo. Al menos contaba con la esperanza de que la Bandida cumpliese su promesa y le revelara el paradero de Palomo, motivo real por el que Prieto, sin más expectativa que la de encontrarlo con el fin de recuperar la mercancía robada, había accedido a entregarle el dinero para afrontar la partida.

—Se te ve mustio —bromeó la madame.

—No estoy acostumbrado a perder tres mil pesos. Es lo que cobro en seis meses.

—Esa plata no era tuya, no debes preocuparte. ¿De verdad en algún momento pensaste en ganar?

—Solamente una vez —respondió Mateo con franqueza.

Después de recoger las fichas de la mesa, Agustín Lara le pidió a Potranco que se las canjeara por el dinero y las joyas que custodiaba. Acto seguido, se dirigió al piano para tocar la melodía que llevaba tatareando toda la noche como si estuviese en trance, lo que provocó el silencio de los presentes. Y tras unos primeros acordes cargados de sentimiento, comenzó a cantar.

—Solamente una vez amé en la vida. Solamente una vez, y nada más…

Su breve actuación fue correspondida por el aplauso de su afortunado público, incluido Mateo, que empezaba a entender su fama de conquistador, si bien no se la envidiaba, porque él solo pensaba en una mujer. Sin embargo, acababa de descubrir el poder de seducción de la belleza de las palabras, y se juró a sí mismo que pronto le susurraría a Ana las letras de esas canciones que acariciaban el alma.

—¡Qué bonito lo haces, don Chingón! —le dijo la Bandida, alborozada.

—Muchas gracias, Chela —le respondió, utilizando el diminutivo que empleaban los más allegados—. Todavía es un pequeño esbozo. No es más que una simple idea que me ha venido esta noche.

A pesar de haber perdido la partida, Mateo se sentía cada vez más cómodo en aquel ambiente y, de buena gana, se hubiese quedado más tiempo para disfrutar de la fiesta que se avecinaba. Pero se imaginó a Puente, desesperado, fumando un cigarrillo tras otro en el vestíbulo del hotel. Y, además, algo en su fuero interno le empujaba a escapar de aquel mundillo que, a buen seguro, podía causarle adicción. Así que su sentido de la responsabilidad terminó por imponerse y optó por despedirse con el fin de que la Bandida recordase su promesa.

—Ha sido un placer compartir estas horas con ustedes —dijo, incorporándose de la silla.

La anfitriona se dio enseguida por aludida y cumplió su palabra sin rodeos.

—El hombre que buscáis va rumbo a La Habana, si no ha llegado ya. Si queréis encontrarlo allí, preguntad a José Rubén Romero. Es un amigo escritor que ahora es el embajador de México en Cuba. Tiene mucha relación con ustedes porque fue cónsul varios años en España.

—Se lo agradezco, doña Graciela —respondió Mateo.

—Siempre es un gusto hacer negocios con gente de bien —replicó ella.

El español ya emprendía su retirada cuando Agustín Lara lo acompañó hasta la puerta para tratar a solas con él.

—Usted es un jugador con unos modales que ya no se estilan por aquí

—le susurró el músico.

—Puedo decir lo mismo, señor. Estar a su lado ha compensado el mal sabor de la derrota.

—Le ruego que me acepte este regalo en recuerdo de nuestro primer encuentro. En cierto modo, usted sigue siendo un soldado, como yo lo fui en tiempos de la revolución —le dijo el célebre compositor mexicano, depositando los pendientes precolombinos en las manos de Mateo.

—No había conocido nunca a nadie con su clase, señor Lara. No me extraña el éxito que tiene con las mujeres, o eso dicen.

—Habladurías. No haga caso de todas —concluyó el músico, guiñándole un ojo a su nuevo amigo mientras le despedía con una palmada

en la espalda.

A la mañana siguiente, Indalecio Prieto recibió con satisfacción las noticias sobre el paradero de Palomo que le transmitió Enrique Puente, quien enseguida se atribuyó los méritos de la investigación ante la mirada callada de Mateo Llamazares, que había decidido guardarse los pendientes hasta buscar la oportunidad de hablar a solas con el político asturiano. No esperó para hacerlo. Esa misma tarde, aprovechando que Puente debía cumplir con su turno de custodia del Tesoro del Vita, Mateo regresó a la residencia de Indalecio Prieto. Este no disimuló su sorpresa por su visita, pero lo atendió con amabilidad.

—Disculpe que haya venido sin avisar, es que necesitaba tratar algo con usted.

Acostumbrado a recibir gente que solo pretendía sus favores, Prieto encendió un puro con parsimonia a la espera de la petición del joven santanderino.

—Usted dirá —le apremió el político a la defensiva.

—Verá, señor… Mi familia está retenida en el campo de concentración de Argelès-sur-Mer. Sé que lo están pasando mal, aunque mi padre me escribe como si aquello fuese un hotel de lujo para que no me preocupe. Quería rogarle que incluyera a mis padres y a mis dos hermanas en alguna de las próximas expediciones que tienen que venir a México. Ya sabe que mi padre fue teniente de alcalde en el ayuntamiento de Santander. Es un socialista de los de toda la vida. Hasta estuvo preso después de lo del 34

—apuntó el joven santanderino, conocedor de que Prieto había sido uno de los principales instigadores de aquel movimiento huelguístico revolucionario fracasado—. Además, me gustaría marcharme de aquí. Creo que vengo cumpliendo con mi deber desde que salimos de España, y no digo que no lo esté haciendo con gusto, pero tengo que empezar a pensar en mi futuro para tener algo que ofrecerle a mi novia cuando la encuentre.

Mateo soltó su retahíla sin detenerse para no titubear en su discurso, en tanto Prieto lo dejaba hablar circunspecto.

—Ya traté su asunto con Puente, ¿no se lo ha dicho?

—No sé a qué se refiere, señor.

—Ya veo que no… —reflexionó el político en voz alta—. Entenderá que la situación en estos momentos es especialmente delicada, por lo que precisamos de una mayor vigilancia, incluso. Habrá visto que hemos

comprado más armas. He dejado de estar tranquilo con los operarios que tienen acceso a ese sótano, a pesar de que ahora entren con esas blusas largas sin bolsillos para que no puedan esconder nada si cayeran en la tentación de apropiarse de lo ajeno, así que necesito transportar la mercancía a un lugar más seguro, pero eso no se hace de un día para otro. Cada vez me resulta más complicado fiarme de quienes nos rodean, por lo que me gustaría contar con usted. Andamos buscando otra casa más discreta, que será ocupada por una familia de mi confianza que llegará en unas semanas, en cuanto consigamos la documentación para su traslado desde Francia. Intentaré por todos los medios que su familia viaje también en ese barco. Además, vamos a comprar un coche para realizar los canjes de la mercancía, nos estamos gastando mucho dinero en taxis y no son demasiado seguros, y quisiera que usted fuese el chófer. Solo le pido que se quede con nosotros hasta entonces. Prometo que después le recomendaré para que encuentre pronto un trabajo.

Mateo se ilusionó tanto al escuchar a Prieto que tuvo que contener la emoción. Si lo que acababa de decirle era verdad, no tardaría en poder abrazar de nuevo a su madre y a sus hermanas, ni en discutir de modo cariñoso con el cascarrabias de su padre.

—Está bien, señor. Confío en su palabra.

—Gracias, Llamazares —le dijo el político, ofreciéndole un apretón de manos—. Otra cosa, ¿qué sabe de esa chica que anda buscando?

—Casi nada, sé que vino en la expedición de niños que llegó a Morelia, pero ya no está allí.

—Apúnteme su nombre aquí. Y su fecha de nacimiento, por favor.

Veré lo que puedo hacer.

Sorprendido, el joven escribió en la agenda de Prieto los datos de su amada con letra temblorosa.

—Le agradezco su interés, señor. Antes de irme quisiera decirle que anoche, aunque no pude recuperar las dos pulseras que según la chica del cabaret le regaló Palomo, sí que conseguí traer los pendientes —reveló Mateo, entregándoselos—. Me los regaló el señor Lara, que fue quien ganó la partida.

—Quédeselos —le respondió Prieto rehusando las joyas—, se los ha ganado. Confío en que haga buen uso de su venta. Podrá pagar los primeros meses de alquiler cuando llegue su familia… Por favor, no le diga nada de esto a Puente.

Por un instante, el joven santanderino no supo qué responder. Sabía la procedencia de aquellos pendientes porque él mismo había sido testigo de cómo los operarios encargados de seleccionar las piezas los sacaban de una caja etiquetada con el nombre del Museo Arqueológico Nacional, y eso le generó un fugaz cargo de conciencia. Pero la verdad es que le constaba que el reparto del Tesoro del Vita no se estaba llevando a cabo con un criterio demasiado ético ni controlado, por lo que si él no los aceptaba, su destino sería incierto. Además, no podía evitar pensar en lo bien que le quedarían a Ana, así que quiso convencerse de que no eran buenos tiempos para los remilgos y decidió aparcar su dignidad.

—Mil gracias, señor. Ojalá que pueda recuperar lo que se llevó Palomo.

—Eso intentaremos —concluyó Prieto antes de despedirse.

El político no esperó para realizar sus gestiones, y ese mismo día telegrafió a José Rubén Romero, el embajador mexicano en Cuba, con el que ya mantenía una correspondencia periódica con el fin de interesarse por los exiliados españoles que llegaban a aquel país. De hecho, atendiendo a la súplica del propio embajador, le acababa de enviar doscientos cincuenta dólares para el viaje a México del diputado Álvaro de Albornoz y otros quinientos para socorrer a los famosos actores Josefina Díaz y Manuel Collado, en situación extremadamente precaria.

En un primer momento, Romero mostró sus reticencias sobre la versión de lo ocurrido facilitada por Indalecio Prieto. Al parecer, Palomo afirmaba que los responsables de custodiar el Tesoro del Vita estaban realizando una pésima gestión, y los acusaba de apropiarse de numerosas joyas para su beneficio personal, lo que provocó las dudas del embajador. Sin embargo, Prieto arguyó que Palomo, valiéndose de su magnífica oratoria, buscaba emplear la táctica del calamar, extendiendo las sospechas a su alrededor con el propósito de restarle importancia a su falta. Finalmente, quizá porque las gestiones de Romero le convencieron de que debía limpiar su expediente para empezar una nueva vida en Cuba que le permitiese prosperar en su carrera como escritor, Palomo se comprometió a reintegrar parte de lo robado y a compensar el resto con la venta del ganado que su hermano poseía en España. No obstante, a pesar de que la viuda a la que cortejaba también hubiese accedido a devolver algunas joyas, terminaron quedándose veintidós mil pesos por el camino. En cualquier caso, aquellos días tampoco fueron fáciles para Emilio Palomo

porque, mientras procuraba salvar su maltrecha reputación por su imperdonable desliz, recibía la noticia del fusilamiento de su querido primo en el penal de Ocaña, en Toledo, a consecuencia de la brutal represión franquista.

Pero los esbirros del general Franco no solo se encontraban en España. Algunos se movían por las calles mexicanas, espiando los movimientos de los exiliados en busca de alguna pista que los condujera al Tesoro del Vita. Indalecio Prieto lo sabía, por lo que aumentó el esfuerzo para abrir cuanto antes el total de los bultos que escondía y trasladar inmediatamente su contenido, ya inventariado, a la casa que estaba acondicionando para albergar las joyas de un modo discreto; allí viviría la familia de su admirada Carmen Bernal, que le serviría de tapadera.

Todavía andaba tratando de reponerse de los problemas causados por Emilio Palomo cuando recibió una llamada de uno de sus hombres para informarle de que habían alertado a la policía de Veracruz para que detuviese a un espía español. Al registrarlo, los agentes se habían incautado de una documentación en la que se revelaba un plan del Ministerio de Asuntos Exteriores franquista para recuperar los bienes del Vita. El espía no era otro que Juan Ignacio Pombo, un joven piloto santanderino convertido en héroe a ambos lados del Atlántico por haber sido el primero en volar desde España hasta México cinco años antes. La misión de Pombo consistía en contactar con el entorno de Juan Andreu Almazán, candidato a la presidencia, con el fin de solicitarle ayuda para recuperar la mercancía del Vita a cambio de una parte de esta, con la que sufragaría la campaña para las elecciones que se celebrarían ese mismo año, facilitando así su triunfo frente a su rival en las urnas, el candidato oficialista Manuel Ávila Camacho.

Por suerte para Prieto, el servicio de contraespionaje que había organizado en tierras mexicanas funcionaba con eficacia. No en vano el político español contaba con la experiencia suficiente en esas lides, al haber creado en sus tiempos de ministro de Defensa Nacional el Servicio de Información Militar, la temida agencia de inteligencia cuyo objetivo era perseguir a los elementos desestabilizadores, aunque los medios empleados para ello no resultasen siempre lícitos.

Apenas unos minutos después, fue el propio presidente Cárdenas quien le informó del incidente con el piloto español en Veracruz. La conversación duró solo unos minutos, y en ella Prieto se hizo el

sorprendido. A continuación le agradeció la llamada y, en compensación, le ofreció que Arteta pintara un retrato de su mujer, para lo cual precisaba que ella posara ante el insigne pintor vasco a cambio de que su rostro se convirtiese en una obra de arte para la posteridad.

Tras colgar el teléfono, en la penumbra de su despacho, Indalecio Prieto encendió un puro lejos de las miradas de sus hijas, que lo regañaban cada vez que lo veían fumar. Pero, de algún modo, buscaba mitigar su soledad a pesar de estar rodeado de tanta gente que pretendía sus favores. Desde la muerte de su esposa, la única persona que había serenado su espíritu era Carmen Bernal, una de sus colaboradoras en Barcelona, y luego en París, donde le rogó, de una manera desesperada, que le ayudara en México porque no encontraba a nadie en quien confiar. Y en eso no le mentía, porque recelaba de casi todo el mundo.

No le quedaba más remedio que reconocer que la extrañaba, máxime cuando ella ya tendría que haber llegado. Pero la escala en Nueva York estaba siendo más accidentada de lo previsto por culpa de una inoportuna enfermedad de su marido, el juez Elío, que los retenía en un edificio de aspecto carcelario de la isla de Ellis, muy cerca de la estatua de la Libertad, donde internaban a los emigrantes a los que no se les autorizaba la entrada en Estados Unidos. En este caso, posiblemente porque las autoridades norteamericanas temiesen que el mal de Elío pudiese ser contagioso.

No le importaba que ella viniese acompañada, ya que tampoco albergaba demasiadas esperanzas de que un ser tan bello se fijase en un tipo como él. Carmen se debía a su familia y no era de esa clase de mujeres que se dejara impresionar por el poder. No obstante, sabía que su sola presencia lo reconfortaría, aunque su amor no se viese correspondido. Y no podía evitar que su lado más perverso se animara al pensar que la enfermedad de Luis Elío pudiera ser tan grave como para allanar su camino con Carmen. En ese caso, estaba dispuesto a pedirle matrimonio con la esperanza de que ella aprendiera a apreciarlo con el tiempo.

Por una extraña razón, asoció ideas y recordó la promesa que le había hecho a Mateo Llamazares. Con una sonrisa en los labios, como si se buscara conformarse con la felicidad ajena, descolgó de nuevo el teléfono para pedirle a uno de sus hombres que se encargase de averiguar el paradero de Ana Cossío Lavín, una joven de Santander de unos dieciséis

años; y que le mantuviese al corriente de sus gestiones. No tardó en saber que la novia de Llamazares había huido de Morelia hacía unos meses.

Según palabras del director del internado, posiblemente con alguno de los muchachos de la ciudad que la pretendían, porque los menores eran tan irresponsables que se prestaban a los amoríos; y, por mucho que él procuraba combatir a los atacados de ese mal con vigilancia, amonestaciones e incluso tratamientos médicos, siempre había quien caía en los vicios sexuales. Reconoció que no sabía nada de ella, pero dudaba que estuviese recluida en un convento.

Sin embargo, Prieto no prestó demasiada credibilidad a aquel informe y se mostró dispuesto a cumplir su palabra con aquel muchacho que tanta fidelidad le había demostrado.

7

Todavía somnoliento, David Quijano miraba hipnotizado a través de la ventanilla cuando aparecieron las primeras luces del alba, poco después de que el autobús hubiese partido de San Luis Potosí con rumbo a Xilitla. El silencio que guardaba la mayoría de los pasajeros solo lo rompían el ronroneo cansado del motor y los susurros en forma de oración de una anciana que sostenía un rosario entre sus manos arrugadas.

A medida que el vehículo avanzaba, la aridez ocre de los parajes semidesérticos, salpicados por solitarios cactus polvorientos, iba tornando a la infinita gama de verdes que comenzaban a adivinarse en las estribaciones de la Sierra Madre oriental. A David le costaba creer que esa transformación se produjera en tan poca distancia y, además, descendiendo casi dos mil metros de altitud.

No pudo estirar las piernas ni vaciar la vejiga hasta Ciudad Valles, la puerta de la Huasteca Potosina, donde aprovechó para comprar uno de esos elotes en vaso desechable, en los que los autóctonos añadían mayonesa, zumo de limón, queso rallado y chile a las mazorcas de maíz desgranadas. Antes de reemprender la marcha, bajo un sol abrasador, observó, entre maravillado y sorprendido, cómo se subían al vehículo algunas mujeres ataviadas con sus vestimentas tradicionales, que portaban canastas con tamales envueltos en hojas de plátano, pan recién horneado o deliciosas frutas de tonalidades intensas, e incluso alguna que otra jaula de gallinas.

En cuanto comenzaron a ascender de nuevo por senderos sinuosos que se adentraban desafiantes en la selva sobre la neblina, la vegetación se fue mostrando cada vez más agreste, como si aquellos árboles centenarios quisieran recuperar el terreno arrebatado por el asfalto; mientras, una humedad espesa se colaba por las ventanillas, mezclándose con los olores densos que desprendían los pasajeros y sus mercancías.

De vez en cuando, para cruzar algún pueblecito, el conductor ralentizaba su marcha temblorosa obligado por los topes, esos badenes, tan salvajes como el territorio en el que se encontraban, que ponían a prueba los amortiguadores de los vehículos, lo que aprovechaban los lugareños para instalar sus puestos coloridos de nieves de lichi, de yaca o de maracuyá y de vistosas macetas con plantas exóticas, que terminarían adornando cualquier rincón de alguna casa citadina.

David se sentía extrañamente tranquilo a pesar de estar en aquel sitio tan remoto, adonde nadie sabía que había viajado. Tal era la fuerza de su sensación de libertad que el miedo quedaba empañado. Se sonrió al verse bromeando para sus adentros con su tonalli, la entidad anímica que marcaba el destino de cada persona según el pueblo nahua, cuyos dominios comenzaba a conocer. Se imaginaba a su tonalli encarnado en un conejo, al que hablaba para reprocharle sus vaivenes; eso sí, sin faltarle al respeto, no fuese que hubiera algo de verdad en el discurso de Karla. Pero resultaba innegable que al principio de esa misma semana estaba metido en un atasco en el laberinto de carreteras que ahogaban Madrid, camino del aeropuerto, y ahora andaba descubriendo rincones ignotos, apenas tocados por la mano del hombre, que le provocaban tanta admiración que despertaban en él un paradójico sentimiento de pertenencia, como si algo en su ser formara parte desde siempre de aquella recóndita naturaleza. Si lo pensaba bien, no dejaba de tener su gracia que su tonalli fuese un conejo y el de María, un águila. Un águila que, sin duda, lo había atrapado, aunque ella todavía no lo supiera.

El misterio del paisaje alcanzó su máxima expresión cuando David

avistó Xilitla, parsimoniosa entre montañas, rodeada de cafetales y cañaverales, envuelta entre la niebla, bajo un cielo plomizo que amenazaba lluvia. Desde luego, aquel lugar detenido en el tiempo encarnaba como ningún otro la magia del surrealismo.

La mano diestra del conductor hizo ascender el autobús con paciencia cansada por una estrecha carretera empinada que serpenteaba el pueblo hasta llegar a su parte alta, donde el bullicio de sus gentes lo dotaba de vida.

Las indicaciones de una joven indígena que regentaba un puesto de enchiladas huastecas le llevaron a recorrer la calle de la Corregidora, constituida por dos hileras de casas coloridas con los tejados inacabados que desembocaban en la plaza principal, frente a la iglesia de San Agustín,

la edificación colonial más antigua del estado potosino, cuya torre mantenía el orgullo sin importarle que sus paredes desgastadas delataran su vejez.

Durante el trayecto, David había sopesado buscar un hotelito en el que alojarse en Xilitla y poder ducharse antes de dirigirse a la residencia de los Gastélum, donde se suponía que estaría María. Sin embargo, consideró que su llegada causaría más impacto si llamaba al timbre arrastrando su maleta —al fin y al cabo, venía de atravesar medio mundo para encontrarla—, así que procuró caminar despacio para que la calurosa humedad del ambiente no le hiciera sudar en exceso.

Orientado por las amables explicaciones de la vendedora callejera, al ver una bonita cantina con los marcos de las puertas pintados de añil dobló la esquina y bajó por la cuesta en la que se ubicaba aquel caserón que se asemejaba a un castillo de líneas caprichosas, protegido por un muro de piedra coronado por la exuberante vegetación que se escapaba desde el interior en el afán de exhibir su belleza salvaje a los transeúntes.

Para su sorpresa, un leve empujón con la mano provocó que la verja se abriera. Dominado por el nerviosismo, permaneció inmóvil en el umbral con la confianza de que alguien hubiese oído el quejido metálico de sus bisagras aletargadas.

Aguardaba con el corazón encogido, casi aguantando la respiración, mientras admiraba el peculiar jardín que rodeaba la mansión al tiempo que buscaba señales de vida más allá de un par de gatos siameses que le observaban curiosos desde lejos con sus enormes ojos azules.

Pero, tras unos instantes en los que no oyó más que el murmullo de las aves que descansaban sobre los árboles, se decidió a seguir las huellas de unos pies asfaltados que se elevaban en un sendero que, conformado por viejas losetas entre las que brotaba la hierba, conducía a un elegante corredor, protegido por columnas que soportaban sobrios arcos de medio punto y jalonado por bellas puertas de madera, una de las cuales se hallaba abierta.

—¡Hola!

David lanzó su saludo al aire de manera tímida, en espera de una respuesta desde dentro que no tardó en llegar porque enseguida apareció una mujer morena de porte distinguido, que le dio la bienvenida con una sonrisa transparente.

—Hola, me llamo Gaby. ¿En qué puedo ayudarte? —le preguntó con confianza.

—Encantado, Gaby —respondió él, ofreciéndole su mano—. Yo soy David.

—¿Español?

—Sí, español.

—Y veo que acabas de llegar a Xilitla —comentó ella, echando un vistazo a la maleta.

—Sí, así es.

—¿Es tu primera vez aquí?

—La primera, y ya estoy impresionado.

—¡Uy! ¡Y no te queda nada por ver! Ten cuidado con este lugar porque te atrapa casi sin que te des cuenta.

—No me cabe ninguna duda.

—Bueno, imagino que quieres alojarte. Por suerte, nos queda una habitación en la planta de abajo. Es la que ocupaba mi tío Edward para descansar después de comer. Por eso la llamamos la Siesta. Él ya hace veinte años que murió, pero no la hemos querido remodelar.

—Me viene genial. No sabía que esto era un hotel.

—Ah, ¿no? Entonces, ¿cómo es que estás aquí?

—Busco a María. Me dijeron en San Luis que posiblemente estuviese contigo —respondió David disimulando el ahogo que sentía en el pecho.

—¡Vaya! Sí que te has tomado interés, sí. ¿Y ella te quiere ver a ti? — preguntó Gaby, recelosa, aunque sin perder la sonrisa.

—Eso se lo tendrás que preguntar a ella, si es que anda por ahí dentro

—contestó el español, procurando demostrar ingenuidad.

—¿No sabe que estás en Xilitla?

—No sabe ni que estoy en México.

—¡Se va a quedar de piedra! ¡Con lo poco que le gustan las sorpresas! No creo que ni ella misma sepa si te quiere ver o no. Eres el arqueólogo de Madrid, ¿verdad?

—Así que te ha hablado de mí.

—Un poquitito.

—Espero que bien.

De buena gana, Gaby hubiese continuado la charla, pero consideró que ya habría tiempo de enterarse del chisme completo y se limitó a encogerse de hombros para no comprometerse en la respuesta.

—Mejor será que te acompañe a la habitación. Está ahí mismito —le indicó ella—. Voy a agarrar la llave.

—Gracias, Gaby.

—Yo le voy a decir a María que tiene visita. Imagino que estará leyendo en el gabinete de la torre. Mientras, puedes asearte. Si quiere verte, que te enseñe ella misma la casa. Estas paredes encierran la historia de mi familia.

Al entrar en la habitación, David no dudó de las últimas palabras de su anfitriona. La alcoba estaba limpia, pero cada detalle evidenciaba su antigüedad. Parecía que hubiera permanecido intacta desde que fuese habitada por el excéntrico escultor inglés, acaso para recordarlo, lo que tampoco terminó de convencer al nuevo huésped, que bastante lidiaba ya con presencias extrañas, hasta el punto de que se le pasó por la imaginación que sir Edward James no andaría demasiado lejos por las noches.

Minutos más tarde, cuando apenas acababa de vestirse después de una ducha rápida, María golpeó tres veces la puerta con suavidad. David, más nervioso que nunca, se apresuró, antes de abrir, a echarse unas gotas de su perfume en el cuello y en la parte interna de la muñeca, donde sintió el palpitar de sus venas al rozarlas con la yema de sus dedos.

Ambos permanecieron callados unos segundos, frente a frente. Ella esbozaba una leve sonrisa entre resignada y complacida, en tanto que él se mantenía algo más serio, expectante, como si tuviese que aparentar enfado, quizá para dejarse querer. Porque todas las dudas que podía tener sobre lo que sentiría si la encontraba se disiparon nada más verla enfundada en aquellos jeans ajustados, que acompañaba con una blusa blanca anudada por encima del ombligo.

No olvidaba que ella había abusado de su confianza para robarle, pero se sentía incapaz de mostrarse enfadado. Fuese una ladrona o no, se moría por besarla.

—Te subestimé. Eres mucho más necio de lo que podía imaginar — dijo por fin, rompiendo el silencio, María.

—Te advertí en Madrid la semana pasada que soy bastante cabezota — respondió David.

—Lo recuerdo. Al salir del Toni 2. Aunque solo cuando te interesaba algo, dijiste.

—Pues ya ves dónde estoy.

—Jamás imaginé que se te ocurriría buscarme. ¿Cómo sabías que estaba aquí?

—Lo averigüé en San Luis.

—Ya… Tonta de mí. Te hablé de mi galería y diste con ella.

Recuérdame que mate a Jerry.

—¿Quién es Jerry?

—No te hagas el tonto conmigo, anda.

—A los dos se nos da muy bien eso. De haber sabido antes que no te gustan las sorpresas, me lo hubiese pensado dos veces.

—Sí que corren las noticias. Lo dicho: lo mataré muy despacito.

—Mejor después de que pruebe sus tacos rojos.

—Serás… Meterse a mis amigos en el bolsillo es una manera muy rastrera de recabar información sobre mí. ¡A saber qué más te platicó!

—Que haríamos una pareja preciosa.

—Te veo muy bromista, cuando deberías estar enojado.

—Y supongo que lo estoy. Pero tengo tal cacao en la cabeza que no soy capaz de distinguir mis emociones. No niegas, entonces, que me la jugaste.

—Sería muy tonto por mi parte. Te comenté que no me gusta mentir.

—Puedes adornarlo como quieras, pero, para no gustarte, no fuiste muy sincera conmigo, que digamos. Me ocultaste demasiadas cosas.

—Pero sin mentirte —insistió ella—. Los secretos forman parte de nuestra intimidad.

—No si juegas con los sentimientos de otra persona. ¿Qué se supone que debo hacer ahora?

—Tú sabrás. Eres tú el que has venido hasta aquí.

—¿Besarte?

—Es una opción. Aunque parece raro, dadas las circunstancias — contestó la mexicana sin dejar de mirarle a los ojos.

—Todo entre nosotros está siendo raro —concluyó él.

Con el pulso acelerado, David dio el paso que le separaba de María para acariciarle la mejilla con la mano y el pelo con los dedos. Enseguida le besó los labios, humedeciéndoselos con dulzura durante unos breves instantes, de modo muy similar a como ella lo había hecho en el aeropuerto madrileño el viernes de la semana anterior.

—Estás loco.

—Tienes toda la razón. Loco por ti —reconoció él con la voz tan tenue que se confundió con el sonido de la brisa que coqueteaba con las hojas de los árboles.

VII

La menor de las tres hijas del matrimonio formado por Carmen Bernal y Luis Elío miraba con recelo a Indalecio Prieto, que se mostraba feliz por tener allí a aquella familia navarra que le serviría de tapadera para esconder el Tesoro del Vita en tanto pudiera ir deshaciéndose de la totalidad de las joyas a cambio de una elevadísima cantidad de dinero con la que poder atender las necesidades de la Junta de Auxilio de los Republicanos Españoles, cuyos fondos manejaba sin demasiada supervisión, ya que no todos los gastos se reflejaban en su libro de actas ni el total de los bultos abiertos se correspondía con el indicado por el capitán del yate que había llevado hasta aquellas tierras tan preciada mercancía; de ahí que tan solo se hiciesen constar las cantidades en pesos y en dólares que el Banco de México pagaba por el oro y la plata entregados después de fundir cientos de kilos de joyas que no se habían inventariado con minuciosidad.

A punto de cumplir los catorce años, María Luisa Elío Bernal anhelaba poder por fin vivir sin miedo todos juntos, aunque fuese en ese extraño país tan lejano de la Pamplona de su niñez, que añoraba profundamente desde que, al poco de empezar la guerra, tuviera que huir, de la mano de su madre y de sus hermanas mayores, después de que su padre se hubiese escapado de la comisaría cuando lo iban a fusilar tras haber sido detenido en presencia de sus hijas sin más motivo que el de ser un rico hacendado de ideas progresistas que había repartido parte de sus fincas entre sus renteros para que pudieran trabajarlas en libertad. Y si bien Luis Elío, miembro de una tradicional familia burguesa con vastísimas posesiones por toda Navarra, aparentaba estar vivo, en realidad era un muerto en vida, ya que jamás se recuperaría de las heridas físicas y anímicas producidas en su cautiverio durante los tres años, un mes y doce días que había estado escondido en aquel lavadero de apenas tres metros cuadrados de la

vivienda privada que en la Casa de la Misericordia tenía el administrador de esta, un antiguo y honesto empleado de su padre que, cohibido por el miedo a ser descubierto, lo mantuvo oculto en unas condiciones infrahumanas para no levantar sospechas.

Por fin, el último día de agosto de 1939, un viejo amigo carlista del juez Elío que había sido un destacado jefe del ejército franquista consiguió dejarlo cerca de la frontera con Francia. Allí, un lugareño dedicado a guiar a los refugiados le ayudó a cruzarla, llevándolo casi a rastras en su tortuosa caminata a través de los Pirineos hasta que, exhausto y con los pies en carne viva después de haber permanecido inmóvil a lo largo de todo su confinamiento, Luis Elío se entregó a la gendarmería del país galo, que lo internó en un campo de concentración, del que pudo salir a las pocas semanas gracias a la intermediación de su esposa ante Indalecio Prieto. Días más tarde se reunía con su familia, que ya lo aguardaba impaciente y expectante en París tras haberlo dado por muerto, pues incluso se habían publicado esquelas con su fallecimiento, quizá propiciadas por algún allegado con la pretensión de que la policía franquista dejara de buscarle, aun a costa del dolor que aquellas noticias provocaban en sus seres queridos.

La pequeña María Luisa no olvidaría el impacto que le causó la aparición otoñal, en la puerta del apartamento parisino, de aquel señor famélico y derrotado al que en otros tiempos habían llamado padre, quedándose sin saber muy bien si debía abrazarlo, porque él ni siquiera era capaz de emitir una palabra ni de dejar de llorar. Fue un día agridulce para la pequeña, dado que esa misma noche su padre la echaría de la cama en la que ella venía durmiendo con su madre, lo que consideró un rechazo que en ese momento no llegó a asimilar y que le costaría perdonar.

Luego vendrían unos pocos meses de convivencia impostada en París antes de conseguir embarcar en el puerto de El Havre con destino a Nueva York y, después de que Luis Elío se recuperara a duras penas de una ictericia que lo había acompañado durante toda la travesía, recorrer en autobús los más de dos mil quinientos kilómetros que separaban la ciudad de los rascacielos de la capital mexicana en un viaje iniciático para las tres hermanas, que descubrirían horrorizadas cómo las prostitutas se ofrecían sin escrúpulos a su padre en la frontera de Nuevo Laredo.

Ahora, el juez Elío, con claras secuelas físicas en su cuerpo, agradecía a Indalecio Prieto que les hubiera proporcionado aquella vivienda en cuyo

vestíbulo se encontraban, aunque no ignoraba que debía pagarla, no con dinero pero sí con discreción, lo que conllevaría seguir permaneciendo aislado para no relacionarse con demasiada gente con el propósito de que su familia no realizase ningún comentario que facilitase alguna pista a quienes seguían buscando aquel tesoro. Un precio demasiado alto, quizá, teniendo en cuenta sus circunstancias.

María Luisa observaba la escena en silencio con la mirada clavada en aquel tipo gordo, del que tenía recuerdos incluso antes de conocerlo, cuando en el parque del Bosquecillo jugaban al «¿Tú quién eres?» y su hermana Carmenchu siempre lo elegía, sin imaginarse siquiera su aspecto físico. Solo sabía que, para ridiculizarlo, en Pamplona se le hacían cancioncillas con letras que ellas no terminaban de comprender.

Largo Caballero y Prieto quieren que seamos rusos, mientras exista Navarra no saldrán con ese gusto.

Por mucho que se mostrase amable con su madre, no le gustaba aquel hombre que había dejado de ser un personaje para convertirse en alguien demasiado cercano a su familia. O acaso fuese por eso, ahora que comenzaba a vislumbrar ciertas cosas. Suponía que el interés de aquel señor calvo de extensa papada hacia su madre no se limitaba a asuntos profesionales. De otro modo, no entendía cómo ellas habían llegado a París desde Barcelona viajando con él, en su propio coche, junto a su chófer y su asistente personal. Claro que no podía reprocharle esa admiración por su madre porque, por aquel entonces, él la creía viuda y ella se distinguía por una belleza y una elegancia fuera de lo común. Por eso, a María Luisa le halagaba que le dijeran que cada día se parecía más a su mamá. Y suponía que a ella no le quedaba más remedio que dejarse querer para proteger a sus hijas; de ahí que recibiera a Prieto con frecuencia en su domicilio parisino cuando ellas estaban acostadas.

—Carmen, por favor, hágalo, hágalo, hágalo, se lo suplico. No encuentro quien pueda hacerlo seguro de que no vaya a meter mano —le oyó decir María Luisa una noche, apostada detrás de la puerta.

Tampoco es que Carmen Bernal tuviese demasiada elección, de ahí que se viese obligada a aceptar la propuesta de viajar a México para

colaborar en la salvaguarda del Tesoro del Vita, aunque sabía que su decisión podría conllevar un importante riesgo para su familia.

Desde la puerta de la casa, Mateo Llamazares observaba a los nuevos visitantes con cierto disimulo y algo de envidia porque sus padres seguían en el campo de concentración francés por culpa de unos problemas burocráticos, según le hizo saber el propio Indalecio Prieto, quien le aseguró que andaban trabajando para solucionarlos. A esas alturas, el joven santanderino empezaba a sospechar que el político asturiano le estaba dando largas para retenerlo en la custodia del tesoro, habida cuenta de que le resultaría difícil reemplazarlo, ya que se negaba a ampliar su reducido círculo de confianza. Pero a Mateo le preocupaba que las noticias que llegaban de Europa sobre el avance del ejército alemán fuesen ciertas, ya que si los nazis ocupaban Francia sería aún más complicado que saliesen barcos de allí con refugiados, y ya no solo españoles, porque numerosos judíos también perseguían la forma de escapar.

Cada día que pasaba, mayor necesidad sentía de encontrar a Ana, de la que se despidió a la edad que ahora tenía la pequeña de la familia Elío Bernal, a la que contemplaba reparando en su belleza, únicamente comparable a la de su amada. Sin embargo, quien más llamaba su atención era el juez Elío, al que percibía fuera de lugar, como si su mente permaneciese anclada en pretéritas épocas de bonanza. Parecía mantener una conversación con su anfitrión a base de frases cortas, pero sus ojos se mostraban vacíos, sin ser capaces de fijarse en ninguna parte, acaso buscando en su interior dónde aferrarse para no hundirse sin remedio en sus recuerdos. Claro que Mateo supuso que tal vez así fuese mejor para él, porque de esa manera no podía reparar en las miradas lascivas con que Indalecio Prieto recorría el cuerpo de su esposa, que sonreía de un modo triste.

En cualquier caso, sintió lástima por aquel hombre, del que ya conocía los rumores de que habiendo sido uno de los mayores terratenientes de Navarra, ahora lo único que le salvaba de ser confundido con un indigente eran algunos destellos de dignidad. Y eso que Mateo desconocía que para conseguir algo de dinero con el que sustentar a su familia durante la travesía había subastado en un hotel de París su colección de autógrafos gracias a que una prima había conseguido enviarle desde Pamplona aquella carpeta heredada repleta de firmas de gente famosa. Con apenas unos francos en el bolsillo, al juez Elío le atormentaba tener que depender

de su esposa, a quien veía desenvolverse entre hombres con absoluta naturalidad, cuando hasta el comienzo de la guerra ella solo había tenido que ocuparse de cuidar la casa y de acompañarlo al teatro o a los numerosos actos de la selecta sociedad navarra a los que los invitaban con frecuencia. Por mucho que le costara reconocerlo, tampoco Carmen era la misma de entonces.

También Mateo se sentía observado por las muchachas, especialmente por Cecilia, la segunda de las tres hermanas, que le dirigía sonrisas subrepticias como si quisiera poner a prueba la seriedad que el santanderino mostraba en cada momento, fiel al papel que tenía que representar. En cierto modo, la llegada de los Elío Bernal incrementaba todavía más su sentido de la responsabilidad, porque ahora, además de custodiar el tesoro, debía proteger a esa familia, que le recordaba a la suya, según las nuevas instrucciones de Prieto, quien le acababa de solicitar que se trasladase desde la casa en la que se encontraba instalado el taller de la calle Michoacán a la vivienda de los Elío Bernal, donde se suponía que continuarían las tareas de desmontaje y fundido de las joyas.

Aquella nueva misión no estaría exenta de sobresaltos. Apenas habían transcurrido unas pocas semanas de la llegada de los nuevos exiliados cuando una noche, escondido tras las cortinas del salón, Mateo observó como la luz de un reflector penetraba desde la calle invadiendo toda la casa, despertando a sus inquilinos y provocando el alboroto de las muchachas, a las que el santanderino, en cuanto las vio aparecer, mandó callar con un gesto enérgico, sin necesidad de hablar. Después de unos tensos instantes de incertidumbre, los focos alumbraron otra de las casas de la calle. Resultaba evidente que alguien sabía de la existencia de las joyas en aquella zona y andaba buscando algún movimiento sospechoso que indicara su paradero exacto.

Aquel episodio, que quedó solo en un susto, coincidió con la visita, al taller de la calle Michoacán, de dos desconocidos haciéndose pasar por inspectores que pretendían revisar la vivienda, por lo que Indalecio Prieto consideró que sus perseguidores se estaban acercando demasiado, de modo que decidió ampliar sus precauciones. De ahí que ordenara la mudanza de la familia de Carmen Bernal desde su chalet en la calle Mier y Pesado a otro en la de Quintana Roo, con muros más elevados, en el que realizarían la totalidad de los trabajos, dejando sin actividad el viejo taller de Michoacán. Eso sí, esta vez ni siquiera figuraría el domicilio en el libro de

actas de la Junta de Auxilio a los Republicanos Españoles para intentar que únicamente las personas de su máxima confianza conociesen la nueva ubicación, manteniéndola así a salvo el mayor tiempo posible.

Sin embargo, estas medidas no fueron suficientes, ya que un atardecer en que María Luisa curioseaba desde su ventana creyó ver que alguien los observaba tras los visillos de uno de los balcones del edificio de enfrente. En un principio no se atrevió a contárselo a nadie, temerosa de parecer una chiquilla cobarde a los ojos de todo el mundo, pero esperó a que cayera la noche para seguir vigilando protegida por la oscuridad. No tardó en confirmar sus sospechas porque, de vez en cuando, una luz tenue dibujaba la silueta de un tipo que se paseaba con un arma en la mano. Sin pensárselo dos veces, salió en busca de Mateo sin decírselo a sus hermanas ni a sus padres, ya que estimó que bastantes desgracias habían sufrido en los últimos años como para preocuparlos sin motivo en el caso de estar equivocada.

—Hay un hombre ahí enfrente que nos vigila. Creo que lleva una pistola —le dijo.

Procurando no hacer ruido, el santanderino caminó sigiloso hasta la ventana. Enseguida pudo comprobar que la muchacha tenía razón. De hecho, aquel rostro le resultaba demasiado familiar porque se trataba del mismísimo Cola Cora, quien ya le había advertido de que se anduviese con cuidado la noche que jugaron en la suite de la Bandida en el Hotel Regis.

Imposible que fuese una casualidad en una ciudad de casi millón y medio de habitantes. Mateo dedujo que habían sido descubiertos y temió por lo que pudiera suceder, si bien intuía que no pasaría nada inmediatamente, y menos con violencia, ya que también sus perseguidores debían actuar con cautela. Lo único que esperaba es que consiguiesen trasladarse a un lugar más seguro y que nadie asociara la presencia de aquel pistolero con la partida de póquer. Desde luego, él llamaría a Prieto para advertirle de la situación, pero en ningún modo confesaría que conocía a quienes les pisaban los talones.

—Has sido muy valiente, María Luisa —le susurró a la muchacha.

—¿Qué nos va a pasar?

—¡Nada! No te preocupes. Solo que imagino que debemos buscar otra casa. Nos quedaremos todos más tranquilos.

—¿Cuándo vamos a dejar de huir?

—Muy pronto.

—Tú tampoco quieres estar aquí, ¿verdad?

—No, pero no se lo digas a nadie —se sinceró el joven buscando palabras que no le comprometieran en el supuesto de que trascendiera aquella conversación—. Yo no he visto a mis padres ni a mis hermanas desde que empezó la guerra. Ni siquiera a mi novia. Y eso que se vino a México hace ya casi tres años.

—¡Oh! Lo siento mucho. ¿No sabes dónde está?

—No —le respondió él, lacónico, sin quererle contar que aquellas labores de vigilancia le impedían tener libertad de movimientos.

Antes de marcharse en busca de un teléfono para llamar con urgencia a Indalecio Prieto, Mateo echó un último vistazo al edificio de enfrente. Aunque no pudiera verlo, estaba seguro de que el Colo Cora le estaba sonriendo de forma sardónica.

8

Sentado junto a María en la terraza de aquella romántica cantina con vistas a la sierra, David seguía experimentando nuevas sensaciones con tanta intensidad que le costaba asimilarlas. Ella lo observaba sorprendida pero curiosamente reconfortada, tratando de analizar a su vez sus propios sentimientos. En lo que ambos coincidían, sin atreverse ninguno todavía a confesarlo, era en que percibían una cercanía entre ellos fuera de toda lógica, ya que apenas se conocían; y no ignoraban que esa necesidad de mirarse que sentían quizá no fuese solo atracción, sino también la búsqueda de una explicación a cuanto les ocurría.

—Me resulta muy raro verte aquí, en mi país.

David se limitó a transmitirle su complicidad con una sonrisa serena. En realidad, casi no había hablado en el rato transcurrido entre su encuentro y la llegada hasta aquel coqueto local de carácter tradicional elegido por María para tomar unas cervezas con que aliviar su tensión. Para evitar quedarse obnubilado con el rostro de la mujer más hermosa que jamás hubiese visto, su mirada se perdía a ratos en el atardecer, que comenzaba a vislumbrarse entre las nubes que se deslizaban por las montañas, o en la llama azulada de una vela que desparramaba su cera sobre el cuello de la botella de vidrio que la sustentaba, antaño llena de vino y ahora convertida en objeto de decoración de la vieja mesa de cedro rojo en la que él apoyaba sus manos nerviosas.

El culpable de sus silencios era el shock emocional al que se veía sometido, pero también su miedo a realizar cualquier comentario inconveniente que pudiese alterar la magia de aquellos primeros momentos, que se le antojaban trascendentales para el devenir del resto de su vida. Y eso que le urgía preguntarle por los pendientes para saber si los podría recuperar y evitarse un serio problema en el museo.

—Lo curioso es que no me siento extraño, aunque todo me resulte demasiado pintoresco. Venía pensando en eso durante el paseo. No acabo de entender que me encuentre como en casa en un lugar tan lejano y desconocido.

—Debe de ser por la legendaria hospitalidad mexicana —conjeturó ella, risueña, ya que le halagaba que un extranjero admirara su país de esa manera.

—No es solo eso, que tampoco te lo cuestiono. Es una especie de arraigo en una tierra que no es la mía.

—No sopesarás trasplantarte…

—Te lo tomas a broma.

—Que no, David. Siendo de aquí es fácil llegar a entenderte. Lo que no parece muy normal es que te haya sucedido con tanta rapidez.

—A lo mejor tú has tenido mucho que ver.

—¿Yo? ¿Qué se supone que he hecho?

—Robarme unos pendientes precolombinos y, no contenta con eso, el corazón. Aunque no sé muy bien en qué orden.

—Has sonado a canción de Sabina.

—Solo que no llevabas medias negras, ni toreabas con el bolso a un autobús.

—Si no practicases esa religión, nada habría pasado.

—¿Qué religión? Te dije en Madrid que no soy creyente.

—¡La de la canción!

—¡Ah, coñe! Y yo que nunca tuve más religión que un cuerpo de mujer… —canturreó él—. Y de eso te aprovechaste. ¿Cuántas veces has hecho esto mismo?

—Alguna que otra, pero esta es la primera que vuelvo a ver a alguien a quien le hubiese quitado una pieza para traerla de vuelta a México.

—Eso no lo entendí muy bien. ¿No eres una ladrona profesional?

—No irás a decirme que te estaba gustando una ladrona.

—¿Gustarme? Me estoy enamorando como un adolescente, condenada. A estas alturas, creo que no me importaría ni que fueses una asesina a sueldo.

—¡Qué payasito eres! —rio ella—. Lamento decepcionarte. Lo que hago no es en beneficio propio, aunque no voy a negarte que alguna remuneración percibo.

—¿No traficas con lo que te llevas?

—¡Claro que no! La mayoría de las piezas terminan en algún museo.

De hecho, ese será el destino de las mascarillas que me traje de Madrid.

—Bonita forma de decirlo. ¿Pretendes decirme que no las voy a recuperar?

—Entiendo que estés molesto, pero trataré de quitarte responsabilidad.

—No creas que me tranquilizas mucho. ¿En qué museo se van a exponer las mascarillas?

—Todavía no lo sé con certeza. Supongo que, por su importancia, en el Museo Nacional de Antropología. De momento, están bajo la custodia del INAH —respondió María, sin querer hablarle de la intervención previa de los servicios de inteligencia mexicanos a través de la mediación de su compañero Leopoldo Durán, quien le había advertido de la existencia de las piezas en Madrid después de que el propio David, aprovechando que lo conocía por haber compartido estudios en París, le hubiese enviado aquellas fotografías en busca de asesoramiento, si bien ella ya contaba previamente con esa información.

—¿El Instituto Nacional de Antropología e Historia? Depende del Gobierno federal, ¿no?

—Sí, desde que lo creara Lázaro Cárdenas, el mismo presidente que acogió a los refugiados españoles después de vuestra guerra.

—Se dedica a investigar, proteger y difundir vuestro patrimonio arqueológico e histórico, ¿no?

—Así es.

—O sea, que trabajas para el INAH.

—No de manera oficial.

—Ya.

—Nosotros lo llamamos el INAHnición, porque vamos siempre escasísimos de fondos. Fíjate que mi amigo Luciano Cedillo acaba de dimitir como director por eso mismo. Y no me extraña. Es muy frustrante hallar un yacimiento y que no se pueda sacar a la luz por falta de dinero. Y en México hay miles de ciudades ancestrales ocultas bajo la maleza. De la mayoría ni se sabe de su existencia, y de las que se tiene constancia se prefiere que sigan escondidas para evitar su saqueo, ya que no hay medios para custodiarlas.

David miraba a María y se preguntaba si se imaginaría que sus padres murieron cuando quizá estaban investigando acerca de una de esas ciudades escondidas de las que hablaba. Pero a la vista de la

despreocupación con que se explicaba, supuso que no sospechaba nada. Y, en ese caso, se cuestionaba quién era él para sacar a relucir un pasado que ella seguramente querría olvidar. Claro que, si le hubiese ocurrido a él, le habría gustado saber la verdad. Le fastidiaba quebrarse la cabeza sobre su manera de actuar cuando esa historia contada por Samuel Medina tal vez fuese simplemente una mera conjetura de aquel periodista greñudo, así que lo más sensato era ser paciente para evitar equivocarse.

De cualquier modo, le parecía lógico preguntar a María por sus padres, más por mostrar interés que por la curiosidad de conocer lo sucedido. Pero ella aún no había hecho ningún tipo de alusión a su muerte, así que él tampoco tenía por qué saber que ella era huérfana desde muy niña. Con tacto, a lo mejor hubiese podido abrir la puerta de esa conversación que, tarde o temprano, debía producirse. Sin embargo, también pensó que no era cuestión de entristecer su primer encuentro en México.

—Llevo muy pocos días aquí y ya me he dado cuenta de que este país es inabarcable se mire por donde se mire.

—¡Qué te voy a decir yo! A mí me parece absolutamente mágico, a pesar de que en las noticias se limiten a sacar lo peor.

—Bueno, es que no se puede disfrazar la realidad. Que no se cuente no significa que no ocurra. Hay demasiados secuestros y asesinatos —afirmó David sin caer en la cuenta de que su comentario podía recordar a María el supuesto crimen de sus padres.

—¿Tú te has sentido inseguro estos días? —preguntó ella no dándose por aludida, quizá porque escondía esas muertes en algún rincón de la memoria.

Por unos instantes, David sopesó su respuesta, a sabiendas de que María defendía a su país por encima de todo.

—Digamos que me siento más seguro en Madrid. Y eso que es allí donde me robaron —comentó en tono jocoso, para quitarle hierro al asunto de la violencia, al darse cuenta de que a María le dolía el tema.

—¡Menuda indirecta más directa! No te preocupes. Un día de estos el INAH le escribirá a la dirección de tu museo informándole de que está en posesión de las piezas.

—¿Así lo hacéis?

—Es una manera de evitar conflictos diplomáticos. No les discutimos la propiedad a los organismos extranjeros. De hecho, admitimos que siguen teniéndola ellos. Solo que ahora la custodia la realiza México. No

solemos tener problemas con eso porque tampoco tienen potestad moral para protestar demasiado.

—No, si los problemas los voy a tener yo a la vuelta.

—Supongo que tendrás que denunciarme.

—Muy graciosa.

—¡No bromeo!

—Ya…, y luego te pido matrimonio.

—Al menos no has perdido el sentido del humor.

—Mi abuela decía: «Reír por no llorar». ¿Qué más me has ocultado?

Porque eres arqueóloga, ¿no?

—¿También te lo dijo Jerry?

—No, te juro que eso no —respondió David sin mentir, pero silenciando la conversación mantenida en el Pinin con Samuel Medina.

—¡No jures!

—Así que lo eres. Y tú preguntándome de qué época eran las piezas.

Me siento como un idiota.

—Que sea arqueóloga no quiere decir que lo supiese cuando te lo pregunté. De hecho, no es fácil datarlas con exactitud, ni siquiera para los expertos.

—Dime al menos por qué son tan importantes.

—Representan a dos dioses con mucha simbología —se limitó a responder ella.

—¿Simbología nahua?

—Sí, nahua; tal vez, mexica, pero están labradas con tanta delicadeza que parecen obras mixtecas. Nos costará descubrir su origen verdadero. Son piezas casi únicas.

—¿Estamos en tierras de los nahua ahora?

—Más o menos. En la Huasteca conviven muchos indígenas nahua con los teenek, que son mayoría, por eso se los llama huastecos en español. Aunque lo de convivir es solo una forma de hablar, porque apenas se relacionan entre ellos, no son muy cuates que digamos. De hecho, suelen habitar en territorios distintos dentro de la propia Huasteca. Y si viven en el mismo pueblo, como pasa aquí en Xilitla, lo hacen en barrios separados.

—¡Vaya!

—La realidad de este país en muy compleja. Hay tantos pueblos indígenas que nadie se pone de acuerdo a la hora de dar un número exacto. Oficialmente son sesenta y ocho, cada uno con su propia lengua, todas

oficiales. Recuerda que Hernán Cortés no hubiese entrado en Tenochtitlán, la capital de su imperio, sobre cuyas ruinas se construyó Ciudad de México, sin la alianza de algunos de estos pueblos que odiaban a los mexicas, como los totonacas o los tlaxcaltecas.

—Tan conquistadores como los españoles —apuntó David.

—Bueno…, eso es mucho decir, las motivaciones no eran las mismas.

—Y a esa alianza entre indígenas y españoles contribuyó la Malinche, la amante de Cortés.

—Fue mucho más que eso. Una mujer fascinante. La primera persona en hablar náhuatl, maya y español. Por eso su intervención como traductora resultó decisiva. Hay quienes la han acusado de traidora, pero yo creo que es un símbolo de la unión entre dos mundos totalmente distintos. Y es maravilloso que ese papel lo desempeñe una mujer indígena. Ella representa el mestizaje, nuestra mayor seña de identidad. Si alguien merece el título de «Madre de la patria mexicana» es ella — concluyó María con cierto orgullo.

—Y, sin embargo, los primeros mestizos que nacieron aquí fueron los hijos de Gonzalo Guerrero, un personaje que me fascina. Su barco se hunde en una tormenta, un grupo de náufragos llega de milagro a la costa de Yucatán, allí una tribu maya los esclaviza y logran sobrevivir únicamente un clérigo y Guerrero. Y cuando, ocho años después, llega Hernán Cortés por primera vez al Caribe y se entera de la existencia de los dos españoles y pretende rescatarlos, el tipo dice que se queda.

—Ya era de aquí —rio María—. Se había casado con una princesa maya y tenía tres hijos con ella.

—Ya… Además, ¿te imaginas la cara de los españoles al verlo tatuado, con aretes en la nariz y las orejas horadadas?

—Peor llevarían que terminara luchando contra ellos.

—Eso es verdad. La paciencia que tuvo que tener el pobre clérigo esos años.

—Sobre todo porque no cayó en la tentación de acostarse con las jovencitas indígenas que le presentaban —comentó María con retranca.

—¡A saber! ¡Eso dijo! Todo ese relato lo sabemos porque es él quien lo cuenta.

—Lo cierto es que aprendió maya y fue, junto con la Malinche, el otro intérprete de Cortés.

—Sí, quizá la historia se hubiese escrito de otra manera sin ella. Y a lo mejor Hernán Cortés no hubiera podido entrar en Tenochtitlán.

—Eso seguro. En aquel asedio, los españoles no representaban ni el uno por ciento de las tropas de Cortés. Los mexicas, una de las tribus aztecas, descendientes de los nahua, no eran muy queridos que se diga entre la mayoría de los pueblos de Mesoamérica, a los que exigían elevados tributos, tanto en especie como en vidas humanas para sus sacrificios.

—Y los teenek también fueron rivales de los mexicas —dedujo David, a quien no le molestaba que ella a veces le explicara cosas que él ya sabía, ya que le encantaba escucharla.

—Más que eso. Los mexicas los trataban con desprecio al considerarlos seres inferiores. Se burlaban de ellos porque decían que iban sin taparrabos y que eran demasiado primitivos.

—No me extraña que viviesen en pelotas, con el calor que hace aquí.

—¡Ja, ja, ja! Bueno, en eso no les faltaba razón, porque les gustaba exhibir su miembro viril para demostrar su capacidad de fecundar. Para ellos tenía mucha importancia el culto al falo. De hecho, este mismo año hemos descubierto en Tamtoc la mitad inferior de la escultura de un gobernante desnudo estupendamente dotado.

—¿No exageras? —preguntó David con sorna.

—El aparato le llega casi a la rodilla.

—No, ya veo que no exageras. Vaya con los teenek.

—¡Ja, ja, ja! Sí. Los mexicas los criticaban, pero luego bien que los usaban para su ochpaniztli. ¿Te suena?

—No recuerdo que eso estuviese en mis apuntes en la universidad — reconoció él.

—Se trataba de un ritual festivo en el que la diosa madre Toci era fecundada por sus huastecos para dar a luz a Cintéotl, el dios del maíz. Se hacía en la época previa a la siembra para garantizar buenas cosechas. A Toci la representaba una esclava, a la que decapitaban y desollaban. Más tarde, un sacerdote alto y fornido se revestía con la piel de la mujer sacrificada para encarnar de nuevo a Toci, ahora regenerada.

—¡Uf! Y los mexicas se llevaban a los huastecos para el ritual.

—O eran huastecos o mexicas disfrazados. La cosa es que bailaban en torno a Toci con enormes falos erguidos de papel.

—Si necesitaban falos de papel es que eran mexicas disfrazados.

—¡Ja, ja, ja! Mira que eres tonto. Lo que está claro es que la fama de la potencia sexual de los teenek iba más allá de la Huasteca. Ya te he hablado de su culto a la fertilidad. De hecho, miran a los blancos y a los mestizos con desdén porque nos toman por incultos debido a que tenemos pocos hijos por culpa de nuestra frialdad.

—Bueno, visto de esa manera… Yo no quise tener ninguno.

—Yo tampoco he tenido hijos, pero porque nunca se dieron las circunstancias. Me encantan los niños.

—Así que los mexicas se consideraban más avanzados que los teenek, y los teenek no nos tienen por muy listos —reflexionó David, sin interés por desviar la conversación—. ¡Y los españoles creyéndonos alguien!

—Bueno, eso no es cosa solo de los teenek —rio María—. En todo México se hacen chistes con la inteligencia, entre comillas, de los españoles.

—¿En serio? ¿Como nosotros hacemos chistes de leperos?

—No te ofendas —respondió ella, sonriente—. Imagino que los primeros emigrantes que llegaron aquí no eran lo más representativo del mundo cultural en España.

—Tendréis queja —protestó él—. Después de la guerra civil, casi toda la intelectualidad española se exilió en México.

—Y mucho bien hicieron a este país.

—Bueno, por ahí vamos mejor —contestó David, más conforme, sin abandonar su tono irónico—. En cuanto a los teenek, tendré que aparentar que no soy demasiado tonto.

—¡Ja, ja, ja! No te molestes, son un encanto. Además, es mejor estar de buenas con ellos. Piensa que, según los mexicas, los teenek cortaban las cabezas de sus enemigos y se bebían su sangre. Ya sabes, para los mayas es el alimento de los dioses.

—¡Uy, sí que es un consuelo!

—¡Eso fue hace cientos de años! —replicó ella, divertida.

—Ya, ya. Y los teenek descienden de los mayas.

—Órale. Y curiosamente son los únicos separados geográficamente del resto. Aquí, en México, los mayas estaban concentrados en el sureste.

—En la península de Yucatán.

—¡Sí! Donde estuviste de enamoradito con tu esposa.

—Exesposa —corrigió David, exagerando la reivindicación de su dignidad.

—¡Perdón! —respondió jocosa María—. También vivían en Campeche, Quintana Roo, Chiapas, Tabasco… Y fuera de lo que hoy es México: en Belice, Guatemala, El Salvador y parte de Honduras.

—Entonces, ¿cómo llegaron aquellos mayas hasta aquí?

—Ese es uno de tantos misterios que encierra la Huasteca. Posiblemente debido a algún cambio climático, o quizá a causa de sus conflictos internos, un grupo emigró a este lugar hace más de tres mil años. Cruzaron el golfo de México y llegaron a la costa, que está a unos doscientos kilómetros de aquí. La Huasteca no es solo potosina, también ocupa parte de los estados de Veracruz, Tamaulipas, Puebla e Hidalgo. Bueno, y un poquitito de Querétaro y Guanajuato. Desde luego, hay que reconocer que supieron elegir bien, porque no podían haber dado con una tierra más fértil que esta.

—¡Uf! Me da que soy un arqueólogo de salón. Y yo presumiendo en Madrid delante de ti.

—¡Ja, ja, ja! En realidad, fuiste adorable. Y también me enseñaste muchas cosas.

—Intuyo que los teenek mantienen sus tradiciones.

—Así es. Lo cual resulta maravilloso, ¿no crees? A pesar de que es un problema para el aprendizaje de los niños, es muy bonito que sigan manteniendo su identidad cultural.

—Me encanta que hables de ellos con tanto cariño —dijo David, aprovechando la ocasión para posar su mano sobre la de ella.

—Es que son una chulada. En muchas comunidades de por aquí todavía hablan únicamente su lengua. Ni siquiera durante la colonización española se los pudo someter, y eso que abrazaron el catolicismo. Todos los pueblos indígenas en México son un ejemplo fascinante de sincretismo. Incorporaron elementos del cristianismo a su cosmovisión, por lo que su religiosidad es muy peculiar, ya que fusionaron lo que les enseñaron sus evangelizadores con sus creencias ancestrales. Fíjate que en algunos lugares, como en San Juan Chamula, en Chiapas, siguen practicando sus ritos en la iglesia. El piso está cubierto de ramas de pino porque es su árbol sagrado, y están convencidos de que su presencia, junto a la luz de las velas, los acerca a Dios. Los chamanes incluso sacrifican animales dentro del templo, especialmente gallinas.

—Tengo entendido que han sustituido a sus antiguos dioses por los santos.

—Claro. Y por Jesucristo y la Virgen María. Les piden lo mismo. De hecho, las imágenes de los santos en la iglesia de San Juan Chamula tienen rótulos que se remiten a figuras veneradas por los mayas. Hay veces que si los santos no cumplen con una petición se los voltea para castigarlos.

—Me parece alucinante.

—Y lo es. Pero, créeme, quien entra se contagia de esa atmósfera.

Nunca he estado en un lugar tan espiritual.

—Hablando de espíritus… Tú crees en ellos, ¿no?

—No irás a decirme que ya has visto alguno —respondió ella, divertida.

—Te he hecho una pregunta, María.

—Ya sabrás que en México celebramos mucho el Día de los Muertos. En algunos sitios de la Huasteca lo llaman el Xantolo. Hay un pueblecito, que me encanta, donde la gente sube hasta el cementerio con la cara oculta tras una máscara, cubriendo el camino con flores de cempasúchil y velas encendidas. Allí se confunden con los muertos, que también van disfrazados. Así bajan bailando todos juntos sin saber quién está vivo y quién no. Ya al anochecer, las ánimas regresan al camposanto siguiendo el rastro de las flores y de las velas —relató la mexicana.

David, perplejo, apuró su cerveza y se quedó mirando a María en busca de un atisbo de broma en su rostro circunspecto.

—Lo peor es que hablas en serio.

—¿Por qué no iba a hacerlo?

—Porque soy muy aprensivo con esas cosas —reconoció él.

—Te contradices. Mucho que platicas que no eres creyente y, luego…,

¿temes a los espíritus?

—Coñe, es que aquí lo tratáis con toda la normalidad del mundo.

—¡No me digas que te hacemos dudar!

—Tampoco es eso.

—Te falta bastante México todavía.

—La chica de la recepción del hotel donde me quedé en San Luis, una joven nahua, me dijo que te encontraría hoy —confesó él con cierta solemnidad.

—Acertó, entonces.

—Ya, solo que un compañero suyo me dijo al día siguiente que esa chica estaba muerta, que la habían asesinado de una puñalada en el cuello.

—¿De veras?

—El problema es que volví a verla y la muchacha me explicó que a su compañero le gustaba gastarle esa broma.

—Y ya no supiste qué pensar.

—¡Le vi la cicatriz en el cuello!

—¿Y qué explicación le das?

—Quiero creer que lo soñé.

—Lo has dicho en un tono muy poco convincente —rio ella, provocando que David mostrase un gesto cómico de contrariedad, lo que aumentó la risa de María ante el regocijo camuflado del español—. No te preocupes. Cualquier día esa chica regresa para sacarte de dudas.

—¿Te diviertes?

—¡Mucho! Eres muy gracioso.

A medida que avanzaba la tarde, la conversación se iba espaciando en el tiempo, como si la inminente llegada de la noche indujera a cómodos silencios a los que ambos se abandonaban sin prisa por irse. Las cervezas fueron derivando en tequilas, que llegaron acompañados de unas enchiladas con cecina y de unos tacos de chicharrón.

Cuando la oscuridad acabó por invadir las montañas, la luz de las velas esparció su trémula calidez por la cantina. Fuera, una fina lluvia caía con desidia sobre las sombras. Con frecuencia, David se quedaba observando cada detalle del rostro de María durante más rato de lo que le dictaba su prudencia, a la que empezaba a hacerle caso omiso, tal vez por la influencia de los tequilas, mientras le acariciaba los dedos con delicadeza. Entonces, ella le sonreía y le aguantaba la mirada sin rubor, expectante; a veces, incluso le apretaba la mano casi sin darse cuenta, como apremiando un beso que no terminaba de llegar. Quizá porque David buscase prolongar aquellos momentos de plena felicidad sin arriesgarse a que un fracaso los volatizara en el aire húmedo de la noche.

Salieron de la cantina con la certeza de que ninguno olvidaría aquella tarde. Ya en la calle, aceleraron ligeramente el paso para enfrentarse a la llovizna que seguía cayendo con suavidad.

—En Cantabria, a esta lluvia le decimos calabobos.

—¡No marches! Mi abuelo Paco la llamaba mojapendejos. Siempre me guiñaba un ojo cuando usaba alguna palabra malsonante, como si fuese un niño travieso. Bueno, en realidad, le encantaba guiñarme el ojo por cualquier cosa, sobre todo si hacía algo a espaldas de mi abuela para agradarme —comentó María, rememorándolo con cariño.

Llevaban la intención de llegar hasta su coqueto hotelito. Sin embargo, por los marcos azules de las puertas de la bonita cantina de la esquina se escapaban los sones de una melancólica balada de rock que los incitó a entrar con solo mirarse a los ojos.

El local tenía un aspecto rústico, con las paredes de piedra y las vigas de madera. Una hilera de lamparitas que se alternaban con las macetas que colgaban por encima del mostrador le conferían una luz cálida que contribuía a dotarlo del aire acogedor del que hacía gala ante una concurrencia bohemia que disfrutaba de un grupo que, sobre un pequeño escenario, interpretaba Triste canción, uno de los temas más populares de El Tri, la legendaria banda de rocanrol mexicana liderada por el genuino Alex Lora, al que se estaba rindiendo homenaje.

Al encontrarse todas las mesas ocupadas, María y David se sentaron en dos taburetes libres junto a la barra. Ella pidió directamente dos tequilas y una botellita de agua mineral que se dispuso a abrir con cuidado. En un gesto de caballerosidad, ya que creía que le estaba costando quitar el tapón, David le arrebató la botella con sutileza de las manos y la desenroscó con un giro seco, de modo que provocó una pequeña explosión del gas acumulado, con lo que el agua salió a presión, empapándole la cara y la camisa. Al verlo, a María le dio un ataque de risa.

—¡¿Qué es esto?! —preguntó David, confundido.

—¡Agua de Lourdes! —consiguió decir ella, desternillada, mientras le secaba los ojos con una servilleta de papel.

—En la etiqueta dice que es agua mineral.

—Y eso es. ¡La mejor que existe! La envasan aquí, en San Luis Potosí.

Ustedes la llaman agua con gas.

—Joder con el gas —protestó él—. Esto es un cóctel molotov.

—Por eso hay que abrirla despacito, girando el tapón de un lado a otro para que se vaya escapando el primer golpe de gas —explicó María sin dejar de reír. Y cuanto más miraba el gesto enfurruñado de David, más se reía.

—¿Por cosas así decís que los gachupines no somos muy listos?

—¡No! —respondió ella—. Le pasa a todo el mundo.

—No valen las mentiras piadosas.

—Bueno…, un poco torpe eres a veces, pero me divierto mucho contigo —le contestó María, haciéndole una carantoña en la mejilla.

—Ya… —concluyó él, no demasiado convencido.

En ese momento, alguien del público elevó la voz para solicitar Vino y mujeres al cantante, ante el regocijo de sus acompañantes, que jalearon la elección.

—¿Conoces la canción? —le susurró María a David.

—¿Debería?

—Bueno…, en Madrid quisiste impresionarme con un tema de José Alfredo.

—Pero esto es un rock. No puede ser suyo.

—Pues verás, treinta años después de su muerte, el hijo de José Alfredo le pidió a Alex Lora que le pusiera música a una letra que su padre dejó escrita en una servilleta de papel.

—Me encantan esas historias —reconoció David.

Ambos interrumpieron su conversación para prestar toda su atención al líder de la banda, que comenzó a cantar Vino y mujeres imitando el peculiar estilo de Alex Lora, además de su vestimenta, ya que llevaba una cazadora de cuero llena de parches y una camiseta negra con la imagen de la Virgen de Guadalupe.

—¿Qué te ha parecido? —quiso saber ella cuando el grupo tocaba los últimos acordes del tema.

—Que es una señal.

—¿Señal de qué?

—Nadie como José Alfredo le ha cantado al amor, y sobre todo al desamor, con tanto sentimiento.

—¿Y?

—Que estoy loco por ti. Como no sabía que se podía.

Por un instante, María se mantuvo en silencio, sin saber muy bien qué responder. Pero debía reconocer que se sentía atribulada.

Las primeras notas del siguiente tema le proporcionaron un asidero momentáneo al que aferrarse.

—Escucha esta. También es un rolón —le susurró ella, a tan corta distancia que percibió el aliento impaciente de David.

La voz rasgada del solista ya interpretaba la primera estrofa de Pobre soñador cuando María correspondió a la declaración de su pretendiente con un beso en los labios, primero con dulzura y, a medida que lo prolongaban con la boca abierta y las lenguas entrelazadas, con atisbos de deseo. En tanto que ella se dejaba llevar, David se sentía flotar. De algún lugar entre las nubes y su cordura le llegaba a los oídos aquella melodía en

la que un enamorado comparaba a su amada con un sueño del que nunca quería despertar.

Terminaron de escuchar aquella preciosa canción con un recogimiento casi religioso, lanzándose destellos apasionados con la mirada. Cuando se dieron cuenta de que ninguna palabra sería capaz de mejorar el silencio húmedo de sus besos, optaron por marcharse, sin importarles ahora que la lluvia los mojara durante el corto trayecto hasta su destino, como si quisieran tomarse unos instantes para pensar en lo que estaba por venir. Pero, en el fondo, ambos sabían que todavía no era momento de despedirse. Al llegar a la altura de su habitación, en la planta baja, muy cercana a la verja de la mansión, David aguardó unos segundos a la espera de la reacción de María.

—¿Vas a invitarme a entrar o prefieres que sigamos viendo llover? — susurró ella con dulzura.

Perturbado por el tequila y sus sentimientos, David empujó la puerta con una sonrisa emocionada en el semblante y le franqueó el paso, para a continuación seguirla casi a oscuras hasta la cama.

Esa noche ambos se entregaron como si estuviesen aprendiendo a amar. Durante horas sus bocas ansiosas se buscaron a la desesperada en tanto sus manos cubrían con caricias urgentes sus cuerpos armonizados, inmersos en una deliciosa molicie, hasta que se abandonaron al sueño, embriagados por el aroma con que el deseo había impregnado su piel.

Estaba a punto de amanecer cuando David percibió una presencia extraña en la habitación. Sin atreverse a asomar la cabeza, casi oculta bajo las sábanas, ni, por supuesto, a advertir a María para no parecer un cobarde, se imaginaba al fantasma de sir Edward James paseando por sus aposentos. Durante unos instantes estuvo tratando de controlar la respiración y de autoconvencerse de que sus miedos, producto de la sugestión, eran infundados. Pero su curiosidad resultó más atrevida que su temor y terminó por levantar despacio los párpados.

Su grito de terror despertó a María.

A menos de un palmo de su cara, dos enormes ojos azules le contemplaban sin pestañear.

—¿Qué ha pasado? —preguntó ella, desconcertada. Sin embargo, al darse cuenta de la situación, le dio un ataque de risa—. ¡Edward! ¿Cómo te has colado aquí dentro? —le preguntó al gato, el cual pareció darse por aludido y se marchó parsimonioso por una pequeña abertura de la ventana.

—¡Joder, qué susto! —dijo el español teatralizando el gesto al máximo

—. ¿Se llama Edward? No me fastidies. No, si sabía yo…

—¡Por supuesto! Y la gatita, Leonora. ¡Eres un coyón!

—Esa palabra no la había oído jamás, pero si es lo que me imagino, lo reconozco. Soy un poco cobarde para ciertas cosas. Y, por cierto,

¿duermes siempre con un pie fuera de la sábana?

—Me gusta, sí —respondió ella sin dejar de reír—. ¿Tienes algún problema con eso?

—No sé cómo puedes. Imagina que alguien te lo toca en mitad de la noche.

—No hablas en serio, claro —conjeturó María divertida—. ¿Quién iba a hacerlo, si no hay nadie? ¡Ah, ya! Alguno de esos espíritus que pululan a oscuras.

—Mucha risa.

—Yo le tengo más miedo a los vivos que a los muertos. Anda, vamos a descansar un rato más, que aún es pronto. De verdad que me río mucho contigo —le dijo ella antes de besarle dulcemente en los labios y quedarse dormida de nuevo.

El gesto de su amante lo sosegó, más aún al contemplar el perfil de su rostro mientras la tenue luz del incipiente amanecer se posaba en su pecho desnudo. Y, por primera vez en su vida, a David le invadió la necesidad de llorar de felicidad. Embelesado con la belleza serena de María, se dejó seducir por el sueño, arrullado por una sensación de bienestar que nunca antes había experimentado.

VIII

Acostado en su camastro de la residencia habitada por la familia Elío Bernal, con su viejo ejemplar del Quijote en las manos, como cada noche, Mateo Llamazares recordaba perfectamente la última vez que había podido dormir sin tener que permanecer en estado de alerta. Para ello debía remontarse al 17 de julio de 1936, un día antes de que comenzase la guerra en España tras el golpe militar liderado por el general Franco. Esa tarde había salido a dar una vuelta con sus amigos con la certeza de que se encontraría con Ana y sus primas en el paseo que iba del Palacio de la Magdalena hasta la playa del Sardinero. Hacía ya casi un mes que sus miradas habían chisporroteado por primera vez al verse frente al elegante edificio del casino y, desde entonces, cada viernes ambos deambulaban por sus inmediaciones al caer el sol con intención de buscarse. Pero, cuando se cruzaban, los dos jóvenes se limitaban a sonreírse ante los cuchicheos de las muchachas que acompañaban a Ana y las chanzas de los amigos de Mateo. No fue hasta aquella tarde cuando el muchacho aprovechó los breves instantes en que la niña de sus ojos se quedó rezagada acariciando una graciosa perrita yorkshire para acercarse a presentarse, disimulando a duras penas su vergüenza.

—Hola, me llamo Mateo.

—Yo soy Ana.

—Es un nombre muy bonito —dijo él casi tartamudeando.

—Gracias —respondió ella, ruborizada con tan torpe requiebro.

—A lo mejor nos volvemos a ver pronto.

—A lo mejor, sí…

—Mañana a las siete estaré en la escalera de Correos.

—Debo irme. Mis primas me están esperando —contestó la muchacha, carialegre, haciéndose la desentendida—. Encantada, Mateo.

Esa noche, al joven le costó conciliar el sueño, tanto por haber descubierto la dulzura de la voz de Ana mientras observaba su precioso rostro iluminado por la luz del atardecer junto al mar como por la incertidumbre que le producía no saber si ella acudiría a la cita del día siguiente. Sin embargo, andaba ilusionado. Algo en su interior le decía que ella le correspondía en cierta manera. Y con ese pensamiento se quedó dormido plácidamente, sin sospechar los sobresaltos diarios que le aguardaban en los próximos años.

Volvía a recordar esos momentos felices en Santander cuando procuraba dormitar en el pequeño cuarto en que estaba instalado, ya en la tercera casa que Indalecio Prieto, después de los incidentes acaecidos en las anteriores, había buscado para la familia Elío Bernal en apenas unos meses. En los últimos días sentía una angustia desconocida hasta entonces, provocada por la soledad y el desarraigo. A medida que pasaban las semanas, veía más difícil que su familia consiguiera huir de Francia a pesar de las promesas de Prieto; y tampoco le parecía sencillo seguir algún rastro que le condujese hacia Ana. Únicamente le sosegaban los ratos que encontraba para leer y para contemplar el retrato de su amada mientras se aferraba a la concha que ella le regaló, ya desgastada por las caricias de sus dedos. Aquel gesto cobraba un significado especial en la distancia porque, de algún modo, ese objeto pertenecía a las playas de su niñez. Y cuando el eco de los recuerdos de aquellos días en su humilde barrio santanderino le avivaba la nostalgia, anhelaba volver a reunirse con sus seres queridos para dejar de sentirse extraño en su propia piel y poder, por fin, echar raíces en aquella tierra fértil que le había acogido.

Tras los anteriores intentos fallidos por hallar una casa segura para el

tesoro, esta vez Indalecio Prieto sí creía haber dado con un buen escondite en el que ocultarlo hasta terminar de convertirlo en dinero. Se trataba de un chalecito muy lindo de la selecta colonia Nápoles ubicado en la calle Montecito, muy corta y poco transitada, frente al gran parque de la Lama, con lo que no solo quedaba alejado de las miradas curiosas, sino que además se hacía menos complicada su vigilancia. De hecho, nada más concluir la fase de transformación de las piezas de plata y oro en lingotes, Prieto había prescindido de los servicios de un par de hombres.

Ahora, en el nuevo chalet, donde la familia Elío Bernal seguía actuando de tapadera, le restaba afrontar la tarea de desengarzar las piedras preciosas de las alhajas, con el propósito de que nadie pudiese

identificarlas en un futuro, y dar con un comprador mayorista que pagara un buen precio por aquella impresionante colección de brillantes, zafiros, esmeraldas y diamantes. Pero, debido a que las perturbaciones de la guerra habían invalidado los mercados europeos más importantes, Prieto había optado por tomarse la labor de la venta con parsimonia y dirigir sus ojos hacia Nueva York, el único lugar en el que parecía factible colocar las piezas; y además hacerlo de forma gradual para no saturar el escaso mercado existente, con el fin de evitar una devaluación excesiva de la mercancía. De ahí que hubiese iniciado contactos con Isidore Lipschutz, presidente del Sindicato Belga de la Industria del Diamante y de la Unión Internacional de las Organizaciones de Diamantistas, quien acababa de emigrar a Estados Unidos ante la amenaza del nazismo, ya que se había convertido en una figura muy apreciada en los círculos sionistas. Sin embargo, Prieto no tenía prisa por realizar aquellas transacciones, máxime en esos momentos en que no le faltaba liquidez al haber vendido ya todos los lingotes al Banco de México.

En esos días, las malas noticias llegaban principalmente desde Francia, porque los alemanes ya ocupaban París y los exiliados habían tenido que huir en masa y a toda prisa de la capital francesa hacia un destino incierto. A Prieto le preocupaba la suerte que podían correr sus correligionarios, expuestos a ser capturados y enviados de nuevo a España, donde les esperaría con toda seguridad un pelotón de fusilamiento; y también la de Luis Nicolau d’Olwer, el presidente de la Junta de Auxilio a los Republicanos Españoles, a quien había enviado elevadas cantidades de dinero para atender las necesidades de los muchos republicanos que aún permanecían en territorio galo, y del que carecía de información desde que su amigo Luis I. Rodríguez, el embajador mexicano enviado a Francia por el presidente Cárdenas con la misión de proteger a los refugiados españoles, le hubiese enviado un telegrama unas jornadas atrás:

Nuestro común amigo, Nicolau d’Olwer, me ha encomendado la custodia de un paquete con valores y documentos que he de entregarle en el caso de que le tocase morir (palabras textuales). No ha querido que le diese ningún recibo por temor a que le pudiera comprometer si fuese apresado. Sale de París con las multitudes, inconsciente de su destino. Ministro Rodríguez.

Dadas tan adversas circunstancias, Prieto poco podía hacer por mejorar la situación de los refugiados españoles en Europa salvo interesarse por ellos

y esperar a que llegaran noticias más favorables que le permitiesen seguir enviando dinero para socorrerlos. Así que, obligado por la situación, tenía que centrar sus esfuerzos en la ardua labor que aún le quedaba por delante en México. Lo que ahora le urgía era desprenderse de una manera discreta de los desechos acumulados en la transformación de las joyas en lingotes, abandonándolos en algún lugar donde jamás pudieran ser encontrados.

Para aquella delicada tarea, Prieto debía recurrir a sus hombres de mayor confianza, aunque tuviera que estar un par de días sin la ayuda de Enrique Puente y tampoco le quedase otra alternativa que permitir la marcha de Mateo Llamazares después de encargarle esa última misión, ya que prefería dejar de retenerlo por más tiempo a que el muchacho llegase a cometer alguna imprudencia provocada por sus ganas de irse.

—Les he llamado porque tienen que realizar un trabajo decisivo —les dijo el político asturiano, acentuando su tradicional solemnidad—. Ya saben lo cerca que han estado nuestros enemigos de descubrirnos varias veces. Por eso es de vital importancia que hagamos desaparecer de un modo definitivo los restos inservibles de las joyas sin que nadie se entere.

—Puede contar con nosotros, señor —apuntó Puente, en tanto el santanderino asintió con la cabeza, prácticamente obligado al sentirse observado.

—Lo sé. Si no, no estarían aquí. Le he dado muchas vueltas al asunto y he llegado a la conclusión de que es preciso alejar ese material de la ciudad y esconderlo a conciencia.

—¿Hasta dónde quiere que lo llevemos? —se interesó su acólito gallego.

—¿Han oído hablar del Nevado de Toluca?

—¿El volcán? —preguntó Mateo sin disimular su asombro.

—Eso es. Pero no se preocupen, porque no entra en erupción desde hace miles de años.

—Lo que no quiere decir que esté inactivo —apuntó el santanderino.

—¡Ya, hombre! Ya sería mala suerte que despertara justo ahora. Dentro del cráter hay dos lagunas de agua helada. Si arrojan allí los desechos, dudo que nadie los encuentre nunca.

Los dos hombres se miraron brevemente intentando ocultar su estupor. Les parecía una idea descabellada y peligrosa; no obstante, también sabían que la astucia de Prieto le permitía evaluar los riesgos con cierto sentido común.

—No se preocupe. Nosotros nos encargamos, Don Inda —resolvió Puente mientras Mateo se mostraba cabizbajo.

Al ver el gesto dubitativo del muchacho, el político asturiano empleó un tono casi embaucador.

—He conseguido que su familia se embarque en el Cuba. El barco está en Burdeos esperando la ocasión de zarpar. Se prevé que sea en dos o tres días, lo más probable que este mismo sábado. Ellos están hospedados ya en una de las fondas del puerto. En la expedición viajarán otros paisanos suyos, como la periodista Matilde de la Torre. Es muy amiga mía desde su época de diputada. Su destino es Santo Domingo, pero una vez allí será más sencillo traerlos a México.

Invadido por una ilusión repentina e inusitada, a Mateo le costó articular palabra. Ante esas circunstancias, le resultaba imposible negarse a subir al Nevado de Toluca. Se sentía tan feliz que podía incluso escalar el Everest, algo que nadie había logrado hasta entonces.

—¡Muchísimas gracias, señor! —respondió el santanderino expresando sinceramente su alegría—. Partiremos en cuanto nos lo pida.

—¡Perfecto! Yo creo que mañana mismo. No se preocupen, porque tengo entendido que la cosa no es tan complicada como parece a primera vista. Si no estoy confundido, hay caminos forestales que llegan muy cerca del mismísimo cráter. Imagino que, con su pericia al volante, podrán transitarlos sin demasiada dificultad, teniendo en cuenta que en esta época ya no debería nevar. El problema con el que puede que tengan que enfrentarse quizá sea el del mal de altura.

—Estoy acostumbrado a caminar por los Picos de Europa, señor — replicó Mateo, eufórico.

—Los Picos de Europa de su tierra ya tienen la misma altitud casi que esta ciudad.

—Pues por eso mismo, señor, ya estamos aclimatados a México.

—No se fíen. Esas lagunas están todavía a unos dos mil metros más arriba.

—No será tan complicado llegar —volvió a contestar Mateo, en un estado de felicidad que no se molestaba en disimular.

—Llamazares tiene razón. Todo saldrá bien —intervino el gallego, algo molesto por el entusiasmo que mostraba su compañero.

—Les agradezco infinito su colaboración. Llamazares, en cuanto regrese puede marcharse. Sé de su interés por encontrar a esa muchacha.

Tal vez consiga averiguar algo antes de que llegue su familia. Ahora, si me disculpa, tengo algunos temas que tratar con Puente.

Lo que Prieto quería tratar con su subordinado era la ampliación de esa especie de contrato tácito que mantenían a cambio de una importante remuneración. Mateo quedaba al margen de todo aquello porque nada valía más que su libertad, aunque no hubiese ahorrado más que algunos centenares de pesos, suficientes para afrontar el alquiler de una modesta vivienda para su familia por unos pocos meses.

El muchacho consiguió reprimir su emoción a duras penas al despedirse. Pero, en cuanto salió a la calle, lejos de cualquier mirada, dejó escapar unas cuantas lágrimas, contenidas durante demasiado tiempo.

9

Hacía más de una hora desde que María se despertara y dejara a David durmiendo plácidamente en la cama en la que habían compartido risas e intimidad sin pudor alguno, con una naturalidad que a la arqueóloga le pasmaba, como si hubiesen estado siempre juntos. Y, por más que le buscaba una explicación lógica, lo único que se le ocurría era la posibilidad de que ambos hubieran coincidido en otra vida, lo que no le parecía demasiado racional.

Después de correr a buen ritmo durante cuarenta minutos para ordenar ideas y, de paso, combatir los excesos del día anterior, se había bañado en su cuarto para luego ayudar en la cocina a pelar y cortar en pequeños trozos unas piezas de mango, de tuna y de durazno, que dispuso en dos boles en tanto Gaby y una joven lugareña, que no dejaba de sonreír en silencio al escuchar los chismes de las dos amigas, preparaban la salsa de jitomate y chile serrano con que bañarían las tortillas de maíz, ya dispuestas en un viejo comal, sobre las que estrellaron unos huevos, que terminaron acompañando con frijoles y guacamole.

—Esto está ya casi listo —informó Gaby.

—Anda, avisa al gachupín. Me dan ansias hacerlo yo —le rogó la arqueóloga.

—Sí, sí, puedes llamarlo gachupín para fingir que no te importa, pero ese brillo que tienes en los ojos es nuevo para mí. Y creo que también para ti —respondió con sorna la dueña del hotel.

—Déjate de tonterías y llámalo, por favor —le insistió María, para a continuación darle un cariñoso abrazo.

Le sonrió al verlo entrar en el coqueto comedor, en el que ya lo aguardaba sentada. David se acercó para acariciarle fugazmente la cara mientras le daba un beso en la frente. Aquel gesto, inocente en apariencia, terminó por desarmarla. En su carrera matutina había elucubrado con la

estúpida hipótesis de que aquel romance pudiese convertirse en algo más sólido. En que, quizá, llegaba la hora de dejar atrás esos amores líquidos en los que, más que una relación estable, se buscaba un afecto temporal, sin implicación ni profundidad, como si se tratara de una conexión controlada en la que se pudiese pulsar la tecla de suprimir en cualquier momento sin ningún cargo de conciencia.

Pero no pretendía engañarse ni crearse ridículas ilusiones. David le había dejado muy clara en Madrid su apología de las relaciones abiertas, y eso era algo que ella debía asimilar. Lo cierto es que andaba hecha un lío. De un lado, desaprobaba la filosofía amorosa del español y, de otro, tampoco quería renunciar a lo que estaba viviendo. Y pensó que, tal vez, en eso consistía el método, premeditado o no, de aquel güey que le venía robando demasiados pensamientos: servirse de ese tipo de dilemas para avanzar en sus conquistas efímeras. Acaso fuese mejor así, y que se mantuviese una cierta superficialidad para no exponer sentimientos que pudiesen terminar dañados. De esa manera no tendría remordimientos a la hora de seguir ocultándole hechos transcendentales en su vida, como la muerte de sus padres, de la que no le gustaba hablar; o su verdadera vinculación con Santander.

—¡Qué preciosidad de mesa! —dijo David, deslumbrado por el colorido de la fruta y de los huevos rancheros, servidos en vajillas no menos vistosas.

—En México los desayunos son todo un ritual —le aclaró María.

—No me cabe duda. Aunque lo mejor de esta ceremonia es su sacerdotisa.

—Mira que eres bobo.

—Sí, muy bobo, pero estoy aquí, a tu lado, después de una noche…

—No es necesario que entres en detalles —le interrumpió ella.

—Perdón. Es que confieso que me siento enajenado, como si formara parte de un sueño.

—Eso es por esta delicia de entorno, y porque estar tan lejos de tu casa provoca cierta sensación de irrealidad —afirmó María, sirviéndole café de olla en su taza.

—No sé yo… ¿No me estarás echando en la bebida alguna de esas hierbas vuestras que usáis para enamorar en estos lares y que pueden provocar delirios?

—¡Órale! ¡Me has pillado suministrándote toloache! —ironizó ella, resignada—. Vamos a ver, menso: ¿qué necesidad tendría yo de enamorarte? Te crees muy muy, ¿no?

—¿Muy qué?

—Solo muy muy, así se dice.

—¿Por partida doble? En todo caso, muy, pero que muy inconsciente por estar aquí, eso sí —rio David—. ¿Seguro que este café no lleva toloache?

—Lleva algo aún más efectivo: canela y piloncillo.

—Ya decía yo que me sentía hechizado. ¡Y yo que estaba convencido de que era por tu cara bonita!

—¡Pero si estoy a cara lavada! —protestó ella.

—Pues con más motivo, aunque puede que algo de razón tengas. Este lugar es mágico.

—Es que esta casa está bien chida. Es única. Tanto por su genuino diseño como por la historia que encierran sus paredes. ¿Ya viste el mural del pasillo?

—¿El de la hembra de minotauro? Alucinante. Y también la foto de Leonora Carrington mientras la dibujaba. Me resulta increíble estar en el mismo sitio que ella. ¿Sabes que estuvo internada en un psiquiátrico en Santander?

—¿Hay algo que no haya sucedido en Santander? —respondió María con retranca.

—Bueno, uno tira siempre para la tierruca —replicó David, simulando enfurruñamiento.

—Fue un triste pasaje en su vida. Se trastornó después de que los nazis se llevaran al pintor Max Ernst, su amante de entonces, a un campo de concentración y de que luego unos soldados franquistas la violaran en Madrid al poco de finalizar la guerra española. Sus propios padres ordenaron tratarla en ese sanatorio en Santander. Allí la ataban desnuda en una cama y le inyectaban cardiazol, un fármaco que tiene efectos similares al electroshock. Ambos causan convulsiones cerebrales. Salió de la clínica gracias a la intervención de un pariente médico que, casualmente, trabajaba en el hospital más grande de la ciudad.

—¿En Valdecilla?

—Sí, en Valdecilla —corroboró ella—. De Santander marchó a Madrid, siempre bajo custodia. Sus padres quisieron internarla en otro

sanatorio en Sudáfrica, pero ella se escapó en Lisboa antes de embarcar y se refugió en la embajada mexicana hasta que consiguió llegar aquí. Escribió un libro tremendo sobre aquella experiencia para quitarse la angustia, pero es lógico que ahora no le guste recordarlo.

—¿Cómo sabes eso? ¿La has tratado?

—Un poco, sí. Es conocida de mi familia. Mi abuelo materno aún la visita, de vez en cuando, en su casa de la colonia Roma. Y no creas que a mi abuela le hace mucha gracia.

—¿Celosa?

—Imagino, aunque estoy segura de que sin motivo alguno.

—¿Cómo está? —se interesó David.

—¿Leonora?

—Sí, Leonora. Espero que tus abuelos se encuentren bien.

—Muy grandes ya, sí. Lo bueno es que aún se valen por sí mismos, incluso para viajar. ¡Y muy lúcidos! Igual que Leonora, solo que ella sigue igual de cascarrabias que de costumbre… ¡O más, si cabe! —respondió María, sonriente—. Quien está mal es su marido, que se pasa la vida frente al televisor, absorto, sin hablar ni con la misma Leonora, que se preocupa en cuidarlo.

—¡Qué penita!

—Sí. Chiki fue un prestigiosísimo fotógrafo, y ya ves. Imagino que toda la persecución que sufrió por parte de los nazis dada su condición de judío terminó por pasarle factura. Jamás quiso ausentarse de México por miedo a volver a ser apresado, ya que no se creía que los alemanes hubiesen sido derrotados. Y hace tiempo que ni siquiera sale de su casa.

—Y eso lo sabes por tu abuelo —comentó David, aprovechando la coyuntura para intentar averiguar algo más sobre la familia de María.

—Sí. Él todavía frecuenta ese círculo porque había mantenido una muy buena relación con Remedios Varo, una de las mejores amigas de Leonora. Por desgracia, Remedios murió antes de cumplir los cincuenta y cinco, aunque dejó una interesantísima obra pictórica. Y algo escrito, también. Me encanta su extravagante sentido del humor. Se inventó una receta para provocar sueños eróticos que es un delirio genial. ¿Te suena?

—La verdad es que no.

—Te la tengo que buscar para que la leas con detalle. Pero te avanzo que hay que quitarles las plumas a tres gallinas blancas y adherirlas a una

cama untada de miel antes de dejar unos hígados de ternera en la almohada

—explicó María entre risas.

David no dejaba de mirarla con admiración, atribulado por su belleza y su inteligencia, sin poder asimilar toda la información que ella le proporcionaba.

—¿Y acostarse luego encima?

—Se supone, claro.

—Solo espero que no se te ocurra hacer eso en mi presencia.

—¿No quieres tener sueños eróticos? —preguntó ella, risueña.

—No suelo responder a preguntas trampa —comentó él, siguiendo la chanza—. La verdad es que la relación entre ellas tuvo que ser muy entretenida.

—Se lo debían de pasar padrísimo, sí. Puedo imaginar la tristeza de Leonora cuando murió Remedios. Supongo que se refugiaría en los pocos amigos que le quedaban y en su obra. Por aquella época pintó El mundo mágico de los mayas, un mural para el Museo Nacional de Antropología. Y después se vino aquí.

—A pintar la hembra de minotauro. Surrealismo en su máxima expresión.

—Ella se considera más feminista que surrealista. Dice que los integrantes del movimiento surrealista únicamente veían a las mujeres que los acompañaban como musas alocadas y sensuales; y pretendían que ellas se limitaran a entretenerlos y atenderlos. Y eso que André Breton, el fundador del surrealismo, la respetaba mucho; de hecho, la llamaba la embajadora del otro lado, al haber conseguido regresar del mundo de la locura, donde debió de presenciar criaturas y paisajes fantásticos. Leonora me contó que, mientras trabajaba en la minotaura, no pensaba en crear una obra surrealista, sino solo en divertirse. La pintó en una de sus estancias en Xilitla, en 1965, después de que hiciese las paces con sir Edward James tras unos inicios turbulentos porque ella se sintió ofendida por el precio que él le había ofrecido al principio por su obra. Desde luego, el tío Eduardo, como lo llama Gaby, era un millonario excéntrico, pero con una visión prodigiosa para el arte. Fue mecenas también de Magritte, de Dalí o de Picasso. Aunque estoy segura de que, principalmente, será recordado por su jardín escultórico. Nunca vi nada más surrealista, ni creo que exista.

—Surrealista es que Leonora la pintara en el año que nacimos justo aquí. ¡Es una señal!

—¿Señal de qué? —rio María.

—De que los astros se alinearon para que nos encontráramos en este lugar.

—¿Siempre buscas llevar las cosas a tu terreno?

—Bueno, al menos lo intento.

—Déjate de tonterías, anda.

—¿Tú no crees en las señales?

—El que no crees eres tú. O eso me hiciste ver hace unos días cuando platicamos.

—Pero eso fue en Madrid. Y ahora estamos en México.

—¡Si no llevas ni una semana! ¿Y ya has cambiado de opinión?

—Pues sí, por raro que te parezca.

—Tu labia sí que me sorprende, eso lo reconozco. Y, aun así, no me fío de ti.

—¿No vas a darme la oportunidad de demostrarte que jamás he sido más sincero?

—¡Tendrás queja de cómo te estoy tratando! Mira, para que veas: ¿qué piensas hacer hoy?

—No perderte demasiado de vista, si es posible.

—¡Uf, señor! ¿Siempre eres tan…?

—¿Romántico?

—Yo diría, más bien, zalamero.

—No. Y confieso que es algo que a mí mismo me sorprende. Sobre todo porque tengo necesidad de decirte cosas bonitas a cada instante. ¡Y mira que me callo muchas!

—¡Uf, menos mal! Entonces, ¿te apetece que vayamos en un rato a ver el jardín de sir Edward James? Hay que dar un largo paseo, pero merece la pena, a pesar del calor.

—¡Me encantaría! —exclamó él, mirándola en silencio durante algunos segundos, que a ella le inquietaron. Desde luego, cualquier plan con María se le antojaba absolutamente maravilloso.

En su fuero interno, David pensaba que la amena conversación de aquella increíble mujer era su recurso para no tener que hablar de sí misma, lo cual intensificaba su aura de misterio, pero también le frustraba, porque su interés por conocerla mejor se veía refrenado. Percibía que, a veces, ella le contaba las cosas sin entrar en detalles, probablemente porque eso implicaba hacer comentarios alusivos a su familia. Y albergaba

la sensación de que pretendía evitarlos por algún motivo que él no llegaba a comprender.

Tampoco a María se le escapaba que los silencios de David escondían sus cavilaciones. Estaba segura de que él solía callar ante ciertos temas por prudencia. No resultaba lógico que no le preguntara por sus padres. Para eso solo cabía una explicación: que ya supiera lo que les había ocurrido y estuviese esperando a que ella se lo contara. Y ahora le parecía una estupidez ocultárselo. Se lo tendría que haber dicho en Madrid cuando él le habló de la muerte de su madre. Pero ello hubiese implicado revelarle que eran arqueólogos, lo cual no consideró conveniente en aquel momento por su afán de preservar su anonimato, habida cuenta de que se acababa de llevar las piezas en las que él andaba trabajando. Además, jamás imaginó que podía implicarse emocionalmente de ese modo, y menos en tan pocos días.

Rumiaba estos pensamientos de camino al jardín escultórico. Habían dejado atrás las empinadas cuestas del pueblo y ya transitaban, bajo un calor sofocante, por unos senderos de tierra que se abrían paso entre frondosos árboles centenarios. María estaba dispuesta a afrontar el tema cuando se toparon con un muchacho que despachaba helados sobre un rústico carrito de metal cubierto por un tablón de madera desgastado, atado con una cuerda verde deshilachada.

—¿Una nieve? —preguntó ella ilusionada.

David frunció el ceño, fijándose en aquel puesto tan rudimentario. Le llamó la atención que María se mostrase dispuesta a tomar algo allí.

—No sé.

—¿Te dan ansias? —rio ella.

—No, no. Es que no sé si me apetece mucho.

—¿Con este calor? ¿Eres también coyón para esto?

—No soy cobarde. Solo aprensivo y un poco hipocondriaco.

—¿De veras? En México, comer cualquier cosa en la calle forma parte de nuestra cultura. Así que tienes dos opciones: perderte estas delicias o dejarte de remilgos.

—Si ya probé un elote en Ciudad Valles —se justificó David.

—¡Ese es un buen comienzo! Ya te queda menos para comer un buen taco de aguacate con chapulines o escamoles salteados con mantequilla y epazote. Están deliciosos.

—¿Esos son insectos?

—Constituyen una fuente padrísima de proteínas, fibra, minerales y vitaminas. Los chapulines son una especie de pequeños saltamontes y los escamoles son las larvas de las hormigas. Le dicen el caviar mexicano — explicó ella, regocijándose por la cara de repugnancia del español.

—Creo que, de momento, prefiero una nieve.

—No es obligatorio.

—Quiero una nieve —repitió David, muy digno.

—Pareces un escuincle enfurruñado —rio María.

El muchacho, que escuchaba divertido la conversación porque no estaba acostumbrado al marcado acento de aquel tipo tan curioso, les preguntó por el sabor que preferían: tamarindo, mango o guanábana.

—De mango, por favor —solicitó él, que prefirió optar por lo seguro.

Con suma destreza, el joven enjuagó la cuchara en un pequeño recipiente con agua y quitó la tapadera de paja de una de las barricas, donde guardaba un cubo protegido con trapos mojados, para, a continuación, extraer un par de bolas de helado que colocó en una hoja de papatla en forma de cucurucho antes de dársela a David, quien no pudo disimilar su asombro.

—Yo, de tamarindo —pidió María.

El muchacho repitió la operación, orgulloso de ser el centro de atención de sus distinguidos clientes, y especialmente del extranjero.

—¿Chile? —preguntó el joven xilitlense con un salero en la mano.

—¿Chile? —repitió el español, casi por inercia, perplejo.

—¡Claro! Está a todo dar —respondió ella, feliz, mientras el nevero espolvoreaba el helado, que luego le ofreció.

En cuanto entraron al jardín, David se contagió del misticismo del lugar. María lo observaba de reojo sin querer darle explicaciones para que él mismo fuera descubriendo el fascinante mundo creado por sir Edward James entre los sonidos que emitían los animales sobre el murmullo continuo de las cascadas, cuyas aguas caían con serenidad en bellísimas pozas cristalinas. En ese entorno privilegiado, dominado por una vegetación exuberante, el excéntrico inglés había construido más de una treintena de estructuras monumentales que, mimetizadas en la selva, desafiaban la lógica y la gravedad. María adivinaba un brillo de perplejidad y admiración en la mirada de David, lo que le hacía sentirse orgullosa; y, para su sorpresa, también contenta.

Ante sus ojos, bajo los destellos solares que conseguían atravesar la espesura de los árboles, se sucedían puertas que se abrían al cielo, pasillos en espiral, escaleras que no conducían a ninguna parte o enormes columnas que se retorcían igual que los bambúes, creando un paisaje cargado de irrealidad.

—Es como entrar en un sueño, ¿verdad? —comentó ella, finalmente, mientras se encaramaba a un poyete de piedra verdeada por el musgo, bajo un arco de medio punto tras el que se podía contemplar el discurrir serpenteante de una hermosa cascada entre helechos, orquídeas salvajes y árboles exóticos sobre los que trepaban las enredaderas.

—Ya te dije antes que me sentía como si formara parte de un sueño. Y ahora con más motivo. Gracias por enseñármelo —le dijo David, acercándose para darle un beso que ella no rehusó.

Pasados unos breves instantes, María separó la boca con suavidad y giró la cabeza hacia un lado, como si su mirada pretendiese buscar algún lugar secreto en donde estuviese escondida la cordura en medio de aquel paisaje onírico.

—¿Qué sabes de mis papás? —le soltó ella a bocajarro.

David, aunque sorprendido por la pregunta, no tardó en reaccionar.

Con dulzura, le apartó el pelo de la cara y le acarició la mejilla.

—Sé que te quedaste huérfana siendo muy niña, Negrita.

—¿Cómo me has llamado? —preguntó María sin disimular su perplejidad, aunque tampoco se adivinaban atisbos de reproche en su voz.

—Perdona si te he molestado. Era cariñoso, por esa piel tan bonita que tienes. Lo he dicho sin pensarlo —se disculpó David, temeroso de haber metido la pata.

—No me he enojado. Es solo que me ha sorprendido.

—No volveré a llamártelo, si no quieres.

A María se le llenaron los ojos de lágrimas, pero fue capaz de no derramar ninguna. Negrita. Así es como le decía su abuelo Paco. Sin embargo, resultaba imposible que nadie fuera de su pequeña familia lo supiera.

—Me ha gustado —le respondió, sin querer darle en ese momento explicaciones de lo que significaba para ella aquel apelativo—. Esperabas que yo te dijese lo de mis papás, ¿verdad?

—Cada persona necesita sus tiempos y sus espacios.

—Supongo que sí. Y, a pesar de eso, tengo la sensación de que estamos yendo muy deprisa.

—Depende de cómo se mire. Después de una vida esperando a alguien como tú, tampoco es cuestión de andarse con remilgos —le respondió él con una sonrisa en los labios.

—Eres un tramposo embaucador —contestó ella reponiéndose—.

¿Quién te lo contó?

—Un periodista de la nota roja. Coincidí con él en el Pinin.

—¿De veras? ¡Jamás se me ha ocurrido entrar allí!

—Pues ya conozco algo más que tú de tu ciudad —bromeó él.

—¿Qué hacías en esa cantina?

—Intentar saber dónde podía encontrarte. ¿Recuerdas que te hablé de la recepcionista del hotel?

—¿La chica nahua?

—Sí.

—En qué quedamos, ¿estaba muerta o no? —preguntó ella con sorna.

—¡Y yo qué sé! —respondió David, desconcertado, provocando la risa de María—. Lo cierto es que fue ella quien me recomendó que me acercase allí en busca de ese periodista diciéndome que conocía a todo el mundo en San Luis, lo cual resultó ser verdad.

—¡Vaya! ¿Y qué más te platicó ese chismoso de Medina?

—¿Medina? Yo no he dicho su nombre.

—Tu discreción te honra, pero no puede ser otro.

—Prometí no desvelar mis fuentes —replicó él procurando mantener la dignidad.

—Bueno, en cualquier caso, veo que te sirvió de ayuda para encontrarme. Aunque la pista definitiva te la dio Jerry. Seguro que lo impresionaste en la galería. ¡Me va a oír!

—¿Te arrepientes de que esté aquí?

—No me cambies el tema. ¿Qué más te platicó Medina de mis papás?

—insistió ella.

—Que eran arqueólogos. Y que tuvieron un accidente en la selva huasteca, imagino que no muy lejos de aquí —relató él con prudencia.

—¿No te dijo que los mataron?

—Sí, al parecer siempre lo ha pensado. Y tú, ¿cuándo lo supiste? — preguntó él sin dejar de acariciar el brazo de María con ternura.

—En realidad, nunca con seguridad. Lo fui sospechando a medida que iba creciendo y hacía preguntas a mis abuelos, que no tenían respuesta. Ellos intentaban protegerme. De hecho, no querían que estudiara Arqueología porque imaginaban que continuaría el trabajo que a mis papás no les dejaron terminar.

—Pero no lo hiciste, a pesar de ser arqueóloga.

—Todavía no.

—¿Qué quieres decir?

—Yo tendría unos quince años cuando descubrí en nuestra casa de Santa María del Río algunas anotaciones que ellos hicieron sobre una ciudad escondida en la Huasteca. La llamaron Kulil Ak’il, que en teenek significa «corazón del bosque». Se lo platiqué a mi abuelo Paco y me hizo prometer que me olvidaría de eso. No quería sufrir pensando en que podría correr peligro.

—Y ahí te diste cuenta de lo que podía haberles ocurrido.

—Sí. Pero, aunque se lo pregunté, nunca me lo reconoció. Claro que supongo que él tampoco supo nunca a ciencia cierta lo sucedido.

—El periodista me contó que entraron en vuestra casa al día siguiente del accidente. ¿Buscarían esas anotaciones de las que me hablas?

—No lo creo. Yo me enteré del asalto el año pasado, después de que muriera mi abuela Eva. Ordenando sus recuerdos, me encontré una carpeta con recortes de periódicos de aquellas fechas. Algunos artículos insinuaban cosas muy feas de mis papás. Dudo que aquellas sencillas anotaciones llegaran a costarles la vida.

—A no ser que alguien creyese que en Kulil Ak’il pudiera esconderse un tesoro como el de la Tumba 7 en Monte Albán.

—Me he preguntado el porqué infinidad de veces. Y al día de hoy no tengo una respuesta.

—Y te gustaría tenerla, claro.

—Por eso estaba aquí. Ando en una época de mi vida en la que debo resolver cuentas pendientes, ahora que mi abuelo Paco ya no tiene que preocuparse por mí y puede cuidarme desde el cielo.

—No irás a decirme que pretendes buscar esa ciudad.

—No voy a buscarla por la sencilla razón de que creo que sé dónde está, si interpreté bien las anotaciones de mis papás. Pero sí quiero visitarla. De hecho, pensaba haberme acercado hoy. Se encuentra muy

cerca de San Martín Chalchicuautla, a unos setenta kilómetros de aquí, aunque calculo que se tarda más de hora y media por carretera.

—Ya siento haberte fastidiado el plan.

—¡No seas mentiroso! No lo sientes en absoluto.

—Era un decir, coñe. Uno no puede ser amable. ¿Puedo ir contigo?

María se lo quedó mirando con una sonrisa en los ojos. Jamás se habría imaginado dejarse acompañar a un lugar que venía exigiéndole intimidad desde que supiese de la posibilidad de su existencia. Alzó los ojos para buscar un trozo de cielo más allá de los árboles con el propósito de preguntarle a su abuelo Paco si él tenía algo que ver con que ese gachupín hubiese aparecido en Xilitla justo cuando ella iba a acercarse a San Martín Chalchicuautla. El destello de sol que se coló fugazmente entre la espesura no podía ser otra cosa que uno de esos guiños con que él solía obsequiarla cuando estaba de buen humor.

IX

Tras más de tres horas de viaje, con una breve parada para desayunar, los dos españoles llegaron sin contratiempos a la pequeña aldea de Raíces, en las faldas del Nevado de Toluca, cuando ya comenzaba a amanecer.

—Manda huevos, estos mexicanos nunca van a dejar de sorprenderme. Mira que llamar Raíces al pueblo más alto de todo México —protestó Enrique Puente mientras se cercioraba de que continuaban por la ruta trazada en el mapa que les servía de guía.

Concentrado en la conducción, Mateo Llamazares se limitó a sonreír la ocurrencia de su compañero de travesía. Desde que Indalecio Prieto les hubiese encargado trasladar los desechos del Tesoro del Vita a aquel recóndito lugar, apenas habían descansado, porque esa misma noche habían tenido que subir las sacas con la chatarra en la parte trasera del moderno vehículo adquirido por la Junta de Auxilio a los Republicanos Españoles, un Ford 1937 negro, para emprender enseguida el viaje. Se hacía preciso abandonar la ciudad de madrugada para ejecutar la misión con la mayor discreción y, sobre todo, para que el tiempo no se les echara encima, dado que ignoraban lo que se podían encontrar.

De hecho, a medida que ascendían al volcán, la situación se iba complicando más de lo previsto, considerando las optimistas indicaciones de Prieto. Y eso que los frenos hidráulicos del flamante sedán facilitaban la conducción por aquellas pronunciadas pendientes. Pero, aun sí, en los últimos tramos, la pista de tierra se estaba estrechando demasiado, de modo que únicamente la pericia al volante de Mateo les permitía esquivar a duras penas los pedruscos que se acumulaban en el recorrido. A veces, incluso, debía salirse y circular con cuidado sobre los pequeños arbustos que crecían fuera del camino. En un momento dado, Mateo se apeó del coche para liberar aire de los neumáticos con el propósito de bajar la presión para mejorar el agarre en la arena y reducir el riesgo de pinchazos,

lo que les permitió seguir avanzando hasta unos límites inimaginables, a la vista de las circunstancias.

—¡Joder con Don Inda! ¡Nos ha mandado al culo del mundo! — farfulló Puente, a quien las palabras le olían a nicotina.

El gallego fumaba compulsivamente, encendiendo un cigarro con la colilla del que acababa de apurar, sin apartar la mirada del frente, como si fuese necesaria su atención para conseguir llegar a la cima del volcán, por lo que no podía disfrutar de las increíbles vistas que se extendían a su alrededor. A veces se le escapaba un «cuidado» casi imperceptible que provocaba la sonrisa de Mateo, quien ya tenía calculada la siguiente maniobra para sortear los obstáculos que iban inquietando a su acompañante.

—¿Es verdad que manejabas carros de combate sobre campos de minas? —preguntó Puente para sentirse más seguro.

—Sí, ligeramente más peligroso que esto. No te preocupes —le respondió Mateo, con retranca, en tono sereno.

—No sé si me convences. Si nos atascamos aquí, con este frío del carajo, moriremos congelados a cámara lenta sin que nadie se entere.

—No exageres.

—¡Una mierda que exagero! ¡Si me cuesta hasta respirar!

—En el peor de los casos, nos volvemos andando. No hemos recorrido tantos kilómetros desde la aldea.

—¡Menuda solución! Si me estoy mareando y tengo ganas de vomitar yendo sentado…, como tenga que caminar, por mis cojones que no lo cuento.

—Deja de fumar y dale un buen trago de whisky a la petaca.

—¿Y si dejamos esta mierda ya en cualquier parte? No sé quién coño iba a encontrarla —sugirió el gallego señalando el asiento trasero con la mano, sin soltar el cigarro.

—No vamos a darnos la vuelta ahora. Estoy convencido de que, en cuanto lleguemos al borde del cráter, estará todo más despejado y será más fácil avanzar.

La tranquilidad que mostraba Mateo no era fingida. Quizá porque sabía que, a partir de ese día, sería totalmente libre después de cuatro años de zozobras casi diarias; primero en los campos de batalla españoles y luego en México, custodiando la mercancía del Vita.

Y tampoco estaba dispuesto a cumplir aquella misión a medias, no fuese a ocurrir que Puente se lo soltara a Prieto y las promesas del político socialista se quedaran en agua de borrajas y no pudiera marcharse. Al día siguiente tenía previsto tomar un tren a Morelia para averiguar cuál había sido el destino de Ana y, desde luego, un camino empedrado no iba a detenerlo ahora, por muy alto que estuviese; y por mucho aire que pudiera llegar a faltarles.

—Perdona que te lo diga, pipiolo, pero creo que la altitud te está trastornando y no eres consciente del peligro que estamos corriendo —le respondió el gallego, procurando disimular su temor tras su condescendencia—. Como nos desmayemos, aquí nos quedamos.

—Mira, el cráter —indicó Mateo, ufano, deteniendo el vehículo.

Ambos se bajaron para contemplar el insólito paisaje con las manos en los bolsillos del abrigo, cuyo cuello se acababan de levantar casi al unísono. A sus pies, aproximadamente quinientos metros más abajo, había dos grandes extensiones de agua cristalina separadas por un cerro de lava: una de color esmeralda y otra de azul profundo, que contrastaban con las tonalidades ocres y rojizas de las empinadas paredes de aquel coloso volcánico, en las que se observaban algunas manchas verdes de la vegetación de alta montaña que luchaba por sobrevivir en aquellas inhóspitas condiciones, rodeada de algunos neveros que estaban a punto de deshelarse. Desde su atalaya, los dos españoles divisaban a lo lejos la ciudad de Toluca y, en el horizonte, distinguían las siluetas de otros dos majestuosos volcanes, el Iztaccíhuatl y el Popocatépetl, cuyas cimas parecían flotar sobre la bruma de la atmósfera.

Impresionados por aquel espectáculo de la naturaleza, se mantuvieron absortos un par de minutos en medio del silencio que los envolvía, solo quebrado por el silbido ocasional de una brisa gélida que les azotaba el rostro. Y eso que desconocían el significado sagrado de las dos lagunas, la del Sol y la de la Luna, en las que los miembros de algunas culturas prehispánicas realizaban sus ofrendas para pedir o agradecer las lluvias en aquel altar natural, al que consideraban una morada de los dioses.

—Bueno, ahora a ver cómo bajamos —comentó Puente.

—Mira, hay un sendero que va bordeando el cráter y desemboca en la laguna más pequeña —señaló Mateo.

—No pensarás conducir hasta allí…

—Hemos hecho lo más difícil. Ese camino está mejor que por el que hemos venido.

—Ya, pero me parece que no has reparado en un detalle. Está en medio de un puto terraplén.

—Tiene pinta de estar seco, por lo que imagino que no será muy resbaladizo. Además, no podemos ir andando con tanto peso. Yo me acercaré con el coche, no tenemos otra opción. Baja tú a pie si quieres. Tardarás una hora más que yo, así que te espero en esa laguna. Desde ahí bordearemos el cerro hasta llegar a la otra, que parece más profunda — afirmó Mateo muy seguro de sí mismo, acariciando con disimulo su amuleto.

Puente le miró durante unos instantes sin decir nada. A continuación, se subió al coche musitando la infinidad de maldiciones que se le pasaban por la cabeza.

—Eres un puto loco.

Descendieron, evitando los desniveles demasiado pronunciados, sin ningún sobresalto más allá de algunos frenazos para no atropellar a los teporingos que, asustados, se cruzaban a su paso; deferencia que no tuvieron con una víbora de cascabel, a la que destriparon.

La destreza en la conducción y la obstinación del santanderino los llevaron hasta casi el mismo borde de la laguna de la Luna media hora más tarde. Por suerte, la senda que la unía con la del Sol resultó ser, curiosamente, bastante transitable, y apenas tardaron unos minutos en recorrerla.

Puente descargaba ya el coche, mientras su compañero se enfundaba un traje de buzo, cuando el tiempo empezó a cambiar. Súbitamente, unas nubes espesas fueron extendiéndose sobre el cráter y algunos copos de nieve comenzaron a caer.

—¡Joder! —exclamó el gallego fastidiado—. Menos mal que Don Inda no se gana la vida como meteorólogo. Que no iba a nevar, decía. Vamos a tener que darnos prisa si queremos salir de aquí.

Con gesto contrariado, Mateo miró al cielo. Esta vez los temores de Puente no parecían infundados. El terreno podía humedecerse pronto y la conducción iba a resultar más complicada a la vuelta. Así que se calzó las aletas lo más rápido que pudo, se colocó las gafas para cubrirse la boca y la nariz y se adentró en las aguas glaciales de la laguna para sumergir las

sacas que el jefe de los esbirros de Indalecio Prieto le lanzaba desde la orilla.

—¡No hace falta que te alejes tanto! —le gritó Puente después de que Mateo hiciera la primera inmersión—. ¡Esto no lo va a encontrar ni Dios!

¡Y tenemos que salir de aquí cagando leches!

Por mucho que le disgustara no hacer bien el trabajo, Mateo tampoco ignoraba que cada minuto contaba para poder regresar ilesos del cráter. Y, siendo cántabro, conocía de sobra lo traicionera que podía llegar a ser la montaña, y más en las precarias condiciones en las que se hallaban, por lo que prefirió acatar las instrucciones de Puente, y las siguientes sacas se fueron hundiendo en una zona no demasiado profunda de la laguna con el fin de marcharse lo antes posible.

En aquel cementerio submarino quedaron abandonados los desechos del Tesoro del Vita, conformados por envoltorios, maquinarias de relojes, cajas de estaño, restos de hojalata e, incluso, algún relicario de escaso valor.

Aterido de frío, Mateo ni siquiera se detuvo para desprenderse del traje de buzo. Tan pronto como salió del agua, se cambió las aletas por las botas, se puso el abrigo encima y arrancó el motor del vehículo, con una sonrisa en la cara, para emprender enseguida el regreso. En su pensamiento solo estaba llegar lo antes posible a Metepec, el bellísimo pueblo de fachadas coloridas por el que pasarían de camino a Ciudad de México, para reponerse con una barbacoa de borrego al horno y unos buenos tragos de garañona con que entrar en calor en el Bar 2 de Abril, la cantina en la que habían acopiado fuerzas antes de la subida.

También le compraría a Ana un árbol de la vida en el mercado o en algún puesto callejero, porque tenía entendido que aquellas extraordinarias piezas de artesanía representaban la fertilidad. Y si había algo que realmente deseaba era casarse y tener hijos con ella.

Ahora que se sentía libre, sabía que la encontraría, aunque para ello tuviese que buscarla en cada rincón de México. Si había sido capaz de subir a aquel volcán, estaba convencido de que no habría nada que le impidiera abrazarla.

Exhaustos, Llamazares y Puente regresaron a la capital mexicana con las primeras sombras de la noche. Lo menos que podían sospechar era que su esfuerzo por hacer desaparecer los restos de las joyas desguazadas no tendría los efectos perseguidos porque, solo unos meses después, unos

excursionistas darían casualmente con algunas de las piezas en la orilla de la laguna del Sol. El hecho de que se corriera la voz de que el Nevado de Toluca escondía objetos preciosos provocaría una invasión de cazadores de fortuna, que solo hallarían quincalla. También que la opinión pública volviera a preguntarse por el destino del Tesoro del Vita, para fastidio de Indalecio Prieto, quien casi se atraganta con el humo del puro al leer la noticia en la portada de El Universal.

10

Una llovizna triste de domingo caía con melancolía sobre las calles de San Martín Chalchicuautla cuando María Garza aparcaba su vehículo en una de las calles que desembocaban en la coqueta plaza a cuyo alrededor transcurría la vida pausada de sus gentes. El pueblo se hallaba enclavado en un entorno de vegetación exuberante por el que discurrían ríos de aguas que reflejaban el verde intenso de los árboles; de ahí que su nombre náhuatl significase «lugar de abundante esmeralda» en referencia a su colorido, si bien había quien quería creer en la leyenda que hablaba de la existencia de piedras preciosas en un pasado, riquezas que quizá aún se encontrasen escondidas no demasiado lejos.

Durante el trayecto, María había compartido con David algunas de sus suposiciones con respecto a la ciudad precolombina en la que sus padres andaban trabajando cuando murieron mientras se adentraban en el corazón de aquella región de belleza salvaje.

—Mi abuelo les compró la avioneta, de regalo de bodas.

—Ya —asintió el español, quien no se atrevió a bromear en ese momento con que a él, el día que se casó, unos abuelos le habían regalado una lavadora; y los otros, una cafetera.

—Según me contó él, la usaban para poder desplazarse a yacimientos lejanos, sobre todo en Chiapas o en la península de Yucatán. Y además, les encantaba explorar nuevos territorios y descubrir, desde el aire, cúes con apariencia de colinas.

—¿Cúes?

—En la época colonial se llamaba así a las plataformas construidas en forma de pirámides que servían de adoratorio a los indígenas. Con el tiempo ya le decimos cúe a cualquier montículo artificial de origen prehispánico.

—Y en la Huasteca se supone que hay muchos.

—Muchísimos. Por las anotaciones en los cuadernos de mis papás, podría jurar que llegaron a San Martín en busca de otra zona arqueológica distinta, tal vez la de Tamzan. No creo que te suene, porque solo tenemos la referencia de Joaquín Meade, un erudito potosino, que la situó relativamente cerca de San Martín en un mapa que diseñó en los años cuarenta, donde ubicó más de doscientos lugares con cúes susceptibles de ser antiguos asentamientos precolombinos en la Huasteca.

—¡Qué bárbaro! ¡Menudo mérito tiene hacerlo en esa época!

—Era un enamorado de su tierra.

—¡Igual que tú! ¿Y existe Tamzan?

—Hasta el día de hoy nadie ha podido comprobarlo, como tampoco la existencia de Aztlán.

—La mítica ciudad de la que salieron los mexicas para fundar Tenochtitlán.

—Por eso te la he mencionado. Hay teorías que sitúan a Aztlán en la Huasteca. Seguro que mis papás andaban investigando sobre esa posibilidad, de ahí que la visitasen tanto.

—¿Y tú qué piensas de Aztlán?

—Que ojalá estuviese en la Huasteca. Aztlán, en náhuatl, significa

«lugar donde hay garzas». Y aquí hay muchas. Si te fijaste antes, cuando salimos de Xilitla, vimos un desvío a Axtla. Tiene la misma etimología que Aztlán.

—«Lugar donde hay garzas» —repitió él—. Además, te apellidas así, y tú crees en ese tipo de señales.

—¿Me lees el pensamiento? —rio ella.

—Ya me gustaría.

—No sería buena idea —replicó María con sorna—. Te platicaba que cuando mis papás llegaron a San Martín en busca de Tamzan, alguien les habló de que había una ciudad enterrada en un paraje más cercano, a solo unos kilómetros del pueblo, que también aparecía en el plano de Meade, pero sin nombre.

—¿Les dieron la ubicación exacta?

—Eso creo. Lo que no sé es si pudieron explorarla en profundidad entonces. La verdad es que lo dudo, porque allí debe de haber demasiada maleza. Y en este tipo de lugares, que llevan siendo vírgenes cientos de años, es muy complicado hacer una buena prospección a pie.

—Además de que habrá bichos no muy amistosos —apuntó David, receloso.

—¿Ya empezamos? —rio ella—. ¡Y espíritus malignos a los que no les gusta que nadie husmee en sus tumbas!

—No es gracioso.

—¡Sí que lo es! A lo mejor mis papás pensaban igual que tú y, por eso, prefirieron sobrevolar la ciudad.

—No te burles. Me acabas de decir que lo hacían para descubrir los cúes.

—Me alegra que me escuches —respondió María, sonriente—. La verdad es que trazaron su propio plano basándose en el de Meade, y en él indicaron los cúes más relevantes. Y eso solo pudieron hacerlo desde el aire.

—¿Y qué intenciones traes?

—Lo único que pretendo es averiguar lo que hacían.

—No será fácil después de tantos años.

—Ya. Mis papás guardaban una agenda donde apuntaban los números de teléfono. En San Martín únicamente tenían anotado el de la Presidencia Municipal y otro que estaba a nombre de un tal Fernando Herrera.

—¿Y ya has llamado?

—Sí, al poco de enterrar a mi abuelo Paco. Ya sabes que le prometí que no le haría sufrir con mis investigaciones.

—No esperaste mucho.

—¡No! Pero cumplí mi palabra. Además, le pedí permiso.

—¡¿A tu abuelo?!

—Claro, platico mucho con él. Sé que me escucha. Visito con frecuencia el panteón y me tomo allí mi tequilita, como hacíamos todos los viernes. A él le encantaba que le pusiera al tanto de lo que había hecho en la semana. Imagino que te cuesta entender ciertas cosas de México.

—No he dicho nada —se defendió David.

—¡Pero te lo veo en la cara! La cosa es que llamé al número de teléfono de Fernando Herrera y me respondió su hijo Luis Fernando. Se quedó en shock al escuchar que alguien preguntaba por su papá. Me platicó que murió en extrañas circunstancias, estando su mamá todavía embarazada de él. Según me adelantó, se golpeó la cabeza en una caída durante la celebración del Día de Muertos.

—¿Cuándo fue eso? —preguntó David, estupefacto.

—En 1974, pocos días después de que la avioneta de mis papás se estrellara.

—¡Joder! ¿Y le contaste algo a ese tal Luis Fernando?

—No. Solo que sospechaba que su papá mantenía algún tipo de amistad con los míos y que me gustaría venir a saludarlo alguna vez. La verdad es que creo que se sorprendió cuando le platiqué que eran dos arqueólogos que habían estado investigando en la Huasteca hacía treinta años. Ayer lo volví a llamar. Hemos quedado en vernos ahorita en una de las cantinas de la plaza.

Al verlos entrar, el licenciado Luis Fernando Herrera se incorporó presto de la silla donde los aguardaba, junto a una vieja mesa de madera en la que dejó el agua de Jamaica que tomaba.

—¡Qué gusto verlos por aquí! —los saludó con sincera hospitalidad.

Tras las protocolarias presentaciones, el sanmartinense invitó a la pareja a sentarse. Enseguida se mostró como un ameno conversador, y, en pocos minutos, los recién llegados ya sabían que el licenciado Herrera ejercía de abogado en San Martín, después de haber estudiado Leyes en San Luis Potosí, para defender los derechos de sus paisanos, sobre todo los de las mujeres y las niñas indígenas, que solían ser víctimas de abusos en el ámbito familiar. Y que, obviamente, aquel no resultaba un negocio lucrativo porque no les cobraba, aunque ellas se empeñasen en obsequiarle con algunos huevos de sus gallinas o con algún suculento platillo de los que cocinaban; pero que él era feliz así, y que albergaba la ilusión de ser presidente municipal en un futuro no demasiado lejano para trabajar por el bien de su pueblo, del que hablaba de un modo apasionado. Claro que no vivía del aire y también gestionaba las tierras de su familia; en especial, una explotación de naranjos y otra de caña de azúcar, amén de un potrero donde criaba ganado, en el que se hallaban las ruinas arqueológicas.

Considerando su atuendo con jeans, paliacate, guayabera, sombrero de palma y botas vaqueras, David pensó que el licenciado Herrera tenía más aspecto de ranchero que de abogado. Y que, ahora, al verlo, le extrañaba no haberse cruzado con su caballo amarrado a la puerta de la cantina. Tampoco se le escapaba que, en aquellos lares, la única persona susceptible de llamar la atención por su indumentaria era él mismo, que iba vestido como si fuese a dar una vuelta por el paseo marítimo de El Sardinero, en la bahía de su Santander natal. Incluso María parecía una auténtica ranchera. Pero lo que menos podría haber pensado cuando

preparaba su equipaje en Madrid era que, solo unos días más tarde, estaría en aquel recóndito lugar buscando una ciudad oculta en la selva. Por eso no le extrañó que una niña pequeña sentada en la mesa de al lado, junto a sus dos hermanas mayores y su madre, no le apartase la mirada, puesto que aquel señor extranjero debía de resultarle muy exótico.

—¿Cómo se conocerían su papá y los míos? —le preguntó María al joven abogado.

—No lo sé con seguridad. Imagino que alguien los puso en contacto después del hallazgo en nuestro rancho —conjeturó Luis Fernando Herrera, atusándose su poblado bigote.

—¿La ciudad escondida?

—Bueno…, eso ya se sabía en mi familia desde hace muchas generaciones. Me refiero concretamente a lo que encontraron allí los hijos de unos trabajadores que andaban siempre correteando por nuestras tierras.

—¿Qué fue?

—Subieron a la colina más grande. Bueno, en realidad es una pirámide cubierta de vegetación. Y arriba dieron con un agujero. Ellos creyeron que se trataba de la entrada de una cueva. Ya saben lo intrépidos que son los chavos en el campo, que no miden el peligro. El más pequeño se introdujo y, después de un rato dentro, salió con un par de cajas de madera. Era un día soleado y algo de luz debía de filtrarse por alguna parte.

Aquella revelación dejó sin habla a María por unos instantes.

—¿Sabe si guardaban algo dentro?

—Bueno… Según mi mamá, los papás de los escuincles compartieron el descubrimiento con el mío y le dieron las dos cajas. La más pequeña estaba vacía; la otra contenía un recipiente cerámico con un libro muy antiguo, al parecer con jeroglíficos y muchos dibujos.

—¿Un códice? —se sorprendió María, en tanto David escuchaba pasmado la conversación.

—No lo sé. Imaginaba que usted lo sabría mejor que yo. Mi papá se lo entregó a los suyos poco antes de morir —contestó Luis Fernando, clavando su mirada en el rostro de la arqueóloga.

Incapaz de contener su emoción, los ojos de María se humedecieron. A lo largo de su vida se venía preguntando el porqué de la muerte de sus padres. Y, aunque aún no tenía explicación, todo cobraba un sentido diferente ahora. Pero daba la sensación de que aquellas viejas noticias que

se atrevieron a mancillar su buen nombre eran infundadas, tal y como ella creía… y, sobre todo, tal y como siempre había deseado.

—Le doy mi palabra de que jamás he escuchado nada en mi familia acerca del contenido de esa caja —aseguró ella con voz queda.

—Ojalá que esos niños no hubiesen dado con ella. He meditado bastante sobre ello y estoy convencido de que mi papá seguiría vivo. Era un buen hombre. Me lo dice todo el mundo que lo conoció.

—Entonces tiene usted a quién salir —le halagó María, sin querer decirle que aquel hallazgo posiblemente también les hubiera costado la vida a sus padres—. Supone que lo mataron, ¿no?

—Nadie se creyó que la cajita pequeña estaba vacía. Y menos cuando se supo que el papá de los chavitos murió sepultado en la cueva a los dos días de que sus hijos la encontraran.

—¡¿Qué pasó?!

—Volvió con un pico y una pala para explorar por su cuenta y se le vino el techo encima estando dentro. Sus niños, que le aguardaban fuera, dieron la voz de alarma.

—¡Qué horror!

—Una desgracia, sí. Lo sacaron ya muerto. Enseguida se chismeó que la cajita tenía esmeraldas. Y que, seguramente, el empleado de mi papá se las guardó antes de dársela vacía; y que por eso regresó a la cueva…, para buscar más. Lo cierto es que esa familia desapareció a los pocos días de aquello, sin dejar rastro, después de haber trabajado aquí toda su vida. Prácticamente habían nacido en el rancho.

—Quizá para alejarse del lugar de la tragedia.

—¡Quién sabe! La gente del pueblo sigue pensando que se marcharon con las esmeraldas, pero que alguna desgracia tuvo que sucederles porque nunca más nadie volvió a saber de ellos. Y que esas ruinas guardan extraordinarios tesoros, protegidos por la maldición de algún dios, cuya ubicación exacta estaba detallada en ese viejo libro.

—Dudo mucho que ese fuese el contenido del manuscrito —comentó María.

—¿Alguien lo puede asegurar? Ya sabe cómo son las creencias populares. Empiezan siendo rumores y terminan dándose por ciertas. Y más con el paso de los años.

—¿Y por qué piensa que aquel hallazgo tuvo que ver con la muerte de su papá?

—Porque aquí se especuló con la idea de que él se quedó con parte de las esmeraldas; e, incluso, con el libro. Nadie se creía que, siendo una especie de mapa del tesoro, lo hubiese regalado a unos arqueólogos de la capital. Además, la misma noche en que murió, unos enmascarados entraron a registrar nuestra casa aprovechando su anonimato por estar en pleno Xantolo. Conocen cómo lo celebramos en San Martín, ¿no?

—Nunca he venido aquí el Día de Muertos, pero es una fiesta muy popular. Y algo le he platicado a él también —dijo María acariciando el hombro de David.

—Es muy especial. El día 31 de octubre, al atardecer, las gentes del pueblo hacen el trayecto de más de un kilómetro hasta el panteón municipal mientras van dejando velas y pétalos de cempasúchil en los costados de las calles. Ya allí, las comparsas de huehues, que son personas disfrazadas con máscaras y vestimentas llamativas, van visitando las distintas tumbas, haciendo un ritual para invitar a las almas a participar en la convivencia entre vivos y muertos. Luego todos juntos van al pueblo para recorrer los altares que monta cada familia en su casa para honrar a sus difuntos, en los que cuelgan sus fotografías, dejan su comida o su bebida favorita y colocan sus objetos personales; y, si eran niños, sus juguetes. Y, después de la fiesta, el 2 de noviembre, las velas y las flores que se depositaron el primer día indican a las almas el camino para regresar al panteón.

Por mucho que ya empezase a familiarizarse con este tipo de relatos, David escuchó a Luis Fernando con disimulado escepticismo, aparentando naturalidad. Lo inquietante es que aquel tipo hablaba completamente en serio, como si aquello fuese la cosa más normal del mundo.

—¿Su papá iba disfrazado el día que murió? —preguntó María.

—Sí, claro. De guerrero, para ahuyentar los malos espíritus y proteger el paso de las almas, con su máscara de comanche y su penacho de plumas de colores, que yo llevo ahora con mucho orgullo en su recuerdo. Dedujeron que se tropezaría porque andaría muy borracho y que se daría con la cabeza en alguna tumba.

—Y usted cree que alguien que también iba disfrazado lo golpeó — intervino David.

—Es que mi papá no tomaba, según me platicó mi mamá. Pero han pasado tantos años que la verdad seguramente murió con él.

—No sabe cómo lo entiendo —respondió María—. Ahora será mejor que nos vayamos, no queremos robarle más tiempo.

—¿No quieren que los lleve a ver las pirámides?

—¡Oh! ¡Por nosotros encantados! —exclamó ella con sincero entusiasmo.

—Vamos en mi camioneta, entonces —les propuso Luis Fernando.

Antes de salir de la cantina, David se agachó para hablarle a la pequeña indígena que no había dejado de mirarle mientras bebía su Coca-Cola.

—Hola, ¿cómo te llamas? —le susurró con voz cálida.

La niña se atusó las trenzas y se limitó a sonreír con timidez.

—No sabe español. Solo teenek —explicó la veterana cantinera, que iba ataviada con una blusa de bordados huastecos.

Durante unos breves instantes, el arqueólogo procesó la información. Le parecía increíble que en México, en el siglo XXI, aún existiesen comunidades indígenas que únicamente conociesen su propio idioma, lo cual le maravilló.

—¿Cómo se dice hola en teenek? —le preguntó a la cantinera.

—Nenek.

Entonces, el español se acercó un poco más a la pequeña y le sonrió.

—Nenek —la saludó palpándose el pecho con la palma de la mano—.

David.

Y acto seguido, la señaló despacio con el dedo índice para que fuese ella quien le hablase, esperando que le dijera algún nombre exótico a sus oídos, propio del lugar.

—Alexia —respondió la niña, muerta de risa por la pronunciación de aquel señor tan raro, ante el regocijo general de los presentes.

—Nenek, Alexia —repitió David, antes de incorporarse, perplejo.

Fuera, el sol hacía acto de presencia, aunque de un modo perezoso, sin pretender molestar en exceso a unas nubes cenicientas que se iban difuminando con lentitud.

—¿Te ha gustado el nombre de Alexia? —preguntó María, risueña, ya en la plaza.

—Me parece genial —reconoció David—. Vuestro sincretismo nunca va a dejar de sorprenderme. Esta fusión de culturas es maravillosa.

—Es poco habitual escuchar teenek en el pueblo —explicó Luis Fernando—, lo usan muy poquitas personas. Aquí la mayoría de los

indígenas hablan náhuatl.

—¿Cuánta población indígena hay? —quiso saber el español.

—Más de nueve mil. Casi la mitad del municipio.

—¿Aquí viven veinte mil personas?

—Repartidas por todo el municipio, sí. Pero ya sabe que en México cada municipio abarca varias localidades. En concreto, aquí hay más de doscientas comunidades. Claro que algunas tendrán menos de diez habitantes, como Chupadero o La Puerta. En el mero San Martín seremos unos tres mil, aunque la población sigue disminuyendo. Por eso me encantaría buscar la manera de atraer visitantes que le dieran más vida al pueblo, y que no viniesen solo en las celebraciones del Xantolo. Sería padrísimo que tuviéramos turismo arqueológico.

Era día de tianguis, por lo que el mercado ocupaba gran parte de la plaza y sus aledaños, así que tuvieron que caminar entre coloridos puestos, donde gentes humildes exponían sus productos sin perder la sonrisa. A cada momento, el licenciado Herrera debía ralentizar aún más el paso para intercambiar un par de frases con cuantas paisanas se le acercaban para mostrarle su gratitud, siempre de un modo muy respetuoso.

—Ayo, Malena —saludó cariñosamente en náhuatl a una anciana que vendía enormes tamales.

—¿Qué son? —le preguntó David a María, en tanto Luis Fernando charlaba con la anciana.

—Se llama zacahuil y está delicioso. Pero tranquilo, que ya no se guisa con carne humana.

—Lo que te gusta vacilarme…

—¡Para nada! Según cuenta la leyenda, nació como una forma de castigo contra los caciques que abusaban sexualmente de las mujeres. No solo los ejecutaban, sino que también los desollaban y luego mezclaban su carne con la masa de maíz martajada, manteca de cerdo y salsa de chiles. Después lo envolvían todo en varias capas de grandes hojas de plátano y lo cocinaban en un horno de leña.

—Ya. Y luego se lo comían.

—¡Órale! Se trataba de un tamal ceremonial. Lo tomaban las víctimas y el resto de las personas de la comunidad como un acto de justicia, reparación y purificación. Pero cuando llegaron los frailes españoles prohibieron el uso de la carne humana en esa clase de ritos, así que no

hubo más remedio que empezar a guisar con puerco, pollo o guajolote. Ustedes le dicen pavo.

—No, si los españoles somos unos aguafiestas.

—¡Un poco sí! Puede que nuestros métodos no estuviesen muy bien vistos por los europeos, pero, desde luego, eran efectivos… ¡y justos!

—Me asustas. No sé por qué me da que no estás bromeando.

—No pienso explicarte lo que haría yo, en estos tiempos, con los violadores de niñas. Ustedes tienen la creencia de que vinieron a civilizarnos, como si este territorio fuese habitado por salvajes. Y nuestros antepasados indígenas tenían profundos conocimientos científicos y una moralidad que ya ustedes hubiesen querido. ¿Que hacían sacrificios humanos? Sabes de sobra que no podemos juzgar ese tipo de prácticas con los ojos de hoy.

Cada vez que María realizaba esa clase de comentarios, a él solo le quedaba reflexionar.

—Disculpen, Malena necesitaba ayuda con unos papeles. Le he pedido que mañana se pase por mi despacho —se excusó el licenciado Herrera.

—Nada que disculpar, Luis Fernando —le respondió María con amabilidad.

Sin embargo, no avanzaron demasiado porque, al pasar por un tenderete que exponía una gran variedad de calzado, ella se detuvo para examinar unas preciosas botas camperas de piel bajo la atenta mirada de la muchachita que lo regentaba.

—¿Qué número tienes? —le preguntó a David.

—Cuarenta y tres.

—Un cuarenta y tres en Europa equivale aquí a un veintiocho, más o menos —calculó María—. ¿Te gustan estas? Las vas a necesitar.

—Sí, gracias —respondió el español atónito, recordando que la última vez que una mujer le había comprado algo así fue su madre antes de ir a la universidad.

Sonriente, la arqueóloga pagó sin regatear los seiscientos pesos solicitados por la joven y el pequeño grupo prosiguió su camino, aunque apenas avanzaron unos metros porque otra mujer, con apariencia bastante más elegante que las anteriores, se acercó al licenciado Herrera para abrazarlo con efusividad.

—Mira, mamá. Ella es María Garza, la hija de los arqueólogos a los que papá les dio las cajas. Y él es David, su…

—Mi acompañante —le interrumpió—. Encantada, señora —le dijo María, ofreciéndole la mano, ante la mirada contrariada de David.

—Eres igualita que tu mamá. Tan hermosa… —afirmó la lugareña con gesto de asombro, como si hubiese visto un fantasma.

—Muchas gracias. Es lo más lindo que me pueden decir —respondió la arqueóloga, con los ojos empañados, acariciando con sus manos las de la señora—. No sabía que la había llegado a conocer.

—Vi a tus papás solo una vez. Estaban esperando a Fernando a la salida de misa.

—¿Recuerda, más o menos, el día?

—No es difícil acordarse. Fernando y yo íbamos juntos a la iglesia todos los domingos. Aquel fue el anterior al Xantolo —respondió la mujer con la voz entrecortada, lo que provocó que María la abrazara de manera emocionada durante unos instantes.

Tras despedirse, la peculiar comitiva reanudó el paseo hasta el vehículo del licenciado Herrera, que resultó ser una flamante GMC Sierra con una banca delantera para tres personas, en la que se acomodaron. A continuación, abandonaron lentamente el pueblo y circularon por una estrecha carretera rodeada de frondosos árboles centenarios que conducía a Tanquián, una localidad fundada por los mayas en el siglo XV, pero que abandonaron con la conquista de los españoles. Pronto tomaron un camino de tierra que descendía hacia un extenso valle boscoso, por el que tuvieron que circular despacio detrás de unas vacas que caminaban parsimoniosas con un gracioso ritmo danzarín, felices de pastar en aquel vergel.

Con el brazo apoyado en la ventanilla de su lujosa pickup, Luis Fernando charlaba con María sin mostrar impaciencia alguna, en tanto David miraba con atención cada detalle de aquel impresionante paisaje mientras sus dedos acariciaban al descuido la pierna de la mujer que le había cambiado la vida y su forma de ver el mundo en apenas unos días.

—Miren ese cerro. Era un puesto de vigilancia. Aún quedan restos de una construcción —apuntó Luis Fernando.

—¿Estamos llegando? —se interesó María, nerviosa.

—Sí, ahí está el rancho. Luego tendremos que caminar tantito.

El sanmartinense aparcó su vehículo junto a unas caballerizas donde afanaban un par de operarios que lo saludaron de lejos. A la vista de por dónde debían transitar, David agradeció llevar puestas ya sus flamantes botas, porque el terreno estaba embarrado y resbaladizo. Caminaron con

cuidado, concentrados en cada pisada, hasta que se toparon con un cercado de alambres con púas. El ranchero lo cruzó con suma facilidad y María le imitó con una agilidad que deslumbró a David, quien también intentó hacer lo mismo, con tanta torpeza que sus pantalones se quedaron enganchados, por lo que no tuvo más remedio que hacerles un siete, azuzado por los ladridos de unos perros ferales que los seguían a corta distancia. No obstante, mantuvo su percance en silencio con el fin de no menoscabar su dignidad.

Antes de que Luis Fernando Herrera les indicara la ubicación de cualquier construcción precolombina bajo la apariencia de una colina, María ya había descubierto algunas. Sin embargo, no dijo nada, embargada por un cúmulo de emociones. Quizá estaba sugestionada por la conexión personal con aquel lugar a través de sus padres, pero lo cierto es que una sorprendente energía espiritual se había apoderado de ella; especialmente cuando llegaron a un espacio más despejado de vegetación, en el que el licenciado se detuvo.

Se hallaban, sin duda, en lo que antaño había sido el corazón de la ciudad, la gran plaza en la que se instalaban los mercados y se celebraban las ceremonias religiosas. A poco conocimiento que se tuviese de la arquitectura maya, resultaba fácil imaginarse que las extrañas colinas que los rodeaban no eran sino pirámides y edificios ocultos bajo la maleza. En algunos incluso se podía distinguir la piedra caliza de las construcciones ancestrales.

Al ver a la arqueóloga tan ensimismada, dirigiendo su mirada con precisión a cada elevación del terreno, Herrera prefirió no dar ningún tipo de explicación para no romper el aura que la envolvía. Tampoco David se quiso acercar a ella hasta que hizo ademán de regresar de sus pensamientos.

—Es la ciudad que mis papás dibujaron en el plano —suspiró María.

—Es impresionante —acertó a decir el español, pasándole el brazo por encima de los hombros.

—Sí que lo es. Esta ciudad debió de vivir días de mucho esplendor — asintió ella.

—¿Período clásico?

—Supongo que sí. Clásico tardío… Probablemente del siglo X. Cuando la Huasteca aún tenía un gobierno matrilineal.

—¿En qué momento los teenek se dejarían dominar por los mexicas?

—No es tan fácil explicarlo, porque no hubo una conquista propiamente dicha. Más bien, creo que se trató de una invasión silenciosa a lo largo de los siglos como consecuencia de fusiones y alianzas. Lo que sí parece es que este fue un importante centro de poder de los teenek. Quizá uno de sus últimos reductos.

—¿Quieren que subamos ahí? —preguntó el licenciado Herrera, señalando la colina más alta—. Es donde los chavos encontraron las cajas. David no protestó, por mucho que le desagradara la propuesta.

Comenzaba a lloviznar de nuevo y, además, estaba cansado por culpa de su deplorable condición física, así que se juró a sí mismo que buscaría tiempo para retomar el ejercicio con el propósito de combatir su sedentarismo. Claro que tampoco iba a serle muy difícil, ahora que no tenía trabajo, porque ya había descartado la idea de regresar al museo después de sus insólitas vacaciones. En sus alocadas elucubraciones, sopesaba incluso la posibilidad de quedarse a vivir en México.

—¿Usted ya subió? —quiso saber María.

—Sí, una vez. La vista es preciosa —respondió Luis Fernando.

—¿Y vio el agujero?

—No, no lo vi. Después de explorar bastante rato, solo encontré una acumulación de piedras calizas.

—El derrumbe taparía la entrada —conjeturó ella—. Yo creo que nos vamos, entonces —resolvió, provocando el alivio del español—. Tal vez algún día volvamos con más tiempo y, sobre todo, con ayuda y herramientas.

—Me haría mucha ilusión. Solo tienen que decírmelo —comentó el licenciado Herrera.

Ya de regreso, se toparon otra vez con los perros salvajes, lo que provocó que David se acobardara y caminara con la mirada más puesta en ellos que en el terreno que pisaba. En cambio, Luis Fernando y María, que marchaban delante, se agacharon sin inmutarse para agarrar sendos pedruscos del suelo, lo que pareció intimidar a la jauría, que se limitó a seguirlos a cierta distancia, sin dejar de ladrar. Estaban ya a punto de llegar a las caballerizas cuando el español tropezó y cayó, golpeándose el costado contra un tronco caído. El porrazo fue de tal magnitud que los perros huyeron corriendo, asustados. Empujado por el orgullo, David se levantó como un resorte mientras se colocaba las gafas, que habían salido

despedidas, antes de que sus dos acompañantes pudieran girar la cabeza para averiguar la procedencia del ruido.

Lo que sí descubrió el ranchero fue una víbora, molesta porque el arqueólogo acababa de remover la hojarasca bajo la que se ocultaba. Con suma destreza, buscó rápidamente una rama y lanzó lejos la serpiente ante el gesto atónito de David y la sonrisa resignada de María, quien sabía que, tarde o temprano, le iba a tocar escuchar las quejas de aquel adorable arqueólogo de salón.

X

Las campanas de la catedral de Morelia repicaban solemnes a la hora del ángelus cuando Mateo Llamazares, ayudado por las indicaciones de algunos transeúntes, se encaminaba desde la estación de ferrocarril a las instalaciones que albergaban a los cientos de niños llegados de España con el propósito de alejarlos de la guerra. Pero, tras más de un año desde la finalización del conflicto, aún permanecían allí.

México no reconocía el régimen del general Franco como legítimo Gobierno de España, por lo que no existían relaciones diplomáticas que pudiesen ayudarlos a regresar a sus hogares. Por otra parte, el Gobierno de Lázaro Cárdenas estimaba que devolver los niños a un país fascista suponía una traición a sus ideales políticos. También temía ponerlos en peligro, ya que, al ser hijos de republicanos, podían sufrir represalias o ser adoctrinados bajo el nuevo régimen autoritario. Así pues, determinó que la seguridad de los muchachos españoles estaría mejor garantizada en México, que además velaría por su bienestar.

Tampoco a sus padres, sin recursos económicos, les era factible embarcarse hasta allí, por lo que los pequeños exiliados tuvieron que ir adaptándose a una vida lejos de su patria y de su familia, con la que paulatinamente iban perdiendo contacto. De hecho, solo medio centenar conseguiría regresar.

No resultaba, pues, de extrañar su rebeldía, fruto del desarraigo, de la incomprensión y del abandono. De ahí que se nombrara director del internado de Morelia a Roberto Reyes Pérez, un artista intelectual comprometido con la causa comunista que priorizaba el control disciplinario sobre la enseñanza, puesto que defendía que muchos de sus pupilos debían estar en un reformatorio, dado que los veía predestinados a acabar en la cárcel. Y eso a pesar de que el pintor Santos Balmori, designado por Cárdenas para que supervisara la política pedagógica del

centro, intentaba convencer a su responsable de que esos niños traumatizados por la guerra lo que necesitaban eran cuidados, no mano dura. No obstante, Reyes hacía caso omiso de los consejos humanistas de su colega y su modo de dominar a los muchachos más conflictivos consistió en darles poder, habilitándolos como vigilantes de sus compañeros y otorgándoles autoridad para dar cuantos correazos arbitrarios considerasen, provocando el sufrimiento de los niños más débiles.

La breve entrevista de Mateo Llamazares con Roberto Reyes Pérez no obtuvo los frutos deseados por aquel, que confiaba en que su interlocutor pudiera ofrecerle alguna pista del paradero de su novia. Para fastidio del español, quien creyó leer el miedo en los ojos del director del internado, este se mantuvo a la defensiva en todo momento, dedicándose a alabar su propia labor y a autoexculparse de las frecuentes huidas que se producían, y que él, con sus escasos medios, procuraba frenar.

—No es fácil poner orden en este margallate. Cuando me incorporé, nadie mandaba porque nadie obedecía. A la antigua directora llegaron a abofetearla y a arrojarle una taza de café a la cara —se justificaba Reyes.

Mejor suerte corrió Mateo poco más tarde, al toparse en los pasillos con un tipo orondo, de aspecto bonachón, que se presentó como Miguel Escalona Godínez, oficial del ejército mexicano y subdirector del centro.

—¿Se le ofrece algo? —le preguntó, mostrando simpatía.

—Soy familiar de una muchacha que llegó en el Mexique —mintió a medias Mateo—. Ando buscándola.

—¿Quién es?

—Ana Cossío. Me han dicho que ya no está aquí.

—¿Ana Cossío? La recuerdo perfectamente. Una chava con muy buen corazón…, siempre andaba cuidando de las más pequeñas; pero también era muy rebelde.

Con el alma afligida, pero feliz porque alguien por fin le estuviese hablando de ella después de tanto tiempo, Mateo trató de obtener más información.

—¿Cómo se llevaba con el director? —quiso saber el español, ante la sospecha de que Reyes le había ocultado algo.

—Chocaba bastante con él. Aunque tampoco era de las que más guerra daban, por mucho que él diga lo contrario —respondió Godínez en voz baja, sin disimular su antipatía por su superior.

—¿Sabe si le puso la mano encima?

—No lo sé…, no lo creo —negó el mexicano, si bien su lenguaje corporal expresaba otra cosa muy distinta—. Pero aquí los castigos corporales son frecuentes.

—Ya —entendió Mateo, tragándose la cólera—. ¿Sabe dónde se marchó Ana?

—Lamento no poder ayudarlo en eso. Pero seguro que está mejor que aquí. Si después de todos estos meses no ha vuelto, es que la policía no ha averiguado su paradero ni está pasando hambre. Muchos chamacos regresan con el rabo entre las piernas cuando no tienen qué comer ahí fuera. Es muy probable que sus compañeras puedan orientarlo. Si quiere, le acompaño al patio y le indico alguna de las niñas con las que se juntaba

—se ofreció el mexicano—. Yo creo que, a estas horas, ya habrán salido de clase.

—Le quedaría muy agradecido.

En efecto, los niños se encontraban disfrutando de un rato libre antes del almuerzo. Y aun así, a Mateo le extrañó la falta de bullicio. Por un momento, pensó que la estricta disciplina del centro les impedía gritar. Sin embargo, al contemplar algunos de los rostros de los pequeños pudo adivinar la tristeza dibujada en ellos.

—¡Mire! Ahí está Carmencita Casal, por ejemplo. Es más pequeña que Ana, pero platicaban a menudo —señaló el subdirector del internado—. Es la chiquita del pelo rapado que está saltando a la reata. ¿Quiere que se la presente?

—Si no le importa, prefiero ir solo. Ha sido usted muy amable —le respondió el español, en tono cortés, estrechándole la mano.

—Un placer, camarada.

A Mateo le llamó la atención la suma delgadez de la niña, a la que calculó la misma edad que tendría Ana cuando salió de Santander. Al verlo caminar hacia ellas, las muchachas comenzaron a cuchichear nerviosas.

—Hola, Carmen. Me gustaría hablar un ratito contigo, si no te importa

—le dijo Mateo.

La pequeña frunció el ceño durante unos instantes.

—¿Quién es usted?

Ante los gestos expectantes del grupo de niñas que los rodeaba, él se acercó aún más a la joven para susurrarle en el oído.

—Busco a Ana Cossío. Soy su novio.

A la muchacha se le iluminó la cara, como si un rayo de felicidad le hubiese alcanzado de repente.

—¡¿Mateo?!

Ahora fue él quien se emocionó. A duras penas consiguió tragar saliva para responder.

—Sí, soy Mateo —confirmó, con un nudo en la garganta—. ¿Podemos hablar a solas? —insistió él.

—Claro —respondió ella, risueña.

Enseguida ambos se alejaron del grupo, seguidos por la mirada curiosa de las compañeras de Carmen, quien se sintió envidiada por todas ellas.

—¿Sabes dónde está? —le preguntó Mateo, impaciente.

—No, no hemos sabido nada de Ana desde que se marchó. Ella decía siempre que usted vendría a buscarla. ¡Y ya veo que tenía razón! Es una pena que no esperara un poco más, pero la vida aquí no es agradable. Hace poco murió Sapito Fuentes. Le llamábamos así porque era gordito y nadaba genial. Fuimos al balneario de Cointzio, que está cerca de aquí, y lo succionó la piscina porque quiso darse la última zambullida antes de que la vaciaran. A Ana le va a dar mucha pena cuando se entere. Le queríamos mucho…

—Ahora entiendo por qué me ha parecido que estabais tristes. ¿Son frecuentes las muertes aquí?

—No tanto, pero sí que las hay. La peor fue la de Paquito Nebot. Un día, al poco de estar aquí, nos escapamos al cine sin permiso. Cuando volvimos ya habían cerrado la puerta y el vigilante no quiso abrirla. Paquito trató de saltar la barda para hacerlo él desde dentro, y entonces se electrocutó con unos cables pelados de alta tensión. Ana, su hermana y yo le vimos morir. Estaba muy guapo en el féretro, con su gorra echada sobre las cejas para disimular la herida y envuelto con la bandera republicana. Pobre de su hermana… y de su mamá. Era viuda y el Gobierno la trajo unos días después desde España. Nos formamos en silencio para recibirla. Fue muy triste, y hasta los niños más valientes lloraron —relató la muchacha con la voz entrecortada al recordarlo, pero con la necesidad de contarlo.

A Mateo, aturdido por la consternación, le costó responder.

—Lo siento mucho, Carmen.

—Bueno, hemos aprendido a sobrevivir. Aquí hay gente mala, pero también encantadora, como Felipa, la cocinera. O el mayor Godínez, que

es muy simpático. Le divierte cómo hablamos los españoles y siempre anda bromeando con nosotros. Si nos portamos mal en el comedor, nos lanza pelotitas de migajones de pan para llamarnos la atención; y, por las mañanas, le gusta imitar nuestro acento para reñirnos. «Si no os formáis, os voy a dar un par de hostias» —relató Carmen, remedando el tono de voz de Godínez—. Es muy gracioso. Y nunca le he visto pegar a nadie.

—Fue él quien me dijo que eras amiga de Ana.

—Sí, lo imaginé al verlos juntos. Me da mucha pena que Ana no nos haya escrito para contarnos cómo le va, pero aquí nos revisan las cartas y seguro que no querrá arriesgarse por miedo a que descubran dónde está.

—Sí —suspiró Mateo—, tiene lógica. ¿Sabes si pasó algo que la empujara a marcharse?

—La iban a mandar castigada a un convento a Puebla.

—¿Por qué?

—Solo porque nos defendía a las más pequeñas cuando abusaban de nosotras. Y se solía montar un poco de jaleo.

—¿Sabes si el director llegó a pegarle? —preguntó él nuevamente, esta vez esperando una respuesta más sincera.

—Alguna vez, sí. Lo que pasa es que el director zurra más de la cuenta; y, a veces, hasta saca la pistola para intimidarnos. Pero estamos acostumbrados y no crea que nos asusta. Hace cosas feas. Al poco de llegar, pintó un mural en el comedor de un Cristo con cabeza de burro. No sé si se arrepintió o le mandaron que lo quitara, porque enseguida lo cambió por otro de Durruti, el anarquista español al que mataron en la guerra. Aquí casi nadie es demasiado religioso, pero aquello no estuvo bien. Y eso que dicen que fue seminarista.

Mateo respiró profundamente en un intento de dominar la perplejidad y la impotencia que le dominaba, entendiendo por qué Reyes lo miraba con recelo.

—No me extraña que os fuguéis.

—Yo creo que no sabe cómo controlarnos y que, en el fondo, no es un mal hombre. Algunos se van y vuelven muy pronto. Solo buscan comida rica y una camita limpia, aunque sean unos pocos días. La verdad es que los morelianos nos acogen en sus casas de una manera muy bonita. Otros aprovechan los días que nos dejan salir; sobre todo, los domingos. Y algunas niñas tienen la suerte de que alguna familia de Morelia les dé de comer o les regale alguna golosina. Ana iba a la casa de Cholita y

Octaviano, dos viejecitos indígenas muy lindos. Ella les tenía mucho cariño.

—¿Sabes dónde viven?

—Su casita está en un callejón cerca del acueducto, junto a una antigua fábrica de jabón.

—Gracias, Carmen. Me voy a acercar a visitarlos, a ver si ellos saben algo más.

—Ya siento no haberle sido de mucha ayuda.

—¡Me has ayudado un montón!

—Por favor, el día que encuentre a Ana, dígale que la queremos muchísimo y que la extrañamos. Ojalá pudieran venir un día a visitarnos.

—Te doy mi palabra de que volveremos.

Entonces él le dio un abrazo fraternal de despedida. Y Carmen, poco acostumbrada a recibir muestras de afecto, no pudo evitar estremecerse.

Conmovido, Mateo se disponía a salir por el portón del centro cuando algo se le cruzó por la cabeza y regresó con paso firme al despacho del director, donde esta vez entró sin llamar. A Reyes no le dio tiempo más que a incorporarse sobresaltado, porque enseguida encajó un brutal puñetazo en la boca del estómago que el español le propinó sin mediar palabra, para a continuación marcharse, dejando en el suelo al director del internado, atónito y dolorido.

Acostumbrado a moverse por una urbe de un millón y medio de habitantes, no le resultó difícil dar con la vivienda de Cholita y Octaviano en aquella preciosa ciudad de menos de cincuenta mil almas. Era una humilde casita de adobe de una sola planta, sin luz eléctrica, donde la buganvilla que trepaba por la fachada se encargaba de ocultar sus desconchones. Estaba ubicada al final de una angosta callejuela, sombreada por una enorme jacaranda.

Mateo golpeó en la aldaba de la vieja puerta de madera, entreabierta, por la que se escapaban aromas dulces de copal quemado.

—¡Adelante! —Se oyó una voz aterciopelada de mujer.

Con suma cautela, Mateo se adentró en un pequeño pasillo iluminado a duras penas por unas cuantas velas y cuyas paredes estaban cubiertas de imágenes de vírgenes y santos, al que se asomó una anciana espigada de tez morena, vestida con una blusa de manga larga y una falda oscura que le llegaba casi a los pies descalzos, protegida por un desgastado delantal.

—Hola —saludó timorato el español, quitándose el sombrero.

—¿Qué se le ofrece? —preguntó ella con amabilidad.

—Me llamo Mateo. Soy…

—¿Mateo? ¡Ay, virgencita! ¿Es usted el novio de la niña?

—Sí —respondió él, entre la penumbra, mordiéndose el labio inferior para reprimir la emoción.

—¡Octavianito! ¡Mira quién ha venido!

De uno de los cuartos salió un anciano vestido con una camisa blanca impoluta abotonada hasta el cuello. Su enorme mostacho canoso acentuaba la afabilidad de su rostro, semiescondido tras unas enormes antiparras remendadas. Se había levantado tan deprisa que ni se acordó de dejar sobre la mesa las tijeras de sastre que llevaba en la mano.

—¿Quién? —quiso saber el dueño de la casa, un poco aturdido.

—¡El novio de Anita!

Aunque él nunca la había llamado así por su aversión a los diminutivos, a Mateo le pareció precioso escucharlo en boca de Cholita.

—¿Le ha pasado algo? —preguntó angustiado Octaviano.

—No, no, espero que no —le tranquilizó Mateo—. He venido a verlos precisamente por si ustedes pudieran darme alguna pista que me ayudara a encontrarla.

—¿Todavía no la ha visto? ¡Ay, qué penita, virgencita! —sollozó ella.

—Pero no se quede ahí parado —comentó el viejo sastre—. Siéntese con nosotros y nos platica. Chole, por favor, regálanos un mezcalito.

Los dos hombres se acomodaron junto a una mesa camilla en una salita en la que había un pequeño altar con velas encendidas en honor a la Virgen de Guadalupe. Una luz tenue se colaba por un ventanuco sin persianas. La mujer, solícita, no tardó en incorporarse a la reunión. Pero, antes de sentarse, sacó un puñado de cartas guardadas en el cajón de una gaveta para entregárselas a aquel muchacho tan educado.

—¿Son de Ana?

—Sí, le pedimos que no dejara de escribirnos cuando llegara a México

—confirmó Cholita.

—¡¿Está en Ciudad de México?! —se sorprendió Mateo.

—Allí debe de estar, sí. Se marchó el año pasado. La niña era muy buena estudiante y, en el internado, querían mandarla a un convento. Octavianito le pidió ayuda a su patroncito en los grandes almacenes, donde trabaja. El dueño es español y le buscó una familia en México.

Sin disimular su nerviosismo, Mateo leyó el remite de uno de los sobres, escrito con una caligrafía preciosa. Conocía perfectamente dónde se hallaba la dirección indicada, que memorizó enseguida. Aun así, por si acaso, le pidió un lápiz a Cholita para apuntarla en los bordes de un periódico atrasado que había encima de la mesilla y que Octaviano recortó con esmero con sus tijeras. Jamás podría haberse imaginado que Ana viviese a menos de dos kilómetros de la residencia de Indalecio Prieto, aunque trató de consolarse pensando en que ella llevaba allí apenas unos meses.

—¿Puedo leerlas? —rogó Mateo.

—¡Ándale! La de veces que Octavianito me las habrá leído a mí — respondió Cholita, reconociendo su analfabetismo.

—¿Quiere que lo haga en voz alta?

—¡Sí, por favor! —contestó la anciana, con una enorme sonrisa.

Deleitándose con aquel momento, Mateo fue leyendo cada frase de Ana como si estuviese escuchando su voz. Las cartas no eran demasiado extensas, pero se deducía el cariño que su novia sentía por aquellos viejecitos tan adorables. Les contaba que la familia española que la había acogido al principio la obligaba a hacer muchas labores domésticas, pero que ahora estaba con un matrimonio de profesores recién llegados a México que la trataban estupendamente, y que hasta la habían matriculado en un colegio que acababa de abrir un grupo de intelectuales exiliados, en el que ellos impartían clases. Les decía que se acordaba mucho de España, pero también de sus amigas del internado y de ellos; y que le haría mucha ilusión poder regresar algún día a Morelia, ya sin temor. Además, les hablaba de lo impresionante que le parecía Ciudad de México, y de que le daban un poco de miedo los volcanes que se veían desde allí, aunque le resultaba gracioso que al Popocatépetl le llamasen Don Goyo, lo cual era lógico por aquel nombre tan complicado que tenía. Y que se quedaba asombrada de la majestuosidad de la plaza del Zócalo y de lo enormes que eran el paseo de la Reforma o las avenidas de los Insurgentes y de Benito Juárez, tan concurridas de gente de toda condición y tan llenas de vehículos, con esos impresionantes edificios que solo había visto en las películas.

Tampoco se le olvidaba su promesa de ir a visitar el santuario de la

Virgen de Guadalupe para pedirle que cuidara de ellos, aunque no fuese muy creyente.

Mateo tuvo que detenerse para respirar hondo y dar un trago al vasito mezcalero antes de leerles la parte en la que hablaba de él. Ana mostraba su preocupación por seguir sin saber nada de su novio desde que se despidieran en Santander, pero sabía que si aún no había ido a México era porque le suponía encarcelado en España o detenido en algún campo de concentración en Francia o en Alemania. Y a pesar de eso, confiaba en que, cuando terminara la guerra en Europa, él iría a buscarla.

—¿No le han llegado mis cartas? —preguntó Mateo, desolado.

—No. Nunca ha sabido nada de usted —le confirmó Cholita, contagiándose de la tristeza del muchacho—. ¡No piense en eso ahora! ¡Ya está aquí!

Restregándose los ojos para que no se le escapara ninguna lágrima, asintió con la cabeza. No pudo declinar la invitación de los ancianos para comer con ellos, y a los pocos minutos ya estaba disfrutando de un humilde menú que Cholita había cocinado en su fogón de leña, consistente en una sopa tarasca a base de frijol, jitomate y chile con tiras de tortilla de maíz y en frijoles refritos, el platillo favorito de Ana, según le informó la propia Cholita.

Tras una larga sobremesa, Mateo miró su reloj y se despidió para poder tomar el tren de regreso a Ciudad de México, no sin antes realizar un intercambio de compromisos. Él les prometió que les escribiría cuando se reuniese con Ana y que regresaría pronto con ella, pero también les hizo prometer que ellos acudirían a su boda.

Con una brisa cálida meciendo sus pensamientos, Mateo aceleró el paso entre los edificios de cantera rosa, que magnificaban su belleza al atardecer.

Ya casi podía sentir el aroma de Ana.

11

Durante el trayecto de vuelta a Xilitla, David notaba que le costaba respirar debido al costalazo que se acababa de dar por culpa de aquellos perros salvajes. Sin embargo, prefirió no decirle nada a María, que conducía repasando mentalmente las horas que habían pasado en San Martín Chalchicuautla con el fin de asimilar toda la información antes de sacar conclusiones.

De vez en cuando, ella dejaba escapar algún pensamiento en voz alta, al que él asentía con monosílabos porque en ese momento lo que le preocupaba era salir con vida de aquella, ya que no tenía duda de que alguna costilla le debía de haber perforado el pulmón izquierdo y se debatía entre contarle sus cuitas a María, quien probablemente se las tomaría a broma, o morir en silencio. Por suerte, comprobó que, si realizaba respiraciones cortas, podía controlar el dolor.

—¿Sabes? Me alegro mucho de esta visita a San Martín. Y de que estés conmigo —le dijo ella.

—Yo también.

Aquella confesión ayudó a mitigar en parte su sufrimiento.

—Aunque haya cosas que nunca conseguiré averiguar, me he tranquilizado un poco. Más allá de las posibilidades arqueológicas de esa ciudad o de que pueda esconder algún tesoro, ahora tengo la seguridad de que mis papás no andaban metidos en nada raro.

—¿Por qué iban a estarlo? —David se hizo el ignorante, porque bien sabía que ella se refería a los rumores que Samuel Medina le había desvelado acerca de su implicación en asuntos de drogas.

—No te he platicado que se llegó a publicar que podían estar relacionados con el narco.

—Tonterías.

—Ya. Yo nunca lo creí, pero a una siempre le queda la duda. Sobre todo porque una vez mi abuelo, después de que yo le insistiese muchísimo para que recordase algún detalle que pudiera ayudarme a entender lo que pasó, me platicó que mi mamá le pidió prestada una importante suma de dinero poco antes de morir. Y que no supo qué pasó con ella.

—Compraron ese libro —conjeturó David, en voz baja, para disimular su aflicción.

—¡Órale! Eso explicaría que el papá del licenciado Herrera se lo entregara. Seguro que no se lo regaló. Y que esa lana fue para pagarle.

—Y Luis Fernando se lo calló.

—O simplemente jamás lo supo. Acuérdate de que él ni siquiera había nacido. ¿Te imaginas que mis papás hubiesen tenido en sus manos un códice maya? ¡Lo que tuvieron que sentir! Porque manuscritos posteriores a la conquista hay cientos, pero mayas…, ¿cuántos hay?

—Cuatro, ¿no?

—¡Órale! ¡Cuatro! Los tres que están en Europa: Dresde, Madrid y París; y el de México, contando con que este sea auténtico, que todavía está por ver. Es una penita que mis papás pudieran disfrutarlo tan poco tiempo. Seguramente, desapareció con ellos. Porque no hay otra explicación. De tenerlo en su poder, tendrían que haber comunicado su hallazgo a alguien: a mis abuelos o a alguno de sus colegas. Y, sin embargo, nadie me platicó nunca nada.

—A no ser que quisieran ocultarlo, creyendo que estaban en peligro, para esperar a que se calmaran las aguas.

—Alguien lo habría encontrado en todo este tiempo y hubiéramos visto la noticia en los periódicos. Estoy segura de que desapareció con ellos —repitió ella como si tratara de convencerse a sí misma.

—Lo siento mucho, Negrita —susurró David, acariciándole la pierna con ternura.

Después de unos minutos en los que ambos regresaron a la intimidad de sus pensamientos, con los ojos puestos en las curvas de la carretera, ella rompió el silencio de nuevo.

—¿Sentiste algo especial en esa ciudad?

—Paz.

—¿Nada más?

—No sé.

—¿No tuviste una sensación de atemporalidad? Como si formaras parte de algo que se extiende más allá de tu existencia.

—A mi existencia le quedan unas horas —musitó él.

—¡¿Qué tonterías dices?!

—No os disteis cuenta de que me caí antes de salir del rancho. Me hice daño, creo que tengo alguna costilla rota.

—¿Cómo no me lo has dicho antes?

—No quería preocuparte…, y tampoco parecer un blando.

—Si tuvieras una costilla rota, no podrías ni respirar. De todos modos, hay un pequeño hospital antes de entrar en Xilitla. Será mejor que te hagas una radiografía para que puedas relajarte. Seguro que no es más que el golpe.

—Gracias. En cualquier caso, prefiero morir por una hemorragia interna contigo que devorado por un montón de perros salvajes en medio de la selva —acertó a decir David, cerrando los ojos para tratar de quedarse dormido durante los minutos que faltaban por llegar, sin que María llegase a saber si bromeaba o solo exageraba. Y aun así, ella no pudo evitar sonreírse por dentro.

Como acostumbraba cada vez que concluía un viaje, María se persignó. Pero esta vez, casi sin pensarlo, también hizo la señal de la cruz en la frente de David. Él sonrió sin protestar porque, aunque no fuese creyente, sabía de la importancia de ese gesto.

No tuvieron que esperar demasiado para que los atendiesen en la clínica, únicamente a que su recepcionista terminase de tomar con calma su caldo de pollo mientras un gato pardo descansaba sobre el mostrador asumiendo su cargo de vigilante ante la perplejidad del español, que se entretuvo en ojear las tarjetas que se encontraban en un portafolletos.

—Es publicidad de funerarias —le cuchicheó a María, que no pudo contener la risa.

—Sin duda, saben dónde pueden tener su nicho de mercado —le respondió ella, divertida.

—¡Joder! Aquí levantan el ánimo a cualquiera. ¡Con razón me has dado la extremaunción! —replicó él, enfurruñado, sin entender nada, lo que provocó que María tuviese que reprimir una carcajada.

—Mucho habías tardado en quejarte, payasito —concluyó ella justo antes de que la recepcionista los avisase para que entraran en la consulta.

Les asistió una joven médica especialmente amable. Y tras realizar las pruebas pertinentes, incluida una placa de rayos X, determinó que David no tenía ninguna lesión importante, solo una leve hinchazón por el golpe, tal y como había anticipado María, por lo que le inyectó un antiinflamatorio y le recetó un analgésico.

De camino hacia el hotel, la arqueóloga permaneció en silencio, reprimiendo la sorna, sin querer burlarse del español a pesar de que sentía necesidad de hacerlo.

—¿Te ayudo a bajar? —le preguntó finalmente.

Con el ceño fruncido, David la escrutó durante unos instantes con el propósito de averiguar si ella pretendía tomarle el pelo.

—No, gracias. Puedo solo —replicó él.

Y haciendo un esfuerzo con el fin de aliviar su ego maltrecho, se apeó del coche y lo rodeó para abrirle la puerta a María. Gesto que jamás se le hubiese ocurrido hacer en España, pero ella ya le había aleccionado que en su país eso no se entendía que fuese un micromachismo, sino una muestra de caballerosidad hacia la mujer mexicana, muy respetuosa con las tradiciones sin abandonar por ello la causa feminista, que se veía obligada a defender a diario ante una sociedad que aún estaba lejos de ser igualitaria.

—Es una lástima que no te encuentres bien, e imagino que prefieras quedarte en la cama. A última hora de la tarde hay una fiesta popular en la plaza y seguro que está a todo dar. Habrá actuaciones musicales y las señoras del pueblo repartirán tamales y atole —comentó ella.

Herido, más ahora en su amor propio que en su costado, a David no le quedó más remedio que claudicar.

—Duermo una siesta y nos acercamos.

—¿De veras? Puedo ir sola.

—Que sí, coñe.

—¡Chido! Lo pasaremos padre. Pero si te sientes mal en cualquier momento, me lo dices.

María estaba contenta. De alguna manera, se acababa de enfrentar a su pasado y no había salido tan mal parada. No quería creer que parte de su buen humor también fuese debido a sentirse deseada, y hasta amada, por aquel tipo que la hacía reír. Sin embargo, tampoco podía dejar de pensar en sus padres y en si habrían llegado a tener en sus manos ese viejo libro de San Martín Chalchicuautla, en el caso de que realmente hubiese

existido. Aprovechó que David se encontraba descansando para telefonear a su abuelo.

—¡Hola, cariño! ¡Qué ilusión! ¿Todo bien? —oyó decir al anciano con voz alegre.

—¡Genial! ¿Y ustedes, cómo están?

—Tu abuela está en la piscina, que han venido unas amigas. Y yo estaba trabajando en esa novela que ya sabes que quiero escribir.

—¡Me encanta que sigas con esa idea a tus…!

—¡Shhh! ¡Ni los digas! Cincuenta y ocho al revés. Pero apuesto a que me llamas por algo.

—¡A ti es imposible engañarte! Las cazas al vuelo.

—Alguna ventaja tiene la edad. Dale, dime.

—Esta mañana he estado en San Martín Chalchicuautla.

—¿Y qué se te ha perdido allí? —le preguntó él, después de un breve silencio, en un tono menos dulce.

—Te lo puedes imaginar. Quería consultarte algo. Tengo entendido que mis papás ya habían estado en San Martín una semana antes del accidente. Pero ¿sabes lo que hicieron en ese intervalo?

—Si no recuerdo mal, pasaron unos días en vuestra casa de Santa María. Por desgracia, se me vienen a la mente con frecuencia aquellos momentos. No hay un solo día que no me acuerde de tu mamá.

—Gracias, abuelo. No quería ponerte triste.

—No pasa nada, cariño. Tú preocúpate en buscar una fecha para venir a vernos.

—Pues a lo mejor antes de lo previsto. Tengo muchas ganas de abrazarlos.

—Eso espero, que ya te extrañamos.

—Un beso. Y otro para la abuela. ¡Y cuídense mucho! Los quiero.

—Un beso, cariño. Hasta prontito. Yo también te quiero.

María sentía una profunda admiración por su abuelo, un hombre de procedencia humilde que, empezando de cero, sin haber tenido posibilidad alguna de estudiar, había conseguido amasar una importante fortuna. Aunque de lo que más orgullosa estaba era de que fuese una persona respetada, no ya por su dinero, sino por su saber estar, cualidad lograda en parte gracias a la infinidad de lecturas acumuladas. También había escrito unos cuantos libros, la mayoría de ellos relacionados con sus vivencias y

con el mundo de la publicidad, en el que tanto seguía destacando. Y a su edad, ¡todavía tenía ánimos para escribir su primera novela!

Salieron del hotel cuando comenzaba a percibirse el aire fresco de la sierra en el momento en que el sol se escondía, dejando sus últimos rayos sobre el cielo de Xilitla para pintarlo con tintes púrpuras y anaranjados.

María llevaba un vaporoso vestido blanco crudo de mangas mariposa, con bordados huastecos, que acentuaba el tono de su piel canela. David, que tras la siesta se confesó más repuesto, solo pudo expresar, una vez más, su sincera admiración.

—Estás preciosa, María.

Ella le sonrió, sin decir nada, y le besó en la mejilla.

Alrededor del quiosco central, adornado con guirnaldas de papel picado de colores, ya se percibía el bullicio de las gentes que presenciaban los bailes de las parejas que se animaban a taconear algún huapango.

Vendedores de globos, pajareros de la suerte, danzantes y niños correteando entre los carritos de golosinas deambulaban por la plaza, contagiando su algarabía a lugareños y foráneos.

Embrujado por el ambiente, David contemplaba fascinado cada detalle. De repente, se cruzó con una joven indígena con un pañuelo anudado en el cuello.

—Ma yolpaki —le susurró sonriente, guiñándole un ojo.

Pero al girarse para cerciorarse de que se trataba de Karla, la recepcionista del hotel de San Luis Potosí, ella ya no estaba. Aturdido, prefirió no contarle a María aquella supuesta aparición para no alimentar su fama de cobarde, así que trató de autoconvencerse de que a veces se sugestionaba sin motivo y trató de regresar a la realidad, como si en México eso fuese posible.

—«Elotes y marranadas» —leyó en voz alta las letras grabadas en un coqueto puesto de madera—. ¿Marranadas?

—¡Claro! Se las inventaron en Rioverde y ya se han extendido por toda la Huasteca. ¿Quieres una? Este changarro parece bueno.

—¿Qué son? —replicó él, con desconfianza, aún pensativo.

—¡No se responde con otra pregunta!

Completamente entregado, David se acercó al puesto, regentado por una linda muchacha de tez apiñonada ataviada con un enredo anudado en la cintura y una blusa de manta blanca sobre la que llevaba un precioso quexquémitl con una flor teenek tejida con hilos brillantes de algodón.

—Buenas tardes. Una marranada —solicitó, bajando la voz, casi avergonzado.

—Buenas tardes. ¿Español? —saludó la joven, risueña, en tanto comenzaba su ritual de preparación.

—Sí, español —sonrió David, para a continuación dirigirse a María—.

¿Tanto se me nota? Si apenas he abierto la boca.

—Tienes toda la pinta. Y además las eses te delatan, y hablar tan deprisa, claro —rio la arqueóloga.

—No, si ya he notado la diferencia de velocidad. No me había dado cuenta de que los españoles hablábamos tan rápido, pero es que aquí se habla muuy leeento —comentó él, ralentizando intencionadamente el ritmo de la frase—. Tanto que, a veces, uno desearía que tuvierais un botón de avance.

—Habría que buscar un término medio —propuso ella, entre risas.

—¡Eso es! Ni calvo ni tres pelucas, como decía mi abuela.

Mientras, ambos no dejaban de observar cómo la muchacha introducía en una bolsita transparente los trozos de elote asado y luego sus aderezos: chile molido, jugo de limón, mayonesa y queso rallado, por ese orden.

—¿Les echo papitas, cacahuates o alguna otra salsa? —les preguntó ante el gesto atónito del español.

—No, mija, así está bien. Muchas gracias —le respondió María cariñosamente—. Qué muchacha tan linda, ¿verdad? —le dijo a David.

—En México hay unas mujeres muy bonitas. A las pruebas me remito. No me extraña que Hernán Cortés y compañía se mezclaran enseguida con las indígenas.

—¡Qué chistosito eres! —rio ella—. Pero es evidente que el mestizaje es una de nuestras señas de identidad más auténticas.

Caminaron en busca de un banquito, donde degustaron encantados aquella original mezcla de sabores y texturas. De fondo seguían sonando los violines junto a las jaranas y las quintas huapangueras. Allí se les arrimó un hombre con un rudimentario artilugio de madera compuesto por un par de manivelas, cables, electrodos y una pequeña batería.

—¡Toques, toques, toques! ¡Para que se le quite lo enamorado! — exclamó el paisano.

—No, muchas gracias —le contestó ella con amabilidad, mostrándole una sonrisa afable—. Ahorita estamos bien.

En cuanto el hombre se alejó con su soniquete, David interpeló a María.

—¿Qué era eso? ¿Le has hecho venir para desenamorarme con ese cacharro?

—¡Mira que eres menso! Es un toquero —rio ella—. Reparte descargas eléctricas, normalmente entre grupos de cuates unidos por las manos que andan de fiesta. Gana el que más aguanta.

—¿Qué ganan?

—Nada, el orgullo de haber resistido.

—A ver…, a ver si lo entiendo. ¿Hay que pagar para que te electrocuten?

—Es divertido.

—No, si suena divertidísimo —concluyó el español, impostando un tono de retranca, provocando la carcajada de María.

Avanzaba la noche con cierta pereza, sin que ninguno de los dos mostrase intención de separarse, como si aquella incipiente necesidad de sentirse fortaleciera la independencia a la que estaban acostumbrados, lo cual no dejaba de resultarles una inquietante contradicción.

Esta vez se les acercó un trío de músicos que bien podrían haber pasado por Los Panchos.

—¿Una canción para esta bella señorita, caballero? —preguntó el que llevaba la voz cantante.

Ella iba a declinar amablemente la invitación cuando David se adelantó.

—¿Saben María bonita?

Los músicos respondieron haciendo tocar su violín y sus guitarras.

Después de sentirse transportados a una solitaria playa de Acapulco bajo las estrellas con la letra de aquel precioso bolero, ambos se soltaron de la mano para aplaudir.

—¿Otra? —los animó el músico.

—No, muchas gracias. Más tarde, quizá —les respondió ella, en tanto David les pagaba con un billete de cien pesos que había sacado de la cartera.

—Estoy en una nube, como si estuviese hechizado —confesó él.

—Muchas gracias por la canción —dijo María, con dulzura, incorporándose de su asiento.

—De nada… Vamos a tener que ir a Acapulco para que te la pueda cantar allí.

—Cuando quieras les pido a mis abuelos que nos inviten —le dijo ella con absoluta naturalidad—. Pero, de momento, vamos yendo adonde estuvimos la otra noche, que me apetece tomar algo.

—¿Tus abuelos viven en Acapulco? —preguntó él, asiéndola de la cintura para iniciar el breve paseo que los separaba de la cantina.

—Tienen una casa ahí. Les gusta mucho ir, sí.

—Y yo que te estaba hablando medio en broma por la canción…

—Es preciosa. ¿Sabes que se la compuso Agustín Lara a María Félix como regalo de bodas?

—Sí, conocía algo de esa historia. Mi padre dice que María Félix era la mujer más bella del mundo. Fue su amor platónico. No se pierde ni una sola de sus películas cuando las reponen.

—Era hermosa, sí.

—Espera a que mi padre te conozca, seguro que cambia de opinión.

—¡No la hagas de tos!

—¿Qué?

—¡Que no puedes ser más exagerado!

—Para nada. Ahora entiendo perfectamente lo que pudo sentir Agustín Lara.

—Era amigo de mi abuelo.

—¡¿Agustín Lara?! ¿Y eso?

—Bueno. Es una larga historia, que se resume en que mi abuelo, antes de fundar su propia empresa, fue jefe del Departamento de Publicidad de Casa Madero, la primera bodega vitivinícola de toda América. Y, en los años cuarenta, patrocinó un famoso programa en la radio al que invitaban a artistas mexicanos, tanto incipientes como consagrados. Aquello le dio mucho prestigio a Casa Madero. Además de Agustín Lara, por allí pasaron también Lola Beltrán, José Alfredo Jiménez, Lucha Villa, Jorge Negrete… Fue una gran estrategia de marketing porque se alejó del estilo gringo, que es lo que estaba de moda entonces en el mundo publicitario, y le dio un toque mexicano, más emocional.

—¡Increíble! —exclamó David, anonadado—. ¿Conocía a José Alfredo en persona?

—Sí, bueno…, gracias a su trabajo se relacionó con gente muy popular. Uno de sus mejores amigos fue Cantinflas. Llegaron a ser

compadres. Lo pasó muy mal cuando murió.

—¿En serio? ¡Lo que disfruta mi padre con sus películas! Las habrá visto mil veces.

—¿De veras quieres que conozca a tu papá?

—¡Pues claro!

—¿Le vas presentando a todas las señoras con las que te acuestas?

—Ese ha sido un golpe bajo.

—¿Por qué? ¡Caray! Tú mismo me lo dijiste la semana pasada. He pensado mucho en eso.

—¿En qué? —preguntó él, haciéndose el despistado.

—En lo de tus relaciones abiertas. Creo que lo podría intentar.

—¡¿Intentar qué?!

—Tener una relación abierta contigo. Podríamos disfrutar juntos sin dejar de ver a otras personas.

Enfadado consigo mismo por haber sido tan bocazas en Madrid, David se detuvo frente a la cantina para mirarla a los ojos con un gracioso gesto inquisitorial, tratando de averiguar si trataba de chincharlo. Ella lo observó, expectante, durante unos segundos, hasta que, por fin, él suspiró y se limitó a empujar cortésmente la puerta para que ella entrara.

—Creo que necesito una cerveza antes de contestar.

—¿Intentas ganar tiempo? —quiso saber ella, risueña.

Casi por inercia, ambos se dirigieron a los asientos que ya conocían, junto a la barra. En el pequeño escenario estaban los mismos músicos de la primera noche, pero esta vez interpretando canciones de Joaquín Sabina. El solista, que había cambiado la cazadora de cuero por una chaqueta de rayas y un bombín, cantaba Y nos dieron las diez con un deje de emoción en la voz que apenas se percibía, ya que la clientela de la cantina también la coreaba, entusiasmada, como si fuese un himno de resistencia frente a la melancolía.

—¿Lo pasas bien? —preguntó David.

—¡Padrísimo! La de veces que te habré platicado que está feo responder con otra pregunta —le amonestó ella, simulando enojo.

—Me alegro —contestó él, ofuscado.

Un joven mesero, que se presentó por su nombre, los saludó de forma muy servicial.

—Hola. Una Modelo Especial para él y una Victoria para mí… Y dos Centenario Plata, por favor —solicitó ella, evidenciando que prefería las

cervezas sin demasiada graduación.

—¿Los tequilas se los sirvo derechos o en bandera?

—¿Qué significa en bandera? —inquirió David.

—¿No lo has visto aún? —se sorprendió María—. El suyo póngaselo en bandera, y el mío derecho, por favor, en una copita mejor que en caballito, si puede ser —resolvió, dirigiéndose al mesero.

Con suma diligencia y habilidad, el joven sirvió las cervezas y la copa. A continuación, alineó tres vasos de chupito; luego, en el primero echó el tequila; en el siguiente, sangrita; y en el último, jugo de limón.

—¡Ah! ¡Ya entiendo! —dijo David, muy ufano—. ¡Los colores de la bandera mexicana!

—¡Órale! Ahora, ya sabes: tienes que ir bebiendo de los tres a poquitos.

—¿A poquitos? ¿No era a besitos? —respondió el español, acariciando los labios de ella con los suyos antes de darle un trago a su botellín.

—Bueno, ya tienes tu cerveza. ¿Has pensado la respuesta?

—¿Qué respuesta?

—No te hagas pato. Sabes perfectamente de qué estábamos platicando. Procurando adoptar la mayor seriedad posible, David se quitó las gafas, para que ella pudiera observarle a rostro descubierto, y se colocó a la distancia en que los ojos no mienten, tomándola de las manos mientras

los músicos cantaban Por el bulevar de los sueños rotos.

—María, no soportaría que nadie más que yo te tocara. Y aquí la vara de medir debe ser la misma para los dos. Por supuesto que quiero tener una relación contigo, pero de las tradicionales. Es más, desearía pasar toda mi vida a tu lado. Jamás había sentido nada parecido.

Si bien ella se sintió halagada, tampoco se esperaba aquella reacción por parte de aquel tipo que la desconcertaba. Después de la conversación con su abuelo, tenía decidido pasar unos días en su casa de Santa María del Río, donde sentía un vínculo especial con sus seres queridos fallecidos. Sin embargo, por algún motivo que se le escapaba, por primera vez no le apetecía hacerlo sola, sino acompañada por ese señor que se sorprendía por todo como si fuese un niño pequeño. Y eso significaba que le importaba mucho más de lo que podía haber llegado a imaginar.

Sin decir una palabra, María se soltó de David para acariciarle las mejillas con ambas manos y responderle con un beso que los hizo estremecer.

XI

A pesar de que le invadía la impaciencia por reencontrarse con Ana, dado que ya era medianoche, Mateo optó por dirigirse directamente desde la estación de Bellavista, donde se acababa de apear del tren procedente de Morelia, hasta la casa de la familia Elío Bernal en la calle Montecito, en la que aún permanecían sus escasas pertenencias, aunque estimó que nadie repararía en ellas considerando que gran parte del Tesoro del Vita seguía oculto allí.

Puesto que ya no circulaban autobuses ni tranvías a esas horas, en algún momento sopesó tomar un taxi, pero enseguida decidió que no se podía permitir semejante dispendio porque iba a necesitar el poco dinero con el que contaba para cubrir otras necesidades más perentorias, así que prefirió recorrer a pie los casi siete kilómetros que le separaban de su destino a lo largo de la avenida Insurgentes, una de las principales arterias de la ciudad, transitada todavía por numerosos noctámbulos en busca de diversión.

Para evitar cualquier percance, Mateo caminaba sin bajar la guardia por aquella desangelada jungla de asfalto, apenas iluminada por la luz tenue de las farolas y los esporádicos destellos de los anuncios de neón de los cabarets, con la mano en el bolsillo de su gabán, donde guardaba la pistola.

Desde que saliera de la casa de Cholita y Octaviano no había dejado de pensar en el comienzo de su nueva vida, y en que llegaba la hora de desvincularse por completo de su relación con todo lo referente a la guerra, incluido ese maldito tesoro. Por eso debía sacar sus cosas cuanto antes de aquel chalecito que servía de tapadera para esconderlo. Claro que tampoco tenía dónde ir. Y lo que era peor, aún no sabía cómo podría ganarse el sustento. Por mucho que le costara asumirlo, atrás iba quedando su sueño de estudiar Filosofía en la universidad, con el propósito de

convertirse algún día en escritor, después de haber hecho sus pinitos siendo todavía un mocoso en los periódicos donde trabajaba su padre y, sobre todo, tras haber leído el Quijote en innumerables ocasiones. Las aventuras de aquel ingenioso hidalgo de la Mancha no solo le habían servido de refugio en momentos difíciles, sino también de ejemplo vital. No en vano, su compromiso social venía marcado por un acentuado sentido de la dignidad y la justicia. Quizá por ello, a la vista de las actitudes cainitas de los dirigentes políticos del partido en el que todavía militaba, se preguntaba si, al igual que Alonso Quijano, no estaría recuperando la cordura, ya que dudaba de si toda aquella lucha había merecido la pena.

De repente, le agobió la idea de no tener nada que ofrecerle a su Dulcinea. Y aunque suponía que a ella no le importaría, su amor propio le impedía verla con las manos vacías y sin porvenir alguno. Tampoco sabía dónde podría alojar a su familia cuando llegaran en menos de un mes, si era cierto que se encontraba a punto de zarpar con rumbo a Santo Domingo. Pero, por otro lado, le invadía la dicha al pensar que iba a poder abrazar a sus padres y a sus hermanas después de tantos años.

Llegó cansado al chalet de la calle Montecito, frente al parque de la Lama, con la determinación de que, sin embargo, no tenía tiempo que perder. En cuanto se despertara, visitaría el Centro Republicano Español de la calle López y algunos de los cafés frecuentados por sus compatriotas con el propósito de recabar su ayuda para conseguir trabajo y, con suerte, algún consejo para alquilar un apartamento asequible. Además, le hacía ilusión poder transitar, al fin, en libertad y dejarse ver por sus antiguos camaradas.

Confiaba en que los quinientos pesos que había ahorrado fuesen suficientes para empezar de nuevo, aunque fuese de una forma humilde. No merecía la pena mirar al pasado. De eso ya se encargaban sus pesadillas, haciendo que se despertara sobresaltado en plena madrugada creyéndose aún en alguna fría trinchera bajo el fuego de la aviación enemiga. Imaginó que al resto de los exiliados les ocurriría algo parecido. Si bien muchos soñaban despiertos con la posibilidad de regresar pronto a España, estos se dividían entre quienes veían México como un mero lugar de paso, por lo que se resistían a integrarse en el país a pesar de que los hubiera recibido con los brazos abiertos, y los que pensaban que, indefectiblemente, era su puerto de arribo. Y él consideraba que carecía de

sentido vivir en precario, a la espera de un hipotético regreso a una patria que jamás volvería a ser la que dejaron.

Le urgía trabajar en lo que fuera. De ningún modo quería empeñar los pendientes de oro precolombinos que le había permitido quedarse Indalecio Prieto —aunque más bien se tratara de un regalo de Agustín Lara tras la partida de póquer en el penthouse de la Bandida—, ya que era el único presente que tenía para su novia.

Después de su recorrido por los cafés, acudiría a la dirección en la que se suponía que ella residía, quizá ya con alguna esperanza de futuro.

Se levantó temprano, antes de que lo hiciera ningún miembro de la familia Elío Bernal, y saludó en voz baja a Enrique Puente, que esa mañana estaba de guardia.

—¿Averiguaste algo de tu amorcito en Morelia? —le preguntó el gallego, con cierta guasa.

—Es probable que viva no muy lejos de aquí —respondió él, ignorando el retintín de su ya antiguo compañero.

—Pues me alegro. ¿No te lo quieres pensar mejor y quedarte? Estás a tiempo.

—No, gracias. Hay que pasar página.

—Bueno, imagino que nos veremos por ahí.

—Sí, esta ciudad es muy grande, pero nos moveremos por los mismos sitios. Me llevaré mis cosas lo antes posible.

—No te demores mucho, pipiolo. A Don Inda no creo que le haga ni puta gracia que merodees por aquí, ahora que has preferido marcharte. Ya sabes que la discreción nunca es suficiente.

Mateo entendió enseguida el mensaje de Puente y decidió que antes de que terminara el día regresaría a recoger su equipaje, aunque no encontrara dónde dormir y tuviera que hacerlo en algún banco de la Alameda.

—No te preocupes. Hoy mismo me marcho.

—Como prefieras. Tampoco necesitarás ya el Colt.

—Tienes razón. Toma —le dijo el santanderino, dándole la pistola.

Lejos de sentirse desprotegido, la devolución del arma le supuso una especie de liberación, otro paso más para tratar de olvidar la guerra.

Se apeó del tranvía en el paradero situado junto a la catedral, en la concurrida plaza del Zócalo, la segunda más grande del mundo, centro neurálgico de la metrópolis y corazón de todo el país. No en vano se asentaba en la explanada de la antigua Tenochtitlán, la poderosa capital del

Imperio mexica, construida sobre una isla del lago Texcoco, conocida por sus impresionantes palacios, templos y canales, cuyos vestigios seguían reposando bajo el suelo de la ciudad por la que ahora transitaba Mateo sin dejar de asombrarse por su magnitud. Al pensar en Tenochtitlán, a la que sus propios habitantes también llamaron Mēxihco, que en náhuatl significaba «en el ombligo de la luna», el joven santanderino fantaseó con que algún día la historia valoraría el sacrificio de los republicanos exiliados, al igual que lo había hecho con los mexicas derrotados por las tropas de Hernán Cortés, cuya ciudad daría su nombre al país que se formaría siglos más tarde.

Cruzó la plaza por uno de los senderos que atravesaba sus coquetos jardines de estilo francés en dirección a la calle 16 de Septiembre, dejando atrás la majestuosidad del Palacio Nacional hasta llegar al edificio que albergaba los grandes almacenes El Centro Mercantil, una joya arquitectónica que combinaba la elegancia del estilo neoclásico en su fachada con la delicadeza del art nouveau en su interior, y que se encontraba muy próximo a su primer destino de esa mañana.

Antes de aparecer en cualquiera de los lugares a los que acudían los españoles, se le ocurrió comprar una cartera de mano en Petacas Numancia, una tienda vecina de la editorial González Porto, en la que trabajaba como gerente de ventas Luis Goicuria, un amigo de su padre a quien este protegió en Santander de los ataques de algunos correligionarios socialistas cuando a principios de 1937 le tocó dirigir el periódico El Diario Montañés tras ser incautado por el ejército republicano por su carácter conservador y católico.

Al salir a la calle con aquella flamante cartera de piel, se mostró ilusionado. Muchos exiliados españoles en activo la llevaban, lo cual les confería cierto estatus: el de haber conseguido empleo. Y, aunque él todavía no lo tenía, se sentía seguro al llevar la cartera bajo el brazo, más incluso que con la pistola en el bolsillo. Para su fastidio, Goicuria aún no había llegado a la editorial, pero una amable señorita le informó de que estaría al caer, así que Mateo optó por hacer tiempo en el Tupinamba, ubicado unos pasos más allá, en la calle Bolívar.

El delicioso aroma a café exprés se dispersaba entre el humo del tabaco que fumaba la clientela del local, entre la que abundaban los aficionados al fútbol y, sobre todo, a los toros, que lo visitaban con el único propósito de pasar el rato, con el aliciente añadido de los generosos

escotes de sus meseras, que no se escapaban a las miradas furtivas de los refugiados, acostumbrados a la formalidad de la vestimenta de los camareros de una España pacata. Por eso a Mateo le extrañó ver allí al general José Miaja, el presidente de la Junta de Defensa de Madrid durante la guerra, integrado en una charla taurina en la que se discutía si algunas de las figuras mexicanas del momento, como Armillita o Fermín Rivera, tenían la elegancia de Rodolfo Gaona, ya retirado de los ruedos. Fue otro español, apodado Frascuelillo, que se ganaba la vida alquilando trajes de luces, el que ponía sobre la mesa el nombre de Carlos Arruza, un joven novillero que iba a tomar la alternativa ese mismo año.

—Ese tiene más hechuras de actor que de torero —comentó Miaja, socarrón.

Además apuntó que el muchacho era sobrino del poeta León Felipe, quien también solía hacer acto de presencia en el Tupinamba, si bien resultaba más habitual verlo debatir, con el mentón apoyado en su cachaba, en el París o en el Sorrento, donde artistas e intelectuales españoles y mexicanos compartían experiencias y anhelos en sus tertulias.

Con su café humeante en las manos, Mateo Llamazares se fijaba en los ademanes campechanos del general Miaja. Al verlo departir tan animadamente sobre temas triviales, entendió por qué prefería aquel café y no otros más frecuentados por políticos, cuya conversación siempre desembocaba en la deseada muerte del dictador español y en lo que harían cuando eso ocurriera, a veces de un modo ilusorio, ya que algunos hasta se repartían los cargos en el Gobierno que le sucedería, lo que incluso provocaba acaloradas discusiones para hartazgo de los empleados del café. Tanto era así que, años después, el escritor Max Aub rememoraría aquellos episodios publicando un relato satírico en el que un mesero mexicano, hastiado de aquellas disputas permanentes en tono vocinglero, decidió tomar cartas en el asunto y viajar a España para matar él mismo a Franco con el único propósito de recobrar la paz en su establecimiento.

No tuvo que esperar demasiado a que Luis Goicuria llegara a la editorial, porque este apareció por el Tupinamba, con paso firme, para tomar un café antes de entrar en su oficina. Al verse, ambos se fundieron en un sentido abrazo.

—¡Mecagüen la mar salada! ¡Mateo Llamazares en persona! ¡Coño, qué alegría! —exclamó Goicuria con su voz recia.

Al escucharlo, a Mateo se le vino a la cabeza el artículo de uno de esos periódicos opositores al Gobierno de Lázaro Cárdenas que informaba de

«una nueva remesa de refugíberos puñicerrados y coñidicientes».

—Lo mismo digo, Luis.

—¿Desde cuándo estás en México?

—Pues ya llevo una temporada —respondió el joven santanderino sin querer dar detalles de su misión en los últimos quince meses.

—¿Y por qué no has venido a verme?

—No me ha resultado posible. Y bien que me he acordado. Pero hoy precisamente vine en tu busca. De hecho, estuve en la editorial hace un rato. Pensaba volver ahora.

—¡Tienes muy buen aspecto!

—Tú también —le respondió Mateo. No en vano, el amigo de su padre vestía un elegante traje gris, lo que le indujo a deducir que le pagaban bien en la editorial.

—No me puedo quejar. ¡Y eso que ya soy cuarentón! Pero, dime, ¿te puedo ayudar en algo? Ya tienes trabajo, ¿no? —supuso Goicuria al fijarse en la cartera.

—Nada serio —mintió Mateo, negándose a reconocer que la acababa de comprar, mientras acariciaba disimuladamente el amuleto que llevaba en el bolsillo de su chaqueta.

—Pues a mí me han ofrecido el proyecto de editar una revista, que no voy a poder acometer porque ando muy liado. La patrocina la Sociedad Centro Comercial. Es para distribuirla entre sus asociados; en general, tiendas de abarrotes. Si te interesa, puedo organizarte una entrevista con ellos la próxima semana.

—¡Claro que me interesa! —respondió Mateo de inmediato, sin saber siquiera cómo podría afrontar aquella labor, al carecer de cualquier tipo de experiencia en ese sector.

—¡Cojonudo!

Aún charlaron un rato, con un nuevo café, antes de ocuparse cada uno en sus quehaceres. Obviamente, Goicuria se interesó por los padres de Mateo, y este le explicó su periplo por los campos de refugiados franceses, pero que se encontraban ya a punto de embarcar en un buque que los traería a América. También el amigo de su padre le manifestó su preocupación por su hermano, preso en España.

Después de emplazarse para el lunes siguiente, Mateo salió feliz del café en dirección a la avenida Francisco I. Madero, una de las primeras calles que los españoles trazaron sobre las ruinas de Tenochtitlán, bautizada más tarde por Pancho Villa con el nombre del primer presidente de la república mexicana elegido democráticamente, que fue asesinado durante el golpe de Estado militar de 1913, conocido como la Decena Trágica.

Su estado anímico influía en su forma de ver las majestuosas construcciones por las que iba pasando. Y si la fachada churrigueresca de la capilla de Balvanera le parecía preciosa, la de la Casa de los Azulejos, situada justo enfrente, le resultaba de una elegancia azulada fuera de lo común. Lo cierto es que estaba deseando pasear con Ana del brazo y disfrutar juntos de aquellos lugares, tal vez tomando un helado.

Y cuando ya pensaba que nada podría mejorar lo que sus ojos acababan de ver, al llegar al solar otrora ocupado por la Casa de los Perros, se topó con el Palacio de Bellas Artes, el edificio más hermoso de la ciudad, frente al que se ubicaba el Papagayo, uno de esos cafés a los que acudían los políticos porque se hallaba al principio de la calle López, donde tenía su sede el Centro Republicano Español. De ahí que numerosos refugiados buscasen vivienda o instalasen sus negocios en sus proximidades con el fin de formar una comunidad en la que ayudarse y crear lazos de pertenencia lejos de su patria. Y, poco a poco, fueron abriéndose fondas, panaderías o tiendas de ultramarinos regentadas por trasterrados, hasta el punto de que los mexicanos la llamasen la calle del exilio español y los propios españoles se refirieran a ella como el terruño o la nueva España.

En un principio, Mateo valoró pasar de largo por el Papagayo porque sabía que Indalecio Prieto era asiduo y no estaba seguro de si quería toparse con él. Pero, tras sopesarlo unos instantes, decidió adentrarse en aquel estrecho local atestado de gente, porque quizá el asturiano podía averiguar si su familia se encontraba ya en altamar. Sin embargo, no lo vio. Quien sí lo saludó muy efusivo fue Julián Lara, un antiguo miembro de la Motorizada amigo de Enrique Puente, con el que andaba reorganizando las Juventudes Socialistas desde el exilio. Sin demasiado convencimiento, a Mateo no le quedó más remedio que afiliarse para evitar malos entendidos, aunque cada vez se mostrase más escéptico. No dejaba de preguntarse si tanto sufrimiento habría merecido la pena. Tenía

el ejemplo del mismo México, una república que apenas treinta años atrás había vivido una revolución social y seguía siendo un país de contrastes, en el que coexistían la miseria y la opulencia con absoluta normalidad. Al ver el nivel de vida que mostraban allí los dirigentes socialistas se acordaba del discurso del dueño de un restaurante asturiano al que alguna vez había acudido con Enrique Puente:

—Los políticos que vienen por aquí son todo lo contrario de un proyecto de revolución. No vengan ustedes con malas ideas. México es un país para ganar dinero.

Ahora recordaba esas palabras. Sin embargo, prefirió no mostrarse esquivo con respecto a su ideología, máxime cuando le extrañaba que Puente, con la cantidad de horas que habían compartido, no le hubiese propuesto afiliarse. En cualquier caso, supuso que a su padre le gustaría saber que se mantenía fiel al partido. Además, tampoco se olvidaba de los compañeros caídos por defender a la clase trabajadora y denunciar las injusticias sociales, como Luciano Malumbres, el director de La Región, diario en que él mismo a veces había colaborado, al que un pistolero falangista asesinó en un bar poco antes de empezar la guerra; o su mujer, Matilde Zapata, que tomó las riendas del periódico después de la muerte de su marido y fue fusilada por las tropas franquistas en cuanto entraron en Santander.

Tras despedirse, dirigió sus pasos hacia la calle Venustiano Carranza con intención de pasarse, antes de tomar el tranvía de regreso, por el café La Parroquia, donde esperaba encontrarse a algunos de sus numerosos paisanos, que habían hecho de aquel lugar su segunda casa.

Al entrar, se quedó durante unos instantes parado junto a la puerta, perplejo por la cantidad de gente que conocía. De no ser porque acababa de caminar por el centro histórico de la capital mexicana, hubiese creído que estaba en La Cátedra, en La Zanguina o en cualquiera de los bares de Santander a los que acudía aquella fauna montañesa, de boinas caladas, que contemplaban sus ojos atónitos. Desde luego, La Parroquia era una sucursal de Cantabria en México. La única persona que parecía no solo fuera de lugar, sino de época, era un cincuentón con capa y chambergo que fumaba en pipa y portaba un bastón de camorrista como si estuviese preparado para golpear a alguien en cualquier momento.

—¡Mateo Llamazares!

La voz grave y amable procedía de una de las esquinas del local, en la que un tipo fuerte de aspecto bonachón, de pelo entrecano y frente despejada compartía mesa con un hombre de unos treinta años que llevaba una cartera de piel idéntica a la de Mateo y con otro, de su misma edad, con un parche en el ojo derecho.

El recién llegado saludó desde lejos y se acercó sonriente.

—¿Cómo está, doctor?

—¡Encantado de verte! Mira, te presento a Ricardo Arias y a un tocayo tuyo, Mateo Toca, de Cabezón de la Sal. Él, ya lo han oído, es Mateo Llamazares, hijo de mi buen amigo Eulalio —explicó Enrique Vega a sus acompañantes, quienes le estrecharon la mano—. Siéntate con nosotros, por favor.

—Lo siento, pero tengo algo de prisa —respondió Llamazares, al que le urgía acercarse al edificio en el que se suponía que vivía Ana, ahora que vislumbraba luz en su futuro—. Aunque antes me gustaría comentarle algo a solas, doctor. Les ruego que nos disculpen, señores —dijo, dirigiéndose a los otros dos hombres, que inclinaron la cabeza en señal de asentimiento casi al unísono.

Don Enrique Vega, un militante comunista que había sido delegado de Sanidad en Santander durante la guerra, se incorporó solícito, sin soltar su puro, y ambos se acodaron en la barra de madera del viejo establecimiento.

—¿Te apetece un café, una cerveza, una Coca-Cola…?

—No, gracias, doctor —respondió Mateo, a pesar de que tenía la boca seca por el nerviosismo, rozando de nuevo la concha marina con la punta de sus dedos.

—¡Vamos, hombre! ¿Un tequila?

—¡No! Un Sidral Mundet, si insiste —aceptó el joven.

—Eso está hecho. Con sabor a manzana para que no se nos olvide nuestra tierruca —dijo el doctor Vega, haciendo un ademán al joven atildado que atendía detrás del mostrador.

—¡Eso nunca!

—Dime, ¿en qué te puedo ayudar?

—Me da un poco de vergüenza, doctor…

—A ver, Mateo. Aquí casi nadie lo está pasando bien. La mayoría ha llegado con una mano delante y otra detrás, y muchos de los que vivían holgadamente en España aquí están atravesando penurias, pidiendo ayuda a la JARE o al SERE, que como mucho puede darle a una familia un

subsidio único de mil quinientos pesos. Lo justo para subsistir con estrecheces unos pocos meses. Yo mismo acabo de abrir una consulta de dermatología y los comienzos no están siendo muy boyantes, pero no me puedo quejar en comparación con otros compatriotas.

—Bueno, yo algo de dinero tengo para rentar un pisito algunos meses si fuese económico. Por eso quería preguntarle si usted sabía de alguno…

—¡Qué casualidad! Precisamente, una paciente me comentó ayer que tiene un departamento en la calle Orozco y Berra, cerca de la estación de tren de Bellavista, con tres pequeñas habitaciones. Quería saber si conocía a alguien de confianza, y nadie mejor que un miembro de la familia Llamazares. Yo creo que os lo podía dejar en unos sesenta y cinco o setenta pesos al mes.

—¡Sería estupendo!

—Pues nada, te doy las señas. ¿Tienes papel? —preguntó mientras sacaba un lápiz del interior de su chaqueta.

—Pues no. Si quiere, busco un trozo por ahí.

—No te preocupes. Espera —dijo Enrique Vega, para a continuación acercarse al hombre del chambergo, el cual le sonrió y le entregó una hoja en blanco que arrancó de un pequeño cuaderno.

—¿Quién es? —quiso saber Mateo cuando regresó el doctor.

—Alfonso Camín. Un poco estrafalario, pero tiene fama de ser un gran poeta. Es asturiano, de Gijón —le informó Vega.

—¿Camín? ¡Vaya! He leído algunos de sus poemas. Macorina es uno de mis favoritos.

—¿Sí? De vez en cuando nos recita sus versos montañeses. Es un tipo cojonudo. Salúdalo luego, si quieres. A los artistas les gusta que les doren la píldora —sugirió el doctor al tiempo que copiaba la dirección de una diminuta agenda que tenía en el bolsillo—. Toma. Dile a la portera que vas de mi parte para que te lo enseñe.

—¡Mil gracias!

—¡Nada, hombre! Imagino que tienes dónde dormir mientras tanto. — Por un instante, Mateo dudó qué contestar, y esos segundos de silencio bastaron para que el doctor Vega comprendiera—. Si no es así, puedes quedarte en el sofá de mi consulta, siempre y cuando me la dejes libre desde las siete de la mañana hasta las siete de la tarde. Te diría que te quedaras en mi casa, pero ya tengo acogidos a muchos refugiados.

—La verdad es que me vendría muy bien. Al menos hasta que pueda ocupar el departamento —aceptó Mateo cabizbajo.

—No se hable más. Te apunto también dónde está. Es muy cerca de aquí —informó el doctor, entregándole la nota—. Se lo diré a mi portera para que te permita entrar cuando llegues. Ya sabes, a partir de las siete. Aunque hoy es sábado y puedes estar todo el tiempo que quieras. Y mañana domingo, igual.

—¡Mil gracias, doctor! —repitió Mateo—. No sé cómo agradecérselo.

—Con una buena comida cuando te empiece a ir mejor. Estoy seguro de que será muy pronto.

—En el mejor restaurante de México. No lo dude, doctor. No quiero entretenerlo más, que andaba usted con sus amigos.

—Bueno, tampoco es que los conozca tanto. Toca me estaba presentando a Arias porque pretende venderme un auto de segunda mano. Acaba de empezar a trabajar en la Liz Motors por mediación de su amiga Frida Kahlo y necesita quedar bien.

—¿Es amigo de Frida Kahlo?

—Se rumorea que más que amigos —respondió el doctor Vega, bajando la voz y guiñándole un ojo.

—¿No está casada con Diego Rivera?

—Deben de andar peleados. También Arias tiene esposa, pero allá cada cual, que haga con su vida lo que quiera. Y tú, ¿tienes novia?

—Sí.

—¡Qué bueno! Está en México, supongo.

—Sí, claro —afirmó Mateo sin querer hablar del tema, porque le iba a resultar muy difícil explicar su situación sin aludir a la misión que le había tenido retenido desde que saliese de España.

—¡Cojonudo! A los jóvenes os viene bien tener asentada la cabeza.

—Sí —volvió a decir Mateo, mostrando una sonrisa tímida, que no abandonó hasta que salió del café después de abrazar al doctor Vega, reiterándole su eterno agradecimiento, y de saludar a Camín, quien correspondió con suma gentileza a sus elogios atropellados.

Ya en la calle, respiró hondo. Por fin había llegado la hora de ir a la dirección indicada en el remite de las cartas enviadas por Ana a Cholita y Octaviano. Con paso rápido, regresó a la plaza del Zócalo para tomar uno de esos tranvías eléctricos amarillos que lo acercara a la colonia Tacubaya. Enseguida se dio cuenta de que el transporte público le saldría muy caro,

por lo que optó por comprar una planilla, con la cual se pagaban dos pasajes por tres trayectos. Aun así, consideró que debía acostumbrarse a atravesar la ciudad a pie, por mucho tiempo que le llevara. De momento, disponía de más tiempo que dinero.

Al ser sábado, el tranvía no iba demasiado concurrido, al contrario de lo que sucedía en los días entre semana, en que solían ir atestados. Le llamó la atención que un par de mozalbetes, para ahorrarse el boleto, fueran colgados de la parte trasera, viajando de mosca, sin que nadie los amonestara. Mateo se acomodó en uno de los asientos con listones de madera cercanos al conductor, al que vio cabecear en varias ocasiones, por lo que se mantuvo alerta al tráfico, sabedor de la frecuencia con que se producían accidentes provocados por la imprudencia de los peatones, la velocidad que podían llegar a alcanzar los tranvías o, simplemente, por el cansancio de sus conductores, que, con frecuencia, acumulaban jornadas de dieciséis horas para cubrir las necesidades de las empresas, a las que les costaba atender la alta demanda del transporte, unidas a las de los propios trabajadores, que precisaban realizar horas extras para poder subsistir por culpa de sus bajos salarios. Acostumbrado a conducir él mismo, a Mateo le causaba cierto resquemor subir a un tranvía. Máxime cuando todo el mundo recordaba el accidente sufrido por Frida Kahlo, en el que la barra de hierro de un pasamanos la atravesó a la altura de la pelvis, causándole lesiones catastróficas que le provocarían un sufrimiento que la acompañaría de por vida.

Después de un frenazo que puso a prueba sus maltrechos nervios, y a

pesar de que aún no había llegado a la colonia Tacubaya, Mateo decidió apearse en la siguiente parada, a la altura del bosque urbano de Chapultepec, un impresionante oasis natural por el que la ciudad respiraba.

Apenas tardó media hora en llegar a su destino.

El edificio Ermita era bastante más que un moderno rascacielos de estilo art déco de planta triangular, cuya silueta se asemejaba a un transatlántico anclado en la confluencia de tres grandes avenidas. Y es que para muchos exiliados españoles constituía su hogar. Su diseño, con pequeños departamentos amueblados, permitía acoger a familias poco numerosas que requerían de una vivienda temporal a bajo precio. Sin embargo, con el paso del tiempo, a medida que se iban diluyendo las esperanzas de regresar a España, los refugiados fueron trasladándose a residencias más acordes a sus necesidades.

A Mateo le temblaron las rodillas al cruzar el umbral del edificio. Enseguida un joven indígena uniformado con una guerrera oscura con botones plateados y una gorra de plato, que andaba ocupado en ordenar la correspondencia, interrumpió su trabajo para saludarlo con una sonrisa.

—¿Qué se le ofrece, señor?

—Hola, jefe. Verá… —titubeó el santanderino, procurando disimular su ansiedad—. Ando buscando a una muchacha española, me han dicho que vivía aquí. Mire, esta es la dirección —le dijo, entregándole el recorte de periódico en el que estaba anotada.

—Lo siento, pero en ese departamento no vive ninguna chica joven.

—¿Está seguro? —preguntó Mateo, decepcionado.

—Completamente, señor. Conozco a todos los residentes de cada uno de los setenta y ocho departamentos —respondió muy digno el portero—. Y eso que hay un trasiego permanente.

—No es mi intención cuestionar su profesionalidad.

—Ahí solo vive un joven con su mamá.

—¿Españoles?

—Por su nombre, no lo creo. Yo diría que gringos. Pero tampoco se lo podría jurar, porque son muy reservados.

—¿Cuánto tiempo llevan aquí?

—Algo más de un mes.

—Y antes, ¿quién vivía en ese departamento? —inquirió Mateo, aparentando serenidad para poder manejar la situación a su conveniencia antes de que no hubiese remedio.

—Un matrimonio español con su hija.

—¿Está seguro de que era su hija?

—¿Quién iba a ser si no?

—Sí, claro —resopló Mateo por dentro, tragándose la bilis que le revolvía el estómago—. ¿Y sabe usted a dónde se trasladaron?

—No lo sé, señor.

—¿No le dejaron una dirección por si les llegaba correspondencia?

—No, señor —insistió el portero—. Además, sería una indiscreción por mi parte.

—Ya… ¿Y sería posible que yo subiese a preguntarles a los actuales inquilinos?

—Lo siento, señor. Tengo prohibido permitir el paso a desconocidos.

—Entiendo… —comentó Mateo, sacando de su cartera un billete de diez pesos, que entregó al portero sin que este hiciera ademán alguno de rehusarlo.

—El elevador está a la izquierda. Dígale al mozo que lo lleve a la última planta.

—Gracias —dijo el español, con voz áspera.

Después de que el ascensorista le dejara en el séptimo piso, caminó angustiado hasta llegar a la puerta del fondo del pasillo, junto a un enorme ventanal por el que se colaba un haz de sol radiante. Respiró hondo y pulsó brevemente el timbre. Tras unos instantes de espera sin suerte, insistió, esta vez con una llamada más prolongada, con idéntico resultado. Sin embargo, le pareció oír un ruido procedente del interior del piso, así que optó por golpear la puerta hasta que consiguió que esta se entreabriera. Por el resquicio se asomó un joven de mediana estatura, de aspecto anodino, al que Mateo creyó reconocer.

—¿Qué quiere? —inquirió el inquilino de modo hosco.

—¿Ramón? ¿Eres Ramón?

—Se equivoca —le respondió el joven sin que a Mateo le diese tiempo a nada más que a escuchar el portazo.

El ruido alertó a una vecina, que salió al pasillo a curiosear. Al ver a aquella señora de mediana edad, de aspecto afable, Mateo confió en tener otra oportunidad.

—¿Todo bien? —preguntó ella.

—¿Española? —replicó él, sonriente—. Siempre es un placer encontrarse con una paisana tan lejos.

—¿De dónde es usted?

—De Santander.

—¡Yo de Bilbao!

—¡Entonces somos vecinos! —respondió él como si no estuvieran a miles de kilómetros de distancia de su tierra—. A lo mejor usted puede ayudarme. Busco a la joven que vivía con un matrimonio de profesores aquí enfrente.

—¿A Ana?

A Mateo se le humedecieron los ojos.

—¿Sabe dónde está?

—¡Ay, hijo! No te pongas así —le rogó la mujer al detectar la ansiedad en el rostro del muchacho—. ¿Eres su novio?

—Sí, me llamo Mateo —contestó.

—Y yo Amalia. ¿Y qué sabes de ella?

—Nada desde que vino a México —admitió él—. Le escribí cartas que nunca le llegaron.

—Ana estuvo aquí poco tiempo. Tengo entendido que antes andaba con una familia que no la trataba demasiado bien, pero al menos tuvieron la decencia de dejarla en buenos manos, con dos conocidos suyos, unos profesores que acababan de llegar de España. Creo que son de un pueblecito de Zamora y que trabajaban en la Universidad de Salamanca. Huyeron porque los fascistas comenzaron a perseguir a los maestros. Al parecer, fusilaron a una joven maestra de su pueblo. Ahora dan clase en el Instituto Luis Vives, donde está estudiando Ana. Muy educados, aunque poco habladores. Esto, la verdad, se les quedaba muy pequeño. Se trasladaron hará un par de meses a un piso más grande en el edificio Río de Janeiro, en la colonia Roma Norte. También viven muchos exiliados españoles allí. Ana es una niña muy linda… y muy aplicada. Coincidíamos a menudo y me gustaba charlar con ella.

—Muchas gracias, señora —respondió él, a punto de ser dominado por la congoja.

—Me alegra que estés bien y que hayas podido venir, por fin, a buscarla. Ella te está esperando.

Desbordado por la emoción después de tanto tiempo soñando que la encontraba, Mateo rompió a llorar como un niño.

Amalia quiso que se sentara en el sofá de su departamento, en el que se veían, acumulados, numerosos cuadros pintados por su marido. No obstante, el santanderino declinó la invitación y ella fue a por un vaso de agua que calmó al muchacho.

Antes de abandonar el edificio, se le vino a la cabeza la imagen del nuevo inquilino del piso en el que había vivido Ana y, ya más repuesto, volvió a preguntarle al portero.

—Disculpe, jefe. El vecino del séptimo no se llamará Ramón…

—No, ya le dije que creía que era gringo. Se llama Frank Jackson.

—Gracias —se despidió Mateo no demasiado convencido, porque hubiera jurado que se trataba de un tipo al que conoció en el frente al mando de un batallón de voluntarios.

Aturdido por tantas emociones, pensó que lo mejor sería recoger sus pertenencias de una vez de la casa de la calle Montecito, a la que se dirigió

caminando. Solo pensaba en acercarse lo antes posible al edificio Río de Janeiro, el cual recordaba perfectamente por su singularidad, ya que lo asimilaba a una de esas mansiones encantadas de los cuentos. No parecía casual que lo llamaran la Casa de las Brujas. Claro que en los cuentos, además de brujas, hay princesas. Por eso confiaba en que Ana estuviera allí. Porque, de no ser así, la otra opción que le quedaba era esperar al lunes y buscarla en el colegio donde estudiaba. Por desgracia, no tenía influencias en el Instituto Luis Vives, como sí las hubiera podido tener en otros regentados por españoles afines a la JARE que manejaba Prieto. De hecho, Carmen Bernal, la mujer del juez Elío, andaba organizando la estructura de los niños de primaria en el Instituto Hispano-Mexicano Ruiz de Alarcón y trabajaba en buscar un local para fundar el Colegio Madrid, un nuevo centro educativo destinado a los hijos de los refugiados. Sin embargo, el Luis Vives estaba gestionado por el SERE, la otra organización dedicada a ayudar a los exiliados; y al frente se encontraba el comisionado por Negrín para hacerse cargo del Tesoro del Vita, el doctor Puche, enemistado con Indalecio Prieto, al que le acusaba de arrebatarle alumnos. Por lo que, incluso a la hora de educar a los hijos de los trasterrados, se mantenía la rivalidad entre los republicanos.

—¿Cómo te ha ido, Sherlock Holmes? ¿Encontraste ya a tu moza? —

le preguntó Enrique Puente, con sorna, al verlo entrar por la verja de acceso al chalet.

—Estoy en ello —respondió Mateo—. Vengo por mis cosas.

—¿Dónde vas con eso?

—¿La cartera?

—Pareces un puto oficinista. ¿Te vas a volver formalito ahora?

—Habrá que retomar la vida donde la dejamos antes de la guerra, aunque sea tan lejos de casa —respondió Mateo sin quererle recordar que él ya escribía algunos artículos para los periódicos de Santander cuando ni siquiera había cumplido los dieciocho.

—¿Para qué? Si no tardaremos mucho en volver.

—¿Y si no es así? No vamos a hacernos viejos viviendo en una nube de ilusión. Será mejor que nos adaptemos cuanto antes. Además, este país es maravilloso y está lleno de oportunidades.

—Cuando te da por ponerte cursi, no hay quien te aguante —claudicó Puente—. Te gustará saber que Don Inda me ha confirmado que el barco donde está tu familia ha zarpado hoy de Burdeos.

—¿Sí? ¡Por fin! ¡Qué alegría! Gracias por todo, Enrique. Nos veremos por ahí —respondió escuetamente el santanderino, dándole una palmada en el hombro.

A media tarde, Mateo ya estaba llamando, con los dedos temblorosos, al timbre del departamento que le había indicado la portera de la Casa de las Brujas. Le abrió la puerta un hombre fornido de unos sesenta años bien llevados, de pelo cano y barba recortada, vestido con un batín y que tenía un ejemplar de Visión de Anáhuac (1519), de Alfonso Reyes, en las manos. Tras él se asomó, curioso pero timorato, un precioso cachorro de san bernardo.

—¿En qué puedo ayudarle, joven?

—Buenas tardes, me llamo Mateo Llamazares. Estoy buscando a Ana Cossío —respondió el muchacho, con voz trémula.

—¡Anda! ¡Qué sorpresa! —exclamó el profesor, con cara de felicidad, estrechándole efusivamente la mano—. Yo soy Félix. ¡La alegría que se va a llevar Ana cuando llegue! ¿Cómo ha dado con nosotros?

—Averigüé la dirección del edificio Ermita en Morelia. Y allí una vecina me contó que se habían trasladado aquí.

—Me alegra conocer su interés. Ana estaba muy ilusionada con que viniese. Estoy solo en casa, mi mujer se ha ido a jugar una partida de cartas con las amigas y Ana me dijo que salía a hacer algún recado. Pero pase, por favor. No se quede ahí.

—Se lo agradezco, de verdad. Si no le importa, me quedaré en la calle.

—A lo mejor tarda. Aunque no creo que mucho, porque no nos gusta que ande sola de noche.

—No se preocupe. Llevo tantos años deseando que llegara este día que puedo esperar un poco más.

Lo cierto es que Mateo prefería encontrarse con Ana a solas, sin nadie que pudiera interferir en su intimidad. El profesor pareció entenderlo, ya que se limitó a emplazarlo para más tarde, invitándole a cenar. Curiosamente, a pesar de no haber probado bocado en todo el día, no tenía hambre, porque sus nervios se habían reunido en el estómago.

Se sentó en la placita ajardinada en la que se ubicaba la Casa de las Brujas, en un banco que ocupaba una situación estratégica, ya que podía observar la puerta de entrada de aquel precioso edificio de ladrillo rojo tipo inglés que presumía de su majestuosa torre coronada con un techo en forma de cono. Tenía entendido que en una de sus estancias vivía Pachita,

una famosa curandera originaria de Chihuahua de la que decían que realizaba, con un cuchillo de cocina y sin anestesia, cirugías guiadas por el espíritu de Cuauhtémoc, el último gobernante mexica.

En el bolsillo interior de la chaqueta llevaba los pendientes de oro. Y a sus pies descansaba la humilde maleta de cartón en la que guardaba su escasa ropa, su flamante cartera de piel, su ejemplar de Don Quijote de la Mancha y un montón de sueños.

A medida que transcurrían los minutos y comenzaba a oscurecer, se incrementaba su impaciencia, pero, mientras manoseaba su concha marina, se negaba a apartar la mirada de la puerta a la que Ana llegaría en cualquier instante.

Una voz dulce a su espalda lo sacó de su ensimismamiento.

—¿Mateo?

Se incorporó enmudecido, con los ojos llenos de lágrimas. Al girarse, allí estaba ella. Hermosa, radiante, con su media melena y su vestido floreado.

Ana le sonrió con mirada serena, como si se hubiese estado preparando para ese momento durante más de tres años.

—Sabía que vendrías. Me lo habías prometido.

—Mi niña… —acertó a decir él.

Ambos tenían infinidad de cosas que contarse, pero les quedaba mucho tiempo por delante para hacerlo. Lo único que necesitaban ahora era un abrazo, un abrazo que durara toda una vida.

12

Desde la carretera 57, que unía la capital mexicana con la frontera estadounidense, Santa María del Río parecía descansar apacible a los pies del cerro del Original, coronado con una cruz de hierro que solía atraer los rayos en los días de tormenta. Atravesaron el pueblo muy despacio para que los topes que se sucedían causaran el menor daño posible en el bonito SUV que conducía María.

—No me extraña que haya tantos garitos de reparación de neumáticos por todas partes —protestó David.

—Se llaman vulcas.

—¿Vulcas?

—Es un diminutivo de vulcanizadoras. Y sí, aquí es frecuente que se ponche una llanta.

—Pinche.

—¡Ponche, caray!

—¿Igual que el licor?

—A ver, mi amor… —María se dio cuenta enseguida del desliz, pero prefirió seguir adelante con su razonamiento como si nada. Tampoco David quiso interrumpirla—. Te recuerdo que estamos en México y que aquí tenemos nuestra propia manera de hablar y nuestro propio vocabulario. El mismo que, por si se te olvida, nos trajeron ustedes.

—¿Me has llamado «mi amor»?

—Sin pensar.

—¿Sin pensar o sin querer?

—Gachupín, ¿voy a tener que repetirte siempre las cosas?

—Confieso que nadie me lo había dicho antes.

—No me sorprende. Aquí se piensa que las mujeres españolas no son demasiado cariñosas.

—Sí lo son. Solo que tienen su propio estilo a la hora de demostrarlo.

—Ya. Sobre todo las del norte, ¿no?

—¿Qué sabes tú de las mujeres del norte?

—Lo suficiente.

—Pues tú a veces tienes ramalazos de esos.

—Será por la herencia que nos dejaron ustedes.

—¿Te gusta tener siempre la última palabra?

—Nunca lo había pensado —respondió ella, con indiferencia, mientras callejeaban rumbo a su casa.

Sin dejar de sonreír, David contemplaba el pueblo a través del parabrisas y de las ventanillas, sorprendido por su fisonomía y el ritmo pausado de sus gentes. Su primera impresión fue la de estar en uno de esos lugares en los que el tiempo se olvidaba pasar, solo desmentida por el trasiego de motocicletas, en las que solían ir montados varios miembros de una misma familia, por supuesto sin casco, y a veces hasta algún perro. Apenas pestañeaba fijándose en el colorido de las casas, sobre cuyas fachadas se pintaban directamente los anuncios de los negocios locales, incluidos despachos de abogados, consultorios médicos o funerarias. También le sorprendía que en las puertas traseras de muchas viviendas sus propietarios vendiesen todo tipo de antojitos mexicanos, en apariencia sin ningún tipo de regulación legal ni sanitaria.

Los jardines que decoraban la plaza principal mostraban su ambiente bullanguero, al haber empezado ya el novenario con motivo de las fiestas en honor a la Virgen de la Asunción, patrona de la localidad, por lo que se sucedían los puestos de elotes, carnitas, dulces, nieves o tacos, junto a otros que exhibían las mercancías más variadas, desde artesanías hasta confecciones textiles, e incluso libros. Aunque el mayor orgullo que mostraba el pueblo era el de ser la cuna del rebozo, la popular prenda constituida en un símbolo de identidad cultural y versatilidad de la mujer mexicana.

Llegaron a las inmediaciones de la coqueta plaza de toros, donde se encontraba la casa de María, oculta tras un largo muro pintado de blanco rematado con una especie de tejadillo de color terracota, sobre el que caían unas preciosas buganvillas escarlatas. El viejo portón de madera estaba custodiado por dos perros tumbados en el suelo, a los que David miró con recelo, mientras que ellos a él, con indiferencia.

—Se los ve bien alimentados —comentó el español.

—Es que son callejeros, pero los vecinos les dan de comer y de beber: viven estupendamente. Verás que hay recipientes en las puertas de muchas casas. Tranquilo, que estos no muerden.

—Ya —respondió él sin tenerlas todas consigo.

David enmudeció después de que María aparcara el vehículo dentro de la finca. No le extrañaba que aquel fuese su refugio, tal y como le había contado durante el viaje. La parte delantera de la casa tenía un patio central, rodeado de macetas con una vistosa variedad de cactus y presidido por una fuente adornada con conchas y caracolas marinas por la que emanaba el agua con una cadencia sosegada. En la trasera, una fila de arriates con rosales unía un precioso porche de madera con un enorme jardín, en el que había un pozo revestido con azulejos de Talavera; a su alrededor crecían naranjos, limoneros, higueras, granados y nogales, por los que correteaban las ardillas y cantaban los pájaros. Al fondo se dibujaba el paisaje de la sierra, matizada por el atardecer.

En verdad, estaba abrumado. Ya sabía lo que significaba ese lugar para María y, en cierto modo, percibía el peso de la responsabilidad al mismo tiempo que se sentía halagado. Por eso dejó que ella le fuera enseñando aquella casa rústica que a David le recordaba a las que salían en aquellas películas de la edad de oro del cine mexicano. Cada una de las dependencias parecía conservar una esencia distinta, pero en todas ellas habitaban los recuerdos.

A María se le quebró la voz al entrar en una sala, no demasiado grande, repleta de pequeños hallazgos arqueológicos y en cuyas paredes colgaban fotografías de las expediciones de sus padres, que se mostraban felices en todas ellas. David pensó que aquella señora de San Martín Chalchicuautla llevaba toda la razón cuando advirtió el extraordinario parecido de María con su madre.

—¿Te gusta? —quiso saber ella con dulzura—. Este era el cuarto favorito de mis papás.

—Gracias por invitarme. Jamás imaginé nada tan hermoso. ¿Recuerdas que me preguntaste qué había sentido en Kulil Ak’il?

—Y me platicaste que paz.

—Pues aquí es mucho más que eso. Es un estado de serenidad que me invade y que yo desconocía.

Conmovida, María le besó suavemente en los labios.

—Sabía yo que podía traerte. Me alegra que estés aquí. Y seguro que a mis abuelos y a mis papás también.

El sonido de un cohete interrumpió el trance en el que se encontraban.

—Las fiestas, ¿no? —supuso David.

—Bueno, sí… Aunque, en realidad, hay cuetes continuamente.

—Me estás vacilando…

—¡Para nada! —rio ella—. Aquí existe la tradición de trasladar a la virgen de casa en casa. Cada día está en una. Y es un honor para la familia que la recibe, que ya le tiene decorado su altar. Por eso invita a todo el que quiera acompañarlos a cenar tamales y tomar atole. Incluso la gente más humilde se gasta una lana en la celebración. La velan toda la noche, y hay quien contrata músicos y fuegos artificiales.

—¿Y me dices que eso es a diario?

—A diario, sí.

—Con lo cual, los pobres del pueblo tienen siempre qué comer.

—¡Órale! Y se tiran cuetes desde primera hora de la mañana hasta la noche para avisar del rosario, de una misa, de que empieza la procesión, de que termina… o, simplemente, por mostrar su alegría. Se lanzan incluso en los funerales.

—Ya decía yo que este lugar era demasiado bonito para ser verdad y que alguna pega tenía que tener.

—¡No seas menso! Así pasa cuando sucede —rio ella—. Además, una se acaba acostumbrando.

—No sé yo. Menos mal que estoy empezando a quedarme un poco sordo.

—¡Escucha! ¡Están ahí fuera! ¡Vamos! —apremió María.

Sin que David tuviese más opción que seguirla, ambos se asomaron a la puerta, que se quejó al abrirse, hinchada por la humedad de las últimas lluvias.

Ante los ojos perplejos de David, desfilaron dos danzantes con el torso descubierto y la cabeza adornada con penachos de plumas de colores que hacían sonar sus ayoyotes anudados en los tobillos y las muñecas; a continuación marchaba una larga comitiva de lugareños con velas encendidas; detrás, cuatro muchachos portaban unas andas con un enorme cuadro de la Virgen de Guadalupe, enmarcado en una elegante moldura dorada; junto a ellos caminaban dos pajareros con sus jaulas llenas de

canarios y periquitos cargadas a la espalda; y al final, un señor lanzando cohetes, al que David miró con ojeriza.

—¿Por qué le llevan pajaritos a la Virgen? —preguntó el español, fascinado con lo que veía.

—Porque a la Virgen le gustan —respondió María, muy convencida.

—¡Venga ya!

—¡De veras! Cuando se le apareció a Juan Diego, además de unas rosas, que aquí no existían porque eran originarias de Castilla, y menos en diciembre, le regaló el canto de los pájaros. Juan Diego es el primer santo indígena de toda América. Lo canonizó el papa hace tres años —aseveró ella, orgullosa.

Si, a David, alguien le hubiese dicho hace tan solo unos días que iba a estar presenciando una procesión católica, se habría reído. Y, sin embargo, allí estaba, en ese pueblecito perdido, contemplando con respeto y asombro aquel peculiar cortejo.

—Bueno, que me está dando algo de hambrita. Voy a preparar la cena

—dijo María, regresando al patio.

—¿Cómo está todo tan cuidado con lo poco que vienes?

—Me ayudan Tere y Luis, un matrimonio joven muy lindo. ¡Se casaron hace nada y ella está embarazada por segunda vez! El papá de Luis ya ayudaba a mis abuelos. Él viene casi todos los días. Les pedí que me llenaran el refri. Conocen de sobra mis gustos, así que imagino que no nos faltará comida ni cerveza. Además, hacen unos antojitos deliciosos.

—Eso me ha llamado la atención cuando pasábamos por el pueblo: la cantidad de niños que hay.

—También a mí me choca que en España apenas los haya —comentó ella, abriendo la puerta de acceso a la cocina desde el patio—. Aguas con el escalón —advirtió.

—¡¿Aquí decís aguas en vez de cuidado?!

—Claro, así se dice.

—¡Me encanta! ¿Sabes de dónde viene la palabra?

—La verdad es que nunca me lo había preguntado —admitió ella mientras servía un par de copitas de tequila sobre un mantel de hule de cuadros rojos y blancos, en tanto él sacaba dos cervezas del refrigerador.

A David comenzaba a gustarle ese hábito de alternar el tequila y la cerveza, especialmente cuando había algo que celebrar. Lo malo es que en México parecía que siempre surgía algún motivo para hacerlo.

—Es otra herencia española. En los tiempos en los que las casas carecían de baños, la gente hacía sus necesidades en orinales. ¿Cómo se llaman aquí?

—Bacinicas.

—Pues eso. Y luego tiraban el contenido por la ventana. Y para evitar que le cayera a alguien gritaban: «¡Agua va!».

—¡Guacalá! —exclamó ella, expresando su asco.

—Imagino que esa advertencia se extendería para todo —rio David.

—Desconocía esa historia.

—A mí me parece muy significativa. En estos días en México, me ha dado por pensar en eso.

—¿A qué te refieres?

—A las expresiones en las que no coincidimos, teniendo la misma lengua. Además del vocabulario, claro. Es evidente que partimos del mismo lugar, pero con el paso del tiempo el idioma ha ido evolucionando de una manera distinta. Creo que aquí han sido más fieles al modo como se hablaba español antiguamente. Y supongo que eso tiene que ver con que tengo la sensación de que en México se respetan más las tradiciones que en España —relató David mientras ella ya afanaba en la cocina y él la seguía como un perrito faldero.

—¿El gachupín está dando su brazo a torcer en eso de que todo lo de su país era mejor que en ningún sitio? —bromeó ella, girándose para dejarse abrazar.

—¡Yo jamás he dicho eso! —se defendió él, aprovechando la ocasión para darle un beso en los labios.

—¡Anda! Saca algo de botana, que yo voy a preparar guacamole y unas quesadillas —apremió ella, encendiendo con una cerilla el gas de una vieja estufa—. En la alacena hay papitas fritas, elotes y chicharrones.

La sugerencia de María le recordó a David la visión de Karla antes de que tomaran las marranadas en el puesto de Xilitla.

—¿Sabes algo de náhuatl?

—Un poquitito.

—¿Significa algo Ma yolpaki?

—¿Dónde lo has oído?

—A una chica nahua por la calle, el otro día.

—En sentido literal, se podría traducir como «que tengas el corazón contento». Se usa para desearle felicidad a alguien.

—Es bonito —suspiró David, buscando que su alma agradeciera a la de Karla lo que había hecho por él.

—Sí que lo es.

Cenaron despacio, compartiendo confidencias con la complicidad de los ancianos que siguen enamorados después de toda una vida juntos. Llegado el momento de acostarse, David prefirió ser prudente, sabedor de lo que representaba para María aquella casa.

—¿Cuál es mi habitación? —preguntó él.

—La mía —le respondió ella sin titubear, tomándole de la mano para guiarle a sus aposentos con absoluta naturalidad.

Ya en la cama, se mantuvieron abrazados en silencio para dejarse invadir por un cúmulo de emociones, algunas desconocidas. Esa noche, ambos fueron conscientes del desamparo que los había perseguido siempre, quizá porque por primera vez se sabían protegidos, al mismo tiempo que sentían la necesidad de cuidarse. Sin embargo, prefirieron no expresarse con palabras hasta que David comenzó a canturrear en voz baja Agárrate a mí, María, una emotiva balada de Los Secretos, con la voz casi quebrada.

—Es preciosa. No pretenderás decirme que estás perdido y que buscas refugiarte en mí —susurró ella.

—Te quiero, María, te quiero.

—¿Mucho?

—Como no sabía que se podía.

Ella le sonrió mientras se quitaba el sencillo camisón que se había puesto en el baño, quedándose totalmente desnuda, y comenzó a besarle en el cuello con sensualidad, en tanto sus dedos le acariciaban los muslos, dispuesta a que su cuerpo se expresara por ella. Cruzaron tantas veces la raya entre la ternura y el deseo que terminaron por borrarla, y continuaron amándose en sus sueños.

Apenas comenzaba a amanecer cuando el estallido de un cohete despertó a David. Sin abrir los ojos aún, palpó la cama, tratando de acariciar la piel de María, pero ya no estaba allí. Tampoco en el baño. Así que se puso un pantalón corto y salió a buscarla. La encontró en camisón, de pie, en la salita de sus recuerdos, mirando fijamente una foto en la que sus padres posaban sonrientes en la escalinata de la iglesia de la plaza en San Martín Chalchicuautla. David se quedó junto a la puerta durante unos segundos sin que ella lo percibiera. Pasados unos instantes, decidió

marcharse sin hacer ruido, dejándola a solas para que pudiese seguir hablando con ellos.

Minutos después, María entró en la cocina al olor del café que acababa de preparar David.

—¡Qué rico huele! —exclamó ella, risueña.

Él se acercó y la tomó de la cintura para darle un beso.

—Buenos días, Negrita —la saludó, entregándole una taza.

—¿Cómo te has levantado tan temprano? Me has platicado estos días que eras dormilón.

—En México amanece antes. Y luego está el asunto de mi amigo.

—¿Qué amigo?

—El cohetero. ¿En serio que empieza a las seis?

—Y muy tarde me parece —respondió ella, divertida—. Yo ni me he enterado, ya te platiqué anoche que te acabas acostumbrando.

—He de reconocer que le compadezco.

—¿Bromeas?

—No, no. No creo que haya nadie en el mundo que trabaje tanto como un cohetero en Santa María del Río —comentó él, provocando la preciosa carcajada de María—. ¿Cuál es el plan para hoy?

—Descansar. Yo había pensado en ir a desayunar al mercado, ¿te apetece?

—A riesgo de resultar empalagoso, que ya sé que estoy ahí ahí, no se me ocurre nada que no me apetezca contigo —respondió el español, abrazándola otra vez.

En esta ocasión, David no exageraba. Detestaba los grandes centros comerciales con la misma intensidad con que le encantaba ir a los mercados tradicionales. Mucho tenían que ver en eso los sábados por la mañana, cuando desde crío, en Santander, acompañaba a su madre al de la Esperanza, donde se quedaba embelesado contemplando el colorido de los puestos. Así que, para él, un mercado en México era como Disneylandia para un niño.

No hizo falta siquiera que llegaran a su destino para que David se fuese deteniendo a cada momento. La callejuela que conducía al mercado municipal estaba llena de puestos en los que gentes humildes de todas las edades vendían su mercancía: ajos, miel, nueces, quesos, tunas, ropa interior…, incluso loros o gallos de pelea. Un joven uniformado la recorría

haciendo sonar Perfume de gardenias en su viejo organillo, del que colgaba un chango desgastado de peluche.

Se quedó, de nuevo, anonadado al descubrir en la entrada del mercado pequeñas máquinas tragaperras de no más de un metro de altura, con luces que destellaban en la pantalla y en los botones, en las que por un peso los niños podían entretenerse.

Subieron por la escalera a la primera planta, en la que se encontraban las fondas, en cuya entrada las cocineras colocaban sus tortillas, a la vista de todo el mundo, en enormes comales con solera.

Se dejaron seducir por la destreza de una joven indígena que amasaba sopes de maíz azul, que luego cubría con guisos de diferentes cazuelas, que a David le volvieron a recordar a las que tenía su abuela en su casita del valle del Pas, así que se sentaron en unas sillas rojas de plástico junto a una mesa alargada, protegida por un hule amarillo chillón. Mientras esperaban su desayuno, otra joven les sirvió una jarra con café de olla, en tanto que un músico harapiento se les acercó haciendo sonar su vieja guitarra en busca de unos pesos, que María sacó de su cartera.

Regresaron despacio a la casa, deleitándose con el paseo, no sin antes hacer acopio de un queso ranchero en la lechería de doña Sofi y de su hija Vero; y de unas sabrosas campechanas, elaboradas con un fino hojaldre recubierto con una capa de azúcar caramelizada, que al hornearse se volvía sorprendentemente crujiente.

En contra de lo que venía siendo habitual entre ellos, David estaba más charlatán, regodeándose en los detalles de ese desayuno tan delicioso que acababan de tomar y manifestando que los sopes le gustaban aún más que las pizzas, lo cual no resultaba nada fácil de decir; María, en cambio, asentía en silencio, como si tuviera la cabeza en otra parte. Y en cuanto llegaron a la casa, ella volvió a visitar la salita de sus recuerdos. David comprendió su necesidad de espacio, por lo que buscó algún libro en la pared del salón dedicada a biblioteca para leerlo en una de las hamacas del porche. Estuvo tentado de elegir la novela Estas ruinas que ves, de Jorge Ibargüengoitia, pero, al final, se decidió por un volumen titulado El pasado indígena, coescrito por el afamado arqueólogo Leonardo López Luján y su padre, el prestigioso historiador Alfredo López Austin.

A los pocos minutos, María se acomodó en la hamaca de al lado y se puso a observar el jardín. Puntualmente, también elevaba la vista hacia un cielo cubierto de nubes grisáceas casi transparentes. De vez en cuando,

David le echaba una ojeada con disimulo, en un intento de adivinar sus pensamientos. Imaginaba que estaría recordando los cuentos que le contaban sus abuelos en las tardes de lluvia o cómo se divertía con sus padres de niña. Quizá habría jugado con ellos a correr o a las escondidas entre aquellos árboles en los que ahora tenía perdida la mirada.

Después de un rato viajando en el tiempo con la mente, María se fijó en uno de esos petirrojos que se le acercaban en los momentos en que se acordaba especialmente de sus difuntos, lo que la incitaba a imaginar que los pajaritos eran enviados por ellos. La avecilla se posó pizpireta a su lado, para luego volar hasta la base del tronco del nogal más alejado del jardín, y comenzó a picotear en el césped, como si estuviese buscando alguna lombriz. Sin embargo, volvió enseguida y repitió la misma operación, sin que María dejara de mirarla. Cuando el petirrojo realizó el mismo trayecto por tercera vez, María rompió su silencio.

—Si tuvieras que esconder algo muy importante en esta casa, ¿dónde lo harías? —le preguntó a David, circunspecta.

—Depende de lo que fuese —respondió él, apartando la vista del libro

—. Pero imagino que estaría más seguro enterrado en el jardín que en cualquier escondrijo de dentro.

—¿En qué parte del jardín?

—Junto a la pared de la tapia que proteja más de la lluvia y en la que le dé más el sol, para preservarlo de la humedad. ¿De dónde suele soplar aquí el viento?

—Del este.

—Entonces, por allí —dijo él, señalando hacia el nogal, tras unos instantes de reflexión—. Que además da el sol de la tarde.

—¿Donde está aquel petirrojo?

—Por ejemplo.

—¿Quieres que probemos? —le propuso ella, incorporándose, sin darle oportunidad de decidir.

De repente, David cayó en la cuenta de las elucubraciones de María. En realidad, le parecía una locura, pero no se atrevió a contrariarla, así que caminó tras ella hasta la bodega, donde agarraron un pico y una pala.

Fue la dueña de la casa quien comenzó a cavar con cuidado en el lugar señalado por el petirrojo, que ahora los observaba curioso desde la rama del nogal, mientras David apartaba la tierra con la pala. Para sorpresa del español, en apenas cinco minutos, ella se detuvo.

—Ahí está —susurró María, sin alterarse, ante la perplejidad del hombre que la amaba.

Ambos se agacharon y terminaron de escarbar con las manos hasta palpar un paquete envuelto en plástico del tamaño aproximado de un palmo, que ella apretó contra su pecho antes de regresar al porche ante la amenaza de lluvia.

Lo colocó de inmediato sobre una amplia mesa, en la que, en otros tiempos, se habían celebrado las comidas familiares, y comenzó a desembalarlo muy despacio, cuidando cada movimiento.

David la observaba, incrédulo, con las pulsaciones revolucionadas, sin atreverse a decir nada que pudiese romper la magia del momento. En cuanto quedó a la vista una rudimentaria caja de madera, ella entró en la casa para salir enseguida con unos guantes de nitrilo puestos. La abrió con suma delicadeza, con la precisión de un cirujano operando a corazón abierto. Dentro había un recipiente de cerámica pintado con motivos mayas que contenía un códice.

—¡Qué hermosura! —dijo ella, por fin, embargada por la emoción, sin que David diese crédito a lo que estaba contemplando.

Ante sus ojos atónitos se mostraba lo que parecía ser un manuscrito precolombino. Solo la tapa superior resultaba de una belleza incomprensible, porque aparentemente era de madera forrada con piel de jaguar decorada con incrustaciones de jade.

—Es increíble —musitó él, consternado, sin elevar la voz.

—Vamos a la salita para preservarlo de la luz —indicó María.

Ya dentro, casi a oscuras, asentó la caja en la mesa de trabajo de sus padres, donde todavía conservaba algunos útiles, como el microscopio, la balanza de precisión, la lámpara de aumento y algunas herramientas para manipulaciones delicadas.

María extrajo el códice del recipiente y lo depositó encima de la mesa, cuya superficie David acababa de limpiar.

Lo abrió con dedos temblorosos.

Sobre una hoja de papel amate aparecían dibujadas con tintas vegetales escenas de ofrendas a los dioses junto a jeroglíficos compuestos de glifos y números mayas a base de puntos, barras y símbolos de algo similar a una concha, que representaba el cero. Sin embargo, ella no se atrevió a pasar más hojas por miedo a dañarlo. Y acabó por guardarlo de nuevo.

—Es un ejemplar único en el mundo —le susurró él.

Con lágrimas en los ojos, María se acercó a la pared donde estaba la fotografía de sus padres, que ella no había dejado de admirar desde que llegara a la casa.

—Gracias, mamá; gracias, papá —les dijo con dulzura, acariciándoles los rostros con la yema de los dedos—. Es precioso su manuscrito. El códice Chalchicuautla. Prometo cuidarlo como ustedes lo hicieron.

—Mi niña… —le susurró David, abrazándola por la espalda.

—¿Ves, mi amor? Estás en una tierra de sueños.

Epílogo

A David Quijano le había extrañado que María hubiese aceptado con tanta facilidad su propuesta de acompañarlo a Santander con la intención de ver a su padre, recién jubilado. Lo que no llegó a sospechar jamás era la sorpresa que ella le tenía reservada. Claro que después de dos semanas de no haber descendido de aquella montaña rusa de emociones, algunas preñadas de irrealidad, cualquier cosa ya podía suceder.

Tras tomarse unos días de descanso y meditación en Santa María del Río, con el códice a buen recaudo, decidieron viajar a Ciudad de México. Allí disfrutaron de sus restaurantes; pero, sobre todo, de la noche que pasaron en el Tenampa de la plaza Garibaldi, el famoso templo del mariachi al que David se moría por ir desde que supiese que esa legendaria cantina era uno de los lugares de farra de José Alfredo Jiménez, uno de sus músicos favoritos. Al español le maravilló la vivienda que María poseía en el edificio Condesa de la capital mexicana, tanto por su elegancia como por la historia que encerraban sus paredes. Ella le relató que sus abuelos se la compraron a unos amigos suyos: María Luisa Elío y su marido, Jomi García Ascot, dos intelectuales, hijos de exiliados españoles, a los que Gabriel García Márquez tuvo la gentileza de dedicar Cien años de soledad por su paciencia a la hora de escucharlo cuando la estaba escribiendo.

Santander los había recibido con lluvia a primera hora de la mañana; sin embargo, al mediodía, el sol comenzaba a asomarse sobre la bahía, por lo que David consiguió que su padre saliese con ellos a tomarse unos vinos cerca de su casa, ya que residía en un coqueto piso de la plaza Pombo, muy próxima a la zona de ambiente. La sugerencia de probar un pincho de tortilla en Cañadío había resultado decisiva para convencerlo.

David observaba complacido cómo su padre charlaba animadamente con María. Él parecía mostrarse encantado. Quizá porque, tras conocer a

aquella hermosa mujer mexicana, pensaba que su hijo sentaría por fin la cabeza.

—Entiendo perfectamente que quieras vivir en México —afirmó el señor Quijano sin filtro alguno, como buen santanderino.

—Papá… —le reprochó su hijo, sin demasiado convencimiento, con la intención de que su padre no se extendiera en los halagos hacia María, que reía divertida, ya que ella advertía el pudor en la cara de David.

Tras tomarse de forma distendida tres riojas cada uno, María miró su reloj.

—Si me disculpa, me gustaría invitar a su hijo a comer a un sitio que no conoce. Tenemos cosas que platicar —afirmó ella, dirigiéndose al señor Quijano en tono cariñoso.

—¡No faltaba más! Tiempo tendremos nosotros de seguir charlando.

—¡Manda narices! —exclamó David—. ¿No te basta con elegir los sitios en México, que también quieres hacerlo en Santander? —preguntó con retranca—. Dudo mucho que no lo conozca.

La mexicana se encogió de hombros, risueña, antes de darle un sentido abrazo al señor Quijano, que se sintió conmovido, aunque no se atreviera a reconocerlo.

Apenas cinco minutos después, ella y David se encontraban en la parada de taxis.

—Por favor, llévenos al Sardinero, pero no tome el túnel. Vaya mejor bordeando la costa —indicó María al taxista.

A pesar de tener la mosca detrás de la oreja, David prefirió mantenerse callado. Si quería demostrar que ya conocía Santander, lo acababa de lograr.

Avanzaban por la avenida Reina Victoria, pero, a la altura del Hotel Real, ella le pidió al taxista que aminorara la marcha para acceder a una de esas lujosas mansiones que tenían unas vistas privilegiadas al mar.

—¿Dónde vamos? —quiso saber David, receloso.

—No seas impaciente —le respondió ella.

No hizo falta que llamaran al timbre, porque el portón metálico se abrió para que el taxi pudiera acercarse por un camino asfaltado rodeado de jardineras hasta la escalinata de una preciosa casona de estilo regionalista, donde lo estaba aguardando una señora entrada en años con rasgos indígenas.

—¡Ay, señorita, qué alegría!

Mientras pagaba al taxista, David observaba cómo ellas se abrazaban, sin ser capaz de abrir la boca más que para evidenciar su incredulidad. No tardó en aparecer un anciano en aparente buena forma, de porte elegante a pesar de estar en mangas de camisa, al que el arqueólogo reconoció enseguida. ¡Se trataba del mismo hombre que había donado los pendientes precolombinos al museo sin querer identificarse!

—Mira, mi amor. Él es mi abuelo.

—Mateo Llamazares —se presentó, estrechándole calurosamente la mano—. Es un gusto conocerte —manifestó, con cierto deje mexicano.

El arqueólogo no entendía nada. No sabía si estaba molesto, encantado, perplejo, desconcertado o todo a la vez. La figura de Mateo Llamazares, un exiliado que había hecho fortuna en México, se conocía de sobra en Santander por su mecenazgo cultural y sus obras benéficas, si bien era poco proclive a conceder entrevistas, por lo que su rostro no solía prodigarse en la prensa.

—Lo mismo digo, yo soy David Quijano —respondió el recién llegado

—. Desconocía que María tuviese familia aquí —admitió, dirigiendo ahora su mirada hacia ella, que le sonrió con una ingenuidad impostada.

—¡Mi nieta siempre tan reservada! ¡Tiene a quién salir! —contestó el dueño de la casa—. Pero pasad, por favor.

María aceleró el paso subiendo la escalera al ver que su abuela se asomaba a la puerta para fundirse en un abrazo con ella.

—¿Has visto, mi amor? ¡Cada día más guapa! —exclamó la mexicana como si lo que estuviese ocurriendo fuese lo más normal del mundo.

—¡Ay, cariño! Mira que eres zalamera —comentó la anciana, dejándose querer—. Un gusto, David. Me llamo Ana. Estás en tu casa.

Ya en el hall, el arqueólogo consiguió acercarse con discreción a María para hablarle en voz baja.

—¿Por qué no me lo dijiste?

—Al principio, no veía cómo hacerlo. Y luego lo vi divertido —le respondió ella, en tono cariñoso, dándole un beso en la mejilla—. Espero que no estés muy enojado conmigo.

—¿Sabías que fue tu abuelo el que donó los pendientes?

—Por favor, no comentes nada de que ya no están en Madrid.

A David no le quedó más remedio que refunfuñar por lo bajinis. En verdad, lo único que le preocupaba en ese momento era no parecer un estúpido.

De camino a la biblioteca, el arqueólogo miraba de reojo las obras de arte repartidas por la casa. Algunas le resultaron familiares, ya que tenían el sello inconfundible de los pintores surrealistas que tanto le gustaban.

A David le impresionó la ingente cantidad de libros almacenados en aquellos estantes. No en vano, Llamazares se declaraba un lector voraz que, sin embargo, solo había conseguido a medias su sueño de ser escritor, porque llevaba publicados más de treinta libros, pero ninguno de ficción. No obstante, lo que más le llamó la atención fueron las fotografías enmarcadas que había por todas partes, en las que se veía a Mateo acompañado de personajes ilustres de la ciencia, de la política, de la cultura o del mundo del espectáculo. En ellas aparecía siempre sonriente junto al premio nobel Severo Ochoa; a los presidentes de México Miguel de la Madrid y José López Portillo, al de España, Felipe González; a los escritores Octavio Paz y Gabriel García Márquez; a su compadre Cantinflas o a músicos como Serrat, Lola Beltrán, Pedro Infante y los mismísimos José Alfredo Jiménez y Agustín Lara.

—A finales de noviembre la FIL de Guadalajara va a concederle el Premio al Bibliófilo del año —informó María, orgullosa, al ver cómo David miraba asombrado de un lado para otro.

—Eso no tiene demasiado valor —respondió Mateo con una modestia nada fingida—. En esta vida lo que más me gusta es amar, leer, escribir, viajar… Lo increíble es lo que han conseguido ustedes.

—¿Ya te has enterado? —preguntó, extrañada, María.

—Ha salido hoy en todos los periódicos —respondió su abuelo.

—Se suponía que la nota de prensa debía publicarse mañana. Quería platicártelo yo misma —dijo la arqueóloga, ahora contrariada.

—Ya sabes cómo son los periodistas. Tus papás, desde el cielo, tienen que estar muy orgullosos de ti —comentó Mateo, con la voz quebrada, lo que provocó que a su esposa se le escapara un puñado de lágrimas, recordando a su hija.

—Todo el mérito es de María —intervino David—. ¿Puedo leerlo?

—Claro, ahí tienes el Alerta y El Diario Montañés —dijo Mateo, señalando el escritorio.

Los dos arqueólogos se acercaron curiosos para hojear los periódicos en busca de la noticia.

DESCUBREN UN CÓDICE MAYA

EN LA HUASTECA

El hallazgo constituye un hito para el estudio de la civilización prehispánica

México D. F. — El director general del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) ha anunciado el hallazgo de un códice maya, hasta ahora desconocido, encontrado por los arqueólogos María Llamazares y Francisco Garza poco antes de fallecer en 1974 en un trágico accidente de avioneta cuando estaban investigando en la Huasteca, y que había permanecido oculto desde entonces sin que haya trascendido el motivo. En cualquier caso, este descubrimiento representa un hito histórico para el estudio de la civilización maya, ofreciendo nuevas perspectivas acerca de su escritura, astronomía y rituales.

El códice, al que se le estima una antigüedad aproximada de setecientos años, está confeccionado sobre papel amate y presenta ilustraciones y glifos jeroglíficos. Fue hallado dentro de un recipiente cerámico, lo que ha contribuido a mantenerlo en buen estado.

Los expertos, que se muestran entusiasmados, comenzarán en breve el proceso de conservación del manuscrito, y ya anticipan que su estudio llevará años de trabajo.

Este nuevo códice se suma a la reducida lista de manuscritos prehispánicos

mayas que han sobrevivido hasta nuestros días, como los conocidos códices de Dresde, Madrid y París, a falta de determinar la autenticidad del Códice Grolier. Su aparición subraya la riqueza y la complejidad de la herencia cultural maya, reafirmando la importancia de continuar con la investigación y protección de estos yacimientos ancestrales.

El códice ya se encuentra en los laboratorios del INAH, bajo estrictas medidas de seguridad y conservación, donde un equipo especializado determinará las condiciones para ser expuesto en un futuro en el Museo Nacional de Antropología.

Tras leer la noticia, María se abrazó entre sollozos a sus abuelos, feliz por recuperar la memoria de sus padres, quienes acababan de ganarse el respeto de la comunidad científica internacional.

David disfrutó especialmente de la comida, no ya por el suculento cocido lebaniego que degustaron, sino por la increíble personalidad de Mateo Llamazares, incansable narrador de anécdotas y con una envidiable filosofía de vida.

—Desde que llegaste, le he estado dando vueltas, porque tengo la sensación de que nos hemos visto antes. Si es así, puedes disculparme, pero los años no perdonan, David —comentó el dueño de la casa.

—No se preocupe, es normal. Usted conoce mucha gente a diario y es imposible que recuerde a todo el mundo. Además, nosotros coincidimos apenas unos minutos, en el Museo Arqueológico Nacional.

—¡Claro! ¡En Madrid! Así que tú también eres del gremio.

—Bueno, mi trabajo no es comparable con el de su familia.

—Todo trabajo es digno si se realiza con honestidad. Y dime, ¿cómo va la conservación de los pendientes?

Casi por instinto, David echó una ojeada fugaz a María, quien hizo un rápido movimiento de negación con la cabeza de forma disimulada.

—Están en muy buenas manos, don Mateo.

—Te ruego que sigas manteniendo mi anonimato en el museo, por favor.

—Descuide.

—Bien. Esos pendientes no me correspondían —confesó el afamado publicista.

—Fue su regalo de pedida cuando nos casamos. Yo creo que pretendía impresionarme, aunque no le hacía falta: yo andaba tan coladísima por él que esperé a que viniera a buscarme a México —intervino Ana Cossío—. Pero, en el fondo, sabía que él tenía la cosita esa de que habían salido de España de mala manera. Por eso, ahora que estamos saldando cuentas, le he dado permiso para que los devuelva.

—¡Abuela! No digas eso, os queda mucha guerra que dar todavía.

—Nadie es eterno —afirmó Mateo—. Empezamos a tener más amigos muertos que vivos. Nosotros estamos ya viviendo de propina.

—¿Y vienen ustedes mucho por aquí? —preguntó David por desviar la conversación.

—Antes nos repartíamos entre Acapulco, París, Ciudad de México y Santander, pero, a nuestra edad, nos cuesta viajar cada vez más. Aun así, procuramos pasar aquí todos los veranos —respondió Mateo.

—Esta casa es preciosa —apuntó David—. Me encanta su colección de arte. Hay cuadros de Leonora Carrington y de Remedios Varo, ¿no?

—Algo hay por ahí —contestó Mateo sin darle demasiada importancia

—. Remedios me acogió en su casa en París antes de viajar a México. Y con el tiempo, coincidimos allí. Es una pena que muriera tan joven.

—Yo me quedo embobado mirando sus cuadros —admitió David.

—Es que la misteriosa atmósfera que los envuelve invita a la contemplación… y a la reflexión —analizó Mateo.

—Es digno de elogio todo lo que ha conseguido usted —alabó David.

—No fue fácil. Empecé a ganarme la vida en México contratando pequeños anuncios, llamando de puerta en puerta, recorriendo todas las tiendas de abarrotes de la ciudad. Desde mi primera casa hasta San Pedro

de los Pinos hacía dos horas y media a pie, y otras tantas de vuelta. Mi madre me lavaba a diario las dos mudas y los tres pares de calcetines remendados que tenía. Luego comenzaron a ir mejor las cosas, y ahora no soy rico pero vivo como si lo fuera, lo cual es diferente. Aproveché el fruto de mi muchísimo trabajo para invertirlo en satisfacciones de la vida. Y la mía partió de la pobreza, es algo que jamás se puede olvidar. Por eso, uno de los momentos más felices fue cuando conseguí traer a España a mi madre, después de muchos años de exilio, y alojarla en el Hotel Real para que se reuniera allí con sus amigas —relató Mateo—. Lo hicimos después de la muerte de mi padre, quien nunca me hubiera perdonado ese alarde burgués.

—Debe de ser muy satisfactorio haber triunfado, a pesar de las adversidades —apuntó David, demostrando su franca admiración.

—No lo niego, aunque ese triunfo frustró otras ambiciones mejores. Me hubiese gustado ser un buen escritor desde joven. Aún recuerdo mi tristeza cuando visitaba al presidente de la Sociedad Centro Comercial, cuya tienda estaba al lado de la Facultad de Filosofía, en la que yo quería estudiar… Pero tenía una familia que sacar adelante. Y ya me ves, un idealista socialista convertido en burgués.

—Bueno, nunca es tarde. María me ha comentado que está usted escribiendo una novela —dijo David.

—Y además, no todo el mundo puede decir que es miembro de tres academias de la Lengua. No le hagas demasiado caso, a veces se pasa de modesto —comentó María, incorporándose de la mesa para hacerle una carantoña a su abuelo.

—¡Cuídala mucho! —le advirtió Mateo a su invitado.

—Pueden estar tranquilos por eso. Sé que estoy junto a la persona más bonita del mundo.

—¡David! —le riñó María sin que a él pareciese importarle, porque le respondió con una sonrisa enamorada.

—Sé que lo harás, si haces honor a tu apellido —apuntó el anciano.

—Ya sé de su devoción por el Quijote.

—Es que no es solo la primera novela social de la literatura española. Es el testimonio más elocuente y conmovedor de la forma de ser de un pueblo. Constituye, en cierto modo, un retrato ideal del hombre. De ahí su universalidad —razonó Mateo.

—¿No tengo unos abuelos maravillosos? —dijo su nieta, risueña.

Aún departieron con calma en la sobremesa mientras contemplaban la hermosura de la bahía a través de los ventanales del comedor.

Al rato, María y David se despedían de sus anfitriones a los pies de la escalinata. En cuanto alcanzaron el sendero, él no pudo reprimir su reproche.

—Así que los pendientes los habían tenido siempre tus abuelos.

—Los conocí desde niña, claro.

—Y esperaste para robármelos a mí.

—No eran tuyos. Y estarás de acuerdo conmigo en que quedaba feo quitárselos a ellos, ¿no crees? Yo sabía que querían devolverlos al sitio de donde salieron, ya te habrás dado cuenta de que son las personas más honestas del mundo. Les ilusionaba hacerlo.

—No sé si me convences —farfulló él, simulando enojo.

—Te quiero, mi amor —reconoció ella, pronunciando por fin esas palabras, que provocaron la felicidad de David, mientras le besaba junto a la oreja.

Antes de abandonar la finca todavía echaron la vista atrás. Ahí seguían Ana y Mateo agarrados de la mano, enamorados como aquel día en que pasearon a solas por la playa del Sardinero por primera vez, sin imaginar que tendrían que atravesar el océano para cumplir sus sueños en una tierra mexicana que amarían con todo su corazón.

Confidencias del autor

La idea de escribir Tierra de sueños surgió a raíz de que la vida me llevara a residir en México la mayor parte del año. En aquel mes de julio de 2023 aterricé en San Luis Potosí con un montón de ilusiones, entre ellas la de la búsqueda de inspiración para una novela. Por eso, si bien inevitablemente llegué con ojos de turista, pronto me dejé llevar por la sosegada vorágine de un país inabarcable. Su riqueza histórica, cultural, gastronómica, geográfica… es de tal magnitud que abruma. Tratar de condensarla en una novela supuso el reto más complicado, aunque, sin duda, el mayor patrimonio de México son sus gentes, que han sabido cuidar de unas tradiciones y unos valores que se van perdiendo en Europa…, si no se han perdido ya.

Es lógico que enseguida me atrajese también su modo de hablar. No olvidemos que los españoles, la mayoría procedente de Andalucía —donde se seseaba—, introdujeron su idioma a partir del siglo XVI. Por aquel entonces se hablaba español de idéntica manera a ambos lados del Atlántico, con la particularidad de que en México se incluyeron numerosos vocablos indígenas, algunos de los cuales viajaron a España. Lo que me parece maravilloso es la particular evolución del idioma y del vocabulario en ambos países. Pensar que se habla mejor en uno o en otro es ignorar la realidad histórica y la peculiaridad de cada pueblo. Yo, desde luego, como enamorado de la etimología de las palabras, estoy encantado con esta simbiosis.

A la hora de construir la trama, necesitaba un hecho histórico

determinante, de ahí que me decantara por la llegada de los casi veinticinco mil refugiados que México acogió tras la guerra civil; entre ellos, gran parte de la intelectualidad hispánica en todas las áreas de las ciencias y de las artes, así como numerosos docentes formados en la Institución Libre de Enseñanza, que educaron a los hijos de los

trasterrados bajo la filosofía de que «vales por lo que sabes, no por lo que tienes». Los exiliados españoles supieron corresponder a la solidaridad mexicana transfiriendo sus conocimientos a una sociedad que se enriqueció culturalmente.

El objetivo de esta novela era el de homenajear este mestizaje y aportar mi granito de arena en la valoración de su importancia a través de una visión mexicana de lo español y de una visión española de lo mexicano. Para ello necesitaba crear una historia que me ayudara a aglutinar cuanto precisaba destacar sin convertirla en un ensayo. Porque si bien hay un profundo trabajo de documentación, no deja de tratarse de una ficción histórica, lo cual implica mi nulo deseo de sentar cátedra en algunos aspectos controvertidos, pero sí invitar a la reflexión de la forma más objetiva de la que he sido capaz.

En mi búsqueda para recoger las primeras piezas de este rompecabezas aparecieron muchas lecturas, que me aportaron maravillosos descubrimientos y que me fueron llevando de un personaje a otro, muchos con entidad suficiente como para tener su propia novela. Especialmente útil me resultó el libro El tesoro del «Vita», de Francisco Gracia Alonso y Gloria Munilla. Y, por supuesto, el relato escrito en primera persona de algunos de los Niños de Morelia, como el de Aurora Correa en su Cerezas, memorias de una niña exiliada o el de Emeterio Payá en su Los niños españoles de Morelia; o la visión de la historiadora Dolores Pla Brugat o del profesor José Ignacio Cruz, incluso la del propio director del internado, Roberto Reyes, que publicó La vida de los niños íberos en la patria de Lázaro Cárdenas. El lado más emocional de este episodio me lo facilitaron algunos de los Niños de Morelia, que, ya ancianos, contaron sus recuerdos en el documental dirigido por Juan Pablo Villaseñor en 2004.

Otro de los valiosísimos hallazgos fue el de Eulalio Ferrer, que me inspiró el personaje de Mateo Llamazares, en cuya figura me adentré mediante la lectura de cuantas publicaciones cayeron en mis manos, empezando por su maravillosa Páginas del exilio. En realidad, Eulalio Ferrer llegó a México en el mismo barco que su familia después de estar internado en varios campos franceses de concentración. Su pasión por el Quijote le empujó a reunir una importante colección monográfica, que luego donó para crear un museo en Guanajuato. Me resultó muy conmovedor el relato que hace de su encuentro, en la placita de Banyuls, con Antonio Machado y su madre, cobijados bajo una insuficiente manta,

exhaustos y enfermos por las pésimas condiciones en las que tuvieron que huir, a quienes les entrega su capote militar como homenaje al gran poeta que tanto admiraba. Un par de semanas después, hijo y madre fallecerían con tres días de diferencia en Colliure, donde ambos se encuentran enterrados en la misma tumba de su pequeño cementerio.

La conexión, menos conocida, entre Indalecio Prieto y el Tesoro del Vita me la facilitó María Luisa Elío a través de su Tiempo de llorar y su Cuaderno de apuntes, publicados en México por El Equilibrista, dirigida por Diego, uno de los hijos de María Luisa Elío, y por los hermanos Gonzalo y Rodrigo García Barcha, hijos de Gabriel García Márquez. A mí las casualidades me dan que pensar, así que entendí que aquel tenía que ser el germen de mi historia. No en vano mi novela favorita es El amor en los tiempos del cólera. Muy interesante también me resultó la lectura de la magnífica biografía de María Luisa Elío elaborada por Eduardo Mateo Lambarte, subtitulada La vida como nostalgia y exilio.

Para constatar algunos hechos históricos poco documentados acudí al libro de actas de la Junta de Auxilio de los Republicanos Españoles y a la hemeroteca recopilada por su secretario, Carlos Esplá, sobre el Tesoro del Vita, que se encuentra en el Centro Documental de la Memoria Histórica de Salamanca, a cuyos funcionarios debo agradecer su ayuda, al igual que a los del Archivo General de la Nación de México, que tan amablemente me trataron en mi búsqueda de información, y a los de la Fundación Sabino Arana de Bilbao, que me proporcionaron la carta que el capitán del Vita envió a su armador relatándole todas sus vicisitudes.

A construir la trama actual me ayudó el hecho de encontrarme con Los dioses secuestrados de José A. Aspiros y, por supuesto, escuchar a los eminentes arqueólogos Eduardo Matos Moctezuma y Leonardo López Luján en noviembre de 2024 en la FIL de Guadalajara, posiblemente el acontecimiento literario más importante del mundo, y no solo en español. Allí también tuve la oportunidad de cotejar aspectos sobre los Niños de Morelia con el hijo del presidente Lázaro Cárdenas, Cuauhtémoc Cárdenas, que con suma gentileza y lucidez me aportó algunos detalles que contribuyeron al enfoque emocional.

Agradezco al doctor López Luján que me haya inspirado para crear el personaje de Leopoldo Durán. Él, sin saberlo, ha sido mi cicerone en el mundo de la arqueología, ya que leí todos sus artículos publicados en

Mesoweb. Sin duda, fue una excepcional fuente de conocimiento y de entretenimiento durante mis vuelos transoceánicos.

De las vivencias de los exiliados en México existe numerosa bibliografía, si bien preferí centrarme en aquella que incluía las experiencias y memorias narradas por ellos mismos con el fin de recrear su universo, sus pensamientos y sus emociones. Como ejemplo, disfruté mucho con la lectura de El tejido de los sueños, donde Isabel Castells compila los escritos de Remedios Varo; o con Memorias de abajo, en el que la propia Leonora Carrington narra su terrible estancia en el sanatorio de Santander. Por supuesto, también leí gran parte de la obra de Indalecio Prieto, de Max Aub, de Simón Otaola o del propio Eulalio Ferrer, así como los poemas de León Felipe, Pedro Garfias o Luis Cernuda.

Para recrear la bohemia de Ciudad de México de la época me asistieron algunas publicaciones como Cabaret. Rumberas y pecadoras en el cine mexicano… ayer y hoy de Rafael Aviña o la tesis La vida nocturna en la Ciudad de México: centros nocturnos, cabarets y burdeles 1935-1945 de Carlos David Vargas y Carlos Medina Caracheo, quien también realizó otra para obtener su maestría titulada El club de medianoche Waikikí: un cabaret de «época» en la Ciudad de México, 1935-1954. A acercarme al personaje de la Bandida contribuyeron los pocos textos que pude encontrar sobre ella, ya que siempre fue reticente a hablar de su azarosa vida. Para transmitir su personalidad fue de inestimable ayuda la entrevista que Leonardo Páez le hizo a la artista Estrella Newman, una de sus más íntimas conocedoras, así como el relato que sobre ella construye el escritor Carlos Tello.

También he de reconocer el gran trabajo que hay detrás de los grupos de Facebook dedicados a recordar el pasado. Gracias a algunos de ellos como «Mi México antiguo», «México y sus secretos» o «Historia de México», a los que pertenezco, tuve acceso a pequeños detalles que enriquecieron la novela.

El capítulo de agradecimientos es delicado porque siempre se corre el peligro de dejarse a alguien en el tintero, pero esta novela no hubiese sido la misma sin todos los autores a cuyas lecturas me acerqué, sin el personal del Museo Arqueológico Nacional de Madrid y del Instituto Nacional de Antropología e Historia de San Luis Potosí, ni, por supuesto, sin el de la Casa de México en España, que tan magnífica labor de difusión cultural realiza.

Para descubrir un país no queda más remedio que adentrarse en él y viajar para dejarse contagiar del espíritu de sus gentes, desde las cocineras de las fondas del mercado de Santa María del Río hasta el bolero del mercado de los Huaracheros en San Luis Potosí; desde el cantinero de La Potosina, una de las cantinas más antiguas de Ciudad de México, hasta el cronista de Xilitla; o desde los mariachis de San Miguel de Allende hasta el mismísimo Joaquín Sabina, que me emocionó en su concierto en el Auditorio Nacional de México. Aquella noche inolvidable la acabamos en el Tenampa de plaza Garibaldi, cantando rancheras de José Alfredo Jiménez con los actores Roberto Duarte y Rodrigo Virago y con su hermano Diego.

Deliciosa fue la amabilidad de Luisa C. Gastélum, la hija de Gaby, quien, en la posada El Castillo de Xilitla, me habló de su historia familiar, narrada por su madre en el libro Mi tío Edward, así como la hospitalidad de Luis Fernando Hervert, el presidente municipal de San Martín Chalchicuautla, que me descubrió una ciudad precolombina oculta bajo la maleza, en donde me sentí protagonista de una de esas películas de aventuras con las que tanto disfruto desde que era un niño.

Pero para que todo este trabajo realizado en solitario durante tanto tiempo salga a la luz de las librerías es imprescindible la colaboración de buenos profesionales que le den forma. Por eso quiero agradecer al equipo de la editorial Destino su implicación y el celo en su labor.

Por último, me gustaría subrayar que la mayor aportación a esta historia fue, sin duda, la de Marianela, a quien le dedico la novela. Ella consiguió que me enamorara de México a través de sus ojos.

San Luis Potosí, julio de 2025

Apuntes históricos

A lo largo de Tierra de sueños hago referencia a determinados hechos reales cuya resolución se prolongó más allá del tiempo en que se ambienta la novela.

Dado que algunos no son muy conocidos, me permito referirme brevemente a ellos, más como anecdotario que como aportación histórica. Queda al arbitrio de la curiosidad del lector profundizar más en ellos.

Es un misterio cómo llegó al yate Vita el radio, no solo de la Casa de Salud Valdecilla de Santander, sino también el procedente de la Facultad de Medicina de la Universidad de Madrid. Pero lo cierto es que, después de varios años bajo su custodia, Indalecio Prieto decidió devolverlo a España en 1943 por mediación de las autoridades cubanas.

No sucedió lo mismo con el resto de la carga, como se desprende de la lectura de la novela, que ha intentado ser fiel a la realidad en los acontecimientos contrastados. Podemos imaginarnos el sufrimiento de los empleados del Museo Arqueológico Nacional la noche en que fue saqueado por representantes del Gobierno, acompañados de guardias y milicianos. Algunos facultativos pusieron en peligro su vida al esconder numerosas piezas. Gracias a Felipa Niño y a Felipe Mateu se consiguieron salvar algunas piezas únicas como el Cuaternión de Augusto, la Gran Dobla de Pedro I y el Centén de Felipe IV, además de todo el oro español, principalmente el medieval y el de los Reyes Católicos. El destacado historiador y arqueólogo Martín Almagro Gorbea publicó un interesantísimo estudio sobre lo ocurrido, titulado El expolio de las monedas de oro del Museo Arqueológico Nacional en la Segunda República Española.

La ventaja que tenemos los novelistas sobre los historiadores es que podemos permitirnos rellenar ciertos vacíos históricos. En mi caso, procuro hacerlo desde la deducción a partir del conocimiento de lo

acontecido y del análisis de los personajes a fin de humanizarlos, de modo que no sean un mero dato enciclopédico. Reconozco que soy feliz tirando de hilos, algunos de los cuales me han llevado al portal Movimientos Migratorios del Ministerio de Cultura español, donde he podido ver las fichas de casi todos los exiliados que menciono en la novela.

No existen evidencias de que Manuel Neila fuese responsable de la desaparición del radio en Santander, pero sí de los muchos crímenes que cometió. No es de extrañar, pues, que el Gobierno franquista tratara de que las autoridades francesas lo extraditaran. Sin embargo, fue juzgado en Francia y condenado únicamente a quince meses de prisión. A ello contribuyó la detención en el país galo del marqués de Portago, un aristócrata deportista de élite con una vida de película, como algunas en las que intervino, imputado por introducir ampollas de cloroformo con el fin de secuestrar a Neila y llevárselo ilegalmente de vuelta a España. El consulado republicano de Bayona lo acusó de urdir un plan para eliminar republicanos refugiados en la zona de Biarritz, pero tampoco fue condenado más que a tres meses de cárcel, y por idéntico motivo que Neila: la falsificación de pasaportes. Curiosamente, sería más famoso su hijo Alfonso de Portago por una icónica fotografía titulada El beso de la muerte. En ella, la actriz Linda Christian besa a Alfonso, que pilota un coche de carreras, minutos antes de que este fallezca en un accidente durante una legendaria carrera de resistencia en el norte de Italia en 1957.

Detalles que, aunque luego no tengan cabida en la novela, me sirven

para recrear un ambiente en el que pretendo que el lector se sumerja. Algunos menores, que me hacen sonreír, como cuando Eulalio Ferrer se encuentra en el zócalo de Oaxaca a «la muy guapa Pilarica, la hija de Manuel Neila», coqueteando con un joven rico que se paseaba en descapotable. Por cierto, Neila conseguiría reunirse con su familia en México. Murió en 1967 abrazado al catolicismo, arrepentido de sus desmanes durante la guerra.

Menor fue la fechoría de Emilio Palomo al llevarse algunas joyas del Vita. Tras huir a La Habana, escribió un par de novelas, que fueron publicadas por Manuel Altolaguirre, uno de los máximos exponentes de la generación del 27.

También me he encontrado con la figura del doctor Puche en numerosas publicaciones, que coinciden en destacar su integridad y bonhomía, a pesar de que no tuviera palabras amables para Indalecio

Prieto. Fue Puche quien le facilitó un vehículo oficial a Antonio Machado para que pudiera llegar a Francia desde Barcelona con su familia. Lamentablemente, Machado moriría al poco de establecerse en el hotel Bougnol-Quintana de Colliure. Su hermano Manuel encontraría en el bolsillo de su gabán un papel arrugado donde estaba escrito, posiblemente, su último verso: «Estos días azules y este sol de la infancia», que he elegido como epígrafe de esta novela por su tono evocador y de esperanza en medio de la tragedia.

Tampoco Manuel Azaña, el presidente de la Segunda República española, sobrevivió mucho tiempo en el exilio en Francia, de donde no pudo escapar debido a su delicado estado de salud, a pesar de que Negrín, el íntimo enemigo de Indalecio Prieto, le ofreciera personalmente ayuda para embarcar a Gran Bretaña. Con la Gestapo alemana y los falangistas españoles acosándole, el diplomático mexicano Luis I. Rodríguez alquiló algunas habitaciones en el Hôtel du Midi de Montauban a nombre de su embajada, en cuyos balcones hizo ondear su pabellón. Así, aquellas dependencias se convirtieron en tierra mexicana, con la inmunidad correspondiente. Allí se alojó Azaña hasta que murió mes y medio después, el 3 de noviembre de 1940. Ante la negativa de las autoridades francesas a que la bandera republicana estuviese presente en el entierro, Luis I. Rodríguez dio instrucciones para que el féretro de Azaña fuese cubierto con orgullo por la bandera mexicana.

He querido recordar este relato para resaltar los lazos que unieron a las dos repúblicas entonces. Con respecto a la muerte de Azaña, que vivió humildemente sus últimos días, existe una intrahistoria conmovedora: la de Felipe Gómez-Pallete, su médico personal, que se suicidó unos días antes del fallecimiento de Azaña, cuando este ya estaba desahuciado. El propio médico relató en una carta a Luis I. Rodríguez el motivo: «Mi querido ministro: Pocas líneas para decirle adiós. Le había jurado a don Manuel inyectarlo de muerte cuando lo viera en peligro de caer en las garras franquistas. Ahora que lo siento de cerca me falta valor para hacerlo. No queriendo violar este compromiso, me la aplico yo mismo para adelantarme a su viaje. Dispense este nuevo conflicto que le ocasiona su agradecido, Pallete».

También Luis I. Rodríguez ayudó a Nicolau d’Olwer, el presidente de la Junta de Ayuda a los Refugiados Españoles, cuyos hilos dirigía Indalecio Prieto. Cuando d’Olwer fue apresado en Francia, el diplomático

mexicano gestionó el rescate para su liberación, en la que también intervino Palma Guillén, Palmita, la delegada mexicana en Ginebra. Parte de los fondos procedían de los depósitos de la JARE que aún se encontraban en posesión de d’Olwer. Fue el propio Rodríguez quien facilitó su llegada a México, donde se casó con Palmita. Allí murió y allí está enterrado, como otros miles de exiliados españoles.

Hablando de matrimonio, se me viene a la cabeza el texto de María Luisa Elío en el que narra que Don (trasunto de Indalecio Prieto) le pide de rodillas que se case con él, cuando ella tenía veintidós años, a cambio de ponerle el mundo a sus pies y cubrirla de joyas. Quizá porque le recordaba la juventud de su madre, quien nunca correspondió a sus peticiones de matrimonio a pesar de haberse separado del juez Elío y de estar gravemente enferma. Este episodio me hace pensar en que la soledad de Indalecio Prieto le conduce a la desesperación, ya que, por aquel entonces, él tenía sesenta y un años y aún no se había repuesto del último infarto. María Luisa Elío siempre le reprochó a Don que las abandonara a su suerte, hasta el punto de que tuviera que vagar de noche por las calles de México en busca de morfina para paliar los terribles dolores de su madre. Por esas paradojas de la vida, Carmen Bernal, cuya familia había servido de tapadera para ocultar el Tesoro del Vita, murió en la penuria antes de cumplir los sesenta años. Don la visitó el día antes en el hospital, pero ella ya apenas respiraba. Su féretro también fue cubierto con la bandera republicana española.

Otro triste final fue el de Carmencita Casal, la pequeña amiga de Ana

Cossío en el internado de Morelia, ya que murió allí mismo a la edad de trece años, el 5 de septiembre de 1940, a causa de una intoxicación con setas venenosas. Por desgracia, en Morelia hubo demasiadas muertes de pequeños alejados de su familia y de su patria.

Dentro de mi línea de moverme entre ficción y realidad, a veces he jugado en la novela con la ventaja de conocer acontecimientos futuros. En ocasiones con hechos trascendentales, y en otras como un mero divertimento. Como cuando en la partida de póquer en el penthouse de la Bandida, Mateo responde «Solamente una vez», lo que inspira al compositor Agustín Lara para escribir una canción que concluiría el año siguiente como homenaje a José Mójica, un amigo suyo que dejaba el mundo artístico para hacerse sacerdote. Por cierto, la Bandida terminó abriendo su burdel en una lujosa casa en la colonia Condesa, que fue

durante muchos años epicentro de la bohemia de la capital mexicana. Allí murió, también sin dinero y olvidada por todos, una noche de mayo de 1962 antes de cumplir los setenta, no sin antes decirles a los periodistas:

«Cabrones, a mí no me vayan a poner como heroína, porque yo fui solo cocaína». Recibió los últimos auxilios de su hermano sacerdote, al que ella llamaba el Beato, quien además echó agua bendita sobre su féretro.

Por último, un par de apuntes modernos. En Tierra de sueños se cita el Códice Grolier. En 2005, época en que se ambienta parte de la novela, aún se dudaba de si era falso o no, lo cual he querido respetar. No fue hasta 2018 cuando un grupo de investigadores ratificaron su autenticidad y, desde entonces, pasó a denominarse Códice Maya de México, uno de los cuatro textos mayas precolombinos que se conservan en todo el mundo.

Tampoco en 2005 existían aún los museos sobre Leonora Carrington en San Luis Potosí y en Xilitla, dos lugares mágicos que recomiendo visitar.

Podría seguir narrando episodios de personajes maravillosos porque reconozco que me gusta jugar con los límites entre ficción y realidad, pero tampoco pretendo confundir al lector. De ahí que incluya al final de estas páginas una relación de personajes que existieron y que han ido apareciendo a lo largo de mi relato, independientemente de su protagonismo histórico o literario.

Confío en que esta novela sirva para valorar ese puente que siempre ha existido entre México y España, dos países que tienen un sinfín de motivos para sentirse orgullosos el uno del otro. Por lo que a mí respecta, confieso que México me ha conquistado el corazón.

Dramatis personae

Esta relación no pretende ser un resumen biográfico de los personajes que, con independencia de su importancia en la novela, han aparecido o han sido mencionados en Tierra de sueños. Con ella, simplemente trato de dar unas pinceladas sobre su papel en esta historia.

ACERINA. Nombre artístico de Consejo Valiente Roberts, músico cubano, virtuoso del danzón. Llegó a México con catorce años, huyendo del conflicto racial de la masacre de los Independientes de Color. Tuvo su propia orquesta, la más famosa del país, con la que actuaba cuatro veces por semana en el Salón México.

AEDO, BENJAMÍN. Hermano de Graciela Olmos —nacida Marina Aedo—, conocida como la Bandida. Después de que una pandilla de gavilleros convertidos en revolucionarios asaltara la hacienda de Chihuahua en que vivía y matara a la mayoría de los trabajadores

(incluidos sus padres), huye con su hermana a Ciudad de México siendo aún muy niños. Allí sobreviven vendiendo periódicos y durmiendo en los pórticos de las iglesias. Con el tiempo, ella se casaría con uno de los asaltantes de la hacienda, apodado el Bandido, y él se ordenaría sacerdote.

AGUILAR, GERÓNIMO DE. Clérigo nacido en Écija (Sevilla). Naufragó frente a la costa de Yucatán, donde consiguió llegar para terminar siendo esclavizado por los mayas. Fue rescatado por Hernán Cortés ocho años después. Su papel como traductor resultó decisivo para que Cortés se entendiera con la Malinche y esta, a su vez, tradujera del

maya al náhuatl para comunicarse con los pueblos indígenas con el fin de formar una alianza que derrotara a los mexicas. Fue concubino de una india, hija de un cacique de Tlaxcala, con la que tuvo descendencia. Murió de sífilis.

ALBORNOZ, ÁLVARO DE. Político asturiano que ocupó la cartera de Justicia durante la Segunda República española. Al comenzar la guerra civil fue nombrado embajador en París, cargo que ocupó dos meses. Después de la contienda se exilió en México y más tarde llegaría a ser jefe del Gobierno republicano en el exilio.

ANDREU ALMAZÁN, JUAN. General revolucionario que luchó junto a Emiliano Zapata hasta el asesinato de este. Fue candidato a las elecciones presidenciales de 1940, en las que ganó Manuel Ávila Camacho, en una jornada electoral marcada por la violencia y las sospechas de una masiva manipulación de los votos.

ARIAS VIÑAS, RICARDO. Exiliado español procedente de Gerona, donde regentaba un concesionario Ford. Llegó a México con su esposa. Sin embargo, pronto se convirtió en amante de Frida Kahlo, quien se preocupó de buscarle trabajo mediante cartas que envió a Edsel Bryant Ford, presidente de la compañía fundada por su padre.

ARMILLITA. Torero nacido en Saltillo (Coahuila), una de las máximas figuras de la tauromaquia mexicana del siglo XX.

ARRUZA, CARLOS. Torero mexicano, ídolo de los aficionados a la tauromaquia. Llegó a actuar en varias películas, entre ellas El Álamo, dirigida por John Wayne. Sobrino del poeta español León Felipe. Muy vinculado a Sevilla, de donde era originaria su esposa.

ARTETA, AURELIO. Pintor bilbaíno, uno de los principales exponentes de la escuela vasca, cuya obra mostró el tránsito de la sociedad rural a la industrial. Exiliado en México al finalizar la guerra civil española. Murió el año siguiente en un accidente de tranvía cuando se dirigía a Coyoacán a pasar el domingo.

AUB, MAX. Escritor español de origen francés exiliado en México, donde escribió gran parte de su obra, en la que aborda la temática de la guerra civil española y el exilio. La fundación que lleva su nombre, con sede en Segorbe (Castellón), conserva y difunde su legado.

ÁVILA CAMACHO, MANUEL. Presidente mexicano entre 1940 y 1946, sucesor de Lázaro Cárdenas. Su Gobierno se enfocó en la unidad nacional. La intervención de México en la Segunda Guerra Mundial impulsó la industrialización del país.

AZAÑA, MANUEL. Presidente de la Segunda República española. Su figura es clave en la historia de España del siglo XX, tanto por su labor reformista como por su papel durante la guerra civil. Falleció exiliado en Francia en 1940.

AZCÁRATE, PABLO. Diplomático madrileño, embajador de España en el Reino Unido durante la guerra civil, se dedicó a facilitar ayuda a los refugiados. Ya exiliado en Suiza, país en el que falleció, escribió varios libros basados en sus experiencias.

BALMORI PICAZO, SANTOS. Pintor y docente mexicano. Desempeñó un papel fundamental en la acogida de los Niños de Morelia, ya que escribió al presidente Lázaro Cárdenas para crear un comité de ayuda al pueblo español durante la guerra civil. Su segunda esposa estuvo presente en el recibimiento del Mexique en Veracruz.

BARREDO ESQUERRA, AMALIA. Exiliada española, segunda esposa del pintor Aurelio Arteta, a quien conoció cuando posaba como modelo para él. En la novela, es la mujer que habla con Mateo en el edificio Ermita.

BELTRÁN, LOLA. Cantante y actriz mexicana. Llegó a ser una de las máximas figuras de la música ranchera, lo que la convirtió en un icono de la cultura popular mexicana.

BERNAL LÓPEZ, CARMEN. Exiliada española, esposa del juez Luis Elío. Gracias a la intermediación de Indalecio Prieto, llegó con su familia a México en autobús a través de Nuevo Laredo después de que el barco De Grasse los trasladase a Nueva York. Vivió en

casas donde se escondió el Tesoro del Vita. Según narra su hija, María Luisa Elío, Indalecio Prieto estaba enamorado de ella.

BORGES, JORGE LUIS. Escritor, poeta y ensayista argentino, considerado uno de los autores más influyentes del siglo XX. Su obra renovó la literatura universal y lo convirtió en un referente del realismo mágico y la metaficción.

BRETON, ANDRÉ. Escritor francés, considerado el fundador y principal exponente del surrealismo, movimiento artístico que buscaba la liberalización de la mente.

CAMÍN MEANA, ALFONSO. Poeta español exiliado en México. De espíritu aventurero e intrépido, más de una pelea lo llevó a la cárcel. Escribió con sentimiento a su añorada Asturias. Dirigió Norte, la revista literaria y cultural, durante treinta años. Regresó enfermo a España en 1967. Tras atravesar serias dificultades económicas, la Diputación

Provincial de Asturias le concedió una pensión vitalicia.

CANTINFLAS. Mario Moreno, más conocido por su nombre artístico, Cantinflas, es un icono del cine de la época de oro de México. Su personaje, un tipo parlanchín y simpático que llevaba camisetas raídas y pantalones caídos, se sirvió del humor en sus juegos de palabras para realizar una crítica social.

CANTORAL, ROBERTO. Compositor y cantautor mexicano, creador de famosas canciones de la música popular en español como El reloj o La barca. Su obra ha sido interpretada por reconocidos artistas internacionales.

CAPONE, ALPHONSE GABRIEL Al. Gánster estadounidense, líder del crimen organizado. Amigo de la Bandida, con la que compartió juergas y negocios durante la época de la Ley Seca.

CÁRDENAS DEL RÍO, LÁZARO. Presidente de México desde 1934 hasta 1940. Durante su mandato se produjo la nacionalización de la industria petrolera. También llevó a cabo una reforma agraria que buscó aliviar la pobreza rural y apoyó al movimiento obrero.

Asimismo, durante su sexenio se fundaron algunas instituciones educativas y culturales fundamentales para el devenir del país. Su política humanitaria le llevó a acoger a miles de refugiados españoles.

CARLOS I DEESPAÑAY V de ALEMANIA. Monarca que gobernó un vasto imperio a lo largo del siglo XVI. Figura central en la historia de Europa. Durante su reinado se produjo la gran expansión del Imperio español en el continente americano.

CARRANZA, VENUSTIANO. Político y militar mexicano que llegó a ser presidente de su país entre 1917 y 1920. Su mayor legado fue la promulgación de la Constitución en 1917, que aún rige en los Estados Unidos Mexicanos. Murió asesinado.

CASADO LÓPEZ, SEGISMUNDO. Militar español republicano que en los últimos días de la guerra civil lideró un golpe de Estado contra el presidente del Gobierno Juan Negrín, a quien obligó a huir de España. Trató inútilmente de negociar la rendición con Franco,

con el propósito de evitar represalias contra los republicanos. Se exilió pero regresó a España en 1961, donde fue juzgado y absuelto de rebelión militar. Figura controvertida y poco admirada tanto por el bando franquista como por el republicano.

CASAL BUENDÍA, CARMEN. Una de las niñas que llegaron a Veracruz en el Mexique, y, posteriormente, internada en Morelia junto con sus hermanos Emilio y Luis. Falleció a los trece años por una gastroenteritis, al parecer causada por una ingesta de setas venenosas.

CASTAÑEDA, JOSÉ LUIS. Abogado, periodista y amante de la cultura mexicana que accedió a la Biblioteca Nacional de París en 1982 para consultar un códice azteca y terminó llevándoselo oculto bajo su sarape con el fin de devolverlo a México. La prensa mexicana lo consideró un héroe nacional.

CEDILLO, LUCIANO. Artista y restaurador mexicano, reconocido por su labor en la conservación del patrimonio cultural de México.

COLLADO, MANUEL. Actor español. Formó, con la actriz Josefina Díaz de Artigas, una de las compañías teatrales más importantes de la España de la Segunda República. Iniciada la guerra civil, salió de España y, tras su paso por México, terminó residiendo en Buenos Aires, donde falleció en 1950.

COLO CORA. Padrote, habitual de la vida nocturna mexicana en los años cuarenta del siglo pasado. Fue escolta del actor Jorge Negrete.

CORTÉS, HERNÁN. Conquistador español que lideró la expedición que derrotó a los mexicas. Su victoria marcó el inicio del dominio español en lo que hoy es México, facilitando la creación de Nueva España, un territorio integrante del Imperio español establecido en gran parte de América del Norte.

CUAUHTÉMOC. Último gobernante independiente del Imperio mexica. Líder militar de la resistencia contra los conquistadores españoles encabezados por Hernán Cortés, quienes lo capturaron y lo torturaron. Es considerado uno de los principales héroes de México.

DALÍ, SALVADOR. Pintor, escultor, grabador, escenógrafo y escritor español del siglo XX. Está catalogado como uno de los máximos exponentes del surrealismo.

DÁVILA, PATRICIO. Arqueólogo mexicano cuya labor se ha centrado en la cronología de los restos arqueológicos de la región huasteca, donde destaca el sitio de Tamtoc, que él mismo registró en 1993.

DELORGE, RUTH. Amante del general Plutarco Elías Calles, expresidente de México. Regentó prostíbulos y fue socia de la Bandida. Agustín Lara se inspiró en su belleza para componer Señora Tentación.

DÍAZ DE ARTIGAS, JOSEFINA. Actriz argentina, afincada en España, también conocida como Pepita Díaz. Fue una de las grandes damas del teatro de la primera mitad del siglo XX. Creó su propia compañía, primero con su marido, Santiago Artigas, y, tras el fallecimiento de este en 1931, con el actor Manuel Collado Montes.

DON JUANITO. Empleado del cine Rex en Morelia en los años treinta del siglo XX.

DOÑA MARINA. Mujer nahua, más conocida como la Malinche, que sirvió de intérprete, consejera y mediadora de Hernán Cortés. Desempeñó un papel fundamental en la conquista de México al facilitar la comunicación entre los españoles y los pueblos indígenas. Su figura genera controversia en México, ya que algunos la consideran una

traidora, en tanto que para otros representa el origen de la identidad mestiza.

DURRUTI, BUENAVENTURA. Anarquista español, figura legendaria del movimiento anarcosindicalista. Murió en noviembre de 1936 sin que nunca llegase a esclarecerse quién le disparó, convirtiéndose en un mártir de su causa.

ELÍO TORRES, LUIS. Abogado de carrera y juez municipal en Pamplona entre 1926 y 1936, año en que comienza la guerra civil. Tras numerosas peripecias, se exilia en México, donde fallece en 1968.

ELÍO BERNAL, CARMEN. Primera hija de Luis Elío y Carmen Bernal, con los que se exilia en México cuando tenía dieciocho años.

ELÍO BERNAL, CECILIA. Segunda hija de Luis Elío y Carmen Bernal, con los que se exilia en México cuando tenía dieciséis años.

ELÍO BERNAL, MARÍA LUISA. Hija menor de Luis Elío y Carmen Bernal, con los que se exilia en México cuando tenía trece años. Escritora, actriz y guionista. Fue amiga de Gabriel García Márquez, quien le dedicó Cien años de soledad junto a su esposo.

ERNST, MAX. Artista alemán, nacionalizado francés, clave en el desarrollo del surrealismo y el dadaísmo. Fue amante de su alumna Leonora Carrington.

ESCALONA GODÍNEZ, MANUEL. Oficial del ejército mexicano, subdirector de la Escuela Industrial España-México, donde estuvieron internados los Niños de Morelia.

FELIPA. Empleada del comedor de la Escuela Industrial España-México en Morelia.

FELIPE II. Monarca español que reinó en la segunda mitad del siglo XVI. De su vasto imperio, que incluía territorios en todo el mundo, se decía que en él nunca se ponía el sol.

FÉLIX, MARÍA. Actriz mexicana, conocida como la Doña o María Bonita, una de las figuras más relevantes de la época de oro del cine mexicano. Su fuerte personalidad y su extraordinaria belleza la convirtieron en un icono de la feminidad en la pantalla y en una estrella internacional.

FERNANDO VII. Monarca español que reinó a principios del siglo XIX. Abolió la Constitución de 1812, la primera promulgada en España. Durante su reinado se perdieron la mayor parte de los territorios en América.

FLYNN, ERROL. Actor australoestadounidense, conocido por sus papeles de galán en la época dorada de Hollywood.

FRAILE, RAFAEL. Médico español. Tras la guerra civil se exilió en México, donde murió en 1952. Entre sus pacientes se encontraba Indalecio Prieto.

FRANCO, FRANCISCO. Militar y dictador español, gobernó España desde 1939 hasta 1975. Lideró el bando sublevado durante la guerra civil y, tras su victoria, instauró un régimen autoritario con supresión de las libertades civiles.

FRASCUELILLO. Apodo de José Romero, buscavidas español en el mundo taurino en México, que lo mismo ejercía de apoderado o de empresario que de profesor de toreo o de torero bufo. También alquilaba trajes de luces.

FUENTES, VICENTE. Niño perteneciente al grupo de niños exiliados en Morelia, al que sus compañeros llamaban cariñosamente Sapito. Falleció a los once años en un accidente en una piscina en 1940, tres después de su llegada a México.

GAMBOA, MARINO. Empresario naviero nacido en Filipinas, de nacionalidad estadounidense, miembro destacado del Partido Nacionalista Vasco, que le encomendó la responsabilidad de la marina mercante vasca durante la guerra civil. Fue el armador del yate Vita.

GAONA, RODOLFO. Torero mexicano, una de las figuras más importantes de la tauromaquia a principios del siglo XX, que llegó a rivalizar con Joselito y con Belmonte. Se casó con la

actriz española Carmen Ruiz Moragas, que era la amante del rey Alfonso XIII, con quien tuvo dos hijos. Tras su divorcio, en 1919, menos de dos años después de la boda, Gaona no volvió a torear en España.

GARCÍA ASCOT, JOSÉ MIGUEL «JOMI». Poeta, ensayista, cineasta y crítico de arte español exiliado en México, donde llegó a los doce años con su familia. Esposo de María Luisa Elío Bernal y amigo de Gabriel García Márquez.

GARCÍA GALIANO, LUIS. Empresario español, de origen toledano, exiliado en México tras la guerra civil, donde fundó una exitosa firma de fabricación y venta de mazapanes.

GARCÍA MÁRQUEZ, GABRIEL. Escritor colombiano, premio nobel de literatura. Figura esencial del realismo mágico, es considerado uno de los autores más importantes de la literatura universal.

GARFIAS, PEDRO. Poeta español perteneciente a la generación del 27, exiliado en México tras la guerra civil. El cantante Víctor Manuel musicalizó su poema Asturias, convirtiéndolo en un himno.

GASTÉLUM, GABRIELA «GABY». Hija menor de Plutarco Gastélum, íntimo amigo de sir Edward James, quien le construyó una pintoresca casa en Xilitla, hoy convertida en un hotel que sigue regentando la familia.

GASTÉLUM, PLUTARCO. Amigo de sir Edward James, al que conoció casualmente cuando trabajaba de telegrafista en Cuernavaca. Además, era boxeador, fotógrafo y ambicionaba ser actor, consciente de su atractivo físico. Sir Edward James lo convence para que sea su asistente personal. A la postre, su trabajo sería decisivo para mantener el legado del

excéntrico millonario inglés.

GOICURIA, LUIS. Técnico de publicidad nacido en Santander, donde dirigió ElDiario Montañés. Tras la guerra civil se exilia en Francia y luego en México. Allí alcanzó un

notable éxito profesional.

GONZÁLEZ, FELIPE. Político español. Fue presidente del Gobierno de España entre 1982 y 1996, el período más largo de la democracia. Figura clave de la transición tras la muerte de Francisco Franco.

GORDOA, VERÓNICA. Propietaria de una fábrica de quesos artesanos en Santa María del Río, que fundó su madre, Sofía Hernández.

GRAN CAPITÁN. Sobrenombre de Gonzalo Fernández de Córdoba, militar español del siglo

XV al servicio de los Reyes Católicos, considerado el padre de la infantería moderna debido a sus innovaciones tecnológicas, que permitieron la consolidación de la hegemonía española en Europa.

GUERRERO, GONZALO. Marino español que, tras naufragar frente a la península de Yucatán en 1511, se integró en la cultura maya hasta el punto de oponerse a la conquista española y luchar contra sus antiguos compañeros. Tuvo hijos con una mujer de la nobleza local, lo que le convirtió en pionero del mestizaje.

HUGO. Bolero del mercado de los Huaracheros en San Luis Potosí.

IBARGÜENGOITIA, JORGE. Escritor y periodista mexicano, conocido por su espíritu satírico y por su crítica mordaz a la sociedad y a la política de su tiempo. Falleció en Madrid en 1983, a los cincuenta y cinco años, en el accidente de un avión, en el que también viajaban otros intelectuales latinoamericanos, cuyo destino final era Bogotá, donde

debían asistir, invitados por Gabriel García Márquez, al I Encuentro de la Cultura

Hispanoamericana.

INFANTE, PEDRO. Cantante y actor, uno de los grandes ídolos de la época de oro del cine mexicano. Su figura representa el arquetipo del charro cantor, símbolo de la identidad mexicana. Falleció a los cuarenta y nueve años en el tercer accidente que tuvo en su vida como piloto de avionetas.

ISABEL II. Reina de España desde 1833 (cuando aún no había cumplido los tres años) hasta 1868. Su reinado estuvo marcado por la inestabilidad política, con continuos enfrentamientos entre conservadores y liberales. Fue depuesta por la Revolución Gloriosa y exiliada en Francia.

JAMES, EDWARD. Poeta, mecenas y coleccionista de arte británico. Entre sus protegidos se encontraban Dalí y Magritte, por lo que se le considera uno de los promotores del surrealismo. El legado más notorio de este excéntrico millonario es el jardín escultórico de las Pozas, una obra arquitectónica y natural que construyó en la selva de Xilitla.

JIMÉNEZ, JOSÉ ALFREDO. Cantautor mexicano y una de las figuras más emblemáticas de la música ranchera. Entre sus más de trescientas canciones se encuentran clásicos como El Rey, Ella, En el último trago o Que te vaya bonito. Su capacidad para expresar el sentimiento popular lo convirtió en un icono de la cultura mexicana.

JUAN DIEGO. Campesino indígena que, según la tradición católica, en 1531 recibió las visitas de la Virgen, más tarde llamada de Guadalupe por los españoles. Fue canonizado por el

papa Juan Pablo II, convirtiéndolo en el primer santo indígena de América.

KAHLO, FRIDA. Pintora mexicana, reconocida por sus autorretratos, que exploran temas como la identidad, el dolor y la muerte. Con el tiempo, Frida se ha convertido en un icono feminista y en un símbolo a nivel mundial de la cultura mexicana.

LA BANDIDA. Soldadera y compositora mexicana, conocida también como Graciela Olmos. Tuvo un famoso burdel en Ciudad de México, punto de encuentro de la bohemia, la cultura y la política de la época.

LA MALTOS. Bruja que ejercía de inquisidora según la leyenda popular en San Luis Potosí.

LARA, AGUSTÍN. Compositor e intérprete mexicano de boleros y canciones románticas, algunas convertidas en himnos de la música popular. Casado durante casi tres años con María Félix, a la que dedicó algunos de sus grandes éxitos, como María bonita, tuvo una prolífica y controvertida vida amorosa, que culminó con su matrimonio con la hija que

ambos habían adoptado cuando la joven tenía diecisiete años y el compositor sesenta.

LARA, JULIÁN. Tipógrafo, político y sindicalista español, exiliado en México. En 1968 se trasladó a Toulouse, desde donde pasó varias veces clandestinamente a España. Dirigente del Partido Socialista Obrero Español histórico, del que llegó a ser vicepresidente, participó activamente en las gestiones para legalizar el partido.

LARGO CABALLERO, FRANCISCO. Sindicalista y político español, líder de la Unión General de Trabajadores (UGT) y del Partido Socialista Obrero Español (PSOE). Fue presidente del Gobierno de la Segunda República durante la guerra civil. Falleció en París en 1946, un año después de ser liberado del campo de concentración nazi de Sachsenhausen.

LEÓN FELIPE. Poeta español con una vida llena de peripecias. Aunque terminó la carrera de Farmacia por agradar a su padre, se buscó la vida de la manera más variopinta y recorrió España como cómico de una compañía de teatro. Acusado de desfalco, ingresó en

prisión casi dos años y allí comenzó a escribir. Contemporáneo de los poetas de la generación del 27, se exilió en México tras la guerra civil, donde murió.

LIPSCHUTZ, ISIDORE. Joyero belga, fundador de una exitosa empresa de diamantes. Tras el triunfo de Hitler, convirtió su fábrica en dormitorios para los niños que se dirigían a Inglaterra huyendo del nazismo. Se exilió en Estados Unidos, donde continuó con su labor profesional y su ayuda al pueblo judío.

LOPE DE VEGA. Dramaturgo, poeta y novelista español del Siglo de Oro. Prolífico tanto en su obra como en sus amoríos, se le han adjudicado quince hijos documentados entre legítimos e ilegítimos. Es una de las figuras más relevantes de la literatura española.

LÓPEZ AUSTIN, ALFREDO. Historiador y antropólogo mexicano. Fue uno de los más destacados especialistas en las culturas prehispánicas de Mesoamérica.

LÓPEZ LUJÁN, LEONARDO. Arqueólogo e historiador mexicano. Es conocido por su exhaustiva investigación del Templo Mayor en Tenochtitlán y por su labor de divulgación del mundo de la arqueología.

LÓPEZ PORTILLO, JOSÉ. Político mexicano, presidente de su país entre 1976 y 1982.

LORA, ALEX. Músico de rock mexicano nacido en 1952, líder de la icónica banda El Tri, fundada en 1981, por lo que es una de las más longevas del rock en español y todo un referente cultural a lo largo de las últimas décadas.

LUCÍA TRAID, FRANCISCO. Industrial español, militante de la UGT y del PSOE. Durante la guerra civil fue comandante del 31 Batallón de Carabineros. Posteriormente se exilió en México, donde se dedicó a la venta de perfumes y de seguros.

MADERO, FRANCISCO I. Político y empresario mexicano, líder de la Revolución mexicana que derrotó a Porfirio Díaz. Ocupó la presidencia entre 1911 y 1913, período en que impulsó reformas democráticas y sociales, hasta que fue asesinado tras un golpe de Estado militar conocido como Decena Trágica.

MADRID, MIGUEL DE LA. Abogado y político mexicano, presidente de su país entre 1982 y 1988. Su mandato estuvo marcado por una profunda crisis económica, la devaluación del peso y el terrible terremoto de 1985.

MAGDALENA. Florista del mercado Hidalgo en San Luis Potosí.

MAGRITTE, RENÉ. Pintor belga de estilo surrealista, conocido por sus obras ambiguas y provocadoras.

MALENA. Vendedora de tamales en San Martín Chalchicuautla.

MALUMBRES, LUCIANO. Periodista español de ideología de izquierdas, director del periódico La Región en Santander desde 1933 hasta su asesinato, meses antes del comienzo de la guerra civil.

MANJARREZ, FROYLÁN CRUZ. Periodista y político mexicano de ideología liberal. Desterrado en Cuba, Francia y España. Regresó a México en 1929 a la edad de treinta y cinco años, y a partir de 1934 dirigió El Nacional hasta la fecha de su muerte en 1937.

MANRESA, MARIANO. Capitán de la marina mercante desde 1926. Al estallar la guerra civil se incorpora a la Marina de Guerra. A su conclusión se exilió inicialmente en Francia. Formó parte de la tripulación del yate Vita que navegó de El Havre a México, donde Manresa se instaló y trabajó como marinero hasta su muerte en 1948, a la edad de

cincuenta años.

MARQUÉS DE VALDECILLA. Empresario y filántropo español, de nombre Ramón Pelayo de la Torriente. Hizo fortuna en Cuba, y, tras su regreso a España, dedicó gran parte de ella a obras sociales. Su principal legado es el hospital que lleva su nombre en Santander.

MARTÍNEZ SABATER, JOSÉ MARÍA. Nacido en Cádiz, fue funcionario del Ministerio de Hacienda durante la guerra civil. Formó parte del pasaje del yate Vita, que lo trasladó a México, donde pronto murió en extrañas circunstancias.

MEADE, JOAQUÍN. Abogado, historiador e investigador mexicano que se especializó en la historia de San Luis Potosí, su ciudad natal, y la región de la Huasteca. Fue el descubridor de la zona arqueológica de Tamtoc.

MÉNDEZ ASPE, FRANCISCO. Economista y político español, ministro de Hacienda durante la guerra civil y, posteriormente, en el exilio. Dirigió las operaciones del traslado a Francia del llamado Oro de París, del conocido Oro de Moscú a la Unión Soviética y del cargamento del yate Vita a México, donde acabó exiliándose.

MERCADER, RAMÓN. Militante comunista español, famoso por asesinar al revolucionario ruso Lev Trotski en México siguiendo instrucciones de los servicios de seguridad soviéticos. Fue condenado a veinte años de cárcel. En 1960 regresa a Moscú, donde es recibido como un héroe.

MIAJA, JOSÉ. Militar español, conocido por su defensa de Madrid durante la guerra civil. A su conclusión, se exilió en México, donde murió en 1958 a la edad de setenta y nueve años.

MIJARES, ÁNGEL. Joyero mexicano que realizó numerosas compraventas con los exiliados españoles en México.

MOCTEZUMA. Gobernante del Imperio mexica durante su periodo de máximo esplendor, desde 1502 hasta 1520, año en que murió, sin que las causas se hayan podido esclarecer. Según la versión indígena, fue asesinado por los españoles. Según la versión española, falleció tras recibir una pedrada en la sien propinada por sus propias gentes mientras

trataba de calmarlas, ya que a esas alturas lo consideraban un cobarde por plegarse a

Hernán Cortés.

MORELOS, JOSÉ MARÍA. Sacerdote, militar y político mexicano. Fue uno de los principales líderes de la guerra de la Independencia. Capturado a finales de 1815 por las tropas españolas, fue fusilado ese mismo año. En su honor, su ciudad natal, llamada originalmente Valladolid, fue rebautizada con el nombre de Morelia.

MOSELO, JOSÉ. Empresario español nacido en 1901 en Santiago de Compostela. De niño fue llevado a La Habana, donde trabajó en el sector hostelero hasta 1928, año en que se trasladó a México. Fue propietario de cabarets, entre los que destaca el Waikikí, uno de los referentes de la noche mexicana en los años cuarenta y cincuenta del siglo XX.

MOTOLINÍA. Toribio de Benavente perteneció al primer grupo de frailes franciscanos que llegó a Nueva España en 1524, más tarde conocido como Los Doce Apóstoles de México. Dedicó su vida a la evangelización indígena y a documentar sus costumbres.

Fueron los propios indígenas quienes empezaron a llamarlo Motolinía, cuyo significado en náhuatl es «el pobre», tanto por la austeridad extrema que mostraba en su vestimenta como por su humildad.

NEBOT, CLARA. Niña española perteneciente al grupo que llegó a Morelia en 1937, cuando tenía diez años.

NEBOT, FRANCISCO. Hermano mayor de Clara Nebot, con la que arribó a Veracruz a bordo del Mexique. Falleció en Morelia a los pocos meses de su llegada a México, a la edad de

doce años, en un accidente producido cuando trataba de saltar una valla.

NEGREIRA. Empresario español, de origen gallego, socio de Moselo en el Waikikí.

NEGRETE, JORGE. Cantante y actor mexicano, una de las grandes estrellas de la época de oro del cine en México. Su fama de galán traspasó fronteras, y se convirtió en un ídolo a nivel internacional, especialmente entre el género femenino. Falleció a los cuarenta y dos años a consecuencia de una hepatitis C cuando estaba casado con María Félix. El día de su muerte fue considerado de luto nacional.

NEGRÍN, JUAN. Político español miembro del PSOE. Fue presidente del Gobierno de la Segunda República durante la guerra civil. Tras la derrota republicana, continuó su actividad política. Murió exiliado en Francia en 1956.

NEILA, MANUEL. Comerciante español afincado en Santander. Durante la guerra civil fue nombrado comisario del pueblo, ejerciendo una labor policial sin formación previa. Pronto alcanzó fama de sanguinario. Al concluir la guerra huyó a Francia, para exiliarse posteriormente en México. Murió en Oaxaca en 1967, alejado de la política, en el seno de la Iglesia, arrepentido de sus desmanes.

NICOLAU D’OLWER, LUIS. Político español de ideología nacionalista catalana. Fue el primer ministro de Economía tras la instauración de la Segunda República. Concluida la guerra civil, presidió la Junta de Auxilio de Republicanos Españoles (JARE) desde Francia. Estuvo preso, primero por instrucciones del Gobierno del mariscal Pétain, y, después de

su liberación, detenido de nuevo por la Gestapo. Consiguió llegar a México en 1945,

donde se casó con su asistente mexicana Palma Guillén. Allí falleció en 1961, a la edad de setenta y tres años.

NÚÑEZ, JOSÉ MANUEL. Militar mexicano, comandante en jefe de la Policía de la Ciudad de México durante la presidencia de Lázaro Cárdenas. Su afición al fútbol lo llevó a adquirir el mítico Atlante F. C., del que fue presidente durante veintiún años, hasta su muerte en Sonora en 1977.

OCHOA, SEVERO. Médico y científico español, nacionalizado estadounidense, galardonado en 1959 con el Premio Nobel de Fisiología o Medicina.

ORDORICA, JOSÉ. Marino español de origen vasco, capitán de la marina mercante. Fue quien llevó el valioso cargamento del yate Vita a México, donde se exilió hasta su fallecimiento en 1973.

OROZCO Y BERRA, MANUEL. Historiador, geógrafo y político mexicano. Es considerado uno de los historiadores más importantes de México en el siglo XIX.

PACHITA. Famosa curandera y cirujana psíquica mexicana, llamada Bárbara Guerrero. Fue considerada la chamana más poderosa de México.

PALOMO, EMILIO. Periodista y político español. Fue ministro de Comunicaciones en la Segunda República y presidente del Tribunal de Cuentas durante la guerra civil. Al finalizar esta, se exilió en México. Allí protagonizó un escándalo tras sustraer algunas

joyas del yate Vita, lo que le obligó a huir a Cuba, donde continuó con su labor de periodista y se dedicó a escribir. Falleció en Miami en 1964, a los sesenta y seis años.

PALOMO, EDUARDO. Empresario y político español de ideología de izquierdas, muy activo durante la guerra civil. Tras esta, se le acusó de asesinar a personas de derechas y fue fusilado en 1940.

PERCHES, CARLOS. Estudiante universitario mexicano, conocido por su robo al Museo Nacional de Antropología de México en 1985, realizado junto a su amigo Ramón Sardina. Fue detenido casi cuatro años después y condenado a veintidós años de prisión. Tras permanecer una década en la cárcel, fue asesinado.

PÉRET, BENJAMIN. Poeta y escritor francés, destacado miembro del surrealismo. Compañero sentimental de la pintora Remedios Varo desde 1936, se exilió con ella en México. Ambos se separaron en 1947, cuando Péret regresó a París para dirigir el movimiento surrealista junto a André Breton hasta su muerte en 1959, a los sesenta años.

PICASSO, PABLO. Pintor y escultor español, creador del cubismo. Su obra más conocida es el Guernica. Es considerado uno de los pintores más influyentes de la pintura universal, no solo del siglo XX, sino de todos los tiempos.

PIEDRA. Joyero español, de origen cántabro, involucrado en numerosas estafas en los años treinta y cuarenta del siglo XX.

POMBO, JUAN IGNACIO. Aviador español nacido en Santander. Se le considera pionero de la aviación en España al haber volado en solitario desde su ciudad natal hasta México a la edad de veintiún años.

PONCE, OCTAVIANO. Sastre mexicano, empleado de unos grandes almacenes en Morelia, que acogió en su casa, junto a su mujer, a niños españoles.

PONCE, SOLEDAD DE. Esposa de Octaviano.

PONS NICOUX, MARÍA. Empresaria mexicana, conocida como Doña María, fundadora a mediados del siglo XX de la empresa que lleva su nombre, dedicada a la fabricación y comercialización de mole.

POTRANCO. Buscavidas mexicano, habitual de la vida nocturna de México en los años cuarenta y cincuenta. Fue guardaespaldas de la Bandida.

PRIETO, INDALECIO. Político español, miembro del Partido Socialista Obrero Español y uno de los principales líderes del socialismo en el siglo XX. Ocupó diferentes carteras ministeriales durante la Segunda República. Tras la guerra civil continuó su actividad política en México, donde murió en 1962 a la edad de setenta y ocho años.

PRIETO, BLANCA. Hija de Indalecio Prieto, nacida en 1906 y exiliada en México.

PRIETO, CONSTANCIA «CONCHA». Hija de Indalecio Prieto, nacida en 1907 y exiliada en México, donde falleció en 1992.

PRIETO, LUIS. Hijo mayor de Indalecio Prieto, nacido en 1904 y exiliado en México, donde estableció una pequeña imprenta en la que trabajó hasta su muerte en 1948.

PUCHE, JOSÉ. Médico, catedrático y científico español. Fue director de Sanidad del ejército republicano. Tras la guerra civil se exilió en México, donde fomentó la creación del Instituto Luis Vives, un centro para educar a los hijos de los refugiados. Posteriormente continuó con su labor científica y docente en la Universidad Autónoma de México (UNAM). Falleció en 1979 a los ochenta y cuatro años.

PUENTE, ENRIQUE. Militante socialista español, responsable de la Motorizada, escuadrón paramilitar socialista. Al final de la guerra civil fue responsable de la zona fronteriza de La Junquera. Más tarde, el ministro Méndez Aspe le encargó la custodia de la mercancía transportada por el yate Vita a México. Durante sus últimos años de vida ejerció diversas

actividades en el campo del periodismo y la radiodifusión, siendo gerente de la XERPM,

fundada a principios de 1957. Puente falleció meses después a la edad de cuarenta y ocho años.

REYES CATÓLICOS. Isabel de Castilla (1451-1504) y Fernando de Aragón (1452-1516) unieron sus reinos y sentaron las bases de la monarquía española. Su labor fue trascendental para la unificación política de la Península Ibérica. Durante su reinado tuvieron lugar el final de la Reconquista, con la toma de Granada, y el descubrimiento de América por parte de los europeos, con su consecuente expansión.

REYES, ALFONSO. Escritor, diplomático y ensayista mexicano, considerado uno de los grandes humanistas de Hispanoamérica, ya que su labor lo convirtió en una figura clave del pensamiento mexicano del siglo XX.

REYES PÉREZ, ROBERTO. Pintor y escritor mexicano nacido en 1904. Fue director de la escuela España-México, en la que estuvieron internados los Niños de Morelia.

RÍO, ENGRACIA DEL. Maestra zamorana, fusilada por las tropas franquistas durante la guerra civil a los veintisiete años.

RIVERA, DIEGO. Pintor y muralista mexicano, uno de los más representativos de su país y un referente a nivel mundial. Su obra versa sobre la historia de México, la lucha de clases y la vida del pueblo. Estuvo casado con Frida Kahlo, con la que mantuvo una tormentosa relación a lo largo de toda su vida.

RIVERA, FERMÍN. Matador de toros mexicano, nacido en 1918 en San Luis Potosí. Se le considera una de las figuras más importantes de la tauromaquia en México.

RODRIGO, EUSEBIO. Miembro de la UGT y del PSOE. Durante la guerra civil recibió el encargo por parte del Gobierno vasco de gestionar la compra de material bélico en París. Una vez concluida la contienda, se exilió en México, donde trabajó como funcionario para la JARE. Más tarde se dedicó a la industria del hierro y del aluminio. Falleció en

1976 a la edad de setenta y cinco años.

RODRÍGUEZ, LUIS I. Político y diplomático mexicano, conocido por su ayuda, durante sus tiempos como embajador en Francia, a los refugiados españoles de la guerra civil, a los

que procuró evacuar a México.

ROMERO, JOSÉ RUBÉN. Escritor y diplomático mexicano. Su obra más conocida es La vida inútil de Pito Pérez. Durante su época de embajador en Cuba documentó a muchos refugiados españoles que deseaban llegar a México desde la República Dominicana. Murió en 1952, a los sesenta y un años, de un ataque cardiaco.

RUIZ REBOLLO, RAMÓN. Industrial y político español nacido en Santander, ciudad en la que fue presidente de la Diputación. Tras la guerra civil se exilió, vía Chile, en México, donde se reunió con su familia y ejerció como presidente de la Casa de España Republicana.

RUZ LHUILLIER, ALBERTO. Arqueólogo francés, nacionalizado mexicano, especializado en la civilización maya. Su mayor hallazgo fue la tumba de Pakal en 1952, uno de los más importantes de la arqueología del siglo XX.

SABINA, JOAQUÍN. Cantautor español. Las letras de sus canciones, en las que hace un uso magistral de la metáfora, constituyen el máximo exponente de la poesía urbana en español.

SACKVILLE-WEST, VICTORIA. Escritora, poeta y paisajista inglesa, conocida como Vita. Fue una figura clave del círculo de Bloomsbury y mantuvo una relación amorosa con la escritora Virginia Woolf, a quien inspiró su novela Orlando.

SÁNCHEZ, HUGO. Futbolista mexicano. Declarado por la Federación de Historia y Estadística del Fútbol (IFFHS) el mejor futbolista mexicano del siglo XX. Ganó un trofeo Pichichi como máximo goleador de la liga en su etapa de jugador en el Atlético de Madrid y otros cuatro con la camiseta del Real Madrid.

SARDINA, RAMÓN. Estudiante universitario mexicano, conocido por su robo al Museo Nacional de Antropología de México en 1985, llevado a cabo junto a su amigo Carlos Perches. Tras el robo desapareció con siete piezas, sin que hoy día se conozca su paradero.

SERRANO, JESÚS. Pianista del piano bar Toni 2 en Madrid.

SERRAT, JOAN MANUEL. Cantautor español de origen catalán. A lo largo de su carrera ha versionado poemas de Lorca, Miguel Hernández o Machado. Es uno de los máximos exponentes de la canción de autor en catalán y en castellano.

TELLO, JORGE. Ingeniero civil, especialista en inteligencia. De 1994 a 1999 fue director del Centro de Investigación y Seguridad Nacional (CISEN), organismo de inteligencia civil al servicio del Gobierno de México desde 1989 hasta 2018, cuando fue sustituido por el Centro Nacional de Inteligencia.

TOCA, MATEO. Perito mercantil y empleado de banca, afiliado a la UGT. La guerra civil le sorprende en su viaje de bodas. Fue secretario particular de su prima Matilde de la Torre cuando era directora general del Ministerio de Comercio. Tras la guerra se exilia en México, donde trabajó en varias entidades financieras, de las que también fue consejero tras su jubilación. Falleció en 1988, a los ochenta años.

TORRE, MATILDE DE LA. Escritora, pedagoga y política española, militante del PSOE. Durante su época de diputada en la Segunda República defendió la educación y los derechos de la mujer. Tras la guerra civil se exilió en México, donde falleció en 1946 a los sesenta y dos años.

VARGAS, CHAVELA. Cantante mexicana de origen costarricense. Su peculiar voz la convirtió en un icono de la música ranchera.

VARO, REMEDIOS. Pintora surrealista española. Sus obras, de un estilo onírico y simbólico, exploran temas como la alquimia, la magia y la espiritualidad, normalmente a través de figuras femeninas enigmáticas. Tras la guerra civil se exilió en México. Allí falleció de un infarto de miocardio en 1963, a los cincuenta y cuatro años.

VEGA, ENRIQUE. Médico español. Durante la guerra civil fue delegado de Sanidad en Santander. Posteriormente, se exilió en México, donde se instaló como dermatólogo. Falleció en 1960, a los sesenta y cinco años.

VILLA, LUCHA. Cantante y actriz mexicana, figura de la música ranchera.

VILLA, PANCHO. Líder de la Revolución mexicana. Su vida, envuelta en la controversia, lo convirtió en una de las figuras más legendarias y populares de la historia de México.

WEISZ, EMÉRICO. Fotógrafo húngaro exiliado en México, conocido como Chiki Weisz. Fue asistente personal de Robert Capa, junto al que documentó la guerra civil española. Ante la persecución del régimen de Vichy a los refugiados españoles y el temor de que las fotografías tomadas en España fueran incautadas, salvó el material fotográfico de su

amigo viajando de París a Marsella en bicicleta con cuatro mil quinientos negativos. En México, se casó con Leonora Carrington, con la que convivió hasta el final de sus días.

WOOLF, VIRGINIA. Escritora británica, considerada una de las figuras más relevantes del modernismo literario del siglo XX. Perteneció al círculo de Bloomsbury, un grupo de intelectuales que defendía la libertad sexual y la estética en el arte. Como consecuencia de su trastorno bipolar, se suicidó en 1941, lanzándose a un río cercano a su casa, vestida con un abrigo lleno de piedras.

ZAPATA, MATILDE. Auxiliar de biblioteca española. Casada con Luciano Malumbres, director de La Región. Cuando este fue asesinado, se hizo cargo del periódico sin abandonar su empleo en la Biblioteca Municipal de Santander. Durante la guerra civil fue detenida, condenada a muerte y ejecutada a la edad de treinta y un años.

ZAZIL HÁ. Princesa maya entregada por su padre a Gonzalo Guerrero, con quien tuvo tres hijos. Es considerada una de las primeras mujeres indígenas que alumbraron mestizos.

ZULLEY, CLAUDIA. Mujer mexicana de familia acomodada, residente en San Luis Potosí, a quien su novio dejó plantada en el altar el día de su boda. A partir de entonces perdió la razón y comenzó a pasear, vestida de forma estrafalaria, del brazo de un prometido

imaginario hasta que murió. La leyenda cuenta que en las noches oscuras aún se la puede ver deambulando por las calles del centro de la ciudad.

FÉLIX G. MODROÑO (Vizcaya 3/04/1965) es un escritor vizcaíno, de orígenes zamoranos, afincado en Santander. Tras licenciarse en Derecho en Salamanca, trabajó durante más de dos décadas en el sector financiero, que abandonó para dedicarse en exclusiva a la literatura, tras un fructífero paso por la fotografía, donde tuvo como maestros a Alberto García-Alix, Humberto Rivas o Atín Aya.

Fue un accidente, que le obligó a guardar reposo absoluto, lo que le impulsó a escribir su primera novela, después de haber ganado varios concursos de relatos cortos.

En 2007 publica La sangre de los crucificados, protagonizada por el doctor Zúñiga, un peculiar investigador del siglo XVII, que también sería el protagonista de su siguiente obra: Muerte dulce (2009) y de Sombras de agua (2016).

En 2014 obtuvo el XLVI Premio de Novela Ateneo de Sevilla, uno de los más prestigiosos en lengua castellana, con Secretos del Arenal.

Con La fuente de los siete valles, ambientada en La Rioja del siglo XIX, homenajeó al mundo de los libros a través de una novela de corte romántico.

Y con Sol de brujas se adentró en el género negro contemporáneo a través de una trama inquietante en lo que nada es lo que parece.

Es autor, además, de la exitosa trilogía sobre la historia de Bilbao del siglo XX: La ciudad de los ojos grises, La ciudad del alma dormida y La ciudad de la piel de plata (2023).

Su obra se caracteriza por el mestizaje de géneros, una cuidada ambientación y el uso de una prosa evocadora, que le han valido el reconocimiento de los lectores.


Notas

[1]Versos que, camino del exilio, escribiera Pedro Garfias a bordo del Sinaia. <<

[2]A lo largo de estas páginas irá apareciendo una serie de personajes reales. Los hemos relacionado al final de la novela, con una breve reseña que ayude a encuadrarlos en su contexto histórico. <<


FIN

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