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Libro N° 15455. Mía Será La Venganza. Orczy, Baroness Emmuska

Guillermo Molina Miranda agosto 10, 2026


© Libro N° 15455. Mía Será La Venganza.  Orczy, Baroness Emmuska. Emancipación. Agosto 15 de 2026

 

Título Original: © Mía Será La Venganza.  Orczy, Baroness Emmuska

 

Versión Original: © Mía Será La Venganza. Baroness Emmuska Orczy

 

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

https://ww3.lectulandia.com/book/mia-sera-la-venganza/


 

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: 

Guillermo Molina Miranda




LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA

MÍA SERÁ 

LA VENGANZA

Baroness Emmuska Orczy


Mía será la venganza

Baroness Emmuska Orczy


Ambientada en los momentos más sangrientos de la Revolución Francesa, narra la historia de Juliette de Marny, una joven noble obligada por juramento a vengar la muerte de su hermano a manos de un ciudadano republicano llamado Paul Déroulède. El conflicto estalla cuando, tras infiltrarse en su vida para destruirlo, termina enamorándose de él. Sir Percy Blakeney (la Pimpinela Escarlata) interviene en la trama para desenredar el peligroso escenario.


Baroness Emmuska Orczy

Mía será la venganza

ePub r1.0

Titivillus 08-08-2026


Título original: I Will Repay

Baroness Emmuska Orczy, 1906

Traducción: Alberto Ávila Salazar

Editor digital: Titivillus

Digitalización y OCR para Epublibre

Primera edición en Epublibre, 08-08-2026 ePub base r2.1


Introducción AL AUTOR, LA ÉPOCA Y LA OBRA

por Juan Leita

Emma o Emmuska Orczy, mundialmente conocida con el nombre de Baronesa d’Orczy, nació en Tarnaórs (Hungría) en el año 1865. Siendo todavía muy joven, emigró de su país natal para cursar sus primeros estudios en Bruselas y en París. Años más tarde, sintiendo en su interior una afición especial por la pintura, se trasladó a la ciudad de Londres para entregarse plenamente al aprendizaje y al ejercicio del arte pictórico. Por aquellos tiempos, Emmuska Orczy no sospechaba en absoluto que su verdadera vocación y su auténtico éxito estribaban más bien en las letras. Al estilo de muchos novelistas y escritores famosos, como Charles Dickens y Robert Louis Stevenson, por ejemplo, la autora de La Pimpinela Escarlata experimentó la inquietud de los viajes y de los casi constantes cambios de lugar y residencia. Después de numerosas peregrinaciones por diversas partes del mundo, sin embargo, decidió afincarse de un modo más definitivo en la capital de Inglaterra. Había conocido allí al pintor Montague Barstow, con quien luego contrajo matrimonio y compartió varios de sus intereses artísticos en la gran ciudad londinense, que de hecho vino a convertirse en su segunda patria.

Fue ya a principios de nuestro siglo cuando Emmuska Orczy decidió probar suerte en el campo de la literatura, abordando en primer lugar el género policíaco, que por aquel entonces había alcanzado ya un éxito y un interés extraordinarios por parte del público lector. En estrecha colaboración con su marido, se propuso crear la figura de un detective que fuera totalmente distinta de la celebérrima y arrolladora figura de Sherlock Holmes. De esta manera, escribió doce narraciones de ese estilo que fueron publicadas en el Royal Magazine en 1901 y luego recopiladas en un volumen que llevaba el título general de El viejo en el ángulo.

«El viejo en el ángulo» es un personaje gris e irrelevante cuyo verdadero nombre no aparece jamás en los relatos. Sentado cómodamente ante una taza de café, se dedica siempre a discutir sobre asesinatos enigmáticos y difíciles de resolver con un periodista del Evening Standard llamado Polly Burton. El extraño y oscuro protagonista se interesa solamente por aquellos crímenes que constituyen un intricado y misterioso problema. Su mayor placer consiste en averiguar por pura inducción o cálculo de

probabilidades la exacta y verdadera identidad del criminal.

Sin duda alguna, la Baronesa d’Orczy no alcanzó la fama literaria por ese conjunto de obras menores. No obstante, es necesario hacerle justicia en este punto concreto, observando que la originalidad innegable de esas narraciones sirvió de base para otros grandes autores del género policíaco. Ellery Queen, por ejemplo, se inspiró evidentemente en la figura del «viejo en el ángulo» para crear a uno de sus detectives más famosos. Patrícia Highsmith debió de leer también uno de sus relatos para urdir la trama de su célebre novela Extraños en un tren, llevada magistralmente al cine por el gran Alfred Hitchcock. Por otra parte, la Baronesa d’Orczy fue autora de una narración titulada Muerte misteriosa en Percy Street cuyo mecanismo fundamental recuerda claramente una famosa obra de Agatha Christie: El asesinato de Rogerd Acroyd. Tras describirse minuciosamente la realización de un crimen, con todas sus implicaciones, el lector se encuentra con la sorpresa final de que el asesino es el mismo protagonista que lo narra todo.

No hay ninguna duda, sin embargo, de que el auténtico éxito de Emmuska Orczy en el campo literario se llevó a cabo con la creación de su más célebre personaje: la Pimpinela Escarlata. Atraída por el acontecimiento sorprendente y singular de la Revolución francesa, se sumergió en el estudio detallado y en la lectura atenta de grandes historiadores, como Carlyle, que dedicaron ímprobos esfuerzos a la descripción objetiva de la mayor revolución de la historia. Fruto de ese interés y de esa preocupación fue la idea de crear un personaje audaz y aventurero que tomara parte en las intrigas y en los sucesos acaecidos realmente en aquel período revolucionario de la historia de Francia, tan importante y decisivo también para la historia universal. La primera novela de esta larga serie: La Pimpinela Escarlata, apareció en 1905 y obtuvo casi inmediatamente una calurosa acogida por parte de los lectores. Desde entonces la Baronesa d’Orczy quedaría para siempre unida al nombre de esa pequeña flor roja que desde aquel preciso instante tenía que simbolizar para todo el mundo la valentía y la grandeza de espíritu.

Inmersa ya plenamente en la creación original de nuevas aventuras protagonizadas por su personaje preferido, Emmuska Orczy no dejó de sentir, sin embargo, la antigua y constante inquietud del lugar y de los viajes. Durante varios años se afanó por recorrer prácticamente todos los países de los distintos continentes, mientras la primera novela de su arrojado y apasionante protagonista era reeditada y traducida en gran número de naciones. Es muy curioso, por ejemplo, que ya en las primeras décadas del siglo XX G.K. Chesterton, el famoso creador de las inefables historias del padre Brown, empleara ese inmenso éxito editorial de la Baronesa d’Orczy para ilustrar la idea concreta de que no es nada original repetir algo archisabido, cuando escribió: «Sería como ofrecer al mundo un nuevo retrato de Rodolfo Valentino (el actor de cine que estaba de moda en aquella época) o hacer una nueva edición de La Pimpinela Escarlata». Emmuska Orczy murió en Montecarlo en 1947, cuando las adaptaciones teatrales y cinematográficas de sus novelas habían popularizado ya mundialmente su nombre, haciendo suyas las divertidas peripecias de su más logrado personaje. ¿Qué amante verdadero del cine no recuerda, por ejemplo, la espléndida encarnación de sir Percy que hizo Leslie Howard al lado de la exquisita Merle Oberon en el papel de su amada y fiel esposa Marguerite? ¿Quién en aquel tiempo no se entusiasmó con la nueva y trepidante versión cinematográfica, ya a todo color, de La Pimpinela Escarlata, interpretada en aquella ocasión por David Niven en el papel del atildado, irónico e intrépido aristócrata inglés? Sin ningún género de dudas, el poderoso arte del cine, con su plasmación única en imágenes, confirmó plenamente la fuerza y la originalidad de la creación imaginativa de la Baronesa d’Orczy.

LA GRAN REVOLUCIÓN DE LA HISTORIA

Aunque no podamos hacer aquí un estudio tan preciso y detallado de la Revolución francesa como lo llevó a cabo Emmuska Orczy para concebir y desarrollar las tramas de sus novelas, es útil y conveniente recordar ante todo algunos puntos decisivos de esa época histórica para poder situarnos con mayor cercanía y más exacta comprensión en las hazañas y actividades de la Pimpinela Escarlata y de su banda.

El 14 de julio de 1789 se suele designar como la fecha clave del comienzo de la Revolución francesa. El pueblo, que se consideraba tiranizado y sumido en una gran pobreza a lo largo y a lo ancho de todo el país, decide echarse a la calle para terminar con la opresión del régimen real.

Empuñando picas y la serie más variada de armas, sesenta mil personas se dirigen en masa hacia la prisión de la Bastilla de París, que se tenía como un símbolo del poder absolutista del rey. Tras derribar sus puertas, romper sus ventanas y destrozar todos sus muebles, la plebe acaudillada por

Camille Desmoulins se apodera de la cárcel y ejecuta inmediatamente a su gobernador, el marqués de Launay. La noticia de la caída de la Bastilla llegó al palacio de Versalles entrada ya la noche. Tuvieron que despertar al monarca para explicarle lo sucedido y, cuando Luis XVI todavía aturdido y asombrado preguntó: «¿Ha sido un motín?», uno de sus ministros le respondió: «No, señor. Es una revolución».

Luis XVI era un hombre bajo y regordete que gozaba de todas las cualidades típicas de un buen padre de familia: honrado, alegre, piadoso y amante de las diversiones nobles, como la caza, por ejemplo. No obstante, carecía de todos aquellos atributos que son necesarios para ser un buen gobernante. Si de hecho era incapaz de regir atinada y correctamente su reino, todavía era más inútil para sofocar una revolución. De este modo, Luis Capeto tuvo que ir cediendo ante las continuas presiones de los representantes revolucionarios, hasta el punto de pretender abandonar varias veces el país en secreto, juntamente con su esposa María Antonieta y su hijo el Delfín. Sus intentos de huida, sin embargo, resultaron un completo fracaso, teniendo que ver con sus propios ojos los acontecimientos que debían precipitar fatalmente su caída.

Dos partidos se disputaban por entonces la soberanía del poder y la tarea de dirigir la nación: los girondinos y los jacobinos. En la sala de la Convención Nacional, los girondinos se sentaban a la derecha del presidente y eran partidarios de la moderación, mientras que los jacobinos ocupaban los sitios de la izquierda y propugnaban los métodos drásticos y violentos (de ahí nacieron precisamente los términos políticos de

«derecha» y de «izquierda», que desde entonces pasaron a ser patrimonio universal, con las modificaciones necesarias que han ido asumiendo hasta la actualidad). Los hombres más radicales que iban a representar la caída fulminante de la realeza y la implantación del gobierno revolucionario fueron Marat, Danton y Robespierre, tres nombres claves de la Revolución francesa.

El 10 de agosto de 1792 Danton lanza el pueblo contra los jardines y el palacio de las Tullerías, con el propósito de dar muerte al rey. Los representantes revolucionarios invitan a todos los ciudadanos a que se unan a las decisiones tomadas por la Convención Nacional y, tras rápidas deliberaciones, se decide arrestar al monarca y a toda su familia. Luis XVI es encarcelado inmediatamente en la torre del Temple, junto con María Antonieta y su hijo, mientras que Danton es el hombre elegido para desempeñar el cargo de ministro de Justicia.

Los jacobinos han ido imponiendo su manera de pensar y su política, de forma que los métodos drásticos y violentos se ponen en práctica como medio de expurgar de modo radical a los enemigos internos de la Revolución. Las continuas matanzas de septiembre de 1792 son conocidas en la historia como las purgas más duras y sanguinarias jamás conocidas. Se ha impuesto ya la guillotina como instrumento rápido y menos doloroso de ejecución, a propuesta del diputado Guillotin. Las cabezas de numerosos nobles y aristócratas caen bajo el impulso destructor de su cuchilla. Con todo ello aparecen los elementos más típicos y característicos de la Revolución francesa.

La llegada masiva a París de patriotas y aventureros procedentes de Marsella constituyó una baza decisiva en ese giro total hacia la violencia. Iban tocados con el famoso gorro colorado e investidos con la escarapela tricolor, símbolo de la unión de los tres estados y órdenes imperantes en el país: el clerical, el aristocrático y el plebeyo. Su canto más común La Marsellesa, himno compuesto recientemente, así como el cruel y sangriento Çà ira. Aquellos hombres fueron los instrumentos más adictos y más eficaces del movimiento revolucionario, como también la imagen más plástica y sobresaliente de aquel período histórico ya doblemente centenario. La Revolución francesa había entrado así en su fase culminante. CUATRO NOVELAS EMOCIONANTES

En ese punto histórico y en ese marco concreto, sucintamente descritos, se inicia la primera novela de la presente selección, que agrupa las mejores obras de la Baronesa d’Orczy. Su título es precisamente La Pimpinela Escarlata, que da nombre a toda la serie. Al estilo de la célebre novela de Charles Dickens Historia en dos ciudades, la acción se desarrolla a caballo de dos naciones cercanas. Inglaterra conoce ya el cariz dramático que van tomando los acontecimientos en Francia. El gobierno británico, sin embargo, no quiere adoptar aún ninguna postura ni ninguna medida práctica, por respeto a la norma internacional de no intervenir en los asuntos internos de otra nación. Emmuska Orczy, no obstante, finge que un pequeño grupo de jóvenes ingleses se ponen al Servicio de un hombre misterioso que se esconde bajo el nombre de «La Pimpinela Escarlata», con el propósito de liberar a nobles y aristócratas franceses de la guillotina y ponerlos a salvo en tierras británicas. La banda ha conseguido ya muchos éxitos y el gobierno revolucionario determina acabar con el enigmático y audaz conspirador inglés. Para ello envía a las islas a un agente autorizado, con el fin de que descubra la identidad de la Pimpinela Escarlata y trame un ardid para llevarlo a la guillotina. El astuto y malvado Chauvelin, representante de la República francesa instaurada en el otoño de 1792, será el encargado de emplear todos los medios innobles para lograr ese objetivo.

En la segunda novela: Mía será la venganza, los hechos históricos han dado un paso hacia adelante. Los hombres más radicales de la Revolución, que se sentaban en los lugares más elevados de la parte izquierda de la Convención Nacional y que por esto se llamaban de la Montana, habían ido imponiendo sus criterios. Su petición de condenar al rey no había sido atendida anteriormente. Sin embargo, a principios de 1793 el juicio de Luis XVI estaba ya preparado. Las deliberaciones duraron unos cuantos días. Pero, al fin, el rey fue condenado a muerte. Al pie del cadalso y aprovechando un momento de silencio de la multitud, Luis Capeto pudo pronunciar claramente estas palabras: «Pueblo mío, muero inocente». Los tambores, no obstante, ahogaron en seguida el resto de su último mensaje. La cuchilla cayó inexorablemente. El rey había sido ejecutado. Pero algo habría de verdad en aquel último alegato, sobre todo si tenemos en cuenta que el mismo François Mitterrand, a propósito de la celebración del segundo centenario de la Revolución francesa, declaró públicamente que él no habría guillotinado ni dado muerte a Luis Capeto.

Con la ejecución de Luis XVI, acaecida el 21 de enero de 1793, los jacobinos obtuvieron un importante y decisivo éxito sobre sus inmediatos enemigos, partidarios de la moderación. Desde aquel momento, los girondinos se vieron obligados a batirse en retirada. Marat, Danton y Robespierre quedaban dueños absolutos del terreno político. Una joven simpatizante del partido girondino, sin embargo, llamada Carlota Corday, decidió por su cuenta y riesgo asesinar a Jean Paul Marat, que había pedido doscientas cincuenta mil cabezas para asegurar el triunfo y la estabilidad de la Revolución. El 13 de julio de 1793 se dirigió a la casa de Marat y, después de alegar que traía un informe sobre los girondinos buscados por la Montana, la dejaron entrar en el baño donde se encontraba el viejo y enfermizo político que pretendía acabar con tantos ciudadanos franceses. Tras un breve diálogo, Carlota sacó un puñal que traía bajo su corpiño y le asestó un certero golpe en el corazón. Los intentos por salvar a Marat fueron inútiles. La joven fue detenida y juzgada al día siguiente. Carlota Corday subió al patíbulo con gran serenidad y orgullo. Según dijo poco antes de morir, nunca había visto anteriormente una guillotina.

La acción sangrienta de aquella joven tuvo una cálida acogida por parte de los demás países europeos. En Francia, no obstante, no hizo más que azuzar el fuego revolucionario y enardecer los ánimos patrióticos. Marat fue convertido en un mártir de la Revolución y los jacobinos acabaron por imponerse. El Comité de Salud Pública decreto nuevas purgas y constituyó juntas por todo el país para proteger la seguridad del Estado.

Mientras tanto, María Antonieta seguía encerrada en la torre del

Temple. En vista de la turbulencia de los acontecimientos, Emmuska Orczy finge que la intrépida banda de la Pimpinela Escarlata se decida a poner en práctica un plan altamente ambicioso para liberar a la misma reina. El audaz aventurero inglés aprovecha la colaboración de Paul Déroulède, que había sido abogado defensor en el juicio de Carlota Corday, para llevar a cabo su atrevido proyecto. Una mujer joven, sin embargo, se interpone en esos planes y está a punto de echarlo todo a perder. La intriga emocionante de la acción de esta obra se desarrolla exactamente dentro de los límites de ese planteamiento, sin forzar ni cambiar nunca los hechos verídicos de la historia de la Revolución francesa.

Eldorado, sin duda alguna la novela más lograda en su conjunto de la Baronesa d’Orczy, aborda la parte histórica correspondiente a lo sucedido al Delfín, el hijo de Luis XVI. El 10 de octubre de 1793 había sido implantado en Francia el régimen conocido en la historia por el «Gobierno del Terror». Cinco días antes, se había promulgado el decreto por el que se abolía la era cristiana y se instauraba un nuevo calendario, con nomenclatura totalmente distinta de meses y días. El 16 del mismo mes fue guillotinada María Antonieta. Aquella reina de origen extranjero, educada en la corte austríaca y siempre pendiente de los consejos de su madre María Teresa, había sido odiada por el pueblo francés durante todo su reinado. No obstante, su comportamiento sereno y tranquilo a lo largo de su juicio y en el mismo momento de su muerte se hizo acreedor de la admiración de todos. El Terror seguía imponiéndose de ese modo, acabando violentamente con todos los restos de los gobiernos anteriores.

En la torre del Temple, sin embargo, quedaba todavía Luis XVII, el hijo de María Antonieta y de Luis XVI, el heredero legitimo del trono. Desposeído de todo cariño y cuidado paternos, fue confiado a un zapatero remendón que puso todo su empeño en castigar al muchacho con toda clase de crueldades físicas y morales. Aquel hombre llamado Simón fue un auténtico verdugo para el Delfín. Se iniciaba ya el año 1794 y no se percibía ningún atisbo de que la situación política francesa pudiera tomar en el futuro otro rumbo que el de llevar la violencia hasta los límites más insospechados. Teniendo en cuenta esas circunstancias históricas, la Baronesa d’Orczy ideó una nueva aventura protagonizada por la Pimpinela Escarlata. El osado conspirador inglés se atrevería a liberar al Delfín de las mismas manos de sus crueles verdugos. El plan supondría una enorme temeridad. Con todo, tendría que dar su fruto: el hijo de Luis XVI sería sacado de la torre del Temple para ser puesto a salvo en el Mediodía francés.

El hecho no es puramente novelesco, sino que tiene visos históricos apoyados y defendidos por varios autores. Algunos sostienen con testimonios personales que el Delfín fue realmente liberado y que fue otro el que murió en prisión. Louis Hastier afirma que el auténtico heredero de la corona falleció en enero de 1794 y que el 8 de junio de 1795 murió en el Temple su sustituto. Las teorías y las opiniones se han multiplicado. Pero lo cierto es que la brillante estratagema de la Pimpinela Escarlata no es una simple creación arbitraria de la Baronesa d’Orczy, sino que goza de probabilidades históricas que desde varios puntos de vista pueden considerarse como veraces y reales.

La cuarta novela incluida en la presente selección se titula El desquite de sir Percy y se refiere concretamente al último año del Gobierno del Terror. El ameno y vibrante relato tiene como motivo principal la caída violenta de aquellos hombres que forjaron la Revolución precisamente bajo las duras normas y las severas leyes que ellos mismos establecieron para hacerla triunfar y consolidaría en el grado mayor posible.

En efecto, la popularidad y el talento innegables de Georges Jacques Danton le habían acarreado desde hacía tiempo la envidia y la enemistad de Robespierre. Por otra parte, su última tendencia a la moderación y el intento político de evitar sangre inocente representaban un estorbo para la firme y segura estabilización del nuevo régimen. De esta manera, en la noche del 30 de marzo de 1794 el Comité de Salud Pública y el Comité General de Seguridad se vieron obligados a aceptar la extensa lista de cargos contra aquel gigante de la Revolución que había sido minuciosamente elaborada y redactada por el mismo Robespierre. Ante aquel cúmulo de acusaciones, unas auténticas y otras falsas, el tribunal no tuvo más remedio que inclinarse por la condena de Danton, el hombre más valioso y también más feo de la República. Sus postreras palabras al verdugo fueron las siguientes: «Enseña luego mi cabeza al pueblo. Es digna de ser vista». La ironía final, sin duda terriblemente dramática e incluso horrendamente grotesca, constituye ya, sin embargo, una muestra harto elocuente de su aguda inteligencia y sobre todo de su poderosa personalidad.

Tomando como base ese hecho histórico, la Baronesa d’Orczy urde en El desquite de sir Percy un caso similar: un alto representante del régimen revolucionario se ve afectado personalmente por las mismas estructuras represivas y dictatoriales que lo configuran. A principios del Gobierno del Terror, se había aprobado la «Ley de Sospechosos», según la cual podía ser arrestada inmediatamente cualquier persona que tan solo pareciera favorecer a los enemigos de la Revolución. Esa ley, de absoluta autenticidad histórica, servirá de motivo principal para desarrollar la trama de la novela que cierra el presente volumen.

Además de ese tema capital, aparece también en el relato el marco profundo de la guerra entablada entre Francia e Inglaterra. La ejecución del monarca Luis XVI había alarmado ya a los ingleses, que recordaban la antigua aseveración de los revolucionarios de que el ejército francés se dedicaría a extender la República por todos los países europeos. Se trataba de una amenaza que tenía todos los visos de convertirse en una palpable y concreta realidad en la historia de Europa.

Viendo por consiguiente el mal cariz que tomaban los acontecimientos, Inglaterra resolvió finalmente aliarse con Austria y con Prusia para poder combatir el avance implacable de las tropas revolucionarias por todas las naciones del viejo continente. De este modo, el diputado Brissot no tuvo más remedio que declarar la guerra al gobierno británico, antes de que los ingleses se la declararan a Francia. En muy poco tiempo, se llamó a filas a trescientos mil soldados. Los jóvenes franceses fueron requeridos urgentemente para afrontar con éxito la tremenda lucha que, según se pregonaba, debía salvar a la nación.

Debilitada internamente y presionada por el exterior, Francia vive momentos realmente angustiosos y difíciles. Maximilien Robespierre ha quedado, sin duda alguna, como único señor y jefe indiscutible de la República francesa. Pero en la novela de Emmuska Orczy que comentamos: El desquite de sir Percy, ya se insinúa su desgracia y su destino fatal. Los hechos confirmaron este aserto fundamental: los grandes creadores de la Revolución fueron cayendo uno tras otro bajo el peso de su propia intolerancia.

El Gobierno del Terror, en efecto, funcionó tan inexorablemente con sus forjadores como con sus desgraciadas víctimas. El día 9 de Thermidor (según la nomenclatura del nuevo calendario revolucionario, que corresponde exactamente al 27 de julio de 1794) Maximilien Robespierre fue guillotinado, juntamente con veintidós de sus más fieles seguidores. Como escribiría posteriormente Napoleón en su Memorial de Santa Elena, «en esta fecha acabó la tiranía».

LA REVOLUCIÓN FRANCESA COMO FONDO

Si hemos seguido, por lo menos sucintamente, los acontecimientos principales de lo acaecido en la historia de Francia entre 1789 y 1794, ha sido evidentemente por el motivo esencial de que resulta sumamente útil y conveniente hacerse cargo del decorado básico en el que se mueven y se desarrollan las acciones de las principales novelas que constituyen la famosa serie de La Pimpinela Escarlata. Indudablemente, Emmuska Orczy supo plasmar y desarrollar en sus obras más célebres el gran interés por una época histórica que en múltiples sentidos ha acabado por convertirse en un jalón decisivo para todo lo que se llama «modernidad». No solamente hizo revivir en sus páginas los más importantes acontecimientos revolucionarios de Francia a base de una aportación precisa de nombres, fechas y datos (fruto de un esmerado estudio previo de los mejores historiadores de su época), sino que logró plasmar también una situación imaginaria que parece surgir de la forma más natural de las posibilidades y circunstancias reales. Decía Aurora Dupin, la famosa novelista francesa conocida bajo el seudónimo masculino de George Sand: «Las interpolaciones del narrador en la novela histórica están muy bien. Llevan al lector desde las profundidades de una antigüedad fantástica a la sensación de una antigüedad real que él conoce». En el caso de las novelas de la Baronesa d’Orczy, el lector podrá comprobar en seguida que la autora incide muy a menudo en breves o más largas interpolaciones que se refieren directamente a opiniones y juicios sobre los hechos propios y auténticos de la Revolución francesa. De esta manera, desde las profundidades enormemente atractivas de una antigüedad fantástica, la de la sugestiva Pimpinela Escarlata y de su intrépida banda, el lector es inducido inevitablemente a tener la sensación de una antigüedad real que ya conoce o que precisamente así se ve obligado a conocer. En este sentido, es innegable que la ficción también instruye. La aventura y la fantasía también son pedagógicas.

El lector podrá advertir perfectamente, por ejemplo, que la Baronesa d’Orczy aprovecha al máximo la constatación de personajes históricos para causar la impresión de un auténtico verismo. Es innecesario repasar la lista de nombres conocidos que van apareciendo a lo largo de los relatos. Recordemos únicamente que también se citan personajes secundarios de realidad histórica. Foucquier Tinville fue verdaderamente acusador público en los primeros años de la República francesa. El apellido Saint Just tiene claras resonancias en la persona de un fiel adicto y discípulo de Robespierre que lo acompañó a la guillotina sin proferir una sola queja. Por otra parte, es fácil comprobar la perfecta cronología de las cuatro novelas incluidas en la presente selección, de manera que las trepidantes aventuras de la Pimpinela Escarlata se suceden armónica y progresivamente al compás de los hechos reales de la Revolución francesa. Los datos concretos aparecen siempre en su momento preciso, como por ejemplo la introducción del nuevo calendario y de la nomenclatura revolucionaria de meses y días. Es curioso observar también en este punto cómo constan en los relatos de Emmuska Orczy algunos detalles verídicos, atribuidos aquí a los personajes imaginarios que viven las aventuras creadas por la baronesa. Sabemos, por ejemplo, que uno de los carceleros de la torre del Temple se divertía echando el humo de su pipa a la cara del rey, enterado de que esto molestaba en extremo a Luis XVI. En la primera novela del presente volumen, veremos cómo Marguerite Saint Just recibe exactamente el mismo trato por parte de un viejo y desenfadado ciudadano de la República.

Por lo demás, es evidente que el aspecto más sugerente y atractivo de la actividad y de las proezas del audaz aventurero inglés tiene un claro fundamento y una firme verosimilitud en el marco de la Revolución francesa. La enorme habilidad de la Pimpinela Escarlata en el disfraz y en la súbita evasión no constituye en modo alguno una simple creación arbitraria, sino que parece empapada de veracidad cuando se piensa en diversos hechos auténticos de aquella época. El mismo Marat tuvo que ocultarse varias veces para evitar que lo arrestaran. A principios de la República, se vio obligado a refugiarse varias semanas en las alcantarillas y en los rincones oscuros de París. Por lo que se refiere al partido contrario, basta citar que a mediados de 1793 veintinueve girondinos tuvieron que marcharse disfrazados de la capital y esconderse en Normandía, a fin de poder conservar sus vidas ante el grito de la multitud que pedía «limpiar la Convención». Recordemos, por último, los intentos de la familia real por escapar del país, aunque todos resultaron un fracaso. En junio de 1791 Luis XVI, con María Antonieta y sus hijos, salieron de las Tullerías simulando ser el séquito de la baronesa de Korff, que no era más que la institutriz de los niños reales. El disfraz y la evasión fueron uno de los signos más comunes de aquel período histórico.

Ahora bien, es indudable que el lector ha de atender sobre todo a la emoción y al interés de la aventura. Las hazañas de la Pimpinela Escarlata deben valorarse de forma primordial desde el punto de vista de la singular atracción de las peripecias y de los eventos originales y emocionantes. A este respecto, resulta ciertamente provechoso reflexionar sobre el siguiente texto de Sarah Fielding: «De la misma afición a informarnos de los variados y sorprendentes hechos de la humanidad, nace nuestra insaciable curiosidad por las novelas. Llevamos esos personajes ficticios a la vida real y así, amablemente engañados, nos encontramos a nosotros mismos tan vívidamente interesados y profundamente afectados por esos sucesos imaginarios. Los consideramos como si fueran de verdad y hubieran experimentado realmente esos héroes fabulosos las caprichosas aventuras que la fértil invención de los escritores les atribuyó. Las obras de ese estilo tienen en realidad una ventaja y es que, como son creaciones de la fantasía, puede el autor, igual que un pintor, colorearlas, adornarlas y embellecerlas lo más agradablemente posible para halagar nuestro humor y hacerlas lo más prometedoras posible para distraer, cautivar y encantar nuestra mente».

Prólogo

I

PARÍS: 1783 —¡Cobarde!

¡C OBARDE! ¡Cobarde!

Claras, estridentes, apasionadas, las palabras sonaron con un

crescendo de torturante humillación.

Temblando de rabia, el joven se puso en pie precipitadamente, pero perdió el equilibrio y cayó de bruces, agarrándose a la mesa mientras sus párpados hacían un esfuerzo desesperado e inútil por reprimir las lágrimas de vergüenza que cegaban sus ojos.

—¡Cobarde!

Intentó proferir el insulto a voz en grito para que todos pudieran oírlo. Pero tenía la garganta reseca y no lo consiguió. Con gesto nervioso recogió apresuradamente los naipes desparramados sobre la mesa y, presa de febril energía, los arrojó al rostro del hombre que estaba enfrente de él, al tiempo que, haciendo un último esfuerzo, lograba por fin musitar:

—¡Cobarde! — Los presentes de mayor edad trataron de interponerse, pero los jóvenes se limitaron a reír, disponiéndose a gozar de la escena que iba a desarrollarse inevitablemente ante sus ojos y que era el único final posible para una querella de tal índole.

Quedaba fuera de lugar todo intento de mediación o conciliación. Déroulède debiera haberse mostrado más prudente y no hablar irrespetuosamente de Adèle de Montchéri, sabiendo como sabía que desde hacía meses en París y Versalles no se hablaba de otra cosa que de la pasión que el joven vizconde de Marny sentía por aquella notoria beldad.

Adèle era muy hermosa y, además, la auténtica personificación de la codicia y el egoísmo. Los Marny eran ricos y el vizconde añadía a su extrema juventud una estatura menos que mediana. Justamente por aquel entonces Adèle, aquella ave de presa de vistoso plumaje, se hallaba ocupada en desplumar al último pichón caído en sus garras y recién llegado de su ancestral palomar.

El joven se encontraba todavía en los albores de su pasión por Adèle. La consideraba un dechado de virtudes y por ella se hubiese enfrentado a toda la aristocracia de Francia, esforzándose en vano por justificar la exaltada opinión que a él le merecía una de las mujeres más disolutas de la época.

Era, por si fuera poco, un espadachín de primera y sus amigos ya habían tenido razones para pensar que lo más aconsejable era abstenerse de toda alusión a la belleza y a las flaquezas de Adèle.

Pero Déroulède era famoso por sus meteduras de pata. Estaba poco versado en los usos y costumbres de aquella alta Sociedad en medio de la cual, por algún motivo que él ignoraba, seguía moviéndose como un intruso. Sin duda, de no haber sido por su gran riqueza, jamás le hubiesen franqueado la entrada al reducido círculo de la Francia aristocrática. Su linaje era un tanto dudoso y su escudo de armas carecía de brillantes blasones.

Pero poco se sabía de su familia o del origen de su fortuna. Solo era conocido el hecho de que su padre se había convertido de la noche a la mañana en el más querido amigo del difunto rey, y se sospechaba que, en más de una ocasión, el oro de Déroulède había llenado las exhaustas arcas del Primer Gentilhombre de Francia.

Déroulède no había tratado de provocar intencionadamente la querella en que en este momento se hallaba metido. Solo había cometido una de sus habituales torpezas, las cuales, a no dudarlo, eran parte de la herencia que le habían legado sus antepasados burgueses.

Nada sabía de los asuntos privados del vizconde y menos aún de sus relaciones con Adèle. Pero conocía el mundo y París lo bastante bien como para no ignorar cuál era la reputación de dicha dama. Detestaba siempre hablar de mujeres. No era lo que en aquellos tiempos se denominaba «un galanteador» e incluso era algo impopular entre las mujeres. Pero en este caso la conversación se había desviado hacia el odiado tema y, al mencionarse el nombre de Adèle, todos los presentes se habían callado; es decir, todos menos el vizconde, que se había puesto a hablar de ella con gran entusiasmo.

Déroulède se había encogido de hombros; el gesto había despertado la ira del joven. Siguieron unas cuantas palabras dichas como al descuido y luego, sin ninguna advertencia, el mayor de los dos hombres había recibido en la cara un insulto y una lluvia de naipes.

Déroulède no se movió de su asiento. Siguió sentado con la espalda erguida y tranquilo, una rodilla sobre la otra, aunque tal vez su rostro, serio y más bien atezado, mostrase una palidez poco acostumbrada en él. De no ser por esto, hubiérase dicho que el insulto no había llegado a sus oídos ni los naipes le habían golpeado la mejilla.

Apenas transcurridos veinte segundos, se había percatado de su equivocación. Pero ya era demasiado tarde. Lo sentía por el joven y estaba irritado consigo mismo, pero ya no había tiempo para echarse atrás. Con tal de evitar un altercado, hubiese sacrificado la mitad de su fortuna, pero ni una sola partícula de su dignidad.

Conocía y respetaba al duque de Marny, que era ya un anciano débil, casi chocho, cuyo blasón, hasta entonces inmaculado, el joven vizconde parecía empeñado en ensuciar

Al caer el muchacho de bruces, ciego y borracho de ira, Déroulède se había inclinado hacia él automáticamente, ayudándole bondadosamente a ponerse en pie. Le hubiese pedido perdón al muchacho, de haber sido ello posible. Pero lo que pomposamente se llamaba «código de honor» prohibía hacer algo tan lógico como aquello. De nada hubiese servido; tal vez solo para poner en peligro su propia reputación, sin que por ello se evitase la tradicional secuela de la ofensa.

Las paredes revestidas de madera de aquella célebre casa de juego habían presenciado a menudo escenas semejantes. Todos los presentes actuaban de modo rutinario. La etiqueta de los desafíos por cuestiones de honor tiene establecidas ciertas formalidades, que fueron cumplidas rigurosamente, aunque con rapidez.

El joven vizconde se vio rodeado inmediatamente por un círculo de amigos. El prestigio de su apellido, su riqueza, la influencia de su padre, le habían abierto todas las puertas de Versalles y París. Poco le hubiese costado reunir un ejército de partidarios que le apoyasen en el conflicto que se avecinaba. Durante unos instantes, Déroulède se quedó solo junto a la mesa de juego, sobre la cual las velas, que nadie se había preocupado de despabilar, comenzaban a echar humo. Se había levantado de la silla, algo aturdido ante el rápido giro de los acontecimientos. Sus ojos negros e inquietos recorrieron la sala, como si estuvieran buscando una cara amiga.

Pero allí donde el vizconde se encontraba por derecho propio, Déroulède había sido admitido solamente gracias a su dinero. Tenía muchos conocidos y aduladores, pero muy pocos amigos.

Por primera vez se daba cuenta de ello. Todos los que se hallaban en la sala tenían que haberse dado cuenta de que no había provocado la pelea deliberadamente, que en todo momento se había comportado como un Caballero. Y sin embargo, cuando el resultado del incidente estaba ya tan próximo, nadie dio un paso para ponerse de su lado.

—Por pura formalidad, monsieur, ¿querrá usted escoger sus padrinos? El que así había hablado era el joven marqués de Villefranche. Su tono era un tanto altivo y reflejaba cierta condescendencia irónica para con aquel acaudalado advenedizo, que estaba a punto de tener el honor de cruzar su espada con la de uno de los gentileshombres más nobles de Francia. Le ruego, monsieur marqués —repuso fríamente Déroulède— que los escoja usted por mí. Es que tengo pocos amigos en París, ¿comprende? El marqués le saludó ceremoniosamente e hizo un airoso molinete con su pañuelo de encaje. Ya estaba acostumbrado a que le consultasen acerca de todo lo referente a la etiqueta, al tocado, a la última moda en cuestión de casacas, y al ceremonial propio de los duelos. Era afable, vanidoso y vivía en el ocio, por lo que le hacía feliz y se sentía en su elemento cuando le nombraban organizador principal de aquella clase de trágica farsa como la que iba a desarrollarse sobre el mosaico de madera que cubría el suelo del salón de juego.

Recorrió la sala con sus ojos, escrutando el rostro de los que le rodeaban. Los representantes de la dorada juventud se agolpaban en torno del vizconde de Marny; unos cuantos caballeros de mayor edad formaban corrillo en el otro extremo de la estancia. Hacia estos se dirigió el marqués y, acercándose a uno de ellos, hombre de edad avanzada y porte militar, vestido con una raída casaca marrón, le dijo, al tiempo que hacía una nueva y airosa reverencia:

—Mi coronel, monsieur Déroulède me ruega que le escoja padrinos para este lance de honor. ¿Puedo tomarme la libertad de pedirle que…? —

Ciertamente, ciertamente —replicó el coronel—. No conozco íntimamente a monsieur Déroulède, pero ya que usted es quien le representa en este momento, monsieur marqués…

— ¡Oh! —exclamó el marqués con acento despreocupado—. Es una simple cuestión de forma, ¿sabe? Monsieur Déroulède pertenece al séquito de Su Majestad. Es hombre de honor. Pero yo no le represento. Marny es amigo mío, y si usted prefiere no…

—No faltaría más. Me pongo por entero a la disposición de monsieur Déroulède —dijo el coronel, que acababa de lanzar una rápida y escrutadora mirada hacia la figura aislada que se hallaba junto a la mesa de juego—. Si él acepta mis servicios…

—Estará encantado de aceptarlos, mi querido coronel —susurró el marqués, haciendo una mueca irónica con sus aristocráticos labios—. No tiene amigos entre los de nuestro círculo. Si usted y monsieur de Quettare le

hacen el honor, creo que debería estarles agradecido.

Monsieur de Quettare, el ayudante del coronel, estaba dispuesto a seguir los pasos de su jefe. Los dos hombres.

Tras saludar al marqués de Villefranche como dictaban las normas, se acercaron a Déroulède.

—Si tiene usted a bien aceptar nuestros servicios, monsieur —le espetó el coronel—, es decir, los míos y los de mi ayudante, monsieur de Quettare, nos ponemos enteramente a su disposición.

—Les doy las gracias, caballeros —repuso Déroulède—. Todo esto es una farsa y ese joven es un necio, pero ya que me he equivocado…

— ¿Desea usted presentar sus disculpas? —preguntó el coronel fríamente. El valiente soldado había oído hablar acerca de la ascendencia burguesa de Déroulède. La sugerencia de que deseaba presentar disculpas al vizconde era algo que sin duda respondía a las costumbres de la clase media, pero el coronel dio un respingo de desagrado al oírla. ¿Disculpas? ¡Bah!

¡Vergonzoso! ¡Una cobardía! Algo que estaba por debajo de la dignidad de cualquier Caballero, por muy seria que hubiese sido su falta. ¿Cómo podían identificarse con tal modo de proceder dos soldados del ejército de Su Majestad?

Pero Déroulède parecía no darse cuenta de cuán atroz resultaba su sugerencia.

—Si con ello pudiera evitar un conflicto —dijo—, gustosamente le diría al vizconde que ignoraba totalmente la admiración que siente por la dama de la que estábamos hablando y…

— ¿Tanto miedo le da recibir un rasguño, monsieur? —le interrumpió el coronel con impaciencia, mientras monsieur de Quettare alzaba un par de aristocráticas cejas, perplejo ante tan extraordinario despliegue de cobardía burguesa.

— ¿Quiere usted decir, monsieur coronel, que…? —preguntó Déroulède.

—Quiero decir que o lucha usted con el vizconde de Marny esta noche o se marcha usted de París mañana. Su posición entre los de nuestro círculo se haría insostenible —contestó el coronel.

Su tono, con todo, no era excesivamente severo, ya que, a pesar de la extraordinaria actitud de Déroulède, nada había en su porte o en su expresión que reflejase miedo o cobardía.

—Me inclino ante el superior conocimiento que de sus amigos tiene usted, monsieur coronel —repuso Déroulède, sacando la espada de la vaina. En pocos instantes se despejó el centro del salón. Los padrinos midieron la longitud de las espadas y luego se colocaron detrás de los antagonistas, a unos pasos por delante de los grupos de espectadores que se apiñaban formando una especie de círculo.

Representaban la flor y nata de lo mejor y más noble que poseía Francia en aquel año de gracia de 1783, por sus apellidos, abolengo y caballerosidad. Los negros nubarrones que al cabo de pocos años estallarían sobre sus cabezas, barriéndolos de sus palacios para lanzarlos a las mazmorras y a la guillotina, empezaban solo a acumularse en un horizonte impreciso, sobre el París sórdido y famélico. Durante otra media docena de años seguirían bailando y jugando, luchando y flirteando, rodeando a un trono que empezaba a tambalearse y embaucando al débil monarca que lo ocupaba. La espada vengadora de las Parcas seguía descansando en su vaina; la rueda implacable e incesante seguía haciéndoles girar en el remolino de sus placeres; la caída cuesta abajo apenas si acababa de empezar. El grito de los hijos oprimidos de Francia aún no se había hecho oír por encima del estruendo de las músicas de baile y de las serenatas de los amantes.

El joven duque de Chàteaudun se hallaba entre la concurrencia. El mismo que diez años más tarde, en una fría mañana de septiembre, subiría al patíbulo con el pelo peinado a la última moda, con el más fino encaje de Malinas cubriéndole las muñecas, tras haber jugado una última partida de naipes con su hermano menor en la carreta que les conducía a través de la vociferante multitud de parisinos semidesnudos y hambrientos.

Estaba también el vizconde de Mirepoix, que, unos años después, ya en el patíbulo, apostaría con monsieur de Miranges a que de su cabeza cercenada manaría una sangre más azul que la de cualquier otra cabeza de los ejecutados aquel día en Francia. El ciudadano Sansón le oyó hacer la apuesta y cuando la cabeza de Mirepoix cayó en el cesto, el verdugo la alzó para que monsieur de Miranges pudiera verla. Monsieur de Miranges se rió.

—Mirepoix fue siempre un fanfarrón —dijo despreocupadamente mientras apoyaba su cabeza en el tajo—. ¿Quién quiere apostar conmigo a que mi sangre es más azul que la suya?

Pero de todas estás comedias, mezclas de farsa y de tragedia, ninguno de los que estaban presentes aquella noche, cuando el vizconde de Marny luchó con Paul Déroulède, tenía el más leve presentimiento.

Contemplaron cómo luchaban los dos hombres. Al principio observaron la escena con el mismo interés pasajero con que habrían presenciado la demostración de un nuevo movimiento de minué.

De Marny descendía de una raza que llevaba siglos blandiendo la espada, pero estaba acalorado, excitado y no poco aturdido a causa del vino y de la rabia. Déroulède estaba de suerte: saldría del lance con un leve rasguño solamente.

Era buen espadachín, también, aquel acaudalado advenedizo. Resultaba interesante verle manejar la espada: con gran tranquilidad al principio, sin hacer fintas ni quites, apenas lanzando alguna que otra estocada, limitándose a estar en guardia, siempre en guardia, cuidadosamente, firmemente, siempre a punto de responder a todos los ataques que lanzaba su contrincante.

Poco a poco fue estrechándose el círculo en torno a los dos espadachines. Varias exclamaciones discretas de admiración saludaron el más afortunado de los quites de Déroulède. De Marny se estaba excitando cada vez más. El otro, por el contrario, parecía más sobrio y reservado a cada momento. Una estocada lanzada atolondradamente dejó al vizconde a merced de su oponente. En unos instantes quedó desarmado. Los padrinos se adelantaron para poner fin al duelo.

El honor había sido satisfecho. El advenedizo y el vástago de la añeja aristocracia acababan de cruzar sus espadas por la reputación de una de las mujeres más disolutas de Francia. La moderación de Déroulède fue una lección para todos aquellos jóvenes impetuosos que jugaban con sus vidas, su honor y su reputación con la misma ligereza con que lo hacían con sus pañuelos de encaje y sus tabaqueras de rapé.

Déroulède se alejó del grupo. Con el tacto peculiar de las personas bondadosas, evitó mirar a su desarmado contrincante. Pero había algo en la actitud del mayor de los dos hombres que parecía irritar aún más la exacerbada susceptibilidad del joven vizconde.

—Esto no es un juego de niños, monsieur —dijo De Marny lleno de excitación—. Exijo una satisfacción plena.

— ¿No está satisfecho ya? —preguntó Déroulède—. Se ha portado usted bravamente, ha luchado por el honor de su dama. Yo, por el contrario…

— ¡Usted! —Gritó el joven con voz ronca—. Usted presentará sus excusas en público a la mujer noble y virtuosa que ha ultrajado. Y lo hará ahora, inmediatamente, de rodillas…

—Está usted loco, vizconde —replicó Déroulède con voz impasible—. Gustosamente le pido que me perdone el error que he cometido…

— ¡Discúlpese! ¡En público y de rodillas! La excitación del joven casi llegaba al límite. Había sufrido una humillación tras otra. No era más que un crío, mimado, adulado, consentido desde la infancia. El vino se le había subido a la cabeza. La intoxicación de rabia y odio le privaban de su sano juicio. — ¡Cobarde! —gritó una y otra vez.

Sus padrinos trataron de interponerse, pero los apartó con gesto febril. No estaba dispuesto a escuchar a nadie. Era incapaz de ver a nadie salvo al hombre que había insultado a Adèle y que seguía insultándola al negarse a reconocer en público las virtudes de la dama.

En aquellos momentos De Marny odiaba a Déroulède con el peor de los odios que el corazón humano es capaz de concebir. La calma de Déroulède, su caballerosidad, su consideración, no hacían más que acuciar el odio y la vergüenza del joven.

El tumulto se había extendido por toda la sala. Todos parecían presos de la extraña fiebre de animosidad que hervía en las venas del vizconde. La mayoría de los jóvenes se agrupó a su alrededor, tratando de calmarle.

El marqués de Villefranche declaró que la cuestión se estaba saliendo de las normas.

Nadie prestaba demasiada atención a Déroulède. En los rincones más alejados del salón unos cuantos petimetres de edad avanzada hacían apuestas sobre el resultado final del asunto.

Déroulède, sin embargo, empezaba a encolerizarse. No tenía ningún amigo en aquella estancia, por lo que ningún observador que le conociera bien podía percatarse de cómo sus ojos iban ensombreciéndose, como una tormenta que se fragua entre las nubes.

—Les ruego, caballeros, que demos el asunto por terminado —dijo por fin con voz perentoria e impaciente—. Monsieur de Marny desea otra lección. ¡Por Dios que la recibirá! ¡En guardia, monsieur de Marny!

La multitud se echó atrás precipitadamente. Los padrinos volvieron a asumir el porte y la expresión imperturbable que exigía su importante cometido. Cesó la algarabía y de nuevo chocaron los aceros.

Todo el mundo tenía la sensación de que la farsa se estaba convirtiendo en tragedia. Y, con todo, de buen principio quedó bien a las claras que lo único que se proponía Déroulède era desarmar a su contrario, darle otra lección, quizás un poco más severa que la anterior. Era un espadachín tan consumado, y De Marny estaba tan excitado, que la ventaja estuvo de

su parte desde el comienzo.

Nadie supo decir después cómo había sucedido todo. No hay ninguna duda de que el vizconde manejaba la espada de modo cada vez más frenético, de que descuidaba su guardia con la mayor imprudencia al tiempo que lanzaba furiosas estocadas al pecho de su adversario hasta que finalmente, en uno de sus momentos de alocado atrevimiento, pareció que literalmente se arrojaba contra el arma de Déroulède.

Éste trató de evitar el fatal desenlace echándose a un lado con la velocidad del rayo. Pero era demasiado tarde. Sin un suspiro ni un gemido, sin apenas un estremecimiento, el vizconde de Marny se desplomó.

La espada cayó de su mano y fue el propio Déroulède quien tomó al joven en sus brazos.

Todo ocurrió tan rápidamente, tan súbitamente, que nadie se dio cuenta hasta que todo hubo terminado. El muchacho yacía en el suelo, con su elegante casaca de raso azul ensangrentada. Su contrincante estaba arrodillado a su lado.

Nada más podía hacerse. La etiqueta exigía que Déroulède se retirase. No se le permitió hacer nada por el joven que tan a pesar suyo había mandado a la muerte.

Igual que antes, nadie le prestó demasiada atención. El silencio, el silencio sobrecogido que anuncia la presencia de la muerte, cayó sobre los allí reunidos. Solo en un rincón apartado se oyó una voz chillona que decía:

—Me debe usted quinientos luises, marqués. Ese advenedizo sabe manejar la espada.

Los grupos se dispersaron al salir Déroulède de la sala acompañado por el coronel y monsieur de Quettare, que permanecieron a su lado hasta el final. Ambos eran soldados veteranos, de valor demostrado en cien batallas, y su sentido de la caballerosidad les hizo rendir tributo al valor del hombre al que habían apadrinado.

Ante la puerta del establecimiento se cruzaron con el médico que había sido avisado antes por si sus servicios eran necesarios. Pero el resultado del lance escapaba a las posibilidades de la ciencia del médico. En el momento en que Déroulède, arrebujándose en su capa, echaba a andar solo por la oscura calle, arriba, en el salón brillantemente iluminado, el único hijo del duque de Marny exhalaba su último suspiro. II

A la sazón el jefe de la casa de Marny contaba apenas setenta años. Pero había vivido plenamente cada hora y cada minuto de su vida, desde el día en que el Gran Monarca le nombrara paje de cámara, siendo él un mozalbete de doce años escasos, hasta el momento, de ello hacía ahora diez años, en que la mano inexorable de la naturaleza le había golpeado en medio de sus placeres, secándole rápidamente del mismo modo que seca un roble añejo y dejándole clavado, impedido y chocheante, en un sillón para inválidos que solo abandonaría para trasladarse a su última morada. Juliette era entonces una muchacha jovencísima, hija del anciano, la niña mimada que vertía un poco de felicidad en los últimos años de su padre. Conservaba parte de la melancolía que había caracterizado a su madre, la dulce dama que tanto había soportado con paciencia y que había dejado esta última y tierna carga, su pequeña hija, al brillante y guapo esposo al que había amado profundamente y perdonado a menudo.

Cuando el duque de Marny entró en la postrera etapa de su dorada carrera, en aquel vivir que era casi como estar muerto y que arrastraría cansinamente durante diez años hasta llegar a la tumba, Juliette pasó a ser su único gozo su único rayo de felicidad en medio de los recuerdos que le atormentaban.

En los ojos profundos y tiernos de la muchacha veía reflejado el presente y el porvenir de su hija, y se olvidaba de su propio pasado, con toda su carga de alegrías y locuras desenfrenadas que ahora no eran más que un cúmulo de amargos remordimientos, un rosario inacabable de cosas que hubiese podido hacer y que jamás había hecho.

Y tenía también al muchacho, al vizconde que algún día sería el duque de Marny. Él se encargaría de recrear la gloria de la familia y de hacer que una vez más resonase por toda Francia el eco de sus arrojadas hazañas y aventuras galantes, iguales a las que tanta gloria había dado al nombre de Marny en el campo de batalla y en la corte.

El vizconde no inspiraba gran amor a su padre, pero sí un orgullo infinito. Desde las profundidades de su sillón acolchado, el anciano escuchaba con deleite las anécdotas que su hijo le contaba acerca de Versalles y París, de la joven reina y de la fascinante Lamballe, de la última comedia estrenada y de la más reciente estrella del firmamento teatral. Al oírle, su cansado y vacilante cerebro hacía recorrer de nuevo la senda de los recuerdos, recordando su propia juventud y sus propios triunfos, y el orgullo y el gozo que en él despertaba el joven le hacían olvidarse de sí mismo.

Cuando aquella noche trajeron al vizconde a casa; Juliette fue la primera en despertar. Oyó ruido ante la inmensa verja del jardín: era un carruaje que lentamente se detenía ante ella. Oyó luego que alguien llamaba al portero y que éste refunfuñaba. A Matthieu, el portero, no le gustaba que le hicieran levantarse en mitad de la noche para abrir la verja.

El presentimiento de que algo horrible había sucedido se apoderó de la joven al instante. Las pisadas hacían un ruido pesado y amortiguado sobre las piedras del patio y luego sobre los peldaños de roble de la gran escalinata. Daba la impresión de que transportaban algo pesado, algo que estaba inerte o muerto.

Saltó de la cama y se envolvió apresuradamente en una bata al tiempo que metía los pies en las zapatillas. Después abrió la puerta de su alcoba y se asomó al rellano.

Dos hombres que no conocía subían la escalera, otros dos les seguían con una pesada carga y detrás de todos ellos iba Matthieu, gimiendo y llorando amargamente.

Juliette no se movió. Se quedó quieta en el umbral, rígida como una estatua. El reducido cortejo pasó ante ella. Nadie la vio, pues en la mansión de los De Marny los rellanos son muy espaciosos y el farol de Matthieu apenas si arrojaba una tenue y vacilante luz sobre el suelo.

Los hombres se detuvieron ante la alcoba del vizconde. Matthieu abrió la puerta y los cinco hombres penetraran en la habitación con su pesada carga. Al cabo de un instante, la vieja Pétronelle, que había sido nodriza de Juliette y era ahora su devota esclava, fue en busca de la muchacha, hecha un mar de lágrimas.

Acababa de enterarse de la noticia y apenas podía hablar, pero abrazó a la joven y entre grandes sollozos buscó consuelo para su doliente y maternal corazón.

Pero Juliette no lloró. Resultaba todo tan inesperado, tan sobrecogedor. A sus catorce años, jamás había soñado en la muerte, y ahora su hermano, su Philippe, al que tanto quería, estaba muerto y había que decírselo a su padre.

Tan terrible obligación se le antojaba a Juliette algo tan temible como el Día del Juicio. Solo una hueste de ángeles podía proclamar que había acaecido lo inevitable.

Había que anunciar al anciano que acababan de traer a su hijo, muerto.

Era necesario decírselo a aquel anciano inválido que ya tenía un pie en la sepultura, que concentraba en el muchacho todos sus pensamientos, su

orgullo, su postrer rayo de esperanza.

— ¿Se lo dirás tú, Pétronelle? —preguntó repetidamente Juliette, aprovechando los breves intervalos en que el dolor de la vieja nodriza parecía mitigarse un poco.

—No, yo no, querida. No puedo, no puedo —gimió Pétronelle en medio de un nuevo estallido de sollozos.

El alma infantil de Juliette se rebeló ante la misión que la esperaba. Su ira se dirigió hacia Dios por haber puesto semejante carga sobre ella. ¿Qué derecho tenía Él para exigir a una niña de su edad que soportase tan tremenda agonía mental?

¡Perder al hermano y presenciar la aflicción del padre! ¡No podría! ¡No podría! ¡No! ¡Dios era malvado e injusto!

El lejano tintineo de una campanilla estremeció súbitamente sus nervios. ¿Se habría despertado el anciano? Habría oído el ruido y ahora hacía sonar la campanilla para que le explicasen a qué venía tanto alboroto.

Con un movimiento brusco, Juliette se libró del abrazo de Pétronelle y, antes de que la anciana pudiera impedírselo, salió de la alcoba, cruzó corriendo el oscuro rellano y se detuvo ante una gran puerta de madera. El viejo duque de Marny estaba sentado al borde del lecho, con sus largas y delgadas piernas colgando hacia afuera.

Pese a estar impedido, había logrado incorporarse con esfuerzo y seguía tratando en vano de levantarse aún más. También él había oído el ruido sordo de las pisadas, el arrastrar los pies propio de quienes llevan a cuestas algo que pesa mucho.

Su pensamiento se remontó a medio siglo atrás, a los tiempos en que había sido testigo de escenas de las que él era solo un espectador sin demasiado interés. Conocía aquel tipo de cortejos compuestos por unos cuantos criados y amigos, con el médico caminando al lado de la preciosa carga que no tardaría en ser depositada sobre el lecho para que ante ella llorase tiernamente la afligida familia del difunto.

¿Quién sabe qué imágenes se formaron en su débil cerebro? Con todo, adivinó lo sucedido. Cuando Juliette entró corriendo en la habitación y se detuvo ante él, pálida, temblorosa, con un dolor inmenso reflejándose en sus grandes ojos, supo en seguida que el anciano sabía de qué iba y que no hacía falta decírselo. Ya se había encargado Dios de dar la noticia al duque.

Pierre, el fiel ayuda de cámara del duque, vistió a su amo tan de prisa como pudo. El duque insistió en ponerse su traje de ceremonia: la lujosa indumentaria de terciopelo negro adornada con finos encajes y botones de diamante que llevara puesta cuando el Rey Sol fue llevado al lugar donde descansaría eternamente.

Se puso también sus condecoraciones e insignias y ciñó su espada. Las elegantes ropas que tan bien le habían sentado en la plenitud de la vida colgaban ahora con excesiva holgura sobre su enflaquecido cuerpo. Con todo, componía una figura majestuosa e imponente, con el pelo blanco atado a la nuca con un gran lazo negro y la elegante chorrera de fino punto inglés que le caía como una suave cascada sobre el pecho.

Fue a sentarse en su silla de inválido, tan erguido como podía, y cuatro lacayos de librea le llevaron junto al lecho de muerte de su hijo.

Ya toda la casa estaba alborotada. En el vasto salón, así como a lo largo de la escalinata de roble, ardían las antorchas en los hacheros y centenares de velas iluminaban con sus llamitas temblorosas y espectrales las inmensas estancias de la principesca mansión.

La numerosa servidumbre de la casa se hallaba reunida en el rellano. Todos sus miembros lucían la rica librea de la casa ducal.

La muerte de un heredero de la familia Marny es un acontecimiento del que la historia toma nota.

La silla del anciano duque fue dejada muy cerca del lecho donde yacía el cadáver del joven vizconde. El anciano se quedó inmóvil, sin decir una palabra, sin exhalar un suspiro. Algunos de los que presenciaron la escena dirían años más tarde que la mente del duque había dejado de funcionar en aquel momento y que no llegó a hacerse cargo de que su hijo estaba muerto. El marqués de Villefranche, que había acompañado a su amigo hasta el final, se despidió definitivamente de aquella casa donde reinaba el dolor. Juliette apenas se fijó en él. Tenía los ojos clavados en su padre. No quería mirar el cadáver de su hermano. Un temor infantil la dominaba y la tenía paralizada entre aquellas dos figuras silenciosas: la que vivía y la que ya había muerto.

Pero justo en el instante en que el marqués abandonaba la alcoba, el anciano habló por primera vez aquella noche.

—Se olvida de algo, marqués —dijo con voz tranquila—: todavía no me ha dicho quién ha matado a mi hijo.

—Ha sido en noble lucha, monsieur —replicó el joven marqués.

A pesar de su frivolidad y de su carácter despreocupado, se sentía sobrecogido por aquella tragedia extraña, casi misteriosa.

— ¿Quién ha matado a mi hijo, marqués? —repitió el anciano mecánicamente—. Tengo derecho a saberlo —añadió luego con inesperada energía.

—Ha sido monsieur Paul Déroulède, duque —contestó el marqués—. Repito que ha sido en noble lucha.

De los labios del anciano surgió un suspiro que parecía ser de satisfacción. Luego, haciendo un gesto cortés de despedida que recordaba tiempos ya pretéritos, agregó:

—Todo el agradecimiento que yo y los míos podamos darle, marqués, parecería una burla… Su devoción para con mi hijo está más allá de la gratitud humana. No quiero retenerle más. Adiós.

Escoltado por dos lacayos, el marqués salió de la habitación.

—Di al Servicio que se retire, Juliette. Tengo algo que decirte —dijo el anciano.

Silenciosa y obediente, la joven hizo lo que su padre le ordenaba. Padre y hermana quedaron entonces a solas con el cadáver del ser amado.

Tan pronto se apagaron a lo lejos las pisadas de los sirvientes, el duque de Marny pareció desprenderse del letargo en que había estado sumido hasta aquel momento.

Con gesto rápido y febril, cogió a su hija por la muñeca y murmuró en tono excitado:

—Su nombre… ¿has oído el nombre, Juliette?

—Sí, papá —contestó la joven.

— ¡Paul Déroulède! ¡Paul Déroulède! No lo olvidarás nunca, ¿verdad, hija?

— ¡Nunca, papá!

— ¡Ha matado a tu hermano! ¿Lo comprendes bien? Ha dado muerte a mi único hijo, a la esperanza de mi casa, al último descendiente de la más gloriosa de las familias que han engrandecido la historia de Francia.

— ¡Ha sido en noble lucha! —protestó la muchacha.

—No es noble que un hombre dé muerte a un muchacho —repuso el viejo furiosamente—. Déroulède tiene treinta años y mi hijo apenas había llegado a los veinte. ¡Caiga sobre el asesino la venganza de Dios!

Llena de espanto, Juliette miraba a su padre con los ojos muy abiertos.

El anciano no parecía el mismo de siempre. En su rostro se pintaba una curiosa expresión mezcla de éxtasis y odio, de esperanza y de gozo,

cada vez que dirigía la mirada hacia ella.

Juliette era demasiado joven para percatarse de que el último destello de una razón ya vacilante abandonaba en aquellos instantes, rápidamente, la pobre y dolorida cabeza. Para ella la palabra locura tenía solo un vago significado. Aunque no entendiera a su padre en aquel momento, pese a que casi sentía miedo ante él, hubiese rechazado con desprecio y horror cualquier insinuación de que el anciano había perdido el uso de razón.

Así, pues, cuando la tomó de la mano y la hizo acercarse al lecho y apoyarla sobre el pecho del cadáver de su hermano, la muchacha retrocedió al sentir el contacto con el cuerpo inanimado. Era algo totalmente distinto de cuanto había tocado hasta entonces. Pero obedeció a su padre sin rechistar y escuchó sus palabras como si salieran de los labios de un sabio.

—Juliette, ya tienes catorce años y eres capaz de entender lo que voy a pedirte. Si no estuviera encadenado a este triste sillón, si no fuese un inválido abyecto, inútil y sin esperanza, no le pediría a nadie, ni siquiera a ti, hija mía, que hiciese lo que Dios exige que haga uno de nosotros. Hizo una breve pausa y después siguió hablando con voz grave: —Recuerda, Juliette, que eres una Marny, que eres católica y que Dios te está oyendo en este instante. Vas a prestar juramento ante Él y ante mí, un juramento del que solo la muerte podrá relevarte. ¿Lo harás, hija mía?

—Si así lo deseas, papá.

— ¿Te has confesado últimamente, Juliette?

—Sí, papá. Además, ayer comulgué —repuso la joven—. Era fiesta de guardar, ¿sabes?

—Entonces, ¿te hallas en estado de gracia, hija?

—Lo estaba ayer por la mañana, papá —contestó candorosamente la joven—, Pero desde entonces he cometido algunos pecadillos.

—Entonces confiésate ante Dios ahora mismo. Tienes que hallarte en estado de gracia al prestar el juramento.

Juliette cerró los ojos. El anciano la observó y pudo ver cómo los labios de su hija articulaban las palabras de su silenciosa confesión.

Tras persignarse, la muchacha abrió los ojos y miró a su padre.

—Estoy preparada, papá —dijo—. Espero que Dios me haya perdonado los pecadillos de ayer.

— ¿Jurarás pues, hija mía?

— ¿Qué debo jurar, papá?

—Que te vengarás del asesino de tu hermano. ¿Lo harás?

—Pero, papá…

— ¡Júralo, hija mía!

— ¿Cómo puedo cumplir tal juramento, papá? No comprendo cómo… —Dios te guiará, hija mía. Cuando seas mayor, lo entenderás.

Juliette siguió titubeando unos instantes más. Se encontraba en ese estado intermedio entre la niña y la mujer ya hecha, en esa etapa en que la sensibilidad, el sistema nervioso y las emociones están tensos como las cuerdas de un violín.

A lo largo de toda su corta vida había idolatrado a su padre con un amor sincero y apasionado que la había cegado por completo ante la pérdida de facultades y el debilitamiento mental del anciano.

Se hallaba asimismo en esa etapa inicial de piedad entusiástica que se apodera de toda criatura temperamental educada de acuerdo con los principios del catolicismo cuando por primera vez le son revelados los misterios de los Sacramentos.

Juliette se había confesado y había comulgado. También había recibido la Confirmación de manos del arzobispo y su ardiente naturaleza había sentido hasta lo más hondo el éxtasis y la voluptuosidad de las expresiones de la antigua fe.

Y de algún modo el deseo de su padre y la muerte de su hermano se entremezclaban en su cerebro con la religión a la que, llevada de su entusiasmo juvenil, gustosamente habría dedicado su vida.

Pensó en todos los santos, cuyas vidas había leído, y su joven corazón se estremeció al recordar los sacrificios, el martirio y el sentido del deber de todos ellos.

Una exaltación irresistible, tal vez morbosa y llena de superstición, se enseñoreó de su mente. Puede que, además, en lo más recóndito de su corazón se sintiera orgullosa de su propia importancia, de su misión en la vida, de su individualidad. Al fin y al cabo, era una muchacha, casi una niña, a punto de convertirse en mujer.

El anciano duque se estaba impacientando por momentos.

— ¿No irás a titubear ahora, Juliette, cuando el cadáver de tu hermano está aquí de cuerpo presente y clamando venganza? Tú, ¡la última de los Marny! Porque también yo, a partir de este momento, estaré muerto.

—No, papá —susurró la joven, impresionada—. No titubeo. Juraré como me dices.

—Entonces, repite mis palabras, hija mía.

—Sí, papá.

—Ante Dios Todopoderoso, que me ve y oye…

—Ante Dios Todopoderoso, que me ve y oye —repitió Juliette con voz firme.

—Juro que buscaré a Paul Déroulède.

—Juro que buscaré a Paul Déroulède.

—Y como Dios me dé a entender, procuraré su muerte, su ruina o su deshonor, en venganza por la muerte de mi hermano.

—Y como Dios me dé a entender, procuraré su muerte, su ruina o su deshonor, en venganza por la muerte de mi hermano —repitió Juliette solemnemente.

—Que el alma de mi hermano sufra tormento hasta el Día del Juicio si quebrantase mi juramento, pero que descanse en la paz eterna el día en que su muerte sea debidamente vengada.

—Que el alma de mi hermano sufra tormento hasta el Día del Juicio si quebrantase mi juramento, pero que descanse en la paz eterna el día en que su muerte sea debidamente vengada.

La joven se hincó de rodillas. El juramento ya estaba hecho y el anciano se daba por satisfecho.

Llamó a su ayuda de cámara y plácidamente dejó que le acostase.

Había bastado una breve hora para que la niña se convirtiese en mujer. Peligrosa transformación esta cuando el cerebro está sobrecargado de emociones, cuando los nervios se hallan en tensión y el corazón está a punto de estallar.

De momento, sin embargo, la naturaleza infantil de Juliette se reafirmó por última vez, ya que la joven salió corriendo de la habitación y, sollozando amargamente, fue en busca de refugio en su propia alcoba y se arrojó en brazos de la bondadosa Pétronelle.

Capítulo primero

PARÍS: 1793. —EL ULTRAJE

UY difícil hubiese sido encontrarle explicación a la gran popularidad de que gozaba el ciudadano Déroulède. Aún más difícil

habría resultado averiguar por qué permanecía inmune a las persecuciones que se llevaban a cabo a razón de varias veintenas diarias. Ora iban dirigidas contra los moderados de la Gironda, ora contra los fanáticos de la Montaña, hasta lograr que toda Francia quedara transformada en una gigantesca prisión que diariamente suministraba alimento a la guillotina.

Pero Déroulède seguía sin sufrir daño alguno. Ni siquiera la ley Merlín contra los sospechosos le había afectado hasta el momento. Y cuando en el pasado mes de julio el asesinato de Marat había provocado un verdadero holocausto en la guillotina, con incontables víctimas que iban desde Adam Lux, que hubiese erigido una estatua en honor de Carlota Corday, con una inscripción que rezase: «Su Grandeza fue mayor que la de Bruto», hasta Chalier, que la hubiese hecho torturar en público para luego quemarla en la hoguera por su crimen, ni siquiera entonces se había molestado a Déroulède.

Eran los momentos más turbulentos de aquella turbulenta revolución. Nadie, al levantarse por la mañana, podía estar seguro de que, al llegar la noche, su cabeza seguiría sobre los hombros o, por el contrario, el ciudadano Sansón, el verdugo, la alzaría para que la viesen los sansculottes de París.

Y pese a todo, a Déroulède se le permitía ocuparse de sus propios asuntos, sin que nadie se metiera con él. En cierta ocasión, refiriéndose a él, Marat había dicho:

—No es peligroso.

La afirmación había echado raíces entre la gente. En los recintos de la

Convención Nacional se seguía considerando a Marat el gran adalid de la Libertad, mártir de sus propias convicciones llevadas hasta el extremo: la miseria y la suciedad, la caída en la más infamante de las humillaciones a que un hombre puede verse sometido. Sus afirmaciones y discursos seguían guardándose como tesoros y ni siquiera los girondinos osaban atacar su recuerdo. Una vez muerto, Marat resultaba más poderoso de lo que fuera en vida.

Y había dicho que Déroulède no era peligroso. No representaba ningún peligro para el republicanismo, la libertad, el empeño en alcanzar la igualdad entre todos los hombres, la destrucción de las viejas

tradiciones y el aniquilamiento de los boatos de antaño.

En otro tiempo, Déroulède había sido muy rico. Pero la prudencia le había hecho desprenderse a tiempo, voluntariamente, de lo que sin duda le hubiese sido arrebatado más tarde.

Lo que había dado lo había dado gustosamente, en unos momentos en que más lo necesitaba Francia, antes de que aprendiera a apoderarse de lo que la apetecía.

Y así, en este caso, Francia no lo había olvidado: diríase que una fortaleza invisible rodeaba al ciudadano Déroulède y tenía a raya a sus enemigos. Eran pocos, pero los tenía. La Convención Nacional confiaba en él, ya que «no era peligroso» para ella. La gente le consideraba uno de ellos, dispuesto a dar mientras tuviera algo que dar. ¿Quién es capaz de calibrar la más escurridiza de todas las cosas: la popularidad?

Llevaba una vida tranquila, sin ceder jamás ante la tentación de ponerse a escribir panfletos políticos, como a la sazón hacía casi todo el mundo. Vivía solo con su madre y Anne Mie, la pequeña huérfana, prima suya, de la que madame Déroulède había cuidado desde que empezara a dar los primeros pasos.

Todos conocían su casa de la rue École de Médecine, no muy lejos de donde viviera y muriera Marat. Era el único edificio de sólida piedra en medio de una hilera de chozas malolientes y sórdidas.

Al igual que ahora, la calle era angosta por aquel entonces y, mientras París se entretenía decapitando a sus hijos en aras de la Libertad y la Fraternidad, no disponía de tiempo para ocuparse de nimiedades como la limpieza y la higiene.

Poco honraba la rue École de Médecine a la institución de la que recibiera el nombre. Por sus aceras y calzada desiguales y embarradas solía pulular una multitud de seres tan repulsivos como imaginarse pueda.

Un vestido limpio, un pañuelo pulcro, constituían un espectáculo insólito por aquellos andurriales, ya que Anne Mie raramente salía de casa y la anciana madame Déroulède apenas abandonaba su alcoba. A cada extremo de la larga y estrecha calleja había un tabernucho. Era mucho el coñac que en ellos se trasegaba y, llegadas las cinco de la tarde, lo mejor que podía hacer una mujer era quedarse en casa. De eso no había duda.

Las mujerucas desgreñadas que, formando un corrillo, chismorreaban en la esquina apenas podían llamarse mujeres. Unas enaguas andrajosas, un

pañuelo rojo y grasiento enrollado en la cabeza, una blusa manchada y

hecha jirones: a tal grado de miseria y vergüenza había llevado la Libertad a las hijas de Francia.

Solían mofarse cuando junto a ellas pasaba alguien menos sucio y degradado que ellas.

— ¡Mirad al aristócrata! —gritaban cada vez que un hombre vestido decentemente o una mujer tocada con un pulcro gorro y un mandil limpio bajaban por la calle con pasos apresurados.

Las tardes resultaban muy animadas. Siempre había gran abundancia de cosas dignas de ver. La primera, y más importante, era la larga procesión de carretas que recorría la serpenteante ruta que iba desde las prisiones hasta la Place de la Révolution. Las cuarenta y cuatro mil secciones que componían el Comité de Salud Pública mandaban, cuando les llegaba el turno, su correspondiente cuota de víctimas a la guillotina.

En otro tiempo tales carretas solían transportar damas y caballeros de sangre real, duques y princesas traidoras, aristócratas procedentes de todos los condados de Francia. Pero esta fuente de suministro ya empezaba a secarse. La desventurada reina María Antonieta seguía languideciendo en el Temple en compañía de su hijo y de su hija. A madame Elisabeth aún se le permitía rezar sus oraciones en paz, pero los duques y condes traidores comenzaban a escasear. Los que no habían perecido a manos del ciudadano Sansón se hallaban en Alemania o Inglaterra, ejerciendo algún oficio. Había ebanistas, posaderos y peluqueros aristocráticos. Los nombres más ilustres de Francia se ocultaban detrás de las muestras de diversos establecimientos de Londres y Hamburgo. Buen número de ellos debían la vida a aquella misteriosa Pimpinela Escarlata, a aquel inglés desconocido que había arrebatado puñados de víctimas de las garras del acusador Tinville y que había desconcertado a monsieur Chauvelin, obligándole a regresar a Francia con las manos vacías.

Como los aristócratas ya no abundaban, les había llegado el turno a los diputados de la Convención Nacional, a los hombres de letras, a los científicos y a los artistas, a hombres que un año atrás habían enviado a otros a la guillotina, a hombres que habían vociferado a más no poder en defensa de la anarquía y de su Reinado del Terror.

Habían revolucionado el calendario: los ciudadanos diputados, al igual que todos los buenos ciudadanos franceses, llamaban al 19 de agosto de 1793 «el 2 de Fructidor del año I de la Nueva Era».

A las seis de la tarde de aquel día, una joven dobló de pronto la esquina de la rue École de Médecine y, tras echar una rápida mirada a derecha e izquierda, echó a andar con pasos firmes por la angosta calleja.

El lugar estaba muy concurrido. Enfrente de cada puerta había un grupo de mujeres que parloteaban acaloradamente. Era la hora de regresar a casa después de presenciar el espectáculo de costumbre en la Place de la Révolution. Los hombres habían hecho parada en los diversos tabernuchos, por lo que las mujeres se habían visto forzadas a salir de ellos. Luego les llegaría el turno a las mujerucas y podrían beber la habitual ración de coñac. De momento, no podían hacer más que chismorrear y burlarse de los transeúntes.

Al principio, la joven no parecía hacerles caso. Caminaba sin detenerse, con paso vivo, mirando al frente con expresión desafiante, erguida la cabeza. Sus pies pasaban cuidadosamente de un adoquín a otro, procurando que el barro de la calle no le ensuciase sus elegantes zapatos.

Las arpías la saludaron, lo que equivale a decir que le dirigieron algún comentario obsceno que en modo alguno era adecuado para los oídos de una mujer. La joven llevaba un sencillo vestido gris y un pañuelo de seda fina doblado sobre el pecho; un ancho sombrero adornado con cintas reposaba sobre el más bello rostro que jamás viera hombre alguno. Aún más bello hubiese sido si en él no se hubiera reflejado una expresión de voluntad decidida que endurecía sus facciones y, a pesar de su juventud, las envejecía.

Ceñía la cintura con la faja tricolor, ya que de lo contrario la hubiesen molestado con mayor empeño. Pero los colores republicanos eran su salvoconducto. Nadie podría hacerle ningún daño mientras siguiera caminando tranquilamente, sin pausa.

De pronto, un curioso impulso pareció apoderarse de ella. Ocurrió justamente enfrente de la casona de piedra propiedad del ciudadano diputado Déroulède. Hasta el momento no se había fijado en los grupos de mujeres con los que se había cruzado. Cuando quiera que le habían obstruido el paso, se había limitado a bajar a la calzada para sortearlos. Era lo más prudente y aconsejable, ya que sabía hacer oídos sordos a las obscenidades y no tenía por qué hacer caso de los insultos.

De repente, alzó la cabeza con gesto de desafío.

— ¿Quieren hacer el favor de dejarme pasar? —dijo con energía a la bruja desgreñada que se interponía en su camino con los brazos cruzados y lanzaba miradas impertinentes a las enaguas de encaje que asomaban

por debajo del sencillo vestido gris de la joven.

— ¿Dejarla pasar? ¿Dice que la deje pasar? ;Ja, ja, ja! —exclamó la mujeruca, volviéndose al más próximo de los grupos y lanzando en su dirección un grueso juramento—. ¿No os habíais enterado, ciudadanas, de que esta calle estaba hecha especialmente para que los aristócratas pasaran por ella?

—Tengo mucha prisa. ¿Quiere dejarme pasar en seguida? —dijo la joven con acento autoritario, al tiempo que golpeaba impacientemente el suelo con el pie.

A su derecha estaba toda la anchura de la calle, ofreciéndole espacio más que suficiente para transitar. Era una indudable locura provocar una trifulca, estando sola como estaba, con aquel grupo ruidoso de hembras acaloradas que acababan de volver del horrible espectáculo que se ofrecía en el patíbulo.

Y, con todo, la joven daba la impresión de obrar deliberadamente, como si, agotada ya su paciencia, toda su sangre orgullosa y aristocrática se rebelase contra la turba maloliente que la rodeaba.

De todas partes salían hombres medio borrachos y pilluelos desnudos.

— ¡Vaya con la aristócrata! —gritaban irónicamente, fingiendo pasmo ante la pulcra figura de la joven.

Con dedos sucios manoseaban el vestido de la joven, al tiempo que acercaban al rostro de ella sus caras mugrientas y desfiguradas por el odio. La muchacha retrocedió instintivamente hacia la casa más cercana. El pórtico lo formaban gruesos maderos de roble y el edificio estaba rematado por un tejado del que colgaba un farol de hierro; debajo había un pretil de piedra y unos cuantos escalones que, formando ángulo recto con el pavimento, ascendían hasta una inmensa puerta. La muchacha se refugió en aquella corta escalinata y, con gesto orgulloso y retador, hizo frente a la chusma aullante a la que tan deliberadamente había provocado.

— ¡De veras que ese vestido gris te sentaría muy bien, ciudadana Margot! —dijo un joven sobre cuyo rostro perverso y disoluto colgaban los harapos de lo que había sido un gorro encarnado.

—Y esos finos encajes serían una hermosa chorrera para el cuello de la aristócrata cuando el ciudadano Sansón levantara su cabeza para que la viéramos —agregó otro, al tiempo que fingía burlonamente hacer una reverencia ante la joven.

Con dos dedos pringosos alzó levemente la falda de la muchacha dejando al descubierto las enaguas bordeadas de encaje que había debajo. Una descarga de juramentos y de fuertes risotadas irónicas acogió semejante salida.

—Es un encaje demasiado bonito para llevarlo escondido —comentó una arpía de edad avanzada—. No se lo creería usted, mi elegante señora, pero debajo de mis faldas llevo las piernas desnudas.

—Y apuesto que sucias también —dijo otra bruja, echándose a reír—. El jabón se ha puesto muy caro estos días en París.

— ¡El encaje que adorna el pañuelo de la aristócrata bastaría para comprar el pan de toda una familia durante una semana entera! —gritó una voz excitada.

El acaloramiento y el coñac aguijoneaban más y más los cerebros de aquel grupo de ciudadanos franceses, cuyos ojos despedían miradas cargadas de odio. El ultraje era inminente. Al parecer, la joven lo sabía, pero conservaba su actitud retadora y el dominio de sí misma. Poco a poco fue retrocediendo escalones arriba, seguida de cerca por sus atacantes.

— ¡Quitémosle esa chuchería, pues! —gritó una mujer delgada y macilenta. De sopetón, echó mano al pañuelo y, profiriendo una risotada triunfante, lo arrancó del pecho de la muchacha. Semejante ultraje fue al parecer la señal para derribar las últimas barreras alzadas por la decencia más natural. Las palabras de la chusma y sus vituperios adquirieron tal carácter que ningún cronista se atrevería a ponerlas por escrito.

Daba la impresión de que el blanco cuello de la joven, su piel sonrosada, el fino contorno de sus hombros y busto, despertaban el más intenso de los odios entre aquellas míseras criaturas, reducidas a la condición de bestias salvajes por el hambre y la pobreza.

Casi parecía que rivalizasen entre ellas para dar con las palabras más ofensivas para aquellos finos oídos aristocráticos.

La joven estaba agazapada en el rellano, con la espalda apoyada en la puerta y cubriéndose las orejas con las manos para no oír los terribles insultos que le dirigían. No se la veía aterrorizada, sino solo impresionada ante el violento volcán cuya erupción había provocado ella misma.

De repente, una vieja harapienta le golpeó el rostro con su puño duro y mugriento. Un prolongado grito de gozo recibió aquella acción monstruosa. Solo entonces perdió la muchacha el dominio sobre sí misma.

— ¡A mí! —gritó, al tiempo que con ambos puños golpeaba la pesada puerta—, ¡A mí! ¡Socorro! ¡Quieren asesinarme! ¡Ayúdeme, ciudadano Déroulède!

Pero su terror no hizo más que renovar el regocijo de la turba. Su frenesí había alcanzado el límite y hubiesen arrancado a la joven de su refugio para arrastrarla por el lodo, con tal de dar satisfacción a su odio desenfrenado. Pero justo en el instante en que media docena de pares de manos que parecían garras empezaban a tirar frenéticamente de las faldas de su presa, la puerta se abrió bruscamente. La joven sintió que una mano firme la cogía del brazo y rápidamente la hacía entrar en el refugio de la entrada.

Sus sentidos parecían a punto de abandonarla, agotados por la pavorosa aventura que acababa de vivir. Oyó que se cerraba la pesada puerta, dejando afuera los alaridos de rabia y sorpresa, las risas irónicas, las palabras obscenas, todo aquello que a sus oídos sonaba como los chillidos de los condenados que nos describe Dante.

No podía ver a su salvador, ya que el recibidor estaba iluminado únicamente con una tenue luz. Pero una voz perentoria dijo rápidamente:

—Suba la escalera y entre en la habitación que verá ante usted. Mi madre está allí. ¡De prisa!

La muchacha estaba caída de hinojos, acurrucada contra el grueso pilar de roble que sostenía el techo y forzando la vista para ver las facciones del hombre al que, en aquel momento, quizá debiese algo más que la vida. Pero el individuo se hallaba junto a la puerta, con la mano en la aldaba.

— ¿Qué va a hacer? —preguntó ella con voz que apenas era un susurro. —Impedir que irrumpan en mi casa para sacarla a rastras — repuso él con calma—. Le ruego, pues, que haga lo que le he dicho.

Le obedeció mecánicamente, se puso en pie y, volviéndose hacia la escalera, empezó a subir lentamente los peldaños. Le temblaban las rodillas, todo su cuerpo se estremecía de horror ante el temible trance por el que acababa de pasar.

No se atrevió a echar la vista atrás para ver a quien la había salvado. Siguió subiendo con la cabeza inclinada sobre el pecho, musitando palabras a duras penas inteligibles.

En la calle, el griterío y los abucheos arreciaban por segundos. Numerosos puños cargados de rabia golpeaban violentamente la recia puerta de roble. Al llegar a lo alto de la escalera, dejándose llevar por un impulso irresistible, giró sobre sus talones y miró hacia el recibidor.

Vio la figura del hombre vagamente delineada en medio de la penumbra. Tenía la mano puesta en la aldaba y la cabeza vuelta por encima del hombro para observar los movimientos de la joven.

Delante de ella vio una puerta entreabierta. La abrió y penetró en el aposento.

Justo en aquel instante, también él abría la puerta de abajo. De nuevo resonaron en los oídos de la muchacha los gritos de la enardecida multitud. Al parecer, formaban un círculo en torno al recién salido. Se preguntó qué estaría sucediendo y se maravilló que fuese capaz de hacer frente él solo a aquella chusma tan horrorosa.

La habitación en la que acababa de entrar era alegre. Estaba adornada con bellas cortinas estampadas y amueblada con gracia y buen gusto. Alzó la vista al oír una voz bondadosa que, saliendo de las profundidades de un voluminoso sillón, le decía:

—Entra, entra, querida. ¡Y cierra la puerta tras de ti! ¿Te han atacado esos desgraciados? No importa. Paul hablará con ellos. Ven a sentarte aquí, querida. Ya no debes temer nada.

Sin decir palabra, la muchacha se adelantó. Tenía la sensación de estar soñando, de que las cortinas estampadas flotaban a su alrededor como fantasmas y que los gritos y alaridos de la calle procedían de las mismas entrañas de la tierra.

La anciana señora siguió hablando de cosas sin importancia. Tenía la mano de la joven entre las suyas y con gestos suaves trataba de hacerla sentarse en un taburete que había al lado del sillón. Hablaba de Paul y dijo algo acerca de Anne Mie, y luego sobre la Convención Nacional, agregando algo referente a no sé qué bestias y salvajes. Pero más que de otra cosa, habló de Paul.

En la calle las cosas se habían calmado un tanto. La muchacha se sentía extrañamente mareada y cansada. Le parecía que la cabeza le daba vueltas, que los muebles bailaban en torno a ella. Vio la cara de la anciana a través de un velo que se movía como a impulsos del viento y entonces…

La naturaleza se estaba saliendo por fin con la suya. Apoyó su cuerpo joven y tembloroso entre los brazos maternales de la anciana y envolvió sus doloridos sentidos en el manto misericordioso del desfallecimiento.

Capítulo II EL CIUDADANO

DIPUTADO

L POCO rato la muchacha despertó con una deliciosa sensación de descanso y bienestar y abundante tiempo para pensar.

¡Así que esta era su casa! Se hallaba bajo el techo de su protector, el ciudadano Déroulède.

Él la había arrancado de las garras de la multitud vociferante y su madre la había acogido cariñosamente. Luego, una dulce muchacha de apenas veinte años, ojos tristes y levemente deforme, la había cuidado para que se sintiera feliz y a gusto.

Juliette de Marny estaba en casa del hombre que, ante Dios y su padre, había jurado perseguir con el fin de descargar el odio y la venganza sobre él.

Hacía ya diez años de ello.

Reclinada en la perfumada cama que la hospitalidad de los Déroulède había puesto a su disposición, vio pasar ante sus ojos los espectros de los últimos diez años. Después de la muerte de su hermano, transcurrieron cuatro años hasta que un día el anciano duque de Marny fue tras el alma de su hijo. Tras aquel último destello de vida junto al lecho de muerte del joven vizconde, el anciano duque dejó prácticamente de existir. Transformado en una figura muda y encogida, se limitaba a vegetar, incapacitado para pensar o recordar, reducido, en suma, a una ruina humana que la naturaleza, afortunadamente, había recordado por fin, llevándosela del sillón para inválidos que durante años fuera todo su mundo.

Siguieron unos pocos años en el convento de las Ursulinas. Juliette albergaba la esperanza de que la vocación religiosa la llamase, ansiaba con toda su alma vivir en el aislamiento de la vida conventual, que las grandes barreras de los votos y los días dedicados a la plegaria y a la contemplación se alzaran entre ella y el recuerdo de aquella terrible noche en que, doblegándose ante la voluntad de su padre, había jurado solemnemente vengar la muerte de su hermano.

Contaba solamente dieciocho años al ingresar en el convento, inmediatamente después de la muerte de su padre, y se sentía muy sola, tanto moral como mentalmente, y perseguida por la obsesión del juramento. Nunca habló de ello con nadie salvo con su confesor. Era éste un hombre sencillo y muy ilustrado, pero adolecía de un total desconocimiento del mundo, por lo que no fue capaz de ofrecerle ningún consejo.

Se consultó al arzobispo. Él podía concederle una dispensa que la relevase de su solemne voto.

Juliette se sintió llena de júbilo cuando por primera vez le insinuaran semejante posibilidad. Sintió que contra aquella misión antinatural que pesaba sobre sus jóvenes hombros se rebelaba su naturaleza toda, que en sí era sana, alegre, la antítesis misma de la morbosidad. Era solo la religión, la extraña y retorcida religión de aquella época extraordinaria, lo que la hacía permanecer fiel a aquel juramento monstruoso, impidiéndole quebrantarlo a la ligera.

El arzobispo era hombre de muchos deberes y ocupaciones, pero dijo que prestaría su atención más sincera a tan extraño caso de conciencia. No quiso prometer nada. Con todo, madeimoselle de Marny era rica y un generoso donativo para los pobres de París o para alguna buena causa que gozase de la estimación del mismísimo Santo Padre tal vez resultasen más aceptables para Dios que el cumplimiento de un voto obligatorio.

Encerrada entre las paredes del convento, Juliette se hallaba esperando pacientemente la decisión del arzobispo en el preciso instante en que los mismos cimientos de Francia comenzaban a estremecerse ante la mayor conmoción que el mundo ha conocido.

Los casos de conciencia como el de Juliette quedaron relegados a un segundo plano en el pensamiento del arzobispo. Lo más probable es que se olvidase por completo de la joven. Estaba demasiado ocupado en dar su consuelo a un monarca que acababa de perder su trono y en prepararse a sí mismo y a su protector real para el cadalso.

El convento de las Ursulinas se dispersó durante el Terror. Todo el mundo recuerda las masacres de Termidor y las treinta y cuatro monjas, hijas todas ellas de las más antiguas familias de Francia, que tan alegremente subieron al cadalso.

Juliette fue una de las que escaparon de la condena, si bien ni ella misma hubiese podido explicar el cómo y el porqué. Era muy joven y aún no había dejado de ser una simple postulanta. Se le permitió vivir retirada en compañía de Pétronelle, su anciana nodriza, que le había sido fiel durante todos aquellos años.

Entonces el arzobispo fue procesado y encarcelado. Juliette removió el cielo y la tierra para poder verle, pero todo fue en vano. Y cuando su director espiritual fue ejecutado, la muchacha creyó que su muerte era un aviso directo de Dios para hacerle saber que nada podía relevarla de su juramento.

Fue espectadora de los tumultos de la Revolución desde la ventana del ático de su diminuto apartamento parisino. Atendida por la fiel Pétronelle, se vio obligada a vivir a expensas de los ahorros de aquella alma de Dios, ya que todas sus propiedades, todas las fincas de los Marny, la dote que había aportado al convento, todo en suma, habían sido confiscadas por el Gobierno revolucionario, el cual se había impuesto a sí mismo la obligación de nivelar las fortunas al igual que los individuos.

Desde aquella ventana del ático vio como la hermosa ciudad de París se retorcía bajo los latigazos implacables de aquel terror demoníaco que ella misma había desencadenado. Oyó el ruido de las carretas que, día tras día, arrastraban su carga de víctimas hacia el insaciable artífice de aquella Revolución de la Fraternidad: la Guillotina.

Vio cómo las gentes alegres y despreocupadas de aquella ciudad incomparable se convertían en aullantes bestias de presa, cómo sus mujeres se transformaban en buitres asexuados que clavaban sus garras asesinas en todo lo que era noble, elevado o hermoso.

Aún no había cumplido los veinte años cuando el débil y vacilante monarca y su arrogante consorte fueron obligados a regresar a la capital, reducidos al estado de prisioneros humillados, tras haber intentado huir de ella.

Dos años más tarde, oyó como todo un pueblo lanzaba gritos de júbilo ante el regicidio que acababa de cometerse. Luego vino el asesinato de Marat, cometido por una muchacha joven como ella misma, una muchacha de pálida faz y ojos grandes llamada Carlota que cometió el crimen por amor a sus convicciones. «¡Su grandeza fue mayor que la de Bruto!», dijo alguien de ella. Mayor que la de Juana de Arco, pues fue una misión de maldad y pecado, no de gloria y triunfo, la que la había arrancado de las profundidades de su pueblecito bretón.

¡Mayor que la de Bruto!

Juliette siguió el juicio de Carlota Corday con todo el ardor apasionado de su exaltado temperamento.

Pensad solo en el efecto que debió causar en la mente de aquella joven que durante nueve años, los mejores de su vida, había sentido cómo su alma se hallaba dominada por la idea de una sublime misión.

Vio a Carlota Corday durante el proceso. Venciendo la repulsión natural que le inspiraban tales escenas, así como la muchedumbre que solía presenciarlas, se abrió paso como pudo hasta llegar a la primera fila de la angosta galería desde la que se dominaba la Sala del Tribunal Revolucionario.

Oyó formular la acusación, el discurso de Tinville y las declaraciones de los testigos.

— ¡Todo esto es innecesario! ¡Yo maté a Marat!

Juliette oyó estas palabras pronunciadas por una voz fresca y joven que se alzó claramente por encima de las murmuraciones y de los gritos insultantes proferidos por la chusma que llenaba la sala. Vio también el bello rostro de la acusada, su expresión de calma e impasibilidad.

— ¡Yo maté a Marat!

Y allí abajo, en el espacio reservado para los ciudadanos diputados, sentado entre los representantes del partido moderado, la Gironda, se hallaba Paul Déroulède, el hombre al que había jurado perseguir con unos deseos de venganza tan intensos como los que habían guiado la mano de la propia Carlota Corday.

Le observó durante el juicio y se preguntó si Déroulède tendría algún presentimiento del odio que le seguía a todas partes, al igual que había seguido a Marat.

Era un hombre moreno, atezado casi, hijo del sur de Francia, con el pelo castaño y sin empolvar peinado hacia atrás, dejando al descubierto una frente que parecía más bien la de un estudioso que la de un legislador. Déroulède observaba atentamente a Carlota Corday y Juliette, que a su vez le observaba a él, vio la infinita piedad que suavizaba la expresión por demás severa de sus ojos.

Luego pronunció un apasionado alegato en defensa de la muchacha, un alegato que ha pasado a la Historia y que le habría costado la cabeza a cualquier otro hombre.

Juliette se quedó maravillada ante su coraje. Defender a Carlota

Corday venía a ser lo mismo que mostrarse conforme con el asesinato de Marat: el Amigo del Pueblo, el hombre que, en las oraciones fúnebres, había sido comparado con los grandes, calificado de Sagrado Igualador de la Humanidad.

Pero el discurso de Déroulède no fue una defensa, sino una apelación. Siendo el hombre más elocuente de aquella época que brillaba por su elocuencia, sus palabras parecían hallar el camino para llegar al más recóndito rastro de sentimientos humanos que anidaba aún en los corazones de aquellos extraños protagonistas del Odio.

La gente que rodeaba a Juliette escuchó con atención las palabras de Déroulède.

— ¡Es el ciudadano Déroulède! —susurraban las mujerucas sedientas de sangre que hacían calceta en la galería.

Pero no hubo más comentarios. Aquella misma mañana, se había inaugurado en París un gran hospital, magníficamente equipado, destinado a los niños enfermos. Se trataba de un regalo hecho a la nación por el ciudadano Déroulède. No podía negársele el privilegio de hablar un poquito si ello le complacía. Su hospital compensaría sobradamente cuantos deslices pudiera cometer.

Incluso Danton, Merlín y Santerre, los furibundos partidarios de la Montaña, se encogieron de hombros.

—Es Déroulède. Dejadle que hable si ello le hace feliz. Marat dijo de él que no era peligroso.

Juliette lo oía todo. Las calceteras que la rodeaban conversaban a grandes voces. Incluso la misma Carlota cayó casi en el olvido mientras hablaba Déroulède. Tenía buena voz, de gran calibre, cuyo eco sonaba con fuerza por toda la sala.

Su estatura tiraba a baja, pero tenía los hombros anchos y bien proporcionados. Movía las manos con ademanes expresivos. Eran unas manos finas y delicadas que asomaban por debajo de sus puños de primoroso encaje.

Carlota Corday fue condenada. Toda la elocuencia de Déroulède no logró salvarla.

Al abandonar el tribunal, Juliette se sentía sumamente agitada. Era jovencísima y las escenas que había presenciado durante los últimos años forzosamente tenían que excitar la imaginación de una muchacha que no contaba con otros recursos intelectuales y morales que los suyos propios. Y ahora, ¡A esperar la oportunidad! Carlota Corday, aquella provinciana casi ignorante, no iba a dejar en mantillas a madeimoselle de Marny, descendiente de un centenar de duques, de los que habían hecho a Francia antes de que esta se propusiera deshacerse a sí misma.

Pero no era capaz de trazar ningún plan definido. La pobre Pétronelle, su única confidente, no tenía madera de heroína. Juliette se sentía impulsada por el deber, que, en el mejor de los casos, resulta un consejero menos presto a colaborar de lo que son el amor o el odio.

Su aventura enfrente de la casa de Déroulède no había sido premeditada. El impulso y la coincidencia se habían confabulado para dominarla.

Desde hacía un mes, tenía la costumbre de bajar a diario por la rue

École de Médecine. En apariencia, lo hacía para contemplar la morada de Marat, como hacían multitud de ociosos. Pero, en realidad, su propósito consistía en observar la casa de Déroulède. Una o dos veces le vio entrar o salir. En cierta ocasión logró ver parte del recibidor, así como una muchachita de negro vestido y níveo pañuelo que desde la puerta le decía adiós. Otra vez le vio en la esquina, ayudando a cruzar la embarrada calzada a la misma muchachita. Acababa de cruzarse con ella. La muchachita llevaba un cesto lleno de víveres que Déroulède cogió de sus manos y se encargó de llevar a casa.

Conque era caballeroso, ¿eh? Y, además, lo era de un modo innato, esto se veía a las claras, ya que la muchachita era levemente deforme. En rigor, no cabía decir que fuese jorobada. Pero sí se la veía débil y poco atractiva, con ojos melancólicos y el rostro demacrado.

Fue al recordar ese gesto de sencilla galantería presenciado el día anterior cuando Juliette decidió provocar la escena que, de no ser por la oportuna intervención de Déroulède, pudo haber tenido un fatal desenlace. Pero ella ya contaba con tal intervención. La idea se le había ocurrido repentinamente y la había llevado a cabo hasta el final.

¿Acaso no le había dicho su padre que, cuando llegase el momento, Dios le mostraría los medios para alcanzar su fin?

Y ahora se hallaba en casa del hombre que había asesinado a su hermano y había enviado a la tumba a su afligido padre, convertido en un pobre maníaco chocheante y con las facultades mentales perturbadas.

¿Volvería el dedo divino a señalarle lo que debía hacer? ¿Le mostraría la mejor forma de cumplir con lo que había jurado hacer?

Capítulo III HOSPITALIDAD

—¿H AY algo más que pueda hacer por usted, madeimoselle?

La voz gentil y tímida sacó a Juliette de su

ensimismamiento en el pasado. Sonrió a Anne Mie y le tendió una mano.

—Han sido todos tan buenos conmigo —dijo—. Quiero levantarme para darles las gracias.

—No se mueva, a menos que se sienta bien del todo.

—Ya estoy bien. Esa horrible gente me dio tal susto que me desmayé.

—La hubiesen dejado medio muerta si…

— ¿Quiere decirme dónde estoy? —preguntó Juliette.

—En casa de monsieur Paul Déroulède… ¡Ay!, debería haber dicho en casa del ciudadano diputado Déroulède. Él la salvó de la chusma y les calmó los ánimos. Tiene una voz tan bella que consigue que todo el mundo le escuche y…

—Y ¿usted le tiene afecto, madeimoselle? —agregó Juliette, sintiendo que las lágrimas le nublaban repentinamente la vista.

—Pues claro que sí —repuso la otra muchacha sencillamente, al tiempo que su pálido rostro se embellecía con una expresión del más tierno cariño—. Él y madame Déroulède me han criado. Jamás conocí a mis padres. Los Déroulède han cuidado de mí y él me ha enseñado todo cuanto sé.

— ¿Cómo la llaman, madeimoselle?

—Me llamo Anne Mie.

—Y yo Juliette… Juliette Marny —añadió tras titubear un segundo—. Tampoco yo tengo padres. Mi vieja nodriza, Pétronelle, me ha criado y… Pero, cuénteme más cosas acerca de monsieur Déroulède. Es tanto lo que le debo. Me gustaría conocerle mejor.

— ¿No quiere que le arregle el peinado? —dijo Anne Mie como si a propósito esquivara una respuesta directa—. Monsieur Déroulède está en el salón con madame. Luego podrá verle.

Juliette no hizo más preguntas y dejó que Anne Mie le arreglase el pelo, le diera un pañuelo limpio y, en suma, borrase todo rastro de su temible aventura. Se sentía perpleja y acongojada. Por algún motivo que no acertaba a ver, la gentileza de Anne Mie le turbaba el espíritu. No acababa de comprender cuál era el puesto de la muchachita en la casa de los Déroulède. ¿Era una pariente o una sirvienta privilegiada? En aquellos tiempos turbulentos no hubiese sido extraño que fuese ambas cosas a la vez.

En todo caso, se trataba de una compañera de infancia del ciudadano diputado, aunque Juliette hubiese dado cualquier cosa por saber si la muchachita le trataba de igual a igual o bien ocupaba una posición más humilde.

Con aquel maravilloso instinto que caracteriza a las mujeres temperamentales, ya había adivinado el amor que Anne Mie sentía por Déroulède. Daba la impresión de que, con solo mencionar el nombre del ciudadano diputado, el alma de la desventurada lisiadita se estremecía magnéticamente, que su rostro se transfiguraba del todo, logrando incluso que a Juliette le pareciese hermosa.

Se contempló en el espejo con ojo crítico y se ajustó un rizo que causaba su mejor efecto cuando estaba en rebeldía. Se escrutó el rostro minuciosamente. ¿Por qué? No lo sabía. Tal vez fuese otro rasgo de su sutil instinto femenino.

La sencillez de la moda que imperaba a la sazón le caía que ni pintada. La cintura más bien alta, pero bien definida, precursora de la línea más acentuada que estaría de moda años más tarde, confería gracilidad a sus extremidades largas y esbeltas, al tiempo que realzaba su cuerpo flexible. El pañuelo bordeado de encaje y doblado pulcramente sobre el pecho suavizaba el contorno de sus hombros y busto de adolescente. Y su pelo formaba una verdadera corona de gloria alrededor de su semblante exquisito y travieso a la vez. Suave, rubio y rizado, surgía en forma de halo dorado por debajo del más bello gorrito de encaje que imaginarse pueda. Se volvió hacia Anne Mie, dispuesta a seguirla hasta el salón. La joven lisiada suspiró, al tiempo que se alisaba los pliegues del delantal y daba un último toque al atuendo de Juliette.

El tiempo que transcurrió hasta la hora de cenar se le antojó un sueño a Juliette.

Llevaba tanto tiempo viviendo sola, su vida había sido tan introspectiva, que apenas se daba cuenta de lo que sucedía a su alrededor. En los tiempos en que la vitalidad interior de Francia se había hecho sentir por primera vez, para luego desbordar cuantos obstáculos se oponían a su alocado avance, Juliette estaba atada al sillón de invalido donde languidecía su padre, ya casi demente. Luego, muerto ya el anciano, las paredes del convento de las Ursulinas le habían ocultado el verdadero significado del gran conflicto que se estaba desarrollando entre la Vieja y la Nueva Era.

Déroulède no era pedante ni revolucionario: sus teorías eran utópicas. Poseía, además, una extraordinaria, abrumadora capacidad para comprender a sus semejantes.

Tras intercambiar con Juliette unos saludos de cumplido, prosiguió la conversación con su madre que la entrada de la joven había interrumpido. Hubiérase dicho que apenas hacía caso de la muchacha, aunque a veces sus ojos negros y penetrantes buscaban los de ella, como si la desafiara a llevarle la contraria.

Estaba hablando del populacho de París, al que evidentemente comprendía a la perfección. Ya se habían producido incidentes como el provocado por Juliette. A veces terminaban con la violación y desvalijamiento de la víctima y, a menudo, con su posterior asesinato. Pero al cabo de media hora justa de librarse Juliette de la chusma embrutecida y vociferante, la paz reinaba de nuevo en la calle ante la casa del ciudadano diputado Déroulède. No había hecho más que dirigirles la palabra durante cerca de veinte minutos, bastándole esto para que se dispersaran tranquilamente sin hacerle ni un solo rasguño. Daba la impresión de que sentía amor por aquellos seres, que sabía separar lo poco que de bondad quedaba en ellos, despojándolo de la dura costra de maldad con que la miseria había envuelto sus corazones.

En un momento dado, se dirigió a Juliette con cierta brusquedad:

—Le ruego que me perdone, madeimoselle, pero por su propio bien debemos retenerla prisionera aquí durante algún tiempo. Nadie sería capaz de hacerle daño bajo mi techo, pero no estaría a salvo si cruzase las calles vecinas esta noche.

—Pues debo marcharme, monsieur. ¡De veras! ¡No puedo quedarme! —dijo la joven con viveza—. Le estoy profundamente agradecida, pero no puedo dejar sola a Pétronelle.

— ¿Quién es Pétronelle?

—Mi anciana y querida nodriza, monsieur. Jamás se ha apartado de mi lado. Piense usted cuán angustiada y preocupada debe de estar al ver lo mucho que tardo en volver a casa.

— ¿Dónde vive?

—En el número 15 de la rue Taitbout, pero…

— ¿Me permitirá que le lleve un recado? Le diré que se halla usted a salvo bajo mi techo. Que, indudablemente, lo más prudente es que permanezca aquí de momento.

—Si esto le parece lo mejor, monsieur —replicó ella.

Por dentro temblaba de agitación. Dios no solo la había traído a aquella casa, sino que, además, deseaba que se quedase en ella.

— ¿En nombre de quién debo comunicarle el recado, mademoiselle?

—preguntó.

—Me llamo Juliette Marny.

Le miró atentamente al decirlo, pero en su semblante expresivo no vio la menor señal de que hubiese reconocido el nombre.

Diez años es mucho tiempo y era tanto lo que había sucedido durante tal período… Una oleada de intensa ira barrió el alma de Juliette al darse cuenta de que él se había olvidado del asunto. ¡El nombre no significaba nada para él! No le recordaba el hecho de que tenía las manos ensangrentadas. La muchacha se había pasado diez años luchando consigo misma, luchando por él, por así decirlo, tratando de salvarle de la suerte que el destino tenía preparada para él. Y él se había olvidado o, cuando menos, ya no pensaba en ello.

Déroulède la saludó con una reverencia y salió de la habitación

La oleada de ira amainó y Juliette se quedó a solas con madame Déroulède. Al cabo de unos instantes, Anne Mie entró en la estancia.

Las tres mujeres se pusieron a charlar en espera del regreso del dueño de la casa. Juliette se sentía bien y, a pesar de sí misma, casi feliz. Llevaba tanto tiempo viviendo en el mísero y exiguo ático sin otra compañía que la de Pétronelle, que disfrutaba del bienestar que reinaba en aquella casa refinada. No era tan grandiosa y lujosa, por supuesto, como el palacio principesco que su padre poseía enfrente del Louvre y que ahora estaba reducido a una pura ruina, ya que el Comité Nacional de Defensa lo había requisado para alojar en él a la soldadesca. Pero, en esencia, el hogar de los Déroulède era refinado. Los delicados objetos de porcelana que adornaban la repisa de la chimenea, los muebles elegantes que había en la habitación, la mesa cubierta con un fino mantel blanco sobre el que refulgían los cubiertos de plata y que se veía a través de la puerta abierta, todo ello denotaba unos gustos exigentes, un estar acostumbrado al lujo y a la elegancia que el espíritu de Igualdad y Anarquía no había conseguido desterrar.

Al regresar, Déroulède lo hizo envuelto en un manto de alegría y animación.

La calle estaba tranquila y, al pasar ante el hospital, su propio regalo a la nación, había sido aclamado por la multitud. Un par de voces irónicas le preguntaron que qué había hecho con la aristócrata y sus volantes de encaje, pero la cosa no pasó de ahí. Mademoiselle Marny ya no tenía nada que temer.

Llegó acompañado de Pétronelle. De haber poseído Juliette un gran número de sirvientes, el generoso y despreocupado sentido de la hospitalidad de Déroulède le habría movido a alojarlos a todos en su casa.

Sucedió que el diluvio de lágrimas de felicidad que derramó la buena mujer le había ablandado el corazón. Se ofreció para cobijarla a ella y a su joven dueña hasta que se hubiese disipado la pequeña nube de tormenta que se cernía sobre sus cabezas.

Después sugirió que hiciesen un viaje a Inglaterra. Por aquel entonces, la emigración constituía el único modo de ponerse verdaderamente a salvo. Y había que tener en cuenta que mademoiselle Marny había atraído sobre su persona la malévola atención de la escoria de París. A no dudar, dentro de pocos días su nombre iba a figurar en la lista de «sospechosos». Donde más a salvo estaría era fuera del país. Lo mejor que podía hacer era ponerse bajo la protección de aquel inglés entusiasta que había ayudado a escapar a tantos franceses perseguidos, poniéndolos al resguardo de los terrores de la Revolución: el hombre que representaba una aguda espina clavada en el corazón del Comité de Salud Pública y que era conocido por el sobrenombre de la Pimpinela Escarlata.

Capítulo IV EL FIEL PERRO

GUARDIÁN

D

ESPUÉS de cenar, hablaron de Carlota Corday.

Juliette no podía borrar de su mente la imagen de aquella heroína y le gustaba hablar de ella, ya que se le aparecía como la justificación de sus propios actos, que, según creía ella, necesitaban de tal justificación. Le encantaba oír hablar a Paul Déroulède y hacía cuanto podía para espolear su entusiasmo y ver cómo el fuego que llevaba dentro le iluminaba el severo y moreno semblante.

Había reconocido abiertamente que era hija del duque de Marny. Al citar el nombre de su padre, así como el hecho de que su hermano había muerto en un duelo, notó que Déroulède la miraba inquisitivamente durante largo rato. A todas luces, se estaba preguntando si la muchacha sabría toda la verdad acerca de lo sucedido. Pero le devolvió la mirada sin temor, con franqueza, y él pareció darse por satisfecho.

Madame Déroulède daba la impresión de ignorar por completo las circunstancias de aquel duelo. Déroulède se esforzaba por hacer hablar a Juliette de su hermano. Ella respondía sin ambages a todas sus preguntas, pero sin nada que diera a entender que conocía la identidad del hombre que había matado al vizconde.

Quería que Déroulède supiera quién era ella. En el supuesto de que él viera un enemigo en la joven, le quedaba aún tiempo suficiente para levantar una barrera ante ella.

Pero apenas había transcurrido un minuto cuando renovó sus cálidos ofrecimientos de hospitalidad.

—Hasta que estén listos los preparativos para su viaje a Inglaterra — añadió, suspirando como si no deseara separarse de ella.

A Juliette le parecía que la actitud del ciudadano diputado reflejaba una indiferencia total hacia el daño que les había causado a ella y a su padre. Tenía la sensación de ser un espíritu vengador que, empuñando una espada llameante, perseguía al asesino de su hermano cual una implacable Némesis. Por esto, hubiese preferido verle acobardado, incluso aterrado, ante ella, aunque no fuese más que una muchacha joven y delicada.

No comprendía que el corazón sencillo de Déroulède le impulsaba únicamente a reparar el mal que había causado. La disputa con el joven vizconde de Marny surgió sin que él la hubiese buscado. El duelo se libró de modo honorable y limpio, haciendo él todo lo posible por respetar la vida del muchacho. No había sido más que un instrumento del Destino.

Con

todo, se sentía feliz de que el Destino le hubiese elegido nuevamente

como instrumento para, esta vez, salvar a la hermana.

Mientras Déroulède y Juliette conversaban, Anne Mie levantó la mesa y después se sentó en un escabel a los pies de madame Déroulède. No tomó parte en la conversación, aunque de vez en cuando Juliette se daba cuenta de que los ojos melancólicos de la muchachita se clavaban en ella con una expresión que era casi un reproche.

Una vez Juliette y Pétronelle se hubieron retirado a descansar, Déroulède tomó la mano de Anne Mie entre las suyas.

—Te portarás amablemente con mi huésped, ¿verdad, Anne Mie? Está muy sola y ha pasado grandes apuros.

—No mayores que los que he pasado yo —murmuró involuntariamente la muchachita.

¿Eres feliz, Anne Mie? Pensaba que…

— ¿Es que una desdichada y deforme puede ser feliz alguna vez? — dijo con inesperada vehemencia, al tiempo que lágrimas de mortificación afloraban a sus ojos muy a pesar suyo.

—No tenía idea de que te sintieras desdichada —replicó él con cierta tristeza en su tono—. Ni a mí ni a mi madre nos pareces deforme en modo alguno.

El humor de la muchachita experimentó un rápido cambio. Se abrazó a él y le acarició las manos.

— ¡Perdóname! No… no sé qué me pasa esta noche —dijo, soltando una risita nerviosa—. Déjame ver: me pides que sea amable con mademoiselle Marny, ¿no es así?

Él asintió sonriendo.

—Por supuesto que lo seré. ¿Acaso no lo es todo el mundo con alguien que sea joven y hermosa, que tenga unos ojos grandes y atractivos y el pelo sedoso y rizado? ¡Ay! ¡Cuán fácil es la senda de la vida para algunas personas! ¿Qué es lo que deseas que haga, Paul? ¿Qué me ponga a su servicio? ¿Que me convierta en su doncellita? ¿Que le calme los nervios o qué? Lo haré todo, aunque a sus ojos siga siendo una criatura desdichada y deforme que inspira lástima, un perro guardián inofensivo y necesario… Hizo una breve pausa, luego le dio las buenas noches y, sosteniendo una vela en la mano, se dispuso a retirarse. Su aspecto era patético y frágil a causa de aquel desagradable hombro deforme que Déroulède le había asegurado que él no era capaz de ver.

La llama de la vela se agitó por efecto de la corriente de aire al abrir la puerta e iluminó el rostro delgado y macilento, los grandes ojos melancólicos del fiel perro guardián.

—… ¡que sabe vigilar y morder! —agregó con voz escasamente audible al abandonar la habitación—. Porque no me fío de usted, mi hermosa dama. Y porque hay algo que no acabo de ver claro en la comedia que se representó hace unas horas en la calle.

Capítulo V UNA JORNADA EN EL

BOSQUE

M

IENTRAS hombres y mujeres se empeñaban en afear las ciudades de Francia con sus gritos y abucheos, con aquellos juicios que no eran otra cosa que una farsa, con sus sangrientas guillotinas, no podían evitar que la naturaleza ejerciera su dulce labor en el país.

Junio, julio y agosto habían sido rebautizados: ahora les llamaban Mesidor, Termidor y Fructidor. Pero bajo sus nuevos nombres seguían vertiendo sobre la tierra los mismos frutos y flores de antaño, adornando árboles y prados con el follaje y la hierba de siempre.

Mesidor aportó su cuota de rosas silvestres en los setos vivos, tal como lo hiciera el arcaico junio. Termidor cubrió los trigales yermos con el manto escarlata de las amapolas. Y agosto, aunque ahora se llamase Fructidor, volvió a espolvorear las agrestes acederas con sus motitas carmesíes y a dar la primera pincelada de tierno color a las pálidas mejillas de los melocotones que empezaban a madurar.

Y Juliette, joven, infantil, femenina e inconsecuente, suspiraba por la campiña y la luz del sol, anhelaba pasear sin rumbo fijo por los bosques, escuchar la música de los pájaros, el espectáculo de los prados azucarados por las margaritas.

Había salido de casa muy temprano y, en compañía de Pétronelle, se había hecho llevar por el río hasta Suresnes. Allí comprarán un poco de pan y mantequilla recién hecha, vino y fruta y, poniéndolo todo en un cestillo, se dispusieron regresar a casa a través del bosque.

Era todo tan pacífico, tan aislado del mundo… Ni siquiera el griterío que atronaba París conseguía llegar a los frondosos bosquecillos de Suresnes. Casi se hubiera dicho que los que estaban destruyendo a Francia se habían olvidado de aquel pueblecito del viejo mundo. Nunca había sido lugar de residencia de los reyes, jamás se habían acotado sus bosques para que en ellos la realeza se entregase a sus juegos y deportes preferidos. No existía ningún deseo de venganza que descargar sobre los plácidos claros del bosque, sobre las praderas soñolientas y fragantes.

Juliette pasó una jornada feliz. Amaba las flores, los árboles, los pájaros. Pétronelle se mostraba callada y comprensiva. Al caer la tarde y llegar el momento de emprender el regreso, Juliette se volvió hacia la ciudad exhalando un suspiro.

Todos conocéis ese camino que cruza los bosques y que se extiende al noroeste de París, frondoso y solitario. No hay en él grandes árboles centenarios, ni robles majestuosos, ni añejos olmos; solo un sinfín de delicados vástagos de avellanos, de jóvenes fresnos, cubiertos de madreselvas en aquella época del año, dulcemente aromática: un verdadero remanso de paz tras el espantoso barullo de la ciudad.

Obedeciendo a una sugerencia de madame Déroulède, Juliette había ceñido su cintura con una faja tricolor y su rizada cabeza estaba coronada por un gorro frigio de color encarnado, con la inevitable escarapela a un lado. Llevaba un gran ramillete de amapolas, margaritas y lupinos azules, tributo que la naturaleza rendía a los colores nacionales. Viéndola cruzar los desérticos claros del bosque, se hubiera dicho que se trataba de un extraño habitante de la espesura, un elfo tal vez, tras el cual caminaba con paso apresurado la vieja madre Pétronelle, cual bruja acompañante.

De pronto se detuvo. No muy lejos de donde estaba se habían oído pasos sobre la hierba. Instantes después, Paul Déroulède salía de la espesura y se dirigía rápidamente hacia ella.

— ¡Estábamos tan inquietos por usted! —dijo, casi como pidiendo disculpas—. Mi madre estaba tan preocupada…

— ¡Que para calmar sus temores ha venido usted a buscarme! —dijo ella, acompañando sus palabras con una risita alegre.

Era la risa de una joven que apenas acababa de hacerse mujer, de una joven que sabe que es hermosa, que su conversación es amena, que por primera vez se da cuenta de que le han salido alas, las alas que le permitirán remontarse hacia ese país alocado, alegre y escurridizo que se llama Romance. ¡Sí, sus alas! ¡Pero también su poder! El poder dulce y sutil de la mujer, el yugo que los hombres aman, vituperan y vuelven a amar, el yugo que les convierte en esclavos y les hace sentir un gozo propio de reyes. ¡Qué feliz había sido el día! Y, con todo, Juliette echaba algo de menos. Pétronelle era un tanto sosa, y Juliette era demasiado joven para permanecer largo rato sin disfrutar de otra compañía que la de sus propios pensamientos. Y ahora, inopinadamente, parecía que el día se había vuelto perfecto. Ahora había alguien que sabía apreciar el encanto del bosque, la belleza del cielo azul que asomaba entre el follaje enmarañado de los árboles revestidos de madreselva. Alguien, en suma, con quien hablar y que admiraría el vestido blanco que la joven se había puesto aquella mañana.

—Pero, ¿cómo sabía dónde encontrarme? —preguntó con un gracioso deje de coquetería juvenil.

—No lo sabía —replicó él con voz tranquila—. Me dijeron que se había ido a Suresnes y que tenía la intención de regresar a través del bosque. Eso me asustó, porque significaba que iba a verse obligada a cruzar la Barricada del Noroeste y… — ¿Y bien?

Déroulède sonrió y dirigió una breve mirada cargada de sinceridad a la hermosa joven que tenía delante.

—Pues verá —dijo alegremente—, esa faja tricolor y el gorro rojo no bastan como disfraz. Se la puede tomar por cualquier cosa salvo por una acérrima amiga del pueblo. Ya me imaginaba que su vestido de muselina estaría limpio y, lo que es más, adornado con un poco de encaje comprometedor.

La muchacha volvió a reírse y delicadamente alzó su bonito vestido dejando ver un blanco frou-frou de volantes por debajo del borde.

— ¡Qué imprudencia más infantil! —dijo él casi ásperamente.

— ¿Acaso preferiría que fuese sucia y mal vestida para no desentonar entre sus revolucionarios? —replicó ella con enojo.

El tono paternal de Déroulède la irritaba y su actitud le parecía rígida y dictatorial. Justo en el momento en que el sol se ocultaba detrás de una nube, su alegría infantil se esfumó y dejó paso a un sentimiento inexplicable de desencanto.

—Le pido perdón humildemente —dijo con calma Déroulède—. Le ruego que no tenga en cuenta mi brusquedad, pero es que he pasado tanta ansiedad que…

— ¿Y por qué esa ansiedad por mí?

Tenía el propósito de decirlo de modo indiferente, como si poco le importase la respuesta, pero el esfuerzo que hizo por aparentar indiferencia dio a su voz un tono de altivez, reminiscencia de los días en que todavía era la hija del duque de Marny, la heredera más rica y de más alta cuna de toda Francia.

— ¿Ha sido una muestra de arrogancia por mi parte? —preguntó él con un leve toque de ironía, para responder a la altivez de la joven.

—Solamente era innecesario —repuso ella—. Ya le he echado demasiadas cargas sobre los hombros y no desearía echarle otra más: la de la ansiedad.

—No es usted ninguna carga para mí —dijo él tranquilamente—. No ha hecho más que llenarme de gratitud.

— ¿Gratitud? ¿Qué es lo que he hecho?

—Cometió usted una acción imprudente e irreflexiva ante mi puerta y con ello me brindó la oportunidad de quitarme un terrible peso de la conciencia. —¿En qué sentido?

—Nunca albergué la esperanza de que el Destino tuviera la bondad de permitirme prestarle un insignificante servicio a un miembro de su familia. —Ya me doy cuenta, monsieur Déroulède, de que el otro día me salvó la vida. Sé que todavía corro peligro y que a usted le debo mi seguridad…— ¿Sabe también que la muerte de su hermano se debió a mí?

La muchacha apretó los labios, incapaz de contestar, enojada con él por haber metido el dedo en aquella llaga oculta, repentinamente, sin advertencia alguna.

—Quise decírselo desde el principio —añadió él con cierto apresuramiento—. Tenía la sensación de que la estaba engañando. No creo que se dé usted cuenta de lo que para mí significa confesarle esto. Pero creo que le debía una explicación. Tal vez lo hubiese averiguado al cabo de los años y hubiese lamentado los días pasados bajo mi techo. Hace un momento la taché de infantil. Tiene que perdonármelo. Sé muy bien que es toda una mujer, por lo que espero que sepa comprenderme. Maté a su hermano en lucha noble. Él me provocó como jamás hombre alguno había sido provocado…

— ¿Es necesario, monsieur Déroulède, que me cuente todo esto? —le interrumpió ella con cierta impaciencia.

—Creía que convenía que tuviera conocimiento de ello.

—No ignorará usted, por otro lado, que no me es posible oír la versión de la disputa de labios de mi hermano.

Apenas las palabras salieron de sus labios, Juliette se percató de la crueldad con que acababa de hablar. Déroulède no respondió. Era demasiado caballeroso y gentil para reprochárselo. Puede que por primera vez comprendiera la amargura que la muerte del vizconde había causado en su hermana, así como el atroz sufrimiento que atormentaba a la joven ahora que se hallaba frente a frente con el autor del luctuoso hecho.

La muchacha le miró con los ojos llenos de lágrimas. Se sentía profundamente arrepentida por lo que acababa de decir. Casi se le antojaba que en su interior estaban luchando dos naturalezas completamente distintas.

La mención del nombre de su hermano, el recuerdo de la terrible noche pasada junto a su lecho de muerte, de los cuatro años en que había presenciado cómo su padre iba perdiendo la razón, acercándose lentamente a la tumba, todo ello azuzaba un espíritu de rebeldía y de maldad que ella sabía que no correspondía a su verdadero modo de ser.

El silencio reinaba en el bosque. La tarde ya estaba muy avanzada y poco a poco se habían ido alejando de la rústica belleza de Suresnes y acercándose al populoso París, con sus escenas de anarquía y de muerte. Se hallaban en una parte del bosque en la que los pájaros habían abandonado sus hogares y los árboles, desprovistos de sus ramas más bajas, semejaban tétricos espectros que alzasen sus cabezas melancólicas hacia el cielo inexorable y mudo.

Se oyó el estampido de un cañón a lo lejos; procedía del lugar donde se alzaban las barricadas, a unas dos millas de donde se hallaban ellos.

—Están cerrando las barricadas —dijo él con voz tranquila, tras una prolongada pausa—. Me alegro de haber tenido la suerte de dar con usted. —Ha sido muy bueno en venir a buscarme —dijo ella dócilmente—. No quise decir lo que le dije hace un rato…

—Le ruego que no hable más de ello. Lo comprendo perfectamente. Lo único que quisiera es que…

—Lo mejor sería que me marchase de su casa —dijo la joven con voz dulce—. Le he pagado tan mal su hospitalidad… No nos será difícil a Pétronelle y a mí regresar a nuestro alojamiento.

—Le destrozaría el corazón a mi madre si se marchase ahora —dijo él casi con aspereza—. Le ha tornado mucho cariño y sabe, casi tan bien como yo, los peligros que correría usted fuera de mi casa. Mis andrajosos y sucios revolucionarios —agregó con un toque de amargo sarcasmo— nos ofrecen una ventaja: me son leales y no le harán ningún daño mientras permanezca bajo mi techo.

—Pero usted… —musitó ella.

Tenía la vaga impresión de haberle causado una herida muy profunda y se sentía medio enojada consigo misma por su aparente ingratitud. Con todo, experimentaba al mismo tiempo una alegría infantil por haber borrado la actitud paternal que él empezaba a mostrar para con ella.

—No debe temer que mi presencia siga ofendiéndola durante mucho tiempo, mademoiselle —dijo él fríamente—. No me cuesta nada comprender lo odiosa que debe de resultarle, aunque desearía que al menos pudiera creer en mi sinceridad.

—Entonces, ¿es que se marcha usted?

—No muy lejos de París, bien mirado. He aceptado el puesto de Alcaide de la Conciergerie.

— ¡Ah! Allí donde la pobre reina…

Se contuvo repentinamente. Se la hubiera podido acusar de traicionar al pueblo francés por haber pronunciado semejantes palabras.

Instintivamente, furtivamente, miró rápidamente por encima del hombro, como hacía todo el mundo en aquellos días.

—No tiene por qué temer —dijo Déroulède—. Aquí no hay nadie más que Pétronelle.

—Y usted.

— ¡Oh! Yo me hago eco de sus palabras. ¡Pobre María Antonieta!

— ¿Siente pena por ella?

— ¿Cómo podría evitarlo?

—Pero usted pertenece a esa horrible Convención Nacional, la misma que la juzgará, condenará y ejecutará igual que hizo con el rey.

—Sí, soy de la Convención Nacional. Pero no la condenaré, ni tendré parte en otro crimen. Iré en calidad de Alcaide de la Conciergerie, para ayudarla si me es posible.

—Pero, ¿qué será de su popularidad, de su vida, si la favorece?

—Pues, como usted dice, mademoiselle, me costará la vida si la trato como un amigo —dijo él sencillamente.

Juliette le miró con expresión de renovada curiosidad.

¡Qué extraños eran los hombres en estos días! Paul Déroulède, el republicano, el ídolo indiscutible del revoltoso pueblo francés, estaba a punto de arriesgar el pellejo a causa de la mujer que él había ayudado a destronar.

Su capacidad de sentir lástima no estaba limitada al populacho de París: se había extendido hacia Carlota Corday, aunque sin lograr salvarla, y ahora iba a recibirla la pobre reina destronada. Juliette vio que en el rostro de Déroulède se pintaba la decisión de salir triunfante del empeño o perder la vida en él.

— ¿Cuándo se marcha usted? —preguntó.

—Mañana por la noche.

La joven no dijo nada más. Aunque resultase extraño, la melancolía se había adueñado de su espíritu. Sin duda la causa era que ya estaban cerca de la ciudad. Ya podía oír el conocido sonido de los tambores enfundados, los gritos agudos y excitados de la chusma que, a aquella hora, se apiñaba en torno a las puertas de París, esperando presenciar la llegada de algún cautivo importante, tal vez la de un odiado aristócrata que hubiese tratado de escapar de la venganza del pueblo.

Se hallaban ya a punto de salir del bosque. Sin que ella se diese cuenta, las flores del ramillete iban cayendo al suelo una tras otra.

Primero fueron los lupinos azules, cuyas cabezas, sobrecargadas con el peso de las yemas, se doblaron y cayeron al suelo; luego las blancas margaritas, que iban cubriendo la hierba con un tupido sudario. Las amapolas eran más ligeras, por lo que sus delgados tallos permanecieron más rato entre los inquietos dedos de la muchacha. Finalmente, las dejó caer también, una a una, como grandes gotas de sangre que centelleaban al ser barridas por el largo vestido blanco de Juliette.

Déroulède andaba absorto en sus pensamientos, sin que al parecer se diera cuenta de la presencia de la joven. Al llegar a la barricada, sin embargo, salió de su ensimismamiento y sacó del bolsillo los salvoconductos que bastaron para que Juliette y Pétronelle pudieran entrar de nuevo en la ciudad sin ser detenidas. En cuanto a él, como era un ciudadano diputado, podía ir y venir a su antojo.

Juliette se estremeció al oír cómo las pesadas puertas se cerraban tras ella con gran estrépito. Hubiérase dicho que incluso el recuerdo de aquella feliz jornada quedaba encerrado afuera.

No conocía París demasiado bien, así que se preguntó dónde estaría aquella tenebrosa Conciergerie, en la que una reina destronada vivía sus últimos días atormentada por los recuerdos del pasado. Pero, al cruzar el puente, reconoció las macizas torres que se alzaban a su alrededor: Notre Dame, la grácil aguja de La Sainte Chapelle, la silueta sombría de St. Gervais y, detrás de ella, el Louvre con su carga de historia y su irredimible grandiosidad. Cuán pequeña resultaba su propia tragedia en medio de aquel gran drama sangriento, cuyo último acto aún no había empezado. Su propia venganza, su juramento, sus tribulaciones, ¿qué eran al lado de aquella llameante Némesis que había barrido un trono, de aquel voto de desquite hecho por miles de seres contra otros miles, de aquella larga historia de degradación regicida, fratricida, cuyos sobrecogedores capítulos seguían revelándose uno a uno ante los ojos del lector?

Se sentía pequeña y mezquina, avergonzada del placer experimentado en el bosque, avergonzada de su alegría y buen humor, avergonzada de aquel sentimiento de piedad y admiración que inesperadamente había nacido en ella hacia el hombre que tan grave ofensa le causara a ella y a su

familia y que ella era demasiado débil e indecisa para vengar.

La silueta majestuosa del Louvre daba la impresión de hacer una mueca sarcástica ante su debilidad, mientras que el río parecía mofarse de ella y de su vacilante propósito. El hombre que caminaba a su lado le había hecho a ella y a su familia un daño mucho más profundo que el causado por los Borbones a su pueblo. El pueblo de Francia se estaba tomando su venganza y Dios, al terminar aquel último día feliz de la vida de la muchacha, le señalaba una vez más el medio para cumplir su gran misión.

Capítulo VI LA PIMPINELA

ESCARLATA

NAS pocas horas más tarde, las damas se hallaban sentadas en el salón, silenciosas e inquietas.

Poco después de cenar, habían recibido una visita que se había encerrado con Paul Déroulède en el despacho de este último. Hacía ya dos horas que estaban allí dentro.

Se trataba de un hombre alto, de aspecto algo perezoso y se hallaba sentado enfrente del ciudadano diputado. A su lado, sobre una silla, había un grueso capote cubierto por el polvo y las salpicaduras de un largo viaje. Pero el hombre llevaba un atuendo que denotaba el más exquisito gusto, así como el más perfecto de los sastres. Lucía con evidente desenvoltura la excéntrica moda de la época: chaquetilla de talle corto y múltiples solapas, chaleco cruzado y gran profusión de encaje primoroso. A diferencia de Déroulède, poseía una elevada estatura, pelo rubio y una expresión algo indolente en sus ojos azules y bondadosos. Al hablar, se le notaba un levísimo acento extranjero al pronunciar las vocales francesas, un cierto arrastrar las «oes» y las «aes» que un oído atento hubiese identificado como propio de un inglés. Los dos hombres llevaban algún tiempo hablando seriamente. El inglés observaba atentamente a su amigo, al tiempo que una sonrisa agradable no se borraba de las comisuras de su boca, dibujada con firmes trazos.

Déroulède, inquieto y lleno de entusiasmo, recorría la habitación de un lado para otro.

— ¡Pero es que no entiendo cómo se las ha arreglado para entrar en París, mi querido Blakeney! —exclamó finalmente Déroulède, apoyando su mano en el hombro de su amigo—. El Gobierno no se ha olvidado de la Pimpinela Escarlata.

— ¡Ya, ya! ¡Yo mismo me cuidé de que así fuera! —respondió Blakeney, profiriendo una carcajada breve y agradable—. Esta mañana le envié mi autógrafo a Tinville.

— ¡Se ha vuelto usted loco, Blakeney!

—Ni hablar, amigo mío. No fue solo la temeridad lo que me impulso a mostrarle una vez más mi señal escarlata a ese acusador diabólico. Sabía lo que andarían buscando los maníacos de este país, así que crucé el Canal en el Day Dream simplemente para ver si podía participar en la juerga.

— ¿Juerga, dice usted? —preguntó el otro en tono agrio.

— ¡Claro! ¿Cómo quiere que lo llame? ¿Una tragedia loca y sin sentido sin otro final que la guillotina para todos ustedes?

—Entonces, ¿por qué ha venido?

—Para… ¿qué quiere que le diga, amigo mío? —repuso sir Percy Blakeney con su inimitable acento—. Para darle a su condenado Gobierno algo en que pensar mientras andan todos ustedes atareados en meter el cuello en la soga del verdugo.

— ¿Y qué le hace suponer que eso es lo que estamos haciendo?

—Tres cosas, amigo mío. ¿Quiere un pellizco de rapé? ¿No? Bueno, como guste.

Con el gesto refinado de un dandi consumado, sir Percy se quitó una mota de polvo de sus inmaculados puños de encaje de Malinas.

—Tres cosas —prosiguió tranquilamente—. A saber: una reina encarcelada a punto de ser sometida a un juicio en el que le va la vida; el temperamento de determinado ciudadano francés, o de varios de ellos; y la idiotez de la humanidad en general. Éstas tres cosas me hacen pensar que cierto grupo de republicanos de mente calenturienta encabezados por usted mismo, mi querido Déroulède, se proponen emprender la empresa más estúpida, insensata e inútil jamás cocida en el excitable cerebro de un condenado francés.

Déroulède sonrió.

— ¿No le parece divertido, Blakeney, que sea precisamente usted quien, sentado aquí tranquilamente, critique a los demás por urdir aventuras locas y arriesgadas?

— ¡No pienso quedarme sentado! —dijo Blakeney alegremente, al tiempo que se levantaba y desperezaba sus largas extremidades—. Y ahora me permitirá decirle, amigo mío, que la banda de la Pimpinela Escarlata jamás ha pretendido hacer imposibles y que intentar arrancar a la reina de las garras de esos asesinos es lo mismo que tratar de alcanzar lo inalcanzable. —Pues así y todo, tenemos el propósito de intentarlo.

—Ya lo sé. Lo supuse y por eso vine. Y también es éste el motivo de que le haya mandado una simpática esquela al Comité de Salud Pública, firmándola con la señal que tan conocida les es: la Pimpinela Escarlata. — ¿Y bien?

—Pues el resultado salta a la vista: Robespierre, Danton, Tinville, Merlin y el resto de esa pandilla de granujas asesinos andarán locos buscándome, lo que viene a ser lo mismo que buscar una aguja en un pajar. Me atribuirán a mí la paternidad de la intentona fallida y, mientras, puede, fíjese que solo digo puede, que escapen sanos y salvos de Francia a bordo del Day Dream con la ayuda de este su humilde servidor.

—Pero mientras tanto le descubrirán y no van a permitir que se les escape por segunda vez.

—Amigo mío, si un terrier perdiera la calma, nunca lograría seguir a una rata hasta su escondrijo. Pues bien, su Gobierno revolucionario ha perdido la calma por mi causa, la perdió en el mismo momento en que me escapé de entre los dedos de Chauvelin. Su propia furia les ciega; yo, en cambio, me siento perfectamente feliz y tan sereno como se puede estar. La vida se me ha convertido en algo muy valioso, amigo mío. Al otro lado del Canal hay alguien que lloraría si no regresara. No, no tema, ¡no me atraparan!

Tampoco esta vez le echarán el guante a la Pimpinela Escarlata.

Soltó una alegre y sonora carcajada y los rasgos firmes y decididos de su rostro se suavizaron al pensar en la bella esposa que le aguardaba en Inglaterra.

—Y, pese a todo, ¿no nos ayudará a rescatar a la reina? —repuso Déroulède con cierto malhumor.

—Lo haré con cuantos medios estén a mi alcance —replicó Blakeney —, salvo los que sean una locura. Pero sí les ayudaré a todos a salir de esta condenada trampa cuando fracase su intentona.

—No fracasará —dijo el otro ardorosamente.

Sir Percy Blakeney se acercó a su amigo y apoyó en su hombro una mano larga y bien formada, con un gesto de ternura que casi era propio de una mujer.

— ¿No quiere contarme sus planes?

Al oírle, Déroulède se llenó de entusiasmo y pasión.

—No somos muchos los que estamos en el asunto —empezó a decir—, aunque media Francia simpatizará con el fin que nos mueve. Tenemos dinero en abundancia, huelga decirlo, y también un disfraz apropiado para la dama real.

— ¿Ah, sí?

—Entretanto, yo he solicitado el cargo de Alcaide de la Conciergerie y me lo han concedido. Mañana tomaré posesión del mismo. Mientras, voy haciendo los preparativos para que mi madre y… y los que de mí dependen abandonen Francia inmediatamente.

A Blakeney no se le escapó la breve vacilación de Déroulède al referirse a los que dependían de él. Dirigió una mirada escrutadora a su amigo, el cual se apresuró a seguir hablando:

—Sigo gozando de gran popularidad entre el pueblo. Mi familia puede ir adonde le plazca sin ser molestada. Sin embargo, debo sacarles de

Francia por si… por si…

—Desde luego —dijo el otro por todo comentario.

—En cuanto me conste que se hallan a salvo, mis amigos y yo pondremos en práctica nuestros planes. Verá, aún no se ha fijado fecha para el juicio de la reina, pero sé que es inminente. Esperantos poderla sacar del país disfrazada de guardia nacional. Como usted sabrá, parte de mis obligaciones será el hacer la última ronda en la prisión cada noche, para cerciorarme de que todo anda bien. Hay dos individuos que montan guardia toda la noche en la habitación contigua a la que ocupa la reina. Normalmente, se pasan toda la noche bebiendo y jugando a los naipes. Necesito una oportunidad para drogarles el coñac y dejarles convertidos en un par de sujetos más torpes e idiotas de lo que ya son. Entonces, bastará un golpe en la cabeza para dejarles sin sentido. La cosa se presenta fácil, ya que tengo un buen par de puños, y después de eso…

— ¿Y después de eso, qué, amigo mío? —preguntó sir Percy con interés—. ¿Quiere que le complete el cuadro? ¿Cómo pasará ante los veinticinco hombres que montan guardia en el exterior de la Conciergerie? —Pues, en mi calidad de Alcaide y seguido por uno de mis guardias… —Y, ¿adónde irán?

—Tengo derecho a ir y venir como se me antoje.

—En efecto. Pero dice usted que le seguirá uno de sus guardias, ¿eh? Envuelto hasta los ojos en una capa para ocultar su figura femenina. Llevo en París unas horas solamente, pero ya me he dado cuenta de que no hay entre sus muros un solo ciudadano que en estos momentos no sospeche que otro ciudadano ande mezclado en algún intento de salvar a la reina. Incluso los gorriones de los tejados son motivo de sospecha. De hoy en adelante, ningún ser humano envuelto en un manto logrará salir de París sin ser registrado.

—Pero, ¿qué me dice de usted mismo, amigo mío? apuntó Déroulède —. Usted cree que podrá salir de París sin que le reconozcan: entonces, ¿por qué no la reina también?

—Porque es mujer y ha sido reina. La pobre está atemorizada y en estos momentos le flaquean el cuerpo y la mente. ¡Pobre mujer! ¡Y pobre Francia, que tan ociosamente se venga en una pobre mujer indefensa!

¿Cree usted que podrá coger a María Antonieta por los hombros, meterla en el fondo de un carro y apilar sacos de patatas sobre ella? Eso es lo que hice con la condesa de Tournay y su hija. Y debo decirle que nunca ha habido otro par de aristócratas francesas que más se mereciesen la guillotina por sus insensatos prejuicios. Pero, ¿podrá usted hacer lo mismo con María Antonieta? ¿No ve que le regañaría delante de todo el mundo, traicionándose y traicionándole a usted, antes que someterse a perder su dignidad?

—Pero, ¿es que usted la abandonaría a su suerte?

— ¡Ah! Ahí está lo malo, amigo mío. ¿Cree usted que le es necesario apelar al sentido de la caballerosidad que tiene mi banda? Somos todavía veinte los que la componemos y de todo corazón simpatizamos con sus descabellados planes. ¡Pobre, pobre reina! Pero están ustedes condenados al fracaso y, entonces, ¿quién les ayudará a todos si también nosotros quedamos fuera de combate?

—Tendríamos éxito si nos ayudaran. Hubo un tiempo en que usted solía decir con orgullo: «La banda de la Pimpinela Escarlata no conoce el fracaso».

— ¡Porque jamás se metía en aventuras de las que no podía salir airosa! Pero, ya que me pica usted el amor propio… ¡Maldita sea! ¡Tendré que pensármelo!

Y soltó una de aquellas carcajadas un tanto bobaliconas con las que había logrado disfrazar su verdadera personalidad ante hombres inteligentes de dos países.

Déroulède se acercó al pesado escritorio de roble que ocupaba un lugar conspicuo en el centro de una de las paredes. Lo abrió y extrajo un fajo de papeles.

— ¿Quiere echarles un vistazo? —preguntó, entregándoselos a sir Percy. —¿Qué es?

—Diversos planes que he ideado en caso de que el principal no saliera bien. —Échelos al fuego, amigo mío —dijo Blakeney lacónicamente—. ¿Aún no ha aprendido que jamás hay que poner las cosas por escrito?

—No puedo quemarlos. Verá, no me será posible sostener largas conversaciones con María Antonieta. Debo hacerle mis sugerencias por escrito, para que las estudie y no me haga quedar en mal lugar por desconocer la parte que le corresponde.

—En estos tiempos que corren, amigo mío, eso sería mejor que los papeles. De ser encontrados, le mandarían a la guillotina sin ni siquiera juzgarle antes.

—Ando con pies de plomo y, de momento, estoy por encima de toda sospecha. Es más, entre estos papeles hay una colección completa de salvoconductos adecuados a cualquier personalidad o disfraz que la reina y su acompañante puedan verse obligadas a adoptar. Me ha llevado unos cuantos meses el reunirlos sin levantar sospechas. Me los fui procurando uno a uno, valiéndome de esta o aquella excusa. Ahora estoy preparado para cualquier eventualidad…

Se calló de repente. En el rostro de su amigo acababa de ver una expresión que le sirvió de advertencia.

Al volverse, vio en el dintel, sosteniendo la pesada puerta, a Juliette, grácil, sonriente, un tanto pálida debido, sin duda, a la temblorosa luz que despedían las velas sin despabilar.

Se la veía tan joven y animada con su blanco vestido de muselina que, al verla, pareció que la tensión se borraba del semblante de Déroulède. Instintivamente había guardado los papeles en el escritorio, pero su expresión había dejado de reflejar una energía obstinada para dar paso a una ternura indescriptible.

Blakeney contemplaba sin decir nada a la joven, que, de pie en el dintel de la puerta, permanecía en actitud un tanto tímida e indecisa. —Vengo de parte de madame Déroulède —dijo con voz titubeante—. Dice que se está haciendo tarde y se está inquietando. ¿Quiere venir a tranquilizarla, monsieur Déroulède?

—En seguida iré, mademoiselle —repuso Déroulède sin alterarse—. Mi amigo y yo acabamos de finalizar nuestra conversación. ¿Puedo tener el honor de presentárselo? Es sir Percy Blakeney, que acaba de llegar de Inglaterra. Blakeney, le presento a mademoiselle Juliette de Marny, huésped de mi madre.

Capítulo VII UNA ADVERTENCIA

S

IR Percy hizo una profunda reverencia, acompañada de todos los gestos y ademanes afectados que exigían las excéntricas costumbres de la época. No dijo una sola palabra desde la primera exclamación de advertencia con que había atraído la atención de su amigo hacia la joven que acababa de aparecer en la puerta.

Silenciosamente, tal como había venido, Juliette volvió a salir de la habitación, dejando tras ella un aroma de flores silvestres procedentes del ramillete que había recogido y desparramado luego a su paso por el bosque. Durante un rato, el silencio reinó en el despacho. Déroulède cerró el escritorio y se echó las llaves al bolsillo.

— ¿Le parece que vayamos a reunirnos con mi madre, Blakeney? — dijo, dirigiéndose hacia la puerta.

—Será un honor presentarle mis respetos —replicó sir Percy—. Pero, antes de dar el asunto por terminado, me parece que debo cambiar de parecer acerca de esos papeles. Si voy a prestarles mi ayuda, creo que lo mejor es que les dé un vistazo y les diga mi opinión sobre sus planes.

Déroulède le dirigió una breve pero atenta mirada.

—No faltaría más —dijo por fin, volviendo hacia el escritorio—. Me quedaré con usted mientras los lee de cabo a rabo.

—No pienso leerlos esta noche, amigo mío —dijo sir Percy con acento frívolo—. Ya es tarde y madame nos está esperando. Si me los confía, puede estar seguro de que los guardaré como oro en paño.

Déroulède titubeó. Blakeney había hablado con su habitual despreocupación y en este momento se hallaba muy ocupado ajustándose su casaca de corte impecable.

— ¿Acaso le resulta difícil confiar plenamente en mí? —dijo sir Percy, subrayando sus palabras con una alegre carcajada—. Tal vez le haya dado la impresión de tomarme las cosas con demasiada indiferencia.

—No, no es eso, Blakeney —dijo por fin Déroulède con voz tranquila —. Por mi parte no existe ninguna desconfianza, sino que toda ella proviene de usted.

— ¡A fe mía que…! —comenzó a decir sir Percy.

—No, no me dé explicaciones. Le comprendo y valoro su amistad, pero me gustaría convencerle de cuán injustificada está la desconfianza que en usted inspira uno de los más puros ángeles de Dios que jamás pisaron la capa de la tierra.

— ¡Vaya, vaya! Conque se trata de eso, ¿eh, amigo Déroulède? Yo me pensaba que había renunciado usted al sexo débil para siempre, y hete aquí que ahora le encuentro enamorado.

—Enamorado loca, ciega, estúpidamente, amigo mío —dijo Déroulède, profiriendo un suspiro—. ¡Y me temo que sin ninguna esperanza!

— ¿Y eso por qué?

—Porque es la hija del malogrado duque de Marny, uno de los apellidos más antiguos de Francia y realista hasta la médula… — ¡De aquí su avasalladora simpatía para con la reina!

—No, en eso se equivoca, amigo mío. Hubiese tratado de salvar a la reina aun cuando no hubiera estado enamorado de Juliette. ¿Se da cuenta ahora de cuán injustas eran sus sospechas?

— ¿Es que las tenía?

—No lo niegue. Hace unos instantes insistió en que echase al fuego esos papeles. Dijo que no servían de nada, que eran peligrosos, y ahora…

—Sigo creyendo que son inútiles y comprometedores. Y lo que pretendo lograr leyéndolos es confirmarme en mi opinión y dar peso a mis argumentaciones.

—Si ahora me desprendiera de esos papeles, me quedaría la impresión de que no me fiaba de ella.

— ¡Es usted un loco idealista, mi querido Déroulède!

—No puedo evitarlo. Llevo tres semanas viviendo bajo el mismo techo que ella y ya he empezado a entender cómo son los santos.

—Pues será cuando se dé cuenta de que su ídolo tiene los pies de barro cuando aprenderá usted la verdadera lección del amor —dijo Blakeney con acento sincero—. ¿Acaso es amor el rendir culto a una santa que está en el cielo sin que usted se atreva a tocarla, que revolotea por encima de su cabeza como una nube, que se aleja flotando de usted cuando la mira?

Amar es sentir que no estamos solos en el mundo, que hay alguien a nuestro lado, alguien que es nuestro igual tanto en el pecado como en la virtud. Para nosotros los hombres, amar es abrazar a una mujer entre los brazos, sentir que vive y respira como nosotros, ni más ni menos, que sufre del mismo modo, que piensa con nosotros, ama con nosotros y, por encima de todo, peca con nosotros. Su santa de pega, colocada en su hornacina, no es una mujer si no ha sufrido, y lo es aún menos si no ha pecado. Échese a los pies de su ídolo si así le place, pero, después de eso, oblíguela a bajar a su mismo nivel, el único nivel que ella sería capaz de alcanzar: el de su

corazón, amigo mío.

¿Quién sería capaz de plasmar fielmente el magnetismo de las palabras que surgían de la boca de aquel hombre notable, convertido en apóstol elegante y vanidoso del mayor amor que jamás ha conocido hombre alguno? A medida que iba hablando, hubiérase dicho que en su rostro bondadoso y firme, indolente y alegre, se escribía claramente toda la historia de su grande y verdadero amor por la mujer que tanto daño le causara una vez. A Déroulède no le pasó desapercibido semejante magnetismo, por lo que no se sintió ofendido por las veladas alusiones acerca de la santa a la que, de momento, se contentaba con adorar en silencio.

Idealista y soñador como era, con el pensamiento hechizado por los grandes problemas sociales que estaban ocasionando una tremenda conmoción que sacudía a un país entero, aún no había tenido tiempo de aprenderse la dulce lección que la naturaleza enseña a sus elegidos: la lección de un amor apasionado y humano, grande y auténtico. Para él, en aquellos momentos, Juliette representaba la perfecta encarnación de sus sueños más idealistas. La veía tan por encima de él que, si le resultaba inalcanzable, apenas hubiese sufrido por ello de tan inevitable que le parecía semejante culminación de su amor.

Las palabras de Blakeney fueron las que por primera vez despertaron en su corazón el deseo de conseguir algo que fuese más allá de tal adoración casi medieval, algo que fuese más efímero y al mismo tiempo infinitamente más fuerte, más terrenal y, pese a ello, casi divino.

— ¿Vamos a reunirnos con las señoras? —dijo Blakeney tras una larga pausa, durante la cual las ideas que se agitaban en su despierto cerebro se hacían casi visibles en las miradas de sinceridad que dirigía a su amigo—.

Guarde los papeles en su escritorio, confíelos al cuidado de su santa, deposite en ella toda su confianza en vez de sospechar de ella y, si llegase un momento en que su ideal cayera pesadamente a tierra desde su trono celestial, entonces concédame el privilegio de ser testigo de su felicidad. —Sigue usted desconfiando, Blakeney —dijo Déroulède en tono despreocupado—. Si sigue hablando de este modo, confiaré los papeles a mademoiselle de Marny hasta mañana por la mañana.

Capítulo VIII ANNE MIE

QUELLA noche, cuando Blakeney, arrebujado en su capa, bajaba por la rue École de Médecine en dirección a su alojamiento, sintió

de pronto que una mano se posaba tímidamente sobre su brazo.

Anne Mie se hallaba a su lado, alzando sus ojos melancólicos hacia aquel espigado inglés entre los pliegues de la oscura capucha que llevaba fuertemente ceñida bajo el mentón.

—Monsieur —dijo con timidez—. No me tome por una atrevida, pero me… me gustaría hablar unos minutos con usted. ¿Me lo permite?

El inglés bajó los ojos bondadosamente hacia aquella personita singular y encogida y su enérgico semblante se dulcificó al ver el hombro deforme, el rictus amargado y triste de la boca de la joven, el aire general de desamparo patético que tan poderosamente atrae a los que están dotados de espíritu caballeresco.

—No faltaría más, mademoiselle —dijo gentilmente—, será un honor para mí. Si de algún modo está en mi mano serviría, le ruego que me lo diga con toda franqueza. Pero —añadió, viendo la expresión temerosa de Anne Mie—, esta calle no es el lugar adecuado para una conversación privada. Será mejor que busquemos un sitio más apropiado.

París no se había acostado todavía. En aquellos tiempos era en verdad más seguro permanecer en la calle que en casa. En la calle, todo el mundo andaba atareado en busca de casas sospechosas y, a causa de ello, el paseante podía ir de un lado para otro con toda tranquilidad.

Blakeney condujo a Anne Mie hacia los Jardines de Luxemburgo, el gran parque, ahora devastado, que había sido el lugar de recreo de los traidores que tiranizaban al pueblo. La hermosa Ana de Austria y los Médicis antes que ella, Luis XIII y sus gallardos mosqueteros, todos habían contribuido con sus estatuas al florecimiento de la industria dedicaba a fabricar cañones para la asediada República. Atacada por todos sus costados, Francia está obligando a sus hijos a defenderla. Y para ellos, perseguidos, martirizados, arrastrados al cadalso por ella, Francia sigue siendo la madre, La Patrie, que necesita de sus brazos y armas para hacer frente al enemigo extranjero.

Inglaterra amenaza el Norte, Prusia y Austria el Este. La bandera del almirante Hood ondea sobre el arsenal de Tolón.

¡La República está sitiada!

Y la República lucha por salvar su preciosa vida. Las Tullerías y los

Jardines de Luxemburgo han sido transformados en unas herrerías gigantescas.

Anne Mie, con ojos asustados y aferrándose al brazo de Blakeney, lanzaba miradas de terror hacia los inmensos hornos y los rostros tiznados y siniestros de los hombres que en ellos trabajaban.

«¡El pueblo de Francia está en armas contra la tiranía!».

Grandes pancartas con estas palabras alentadoras se hallan clavadas en postes con forma de horca y se agitan a impulsos de la brisa vespertina, abrasadora por efecto del calor de los hornos que se alzan por doquier. Algo más allá, un grupo de hombres de mayor edad se hallan sentados en cuclillas fabricando tiendas de campaña y algunas mujeres, las mismas Megeras que cada día chillan alrededor de la guillotina, se afanan, con agujas y tijeras, confeccionando prendas para los soldados.

«¡El pueblo de Francia está en armas contra la tiranía!».

Así reza su insignia y su marca de fábrica. Una de estas pancartas, convenientemente iluminada por una tea encendida, se alza sobre un grupo de chiquillos que se ocupan en despedazar retales de lino usado, la ropa blanca de sus madres y hermanas, para hacer hilas con destino a los heridos. Fuertes maldiciones y murmuraciones reprimidas llenan el aire cargado de humo.

El pueblo de Francia, alzado en armas contra la tiranía, dobla sus anchas espaldas ante la más cruel, la más absoluta y brutal esclavitud jamás impuesta sobre la humanidad.

Ni siquiera el cristianismo medieval osó imponer sus doctrinas con tanta fuerza y de modo tan extenso como lo está haciendo esta Constitución que pregona Libertad y Fraternidad.

La «Ley sobre Sospechosos» de Merlin acaba de ser promulgada. A partir de ahora, todos los ciudadanos franceses sin excepción tendrán que poner cuidado en lo que dicen, en cómo miran y en los gestos que hacen, no fuera que se hiciesen sospechosos. ¿Sospechosos de qué? ¿De traicionar a la República y al pueblo? ¡Nada de eso! ¡De algo mucho peor!: sospechosos de sentir recelo ante el nacimiento de la gran era de la Libertad.

Así, pues, en las herrerías y entre los grupos que fabrican tiendas de campaña, una negligencia momentánea, un pasajero descuido del trabajo, pueden significar un breve juicio por la mañana seguido de la inevitable guillotina. La negligencia es una traición a los más altos intereses de la República.

Blakeney tiró de Anne Mie para apartarla de semejante espectáculo. Los hornos rugientes la aterraban. Cruzó con ella la plaza de Saint Michel y se encaminó hacia el río. Allí había mayor tranquilidad.

— ¡Qué horrible se ha vuelto la gente! —comentó la joven, estremeciéndose—. Incluso yo recuerdo cuán distinta era antes.

La mayoría de las casas que bordeaban el río habían sido transformadas en hospitales con vistas al gran asedio que se avecinaba. A unos centenares de metros más abajo, el nuevo hospital para niños, regalo del ciudadano diputado Déroulède, se alzaba blanco, limpio y confortable, en medio de sus congéneres más míseros.

—Me parece que será mejor que no nos sentemos —apuntó Blakeney — y también más prudente que aparte usted la capucha de su rostro.

No parecía temer por sí mismo. Muchos habían dicho de él que gozaba de la protección de algún talismán. Con todo, desde que el almirante Hood plantara su pabellón en el arsenal de Tolón, el temor a los ingleses era mayor que nunca y a la Pimpinela Escarlata se la odiaba más que a cualquier otro inglés.

—Supongo que deseaba hablarme de Paul Déroulède —dijo amablemente, viendo que la joven hacia esfuerzos desesperados por expresar lo que tenía en la cabeza—. Como usted ya sabe, Paul es amigo mío.

—Sí. Por esto quería preguntarle una cosa —replicó ella.

— ¿De qué se trata?

— ¿Quién es Juliette de Marny y por qué buscó la forma de entrar en casa de Paul?

— ¿Quiere decir que entró siguiendo un plan fijado de antemano?

—Sí. Presencié la escena desde el balcón. De momento no se me antojó una farsa. Pensé sencillamente que se había comportado de un modo estúpido y temerario. Pero desde entonces he reflexionado. Juliette provocó a la chusma, deliberadamente, y lo hizo justo en el instante en que acababa de llegar ante la puerta de monsieur Déroulède. Se proponía apelar a su caballerosidad y recabar su auxilio, bien a sabiendas de que él no se lo negaría.

Hablaba con voz apresurada y excitada, libre ya de toda timidez y reserva. Blakeney se vio obligado a frenar su vehemencia, ya que algún ciudadano sin nada mejor que hacer y con ganas de fastidiar hubiese podido creer que aquella forma de hablar resultaba «sospechosa».

—Bueno, ¿y qué más? —preguntó sir Percy, ya que la joven se había callado, como avergonzada de su acaloramiento.

—Ahora permanece en casa día tras día —prosiguió Anne Mie, en tono más tranquilo aunque no menos intenso—. ¿Por qué no se va? No está a salvo en Francia. Pertenece a la más odiada de todas las clases sociales: la ociosa y acaudalada aristocracia del Antiguo Régimen. En diversas ocasiones, Paul le ha sugerido planes para que emigrase a Inglaterra. Madame Déroulède, que es un verdadero ángel, la quiere y no le gustaría separarse de ella, pero salta a la vista que sería más prudente que abandonase el país. Y, sin embargo, no lo hace. ¿Por qué?

—Supongo que porque…

— ¿Porque está enamorada de Paul? —le interrumpió Anne Mie con vehemencia— No, no está enamorada de él, al menos… ¡Oh! A veces no sé qué pensar. Se le iluminan los ojos cuando él viene y se la ve abatida cuando no está. Siempre se pasa más rato que de costumbre ante el espejo cuando sabemos que Paul cenará en casa —agregó con un toque de ingenua femineidad—. Pero, si es amor lo que siente, es un amor extraño e impropio de una mujer; es un amor que ningún bien le hará a Paul… — ¿Qué le hace pensar tal cosa?

—No lo sé —dijo sencillamente la muchacha—. ¿No será por instinto? —Puede, pero en este caso su instinto anda muy desencaminado, me temo. —¿Por qué?

—Porque su propio amor por Paul Déroulède la ha cegado… ¡Ah! Debe perdonarme, mademoiselle. Fue usted y no yo quien buscó esta conversación y me temo que la he herido. Y, con todo, quisiera que supiera que siento una gran simpatía por usted y desearía mucho prestarle algún servicio si ello está en mi mano.

—Estaba a punto de pedírselo, monsieur.

—Le ruego que me diga cuál.

—Usted es amigo de Paul: convénzale de que la mujer que se aloja en su casa constituye un peligro constante para su vida y su libertad.

—No me haría caso.

—Un hombre siempre está dispuesto a escuchar cuando es otro hombre quien le habla.

—Salvo cuando el tema de la conversación es la mujer a la que ama. Las últimas palabras las dijo con mucha suavidad pero con no menos firmeza. Sentía una lástima profunda y tierna por la frágil y deforme muchachita, condenada a presenciar la más desgarradora de las tragedias humanas: el desvanecimiento de sus escasas esperanzas de alcanzar la propia felicidad. Pero algo le decía que en aquel momento el mejor favor que podía hacerle a la joven, el más bondadoso, era revelarle toda la verdad. Sabía que el corazón de Paul Déroulède estaba entregado por completo a Juliette de Marny. También él, al igual que Anne Mie, desconfiaba por instinto de la hermosa joven y de su extraño y silencioso comportamiento. Pero, a diferencia de la pobre jorobada, sabía igualmente que ningún pecado que pudiera cometer Juliette la arrancaría del corazón de su amigo. Sabía que si, efectivamente, resultaba ser una muchacha falsa, incluso una traidora, no por ello dejaría de ocupar un lugar en lo más hondo del alma de Déroulède, un lugar que nadie más podría llenar.

— ¿Cree usted que él la ama? —preguntó finalmente Anne Mie.

—Estoy seguro de ello.

— ¿Y ella?

— ¡Ah! Eso no lo sé. Antes me fiaría del instinto de usted, del instinto de una mujer, que del mío propio.

—Es falsa, se lo digo, y está maquinando una traición contra Paul. — Entonces, lo único que podemos hacer es esperar.

— ¿Esperar?

—Sí, y vigilar atentamente sin descuidarnos un solo instante. ¡Ea! ¿Quiere que le dé mi palabra de que a Déroulède no le sucederá nada malo?

—Deme su palabra de que le alejará de esa mujer.

—No. Eso escapa a mi poder. Un hombre como Paul Déroulède ama solo una vez en la vida, pero cuando lo hace es para siempre.

De nuevo se sumió ella en el silencio, apretando los labios, como temiendo lo que tal vez saliera de ellos.

Sir Percy se dio cuenta de que se sentía amargamente desengañada y se puso a buscar el medio de mitigar la crueldad del golpe que acababa de propinarle.

—Usted se encargará de vigilar a Paul —dijo—. Creo que si usted le protege y cuida con su amistad, no tenemos motivos para temer por su seguridad.

—Lo haré —repuso ella quedamente.

Poco a poco, mientras hablaban, él había dirigido los pasos de ambos hacia la rue École de Médecine.

Su espíritu osado y aventurero se veía invadido por una gran melancolía. ¡Cuán llena de tragedias estaba aquella gran ciudad que se debatía en los últimos estertores de su lucha insensata y cruel por alcanzar una meta imposible! Y, pese a todo, a despecho de la guillotina y de la farsa de los procesos, de las leyes tiránicas y de las prisiones abarrotadas de gente, las mismas miserias de la urbe empalidecían ante la desdicha sorda y sin esperanza que anidaba en el corazón de aquella joven deforme.

Una salvaje exaltación y un febril entusiasmo prestaban su hechizo a las escenas que cotidianamente se representaban en la plaza de la Revolución, convirtiendo el último acto de las tragedias en un melodrama feroz y espeluznante que afectaba a la sensibilidad de una forma casi irreal.

Pero junto a sir Percy había únicamente una desdicha inconsolable, un corazón doliente, una frágil criatura que era presa de tremenda angustia al ver cómo su felicidad se evaporaba velozmente.

Anne Mie apenas recordaba ya que la había movido a buscar la entrevista con sir Percy Blakeney. Sintiendo que se ahogaba en un mar de desesperanza, se había asido a lo que tal vez le ofreciera una oportunidad de salvarse. La razón le decía que el amigo de Paul estaba en lo cierto: Déroulède era un hombre que amaría una sola vez en su vida. Jamás había querido a la desdichada y patética Anne Mie, porque sentía demasiada lástima por ella.

¿Por qué íbamos a decir que el amor y la piedad son análogos?

El amor, ese dios omnipotente que todo lo conquista, ese sentimiento que sojuzga al mundo, que pasa por encima de los principios, la virtud, la tradición, el hogar, la familia y la religión, ¿qué le importa a él la fácil conquista del patético ser que apela a su comprensión?

El amor significa igualdad, alcanzar las mismas alturas así en el heroísmo como en el pecado. Cuando el amor se rebaja para compadecerse, es que ha dejado de remontarse en el espacio infinito, en esa atmósfera enrarecida en la que el hombre siente por fin que verdaderamente ha sido creado a imagen y semejanza de Dios.

Capítulo IX CELOS

A

L LLEGAR a casa de Anne Mie, Blakeney se despidió de ella con la misma cortesía que habría dedicado a la dama más encumbrada de su propio país. Anne Mie abrió la puerta con su llave y la cerró luego sin hacer ruido, subiendo seguidamente a su habitación como un pequeño y extraño fantasma.

Pero en el rellano se encontró con Paul Déroulède, que acababa de salir de su habitación y todavía iba vestido del todo.

— ¡Anne Mie! —exclamó.

En el tono de su voz se reflejaba una alegría tan evidente que la muchachita, con el corazón latiéndole a más no poder, se detuvo en lo alto de la escalera como esperando volver a oírle llamarla, convencida de que verdaderamente se alegraba de verla y se había inquietado a causa de su prolongada ausencia.

— ¿Te has inquietado por mi culpa? —preguntó al fin.

— ¡inquietarme! —exclamó él—. Apenas si he vivido esta última hora desde que me di cuenta de que habías salido a hora tan avanzada y sin ninguna compañía.

— ¿Cómo lo averiguaste?

—Hace una hora mademoiselle de Marny llamó a mi puerta. Fue a tu alcoba para verte y, al no encontrarte allí, te estuvo buscando por toda la casa. Finalmente, presa de ansiedad, acudió a mí. No nos atrevimos a decírselo a mamá. No voy a preguntarte dónde has estado, Anne Mie, pero otra vez recuerda, pequeña, que las calles de París no son seguras y que los que te quieren sufren lo indecible cuando saben que corres peligro.

— ¡Los que me quieren! —dijo la muchachita por lo bajo.

— ¿No pudiste pedirme que te acompañase?

—No. Deseaba estar sola. Las calles no ofrecían peligro alguno y quería hablar con sir Percy Blakeney.

— ¿Con Blakeney? —exclamó él lleno de un pasmo sin límites—. Caramba, ¿qué diablos tenías que decirle?

Al no estar acostumbrada a mentir, la muchachita había revelado la verdad casi a pesar suyo.

—Me sentía muy perturbada e inquieta y pensé que él podría ayudarme. — ¿Y acudiste a él antes que a mí? —dijo Déroulède en tono de dulce reproche.

Seguía perplejo ante aquella acción tan inusitada por parte de la joven, que por lo general se mostraba sumamente reservada y tímida.

—Es que mi inquietud era por tu causa y tú te hubieses burlado de mí. —Nunca me burlaría de ti, Anne Mie. Lo digo de veras. Pero, ¿por qué ibas a inquietarte por mí?

—Porque te veo andar a ciegas al borde de un gran peligro y porque te veo depositar tu confianza en aquellos de los que lo más prudente sería no fiarse.

Déroulède arrugó levemente la frente y se mordió los labios para no dejar que saliera la palabrota que tenía en la punta de la lengua.

— ¿Es sir Percy una de las personas de las que no debería fiarme? — preguntó cómo sin darle importancia al asunto.

—No —respondió ella secamente.

—Entonces, querida, no hay motivo para inquietarse. Él es el único de mis amigos al que no conoces íntimamente. Sabes que puedes confiar en todos los que me rodean y que ninguno de ellos deja de merecerse tu cariño —agregó sincera y significativamente.

Tomó a la muchacha de la mano: le temblaba a causa de su evidente esfuerzo por reprimir la agitación que la embargaba. La joven sabía que Paul adivinaba lo que estaba pensando. Experimentaba una profunda vergüenza por lo que había hecho. Durante las tres últimas semanas, los celos la habían atormentado, pero al menos había sufrido a solas, sin dejar que nadie hurgase en aquella herida que antes suscitaría burlas que lástima. Ahora dos hombres conocían su secreto porque ella misma se lo había dejado entrever. Ambos se mostraban bondadosos y comprensivos, pero a Déroulède le molestaban las imputaciones de la joven y Blakeney, por su parte, era incapaz de ayudarla.

Una oleada de morbosa introspección invadió su alma. En un instante cayó en la cuenta de la mezquindad y bajeza de sus pensamientos y del despropósito de sus actos. En aquel momento habría dado la vida para borrar del cerebro de Déroulède la certeza de que ella estaba celosa. Tenía la esperanza de que al menos no hubiese adivinado el amor que inspiraba en la muchachita.

Trató de leer sus pensamientos, pero la oscuridad del pasillo, mitigada solamente por la tenue luz de las velas que ardían en la habitación de Déroulède, le impedía ver la expresión de su rostro. Sin embargo, la mano que sostenía la suya era cálida y tierna. Se sintió objeto de lástima y ello la hizo ruborizarse. Le dio las buenas noches precipitadamente y se alejó por el pasillo hasta llegar a su alcoba. Una vez dentro, cerró la puerta con llave y por fin quedó a solas con sus propios pensamientos.

Capitulo X LA DENUNCIA Pero, ¿qué decir de Juliette?

¿Q UÉ era de aquella criatura romántica, apasionada y vehemente

atormentada por un conflicto titánico? Ella, que no era más que una niña, que apenas si era una mujer hecha, se veía zarandeada y convertida en objeto de disputa de las fuerzas más opuestas que jamás lucharon por apoderarse de un alma humana. De un lado la tradición, el deber, el hermano muerto, el padre y, sobre todo, la religión y el juramento que había pronunciado ante Dios; del otro, la justicia y el honor, un caso en el que se enfrentaban el bien y el mal, la honradez y la lástima.

¡Cómo hacía frente a tales fuerzas en estos momentos!

Luchaba y forcejeaba con ellas postrada de rodillas. Trataba de aplastar los recuerdos, de olvidar aquella terrible escena acaecida una medianoche diez años antes, el cadáver de su hermano, la mano vengadora de su padre sosteniendo la suya a la vez que la imploraba que hiciese lo que él, por su debilidad y vejez, era incapaz de llevar a cabo.

Las palabras del duque sonaban en sus oídos desde aquel pasado tan lejano: «Ante Dios Todopoderoso, que me ve y oye, juro que…»

Y ella había repetido semejantes palabras en voz alta, por propia voluntad, con la mano apoyada en el pecho de su hermano, y bajo la mirada de Dios, al que había pedido que la escuchase.

«Juro que buscaré a Paul Déroulède y, como Dios me dé a entender, procuraré su muerte, su ruina o su deshonor, en venganza por la muerte de mi hermano. Que el alma de mi hermano sufra tormento hasta el Día del Juicio si quebrantase mi juramento, pero que descanse en la paz eterna el día en que su muerte sea debidamente vengada».

Casi le parecía que su padre y su hermano estaban de pie a su lado mientras rezaba postrada de rodillas. ¡Y de qué modo rezaba!

En muchos sentidos, no era sino una chiquilla. Toda su vida la había pasado recluida, ya fuese al lado de su padre moribundo o, más tarde, entre las cuatro paredes del convento de las Ursulinas. Y durante aquellos años su alma se había alimentado de religión contemplativa y extática, especie de superstición santificada que le hubiese parecido sacrilegio combatir.

El primer paso hacia la condición de mujer lo había dado al pronunciar el juramento. Desde entonces, movida por un estoico sentido del deber, se hallaba ligada al recuerdo diario, casi de hora en hora, de la gran misión que le había sido impuesta.

Para ella, el haberla descuidado hubiese sido lo mismo que negar a Dios.

No tenía más que una serie de vagas ideas acerca del lado doctrinal de la religión. El Purgatorio era para ella una simple palabra, pero una palabra que representaba un estado espiritual dotado de realidad: un estado hecho de expectación, de inquietud y de aflicción. Y de un modo confuso, aunque decidido, creía que el alma de su hermano sufría por haber sido ella demasiado débil para cumplir el juramento.

La Iglesia no había acudido a salvarla. Los ministros de la religión estaban desparramados por los cuatro puntos cardinales de la Francia sitiada y agonizante. No tenía a nadie que la ayudase, a nadie que la confortase. La misma vida tranquila y contemplativa que llevara en el convento no servía más que para realzar la sensación de solemnidad que le daba su misión. Era cierta e inevitable porque resultaba tan sumamente dura.

Para los pocos que, durante aquellos tiempos turbulentos, seguían venerando su religión, esta se les había convertido en una llamada a la abnegación y al martirio.

Diríase que el espíritu de un jansenismo intransigente exigía sacrificios y renuncia, mientras que el impróvido catolicismo del siglo anterior no había hecho otra cosa que sugerir una senda fácil y cubierta de flores hacia un paraíso confortable y mullido.

Cuanto más difícil se le antojaba la tarea que tenía ante ella, más realidad cobraba la misma a ojos de Juliette. Creía firmemente que Dios, después de diez años, le mostraba por fin el medio de hacer caer la venganza sobre el asesino de su hermano. Él la había conducido a aquella casa y la había hecho ver y escuchar parte de la conversación entre Blakeney y Déroulède. Y precisamente en unos momentos en que incluso el mero asomo de una conspiración contra la República traía consigo un resultado único e inevitable; el oprobio primero, luego el juicio grotesco y apresurado en el Palacio de Justicia y, finalmente, la guillotina.

Se esforzaba por no odiar a Déroulède. Deseaba juzgarle fríamente, con imparcialidad, o más bien acusarle ante el trono de Dios y castigarle por el crimen cometido diez años antes. Sus sentimientos personales debían permanecer al margen de la cuestión.

¿Había tenido Carlota Corday en cuenta sus propios sentimientos al acabar con la vida de Marat?

Juliette siguió postrada de hinojos durante horas. Oyó el regreso de Anne Mie a casa y la bienvenida de Déroulède en el rellano. Tal vez fuese aquel el peor momento del conflicto en que se debatía su alma, ya que le trajo a la mente el recuerdo de las demás personas que sufrirían también a pesar de ser inocentes: madame Déroulède y la pobre Anne Mie. Elías no habían hecho nada malo y, sin embargo, ¡qué terrible castigo iban a recibir! Y entonces su sano juicio, el código humano y material de la ética se impuso momentáneamente sobre todas las demás consideraciones. Se levantaría, enjugaría sus lágrimas, haría tranquilamente los preparativos para acostarse y se olvidaría de todo lo relacionado con el Destino temible e inexorable que la arrastraba a llevar a cabo lo que él quería para luego, con el corazón hecho pedazos, volver a caer en su anterior estado de espíritu, musitando fervientes plegarias, implorando el perdón de su padre, su hermano y su Dios.

El alma era joven, ardiente, y luchaba por la abnegación, el martirio y el cumplimiento del deber riguroso; el cuerpo, por el contrario, era infantil y luchaba por la paz, la felicidad y el raciocinio sereno.

Pero el cuerpo racional fue conquistado por el alma apasionada y poderosa. No culpéis a la niña, pues ella era inocente. No era más que otra de las muchas víctimas de aquel tiempo cruel, demencial e histérico, de aquel espíritu de implacable tiranía que por la fuerza imponía sus doctrinas sobre los débiles.

En cuanto apuntó el alba, Juliette se levantó finalmente, se mojó los ojos y la cabeza para calmar la fiebre que la estaba abrasando, se arregló el pelo y el vestido y luego, sentándose a la mesa, empezó a escribir.

Ahora era un ser transformado: ya no era una niña, sino que, en esencia, era una mujer, una Juana de Arco con una misión que cumplir, una Carlota Corday que se encaminaba hacia el martirio, un alma humana que sufría, que andaba errante y que estaba cometiendo un terrible crimen en aras de una idea.

Con mucho cuidado y mano firme, escribió esa denuncia del ciudadano diputado Deuroléde que ha pasado a ser un documento histórico y se conserva en las crónicas de Francia.

Todos lo habréis visto en el Museo Carnavelet, guardado en una vitrina de cristal, amarillento ya el papel, con la tinta borrosa que nada dice del conflicto íntimo cuya victoria se materializó en la redacción de tal documento. Esa letra apretujada, que más parece propia de una colegiala, es el testigo patético y mudo de una de las tragedias más tristes que aquella época de pesares y crímenes jamás conociera:

“A los Representantes del Pueblo que se hallan reunidos en Asamblea en la Convención Nacional:

Confiáis y creéis en el representante del pueblo llamado Paul Derouléde, ciudadano diputado. Es un falsario y un traidor a la República.

Está tramando y espera llevar a cabo la liberación de la traidora María Antonieta, viuda del traidor Luis Capeto. ¡No perdáis tiempo. Oh, representantes del pueblo! Las pruebas de esta acusación, junto con otros papeles y planes, siguen en casa del ciudadano diputado Derouléde.

Esta afirmación la hace alguien que sabe lo que se dice. II, 23 de Fructidor”. Una vez la hubo escrito, leyó cuidadosamente la carta de cabo a rabo, hizo una o dos correcciones de poca importancia que siguen siendo visibles en el documento y luego dobló la misiva y la ocultó entre los pliegues del pañuelo. Tras envolverse en una capa negra con capucha, salió de su alcoba sin hacer ruido.

La casa estaba tranquila y silenciosa. Se estremeció levemente al sentir sobre sus ardientes mejillas el frío aire de la mañana, que la hizo pensar en el aliento de algún fantasma.

Bajó corriendo la escalera y, con toda la prisa de que era capaz, corrió las pesadas aldabas que cerraban la puerta, saliendo seguidamente a la calle.

Ya la ciudad comenzaba a despertarse. No había tiempo para dormir cuando tanto había por hacer en pro de la seguridad de la República amenazada. Al dirigir sus pasos hacia el río, Juliette se cruzó con la multitud de trabajadores que Francia empleaba para su defensa.

Detrás de ella, en los jardines de Luxemburgo, y a todo lo largo de la ribera opuesta, los hornos ya llameaban y los herreros se afanaban forjando los cañones.

A cada paso, surgían ante sus ojos grandes pancartas y letreros clavados en aquellos altos postes en forma de horca. En ellos se proclamaba a los ciudadanos que el pueblo francés se había alzado en armas.

Por la plaza del Instituto cruza una procesión de carros cargados de verduras y algo de fruta. Avanza lentamente hacia el centro de la ciudad. Todos ostentan banderas tricolores, pequeñitas, rematadas por una Pica y un Gorro de la Libertad.

Buenos patriotas son los agricultores que cada día acuden a alimentar a la famélica multitud parisina, con unos cuantos puñados de patatas insípidas y míseras coles devoradas por toda suerte de bichos que la fraternal Revolución permite que sigan cultivando sin molestarles.

Pese a lo temprano de la hora, todo el mundo da muestras de andar muy atareado. La labor de dar muerte a otros seres humanos no empezará hasta que el día esté más avanzado.

De momento, Juliette puede seguir su camino sin que nadie se meta con ella: la mayoría de las mujeres y críos se dirigen apresuradamente hacia los campamentos de las Tullerías, donde todo el día se confeccionan hilas, vendajes y guerreras para los soldados.

Las paredes de las casas ostentan el gran lema patriótico: «Libertad, Igualdad, Fraternidad; si no, la Muerte». Otras se muestran más politizadas en sus proclamas: «La República: una e indivisible».

Pero en los muros del Louvre, del gran palacio de los antiguos reyes, donde el Rey Sol reunía a la corte y flirteaba con las mujeres más bonitas de Francia, en estos mismos muros la nueva y gran República ha fijado su mandato definitivo: y un voluminoso cartel pegado a la pared ostenta las palabras:

«La Ley referente a los Sospechosos».

Debajo del cartel hay una gran caja de madera con una ranura en su parte superior. Se trata del último invento para proteger la seguridad de esta República que es una e indivisible.

A partir de ahora, una sola palabra de un enemigo o de un holgazán bastará para que cualquier ciudadano se vea convertido en un traidor. Y del mismo modo en que la Inquisición española, en sus tiempos más tiránicos, hizo que la mitad de la nación se dedicase a espiar a la otra mitad, esa caja de madera, con su ranura, ha sido colocada allí para recibir las denuncias de un ciudadano contra otro.

De haberse detenido siquiera una fracción de segundo, de haberse parado para leer la pancarta que exponía esta odiosa ley, si al menos hubiese reflexionado, Juliette habría girado sobre sus talones, alejándose de aquella repugnante caja de infamias del mismo modo que lo habría hecho ante la peste o un reptil venenoso.

Pero la larga vigilia, las plegarias, las visiones extáticas de mártires heroicos se habían confabulado para adormecer por completo sus facultades. Se habían esfumado su vitalidad y su sensibilidad y se veía convertida en un autómata que se encaminaba mecánicamente hacia su destino, sin un solo pensamiento o temblor.

Sacó la carta de entre los pliegues del pañuelo que cubría su pecho y con gesto firme la depositó en la ranura. Ya estaba hecho lo irreparable.

Nada

que pudiera decir o hacer en lo sucesivo, ninguna plegaria, ninguna noche pasada en blanco, atormentada por el remordimiento, ni siquiera un milagro, podía deshacer lo que acababa de cometer y salvar a Paul Déroulède del proceso y la guillotina.

Uno o dos grupos de gente que, con paso apresurado, se dirigían a su trabajo la vieron depositar la carta en la caja. Un par de chiquillos se pararon, chupándose el dedo y mirándola con estúpida curiosidad, una mujer profirió una broma soez y todos los demás, encogiéndose de hombros prosiguieron su camino. Los que solían pasar por aquel sitio estaban acostumbrados a semejante espectáculo.

La caja de madera, con su ranura parecida a una boca, era como un monstruo insaciable al que se alimentase constantemente y, sin embargo, siguiera pidiendo más y más.

Una vez cometido el acto, Juliette se volvió y regresó a su hogar temporal con la misma prisa con que había venido.

Pero ya no era un hogar. Debía abandonarlo inmediatamente, aquel mismo día si era posible. De algo estaba segura: ya no podría comer el pan del hombre al que acababa de traicionar. No bajaría a desayunar. Alegaría una jaqueca y por la tarde ella y Pétronelle harían las maletas.

Entró en un pequeño establecimiento próximo al hogar de Déroulède y pidió un vaso de leche y un poco de pan. La mujer que se lo sirvió la miró con cierta curiosidad, ya que a estas alturas Juliette daba la impresión de haber perdido el juicio casi por completo.

Todavía no había empezado a pensar y sus sufrimientos habían cesado.

Pero ambas cosas terminarían por presentarse y traerían consigo el recuerdo de esta última hora, que era ya irreparable, así como un juicio justo sobre lo que había hecho.

Capítulo XI «LA VENGANZA SERA

MÍA»

L

A FINGIDA jaqueca permitió a Juliette pasar en su aposento la mayor parte del día. Le hubiese gustado aislarse del mundo entero durante las horas que pasó enfrentándose cara a cara con sus propios pensamientos y sufrimientos.

De vez en cuando, Anne Mie le llevaba la comida, algunas golosinas y otras cositas que le hicieron el tiempo más llevadero. La carita patética de Anne Mie resultaba un espectáculo insoportable para el alma atormentada de Juliette.

Se sobresaltaba cada vez que se oía algún ruido en el caserón silencioso y se ponía a temblar, dominada por la aprensión y el horror. ¿Acaso había caído ya la espada de Damocles que ella misma había colgado sobre las cabezas?

Cogió una capa con capucha y, echándosela al brazo, salió de la habitación. Déroulède había salido de casa a primera hora. Juliette confiaba en que todavía no hubiese vuelto. Bajó corriendo la escalera para que nadie se percatase de su salida.

La casa estaba sumida en una paz y un silencio absolutos. A Juliette le extrañó que sobre ella no colgase, a modo de palio, un presentimiento de los males que se avecinaban.

De la cocina, que estaba situada a poca distancia del vestíbulo, salía la voz de Anne Mie, que cantaba una antigua tonadilla:

De la rama desgajada pobre hoja desecada ¿adónde vas tú?

Juliette se detuvo un momento. Un dolor atroz acababa de apoderarse de su corazón, al tiempo que, inconscientemente, sus ojos se llenaban de lágrimas al recorrer las paredes de la casa que tan hospitalariamente la cobijaba desde hacía tres semanas.

Y ahora, ¿adónde iba? Al igual que la pobre hoja caída de la canción, ella era un desecho arrancado de la rama madre, sin hogar ni amigos, culpable de haberse vuelto en contra de la mano que se había tendido amorosamente hacia ella en el momento en que corría un tremendo peligro.

La conciencia comenzaba a alzarse contra ella, y lo mismo hacia ese tirano con cabeza de Hidra que llamamos Remordimiento. Cerró los ojos ante el horroroso espectáculo de su crimen y trató de olvidarse de aquel hogar que su traición había profanado.

Voy adonde van todas las cosas adonde van los pétalos de las rosas y las hojas del laurel.

Anne Mie seguía cantando con acento lastimero.

Un gran sollozo surgió del doliente corazón de Juliette. La congoja que le producía todo lo ocurrido era superior a sus fuerzas. ¡Compadecedla si os es posible! Había luchado con todas sus fuerzas, pero en vano. El alma de una muchacha es tan joven y tan impresionable… Además, había crecido atada a aquella idea pavorosa y obsesionante de que debía cumplir con su deber, con un juramento solemnísimo hecho ante su padre moribundo y el cadáver de su hermano. Había suplicado que la guiasen y rezado para que le fuese concedida la liberación, pero la voz que había en lo alto había permanecido en silencio. Débil, miserable y encogida, el alma humana, al verse arrastrada por las pasiones terrenales, debe recurrir a sus propias fuerzas para afrontar la lucha.

Y ahora, el fin ya había llegado. El sueño de paz, fugaz y apenas tangible, que cruzara su mente durante las últimas semanas se había esfumado al despertar el día, dejándola desolada, a solas con su gran pecado y con la expiación que duraría toda una vida.

Sin apenas saber lo que estaba haciendo, cayó de rodillas allí mismo, en el umbral que estaba a punto de cruzar para no volver jamás. El Destino había colocado sobre sus jóvenes hombros una carga demasiado pesada para ella.

—¡Juliette!

Al principio no se movió. Era la voz de Paul y salía de su despacho, situado a espaldas de la joven. Su hechizo la conmovió como lo hiciera un día en el Palacio de Justicia. Era fuerte, apasionada, tierna y parecía despertar todos los ecos de su corazón femenino. Creyó que estaba soñando y siguió de rodillas para que el sueño no se desvaneciese.

Entonces oyó sus pasos sobre las baldosas del vestíbulo. El canto plañidero de Anne Mie se había apagado a lo lejos. Sobresaltada, Juliette se levantó de un salto y se apresuró a secarse los ojos. El sueño fugaz había llegado a su fin y ella se avergonzaba de su flaqueza.

Él, causante de todos sus pesares, de su pecado y de su degradación, no tenía ningún derecho a verla sufrir.

De buena gana hubiese huido de la casa en aquel mismo instante, pero ya era demasiado tarde. Al salir de su despacho y verla de rodillas, llorando, se acercó rápidamente a ella tratando, con toda la innata caballerosidad de su recto modo de ser, de ocultarle que acababa de ser testigo de su llanto.

— ¿Va a salir de casa, mademoiselle? —preguntó cortésmente al ver que ella, tras envolverse en su capa, se dirigía hacia la puerta.

—Sí, así es —se apresuró a responder ella—. Iba a hacer un recado sin importancia y…

— ¿Se trata de algo que yo pueda hacer por usted?

—No.

—Si su recado puede esperar unos instantes —agregó con visible embarazo—, ¿puedo aspirar al honor de su presencia en mi despacho durante unos breves momentos?

—Mi recado no puede esperar, ciudadano Déroulède —replicó ella con toda la compostura de que era capaz—. Tal vez cuando regrese…

—Tengo que irme ahora mismo, mademoiselle, y desearía despedirme de usted.

Se echó a un lado para permitirle el paso, ya fuese a través de la puerta para salir a la calle o cruzando el vestíbulo hacia el despacho.

Su voz no denotaba ningún reproche hacia la huésped que iba a marcharse sin una sola palabra de despedida. Tal vez Juliette se hubiese rebelado, de advertir cierto tono de reproche en las palabras de Déroulède. Pero en vez de ello, sintió que un magnetismo irresistible la atraía hacia él. Con una señal apenas perceptible de asentimiento, pasó por su lado y entró en el despacho.

La habitación estaba oscura y fría, ya que daba al Oeste y los postigos permanecían cerrados para que no entrase el tórrido calor de agosto. De buenas a primeras, Juliette no logró distinguir nada, pero notaba la proximidad de Paul, que había entrado tras ella, dejando la puerta ligeramente entreabierta.

—Es muy amable de su parte, mademoiselle —dijo gentilmente—, acceder a mi petición, que quizá pecase de arrogancia. Pero, verá, es que me marcho de aquí hoy mismo y sentía un anhelo egoísta de oír cómo su voz se despedía de mí.

Paulatinamente, los ojazos ardientes de Juliette iban penetrando en la semipenumbra que la envolvía. Ya podía verle claramente. Estaba de pie a su lado y en su actitud se notaba un respeto sumamente profundo, casi reverente.

Como de costumbre, el despacho estaba limpio y ordenado, denotando las costumbres meticulosas de un hombre de acción dotado de energía. En el suelo había una valija que ya estaba cerrada por medio de las correspondientes correas, a punto de emprender el viaje, y sobre ella descansaba una abultada cartera de recia piel de cerdo, con una pequeña cerradura de acero. Los ojos de Juliette se clavaron en la cartera, mirándola con una mezcla de fascinación y horror. No había duda de que contenía los papeles de Déroulède, los planes para la fuga de María Antonieta, los pasaportes que el día anterior mencionara durante su conversación con sir Percy Blakeney: las pruebas, de hecho, que ella ofrecía a los representantes del pueblo en apoyo de la denuncia contra el ciudadano diputado.

Una vez formulada su petición, Déroulède no había vuelto a abrir la boca, sino que esperaba que ella iniciase la conversación. Pero la muchacha no podía hablar; era como si unas manos de acero le apretasen la garganta, ahogando las palabras que de todo corazón hubiese dicho.

— ¿No quiere desearme buen viaje, mademoiselle? —preguntó él con voz afable.

— ¿Buen viaje?

¡Qué espantosa ironía había en aquellas palabras! En todo caso, el viaje tendría por punto de destino la bufonada del proceso y luego la guillotina. Ahí era adonde se encaminaba, aunque él no lo supiera. No solo lo ignoraba, sino que incluso estaba tratando de acariciar la mano que premeditadamente le iba a mandar a su fatal destino.

Finalmente, haciendo un esfuerzo por hablar, se las arregló para musitar con voz monótona:

—No estará mucho tiempo ausente, ¿verdad, ciudadano diputado?

—En estos tiempos que vivimos, mademoiselle —replicó él—, toda despedida puede ser la definitiva. Pero, en realidad, adonde voy es a la Conciergerie, para hacerme cargo de la desdichada prisionera que hay allí.

Estaré ausente un mes.

— ¡Un mes! —repitió ella mecánicamente.

—Sí —dijo él, sonriendo—. Verá, nuestro actual Gobierno teme que la pobre María Antonieta se valga de su poder de fascinación para aprovecharse del Alcaide de la prisión, sea quien sea, si éste permanece allí el tiempo suficiente para permitírselo. Así, pues, nombran uno nuevo cada mes. Estaré al mando de la prisión durante el próximo Vendimiario. Confío en estar de vuelta antes del equinoccio, pero…, ¿quién sabe?

—En todo caso, ciudadano Déroulède, la despedida que le doy esta noche será para una temporada muy larga.

—Un mes me parecerá un siglo —dijo él sinceramente—, ya que durante el mismo me veré privado de verla a usted, pero…

Dirigió a la joven una mirada larga y escrutadora. No comprendía el estado de ánimo en que ella se hallaba en aquel momento. La veía tan asustada y alterada, tan distinta de aquel ser infantil y alegre que tanto brillo había dado al viejo caserón durante las últimas semanas…

—Pero no me atrevo a esperar —musitó— que por la misma razón un mes le parezca a usted una larga temporada.

El rostro de la muchacha dio la sensación de volverse un poco más pálido de lo que ya estaba y sus ojos recorrieron la habitación con la expresión de una liebre atrapada que busca la forma de escapar.

—Me interpreta usted mal, ciudadano Déroulède —dijo finalmente, hablando con voz apresurada—. Todos han sido buenos, muy buenos conmigo. Pero Pétronelle y yo no podemos seguir abusando de su hospitalidad. Tenemos amigos en Inglaterra; aquí, por el contrario, nuestros enemigos son numerosos.

—Lo sé —la interrumpió él con voz sosegada—. Sería una muestra de tremendo egoísmo si le pidiera que se quedara aquí una hora más de lo necesario. Me temo que a partir de hoy mi techo ya no sirva para protegerla. Pero, ¿me permitirá que dé los pasos necesarios para ponerla a salvo del mismo modo que lo he hecho con mi madre y con Anne Mie? Mi amigo inglés, sir Percy Blakeney, tiene un yate a punto de zarpar a la altura de las costas de Normandía. Ya me he cuidado de los salvoconductos que necesitarán ustedes dos y también de los demás preparativos para el viaje hasta allí. Sir Percy o uno de sus amigos se encargarán de que lleguen sanas y salvas a bordo del yate inglés. Me lo ha prometido y tengo en él tanta confianza como en mí mismo. En cuanto al viaje a través de Francia, mi nombre es suficiente garantía de que no serán molestadas y, si usted lo permite, mi madre y Anne Mie viajarán en compañía de ustedes. Luego… —Le ruego que no siga, ciudadano Déroulède —le interrumpió ella inesperadamente, con acento acalorado—. Debe usted perdonarme, pero no puedo permitir que se tome tantas molestias por mí. Pétronelle y yo tenemos que arreglárnoslas como mejor podamos. Debe usted emplear todo su tiempo y esfuerzo en bien de aquellos que tienen derecho a ello. Yo, en cambio…

—Sus palabras no son justas, mademoiselle. No se trata de derechos. —Pues, por si fuera poco, no tiene usted derecho a pensar que…— prosiguió ella con creciente nerviosismo, apartando rápidamente la mano que él trataba de estrechar entre las suyas.

—Ya me perdonará —la cortó él con vehemencia—, pero en eso se equivoca. Tengo derecho a pensar en y por usted, un derecho inalienable que me confiere el gran amor que le profeso.

— ¡Ciudadano diputado!

—Sí, Juliette. Me doy cuenta de mi necedad y de mi presunción. Conozco el orgullo de los de su casta y partido y sé lo mucho que desprecian a los partidarios de la hambrienta plebe de Francia. ¿Acaso le he dicho que aspiraba a ganarme su amor? Ni siquiera estoy seguro de haberlo soñado alguna vez. Lo único que sé, Juliette, es que para mí es usted algo parecido a los ángeles, algo blanco y etéreo, intangible y quizá incomprensible. Y con todo, a sabiendas de mi necedad, me enorgullezco de mi sentimiento, querida mía, y no quisiera que saliera usted de mi vida sin antes haberle hablado de eso que, durante las últimas semanas, ha hecho que cada una de las horas del día fuese algo paradisíaco para mí. Me refiero al amor que siento por usted, Juliette.

Hablaba con la voz grave e impresionante peculiar en él y en el tono suave y atractivo con que ella le oyera abogar por la pobre Carlota Corday. Con todo, en este momento no abogaba por sí mismo, ni por un deseo egoísta. Tampoco lo hacía en pos de su felicidad personal. Solo abogaba por su amor, tratando de que ella tuviera conocimiento de tal sentimiento y entonces su corazón se apiadase de él y le permitiera servirla hasta el fin. Durante un rato no dijo nada más. Tenía la mano de la joven entre las suyas, ya que ella no intentaba ya retirarla. Sentía un placer dulce al notar cómo los fuertes dedos de Déroulède se cerraban temblorosamente sobre los suyos. Paul apretó sus labios sobre la mano de la muchacha, sobre su suave palma y su muñeca delicada. Sus besos ardorosos eran prueba evidente de la tumultuosa pasión que solo se veía contenida por la reverencia que hacia ella sentía.

Juliette trató de apartarse de él, pero Déroulède no quería soltarla.

—No se vaya todavía, Juliette —suplico—. ¡Piénselo! Puede que jamás vuelva a verla. Cuando esté lejos de mí, tal vez en Inglaterra, entre sus parientes y amigos, ¿intentará alguna vez dedicar un pensamiento amable a quien le adora tan intensamente, tan locamente?

De haber estado en su mano, Juliette hubiese detenido el latir de su propio corazón, que finalmente se desbordó hacia él con toda la intensidad apasionada de su gran amor, tanto tiempo reprimido. Cada una de las palabras que él pronunciaba encontraba su eco en lo más hondo del alma de la joven, que trataba de hacer oídos sordos a sus tiernas súplicas, de no

ver su cabeza doblándose ante ella, adorándola. Hizo un esfuerzo por olvidarse de su presencia, por ignorar que le tenía junto a ella; a él, el hombre al que había traicionado en aras de su mezquino deseo de venganza; el hombre al que, impulsada por su furia alocada y exaltada, había creído que odiaba, pero al que, ahora se daba cuenta, amaba más que a la vida, más que a su propia alma, sus tradiciones y su juramento.

Trataba desesperadamente de evocar la imagen de su hermano cuando lo habían traído a casa en una camilla, ya cadáver; el recuerdo de los postreros años de su padre, convertidos en un calvario a causa de la mente desquiciada por el dolor.

Procuró pensar que el dedo vengador de Dios le señalaba la senda que debía seguir para cumplir el juramento y le invocó para que estuviera a su lado en medio de la agonía que destrozaba su alma.

Y por fin Dios le habló: atravesando los eternos espacios del universo infinito, surgiendo de aquel cielo que no había tenido piedad, la voz divina llegó a oídos de Juliette con claridad, sobrecogedora, implacable:

—¡La venganza será mía! ¡Yo se lo haré pagar!

>Capítulo XII LA ESPADA DE DAMOCLES

—¡En nombre de la República!

Absorto como estaba en sus pensamientos, en sus sueños, en su felicidad, Déroulède no se había enterado de lo que estaba ocurriendo en la casa desde hacía unos segundos.

Anne Mie, que seguía entonando su cancioncilla melancólica en la cocina, al principio no había visto nada raro en la llamada perentoria que se oyó en la puerta de la calle. Se bajó las mangas, cubriendo sus delgados brazos, se alisó el delantal y solo entonces corrió a ver quién podía ser el visitante. Sin embargo, en cuanto abrió la puerta, comprendió de qué iba la cosa. Ante ella se hallaban cinco hombres, cuatro de ellos vistiendo el uniforme de la Guardia Nacional, mientras que el quinto lucía la faja tricolor con ribetes dorados que identificaba a los servidores de la Convención. Este sujeto, al parecer, mandaba a los otros cuatro. Sin perder un instante, entró en el vestíbulo seguido por sus compañeros, los cuales, obedeciendo una seña que él les hizo, impidieron que Anne Mie llevase a cabo su propósito, a saber: correr hacia el despacho para prevenir del peligro a Déroulède.

Ni por un momento se le ocurrió dudar de que había un peligro cierto y de lo más mortal. Lo hubiese adivinado aunque su instinto no la hubiera avisado. Le bastó una mirada a los cinco individuos para hacerse cargo de la situación. La actitud de aquellos hombres, sus órdenes tajantes, su aire de autoridad al cruzar el vestíbulo, todo en suma revelaba el propósito de su visita: un registro domiciliario en casa del ciudadano diputado Déroulède. La Ley Merlin sobre sospechosos seguía en plena vigencia. Alguien había denunciado al ciudadano diputado ante el Comité de Salud Pública y en aquel año de gracia de 1973, primero de la Revolución, hombres y mujeres eran enviados cada día a la guillotina por sospecharse de ellos.

De haberse atrevido, Anne Mie habría chillado, pero un instinto como el suyo era demasiado agudo para impulsarla a traicionarse de modo tan poco juicioso. Estaba convencida de que si en aquellos instantes Paul Déroulède la hubiese estado mirando, habría deseado que por fuera aparentase calma y serenidad.

El individuo que encabezaba el grupo, el mismo que ostentaba la faja tricolor, ya había cruzado el vestíbulo y estaba enfrente de la puerta del despacho. Fueron sus palabras autoritarias las que sacaron a Déroulède de su ensueño:

— ¡En nombre de la República!

Déroulède tardó unos instantes en soltar la mano delicada que apenas hacía unos segundos estaba cubriendo de besos. Se la acercó a los labios una vez más, muy dulcemente, prolongando la última caricia amorosa, como despidiéndose antes de partir con rumbo a la eternidad. Después, enderezó su recia figura y se volvió hacia la puerta.

Estaba muy pálido, pero ni el miedo ni siquiera la sorpresa se reflejaban en sus ojos profundos y sinceros, que parecían perdidos en la distancia, contemplando una visión celestial que había surgido ante ellos al contacto de la mano de Juliette y al escuchar la confesión amorosa de la muchacha.

—¡En nombre de la República!

Una vez más, la tercera, como ordenaba la costumbre, las palabras resonaron con claridad, fuertes y perentorias.

En la fracción de segundo que tardaran en ser pronunciadas aquellas cinco palabras, los ojos de Dérouléde se dirigieron rápidamente hacia la abultada cartera que contenía su condena y en su cerebro nació un pensamiento loco y desatado, puro instinto animal de escapar del peligro que le acechaba. Los planes para la fuga de María Antonieta, los diversos salvoconductos, redactados en consonancia con los posibles disfraces que la infortunada reina pudiera verse forzada a utilizar, todos estos papeles constituían prueba más que suficiente de la que sería llamada su traición a la República.

Ya podía escuchar la acusación lanzada en su contra, ver a la sucia chusma parisiense danzando una frenética zarabanda alrededor de la carreta que le llevaba a la guillotina; podía oír sus aullidos de odio, los insultos que le lanzarían al rostro las gentes que más le habían admirado y envidiado. Y de todo esto hubiese huido de haberle sido posible, de no haber sido ya demasiado tarde.

Transcurrió apenas un segundo, quizá menos aún, mientras sonaban afuera, delante de la puerta, y todos los demás pensamientos que hasta entonces llenaban su cerebro se fundían en un solo deseo de huir como fuese. Incluso hizo ademán de coger la cartera y esconderla entre sus ropas. Pero era pesada y abultada. No había duda de que llamaría la atención y podía acarrearle una indignidad más: la de verse obligado a someterse a un registro de su persona.

Sus ojos se cruzaron con los de Juliette. La joven le miraba con una intensidad tal que, en aquel mismo momento de locura, le reveló las profundidades de su amor. Entonces, la flaqueza momentánea de

Déroulède se desvaneció: de nuevo se mostró tranquilo, firme, como correspondía

al hombre de acción que está habituado a afrontar valientemente el peligro, a dominar y aplacar a la turba más soliviantada. Con un simple encogerse de hombros, apartó de sí todo pensamiento acerca de la comprometedora cartera y se acercó a la puerta.

Como la tercera orden no hubiese recibido respuesta alguna, ya la habían abierto con violencia desde afuera, por lo que Déroulède se encontró cara a cara con los cinco hombres.

— ¡Ciudadano Merlin! —dijo serenamente al reconocer al sujeto que llevaba la voz cantante.

—El mismo que viste y calza, ciudadano diputado —repuso el otro con una sonrisa despreciativa—, para servirle.

Desde un rincón alejado del vestíbulo, Anne Mie había oído el nombre y sintió que su mismísima alma se estremecía ante él.

¡Merlin! El autor de la infamante Ley de los Sospechosos que había lanzado a los hombres contra los hombres, a los padres contra los hijos, al hermano contra el hermano y al amigo contra el amigo, que había convertido a toda criatura humana en un sabueso tras la pista de sus semejantes, persiguiendo para no ser perseguido, denunciando, espiando, acosando, y todo para no ser denunciado uno mismo.

Y él, Merlin, se vanagloriaba de aquella Ley, la más diabólica y cruel jamás perpetrada para degradación de la raza humana.

Existe un bosquejo suyo en el Museo Carnavalet, un bosquejo realizado poco antes de que le tocase también a él el turno de expiar sus crímenes en la misma guillotina cuya cuchilla había afilado él mismo, blandiéndola amenazadoramente sobre la cabeza de sus compatriotas. El artista ha captado perfectamente la pose encogida y desaliñada de su figura desgarbada, sus largas extremidades, la cabeza corta de ojos parecidos a los de una serpiente y el mentón levemente hundido hacia atrás. Al igual que Marat, su modelo y prototipo, Merlin gustaba vestir ropas sucias y andrajosas. El auténtico espíritu de los sans-culottes, el deseo de forzar la igualdad de sus semejantes, rebajándoles hasta el último peldaño de la escala social, saturaba cada uno de los actos de tan notable producto de la gran Revolución.

Incluso Déroulède, cuya alma entera rebosaba comprensión y piedad por las flaquezas del género humano, retrocedía con horror ante tamaña encarnación del espíritu de la miseria y la degradación de todo lo que

quedaba de las teorías nobles y utópicas de quienes hicieran la Revolución. Merlin hizo una mueca al ver a Déroulède ante sí, sereno, impasible, bien vestido, como si estuviera preparado para recibir a un huésped distinguido en vez de la citación para someterse a la mayor indignidad que jamás se ha obligado a sufrir a un hombre orgulloso.

Merlin albergaba desde siempre un profundo odio hacia el ciudadano diputado. Siendo amigo y compañero íntimo de Marat y su pandilla, llevaba más de dos años ejerciendo toda su influencia para arrojar una nube de sospechas sobre la cabeza de Déroulède.

Pero Déroulède gozaba del favor del populacho. Nadie como él comprendía el carácter de la plebe parisina. Y la Convención Nacional, temerosa siempre del volcán cuya erupción ella misma había provocado, estaba convencida de que un miembro popular de su asamblea resultaría más útil vivo que muerto.

Pero por fin Merlin se estaba saliendo con la suya. Aquel mismo día, una denuncia anónima contra Déroulède había llegado a manos del Acusador Público. Tinville y Merlin estaban tan unidos como imaginarse pueda, así que este último había obtenido fácilmente el privilegio de ser el primero en proclamar ante su odiado enemigo la noticia de su caída en desgracia. Permaneció ante Déroulède unos instantes, disfrutando hasta la última gota la situación en que el otro se encontraba. La luz del vasto vestíbulo iluminaba de lleno la figura poderosa del ciudadano diputado, su rostro firme y atezado, sus ojos magnéticos e inquietos. A sus espaldas, con los postigos cerrados herméticamente, el despacho se hallaba envuelto en la penumbra.

Merlin se volvió hacia sus hombres y, sin dejar de gozar de su papel de gato que juega con un ratón, señaló a Déroulède, al tiempo que sonreía y encogía los hombros.

—Ved esto —dijo, soltando una palabrota y escupiendo al suelo con desprecio—. Al parecer, el aristócrata no comprende que hemos venido en nombre de la República. Existe un proverbio excelente, ciudadano diputado —agrego, dirigiéndose nuevamente a Déroulède—, del que se diría que se ha olvidado usted. Es el que dice: «Tanto va el cántaro a la fuente que al fin se rompe». Durante los últimos diez años ha estado conspirando contra las libertades del pueblo. Por fin va a recibir su merecido. El pueblo francés ha recobrado el buen sentido. La Convención

Nacional quiere saber qué traición se está incubando entre estas cuatro paredes y ha delegado en

mí la misión de averiguar cuanto haya que averiguar.

— ¡A su servicio, ciudadano diputado! —dijo Déroulède, echándose tranquilamente a un lado para permitir el paso de Merlin y sus hombres. La resistencia resultaba inútil y, al igual que todos los hombres de personalidad recia y decidida, sabía en qué momento era lo mejor ceder. Durante esta breve escena, Juliette no se había movido ni pronunciado palabra. Poco más de un minuto había transcurrido desde que la primera orden perentoria de abrir en nombre de la República resonara en el silencio de la casa como una campana de alarma. Los besos de Déroulède seguían cálidos en su mano, sus palabras de amor todavía sonaban en sus oídos. ¡Y ahora se encontraba presenciando el peligro pavoroso y mortal que con su propia mano había acarreado sobre el hombre al que amaba!

Si la angustia de un momento servía para que el alma expiase el pecado de toda una vida, en verdad que Juliette acababa de reparar su falta durante aquel breve y terrible instante.

La conciencia, el corazón, todo su ser se alzaba contra su crimen. Su juramento, su vida, la denuncia hecha contra Déroulède, aparecieron ante ella mostrándole su monstruosidad.

Pero ya era demasiado tarde.

Déroulède se encontraba ante Merlin, el más implacable de sus enemigos, que en estos momentos daba órdenes a sus hombres para que procedieran a registrar la casa. Y allí, justo encima de la valija, se hallaba la cartera que, sin ninguna duda, contenía los papeles, los mismos sobre los que el día anterior Juliette había oído hablar a Déroulède y sir Percy Blakeney.

Un instinto inexplicable parecía decirle a la joven que los papeles estaban en aquella cartera. Tenía los ojos clavados en ella, como si el objeto la fascinase. Un terror horrible se apoderó de ella durante unos segundos más, al tiempo que sus pensamientos, sus anhelos y sus deseos se centraban en la necesidad de poner la cartera a buen recaudo.

Y entonces, sin perder un instante más, cogió la cartera y la arrojó sobre el sofá y, sentándose a su lado, con el gesto de una reina y la gracia de una parisina, extendió los amplios pliegues de su falda sobre el comprometedor objeto, ocultándolo por completo.

En el vestíbulo, Merlin ordenó a dos de sus hombres que se colocaran al lado de Déroulède, vigilándole, y a otros dos que le siguieran al despacho.

Al entrar, sus ojillos se esforzaron por penetrar en la semipenumbra, que resultaba más espesa a causa de la brillante iluminación del vestíbulo. No había observado el gesto de Juliette, pero sí oído el crujido de su falda al sentarse en el sofá.

—Veo que no está usted solo, ciudadano diputado —dijo con expresión burlona al posar sus ojos de serpiente sobre la joven.

—Es mi huésped, ciudadano Merlin —replicó Déroulède con toda la calma de que era capaz—: la ciudadana Juliette Marny. Sé que en estas circunstancias resulta inútil solicitar consideración para una mujer. Pero le ruego que no olvide, si ello le es posible, que, aunque somos todos buenos republicanos, también somos franceses y seguimos siendo iguales en lo que respecta a los sentimientos de caballerosidad para con nuestras madres, nuestras hermanas y nuestras huéspedes.

Merlin soltó una risita entre dientes y dirigió una mirada fugaz e irónica a Juliette. Aquella misma mañana, con sus dedos que parecían garras, había sostenido un papelito en el que, con torpe letra de colegiala, se denunciaba al ciudadano diputado Déroulède.

Grosero por naturaleza, y aún más groseros sus pensamientos, el representante del pueblo sacó una rápida conclusión acerca de la joven a la que Déroulède llamaba su huésped.

«Sin duda es una amante despechada —murmuró para sus adentros—. Tendrían otra escena. Se habrá cansado de ella y la chica, para desquitarse, le ha denunciado».

Dándose por satisfecho con aquella forma de explicarse la situación, se sentía muy inclinado a mostrarse amable con Juliette. Lo que es más, se había fijado en la valija y hubiera dicho que los ojos de la joven le habían llamado la atención sobre ella.

— ¡Abrid esos postigos! —ordenó—. Este lugar parece una tumba.

Uno de los hombres le obedeció inmediatamente. Al entrar en la habitación el radiante sol de agosto, Merlin se volvió otra vez hacia Déroulède.

—Se ha recibido información en contra suya, ciudadano diputado — dijo—, enviada por un denunciante anónimo. Dice que en estos momentos tiene usted en su poder correspondencia u otros papeles destinados a la viuda Capeto. De modo que el Comité de Salud Pública me ha confiado a mí y a estos ciudadanos la misión de incautarnos de tal correspondencia y de hacerle a usted responsable de su presencia en esta casa.

Déroulède titubeó durante una fracción de segundo. Al abrirse los postigos y quedar la habitación inundada de luz, se había percatado en seguida de que la cartera ya no estaba en su sitio y de que, a juzgar por la pose de Juliette en el sofá, la joven la llevaba escondida. Fue esta la causa de su vacilación.

Su corazón se llenó de infinita gratitud hacia ella y su noble esfuerzo por salvarle. Pero en aquel momento hubiese dado la vida por deshacer lo que la joven había hecho.

No eran los revolucionarios del Terror gentes que respetasen a las personas o al sexo. En aquellos días, una orden de registro domiciliario confería plenos poderes a quienes gozaban de autoridad, por lo que de un momento a otro Juliette podía recibir la orden perentoria de ponerse en pie. Con su acto, se había hecho cómplice del ciudadano diputado. Si encontraban la cartera bajo los pliegues de su falda, la acusarían de connivencia o, en cualquier caso, del delito, igualmente grave, de amparar a un traidor.

Su orgullo de hombre se rebeló contra la idea de deberle su seguridad a una mujer. Sin embargo, no podía rechazar la ayuda de la joven sin comprometerla irremisiblemente.

Ni siquiera se atrevía a mirarla, ya que sabía que en aquel instante la vida de Juliette, al igual que la suya propia, pendían del simple temblar de un párpado. Por si fuera poco, los ojos penetrantes de Merlin estaban clavados en él, tratando ansiosamente de advertir un temblor, un gesto que constituyera una prueba de temor o el reconocimiento de su culpabilidad. Juliette seguía sentada, impasible, serena, desdeñosa y a Déroulède le pareció más angelical, más inalcanzable que antes. No le habría costado adorarla por su heroísmo, su ingenio y la altivez que mostraba ante aquellas toscas criaturas que llenaban el despacho con el hedor de sus sucias ropas, sus bromas burdas y sus insinuaciones ponzoñosas.

— ¿Y bien, ciudadano diputado? —dijo Merlin burlonamente al cabo de un rato—. Veo que no me contesta.

—Semejante insinuación no merece que se la conteste, ciudadano — replicó Déroulède con voz serena—. Mis servicios a la República son bien conocidos. Hubiese creído que el Comité de Salud Pública desdeñaría una denuncia anónima contra un fiel servidor del pueblo de Francia.

—El Comité de Salud Pública conoce mejor que nadie lo que tiene que hacer, ciudadano diputado —repuso Merlin bruscamente—. Si la acusación resulta ser una calumnia, tanto mejor para usted. Me imagino — agregó burlonamente— que no ofrecerá resistencia mientras estos ciudadanos y yo registramos su casa.

Sin decir nada más, Déroulède le entregó un manojo de llaves al hombre que estaba a su lado. Toda oposición, fuese cual fuese, siquiera un intento de argumentar con ellos, hubiese resultado peor que inútil.

Obedeciendo una orden de Merlin, dos de los hombres estaban registrando la valija y el escritorio, cuyo respectivo contenido arrojaban al suelo. Pero en el escritorio ya no había más que unas cuantas facturas relativas al gobierno de la casa y algunos apuntes correspondientes a los diversos discursos hechos por Déroulède en las asambleas de la Convención Nacional. Entre ellos, había unas cuantas notas escritas con lápiz que pertenecían a su valerosa defensa de Carlota Corday. Merlin se apoderó ansiosamente de ellas y sus sucias garras sujetaron el pedazo de papel del mismo modo que el ave rapaz atrapa a su presa.

Pero no había nada más que tuviera importancia. Déroulède era a la vez un pensador y un hombre de acción, rebosando el entusiasmo que nace de unas convicciones verdaderas. Pero estaba libre de la afición al desorden que es propia del fanático. Consideraba que los papeles guardados en la cartera, los mismos que pensaba llevar consigo a la Conciergerie, eran necesarios para que sus planes culminasen con éxito. De no ser así, nunca los habría conservado. Y tales papeles eran las únicas pruebas que podían utilizar en su contra.

En cuanto a la valija, contenía únicamente unos pocos objetos necesarios para su estancia en la Conciergerie durante un mes. En vano se afanaban los hombres de Merlin por dar con algo, con cualquier cosa que pudiera ser interpretada como correspondencia subversiva dirigida a la desgraciada prisionera de la Conciergerie.

Mientras sus esbirros andaban ocupados con el registro, Merlin permanecía sentado con las extremidades extendidas en uno de los grandes sillones tapizados de cuero. Con sus sucias unas, lleno de impaciencia, tamborileaba el brazo del mueble, produciendo un sonido diabólico. No hacía ningún esfuerzo por disimular el tremendo chasco que iba a llevarse si su misión resultaba infructuosa.

De vez en cuando, sus ojillos se desviaban hacia Juliette, como pidiéndole ayuda e instrucciones. La joven, dándose cuenta de lo que él sentía, correspondía a sus miradas. Haciendo caso omiso de la grosera insinuación que se reflejaba en la actitud de Merlin hacia ella, Juliette jugaba su papel con astucia, sin arredrarse. Lanzando una fugaz mirada aquí y allá, dirigía los pasos de los individuos que llevaban a cabo el registro. El mismo Déroulède apenas podía evitar volver sus ojos hacia ella. Se sentía perplejo y vagamente maravillado ante la perfección con que ella estaba desempeñando su cometido hasta el final.

Merlin en persona se sentía desconcertado.

Sabía de sobras que el ciudadano diputado Déroulède no era hombre al que pudiera tratarse a la ligera. En su caso, una mera sospecha o una denuncia anónima no bastarían para llevarle ante el tribunal de la Revolución. A no ser que existiesen pruebas positivas, irrefutables, incriminatorias, de la traición de Paul Déroulède, el Acusador Público jamás osaría presentar una acusación contra él. El populacho de París se alzaría en defensa de su ídolo. Las horribles brujas que hacían calceta al pie del patíbulo derribarían la guillotina antes que dejar que Déroulède subiera los peldaños que llevaban hasta el mortal instrumento.

En eso residía la fuerza de Déroulède: en el pueblo parisiense, al que había amado pese a sus infamias, ayudándole y socorriéndole en sus necesidades personales. Y, por encima de todo, en las mujeres de París, cuyos hijos, gracias a su intervención, recibían cuidados en los hospitales que él mismo les construyera. Esto no lo habían olvidado aún y Merlin lo sabía. Algún día lo olvidarían, tal vez pronto, y entonces se volverían contra su antiguo ídolo y le enviarían a la muerte entre gritos de rencor y maldiciones. Cuando tal día llegase, no habría necesidad de preocuparse de pruebas o traiciones. Cuando el populacho se hubiese olvidado de las buenas obras de Déroulède, éste caería.

Pero el momento no había llegado todavía.

Los hombres dieron por terminado el saqueo de la habitación, tras haber registrado minuciosamente todos los trozos de papel y todas las cosas que pudieran llevarse en la mano que había en el despacho.

Medio cegado por la furia, Merlin se puso en pie de un salto.

— ¡Registradle a él! —ordenó terminantemente.

Déroulède apretó los dientes y no protestó. Invocó a cada una de las fibras de su fuerza moral para que le ayudasen a someterse a tamaña indignidad. Al recibir una grosera pulla de Merlin, clavó las uñas en las palmas de las manos para no abofetear a aquel ser de sucia boca. Pero se sometió y permaneció impasible mientras le volvían del revés los bolsillos de la casaca las toscas manos de los soldados.

Durante todo el rato, Juliette había permanecido callada, vigilando a Merlin como el halcón vigila a su presa. Pero éste, en aquella ocasión, se dejó engañar precisamente a causa de su misma naturaleza grosera.

Sabía que la denunciante de Déroulède era Juliette y se daba por satisfecho en lo que hacía al motivo de la acusación. Como era un ser bajo, embrutecido y degradado, ni por un momento sospechó la verdad ni vio en la hermosa joven muestra alguna de la doble naturaleza que se ocultaba en su interior. No advirtió ningún síntoma de aquel curioso sentido de la religión y del deber que la torturaba y, a veces, llegaba a hacerse morboso, y que luchaba contra su temple sano y recto de modo innato.

El revolucionario de baja estofa, degradado por sus propias bajezas, daba su interpretación personal al acto cometido por Juliette y con ello se sentía satisfecho, ya que se ajustaba a su propio concepto de la naturaleza humana, la misma raza que él, por todos los medios, procuraba rebajar al nivel de las bestias salvajes.

Así, pues, Merlin no se metió con Juliette, contentándose con insinuar, mediante bromas y hechos, la parte que a la joven correspondía de cuanto estaba sucediendo. Déroulède, por supuesto, no prestaba ninguna atención a semejantes insinuaciones. Para él, Juliette se hallaba muy por encima de las intrigas políticas, tanto como lo estaban los ángeles. Antes hubiese sospechado de uno de los santos que se veneraban en Notre Dame que de aquella criatura bella y casi etérea que el cielo le había enviado para alegrarle el corazón y elevar sus pensamientos.

Juliette, por el contrario, comprendía el porqué de la actitud de Merlin y barruntaba que la nota de denuncia escrita por ella ya habría llegado a manos de aquel hombre. Todos sus pensamientos, todas las sensaciones que alentaban en su interior, se centraban en una sola cosa: salvar al hombre de sus amores de las consecuencias del crimen que ella misma cometiera en su contra. Por esto, era imprescindible apartar de él la más tenue sombra de sospecha. La malvada Ley de Merlin no debía volver a caer sobre él. Cuando por fin Déroulède se vio libre del ultraje al que acababa de ser sometida su persona, Merlin se puso a buscar, literalmente y también en sentido figurado, una salida para zafarse de la dudosa situación en que se veía metido.

Juzgando a los demás de acuerdo con sus propias normas de conducta, temía ahora que el popular ciudadano diputado incitara al populacho en su contra, para vengarse de las indignidades que se había visto forzado a soportar. Y, pese a todo ello, Merlin estaba convencido de que Déroulède era culpable, de que existían efectivamente pruebas de su traición. ¡Si al menos supiera dónde encontrarlas!

Volvió hacia Juliette sus ojos viperinos, haciéndole una muda pregunta. La muchacha encogió los hombros e hizo un gesto que parecía señalar la puerta, como si quisiera decirle:

«Esta no es la única habitación de la casa. Registrad las demás. En ellas están las pruebas y vuestra es la tarea de echarles mano».

Merlin se hallaba de pie entre la joven y Déroulède, por lo que éste no se percató de la pregunta ni de la respuesta.

—Es usted muy astuto, ciudadano diputado —dijo Merlin, volviéndose de cara a Déroulède—. Sin duda, se habrá tornado la molestia de poner a buen recaudo su correspondencia subversiva. Debería comprender que el Comité de Salud Pública no se dará por satisfecho con el simple registro de su despacho —agregó, asumiendo un aire de benevolencia irónica—. Así que me imagino que no tendrá ningún reparo en que yo y estos ciudadanos soldados hagamos una visita a los demás aposentos de la casa.

—Como gusten —respondió secamente Déroulède.

—Usted nos acompañará, ciudadano diputado —ordenó el otro en tono tajante.

Los cuatro hombres de la Guardia Nacional formaron en fila en el vestíbulo, ante la puerta del despacho. Con un autoritario gesto de cabeza, Merlin le ordenó a Déroulède que pasara entre los soldados, disponiéndose luego a seguirle. Al llegar a la puerta, se volvió y de nuevo miró directamente a Juliette.

—En cuanto a usted, ciudadana —dijo con un súbito acceso de sarna contra ella—: si nos ha hecho venir aquí por nada, lo pasará mal. No lo olvide y no salga de la casa hasta que regresemos. Puede que tenga que hacerle unas cuantas preguntas.

Capítulo XIII LA TELARAÑA

ULIETTE aguardó unos instantes, hasta que las pisadas de los seis hombres se apagaron en lo alto de la gran escalinata de peldaños de

roble.

Por primera vez desde que cayera la espada de Damocles, se hallaba a solas con sus pensamientos.

No disponía más que de unos momentos para idear la forma de desenmarañar la telaraña que ella misma tejiera alrededor de su amado. Merlin y sus hombres regresarían al cabo de un rato y sería imposible representar la misma comedia por segunda vez. Por si fuera poco, la comprometedora cartera seguía en el despacho de Déroulède y mientras así fuese, él se vería en peligro inminente ante su enemigo.

De buenas a primeras, pensó en ocultarla en su propia persona, pero, tras reflexionar unos segundos, comprendió la futilidad de tal artimaña. No había visto los papeles con sus propios ojos y cualquiera de los mismos podía constituir una prueba concluyente de la culpabilidad de Déroulède; incluso cabía la posibilidad de que estuvieran redactados de puño y letra por el mismo ciudadano diputado.

¡Y si Merlin, arrastrado por la furia, el desconcierto y la maldad, ordenaba que la registrasen…! Se estremeció al pensar en semejante indignidad, pero se habría sometido a ella con tal de salvar a Déroulède. Con todo, no podía estar segura en tanto no hubiese leído los papeles de pe a pa y no había tiempo para hacerlo.

La primera idea milagrosa que se le ocurrió fue la de salir del despacho de Déroulède llevándose consigo los papeles comprometedores. No debía quedar ni rastro de ellos en el despacho si deseaba que él quedase libre de toda sospecha.

Se levantó y atisbó por la rendija de la puerta. El vestíbulo estaba vacío. De vez en cuando, las fuertes pisadas de los soldados y las risotadas brutales de Merlin llegaban claramente a sus oídos desde el ala izquierda del piso de arriba.

Juliette permaneció a la escucha unos instantes, tratando de adivinar lo que estaría sucediendo arriba. Sí, estaban todos en la alcoba de Déroulède, situada en el extremo izquierdo del rellano del primer piso. Tal vez tuviera el tiempo justo para llevar a cabo lo que se proponía hacer.

Escondió la cartera como mejor pudo entre los pliegues de su falda. El asunto era ya un caso de vida o muerte, literalmente. Si uno de los soldados la pescaba en la escalera, nada podría salvarla a ella, ni posiblemente, a Déroulède.

En todo caso, quedándose donde estaba, dejando que los acontecimientos siguieran su propio curso, podía contar con la certeza absoluta de que descubrirían las pruebas. Optó por arriesgarse.

Sigilosamente, procurando no hacer ningún ruido, salió del despacho y subió los peldaños de roble. Atareados en registrar la alcoba de Déroulède, Merlin y sus secuaces no se dieron cuenta de lo que acaecía a sus espaldas. Al llegar al rellano, Juliette torció rápidamente a la derecha y corrió silenciosamente por la mullida alfombra de Aubusson, hasta que llegó a su alcoba y se encerró en ella.

Apenas tardó un minuto en completar todo el recorrido hasta allí. Casi en el mismo instante en que cerraba la puerta, oyó la voz de Merlin ordenando a uno de sus hombres que montase guardia en el rellano. Pero, para entonces, ella ya se encontraba sana y salva en su cuarto.

Pétronelle, tras haberse pasado toda la santa tarde empaquetando los objetos personales de su joven dueña, dormía profundamente en un sillón.

Inconsciente de los terribles acontecimientos que rápidamente se sucedían unos a otros en la casa, la buena mujer roncaba plácidamente, con las manos dobladas sobre su amplio seno.

De momento, Juliette no se apercibió de la presencia de Pétronelle. Con toda la rapidez y destreza de que era capaz, se afanó por abrir, con la ayuda de un par de afiladas tijeras, la cartera de cuero, cuyo contenido, a los pocos instantes, se hallaba ya desparramado encima de la mesa.

Le bastó un vistazo para convencerse de que la mayoría de los papeles, de haber sido encontrados, hubiesen hecho que Déroulède terminase sus días en la guillotina. No había duda de ello. La mayor parte de la correspondencia estaba escrita de puño y letra por Déroulède. Huelga decir que Juliette no disponía de tiempo para examinarla con mayor atención, pero el instinto le dijo que su carácter resultaba extremadamente comprometedor.

Formó una pila con los papeles, algunos de los cuales hizo trizas y luego los extendió sobre el cenicero de la voluminosa estufa de tierra cocida que había en un rincón de la alcoba.

Por desgracia, era un caluroso día de agosto. La tarea le hubiese resultado mucho más fácil en pleno invierno, ya que entonces habría podido destruir el fajo de papeles en el fuego que ardería en la estufa.

Pero su propósito era firme y su incentivo el mayor que jamás ha espoleado a la humanidad hacia el heroísmo.

Haciendo caso omiso de las posibles consecuencias que ello pudiera acarrearle, veía ante sus ojos un solo objetivo: salvar a Déroulède a toda costa.

En la pared que quedaba enfrente de su lecho, directamente encima de un reclinatorio de terciopelo, había una figurilla de la Virgen y el Niño, uno de esos recipientes pintorescamente bonitos que sirven para contener agua bendita y que la mentalidad reverente del siglo anterior consideraba complemento indispensable de la habitación de toda muchacha.

Delante de la figurilla, un pequeño candil ardía perpetuamente. Juliette lo cogió cuidadosamente entre sus dedos, no fuese que la diminuta llama se extinguiera. Primeramente, vertió el aceite sobre los fragmentos de papel esparcidos sobre el cenicero; luego, aplicándoles la mecha del candil, prendió fuego a toda la correspondencia comprometedora.

El aceite hizo que el papel ardiese rápidamente. El olor, o tal vez la presencia de Juliette en la alcoba, despertó a la buena Pétronelle.

—No es nada, Pétronelle —dijo Juliette con voz tranquila—. Solo que estoy quemando un puñado de cartas antiguas. Pero quisiera estar a solas un rato. ¿Quieres hacer el favor de bajar a la cocina y quedarte allí hasta que te llame?

Acostumbrada a obedecer las órdenes de su joven señora, Pétronelle se levantó sin rechistar.

—Ya he terminado de empaquetar tus escasas pertenencias, querida mía. ¡Vamos, vamos! ¿Por qué no me dijiste que quemase esos papeles? Te has ensuciado tus bonitas manos y…

— ¡Chist, chist, Pétronelle! —exclamó Juliette con impaciencia, al tiempo que suavemente empujaba a la parlanchina anciana hacia la puerta —. Vete corriendo a la cocina y no salgas de ella hasta que te avise. Ah, Pétronelle —añadió—, puede que veas soldados yendo de un lado para otro dentro de la casa.

— ¡Soldados! ¡Que el buen Dios se apiade de nosotras!

—No te asustes, Pétronelle. Aunque puede que te hagan algunas preguntas. —¿Preguntas?

—Sí: acerca de mí.

—Tesoro mío, joya mía —dijo Pétronelle en tono de alarma—. ¿Es que esos diablos…?

—No, no. Aún no ha sucedido nada. Pero, ¿sabes?, en estos tiempos siempre se corre peligro.

— ¡Santo Dios! ¡Santa María! ¡Madre de Dios!

—No ocurrirá nada si procuras conservar la serenidad y haces exactamente lo que yo te diga. Ve a la cocina y quédate allí hasta que te llame. Si se presentan los soldados y te hacen preguntas, si tratan de aterrorizarte, recuerda que no tenemos nada que temer de los hombres y Dios guarda nuestras vidas.

Mientras hablaba, ni un solo instante dejaba de mirar Juliette la pila de papel que poco a poco iba quedando reducida a cenizas. Hizo cuanto pudo por avivar la llama, pero parte de la correspondencia estaba escrita en papel recio cuya combustión resultaba lenta. Pétronelle, llorosa pero obediente, se dispuso a salir de la alcoba. La intimidaba el aire reservado y frío de su dueña, la palidez de su rostro, transformado en algo etéreamente hermoso por los sufrimientos que había pasado. En los grandes ojos de la joven brillaba una especie de magnetismo, como si se hallase en presencia de unas visiones espirituales que estuvieran fuera del alcance de la comprensión de los mortales; su rubio cabello parecía un halo sagrado que enmarcase la frente joven, blanca, inmaculada.

Pétronelle se persignó, como si se le acabase de aparecer una santa.

Al abrir la puerta, se produjo una súbita corriente de aire que extinguió la débil llamita que ardía en el cenicero. Viendo que Pétronelle ya se había marchado, Juliette se apresuró a examinar los restos semiquemados de papel. En ninguno de ellos quedaban palabras o frases que pudieran leerse. Todo lo que resultaba comprometedor para Déroulède estaba reducido a polvo. La pequeña mecha del candil que ardía a los pies de la Virgen y el Niño se había extinguido por falta de aceite. Juliette no contaba con medio alguno para volver a encender fuego y destruir lo que quedaba. La cartera de cuero, por supuesto, seguía allí, con los costados rasgados por los tijeretazos, aunque no por ello menos indestructible.

Nada podía hacerse al respecto. Tras dudar un segundo, Juliette la arrojó entre los vestidos que había en su valija.

Acto seguido, también ella abandonó la alcoba.

Capítulo XIV UN MOMENTO DE

FELICIDAD

L

A BÚSQUEDA en la alcoba del ciudadano diputado resultó tan infructuosa como la de su despacho. El cerebro de Merlin empezaba a verse asaltado por vagas dudas sobre si efectivamente le habrían tomado el pelo. Sus modales para con Déroulède experimentaron un cambio. Ahora se mostraba zalamero y untuoso y una especie de ironía elefantina tenía sus laboriosos intentos por alcanzar la reconciliación. Él y el Acusador Público se verían severamente reganados por lo hecho aquel día si el popular diputado, apoyándose en el favor que le mostraba el pueblo de París, decidía tomarse el desquite.

En Francia, en aquel año glorioso de la Revolución, no había más que un paso entre la crítica y la acusación

Y Merlin lo sabía. Por lo tanto, si bien no había abandonado todas las esperanzas de encontrar pruebas de la traición de Déroulède, aunque, a juzgar por la actitud de éste, seguía completamente convencido de que tales pruebas existían, ya pensaba en el instrumento de que se valdría para exculparse a sí mismo, ya había decidido el premio de consolación que ofrecería al carcelero de la Revolución: el Comité de Salud Pública.

Este premio sería Juliette, la denunciada, en vez de Déroulède, el denunciado.

Pero seguía buscando pruebas.

Cambiando hasta cierto punto su táctica, permitió que Déroulède fuera a reunirse con su madre en la sala de estar, desplazándose él mismo a la cocina en busca de Anne Mie, a la que anteriormente había visto fugazmente en el vestíbulo. Allí encontró también a Pétronelle, a la que hubiese podido matar de miedo tanto como le diera la gana. Pero le resultó de todo punto imposible sonsacarle alguna información de utilidad.

Pétronelle era demasiado estúpida para ser peligrosa y Anne Mie, por su parte, se hallaba demasiado sobre aviso.

Con todo, abrigando la vaga idea de que un hombre sagaz podía escoger los lugares menos idóneos para ocultar lo que le comprometiera, se dedicó a saquear la cocina del techo al embaldosado.

En la sala de estar, Déroulède hacía cuanto estaba en su mano por tranquilizar a su madre, que, a su vez, se esforzaba por mostrarse valiente e impedir que sus lágrimas dejasen entrever el profundo temor que sentía por la seguridad de su hijo. Tan pronto se vio libre de la presencia de los soldados, Déroulède había ido corriendo a su despacho en busca de

Juliette,

pero la muchacha ya no estaba allí y también la cartera había desaparecido. Sin saber qué pensar, temeroso por la mujer a la que adoraba, se encontraba reflexionando sobre si debía buscarla en su alcoba cuando, en aquel preciso momento, la muchacha se le acercó tras cruzar el rellano.

Hubiérase dicho que en aquellos momentos un halo la envolvía. A Déroulède le pareció que jamás había estado tan hermosa, tan inalcanzable para él. Algo le dijo que en aquel instante la joven estaba tan lejos de él… y volvió a besarle las puntas de los dedos, reverentemente.

Cuando de nuevo alzó la cabeza, el rostro de Juliette presentaba una expresión dulce, borradas ya las duras líneas que antes lo surcaban, y dos lágrimas bajaban lentamente por sus pálidas mejillas.

— ¿Querrá perdonarme, Madona? —dijo gentilmente—. No soy más que un hombre y es usted tan hermosa… No, no aparte sus manos de las mías. Ya me he serenado y sé cómo debe hablarse a los ángeles.

La razón, la justicia, la rectitud, todo instaba a Juliette a que hiciera oídos sordos a las palabras de amor del hombre al que había traicionado. Pero, ¿quién puede culparla por escuchar el sonido más dulce que jamás puede llegar a oídos de una mujer: el del ser amado al pronunciar su primera declaración de amor?

Permaneció sentada, escuchando mientras él le susurraba las palabras dulces y cariñosas cuyo encantador secreto posee solamente el hombre dotado de fuerte personalidad.

Permaneció sentada y escuchando mientras a su alrededor la calma se enseñoreaba de todo y madame Déroulède, en el otro extremo del aposento, musitaba unas plegarias.

Los dos se hallaban completamente solos en este mundo alocado y bello que el hombre ha creado para sí mismo: el mundo del amor, ese mundo más maravilloso que cualquier paraíso y donde solo pueden entrar los que hayan aprendido la dulce lección del cariño. Déroulède andaba por él a sus anchas. Él era el autor de su propio romance, en el cual desempeñaba el papel de humilde adorador que empleaba la vida en servir a su Madona.

Y también ella se olvidó de la tierra, de la realidad, de su juramento, de su crimen y de su castigo, y empezó a pensar que era bueno vivir, amar y tener postrado a sus pies al único hombre del mundo al que podía adorar afectuosamente.

¿Quién sabe lo que él le susurraría? Bastará con saber que ella le escuchaba y sonreía y él, viéndola sonreír, se sentía feliz.

Capítulo XV DESCUBIERTO

L RUIDO de la puerta al abrirse y luego cerrarse les sacó de su ensueño.

Anne Mie acababa de entrar en la sala de estar. Estaba pálida, temblorosa y en sus ojos se leían la agitación y el terror.

Déroulède se levantó rápidamente. En un segundo, al ver el obvio sufrimiento de la pobre chiquilla, aparto de sí su propia felicidad. Se acercó a ella con pasos apresurados, con el propósito de hablarle, pero Anne Mie pasó por su lado y se acercó a madame Déroulède. Daba la sensación de estar fuera de sí a causa de algún terror inexplicable.

—Anne Mie —dijo Déroulède con firmeza—, ¿qué ocurre? ¿Es que esos diablos se han atrevido a…?

En un abrir y cerrar de ojos la realidad acababa de caer nuevamente sobre él con toda su crudeza y de su corazón surgieron amargos reproches contra sí mismo por haberse olvidado de los que esperaban ayuda y protección de él, sumiéndose en su gozo egoísta.

Sabía cómo las gastaban los brutos que le seguían los pasos, conocía la bajeza de Merlin y sus maniobras arteras y se culpó severamente por haber dejado a Anne Mie y Pétronelle a solas con aquel malvado durante un rato. Pero Anne Mie se apresuró a tranquilizarle.

—No nos han molestado demasiado —dijo, hablando con visible esfuerzo por mostrar serenidad—. Pétronelle y yo estábamos juntas y nos hicieron abrir todas las alacenas y alzar la tapadera de las fuentes. Después nos hicieron muchas preguntas.

— ¿Preguntas? ¿De qué clase? —preguntó Déroulède.

—Sobre ti, Paul —replicó Anne Mie—, y sobre mamá y también acerca de… de la ciudadana, tu huésped.

Déroulède la miró atentamente, al tiempo que se hacía vagas preguntas sobre la extraña actitud de la muchachita. A todas luces, Anne Mie era presa de una fuerte excitación. Con una de sus delgadas manitas apretaba un trocito de papel.

—¡ Anne Mie! Pequeña— dijo él dulcemente, estás muy trastornada, como si hubiese ocurrido algo terrible. ¿Qué es ese papel que llevas en la mano querida?

Anne Mie bajó la mirada hacia el papel. Se veía claramente que hacía un esfuerzo desesperado para mantener el dominio de sí misma.

En cuanto vió a la muchachita, Juliette pareció quedarse literalmente convertida en una estatua de piedra. Clavó sus ojos en la pobre niña deforme como los hubiera clavado en el rostro de un juez inexorable a

punto de dictar sentencia de vida o muerte sobre ella.

El instinto, ese agudo presentimiento del peligro inmediato que la naturaleza da a algunos de sus elegidos, le dijo que en escasos segundos su suerte quedaría echada, que el Destino caería sobre ella blandiendo la espada de Némesis. Y era la mano de Anne Mie, diminuta y casi marchita, la que había entregado la espada al Destino.

—¿Qué es ese papel? ¿me dejas verlo, Anne Mie? —repitió Derouléde.

—El ciudadano Merlin acaba de dármelo —empezó a decir Anne Mie, ya más calmada—. Se le ve enfurecido por no haber encontrado nada que te comprometa, Paul. Se pasaron mucho tiempo en la cocina y ahora han ido a registrar mi alcoba y la de Petronelle. Pero Merlin…¡Oh qué hombre más horrible!… parecía una bestia furiosa ante su fracaso.

—Sí, sí.

—No sé qué esperaba sonsacarme, ya que le dije que nunca hablabas conmigo y con tu madre sobre tus actividades políticas y que yo no tenía por costumbre el escuchar por las cerraduras.

—Sí y luego, ¿qué?

Luego empezó a hablar de…de nuestra huésped. Pero, por supuesto, tampoco en este sentido podía decirle nada. Daba la impresión de andar a oscuras sobre la identidad de tu denunciante. Dijo algo acerca de una denuncia anónima que llegó a manos del Acusador Público a primera hora de esta mañana. Estaba escrita en un pedazo de papel y la habían depositado en la caja instalada con este fin y…

—Es verdad que resulta muy extraño —dijo Derouléde, cavilando sobre tan extraordinario hecho y más aún sobre la extraña agitación que mostraba Anne Mie al relatarlo—. Jamás se me ocurrió que tendría un enemigo oculto. Me pregunto si alguna vez llegaré a averiguar…

—Eso es lo que le dije al ciudadano Merlin, dijo Anne Mie, dejándole con la palabra en la boca.

—¿Qué?

—Que me preguntaba si tú o alguno de los que te queremos llegaríamos a saber quién es ese enemigo tuyo que permanece en la sombra.

—Hiciste mal en dar tantas explicaciones a ese bruto, pequeña.

—No le dije mucho y me pareció que lo más prudente era seguirle la corriente, ya que se le veía deseoso de hablar de este tema.

—¿Ah sí? ¿y qué dijo?

—Se rió y luego me preguntó si me gustaría mucho averiguarlo.

—Confío en que le dijeras que no, Anne Mie. ¿Fue así?

—Pues le dije que sí. De veras —replicó ella con inesperada energía, mirando fijamente a Juliette, que seguía sentada, rígida y callada, observando todos los movimientos de Anne Mie desde el mismo instante en que esta comenzara a narrar su historia—. ¿Crees que no desearía conocer a tu enemigo, Paul? ¿Conocer la identidad de la criatura cuya bajeza y falsedad son tales que la mueven a tratar de entregarte en manos de esos villanos despiadados? ¿Qué mal has hecho a nadie?

—¡Calla! Cállate, Anne Mie. Estás demasiado acalorada —dijo él sonriendo muy a pesar suyo al ver la vehemencia que ella mostraba al hablar de lo que para él mismo no era más que una nimiedad: el descubrimiento de su propio enemigo.

—Lo siento Paul. ¿Cómo puedo evitarlo? —replicó Anne Mie con patética dulzura—. ¿Cómo no voy a acalorarme al hablar de una traición tan vil como la que Merlin ha insinuado?

—¿Y bien? ¿Qué ha insinuado?

—Fue algo más que una insinuación —repuso Anne Mie con un susurro apenas audible—. Me dio este papel: la denuncia anónima recibida hoy por el Acusador Público. Dijo que tal vez uno de nosotros reconociese la letra. Avanzó unos pasos y, deteniéndose a corta distancia de Déroulède, le tendió la mano con que sostenía el arrugado papel. Déroulède se dispuso a cogerlo, pero, segundos antes de hacerlo, sus ojos se posaron en Juliette.

La joven no dijo nada, limitándose a ponerse en pie instintivamente y acercarse a Anne Mie en menos de una fracción de segundo.

Todo sucedió con la velocidad del rayo, en medio del silencio de muerte que reinaba en el aposento, pero aquella centésima parte de un segundo le bastó a Déroulède para leer la culpabilidad en el semblante de Juliette. No fue más que una cuestión de instinto, una revelación inopinada, pavorosa, inexplicable. De repente, creyó que ante él se hallaba el alma de la joven con toda su miseria y pecado.

Fue como si el fuego divino hubiese descendido con una fuerza tremenda, enterrando bajo sus llamas devastadoras sus ideales, su felicidad y su divinidad. Juliette ya no estaba allí. Su Madona ya no existía.

Ante él había una mujer hermosa sobre la que había derramado los tesoros ocultos de su amor, a la que había socorrido, albergado y protegido, para ahora verse pagado con semejante moneda.

Ella se las había arreglado para entrar en su casa, dedicándose luego a espiarle, seguirle los pasos y decirle mentiras. El golpe era demasiado fuerte e inesperado para que ni siquiera intentase adivinar a ciegas cuáles eran los motivos de tamaña traición. Su vida entera, pasado, presente y futuro, quedaron borrados ante aquel pavoroso desvanecerse de su sueño más querido. Todo lo olvidó salvo la horripilante traición de Juliette. ¿Cómo iba siquiera a recordar que en cierta ocasión, hacía ya mucho tiempo, mató al hermano de la joven en noble lucha?

Juliette ni tan solo trataba ya de disimular su culpa. Una mirada de súplica, conmovedora y llena de confianza, cruzó la estancia hacia Déroulède, implorándole que la librase de sufrir más vergüenza. Quizá creía que un amor como el de Paul no podía morir en cuestión de unos segundos.

Todo el ser de Déroulède estaba lleno de piedad y a tal sentimiento dirigió ella su última súplica, tratando de evitar que la humillase en presencia de madame Déroulède y Anne Mie.

Y él, todavía bajo el hechizo de los momentos mágicos transcurridos de rodillas ante ella, comprendió el ruego de la joven y, cerrando los ojos brevemente para borrar eternamente la imagen radiante del ángel puro al que rindiera culto, se volvió con serenidad hacia Anne Mie.

—Dame ese papel, Anne Mie —dijo fríamente—. Puede que reconozca la letra de mi peor enemigo.

—Ya no hace falta —replicó Anne Mie, prolongando las palabras y sin apartar los ojos de la faz de Juliette, en la que también ella acababa de leer lo que deseaba leer.

El papel se desprendió de su mano y cayó al suelo.

Déroulède se agachó para recogerlo. Lo desdobló y, tras alisarlo, vio que estaba en blanco.

—En este papel no hay nada escrito —dijo mecánicamente.

—En efecto —repuso Anne Mie—; no hay nada escrito, ninguna palabra, salvo la historia de la traición de Juliette.

—Lo que has hecho es malo, perverso, Anne Mie.

—Puede que sí, pero sospechaba la verdad y quise cerciorarme. Dios me indicó esta forma de conseguirlo y de hacer que tú la conocieras también. —Cuanto menos hables de Dios en estos momentos, Anne Mie, mejor. ¿Quieres cuidar de mamá? Me parece que no se siente bien y temo que vaya a desmayarse.

Madame Déroulède, sentada plácida y silenciosamente en el sillón, había sido testigo de la trágica escena que se desarrollaba ante sus ojos, contemplándola de un modo que inducía a pensar que nada le iba en lo que sucedía. Todas sus ideas y pensamientos estaban paralizados desde el instante en que la llamada conminatoria en la puerta de la calle la advirtiera del peligro inminente que se cernía sobre su hijo.

El descubrimiento de la traición de Juliette la dejó impasible. Estando su hijo en peligro, poco le importaba la procedencia de éste.

Obedeciendo la indicación de Derouléde, Anne Mie dedicó sus cuidados a la anciana señora. La pobre muchacha deforme comenzaba a sentir un terrible remordimiento por lo que acababa de hacer.

En su mente infantil, había urdido esta estratagema para avergonzar a la traidora. Anne Mie no conocía, no le importaban, los motivos de Juliette. Lo único que sabía era que la otra joven había perpetrado un crimen propio de Judas contra el hombre en el que ella misma, Anne Mie, había puesto su amor patético y sin esperanza.

Los celos reprimidos que desde hacía tres meses la estaban torturando acabaron por desbordarse, espoleándola a desenmascarar a su rival.

Ni por un momento se le ocurrió dudar de la culpabilidad de Juliette. Puede que el dios del amor sea ciego, al menos así lo ha decretado la tradición. Pero el demonio de los celos tiene cien ojos, más agudos que los de un lince.

Empujada a un lado por los hombres de Merlin al entrar en el despacho de Derouléde, Anne Mie, sin embargo, les había seguido hasta la puerta. Al correrse las cortinas y entrar la luz a raudales en la habitación, había visto a Juliette sentada en el sofá como en un trono, serena y plácida por fuera. Fue el instinto, un instinto nacido de su propia pasión rechazada, lo que la hizo leer en el rostro de la hermosa joven todo cuanto se escondía debajo de su máscara pálida e impasible. Y fue esto lo que la hizo comprender qué quería decir Merlin con sus indirectas y alusiones. No se le escapó ninguna de las inflexiones de la voz de Merlin. Todo lo oyó y todo lo escuchó. Y en medio de la ansiedad y el temor por el hombre de sus amores, se alzaba un gozo primitivo y desenfrenado, intensamente humano, al pensar que por fin derribaría de su trono al ídolo que le había robado su amor. Lejos de ser inteligente, Anne Mie, era sencilla e infantil libre de pasiones complejas y de sutilidades intelectuales. Sus celos elementales fueron los autores del astuto plan destinado a quitarle la careta a Juliette: la haría

temblar de terror, la amenazaría con ponerla en descubierto y, valiéndose del pavor que tal amenaza despertaría en ella, la haría cubrirse de vergüenza ante los ojos de Paul.

Y ahora ya estaba hecho, tal como lo había planeado. Paul sabía que había malgastado su amor en una embustera y traidora y Juliette, pálida, humillada, había quedado reducida a una verdadera imagen de humanidad avergonzada.

Anne Mie había triunfado y, sin embargo, el hecho la hacía sentirse profundamente desgraciada y abyecta. Las mismas fibras de su corazón se estremecían con grandes sollozos. Acababa de derribar del pedestal al ídolo de Paul, pero le bastó una mirada para comprender que, al mismo tiempo, le había destrozado la vida al ser querido.

Daba la impresión de que Derouléde había envejecido repentinamente. Ya no brillaban la sinceridad y el entusiasmo en sus ojos, que permanecían clavados en el vacío; entre sus dedos sin vida estrujaba el papel en blanco que acababa de aniquilar su sueño de dicha.

Toda la energía de su carácter y la fuerza de su porte, que eran sus principales características, parecían haberse esfumado. En su aire apático se advertían una desesperanza y vacío totales.

«¡Cuánto la quería!» —suspiró Anne Mie por lo bajo, al tiempo que con gesto de ternura envolvía los hombros de madame Derouléde con un chal. Juliette seguía callada, como si hubiese visto privada de la vida misma. Ya no era más que una estatua, con la mente entumecida, el corazón muerto, la existencia misma reducida a un frágil mecanismo. Pero miraba a Derouléde. Uno de sus sentidos, uno solo, seguía vivo: la vista.

Ni por un instante apartaba los ojos del rostro de Derouléde, observando cada uno de los signos de la agonía mental que le atormentaba, de la enorme tristeza que le embargaba a causa de la culpabilidad de la joven, del aturdimiento producido por el tremendo golpe que sembrara la desolación en su alma y en su mente.

Ni por una vez detectó en su rostro el horror y el aborrecimiento. Derouléde había procurado no humillarla ante su madre, pero en sus ojos no se pintaron ni el odio ni el desprecio al ver que la muchacha había sido desenmascarada por medio de una treta.

Juliette le miraba. Nada más podía hacer, porque en ella no cabía la esperanza, ni siquiera el desánimo. Su mente y su alma estaban vacías, envueltas en el paño mortuorio de la apatía.

Luego, poco a poco, a medida que los minutos iban transcurriendo, pudo ver que la fortaleza espiritual de Déroulède entablaba súbita batalla contra las negras fuerzas del desaliento: cobraron vida sus dedos y se irguió su figura, poderosa y llena de energía. El recuerdo de otros asuntos, de otras preocupaciones ajenas a las suyas propias, empezó a levantar el peso abrumador de su aflicción.

Se acordó de la cartera que contenía los papeles comprometedores y vagamente se preguntó por qué Juliette habría tratado de evitar, ocultándola entre sus ropas, el fatídico momento en que Merlin la descubriría.

Ni siquiera fugazmente le cruzó por el cerebro la idea de que la joven hubiese experimentado una transformación total de su modo de ser, de que ahora deseaba salvarle. De habérsele ocurrido, lo hubiese descartado por considerarlo fruto de un sentimentalismo lacrimoso, vanidad del lechuguino que se cree dotado de una personalidad irresistible.

Por el contrario, su innata humildad le impelía a una sola conclusión: la de que ella le había estado engañando desde el principio; engañándole al buscar su protección, al enseñarle a quererla y, sobre todo, en el momento en que, vencido por la intensidad de su pasión, Déroulède, durante un breve instante, había dejado de rendirle culto para, en su lugar, amarla con un amor humano.

Cuando el amargo recuerdo de aquel momento de dulce engaño irrumpió en su dolorido cerebro, solo entonces le dirigió una última mirada, llena de dolor y reproche; una mirada tan intensa y tierna y, al mismo tiempo, tan demostrativa de que todo había acabado, que Anne Mie, que la observó, sintió como si su propio corazón se hiciera pedazos ante tanta tristeza. Pero también Juliette se percató de aquella mirada y de pronto tuvo la sensación de que se relajaba la tensión de sus nervios. Los recuerdos afluyeron a ella con tumultuosa intensidad. Poco a poco, las rodillas le flaquearon y por fin quedó postrada de hinojos ante él, doblada su dorada cabeza con el peso de su culpabilidad y de su vergüenza.

Capítulo XVI BAJO ARRESTO

D

ÉROULÈDE no hizo el menor gesto de acercarse a ella.

Fue solo al cabo de un rato, cuando las fuertes pisadas de Merlin y sus hombres volvieron a oírse en el rellano, fue solo entonces cuando Juliette se levantó silenciosamente.

Había llevado a cabo su acto de humillación y arrepentimiento ante los ojos de todos. Por última vez dirigió una mirada a las personas que tanto daño habían recibido de sus manos y su corazón se despidió para siempre de aquel amor grande, poderoso y sagrado que primero había despertado para aplastarlo después.

Se hallaba dispuesta ya para la expiación.

Merlin penetró en la estancia contoneándose bravuconamente. El largo y arduo registro de toda la casa no había contribuido precisamente a mejorar su humor y su aspecto personal. Se le veía más mugriento que antes y su estrecha frente quedaba casi oculta bajo la masa enmarañada de su pelo greñoso, del que llevaba ya rato tirando, movido por su enojo e impaciencia.

A Juliette le bastó con verle la cara para averiguar lo que deseaba saber: Merlin había registrado su alcoba, hallado en ella los fragmentos de papel quemado que ella dejara a propósito en el cenicero de la estufa.

Lo único que le quedaba por saber a Juliette era cómo iba a reaccionar Merlin. Se dio cuenta en el acto de que no escaparía del arresto y la condenación. La mirada despreciativa y burlona que le dirigió Merlin se lo indicó bien a las claras.

El mismo Déroulède experimentó una sensación de intenso alivio en el instante en que los hombres entraron de nuevo en la habitación. La tensión era ya insoportable. Cuando vio cómo su Madona destronada se hincaba de rodillas a sus pies, llena de humillación, un dolor desmesurado estremeció los rincones más recónditos de su corazón.

Y, pese a ello, no fue capaz de acercarse a la muchacha. La naturaleza apasionada y humana que había en su interior sintió cierto orgullo, una especie de gozo triunfante, al verla en semejante pose.

Juliette ya no estaba por encima de él, ya no era un ser digno de ocupar un lugar entre los ángeles.

Hacía ya rato que Déroulède no pensaba en el peligro inmediato que él mismo corría. Sospechaba vagamente que Merlin encontraría la cartera de cuero, aunque ni él mismo sabía dónde estaba escondida. Tal vez la propia

Juliette se la hubiese entregado a los soldados. No había hecho otra cosa que ocultarla unos breves momentos, tal vez impulsivamente, temiendo que Merlin, al dar con ella, la traicionase.

Recordó las indirectas e insinuaciones que Merlin hiciera a Juliette mientras los soldados registraban el despacho. De momento, las había tornado por una muestra más de la bajeza del revolucionario, empeñado en ofender a la joven, y había tenido que hacer un esfuerzo sobrehumano por contener los deseos de castigar a aquel ser despreciable que osaba injuriar a su Madona. Pero ahora lo comprendía todo y sentía que la vergüenza le destrozaba el alma.

Sí, ahora veía con agrado el regreso de Merlin y sus hombres, la presencia de aquellos brutos pringosos y degradados. Le hubiese gustado apiñar al mundo entero, al universo y todos sus habitantes, entre él y su ídolo caído. La forma en que Merlin se dirigió a él no había perdido ni un ápice de la benevolencia irónica de antes. Incluso había en ella un toquecito de servilismo que se reflejó en el feo rostro del representante del pueblo al aproximarse al popular ciudadano diputado.

—Ciudadano diputado —empezó a decir Merlin—, tengo que darle una buena noticia: no hemos encontrado en su domicilio nada que pueda arrojar la más leve sombra de sospecha acerca de su lealtad hacia la República. Sin embargo, mis órdenes son de llevarle ante el Comité de Salud Pública, con o sin pruebas de su culpabilidad. Y no las he encontrado.

Mientras hablaba, observaba atentamente a Déroulède, esperando detectar, en el último momento, una mirada o un gesto que le proporcionasen las pruebas que andaba buscando. El más leve asomo de alivio por parte de Déroulède, un suspiro de satisfacción, hubiesen bastado, en aquellos momentos, para convencerle a él y al Comité de Salud Pública, de que, a fin de cuentas, el ciudadano diputado era culpable.

Pero Déroulède no hizo el más mínimo gesto. Sabía dominarse a sí mismo hasta el punto de no dejar que se le notase sorpresa o satisfacción. Y, pese a ello, eso era lo que sentía: satisfacción, no por verse a salvo, sino por su madre y Anne Mie, a las que haría salir inmediatamente del país, poniéndolas a seguro de todo peligro; y satisfacción, además, por Juliette Marny, su huésped, que, pese a lo que hubiese hecho contra él, seguía teniendo derecho a su protección. Su sentimiento de sorpresa era menos agudo y de índole de todo punto transitoria. Merlin no había encontrado la cartera. Juliette, tal vez obedeciendo un impulso de arrepentimiento tardío, había sabido ocultarla. Prácticamente, el asunto ya no le interesaba. Deberle a ella su perdición o salvación resultaba igualmente mortificante.

Besó tiernamente a su madre, despidiéndose de ella, y estrechó cariñosamente entre las suyas la manita de Anne Mie. Hizo cuanto pudo por tranquilizarlas, pero, en bien de ellas, no se atrevió a aludir en presencia de Merlin a los planes que había trazado para alejarlas del peligro.

Después de despedirse, se puso a disposición de los soldados.

Al pasar junto a Juliette, la saludó con una inclinación de cabeza y con un susurro a duras penas perceptible, le dijo:

— ¡Adiós!

Ella le oyó, pero no respondió. Su mirada bastó por sí sola para contestar a aquella despedida definitiva.

Se oyeron los pasos de Déroulède y su escolta escaleras abajo, seguidos del ruido de la puerta de la calle al abrirse primero y cerrarse después. Por la ventana abierta entró el ruido de las aclamaciones que saludaron la aparición en la calle del popular ciudadano diputado.

Merlin, con dos hombres a su lado, se quedó en el pórtico. A los otros dos les ordenó conducir a Déroulède hasta el Palacio de Justicia, donde se hallaban reunidos los componentes del Comité de Salud Pública. El revolucionario sentía un temor indefinido de que el ciudadano diputado dirigiese la palabra a la chusma.

Era evidente que una multitud de mujeres alborotadas llevaba rato aguardando su aparición. Por las calles adyacentes se había extendido velozmente la noticia de que Merlin, Merlin en persona, el ardiente y sanguinario jacobino, escoltado por cuatro soldados, había caído sobre la casa de Paul Déroulède. Semejante indignidad, infligida al hombre que más confianza les merecía entre los que formaban la Asamblea de la Convención, había exasperado en gran manera a la multitud. Las mujeres se mofaron de los soldados en cuanto les vieron, por lo que Merlin no se atrevió a prohibirle a Déroulède que hablase a la gente.

— ¡Al patíbulo, viejo cretino! —gritó una de las mujeres, al tiempo que agitaba el puño bajo las narices de Merlin.

—Danos la señal, ciudadano diputado —la secundó otra—, y le romperemos la cara. ¡Le aplastaremos los morros!

— ¡Al patíbulo! ¡Al patíbulo!

En aquel momento, hubiese bastado una palabra de Déroulède para desencadenar un violento tumulto, y en aquellos días el hecho de defenderse del ataque de las turbas se interpretaba como una

demostración de enemistad contra el pueblo.

Además, a Merlin todavía le quedaban cosas por hacer. No tenía la menor intención de escoltar personalmente a Déroulède. Tenía asuntos importantes que atender en el interior de la casa de la que acababa de salir. Su único deseo era que el ciudadano diputado se alejase de allí antes de entrar nuevamente en la casa.

Por otra parte, ya esperaba que se produjese algún alboroto en la calle. Por aquellos días, el humor de los parisinos era claramente febril. El odio del populacho hacia cierta clase social y hacia determinados individuos se veía igualado solamente por el entusiasmo que demostraba con respecto a otros. Habían rendido culto a Marat por su pobreza y sus vicios; a Danton por su energía y a Robespierre por su calma. A Déroulède le veneraban por su voz, su gentileza y su piedad, por los cuidados que prestaba a sus hijos y por la elocuencia de sus discursos.

A esa elocuencia era precisamente a lo que ahora temía Merlin. Pero poco conocía al tipo de hombre con que tenía que vérselas.

La influencia de Déroulède sobre el populacho más díscolo y sañudo que ha conocido la historia del mundo no era el fruto de haber estimulado sus pasiones. Esa popularidad, aunque sea esplendorosa, resulta siempre efímera. Las pasiones de la plebe se vuelven invariablemente contra quienes han contribuido a que en ella despertaran tales sentimientos. Marat no vivió lo suficiente para ver cómo se eclipsaba su estrella; Danton fue arrastrado a la guillotina por los mismos a quienes él enseñara a ver en tal instrumento de muerte el único argumento político que era posible e incontrovertible; Robespierre sucumbió en medio de las orgías sangrientas desencadenadas por él mismo. Pero Déroulède seguiría siendo amo y señor del pueblo parisiense tanto tiempo como le viniera en gana. Cuando le escuchaban, se sentían mejores, más nobles, menos víctimas de una degradación irremisible.

Él mantenía en sus pobres corazones descarriados la última y vacilante llamita de humanidad que sus tiranos sedientos de sangre se empeñaban en sofocar con el pretexto de la Fraternidad y la Igualdad.

Incluso en aquel momento, cuando tan fácilmente hubiese podido aprovecharse del estado de ánimo de la multitud, empleándolo para sus propios fines, prefirió no decir nada e incluso hizo un gesto para calmar los ánimos soliviantados de la gente.

Sabía muy bien que si les incitaba a atacar a Merlin, las mismas gentes, una vez desatadas las pasiones, probablemente se volverían contra él mismo en menos de media hora.

Merlin, que llevaba ya un buen rato con ganas de entrar de nuevo en la casa, aprovechó la ocasión. Dejó que los dos hombres y Déroulède se marchasen y emprendió una rápida retirada, entrando en el edificio en medio de los gritos de desprecio y mofa de las mujeres.

— ¡Al patíbulo, viejo cretino! —gritaron tan pronto como la puerta de la calle se cerró una vez más ante sus narices.

Un grupo de arpías empezaron a descargar puñetazos sobre la puerta, pero en seguida se dieron cuenta de que su favorito, el ciudadano diputado Déroulède, marchaba calle abajo entre dos soldados, como un preso. Corrió la voz de que se hallaba bajo arresto y que le llevaban al Palacio de Justicia. El hecho resultaba intolerable. A la chusma de París se le había enseñado que ella era la dueña y señora de la ciudad. Y se había aprendido bien la lección. Por de pronto, decidió poner a Paul Déroulède bajo su protección especial, por lo que el ciudadano diputado se vio seguido por un grupo de mujeres andrajosas, hombres semidesnudos y críos que proferían mil y un gritos, todos los cuales formaban una especie de guardia de honor cuya misión consistía en cuidar de que nadie le hiciese daño.

Capítulo XVII EXPIACIÓN

ERLIN aguardó un rato en el vestíbulo hasta oír que el griterío se alejaba. Entonces, profiriendo un gruñido de satisfacción, subió de

nuevo la escalera.

Durante la escena callejera, que apenas duró unos minutos, madame Déroulède y Anne Mie estaban demasiado inquietas por lo que pasaba en el exterior para prestarle atención a Juliette.

No se atrevieron a asomarse al balcón para ver qué ocurría, por lo que el hecho de que la puerta de la calle se abriera y cerrara otra vez no les dijo nada.

En pocos segundos, sin embargo, se oyeron las fuertes pisadas de Merlin sobre los peldaños. Anne Mie se sobresaltó.

—No es nada. Solo los soldados, que vienen a por mí —dijo Juliette, dando muestras de serenidad.

— ¿A por ti?

—Sí. Vienen para llevárseme. Supongo que no quisieron hacerlo en presencia de monsieur Déroulède por temor a…

No tuvo tiempo de decir nada más. Anne Mie seguía mirándola con expresión de muda sorpresa cuando Merlin entró en la habitación. Llevaba en la mano la cartera de cuero, completamente rasgada y rota por un extremo, y unos cuantos pedacitos de papel medio chamuscado. Se dirigió directamente a Juliette y, con gesto brusco, le mostró la cartera y los papeles.

— ¿Son suyos? —preguntó.

—Sí.

— ¿Supongo que sabrá dónde los encontraron?

La joven asintió con la cabeza, sin decir nada.

— ¿Qué había en esos papeles que quemó?

—Eran cartas de amor.

— ¡Miente!

Juliette se encogió de hombros.

—Como quiera —dijo secamente.

— ¿Qué eran esos papeles? —repitió el otro, al tiempo que lanzaba un juramento obsceno que, sin embargo, no logró trastornar la serenidad de la muchacha.

—Ya se lo he dicho —contestó Juliette—. Eran cartas de amor que deseaba quemar.

— ¿Quién era su amante? —preguntó Merlin.

Al ver que no respondía, señaló hacia la calle, donde los gritos de

«¡Déroulède!» y « ¡Viva Déroulède!» seguían oyéndose a lo lejos . —¿Eran de él las cartas?

—No.

—Entonces, ¿tenía más de un amante?

Se echó a reír y una expresión lujuriosa hizo que su desagradable semblante se hiciese aún más horrible.

Acercó la cara hasta rozar la de la joven, que cerró los ojos a causa del horror que le inspiraba el contacto de aquel ser repugnante. Incluso Anne Mie lanzó una exclamación al ver cómo aquel individuo maloliente y escuálido atormentaba con su proximidad a la hermosa y refinada joven que tenía ante él.

Con un gesto grosero, puso una de sus garras debajo de la delicada barbilla de la joven, obligándola a volverse y mirarle a la cara. Juliette se estremeció al sentir sobre su piel la mano de Merlin, pero la serenidad no la abandonó un solo instante.

Era a miserables como aquel a quienes, voluntariamente, había entregado al hombre del que estaba enamorada. La familiaridad con que la trataba aquel ser brutal daba el último toque a su propia degradación, aunque, al mismo tiempo, le infundía el suficiente coraje para llevar sus propósitos hasta el fin.

—Así que tenía más de un amante, ¿eh? —repitió Merlin, soltando una carcajada que hubiese complacido al mismísimo diablo—. Y deseaba mandar a uno de ellos a la guillotina para dejarle el paso libre al otro, ¿no? ¿Era eso?

— ¿Era eso? —repitió, agarrándola súbitamente por la muñeca y retorciéndosela salvajemente, hasta que Juliette sintió deseos de gritar de dolor.

—Sí —replicó ella con firmeza.

— ¿Sabe que me ha hecho venir para nada? —preguntó él en tono rencoroso—. ¿Sabe también que no basta una mera sospecha para enviar al ciudadano diputado Déroulède a la guillotina? ¿Sabía eso cuando escribió la denuncia?

—No, no lo sabía.

— ¿Pensaba que podíamos arrestarle por una simple sospecha?

—Sí.

— ¿Sabía que era inocente?

—Lo sabía.

— ¿Por qué echó al fuego las cartas de su amante?

—Temía que las encontrasen y se las mostrasen al ciudadano diputado. — ¡Espléndida combinación! —exclamó Merlin, soltando un juramento. Se volvió de cara a las otras dos mujeres, que, pálidas y encogidas, se hallaban sentadas en un rincón de la estancia, sin comprender nada de lo que estaba sucediendo, sin saber qué pensar ni qué creer. Nada sabían de los planes de Déroulède para la fuga de María Antonieta; ignoraban qué contenía la cartera de cuero antes de que Juliette la vaciase. Sin embargo, tenían la vaga impresión de que la hermosa joven que con tanta serenidad se enfrentaba a Merlin no era tan mala como ella misma se esforzaba por parecer. Era solamente una muchacha víctima de sus sentimientos humanos, tal vez una loca o incluso una mártir.

— ¿Sabías tú algo de esto? —le espetó Merlin a la temblorosa Anne Mie. —Nada —replicó ella.

—Nadie estaba enterado de mis asuntos privados y de mi correspondencia personal —dijo Juliette fríamente—. Como usted dice, fue una combinación espléndida. Tenía la esperanza de que saliera bien. Pero ahora me doy cuenta de que el ciudadano diputado Déroulède es un personaje demasiado importante para que se le someta a juicio por una simple sospecha. Hay que tener presente que mi denuncia no se basó en hechos reales.

— ¿Y sabe usted, mi distinguida aristócrata —preguntó Merlin cáusticamente—, que no es prudente engañar al Comité de Salud Pública o denunciar sin fundamento a uno de los representantes del pueblo?

—Lo sé —repuso Juliette con voz tranquila—. Me doy cuenta de que usted, ciudadano Merlin, ha decidido que alguien pague el pato por lo sucedido hoy. Ahora no se atreve a atacar al ciudadano diputado, de modo que debe darse por satisfecho atacándome a mí.

— ¡Basta ya de palabras! No tengo tiempo para cambiar palabras con aristócratas —dijo Merlin desabridamente—. Vamos, síganos sin oponer resistencia: no lograría más que empeorar su situación.

—Estoy dispuesta a seguirles. ¿Puedo hablar brevemente con mis amigas antes de irnos?

—No.

—Mire que puede que nunca tenga la oportunidad de volver a hablar con ellas…

—He dicho que no y quiero decir que no. Vamos, en marcha. Ya he desperdiciado demasiado tiempo.

Juliette era excesivamente orgullosa para seguir insistiendo. Esperaba poder hablar con madame Déroulède y Anne Mie para borrar la posible animadversión que sintieran hacia ella. No sabía si las dos mujeres se habían creído a pies juntillas la triste mentira que acababa de contarle a Merlin. Sospechaba únicamente que, por de pronto, seguían teniéndola por la mujer que había traicionado a Paul Déroulède.

Pero estaba escrito que no iba a poder hablar con ellas, que sería conducida inexorablemente a juicio y probablemente a la muerte. Y todo ello bajo aquella pavorosa nube de sospechas que ella misma acarreara sobre su cabeza.

Sin alterarse, se volvió y echó a andar hacia la puerta, donde los dos soldados ya la estaban aguardando en posición de firmes.

Fue entonces cuando un instinto, inspirado al parecer por el cielo, guió los pasos de Anne Mie. La pobre muchachita se hallaba cara a cara con un problema psicológico cuya esencia escapaba a su capacidad de comprensión, pero que ella, aunque vagamente, se daba cuenta de que era un problema. En el semblante de Juliette había visto algo que la llenó de amargo arrepentimiento por lo que había hecho contra ella. Y ahora, cuando la hermosa y refinada joven se disponía a abandonar el refugio de aquella casa para someterse a la cruel notoriedad y al terrible tormento del pavoroso tribunal revolucionario, Anne Mie sintió que todo su corazón se llenaba hasta los bordes de simpatía hacia Juliette.

Antes de que Merlin o los soldados pudieran impedírselo, corrió al lado de Juliette, le tomó una de sus manos, que colgaba, fláccida y fría, sobre un costado, y se la besó tiernamente.

Juliette pareció salir de un sueño. Bajó los ojos hacia Anne Mie con un destello de esperanza, casi de gozo, y susurró:

—Fue por un juramento… un juramento que hice ante mi padre y el cadáver de mi hermano. Díselo a Paul.

Anne Mie no pudo más que asentir con la cabeza, incapaz de articular palabra a causa de las lágrimas que la ahogaban.

—Pero expiaré mi culpa… con mi vida. Díselo también —dijo Juliette en voz baja.

— ¡Basta ya! —gritó Merlin—. ¡Apártate de mi camino, jorobada!

¿Acaso quieres que te llevemos detenida también?

—Perdón —dijo Anne Mie, llorando a raudales.

Los soldados la apartaron sin contemplaciones. Pero Juliette, al llegar a la puerta, se volvió una vez más hacia Anne Mie y le dijo:

—Cuida de Pétronelle, por favor.

Y con paso firme salió de la habitación tras los soldados.

Al poco, se oyó que abrían la puerta de la calle y luego la cerraban dando un violento portazo. La casa de la rue École de Médecine quedó sumida en el silencio.

Capítulo XVIII EN LA PRISIÓN DE

LUXEMBURGO

P

OR fin Juliette se hallaba sola, es decir, relativamente sola, ya que en las prisiones de París había entonces demasiados aristócratas, delincuentes y traidores para que en ellas pudieran gozar de cierta soledad quienes estaban a punto de ser juzgados, condenados y guillotinados.

La habían conducido a través de las populosas calles de París, seguida por una turba vociferante que fácilmente había reconocido en la dulce y distinguida joven a la presa que el Comité de Salud Pública solía arrojar de vez en cuando, como si de un hueso se tratase, al hambriento perro con cabeza de Hidra que era la Revolución.

Desde hacía un tiempo, los seres famélicos que acudían a presenciar el repugnante espectáculo de la Plaza de la Guillotina se veían privados de una de sus escenas preferidas: la de una aristócrata, una mujer verdaderamente elegante y refinada, de manos blancas y rostro pálido y orgulloso, subiendo al mismo cadalso en el que eran ejecutados los más viles criminales y los brutos más degenerados.

Por encima de todo, madame Guillotina se mostraba muy católica en sus gustos y sus tétricos brazos, pintados de rojo sangre, se abrían igualmente para recibir al asesino y al ladrón, a los aristócratas de antiguo linaje y al proletariado del arroyo.

Pero últimamente las ejecuciones eran, de modo casi exclusivo, de índole política. Los Girondinos estaban quemando sus últimos cartuchos en el ensangrentado campo de batalla de la Revolución. Uno a uno iban cayendo, sin dejar de luchar y predicar la moderación, sin cejar en sus predicciones del desastre que se cernía sobre el país, apelando a la gente que ellos mismos habían liberado de una esclavitud para arrojarla luego de cabeza bajo un yugo tiránico que resultaba más brutal y absoluto que el de antes. A la sazón, contaba París con doce prisiones y Francia con cuarenta mil: todas estaban repletas. Un ejército entero recorría el país reclutando presos para llenarlas. No había espacio para celdas separadas, para que los presos pudieran estar aislados. Ni existía el motivo y el deseo de concederles la más elemental delicadeza.

Mujeres, hombres, niños: todos se hacinaban en las prisiones durante un día, quizá dos, y otras tantas noches, hasta que la muerte borraba sus insignificantes incomodidades, los sonrojos de las mujeres causados por tan sórdido hacinamiento.

La muerte les igualaba a todos, lo borraba todo.

Cuando María Antonieta subió a la guillotina, se había olvidado de que, durante seis semanas, vivía prácticamente día y noche rodeada de un grupo de representantes de la soldadesca degenerada.

Mientras recorría las calles flanqueada por dos miembros de la Guardia Nacional y seguida por Merlin, Juliette fue abucheada y escarnecida, insultada y bombardeada con pellas de barro. Una mujer trató de abrirse paso entre los soldados para abofetearla. ¡Qué digo mujer! ¡Apenas tendría treinta años, y arrastraba de la mano a un crío pálido y escuálido!

— ¡Escupe a la aristócrata! —dijo la mujer, dirigiéndose al mísero desecho de la raza humana que llevaba de la mano.

Los soldados la apartaron bruscamente de en medio, pero ella siguió gritando:

— ¡Escupe a la aristócrata!

Y el crío torció su boquita reseca para obedecer a su madre ensuciando con las salpicaduras de sus babas a la hermosa e inocente muchacha.

Los soldados se echaron a reír y aportaron su granito de arena en forma de otra broma ofensiva. Incluso Merlin, gozoso ante aquel incidente, se olvidó de su vejación.

Pero Juliette no vio nada de todo lo ocurrido.

Caminaba como en sueños. La chusma no existía para ella; no oía los insultos y los vituperios. No veía los rostros malévolos y sucios que cada dos por tres se aproximaban al suyo, ni sentía el contacto de las rudas manos de los soldados que la empujaban para abrirse paso entre el gentío. Se hallaba sumergida de nuevo en su propio mundo, donde reinaba el romance y ella vivía sola con el hombre al que amaba. En lugar de los míseros edificios de París, que ostentaban el consabido lema de Fraternidad e Igualdad, la rodeaban hermosos árboles y matas de laurel y rosales que llenaban el aire con la fragancia de sus perfumes suaves y embriagadores; dulces voces procedentes del país de los sueños colmaban la atmósfera de tiernos murmullos, mientras, en lo alto, el cielo sin nubes iluminaba aquel paraíso terrenal.

Era feliz, suprema y completamente feliz. Había salvado a Paul de las consecuencias del crimen malvado perpetrado por ella misma e iba a dar su vida por él, para que la seguridad de su persona fuese total.

Jamás llegaría él a saber del amor que inspiraba en Juliette. Ahora solo conocía su delito, pero más adelante, cuando la declarasen culpable y la condenasen, tras presentar en contra suya unos cuantos trozos de papel quemado y una cartera destrozada, él sabría que Juliette había

soportado el juicio abnegadamente, decidida a morir por él.

Así, pues, los últimos momentos habían sido totalmente suyos. Tenía derecho a recrearse en el recuerdo de los breves instantes de felicidad que experimentara al oírle declarar su amor. Era un amor etéreo y puede que tuviera poco de humano, pero era de ella, de Juliette. La joven había sido la divinidad de Déroulède, su Madona, y él había amado en ella lo que representaba el aspecto más verdadero y mejor de su personalidad.

Lo que de bajeza había en ella no correspondía a su verdadero modo de ser. El terrible juramento, prestado con tanta solemnidad, había sido un implacable tirano para ella; y su religión, una religión llena de supersticiones y falsos ideales, la había cegado, arrastrándola al crimen. Se había arrogado lo que a Dios y a nadie más pertenecía: la venganza. El hecho de que, durante todo ello, hubiese conocido el amor y aprendido sus tiernos secretos era más de lo que se merecía. El haber sentido en su mano los besos ardientes de Paul era una compensación celestial por todo lo que tendría que sufrir en el futuro.

Y así dejó que la arrastrasen a través de la chusma de sans-culottes, que la hubiese despedazado allí mismo para no privarse ni por un instante más del placer de verla morir.

La llevaron al Luxemburgo, que en tiempos fuera palacio de los Médicis y hogar del orgulloso «Monsieur» en tiempos del Gran Monarca, y ahora se hallaba convertido en una horripilante prisión llena hasta los topes.

Eran las seis de la tarde y el día tocaba a su fin. La entregaron al alcaide de la prisión, un sujeto bajo y rechoncho que vestía unos pantalones negros, camisa de lana, igualmente negra, y llevaba en la cabeza un sucio gorro encarnado, con la escarapela tricolor, por debajo del cual asomaban sus greñas.

Al cruzar Juliette el angosto pasillo, el alcaide la miró de pies a cabeza y después, dirigiéndose a Merlin, musitó una breve pregunta:

— ¿Es peligrosa?

—Sí —replicó lacónicamente.

—Ya se hará usted cargo —agregó el alcaide— de que, estando tan abarrotados como estamos, nos es necesario saber si hay que vigilar de manera especial a los presos que nos van llegando.

—Pues así es —dijo Merlin—. Será usted personalmente responsable de esta prisionera ante el Comité de Salud Pública.

— ¿Se le permite recibir visitas?

—Desde luego que no, a menos que posean un permiso especial extendido por el Acusador Público.

Juliette oyó la breve conversación entre los dos hombres acerca de lo que iba a ser su futura suerte.

No permitirían que nadie la visitase. Quizá fuese mejor así. Temía ver de nuevo a Déroulède y leer en sus ojos la muerte de su amor por ella, ya que esto solo hubiese bastado para echar por tierra la felicidad que la embargaba en aquellos momentos.

Además, no deseaba ver a nadie. Tenía suficiente con sus recuerdos, breves y celestiales, consistentes en unas pocas palabras, un beso —el último— en la mano y el susurro apasionado que escapo de labios de Déroulede al arrodillarse a sus pies:

—¡Juliette!

Capítulo XIX COMPLEJIDADES

E

L CIUDADANO diputado Déroulède fue interrogado a puerta cerrada por el Comité de Salud Pública, que, acto seguido, le dejó en libertad temporal. El breve careo se llevó a cabo en el más estricto secreto, ya que no era aún conveniente que el pueblo de París se enterase de que su favorito era objeto de sospechas. Una vez Déroulède hubo contestado a todas las preguntas y Merlin, que acababa de regresar de cumplir su misión en la prisión de Luxemburgo, hubo dado su versión del registro realizado en el domicilio del ciudadano diputado, a éste le fue comunicada, con pocas palabras, la noticia de que, por el momento, la República no tenía nada en su contra. Pero bien sabía él qué significaba tal noticia. A partir de aquel instante viviría bajo una nube de sospechas, se le vigilaría incesantemente, como el gato vigila al ratón, y, cuando llegase el momento propicio para precipitar su caída definitiva, se lanzarían sobre él.

La inevitable disminución de su popularidad no pasaría inadvertida ante los ojos penetrantes de quienes sentían celos de él y Déroulède, gracias a su profundo conocimiento de la naturaleza humana, sabía de sobras que su popularidad se vería forzosamente menguada, antes o después, como sucede con todas las cosas efímeras.

Mientras tanto, durante el breve respiro que le concederían sus enemigos, concentraría toda su atención en sacar a su madre y a Anne Mie sanas y salvas del país.

Y también…

Pensó en ella y se preguntó qué le habría ocurrido. Al cruzar con paso vivo la estrecha pasarela y luego, ya en la otra orilla del río, su memoria se vio asaltada por los acontecimientos de las últimas horas.

Sintió que la amargura le llenaba el corazón al pensar en la traición de la muchacha. Le horrorizaba la bajeza de todo el asunto. Trató de recordar si alguna vez le había hecho algún daño y se preguntó si ella estaría enamorada de otro y deseaba quitarle a él de en medio.

Pero no podía dejar de pensar en cuán humilde y modesto se había mostrado al declararle su amor, sin atribuirse indebidamente ningún derecho, sin pedir ni exigir nada aprovechándose de que ella se hallaba bajo su protección.

Se atormentaba con preguntas y más preguntas sobre el porqué de la traición de Juliette.

Para vengar la muerte de su hermano: ésa era la única explicación que se le ocurría, la única excusa de la conducta de Juliette.

Nada sabía él del juramento exigido por el padre de la joven y, por supuesto, no tenía la menor idea de la triste historia de aquella joven sensible que, inesperadamente, se había visto colocada entre un hermano muerto y un padre enloquecido. Lo único que pensaba era que la acción de la joven era una venganza vulgar y sórdida por un pecado que él había cometido prácticamente por fuerza.

¡Y cuánto la había amado!

Sí, amado, pues su sentimiento era ya cosa del pasado. Juliette ya no era una santa y una Madona para él. Había caído tan bajo desde su pedestal que Déroulède no hallaba la forma de bajar a recoger los pedazos de lo que fuera su ideal.

Al llegar a casa, Anne Mie le recibió con lágrimas en los ojos.

—Se ha ido —murmuró la muchachita— Tengo la sensación de haberla asesinado yo misma.

— ¿Se ha ido? ¿Quién se ha ido? —preguntó Déroulède ansiosamente, al tiempo que un terror gélido le agarrotaba el corazón.

—Juliette —replicó Anne Mie—. Aquellos brutos horribles se la llevaron. —¿Cuándo?

—Segundos después de marcharte tú. Merlin encontró cenizas y trozos de papel quemado en su alcoba… — ¿Cenizas?

—Sí; y una cartera hecha trizas.

— ¡Santo Dios!

—Ella dijo que eran cartas de amor y que las había quemado por temor a que tú las vieses.

— ¿Eso dijo? Anne Mie, Anne Mie, ¿estás segura de todo?

Resultaba todo tan horrible que no acababa de entenderlo. El cerebro, que tan agudo y activo se mostraba siempre, se negaba a servirle en aquel terrible trance.

—Sí, completamente —prosiguió Anne Mie sin dejar de llorar—. Y ese horrible Merlin dijo un sinfín de vilezas. Pero ella se aferró a su declaración: la de que tenía… otro amante. ¡Oh, Paul, estoy segura de que eso no es verdad! La odiaba porque… tú la amabas tanto, y no me fiaba de ella. Pero no puedo creer que fuese tan ruin.

—En efecto, pequeña —dijo él con voz apagada y triste—. No era tan ruin. ¿Qué más dijo?

—Muy poco, aparte de esto. Pero Merlin le preguntó si te había denunciado para quitarte de en medio e insinuó que… — ¿Que también yo era su amante?

—Sí —musitó Anne Mie.

Apenas podía mirarle a la cara, ya que las enérgicas facciones de Paul mostraban una dureza que la asustaba.

— ¿Y ella les dejó decir todo esto? —preguntó finalmente.

—Sí. Y les siguió sin chistar. Merlin dijo que tendría que responder ante el Comité de Salud Pública por haberles tomado el pelo a los representantes del pueblo.

—Responderá con la vida —dijo Déroulède por lo bajo—. ¡Y con la mía!

—agregó con voz apenas audible.

Anne Mie no le oyó. La embargaba un abrumador sentimiento de lástima por Juliette y Paul.

—Antes de llevársela —dijo Anne Mie, apoyando en el brazo de Paul sus manitas delicadas—, corrí a su lado y le dije adiós. Los soldados me apartaron a empujones, pero conseguí darle un beso… y entonces ella me susurró unas cuantas palabras.

— ¿Ah, sí? ¿Qué te dijo?

—«Fue por un juramento» —dijo—. «Un juramento que hice ante mi padre y el cadáver de mi hermano. Díselo a Paul» —repitió lentamente Anne Mie. —¡Un juramento!

Ahora lo comprendía todo y sentía una profunda lástima por Juliette. Qué terribles sufrimientos habrían zarandeado su alma acongojada a causa de la lucha entre su naturaleza bondadosa y la repugnante traición.

Déroulède no dudaba ni un ápice de la sinceridad y valentía innatas de Juliette. Y ahora sobre su conciencia pesaba también aquel pecado tremendo que le estaría causando un sufrimiento indecible.

Y, por desgracia, la expiación jamás la libraría de la carga de condenación que se había impuesto a sí misma.

Había escogido pagar con su vida la traición que cometiera contra él y su familia. Sería acusada ante un tribunal e, inevitablemente, la condenarían. Déroulède se sintió preso de desesperación al pensarlo.

La emoción apasionada de un momento, toda una vida dominada por la superstición y un sentido erróneo del deber y ahora esta desdicha sin fin, esta terrible expiación que no conseguiría deshacer el mal que ya

estaba hecho.

¡Y ella nunca le había amado!

Ésa era la única espina verdadera que atormentaba a Déroulède en mayor grado que la falsedad y el pecado de Juliette, incluso más que la forma en que había hecho pedazos su ideal.

Arrastrada por el irreprimible deseo de salvarle, se había sacrificado a sí misma, tratando al mismo tiempo de expiar su culpa.

Pero Déroulède no podía olvidarse de cómo sus sueños y esperanzas se habían visto reducidos a un mero montón de ruinas.

Nunca hasta ahora, cuando ya la había perdido irremisiblemente, se había dado cuenta de cuán grandes eran sus esperanzas, de cómo, día tras día, había permanecido al acecho de una mirada de Juliette, de una palabra de sus labios, de algo que, en suma, le demostrase que también ella, su santa inalcanzable, bajaría un día de sus alturas celestiales y correspondería a su amor.

Y de vez en cuando, en las ocasiones en que el hermoso rostro de la joven se iluminaba al verle, cuando le recibía con una sonrisa al regresar él del trabajo, cuando le miraba con orgullo y admiración desde el banco destinado al público durante las asambleas de la Convención, en todas estas ocasiones él había sentido cómo nacía su esperanza y le hacía trazar planes y forjar sueños.

¡Y todo había sido una farsa! Nada más que una máscara que servía para ocultar el terrible conflicto que hacía estragos en el alma de Juliette.

Ella no le amaba, de eso estaba convencido. Como hombre que era, no alcanzaba a comprender en toda su amplitud ese enigma grande y maravilloso que ha desconcertado a la humanidad desde que el mundo es mundo: el corazón de una mujer.

Las eternas contradicciones que forman la compleja naturaleza de una mujer emocional resultaban de todo punto incomprensibles para él. Juliette le había traicionado en aras de su propio sentido de lo que era justo y recto: su venganza y su juramento. Así, pues, no le amaba.

La conclusión le parecía lógica, de puro sentido común y, acrecentada por su propia cortedad ante las mujeres, se le antojaba también irrefutable.

Para un hombre como Déroulède, lleno de propósitos y de reflexión, sin que ello le impidiese ser también hombre de acción, la idea de mostrarse falso para con el ser querido, de que el odio y el amor son sentimientos parejos, resultaba absolutamente ajena a su capacidad de comprensión. Jamás había odiado lo que amaba ni amado lo que odiaba. En este sentido, los sentimientos masculinos son mucho menos complejos, mucho menos contradictorios.

¿Sería un hombre capaz de traicionar a un amigo? No, jamás. Tal vez traicionara a su enemigo, al ser que era objeto de su aborrecimiento y de cuya caída en desgracia se alegraría. Pero, ¿a un amigo? El solo hecho de pensarlo resultaba repugnante, imposible para una naturaleza llena de rectitud.

El tardío acceso de generosidad de que diera muestra Juliette al tratar de salvarle, cuando por fin se vio cara a cara con el terrible daño causado por ella, eso lo atribuía él a uno de los impulsos nobles que, él solo sabía y bien, el alma de la joven era capaz de albergar. Pero incluso sobre ello llegó a pensar que la generosidad de la muchacha obedeció más a su preocupación por madame Déroulède y Anne Mie que por él mismo.

Así, pues, ¿qué le importaba ya la vida? Para él, Juliette estaba perdida para siempre, tanto si conseguía salvarla de la guillotina como si su intento culminaba en el fracaso. Pocas esperanzas tenía de salvarle la vida, pero no estaba dispuesto a dejar sin saldar la deuda contraída cuando ella salvó la suya.

Viéndole absorto en sus propios pensamientos, Anne Mie se retiró sin decir nada. El buen sentido ya le decía que el primer paso de Paul Déroulède iría encaminado a tratar de alejar a su madre del peligro, sacándola del país mientras todavía quedase tiempo de hacerlo.

De manera que, sin aguardar instrucciones, aquella misma noche se puso a empaquetar sus pertenencias y las de madame Déroulède.

En su corazón ya no tenía cabida el odio para con Juliette. Anne Mie ya había adivinado lo que Paul Déroulède no podía comprender. Creía firmemente que ya nada podría salvar a Juliette de la muerte y en su corazón albergaba un intenso sentimiento de ternura hacia la mujer a la que antes considerara enemiga y rival.

También ella, en aquellos breves días, había aprendido la gran lección de que la venganza pertenece a Dios y a nadie más.

Capítulo XX «EL CABALLO TUERTO»

L

A MEDIANOCHE estaba ya próxima.

En el establecimiento hacía un calor sofocante. El humo del tabaco, el olor rancio de la mantequilla y del alcohol se unían formando una especie de vapor que colgaba en el aire.

La sala principal de la posada llamada El Caballo Tuerto llevaba cinco años sirviendo de punto de reunión del partido más radical de cuantos formaban la República: el de los sans-culottes.

El edificio era destartalado y sucio. Se alzaba en una de esas callejas tan angostas que impiden que en ellas penetren el sol, el aire y la luz.

El Caballo Tuerto era una de las casas más ruinosas de cuantas había en aquella calle de mala fama. El yeso de las paredes estaba lleno de grietas y las mismas paredes daban la impresión de combarse hacia afuera, como a punto de desplomarse definitivamente. El techo de las diversas dependencias era bajo y descansaba sobre vigas ennegrecidas por el paso del tiempo y la suciedad.

En otros tiempos, había sido lugar muy afamado por sus bodegas bien provistas, donde se guardaban algunos vinos añejos de los que no se encuentran todos los días. En tiempos del Gran Monarca, los petimetres jóvenes acostumbraban a abandonar los alegres salones de las damas con el fin de acudir a El Caballo Tuerto y correrse una noche de juerga continua. En aquellos días, las espaciosas bodegas fueron testigos de muchos encuentros furtivos, de gran número de muertes misteriosas. De haber podido hablar, las mugrientas paredes hubiesen contado cosas que habrían puesto en ridículo a las crónicas más desenfrenadas de monsieur Vidocq. Pero ya no era así.

Ahora las cosas se hacían a la luz del día en la Plaza de la Revolución, por lo que ninguna falta hacían las bodegas oscuras y misteriosas para cometer asesinatos y venganzas.

Las ratas y los bichos de toda suerte campaban por sus respetos en los bajos del edificio. Se devoraban unos a otros y celebraban sus orgías en las bodegas, mientras los hombres hacían lo mismo en las salas de arriba. Se trataba de un club de Igualdad y Fraternidad. Todo transeúnte tenía libertad de entrar a participar en los debates, ya que el único requisito para ser socio temporal del club era un amor desmesurado por madame Guillotina.

Era de las sórdidas salas de El Caballo Tuerto de donde salía la mayor parte de las denuncias que conducían a un fin único e inevitable: la muerte.

Allí celebraban sus conclaves los furibundos patriotas de la pobre y pisoteada Francia. Al principio se reunían en número de unos cuarenta y hablaban principalmente de la Libertad, lanzando incontables juramentos y maldiciones contra los tiranos. Más tarde, ellos mismos instituyeron una tiranía, una autocracia, diez mil veces peor que la de los disolutos Borbones.

Y éste era el templo de la Libertad: un burdel tenebroso, húmedo y maloliente, con sus ventanas estrechas y resquebrajadas que solo dejaban pasar una fracción infinitesimal de aire, que, por si algo faltaba, era de lo más sucio e insalubre.

El piso lo formaban tablones unidos de cualquier modo y que ya estaban carcomidos, sin otro revestimiento que una espesa alfombra de grasa polvorienta que amortiguaba las pisadas de los pies calzados con botas. El establecimiento solo podía alardear de un par de sillas, ambas apoyadas en la pared con el fin de que quien las ocupase no diese con sus huesos en el suelo. Por lo demás, cierto número de barricas de vino, ya vacías, hacían las veces de asientos, al tiempo que una serie de tablones de pino sin desbastar, apoyados en caballetes rotos, constituían lo más parecido a una mesa de cuanto allí había.

En otros tiempos, las paredes habían estado empapeladas, pero ahora el papel colgaba a jirones que dejaban al descubierto el yeso agrietado de debajo. En todo el lugar se advertía un tono de suciedad amarillenta, salvo allí donde, en el centro de la sala, un gorro escarlata, que simbolizaba la Libertad y se hallaba colocado en un soporte en forma de guillotina, daba una nota de color espeluznante en medio de la miseria que lo rodeaba.

En las paredes, clavado aquí y allá, el sempiterno lema, tan sublimemente concebido y sórdidamente ejecutado, recordaba a los presentes cuáles eran los objetivos del llamado club: «Libertad, Fraternidad, Igualdad; si no, la muerte».

Debajo del lema, en uno o dos rincones de la sala, la pared aparecía adornada con burdos dibujos hechos con carbón. La mayoría era de índole obscena: obra de uno de los socios del club que había escogido semejante medio para degradar su arte.

Aquella noche, la asamblea se veía reducida a menos de una veintena de hombres.

Siguiendo los dictados de aquellos apóstoles de la Fraternidad, cuyo lema era «la guillotina funciona siempre», el siniestro instrumento se había convertido en el factor más potente de la maquinaria del Gobierno de la gran República. Y cada día, casi cada hora, era alimentado gracias a la actividad de aquel club sin nombre, que celebraba sus reuniones salvajes y sobrecogedoras en el húmedo comedor de El Caballo Tuerto.

El número de miembros activos se había visto disminuido. Al igual que las ratas de la bodega bajo sus pies, se habían liquidado unos a otros, tragándose y despedazándose entre ellos en su ansia desenfrenada por alcanzar la utópica fraternidad.

Marat, el fundador de la organización, había sido asesinado por una muchacha, pero Chardon, Manuel y Osselin habían sucumbido del modo acostumbrado: denunciados por sus colegas Rabaut, Custine y Bison. Estos, a su vez, fueron enviados a la guillotina por otros que les superaban en poder y quizá en elocuencia.

Lo que realmente importaba, en definitiva, era ser capaz de gritar más fuerte que los demás en las asambleas de la Convención Nacional. «¡La guillotina funciona siempre!».

Después de la muerte de Marat, Merlin se convirtió en el socio más prominente del club, junto con su amigo del alma Foucquier-Tinville, el Acusador Público, que era el homicida más sediento de sangre de cuantos existían en aquella época homicida.

Eran amigos del alma, sí, pero no por ello dejaban de actuar el uno contra el otro, tratando de socavar su respectiva popularidad, acusándose constantemente de traidor frente a los demás. Se hallaban, en suma, participando en una reñida carrera hacia la meta inevitable: la guillotina. De momento, Foucquier-Tinville iba ganando influencia y poder. A Merlin se le había encomendado una misión que no había sabido cumplir. Desde hacía días, semanas incluso, los debates de la noble asamblea giraban principalmente en torno a la caída del ciudadano diputado Déroulède, cuya popularidad y serenidad en pleno reino del Terror y la anarquía constituían una dolorosa espina clavada en las carnes de los exaltados Jacobinos.

Y ahora acababa de llegar el punto culminante. Una denuncia anónima despertó las esperanzas de aquellos sanguinarios patriotas. Todo lo que en ella se decía se les antojaba perfectamente plausible: intentar salvar a la traidora María Antonieta, la viuda de Luis Capeto, era justamente la clase de maquinación que podía esperarse del cerebro de Paul Déroulède, que en el fondo había sido siempre un aristócrata. Su sentimiento de caballerosidad hacia la mujer perseguida no era más que el signo externo de su secreta adhesión a la odiada clase superior.

Merlin había sido despachado a registrar la casa de Déroulède en busca de pruebas de su culpabilidad.

Y Merlín había vuelto con las manos vacías.

La detención de una aristócrata, probable amante de Déroulède y sin duda autora de la denuncia, no era sino una mezquina compensación por el fracaso en apoderarse de la presa más importante.

En cuanto Merlin se reunió con sus amigos en la sala de techo bajo, maloliente y escasamente iluminada, se dio cuenta en seguida de que flotaba en el ambiente un sentimiento de hostilidad hacia él.

Tinville, entronizado en una de las escasas sillas de El Caballo Tuerto, se hallaba rodeado por un grupo de secuaces malhumorados.

Unos cuantos vasos medio llenos de fuerte aguardiente que había sobre los simulacros de mesas daban la nota de cómo estaban los ánimos de la asamblea.

Todos los presentes vestían chaquetilla negra, calzones desastrados e igualmente negros, y botas de tacones gastados, prendas todas ellas que formaban el uniforme del partido de los sans-culottes. El inevitable gorro frigio, con su escarapela tricolor, coronaba la cabeza de todos los reunidos y mostraba diversas fases de suciedad y mal estado.

Tinville había optado por mostrarse sarcástico en lo que se refería a su viejo amigo del alma Merlin. Con ambos codos apoyados en la mesa, se mondaba los dientes con un tenedor de acero y, en los ratos que le dejaba libres tan interesante ocupación, exponía sus puntos de vista sobre los principios esenciales del patriotismo.

Los que se hallaban sentados alrededor suyo se daban cuenta de que la estrella de Tinville iba en ascenso, por lo que asumieron el papel de satélites. Al entrar, Merlin les saludo con un gruñido hosco y se sentó en un rincón alejado de la sala.

Su saludo fue recibido con unas cuantas mofas y bastantes miradas sombrías, amenazadoras. El mismo Tinville le hizo una reverencia preñada de sarcasmo, al tiempo que le miraba con expresión malévola.

Uno de los patriotas, sujeto corpulento, casi un gigante, de puños poderosos y anchas espaldas que denotaban claramente al cargador de carbón, tras hacer unas cuantas observaciones satíricas, arrastró una barrica vacía

hasta la mesa de Merlin y se sentó frente a él.

—Ándate con cuidado, ciudadano Lenoir —dijo Tinville, soltando una carcajada siniestra—. El ciudadano diputado Merlin te arrestará a ti en vez de al diputado Déroulède, al que ha permitido escapársele de entre las manos.

—No, no tengo miedo —replicó Lenoir con un juramento—, El ciudadano Merlin es demasiado aristocrático para hacer daño a nadie. Lleva las manos demasiado limpias y no le gusta hacer el trabajo sucio de la República. ¿No es así, monsieur Merlin?

El gigante hizo una reverencia burlona para dar énfasis al tratamiento de monsieur, caído absolutamente en desuso en aquellos días de igualdad.

—Mi patriotismo es de sobras conocido —dijo Merlin bruscamente— para que me atemoricen los ataques de enemigos comidos por los celos. En cuanto al registro del domicilio de Déroulède, se me dijo que hallase pruebas que le comprometiesen y no las hallé.

Lenoir escupió en el suelo, apoyó sus brazos peludos sobre la mesa y en tono apacible dijo:

—El verdadero patriotismo, tal como lo entiende el Jacobino de convicción, crea las pruebas que le hacen falta y no deja nada al azar.

La arenga del fornido carbonero fue saludada con un hosco murmullo entre el que destacaban las palabras: «¡Viva la Libertad!».

Convencido de haberse granjeado la atención y el beneplácito de la galería, Lenoir, por así decirlo, echó toda la carne en el asador y se arrojó en dirección de aquella banda de descontentos, que, al ver fracasar la ansiada caída de Déroulède, estaban más que dispuestos a gozar con la de Merlin.

—Fuiste un estúpido, ciudadano Merlin —dijo Lenoir, arrastrando las palabras significativamente—, al no darte cuenta de que la mujer estaba jugando su propia partida.

La palidez asomó bajo la mugre que cubría el semblante de Merlin. Viendo a aquel gigante desaliñado ante él, casi creía hallarse ya ante aquel tribunal despiadado, el mismo al que él en persona había arrastrado a tantas víctimas inocentes.

Sentado ante la mesa en aquel rincón apartado de la sala, sus sentimientos eran ya los del reo en el banquillo, a punto de pagar con la vida su fracaso. Sus propias leyes y teorías se le presentaban ahora en sangrienta formación. ¿Acaso no era él quien había preparado la acusación contra el general

Custine por no haber sabido someter a las ciudades del Sur? ¿Acaso no había hecho lo mismo con el general Westerman y el general Brunet y el general Beauharnais y siempre, sin excepción, por igual motivo: haber fracasado?

Y ahora le llegaba el turno a él.

Aquellos chacales sedientos de sangre acababan de ver cómo la presa se zafaba de sus fauces y, para resarcirse, le despedazarían a él.

— ¿Cómo iba yo a saberlo? —musitó hoscamente—. Ella le había denunciado.

Un coro de escarnio e ira fue toda la respuesta que recibió su débil intentona por defenderse.

—De acuerdo con tu propia ley, ciudadano diputado Merlin —comentó sarcásticamente Tinville—, es un crimen contra la República el ser sospechoso de traición. Es evidente, sin embargo, que una cosa es redactar una ley y otra muy distinta el obedecerla.

— ¿Qué podía hacer yo?

— ¡Oíd al inocente! —apuntó Lenoir con sarcasmo—. ¿Qué podía hacer? Patriotas, amigos, hermanos, oíd mi pregunta: ¿Qué podía hacer él?

El gigante, tras apartar la barrica a un lado, con tanta violencia que salió rodando por el suelo, se irguió ante sus compañeros, lleno a más no poder de desprecio por Merlin y del orgullo de su propia importancia, dejando entender bien a las claras lo que sentía ante la incapacidad de Merlin, incapacidad que era casi una traición.

—Yo os pregunto —insistió, al tiempo que profería una palabrota—: ¿Qué haría cualquier patriota? ¿Qué hubierais hecho vosotros o yo mismo en casa de un hombre del que todos sabemos que es un traidor a la República? Hermanos, amigos, el ciudadano diputado Merlin encontró un montón de papeles quemados en la parrilla; encontró una cartera de cuero que indudablemente había contenido documentos importantes: ¡Y ahora nos pregunta qué podía hacer él!

—Déroulède es un personaje demasiado importante para someterle a juicio sin pruebas —protestó Merlin—. El populacho entero de París se habría vuelto en contra nuestra por haberle acusado de traición, por haber puesto las manos sobre su sagrada persona.

— ¿Sin pruebas? , ¿Quién dijo que no había pruebas? —preguntó Lenoir. —Los papeles quemados y la cartera destrozada los encontré en la alcoba de la mujer. Reconoció que eran cartas de amor y que había denunciado a

Déroulède para librarse de él.

—Entonces, déjame decirte, ciudadano diputado Merlin, que un verdadero patriota hubiese encontrado esos papeles en la alcoba de Déroulède y no en la de la mujer; que, en manos de un fiel servidor de la República, no todos esos documentos hubieran sido destruidos, ya que él habría «encontrado» una carta dirigida a la viuda Capeto, una carta que de modo concluyente hubiese demostrado la traición del ciudadano diputado Déroulède. Eso es lo que habría hecho un auténtico patriota, lo que yo hubiese hecho. ¡Pardiez! Ya que Déroulède es un personaje tan importante, en vista de que debemos ponernos guantes de cabritilla para ajustarle las cuentas, hagámoslo de otro modo: luchemos contra él empleando otras armas. ¿Somos aristócratas que no osan hacer el papel de chacal ante tan astuto zorro? Ciudadano diputado Merlin, ¿eres por ventura hijo de algún duque o príncipe, de algún traidor semejante, y ello te impidió falsificar un documento que llevase su merecido al traidor? No, amigos míos. Os voy a decir algo: a la República no le sirven de nada los perros rastreros y llama traidor a quien permite que uno de sus enemigos siga actuando tranquilamente, y lo permite a causa de su propia cobardía, del terror que en él despierta esa sombra fugaz e intangible: la cólera de una chusma parisiense.

Una atronadora salva de aplausos premio semejante discurso, al que había acompañado un sinfín de gestos violentos y una gran abundancia de epítetos obscenos que el cronista se ve totalmente incapaz de reproducir sobre el papel. Lenoir poseía una voz desabrida, estridente, chillona, y hablaba con marcado acento de provincias —aunque resultaba difícil localizar su procedencia— muy distinto del tono áspero y gutural del parisiense de clase media. Su entusiasmo le hacía impresionar a quienes le escuchaban. Vestido con sus ropas polvorientas y andrajosas, parecía la mismísima personificación de la horda escuálida que había llevado a la cultura, el arte y el refinamiento al cadalso con el fin de dejar vía libre al vicio sórdido y a la satisfacción de la lujuria del odio.

Capítulo XXI :UN ORADOR JACOBINO

Ú

NICAMENTE Tinville permaneció en silencio durante la exaltada peroración de Lenoir. Al parecer, a él le tocaba ahora mostrarse hosco. Sentado en su trono, siguió mondándose los dientes mientras contemplaba pensativamente al entusiasmado orador, que de forma tan obvia desviaba los sentimientos de sus oyentes hacia donde él quería.

Tinville solo toleraba la popularidad cuando era él quien la gozaba.

—Resulta muy fácil hablar ahora, ciudadano… Lenoir. Es así como te llamas, ¿no? Pues bien, entre nosotros no eres más que un extraño, relativamente hablando, ciudadano Lenoir. Aún no has demostrado a la República que eres capaz de hacer algo más que hablar.

—Si nadie hablase, ciudadano Tinville… ¿Es ese tu nombre? —repuso Lenoir con expresión de desprecio—. Si nadie hablase, repito, las cosas quedarían siempre por hacer. Estáis todos sentados aquí, condenando al ciudadano diputado Merlin por su estupidez y debo deciros que en eso estoy de acuerdo con vosotros, pero…

— ¡Pardiez! —exclamó Tinville, aprovechando la pausa que hizo el carbonero para, al parecer, tratar de poner en orden sus ideas—. Dinos a qué viene ese «pero», ciudadano.

El carbonero se hallaba sentado ahora en una barrica de vino cerca de una de las mesas improvisadas, mirando cara a cara a Tinville y al grupo de Jacobinos. La vacilante llama de la bujía de sebo que había detrás suyo resaltaba el contorno de su cabeza, enorme y cuadrada, coronada con un gorro frigio, así como la anchura de sus hombros, cubiertos con la harapienta chaquetilla de lana negra y cuello doblado hacia abajo.

Tenía unas manos largas y delgadas, cubiertas con sucesivas capas de polvo de carbón, que constantemente trazaban extraños gestos en el aire, como si las apretara en torno a la garganta de algún ser viviente.

—Todos sabemos que el diputado Déroulède es un traidor, ¿eh? —dijo, hablando a todos los presentes en general.

—Así es —contestaren estos como un solo hombre.

—Entonces, sometamos el asunto a votación. «Sí» significa la muerte; «no», la libertad.

— ¡Sí, sí! —clamaron al unísono todas las gargantas roncas y resecas, al tiempo que doce manos descarnadas se alzaban para exigir la muerte del ciudadano diputado Déroulède.

—Ganan los que han dicho sí —dijo Lenoir sin inmutarse—. Ahora, lo único que nos falta es decidir cuál es la mejor manera de llevar a cabo nuestro propósito.

Merlin, agradablemente sorprendido al ver cómo la atención pública se alejaba de su propia metedura de pata, fue perdiendo poco a poco su talante malhumorado. También él arrastró una barrica de vino a la mesa, con lo que los socios del club Jacobino formaron un grupo compacto, pintoresco por su horrible y a la vez extraño aspecto, su fealdad ostentosa y sin paliativos.

—Supongo —dijo Tinville, que detestaba ceder su puesto de líder de aquellos extremistas—. Supongo, ciudadano Lenoir, que puedes presentarme pruebas de la culpabilidad del ciudadano diputado. ¿Me equivoco?

—Si te facilito tales pruebas, ciudadano Tinville —replicó el otro—, ¿estarás dispuesto a formular la correspondiente acusación en tu calidad de Acusador Público?

—Es mi deber acusar públicamente a quienes traicionan a la República.

—En cuanto a ti, ciudadano Merlin —prosiguió Lenoir—, ¿harás cuanto esté en tu mano por ayudar a la República a librarse de un traidor?

—De sobras son conocidos mis servicios a la causa de nuestra gran Revolución… —empezó a decir Merlin.

Pero Lenoir le interrumpió con impaciencia.

— ¡Pardiez! Ahora no estamos para retóricas, ciudadano Merlin. Ya sabemos todos que has cometido una torpeza y que la República siente poco aprecio por aquellos de sus hijos que fracasan. Pero, mientras seas ministro de Justicia, el pueblo de Francia te necesitará… para que mandes a la guillotina a otros traidores.

La última frase la pronunció lentamente, en tono significativo, prolongando la palabra «otros» como si quisiera que su sombrío significado se grabase en la mente de Merlin.

—Entonces, ¿qué aconsejas tú, ciudadano Lenoir?

Al parecer, obedeciendo a un consentimiento unánime, el carbonero procedente de alguna remota provincia francesa acababa de ser elegido tácitamente líder de la banda. Merlin, que seguía preso de terror por su propia seguridad, le miró esperando su consejo; incluso Tinville estaba dispuesto a dejarse guiar por el carbonero. Todo el mundo coincidía en el deseo de librarse de Déroulède, que, con su vida intachable, el despego altivo que mostraba hacia las espantosas orgías y odios de los demás, se les antojaba una especie de reproche viviente para todos ellos. Además, percibían en Lenoir una secreta inquina hacia el ciudadano diputado y creían que eso le ayudaría a ver mejor cuál era el procedimiento más idóneo para provocar su caída en desgracia.

— ¿Qué aconsejas tú? —había preguntado Merlin.

Todos los demás aguardaban ansiosamente la respuesta que no podía tardar.

—Estamos todos conformes —empezó a decir Lenoir con voz tranquila— en que, en estos momentos, sería estúpido procesar al ciudadano diputado sin contar con pruebas palpables de su culpabilidad. La chusma de París le idolatra y se volvería en contra de quienes tratasen de destronar a su ídolo. Ahora bien, el ciudadano Merlin no ha sabido proporcionarnos tales pruebas. De momento, pues, Déroulède sigue en libertad y, como me imagino que es hombre prudente, dentro de dos días se habrá largado del país, a sabiendas de que, si permaneciese en él durante el tiempo suficiente para ver cómo se esfuma su popularidad, su presencia en este mundo dejaría de ser grata al mismo tiempo.

— ¡Así se habla! —exclamaron unos cuantos en señal de aprobación, mientras otros soltaban groseras carcajadas ante tan siniestro chiste. — Propongo, por lo tanto —prosiguió Lenoir tras una breve pausa—, que sea el mismo ciudadano diputado Déroulède el que dé al pueblo francés las pruebas de su traición a la República.

—Pero, ¿Cómo? ¿De qué manera? —preguntaran numerosas voces excitadas e intrigadas ante tan extraordinaria sugerencia por parte del gigante provinciano.

—Por el medio más sencillo que imaginarse pueda —repuso Lenoir con su calma imperturbable—. ¿Acaso no existe un buen proverbio que nuestras abuelas solían citar: «Dadle a un hombre suficiente cuerda y sin duda él mismo se ahorcará»? Pues bien, le daremos a nuestro aristocrático ciudadano diputado cuerda en abundancia, os lo garantizo. Lo único que nos hace falta es que nuestro ministro de Justicia, aquí presente —agregó señalando a Merlin—, nos ayude a representar la pequeña comedia que propongo que interpretemos.

— ¡Sí! ¡Muy bien! ¡Sigue! —exclamó Merlin con gran excitación.

—La mujer que denunció a Déroulède; ésa es nuestra mejor baza, nuestro naipe de triunfo —prosiguió Lenoir, entusiasmándose con su estratagema y elocuencia propias—. Ella le denunció. Ergo, él era su amante, el amante del que la mujer deseaba verse libre… ¿Por qué? No, como supuso el ciudadano Merlin, porque él la hubiese abandonado. No, no fue por eso, sino porque tenía otro amante. Ella misma lo admitió. Deseaba quitar de en medio a Déroulède para que otro ocupase su puesto. ¿La causa? Pues que Déroulède se mostraba excesivamente tenaz en sus requerimientos… ergo, estaba enamorado de ella.

—Bueno, ¿y eso qué demuestra? —preguntó Tinville con seco sarcasmo. —Demuestra que Déroulède, al estar enamorado de esa mujer, haría mucho por salvarla de la guillotina.

—Claro.

— ¡Pardiez! Dejemos que lo pruebe, digo yo —apuntó Lenoir plácidamente—. Démosle la soga para que se ahorque.

— ¿Qué quiere decir el ciudadano Lenoir? —preguntaran uno o dos hombres, cuyos espesos cerebros no alcanzaban aún a captar en toda su amplitud el significado de tan monstruosa artimaña.

—Veo que no entendéis lo que os quiero decir, ciudadanos. Me tomáis por loco, borracho o traidor como el mismo Déroulède. Pues bien, prestadme atención durante otros cinco minutos y ya veréis. Supongamos que ha llegado el momento en que esa mujer… ¿cómo se llama? ¡Ah, sí! Juliette Marny. Que ha llegado el momento, como decía, en que esa mujer comparece a juicio en el Palacio de Justicia ante el Comité de Salud Pública. El ciudadano Foucquier-Tinville, uno de nuestros mayores patriotas, lee el escrito de acusación: los papeles quemados subrepticiamente, la misteriosa cartera hecha trizas y encontrada en la alcoba de la acusada. Si, en el escrito acusatorio, se da a entender que la correspondencia quemada era subversiva e iba dirigida a los enemigos de la República, entonces la condena será instantánea e irá seguida de la guillotina. No hay posibilidad de defensa ni de atenuante alguno. El ministro de Justicia, de conformidad con el artículo IX de la Ley redactada por él mismo, no concede el derecho a ser defendidos por un abogado a los que son acusados de traición. Pero —prosiguió el gigante con una calma impresionante—, en el caso de las acusaciones normales, hechas ante un tribunal de lo civil, por delitos contra la moralidad pública o asuntos propios del Código Penal, el ministro de Justicia autoriza que el reo sea defendido públicamente. Colocad a Juliette Marny en el banquillo, acusada de traición: en cuestión de unos minutos, la sacarán a empellones de la sala y, junto con otra hornada de traidores, la llevarán a rastras a la prisión; luego será ejecutada a primera hora del día siguiente, antes de que

Déroulède tenga tiempo de urdir algún plan para salvarla o defenderla. Si entonces él trata de mover el cielo y la tierra para rescatar a la mujer a la que ama, quién sabe, puede que la chusma de París se conmueva ante el hecho. Están locos por Déroulède y todos sabemos que ya se ha dado el caso de que dos enamorados hallasen buena acogida entre el pueblo de Francia, lo cual me parece un curioso vestigio de sentimentalismo. Por si fuera poco, el ciudadano diputado sabe mejor que nadie en el mundo cómo jugar con el sentimentalismo del populacho. Ahora bien, fijaos en cuán distinto sería todo, de tratarse de un delito tipificado en el Código Penal. Esa mujer, Juliette Marny, comparecería a juicio por impudicia, por un delito contra la moral pública. Pensad en la correspondencia quemada, que ella misma confesó que eran cartas de su amante. Recordad que fue su odio hacia Déroulède lo que la impulso a formular la falsa denuncia. En tal caso, el ministro de Justicia tiene establecido que la defienda un abogado. La mujer no ha comparecido en compañía de ningún letrado. Pero, ¿no caéis en la cuenta de que Déroulède se ofrecería a defenderla y aplicaría todo el fervor de su elocuencia en favor de su amante? ¿No os parece oírle ya hablando apasionadamente en defensa de ella? Yo sí puedo. Os lo digo, ciudadanos: es la cuerda con la que se ahorcará. ¿Será capaz de admitir ante el público de la sala que la correspondencia destruida por el fuego eran cartas de otro amante? ¡No y mil veces no! Y, ante su enfática denegación de la existencia de otro amante de Juliette, será la misión de nuestro inteligente Acusador Público el hacerle confesar que la correspondencia era suya, que era de carácter subversivo y que ella la quemó para salvarle la vida.

Hizo una pausa, cediendo por fin al agotamiento. Se secó el rostro con el pañuelo y después bebió grandes tragos de coñac para remojar la garganta reseca.

Un verdadero estallido de entusiasmo recibió el final de su larga peroración. El maquiavélico plan, de astucia casi diabólica por su sutil conocimiento de la naturaleza humana y de los resortes más secretos de un organismo como el de Déroulède, agradó a aquellos patriotas ansiosos de presenciar la caída de un enemigo superior a ellos.

Incluso Tinville abandonó su actitud de cáustico sarcasmo y sus delgadas mejillas resplandecían de gozo ante la pelea que se avecinaba.

Desde hacía ya varios meses, los juicios ante el Comité de Salud Pública resultaban monótonos y nada interesantes. El de Carlota Corday había sido una feliz excepción, pero los que se celebraran después fueron los de diversos diputados que sostenían opiniones consideradas excesivamente moderadas y los de algunos generales que no habían logrado sofocar la rebelión de las ciudades y provincias del Sur.

Pero ahora iba a juzgarse un caso apasionante a causa de la trampa tendida a Déroulède y del placer de verle dar el primer paso hacia su propia ruina. Todos los presentes estaban ansiosos y llenos de entusiasmo por verlo. Lenoir, después de haber hablado tanto, permanecía silencioso pero todos los otros hablaban por los codos, bebían coñac y acariciaban sus sentimientos de odio, así como la proximidad de un triunfo que se les antojaba seguro.

Durante varias horas, hasta bien entrada la noche, continuó la reunión. Cada uno de los veinte hombres que en ella participaban tenía algo que comentar acerca del discurso de Lenoir, alguna sugerencia que hacer.

El mismo Lenoir fue el primera en dar por terminada aquella salvaje reunión de chacales humanos, que ya gozaban contemplando a su presa. Se despidió tranquilamente de sus compañeros y salió a la oscuridad de la calle.

Al salir él, en la sala sórdida y oscura reinó un silencio total durante breves segundos. Las más repugnantes pasiones de aquellos hombres eran dueñas y señoras del lugar. Las sonoras pisadas del gigante fueron alejándose, despertando el eco en la calzada mal empedrada, hasta perderse en la distancia.

Entonces, Foucquier-Tinville, el Acusador Público, habló por fin:

— ¿Y quién es ese hombre que acaba de irse? —preguntó a la asamblea de patriotas.

—Un provinciano del Norte —dijo uno de ellos—. Ya ha estado aquí varias veces y el año pasado asistía a las reuniones con mucha frecuencia. Creo que es carnicero de oficio y me figuro que viene de Calais. Fue el ciudadano Brogard quien lo introdujo en nuestro círculo. Y ya sabes que Brogard es buen patriota.

Uno a uno, los que componían aquel lazo de Fraternidad salieron de El Caballo Tuerto. Se despidieron unos de otros con breves movimientos de cabeza y cada cual se fue a su casa, que con toda seguridad no merecía el digno apelativo de hogar.

Tinville fue uno de los últimos en abandonar la posada. Hubiérase dicho que, inesperadamente, él y Merlin habían enterrado el hacha que pocas horas antes amenazara destruir a uno de aquellos dos amigos del alma. Dos o tres de los más ardientes extremistas de aquel grupo de furibundos revolucionarios formaron corro en torno al Acusador Público y Merlin, el artífice de la Ley de Sospechosos.

— ¿Qué decís vosotros, ciudadanos? —dijo Tinville por fin, con voz pausada—. A mí me parece que ese tal Lenoir resulta demasiado elocuente, ¿eh?

—Es peligroso —sentenció Merlin.

Los demás hicieron gestos de asentimiento.

—Pero su plan es bueno —dijo uno de ellos.

—Y nos aprovecharemos del mismo —repuso Tinville—, pero después… Hizo una pausa que fue subrayada por nuevos gestos de aprobación general. —Sí, es peligroso. Mañana le dejaremos en paz, pero después…

Con gesto suave, Tinville acarició los dos altos postes en forma de guillotina que se alzaban en el centro de la sala. En su rostro se pintaba una expresión aviesa: la mueca de un monstruo que sembraba la muerte a su paso, de un ser salvaje y envidioso. Los demás se rieron con siniestro buen humor. Merlin gruñó en señal de hosca aprobación. No tenía motivos para querer al carbonero de provincias que había alzado su ronca voz para amenazarle.

Luego, tras saludarse en silencio, los últimos patriotas, dándose por satisfechos con la labor de la jornada, se perdieron en las sombras de la noche.

El vigilante andaba haciendo su ronda, con el farol en la mano y el acostumbrado grito en la boca:

—Habitantes de París, dormid tranquilos. Todo está en orden. Todo está en paz.

Capítulo XXII AL CAER EL DÍA

QUELLA misma noche la pasó Déroulède buscando frenéticamente a Juliette, sin cejar un solo instante.

Horas antes, poco después de las revelaciones que le hiciera Anne Mie, se había entrevistado con su amigo inglés, sir Percy Blakeney, ultimando con él los preparativos para sacar a madame Déroulède y a Anne Mie de París. Aunque era idealista y utopista innato, a Paul Déroulède jamás se le había ocurrido hacerse la menor ilusión con respecto a su popularidad. Sabía que en cualquier momento, por cualquier trivialidad, el amor que le profesaban las turbas de París se convertiría fácilmente en odio. Había sido testigo de corrió se esfumaba la popularidad de otros revolucionarios: Mirabeau, La Fayette y Desmoulins. ¿Era, pues, imaginable que solo él sobreviviese a la muerte de algo tan efímero?

Así, pues, mientras estuvo en el poder, en tanto gozó del amor y la confianza del pueblo, había puesto su casa en orden, en sentido tanto figurado como real. Tenía hechos preparativos muy detallados para el momento en que se produjese su inevitable caída y los que de él dependían se viesen obligados a salir huyendo de la ciudad.

Hacía ya un año que se había provisto de los salvoconductos necesarios, a la vez que, con su amigo inglés, tomaba ciertas medidas encaminadas a poner a salvo a su madre y a su pequeña pariente. Ahora era solo cuestión de poner en práctica tales medidas.

A menos de dos horas del arresto de Juliette Marny, madame Déroulède y Anne Mie abandonaron su domicilio de la rue École de Médecine. Llevaban consigo escaso equipaje, ya que deseaban dar la impresión de que se dirigían a visitar a una prima enferma que vivía en el campo.

La madre del popular ciudadano diputado gozaba de libertad para viajar sin ser molestada. Los imprescindibles salvoconductos que la seguridad de la República exigía se hallaban en regla. Así, pues, madame Déroulède y Anne Mie cruzaron la puerta Norte de París una hora antes de la puesta de sol de aquel veinticuatro de Fructidor.

El carruaje las dejó en un punto de la carretera del Norte donde debían encontrarse con lord Hastings y lord Antony Dewhurst, dos de los lugartenientes de la Pimpinela Escarlata que mayor confianza gozaban de éste. Los dos ingleses debían darles escolta hasta la costa y, una vez allí, cuidar de que llegasen sanas y salvas a bordo del yate inglés.

A este respecto, por consiguiente, Déroulède no estaba preocupado en absoluto. Su principal deber era cuidar de su madre y de Anne Mie y lo había hecho a conciencia.

Después, estaba la vieja Pétronelle.

Desde el momento en que su joven señora fuera detenida, la pobre Pétronelle se había visto sumida en un estado mental que lindaba con el desvarío y ni siquiera toda la elocuencia de Déroulède lograba persuadirla de que abandonase París sin Juliette.

—Si mi pobre corderito debe morir —dijo en medio de sollozos entrecortados—, a mí no me queda ningún motivo para vivir. Deje que esos diablos se me lleven también, si es que alguna falta les hace una pobre vieja inútil. Pero si mi querida Juliette quedase en libertad, ¿qué sería de ella en esta espantosa ciudad y sin mí? Nunca nos hemos separado y la pobre no sabría adónde volverse para hallar un hogar. ¿Quién le haría la comida y le plancharía los pañuelos? Me gustaría saberlo.

La razón y el sentido común, por supuesto, resultaron impotentes enfrente de tan sublime y heroico infantilismo. Nadie tenía corazón para decirle a la anciana que el perro asesino de la Revolución raras veces soltaba a la víctima apresada entre sus colmillos.

Lo único que consiguió Déroulède fue trasladar a Pétronelle al antiguo domicilio, el mismo que Juliette abandonara para cobijarse en casa de él y que seguía alquilado a su nombre. La buena señora, más calmada y animosa, se engañó a sí misma diciéndose que aguardaría allí el regreso de su joven ama y se puso muy alegre al ver el aposento que tan conocido le resultaba.

Déroulède se encargó de proporcionarle dinero y cuanto necesitase para su estancia en aquel lugar. Pocas esperanzas le quedaban en el corazón, pero entre ellas una estaba firmemente arraigada: Pétronelle era demasiado insignificante para atraer sobre sí la temible atención del Comité de Salud Pública.

Al caer la noche, la buena mujer quedó instalada en su antiguo domicilio, al resguardo de todo peligro. Solo entonces se sintió él libre.

Por fin podía dedicarse a lo que se le antojaba el único fin de su vida:

encontrar a Juliette.

¡Y eran doce las prisiones que se alzaban en el vasto París!

Más de cinco mil presos pasarían aquella noche esperando el juicio, la condena y la muerte.

Al principio, Déroulède, confiando en su poder y en su personalidad, creyó que la tarea le resultaría relativamente fácil.

En el Palacio de Justicia no quisieron decirle nada: todavía no tenían en su poder la lista de nuevas detenciones en la que el ciudadano Santerre, jefe supremo de la Guardia Nacional de París, clasificaba y ponía entre las causas pendientes al infortunado rebaño de aspirantes a participar en las tareas de la guillotina al día siguiente.

Las listas, además, no quedarían completas hasta el día siguiente, cuando ya serían inminentes los juicios de los nuevos prisioneros.

El trabajo del Comité de Salud Pública se hacía sin mucho retraso. Fue entonces cuando dio comienzo la fatigosa búsqueda en las doce prisiones de la ciudad, que Déroulède visitó una por una.

Desde el Temple a la Conciergerie, desde el Palais Condé al de Luxemburgo, Paul pasó horas y horas empeñado en infructuosas indagaciones.

En todas partes el mismo encogerse de hombros con indiferencia, la misma réplica displicente a su angustiada pregunta:

—¿Juliette Marny? No sabemos quién es.

¡No sabían quién era! Aún no estaba en la lista de causas pendientes, aún no la habían clasificado. Seguía siendo una más entre la inmensa manada de reses que, en número continuamente creciente, eran enviadas al matadero. Dentro de poco, a la mañana siguiente, tras un juicio que tal vez durase solo diez minutos, después de una apresurada sentencia condenatoria y un rápido regreso a la prisión, la joven pasaría a engrosar la lista de los traidores que aquella grande y benéfica República enviaba a la guillotina cada día.

En vano recurrió Déroulède a la persuasión, las súplicas y el soborno. Los malhumorados guardianes de las doce antesalas del cementerio nada sabían acerca de la identidad de los cautivos.

Pero al ciudadano diputado se le permitió que echase un vistazo en persona. Le llevaron a los grandes aposentos abovedados del Temple, a los vastos salones de baile del Palais Condé, a todos los lugares donde se hacinaban los condenados y los que aún no habían comparecido ante el tribunal. Le permitieron ser testigo de las siniestras tragicomedias con que los cautivos mataban las pocas horas que les separaban de la muerte: escenificando, por así decirlo, juicios bufos en los que se imitaban los gestos y palabras de Tinville; después, le tocaba el turno a la Plaza de la

Revolución y a Sansón, el verdugo, y a la guillotina, simbolizada por dos sillas colocadas patas

arriba.

Hijas de duques y príncipes, descendientes de anejos linajes, actuaban en aquellas comedias horripilantes y siniestras. Las damas, con el pelo peinado en forma de alto moño sobre la cabeza, se arrodillaban ante las sillas vueltas patas arriba y colocaban sus níveos cuellos debajo de la imaginaria guillotina. Se dirigían alocuciones al supuesto populacho, al tiempo que un Santerre de pega ordenaba el redoble de los tambores para ahogar las últimas ráfagas de elocuencia de la presunta víctima.

Resultaba horrible ver el aire de lástima, patetismo y congoja que envolvía a tan espeluznante parodia representada ante los mismos ojos del sublime acto de una muerte inminente.

Déroulède se estremeció al ver la primera de tales escenas y pensar que tal vez encontrase a Juliette entre aquellos bufones despreocupados, risueños e insensatos.

Juliette, su hermosa Juliette, con su semblante orgulloso y sus gestos majestuosos, propios de una reina. Se sintió aliviado al no verla allí.

—¿Juliette Marny? No sabemos quién es —fue lo último que oyó decir sobre ella.

Nadie le dijo que, siguiendo órdenes estrictas del diputado Merlin, se la había etiquetado de «peligrosa», colocándola en una remota ala del Palacio de Luxemburgo, junto con unos cuantos presos más que, al igual que ella, tenían prohibido recibir visitas y comunicarse con el exterior.

Más tarde, al sonar el toque de queda y cerrar todos los lugares públicos, al empezar sus rondas el vigilante, Déroulède comprendió que, por aquella noche, la búsqueda sería infructuosa.

Pero no podía descansar. Se pasó la mayor parte de la noche andando de un lado para otro por las tortuosas calles de París, sin otro deseo que ver romper el alba para exigir públicamente el derecho de acudir al lado de Juliette.

Su corazón era presa de una tristeza sin esperanza, de un anhelo porque su vida terminase de una vez. Solo una cosa mantenía la actividad de su cerebro, la claridad de su mente: la esperanza de salvar a Juliette.

El alba empezaba a despuntar a lo lejos, por el Este, cuando, mientras vagaba por la orilla del río, sintió de pronto que alguien le cogía del brazo.

—Véngase a mi tabuco —le dijo al oído una voz agradable y perezosa, al tiempo que una mano bondadosa le apartaba de la contemplación del río sombrío y silencioso—. ¡Y no es poco infecto el lugar! Pero allí podremos hablar a nuestras anchas.

Déroulède despertó de sus meditaciones y, al alzar los ojos, vio a su amigo, sir Percy Blakeney, a su lado. Alto, afable y bien vestido, parecía que con su simple presencia disipase los lúgubres pensamientos que comenzaban a pesar sobre el activo cerebro de Déroulède.

Le siguió de buen grado a través del complicado laberinto del viejo París; bajaron luego por la rue des Arts hasta que sir Percy se detuvo enfrente de una pequeña hostería, cuya puerta se hallaba abierta de par en par.

—Mi posadero no tiene nada que perder a causa de salteadores y ladrones

—explicó el inglés.

Condujo a su amigo a través de una angosta entrada y luego subieron un tramo de peldaños desvencijados hasta llegar a una habitación de dimensiones reducidas que había en el piso de arriba.

—Deja abiertas todas las puertas —prosiguió el inglés—, para que entre quien quiera hacerlo. Pero no creo que nadie se sienta tentado a ver cómo es la casa por dentro.

—Me extraña que se hospede usted aquí —comentó Déroulède.

Sonrió fugazmente al comparar mentalmente el aspecto extremadamente elegante de su amigo con la sordidez y la porquería que imperaban en la casa.

Sir Percy depositó su voluminosa persona en las espaciosas profundidades de una silla desvencijada, estiró sus largas piernas y, con voz tranquila, dijo:

—Me quedaré en este condenado agujero hasta que pueda sacarle a usted de esta bárbara ciudad.

Déroulède meneó la cabeza.

—Entonces sería mejor que se volviera a Inglaterra —dijo—, porque jamás saldré de París.

—Quiere decir que no saldrá sin Juliette Marny, ¿no es eso? —repuso sir Percy plácidamente.

—En efecto. Y me temo que se ha colocado en tal situación que nada podremos hacer por ella —dijo Déroulède sombríamente.

— ¿Sabía usted que la tienen en la Prisión de Luxemburgo? — preguntó inesperadamente sir Percy.

—Me lo imaginaba, aunque no pude comprobarlo.

—¿Que será procesada mañana?

—Nunca dejan que los presos languidezcan de tanto esperar —replicó Déroulède con amargura—. Eso también me lo figuraba.

— ¿Qué piensa hacer?

—Defenderla mientras me quede un soplo de vida.

—Así que todavía la ama, ¿verdad? —preguntó sir Percy, sonriendo.

— ¿Todavía?

La cara que puso al decirlo, su acento, la agonía de una pasión sin esperanza trasmitida con aquella sencilla palabra, le dijeron a sir Percy Blakeney todo lo que deseaba saber.

—Y, con todo, ella le traicionó —dijo a modo de tanteo.

—Y para expiar su pecado, que, fíjese bien, amigo mío, fue el resultado de lo que le hizo jurar su padre, está dispuesta a dar su vida por mí.

— ¿Y usted está dispuesto a perdonar?

—Comprender es perdonar —repuso sencillamente Déroulède—. Y la quiero.

— ¡Su Madona! —exclamó sir Percy con una sonrisa levemente irónica.

—No, no es mi Madona, sino la mujer a la que amo, con todas sus flaquezas, con todos sus pecados. Daría mi alma por conquistar su amor y mi vida por salvarla.

— ¿Y ella?

—Ella no me quiere… ¿me hubiese traicionado, si no?

Se sentó ante la mesa y se cubrió el rostro con las manos. Ni siquiera su amigo más querido debía ver cuánto sufría, cuán profunda era la herida recibida por su amor.

Sir Percy guardó silencio, al tiempo que en las comisuras de su boca aparecía una sonrisa curiosa, agradable. Por su imaginación pasó velozmente la imagen de la hermosa Marguerite, que tanto le había amado a él y que tan profunda herida había abierto en sus carnes. Miró a su amigo y pensó que también Déroulède aprendería pronto cuáles son las contradicciones que luchan constantemente en los más recónditos rincones del corazón femenino.

Hizo como si fuera a decir algo más, algo de gran importancia, pero, al parecer, se lo pensó mejor y encogió sus anchos hombros como diciendo: «Dejemos que el tiempo y el Destino sigan su curso de momento».

Cuando, al cabo de un rato, Déroulède alzó de nuevo los ojos, sir Percy se hallaba sentado apaciblemente en el sillón y en su cara se reflejaba una expresión absolutamente vacía.

—Ahora que ya sabe lo mucho que la quiero, amigo mío —dijo Déroulède tan pronto hubo dominado sus emociones—, ¿Cuidará de ella cuando me hayan condenado? ¿La salvará, ya que yo no podré hacerlo?

De pronto, el semblante sincero de sir Percy se iluminó con una sonrisa enigmática.

— ¿Salvarla? ¿Acaso me atribuye poderes sobrenaturales a mí o a la banda de la Pimpinela Escarlata?

—Se los atribuyo a usted —contestó Déroulède con toda seriedad.

De nuevo pareció que sir Percy estaba a punto de revelarle algo de suma importancia a su amigo, pero también en esta ocasión se contuvo. Por encima de todas las cosas, la Pimpinela Escarlata era un hombre práctico, capaz de ver el futuro, un hombre de acción, en suma que no se dejaba guiar por impulsos irreflexivos. El brillo de los ojos de su amigo, sus movimientos nerviosos y febriles, nada de todo ello le indicaba que Déroulède se hallase en un estado de ánimo que permitiese confiarle el secreto de unos planes cuyo éxito colgaba de un hilo.

Así, pues, sir Percy se limitó a sonreír y, con voz serena, dijo:

—Bueno, haré cuanto pueda.

Capítulo XXIII JUSTICIA

E

L DÍA había resultado insólitamente ajetreado.

Treinta y cinco eran los reos procesados ante el Comité de Salud Pública en el transcurso de las últimas ocho horas, es decir: una media de más de cuatro por hora o, lo que viene a ser lo mismo, doce minutos y medio para enviar a una criatura humana, llena de vida y salud, a resolver el gran enigma que se oculta más allá de las aguas de la Estigia.

El ciudadano diputado Foucquier-Tinville se había superado a sí mismo, dando la impresión de que era un ser infatigable.

Cada uno de los treinta y cinco procesados había sido acusado de traición a la República, de conspirar con los enemigos de esta. En todos los casos, se presentaren pruebas irrefutables de su culpabilidad: a veces unas cuantas cartas dirigidas a amigos del extranjero y confiscadas en la frontera; otras, una palabra de censura para las medidas de los extremistas o una expresión de horror ante las masacres de la Plaza de la Revolución, donde la guillotina chirriaba incesantemente. Tales eran las pruebas irrefutables. En otros casos, un par de pistolas, quizás una vieja espada propiedad de la familia, encontradas en casa de algún pacífico ciudadano eran presentadas como prueba concluyente de su belicosidad en contra de la República.

No era en modo alguno difícil condenarles.

De las treinta y cinco acusaciones, Foucquier-Tinville había sacado treinta fallos condenatorios.

No era de extrañar que sus amigos declarasen que se había superado a sí mismo. En verdad que el día había sido glorioso. El ardor de la satisfacción, uniéndose al calor que reinaba en la sala, hacía que el Acusador Público se pasase el pañuelo por el alargado y huesudo cráneo antes de levantar la sesión para tomarse el descanso que tanta falta le hacía.

Pero el trabajo del día aún no había concluido.

Los casos «políticos» ya estaban despachados, pese a que últimamente se acumulaban en tal grado que resultaba difícil seguir el ritmo de los arrestos que se iban practicando.

Mientras tanto, la crónica de sucesos delictivos de la gran ciudad no registraba ninguna disminución. Por el hecho de que los hombres se asesinasen unos a otros en nombre de la Igualdad, no se producía ninguna merma en la Fraternidad de los ladrones y los raterillos, de los asesinos comunes y de las rameras.

Y también a todos estos había que llevarles ante la ley. La guillotina era imparcial y caía con igual velocidad sobre el cuello del orgulloso duque que sobre el de la mujer de vida airada, sobre el del descendiente de los Borbones y el de la golfa nacida en un burdel.

Los decretos ministeriales favorecían al proletariado. Un delito contra la República no admitía defensa alguna, pero uno que hubiese sido cometido contra las personas era tratado con todo el aparato de una complicada administración de la justicia. Existían ciudadanos jueces y ciudadanos abogados y la gentuza que abarrotaba la audiencia para presenciar los procesos actuaba en calidad de jurado honorario.

Todo se hacía concienzudamente bien. A los ciudadanos criminales se les ofrecían todas las oportunidades.

Empezaba a declinar la tarde de aquel caluroso día de agosto, uno de los postreros del glorioso Fructidor y las sombras de la noche se extendían lentamente por el interior de la desnuda sala donde se administraba semejante parodia de la justicia.

El ciudadano presidente se hallaba sentado en un extremo de la sala, sobre un tosco banco de madera, ante el cual había un pupitre cubierto de papeles. Justo por encima de su cabeza, sobre la pared desnuda y enjalbegada, se leían las palabras: «La República: una e indivisible» y debajo de estas, el lema de siempre: « ¡Libertad, Igualdad, Fraternidad!».

A diestra y siniestra del ciudadano presidente, cuatro escribanos se afanaban haciendo anotaciones en un voluminoso libro, en el pasmoso registro de los más viles crímenes que jamás ha conocido el mundo: el Boletín del Tribunal Revolucionario.

En estos momentos, nadie habla y el único sonido que rompe el silencio de la sala es el raspear de las cuatro plumas sobre el papel.

Enfrente del presidente, en un banco más bajo que el suyo, se halla sentado el ciudadano Foucquier-Tinville, ya descansado y refrescado, dispuesto a reanudar su tarea durante todas las horas que la patria le exija.

Sobre cada uno de los pupitres, una vela de sebo, humeante y chisporroteando, proyecta una luz extraña, así como unas sombras aún más extrañas, sobre la cara de los escribanos y del presidente y sobre las desnudas paredes y los lemas amenazadores.

En el centro de la sala, una plataforma rodeada por una barandilla de hierro espera a los acusados. Delante mismo de la plataforma, cuelga del techo una pequeña lámpara de latón con pantalla verde.

A lo largo de las paredes enjalbegadas se extienden tres hileras de bancos de hermoso roble tallado, robados de Notre Dame y de las iglesias de St. Eustache y St. Germain l’Auxerrois. Pero, en lugar de los piadosos creyentes de la Edad Media, las ocupan los espectadores del siniestro espectáculo que ofrecen los desgraciados que allí hacen breve parada en su camino hacia la guillotina.

La primera fila de estos bancos está reservada para los ciudadanos diputados que deseen estar presentes en los debates del Tribunal Revolucionario. Como representantes del pueblo, tienen el privilegio, casi el deber, de vigilar que las sesiones se lleven a cabo como es debido. Estos bancos ya están repletos. En el extremo de la izquierda se sienta el ciudadano Merlin, ministro de Justicia; a su lado, el ciudadano Lebrun, otro ministro; también el ciudadano Robespierre, que goza todavía de gran influencia y sigue la marcha de los procesos con sus ojos claros y acuosos y su curiosa sonrisa de desdén, rasgos todos ellos que le han granjeado el sobrenombre de «el incorruptible verdemar».

Otras caras conocidas se hallan también presentes, vagamente distinguibles entre la penumbra que rápidamente va invadiendo la sala. Pero a nadie le pasa por alto la presencia del ciudadano diputado Déroulède, el ídolo del pueblo, que está sentado en el extremo de uno de los bancos colocados a la derecha. Tiene los brazos cruzados sobre el pecho y la luz de la lámpara cae de lleno sobre su negro pelo y sus cejas de trazo firme y soberbio, debajo de las cuales brillan sus ojos, grande e inquieto.

Al poco, el ciudadano presidente hace sonar la campanilla y se produce un ruido discordante de risas groseras y sonoros juramentos, empujones, choques y palabrotas: es el público que está entrando en la sala.

¡El cielo nos libre! ¡Qué gentuza!

¿Es realmente posible que la humanidad produzca semejante escoria? Mujeres vestidas con una simple falda y una camisola que dejan entrever, sin vergüenza alguna, la carne desnuda y mugrienta que hay debajo; desnudas las piernas, los pies metidos en pesados zuecos, el pelo desgreñado y el rostro, embrutecido por el alcohol, mostrando una expresión malévola. Mujeres sin el menor asomo de femineidad, de pechos marchitos y yermos, resecos y cuarteados los labios que jamás han sabido qué es un beso. Mujeres sin otra emoción que el odio, sin más deseo que el de satisfacer el hambre y la sed y la lujuria de la venganza contra sus hermanas menos viles y hombrunas que ellas. Entran en tropel, empujándose y dándose codazos, lanzándose como un enjambre de avispas sobre los bancos de las primeras filas, ya que desde ellos podrán ver mejor a las víctimas desdichadas que dentro de poco serán puestas en la picota ante ellas.

Y, al mismo tiempo, hombres sin traza alguna de humanidad, doblados bajo la pesada carga de su degradación, muertos para la piedad, el amor y la caballerosidad; insensibles a todo salvo a un deseo desmesurado de ver correr la sangre ante sus ojos.

¡Dios se apiade de todos ellos! Porque también hay niños entre ellos. Niños, con perdón del lector, de carita pálida y precoz, devastada por los azotes de la inanición, contemplando con ojos empañados, con ojos que no entienden lo que ven, este mundo de rapacidad y horror.

¡Niños que han visto la muerte!

¡Una muerte horrorosa! No la muerte hermosa y apacible, el sueño tranquilo y eterno del padre o la madre, del hermano o hermana, que yace vestido de blanco en medio de abundantes flores. No. Han visto la muerte en su aspecto más sobrecogedor, horrible, violento y espeluznante. Y ahora miran a su alrededor con ojillos ansiosos, ávidos, esperando el divertido espectáculo que va a representarse en la sala; clavan sus ojos en el presidente, tocado con su alto gorro frigio; miran embobados a los escribanos, que empuñan con mano infatigable sus plumas y escriben, escriben, escriben; y alzan los ojos hacia las lámparas vacilantes que lanzan nubes de humo y hollín que suben hacia el negro techo que cubre sus cabezas.

De pronto, una de estas criaturas, una simple enanita que apenas tendrá diez años, posa sus ojos en el rostro de Paul Déroulède, que se halla al otro lado de la sala.

— ¡Mira! ¡Es papá Déroulède! —exclama, señalándole con su delgado dedito.

La pequeña se vuelve para mirar a los que la rodean y sus ojos se dilatan al recordar la tarde feliz pasada en casa de papá Déroulède, comiendo pan blanco en abundancia, regándolo con grandes jarras de leche espumante. Déroulède hace un esfuerzo por sacudirse de encima la apatía que le domina y sus ojos grandes y cargados de sinceridad pierden la expresión de terrible sufrimiento al corresponder al saludo de la pequeña.

Por un momento, una simple fracción de segundo, las caras escuálidas, las expresiones míseras y hambrientas de la multitud se suavizan al verle.

Se

oye un débil murmullo entre las mujeres que tal vez allá en lo alto, en el cielo, el ángel encargado de registrar las acciones de los hombres tome por una bendición. ¿Quién sabe?

Foucquier-Tinville sofoca una mueca despreciativa y el ciudadano presidente, lleno ya de impaciencia, vuelve a agitar la campanilla.

—¡Traed a los acusados! —ordena en tono estentóreo.

Se produce un movimiento de satisfacción entre la multitud y el ángel del cielo se ve obligado a ocultar de nuevo su cara.

Capítulo XXIV; EL JUICIO DE

JULIETTE

C

ONSTA para los siglos de los siglos en el Boletín del Tribunal

Revolucionario, con fecha del 25 de Fructidor del año I de la Revolución. Cualquiera que sienta interés por ello puede leerlo, ya que el Boletín se guarda en los archivos de la Biblioteca Nacional de París.

Uno a uno fueron compareciendo los acusados, escoltados por una pareja de guardias nacionales con sus uniformes harapientos y sucios, rojos, blancos y azules. Se les condujo a la pequeña plataforma que ocupaba el centro de la sala y se les obligó a escuchar la acusación que contra ellos formulaba el ciudadano Foucquier-Tinville, el Acusador Público.

Las acusaciones eran de poca importancia en su mayoría: hurtos, fraudes, robos, algún que otro homicidio o incendio provocado. Un hombre, no obstante, fue acusado de asesinato con motivo del asalto a una diligencia y una mujer del tráfico más innoble que el ingenio femenino, cuando está pervertido, es capaz de inventar.

Los dos fueron condenados a la guillotina; a los demás se les mandó a galeras en Brest o Tolón: el falsificador junto con el raterillo, el que robaba con escalo junto con el empleado que se había fugado con los fondos de su patrón.

No había en las cárceles y prisiones espacio suficiente para los delitos comunes previstos en el Código Penal: estaban llenas ya hasta los topes de presuntos traidores a la causa republicana.

Tres mujeres fueron enviadas a la penitenciaria de Salpètrière. Las sacaron a rastras de la audiencia entre agudos gritos proclamando su inocencia y seguidas por una ristra de bromas obscenas procedentes de los espectadores que estaban sentados en los bancos.

Se hizo entonces un silencio momentáneo.

Juliette Marny acababa de ser conducida al interior de la sala.

Se la veía serena y exquisitamente hermosa, vestida sencillamente con una falda y corpiño de color gris, ceñida la cintura por una faja negra y con un blanco pañuelo doblado sobre el pecho. Por debajo de su gorrito blanco asomaba su cabello dorado en primorosa y ensortijada profusión. El rostro, ovalado e infantil, estaba muy blanco pero, por lo demás, completamente sereno.

Parecía absolutamente ajena a cuanto la rodeaba y se dirigió con pasos firmes hacia la plataforma, sin mirar a diestra ni a siniestra.

Así, pues, no vio a Déroulède. Sus ojazos mostraban un fulgor intenso, maravilloso: el fulgor de la abnegación.

No solo ofrecía su vida, sino todo cuando una mujer refinada tiene en mayor estima. Y lo hacía por el bien del hombre del que estaba enamorada. Déroulède experimentó un sentimiento tan intenso que casi le producía dolor físico cuando, por fin, oyó cómo el Acusador Público pronunciaba en voz alta el nombre de la acusada.

Llevaba todo el día aguardando aquel temible instante, olvidándose de su propia desdicha, de la sensación de haber perdido para siempre al ser amado. Lleno de horror, no podía pensar más que en lo que ella iba a soportar y a pensar cuando, por primera vez, se diese cuenta de la terrible indignidad que iban a imputarle.

Y, con todo, por el bien de Juliette, para no echar por tierra las probabilidades de que saliera airosa del trance y, finalmente, ganase la libertad, era indudablemente mejor que las cosas sucedieran de aquel modo. Tratándose de un juicio por alta traición, cabía la posibilidad de que Juliette fuese procesada a puerta cerrada, condenada y luego ejecutada antes de que Déroulède pudiera siquiera averiguar su paradero y presentarse ante los jueces reclamando toda la culpabilidad para sí mismo.

Según la perversa Ley de Merlin, los sospechosos de traicionar a la República perdían sus derechos de ciudadanía, de ser sometidos a juicio público y defendidos por un abogado.

Podía ocurrir que todo hubiese terminado antes de que Déroulède llegase a enterarse de ello.

La otra alternativa resultaba, por supuesto, aún más terrible. Llevada ante el tribunal entre diversos ejemplares de la escoria parisiense, la joven sería acusada de algo tan horrible que Déroulède albergaba la vaga esperanza de que ella fuese demasiado inocente para comprenderlo en toda su extensión. Ni siquiera osaba pensar en lo que la muchacha sufriría.

Pero, indudablemente, era mejor que así fuese.

El barro que arrojasen sobre la túnica de pureza que la envolvía jamás se pegaría a ella y, al menos, el juicio sería público. Y él estaría presente para asumir toda la infamia, toda la desgracia y todo el oprobio.

La vehemencia de su apelación haría que la ira de los jueces se desviara de Juliette y fuese a recaer sobre él y después, pasados ya los breves momentos de aflicción, la joven quedaría en libertad para abandonar París, incluso Francia, y ser feliz, olvidándose de él y de su recuerdo.

Se sentía lleno de un amor irresistible y poderoso hacia la muchacha que, tras haberle perjudicado, trataba de salvarle con tanta nobleza. El anhelo de estar a su lado, siquiera de verla, estremecía de dolor todas las fibras de su cuerpo. Juliette ya no era su Madona y su belleza le hacía vibrar con el deseo apasionado, casi sensual, de dar su vida por ella.

La acusación formulada contra Juliette Marny forma ya parte de la Historia. Aquel día, el 25 de Fructidor, a las siete de la tarde, fue leída por el Acusador Público ante la acusada, que, según nos cuenta el Boletín, la escuchó con gran serenidad y aparente indiferencia, erguida en la misma picota en que otrora se irguiera la pobre y culpable Carlota Corday y más adelante lo haría la orgullosa e inocente María Antonieta.

Déroulède, por su parte, escuchó la lectura del soez documento con toda la calma de que era capaz gracias a su fuerza de voluntad. Le hubiese gustado ponerse en pie sin perder un segundo más y, llevado de una furia animal, irreflexiva, aplastar con sus puños las palabras que salían de la mentirosa garganta de Foucquier-Tinville.

Pero, en bien de Juliette, estaba obligado a escuchar y, sobre todo, a actuar serenamente, deliberadamente, respetando las formas y el procedimiento judicial con el fin de no poner en peligro la causa de la joven.

Así, pues, escuchó atentamente las palabras del Acusador Público.

—Juliette Marny, por la presente se te acusa de haber calumniado, mediante una denuncia falsa y maliciosa, la persona de un representante del pueblo; indujiste al Tribunal Revolucionario, por medio del mismo acto malintencionado, a presentar cargos contra el susodicho representante del pueblo, a ordenar el registro de su domicilio y a desperdiciar un tiempo valioso que en justicia debiera haber sido empleado al servicio de la República. Y lo hiciste, no a impulsos de un sentido equivocado del deber para con la patria, sino movida por un espíritu impuro y licencioso, para librarte de la vigilancia de aquel en cuyo corazón no anidaba más que el deseo de tu bienestar y que procuraba impedir que siguieras llevando la vida de inmoralidad que constituía ya un escándalo público y que ahora te ha hecho comparecer ante este tribunal de justicia, para responder a la acusación de libertinaje, impudicia, difamación y corrupción de la moral pública. En prueba de lo cual, presento ahora ante el tribunal tu propia confesión de que más de un ciudadano de la República ha sido atraído por ti a una relación inmoral contigo y, por si fuera poco, el hecho de que tú misma reconociste que acusaste al ciudadano diputado Déroulède falsa y malévolamente y, además, para finalizar, presento ante los jueces la correspondencia de índole inmoral y obscena cruzada por ti con algunas personas desconocidas y que en vano trataste de destruir. Considerando todo lo cual, y en nombre del pueblo de Francia, del cual soy portavoz, exijo que seas sacada ahora mismo de este Palacio de Justicia y llevada a la Plaza de la Revolución, a la vista de los ciudadanos de París y sus alrededores, vestida con una túnica blanca y manchada, símbolo del baldón que pesa sobre tu conciencia, para, una vez allí, ser azotada en público por el ciudadano Sansón, verdugo de la República. Después de lo cual, exijo que seas llevada a la prisión de la Salpètrière, donde permanecerás detenida a discreción del Comité de Salud Pública. Y ahora, Juliette Marny, ya has oído la acusación que se te formula. ¿Tienes, pues, algo que decir para que la sentencia que acabo de exigir no sea dictada contra ti?

El discurso del Acusador Público terminó entre una tormenta de pullas, gritos, risotadas y maldiciones.

Daba la impresión de que estaba saliendo a la superficie todo lo más vil y bestial que se ocultaba dentro de aquellas gentes desgraciadas y mal dirigidas que luchaban por la Utopía y la Libertad, a resultas de haber escuchado la lectura de aquel documento infamante en grado sumo. Para aquellos miserables desdichados resultaba una delicia ver cómo la hermosa y etérea mujer, casi sobrenatural a causa de su despego orgulloso, era ensuciada con el más vil de los lodos en que la maldad humana es capaz de hundirse.

Las mujeres expresaron su aprobación con gritos soeces; los niños, sin entender nada, rieron sin alegría; los hombres mostraran su aprecio por el discurso de Foucquier-Tinville profiriendo denuestos a voz en grito.

En cuanto a Déroulède, la agonía mental que estaba sufriendo dejaba reducida a juego de niños cualquiera de las torturas que, según se dice, el diablo reserva para los condenados. Crujían sus músculos a causa del esfuerzo frenético por conservar el dominio de sí mismo; clavaba las uñas en la palma de las manos, tratando de que el dolor físico ahogase los sufrimientos de su mente.

Pensó que su capacidad de raciocinio se tambaleaba, que se volvería loco si oía una palabra más de semejante infamia. A sus oídos, los abucheos y alaridos de la chusma desastrada sonaban igual que los gritos y llantos de desespero de las almas perdidas que se retuercen en el infierno. Ya no le quedaba ni rastro de la piedad que antes le inspiraban, de su amor por la humanidad, de su consagración a mitigar el sufrimiento de los

desamparados.

Todo su ser estaba lleno de un odio inmenso hacia la espeluznante Revolución y hacia la gente que, según ella, era libre. Al mismo tiempo, experimentaba un deseo loco y horrible de verles sufrir, morir de hambre en medio de la miseria y la degeneración. La pasión del odio que ahora dominaba su alma era, cuando menos, tan espantosa como la de los que la inspiraban. Durante un fugaz momento, Derouléde no fue más que uno de ellos, de los que daban muestras de una avidez desmesurada de venganza. Solo Juliette permanecía serena, silenciosa, impasible, en medio de aquella tormenta de pasiones desatadas.

Se veía bien a las claras que había oído la acusación y la ultrajante sentencia, ya que sus mejillas, blancas ya de por sí, presentaban ahora el color de la ceniza. Pero ni por un solo instante se desprendió de su actitud de orgullosa altivez.

Ni una vez volvió la cabeza hacia la chusma que la insultaba. Con absoluta pasividad, aguardó a que los alaridos y los gritos menguasen.

Completamente inmóvil, solo las puntas de sus dedos tamborileaban con impaciencia la barandilla de hierro que había enfrente de ella.

Dice el Boletín que se sacó el pañuelo y se enjugó su rostro: "se secó la frente, que estaba perlada de sudor", son las palabras textuales del Boletín. El ambiente estaba sobrecargado con el hedor húmedo y penetrante de las ropas sucias y sudadas de los espectadores. Aunque era inmensa, la sala daba la impresión de ser un cuchitril cerrado, sofocante. Las velas de sebo titilaban en el aire húmedo y bochornoso, poniendo de relieve los rostros del presidente y de los escribanos, trazando curiosos efectos caricaturescos con su juego de luces y sombras.

La lámpara de petróleo que pendía sobre la cabeza de la acusada ardía ahora con intensidad y empezaba a despedir una humareda que hacía crujir secamente la chimenea. El ruido del primer crujido de esta distrajo la atención de la multitud, entre la que se hizo un silencio momentáneo que permitió al Acusador Público repetir su pregunta:

—Juliette Marny, ¿tienes algo que decir en respuesta al cargo que se te hace? ¿tienes algo que alegar en contra de la sentencia que he solicitado al tribunal?

El humo fuliginoso de la lámpara caía en multitud de partículas pequeñas, negras, grasientas. Juliette, con gesto pausado, se quitó de la manga una de ellas con la punta de los dedos y luego contestó:

—No. Nada tengo que decir.

—¿Has nombrado a un abogado para que te defienda, según los derechos de ciudadanía que te concede la ley? —agregó el Acusador Público en tono solemne.

Juliette se hallaba ya presta a contestar y en sus labios cobraba forma el no que tenía intención de pronunciar a modo de respuesta.

Pero por fin acababa de llegar el momento para Derouléde, el momento por el que había permanecido en silencio, sufriendo y reprimiendo las ganas de alzar la voz, mientras dos días enteros arrastraban lentamente sus horas interminables a partir del arresto de su amada.

En un decir Jesús, se puso en pie ante todos los reunidos, apoyándose en su costumbre de hablar en público, de dominar y mandar.

—La ciudadana Juliette Marny me ha confiado su defensa— dijo antes de que el no surgiera de los labios pálidos de la joven—. Heme, pues, aquí entre vosotros, para refutar los cargos que se le imputan y para exigir, en nombre del pueblo de Francia, que se le haga justicia por medio de su absolución plena.

Capítulo XXV LA DEFENSA

A INTENSA excitación que produjo la afirmación de Derouléde halló su vía de desahogo mediante una estruendosa salva de aplausos.

—¡Muy bien! ¡Viva! ¡Adelante, Derouléde! —se oyó en los bancos atestados de gente.

Hombres, mujeres, y críos, cansados de la monotonía de las actuaciones precedentes, se dispusieron a gozar hasta el máximo durante el siguiente cuarto de hora.

Si Derouléde intervenía en él, no cabía duda de que el juicio iba a resultar interesante o, mejor dicho, apasionante. Además, el pueblo estaba siempre pronto a escuchar a su favorito.

Los ciudadanos diputados, soñolientos tras el largo y agobiante día, dieron la impresión de salir de su letargo con renovado interés. Lebrun, al igual que un perrazo peludo, se sacudió de encima la modorra que poco a poco iba apoderándose de él. Robespierre dejó que una sonrisa escapara entre sus labios delgados y dirigió la mirada hacia Merlin, para ver qué efecto le causaba la situación. Era bien conocida la enemistad existente entre el ministro de Justicia y el ciudadano Déroulède, que, como todo el mundo pudo observar, aumentando con ello su deleite, mostraba una viva expresión de triunfo, aun antes de empezar la batalla.

Sentado en uno de los bancos más altos, podía verse al ciudadano Lenoir, el director de escena de aquel drama palpitante. Con evidente satisfacción, contemplaba desde lo alto la escena que él mismo sugiriera la noche anterior a los miembros del Club Jacobino. Los ojos penetrantes de Merlin habían intentado, vanamente, distinguir la robusta figura y la cabeza enorme del gigante de provincias entre la penumbra que envolvía a los numerosos espectadores.

La luz de la lámpara de petróleo daba de lleno en el semblante moreno y sincero de Déroulède, que en aquel momento miraba directamente al rostro del infame acusador de Juliette. La luz vacilante de las velas de sebo colocadas sobre el pupitre del presidente hacía que en la pared se proyectase la grotesca silueta del cuerpo bajo y magro y la cabeza grande y desgreñada de Tinville.

A todas luces, Juliette no había perdido un ápice de serenidad. Por otra parte, nadie sentía por ella suficiente interés para observar el leve rubor que

lentamente había cubierto sus pálidas mejillas al oír la primera palabra

de Déroulède.

Tinville esperó hasta que las olas de excitación se estrellaron sobre los bajíos de la expectación.

Entonces, tomó de nuevo la palabra:

—Veamos, ciudadano Déroulède, qué tiene usted que decirnos. ¿Qué le induce a suponer que la acusada no se merece una sentencia condenatoria?

—Lo que tengo que decir es que la acusada es inocente de todos los cargos que se le han imputado en el escrito de acusación presentado por usted —replicó Déroulède en tono firme.

— ¿Y de qué modo justifica esta afirmación suya, ciudadano Déroulède? —preguntó Tinville con fingida obsequiosidad.

—Muy sencillamente, ciudadano Tinville. La correspondencia a que usted hace referencia no pertenecía a la acusada, sino a mí. Consistía en ciertos mensajes que deseaba hacer llegar a María Antonieta, actualmente encarcelada en la Conciergerie, durante mi permanencia en dicho lugar en calidad de vicealcaide. La ciudadana Juliette Marny, al denunciarme, no hizo otra cosa que servir a la República, ya que mis mensajes a María Antonieta estaban relacionados con mis esperanzas personales de verla salir de este país y buscar refugio en su patria de origen.

Poco a poco, mientras hablaba Déroulède, un murmullo que parecía el lejano rugido de una ola monstruosa surgió de entre la multitud que ocupaba los bancos situados más arriba. A medida que, con voz serena y firme, proseguía su alegato, crecían el volumen y la intensidad del murmullo, hasta que sus últimas palabras quedaron ahogadas por el estallido atronador de un millar de gritos de horror y abominación. Déroulède, el amigo e ídolo del pueblo, el favorito privilegiado de aquel pueblo turbulento, el padre de sus hijos, el amigo de las mujeres, el hombre que simpatizaba con ellos y comprendía todos sus apuros, papá Déroulède, como le llamaban los pequeños… convertido en un traidor, ¡él! Y se acusaba a sí mismo de haber tramado un complot en favor de una ex tirana, de una prostituta que se había otorgado a sí misma el título de reina, de la austríaca María Antonieta, ¡la misma cuyos deseos y maquinaciones tenían por solo objetivo la ruina de Francia! Y él, Déroulède, ¡un traidor!

En un santiamén, mientras Déroulède hablaba, el amor que albergaban hacia él en sus rudos corazones, aquel amor animal y primitivo, se transformó de sopetón en un odio igualmente irresponsable. Les había engañado, se había reído de ellos, ¡tratando de sobornarlos

alimentando a sus críos!

¡Bah! ¡Era el pan de un traidor! El pan que pudiera haber matado a sus hijos.

Al principio, la sorpresa les dejó sin aliento, aunque ya empezaban a extrañarse de que se levantase a defender a una mujer disoluta. Y ahora, pensando probablemente que estaba a punto de ser descubierto, le parecía mejor desembuchar su propia traición, confiando en su popularidad, en su poder sobre el pueblo.

¡Bah!

Ni una sola circunstancia atenuante cabía en aquellos corazones endurecidos.

Él había sido su ídolo, el hombre conservado como una imagen sagrada en sus cerebros miserables y degradados, y ahora acababa de caer de su pedestal, rompiéndose en mil pedazos irrecuperables, y le odiaban y aborrecían con la misma intensidad con que antes le amaban.

De esto se percataron sus enemigos, que sonrieron rebosantes de satisfacción.

Merlin soltó un suspiro de alivio. Tinville agitó su melenuda cabeza con gesto de intensa delicia.

La predicción del carbonero de provincias acababa de hacerse realidad.

El populacho, la más voluble de todas las cosas tornadizas de este mundo, se volvía como un solo hombre en contra de su favorito. Lenoir lo había predicho, pero la transición había resultado más rápida aún de lo que se esperaba.

Déroulède tenía ya en sus manos la soga y, hablando en sentido figurado, ya se había ahorcado.

La realidad era ya cuestión de unas pocas horas. Al amanecer, la guillotina; y la chusma de París, que el día antes hubiese despedazado a sus detractores, le arrastraría, entre abucheos e imprecaciones, al cadalso.

El capricho del populacho, que es el más precario de los apoyos con que cuenta el hombre público, ya había cedido bajo sus pies. Sus enemigos lo sabían y se regocijaban en el triunfo. El mismo Déroulède era consciente de ello y se erguía, sereno y desafiante, dispuesto a hacer frente a lo que fuese si lograba salvar la hermosa cabeza de Juliette de los brazos acogedores de la guillotina.

Juliette, por su parte, daba la impresión de estar en trance. De nuevo había desaparecido el color de sus mejillas, dejándoselas más pálidas, más cenicientas que antes. Hubiérase dicho que, en aquel momento, sufría más de lo que una criatura humana era capaz de soportar, que su tortura superaba a cuantas había experimentado hasta entonces.

Déroulède no quería estar en deuda con ella, no deseaba deberle la vida. Ése era el pensamiento que abrumaba el cerebro de Juliette, aniquilando a todos los demás. Paul ya no la quería y no estaba dispuesto a recibir de sus manos el tremendo sacrificio que ella le ofrecía.

De esta manera los dos, en el momento supremo de sus vidas, se veían, pero, sin embargo, no se comprendían. Una palabra, un roce, les hubiese dado la llave con que abrir sus respectivos corazones. En vez de ello, la muerte acechaba para separarles definitivamente, dejando sin resolver el gran enigma.

Tras esperar a que el ruido cesase un poco, para que su voz pudiera ser oída, el Acusador Público, con una sonrisa que apenas disimulaba su satisfacción, dijo:

—¿Debe, pues, interpretar el tribunal que fue usted, ciudadano Déroulède, la persona que trató de quemar la correspondencia subversiva y destruir la cartera en que estaba guardada?

—La correspondencia subversiva era mía y yo fui quien la destruyó.

—Pero la acusada reconoció ante el ciudadano Merlin que ella trataba de quemar ciertas cartas de amor que hubiesen sacado a la luz las relaciones ilícitas que mantenía con un hombre que no era usted —arguyó Tinville en tono zalamero.

Tal vez la cuerda no fuese lo bastante larga. Era preciso darle a Déroulède toda la que fuera posible antes de que se aplazase aquella memorable sesión.

Déroulède, sin embargo, en vez de contestar directamente a su enemigo, se volvió hacia la densa multitud de espectadores que ocupaban los bancos enfrente suyo.

—Ciudadanos, amigos, hermanos —dijo con cálido acento—: la acusada no es más que una muchacha, joven, inocente, ignorante del peligro y del pecado. Todos vosotros tenéis madres, hermanas, hijas: ¿acaso no habéis observado en estas mujeres que os son queridas los múltiples cambios de humor, de estado de ánimo, de que es capaz el corazón femenino? ¿Es que no las habéis visto afectuosas, tiernas, impulsivas? ¿Las amaríais tanto si no fuese por la volubilidad de su carácter? ¿No las habéis adorado de todo corazón por esos sublimes impulsos que dejan en ridículo todos los planes y cálculos de un hombre? Mirad a la acusada, ciudadanos. Ella ama a la República, al pueblo de Francia y temía que yo, indigno representante de los hijos de la patria, estuviera incubando la traición contra nuestra excelsa madre. Tal fue su primer impulso: detener mi mano antes de que cometiera el espantoso crimen, castigarme o, quizá, solamente hacerme una advertencia. ¿Es que una muchacha joven se para a calcular sus actos, ciudadanos? No. Lo que hace es seguir los dictados de su corazón y su raciocinio no hace sino despertar más tarde, cuando el acto ya ha sido cometido. Entonces, a veces, surge el arrepentimiento: otro impulso de ternura que todos reverenciamos. ¿Sacaríais vinagre de los pétalos de una rosa? ¿No? Pues con igual facilidad encontraríais raciocinio en la cabeza de una muchacha joven. ¿Es eso un crimen? Ella deseaba desbaratar mi traición; luego, viéndome en peligro, la amistad sincera que por mi sentía se impuso una vez más. Amaba a mi madre, que tal vez estaba a punto de perder a su hijo; amaba a mi hermana de leche, que es tullida. Y fue en bien de ellas y no de mí, de un traidor, que cedió a otro impulso, a un impulso celestial: el de salvarme de las consecuencias de mi propia locura. ¿Fue eso un crimen, ciudadanos? Cuando os sentís enfermos, ¿no os cuidan vuestras madres, hermanas y esposas? Cuando vuestra enfermedad es verdaderamente grave, ¿no darían ellas la sangre de sus corazones con tal de salvaros? Y cuando, en las horas sombrías de vuestras vidas, algún acto que no os atreveríais a confesar abiertamente ante el mundo os oprime el alma con el peso del remordimiento, ¿no son también vuestras mujeres las que acuden a vuestro lado, tratando de aliviar el dolor de vuestra conciencia, aportándoos solaz, consuelo y paz? Pues éste fue el caso de la acusada, ciudadanos. Había visto mi crimen y anhelaba castigarme por él; vio que las personas que la hacían objeto de su amistad sufrían congoja y trató de aliviarles el dolor echándose sobre los hombros mi culpa. Ha sufrido por la noble mentira que dijo por mi bien y su sufrimiento jamás lo habrá sentido mujer alguna antes. Se ha visto en la picota, pura e inocente como vuestros hijos recién nacidos. Estaba dispuesta a soportar la muerte y lo que es diez mil veces peor que la muerte, a causa de su afecto, de la bondad de su corazón. Pero vosotros, ciudadanos de Francia que, por encima de todo, sois nobles, sinceros y caballerosos, vosotros no permitiréis que los dulces impulsos de una mujer joven y tierna sean castigados con el baldón de la felonía. A vosotras, mujeres de Francia, apelo en nombre de vuestra infancia, de vuestra juventud, de vuestra maternidad. Abridle vuestros corazones, pues ella se lo merece, se lo merece aún más ahora, porque se ha ruborizado ante vuestros ojos, se lo merece más que cualquiera de las heroínas cuyos nombres se hallan inscritos en la gloriosa lista de honor de Francia.

El magnetismo de su voz despertó los ecos de la techumbre del espacioso y sórdido Palacio de Justicia, llenándolo de una gloria como jamás conociera antes. Su entusiasmo hacía vibrar a los que le escuchaban, al tiempo que la apelación a su honor y caballerosidad despertaba los mejores sentimientos que llevaban dentro. Sin dejar de odiarle por su traición, la magia de su atractivo personal había conseguido que los corazones del público se pusieran del lado de Juliette.

Le habían escuchado sin interrumpirle y ahora, por fin, al hacer una pausa, las exclamaciones musitadas y las miradas dirigidas a la joven hacían bien patente que el sentimiento popular, que hasta el momento la había ignorado prácticamente, se inclinaba hacia la persona de la muchacha con abrumadora simpatía.

Era obvio que, si en aquel momento la suerte de Juliette hubiese dependido de un plebiscito, la joven habría recibido una absolución unánime.

Mientras Déroulède hablaba, había hecho una o dos intentonas por leer la expresión enigmática de su amigo Foucquier-Tinville. Pero el Acusador Público, cuyo rostro se hallaba sumido en la penumbra, no había movido un solo músculo durante la noble peroración del ciudadano diputado. Por el contrario, permaneció sentado ante su pupitre, con la barbilla apoyada en la palma de la mano, mirando al frente con expresión de indiferencia, casi de aburrimiento.

Luego, cuando Déroulède dejó de hablar y el estallido de entusiasmo hubo amainado un poco, se levantó con gesto pausado y con voz inalterada dijo:

—¿De manera, ciudadano diputado, que mantiene usted que la procesada es una joven casta e inocente, injustamente acusada de inmoralidad?

—¡Lo mantengo! —contestó Déroulède con acento enérgico.

—¡Tendrá la bondad de decirle al tribunal por qué se muestra tan dispuesto a acusarse públicamente de traición contra la República, sabiendo perfectamente cuáles son las consecuencias de su acto?

— ¿Acaso hay algún francés que sea capaz de salvar su propia vida a costa del honor de una mujer? —repuso Déroulède orgullosamente.

Un murmullo de aprobación recibió sus palabras y Tinville, con voz de fingida, suavidad, comentó.

—Así es, así es. Estimamos su caballerosidad, ciudadano diputado. El mismo espíritu, sin duda, le mueve a mantener que la acusada no sabía nada de los papeles que dice usted haber destruido con sus propias manos, ¿no es así?

—Ella no sabía nada al respecto. Yo los destruí. No sabía que los hubiesen encontrado y, al regresar a mi casa, descubrí que la ciudadana Juliette Marny acababa de acusarse falsamente de haber destruido subrepticiamente algunos papeles.

—Dijo que se trataba de cartas de amor.

—Es falso.

— ¿Declara usted que la acusada es pura y casta?

—Lo declaro ante el mundo entero.

—Y, sin embargo, tenía usted por costumbre frecuentar la alcoba de esta muchacha pura y casta, que vivía bajo su propio techo —dijo Tinville alargando las palabras con deliberado sarcasmo.

—Es falso.

—Si es falso, ciudadano Déroulède —prosiguió el otro con el mismo acento de fingida obsequiosidad—, ¿cómo es que la correspondencia que reconoce usted que era subversiva y, por consiguiente, es de suponer que secreta… cómo es que tal correspondencia fue hallada, todavía humeante, en la alcoba de la casta joven y que la cartera destrozada estuviera escondida entre sus vestidos, dentro de una valija?

—Es falso.

—El ministro de Justicia, ciudadano diputado Merlin, responderá de la veracidad de mi afirmación.

—Es cierto —dijo Juliette con voz sosegada.

Su voz sonó clara, casi triunfante, en medio del expectante silencio producido por el rápido intercambio de preguntas y respuestas pronunciadas con energía.

Déroulède permanecía callado.

Éste era un hecho que no conocía. Al contarle los acontecimientos relacionados con el arresto de Juliette, Anne Mie no le había dicho este pequeño detalle: que las cartas quemadas fueron halladas en la alcoba de la joven.

Hasta el momento en que el Acusador Público le paseó el hecho por la cara, Déroulède se había hallado bajo la impresión de que Juliette había destruido los papeles y la cartera en el despacho, donde se quedó a solas cuando Merlin y sus hombres salieron. Fácilmente podía haberlos quemado allí, ya que en una mesita ardía siempre una lamparita de alcohol para uso de los fumadores.

Éste pequeño detalle alteraba por completo el curso de los acontecimientos. A Tinville le bastó con proferir una exclamación indignada:

— ¡Ved, ciudadanos de Francia, de qué modo se os está engañando y embaucando!

Seguidamente, se volvió de nuevo hacia Déroulède y dijo:

—Ciudadano Déroulède…

Pero el tumulto que siguió a sus anteriores palabras fue tal que ni siquiera pudo oír su propia voz. La rabia reprimida de toda la chusma de París se desahogaba por medio del ensordecedor griterío con que trataba de impedir que siguiera la vista de la causa.

Del mismo modo que momentos antes sus corazones embrutecidos se habían ablandado inesperadamente en respuesta a la apasionada defensa de Juliette hecha por Déroulède, ahora, con igual rapidez, empezaban a llenarse de horror y odio.

Dos personas les habían engañado. A una de ellas la habían hecho objeto de su confianza y admiración, rindiéndole culto en la medida en que sus mentes degradadas eran capaces de rendir culto a alguien o a algo. Así, pues, la traición de esta persona, de Déroulède, se les antojaba doblemente condenable.

Él y la aristócrata de cara pálida llevaban semanas, meses o tal vez años, conspirando contra la República, contra la Revolución hecha por el pueblo sediento de libertad. Durante meses y años, él les había hablado y ellos le habían escuchado. Él les había colmado de tesoros de elocuencia, engatusándoles como acababa de hacerlo allí mismo, en el Palacio de Justicia.

El estruendo y la agitación crecían a pasos agigantados. Si el propósito de Tinville y Merlin era enfurecer a la turba, en verdad que lo habían conseguido de sobras. Lo más bestial y salvaje del temible populacho de París afloró a la superficie en un frenético y alocado deseo de venganza. La multitud abandonó precipitadamente los bancos, atropellándose unos a otros, pisoteando a los niños y a los que habían caído, tratando de atrapar a

Déroulède y a su amante de pálido rostro para despedazarles, aplastarles, arrancarles los ojos. Gruñían y mostraban los dientes cual bestias salvajes. Los alaridos de las mujeres se mezclaban con el llanto de los críos, al tiempo que los hombres de la Guardia Nacional se las veían y deseaban para contener aquella oleada de odio.

Si alguno de ellos hubiese conseguido atravesar la barrera de bayonetas que rápidamente se alzó ante la avalancha humana, Déroulède y Juliette lo habrían pasado muy mal.

El presidente hacía sonar desesperadamente la campanilla y su voz, temblorosa a causa de la agitación, logró alzarse una o dos veces por encima de la barahúnda:

— ¡Despejen la sala! ¡Despejen la sala!

Pero la gente se negaba a que la sacaran de allí.

— ¡Muerte a los traidores! ¡Muera Déroulède! ¡Queremos la cabeza de la aristócrata!

Y en el punto donde la aglomeración era más densa, los anchos hombros y la enorme cabeza del ciudadano Lenoir descollaban sobre quienes le rodeaban.

De buenas a primeras, hubiérase dicho que echaba leña a la furia de la multitud, ya que se oía claramente su voz estridente, con marcado acento de provincias, lanzando fuertes vituperios contra los acusados.

Luego, en un momento dado, cuando el tumulto se hallaba en su cenit y los soldados de la Guardia Nacional empezaban a perder terreno ante la embestida de aquella manada de chacales humanos, Lenoir cambió de táctica.

— ¡Alto, ciudadanos! —exclamó a pleno pulmón—. Les daremos mejor su merecido en la calle. ¿Qué me decís, ciudadanos? ¿Vamos a dejar que los jueces concluyan la farsa mientras nosotros nos ocupamos de los preparativos para cumplir la sentencia enfrente del Tigre Amarillo? ¿Qué os parece?

Al principio apenas hicieron caso de su sugerencia, por lo que se vio obligado a repetirla una dos veces, añadiéndole algunos detalles que la hicieran más interesante.

—En las calles hay más libertad, porque en ellas no están esos monos de la Guardia Nacional metiéndose entre el pueblo francés y sus ansias de justa venganza.

Enderezó sus poderosos hombros y a empellones se abrió paso hacia la puerta, al tiempo que decía:

— ¡Yo al menos voy a ver dónde está el patíbulo más próximo!

La multitud le siguió como una manada de borregos.

— ¡El más cercano! ¡Sí, sí! —gritaban—. ¡A la calle! ¡Al patíbulo! ¡Muerte a los traidores!

Y, profiriendo un sinfín de imprecaciones y juramentos horribles, parte de los espectadores comenzó a abandonar la sala en fila india. Solo unos pocos se quedaron para presenciar el final de la farsa.

Capítulo XXVI SENTENCIA DE

MUERTE

OS dice el Boletín del Tribunal Revolucionario que ambos acusados dieron muestras de gran serenidad en medio del tumulto que se armó

entre las cuatro paredes desnudas del Palacio de Justicia.

Sin embargo, nos cuentan los cronistas que, aunque por fuera se le viera impasible, el ciudadano diputado Déroulède estaba profundamente trastornado. Sus ojos expresivos, espejos límpidos de su alma recta y noble, daban muestras de la intensa emoción que le embargaba al ver cómo se volvía contra él el odio de la multitud a la que tan a menudo había dominado y controlado.

Hubiérase dicho, en verdad, que ante él, cual fantasmagórica visión, acababa de aparecer la imagen de su moribunda popularidad.

Pero esta emoción pasajera se esfumó en cuanto el grueso de la multitud hubo salido de la sala. Déroulède no opuso resistencia alguna cuando dos hombres de la Guardia Nacional le condujeron desde el banco que le correspondía como miembro privilegiado de la Convención Nacional hasta el banquillo de los acusados.

A partir de aquel momento, quedaba convertido en un preso como otro cualquiera, en un hombre acusado de haber traicionado a la República. No cabía duda alguna de que sus victoriosos enemigos se apresurarían a llevar a cabo la acostumbrada pantomima judicial mientras durase el odio de la multitud contra su ídolo caído.

El silencio más absoluto reinaba tras el tumulto enfurecido de los pasados instantes. Nada se oía en la inmensa sala a excepción de los cuchicheos de Foucquier-Tinville, que, rápidamente, daba instrucciones al escribano más próximo a él, y el raspear de la pluma de éste sobre el papel.

El presidente, con idéntica prisa, estampaba su firma sobre diversos papeles que acababan de entregarle los otros escribanos. Los pocos espectadores que quedaban (los diputados y unos cuantos ciudadanos que preferían ver cómo acababa el asunto) se hallaban sumidos en el silencio y la expectación.

Merlin se secaba la frente, como si fuera presa de una intensa fatiga a causa de un duro esfuerzo. Robespierre tomaba rapé sin que, al parecer, hubiese perdido ni pizca de su habitual frialdad.

Desde el banquillo, Déroulède podía ver a Juliette, cuya grácil figura se recortaba bajo la luz de la lámpara de petróleo. El ciudadano diputado era presa de emociones contradictorias: por un lado le afligía en gran manera el hecho de no haber logrado salvar a su amada; por otro, experimentaba

una sensación de intenso gozo al pensar que moriría al lado de ella.

Conocía muy bien de qué manera obraba el tribunal revolucionario; sabía que, en cuestión de pocos minutos, también él sería condenado, que les sacarían a empujones de la audiencia, les arrastrarían por las calles de París hasta arrojarles a la misma prisión donde se hacinaban los que, al igual que ellos, vivían sus últimas y escasas horas.

Después, al romper el día siguiente, los dos morirían en la guillotina. La muerte en público, con todos los horrores que la acompañan: la carreta abarrotada de condenados; el cura, vestido de paisano y designado por aquel gobierno sin Dios, musitando unas plegarias convencionales y dándoles un sermón desprovisto de todo valor.

Y, con todo, en su corazón no hallaba cabida más que el amor hacia Juliette, el amor y una piedad intensa porque el castigo que la joven estaba sufriendo era muy superior a su crimen. Déroulède tenía la esperanza de que el remordimiento de su amada no fuese demasiado amargo y, lleno de ilusión, aguardaba la llegada de las breves horas que pasaría junto a ella, pensando que tal vez conseguiría consolarla.

Juliette no era más que la víctima de un ideal, de un Destino más poderoso que su fuerza de voluntad: la mártir inocente de la gran equivocación de su vida.

Los minutos pasaron volando. A todas luces, Foucquier-Tinville ya tenía preparadas las nuevas acusaciones.

Leyó en primer lugar el escrito acusatorio contra Juliette, a la que ahora se acusaba de conspirar con Paul Déroulède contra la seguridad de la República, ya que tenía conocimiento de la correspondencia subversiva cruzada entre éste y María Antonieta. Tras formular esta acusación, Foucquier-Tinville le preguntó si tenía algo que alegar:

—No —replicó la joven con voz clara y firme—. Ruego a Dios por la vida y libertad de nuestra reina María Antonieta, así como por el derrocamiento de este reinado del Terror y la Anarquía.

Estas palabras, que constan en el Boletín del Tribunal Revolucionario, fueron interpretadas como la prueba definitiva e irrefutable de su culpabilidad, por lo que Juliette fue condenada sumariamente a muerte. Acto seguido, se la obligó a bajar del estrado para que Déroulède ocupase su lugar.

Escuchó serenamente la larga acusación que Foucquier-Tinville, curándose en salud, había preparado contra él la noche anterior. Las palabras «traición contra la República» salían de modo conspicuo y repetido. El documento en sí es igual que los miles de escritos acusatorios redactados por el odioso Foucquier-Tinville durante aquel período sangriento: documentos que se bastan por sí solos para denunciar acertadamente la abominable parodia de la Justicia que se perpetraba con la ayuda del Acusador Público.

Habiéndose acusado a sí mismo y reconocido su traición, a Déroulède ni siquiera se le preguntó si tenía algo que decir. Su sentencia de muerte fue dictada con la rapidez y dureza que caracterizaban las sesiones de aquel tribunal.

Después, Paul Déroulède y Juliette Marny fueron sacados a la calle bajo fuerte escolta.

Capítulo XXVI LOS DISTURBIOS DE

FRUCTIDOR

M

UCHAS son las crónicas, más o menos auténticas, que se han publicado acerca de lo que la Historia conoce con el nombre de «Los Disturbios de Fructidor».

Pero fue así como sucedió todo o, cuando menos, esta es la versión que, pocos días después, en Inglaterra, escuchó el Príncipe de Gales de labios de un personaje que era ni más ni menos que sir Percy Blakeney. Y, a decir verdad, quién mejor que la propia Pimpinela Escarlata para hablar de ello. Déroulede y Juliette fueron los últimos acusados que comparecieron ante el tribunal en aquel memorable día de Fructidor.

La hornada de aquel día había sido tan copiosa que, al salir ellos de la audiencia, ya estaban llenas a rebosar las carretas cubiertas que se empleaban para transportar a los presos desde la prisión al Palacio de Justicia y viceversa. De hecho, los vehículos ya habían partido con su pesada carga humana. Fue por ello por lo que la Guardia Nacional dispuso solo de un tosco carro de madera, desvencijado y sin toldo, para transportar a Déroulède y a Juliette, que recibieron la orden de subir al mismo. Faltaba ya poco para las nueve de la noche y las calles de París, mal iluminadas por alguna que otra lámpara de aceite precariamente colgada de un alambre tendido entre una casa y la de enfrente, presentaban un aspecto desolado y triste. Desde hacía unos instantes, caía una lluvia débil y caliginosa que convertía las mal empedradas calles en pantanos de barro pegajoso.

El Palacio de Justicia se hallaba rodeado por una multitud que no cesaba de gritar y gritar y que, habiendo ya consumido toda la provisión de coñac de las tabernas cercanas, aguardaba ahora bajo la lluvia con el firme propósito de desahogar su rabia, apenas contenida y empapada de alcohol, sobre el hombre que en otros tiempos fuera su ídolo y al que ahora odiaba.

Hombres, mujeres e incluso niños se apiñaban ante las entradas principales del Palacio de Justicia, a lo largo de las orillas del río hasta el Pont au Change y, subiendo luego, hasta el Palacio de Luxemburgo, ahora transformado en prisión, la misma a la que, sin duda, serían conducidos los condenados.

También a lo largo de la orilla, así como directamente enfrente del Palacio de Justicia, había una hilera de postes en forma de horca, separados por unos noventa o más metros, de los que colgaban humeantes lámparas de petróleo, a unos dos o tres metros del suelo.

Una de estas lámparas había sido derribada y del poste colgaba ahora, amenazadora, una soga que terminaba en un nudo corredizo.

Alrededor de esta horca improvisada, un grupo de mujeres se hallaban sentadas o, mejor dicho, acuclilladas en el barro. Sus ropas andrajosas, completamente empapadas por la tenaz llovizna, colgaban de sus cuerpos descarnados; el pelo, gris en algunos casos y negro o pajizo en otros, formaba una mata pegajosa alrededor de sus rostros mojados, sobre los que la porquería, aliándose a la lluvia, había trazado líneas y dibujos grotescos, sobrenaturales.

Los hombres daban muestras de nerviosismo y armaban mucho ruido, corriendo de acá para allá, sin rumbo fijo, desde el rincón del puente hasta la rue du Palais, temerosos de que les fuese escamoteada la presa antes de poder dar satisfacción a sus deseos de venganza.

¡Cómo odiaban a su antiguo ídolo! El ciudadano Lenoir, con sus poderosos hombros y su cabeza no menos poderosa y cubierta de mugre, destacaba entre los racimos de gente. Su voz estridente, su acento ronco y provinciano, se oía claramente por encima del estruendo, incitando a los hombres, gritando a las mujeres, avivando el odio contra los presos dondequiera que tal sentimiento pareciese decrecer.

El carbonero venido de alguna lejana provincia daba la impresión de haberse impuesto a sí mismo la siniestra tarea de provocar al enfurecido populacho a cometer algún terrible acto de venganza en la persona de Juliette y Déroulède.

La oscuridad de la calle, la neblina que rápidamente iba anulando la magra iluminación de las lámparas de aceite, todo parecía sumar un cierto ambiente sobrenatural, horripilante, al que ya de por sí creaba aquella multitud inquieta y excitada. Nadie podía ver a su vecino. Las figuras que, entre gruñidos y gritos, se movían en la negrura de la noche parecían criaturas espectrales venidas de las regiones infernales, fantasmas diabólicos que revoloteaban en torno a los que iban a morir. Por su parte, las mujeres que se hallaban sentadas en cuclillas sobre el barro resbaladizo, debajo de la soga oscilante, hacían pensar en un grupo de brujas que aguardasen el momento de celebrar su aquelarre.

Al salir al exterior, el rostro de Déroulède se vio iluminado por un farol colgado en el umbral. Los que estaban en primera fila le reconocieron en seguida y un grito de execración se alzó hacia el cielo encapotado, al tiempo que un centenar de manos hacían gestos amenazadores hacia él.

Parecía que desearan despedazarle.

—¡Al patíbulo! ¡Muerte al traidor!

Déroulède se estremeció levemente, como si acabase de sentir en sus carnes el golpe repentino del aire húmedo y frío. Pero subió tranquilamente al carro, seguido de cerca por Juliette.

La fuerte escolta de la Guardia Nacional, con el comandante Santerre y sus dos tamborileros, tuvo que emplearse a fondo para contener a la chusma. No era norma del Gobierno revolucionario permitir en la calle los excesos de la justicia sumarísima, ya que, a su modo de ver, la ejecución pública de traidores en la Plaza de la Revolución y las procesiones de carretas que hacia ella se dirigían constituían sanos ejemplos que debían ser masticados y digeridos por los posibles traidores.

El ciudadano Santerre, comandante militar de París, había dado órdenes a sus hombres en el sentido de que utilizasen las bayonetas sin ninguna contemplación y, para sobrecoger aún más al populacho, ordenó a los tamborileros que tocasen un prolongado redoble, no fuera el caso que a Déroulède se le metiera en la cabeza la idea de dirigir la palabra a la gente. Pero Déroulède no tenía semejante intención. Su principal preocupación consistía en proteger a Juliette del frío. La joven iba sentada a su lado, abrigada con la casaca de Déroulède para protegerse de la penetrante lluvia. Los testigos oculares de estos memorables acontecimientos han declarado que, en un momento dado, Déroulède alzó la mirada inesperadamente, con una expresión curiosa y vehemente en los ojos, y que luego se puso en pie y trató de que su vista penetrase en la oscuridad que le envolvía, como si buscase un rostro determinado o, tal vez, una voz conocida.

— ¡Al patíbulo! ¡Al patíbulo! —era el grito incesante y brutal de la turba. Hasta aquel momento, flanqueados en la retaguardia por los muros exteriores del Palacio de Justicia, a los soldados les había resultado bastante fácil mantener a raya a la multitud. Pero llegó un momento en que el carro, para llegar al Palacio de Luxemburgo, tenía que salir a un espacio abierto. A partir de entonces, la tarea de los soldados iba haciéndose cada vez más difícil. El pueblo de París, que llevaba años oyendo de labios de sus tiranos que él era el dueño del universo, se enfureció a más no poder al ver cómo sus deseos eran frustrados por un puñado de soldados.

El redoble de los tambores fue recibido con un estallido de horrísonos alaridos que llegaron incluso a ahogar el sonido de los instrumentos, al tiempo que el primer movimiento del carro era saludado con un

verdadero tumulto.

Solo las mujeres acuclilladas en torno a los postes no abandonaron sus posiciones ventajosas y una de estas Megeras se entretenía tranquilamente en ajustar la soga, que había salido de sitio.

Pero todos los hombres, así como algunas mujeres, sitiaban literalmente el carro, amenazando a los soldados que se interponían entre ellos y el objeto de su furia.

Hubiérase dicho que ya nada podía salvar a Déroulède y a Juliette de una muerte inmediata y horrible.

— ¡A la muerte! ¡A la muerte! ¡Al patíbulo los traidores!

El mismo Santerre, que estaba ronco de tanto gritar, no veía cómo salir del atolladero. Había mandado a uno de sus hombres al cuartel de caballería más cercano, pero aún tardarían en llegar los refuerzos y, mientras tanto, sus hombres se veían cada vez más agotados y la chusma, enfureciéndose por momentos, amenazaba con desbordar la línea de soldados de un momento a otro.

No había un segundo que perder.

Santerre era partidario de dejar que la chusma se saliera con la suya y gustosamente les habría arrojado la presa que reclamaban, pero las órdenes eran órdenes y en el año I de la Revolución no era aconsejable desobedecerlas.

En aquel momento de suprema perplejidad, sintió que de pronto una mano se posaba respetuosamente en su brazo.

Detrás de él, apenas a unos pasos de distancia, un soldado de la

Guardia Nacional —que no era uno de los suyos— se hallaba en posición de firmes y sostenía en la mano un papelito doblado.

—Es de parte del ministro de Justicia —susurró apresuradamente el soldado—. Los ciudadanos diputados han visto el tumulto desde la audiencia y dicen que no debe perderse un solo instante.

Santerre se acercó al costado del carro, del que colgaba un farol como los que se usan para iluminar los establos, y, cogiendo el papel de manos del soldado, lo desdobló con dedos inquietos y se puso a leerlo bajo la tenue luz del farol.

A medida que leía, sus toscos rasgos fueron expresando la más profunda de las satisfacciones.

— ¿Vienen otros dos hombres contigo? —preguntó.

—Sí, ciudadano —replicó el soldado, señalando hacia su derecha— y el ciudadano ministro dijo que dos de los de aquí se unirían a nosotros.

—Debes conducir a los presos a la prisión del Temple, sin que nadie se dé cuenta, ¿Lo comprendes?

—Sí, ciudadano. He recibido instrucciones detalladas del ciudadano Merlin. Hay que hacer recular el carro para que quede al amparo de la sombra del pórtico. Allí los presos podrán bajar y ser entregados a mi custodia. Mientras, usted se quedará aquí con sus hombres, rodeando el carro vacío tanto tiempo como sea posible. Se ha enviado por refuerzos y no pueden tardar ya. Cuando lleguen, deben dar escolta al carro como si se dirigiesen a la prisión de Luxemburgo. Esta maniobra nos dará tiempo suficiente para entregar a los presos en el Temple sanos y salvos.

El hombre hablaba con voz apresurada y perentoria, al tiempo que Santerre, por su parte, se mostraba más que dispuesto a obedecer. Le aliviaba la pronta llegada de refuerzos y se sentía contento de librarse de la responsabilidad de tener que conducir a unos presos que tantos quebraderos de cabeza le estaban causando.

La espesa neblina, que a cada momento era más densa, favorecía la maniobra, mientras que el constante redoblar de los tambores, a su vez, ahogaba las órdenes dadas con prisa.

Se hizo retroceder el carro hasta la penumbra del gran pórtico y, mientras el gentío arreciaba en sus gritos y exigencias, Juliette y Déroulède recibieron órdenes tajantes de descender del carro. Nadie vio cómo lo hacían, ya que la oscuridad era impenetrable en aquel lugar.

— ¡Seguidme sin hacer ruido! —les susurró a los oídos una voz ronca al bajar del carro—. Si no, tengo órdenes de disparar sin pensármelo dos veces.

Pero ninguno de los dos sentía el menor deseo de ofrecer resistencia. Juliette, entumecida por el frío y aturdida, se apretujaba contra Déroulède, que la rodeaba con su brazo protector.

Santerre había ordenado a dos de sus hombres que se integrasen a la nueva escolta de los presos. Al cabo de unos instantes, el reducido grupo se alejó a buen paso de la escena de los disturbios, moviéndose al amparo de los muros del Palacio de Justicia.

Déroulède cayó en la cuenta de que, al parecer, les rodeaban como una media docena de hombres, pero la llovizna hacía que las siluetas resultasen borrosas. Por otra parte, la negrura de la noche era ya de una densidad absoluta. A lo lejos, el griterío del populacho se hacía cada vez más débil.

Capítulo XXVIII LO INESPERADO

E

L PEQUEÑO grupo siguió caminando en silencio. A primera vista, hubiérase dicho que consistía en unos cuantos hombres de la Guardia Nacional, a los que Santerre había puesto bajo el mando del soldado portador de las ordenes de los ciudadanos diputados.

Tanto Juliette como Déroulède se preguntaban vagamente adónde les llevarían. ¿Tal vez a otra prisión, para sustraerles a las iras del populacho? Ambos se daban cuenta de que les satisfacía el verse libres de aquella manada de bestias salvajes y enfurecidas.

Aparte de esto, nada más les importaba.

Los dos tenían la sensación de que la sombra de la muerte revoloteaba ya por encima de sus cabezas. Había llegado el momento supremo de sus vidas y les había encontrado juntos.

Lo que ni el temor ni el remordimiento, la pena o el gozo, eran capaces de hacer lo consiguió en un abrir y cerrar de ojos la grande y poderosa Sombra. Juliette, mirando valientemente a la muerte, cara a cara, buscó con su mano la del hombre al que amaba.

Ninguna palabra, ni siquiera un murmullo, se cruzó entre ellos.

Déroulède, con el instinto infalible de su pasión desinteresada, comprendió cuanto aquella manita trataba de decirle.

En un instante, todo cayó en el olvido salvo el gozo de sentir el contacto de aquella mano. La muerte, o el temor a la muerte, ya no existían. La vida era hermosa y en el alma de aquellas dos criaturas humanas reinaba una paz perfecta, una felicidad casi absoluta.

Con un simple cogerse de la mano habían buscado y hallado sus almas respectivas. ¿Qué importaban los aullidos de la multitud, el ruido y el tumulto de este mundo sórdido? Se habían encontrado el uno al otro y, cogidos de la mano, hombro a hombro, acababan de iniciar su vagabundear por el país de los sueños, donde no tenían cabida ni la duda ni la traición, donde nada había que debiera ser perdonado.

Ya no se decía que ella no le amaba, ni que, de haberle querido, no le habría traicionado. Sentía en su brazo el contacto de la mano que se aferraba a él, llena de confianza y se daba cuenta de que, a pesar de todos sus defectos, de su gran pecado y del arrepentimiento causado por el mismo, su corazón de mujer, el más precioso de los tesoros del cielo, era en verdad suyo, que a él y a nadie más pertenecía.

Y ella se daba cuenta de que él la había perdonado, es más, que nada tenía que perdonarle, porque el amor es dulce y tierno y no juzga. El amor es el amor: total, confiado, apasionado. El amor es una comprensión perfecta, una paz absoluta.

Y así seguían a la escolta hacia dondequiera que les llevase.

Sus ojos recorrían sin rumbo fijo el paisaje neblinoso de aquella parte solitaria de París. Hacía rato que se habían apartado del río y caminaban por la rue des Arts. Cerca de allí, a mano derecha, estaba la pequeña hostería llamada El Cántaro Roto, la misma donde vivía sir Percy Blakeney. A medida que se iban acercando a dicho lugar, Déroulède se dio cuenta de que, casi sin haberse percatado de ello, se estaba preguntando qué habría sido de su amigo inglés.

De todos modos, haría falta algo más que el ingenio de la Pimpinela Escarlata para sacar de París sin más tardar a dos presos tan conocidos como ellos. Aunque… — ¡Alto!

La voz de mando sonó con fuerza y claridad en el aire empapado por la lluvia.

Déroulède alzó la cabeza y se quedó a la escucha. Algo extraño e inexplicable había despertado la sensibilidad de su oído al escuchar la voz de mando.

Y, con todo, el grupo se había detenido, al tiempo que se oía el chasquido metálico propio del acto de calar la bayoneta o preparar los mosquetes para hacer fuego.

Todo había sucedido en escasos segundos y, tras una pausa tanto o más breve, una voz fuerte exclamó:

—¡A mí, Déroulède! ¡Soy la Pimpinela Escarlata!

Una mano invisible descargó un vigoroso golpe sobre el más próximo de los faroles de la calle, derribándolo y haciendo que la llama se extinguiese. Déroulède sintió que le arrastraban junto con Juliette hacia un portal cercano antes de que se apagase el eco de la voz alegre que acababa de oírse.

Media docena de hombres forcejeaban en el barro y podía oírse un buen surtido de sanos juramentos pronunciados en inglés. Parecía que los hombres de la Guardia Nacional la hubiesen emprendido unos con otros y, de no haber sido por los juramentos en inglés, tal vez a Déroulède y a Juliette les hubiese costado más tiempo comprobar qué ocurría.

— ¡Bien hecho, Tony! ¡Y vosotros también, Hastings y Foulkes! ¡Habéis hecho un buen trabajo!

Aquella voz agradable y perezosa era inconfundible, pero, ¡válgame Dios!, ¿de dónde salía?

De una cosa no había duda: los dos hombres de Santerre yacían en el suelo, sin sentido, mientras los otros tres soldados se afanaban atándoles fuertemente con unas cuerdas.

¿Qué significaba todo esto?

— ¡Hola, amigo Déroulède! ¿No habrá pensado, al menos eso espero, que dejaría a mademoiselle Juliette en semejante atolladero?

Y allí, al lado de Déroulède y Juliette, casi rozándoles, se erguía la figura del orador jacobino, del sanguinario ciudadano Lenoir. Los dos jóvenes no lograban apartar sus ojos de él, aturdidos, casi temerosos de dar crédito a lo que veían, ya que a través de la máscara de mugre que cubría el rostro del gigantesco carbonero un par de ojos azules y alegres les estaban contemplando con expresión a la vez perezosa y divertida.

— ¡Ya sé que tengo un aspecto desastroso! —dijo por fin el falso carbonero—, pero era la única forma de lograr que esos diablos asesinos hicieran lo que yo quería. Le pido mil perdones, mademoiselle. Yo soy quien la ha hecho pasar por semejante trance, pero ahora está usted entre amigos. ¿Se dignará perdonarme?

Juliette alzó los ojos, sus ojos grandes y sinceros que, nadando entre lágrimas, buscaran los del hombre que con tanta nobleza había permanecido a su lado: el hombre al que amaba.

—Blakeney… —empezó a decir Déroulède. Pero sir Percy le interrumpió en seguida: —¡Calle, hombre! Apenas si nos quedan unos instantes. No olvide que todavía está en París y que solo Dios sabe cómo nos las vamos a arreglar para salir todos de esta ciudad antes de que amanezca. He dicho que usted y mademoiselle están entre amigos. Eso es todo de momento. Tuve que ingeniármelas para reunirles, ya que, de lo contrario, mi plan hubiese fracasado. Y la única forma de que no fuese así consistía en someterles a usted y a mademoiselle a terribles indignidades. Nuestra banda solo pudo urdir un plan de rescate, así que tuve que echar mano de los medios más adecuados de que disponía para lograr que les condenasen y les llevasen a la cárcel juntos.

Hizo una pausa y luego, soltando una carcajada, agregó:

— A fe mía que a mi amigo Tinville no le hará ninguna gracia ver que el ciudadano Lenoir les ha tornado el pelo a los ciudadanos diputados.

Sin dejar de hablar, había conducido a Déroulède y Juliette al interior de una habitación oscura y angosta de los bajos del edificio. Al cabo de un rato, llamó a Brogard, el patrón de aquella sórdida hostería.

— ¡Brogard! —gritó sir Percy—. ¿Dónde se ha metido ese asno de Brogard? ¡Ah, ahí viene!

El ciudadano Brogard, obsequioso y agitado a un tiempo, con los bolsillos repletos de oro inglés, se acercaba arrastrando los pies.

— ¿Dónde había ocultado su hermosa cara? —preguntó sir Percy—. ¡Vamos! Traiga más cuerda para esos gallardos soldados. Hágales entrar y que se beban esa opción que les he recetado. ¡Maldición! Ojalá no hubiéramos tenido que traérnoslos. Pero, de no haberlo hecho, ese diablo de Santerre habría sospechado. No les harán nada, con todo. Y tampoco podrán hacérnoslo a nosotros.

Siguió hablando en tono despreocupado. Amable y caballeroso de nacimiento, deseaba dar a Déroulède y Juliette tiempo suficiente para que se repusieran de su aturdimiento.

La transición desde el desánimo más lúgubre a la esperanza había sido tan inesperada… De hecho, todo había sucedido en menos de tres minutos. La lucha en la calle había sido también breve y repentina, ya que los dos soldados de Santerre se habían visto cogidos completamente desprevenidos por los tres jóvenes lugartenientes de la Pimpinela Escarlata, que cayeron sobre ellos con tanto vigor que apenas les dejaron tiempo para gritar pidiendo socorro.

De todos modos, de nada les habría servido. La noche era oscura y lluviosa y los ciudadanos que tenían ganas de sensaciones fuertes ya andaban lo bastante ocupados agolpándose alrededor del Palacio de Justicia, a milla y media de donde acababa de tener lugar el encuentro. Por los ventanucos de las míseras casas de la otra acera asomaron un par de cabezas, pero estaba demasiado oscuro para ver y la lucha había concluido en seguida.

El silencio era dueño y señor de la rue des Arts y en el sucio comedor de El Cántaro Roto dos soldados de la Guardia Nacional yacían en el suelo, atados y amordazados, al tiempo que otros tres reían alegremente y se secaban la lluvia que empapaba sus manos y rostros.

En medio de todos ellos se erguía la figura alta y atlética del osado aventurero que había planeado tan atrevido golpe.

—Bien, hasta ahora nos ha salido a pedir de boca, ¿verdad, amigos? — dijo con voz alegre—. Ahora, echemos una ojeada al futuro inmediato. Tenemos que salir de París esta misma noche, de lo contrario mañana acabaremos todos en la guillotina.

Hablaba despreocupadamente, con su agradable y peculiar manera de arrastrar las sílabas que tan conocida era en los ambientes distinguidos de Londres. Pero en su voz había cierto tono de seriedad que impulsó a sus lugartenientes a mirarle, prestos a obedecer todas sus órdenes y, al mismo tiempo, conscientes de que les esperaban momentos peligrosos.

Lord Antony Devvhurst, sir Andrew Ffoulkes y lord Hastings, vestidos con el uniforme de la Guardia Nacional, habían desempeñado su papel a la perfección. Lord Hastings le había presentado la orden a Santerre y los tres jóvenes, obedeciendo la orden de su jefe, se habían lanzado sobre los dos hombres despachados por el comandante de París para vigilar a los presos y les habían dominado en un decir Jesús.

De momento todo iba bien. Pero, ¿cómo salir de París? Todo el mundo esperaba la solución de labios de la Pimpinela Escarlata.

Sir Percy se volvió hacia Juliette y, con la gracia consumada que exigía la complicada etiqueta de la época, le dedicó una cortés reverencia.

—Mademoiselle de Marny —dijo—, permítame conducirla a una habitación que, si bien es indigna de su presencia, le permitirá descansar unos minutos mientras le doy nuevos consejos e instrucciones a mi amigo Déroulède. En la habitación encontrará un disfraz. Le ruego que se lo ponga en seguida. No son más que unos harapos sucios, lo reconozco, pero su vida… y la nuestra dependen de que nos ayude usted.

Con gesto galante, le besó la punta de los dedos y abrió la puerta de una habitación contigua para que la joven entrase en ella. Luego se apartó a un lado, para que la última mirada de Juliette pudiera llegar sin obstáculo a Déroulède.

En cuanto la puerta se hubo cerrado tras ella, sir Percy se dirigió de nuevo a sus hombres.

—Esos uniformes ya no nos sirven —dijo perentoriamente—. Aquí hay unos cuantos hatos de prendas de un gusto abominable, Tony. ¿Queréis ponéroslas tan aprisa como podáis? Tenemos que parecer la banda de sans— culottes más sucios de cuantos se han paseado jamás por las calles de París. En su forma de hablar ya no se advertía su acostumbrado tono de pereza. De nuevo era el hombre de acción emprendedor, el osado aventurero que tenía en la palma de la mano las vidas de sus amigos.

Los cuatro hombres le obedecieron rápidamente. Lord Antony Dewhurst, uno de los dandis más elegantes de la Sociedad londinense, acababa de abrir un húmedo armario, del que sacó un buen número de prendas de vestir, simples harapos, que estaban hechos una porquería pero resultaban útiles. En menos de diez minutos la transformación fue completa y cuatro figuras sucias y desmañadas se hallaban enfrente de su jefe.

— ¡Magnifico! —exclamó sir Percy en tono de excelente humor—. Ahora vamos por mademoiselle de Marny.

Apenas acababa de hablar cuando se abrió la puerta de la habitación contigua y ante ellos surgió una horrible aparición: una mujer vestida con un corpiño y una falda a cual más sucia, con el rostro cubierto de mugre, el pelo amarillo, grasiento y enmarañado, metido de cualquier modo bajo un gorro manchado y hecho una pura arruga.

Un grito de alborozo saludó la aparición de tan pavorosa figura.

Juliette, como correspondía a su condición de mujer hecha y derecha, había recobrado toda su energía y ánimo al darse cuenta de que tenía que interpretar un papel importante. Despertó de su sueño y se dio cuenta de que un grupo de nobles amigos habían arriesgado sus vidas por ella y por el hombre al que amaba.

Ya no pensaba en sí misma. Solo lo hacía en que su presencia de ánimo, su fuerza física y mental, serían necesarias para llegar a buen puerto.

Así, pues, al tiempo que se endosaba los harapos de una calcetera de París adopto también su verdadera personalidad. Desempeñó su papel con gran valentía y una ojeada a su perfecto disfraz le bastó al jefe de aquella banda de héroes para quedar tranquilo respecto a un punto: el de si sus instrucciones serían llevadas a cabo al pie de la letra.

También Déroulède parecía un verdadero sans-culotte con sus pies desnudos y llenos de barro, los calzones raídos, la chaquetilla deshilachada. Los cuatro hombres y Juliette aguardaron a que sir Percy les diera las últimas instrucciones.

—Nos mezclaremos con la multitud —dijo sir Percy—, y haremos lo mismo que ella. Somos nosotros los que tenemos que procurar que esos exaltados hagan lo que nosotros queramos que hagan. Un millar de parabienes, mademoiselle de Marny. Le suplico que coja de la mano a mi amigo Déroulède y que no la suelte bajo ningún pretexto. ¡A fe mía que no le va a resultar difícil! ¡Ni a usted, Déroulède! Le ruego que cuide de mademoiselle Juliette y por ningún motivo se aparte de su lado en

tanto no hayamos salido de París.

— ¡Salir de París! —dijo Déroulède, profiriendo un suspiro de preocupación…

— ¡Sí! —replicó sir Percy enérgicamente—. ¡Salir de París! Con una multitud vociferante pisándonos los talones y obligando a las autoridades a redoblar las precauciones. Y, por encima de todo, recordad, amigos míos, que nuestra contraseña consiste en repetir tres veces el graznido de una gaviota. Seguidla hasta que estemos fuera de las puertas de París. Una vez allí, aguzad el oído hasta que volváis a oírla: ella os conducirá por fin a la libertad, lejos de todo peligro. ¡Adelante! ¡Salgamos de París con la ayuda de Dios!

Los corazones de los demás vibraron al oírle. ¿Quién era capaz de dejar de seguir a aquel aventurero gallardo y valiente, de noble porte y mágica voz?

—¡Y ahora, en marcha! —dijo finalmente Blakeney—. Ese asno de Santerre ya habrá dispersado a las hienas con sus soldados de caballería. Irán en busca de su presa a la prisión del Temple y nosotros iremos tras ellos. ¡A mí, amigos! Y no olvidéis el graznido de la gaviota.

Déroulède tomó la mano de Juliette entre las suyas.

—Estamos dispuestos —dijo—. ¡Dios bendiga a la Pimpinela Escarlata! Y los cinco hombres, con Juliette en medio de ellos, salieron una vez más a la calle.

Capítulo XXIX PERE LACHAISE

O RESULTABA difícil adivinar en qué dirección se había ido la multitud: en la orilla más alejada del río se oían alaridos, abucheos y

groseras imprecaciones.

El ciudadano Santerre se había visto incapaz de contener a la chusma hasta la llegada de los refuerzos de caballería. Al cabo de cinco minutos del secuestro de Déroulède y Juliette, la multitud rompió la línea de soldados y se lanzó sobre el carro, registrándolo de arriba abajo y encontrándolo vacío: la presa se les había escapado de las garras.

— ¡Los habrán puesto a segura en el Temple! —gritó Santerre con voz bronca, alegrándose a más no poder al ver el desconcierto de la gente. De buenas a primeras pareció como si la ira del enfurecido populacho, al ver chasqueados sus deseos de venganza, fuese a desahogarse en el comandante de París y sus soldados. Incluso al mismo Santerre se le pusieron pálidas las mejillas al percatarse de aquel peligro imprevisto.

Pero, de repente, se oyó una voz que clamaba:

— ¡Al Temple!

— ¡Al Temple! ¡Al Temple! —contestaran en el acto otras voces.

No tardó la arenga en cundir entre la multitud y en menos de dos minutos los alrededores del Palacio de Justicia quedaron desiertos, al tiempo que el Pont St. Michel y luego la Cité y el Pont au Change rebosaban de gentes enardecidas. Desde allí siguieron por la orilla norte del río y subieron por la rue du Temple, sin dejar de cantar y gritar, llenos de fervor revolucionario. Sir Percy Blakeney y su pequeño grupo encontraron prácticamente desiertos el Pont Neuf y las calles adyacentes. Algunos rezagados de la multitud, empapados por la lluvia, apagado su entusiasmo y con la garganta obstruida por la neblina, regresaban a casa con gesto abatido.

El grupo desperdigado de seis sans-culottes atrajo poca o ninguna atención. Sir Percy, dando muestras de una serenidad escalofriante, daba el quién vive a cuantos se cruzaban con el grupo, al tiempo que, en algunas ocasiones, les hacía preguntas como:

« ¿Por dónde se llega al Temple, ciudadano?». «¿Ya han ahorcado al traidor?». « ¿Me lo puedes decir, ciudadana?».

Las respuestas más frecuentes consistían en un gruñido o un juramento, pero nadie presto demasiada atención al gigantesco carbonero y sus andrajosos amigos.

En la esquina de una de las travesías, entre la rue du Temple y la rue des Archives, sir Percy se detuvo súbitamente y se volvió hacia sus seguidores:

—Ya estamos muy cerca de la chusma —dijo en inglés, susurrando—. Seguid a los rezagados más próximos " meteos cuanto antes donde la multitud sea más densa volveremos a encontrarnos ante los muros de la prisión y acordaos del graznido de la gaviota.

Sin aguardar respuesta, desapareció entre la neblina.

Ya empezaban a verse algunos rezagados y a oírse claramente el vocerío de la multitud, que, a todas luces, se había reunido en la gran plaza que se extendía enfrente de la prisión, reclamando a gritos el objeto de sus iras. Se acercaba el momento de pasar a la acción y hacerlo con gran serenidad. La Pimpinela Escarlata era el autor de todo el plan, pero eran sus seguidores, así como las dos personas a las que trataba de salvar, quienes debían ayudarle en cuerpo y alma.

La mano de Déroulède apretó con más fuerza la manita de Juliette.

— ¿Tienes miedo, amada mía? —preguntó en voz baja.

—No mientras tú estés cerca de mí —musitó ella en respuesta.

Tras subir por la rue des Archives durante unos cuantos minutos más, se encontraron entre lo más apretado del gentío. Sir Andrew Ffoulkes, lord Antony Dewhurst y lord Hastings, los tres ingleses, abrían la marcha, seguidos muy de cerca por Déroulède y Juliette.

Andaban ahora hacia donde la gente les empujaba. La multitud presentaba un aspecto de lo más abigarrado: empapada por la lluvia, borracha de rabia burlada y de coñac bebido en abundancia.

Todo el mundo gritaba, las mujeres con mayor fuerza que los demás.

Una de ellas arrastraba una soga, ya que tal vez todavía resultaría útil.

— ¡A por ellos! ¡Al patíbulo! ¡Muerte a los traidores!

Y Déroulède, sin soltar la mano de Juliette, unía su voz a la de la gente, gritando también:

— ¡A por ellos!

Sir Andrew Ffoulkes se volvió y prorrumpió en una carcajada. Para aquellos jóvenes atrevidos la aventura constituía un deporte arriesgado y participaban en ella tras haberse empapado del espíritu de la situación. Ninguno de ellos dejaba de gritar: «¡Al patíbulo!», incitando y alentando a los que les rodeaban.

Déroulède y Juliette sentían la embriaguez de la aventura. Estaban borrachos de gozo por haberse reunido y embargados por el deseo desenfrenado, loco y apasionado de alcanzar la libertad y vivir… ¡Vivir y amar!

De manera que se abrieron paso entre la multitud, resbalando sobre el lodo que cubría el suelo, y gritando y cantando más fuerte que cualquiera de los demás. ¿Acaso no era aquel gentío el mismísimo baluarte de su propia seguridad personal?

Buscar a los dos presos fugados entre aquel tropel de gente era lo mismo que buscar la proverbial aguja en el no menos proverbial pajar.

El amplio espacio abierto que había delante de la prisión del Temple se mostraba a ojos del espectador como una gran masa negra e hirviente. La oscuridad casi podía palparse en aquel lugar; el suelo era un pantano, lleno de barro arcilloso que se adhería a todas partes, y los escasos faroles colgados en los muros de la prisión y debajo del pórtico prácticamente no arrojaban ninguna luz sobre la plaza.

Cuando la pequeña banda formada por los tres ingleses y los dos franceses, cogidos estos de la mano, salió a espacio abierto, oyeron una llamada estridente, parecida al graznido de una gaviota, repetida tres veces, al tiempo que una voz ruda surgía de entre la gente gritando:

— ¡Maldición! ¡No me trago lo de que los presos estén en el Temple! Lo que yo creo, amigos, ciudadanos, es que una vez más nos han tornado el pelo.

La voz, con su acento extraño, difícil de situar en alguna de las provincias de Francia, dominaba el estruendo casi ensordecedor que reinaba en el lugar y logró incluso penetrar en las mentes empapadas de coñac de los que la circundaban, ya que su insinuación fue recibida con nuevos gritos de ira desenfrenada.

Al igual que una masa inmensa, viviente, en ebullición, el gentío cayó literalmente sobre la enorme y torva prisión. Empujones, codazos, alaridos, gritos de mujer, maldiciones de hombre, parecía que el 14 de julio, aquella fecha memorable, estuviese a punto de hallar su sanguinario duplicado aquella noche, que el Temple estuviese a punto de compartir el destino de la Bastilla.

Obedeciendo las órdenes de su jefe, los tres jóvenes ingleses no se apartaron de lo más apretado de la multitud y, ayudados por Déroulède, se las ingeniaron para formar una especie de barrera humana alrededor de Juliette, protegiéndola de un posible mal golpe.

A su derecha, en dirección a Ménilmontant, el graznido de la gaviota se dejaba oír de vez en cuando, dándoles fuerza y alentándoles.

Las primeras filas de gente llegaban ya al pórtico del edificio y, entre gritos y cánticos revolucionarios, reclamaban la presencia del alcaide de la prisión.

Nadie se presentó ante ellos y los portalones, reforzados con grandes barrotes y pesados goznes, siguieron cerrados, desafiantes.

La multitud se estaba convirtiendo en algo peligroso y empezaban a oírse voces que susurraban cosas acerca de la victoria obtenida cinco años antes en la Bastilla, cosas que engendraban deseos de pillaje y de incendio. Entonces volvió a oírse la voz estridente:

— ¡Pardiez! ¡Los presos no están en el Temple! Esos zotes les han dejado escaparse ¡y ahora temen la ira del pueblo!

Resultó curioso ver cómo la turba asimilaba fácilmente la nueva idea. Tal vez el sombrío y torvo bloque de grandes edificios les sobrecogía con su aire de fuerza a la vez inexpugnable y tranquilo, tal vez la lluvia y el barro se habían combinado para amortiguar sus deseos de tomar la siniestra ciudadela por asalto; tal vez fuese solamente una característica tan propia de la naturaleza humana como es el deseo de algo nuevo, de algo inesperado. Fuese como fuese, lo cierto es que la exclamación arraigó con una facilidad pasmosa.

— ¡Se han escapado! ¡Los presos se han fugado!

Algunos se mostraban partidarios de tomar por asalto el Temple, pero eran minoría. Desde buen principio, la gente se sentía más inclinada a vengarse personalmente que a realizar proezas de valor militar. La Bastilla fue conquistada a plena luz del día, y puede que las cosas no hubiesen ido tan bien de haberse descargado el ataque en una noche tan negra como esta, en que resultaba imposible ver lo que uno tenía a dos palmos de sus narices y sentía, al mismo tiempo, cómo la lluvia le estaba calando hasta los huesos.

—¡Habrán salido por una de las barricadas! —apuntó la misma voz desde la oscuridad.

— ¡Las barricadas, las barricadas! —repitió borreguilmente la multitud.

El reducido grupo de fugitivos y sus amigos cerró aún más sus filas. Por fin acababan de entender lo que dijera la Pimpinela Escarlata: «Somos nosotros los que tenemos que procurar que esos exaltados hagan lo que nosotros queramos que hagan».

Y lo que la Pimpinela Escarlata quería era que la multitud les sacara de París a él y a sus amigos y ¡por Dios que estaba a punto de conseguirlo! El corazón de Juliette latía a más no poder mientras su manita se asía con fuerza a la de Déroulède. Después de al hombre al que había entregado su amor y su misma alma, a quien más admiraba era a aquel noble y extraordinario aventurero, a aquel dandi exquisito y de alta cuna que, con el semblante cubierto de mugre y su recia figura enfundada en sucios harapos, estaba desempeñando el papel más glorioso jamás representado en escena.

—¡A las barricadas! ¡A las barricadas!

Como una manada de caballos salvajes azuzada por los látigos de los ganaderos, la chusma comenzó a desparramarse en todas las direcciones. Sin saber qué querían, sin saber qué encontrarían, olvidándose prácticamente de la causa y el destinatario de sus iras, los amotinados se dirigieron en gigantesca oleada hacia las puertas de la gran ciudad por las que sospechaban que habrían huido los presos.

Los tres ingleses y Déroulède, en medio de los cuales Juliette se hallaba bien protegida, no se unieron inmediatamente a la avalancha general. En el espacio abierto donde ellos estaban, la multitud seguía siendo muy densa y las calles que de allí salían eran sumamente angostas y por ellas, corriendo, empujándose unos a otros, como un torrente humano surgido de un remolino, se lanzó impetuosamente la gente hacia las barricadas.

Corrieron por la rue Turbigo hasta llegar a la puerta de Belleville, torciendo luego por la rue des Filles y la rue du Chemin Vert, en dirección a Popincourt, derribándose unos a otros, empujando a los más débiles, pisoteando a los caídos. Eran todos seres endurecidos y bastos, habituados a semejantes accesos de frenesí, siempre dispuestos a levantarse por muchas veces que hubiesen caído. Además, el barro era escurridizo y blando y los que pisoteaban a los demás no llevaban zapatos.

Y estas criaturas de la noche abandonaron los oscuros espacios abiertos para meterse en callejas aún más oscuras.

Corrían y corrían, ora formando un denso y jadeante tropel, ora en multitud de grupos dispersos, unos hacia el Norte, otros hacia el Sur, estos hacia el Este, aquellos hacia el Oeste.

Pero era del Este de donde procedía el graznido de la gaviota.

El pequeño grupo echó a correr hacia allí. Bajaron por la rue de la Republique siguiendo la llamada de su jefe. El gentío era muy denso aquí: la barricada de Ménilmontant estaba cerca y, al otro lado de la misma, se hallaba el cementerio del Père Lachaise. Era la salida más próxima a la

prisión del Temple y la gente tenía ganas de hacer algo en vez de pasarse la vida corriendo por las calles embarradas, mojándose y pasando frío. Quería, en suma, repetir la gesta gloriosa del 14 de julio y tomar por la fuerza las barricadas de París, más por la fuerza de voluntad que por la de las armas. En medio de aquella masa que corría desesperadamente, los cuatro hombres y Juliette pasaron desapercibidos, transformados en simples componentes de una multitud embravecida.

En un cuarto de hora llegaron a Ménilmontant.

Las grandes puertas de la ciudad estaban bien vigiladas por destacamentos de la Guardia Nacional, cada uno bajo el mando de un oficial, que, a lo sumo, estarían compuestos por una veintena de hombres. ¿Qué era eso ante una turba como la que se les echaba encima?

¿A quién se le había ocurrido soñar siquiera que París sería tornado por asalto desde dentro?

En todas las puertas de la ciudad, al Norte y al Este, había una turba de cuatro o cinco mil personas que no sabían qué querían. Todos, hombres y mujeres, habían olvidado ya la causa de que se hubiesen lanzado tan ciega, tan alocadamente hacia la barricada que estuviera más a mano.

Pero lo que cada uno de ellos y ellas sí sabían era que querían atravesar la barricada, atacar a la soldadesca, derribar al capitán de la guardia.

Y, en medio de un griterío salvaje, cada una de las puertas de la ciudad fue tomada por asalto.

Al igual que una ola inmensa y zarandeada por el viento, el populacho, en aquella memorable noche de Fructidor, se estrelló contra el cordón de soldados que en vano trataba de mantenerlo a raya. Hombres y mujeres, borrachos de coñac y exaltación, gritando «¡Catorce de Julio!», en medio de maldiciones y amenazas, exigían que las puertas se abrieran.

El pueblo de Francia se saldría con la suya.

¿Acaso no era él dueño y señor del país, arbitro del Destino de la hermosa, grande y enloquecida nación?

La Guardia Nacional se vio desbordaba y los oficiales que la mandaban no pudieron hacer otra cosa que ofrecer una débil resistencia.

Se hicieron algunos disparos dispersos que, en medio de la oscuridad y la lluvia torrencial, poco daño causaron, logrando solamente enfurecer aún más a los atacantes.

La llovizna se había convertido en un auténtico diluvio, un verdadero chubasco de verano subrayado con algún que otro lejano estampido de truenos y una incesante cortina de relámpagos que a cada momento iluminaban con sus destellos espeluznantes y fantásticos la agitada multitud, los rostros mugrientos coronados por los gorros rojos de la Libertad, las mujeres que parecían brujas, con sus melenas húmedas y desgreñadas, sus brazos flacos y amenazadores.

En cuestión de media hora escasa, el pueblo de París cruzó las puertas de su ciudad.

La victoria era total. La guardia no se resistió y los oficiales se rindieron: la multitud alborotada había impuesto su voluntad, su gran poderío.

Presa de júbilo, bullía en torno a las fortificaciones que acababa de conquistar sin otros medios que su propia voluntad.

Pero el aguacero no amainaba y con la victoria vino la saciedad, emparejada con las pieles mojadas, los pies sucios de barro, los cuerpos cansados y las gargantas resecas de tanto gritar.

En Ménilmontant, donde la aglomeración había sido más espesa que en otras partes, la ira más exacerbada y los alaridos más estridentes, se abrían ahora ante la multitud exhausta y excitada la inmensidad y la paz del cementerio del Père Lachaise.

Los grandes senderos bordeados de sombríos monumentos, los extraños cedros de ramas fantásticas, cual brazos de un centenar de fantasmas, aplacaron y sobrecogieron a las vociferantes masas de humanidad degradada que los contemplaban.

La silenciosa majestuosidad de aquella ciudad de los muertos parecía fruncir el ceño y mirar con desprecio las pasiones de su ciudad hermana. Instintivamente, la chusma se sintió amilanada. El cementerio presentaba una imagen sombría, melancólica, desértica. El resplandor de los relámpagos parecía revelar fantasmales procesiones de héroes de Francia que, tras haber partido de este mundo, volvían ahora para vagar silenciosamente entre las tumbas.

Y, estremeciéndose, el populacho volvió la espalda a aquel lugar inmenso donde reinaba la paz eterna.

De repente, en el interior del cementerio, se oyó por tres veces seguidas el graznido de una gaviota llamando a su pareja. Y cinco figuras sombrías, envueltas en capas, se separaran poco a poco del grueso de la gente y, una tras otra, a través de una brecha en el muro que hay cerca de la puerta

principal, penetraron en el recinto del camposanto.

Una vez más: el graznido de la gaviota.

Los que lo oyeron se estremecieron bajo las empapadas ropas que los cubrían, pensando que se trataba de un alma en pena que surgía de alguna tumba. Algunas mujeres, olvidándose del ateísmo de los últimos años, se persignaron apresuradamente y musitaron invocaciones a la Virgen María. Dentro del recinto, todo era silencio y paz. La tierra empapada no resonaba bajo las pisadas que poco a poco se acercaban al macizo bloque de piedra que cubre las sepulturas de los amantes inmortales: Abelardo y Eloísa.

Capítulo XXX CONCLUSIÓN, Poco más queda que decir.

L

A HISTORIA nos ha contado cómo el pueblo de París, avergonzado, cansado, chorreando agua, cómo aquel pueblo todopoderoso regresó mansamente, furtivamente, a sus hogares antes de que se oyera el primer canto del gallo saludando la pálida raya del amanecer desde alguno de los pueblos situados más allá de la ciudad.

Pero mucho antes, antes incluso de que las campanas de las iglesias de la gran ciudad dieran la medianoche, sir Percy Blakeney y su reducido grupo llegaron a la tabernita que se alza muy cerca de la verja más alejada del Père Lachaise.

Sin decir palabra, como seis fantasmas mudos, acababan de atravesar el vasto cementerio y llegaban ahora a la tranquila hostería, donde los sonidos de la hirviente revolución llegaban atenuados por su paso a través de la pacífica ciudad de los muertos.

El oro inglés había comprado fácilmente el silencio y la buena voluntad del hambriento patrón del establecimiento que se alzaba al borde del camino. Una espaciosa silla de posta se hallaba ya dispuesta, a la vez que cuatro robustos caballos flamencos llevaban ya media hora viajando con impaciencia. Por la ventanilla de la silla asomaba el rostro lacrimoso de la vieja Pétronelle.

Una exclamación de gozo y sorpresa surgió de los labios de Déroulède y Juliette y ambos se volvieron, con respeto casi religioso, hacia el hombre maravilloso que había planeado y llevado hasta el fin tan arriesgada aventura.

—Bah, amigo mío —dijo sir Percy, dirigiéndose a Déroulède—. ¡Si supiera cuán fácil ha sido! El oro puede hacer tantas cosas… Mi único mérito, al parecer, consiste en poseer abundancia de tan valioso artículo. Usted mismo me contó de qué forma había tornado las medidas necesarias para poner a salvo a la anciana Pétronelle. Prometiéndole solemnemente que se reuniría aquí con su joven señora, conseguí hacerla salir de París. Y así lo ha hecho esta misma mañana, escondida en uno de los carros del mercado y dando muestras de un valor inusitado. Se la ve tan mujer del pueblo que nadie sospechó de ella. En cuanto a la digna pareja que regenta la hostería donde nos encontramos, se les ha pagado bien y el dinero no tardó en conseguir un carruaje y los caballos necesarios. Mis amigos ingleses y yo tenemos nuestros propios salvoconductos, así como uno para mademoiselle Juliette, que debe viajar haciéndose pasar por una dama inglesa acompañada por su anciana dama de compañía, es decir, Pétronelle. En la hostería nos aguarda un buen surtido de prendas de vestir como Dios manda. Tenemos un cuarto de hora para ponérnoslas; luego, hay que emprender la marcha. En cuanto a usted, Déroulède, podrá utilizar su propio salvoconducto, por supuesto. Como su arresto se produjo tan de sopetón, el documento aún no ha sido cancelado y les llevamos ocho horas de ventaja a nuestros enemigos.

Mañana, al despertar, se encontrarán con que se les ha escurrido usted entre los dedos.

Hablaba con despreocupación y con su peculiar acento, como si estuviera soltando airosas frivolidades en cualquier salón londinense en vez de relatar la más atrevida y colosal desfachatez concebible por el emprendedor cerebro del hombre.

Déroulède era incapaz de articular palabra. Su noble corazón estaba demasiado lleno de gratitud hacia su amigo para poderla expresar con palabras.

Además, el tiempo, por supuesto, no sobraba.

Al cabo del cuarto de hora prescrito, la pequeña banda de héroes, tras despojarse de sus ropas sucias y harapientas, se encontraba vestida como corresponde a un respetable burgués parisiense camino de la campiña. Sir Percy Blakeney iba enfundado en una librea de cochero de casa acomodada, en tanto que lord Antony Dewhurst lucía la de un lacayo inglés.

Cinco minutos más tarde, Déroulède ayudaba a Juliette a subir a la silla de posta y, a pesar de la fatiga, la ansiedad y la emoción, experimentaba una felicidad inconmensurable al sentir el brazo de la joven rodeándole los hombros, con un gozo y una confianza perfectos.

Sir Andrew Ffoulkes y lord Hastings se reunieron con ellos dentro del carruaje. Lord Antony se sentó en el pescante, al lado de sir Percy. Y mientras la gente de París seguía preguntándose por qué motivo había tornado por asalto las puertas de la ciudad, los presos fugitivos eran transportados por las embarradas carreteras de Francia a velocidad de vértigo, rumbo a la costa norteña.

Sir Percy llevaba las riendas personalmente. Con su noble corazón rebosante de júbilo, el gallardo aventurero conducía a sus amigos hacia la libertad y lo hacía con sus propias manos.

Entre las ocho horas de ventaja y el hecho de que la banda de la Pimpinela Escarlata había cumplido su misión concienzudamente, proveyéndose de salvoconductos, disponiendo caballos de refresco a cada cincuenta millas más o menos, el viaje, aunque fatigoso, transcurrió sin más incidentes. Al llegar a El Havre, el grupo embarcó en el yate de sir Percy Blakeney, el Day Dream, a bordo del cual les esperaban madame Déroulède y Anne Mie. Las dos damas, siguiendo instrucciones de sir Percy, habían proseguido su viaje hacia la populosa ciudad portuaria del Norte, tal como estaba previsto desde el principio.

El encuentro de Anne Mie y Juliette resulto intensamente patético. La pobre muchachita llevaba varios días presa de un atroz remordimiento, que no había cesado de ir en aumento desde el momento en que saliera de París en otro carruaje.

Daba a Juliette por muerta y creía que Déroulède estaría loco de desesperación. Y su tierna alma se estremecía de dolor al recordar que había sido ella la que descargara la última y mortífera puñalada en el corazón del hombre al que amaba.

Su naturaleza era de las que nacen para la abnegación y hallan la suprema felicidad en ella. Y cuando, al contemplar el rostro de Paul Déroulède, vio en seguida que éste la había perdonado, ningún sentimiento de amargura vino a estropear la intensa felicidad que la embargaba al verle feliz al lado de su amada.

Fue en un bello y rosáceo amanecer de uno de los postreros días de aquel memorable Fructidor cuando Juliette y Paul Déroulède, de pie en la cubierta del Day Dream, vieron como, poco a poco, las costas de Francia se iban perdiendo de vista.

El brazo de Déroulède enlazaba a su amada, cuyos dorados cabellos, agitados por la brisa, le rozaban suavemente las mejillas.

— ¡Madona! —murmuró él.

Juliette se volvió para mirarle. Era la primera vez que se hallaban completamente a solas, la primera vez que toda idea de peligro quedaba reducida a una simple pesadilla.

¿Qué les reservaría el porvenir en la hermosa tierra extranjera hacia la que les llevaba raudamente el yate de línea esbelta?

Inglaterra, la tierra de la libertad, daría cobijo a su felicidad y a su gozo. Los dos dirigieron sus miradas hacia el Norte, donde ocultos todavía entre los brazos del lejano horizonte, se extendían los blancos acantilados de Albión, mientras que, alrededor de ellos, la bruma envolvía con su tupido velo las costas del país donde ambos habían sufrido y aprendido a amar.

Déroulède la tomó en sus brazos.

— ¡Esposa mía! —susurró.

La luz del amanecer puso un toque sonrosado en el áureo pelo de la muchacha, que alzó su rostro hacia el de Paul, al tiempo que las dos almas se unían en un beso largo, apasionado.



BARONESA DE ORCZY, (1865-1947). 

La escritora y pintora baronesa Emmuska Magdalena Orczy nació el 23 de septiembre de 1865 en Tarnaos (Hungría), hija única del barón Felix Orczy, compositor musical, y de la baronesa Emma Orczy.

En su niñez y adolescencia Emmuska vivió en Bélgica, residiendo en Bruselas, en París y en Londres, capital de Inglaterra en la que estudió arte en la West London School of Art. En 1894 se casó con Montague Barstow, con quien comenzó a colaborar en sus primeras publicaciones artísticas de carácter infantil.

Debutó como novelista con «Las Velas Del Emperador» (The emperor’s candlesticks, 1899), alcanzando el éxito con «La Pimpinela Escarlata» (The scarlet pimpernel, 1905), una historia de romance y aventura ambientada en tiempos de la Revolución Francesa que dos años antes había alcanzando renombre tras ser representada en el teatro.

Falleció a los 82 años de edad el 12 de noviembre de 1947 en Londres (Inglaterra). El mismo año de su muerte apareció su autobiografía «Eslabones De La Cadena De La Vida».



FIN

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