© Libro N° 15338. El Palacio Del Sol. Darío, Rubén. Emancipación. Julio 11 de 2026
Título Original: ©
Versión Original: ©
Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original
de textos:
https://cdn.pruebat.org/libros/pdf/Palacio_Sol.pdf
Licencia Creative Commons:
Emancipación Obrera utiliza una
licencia Creative Commons, puedes copiar, difundir o remezclar nuestro contenido,
con la única condición de citar la fuente.
La Biblioteca Emancipación Obrera es un medio
de difusión cultural sin fronteras, no obstante los derechos sobre los contenidos
publicados pertenecen a sus respectivos autores y se basa en la circulación del
conocimiento libre. Los Diseños y edición digital en su mayoría corresponden a Versiones
originales de textos. El uso de los mismos son estrictamente educativos y está
prohibida su comercialización.
Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto y el nombre de los autores
No comercial: No se puede utilizar este trabajo con
fines comerciales
No derivados: No se puede alterar, modificar o reconstruir
este texto.
Portada E.O. de: https://cdn.pruebat.org/libros/pdf/Palacio_Sol.pdf
© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación:
EL PALACIO DEL
SOL
Rubén Darío
Se reconocen los derechos morales
de Darío, Rubén. Obra
de dominio público.
Distribución gratuita. Prohibida su venta
y distribución en medios ajenos
a la Fundación Carlos
Slim.
Fundación Carlos Slim
Lago Zúrich. Plaza Carso II. Piso 5. Col. Ampliación Granada
C. P. 11529, Ciudad de México. México. contacto@pruebat.org
El palacio del sol
A vosotras, madres
de las muchachas anémicas, va esta historia, la historia de Berta, la niña de los ojos color de aceituna,
fresca como una rama de durazno en flor, luminosa como un alba, gentil como la
princesa de un cuento azul.
Ya veréis, sana y respetables señoras, que hay algo mejor
que el arsénico y el fierro, para encender la púrpura de las lindas mejillas
virginales; y que es preciso abrir la puerta de su jaula a vuestras avecitas
encantadoras, sobre todo, cuando llega el tiempo
de la primavera y hay ardor en las venas y en las savias, y mil átomos de sol
abejean, en los jardines, como un enjambre de oro sobre las rosas
entreabiertas.
Cumplidos sus quince años, Berta empezó a entristecer, en
tanto que sus ojos llameantes se rodeaban de ojeras melancólicas.
—Berta, te he comprado
dos muñecas…
—No las quiero, mamá…
—He hecho traer los Nocturnos…
—Me duelen los dedos, mamá…
—Entonces…
—Estoy triste, mamá…
—Pues que se llame al doctor…
Y llegaron las antiparras de aros de carey, los guantes
negros, la calva ilustre y el cruzado levitón.
Ello era natural.
El desarrollo, la edad… síntomas
claros, falta de apetito, algo como
una opresión en el pecho… Ya sabéis; dad a vuestra niña glóbulos de arseniato
de hierro, luego, duchas. ¡El tratamiento!…
Y empezó a curar su melancolía, con glóbulos y duchas al
comenzar la primavera, Berta, la niña de los ojos color de aceituna, que llegó
a estar fresca como una rama de durazno en flor, luminosa como un alba, gentil
como la princesa de un cuento azul.
* * *
A pesar de todo las ojeras persistieron, la tristeza
continuó, y Berta, pálida como un precioso marfil, llegó un día a las puertas
de la muerte. Todos lloraban por ella en el palacio, y la sana y sentimental
mamá hubo de pensar en las palmas blancas del ataúd de las doncellas. Hasta que
una mañana la lánguida anémica bajó al jardín, sola, y siempre con su vaga
atonía melancólica, a la hora en que el alba ríe. Suspirando erraba sin rumbo,
aquí, allá; y las flores estaban tristes de verla. Se apoyó en el zócalo de un
fauno soberbio y bizarro, cincelado por Plaza, que húmedos de rocío sus cabellos
de mármol bañaba en luz su torso espléndido y desnudo. Vio un lirio que erguía
al azul la pureza de su cáliz blanco, y estiró la mano para cogerlo. No bien
había… (Sí, un cuento de hadas, señoras mías, pero que ya veréis sus
aplicaciones en una querida realidad), no bien había tocado el cáliz de la
flor, cuando de él surgió de súbito una hada, en su carro áureo y diminuto,
vestida de hilos brillantísimos e impalpables, son su aderezo de rocío, su
diadema de perlas y su varita de plata.
¿Creéis que Berta se amedrentó? Nada de eso. Batió palmas alegres, se reanimó como por encanto, y dijo al hada: —¿Tú eres la que me quieres tanto en sueños?
—Sube, respondió el hada. Y como si Berta se hubiese empequeñecido, de tal modo cupo en la concha del carro de oro, que hubiera estado holgada sobre el ala corva de un cisne a
flor de agua. Y las flores, el fauno orgulloso, la luz del día, vieron cómo en el carro del hada iba por el viento, plácida
y sonriendo al sol, Berta, la niña de los ojos color de aceituna, fresca como
una rama de durazno en flor, luminosa como un alba, gentil como la princesa de un cuento azul.
* * *
Cuando Berta, ya alto el divino cochero, subió a los
salones, por las gradas del jardín que imitaban esmaragdita, todos, la mamá, la
prima, los criados, pusieron la boca en forma de O. Venía ella saltando como un
pájaro, con el rostro lleno de vida y de púrpura,
el seno hermoso y henchido, recibiendo las caricias de un crencha castaña,
libre y al desgaire, los brazos desnudos hasta el codo, medio mostrando la
malla de sus casi imperceptibles
venas azules, los labios entreabiertos por una sonrisa, como para emitir una
canción.
Todos exclamaron: —¡Aleluya!
¡Gloria! ¡Hosanna al rey de los Esculapios! ¡Fama eterna a los glóbulos de
ácido arsenioso y a las duchas triunfales. Y mientras Berta corrió a su retrete
a vestir sus más ricos brocados, se enviaron presentes al viejo de las
antiparras de aros de carey, los guantes negros, la calva ilustre y del cruzado
levitón. Y ahora, oíd vosotras, madres de las muchachas anémicas, cómo hay algo
mejor que el arsénico y el fierro,
para eso de encender la púrpura de las lindas
mejillas virginales. Y sabréis,
¿cómo no?, que no fueran los glóbulos,
no; no fueron las duchas,
no; no fue el
farmacéutico, quien devolvió salud y vida a Berta, la niña
de los ojos color de aceituna, alegre y fresca como una rama de durazno en
flor, luminosa como un alba, gentil como la princesa de un cuento azul.
* * *
Así que Berta se vio en el carro del hada, le preguntó: —¿Y adónde me llevas? —Al palacio del sol. Y desde luego sintió la
niña que sus manos se tornaban ardientes, y que
su corazoncito le saltaba como henchido de sangre impetuosa. —Oye— siguió el hada—, yo soy la buena hada
de los sueños de la niñas adolescentes; yo soy la que curo a las cloróticas con sólo llevarlas en mi carro de oro al
palacio del sol, adonde vas tú. Mira, chiquita, cuida de no beber tanto el
néctar de la danza, y de no desvanecerte en las primeras rápidas alegrías. Ya
llegamos. Pronto volverás a tu morada. Un minuto en el palacio del sol deja en
los cuerpos y en las almas años de fuego, niña mía.
En verdad estaban en un lindo palacio encantado, donde
parecía sentirse el sol en el ambiente. ¡Oh, qué luz! ¡qué incendios! — Sintió
Berta que se le llenaban los pulmones de aire de campo y de mar, y las venas de
fuego; sintió en el cerebro esparcimiento de armonía, y cómo que el alma se le
ensanchaba, y como que se ponía más elástica y tersa su delicada carne de
mujer. Luego vio, vio sueños reales, y oyó, oyó músicas embriagantes. En vastas galerías
deslumbradoras, llenas de claridades y de aromas,
de sederías y de mármoles, vio un torbellino de parejas, arrebatadas por
las ondas invisibles y dominantes de un vals. Vio que otras tantas anémicas
como ella, llegaban pálidas y entristecidas, respiraban aquel aire, y luego se
arrojaban en brazos de jóvenes
vigorosos y esbeltos, cuyos bozos de oro y finos cabellos brillaban a la luz; y
danzaban, y danzaban, con ellos, en una ardiente estrechez, oyendo requiebros
misteriosos que iban al alma, respirando de tanto en tanto como hálitos
impregnados de vainilla, de haba de
Tonka, de violeta, de canela, hasta que con fiebre, jadeantes, rendidas, como
palomas fatigadas de un largo vuelo, caían sobre cojines de seda, los senos palpitantes, las gargantas sonrosadas, y así soñando
en cosas embriagadoras…
—Y ella también
cayó al remolino,
al maelstrón atrayente, y bailó, giró, pasó, entre los
espasmos de un placer agitado; y recordaba entonces que no
debía embriagarse tanto con el vino de la danza, aunque no cesaba de mirar al
hermoso compañero, con sus grandes ojos de mirada primaveral. Y él la arrastraba por las vastas galerías, ciñendo
su talle, y hablándole al oído, en la lengua amorosa y rítmica de los vocablos
apacibles, de las frases irisadas, y olorosas, de los períodos
cristalinos y orientales.
Y entonces ella sintió que su cuerpo y su alma se llenaban
de sol, de efluvios poderosos y de
vida. ¡No, no esperéis más!
* * *
El hada la volvió al jardín de su palacio, al jardín donde
cortaba flores envueltas en una oleada de perfumes, que subía místicamente a
las ramas trémulas, para flotar como el alma errante de los cálices muertos.
Así fue Berta a vestir sus más ricos brocados, para honra
de los glóbulos y duchas triunfales, llevando rosas en las faldas y en las
mejillas!
* * *
¡Madres de las muchachas anémicas! Os felicito por la
victoria de los arseniatos e hipofosfitos del señor doctor. Pero, en verdad os
digo: es preciso, en provecho de las lindias mejillas virginales, abrir la
puerta de su jaula a vuestras avecitas encantadoras, sobre todo, en el tiempo
de la primavera, cuando hay ardor en las venas y en las savias, y mil átomos de sol abejan en los jardines como un
enjambre de oro sobre las rosas entreabiertas. Para vuestras cloróticas, el sol
en los cuerpos y en las almas. Sí, al palacio del sol, de donde vuelven las
niñas como Berta, la de los ojos color de aceituna, frescas como una rama de durazno en
flor; luminosas como un alba, gentiles como la princesa de un cuento azul.
FIN

No hay comentarios:
Publicar un comentario