© Libro N° 15335. Selección De Cuentos. Darío, Rubén. Emancipación. Julio 11 de 2026
Título Original: ©
Versión Original: ©
Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original
de textos:
https://cdn.pruebat.org/libros/pdf/cuentos-Ruben-Dario.pdf
Licencia Creative Commons:
Emancipación Obrera utiliza una
licencia Creative Commons, puedes copiar, difundir o remezclar nuestro contenido,
con la única condición de citar la fuente.
La Biblioteca Emancipación Obrera es un medio
de difusión cultural sin fronteras, no obstante los derechos sobre los contenidos
publicados pertenecen a sus respectivos autores y se basa en la circulación del
conocimiento libre. Los Diseños y edición digital en su mayoría corresponden a Versiones
originales de textos. El uso de los mismos son estrictamente educativos y está
prohibida su comercialización.
Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto y el nombre de los autores
No comercial: No se puede utilizar este trabajo con
fines comerciales
No derivados: No se puede alterar, modificar o reconstruir
este texto.
Portada E.O. de: Imagen con Copilot
© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación:
SELECCIÓN DE
CUENTOS
Rubén Darío
Fundación Carlos Slim
Lago Zúrich. Plaza Carso II. Piso 5. Col. Ampliación Granada
C. P. 11529, Ciudad de México. México. contacto@pruebat.org
EL PÁJARO AZUL
París
es teatro divertido y terrible. Entre los concurrentes al Café Plombier, buenos
y decididos muchachos —pintores, escultores, escritores, poetas; sí, ¡todos
buscando el viejo laurel verde!— ninguno más querido que aquel pobre Garcín,
triste casi siempre, buen bebedor de ajenjo, soñador que nunca se emborrachaba,
y, como bohemio intachable, bravo improvisador.
En
el cuartucho destartalado de nuestras alegres reuniones, guardaba el yeso de
las paredes, entre los esbozos y rasgos de futuros Delacroix, versos, estrofas
enteras escritas en la letra echada y gruesa de nuestro pájaro azul.
El
Pájaro Azul era el pobre Garcín. ¿No sabéis por qué se llamaba así? Nosotros le
bautizamos con ese nombre.
Ello
no fue un simple capricho. Aquel excelente muchacho tenía el vino triste.
Cuando le preguntábamos por qué,
cuando todos reíamos como insensatos o como chicuelos, él arrugaba el ceño y
miraba fijamente el cielo raso, y nos respondía sonriendo con cierta amargura:
—Camaradas:
habéis de saber que tengo un pájaro azul en el cerebro; por consiguiente...
Sucedía
también que gustaba de ir a las campiñas nuevas, al entrar la primavera. El
aire del bosque hacía bien a sus pulmones, según nos decía el poeta.
De
sus excursiones solía traer ramos de violetas y gruesos cuadernillos de
madrigales, escritos al ruido de las hojas y bajo el ancho cielo sin nubes. Las
violetas eran para Niní, su vecina, una muchacha fresca y rosada, que tenía los
ojos muy azules.
Los
versos eran para nosotros. Nosotros los leíamos y los aplaudíamos. Todos
teníamos una alabanza para Garcín. Era un ingenio que debía brillar. El tiempo vendría. ¡Oh, el Pájaro Azul volaría muy
alto! ¡Bravo! ¡Bien! ¡Eh, mozo, más ajenjo!
Principios de Garcín:
De las flores,
las lindas campánulas. Entre las piedras
preciosas, el zafiro.
De las inmensidades, el cielo
y el amor; es decir, las pupilas de Niní.
Y repetía el poeta: Creo que siempre es
preferible la neurosis a la estupidez. A veces Garcín estaba más triste que de costumbre.
Andaba por los
bulevares; veía pasar indiferente los lujosos carruajes, los elegantes, las hermosas mujeres. Frente al escaparate
de un joyero sonreía; pero cuando pasaba cerca
de un almacén de libros,
se llegaba a las vidrieras, husmeaba y, al ver las lujosas
ediciones, se declaraba decididamente envidioso, arrugaba la frente; para desahogarse, volvía el rostro hacia el
cielo y suspiraba. Corría al café en busca de nosotros, conmovido, exaltado,
pedía su vaso de ajenjo, y nos decía:
—Sí, dentro de la jaula de mi cerebro está preso un
pájaro azul que quiere su libertad...
Hubo algunos que llegaron a creer en un descalabro de razón.
Un
alienista a quien se le dio la noticia de lo que pasaba calificó el caso como
una monomanía especial. Sus estudios patológicos no dejaban lugar a duda.
Decididamente el desgraciado Garcín estaba loco.
Un día recibió de su padre, un viejo provinciano de Normandía, comerciante en trapos, una carta que decía lo siguiente, poco más o menos:
"Sé tus locuras en París. Mientras
permanezcas de ese modo, no tendrás de mí un
solo sou. Ven a llevar los libros de mi almacén, y cuando hayas quemado,
gandul, tus manuscritos de tonterías, tendrás mi dinero."
Esta carta se leyó en el Café Plombier.
—¿Y te irás?
—¿No te irás?
—¿Aceptas?
—¿Desdeñas?
¡Bravo
Garcín! Rompió la carta, y soltando el trapo a la vena, improvisó unas cuantas
estrofas, que acababan, si mal no recuerdo:
¡Sí,
seré siempre un gandul, lo cual aplaudo y celebro, mientras sea mi cerebro
jaula del pájaro azul!
Desde
entonces Garcín cambió de carácter, se volvió charlador, se dio un baño de
alegría, compró levita nueva y comenzó un poema en tercetos, titulado, pues es
claro: "El pájaro azul".
Cada noche se leía en nuestra tertulia algo
nuevo de la obra. Aquello era excelente, sublime, disparatado.
Allí había un cielo muy hermoso, una campiña
muy fresca, países brotados como por la magia del pincel de Corot, rostros de niños asomados
entre flores, los ojos de Niní
húmedos y grandes;
y por añadidura, el buen Dios que envía volando, volando, sobre todo aquello,
un pájaro azul que, sin saber cómo ni cuándo, anida dentro del cerebro del poeta, en donde queda aprisionado. Cuando el pájaro quiere volar y abre las alas y se da contra las paredes del cráneo,
se alzan los ojos al cielo, se arruga la frente y se bebe ajenjo con poca agua,
fumando además, por remate, un cigarrillo de papel.
He ahí el poema.
Una noche llegó Garcín riendo mucho y, sin
embargo, muy triste. La bella vecina había sido conducida al cementerio.
—¡Una noticia! ¡Una noticia! Canto último de mi
poema. Niní ha muerto. Viene la primavera y Niní se va.
Ahorro de violetas para la campiña. Ahora falta
el epílogo del poema. Los editores no se dignan siquiera leer mis versos.
Vosotros muy pronto tendréis que dispersaros. Ley del tiempo.
El epílogo debe de
titularse así:
"De cómo el pájaro azul alza el vuelo al cielo azul".
¡Plena
primavera! ¡Los árboles florecidos, las nubes rosadas en el alba y pálidas por
la tarde; el aire suave que mueve las hojas y hace aletear las cintas de paja
con especial ruido! Garcín no ha ido al campo.
Hele ahí, viene con traje nuevo, a nuestro amado Café Plombier,
pálido, con una sonrisa
triste.
—¡Amigos míos, un abrazo! Abrazadme todos, así, fuerte; decidme adiós,
con todo el corazón, con toda el alma... El Pájaro Azul vuela...
Y el pobre Garcín lloró, nos estrechó, nos
apretó las manos con todas sus fuerzas y se fue.
Todos dijimos:
—Garcín, el hijo pródigo, busca a su padre, el viejo normando.
¡Musas adiós; adiós, gracias! ¡Nuestro poeta se decide a
medir trapos! ¡Eh! ¡Una copa por Garcín!
Pálidos,
asustados, entristecidos, al día siguiente todos los parroquianos del Café
Plombier, que metíamos tanta bulla en aquel cuartucho destartalado, nos
hallábamos en la habitación de Garcín. Él estaba en su lecho, sobre las sábanas
ensangrentadas, con el cráneo roto de un balazo. Sobre la almohada había
fragmentos de masa cerebral... ¡Horrible!
Cuando, repuestos
de la impresión, pudimos llorar ante el cadáver de nuestro amigo, encontramos
que tenía consigo el famoso poema. En la última página había escritas estas
palabras: "Hoy, en plena primavera, dejo abierta la puerta de la jaula al
pobre Pájaro Azul".
¡Ay, Garcín, cuántos llevan en el cerebro tu misma
enfermedad!
NATURALEZA MUERTA
He
visto ayer por una ventana un tiesto lleno de lilas y de rosas pálidas, sobre
un trípode. Por fondo tenía uno de esos cortinajes amarillos y opulentos, que
hacen pensar en los mantos de los
príncipes orientales. Las lilas recién cortadas resaltaban con su lindo color
apacible, junto a los pétalos esponjados de las rosas de té.
Junto
al tiesto, en una copa de laca ornada con ibis de oro incrustados, incitaban a la
gula manzanas frescas, medio coloradas, con la pelusilla de la fruta nueva y la
sabrosa carne hinchada que toca el deseo; peras doradas y apetitosas, que daban
indicios de ser todas jugo y como esperando el cuchillo de plata que debía
rebanar la pulpa almibarada; y un ramillete de uvas negras, hasta con el
polvillo ceniciento de los racimos acabados de arrancar de la viña.
Acerquéme,
vilo de cerca todo. Las lilas y las rosas eran de cera, las manzanas y las
peras de mármol pintado y las uvas de cristal.
EL VELO DE LA REINA MAB
La
reina Mab, en su carro hecho de una sola perla, tirado por cuatro coleópteros
de petos dorados y alas de pedrería, caminando sobre un rayo de sol, se coló
por la ventana de una boardilla donde estaban cuatro hombres flacos, barbudos e
impertinentes, lamentándose como unos desdichados.
Por
aquel tiempo, las hadas habían repartido sus dones a los mortales. A unos
habían dado las varitas misteriosas que llenan de oro las pesadas cajas del
comercio; a otros unas espigas maravillosas que al desgranarlas colmaban las
trojes de riquezas; a otros unos cristales que hacían ver en el riñón de la
madre tierra oro y piedras preciosas; a quiénes, cabelleras espesas y músculos
de Goliat, y mazas enormes para machacar el hierro encendido; y a quiénes,
talones fuertes y piernas ágiles para montar en las rápidas caballerías que se
beben el viento y que tienden las crines en la carrera.
Los cuatro hombres se quejaban. Al uno le había tocado en suerte una cantera,
al otro el iris,
al otro el ritmo, al otro el cielo azul.
La reina
Mab oyó sus palabras. Decía
el primero:
—Y
bien! ¡Heme aquí en la gran lucha de mis sueños de mármol! Yo he arrancado el
bloque y tengo el cincel. Todos tenéis, unos el oro, otros la armonía, otros la
luz; yo pienso en la blanca y divina Venus, que muestra su desnudez bajo el
plafón
color
de cielo. Yo quiero dar a la masa la línea y la hermosura plástica; y que
circule por las venas de la estatua
una sangre incolora como la de los dioses. Yo tengo el espíritu de Grecia en el
cerebro y amo los desnudos en que la ninfa huye y el fauno tiende los brazos.
¡Oh, Fidias! Tú eres para mí soberbio y augusto como un semidiós, en el recinto
de la eterna belleza, rey ante un ejército de hermosuras que a tus ojos arrojan
el magnífico quitón mostrando la esplendidez de la forma en sus cuerpos de rosa
y de nieve.
"Tú golpeas, hieres y domas el mármol,
y suena el golpe armónico
como un verso, y te adula la cigarra,
amante del sol, oculta entre los pámpanos de la viña virgen. Para ti son
los Apolos rubios y luminosos, las Minervas severas y soberanas. Tú, como un
mago, conviertes la roca en simulacro y el colmillo
del elefante en copa del festín. Y al
ver tu grandeza siento el martirio de mi pequeñez. Porque pasaron los tiempos
gloriosos. Porque tiemblo ante las miradas de hoy. Porque contemplo el ideal inmenso y las fuerzas exhaustas. Porque, a medida que cincelo el
bloque, me ataraza el desaliento."
Y decía el otro:
—Lo
que es hoy romperé mis pinceles. ¿Para qué quiero el iris y esta gran paleta del
campo florido, si a la postre mi cuadro no será admitido en el salón? ¿Qué
abordaré? He recorrido todas las escuelas, todas las inspiraciones artísticas.
He pintado el torso de Diana y el rostro de la Madona. He pedido a las campiñas
sus colores, sus matices; he adulado a la luz como a una amada, y la he
abrazado como a una querida. He sido adorador del desnudo, con sus
magnificencias, con los tonos de sus carnaciones y con sus fugaces medias
tintas. He trazado en mis lienzos los nimbos de los santos y las alas de los
querubines. ¡Ah, pero siempre el terrible desencanto! ¡El porvenir! ¡Vender una
Cleopatra en dos pesetas para poder almorzar!
"¡Y yo, que podría en el estremecimiento de mi inspiración trazar el gran cuadro que tengo aquí dentro!..."
Y decía el otro:
—Perdida
mi alma en la gran ilusión de mis sinfonías, temo todas las decepciones. Yo
escucho todas las armonías, desde la lira de Terpandro hasta las fantasías
orquestales de Wagner. Mis ideales brillan en medio de mis audacias de
inspirado. Yo tengo la percepción del filósofo que oye la música de los astros.
Todos los ruidos pueden aprisionarse, todos los ecos son susceptibles de
combinaciones. Todo cabe en la línea de mis escalas cromáticas.
"La
luz vibrante es himno, y la melodía de la selva halla un eco en mi corazón.
Desde el ruido de la tempestad hasta
el canto del pájaro, todo se confunde y enlaza en la infinita cadencia. Entre
tanto, no diviso sino la muchedumbre que befa y la celda del manicomio."
Y el último:
—Todos
bebemos el agua clara de la fuente de Jonia. Pero el ideal flota en el azul; y
para que los espíritus gocen de su luz suprema, es preciso que asciendan. Yo
tengo el verso que es de miel y el que es de oro, y el que es de hierro
candente. Yo soy el ánfora del celeste perfume: tengo el amor. Paloma,
estrella, nido, lirio, vosotros conocéis mi morada. Para los vuelos
inconmensurables tengo alas de águila que parten
a golpes mágicos el huracán. Y para hallar consonantes, los busco en dos bocas que se juntan; y estalla el beso, y
escribo la estrofa, y entonces, si veis mi alma, conoceréis a mi musa. Amo las
epopeyas, porque de ellas brota el soplo heroico que agita las banderas que
ondean sobre las lanzas y los penachos que tiemblan sobre los cascos; los
cantos líricos, porque hablan de las diosas y de los amores; y las églogas,
porque son olorosas a verbena
y a tomillo, y al santo aliento
del buey coronado
de
rosas. Yo escribiría algo inmortal; mas me abruma un porvenir
de miseria y de
hambre.
Entonces la reina
Mab, del fondo
de su carro hecho de una sola perla, tomó un velo azul, casi impalpable, como formado
de suspiros, o de miradas de ángeles rubios y pensativos.
Y aquel velo era el velo de los sueños, de los dulces sueños que hacen ver la vida de color de rosa. Y con él envolvió a los
cuatro hombres flacos, barbudos e impertinentes. Los cuales cesaron de estar
tristes porque penetró en su pecho la esperanza, y en su cabeza el sol
alegre, con el diablillo de la vanidad, que consuela en sus profundas decepciones a los pobres
artistas.
Y
desde entonces, en las boardillas de los brillantes infelices, donde flota el
sueño azul, se piensa en el porvenir
como en la aurora, y se oyen risas que quitan la tristeza, y se bailan extrañas farándulas alrededor
de un blanco Apolo, de un lindo paisaje, de un
violín viejo, de un amarillento manuscrito.
EL REY BURGUÉS
(Canto alegre)
¡Amigo! El cielo está opaco, el aire frío, el día triste. Un cuento alegre..., así como para distraer
las hermosas y grises melancolías, helo aquí:
Había
en una ciudad inmensa y brillante un rey muy poderoso, que tenía trajes
caprichosos y ricos, esclavas desnudas, blancas y negras, caballos de largas
crines, armas flamantísimas, galgos rápidos y monteros con cuernos de bronce,
que llenaban el viento con sus fanfarrias. ¿Era un rey poeta? No, amigo mío:
era el rey burgués.
Era
muy aficionado a las artes el soberano, y favorecía con largueza a sus músicos,
a sus hacedores de ditirambos, pintores, escultores, boticarios, barberos y
maestros de esgrima.
Cuando
iba a la floresta, junto al corzo o jabalí herido y sangriento, hacía
improvisar a sus profesores de retórica canciones alusivas; los criados
llenaban las copas del vino de oro que hierve, y las mujeres batían palmas con
movimientos rítmicos y gallardos. Era un rey sol, en su Babilonia llena de
músicas, de carcajadas y de ruido de festín. Cuando se hastiaba de la ciudad
bullente, iba de caza atronando el bosque con sus tropeles; y hacía salir de
sus nidos a las aves asustadas, y el vocerío repercutía en lo más escondido de
las cavernas. Los perros de patas elásticas iban rompiendo la maleza en la
carrera, y los cazadores, inclinados sobre el pescuezo de los caballos, hacían ondear
los mantos purpúreos y llevaban las caras encendidas y las cabelleras al viento.
El
rey tenía un palacio soberbio donde había acumulado riquezas y objetos de arte
maravillosos. Llegaba a él por entre grupos de lilas y extensos estanques,
siendo saludado por los cisnes de cuellos blancos, antes que por los lacayos
estirados. Buen gusto. Subía por una escalera llena de columnas de alabastro y
de esmaragdita, que tenía a los lados leones de mármol como los de los tronos
salomónicos. Refinamiento. A más de los cisnes, tenía una vasta pajarera, como
amante de la armonía, del arrullo, del trino y cerca de ella iba a ensanchar su
espíritu, leyendo novelas de M. Ohnet, o bellos libros sobre cuestiones
gramaticales, o críticas hermosillescas. Eso sí: defensor acérrimo de la
corrección académica en letras, y del modo lamido en artes; alma sublime amante
de la lija y de la ortografía.
¡Japonerías!
¡Chinerías! Por lujo y nada más. Bien podía darse el placer de un salón digno del gusto de un Goncourt
y de los millones de un Creso:
quimeras de bronce con las fauces abiertas y las
colas enroscadas, en grupos fantásticos y maravillosos; lacas de Kioto con incrustaciones de hojas y ramas de una flora
monstruosa, y
animales de una
fauna desconocida; mariposas de raros abanicos junto a las paredes; peces y
gallos de colores; máscaras de gestos infernales y con ojos como si fuesen
vivos; partesanas de hojas antiquísimas y empuñaduras con dragones devorando flores de loto; y en conchas de huevo,
túnicas de seda amarilla, como tejidas con hilos de araña, sembradas de garzas rojas y de verdes matas de arroz; y tibores, porcelanas de muchos siglos, de
aquellas en que hay guerreros tártaros con una piel que les cubre hasta los
riñones, y que llevan arcos estirados y manojos de flechas.
Por
lo demás, había el salón griego, lleno de mármoles: diosas, musas, ninfas y sátiros; el salón de los tiempos galantes,
con cuadros del gran Watteau y de Chardin; dos, tres, cuatro, ¡cuántos salones!
Y
Mecenas se paseaba por todos, con la cara inundada de cierta majestad, el
vientre feliz y la corona en la cabeza, como un rey de naipe.
Un
día le llevaron una rara especie de hombre ante su trono, donde se hallaba rodeado de cortesanos, de retóricos y de maestros
de equitación y de baile.
—¿Qué es eso? —preguntó.
—Señor, es un poeta.
El rey tenía
cisnes en el estanque, canarios, gorriones, cenzontles en la pajarera; un poeta era algo nuevo y extraño.
—Dejadle aquí. Y el poeta:
—Señor, no he comido.
Y el rey:
—Habla y comerás. Comenzó:
—Señor, ha tiempo que yo canto el verbo del porvenir.
He tendido mis alas al huracán, he nacido en el tiempo de la
aurora: busco la raza escogida que debe esperar,
con el himno en la boca y la lira en la mano, la salida del gran sol. He
abandonado la inspiración de la ciudad malsana, la alcoba llena de perfume, la
musa de carne que llena el alma de pequeñez
y el rostro de polvos de arroz. He roto el
arpa adulona de las cuerdas débiles, contra las copas de Bohemia y las jarras
donde espumea el vino que embriaga sin dar fortaleza; he arrojado el manto que
me hacía parecer histrión, o mujer, y he vestido de modo salvaje y espléndido:
mi harapo es de púrpura. He ido a la selva donde he quedado
vigoroso y ahíto de leche fecunda y licor de nueva vida; y en la ribera del mar áspero, sacudiendo la cabeza bajo la fuerte y negra tempestad, como un ángel
soberbio, o como un semidiós olímpico, he ensayado el yambo dando al olvido el
madrigal.
He acariciado a la
gran naturaleza, y he buscado, al calor del ideal, el verso que está en el astro
en el fondo del cielo,
y el que está en la perla de lo profundo del océano.
¡He
querido ser pujante! Porque viene el tiempo de las grandes revoluciones, con un
mesías todo luz, todo agitación
y potencia, y es preciso
recibir su espíritu
con el poema que sea arco
triunfal, de estrofas de acero, de estrofas de oro, de estrofas de amor.
¡Señor,
el arte no está en los fríos envoltorios de mármol, ni en los cuadros lamidos,
ni en el excelente señor Ohnet! ¡Señor, el arte no viste pantalones, ni habla
en burgués, ni pone los puntos en
todas las íes. Él es augusto, tiene mantos de oro, o de llamas, o anda desnudo,
y amasa la greda con fiebre, y pinta con luz, y es opulento y da golpes de ala
como las águilas, o zarpazos como los leones. Señor, entre un Apolo y un ganso,
preferid el Apolo,
aunque el uno sea de tierra cocida
y el otro de marfil.
¡Oh, la poesía!
¡Y
bien! Los ritmos se prostituyen, se cantan los lunares de las mujeres y se
fabrican jarabes poéticos. Además, señor, el zapatero critica mis
endecasílabos, y el señor profesor de farmacia pone puntos y comas a mi
inspiración. Señor, ¡y vos lo autorizáis todo esto!... El ideal, el ideal...
El rey interrumpió:
—Ya habéis oído.
¿Qué hacer? Y un filósofo
al uso:
—Si lo permitís,
señor, puede ganarse
la comida con una caja de música;
podemos colocarle en el jardín, cerca de los cisnes, para cuando os
paseéis.
—Sí
—dijo el rey; y dirigiéndose al poeta—: Daréis vueltas a un manubrio. Cerraréis
la boca. Haréis sonar una caja de música que toca valses, cuadrillas y galopas,
como no prefiráis moriros de hambre. Pieza de música por pedazo de pan. Nada de
jerigonzas, ni de ideales. Id.
Y desde aquel día pudo verse a la orilla del estanque de los cisnes al poeta hambriento que daba vueltas
al manubrio: tiririrín, tiririrín... ¡avergonzado a las
miradas del gran sol!
¿Pasaba el rey por las cercanías? ¡Tiririrín, tiririrín!... ¿Había que llenar el estómago?
¡Tiririrín!
Todo entre las burlas de los pájaros libres que llegaban a beber rocío en las
lilas floridas; entre el zumbido de las abejas que le picaban el rostro y le
llenaban los ojos de lágrimas... ¡lágrimas amargas que rodaban por sus mejillas
y que caían a la tierra negra!
Y llegó el invierno,
y el pobre sintió frío en el cuerpo y en el alma. Y su cerebro
estaba como petrificado, y los grandes
himnos estaban en el olvido,
y el poeta de la montaña
coronada de águilas
no era sino un pobre diablo que daba vueltas
al manubrio:
¡tiririrín!
Y
cuando cayó la nieve se olvidaron de él el rey y sus vasallos; a los pájaros se
les abrigó, y a él se le dejó al aire glacial que le mordía las carnes y le
azotaba el rostro.
Y
una noche en que caía de lo alto la lluvia blanca de plumillas cristalizadas,
en el palacio había festín, y la luz de las arañas reía alegre sobre los
mármoles, sobre el oro y sobre las túnicas de los mandarines de las viejas
porcelanas. Y se aplaudían hasta la locura los brindis del señor profesor de
retórica, cuajados de dáctilos, de anapestos y pirriquios,
mientras
en las copas cristalinas hervía el champaña con su burbujeo luminoso y fugaz. ¡Noche de invierno, noche de
fiesta! Y el infeliz, cubierto de nieve, cerca del estanque, daba vueltas al
manubrio para calentarse, tembloroso y aterido, insultado por el cierzo, bajo la blancura implacable
y helada, en la noche sombría, haciendo resonar entre los árboles sin hojas la
música loca de las galopas y cuadrillas; y se quedó muerto, pensando en que
nacería el sol del día venidero, y con él el ideal..., y en que el arte no vestiría pantalones sino
manto de llamas o de oro... Hasta que al día siguiente lo hallaron el rey y sus
cortesanos, al pobre diablo de poeta, como gorrión que mata el hielo, con una sonrisa amarga en los labios, y
todavía con la mano en el manubrio.
¡Oh, mi amigo! El cielo está opaco, el aire
frío, el día triste. Flotan brumosas y grises melancolías...
Pero ¡cuánto calienta
el alma una frase, un apretón de manos a tiempo! Hasta la vista.
EL RUBÍ
—¡Ah!
¡Conque es cierto! ¡Conque ese sabio parisiense ha logrado sacar del fondo de
sus retortas, de sus matraces, la púrpura cristalina de que están incrustados
los muros de mi palacio!
Y al decir esto el pequeño gnomo iba y venía, de un lugar a otro, a cortos saltos, por la honda cueva que le servía de morada; y hacía temblar
su larga barba y el cascabel
de su gorro azul y puntiagudo.
En
efecto, un amigo del centenario Chevreul —cuasi Althotas—, el químico Frémy,
acababa de descubrir la manera de hacer rubíes y zafiros.
Agitado, conmovido, el gnomo —que era sabidor y de
genio harto vivaz— seguía monologando.
—¡Ah,
sabios de la Edad Media! ¡Ah, Alberto el Grande, Averroes, Raimundo Lulio!
Vosotros no pudísteis ver brillar el gran sol de la piedra filosofal, y he aquí
que sin estudiar las fórmulas aristotélicas, sin saber cábala y nigromancia,
llega un hombre del siglo decimonono a formar a la luz del día lo que nosotros
fabricamos en nuestros subterráneos. ¡Pues el conjuro! Fusión por veinte días
de una mezcla de sílice y de aluminato de plomo; coloración con bicromato de
potasa o con óxido de cobalto. Palabras en verdad que parecen lengua diabólica.
Risa.
Luego se detuvo.
El cuerpo
del delito estaba
allí, en el centro de la gruta,
sobre una gran roca de oro;
un pequeño rubí, redondo, un tanto reluciente, como un grano
de granada al sol.
El
gnomo tocó un cuerno, el que llevaba a su cintura, y el eco resonó por las
vastas concavidades. Al rato, un bullicio, un tropel, una algazara. Todos los
gnomos habían llegado.
Era la cueva ancha,
y había en ella una claridad extraña
y blanca. Era la claridad
de los carbunclos que en el
techo de piedra centelleaban, incrustados, hundidos, apiñados, en focos múltiples; una dulce luz lo
iluminaba todo.
A
aquellos resplandores podía verse la maravillosa mansión en todo su esplendor. En
los muros, sobre pedazos de plata y oro, entre venas de lapislázuli, formaban
caprichosos dibujos, como los arabescos de una mezquita, gran muchedumbre de
piedras preciosas. Los diamantes, blancos
y limpios como gotas de agua, emergían los iris de sus cristalizaciones; cerca de calcedonias colgantes en estalactitas, las
esmeraldas esparcían
sus resplandores verdes;
y los zafiros, en ramilletes que pendían del
cuarzo, semejaban grandes flores azules y temblorosas.
Los
topacios dorados, las amatistas, circundaban en franjas el recinto; y en el
pavimento, cuajado de ópalos, sobre la pulida crisofasia y el ágata, brotaba de
trecho en trecho un hilo de agua, que caía con una dulzura musical, a gotas
armónicas, como las de una flauta metálica soplada muy levemente.
¡Puck
se había entrometido en el asunto, el pícaro Puck! Él había llevado el cuerpo
del delito, el rubí falsificado, el que
estaba ahí, sobre la roca de oro, como una profanación entre el centelleo de
todo aquel encanto.
Cuando
los gnomos estuvieron juntos, unos con sus martillos y cortas hachas en las
manos, otros de gala, con caperuzas flamantes y encarnadas, llenas de pedrería, todos curiosos, Puck dijo así:
—Me
habéis pedido que os trajese una muestra de la nueva falsificación humana, y he
satisfecho esos deseos.
Los
gnomos, sentados a la turca, se tiraban de los bigotes; daban las gracias a
Puck con una pausada inclinación de cabeza, y los más cercanos a él examinaban con gesto de asombro
las lindas alas, semejantes a las de un hipsipilo.
Continuó:
—¡Oh,
Tierra! ¡Oh, mujer! Desde el tiempo en que veía a Titania no he sido sino un
esclavo de la una, un adorador casi místico de la otra.
Y luego, como si hablase en el placer de un sueño:
—¡Esos
rubíes! En la gran ciudad de París, volando invisible, los vi por todas partes.
Brillaban en los collares de las cortesanas, en las condecoraciones exóticas de
los rastacueros, en los anillos de los príncipes italianos y en los brazaletes
de las primadonas.
Y con pícara sonrisa siempre:
—Yo
me colé hasta cierto gabinete rosado muy en boga... Había una hermosa mujer
dormida. Del cuello le arranqué un medallón y del medallón el rubí. Ahí lo
tenéis.
Todos soltaron la carcajada.
¡Qué cascabeleo!
—¡Eh, amigo Puck!
¡Y dieron su opinión después,
acerca de aquella
piedra falsa, obra del hombre,
o de sabio, que es peor!
—¡Vidrio!
—¡Maleficio!
—¡Ponzoña y cábala!
—¡Química!
—¡Pretender imitar un fragmento del iris!
—¡El tesoro rubicundo de lo hondo del globo!
—¡Hecho de rayos del poniente solidificados!
El gnomo más viejo, andando
con sus piernas torcidas, su gran barba nevada, su aspecto de patriarca, su cara llena de
arrugas:
—¡Señores! —dijo—,
¡no sabéis lo que habláis!
Todos escucharon.
—Yo,
yo soy el más viejo de vosotros, puesto que apenas sirvo ya para martillar las
facetas de los diamantes; yo, que he visto formarse estos hondos alcázares; que
he cincelado los huesos de la tierra, que he amasado el oro, que he dado un día
un puñetazo a un muro de piedra, y caí a un lago donde violé a una ninfa; yo,
el viejo, os referiré cómo se hizo el rubí.
Oíd.
Puck sonreía
curioso. Todos los gnomos rodearon
al anciano, cuyas
canas palidecían a los resplandores de la pedrería y cuyas
manos extendían su movible sombra en los muros, cubiertos de piedras preciosas,
como un lienzo lleno de miel donde se arrojasen
granos de arroz.
—Un
día, nosotros, los escuadrones que tenemos a nuestro cargo las minas de
diamantes, tuvimos una huelga que conmovió toda la tierra, y salimos en fuga
por los cráteres de los volcanes.
El
mundo estaba alegre, todo era vigor y juventud; y las rosas, y las hojas verdes
y frescas, y los pájaros en cuyos buches entra el grano y brota el gorjeo, y el
campo todo, saludaban al sol y a la
primavera fragante.
Estaba el monte armónico y florido, lleno de trinos
y de abejas; era una grande y santa nupcia la que celebraba la luz, en el árbol
la savia ardía
profundamente, y en el
animal todo era estremecimiento o balido de cántico, y en el gnomo había risa y
placer.
Yo
había salido por un cráter apagado. Ante mis ojos había un campo extenso. De un
salto me puse sobre un gran árbol, una encina añeja. Luego bajé al tronco, y me hallé
cerca de un arroyo,
un río pequeño y claro donde las aguas charlaban diciéndose bromas cristalinas.
Yo tenía sed. Quise beber ahí... Ahora, oíd mejor.
Brazos,
espaldas, senos desnudos, azucenas, rosas, panecillos de marfil coronados de
cerezas; ecos de risas áureas, festivas; y allá, entre espumas, entre las
linfas rotas, bajo las verdes ramas...
—¿Ninfas?
—No, mujeres.
—Yo
sabía cuál era mi gruta. Con dar un golpe en el suelo, abría la arena negra y
llegaba a mi dominio. ¡Vosotros, pobrecillos, gnomos jóvenes, tenéis mucho que aprender!
Bajo
los retoños de unos helechos nuevos me escurrí, sobre unas piedras deslavadas
por la corriente espumosa y parlante; y a ella, a la hermosa, a la mujer, la
así de la cintura, con este brazo antes tan musculoso; gritó, golpeé el suelo;
descendimos. Arriba quedó el asombro,
abajo el gnomo soberbio y vencedor.
Un día yo martillaba
un trozo de diamante inmenso, que brillaba como un astro y que
al golpe de mi maza se hacía pedazos.
El
pavimento de mi taller se asemejaba a los restos de un sol hecho trizas. La
mujer amada descansaba a un lado, rosa de carne entre maceteros de zafir,
emperatriz del oro, en un lecho de cristal de roca, toda desnuda y espléndida
como una diosa.
Pero
en el fondo de mis dominios, mi reina, mi querida, mi bella, me engañaba. Cuando
el hombre ama de veras,
su pasión lo penetra todo,
y es capaz de traspasar la tierra.
Ella amaba a un hombre, y desde su prisión le enviaba sus suspiros. Estos pasaban los poros de la corteza terrestre y
llegaban a él; y él, amándola también, besaba las rosas de cierto jardín; y
ella, la enamorada, tenía —yo lo notaba— convulsiones súbitas en que estiraba
sus labios rosados y frescos como pétalos de centifolia. ¿Cómo ambos así se sentían? Con ser quien soy, no lo
sé.
Había acabado
yo mi trabajo: un gran montón de diamantes hechos en un día; la tierra abría sus grietas de granito
como labios con sed, esperando el brillante despedazamiento del rico cristal.
Al fin de la faena, cansado, di un martillazo que rompió una roca y me dormí.
Desperté
al rato al oír algo como gemido.
De su lecho, de su
mansión más luminosa y rica que la de todas las reinas de Oriente, había volado
fugitiva, desesperada, la amada mía, la mujer robada. ¡Ay! Y queriendo huir por el agujero
abierto por mi maza de granito, desnuda
y bella, destrozó
su cuerpo blanco y suave como de azahar y mármol y rosa, en los filos de
los diamantes rotos. Heridos sus costados, chorreaba la sangre; los quejidos
eran conmovedores hasta las lágrimas. ¡Oh dolor!
Yo
desperté, la tomé en mis brazos, la di mis besos más ardientes; mas la sangre corría inundando el recinto, y la gran
masa diamantina se teñía de grana.
Me parecía
que sentía, al darla un beso, un perfume salido de aquella
boca encendida: el alma; el cuerpo quedó inerte.
Cuando el gran patriarca nuestro,
el centenario semidiós
de las entrañas terrestres,
pasó por allí, encontró aquella muchedumbre de diamantes rojos...
Pausa.
—¿Habéis comprendido?
Los gnomos, muy graves, se levantaron.
Examinaron más de cerca la piedra falsa,
hechura del sabio.
—¡Mirad, no tiene facetas!
—Brilla pálidamente.
—¡Impostura!
—¡Es redonda como la coraza de un escarabajo!
Y
en ronda, uno por aquí, otro por allá, fueron a arrancar de los muros pedazos
de arabesco, rubíes grandes como una naranja, rojos y chispeantes como un diamante
hecho sangre; y decían:
—He aquí lo nuestro, ¡oh madre Tierra!
Aquello era una orgía de brillo y de color.
Y lanzaban al aire gigantescas piedras luminosas y reían. De pronto, con toda la dignidad
de un gnomo:
—¡Y bien! El desprecio.
Se
comprendieron todos. Tomaron el rubí falso, lo despedazaron y arrojaron los
fragmentos —con desdén terrible— a un hoyo que abajo daba a una antiquísima
selva carbonizada.
Después,
sobre sus rubíes, sobre sus ópalos, entre aquéllas paredes resplandecientes, empezaron a bailar
asidos de las manos una farandola loca y sonora.
Y celebraban con risas el verse grandes
en la sombra.
Ya
Puck volaba afuera, en el abejeo del alba recién nacida, camino de una pradera
en flor. Y murmuraba —¡siempre con su sonrisa sonrosada!—: —Tierra... Mujer...
Porque
tú, ¡oh, madre Tierra!, eres grande, fecunda, de seno inextinguible y sacro; y de tu vientre moreno
brota la savia de los troncos robustos, y el oro y el agua diamantina, y la
casta flor de lis. ¡Lo puro, lo fuerte, lo infalsificable! ¡Y tú, mujer, eres
espíritu y carne, toda amor!
LA MATUSCHKA
(Cuento ruso)
¡Oh,
qué jornada, qué lucha! Habíamos, al fin, vencido, pero a costa de mucha
sangre. Nuestra bandera, que el gran San Nicolás bendiga, era pues, la bandera
triunfante. Pero, ¡cuánto camarada quedaba sin vida en aquellos horribles
desfiladeros! De mi compañía no nos salvamos sino muy pocos. Yo, herido, aunque
no gravemente, estaba en la
ambulancia. Allí se me había vendado el muslo que una bala me atravesó
rompiendo el hueso. Yo no sentía mi dolor: la patria rusa estaba victoriosa. En
cuanto a mi hermano Iván, lo recuerdo
muy bien. Al borde de un precipicio recibió un proyectil
en el pecho, dio un grito espantoso y cayó, soltando el fusil, cuya bayoneta
relampagueó en la humareda. Vi morir a otros; al buen sargento Lernoff, a Pablo
Tenovitch, que tocaba tan bien el fifre y que alegraba las horas de vivac; ¡a
todos mis amigos!
Me
sentía con fiebre. Ya la noche había entrado, triste, muy triste, y al ruido de
la batalla había sucedido un silencio interrumpido sólo por el ¡Quién vive! de los
centinelas. Se andaba recogiendo heridos, y el cirujano Lazarenko, que era
calvo y muy forzudo, daba mucho que
hacer a sus cuchillos, aquellos largos y brillantes cuchillos guardados en una
caja negra, de donde salían a rebanar carne humana.
De repente, alguien se dirigió al lugar en que me
encontraba. Abrí los ojos que la fiebre persistía en cerrar, vi que junto a mí estaba, toda llena de nieve, embozada
en su mantón, la vieja matuschka del regimiento. A
la luz escasa de la tienda, la vi pálida, fija
en mí, como interrogándome con la mirada.
—¡Y
bien! —me dijo—, decidme lo que sabéis de Nicolás, de mi Nicolasín. ¿Dónde le
dejaste de ver? ¿Por qué no vino? Le tenía sopa caliente, con su poco de pan.
La sopa hervía en la marmita cuando los últimos cañonazos llegaban a mis oídos.
¡Ah!,
decía yo. Los muchachos están venciendo, y en cuanto a Nicolasín, está muy niño aún para que me lo quiera quitar el
Señor. Seis batallas lleva ya, y en todas no ha sacado herida en su pellejo, ni en el de su tambor. Yo le quiero y él me quiere;
quiere a su matuschka, a su madre. Es hermoso. ¿Dónde está?
¿Por qué no vino contigo, Alexandrovitch?
Yo
no había visto al tambor después de la batalla. En el terrible momento del
último ataque debía haber sido muerto. Quizá estaría herido solamente y lo
traerían más tarde a la ambulancia. El chico era querido por todo el regimiento.
—Matuschka, espera. No te aflijas. San Nicolás debe proteger a tu pequeño.
Mis palabras la
calmaron un tanto. Sí, debía llegar el chico. Ella lo asistiría y no le dejaría
un solo instante. ¡Oh, oh! Con el schnaps de su tonel le haría estar presto en
disposición de redoblar tan gallardamente, como sólo él lo hacía cada alborada.
¿No es verdad, Alexandrovitch?
Mas
el tiempo pasaba. Ella había salido a buscarle por las cercanías, le había
llamado por su nombre; pero sus gritos no habían tenido más respuesta que el
eco en aquella noche sombría, en que aparecían como fantasmas blancos los picos
de las rocas y las copas de los árboles nevados.
La
matuschka había acompañado a los ejércitos rusos en muchas campañas. ¿De dónde
era? Se ignoraba. Quería lo mismo a los moscovitas que a los polacos, y daba el mismo schnaps de caldo al mujik que
servía de correo como al rudo cosaco de grande y velludo gorro. En cuanto a mí,
me quería un poquito más, como al pobre Pablo
Tenovitch, porque yo hacía coplas en el campamento, y a la matuschka le
gustaban las coplas. Me refería un caso con frecuencia.
—Muchacho:
un día en Petersburgo, día de revista, iba con el gran duque un hombre cuyo
rostro no olvidaré nunca. De esto hace muchos años. El gran duque me sonrió, y
el otro, acercándose a mí, me dijo: "¡Eh, brava matuschka!" Y me dio
dos palmaditas en el hombro. Después
supe que aquel hombre era un poeta que hacía canciones hermosas y que se
llamaba Pouchkine.
La anciana quería a Tenovitch por su música. No
bien él, en un corro de soldados, preludiaba en su instrumento su canción
favorita "El soldado de Kulugi"..., la matuschka
le seguía con su alegre voz cascada y llevando el compás con las manos.
—Para
vosotros, chicos, no hay medida. Hartáos de sopa; y si queréis lo del tonel,
quedad borrachos.
Y
era de verla en su carreta, la vara larga en la mano, el flaco cuerpo en
tensión, los brazos curtidos, morenos a prueba de sol y de nieve, el cuello
arrugado, con una gargantilla de cuentas gruesas de vidrio negro, y la cabeza
descubierta, toda canosa. Acosaba a los animales para que no fuesen perezosos:
¡Hué!
¡Gordinflón!
¡Juuuip, siberiano! Y la carreta de la matuschka era gran cosa para todos. En
ella venía el rancho y el buen aguardiente que calienta en el frío, y da vigor
en la lucha.
Detrás de las tropas en marcha, iba siempre la
vieja. Si había batalla, ya sabían los fogueados que tenían cerca el trago, el
licor del tonel siempre bien lleno por gracia del general:
—Matuschka, mis soldados necesitan dos cosas: mi voz de mando y tu
tonel. Y el schnaps nunca faltaba. ¿Cuándo faltó?
Pero si la anciana
amaba a todos
sus muchachos, sin excepción, a quien había
dado su afecto maternal era a
Nicolasín, el tambor. De catorce a quince años tenía el chico, y hacía poco
tiempo que estaba en servicio.
Todos
le mirábamos como a cosa propia, con gran cariño, y él a todos acariciaba con
sus grandes ojos azules y su alegre sonrisa, al redoblar en su parche delante
del regimiento en formación. El hermoso muchacho tenía el aire de todo un
hombre, y usaba la gorra ladeada, con barboquejo, caída sobre el ojo izquierdo.
Debajo de la gorra salían opulentos y crespos los cabellos dorados.
Cuando Nicolasín
llegó al cuerpo,
la matuschka le adoptó, puede decirse. Ella, sin
más familia que los soldados, hecha a ver sangre, cabezas rotas y vientres abiertos,
tenía el carácter férreo y un tanto salvaje. Con Nicolasín se dulcificó.
¿Quería alguien conseguir algo de la carreta? Pues hablar con Nicolasín.
Schnaps, Nicolasín; un tasajo, Nicolasín y nadie más. La vieja le mimaba.
Siempre que él estaba junto a ella, sonreía y
se ponía parlanchina; nos contaba cuentos e historias de bandidos de campaña,
de héroes y de rusalcas. A veces cantaba aires nacionales y coplas divertidas.
Un día le compuse unas que la hicieron reír mucho, con todas ganas; en ellas
comparaba la cabeza del doctor Lazarenko con una bala de cañón. Eso era
gracioso. El cirujano río también y todos bebimos bastante.
El
pequeño, por su parte, miraba a la vieja como a una madre, o mejor como a una
abuela. Ella entre la voz de todos los tambores reconocía la de su Nicolasín.
Desde lejos, le hacía señas, sentada en la carreta, y él la saludaba levantando
la gorra sobre su cabeza. Cuando se iba a dar alguna batalla eran momentos
grandes para ella:
—Mira,
no olvides al santo patrono que se llama como tú. No pierdas de vista al
capitán, y atiende a su espada y a su grito.
No huyas, pero tampoco quiero que te maten, Nicolasín, porque entonces yo moriría
también.
Y
luego le arreglaba su cantimplora forrada en cuero, y su morral. Y cuando ya
todos íbamos marchando, le seguía con la vista, entre las filas de los altos y
fuertes soldados que iban con el saco a la espalda y el arma al hombro,
marcando el paso, a entrar a la pelea.
¿Quién no oyó en su
tambor la diana alegre al fornido Nicolasín? La piel tersa campanilleaba al
golpe del palillo que la golpeaba con amor; de los aros brotaban notas cristalinas, y el parche de tanto en
tanto, sonaba como una lámina de bronce. Tambor bien listo, cuidado por su
dueño con afecto. Por seis veces vimos al chico enguirnaldarse de verde después
de la victoria. Y al marchar al compás cadencioso, cuando Nicolasín nos miraba,
rojo y lleno de cansancio, pero siempre sonriente y animoso, a muchos que
teníamos las mejillas quemadas y los bigotes grises, nos daban ganas de llorar. ¡Viva la Rusia, Nicolasín! ¡Vivaaa! y un
rataplán.
Luego
cuando alguien caía en el campo, ya pensaba en él. Era el ángel de la
ambulancia. ¿Queréis esto? ¿Queréis lo otro? Eso que tenéis es nada. Pronto
estaréis buenos. Os animaréis y cantaremos con la matuschka. ¿La copa? ¿El
plato? ¡Bravo Nicolasín! Yo le quería tanto como si fuera mi hermano o mi hijo.
Imaginaos
primeramente que el punto principal estaba ocupado por el enemigo. Nuestro
camino era sólo uno: ir adelante. Debía de sucumbir mucha gente nuestra; pero
como esto, si se ha de ganar, no importa en la guerra, estaban dispuestos los
cuerpos que debían ser carne para las balas. Yo era de la vanguardia. Allí iba Nicolasín tocando paso redoblado, cuando
todos teníamos el dedo en el gatillo, la cartuchera por delante y la mente
alocada por la furia.
Recuerdo
que primeramente escuché un enorme ruido, que luego balazos y después rugidos
humanos sonaron, y que en el choque tremendo nadie tuvo conciencia de sí. Todas
las bayonetas buscaban las barrigas y los pechos. Creo que si en vez de ser
nosotros infantes, hubiéramos sido cosacos o húsares, en los primeros instantes
hubiéramos salido vencedores. Seguí oyendo el tambor. Fue el segundo encuentro.
Pero Nicolasín... Después, caí herido. No supe más.
¡Dios
mío, qué noche tan tremenda! La matuschka me dejó y dirigióse al cirujano. Él
alineaba, entretanto, sus fierros relumbrosos. Como vio a la vieja gimoteando,
la consoló a su manera. Lazarenko era así...:
—Matuschka, no te aflijas.
El rubito llegará.
Si viene ensangrentado y roto, lo arreglaré. Le juntaré los huesos, le
coseré las carnes y le meteré las tripas. No te aflijas, matuschka.
Ella
salió. Al rato, cuando ya me estaba quedando dormido, escuché un grito agudo, de mujer. Era ella.
Entraron dos cosacos conduciendo una camilla. Allí estaba Nicolasín todo bañado en sangre, el cráneo
despedazado, y todavía vivo. No hablaba, pero
hacía voltear en las anchas cuencas los ojos dolorosos.
La matuschka no lloraba.
Fija la mirada en
el doctor, le interrogaba ansiosa con ella. Lazarenko movió tristemente la cabeza. ¡Pobre Nicolasín!
Ella
fue entonces a su carreta. Trajo un jarro de aguardiente, humedeció un trapo y
lo llevó a los labios del chico moribundo. Él la miró con amargura y con
terneza al propio tiempo. Desde mi lecho de paja yo veía aquella escena
desgarradora y tenía como un nudo en la garganta. Por fin el tambor mimado, el
pequeño rubio, se estiró con una rápida convulsión. Sus brazos se retorcieron y
de su boca salió como un gemido apagado. Entrecerró los párpados y quedó
muerto.
—¡Nicolasín! —Gritó
la vieja—. ¡Nicolasín, mi muchacho, mi hijo!
Y
soltó el llanto. Le besaba el rostro, las manos; le limpiaba el cabello pegado
a la frente con la sangre coagulada, y agitaba la cabeza, y miraba con aire tal
como si estuviese loca.Muy entrada la noche, comenzó otra nevada. El aire frío
y áspero soplaba y hacía quejarse los árboles cercanos. La tienda de ambulancia
se movía; la luz que alumbraba el recinto, a cada momento parecía apagarse.
Se llevaron
el cadáver de Nicolasín.
Yo
no pude dormir después ni un solo minuto. Cerca, se escuchaban, en el silencio
nocturno, los desahogos lúgubres y desesperados de la matuschka, que estaba
aullando al viento como una loba.
EN LA BATALLA DE LAS FLORES
Anteayer
por la tarde vi salir de lo de Odette a un apuesto y rubio caballero que a
primera vista se me antojó un príncipe sajón de incógnito; pero al verle andar,
yo no tuve ninguna duda: incessu patuit...; y como iba a subir a una preciosa
victoria, dirigíme
a él más que de prisa:
—Señor...
¿seréis vos acaso?... (Cerca, ya pude reconocer su cabellera luminosa, bajo el
sombrero de verano; los ojos celestes, el olímpico talante.)
—Sí
—me dijo sonriendo—, soy yo. He entrado a buscar un clavel blanco, de una
especie exquisita para el ojal; pues según sé, es la flor que hoy se usa en
Londres, por idea del príncipe de Gales. Pero voy de prisa. Si gustáis
acompañarme, iremos a Palermo, donde la fiesta debe haber ya comenzado.
Subimos al elegante vehículo, arrastrado por dos
preciosos potros, y regido por un cochero rubicundo, todos tres ingleses.
Apolo —pues no era otro el caballero rubio— me ofreció
un rico cigarrillo, y empezó a hablarme
de esta manera:
—Desde hace mucho tiempo dicen por allí que los dioses nos hemos ido para siempre. ¡Qué mentira! Cierto es que el Cristo nos hizo padecer un gran descalabro. El judío Enrique Heine, que
tanto nos conocía, contó una vez nuestra derrota; y un amigo suyo, millonario
de rimas, aseguró que nos habíamos declarado en huelga. La verdad es que si
dejamos el Olimpo, no hemos abandonado la Tierra. ¡Tiene tantos encantos, para
los mismos dioses! Unos hemos tenido buena suerte; otros muy mala: no he sido
yo de los más afortunados. Con la lira debajo del brazo he recorrido casi todo
el mundo. Cuando no pude vivir en Atenas me fui a París; allí he luchado mucho
tiempo, sin poder hacer gran cosa. ¡Con deciros que he sido, en la misma
capital del arte, fámulo y mandadero de un bibliopola decadente! Me decidí a
venir a América, a probar fortuna, y un buen día desembarqué en la Ensenada, en
calidad de inmigrante. Me resolví a no hacer un solo verso, y en efecto: soy ya
rico, y estanciero.
—Pero, señor,
¿y vuestros hijos los poetas?
—Primeramente
se han olvidado de mí casi todos. Las antiguas musas se quejan porque han sido
sustituidas por otras modernas y terribles. La artificialidad sustituye a lo que antes se llamaba la inspiración.
Erato se nombra ahora Morfina. Y en una incomprensible Babel, se hablan todas
las lenguas, menos la que yo enseñé antaño a mis favorecidos. Por otra parte,
cuando yo no tengo un solo templo, Mercurio y Clito imperan. Los que vos llamáis poetas
se ocupan ya demasiado de la vida práctica. Sé
de quien ha dejado
un soneto sin el terceto último, por ir a averiguar en la Bolsa un asunto de
tanto por ciento.
—Pero: ¿a vos no os hace falta —le dije—, la tiranía dulce de la rima?
—Aquí
inter nos —respondióme—, he de confesar que no he dejado de ocuparme en mi
viejo oficio. En ciertas horas, cuando el bullicio de los negocios se calma y
mis cuentas quedan en orden, dejo este disfraz
de hombre moderno,
y voy a hacer algunas
estrofas en compañía de los silfos de la noche y de los cisnes de los
estanques. Paso por la casa de Guido y Spano, y me complazco en dejar mi divino
soplo en su hermosa cabeza argentada de viejo león jovial. Visito a Oyuela y le
reprendo porque ha muchos días no labra el alabastro de sus versos; y en la
casa de Obligado renuevo en el alma del poeta el fuego de la hoguera lírica.
Después, otras visitas. Y, por último, las que más quiero; las que hago a los
cuartuchos destartalados de los poetas pobres, a las miserables covachas de los
infelices inspirados, de los desconocidos, de los que no han sentido nunca una
sola caricia de la fama. Aquellos cuyo nombre no resuena, ni resonará jamás en
la bocina de oro de la alada divinidad; pero que me llaman, y me son fieles,
envueltos en el velo azul de los ensueños.
En
cuanto a mi lira, la tengo guardada en un espléndido estuche; y de cuando en
cuando me doy el placer de acariciar sus cuerdas.
—¿Os habréis
vuelto acaso dilettante?
—Suelo,
en mi calidad de sportsman, recitar en los salones, y aparentar que soy un
elegante aficionado a la poesía; más de un álbum y más de dos abanicos
conservan algunas rimas que he procurado hacer resonar de la manera más
decadente que me ha sido posible;
porque, según parece, ello está de moda. Ahora, con la fiesta de la primavera
he sentido en mí la necesidad del canto, y me ha sido preciso andar con los
ojos bajos para que la gente no se fije en la llama sagrada
que debe iluminar
mi faz.
¿No comprendéis
que si se supiese quién soy, vendría
muy a menos?
—En
verdad, tenéis razón en sentiros inspirado con la victoria de las flores
ilustres: Palermo es hoy el campo pagano y bello en donde se celebra, como en
los buenos días antiguos, la pomposa
beldad de Flora:
Dic, quibus in terris inscripti nomina regum nascantur flores...
Habíamos llegado a
Palermo al eco del latín de Virgilio. La fiesta había comenzado. Banderas y
flores; trofeos perfumados; derroche de pétalos y de aromas. El amor y la
galantería se hacían la guerra amable del corso floral.
¿Apolo
había comenzado a recitar? No lo sé; pero al pasar entre los carruajes de donde esa rosa que se llama la porteña,
encarnaba la más dulce de las primaveras, en medio del ir y venir de los
ramilletes, oí una voz que decía así:
—El
poeta ha cantado el génesis de las flores. Cómo nació la gladiola, el laurel
divino, el jacinto, el mirto amoroso, y semejante a la carne de la mujer, la
rosa cruel, Herodías en flor del claro jardín...; y la blancura
sollozante del lirio,
que rodando sobre
mares de suspiros, que ella despierta a través del incienso azul de los
horizontes pálidos, sube, en un ensueño, hacia la luna que llora.
Luego, tras una pausa:
—La
rosa, como una emperatriz, arrastró su manto de púrpura. La aurora, el día de sus bodas, regaló un collar de diamantes a
la flor porfirogénita. El lirio es Parsifal.
Pasa, con su vestido blanco, el cándido caballero de la castidad. Los
pensamientos son doctores que llevan
con dignidad su traje episcopal; y cuando el amor o el recuerdo les consagran, tal como los metropolitanos y los abades
en las basílicas y monasterios, hallan ellos su tumba en los libros de horas y
en los eucologios. El tulipán,
esplendoroso como un Buckingham, se pavonea con la aureola de su lujo. Las
violetas conventuales, como un coro de novicias, rezan un padre nuestro por el
alma de Ofelia. Sobre un palanquín y
bajo un parasol de seda viene la crisantema, medio dormida en un vapor de opio,
soñando con su país nipón: en tanto que el loto azul se alza hieráticamente,
como buscando la mano de los dioses. Los asfódelos feudales y las alegres
lilas, consultan su horóscopo con el astrólogo heliotropo; y las blancas
bohemias llamadas margaritas dicen la buena ventura a los enamorados. Las
campánulas, desde sus campanarios verdes, tocan a vísperas o anuncian bodas o
funerales, mientras las camelias cantan entre pétalos un aire de la Traviata.
¿Quién se acerca al eco de la voz de Mignón? El azahar epitalámico y
adorable...
Se interrumpió el monólogo.
En
un elegantísimo carruaje se erguía una dama joven y gallarda, que por su
hermosura mereciera ser coronada reina del corso. Apolo se arrancó el clavel de
la solapa y lo arrojó a la beldad. Esto sucedía frente al palco de la prensa,
donde la batalla estaba en su mayor
agitación.
Después seguí escuchando:
—La batalla de las
flores ¿qué es junto a la batalla de las miradas? Los suspiros no luchan porque
son los enviados de las mutuas súplicas.
En
un corso como éste, las flores suelen llevar malos mensajes, y suelen ser
mentirosas. He visto a un caballero enviar un ramillete al cual había confiado
esta frase: "Yo te amo",
cuando en su corazón todo el fuego amoroso es ya pura ceniza. Una niña gentil y vivaz ha encargado a
cuatro azahares la misma respuesta... Y una rosa se ha puesto más roja de lo
que era al llevar tan extraña declaración.
¡Tiempo
feliz de los trajes claros, de los tules y de los sombreros de paja! ¡Horas
amables sobre los terrazos, y en los claros de luna; horas en que en los
parques y jardines celebran las flores sus walpurgis y sus misas azules! En tanto que la primavera traiga siempre la eterna carta
de amor; en tanto que las mejillas de las mujeres sean tan frescas como los centifolias; en tanto que la gran naturaleza junte su soplo fecundo en el ardiente efluvio de
los corazones, los dioses no nos iremos; permaneceremos siempre en la Tierra y
habrá besos y versos, y un Olimpo ideal levantará su cima coronada de luz
incomparable sobre los edificios que el culto de la materia haga alzar a la
mano del hombre.
Cuando
en el palacio Hume nos separamos, el dios estaba de excelente humor y con muy buen apetito. Me dijo un verso de Horacio y una máxima
del general Mansilla. No me dio su dirección; y
partió con un paso tan veloz como si fuese persiguiendo a Dafne.
FIN

No hay comentarios:
Publicar un comentario