Libro N° 14967. La Campesina Prudente. Hermanos Grimm.
© Libro N° 14967. La Campesina Prudente. Hermanos Grimm. Emancipación. Marzo 28 de 2026
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LA
CAMPESINA PRUDENTE
Hermanos
Grimm
La Campesina Prudente
Hermanos Grimm
Érase una vez un pobre campesino que sólo tenía una casita, en la que
vivía con su única hija. Díjole ésta:
- Deberíamos pedir al Señor Rey un trocito de tierra baldía.
Al conocer el Rey su mísera situación, les regaló un trozo de prado, que
padre e hija labraron con la idea de plantar en él un poco de grano. Cuando ya
casi lo tenían todo arado, encontraron en la tierra un almirez de oro puro.
- Oye - dijo el padre a la muchacha -, puesto que el Señor Rey ha sido
tan bondadoso al regalarnos este campo, nuestro deber es entregarle este
almirez.
Pero la hija se opuso, diciendo:
- Padre, tenemos el almirez, pero no la mano, y querrán que entreguemos
también ésta; por consiguiente, más vale callar.
Pero el hombre no quiso escuchar su consejo y, cogiendo el almirez, lo
llevó al Señor Rey, diciéndole que lo habían encontrado en su terruño y que se
lo entregaba como muestra de respeto. Tomó el Rey el almirez y preguntó al
campesino si no había encontrado nada más.
- No - respondió el buen hombre; y entonces le replicó el Rey que debía
traerle la mano del almirez. Contestó el labrador que no la habían hallado,
pero de nada le sirvió; era como si el viento se llevase sus palabras. Fue
encerrado en la cárcel, en la que estaría hasta entregar la mano de almirez.
Cada vez que los carceleros le llevaban el pan y el agua, que constituían el
sustento de los presos, oían gritar al campesino:
- ¡Ay! ¡Por qué no escuché a mi hija! ¡Por qué no escuché a mi hija!
Hasta que fueron al Rey y le contaron lo que el hombre decía sin parar,
y que se negaba a comer y beber. Entonces el Rey ordenó que condujesen al
detenido a su presencia, y preguntóle por qué gritaba continuamente: "¡Ay,
si hubiese escuchado a mi hija!".
- ¿Qué es lo que dijo ella?
- Me aconsejó que no os trajese el almirez, ya que si lo hacía me
exigiríais también la mano.
- Puesto que tienes una hija tan inteligente, quiero conocerla.
Y la muchacha hubo de comparecer ante el Rey, el cual le dijo que, ya
que era tan lista, le plantearía un acertijo, y si lo descifraba, se casaría
con ella. Avínose la moza, diciendo que lo acertaría. El Rey se expresó del
siguiente modo:
- Preséntate ante mí ni vestida ni desnuda, ni a caballo ni en coche, ni
por el camino ni por fuera del camino. Si eres capaz de hacerlo, me casaré
contigo.
Retiróse ella y se desnudó completamente, con lo cual no estaba vestida;
cogió luego una gran red de pesca y, metiéndose en ella, se envolvió bien, por
lo que no estaba ya desnuda. Alquiló a continuación un asno, le ató a la cola
la red y obligó al animal a arrastrarla, con lo cual avanzó ella ni a caballo
ni en coche. Además, el asno hubo de caminar por dentro de la rodera, por lo
que ella no tocaba el suelo sino con el dedo gordo del pie, y no iba ni por el
camino ni fuera de él. Al llegar a palacio, confesó el Rey que había acertado
el enigma, y que la condición quedaba cumplida. Dio la libertad a su padre y,
tomándola a ella por esposa. hízola dueña y señora de todo el patrimonio real.
Transcurrieron varios años, y un día el Señor Rey salió a pasar revista.
Varios campesinos con sus carros se estacionaron frente al palacio, donde
habían vendido sus cargas de leña; algunas de las carretas iban tiradas por
bueyes; otras, por caballos. Uno de los campesinos venía con tres yeguas, y una
de ellas tuvo un potrito, que se escapó y fue a meterse entre dos bueyes que
tiraban de un carro. Los labriegos empezaron entonces a reñir, pelearse y
alborotar, porque el dueño de los bueyes sostenía que éstos habían tenido el
potrillo y, por tanto, quería quedarse con él, mientras el otro afirmaba que el
potrito era hijo de su yegua, y, en consecuencia, le pertenecía. El alboroto
llegó a oídos del Rey, el cual sentenció que el potrito se quedase donde lo habían
encontrado, con lo cual pasó a ser propiedad del dueño de los bueyes, contra
toda razón. Marchóse el otro llorando y lamentándose por la pérdida de su
caballito; pero, enterado de que la Señora Reina era compasiva y procedía del
pueblo, presentóse a ella y le rogó que le ayudase a recuperar su potrito.
- Te ayudaré, si me prometéis no descubrirme. Mañana por la mañana,
cuando el Rey salga a pasar revista, te pones en medio de la carretera por la
que él ha de pasar, provisto de una red de pesca; y haces como si pescaras,
sacudiéndola y vertiéndola cual si estuviese llena de peces. A continuación
díjole lo que debía responder al Rey cuando éste le preguntase.
Y he aquí que al otro día nuestro campesino se fue a "pescar"
en aquel lugar seco. Al pasar el Rey y verlo, envió a uno de sus seguidores a
averiguar qué estaba haciendo allí aquel loco. El cual respondió:
- Estoy pescando.
Preguntóle el mensajero cómo podía pescar en un sitio donde no había
agua, y le replicó el campesino:
- Del mismo modo que dos bueyes pueden tener un potro, yo puedo pescar
en un lugar seco.
El criado fue a transmitir la respuesta al Rey. Éste hizo venir al
labrador y le dijo que aquella respuesta no era suya; ¿de quién era pues? ¡Y
cuidado con lo que respondía! Pero el hombre juró y porfió que era suya.
Tendiéronle entonces sobre un haz de paja y lo azotaron y atormentaron hasta
que se decidió a confesar que la respuesta era de la Reina. Al llegar el Rey a
palacio, dijo a su esposa:
- Ya que has sido falsa, no te quiero más por mujer. Conmigo has
terminado; vuélvete al lugar de donde viniste, a tu choza del campo.
Sin embargo, autorizóla a llevarse lo mejor y lo que más quisiera; sería
su despedida. Dijo ella:
- Sí, querido esposo, haré lo que me mandas - y, arrojándose sobre él, y
besándolo, le dijo que quería despedirse. Mandó luego que trajesen un fuerte
somnífero, para brindar con él por la despedida. El Rey se bebió un copioso
trago, pero ella apenas lo probó. Así, el marido no tardó en quedar sumido en
un sueño profundo, y entonces la Reina ordenó a un criado que envolviese al
Señor Rey en un precioso lienzo blanco y que entre varios lo llevasen al coche
que aguardaba en la puerta; y de este modo se trasladó a su pobre casita. Allí
lo puso en su cama, donde siguió durmiendo muchas horas, hasta que, al fin,
despertó y, mirando a su alrededor, dijo:
- ¡Dios santo! ¿Dónde estoy? - y llamó a sus criados; pero no compareció
ninguno. Al cabo de un rato acercóse su esposa y le dijo:
- Mi querido Señor Rey, me mandasteis que me llevase lo mejor y lo que
yo más quisiera de palacio; y como para mí lo mejor y lo que más quiero sois
Vos, os llevé conmigo.
Llenáronsele al Rey los ojos de lágrimas y exclamó:
- ¡Querida esposa, tú debes ser mía y yo tuyo! - y la condujo nuevamente
a palacio, y se volvió a casar con ella; y seguramente viven todavía.
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* * *
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FIN


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