Libro N° 14964. El Rey Baltasar. Alas, Leopoldo (Clarín)
© Libro N° 14964. El Rey Baltasar. Alas, Leopoldo (Clarín). Emancipación. Marzo 28 de 2026
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EL
REY BALTASAR
Leopoldo
Alas
(Clarín)
El Rey Baltasar
Leopoldo Alas (Clarín)
Don Baltasar Miajas llevaba de empleado en una oficina de Madrid más de
veinte años; primero había tenido ocho mil reales de sueldo, después diez,
después doce y después… diez; porque quedó cesante, no hubo manera de reponerle
en su último empleo y tuvo que conformarse, pues era peor morirse de hambre, en
compañía de todos los suyos, con el sueldo inmediato… inferior. «¡Esto me
rejuvenece!», decía con una ironía inocentísima; humillado, pero sin vergüenza,
porque él no había hecho nada feo, y a los Catones de plantilla que le
aconsejaban renunciar al destino por dignidad, les contestaba con buenas
palabras, dándoles la razón, pero decidido a no dimitir, ¡qué atrocidad! Al
poco tiempo, cuando todavía algunos compañeros, más por molestarle que por
espíritu de cuerpo, hablaban con indignación del «caso inaudito de Miajas», el
interesado ya no se acordaba de querer mal a nadie por causa del bajón de
marras, y estaba con sus diez mil como si en la vida hubiese tenido doce.
En otras ocasiones hubo tentativas de dejarle cesante, por no tener
padrinos, aldabas, como decía él con grandísimo respeto; pero no se consumaba
el delito, porque, a falta de recomendaciones de personajes, tenía la de ser
necesario en aquella mesa que él manejaba hacía tanto tiempo. Ningún jefe
quería prescindir de él y esto le sirvió en adelante no para ascender, que no
ascendía, sino para no caer. Sin embargo, no las tenía todas consigo y a cada
cambio de ministerio se decía: «¡Dios mío! ¡Si me bajarán a ocho!».
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Por lo demás, no pensaba en la cosa pública más que cuando había crisis.
Hasta que los chicos anunciaban por las calles: «¡El extraordinario con la
caída del Ministerio!», don Baltasar no se acordaba de que había Estado, ni
Gobierno, ni intereses públicos en el mundo. Y no era que no comprase todas las
noches, al retirarse, su periódico. Pero no era por la política: era por las
charadas, los acertijos, anagramas, etcétera.
Se metía en casa y, rodeado de su mujer y de sus tres hijos, dos varones
y una hembra, pequeñuelos todavía, se entregaba a las dulzuras del hogar, de
las zapatillas suizas, y de la sección amena de su periódico. No aborrecía el
mundo, no era misántropo; pero no estaba a gusto más que entre los suyos, que
eran la familia, y unos cincuenta tiestos con flores, y veinte pájaros que
tenía y cuidaba en un estrechísimo terrado al que le daba derecho su cuarto
piso con honores de guardilla. Era en la calle de Ferraz; desde aquella altura
disfrutaba la vista de un panorama que le parecía asombroso, sobre todo por el
silencio, por la soledad, por la luz esplendorosa y por el aire puro. Allí no
venía a interrumpirle en sus contemplaciones de anacoreta lego o de bramán sin
cavilaciones más bicho viviente que éste o el otro gato, que se le quedaba
mirando, también perezoso, también soñador y amigo de aquella soledad en la
altura.
Miajas bajaba al mundo pensando en sus flores, sus aves y sus hijos; se
enfrascaba en los expedientes con la afición que le había ido dando el amor al
cumplimiento exacto del deber, y de todo lo demás que le rodeaba allá abajo no
se daba cuenta siquiera. Como donde él vivía de veras, con toda el alma, era en
su cuarto piso, en su terrado principalmente, las calles, la oficina, los
paseos, todo le parecía metido en un cuarto rastrero, ahogado… in
inferís. «¡Sursum corda!», le gritaba el pecho, aunque no
en latín; y en cuanto podía, ¡arriba!, ¡al terrado! La impureza del
aire de abajo era para Miajas una preocupación constante; creía deber
la salud al aire puro de su retiro empingorotado. Cuando oía hablar de las
prevaricaciones y manos puercas de muchos sujetos, algunos compañeros suyos,
pensaba con orgullo en su inmaculada honradez, en su probidad segura, achacaba
la diferencia, por asociación de ideas, o mejor, de imágenes, a la impureza del
aire que se respiraba allá abajo. Se figuraba que aquellas pobres gentes
que casi nunca se rodeaban con los gatos allá por las nubes, que no recibían
durante horas y horas los soplos del aire puro, cerca del cielo, bajo torrentes
de luz, en una atmósfera transparente, se iban llenando de microbios morales
que producían aquellas debilidades de conciencia, aquellas tristes caídas.
Pero, en general, pensaba muy poco en todo esto. No le importaba lo que hacían
los demás, y tampoco dedicaba mucho tiempo a recordar los propios méritos y
servicios. Así que casi tenía olvidadas ciertas visitas que le habían
hecho illo tempore en su humilde guardilla disimulada,
ilustres personajes de la política y del foro. Dos habían sido los señorones
que habían venido a pedirle algo al pobre Miajas a tales alturas.
La oficina de don Baltasar era muy importante porque en ella se
despachaban asuntos de muchísimo dinero y, como en última instancia, el que
entendía y en realidad resolvía las arduas cuestiones de minas o cosas
parecidas era don Baltasar, y sólo él, los que entendían de veras la aguja de
marcar querían y procuraban tenerlo de su parte; pues, aun suponiendo que más
arriba se quisiera atender más al favor que a la justicia y a la ley,
mucho era, y en ocasiones indispensable, contar con el informe de aquel perito
incorruptible. Una emperatriz o algo parecido tenía grandísimos intereses en
cierto negocio famoso, y era abogado y principal agente de la ilustre dama un
santón político de los primeros, muy popular, elocuente… y largo. No se anduvo
en chiquitas; con sus aires democráticos, subió al cuarto piso de Miajas y
entre bromitas, confianzas, promesas y veladísimas amenazas procuró ganar el
ánimo del modestísimo empleado de diez mil reales, de quien, ¡oh, escándalos!,
en realidad dependía aquel asunto que importaba tantos millones. Pero, ¡ay,
amigo!, que el ilustre prócer no tenía razón; y Miajas,
avergonzado, sintiéndolo infinito, como si cometiera un delito de lesa majestad
o, por lo menos, de lesa soberanía nacional…, dijo nones, y el señor aquél,
elocuentísimo, jefe de partido, casi árbitro de los destinos del país en
ocasiones, tuvo que bajar el ciento y pico de escaleras, lo mismo que las había
subido, sin sacar nada en limpio, porque allí no se podía hacer nada sucio.
Este triunfo no dejaba de halagar a don Baltasar, más que por el mérito de su
honrada resistencia, por el honor de haber tenido en su casa, y suplicándole en
vano y tratando de convencerle, a tan conspicuo personaje. Sin embargo, se le
mezclaba esta satisfacción con el remordimiento de no haber podido complacer a
una eminencia como aquélla, y también tenía cierto escozor que era así como un
vago temor de que algún día aquel prócer se vengara dejándole
cesante, o por lo menos… bajándole a ocho.
La otra visita fue de otro santón no menos ilustre e influyente, también
demócrata, y que era un especialista en materias de conciencia. Cuando él en un
discurso decía: «¡Mi conciencia!», parecía decir: «¡Mis pergaminos!». Pues él
también andaba en cosas de minas, y también subió las cien escaleras y pico.
Pero éste hizo ante todo grandes protestas de la pureza de sus intenciones; con
toda sinceridad mostraba el gran disgusto que tenía sólo en pensar que don
Baltasar pudiera creer que venía a sobornarle, a deslumbrarle… Venía a
convencerle; no tenía que esperar Miajas ni premio ni castigo, resolviese lo
que quisiera. Se hablaba a su convicción y nada más. Y el señor de la
conciencia sacó unos papelitos y los leyó; y discutieron él y Miajas, y después
de dos horas, con la mayor naturalidad, don Baltasar declaró que aquel ilustre
prohombre tenía razón, que la ley estaba con él y que el negociado informaría,
si a él se le hacía caso, como pedía el insigne caballero, que de resultas se
ganarían acaso millones. Y se fue el señor rectísimo, dejando a Miajas los
papelitos aquellos, con su firma, y volvió en la vida; ni el empleado de diez
mil reales le debió jamás favor alguno ni se lo encontró cara a cara otra vez.
No importaba: él guardaba como un tesoro los papelitos y, sin decírselo a
nadie, saboreaba el orgullo de haber tenido ante sí, tan fino, tan amable, al
hombre más severo de España, al Catón más tieso de la Península. Pero después
de algún tiempo fue olvidando la aventura y por fin ya disfrutaba de la contemplación
de la propia honradez como de una cosa muy insípida, sin mérito grande, aunque
indispensable. Estaba dispuesto a morir de hambre antes que a prevaricar en lo
más insignificante. Pero el placer de este estado de alma era ya para el muy
inferior al que le proporcionaba la solución de un jeroglífico.
II
Si aquellos señorones ilustres jamás hicieron nada bueno ni malo a don
Baltasar; si el prócer de la conciencia no tuvo la amabilidad de mandarle
siquiera unos cartuchos de dulces a los hijos de Miajas, no se portaron así el
año de gracia de 189… los dos ricachos americanos que habían sacado de pila,
respectivamente, al hijo mayor Carlos y a la hija Pepilla.
El día de Reyes, muy tempranito, los chicos se encontraron en el terrado
sendos juguetes de todo lujo: él, un guerrero indomable, con uniforme de
teniente de caballería, con todas las armas y galones que eran de ordenanza;
ella, una casa puesta para un matrimonio de porcelana, con ama de cría, un
chiquitín y dos criadas, una de ellas negra. Era una maravilla. El entusiasmo
de aquellos niños pobres, que otros años se contentaban con una caja de
pinturas de peseta y una «pepona» de precio semejante, no tuvo límites…
ni entrañas. A Marcelo, el hijo segundo, el más cariñoso, más aplicado y más
metido por los mimos de su padre, los Reyes… no le habían traído nada, porque
nada era un cartucho de dulces que se encontró al lado de esos soberbios
juguetes. Pues bien, Pepilla y Carlos no tuvieron lástima, ni siquiera
delicadeza, y delante de su hermano, sin padrino rico, ni pobre, porque lo
había sido un abuelo, ya difunto, hicieron alarde de su riqueza, de su suerte
escandalosa, de su alegría insolente. Los niños son así, ya lo dijo Víctor Hugo
pintando el tormento de un sapo. ¿Cómo a don Baltasar no se le ocurrió remediar
aquella injusticia de la suerte? No supo nada a tiempo. El encargado de dar la
sorpresa fue un muchacho que, con el mayor sigilo, de parte de los ricachos
americanos, dejó de noche, con pretexto de una visita, en el terrado, los
regalos aquellos con tarjetas en que se leía: «A Pepilla. Gaspar» y «A
Carlitos. Melchor». El cartucho de dulces de Marcelo era uno de los tres que su
madre había comprado, porque aquel año el presupuesto de los Miajas andaba
apuradísimo, y la noche anterior, la del cuatro al cinco, el matrimonio, con
profunda tristeza, resignado, había resuelto, después de melancólica
deliberación, que era una locura gastar aquel año en juguetes, por modestos que
fueran, cuando no había apenas para garbanzos ni para remendar las botas de los
chicos.
Cuando don Baltasar, muy temprano, subió al terrado y vio a sus hijos en
torno del portentoso hallazgo y se enteró de todo, y contempló la alegría loca,
salvaje, de los egoístas agraciados (¡inocentes de su alma!), y después miró a
Marcelo que, pálido, sonreía con una mueca dolorosa, chupando la cinta azul de
seda de su cartucho de dulces, sintió una angustia dolorosa en el alma, una
especie de agonía de todo lo bueno que tenía su corazón puro, de pobre
resignado. Aquello era lo mismo que una puñalada. Dios los perdonará, pero sus
queridos compadres habían incurrido en una omisión grosera, de solterones sin
delicadeza: muy ricos, espléndidos, pero que no sabían lo que eran hijos…
Aquellos juguetes finísimos, de príncipes, valían uno con otro, lo menos… treinta
duros… ¡Virgen Santísima! Pues con treinta reales hubieran podido Melchor y
Gaspar hacer feliz a toda la familia… Y ahora, ahora…, en tono de broma, él,
Miajas, estaba pasando por una amargura… pueril… que era inexplicable, por lo
fuerte, por lo profunda.
Si hubiera sido Pepilla la desheredada, a grito pelado hubiera hecho
constar la más enérgica protesta. Llanto y paradas durante tres horas, por lo
menos. Carlos hubiera disputado a puñetazos el odioso privilegio, a no ser él
el privilegiado… Marcelo…. sonreía, luchaba por vencerse, por disimular la
tristeza, ¡y tenía ocho años! ¡Angel de mi alma! ¡Qué culpa tiene él de que su
pobre abuelo se le haya muerto y de que yo… deba aún al panadero todo el pan
que hemos comido en diciembre. Miajas no sabía qué decir ni qué hacer, ni
siquiera cómo mirar a su hijo segundo, que se quedaba sin juguete. Marcelo se
fue hacia su padre, se le metió entre las rodillas y empezó a acariciarse las
mejillas frotando con ellas los raídos pantalones de su señor padre. Su papá
era su juguete, de movimiento, de cariño; así parecía pensar el niño
consolándose.
Aquellas caricias de resignación monstruosa, resignación a los ocho
años, exaltaron más la sensibilidad paterna. Don Baltasar se creyó inspirado de
repente, una inspiración mitad amor, mitad rebeldía, y por ello fue por lo que
exclamó con voz nerviosa, enérgica, de fingida alegría:
—Observo, señores, que aquí falta un rey.
—¿Qué rey, qué rey? —gritaron Pepita y Carlos.
—Sí, falta uno. A ti, el rey Melchor te regaló eso; a ti, eso el rey
Gaspar… Falta Baltasar, que es el que trae el regalo de Marcelín, ¡cosa rica!
Pero, amigo; como el rey Baltasar viene de más lejos, de más lejos, de allá,
de… (Miajas era muy mal orientalista) de… la Conchinchina…, pues viene
retrasado… por las nieves, ¡como los trenes a veces! Pero vendrá…. ¡Oh!, ¡yo te
aseguro que vendrá! ¡No pasa de mañana, Marcelín, cree a tu padre!
Marcelo, con lágrimas de inefable alegría en los ojos, sonriendo entre
lágrimas, como Andrómaca, miraba a su padre extasiado, dudando de su felicidad
futura… Creía y no creía en los reyes; era acaso dudoso aquello del milagro de
los juguetes puestos en el balcón por manos invisibles…, pero ahora se
inclinaba a pensar que su rey esta vez iba a ser su padre y se lo agradecía
¡tanto!, ¡tanto! Era mejor así. Pero, ¿vendría el juguete?
—¿Y qué le va a traer? —preguntó Carlos entre incrédulo y envidioso de
una dicha futura en la que ya no le tocaba nada.
—Eso… Dios lo sabe. Pero me parece a mí… que va a ser… ¿Tú qué opinas,
Marcelo?
Marcelo era particularmente aficionado a las defensas de plazas fuertes,
era el Vauban de la casa, y mientras Carlos se armaba hasta los dientes, él
prefería construir murallas de cartón, y con un ingenio positivo, improvisaba
aspilleras, cañones, reductos, combinando los más heterogéneos desperdicios de
la industria: dedales viejos, rodajas de pies de butacas rotos, cápsulas vacías
de escopeta, cajas de cerillas y otra porción de inutilidades que, bien
combinadas y distribuidas, convertían la mesa del comedor en una fortaleza muy
respetable.
Marcelo opinó que el rey Baltasar le traería, si era amigo de cumplir,
soldados de latón, de artillería, con cañones y todo…
III
Don Baltasar se echó a la calle aturdido, como borracho por las
emociones de amor, amargura, despecho y decisión violenta que le llenaban el
alma; se figuraba que llevaba, si no en la mano, en el alma, en la intención,
una tea incendiaria que debía prender luego a la moral pública que se debía al
orden constituido, a los más altos principios; ¡qué sabía él! En fin, por ello
era por lo que salía dispuesto a cumplir su promesa temeraria de encontrar al
rey Baltasar, y no ya traerlo de Conchinchina, sino sacarlo del centro de la
tierra y hacerlo presentarse ante su Marcelo con un juguete verdaderamente
regio que no valiese menos que el de sus señores hermanos.
Lo primero que hizo… fue lo que hace el Gobierno, pensar en los gastos,
no en los ingresos; escoger el juguete monumental (así lo llamaba para sus
adentros), sin pensar en la mina o en la lotería de donde había de sacar el
dinero necesario para pagarlo.
Se paró en la calle de la Montera, ante un escaparate de juguetes de
lujo. Entre tanta monada de subido precio no vaciló un momento: la elección
quedó hecha desde el primer momento; nada de armaduras, coches, velocípedos de
maniquí, grandes pelotas, ni demás chucherías: lo que había de comprar a
Marcelín era aquella plaza fuerte que estaba siendo la admiración de cuatro o
cinco granujas que rodeaban a Miajas junto al escaparate. «¡Lo que puede la
voluntad! —pensaba el humilde empleado— estos chicos cargarían con esa
maravilla del arte de divertir a los niños con no menos placer que yo; en
materia de posibles, allá nos vamos estos pilluelos y yo, y, sin embargo, ellos
se quedan con el deseo y yo entro ahora mismo en el comercio y compro eso… y se
lo llevo a Marcelín… ¿En dónde está el privilegio, la diferencia? ¿En los
cuartos? ¡No! ¡Mil veces no! En la voluntad: yo quiero de veras que ese juguete
sea de mi hijo.»
Y entró, y compró la plaza fuerte que le deslumbraba con el metal de sus
cañones, cureñas y cuantos pertrechos eran del caso.
Cuando Marcelín viera aquellas torres y murallas, casamatas, puentes,
troneras, soldados y tremendas piezas de artillería, se volvería loco, creería
estar soñando. ¡Para él tanta hermosura!…
Al ir a pagar después de que el juguete estuvo sobre el mostrador, don
Baltasar sintió un nudo en la garganta…
—Verán ustedes —dijo—; no me lo llevo ahora precisamente porque…,
naturalmente…, no he de cargar con ese armatoste…
—Lo llevará un mensajero…
—No; no, señores; no se molesten ustedes. Déjenlo ahí apartado; yo
enviaré por el juguete…, y entonces… traerán el dinero… el precio…
Y salió aturdido y dando tropezones.
—Ya no hay más remedio —iba pensando—. El juguete es mío; un contrato es
un contrato. Hay que buscar el dinero debajo de las piedras.
Pero en vez de ponerse a desempedrar la calle, se fue, como siempre, a
la oficina.
Había grandes apuros por causa de arreglar asuntos que pedían del
Ministerio despachados, y el director había dispuesto habilitar aquel día
festivo.
Gran marejada político-moral-administrativa había por entonces en Madrid
y en toda España; una de esas grandes irregularidades que de vez en cuando se
descubren había puesto una vez más sobre el tapete la cuestión de los cohechos,
prevaricaciones y demás clásicas manos puercas de la administración pública.
Los periódicos de circulación venían echando chispas; se celebraban
grandes reuniones públicas para protestar y escandalizarse en colectividad; el
Círculo Mercantil y una junta de abogados se empeñaban en empapelar a un
ministro y a muchos próceres, al parecer poco delicados en materia de consumos
y de ferrocarriles.
El Ministerio, amenazado con tanto ruido, se agarraba al poder como una
lapa, y en las oficinas de Madrid había una terrible justicia de enero (del mes
que venía corriendo) más o menos aparente.
Los subsecretarios, los directores, los jefes de negociado, estaban
hechos unos Catones, más o menos serondos; no se hablaba más que de revisiones
de cuentas de expedientes; en fin, se quería que la moralidad de los
funcionarios brillara como una patena. Había mucho miedo.
—Siempre pagaremos justos por pecadores —decían muchos pecadores que
todavía pasaban por justos.
Y a todo esto, don Baltasar Miajas sin enterarse de nada. Oía campanas,
pero no sabía dónde. El run run de las conversaciones referentes a los chanchullos legales
llegaba hasta él sin sacarle de sus habituales pensamientos; lo oía como quien
oye llover. Él cumplía con su cometido y andando.
Cuando llegó aquel día ante la mesa de su cargo, dispuesto a sacar el
precio del juguete de debajo de las piedras, no soñaba con que había en el
mundo inmoralidad, empleados venales, etcétera. Lo que él necesitaba eran diez
duros.
No sabía que estaba sobre un volcán rodeado de espías.
Los pillos del negociado, que los había, estaban convertidos en Argos de la
honradez provisional y temporera que el director del ramo había decretado dando
puñetazos sobre un pupitre.
Y el diablo, no la Providencia, como pensó don Baltasar, hizo que cierto
contratista interesado en un expediente que Miajas acababa de despachar, de
modo favorable para aquel señor, se le acercara y, fingiendo sigilo, pero con
ánimo de que pudieran otros oficinistas enterarse de su generosidad, dejase
entre unos papeles algunos billetes de Banco.
Era un hombre tosco, acostumbrado a vencer así en las oficinas de su
pueblo; y como no conocía a Miajas y quería ir anunciando su procedimiento
expeditivo para que se enterasen los que podían servirle el día de mañana, hizo
lo que hizo de aquella manera torpe, que comprometía al infeliz covachuelista.
Don Baltasar, en el primer momento no se dio cuenta de lo que acababa de
suceder. Todavía no se había hecho cargo de tan vituperable acción, y ya los
espías del director se habían guiñado el ojo. Cuando el contratista insistió en
su torpeza, llamando la atención de Miajas, éste… vio el cielo abierto. Y
equivocándose sin duda, atribuyó entonces a la Providencia aquella oportunidad
del diablo. En cualquier otra ocasión, sin escandalizarse, con mucha humildad y
molestia, habría devuelto al pillastre su dinero, diciéndole con buenos modos
que él había cumplido con su conciencia y que ya estaba pagado por el Gobierno.
Pero… ahora… Marcelín… la plaza fuerte comprada… la promesa de traer al
rey Baltasar aunque fuese de los pelos… y cierto profundo espíritu de rebelión…
de protesta moral… En fin, todo ello hizo que don Baltasar, en voz baja,
temblorosa, dijera:
—¡Oh, no, caballero; es demasiado; basta con un… pequeño recuerdo…
Guarde usted eso, guarde usted eso, pronto —y metió entre unos papeles un
billete de cincuenta pesetas.
A la mañana siguiente, en el terrado de la humilde vivienda de Miajas,
su hijo segundo, Marcelo, encontró, con una tarjeta firmada por el rey
Baltasar, el juguete pasmoso, la plaza fuerte que había soñado.
Y por la tarde, el rey Baltasar recibió la noticia de que estaba
cesante.
Por hacerle un favor no se le formaba expediente.
Justicia de enero.
No había perdido más que el pan y la honra.
FIN

