Libro N° 14963. La Imperfecta Casada. Alas, Leopoldo (Clarín).
© Libro N° 14963. La Imperfecta Casada. Alas, Leopoldo (Clarín). Emancipación. Marzo 28 de 2026
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LA
IMPERFECTA CASADA
Leopoldo
Alas
(Clarín)
La Imperfecta Casada
Leopoldo Alas (Clarín)
La imperfecta
casada
Leopoldo Alas
(Clarín)
El Liberal, 25 de
octubre de 1893
«La imperfecta casada», cuento de Leopoldo Alas (Clarín), publicado en
1893, narra la historia de Mariquita Varela, una mujer casada y madre que se
encuentra en una etapa de cambio personal. Con sus hijos mayores y más
independientes, Mariquita descubre tiempo para sí misma, que decide invertir en
la lectura, buscando entender más sobre la vida y sobre sí misma. A través de
sus lecturas, especialmente de textos cristianos y morales, Mariquita se
enfrenta a una introspección profunda. Empieza a cuestionar su propia virtud y
el significado de ser una buena esposa y madre. Con el tiempo, la lectura se
convierte en un espejo que refleja sus insatisfacciones y las realidades de su
vida conyugal y espiritual. Mariquita lucha con la sensación de no alcanzar las
expectativas de perfección y virtud que descubre en los textos, lo que la
sumerge en un estado de soledad emocional y desencanto.
Mariquita Varela, casta esposa de Fernando Osorio, notaba que de algún
tiempo a aquella parte se iba haciendo una sabia sin haber puesto en ello
empeño, ni pensado en sacarle jugo de ninguna especie a la sabiduría. Era el
caso, que, desde que los chicos mayores, Fernandito y Mariano, se habían hecho
unos hombrecitos y se acostaban solos y pasaban gran parte del día en el
colegio, a ella le sobraba mucho tiempo, después de cumplir todos sus deberes,
para aburrirse de lo lindo; y por no estarse mano sobre mano, pensando mal del
marido ausente, sólo ocupada en acusarle y perdonarle, todo en la pura
fantasía, había dado en el prurito de leer, cosa en ella tan nueva, que al
principio le hacía gracia por lo rara.
Leía cualquier cosa. Primero la emprendió con la librería del oficioso
esposo, que era médico; pero pronto se cansó del espanto, de los horrores que
consiente el padecer humano, y mucho más de los escándalos técnicos, muchos de
ellos pintados a lo vivo en grandes láminas de que la biblioteca de Osorio era
rico museo.
Tomó por otro lado, y leyó literatura, moral, filosofía, y vino a
comprender, como en resumen, que del mucho leer se sacaba una vaga tristeza
entre voluptuosa y resignada; pero algo que era menos horroroso que la
contemplación de los dolores humanos, materiales, de los libros de médicos.
Llegó a encontrar repetidas muestra de literatura cristiana, edificante;
y allí se detuvo con ahínco y empezó a tomar en serio la lectura, porque
comenzó a ver en ella algo útil y que servía para su estado; para su estado de
mujer que fue hermosa, alegre, obsequiada, amada, feliz, y que empieza a ver en
lontananza la vejez desgraciada, las arrugas, las canas y la melancólica muerte
del sexo en su eficacia. Lejos todavía estaba ese horror, pero mal síntoma era
ir pensando tanto en aquello. Pues sus lecturas morales, religiosas, la
ayudaban no poco a conformarse. Pero le sucedió lo que siempre sucede en tales
casos: que fue más dichosa mientras fue neófita y conservó la vanidad pueril de
creerse buena, nada más que porque tenía buenos pensamientos, excelentes
propósitos, y porque prefería aquellas lecturas y meditaciones honradas; y fue
menos dichosa cuando empezó a vislumbrar en qué consistía la perfección sin
engaños, sin vanidades, sin confianza loca en el propio mérito. Entonces, al
ver tan lejos (¡oh, mucho más lejos que la vejez con sus miserias!), tan lejos
la virtud verdadera, el mérito real sin ilusión, se sintió el alma llena de
amargura, en una soledad de hielo, «sin mí, sin vos y sin Dios», como
decía Lope, sin mí, es decir, sin ella misma, porque no se apreciaba, se
desconocía, desconfiaba de su vanidad, de su egoísmo; sin vos, es
decir, sin su marido, porque ¡ay! El amor, el amor de amores, había volado
tiempo hacía; y sin Dios, porque Dios está sólo donde está la virtud, y la
virtud real, positiva, no estaba en ella. Valor se necesitaba para seguir
sondando aquel abismo de su alma, en que al cabo de tanto esfuerzo de humildad,
de perdón de las injurias, de amor a la cruz del matrimonio, que llevaba ella
sola, se encontraba que todo era presunción, romanticismo disfrazado de piedad,
histerismo, sugestión de sus soledades, paliativos para conllevar la usencia
del esposo, distraído allá en el mundo… El mérito real, la virtud cierta,
estaba lejos, mucho más lejos.
Y estas amarguras de tener que despreciarse a sí misma, si no por mala,
por poco buena, era el único solaz que podía permitirse. Al que apelaba sin
falta, cuando, cumplidos todos sus deberes ordinarios, vulgares, fáciles, como
pensaba ahora, aunque sintiéndolos difíciles, se quedaba sola, velando junto al
quinqué, esperando al buen Osorio, que, allá, muy tarde, volvía con los ojos
encendidos y vagamente soñadores, con las mejillas coloradas, amable, jovial,
pródigo de besos en la nuca y en la frente de su eterna compañera, besos que,
según las aprensiones, los instintos de ella, daban los labios allí y el alma
en otra parte, muy lejos.
* * *
Y una noche leía Mariquita La Perfecta Casada, del sublime
Fray Luis de León; y leía, poniéndose roja de vergüenza, mientras el corazón se
lo quedaba frío:
«… así, por la misma razón, no trata aquí Dios con la casada que sea
honesta y fiel, porque no quiere que le pase aún por la imaginación que es
posible ser mala. Porque, si va a decir la verdad, ramo de deshonestidad es en
la mujer casta el pensar que puede no serlo, o que en serlo hace algo que le
debe ser agradecido.»
Y como si Fray Luis hubiera escrito para ella sola, y en aquel mismo
instante, y no escribiendo, sino hablándola al oído, Mariquita se sintió tan
avergonzada que hundió el rostro en las manos, y sintió en la nuca, no un
beso in partibus de su esposo, sino el aliento del agustino
que, con palabras del Espíritu Santo, le quemaba el cerebro a través del
cráneo.
Quiso tener valor, en penitencia, y siguió leyendo, y hasta llegó donde
poco después dice:
«Y cierto, como el que se pone en el Camino de Santiago,
aunque a Santiago no llegue, ya le llaman romero, así, sin duda, es principiada
ramera la que se toma licencia para tratar de estas cosas, que son el camino.»
Y, siempre con las manos apretadas a la cabeza, la de Osorio se quedó
meditando:
—¡Yo ramera principiada y por aquello mismo que, si ahora siento como
dolor de la conciencia que me remuerde, siempre tomé por prueba dura, por
mérito de mi martirio, por cáliz amargo!
Por el recuerdo de Mariquita pasó, en una serie de cuadros tristes, de
ceniciento gris, su historia, la más cercana, la de esposa respetada, querida
sin ilusión, sola en suma, y apartada del mundo casi siempre.
Casi siempre, porque de tarde en tarde volvía a él, por días, por horas.
Primero había sido completo alejamiento; la batalla maternal: el embarazo, el
parto, la lactancia, los cuidados, los temores y las vigilias junto a la cuna;
y vuelta a empezar: el embarazo, cada vez más temido, con menos fuerzas y más
presentimientos de terror; el parto, la lucha con la nodriza que vence, porque
la debilidad rinde a la madre; más vigilias, más cuidados, más temores… y el
marido que empieza a desertar, en quien se disipa algo que parece nada, y era
nada menos que el amor, el amor de amores, la ilusión de toda la vida de la
esposa, su único idilio, la sola voluptuosidad lícita, siempre moderada.
Como un rayo de sol de primavera, con el descanso de la maternidad viene
el resucitar de la mujer, que sigue el imán de la admiración ajena; ráfagas de
coquetería… así como panteística, tan sutiles y universales, que son alegría,
placer, sin parecer pecado. Lo que se desea es ir a mirarse en los ojos del
mundo como en un espejo.
La ocasión de volver al teatro, al baile, al banquete, al paseo, la
ofrece el mismo esposo, que siente remordimientos, que no quiere extremar
las cosas, y se empeña —se empeña, vamos— en que su mujercita ¡qué,
diablo!, vuelva a crearse, vuelva al mundo, se distraiga honestamente. Y volvía
Mariquita al mundo; pero… el mundo era otro. Por de pronto, ella no sabía
vestirse; lo que se llama vestirse. Sin saber por qué, como si fueran
escandalosas, prescindía de sus alhajas: no se atrevía a ceñirse la ropa, ni tampoco
a despojarse de la mucha interior que ahora gasta, para librarse de achaques
que sus maternidades trajeran con amenazas de males mayores. Además comprende
que ha perdido la brújula en materia de modas. Un secreto instinto le dice que
debe procurar parecer modesta, pasar como una de tantas, de esas que llenan los
teatros, los bailes, sin que en rigor se las vea. Al llegar cierta hora, en la
alta noche, sin pensar en remediarlo, bosteza; y si la fiesta es cosa de música
o drama sentimental, al llegar a lo patético se acuerda de sus hijos, de
aquellas cabezas rubias que descansarán sobre la almohada, a la tibia luz de
una lamparilla, solos, sin la madre. ¡Mal pecado! ¡Qué remordimiento! ¿Y todo
para qué? Para permitirles la poca simpática curiosidad de olfatear amores
ajenos, de espiar miradas, de contemplar los triunfos de las hermosas que hoy
brillan como ella brillaba en otro tiempo… ¡Qué bostezos! ¡Qué remordimiento!
Con el recuerdo nada halagüeño de las impresiones de noches tales,
Mariquita se resolvió a no volver al mundo, y por mucho tiempo cumplió su
palabra. En vano, marrullero, quería su esposo obligarla al sacrificio; no
salía de casa.
Pero pasaban años, los chicos crecían, el último parto ya estaba lejos,
la edad traía ciertas carnes, equilibrio fisiológico que era salud, sangre
buena y abundante; y la primavera de las entrañas retozaba, saliendo a la
superficie en reminiscencias de vaga coquetería, en saudades de
antiguas ilusiones, de inocentes devaneos y del amor serio, triunfador, pero
también muerto de su marido.
Mariquita recordaba ahora, leyendo a Fray Luis, sus noches de teatro de
tal época.
Llegaba tarde al espectáculo, porque la prole la retenía, y porque el
tocado se hacía interminable por la falta de costumbre y por la ineficacia de
los ensayos para encontrar en el espejo, a fuerza de desmañados recursos
cosméticos, la Mariquita de otros días, la que había tenido muchos adoradores.
¡Sus adoradores de antaño! Aquí entraba el remordimiento, que ahora lo
era, y antes, al pasar por ello, había sido desencanto glacial, amargura
íntima, vergonzante… Acá y allá, por butacas y palcos, estaban algunos de
aquellos adoradores pretéritos… menos envejecidos que ella, porque ellos no
criaban chicos, ni se encerraban en casa años y años. ¡Por aquellos ilustres y
elegantes gallos no pasaba el tiempo!… Ahora… adoraban también, por lo visto;
pero a otras, a las jóvenes nuevas; constantes sólo, los muy pícaros,
en admirar y amar la juventud. Celos póstumos, lucha por la existencia de la
ilusión, por la existencia del instinto sexual, la habían hecho intentar…
locuras; ensayar en aquellos amantes platónicos de otros días el influjo
poderoso que en ellos ejercieran sus miradas, su sonrisa… Miró como antaño; no
faltó quien echara de ver la provocación, quien participara de la melancolía y
dulce reminiscencia… Entonces Mariquita (esto no podía verlo ella) se había
reanimado, había rejuvenecido; sus ojos, amortiguados por la vigilia al pie de
la cuna, habían recobrado el brillo de la pasión, de la vanidad satisfecha, de
la coquetería inspirada… ¡Ráfagas pasajeras! Pronto aquellos adoradores
pretéritos daban a entender, sin quererlo, distraídos, que no cabía galvanizar
el amor. Lo pasado, pasado. Volvían a su adoración presente, a la contemplación
de la juventud, siempre nueva; y allá, Mariquita, la antigua reina de aquellos
corazones, recogía de tarde en tarde miradas de sobra, casi compasivas, tal vez
falsas, en su expresión. ¡Qué horror, qué vergüenza! ¡Por tan miserable limosna
de idealidad amorosa, aquellos desengaños bochornosos! Y, aturdida, helada,
había dejado de presumir, de sonsacar miradas, ¡es claro!, por orgullo, por
dignidad. ¡Pero el dolor aquel, pensaba ahora, leyendo a Fray Luis, el dolor de
aquel desengaño… era todo un adulterio!
¡Cuánto pecado, y sin ningún placer! El desencanto en forma de crimen.
El amor propio humillado y el remordimiento por costas. ¡Y ella, que había
ofrecido a Dios, en rescate de otras culpas ordinarias, veniales, aquellas
derrotas de su vanidad, de algo mejor que la vanidad, del sentimiento puro de
gozar con el holocausto del cariño!
Sí; había andado, con mal oculta delicia, aquellos pocos pasos en
el Camino de Santiago… luego romero… ramera ¡oh, no, ramera no! Eso
era algo fuerte, y que perdonara el seráfico poeta… Pero, si criminal del todo
no, lo que es buena, tampoco. Ni buena, ni tan mala, ¡y padeciendo tanto!
Sufría infinito, y no era perfecta. No podían amarla ni Dios, ni su marido. El
marido por cansado, Dios por ofendido.
Y pensaba la infeliz, mientras velaba esperando al esposo ausente, tal
vez en una orgía:
—¡Dios mío! ¡Dios mío! La verdadera virtud está tan alta, el cielo tan
arriba, que a veces me parecen soñados, ilusorios por lo inasequibles.
FIN

