Libro N° 14957. Vida De Anne Moore. Bolaño, Roberto.
© Libro N° 14957. Vida De Anne Moore. Bolaño, Roberto. Emancipación. Marzo 28 de 2026
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VIDA
DE ANNE MOORE
Roberto
Bolaño
Vida De Anne Moore
Roberto Bolaño
Sinopsis: «Vida de Anne Moore» es un cuento de
Roberto Bolaño, publicado en 1997 en el libro Llamadas telefónicas. Escrito en
forma de relato biográfico, narra la historia de Anne, una mujer nacida en
Estados Unidos que siendo niña asiste a un episodio perturbador que marcará su
destino y el de su familia. El relato describe su vida dura y errante, cruzada
por ambientes bohemios y violentos, relaciones inestables y una deriva personal
dominada por la insatisfacción, la fragilidad emocional, la búsqueda de sentido
y el peso persistente del pasado.
Roberto Bolaño - Vida de Anne Moore
Vida de Anne Moore
Roberto Bolaño
(Cuento completo)
El padre de Anne Moore luchó por la democracia en un barco hospital, en
el Pacífico, desde 1943 hasta 1945. Su primera hija, Susan, nació mientras él
navegaba por el mar de Filipinas, poco antes de finalizar la Segunda Guerra
Mundial. Después volvió a Chicago y en 1948 nació Anne. Pero Chicago no le
gustaba al doctor Moore y tres años más tarde se marchó junto con toda su
familia a Great Falls, en el estado de Montana.
Allí creció Anne y su infancia fue apacible, pero también extraña. En
1958, cuando tenía diez años, vio por primera vez el rostro de carbón, el
rostro manchado de tierra (así lo define ella, indistintamente), de la
realidad. Su hermana tenía un novio llamado Fred, de quince años. Un viernes
Fred llegó a casa de los Moore y dijo que sus padres se habían marchado de
viaje. La madre de Anne dijo que no le parecía correcto dejar solo en casa a un
chico que apenas era un adolescente. El padre de Anne opinó que Fred ya era un
hombrecito y que sabía cuidarse solo. Esa noche Fred cenó en casa de los Moore
y luego estuvo en el porche conversando con Susan y Anne hasta las diez. Antes
de marcharse se despidió de la señora Moore. El doctor Moore ya se había
acostado.
Al día siguiente Susan y Anne dieron una vuelta por el parque en el
coche de los padres de Fred. Según me contó Anne, el estado de ánimo de Fred
era notablemente distinto del exhibido la noche anterior. Ensimismado, casi sin
decir nada salvo monosílabos, parecía haber reñido con Susan. Durante un rato
estuvieron en el coche sin hacer nada, en silencio, Fred y Susan en la parte de
adelante y Anne en la parte de atrás, y luego Fred propuso que fueran a su
casa. Susan no contestó y Fred puso en marcha el coche y estuvieron dando
vueltas por las calles de un barrio pobre que Anne no conocía, como si Fred se
hubiera perdido o como si en el fondo, pese a haberlas invitado, en realidad no
quisiera llevarlas a su casa. Durante el trayecto, recuerda Anne, Susan no miró
ni una sola vez a Fred, todo el rato se lo pasó mirando por la ventanilla, como
si las casas y las calles que se iban sucediendo lentamente fueran un
espectáculo único. Tampoco Fred, la vista clavada al frente, miró ni una sola
vez a Susan. Tampoco pronunciaron una sola palabra ni la miraron a ella, en el
asiento de atrás, aunque en una ocasión, una sola, la niña que entonces era
Anne capturó el fulgor de los ojos de Fred, que la observó brevemente por el
espejo retrovisor.
Cuando por fin llegaron a la casa ni Fred ni Susan hicieron ademán de
bajarse. Incluso la forma en que Fred estacionó el coche, junto al bordillo de
la acera y no en el garaje, invitaba a una cierta provisionalidad en los actos,
a una interrupción de la continuidad. Como si al estacionar el coche de esa
forma, Fred nos permitiera y se permitiera a sí mismo un tiempo extra para
pensar, recuerda Anne.
Después (pero Anne no recuerda cuánto tiempo pasó) Susan se bajó del
coche, le ordenó a ella que hiciera lo mismo, la cogió de la mano y se
marcharon de allí sin despedirse. Cuando llevaban varios metros de distancia,
Anne se volvió y vio la nuca de Fred, en el mismo lugar, sentado al volante,
como si aún estuviera conduciendo, la vista fija al frente, dice Anne, aunque
puede que entonces tuviera los ojos cerrados o puede que los tuviera entornados
o que mirara el suelo o que estuviera llorando.
Volvieron a casa caminando y Susan, pese a sus preguntas, no le quiso
dar ninguna explicación de su actitud. Esa tarde a Anne no le hubiera extrañado
ver aparecer a Fred en el jardín de su casa. En otras ocasiones había sido
testigo de peleas entre éste y su hermana mayor y el rencor nunca fue duradero.
Pero Fred no apareció ese sábado, ni el domingo, y el lunes no fue a clases,
según confesaría Susan más tarde. El miércoles la policía detuvo a Fred por
conducir en estado de ebriedad en la parte baja de Great Falls. Después de ser
interrogado, dos policías fueron a su casa y encontraron a los padres muertos,
la madre en el cuarto de baño y el padre en el garaje. El cadáver de este
último estaba a medio envolver en mantas y cartones, como si Fred pensara deshacerse
de él en los próximos días.
A raíz de este crimen, Susan, que al principio mantuvo una entereza
notable, se derrumbó y durante varios años estuvo visitando psicólogos. Anne,
por el contrario, siguió igual que siempre, aunque el incidente o la sombra del
incidente resurgiría en el futuro de manera intermitente. Pero por el momento
ni siquiera soñó con Fred y si soñó tuvo la cautela de olvidar el sueño apenas
entraba en la vigilia.
A los diecisiete años Anne se marchó a estudiar a San Francisco. Dos
años antes lo había hecho Susan, matriculada en Medicina, en Berkeley:
compartía un apartamento con otras dos estudiantes en la parte sur de Oakland,
cerca de San Leandro y muy de vez en cuando escribía a sus padres. Cuando Anne
llegó encontró a su hermana en un estado deplorable. Susan no estudiaba,
durante el día dormía y por las noches desaparecía hasta bien entrada la mañana
siguiente. Anne se matriculó en Literatura Inglesa e hizo un curso de Pintura
Impresionista. Por las tardes se puso a trabajar en una cafetería de Berkeley.
Los primeros días vivió en el mismo cuarto que su hermana. En realidad hubiera
podido estar así indefinidamente. Susan dormía durante el día, en las horas en que
Anne estaba en la universidad, por las noches rara vez aparecía por la casa,
por lo que Anne ni siquiera tuvo que instalar otra cama en el cuarto. Pero al
cabo de un mes Anne se fue a vivir a la calle Hackett, en Berkeley, cerca de la
cafetería en donde trabajaba y dejó de ver a su hermana, aunque a veces la
llamaba por teléfono (eran las otras chicas del piso las que siempre
contestaban las llamadas, recuerda Anne) para saber cómo estaba, para darle
noticias de Great Falls, para saber si necesitaba algo. Las pocas veces que
habló con Susan ésta estaba borracha. Una mañana le dijeron que Susan ya no
vivía allí. Durante quince días la buscó por todo Berkeley y no la halló.
Finalmente una noche llamó a sus padres, en Great Falls, y fue Susan quien
contestó el teléfono. La sorpresa de Anne fue mayúscula. En cierto modo se
sintió defraudada y traicionada. Susan había abandonado definitivamente los
estudios y ahora quería rehacer su vida en una ciudad tranquila y decente, le
dijo. Anne le aseguró que cualquier cosa que ella hiciera estaría bien hecha,
aunque en realidad creyó que su hermana estaba muy mal y que había tirado buena
parte de su vida por la borda.
Poco después conoció a Paul, un pintor nieto de anarquistas judío-rusos,
y se fue a vivir con él. Paul tenía una casita de dos plantas, en la primera
estaba su estudio en donde se amontonaban grandes cuadros que jamás terminaba y
en la segunda había una habitación-sala-comedor muy grande, y una cocina y un
baño muy pequeños. Por supuesto, no era el primero con el que se acostaba,
antes había salido con un compañero de Pintura Impresionista que fue quien le
presentó a Paul y en Great Falls había sido novia de un jugador de baloncesto y
de un chico que trabajaba en una panadería. De este último creyó por un tiempo
estar enamorada. Se llamaba Raymond y la panadería era de su padre. En
realidad, en la familia de Raymond los panaderos se remontaban, ininterrumpidamente,
a varias generaciones. Raymond estudiaba y trabajaba, pero cuando se graduó
decidió dedicarse a la panadería a tiempo completo. Según Anne, no era un
estudiante sobresaliente, pero tampoco era malo. Y lo que más recuerda de
Raymond, del Raymond de aquellos años, es su orgullo en lo tocante a su oficio
y al oficio de su familia, en una zona en donde la gente ciertamente se
enorgullece de muchas cosas, pero no de ser panadero.
La relación entre Anne y Paul fue peculiar. Anne tenía diecisiete años,
pronto iba a cumplir los dieciocho y Paul tenía veintiséis. En la cama tuvieron
problemas desde el principio. En verano Paul solía ser impotente, en invierno
tenía eyaculación precoz, en otoño y en primavera el sexo no le interesaba. Así
lo cuenta Anne y también dice que nunca hasta entonces había conocido a nadie
tan inteligente. Paul sabía de todo, sabía de pintura, de historia de la
pintura, de literatura, de música. A veces era insoportable, pero también sabía
cuándo era insoportable y tenía entonces la virtud de encerrarse en el estudio
y ponerse a pintar durante todo el tiempo que estuviera insoportable; cuando
volvía a ser el Paul de siempre, encantador, conversador, cariñoso, dejaba de
pintar y salía con Anne al cine o al teatro o a las múltiples conferencias y
recitales que por entonces se daban en Berkeley y que parecían preparar el
espíritu de la gente para los años decisivos que se acercaban. Al principio
vivían de lo que ganaba Anne en la cafetería y de una beca que tenía Paul. Un
día, sin embargo, decidieron viajar a México y Anne dejó su trabajo.
Estuvieron en Tijuana, en Hermosillo, en Guaymas, en Culiacán, en
Mazatlán. Allí se detuvieron y alquilaron una casita cerca de la playa. Todas
las mañanas se bañaban, por las tardes Paul pintaba y Anne leía y por las
noches iban a un bar norteamericano, el único de allí, llamado The Frog,
frecuentado por turistas y estudiantes de California y en donde se quedaban
bebiendo hasta altas horas de la noche y discutiendo con personas a las que
normalmente ni siquiera hubieran dirigido la palabra. En The Frog compraban
marihuana a un tipo mexicano delgado y que siempre iba vestido de blanco, y al
que no dejaban entrar en el bar, que esperaba a sus clientes en el interior de
su coche estacionado en la acera de enfrente, junto a un árbol seco. Más allá
de ese árbol no había ningún edificio sino la oscuridad, la playa y el mar.
El tipo delgado se llamaba Rubén y a veces cambiaba la marihuana por
casetes de música que probaba en el mismo radiocasete del coche. No tardaron en
hacerse amigos. Una tarde, mientras Paul pintaba, apareció por la casita de la
playa y Paul le pidió que posara para él. A partir de ese momento nunca más
tuvieron que pagar por la marihuana que consumían, aunque a veces Rubén llegaba
por la mañana y no se iba hasta bien entrada la noche, lo que para Anne
resultaba molesto, pues no sólo tenía que cocinar para una persona más sino
que, en su opinión, el mexicano le quitaba intimidad a la vida paradisiaca que
habían planeado hacer.
Al principio Rubén sólo hablaba con Paul, como si intuyera que su
presencia no era grata para Anne, pero con el paso de los días se hicieron
amigos. Rubén hablaba algo de inglés y Anne y Paul practicaban con él el
rudimentario español que ya sabían. Una tarde, mientras nadaban, Anne sintió
que Rubén le tocaba las piernas por debajo del agua. Paul estaba en la playa,
mirándolos. Cuando Rubén emergió la miró a los ojos y le dijo que estaba
enamorado de ella. Ese mismo día, lo supieron después, se ahogó un chico que
solía ir a The Frog y con el que ellos habían conversado en un par de
ocasiones.
Poco después volvieron a San Francisco. Aquélla fue una buena época para
Paul. Hizo un par de exposiciones, vendió algunos cuadros y su relación con
Anne se estabilizó aún más de lo que ya estaba. A finales de año viajaron los
dos a Great Falls y pasaron las navidades en casa de los padres de Anne. A Paul
no le gustaron los padres de Anne, pero con Susan hizo buenas migas. Una noche
Anne se despertó y no halló a Paul en la cama. Salió a buscarlo y oyó voces en
la cocina. Al bajar encontró a Paul y Susan hablando de Fred. Paul escuchaba y
hacía preguntas y Susan contaba una y otra vez, pero desde diferentes
perspectivas, el último día que había pasado con Fred, dando vueltas en coche
por los peores barrios de Great Falls. Anne recuerda que la conversación que
mantenían su hermana y su novio le pareció extremadamente artificial, como si
estuvieran dando vueltas alrededor del argumento de una película y no de algo
que había sucedido en la vida real.
Al año siguiente Anne abandonó la universidad y se dedicó a ser la
compañera de Paul a tiempo completo. Le compraba las telas, los bastidores, la
pintura, preparaba la comida y la cena, lavaba la ropa, barría y fregaba los
suelos, lavaba los platos, hacía todo lo que podía para que la vida de Paul
fuera lo más similar a un remanso de paz y de creación. Su vida de pareja no
era satisfactoria. Sexualmente Paul cada día estaba peor. En la cama Anne ya no
sentía nada y llegó a pensar que tal vez fuera lesbiana. Por esa época
conocieron a Linda y a Marc. Linda, como Rubén en Mazatlán, se ganaba la vida
vendiendo droga y a veces escribía cuentos infantiles que ninguna editorial
aceptaba publicar. Marc era poeta o al menos eso era lo que decía Linda. Por
entonces, salvo raras excepciones, Marc se pasaba el día encerrado en su casa
escuchando la radio o viendo la televisión. Por las mañanas salía a comprar
tres o cuatro periódicos y a veces iba a la universidad, en donde se encontraba
con antiguos compañeros o asistía a clases de renombrados poetas que recalaban
en Berkeley por uno o dos cursos. Pero el resto del tiempo, recuerda Anne, se
lo pasaba encerrado en su casa o en su habitación si Linda tenía visitas,
escuchando la radio y mirando la tele y esperando el estallido de la Tercera
Guerra Mundial.
La carrera de Paul, contra lo esperado por Anne, de repente se estancó.
Todo ocurrió demasiado rápido. Primero perdió la beca, después los galeristas
del área de la bahía de San Francisco dejaron de interesarse por sus cuadros,
finalmente dejó de pintar y comenzó a estudiar literatura. Por las tardes, Paul
y Anne iban a casa de Linda y Marc y se pasaban muchas horas hablando de la
guerra de Vietnam y de viajes. Aunque Paul y Marc nunca llegaron a ser muy
amigos, eran capaces de estar juntos durante horas leyéndose mutuamente poemas
(Paul, recuerda Anne, comenzó por esas fechas a escribir versos deudores de
William Carlos Williams y de Kenneth Rexroth, a quien en una ocasión escucharon
en un recital en Palo Alto) y bebiendo. La amistad de Anne y Linda, por el
contrario, creció de forma imperceptible pero segura, aunque no parecía estar
cimentada en nada. A Anne le gustaba la seguridad de Linda, su independencia,
su desprecio por ciertas normas establecidas, su respeto por otras, su manera
ecléctica de vivir.
Cuando Linda se quedó embarazada su relación con Marc terminó
abruptamente. Linda se fue a vivir a un piso en la calle Donaldson y trabajó
hasta pocos días o tal vez hasta pocas horas (Anne no lo recuerda) antes del
parto. Marc se quedó en el antiguo piso y su reclusión se hizo aún más severa.
Al principio Paul siguió visitando a Marc, pero al poco tiempo se dio cuenta de
que no tenían nada que decirse y dejó de hacerlo. Anne, por el contrario,
estrechó su amistad con Linda y a veces incluso se quedaba a dormir en su piso,
generalmente los fines de semana, cuando Linda debía dedicar más tiempo a
atender a sus clientes y no podía estar todo lo que quisiera con el niño.
Un año después de su primer viaje a México, Paul y Anne volvieron a
Mazatlán. Esta vez el viaje fue diferente. Paul quiso alquilar la casita de la
playa, pero ésta estaba ocupada y se tuvieron que conformar con una especie de
bungalow a unas tres manzanas de distancia. Nada más llegar a Mazatlán Anne
enfermó. Tuvo diarrea y fiebre y durante tres días fue incapaz de levantarse de
la cama. El primer día Paul se quedó en casa cuidándola, pero luego desaparecía
durante horas y una noche no vino a dormir. Quien sí la visitó fue Rubén. Anne
se dio cuenta de que noche tras noche Paul se iba con Rubén y al principio odió
al mexicano. Pero la tercera noche, cuando ya se sentía un poco mejor, Rubén
apareció por el bungalow a las dos de la mañana a interesarse por su salud.
Estuvieron hablando hasta las cinco de la mañana y después hicieron el amor.
Anne aún se sentía débil y por un momento tuvo la impresión de que Paul los
estaba observando desde la puerta entornada o desde una ventana, pero luego se
olvidó de todo, dice, ante la dulzura de Rubén y ante la duración del acto.
Cuando Paul apareció al día siguiente Anne le contó lo que había
sucedido. Paul dijo mierda pero no añadió más comentarios. Durante uno o dos
días intentó escribir en un cuaderno de tapas negras que nunca permitió que
Anne leyera, pero al poco desistió y se dedicó a dormir en la playa y a beber.
Algunas noches salía con Rubén como si nada hubiera pasado, otras noches se
quedaba en casa y en dos ocasiones intentaron hacer el amor pero el resultado
dejó mucho que desear. Con Rubén volvió a acostarse. Una vez, de noche, en la
playa y otra vez en la habitación, mientras Paul dormía en el sofá de la sala.
Al cabo de los días Anne notó que Rubén se ponía celoso de Paul. Pero esto
sucedía sólo cuando estaban los tres juntos o cuando Anne y Rubén estaban
solos, nunca cuando Rubén y Paul salían por las noches a visitar los bares de
Mazatlán. Entonces, recuerda Anne, parecían hermanos.
Cuando llegó el día de partir Anne decidió quedarse en México. Paul lo
entendió y no dijo nada. La despedida fue triste. Rubén y ella ayudaron a Paul
a preparar las maletas y a meterlas en el coche y luego le dieron unos regalos,
Anne un viejo libro de fotos y Rubén una botella de tequila. Paul no tenía
regalos para ellos pero le dio a Anne la mitad del dinero que le quedaba.
Después, cuando estuvieron solos, se encerraron en el bungalow y estuvieron
haciendo el amor durante tres días seguidos. Poco después a Anne se le acabó el
dinero y Rubén volvió a dedicarse a vender droga a la puerta de The Frog. Anne
dejó el bungalow y se fue a vivir a la casa de Rubén, en un barrio de la ciudad
desde el que no se veía el mar. La casa pertenecía a la abuela de Rubén, que
vivía allí con su hijo mayor, un pescador soltero de unos cuarenta años, y con
su nieto. Las cosas rápidamente se torcieron. A la abuela de Rubén no le
gustaba que Anne anduviera por la casa semidesnuda. Una tarde, mientras estaba
en el baño, el tío de Rubén entró y le propuso acostarse con él. Le ofreció
dinero. Anne, por supuesto, rechazó la oferta, pero no con suficiente fuerza
(no quería ofenderlo, recuerda) y al día siguiente el tío de Rubén volvió a
ofrecerle dinero por sus favores.
Sin saber lo que estaba a punto de desencadenar, le contó a Rubén todo
lo que había sucedido. Esa noche Rubén cogió un cuchillo de la cocina e intentó
matar a su tío. Los gritos, recuerda Anne, eran como para levantar a todo el
vecindario, pero sorprendentemente nadie pareció advertirlos. Por suerte el tío
de Rubén era más fuerte y más experimentado en peleas y no tardó en desarmarlo.
Pero Rubén aún quería pelear y le arrojó un jarrón a la cabeza. El tío esquivó
el jarrón justo en el momento en que la abuela salía de su habitación, vestida
con un camisón de un rojo vivísimo, algo que Anne hasta entonces nunca había
visto, con tan mala suerte que el jarrón fue a estrellarse contra su pecho.
Entonces el tío le dio una paliza a Rubén y luego llevó a su madre al hospital.
Cuando volvieron, la abuela y el tío entraron sin llamar en la habitación donde
dormían Anne y Rubén y les dieron un par de horas para que se marcharan. Rubén
tenía el cuerpo lleno de magulladuras y casi no se podía mover, pero el temor a
su tío era tan grande que en menos de dos horas tenían todo dentro del coche.
Rubén tenía familia en Guadalajara y hacia allí se fueron. En
Guadalajara sólo pudieron estar cuatro días. El primer día durmieron en casa de
una hermana de Rubén, una casa llena de niños, pequeña, ruidosa y con un calor
sofocante. Compartieron la habitación con tres pequeños y al día siguiente Anne
decidió marcharse a una pensión. No tenían dinero, pero a Rubén aún le quedaba
algo de marihuana y unas pastillas de ácido que decidió vender en Guadalajara.
El primer intento fue decepcionante. Rubén no conocía bien Guadalajara y no
sabía a qué sitios dirigirse para colocar su mercadería y volvió a la pensión
cansado y sin nada de dinero. Esa noche hablaron hasta muy tarde y en un
momento de frustración Rubén le preguntó qué harían si no conseguían dinero
para pagar la pensión y para la gasolina del coche. Anne dijo (evidentemente en
broma) que ella podía prostituirse. Rubén no captó la broma y la abofeteó. Era
la primera vez que un hombre le pegaba. Antes robo un banco, dijo el mexicano y
se le echó encima. Aquél fue uno de los polvos más extraños de su vida,
recuerda Anne. Las paredes de la pensión parecían estar hechas de carne. Carne
cruda y carne a la plancha, indistintamente. Y mientras la follaban miraba las
paredes y veía cosas que se movían, que corrían por aquella superficie
irregular, como en una película de terror de John Carpenter, aunque yo no
recuerdo ninguna película de Carpenter con aquellas peculiaridades.
Al día siguiente Rubén vendió la droga que le quedaba y se marcharon a
México DF. Vivieron en la casa de la madre de Rubén, en una colonia cerca de La
Villa, más o menos en la misma zona en la que yo vivía. Si entonces te hubiera
visto, me habría enamorado de ti, le dije a Anne mucho después. Quién sabe,
contestó Anne. Y añadió: si entonces yo hubiera sido un adolescente no me
habría enamorado de mí.
Por un tiempo, unos dos o tres meses, Anne creyó que estaba enamorada de
Rubén y que se quedaría a vivir en México para siempre. Pero un día llamó por
teléfono a sus padres, les pidió dinero para un billete de avión, le dijo adiós
a Rubén y regresó a San Francisco. Hasta que consiguió un trabajo de camarera
vivió en el piso de Linda. Cuando Anne volvía de trabajar, a veces Linda estaba
aún despierta y se quedaban conversando hasta muy tarde. Algunas noches
hablaron de Paul y de Marc. Paul vivía solo y había vuelto a pintar aunque
mucho menos que antes y no tenía la más mínima esperanza de exponer sus
cuadros. Según Linda lo que les pasaba a los cuadros de Paul es que eran muy
malos. Marc seguía encerrado en su casa, escuchando la radio y viendo todos los
informativos de la tele y ya casi no le quedaban amigos. Algunos años después,
recuerda Anne, Marc publicó un libro de poesía que tuvo cierto éxito entre los
estudiantes de Berkeley y dio recitales y participó en algunas conferencias.
Parecía el momento idóneo para que conociera a una chica y volviera a vivir con
alguien, pero cuando pasó el ruido inicial Marc volvió a encerrarse en su casa
y de él nunca más se supo nada.
Después Linda se puso a vivir con un tipo llamado Larry y Anne alquiló
un pequeño apartamento en Berkeley, cerca de la cafetería. Aparentemente las
cosas iban bien, pero Anne sabía que estaba a punto de estallar. Lo percibía en
sus sueños, cada vez más extraños, en su estado de ánimo que por entonces se
hizo propenso a la melancolía, en su humor, cambiante, caprichoso. Por aquellos
días salió con un par de tipos, pero la experiencia fue decepcionante. A veces
iba a ver a Paul, pero pronto interrumpió las visitas pues los encuentros
empezaban bien pero casi siempre terminaban con escenas violentas (Paul
rompiendo sus dibujos, tal vez un cuadro) o con ataques de lágrimas,
autorrecriminaciones y tristeza. A veces pensaba en Rubén y se reía de lo
ingenua que había sido. Un día conoció a un tipo llamado Charles y se hicieron
amantes.
Charles era todo lo contrario de Paul, recuerda Anne, aunque en el fondo
se parecían como dos gotas de agua. Charles era negro y no tenía ingresos de
ningún tipo. Le gustaba hablar y sabía escuchar. A veces se pasaban toda la
noche haciendo el amor y conversando. A Charles le gustaba hablar de su
infancia y de su adolescencia, como si allí presintiera un secreto que había
pasado por alto. Anne, por el contrario, prefería hablar de lo que le estaba
ocurriendo en ese preciso momento de su vida. Y también le gustaba hablar de
sus temores, del estallido que avizoraba agazapado detrás de un día cualquiera.
En la cama, recuerda Anne, las relaciones fueron tan insatisfactorias como
siempre. Los primeros días, tal vez por la novedad, la experiencia fue
agradable, alguna noche tal vez incluso arrebatadora, pero después todo volvió
a ser como siempre. En este punto Anne cometió lo que visto desde cierta
perspectiva considera un error monumental. Le dijo a Charles lo que le ocurría
en la cama, lo que sentía con todos los hombres con que se había acostado,
incluido él. Charles al principio no supo qué decirle, pero al cabo de los días
sugirió que ya que no sentía nada podía al menos sacar algo de provecho
material de su situación. Anne tardó algunos días en comprender que lo que
Charles le sugería era que se dedicara a la prostitución.
Posiblemente aceptó por la ternura que le inspiraba Charles en aquellos
días. O porque le pareció emocionante probarlo. O porque supuso que aquello
aceleraría el estallido. Charles le compró un vestido rojo y unos zapatos de
tacón del mismo color y se compró una pistola porque consideraba, así se lo
dijo a Anne, que un chulo sin pistola no era nada. Anne vio la pistola cuando
iban en el coche, desde Berkeley a San Francisco, al abrir la guantera para
buscar algo, cigarrillos tal vez, y se asustó. Charles le aseguró que no tenía
por qué asustarse, que la pistola era un seguro de vida para ella y para él.
Después Charles le indicó el hotel adonde debía llevar a los clientes, dio un
par de vueltas con ella por el barrio y la dejó en la entrada de un bar en donde
los tipos solían ir a buscar mujeres. Él se marchó posiblemente a otro bar, a
divertirse con sus amigos, aunque a Anne le dijo que iba a estar
permanentemente al acecho.
Nunca en su vida, recuerda Anne, había sentido tanta vergüenza como
cuando entró en el bar y se sentó en la barra, sabiendo que estaba allí a la
caza de su primer cliente y sabiendo que todos los que estaban en el bar lo
sabían. Odió el vestido rojo, odió los zapatos rojos, odió la pistola de
Charles, odió el estallido que se anunciaba pero que nunca venía. Sin embargo
tuvo fuerzas para pedir un Martini doble y suficiente entereza como para
ponerse a hablar con el camarero. Hablaron sobre el aburrimiento. El camarero
parecía saber mucho sobre el tema. Poco después se unió a la conversación un
tipo de unos cincuenta años, parecido a su padre, sólo que más bajo y más
gordo, de quien Anne no recuerda el nombre o tal vez nunca lo supo, pero a
quien llamaremos Jack. Éste pagó la bebida de Anne y luego la invitó a salir.
Cuando Anne ya se disponía a bajar del taburete, el camarero se le acercó y le
dijo que tenía algo importante que comunicarle. Anne pensó que se le había
ocurrido algo sobre el aburrimiento y quería decírselo al oído. En efecto, el
camarero se estiró desde el otro lado de la barra y le susurró al oído que
nunca más volviera a pisar aquel bar. Cuando el camarero volvió a su posición
normal, él y Anne se miraron a los ojos y luego Anne dijo de acuerdo y se
marchó. El tipo que se parecía a su padre la esperaba en la acera. Fueron en el
coche de él al hotel que previamente le había señalado Charles. Durante el
corto trayecto Anne no paró de mirar las calles como si fuera una turista. Sin
demasiada esperanza esperaba divisar en algún portal o en la entrada de un
callejón a Charles, pero no lo vio y decidió que seguramente su chulo se
encontraba en un bar.
El encuentro con el tipo que se parecía a su padre fue breve y para
sorpresa de Anne no careció de ternura. Cuando el tipo se marchó Anne cogió un
taxi y volvió a su casa. Esa noche le dijo a Charles que todo se había acabado,
que no quería volver a verlo. Charles era muy joven, recuerda Anne, y su mayor
ilusión, aparentemente, era tener una puta, pero se lo tomó bien aunque estuvo
a punto de echarse a llorar. Tiempo después, cuando Anne trabajaba en el turno
de noche en una cafetería de Berkeley, volvió a verlo. Iba con unos amigos y se
estuvieron riendo de ella. Esto molestó a Anne mucho más que todas sus
anteriores peleas. Charles vestía ropa barata, por lo que era muy posible que
no hubiera hecho carrera en el mundo de la prostitución, aunque Anne prefirió
no preguntárselo.
Los años siguientes fueron bastante movidos, recuerda Anne. Durante un
tiempo estuvo viviendo con unos amigos en una cabaña cerca del lago Martis,
volvió a acostarse con Paul, hizo un curso de Literatura Creativa en la
universidad. A veces llamaba a sus padres a Great Falls. A veces sus padres
aparecían en San Francisco y pasaban dos o tres días con ella. Susan se había
casado con un farmacéutico y ahora vivía en Seattle. Paul se dedicaba a la
venta de material para ordenadores. A veces Anne le preguntaba por qué no
volvía a pintar y Paul prefería no contestarle. También realizó algunos viajes
fuera del país. Estuvo en México en un par de ocasiones. Viajó en una furgoneta
a Guatemala, en donde la policía la tuvo retenida veinticuatro horas y uno de
los amigos que iban con ella recibió una paliza. Estuvo en Canadá unas cinco
veces, en el área de Vancouver, en casa de una amiga que como Linda escribía
cuentos infantiles y que deseaba apartarse del mundo. Pero siempre volvía a San
Francisco y fue allí donde conoció a Tony.
Tony era coreano, de Corea del Sur, y trabajaba en un taller de ropa en
donde la mayoría de los empleados eran ilegales. Era amigo de un amigo de Paul
o de Linda o de algún compañero de la cafetería de Berkeley, Anne no lo
recuerda, sólo recuerda que fue un amor a primera vista. Tony era muy suave y
muy sincero, el primer hombre sincero que Anne conocía, tan sincero que a la
salida de un cine (era una película de Antonioni, era la primera vez que iban
juntos al cine) le confesó sin ningún rubor que se había aburrido y que era
virgen. Cuando se acostaron por primera vez, sin embargo, Anne quedó
sorprendida por la sabiduría sexual demostrada por Tony, mucho mejor amante que
todos los que hasta entonces había tenido.
Al poco tiempo se casaron. Anne nunca había pensado en el matrimonio,
pero lo hizo para que Tony pudiera legalizar su situación en el país. Sin
embargo no se casaron en California. Emprendieron un largo viaje a Taiwan, en
donde Tony tenía parientes y allí celebraron las nupcias. Después Tony viajó a
Corea a visitar a su familia y Anne viajó a Filipinas a visitar a una amiga de
la universidad que vivía desde hacía años en Manila, casada con un prestigioso
abogado filipino. Cuando volvieron a los Estados Unidos se establecieron en
Seattle, donde Tony tenía parientes y donde con sus ahorros, con los ahorros de
Anne y con el dinero que le dieron sus padres puso una frutería.
Vivir con Tony, recuerda Anne, era como vivir en una balsa de aceite.
Afuera se desataba cada día una tempestad, la gente vivía con la amenaza
constante de un terremoto personal, todo el mundo hablaba de catarsis
colectiva, pero ella y Tony se introdujeron en un agujero en donde la serenidad
era posible. Breve, dice Anne, pero posible.
Un apunte curioso: a Tony le encantaban las películas pornográficas y
solía ir en compañía de Anne, a quien nunca antes, por supuesto, se le había
ocurrido visitar un cine de este tipo. De las películas pornográficas le chocó
el que los hombres siempre eyacularan afuera, en los pechos, en el culo o en la
cara de sus compañeras. Las primeras veces sentía vergüenza de ir a esta clase
de cines, algo que no parecía experimentar Tony, para el cual si las películas
eran legales uno no debía sentir ningún tipo de pudor. Finalmente Anne se negó
a acompañarlo y Tony siguió visitando estos cines solo. Otro apunte curioso:
Tony era muy trabajador, más trabajador (de lejos) que cualquiera de los otros
amantes que Anne había tenido en su vida. Y otro: Tony jamás se enfadaba, jamás
discutía, como si considerara absolutamente inútil tratar de que otra persona
compartiera su punto de vista, como si creyera que todas las personas estaban
extraviadas y que era pretencioso que un extraviado le indicara a otro
extraviado la manera de encontrar el camino. Un camino que no solamente nadie
conocía sino que probablemente ni siquiera existía.
Un día a Anne se le acabó el amor por Tony y se marchó de Seattle.
Volvió a San Francisco, volvió a dormir con Paul, se acostó con otros hombres,
vivió un tiempo en casa de Linda. Tony estaba desesperado. Cada noche la
llamaba por teléfono y quería saber por qué lo había dejado. Cada noche Anne se
lo explicaba. Simplemente las cosas habían sucedido así, el amor se acaba, tal
vez ni siquiera fue amor lo que los unió, ella necesitaba otras cosas. Durante
varios meses Tony siguió llamándola y preguntándole por las causas que la
habían llevado a romper con el matrimonio. En una ocasión la llamó una hermana
de Tony y humildemente, recuerda Anne, le pidió que le diera otra oportunidad a
su hermano. La hermana de Tony le dijo que había llamado a sus padres a Great
Falls y que ya no sabía qué otra cosa hacer. Anne se quedó helada ante la
noticia, pero al mismo tiempo le pareció de una calidez extraordinaria. Al
final la hermana de Tony se puso a llorar, se disculpó por la llamada (era
pasada medianoche) y colgó.
Tony viajó a San Francisco dos veces intentando convencerla de que
volviera. Las conversaciones telefónicas fueron innumerables. Finalmente Tony
pareció aceptar lo inevitable, pero siguió llamándola. Le gustaba hablar de su
viaje a Taiwan, de su matrimonio, de las cosas que vieron, le preguntaba a Anne
cómo era Filipinas y él a su vez le contaba cosas de Corea del Sur. A veces se
arrepentía de no haberla acompañado a Filipinas y Anne tenía que recordarle que
ella lo había preferido así. Cuando Anne le preguntaba por la frutería, por la
marcha del negocio, Tony contestaba con monosílabos y rápidamente cambiaba de
conversación. Una noche volvió a llamarla la hermana de Tony. Al principio Anne
sólo oía un murmullo y le rogó que hablara más alto. La hermana de Tony subió
la voz, pero apenas, y le dijo que Tony se había suicidado esa mañana. Después
le preguntó, con un tono en el que no se adivinaba ni una brizna de rencor, si
pensaba acudir al entierro. Anne dijo que sí. A la mañana siguiente, en vez de
coger un avión para Seattle tomó uno que al cabo de unas horas la dejó en
México DF. Tony tenía veintidós años.
Durante los días en que Anne estuvo en el DF yo pude, otra vez, haberla
conocido y haberme enamorado de ella, pero Anne lo duda. Fueron días, recuerda,
inverosímiles, como si estuviera viviendo dentro de un sueño, aunque pese a
todo tuvo tiempo para hacer turismo, es decir visitar los museos de la ciudad y
casi todas las ruinas precolombinas que aún se sostienen en medio de los
edificios y del tráfico. Intentó buscar a Rubén, pero no lo halló. Al cabo de
dos meses cogió un avión para Seattle y fue a visitar la tumba de Tony. En el
cementerio estuvo a punto de desmayarse.
Los años siguientes fueron demasiado rápidos. Hubo demasiados hombres,
demasiados trabajos, demasiado de todo. Una noche, mientras trabajaba en una
cafetería, se hizo amiga de dos hermanos, Ralph y Bill. Esa noche se acostó con
los dos, pero mientras hacía el amor con Ralph miraba los ojos de Bill y cuando
hacía el amor con Bill cerraba los ojos y seguía viendo los ojos de Bill. A la
noche siguiente Bill apareció por allí, pero esta vez solo. Esa noche se
acostaron pero más que hacer el amor se dedicaron a hablar. Bill era obrero de
la construcción y veía el mundo con valor y tristeza, más o menos de la misma
manera en que lo contemplaba Anne. Los dos eran los menores de dos hermanos,
los dos habían nacido en 1948 e incluso físicamente se parecían. No pasó un mes
sin que decidieran ponerse a vivir juntos. Por aquellos días Anne recibió una
carta de Susan, se había divorciado y ahora estaba en tratamiento para curar su
alcoholismo. Decía en la carta que una vez a la semana, a veces más, acudía a
las reuniones de alcohólicos anónimos y que aquello le estaba abriendo un mundo
nuevo. Anne le contestó con una postal típica de San Francisco y le decía cosas
que en el fondo no sentía, pero cuando terminó de escribir la postal pensó en
Bill y pensó en ella y le pareció que por fin había encontrado algo en la vida,
su club de alcohólicos anónimos particular, algo muy fuerte a lo que se podía
agarrar, una rama elevada en donde hacer sus ejercicios, sus malabarismos.
Lo único que no le gustaba de su relación con Bill era su hermano. A
veces Ralph llegaba a medianoche, completamente borracho, y sacaba a Bill de la
cama para hablar de los temas más peregrinos. Hablaban de un pueblo de Dakota
donde estuvieron cuando eran adolescentes. Hablaban de la muerte y de lo que
hay después de la muerte, nada según Ralph, menos que nada según Bill. Hablaban
de la vida del hombre, que consiste en estudiar, trabajar y morir. En
ocasiones, que progresivamente fueron haciéndose más escasas, Anne participaba
en estas conversaciones y tenía que reconocer que le gustaba la inteligencia de
Ralph, o su astucia, para descubrir los puntos débiles en la argumentación de
los demás. Pero una noche Ralph quiso acostarse con ella y desde entonces la
relación se hizo más distante, hasta que Ralph dejó de aparecer por su casa.
A los seis meses de estar viviendo juntos se marcharon a Seattle. Anne
encontró trabajo en una distribuidora de electrodomésticos y Bill en un
edificio de treinta plantas que estaban construyendo. Por primera vez su
situación económica era francamente buena y Bill sugirió que compraran una casa
y se establecieran en Seattle para siempre, pero Anne prefirió postergar la
compra para más adelante y se consolaron alquilando un piso en un edificio en
donde sólo vivían tres familias que compartían un espléndido jardín. En el
jardín, recuerda Anne, crecía un roble, una haya y las paredes del edificio
estaban cubiertas de enredadera.
Tal vez fueron los años más tranquilos de su vida en los Estados Unidos,
recuerda Anne, pero un día cayó enferma y los médicos le diagnosticaron una
enfermedad grave. Por aquellos días, su humor se volvió irascible y ya no
soportaba la conversación de Bill ni a sus amigos, ni siquiera verlo llegar
cada día, con la ropa que usaba en la construcción. Tampoco soportaba su propio
trabajo, así que un día lo dejó, metió ropa en una maleta y se presentó en el
aeropuerto de Seattle sin saber a ciencia cierta qué tipo de avión iba a tomar.
De alguna manera lo que quería era volver a Great Falls, ir a su casa, hablar
con su padre médico, que sin duda sabría aconsejarla, pero cuando estuvo en el
aeropuerto todo le pareció una estafa. Durante cinco horas estuvo sentada en el
aeropuerto de Seattle pensando en su vida y en su enfermedad y una y otra le
parecieron vacías, como una película de miedo con una trampa sutil, esas
películas que no parecen de miedo pero que al final obligan al espectador a
gritar o a cerrar los ojos. Hubiera deseado llorar, pero no lloró. Dio media
vuelta, volvió a su casa de Seattle y esperó el regreso de Bill. Cuando éste
llegó le contó todo lo que había sucedido aquel día y le pidió su opinión. Bill
dijo que no entendía nada, pero que contara con su apoyo.
Al cabo de una semana, sin embargo, las cosas se volvieron a torcer.
Bill y ella se emborracharon, discutieron, hicieron el amor, dieron vueltas en
coche por barrios desconocidos y que no obstante a Anne le traían vagos
recuerdos. Esa noche, recuerda Anne, pudieron tener en varias ocasiones un
accidente automovilístico. Los días siguientes las cosas sólo empeoraron. Unos
meses después Anne fue sometida a una operación pero el resultado no era
concluyente. De momento la enfermedad estaba detenida, pero Anne debía seguir
medicándose y sometida a chequeos médicos constantes. El riesgo de un rebrote,
según Anne, podía ser mortal.
De aquellos meses pocas cosas más son consignables. Anne y Bill fueron a
pasar las navidades a Great Falls. Susan recayó en la bebida. Linda seguía
vendiendo drogas en San Francisco y tenía una buena situación económica e
inestables relaciones sentimentales. Paul se compró una casa y poco después la
vendió, a veces, sobre todo por las noches, se llamaban por teléfono y hablaban
como dos desconocidos, fríamente, sin tocar nunca los temas que a juicio de
Anne eran importantes. Una noche, mientras hacían el amor, Bill le sugirió que
tuvieran un hijo. La respuesta de Anne fue breve y tranquila, simplemente le
dijo que no, que aún era demasiado joven, pero en su interior sintió que se
ponía a gritar, es decir sintió, vio, la separación, la línea que delimitaba el
no-gritar con el gritar. Fue, recuerda Anne, como abrir los ojos dentro de la
caverna más grande de la tierra. Por aquellos días tuvo un rebrote y los
médicos decidieron volver a operarla. Su ánimo decayó, también el ánimo de Bill
decayó, había días en que parecían dos zombis. La única actividad que Anne
realizaba a gusto era la lectura, leía todo lo que caía en sus manos, sobre
todo libros de ensayo y novela norteamericana, pero también leyó poesía y
libros de historia. Por las noches no podía dormir y solía quedarse despierta
hasta las seis o las siete de la mañana, y cuando se dormía lo hacía en el
sofá, incapaz de entrar en la habitación que compartía con Bill y meterse en la
cama junto a él. No por rechazo, menos aún por asco, recuerda Anne, a veces incluso
entraba en la habitación y se quedaba durante un rato mirando a Bill mientras
dormía, pero era incapaz de echarse a su lado y encontrar la paz.
Después de la segunda operación Anne volvió a meter su ropa y sus libros
en un par de maletas y esta vez abandonó Seattle de verdad. Primero estuvo en
San Francisco y luego tomó un avión para Europa.
Llegó a España con el dinero justo para vivir un par de semanas. Estuvo
tres días en Madrid y luego se vino a Barcelona. En Barcelona tenía la
dirección de un amigo de Paul, pero cuando lo llamó nadie contestó al teléfono.
Esperó durante una semana, telefoneando al amigo de Paul por la mañana, por la
tarde y por la noche, y dando largos paseos por la ciudad, siempre sola, o
leyendo sentada en un banco del Parque de la Ciudadela. Vivía en una pensión de
las Ramblas y cuando comía lo hacía en restaurantes baratos del Casco Antiguo.
El insomnio, imperceptiblemente, desapareció. Una tarde llamó a Bill a cobro
revertido y no lo halló. Después llamó a sus padres y tampoco estaban. Al salir
de la Telefónica se detuvo junto a una cabina y volvió a llamar al amigo de
Paul y nadie contestó. Por un instante se le pasó por la cabeza la idea de
estar muerta, pero la desechó en el acto. Una cosa era la soledad y otra bien
distinta era la muerte. Aquella noche, recuerda Anne, trató de leer hasta muy
tarde un libro sobre la vida de Willa Cather que le había regalado Linda antes
de su viaje, pero el sueño la venció.
Al día siguiente llamó a Paul a cobro revertido y lo encontró. Le contó
lo de su amigo de Barcelona, pero no le dijo nada de su situación económica.
Durante unos segundos Paul estuvo pensando y luego se le ocurrió que llamara a
una amiga, aunque quizá el término era excesivo, que vivía en Mallorca pero que
tenía una casa en la provincia de Girona, una tipa llamada Gloria que había
empezado a estudiar música pasados los cuarenta años y que ahora tocaba con la
sinfónica de Palma o algo así. Probablemente tampoco la encontrarás, dijo Paul,
o al menos eso es lo que recuerda Anne. Después llamó a Susan a Great Falls y
le pidió que le enviara dinero a Barcelona. Susan prometió que lo haría ese
mismo día. Su voz sonaba rara, como si la llamada la hubiera sorprendido en la
cama o estuviera borracha. Esta última posibilidad alarmó a Anne, pues tal vez
a Susan se le olvidara girarle el dinero.
Esa noche, desde una cabina de las Ramblas llamó dos veces a Gloria. Al
segundo intento la encontró y le explicó toda su situación. Estuvieron hablando
durante quince minutos, al cabo de los cuales Gloria le dijo que se fuera a
vivir a su casa de Vilademuls, una aldea cercana a Banyoles, Banyoles, donde
estaba el famoso lago, que no se preocupara por el dinero, ya le pagaría cuando
consiguiera un trabajo. Cuando Anne le preguntó de qué manera podía entrar en
la casa, Gloria le dijo que compartía la casa con otros dos norteamericanos y
que seguramente uno de los dos estaría allí cuando ella llegara. La voz de
Gloria, recuerda Anne, no era cálida, no era afectada, era una voz con un vago
acento de Nueva Inglaterra, aunque ella supo de inmediato que no era de Nueva
Inglaterra, era una voz objetiva, parecida a la de Linda (menos nasal que la de
Linda), la voz de una mujer que caminaba sola. Esta imagen se corresponde con
el cine del Oeste, donde pocas mujeres caminan solas, sin embargo es la imagen
que Anne empleó.
Así que esperó en Barcelona dos días más hasta que llegó el dinero de
Susan, pagó la pensión y se marchó a Vilademuls, una aldea en donde no vivían
más de cincuenta personas en invierno, algo más de doscientas en verano, y tal
como le había asegurado Gloria uno de los norteamericanos estaba en casa y la
estaba esperando. Se llamaba Dan y daba clases de inglés en Barcelona, pero
todos los fines de semana subía a Vilademuls y se dedicaba a escribir novelas
policiales. Aquel invierno Anne no salió de la aldea más que para ir al médico
a Barcelona. Los viernes por la noche llegaba Dan, a veces Christine, la otra
norteamericana, muy raras veces aparecían otras personas, la mayoría
norteamericanos, pero por regla general Dan y Christine usaban la casa para
estar solos, Dan con sus manuscritos y Christine con su telar. El resto de la
semana Anne escribía cartas, leía (en el cuarto de Gloria encontró una amplia
biblioteca en inglés), hacía el aseo o emprendía reparaciones que la vetustez
de la casa exigía a menudo. Cuando empezó la primavera Christine le consiguió
un trabajo de profesora en una escuela de idiomas de Girona y los primeros días
Anne compartió casa con una inglesa y una norteamericana, pero luego, ante las
buenas perspectivas de su nuevo trabajo, decidió alquilar un piso en Girona.
Los fines de semana, sin embargo, los pasaba en Vilademuls.
Por aquella época Bill vino a visitarla. Era la primera vez que salía de
Estados Unidos y durante un mes se dedicó a viajar por Europa. No le gustó.
Tampoco le gustó, recuerda Anne, el ambiente de Vilademuls, aunque Dan y
Christine eran personas sencillas, de hecho Dan se parecía bastante a Bill,
había trabajado durante un tiempo en la construcción, había tenido experiencias
similares a las de Bill y se consideraba a sí mismo, injustificadamente, un
tipo duro. Pero a Bill no le gustó Dan y probablemente a Dan tampoco le gustó
Bill aunque se guardó de demostrarlo. El reencuentro, recuerda Anne, fue bonito
y triste, pero en el fondo, añadió, esas palabras apenas alcanzaban para
definir algo indefinible. Por esos días la vi por primera vez. Yo estaba en un
bar de la Rambla de Girona, en La Arcada, y vi entrar a Bill y luego la vi
entrar a ella. Bill era alto, de piel atezada y tenía el pelo completamente
blanco. Anne era alta, delgada, con los pómulos levantados y el pelo castaño y
muy liso. Se sentaron en la barra y yo a duras penas pude desviar la mirada de
ellos. Hacía mucho que no veía a un hombre y a una mujer tan hermosos. Tan
seguros de sí mismos. Tan distantes e inquietantes. Todo el bar La Arcada
debería haberse arrodillado ante ellos, pensé.
Poco después volví a ver a Bill, iba caminando por una calle de Girona y
por supuesto ya no parecía tan hermoso. Más bien parecía con sueño y con prisa.
Y algunos días más tarde, mientras bajaba de mi casa en La Pedrera, vi a Anne.
Ella subía y durante unos segundos nos miramos. Por entonces, recuerda Anne,
había dejado la escuela de idiomas y daba clases particulares de inglés y
estaba ganando bastante dinero. Bill se había marchado y ella vivía frente al
bar Freaks y frente al cine Ópera, en la parte vieja de Girona.
Creo que a partir de entonces comenzamos a encontrarnos a menudo. Y
aunque no nos hablábamos nos reconocíamos. Supongo que en algún momento, tal
como acostumbran los habitantes de una ciudad pequeña, comenzamos a saludarnos.
Una mañana, mientras yo conversaba en la Rambla con Pep Colomer, un
viejo pintor de Girona, Anne se detuvo y me habló por primera vez. No recuerdo
qué fue lo que nos dijimos, tal vez nuestros nombres, nuestros países de
origen, al final la invité a cenar esa noche en mi casa. Era Navidad o faltaba
poco y yo preparé una pizza y compré una botella de vino. Hablamos hasta muy
tarde. Fue entonces cuando Anne me contó que había estado en México en varias
ocasiones. En general, sus aventuras se parecían mucho a las mías. Anne creía
que esto se debía a que una vida, o una juventud, la que fuera, siempre se
parecía a otra, aunque existieran diferencias objetivas e incluso antagónicas.
Yo preferí pensar que de alguna manera ella y yo habíamos recorrido el mismo
mapa, las mismas guerras floridas, una educación sentimental común. A las cinco
de la mañana, tal vez más tarde, nos fuimos a la cama e hicimos el amor.
De golpe Anne se convirtió en algo importante en mi vida. El sexo fue el
pretexto las dos primeras semanas, pero luego comprendí que por encima de
nuestros encuentros amorosos lo que realmente nos atraía el uno al otro era la
amistad. Por aquella época solía ir a su casa a eso de las ocho de la noche,
cuando ella acababa con su última clase particular, y nos quedábamos
conversando hasta la una o las dos. En medio ella preparaba bocadillos y
descorchábamos una botella de vino, y escuchábamos música o bajábamos al Freaks
a seguir bebiendo y hablando. En la puerta de ese bar se juntaban muchos de los
yonquis de Girona, y no era extraño ver deambulando por los alrededores a los
chicos malos locales, pero Anne solía recordar a tipos malos de San Francisco,
tipos malos de verdad, y yo solía recordar a los de México y nos reíamos mucho
aunque ahora, la verdad, no sé de qué nos reíamos, tal vez de estar vivos, nada
más. A las dos de la mañana nos despedíamos y yo subía hasta mi casa en lo alto
de La Pedrera.
Una vez la acompañé al médico, a la Clínica Dexeus, en Barcelona. Por
aquellos días yo salía con otra chica y Anne salía con un arquitecto de Girona,
pero no me extrañó (me halagó) que al entrar en la sala de espera me susurrara
que probablemente me confundirían con su marido. Una vez fuimos juntos a
Vilademuls. Anne quería que conociera a Gloria, pero Gloria no apareció ese fin
de semana. En Vilademuls, sin embargo, descubrí algo que hasta entonces sólo
sospechaba: Anne podía ser diferente, podía ser otra. Fue un fin de semana
atroz. Anne bebía sin parar. Dan entraba y salía de su cuarto sin dar mayores
explicaciones (estaba escribiendo) y yo tuve que soportar a una ex alumna
catalana de Christine o de Dan, la típica imbécil de Barcelona o de Girona que
era más norteamericana que los norteamericanos.
Al año siguiente Anne viajó a los Estados Unidos. Iba a ver a sus padres
y a su hermana a Great Falls y luego iría a Seattle a ver a Bill. Recibí una
postal de Nueva York, luego una postal de Montana, pero ninguna postal de
Seattle. Más tarde recibí una carta de San Francisco en la que me contaba que
su encuentro con Bill en Seattle había sido desastroso. La imaginé escribiendo
la carta en el piso de Linda o en el piso de Paul, bebiendo, tal vez llorando,
aunque Anne no solía llorar.
Cuando volvió se trajo algunas cosas de los Estados Unidos. Una tarde me
las enseñó: eran los diarios que había empezado a escribir poco después de su
llegada a San Francisco hasta poco después de su primer encuentro con Bill y
Ralph. En total, treintaicuatro cuadernos de algo menos de cien hojas escritos
por las dos caras con una caligrafía pequeña y rápida y en donde no escaseaban
los dibujos, los planos (planos de qué, le pregunté al verlos por primera vez:
planos de casas ideales, planos de ciudades imaginarias o de barrios
imaginarios, planos de los caminos que debía seguir una mujer y que ella no
había seguido), las citas.
Los diarios quedaron en un cajón de la sala y paulatinamente los fui
hojeando, en presencia de Anne, hasta convertir mis visitas en algo bien
extraño: llegaba, me sentaba en la sala, Anne ponía música o se ponía a beber y
yo me dedicaba a leer los diarios en silencio. Sólo de vez en cuando
hablábamos, generalmente para preguntarle algo que no entendía, giros y
palabras desconocidas. Sumergirse en aquella escritura, delante de la autora, a
veces era doloroso (daban ganas de arrojar los cuadernos y acudir a su lado y
abrazarla), pero la mayor parte de las veces era estimulante, aunque no podría
especificar qué era lo que estimulaba. Era como irse afiebrando
imperceptiblemente. Daban ganas de gritar o de cerrar los ojos, pero la
caligrafía de Anne tenía la virtud de coserte la boca y de clavarte cerillas en
los párpados de tal manera que no podías evitar seguir leyendo.
Uno de los primeros cuadernos estaba dedicado íntegramente a hablar de
Susan y las palabras horror o amor fraterno no alcanzan a describirlo. Dos
cuadernos estaban escritos tras el suicidio de Tony y eran una interpelación y
una disquisición sobre la juventud, el amor, la muerte, los paisajes ya
borrosos de Taiwan y de Filipinas (en donde no estuvo con Tony), las calles y
los cines de Seattle, los atardeceres privilegiados de México. Un cuaderno
condensaba su primera experiencia con Bill y no me atreví a mirarlo. Mi
opinión, por supuesto, fue mediocre. Deberías publicarlos, dije y después creo
que me encogí de hombros.
Por aquellos días uno de los temas recurrentes de Anne era la edad, el
tiempo que pasaba, los años que le faltaban para cumplir cuarenta. Al principio
creí que sólo era coquetería (¿cómo podía una mujer como Anne Moore preocuparse
por llegar a la cuarentena?), pero no tardé en darme cuenta de que su temor era
algo real. En una ocasión vinieron sus padres, pero yo no estaba en Girona y
cuando volví Anne y sus padres se habían marchado a Italia, Grecia, Turquía.
Poco después la relación de Anne con el arquitecto terminó de manera muy
civilizada y ella empezó a salir con un antiguo alumno, un técnico de una
empresa de importación de maquinaria. Era un tipo silencioso y bajo de
estatura, demasiado bajo para Anne, con una diferencia que un cursi diría no
sólo física sino metafísica, pero consideré una impertinencia el decírselo.
Creo que por entonces Anne tenía treintaiocho y el técnico tenía cuarenta y ésa
era su principal virtud, ser mayor que ella. Uno de aquellos días me marché
definitivamente de Girona y cuando volví Anne ya no vivía en el piso de
enfrente del cine Ópera. No le di mayor importancia, ella conocía mi nueva
dirección, pero durante mucho tiempo no supe nada.
Durante los meses en que no la vi, Anne Moore viajó por Europa y África,
tuvo un accidente de coche, dejó al técnico de importación de maquinaria,
recibió la visita de Paul, recibió la visita de Linda, empezó a acostarse con
un argelino, tuvo una infección en las manos y en los brazos de origen
nervioso, leyó varios libros de Willa Cather, de Eudora Welty, de Carson
McCullers.
Un día finalmente apareció por mi casa. Yo estaba en el patio, quitando
maleza, y de pronto sentí sus pasos y me di vuelta y allí estaba Anne.
Esa tarde hicimos el amor como una manera de disimular la pura alegría
que sentíamos de volver a encontrarnos. Días después fui yo a verla a Girona.
Vivía ahora en la parte nueva de la ciudad, en un ático minúsculo, y me contó
que tenía de vecino a un viejo ruso, un tipo llamado Alexéi, la persona más
dulce y educada que jamás había conocido. Llevaba el pelo muy corto y no hacía
nada para disimular las canas. Le pregunté qué había ocurrido con su preciosa
melena. Parecía una vieja hippie, dijo.
Estaba a punto de viajar a Estados Unidos. En esta ocasión la iba a
acompañar el argelino y creo que tenían problemas para obtener su visado en el
consulado norteamericano de Barcelona. Así que el asunto va en serio, le dije.
No me respondió. Dijo que en el consulado creían que el argelino pensaba
quedarse a vivir para siempre en Estados Unidos. ¿Y no es así?, dije yo. No, no
es así, dijo ella.
El resto del tiempo pasó casi sin darnos cuenta. Ya no recuerdo qué nos
dijimos, qué nos contamos, cosas sin importancia, seguramente. Luego me marché
y nunca más la volví a ver. Al cabo de un tiempo recibí una carta suya, escrita
en español, desde Great Falls. Me contaba que su hermana Susan se había
suicidado con una sobredosis de barbitúricos. Sus padres y el compañero de su
hermana, un carpintero de Missoula, estaban destrozados y no entendían nada.
Pero yo prefiero callar, decía, no tiene sentido añadir a este dolor más dolor
o añadir al dolor tres enigmas diminutos. Como si el dolor no fuera suficiente
enigma o como si el dolor no fuera la respuesta (enigmática) de todos los
enigmas. Poco antes de abandonar España, decía, y con esto ponía punto final a
la muerte de Susan, había recibido varias llamadas de Bill.
Según Anne, Bill la llamaba a cualquier hora del día y casi siempre
terminaba insultándola, casi siempre terminaban insultándose. En las últimas
llamadas Bill había amenazado con ir a Girona y matarla. Lo que resultaba
paradójico, decía, era que la que iba rumbo a Seattle era ella, aunque bien
mirado casi no le quedaban amigos a quienes visitar allí. Del argelino no decía
nada, pero yo supuse que allí estaba, junto a ella, o eso preferí suponer para
no sufrir pesadillas.
Después ya no tuve noticias de ella.
Pasaron varios meses. Me cambié de casa. Me fui a vivir a la costa, a un
pueblito que en los sesenta Juan Marsé elevó a la categoría de mito. Tenía
mucho trabajo y muchos problemas como para hacer algo relativo a Anne Moore.
Creo que hasta me casé.
Por fin, un día cogí un tren y volví a la gris Girona y al pequeño ático
de Anne. Tal como imaginaba, fue una desconocida la que me abrió la puerta. Por
supuesto, no tenía idea de quién era la antigua inquilina. Antes de irme le
pregunté si en el edificio vivía un caballero ruso, un señor ya mayor, y la
desconocida me dijo que sí, que llamara a una de las puertas del segundo.
Me atendió un señor muy mayor que apenas andaba apoyado aparatosamente
en un enorme bastón de encina, que más que bastón parecía un báculo o un
instrumento de lucha. Recordaba a Anne Moore. De hecho, recordaba casi todas
las cosas que habían sucedido en el siglo XX, aunque eso, admitió, no era digno
de ponderación. Le expliqué que hacía mucho no sabía nada de ella y que acudía
a él en busca de alguna información. Poca información tengo, dijo, sólo unas
cartas desde América, un gran país en el que me hubiera gustado vivir más
tiempo. Aprovechó el pie para contarme sucintamente los años que había vivido
en Nueva York y sus andanzas como croupier en Atlantic City. Después recordó
las cartas y me hizo un té mientras se demoraba en buscarlas. Por fin apareció
con tres postales. Todas de América, dijo. No sé en qué momento comprendí que
estaba completamente loco. Me pareció lógico, dentro de lo que cabía. Me
pareció justo y me relajé, anticipándome al final.
El ruso me extendió las tres postales por encima del té humeante.
Estaban en orden de llegada, estaban escritas en inglés. La primera era de
Nueva York. Reconocí la letra de Anne. Decía las cosas de siempre y terminaba
rogándole que se cuidara, que comiera todos los días y asegurándole que lo
recordaba y que le enviaba besos. La postal era una foto de la Quinta Avenida.
La segunda postal era de Seattle. Una vista aérea del puerto. Y mucho más
escueta que la primera y también más ininteligible. Entendí que hablaba de
exilios y de crímenes. La tercera postal era de Berkeley, de una tranquila
calle del Berkeley bohemio, según rezaba en la leyenda. Estoy viendo a mis
antiguos amigos y haciendo otros nuevos, decía la clara caligrafía de Anne
Moore. Y terminaba igual que la primera, recomendándole al querido Alexéi que
se cuidara y que no se olvidara de comer todos los días, aunque fuera sólo un
poco.
Miré al ruso con tristeza y curiosidad. Él me devolvió la mirada con
simpatía. ¿Ha seguido usted sus consejos?, dije. Por supuesto, siempre sigo los
consejos de una dama, respondió.
1995-1996
FIN

