Libro N° 14951. Irán En La Encrucijada Del Imperio. Ura, Tito.
© Libro N° 14951. Irán En La Encrucijada Del Imperio. Ura, Tito. Emancipación. Marzo 28 de 2026
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IRÁN
EN LA ENCRUCIJADA DEL IMPERIO
Tito Ura
Irán En La Encrucijada Del Imperio
Tito Ura
GUERRA Y TRANSICIÓN HEGEMÓNICA EN EL SIGLO XXI
En el análisis del capitalismo, la violencia no es una anomalía que
irrumpe en un sistema pacífico, sino una de sus formas extremas de regulación
imagen: cdn.hispantv.com
Si la guerra entre Estados Unidos e Irán se vuelve casi inmediata, no
debería leerse como un estallido emocional ni como el resultado exclusivo de un
incidente diplomático, sino como una manifestación concentrada de las tensiones
estructurales del capitalismo en su fase de transición hegemónica.
En la perspectiva del capitalismo los conflictos no son anomalías del
sistema, sino momentos de reorganización del poder, instrumentos para reordenar
mercados, rutas, monedas y jerarquías geopolíticas.
El enfrentamiento con Irán no puede reducirse a la narrativa superficial
del programa nuclear, la “seguridad regional” o el combate contra el
extremismo. Esos elementos funcionan como dispositivos ideológicos que preparan
a la opinión pública y legitiman acciones militares. En el plano estructural,
lo que está en juego es el control del Golfo Pérsico, la estabilidad del
Estrecho de Ormuz —por donde transita una porción decisiva del petróleo
mundial— y, más profundamente, la arquitectura financiera que sostiene la
primacía del dólar. Desde los años setenta, el sistema del petrodólar ha sido
un pilar de la hegemonía estadounidense: el comercio energético en dólares
garantiza demanda global de su moneda y financia su déficit estructural.
Cualquier actor que impulse mecanismos alternativos —acuerdos energéticos en
yuanes, rublos o monedas locales— introduce fisuras en ese edificio.
Irán no es simplemente un Estado díscolo en Medio Oriente; es un nodo
geoeconómico estratégico en la transición hacia un orden más multipolar. Su
incorporación a los BRICS, su integración progresiva en la Iniciativa de la
Franja y la Ruta impulsada por China, su cooperación militar con Rusia y su
participación en circuitos financieros que buscan sortear sanciones
occidentales lo convierten en una pieza de conexión entre Asia Central, el
Cáucaso, el Golfo y el Mediterráneo. Una guerra contra Irán no sería solo una
operación punitiva, sino un movimiento dentro de la disputa por la
configuración del sistema mundial.
En los momentos en que el capitalismo enfrenta crisis de
sobreacumulación, estancamiento productivo y pérdida relativa de hegemonía, la
guerra ha operado históricamente como mecanismo de reordenamiento. La Primera y
la Segunda Guerra Mundial no fueron accidentes aislados, sino desenlaces
violentos de disputas por mercados, colonias y supremacía industrial. La Guerra
Fría, con su red de conflictos periféricos, sostuvo la expansión del complejo
militar-industrial y consolidó alianzas estratégicas. En el presente, Estados
Unidos enfrenta competencia tecnológica y comercial creciente por parte de
China, procesos de desdolarización incipientes y una erosión de su autoridad en
diversas regiones. En ese contexto, el recurso a la presión militar no es un
gesto irracional, sino una herramienta clásica de reafirmación hegemónica.
El complejo militar-industrial desempeña aquí un papel central. La
economía de defensa en Estados Unidos moviliza cientos de miles de empleos,
contratos multimillonarios y una red de innovación tecnológica que luego se
traslada al ámbito civil. Los ciclos de tensión internacional sostienen
presupuestos elevados y legitiman inversiones estratégicas. Una escalada con
Irán refuerza la necesidad de sistemas antimisiles, drones, inteligencia
satelital y flotas navales, dinamizando sectores clave. La guerra, en esta
lógica, no solo destruye; también reorganiza la acumulación y canaliza capital
hacia áreas de alta rentabilidad política y económica.
Al mismo tiempo, el factor israelí complejiza el escenario. Israel actúa
como enclave tecnológico y militar avanzado en la región, aliado estratégico de
Washington. Las tensiones en Gaza, el Líbano o Siria no son compartimentos
estancos: forman parte de una constelación de conflictos interconectados. Una
confrontación directa con Irán podría activar redes de aliados y actores no
estatales, ampliar el teatro de operaciones y afectar infraestructuras
energéticas críticas. El cierre o la interrupción prolongada del Estrecho de
Ormuz tendría consecuencias inmediatas en los precios del petróleo y, por
extensión, en la inflación y la estabilidad financiera global.
Sin embargo, la historia también muestra los límites de la intervención.
Vietnam evidenció cómo una potencia puede quedar atrapada en una guerra
asimétrica que erosiona legitimidad interna y externa. Afganistán, tras veinte
años de ocupación, culminó en una retirada que simbolizó el desgaste de una
estrategia prolongada. Estos antecedentes pesan sobre cualquier cálculo
estratégico actual. Una confrontación con Irán podría adoptar la forma de
ataques limitados o escalar hacia un conflicto regional amplio que involucre a
actores aliados y afecte infraestructuras críticas.
Desde la perspectiva del capitalismo global, este riesgo no es
necesariamente un freno absoluto. Las transiciones hegemónicas suelen estar
acompañadas de episodios de alta volatilidad. El desplazamiento gradual del
centro de gravedad económico hacia Asia, la consolidación de alianzas
euroasiáticas y la búsqueda de mecanismos financieros alternativos generan
fricciones que pueden traducirse en confrontaciones abiertas o en guerras
limitadas diseñadas para enviar mensajes estratégicos sin desencadenar una conflagración
mundial. La diferencia entre una guerra contenida y una guerra sistémica
dependerá de la capacidad de los actores para calibrar sus movimientos y de la
disposición de potencias como China o Rusia a involucrarse directa o
indirectamente.
El discurso público, sin embargo, tenderá a enmarcar el conflicto en
términos de seguridad, defensa preventiva y protección de valores. La
experiencia de Irak en 2003 mostró cómo la construcción de una amenaza
inminente puede movilizar consensos internos y alianzas internacionales, aun
cuando los fundamentos resulten luego cuestionados. En el caso de Irán, la
narrativa del programa nuclear cumple una función similar: concentra el debate
en la proliferación y desplaza del centro la cuestión más amplia del orden
geoeconómico.
Irán ocupa un lugar estratégico en este tablero. No solo por sus
reservas energéticas o por su ubicación geográfica en el Golfo Pérsico, sino
por su inserción creciente en redes alternativas al eje atlántico. Desde el
golpe de 1953 contra Mossadegh —orquestado tras la nacionalización petrolera—
hasta la Revolución Islámica de 1979, la relación entre Washington y Teherán ha
estado atravesada por la cuestión energética y la soberanía política. La guerra
Irán-Irak (1980-1988) mostró cómo la región podía convertirse en escenario de
desgaste prolongado con implicaciones globales. La invasión de Irak en 2003
evidenció cómo la retórica de seguridad puede superponerse con objetivos
estratégicos de control regional. En este contexto histórico, un conflicto
directo con Irán no sería una ruptura, sino una continuidad.
La pregunta crucial no es si el conflicto puede justificarse en términos
morales, sino qué revela sobre la estructura del sistema. Si se consolida una
guerra casi inmediata, estaríamos ante un síntoma del agotamiento relativo de
la hegemonía unipolar y de la dificultad de gestionar la transición hacia un
orden más fragmentado. La confrontación no sería solo regional; sería un
capítulo en la disputa por quién define las reglas del comercio, las rutas
energéticas y la moneda dominante.
No es inevitable que la escalada desemboque en una guerra de gran
escala, pero el cruce de crisis económicas, rivalidades tecnológicas y
reacomodos geopolíticos aumenta la probabilidad de choques. En el analisis del capitalismo, la violencia no es una
anomalía que irrumpe en un sistema pacífico, sino una de sus formas extremas de
regulación. Analizar una posible guerra contra Irán implica, entonces,
situarla en ese marco más amplio: la pugna por la reorganización del poder
mundial en un momento de transición histórica.
Si la guerra se desencadena, su desarrollo inicial probablemente no
adoptará la forma clásica de invasión terrestre masiva. Las lecciones de
Vietnam, Irak y Afganistán pesan demasiado en la planificación estratégica
estadounidense. Más bien, el conflicto comenzaría en dimensiones invisibles:
guerra cibernética, sabotajes electrónicos, interferencias en comunicaciones,
ataques a infraestructuras críticas. Antes del primer bombardeo televisado,
podrían producirse cortes eléctricos, disrupciones financieras y ataques
digitales dirigidos a debilitar la capacidad de mando y control iraní. La
experiencia de operaciones cibernéticas previas —como el virus Stuxnet que
afectó instalaciones nucleares iraníes— muestra que el campo digital ya es
parte integral de la confrontación.
La fase visible incluiría ataques aéreos y misiles de precisión contra
instalaciones nucleares, bases militares y sistemas antiaéreos. Sería una
estrategia similar al “Shock and Awe” de 2003, pero con mayor sofisticación
tecnológica y con un adversario más preparado para resistir. Irán ha invertido
en instalaciones subterráneas, dispersión de capacidades y desarrollo de
misiles balísticos de alcance medio. No se trataría de un Estado con fuerzas
convencionales comparables a las de una superpotencia, sino de un actor que ha
diseñado su doctrina para sobrevivir a un ataque inicial y prolongar el
conflicto mediante guerra asimétrica.
La respuesta iraní difícilmente sería simétrica. En lugar de buscar
supremacía aérea, recurriría a misiles, drones y redes regionales de aliados.
Bases estadounidenses en Irak o Siria podrían convertirse en objetivos, así
como instalaciones estratégicas israelíes si Tel Aviv se involucra
directamente. El precedente de la guerra entre Israel y Hezbolá en 2006 muestra
cómo actores no estatales pueden sostener confrontaciones prolongadas mediante
saturación de cohetes y tácticas híbridas. La guerra dejaría de ser
estrictamente bilateral y pasaría a ser regional.
El Estrecho de Ormuz se convertiría en un punto neurálgico.
Aproximadamente una quinta parte del petróleo mundial transita por esa vía. Un
bloqueo parcial, minado o simple hostigamiento naval elevaría de inmediato los
precios del crudo. Las crisis energéticas de 1973 y 1979 demostraron cómo
alteraciones en el suministro pueden transformar la economía global. En un
mundo aún más interconectado financieramente, el impacto sería rápido:
inflación, volatilidad bursátil y presión política internacional para contener
la escalada. El frente energético sería tan decisivo como el militar.
La participación de Israel ampliaría el teatro de operaciones. La
doctrina de seguridad israelí prioriza la neutralización preventiva de amenazas
estratégicas. Una coordinación estrecha con Washington podría traducirse en
ataques devastadores contra infraestructura iraní y, a su vez, en una respuesta
iraní indirecta a través de aliados regionales. El conflicto podría extenderse
al Líbano, Siria o incluso al Mar Rojo, afectando rutas comerciales
adicionales.
Rusia y China no intervendrían militarmente de forma directa contra
Estados Unidos, pero su implicación política, económica y tecnológica sería
significativa. Moscú podría incrementar cooperación técnica o inteligencia;
Pekín podría profundizar acuerdos militares, energéticos y acelerar mecanismos
de pago alternativos al dólar. Así, la guerra funcionaría como catalizador de
la fragmentación sistémica, consolidando bloques geoeconómicos más definidos.
Una invasión terrestre a gran escala parece improbable debido a los
costos políticos y logísticos. Irán es geográficamente extenso, con terreno
montañoso y población numerosa. Las experiencias de ocupación prolongada en
Afganistán e Irak demostraron el desgaste que supone sostener operaciones de
contrainsurgencia durante años. El escenario más plausible sería una guerra
aérea prolongada combinada con sanciones extremas y presión interna destinada a
erosionar la estabilidad del régimen.
Sin embargo, la historia muestra que los conflictos pueden escapar al
cálculo inicial. En 1914, las potencias europeas no anticiparon la magnitud de
la guerra que desencadenaban. En 2003, la intervención en Irak fue presentada
como rápida y transformadora; terminó siendo un conflicto prolongado que alteró
todo el equilibrio regional. El riesgo de error de cálculo, especialmente en un
entorno de alta polarización internacional, es significativo.
En términos estructurales, la guerra sería tecnológica, energética y
financiera al mismo tiempo. No solo implicaría misiles y drones, sino mercados
de futuros, flujos de capital y sistemas de pago. Sería una confrontación por
infraestructuras materiales y por arquitectura monetaria. En el fondo, lo que
estaría en disputa no sería únicamente la conducta de un Estado, sino la
capacidad de una potencia para preservar un orden en transición.
Así, el desarrollo del conflicto dependerá tanto de decisiones militares
como de dinámicas económicas globales. Si logra mantenerse limitado, podría
convertirse en un episodio de presión estratégica destinado a reafirmar
posiciones. Si escala más allá de ciertos umbrales —ataques masivos a civiles,
interrupción prolongada del comercio energético, implicación directa de grandes
potencias— podría transformarse en un punto de inflexión histórico.
El factor nuclear
En las fases de estabilidad hegemónica fuerte, el sistema internacional
tiende a contener la proliferación. Durante el momento unipolar posterior a
1991, Estados Unidos actuó como garante (voluntario o coercitivo) del régimen
de no proliferación. El Tratado de No Proliferación (TNP), aunque desigual,
funcionó porque existía una estructura clara de poder que imponía costos
severos a quienes intentaran cruzar el umbral.
Pero en momentos de transición hegemónica, cuando el poder se fragmenta
y las garantías de seguridad se debilitan, los Estados comienzan a desconfiar
de los compromisos multilaterales. Históricamente, cuando la protección de una
potencia dominante deja de percibirse como sólida, los actores regionales
buscan mecanismos autónomos de disuasión.
Esto no es exclusivo del capitalismo contemporáneo, pero en su forma
actual adquiere rasgos particulares:
Competencia tecnológica acelerada. Fragmentación de alianzas
tradicionales. Sanciones económicas como arma estructural.
Militarización de cadenas energéticas y financieras.
En este entorno, la lección estratégica que muchos Estados extraen es
pragmática:
los países con armas nucleares no son invadidos; los que no las tienen,
sí pueden serlo.
Corea del Norte es el ejemplo más citado. Tras desarrollar capacidad
nuclear, pasó de ser considerado un posible objetivo de cambio de régimen a
convertirse en un actor disuasivo con el que se negocia. Esa percepción influye
más que cualquier tratado.
Desde la teoría del sistema-mundo, el capitalismo histórico no es
simplemente un modo de producción, sino una economía-mundo estructurada en
centro, semiperiferia y periferia. Las fases de expansión y crisis del sistema
están vinculadas a ciclos largos de acumulación. Giovanni Arrighi mostró cómo
cada ciclo hegemónico —genovés, holandés, británico, estadounidense— culmina en
una fase de financiarización y turbulencia, seguida por transición conflictiva.
En esos momentos de declive relativo del centro dominante, aumenta la
competencia interestatal y se intensifica la militarización. La proliferación
nuclear, en este marco, no sería una consecuencia automática del capitalismo,
pero sí una posible expresión de su fase de crisis hegemónica, cuando las
reglas impuestas por el centro pierden eficacia y la coerción se convierte en
instrumento central de preservación del orden.
El realismo estructural aporta otra capa explicativa. Kenneth Waltz
sostuvo que el sistema internacional es anárquico: no existe autoridad superior
que garantice seguridad. En tal entorno, los Estados buscan sobrevivir. John
Mearsheimer profundiza esta lógica en su versión ofensiva: las potencias buscan
maximizar poder para evitar vulnerabilidad. Cuando el equilibrio de poder es
estable, la disuasión funciona con menos actores nucleares. Pero cuando la
distribución de poder cambia rápidamente —como ocurre en una transición
hegemónica— la incertidumbre estratégica se multiplica. Si los Estados perciben
que las garantías externas son frágiles o reversibles, la tentación de
desarrollar capacidades autónomas de disuasión aumenta. Desde esta perspectiva,
la proliferación no es moral ni ideológica; es una respuesta racional a la
inseguridad sistémica.
La economía política de la hegemonía añade el componente financiero y
monetario. Charles Kindleberger argumentaba que el sistema internacional
necesita un proveedor de bienes públicos globales: estabilidad monetaria,
apertura comercial, liquidez en crisis. Cuando la potencia hegemónica ya no
puede o no quiere desempeñar ese papel, el sistema entra en desorden. Robert
Gilpin describió cómo el declive hegemónico tiende a resolverse mediante
conflictos mayores que redefinen la jerarquía internacional. En el momento
actual, la erosión relativa de la primacía estadounidense, el ascenso de China
y la fragmentación de cadenas productivas generan un entorno donde las alianzas
se vuelven más transaccionales y menos garantizadas a largo plazo. En ese
contexto, la seguridad deja de estar “tercerizada” en el orden liberal y vuelve
a depender del cálculo nacional.
Si combinamos estos tres enfoques, aparece un patrón coherente: la
proliferación nuclear no es un producto directo del capitalismo como tal, sino
una consecuencia de la fase de transición conflictiva dentro del capitalismo
histórico. Cuando el orden es estable y la hegemonía clara, los costos de
proliferar superan los beneficios. Cuando la hegemonía se erosiona y las
guerras regionales reaparecen como herramientas de ajuste, el cálculo cambia.
El ejemplo de Corea del Norte es ilustrativo desde el realismo: tras
adquirir capacidad nuclear creíble, dejó de ser considerada un objetivo
plausible de intervención directa. La lección estratégica observada por otros
Estados es que la disuasión nuclear modifica radicalmente el trato recibido en
el sistema internacional. Desde la lógica del sistema-mundo, esto refleja la
diferenciación entre Estados con capacidad estratégica plena y aquellos
vulnerables a coerción. Desde la economía política hegemónica, implica que la
arquitectura de seguridad colectiva ya no es percibida como suficiente.
Sin embargo, hay límites estructurales importantes. El Tratado de No
Proliferación sigue siendo un régimen institucional algo robusto; los costos
tecnológicos y financieros del desarrollo nuclear son enormes; y la
interdependencia económica global actúa como freno parcial. Además, la
proliferación masiva reduciría la estabilidad sistémica, algo que incluso
potencias rivales buscan evitar. Waltz llegó a sugerir que cierta proliferación
limitada podía estabilizar regiones mediante disuasión mutua, pero esa tesis es
altamente controvertida y depende de supuestos de racionalidad que no siempre
se cumplen en crisis.
En consecuencia, no puede afirmarse que la proliferación nuclear sea
totalmente inevitable en la próxima fase del capitalismo. Lo que sí puede
sostenerse teóricamente es que la actual transición hegemónica incrementa los
incentivos estructurales para que algunos Estados reconsideren la opción
nuclear como seguro último de soberanía. Si el orden liberal pierde legitimidad
y eficacia, y si las guerras convencionales demuestran que los Estados no
nucleares son vulnerables a coerción directa, la presión hacia la proliferación
aumentará.
El desenlace dependerá de factores contingentes: acuerdos regionales de
seguridad, reformas del régimen de no proliferación, gestión prudente de crisis
entre grandes potencias y capacidad de reconstruir mecanismos de gobernanza
global. En términos sistémicos, el punto crítico no es el capitalismo en
abstracto, sino la forma específica que adopta en su fase de competencia
fragmentada y transición de poder.
Así, la cuestión nuclear se convierte en un termómetro de la estabilidad
del orden mundial. Si el sistema logra absorber la transición sin mayores
guerras , la proliferación puede mantenerse contenida. Si la transición se
desarrolla mediante confrontaciones abiertas y debilitamiento institucional, el
incentivo a buscar disuasión autónoma crecerá. No es una ley histórica
inexorable, pero sí una tendencia estructural del capitalismo que merece
análisis riguroso.
GUERRA, ENERGÍA Y CRISIS DEL CAPITALISMO GLOBAL
La guerra contra Irán ha entrado en una fase que expone con crudeza la
naturaleza del sistema que la produce. Lo que en los primeros días fue
presentado como una operación quirúrgica destinada a neutralizar una amenaza
estratégica se ha transformado rápidamente en un conflicto regional de desgaste
que revela algo más profundo que una disputa geopolítica puntual. La guerra
actual no es simplemente un enfrentamiento entre Estados; es una expresión
concentrada de las tensiones estructurales del capitalismo en su fase de crisis
hegemónica.
El plan inicial de Washington parecía claro: una operación de
decapitación política y militar que destruyera la capacidad de mando iraní,
desorganizara sus estructuras de defensa y produjera una rápida capitulación
estratégica. El precedente de Irak en 2003, donde la caída de Bagdad fue
presentada como una victoria fulminante del poder militar estadounidense,
alimentó la ilusión de que la superioridad tecnológica bastaría para paralizar
a cualquier adversario regional. Sin embargo, la historia volvió a demostrar
que las guerras del siglo XXI no se comportan como simulaciones de laboratorio
ni como demostraciones televisivas de poderío militar.
Pese a los ataques iniciales dirigidos contra su liderazgo y contra
infraestructura estratégica, el Estado iraní no colapsó. La maquinaria política
que sostiene al país está diseñada precisamente para sobrevivir a ese tipo de
golpes. La República Islámica nació en un contexto de guerra, sanciones y
amenazas externas, y durante décadas ha desarrollado estructuras
institucionales capaces de resistir presiones que habrían desestabilizado a
muchos otros Estados. La dispersión del poder entre la Guardia Revolucionaria,
las instituciones religiosas y las redes regionales de aliados convierte
cualquier intento de “decapitación” en un gesto más simbólico que decisivo.
La respuesta iraní, lejos de ser una reacción desesperada, ha seguido la
lógica de la guerra asimétrica. Irán no pretende derrotar militarmente a
Estados Unidos en una confrontación convencional; pretende algo mucho más
realista y, a largo plazo, mucho más peligroso para el orden global: convertir
el conflicto en un pantano estratégico del que Washington no pueda salir sin
pagar un precio político, económico y militar elevado. La guerra ha comenzado a
extenderse por toda la región a través de ataques indirectos, operaciones de
sabotaje y presión constante sobre las bases militares estadounidenses
desplegadas en Oriente Medio.
Este tipo de guerra dispersa es precisamente el terreno donde las
grandes potencias modernas se vuelven vulnerables. La superioridad militar
tecnológica no desaparece, pero pierde parte de su eficacia cuando el campo de
batalla se multiplica en múltiples frentes. El conflicto deja de ser un choque
frontal entre ejércitos y se convierte en una red de hostigamientos permanentes
que desgastan lentamente la capacidad operativa del adversario.
Los drones Shahed representan uno de los símbolos más claros de esta
transformación. Estas plataformas relativamente simples y baratas han alterado
la economía misma de la guerra. Un dron que cuesta apenas decenas de miles de
dólares puede obligar a utilizar sistemas de defensa que valen millones. La
lógica industrial del complejo militar estadounidense se enfrenta así a un tipo
de conflicto donde la ventaja tecnológica no siempre se traduce en ventaja
estratégica. En la guerra de desgaste, lo que importa no es solo quién posee
las armas más sofisticadas, sino quién puede sostener el conflicto durante más
tiempo.
Pero el verdadero campo de batalla de esta guerra no se encuentra
únicamente en el aire o en el mar. El frente decisivo es energético. El
estrecho de Ormuz se ha convertido nuevamente en el punto más sensible de la
economía mundial. Aproximadamente una quinta parte del petróleo global transita
por ese corredor marítimo, lo que significa que cualquier perturbación
significativa tiene repercusiones inmediatas en los mercados internacionales.
El petróleo acercándose o superando los cien dólares por barril no es un
accidente del mercado ni una simple reacción especulativa. Es la manifestación
de una vulnerabilidad estructural del capitalismo contemporáneo. La economía
mundial sigue dependiendo profundamente de la energía fósil para sostener su
aparato productivo, su logística global y su sistema financiero. Cuando esa
arteria energética se ve amenazada, todo el edificio económico comienza a
temblar.
La historia del capitalismo moderno está atravesada por este tipo de
crisis energéticas. En 1973, el embargo petrolero desencadenó una ola
inflacionaria que sacudió las economías occidentales y marcó el fin de la era
de crecimiento estable de la posguerra. En 1979, la revolución iraní provocó
otra crisis que reconfiguró la política energética global. Hoy, en un mundo
mucho más interconectado y financieramente frágil, el impacto potencial de una
interrupción prolongada del flujo energético sería aún más profundo.
Estados Unidos se encuentra así atrapado en un dilema estratégico. Para
mantener abierta la ruta energética del Golfo Pérsico necesita proyectar poder
militar en la región, pero esa misma presencia militar lo convierte en objetivo
permanente de ataques indirectos. La liberación de reservas estratégicas de
petróleo y los esfuerzos diplomáticos para formar coaliciones navales
destinadas a garantizar la navegación en Ormuz reflejan un intento desesperado
de contener una crisis que amenaza con desbordar los cálculos iniciales.
Pero estas medidas son, en esencia, paliativos temporales. Las reservas
estratégicas pueden amortiguar un shock momentáneo, pero no sustituyen el flujo
constante de petróleo que alimenta la maquinaria industrial global. Del mismo
modo, las flotas navales pueden escoltar buques y patrullar rutas, pero no
pueden eliminar completamente la amenaza de drones, minas o ataques de
saturación.
Irán lo sabe. Y precisamente por eso su estrategia parece orientada a
mantener la presión sin necesidad de cerrar completamente el estrecho. Basta
con generar suficiente incertidumbre para elevar los costos del comercio
marítimo y alterar el funcionamiento normal del mercado energético. En un
sistema económico donde la estabilidad depende de flujos constantes y
previsibles, la incertidumbre se convierte en un arma tan poderosa como
cualquier misil.
La guerra actual revela así una verdad incómoda para el discurso oficial
del capitalismo global: el sistema que se presenta como garante de estabilidad
y prosperidad está profundamente condicionado por la violencia estructural que
lo sostiene. Las rutas energéticas, los mercados financieros y las cadenas de
suministro globales no funcionan en un vacío político; dependen de estructuras
militares capaces de proteger intereses estratégicos mediante la fuerza.
El capitalismo contemporáneo no es simplemente una red de intercambios
comerciales y avances tecnológicos. Es también un sistema armado hasta los
dientes, sostenido por bases militares, flotas navales y complejos industriales
dedicados a la producción permanente de armamento. La guerra no es una anomalía
dentro de este sistema; es uno de sus mecanismos recurrentes de ajuste y
reorganización.
Cuando la hegemonía de una potencia comienza a erosionarse, la tentación
de recurrir a la fuerza para preservar posiciones estratégicas se vuelve más
fuerte. Las transiciones hegemónicas en la historia del capitalismo nunca han
sido procesos pacíficos. El ascenso del Imperio Británico estuvo acompañado por
guerras coloniales devastadoras. El declive británico y el ascenso
estadounidense se resolvieron a través de dos guerras mundiales que
transformaron el mapa político del planeta.
Hoy el sistema internacional atraviesa otra fase de transición. El
ascenso económico de Asia, la creciente autonomía estratégica de múltiples
regiones y la fragmentación del orden financiero global están debilitando las
estructuras de poder que dominaron el mundo durante décadas. En este contexto,
las guerras regionales funcionan como episodios de un proceso más amplio de
reorganización del poder global.
La guerra contra Irán debe leerse precisamente dentro de ese marco
histórico. No es solo una disputa por seguridad regional ni un intento de
frenar un programa nuclear. Es también un movimiento dentro de una lucha más
amplia por el control de rutas energéticas, por la estabilidad del sistema del
petrodólar y por la preservación de una arquitectura geopolítica que ha
permitido a Estados Unidos desempeñar el papel de árbitro del sistema mundial
durante más de medio siglo.
Pero el conflicto actual también muestra los límites de ese poder. La
incapacidad de lograr una victoria rápida, la extensión regional del
enfrentamiento y el impacto económico global revelan que el margen de maniobra
del imperio ya no es el mismo que en décadas anteriores. Cada intervención
militar produce efectos secundarios que escapan al control inicial de quienes
la impulsan.
La guerra ha entrado así en una fase donde ninguno de los actores puede
imponerse de manera decisiva, pero todos tienen capacidad suficiente para
prolongar el conflicto. Este tipo de guerras de desgaste tiende a extenderse en
el tiempo y a generar consecuencias que van mucho más allá del campo de batalla
inmediato.
La posibilidad de una escalada mayor permanece abierta. Un ataque
particularmente devastador contra infraestructura energética, el hundimiento de
un gran buque petrolero o un enfrentamiento directo entre fuerzas navales
podría desencadenar una reacción en cadena capaz de transformar la guerra
regional en una crisis global de proporciones históricas.
Pero incluso si ese escenario extremo no se materializa, el daño
estructural al sistema internacional ya está en marcha. La guerra está
acelerando procesos de reorganización geopolítica, fortaleciendo alianzas
alternativas y debilitando la confianza en las instituciones que durante
décadas sirvieron como mecanismos de regulación del orden mundial.
La paradoja del capitalismo contemporáneo es que el mismo sistema que
proclama la globalización como un espacio de cooperación económica depende, en
última instancia, de una arquitectura militar diseñada para defender intereses
estratégicos mediante la fuerza. Cuando esa arquitectura se ve cuestionada o
desafiada, la respuesta tiende a adoptar formas cada vez más violentas.
La guerra contra Irán no es un accidente histórico ni un error de
cálculo aislado. Es el producto de un sistema que, en momentos de crisis,
recurre una y otra vez a la violencia como mecanismo de ajuste. El capitalismo
ha demostrado una capacidad extraordinaria para reinventarse tras cada crisis,
pero lo ha hecho muchas veces al precio de conflictos devastadores que
redefinen el equilibrio de poder mundial.
Lo que se juega en esta guerra no es únicamente el futuro de Oriente
Medio. Lo que está en disputa es la forma que adoptará el orden global en las
próximas décadas. Y como tantas veces en la historia, esa transición va
desarrollarse bajo la sombra persistente de la guerra.
__________
FIN

