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© Libro N° 14933. Invasión 1944. Rommenl Y La Campaña De Normandía. Speidel, Hans. Emancipación. Marzo 21 de 2026

 

Título Original: © Invasión 1944. Rommenl Y La Campaña De Normandía. Hans Speidel

 

Versión Original: © Invasión 1944. Rommenl Y La Campaña De Normandía. Hans Speidel

 

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Guillermo Molina Miranda




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INVASIÓN 1944

Rommenl Y La Campaña De Normandía

Hans Speidel


Invasión 1944

Rommenl Y La Campaña De Normandía

Hans Speidel

El General Hans Speidel, jefe del Estado Mayor del mariscal Rommel en esos momentos, elaboró el plan de defensa contra el desembarco aliado y dirigió las operaciones en las condiciones impuestas por el «Führer». Además, participó en la conjura para matar a Hitler el 20 de julio de 1944, cuyo fracaso provocó su arresto por la Gestapo. Tras la Segunda Guerra Mundial, fue el reorganizador del Ejército alemán, ocupando la jefatura del Mando Central de la OTAN en Europa. Pocas personas pueden contar mejor y con mayor exactitud cómo vivió el desembarco de Normandía el mando alemán. El general Speidel, jefe del Estado Mayor del mariscal Rommel entre abril y julio de 1944, no sólo describe los acontecimientos que precedieron, señalaron y siguieron el desembarco del 6 de junio de Normandía, sino que nos sumerge en los enfrentamientos entre Rommel, Von Rundstedt y Hitler para poner en marcha un plan defensivo eficaz, y en cómo se intentó hacer frente a la invasión Aliada una vez el desembarco fue un hecho. Además, en Invasión 1944 Speidel lleva a cabo una hagiografía de Rommel y un claro ataque a la jefatura nazi, junto a una detallada descripción de la conspiración para matar a Hitler tal y como se desarrolló en el seno del ejército.

Hans Speidel

Invasión 1944

Rommenl Y La Campaña De Normandía

ePub r1.0

Titivillus 17-02-2026

Título original: Invasion 1944: Ein Beitrag zu Rommel und des Reiches Schicksal Hans Speidel, 1949

Traducción: Enrique Ruiz Guiñazú & Miguel Salarich

Editor digital: Titivillus

Digitalización y OCR para Epublibre

Escaneo y pdf: Armauirumque

OCR y primera edición digital en epub: Elumbriel

Fotografía de portada: Bundesarchiv, Koblenz

Fotografía de la contra: US National Archives

Primera edición en Epublibre, 17-02-2026

ePub base r2.1

Índice de contenido

Cubierta

Invasion 1944

Prólogo

Introducción

Introducción

Capítulo I. La situación en la primavera de 1944 La situación política

La situación militar

La situación interna de la Wehrmacht

Capítulo II. Situación en el Oeste antes de la invasión La situación del enemigo

El mando alemán y sus fuerzas en el oeste La organización del mando

El mariscal Rommel y el Estado Mayor del grupo de Ejércitos B La organización de las fuerzas alemanas en la primavera de 1944

El Ejército

La Kriegsmarine

La Luftwaffe

La Muralla del Atlántico

Consideraciones estratégicas antes de la invasión La cuestión de las reservas estratégicas

Capítulo III. Consideraciones políticas y preparativos Capítulo IV. La invasión

Del 6 al 9 de junio de 1944

Capítulo V. Del 9 de junio al 24 de julio de 1944 Los acontecimientos militares

La entrevista con Adolf Hitler en Margival el 17 de junio Los acontecimientos políticos

Capítulo VI. El mariscal de campo von Kluge asume el mando supremo del Grupo de Ejércitos B

El 20 de julio de 1944

Capítulo VII. El período entre el 25 de julio y el 18 de agosto de 1944 Avranches Mortain la bolsa de Falaise

Capítulo VIII. El período entre el 19 de agosto y el 5 de septiembre de 1944

La salida de la «bolsa de Falaise». El repliegue hacia la muralla occidental

La caída de París

Capítulo IX La eliminación del mariscal Rommel Capítulo X. Erwin Rommel soldado

El mariscal

El hombre

Capítulo XI. Consideraciones sobre la batalla de Normandía

Mapas

Mapa

Mapa

Mapa

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Autor

Notas

PRÓLOGO

Deberán pasar muchos años antes de que pueda describirse debidamente este momento crucial de la Historia que es la Segunda Guerra Mundial. Unos acontecimientos de tanta magnitud nunca pueden ser juzgados de forma inmediata. Las inmensas fuerzas desencadenadas confunden a los investigadores y analistas y la visión de conjunto les hace perder los detalles.

No es hasta que semejantes sucesos se pueden dar por finalizados cuando los espíritus pueden intentar captar el significado de todos los hechos acontecidos. Entonces podemos recorrer el escenario y recuperar el curso de los hechos en su sucesión y sus conexiones. Es así como surgen las fuentes de una síntesis histórica.

Es una fuente de esta naturaleza la que constituye este trabajo. Describe el desembarco de británicos y americanos en Francia y los combates que le siguieron hasta la rotura definitiva del frente.

El autor es, por cierto, el más cualificado en el bando alemán, no sólo porque la jerarquía que ocupaba le permitía una visión completa de conjunto, sino también porque, ante todo, intelectualmente estaba a la altura de los acontecimientos que le tocaron vivir.

Cuando el destino lo colocó en este cargo, tenía a sus espaldas una carrera rica en trabajo y responsabilidades. En su juventud, vivió la experiencia de los campos de batalla y la derrota en la Primera Guerra Mundial. Alternó su carrera militar con los estudios históricos y las misiones diplomáticas; pasó largos años en el extranjero. Ejerció el mando en batallas ofensivas y en operaciones de cerco, en avances y en retiradas. Conocía tan bien los ejércitos extranjeros y a muchos de sus soldados, como la estructura política de su propio país, fuera ella visible o clandestina. Todo ello lo posibilitaba para tomar decisiones allí donde el mando ha de crear luz ante la diversidad de informaciones y datos. Pero, por encima de las consideraciones puramente estratégicas, debía situarse ante el problema global, plantearse el sentido de la labor que le ocupaba.

Un cúmulo de leyendas y equívocos ha surgido de esos días fatales para Alemania. Por ello cabe felicitarse de verlos relatados por alguien que los conoció en todo su detalle.

Los acontecimientos vividos son apasionantes. Sin embargo, el lector sacará un provecho suplementario, diferente del que le puede procurar el estudio de un acontecimiento histórico importante. La impresión de novedad y de sorpresa en la historia resulta de su propia evolución. Pero en el fondo, y en el curso de todas estas variaciones, se trata de un retomo al que el tiempo sólo añade el decorado.

El gran teatro del mundo es representado por un elenco limitado, que entra en escena con ropajes de épocas diferentes y con el aderezo de sus propios pensamientos. Siempre son personajes similares que libran combates ancestrales.

Éste es el caso del líder que se encuentra en el mismo meollo. La situación no es nueva. Antes que él, hemos conocido a Sila, a Wallenstein, a York. Cuando, en los grandes acontecimientos de la historia los engranajes del destino no giran armónicamente, nos damos cuenta de quién es el que dirige la máquina. Allí donde el arte de la guerra y de la política, el deber del honor, la moral y la ciudadanía entran en conflicto, surgen luchas en las que el peso del Estado recae sobre los hombros de un solo hombre.

En este libro aparece ese peso abrumador, la amargura y también todo aquello que hay de desesperado en un conflicto en el que sólo la tragedia puede medir la profundidad y que el adversario más afortunado tiende a subestimar. También queda claro que las decisiones supremas en esta lucha por el poder son tomadas por el hombre desde lo más íntimo y con absoluta soledad. Esto nos empuja a un sentimiento de comprensión, incluso de simpatía, sea cual sea el bando en el que nos encontremos, el del vencedor o el del vencido. Y podría suceder que la emoción que se apodera de nosotros nos conmueva más en la derrota que en la victoria.

Ernst Jünger

INTRODUCCIÓN

La invasión de 1944, del teniente general Hans Speidel, narra, desde el punto de vista alemán, uno de los periodos más críticos de la Segunda Guerra Mundial. De hecho, para la mayoría de los estadounidenses, los meses de verano de 1944, marcados por las batallas en las playas de Normandía, representan el punto álgido de la convulsión mundial. Cada detalle de esta épica lucha es hoy de interés no solo para aquellos estadounidenses que participaron personalmente en las batallas en las playas y en el campo de Normandía, sino también para un número aún mayor de personas que sudaron y sangraron en Italia, en las islas del Pacífico Sur o en Filipinas, o que se vieron obligadas a quedarse en casa. Las playas normandas se han convertido ahora en una piedra angular de la tradición militar estadounidense, digna de figurar junto a Chancellorsville, Appomattox, Château-Thierry y Meuse-Argonne. Por lo tanto, no podemos sino sentir curiosidad por saber qué sucedió en el castillo de La Roche Guyon, cuartel general del grupo de ejércitos alemanes que se oponía a las fuerzas aliadas en Normandía, mientras, día tras día, la presión estadounidense y británica acercaba la derrota de Hitler.

Invasión no es en absoluto una mera historia militar, un registro de las estimaciones y órdenes del mando alemán durante la lucha en Normandía. Este libro cuenta una doble historia. Las batallas son el telón de fondo, mientras que el primer plano está dominado por la narración de otra lucha culminante, la que se libró entre el comandante del Grupo de Ejércitos, Erwin Rommel, «el Zorro del Desierto», y su señor supremo, Adolf Hitler.

Invasión no es en absoluto una mera historia militar, un registro de las estimaciones y órdenes del mando alemán durante la batalla de Normandía. Este libro cuenta una doble historia. Las batallas son el telón de fondo, mientras que el primer plano está dominado por la narración de otra lucha culminante, la que se libró entre el comandante del Grupo de Ejércitos, Erwin Rommel, «el Zorro del Desierto», y su señor supremo, Adolf Hitler. En Invasión leemos cómo el mariscal Rommel, paso a paso, fue inducido a unirse al grupo de generales, encabezado por Ludwig Beck, que conspiraba para derrocar a Hitler, una acción que estuvo a punto de tener éxito, pero que finalmente fracasó el 20 de julio de 1944, cuando la bomba que explotó en el estudio de Hitler en su cuartel general de Prusia Oriental, por desgracia y milagrosamente, no acabó con la vida del Führer. El general Speidel cree que la conspiración habría tenido éxito, a pesar de este contratiempo, si Rommel no hubiera resultado gravemente herido solo tres días antes, el 17 de julio, por la bala de una ametralladora de un avión aliado que volaba a baja altura. En opinión de Speidel, el prestigio y el poder de liderazgo de Rommel eran absolutamente indispensables para los conspiradores. Solo su nombre y su voz podrían haber inducido al pueblo alemán a aceptar un golpe de Estado.

En los fatídicos meses previos y durante la batalla de Normandía, la lucha de voluntades entre Hitler y Rommel adquirió un carácter dramático. El relato fáctico de Speidel sobre lo que ocurrió entre estos dos hombres en su reunión en Margival el 17 de junio es material con el que, sin duda, los dramaturgos del futuro crearán nuevos Coriolanos o Wallensteins. La historia de la conspiración de los generales y los acontecimientos del 20 de julio han sido narrados de forma magnífica por Allen Dulles en Germany’s Underground. Sin embargo, por exhaustivo y bien elaborado que sea el libro de Dulles, los detalles de la conexión de Rommel con la conspiración no se conocían del todo en 1947, cuando se publicó Germany’s Underground.

Otra obra académica en inglés que se refiere con cierto detalle a la conspiración del 20 de julio contra Hitler es The German Opposition to Hitler, del profesor Hans Rothfels, de la Universidad de Chicago. Pero por muy minucioso y cuidadoso que sea este excelente análisis del alcance del apoyo prestado a los conspiradores por el pueblo alemán, el profesor Rothfels, al igual que el Sr. Dulles, carecía de datos completos sobre el alcance de la participación de Rommel en la conspiración. Invasión llena este vacío.

El general Speidel es probablemente el único hombre vivo que puede contar la historia del duelo entre Hitler y Rommel. Fue jefe de Estado Mayor de Rommel y estuvo presente en la tormentosa conferencia de Margival, donde las relaciones entre Rommel y Hitler llegaron a un punto de ruptura. Estuvo al lado de su jefe cuando Rommel negoció en secreto con los conspiradores, y relata cómo se convenció a Rommel para que se uniera al grupo de generales y liberales de la vieja escuela que creían que Alemania solo podría salvarse con la muerte de Hitler.

Speidel no era un observador desinteresado en estas conferencias conspirativas. Él mismo era un conspirador de corazón y alma, y utilizó el respeto que Rommel sentía por su carácter, así como su don de persuasión, para convencer a su jefe de que se uniera al general Beck y liberara Alemania. Al final, Speidel pagó por su temeridad con meses de prisión y tortura en la famosa cárcel de la Gestapo en la Albrechtstrasse de Berlín. Aún hoy lleva consigo las marcas de su encarcelamiento.

He tenido el privilegio de conocer bien a Hans Speidel durante los cuatro años que pasé como agregado militar en Berlín, entre 1935 y 1939. Era del sur de Alemania, suabo, de Württemberg, hijo de esa tribu alemana en la que las tendencias democráticas siempre han sido fuertes. Hijo de un profesor de la Universidad de Tubinga, Speidel adquirió en su juventud, en el seno de su hogar, unos intereses intelectuales inusualmente amplios que más tarde resultarían inestimables, cuando su carrera militar tomó un rumbo que le obligó a lidiar con problemas políticos y diplomáticos.

Aunque Speidel era agregado militar adjunto de la embajada alemana en París durante la primera parte de mi estancia en Berlín, él y yo tuvimos muchos contactos mutuos, y sus funciones le obligaban a acudir con frecuencia a Berlín. En 1936 y 1937, Speidel fue jefe de la sección «Oeste» de la división del Estado Mayor alemán conocida como «Ejércitos Extranjeros», el equivalente a la división de inteligencia estadounidense G-2.

Fue en esa época cuando nuestro trabajo nos unió y, como es natural entre soldados, intercambiamos opiniones militares y políticas que abarcaban todos los aspectos de la tensa situación europea de entonces.

En aquellos años, Speidel esperaba y rezaba por la paz, pero apenas podía disimular su temor de que la política de Hitler provocara una segunda guerra mundial. Como especialista francés y occidental del Estado Mayor alemán, Speidel estuvo muy cerca en los críticos años previos a la guerra del entonces jefe del Estado Mayor, el general Ludwig Beck, que más tarde sería el principal conspirador en el complot de los generales. Era un secreto a voces en Berlín lo mucho que Beck odiaba al Führer. Por lo tanto, todos los agregados sabíamos que Speidel estaba en el bando de Beck.

Speidel sentía una profunda admiración por Francia. Había vivido y viajado mucho por ese país y había aprendido a comprender y admirar el temperamento y las costumbres francesas. Este sentimiento de apego resistiría incluso la prueba de una guerra amarga.

El autor de Invasión tuvo una carrera militar variada. El deber lo llevó a muchos frentes. Estuvo presente en 1940 en el «milagro» de Dunkerque y en las posteriores batallas en Francia, que fueron testigo de la rápida desintegración de los ejércitos franceses. Desde julio de 1940 hasta marzo de 1942, Speidel ocupó el cargo de jefe de Estado Mayor del gobierno militar alemán en Francia. Este nombramiento fue natural, dada su larga preocupación por los asuntos franceses. Sin embargo, en 1942, cuando las famosas SS asumieron el poder policial en Francia, Speidel fue trasladado al este, donde participó en la campaña del Cáucaso y, tras el cambio de rumbo en Stalingrado, en las feroces batallas de 1943, en las que los ejércitos alemanes lucharon con tenacidad mientras se retiraban hacia el oeste, hacia su propia frontera. El 14 de abril de 1944, Speidel fue llamado de nuevo al oeste y nombrado jefe de Estado Mayor del Grupo de Ejércitos B, cuyo comandante, el mariscal Rommel, tenía a su cargo la defensa del canal de la Mancha y las costas atlánticas francesas. Rommel y Speidel no habían servido juntos anteriormente y ninguno de los dos se conocía bien al otro. Sin embargo, ambos se ganaron rápidamente el respeto mutuo por su carácter y capacidad.

El punto fuerte de Speidel era su carácter. Fue su sentido innato del bien y del mal, así como su amor por la patria, lo que le llevó en 1944 a ignorar su juramento militar de lealtad a Hitler y a aliarse con los conspiradores. Quienes han sido soldados saben lo sagrado que es el juramento militar en todos los ejércitos, y no menos en el nuestro. La decisión de Speidel de unirse a los conspiradores fue inusualmente difícil.

Una vez más, fueron las cualidades morales de Speidel, así como su sentimiento de ser ante todo europeo, lo que le llevó el 23 de agosto a sabotear las órdenes personales de Hitler de llevar a cabo demoliciones en París que casi con toda seguridad habrían destruido esa hermosa ciudad. Por esta acción salvadora, Speidel merece el agradecimiento no solo de los franceses, sino de toda la humanidad.

Aunque es natural que los lectores de Invasión se interesen por la personalidad del autor, sobre todo porque mantiene su anonimato en todo momento utilizando la tercera persona, el propio Speidel cede el protagonismo a Rommel. El Zorro del Desierto es su héroe.

Rommel demuestra, en Invasión, que es un héroe digno, incluso bajo la sombra de la debacle de Normandía. Tanto su personalidad como sus logros épicos, primero en Francia en 1940 y luego en el norte de África en los años posteriores de la guerra, habían cautivado anteriormente la imaginación de sus enemigos y de sus compatriotas. Ya, nada menos que un líder aliado como Winston Churchill, tanto en sus discursos como en sus escritos, había expresado su admiración por Rommel como un digno adversario. En Invasion, Speidel cuenta la historia de otra batalla épica de Rommel, la que tuvo lugar en la mesa de negociaciones con su Führer, Adolf Hitler. En mi opinión, su relato de este extraño duelo reforzará aún más la leyenda de Rommel.

El relato de Speidel sobre la batalla de Normandía no es exhaustivo. Tampoco pretende serlo. Se trata más bien de una anotación diaria de las sucesivas reacciones del cuartel general alemán ante el curso de los acontecimientos en el frente.

Lamentablemente, incluso este relato contiene lagunas, debido a la pérdida o destrucción de muchos de los archivos del Grupo de Ejércitos durante la retirada de Francia. No obstante, el relato de Speidel sobre lo que ocurrió en los cuarteles generales de Rommel y Kluge y sobre los esfuerzos alemanes para contrarrestar la gigantesca invasión angloamericana sin duda recibirá la atención de todos los futuros historiadores militares de la Segunda Guerra Mundial.

La invasión de Speidel contiene grandes elogios a la singular capacidad diplomática y militar de Eisenhower. La historia nos enseña que un ejército compuesto por aliados siempre ha sido difícil de dirigir. Cada aliado tiene sus propios objetivos bélicos. Los temperamentos nacionales difieren, a menudo profundamente. Speidel considera que Eisenhower merece estar a la altura de Marlborough o del príncipe Eugenio como líder de los aliados.

También elogia la energía implacable de Patton, su intuición en el campo de batalla y su capacidad para discernir los puntos débiles de Alemania. Speidel critica, de pasada, las «tácticas metódicas de los aliados» una vez que las operaciones anfibias tuvieron éxito, y cree que con más energía y voluntad de arriesgarse, la guerra podría haber terminado en octubre de 1944. Esta es una crítica que los estadounidenses podemos permitirnos aceptar con calma. El ejército estadounidense de 1944 era nuevo y enorme. Para la mayoría de las unidades, Normandía supuso su primer encuentro con el enemigo.

Algunos lectores pueden ver en Invasión un intento del autor de culpar de la debacle alemana a Adolf Hitler y sus compañeros nazis, y así encubrir la culpa de los generales alemanes. Esa no es mi impresión en absoluto. Sin duda, la admiración de Speidel por generales como Rommel, von Falkenhausen, Stülpnagel y Ludwig Beck es evidente. Sin embargo, no debemos olvidar que en Invasión también pinta imágenes inolvidables del arrogante mariscal de campo Model, que, por el bien de su ascenso, vendió su alma a Hitler, y del inestable y políticamente infantil von Rundstedt, que, tras el fracaso del complot del 20 de julio, se dejó convertir en instrumento de Hitler para castigar a los conspiradores.

Por último, en un capítulo que bien podría considerarse un epílogo, Speidel narra la historia del asesinato de Rommel, la visita de los emisarios de Hitler al hogar del héroe de guerra alemán, que se encontraba convaleciente, la orden de acompañarlos, su misteriosa muerte y las acciones increíblemente extrañas de Hitler a partir de entonces. Invasion, en su conjunto y por los diversos elementos que la componen, es digna de ser el primer libro de un general alemán sobre la Segunda Guerra Mundial publicado en Estados Unidos.

TRUMAN SMITH

Coronel retirado de los Estados Unidos

INTRODUCCIÓN

En la historia, después de soportar atroces sufrimientos, los hombres siempre tratan de investigar el motivo de los hechos, de fijar la causalidad en los actos y de medir la responsabilidad y culpa de sus conductores y autores. Pero lo que existe de grande o de trágico, en el sentido goetheano, no se deja ver de cerca. «Ve claro el que ve desde lejos; ve entre la niebla el que toma partido», escribió Lao Tse hace más de mil años.

Sólo cuando el espectador se aleja de los acontecimientos llevado por el curso de los tiempos, puede colocarse poco a poco en situación de interpretar y valorar los fundamentos y la concatenación históricos y de expresar un juicio equilibrado sobre el carácter, la responsabilidad y el destino de los protagonistas. Cada una de estas etapas tiene su tiempo propio. Pretender juzgar con intención histórica sin investigar exhaustivamente los hechos o sin poder penetrar en su nexo secreto, es uno de los errores desgraciadamente inextirpables de la humanidad. El historiador debe abstenerse de formular juicios de valor mientras no sea posible la visión de las distintas fases examinadas y ha de guardar silencio antes de que sea reconocible el enlace de los sucesos y se puedan seguir las fuerzas de impulsión desde sus orígenes. Los acontecimientos con que el destino marcó el verano de 1944 son dados aquí a conocer, modestamente, en base a mi experiencia y a mi memoria, ya que las fuentes documentales de las que dispuse fueron limitadas. He tratado de describir el curso de dichos acontecimientos y los «contornos reales» de los actores del lado alemán, con tanta fidelidad como lo permite el exiguo tiempo transcurrido desde entonces. Un pensamiento de Ranke me sirvió de guía: «Veo venir el tiempo en que la historia moderna no se fundará más sobre los relatos, ni siquiera de los escritores de la época —a no ser que exista en ellos un conocimiento personal— y menos todavía sobre sus conclusiones, sino sobre lo narrado por los testigos presenciales y sobre una información indiscutida y directa».

Por ello ahora sólo quiero centrarme en hechos y juicios certeramente fundamentados. Voces autorizadas darán un día su fallo histórico.

Página 14

Reconozco bien lo que vale la exclamación de Pilatos: «¿Qué es la verdad?». Pero a mí me impulsa un imperativo categórico para confesar los hechos mismos, movido también por el legado de esos hombres nobles que dieron su vida por nosotros.

Los pensamientos, las palabras y los actos humanos surgen de profundidades inconmensurables y reciben su forma de fuerzas misteriosas e inalcanzables. Sin embargo, podrán comprobar, una vez que se haya cumplido el Destino —y así lo deseamos—, que existen hombres que por libre determinación son dueños de su propia voluntad y pueden actuar, pero con frecuencia hay también fuerzas más poderosas que se oponen a nuestros deseos, desprecian nuestra voluntad y paralizan nuestra acción.

Este enfoque, aun en la derrota, reforzará nuestra unión con lo Divino y mantendrá una fe indestructible en nuestro porvenir.

Página 15

Mariscal del campo Erwin Rommel y el teniente genral Dr. Hans Speidel en el Canal, finales de abril de 1944.

Página 16

CAPÍTULO I

LA SITUACIÓN EN LA PRIMAVERA DE 1944

Página 17

LA SITUACIÓN POLÍTICA

T RAS haber llegado a un punto culminante en el curso de la guerra, el año 1943 significó para Alemania el principio de la desintegración,

tanto en su conducción política como militar. A la inversa, los Aliados ganaron en precisión en cuanto a conducción bélica y en cuanto a fijación de objetivos políticos.

En la Conferencia de Casablanca, el 23 de enero de 1943, coincidieron Roosevelt y Churchill en la exigencia de una rendición incondicional para Alemania. Una serie ininterrumpida de reveses alemanes en lo político y lo militar —la caída de Stalingrado en febrero, en mayo la capitulación del Ejército germano-italiano en Túnez, el descalabro de Sicilia y la caída de Mussolini en verano, el desembarco de los Aliados en Italia y la capitulación de los italianos en septiembre, el colapso en el aire y en la guerra submarina— dio a los Aliados un gran empuje y la conciencia de sentirse vencedores. Trajo también una unión mucho más estrecha entre las potencias anglosajonas y la Unión Soviética. Es un hecho conocido que el 1 de noviembre de 1943 Roosevelt, Churchill y Chiang Kai Chek habían llegado a un entendimiento en El Cairo sobre una operación en los Balcanes, que tanto contemplaba la derrota de Alemania como servía al propósito de mantener al Ejército Rojo alejado de Europa Central. Sin embargo, en la Conferencia de Teherán del 19 de diciembre de 1943, Roosevelt y Churchill complacieron los deseos de Josef Stalin, poniéndose de acuerdo sobre la constitución de un «segundo frente», no en los Balcanes, sino mediante una «invasión de Francia» como paso previo para el avance hacia el interior de Alemania. Todavía hoy no puede asegurarse inequívocamente si en su momento el Gobierno estadounidense reconoció el significado político de la «Operación Balcanes» o si cedió ante la desconfianza soviética frente a las intenciones británicas. En todo caso, el desistimiento aliado sobre la empresa balcánica influyó poderosamente en el resultado final de la guerra y dio relieve a la composición del cuadro de fuerzas políticas de la posguerra. Con la ayuda de las potencias anglosajonas, Stalin se convirtió así en el heredero de los Habsburgo.

Otro acuerdo esencial fue la designación del general Eisenhower, efectuada el 24 de diciembre de 1943, como comandante en jefe de las Fuerzas Aliadas de tierra, mar y aire, para la invasión de Francia.

Página 18

Desde 1942, en Gran Bretaña, un reducido estado mayor angloamericano puso en marcha la elaboración de los planes para una operación de desembarco. El resultado de la Conferencia de Teherán fue revelado poco después a la dirección política alemana, pero Hitler no se lo tomó suficientemente en serio.

La situación en la primavera de 1944 se presentaba de la siguiente manera:

Italia había quedado fuera de la guerra como aliada de Alemania. El 1 de abril de 1944, Hitler todavía hacía referencia a esa «deserción» como «una concentración de fuerzas y un refuerzo de la posición alemana».

Prácticamente carecía de significado el compromiso de España de defender su neutralidad, hecho público el 10 de febrero de 1943.

En Hungría, el regente, Almirante Horthy, había tomado contacto con los Aliados a través de su legación en Lisboa para alcanzar un armisticio con miras a una paz por separado. Cuando Hitler se enteró de ello, impuso a Horthy la formación de un gobierno bajo la jefatura de Stojay, antiguo embajador húngaro en Berlín. Pero como aun así no lo hallara suficientemente dócil, promovió su derrocamiento en octubre de 1944 por medio de Salassy y lo hizo arrestar.

En la región de los Balcanes, Bulgaria fue privada de su gobierno al ser eliminado el rey Boris.

La parte oriental de Rumania se había convertido en zona de guerra, después de que los dos grupos de ejércitos alemanes del sur se hundieran ante las superiores fuerzas rusas, y fueran rechazados hacia Besarabia.

Turquía, que incluso en junio de 1943 había llegado a enviar una misión formada por altos mandos militares al Cuartel General del Führer y al teatro de operaciones del Este para calibrar la situación militar y política, se inclinaba, en la primavera de 1944, cada vez más hacia los Aliados. El flanco del Cercano Oriente ya no aparecía asegurado.

Del Japón, Hitler sólo esperaba una ayuda indirecta, confiando en una operación enérgica contra Manchuria. Por su parte quedaba rechazada toda posible intromisión o intervención de las fuerzas armadas japonesas contra el enemigo soviético en el teatro de guerra europeo.

Pero lo esencial, en las esperanzas de Hitler, era la quiebra de la alianza que unía a las potencias occidentales con la Rusia soviética y que ahí se produjera el descalabro de Inglaterra por «extenuación moral».

Página 19

Hitler creía poder llegar así a un «golpe de gracia» al utilizar entonces «el arma milagrosa».

En circunstancias semejantes, la situación política general no permitía entrever para Alemania un final victorioso de la guerra. Y además, se había hecho igualmente evidente que un desenlace medianamente favorable era imposible de alcanzar bajo la conducción de Adolf Hitler.

Página 20

LA SITUACIÓN MILITAR

C OINCIDÍAN, por lo sombrías, la situación política y la situación militar. Había pasado ya el tiempo de las campañas victoriosas, como la de Polonia de 1939, de impecable conducción bélica, y la de 1940 en

Francia, caracterizadas por la nitidez en los objetivos y en la dirección de las operaciones.

En el Oeste, una parte de la Wehrmacht —insuficiente cuantitativa y cualitativamente— esperaba la invasión de los Aliados detrás de la nueva «Muralla del Atlántico».

África y el Mediterráneo estaban perdidos. En un metódico avance por la Italia central, los Aliados hacían retroceder a las fuerzas alemanas hacia el norte.

En el Este, Hitler había dado comienzo a la campaña con una ofensiva en la que el eje de avance nunca estuvo decidido, dirigiendo sus tres grupos de ejércitos contra tres objetivos prefijados: Ucrania con las zonas industriales de Stalino y Jarkov, Moscú y Leningrado. El ataque se detuvo sin haber alcanzado sus objetivos ni en el centro ni en el norte.

En 1942, Hitler ordenó llevar adelante, con fuerzas insuficientes, una original operación sobre el Don inferior en dirección al Cáucaso, para apoderarse de la línea Poti-Bakú, y sobre el Don superior para avanzar por el Volga, hacia Stalingrado. Contra las enseñanzas de Clausewitz, el territorio fue ocupado, en vez de buscar primero la derrota del enemigo. Éste se retiró hábilmente. El jefe de Estado Mayor General del Ejército, coronel general Halder, fue relevado en septiembre de 1942.

Después del fracaso de sus planes estratégicos para 1942, Hitler, durante los combates por Stalingrado, hizo cubrir los expuestos flancos de sus ejércitos a lo largo del Don con tropas de sus aliados, sustancialmente más débiles en cuanto a armamento y a fuerza ofensiva: el 1.er Ejército rumano, el 8° Ejército italiano y el 2° Ejército húngaro. Pero el cumplimiento de esta misión resultó imposible, dada la composición de dichas fuerzas y el rigor invernal en el este. El destino de Stalingrado no era inevitable, sino que hay que atribuirlo a la falta de escrúpulos y al fanatismo político y propagandístico de Hitler. El comandante en jefe del 1.er Ejército no pudo decidir a tiempo un oportuno repliegue, que en un

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principio hubiera permitido recibir el apoyo de nuevas divisiones enviadas como refuerzo.

En marzo de 1943, después de su exitoso contraataque sobre Jarkov y Bielgorod, Hitler ordenó poner en marcha la ofensiva de verano, a la que denominó «Zitadelle». Ésta partiría de las zonas de Bielgorod y Orel y buscaría cortar el saliente de Kursk, atraer al enemigo y acabar con la esperada ofensiva soviética antes de que ésta empezara.

Esta operación hubiera tenido grandes perspectivas de triunfo de haberse iniciado inmediatamente después de la de Jarkov-Bielgorod en marzo y que fue la última ofensiva victoriosa. El fracaso de la Operación Zitadelle comportó una contraofensiva rusa que una vez desencadenada ya no se detuvo hasta la catástrofe de 1945, salvo en breves pausas dedicadas al reagrupamiento y reaprovisionamiento de las tropas. Hitler calificó la operación de «guerra de desgaste» para la Unión Soviética. Huelga señalar la superioridad del potencial bélico de Rusia en esa época.

Por orden de Hitler el Dniéper no fue fortificado «porque entonces el Ejército hubiera retrocedido y no hubiera resistido en el frente». Su frase traslucía un desahogo de desconfianza malevolente hacia los propios combatientes. A pesar de las constantemente renovadas propuestas del Estado Mayor General, no se adoptaba ningún plan de largo alcance, ni se admitían reajustes de la línea del frente. Este tipo de medidas ya se habían echado en falta en el invierno de 1941-1942, el primero de la campaña, y por las mismas características psicológicas de Hitler tampoco fueron adoptadas en el Oeste.

Cuando entre enero y febrero de 1944, cerca de Cherkassy, se insinuó el peligro de que dos cuerpos de ejército alemanes quedaran cercados y el mando local solicitó autorización para su repliegue, Hitler ordenó que se mantuvieran en sus posiciones. Creyó que partiendo de la región Cherkassy-Korsun, se podía llevar a cabo una operación sobre Kiev destinada a romper el frente ruso. Si en esta bolsa de Cherkassy no se llegó a una catástrofe total, se debió sólo a que el mando local asumió personalmente la decisión de retirarse antes de que finalmente llegara la autorización solicitada, después de largos días de lucha con Hitler y el Mando Supremo de la Wehrmacht. Al menos, de esta forma pudieron salvarse 35 000 hombres de los 54 000 presentes.

En la primavera de 1944, el 17.° Ejército, destacado en Crimea, estaba al borde de la destrucción. Una retirada a tiempo de la península hubiera

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podido salvarlo. Todavía el 1 de mayo de 1944 Hitler seguía en la creencia de poder mantener la cabeza de puente de Sebastopol, cada vez más estrecha. Lo consideraba indispensable por el golpe moral que representaría en las relaciones con Turquía. El reconstituido 6.° Ejército, muy castigado, se replegó sobre Odessa, en una dura retirada hacia la frontera rumana. El 8.° Ejército, al mando del general Otto Wohler, luchaba aún entre el Bug y el Dniéster y personificaba «la fuga del león herido». El adversario, con superioridad manifiesta, trataba de desbordar su flanco norte y de cercar al aislado 1.er Ejército Panzer. Como solución intermedia se le propuso a Hitler el abandono a tiempo de Besarabia y la instalación de la línea defensiva en el Prut, con los montes Cárpatos como eje. De ese modo, se mantenía una cierta libertad para tomar decisiones estratégicas. Sin embargo, la proposición fue rechazada.

Los mariscales Von Kleist y Von Manstein, hasta entonces comandantes en jefe de los Grupos de Ejércitos A y Sur, fueron reemplazados el 31 de marzo por los recién ascendidos coronel general Schörner y mariscal Model.

En el frente correspondiente a los Grupos de Ejércitos Centro y Norte, salvo algunos combates locales, reinaba una falsa calma. Al Cuartel General del Führer llegaban informaciones sobre preparativos soviéticos para lanzar una ofensiva de gran envergadura contra el frente del Grupo de Ejércitos Centro.

El 1 de enero de 1944, Adolf Hitler no veía o no quería ver los problemas fundamentales del Este, es decir, la posible pérdida del territorio ruso y con él una parte esencial de su base de aprovisionamiento y de materias primas en Europa Central.

La tensión existente en las altas esferas militares se hizo especialmente visible el día en el que el jefe del Estado Mayor del Ejército, coronel general Zeitzler, se retiró con sus colaboradores de la sala de conferencias de Obersalzberg en el momento en que el coronel general Jodl y el general Warlimont comenzaban su informe sobre los llamados «teatros de operaciones OKW», es decir, Noruega, Finlandia, el Oeste, el Mediterráneo y los Balcanes.

Esta dualidad en el ejercicio del mando entre el Mando Supremo de la Wehrmacht (OKW) y el del Ejército (OKH) había partido del mismo Hitler. El jefe del Estado Mayor del OKW, coronel general Jodl, dirigía las operaciones en todos los teatros de operaciones, bajo la influencia directa

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de Hitler, mientras que al jefe del Estado Mayor General del Ejército, coronel general Zeitzler, y sus diferentes servicios, les estaba reservado el Frente del Este. Era una especie de «Este Supremo», con menos facultades que las ejercidas por Hindenburg-Ludendorff en la Primera Guerra Mundial. Esta dicotomía en el mando supremo producía no solamente fricciones diarias, sino que implicaba perjuicios graves para la conducción bélica en conjunto. Ello quedó especialmente en evidencia con motivo de la ofensiva de verano llevada a cabo por los soviéticos contra el Grupo de Ejércitos Centro a partir del 20 de junio de 1944.

Para complicar aún más la situación del mando aparecían las concepciones y las exigencias muchas veces contradictorias de Dönitz y Göring.

Desde la primavera de 1943, la situación de la guerra naval mostraba cada vez más la ineficacia de la guerra submarina, que significaba pérdidas graves y sobre todo irreparables.

La Luftwaffe no llegó a reponerse jamás de la sangría sufrida en el curso de la Batalla de Inglaterra.

En consecuencia, en la primavera de 1944, la situación militar ofrecía pocas esperanzas. No obstante, se mantenían los Frentes del Oeste, del Sur y del Este, y no había sobrevenido aún una verdadera catástrofe militar.

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LA SITUACIÓN INTERNA DE LA WEHRMACHT

C ONMOCIONADA por la situación militar y política, la estructura de la Wehrmacht sufrió una transformación profunda, especialmente en

su constitución interna.

Hitler había asumido el mando supremo el 2 de agosto de 1934, definiendo su compromiso en una carta dirigida el 20 de agosto de 1934 al entonces coronel general Von Blomberg, en la que le decía:

Hoy, después de la ratificación de la ley del 2 de agosto, deseo expresarle mi agradecimiento y, a través suyo, a la Wehrmacht por el juramento de fidelidad que me han prestado en tanto Führer y como vuestro Comandante Supremo. Así como los oficiales y soldados se han comprometido hacia el nuevo Estado en mi persona, yo tendré siempre presente como mi mayor deber velar por la existencia estable y por la intangibilidad de la Wehrmacht. Daré así cumplimiento al testamento del mariscal [Hindenburg], y seré fiel a mi propia voluntad de que en la nación sea el Ejército el único portador de sus armas.

Adolf Hitler,

Führer y Canciller del Reich.

Hitler cumplió en general esta promesa —que también había sido formulada ante el Presidente von Hindenburg— hasta el 4 de febrero de 1938 y rechazó la politización del Ejército. Durante estos primeros años que siguieron a su asunción del gobierno, se abstuvo igualmente de formular juicios sobre asuntos militares.

La ambición por el poder de parte de las SA quedó frustrada por los acontecimientos del 30 de junio de 1934. En 1937, sin embargo, el Reichsfuhrer de las SS Heinrich Himmler, al suministrar armamento a las unidades de las SS, empezó a crear un dualismo entre el Ejército y las Waffen SS, mientras presentaba las reivindicaciones políticas y militares de las SS de cara a obtener una parcela en el mando. Hitler quebraba así sus promesas sobre quiénes serían los «únicos portadores» de las armas de la nación.

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Las Waffen SS obtuvieron las prerrogativas de una guardia pretoriana y fueron concebidas como el futuro ejército para tiempos de paz. Los efectivos de este Estado dentro del Estado, de este Ejército dentro del Ejército, alcanzaron la cifra de 700 000 hombres al final de la guerra.

La preponderancia de la tradición histórica en el Ejército terminó el 4 de febrero de 1938 con el intento de difamación del coronel general barón Von Fritsch y con la asunción por parte de Hitler del Mando Supremo de la Wehrmacht. Comenzaba una peligrosa retirada voluntaria de los jefes militares. Como cualquier otro protagonista de la vida pública, ellos eran hijos de su tiempo, y no veían aún todo lo que deberían reconocer más tarde. Las virtudes tradicionales del Ejército fueron objeto de abusos tan hábiles como inescrupulosos. Solamente el coronel general Beck, especialmente en 1938, trató de oponerse a los designios y manejos de un jefe de Estado dispuesto a todo, arriesgando su posición y su propia persona. El éxito en política exterior obtenido por Hitler en Múnich, gracias a británicos y franceses, hizo que Beck y Halder, su sucesor, se quedaran sin argumentos.

Desde el comienzo de la guerra, pero especialmente a partir de 1941, Hitler pretendió convertir al Ejército en una «organización política». La fuerza del mismo provenía hasta entonces de su impermeabilidad a toda corriente partidaria dentro del servicio desinteresado que prestaba a la nación. Sin embargo, algunos altos jefes militares comenzaron a reconocer el prestigio de Hitler, en especial a raíz de las experiencias acumuladas en las campañas de Polonia, Noruega, Francia y los Balcanes. Se instauró el culto al «Comandante más grande de todos los tiempos». Hitler y Goebbels supieron jugar hábilmente con la psicología de masas y se inclinaron hacia un «militarismo revolucionario». El resultado fue que parte de los oficiales, deslumbrados con sueños napoleónicos, se convirtieron en «funcionarios», cuando antaño siempre había tenido vigencia el postulado de Washington: «Sólo los caballeros pueden ser oficiales».

Pese a ello, la mayoría de los oficiales —y en especial los de estado mayor— se opusieron en su fuero interno, no sólo a la politización del Ejército que estaba llamada a perturbar la base de la confianza recíproca entre mando y tropa, sino a la propia conducción militar de Hitler. A ello se agregaban el despotismo y el instinto de dominación que le eran característicos y que se manifestaban tanto en las órdenes dadas a los

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funcionarios y al mando como en el manejo de la justicia militar. El invierno de 1943-1944 trajo como sorpresa la aparición de los oficiales de mando nacionalsocialistas (NSFO), la mayoría de ellos jefes políticos con uniforme, semejantes a los comisarios del Ejército Rojo.

Hitler se orientaba, al parecer, hacia el ejemplo del Este y no hacia la experiencia de un Lazare Carnot, que en la organización del ejército revolucionario francés, caracterizado por la «movilización en masa», quiso evitar toda politización en el mando.

Al ser arrastrado el Ejército al laberinto de la política de partidos —con la consiguiente destrucción de la fe y de la lealtad por la institución de los comisarios nacionalsocialistas, socavando así toda autoridad— se debilitó su estructura interna y se vulneró su prestigio externo. Fueron licenciados los «oficiales poco seguros» y quedó abandonado el principio vigente desde la época de Federico el Grande, según el cual debía quedar asegurada, aun en lo militar, la libertad de las personas reconocidamente responsables. Al final de la guerra se vio a un hombre como Heinrich Himmler convertirse en comandante en jefe de un grupo de ejércitos. Comenzaban a desaparecer la ciencia y la capacidad militares, pero —peor que eso— también la conciencia de una responsabilidad moral ante Dios y el Pueblo alemán.

Los comandantes que delinearon sus personalidades con un alto sentido humanístico dejaron de ser escuchados, y quedaron eliminados los de características afines con el «alma cándida» de Ludwig Beck.

Los jefes militares de cualquier grado podían ser allí calificados en tres grupos, tal como ha ocurrido en otros ejércitos del pasado y el presente: los que solamente eran soldados, volcados en la obediencia ciega, la credulidad y la comodidad; los soldados de partido, ambiciosos y oportunistas; y los soldados conscientes, guiados éticamente por el amor a la Patria.

Queda para una consideración ulterior el análisis sociológico y psicológico del comportamiento moral e intelectual de estos tres grupos. Digamos sólo unas palabras respecto del tercero de ellos.

Antes de la guerra, un significativo grupo de oficiales, principalmente del Estado Mayor General, había manifestado su desaprobación a la política exterior e interior de Adolf Hitler. Después de muchos pecados de omisión (por ejemplo, la admisión silenciosa de los asesinatos de los

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generales Von Schleicher y Von Bredow el 30 de junio de 1934), ese grupo intentó intervenir en 1938.

Al producirse la destitución de los coroneles generales Von Fritsch y Beck, faltó no solamente un propósito consciente del objetivo buscado, sino que también se careció de poder y de posibilidades. Hasta los años 1937-1938, el pueblo y la Wehrmacht habían dado su aprobación a las iniciativas formuladas por Hitler en política exterior, realizables pacíficamente.

El indiscutible éxito de Hitler en Múnich fue seguido por el pacto de amistad con Francia el 6 de diciembre de 1938. Poca gente vislumbraba hasta qué punto cundían la corrupción y la hipocresía en lo interno y en lo externo y tampoco se presentía que Hitler no cumpliría con su palabra y que en realidad quería la guerra.

Durante la conflagración, el problema se hizo notoriamente más difícil para los jefes militares. Sería objetivamente injusto y políticamente torpe negar al soldado alemán el respeto de que ha gozado entre los pueblos cultos, aunque fueran adversarios. El juicio histórico siempre ha superado las maldiciones circunstanciales de un enemigo vencido. Nadie pensó jamás en hacer comparecer ante un tribunal a los soldados de los bandos contrarios que combatieron en las guerras de religión de los siglos XVI y XVII. Nadie acusó a los mariscales, a los oficiales y a los soldados de Napoleón y, por lo tanto, de Francia, aunque él hubiera sido considerado como agresor por las otras naciones unidas en su contra. Las ejecuciones en masa del duque de Alba en 1568 y el comportamiento de los Estados del Norte después de la Guerra de Secesión en Norteamérica, no son sino excepciones que confirman la regla.

En un cuerpo de oficiales esencialmente organizado para un Estado monárquico, no cabía una formación que incluyera críticas al jefe supremo y, menos aún, la necesidad eventual de un golpe de Estado. Ello constituía su fuerza mientras el mando del ejército fuera ejercido por un monarca que a su vez se sentía responsable ante Dios. Pero también implicaba una debilidad, cuando los destinos de la Wehrmacht estuvieron bajo la dirección de un hombre sin Dios.

El cuerpo de oficiales de la Reichswehr fue mantenido conscientemente fuera de la política desde 1920. Ello se debió a las exigencias de la estructura estatal y al sentido de seguridad de los hombres de gobierno. Sin embargo, este alejamiento de la política casi nunca

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llevaba a una diferenciación clara entre política de partido y una verdadera política.

De este modo no podían reunirse debidamente las experiencias necesarias y la formación de una sana crítica sufrió con esta negligencia. Ciertamente, los altos mandos durante la guerra no supieron distinguir siempre entre la obediencia debida a Dios y a la conciencia y la obediencia debida a los hombres. Pero esta inseguridad no es exclusiva de Alemania. Una negativa a obedecer o la preparación de un golpe de Estado hacían necesario en los altos mandos —y solamente para ellos— una profundidad y una amplitud de miras particulares, así como un «coraje civil metafísico».

Semejante decisión hubiera resultado más factible para nuestros mejores hombres de no surgir en Casablanca la exigencia de una capitulación sin condiciones, de una «rendición incondicional» que, para el soldado, constituye un obstáculo psicológico difícil de franquear.

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CAPÍTULO II

SITUACIÓN EN EL OESTE ANTES DE LA INVASIÓN

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Cuartel general de Rommel. Château la Reoche-Guyon a orillas del Sena.

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Rommel y su personal en el Canal, a finales de abril de 1944.

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LA SITUACIÓN DEL ENEMIGO

E L 1 de abril de 1944, poco después de ser nombrado jefe del Estado Mayor del Grupo de Ejércitos B, me preguntaron en Obersalzberg si creía que los Aliados efectuarían en cualquier caso el ensayo de una gran invasión. El comandante en jefe del Grupo de Ejércitos B, el mariscal Rommel, y su estado mayor, nunca dudaron de que cabía esperar una

inminente ofensiva, decisiva para el curso de la guerra.

En Gran Bretaña se encontraban estacionadas unas setenta y cinco formaciones, cada una con una fuerza equivalente a una división. Según se pensaba en el grupo de ejércitos, 65 de ellas estaban formadas por oficiales y soldados del ejército activo, con años de entrenamiento, listas para ser utilizadas de inmediato en una operación de desembarco. Se trataba de 40 a 45 divisiones británicas y de 20 a 25 divisiones estadounidenses. Estas unidades estaban altamente motorizadas o mecanizadas (divisiones acorazadas) y a ellas se sumaban 7 divisiones aerotransportadas. Todas se hallaban bajo el mando supremo del general estadounidense Dwight D. Eisenhower y estaban constituidas por el 12.º grupo de Ejércitos del general Omar N. Bradley, con el 1.er y 3.er Ejércitos de Estados Unidos, de los generales Courtney H, Hodges y George S. Patton; y por el 21º Grupo de Ejércitos del mariscal sir Bernard L. Montgomery, con el 1.er Ejército canadiense y el 2.º británico, de los generales H. D. G. Crerar y Miles C. Dempsey, respectivamente.

Si alguna duda hubiera quedado sobre las posibilidades de realización de una invasión, debió quedar disipada con las noticias llegadas en marzo de 1944. Desde el Mediterráneo y el sur de Italia habían sido transferidas a Gran Bretaña valiosas formaciones británicas y americanas (la 1.ª y la 7.ª Divisiones Acorazadas, la 1.ª División Aerotransportada, la 51.ª División de Infantería británicas y la 1.ª y 9.ª Divisiones de Infantería estadounidenses), además de una formación especial de desembarco y el tonelaje naval adecuado.

Con estos movimientos se desplazaba el centro de gravedad operativo desde la zona del Mediterráneo a las islas británicas. Italia quedaba convertida en un teatro de operaciones secundario.

Tanto el armamento como el equipo de las divisiones aliadas eran sobresalientes. No faltaba en ellos ningún adelanto de la técnica más

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reciente. Puertos artificiales independizaban a las fuerzas de desembarco del uso de otros permanentes. Pistas enrollables de acero convertirían rápidamente una pradera en un aeródromo utilizable. Un pipeline bombearía combustible hacia el otro lado del Canal de la Mancha, resolviendo así el problema decisivo del abastecimiento. Nuevos puentes de acero permitían superar, con seguridad y rapidez, los cursos de agua y otros obstáculos semejantes.

Las marinas de guerra de los Estados Unidos y de Gran Bretaña estaban concentradas en los puertos y las bahías del Reino Unido. Su tonelaje permitiría el traslado simultáneo de 20 divisiones. Cabía esperar una rápida sucesión de idas y venidas, en razón de la corta distancia desde las playas hasta los puertos de partida y la buena protección aérea. La Aviación aliada, con sus 17 000 aparatos de primera línea, disponía de fuerzas suficientes para llevar adelante una campaña de bombardeos estratégicos contra la retaguardia alemana y al mismo tiempo cooperar en una operación de desembarco de gran envergadura.

Los Aliados disponían desde antes de la guerra de un bien cuidado servicio de espionaje, ayudado e impulsado por el movimiento de Resistencia. Ésta, cuya actividad había ido en aumento a partir del invierno de 1943-1944, no tenía un papel muy destacado al norte del Loira. Hasta la primavera de 1944 no hubo actos de sabotaje de gran envergadura.

Todos los indicios de una invasión inminente, especialmente cuando comenzó a intensificarse la ofensiva aérea entre abril y mayo de 1944, fueron prolijamente registrados y vigilados sobre mapas y cartas por el Estado Mayor del Grupo de Ejércitos B.

Las incursiones aéreas, los bombardeos, los ataques por sorpresa de formaciones navales enemigas, la colocación de minas, los dragados y los actos de sabotaje de la Resistencia, se concentraban en una zona situada entre el Somme y la línea Saint-Malo-Orleans. Sin embargo, la valoración exacta del potencial enemigo se hacía tanto más difícil cuanto que la documentación respectiva era «puesta a punto» por la siguiente serie de autoridades alemanas: Comandante en jefe del Oeste, Mando Supremo del Ejército, Sección Ejércitos Extranjeros del Oeste y OKW. Una orden «fundamental» del comandante en jefe del Oeste había prohibido terminantemente todo colaboración directa entre el Grupo de Ejércitos y el Abwehr (el Servicio de Inteligencia alemán), encargado de suministrar

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información sobre el enemigo al OKW. Fue por ello por lo que el grupo de ejércitos no dispuso de datos sobre el movimiento de resistencia en Francia y su eventual colaboración con las fuerzas armadas aliadas en caso de invasión. La información que recibía nunca era de propia mano. Por otra parte, el mando del grupo de ejércitos no contaba en su estado mayor con ningún oficial especializado del Abwehr.

Las noticias, tanto de índole militar como política, debían ser obtenidas de forma subrepticia. El mariscal carecía de informes oficiales sobre el desarrollo de las operaciones en Italia y en el Este. Podía estar agradecido a que, gracias a «sus buenas relaciones», estaba al día de lo que acontecía más o menos sobre la marcha. Además, los teléfonos y otros medios de comunicación se habían de utilizar con mucha precaución.

La falta de información se hizo más grave cuando se empezó a hablar de la posibilidad de un segundo desembarco. En el campo de la técnica armamentística se echaba en falta una mejor comunicación sobre las diferentes posibilidades de las que disponía el mando supremo, tanto de las armas «V» como del desarrollo del arma atómica, o sobre los medios auxiliares de combate de la Marina o los cazas a reacción.

Cuando en abril pareció que las fuerzas de invasión en Gran Bretaña estaban listas, el interés principal se centró en averiguar «cuándo» se produciría el esperado ataque. Las restricciones en los desplazamientos dentro de las islas británicas, la incorporación a la lucha de la Home Guard y las correspondientes quejas dentro de la economía inglesa y, sobre todo, el incremento de la ofensiva aérea, constituían síntomas de que se acercaba el comienzo de la lucha, que en todo caso dependía también de la situación meteorológica. El OKW, siguiendo la hipótesis de la Kriegsmarine, señaló el 18 de mayo como el día «seguro» en que empezaría la invasión. Al pasar la fecha sin que ocurriera acontecimiento alguno, el Grupo Oeste de la Marina pasó su estimación sobre el momento de la invasión al mes de agosto.

Para el mariscal Rommel la invasión se podía producir en cualquier momento y preparaba sus tropas en consecuencia. Cada hora ganada implicaba un beneficio para los preparativos políticos y estratégicos y para una mejora de la fuerza defensiva. Él propuso en reiteradas ocasiones un ataque destinado a localizar la concentración de fuerzas de invasión enemigas, causándoles la perturbación consiguiente. Estos propósitos debían llevarse a cabo con ataques submarinos contra los puertos ingleses,

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con las nuevas minas de contacto cuya fabricación prohibió Hitler, con ataques aéreos sobre las zonas de reunión de hombres y de material, y con el empleo de las V-l, que se postergaba una y otra vez.

En abril de 1944, el mariscal preveía que los puntos de desembarco se localizarían en los estuarios de los ríos Somme, Bresle, Arques y Sena, con los puertos de Abbeville y el Havre, la costa de Calvados, la península de Cotentin, y Cherburgo. Consideraba que para las tropas de invasión era de vital importancia apoderarse con rapidez de un puerto apto para poder actuar con eficacia. Pero no vislumbraba la importancia que podía llegar a tener un «puerto artificial» como el que fue puesto en uso por sorpresa en la costa de Calvados en el mes de junio.

La superioridad aérea de los Aliados era indiscutible. Sin embargo, la Kriegsmarine se negaba a admitir la posibilidad de un desembarco en la bahía del Sena y a lo largo de la costa de Calvados, a causa de los arrecifes allí existentes. Ése era el motivo por el cual las fortificaciones en esa parte de Normandía no tenían una gran relevancia.

Cuando, a comienzos de mayo, las informaciones sobre el enemigo destacaron la importancia de Normandía como lugar de desembarco, el mariscal Rommel solicitó que se le asignara el III Cuerpo de Defensa Antiaérea, entonces diseminado por todo el centro y norte de Francia. Con sus cuatro regimientos de defensa antiaérea y sus veinticuatro baterías modernas, aportaba una considerable potencia de fuego defensivo contra aviones y blindados entre el Orne y el Vire. Göring rechazó la petición.

La Kriegsmarine despachó a finales de mayo algunas plataformas de artillería a la desembocadura del Vire. Se trataba de embarcaciones costeras improvisadas y armadas con cañones.

A principios de mayo, mientras Hitler esperaba un desembarco en el Canal de la Mancha, en el cabo Gris-Nez, el mariscal Rommel, en cambio, coincidía menos con esa impresión. Creía que, pese a la proximidad de las bases de partida, el enemigo no se dirigiría contra la zona más poderosamente fortificada. Tampoco en Bretaña, a pesar de las favorables condiciones portuarias, parecía probable un desembarco por la dificultad que entrañarían las operaciones posteriores.

La hipótesis ya expresada por el OKW de que el enemigo podría desembarcar a lo largo de la costa belga y en el estuario del Escalda, fue acogida con reservas por el comandante en jefe del Grupo de Ejércitos B. Parecía contradictoria con la concentración de un gran tonelaje de

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medios de desembarco en los puertos del sur y el oeste de Inglaterra y en Gales. Además, la actividad aérea del enemigo también contradecía esa hipótesis.

El mariscal Rommel abrigaba la convicción de que era probable que se efectuaran una serie de desembarcos sucesivos, ya simultáneos, ya escalonados. Sostenía que el peligro sería mayor en el tramo de costa situado entre el Somme y la bahía de Saint-Malo. Desde otras instancias llegó el anuncio sobre posibles intenciones enemigas de desembarcar en ambas riberas del Gironda y en la costa del Mediterráneo. La idea de que ello ocurriera en la región de Burdeos quedó descartada como imposible. Una invasión por la costa mediterránea, con operaciones subsiguientes en ambas márgenes del Ródano para provocar un desequilibrio en el Frente del Atlántico, fue valorada como una posibilidad secundaria y dio origen al estudio correspondiente.

En lo que se refiere al posterior desarrollo de las operaciones aliadas, el mariscal pensaba que si el enemigo obtenía el éxito en su desembarco

—fuese al norte o al sur del Sena— intentaría como primer objetivo alcanzar París y su gran zona circundante y de ahí avanzaría hacia Alemania reuniendo fuerzas. La conquista de esa región de París le parecía decisiva para los Aliados, por razones operativas, políticas y psicológicas.

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EL MANDO ALEMÁN Y SUS FUERZAS EN EL OESTE

L ASsiguientes:instrucciones de Hitler para la lucha en el Oeste eran las Batalla decisiva en la «Muralla del Atlántico», es decir, establecer la principal línea defensiva a lo largo de la costa y mantenerse allí en una resistencia llevada al extremo. Los intentos enemigos de invasión debían ser frustrados antes y durante el desembarco; las fuerzas desembarcadas

debían ser aniquiladas mediante una contraofensiva inmediata.

Quedaba prohibida toda la libertad de iniciativa en las operaciones del Frente Occidental. Se ordenaba defender cada pulgada del terreno. Se prohibían también los estudios estratégicos referentes a las posibles intenciones del enemigo en territorio francés después del triunfo de un desembarco.

Se proscribía así toda iniciativa intelectual, pese a que las experiencias en otros escenarios bélicos habían demostrado claramente que desistir de esa libertad para operar sólo redundaba en perjuicio propio.

El comandante en jefe de las fuerzas británicas, después de la derrota en el continente y la evacuación de Dunkerque en junio de 1940, había elaborado planes más amplios y profundos de cara a rechazar una posible invasión alemana de las islas. Se correspondían con las directivas estratégicas de Winston Churchill.

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LA ORGANIZACIÓN DEL MANDO

L A ARTICULACIÓN del mando, adoptada en el Oeste, no respondía

ni a las leyes —permanentes en el tiempo— de la estrategia militar, ni a las exigencias del momento y de la razón. Hitler creía poder aplicar también a la conducción de la guerra el principio revolucionario que siempre adoptaba, consistente en la división de las fuerzas. Se aprovechaba así de los conflictos que surgían entre ellas. Ello no sólo llevaba a situaciones de confusión en el mando, sino también al caos en las órdenes a impartir. Bajo el mando del comandante en jefe del Oeste (Mariscal Von Rundstedt) se encontraban el Grupo de Ejércitos B (Mariscal Rommel) en el sector que iba desde los Países Bajos hasta la desembocadura del Loira y el Grupo de Ejércitos G (Mayor general Blaskowitz) en el sector que comprendía la desembocadura del Loira, la frontera española, el Mar Mediterráneo y los Alpes. El mando del Grupo Naval Oeste (Almirante Krancke) recibía sus órdenes directamente del comandante en jefe de la Kriegsmarine. La 3.ª Flota Aérea (Mariscal Sperrle) las recibía de Göring.

Con esta organización era pues imposible que las operaciones navales y aéreas fueran dirigidas o coordinadas por el comandante en jefe del Oeste o por el Grupo de Ejércitos B. Sus comandantes en jefe quedaban informados sólo en parte, o demasiado tarde, de los propósitos de aquellas dos armas. Tampoco podían estar seguros de que fueran aceptadas las proposiciones que formulaban.

Además, el mariscal Rommel había recibido orden del Führer de controlar el estado de las defensas de todo el frente que iba desde Dinamarca hasta el golfo de Vizcaya, y luego seguía por los Pirineos y el mar Mediterráneo hasta la frontera de los Alpes, así como de unificar las medidas defensivas generales. Pero carecía de un mando efectivo. Sólo se le autorizaba a rendir cuenta directamente a Hitler o al OKW. Y también debía informar al comandante en jefe del Oeste.

Los comandantes militares de Francia (General de Infantería Karl Heinrich von Stülpnagel), de Bélgica y el norte de Francia (General de Infantería Alexander von Falkenhausen) y de Holanda (General de Aviación Christiansen) estaban militarmente bajo las órdenes del comandante en jefe del Oeste y dependían en forma directa del OKW para

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todas las cuestiones relativas a la administración y a la utilización estratégica del territorio. El poder ejecutivo en los países ocupados era ejercido desde la primavera de 1942 por altos funcionarios de la SS y de la Policía, coordinados con el Servicio de Seguridad. Todos recibían las órdenes directamente de Himmler, quedando fuera del conocimiento de los comandantes militares. De este modo, el comandante en jefe del Oeste se encontraba casi siempre ante hechos consumados, tratárase de deportaciones o de ejecuciones, para no mencionar más que estas dos graves cuestiones.

Aparte de ello, dichos altos funcionarios de la SS y de la Policía vigilaban también a la Wehrmacht a través de los agentes del Servicio de Seguridad.

La situación política en Francia era particularmente difícil a causa de las disensiones entre el Partido y las SS. La propia embajada alemana en París, a cargo del embajador Abetz, era por sí misma una contradicción, ya que no existía un estado de paz entre Alemania y Francia. Mucha mayor vigencia tenía, pese a numerosas interrupciones, el estatuto jurídico de país ocupado. Abetz recibía sus instrucciones de Ribbentrop y trabajaba junto con el Gobierno de Vichy. Pero quedaba desautorizado cuándo y cómo lo creían necesario Hitler y Himmler.

El anciano mariscal Pétain se sentía engañado por todas las autoridades políticas y en reiteradas oportunidades no lo ocultó a los propios alemanes.

La Organización Todt actuaba también por su cuenta, siguiendo las así llamadas «órdenes del Führer», a través de las instrucciones del ministro de Armamentos y Municiones y, en ocasiones, del OKW. También en estas cuestiones al comandante en jefe del Oeste le quedaba tan sólo la facultad de proponer, pero no la de mandar. Prueba elocuente de tal disparidad de criterios la daban las diversas fortificaciones construidas en la costa y en las islas del Canal de la Mancha.

El Grupo de Ejércitos B, con sus 2000 kilómetros de línea defensiva, no tenía competencia alguna en materia de fortificaciones. En esta cuestión debía sumergirse en el infinito y estéril laberinto de la burocracia. Todas sus actuaciones terminaban en fracaso. La Organización Todt estaba sobreorganizada y sobreequipada, a tal punto que con frecuencia construía por construir, sin tener en cuenta las necesidades y las urgencias militares. El ministro Speer trató de remediar la situación, pero fue demasiado tarde.

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Al producirse la retirada de Francia, las altas instancias de las SS y de la Luftwaffe replegaron sus unidades sin tener en cuenta la situación militar, con el pretexto de buscar posiciones de apoyo más cercanas a Alemania. Se asistió entonces a una verdadera fuga, en la que se buscaba evitar que las tropas fueran sacrificadas inútilmente. En condiciones tan precarias y desgraciadas era con frecuencia imposible convertir en realidad las instrucciones operativas del Mando Supremo en el Oeste.

El mariscal Rommel se remitió a sus anteriores experiencias en la zona del Mar Mediterráneo y a los ejemplos provenientes de los Aliados en la Primera y Segunda Guerras Mundiales. En efecto, para la invasión las fuerzas terrestres, navales y aéreas de Estados Unidos y de Gran Bretaña, fueron puestas bajo el mando de un comandante en jefe, el general Eisenhower, del Ejército estadounidense. Rommel reclamó verbalmente y por escrito que los tres ejércitos y la Organización Todt quedaran bajo sus órdenes y en su jurisdicción de mando, con el objeto de realizar con sentido unificador una tarea decisiva de defensa. Esta proposición, reiterada varias veces, fue rechazada de forma contundente.

Hitler buscaba una situación fluctuante en las condiciones del mando. No quería ver demasiado poder en una sola mano y menos aún en la mano de Rommel. La causa nacional fue sacrificada en aras de la desconfianza del Mando Supremo.

Con ese Divide et impera, el Oeste perdió su unidad y quedó librado a la anarquía.

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EL MARISCAL ROMMEL Y EL ESTADO MAYOR DEL GRUPO DE EJÉRCITOS B

L A SEDE del mando del Grupo de Ejércitos B estaba instalada cerca del frente, en el castillo de La Roche-Guyon, situado sobre el borde occidental de la bendita Île-de-France, en un gran recodo septentrional del Sena, entre Mantes y Vernon, a 60 kilómetros de París aguas abajo. El castillo de los Duques de La Rochefoucauld era una señorial morada normanda cuyos orígenes se remontaban al año 1000, cuya fachada había sido construida sobre unos peñascos. Las ruinas de la fortaleza, con su

torreón visible a lo lejos, coronaban pintorescamente la colina.

Sólo un reducido Estado Mayor operacional había sido llevado al castillo. El mariscal no lo había hecho evacuar para que la familia ducal pudiera continuar viviendo allí. En la «Sala de Armas» pendía el cuadro del más célebre de los duques de La Rochefoucauld, mariscal y autor de las Máximas, cuya influencia sin, embargo no era perceptible en el lugar. El filántropo y político duque de La Rochefoucauld-Liancourt había nacido en ese mismo castillo.

El mariscal ocupaba un sencillo departamento de la planta baja, que daba a una terraza adornada con rosas. En su gabinete de trabajo se vivía una atmósfera de vieja cultura francesa, con magníficos gobelinos y un escritorio estilo Renacimiento, con incrustaciones, sobre el cual Louvois había suscrito en 1685 la revocación del Edicto de Nantes. Cuando se intensificaron los ataques aéreos enemigos después de iniciada la invasión, Rommel, de acuerdo con el duque, dispuso que esos tesoros artísticos fueran escondidos y preservados en la capilla existente bajo las rocas. Allí permanecieron intactos.

El Estado Mayor del Grupo de Ejércitos B sólo estaba concebido como un pequeño estado mayor de trabajo. Estaba constituido por mí, teniente general Dr. Hans Speidel, como jefe del Estado Mayor; por el I A, coronel Von Tempelhoff; por el I C, coronel Staubwasser; por el II A, coronel Freyberg; por los comandantes de las diferentes armas: coronel Lattmann (Artillería), teniente general Dr. Meise (Ingenieros), teniente general Gehrke (Transmisiones) y por el oficial de enlace de la Kriegsmarine, vicealmirante Friedrich Ruge[1]. Comprendía, además, un oficial del Estado Mayor General de la Luftwaffe, algunos oficiales de ordenanza y el

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redactor del diario de guerra. La Sección del Cuartel General, que no tenía facultades ejecutivas, fue disuelta antes de la invasión y sus tareas fueron asignadas al responsable de Logística en Francia. Contrariamente a las órdenes, el Grupo de Ejércitos B no contaba en su Estado Mayor a un oficial de control nacionalsocialista. Este hecho le fue reprochado más tarde al jefe del Estado Mayor General durante los interrogatorios de la Gestapo. Al tomar posesión de su cargo en agosto de 1944, el mariscal Model estableció enseguida este órgano de vigilancia, facultado para informar de forma inmediata a Himmler y a Bormann.

En el seno del Estado Mayor el trabajo se llevaba a cabo en perfecto entendimiento y una estrecha simpatía personal; reinaba una gran armonía así como un perfecto equilibrio intelectual. Se dejaba a los colaboradores la mayor iniciativa posible. Durante las «tranquilas» jornadas previas a la invasión, el mariscal dedicó su tiempo a una intensa labor. Prácticamente todos los días realizaba visitas a las tropas, sin apenas escolta, y muchas veces, simplemente acompañado por el capitán Lang y a menudo también por el vicealmirante Ruge, un hombre de gran cultura y personalidad caballeresca, al que dispensaba una especial confianza. Salía entre las 5 y las 6 de la mañana, tras haber desayunado a solas conmigo como jefe del Estado Mayor del Grupo de Ejércitos, y haber tratado juntos las cuestiones más urgentes. Salvo durante una breve interrupción al mediodía para comer en alguna unidad de primera línea, seguía su ruta hasta bien entrada la tarde. A su regreso comenzaban las reuniones hasta la hora de la cena, que era sencilla y la misma del personal subalterno del Estado Mayor. El mariscal comía en compañía de sus más cercanos colaboradores —unos diez o doce oficiales— a los que se sumaban diariamente algunos invitados. Era sobrio, bebía poco y jamás fumaba. En la mesa se mostraba dispuesto a unirse a cualquier conversación. Después de comer realizaba su paseo por el romántico parque del castillo, a menudo conmigo y con el almirante Ruge. Gozaba mirando bajo dos cedros majestuosos el paisaje apacible del valle del Sena y el cielo hacia el oeste. Tras algunas reuniones más se retiraba a descansar.

En las visitas al frente explicaba sus planes a los oficiales y a los hombres y sabía mantener el justo equilibrio entre elogios y reproches. Daba especial significado al comportamiento de la tropa con los habitantes del país. Insistía a menudo en la necesidad de respetar las leyes humanitarias tanto en tiempo de guerra como de paz, así como de cumplir

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con exactitud las prescripciones del derecho de gentes, y bregaba por una caballerosidad que parecía extraña en nuestro tiempo y era definida como debilidad por la mentalidad de Hitler.

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LA ORGANIZACIÓN DE LAS FUERZAS ALEMANAS EN LA PRIMAVERA DE 1944

El Ejército

B AJO las órdenes del comandante en jefe del Grupo de Ejércitos B, el mariscal Rommel, se encontraban en abril de 1944 dos ejércitos con ocho cuerpos de ejército, 24 divisiones de Infantería y 5 divisiones

pertenecientes a la Luftwaffe. Su distribución era la siguiente:

El comandante en jefe en los Países Bajos era el general de aviación Christiansen, al que los soldados llamaban «Krischan». Se había destacado durante la Primera Guerra Mundial al mando de un crucero auxiliar, por lo que recibió la orden «Pour le mérite». Luego pasó a la aeronáutica naval. Después de 1933 fue ascendido a general de división en el ejército activo y destinado a la Luftwaffe. Era un marino franco y leal, pero no poseía ni la experiencia, ni la cultura, ni las facultades intelectuales propias de un comandante de ejército. En cuanto a la estrategia terrestre, escapaba del todo a su entendimiento. Su promoción a comandante en jefe era insólita; sin tener en cuenta las exigencias militares, Göring sólo quería asegurar una posición-clave para un procónsul de toda su confianza. Su jefe de estado

mayor, el teniente general Von Wühlisch —procedente de la Caballería y del Estado Mayor General— trataba de suplir las deficiencias de Christiansen. Éste le concedía una completa libertad de acción.

Bajo su mando tenía un cuerpo de ejército, el LXXXVIII, con dos divisiones de Infantería (347.ª y 709.ª) y una división Aérea (16.ª).

El 15.º Ejercito, con 4 cuerpos de ejército (LXXXIX, LXXXII, LXVIIY LXXXI), integrados por 6 divisiones de infantería (la 70.ª —que estaba formada por soldados enfermos del estómago, cuyos padecimientos físicos no les impidieron batirse bravamente—, la 47.ª, la 49.ª, la 344.ª, la 348.ª y la 711ª) y 2 divisiones aéreas (la 17.ª y la 18.ª) en el frente; en retaguardia contaba con 8 divisiones de infantería (64.ª, 712.ª, 182.ª (reservistas), 326.ª, 331.ª, 85.ª, 89.ª y 346.ª) y una división aérea (19.ª).

El comandante en jefe del 15.° Ejército, coronel general Von Salmuth, poseía una gran experiencia táctica y operativa, adquirida tanto en tiempo de guerra como de paz. Había sido jefe del Estado Mayor del mariscal Von Bock en la campaña occidental de 1940 y participado en la campaña oriental de 1941, al frente del XXX Cuerpo de Ejército hasta Crimea. También estuvo al mando del 2.° Ejército en Kursk durante el invierno crítico de 1942-1943.

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Allí fue relevado injustamente al ser puesta en duda su «solidaridad». Era enemigo del régimen nacionalsocialista y preveía la catástrofe que se avecinaba.

El 7.º Ejército contaba con tres cuerpos de ejército (LXXXIV, LXXIV Y XXX), a los que se unió más tarde el II Cuerpo de Paracaidistas, integrados por 8 divisiones de infantería (716.ª, 352.ª, 709.ª, 243.ª (incompleta), 319.ª (en las islas del canal de la Mancha), 266.ª, 343.ª y 265.ª) en el frente; en la retaguardia disponía de 2 divisiones de infantería (84.ª y 353.ª), una división aerotransportada (91.ª) y más tarde 2 divisiones de paracaidistas.

El comandante en jefe, coronel general Dollmann, procedía de la Artillería. Su carrera había transcurrido mayoritariamente en estados mayores y también conocía el mando de tropas. Su experiencia de combate se reducía al cruce del Rin superior en la campaña del Oeste de 1940, que no tuvo un valor decisivo en el transcurso de las operaciones. De salud muy precaria, se sentía profundamente afectado por los métodos hitlerianos. Murió de un ataque al corazón el 29 de junio de 1944 en su puesto de mando. Días antes, Hitler había dispuesto el relevo de Dollmann, que fue rechazado por Rommel.

En cuanto a las formaciones acorazadas, existía en el sector del Grupo de Ejércitos B el «Grupo Acorazado Oeste», formado por un Cuerpo de Ejército (I Cuerpo Panzer de las 88) y 5 divisiones acorazadas (1.ª y 12.ª Divisiones Panzer de las 88, y la 2.ª, la 21.ª y la 116.ª Divisiones Panzer).

En Francia, al sur del río Loira, se hallaban el LVII Cuerpo Panzer con la 9.ª y la 11.ª Divisiones Panzer y la 2.ª y la 17.ª Divisiones Panzer de las 88, descansando o en vías de reorganización.

El Grupo Acorazado Oeste estaba al mando del barón Geyr von Schweppenburg, que se encontraba en París con un Estado Mayor de Instrucción, previsto para más adelante como Estado Mayor del Cuerpo. Dependía del Inspector General de las Tropas Acorazadas, coronel general Guderian, para asuntos relativos a instrucción y organización. Para situaciones operativas quedaba subordinado al comandante en jefe del Oeste.

El general barón Geyr von Schweppenburg poseía una personalidad fuera de lo común. Destacaba tanto en el campo militar como en el político y, como teórico, tenía una consumada experiencia en la guerra moderna. Cuando era agregado militar en Londres, no dudó en señalar el creciente aislamiento de Alemania. Tales advertencias provocaron su relevo.

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A lo largo de los 4000 km del frente del Atlántico estaban desplegadas unas 60 divisiones de infantería «de sector», compuestas mayoritariamente por soldados de edad avanzada, y con estados mayores muy castigados por años de guerra, muy débiles por lo general. Los oficiales, a menudo demasiado veteranos, les impartían una instrucción que no parecía ser la más apropiada. En cuanto al material del que disponían, era visiblemente insuficiente y recordaba al de la infantería de los últimos compases de la Primera Guerra Mundial. Su medio de transporte habitual era el caballo, pero tampoco contaban con un elevado número de animales por lo que las unidades apenas tenían capacidad de movimiento. Ello forzaba a que cada unidad tuviese que buscar la autosuficiencia en cuestión de suministros. Nunca podrían estar al nivel de sus eventuales adversarios, motorizados y ágiles cuando la lucha debía caracterizarse por su movilidad. Esas insuficiencias fueron señaladas reiteradamente por el mariscal Rommel al OKW. Más aún, lo hizo sin subterfugios ante Hitler, a quien demostró la inutilidad de tales divisiones en una guerra moderna. Todas sus propuestas fueron rechazadas. Hitler sostenía que el soldado debía dejarse matar en sus propias fortificaciones y para ello no necesitaba movilidad.

Las formaciones acorazadas aún no estaban completamente reorganizadas y tampoco se había completado su instrucción. Escaseaban los jefes debidamente preparados. Escaseaba el material. No obstante, el valor combativo de las divisiones acorazadas superaba al de las de infantería «de sector», pero no llegaba a un treinta por ciento del de las formaciones semejantes en los años 1940 y 1941. En la instrucción faltaba, ante todo, la tantas veces solicitada cooperación con la aviación, que por el contrario el enemigo había desarrollado notablemente.

El mando de la Luftwaffe mostraba poca comprensión en lo referente a estas exigencias. Ante la falta de una dirección unificada, los ensayos

conjuntos resultaban imposibles de realizar —especialmente en el sector de comunicaciones— por parte del Ejército y la Luftwaffe.

La Kriegsmarine

D URANTE toda la guerra, la Kriegsmarine se encontró ante el trágico dilema de querer sin poder. De acuerdo con su potencia y la situación estratégica, sólo podía ser un arma auxiliar. A medida que se extendía el escenario de guerra, crecieron sus deberes y se sobrepasaron las directivas

originales de Hitler limitadas al continente.

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Relevado el gran almirante Raeder, que se había mantenido deliberadamente fuera de toda política, le faltó a Hitler el equilibrio de la competencia. En mayor medida que el Ejército, la Kriegsmarine estuvo lejos de las concepciones políticas del Alto Mando. Así se puso en evidencia cuando fue designado el gran almirante Dönitz como sucesor de Raeder, contra los deseos y consejos de éste.

Para algunos, el papel de la Kriegsmarine estaba sobrevalorado debido principalmente a que desde la marcha de Blomberg no había coordinación en el seno de la Wehrmacht y no había ninguna autoridad con capacidad para definir claramente las misiones de las tres armas. La falta de unidad en el estudio de los problemas de estrategia general debía hacerse sentir peligrosamente. Al igual que la Luftwaffe, la Kriegsmarine llevaba una vida propia aparte y no siempre demostraba la comprensión necesaria de cara a las exigencias de una estrategia común. Después, más cercana al Partido Nacionalsocialista, veló siempre por sus propias prerrogativas, aunque un número importante de sus jefes mostraba su camaradería en las relaciones con el Ejército.

El comandante en jefe del Grupo Naval Oeste, el almirante Krancke —cuyo jefe de estado mayor era el contraalmirante Hoffmann— se mostró muy celoso de su independencia probablemente a causa de consignas recibidas del gran almirante Dönitz y no llegó a decidirse a prestar un apoyo de gran envergadura cuando se desencadenó la catástrofe. Mientras que, cuando más se los necesitaba, la Kriegsmarine se negó a enviar al frente a los 5000 hombres que estaban acantonados en París, el Grupo Naval Oeste propuso, el 20 de julio de 1944 por la tarde, que podía encargarse de la liberación de los miembros del Servicio de Seguridad (SD) arrestados por disposición del comandante Militar de Francia, es decir, solicitaba llevar a cabo una misión contra el Ejército.

La Kriegsmarine contaba en el Oeste con algunos destructores, entre 10 y 15 torpederos, algunas flotillas de lanchas rápidas y un cierto número de dragaminas, patrulleros, buques-tanque y buques-taller. En caso de invasión, debían zarpar 40 submarinos desde la costa atlántica. Solamente seis llegaron a salir al mar, pero la aplastante superioridad naval y aérea del enemigo no les permitió obtener éxito alguno. El rendimiento de los submarinos resultaba incapaz de compensar sus pérdidas.

Hacía mucho tiempo que no se realizaban reconocimientos marítimos o vuelos de exploración sobre el mar.

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Anticipándonos a los acontecimientos, digamos aquí que, en la tarde del 14 de junio de 1944, un ataque aéreo enemigo destruyó 38 navíos de superficie, incluyendo cuatro torpederos, en el dique y en los refugios para submarinos de El Havre. Estuvieron a punto de quedar fuera de combate todos los torpederos y las lanchas rápidas. El ataque de las escuadrillas enemigas fue efectuado a baja altura y su tarea de destrucción no se vio obstaculizada.

El 29 de junio, según los datos suministrados por el gran almirante Dönitz en Obersalzberg, la Kriegsmarine en el Oeste todavía disponía de un torpedero, 12 lanchas rápidas y 8 submarinos provistos de Schnorkel, un nuevo dispositivo que permitía al submarino repostar oxígeno sin salir a la superficie. Por otra parte, se agravó el caos por el gran número de mandos marítimos, que no se correspondía en realidad ni con los efectivos, ni con las verdaderas misiones de la Marina, añadiéndose a ello la increíble desorganización en la transmisión de órdenes. Un ejemplo de ello se producía en la dirección de tiro de la artillería costera. La Kriegsmarine reivindicaba para sí el mando de la artillería mientras el adversario estuviera en el agua. Una vez constatado el desembarco, dicho mando debía pasar a manos del Ejército. Este esquema conducía a divergencias tácticas fundamentales entre la artillería de la Marina y la del Ejército (elección de posiciones de tiro, de puestos de observación, de abastecimientos, de munición, etc…).

El Grupo de Ejércitos B intentó reiteradamente modificar esas disposiciones, pero las peticiones de Rommel fueron siempre rechazadas por Hitler.

El mando del Grupo Naval Oeste también estuvo confundido respecto del alcance de la artillería naval enemiga. Calculaba que sus disparos alcanzarían los 15 km en las zonas de costas escarpadas y los 20 km donde las costas fueran llanas. En realidad, los proyectiles navales aliados alcanzaron los 35 y 40 km, respectivamente. Así pudieron comprobarlo quienes lucharon alrededor de Caen.

La Luftwaffe

S U PARTICIPACIÓN y su capacidad de acción, tanto en el Oeste como en el mismo Reich, se habían convertido en problemas candentes.

Resultaba imposible obtener del Mando Supremo de la Luftwaffe una información clara sobre sus misiones, sus efectivos y sus posibilidades. El mariscal Herman Göring evitaba toda declaración y sólo daba respuestas propias de pitonisa. En esos meses decisivos nunca trató de formarse una

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impresión personal y solamente trataba de ejercer el mando desde Karinhall o desde Prusia Oriental. No se podía llegar así a explicaciones objetivas, tanto más cuanto que el mismo Göring no parecía estar muy al tanto sobre la situación de su propia arma.

La 3.ª Flota Aérea tenía como comandante en jefe al mariscal Sperrle, cuyos jefes de estado mayor fueron primero el teniente general Koller y después el mayor general Plocher. Dependía directamente del mariscal Göring. El OKW sólo podía ejercer un mando relativo. El mariscal Sperrle poseía una personalidad sumamente vital, pero a medida que se dio cuenta de la nefasta organización, pasó a estar dominado permanentemente por la cólera y la ironía. Trató de ayudar donde fuera posible, con espíritu de camaradería, ya que compartía las concepciones políticas de Rommel. Al final fue el chivo expiatorio de Göring y fue relevado por Hitler el 18 de agosto.

Según las informaciones proporcionadas por la 3.ª Flota Aérea, a principios de junio Alemania sólo contaba en el Frente Oeste con unos 500 aviones, de los que 90 eran bombarderos y 70 cazas, insuficientes ante la superioridad del enemigo. Jamás se hizo efectiva la promesa de un primer suministro de 1000 cazas a reacción, que Hitler me hizo personalmente el 1 de abril de 1944.

En cuanto al enemigo, éste apoyó su operación de desembarco del 6 de junio con unas 25 000 salidas aéreas.

Las fuerzas aéreas de Gran Bretaña y de Estados Unidos dominaban el espacio aéreo desde la primavera de 1944 y paralizaban cualquier actividad alemana de vuelo. Ya no se podían obtener informaciones satisfactorias ni fotografías aéreas de las islas británicas y, sobre todo, de las fuerzas existentes en los puertos y navegando en la zona del Atlántico más próxima al continente. Tampoco resultaban posibles, ante los vuelos incesantes del enemigo, las incursiones defensivas y de ataque, organizadas concentrando las fuerzas sobre puntos neurálgicos. Los cazabombarderos del enemigo, bien tripulados y con avanzado desarrollo técnico, impedían cualquier movimiento durante el día y producían pérdidas cuantiosas. Sus formaciones destruían nudos ferroviarios y viales, así como todo tipo de construcciones, hasta tal punto que los problemas de abastecimiento, en caso de invasión, podían llegar a ser gravísimos. Los daños en la red ferroviaria al oeste de la línea Bruselas-París-Orleans, convertían en imposible todo envío regular por esa vía desde mediados de mayo. El transporte por carretera estaba vedado por falta de vehículos y de combustible. Las deficiencias en los suministros ya

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habían causado el desastre en la ofensiva de África de 1942 y en las operaciones en el Frente del Este del mismo año. Lo fueron también más tarde en la guerra de movimiento librada en el Frente del Oeste. Todos los pasos del Sena al sur de París y los puentes del Loira entre Orleans y el mar, habían quedado pulverizados por los ataques aéreos antes del 6 de junio de 1944. Pese a reiteradas sugerencias, no fueron construidas pasarelas bajo el agua. Tampoco había el suficiente material para la construcción de puentes de emergencia. En cambio, las operaciones aéreas adversarias aumentaban atacando territorio alemán y el de los países ocupados.

Debe destacarse, sin embargo, que pese a la abrumadora superioridad del enemigo, los escasos aviadores alemanes seguían despegando aunque sin perspectivas de éxito, en la medida en que se los permitía la obra destructiva de los Aliados en los aeródromos.

Ya desde antes de la invasión, el mariscal Rommel no cesó de señalar a Hitler, verbalmente y por escrito, la significación de la lucha por tierra, mar y aire y, dentro de ella, el gran factor negativo que suponía la inferioridad de nuestra arma aérea. Hacía comparaciones en base a la experiencia adquirida tanto en operaciones como en cuestiones de logística en África. Cara a cara con Hitler, llegó a manifestarle que «en el quinto año de guerra, el mando supremo debía darse cuenta que la acción coordinada de la aviación y las fuerzas terrestres no sólo sería decisiva en la batalla, sino también en el resultado final de la guerra». Sus ruegos y sus advertencias cayeron en saco roto. Hitler se libró de él con promesas sobre nuevas armas y la incorporación de miles de cazas a reacción.

Rommel no se contentaba con esas alusiones a las «armas milagrosas». En diferentes ocasiones solicitó al ministro Speer información sobre el estado de dichas innovaciones y sus avances, así como su eventual puesta en funcionamiento.

Se le respondió que había un largo camino entre la investigación científica y la fabricación técnica de la bomba atómica. Sin duda, el profesor Otto Hahn había creado los métodos científicos, pero para su realización faltaba el poderoso potencial del que sólo disponía Estados Unidos.

Durante los primeros ensayos alemanes realizados en la primavera de 1943, las instalaciones donde se fabricaba el agua pesada en Noruega fueron destruidas por comandos británicos y noruegos y, tras su nueva puesta en marcha en octubre de 1943, fueron definitivamente arrasadas por un ataque aéreo. El profesor Wemer, de Heisenberg-Göttingen, declaró: «A menudo los británicos y los estadounidenses nos han preguntado por qué, en esa época,

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Alemania no trató de hacer bombas atómicas. La respuesta más simple es que esta empresa no podía conseguirse durante el transcurso de la guerra».

En esta cuestión, podemos destacar nuestra inferioridad aérea. Analizando lo sucedido en la operación de lanzamiento de la primera bomba atómica en agosto de 1945 por parte de la aviación estadounidense, era necesario contar con superioridad aérea para poder llevar la bomba hasta su objetivo con plenas garantías de seguridad.

Rommel también criticó en varias ocasiones, tanto en conversaciones como por escrito, cómo estaba organizada la Luftwaffe. Por ejemplo, en el Oeste contaba con una red de información desmesurada, que requería de más de 50 000 hombres. Los servicios de retaguardia en el Frente Occidental contaban con unos 300 000 hombres. No sumaban, como es lo habitual en otras fuerzas aéreas, diez veces el número del personal de vuelo, sino cien veces. Estas cifras sólo pueden explicarse por la necesidad de Göring de poseer unas fuerzas propias tanto o más importantes que las de Himmler: una característica habitual de todos los grandes jefes revolucionarios.

La Luftwaffe también tenía bajo su mando —contrariamente a cualquier lógica y a las peticiones del grupo de ejércitos— al III Cuerpo de Defensa Antiaérea, que recibía las órdenes directamente de París (III Luftflotte) o de Prusia Oriental (Göring). Al principio de la invasión, este cuerpo estaba mal distribuido y no pudo ser desplazado con la suficiente rapidez. El empleo concentrado de su potencia de fuego pudo tener una importancia capital durante los primeros días de la invasión; pero este excelente cuerpo no pudo actuar nunca en los puntos críticos aportando unidad en la dirección de fuego y en la defensa antiaérea. Durante la Batalla de Normandía, el general al mando del III Cuerpo de Defensa Antiaérea fue llamado a presencia de Göring y estuvo ausente durante varios días, sin que el grupo de ejércitos fuese informado.

En el cielo tuvieron lugar las mismas escenas ya vividas en África e Italia, pero aún con mayor desequilibrio. El enemigo dominaba el espacio aéreo sobre el frente, sobre los territorios ocupados y sobre Alemania. Los pilotos alemanes habían desaparecido del cielo.

Los errores cometidos en la elaboración de los planes, en la organización y en el mando habían desgastado al arma aérea antes de la batalla decisiva. Todas las iniciativas tomadas de cara a una guerra aérea estratégica habían fracasado. La guerra en el aire sobre Inglaterra tras la evacuación del grueso del cuerpo expedicionario en Dunkerque en 1940, la supresión de la flota de invasión, la Batalla del Atlántico, la defensa contra los ataques

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angloamericanos sobre Alemania, el fracaso en el aprovisionamiento de Stalingrado, de Cherkassy, de Crimea y de África por vía aérea, constituyeron los tristes capítulos de esta historia. Nuestros valientes pilotos fueron víctimas de su mando.

Por el contrario, la fuerza aérea angloamericana estaba acelerando eficazmente el final de la guerra en el Oeste y en Alemania.

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Tanques alemanes moviéndose hacia el frente de Normandía.

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Invasión de las fuerzas estadounidenses de las costas francesas del Canal.

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LA MURALLA DEL ATLÁNTICO

L A MURALLA del Atlántico era una fortificación costera lineal cuya solidez era variable. En los puntos en los que el Mando Supremo de

la Wehrmacht creía que podía producirse un desembarco y en los puntos vitales, a lo largo del Canal de la Mancha, especialmente en el cabo Griz-Nez, en la desembocadura del Sena, en el bastión septentrional de Cotentin, en las islas anglonormandas, en Brest y en Lorient, las tareas de fortificación fueron intensas. Por el contrario, cuando el mariscal Rommel asumió el mando, la costa de Calvados, en especial frente a Bayeux, quedó desguarnecida.

En 1941, Hitler decidió que la línea principal de resistencia debía establecerse en la misma costa. Debido a la longitud de las costas, sólo se podía contemplar la creación de un sistema de puntos fortificados. La costa del Canal de la Mancha y el grupo de islas anglonormandas frente a Saint-Malo, las islas de Jersey, Guernesey y de Serq debían ser transformadas en fortalezas «extremadamente poderosas», de acuerdo con un plan a llevar a cabo en un plazo de ocho años. Ésa era la idea de Hitler. Fue de este modo como nacieron los grupos de «baterías ofensivas» del cabo Gris-Nez, con las Baterías Lindemann (3 baterías de cañones de 406 mm), Grosser Kürfurst (4 cañones de 280 mm), Todt (4 cañones de 380 mm) y Friedrich-August (3 baterías de 303 mm). Éstas debían servir de apoyo a toda la estructura defensiva en el Canal de la Mancha.

En el grupo de las pequeñas islas anglonormandas se montaron, en la primavera de 1944, ocho baterías pesadas con cañones de 320 mm, mientras que en esa misma época, a lo largo de todo el frente, desde Dieppe hasta Saint-Nazaire —más de 1000 kilómetros—, se disponía de la misma cantidad de baterías con 37 cañones. Una división, reforzada por un regimiento blindado y un regimiento antiaéreo, se haría cargo de dichas piezas. No se construyeron aeródromos, aunque las islas anglonormandas sólo podrían haber tenido relevancia siendo utilizadas como «portaaviones». Rommel era un adversario encarnizado de esta fortificación insular y solicitó la retirada de su guarnición, cuya presencia allí era inútil.

El conjunto del sistema de fortificaciones adolecía de una idea directriz y de material. También había sufrido problemas administrativos,

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consecuencia lógica del caos en el mando.

En 1944 las costas contaban básicamente con puntos de apoyo fortificados, dotados de estaciones de radar, de puestos de mando y de posiciones de baterías. Pero los refugios no eran más que fortificaciones en muy pocos casos construidas con hormigón por falta de material. Los puntos de apoyo aislados a veces distaban varios kilómetros. La Marina había decretado que en la costa entre los ríos Orne y Vire apenas había riesgo de desembarco debido a su constitución geológica, abundante en acantilados. Una división y media mantenía este sector de cerca de 50 kilómetros de longitud.

Tras la primera inspección general realizada durante el invierno de 1943-1944, Rommel declaró estar muy decepcionado ante la realidad de la Muralla del Atlántico, mucho menos poderosa de lo que se decía. A partir de ese momento, intentó recuperar el tiempo perdido poniendo a las tropas a trabajar a lo largo de toda la costa normanda. Elaboró nuevos medios susceptibles de complicar el desembarco enemigo.

Todas las medidas relativas a la defensa de las costas, es decir los planes y la ejecución de las fortificaciones, fueron elaboradas por ingenieros que carecían de la adecuada formación táctica y estratégica, de una visión de conjunto de la situación general de la guerra, y de la experiencia necesaria que les permitiese colaborar mejor con la Wehrmacht.

Entre 1941 y 1943, fue imposible poner en marcha un plan de fortificaciones coordinado, debido a las concepciones diferentes que presidían las actuaciones del Ejército, la Marina y la Organización Todt, en materia de defensa costera, y en particular en la instalación de baterías. Rommel impuso una reforma profunda en el estudio de estas cuestiones. No sólo aportó un gran interés personal sino también unos extraordinarios conocimientos técnicos que inquietaron profundamente a los profesionales de las fortificaciones. Sus órdenes contenían diseños hechos a mano en los que se combinaban inventos con sugerencias originales.

Para hacer más difícil un desembarco enemigo hizo instalar obstáculos frente a las playas, como si se tratase de un arrecife de coral artificial. Las rutas de acceso en aguas más profundas fueron minadas y se preparó un plan de inutilización de puertos.

La línea alcanzada por la marea en las playas se convirtió en la línea principal de resistencia y, a lo largo de toda la costa, se organizó una línea

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de puntos de apoyo, unidos por campos de minas. Sin embargo, la potencia de fuego de la artillería —sólo había una batería cada 18 o 20 kilómetros— no pudo ser notablemente reforzada, sobre todo por la falta de dispositivos de dirección de tiro.

Pero, también en este aspecto, el mariscal buscó soluciones y aprobó una propuesta planteada por la 21.ª División Panzer. Agruparía piezas para disparar en salvas, con unos efectos parecidos a los de los llamados «Órganos de Stalin», que barrerían el sector de mar frente a las playas. Sin embargo, esto se llevó a cabo demasiado tarde.

Para precaver el riesgo creciente de ataques aéreos concentrados, los refugios de tropas fueron dispersados y reforzados. Para hacer frente a los desembarcos aerotransportados se organizó un frente terrestre que actuaba como cerrojo del cinturón de fortificaciones costeras en una profundidad de entre 3 y 5 kilómetros, según la naturaleza del terreno. Se trataba de impedir el enlace de un enemigo atacando desde el mar con otro, desembarcado en la retaguardia por vía aérea.

Contra los paracaidistas y los planeadores, el mariscal creó obstáculos con troncos de árboles, unidos por alambres y frecuentemente minados. Pero estos trabajos, que requerían mucho tiempo y material, tuvieron que ser limitados a zonas especialmente expuestas a los ataques aéreos.

Rommel se hizo una idea muy clara de lo que eran las operaciones aerotransportadas incluso en tiempos que parecían poco favorables a la aviación; entrenó a las tropas en consecuencia. Exigió a la Marina que fondease minas en el mar, pero ésta empezó haciéndolo en la Gironda en vez de hacerlo en la bahía del Sena.

El minado en el mar propiamente dicho fue realizado bajo la fórmula de «barreras relámpago» que debían ser tendidas inmediatamente antes de un ataque. Al principio de la invasión, no había en la costa de Normandía. En cuanto al empleo ofensivo de las minas, que debían ser lanzadas por aviones, fue descartado por el OKW.

Los trabajos a ejecutar eran tan importantes que había que contar con la colaboración de la población. El mariscal Rommel ordenó que ningún civil francés podía ser obligado a trabajar, y que el trabajo voluntario debía ser pagado. Los trabajadores franceses debían ser tratados como los mismos trabajadores alemanes. En cuanto a la instalación de obstáculos contra el desembarco aéreo, hizo ver a la población que su colaboración redundaría en su propio interés, ya que allí donde existiesen obstáculos,

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los desembarcos aéreos serían más improbables, así como los combates que se librarían a posteriori.

La posibilidad de causar inundaciones dependía de las características del terreno. Sólo en la zona cercana a Le Havre, en el valle del Dive y en la costa este de la península de Cotentin se podían llevar a cabo preparativos para la acumulación de agua dulce, y así fueron efectuados. Había que evitar inundar terreno con agua de mar porque sus efectos negativos sobre éste se prolongarían después a lo largo de más de diez años, habida cuenta de las experiencias vívidas durante la Primera Guerra Mundial.

La campaña propagandística alrededor de la Muralla del Atlántico comenzó en 1942, cuando fue rechazada una incursión de reconocimiento anglosajona en la localidad de Dieppe, operación que fue representada como un gran éxito defensivo. Fuerzas terrestres, navales y aéreas llevaron a cabo, a un lado y otro de Dieppe, un ataque de comandos a gran escala; su objetivo consistía en llevar a cabo una operación de reconocimiento de gran alcance, fijar a las fuerzas alemanas y ensayar un desembarco combinado. Las órdenes encontradas en poder de algunos prisioneros indicaban claramente los límites temporales y geográficos de la acción, así como las limitadas fuerzas utilizadas en este golpe de mano británico. Desgraciadamente, el mando en el Oeste se dejó impresionar por una propaganda excesiva que buscaba desviar la atención hacia el Oeste para hacer olvidar las operaciones en el Este.

Para camuflar la insuficiencia de las fortificaciones y confundir al enemigo, Goebbels desencadenó en Alemania y el extranjero, a partir de las experiencias recogidas en la Muralla Occidental al final del verano, una oleada de propaganda sobre este asunto: todos los medios fueron válidos. Se tomó como botón de muestra el grupo de baterías ofensivas del cabo Gris-Nez, para hacer creer al pueblo alemán que la Muralla del Atlántico tenía la misma potencia defensiva en toda su extensión.

En esta lucha destinada a ganar tiempo y a alcanzar objetivos políticos, sobre la que más tarde volveremos, el mariscal Rommel permitió que se hablase de éstos nuevos medios defensivos —los obstáculos costeros y los dispuestos tierra adentro para dificultar los desembarcos aerotransportados—, y que se les diese una dimensión exagerada a la opinión pública. Fue por los mismos motivos que Rommel, presionado por la necesidad, consintió en ver sus ideas plasmadas en reportajes

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cinematográficos y en los periódicos. Pero cuando conoció la decisión de Goebbels que prohibía a los corresponsales de prensa mencionar la superioridad aérea de los Aliados, protestó ante esta subestimación del adversario, y le reprochó que indujese al error a la opinión pública, que únicamente podía provocar que el pueblo alemán dejase de confiar en el mando.

Las medidas destinadas a engañar al enemigo fueron aplicadas por el mando y las tropas. Por ejemplo: la difusión de informaciones relativas a la llegada de nuevas formaciones ficticias; la puesta en marcha de nuevos estados mayores y de lo que se llamaba personal «ascendido»; la elaboración sobre el papel de planes de transporte, por ferrocarril, de nuevas unidades llevada a cabo por diferentes autoridades, incluida la de los Ferrocarriles franceses, bajo la forma habitual e inevitable en este tipo de actividades; y finalmente, los movimientos de columnas de camiones efectuados día y noche y la construcción de instalaciones ficticias.

Pero Rommel no se hacía ilusiones sobre la eficacia de estas medidas; aunque todos los medios destinados a ganar tiempo le parecían aceptables, los métodos fantasiosos aplicados sin freno alguno por el ministro de Propaganda del Reich hacían imposible valorar sus efectos positivos y negativos.

A continuación Rommel solicitó a Hitler que interrumpiese esta propaganda contraria a la verdad en lo relativo a la Muralla del Atlántico, aunque él mismo había colaborado con ella en múltiples ocasiones.

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CONSIDERACIONES ESTRATÉGICAS ANTES DE LA INVASIÓN

A NTES de partir hacia el oeste el 1 de abril de 1944, el nuevo jefe de estado mayor de Rommel solicitó en Obersalzberg directivas

estratégicas para el mando que iba a asumir. Pero Hitler y el OKW se negaron a ello, argumentando que éstas eran «superfinas». El comandante en jefe del Oeste y el Grupo de Ejércitos B habían recibido, según ellos, la orden imperativa de llevar a cabo una defensa rígida en las mismas playas; de ningún modo se podrían poner en marcha iniciativas estratégicas. En caso de que se produjera un desembarco local, sólo cabía la opción de rechazar al adversario al mar en el curso de una «batalla en las playas». Las experiencias de Salerno y Nettuno no fueron mencionadas en ningún momento; en ambos puntos de la costa occidental de Italia fuerzas británicas, superiores en número, habían conseguido desembarcar bajo la protección de su Aviación y su Marina de guerra. Las reservas acorazadas alemanas no pudieron intervenir a tiempo, debido a que estaban muy alejadas y a la superioridad aérea enemiga.

Se decía que, en caso de amenaza de invasión, se contemplaba el envío inmediato de potentes formaciones acorazadas (de 8 a 10 divisiones), de los nuevos cazabombarderos a reacción y de unidades navales, especialmente submarinos, sin hablar de un arma destinada a ser decisiva, la bomba volante V.

En este concepto de defensa costera a cualquier precio, pesaba en la decisión de Hitler una razón de prestigio: sucedía lo mismo que en Stalingrado, en los frentes del Don, en Crimea, en Sicilia y en Italia. Pero «quien quiere defender todo no defiende nada», porque «las líneas defensivas ocupan más terreno que el que cubren las fuerzas disponibles» y «los incompetentes quieren defender todo mientras que la gente razonable sólo busca defender el objetivo principal» (Federico el Grande). Se sacrificaba la fuerza que habría dado libertad operativa a una defensa de las costas lineal y rígida. Con ello disminuía el riesgo para los Aliados en un gran desembarco; a lo que debe añadirse que los angloamericanos dominaban el mar y no había una flota alemana que les pudiese hacer frente. La Aviación alemana había sido puesta fuera de combate, desapareciendo un elemento esencial de peligro para las fuerzas invasoras.

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La Muralla del Atlántico era, desde el punto de vista de los efectivos y de la fortificación, un simple cordón sin profundidad, sin reservas importantes; las fuerzas de desembarco aliadas eran, en cuanto a número y equipo, pero sobre todo en cuanto a movilidad, muy superiores a la defensa.

Los grandes desembarcos de la historia no ofrecían ningún paralelismo que pudiese ser de utilidad. Durante la campaña de Egipto de 1798, Napoleón tuvo que contar con una flota enemiga superior que, en Abukir, aniquiló a su propia flota. En 1854, existía una importante flota rusa, pero, cosa extraña, no presentó batalla en el momento de la llegada de los Aliados a Crimea. Igualmente, en 1904 los rusos disponían de una gran flota, pero los japoneses la eliminaron antes de desembarcar en la bahía de

Corea y —como años más tarde en Pearl Harbor— asaltar Port Arthur. Únicamente la situación marítima de los Estados Confederados durante la Guerra de Secesión Americana recordaba un tanto a la de los alemanes en 1944: los Estados del Norte poseían una flota superior a la que los del Sur no podían oponer nada de importancia.

El mariscal Rommel, a la vista de las recientes experiencias en Italia, se daba cuenta que el adversario en una operación de desembarco, después de pasar el clásico punto crítico de los tres primeros días, triunfaría si no cambiaban fundamentalmente las circunstancias y la relación de fuerzas, sobre todo en el aire y en el mar. Sus reflexiones se centraban en la búsqueda de la forma de frenar la estrategia de los Aliados después de un desembarco coronado por el éxito, pero al mismo tiempo no podía apartarse de la orden de Hitler relativa a la defensa rígida de la costa. Admitía, de acuerdo con las afirmaciones de Hitler, la existencia de una reserva acorazada en la región de París preparada para actuar en caso de invasión.

Contemplaba las siguientes posibilidades:

—Desembarco enemigo entre el Sena y el Loira. Contraofensiva: repliegue sobre la línea del Sena que sería mantenida; ataque al sur del Sena, lanzado desde el este y el sur, con vistas a la aniquilación del enemigo desembarcado.

—Desembarco entre el Somme y el Sena. Contraofensiva: posiciones de resistencia en la línea Amiens-Vernon y en el río Oise; contraofensiva entre los dos ríos, lo que, por otra parte, conduciría necesariamente a un ataque frontal.

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—Desembarco al norte del Somme (muy improbable por razones estratégicas, tácticas y de terreno). Contraofensiva: ataque dirigido de sur a norte.

En el caso de un desembarco enemigo al sur del Loira y en la costa mediterránea, se debería renunciar al Mediodía francés y defender la línea del Loira. Se debería concentrar una fuerza de dos o tres ejércitos con el mayor número posible de formaciones blindadas, entre el codo del Loira y el Jura.

Si el adversario consiguiese llevar a cabo desembarcos simultáneos al sur del Sena y a lo largo de la costa mediterránea, debería evacuarse el Mediodía francés; en ese caso se debería defender la línea Sena-Yonne-Canal de Borgoña, y concentrar un grupo operativo en la zona Troyes-Dijon-Langres-Saint Dizier.

Estos diferentes casos fueron estudiados con diversas variantes, pero en todos los supuestos las fuerzas acorazadas estaban cubiertas por fuerzas aéreas suficientes. Por otra parte, se contemplaron todas las eventualidades posibles, y entre ellas estaba la evacuación de Francia, Holanda y Bélgica, así como un repliegue estratégico tras el Mosa, y luego tras la Muralla Oeste, combatiendo o tras un armisticio (posibilidades estratégicas, necesidades técnicas, plazos y efectivos necesarios).

Si, tras el éxito de la invasión, Hitler hubiera tomado decisiones estratégicas, es decir, se hubiera decidido eventualmente a evacuar a tiempo el Mediodía francés, a mantener la línea del Sena y a constituir una reserva estratégica de cara a una contraofensiva, los catastróficos acontecimientos del verano de 1944 no se habrían producido tan rápidamente. El mismo Rommel expuso sus ideas el 17 y el 29 de junio de 1944. Pero el único resultado de sus entrevistas fue la taxativa orden del Führer del 2 de julio de 1944 que recordaba la del invierno de 1943 respecto a Stalingrado: «Cualquier tentativa de ruptura del enemigo debe impedirse con una resistencia desesperada sobre el terreno, todo acortamiento del frente está prohibido, no hay libertad de movimientos».

En el mismo momento en el que se producía la crisis en la batalla, el mariscal, en contra de la voluntad de Hitler, quiso dar movilidad a sus tropas. Esta decisión fue sin duda demasiado tardía pero aún habría llegado a tiempo si hubiese sido aplicada antes de la ruptura decisiva del frente en Avranches. Una autoridad superior no permitió a Rommel poner en marcha esta decisión salvadora.

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LA CUESTIÓN DE LAS RESERVAS ESTRATÉGICAS

L A ESTRATEGIA en el Oeste se basaba en esa orden formal de llevar a cabo una defensa costera a ultranza. En un principio, como reserva

móvil tan sólo se disponía de seis divisiones acorazadas.

El mariscal Von Rundstedt, un militar de la vieja escuela, no tenía en cuenta ninguna de las recientes experiencias en el Frente del Este y el Mediterráneo, ni tampoco entraba a analizar los métodos de combate de los angloamericanos. Propuso la reunión de pequeñas reservas al sur y al este de París para que interviniesen tras el desembarco enemigo. Se imaginaba que de este modo podría salvaguardar su libertad de acción y podría jugar con la tradicional superioridad del mando y de las tropas alemanas. Este plan habría sido acertado si la Marina y la Aviación alemanas hubiesen sido iguales a las del enemigo o, por lo menos, capaces de resistir a su ataque. Pero, la relación de fuerzas de ambos bandos y la debilidad y la insuficiencia de las fortificaciones costeras exigían tiempo para preparar y ejecutar semejante operación. Y esa lucha contra el tiempo no era posible con un despliegue tan precario en las costas. El pilar central sobre el que se sustentaba semejante operación se derrumbaría prematuramente.

Rommel quería llevar hasta los presumibles puntos de invasión las seis divisiones acorazadas inmediatamente disponibles, teniendo en cuenta la situación y las recientes experiencias italianas. Según él, sin esas reservas acorazadas era imposible rechazar los grandes avances locales que seguirían al desembarco. Una o dos divisiones acorazadas no bastaban para apagar el incendio, dada la situación aérea y la falta de carreteras que condujesen a las playas. Rommel consideraba que esta misión requería un mínimo de cinco divisiones acorazadas. Debían prepararse para llevar a cabo todas las variantes del plan, como contraataques, destrucción de importantes formaciones aerotransportadas enemigas, movimientos laterales sobre otros frentes (¡más allá del sector del Sena!) y combates en retirada. En su zona de acantonamiento también deberían colaborar en la organización de la defensa en profundidad de su sector y en el establecimiento de obstáculos antiaéreos.

Ninguna de estas misiones podía ser llevada a cabo con menos de cinco o seis divisiones acorazadas, y siempre en la medida que pudiera

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librarse un combate defensivo mayoritariamente móvil, sin aviación ni marina, contra un atacante completamente motorizado, dotado de una aplastante superioridad naval y aérea.

La ofensiva aérea enemiga desencadenada desde abril de 1944 y sus repercusiones permitían prever con certeza que, si la concentración se hacía demasiado atrás —por ejemplo, en la zona del Gran París— las reservas llegarían tarde al campo de batalla. En el transcurso de una conferencia el mariscal declaró: «Si nuestras fuerzas, durante la primera fase del desembarco, no están en contacto con el enemigo, ya no intervendrán nunca, dada la enorme superioridad aérea del adversario… Si no conseguimos frenarlos en el mar, o rechazarlos durante las primeras 48 horas, su invasión será un éxito; en ausencia de reservas estratégicas y ante la carencia absoluta de marina y aviación, perderemos la guerra».

Los resultados de las operaciones en Salerno y Nettuno hablaban bien claro. Además, las experiencias de esta guerra habían demostrado que sólo resultaban inmediatamente utilizables las divisiones que ya se encontraban en la zona de combate. Cuando se trataba de las llamadas «reservas OKW», la orden de intervención solía llegar demasiado tarde, y a veces tan cargada de improvisación que las unidades, ante las ordenes precipitadas e «intuitivas» del Mando Supremo, eran lanzadas a la batalla sin ninguna coordinación y absolutamente sacrificadas. También por razones políticas, el mariscal consideraba oportuno tener a mano formaciones acorazadas de confianza ante eventuales acontecimientos futuros.

Para Rommel representaba un gran sacrificio personal pensar estratégicamente, pero al mismo tiempo verse limitado a preparar la inminente lucha a lo largo de la costa desde una perspectiva meramente táctica. ¿Acaso no había demostrado en África su capacidad en el mando estratégico y operacional de formaciones blindadas modernas? Sin embargo, se daba cuenta que sería imposible operar si los flancos de sus ejércitos cedían al norte y al sur del Sena.

En reiteradas ocasiones propuso organizar una reserva estratégica suficiente, formada por entre 6 y 8 divisiones acorazadas y entre 5 y 7 divisiones de infantería motorizada, que situaría bajo el mando directo del Grupo Blindado Oeste, en la zona de París y al este de la ciudad, tal como Hitler había prometido al jefe de estado mayor del grupo de ejércitos el 1 de abril de 1944. Estas fuerzas, que salvaguardarían su libertad de acción,

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deberían constituir el grupo de ejércitos que, en caso de un desembarco enemigo, se enfrentaría al adversario en combates de movimiento.

Además, Rommel preconizaba la exploración y la previsión de construir anticipadamente líneas de resistencia en el interior de Francia. En el conjunto de sus consideraciones estratégicas, sus preferencias pasaban por la línea Sena y del Yonne.

Tras contrastar detenidamente sus concepciones respectivas, el mariscal de campo Von Rundstedt aprobó las iniciativas y las propuestas de Rommel. Los grupos blindados inmediatamente disponibles serían situados en las cercanías del frente tras los sectores costeros al norte y al sur del Sena que parecían más vulnerables.

El inspector general de las tropas blindadas, el coronel general Guderian que, con el general Geyr von Schweppenburg, se había adherido a la solución propuesta por Von Rundstedt, visitó los puestos de mando del grupo de ejércitos en mayo de 1944. Tras escuchar las explicaciones de Rommel e informarse de las directivas estratégicas adoptadas para el Oeste, no presentó ninguna objeción importante contra su puesta en marcha y sobre la proyectada utilización de las divisiones acorazadas inmediatamente disponibles. Él también quería solicitar a Hitler el envío inmediato de un grupo blindado para formar una suficiente reserva estratégica. Pero todas las promesas del OKW quedaron sin efecto. Ninguna reserva móvil blindada fue enviada al Oeste.

Las promesas de Hitler revelaron una gran ligereza en su planteamiento ya que resultaba sencillamente imposible retirar fuerzas del Frente del Este mientras que el mismo Führer no permitiese un radical acortamiento del frente. En el Cuartel General de Hitler, el mando no se ejercía siguiendo criterios estratégicos, sino tácticos.

El desarrollo de los acontecimientos dio la razón a Rommel. Dada la superioridad aérea del enemigo y el hábil manejo de su aviación, fue imposible que las divisiones acorazadas llegasen a la costa procedentes del centro de Francia. Mucho antes de su llegada al frente de Normandía, estas unidades habían quedado completamente dislocadas.

Si Rommel, tal como había propuesto, hubiese contado con formaciones blindadas a su disposición, cerca del frente, éstas habrían podido entrar en acción durante los críticos tres primeros días posteriores al desembarco y la situación creada habría sido radicalmente diferente.

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CAPÍTULOIII

CONSIDERACIONES POLÍTICAS Y PREPARATIVOS

Cumplir con su deber corriendo el peligro de ser inculpado, es uno de los méritos más auténticos del hombre capaz.

Lacordaire

L A TARDE del 15 de abril de 1944, después de escuchar la exposición inicial de su nuevo jefe de estado mayor sobre la situación en el Este

y sus impresiones sobre lo vivido en el Cuartel General del Führer, el mariscal Rommel expuso sus ideas sobre estrategia y política.

Crimea estaba perdida y el frente en la zona oriental de Rumania estaba retrocediendo. El potencial ruso se estaba incrementando de forma considerable con la llegada de sus ministros británicos y estadounidenses, fruto de la Ley de Préstamo y Arriendo, y hacía pensar en una ofensiva soviética decisiva de cara al verano. Por medio de su «Orden Fundamental Nº1», del 13 de enero de 1940, Hitler había prohibido todo informe de situación general, incluso para los comandantes en jefe. Sólo merced a fuentes de noticias neutrales, en especial la prensa suiza y las radios extranjeras, el grupo de ejércitos consiguió tener una visión de las conferencias políticas mantenidas por los Aliados y sus eventuales repercusiones.

Las experiencias tácticas de Rommel se fundaban en la incursión de su «División fantasma» (la 7.a División Panzer) durante la campaña de Francia de 1940 y en los sucesos vividos en el norte de África. En mayo y junio de 1940, Rommel, entonces comandante de división, franqueó el Mosa por Dinant, rompió el frente fortificado franco-belga y alcanzó el Canal de la Mancha y el Atlántico antes que nadie. En 1941, restableció la situación en el norte de África con fuerzas débiles y pasó a una ofensiva victoriosa. No había podido asimilar sus experiencias del Frente del Este, pero estaba en proceso de sintetizarlas para sacar sus conclusiones.

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Su pensamiento militar y político se centraba alrededor de los acontecimientos vividos en el verano de 1942. En esos momentos, el pequeño ejército germano-italiano de África, después de conquistar Tobruk, estaba a tan sólo 100 kilómetros de Alejandría y de El Cairo, y se preparaba para avanzar hasta el Nilo y el Canal de Suez y cortar así una de las arterias fundamentales del Imperio británico.

El mariscal insistió en que necesitaba suministros para mantener la ofensiva, cuya fuerza decreciente se manifestaba de una manera alarmante; exigió que las vías de comunicación por las que llegaban suministros y refuerzos se aseguraran mediante un esfuerzo de las fuerzas aéreas y navales italianas. Éstas no aparecieron. La Marina y la Aviación italianas ayudaron inconscientemente a los Aliados gracias a su pasividad. Hitler llegó a declarar: «Creo más en Mussolini que en mis generales alemanes». Rommel lo invitó para que se formara una impresión personal a este respecto. Pero, como siempre desde 1941, Hitler no se desplazó hasta el frente.

El ejército acorazado británico de Montgomery, infinitamente superior, inició su contraofensiva desde una base logística bien protegida, ayudado por una superioridad aérea aplastante que, en colaboración con la Marina británica, bloqueaba las rutas de suministros enemigas. Rommel, consciente de sus responsabilidades, propuso la retirada de El Alamein, pero Hitler le respondió con un patético cable: «Ataque hacia El Cairo. Victoria o Muerte». No obstante, Rommel, sin tanto patetismo, ordenó el repliegue para salvar las tropas que le habían sido confiadas. Le habían llegado demasiadas «órdenes para conquistar el mundo», pero nunca vinieron acompañadas de los medios prometidos para cumplirlas. Conservaba de la campaña de África dos experiencias esenciales: un profundo respeto por Gran Bretaña como potencia mundial y un menosprecio por sus aliados italianos. Según él, las tropas de Gran Bretaña y de sus Dominios tenían, desde el punto de vista del mando, del porte y del rendimiento, un altísimo valor; cuantitativa y cualitativamente, su material de guerra era superior al alemán. También tenía en gran concepto a las fuerzas de Estados Unidos.

En varias ocasiones, Rommel había advertido de palabra y por escrito sobre los problemas generados por el aliado italiano. Sus objeciones no sólo se basaban en la política exterior y militar de Italia, que había acabado precipitando a Alemania en la aventura balcánica, sino también en un

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conocimiento preciso de la estructura política, militar, intelectual y económica de Italia.

Con estas opiniones, el mariscal se enfrentaba tanto a Adolf Hitler como al OKW; este último, propugnaba la subestimación y la ridiculización del adversario británico, mientras se elogiaba de forma entusiasta al aliado italiano. Este enfrentamiento aún se acentuó más a partir del invierno de 1942-1943, cuando Hitler propuso renunciar al frente de África y enviar a sus tropas al frente ruso, desplazando el centro de gravedad de la lucha hacia el punto crítico abandonando teatros de operaciones secundarios.

En cuanto al problema francés, el mariscal ya se había visto obligado a afrontarlo estando en África. Las negociaciones del OKW y del Ministerio de Asuntos Exteriores alemán con el almirante Darlan y el general Huntziger durante el invierno de 1940-1941 y en 1941, tenían por objetivo cubrir la retaguardia del Afrika Korps. Si no llegaron a buen puerto, fue debido a las pretensiones desmedidas de Hitler, que exigía a Francia condiciones imposibles de ejecutar. Una política alemana perspicaz habría podido integrar, desde 1940 y con el consentimiento pleno de Francia, a Marruecos, Argelia y Túnez en un sistema de seguridad euroafricano, a pesar de las demandas de Italia. Sin embargo, algunos días después de El Alamein, las fuerzas estadounidenses desembarcaron en las posesiones francesas de África del norte, cesaba la resistencia francesa y las repercusiones sobre nuestro ejército de África no se hicieron esperar.

Su estancia en Francia dio a Rommel la oportunidad de estudiar el país y su gente. Le gustaba el paisaje francés y experimentaba una sincera simpatía por su pueblo, tan duramente probado. Juzgaba que era impostergable la modificación de un estatuto de armisticio que ya llevaba cuatro años en marcha, desacreditando al gobierno del mariscal Pétain tanto en el interior como en el exterior.

Creía en el papel de Francia y por ello proclamaba la necesidad de una reconciliación una vez lograda la paz, poniendo punto final a la rivalidad. La tarde del 17 de junio, durante la conferencia de Margival, presentó a Hitler sus observaciones contra la política oficial seguida con Francia y lo previno contra los excesos del Servicio de Seguridad y los métodos del programa Sauckel.

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El 15 de abril de 1944, el mariscal Rommel veía de este modo la situación militar: en el Oeste la invasión parecía inminente y no parecía posible hacerle frente con las fuerzas disponibles. En el Este era de esperar una ofensiva general del Ejército Rojo como muy tarde en verano. En Italia, los Aliados avanzaban lenta, pero constantemente, hacia el norte, desgastando a nuestras fuerzas. Rommel, que conocía muy bien el terreno y la situación estratégica, propuso abandonar la Italia central y meridional y organizar una posición de repliegue sobre la línea Pisa-Florencia-Ravena, pero el OKW rechazó la sugerencia y le recomendó que se circunscribiese a su mando. De este modo, las costas italianas quedaron muy débilmente defendidas por fuerzas limitadas, ofreciendo un objetivo fácil al enemigo.

La situación política aún era más desesperada que la militar. Alemania estaba sola. Italia había cambiado de bando, y la dictadura de Mussolini en el norte de Italia no tenía ningún peso en el resto del país. De Finlandia, de Rumania y de Bulgaria llegaban preocupantes noticias sobre la actitud de sus gobiernos y de sus poblaciones. Nunca se intentó alcanzar un acuerdo con un solo adversario para intentar eliminar al otro. La política exterior de Alemania estaba tan faltada de imaginación y dinamismo como la conducción de la guerra.

En las primeras conversaciones con el mariscal Rommel aparecieron algunas de las ideas del antiguo alcalde de Leipzig, el doctor Gördeler, que el 14 de abril le llegaron a Rommel en Freudenstadt, por mediación del alcalde Strölin. A finales de 1943, Gördeler rogó a Strölin que contactase con el mariscal. Había que convencer a este último de la necesidad de suprimir a Hitler y a su régimen si se quería salvar Alemania y Europa. El alcalde de Stuttgart, que Rommel consideraba desde hacía tiempo como un hombre lúcido y enérgico, insistió en ello al mariscal desde su primera entrevista en febrero de 1944. Discutieron sobre las posibilidades legales del cambio de régimen y del final de la guerra. Del lado militar el panorama se completaba con las informaciones procedentes del coronel general Beck y del general de Artillería Wagner.

Todos compartieron el mismo parecer: había que encontrar vías y medios para acabar con la guerra antes de que la inminente catástrofe hiciera imposible cualquier negociación. Rommel, con su conocido temperamento, no disimulaba sus críticas a Hitler, tanto desde el punto de

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vista militar como político, por su total desprecio hacia cualquier concepción europea y por su falta de humanidad.

A partir de entonces tuvieron lugar una serie de importantes reuniones. El comandante militar en Bélgica y el norte de Francia, el general de Infantería Alexander von Falkenhausen, condecorado con la orden «Pour le Mérite» en la Primera Guerra Mundial, era intelectual y humanamente una de las personalidades más destacadas en el Frente Oeste y en todo el Ejército. El mariscal Rommel había sido su subordinado cuando Von Falkenhausen dirigía la Escuela de Infantería de Dresde. Veneraba a ese hombre veraz y sabio, que antes de la Primera Guerra Mundial había sido agregado militar en Japón, y que en 1934 fue asesor militar del mariscal Chiang Kai Chek, sucediendo en el cargo a los generales Von Seekt y Wetzell.

Conocía tanto a los anglosajones como a los pueblos de Extremo Oriente. Hombre sereno, que siempre restaba importancia a las menudencias, citaba a menudo a Confucio para decir que el poder atrae al hombre, pero que el poder absoluto lo corrompe. Haciendo frente a dificultades inimaginables, intentó oponerse a las directivas hitlerianas relativas al sector bajo su mando, gobernando esos territorios como un hombre de honor. Sin embargo, el 15 de julio de 1944 fue reemplazado por el gauleiter Grohe, y tras el 20 de julio de 1944 fue arrestado. El general Von Falkenhausen consideraba que el momento para dar un golpe de Estado ya había pasado, pero, pese a ello, creía que era indispensable intentarlo para acabar la guerra y salvar la Patria de nuevas calamidades.

El comandante militar en Francia, general de Infantería Karl Heinrich von Stülpnagel, compartía el punto de vista de su colega de Bruselas y había desarrollado al máximo, teórica y prácticamente, los preparativos para un cambio de la situación. Karl Heinrich von Stülpnagel era un personaje penetrado de espíritu caballeresco que destacaba por sus dotes como estratega y táctico. El antiguo jefe del Estado Mayor General, el coronel general Beck, lo había elegido como colaborador en la redacción del magistral estudio La conducción de tropas. Su agudo sentido político fue una valiosa ayuda en ese trabajo, además de su gran capacidad militar y la seguridad de sus juicios finamente equilibrados. De buena cultura filosófica, poseía una extraordinaria habilidad diplomática, puesta en evidencia como jefe de la Sección Ejércitos Extranjeros en el Estado Mayor General y como presidente de la Comisión de Armisticio. Era un

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alemán y un europeo en todo el sentido de la palabra. Para su elevado sentido ético, la amoralidad del sistema hitleriano significaba un martirio permanente. Su forma de ser lo acercó al mariscal Rommel desde la época en que ambos enseñaban en la Escuela de Guerra de Dresde, bajo la dirección de Falkenhausen.

El 15 de mayo de 1944, después de algunas conversaciones previas conmigo, como jefe del Estado Mayor del Grupo de Ejércitos B, tuvo lugar una extensa entrevista entre Rommel y Stülpnagel en una casa de campo de Mareil-Marly, cerca de Saint-Germain. Se evaluaron las medidas a tomar para poner fin a la guerra en el Oeste y acabar con el régimen nacionalsocialista. Después de pasar revista a las circunstancias políticas y militares, precisaron en detalle las medidas teóricas y prácticas a adoptar. Ambos comandantes reiteraron sus preocupaciones al comandante en jefe del Oeste, Von Rundstedt, que los escuchó con benevolencia.

El general de división Eduard Wagner, jefe de Intendencia en el OKW, encargado de coordinar las medidas a tomar en el Oeste con los preparativos del OKW, se presentó en mayo en el Cuartel General del Grupo de Ejércitos B. Ofreció a Rommel una información completa de la actividad de los grupos opositores dentro del alto mando, los preparativos en marcha y «el calendario» para una insurrección y, por primera vez, habló de anteriores intentos de atentado contra Hitler. El mariscal se opuso a un atentado, pues no quería convertir a Hitler en un mártir. Su plan consistía en capturarlo con ayuda de unidades acorazadas seguras y hacerlo comparecer ante un tribunal alemán para juzgarlo por los crímenes cometidos contra su pueblo y contra la Humanidad. Ese pueblo que lo había elegido debía ser también el que lo juzgase.

Casi a diario llegaban destacadas personalidades alemanas al oasis que representaba el puesto de mando de Rommel, lejos de las garras de la Gestapo, buscando escapar a una situación que cada día era más desesperada. Entre ellas se contaba el doctor Dorpmüller, ministro del Reich, y el Gauleiter de Hamburgo, Kauffmann.

También se recibía una copiosa correspondencia procedente de todas las capas sociales y profesionales; testimoniaba con elocuencia la consideración y la confianza a que Rommel se había hecho acreedor como hombre y como soldado.

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Ernst Jünger, en esa época capitán en el estado mayor del comandante en jefe en Francia, aportó en los primeros días de mayo su propia propuesta de paz, que había empezado a elaborar durante el invierno de 1941-1942. Rommel quedó profundamente impresionado por sus ideas, especialmente por su concepción de unos Estados Unidos de Europa, animadas por unas profundas convicciones penetradas de humanismo cristiano. El mariscal pensó en difundir ampliamente este documento histórico y humano en el momento más propicio. En este momento apocalíptico, el llamamiento de Jünger actuó con una fuerza casi mística y halló sus canales de divulgación.

El 14 de abril, el doctor Strölin, alcalde de Stuttgart, a sugerencia del doctor Gördeler, expresó al mariscal el deseo de que se reuniese con el barón Constantin von Neurath, antiguo ministro de Asuntos Exteriores, con el propósito de aprovechar su gran experiencia diplomática.

Rommel apreciaba al barón Von Neurath como diplomático de la vieja escuela, contrario al nacionalsocialismo, tal vez a causa de su origen aristocrático, y se sentía cercano al él por haber nacido en la misma tierra de Suabia. Por otra parte, el hijo de Neurath había servido durante bastante tiempo en su estado mayor en África. Sin embargo, una visita de Rommel a Neurath y Strölin no hubiera pasado inadvertida para la policía secreta del Estado. Por tal motivo, Rommel me dio plenas facultades para entrevistarme con ellos. La reunión tuvo lugar en Freudenstadt el 27 de mayo de 1944 y sirvió para intercambiar ideas entre las fuerzas alemanas en el Oeste y la Patria. Comencé detallando la situación militar previa a la invasión. Pregunté, en nombre del mariscal, cuáles eran los planes trazados de cara a salvar al país de la catástrofe. Von Neurath describió la situación a nivel diplomático desde el 4 de febrero de 1938, fecha en la que tanto él como el coronel general fueron cesados de sus cargos, e hizo mención de sus infructuosas advertencias a Hitler. El alcalde Strölin mencionó el problema central en todo el asunto, la personalidad de Adolf Hitler, con el que ningún país querría negociar. Sólo sobre la base de su eliminación sería viable un nuevo enfoque constructivo. Pero debía actuarse con rapidez, antes de la invasión, pues mantener el frente era la condición previa indispensable para cualquier intentona. En lo referente a la dirección militar, a su entender sólo podía ser asumida por el mariscal Rommel, que gozaba de popularidad en Alemania por sus características personales y sus virtudes como soldado, además del respeto que generaba

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en el exterior por su sentido del honor en su manera de actuar como militar.

Los dos hombres me solicitaron que transmitiese al mariscal su invitación para que estuviese listo para salvar a Alemania, como comandante en jefe de la Wehrmacht o incluso como jefe interino del Estado.

Sin duda, el coronel general Beck y el doctor Gördeler eran dos personalidades importantes, capaces de interpretar un papel relevante en esta revolución, pero en los primeros y difíciles momentos, el pueblo y el ejército necesitarían de una personalidad prestigiosa como la del mariscal.

Además, se consideró la posibilidad de entablar conversaciones con los Aliados occidentales: a través del Vaticano, del embajador de Gran Bretaña en Madrid, sir Samuel Hoare, y de Suiza. Ya se habían efectuado sondeos, aunque sin éxito, en Roma, Madrid y Lisboa.

Diez días después, Strölin transmitió un memorando elaborado por Von Neurath sobre la situación diplomática y sus perspectivas que, por otra parte, parecían muy limitadas.

La eliminación de Hitler fue discutida a fondo. Contrariamente al mariscal que quería capturarlo y llevarlo ante un tribunal alemán, Strölin se adhería al punto de vista de Gördeler y Beck, que opinaban que su muerte era indispensable.

Para ellos, un Hitler vivo representaba un elevado riesgo de guerra civil.

A grandes rasgos se trazaron los preparativos propagandísticos del golpe tanto en el mismo país como en el frente.

En una segunda conversación fueron reforzados los vínculos entre los diferentes centros de resistencia y se estableció una red de información que llegaba hasta el Cuartel General de Rommel, y que no fue descubierta.

El mariscal aprobó el contenido de las entrevistas e hizo saber a Von Neurath y a Strölin que las medidas preparatorias ya habían sido tomadas y que él mismo, sin ninguna ambición personal, estaba dispuesto a implicarse a fondo.

Un intento estadounidense para establecer contacto con; Rommel, nunca llegó a conocimiento de éste, y sólo se supo de él después de la guerra. El coronel estadounidense Smart, cuyo avión fue derribado sobre Vienne el 10 de mayo de 1944, declaró en su interrogatorio que quería contactar con el mariscal Rommel para tratar una iniciativa suya de cara a

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terminar la guerra. La declaración, tomada en el campo de prisioneros para oficiales de Oberusel-Taunus, quedó plasmada en tres copias que se hicieron llegar a Göring, a Goebbels y al Ministerio del Aire del Reich. Rommel no fue informado, un ejemplo más de los métodos de ocultación de la dirección política del Reich y de la falta de coordinación entre las cúpulas de las tres armas.

De esta forma, en las semanas que precedieron a la invasión, el pensamiento de todos giraba alrededor de la supervivencia del Reich. Sólo aquel que, en el vertiginoso transcurso de las horas de un momento trascendental, se ha visto obligado a tomar decisiones en lo humano, en lo político y en lo militar más allá del mismo horizonte del pueblo alemán, puede medir la profunda incidencia de esas reflexiones en la conciencia de los jefes militares. Los problemas que debían resolver un príncipe de Homburg, un Luis Fernando o un York, apenas alcanzaban la altura de los que sobrellevaban esos jefes en la época de Hitler. El mariscal Rommel cumplía con la máxima napoleónica que decía que, en los momentos decisivos de la Historia, se exige del gran jefe una mentalidad más política que militar. El mariscal no era «un general filisteo simplemente dispuesto a obedecer», tal como lo definió Schlieffen; no era un «un especialista» al que Hitler, a semejanza de Robespierre, podía ordenar «mirar hacia delante sólo al enemigo y, hacia atrás, la soga de una horca». Sólo había que añadirle la ética de un Moltke que, en última instancia, ponía el humanismo por encima de lo militar. Durante las conversaciones que mantuvimos en el parque, a Rommel le gustaba citar con amarga ironía frases de Mein Kampf de Hitler, contradictorias con su evolución posterior: «Cuando un pueblo se precipita al hundimiento por las acciones de un gobierno usurpador, la rebelión de cada uno de sus ciudadanos no es sólo un derecho, sino que es un deber… El derecho humano está por encima del derecho del Estado». Y también: «La diplomacia debe velar para que un pueblo no sea aniquilado heroicamente, sino para protegerlo. Todos los caminos que conducen a este objetivo están trazados y cualquier omisión debe considerarse un crimen».

Rommel creía que, para el jefe, la obediencia debe encontrar sus límites en el sentimiento de responsabilidad ante el destino de la nación y en el mismo punto en el que la conciencia humana prescribe la rebelión.

Sin duda, él conocía la diferencia que separa la desobediencia a Dios de la desobediencia a los hombres. Debería asumir una misión excepcional

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en interés del pueblo, una vez agotados todos los otros medios. Evidentemente, podía, una vez más, exponer su pensamiento para tratar de convencer a Hitler y darle la posibilidad de dar marcha atrás. Pero este último llamamiento quedó sin respuesta como sucedió con los anteriores; fue entonces cuando se sintió desligado de su juramento de fidelidad. Ahora tenía el deber de actuar, aunque éste pareciese que se ejercía en contra de la Patria. Para él no cabía duda de que para semejante acción y por esta responsabilidad metafísica, sólo podía verse cualificado e implicado el jefe militar supremo, y no un único e aislado soldado, cuya visión está sumamente limitada. Rommel asumió la responsabilidad personal de las decisiones y declinó la de simple ejecutor que le había asignado Hitler. Quería ahorrar a su patria y al mundo más sangrientos sacrificios, proteger su país de la pérdida de sus ciudades más bellas y de la aniquilación de sus fecundos campos. En semejante situación, debía impedirse por todos los medios que la guerra llegase a suelo alemán; tal decisión no debería modificarse ni aun bajo las imposiciones más duras de un enemigo implacable. «Bendito sea el pueblo —dijo una vez Talleyrand— que encuentra a un hombre capaz de hacer la paz mientras su jefe no resulta aceptable ni aún como portador de una bandera blanca».

Rommel se dio perfectamente cuenta que esta conducta podía acarrear su sacrificio personal y, quizás también, proporcionar pretextos a otra «leyenda de la puñalada por la espalda». Por otra parte, nunca esquivó el riesgo.

Rommel, Von Falkenhausen y Von Stülpnagel pusieron abiertamente al corriente de sus ideas y de sus conversaciones al comandante en jefe del Oeste, el mariscal Von Rundstedt. Las relaciones de Rommel con Von Rundstedt y su jefe de estado mayor, el general Blumentritt, estaban basadas en una recíproca confianza. Rommel respetaba a Rundstedt como soldado experimentado de la vieja escuela, un destacado discípulo de Schlieffen. Estaban de acuerdo en sus opiniones sobre el conjunto de la estrategia y la política general. Von Rundstedt era un estratega excepcional, pero en los últimos años de su vida, sin duda a causa de su edad, le faltaba el impulso creador y la claridad en su sentimiento de responsabilidad hacia su pueblo. Se acentuaron en él la apatía y una resignación sarcástica. Indudablemente, despreciaba a Hitler, a quien en las conversaciones confidenciales, y como también hacía Hindenburg, llamaba siempre «el cabo de Bohemia». Sin embargo, Rundstedt creía que

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la actitud más sensata no debía ir más allá de exigir la «rendición de cuentas». Dejó que actuaran los demás. En una entrevista en que se planteaba la formulación de exigencias conjuntas a Hitler, dijo a Rommel: «Usted es joven. A usted el pueblo lo conoce y lo quiere. ¡Es usted quien debe hacerlo!».

Fue así como Von Rundstedt se apartó del asunto, no sólo como comandante, sino también como personalidad, en el momento en que habría sido necesario implicarse plenamente. Debido a su creciente inmovilidad, fue desapareciendo progresivamente del frente, mientras Rommel, gracias a su carisma como líder, actuaba sin descanso cerca de los hombres, comprometiéndose sin reservas.

El mediodía del 4 de julio de 1944, el mariscal Von Rundstedt dijo a Rommel que nunca más asumiría un mando. Por ello se hace difícil comprender su conducta posterior: su participación en él llamado Tribunal de Honor después del 20 de julio, que dispuso el relevo de sus camaradas de la Wehrmacht como requisito previo para la subsiguiente condena por el Tribunal del Pueblo. Tampoco se entiende que de nuevo asumiese el mando supremo del Frente Occidental el 5 de septiembre de 1944 y que representase a Hitler en la ceremonia fúnebre por Erwin Rommel celebrada el 5 de septiembre de 1944, oportunidad única que le deparó el destino para hablar como Marco Antonio. Permaneció en una absoluta «pasividad moral».

Como resultado de las conversaciones y gracias a la aportación fundamental del general Von Stülpnagel, quedó elaborado un programa de movilización en el que se fijaron los siguientes puntos: para el Frente Oeste se establecieron las condiciones necesarias para llegar a un armisticio con los generales Eisenhower y Montgomery, sin participación de Hitler. Para las negociaciones, Rommel había previsto las siguientes personalidades: los generales Von Stülpnagel, Geyr von Schweppenburg, Hans Speidel, Gerd von Schwerin, el vicealmirante Friedrich Ruge, y el teniente coronel de la Reserva Casar von Hofacker.

Se preveían las siguientes bases para la negociación: evacuación de los territorios occidentales ocupados, retirada del Ejército del Oeste detrás del muro occidental, devolución de la administración de los territorios ocupados a los Aliados, y el cese inmediato de los bombardeos aéreos sobre Alemania. Al armisticio —y no una rendición incondicional—

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debían seguir negociaciones de cara a una paz destinada a evitar el caos. El mariscal Rommel esperaba que los Aliados no dejasen escapar una oportunidad semejante.

Debía hacerse un llamamiento al pueblo alemán desde todas las emisoras occidentales, con una explicación descarnada sobre la verdadera situación político-militar y sus causas, más allá de los crímenes cometidos por Hitler al frente del Estado.

En Alemania se procedería al arresto de Hitler para pasarlo a disposición de un tribunal alemán. La ejecución de la operación correspondería a los grupos de resistencia existentes en el seno del mando supremo del Ejército y, eventualmente, con la cooperación de formaciones blindadas. Rommel insistía en evitar la eliminación de Hitler mediante un atentado. Se suprimiría la dictadura violenta del nacionalsocialismo y el poder provisional sería asumido por las fuerzas resistentes, procedentes de los diferentes ámbitos sociales y corporativos de la nación, bajo la dirección del coronel general Beck, del alcalde Gördeler, y del antiguo ministro del Interior de Hesse y dirigente sindical Leuschner.

El mariscal Rommel no aspiraba a asumir personalmente la jefatura del Estado, pero estaba dispuesto a hacerse cargo del mando supremo del Ejército o de la Wehrmacht.

No se constituiría ninguna dictadura militar. En el interior del país se produciría un proceso de reconciliación de la mano de un frente unido. Se prepararía una paz fecunda en el marco de unos «Estados Unidos de Europa». En ello colaborarían todos aquellos que estuviesen dispuestos a asumir la tarea con voluntad constructiva.

En el Este se continuaría el combate merced a un recorte en la longitud del frente sobre una línea que iría desde la desembocadura del Danubio hasta Memel pasando por los Cárpatos, Lemberg y el Vístula. Curlandia y otros lugares fortificados serían evacuados inmediatamente.

Los preparativos debían acelerarse para que pudieran entablarse negociaciones antes del comienzo de la invasión. La constitución de un sólido frente occidental era la condición previa indispensable. Ésa era la gran preocupación que dominaba a todos.

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CAPÍTULO IV

LA INVASIÓN

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DEL 6 AL 9 DE JUNIO DE 1944

H ITLER postergaba constantemente su visita al Oeste proyectada desde hacía mucho tiempo. Por ello el mariscal Rommel quería llevarle personalmente un informe personal en el que se detallaban sus opiniones políticas y militares sobre la situación y reclamarle las medidas

correspondientes.

De acuerdo con el mariscal de campo Von Rundstedt y después de haberse entendido por teléfono con el ayudante de campo de Hitler, el teniente general Schmundt, partió en la mañana del 5 de junio rumbo al Obersalzberg en automóvil, ya que las altas autoridades tenían terminantemente prohibido viajar en avión, dada la incesante actividad aérea de los Aliados. Debía presentar su informe al Führer el 6 de junio, pero quería pasar la noche del 5 al 6 con su familia en Herrlingen, cerca de Ulm.

El 5 de junio transcurrió tranquilamente. El comandante en jefe del Oeste, tal como lo auguraban también los informes de agentes, anunciaba que la invasión podía tener lugar entre el 6 y el 15 de junio. Mensajes en clave captados mencionaban diversas fechas, pero igualmente permitían pensar en que la operación podía ser retrasada.

Las FFI, la resistencia francesa, estaban particularmente activas, especialmente en Bretaña, distribuyendo pasquines en los que se hacían llamamientos a poner en marcha una resistencia activa. El Grupo de Ejércitos B había declarado el estado de alerta desde los primeros días de junio para todas las fuerzas desplegadas en la línea costera, aunque lo hizo con una cierta prudencia.

El 5 de junio a las 22.00 horas, el 15.° Ejército captó de nuevo una emisión en clave que hacía pensar que la invasión estaba a punto de comenzar. Como es natural, se alertó a las tropas y se informó a los ejércitos vecinos. El comandante en jefe del Oeste, a quien se comunicó el mensaje enemigo captado, no fue partidario de que se diera la alarma a todas las fuerzas bajo su mando.

Durante los días previos, las fuerzas de reconocimiento aéreas y marítimas tampoco habían podido realizar su labor ante la superioridad aérea enemiga. Las patrullas navales no pudieron zarpar la noche del 5 de junio debido «al mal estado de la mar».

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La madrugada del 6 de junio, recibí, como jefe del Estado Mayor del Grupo de Ejércitos B, informaciones relativas a lanzamientos de paracaidistas enemigos en las proximidades de Caen y en la zona sureste de la península de Cotentin.

En un principio era muy difícil precisar si se trataba del lanzamiento de unidades importantes o si eran simplemente nutridos grupos de comandos que iban a enlazar con el movimiento de Resistencia francés. Especialmente entre el Sena y el Orne, estos desembarcos aerotransportados estuvieron muy diseminados. Pese a ello, se ordenó telefónicamente a todas las unidades que estuviesen listas para el combate. Entre las 03.00 y las 04.00 horas se intensificaron las noticias relativas a lanzamientos de paracaidistas y a bombardeos sobre las fortificaciones costeras. Se anunciaba también la llegada de poderosas formaciones aéreas enemigas. Las divisiones acorazadas en reserva se prepararon para ponerse en marcha. Se decidió que el I Cuerpo Panzer de las SS entrase en contacto con el cuerpo de ejército del general de Artillería Erich Mareks, que defendía la costa de Calvados y la península de Cotentin. La 21.ª División Panzer recibió la orden de avanzar hacia sus zonas de concentración al sur de Caen. Se informó de todo ello al OKW y al comandante en jefe del Oeste.

A las 05.30 horas, dio inicio el bombardeo de la costa de Calvados llevado a cabo por centenares de cañones de marina. Fue como si resonara un terrible trueno. Se pusieron en marcha las medidas defensivas ya previstas desde hacía mucho tiempo. Las órdenes previstas para «el caso Normandía» fueron activadas.

El 6 de junio, entre las 06.00 y las 06.30 horas, informé por teléfono a Rommel, que se encontraba en Herrlingen, sobre la situación y las primeras medidas adoptadas. El mariscal dio su aprobación. De inmediato canceló su viaje a Berchtesgaden y, el mismo día 6, entre las 16.00 y las 17.00 horas, se encontraba de vuelta en su puesto de mando de La Roche-Guyon. Se daba por descontado que no debían esperarse directivas estratégicas en las primeras horas, hasta no tener una idea más clara de la situación, gracias a los informes de Inteligencia y a los proporcionados por los grupos de reconocimiento enviados de inmediato. Había que dominar los nervios y esperar. Sin embargo, las continuas llamadas telefónicas procedentes del OKW y del comandante en jefe del Oeste, revelaban el nerviosismo dominante en las altas instancias del mando. En reiteradas

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ocasiones, el jefe del Estado Mayor del Oeste puso al corriente de la situación al coronel general Jodl. Éste reclamaba que, de inmediato, las divisiones acorazadas controladas por el OKW se pusieran bajo su mando. A partir de las 06.00 horas, se acumularon las informaciones relativas al desembarco de tropas. Todas procedían del ejército de tierra ya que ni un solo avión alemán había podido llegar hasta la zona de Normandía. En lo que se llevaba de día, la Aviación aliada había impedido el despegue de los 70 bombarderos y los 90 cazas que en ese momento se encontraban disponibles en el Oeste, y al mismo tiempo había castigado seriamente sus aeródromos. La tarde del día 6, ya se perfilaba el momento crítico de un gran desembarco entre el Orne y el Vire. La situación entre el Sena y el Orne era confusa, al igual que en el ángulo sureste de Cotentin donde habían tomado tierra unidades de paracaidistas aliados, aunque se ignoraba su importancia.

Rommel, que esperaba un desembarco enemigo en cualquier momento y quería aniquilar a las fuerzas desembarcadas de inmediato para impedir que se reforzasen y que ganasen terreno, en el mes de mayo ya había ordenado a la 21.a División Panzer, situada al sur de Caen, que se aprovechase de la debilidad del adversario en el momento del desembarco para llevar a cabo una «contraofensiva automática». Todo aquello que hacía referencia al terreno y al despliegue de las tropas había sido contemplado sobre el mapa. Así, la 21.ª División Panzer fue situada por Rommel en una posición decisiva, pero vio cómo eran rechazadas sus peticiones respecto a otras fuerzas acorazadas. Durante la conversación telefónica que mantuvo conmigo de madrugada, el mariscal destacó, una vez más, la necesidad de que la 21.ª Panzer atacase bajo un único mando junto con todas las reservas disponibles en el sector. Sin embargo, a pesar de las reiteradas sugerencias, Hitler no quiso liberar más reservas. Así pues, la 21.ª División Panzer contraatacó el 6 de junio a las 10.00 horas, a ambos lados del Orne, bajo el mando del comandante del LXXXIV Cuerpo de Ejército, el general de Artillería Marcks.

Las fuerzas acorazadas llegaron hasta la cota y contactaron con elementos de la 716.ª División de Infantería, que aún mantenían sus posiciones. Cuando el enemigo llevó por vía aérea más tropas a la zona de ataque de los carros de combate, y al sector este de Caen, se decidió localmente detener la ofensiva y actuar contra las unidades enemigas que operaban a retaguardia. De esta forma se le hizo un gran favor al enemigo,

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que más adelante tendría importantes consecuencias ya que la detención evitó la explotación del éxito inicial. El ataque de la 21.a División Panzer evidentemente supuso un mal trago para el enemigo, tal como demostró el choque de las unidades aerotransportadas con dichas formaciones acorazadas. En el mes de mayo, el mariscal Rommel reclamó vanamente en varias ocasiones que el I Cuerpo Panzer de las 88, con la 12.a División Panzer Hitlerjugend y la División Panzer Lehr, se instalase en el sector entre Caen y Falaise en estado de alerta. El 6 de junio quería presentar de nuevo a Hitler esta petición. El ataque inmediato de este cuerpo acorazado con otras tres divisiones acorazadas; en el momento crítico del desembarco enemigo, habría podido tener localmente un éxito seguro.

Al atardecer del 6 de junio, gracias al dominio absoluto del mar y del aire, el enemigo había establecido entre el Orne y la región al norte de Ryes, una cabeza de puente de 25 kilómetros de ancho por 10 de profundidad y, en el ángulo sureste de Cotentin, una segunda cabeza de puente de 15 kilómetros de ancho por 4 de profundidad.

En la primera zona indicada, en la costa de Calvados, el 2.o Ejército británico, al mando del general Dempsey, había desembarcado una división de paracaidistas y el equivalente de entre 4 y 5 divisiones acorazadas y de infantería. En el ángulo sureste de Contentin, el 1.er Ejército estadounidense, a las órdenes del general Hodges, puso en tierra 2 divisiones de paracaidistas y entre 3 y 4 divisiones acorazadas y de infantería. Del lado alemán, los hombres de la 325.ª y de la 716.ª Divisiones combatieron hasta el último aliento en sus posiciones defensivas, soportando una tempestad de fuego, nunca vista hasta ese momento, procedente del aire, del mar y, finalmente, de tierra. Una cortina de fuego de toda suerte de calibres, pesados y superpesados, disparada por las flotas británica y estadounidense aisló la zona por el sur. La Aviación aliada efectuó alrededor de 25 000 salidas durante las operaciones de desembarco del 6 de junio. Sólo quien ha vivido ese bombardeo puede valorar la magnitud del efecto moral y material, que Hitler se negó a reconocer a pesar de todos los informes orales y escritos recibidos. Su primera reacción consistió en una serie de reproches gratuitos y comentarlos malintencionados. Buscó chivos expiatorios, y ordenó que una serie de jefes fueran relevados. Rommel se opuso a tales medidas.

La tarde del 6 de junio, sobre las 15.00 horas, el I Cuerpo Panzer de las

88 fue puesto a disposición de Rommel. Pero, ante la superioridad aérea

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enemiga, no era posible trasladarla de día. Esa noche, parecía que el centro de gravedad del ataque aliado se situaba entre el Orne y el Vire. La hipótesis según la cual el adversario tenía previsto un avance sobre París, cada vez parecía más improbable. El 7 de junio por la mañana, el I Cuerpo Panzer de las 88 se hizo cargo del sector de Caen. Recibió la orden de llevar acabo el ataque que no había ejecutado la 21.ª División Panzer el día anterior, y para ello sumó las fuerzas de esta última división a la 12.ª División Panzer de las 88 y la Panzer Lehr. Por consiguiente, se trataba de acabar con la cabeza de puente enemiga, rechazando al enemigo desembarcado en la zona de Caen-Bayeux. Aunque se calcularon con total precisión los tiempos y los ejes de aproximación, la brevedad de las noches de junio no permitió la aproximación de las fuerzas acorazadas y de sus aprovisionamientos en el plazo requerido. Los devastadores bombardeos sobre las vías de comunicación, en particular en los cruces de carreteras, impidieron cualquier movimiento.

El ataque del I Cuerpo Panzer de las 88 no se produjo hasta el 9 de junio: era el tercer día de la invasión y ya había pasado el momento crítico.

Los bombardeos aéreos y el fuego continuado de los navíos enemigos impidieron la concentración a tiempo del I Cuerpo Panzer de las 88 al sur de Caen. Las fuerzas alemanas sufrieron fuertes pérdidas en hombres y en material, especialmente en lo referente a aparatos de radio. Esto dificultó aún más el ejercicio del mando. Al estar absolutamente eliminada la Aviación alemana, los informes sobre el enemigo que dependían de ella se fueron empobreciendo progresivamente. La contraofensiva chocó con un adversario preparado, también superior en tierra; tras algunos éxitos locales el avance se frenó.

En ese momento, el 2.° Ejército británico tenía en su cabeza de puente en la costa de Calvados cerca de 10 divisiones, motorizadas y acorazadas, y el 1.er Ejército estadounidense disponía de entre 8 y 9 en la península de Cotentin. Los Aliados habían conseguido unir sus diferentes zonas de desembarco en la costa normanda, apoderándose del territorio al norte y al este de Bayeux; sus fuerzas aumentaban más rápidamente que las alemanas que, sin apoyo aéreo, se veían obligadas a desplazarse fuera de las vías de comunicaciones, muy castigadas por el enemigo. La cooperación de las fuerzas de desembarco aliadas con sus ejércitos hermanos, en el mar y en el aire, se producía con una tremenda precisión, aspecto que quedó demostrado durante los tres primeros días de batalla.

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Entre el 6 y el 8 de junio, ante una situación que cambiaba constantemente, el Grupo de Ejércitos B hizo una serie de propuestas al comandante en jefe del Oeste y al OKW: el 7 de junio por la tarde, las fuerzas inmediatamente disponibles del 15.o Ejercito debían ser enviadas al sur del Sena. Ahora bien, el OKW prohibió expresamente al comandante en jefe del Grupo de Ejércitos B cualquier libertad de movimiento fuera de su sector, aunque fuera por parte de una única división.

También se propuso una ocupación menos densa del frente en el Canal de la Mancha. Así mismo, se solicitó que 8 divisiones de infantería del 15.° Ejército se desplazasen hacia el frente de invasión mediante marchas nocturnas, ya que el sistema ferroviario estaba destruido y no había disponibilidad de vehículos de transporte. De este modo las divisiones acorazadas podrían ser relevadas y recuperar su capacidad de maniobra. Estas propuestas fueron rechazadas inmediatamente. No fue hasta mucho más tarde cuando llegó la autorización, vacilante, y con cuentagotas. La causa del rechazo se debía a que Hitler y el OKW esperaban un segundo desembarco en la Costa de la Mancha. Esta cuestión del segundo desembarco debería jugar un papel capital durante las primeras seis semanas de invasión.

Según sus propias reflexiones estratégicas, tácticas y políticas, el mariscal Rommel consideraba poco probable una segunda invasión, a pesar de que diariamente durante cinco semanas y sobre la base de premisas «dosificadas desde arriba», se anunciaba la existencia de una concentración de entre 30 y 50 divisiones en las islas británicas. Como es natural, había que tener en cuenta esta fuerza en un diagnóstico general de la situación. Rommel, de acuerdo con sus opiniones anteriores, indicó que el sector para un posible desembarco se debería encontrar entre el Somme y el Sena. Sin embargo, a partir de mediados de junio, el Grupo de Ejércitos B consideró poco probable el desembarco del Ejército de Patton al norte del Sena y, sobre todo, en el punto del frente del canal más poderosamente defendido. En efecto, el adversario poseía suficientes cabezas de puente entre el Orne y el Vire y a lo largo de la costa este de Cotentin, y además unidas entre sí. Pero el OKW se opuso, una vez más, a la petición relativa al traslado de las divisiones del 15.° Ejército y no dio a Rommel ninguna libertad de acción. El mismo coronel general Jodl calificó esta decisión de error. No fue hasta la segunda mitad de julio

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cuando el OKW ordenó el desplazamiento de las divisiones inutilizadas del 15.° Ejército desde el frente del Canal de la Mancha hacia Normandía. Sin embargo, en ese momento quizás hubiese sido mejor destinar esas fuerzas a la preparación a la defensa del Sena, desde el momento en que se prohibía toda libertad de movimiento en el Oeste.

El mariscal Rommel solicitó, además, la retirada de las divisiones que se encontraban en Bretaña y en las islas anglonormandas para llevarlas al frente de Normandía. Según él, en Bretaña solamente se deberían dejar tropas para mantener la línea costera, ya que la península no ofrecía mayor interés estratégico al haber perdido su importancia como base de la fuerza de submarinos, desde el punto de vista de su número y de sus posibilidades operativas. Los hechos le dieron la razón.

Las islas anglonormandas sólo estaban ocupadas por la 319.ª División, reforzada por un regimiento acorazado, por una brigada de artillería antiaérea y algunas otras unidades independientes, sumando en total cerca de 35 000 hombres, que se rindieron sin combatir en mayo de 1945. Con un gran sentido de la anticipación, conscientes de su futuro inevitable, los soldados bautizaron en 1944 a la unidad como «la División de Canadá» porque parecía abocada al cautiverio en aquel país. El 17 de junio, la propuesta de evacuación fue rechazada por escrito una vez más, y Hitler prohibió que volviese a plantearse el asunto.

También se presentó otra petición tendente a desguarnecer el Frente del Mediterráneo «ya que no se podía defender todo» y trasladar hacía el norte el LVIII Cuerpo Panzer, acantonado en el Mediodía francés, que estaba formado por cuatro divisiones acorazadas (9.ª y 11.ª Divisiones Panzer y 2.ª y 17.ª Divisiones Panzer de las 88), aún no del todo preparadas. Sin embargo, preocupados por un desembarco enemigo en el Mediterráneo, Hitler y el OKW rechazaron igualmente esta propuesta. No fue hasta los meses de julio y agosto cuando las divisiones acorazadas fueron enviadas al sur del Sena: una posición muy mal elegida estratégicamente.

Es de destacar que el Frente del Mediterráneo, con las débiles fuerzas allí desplegadas y sus abiertas costas, era incapaz de resistir a un serio ataque enemigo. En el supuesto de que allí también tuviera lugar una invasión, se debería llevar a cabo una operación estratégica de gran envergadura: evacuación de todo el sur de Francia, repliegue de todas las fuerzas hasta la línea Sena-Yonne, y acumulación de todas las reservas

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posibles detrás del flanco oriental. Estas peticiones no fueron admitidas ni por el Mando del Oeste ni por el OKW. Rommel se vio limitado a su mando y, una vez más, se le apartó de cualquier plan estratégico.

Así, la primera fase de la invasión se cerraba con un éxito evidente de los Aliados, tanto en el terreno militar, como en el político y el psicológico. Habían pasado los críticos primeros días sin dificultades ni contragolpes graves, gracias a la seguridad que representaba la cooperación entre fuerzas terrestres, aéreas y navales, y gracias a la gran eficacia de los nuevos medios técnicos. Su situación se vio reforzada.

Para quienes estaban a la defensiva se hizo evidente que las fuerzas aliadas no podrían ser rechazadas al mar o mantenidas mucho más tiempo en sus cabezas de puente si no entraba en liza una poderosa aviación alemana y fuerzas navales adecuadas. El fracaso táctico de las formaciones lanzadas a la contraofensiva no fue debido al mando local o, eventualmente, a una falta de preparación de las tropas, sino únicamente a la eficacia de las fuerzas aéreas y navales enemigas. Desde los primeros días, éstas infligieron a los alemanes importantes pérdidas en carburante y municiones.

Cañón antitanque estadounidense en acción..

Los Aliados podían imponer su ley sin ningún freno.

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CAPÍTULO V.

DEL 9 DE JUNIO AL 24 DE AGOSTO DE 1944

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LOS ACONTECIMIENTOS MILITARES

D URANTE este periodo, asistimos a los esfuerzos alemanes para expulsar al enemigo de sus cabezas de puente y rechazarlos hacia el

mar.

El 7 de junio, el Estado Mayor del Grupo Acorazado Oeste, instalado en París a las órdenes del general de las fuerzas acorazadas barón Geyr von Schweppenburg, fue convocado por el Grupo de Ejércitos B. Sin embargo, no fue hasta la tarde del día 8 cuando se encontró en condiciones de asumir el mando desde el este del Orne hasta Tilly. En esa zona también le quedaron subordinadas las tropas que formaban las alas interiores del 15.º y el 7.° Ejércitos, además del I Cuerpo Panzer de las SS. La orden de operaciones disponía rechazar al enemigo de sus posiciones en tierra firme mediante el ataque con todas las formaciones acorazadas disponibles. El general barón Von Geyr, después del fracaso del I Cuerpo Panzer de las 88, hizo una pausa y preparó el ataque para la noche del 10 al 11 de junio.

Las órdenes ya habían sido cursadas en presencia del comandante en jefe del grupo de ejércitos en el puesto de mando del grupo acorazado, cuando la División Panzer Lehr informó de una penetración enemiga procedente del oeste. Era una de esas informaciones exageradas e inevitables en la guerra, pero que sin embargo obligan a tomar medidas defensivas. Poco después de que llegase este informe, el Estado Mayor del Grupo Acorazado Oeste fue prácticamente aniquilado por un masivo bombardeo aéreo; probablemente el enemigo detectó los puestos emisores recién instalados. El grupo acorazado perdió a su jefe de estado mayor, el general Von Dawans, al jefe de Operaciones, y a otros muchos oficiales. La Sección de Inteligencia quedó fuera de combate; tan sólo el comandante en jefe, ligeramente herido, sobrevivió junto a unos pocos soldados. Hasta el 26 de junio no pudo reanudar su actividad, con un nuevo estado mayor que sufría de todos los defectos propios de la improvisación.

Fue por ello, por lo que en los días siguientes no se pudo poner en marcha una contraofensiva bien articulada. Además, las formaciones acorazadas tuvieron que ponerse a la defensiva debido a la presión cada día más fuerte de las divisiones acorazadas británicas. Hitler y el OKW intervenían continuamente en la conducción de las operaciones y como

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sucede a menudo, quisieron frenar todas las operaciones enemigas simultáneamente. Una auténtica avalancha de directivas cargadas de nerviosismo llegaba desde el Cuartel General del Führer. Éste reclamaba al mismo tiempo que se impidiese el ataque enemigo en dirección sur por Caen, que se frenase una ofensiva desde Bayeux también en dirección sur, que Cherburgo resistiese a cualquier precio, que se evitara que la península de Cotentin quedara aislada, y por último que el enemigo avanzara hacia Bretaña. Finalmente, llegó una orden del Führer en la que se exigía la «destrucción» de las cabezas de puente enemigas entre el Orne y el Vire. Hasta entraba en detalles como el despliegue de una unidad de artillería autopropulsada al este del Orne.

Pero todas estas misiones debían ser llevadas a cabo sin apenas reservas, y sin fuerzas aéreas y navales.

Mientras esto sucedía entre el Orne y el Vire y el centro de la batalla parecía encontrarse cerca del sector Caen-Bayeux, los estadounidenses intentaban aumentar sus cabezas de puente en la parte sureste de Cotentin. Primeramente, contra la cabeza de puente estadounidense fueron enviadas unidades pertenecientes a la 243.ª, la 91.ª y la 77.ª Divisiones, ala 3.ªDivisión Paracaidista, así como agrupaciones de fuerzas de la 17.ª División de Granaderos Panzer de las 88 y de la 30.ª Brigada.

Sin embargo, también allí, pese al experimentado liderazgo del general de Artillería Marcks, y por las mismas razones que en Caen, no se consiguió llevar a cabo ninguna contraofensiva organizada. La llegada de las reservas en pequeños destacamentos aislados también impidió constituir un grupo de ataque de un cierto poderío ofensivo. El siguiente detalle puede servir para ilustrar sobre esa llegada «con cuentagotas» de las reservas.

Al campo de batalla llegaron las siguientes unidades: parte de la 12.ª División Panzer de las 88 llegó a lo largo del 7 de junio; la División Panzer Lehr lo hizo entre el 8 y el 9 de junio, al igual que la 346.ª División de Infantería; la 77.ª División de Infantería, el 11 de junio; la 2.ª División Panzer y la 3.ª División Paracaidista, el 13 de junio; y finalmente, la 1.ª División Panzer de las 88, el 18. Algo parecido sucedió con las tropas especializadas, como las unidades de cañones de asalto, debido a la creciente destrucción de las vías férreas.

Sólo desguarneciendo de forma importante los sectores costeros al norte y al sur de Normandía, se hubieran podido obviar los perjuicios

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ocasionados por la superioridad aérea enemiga. Esta posible solución no fue puesta en marcha porque el OKW seguía creyendo que el segundo desembarco era inminente.

La contraofensiva contra las fuerzas estadounidenses en la península de Cotentin se diluyó en ataques esporádicos, y casi siempre las tropas recién llegadas debían desviarse para atender situaciones críticas surgidas de los combates.

La situación meteorológica a lo largo de los días 9 y 10 de junio obligó a una cierta ralentización en la actividad de las fuerzas aéreas enemigas, pero esta pausa no pudo ser aprovechada para la defensa.

Se precisaba la intención del mando estadounidense de aislar la península de Cotentin y de apoderarse cuanto antes de Cherburgo. En sus directivas, Hitler declaró que la conservación de Cherburgo era «decisiva para la guerra». Pero, Cherburgo, como fortaleza, no poseía defensas modernas por el lado de tierra; tampoco contaba con una guarnición lo suficientemente importante para llevar a cabo una defensa efectiva. En virtud de una orden del OKW, las formaciones previstas para la defensa de la ciudad —la 709.ª, la 91.ª, la 247.ª y la 71.ª Divisiones— fueron retenidas frente a la cabeza de puente enemiga en la costa este de la península; se les ordenó resistir al enemigo «tanto tiempo como les fuera posible» y luego replegarse hacia Cherburgo sin dejar de combatir. A pesar de las reiteradas objeciones de Rommel, la mencionada orden no llegó a ser revocada. En la ejecución de ese doble objetivo, las divisiones alemanas de infantería, poco móviles y sin abastecimientos, fueron, a lo largo de su retirada, arrolladas por las unidades blindadas enemigas y aniquiladas en su mayor parte por la aviación. Resultaba imposible mantener la defensa de un sector terrestre y marítimo tan extenso sin los efectivos necesarios y sin ningún apoyo aéreo o naval. El Grupo de Ejércitos B accedió a las propuestas del LXXXIV Cuerpo de Ejército y del 7.° Ejército, en el sentido de que las fuerzas desplegadas en la península de Cotentin fueran salvadas de la destrucción, permitiendo su repliegue hacia el sur. Sin embargo, todas estas propuestas fueron rechazadas en aras del «fantasma de Cherburgo». Se repetía siempre la misma consigna: «Resistir y no ceder ni un solo paso». El resultado de tantas órdenes y contraórdenes del OKW fue la irrupción de los estadounidenses por Saint Sauveur, acabando con cuatro divisiones. Fue entonces cuando el mariscal Rommel asumió la decisión de llevar hacia el sur a todas las fuerzas todavía

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disponibles y cerrar el paso a la península de Cotentin. Un grupo de combate de la 77.ª División de Infantería, a las órdenes del coronel Bacherer, consiguió llevar a cabo un audaz avance hacia el sur para cerrar una brecha abierta en la línea del frente. No obstante, la ciudad y el puerto de Cherburgo acabaron cayendo el 25 de junio y los últimos nidos de resistencia alemanes cesaron la lucha el día 30.

Sin embargo, quedó en evidencia que la conquista del puerto militar de Cherburgo no fue tan fundamental para el abastecimiento de las fuerzas aliadas como se había creído en principio en el mando alemán. La invención de los puertos artificiales y su utilización en la costa de Calvados jugaron un papel mucho más decisivo. Por el contrario, la caída de Cherburgo significó un golpe moral de gran importancia. No obstante, el enemigo, a pesar de su superioridad, no alcanzó sus objetivos en el tiempo previsto. En un mapa estadounidense encontrado en poder de un prisionero, aparecían los objetivos de los ejércitos de invasión y el calendario previsto para su consecución, y se fijaba el 6 de junio para la captura de Cherburgo y para el 10 la ocupación de la línea Avranches-Domfront. Las operaciones se desarrollaban bastante más lentamente de lo previsto en el plan del comandante en jefe estadounidense y exigían la presencia de un mayor número de tropas.

Tras la caída de Cherburgo, el Grupo de Ejércitos B interpretó que el 1.er Ejército estadounidense, una vez liberadas sus fuerzas atacantes, intentaría trasladar su principal eje de ataque de la zona Saint-Lô-Carentan para ocupar la línea Coutances-Saint-Lô, y utilizarla como punto de partida para una ofensiva de ruptura en dirección sur, y establecer además un contacto más sólido con la zona de desembarco de Montgomery en Normandía. En el sector de Bayeux, el 2.o Ejército británico, no había percibido la existencia de una amplia y peligrosa brecha en el frente defensivo alemán y que llevaba varios días abierta. Una irrupción hacia el sur y el sureste hubiera podido tener ya entonces una importancia decisiva, provocando el hundimiento del frente alemán al sur del Sena. Pero, el ataque británico se dirigió hacia el este para hundir el frente en Caen mediante un «ataque ordinario». El XLVII Cuerpo Panzer del general barón Funk, que acababa de incorporarse al combate con la 2.a División Panzer (general barón Von Lüttwitz) y la Panzer Lehr (general Bayerlein) consiguieron cerrar la brecha al sur de Bayeux lanzando allí todas las reservas disponibles.

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Sin embargo, debido a la superioridad enemiga en fuerzas terrestres, navales y aéreas, el combate defensivo en su conjunto comportó unas elevadas pérdidas a las fuerzas alemanas. A ello se añadió la orden de Hitler prohibiendo cualquier táctica elástica y forzando a una defensa estática en cada palmo de terreno, dirigida sobre todo a mantener la cabeza de puente sobre el Orne cerca de Caen, costosa en hombres y sin ningún valor militar.

Tal torpeza táctica no sólo brindaba la total iniciativa al enemigo, sino que evidentemente fue la decisión más desacertada.

Rendición de Chesburgo.

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LA ENTREVISTA CON ADOLF HITLER EN MARGIVAL EL 17 DE JUNIO

É SA era la situación cuando, por fin, Hitler accedió a las reiteradas peticiones de los mariscales Von Rundstedt y Rommel, y se desplazó

al Oeste para informarse de la situación sobre el terreno y, dado el caso, adoptar nuevas decisiones estratégicas.

La noche del 16 de junio nos llegó un sorprendente aviso: los dos mariscales, así como sus jefes de estado mayor, debían presentarse el 17 de junio a las 09.00 horas, en el puesto de combate «WII», cerca de Margival, al norte de Soissons, para informar al Führer de la situación. Así pues, el mariscal Rommel debía cubrir 200 kilómetros hacia la retaguardia, después de regresar a las 03.00 horas del 17 de junio de una visita al frente de Cotentin que había durado veintiuna horas. La falta de tiempo impidió efectuar preparativo alguno para la entrevista.

El Cuartel general del Führer «W II» fue construido en 1940 sobre un lugar histórico. A poca distancia de allí, la cruz de la rotonda de Laffaux rememoraba el punto en el que, durante la Primera Guerra Mundial, el frente giraba hacia el norte desde su orientación este-oeste. A partir de este punto se extendía el Chemin des Dames, tan duramente disputado durante las dos guerras mundiales, y que discurre hacia el este entre el Aisne y el canal del Oise al Aisne. El cuartel general se encontraba a 8 kilómetros, hacia el noreste de Soissons, en un profundo declive por donde pasaba la vía férrea que se dirigía hacia Laon, cerca de un túnel en el que se podía refugiar el tren especial del Führer. El puesto de mando estaba formado por refugios de hormigón, amplios y bien camuflados. En la cima de una pequeña altura se levantaba un comedor desde donde se gozaba de una bella vista de la catedral de Soissons, que se perfilaba a lo lejos. El refugio de Hitler constaba, a nivel del suelo, de un gran despacho, un dormitorio con baño, habitaciones para los ayudantes de campo, y varias habitaciones más protegidas contra los ataques aéreos, y especialmente acondicionadas para trabajar y descansar. Este cuartel general fue creado como puesto de mando de cara a la invasión de Inglaterra en 1940, pero hasta el 17 de junio de 1944 nunca llegó a ser utilizado. Durante la reunión, fue herméticamente cerrado y asegurado por el comando de las SS que acompañaba constantemente al Führer.

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La madrugada del día 17 de junio, Hitler llegó acompañado del coronel general Jodi y de su entorno más cercano. Viajaba en un automóvil blindado, procedente de Metz, adonde había llegado en un vuelo procedente de Berchtesgaden. Estaba pálido y parecía fatigado por el insomnio. Nervioso, sus dedos jugueteaban con sus anteojos y con unos lápices de colores. Sólo él estaba sentado, inclinado sobre un taburete. Los mariscales permanecían en pie. Su característica fuerza interior se había desvanecido. Tras algunos saludos, breves y fríos, Hitler, con voz alta y tono amargo, expresó su disgusto respecto al éxito del desembarco aliado y lo imputó a los errores de los comandantes locales. Ordenó mantener a cualquier precio la plaza fuerte de Cherburgo.

Después de una breve introducción, el mariscal Von Rundstedt cedió la palabra a Rommel, en su calidad de jefe, en el frente de invasión.

Con una franqueza sin miramientos, éste destacó el punto esencial en el problema de la defensa: antes del 6 de junio había predicho, y luego lo había subrayado diariamente, la imposibilidad de hacer frente a la poderosa superioridad del enemigo en tierra, mar y aire. Con el fracaso de nuestro reconocimiento aéreo y marítimo, el enemigo consiguió desembarcar por mar y aire a lo largo de las débilmente defendidas costas de Calvados y de la península de Cotentin, respaldado por una potente pantalla de fuego aéreo y naval. Las divisiones desplegadas a lo largo de la costa no fueron sorprendidas «durmiendo» contrariamente a las informaciones dadas por buenas por el OKW; por el contrario, combatieron hasta el último aliento en sus posiciones débilmente fortificadas. Los mandos y la tropa llevaron a cabo sacrificios sobrehumanos en un combate desigual. De acuerdo con la situación táctica en Cotentin y comparando sus fuerzas con las del atacante, Rommel calculaba que Cherburgo caería de un momento a otro y solicitó un cambio a nivel táctico.

Se planteó la cuestión de las «fortalezas» de cuño hitleriano, es decir, ciudades y puntos de apoyo convertidos en improvisadas fortificaciones. Rommel negó su eficacia. Protestó ante lo que consideraba un sacrificio inútil tanto de hombres como de material. Fue en vano. Durante la invasión y en las operaciones posteriores, fueron declaradas «fortalezas» los siguientes emplazamientos: Ijmuiden, la isla de Walcheren, Dunkerque, Calais, el cabo Gris-Nez, Boulogne, Dieppe, Le Havre, Cherburgo, Saint-Malo, Brest, Lorient, Saint-Nazaire, La Pallice, Royan y el estuario

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del Gironda; alrededor de 200 000 hombres y un valioso material quedaron allí inmovilizados. El enemigo no se preocupó por esas «fortalezas» y en ningún caso fijó importantes fuerzas en su asedio. Muchas de estas «fortalezas» cayeron en mayo de 1945, tras la rendición sin condiciones de Alemania, y sus guarniciones fueron hechas prisioneras. Hitler no aprendió nada de las experiencias vívidas en Stalingrado, Túnez, Crimea, Tarnopol y muchas otras posiciones.

El mariscal Rommel expuso con claridad su punto de vista respecto de los próximos movimientos del enemigo: avance hacia el sur, en dirección a París, desde las zonas de Caen y Bayeux así como desde la península de Cotentin, combinado con otra operación accesoria sobre Arranches para aislar Bretaña.

El 21.º Grupo de Ejércitos de Eisenhower, que ejercía el mando único sobre las fuerzas de invasión británicas y estadounidenses, ya había desembarcado entre 22 y 25 divisiones, muy móviles, entre 11 y 13 de ellas británicas y el resto estadounidenses. El ritmo de llegada era de entre dos y tres divisiones a la semana. Con esas cifras, y viendo el estado de las fuerzas terrestres, aéreas y navales alemanas, era impensable un posible éxito defensivo. Era difícil de prever las consecuencias que tendría todo ello en el Frente Occidental, y más teniendo en cuenta que ni la línea del Sena ni ninguna otra posición en retaguardia habían sido organizadas. La dirección de las operaciones por parte del enemigo podía parecer poco fluida y lenta, pero el éxito parecía asegurado si se tenía en cuenta la perseverancia de sus métodos y su superioridad en todos los terrenos.

Rommel ya no creía que los Aliados llevasen a cabo un segundo gran desembarco al norte del Sena. Una vez más solicitó que se le diese libertad de movimientos a nivel operativo en el Oeste, así como la transferencia de las unidades acorazadas de primer orden, así como de las fuerzas aéreas y navales presentes en el frente. Desde el punto de vista táctico, la medida a tomar con mayor urgencia era dar las órdenes pertinentes de cara a la esperada irrupción del 1.er Ejército estadounidense en dirección a la costa oeste de la península de Cotentin y al repliegue del frente de Caen detrás del Orne. Rommel fue apoyado por el mariscal Von Rundstedt.

Sin embargo, Hitler no quiso ver la realidad, a pesar de este diagnóstico y de que nuestras fuerzas eran cada vez más débiles. Con una extraña mezcla de cinismo y de falsa intuición, profetizó, en medio de un interminable torrente de palabras cargadas de autosugestión, el devastador

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efecto que tendría en el curso de la guerra la utilización del arma V contra Gran Bretaña a partir del 16 de junio. Interrumpió la conferencia y él mismo dictó a los representantes del jefe del servicio de prensa un comunicado para prensa y radio sobre la entrada en combate de las V. La entrevista, iniciada por los dos mariscales con tantas esperanzas, se cerró con un desordenado monólogo del Führer.

Entonces, los mariscales propusieron el lanzamiento de los cohetes V sobre la cabeza de puente enemiga.

Se reclamó la presencia del general que estaba al frente del arma V, el artillero Heinemann. Tuvo que admitir la imprecisión de esos proyectiles, con un margen de error de entre 15 y 18 kilómetros, y los peligros que comportaba para las mismas tropas alemanas. Era imposible, en las condiciones técnicas del momento, apuntar correctamente esta nueva arma contra los ejércitos de invasión en el continente. En lo que hacía referencia a su utilización contra los puertos del sur de Inglaterra, por los que pasaba los refuerzos, el material y los suministros destinados a las fuerzas de invasión, Hitler se negó con el pretexto de que era preferible atacar Londres para «conducir» a los británicos hacia la paz.

Ante la renovada insistencia de los mariscales sobre la deficiente actuación de la fuerza aérea alemana, Hitler respondió que había sido engañado «por el mando y los técnicos de la Luftwaffe». Se habían construido simultáneamente diferentes aparatos sin alcanzar nunca unos resultados prácticos satisfactorios.

Hitler se mostraba incrédulo ante las sentidas explicaciones de Rommel sobre la eficacia de las armas enemigas. Este último acabó por hacerle ver, en tono cortante, que hasta ese momento ninguna personalidad importante de su entorno, del OKW, la Luftwaffe o la Kriegsmarine, se había desplazado al frente para contrastar personalmente cuál era la situación y el efecto de las armas enemigas. Las órdenes se impartían desde un despacho, sin contar con ninguna experiencia propia sobre lo que sucedía en el frente. Rommel añadió: «Usted exige que tengamos confianza, pero no se tiene confianza en nosotros». Hitler se puso lívido ante el reproche y permaneció mudo.

El coronel general Jodl preguntó entonces cuáles eran las nuevas formaciones de tierra, mar y aire debían ser llamadas y en qué momento. Hitler volvió a hablar de la entrada en servicio de masas de «cazas a reacción» para acabar con la superioridad aérea enemiga, tanto en el frente

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como sobre Alemania. Mencionó el empleo masivo de las armas V. Consideraba que la situación tanto en el este como en el sureste estaba controlada y se perdió en declamaciones sobre el inminente hundimiento de Gran Bretaña como consecuencia de la llegada de las armas V y de los cazas a reacción.

Al anunciarse en esos instantes que se aproximaban formaciones de aviones hubo que trasladarse al refugio antiaéreo del búnker para que allí se cumpliera la parte final de la entrevista. En ese estrecho espacio quedaron solamente Hitler, los dos mariscales con sus jefes de estado mayor y el general Schmundt. Rommel aprovechó la oportunidad para hacer una exposición impecable y poner de relieve el estado militar y político en que se encontraba Alemania. Señaló el colapso en el frente de invasión, el casi inevitable avance hacia Alemania, el desmoronamiento

del Frente Italiano —Roma había caído el 4 de junio— y asimismo puso en duda la posibilidad de mantener el Frente Oriental. En materia de política exterior, destacó el completo aislamiento en que nos hallábamos y que, contrariamente a lo afirmado por la propaganda, debía llevar a un debilitamiento mortal. Acabó suplicando que se pusiera fin a la guerra. Hitler, después de un corto intercambio de palabras, dio por terminada la conversación diciendo: «No se preocupe usted de la continuación de la guerra, concéntrese en su frente de invasión».

El 6 de junio de 1946, el coronel general Jodl declaró en Nuremberg: «Varios generales, entre ellos Rommel y Von Rundstedt, trataron siempre de hacerle ver a Hitler la crítica situación de Alemania; nunca los escuchó».

Los dos mariscales insistieron en la necesidad absoluta de tratar a Francia de forma diferente, y sobre todo de poner punto final a la actuación de Sauckel y la Policía Secreta. Hitler también rechazó estas propuestas.

El abismo existente entre Rommel y Hitler aún se profundizó más. La desconfianza e incluso el odio del Führer parecieron haber aumentado.

La entrevista se prolongó desde las 09.00 hasta las 16.00 horas y sólo fue interrumpida por una almuerzo frugal durante el cual Hitler devoró un plato repleto de arroz y legumbres, que previamente había hecho probar a uno de sus guardaespaldas. Frente a su plato se alineaban varias píldoras y una hilera de vasos con diferentes medicamentos, que él iba tomando

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alternativamente. Detrás de su silla montaban guardia dos miembros de las SS.

Antes de la partida, el ayudante de campo de Hitler, el general Schmundt, impresionado por las observaciones de Rommel sobre la falta de contacto del mando supremo con el frente, me encargó que organizase para el 19 de junio una visita de Hitler a La Roche-Guyon u a otro lugar, y que convocase a los comandantes de diversas formaciones que se encontrasen en primera línea para escuchar directamente sus informes. Inmediatamente se tomaron medidas para ello. Durante el viaje de vuelta de Soissons a La Roche-Guyon, el comandante militar de Francia, el general Von Stülpnagel, fue puesto al corriente del contenido de la entrevista con Hitler.

Sin embargo, cuando a primera hora del 18 de junio, telefoneé al general Blumentritt a Saint-Germain para fijar el plan de la visita de Hitler, recibí la increíble noticia de que el Führer ya había regresado a Berchtesgaden la misma noche del día 17. El pretexto de esta marcha precipitada había sido la caída de un proyectil V cerca del puesto de mando de Hitler el mismo día 17, poco después de la partida de los mariscales. A raíz de una avería en el sistema de dirección giroscópica, varios cohetes V de las baterías costeras habían emprendido una trayectoria hacia el este aunque su impacto no produjo daños dignos de mención. El estallido en las cercanías del refugio del Führer no tuvo consecuencias ni causó víctimas.

De hecho, la eficacia de este proyectil «milagroso», el V-l, resultó mínima en relación al esfuerzo que comportó su producción. Esto fue confirmado por las informaciones y los interrogatorios a prisioneros.

El resultado de la entrevista con el Führer fue desalentador, tanto en el plano militar como en el político y el humano. Las promesas hechas por Hitler respecto al envío de reservas y, especialmente, de fuerzas aéreas, no fueron cumplidas, contrariamente a las declaraciones llenas de convencimiento del Führer. El 17 de junio se desencadenó la ofensiva soviética contra el Grupo de Ejércitos Centro, cuyo frente se hundió a ambos lados de la autopista Smolensko-Minsk. Tras la ofensiva, las fuerzas rusas se lanzaron sin trabas sobre las fronteras del Reich; todas las reservas disponibles del Mando Supremo de la Wehrmacht, en especial del Ejército de Reserva, confluyeron hacia el este para intentar cerrar la vía de agua.

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El OKW se quedó sin tener una información clara de la situación.

A finales de junio, parecía que en Normandía el 2º Ejército británico agrupaba sus fuerzas para un ataque concentrado sobre Caen, con el objetivo de avanzar hacia París y, de este modo, conseguir libertad estratégica. Las pérdidas alemanas crecían día a día, sobre todo a causa del fuego de más de 300 cañones pesados de las fuerzas navales aliadas, dirigidos por la Aviación, y de los ininterrumpidos ataques aéreos. El 17 de junio, Hitler prohibió la evacuación de la cabeza de puente del Orne en Caen que le había propuesto Rommel. Allí fue inexorablemente sacrificada la flor y nata de las fuerzas alemanas. A mediados de junio, para frenar la crisis que se perfilaba en Caen, fue enviado desde Hungría el

II Cuerpo Panzer, al mando del Obergruppenführer de las 88 Bittrich, pero las destrucciones en las vías férreas forzaron su desembarco al este de París, obligando al cuerpo a llegar al frente por carretera. Fue incorporado al Grupo Acorazado Oeste, que una vez reunidos sus tres cuerpos de ejército (I y II Cuerpos Panzer de las 88 y XLVII) debía atacar los flancos y la retaguardia del enemigo que luchaba cerca de Caen; debía aislar a los británicos del mar y aniquilarlos. Sin embargo, el vertiginoso desarrollo de los acontecimientos y la eficacia de las armas enemigas impidieron que el ataque consiguiera un éxito sustancial. No pudo conseguirse que las divisiones del I Cuerpo Panzer de las 88 y del XLVII Cuerpo Panzer fueran reemplazadas por divisiones de infantería porque estas últimas no pudieron llegar al frente a tiempo y porque su composición humana, su equipo y su mando les impidieron resistir a un adversario extremadamente móvil, dotado de importantes medios acorazados y que, sostenido por el fuego de toda clase de armas, podía desplazar el centro de gravedad de su acción con gran celeridad.

La ofensiva del II Cuerpo Panzer de las 88 —9.ª y 10.ª Divisiones Panzer de las 88— finalmente sólo pudo desencadenarse con la escasa protección de otras divisiones. Entre el 29 y el 30 de junio, fue frenada por el fuego concéntrico de los carros de combate, la artillería pesada, los cañones navales y la Aviación del enemigo. Si bien no se logró el objetivo buscado, quedó estabilizada localmente la situación. En ese momento, Hitler reprochó a esas divisiones su falta de iniciativa, de experiencia y de contundencia. Era una injusticia, pues ese cuerpo hizo lo que pudo. El desgaste también se hizo sentir rápidamente en esas tropas recién llegadas.

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En efecto, el mando tuvo la intención de reemplazar las divisiones acorazadas por divisiones de infantería, a fin de poder destinar a las primeras en operaciones basadas en la movilidad, a ser posible a nivel estratégico. Sin duda, este relevo era contrario a la prohibición de Hitler y sus directivas sobre la defensa a ultranza de cada palmo de terreno. Con todo, los movimientos en cuestión fueron ordenados, pero no llegaron a ser ejecutados: esas divisiones de infantería, abandonadas durante años de forma negligente, habían perdido su valor de combate, y la situación había empeorado.

El otro centro de gravedad en el frente de invasión, tras la toma de Cherburgo por el 1 .er Ejército estadounidense, se localizaba en el sector Saint-Lô-Carentan. Primeramente, las divisiones estadounidenses intentaron ocupar la línea Coutances-Saint-Lô para convertirla en un punto de partida que facilitase las ulteriores operaciones. Tal como ocurrió en el frente de Caen, en la zona de Saint-Lô se libró una gran batalla de desgaste en la que las tropas de tierra alemanas fueron severamente castigadas sin gozar del apoyo de los ejércitos vecinos, sin descanso ni relevo.

Entre el 1 y el 24 de julio, el 21º Grupo de Ejércitos Aliado intentó romper el frente en Caen y Saint-Lô.

En Caen, el 8 de julio, el 2.° Ejército británico, con tres divisiones de infantería y entre 4 y 5 brigadas acorazadas, desencadenó una ofensiva destinada a cercar la ciudad por el norte y el este, después de que en la noche del 7 al 8 la artillería terrestre y naval devastase toda la zona a ambas dos orillas del Orne. Los blindados alemanes que se encontraban en reserva fueron mayoritariamente destruidos; muchos fueron proyectados a los embudos causados por las explosiones como si se tratase de juguetes. Tras dos días de lucha, los británicos consiguieron tomar Caen, pero fracasaron a la hora de avanzar más allá del Orne, gracias a la llegada de las últimas reservas alemanas y al heroico sacrificio de los defensores. Tras sus esfuerzos en Caen, los británicos consagraron varios días a reagruparse y preparar sus fuerzas. El silencio radiofónico y la niebla artificial impedían cualquier operación de reconocimiento; los pequeños aparatos aislados no podían penetrar en el muro de niebla. Una vez más, el mando alemán carecía de los datos necesarios para elaborar un diagnóstico de la situación. Algunos ataques parciales sólo parecían destinados a mejorar posiciones locales.

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El 18 de julio se desencadenó el gran ataque enemigo con su eje principal al este del Orne. El ataque fue precedido por varias horas de barrera móvil de artillería, y por el bombardeo de un millar de aparatos acompañados de otros 2200 bombardeos pesados. En el curso de una monstruosa lucha de cuatro días, en la que participaron cinco divisiones de infantería, tres divisiones acorazadas y otras tres brigadas acorazadas independientes —más de mil carros de combate en un espacio muy reducido—, los británicos avanzaron apenas 7 kilómetros de profundidad, pero no consiguieron romper el frente como esperaban. A pesar de las graves pérdidas y de un profundo agotamiento, las unidades anticarro y la infantería alemana consiguieron contener el ataque.

El 20 de julio de 1944 fue el punto culminante de la batalla defensiva en el sector de Caen; finalmente se consiguió un éxito defensivo.

Mientras tanto, las inferiores fuerzas del 7.° Ejército luchaban contra el 1 .er Ejército estadounidense en la península de Cotentin y cerca de Saint-Lô. Allí también, la táctica aliada de aplastamiento comportó, gracias a la utilización masiva de todos los medios de combate, el desgaste de las débiles fuerzas alemanas. Entre el 3 y el 7 de julio, cuatro divisiones estadounidenses intentaron romper el frente, avanzando hacia el sur entre las praderas pantanosas de Gorges y la costa occidental. Pudieron progresar unos 5 kilómetros pero fueron contenidos. El combate, en la parte occidental de Cotentin, tuvo en sus inicios un carácter estrictamente local; en cambio, los estadounidenses concentraron sus fuerzas en la zona de Saint-Lô, así como entre el Vire y el Taute.

La noche del 18 al 19 de julio, el enemigo consiguió rodear los restos de las fuerzas que quedaban en Saint-Lô, y entre ellas el puesto de mando del LXXXIV Cuerpo. Su comandante, el general de Artillería Erich Mareks, que había perdido una pierna durante la campaña de Rusia, cayó cerca de la primera línea.

Tras la toma de Saint-Lô, el enemigo trasladó el grueso de su esfuerzo al sector situado al oeste del Vire. El 24 de julio, tras una impresionante preparación artillera, lanzó el gran ataque que debía provocar el hundimiento del frente entre el Vire y el mar: la rotura del frente se perfilaba en el horizonte. Las escasas reservas que pudieron enviarse llegaron demasiado tarde y entraron en combate en pequeños grupos.

El 24 de julio, si bien la rotura del frente había podido evitarse con suma dificultad en la parte oriental del frente de desembarco enemigo, al

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oeste de Saint-Lô había triunfado. El 1.er Ejército estadounidense saludaba ya su libertad de maniobra estratégica hacia el interior de Francia.

Los grupos de ejércitos aliados tenían unas cuarenta divisiones en el continente, todas acorazadas o motorizadas, y el flujo de llegada de nuevas unidades no se detenía.

El mando alemán contaba con que el 2.° Ejército británico proseguiría su ofensiva trasladando su esfuerzo principal al oeste del Orne para conquistar primero la zona de Falaise, copio punto de partida. En lo concerniente al 1.er Ejército estadounidense, se suponía que tras haber extendido y finalizado su penetración más allá de la línea Domfront-Avranches, proseguiría su avance a través del corazón de Francia, donde se le uniría el ala occidental del 2.° Ejército británico.

En cuanto a la cuestión de liquidar el frente de Normandía mediante una ofensiva, tal como deseaba Hitler, los hechos demostraban que era ya un sueño. Era más que evidente que las posibilidades de rechazar una invasión tan exitosa eran prácticamente inexistentes.

El 12 de julio, el comandante en jefe del Grupo de Ejércitos B informó que el enemigo ya había prácticamente conseguido su objetivo: el agotamiento de las fuerzas alemanas.

Volveremos más adelante sobre el ultimátum lanzado el 15 de julio por el mariscal Rommel en referencia a esta situación.

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LOS ACONTECIMIENTOS POLÍTICOS

H EMOS empezado exponiendo la evolución táctica y estratégica de la situación hasta el 24 de julio, porque ella constituye el fundamento

de los juicios sobre los acontecimientos políticos y los posicionamientos personales producidos durante este periodo.

En los días que siguieron a la entrevista de Margival, el comandante en jefe y el jefe del Estado Mayor del Grupo de Ejércitos B informaron sobre los resultados de la conferencia con el Führer y sus consecuencias a los comandantes de los ejércitos subordinados, a varios generales de cuerpos de ejército, a comandantes de división y a jefes de estado mayor. El mariscal Rommel no ocultó a cada uno de estos jefes, con más o menos claridad según su tendencia política, que el desarrollo de los acontecimientos militares podría provocar que la Wehrmacht actuase con criterios propios en el Oeste, El coronel general Von Salmuth, el coronel general Dollmann y el general de las fuerzas acorazadas barón Geyr von Schweppenburg estuvieron de acuerdo con el diagnóstico político y militar del mariscal y expresaron su confianza en el comandante en jefe del grupo de ejércitos. Se declararon dispuestos a seguir sus órdenes, aun cuando fueran contradictorias con las del Führer.

El 25 de junio pareció ser una fecha particularmente significativa por la conjunción de acontecimientos y de reuniones políticas y militares.

En el Este, era un hecho la brecha abierta por el Ejército Rojo en el frente del Grupo de Ejércitos Centro a lo largo de la carretera Smolensko-Minsk, en dirección a las fronteras del Reich. En el Frente de Normandía, el enemigo atacó con fuerzas blindadas superiores cerca de Tilly y consiguió una penetración de cinco kilómetros de anchura y otros cinco de profundidad, lo que pareció poner en peligro la situación cerca de Caen. El coronel Finckh, nuevo responsable de Intendencia en el Oeste, enviado por el general Wagner, se presentó en el puesto de mando del Grupo de Ejércitos B. Informó de los preparativos encaminados a eliminar a Hitler, además de la revolución organizada para salvar a la Patria. Evocó el fracaso de los atentados anteriores y reveló los preparativos de una nueva tentativa que debía tener lugar en Berchtesgaden. Una vez más, Rommel expresó su opinión contraria a matar a Hitler por medio de un atentado, lo que juzgaba carente de sentido e insistió en que correspondía

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arrestarlo y hacerlo juzgar por un tribunal alemán. Le encargó al coronel Finckh que preparase en el Cuartel General y en el interior del país, la coordinación, imperativamente necesaria de todas las medidas a tomar, y le rogó que le informase en el más breve plazo de tiempo. Por otra parte, estimaba que esta cuestión decisiva era discutida en demasiados lugares al mismo tiempo. Según él, era necesario fijar una fecha lo más exacta posible para el levantamiento, para que se prepararan minuciosamente todos los detalles y así asegurar el éxito. Él mismo tenía intención de visitar de nuevo a Hitler para presentarle sus exigencias en forma de ultimátum.

En el frente crecían los rumores. El comandante de la 11.ª División Panzer, el teniente general Schwerin, elevó un memorando con respecto a la situación político-militar y solicitó en nombre de sus tropas la finalización de la guerra y la caída del régimen nacionalsocialista. Según él, su división le era totalmente fiel y podía ser utilizada contra los enemigos como en el interior de la Patria. En igual situación se encontraba la 2.ª División Panzer, a las órdenes del teniente general barón Von Lüttwitz.

Los mariscales Von Rundstedt y Rommel coincidieron en varias conversaciones en que la situación empeoraba precipitadamente no sólo en el Oeste, sino en todos los frentes y pidieron de nuevo una entrevista urgente con Hitler. El 28 de junio los dos mariscales recibieron una orden tan apremiante de dirigirse a Berchtesgaden que tuvieron que pasar toda la noche en sus automóviles para atravesar Baviera, ya que le estaba prohibido hacer el viaje en avión. Los dos mariscales llegaron a Berchtesgaden a última hora de la mañana del 29 de junio, pero tuvieron que esperar hasta la noche para ser recibidos por el Führer. La conversación se desarrolló ante un gran círculo de personas. Hitler no dio ninguna respuesta a las peticiones formuladas por los dos comandantes en jefe que, dada la situación general, le suplicaron poner punto final a la guerra. Una vez más, Hitler se extendió luego en frases grandilocuentes sobre la intervención de las nuevas armas milagrosas que darían un giro radical a la guerra, como le había sucedido a Federico el Grande con la muerte de la Emperatriz de Rusia, durante la Guerra de los Siete Años. Según Hitler esas armas conseguirían para Alemania la victoria final.

Curiosamente, a pesar de las reiteradas peticiones de ambos militares, Hitler no quiso hablar con ellos en un cara a cara. No les invitó a comer

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con él y los acabó despidiendo bruscamente. Antes de partir, Rommel expuso una vez más la cuestión al mariscal Keitel:

«La situación empeora por momentos, y es absurdo pensar en la victoria total de la que hoy mismo hablaba Hitler. Sólo cabe esperar la derrota total. Por consiguiente, renunciando a todas las conquistas y a todos los sueños, debemos acabar con la guerra en el Oeste mientras mantenemos nuestras líneas en el Este. Debemos proteger a Alemania del caos, y sobre todo antes de que la guerra aérea arrase todo».

Keitel prometió a Rommel que expondría la cuestión a Hitler, y finalmente explicó resignado: «¡Yo también sé que no hay nada que hacer!». Esta declaración parecía particularmente interesante porque después del 20 de julio, cuando sus antiguos camaradas fueron condenados y expulsados del ejército, Keitel parece que expuso la situación de diferente forma.

Los mariscales regresaron a sus puestos de mando cargados de preocupaciones y sometidos a un aluvión de sentimientos contrapuestos.

Mientras tanto, el 7.° Ejército había perdido a su jefe. El 29 de junio por la mañana, el coronel general Dollmann, que se había prodigado de forma infatigable día y noche, sucumbió a una embolia. No llegó a saber que Hitler había ordenado su relevo. Antes del desembarco, Rommel propuso para el mando de un ejército al general de Artillería Erich Mareks, una de las personalidades más destacadas del Ejército. Pero Hitler rechazó la propuesta por consideraciones políticas: Mareks había sido jefe de gabinete del general Von Schleicher, y por ello el Führer desconfiaba de él. Lamentablemente, Mareks tampoco hubiera podido comandar el 7.° Ejército pues había caído en el frente el 12 de junio.

Sin consultar con Rommel, el comandante del II Cuerpo Panzer de las SS, el Obergruppenführer de las SS Hausser, fue designado como sucesor de Dollmann. Hausser tuvo que abandonar inmediatamente el mando de su cuerpo acorazado, justo cuando debía conducir la ofensiva de ruptura del frente enemigo delante de Caen.

Hausser procedía del Ejército y había desempeñado parte de su carrera como oficial de estado mayor, pero muy pronto ingresó en las SS. Era un soldado impetuoso y valiente, pero políticamente era un verdadero daño.

Su nombramiento —tenía menos antigüedad en el grado que otros

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generales y, en especial, que el comandante en jefe del Grupo Acorazado Oeste— fue acogido con sentimientos encontrados.

Dos días después de regresar de su entrevista con el Führer, Von Rundstedt fue relevado de su puesto de comandante en jefe del Oeste por «motivos de salud». Hitler no había tenido ni el coraje ni el tacto de anunciarle personalmente esta decisión al más veterano de sus mariscales; envió a Saint-Germain a su segundo ayudante de campo, el teniente coronel Borgmann, con una carta y las Hojas de Roble de la Cruz de Hierro. El 4 de julio, Rundstedt se despidió de Rommel en La Roche-Guyon; no ocultó su alegría por no verse obligado a vivir la catástrofe en el puesto de mando. El 5 de julio, el comandante del Grupo Acorazado Oeste, el general Geyr von Schweppenburg, fue destituido sin el menor preaviso y sustituido por el general de fuerzas acorazadas Heinz Eberbach. El Grupo Acorazado Oeste pasó a denominarse 5.° Ejército Panzer.

El general Von Schweppenburg fue responsabilizado del fracaso en la contraofensiva del II Cuerpo Panzer de las SS. Hitler le reprochó por teléfono su creciente derrotismo. De hecho, tras este ataque fallido, Von Schweppenburg redactó un informe en el que describía de forma clara la situación, proponía la evacuación de Caen y de la zona al oeste del Orne y solicitó que le dieran libertad de movimiento a su fuerza. Este documento finalizaba de la siguiente forma: «Hay que elegir entre la improvisación estratégica, vinculada de forma ineludible a la defensa rígida, que deja plena iniciativa al adversario, y el combate elástico, que comporta por lo menos dicha iniciativa. Para el jefe del Grupo Panzer, esta táctica elástica no solamente es la maniobra más conveniente, sino es también la decisión más enérgica».

El mariscal Rommel transmitió este informe palabra por palabra, suscribiendo en su totalidad, y una vez más exigió, él también, libertad operativa. Cuando conoció la destitución de su subordinado, intervino en su favor, pero fue rudamente rechazado por Keitel.

Su sustituto, el general Eberbach, era un buen soldado que conocía a la perfección el arma acorazada. Su carácter, su conducta y sus ideas políticas, hacían de él una figura especialmente valiosa. En la sucesión del comandante en jefe del Oeste no se produjo el nombramiento que esperaban la oficialidad y la tropa. Rommel, que tan bien conocía este frente, no fue el elegido. Para ocupar el cargo fue designado el mariscal

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Günther von Kluge. La desconfianza de Hitler respecto a Rommel no había dejado de crecer.

Günther von Kluge procedía de la Artillería y había hecho carrera como oficial de estado mayor. Durante la campaña de Francia de 1940 estuvo al mando del 4.° Ejército, teniendo una destacadísima actuación. En el seno de dicho Ejército, Rommel estaba al mando de su famosa «División Fantasma» que encabezó la famosa carrera hasta el mar. Como comandante en jefe del Grupo de Ejércitos Centro en el Frente del Este, Von Kluge demostró ser un maestro en el arte de solucionar situaciones difíciles haciendo gala de una especial tenacidad. Era objetivo, enérgico, rápido, valiente en lo personal, duro con él mismo, pero también presumido. Los soldados lo llamaban «Hans el Sabio[2]». Con sus subordinados era exigente día y noche, sin miramientos. En su cabeza agudamente cincelada, la fría mirada encubría cualquier emoción oculta. Cuando conversaba uno de sus temas preferidos era la naturaleza y tenía un verdadero interés por las cuestiones militares y la historia moderna. Opuesto a Hitler, sin embargo se sentía vinculado a él, quizás bajo la influencia de los sentimientos de gratitud por los honores concedidos directamente por el Führer.

Se había repuesto de un accidente de automóvil sufrido durante el invierno de 1943-1944, cuando su vehículo se estrelló en la carretera de Minsk a Smolensko, y en esos momentos tenía un aspecto fresco y dimanaba energía. Había pasado más de quince días en Berchtesgaden, donde Hitler lo había aleccionado sobre su nueva misión y lo había convencido que los acontecimientos en el Oeste se debían a errores y deficiencias en la cadena de mando y en la tropa. Von Kluge apareció el 5 de julio por la tarde en el Cuartel General del Grupo de Ejércitos B. Tras un saludo glacial en la sala de armas de La Roche-Guyon, Von Kluge dijo lo siguiente:

«El relevo del mariscal Von Rundstedt es el signo visible del descontento de Hitler respecto a la conducción de las operaciones en el Oeste; tampoco Rommel goza de la confianza total del Führer. En el Cuartel General se tiene la sensación que Rommel, como en África, se ha dejado impresionar demasiado por la presunta superioridad de las armas enemigas, cayendo en un exagerado pesimismo. Por otra parte, cada día Rommel demuestra un individualismo más excesivo; no ejecuta lealmente las órdenes de Hitler».

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Von Kluge finalizó su discurso con las siguientes palabras: «Usted, mariscal Rommel, debe obedecer sin reservas a partir de hoy mismo: ¡Se lo aconsejo!». Este reproche provocó una agria discusión entre ambos mariscales. Rommel expuso una vez más de forma insistente cuál era la situación general, subrayando la necesidad de sacar conclusiones de ello. Alzando la voz, se defendió de los ataques injustificados de Hitler y del OKW.

Durante esta apasionada discusión, Von Kluge me rogó que abandonara la habitación. Rommel exigió al nuevo comandante en jefe del Oeste, de palabra y por escrito, que se retractara de sus reproches y que diera cuenta al OKW. Incluso le fijó un plazo. Además, le recomendó que antes de formular juicios de valores sobre la situación, el mando y las tropas, consultara con los comandantes de cada sector y tras formarse una opinión personal sobre la cuestión en el mismo campo de batalla.

De esta entrevista, en la que Von Kluge no quiso tomar conciencia de la situación general, surgieron profundas divergencias. Rommel se sentía profundamente agraviado pues, de acuerdo con informes secretos en su poder, Von Kluge —que desde hacía años estaba ligado a las fuerzas de resistencia en Alemania— debería haber mostrado una posición más favorable a cualquier actuación que condujera a la salvación de la Patria. En cambio, había llegado como un portavoz de Hitler y sin ningún conocimiento sobre la realidad en primera línea. Se expresaba en él más puro estilo de Berchtesgaden.

El 6 de julio, Von Kluge emprendió un viaje de dos días al frente, de acuerdo con el itinerario preparado por el grupo de ejércitos. Habló con todos los jefes y soldados con los que se encontró. Su opinión cambió radicalmente. Tuvo que rendirse ante la evidencia de los hechos, ante las opiniones coincidentes de los comandantes y, superado el aturdimiento producido por las palabras de Hitler, ante la fuerza irresistible de la lógica.

Retiró todos los reproches y pidió disculpas a Rommel, atribuyendo su actitud a la mala información recibida de Hitler y de Keitel. Se dio cuenta que el primero, pese al cúmulo de noticias, informes, conversaciones telefónicas, conferencias, etc., no quería ver la realidad, seguía viviendo sueños dorados y, cuando éstos empalidecían, buscaba chivos expiatorios. En suma, era la quintaesencia de la experiencia ya recogida en el Frente Oriental.

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El 9 de julio de 1944 se presentó en La Roche-Guyon el teniente coronel de la reserva Von Hofacker, enviado por el comandante militar en Francia, Von Stülpnagel[3]. Von Hofacker era hijo del general del mismo nombre bajo el mando del cual Rommel sirvió en Italia durante la Primera Guerra Mundial, obteniendo la orden «Pour le Mérite» en la conquista del monte Matajur. Venía acompañado de un íntimo amigo de Von Stülpnagel, el doctor Max Horst. Hofacker era primo del coronel del Estado Mayor General Klaus von Stauffenberg, que también había anunciado su visita, de parte del coronel general Beck. Sin embargo, el atentado del 20 de julio no le permitió llevar a cabo su propósito.

Casar von Hofacker tenía un espíritu político notable y una apasionada personalidad, dotada al mismo tiempo de una rara capacidad de persuasión. En tiempos de paz había ocupado una posición prominente en la industria del acero en Berlín. Desde hacía años era el más estrecho colaborador de Karl Heinrich von Stülpnagel. En esta oportunidad llegaba con la finalidad de obtener conclusiones definitivas sobre la situación en el frente de invasión y ponerlas en conocimiento de Beck y Stauffenberg. Traía un memorando minucioso con sus ideas y las del comandante militar en Francia con respecto a la necesidad de adoptar decisiones inmediatas y definitivas con vistas a conseguir cambios en el conjunto de la situación política y militar. El documento terminaba con un enfático llamamiento de todas las fuerzas de resistencia a Rommel para que, cuanto antes y por sí mismo, pusiera fin a la guerra en el Oeste. Era una incitación a la insurrección, inspirada por las fuerzas opositoras en Berlín, según la cual los Aliados jamás aceptarían entablar negociaciones con Hitler o alguno de

sus «paladines» —Göring, Himmler o Ribbentrop—, motivo éste que también obligaba a su eliminación junto con el régimen nacionalsocialista. Al igual que Rommel cuando estableció los principios de la negociación, insistían en la idea de que era necesario un cese inmediato de los bombardeos aéreos enemigos, lo que generaría una cierta recuperación moral y económica en el país. Von Hofacker preguntó durante cuánto tiempo podría resistir aún el frente de invasión: de la respuesta dependerían esencialmente las decisiones de los berlineses. Rommel declaró con la misma franqueza: «Un máximo de dos o tres semanas; es de prever una rotura inminente del frente porque no tenemos nada con qué hacer frente al enemigo».

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Tras reunirse con el comandante en jefe del Oeste, Von Hofacker tenía que regresar a Berlín para poner al corriente al coronel general Beck y los demás jefes de la resistencia, para preparar la sincronización de las medidas revolucionarias. Después del 15 de julio debía presentarse de nuevo ante Rommel.

La posibilidad técnica de que las líneas del frente pudieran ser cruzadas por plenipotenciarios para negociar un armisticio local ya había sido puesta en práctica por el general barón Von Lüttwitz en el sector de la 2.a División Panzer. Una proposición por radio del mando aliado para canjear personal femenino de servicios médicos y de información, capturado en la toma de Cherburgo, por un grupo de heridos graves, en un lugar pactado, se plasmó en un alto el fuego de dos horas. Sin embargo, cuando este hecho llegó a oídos de Hitler, éste tuvo un acceso de ira y despertó sus recelos.

El 12 de julio, el mariscal Von Kluge volvió a La Roche-Guyon. El informe que se le presentó sobre los últimos acontecimientos a nivel táctico y estratégico, así como las dudas derivadas de ello, acabaron de crear la entente definitiva y total entre los dos comandantes en jefe. Von Kluge solicitó una vez más que se le informase sobre las posibilidades de resistencia del frente, dada la disminución de sus fuerzas y la falta total de reservas. Rommel se brindó a plantear la cuestión a todos los comandantes de ejército y a la mayoría de los generales con mando, sugiriendo que las conclusiones se transmitieran a Hitler en calidad de ultimátum. Expuso su plan en el presumible caso que Hitler lo rechazara. Explicó la misión del teniente coronel Hofacker, que le suministraría información a su regreso de Berlín. De todos modos, el general Wagner también le informaría en los días inmediatos cuál era la situación en el este y en el Cuartel General del Führer.

Von Kluge se mostró reservado, pero apoyó en principio la propuesta del mariscal Rommel, aunque condicionando su decisión final al examen de las consultas a realizar en el frente. Rommel me encomendó la tarea de poner al corriente al general Von Stülpnagel de lo que ocurría, de sus puntos de vista y de sus conversaciones con Von Kluge. En todo caso debía destacar que el mariscal estaba dispuesto a actuar, incluso en el supuesto que Von Kluge no se decidiera a cooperar. Cumplí con mi misión bien entrada la noche del 13 de julio en París. Von Stülpnagel acababa de conocer la noticia de la detención de los jefes socialistas de la resistencia

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en Berlín, lo que podría obligarnos a apresurar nuestra actuación. Propuso esperar al regreso de Hofacker. Por otra parte, los preparativos en su jurisdicción estaban terminados, según dijo.

Rommel estuvo en el frente los días 13, 14 y 15 de julio. Tuvo entrevistas con jefes de todos los grados, entre ellos con los jefes de grupo de las 88 Sepp Dietrich y Paul Hausser, cuyos informes sobre la situación eran particularmente pesimistas y que fueron expresados con extrema franqueza. Rommel no creía que las fuerzas de las 88 en el Frente Oeste pusieran muchos problemas. En una visita al puesto de mando del Grupo de Ejércitos B, el mismo general Sepp Dietrich, que comandaba el I Cuerpo Panzer de las 88 y que más tarde estuvo al frente del 5.° Ejército Panzer, dejó constancia, tanto a Rommel como a mí mismo, de su descontento con el Mando Supremo y propuso que «se tomaran medidas propias en caso de una quiebra en el frente». Las comprometidas y valerosas formaciones de las 88 destacadas en el teatro de operaciones, se hallaban bien controladas por sus jefes —y dicho sea con justicia— se diferenciaban netamente de la Policía Secreta y de sus métodos.

El comandante en jefe creía que eventualmente podría desembarazarse sin esfuerzo de ese organismo policial en París y en toda Francia.

Rommel volvió del frente profundamente preocupado y presa de la emoción. Sus conversaciones con los combatientes de primera línea habían confirmado y completado los informes del comandante en jefe y de los generales con mando. En todas partes se le formuló al mariscal la pregunta angustiada de si a última hora no podría cambiarse la situación mediante una iniciativa severa que tomaran por sí mismos los altos jefes militares. El mariscal dio cuantas explicaciones le parecieron oportunas y retomó con la consoladora certeza de que las tropas y los oficiales de todas las graduaciones confiaban plenamente en su conducción.

En cuanto quedó agotada toda posibilidad de comunicación con Hitler y se tuvo constancia que, en lugar de la ayuda prometida, sólo subsistían los accesos de ira y una gran desconfianza cargada de hostilidad, además de que el amateurismo continuaba impregnando las decisiones que se tomaban en la Alta Baviera y en Prusia Oriental. Una vez más Rommel dirigió una advertencia a Hitler, pero esta vez en un ultimátum claro y contundente. El 15 de julio, le envió una memoria de tres páginas escritas a máquina, enviada con carácter de urgencia por intermedio del comandante en jefe del Oeste. En su texto se leía lo siguiente:

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La situación en el Frente de Normandía se agrava día a día y se acerca una seria crisis. Dada la dureza de la lucha, el extraordinariamente poderoso material de guerra del enemigo —en especial en artillería y blindados— y la eficacia con que la fuerza aérea adversaria domina sin dificultad el campo de batalla, nuestras pérdidas son tan elevadas que la capacidad combativa de las divisiones decrece con rapidez. Llegan pocos refuerzos y con semanas de retraso debido a los obstáculos en el transporte hasta el frente. Con pérdidas que suman alrededor de 97 000 hombres (entre ellos, 2360 oficiales, de los cuales 28 generales y 354 comandantes de unidad), es decir, con un promedio diario de entre 2500 y 3000 hombres, sólo hemos recibido hasta el momento 6000 hombres de refuerzo. También las pérdidas de material son extraordinariamente altas y hasta ahora han sido compensadas de forma exigua: por ejemplo, hemos recibido 17 carros de combate para suplir la pérdida de 225.

Las nuevas divisiones llevadas al frente carecen de preparación para la lucha. Débilmente provistas de artillería, de armas antitanque y de material para combatir de cerca a los blindados, no se encuentran en estado de defenderse con éxito de grandes ofensivas, procedidas de una barrera móvil de artillería de varias horas de duración y de intensos bombardeos aéreos. Tal como ha demostrado el desarrollo de los combates, la potencia del material enemigo destroza a nuestras tropas más valerosas.

La llegada de refuerzos y de suministros es tan precaria que apenas llega al frente lo indispensable debido a la destrucción de la red ferroviaria y al peligro que conlleva circular por carretera hasta unos 150 kilómetros de la línea del frente a causa de la aviación enemiga. Ante todo debemos economizar las municiones de artillería y de morteros. No podemos hacer llegar a Normandía contingentes de tropas dignos

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de mención. Por el contrario, el bando enemigo recibe día y noche nuevos efectivos y grandes cantidades de material; nuestra Luftwaffe no puede hacer nada para frenar la llegada de refuerzos enemigos; la presión del adversario se intensifica constantemente. En semejantes circunstancias, es de esperar que en un breve plazo

—entre quince días y tres semanas— el enemigo consiga romper nuestro delgado frente, sobre todo en el sector del 7.° Ejército, y penetre en el interior del territorio francés. Las consecuencias serán incalculables.

Las tropas combaten heroicamente, pero esta lucha desigual se acerca a su fin.

El mariscal terminaba con estas palabras, escritas de su puño y letra:

Me siento obligado a pedirle que deduzca de inmediato las consecuencias de esta situación. En mi calidad de comandante en jefe del Grupo de Ejércitos B, me siento en el deber de expresarle esto claramente.

—Rommel, Feldmarschall.

La palabra «políticas» refiriéndose a las «consecuencias» nunca fue pronunciada. Las «consecuencias», por sí solas, conllevaban todas las posibilidades y no quedaban limitadas a lo político, pero esa expresión habría actuado como un trapo rojo sobre Hitler. En lugar de reflexiones razonables, habría provocado inútiles explosiones de furor y órdenes llenas de insensatez y de rabia, todo ello en perjuicio de las tropas. El mariscal Von Kluge se adhirió a la exposición y a las demandas de Rommel. (El original de ese mensaje, así como las notas marginales del mismo mariscal, debió ser destruido cuando fui arrestado poco después).

El mariscal había alzado su voz por última vez. Al despachar el ultimátum, manifestó: «Le he dado ahora su última oportunidad. Si no sabe sacar consecuencias de ello, actuaremos».

Todavía quedaban en pie las más hermosas ciudades de Alemania. El territorio patrio, que tanto amaba el mariscal, permanecía casi intacto y preservado del huracán devastador. Aún era factible evitar sacrificios

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inútiles, la muerte de millares y millares de personas de todas las naciones y el horror de la lucha hasta el final sobre el suelo alemán.

Erwin Rommel se daba perfecta cuenta de las consecuencias que tendría su decisión de actuar en solitario. Tampoco se hacía ilusiones con respecto a la dureza implacable que tendrían las condiciones de paz que les plantearía el enemigo. Sin embargo y en cierta medida, confiaba en la sabiduría política, en la sagacidad psicológica y en el carácter constructivo que contendrían las proposiciones aliadas. Igualmente, no contaba ni con la piedad ni con emociones parecidas. No obstante, basaba sus esperanzas en la fría razón de las grandes potencias.

Éstas fueron las ideas que, avanzada la tarde del 15 de julio, Rommel expresó tanto al vicealmirante como a mí. Como nunca anteriormente en tan penosas semanas, se mostró en esa ocasión lleno de una confianza reconfortante, que parecía reflejarse en su mirada fija en la eternidad de las estrellas.

Todos los allí reunidos por aquellos pensamientos deberíamos haber palpado que ese poder insondable en cuyas manos misteriosas se halla el destino de los hombres sigue su propio camino. Y el hecho liberador no se produjo.

La situación en la zona de Caen estaba alcanzando su momento crítico. Los profundos avances del enemigo pudieron ser frenados con extremas dificultades y con sacrificios heroicos. La penetración decisiva de los Aliados hacia la región de París era inminente.

El 17 de julio, Rommel se dirigió hacia uno de los puntos en los que se luchaba más intensamente. Quería dirigir las operaciones e impartir directamente sus órdenes, animar a las tropas y renovar las energías ya agotadas. También reveló a algunos de los comandantes más destacados su ultimátum a Hitler, sin disimular sus eventuales consecuencias, pero, cuando solicité su presencia quiso regresar antes que de costumbre. Fue en esas circunstancias y al haberse producido una crisis en un combate local cuando decidió acudir personalmente. Aún tuvo tiempo para charlar con el comandante del I Cuerpo Panzer de las 88, Sepp Dietrich, al que encontró en su puesto de mando; no emprendió el regreso hasta las 16.00 horas. En la carretera de Livarot a Vimoutiers, cerca de la granja de Montgomery, varios cazabombarderos enemigos localizaron el solitario vehículo sin escolta del mariscal. No dudaron en lanzarse a la caza del mejor soldado de todo el Frente Occidental, en quien se encamaba la única esperanza de

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salvación de Alemania. Antes de alcanzar un escondite salvador bajo las ramas de unos árboles, una lluvia de proyectiles disparada por tres aparatos en vuelo rasante se precipitó sobre el coche. El conductor fue alcanzado mortalmente, el mariscal resultó tan gravemente herido que en un principio fue dado por muerto. Rommel había sido eliminado en el momento en que era más indispensable para el Ejército y el pueblo alemanes. Todos aquellos que detrás de él buscaban un nuevo mundo y mejor se sintieron dolorosamente privados de su apoyo único. «La bala que le alcanzó [a Rommel] el 17 de julio de 1944 en la carretera de Livarot, privó al plan del único hombre capaz de asumir la terrible carga doble que suponía una guerra exterior y otra civil, del único hombre que podía hacer frente al temible dinamismo del agresor. Era como un presagio infalible[4]».

Y así fue.

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CAPÍTULO 6

EL MARISCAL DE CAMPO VON KLUGE ASUME EL MANDO SUPREMO DEL GRUPO DE EJÉRCITOS B

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EL 20 DE JULIO DE 1944

C ON Rommel fuera de combate, el Grupo de Ejércitos B había quedado decapitado. El ayudante en jefe de Hitler, el general Schmundt, propuso como sucesor de Rommel a Hausser, que tres semanas antes había asumido el mando del 7.o Ejército. Sepp Dietrich asumiría el cargo de Hausser. Se hizo evidente una creciente influencia de los pretorianos de las SS en el alto mando del Frente Oeste. El mariscal Von Kluge se opuso firmemente a estos nombramientos y asumió él mismo el mando del Grupo de Ejércitos B en la noche del 19 de julio, asegurando personalmente el enlace con el mando supremo en el Oeste. Se instaló en el puesto de mando de La Roche-Guyon, mientras que su jefe de estado mayor, el general Blumentritt, continuaba en Saint-Germain asumiendo las

tareas que no entraban en la competencia del Grupo de Ejércitos B.

En las primeras horas de la mañana del 20 de julio, el mariscal Von Kluge se dirigió al puesto de mando del 5.o Ejército Panzer, donde habían sido convocados los comandantes en jefe y los generales con mando en el Frente de Normandía. Allí impartió directivas de carácter estratégico relativas especialmente a los dos puntos críticos de Caen y Saint-Lô. No abordó ningún problema político.

A las 17.00 horas, el general Blumentritt y el coronel Finckh me llamaron por teléfono y me anunciaron que Hitler había muerto. Cuando regresó el mariscal, entre las 18.00 y las 19.00 horas, la noticia del fracaso del atentado ya había sido difundida por radio. Fue confirmada por llamadas telefónicas realizadas desde el Cuartel General Supremo en las que se daban más detalles.

Entre las 19.00 y las 20.00 horas aparecieron por el puesto de mando el mariscal Sperrle y los generales Von Stülpnagel y Blumentritt. El general Von Stülpnagel y el teniente coronel Hofacker trataron de presionar al mariscal Von Kluge para que interviniera en esos acontecimientos tan cruciales. Si bien el atentado había fallado, en Berlín el poder estaba en manos del coronel general Beck. Únicamente con la inmediata finalización

de la guerra en el Oeste —incluyendo una capitulación— podían aún consumarse hechos decisivos y lograr el éxito de la hasta entonces malograda insurrección.

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Antes de marcharse, el general Von Stülpnagel había dado instrucciones al comandante militar de París, teniente general barón Von Boineburg, para que arrestara y llevara a lugar seguro al jefe de las 88 y de la Policía en Francia, Oberg, a su estado mayor y a todos los miembros del SD. En total, unos 1200 hombres. El procedimiento fue llevado a cabo por formaciones de seguridad del Ejército, bajo el mando del coronel Von Kraewel, sin que fuera necesario disparar un solo tiro. Esta medida quedó explicada a la tropa diciéndole que Hitler había sido eliminado por unidades de las 88 y que era de temer un intento de conquista del poder por la fuerza por parte de esa organización.

Pero Von Kluge, tras hacer personalmente varias llamadas telefónicas a los coroneles generales Beck, Höppner y Fromm y a los generales Warlimont y Stieff, no se decidió a ponerse al frente de una sublevación en el Frente Oeste. Según él, una solución independiente en ese frente era inconcebible tras el fracaso de la tentativa en Berlín y en el Cuartel General del Führer. Ante todo no se sentía seguro sobre la fidelidad de los mandos y de las tropas.

Después de reiteradas llamadas al Cuartel General del Führer y a Berlín, Von Kluge ordenó a los comandantes militares en París que liberasen a los miembros del SD. Con ello se sellaba la suerte del general Von Stülpnagel. Von Kluge envió por teléfono directivas análogas a su jefe de estado mayor, el coronel Von Linstow, ante quien se presentaron aterrorizados el almirante Krancke, el embajador Abetz y otros.

Sin embargo, en esas horas fatales, los combatientes en los frentes de Caen y Saint-Lô se debatían en una defensa crítica. Los comandantes de ejército, de cuerpo y de sector telefoneaban solicitando refuerzos y exigían noticias claras respecto a los acontecimientos ocurridos y de los cuales se habían enterado por radio. Tuve que dar respuesta a estas consultas y me

vi obligado a asumir en solitario las decisiones necesarias para mantener el frente.

El mariscal Von Kluge convocó a una cena en la más estricta intimidad al comandante militar de París, al teniente coronel Von Hofacker y al doctor Horst. A la luz de las velas se desarrolló la comida, en un silencio sepulcral, sin que se pronunciara una palabra. El ambiente de esa hora fantasmal quedó como un recuerdo imborrable para los comensales que sobrevivieron a ella.

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El general Von Stülpnagel regresó a París y esa misma noche fue relevado de su cargo y sustituido por el general Blumentritt. Además, el mariscal Keitel le indicó por teléfono que debía presentarse en Berlín «para informar». Sin avisar previamente a Von Kluge, partió de París el día 21 a primera hora. En las cercanías de Verdún, donde había combatido durante la Primera Guerra Mundial, trató de poner fin a su vida de un disparo. Quedó ciego y, como tal, fue internado en el hospital militar de Verdún y tratado en calidad de prisionero de la Gestapo. Al recuperar el conocimiento después de una intervención quirúrgica, exclamó: «¡Rommel!…». Sin estar aún restablecido, fue llevado a Berlín y arrastrado ante el tribunal del pueblo, que lo condenó a morir en la horca. Fue ejecutado el 30 de agosto, junto con los coroneles del Cuartel General Finckh y Von Listow. El mismo destino tuvo el teniente coronel Von Hofacker el 20 de diciembre. El día anterior, me lo encontré por última vez, con su porte altivo, en los sótanos de la Gestapo en la Albrechtstrasse de Berlín.

En abril de 1942, el mariscal Von Kluge había recibido por primera vez al alcalde Gördeler en su cuartel general, cerca de Smolensko. Entonces mantuvo un intercambio de impresiones con este último, en el que participaron además el coronel general Beck, el embajador Von Hassel y otras personas. Von Kluge, al parecer, se habría mostrado propenso en 1943 al derrocamiento de la tiranía nacionalsocialista bajo dos condiciones: la muerte de Hitler y la constitución de un mando supremo sobre un frente único (Este y Oeste). Mientras esta segunda premisa quedó cumplida a partir del 4 de julio, no sucedió lo mismo con la otra, cuando era decisiva. El 4 de julio, cuando asumió el mando supremo en el Oeste, gracias a la iniciativa del ayudante jefe de Hitler, el teniente general Schmundt, que no se podía imaginar lo que se estaba fraguando, Von Kluge supo que se le asignaba como jefe de estado mayor al general de división Von Tresckow, que ya sirvió con él como oficial de Operaciones en el grupo de Ejércitos Centro. Inmediatamente lo rechazó porque desconfiaba de su dinamismo revolucionario y su voluntad inquebrantable. Ése fue el motivo por el que Tresckow, uno de los luchadores más apasionados y puros contra Hitler, descollante por su espíritu y su carácter, no fue trasladado al Frente Oeste. Se suicidó el 21 de julio, siendo jefe de estado mayor del 2.° Ejército, en el Frente del Este, huyendo así de sus verdugos.

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En su testimonio se leía lo siguiente:

Ahora todo el mundo caerá sobre nosotros y nos cubrirá de injurias. Pero, hoy, como ya lo estaba antes, estoy férreamente convencido que hemos obrado bien. Considero que Hitler no es sólo el enemigo mortal de Alemania, sino el enemigo mortal del mundo. Cuando yo comparezca dentro de pocas horas ante el tribunal de Dios, para dar cuenta de mis acciones y de mis omisiones, creo que podré ofrecer con la conciencia limpia lo que hice en mi lucha contra Hitler.

Así como Dios prometió a Abraham no destruir Sodoma aunque sólo quedaran diez justos en ella, así espero también que Dios, por nosotros, no destruirá a Alemania. Ninguno de nosotros puede quejarse por su muerte. El que haya entrado en nuestro círculo queda revestido con la túnica de Nessus. El valor moral de un hombre recién comienza cuando está dispuesto a dar la vida por sus convicciones.

Antes de asumir sus funciones como comandante en jefe del Oeste, Von Kluge aún recibió la visita del coronel Von Böselager, que se encargó de transmitir el llamamiento a actuar de Tresckow, de acuerdo con sus compromisos anteriores.

Sin embargo, Von Kluge se vio completamente sorprendido por el atentado del 20 de julio. Por razones entonces desconocidas, no tuvieron lugar las anunciadas visitas del general Wagner y del coronel Klaus von Stauffenberg.

Al llegar de Berlín en la tarde del 17 de julio, Von Hofacker se enteró en la estación que Rommel estaba gravemente herido. Era imposible que se hubiese podido informar a Von Kluge de la inminente ejecución del atentado contra Hitler porque la decisión de actuar el día 20 de julio no fue tomada hasta la tarde del 19 en Berlín.

Él 21 de julio de madrugada, por orden de Goebbels y Keitel, se presentó en La Roche-Guyon un comisario nacionalsocialista (Führungsofficer), acompañado de representantes de la Sección de Propaganda en Francia. Presionaron al mariscal Von Kluge para que

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enviara un telegrama de adhesión a Hitler sobre la base de un texto ya preparado, así como para exigirle que hablara a través de todas las emisoras alemanas. Si bien pudo evitarse esto último, hubo que enviar el telegrama de felicitación, aunque de forma más atenuada.

A pesar de todo, Günther von Kluge fue arrastrado por el torbellino mortal del 20 de julio. El destino fatal no se detuvo ante un hombre cuya lucidez mental parecía estar en contradicción con su voluntad de actuar. Después de esa fecha no dejó de crecer la desconfianza de Hitler y del OKW en Von Kluge, sin duda debido en buena parte a las confesiones arrancadas a los prisioneros. En todo caso, las medidas que tomó como comandante en jefe fueron criticadas violentamente e incluso saboteadas desde Obersalzberg.

El discurso difamatorio pronunciado por el doctor Ley contra la nobleza y el cuerpo de oficiales fue difundido a través de la radio. Los generales barón Von Funk, barón Von Lüttwitz y el conde Von Schwerin protestaron formalmente y exigieron una retractación.

La orden del nuevo jefe del Estado Mayor del Ejército sobre la culpabilidad del Estado Mayor en la preparación y ejecución de la tentativa de atentado del 20 de julio de 1944, no fue comunicada a sus subordinados por el jefe del Estado Mayor del Grupo de Ejércitos B, de común acuerdo con el comandante en jefe.

En cuanto a la introducción del llamado «saludo alemán», impuesto en un momento en que cada soldado ya veía ante sí el hundimiento inminente del sistema simbolizado por tal saludo, pareció a todos una farsa satánica.

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CAPÍTULO VII

EL PERÍODO ENTRE EL 25 DE JULIO Y EL 18 DE

AGOSTO DE 1944

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AVRANCHES MORTAIN LA BOLSA DE FALAISE

C UANDO el 24 de julio el OKW afirmó que la decisión en el Oeste dependía de la detención de la penetración enemiga en Cotentin, sonaba como una ironía pues se decía en un contexto marcado por la

prohibición de cualquier iniciativa en las operaciones.

El general Patton, un comandante temperamental y genial al mismo tiempo, cuyo 3.er Ejército estadounidense había sido esperado por el mando alemán en otros puntos de la costa francesa durante mucho tiempo, por fin se precipitaba hacia el terreno abierto. Había llegado el momento de que el mando alemán tomara grandes decisiones estratégicas. Sin embargo, ante la falta de reservas, sobre todo de la Luftwaffe, todas las órdenes dirigidas a defender el terreno palmo a palmo y a frenar la penetración enemiga, no dejaban de ser frases huecas.

El punto crítico del frente de invasión se desplazó hacia el ala occidental de los dos ejércitos estadounidenses. Era allí donde era de esperar un ataque inminente hacia el sur y el sureste, una vez aislada la península bretona. Esta maniobra no sólo abría paso a una maniobra envolvente por el oeste del 7.° Ejército y del 5.° Ejército Panzer en Normandía, sino que era el prolegómeno de la operación decisiva que debía comportar la caída de París y el avance más allá en dirección a Alemania. Era el inicio del fin. En ese momento se imponían las grandes decisiones: la renuncia al Frente Mediterráneo, el repliegue del Grupo de Ejércitos G[5] hacia el norte, después de destacar a todas las reservas móviles de cara a llevar a cabo operaciones tácticas, y la preparación de una línea defensiva a lo largo del Sena. Sin embargo, fue imposible obtener decisión alguna de Hitler y el OKW.

Al recibir la noticia de que los estadounidenses habían roto el frente cerca de Saint-Lô, el mariscal Von Kluge temió que el ala occidental del 7.° Ejército perdiera su punto de apoyo en la bahía de Saint-Malo. En ese momento preveía con razón que Avranches se iba a convertir en la posición clave, que había que conservar hasta el momento en que una contraofensiva o cualquier otra decisión capital pudiesen entrar en juego. Se dio cuenta entonces que esto era lo máximo que podía esperar dado el estado de las tropas después de siete semanas de penosos combates y especialmente bajo los aniquiladores efectos de la aviación enemiga. Fue

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ésta la que, en cooperación con las fuerzas terrestres estadounidenses, consiguió romper el frente en Saint-Lô.

Todas las reservas del 7° Ejército se habían concentrado en el frente de Cotentin. Mientras tanto, las fuerzas acorazadas prometidas por el OKW seguían sin llegar. El OKW también rechazó en varias ocasiones el envío del XXV Cuerpo de Ejército (se le había hecho venir desde Bretaña con cinco divisiones). En cuanto al frente entre Caen y Saint-Lô quedó desguarnecido hasta un punto en el que ya era difícil de mantener. El arco había quedado demasiado tenso. El OKW seguía sin dar respuesta: el Oeste estaba perdido.

El XLVII Cuerpo Panzer, con la 2.ª y la 116.ª Divisiones Panzer, debían reunirse en la zona al oeste del Vire para ser lanzadas contra el flanco de las fuerzas enemigas, que avanzaban tras romper el frente.

Mientras tanto, el mando del 7.° Ejército decidió unir sus fuerzas, que habían quedado separadas después de la ofensiva aliada en Saint-Lô, con el ala occidental empujada hacia el sureste, para unirlas con las formaciones del XLVII Cuerpo Panzer que se estaban reorganizando para un contraataque. Pero esta orden del ejército fue inmediatamente anulada el 29 de julio por el mariscal Von Kluge porque ello suponía el abandono sin combatir del crucial sector de Avranches. Pero la contraorden, ante la avalancha de los blindados y las fuerzas aéreas enemigas, llegó demasiado tarde. Entre el 30 y el 31 de julio las formaciones acorazadas de Patton tomaron Avranches. El asalto enemigo era inminente. Se había alcanzado el punto culminante de la crisis. Entre la zona de Saint-Lô y la bahía de Saint-Malo se había roto la continuidad del frente. Grupos de combate heroicamente comandados aún seguían resistiendo como rompeolas, pero era cuestión de días o incluso de horas que fuesen desbordados por las oleadas enemigas. Von Kluge destacó este momento capital en las operaciones en una conversación telefónica que mantuvo con el coronel general Jodl, al que solicitó que inmediatamente informase a Hitler. En este sentido evocó las peripecias que vivió el Ejército francés en la Batalla del Marne en 1914. Todo fue en vano. En lugar de tomar una firme decisión o de impartir unas directivas estratégicas, Hitler se limitó, el 1 de agosto, a ordenar lo siguiente al Grupo de Ejércitos B:

Bajo ningún concepto se permitirá al enemigo que inicie sus operaciones en terreno abierto. El Grupo de

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Ejércitos B preparará con todas sus formaciones acorazadas una contraofensiva sobre Avranches para aislar y aniquilar al enemigo. Todas las fuerzas acorazadas disponibles, sin posibilidad de que sean relevadas, serán puestas bajo el mando del general Eberbach. El resultado final de la campaña de Francia depende de esta ofensiva.

Von Kluge protestó inmediatamente contra esta orden que, según él, comportaría sin ninguna duda el hundimiento del frente de Normandía desde el Orne hasta el sur de Saint-Lô, acelerando aún más la catástrofe. Insistió en que inmediatamente se expusiese su punto de vista a Hitler. Pero éste, a su vez, le hizo saber que mantenía la orden impartida. Fiel a su deber de conciencia, Von Kluge insistió, advirtiendo nuevamente sobre las probables consecuencias de la disposición tomada. Por de pronto, reiteró su creencia en el ya citado desmoronamiento del frente normando por obra del 2.o Ejército británico, una vez que los carros de combate —verdadera columna vertebral de la defensa— se vieran obligados a abandonar el sector. Propuso de nuevo medidas estratégicas, como el repliegue, la formación de una línea defensiva detrás del Sena y el abandono del sur y el centro de Francia. El OKW rechazó de nuevo y de forma contundente los planteamientos estratégicos del Grupo de Ejércitos B. En un estilo parecido al de su «Señor», el jefe del Estado Mayor General habló de la aniquilación del adversario, gracias a la ofensiva prevista de las fuerzas acorazadas, y de «la segura victoria final».

El grupo de ataque, bajo las órdenes del general de las fuerzas acorazadas Eberbach, estaba formado por el XLVII Cuerpo Panzer, con la 2.ª y la 116.ª Divisiones Panzer, y el I Cuerpo Panzer de las SS con la 1.ª y la 2.ª Divisiones Panzer de las SS. También se había previsto hacer intervenir al II Cuerpo Panzer de las SS (9.ª y 10.ª Divisiones Panzer de las

SS) pero la evolución de la situación no dio tiempo para ello. Las fuerzas aéreas enemigas, gracias a sus ataques incesantes contra las formaciones acorazadas, retrasaron constantemente el momento de su intervención.

Al anochecer del 6 de agosto y después de inconcebibles dificultades, quedaron terminados los preparativos al este de Mortain. La ofensiva pudo comenzar poco después de la medianoche, antes de que las fuerzas aéreas

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enemigas pudiesen emprender sus ataques de aniquilación. El mismo Von Kluge se dirigió hacia el sector en el que los combates eran más brutales. La ofensiva tuvo éxito hasta el alba. La 2.a División Panzer avanzó hasta 10 kilómetros en. la retaguardia del enemigo. Aplastó contingentes de infantería y acorazados estadounidenses relativamente considerables. Fue entonces, a partir del alba, cuando las oleadas de escuadrillas enemigas se lanzaron sobre las fuerzas alemanas, impidiéndoles cualquier movimiento. Aunque 300 cazas alemanes fueron trasladados al Oeste para este ataque, ni uno sólo de ellos apareció en los momentos clave de la ofensiva: muchos de ellos fueron aniquilados en cuanto emprendieron el vuelo. Esta operación de las fuerzas acorazadas fracasó de este modo, gracias a las fuerzas aéreas aliadas apoyadas por unos excelentes enlaces radiofónicos tierra-aire. Con graves pérdidas, las destrozadas divisiones acorazadas volvieron a sus puntos de partida en la tarde del 7 de agosto. Hitler ordenó reemprender la ofensiva el día 8. Ésta, liderada por la 1.ª División Panzer de las 88, fue rechazada con grandes pérdidas por los carros de combate y los aviones estadounidenses.

Con apoyo aéreo suficiente, este contraataque en dirección a Avranches, a unos 25 kilómetros de distancia, habría podido cumplir su objetivo, proporcionando un respiro para adoptar decisiones estratégicas. Pero, teniendo en cuenta la mentalidad de Hitler, ¿hubiesen sido tomadas? Es poco probable. Para medir su falta de percepción de la situación, basta saber que el 7 u 8 de agosto, y como consecuencia del avance del Grupo Eberbach, ordenó «arrollar el frente de invasión aliado de oeste a este».

El 5 de agosto, las formaciones estadounidenses habían prácticamente aislado Bretaña. A raíz de ello, se designó al general de Artillería Fahrmbacher, al mando del XXV Cuerpo, como comandante en jefe de Bretaña, con su cuartel general en Rennes. Al mismo tiempo se le ordenó «frenar al enemigo con todas sus fuerzas» y después replegarse hacia las plazas fuertes de la región para «defenderse allí hasta el último hombre». En definitiva, se volvía a lo de Cherburgo.

Con todo ello, el XXV Cuerpo, con todas sus divisiones, quedó aislado; dejó de tener un papel en el curso de los ulteriores acontecimientos, y ni siquiera consiguió fijar sobre el terreno un número de fuerzas enemigas digno de mención.

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Tras el fracaso de la contraofensiva, Von Kluge propuso una vez más abandonar el sur de Francia y desplazar al Grupo de Ejércitos G hasta la línea Sena-Loing-Loira, que luego seguía hasta Gien y Nevers hasta alcanzar la frontera suiza cerca de Gex. En lo que concernía al Bajo Sena, se habían propuesto y ordenado medidas defensivas desde mediados de julio. Sin embargo, el OKW postergó su materialización.

La contraofensiva ordenada por Hitler a partir de la región de Mortain y en dirección a Avranches, significó la inmovilización y el desgaste de las formaciones blindadas alemanas del Oeste que se encontraban al sur del Sena. Esta orden no sólo iba en contra de las leyes de la estrategia, sino también contra las de la razón. Era ofrecer al enemigo una ventaja decisiva e inesperada.

El general Patton, comandante del 3.er Ejército, dio una magnífica demostración de mando de fuerzas acorazadas, al avanzar entre el 9 y el 10 de agosto en dirección a Laval y luego sobre el eje Alençon-Le Mans, para acabar dirigiéndose hacia París. Pese a la prohibición formal de Hitler, la 9.ª División Panzer alemana atacó en la región de Alençon, ralentizando el impetuoso avance del 3.er Ejército estadounidense hacia el este. Pero, una vez más se hizo sentir la ausencia del XXV Cuerpo, que batallaba inútilmente en Bretaña. Nuevas fuerzas estadounidenses, superiores en armamento y movilidad, continuaron penetrando por la brecha. El Grupo de Ejércitos B percibió la intención del enemigo de rodear al 5° Ejército Panzer y al 7.° Ejército, al oeste del Bajo Sena, y solicitó poder retirar sus fuerzas detrás del Sena y llamar al Grupo de Ejércitos G para que prolongase sus líneas hacia el este.

Pero Hitler no creía en las estimaciones de Von Kluge sobre la fuerza enemiga. El OKW sólo hablaba de «puntas acorazadas enemigas» que podían ser puestas fuera de combate por medio de improvisados «comandos de caza».

Y Hitler continuaba tergiversando y demorando. Exigió que el Grupo Acorazado Eberbach, ya sumamente castigado, reemprendiese su ataque en dirección a la costa: lo que agravó aún más la situación estratégica, disminuyendo la fuerza combativa del Ejército.

Para apartar a Hitler de esta insensata ofensiva y ganar tiempo, el 10 de agosto, el mariscal Von Kluge propuso al OKW preparar un ataque del Grupo Acorazado Eberbach en dirección sur para «despejar el flanco meridional», «si la evolución ulterior de la situación lo permitía».

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Pero este proyecto también se vio superado por los acontecimientos. Entonces, Von Kluge ordenó por su cuenta que el 5.° Ejército Panzer se retirara progresivamente tras el Orne y luego detrás del Touques, mientras el 7.° Ejército cubría el flanco en la línea Domfront-Alençon y en dirección este. El 12 de agosto, Hitler aceptó ésos, movimientos a su pesar. Mientras, el Grupo de Ejércitos G, con el 1.º y el 19.º Ejércitos, seguían inmovilizados a lo largo del golfo de Vizcaya y de la costa mediterránea.

El mariscal Von Kluge había perdido gran parte de su energía después de los acontecimientos del 20 de julio. Su convencimiento de que el colapso era inevitable agudizaba su fatalismo. Intentaba no tentar a la suerte, por lo que desde el 20 de julio había limitado sus movimientos de forma radical. A pesar de las continuas peticiones, no se decidió a adoptar la iniciativa de abandonar las posiciones al sur del Sena, llamar al Grupo de Ejércitos G, y poner en marcha una nueva estrategia que emplease de forma más eficiente las fuerzas aún no utilizadas. Mientras poderosas formaciones enemigas franqueaban la línea Domfront-Alençon y giraban hacia el norte en dirección a Falaise para cercar a los dos ejércitos alemanes que se encontraban en Normandía, otras continuaban su avance hacia París. El 12 de agosto, Von Kluge se dirigió al sur de Falaise para conferenciar con los jefes de ejército y generales con mando. Pero la estación de radio que lo acompañaba fue alcanzada de lleno por un proyectil de artillería y quedó completamente incomunicado. En reiteradas ocasiones el coronel general Jodl, a instancias de Hitler, me llamó por teléfono para preguntar si creía posible que el mariscal Von Kluge se hubiera pasado al enemigo. Cuando el mariscal regresó, se encontró con un despacho de Hitler que decía: «El mariscal Von Kluge debe salir de la bolsa de Falaise y seguir dirigiendo la batalla de Normandía desde el puesto de mando del 5.° Ejército». Esta orden, militarmente insensata, revelaba a todo el mundo la desconfianza y la depresión nerviosa en la que estaba sumido el jefe supremo. La confianza de los oficiales y la tropa se veía socavada por esas órdenes contradictorias y la inseguridad que revelaban en Hitler. Ciertamente, Von Kluge no podía dirigir el conjunto del frente desde el interior de la bolsa.

Pero su empuje era de gran valor para las tropas. Además, llegado el caso, él hubiera podido dar libertad a sus generales para romper el cerco en dirección este y situarse detrás del Sena.

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El 13 de agosto, el Estado Mayor del 1.er Ejército recibió la orden de trasladarse desde el golfo de Vizcaya hacia el norte, para hacerse cargo del frente que se extendía entre 7° Ejército y el Loira, en la región de Orleans. Pero, de hecho, tan sólo este ejército sólo disponía de unidades de retaguardia y de administración: en su apoyo debían ser enviadas dos divisiones del IS." Ejército y dos brigadas de instrucción de las SS.

Ese mismo día llegaron las primeras informaciones sobre el embarque de tropas enemigas en Argel: era inminente un desembarco en el Mediterráneo. Tampoco en esa oportunidad Hitler y el OKW dieron su consentimiento para permitir la retirada del Grupo de Ejércitos G con sus nueve divisiones. Lo cierto es que su escasa movilidad no les otorgaba un gran valor de combate. Los altos mandos aún no querían creer en que se produciría ese desembarco, no querían pensar en la conexión entre las operaciones aliadas entre el Sena y el Loira.

El 14 de agosto, el mariscal Von Kluge reunió a los comandantes en jefe del Grupo Naval Oeste y de la 3.ª Luftflotte, al nuevo comandante militar de Francia, general de Aviación Kitzinger, y al recientemente nombrado comandante del «Gran París», general de Infantería Von Choltitz, para hablar en Saint-Germain sobre la defensa de la capital. Hitler había ordenado defender París hasta el último hombre. Había ordenado que todo estuviera preparado para hacer saltar por los aires los 68 puentes sobre el Sena y todas las construcciones de interés militar. En la conferencia también se habló de la evacuación y la retirada del tren militar, que se efectuó sin problemas. El orden reinó menos en el repliegue de los numerosos puestos del Partido Nacionalsocialista así como de los funcionarios, que se habían adueñado de parcelas de poder absolutamente incontrolables y que, en muchas ocasiones, dejaron mal parado el nombre de Alemania.

Ya no había suficientes tropas aptas para combatir y defender esta inmensa capital. Sólo quedaban unidades improvisadas, capaces de garantizar la seguridad y los servicios de información. A cualquiera que tuviera un poco de lucidez le era del todo evidente que era imposible mantener París, aunque sólo fuera por cuestiones de suministros. Eran estas mismas razones teóricas y materiales las que condujeron a los franceses a rendir París en 1940.

Mientras esto ocurría, se acentuaba la presión concéntrica de las fuerzas estadounidenses, sobre todo desde el sur y el oeste sobre el frente

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Trun-Argentan-Putarges, mientras los británicos mantenían sus posiciones. Las formaciones acorazadas alemanas que permanecían en la bolsa se esforzaban en mantener una puerta abierta hacia el este. El 15 de agosto, en lugar de directivas estratégicas o incluso de refuerzos, les llegó un despacho firmado por Hitler. En él se intentaba responsabilizar al mariscal Von Kluge del fracaso en el ataque de los carros de combate de Eberbach. Se trataba de una orden del día habitual en el «Diario de Operaciones» de Hitler, sin valor militar alguno, pero que él juzgaba necesario para «escribir la historia».

El telegrama llegó el mismo día en que las fuerzas aliadas desembarcaban en la Costa Azul, cerca de Saint-Tropez, Cannes y Saint-Raphael. Se demostraba que el cálculo de Hitler era erróneo: se derrumbaba el frágil frente del Mediterráneo. Hasta el 17 de agosto, el OKW no ordenó el repliegue del Grupo de Ejércitos G sobre la línea Orleans-Bourges-Montpellier. Pero esta operación era imposible debido a los profundos avances de las columnas acorazadas aliadas en ambos frentes de invasión, que parecían estar compitiendo entre ellas.

Volvió a ordenarse el mantenimiento de las «posiciones fortificadas»: la situada al norte y al sur del Gironda y la de La Rochelle. El 15 de agosto, Hitler prohibió al 5.° Ejército Panzer y al 7.° Ejército abandonar el anillo de hierro que cada día se estrechaba más alrededor de Falaise, contrariamente a la petición que le había vuelto a hacer el Grupo de Ejércitos B el día 14. Fue entonces cuando el mariscal Von Kluge decidió personalmente asumir la decisión de retirada.

El mediodía del 16 de agosto, el mariscal Model hizo su aparición en el Cuartel General de La Roche-Guyon sin que el OKW hubiese avisado previamente. Model había estado al mando del Grupo de Ejércitos Centro en el Frente del Este, tras la ruptura de ese frente el 20 de junio y se había visto obligado a replegarse en dirección a Prusia Oriental. En el momento de recibir este nuevo destino, Hitler le entregó los diamantes de la Cruz de Caballero de la Cruz de Hierro.

Model entregó a Von Kluge una carta manuscrita de Hitler en la que le anunciaba que había decidido nombrar al mariscal Model comandante en jefe del Oeste y del Grupo de Ejércitos B. Fundamentaba esta medida en su impresión sobre la salud del mariscal Von Kluge, que no parecía estar a la altura de las exigencias del momento, después del esfuerzo al que había estado sometido durante las semanas anteriores.

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La actitud de Von Kluge de cara a Model fue muy digna; durante el traspaso de poderes le expuso todas las exigencias que comportaba ése mando. El único aspecto doloroso para él, aseguró, era abandonar a las tropas que, por órdenes de Hitler, vertían su sangre en la bolsa de Falaise. Se sentiría unido a ellas hasta su último aliento.

El 18 de agosto, a las 05.00 horas, Von Kluge, después de una emotiva despedida a su pequeño estado mayor de combate, abandonó La Roche-Guyon, que en esos momentos ya estaba al alcance del fuego de artillería y de mortero de las vanguardias del 1.er Ejército estadounidense. Entre Verdún y Metz, el mariscal puso fin a su vida envenenándose. Su indudable destino habría sido un proceso ejemplar, como los que Hitler reservaba a mariscales y generales y que culminaba en la horca. Su hijo y su yerno quedaron detenidos bajo «arresto domiciliario».

El mariscal Von Kluge dejó una carta para Hitler, fechada el 18 de agosto. Resumía los motivos del inevitable hundimiento del frente. Indicaba, entre otras cosas, que dada la superioridad de las fuerzas enemigas, había sido imposible llevar a cabo la penetración en Avranches, ya que nunca llegaron los refuerzos prometidos y tampoco fueron aceptadas sus propuestas estratégicas.

En cuanto a la contraofensiva de Mortain, ordenada por Hitler a pesar de sus objeciones, no hizo más que agravar irremediablemente la situación del Grupo de Ejércitos B. Von Kluge terminaba con las siguientes palabras: «Si sus nuevas armas no llegaran a tener éxito, debería usted poner fin a la guerra… El pueblo alemán ha sufrido de un modo tan indecible, que ha llegado la hora de 'terminar con ese horro».

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CAPÍTULO VIII

EL PERÍODO ENTRE EL 19 DE AGOSTO Y EL 5 DE

SEPTIEMBRE DE 1944

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LA SALIDA DE LA «BOLSA DE FALAISE».

EL REPLIEGUE HACIA LA MURALLA OCCIDENTAL

E L NUEVO comandante en jefe del Oeste y comandante del Grupo de Ejércitos B, el mariscal de campo Model, había comenzado su carrera

en la Infantería y pronto pasó al estado mayor. Durante la Segunda Guerra Mundial, estuvo primeramente al frente del Estado Mayor del 16.° Ejército en el Oeste, y luego se forjó una magnífica reputación en el Este en el curso de los duros combates del invierno de 1941-1942 cuando estaba al frente del 9.° Ejército, en el que se distinguió por su solidez y su habilidad para la improvisación. En 1944 actuó como comandante en jefe del Grupo de Ejércitos Centro hasta su traslado al Oeste.

De aspecto fornido y no muy distinguido, era un hombre física e intelectualmente muy activo. Apenas dormía e ignoraba el miedo ante el enemigo. Tenía una privilegiada visión táctica, pero carecía de capacidad para apreciar la medida de las cosas. Tenía tendencia a buscar el prestigio entre la tropa, aun a costa de los oficiales. Era, ante todo, un soldado sin la menor imaginación, profundamente original en su aspecto y en su discurso: un apasionado. A menudo había desafiado al Destino y contaba en tener éxito también en el Oeste, apoyado en el ya citado don de la improvisación y en la propia suerte. Pese a su cultura estratégica, no podía prescindir de los detalles en la conducción táctica. Para él no regía aquello de Minima non curat praetor[6]. Su naturaleza poco equilibrada lo llevó en muchas ocasiones a inclinarse ante la ideología hitleriana, aún en contra de la evidencia.

Tal como sucedió con el mariscal Von Kluge el 5 de julio, así también emprendió Model sus tareas, con prejuicios y reproches contra sus nuevos colaboradores y los comandantes en jefe de los ejércitos bajo su mando. Comenzó ordenando continuar la resistencia al sur del Sena, es decir, partía del insensato principio consistente en mantener cada palmo de terreno aún sin refuerzos ni esperanza de salvación. Sólo el día que esta orden fuera ya inaplicable se establecerían las tropas, en la línea Somme-Mame, y la mantendrían a toda costa. Pero esta línea ni había sido examinada ni las posiciones preparadas.

La evolución de los acontecimientos tomó la forma de una avalancha irresistible. Se hacía necesario tomar decisiones estratégicas. Sin embargo,

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Model, siguiendo las instrucciones del OKW, no quiso tomarlas.

Después de echar un primer vistazo sobre el conjunto de la situación, solicitó por escrito el envío de 30 divisiones con 200 000 hombres de refuerzo. Model debía saber perfectamente que tan ingenua petición era imposible de satisfacer. Efectivamente, estando al frente del Grupo de Ejércitos Centro, tan duramente castigado después del 20 de junio, y después en su reunión con Hitler, había podido constatar el número y el estado de las reservas generales.

El 18 de agosto, bombardeado por la aviación y la artillería del 1.er Ejército estadounidense, el Cuartel General del Grupo de Ejércitos B en La Roche-Guyon tuvo que ser evacuado y transferido al puesto de mando del Führer en Margival, al norte de Soissons. Ese mismo día, Hitler —y como siempre demasiado tarde— admitió la retirada del Grupo de Ejércitos G tras la línea Marne-Saona-frontera suiza, mientras Marsella y Tolón, reforzadas con tropas y material, debían constituirse en «fortalezas». El LXIV Cuerpo, instalado en el golfo de Vizcaya, debía atravesar todo el centro de Francia en grupos aislados para incorporarse al Grupo de Ejércitos G. Debido a la falta de movilidad de las tropas alemanas, para las fuerzas estadounidenses fue un juego de niños no sólo destrozarlas en ataques frontales, sino también seguir avanzando hacia el norte superándolas y disgregándolas.

Mientras tanto, la bolsa de Falaise se achicaba día a día por la presión del enemigo. Las fuerzas estadounidenses eran las que llevaban la voz cantante, avanzando por el oeste, el sur y el sureste, mientras los británicos jugaban un papel mucho menos destacado.

Dos cuarteles generales de ejército, cuatro de cuerpo, nueve divisiones de infantería y unas cinco acorazadas estaban comprimidos en un cuadrado de 10 a 15 kilómetros entre Falaise y Argentan, expuestos al fuego concentrado de la artillería de todos los calibres y a los ataques aéreos, ininterrumpidos día y noche. La llegada de refuerzos y, ante todo, de carburante, municiones y víveres se había hecho imposible ante la actividad aérea del enemigo. Sin embargo, el mando local mantuvo sus nervios y, de acuerdo con las instrucciones secretas del mariscal Von Kluge, entre el 19 y el 20 de agosto, consiguió salir de la bolsa, replegándose hacia el noreste, mientras el II Cuerpo Panzer de las SS mantenía valientemente abierta la puerta de salida y apoyaba a las fuerzas en retirada. Fue un verdadero milagro ver cómo, con grandes sacrificios

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humanos y el abandono de la mayor parte del material pesado, los restos de las unidades presentes en la bolsa consiguieron romper el cerco en dirección a Rouen, sin dejar de hacer frente al enemigo.

Durante este tiempo, el 1.er Ejército de Estados Unidos había llevado a cabo un amplio movimiento de rodeo entre Dreux y París y comenzaba a cruzar el Sena entre Vernon y Mantes. Afortunadamente, el alto mando estadounidense no explotó este éxito. Un avance a lo largo de la ribera norte del Sena le habría permitido aislar a la masa del Grupo de Ejércitos B, para luego aniquilarla. Fue gracias a este error que las fuerzas alemanas pudieron salvarse. En medio de dificultades indecibles y de graves pérdidas causadas por miles de proyectiles disparados por los aviones aliados, el 5.° Ejército Panzer consiguió cruzar a la otra orilla, cerca de Rouen. Aunque una gran parte del material pesado y de los vehículos cayó en manos enemigas, este cruce del río debe ser considerado como una gran maniobra militar. También debe valorarse la forma en que las tropas fueron recibidas en la orilla norte por formaciones improvisadas que demostraron una tenacidad notable. Los sacrificios morales y físicos a los que fueron sometidas las tropas fueron extraordinarios, pero su conducta fue en todo momento admirable. Sin embargo, la línea del Sena no pudo mantenerse por mucho tiempo, a pesar de la orden inicial de Hitler.

La intención del OKW era concentrar las formaciones acorazadas en la zona de Beauvais-Compiègne, para darles un cierto descanso y luego enviarlas a asestar un golpe decisivo contra el flanco del enemigo, que avanzaba más allá del Sena. No pasó de ser un sueño nunca convertido en realidad, sobre todo teniendo en cuenta que apenas regresaron 100 carros de combate de un total de seis divisiones. Más tarde, también quedó en pura ilusión el propósito de desplazar las unidades acorazadas a la zona comprendida entre el Mame y el Sena y lanzar allí un ataque hacia el sureste para facilitar la retirada del Grupo de Ejércitos G del coronel general Blaskowitz. Estas dos operaciones requerían que la línea del Sena fuese firmemente mantenida: la estrategia y el estado del ejército hacían imposible dicha resistencia.

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LA CAÍDA DE PARÍS

A UN antes de que el 1.er Ejército de Estados Unidos pudiese tener organizado, incluso de forma precaria, su excesivamente extendido frente, en el que las unidades de alerta y las de servicios sólo estaban apoyadas por la 48.ª División, parte de la 338.ª y un batallón de asalto, Patton ya había franqueado el Sena entre Melun y Fontainebleau y sus

unidades blindadas de reconocimiento seguían avanzando hasta Troyes. Aguas abajo de París, el empuje de las fuerzas enemigas se hacía sentir

a ambos lados de Mantes, en la orilla norte del Sena, mientras dos puntas de lanza avanzaban en dirección a Beauvais.

El Grupo de Ejércitos G aún se encontraba al norte de Orange, enzarzado en combates de retirada.

En París no había unidades activas; en la ciudad sólo se encontraban los destacamentos de alerta de las unidades de suministros y de administración. En los accesos a la ciudad por el oeste y el sur se encontraba acampada una improvisada brigada que no contaba con armamento pesado y que poco podía hacer más que garantizar la seguridad de la zona. El 23 de agosto, el Grupo de Ejércitos B recibió de Hitler la orden de destruir los puentes y los demás objetivos importantes: «incluso será necesario arrasar barrios enteros y obras de arte». El jefe del Estado Mayor del Ejército no transmitió dicha orden; el comandante del «Gran París», el general Von Choltitz la recibió directamente del OKW, que pasó por alto al comandante en jefe del Oeste. El general Von Choltitz solicitó por teléfono instrucciones para la ejecución de la orden del Führer. El jefe del Estado Mayor, temeroso de las posibles escuchas, respondió a Choltitz que debía obrar de acuerdo con las circunstancias y que el Grupo de Ejércitos B no había transmitido la orden de destrucción; para lo demás, se remitía a las conversaciones anteriores. El general Von Choltitz no dio la orden de llevar a cabo las demoliciones y, de este modo, salvó de la destrucción los irreemplazables monumentos de la magnífica ciudad.

El 24 de agosto, la 2.ª División Blindada del general Leclerc penetró en París procedente del sur. La resistencia alemana, localizada en algunos débiles puntos de apoyo, fue breve. El general Von Choltitz rindió la ciudad y fue hecho prisionero. Quizás lo correcto tácticamente hablando hubiera sido evacuar mucho antes la capital y retirar hacia el norte a todas

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las fuerzas que allí se encontraban. Pero, en los tiempos que corrían, esta solución hubiese podido significar la horca para el general que hubiese dado la orden. En este sentido, apenas rendida la ciudad, Model inició un proceso «in absentia» contra el general Von Choltitz «por abandono del puesto».

En cuanto se supo en el OKW que París había caído, Adolf Hitler ordenó que toda la artillería de largo alcance, las armas V y las formaciones aéreas aún disponibles, tomasen la ciudad como objetivo. En la mente de Hitler esta orden de destrucción fue concebida como una forma de «combate moral». Su ejecución costaría la vida a millares de personas y, sobre todo, la destrucción de tesoros artísticos irreemplazables.

Estratégicamente, semejante orden era imposible de justificar, aun callando otro tipo de consideraciones. La defensa de la ciudad, que no tenía ningún valor militar, no podía sostenerse ni táctica ni estratégicamente, puesto que el Sena, aguas arriba y abajo, ya había sido cruzado por importantes fuerzas. Tras la caída de la capital, el curso medio del río ya no tenía ninguna importancia táctica.

Como jefe del Estado Mayor del Grupo de Ejércitos B, y contra la voluntad de Hitler, impedí la transmisión y la ejecución de dicha orden de destrucción. Y fue así como París fue salvada en el último momento de ser arrasada.

Los acontecimientos de la última semana de agosto semejaban un torrente imposible de contener. El 15.° Ejército tenía asignado el sector oeste, entre la costa y Amiens. El 7.° Ejército trataba de reunir lo que quedaba de sus tropas al norte del Sena, junto con la 275.ª División, transferida desde el 15.° Ejército, para luego establecer una línea de resistencia entre el Somme y el Oise. El 5.° Ejército Panzer cubría su repliegue entre el Sena y el Somme.

La 1.ª División Blindada de Guardias británica rompió el frente por Amiens, y el 31 de agosto, en Saleux, el comandante del 7.o Ejército, el general de las tropas Panzer Eberbach fue hecho prisionero en el momento en que se llevaba a cabo el relevo en el mando con el comandante del 5° Ejército Panzer. El comandante en jefe de este último ejército, el Obergruppenführer de las SS Sepp Dietrich, así como el jefe del Estado Mayor del 7.° Ejército, el coronel Von Gersdorff, pudieron escapar de forma casi novelesca. Días más tarde, el mando del 7.° Ejército fue asumido por el general Brandenberger.

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La avalancha proseguía su camino, arrollando todo a su paso. En la zona Compiègne-Soissons, algunas fuerzas del Grupo de Ejércitos B aún mantenían sus posiciones defendiéndose valientemente. Finalmente, el 28 de agosto, el enemigo también logró abrirse paso. El 28 de agosto, el Cuartel General del Grupo de Ejércitos, sometido al fuego de los carros de combate y de la artillería enemiga, fue transferido al castillo de Havrincourt, al oeste de Cambrai.

El enemigo había llegado al Somme, al Aisne y al Marne, en Châlons. Una tras otra, las «fortalezas» a lo largo de la costa fueron quedando cercadas. El Estado Mayor del Grupo de Ejércitos B, tras su llegada a su nuevo puesto de mando, recibió instrucciones del OKW para la continuación de la lucha. Por fin renunciaba al principio de defensa de cada pulgada de terreno; prescribía no continuar la resistencia hasta ser cercadas las tropas y así poder conservar una cierta capacidad ofensiva. Los ejércitos debían retirarse combatiendo, sólo bajo la presión del enemigo, hasta alcanzar la línea formada por la cabeza de puente del Escalda, cerca de Breskens-Amberes-el canal Alberto-Hasselt-Maastricht-Mosa-límite occidental del Argonne-meseta de Langrès (donde conectaría con el Grupo de Ejércitos G)-Châlons-sur-Saône-frontera suiza. Esa línea sí que debía ser mantenida a cualquier precio.

Sin embargo, era imposible llevar a cabo una retirada ordenada. Las fuerzas motorizadas aliadas envolvían a las extenuadas divisiones de infantería alemanas, que habían perdido su movilidad y estaban agotadas. Las aislaban para luego, aisladas, acabar destruyéndolas. De este modo, cerca de Mons, varias formaciones alemanas que se replegaban fueron bloqueadas y, en su mayoría, aniquiladas por los carros de combate aliados que las habían adelantado en su ruta hacia el norte. Tan sólo débiles fracciones del 5.° Ejército Panzer y del 7.° Ejército pudieron alcanzar el Mosa, el 5 de septiembre; cruzaron el río unos 100 carros de combate y cañones de asalto, todo lo que quedaba de las fuerzas acorazadas. Si en esas circunstancias todavía fue posible oponer alguna resistencia, hay que atribuir el mérito a las tropas y a la energía de todos los estados mayores que el Grupo de Ejércitos había mantenido en contacto directo con el enemigo y que, valiéndose de medios improvisados, lo forzaron a hacer frente a una cierta resistencia, por fugaz que fuera.

El 15.° Ejército atravesó el Escalda con la mayor parte de sus efectivos, salvando la mayor parte de su armamento pesado. Ciertamente,

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no había sufrido la misma presión que los demás ejércitos.

Fue imposible mantener durante mucho tiempo el frente del Mosa, ya que Namur cayó el 6 de septiembre y Lieja el 8 del mismo mes. La falta de efectivos impidió la defensa de las antiguas «fortalezas».

Una nueva directiva del OKW relativa a la conducción de las operaciones imponía que se luchara para ganar tiempo y permitir la fortificación de la Muralla Occidental. Ésta sería la línea defensiva definitiva y debía defenderse «hasta el último hombre»: Costa holandesa, incluyendo la desembocadura del Escalda-Muralla Occidental hasta Luxemburgo-fronteras occidentales de Lorena y de Alsacia.

Entonces sucedió lo inesperado, algo así como una variante alemana del «milagro del Mame» de los franceses en 1914: la frenética persecución de los Aliados se ralentizó de pronto. No era posible encontrar la causa en una crisis en los abastecimientos, tampoco en una «pérdida de empuje» de la potente ofensiva porque constantemente se producían relevos en la vanguardia enemiga con nueva unidades intactas. Quizás hay que encontrar las razones en el método seguido por el Mando Supremo aliado. Quizás actuara una vez más en el ánimo del enemigo el impacto psicológico que suponía enfrentarse a la Muralla Occidental. Los dispositivos del enemigo se fueron adecuando para enfrentarse a un frente fortificado. Si las formaciones angloamericanas no hubiesen perdido el contacto, habrían podido continuar la persecución «hasta el último aliento de hombres y caballos» y, así, acabar la guerra seis meses antes. No existía ninguna unidad alemana digna de mención, tanto en tierra como sobre todo en el aire. Además, en Prusia Oriental y en Hungría la batalla había llegado a su punto culminante y no era posible distraer fuerzas desde el Este.

El 5 de septiembre, fui relevado de mi cargo de jefe del Estado Mayor del Grupo de Ejércitos B, sin que me comunicaran las razones de mi cese. Nos encontrábamos en La Chaudefontaine, al este de Lieja, y hasta allí se desplazó mi sustituto, el general Krebs. El 7 de septiembre, fui detenido por orden de Himmler y enviado al sótano de la sede central de la Seguridad del Reich, en la Albrechtstrasse de Berlín.

Durante mi breve colaboración con el mariscal Model, en diferentes momentos pude expresar mis opiniones sobre el conjunto de la situación y sobre las consecuencias políticas y militares. Model se dio cuenta

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claramente de que era imposible una salida, y más teniendo en cuenta los especialmente graves acontecimientos en política exterior producidos en el este y el sureste de Europa. Turquía se había pasado al enemigo y Rumania, Bulgaria y Finlandia estaban en negociaciones con los Aliados.

Pero Model se negó a intervenir ante Hitler, diciendo que «no era asunto de su incumbencia». Tampoco quiso oír hablar de tomar por sí mismo una decisión estratégica en el Oeste, pese a que los comandantes de ejército y de otras unidades presionaban sobre él de forma reiterada para que adoptara semejante resolución. En sus respuestas se refería a los espectaculares procesos que habían seguido al 20 de julio.

Todas las peticiones personales evocando su alta responsabilidad moral ante el Pueblo y ante la Historia y su conciencia de soldado resultaron vanas. Cuanto más empeoraba la situación militar, más se acercaba Model a la dirección política.

Su inmediata petición para que se designara un «jefe nacionalsocialista» para la Sección de Operaciones —algo que el Grupo de Ejércitos B había esquivado hasta entonces— y que también fuera enviado un oficial del Estado Mayor de las SS, fueron síntomas elocuentes. Por consiguiente, bajo su mando no se podían esperar decisiones fundamentales en lo político y lo militar. Se limitaba a asumir «la responsabilidad en el cumplimiento de las órdenes». La posibilidad de una «rebelión de la conciencia» le era totalmente ajena.

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CAPÍTULO IX

LA ELIMINACIÓN DEL MARISCAL ROMMEL

C OMO consecuencia del ataque aéreo del 17 de julio, además de numerosas heridas de metralla en la cabeza y, en especial, en el ojo izquierdo, el mariscal Rommel había sufrido fracturas en la base del cráneo, en las sienes y en un maxilar. Una fuerte conmoción cerebral lo tuvo largo tiempo sin conocimiento. Ya había recuperado el conocimiento cuando lo visité la mañana del 22 de julio en el hospital de la Luftwaffe, en Lemay. Sus preguntas se refirieron al frente de batalla, seriamente amenazado, a sus soldados y a los acontecimientos del 20 de julio. Expuso las consecuencias políticas de este acontecimiento, que para él eran

impredecibles.

Cuando el avance enemigo cerca de Caen se convirtió en una seria amenaza, fue transportado al hospital de campaña de Vésinet, cerca de Saint-Germain. A pesar de los detallados informes dirigidos al OKW y a los medios de comunicación, no apareció ninguna noticia sobre las heridas del mariscal ni en prensa ni en radio. Pese a ello, dada la grave situación en el frente de Normandía —de la que Hitler lo quería responsabilizar— Rommel consideraba de capital importancia que se diera a conocer el ataque sufrido y las heridas de que había sido objeto, que se remontaban al 17 de julio.

Tras la rotura del frente en Avranches, producida tres semanas después de que Rommel fuese herido, se anunció en la prensa y en la radio que el mariscal había tenido un accidente de automóvil. Luego, sobre el asunto volvió a caer un manto de silencio. Rommel exigió en vano que se rectificara la información, falseada por orden expresa de la superioridad. El 8 de agosto se accedió a su deseo de ser llevado a Herrlingen, cerca de Ulm, en la ribera del Danubio, para permanecer al cuidado de su esposa y de los doctores Albrecht y Stock, profesores en Tubinga. La medida tuvo éxito ya que, en contra de todas las previsiones, se produjo una rápida mejoría.

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El 6 de septiembre, en mi última visita a Herrlingen, lo encontré con un aspecto fresco y animado. Su ojo, hasta entonces cerrado, ya se habría a medias. Manifestó su confianza en estar restablecido en unas cuatro semanas o, por lo menos, con posibilidades de desplazarse. Le informé sobre la situación y de mi propio relevo, lo que al mismo tiempo representaba una seria advertencia para Rommel. Los acontecimientos del 20 de julio fueron abordados con amplitud y dieron pie a que el mariscal dijera sobre Hitler: «Este mentiroso patológico se ha vuelto loco del todo. Su innegable sadismo se ha volcado contra los hombres del 20 de julio y esto todavía no ha terminado».

Rommel se atormentaba y, ante una situación cada día más catastrófica, buscaba vías y medios que permitieran superar la situación. Pero desde la primavera de 1944 y especialmente después del fracaso del atentado del 20 de julio, las perspectivas de un final aceptable eran mucho más improbables.

Rommel me encargó que durante una entrevista que tenía concertada para el 8 de septiembre en el Cuartel General del Führer, expusiese al coronel general Guderian las siguientes: la guerra en el Oeste por ideas debía terminarse siempre que el enemigo impusiera unas condiciones mínimamente aceptables, antes de que la Muralla Occidental y el Rin dejaran de estar en manos alemanas y que la furia de la guerra invadiese la madre patria. Todas las fuerzas alemanas debían ser trasladadas al Frente del Este porque la llegada del invierno, favorable al Ejército Rojo, era inminente. Las experiencias de los últimos dos años obligaban a tomar toda clase de precauciones. La eliminación de Hitler se hacía más necesaria que nunca. En cuanto a él, Rommel, no quería inclinarse ante la fuerza del destino. Una vez restablecido físicamente, se declaraba dispuesto, sin reservas, a lanzarse a la brecha y aceptar cualquier responsabilidad.

Una semana antes de morir, dijo al médico que lo trataba: «Me temo que este demente sacrificará hasta el último alemán antes de su propio final».

Desde hacía aproximadamente un año, le llegaban al mariscal informaciones e indicios de que era vigilado por el Servicio de Seguridad, particularmente durante su estancia en Herrlingen. Es probable que ya desde la primavera de 1944 ese servicio informase a Himmler de que era un derrotista.

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El 13 de octubre, Rommel visitó a su antiguo amigo y camarada de regimiento, el teniente coronel de la reserva Oskar Farny, en Düren, cerca de Wangen, en la región de Allgäu. Durante dicho encuentro se sinceró diciendo: «Corro un grave peligro. Hitler me quiere eliminar. Sus motivos son mi ultimátum del 15 de julio, la libertad y la honestidad de mis propuestas, los acontecimientos del 20 de julio y, finalmente, los informes del Partido y del Servicio de Seguridad sobre mí. Si me sucediera algo te ruego que te encargues de mi hijo». Ante el comentario de Farny de que a Hitler le sería imposible, por motivos psicológicos, entablar un proceso contra el más popular de sus jefes de ejército, Rommel replicó: «Ya verás como me hará matar. Como hombre político, deberías conocer mejor que yo a ese criminal. No retrocederá ante eso».

Sobre la muerte del mariscal, hay que atenerse al relato de su esposa, la señora Lucie-Marie Rommel, así como a las declaraciones de los testigos presenciales:

El 7 de octubre, el mariscal fue convocado telefónicamente para una «importante conferencia en el Cuartel General del Führer». Según la opinión de los médicos, su estado de salud aún no le permitía viajar, por lo cual, el 14 de octubre, los generales Burgdorf y Maisel fueron a Herrlingen por encargo de Hitler. Después de una breve conversación entre Burgdorf y el mariscal, éste le dijo a su esposa con una voz que parecía de ultratumba: «Dentro de un cuarto de hora estaré muerto. Por orden de Hitler tengo la opción de envenenarme o de comparecer ante el tribunal del pueblo».

Durante su conversación con el general Burgdorf, éste le informó que, según las confesiones de varios personajes arrestados o condenados, estaba acusado de haber participado en el movimiento del 20 de julio de 1944, y que, una vez hubiese triunfado la revuelta, incluso estaba previsto que fuese nombrado jefe supremo del Estado. ¿Cuál fue la postura del mariscal ante estas acusaciones, que él rechazó? Hasta el día de hoy el asunto no se ha dilucidado con claridad. Lo que sí es un hecho cierto es que, después de la conversación, se despidió de los suyos y de su ayudante, el capitán Aldinger, y se fue en compañía de los dos generales.

Mientras tanto, las salidas de Herrlingen y los alrededores de la casa de Rommel quedaron custodiados por patrullas de las 88 equipadas con armas automáticas. Tras un breve recorrido en un automóvil conducido por un

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hombre de las 88, el mariscal fue llevado muerto por los dos generales al puesto de socorro de la escuela Wagner, de Ulm.

El general Burgdorf prohibió al médico jefe, el doctor Mayer, que se practicara la autopsia, diciendo: «No toquen el cadáver. Ya está todo arreglado desde Berlín».

A la señora Rommel se le explicó que la muerte había sido a consecuencia de una embolia, pero el rostro del mariscal tenía una estremecedora expresión de desprecio.

¿Cómo se desarrolló este final shakesperiano? De acuerdo con las declaraciones de Keitel en Nuremberg se supo que la orden recibida por Burgdorf provino personalmente de Hitler, que también mantuvo la ficción de la embolia incluso delante de allegados como Göring, Dönitz, Jodl y otros.

El telegrama enviado al Grupo de Ejércitos B decía lo siguiente: «El mariscal Rommel ha fallecido a consecuencia de las heridas sufridas en un accidente de automóvil».

La tarde del 13 de octubre, Rommel ya había dicho a la señora Farny: «Si me ocurre algo, no se crea que me he suicidado». Si, como en el caso de Sócrates, esa ejecución tenía el aspecto de un suicidio, el mariscal quería que fuese considerada como un sacrificio, como un llamamiento a la nación.

El asesinato del mariscal Rommel debía ocultarse al pueblo alemán. Hitler intentó disfrazar el hecho y borrar cualquier sospecha mediante una ceremonia oficial en honor del mariscal realizada en el ayuntamiento de Ulm el 18 de octubre. Fue una maniobra de profanación política de un cadáver, sin precedentes en la historia. Ni él ni ninguna personalidad destacada del Partido Nacionalsocialista se personaron en la ceremonia fúnebre. Sólo el doctor Kaltenbrunner, jefe de la Oficina Central de Seguridad del Reich, supervisó personalmente el acto oficial. Al finalizar la ceremonia, él doctor Berndt, director del Ministerio de Propaganda del Reich, dijo a la señora Rommel: «El jefe de las SS del Reich no ha participado en el acto, pero está profundamente emocionado».

El mariscal Von Rundstedt fue designado para representar a Hitler. Leyó un discurso que incluía una frase patética: «Su corazón pertenecía al Führer». Pero no hizo acto de presencia durante la cremación de los restos, ni entró tampoco en la casa mortuoria en Herrlingen: El viejo soldado personificaba ante los presentes a un hombre quebrado, deshecho.

Meses después de la ceremonia oficial, la señora Rommel recibió la siguiente carta:

EL CONSEJERO GENERAL DE ESTADO PARA EL ORDENAMIENTO DE LOS CEMENTERIOS MILITARES ALEMANES

BERLÍN GRÜNEWALD

LASSENSTRASSE 32/31 (13 b) CASTILLO DE LEUTSTETTEN POR STARNBERG/OBB. TELÉFONO 23-88 STARNBERG

Señora Rommel

Herrlingen — Ulm.

7 de marzo de 1945

Muy estimada señora Rommel:

El Führer me ha encargado la erección del monumento en memoria de su difunto esposo, el mariscal Erwin Rommel. De acuerdo con sus deseos, he solicitado a varios escultores que se reúnan para presentarme sus proyectos para dicho monumento. Como en las presentes circunstancias y a causa de sus dimensiones, la obra no puede ser construida ni tampoco transportada, sólo será ejecutada en forma de maqueta. No obstante, creo indicado realizar ahora, en su tumba actual, un monumento más sencillo en forma de una gran placa recordatoria tallada en piedra, con la inscripción de su nombre y sus emblemas. Dicha placa medirá alrededor de un metro de ancho y un metro ochenta de largo, y estará encabezada con la mención de la distinción más alta conferida al mariscal.

Por mi parte, considero apropiado que su heroísmo y grandeza estén representados con la figura de un león. El profesor Thorak ha modelado la figura de un león moribundo, mientras el profesor Broker eligió la de un león rugiente, y el escultor Löhner la de un león en actitud de combate. He elegido esta última para el bajorrelieve, pues es la que más se presta para el efecto buscado. Sin embargo, si usted prefiere la figura del león moribundo, ella es posible tal como la ha proyectado el profesor Thorak y como puede verse en uno de los dibujos.

La placa recordatoria puede ser ejecutada de inmediato, ya que he obtenido del ministro Speer una autorización especial, pues hoy en día no se permiten monumentos mortuorios en piedra ni siquiera para soldados, aunque hayan sido condecorados como caballeros de la Cruz de Hierro. He conseguido, para casos especiales, la autorización de ejecutar y exponer los trabajos. Si usted está de acuerdo, utilizaré por primera vez ese permiso con motivo del monumento al héroe Rommel, de manera tal que en un plazo breve pueda ser colocado en su tumba.

Heil Hitler!

FIRMADO. Dr. Kreis

Consejero General de Estado de Construcciones

Seguramente el consejero general de Construcciones creía de buena fe en lo acertado de su carta. Para Hitler, la adulteración de los hechos era aceptable por cualquier medio. Pero en el pueblo y entre los soldados corría la voz de boca en boca: «¡Lo han matado!».

Los motivos que tenía Hitler para acabar con el mariscal Rommel se remontaban a la campaña de África, pero sobre todo a los acontecimientos del verano de 1944.

Según una leyenda inventada por Goebbels, Rommel habría sido uno de los primeros jefes de las SA (de acuerdo con un artículo publicado en el semanario Das Reich). Pero Rommel nunca dejó de pertenecer al Ejército y nunca formó parte de las SA. Lo que pudo motivar la confusión fue el hecho que Rommel hubiese sido el oficial de enlace del Mando Supremo del Ejército en la Dirección de la Juventud del Reich, a fin de asesorar sobre la instrucción militar impartida en su seno (1936). Durante los dos primeros años de gobierno nacionalsocialista, Rommel, que entonces estaba al mando de un batallón en Goslar, era, en su fuero interno, contrario a Hitler. Tras las medidas arbitrarias adoptadas el 30 de junio de 1934, y sobre todo después del asesinato impune de los generales Von Schleicher y Von Bredow, le dijo a su amigo Oskar Farny: «Éste sería el momento adecuado para echar a Hitler y a toda su pandilla».

Tras la proclamación de la «libertad de armamentos», en marzo de 1935, Rommel elogió y expresó cierta estima y respeto por Hitler, llamándolo «unificador de la nación», que se encontraba desgarrada por las luchas de partidos, así como «liberador de las cláusulas indignas del Tratado de Versalles» y «vencedor de la desocupación».

Comenzó entonces a creer en los «ideales pacíficas» de Hitler. También quedó admirado por sus cualidades de médium. Rommel celebró la libertad de armamentos como símbolo visible del restablecimiento de la soberanía del Reich y creyó que las potencias occidentales saludarían el rearme alemán como un verdadero «dique contra el bolchevismo».

En un principio, Rommel no tuvo suficientemente presente que la guerra no es solamente un hecho militar, sino también un proceso político. Al terminar la campaña del Oeste en 1940, comenzó a alarmarse con las ideas políticas del régimen nacionalsocialista y con su estrategia bélica. Sendas experiencias amargas se lo ratificaron. Antes y después de la Batalla de El Alamein, se opuso por primera vez a los sueños de dominación mundial de Hitler. La desconfianza de este último hacia Rommel nació también en esa época, pese a que al mismo tiempo se quería servir del «decente Rommel» ante su pueblo. Fue por esta razón por la que convirtió a Rommel en una figura más popular que ningún otro de sus generales. Lo movía la utilización que podía hacer de este popular soldado contra el Estado Mayor General, al que el Führer detestaba.

No sólo fue en el aspecto político-militar donde se le abrieron los ojos a Rommel, sino también en lo humano. Descubrió la creciente amoralidad del régimen, que relegaba al Estado y al ejército a un rol de meros ejecutores del Partido. En reiteradas ocasiones criticó la falta de seguridad jurídica, que calificaba como el camino más corto para la destrucción del Estado. Cuando los errores y los crímenes de Hitler se multiplicaron en todos los terrenos, Rommel midió con horror el espantoso poder del antiguo Hybris, «de esta acumulación de deseos insensatos bajo la forma más brutal: apetencia de gloria, visiones de conquista, avidez de muerte, afán de destrucción, orgullo y vanidad, miedo paralizante, sed de venganza, desesperanza sin límites». (Walter Nestle, Stuttgart, 1944).

Sin embargo, esas constataciones no lo llevaron a la resignación que ya había cundido en gran parte de los jefes militares. Por el contrario, despertaron en él las reacciones de su espíritu y de su corazón, impulsándolo a cumplir una acción más personal. Su coraje se manifestaba tanto por escrito como cara a cara frente a Hitler, a quien describía la situación sin contemplaciones y con las conclusiones debidas. Al comprobar el fracaso de sus críticas y ya que el honor y la vida de su pueblo valían para él más que su propia persona, preparó un golpe al estilo de York. De este modo se pueden aplicar al mariscal las palabras de Ernst Jünger: «Hay situaciones en las que no cabe contemplar el éxito. Se está ahí, por cierto, fuera de la política. Esto es válido para esos hombres que triunfan moralmente, aun cuando fracasen ante la historia. Su valentía y su sacrificio han sido de una naturaleza superior a la del campo de batalla; y, a falta de una victoria, los corona la poesía».

El discernimiento y la decisión de Rommel llegaron muy tarde. Su conciencia de soldado se abrió paulatinamente al dominio de la política. Luego intentó acercarse a la religión, inspirándose en las ideas de Jünger sobre la paz, que le hicieron entrever la tierra prometida así como los misteriosos y recíprocos vínculos entre la fe y la realidad.

Pero, cuando quiso pasar a la acción, el destino se interpuso. Al igual que muchos otros oficiales superiores alemanes, Rommel no se prestó a glorificar al «más grande capitán de todos los tiempos». Hitler lo percibía instintivamente. El 17 de junio de 1944, en Margival, dio buena prueba de ello. Su entorno político y militar (Keitel, Burgdorf) lo influenció abierta y veladamente contra el mariscal. Éste, en ningún caso debía convertirse en un peligro para el dictador. En la teocracia fundada en Hitler, no podía coexistir a su lado ningún «héroe popular».

El 20 de julio de 1944 proporcionó la ocasión tan deseada para librarse de su único rival o sucesor. La propaganda supo desviar magistralmente el odio popular y la atención prestada a los decisivos acontecimientos que anunciaban una catástrofe cercana. En Alemania nadie debía poder reemplazar a Hitler. Basándose en sus éxitos militares y en sus cualidades humanas que lo convirtieron en el hombre más popular de la guerra, Rommel se mostró dispuesto a intervenir para impedir el caos. Es probable que en el otoño de 1944 Hitler no se hubiera atrevido a hacer comparecer a Rommel ante un tribunal. El mariscal, por su parte, cualquiera que hubiese sido su decisión final en la tarde del 14 de octubre, nunca habría llegado con vida a Berlín o al Cuartel General del Führer. También es cierto, según declaraciones posteriores, que las intenciones de Rommel respecto a Himmler y sus secuaces quedaron en secreto.

El asesinato era el único medio político para alcanzar el objetivo sin que Hitler se desenmascarase. La farsa efectuada en la ceremonia oficial en Ulm implicaba un acto de «refinamiento del terror».

Nicolás Maquiavelo escribía hace cuatrocientos años:

«El capitán cuya actividad haya proporcionado victorias y éxitos al soberano, goza necesariamente de tanto prestigio ante los soldados, el pueblo y el enemigo, que los triunfos no le significan sólo la amistad del soberano. Éste debe tomar precauciones respecto a su capitán. Deberá eliminarlo o quitarle su prestigio».

CAPÍTULO X

ERWIN ROMMEL SOLDADO

EL MARISCAL

S EGÚN Clausewitz, la personalidad del jefe exige poseer una gran capacidad intelectual unida a «fuerza de voluntad» y «coraje». Para él,

«cada operación debe estar dirigida por un pensamiento claro y sencillo». En lo concerniente a los pequeños detalles tácticos, el libro de Rommel

titulado La infantería ataca aporta elementos suficientes sobre su aptitud para resolver dificultades con una fórmula simple. Ese talento lo demostraba también para el mando medio y superior.

Sin embargo, la planificación y la ejecución estratégicas le eran más ajenas que la táctica y la técnica, en las cuales demostraba un talento innato para identificar y solucionar simplemente los problemas complicados. Rommel exigía claridad en los juicios formulados sobre lo posible y veracidad en la información sobre los resultados alcanzados. Odiaba las excusas y las exageraciones de la propaganda que, desde 1941 y a través de la política, se deslizaban en los partes de la Wehrmacht. Ello no impedía, no obstante, que aceptase a veces la tesis sobre la necesidad de la propaganda.

En el campo de batalla, el mariscal poseía intuición, un certero «golpe de vista». No ejercía el mando solamente sobre el plano intelectual, sino que lo orientaba hacia los acontecimientos y los incidentes. Era un maestro de la improvisación, gracias a su don de la intuición y a su capacidad de decisión. Tanto en los aspectos técnicos como prácticos, su imaginación estaba plagada de ideas nuevas.

Durante la campaña de África, sus adversarios inventaron aquello de «el zorro del desierto». Churchill expuso en el Parlamento el motivo de la amarga derrota británica en el norte de África diciendo: «Frente a nosotros estaba un gran general». Una encuesta de Gallup lo señaló en 1942 como «el general más notable y capaz». Fue así como adquirió una reputación mundial.

Rommel dio pruebas de su aplomo en las alternativas de la guerra y en los momentos críticos de las batallas. Su buen criterio de soldado no se dejaba influenciar por ilusiones y le proporcionaba una visión exacta en las fases culminantes de la lucha y en el punto crítico de la guerra en conjunto.

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Moltke exigía que la autoridad del mando se completara con la confianza en él.

Si bien Rommel se inclinaba a veces a ser demasiado exigente o demasiado duro, también es cierto que poseía el carisma de un jefe, el don de arrastrar tras de sí a las tropas, la eficacia legendaria del conductor sobre sus hombres, que no puede explicarse sólo intelectualmente. En la plenitud de sus cualidades humanas, los soldados sentían ese corazón que latía por ellos. Es así como el mariscal podía a la vez dominar la situación y los espíritus.

Ya había ocurrido en Argonne, en 1915. Cuando el subteniente Rommel conducía a su compañía de enlace los hombres se sentían tan seguros como cuando en la Segunda Guerra Mundial dirigía a sus carros de combate de la «División Fantasma», atravesaba Francia como un huracán, o en el desierto africano marchaba entre Tobruk y El Alamein. Los soldados gritaban: «¿Dónde está Rommel? ¡Siempre delante!». Napoleón ya había dicho: «No se puede dirigir un ejército desde las Fullerías». Esta máxima también es válida en épocas de gran desarrollo técnico, como la nuestra. Rommel era el «Mariscal Adelante» moderno, que convertía en realidad el enlace de la vanguardia con el puesto de mando. Incansable, se lo encontraba siempre donde era necesario actuar sobre la tropa y donde se hacía indispensable su poder de sugestión. Gustaba del movimiento permanente, la vida dura y las extremas tensiones del soldado. A Hitler, en cambio, le faltaba ese vínculo íntimo. A la inversa suya, Rommel dominaba el arte del liderazgo, esa fuerza que dimanan los grandes comandantes de tropas, esa fuerza que Schiller admiraba en la figura de Wallenstein:

De cada cual sabe extraer la fuerza,

La propia; y la hace crecer.

Deja que cada uno sea lo que es.

Vigila sólo para que siempre esté

En el lugar debido.

Es así cómo consigue

Hacer de la fuerza de todos la suya propia.

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EL HOMBRE

E L CONDE Schliefen define el carácter de un jefe como la conjunción de inteligencia, corazón y voluntad. Non videri, sed esse (Ser, más

que parecer). Al encontrarse la razón con la violencia irracional de la guerra, así como en el equilibrio entre la ciencia y la acción, el hombre se afirma en el jefe. El mariscal fue «siempre el mismo Rommel», que cumplió con su deber aun en los días más críticos. Un soldado dotado de coraje «cívico», cuyo amor a su patria se fundaba sobre la verdad, sobre la unión esencial con la propia tierra y con la naturaleza eternamente viviente. Franco y claro, abierto tanto en la amistad como en la enemistad, Rommel era un hombre íntimamente libre. Para él, lo problemas de conciencia eran problemas de honor.

Su rostro cálido, pleno de energía y audacia, con claros ojos azules, inspiraba confianza. Aun siendo duro consigo mismo y viviendo de forma espartana, no desdeñaba sin embargo las alegrías de la vida. No tenía un don poético y no fue sino avanzada su vida cuando se empezó a plantear los problemas supremos de la vida. Podía parecer seco y reservado, pero ello no impedía que se convirtiera con gusto en un camarada entre camaradas, con un afortunado sentido del humor.

Su espíritu social se manifestaba vigorosamente y ello se debía con toda probabilidad a su origen suabo. Su proverbial caballerosidad ha quedado reflejada en muchas anécdotas. Hasta el mismo adversario se inclinaba ante el «brillante general».

Erwin Rommel, un miles fati, quedará como un símbolo del puro soldado alemán. Su vida, su actuación, que llegó hasta el propio sacrificio, son un legado eterno de hombría y de humanidad para su patria.

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CAPÍTULO XI

CONSIDERACIONES SOBRE LA BATALLA DE

NORMANDÍA

D ESDE el comienzo de los preparativos, a mediados de 1942, los Aliados occidentales consideraron que la invasión tendría un valor decisivo para el desenlace de la guerra. Desde el punto de vista técnico, dichos preparativos fueron extraordinarios tanto en su concepción como en su ejecución. Realmente «calcularon con precisión matemática cuáles eran

los aspectos que podían abandonar al azar».

Los inventores y técnicos de dos continentes llegaron a resultados considerados entonces como inimaginables. La instalación de puertos artificiales convirtió los desembarcos y el traslado de refuerzos en operaciones independientes de la conquista de puertos en tierra firme. El oleoducto Pluto, que cruzaba el Canal de la Mancha, posibilitó un aprovisionamiento de carburante casi perfecto. Los recursos de todo un mundo pudieron ponerse al servicio de la victoria. El despliegue de pistas artificiales, colocadas sobre aeródromos improvisados en las cabezas de puente, permitió la colaboración de la aviación con las unidades terrestres y navales. Así fue posible una coordinación sin trabas.

Durante los años previos a la invasión, los Aliados gozaron de todas las ventajas aportadas por el reconocimiento próximo y lejano. Mientras del lado alemán sólo podía contarse con radiocomunicaciones, el mando aliado utilizaba a fondo su arma aérea para misiones de reconocimiento. Al mismo también se encargó de misiones de aniquilación cuando eran necesarias para el éxito de la invasión. El servicio de Inteligencia angloamericano no sólo disponía de una perfeccionada red de información, extendida por el mundo entero. También se servía de las fuerzas del Movimiento de Resistencia presentes en el país que iba a invadir. Éstas proporcionaban informaciones útiles sobre los efectivos alemanes y tenían constantemente al corriente a los Aliados. Antes de la guerra, Hitler había prohibido la organización de un servicio de información alemán en Gran

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Bretaña. Cuando en el último momento fue preciso contar con él, ya era demasiado tarde.

Los angloamericanos se presentaban con una aplastante superioridad en tierra, mar y aire. Debe destacarse especialmente el papel decisivo que jugó su aviación en la invasión y en las operaciones anexas, gracias a su alto desarrollo técnico y su magnífico entrenamiento y mando. También ha de reconocerse que la coordinación, especialmente entre las fuerzas terrestres y la aviación, fue preparada hasta en sus menores detalles y sometida a la dura de su aplicación real.

A ello se agregaba el magnífico equipo de las fuerzas terrestres; reabastecidas de forma ejemplar y dotadas de una extraordinaria movilidad. Las divisiones británicas y estadounidenses entraron en acción con los efectivos al completo y cuidadosamente equipadas, habiendo aprovechado tranquilamente durante su instrucción las experiencias de una guerra que ya duraba cinco años. Por el contrario, el Ejército alemán tenía tras él las campañas de Polonia, Noruega, Francia, Italia, los Balcanes y Rusia; estaba exangüe y agotado; los alimentos y los suministros eran insuficientes. El invierno de Stalingrado había roto la columna vertebral de este ejército. Sus pérdidas irreparables se cifraban, por lo bajo, en medio millón de hombres.

La Luftwaffe, desgastada después de la Batalla de Inglaterra, ya no prestaba la atención debida a las exigencias de la técnica más moderna.

Las palabras de Clausewitz sobre la grandeza moral en la guerra, también eran aplicables a los Aliados: «Las fuerzas físicas se parecen sólo al mango de madera de un arma blanca, en tanto que las fuerzas morales representan el metal noble, el verdadero filo cortante de ella». La moral del adversario superaba a la de los alemanes, en los que los extravíos de Hitler habían producido un auténtico vacío. Pese a ello, el mando puramente militar aliado fue inferior a sus altas prestaciones técnicas. Éstas se habían demostrado en cuestiones de organización y de mando, en particular afrontando los problemas relativos a la cohesión y a la dirección de las diferentes partes del ejército. Pocas veces la historia ha ofrecido ejemplo de menos roces y tensiones en la conducción de las tropas de una coalición, que en el curso de esta invasión.

En el continente, el mando se reveló metódico, tanto a nivel táctico como estratégico. Aplicó especialmente la máxima del mariscal Foch

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relativa a la «seguridad de la maniobra», evitando riesgos, reduciendo en lo posible las pérdidas y lanzando el ataque «sobre seguro».

De esa manera, las fuerzas de invasión seguían una línea rígida, en la que se rechazaba al enemigo como si se tratase de un compresor que aniquilaba de forma lenta pero segura.

Tal como sucedió en el desembarco en África, en 1942, el mando aliado no explotó a fondo las grandes posibilidades estratégicas que se le ofrecían, pues de haberlo hecho la guerra hubiera terminado en 1944. Como ejemplos de oportunidades desperdiciadas, pueden mencionarse el no haber roto el frente del Sena tras la Batalla de la Bolsa de Falaise y no haber intentado atravesar la Muralla Occidental para avanzar más allá del Rin hacia el interior de Alemania en septiembre de 1944. Solamente el general Patton, en el seno del Grupo de Ejércitos de Bradley, intentó romper esa barrera de seguridad para encarar operaciones de gran envergadura, pero no pudo contagiar su impulso al mando conjunto. Por otra parte, Patton no obtuvo un gran reconocimiento por sus hazañas.

Estas constataciones no cambian nada en cuanto al significado de la invasión: abrió el Frente Occidental y acabó desequilibrando a Alemania. Implicó tal alivio para la Unión Soviética, que los éxitos del Ejército Rojo no hubieran sido posibles de no mediar aquella circunstancia, a la que debe agregarse la ayuda técnica y material de Estados Unidos. En efecto, el T-34 soviético rodaba con motores importados de dicho país, donde ya eran fabricados desde antes de la invasión, a razón de 2000 carros de combate mensuales, para uso exclusivo de los estadounidenses.

La invasión pasará a la historia de la guerra como un acontecimiento de verdadera magnitud, gracias a los resultados obtenidos, por primera vez, en la coordinación de las fuerzas de las tres armas en la persecución de un único objetivo estratégico.

Del lado alemán, no se captaron suficientemente las transformaciones operadas en la guerra moderna a la hora de evaluar las vinculaciones entre las fuerzas de tierra, mar y aire.

Adolf Hitler, el jefe supremo, tenía una mentalidad continental, y permanecía aferrado aún por las reminiscencias de la guerra de posiciones de la Primera Guerra Mundial. Una lucha llevada a cabo contra todo el mundo con las tres armas, pero dando primacía al motor en tierra y en el aire, superaba las posibilidades económicas y técnicas de Alemania. Es lo

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que Hitler no quería reconocer. Divisiones insuficientemente motorizadas, propias de guerras anteriores, fueron obligadas a hacer frente a un mundo mecanizado. 4000 kilómetros de costas y fronteras enemigas debían ser defendidas por 60 divisiones de estructura arcaica. Una Luftwaffe formada por 90 cazas y 70 bombarderos (al principio de la invasión) tenían por misión limpiar el espacio aéreo y proteger a las fuerzas terrestres. En la primavera de 1944, el OKW se vio obligado a impartir la siguiente orden: «Todo avión en el aire debe ser tratado como enemigo».

La falta de escrúpulos y el amateurismo del comandante en jefe marcharon a la par.

Durante las primeras semanas después de la invasión, el Führer y el OKW emitieron sus órdenes desde Berchtesgaden y luego desde Prusia Oriental. Las distancias y la imposibilidad de enlaces aéreos, se convirtieron en inconvenientes mucho más graves aún que los sufridos por el mando supremo alemán, sumamente criticado por encontrarse en Luxemburgo, durante la Batalla del Mame, en 1914.

Del lado alemán, ninguna personalidad fue vista por el frente. Del lado Aliado, Winston Churchill fue uno de los primeros en pisar tierra francesa después de la invasión.

El caos resultante de los combates que libraban algunas fracciones dentro de la Wehrmacht con los jefes nacionalsocialistas, afectaba a la claridad en las órdenes y era contrario al principio del mando; lo único que generaba era la fragmentación de la autoridad, y quien lo acababa pagando era el hombre que estaba en primera línea.

La confianza entre el mando y la tropa fue reemplazada por la coacción, la mentira, el tribunal político y el consejo de guerra. La satisfacción que provocaba en los escalones subordinados el sentimiento de responsabilidad y el ejercicio de la iniciativa, que antaño suponía un honor para el soldado alemán, quedó absolutamente aniquilada.

Con semejante situación y haciendo balance de las fuerzas presentes, sólo una estrategia de alto vuelo, desprovista de connotaciones políticas, podía haber aportado algún medio de salvación. En lugar de esto, se siguió batallando en todos los teatros de operaciones. Decisiones estratégicas tomadas a tiempo habrían podido evitarnos los destructores golpes del enemigo. En el Este, habríamos tenido que acortar el frente sin dudarlo y luego fortificar el frente defensivo, constituyendo unas potentes reservas. En el Sur, se habría tenido que mantener la línea Pisa-Florencia-Adriático,

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y luego la de los Alpes. Finalmente, en el Oeste, primeramente deberíamos evacuar la Francia situada al sur del Sena, constituyendo una agrupación de maniobra en el ala oriental, previendo posiciones de repliegue y de defensa.

Sin embargo, Hitler, llevado por su política y su propaganda, actuó sin la lucidez necesaria, rechazando todo compromiso. Exigió mantener las posiciones a cualquier precio, inmovilizando a 200 000 hombres en la defensa de las llamadas «fortalezas». Todo ello comportó el agotamiento físico, intelectual y moral del combatiente en el frente. Se produjo un proceso de desangramiento de las tropas, como en el invierno ruso de 1942-1943. Debía lucharse a la defensiva, sin suficiente capacidad de fuego y sin poder esperar apoyo. Era una auténtica guerra de mendigos.

En lo relativo a la conducción superior de las operaciones, Hitler no dio ninguna directiva de largo alcance. Se limitó a impartir órdenes tácticas de detalle, que alcanzaban hasta el punto más bajo de la escala. En la mayoría de las ocasiones, estas órdenes quedaban superadas en el tiempo y el espacio. Con semejantes métodos y sin consideración por la dignidad del hombre y del soldado, no era posible llegar a la confianza que es indispensable en el fragor de la batalla.

Durante el verano de 1944, el total de pérdidas en la campaña del Oeste ascendió a medio millón de hombres, incluyendo las unidades encerradas en las fortalezas. Es imposible evaluar las pérdidas de material. La campaña del Oeste en 1940 costó unas 40 000 vidas. Tampoco Hitler tuvo en ese Frente Occidental la percepción del «punto culminante de la lucha», como decía Clausewitz. Confundía a los demás y, lo que es peor, se confundía a sí mismo al tratar de ocultar una realidad ineluctable y al suscitar esperanzas con «armas milagrosas», en lugar de sacar conclusiones políticas de lo que sucedía.

Todavía en 1944, en el Oeste, Hitler mostraba un desmedido menosprecio por el adversario. Era aplicable aquello de «Ningún combatiente prudente desprecia a su enemigo», expresado por Goethe en su Ifigenia. Carente de todo sentido de la proporción y sobreestimando su fuerza de voluntad, Hitler seguía viviendo de sus fantasmas y, en su desenfreno, sacrificaba la sangre de la Nación, tanto con su estúpida «estrategia defensiva autoritaria» como con sus operaciones ofensivas en el frente de Normandía, empezando por Avranches.

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Un ejército deja de ser tal cuando ya no es capaz de combatir. De esa verdad supieron sacar conclusiones, en guerras anteriores, los mandos políticos y militares, conscientes de sus responsabilidades. Basta recordar, en el caso francés, la Guerra de 1870-1871; y en el caso alemán, el final de la Primera Guerra Mundial, con Hindenburg y Ludendorff, en el otoño de 1918. En el verano de 1944, volvía a ser necesaria tan severa decisión.

Soldados conscientes de sus responsabilidades, entre ellos Rommel, intentaron eliminar a Hitler y acabar la guerra. Fue así como se produjo el atentado del 20 de julio de 1944. La tentativa fracasó. No se produjeron consecuencias directas en el frente. Sólo mucho más tarde se conocieron los motivos, su desarrollo y sus consecuencias.

Adolf Hitler continuó rechazando conscientemente la evidencia de la derrota, abandonándose a sus ilusiones: la esperanza en el éxito de las V-l, la victoria en la guerra submarina, la posibilidad de una quiebra en la alianza entre la Unión Soviética y Estados Unidos, etc. No sacaba ninguna consecuencia lógica de los hechos. No lo quería hacer.

Así fue cómo se cumplió el destino trágico del Ejército alemán. En su actuación y su actitud, las divisiones alemanas dieron satisfacción a la máxima de Von Seeckt, cuando prescribía «un valor glacial para poder aguantar en la desgracia».

Semejante valor, que fue más allá del sacrificio, fue despilfarrado por un fantasma: ésa es la tragedia de todo valiente soldado alemán en la Historia de nuestra nación, abocada a un horrendo destino. Nadie se salvó del sufrimiento. De los millones de soldados alemanes combatientes, centenares de miles siguen prisioneros; otros tantos murieron en medio de una penumbra impenetrable; sus jefes, cuando no cayeron en el frente, terminaron en la horca o suicidados. Otros permanecen cautivos o deambulan erráticos por el país, como mendigos. Los que regresaron encontraron una patria devastada, entre cuyos restos desbordan millones de fugitivos o evacuados.

Si ha de establecerse una verdadera paz, debe hacerse justicia con todos. También con los soldados derrotados y con los millones de muertos. «La conciencia del honor militar queda excluida de toda discusión sobre responsabilidad. Aquel que permaneció leal a su deber, impávido ante el peligro, que dio pruebas de su valor y de su capacidad, tiene el derecho de conservar en su intimidad algo que es intocable. Ese sentimiento puramente militar y al mismo tiempo humano, es común a todos los pueblos. Haber cumplido sirve de fundamento para dar sentido a la vida» (Karl Jaspers).

También una Alemania renovada y una nueva Europa unida en un mundo de paz, necesitarán para subsistir de ese elemento intangible que es la moral misma, de la que nació la fuerza de todos los soldados y en la cual descansa el sacrificio de los mejores.

MAPAS

HANS SPEIDEL (Metzingen, Baden-Wurtemberg, 28 de octubre de 1897-Bad Honnef, Renania del Norte-Westfalia, 28 de noviembre de 1984) fue un general alemán en servicio durante la Segunda Guerra Mundial y la Guerra Fría, que sirvió como comandante supremo de las Fuerzas Terrestres de la OTAN en Europa central desde 1957 hasta 1963.

Se unió al ejército alemán en 1914 al estallar la Primera Guerra Mundial y rápidamente fue ascendido a segundo teniente. Durante la guerra fue comandante de una compañía en la batalla del Somme y ayudante. Permaneció en el ejército alemán durante el período de entreguerras y también estudió Historia y Economía en diferentes universidades. En 1926 recibió el grado de doctor en Historia con la calificación de magna cum laude.

Speidel participó en la batalla de Francia y en agosto se convirtió en jefe de Estado Mayor del comandante militar en Francia. En 1942, Speidel fue enviado al frente oriental, donde se desempeñó como jefe de Estado Mayor del 5.º Cuerpo del Ejército, y como jefe de Estado Mayor del 8.º Ejército en 1943, donde fue ascendido a mayor general. En abril de 1944, Speidel fue nombrado jefe de Estado Mayor del mariscal de campo Erwin Rommel, comandante en jefe del Grupo de Ejércitos B, destinado en la costa atlántica francesa. Cuando Rommel fue herido, Speidel continuó como jefe de Estado Mayor del nuevo comandante del Grupo de Ejércitos B, el mariscal de campo Günther von Kluge.

Speidel se desempeñó como teniente general y jefe de gabinete del mariscal de campo Erwin Rommel durante la Segunda Guerra Mundial. Speidel era un conservador nacionalista que estaba de acuerdo con los aspectos territoriales de las políticas del régimen nazi, pero no estaba de acuerdo con sus políticas raciales.

El 26 de agosto de 1944, Speidel contestó el teléfono cuando Alfred Jodl, el jefe de personal del OKW, llamó al mariscal de campo Walter Model, comandante en jefe del frente occidental, con la orden de Hitler de comenzar a bombardear París inmediatamente con cohetes V1 y V2. Model no estaba. Según su propio testimonio, Speidel nunca le pasó la orden a su superior.

Speidel describió con exactitud en el libro Invasión 1944la visión alemana del desembarco de Normandía.

Además, participó en la planificación del atentado del 20 de julio de 1944 para matar a Hitler, cuyo fracaso provocó su arresto por la Gestapo. Al final de la guerra, escapó de la prisión nazi y se escondió.

Después de la guerra, Speidel sirvió durante algún tiempo como profesor de Historia Moderna en Tubinga y en 1950 publicó su libro Invasión 1944: Rommel y la campaña de Normandía, antes de involucrarse tanto en el desarrollo como en la creación del nuevo ejército alemán (Bundeswehr), al que se unió y donde alcanzó el rango de general de la OTAN. Posteriormente fue nombrado comandante supremo de las Fuerzas Terrestres aliadas de la OTAN en Europa central en abril de 1957, un rango que mantuvo hasta su retiro en septiembre de 1963. Su sede se encontraba en el Palacio de Fontainebleau en París.

En 1950 Speidel fue uno de los autores del memorándum Himmerod, que abordó el tema del rearme (Wiederbewaffnung) de la República Federal de Alemania después de la Segunda Guerra Mundial. Como importante asesor militar del gobierno de Konrad Adenauer, jugó un papel decisivo en la creación de la Bundeswehr y más tarde, como general de cuatro estrellas (el primero en obtener este rango en la Bundeswehr, junto con Adolf Heusinger), supervisó la integración fluida de la Bundeswehr en la OTAN.

Durante la Guerra Fría inicial, Speidel surgió como una de las principales figuras militares alemanas, y jugó un papel clave en el rearme de Alemania Occidental y su integración en la OTAN. Por lo tanto, es considerado como uno de los fundadores de la Bundeswehr. Fue el primer oficial en ser promovido a general completo en Alemania Occidental y sirvió como comandante supremo de las Fuerzas Terrestres de la OTAN en Europa central desde 1957 hasta 1963, con sede en el Palacio de Fontainebleau, en París. Speidel también fue un historiador por formación y escribió varios libros. Recibió la Gran Cruz con Estrella y Faja de la Orden del Mérito de la República Federal de Alemania en 1963. Fue el padre del general de brigada Hans Helmut Speidel y el suegro del comisario europeo y político liberal Guido Brunner.

Según un artículo publicado en Der Spiegel, que cita documentos publicados por el Bundesnachrichtendienst en 2014, Speidel puede haber sido parte del Schnez-Truppe, un ejército secreto ilegal que los veteranos de la Wehrmacht y las Waffen-SS establecieron desde 1949 en Alemania.

En 1960 Speidel tomó medidas legales contra un estudio de cine de Alemania Oriental, que lo retrató como de haber estado enterado de los asesinatos del rey Alejandro i de Yugoslavia y del ministro de Asuntos Exteriores francés Louis Barthou en 1934, así como de haber traicionado al mariscal de campo Erwin Rommel ante los nazis tras la conspiración del 20 de julio de 1944. Reclamó con éxito daños y perjuicios por difamación. Hans Speidel murió en 1984 en Bad Honnef (Renania del Norte-Westfalia) a los 87 años.

Notas

[1] I A, oficial al cargo de la Führungsabteilung, la Sección de Operaciones.

I C, oficial al cargo de Inteligencia.

II A, oficial encargado de dirigir los servicios dependientes del Estado Mayor. <<

[2] «Hans der Kluge». Un juego de palabras hecho a partir de su nombre (N. del T). <<

[3] Karl Heinrich von Stülpnagel, comandante militar en Francia, fue comandante del «Gross-Paris» durante los años 1943 y 1944. Implicado en el complot contra Hitler, intentó suicidarse, fracasando en su intento. Ciego como consecuencia de sus heridas, fue abatido por la Gestapo.

No debe ser confundido con su primo, Otto von Stülpnagel, también comandante del «Gross-Paris» de 1940 a 1942, por lo que fue llevado ante el tribunal militar de París al finalizar la guerra, acusado de asesinato, secuestro y destrucción. En febrero de 1946 se ahorcó en su celda (N. del T.) <<

[4] Ernst Jünger, Prólogo de Strahlungen (Radiaciones), Ed. española, Tusquets Editores. <<

[5] Que agrupaba a las fuerzas alemanas desplegadas en el oeste, el suroeste y el sureste de Francia. <<

Esta máxima puede traducirse libremente como «La autoridad no está pendiente de las cosas sin importancia». (N. del T.) <<


FIN

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