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POR
SU PROPIA MANO
El
Caballero Audaz
(José
María Carretero Novillo)
Por Su Propia Mano
El Caballero Audaz
(José María Carretero Novillo)
Un hombre cegado por los celos asesina brutalmente a su mujer y es condenado a muerte. En la cárcel recibe una visita que le propone ayudarle a huir de la prisión.
El Caballero Audaz
Por Su Propia Mano
La Novela de Hoy - 16
ePub r1.0
Titivillus 01-03-2026
Título original: Por su propia mano
El Caballero Audaz, 1922
Entrevista previa al autor: Artemio Precioso, 1922
Ilustraciones: Penagos, 1922
Editor digital: Titivillus
ePub base r2.1
A manera de Prólogo
El potente y veloz automóvil del novelista nos ha subido por la Cuesta de las Perdices a más de ciento diez kilómetros por hora. En plena marcha, la respiración se hace difícil.
—¿Quiere usted que vayamos más despacio? —me pregunta el autor de La bien pagada.
—¡Por mí, más de prisa! —le grito.
Después, en la terraza de Camorra, seleccionamos un ameno menu, casi tan ameno como las obras del Caballero. Como al desgaire, yo insinúo la conveniencia de un pollo al jerez… por cabeza. Carretero asiente. Carretero se queda mirándome fijamente.
—¿Come usted mucho?
—Debemos diferenciarnos poco usted y yo en eso de tragar… Confieso que, sólo por las referencias que de él tenía, no me era
simpático en grado sumo El Caballero Audaz. Pero hablar con él y conquistar mi simpatía, fué obra de un momento. O mucho me equivoco, o el carácter de este escritor tan discutido, es todo llaneza, bondad, pero bondad verdadera, infantil, podríamos decir. Después, en el transcurso de unos cuantos comentarios, Carretero ha ganado algo más que mi simpatía: mi afecto sincero.
A los postres, mientras el camarero descorcha el champaña, comienza mi interrogatorio, implacable, casi tan implacable como él lo esgrimió tantas veces.
—A usted se le puede preguntar sin temor. ¿Qué edad tiene usted? —Cumplí el 20 de abril último treinta y tres años. —¡Hombre, precisamente la edad de Cristo!…
—Justamente, la edad del Rabí de Galilea cuando le crucificaron.
Espero que a mí no llegarán a crucificarme.
—¿Dónde nació?
—Entre Córdoba y Málaga: en Montilla. Un pueblecito blanco, limpio y aromado como una mocita andaluza. Si quiere usted conocer mi pueblo, sus calles y hasta sus habitantes, lea mi novela La sin ventura.
—¿Entonces Valdeflores es Montilla?
—Sí, señor. En mi novela no falta más que el dorado vino que le da fama a mi pueblo, y ése vamos a tomarle allí cuando usted quiera; ya verá usted qué simpáticos, qué alegres, qué valientes y qué buenos son mis paisanos.
—¿A qué edad comenzó a escribir, y dónde publicó por vez primera? —A los catorce años se me publicó mi primer cuento en Nuevo
Mundo. El recuerdo de la grata emoción que experimenté aquel día no lo borrará ningún acontecimiento de mi vida.
Mariano Zavala fué el que llevó, por primera vez, mi firma a Nuevo Mundo; después, él también fué abriéndome paso por entre la maraña de necias inquietudes que formaban algunos ineptos compañeros. Por eso se explicará usted, amigo Artemio, la gran ternura que yo siento hacia este hombre, tan recio de alma, tan bueno y tan capaz; y nada de la vida conseguirá desvanecer este afecto, que es como mi orgullo de agradecido.
—¿Qué novela de las suyas le gusta más?
—Mi mejor novela es Hombre de amor y Un hombre extraño. También es la que más quiero, porque nació mientras unos cuantos difamadores alquilados querían acosarme. Y yo escribía…, escribía, seguro de que Leonardo Jardiel, el protagonista de los dos volúmenes, que se pasaba días y días acompañándome, terminaría por vengarme. Así ha sido.
—¿Tardó mucho en adquirir su público?
—No sé; la popularidad es como una infección: no se da uno cuenta de ella hasta que ya no tiene remedio… A mí me enoja esta popularidad mía. Sin vanidad creo que a la cuarta interviú que hice en La Esfera con el seudónimo de El Caballero Audaz, ya me conocía todo el mundo… Esto se explica teniendo en cuenta que entonces La Esfera hacía tiradas enormes.
—¿Cuál de sus novelas le ha producido más dinero?
—Hasta ahora, La bien pagada, no solamente porque es la que más se ha vendido, sino por los derechos de traducción… Sin embargo, La sin ventura lleva igual camino, aunque siempre existirá la diferencia de que cuando ésta se publicó, ya La bien pagada llevaba vendidos veinte mil ejemplares.
—¿Tiene muchos enemigos? ¿A qué lo atribuye usted? Porque no me negará que tiene enemigos.
—Hombre, negar la beneficiosa existencia de mis enemigos sería negar la luz… ¿De dónde salen y por qué salen?… Qué sé yo: no me he detenido nunca a analizar este fenómeno. Mi editor dice que porque vendo muchos libros; mi sastre, que porque soy muy alto; ¡cualquiera sabe!… El caso es que los haya; que ello será la mejor prueba de nuestra buena existencia…
—¿Guarda usted rencor, odio o animadversión hacia alguien?
—Yo mis asuntos los liquido al día, así es que no tengo abierta ninguna cuenta de agravios.
—Unos dicen que es usted todo corazón; otros, que no quiere a nadie más que a sí mismo… ¿Qué me dice usted?
—Que «cada uno habla de la feria según le ha ido en ella». No sé yo de mí ni de mi corazón nada. Como somos tan ciegos para nuestros defectos, tal vez los que dicen que soy egoísta lleven razón, en contra, naturalmente, de lo que yo opino.
—¿Se siente usted satisfecho de la vida?
—Se lo diré a usted en voz baja, para que no se enteren mis enemigos: ¡Satisfechísimo! Creo que la vida es esto que yo vivo: la vida que vivieron Galdós, Zola, Blasco, D’Annunzio, Guido Da Varona y otros muchos: luchar, vencer, triunfar hoy para caer herido mañana por la mano traidora del fracasado rival que acecha, del envidioso que espera: verse solo, levantarse sin desmayo y tomar el desquite…
—¿Sufre usted mucho ante las censuras, ataques o diatribas de algunos escritores o críticos?
—Con esa pregunta demuestra usted no conocerme, querido amigo… Yo soy un árabe: por naturaleza estoy siempre triste; pero no sufro jamás, y por estas naderías, mucho menos. Si las críticas son razonadas, justas y están hechas con mesura, las respeto y estimo; si únicamente son ataques de hígado, inspirados por bajas pasiones, los desprecio. En esto de atacarme a mí se ha llegado a la perfección de la cobardía. Mis enemigos, en su afán de combatirme impunemente, alquilaron en Barcelona un miserable diablo —en cuya hoja de servicios se anotaban unos cuantos asesinatos por la espalda mientras las víctimas iban desarmadas y esposadas— y lo trajeron de testaferro para ellos despotricar libremente.
—Y usted, ¿qué ha hecho?
—Yo, nada… Esperar… Ya saldrán los inductores… No puede uno estar a merced del primer presidiario cobarde que aspire a ir acompañado a su celda. Aunque esto contraríe a mis enemigos, tengo que confesar que todavía no estoy dispuesto a pelear con asesinos pistoleros…
—De los escritores de hoy, ¿cuáles son sus grandes amigos?
—¡Oh!, no sé: creo que todos. Habría que preguntárselo a ellos… Yo estimo entrañablemente a muchos. Ya he dado pruebas de ello en mis interviús y desde la dirección de periódicos.
—¿A cuáles admira más?…
—Le citaré a usted sólo cuatro nombres de cuatro generaciones:
Blasco Ibáñez, Zamacois, Pérez de Ayala y Fernández Flórez.
—¿Qué opina de la envidia? ¿Cree usted que algunos le envidian o le odian por ser hombre alto, guapo y afortunado en la venta de sus libros?
—Es usted demasiado amable e indulgente… La envidia es un infortunio que yo se lo deseo a mis buenos amigos… A mí me produce mucho dinero al año…
—¿Ha sido afortunado con las mujeres?
—Sería ridículo que le dijera a usted que sí, y sería poco galante si le dijera a usted que no… Dejemos la contestación en blanco y que cada cual ponga lo que quiera…
—Cuente alguna aventura galante…
—Cuando pasen veinte años; ahora las vivo, y no sería discreto publicarlas.
—¿Aceptaría usted una intervención amistosa para limar ciertas asperezas y enconos entre usted y algunos periodistas y escritores?
—Sinceramente le digo que no sé a qué se refiere usted, y, claro, no teniendo para mí la cosa importancia, no merece la pena que nadie se moleste.
—¿Piensa trasladar su residencia a París?
—Ya hace días me escribió mi entrañable y admirado Gómez Carrillo diciéndome que me había tomado casa allí… Este otoño ya lo viviré en Francia.
—¿Ha recibido muchas cartas de mujeres?
—Muchas: la mujer es mi lectora más asidua. Pero estas cartas tienen derecho al más caballeroso respeto; porque siempre fueron dirigidas en consulta al novelista forjador de almas.
—¿Por qué dejó usted la dirección de Nuevo Mundo?
—No la dejé, la vendí. La Papelera Española, en su necio afán de irme desplazando de lo que ella creía posiciones, entregó, para que se me comprase mi participación en «Prensa Gráfica», cuatrocientas ochenta mil pesetas. ¡Tontos! ¡Si me hubieran apretado un poco, la hubiera vendido por la mitad!… Para mí la dirección de Nuevo Mundo era un estorbo; no me dejaba trabajar en mis libros; desde que la abandoné llevo publicados tres volúmenes, y tras la barricada que estoy haciendo con ellos, me sonrío de los estrategas negociantes que creyeron fácil empresa suprimirme a mí.
—¿Prepara mucha labor?
—Ninguna. El jefe político, que será mi próxima novela, no saldrá hasta el año que viene. Ahora, a correr en automóvil por los campos dejando atrás esa atmósfera turbia de la capital.
—¿Una anécdota de su vida?
—A mi vuelta del veraneo le seleccionaré una que merezca la pena, y se la contaré. Ahora no disponemos de espacio. No quiero dejar de felicitarle por el enorme éxito de La Novela de Hoy; se lo digo a usted con una poca de tristeza, porque, como usted sabe, yo fui el fundador de La Novela Semanal; yo la dirigí, y cuando esta publicación tiraba de algunos números doscientos mil ejemplares (de El héroe de la Legión, por ejemplo), nunca pensé que otra similar la fuera agostando. Ayer me decían que por causa de su Novela de Hoy, aquella Semanal, que yo cuidaba con tanto amor, sólo vendía treinta mil ejemplares. ¡Realmente, da pena ver morir lo que se creó con tanto amor y se cuidó fervorosamente!…
Seguimos charlando de sobremesa, mientras vamos agotando lentamente el café y el habano. Hablamos mucho; una hora, dos… Pero no es cosa de relatarlo todo aquí, que falta espacio.
Vamos a Rosales, a Parisiana… Hablamos con la Chelito.
—¿Gana usted, Consuelo?
—Sí, yo gano siempre…
Cuando nos despedimos, me dice Carretero:
—¿Lo va usted a contar todo?
—No sé… Pero bastante, sí…
—Pues no se olvide de decir que yo no me ocupo de chismes ni cuentos, ni abrigo odios; que yo sólo me ocupo de escribir novelas…
—Novelas que se venden algo…
—Sí, un poco…
—¿Cuánto le ha dado su editor en el último semestre? —Ocho mil duros… Ya vió usted mismo la liquidación… —Sí, sí; pero quería preguntárselo ahora oficialmente…
Por su propia mano
PRIMERA PARTE
I
Despertó Carlos Alfayo al sentir sobre sus ojos el primer rayo de sol que entraba a través de los hierros por el alto ventanuco de su celda.
Se incorporó súbito, como siempre, atemorizado e inquieto, en aquel nervioso paroxismo que no le dejaba reposar… Sólo por momentos, el físico cansancio, llegaba a rendirle lo bastante, para troncharlo sobre el lecho en una especie de catalepsia henchida de horrorosas pesadillas…
Al sentarse en la cama y sentir ahora sobre su pecho el rayo de sol, pensó con toda la amargura de su alma:
—¡Un día más y un día menos!…
Con este amanecer su vida se había acortado un día… A él le parecía sentir tan real esta impresión, que cada día creía que le arrebataban algo; que el sol al salir iba robándole fuerza a su cuerpo, ímpetus a su corazón e ideas a su cerebro.
Sí; sentíase morir lentamente, desde que supo que estaba condenado a muerte.
Cada minuto tenía para él un valor imponderable, durante el cual lo que más daño le hacía era no poder detener el tiempo. ¡El tiempo!… que,
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como un agua cristalina, se filtraba, se escurría al través de sus dedos, sin que él, ni nadie, fuera capaz de retenerle…
¡Condenado a muerte!
Cada amanecer traía más fúnebres ideas a su pensamiento…
Era entonces, cuando con más fuerza le acosaban los recuerdos de su vida anterior.
¡Cuántos días, cuántos cientos de días había amanecido de manera bien distinta! Era entonces la prisión de su hogar burgués, confortable y pacífico.
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Él, en aquella triste ciudad de Urberegia, era uno de tantos señoritos ociosos, que vivía de las rentas de sus tierras; la tierra, fecunda y próvida, que la hacían producir unos labriegos a quienes apenas conocía… Allí vivió siempre, salvo la ausencia de unos años que estuvo en Madrid estudiando Letras, para adquirir un título de licenciado, que no había de servirle jamás para nada.
Después, muertos sus padres, Carlos Alfayo se recluyó en Urberegia a cuidar de su hacienda, a ser uno de tantos respetados burgueses que vivían en la vieja capital de provincias…
Arrastró la vida ociosa del señorito sin ideal, hasta que conoció a Albertina San Justo.
Hija ella de una familia modesta, su boda con Alfayo, fué como alcanzar la meta de los sueños de toda señorita provinciana, que tienen, como única aspiración redentora, el matrimonio con un hombre de fortuna.
Se casó ella resignada al mandato paterno, que le aconsejaba la boda como un bien del cielo; la mejor proporción con que podía favorecerla la Providencia.
Carlos Alfayo evocaba la figura de su mujer:
—¡Albertina! Con razón la fama la proclamaba como la mujer más bella de Urberegia.
Sus cabellos, de un negro brillante de azabache, se recogían en gracioso rodete sobre la nuca, ebúrnea y tentadora; sus ojos, negros, irradiaban juventud y deseos, iluminando su rostro trigueño, de color de ámbar tostado, y traslúcido, en el que destacábase tentador el brote lujurioso y sangriento de los labios, como un broche de vivo coral; alta, esbelta, con gallardías de reina y pujantes redondeces sensuales, representaba el arquetipo de su raza, de aquellas nobles y amantes hembras castellanas de los amores heroicos y los sacrificios bizarros, que lo mismo sabían tejer vendas para los combatientes de las gestas epopéyicas, que defender con brío un reducto sagrado por la sangre de los comuneros, que parir varones para la gloria aventurera de la Patria…
Se casó Alfayo con Albertina, y allí, en aquel remanso de la vieja provincia, vivió feliz…
Albertina era la mujer de hogar, tolerante y dulce, que todo lo embellecía con su presencia… Devota, como buena castellana, sus únicas salidas de la casa eran para ir a la iglesia, hacia donde partía al amanecer, y
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en muchas ocasiones no volvía hasta que ya el sol rayaba en el meridiano…
Feliz y tranquilo vió Alfayo deslizarse su vida, hasta que un día, como una piedra turbando la azul serenidad de un lago, un pedazo de papel anónimo vino a desencadenar una tormenta en su corazón…
Una mañana, con los periódicos de Madrid, le trajeron una carta con el matasellos del Interior.
En ella leyó, trémulo de rabia:
Carlos: ¿Es que eres un cornudo consentido? Tu mujer, cuando va a misa, sale por la sacristía y se va con su amante al campo. Hasta hoy sólo lo sé yo. Pero si sigues tan ciego, pronto saboreará tu ridículo toda Urberegia.
Observa y vigila. Por tu bien, te lo recomienda
Un amigo.
Fué tan grande su rabia, que hizo trizas el anónimo y arrojó los restos por el balcón… Pero el veneno quedaba ya emponzoñando su alma…
Casi mediaba ya la mañana, y Albertina, que, como de costumbre, salió a la iglesia temprano, no había vuelto aún…
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La tardanza de su mujer le intranquilizaba. ¿Tendría razón el anónimo? Para espantar sus dudas resolvió esperar.
En último término —pensó para conformarse—, si fuera verdad que Albertina le engañaba, procuraría comprobarlo, y tomaría venganza. Era el marido, y el mundo y hasta la propia ley —él lo sabía— estarían de su parte…
Quiso seguir leyendo el periódico, y no pudo.
Le obsesionaba la idea de que su mujer estuviera traicionándole. Transcurrió así cerca de una hora. Ya desesperado, estaba a punto de
salir para ir a buscarla a la iglesia, cuando desde el despacho percibió los pasos de ella por el corredor.
No pudo contener su impaciencia, y la llamó:
—¡Albertina! ¡Albertina!… Ven.
Al momento, apareció ella en la puerta, tocada aún con la mantilla, bellísima en su actitud mística de devota.
—¡Hola! ¿Estabas ahí? ¿Qué quieres? —Ven; acércate, mujer. Dame un beso.
Se aproximó ella. Se levantó Carlos para acogerla en sus brazos, y en este instante vió algo como una pelusa blanca que por debajo de la mantilla le albeaba entre el pelo; era un grumito de ceniza, de un cigarro sin duda alguna. Carlos, sin besarla, la tomó de una mano y la llevó a la alcoba, que estaba inmediata, cerrando tras sí la puerta con el pestillo.
—Pero, hombre, ¿qué haces? ¿Por qué me llevas así? ¡Que me haces daño en las muñecas!
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Él, mudo, desencajado, la llevó ante el espejo del ropero, y, poniéndola delante, la conminó:
—¡Mírate! ¿De quién es esa ceniza que traes en el pelo?
Ella palideció como una muerta.
—No sé —balbució—. Me habrá caído.
Entonces él, notando por la abertura de su descote suelta una de sus hombreras de la camisa, la ordenó:
—Desnúdate en seguida, Albertina.
—Pero, hombre, ¿por qué?
—Porque yo quiero; ahora mismo.
Y antes que ella se moviera, casi le arrancó el velo y el vestido… Al momento se detuvo, fulminado por la certidumbre.
La había estado contemplando vestirse aquella mañana antes de ir a misa, y vió que ella se había abotonado cuidadosamente el corpiño, el corpiño que ahora traía desabrochado y con el único botón que lo sujetaba, cambiado de ojal…
Le entró un vértigo de furia, y lentamente, con voz pastosa por la ira, aseguró:
—Albertina, tú me engañas. ¿De dónde vienes? Di. ¡Si ya lo sospechaba yo!
Ella, aterrada, no podía ni suplicar…, no podía hablar. Él la derribó en la cama y siguió demandándola: —Albertina, tú me engañas. ¡Confiésalo! ¡Confiésalo!
En su frenesí, sólo tenía una obsesión: que ella confesara su culpa.
—Que yo la sepa culpable por sus propios labios —meditaba—, y entonces puedo matarla con razón…
Para lograr su objeto consiguió frenar sus nervios, y le dijo pausadamente:
—Confiésamelo, mujer; confiésamelo… —No, no te engaño, Carlos. —¡Júralo!… ¡Júramelo por tu madre!… —Te…
Pero al alma altiva de la mujer, el sacrilegio del juramento en falso pareció repugnarla. La hembra fuerte, la hembra brava y honrada de Castilla, reapareció en su alma y, desafiándolo todo, evadió, silabeando con pavor:
—No puedo; no puedo jurártelo.
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Entonces él cambió de táctica ante aquella firmeza, y, para llevar el convencimiento al alma de la mujer, se lamentó:
—¿Cómo has podido hacerlo, Albertina, con lo que yo te adoro? Has estado loca; estás loca. Y dime: ¿por qué lo has hecho? ¿Con quién? ¡Dímelo! ¡Dímelo! Todavía es tiempo de que te perdone y seamos otra vez felices…
Se irguió ella, brava y resuelta; sus ojos brillaban como los de una tigresa acorralada:
—¡Oh, no! ¡Eso no! Te he faltado. ¡Mátame! ¡Haz de mí lo que quieras! Pero ¡no me preguntes más!
—¿Matarte? No. Yo te perdonaré. No tendría valor. Pero dime: ¿quién es él? Dímelo, Albertina, y te lo perdono todo…
Ella pareció haber recobrado, para defender al amante, los bríos que le faltaron para negar su culpa.
—No; no te lo digo. Mátame; pero no te lo diré jamás —clamó retadora y magnífica en su dolorosa ceguera.
Entonces él fué preso de un arrebato de furia…
Cerca, en la mesilla de tocador, vió unas tijeras, y empuñándolas se abalanzó sobre su mujer, quemándola casi por aquel aliento caldeado por los celos y el odio.
—¡El nombre! —exigió—. ¡Dime quién es tu amante, o mueres a mis manos!
—Bien. Haz lo que quieras; pero no lo sabrás.
—¿No lo dices?…
—No —confirmó ella, resuelta.
—¡Pues toma!
Con un rencor furibundo le asestó las tijeras en una doble puñalada en el seno magnífico.
Ella no dió ni un grito; pero la violencia del golpe la derribó boca arriba en el lecho.
Sobre su cuerpo saltó Carlos, y le pidió de nuevo:
—¡El nombre! ¿Quién es?… Di.
—No, no —barbotó ella en un quejido.
Fué entonces la ceguera del ultrajado. Poseso de un loco vértigo, la apuñaló una y cien veces: en el pecho, en el rostro, en la garganta, en los brazos; le clavó los ojos, la horadó las mejillas…
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Ebrio de furia y de sangre, se ensañó con la inerme mujer, desgarrando aquel cuerpo de maravilla, abriéndolo en cien heridas, por las que, en una catarata de rosas rojas, se iba escapando la vida de la adúltera…
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Preso Carlos Alfayo, la ciudad entera, que tenía a Albertina como un espejo de honestidad y de belleza, se alzó contra el bárbaro crimen.
Nadie creyó en la culpabilidad de Albertina, que tenía una aureola de ejemplar honradez.
El marido la declaró culpable. Dijo que ella había confesado su falta, pero no pudo probar el adulterio. A pesar de la hábil defensa de su abogado, que, no teniendo pruebas de la culpa de la víctima, quiso presentar al asesino como un anormal irresponsable, el Jurado, apreciando el ensañamiento, condenó a muerte a Carlos Alfayo.
Diez días llevaba ya condenado.
El recurso ante el Supremo no había esperanzas de que triunfara. En la ciudad iba a alzarse el patíbulo. El crimen había producido tan tremenda indignación, que apenas tuvieron eco las peticiones de indulto…
Evocando todo este pasado, Alfayo se estremecía de pavor. ¿Por qué había matado? ¿Cómo le faltó paciencia para llegar a conseguir las pruebas de la culpa, para sorprender in fraganti a la esposa, y poderla matar impunemente?…
Por no aguardar, pesaba ahora sobre él toda la terrible responsabilidad de la ley; la misma ley que por idéntico hecho, de ser otras las circunstancias, le hubiera absuelto.
¡Y estaba condenado a muerte! ¡Qué horror le producía el pensarlo! Instintivamente se llevaba las manos al cuello, como si ya le estuviera apresando él funesto dogal…
Paseaba ebrio por su celda, aquella celda de pago que, como única merced a las influencias de la familia, le habían permitido ocupar.
¡Condenado! No acertaba a hacerse idea de lo que seria aquella cosa desconocida y terrible que se llamaba la muerte.
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¡Morir! ¡Morir!
Se lo imaginaba tan sólo como un hondo abismo, que se lo habría de tragar fatalmente a muy corto plazo.
¡Morir! ¡A los treinta y cinco años, cuando aún era fuerte y la vida podía brindarle tantas cosas, y aún podía respirar todos los aires y sentir en su rostro la caricia de aquel sol que se entraba por el ventanuco de la celda! ¡Oh! ¿Era posible? ¿Por qué no le dejarían allí siempre, eternamente, entre aquellas sucias paredes? ¡Qué felicidad envejecer allí, aunque nunca más respirase el aire de la calle!
Pero ¡morir! ¿Era posible?…
De su meditación vino a sacarle el rumor de llaves en la puerta. Se abrió ésta y apareció el carcelero, que, como siempre, respetuoso en gratitud a las propinas que le daba su familia, le dijo:
—Señor Alfayo, tiene usted visita. El marqués de Fonteferro desea hablarle.
—¿A mí? Pero ¿es hora de comunicación?
—No. Pero el marqués trae un permiso especial… Como se trata de él… Será para lo del indulto…
Un resplandor iluminó el rostro del preso.
¡El marqués de Fonteferro, el millonario aristócrata, que era el diputado y el máximo personaje de Urberegia! ¿Por qué vendría a verle, si hasta ahora no se interesó por él? ¡Oh!… ¿Podría aún tener esperanzas?
—¡Qué!, ¿viene usted al locutorio? —le instó el carcelero.
—Sí, sí; ahora mismo —respondió Alfayo, alzándose con aliento de salir de allí.
Y echó tras el guardián con paso vacilante, ebrio de no sabía qué vagas esperanzas…
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II
Al llegar al locutorio vió en seguida, a través de la tela metálica que protegía las rejas, la figura de su visitante.
Era un caballero como de treinta y cinco años, alto, fuerte, gallardo, elegante; con un empaque de altivez y una negra y rizosa barba de Don Juan, que le encuadraba el rostro moreno, de hidalgo castellano, y hacía destacar con mayor energía su nariz imperiosa, su frente despejada de soñador, sus ojos centelleantes con viveza dominadora.
Era el marqués de Fonteferro, el linajudo aristócrata de la más rancia y altiva estirpe castellana, que sobre Urberegia ejercía uno de esos caciquismos de nobleza, de influencia política y de fortuna, que son los dueños de esas provincias donde todo parece dormir todavía bajo la garra de un señorío feudal…
Culto, inteligente, con una categoría social que le había hecho ya ostentar en los treinta y cinco años el codiciado titulo de ex-ministro, el marqués de Fonteferro era en Urberegia la máxima autoridad, aquélla ante la que jueces y ciudadanos se doblegaban, en reconocimiento de tácita superioridad.
—¡Oh, el marqués!
Poseedor de extensos predios en todo el término, decíase eran suyas gran parte también de las edificaciones urbanas.
Carlos Alfayo se acercó a la reja, aún vacilante, trémulo de impresión y curiosidad.
El carcelero se quedó a la puerta del locutorio, y el vigilante de la galera, por respeto a la categoría del visitante, permanecía lejos, al final del pasillo.
El marqués de Fonteferro se acercó a la reja y saludó con una leve inclinación de cabeza.
—Buenos días, marqués —dijo Alfayo con voz humilde—. Es un honor para mí que usted se haya acordado de mi desgracia…
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—No —dijo el visitante con voz metálica—, no tiene nada que agradecerme… Acérquese usted.
Le mandaba con ese tono de desdeñosa superioridad con que se dan órdenes a un criado.
Alfayo, obedeciendo, se acercó.
Entonces el marqués, pegando también el rostro a la reja, después de mirar al soslayo para convencerse de que permanecía alejado el celador:
—Oiga usted —le dijo en voz baja, pero imperiosa—, yo he seguido con gran interés su proceso, y he estudiado por curiosidad su caso.
—Entonces —interrumpió anhelante Carlos—, se habrá usted convencido de que yo obré bien…, de que tenía razón, y se ha cometido conmigo una injusticia.
—Eso —interrumpió fríamente el marqués— está ya fallado. Allá los jueces con su conciencia. Yo en la mía le he juzgado ya a usted también.
—Y… —inquirió angustiado el preso.
—Vengo a ofrecerle a usted la libertad… —confirmó el marqués, bajando más la voz.
Alfayo quedó como petrificado por la sorpresa.
—¡Cómo! —exclamó el condenado, en un hondo suspiro de júbilo—. ¿Me han indultado?
Sonrió levemente el marqués.
—No; no me entiende usted. El indulto sería la prisión para toda la vida, y yo vengo a ofrecerle a usted la libertad total y definitiva, el salir de esta cárcel para siempre.
—¡Marqués, por Dios, no juegue usted con mi angustia! —imploró desesperadamente Alfayo.
—Caballero —interrumpió solemne el marqués—. Yo no me burlo jamás. Le traigo la libertad, el medio de fugarse de la cárcel. ¿Cree usted que puedo hacerlo?
Él, transido de alegría, sólo pudo decir:
—Sí, sí… Yo creo que sí; que usted tiene poder para todo.
—Entonces, ¿está usted dispuesto a obedecerme?
—Sí, sí.
—¿Ciegamente?
—Con toda mi alma. ¿Cómo no, si me juego la vida? Pero —vaciló en preguntar—, ¿por qué se interesa así por mí, solo y deshonrado, usted, poderoso y rico?…
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—Eso —evadió fríamente el marqués— ya lo sabrá usted a su hora.
Acérquese más. Aproveche que no mitran los vigilantes y tome este papel.
Obedezca sin vacilar las instrucciones que ahí van.
Y diciendo esto, el marqués, por uno de los ojos del tejido metálico, introdujo un papel enrollado, que Alfayo tomó.
Después, rápido, le saludó con la cabeza y le aseguró:
—Dentro de dos días estará usted en libertad.
Alfayo no salía de su asombro.
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III
El papel, que leyó apenas estuvo solo en su celda, decía, en letra de máquina, lacónicamente, como una orden de guerra:
Pasado mañana recibirá usted la cena de un restorán. Entre las servilletas encontrará tres llaves: una de la celda, otra del rastrillo, otra del patio.
Salga hasta el jardín, y no le será difícil escalar la verja. De la huerta, a campo traviesa, diríjase a la carretera, donde, junto a la caseta de los peones camineros, le aguardará un automóvil. Deje puestas las llaves después de abrir, para que no sospechen que el carcelero le ha dado las suyas.
A la una de la madrugada debe salir de su celda. A la una y cuarto debe estar ya en la carretera.
Las instrucciones se cumplieron fielmente, como si todo estuviera dispuesto por una providencia milagrosa.
La noche del tercer día, como si también la Naturaleza quisiera contribuir a la evasión, fué negra y tempestuosa.
Alfayo encontró las llaves; abrió las puertas, salió al rastrillo, luego al patio, y por último al jardín.
Sobreponiéndose al temblor de sus músculos, escaló la verja, sirviéndose de apoyo en los adornos del forjado hierro…
Se deslizó al lado opuesto, y se halló en la huerta.
En aquel momento sonaba el alerta del centinela de la cárcel. Despavorido, su instinto, más fuerte que el temor, le hizo huir
atravesando por los sembrados y por el centro de los negros olivares.
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SEGUNDA PARTE
IV
Llegó convulso, jadeando por la ciega carrera, silbándole en la garganta la respiración, que, por la fatiga, se hacía un quejido bronco al pasar por sus fauces…
Dos veces, al cruzar a campo traviesa las huertas, para llegar a la carretera, había caído a tierra, y su cuerpo, sobre los surcos de sembradura, se había llenado de pegotes de barro… Al saltar la cerca espinosa de un huertecillo, también había rodado hasta la cuneta del camino.
Pelladas de cieno le manchaban el rostro y las manos… Y, a pesar de la fatiga, de su debilidad por el largo encierro, su voluntad de huir se había impuesto al extremado cansancio de sus músculos.
El viento ululante de la noche, a aquellas horas, en todos los hogares y por las campanas de las chimeneas, en las chozas y en los palacios, aullaría lúgubremente, anunciando la inclemencia de la Naturaleza.
Aquel viento era a la sazón el terror de los desheredados, el azote de los pobres caminantes, el enemigo de los mendigos, la destrucción de los sembrados; el viento por doquier iba sembrando el miedo, o la enfermedad, o la devastación…
Sólo en los oídos del fugitivo la furia del huracán y su silbido trágico tenían una jocunda vibración de fiesta. Terrible y todo, cantaba para él el supremo bien; le arrullaba como una caricia, le fortalecía como un tónico, le oreaba la frente como un sedante milagroso: era el aire de la libertad, de la vida, que retornaba…; el placer de poder correr sin encontrar a cada paso los siniestros muros de la prisión; era la dulce quimera del horizonte negro, pero amplio; era el encanto maravilloso de sentir que la tierra cambiaba bajo sus pies…
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Llegó a la carretera, y se orientó fácilmente…
Atrás quedaban las luces lívidas de la ciudad, que parecían horadando la masa negra, como esas luminarias de las decoraciones de los teatros, en las que sobre un cielo de lienzo se recortan las bujías de los bastidores…
La caseta ya estaba próxima. ¿Le aguardaría allí el marqués, de Fonteferro con su automóvil libertador?
Una profunda seguridad le llenaba de optimismo. Hasta ahora todos los ofrecimientos del prócer se habían cumplido generosamente. ¿Por qué dudar?
Retumbó sordo un trueno como un redoble de atambores preludiando una fúnebre marcha… Empezaban a caer gruesos goterones, redondos como monedas, chascando sobre el polvo de la carretera… En la frente le chocó uno, produciéndole la impresión de habérsela horadado… El viento zumbó desesperado, como si se rebelara al azote de la lluvia.
Carlos Alfayo prosiguió su marcha, arrastrando los pies, cerrando a veces los ojos, convencido de la inutilidad de querer ver el camino, a causa de la cerrazón de la noche… La grava chascaba bajo sus pies… Avanzaba lenta, fatigosamente, por la carretera en cuesta… El huracán, entre los olivares que bordeaban el camino, tenía más claros rumores, semejando, al pasar por entre la hojarasca, un crujir de papeles rotos o de sedas rozadas rudamente…
Una franja de mayor claridad anunció a sus ojos que iba a coronar el declive empinado de la carretera… Respiró más anhelosamente… Allí estarían la salvación, la libertad definitiva.
Cuando dominó la cúspide, le pareció que se ensanchaba el horizonte… Allá, al fondo, como si la tormenta sólo hubiera culminado sobre Urberegia para proteger su fuga, el cielo se aclaraba, jironándose de manchas de profundo azul surcadas por ramalazos lívidos…
Sobre él centelleaban relámpagos, y a su alrededor la lluvia golpeaba isócrona y sorda con su incansable y furioso chasquido, que parecía agujerear la carretera. Aún anduvo Alfayo veinte pasos más, y al desembocar en el declive del camino, una emoción vibrante, como un latigazo de alegría, ensanchó su alma.
Casi a ras del suelo, y a cincuenta metros de distancia, un farolillo rojo, como una pupila inyectada y sanguinolenta, brillaba, igual que un faro diminuto y salvador, en la obscuridad profunda de la noche. Era el farol-piloto del automóvil de Fonteferro.
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Fué superior a su voluntad, él ímpetu jubiloso que le hizo emprender una loca carrera hacia aquella luz purpúrea y brillante como una promesa de esperanza.
Chapoteaban sus pies en el barro del camino; silbaba el viento en sus oídos; le rodeaba la tremenda negrura de la noche; pero bajo sus plantas la tierra encharcada parecía tener una dureza milagrosa, y el viento entonaba una deliciosa sinfonía, y la nocturna lobreguez parecía rasgarse con resplandores de aurora, porque aquel farolillo, rojo como una estrella de maravilla, había irradiado alegres luces de libertad en su alma…
Llegó sofocado, casi sin alientos, junto a él… Una sombra, un bulto erguido y movible, se le interpuso, y una voz seca y autoritaria, le acogió.
Era Fonteferro, que le decía:
—¡Por fin! ¡Ha tardado usted mucho! ¿Hubo algún entorpecimiento? —No, ninguno —replicó Alfayo—. Todo ha salido como usted
predijo.
Se quedó cohibido, sin atreverse a dar suelta a su satisfacción, ni a su alegría, ni a su inmensa gratitud hacia aquel hombre, que aun en el trance decisivo no demostraba otra cosa que su característica y rígida frialdad.
Fonteferro estaba envuelto en un impermeable negro y charolado; así, tenía su cuerpo gallardo una apariencia de estatua de hierro brillante por la lluvia… Entre el capuchón, su barba negra, como la de un monje de retablo, emergía lustrosa aun en la obscuridad.
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La estatua pareció animarse.
—Bien —murmuró sordamente, como afirmándose en una idea—. ¡Ahora, a correr!…
Pero Alfayo le cogió por un brazo, tembloroso y pudibundo, como si suplicara a un juez:
—No, marqués; antes déjeme expresarle mi inmensa gratitud… Es usted para mí como un Dios… ¡Mil gracias, mil gracias! ¡Oh, qué felicidad, hallarme lejos de la cárcel y de la Muerte! ¡Mi vida es suya! ¡De usted, mi amigo, mi salvador, mi…!
Pero quedó cortado, frío, ante la inmovilidad de Fonteferro. Él le buscaba las manos para estrechárselas, para besárselas, en un supremo agradecimiento, y el aristócrata permanecía con ellas metidas en los bolsillos de su crujiente impermeable.
Y en un supremo paroxismo de alegría y de ternura, quiso arrodillarse ante él, para, de alguna manera, testimoniarle su deuda de gratitud; pero le detuvo la voz glacial y metálica del aristócrata, que le impuso severamente:
—Déjese de tonterías. Ahora sólo importa ganar tiempo.
—Pero yo quiero, yo le debo a usted… —balbuceó Alfayo.
—Bien, bien —cortó Fonteferro con impaciencia—. Si algo me debe, ya lo pagará… Descuide, que hemos de arreglar nuestras cuentas. Ahora… ¡al automóvil!
Obedeció Alfayo como un esclavo, como un niño sometido al imperio de aquella fría voluntad.
Le dominaba, sugestionándole, ahora como durante su entrevista en la cárcel, inspirándole una ciega confianza, de obediencia, la voz dura y severa de Fonteferro.
¡Ganar tiempo, huir! Sólo esta idea imperaba ya en el cerebro del condenado…
Fonteferro puso en marcha el motor del auto, que empezó a detonar como si jadeara impaciente, ávido de velocidad y de espacio…
—¡Vamos ya arriba! —le ordenó el prócer.
Alfayo se lanzó a la portezuela, la abrió aturdido y nervioso y se dejó caer sobre el mullido asiento del coche… Fonteferro subió delante, se acomodó rápido y con lentitud puso en marcha el auto… Un carraspeo frenético del motor, una arrancada nerviosa, y el vehículo empezó a rodar
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en la solemne quietud del camino, bajo la pavorosa inclemencia del cielo, cruzado por fusilazos centelleantes…
Ante los ojos del fugitivo la carretera se mostraba como una cinta lívida alumbrada por el haz luminoso del faro del auto, que proyectaba un cono blancuzco, en cuya claridad se veía caer la lluvia como la ringla de hilos colgantes de un prodigioso telar…
Corría, volaba el auto, empujado por la sorda trepidación de sus entrañas de hierro…
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Alfayo veía ante sí, recortado sobre el cuadro del parabrisas, la figura de Fonteferro, cuyo busto erguido en el baquet parecía tallado en piedra negra. Sólo de vez en cuando se escorzaba al imprimir leves movimientos al volante.
No salía de su turbación… Cada vez era para él más inexplicable la fría reserva, la serenidad inconmovible de aquel hombre, que le había otorgado el supremo bien de la libertad cuando él estaba en la angustiosa antesala de la muerte…
Corría, volaba el auto, devorando kilómetros… Bajo la capota impermeable del coche, Alfayo no veía el cielo… Pero, por los costados abiertos, el campo giraba, corría hacia atrás como una vertiginosa mole de sombras que se fuera escapando, huyendo de los audaces corredores… Sentía Alfayo una especie de vértigo, como si hallase bajo los efectos de una de aquellas terribles pesadillas de las que turbaban sus breves sueños de condenado, cuando imaginaba que el viento le sacaba de su celda a través de los barrotes de las ventanas y le arrastraba por el espacio sin limites burlando obstáculos, pasando por sobre sierras y ciudades en un huracán libertador, en una ciega huida que no se acababa nunca.
Pero, no; se palpaba como un ciego para convencerse de que no deliraba en un insomnio; sacaba una mano fuera del vehículo y la retiraba al sentírsela mojada por la lluvia…
Era verdad; él, el condenado a muerte, el hombre que entre las paredes de una celda aguardaba la macabra caricia del patíbulo, estaba allí, libre y solo, en la noche y en el camino. Su cuerpo rebotaba sobre el asiento a cada bache de la carretera; ráfagas de viento helado, le azotaban, de vez en cuando, el rostro; en sus oídos, los cilindros del motor vibraban con poderoso ímpetu…
Verdad era aquella carrera loca; aquella noche de libertad, aquella frialdad que empezaba a entumecerle, y verdad también la luz del reflector que acuchillaba el camino y los ronquidos de la sirena, y, sobre todo, la figura de Fonteferro, sentado de espaldas a él…
Otra vez sintió que el corazón le rebosaba de ardiente ternura hacia aquel hombre extraño que le daba la vida; nuevas tentaciones de abrazarle, de arrodillarse ante él, de llorar sobre su pecho, de deshacer en palabras aquella dulce opresión que atenazaba su corazón hasta producirle angustia…
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¿Por qué le había salvado aquel hombre desconocido, aquel arrogante caballero, cuya correcta frialdad extrema parecía hacer imposible toda ternura, y mucho menos aquella sentimental abnegación necesaria para arriesgarlo todo por dar libertad a un condenado a muerte?
El enigma, el indescifrable misterio, le inquietaba, produciéndole una nerviosa agitación…
Pero, al fin, como vuelto a la realidad por un largo aullido de la sirena del auto que tomaba una curva del camino, reaccionó súbito, sintiéndose animado de un diáfano egoísmo humanísimo.
¿Para qué atormentarse?… Lo cierto era que él estaba allí, libre y solo, lejos de la cárcel y de la muerte, devorando kilómetros… Que iba a vivir, ¡a vivir! ¡Qué extraño sonido tenía esta palabra, vivir, para él, que sólo aspiraba ya a la muerte como a la suprema paz libertadora e infinita!…
Corría, volaba el auto bajo el cielo negro, en la negra noche, amparadora y cómplice… La noche, que él quisiera que fuese eterna para proteger con su misterio la huída de todo lo horrible que le aguardaba horas antes y que ahora parecía irse quedando atrás, hundido para siempre entre las sombras…
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V
Se sucedieron varias horas en aquel vértigo inaudito, en aquella frenética carrera, en la que el auto parecía huir de las sombras, de la noche, que, en efecto, como si fuera un obstáculo que se pasara, iba quedando atrás, replegándose, retirándose ante el avance audaz del loco vehículo…
El cielo empezaba a tener una pureza diamantina: trozos de cendales claros, amarillos, anaranjados, azules, jironaban el firmamento. Amanecía sobre la tierra. Una claridad gris, como un halo, que parecía emerger del suelo, lo iba llenando todo…
Alfayo, contemplaba con asombro el panorama. La carretera iba bordeando los acantilados de una montaña rocosa… A uno y otro lado, se elevaban moles pétreas como gigantes inmovilizados… Los canchales, cortados a bisel, mostraban sus aristas finísimas como de formidables hachas prehistóricas… Verdeaba en la lejanía la tierra, con los primeros brotes primaverales; en las más distantes cumbres, la nieve, coronándolas, era como un tapiz de armiño. Un aire frío y sano, perfumado de esencias serranas, embriaga los sentidos… Del fondo de los abismos parecía salir la luz en turbaradas cenicientas… Una densa niebla se iba rasgando sobre las cumbres, deshilachándose en inconsútiles vellones, como un tul impalpable que el viento fuera deshaciendo…
El cielo tenía ya una transparencia de cristal esmerilado.
Fonteferro seguía empuñando el volante, atento únicamente a conducir el auto por aquella carretera, que, tendida como un puente entre abismos, era cada vez más peligrosa.
No disminuía la velocidad; tomaba las curvas a toda marcha, y Alfayo empezaba a sentir miedo de aquella absurda carrera entre precipicios… Pensaba que un leve tropiezo, el menor descuido en aquellos instantes, los despeñaría fatalmente por las torrenteras, que mostraban sus salvajes oquedades a derecha e izquierda. ¡Y qué triste, qué espantoso se le
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antojaba el morir ahora, cuando todo en la Naturaleza y en su alma parecía despertarse a la vida! Tentado estaba de llamar al aristócrata para suplicarle que aminorase aquella furiosa marcha de suicida, sobre todo ahora, que escalando una pendiente parecía volar el coche. Pero no había acabado de pensar esto cuando, ya dominada la pendiente, llegaron a un alto y, como si Fonteferro obedeciese a sus pensamientos, la marcha del vehículo se fué modificando, atenuándose, hasta que fué un deslizar lento. Un respiro de satisfacción ensanchó el pecho del condenado.
El auto se había detenido.
—¿Qué? ¿Pasa algo? —preguntó Alfayo, inclinándose hacia adelante. Fonteferro ni se volvió a responderle. Paró el motor, apretó los frenos, se alzó en el asiento, abrió la portezuela y, ya en tierra, la cerró de un
golpazo nervioso.
Alfayo volvió a interrogar anheloso:
—¿Qué?… ¿Qué sucede?
Fonteferro se volvió hacia él. Su rostro barbado parecía más noble y severo a la claridad difusa de la aurora.
—No, no pasa nada —cortó secamente—. Apéese usted —le ordenó—, que tenemos que hablar.
Alfayo se apresuró a obedecer, mudo de sorpresa.
El marqués se despojaba de su impermeable y de la gorra y los arrojaba en el asiento del auto.
El condenado echó pie a tierra, y a punto estuvo de exhalar un grito de admiración.
El paisaje desde aquel alto tenía una maravillosa grandiosidad. La carretera semejaba una pista, como un balcón abierto en las entrañas de la sierra… Se dominaba una vasta extensión; la grandeza de la sierra maravillaba como un prodigio; el camino parecía haber sido hecho de milagro entre las vertientes de la montaña; a un lado se alzaba una vertical pared de rocas inaccesibles; al otro, la pendiente brusca descendía hasta un despeñadero erizado de canchas y matorrales; al fondo se sucedía una serie infinita de picachos gemelos, de cúspides pétreas coronadas por vellones de nieve… Desde la carretera se veía muy hondo rugir un torrente… Asomarse a la cuneta era ya sentir el vértigo del abismo que empezaba a precipitarse allí mismo…
Hubo un momento de pausa, durante el que los dos hombres permanecieron absortos en la grandiosidad del paisaje.
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Al fin, Fonteferro rompió el silencio y dijo a Alfayo, que a dos pasos le contemplaba:
—He parado aquí porque tenemos que hablar.
—Bien —acogió el condenado—. Yo estoy a su disposición.
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Sonrió levemente el aristócrata, y con un supremo desdén murmuró irónico:
—Sí; ya sé que está usted a mi disposición.
—Sí, sí, usted me manda; yo le debo…
—Ahora, ahora hablaremos de todo eso: de lo que me debe y de lo que
le debo. Pero antes —inquirió dando solemnidad a su voz—, Carlos Alfayo, ¿usted sabe quién soy yo?
—Ya lo creo —se apresuró a decir Alfayo—. Usted es el marqués de Fonteferro, mi salvador, mi dios…
—Bueno, ¿y además? —cortó fríamente el aristócrata.
—¿Además? —balbuceó Alfayo—. No sé, no sé…
—Pues voy a decírselo con toda claridad, señor Alfayo. Yo me llamo Óscar San Miguel, marqués de Fonteferro, y soy, o mejor dicho, era el amante de Albertina San Justo, su mujer de usted…
Como si un rayo le hiriera, quedó petrificado de sorpresa Carlos ante la varonil osadía de su interlocutor. Sus ojos se desorbitaron, contemplando al marqués con infinito asombro…
Sus labios se movieron y no pudo articular sino estas palabras:
—¡Oh, imposible! No puede ser…
Óscar le miró desdeñoso, y con vibrante acento aseguró:
—El marqués de Fonteferro no ha mentido nunca… Sólo usted es capaz de dudar de mi palabra. Pero para que se convenza, mire la prueba.
Con calma extrajo del bolsillo de su americana un gran sobre y de él un retrato y un puñado de plieguecillos azules.
—Mire usted, este retrato es de Albertina, de su mujer, de su pobre víctima, de mi amante, y con una dedicatoria que dice: «A mi Óscar de mi vida». ¿Ve este puñado de cartas? Son de ella; puede leerlas, si quiere…
Pero como Alfayo permaneciera inmóvil, volvió a guardarse el sobre. —Bien; creo que le bastará con esto… Yo era el amante de su mujer,
de la pobre víctima que usted asesinó.
Lo dijo con la severa entonación de un terrible fiscal.
—Entonces… —murmuró el marido.
—Sí, sí… —le interrumpió Óscar—. Entonces usted no comprende por qué he sido yo, yo mismo, el que le ha dado la libertad. Se la he dado para esto. Para que habláramos a solas y ajustásemos nuestras cuentas…
En la extraña situación Alfayo iba recobrando ánimos y acertó a decir:
—¿Y qué quiere usted de mí ahora?…
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—Pedirle cuentas de la muerte de Albertina, a la que usted asesinó. —No —protestó Alfayo—. No la asesiné. Yo tenía razón; la razón que
no he podido probar en la causa… Ella me engañaba y yo la maté… La ley debía estar de mi parte…
—¡Bah! —desdeñó el marqués—. La ley ya le ha condenado a usted… Usted es un hombre fuera de la ley, porque ha huído de la cárcel… Ahora, me toca a mí juzgarle.
—¿Y para esto me ha traído usted aquí?
—Sí… —replicó gallardamente Fonteferro—. Yo sabía que la ley se había equivocado, que según esa ley absurda tenía usted razón y le habían condenado injustamente… Yo quise corregir el equívoco de esa ley que le condenaba a morir en el patíbulo… Yo, amante de Albertina, sabía que usted era el marido engañado.
—¿Y por eso me ha proporcionado la fuga? —interrogó Alfayo.
—No —despreció el marqués—. Le odio a usted tanto, que le hubiera visto ahorcar sin remordimientos… Pero eso no me bastaba… Yo he pensado que lo mismo que mató usted a Albertina, mataría usted, con mayor gusto, al hombre que se la quitó, al hombre que ella adoraba… Para eso lo he sacado de la cárcel, y para eso le he traído aquí… Y aquí estamos ya.
Carlos, trémulo, lívido, murmuró:
—Pero yo no puedo matarle ni pelear con usted… Le debo la libertad, la vida…
—¡Bah! Es cierto. Pero la libertad que le doy vaya por la honra que le quité…
—Entonces —clamó Alfayo acogiéndose a una idea salvadora—, estamos en paz. Déjeme.
Rió sarcástico el marqués, y, con acendrado acento de ira, prorrumpió tuteándole con infinito desprecio:
—¿En paz? Nunca. Yo amaba a Albertina, era mi gloria y mi vida, y tú la has asesinado. Miserable y cobarde, abusaste de tu superioridad física con una pobre mujer bella e indefensa… Yo, si Albertina no me hubiera contenido, hubiera ido a quitártela, cara a cara, a la luz del día, ¡como un hombre!, y tú me la has quitado valiéndote de tu autoridad de marido, creyendo que la ley te amparaba, martirizándola como un criminal… ¿Crees que podemos estar en paz? No. Tú debes entregarme tu vida, y no pagas la de ella…
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—Entonces —prorrumpió Alfayo—, ¿para qué libertarme? Estoy condenado a muerte. Dentro de unos días, la Justicia iba a quitarme la vida…
—¡Ja, ja! —rió cruel Óscar, excitado ya como un demente—. ¿Y crees que eso me basta, miserable?… Escucha. No sé si podrás comprenderme ni si serás hombre para llegar a mí… ¡Mira! —y se acercaba al marido con los ojos encendidos de salvaje orgullo—. Yo soy el marqués de Fonteferro, noble y caballero por toda mi casta. Mis ascendientes eran señores feudales, con derecho de vida y de muerte. Ellos hacían el honor y la justicia… Yo, su nieto, soy como ellos; no quiero que en mis pleitos falle nadie más que mi conciencia y mi mano… ¿Que la Justicia te ha condenado? ¿Y qué me importan las leyes ni las justicias de los hombres si me has quitado lo que era mi amor y mi vida? Yo desprecio esas leyes y esas justicias, que sirven para los plebeyos y para los cobardes… Yo soy noble, y mis justicias me las hago yo. Me has quitado el amor y voy a quitarte la vida, ¡miserable!… Para mí no han cambiado los tiempos, no quiero que hayan cambiado. Ya lo sabes: yo, Óscar de San Miguel, marqués de Fonteferro, a ti, Carlos Alfayo, asesino de mi amante, te acuso y voy a matarte. ¡Defiéndete si eres hombre, que de nada ha de valerte!
—¡No, déjeme! —aulló Alfayo—. Me volveré a la cárcel… ¡Lléveme otra vez allí!…
—No, cobarde; ¿tienes esperanzas de que te indulten? Que no te mate el verdugo. Quiero ser yo, yo mismo, quien te dé la muerte con estas mismas manos que tanto acariciaron a tu mujer, que tocaron sus pechos; estas manos que ella me había besado tantas veces…
—¡Calla! —gritó al fin el marido condenado.
La evocación cruel de su deshonra pareció, al fin, reanimarle.
Extendiendo los brazos dió un paso hacia adelante.
Y entonces, como un león furioso que abatiera sus garras, el marqués saltó sobre Carlos; sus manos, como zarpas crispadas, le atenazaban por la garganta oprimiéndole con furia…
El instinto de conservación, resucitando sus energías, dió fuerzas a Alfayo. Se enlazó a su rival e intentó derribarle para librarse de aquellos dedos que le atenazaban. Juntos cayeron sobre el fango del camino, jadeantes, rugiendo como fieras enardecidas… Se trenzaban sus cuerpos epilépticos, silbaba la respiración en sus gargantas, centelleaban sus ojos de febril encono.
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Al fin, el marqués, más fuerte, consiguió quedar sobre su adversario; se incorporó rápido, y en el momento en que Alfayo se alzaba también, el aristócrata se abalanzó sobre él, le tomó casi en brazos hecho un ovillo, hizo un terrible esfuerzo, lo alzó sobre su cabeza dando un grito de triunfante júbilo, anduvo con él dos pasos y, a pesar del desesperado perneo del vencido, llegó al borde de la carretera, y como el que arroja un fardo lo lanzó al precipicio…
Sonó un grito, un aullido pavoroso y desgarrador… El marqués permaneció al borde de la cuneta.
Vió cómo el cuerpo del rival caía, rodaba, se precipitaba por la vertiente, chocando con las rocas, aplastándose entre las canchas, rebotando en los acantilados, hasta caer como una piedra que hizo saltar el agua en el lecho pedregoso de la torrentera.
Y él le vió caer con una salvaje expresión de alegría en el rostro, mientras aún mantenía en alto sus manos crispadas: las manos que fueron Suaves para el amor y habían sido garras implacables para la lucha…
Cuando todo rumor se hubo extinguido, pareció reaccionar.
Con paso lento volvió al auto… Tornó a vestirse el impermeable, se limpió de barro las rodillas… Saltó al automóvil, hizo funcionar el motor y empuñó el volante…
Otra vez el vehículo trepidó sordamente, dió una nerviosa arrancada y partió cara al horizonte.
El primer rayo del nuevo sol alumbró, hirió como un lanzazo de oro, el rostro noble del vengador.
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JOSÉ MARÍA CARRETERO NOVILLO (Montilla, España, 1887 - 1951, Madrid, España). Escritor y periodista español.
Cuando apenas tenía doce años, la filoxera arruinó las viñas de su familia en Montilla. Sus padres lo enviaron a Madrid a buscarse la vida. Su carrera periodística comenzó en 1906, cuando empieza a trabajar de aprendiz en El Globo y le ordenan cubrir la boda de Alfonso XIII. Mientras los veteranos se ocupaban de los momentos solemnes en el Palacio y la Basílica de San Jerónimo, él debía limitarse a registrar el ambiente popular. El destino decidió darle protagonismo: estuvo junto al atentado de Mateo Morral, viendo estallar la bomba lanzada en un ramo de flores. Su «tarea secundaria» se convirtió en una de las primicias del año.
Años después, en 1912, adoptó el seudónimo «El Caballero Audaz», sugerido por la viuda de Canalejas. Al principio fue un simple truco para escribir en varias publicaciones al mismo tiempo sin que parecieran escritas por la misma pluma, pero pronto se transformó en su marca personal.
De gran corpachón, metro noventa de estatura y espadachín conocido por sus varios duelos. De vida azarosa, arrogante y beligerante, fue maestro de la entrevista, defensor de que, además de las declaraciones del entrevistado interesa el perfil del propio personaje. Escritor de novelas folletinescas de fondo erótico, alcanzó en vida tiradas millonarias. Entrevistó a personajes relevantes de su tiempo, entre ellos Adolf Hitler, Alejandro Lerroux, Isaac Albéniz, Benito Pérez Galdós, Vicente Blasco Ibáñez, Manuel de Falla, María Barrientos, Hermanos Álvarez Quintero, Jacinto Benavente, Guglielmo Marconi, Margarita Xirgu, Pedro Muñoz Seca, Benito Mussolini, Ramón Pérez de Ayala, Ricardo León, Pablo Iglesias, Rubén Darío, Sofía Casanova, León Trotski, Ramón María del Valle-Inclán y Leonardo Torres Quevedo, entre otros.
Ardiente propagandista de la facción sublevada en la Guerra Civil, como periodista dejó una serie de reportajes históricos de personajes y de sucesos de la guerra, de la que fue protagonista en Madrid. Camuflado con barba y unas lentes ahumadas de los milicianos que le buscaban, organizó, en diciembre de 1936 y junto a otros amigos, un sistema que les permitió crear y difundir bulos y extender por Madrid el fantasma del derrotismo.
FIN

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