Libro N° 14830. Thomas El Impostor. Cocteau, Jean.
© Libro N° 14830. Thomas El Impostor. Cocteau, Jean. Emancipación. Febrero 21 de 2026
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THOMAS
EL IMPOSTOR
Jean
Cocteau
Thomas El Impostor
Jean Cocteau
En esta obra maestra, publicada en 1923, Cocteau nos muestra a través de Thomas, su propia experiencia en el París de la Primera Guerra Mundial. Recién publicada, fue calificada de escandalosa por una sociedad para la que la guerra era un asunto sagrado que debía quedar al margen de cualquier mirada irónica o crítica. Cocteau se disfraza, y por medio de la impostura de su personaje, crea una realidad distinta de la que le tocó vivir. El relato nos va ofreciendo una serie de acontecimientos tan irreales como sorprendentes y en los que Thomas, un muchacho de dieciséis años dotado de una especial personalidad, no tiene más que jugarlos, provocando en los personajes que le rodean una irresistible confianza y atracción.
Jean Cocteau
Thomas El Impostor
ePub r1.0
Titivillus 06-02-2026
Título original: Thomas l’imposteur
Jean Cocteau, 1923
Traducción: Ramón Camps Salvat
Editor digital: Titivillus
ePub base r2.1
PRÓLOGO
En el prólogo a Opio afirmaba que «Thomas el impostor es el reflejo —tan fiel como invertido— de El diablo en el cuerpo». Es una afirmación peligrosa que compromete más allá de lo que permite la exégesis literaria. Sin embargo, nunca he aspirado a la exégesis y si por un azar no buscado hablo de algunas obras que amo, es con la intimidad familiar con que uno habla de viejos amigos, cuyas costumbres pueden gustarnos o no, pero que, así y todo, son lo único que tenemos.
Entonces se trataba de relacionar Thomas el impostor y El diablo en el cuerpo porque lo que en aquel prólogo importaba era el vínculo — profundo y agitado— entre lean Cocteau y Raymond Radiguet. La afirmación mía no paraba allí: además trataba de mostrar que fue el adolescente Radiguet —que Cocteau convierte en el «alumno» Dargelos de Los niños terribles— «el verdadero amaestro» de un Cocteau de treinta años. Recordemos que ambos se conocieron en 1919 (unos dicen que en casa de Max Jacob, otros, entre ellos el mismo Cocteau, que en casa de éste, cuando el novelista-niño llamó a su puerta: «al abrir, me encontré con un extravagante jovencito que usaba bastón»), y que su amistad duró cuatro años, hasta 1923, año de la muerte de Radiguet, Recordemos también que nada hubo tan profundo para Cocteau como esa amistad y que su avezada figura de poeta célebre se vio íntimamente empequeñecida ante la fuerza y el talento del estrambótico Radiguet. En marzo de 1919 acababa de firmarse el armisticio (noviembre 1918). El campo del Marne, a unos pasos de la casa de Radiguet, no había sido aún desembarazado de todas sus carroñas y los dos escritores hablaban seguramente de esos restos, de los restos que aquellos años terribles representaron para toda Europa, en especial para los franceses. Lo curioso es que tanto Cocteau como Radiguet eran reformés, es decir, se libraron de participar en la lucha, Radiguet porque en 1914 tenía doce años, Cocteau debido a razones de salud. Sin embargo, esos cuatro años fueron para ambos algo más que, con palabras de Radiguet, unas «largas vacaciones». En ellos encontraría el niño la materia —escandalosa y descarada— de El diablo en el cuerpo: un púber de catorce años que aprovecha esas vacaciones para liarse con la mujer de un soldado que está en el frente. En ninguna parte de la novela se menciona que ese adolescente no sea el mismo Radiguet, ni que el paisaje en el que se inserta la trama no sea el de Saint-Maur de Fossés. Este carácter autobiográfico no hace más que exacerbar lo mórbido del libro y de su autor. Radiguet, licenciado del combate por niño, aprovechó —como la zorra la oscuridad del gallinero o, con una imagen del libro, como el gato que mira la campana del queso— que las grandes personnes quebraron, con la guerra, esa campana, para darse el banquete.
Por otro lado estaba Cocteau, cuyo Thomas el impostor no es sino una faceta del mismo cristal. Guillaume y el héroe de El diablo en el cuerpo podrían ser un personaje con pluriempleo —galante bigamo por las noches, sanitario valeroso durante el día—, pues los anima un mismo desenfado, la même ruse, un valor equiparable. ¿Cómo se puede entender este trasvase de la emoción poética? Repasemos: el héroe de El diablo es Radiguet y el de Thomas también es Radiguet. Como en toda la producción de Cocteau de ese tiempo, Radiguet es el centro desde el cual la literatura anterior del poeta cambia hacia formas más clásicas, después de haber sido presa de todos los ismos de comienzos de siglo. No hay que olvidar que ambos —al menos en el caso preciso de las dos novelas de Radiguet y de Thomas el impostor— beben de la misma fuente; las dos proclaman la necesidad de leer la novela clásica. Aunque es el «maestro» Radiguet el que declara sin empacho: «Hay que copiar las obras maestras; si no lo hacemos, nos será imposible innovar». Este se vuelve hacia La princesa de Clèves, Cocteau hacia La cartuja de Parma. Es la razón por la cual Guillaume Thomas «de Fontenoy» tiene ese aroma imprudente de Fabricio Valserra, marchesino del Dongo. Si hacemos esta aproximación —que no es novedosa— tendremos un esquema para perfilar nuestro héroe Guillaume y para, al mismo tiempo, entender El diablo en el cuerpo. Las dos novelas, por el tono, la ironía, la maestría estilística, y, sobre todo, por su arrojado y encantador personaje, podrían constituir capítulos de La cartuja de Parma sin traicionar a Stendhal y sin, claro está, traicionarse a sí mismas.
Pero terminemos con las comparaciones. Bástenos decir que ambas novelas promovieron igual escándalo. La impostura de Guillaume no gustó a los que encuentran que la guerra es un asunto sagrado. Tampoco gustó que el héroe de Radiguet fuera un astuto ladrón de esposas de combatientes.
Pero aparte lo que ya hemos apuntado, las obras siguen derroteros distintos. Porque no hemos dicho que Guillaume Thomas es —más allá de un reflejo de Radiguet— un retrato de Jean Cocteau. Mencioné que durante la guerra había sido declarado inútil para el combate. Así y todo, decidió incorporarse al frente como ambulancier civil, fue adoptado por los fusileros de marina de Nieuport y descubierto a consecuencia de que lo propusieron para la cruz de guerra. Él, sin embargo, escribe:
«Abandoné la guerra cuando una noche comprendí en Nieuport, que “me divertía”. Aquello me asqueó. Había olvidado el odio, la justicia y demás pamplinas. Me dejaba llevar por las amistades, los peligros, las sorpresas, una estancia en la luna» (Opio).
¿Qué mejor retrato de los sentimientos de Guillaume Thomas?
Pero vamos por orden: Thomas el impostor es antes que nada «la otra cara de la verdad». Que en ningún caso es la mentira. Con esta novela, Cocteau no hace más que proclamar la verdad que se halla más allá de todo lo real, la verdad que «debió» ser.
«Hay ricos tan pobres y nobles tan vulgares que la incredulidad que suscitan acaba por hacerlos tímidos y les da una actitud sospechosa. En ciertas mujeres, las perlas más bellas se vuelven falsas. Por el contrario, en otras, las perlas falsas parecen verdaderas».
¿Qué importa que el caballero Guillaume Thomas de Fontenoy haya nacido oscuro, plebeyo y sea huérfano si más allá de esa realidad, «es» un caballero? ¿Qué importa que el soldado Thomas no tuviera la edad requerida para serlo? En verdad no es que Thomas no tuviera la edad requerida, sino que la guerra se «adelantó» en tres años. Por esto es que la impostura de Thomas no hace más que corregir los «errores» que se han acumulado a su alrededor. El impostor es la realidad, ya que el así llamado impostor vive una verdad profunda.
Sacándose la máscara que el mundo y las circunstancias le pusieron, Guillaume Thomas descubre su «verdadero» rostro: así, no miente. Le basta reconocerse en lo que él es para que sus actos se acoplen de una forma totalmente natural a los imprevistos que le ofrece la realidad: puesto que el mundo es un juego, seamos serios: juguemos.
«Guillaume Thomas pertenecía a esta raza bienaventurada.
Le creían. No debía tomar ninguna precaución, ni hacer ningún cálculo. Una estrella mendaz le llevaba derecho a su objetivo. Era por esto que nunca tenía la cara preocupada, acosada, del bribón. Sin saber nadar ni patinar, podía decir: patino y nado. Todos lo habían visto sobre el hielo y en el agua».
Armado con las mil habilidades y talentos que posee, no le es difícil manejar aquello con lo cual nació: «Guillaume engañaba sin malicia. Lo siguiente mostrará que él era su propio engaño».
En Thomas el impostor la impostura lo baña todo: es el clima y el tono del libro. Pero como ya dije, es un clima «ideal» a la manera de los stendhalianos. Puede decirse que toda novela es un experimento en el que en condiciones ideales se aísla un fenómeno humano para que puedan darse todas sus posibilidades: Thomas no es la novela de la impostura sino la de la identidad, de la libertad, del carácter genial: el mismo que según el tan manido ejemplo descubre que la piedra que cae y la Luna que no cae son fenómenos similares. Thomas no se adapta a la realidad; alegremente hace que ésta se adapte a él: «(Thomas) deambula, mezclado estrechamente con su fábula». Lo más encantador es que no miente: simplemente el mundo está mal hecho. En la equívoca relación con la princesa de Bormes, se realiza el encuentro de dos caracteres incontaminados. «Viven a medias en el sueño», escribe Cocteau. No obstante, este sueño hay que interpretarlo también como alucinación, en el sentido de la célebre escena de la fiesta londinense de Blow up: el protagonista pregunta a la muchacha que fuma un cigarrillo carente de nicotina: «¿Y no estabas en París?». Respuesta: «Estoy en París». Es decir: lo real poético reemplaza temerariamente a lo real sensible, pero de una forma seria. Para decirlo de una vez: no hay impostura. Hasta el punto que Cocteau, respondiendo a lo que dijeron que la guerra de Thomas era una guerra falsa y que se veía que no había estado en ella, responde: «No hay un solo paisaje ni una sola escena de este libro que no haya yo habitado o vivido» (Opio). «Parbleu!». Creo que esto se refiere a los paisajes y escenas biográficas de la obra y no a la impostura porque si así fuera, Cocteau estaría agregando otra impostura a la de Thomas: la de creer que la realidad «falsa», convertida en verdadera por la impostura, se falsea de nuevo en la opinión presente de Cocteau. Caería en su propia trampa. «Thomas el impostor es el niño que juega al caballo, convertido en caballo» (Opio). Esta misma frase se la atribuye Cocteau a Gide: «Thomas, decía Gide, es el niño que, a fuerza de jugar al caballo, se convierte en caballo».
La guerra, ¿es un juego? Digo la guerra porque si alguien cree que Thomas «jugaba» al hombre, al enfermero, al apasionado amante de la hija de Clemence de Borme, se equivoca. Su autorreclutamiento entre los fusileros marinos y su fin prueban que la realidad elegida por él fue la verdadera. «Herido de muerte, piensa: Una bala. Estoy perdido si no me hago el muerto». Para Thomas, «hacerse» es «ser», sin distinción. Esta peculiaridad permite que después de tanta superchería, siga vivo en la admiración entusiasta del lector. Thomas no murió: se hizo el muerto.
Thomas en Nieuport es Cocteau. Pero Thomas también es Cocteau en el Mame como ambulancier civil.
«En 1915 nuestro furor aventurero organizaba el más divertido de los convoyes de la Cruz Roja. Una noche, en R… llovía sobre el corral de una granja. Aquel corral fétido, el estiércol, los pesebres, estaban llenos de heridos graves, alemanes, con su ambulancia prisionera.
De pronto, en un rincón oscuro lleno de escaleras y fantasmas, topé con este espectáculo: el hijo de la señora de R…, boy-scout de once años, se había escondido, en una ambulancia, nos había seguido, y, agazapado allí, alumbrado por una linterna, armado de una tijera de uñas, sacando la lengua, demasiado atareado para verme, cortaba los botones de un oficial amputado de una pierna. El oficial, con sus ojos de estatua entreabiertos, contemplaba al atroz muchacho que proseguía su recolección de recuerdos, como si estuviera en un árbol» (Opio).
Este párrafo nos remite tanto a Los niños terribles cuanto a Thomas el impostor:
«Por la noche salieron hacia la granja. Llovía y hacía frío. Esa granja estaba a campo raso. Su patio prominente en el centro, enviaba el agua fangosa dentro de los establos. Esos establos cobijaban una ambulancia alemana prisionera. Sólo había heridos enemigos, etc.»
Si este errático inicio fuera un estudio serio, entresacaríamos todos los elementos de Thomas «que (Cocteau) haya vivido o habitado». Pero no se trataba de eso. Estas notas ligeras sólo pretenden situar la obra en el tiempo y en el ánimo de su autor. Thomas el impostor, escrito en una época de felicidad, posée demasiados elementos felices como para poder augurar el advenimiento del dolor y la existencia de los vengativos niños que lo ahuyentarían.
MAURICIO WACQUEZ
La guerra empezó con un enorme desorden. Ese desorden no cesó durante todo el conflicto. Porque una guerra corta hubiera podido mejorarse y, por así decirlo, caer del árbol, mientras que una guerra prolongada por intereses extraños, unida con fuerza a la rama, siempre se restablecía, dando lugar a otros tantos inicios y adiestramientos.
El gobierno acababa de abandonar París o, según la ingenua fórmula de uno de sus miembros: de dirigirse a Burdeos para organizar la victoria del Mame.
Esa victoria, atribuida a un milagro, se explica perfectamente. Basta con haber asistido a clases. Los picaros siempre ganan a los estudiosos, a poco que una circunstancia impida a éstos seguir ciegamente el plan que se han trazado. En todo caso, el ágil desorden, vencedor del orden basto, no era por eso menos desorden. Favorecía la extravagancia.
La hija de uno de los grandes dignatarios de la República había transformado la casa de reposo del doctor Verne, en el sosegado París, en Cruz Roja. Es decir, que había transformado los bajos de ese viejo y magnífico palacete de la orilla izquierda, dejando el resto a los enfermos civiles. Había empleado en esa obra caritativa un celo que nada logró enfriar, excepto la marcha del gobierno. Se excusó, explicó al doctor la obligación en que se encontraba de seguir a su padre, aunque ya no estuviera en edad de obedecer.
Se marchó pues, dejando las salas llenas de camas y de aparatos en manos de los cirujanos, de las benévolas enfermeras y de las hermanas.
El doctor Verne era espiritista. Descuidaba la numerosa clientela en manos de los especialistas de primer orden agregados al establecimiento.
Verne, de quien se sospechaba que bebía, se encerraba una parte del día en su despacho, antigua conserjería que daba al patio, y, desde allí, hipnotizaba al personal.
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—Cojee —ordenaba a uno—. Tosa —ordenaba al otro. Nada le divertía más que esos ridículos fenómenos. Astutamente había adormecido a casi toda la casa, y los pacientes, desde entonces bajo su influencia, se convertían en sus víctimas. La clientela sabía que era original, pero ignoraba su manía. Recibía su visita cotidiana. Se limitaba a consultar la hoja de temperatura y a pronunciar en cada habitación algunas frases de hotelero que pasa de mesa en mesa.
La mansión de Verne era la antigua Villa Joyeuse, en la rue Jacob. El edificio, flanqueado por alas nuevas, se levantaba entre el patio principal y el jardín. Cuando las habitaciones de la planta baja estaban totalmente abiertas, se veía dicho jardín, el césped y unos arriates. Por eso, el enfermo a quien conducían allí, agobiado al principio por la triste fachada, recibía luego la encantadora sorpresa de los árboles.
En una de estas habitaciones, con revestimiento de madera intacto pero barnizado según las normas de la higiene, se alojaba la hija de la princesa de Bormes. Esta joven había sido operada hacía poco de apendicitis. La princesa, que no quería separarse de ella, ocupaba una pequeña pieza vecina.
La señora de Bormes era, a la fuerza, una de las pocas personas de su mundo que se había quedado en París después de la marcha hacia Burdeos. Se regocijaba secretamente de tener un motivo que la retuviera en la capital. No creía en la toma de París. No lo creía porque estaba de moda el creerlo y porque, como sucede nueve de cada diez veces, su espíritu rebelde le proporcionaba una doble visión del problema. No por eso dejaban de tratarla de loca, y, la misma mañana de la partida, su amigo Pesquel-Duport, director del diario «Le Jour», después de haberle suplicado en vano que llevase a su hija a Burdeos, le gritó que se quedaba por capricho, para oír cómo los pífanos tocaban la marcha de Schubert.
Sus verdaderos móviles eran de otro orden.
Viuda desde muy joven del príncipe, muerto en un accidente de caza dos años después de la boda, la princesa de Bormes era polaca. Polonia es país de pianistas. Ella gozaba de la vida como un virtuoso del piano; de todo sacaba el provecho que estos intérpretes sacan tanto de las músicas mediocres cuanto de las más bellas. Su consigna era el placer.
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Por eso esta mujer excelente decía: «No me gustan los pobres. Detesto los enfermos».
No es raro que tales palabras escandalizaran.
Quería divertirse y sabía divertirse. Había comprendido, al contrario que las mujeres de su posición, que el placer no se encuentra sólo en algunas cosas sino en la manera de gozar de todas. Esta actitud exige una salud robusta.
La princesa pasaba de los cuarenta. Tenía unos ojos vivos en un rostro de jovencita, que el aburrimiento marchitaba en un instante. Por eso lo rehuía y buscaba la risa, eso que las mujeres evitan porque provoca arrugas.
Su salud, su gusto por la vida, la singularidad de sus modales y de sus movimientos le creaban una reputación terrible.
Ahora bien, ella era la pureza y la nobleza personificadas. Y eso era lo que no podían entender las personas para quienes pureza y nobleza son objetos divinos cuyo uso es sacrílego. Porque la princesa los usaba, los suavizaba, les daba un nuevo brillo. Deformaba la virtud como la elegancia deforma un vestido demasiado tieso. La belleza del alma le era tan natural que no se le notaba.
Así pues, de la misma manera con que los mal vestidos juzgan la elegancia, la gente hipócrita la juzgaba a ella.
Había nacido bajo el signo de la aventura. Su madre embarazada, engañada, loca de amor, se había dedicado a la búsqueda del culpable, desaparecido varios meses antes. Lo descubrió en una pequeña ciudad rusa. Allí junto a una puerta detrás de la cual se oía un diálogo y a la cual no osaba llamar, la enamorada había muerto de fatiga y de dolor al dar a luz una niña.
Esa niña, Clémence, creció junto a un criado borracho. Al morir su padre, la educó una prima. Pero la niña muda, arisca, que se protegía instintivamente con el hombro, se desarrolló repentinamente como el rosal de los faquires.
La prima, estupefacta, la vio volverse turbulenta después de un baile. Crecía, se desarrollaba, florecía, por dentro y por fuera. Fue un verdadero demonio, la organizadora de las fiestas juveniles.
Finalmente, después del encuentro con el príncipe de Bormes, viajero diplomático, se prometió en cuatro días. El príncipe estaba encantado. Ella
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veía a través de él Francia y su capital. París le parecía el único teatro digno de sus principios.
Siempre se requiere algún tiempo para que la sinceridad del primer impulso se ahogue, para que el público se inmovilice, tema haber mostrado sentimientos y se sienta atrapado.
De momento la princesa se benefició de la sorpresa que causó su entrada en escena.
Poco a poco, chocó por su soltura y su política inhábil.
Tocaba lo que no se debe tocar, abría lo que no se debe abrir y hablaba, como caminando sobre la cuerda floja, en medio de un silencio glacial. Todos deseaban que se rompiera la crisma.
Después de haber divertido, estorbaba. Entraba en el mundo como un joven atleta entraría en un círculo desordenando las cartas y anunciando que hay que jugar al fútbol. Los antiguos jugadores (viejos o jóvenes), aturdidos por tanta audacia, se habían levantado de sus sillones. Pronto volvieron a caen en ellos y le guardaron rencor.
Pero si este carácter elevado en relieve y en color ofendía a unos, por ello mismo seducía a otros. Esos otros eran los menos, constituían el mismo número que Montesquieu deseaba para que se juzgase en el tribunal.
Por eso, de imprudencia en imprudencia, la princesa de Bormes hacía el más hábil trabajo de selección; alejaba de ella lo mediocre y no se quedaba más que con la calidad.
Siete u ocho hombres, dos o tres mujeres animosas, se convirtieron en sus íntimos. Eran justamente los que una intrigante hubiera deseado infructuosamente tener.
El resto, a causa del príncipe, disimuló unos sentimientos que, después de su muerte, se convirtieron en una secreta cábala. La princesa vio en esa cábala un medio de luchar y de desplegar su fuerza. Se burlaba del fuego. Complotaba con su estado mayor.
Le reprocharon el llevar mal su luto. Pero ella no quería mucho al príncipe y le repugnaba representar el papel de viuda inconsolable. El príncipe le dejó una hija: Henriette.
Henriette había heredado del príncipe la arrobada admiración que la paralizaba ante la señora de Bormes. Clémence había nacido actriz y su hija espectadora: su espectáculo favorito era su madre.
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Por otra parte, esta criatura, que atraía lo sobrenatural y alrededor de la cual se diría que volaban los ángeles, como los pájaros alrededor de un pajarero, era el más bello espectáculo del mundo.
Si la atormentaba una preocupación, la atmósfera se hacía irrespirable.
Se sentía su irradiación fuera la que fuese.
Esa mujer que se burlaba de tener siempre el primer sitio en las fiestas, exigía en ellas el mejor. Generalmente no era el mismo. En el teatro procuraba ver y no precisamente ser vista. Los artistas la apreciaban.
La guerra se le presentó en seguida como el teatro de la guerra. Un teatro reservado a los hombres.
No podía decidirse a vivir al margen de lo que estaba sucediendo; se veía excluida del único espectáculo que ahora importaba. Por ello, en lugar de deplorar las circunstancias que le retenían en París, las bendecía y daba gracias a su hija.
En París no había guerra. Pero, por desgracia, se acercaba y esta intrépida naturaleza escuchaba el cañón como, en un concierto, se escucha la orquesta detrás de una puerta que los acomodadores nos impiden abrir.
Con esta sed de guerra, la princesa era lo menos morbosa posible. La sangre, la fiebre, el vértigo de las corridas de toros no la atraían. Pensaba en ello con desagrado. Le daban lástima los heridos hacinados. No le encantaban locamente las modas, ligeras o profundas. La moda estaba en peligro; y ella desfallecía en esa calma. En momentos en que la juventud se desgastaba y prodigaba hasta el punto de tirarse por las ventanas, ella pataleaba de inacción. Hubiera querido que los acontecimientos la ayudasen, la sostuviesen, como la multitud ayuda a una mujer a ver los fuegos artificiales.
Tan grandes tesoros no se comprenden. Parecen sospechosos. El mundo avaro os acusa de acuñar moneda.
En esta coyuntura, la locura del espionaje acusaba a la señora de Bormes de ser polaca, es decir, espía.
En la rue Jacob ella caía bien. Lo aprovechó. Su inteligencia la puso pronto en la pista de un ingenioso medio de tomar parte en los acontecimientos.
Los bajos del edificio eran un hospital militar, pero un hospital vacío. Imaginó llenarlo. Se trataba de improvisar un convoy, de reclutar coches y conductores benévolos, de obtener los salvoconductos necesarios y de recoger en el frente el mayor número de heridos posibles. Sedujo con la
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promesa de una cruz al doctor, que se hizo su cómplice, tocó la alarma en ese hospital de Bella Durmiente, sacudió su letargo de cloroformo, enalteció el patriotismo de la mujer del radiografista. Montó, pieza a pieza, un vasto mecanismo.
Lo más difícil era encontrar los coches y los conductores. La princesa no retrocedía. Creía en una cantidad de gente deseosa de vivir doblemente y de ver la muerte de cerca.
Finalmente reunió once vehículos, incluidos su limusina y la ambulancia del hospital.
De un vistazo había comprendido las ventajas del desorden, que estaba entonces en su mejor momento.
Era la época en que el antiguo uniforme, en camino hacia el nuevo, se hacía irreconocible. Cada cual lo acomodaba a su manera. Y esta indumentaria, tan graciosa en la ciudad, era soberbia en los ejércitos: una avalancha de «sans culottes».
La princesa adivinó nuestra asombrosa victoria revolucionaria en las carreteras sembradas de botellas de champán, de sillas y de pianolas.
Se imaginaba menos, confesémoslo, las mascaradas, las dentaduras, los vientres hinchados, los gases nauseabundos de la muerte; no pensaba en que, pronto, cazadores y piezas de caza se convertirían en plantas cara a cara, en hermanos siameses unidos por una membrana de barro y desespero.
Olía la gloria como un caballo la cuadra. Volaba en seguimiento de nuestras tropas. Relinchaba bajó su cofia blanca. Salía de la habitación de su hija treinta veces por día, y volvía para explicarle sus gestiones.
El patio principal, tan digno, estaba irreconocible con sus adoquines invadidos por la hierba. Los motores roncaban. Los vehículos retrocedían unos contra otros. Los chóferes gritaban. La princesa, que arrastraba a Verne pisándole los talones, distribuía los papeles de cada uno.
Al fin, como cuando el famoso «Largar amarras» del coronel Renard, sentado junto al fuego y cerca de su mujer que hacía punto, en su dirigible modelo que nunca quiso moverse, elevándose diez centímetros y volviendo a caer brutalmente, el convoy no salió el día convenido. Le faltaba un salvoconducto rojo.
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La señora de Bormes, después de una zalamera visita a los Inválidos, había creído obtener el Ábrete Sésamo de la guerra. Pero no trajo más que un salvoconducto válido para ir apenas hasta Juvisy.
La decepción fue tanto mayor porque la comitiva se había puesto en movimiento al alba, entre los aplausos de las lecheras y del personal. Hubo que desandar el camino y volver, tres horas más tarde, con el rabo entre las piernas y la cabeza baja. Pero el impulso ya se había dado y nada podía interrumpirlo. La princesa reemprendió sus gestiones y el patio ofreció sin tardar un espectáculo de fábrica.
Extrañas setas crecían entre las rendijas de ese patio.
La tempestad de la guerra tuvo su fauna y su flora, extinguidas en cuanto llegó la paz.
La señora Valiche fue un ejemplar de ellas.
Ávida de tragedias, por otros motivos que la princesa, se había ofrecido al convoy como enfermera mayor. Traía consigo a un mal dentista, el doctor Gentil, que ella hacía pasar por cirujano de hospitales. Era tan fea, vulgar y rapaz como la señora Bormes era hermosa, noble, desinteresada. Las dos mujeres se enfrentaban en el campo de la intriga. Pero una intrigaba por gusto y la otra por interés.
La señora Valiche veía en esta confusa guerra una excelente agua turbia, una pesca milagrosa de recompensas. Le gustaba el doctor Gentil y lo estimulaba. Añadía a este móvil un gusto enfermizo por lo atroz.
La princesa confundía este entusiasmo con el suyo. Pronto habría de darse cuenta de sus profundas diferencias.
La señora Valiche era viuda de un coronel muerto de las fiebres en Tonkín. Explicaba esa muerte y las peripecias del ataúd que se trajo consigo a Francia. El ataúd, mal atado a la grúa que lo desembarcaba, había caído finalmente al agua. Se consolaba con el dentista que tenía una barba negra, una cara amarilla y unos ojos de bailarina oriental.
La pareja vivía en bata blanca y gorra de policía. La señora Valiche había cosido galones sobre su amante y sobre sí misma. Seguía a Clémence por los despachos donde su aplomo y sus brazales causaban impresión.
Pero, a pesar de tanta gracia por una parte y tanta astucia por la otra, el convoy seguía siendo un convoy ideal que fastidiaba a los enfermos y daba
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al hospital un aspecto de ministerio.
Fue ese patio ruidoso y hacinado el que vio una tarde por la puerta muy abierta un joven soldado que pasaba por la calle. Se paró, se apoyó contra uno de los guardacantones y echó sobre aquel barullo la mirada con que Bonaparte observaría los Clubs.
Después de haber dudado largo tiempo, entró y se mezcló con los mecánicos.
Parecía tan joven que su uniforme le daba un aspecto de cadete. Pero lo que hacía increíble su juventud era un delgado galón de suboficial, en la manga de su pequeña guerrera azul. Su rostro fresco, animal, bien constituido, lo presentaba con más rapidez que cualquier certificado.
Al cabo de diez minutos ayudaba a todo el mundo y lo sabía todo. Sabía incluso que la víspera habían traído al general d’Ancourt, único ocupante de una de las habitaciones de la planta baja. El general era amigo del cirujano jefe de la rue Jacob, y este cirujano había obtenido que el hospital Buffon se lo cediese. Había que cortarle la pierna. Deliraba. Su amigo tenía pocas esperanzas.
De grupo en grupo, el joven militar acabó por encontrar al doctor Verne que confeccionaba con la princesa una lista de los miembros de la asociación.
—¿Quién es usted? —preguntó Verne, siempre brusco. —Guillaume Thomas de Fontenoy —respondió. —¿Pariente del general de Fontenoy? Ese general era entonces una gran figura.
—Sí, su sobrino.
El efecto de la respuesta fue inmediato, porque el doctor no perdía nunca de vista su cruz. Le guiaba como la estrella de los reyes magos.
—¡Demonio! —exclamó—. ¿Y es usted de los nuestros?
—Soy —dijo entonces el joven— secretario del general d’Ancourt. No tiene por desgracia ninguna necesidad de mis servicios, y me ocupo como puedo, sin alejarme mucho de él.
—Es el Cielo quien le envía —exclamó la princesa—, el general, si lo salvamos, tiene aún para meses de habitación. Le enrolo a usted. Y soy su general.
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Mientras Verne notaba crecer su cruz, Clémence imaginaba las mil posibilidades del apellido mágico. Esa mujer, que no veía las trampas ni a dos metros, veía el futuro. Una vez más, acertó.
Guillaume Thomas, a pesar de su nombre de infiel, era un impostor. No era ni sobrino del general de Fontenoy, ni pariente suyo de ninguna clase. Nació en Fontenoy, cerca de Auxerre, donde los historiadores sitúan la batalla de Fontanet, ganada en 841 por Carlos el Calvo.
Cuando se declaró la guerra tenía dieciséis años. Se puso frenético. Maldecía su edad. Había salido a su padre, capitán de largas travesías, en el gusto por las correrías. Era huérfano y vivía en Montmartre con su tía, solterona devota que le dejaba campar a sus anchas, no preocupándose más que de la salvación de su alma e inquietándose poco por la de los otros.
Al encontrar ya en la mentira una antesala de las aventuras, Guillaume se aumentaba la edad, explicaba a las vecinas que iba a enrolarse, que obtendría una autorización especial; un buen día apareció de uniforme. Lo había conseguido de un amigo.
Al abrigo de este disfraz, holgazaneaba, rondaba alrededor de los cuarteles y de la reja de los Inválidos.
Decía a su tía: «Hago prácticas de tiro». Todo estaba tan oscuro y revuelto que se admitía cualquier cosa.
De suceso en suceso, le pasó lo que les pasa a los niños que juegan.
Creyó en el juego. Se puso un galón.
Nadie lo paraba. No sentía ningún temor. Se enorgullecía de que los civiles se girasen a su paso. Un día en que había mostrado a un ciclista auxiliar un documento familiar que llevaba el apellido de Fontenoy, el ciclista creyó que se llamaba Thomas de Fontenoy y le hizo la misma pregunta que Verne. Dio por primera vez una respuesta afirmativa y añadió desde entonces ese título a sus accesorios de juego.
Ya veis a qué raza de impostores pertenece nuestro joven Guillaume. Hay que ponerlos en un lugar aparte. Viven la mitad en el sueño. La impostura no los rebaja, sino más bien los realza. Guillaume engañaba sin
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malicia. Más adelante se verá que él era su propio engaño. Creía ser lo que no era como cualquier niño se cree cochero o caballo.
Se hubiera sorprendido mucho al saber que arriesgaba la cárcel.
Para explicar su curiosa inmunidad, citaré el ejemplo de una escena que se repitió veinte veces.
Guillaume pasa por la plaza de los Inválidos con la señora Valiche. Le entusiasman las armas de fuego. Lleva un revólver reglamentario en la cintura. Luce un gorro y un brazal de Cruz Roja del doctor Gentil, con galones dorados.
Un capitán le detiene. He aquí su diálogo: «¡Oiga usted! —¿Mi capitán? —¿Qué clase de uniforme es ése? ¿Lleva usted un revólver y un brazal de la Cruz Roja? —Pero, mi capitán… —¿Y ese gorro? ¿Qué clase de gorro es ése? —Es el gorro de Cyr, mi capitán. —¿Cómo? ¿Está usted en Saint Cyr? No me gusta que me tomen el pelo. ¿Cómo se llama usted? —Thomas de Fontenoy, mi capitán. —¿De Fontenoy? ¿Es usted pariente del general? —Sobrino suyo, mi capitán. —Dicen que ha rebasado el ala izquierda de los alemanes. —Es exacto, mi capitán. —Oiga pues, entre nosotros, sé que reina una gran fantasía en las vestimentas, pero no se ponga un brazal “y un revólver”. Escoja. Póngase uno u otro. Porque — añade paternalmente el militar— ahora se ha encontrado usted conmigo, pero podría encontrarse con un imbécil».
La princesa llevó oficialmente a Guillaume en su ronda. Nunca más se separó de ese talismán. En cuarenta y ocho horas obtuvo lo que intentaba conseguir desde hacía cuatro semanas. El nombre de Fontenoy no esperaba nunca en la antesala. Reñían a Guillaume, le tiraban de las orejas, le daban palmaditas y conseguía todos los permisos.
Incluso se añadió al convoy un ordenanza que sabía las consignas y que debía acompañarlo en los viajes en el asiento del coche que iba en cabeza. Ese coche era el de la señora Valiche y del dentista; el siguiente, el de la princesa; los otros se colocaban al azar. Los conductores eran un camisero, un escritor, un ocioso…
Salieron a las once de la noche.
Lo que complicaba aún más la heterogeneidad de esa distribución era que, dado que el mecánico de la señora de Bormes había recibido su itinerario, ella había puesto en su lugar a un pobre pintor ruso que hablaba
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muy poco nuestra lengua, convertido en chófer por amor. La princesa lo ayudaba a vivir. El la adoraba. Conducía mal. Pero no tenía por qué conducir rápido, pues seguía al coche que iba en cabeza.
La señora Valiche y el doctor Gentil que nunca habían tenido coche, disfrutaban de ese paseo y se sentían en camino hacia la fortuna.
Estiraban sus piernas sobre las cajas de galletas secas, de naranjas y de Cordial-Medoc, que la señora de Bormes llevaba para los enfermos. Estiraban sus miembros, acariciaban sus galones y se besaban en las cunetas. En cada puesto, el coche se paraba.
¿Quién va? ¿Quién vive? Una sombra amenazadora cerraba el paso. El ordenanza, juguete mecánico, saltaba del sillón, hablaba al oído de la sombra, volvía a subir a su lugar y el cortejo continuaba, deambulaba por las colinas, atravesaba pueblos en ruinas.
Hubo un intermedio absurdo cuando la señora de Bormes, que compartía su coche con Guillaume, vio, por la ventanilla trasera, la ambulancia del hospital iluminada como un escaparate de la rue de la Paix. El doctor Verne estaba en su asiento y sola en medio de esa iluminación la mujer del radiólogo, que se suponía ser la amante de Verne, estaba sentada sobre un montón de cojines, muy tiesa.
Interpretaba para sí un papel de ángel. Los ojos semicerrados, sonriente, una mano en el interruptor, aparecía y desaparecía a su gusto, mientras atravesaban los campos.
La señora de Bormes rogó a Gillaume que se inclinara fuera de la portezuela y gritara al doctor que apagase. Era peligroso el jugar al ángel en esos parajes, donde la mínima lámpara arriesgaba a que os fusilasen como espía.
Clémence y Guillaume se entendían. Pegaban sus narices a los vidrios como niños que codician una pastelería.
Entraban en los bastidores del drama. El escenario se acercaba, y miraba atentamente esa soledad, esos árboles a derecha e izquierda, esa noche llena de cañonazos. ¿No se parecían a esos melómanos del gallinero que escuchan Stravinsky inclinados sobre un negro abismo?
El trayecto interminable no los cansaba. Soportaban el olor oscuro de los cadáveres, el ruido monótono del horizonte que se derrumba.
Pronto ese ruido ya no sería el de una puerta cochera que se oye desde el quinto piso. Sacudiría el coche, lo envolvería en luminosidades. La princesa y Guillaume, cada uno por su parte, esperaban ese gran momento.
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¿Qué ley misteriosa reúne un Guillaume, una señora Valiche, una princesa de Bormes como tres gotas de mercurio? Sus espíritus de aventura vienen a juntarse desde los extremos del mundo.
De repente el coche guía tomó un desvío y se paró. Se distinguían una reja y pilastras. ¿Qué pasaba? Una cosa sencilla. Verne tenía una propiedad en los alrededores de París. Quería llevar allí un centenar de tiestos de geranios. Sin decir nada a la princesa, cuyos sarcasmos temía, había llenado los coches de tiestos, a escondidas, y convenido con la señora Valiche que darían ese inmenso rodeo.
Así, en lugar de aproximarse a las líneas, se apartaban de ellas. Cuando la princesa de Bormes conoció la maniobra, perdió los
estribos. El doctor descargaba sus geranios. Lo cogió por la manga. Pero en el momento en que iba a explotar en reproches, giró hacia ella una cara tan cómica que se echó a reír. Llevaba en efecto unas gafas cuya máscara de goma le otorgaba un perfil griego. Esta risa lo salvó. La princesa no podía vencerlo. Volvió al coche a reírse a lágrima viva. Esta risa loca duró mientras Verne y sus acólitos transportaron los tiestos. Se estaba calmando, cuando Verne, avergonzado, vino a presentarle excusas. Rio aún más a gusto.
«He aquí —pensaba Guillaume—, una mujer con quien se puede uno entender». Era uno de los suyos. El compadecía a su tía devota. «¿Cree usted en Dios, señora?» le preguntó. «Sí —respondió Clémence—, sobre todo cuando tengo miedo. Mire, por ejemplo en el tren».
Llegaron a M… al alba.
La calle, muy empinada, estaba llena de gente. Ya el obispo se desvivía allí, vestido de esclavina. No dejaba esa calle más que por su trono. Era ambicioso. Le gustaban la pompa y los honores. Por lo que no cedía ni un dedo de su gloria.
Este hombre teatral se mantenía allí en pie, levantando mucho su sotana, enseñando sus pantorrillas moradas, como si la marea alemana, al irse, hubiese dejado charcos.
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Había galvanizado la ciudad, ahogado al alcalde, y reinaba como un capitán a bordo.
Las mujeres besaban su amatista, los hombres estaban atentos a sus órdenes. Hermoso e hinchado, era como una fabulosa fucsia.
Al paso del cortejo que dividía su ciudad, arrugó el entrecejo y retuvo sin dificultad el aspecto de los vehículos. A la princesa le hubiera gustado recibir su bendición, pero Gentil era librepensador, no creía ni siquiera en las veleidosas como la señora Valiche a quien esa completa incredulidad maravillaba.
—¡Qué monstruo! —decía—, no cree en nada.
—Sí, señora —respondía el dentista con voz de desprecio—, creo.
Creo en las vibraciones del éter.
El obispo les parecía ridículo.
—Lleva vestido de baile desde temprano —exclamaba la señora Valiche.
—Muy buenos días, Dominus vobiscum amén —masculló el doctor, y su automóvil arrastró a los otros bajo la mirada airada del corpulento anciano.
Puede uno saltarse una ciudad, pero no se salta un obispo. Pagaron esa falta al cabo de dos días. De momento, el más preocupado era un seminarista. Buscaba a su hermano del que no tenía noticias y había obtenido seguir el convoy. Iba como un ovillo en el asiento del último automóvil, pero el ojo de águila del obispo, al pasar, había contado todos los botones de su sotana. Se sintió perdido. La señora Valiche pensó en él. «Pobre vobiscum —dijo al doctor—, debe estar muy incómodo». Ella llamaba vobiscum a los curas. Pero el doctor dormía. La señora Valiche lo envolvió en un chal y tomó su mano inerte.
El cielo era rosa. Los gallos cantaban. El cañón sacudía los cristales. Los declives, los humos, los arcones, los caballos eran rosas. Al borde de un campo de remolachas rosas unos dragones, en mangas de camisa, se lavaban. El paso de esas mujeres los dejó estupefactos. La princesa, que agitaba su mano, vio durante mucho tiempo sus caras rosas con ojos redondos y bocas abiertas.
«Los bastidores —se decía—. He aquí los actores, los figurantes que se visten».
De manzano en manzano, de puesto en puesto, llegaron a una aldea donde transportaban los heridos bajo una tienda redonda, montada en la
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plaza como un circo. El coche de la señora Valiche se paró. No buscaba el fuego sino sus víctimas.
Médicos jóvenes recibieron amablemente, aunque sorprendidos, ese refuerzo inesperado. Abrieron un cajón, distribuyeron las botellas y avisaron al médico jefe. El médico jefe vio con malos ojos a los civiles. Rehusó brutalmente entregar los heridos que le pedía la princesa de Bormes.
—¡No, señora! —gritó—. La paja es el lujo de los heridos. No tienen necesidad de nada más. Por otra parte, «que dejen en paz a los heridos». Los heridos serán el «gran estorbo» de esta guerra.
Todos los miembros del convoy escuchaban sin decir palabra. La princesa estaba dispuesta a un rompimiento. Pero la vulgaridad reduce a la vulgaridad. Y el médico sólo era sensible a eso. Odiaba el encanto de Clémence. La señora Valiche lo conquistó. Colocó el nombre de Guillaume con un acierto extraordinario. El médico fue otro hombre. Sus ayudantes se relajaron. Aunque rehusaba dar sus heridos, permitió que se les distribuyesen golosinas y que los vendasen. Indicó una granja a hueve kilómetros donde los heridos estaban tan mal que no dejarían de cedérselos.
Bajo la tienda, una treintena de mártires agonizaba en el suelo sobre gavillas de paja. Un perfume sin nombre, fétido, dulzón, al que la gangrena añadía su almizcle negro, revolvía el estómago. Unos tenían la cara hinchada, amarilla, cubierta de moscas; otros la tez, la delgadez, los gestos de los monjes del Greco. Todos parecían salir de una explosión de grisú. La sangre se coagulaba sobre los uniformes hechos jirones, y, dado que esos uniformes no tenían ya ni color exacto ni contorno, no se podía saber quiénes eran los alemanes y quiénes los nuestros. Un gran estupor los unía.
Al penetrar en tal lugar, la señora de Bormes temió sentirse mal. Hizo un esfuerzo sobrehumano para volver a ganar su equilibrio. ¿No era ella biznieta de un hombre que, antes que rendirse, rompió un vaso y se lo tragó?
La señora Valiche fue una verdadera sorpresa. Acababa de llegar a su elemento. Este depósito de cadáveres la transfiguraba. Bromeaba, empleaba el vocabulario de los cuarteles, preparaba vendas y jeringas, cortaba los capotes, enrollaba, inyectaba, rehusaba o daba agua.
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—¡Hala!, pequeña —gritaba a la princesa la señora Valiche tan torpe como hubiera podido serlo en un baile—, ¡hala!, ¡a trabajar!, páseme las tijeras. No, no, no desabroche. ¡Corte! La princesa es quien paga. No usted, la princesa; la otra.
Reía arrodillada junto a una ruina.
El desagrado de la señora de Bormes casi le hizo arrepentirse de su proyecto. Pero se dio cuenta de que la palabra de la señora Valiche surtía efecto, que los jóvenes médicos la trataban como colega, y que era ella, la princesa, la que desentonaba.
Buscó con la vista a Guillaume. Guillaume se preocupaba poco de la caridad cristiana. Apoyado en su apellido, visitaba el almacén y requisaba revólveres.
Por la noche, salieron hacia la granja. Llovía y hacía frío. Esa granja estaba en campo raso. Su patio, prominente en el centro, enviaba el agua fangosa dentro de los establos. Esos establos cobijaban una ambulancia alemana, prisionera. Sólo había heridos enemigos.
Los conciliábulos se hicieron bajo la lluvia, a la luz de un farol que balanceaba el médico jefe no muy despierto. No deseaba otra cosa, decía, que ver partir esa chusma.
El médico alemán tenía una horca y una linterna. En la oscuridad no se distinguían los enfermos. Excavaba con su horca. Era su sistema de selección. Los más vivos gritaban más. Daba su ficha al dentista. Sacaban entonces a esos desgraciados del barro y los llevaban al patio.
Uno de ellos, estirado en una camilla, tenía la cara iluminada por uno de los faros. Era joven. Vivía, con las dos manos arrancadas. Atrapaba con la lengua una cadenita que llevaba en el cuello, manteniendo las medallas en su boca. Sin duda pedía un milagro: despertarse en su cama, en Alemania, y tener sus manos. El doctor le quitaba las medallas de la boca enganchando la cadena con uno de los cuernos de la horca. El mutilado se dejaba hacer y volvía a empezar.
Cuando pusieron de pie a esa pobre criatura, tuvo un reflejo terrible. Queriendo coger una de las barras de cobre de la ambulancia, levantó sus muñones. Las enfermeras lo subieron, desmayado.
—¡Uf! —decía nuestro médico al médico prusiano—, ¿usted contento? ¿Usted gondento? —pronunciaba para ayudarle a comprender.
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Pero el prisionero se mordía los labios y daba sus instrucciones por signos.
—Es un fastidio —dijo a la princesa la señora Valiche, metiéndose los mechones bajo la cofia con manos asquerosas—. La caza es para el Val-de-Grâce. Ni pizca para el Jacob. Es cosa diferida.
La princesa casi admiraba a esa mujer.
—¿Pero, señora —le preguntó, con una inocencia que pasaba ante la gente de mundo por perfidia—, cuando no hay guerra, a qué se dedica usted?
—¿Yo? Voy al Bois a montar a caballo por las mañanas. Arneses blancos, violetas en las orejas. Ritz de cinco a siete. Declamo. Tomo lecciones con Romual. Declamo los sábados del Petit-Palais, en el club de aviadores honorarios. No vaya usted a creer que siempre llevo bata. Tengo clase. Me gustan los vestidos encantadores, el brazalete de tobillo, los ramos de violetas un poco ajados y los sombreros de fieltro con plumas Rembrandt. ¿Conoce usted «La Novia del Timbalero»?
La señora de Bormes descendía dentro de una escafandra al fondo del mar. La señora Valiche le abría laberintos.
—¡Olé! ¡Olé! Me vuelvo con los «boches»[1].
Giró sobre sus talones, esbozando un paso español.
—Conocí a Gentil en el baile de los Mondadientes, sabe usted —dijo en la puerta del establo e imitando el acento belga.
—Él iba vestido de bóer y yo de Carmen. Un ojo negro te mira.
Desapareció.
La señora de Bormes no podía imaginar a la señora Valiche en otra parte que en las carreteras, de noche, con las manos en los bolsillos de su capote de hombre, o, durante el día, vaciando los orinales. Creía haber viajado mucho, conocido gentes en cantidad, pero no se daba cuenta de que llevaba alrededor su atmósfera como la Tierra, y, como la Tierra, le costaba creer en otros mundos habitados.
Ese personaje por una parte, y tantos horrores por otra, eran una dura prueba. Porque, sean como sean el ingenio, la excentricidad, la seguridad de una mujer de mundo, aun reprobada por la gente, finalmente evoluciona en un escenario de aficionados, y el primer contacto con un verdadero teatro paraliza la facilidad de sus movimientos.
La princesa tenía que recuperarse en seguida. No era mujer para soportar un fracaso. Era necesario no quedarse en medio de esa granja
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como un reproche. Había que reírse de la señora Valiche y ponerse a trabajar. En un momento tomó su decisión. Rompió las ataduras. Y, cuando la señora Valiche salió del establo exclamando: «Tengo un hermoso amputado», la princesa le dijo con voz clara: «Quiere usted que le ayude a transportarlo».
A la vuelta, en el coche, Guillaume vació sus bolsillos, llenos de cargadores alemanes y de charreteras. Mostró esa siniestra colección a la señora de Bormes.
Decepcionada al principio, cómo una principiante, por el hedor de los bastidores, se acostumbraba poco a poco a ese mal olor.
Tenía sueño. Pero Guillaume no. Este le instaló unos cojines y se durmió antes que ella.
Su cabeza colgaba, su lengua pasaba entre sus labios entreabiertos. Su mano que se apoyaba sobre la empuñadura de la portezuela, cayó pesadamente. Se parecía a los heridos.
La señora de Bormes se durmió a su vez.
—¡Diez minutos de parada, cantina! ¡Todo el mundo a tierra! La señora Valiche abría la portezuela.
—¿Dónde estamos? —preguntó Clémence con el cuerpo medio adormilado.
Guillaume saltó de su sueño a la carretera.
—Llegamos a M…, hermosa princesa, y nuestros heridos gritan que es un contento.
En efecto, en la noche fría, se oía una queja extranjera, imprecaciones y golpes contra las paredes.
—Sufren —dijo Clémence—, la carretera está llena de baches.
—Eso no le impedía a usted dormir. Y es por su bien. Los llevamos a la cama. No saben la suerte que tienen. Pero el intríngulis no está en eso. Estamos averiados. ¡Cinco vehículos sin gasolina!
Era exacto. No había minuto que perder. Era necesario que el coche de la princesa y el de la señora Valiche fuesen a buscar gasolina. Pero, una vez informados, resultó que sólo el obispo podía, permitir la requisa. Eran las seis de la mañana. Las quejas de los heridos decidieron a la señora de Bormes. Creyeron hábil llevar con ellos al seminarista que no había encontrado rastro de su hermano. Lo metieron en el coche donde
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dormitaba Gentil, y se pusieron en fila ante la escalinata del obispo. La princesa tocó el timbre. Una criada anciana vino a abrir. La seguía un joven sacerdote. La señora de Bormes le expuso su problema. El joven sacerdote, que estaba abrochando su sotana, se compadecía y rogaba a la criada que trajese pan y mermelada, mientras él avisaba a Monseñor.
Monseñor, siempre en la brecha, había, por entre sus persianas, reconocido los restos del desfile. Se vistió, bajó de cuatro en cuatro, y, sin querer oír ni una palabra, fulminó a Clémence. Estaba pálido de cólera. La reprimenda venía de su paso, la víspera. «Sólo» él daba las órdenes de convoy. Tenía un control «absoluto» sobre el trabajo del Servicio de Salud. Le importaban un bledo las fichas, y no daría ni una gota de gasolina.
—¡Ah! —exclamaba ese hombre bueno pero cegado por Richelieu y que, de todas maneras, «veía rojo»—, ¡ah!, ustedes prescinden de mí. Bien, sea. Arréglenselas como puedan.
—Venga usted —dijo secamente al sacerdote.
Luego, dejando a la princesa, atravesó el vestíbulo y abrió la puerta de la calle.
¡Ay!, le esperaba una apoteosis.
Durante el camino de vuelta, la señora Valiche y Gentil habían vaciado el contenido de las cajas. El coche reunía el desorden y la suciedad de un vagón restaurante. Estaban borrachos de Cordial-Medoc. Su ternura ya no se disimulaba. El obispo, desde su escalinata, vio esa pareja acostada, las botellas, al seminarista. Tuvo un sobresalto. La señora Valiche miraba con ojos de loca.
—¡De prisa, querido, de prisa! —gritó al doctor—, ¡dame tu boca que vienen los curas!
La señora de Bormes, que había salido a su vez, vio sólo la espalda del obispo. Se alejaba hacia la catedral bajo una llovizna fina. Se arremangaba la sotana, como el día anterior, con las dos manos.
Ni la señora Valiche ni Gentil se hallaban en estado de comprender lo que tenía de infame su conducta.
Colgada del cuello de su amante, la señora Valiche cantaba Manon. El seminarista sollozaba. Había en ese espectáculo lluvioso algo irreparable.
Guillaume lo arregló todo. Había ido a la alcaldía, había mencionado a Fontenoy. El alcalde, encantado de que se reconociese su poder y se dejara
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de lado el obispo, dio bidones y más bidones.
Retiraron la pareja orgiástica. Gentil dormía. Llenaron los depósitos y el cortejo de lamentos volvió a ponerse en marcha.
En muchos momentos, la señora de Bormes, atravesando esas negras carreteras, se sintió atormentada por escrúpulos al oír los quejidos. Se preguntaba si por desvivirse no estaba rematando a unos moribundos. Las carreteras, más y más largas entre las líneas y la capital, estaban llenas de baches a causa de los tractores. Cada sacudida representaba un infierno para aquellos hombres. ¿No sería mejor abandonarlos allí mismo, a pesar de la falta de cuidados? Morirían tranquilos.
Pero cuando, lleno ya el hospital de la calle Jacob, los visitaba, sea en el hospital Buffon, sea en Les Peupliers, sea en el Val-de-Grâce, comprendía que su placer no era criminal.
Esta mujer admirable, que indicaba por sí sola a los jefes civiles y militares el sentido de una organización que no se realizó sino mucho después, buscaba excusas para sí.
Restablecida ya su hija, la señora de Bormes volvió a su apartamento de la avenida Montaigne. Iba y venía entre la avenida y el hospital. A veces, incluso, salía directamente de su casa para unirse a la comitiva a las puertas de Paris.
Guillaume era el niño mimado de la casa. Tenía allí una habitación, lo que le evitaba el volver a casa de su tía, en Montmartre, después de las excursiones demasiado pesadas. Por otra parte, su tía se hallaba lejos de su espíritu. Guillaume se le presentaba diez minutos por semana, pretextando un puesto de agente de enlace.
Decía: «Tengo un enlace, mi enlace», como en otros tiempos los delincuentes. Llenaba su habitación de puntas de cascos y trozos de obús.
Fue en Reims donde Clémence de Bormes y Guillaume tuvieron el bautismo de fuego. Al llegar, desde las colinas, se veía la ciudad abajo, como la hoguera de Juana de Arco. Su humo oscuro se extendía, llano, tan lejano como el de los transatlánticos en el mar.
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En la ciudad crecía la hierba y había árboles que salían por las ventanas. Los edificios partidos en dos mostraban el papel con flores de las habitaciones. Una tenía aún su cómoda, un cuadro sobre una pared. La cama colgaba por el borde de otra.
La catedral era una montaña de viejas puntillas.
Los médicos militares, a los que el intenso bombardeo incapacitaba a actuar, esperaban una tregua en la bodega del Lion d’Or. Trescientos heridos llenaban el hospicio y el hospital. Dado que Reims se encontraba en caso de guerra bajo la protección de una ciudad que no se ocupaba de ella, no podía ni evacuar, ni alimentar a nadie. Los heridos morían de sus heridas, de hambre, de sed, de tétanos, del fuego enemigo. La víspera, en el hospital, acababan de comunicar a un artillero que era necesario cortarle la pierna sin cloroformo, que era la única posibilidad de salvarlo; fumaba, palidísimo, un último cigarrillo antes del suplicio, cuando un obús pulverizó el material quirúrgico, y mató dos ayudantes-mayores. Nadie se atrevió a volver a presentarse ante el artillero. Tuvo que dejar que la gangrena lo invadiese, como la hiedra una estatua.
Estas escenas se repetían diez veces por día. Las Hermanas tenían, para ciento cincuenta heridos, una taza de leche agria y la mitad de un salchichón. Un cura, en una larga sala agujereada, administraba la comunidad de yacija en yacija y, para meter la hostia en las bocas, entreabría los dientes con la hoja de un cuchillo.
Los servicios que podía proporcionar el convoy eran escasos, pero los médicos cargaban a Gentil con fichas de los más urgentes. Se vivía bajo la bóveda de nuestros proyectiles que pasaban con ruido de expreso y de los obuses alemanes que marcaban el fin de su rúbrica sedosa con un borrón negro, de rayo y de muerte.
El desconcierto de esa ciudad estaba en su apogeo y sus nervios a tope. No se veía más que espionaje, y se fusilaba rápidamente. La princesa, la señora Valiche y Guillaume, se encontraron con una patrulla que conducía sin empacho al pintor ruso al paredón. Lo habían encontrado dibujando la catedral. El nombre mágico lo salvó e impidió que se le añadieran otros miembros de la comitiva.
Esta atmósfera inaguantable vivificaba a Clémence y a Guillaume. Secundaban a la señora Valiche cuyo celo ya no tenía fronteras, y que maravillaba a las dos ambulancias.
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Propuso llenar los coches de heridos. La dejarían en Reims con el doctor y vendrían al día siguiente a recoger una nueva carga. La princesa y Guillaume también quisieron quedarse.
—Mi coche vacío —dijo Clémence—, puede contener dos hombres.
Me resultaría imposible ocupar sus lugares.
Durmieron bajo mantas en la bodega del Lion d’Or. La ciudad recibía los obuses como un navío las olas de una tempestad. Cada vez la sacudían hasta el alma.
Las piezas enemigas apuntaban al gasómetro. Giraban alrededor, tanteaban con la indecisión de un ciego que busca un pomo de puerta. Ese peligro acababa por poner los nervios de punta.
Guillaume admiraba la valentía de Clémence de Bormes, la cual admiraba la suya. Ahora bien, la valentía de Guillaume era infantilismo, y la de la princesa inconciencia. Tuvieron la prueba de ella. La princesa había soportado lo peor. Había visto un caballo doblar la esquina de una calle tropezando con sus tripas. Había visto un grupo de artilleros fulminados junto a su pieza. Pero ella se creía invulnerable.
Única mujer, o casi, en esa ciudad, imaginaba quién sabe qué galantería de la muerte. Se codeaba con ella, sin temerla.
Pero, cuando, yendo del hospital al hospicio vio, a cincuenta metros, una pobre mujer de Reims y su hijita alcanzadas por el fuego del cielo, y comprendiendo de repente que los obuses no perdonan a las mujeres, la sobrecogió uno de esos terrores que se abaten sobre las naturalezas ricas. Se puso a gritar, a correr en todos los sentidos, a llamar a Guillaume.
Y Guillaume, que, hurgando en los escombros, acababa de ser golpeado y revolcado, aunque indemne con sólo un golpe de viga en la rodilla, llegó cojeando. Estaba verde.
Clémence se retorcía las manos. Hablaba de su hija, se acusaba de ser una madre indigna, suplicaba a Guillaume que se la llevara en seguida.
Era menos fácil realizarlo que decirlo. Los coches no estarían de vuelta hasta la noche.
El resto del día fue infernal. La señora Valiche cuidaba a Clémence, a la que le temblaban todos los miembros.
Los coches volvieron, excepto uno, el del ocioso. La banda le apodaba: «el parásito». Los alemanes habían apuntado su tiro hacia el convoy, sospechosa hilera de hormigas que transitaba por el flanco de la colina.
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Los obuses intentaban comerse los coches como si fueran fichas y finalmente uno había hecho dama en el del ocioso sin dejar ni rastro.
Hubo que esperar a que la oscuridad protegiera la partida.
La princesa no quería esperar. Cuando el pintor ruso giraba la manivela de arranque, un pepinazo, que apuntaba al gasómetro, cayó en la casa detrás de la cual estaba estacionado el automóvil. Quedaron cubiertos de yeso y los cristales saltaron en pedazos.
Fue pues en un coche glorioso pero incómodo en el que Clémence y Guillaume se alejaron de Reims, sin tenerles miedo a las eses del ruso.
El viento impetuoso les azotaba, reanimando a la princesa.
Entonces Guillaume oyó a esa mujer incorregible murmurar:
«Volvamos, volvamos; es ridículo haber tenido miedo».
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Hay gente que lo posee todo y no consigue hacerlo creer, ricos tan pobres y nobles tan vulgares, que la incredulidad que suscitan acaba por hacerlos tímidos y les da una actitud sospechosa. En ciertas mujeres, las perlas más bellas se vuelven falsas. Por el contrario, en otras, las perlas falsas parecen verdaderas. Del mismo modo, existen hombres que inspiran una confianza ciega y disfrutan de privilegios a los que no pueden pretender. Guillaume Thomas pertenecía a esa raza bienaventurada.
Le creían. No debía tomar ninguna precaución, ni hacer ningún cálculo. Una estrella mendaz le llevaba derecho a su objetivo. Era por esto que nunca tenía la cara preocupada, acosada, del bribón. Sin saber nadar ni patinar, podía decir: patino y nado. Todo el mundo lo había visto sobre el hielo y en el agua.
Una hada especial concede esa suerte al nacer. Hay algunos que triunfan, a cuya cuna no ha venido ninguna hada excepto ésa.
Nunca le sucedía a Guillermo examinarse y pensar: «¿Cómo me las arreglaré?», o: «Hago trampas», o «Soy un miserable», o: «Soy una persona hábil». Deambulaba, mezclado estrechamente con su fábula.
Cuanto más vivía su papel, más se incorporaba a él, más fuego ponía, desplegando la franqueza que persuade.
Al cabo de algún tiempo, poseía un juguete nuevo: contar la muerte de sus primos a la vista del padre. Su absurdo relato estaba dibujado con inocencia y coloreado como una estampa de Epinal.
Como el efecto que producen estas estampas, su síntesis impresionaba y parecía más real que la realidad. Pulsaba en sus oyentes lo que en cada uno de nosotros queda de infantil. A veces realzaba sus imágenes con algo de dorado. El mismo se lo creía. Sus ojos se llenaban de lágrimas. No se le podía oír sin emocionarse.
Al no tener que observar la prudencia que pierde a los tunantes, explicaba este episodio heroico, en casa de la princesa, sentado a la mesa,
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ante hombres experimentados. Timaba a civiles y militares: a tal punto es verdadero aquello de que, aunque falsa, la verdad sale de la boca de los niños.
París se repoblaba. Uno a uno volvían los que la habían abandonado a todo correr. Cada cual se excusaba de esa huida ante aquellos, muy escasos, que no se habían marchado. Unos pretextaban el servicio prestado, otros su hijita, otros su anciana madre, otros su importante persona que los alemanes hubiesen cogido como rehén, otros el deber nacional.
Pesquel-Duport, director de «Le Jour», al que sus íntimos llamaban «El director», uno de los diez del círculo de la princesa de Bormes, intentaba probarle que no había tenido razón, aunque las circunstancias se la diesen, que el destino había sido, por una vez, tan loco y tan amable como ella, y que por más que Klück no hubiera entrado en París, en principio había entrado, pese a todo.
En principio. Es precisamente porque Clémence carecía de principios que era super-lúcida, y también fue por falta de principios que la consecución de nuestra victoria escapó a lo razonable.
En general, los íntimos que vuelven a una vivienda detestan encontrar allí una figura nueva. Pero Guillaume fue una excepción a la regla.
—Conocí mucho a su padre en la Cámara —le dijo Pesquel-Duport. Guillaume era un niño mimado y continuó siéndolo. Mimado cada vez
por más gente.
Le había dicho a Clémence que le dolía la rodilla a causa de un trozo de metralla del obús que había destrozado la pierna del general d’Ancourt. Ese fragmento de metralla se convirtió en una acción brillante. Su heroísmo le valía un puesto de hombre y su estampa de Epinal le abría los corazones.
Porque, no por astucia, sino por amor propio, nunca había dejado que se viese la sorpresa de sus primeros viajes a las líneas. Desde luego, lo de Reims era un relato de la princesa. Él se lo dejaba. La verdad le producía el malestar de la mentira. Reims no le interesaba, más bien le molestaba.
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El mejor público de Guillaume era la hija de la señora de Bormes, Henriette. ¿No dijimos ya que era de raza espectadora? Hasta entonces un sólo personaje, su madre, actuaba con ardor. Ahora contemplaba a dos. Educada sin ninguna superstición de castas, títulos, riquezas, Henriette había visto siempre a su madre juzgar a los hombres según sus méritos, y poner a los artistas en la misma categoría que a los soberanos. Pero era muy joven, salía poco, y tenía raras veces la ocasión de encontrar hombres excepcionales.
Gracias a la guerra que facilita los encuentros fortuitos como en los trenes, no sólo veía a uno de esos hombres, sino que tenía su edad y vivían juntos.
No es necesario consignar el efecto, en esa alma ingenua, de las narraciones que ya enternecían a gente más avezada.
Le gustaba Guillaume. Lo confundía con su madre en sus pensamientos, y, como su madre lo trataba como a un hijo, no veía en esa confusión nada culpable.
La princesa, como hemos dicho, atravesaba todas las barreras; no leía en ellas. Ignoraba totalmente ese maravilloso mecanismo: una rosa que se abre. Guillaume también. Pero la juventud tiene sus enfermedades contagiosas. Guillaume, el artificial, no tenía artificio. Su corazón intacto sí entendía en profundidades a las que su mente infantil no podía descender.
Guillaume aprendía la vida con glotonería, desde que puso el pie en el patio del hospital. Su principio estaba en ese patio. Sin congratularse lo más mínimo de su suerte, se enriquecía, se desarrollaba y aprovechaba cada día más.
Todo hombre lleva sobre el hombro izquierdo un mono y sobre el derecho un loro. Sin que Guillaume lo pretendiera, su loro repetía el lenguaje de un mundo privilegiado, y el mono imitaba los gestos de ese mundo. Por ello no corría el riesgo de la gente excéntrica, adoptados y rechazados por la gente en una semana. Ahondaba su lugar, y parecía, al acreditarlo su apellido, haber crecido allí desde siempre.
Un solo íntimo veía a Guillaume con malos ojos. Era el director. Estaba locamente enamorado, desde hacía cinco años, de la princesa de
Bormes. El talento de ese periodista no consistía más que en una larga
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paciencia. Había ambicionado «Le Jour»: lo tenía. Había querido ser rico; lo era. Quería casarse con esa viuda, joven todavía, cuyos brillantes resplandores, apagados por el ambiente mundano, ayudarían a su obra y brillarían en el mundo intelectual.
Pesquel-Duport creía en el mundo intelectual. Pertenecía a la época de los salones y deseaba uno. Ignoraba que la lista oficial sólo anota los actores y los títeres del arte, y que sus obreros permanecen en la sombra. Soñaba para sí con una mesa llena de flores y cristalería; las mujeres más elegantes, los hombres más ilustres alrededor, y Clémence en medio, frente a él.
La princesa respondía a sus ruegos:
—Mi querido director, espere usted. Esperemos. Mentiría si dijera que le amo. Por otra parte, ni a usted ni a nadie. Pero usted es, ciertamente, de todos mis hombres, el que me desagrada menos.
Era sincera. No encontraba fea aquella cara. Pesquel-Duport tenía cincuenta y tres años y una cabellera completamente blanca.
Se consideraba sobresaliente. Estaba en el mundo de la lucha, pero era demasiado ingenuo para la inteligencia de profunda finura, tan infrecuente en los lugares altos a causa de que esa inteligencia impide escoger.
Un hombre realmente profundo se hunde, no asciende. Mucho después de su muerte, se descubre su columna hundida, en un solo bloque o, poco a poco, por fragmentos. Mientras que las grandes inteligencias mediocres, hechas de chispazos y de ironía, suben sin estorbo hasta la pequeña cornisa del poder.
La ingenuidad de ese ambicioso era lo que le gustaba a Clémence. Porque si ella no era un cerebro profundo, al menos poseía, como ciertos insectos, una trompa que dirigía, sin método, pero profundamente, al corazón de las cosas.
Así, esa atolondrada daba los veredictos de Tiresias.
Pesquel-Duport se daba cuenta de esa facultad sin entenderla y se encontraba muy cómodo siguiendo sus consejos. Pero en lo que acertaba, lo que su intuición le permitía captar, era que las mujeres muy inteligentes tienen habitualmente una inteligencia masculina que las desquicia y que perturba su propia persona, mientras que la princesa era siempre la mujer tipo, y no debía sus recursos más que a su propio sexo.
La veía desnuda y primitiva, una Eva que come la manzana que le gusta y abandona, contenta, el Paraíso, la casa engalanada.
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Pesquel-Duport sabía que la princesa tenía costumbres irreprochables.
Esa certeza no le impedía el estar celoso.
El trato de Cherubino con la Condesa, de Jean-Jacques con Madame de Werens, de Fabricio con la Sanseverina, le estropeaba las relaciones entre Clémence y Guillaume. Creía que Guillaume estaba enamorado de su protectora, y la protectora, halagada por aquél.
En esto, su intuición lo engañaba. Guillaume, despertado por la señora de Bormes, sacado por ella de la infancia, atribuía estos tesoros a Henriette. La princesa le aturdía un poco. En Henriette, la volvía a encontrar pero a su mismo nivel.
De vez en cuando, ese actor exquisito bajaba a la oscuridad de la sala a sentarse junto a Henriette y a aplaudir a su madre. Por eso Henriette parecía una de esas esposas que reciben, después del espectáculo, las muestras de ternura que su marido dirige a la danzarina estrella.
Guillaume adornaba a la jovencita con las seducciones de su madre y, como era seductora, no le costaba a él ningún esfuerzo.
La princesa de Bormes volvía a abrir y decorar su piso, dejado baldío a causa de la guerra. No dosificaba sus placeres. El de ama de casa perjudicaba a los del heroísmo. Ya no acompañaba regularmente el convoy, contentándose con prestar el automóvil. Pintaba, frotaba, barnizaba y compraba. Guillaume cenaba casi cada día en la avenida Montaigne, excepto durante los viajes.
Esos viajes eran cada vez menos fáciles. Los servicios se organizaban, y nada parece, en Francia, más sospechoso que el no estar en ningún registro.
En los servicios de inteligencia sucedía a veces que se acogiera muy mal a los pocos oficiales que se habían evadido después de terribles peligros. «Ya no estaban en los registros».
Ese convoy fantasma inquietaba, pero representaba un experimento gratuito. Así pues, no lo suprimían: le ponían obstáculos.
Guillaume seguía quitando esos obstáculos. El hospital se aferraba a él como a un salvavidas.
Se seguían las fases de la lenta agonía del general d’Ancourt. Temían un final que, sin duda, devolvería a filas a su pseudo-secretario.
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Una tarde, a las seis, esperaban a Guillaume al que ahora la Plaza confiaba la contraseña.
Guillaume había bebido ponche y más ponche con ciclistas de los
Inválidos. Estaba borracho. Cantaba a voz en cuello la contraseña, esa que
Francia esconde en su corsé, dispuesta a morir antes de que se la arrebaten.
Un viejo enfermero benévolo, el conde de Oronge, ultrajado, agarró a Guillaume por el cuello y lo sacudió. Guillaume, forcejeando, trató al viejo de imbécil. El patio formaba un corro y nadie se atrevía a echar la culpa al sobrino del general.
Finalmente, luego de que el conde de Oronge, pálido de rabia, hiciera rodar a Guillaume por el suelo, éste se puso en pie, amenazó a Verne y salió gritando que ya tendrían noticias suyas.
Intentaron calmar al conde que repetía como un mecanismo: ¡Golfo! ¡Golfo! y, en medio del barullo, al no haber retenido nadie la fatal contraseña, el convoy no pudo ponerse en camino.
El doctor, después de las ocho, telefoneó a la princesa. Ella esperaba a Guillaume para cenar; no estaba allí.
Esa llamada telefónica preocupó mucho a la princesa y a Henriette. Creían que Guillaume estaba en la rue Jacob y se lo imaginaron bajo
un autobús. A las nueve telefonearon a Verne, No explicó nada de la escena y se limitó a decir que Guillaume había venido y se había vuelto a marchar.
Pesquel-Duport, que estaba cenando, bromeó ligeramente; después, al quedarse solo con Clémence, le reprochó el preocuparse tanto por un colegial. ¿Quién era él realmente? ¿De dónde venía? ¿De dónde salía?
—¡Cómo —exclamó ella— usted conoce, supongo, el apellido que lleva!
—¿Quién —continuó el doctor— le prueba a usted que lo lleva?
La señora de Bormes, desconcertada, se dijo, por primera vez, que no tenía acerca de Guillaume ninguna información exacta. Pero, aparte que el éxito sustituía las señas de identidad, no quiso tener aspecto culpable.
—Sé acerca de él —dijo— lo que debo saber.
Y añadió, transformando, al momento, una inquietud que le servía para justificarse:
—¿Cree usted, director, que yo dejaría a cualquiera junto a Henriette?
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Ahora bien, mientras este diálogo se desarrollaba en la avenida Montaigne, Guillaume, achispado como un colegial, realizó por cierto uno de los actos más incomprensibles de su carrera.
Al levantar el alcohol una frágil tapadera de realidad, corrió a quejarse a su tía.
La pobre devota no comprendía nada de sus quejas. Entresacó que lo torturaban, que insultaban su galón en un hospital civil, y que Guillaume le rogaba que ordenase que se le respetara.
Ella tomaba sus lágrimas de borracho por lágrimas de vergüenza, liaba las prácticas de tiro, el servicio de enlace y el hospital. En una palabra, ante tal desesperación, prometió ir a la rue Jacob y hablar con Verne. Guillaume se encerró en su habitación y, sin desvestirse, se durmió como un tronco. Al día siguiente por la mañana estaba durmiendo todavía cuando su tía fue a la rue Jacob.
Al cabo de un cuarto de hora de estar ella sentada en el despacho, Verne comprendió la verdadera catástrofe de que Guillaume Thomas era simplemente Thomas y que tenía dieciséis años.
La cruz giraba ante sus ojos como una rueda de fuegos artificiales.
Al oír al doctor hablar de su familia, de los Fontenoy, del general de Fontenoy, del sobrino del general de Fontenoy, la pobre solterona exclamó:
—Pero hay un error, un error completo. Guillaume ha nacido en Fontenoy, y eso es todo. No es su apellido. ¿Cómo ha podido? ¡Oh! ¡Oh! —Y tuvo un ataque.
Verne realizó un rápido cálculo. Hizo acopio de fuerzas. Era necesario que Guillaume siguiera siendo lo que era, o más bien, lo que no era.
Verne tenía cogidas las manos de la anciana señorita y le transmitía un fluido torrencial. Poco faltó para que exclamara, parodiando la frase de los magnetizadores:
—Usted es Fontenoy, lo ordeno.
Ella se recuperó.
—Calma, calma —le dijo Verne—. Beba un poco de agua. Eso, eso. No riña usted a Guillaume. Lleva un nombre demasiado hermoso para que le riñan.
Y, al volver a empezar la solterona sus lamentaciones:
—Nada, nada, nada —dijo el doctor—. No quiero oír nada. Ya sé, ya sé. Usted es demasiado modesta.
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Esta palabra enorme remató a la devota. El doctor fijaba en ella su mirada de ojos terribles y la empujaba hacia la puerta.
—Y sobre todo —le dijo casi al oído— ni una palabra de nuestra conversación a su sobrino. Hay cosas considerables que dependen de ello. Júrelo. Júrelo sobre su misal —exclamó cogiendo el que sobresalía de un bolso.
La desgraciada juró. Creía habérselas con un loco. No se equivocaba mucho. El doctor estaba loco de inquietud.
La acompañó hasta la entrada, por miedo de que se encontrara con alguien. Tenía razón. Se cruzaron con la princesa que entraba.
Verne miró cómo la anciana señorita doblaba la esquina de la calle. La señora de Bormes esperaba en el patio.
—¡Vaya! —exclamó él—. Qué tonto soy. ¿No conoce usted a esa excelente persona?
Y como la princesa mostrara una mirada vaga.
—Es la tía de Guillaume, la señorita de Fontenoy.
Ninguna frase podía ser más preciosa para la señora de Bormes. Se felicitó por sus respuestas a las insinuaciones del director.
«Los periodistas —pensó—, se nutren de sucesos».
Thomas se despertó en casa de su tía, con dolor de cabeza y sin el menor recuerdo de las locuras de la víspera. Sólo se acordaba del ponche y del cansancio que le impidió desvestirse. Se lavó, bajó la Butte y se dirigió al hospital.
La princesa estaba sentada en el despacho de Verne. Este acababa de explicarle la escena de la contraseña, limando las aristas. «Guillaume es un poco nervioso… El señor de Oronge es un poco sordo. Guillaume me había enviado a su tía con el pretexto de batirse en duelo conmigo».
Reía. Intentaba poner una jovialidad de abuelo en su abultada cara de tiburón.
—¡Guillaume! ¡Ahí está Guillaume!
La señora de Bormes dio un grito. Se le veía entre los vehículos, tras la puerta acristalada.
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—Que entre —exclamó el doctor, abriendo esta puerta—. Que entre nuestro niño prodigio.
El odio y el respeto compartían el alma del doctor. Odiaba a Guillaume por haberle engañado, pero respetaba su ayuda. Ahora le tocaba a él repartir las posibilidades. Tenía al pillo en sus manos y podría utilizarlo sin correr riesgos. La princesa lo encubriría.
Ese hombre a quien los títulos embriagaban pensó que estaba mal situado para regatear acerca de un título con la princesa de Bormes, cuyo poder mundano podía ser lo bastante grande como para bautizar a una gallina: carpa, o a un Thomas: Fontenoy, si alguna vez se hallaba comprometida. Incapaz de descifrar el jeroglífico de tal mujer, la acusaba de lo peor y no dudaba en hacer de ella la amante del joven tramposo.
La princesa reñía a Guillaume del mal paso de la víspera. Él explicó lo del ponche.
Al oír el nombre del señor de Oronge, todo le vino a la memoria de golpe.
—Por su culpa —dijo Verne— el convoy está detenido y los heridos esperan. Los coches debían salir a medianoche. Todavía están en el patio. A propósito —añadió sin darle importancia—, su tía me ha visitado. Una persona muy piadosa, como el general.
Observó a Guillaume de soslayo. Este encontró la observación muy normal.
«¡Demonio —pensó Verne—, el tunante! Es fuerte. Irá lejos. Irá lejos si no lo paran por el camino. Dediquémonos a que lo paren demasiado tarde».
—¿Por qué —dijo Clémence—, no conozco yo a su tía?
—Es una santa —dijo Guillaume—; no sale de su casa más que para ir al Sacré-Coeur. Esta mañana ha debido venir a Saint-François-Xavier donde pone cirios.
El doctor asentía con la cabeza, aplaudía para sus adentros, como hace ante el tribunal un culpable, de un cómplice que nunca se queda cortado. Había tomado partido. Ya no le estafarían. Iría a medias con Guillaume.
Ahora bien, de la misma manera que hay personas a quien se cree y otras de quien se duda, hay los que ganan y los que pierden. El doctor perdía.
Para Guillaume, el convoy, el hospital, Verne, la señora Valiche, el dentista, la mujer del radiólogo, era una caja vacía. Quedaba el contenido:
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la princesa y Henriette.
Deberíamos escribir: Henriette y la princesa, porque, desde hacía algún tiempo Guillaume se aburría, primeros síntomas del amor que, prudentemente, antes de aparecer en todo su esplendor, empieza por afear, deshinchar, decolorarlo todo. Guillaume adelgazaba; arrastraba, descuartizado por el crecimiento de su cuerpo, su papel, su verdad, el malestar de un desarrollo normal bajo capas de mentira.
La costumbre de no analizarse y el ensueño activo de Guillaume no le ayudaban a ver claro. A fuerza de fomentar el crepúsculo, se llenaba de tinieblas. En lugar de decirse que amaba a Henriette, lo que lo hubiera hecho salirse de su papel, se hipnotizaba acerca de ese papel y atribuía su malestar a la inacción, a la falta de aventuras.
El general d’Ancourt murió. Guillaume se aferró a este pretexto para desaparecer del hospital. Verne por poco reventó de rabia. ¿Pero qué podía hacer él?
Guillaume, sin decir nada a las dos mujeres, fue a ver a Pesquel-Duport al periódico. Inventó que la muerte del general d’Ancourt lo dejaba en libertad, que le declaraban inútil a causa de su pierna y de su estado nervioso, que fue gracias a su tío por lo que pudo seguir al general y que ahora no querían enrolarlo, creyendo que así agradaban a Fontenoy, ya colmado de lutos. Languidecía en la retaguardia y suplicaba al director que le enviase a una de esas cantinas que el diario mantenía en el frente. Así pues no había que explicar su gestión en la avenida Montaigne. Pretendería haber recibido una orden.
Pesquel-Duport por poco le dio un abrazo. Nada le iba mejor que alejar a Guillaume. Escondió esa satisfacción, lo regañó, felicitándolo por su valentía, y le dijo que, contra promesa de un silencio absoluto en casa de la señora de Bormes, lo enrolaría en la cantina de Coxyde, en el frente belga.
El frente belga significaba los belgas, los zuavos, los cazadores, los ingleses, los fusileros marinos. Un amplio campo de acción. Guillaume estaba encantado.
La exuberancia fue corta. Se sentía, de nuevo, muy triste sin saber por qué. No se atrevía a levantar hacia Henriette y su madre sus ojos llenos de lágrimas. La señora de Bormes creía que estaba muy afectado por la muerte de su jefe. El amor hacía de Henriette un Stradivarius, un barómetro sensible a las más mínimas temperaturas morales. Sólo ella
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descifraba como en un libro abierto lo que su madre tomaba por pesadumbre y Guillaume por un tedio mezclado de remordimientos.
Este remordimiento no se refería a una indelicadeza —pues no lo era a sus propios ojos—, sino al hecho de haber rogado al director a escondidas que lo separase de las dos mujeres. Al menos este cómodo motivo le servía para explicarse su estado.
Cabizbajo, se dio cuenta de su afecto por la señora de. Bormes y por su hija. El golpe se amortiguó a causa del puesto privilegiado (un puesto de lisiado, explicaba Guillaume) y la coincidencia que lo implicaba en un asunto cuyos hilos manejaba Pesquel-Duport.
Pero la princesa sabía por afinidad que un puesto totalmente tranquilo dejaría de serlo cuando apareciera Guillaume.
—Si al menos —gemía— no hiciera usted locuras. Voy a avisar al director para que dé órdenes y le vigilen a usted.
La semana de la partida, tan corta, no se acababa nunca. Guillaume, que creía aburrirse y evadirse en su quimera, preparaba entre aquellas mujeres y él la atadura de la ausencia que se refuerza a medida que se alarga e invierten las perspectivas, de modo que vemos agrandarse desmesuradamente a los que se alejan.
Por la noche Henriette ya no dormía. Se decía: me ama. Cree que yo no le amo; o bien: tiene miedo de mamá. Se va y sufre. Deletreaba sin consuelo el alfabeto del amor. Casi no bastaba la inquietud de la princesa, sus escaleras y sus botes de barniz para ocultarle los ojos colorados de su hija.
Después de la marcha de Guillaume, marcha tragicómica a causa de los llantos y los regalos, Henriette se puso enferma.
—Henriette se me parece —dijo Clémence a Pesquel-Duport—; hasta ahora, había heredado de su padre un equilibrio insoportable. Pero desde hace algún tiempo, la encuentro excesiva, como yo. Esta metamorfosis nos aproxima. La marcha de Guillaume la pone enferma. Estoy contenta.
El amor de la joven era obvio. Pesquel-Duport, desde que lo notó, juntó ese lastre al que soltaba por el alejamiento de Guillaume.
Por desgracia, Clémence, la vidente ciega, no veía que, como en un lied de Heinrich Heine, su hija estaba enamorada de un fantasma.
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La cantina del diario «Le Jour» acampaba en la carretera entre Nieuport-ville y Coxyde-ville. Abastecía y reanimaba a las tropas de relevo. Se componía de un carromato humeante de alquimista donde se relevaban los nueve voluntarios y derramaba al borde de la carretera litros de café o de ponche. Esos voluntarios, asimilados al grado de subteniente, vigilados por un verdadero subteniente, se alojaban en Coxyde-ville, en una casucha siniestra. Todas esas casuchas parecían antros criminales, sobre todo las de Coxyde-bains, medio en ruinas, antiguos lugares de veraneo de los bañistas belgas a lo largo del mar del Norte.
Nieuport-ville, Nieport-bains, Coxyde-bains, Coxyde-ville eran los vértices, a vista de pájaro, de un marco retorcido de carreras.
Entre Coxyde-bains y Nieuport-bains, había dunas. Campos, granjas y un bosque apodado: Bosque-Triangular, entre Coxyde y Nieuport-ville. Todo el conjunto, vacío y habitado a escondidas.
La artillería inglesa y la francesa, mezclada, aprovechaba las dunas y los árboles. Los zuavos y los cazadores ocupaban las trincheras de la desembocadura del Yser, donde uno de sus centinelas cuidaba el punto en que el primer saco terrero de la ciudad hueca partía serpenteando de un extremo al otro de Francia. A continuación, por la parte de Saint-Georges, la infantería de marina velaba sobre un terreno conquistado a muy alto precio en la batalla del Yser.
Zuavos y fusileros se reunían para descansar en los antiguos hoteles y antiguas propiedades de Coxyde-bains.
Los dos Nieuport, en ruinas, no ofrecían más refugio que el de sus sótanos a los jefes y a los puestos de socorro de los diferentes cuerpos. Esos pueblos y esos campos sin alma viviente, escondían un increíble laberinto de pasadizos, carreteras, galerías subterráneas. Los hombres circulaban por allí como topos, y se podía, entrando por un agujero en Coxyde, salir por otro agujero, en primera línea, sin ver el cielo. Ese sector 131 era un sector tranquilo. Un acuerdo tácito nos impedía tirar sobre Ostende para que los enemigos no tirasen sobre la Panne, lugar de destierro del rey y de la reina. Los soberanos habitaban allí con los reales infantes, encantados, éstos, con lo imprevisto y con un encantador corral.
La defensa natural, del río y de las inundaciones protegían a Nieuport de una sorpresa importante. El coronel Jocaste no dejaba de creer en un
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desembarco nocturno en balsas, por la playa. Era un temor quimérico. Le encantaba. A causa de eso, acababan de construir sobre la costa, entre Nieuport y el Yser, un ramal de trinchera que oía a chalet suizo y que llevaba el nombre del coronel. Ese hombre consideraba, con motivo, su trinchera como una de las maravillas del mundo. Era, en efecto, inútil como las pirámides, colgado como los jardines de Babilonia, hueco como el coloso de Rodas, fúnebre como la tumba de Mausolo, costoso como la estatua de Júpiter, frío como el templo de Diana y vistoso como el faro de Alejandría. A lo largo de él se escalonaban vigías que disparaban contra las gaviotas.
Los subterráneos de Nieuport parecían los del teatro del Châtelet. Habían unido los sótanos unos con otros y habían apodado a esa cloaca: Nord-Sud. Cada uno de los orificios exhibía el nombre de una estación de la línea Nord-Sud y no era su menor encanto el de llevaros al cartel: Concorde, en medio de la ruinas de un casino.
Una ramificación llevaba al sótano que era el Puesto de Mando del coronel. Este sótano era el de la villa «Pas sans peine» cuyo comedor, por milagro, era lo único que quedaba en pie. El coronel, en los días tranquilos, comía allí como una gran rata en un trozo de gruyere.
La obra maestra del sector eran las dunas.
Se conmovía uno ante ese paisaje femenino, liso, combado, contorneado, acostado, lleno de hombres. Porque esas dunas no estaban desiertas más que en apariencia. En realidad no eran más que trucos, decorados, engañifas, trampas y artificios. La falsa duna del coronel Quin* ton representaba una verdadera mentira de mujer. Este coronel, tan valiente, la había construido bajo una lluvia de obuses, que recibía fumando en una mecedora. Disimulaba, en la parte alta un observatorio de donde el observador podía bajar en un abrir y cerrar de ojos, por un tobogán.
Total, esas dunas llenas de astucias inagotablemente renovadas, por parte de la cruz de la moneda, presentaban, por la parte de la cara, ante los telescopios alemanes, un inmenso, truco de prestidigitación, un fullero silencioso.
—«¿Dónde está la pieza grande? ¿Dónde está? ¿A la derecha? ¿A la izquierda? ¿En el centro? Sígame usted bien. ¿Dónde está? ¿Derecha? ¿Izquierda? ¡Pum! En él centro». —Y la pieza, bajo un toldo pintado color de duna con jorobas de camello sobre el que brotaba una hierbecilla
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pálida, retrocedía y enviaba un obús de un peso como el de una caja de caudales.
No se veía nada. Se oían los ciento cincuenta y cinco, los setenta y cinco, como quien descorcha champán bruscamente y cuyo obús desgarra un retazo de seda; la pieza inglesa de la que nunca se sabía desde dónde tiraba; los antiaéreos que coronan los aeroplanos de pequeñas nubes en forma de bola parecidos a los serafines que dan escolta a la Virgen Santa; el mar del Norte, color de ostra, sacudiendo una agua tan fría, tan gris, tan parecida a la fórmula H2O NaCl, que el deseo de bañarse no era mayor que el de quemarse o el de enterrarse vivo.
Por la noche el cielo y la tierra se balanceaban a la luz de los cohetes, como una habitación y su techo iluminados por una candela, cuando la llama se agita, Si había niebla, absorbía como un secante los fulgores del cañoneo que ya no forma* ban más que una sola luminosidad cegadora, enloquecedora. En el mar, a lo lejos, se besaban, se separaban y gesticulaban los proyectores. A veces se reunían como bailarinas y, en el extremo, se veían los vientres blancos de los zepelines, de camino a Londres.
¿Se dormía en Coxyde? Uno permanecía despierto por las piezas de marina. Ese tiro sacudía el mundo y lanzaba contra los cristales una gran flor, de luz malva.
El domingo, entre el ruido de las ametralladoras que vocalizaban en el cielo, sobre una sola nota, una risa de calavera, y de los motores que cantaban, profundizando de pronto su murmullo del azul pálido al terciopelo negro, los oficiales de la Royal-Navy jugaban al tenis.
A esta vasta mentira de arena y de hojas, sólo le faltaba Guillaume de Fontenoy.
Llegó. Era por la noche. Un side-car lo trajo desde Dunkerque. El recibimiento de la cantina fue glacial. La razón era que para colocar a Guillaume, Pesquel-Duport había vuelto a poner en estado de disponibilidad al animador del grupo. Guillaume usurpaba un puesto todavía caliente; un puesto caliente tan frío que le heló el corazón. Esperaba encontrar camaradas; Encontró enemigos mortales.
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Estos absurdos muchachos, indiferentes al encanto sobrenatural de Guillaume, le creyeron cómplice de un crimen que él no sospechaba y lo pusieron en cuarentena. Sólo hubiera podido influir sobre ellos, por temor al grado y por estar al acecho de recompensas, el nombre del general. Pero un sector es como un pueblo provinciano donde el farmacéutico infunde más respeto que Charcot. Fontenoy no mandaba en el sector.
Los murmuradores vieron en seguida que Guillaume tenía entusiasmo. Fue el colmo. Cada voluntario era tan poco voluntario como podía. Nada noble, alegre, simple, los unía. Consideraron el celo de Guillaume como un insulto. «Se mofa de nosotros», pensaban. Y, por venganza, le enviaban a llevar los partes a los zuavos, en la zona peligrosa. Guillaume no pedía otra cosa. A través de ese parque de fuego y trueno, se paseaba, encantado.
Así fue como trabó conocimiento con el coronel Jocaste. Este coronel, al leer el nombre de Fontenoy, quedó patas arriba. Llevó a Guillaume a su agujero, y, como eran las cinco, le rogó que tomase allí el té. El telefonista interpretaba el papel de señorita de la casa. Preparaba en un rincón de mesa, tazas, una tetera y una caja de galletas.
Bajo el pretexto de que estaba prohibido saquear los chalets, y que hasta el menor utensilio procedía de esa fuente, se pretendía siempre haberlo encontrado todo en la iglesia.
—Estas tazas provienen de la iglesia —dijo el coronel guiñando el ojo. El coronel acosó a Guillaume con preguntas acerca de su tío. Ese general era su dios. Mientras hablaba, enrollaba las bandas alrededor de sus gruesas pantorrillas como si fueran vendajes. Confió sus temores a Guillaume acerca de las balsas y le dibujó su plan de defensa. También temía los gases, casi imposibles en ese lugar de vientos mudables. Estaba
orgulloso de su comedor con encajes.
—Mire —dijo a Guillaume—, por poco que pueda, nunca renuncio a la etiqueta. Soy un apasionado de ella. Por ejemplo, entre nosotros, tengo una amante, una mujer de mundo. Pues bien, para las cenas íntimas conmigo, o con su marido y yo es el vigor el traje de noche y en los hombres, el smoking.
Su cuarta manía era un setenta y cinco colocado en primera línea, a veintisiete metros del puesto de escucha enemigo, y montado tornillo a tornillo, como los barcos en las botellas.
—Verá usted qué cara pondrán —decía— en caso de ataque. ¡Un setenta y cinco en primera línea!
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Reía y se daba palmadas en los muslos.
De repente la puerta se abrió y el general comandante del sector apareció.
Con dos capitanes, enjaezados con cueros y cintas, pasaba una inspección, algo así como una «fiesta sorpresa» muy desagradable para los que la reciben.
El coronel se puso en pie de un salto y al hacer una inclinación, volcó la caja de galletas secas. Por un reflejo cortés, el general se precipitó a recoger los dulces y dio un trastazo con su casco a la cabeza del coronel que se precipitaba en sentido inverso.
—¿Le he hecho daño? —preguntó.
Le había hecho mucho daño. El coronel respondió que no era nada. Guillaume, desde un ángulo del sótano, devoraba con la vista aquella escena sorprendente.
Ahora, el pobre coronel, un poco repuesto del shock físico y moral, describía sus maravillas.
Estaba en lo de su setenta y cinco emplazado en una barraca, y el general, olvidando sin duda el camuflaje de las dunas, preguntaba si aquella barraca era una barraca de hojas, cuando apareció un artillero. El coronel lo despidió con un gesto, pero el general protestó, pues no quería bajo ningún pretexto, afirmaba, estorbar el trabajo habitual del sector.
—Hable usted —dijo el coronel.
Se trataba del setenta y cinco. El hombre venía a decir, tras un interminable preámbulo, que las medidas del cuerpo de ingenieros eran erróneas, que la choza era demasiado estrecha, que se veía la cureña y que había posibilidades de que el enemigo armara una jarana de represalias.
—¡Represalias! ¡Represalias! —explotó el coronel, furioso de quedar en ridículo ante el general—. Ya veremos. Voy a dárselas yo, las represalias. Ordene —aulló por un tubo acústico— cien tiros de setenta y cinco sobre el chalet de Vromberg.
—¿Vromberg…? —interrogó el general—. Claro —dijo, volviéndose hacia uno de sus capitanes—, es el chalet de la señora Vromberg. Una señora encantadora. Pobre señora Vromberg.
—La conoce usted, mi general —exclamó el coronel que iba perdiendo la cabeza. Y, agarrando el tubo acústico—: Retire la orden de tiro —dijo —, re-ti-re-la-or-den.
El general vio el estado en el que su visita ponía al buen hombre.
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—Demonio —dijo—, se pone usted galante hasta con unas ruinas. Les dejo, Me parece que todo esto marcha tan bien como es posible. Quédese usted. No se preocupe. No se moleste. Conozco el camino.
El coronel volvió a encontrarse sólo con Guillaume. Chorreaba. Se frotaba un chichón producido por el casco. Preguntó si se había mostrado a la altura de las circunstancias.
—No deja de haber el lío del setenta y cinco —repetía—. Pero mi trinchera lo borra todo.
Tomaron el té.
Burócratas y más burócratas, pensaba Guillaume. Buscaba una brecha. Su objetivo era ese lugar temible que oía crepitar por la noche como fuegos artificiales, ese tiroteo ligero, desigual, como los tics de alguien que, al dormir, sueña que camina.
Al cabo de dos días el coronel le dio un guía para la visita de las líneas.
Salieron a la once, a la luz de la luna.
En lugar de tomar el sistema de trincheras tan mimado por el coronel, le desobedecieron y llegaron a la orilla por la antigua calle mayor de Nieuport. Iban de obstáculo en obstáculo, entre el dominó de algunos lienzos de pared y la luna. La luna agrandaba aquellas pequeñas ruinas recientes; a la derecha de la arena, dos o tres árboles cloroformizados dormían de pie.
Un puente de vigas, de viguetas, de maderos, de leños y de barricas que se entrechocaban, atravesaba al Yser en su desembocadura. El agua gris se revolvía, penetraba trágicamente en el mar del Norte como un rebaño de ovejas entra en el matadero.
Por la noche, esa agua se volvía fosforescente. Si se arrojaba un casquillo, se hundía iluminado completamente, como el «Titanic». La caída de un proyectil encendía en el fondo un bulevar con tiendas espléndidas.
En la otra orilla empezaban las trincheras. Guillaume tocó el primero de esos sacos de arena que protegen la ciudad hueca y en los que las balas se hunden con el ruido del abejorro en la flor.
El dédalo de trincheras era interminable. Guillaume iba tras su guía silencioso, que fumaba en pipa, empaquetado en mitones, pieles de cordero, pasamontañas. Se oían las olas, a veces detrás, a veces delante, a
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la derecha o a la izquierda. Dabas vueltas sin darte cuenta y no se sabía nunca dónde situar el mar. Alguna vez, el agua te subía a media pierna.
Esta Venecia, esta Argel, esta Nápoles de pesadilla, parecía tan vacía como las dunas, porque, en mil bodegas, los zuavos dormían, apretados como botellas. Se les rompía en los días de orgía.
En dos puntos de ese frente, el meandro de las líneas alemanas y francesas casi se unía. El primero, llamado MameIon-Vert, cerca de Saint-Georges, el segundo cerca de la playa. Por ambas partes habían excavado puestos de escucha.
Guillaume se deslizó en la zapa. Sólo se podía pasar boca abajo. Esa zapa desembocaba en un foso que contenía dos hombres. Durante el día jugaban á cartas. Dos enemigos ocupaban un foso análogo a doce metros. Cada vez que uno de los zuavos estornudaba, una voz alemana gritaba: «Jesús».
A lo largo del muro de primera línea, sobre una especie de terraplén, de cornisa, de pedestal, permanecían, de puesto en puesto, los centinelas. El muro se componía de cualquier cosa, como el resto de la ciudad. Además de los sacos, se le notaba hecho con armarios de espejo, cómodas, sillones, tapas de piano, aburrimiento, tristeza, silencio.
Este silencio, agravado por el tiroteo y el reflujo, era semejante al de las bolas de cristal en las que nieva. Se andaba por allí como se vuela en sueños.
Al resbalar, la bota de goma de Guillaume removió el agua. Uno de los centinelas se giró. Era un «goumier»[2]. Tenía un dedo sobre los labios. En seguida se transformó de nuevo en estatua.
Porque este árabe con albornoz de periódicos y cordeles se mantenía más inmóvil que Antar muerto sobre su caballo. Guillaume contemplaba por entre los sacos, enharinada de luna, aquella silueta de un molinero celoso, terrible, vigilando con su fusil por un tragaluz de su molino.
Estos vigías concentraban toda su vida en el rostro. Si recargaban, sus manos iban y venían como criados. Por eso Francia tenía, en el borde de su manto, un asombroso armiño de caras atentas.
Pero lo que atraía a Guillaume era la zona que fulmina, la zona mixta donde crecen las zarzas de alambradas. Fuera de los ataques nadie ponía allí los pies, excepto al patrullar, por la noche. Por pertenecer a una de esas patrullas, Guillaume hubiera hecho cualquier cosa.
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En lugar de eso, retrocedía. No era más que un turista. Se iba del teatro y se hallaba de nuevo en la calle, sin compartir la misteriosa vida de los actores.
Se aburría. Cada semana le pesaba sobre los hombros. Su único placer eran las cartas y los regalos que le enviaban Henriette y su madre.
Sus mediocres jornadas le volvían hacia el recuerdo de las dos mujeres. Poco a poco, como los présbitas que sólo leen a distancia, Guillaume leyó sus sentimientos para con Henriette. Estaba lejos, irreal, ficticia. Podía pues entrar en su ficción.
Interpretó este acto a las mil maravillas. Suspiraba, se enojaba, ya no comía, grababa corazones en anillos de aluminio, escribía cartas que en seguida rompía, porque como con esa pata de los gatos que juegan juntos y notan exactamente hasta dónde llega la zarpa, Guillaume, torturado por el amor, no hacía nada que pudiese poner sobre aviso a Henriette, dar la más mínima raíz a su sueño.
No intentaba saber si ese amor era recíproco. Podía decir, con Goethe:
«Te amo; ¿y a ti qué te importa?»
En esto la cantina recibió la orden de trasladarse a la Somme. Dejaría algún material en Bélgica con un voluntario-guardián.
El voluntario designado no podía ser otro que Guillaume. Los bobos creyeron que le hacían una buena jugada desembarazándose de él. Ahora bien, le desembarazaban de ellos.
Al cabo de dos días de la partida, Guillaume se encontró con el joven capitán Roy, de los fusileros marinos.
—¿Cómo —dijo—, le dejan solo? Venga a nuestro comedor.
El heroísmo reunía un mundo mezclado bajo un mismo laurel. Muchos asesinos bisoños encontraban allí la ocasión, la excusa de su vicio y su recompensa, codo a codo con los mártires. No es pues extraño que la guerra enrolara, por ejemplo, los «Joyeux»[3]. Guardaban el sector entre los fusileros y los zuavos. A la sociedad le parecía bien, entonces, que exhibiesen instintos a causa de los cuales les había excluido.
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Pero ni los zuavos ni los fusileros se aprovechan de una caza abierta.
Nada feroz manchaba a los fusileros marinos.
Sus jefes eran héroes encantadores. Esos jóvenes, los más valientes del mundo, y de los que no queda ni uno, jugaban a combatir, sin el más mínimo odio. Por desgracia, semejantes juegos acaban mal.
Se relevaban en las líneas y habitaban una casa de Coxyde-bains. Lo que Guillaume tenía de bueno les encantó. Y, en realidad, en ese momento, ¿qué reproche se le hubiera podido hacer? No engañaba a nadie. No era un nombre de general lo que influenciaba a esas almas nobles. Por otra parte, ese apellido que perdía en aquel lugar su sentido práctico, ¿no se tornaba un simple apodo? Todos tenían alguno. Guillaume Thomas era «Fontenoy», como Roy: «Fantomas». Pajot: «Cuello de Jirafa», Combescure: «Muerte repentina», Breuil de la Payotte, hijo del almirante: «El Almirante», Le Gannec: «Gordon Pym».
El deber que tenían parecía ser el de la señora de Bormes: aburrirse lo menos posible. El resto del sector, como la gente que rodeaba a Clémence, no entendía nada. Tomaban su desenvoltura por altivez. Les trataban de aristócratas. No se equivocaban en mucho. Ese batallón era una aristocracia, es decir, una democracia profunda, una familia.
El recibimiento que le hicieron a Guillaume no era posible más que allí. Envidias, miedo a registros, grados, desigualdad de clases, lo hubiesen impedido en otra parte.
El batallón cultivaba el descuido de la verdadera elegancia. Después de comer, Le Goff, marinero que servía en la mesa, cosió áncoras en la guerrera azul oscuro de las cantinas, y el asunto quedó listo. Adoptaban a Guillaume. Ya no se separarían.
Los marinos, como la princesa, fueron un hogar para Guillaume. Estaban locos por él, le festejaban, le consultaban. Se lo llevaron a cenar con su jefe. Aquel anciano delicioso encontró la adopción tan chistosa como si sus hijos, como llamaba a sus subalternos, le hubiesen traído un osito. El caso es que como los osos, monos, marmotas, Guillaume se convirtió en mascota. Se sentía en la meta. Su amor para con Henriette decayó. Su corazón se había puesto en marcha a causa de ella, pero su amor era amor a secas. Trasladaba el empuje hacia sus nuevos amigos. Les escanciaba su riqueza. Estaba enamorado del batallón.
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Todo contribuía a su suerte, porque, como verdadero fusilero marino, Guillaume hubiera encontrado su tarea dura. Convertido en marino sin serlo, podía gozar plenamente de su felicidad.
Leía mal las voluminosas misivas de la avenida Montaigne. Olvidaba alguna de ellas cerrada en su bolsillo. Distribuía las golosinas en el comedor y enviaba agradecimientos en postales que limitan la efusión.
¿Tenía tiempo para escribir? Seguía sea a Roy, sea a Breuil, sea a Le Gannec a su puesto. Iba a la línea con ellos y a veces, lo legaban a su sucesor.
Había escrito una sola carta larga: a Pesquel-Duport. Le rogaba que le dejase en Coxyde, ya que el vago material proporcionaba una excusa a su interminable estancia.
Su alegría era tan completa que rompió su permiso. Dijo en el comedor que no podía decidirse a partir. Este rasgo coronó sus conquistas. Los jefes jóvenes le organizaron un banquete y enviaron a comprar champán a la Panne donde el hotel Terlinck y la pastelería funcionaban todavía a pesar de las bombas.
Se emborracharon e hicieron discursos. El nombre de Fontenoy se oía a menudo, pero de una forma bastante irrespetuosa. El general interpretaba más bien el papel de zopenco que de ídolo. El verdadero ídolo era Guillaume Thomas.
La señorita de Bormes y la princesa vivían a la espera de aquel permiso. Preparaban mil mimos y Henriette volvía a mostrar colores frescos. La decepción las hundió. Guillaume pretextó no poder alejarse del material. Me lo robarían, escribió.
No se dejaron engañar, pero en realidad, se engañaron más todavía. —Piensa que le impediríamos volver al deber —exclamó Clémence. Henriette, en su cama, llorando, besaba una fotografía que le había
enviado Guillaume, se reproducía su silencio y en lo hondo de su corazón, se torturaba entre la idea de que Guillaume no la amaba y la rehuía, o que la amaba y quería extinguir una llama a cuya coronación no creía poder aspirar.
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No veía más que este blanco y aquel negro. No captaba nada entre ellos.
El optimismo propio de su edad se inclinaba hacia el blanco.
«Me ama —pensaba—, y su delicadeza lo aleja. Teme pasar por un seductor y que mamá lo eche. Sólo yo soy la culpable. Mi indolencia lo demuestra».
Henriette hacía promesas de hablar, de suplicar. Pero no llegaba a realizarlas. Su secreto era tan precioso para ella que difería el compartirlo fuese con quien fuese.
Las dos mujeres, fuera de sí, acosaban a Pesquel-Duport. Todo era por su culpa. No sabían cuánta razón tenían.
Por más que se disculpara y explicara la consigna de los servicios, la avenida Montaigne se volvía insoportable.
Tuvo entonces una de esas inspiraciones que, cuando se dirigen a las masas, son el éxito de los periodistas.
—El diario —dijo a las dos mujeres— organiza sesiones de teatro para los ejércitos. Designo el Norte para la próxima sesión, las enrolo en la compañía y voy con ustedes.
La princesa le dio un beso. Henriette lloraba.
El director mantuvo su promesa. Cuatro días más tarde, Clémence, Henriette y él mismo, fueron a reunirse con la gira en el tren.
A las mujeres les parecía como si fuera un tren de recreo que las llevara a un almuerzo campestre. Guillaume no sabía nada. Le guardaban la sorpresa.
La compañía, reclutada con cualquier cosa, se componía de algunos comparsas, de una cantante con vestido y sombrero de duquesa de Montpensier, un actor ilustre, una principiante de luto, accésit del Conservatorio del año anterior, y de un galán cuyo hijo coronel acaba de ganar su séptimo laurel. Esperaba poder reunirse con él en el frente.
Pesquel-Duport presentaba los compañeros de viaje unos a otros, cuando la princesa, estupefacta, vio, cuando volvía de comprar naranjas, a la señora Valiche. Ostentaba el atuendo descrito en la granja.
—¡Qué sorpresa! —exclamó la horrible mujer—. ¡Usted! ¡Usted aquí! ¿Cómo se encuentra, «querida»? —dijo para mostrar a los comediantes su intimidad con la señora de Bormes.
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La princesa, cediéndole el beneficio de este «querida», porque lo veía todo color de rosa y no quería perturbar el placer de nadie, presentó a Pesquel-Duport, y dijo que le debía este favor.
Añadió:
—Guillaume Fontenoy está en Coxyde; esperamos verle allí.
«¡Vaya!», pensó la señora Valiche con un guiño.
La princesa no quería que la señora Valiche, valiéndose de sus recuerdos comunes, se enganchara a ella y a Guillaume. Primero había querido calar su objetivo verdadero. Inmediatamente comprendió que aquella mujer se vengaría, al darse cuenta de un tapujo. Este motivo le hizo pronunciar con vergüenza una frase muy simple.
Pesquel-Duport era listo, pero no lo suficiente. Notó el tono de Clémence y el guiño. Ambos le desagradaron.
Ahora la señora Valiche explicaba:
—Me aplaudirá usted, querida. Quería visitar el Norte. Mi maestro Romuald (señalaba al actor) me lleva con él. Pero, ¡cuidado! yo pago mi plaza. Represento «La novia del Timbalero», no faltaba más. Y figuro en «La hija del Tambor Mayor».
La princesa presentó a Henriette, quien ya se veía en la representación. Con la facilidad de la juventud, se reía en las narices de la señora Valiche y de los actores, conservaba la risa desplegada en su rostro y los miraba de hito en hito como a animales curiosos.
Pesquel-Duport había tenido la precaución de guardar un compartimento para las dos mujeres y él, a cierta distancia del compartimento de la compañía.
Cada vez que la señora Valiche pasaba por el corredor, daba una ojeada a los lugares vacíos y, tras los cristales daba a entender con gestos un «¡Diablo!, ustedes no se aburren», que era un reproche. Porque ellos estaban apretujados en su compartimento.
La princesa estaba en ascuas. Pesquel-Duport se mantenía firme. —No la invite usted —decía—. Esa mujer tiene el aspecto de un papel
atrapamoscas.
Cuando Pesquel-Duport fue a decir algunos cumplidos a su rebaño, oyó al maestro Romuald que explicaba la guerra del 70. La narraba desde el comienzo. El hombre había tenido, el mes anterior, una idea revolucionaria para quien no conoce el mundo de los bastidores.
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Al haber sabido, antes que nadie, la muerte heroica de uno de sus alumnos, había ido a ver a los padres, una buena gente que idolatraba al hijo, y, para suavizar, creía, la noticia, se la había dado a conocer recitando un soneto compuesto por él.
Los desgraciados estaban comiendo. Romuald recitaba desde la puerta. No entendieron nada y creyeron que estaba loco. Hubo que explicarles la cosa después, como se vuelve a cortar el cuello a un condenado en quien se ha errado el hachazo.
La joven actriz de luto era la novia del alumno. Conocía el soneto de memoria.
En Dunkerque les esperaban los automóviles. El actor llevaba un sombrero Bolívar, polainas, un bolso y prismáticos. Buscaba aviones enemigos.
Al día siguiente por la mañana, en la Panne, donde se alojaba la compañía, la señora de Bormes y su hija, que ya no se aguantaban, por poco se indispusieron; porque, al saber que llegaban actrices, Guillaume, Roy y Pajot habían venido a su encuentro.
Al ver quiénes eran las actrices, Guillaume creyó que estaba soñando. Era justamente, para él, la prueba de que no soñaba. Las mujeres y él formaban un grupo de grabado imperio: «El Regreso del Soldado».
El corazón aireado y exaltado de Guillaume no les escatimó ninguna fiesta. No pudo hacer el esfuerzo de ir hacia ellas, pero estaba exultante de que hubiesen venido a verle y conocieran a sus camaradas. No era de esas almas estrechas, preocupadas por los compartimientos estancos.
Un milagro, si dura, deja de considerarse como tal. Por eso las apariciones desaparecen tan de prisa.
Al cabo de un cuarto de hora, nadie se asombraba. Guillaume dio un beso a la señora Valiche y los fusileros se llevaron al director y a las dos damas.
Se reunirían con la compañía en Coxyde, por la noche, para el espectáculo.
Llovía, Ese día fue para los tres seres, el más hermoso del mundo.
Pesquel-Duport, rejuvenecido, caía bien a los marinos.
La señora de Bormes y Henriette se beneficiaron de los preparativos que se reservaba a las actrices, y pudieron ver que se las atendía
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maravillosamente. Su alegría desbordante se componía de dunas, aeroplanos, cañones, cascos, y al entrar en el chalet, del hecho de atravesar la cocina, donde diablos medio desnudos, tatuados con anclas, iluminados por un fuego infernal, gesticulaban alrededor de las ollas.
La señora de Bormes tuvo un éxito extraordinario. Toda esa gente, que corría el riesgo de que la matasen mañana, se entregaba sin reservas y no calculaba. Esa atmósfera generosa, que era la suya, como la de Guillaume, la ponía en relieve.
Además, una mujer hermosa y una chica lozana sorprendían en ese decorado, como rosas en un banco de hielo.
Roy las paseaba por todas partes. Las aclamaban. Les besaban las manos, tocaban sus vestidos. Cada cual veía en ellas una semejanza amada.
La señora de Bormes, que olía el ridículo a la legua, sintió que podía, sin hacer el ridículo, que «debía» distribuir, arrancándolas, las franjas de cuero de su abrigo. Es muy poco frecuente que una mujer se encuentre en la situación de hacer un gesto semejante. La reina de Bélgica no hubiera tenido más éxito.
Guillaume estaba orgulloso de ella y miraba a Henriette. Henriette, en condiciones tan ricas, tan llenas, ya no dudaba de la felicidad. Por eso, sin temor de parecer frívola a los ojos de Guillaume, soltaba las riendas de su diversión.
Esta suave pendiente los llevó hasta el espectáculo.
Tuvo lugar en un hangar de la escuadrilla inglesa, más arreglado que nuestros elegantes escenarios.
Los automóviles de los jefes ronroneaban con los faros apagados. Se sacaban las entradas de los bolsillos. Los soldados entraban uno a uno, porque, como la sala era bastante pequeña, se habían distribuido los sitios con cuentagotas.
Los desafortunados que no pudieron entrar, pusieron al mal tiempo buena cara. Escucharon, sentados sobre la arena a un camarada que recitaba monólogos. Otros agujerearon las tablas con sus bayonetas, para ver cómo se desvestían las actrices.
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La orquesta tocó los himnos aliados de cabo a rabo. La llama prendía de uno en uno. Luego, los generales franceses, ingleses y belgas se sentaron, y empezó el espectáculo.
La compañía interpretaba «Temor a los golpes», un acto de «La Chispa» y un acto de «La hija del Tambor Mayor».
Como la primera comedia habla de un capitán y también sale alguno en las siguientes, los soldados creyeron que era una obra en tres actos. Entendieron mal el argumento.
Como remate de las comedias y de la opereta, en que figuraba la señora Valiche, disfrazada de tambor, salió a las tablas y recibió, con aquel atuendo impúdico, «La Novia del Timbalero». Tuvo mucha aceptación.
Con la ayuda de muecas y segundas intenciones, acababa por dar a esa poesía un tono picante y moderno. La cantante no gustó tanto. Queriendo que la sala se uniese a una marcha que los militares no cantan, gritaba: «Todos a coro, muchachos», en el vacío.
Romuald salvó la situación declamando la Marsellesa, con una bandera tricolor echada sobre el hombro.
Después del espectáculo, la compañía estaba invitada por el general Madelon. La señora de Bormes y su hija no podían evitarlo, sobre todo porque Pesquel-Duport debía representar allí su papel oficial.
Guillaume y sus compañeros se pusieron de acuerdo en que, al salir, el trío se reuniría con ellos, que los llevarían a Saint-Georges, a escondidas; el general prohibía que se enseñaran las líneas a los civiles.
Ese general, que había entendido mal el título de Pesquel-Duport, y no lo creía director de diario, sino de teatro, lo felicitó por su compañía.
—Ha reunido usted ahí una compañía excelente.
—Mi general —rectificó suavemente Pesquel-Duport—, sólo soy un invitado.
—¡Yo también, qué demonio!, yo también. Y no me quejo, caray. ¿No es cierto, señoras? —exclamó el general.
Su frase no tenía ningún sentido. Llamaba a ese tipo de frases: el ingenio de las ocurrencias.
La princesa y Henriette sólo deseaban marcharse. Pesquel-Duport arrugaba el entrecejo. Finalmente, en el límite permitido, se despidieron.
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—¡Bravo! ¡Muy bien, señoras! —dijo el general, que reconocía en ellas a las intérpretes de Pailleron.
El resto de la noche fue sublime.
Aunque sus zapatos se enganchaban en los listones del enrejado, las dos mujeres caminaron cuatro horas.
Guillaume, en un sótano de Nieuport, las había cubierto con cascos y capotes.
A la vuelta, se tambaleaban de cansancio.
En un momento dado, la princesa se detuvo.
—No sé lo que me pasa —dijo—, estoy angustiada.
—¿No tendrá usted miedo? Inclínese, no tema —dijo Roy—. Nuestros enemigos duermen.
—Es una tontería. Soy una mujercilla. Sigamos.
La señora Valiche supo o se olió la visita a las líneas. Furiosa de que no la hubieran llevado con ellos, se vengó.
A la vuelta, aprovechando que se encontró a solas con Henriette en el pasillo del vagón, creyendo que había una relación entre su madre y Guillaume, y habiendo adivinado los sentimientos de la joven, simuló mirar si nadie les escuchaba. Cuchicheó:
—Óigame… Guillaume está loco por usted… Cuidado. No deje sin esperanzas a ese jovenzuelo. Sería capaz de hacerse matar.
Y, sin esperar respuesta, dejando a Henriette desconcertada, helada, volvió al vagón de los actores.
En el comedor no se hablaba más que de las dos mujeres. Añadían a Guillaume más prestigio que un tío general.
—Oye —le dijo Roy—, esa cría te adora.
Guillaume, con la voz que había adoptado en otra ocasión para responder a la princesa en casa de Verne: mi tía es una santa, etc., respondió al marino:
—Es recíproco. Nos queremos como hermano y hermana.
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Ahora bien, esa visita había traído riqueza a Guillaume y se la dejaba. Un nuevo accesorio adoraba su extraño juego. Henriette podía irse al fin del mundo sin que él creyese perder nada con ello.
Una desgracia cayó sobre el grupo de Coxyde.
Pajot debía marcharse de permiso el día de su relevo en las líneas. Y por eso temblaba toda la noche de que no sucediera algún accidente. Roy le hacía rabiar y al suplicarle Pajot que se estuviera quieto, le embadurnó la cara de luz con su linterna de bolsillo. Pajot cayó muerto en redondo, con una bala en la cabeza. La bala era una bala perdida, pero Roy se consideraba un asesino. Ya no salía de una tristeza negra.
Guillaume no lo dejaba solo, lo vigilaba y se esforzaba en distraerlo.
En París, la señorita de Bormes vivía con la frase de la señora Valiche. Ya no se preocupaba de que una mujer así se entrometiera en sus tormentos. Se reprochaba de cometer un crimen.
Aunque no hubiese amado a Guillaume, su deber casi le ordenaba fingir, y el caso es que ella amaba.
Tomó una decisión muy razonable: explicarlo todo a Pesquel-Duport. Se las compuso para que fueran juntos a buscar a su madre que
merendaba en el golf de Saint-Cloud.
En el coche, pálida, medio muerta, desnudó su corazón.
Pesquel-Duport sabía que estaba enamorada, pero no hasta ese punto.
Ahora bien, unas averiguaciones acababan de probarle, la víspera, que Guillaume, aunque de una excelente familia, usurpaba el título de Fontenoy. Se encontraba en una dificultad extrema. Frente a los tesoros que se le presentaban, aquel hombre excelente decidió aplazar. Dijo a Henriette que hablaría con su madre y que le suplicaba que se calmase y tuviese confianza.
—Actúe usted rápido —exclamó aquella virgen con una voz de antigua amante—, no tenemos ni un minuto que perder. ¡Salvémosle!
Se sonaba, ponía en orden sus mechones, arreglaba su toca; y Pesquel-Duport pensaba en su propio amor, en su edad, en Clémence, casi tan lozana como Henriette.
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—Me dice que ya no amará —^pensaba él—. Es quizá que no ha amado nunca todavía. La creo más joven, mucho más joven que su hija.
El automóvil avanzaba. Henriette callaba y giraba hacia el paisaje una cara despavorida.
Pesquel-Duport proseguía, para sus adentros: Desde luego está su entusiasmo por Guillaume. Con todo, cuando esas cosas son serias, se ocultan. Pero es tan novata, que es capaz de amar sin saberlo, y de darse cuenta más lentamente que su hija.
Se preguntaba qué conducta seguir.
He aquí la maniobra que combinó.
Esa maniobra era de un gusto detestable, ruda y peligrosa. Pero él amaba y el amor se sobrecarga poco de delicadeza, de dulzura, de seguridad.
Advertiría a Clémence de que su hija amaba a Guillaume y la animaría a dársela. Así, por una parte, vería el efecto de esa noticia y si afectaba a una madre o a una rival; por otra parte, no la comprometería mucho, porque en último caso, el descubrimiento del nombre falso y de la edad de Guillaume rompería las relaciones. El director contaba con esta sorpresa bien colocada para curar a Henriette.
Aquella misma noche, un amigo que cenaba con ellos iba a un concierto y los dejó solos. En cuanto Henriette se fue a su habitación, Pesquel-Duport ejecutó su plan.
—¡Dios mío! —exclamó la princesa—. ¡Qué tonta! Le quiere, y se esconde. Pero, director, yo caigo de las nubes. ¿Y Guillaume la ama? ¡Qué suerte! Cuando pienso cómo pude casarme con Bormes. Tan estúpida, tan boba, tan distraída. Mire… merezco todo lo que me reprochan.
Pesquel-Duport no salía de su asombro. Aquella mujer siempre le desconcertaría.
Su efervescencia le hizo frenar. Objetó que haría falta esperar, hacer averiguaciones, que la fortuna…
—¡La fortuna! —interrumpió la princesa—. Déjelo. ¿Primero, quién le dice a usted que Guillaume es pobre? Los Fontenoy son ricos. Le doy a Henriette lo necesario. Desde luego (se echó a reír), estamos perdiendo la cabeza, mi pobre director. Somos tan ingenuos el uno como el otro. Henos aquí, hablando seriamente de una cosa que no existe. Henriette no sabe
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nada de nada. Guillaume tiene diecinueve años. Es el primer chico con quien se encuentra. Se cree que está enamorada de él. No lo está. Yo también estoy enamorada de Guillaume. Pero eso no es amor.
La princesa adoptaba un aire grave para decir estas extravagancias.
Con el gesto, impedía a Pesquel-Duport que abriera la boca.
Escuchándola, sentía volver sus inquietudes.
—No quiero —continuó Clémence— casar a Henriette a la ligera, ni dar a Guillaume una mujer que se canse de él al cabo de quince días. ¿Me ve usted cargando con un yerno?
Esta palabra, yerno, aplicada a Guillaume, le provocó nuevas carcajadas.
—Es una loca —se dijo seriamente Pesquel-Duport—, pero una loca por la que estoy loco.
Después de reírse, la princesa preguntó detalles. El director se embarullaba, atenuaba la escena del automóvil.
—Mire —dijo Clémence—, usted sólo sirve para hacer artículos. Cállese. Voy a emplear un medio muy sencillo. Voy a interrogar a Henriette.
Se levantó y desapareció.
Pesquel-Duport se escondió la cara entre las manos. Aquel hombre enérgico tenía lágrimas en los ojos.
¿De qué le servía el vigor? No se podía atrapar a Clémence. Resbalaba, se evaporaba. La notaba irreal, sin peso. Se repetía:
«Amo a una loca; amo a un hada. ¿Ama ella a Guillaume? No. No ama a nadie. No se ama. No ama a su hija. No es ni coqueta ni madre. Tiene otro destino que no capto.
Por otra parte, es más sencillo. La creo hada; no es más que ligera, ligera a más no poder. ¿Ama a Guillaume sin saberlo? En ese caso yo tendría una posibilidad. Me ama quizá, sin saberlo. Quizá nos ama a los dos».
Pesquel-Duport caía, tropezaba, daba vueltas en círculo.
Cuando se despertó de una somnolencia provocada por el fuego, miró la hora que era.
La princesa había ido a la habitación de Henriette a las once. Era la una de la madrugada. Creía que esperaba desde hacía cinco minutos. Porque el dolor, la duda e incluso el fuego de un hogar, fraccionan el tiempo a su antojo.
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Pesquel-Duport tenía bastante intimidad en la avenida Montaigne como para infringir la etiqueta. Fue a escuchar a la puerta de la joven, oyó sollozos, llamó, entró.
La señora de Bormes estaba sentada en la cama. Madre e hija estaban abrazadas y lloraban.
—¡Entre! ¡Entre rápido! —exclamó la princesa—. Venga a decir a esta enamoradilla que tendrá a su Guillaume, que será su mujer, que se lo prometo.
La princesa, al alejarse la visita al frente del Norte, empezaba a aburrirse.
Su hija la salvó.
Al día siguiente de las confesiones, llevaba encima cinco años menos que la víspera.
Henriette la besaba, la acariciaba, admiraba esa obra maestra: una madre que en lugar de sermonear, romper el impulso de la juventud, le imprimía un ímpetu todavía más vivo.
De resultas de una conferencia interminable, en que cada una daba su opinión, se decidió que Henriette escribiría a Guillaume. La princesa encontraba normal que las mujeres diesen el primer paso.
Añadiría a la carta un post-scriptum, que le quitaría toda apariencia clandestina.
—Puedes estar tranquila —dijo a Henriette—, no leeré nada. Henriette se encerró en su habitación, miró el retrato de Guillaume y
escribió:
«Querido Guillaume:
»No sé de qué manera empezar esta carta. Quería escribírsela muy corta porque no soy hábil y porque lo que tengo que decirle es muy simple. Mi querido Guillaume, no cometa ninguna imprudencia: yo le amo a usted también.
»No digo que le quiera como mamá le quiere, ni como yo quiero a mamá. Yo le quiero con amor. Estoy enferma por eso y soy muy feliz. Pero tengo miedo.
»He comprendido que evitaba usted venir a casa por delicadeza, en su sincera alegría al vernos llegar a la Panne. Porque si quisiera
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rehuirnos por otros motivos, nuestra sorpresa le habría sido más bien desagradable.
»Querido Guillaume, mamá y yo estábamos contentas de oír a los soldados elogiarle, pero no tengo necesidad de ellos para conocerle.
»Temo que se exponga más de lo que se le pide y que arriesgue su vida diez veces, mientras los otros la arriesgan una.
»Si le escribo esta carta tan difícil y que me cuesta tanto, porque preferiría hablarle, cogerle de la mano, es porque querría que tuviese cuidado por mí, por nosotros, por nuestro futuro. Mamá es tan buena que no se lo puede usted imaginar. Ella es quien me permite escribirle y me dice que le escriba rápido para ganar tiempo.
»Mi querido Guillaume, contésteme si me ama como le amo y si está contento de que mamá consienta en nuestra dicha.
»Le dejo, porque tengo ganas de llorar y repetiría siempre lo mismo. Mi querido Guillaume.
»Lo beso».
Sin leer la carta, la princesa añadió en la parte inferior de la hoja:
«¡Buena la ha hecho usted!»
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A las seis de la tarde, cuando ya Pajot estuvo enterrado, su cantina en orden y las declaraciones en regla, Roy y Guillaume fueron a la línea a relevar a Combescure a quien reemplazaba Roy durante veinticuatro horas.
Fueron a pie, porque al coche que podía llevarles al puente de Nieuport-ville le había destrozado el motor un metrallazo de obús cerca del Bois-Triangulaire.
El trayecto era menos penoso para Roy que cuando iba con sus hombres, porque se sentía de paseo, y no llevaba, suspendida a su alrededor como un mástil de cucaña, una carga de objetos pesados. Pero su carga era de otro tipo. Su corazón le pesaba más que esa indumentaria.
Sin embargo, los muertos contaban poco en el sector.
Aunque la muerte civil esté distribuida en cada uno de nosotros, no por eso conserva menos prestigio.
Ocurre incluso que la muerte otorga un certificado de buena vida y costumbres. ¡Vaya!, pensamos, a pesar suyo, ese hombre acaba de morir. De todas maneras, está muerto. No era pues un hombre cualquiera. Era quizá mejor de lo que aparentaba.
Pero, en las líneas, como si la frecuencia de la muerte, las heridas y los riesgos ininterrumpidos hicieran que cada hombre muriese varias veces, la muerte, en calderilla, perdía su valor.
Su cambio era el más bajo posible.
Por eso el dialecto del sector parecía feroz a quien venía del país-de-la-muerte-poco-frecuente.
En efecto, no se decía: «Pobre fulano», sino: «No tenía más que ponerse el abrigo».
Se hablaba de los obuses como de los autobuses, como de los peligros de París que un miope o un provinciano no evita.
La muerte de Pajot fue una excepción a la regla. Amputaba al cuerpo de la casa de los marinos uno de sus miembros, y Roy era indirectamente causa de la amputación.
—Le he matado —decía—, como si mi linterna fuese un arma.
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Esa circunstancia hubiera sido suficiente para darle a la muerte de Pajot una gravedad civil.
Guillaume y Roy atravesaban pues el campo en silencio. El viento atizaba unas brasas de sonido quejumbroso en las lamparillas que los postes telegráficos sostenían en lo alto como lirios del valle.
Roy, cuya madre era bretona, era supersticiosa. Oía quejarse al alma de Pajot.
Apretaba, pellizcaba el brazo de Guillaume y se mordía los labios como un niño que intenta no llorar.
Volver a Saint-Georges era volver al lugar del crimen. Se alegraba del accidente que le había ocurrido al automóvil y que retardaba la confrontación.
Ya podía Guillaume alegar la coincidencia, las balas perdidas, la dificultad de apuntar a una cabeza visible durante un segundo, Roy se obstinaba en sus remordimientos.
—Su familia… —murmuraba—, su pobre familia. Iba a ver a su familia. Me suplicaba que no hiciese el tonto. Es tan horrendo.
De repente estalló en la sombra una música extraordinaria. Era la nuba de las tropas indígenas negras. Atravesaban Coxyde-ville.
La nuba se compone de una chirimía indígena que los soldados imitan tapándose la nariz, adoptando voz de falsete y golpeando su nuez. Esta chirimía gangosa toca sola una melodía aguda y fúnebre. Se diría que es la voz de Jezabel. Los tambores y las cornetas le responden.
La tropa se acercaba como el cortejo del Arca de la Alianza en el camino de Jerusalén. Roy y Guillaume se pusieron a un lado y la vieron pasar.
Los negros venían de Dunkerque, pasmados de frío y de cansancio. Iban cubiertos de chales, de mantillas, de mitones, de sacos, de escudillas, de cartuchos, de armas, de restos de botines, de amuletos, de collares de abalorios y de brazaletes de dientes.
La parte baja de sus cuerpos caminaba, la alta danzaba según la música. Ella los sostenía, los levantaba. Sus cabezas, sus brazos, sus hombros, sus vientres se movían dulcemente acunados por ese opio salvaje. Sus pies, que ya no caminaban a compás, se arrastraban en el barro. Durante los silencios se oía a esos pies mascar el barro y el choque
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de las culatas con la caja de la mascarilla; después el solo surgía del fondo del desierto, del fondo de los tiempos, saludado por los metales y tambores.
La nuba, que divertía a Guillaume, hería el corazón de su camarada. La queja fúnebre acompañaba su duelo. Volvía a ver sus viajes con Pajot, su barco, sus escalas, sus juergas por los puertos de Oriente. Siguieron su camino sin intercambiar ni una palabra.
El Bois-Triangulaire retumbaba como una cacería real. En Nieuport, el cementerio de los fusileros marinos estaba cerca de la iglesia en ruinas. Más lejos de Nieuport, del ramal de trinchera que llevaba a Saint-Georges, se veía a la derecha, emergiendo de la inundación, el esqueleto de una granja llamada: «Vache-Crevée».
El autor de este apodo, adoptado en los mapas del estado mayor, era una joven inglesa, miss Elisabeth Hart.
Miss Hart, a quien todo el mundo llamaba miss Elisabeth, era la hija del general de las tropas inglesas del sector.
Bajo pretexto de Cruz Roja, conducía una ambulancia de bolsillo y vivía con los fusileros marinos.
En una francesa, este tipo de existencia sería chocante. Pero Elisabet Hart era un verdadero muchacho, un demonio. Se vestía casi como un marinero. Llevaba el cabello corto, con bucles, alrededor de una cara de ángel.
Presentaba más de una relación con las amazonas modernas de película americana, sólo que no se la veía nunca temblar. Iba, venía, de la Panne a las líneas, y dejaba su ambulancia en cualquier parte, como en las calles de Londres. Sus bravatas no caían bien al coronel de los zuavos. La encontraba descarada. Por eso, ella descuidaba el sector-mar por el sector-inundaciones.
Los marinos hacían de ella una santa.
Por lo demás, era, sin ninguna duda, una heroína. Ya que la condición misma del heroísmo es la libertad de opinión, la desobediencia, el absurdo, lo excepcional.
Además leía en las manos.
Cuando Guillaume y Roy llegaron a Saint-Georges, estaba sentada en la tienda de Roy y bebía oporto con Combescure. Volvía de un largo
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permiso. No conocía a Guillaume. Hablaba con un acento agradable. Atenta a pronunciar nuestras «r» y al no poderlas pronunciar en la
garganta, las hacía rodar en la punta de su lengua. Riñó a Roy por sus escrúpulos.
Combescure quería que ella leyera en la mano de Guillaume.
El cometido de quiromántica sincera era espinoso, en el frente. No quería. Guillaume insistió.
Al ver la palma de aquella mano, la cara de la joven inglesa tuvo una expresión tan sorprendida que Combescure y Roy le preguntaron el motivo.
—¡Caray!… —respondió Elisabeth—. Nunca he encontrado uña mano semejante. No tiene una línea de vida; tiene varias.
—¿Y mi muerte, o… mis muertes? —preguntó Guillaume.
—Sabe usted —dijo ella—, no soy muy entendida. Veo el conjunto. Su conjunto es bueno.
Combescure y miss Hart se fueron. Ella lo llevaba en coche hasta Coxyde.
—¡Qué mujer! —dijo Guillaume a Roy—. Es una maravilla.
—Otra víctima de Elisabeth. Sus muertos son ya innumerables — bromeó el joven capitán—. Es una chica valiente y una buena chica, lo que vale mil veces más.
Deseaba callarse. Guillaume lo entendió. Una vez dadas las órdenes de Roy, propuso una partida de cartas.
La tienda del capitán Roy era la única habitable de Saint-Georges. El agua hacía el trabajar la tierra casi imposible. Daba una excusa a la loca despreocupación de los marinos. Su sistema de refugios era a las trincheras de los zuavos lo que una colmena de árbol es a una colmena de apicultor.
No había garantía contra el agua ni contra el fuego.
Esta despreocupación de hombres acunados siempre por el oleaje y la hamaca, incluso por espíritu de cuerpo no habían navegado nunca, se fortificaba por el hecho de que una hora de bombardeo arruina el trabajo de cinco semanas.
A menudo, después de un intento de ataque alemán, los zuavos sufrían menos por sus heridas que por su amor propio de arquitectos.
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Sólo la ternura de los marinos para con sus jefes les había decidido a construir una cabina con asombrosas manos de costureras, que saben hacer una maravilla de elegancia de una boina con borla y anudar una cuerda como iniciales de amor.
Este segmento era pues muy peligroso y se perdían allí muchos efectivos.
Roy deseaba el silencio y jugaba en silencio.
Fuera, sólo se oían, de tarde en tarde, esos tiros que parecía que se tirasen para mantener la guerra.
Sonó un tiroteo muy próximo.
Se prolongaba. Roy dejó sus cartas y fue a informarse.
—Son —dijo a Guilaume volviendo a coger las cartas— nuestros colegas que se divierten. Plouardec y Lulu que están de guardia en el puesto de escucha, juegan a la malilla y se les ha ocurrido anunciar sus puntos a tiros, Es económico. Los he hecho callar.
Los marinos no tienen con sus jefes las relaciones de los otros soldados, a los que apodan: los guerreros. Por ejemplo, saludan a sus jefes como los jefes de infantería responden a un soldado raso, y añaden a ese gesto un pequeño rictus amistoso.
Doce minutos después de las amonestaciones de Roy, los tiros volvieron a empezar que daba gusto.
Roy, sonreía, furioso.
—Esta vez pasan los límites. Voy a castigar. Ven, Guillaume.
Iban a llegar a la plataforma que precede a los agujeros de escucha, cuando una voz bastante lejana, pero muy clara, muy fuerte, se elevó:
—¡Bribones! —gritaba, en excelente francés—. Os divertís en impedir a la gente que duerma. ¡Ya veréis cuando avise a vuestros jefes!
«Cuando avise a vuestros jefes» significaba: ordenar un tiro.
—Tiran por orden mía —aulló Roy.
Todo, voz alemana y tiroteo, volvió al silencio.
Las sanciones, por una y otra parte se quedaron en eso.
Este diálogo es poco verosímil para quien no conoce el espíritu de vecindad de una larga guerra, el espíritu de familia de los marinos.
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La partida de cartas, reemprendida, se estaba eternizando, cuando el teléfono chirrió. Roy descolgó el receptor. Se oía mal. Los hilos, puestos al modo de seis-cuatro-dos, cruzaban y tocaban a otros. El rumor del sector habitaba el aparato como el del océano una caracola.
—Es imposible comprender —dijo—. Vuelvo a colgar. Sólo entiendo una cosa por fragmentos, es que se trata del puesto F (el puesto F se encontraba a cinco kilómetros) y que no pueden enviarme a nadie. Yo tampoco tengo a nadie. Las trincheras están revueltas por las bombas de anteayer. La mayor parte está descubierta. No tengo ganas de exponer a un muchacho para un mensaje. Mis idiotas no tienen ningún sentido del peligro. No quieren alargar el camino y comprender que no se silba, que no se imita a un perro, que no se fanfarronea, a treinta metros de los alemanes.
—Es muy sencillo —dijo entonces Guillaume—. Yo no silbo y no imito a un perro. Si es necesario, me arrastro. No tengo más que hacer el gran rodeo. Yo voy.
Roy rehusó. Guillaume insistió. Como Roy deseaba secretamente quedarse sólo con su pena, el gran rodeo no era peligroso, y, como, secretamente, Guillaume estaba encantado con esa correría nocturna, acabaron por ponerse de acuerdo.
Guillaume iría y volvería, acto seguido, a llevar su mensaje a Roy.
La noche fría estaba constelada de bengalas blancas y de astros. Guillaume se encontraba en ella, por primera vez, solo. Un último telón se levanta. Guillaume y la magia se unen y se confunden. Guillaume conoce por fin el amor.
En lugar de tomar el rodeo, sigue el parapeto de primera línea hasta el pólder, en el que tuvo que arrastrarse. Breuil y él destacaban en ese ejercicio de piel-roja.
Al cabo de algunos metros, se encontró con un cadáver.
Un alma había abandonado ese cuerpo con prisas, de cualquier manera.
Lo inspeccionó con ojo curioso y duro.
Continuó. Cruzaba otros cadáveres abandonados por la matanza como el cuello, los botines, la corbata, la camisa de un borracho que se desnuda.
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El barro hacía el ir a cuatro patas difícil. A veces aterciopela la marcha, a veces intenta retener con un gran beso de nodriza.
Guillaume se paraba, esperaba, y volvía a caminar. Vivía allí con todas sus fuerzas.
No pensaba ni en Henriette, ni en la señora Bormes, cuando, de repente, la imagen de la señora de Bormes se le apareció.
Acababa de reconocer, desfigurado por las sombras, el lugar de la trinchera donde, algunos días antes, se había quejado de angustia.
«Con todo —se dijo—, hemos tenido suerte. Siempre se cree que el sector es demasiado tranquilo. La princesa olfateaba más lejos que nosotros. Se diría que había presentido la muerte en esta trinchera».
Un montón de caballos de frisa y de alambre de púas obstruía el paso. Para pasar por la izquierda, había que meterse en el agua hasta los
muslos. Guillaume tomó a la derecha.
Salía a tierra firme y se alegraba de la completa ausencia de bengalas, cuando se paró en seco.
Delante, a cierta distancia, se distinguía el grupo de una patrulla alemana.
La patrulla veía a Guillaume y no se movía. Creía no ser vista.
El corazón de Guillaume saltaba a compás. Latía con los golpes sordos del minero en el fondo de una mina.
La inmovilidad se le hizo intolerable. Le pareció oír un quién vive. —¡Fontenoy! —gritó a voz en cuello, transformando su impostura en
grito de guerra. Y añadió, para hacer una broma, escapando a todo correr —: Guillermo II.
Guillaume volaba, saltaba, corría como una liebre.
Al no oír tiroteo, se paró, se giró, sin aliento.
Entonces, sintió un terrible bastonazo en el pecho. Cayó. Se estaba quedando sordo, ciego.
«Una bala —se dijo—. Estoy perdido si no me hago el muerto».
Pero, en él, la afición y la realidad formaban una sola cosa.
Guillaume Thomas estaba muerto.
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La primera persona a quien se avisó en París fue Pesquel-Duport. Lo avisaron como organizador que era de las cantinas.
Aquel hombre sensible no podía creerlo, a pesar de las pruebas. Preveía el rayo de esa noticia en la avenida Montaigne. Sufría por el
sufrimiento de la señora de Bormes.
Lo que no se confesaba, o se confesaba a medias, es que aquella muerte, por ser una solución terrible, no dejaba de ser una solución. Ponía un punto final a aquella aventura y le permitía guardar el secreto sobre la mentira Fontenoy.
«Pobre Guillaume —se dijo—. El falso tío no repudiaría un sobrino así. Muerto en el norte, merece el epitafio del muchacho Septentrión: Bailó dos días y agradó». Era preciso avisar a su tía y a las mujeres. El director, que deseaba aplazar la segunda gestión, pero no quería que las desgraciadas se enterasen del desastre indirectamente, decidió ir a ver primero a la tía de Guillaume, y, después a la avenida Montaigne.
No contaba con la señora Valiche.
Mientras cumplía en Montmartre su triste función y la señorita Thomas, después de un silencio, pronunciaba estas palabras que asombraron al incrédulo: «Gracias, señor. Lo veré pronto. Le explicaré su visita», la señora Valiche daba la vuelta a la esquina de la avenida Montaigne y de la rotonda de los Campos Elíseos.
No había digerido ni el paseo por las líneas, ni el vagón, ni el triunfo de la princesa, ni el convoy disgregado por un capricho de Guillaume.
Su venganza se ponía en acción.
Ese vampiro sabía todas las muertes, desde Bélgica hasta Alsacia, antes que el resto de la gente. Sabía la de Guillaume por un hermano de Gentil, que era mayor en Zuydcoote y había llegado de permiso por la mañana.
Se la había explicado de la siguiente manera: «Un fanfarrón que ha tenido su merecido». Por eso la llevaba, aún caliente, a Henriette y a la señora de Bormes.
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Las dos mujeres, que no se atrevían a alejarse demasiado del piso por miedo de llegar tarde por un minuto a la respuesta de Guillaume a la carta de Henriette, salían a hacer recados.
Se encontraron con la señora Valiche en el vestíbulo. Su aspecto serio las asustó. Volvieron con ella al salón.
La señora Valiche sabía lanzar el cuchillo.
—Ya lo decía yo —dijo simplemente.
Henriette fue la primera en entrever la desgracia.
Se lanzó hacia la señora Valiche.
En un segundo la miserable remató a sus víctimas. Cuando Pesquel-Duport entró en el salón, sólo llegó para el encarnizamiento.
La señora de Bormes y su hija chillaban y se arrancaban los vestidos.
De pie, frente a ellas, la señora Valiche inventaba detalles.
Pesquel-Duport la agarró por su falda.
—¡Usted!… ¡Usted!… —se ahogaba—. Usted me va a hacer el favor de largarse y cuanto antes.
La sacudía, la arrastraba hacia la puerta del vestíbulo. La hubiese aplastado.
La echó fuera.
¿Y qué le importaba a la señora Valiche?
Compuso su sombrero, bajó los escalones de cuatro en cuatro, voló hacia su casa.
Gentil, sentado a la mesa, empezaba los entremeses.
—Apláudame —exclamó desde el umbral—. He visto lo que quería ver. La madre y la hija. Jugada doble.
Esperaba deslumbrar por fin a ese hombre a quien adoraba, que se aprovechaba de ella y sabía la influencia, en las histéricas, de una fingida impasibilidad.
—Costumbres de la alta sociedad —dijo él, sin más, poniendo mantequilla en una rebanada de pan.
La señora Valiche, ebria de amor y de odio satisfecho, contempló a ese hombre que comía, vivía, por encima del asombro.
—Doctor —tartamudeó—, usted es un dios.
—No hay dioses, señora. Tengo una visión clara, eso es todo.
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La señorita de Bormes no pudo soportar las consecuencias del shock. La señora de Bormes la llevó a un sanatorio de Auteuil. Murió dos
meses después de una enfermedad nerviosa que no era mortal. Es decir que, a pesar de las precauciones, se envenenó.
De la noche a la mañana, su madre se transformó en una mujer de edad. No se relacionaba más que con Pesquel-Duport.
—Casémonos —decía él—. No puede usted vivir sola.
—Espere —respondía la princesa—. Ahora es usted quien es demasiado joven. No tenemos mucha suerte con eso de nuestras edades. Pero seguro que acabarán por reunirse un día.
En Nieuport, cerca de la iglesia, el cementerio de los marinos es un bergantín a la deriva.
Un mástil roto señala el centro.
¿El bergantín transporta quizá opio? Un profundo sueño colma a la tripulación.
Cada tumba exhibe un hermoso decorado de conchas, de guijarros, de morillos de chimenea viejos, de marcos viejos, de balaustres viejos. Una de ellas lleva el nombre de Jacques Roy.
Jacques Roy se extinguió en cuatro horas, en el puesto de socorro de Nieuport, de una herida recibida en Saint-Georges, feliz de vengar a Pajot y a Guillaume, a los que imaginaba muertos por su culpa.
Su cruz lleva la inscripción reglamentaria.
Pero, en la cruz vecina, se puede leer: «G. T. de Fontenoy. Muerto por nosotros».
Cap Nègre
1922
JEAN COCTEAU. Nació en Maisons-Laffitte, Francia, en 1889. Su carrera literaria empezó en 1911 con la publicación de dos libros de poemas. En una primera etapa alternó la literatura con su vocación musical. Colaboró con Stravinski, Milhaud y Satie y fue promotor de los prime¬ros conciertos de jazz en París. Frecuentó también la compañía de Picasso, a cuya obra dedicó un ensayo en 1924. Simpatizó sucesiva¬mente con los movimientos cubista, futurista y dadaísta. Tras la II Guerra Mundial dirigió el rodaje de varias películas. En 1955 fue elegido miembro de la Academia Francesa. Murió en Milly, en las proximidades de París, en 1963.
Notas
[1] Apodo despreciativo que los franceses daban a los alemanes. (N. del T.)
<<
[2] Soldado árabe incorporado al ejército francés. (N. del T.) <<
[3] Alegres. Apodo de las compañías disciplinarias. (N. del T.) <<
FIN

