© Libro N° 14748. Razones Y Efectos De La Independencia Mexicana. De Zavala, Lorenzo. Emancipación. Enero 24 de 2026
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RAZONES
Y EFECTOS DE LA INDEPENDENCIA MEXICANA
Lorenzo
De Zavala
Razones Y Efectos De La Independencia Mexicana
Lorenzo De Zavala
Lorenzo De Zavala
Razones Y Efectos De La Independencia Mexicana
Segunda edición cibernética, noviembre del 2002
Captura y diseño, Chantal López y Omar Cortés
Índice
La conquista.
La organización jurídica impuesta por los conquistadores.
Situación de la población autóctona.
La labor del clero.
La vida cotidiana de los autóctonos en el mundo de los vencedores.
Los problemas que puso a descubierto la Independencia.
Los males que como herencia dejó el colonialismo.
Los logros y los retos del México independiente.
Presentación
Por Chantal López y Omar Cortés
Nos hemos visto en la necesidad de subdividir temáticamente este texto
con el objeto de volverlo más accesible al lector.
En nuestra opinión resulta sorprendente la claridad en la visión
política de Lorenzo de Zavala, quien expone en este escrito los problemas
que marcarían definitivamente la existencia de México en cuanto República
independiente.
En efecto, al señalar como problemas cuya solución llevaría muchísimo
tiempo, los asuntos de la inequidad en el reparto agrario, del marginamiento de
las poblaciones autóctonas y de la existencia de un sistema
político-militarista basado en fueros y privilegios, Lorenzo de
Zavala acierta de manera asombrosa.
Durante los siglos XIX y XX, la población mexicana ha debido encarar de
manera sistemática estos asuntos. Las dos grandes revoluciones que se han
producido en México, nos referimos a la de Reforma y al
proceso de la Revolución Mexicana, mucho han logrado que se avance
en la solución de esos añejos problemas, sin embargo aún no se han resuelto del
todo.
Esos problemas continúan presentes. Tanto la inequidad en la
distribución de la riqueza, al igual que la segregación de que son objeto las
poblaciones indígenas, como la presencia de grupos sociales portadores de
añejos privilegios, es algo innegable.
Por desgracia, la actitud que Lorenzo de Zavala tomaría en
torno a la guerra entre México y Texas, que terminaría con la separación del
territorio texano de la República mexicana y su posterior anexión a los Estados
Unidos de Norteamérica, sería determinante para que su persona recibiera un
tumulto de insultos y descalificaciones que, evidentemente, demeritarían su
obra ante los lectores de la época y, sobre todo para las generaciones del
futuro, perdiéndose de tan lamentable manera la claridad de sus advertencias.
Esperamos que este escrito sirva para reflexionar sobre el presente y el
futuro de México, encarando sus problemas ancestrales, y no ignorándolos.
La conquista
Lorenzo de Zavala.
Los que escaparon a los efectos de las primeras matanzas, fueron
distribuidos entre los conquistadores. No había en su principio mas
que señores y siervos. Las autoridades no gobernaban por leyes,
que no había, sino en nombre del Rey.
Posteriormente, se fueron dando esas ordenanzas que
llamaron Leyes de Indias; que tenían por objeto modificar la
tiranía de los descendientes de los conquistadores, y de los jefes que partían
de España a gobernar aquellos países; pero como estas leyes o decretos reales
sólo los tenían quienes debían ejecutarlos, en realidad no se hacía más que la
voluntad de los Capitanes Generales, Virreyes o Gobernadores.
Las distribuciones de los terrenos fueron en parte convertidas en encomiendas que
tuvieron por último resultado el pagar un tributo anual a los tenedores de
ellas, que eran como borough-mongers de la Inglaterra.
Los Reyes redujeron después a estos privilegiados a recibir de
la Real Tesorería la cantidad equivalente al producto anual de los
tributos que cobraban de los indios que les tocaron en sus primeros
repartimientos, quitando de este modo muchas vejaciones que se causaban en el
modo de percibirlos; abuso que después fue adoptado por los Subdelegados y
Corregidores encargados de cobrar las contribuciones de los indios, los cuales
estaban obligados a entregarlas en especie, es decir, en tejidos ordinarios de
algodón, que trabajaban sus mujeres o en otras manufacturas semejantes.
La organización
jurídica impuesta por los conquistadores
El estado de embrutecimiento en que se les mantuvo, los hacía en efecto
inhábiles para representar ningún género de derechos, ni perfeccionar contratos
de importancia en que se supusiese la necesidad de algunas ideas combinadas.
Los que han intentado defender la política del gobierno español con
respecto a sus colonias, han alegado la existencia de ese Código de
Indias que aparece formado como un baluarte de protección a favor de
los indígenas. Pero los que examinan las cuestiones bajo un punto de vista
filosófico, sólo han considerado esta instituta como un
sistema de esclavitud establecido sobre las bases que parecían indestructibles
y de cuyos efectos se resentirán todavía por algunos siglos aquellos gobiernos.
Estas leyes, en efecto, no son otra cosa que un método prescrito de
dominación sobre los indios. Suponen en los monarcas que las dieron, derechos
sobre los bienes y vidas de los conquistados, y por consiguiente todo acto que
no era positivamente una opresión, se consideraba en ellas como una gracia, un
beneficio del legislador.
Leyes había que determinaban el peso con que se les podía cargar; las
distancias hasta donde podían ir; lo que se les había de pagar, etc.
Situación de la
población autóctona
La lengua (sin exceptuar la mexicana, de la que han hecho pomposos
elogios algunos romanticistas), es pobre, y carece de voces para expresar ideas
abstractas. Las arengas supuestas por los historiadores o poetas en la boca de
los Xicotencatls, Mexiscatzines y Colocolos, no son más verdaderas que las que
Homero, Virgilio y Livio atribuyeron a los Agamenones, Turnos o Scévolas.
Aquellos jefes indios eran tanto o tal vez más bárbaros que estos héroes
griegos o romanos, y su idioma no podía prestarse a las bellezas oratorias que
suponen una larga serie de siglos de civilización y gobiernos regulares.
Es cierto que la América española antes de la conquista estaba más
poblada que hoy, y que los indios bajo sus gobiernos nacionales comenzaban a
desenvolver algunas ideas.
Tenían nociones confusas sobre la inmortalidad del alma, habían hecho un
corto número de observaciones, aunque sumamente imperfectas, sobre el curso de
los astros, y no desconocían del todo el arte de elaborar los metales. Pero
estaban estos conocimientos en su cuna, y ya se sabe cuantos siglos son
necesarios para que los pueblos alcancen el grado de perfección que les haga
merecer el título de civilizados.
La conquista destruyó enteramente este movimiento que comenzaba a dar
vuelo al espíritu de invención entre aquellos indígenas. Un culto nuevo, así
como un gobierno desconocido, los Cuautemotzines y Moctezumas. Las imágenes de
los santos y dioses de los católicos romanos fueron colocadas en los lugares
que anteriormente estaban ocupados por los horribles ídolos de los aztecas, y
no podrán negar los defensores de los conquistadores, aunque sea penoso el
confesarlo, que los indios tuvieron también sus mártires, sacrificados por el
celo religioso de los sacerdotes romanos, por la adhesión constante de muchos
de aquellos a su antiguo culto. Más la fuerza y el terror triunfaron, con el
tiempo, del fanatismo por una religión que tenía contra sí el horroroso dogma
de pedir víctimas humanas.
Por otra parte, los indios encontraban imágenes mucho más perfectas que
sus monstruosos ídolos, y no fue muy difícil el cambio, trasladando a
nuestros santos las ceremonias y homenajes que tributaban a
sus dioses. Se ocurrió al auxilio de los milagros, y una multitud de
apariciones celestiales vinieron a favor del nuevo culto, con lo que los indios
sorprendidos, no podían dejar de creer que sus dioses, como sus monarcas,
habían sido vencidos en justa guerra.
Se formaron catecismos, y pequeños formularios en las lenguas del país,
no para que leyesen los indios, pues no sabían, sino para repetirlos en los
púlpitos y hacérselos aprender de memoria. No hay una sola versión de los
libros sagrados en ningún idioma del país; no hay un libro elemental que
contenga los fundamentos de la fe. Pero, ¿cómo habían de existir estas obras
para los indios cuando sus mismos conquistadores no podían leerlas? Lo que
quiero con esto manifestar, es que la religión no se enseñaba a aquellos
hombres ni se les persuadía su origen divino con pruebas, o raciocinios; todo
el fundamento de su fe era la palabra de sus misioneros, y las razones de su
creencia las bayonetas de sus conquistadores.
La Inquisición no podía conocer en las causas de los indios.
Era tal el estado de degradación de éstos, y tan fuerte la idea que se tenía de
su incapacidad, que nunca pudieron persuadirse que un indio pudiese ser el
inventor de alguna herejía, ni aún el sectario obstinado de una doctrina
cualquiera. Se vendió como una protección, como un privilegio a favor de los
indígenas esta excepción debida al juicio que se tenía formado de su
imbecilidad.
Además del tributo que pagaban los indios al Real Erario o a
sus encomenderos, se crearon otras contribuciones eclesiásticas con
el nombre de obvenciones.
Estaban exceptuados del diezmo y de los derechos parroquiales, porque
sus explotadores habían calculado muy bien que un hombre que nada posee, ni
tiene más necesidad que las naturales, pocos diezmos podía pagar. El cálculo
era muy exacto; porque en efecto los indios no poseían propiedades
territoriales, ni ningún género de industria, hablando en lo general.
La vida cotidiana
de los autóctonos en el mundo de los vencedores
Con la misma proporción referida anteriormente, no hay propietarios, y
se contentan con recoger treinta y cinco o cuarenta fanegas de maíz al año, con
lo que viven satisfechos. Cuando por algún trabajo o jornal han ganado una
pequeña porción de dinero, la destinan a hacer alguna fiesta al santo de su
devoción, y consumen su miserable peculio en cohetes, en misas, comilonas y
bebidas embriagantes. El resto del año lo pasan en la ociosidad, durmiendo
muchas horas del día en las tierras calientes, o en divertimentos de su gusto
en los deliciosos climas de las cordilleras. Dos entre ciento aprendían a leer;
pero hoy se ha mejorado mucho su situación bajo este aspecto.
En varias Provincias los curas tenían tal dominio y ejercían
tal autoridad sobre los indios, que mandaban azotarlos públicamente, cuando no
pagaban las obvenciones a su tiempo, o cometían algún acto de
desobediencia. Yo he visto azotar frecuentemente a muchos indios casados y
a sus mujeres en las puertas de los templos, por haber faltado a la misa algún
domingo o fiesta, ¡y este escándalo estaba autorizado por la costumbre en
mi Provincia! Los azotados tenían obligación, después, de besar la mano de
su verdugo.
Al hablar del influjo eclesiástico en el país, y de la situación moral
de esta clase privilegiada, es imposible dejar de chocar con intereses
sostenidos por la superstición y creados por el despotismo.
Los problemas que
puso a descubierto la Independencia
La fuerza de hábitos creados por tres centurias, será un obstáculo
todavía para que en medio siglo las luces y la filosofía hayan de triunfar de
ese coloso, después de una lucha terrible y obstinada.
Las personas de los obispos en aquellos países eran sin hipérbole tan
reverenciadas como la del gran Lama entre los tártaros. A su salida a la calle
se arrodillaban los indios, y bajaban las cabezas para recibir su bendición.
Los frailes eran en los pueblos y aldeas distantes de las capitales, los
maestros de la doctrina y los señores del común; en las ciudades grandes los
directores de las conciencias de los propietarios y de las señoras. Los
conventos de los dominicos y carmelitas poseían y poseen riquezas de mucha
consideración, en bienes raíces rústicos y urbanos. Los conventos de religiosas
en México, especialmente la Concepción, la Encarnación y Santa Teresa, tienen
en propiedad al menos tres cuartas partes de los edificios particulares de la
Capital y en proporción sucede lo mismo en las otras provincias. De manera que
se puede asegurar, sin exageración, que los bienes que poseen los eclesiásticos
y religiosos de ambos sexos, ascienden al producto anual de tres millones de
renta. Póngase en el peso de la balanza con respecto a su influencia estos
valores y se podrá calcular aproximadamente cuál será en una población pobre,
en que las propiedades están muy mal distribuidas.
Ahora entro en otra materia delicada, que puede considerarse como uno de
los elementos de discordia de aquellos países, y que ofrecerá grandes embarazos
a sus legisladores, en proporción de que vayan abandonando cuestiones pueriles
y frívolas y se ocupen más profundamente de los verdaderos intereses de su
patria. Hablo de la distribución de tierras hecha por los españoles, y del modo
como están repartidas en el día.
El gobierno español no podía dejar de hacer concesiones de tierras a
aquellas personas que más habían contribuido a la Conquista de aquél rico y
bello territorio. Naturalmente los conquistadores escogieron los terrenos mejor
situados y más fértiles en el orden de que cada uno se creía o tenía el derecho
de obtener esta clase de recompensas.
Las ricas y cuantiosas posesiones de los condes del Valle de Santiago,
San Miguel de Aguayo, mariscal de Castilla, duque de Monteleone y otros, ocupan
unos territorios inmensos y cultivables. Las otras fincas rústicas que rodean
los pueblos y ciudades que pertenecen a los conventos y establecimientos
piadosos han traído su origen de concesiones reales, otras de legados
testamentarios, donaciones inter vivos, y algunas pocas provienen
de contratos de compraventa. La tercera clase de grandes propietarios es la de
las familias descendientes de ricos españoles, que compraron desde tiempos
remotos tierras al gobierno o a los indios, cuando tenían un precio sumamente
bajo, y fueron agregando sucesivamente hasta formar las haciendas que hoy valen
desde medio millón de pesos hasta dos millones, como las de los Reglas,
Vivancos, Vicarios, marqués del Jaral, Fagoagas, Alcaraces y otros. La cuarta
clase es la de los pequeños propietarios que tienen fincas rústicas cuyo valor
no excede de seis hasta quince mil pesos, adquiridas por compra o herencia u
otro título semejante.
He aquí cómo están distribuidas la mayor parte de las tierras de la
República mexicana, especialmente las que rodean las ciudades o las grandes
poblaciones. Todas esas posesiones están en manos de los españoles o sus
descendientes, y son cultivadas por los indios que sirven de jornaleros.
De siete millones de habitantes que ocuparán ahora aquel inmenso
territorio, cuatro al menos son de indios o gentes de color, entre los cuales
noventa centésimos están reducidos al estado que he dicho anteriormente. Por
consiguiente, no existe en aquel país aquella gradación de fortunas que forma
una escala regular de comodidades en la vida social, principio y fundamento de
la existencia de las naciones civilizadas. Es una imagen de la Europa feudal,
sin el espíritu de independencia, y el enérgico valor de aquellos tiempos.
Los males que como
herencia dejó el colonialismo
Muchos viajeros han dicho que los indígenas de América son reservados y
silenciosos, equivocando lo que es sólo efecto de su ignorancia, con un estudio
o cuidado en no hablar. Pero si por uno de los caprichos desconocidos de la
naturaleza, sobresalía un genio, un carácter notable, en el momento hablaba a
sus compañeros con el lenguaje de la desesperación, y exhortándolos a sacudir
su esclavitud, era sacrificado por los opresores. Tupac-Amaru en el
Perú, y Quisteil (Canek), en Yucatán, pueden citarse entre otros.
La igualdad o la desigualdad entre los diversos órdenes de ciudadanos,
en una Nación nueva y semisalvaje, dice un ilustre escritor, depende
especialmente de la distribución de propiedades territoriales; porque una
Nación no civilizada no tiene comercio, ni capitales acumulados, ni
manufacturas y artes; no puede, pues, poseer otras riquezas que las que produce
la tierra. Ella es la única que alimenta a los hombres en un país sin comercio
y sin riquezas acumuladas, y los hombres obedecen constantemente al que puede,
a su arbitrio, darles o retirarles los medios de vivir y de gozar.
Una Nación, continúa el mismo autor, adquiere algunas veces sin
revolución y sin conquista, un grado de civilización imperfecta, en la que las
tierras son cultivadas sin que el comercio y las artes hayan hecho todavía
ningunos progresos, entonces es probable que las tierras que pertenecen a esta
Nación, fueron en su origen repartidas entre los ciudadanos en porciones poco
más o menos iguales, o al menos que ninguno de ellos obtuvo de sus compatriotas
el permiso de apropiarse una extensión de tierra sumamente desproporcionada a
las fuerzas de la familia que debía cultivarla. Las haciendas podían ser más o
menos grandes; pero nunca eran tanto como provincias, y la desigualdad que en
este caso existía entre los particulares, no seria tal que pusiese a los unos
en dependencia necesaria de los otros. Los ciudadanos desiguales únicamente en
goces no olvidarían que eran iguales de origen, y todos serían libres.
Tal es la historia de la antigua Grecia y de la antigua Italia; y he
aquí de donde provino que desde los más remotos tiempos se viesen en estas
comarcas solamente gobiernos libres. En nuestros días, la distribución de las
fortunas en las colonias de la América septentrional, conserva alguna analogía
con el primer establecimiento de las Naciones agrícolas. Los colonos dan, es
verdad, a sus haciendas una extensión más considerable que la que les damos en
Europa; pero siempre son proporcionadas a las fuerzas de sus familias. Por
consiguiente, existe entre ellos una especie de balanza territorial, como la
llamaba Harrington en su obra de Océana, balanza que contribuye a
mantener la libertad en los Estados Unidos del Norte. Por lo demás, aún sin
esta balanza, pudiera haberse establecido aquella libertad; pues que los
americanos tienen capitales acumulados, tienen comercio vasto y artes, encontrando
los pobres, como los ricos, en su país, medios abundantes de subsistir con
independencia.
Estas doctrinas de cuya exactitud no puede disputarse, prestan materia a
reflexiones muy profundas después de los datos que he asentado en orden al
estado de las riquezas territoriales de la República mexicana.
Más de tres millones de individuos llamados repentinamente a gozar de
los derechos más amplios de ciudadanía, desde el estado de la más oprobiosa
esclavitud, sin ninguna propiedad inmueble, sin conocimiento en ningún arte ni
oficio, sin comercio ni industria alguna, ¿qué papel vienen a hacer en esta
sociedad en que apareciendo repentinamente pueden considerarse como la
generación de Deucalion y Pirra? ¿Cómo hemos de juzgarlos tan desprendidos del
deseo de mejorar su suerte, que teniendo en sus manos usar de sus derechos
políticos en las asambleas y magistraturas electivas, no se aprovechan de su
posición?
Más claro: ¿qué deberán hacer las familias conquistadas sobre las que se
han ejercido vejaciones de todos géneros por tres siglos, al verse incorporadas
por las constituciones del país a la gran familia nacional?
Los inexpertos directores de aquellas sociedades, ¿cómo han podido
olvidar o cerrar los ojos sobre lo que ha pasado en todas las Naciones? ¿Cuáles
han sido los movimientos constantes de los radicales de Inglaterra, de los
liberales en la Europa continental, y más que todo en la Francia, que cimentó
su revolución del 89 sobre la distribución de las propiedades feudales?
El vuelo que ha tomado últimamente el proyecto de bill de
Reforma en Inglaterra, ¿se cree por ventura que sea para tener unos
cuantos diputados o electores de más?
Todo gobierno tiene su principio de existencia, que una vez descompuesto
o desnaturalizado, debe ser substituido por otro análogo a los cambios
ocurridos en el país.
Los logros y los
retos del México independiente
1º Sobre el terror que produce el pronto castigo de las más
pequeñas acciones que pudiesen inducir a desobediencia, es decir, sobre la más
ciega obediencia pasiva sin permitirse el examen de lo que mandaba ni por
quién.
2º Sobre la ignorancia en que se debía mantener a aquellos
habitantes, los que no podían aprender más que lo que el gobierno quería, y
hasta el punto que le era conveniente.
3º Sobre la educación religiosa y principalmente sobre la más
indigna superstición.
4º Sobre una incomunicación judaica con todos los extranjeros.
5º Sobre el monopolio del comercio, de las propiedades
territoriales y de los empleos.
6º Sobre un número de tropas arregladas que ejecutaban en el
momento las órdenes de los mandarines, y que más bien eran gendarmes de policía
que soldados del ejército para defender al país.
Después de haber los mexicanos conseguido su independencia, ha
desaparecido el terror que inspiraban las autoridades españolas, conservado por
el hábito heredado de padres a hijos, y se han substituido las más amplias
declaraciones de libertad y de igualdad.
La ignorancia, sin haber podido desaparecer, ha dado lugar a una
charlatanería política, que se apodera de los negocios públicos y conduce al
Estado al caos y a la confusión.
Sin dejar de existir la superstición popular, se ha introducido una
porción de libros que corrompen las costumbres sin ilustrar el entendimiento.
Ya no hay monopolio de comercio, de empleos ni de propiedades
territoriales, y este artículo necesita una larga explicación.
El comercio se ha abierto a todos los extranjeros, y los especuladores
han sacado grandes utilidades como debía esperarse. Efectos conducidos por
segunda, tercera y cuarta mano, pasando de la Europa septentrional a los
comerciantes de Cádiz y de éstos a Veracruz y México, debían necesariamente
llegar mucho más caros, especialmente no teniendo concurrencia en los mercados.
Se ha mejorado mucho en esta parte la suerte del país, y se ven mucho menos
gentes desnudas que en otro tiempo. Pero muy pocos son los extranjeros que
después de haber hecho grandes ganancias permanezcan en el país, y se enlacen
con familias mexicanas. Parece que se miran en él como en tiendas de campaña
para levantarlas luego que hayan concluido sus asuntos. En este punto debe
esperarse mucha mejora con el tiempo.
En cuanto al monopolio de los empleos, sólo existe entre las facciones
que pelean entre sí y para obtenerlos; pero todos son mexicanos.
Las propiedades territoriales son uno de los grandes objetos que
ocuparán la atención de aquellos gobiernos. Sobre esto ya he hablado cuanto
baste a dar a conocer la delicada posición de los directores de aquellos
pueblos, y no me he propuesto hacer un tratado de insurrecciones. Me reservo a
dar mayor extensión a éstas ideas en Mis memorias, que deberé
publicar en poco tiempo y que tengo entre manos.
Uno de los mayores males que afligirán por algún tiempo aquellos
pueblos, es el de las tropas permanentes; así por los gastos inútiles que
causan, como por que obrando por masas organizadas bajo la dirección de jefes
ambiciosos, los gobiernos civiles no pueden oponerles resistencia, y son por
consiguiente sus instrumentos o sus víctimas.
Diez o doce Coroneles de cuerpos regimentados, y cuatro o cinco
Generales, formando un sistema combinado, oprimen al país, y sin alterar las
fórmulas republicanas todo marcha bajo sus inspiraciones. Los negociantes
extranjeros, que no pueden tener otro interés que sus ganancias, que dependen
del estado de tranquilidad o de esclavitud, favorecen cuanto depende de ellos
este sistema, se unen con los españoles que desean lo mismo, y es muy común el
ver muchos liberales de Europa en México, alistados en las filas de los
opresores. Esto explica el misterio porque algunos periódicos aún de los del
partido de la libertad en Europa, hacen apologías de los gobiernos militares de
América. Recibiendo las comunicaciones y noticias de los comisionistas de
ultramar, y hablando éstos siempre en el sentido de sus ganancias o intereses,
es claro que el partido militar debe ser considerado el más útil a sus
especulaciones.
Pero no se deben nunca de perder de vista los principios que he asentado
sobre los hechos notorios que también he referido.
El mayor y más peligroso error de los que dirigen los negocios públicos,
es el no contar con las generaciones que nos vienen sucediendo, ni con sus
adelantos y pretensiones, y en ninguna parte este error es susceptible de más
fácil desengaño que en los nuevos Estados de América.
Desde el año de 1808 hasta 1830, es decir, en el espacio de una
generación, es tal el cambio de ideas, de opiniones, de partidos, y de
intereses que ha sobrevivido, cuanto basta a trastornar una forma de gobierno
respetada y reconocida, y hacer pasar siete millones de habitantes desde el
despotismo y la arbitrariedad hasta las teorías más liberales. Sólo las
costumbres y hábitos que se transmiten en todos los movimientos, acciones y
continuos ejemplos no han podido variarse, porque ¿cómo pueden las doctrinas
abstractas hacer cambiar repentinamente el curso de la vida?
Por consiguiente, tenemos en contradicción con los sistemas teóricos de
los gobiernos establecidos, esos agentes poderosos de la vida humana, y no
podrán negar los fundadores de las formas republicanas, que sólo han vestido
con el ropaje de las declaraciones de derechos y principios al hombre antiguo,
al mismo cuerpo o conjunto de preocupaciones, a la masa organizada y conformada
por las instituciones anteriores.
¿Qué han hecho para substituir usos y costumbres análogas al nuevo orden
de cosas?
Hay, pues, un choque continuo entre las doctrinas que se profesan, las
instituciones que se adoptan, los principios que se establecen, y entre los
abusos que se sacrifican, las costumbres que dominan, derechos semifeudales que
se respetan: entre la soberanía nacional, igualdad de derechos políticos,
libertad de imprenta, gobierno popular, y entre intervención de la fuerza
armada, fueros privilegiados, intolerancia religiosa, y propietarios de
inmensos territorios.
Póngase siquiera en armonía los principios conservadores de un orden
social cualquiera. Si se adopta por convencimiento, por raciocinio, por un
juicio formado después de profundo examen, un sistema federal, que es lo que me
parece más conforme a aquellos países, no por eso se debe copiar textualmente
el de los vecinos del Norte, ni mucho menos artículos literales de la
Constitución española.
El colmo del absurdo y la ausencia de todo buen sentido, es la sanción
de los fueros y privilegios en un gobierno popular. Establézcase, si se quiere
o se cree así útil al bien del país, una aristocracia eclesiástica, militar y
civil; imítense, si se puede, las Repúblicas de Génova o Venecia; entonces que
haya fueros y clases privilegiadas; que haya leyes para cada jerarquía, para
cada corporación o para cada persona, si así se juzgare conveniente. Pero
una Constitución formada sobre las bases de libertad más
amplias, sobre el modelo de la de los americanos del Norte; conservando una
religión del Estado sin tolerancia de otra; tropas privilegiadas y jefes
militares en los mandos civiles; conventos de religiosos de ambos sexos
instituidos conforme a los cánones de la Iglesia Romana; tres millones de
ciudadanos sin ninguna propiedad, ni modo de subsistir conocido; medio millón
con derechos políticos para votar en las elecciones sin saber leer ni escribir,
tribunales militares juzgando sobre ciertas causas privilegiadas, por último,
todos los estímulos de una libertad ilimitada y la ausencia de todas las
garantías sociales, no pueden dejar de producir una guerra perpetua entre
partes tan heterogéneas, y tan opuestos intereses. Hágase desaparecer ese
conjunto de anomalías que se repelen mutuamente.
FIN

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