© Libro N° 14741. Más Ganancias, Menos Cultura. Bourdieu, Pierre. Emancipación. Enero 24 de 2026
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MÁS
GANANCIAS, MENOS CULTURA
Pierre
Bourdieu
Más Ganancias, Menos Cultura
Pierre Bourdieu
"Más Ganancias, Menos Cultura"
Por Pierre Bourdieu
Le Monde, 1999. Traducción de Elisa Carnelli
¿Es posible todavía, y será posible por mucho tiempo, hablar de
producciones culturales y de cultura? A los que hacen el nuevo mundo de la
comunicación, y que son hechos por él, les gusta referirse al problema de la
velocidad, los flujos de información y las transacciones que se vuelven cada
vez más rápidos, y sin duda tienen razón en parte cuando piensan en la
circulación de la información y la rotación de los productos. Dicho esto, la
lógica de la velocidad y la del lucro que se reúnen en la búsqueda de la máxima
ganancia en el corto plazo (con el rating en el caso de la televisión, el éxito
de venta en el del libro -y, muy evidentemente, el diario-, el número de
entradas vendidas en el de la película) me parecen incompatibles con la idea de
cultura.
Cuando, como decía Ernst Gombrich, se destruyen las condiciones
ecológicas del arte, el arte y la cultura no tardan en morir.
Como prueba, podría limitarme a mencionar lo ocurrido con el cine
italiano, que fue uno de los mejores del mundo y que sólo sobrevivía a través
de un pequeño puñado de cineastas, o con el cine alemán, o con el cine de
Europa oriental. O la crisis que sufrió en todas partes el cine de autor, por
falta de circuitos de difusión. Sin hablar de la censura que pueden imponer los
distribuidores a determinados filmes -el más conocido es el de Pierre Carles-.
O también el destino de alguna cadena radiocultural, hoy en liquidación en
nombre de la modernidad, el rating y las connivencias mediáticas. ¿Arte o
mercancía?
Pero no se puede comprender realmente lo que significa la reducción de
la cultura al estado de producto comercial si no se recuerda cómo se
constituyeron los universos de producción de las obras que consideramos como
universales en el campo de las artes plásticas, la literatura o el cine.
Todas las obras que se exponen en los museos, todos las películas que se
conservan en las cinematecas, son producto de universos sociales que se
constituyeron poco a poco independizándose de las leyes del mundo ordinario y,
en particular, de la lógica de la ganancia.
Para que lo entiendan mejor, he aquí un ejemplo: el pintor del
Quattrocento -se sabe por la lectura de los contratos- debía luchar contra
quienes le encargaban obras para que éstas dejaran de ser tratadas como un
simple producto, valuado según la superficie pintada y al precio de los colores
empleados; debió luchar para obtener el derecho a la firma, es decir el derecho
a ser tratado como autor, y también por eso que, desde fecha bastante reciente,
se llaman derechos de autor (Beethoven todavía luchaba por este derecho); debió
luchar por la rareza, la unicidad, la calidad; debió luchar, con la
colaboración de los críticos, los biógrafos, los profesores de historia del
arte, etcétera, para imponerse como artista, como creador.
Es todo esto lo que está amenazado hoy a través de la reducción de la
obra a un producto y una mercancía.
Las luchas actuales de los cineastas por el final cut y contra la
pretensión del productor de tener el derecho final sobre la obra, son el
equivalente exacto de las luchas del pintor del Quattrocento. Los pintores
necesitaron casi cinco siglos para conseguir el derecho de elegir los colores
empleados, la manera de emplearlos y finalmente el derecho a elegir el tema,
especialmente al hacerlo desaparecer con el arte abstracto, para gran escándalo
del burgués que encargaba la obra. Del mismo modo, para tener un cine de autor
se requiere un universo social, pequeñas salas y cinematecas que proyecten los
clásicos y frecuentadas por los estudiantes, cineclubes animados por profesores
de filosofía, cinéfilos formados en la frecuentación de dichas salas, críticos sagaces
que escriban en los Cahiers du cinéma, cineastas que hayan aprendido su oficio
viendo películas de las cuales pudieran hablar en estos Cahiers; en pocas
palabras, todo un medio social en el cual determinado cine tiene valor, es
reconocido. Son estos universos sociales los que hoy están amenazados por la
irrupción del cine comercial y la dominación de los grandes difusores, con los
cuales deben contar los productores, excepto cuando ellos mismos son difusores:
resultado de una larga evolución, hoy han entrado en un proceso de involución.
En ellos se produce un retroceso: de la obra al producto, del autor al
ingeniero o al técnico que utiliza recursos técnicos, los famosos efectos
especiales, y estrellas, ambos sumamente costosos, para manipular o satisfacer
las pulsiones primarias del espectador (a menudo anticipadas gracias a las
investigaciones de otros técnicos, los especialistas en marketing).
Reintroducir el reino de lo comercial en universos que se han
constituido, poco a poco, contra él, es poner en peligro las obras más nobles
de la humanidad, el arte, la literatura e incluso la ciencia. No creo que
alguien pueda querer esto realmente. Recuerdo la célebre fórmula platónica:
Nadie es malvado voluntariamente. Si es cierto que las fuerzas de la tecnología
aliadas con las fuerzas de la economía, la ley del lucro y la competencia,
ponen en peligro la cultura, ¿qué hacer para contrarrestar ese movimiento? ¿Qué
se puede hacer para favorecer las oportunidades de aquellos que sólo pueden
existir en el largo plazo, aquellos que, como los pintores impresionistas de
antaño, trabajan para un mercado póstumo?
Buscar la máxima ganancia inmediata no es necesariamente obedecer a la
lógica del interés bien entendido, cuando se trata de libros, películas o
pinturas: identificar la búsqueda de la máxima ganancia con la búsqueda del
máximo público es exponerse a perder el público actual sin conquistar otro, a
perder el público relativamente restringido de gente que lee mucho, frecuenta
mucho los museos, los teatros y los cines, sin ganar a cambio nuevos lectores o
espectadores ocasionales. Una inversión rentable.
Si se sabe que, al menos en todos los países desarrollados, la duración
de la escolarización sigue creciendo, así como el nivel de instrucción medio,
como crecen también todas las prácticas estrechamente relacionadas con el nivel
de instrucción (frecuentación de los museos y los teatros, lectura, etcétera),
se puede pensar que una política de inversión económica en los productores y
los productos llamados de calidad, al menos en el corto plazo, podría ser
rentable, incluso económicamente (siempre que se cuente con los servicios de un
sistema educativo eficaz).De este modo, la elección no es entre la
mundialización -es decir la sumisión a las leyes del comercio y, por lo tanto,
al reino de lo comercial, que siempre es lo contrario de lo que se entiende
universalmente por cultura- y la defensa de las culturas nacionales o de tal o
cual forma de nacionalismo o localismo cultural.
Los productos kitsch de la mundialización comercial, el jean o la
Coca-Cola, la soap opera o el filme comercial espectacular y con efectos
especiales, o incluso la world fiction, cuyos autores pueden ser italianos o
ingleses, se oponen en todos los sentidos a los productos de la internacional
literaria, artística y cinematográfica, cuyo centro está en todas partes y en
ninguna, aun cuando haya estado durante mucho tiempo y quizá todavía esté en
París, sede de una tradición nacional de internacionalismo artístico, al mismo
tiempo que en Londres y Nueva York. Así como Joyce, Faulkner, Kafka, Beckett y
Gombrowicz, productos puros de Irlanda, Estados Unidos, Checoslovaquia y
Polonia fueron hechos en París, igual número de cineastas contemporáneos como
Kaurismaki, Manuel de Oliveira, Satyajit Ray, Kieslowski, Woody Allen,
Kiarostami y tantos otros no existirían como existen sin esta internacional
literaria, artística y cinematográfica cuya sede social está ubicada en París.
Sin duda porque es allí donde, por razones estrictamente históricas, se
constituyó hace mucho y ha logrado sobrevivir el microcosmos de productores,
críticos y receptores sagaces necesario para su supervivencia.
Repito, hacen falta muchos siglos para producir productores que
produzcan para mercados póstumos. Es plantear mal los problemas oponer, como a
menudo se hace, una mundialización y un mundialismo que supuestamente están del
lado del poder económico y comercial, y también del progreso y la modernidad, a
un nacionalismo apegado a formas arcaicas de conservación de la soberanía. En
realidad, se trata de una lucha entre un poder comercial que intenta extender a
todo el universo los intereses particulares del comercio y de los que lo
dominan y una resistencia cultural, basada en la defensa de las obras
universales producidas por la internacional desnacionalizada de los creadores.
Quiero terminar con una anécdota histórica que también tiene que ver con
la velocidad y que expresa correctamente lo que debían ser, en mi opinión, las
relaciones que podría tener un arte liberado de las presiones del comercio con
los poderes temporales. Se cuenta que Miguel Angel mantenía tan poco las formas
protocolares en sus relaciones con el papa Julio II, quien le encargaba sus
obras, que éste se veía obligado a sentarse muy rápidamente para evitar que
Miguel Angel se sentara antes que él.
En un sentido, se podría decir que intenté perpetuar aquí, muy
modestamente, pero de manera fiel, la tradición, inaugurada por Miguel Angel,
de distancia con respecto a los poderes y muy especialmente a estos nuevos
poderes que son las fuerzas conjugadas del dinero y los medios.
*Copyright Clarín y Le Monde, 1999. Traducción de Elisa Carnelli
FIN

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