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Libro N° 14663. Erasmo. Huizinga, Johan.

Guillermo Molina Miranda mayo 17, 2026


© Libro N° 14663. Erasmo. Huizinga, Johan. Emancipación. Enero 3 de 2026

 

Título Original: © Erasmo. Johan Huizinga

 

Versión Original: © Erasmo. Johan Huizinga

 

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Guillermo Molina Miranda




LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA

ERASMO

Johan Huizinga


Erasmo      

Johan Huizinga

Reseña

«Erasmo» (1924) es la única biografía escrita por Johan Huizinga (Groningen, 1872-De Steeg, 1945), el celebrado autor de «El otoño de la Edad Media» (1919) y «Homo ludens» (1939). Historiador y filósofo, erudito e intuitivo, Huizinga es un maestro en la reconstrucción de formas de vida y mentalidades de otras épocas, en especial la Baja Edad Media y el Renacimiento, periodos históricos que logra revivir ante nuestros ojos en toda su viveza y complejidad. En este Erasmo, como en sus obras mayores (tan reeditadas entre nosotros desde que nos las descubriera en los años 30 José Ortega y Gasset, uno de sus principales valedores), la erudición y el conocimiento profundísimo de la materia son sólo el esqueleto, la armazón de un modo de entender la historia como realidad viva. Biografía puramente histórica, informada y rigurosa, pues, pero también, y en no menor medida, excelente obra literaria, gracias a la riqueza y luminosidad de su estilo, de muy grata lectura.

Índice

Nota editor digital

Nota Editor Español

Dedicatoria

Abreviaciones usadas en las Notas

I. Infancia y adolescencia

En el Monasterio

La Universidad de París

IV. Primera estancia en Inglaterra

V. Erasmo humanista

VI. Aspiraciones teológicas

VII. Años de inquietud. — Lovaina, París, Inglaterra VIII. En Italia

IX. El Elogio de la Locura

X. Tercera estancia en Inglaterra

XI. Una lumbrera de la teología

XII. El espíritu de Erasmo, I

XIII. El espíritu de Erasmo, II

XIV. Carácter de Erasmo

XV. En Lovaina

XVI. Primeros años de la Reforma

XVIII. Controversia con Lutero y creciente conservadurismo XIX. En guerra con humanistas y reformadores

Los últimos años XXI. Conclusión

Abreviaciones usadas en las notas

Bibliografía

El autor

Nota editor digital: edición basada en la edición-papel

Cualquier modificación/corrección realizada sobre la edición-papel se indica con fuente roja sobre fondo amarillo.

Nota del editor español

La presente obra fue originariamente planeada para estudiantes de los Estados Unidos, y se publicó primero en inglés, traducida del manuscrito original holandés por F. Hopman, de Leyde (Nueva York, 1924). Poco después apareció la edición holandesa y, cuatro años más tarde, la traducción alemana de W. Kaegi (Basilea, 1928), con varias enmiendas y adiciones sugeridas por el autor. Huizinga apostillaba con estas palabras la tercera edición alemana de su obra (Basilea, 1941): «Han transcurrido cinco años, desde el verano de 1936, en que el mundo celebró con emocionado respeto el cuarto centenario de la muerte de Erasmo. De los 81 lustros que nos separan del año 1536, acaso ninguno sea tan poco erasmiano como el que acaba de terminar. Todo lo que el nombre de Erasmo significa parece sepultado y olvidado. Y, sin embargo, el mundo ahora, como antes, quiere, al parecer, enterarse de quién era Erasmo. ¿Es que tiene todavía algo que decirnos?». El gran historiador holandés falleció antes de terminar la contienda.

Para nuestra edición nos hemos servido de la 1.a edición inglesa y de la 3.a alemana, aprovechando todas sus notas y adiciones.

A P.  S. y H.  M. ALLEN

El dedicarles este libro me produce el efecto de ofrecerles un manojo de flores cogidas en su propio jardín. Mi única excusa es que ustedes han cercado todo el terreno. Nadie hoy puede entrar en el estudio de Erasmo sin caminar por los senderos de su Opus Epistolarum Erasmi, modelo de publicación erudita, y aun mucho más que esto: un verdadero tesauro de todo cuanto se refiere a los grandes movimientos espirituales de la época del Humanismo y de la Reforma. El estudioso de Erasmo se siente seguro mientras ustedes lo guían con su sólida y pulcra información; cuando llega a veredas no trilladas todavía por sus pacientes trabajos, siempre verá un yermo ante sí.

Al escribir una breve vida de Erasmo, la principal dificultad consiste en evitar perderse en medio de la inmensa riqueza del asunto. Ello requiere continua limitación propia y omisión de hechos que raramente sufrirán la omisión. Se ve uno obligado a omitir mucho más de lo que encuentra. Sólo manteniéndose con cautela en el punto que estrictamente se refiere al propio Erasmo, he podido encontrar los requisitos de una bien trabada composición. Unas pocas líneas han debido bastar para cada uno de los grandes acontecimientos que hacen fondo a la vida de Erasmo. Todos sus amigos y enemigos, tan familiares para ustedes, han debido quedar en la sombra. Hasta Tomás Moro, Pedro Gilles, Froben, y Beato Renano, sólo pueden ser apuntados al pasar; para no hablar de Hutten, Budeo, Pirkheimer, Beda y tantos más. Una cosa me duele: que sin duda encontrarán ustedes mi opinión acerca de Erasmo demasiado desfavorable. Yo no podía presentarlo sino como lo veía; y, con todo, estoy dispuesto a reconocer que, tal vez, bien mirado, su juicio, más benigno, sea el más verdadero, por estar fundado en el conocimiento y en el amor hacia la obra de toda una vida.

Para volver una vez más a mi metáfora: será una satisfacción para mí que ustedes encuentren aquí algunas flores dispuestas de modo que puedan complacerles, o alguna hierba cuya virtud no conocían.

El Autor

Leyde, septiembre de 1923.

Abreviaciones usadas en las notas

A. — Allen, Opus Epistolarum Erasmi. Las cartas son citadas sólo por su número; la segunda cifra denota la línea. Ejemplo: A. 16. 12 = Allen, vol. I, ep. 16, línea 12, página 90.

LB. — Erasmus, Opera omnia en la edición de Leyde, citada por volumen, columna y parte de la página; por ejemplo: LB. X 1219 F = Opera, vol. X, columna 1219, al final.

LBE. = Tercer volumen de la misma edición, que contiene las Epístolas, citadas por columnas (no por el número).

Capítulo I

Infancia y adolescencia

Los Países Bajos en el siglo XV. — El poderío borgoñón. — Relaciones con el Imperio alemán y con Francia. — La Holanda del Norte, país aparte en todos sentidos. — El movimiento de la Devotio Moderna. — Los hermanos de la Vida Común, y los monasterios de Windesheim. — Nacimiento de Erasmo: 1469. — Su familia y su nombre. — La vida escolar en Gouda, Deventer y Bois-le-Duc. — Profesión religiosa, probablemente en 1488.

Cuando Erasmo nacía, Holanda había formado parte cerca de veinte años del territorio que los duques de Borgoña habían logrado unir bajo su dominio; conjunto de países cuya población era mitad francesa, como Borgoña, Artois, Hainault, Namur; mitad holandesa, como Flandes, Brabante, Zelanda, Holanda. El nombre de Holanda estaba, como ahora, estrictamente limitado al condado de ese nombre (las actuales provincias de Holanda del Norte y Holanda del Sur) que, también con Zelanda, permanecieron desde entonces largo tiempo unidas.

Los territorios restantes, que, juntos con éstos últimamente mencionados, forman el actual reino de los Países Bajos, no habían sido sometidos aún al dominio borgoñón, aunque ya los duques tenían puestos los ojos en ellos.

Colaboración de Sergio Barros 10     Preparado por Patricio Barros

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En el obispado de Utrech, cuyo poder se extendía hasta las regiones situadas a la orilla del río Ysel, ya había comenzado a manifestarse el influjo borgoñón. La proyectada conquista de Frisia era una herencia política de los condes de Holanda, que precedieron a los borgoñones. Sólo el ducado de Güeldres conservaba inviolada todavía su independencia, por estar más estrechamente enlazado con los vecinos territorios alemanes y, por consiguiente, con el Imperio.

Todos estos países —por aquel tiempo comenzaron a ser considerados colectivamente con el nombre de «Países Bajos marítimos»— tenían en muchos respectos el carácter de países «anexos». La autoridad de los emperadores alemanes, durante varios siglos, había sido poco más que imaginaria. Holanda y Zelanda apenas compartían la idea naciente de una unión nacional germana. Habían tenido puestos los ojos demasiado tiempo en Francia en cuanto a los asuntos políticos.

Desde 1299, una dinastía de lengua francesa, la de los Hainault, había gobernado a Holanda. Tampoco la casa de Baviera, que le sucedió a mediados del siglo XIV, había restablecido estrecho contacto con el Imperio, sino que, por el contrario, se afrancesó tempranamente, atraída como estaba por París, y pronto quedó aprisionada en los tentáculos de Borgoña, con la cual quedó enlazada por medio de un doble matrimonio.

La mitad septentrional de los Países Bajos eran países también «anexos» en asuntos eclesiásticos y culturales. Convertidos al

Colaboración de Sergio Barros 11      Preparado por Patricio Barros

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Cristianismo bastante tarde (a fines del siglo VIII), habían quedado como países fronterizos, unidos bajo un obispo: el obispo de Utrech. Las mallas de la organización eclesiástica eran allí más anchas que en parte alguna. No tenían universidad. París seguía siendo, aun después de la calculadora política de los duques borgoñones hubo fundado la universidad de Lovaina en 1425, el centro de doctrina y ciencia de los Países Bajos del Norte. Comparadas con las ricas ciudades de Flandes y Brabante, que formaban ahora el corazón de las posesiones borgoñonas, Holanda y Zelanda formaban un pequeño país miserable de pescadores y campesinos. El espíritu caballeresco, que los duques de Borgoña habían intentado revestir de nuevo esplendor, había medrado harto moderadamente entre los nobles de Holanda. El holandés no había enriquecido la literatura cortesana, en la cual Flandes y Brabante se esforzaban celosamente por seguir el ejemplo de Francia, con ninguna contribución digna de ser mencionada.

Lo que comenzaba a prosperar en Holanda florecía inadvertido; no era de carácter que llamase la atención de la Cristiandad. Eran una navegación y un comercio activos: un comercio principalmente de exportación, por el cual los holandeses comenzaron ya a emular el Hansa Alemana, y que los ponía en continuo contacto con Francia y España, Inglaterra y Escocia, Escandinavia, Alemania del Norte, y el Rin, desde Colonia hacia arriba. Consistía en la pesquería de arenques, humilde comercio pero fuente de gran prosperidad, y una industria naciente en la que participaban numerosas ciudades

Colaboración de Sergio Barros 12     Preparado por Patricio Barros

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pequeñas. Ninguna de estas ciudades de Holanda y Zelanda —ni Dordrecht, ni Leyde, Haarlem, Middelburg, Amsterdam—, podía compararse con Gante, Brujas, Lila, Amberes o Bruselas en el Sur.

Verdad es que también en las ciudades de Holanda germinaban los más altos productos del espíritu humano; pero aquellas ciudades eran todavía demasiado pequeñas y pobres para ser centros de arte y ciencia. Los hombres más eminentes eran irresistiblemente atraídos hacia alguno de los grandes centros de cultura secular y eclesiástica. Sluter, el gran escultor, fue a Borgoña, se puso al servicio de los duques, y no legó ninguna muestra de su arte al país donde nació. Dirk Bouts, el artista de Haarlem, se trasladó a Lovaina, donde se guarda su obra; lo que en Haarlem quedó de ella ha perecido. En Haarlem también, y antes quizás que en cualquiera otra parte, se hicieron modestos experimentos en el grande arte que anhelaba salir a luz y había de cambiar la faz del mundo: el arte de la imprenta.

Había también otro fenómeno espiritual característico, que se originó allí y dio su sello particular a la vida de aquellos países. Era un movimiento destinado a prestar profundidad y fervor a la vida religiosa, que fue iniciado por un ciudadano de Deventer, Geert Groote, hacia fines del siglo XIV. Había tomado cuerpo en dos formas estrechamente relacionadas: los conventos donde los hermanos de la Vida Común vivían juntos sin apartarse totalmente del mundo, y la congregación del monasterio de Windesheim, de la orden de canónigos regulares agustinos. Originado en las dos

Colaboración de Sergio Barros 13     Preparado por Patricio Barros

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pequeñas ciudades de Deventer y Zwolle, y también en las afueras de la diócesis de Utrech, este movimiento se desplegó pronto, al este hacia Westfalia, al norte hacia Groninga y la región frisia, al oeste en la Holanda propiamente dicha. Fueron erigidos conventos por todas partes, y se establecieron o afiliaron monasterios de la congregación de Windesheim. El movimiento se llamaba de la «devoción moderna», Devotio moderna. Era más cuestión de sentimiento y práctica que de doctrina definida. El carácter auténticamente católico del movimiento había sido pronto reconocido por las autoridades eclesiásticas. Sinceridad y modestia, sencillez y laboriosidad y, sobre todo, constante fervor de emoción y pensamiento religiosos, eran su finalidad. Sus energías se dedicaban a atender a los enfermos, y a otras obras de caridad, pero especialmente a la instrucción y el arte de escribir. En esto difería especialmente de la restauración de las órdenes franciscanas y dominicanas, que se efectuó por aquella misma época, las cuales se dedicaban a la predicación.

Los Windesheimianos y los Jeronimianos (como también se llamaba a los hermanos de la Vida Común) ejercían sus principales actividades en la reclusión de la escuela, y en el silencio de la celda donde escribían. Las escuelas de los hermanos, pronto atrajeron discípulos de un área muy extensa. De este modo se instituían las fundaciones, tanto allí en los Países Bajos del Norte como en la baja Alemania, para difundir extensamente la cultura entre las clases medias; una cultura de muy limitado carácter, y estrictamente

Colaboración de Sergio Barros 14     Preparado por Patricio Barros

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eclesiástico, en realidad, pero que por esta misma razón era propia para embeber extensas capas del pueblo.

Lo que los Windesheimianos produjeron en cuanto a literatura devota se limita principalmente a folletos edificantes y biografías de sus propios miembros; escritos que se distinguían más por su carácter piadoso y sencillo que por atrevidos o nuevos pensamientos.

Pero de todos ellos, el más grande fue aquella obra inmortal de Tomás de Kempis, canónigo de San Agnietenberg, cerca de Zwolle: la Imitatio Christi.

Los extranjeros que visitaban aquellas regiones al norte del Escalda y del Mosa, se burlaban de las rudas maneras y de la excesiva afición a la bebida de sus habitantes, pero también se admiraban de su sincera piedad. Aquellos países eran ya lo que han seguido siendo siempre: algo contemplativos y reservados, más aptos para especular acerca del mundo y para censurarlo, que para asombrarlo con deslumbrante ingenio.

****

Rotterdam y Gouda, situadas más de doce millas lejos en la más baja región de Holanda, región extremadamente acuosa, no se contaban entre las primeras ciudades del condado. Eran pequeñas ciudades campesinas, que se clasificaban después de Dordrecht, Haarlem, Leyde, y Amsterdam, que iba subiendo rápidamente. No eran centros de cultura.

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Erasmo nació en Rotterdam, en la noche del 27 al 28 de octubre del año de 14691. La ilegitimidad de su nacimiento ha cubierto con velo de misterio su origen y parentesco. Es posible que el mismo Erasmo no se enterase de las circunstancias de su venida al mundo hasta los últimos años de su vida. Agudamente susceptible para la mancha de su origen, hizo más para velar su secreto que para revelarlo. El cuadro que describió de él en su edad madura, fue romántico y patético2. Imaginó que su padre, siendo joven, hizo el amor a una muchacha, hija de un médico, con la esperanza de casarse con ella. Los padres y hermanos del joven, indignados, intentaron persuadirlo a tomar las órdenes sagradas. Pero aquel joven huyó antes que un hijo naciese. Fue a Roma, donde ganó su vida haciendo copias. Su familia le envió falsas noticias de que su amada había muerto; fue tanta su aflicción, que se hizo sacerdote y se consagró por entero a la religión. Cuando volvió a su país nativo descubrió el engaño. Se abstuvo de todo contacto con la joven con quien ya no se podía casar, pero puso grande empeño en dar a su hijo una educación liberal. La madre continuó cuidando del niño, hasta que una muerte prematura la arrebató de su lado. Pronto la siguió el padre a la tumba. Según el recuerdo de Erasmo, sólo tenía

La duda acerca de si Erasmo nació en 1466 o en 1469, ha quedado definitivamente resuelta a favor de 1469, al demostrar el Dr. R. R. Post, que el pasaje en que se basaba principalmente la admisión de la fecha de 1466 —«olim quum admodum puer agerem Daventriae, audiebam…; erat autem iubilaeum», Exomologesis, LB. V. 153 F—, no alude a 1475, sino a 1478, pues en este último año se celebró el jubileo de Deventer. Cf. R. R. Post, Erasmus en het laatmiddeleeuwsche onderwijs, Voordrachten, gehouden ter herdenking van den sterfdag van Erasmus, te Rotterdam . La Haya, Nijhoff, 1936, pág. 173.

Compendium vitae, A. no. II, t. I. p. 47.

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él doce o trece años cuando murió su madre, lo que refuerza la hipótesis de 1469 como año de su nacimiento, pues parece ser muy cierto que la muerte de ella no ocurrió antes de 1483. Resulta, desde luego, asombroso su débil sentido de la cronología.

Por desdicha, está fuera de dudas que Erasmo sabía, o se había enterado de ello, que no todos los particulares de esta versión eran correctos. Con toda probabilidad su padre era ya sacerdote por la época de las relaciones a las cuales debía él su vida; en todo caso, no fueron motivadas por la impaciencia de unos novios, sino por una unión irregular y de larga duración, de la cual un hermano suyo, Pedro, había nacido tres años antes.

A través de los escasos documentos, sólo podemos discernir aproximadamente las líneas generales de una numerosa y común familia de la clase media. El padre tenía nueve hermanos, casados todos. Sus abuelos por parte de padre y sus tíos por parte de madre, alcanzaron edad muy avanzada. Lo extraño es que una hueste de primos, progenie de ellos, no se haya alabado de su parentesco con el gran Erasmo. Sus descendientes no se han podido descubrir. ¿Cómo se llamaban? El hecho de que en los medios ciudadanos los nombres de familia, como sucede hoy, no fueran ni mucho menos fijos y permanentes, hace muy dificultosa la tarea de rastrear los parientes de Erasmo. Generalmente se nombraba a las personas por su nombre y por el de su padre; pero también ocurría que el nombre del padre quedaba fijado y adherido a la generación siguiente. Erasmo llama a su padre Gerard, a su hermano Pedro Gerard,

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mientras que una carta papal llama a Erasmo Erasmus Rogerii. Posiblemente su padre se llamaba Rogerio Gerard o Gerards. Aunque Erasmo y su hermano habían nacido en Rotterdam, hay muchos motivos para creer que la familia de su padre no era de allí, sino de Gouda. De todos modos tenían parientes próximos en Gouda.

Erasmo era su nombre de pila3. No hay nada de extraño en su elección, aunque era un nombre poco usual. San Erasmo fue uno de los catorce Santos Mártires, cuyo culto absorbió tanto la atención de las muchedumbres durante el siglo XV. Tal vez la creencia popular de que San Erasmo concedía riquezas tuvo algún peso en la elección del nombre. Hasta la época en que llegó a familiarizarse mejor con la lengua griega, usó él la forma Herasmus. Más tarde, al suprimir la H inicial, sintió no haber adoptado también la forma más común y melodiosa de Erasmius4. Dos veces medio en broma5, se llamó así; y su ahijado, el hijo de Juan Froben, con ser su nombre de pila Juan Erasmo, siempre usó esta forma.

Es probable que, por consideraciones estéticas semejantes, cambió pronto el barbárico Rotterdammensis en Roterdamus, y más tarde Roterodamus, que tal vez acentuaba como esdrújulo6. Desiderius era añadidura escogida por él, y que comenzó a usar en 1496; es

3 La tradición según la cual su verdadero nombre sería Geert Geertsz no posee sólido fundamento.

A. no. IV, t. I, p. 70.

A. 539. II. 463.70.

A. 298 intr. P. I. Ỏ ῥδερόδαμος.

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posible que el estudio de su autor favorito San Jerónimo, entre cuyos corresponsales hay un Desiderio, le sugiriera ese nombre. Por consiguiente, cuando esta forma entera, Desiderius Erasmus Roterodamus, aparece por primera vez en la segunda edición de los Adagia, publicada por Jodoco Badio en París, en 1506, ello indica que Erasmo, quien tenía entonces cuarenta años de edad, ya se había encontrado a sí mismo.

****

Las circunstancias no habían hecho fácil para él el hallar su camino. Siendo muy niño aún, cuando apenas tenía cuatro años, según cree, fue llevado a la escuela de Gouda, junto con su hermano. Tenía nueve años cuando su padre lo envió a Deventer a continuar sus estudios en la famosa escuela del Cabildo de San Lebuín. Lo acompañó su madre. Su estancia en Deventer hubo de prolongarse —con un intervalo durante el cual fue niño de coro en la catedral de Utrech—, de 1475 a 1484. La explícita declaración de Erasmo de que tenía catorce años cuando dejó Deventer, puede ser explicada por la suposición de que más tarde confundió su ausencia temporal de Deventer (cuando fue a Utrech), con el final preciso de su estancia en Deventer. Los recuerdos de su vida en aquella ciudad afloran repetidamente en los escritos de Erasmo. Los referentes a las enseñanzas que recibió le inspiraban muy poca gratitud; la escuela se hallaba todavía entonces en estado de barbarie, nos

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dice7, se usaban allí antiguos libros de texto medievales, cuya necedad y pesadez apenas podemos concebir. Algunos de los maestros pertenecían a la cofradía de la Vida Común. Uno de ellos, Juan Synthen, introdujo en su tarea cierta porción de ciencia de la antigüedad clásica en su más pura forma. Hacia el final de la residencia de Erasmo, Alejandro Hegio fue colocado a la cabeza de la escuela; era amigo del humanista frisio Rodolfo Agrícola, que a su vuelta de Italia fue admirado por sus embobados compatriotas como un prodigio. En los días de fiesta, cuando el rector pronunciaba su discurso delante de todos los alumnos, Erasmo oyó a Hegio; en cierta ocasión oyó también al celebrado Agrícola, el cual dejó profunda impresión en su espíritu.

La muerte de su madre, atacada de la peste que asoló la ciudad, puso improviso término a su vida escolar en Deventer. Su padre los mandó venir, a él y su hermano, a Gouda, para morir también él poco después. Debió de ser hombre de cultura, porque conocía el griego, había oído a los famosos humanistas en Italia, había copiado autores clásicos, y dejó una biblioteca de algún valor.

Erasmo y su hermano quedaron entonces bajo la protección de tres tutores cuyo cometido e intenciones más tarde mostró él a una luz desfavorable. Es difícil decidir hasta qué punto exageró el trato que de ellos recibió. Que dichos tutores, entre los cuales uno llamado Pedro Winckel, maestro de escuela en Gouda, ocupaba el lugar

A. no. II. 34, t. I. p. 48.

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principal, tuvieron pocas simpatías para el nuevo clasicismo, hacia el cual su pupilo sentía ya entusiasmo, no es menester dudarlo. «Si volvéis a escribir otra vez con tanta elegancia, haced el favor de añadir un comentario», contestó regañón el maestro de escuela a una epístola en la cual Erasmo, que entonces tenía catorce años, había gastado mucho esfuerzo8. Tampoco puede dudarse que sus tutores considerasen sinceramente ser una obra agradable a Dios la de persuadir a los jóvenes a entrar en un monasterio, pues ésta era para ellos la manera más cómoda de zafarse de su tarea. Para Erasmo este lamentable asunto adquiere el aspecto de un grosero intento egoísta para disimular una administración deshonesta; un abuso, a todas luces reprensible, de poder y autoridad. Más todavía: años después, aquello empañó para él la imagen de su propio hermano, con quien había vivido en términos de cordial intimidad.

Winckel envió a los dos jóvenes alumnos, de 19 y 16 años respectivamente, otra vez a la escuela; y esta vez a Bois-le-Duc, donde vivieron en el Convento mismo, al cual se hallaba agregada la escuela. Allí no había nada del esplendor que había brillado para ellos en Deventer. «Los religiosos, —dice Erasmo—, no se proponían otra cosa sino destruir todas las dotes naturales con bofetadas, reprimendas y severidad, con el fin de hacer aptas las almas para el monasterio». Y aquello era precisamente lo que sus tutores se habían propuesto también; aunque los dos hermanos estaban ya

A. 447. 87

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preparados para la Universidad, eran mantenidos deliberadamente lejos de ella. De este modo se disiparon más de dos años.

Uno de sus dos maestros, llamado Rombout, que tenía cariño al joven Erasmo, intentó con ahínco inducirlo a unirse a los hermanos de la Vida Común. Años después, Erasmo sintió varias veces que su preceptor no hubiera salido con la suya; porque aquellos religiosos no profesaban votos irrevocables como los que lo obligarían a él.

Una epidemia de peste motivó que los hermanos dejasen Bois-le-Duc y volviesen a Gouda. Erasmo fue atacado de una fiebre que minó su poder de resistencia, el cual tanto necesitaba entonces. Los tutores (uno de los tres había muerto en el ínterin) hicieron entonces cuanto les fue posible para lograr que los dos hermanos entrasen en un monasterio. Tenían sobrados motivos para ello, puesto que habían administrado mal la escasa fortuna de sus pupilos y, dice Erasmo, se negaban a rendir cuentas. Más tarde veía con los más sombríos colores todo lo relacionado con aquel negro período de su vida, excepto a sí mismo. A sí mismo se ve como un muchacho que aún no tenía dieciséis años (cuando es casi cierto que debía tener alrededor de dieciocho) debilitado por la fiebre, pero resuelto y sensato en rehusar. Había persuadido a su hermano a huir con él y marcharse a una universidad. Uno de los tutores es un tirano de pocos alcances, y el otro, hermano de Winckel, mercader, es un frívolo marrullero. Pedro, el mayor de los hermanos, cede el primero y entra en el monasterio de Sión, cerca de Delft (de la orden

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de canónigos regulares de San Agustín), donde el tutor había encontrado lugar para él; Erasmo resistió por más tiempo.

Sólo después de una visita al monasterio de Steyn o Emmaus, cerca de Gouda, que pertenecía a la misma orden, y donde encontró a un condiscípulo de Deventer, quien le mostró el lado brillante de la vida monástica, Erasmo cedió y entró en Steyn, donde poco después, probablemente en 1488, profesó.

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Capítulo II

En el monasterio

Erasmo, canónigo agustino en Steyn. — Sus amigos. — Cartas a Servacio. — El humanismo en los monasterios: la poesía latina. — Aversión a la vida monástica. — Deja Steyn para entrar al servicio del obispo de Cambray: 1493.

— Jaime Batt. — Antibarbari. — Obtiene licencia para ir a estudiar a París: 1495

Más tarde en su vida, por influjo del pesar que lo carcomía, cansado por su monacato y todo el trabajo que se tomó para escapar a él, la representación de todos los acontecimientos que lo llevaron a entrar en el convento se deformó en su espíritu. El hermano Pedro, a quien todavía escribía en tono cordial desde Steyn, se convierte, según él, en un sujeto despreciable, hasta en su espíritu malo, su Judas. El condiscípulo cuyo consejo había sido tan decisivo, ahora le parece ser un traidor, impulsado por su propio interés, que había escogido la vida conventual por haraganería solamente, y para darse a la buena vida9.

Las cartas que Erasmo escribió desde Steyn no descubren el menor vestigio de su aversión profunda a la vida monástica, que más tarde nos invita a creer había sentido él desde el comienzo. Desde luego

Al Compendium vitae, A. no. II, t. I. p. 47 y a la carta de 1516 a un secretario apostólico, A. 447, puede añadirse ahora también la carta de 1524 descubierta por la señora Allen en Basilea, probablemente dirigida a Geldenhauer, A. 1436, la cual asegura en alto grado la antes disputada autenticidad del Compendium vitae.

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podemos suponer que la vigilancia de sus superiores le impedía escribir todo lo que le dictaba su corazón, y que en las profundidades de su ser había existido siempre el anhelo por la libertad y por un trato social más ilustrado que el que Steyn podía ofrecerle. Sin embargo, bien debió de hallar en el monasterio algunas de las cosas buenas que su condiscípulo le había hecho esperar. Que en aquel período hubiera escrito un Elogio de la Vida Monástica10 «para agradar a un amigo que se había propuesto atraer con engaño a un primo suyo», como él mismo dice11, es una de esas ingenuas aseveraciones cuya absurdidad no reconoció nunca Erasmo.

En realidad halló en Steyn una buena proporción de libertad, algún alimento para un espíritu que se perecía por la antigüedad clásica, y las amistades con hombres de inclinaciones mentales idénticas a las suyas. Hubo tres que lo cautivaron especialmente. Del discípulo que lo indujo a hacerse monje, no oímos hablar más. Sus amigos son Servacio Roger de Rotterdam y Guillermo Hermans de Gouda, ambos camaradas suyos en Steyn, y el de más edad, Cornelio Gerard de Gouda, generalmente llamado Aurelio (casi latinización de Goudanus), que pasó la mayor parte de su tiempo en el monasterio de Lopsen, cerca de Leyde. Con ellos leyó y conversó sociable y jocosamente; con ellos cambió cartas cuando no estaban juntos.

Aparecido en 1521, con el título De contemptu mundi epistola, LB. V. 1239 véase A. 1194 intr.

A. no. I, t. I. p. 18.

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De las cartas a Servacio12 se desprende la figura de un Erasmo que no volveremos a encontrar jamás: de un joven de sensibilidad más que femenina, de apasionado anhelo por una amistad sentimental. Escribiendo a Servacio, Erasmo recorre toda la gama de un ardiente enamorado. En cuanto la imagen de su amigo se presenta a su espíritu brotan las lágrimas de sus ojos. Vuelve a leer llorando, a todas horas, sus cartas. Pero se aflige mortalmente y se angustia, porque el amigo se muestra contrario a su excesivo afecto. « ¿Qué deseáis de mí?, —le pregunta—. ¿Qué os ha ofendido?», contesta el otro. Erasmo no puede soportar que aquella amistad no sea plenamente correspondida. «No seáis tan reservado; ¡decidme qué os sucede! Yo pongo mi esperanza en vos únicamente; he llegado a ser tan vuestro, que no habéis dejado en mí nada de mí mismo. Vos conocéis mi pusilanimidad, que cuando no tiene en quien apoyarse y descansar, me deja tan desesperado que la vida se convierte en una carga para mí13».

Recordemos esto. Erasmo no se expresará nunca más tan apasionadamente. Pero nos ha dado la clave con la cual podemos comprender mucho de su manera de ser en sus años posteriores.

Estas cartas se han tomado a veces como puros ejercicios literarios; la flaqueza que descubren y la ausencia completa de toda reticencia, parecen avenirse poco con su costumbre de ocultar sus más íntimos sentimientos, los cuales más tarde nunca manifiesta Erasmo del

A. 4-9, 13, 15.

A. 8. 64.

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todo. El doctor Allen, que deja indecisa esta cuestión14[se inclina, sin embargo, a considerar esas cartas como efusiones sinceras; por mi parte, tales me parecen, indiscutiblemente. Esa exuberante amistad se acuerda perfectamente con la época y con el personaje.

Las amistades sentimentales estaban tan en boga en los centros mundanos durante el siglo XV, como a fines del siglo XVIII. Cada palacio tenía sus parejas de amigos que vestían igual y compartían habitación, cama y corazón. Y este culto a la amistad fervorosa no se restringía a la esfera de la vida aristocrática. Era uno de los caracteres específicos de la «devotio moderna», la cual, por lo demás, parece por su propia naturaleza inseparablemente unida con el pietismo. Observarse uno a otro con simpatía, observar y anotar cada uno la vida interior del otro, era una habitual y aprobada ocupación entre los religiosos de la Vida Común y los monjes de Windesheim. Y aunque Steyn y Sión no pertenecían a la congregación de Windesheim, el espíritu de la «devotio moderna» predominaba allí.

En cuanto a Erasmo, pocas veces reveló el fundamento de su carácter más completamente que cuando declaró a Servacio: «Yo pienso que nada puede ponerse en esta vida por encima de la amistad; nada se puede con más ardencia desear, nada se debe atesorar más celosamente». Un violento afecto de naturaleza semejante lo turba hasta en época más tardía, cuando la pureza de

A. I. p. 584

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sus motivos se puso en tela de juicio. Más tarde habla de la juventud como acostumbrada a concebir ferviente afecto para ciertos camaradas15. Es más, los ejemplos clásicos de amigos, Orestes y Pílades, Damón y Pinias, Teseo y Piritóo, como también David y Jonatán, estaban presentes siempre a los ojos de su espíritu16. Un corazón joven y muy afectuoso, con algunos rasgos femeninos, repleto de todo el sentimiento y todas las imaginaciones de la literatura clásica, que estaba excluido del amor y se hallaba colocado contra su voluntad en un ambiente rudo y frígido, era probable que se tornase algo excesivo en sus afectos.

Pero estaba obligado a moderarlos: Servacio no quería nada con tan celosa y exigente amistad y, probablemente, a costa de mayor humillación y vergüenza de la que aparece en sus cartas, el joven Erasmo se resigna a ser más cauteloso en la expresión de sus sentimientos, para lo futuro. El Erasmo sentimental desaparece para siempre y hace lugar para el ingenioso latinista, que aventaja a sus antiguos amigos y charla con ellos de poesía y literatura, los aconseja acerca de su estilo latino, y los sermonea si es necesario17. Las facilidades para adquirir el nuevo gusto por la antigüedad clásica no pueden haber sido tan escasas en Deventer, ni siquiera en el monasterio, como Erasmo quiere darnos a entender más tarde, si consideramos los autores que ya por entonces conocía. Podemos

A. 447. 320

A. 17. 41, 83. 126

A. 12. 15.

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también conjeturar que los libros que dejó su padre, traídos posiblemente por éste de Italia, contribuyeron a la cultura de Erasmo, aunque hubiera sido extraño que, con su inclinación a rebajar sus escuelas y su monasterio, no hubiera hecho mención de aquella circunstancia. Pero además, conocemos que el saber humanista de su juventud no le perteneció exclusivamente, a pesar de todo cuanto dice después acerca de la ignorancia y el oscurantismo holandeses. Es probable que lo poseyesen también Cornelio Aurelio y Guillermo Hermans.

En una carta a Cornelio18, menciona a los siguientes autores como sus modelos poéticos: Virgilio, Horacio, Ovidio Juvenal, Estacio, Marcial, Claudiano, Persio, Lucano, Tíbulo, Propercio. En prosa imita a Cicerón, Quintiliano, Salustio, y también a Terencio, cuyo carácter métrico no había sido aún reconocido. Entre los humanistas italianos estaba especialmente familiarizado con Lorenzo Valla, quien por causa de sus Elegantiae le parecía el promotor de las «bonae literae»; pero Filelfo, Eneas Silvio, Guarino, Poggio y otros, no le eran tampoco desconocidos19. En literatura eclesiástica, era muy leído en San Jerónimo. Resulta, pues, muy digno de observar, que la educación que Erasmo recibió en las escuelas de la «devotio moderna», con su finalidad ultra puritana, su rígida disciplina aplicada a doblegar la personalidad, pudiera producir un espíritu como el que él manifiesta en aquel período

A. 20. 97

A. 23. 73

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monástico— el espíritu de un perfecto humanista. Sólo está interesado en escribir versos latinos, y en la pureza de su estilo latino. Casi en vano buscamos devoción en su correspondencia con Cornelio de Gouda y Guillermo Hermans. Ellos manejaban con facilidad los más dificultosos metros latinos y los más raros términos de mitología. Sus temas son bucólicos o amatorios y, si son devotos, su clasicismo los priva del acento de la piedad. El prior del vecino monasterio de Hem, a cuya petición Erasmo cantó al Arcángel San Miguel, no se atrevió a exhibir su oda sáfica: era tan «poética», a su parecer, que le parecía casi griega20.

Por aquellos días, poético significaba clásico. A Erasmo, por su parte, le parecía su poema tan desabrido, que casi le resultaba en prosa —« ¡aquellos tiempos eran tan áridos!», suspiraba años después.

Aquellos jóvenes poetas se tenían por custodios de una nueva ilustración en medio de la torpeza y la barbarie que los oprimían. No les costaba mucho creer mutuamente que sus producciones eran inmortales, como suelen hacerlo todos los grupos de poetas jóvenes, y soñaban con un futuro de gloria poética para Steyn, por la cual podría competir con Mantua21. Los teólogos burdos, rutinarios, de

cortos alcances —pues tales les parecían— que los rodeaban, ni les hacían caso ni los alentaban. La fuerte propensión de Erasmo a imaginarse amenazado y perjudicado, prestaba a su posición un

A. no. I, t. I. p. 3: LB. V. 1321.

A. 49. 106.

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tinte de mártir del talento sojuzgado. Se queja a Cornelio en exquisito metro horaciano del desprecio en que se tiene a la poesía22; su compañero monje le ordena que deje descansar su pluma acostumbrada a escribir poesía. La roedora envidia lo fuerza a renunciar a componer versos. Predomina una hórrida barbarie; aquel país se burla del arte que procura laureles y preside el alto Apolo; el grosero palurdo ordena al erudito poeta que escriba versos. «Aunque tuviese tantas bocas como estrellas rutilan en el silencioso firmamento en las noches serenas, o como rosas el tibio viento de la primavera esparce por el suelo, no podría quejarme lo bastante de todos los daños que oprimen en nuestro tiempo al sagrado arte de la poesía. Estoy hastiado de escribir versos».

Cornelio compuso un diálogo con el tema de este desahogo, que plugo sobremanera a Erasmo.

Aunque en este arte pueda haber mucho de ficción retórica y asidua imitación, no debemos a tal respecto menospreciar el entusiasmo que inspira a aquellos jóvenes poetas. Nosotros, la mayoría de los cuales nos hemos vuelto ya torpes para gustar los encantos del latín, no debemos tratar demasiado a la ligera la exaltación sentida por el que, después de haber aprendido aquella lengua en las más absurdas cartillas y por los métodos más ridículos, a pesar de ello la descubre en toda su pureza y logra dominarla enteramente en el

LB. VIII. 567.

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hechicero ritmo de su ingeniosa métrica, en la magnífica precisión de su estructura, no menos que en la claridad de sus acordes.

Nec si quot placidis ignea noctibus

Scintillant tacito sydera culmine,

Nec si quot tepidum flante Favonio

Ver suffundit humo rosas,

Tot sint ora mihi…

¿Quién puede extrañar que el joven que pudo hablar así, o que junto con su amigo pudo cantar la primavera en una canción melibea de cincuenta dísticos, se tuviese por poeta23? Trabajo pedante si se quiere, elaborados ejercicios literarios; pero, a pesar de esto, llenos de la frescura y el vigor que brotan de la esencia de la lengua latina.

De esta disposición de ánimo debía salir la primera obra de alto alcance que Erasmo había de emprender, cuyo manuscrito había de perder más tarde, recobrar en parte, y publicar sólo pasados muchos años: los Antibarbari, que comenzó en Steyn, según opina el doctor Allen24. En la versión en que finalmente apareció el primer libro de Antibarbari, se refleja, ciertamente, una fase algo posterior de la vida de Erasmo; la que comenzó cuando hubo dejado el monasterio; ni en el moderado tono de su ingeniosa defensa de la literatura profana, se reconoce el del poeta de Steyn. Pero el ideal de

LB. VIII. 565.

A. 30. 16 Anm

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una libre y noble vida de amistoso trato con los antiguos, y el ininterrumpido estudio de ellos, se le había ocurrido ya entre las paredes del convento.

En el curso de los años, aquellas paredes probablemente lo cercaron cada vez más estrechamente. Ni su correspondencia erudita o poética, ni el arte de la pintura en que se ocupó25, junto con un tal Sasboud, pueden suavizar la opresión de la vida monástica y el ambiente de espíritu mezquino y hostil. Del último período de su vida en el monasterio, no se ha conservado ninguna carta, según las investigaciones escrupulosas del doctor Allen. ¿Había abandonado su correspondencia por esplín, o le habían ordenado sus superiores que la dejase, o nos hemos quedado a oscuras por una pérdida accidental? No sabemos nada de las circunstancias y el estado de ánimo en que Erasmo fue ordenado, el 25 de abril de 1492, por el obispo de Utrech, David de Borgoña. Tal vez el tomar las órdenes sagradas estaba relacionado con su deseo de dejar el monasterio. Él mismo declaró más tarde que raramente había dicho misa. Encontró la ocasión de dejar el monasterio cuando le ofrecieron el puesto de secretario del obispo de Cambray, Enrique de Bergen. Erasmo debió esta promoción a su fama de latinista y literato; porque Erasmo entró al servicio del obispo con la perspectiva de un viaje a Roma donde el prelado esperaba obtener un capelo. Se había obtenido la autorización del obispo de Utrech, como también la del

A. I. 16. 12, cf. IV. pág. XX, y véase LB. IV. 756, donde repasando los años de su juventud recuerda también: «Pingere dum meditor tenues sine corpore formas».

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prior y el general de la Orden. Desde luego, no se trataba todavía de despedirse para siempre, puesto que, como servidor del obispo, Erasmo continuó llevando su hábito de religioso. Se había preparado para su partida con el más profundo secreto. Hay algo de conmovedor en la visión que tenemos de su amigo y compañero de poesía, Guillermo Hermans, esperando en vano en las afueras de Gouda poder ver a su amigo sólo un momento cuando, en su viaje hacia el sur, pasase por la ciudad26 Parece que había habido conversaciones entre ambos para dejar Steyn juntos; pero Erasmo, por su parte, no le había dicho nada de sus proyectos. Guillermo hubo de consolarse con la literatura que pudiera encontrarse en Steyn.

****

Erasmo, que tenía entonces veinte años cumplidos, pues con toda probabilidad el año en que dejó el monasterio fue el de 1493, comenzó una carrera que era muy frecuente y codiciada por aquel tiempo: la de un intelectual a la sombra de un gran personaje. Su patrón pertenecía a una de las nobles familias belgas que se habían elevado sirviendo a los borgoñones y eran interesadamente adictas a la prosperidad de aquella casa. Los Glimes eran señores de la importante ciudad de Bergen-op-Zoom, la cual, situada entre el río Escalda y el delta del Mosa, era uno de los eslabones entre los Países Bajos del Norte y los del Sur. Enrique, el obispo de Cambray,

A. 33. 10.

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acababa de ser nombrado canciller de la Orden del Toisón de Oro, la más distinguida dignidad eclesiástica de la Corte, la cual aunque ahora era en realidad habsburguesa, seguía siendo llamada borgoñona. El servir a tan importante personaje, prometía honor y provecho casi ilimitados. Más de cuatro, en aquellas circunstancias, a costa de un poco de paciencia, de algunas humillaciones y de cierta relajación de principios, se hubieran elevado hasta ser obispos. Pero Erasmo no fue nunca hombre para sacar provecho de su situación.

El servir al obispo le resultó casi un desengaño. Erasmo tuvo que acompañarlo en sus frecuentes migraciones de una residencia a otra en Bergen, Bruselas o Malinas. Estaba muy ocupado, pero se desconoce la exacta naturaleza de sus deberes. El viaje a Roma, culminación de todo lo deseable para un sacerdote o un erudito, no se efectuó. El obispo, aunque se tomó cordial interés por Erasmo durante unos meses, era menos complaciente de lo que él había esperado. De manera que pronto hallamos otra vez a Erasmo en un estado de ánimo nada contento. «La más dura suerte», llama a la suya27, que le roba toda su antigua desenvoltura. Ocasiones para estudiar no tiene ninguna. Ahora envidia a su amigo Guillermo, quien en Steyn, en su celdita, puede escribir bellos versos, favorecido por su «buena estrella». Mientras que a él, a Erasmo, sólo le toca llorar y suspirar; ya se ha embotado la inteligencia y se ha

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marchitado el corazón de tal modo, que sus estudios de antes no tienen atractivo para él28

Hay en esto exageración retórica, y no tomaremos muy en serio su añoranza del convento; pero es evidente que lo dominaba profunda melancolía. El contacto con el mundo de la política y la ambición, probablemente había desconcertado a Erasmo. Nunca tuvo aptitudes para ellas. Las duras realidades de la vida lo asustaban y angustiaban. Cuando se vió forzado a ocuparse en ellas, no vió más que amargura y confusión en torno a él. « ¿Dónde están la alegría y el reposo? Dondequiera que vuelva los ojos sólo veo desastre y crueldad. ¿Y con tanto bullicio y clamoreo a mi alrededor, queréis que halle comodidad para el trabajo de las Musas?».

Verdadera tranquilidad, Erasmo no había de encontrarla en toda su vida. Todo su leer, todo su escribir, los hizo aprisa y corriendo, «tumultuarie», como dice él repetidamente. Y, a pesar de ello, debió de trabajar con intensa concentración y con poder de asimilación increíbles. Mientras estuvo con el obispo, visitó el monasterio de Groenendael, cerca de Bruselas, donde tiempo atrás había escrito Ruysbroeck. Tal vez Erasmo no oyó hablar de Ruysbroeck a los habitantes del monasterio, aunque en realidad hubiera encontrado poco deleite en los escritos del gran místico. Pero en la biblioteca encontró las obras de San Agustín, y éstas sí que las devoró. Los

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monjes de Groenendael se sorprendieron al notar su afición. Hasta se llevaba los volúmenes a su alcoba29.

De cuando en cuando, durante aquel período halló tiempo para escribir. En Halsteren, cerca de Bergen-op-Zoom, donde el obispo tenía una casa de campo, revisó los Antibarbari30, comenzados en Steyn, y los arregló en forma de diálogo. Parecía como si buscase compensación a la agitación de su existencia en una atmósfera de idílico reposo y culta conversación. Nos transporta al escenario (después lo usará repetidamente) que siempre siguió siendo el placer ideal de la vida para él: un jardín o quinta en las afueras de la ciudad, donde, gozando de un bello día, un reducido grupo de amigos se encuentran para hablar, reunidos en torno a una mesa frugal o durante un reposado paseo, con serenidad platónica, acerca de cosas del espíritu. Los personajes que introduce, además de él, son sus mejores amigos. Éstos son, el apreciado y fiel amigo que conoció en Bergen, Jaime Batt, maestro de escuela y después también escribano de aquella ciudad, y su antiguo amigo Guillermo Hermans, de Steyn, a quien ayudó más tarde algo en su carrera literaria. Guillermo, que llega inesperadamente de Holanda, encuentra a los demás, y a ellos más tarde se agregan el burgomaestre de Bergen y el médico de la ciudad. Con tono ligero, juguetón y plácido, traban una discusión acerca de la apreciación de la poesía y la literatura —de la literatura latina. Ésas no son

A. t. I. p. 590

LB. X. 1691

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incompatibles con la verdadera devoción, como una bárbara estolidez quisiera hacernos pensar. Una muchedumbre de testigos está ahí para demostrarlo, y sobre todos ellos San Agustín, a quien Erasmo ha estudiado recientemente, y San Jerónimo, con quien Erasmo se ha familiarizado largo tiempo y cuyo espíritu, en efecto, congenia más con el suyo. Solemnemente, al modo de antiguos romanos, declaran la guerra a los enemigos de la cultura clásica. ¡Ah, godos!, ¿con qué derecho ocupáis no sólo las provincias latinas (se alude a las disciplinae liberales) sino la capital, esto es, la misma Latinidad?

Fue Batt quien, cuando las esperanzas puestas en el obispo de Cambray acabaron en desengaño, contribuyó a buscar otra salida para Erasmo. Él había estudiado en París, y allí también esperaba ir Erasmo, ya que se le negaba Roma. Se obtuvo el consentimiento del obispo y la promesa de un estipendio, y Erasmo partió para la más famosa de las universidades, la de París, probablemente a fines de verano de 1495. El influjo y los esfuerzos de Batt le habían procurado aquella feliz ocasión.

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Capítulo III

La Universidad de París

La Universidad de Paris — Tradiciones y escuelas de Filosofía y Teología. — El Colegio de Montaigu.— Repugnancia ante el escolasticismo. — Relaciones con el humanista Roberto Gaguin, 1495.— ¿Cómo ganarse la vida? — Primeros bosquejos de varias de sus obras docentes. — Viaje a Holanda y regreso. — Batí y la dama de Veere. — A Inglaterra con lord Mountjoy: 1499.

La universidad de París31 era, más que cualquier otro sitio de la cristiandad, escenario de colisión y lucha de opiniones y partidos. La vida universitaria de la Edad Media fue, en general, tumultuosa y agitada. Hasta las formas del trato entre los hombres de ciencia implicaban un elemento de irritabilidad; discusiones, disputaciones, frecuentes elecciones, y alborotos de los estudiantes. A ellos se añadían antiguas y nuevas disputas de toda clase de órdenes, escuelas y grupos. Los diferentes colegios contendían unos con otros; el clero seglar estaba en discordia con el regular. Los tomistas y los escotistas, llamados en conjunto los antiguos, habían estado disputando en París con los terministas o modernos, esto es, los seguidores de Ockam y Buridan. En 1482, una especie de paz fue concluida entre aquellos dos grupos. Ambas escuelas estaban ya

Véase A. Renaudet, Préréforme et Humanisme à Paris, 1494-1514.

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muy decadentes, encalladas en estériles disputas técnicas, en sistematizar y subdividir, en un método de términos y palabras de los cuales ya no podían sacar provecho la ciencia ni la filosofía. Los colegios teológicos de los dominicanos y los franciscanos de París, ya declinaban; de la enseñanza teológica se encargaban los colegios seglares de Navarra y de la Sorbona, pero al estilo antiguo.

Aquel tradicionalismo general no había podido evitar que el humanismo penetrase también en París durante el último cuarto del siglo XV. El refinamiento del estilo latino y el gusto por la poesía clásica también tenían allí sus fervorosos campeones, precisamente en forma del platonismo restaurado que había surgido en Italia. Los humanistas parisienses eran en parte italianos, como Girolamo Balbi y Fausto Andrelino; por aquel tiempo se tenía por su jefe a un francés, Roberto Gaguin, general de la orden de los Maturinos o Trinitarios, diplomático, poeta y humanista. Junto al nuevo platonismo, una más clara comprensión de Aristóteles había penetrado allí, también procedente de Italia. Poco antes de la llegada de Erasmo, Jacobo Lefèvre d’Étaples había vuelto de Italia, donde había visitado a los platónicos, como Marsilio Ficino, Pico de la Mirándola, y a Ermolao Bárbaro, el restaurador Aristóteles. Aunque la teología teórica y la filosofía eran en París por regla general conservadoras, allí, como por todas partes, no faltaban movimientos para reformar la Iglesia. La autoridad de Juan Gerson, gran canciller de la Universidad (hacia 1400), no había sido aún olvidada. Pero reforma en ningún modo significaba inclinación a separarse de

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la doctrina de la Iglesia; aspiraba, en primer lugar, a la restauración y la purificación de las órdenes monásticas, y después a la exterminación de abusos que la Iglesia reconocía, y lamentaba que existieran en su seno. Con este espíritu de reforma de la vida espiritual, el movimiento holandés de la «devotio moderna» había comenzado recientemente a dejarse sentir en París también; el jefe de sus promotores fue Juan Standonck de Malinas, educado por los hermanos de la Vida Común en Gouda e imbuido de su espíritu en la más rigurosa forma. Era un ascético más austero de lo que requería el espíritu de los Windesheimianos, riguroso, sí, pero moderado; mucho más allá de los centros eclesiásticos, su nombre era proverbial en lo relativo a su abstinencia: se había prohibido definitivamente a sí mismo el comer carne32. Como provisor del colegio de Montaigu había instituido las reglas más rigurosas, reforzadas por castigos a las más ligeras faltas. Al colegio había agregado un hogar para los escolares pobres, donde vivían en comunidad semi monástica.

Erasmo había sido recomendado a aquel hombre por el obispo de Cambray. Aunque no se agregó a la comunidad de los estudiantes pobres (ya tenía cerca de treinta años de edad), llegó a conocer todas las privaciones del sistema, que amargaron la primera parte de su estancia en París y le infundieron una profunda y permanente aversión por la abstinencia y la austeridad. ¿Para aquello había ido

Jean Molinet, Faictz et dictz f. 62.

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él a París? ¿Para experimentar las dolorosas y deprimentes influencias de su juventud otra vez, y en forma todavía más rigurosa?

El propósito por el cual Erasmo fue a París era principalmente el de obtener el grado de doctor en teología. Aquello no era demasiado dificultoso para él; como religioso regular, estaba exento de estudios previos en la facultad de Artes, y su saber y asombrosa inteligencia y energía lo capacitaban para prepararse en breve tiempo para los exámenes y las disputaciones requeridas. Y con todo, no consiguió aquel propósito en París. Su estancia, que con algunas interrupciones duró primero hasta 1499, para continuar después, se convirtió para él en un período de dificultades y exasperaciones; de lucha para abrirse camino por todos los humillantes medios que por aquel tiempo eran indispensables para lograrlo, pero también de alboreantes buenos éxitos, los cuales, sin embargo, no pudieron satisfacerlo.

La primera causa de sus contratiempos era física: no pudo sufrir la dura vida del colegio de Montaigu. Los huevos podridos, las escuálidas alcobas, quedaron clavados en su memoria para toda su vida; él piensa que allí contrajo los primeros amagos de su enfermedad, que se desarrolló más tarde. En los Colloquia ha recordado con horror el sistema de abstinencia de Standonck: privación y castigo. Por lo demás, su estancia allí duró sólo hasta la primavera de 1496.

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Mientras tanto, había comenzado sus estudios teológicos. Asistía a lecciones sobre la Biblia y el Libro de las Sentencias, el manual clásico de teología durante la Edad Media, que todavía seguía usándose entonces. Hasta se le permitió dar algunas lecciones en el colegio acerca de las Sagradas Escrituras. Predicó unos cuantos panegíricos de santos, probablemente en la vecina abadía de Santa Genoveva. Pero no ponía el corazón en nada de esto. Las sutilezas de las escuelas no podían agradarle. Aquella aversión contra el escolasticismo, al que él rechazaba con absoluta condenación, se arraigó fuertemente en su espíritu que, aunque vastamente comprensivo, siempre juzgaba injustamente aquello para lo que no tenía cabida en él. «Esos estudios hacen a un hombre quisquilloso y pendenciero; ¿pueden hacerlo sabio? Agotan el espíritu con una especie de árida y estéril sutileza, sin fertilizarlo ni inspirarlo. Con sus balbuceos y con las manchas de su impuro estilo desfiguran la teología que había sido enriquecida y ornada por la elocuencia de los antiguos. Lo enredan todo mientras prueban a resolverlo todo33». «Escotista», para Erasmo, se convirtió en un epíteto socorrido para todos los escolásticos, es más, para todo lo mandado retirar y anticuado. Hubiera preferido que se perdiera toda la obra de Escoto antes que las obras de Cicerón o de Plutarco. Éstos le habían hecho mejor, al paso que la lectura de los escolásticos le dejaba fríamente

A. 408. 22

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dispuesto para con la verdadera virtud, excitando, en cambio, su pasión de disputar34.

Sin duda hubiera sido difícil para Erasmo hallar en el árido tradicionalismo que predominaba en la Universidad de París, la culminación de la filosofía y la teología escolásticas. De las disputaciones que escuchó en la Sorbona no sacó más que la costumbre de burlarse de los «doctores de teología» a quienes él nombra siempre irónicamente por su título de honor: Magistri nostri. Se halla sentado y bostezando entre «esos santos escotistas, con sus arrugadas frentes y caras perplejas»; y cuando vuelve a casa, escribe una irrespetuosa fantasía a su amigo Tomás Grey35, contándole cómo duerme el sueño de Epiménides entre los teólogos de la Sorbona. Epiménides despertó después de dormir cuarenta y siete años; pero la mayoría de nuestros actuales teólogos nunca despertarán. ¿Qué debía de haber soñado Epiménides sino las sutilezas de los escotistas: quididades, formalidades, etc.? Pues bien, Epiménides había vuelto a nacer en figura de Escoto o, mejor dicho, era el prototipo de Escoto. Porque, ¿no escribió también él obras teológicas en que anudó tales nudos silogísticos que ni él mismo hubiera podido deshacer jamás? La Sorbona guarda conservado el pellejo de Epiménides lleno de misteriosas escrituras, como oráculo que los hombres sólo pueden descifrar después de haber ostentado el título de Magister noster durante quince años.

Convivium religiosum, Coll. LB. I. 682 B

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No hay mucha distancia de las caricaturas como éstas a los Sorbonistres y los Barbouillamenta Scoti de Rabelais. «Se dice —así termina Erasmo su boutade— que nadie puede comprender los misterios de esta ciencia si tiene el menor trato con las Musas o las Gracias. Todo lo que haya uno aprendido en buenas letras, debe ser antes desaprendido: si ha bebido uno del agua del Helicón, deberá primero vomitar el trago. Pongo sumo cuidado en no decir nada en consonancia con el gusto latino, ni nada gracioso o ingenioso; y ahora ya voy adelantando, y puede esperarse que un día sabrán ellos quién es Erasmo».

No era sólo la aridez del método ni la esterilidad del sistema lo que sublevaba a Erasmo. Eran también las cualidades de su propio espíritu, que, a despecho de toda su amplitud y agudeza, no se inclinaban a penetrar profundamente en las especulaciones filosóficas o dogmáticas. Porque no sólo era el escolasticismo lo que él repugnaba; el joven platonismo y el rejuvenecido aristotelismo enseñado por Lefèvre d’Étaples tampoco lograron atraerlo. De momento quedaba como humanista de carácter estético, con un fondo de propensión bíblica y moral, que estribaba principalmente en el estudio de su preferido San Jerónimo. Durante largo tiempo después, Erasmo se tenía, y como tal se presentaba, por un poeta y orador; y por esta última palabra él entendía lo que nosotros llamamos literato.

En cuanto llegó a París, debió de haber buscado contacto con los cuarteles generales del humanismo literario. El oscuro religioso

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holandés se presenta a sí mismo en una larga carta (no conservada) llena de elogios, acompañada de un poema muy trabajado, dirigida al general, no sólo de los trinitarios, sino, al mismo tiempo, de los humanistas parisienses: Roberto Gaguin. El grande hombre contestó muy amablemente: «Por la muestra de vuestra poesía, deduzco que sois hombre letrado; mi amistad queda a vuestra disposición; no seáis tan pródigo en vuestras alabanzas, que puedan parecer adulaciones».

Apenas había comenzado aquella correspondencia, cuando Erasmo halló espléndida ocasión de hacer un favor a aquel ilustre personaje y, al mismo tiempo, a la sombra de su nombre, darse a conocer al público ilustrado. Esta circunstancia es importante además porque nos procura, por primera vez, la manera de advertir la relación que se ha encontrado siempre entre la carrera de Erasmo como literato y erudito, y las condiciones técnicas del joven arte de imprimir.

Gaguin era una personalidad completa, y su libro de texto latino de Historia de Francia, De origine et gestis Francorum Compendium, se acababa de imprimir. Era la primera muestra de historiografía humanista en Francia. El impresor había terminado su obra el 30 de septiembre de 1495; pero de las 136 hojas, dos quedaban en blanco. Esto no era permisible según las ideas de aquel tiempo. Gaguin estaba enfermo y no podía remediar el conflicto. Espaciando con mucha destreza, el compositor pudo llenar el folio 135 con un poema de Gaguin, con el colofón, y dos elogios por Fausto Andrelino y otro humanista. A pesar de todo, se necesitaba más composición,

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y entonces Erasmo se lanzó a la brecha y proporcionó una larga carta de encomio, que llenaba por completo el espacio sobrante del folio 13636. De este modo, su nombré y su estilo se hicieron de pronto conocidos del numeroso público que se interesaba por la obra histórica de Gaguin, para quien los excepcionales talentos de Erasmo evidentemente no habían pasado inadvertidos. Lo que no hubiera podido adivinar Gaguin era que su historia había de ser conocida en lo porvenir principalmente por haber sido un primer escalón para Erasmo.

Aunque Erasmo, como seguidor de Gaguin, había entrado ya en el mundo de los humanistas parisienses, aquel camino de la fama, que recientemente había comenzado a abrirse gracias a la prensa de imprimir, no fue accesible todavía para él. Mostró los Antibarbari a Gaguin, quien los alabó, pero no resultó de ello ninguna sugerencia de publicación. Un delgado volumen de poemas latinos por Erasmo, fue publicado en París, en 1496, dedicado a Héctor Boys, un escocés a quien había conocido en Montaigu37. Pero los escritos más importantes en que trabajó durante su estancia en París, no fueron impresos sino mucho más tarde.

Por muy honroso que pudiera ser el trato con hombres como Roberto Gaguin y Fausto Andrelino, no era inmediatamente provechoso. El apoyo del obispo de Cambray era más escaso de lo

A. 43, pág. 145, donde los pormenores del caso son expuestos con singular agudeza y se sacan conclusiones que importan para la cronología de la estancia de Erasmo en París.

A. 47.

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que Erasmo deseara. En la primavera de 1496 cayó enfermo y dejó París. Fue primero a Bergen y halló bondadosa acogida por parte de su patrón, el obispo; y luego de recobrar su salud, se volvió a Holanda al lado de sus amigos. Fueron ellos, sin embargo, los que lo instaron a volverse a París, lo que hizo en el otoño de 1496. Llevaba poesías de Guillermo Hermans y una carta de este poeta, para Gaguin. Se encontró un impresor para las poesías y Erasmo puso también a su amigo y colega en poesía en contacto con Fausto Andrelino.

La situación de un hombre que se proponía vivir del trabajo intelectual distaba mucho de ser holgada por aquel tiempo, y no era siempre respetada. Tenía que vivir de prebendas eclesiásticas o de protectores distinguidos, o de ambas cosas a la vez. Pero tales prebendas eran difíciles de obtener, y los protectores eran dudosos y defraudaban a veces las esperanzas que se ponían en ellos. Los editores sólo pagaban espléndidamente los manuscritos de los autores famosos. Por regla general, el escritor recibía cierto número de ejemplares de su obra, y eso era todo. Su principal provecho podían esperarlo de una dedicatoria a algún personaje distinguido que pudiera obsequiarlo con un generoso regalo. Autores había que acostumbraban dedicar la misma obra, repetidamente, a diferentes personajes. Erasmo se defendió más tarde explícitamente de esta sospecha, y cuidó de hacer notar que muchos de aquéllos a quienes

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había honrado con una dedicatoria no le habían dado nada, o muy poco38.

La primera necesidad, pues, para un hombre en las circunstancias de Erasmo, consistía en hallar un mecenas. Mecenas, para los humanistas, era casi sinónimo de patrono. Bajo el adagio «Ne bos quidem pereat», Erasmo había hecho una descripción de la manera decorosa de obtener un mecenas39.

Por consiguiente, cuando su conducta durante aquellos años nos parezca más de una vez impulsada por una inclinación poco digna, no debemos apreciarla según nuestros patrones actuales. Aquéllos eran años de flaqueza.

A su regreso a París no volvió a alojarse en Montaigu. Intentó ganarse la vida dando lecciones a jóvenes ricos. Fueron discípulos suyos los hijos de un mercader de Lübeck, Cristián y Enrique Northoff, que vivían con cierto Agustín Vincent. Compuso hermosas cartas para ellos, ingeniosas, facundas y un poquito perfumadas40. Al mismo tiempo enseñó a dos jóvenes ingleses, Tomás Grey y Roberto Fisher, y concibió tan vivo afecto por Grey que le ocasionó disgustos con el tutor del joven, un escocés, que molestaba extraordinariamente a Erasmo41.

París no dejó de ejercer su refinado influjo en Erasmo. Hizo que su estilo fuese afectadamente rebuscado y chispeante; él aparenta

A. no. I, t. I. p. 5.

Ad. 3401, LB. II c. 1051

A. 61.

A. 58 ss.

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desdeñar los rústicos productos de su juventud en Holanda. Mientras tanto, las obras por las cuales más tarde se difundirá su influencia por todo el mundo, comenzaban a crecer, pero sólo en beneficio de unos pocos lectores. Permanecían sin imprimir aún. Para los Northoff fue compuesto el breve compendio de conversación elegante (en latín). Familiarium colloquiorum Formulae, núcleo de los mundialmente famosos Colloquia42. Para Roberto Fisher escribió el primer esbozo del De conscribendis epistolis43, su gran disertación acerca del arte de escribir cartas (cartas latinas); y probablemente, también la paráfrasis de las Elegantiae de Valla, tratado acerca del latín castizo, que había sido faro de cultura para Erasmo en su juventud. El breve tratado De copia verborum ac rerum, que también ofrecía a los principiantes, junto a un vocabulario selecto, abundancia de giros y expresiones, constituye asimismo el germen de una obra más amplia. De ratione studii, manual para preparar cursos de estudio, puede figurar en la misma serie44.

Era una vida de incertidumbre, de inquietud. El obispo le procuraba muy escaso apoyo. Erasmo no estaba entonces bien de salud, y se sentía continuamente abatido45; formó planes para un viaje a Italia, pero no halló muchas facilidades para efectuarlo. En el verano de 1498 viajó por Holanda otra vez, y fue a ver al obispo. Allí sus amigos se complacían muy poco en sus estudios. Se temía que

A. t. I. p. 304

A. 71.

A. 23. 106. 260 intr., 66 intr.

A. 74, 75.

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estuviese contrayendo deudas en París. Corrían informes poco favorables para él]46. Halló al obispo en pleno ajetreo para un viaje oficial a Inglaterra, irritado y sobrado quejoso. Cada vez se le hacía más evidente que debía buscarse otro protector; tal vez podría acudir a la señora de Veere, Ana de Borselen, a cuyo servicio se había puesto su fiel y servicial amigo Batt, como preceptor del hijo de aquella dama, en el castillo de Tournehem, entre Calais y Saint Omer.

A su regreso a París, Erasmo reanudó su vida de antes, que no era para él más que odiosa esclavitud47. Batt consiguió que su amigo fuese invitado a ir a Tournehem, pero no podía resolverse a dejar París. Allí tenía ahora por discípulo al joven lord Mountjoy, Guillermo Blount. Esto significaba dos ventajas aprovechables para él. Incita a Batt a prepararle el terreno cerca de Ana de Veere; encarga a Guillermo Hermans que escriba cartas a Mountjoy en las cuales debe alabar el amor de éste hacia la literatura. «Debéis poner de manifiesto una sabia entereza; recomendadme, y ofreced vuestros servicios amablemente. Creedme, Guillermo, también vuestra reputación se beneficiará de ello. Es un joven de grande autoridad en su país; en él tendréis quien difunda vuestros escritos por Inglaterra. Os ruego encarecidamente que, si me amáis, os toméis a pechos este asunto48».

A. 81. 8, 83

A. 80. 9.

A. 81. 42-55.

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La visita a Tournehem se efectuó a comienzos de 1499, seguida de otro viaje a Holanda. En adelante, Ana de Veere pasó por su protectora. En Holanda vio a su amigo Guillermo Hermans, y le dijo que pensaba salir para Bolonia después de Pascua florida. Aquel viaje por Holanda estuvo lleno de inquietud y ajetreo; tenía prisa por volverse a París, para no perder cualquiera ocasión que el afecto de Mountjoy pudiera ofrecerle. Trabajó con ahínco en los diversos escritos en que estaba ocupado49; con todo el ahínco que su salud le permitía después de aquel penoso viaje en invierno. Se afanaba mucho por reunir el dinero necesario para su viaje a Italia, aplazado ahora hasta el mes de agosto. Pero seguramente Batt no pudo obtener tanto como él había esperado y, en mayo, Erasmo renunció a su viaje a Italia y se fue a Inglaterra con Mountjoy a petición de éste.

A. 95. 22.

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Capítulo IV

PRIMERA ESTANCIA EN INGLATERRA

Primera estancia en Inglaterra: 1499-1500. — Oxford: Juan Colet. — Las aspiraciones de Erasmo se dirigen hacia la Teología. — Pero en realidad sigue siendo principalmente un literato. — Fisher y Moro — Contratiempo en Dover al salir de Inglaterra. — De regreso a Francia reúne los Adagia. — Años de sufrimiento y penuria.

La primera estancia de Erasmo en Inglaterra, que duró desde comienzos del verano de 1499 hasta principios de 1500, había de ser para él un período de maduración interior. Se presentó allá como erudito poeta, protegido de un noble de alta posición, en camino de establecer más estrecho contacto con la alta sociedad que sabía apreciar y recompensar el mérito literario. Dejó su país con el ferviente deseo de emplear en adelante sus talentos, cuanto lo permitiesen las circunstancias, en trabajos más serios. Aquel cambio fue producido por dos nuevos amigos que encontró en Inglaterra, cuyas personalidades eran superiores con mucho a las que hasta entonces había encontrado en su camino: Juan Colet y Tomás Moro.

Durante todo el tiempo de su estancia en Inglaterra, Erasmo está muy contento con su suerte. Al principio es todavía un hombre de mundo que conversa, un refinado literato que necesita mostrar su brillante genio. La vida aristocrática de la cual evidentemente ha

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conocido muy poco en casa del obispo de Cambray y de la señora de Veere en Tournehem, le complace mucho, al parecer. «Aquí, en

Inglaterra —escribe con desenvoltura a Fausto Andrelino—, hemos adelantado un poco. El Erasmo a quien conocéis es ya casi un buen cazador, no muy mal jinete, y un cortesano bastante diestro. Ahora saluda un poquito más cortésmente, y sonríe más afablemente que antes. Si sois juicioso, venid también aquí». Y encocora al voluble poeta hablándole de las encantadoras muchachas y de la loable costumbre que encontró en Inglaterra de acompañar con besos todos los cumplidos50.

Y hasta le cupo la suerte de tratarse con la familia real. De la heredad de Mountjoy en Greenwich, Moro, en el curso de un paseo, lo llevó al Palacio de Eltham, donde eran educados los niños regios. Allí vio, rodeado de toda la Casa real, al joven Enrique, que había de ser Enrique VIII, siendo un muchacho de nueve años, junto con dos hermanitas y un príncipe niño que no andaba todavía. Erasmo se avergonzó de no tener nada que ofrecer, y al volver a su casa compuso (no sin esfuerzo, porque no había escrito versos hacía algún tiempo) un panegírico de Inglaterra, que ofreció al príncipe con una donosa dedicatoria51.

A. 103, cf. Chr. matrim. inst. LB. V. 678 y Cent nouvelles nouvelles 2. 63: «ung baiser, dont les dames et demoiselles du dit pays d’Angleterre sont assés libérales de l’accorder».

A. 104, 113. 148, «e somno decennin» es una exageración, cf. con no. I, t. I. p. 6: la composición LB. X. 1859

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En octubre, Erasmo estaba en Oxford, que, al principio, no le agradó, pero adonde Mountjoy iba a seguirlo52. Había sido recomendado a Juan Colet, quien declaró que Erasmo no necesitaba recomendaciones: ya lo conocía por la carta a Gaguin en la reciente obra histórica de éste, y tenía muy elevado concepto de su saber53. De aquí se siguió, durante la permanencia de Erasmo en Oxford, un animado trato, por conversación y por correspondencia, que ejerció definitivo influjo en la inclinación del polifacético espíritu de Erasmo. Juan Colet, que no difería mucho en edad de Erasmo, había encontrado su camino intelectual más pronto y con mayor facilidad. Nacido de padres acomodados (su padre era un magistrado londinense y había sido ya dos veces lord Mayor o Corregidor de Londres), había podido proseguir sus estudios cómodamente. No se dejó seducir por un brillantísimo talento como el que Erasmo poseía para las digresiones literarias y desde el comienzo había fijado su atención en la teología. Conocía a Platón y Plotino, aunque no en griego; era muy leído en los Santos Padres y por ello estaba familiarizado con el escolasticismo, para no mencionar sus conocimientos de matemáticas, leyes, historia, y poetas ingleses. En 1496 se había instalado en Oxford; aunque no estaba graduado en teología, explicaba las Epístolas de San Pablo. Y si bien, por su ignorancia del griego, debía limitarse a la Vulgata,

A. 105. 4.

A. 106. 5

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intentaba penetrar en el sentido original de los textos sagrados, descartando los comentarios posteriores.

Colet tenía un carácter profundamente serio, y siempre luchaba contra las inclinaciones de su vigorosa naturaleza refrenando su orgullo y su amor del placer. Tenía un agudo sentido del buen humor, lo cual sin duda lo hizo querer de Erasmo. Era un hombre entusiasta. Cuando defendía un punto de teología, su ardor cambiaba el sonido de su voz, la mirada de sus ojos, y un alto aliento exaltaba toda su persona54.

De su trato con Colet procedieron los primeros escritos teológicos de Erasmo. Al final de una discusión acerca de la agonía de Cristo en el huerto de Getsemaní, en que Erasmo había defendido la opinión corriente de que el temor a padecer de Cristo procedía de su naturaleza humana, Colet lo había exhortado a pensar más en el asunto. Cambiaron cartas acerca de ello, y finalmente Erasmo trasladó al papel ambas opiniones en forma de «Pequeña disputación acerca de la angustia, el temor y la tristeza de Jesús», Disputatiuncula de tedio, pavore, tristicia Jesu, etc., que era un desarrollo de aquellas cartas55.

Aunque el tono de aquel opúsculo es serio y piadoso, no es verdaderamente fervoroso. El literato no se deja arrinconar así como

así. «Mirad, Colet —así Erasmo termina su primera carta, refiriéndose medio irónicamente a sí mismo—, cómo puedo observar

A. 116. 29.

A. 108-111, LB. V. 1265.

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las reglas de la corrección concluyendo una disputación teológica como ésta con fábulas mitológicas (había usado unas pocas metáforas mitológicas). Pero, como dice Horacio, Naturam expellas furca, tamen usque recrret».

Esta posición ambigua que aún ocupaba Erasmo también en las cosas del espíritu, se muestra más clara todavía en la relación que envía a su nuevo amigo el frisio Juan Sixtin, poeta latino como él, de otra disputación con Colet56, en un ágape, probablemente en la sala del Magdalen College, a la que Wolsey tal vez estuvo también presente. A su camarada poeta, Erasmo escribe a lo poeta, con desenvoltura y cierta afectación. Era una comida como a él le agradaban, y que representó con frecuencia, más tarde, en sus Colloquia: comensales cultos, buenos manjares, bebida moderada, noble conversación. Presidía Colet. A su derecha se sentaba el prior Charnock del Saint Mary’s College, donde Erasmo residía (había estado también presente a la disputación acerca de la agonía de Cristo). A su izquierda estaba un teólogo, cuyo nombre no se menciona, abogado del escolasticismo; después de él venía Erasmo, «para que no faltase un poeta en el banquete». La discusión fue acerca del pecado de Caín con que desplugo al Señor. Colet defendió la opinión de que Caín había ofendido a Dios al dudar de la bondad del Creador, y por confianza en su propia laboriosidad en el cultivo de la tierra; mientras que Abel guardaba su rebaño y se contentaba

A. 116.

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con lo que éste criaba. El teólogo disputaba por silogismos; Erasmo con argumentos de «retórico». Pero Colet disputaba enardecido, y llevó ventaja a los dos. Pasado un rato en que la disputa había durado lo bastante y se había puesto más seria de lo que convenía a una conversación de mesa, «entonces yo dije, para representar mi papel, esto es, el de poeta, con el fin de moderar la disputa y al mismo tiempo alegrar la comida con una placentera relación: “Existe una historia muy antigua, que debe buscarse en los más antiguos autores. Yo os contaré lo que acerca de ella he encontrado en los libros con tal que prometáis primero que no lo tendréis por fábula”».

Y entonces relata una ingeniosa historia de cierto códice muy antiguo, en el cual ha leído que Caín, habiendo oído hablar con frecuencia a sus padres de la magnífica vegetación del Paraíso, donde las espigas del trigo eran tan altas como nuestros alisos, había persuadido al ángel que lo guardaba a que le diera unos cuantos granos paradisíacos. Dios no haría caso de aquello, con tal de que no se tocasen las manzanas. El discurso con que el ángel es incitado a desobedecer al Todopoderoso, es una obra maestra del ingenio de Erasmo. « ¿Os agrada estar ahí plantado junto a la puerta con ese espadón? Nosotros ya hemos comenzado a usar perros para semejante trabajo. No nos va mal en la tierra, y nos irá todavía mejor; sin duda aprenderemos a curar las enfermedades. Lo que esa ciencia prohibida importa, yo no lo veo muy claro. Con todo, también en esta materia la infatigable laboriosidad vence todos los

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obstáculos». Y de este modo es seducido el guardián. Pero cuando Dios contempló el maravilloso resultado de la industria agrícola de Caín, no podía faltar pronto el castigo.

Una manera más delicada de combinar el Génesis con el mito de Prometeo, no había sido inventada todavía por ningún humanista. Pero aunque Erasmo continuó portándose como literato entre sus colegas poetas57, ya no tenía puesto el corazón en aquellos ejercicios literarios. Una de las peculiaridades del desarrollo intelectual de Erasmo era el no ofrecer crisis violentas. Nunca lo hayamos empeñado en esas acerbas luchas interiores que tantos grandes espíritus experimentan. Su transición del interés por las materias literarias al interés por las religiosas, no tiene el carácter de un proceso de conversión. No hay ningún camino de Damasco en la vida de Erasmo. La transición se efectúa gradualmente, y nunca es completa. Durante muchos años, Erasmo podrá, sin que pueda ser sospechado de hipocresía, a su sabor, y como lo vayan requiriendo sus intereses o su humor, representar el papel de literato o el de teólogo. Es un hombre en quien las más profundas corrientes del alma van saliendo poco a poco a la superficie; que se levanta a las alturas de su conciencia moral por la presión de las circunstancias, más que por el aguijón de algún impulso irresistible.

El deseo de dedicarse sólo a materias de fe, se muestra en él tempranamente. «He resuelto», escribe en su período monástico a

A. 101. 11, 112, 113.

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Cornelio de Gouda58, «no escribir más poesías en adelante, como no sea para embellecer la alabanza de los santos o de la santidad». Pero aquello fue una piadosa resolución juvenil del momento. Durante todos los años anteriores a su primer viaje a Inglaterra, los escritos de Erasmo, y especialmente sus cartas, descubren cierta inclinación mundana. Sólo renuncia a ella en momentos de enfermedad y cansancio. Entonces el mundo le desagrada, y desprecia su propia ambición; desea vivir en santo reposo, meditando la Sagrada Escritura y derramando lágrimas sobre sus pasados errores59. Pero éstas son expresiones inspiradas por las circunstancias, que no debemos tomar en serio.

Fueron las palabras y el ejemplo de Colet los que cambiaron primero la inconstante ocupación de Erasmo en los estudios teológicos, en firme y duradera resolución de convertirlos en la actividad de su vida. Colet lo instó60 a explicar el Pentateuco o el profeta Isaías en Oxford, así como él trataba de las Epístolas de San Pablo. Erasmo renunció; no podía hacerlo. Aquello indicaba perspicacia y conocimiento de sí mismo, en los que aventajaba a Colet. La interpretación intuitiva de la Escritura por éste, sin conocimiento del lenguaje original, no pudo satisfacer a Erasmo. «Estáis obrando con imprudencia, mi querido Colet, probando a obtener agua de una piedra pómez (expresión de Plauto). ¿Cómo voy

A. 28. 8.

A. 74. 4, 75. 6.

A. 108. 74.

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a tener yo la desfachatez de enseñar lo que no he aprendido? ¿Cómo podré enardecer a los demás temblando y estremeciéndome yo de frío?… Os quejáis de hallar frustradas las esperanzas que habíais puesto en mí. Pero yo nunca os había prometido semejante cosa; os habéis engañado a vos mismo negándoos a creerme cuando yo os decía la verdad respecto a mí. Tampoco vine yo aquí para enseñar poética ni retórica (Colet le había insinuado esto): han dejado de serme placenteras desde que han dejado de serme necesarias. Renuncio esa tarea porque ya no está a la altura de mi finalidad en esta vida; renuncio la otra porque excede a mis fuerzas… Pero cuando, un día, yo tenga conciencia de que hay en mí las fuerzas necesarias para ello, yo también tomaré vuestro partido y dedicaré a la defensa de la teología una labor, si no excelente, a lo menos sincera».

La consecuencia que sacó primero Erasmo de todo esto, fue que debía conocer la lengua griega mejor de lo que había podido conocerla hasta entonces.

Mientras tanto, su estancia en Inglaterra corrió presurosa a su fin; tenía que regresar a París. Hacia fines de su estancia, escribió a su antiguo discípulo Roberto Fisher61, que estaba en Italia, en elevados tonos acerca de la satisfacción que experimentaba en Inglaterra. Un cielo tan placentero y saludable (era muy sensible para el cielo), y tanta cultura y erudición —no de la manida y trivial, sino de la

A. 118.

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profunda, genuina, antigua, latina o griega— que apenas necesitaba ya ir a Italia. En Colet había pensado estar oyendo a Platón en persona. Grocyn, el erudito helenista; Linacre, el sabio médico, ¡quién no los admiraría! ¡Y qué espíritu fue nunca más afable, más dulce, más feliz que el de Tomás Moro!

Cuando Erasmo, en enero de 1500, iba a salir de Inglaterra, le ocurrió un desagradable accidente. Por desdicha, no sólo ensombreció sus placenteros recuerdos de la isla feliz, sino que puso un nuevo obstáculo en el camino de su carrera y dejó una espina en su alma tan extremadamente sensible, que lo atormentó durante años después.

La subsistencia que había estado ganándose en París los últimos años había sido precaria. La protección del obispo, probablemente había sido retirada; la de Ana de Veere había ido continuando, pero lánguidamente; no podía confiar mucho en Mountjoy. En las circunstancias en que se hallaba, unos modestos fondos, alguna provisión para los días malos, tenían grandísima importancia. De Inglaterra se llevaba veinte libras62]. Un decreto de Eduardo III, revalidado por Enrique VII no hacía mucho, prohibía la exportación del oro y de la plata; pero Moro y Mountjoy habían asegurado a Erasmo que podía llevarse a salvo su dinero, con tal que no fuese en moneda inglesa.

A. 279. 12

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En Dover se enteró de que los agentes de aduanas eran de diferente opinión. Sólo pudo guardar cinco «ángeles»; lo demás hubo de dejarlo en manos de aquellos agentes, y sin duda fue confiscado.

El golpe que le asestó aquel contratiempo contribuyó quizás a que se imaginase amenazado de ladrones y asesinos por el camino de Calais a París63. La pérdida de su dinero lo sumió en nuevas perplejidades acerca de su cotidiana subsistencia. Lo obligó a reanudar su profesión de bel esprit, que ya comenzaba a detestar, y a dar todos los humillantes pasos necesarios para obtener de sus protectores lo que le era debido. Y sobre todo, ello afectaba a su tranquilidad mental y a su dignidad. Sin embargo, aquel percance produjo grandes ventajas para el mundo, y para Erasmo también, al fin y al cabo. El mundo le debe los Adagia; y él su fama, que comenzó con aquella obra.

Los sentimientos que aquel contratiempo de Dover inspiró a Erasmo fueron acerba cólera y sed de venganza. Pocos meses después escribe a Batt64: «Mi situación es la que suele ocurrir en estos casos: la herida que recibí en Inglaterra no ha comenzado a escocer hasta ahora, cuando se ha hecho inveterada, y mucho más porque no hallo manera de vengarme. —Y medio año después—: Tendré que tragármelo; ya se presentará por sí sola la ocasión, sin duda, de entendérmelas con ellos65». Pero al mismo tiempo, su propio

A. 119.

A. 123.

A. 135. 64.

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discernimiento le decía a aquel hombre, cuya fuerza no siempre se puso al nivel de sus ideales, que los ingleses a quienes acababa de ver a tan favorable luz, dejando aparte a sus particulares amigos entre ellos, no tenían culpa en aquella desgracia. Nunca vituperó a Moro ni a Mountjoy, cuya inexacta información, según nos dice, había causado el daño. Al mismo tiempo, su propio interés, que él vió siempre con los ropajes de la virtud, le decía que, entonces sobre todo, sería esencial para él no romper sus relaciones con Inglaterra, y que aquello le procuraba una espléndida ocasión para reforzarlas. Más tarde explicó esto con una ingenuidad que a menudo hace que sus escritos, especialmente cuando intenta suprimir o disfrazar datos, se lean como confesiones66.

«Al volver pobre a París, comprendí que muchos esperaran que yo me tomaría venganza de aquel desaguisado con mi pluma, a la manera de ciertos literatos, escribiendo algo ponzoñoso contra el rey o contra Inglaterra. Al mismo tiempo yo temía que Guillermo Mountjoy, causante indirecto de mi pérdida de dinero, tuviera aprensión de perder mi afecto. Por lo tanto, y para poner a la vergüenza semejantes esperanzas de aquella gente y dar a conocer que yo no era tan mal intencionado que vituperase a aquel país por una ofensa privada, ni tan desconsiderado que por una pequeña pérdida me arriesgase a indisponer al rey contra mí o contra mis amigos de Inglaterra, y al mismo tiempo para dar una prueba a mi

A. no. I, t. I. p. 16.

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amigo Mountjoy de que no estaba menos cariñosamente dispuesto para con él que antes, me resolví a publicar algo lo más pronto posible. Y como no tenía nada preparado, rápidamente reuní, en pocos días de lectura, una colección de Adagia, suponiendo que aquel librito, saliese como saliese, por su sola utilidad iría a parar a manos de los estudiantes. De esta manera demostré que mi amistad no se había enfriado en ningún modo. Después, en un soneto que le añadí, declaraba que no estaba enojado con el rey ni con el país, por haber sido privado de mi dinero. Y mi ardid no fue mal recibido. Aquella moderación y sinceridad me procuraron muchos amigos en

Inglaterra a la vez —hombres eruditos, honrados e influyentes». Ésta es una muestra característica de conducta semi moral. De aquel modo Erasmo consiguió traficar con su indignación; de manera que más tarde pudo declarar67, cuando el recuerdo vino a cuento: «Perdí de un golpe toda mi fortuna, pero me importó tan poco, que volví a mis libros, tanto más contento y ardoroso. —Pero sus amigos sabían lo profunda que su herida había sido—. Ahora (al saber que Enrique VIII había subido al trono) sin duda alguna todo el rencor habrá desaparecido súbitamente de vuestra alma», le escribe Mountjoy en 150968, posiblemente por la pluma de Amonio. Los años después de su retorno a Francia, fueron dificultosos. Tenía gran necesidad de dinero y se vio obligado a hacer cuanto pudo como literato, con sus talentos y saber. Hubo de ser otra vez el homo

A. 279. 14.

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poeticus o rhetoricus. Escribe refinadas cartas llenas de mitología y modesta mendicidad69. Como poeta había adquirido reputación; pues como poeta podía esperar apoyo. Mientras tanto, la imagen estimulante de su actividad teológica quedaba presente ante los ojos de su espíritu. Ella lo vigoriza en energía y perseverancia. «Es increíble, —le escribe a Batt70—, cómo anhela mi alma terminar todos mis libros, llegando a ser al mismo tiempo más aprovechado en griego, para dedicarme después enteramente al saber sagrado, por el cual mi alma ha estado ansiando largo tiempo». «Gozo de muy buena salud, de manera que voy a poner todas mis fuerzas este año (1501) en publicar la obra que entregué al impresor, y, al tratar de los problemas teológicos, poner de manifiesto a nuestros reparones, que son numerosos, como ellos merecen. Si me son concedidos tres años más de vida, quedaré fuera del alcance de la envidia».

Aquí lo vemos en disposición de espíritu para realizar grandes cosas. Ya ve restaurada, por su trabajo, la verdadera teología71; por desdicha, aquella manifestación de elevado idealismo y confianza en sí mismo figura en una carta donde instruye a su fiel Batt acerca del modo como podrá manejar a la señora de Veere con objeto de sonsacarle dinero.

Durante los años siguientes, sus esfuerzos para labrarse una posición fueron causa de sus casi constantes tribulaciones y

A. 126. 154, 134. 4, 140. 14, 144, 145. 72.

A. 138. 45

A. 139. 43

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míseras zozobras. Estaba harto ya de Francia y no deseaba sino salir de ella72. Parte del año 1500 la pasó en Orleáns. La adversidad lo volvió cicatero. Aún tenemos la historia de sus relaciones con Agustín Vincent Caminade, humanista de menor categoría73, que daba hospedaje a los jóvenes. Sería harto largo de relatar aquí, pero lo bastante significativo para revelar la psicología de Erasmo, porque muestra cuán profundamente desconfiaba de sus amigos. También tenemos sus relaciones con Jacobo Voecht, de Amberes, en cuya casa vivió sin duda gratuitamente74, y al cual se ingenió en procurar un rico huésped en la persona de un hermano ilegítimo del obispo de Cambray. Por aquel tiempo, afirma Erasmo, el obispo (Antimaecenas lo llama ahora) encargó a Standonck que lo espiase en París75.

Mucho encono hay en las cartas de este período. Erasmo se muestra suspicaz, irritable, exigente, a veces rudo, cuando escribe a sus amigos. No puede soportar ya a Guillermo Hermans por causa de su epicureísmo y su falta de energía, y para quien él, Erasmo, sin duda era un desconocido. Pero lo que más nos ofende es el tono que usa con el honesto Batt. Lo alaba mucho desde luego. Erasmo hasta le promete hacerlo inmortal. Pero ¡cómo se ofende cuando Batt no puede inmediatamente satisfacer sus imperiosas demandas! ¡Cómo son casi vergonzosas sus instrucciones acerca de lo que Batt debe

A. 120. 34. 60

Terminó su carrera siendo síndico de Middelburgo.

También fue más tarde síndico en su ciudad natal.

A. 135. 13

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decir a la señora de Veere para solicitar su favor para Erasmo! ¡Y cuán mezquina es la expresión de su pena, cuando la muerte le arrebata a su fiel Batt en la primera mitad de 1502!76

Es como si Erasmo se hubiese vengado en Batt por haberse visto obligado a confesar su necesidad a su fiel amigo más francamente de lo que aparentaba delante de todos los demás; o por haber, a cambio de una mezquina gratificación, renegado ante Ana de Borselen de sus convicciones más profundas, de su gusto más refinado. Rindió homenaje a la dama en aquel ponderoso estilo borgoñón, familiar a las dinastías de los Países Bajos, que debía de ser odioso para él. Aduló su piedad de pura fórmula. «Os envío unas pocas oraciones, por medio de las cuales podréis, como por ensalmos, hacer bajar del cielo, aun contra su voluntad, por decirlo así, no la luna, sino al que dio principio al sol de justicia77».

¿Te sonreíste con tu fina sonrisa, oh autor de los Coloquios, mientras escribías esto? En tal caso, peor para ti.

A. 135, 138, 139, 146, 170.

A. 145. 139

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Capítulo V

Erasmo humanista

Significado de los Adagia y obras similares de años posteriores. — Erasmo, divulgador de la cultura clásica. — El latín. — Extrañamiento de Holanda. — Erasmo como holandés

Mientras tanto, había venido la fama para Erasmo, como fruto de sus trabajos literarios, cuando precisamente, según él nos dice, habían dejado de interesarle. En 1500 apareció aquella obra que Erasmo había escrito después de su contratiempo en Dover y que había dedicado a Mountjoy, los Adagiorum Collectanea. Era una colección de unos ochocientos dichos proverbiales sacados de autores latinos de la antigüedad, y explicados para uso de los que aspirasen a escribir en elegante estilo latino. En su dedicatoria, Erasmo aludía al provecho que un autor puede obtener, a un mismo tiempo, de ornamentar su estilo y reforzar su argumentación, teniendo a su disposición una buena provisión de sentencias consagradas por su antigüedad. Se propone ofrecer esta ayuda a sus lectores. Pero lo que en realidad ofrecía era mucho más. Familiarizaba de aquel modo a un número de personas mucho mayor del que los anteriores humanistas habían alcanzado, con el espíritu de la antigüedad.

Hasta entonces, los humanistas habían monopolizado en cierto modo los tesoros de la cultura clásica para hacer ostentación de sus

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conocimientos, de que estaba destituida la muchedumbre, y así convertirse en extraños prodigios de saber y elegancia. Con su irresistible necesidad de enseñar, su sincero amor por la humanidad y su cultura general, Erasmo introdujo el espíritu clásico, en cuanto podía reflejarse en el alma de un cristiano del siglo XVI, entre el pueblo. No lo hizo así él solo; pero nadie lo hizo con mayor extensión y más eficacia. Aunque no, verdad es, entre todo el pueblo, puesto que, escribiendo en latín, limitaba su directa influencia a las clases cultas, que en aquellos días eran las más elevadas.

Erasmo puso en circulación el espíritu clásico. El humanismo dejó de ser privilegio exclusivo de unos pocos. Según dice Beato Renano78, algunos humanistas le habían echado en cara, cuando iba a publicar los Adagia, que divulgaba los secretos de su oficio. Pero él deseaba que el libro de la antigüedad se abriese para todos.

Las obras literarias y educativas de Erasmo —la mayoría de las cuales había comenzado en su período parisiense, aunque casi todas aparecieron mucho más tarde—, habían producido verdaderamente una transformación en los modos generales de expresión y de argumentación. Debe repetirse una vez y otra que esto no se realizó por su sola acción; innumerables fueron los demás que por aquel tiempo trabajaban movidos por el mismo empeño. Pero no tenemos sino echar una ojeada a la vasta serie de

A. no. IV. 414, t. I. p. 67.

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ediciones de los Adagia, de los Colloquia, etc., para comprender cuánta mayor importancia tuvo él en este respecto, que todos los demás. «Erasmo» es el solo nombre de toda la hueste de los humanistas, que ha quedado familiar por todo el globo terráqueo.

Aquí nos adelantaremos al curso de la vida de Erasmo, para enumerar las obras principales de esta clase. Unos años más tarde, los Adagia se aumentaron de centenares a millares, por medio de los cuales no sólo hablaba la sabiduría latina, sino también la griega. En 1514 publicó del mismo modo una colección de ejemplos, Parabolae. Era una realización parcial de lo que había concebido

para completar los Adagia —metáforas, refranes, chistes, alegorías poéticas y bíblicas, todas con el susodicho fin de utilidad79. Hacia el final de su vida publicó un tesauro similar de anécdotas ingeniosas y frases notables y hechos de la sabiduría antigua, los Apophthegmata. Como adición a estas colecciones, hallamos manuales de carácter más gramatical, también reunidos en forma de tesauro: Sobre la abundancia en la dicción, De copia verborum et rerum. Sobre el arte epistolar, además de otras obras menores.

Con numerosas traducciones latinas de autores griegos, Erasmo ha proporcionado un punto de perspectiva accesible a los que no deseen subir a la cúspide de la montaña. Y, finalmente, inimitables modelos de la manera como puede aplicarse todo este saber,

A. 211. 20.

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tenemos los Colloquia, y ésa casi innumerable muchedumbre de cartas que han fluido de la pluma de Erasmo.

Todo este trabajo colectivo, en la cantidad y la cualidad que era posible obtener en el siglo XVI, puso de muestra a la antigüedad exhibiéndola en un gran bazar donde podía comprarse al por menor. Cada estudioso podía obtener lo que más le agradase: todo podía obtenerse allí en gran variedad de hechuras. «Podéis leer mis Adagia de tal modo, —dice Erasmo (en su última edición aumentada)80—, que en cuanto hayáis acabado uno podréis imaginar que habéis acabado todo el libro». Él mismo compuso los índices para facilitar su uso.

En la esfera de la escolástica, sólo se ha considerado hasta hoy como autoridad quien dominaba la técnica de su sistema de pensamiento en todos sus pormenores y modo de expresión, y era versado en conocimientos bíblicos, lógicos y filosóficos. Entre el lenguaje escolástico y los lenguajes populares escritos espontáneamente, se abría un grande abismo. El humanismo, desde el Petrarca, había substituido la rígida estructura silogística de un argumento por el suelto estilo de la frase antigua, sugestiva y libre. De este modo, el lenguaje de los sabios se aproximaba a la natural manera de expresión de la vida diaria, y levantaba a su propio nivel los lenguajes populares, aun en las obras en que continuaban usando el latín.

A. 531. 288

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La riqueza de temas no se halla en ningún autor en tan grande abundancia como en Erasmo. ¡Qué conocimiento de la vida, qué moral!, todo apoyado en la indisputable autoridad de los antiguos, todo expresado en la exquisita y airosa forma por la que era admirado. ¡Y qué conocimiento de la antigüedad añadido a todo esto! Ilimitado era el anhelo, e ilimitado el poder de absorber todo lo que hay de extraordinario en la vida real. Ésta era una de las características del espíritu del Renacimiento. Aquellos espíritus nunca estaban satisfechos con su acopio de maravillosos acontecimientos, detalles curiosos, rarezas y anomalías. Aún no había ningún síntoma de la dispepsia mental de los períodos posteriores, que no pueden digerir la realidad y ya no podrán saborearla. El hombre se gozaba en la abundancia.

****

Y sin embargo, ¿no iban Erasmo y sus colegas de labor, como guías de una civilización, por un mal camino? ¿Aspiraban a la verdadera realidad? ¿No fue su orgullosa latinidad un fatal error? Aquí tenemos uno de los puntos cruciales de la historia.

Un lector de nuestros días que tomase los Adagia o los Apophthegmata con objeto de enriquecer su vida (pues que a este fin los destinaban y era lo que les concedía valor), pronto se preguntaría: « ¿Qué nos importa, aparte de ciertas consideraciones estrictamente filológicas o históricas, todos esos infinitos pormenores acerca de oscuros personajes de la sociedad antigua, ni de los Frigios, ni de los Tésalos? Para mí no son nada». Y podría

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decir también que tampoco importaban nada para los contemporáneos de Erasmo. La estupenda historia del siglo XVI no se realizaba con frases ni giros clásicos: no se fundaba en intereses ni en opiniones clásicos de la vida. No había en ella Frigios ni Tésalos, ni Agesilaos ni Dionisios. Erasmo y sus discípulos crearon fuera de todo esto un mundo espiritual, emancipado de las limitaciones del tiempo.

Bien, pero ¿pasó su época sin ser influida por ellos? Ésta es la pregunta, y no probaremos a contestarla: ¿hasta qué punto el humanismo influyó en el curso de los acontecimientos?

En todo caso, Erasmo y sus colegas reforzaron el carácter internacional de la civilización que venía existiendo a través de la Edad Media gracias a la Iglesia y al latín; pero si pensaron que estaban realmente convirtiendo el latín en vehículo para el uso diario internacional, tuvieron una idea exagerada de su propio poder. No fue, sin duda, una divertida fantasía ni un mero ejercicio de ingenio el proyectar en un medio internacional como el mundo parisiense de los estudiantes, modelos de juegos y deportes en latín, como los Colloquiorum formulae que se les ofrecía. Pero ¿pudo pensar Erasmo seriamente que la próxima generación jugaría a las bolas en latín?

Sin embargo, hay que reconocer que el intercambio intelectual se facilitó mucho, en tan amplio círculo como no había sido alcanzado en Europa desde la caída del Imperio Romano. Desde entonces ya no fue el clero solo ni algún literato aislado, sino una numerosa

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muchedumbre de hijos de burgueses y nobles, calificados para alguna función oficial, la que pasaba por una escuela de gramática y encontraba en su camino a Erasmo.

Erasmo no hubiera podido alcanzar su celebridad mundial a no ser por el latín. Convertir su lengua nativa en lenguaje universal, estaba por encima de sus fuerzas. Puede, sin proponérselo, un paisano de Erasmo detenerse a considerar lo que un talento como el suyo, con su poder de observación, su delicadeza de expresión, su ímpetu y su riqueza, hubiera significado para la literatura holandesa. ¡Imagínese sino, los Colloquia escritos en el castizo lenguaje holandés del siglo XVI! ¿Qué no hubiera producido si, en lugar de espigar y comentar en los clásicos Adagia, se hubiese, para sus temas, servido de los proverbios de la lengua vernácula? Para nosotros, uno solo de esos proverbios es tal vez más sabroso que los giros a veces algo rebuscados que Erasmo preconizaba.

Con todo, esto no es razonar históricamente; esto no es lo que aquella época requería ni lo que Erasmo podía dar de sí. Es evidente que Erasmo no podía escribir más que en latín. Además, en el lenguaje vernáculo todo hubiera parecido demasiado directo, demasiado personal, demasiado real para su gusto. Él no podía prescindir de aquel velo sutil de vaguedad, de alejamiento, en que todo está envuelto cuando es expresado en latín. Su descontentadizo espíritu se hubiera horrorizado ante la sustanciosa rudeza de un Rabelais o la rústica violencia del alemán de Lutero.

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El extrañamiento de su lengua nativa había comenzado temprano para Erasmo: en la época en que aprendía a leer y escribir. El extrañamiento de su patria se efectuó cuando dejó el monasterio de Steyn. Y no fue poco lo que lo favoreció la facilidad con que manejaba el latín. Erasmo, que podía expresarse tan bien en latín como en su lengua madre, y aun mejor, carecía de la experiencia de encontrarse en su elemento y ser capaz de expresarse plenamente, sólo entre sus compatriotas.

Hubo, sin embargo, otra influencia psicológica que contribuyó a extrañarlo de Holanda. Después de comprender en París las perspectivas de sus capacidades, se confirmó en la convicción de que Holanda no lo sabría apreciar, que lo desacreditaría y lo calumniaría. Tal vez había algún fundamento para aquella convicción. Pero, en parte, hubo en él también una reacción de su amor propio ofendido. En Holanda la gente lo conocía demasiado. Lo habían visto en su pequeñez y flaqueza. Allí se hubiera visto obligado a obedecer a los demás; y él, sobre todas las cosas, quería ser libre. Su repugnancia por la estrechez de espíritu, la rudeza y la intemperancia que solía predominar allí, se resumía en su espíritu en un juicio general condenatorio para el carácter holandés.

En adelante, habló por lo regular de Holanda con una especie de desprecio que trata de justificar: «Ya veo que os contentáis con la fama holandesa», escribe a su antiguo amigo Guillermo Hermans81,

A. 178. 18.

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quien, como Cornelio Aurelio, había comenzado a dedicar sus mejores esfuerzos a la historia de su país natal82 «En Holanda, el aire es bueno para mí, —escribe en otra parte83—, pero esos extravagantes holgarios me fastidian; añadid a esto el vulgar, inculto carácter del pueblo, el violento desprecio del estudio, el no sacar fruto del saber, la más estupenda envidia». Y para excusar la imperfección de sus obras juveniles, dice: «Por aquel tiempo yo no escribía para italianos, sino para holandeses, es decir para las orejas más embotadas. —Y en otro lugar—, se le pide elocuencia a un holandés, esto es a un hombre más incapaz que un beodo84». Y además: «Si ese relato no es muy ingenioso, tened presente que es un relato holandés85. Sin duda, la falsa modestia tiene también su participación en estas afirmaciones.

Después de 1496 visitó Holanda, pero en viajes precipitados. No hay prueba ninguna de que, después de 1501, pusiera los pies jamás en país holandés. Hasta disuadía a sus compatriotas de volver a Holanda86.

A pesar de esto, de vez en cuando, un cordial sentimiento de simpatía por su país nativo se despertaba en él. En cuanto halló

82 Aurelio es el compilador de la Divisiekroniek y autor de una Batavia; Guillermo Hermans trabajaba en una historia latina de Holanda, que no terminó, y de la que sólo apareció un fragmento.

A. 159. 59.

A. 113. 54. «Consentinis» de Cicerón, Fin. I. 3. 7.

A. no. I, t. I. p. 15. 5, 40, Adag. no. 2001 LB. II. c. 713 F, no. 2148 c. 757 F. A. 1238. 45, 996. 43, Coll. LB. I. 760 E.

A. 1832. 22, 1966. 21.

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una ocasión, al explicar el auris Batava de Marcial, en los Adagia87, para desahogar su esplín, aprovechó la oportunidad de escribir un elocuente panegírico acerca de lo que más quería él de Holanda, «país al que estoy siempre obligado a honrar y reverenciar, porque me dio la vida. Ojalá yo ganara para él mucha fama, pues, por otra parte, yo no puedo avergonzarme de él. —La famosa grosería de los holandeses casi redunda en honor de ellos—: Si tener un oído bátavo significa horror por las chanzas obscenas de Marcial, yo desearía que todos los cristianos tuvieran oídos holandeses. Cuando consideramos sus costumbres, ninguna nación nos parece más inclinada a la humanidad y benevolencia, menos salvaje y cruel. Su espíritu es recto, y desprovisto de astucia y de todo engaño. Si bien son algo sensuales y excesivos en sus comidas, ello resulta en parte de la abundancia de provisiones: en ningún país es tan fácil la importación, ni tan grande la fertilidad. ¡Qué extensión de ricas praderas, cuántos ríos navegables! En ninguna parte hay tantas ciudades agrupadas en tan poco terreno; no grandes ciudades, verdad es, pero excelentemente gobernadas. Su limpieza es alabada por todo el mundo. En ninguna parte hay tan gran número de personas modernamente instruidas, aunque la erudición extraordinaria y exquisita es allí bastante rara».

Había ideales que Erasmo amaba sobre todas las cosas que atribuye a sus compatriotas: gentileza, sinceridad, sencillez, pureza. Este

Adag. no. 3535, LB. II. c. 1083.

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tono de amor a Holanda, lo usa en otras ocasiones: cuando, hablando de las mujeres perezosas, añade: «En Francia las hay en gran número, pero en Holanda encontramos incontables esposas que con su trabajo mantienen a sus holgazanes y jaraneros maridos88»; y en el Coloquio titulado «El Naufragio89, —la gente que caritativamente acoge a los náufragos son holandeses—. No hay pueblo más humano que éste, aunque se halle rodeado de naciones violentas».

No será tal vez superfino advertir de nuevo que Erasmo, cuando habla de Holanda o usa el epíteto «bátavo», se refiere a la región de Holanda que al presente forma las provincias de Holanda Septentrional y Holanda Meridional en el reino de los Países Bajos, y se extiende desde las islas de Wadden a los estuarios del Mosa. Ni los más próximos vecinos, como los zelandeses y los frisios, son incluidos por él en aquel apelativo.

Pero ya es muy diferente cuando Erasmo habla de «patria», o de «nostras», esto es, un compatriota. Por aquel tiempo iba surgiendo en todos los Países Bajos una conciencia nacional. Allí un hombre se tenía por holandés, frisio, flamenco, brabanzón, en primer lugar; pero la comunidad de lenguaje y costumbres, y mucho más todavía la fuerte influencia política que durante cerca de un siglo había sido ejercida por la dinastía borgoñona, la cual había unido la mayoría de aquellos países bajo su dominio, había cimentado un sentimiento

Adag. 2550, LB. II. c. 859 B.

Naufragium, Coll. LB. I. 715 EF.

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de solidaridad que no se detenía ni en la frontera lingüística de Bélgica. Se trataba más bien de un fuerte patriotismo borgoñón (aun después que Habsburgo había ocupado el lugar de Borgoña), que de un estricto sentimiento de nacionalidad en cuanto a los Países Bajos. La gente gustaba, usando un símbolo heráldico, designar a los neerlandeses con el nombre de «los Leones90. También Erasmo usa este término91. En sus obras vemos cómo el estrecho patriotismo holandés va transformándose gradualmente en el borgoñón de los Países Bajos. Al principio, «patria», para él, significa propiamente Holanda92 pero pronto significa los Países Bajos93. Es curioso ir siguiendo cómo, gradualmente, sus sentimientos respecto a Holanda, hechos de desagrado y apego, son transferidos a los Países Bajos en general.

«En mi juventud, —dice en 1535, repitiendo sus declaraciones de 1499—, no escribía yo para italianos sino para holandeses, brabanzones y flamencos.»94 O sea que ahora éstos participan también de la reputación de torpeza que antes sólo atribuía a los holandeses. Se aplica a Lovaina lo que antes había dicho de Holanda; hay allí demasiadas francachelas; no pueden hacer allí nada sin un derroche de bebida95. Se queja repetidamente de que en

Véase el estudio del autor acerca de los Orígenes del sentimiento nacional holandés en De Gids, 1912, vol, I, y en Wege der Kulturgeschichte, Munich, 1930, pág. 208.

A. 485, 53

A. 83. 60

A. 266. 7, 288. 3, 41. 3. 39, 41. 7. 11, 392. 19.

LB. X. 1755 A. Resp. ad Petr. Curs. Defens., LBE. 1506 D.

A. 643. 36, 1033. 21

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ninguna parte se desprecia tanto el estudio como en los Países Bajos y en ninguna parte hay tantos reparones y calumniadores96. Pero también se extiende luego su afecto. Cuando Longolio de Brabante se las da de francés, Erasmo se ofende: «Yo he dedicado casi tres días a Longolio; es extraordinariamente placentero, menos en querer ser demasiado francés, cuando todo el mundo sabe que es uno de nosotros97».

Cuando Carlos V ha obtenido la corona de España, observa Erasmo: «Un singular golpe de la Fortuna; pero yo ruego por que pueda mostrarse como un bien para nuestra patria, y no sólo para el príncipe98. —Cuando sus fuerzas comenzaban a declinar, se puso a pensar cada vez más en volver a su país nativo—: El rey Fernando me invita con generosas promesas a ir a Viena», escribe desde Basilea el 1° de octubre de 1528, «pero en ningún país me agradaría tanto descansar como en Brabante99».

A. 412. 56, 894. 1, 886. 51, 1167. 9, LB. VI, *** 3 vso. Contra morosos.

A. 1026. 4, 914 intr. Longolio había nacido en la ciudad flamenca de Malinas, pero de padre francés, y se había educado principalmente en Francia. Se llama a sí mismo «idéntico a Erasmo en idioma y país»: 1026. 39. Más tarde Erasmo le cree, equivocadamente, holandés: LBE. no. 1284 c. 1507 A.

A. 413. 39.

A. 2055. 14

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Capítulo VI

Aspiraciones teológicas

En Tournehem: 1501. — La restauración de la Teología es ahora la aspiración de su vida. — Aprende el griego. — Juan Vitrier. — Enchiridion militis christiani.

Los años flacos continuaban para Erasmo. Su manutención seguía siendo problemática, y no tenía habitación fija. Es notable que, a pesar de sus precarios medios de subsistencia, sus acciones fueran siempre guiadas más por el cuidado de su salud que por el de su subsistencia, y sus estudios más por su ardiente deseo de penetrar en las puras fuentes del conocimiento, que por su provecho personal. Repetidamente, el miedo a la peste lo desplaza: en 1500, de París a Orleáns, donde primero se aloja en casa de Agustín Caminade; pero cuando uno de los jóvenes huéspedes de éste cae enfermo, Erasmo se asusta. Tal vez eran impresiones que databan de su juventud en Deventer las que le hacían temer tanto a la peste, que por aquellos días cundía casi sin interrupción. Fausto Andrelino le mandó un servidor suyo para regañarlo, en su nombre, por su cobardía. «Eso sería un insulto intolerable, —contesta Erasmo—, si yo fuese un soldado suizo; pero el alma de un poeta que ama la paz y los lugares sombreados, está a cubierto de tal acusación100». En la primavera de 1501, deja una vez más París por

A. 134. 1

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temor a la peste: «Estos frecuentes entierros me asustan», escribe a Agustín101.

Viajó primero por Holanda, donde, en Steyn, obtuvo permiso para pasar otro año fuera del monasterio, para estudiar; sus amigos, al decir de él, se avergonzarían si volvía, después de tantos años de estudio, sin haber adquirido cierta autoridad102. En Haarlem visitó a su amigo Guillermo Hermans, y luego volvió al sur, para ofrecer una vez más sus respetos al obispo de Cambray, probablemente en Bruselas. De allí fue a Veere, pero no halló ocasión de hablar a su protectora. En julio de 1501 se instaló apaciblemente en el castillo de Tournehem con su fiel amigo Batt.

En todas sus idas y venidas no pierde de vista ni un instante sus ideales de estudio. A su regreso de Inglaterra, lo dominan dos deseos: editar a San Jerónimo, el gran Padre de la Iglesia, y, en especial, aprender completamente el griego. «Ya comprenderéis cuánto importa todo esto a mi fama y hasta a mi conservación103», escribe a Batt desde Orleáns hacia fines de 1500. En efecto, si Erasmo hubiera sido un vulgar cazador de fama y buenos éxitos, hubiera podido recurrir a otros expedientes distintos y más cómodos. Pero era el ardiente deseo de penetrar en la fuente, y hacer que los demás lo comprendiesen, lo que lo impelía, hasta cuando se servía de aquellos proyectos de estudios para obtener un

A. 156. 7, 157. 3, 159. 35. 59, cf. 133. 27-30.

A. 154. 45.

A. 138. 41.

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poco de dinero. «Escuchad, —escribe a Batt104—, lo que más deseo de vos. Debéis arrancarle una dádiva al abad (de Saint Bertin). Vos conocéis el carácter de ese hombre; inventad algún sencillo y plausible motivo para comenzar. Decidle que me propongo alguna cosa grande, por ejemplo restaurar toda la obra de San Jerónimo, por extensa que pueda ser, y que hoy se halla estropeada, mutilada y embrollada por la ignorancia de los teólogos; y restituir los pasajes en griego. Yo me atrevo a decir que sería capaz de aclarar los arcaísmos y el estilo de San Jerónimo, que nadie ha entendido hasta ahora. Decidle que voy a necesitar no pocos libros para ello, y además la ayuda de griegos, y que, por tanto, necesito protección. Y al decirlo, Batt, no diréis ninguna mentira. Porque yo me propongo en realidad hacer todo eso».

Efectivamente, en este punto su propósito era serio, como pronto hubo de demostrar al mundo. Su conquista del griego fue una verdadera proeza heroica. Había aprendido los más sencillos rudimentos en Deventer; pero evidentemente no eran gran cosa. En marzo de 1500, escribe a Batt105: «El griego casi me está matando, pero yo no tengo tiempo ni dinero para comprar libros ni tomar un maestro».

Cuando Agustín Caminade necesita que le devuelva su Homero que le ha prestado, Erasmo se queja106: «Me priváis de mi único

A. 139. 141

A. 123. 22.

A. 131. 1

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consuelo en mi aburrimiento. Porque ardo en amor de tal modo por ese autor, aunque no pueda entenderlo, que me alegro los ojos y recreo mi espíritu sólo mirándolo».

¿Se dio cuenta Erasmo de que al decir aquello repetía casi literalmente sentimientos que Petrarca había expresado siglo y medio antes? Pero ya había comenzado a estudiar. Si tuvo maestro o no, no ha podido aclararse, pero es probable107. Al principio halla dificultoso aquel lenguaje. Luego, gradualmente se aventura a llamarse «un aspirante a esa lengua», y comienza con mayor confianza a esparcir citas griegas por sus cartas. Lo ocupa día y noche y él insta a sus amigos para que se procuren libros griegos para él.

En el otoño de 1502 declara que puede ya escribir con propiedad en griego todo lo que desee, y ello improvisando108. No se había equivocado al esperar que el griego abriría sus ojos para la justa comprensión de la Sagrada Escritura. Tres años de casi ininterrumpido estudio lo recompensaron con creces de sus esfuerzos. Abandonó el hebreo que había comenzado ya109.

Por aquel tiempo (1504) hizo traducciones del griego; lo empleó críticamente en sus estudios teológicos y se lo enseñó, entre otros, a Guillermo Cop, el médico humanista francés. Pocos años después, había de hallar en Italia muy poco que pudiera mejorar su pericia

A. 138. 41, 149. 65, 139. 110, 143. 36, cf. Allen Apéndice I. p. 592.

A. 158, 22. 160. 6, 172. 9.

Responsio ad P. Cursii defens. LB. X. 1755 E.

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en la lengua griega; más tarde se inclinó a creer que había llevado a aquel país más de aquellas dos lenguas antiguas de lo que aquel país de había procurado110.

Nada atestigua mejor el entusiasmo con que Erasmo se aplicaba al griego, como su celo por hacer participar a sus amigos en sus beneficios. Decidió que Batt tenía que aprender el griego. Pero Batt no tenía tiempo, y el latín lo atraía más111. Cuando Erasmo va a Haarlem a visitar a Guillermo Hermans, es para convertirlo también en estudioso del griego; le ha llevado toda una valija llena de libros. Pero se ha tomado inútilmente aquel trabajo: Guillermo no se dedicó de buena gana ni mucho menos a aquel estudio, y Erasmo se quedó tan desengañado que no sólo pensó haberse molestado en vano y perdido su dinero, sino haber perdido un amigo112.

Mientras tanto, no había decidido todavía adonde iría enseguida. ¿A Inglaterra, a Italia, otra vez a París113? Finalmente se instaló, desde el otoño de 1501 hasta el verano siguiente, primero en Saint Omer, como huésped del prior de Saint Bertin, y después en el castillo de Courtebourne, no lejos de allí.

En Saint Omer, Erasmo conoció a un hombre cuya figura había de colocar él más tarde junto a la de Colet como la de un verdadero teólogo y buen religioso al mismo tiempo: Juan Vitrier, el guardián del monasterio franciscano de Saint Omer. Erasmo debió de sentirse

Responsio ad P. Cursii defens. LB. X. 1755 E.

A. 129. 66, 157. 23.

A. 157, 38.

A. 159. 53.

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atraído hacia él, pues pesaba sobre su cabeza una condenación pronunciada por la Sorbona contra sus expresiones demasiado francas relativas a los abusos de la vida monástica. Vitrier no se había desesperado por ello, sino que se dedicó a reformar en persona los monasterios y conventos. Habiendo progresado del escolasticismo a San Pablo, se había formado un concepto muy amplio de la vida cristiana, poderosamente opuesto a prácticas y ceremonias. Aquel hombre, sin duda, influyó en el origen de una de las obras más célebres y de mayor alcance de Erasmo, el Enchiridion militis christiani.

El mismo Erasmo confesó más tarde que el Enchiridion había nacido por casualidad114. No reflexionó que ciertas circunstancias exteriores, a menudo sirven para determinar un impulso interior.

La circunstancia exterior había sido que el castillo de Tournehem era frecuentado por un soldado, amigo de Batt, hombre de conducta muy disoluta, que se había comportado muy mal con su piadosa mujer y que, además, era inculto y odiaba con violencia a los sacerdotes115. Por lo demás, se mostró muy amable con Erasmo y lo exceptuó de su odio, a los teólogos. Su mujer se valió de Batt para inducir a Erasmo a escribir algo que pudiera llevar a su esposo a interesarse por la religión. Erasmo consintió a la petición, y Juan Vitrier estuvo tan cordialmente de acuerdo con las ideas expresadas

A. no. I, t. I. p. 19. 36.

Que este personaje pueda haber sido Juan de Trazegnies, como piensa Allen ser posible y Renaudet acepta, es todavía harto dudoso. A. 164, t. I, pág. 373; Renaudet, Préréforme, pág.

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en aquellas notas, que Erasmo las desarrolló más tarde en Lovaina; en 1504 fueron publicadas en Amberes por Dirck Maertensz.

Ésta es la génesis exterior del Enchiridion. Pero la causa interior fue que, tarde o temprano, Erasmo se vió obligado a declarar su actitud ante la conducta religiosa de la vida de su tiempo, ante las concepciones puramente formularias y vacías de espíritu acerca de los deberes cristianos, las cuales tanto le ofendían.

En cuanto a forma, el Enchiridion es un manual para que un soldado no culto pueda alcanzar una actitud espiritual digna de Cristo; como si se lo mostrase con el dedo, él le designará la más corta vereda para llegar a Cristo. Figura que su amigo está cansado

de la vida de la Corte —tema corriente en la literatura de entonces. Sólo durante pocos días interrumpió Erasmo la obra de su vida, la purificación de la teología, para satisfacer la demanda de instrucción por parte de su amigo. Para mantener un estilo propio de un soldado, escoge el título Enchiridion, palabra griega que ya en la antigüedad significaba puñal y manual116: el puñal del cristiano militante117. Le recuerda el deber de estar en guardia y enumera las armas de la milicia de Cristo. El conocimiento de sí mismo es el principio de la sabiduría. Las reglas generales de la conducta cristiana de la vida, van seguidas de varios remedios para determinados pecados y faltas.

En 1500 (A. 123. 21), Erasmo habla del Enchiridion de San Agustín, cf. 135, 138; en 1501 (A. 152. 33), llama a los Officia de Cicerón «pugiunculus», daga. De modo que aquel término había estado en su mente hacía ya bastante tiempo.

Miles, para Erasmo, ya no tiene el significado de caballero que tenía en latín medieval.

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Tal es la estructura exterior. Pero dentro de este plan, Erasmo halla ocasión, por primera vez, de desarrollar su programa teológico. Este programa nos exhorta a volver a la Escritura. Todo cristiano debería esforzarse por comprender la Escritura en su pureza y original significado. Para tal fin deberá prepararse con el estudio de los antiguos, oradores, poetas, filósofos; Platón especialmente. También en los grandes Padres de la Iglesia, San Jerónimo, San Ambrosio, San Agustín se encontrará utilidad; pero no en la vasta muchedumbre de los posteriores exegetas. Este argumento apunta principalmente a subvertir el concepto de religión como continua observancia de ceremonias. Esto es ritualismo judaico y no tiene ningún valor. Vale más comprender bien un solo verso de los salmos —y con esto quiere decir profundizar el propio conocimiento de Dios y de sí mismo—, y sacar de ello una moral y una línea de conducta, que leer todo el salterio sin atención. Si las ceremonias no renuevan el alma, carecen de valor y son nocivas. «Muchos acostumbran a contar cuántas misas han oído cada día y se refieren a ello como a cosa muy importante, como si no debieran a Cristo nada más; y vuelven a sus antiguos malos hábitos en cuanto salen de la iglesia». «Tal vez sacrificaréis cada día y, con todo, viviréis egoísticamente. Adoráis a los santos, os place tocar sus reliquias; pero ¿queréis ganaros a Pedro y Pablo? Entonces imitad la fe del uno y la caridad del otro, y habréis hecho más que si hubieseis ido a Roma diez veces».

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No rechaza las fórmulas y las prácticas; no se propone hacer vacilar la fe del humilde; pero no puede sufrir que se ofrezca a Cristo un culto que consista sólo en prácticas. Y ¿por qué es el religioso sobre todo quien contribuye al deterioro de la fe? «Me avergüenza decir de qué manera supersticiosa muchos de ellos observan ciertas insignificantes ceremonias, inventadas por mezquinas mentes humanas (y no siempre con este fin); cuán odiosamente quieren obligar a los otros a conformarse a ellas; cuán implícitamente les dan crédito, y cuán osadamente condenan las demás».

Dejad que Pablo les enseñe el verdadero cristianismo. «Por lo tanto, no cejéis en la libertad con que Cristo nos ha hecho libres, y no os sujetéis de nuevo con el yugo de la esclavitud». Estas palabras a los Gálatas contienen la doctrina de la libertad cristiana, que pronto, en la Reforma, habrá de resonar tan ruidosamente. Erasmo no la aplica aquí en un sentido derogatorio para los dogmas de la Iglesia Católica; pero, en realidad, es un hecho que el Enchiridion preparó a numerosos espíritus para renunciar a mucho de lo que todavía quería él conservar.

El tono fundamental del Enchiridion es ya el que habrá de permanecer en la obra de toda la vida de Erasmo. ¡Cuán odioso es que en este mundo la realidad y la sombra contiendan de este modo, y el mundo reverencie a los que no debiera reverenciar!, que una valla de infatuación, rutina e inadvertencia prive a la humanidad de este modo el ver las cosas en sus debidas proporciones. Así lo expresa más tarde en el Elogio de la locura y en

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los Colloquia. Y no fue sólo el sentimiento religioso, sino también el sentimiento social, lo que lo inspiraba. Bajo el encabezamiento: «Opiniones dignas de un cristiano», lamenta los excesos del orgullo de clase, de hostilidad nacional, de envidia profesional y rivalidad entre las órdenes religiosas de su tiempo, que mantienen separados a los hombres. Que cada cual sinceramente se interese por su hermano. «Jugar a los dados os cuesta un millar de monedas de oro en una noche, y mientras tanto alguna muchacha infeliz, obligada por la pobreza, vende su honra; y se ha perdido un alma por la que Cristo dio su vida. Tal vez diréis: ¿Y eso qué me importa a mí? Yo me ocupo en mis asuntos, según mis capacidades. ¡Y con todo, vos, que tal opináis, os tenéis por cristiano, cuando no sois siquiera un hombre!».

En el Enchiridion del cristiano militante, Erasmo, por primera vez, ha dicho las cosas que más a pechos tomaba, con fervor e indignación, con valor y sinceridad.

Y con todo, nadie se atrevería a decir que aquel opúsculo naciera de un irresistible impulso de ardiente religiosidad. Erasmo trata su asunto, ya lo hemos visto, como una fruslería compuesta a petición de un amigo en un par de días robados a sus estudios (aunque, estrictamente hablando, esto sólo se pueda decir del primer esbozo, que trabajó más tarde).

Ya había concebido como objeto principal de sus estudios la restauración de la teología. Un día explicará la doctrina de San Pablo «para que los maldicientes a quienes parece el colmo de la

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piedad no saber nada de las bonae litterae, comprendan que nosotros, en nuestra juventud, abrazamos la literatura culta de los antiguos, y que hemos adquirido un conocimiento correcto de las dos lenguas, griego y latín —no sin muchas vigilias—, y no por un propósito de vanagloria ni pueril satisfacción, sino porque, hace mucho tiempo, nos propusimos ornar el templo del Señor (el cual algunos han profanado tanto, por ignorancia y barbarie) en la medida de nuestras fuerzas, y con ayuda ajena, de manera que también en nobles espíritus el amor a la Sagrada Escritura pueda ser encendido.»118 ¿No es el humanista el que habla aquí también?

Por otra parte notamos en ello el acento de una justificación personal. También podemos escuchar este acento en una carta a Colet119, escrita hacia fines de 1504, y que acompañaba la edición de las Lucubrationes en que el Enchiridion fue publicado por primera vez. «Yo no escribí el Enchiridion para hacer ostentación de elocuencia, sino sólo para poder corregir el error de aquéllos cuya religión está compuesta usualmente de ceremonias más que judaicas y observancias de orden material; y que descuidan las cosas que conducen a la piedad. —Añade, y esto es típicamente humanístico—: He intentado procurar al lector una especie de arte de piedad, como otros han escrito la teoría de ciertas ciencias».

¡El arte de la piedad! Erasmo se hubiera asombrado si hubiese conocido aquel otro tratado, escrito más de sesenta años antes por

A. 164. 49

A. 181. 46.

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otro monje agustino de los Países Bajos, que continúa interesando mucho más, y más urgentemente, al mundo que su manual: la Imitatio Christi de Tomás de Kempis.

El Enchiridion, reunido con otras piezas en un volumen de Lucubrationes, no fue acogido con tan grande y rápido éxito como el concedido a los Adagia. Y no fue causa de ello el que las especulaciones de Erasmo acerca de la verdadera piedad fuesen consideradas demasiado atrevidas. No contenían nada contrario a las enseñanzas de la Iglesia; de tal modo, que hasta en la época de la Contrarreforma, cuando la Iglesia se había vuelto en extremo suspicaz para todo cuanto Erasmo había escrito, los teólogos que redactaron el índice expurgatorio de su obra, sólo encontraron unos pocos pasajes del Enchiridion que expurgar120.

Es más, Erasmo había insertado en el volumen algunos escritos de insospechable tenor católico. Durante largo tiempo fue tenido en gran reputación, especialmente entre los teólogos y los religiosos. Un famoso predicador de Amberes acostumbraba decir que en cada página del Enchiridion podía encontrarse un sermón121. Pero aquel libro sólo obtuvo su mayor influencia en vastos círculos culturales cuando, sostenido por la reputación universal de Erasmo, estuvo disponible en numerosas traducciones inglesas, checas, alemanas, holandesas, españolas y francesas. Pero entonces comenzó a inspirar sospechas, porque era la época en que Lutero había

LB. X. c. 1819.

A. 492. 27.

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desencadenado la gran contienda. «Ahora han comenzado a criticar también el Enchiridion, que solía tener tanto renombre entre los teólogos», escribe Erasmo en 1526122. Por lo demás, la crítica sólo puso reparos a dos pasajes.

LB. IX. c. 699 A.: Ex Enchiridion notata quaedam.

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Capítulo VII

Años de inquietud. — Lovaina, París, Inglaterra

Muerte de Batt: 1502. — Primera estancia en Lovaina: 1502-1504. — Traducciones del griego. — Otra vez en Paris. — Las Annotationes de Valla al Nuevo Testamento.

— Segunda estancia en Inglaterra: 1505-1506. — Mas

protectores y amigos. Salida para Italia: 1506. — Carmen Alpestre.

Las circunstancias continuaron siendo desfavorables para Erasmo. «Este año la Fortuna se ha encarnizado violentamente contra mí», escribe en otoño de 1502123. Aquella primavera había muerto su amigo Batt. Es una lástima que no hayan llegado hasta nosotros cartas escritas directamente por Erasmo después de aquel duelo. Nos hubiera agradado tener para aquel fiel socorredor un monumento que añadir al que Erasmo erigió a su memoria en los Antibarbari.

Ana de Veere se había vuelto a casar, y, por lo tanto, en adelante, como protectora era menester descartarla. En octubre de 1502 murió Enrique de Bergen. «He conmemorado al obispo de Cambray en tres epitafios latinos y uno griego; sólo me han enviado seis florines, para que hasta en su muerte continuara siendo el de

A. 172.

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siempre124». En Francisco de Busleiden, arzobispo de Besanzón, perdió por aquel mismo tiempo un nuevo protector en perspectiva. Se vio privado de ir a París, Colonia e Inglaterra, por el peligro de la peste.

En el siguiente verano de 1502, fue a Lovaina, «arrojado allí por la peste», según dice. La Universidad de Lovaina, establecida en 1425 para librar a Holanda en materias espirituales de la tutela de París, fue, a comienzos del siglo XVI, uno de los baluartes de la teología tradicional; lo cual, sin embargo, no impedía el adelanto de los estudios clásicos. De otro modo, ¿cómo hubiera podido Adriano de Utrech, más tarde papa y en aquel tiempo deán de San Pedro y profesor de teología, proponerle, apenas llegado, para una cátedra? Erasmo declinó la oferta, sin embargo, y «por ciertas razones», según dice125. Teniendo en cuenta su gran penuria, es de suponer que aquellas razones debieron de ser convincentes. Una de ellas, que mencionó, no es muy clara para nosotros: «Estoy aquí demasiado cerca de las lenguas holandesas que saben muy bien cómo ofender, es cierto, pero no han aprendido a favorecer a nadie». Su espíritu de libertad y su ardiente amor por los estudios, a los que deseaba entregarse totalmente, fueron, sin duda, sus principales razones para rehusar.

A. 178. 49

A. 171. 13.

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Pero tenía que hacerse una posición. La vida en Lovaina era costosa; y él no disponía de ganancias fijas126. Escribió algunos prefacios y dedicó al obispo de Arrás, canciller de la Universidad, su primera traducción del griego: varias Declamationes de Libanio.

Cuando en otoño de 1503 Felipe el Hermoso era esperado en los Países Bajos de regreso de su viaje a España, Erasmo escribió, con suspiros de repugnancia, un panegírico para celebrar el feliz regreso del príncipe. Le costó mucho trabajo. «Me ocupa noche y día, —dice aquel hombre que componía con tan increíble facilidad cuando ponía el corazón en su obra—. ¿Hay nada tan duro como escribir con repugnancia? ¿Hay nada más inútil que escribir algo por lo cual desaprendemos el escribir bien127?». Debe reconocerse que, verdaderamente, aduló con toda la parsimonia posible; aquel trabajo fue repulsivo para él, hasta el punto que en su prefacio confesó francamente que, a decir verdad, aquella clase de composiciones no era de su gusto.

A fines de 1504 Erasmo volvió, por fin, a París. Probablemente siempre lo había deseado, y consideraba su estancia en Lovaina como un destierro temporal. Las circunstancias en que dejó Lovaina son desconocidas para nosotros por causa de la falta casi total de cartas escritas en el año de 1504. En todo caso, él esperaba que en París pronto estaría en disposición de lograr su grande propósito de dedicarse por entero al estudio de la teología. «No puedo deciros,

A. 172. 8

A. 175. 10, 176. 6

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querido Colet, —escribe hacia fines de 1504128—, cómo vuelo, a velas desplegadas, hacia la literatura sagrada; y me disgusta todo lo que me retiene o me retarda. Pero el desfavor de la Fortuna, que siempre me mira con la misma cara, ha sido la razón por la cual no he podido librarme de esas molestias. Por eso me he vuelto a Francia con el propósito, si no puedo resolverlas, de deshacerme de ellas en todo caso del modo que pueda. Después de lo cual me dedicaré con todo mi corazón a las letras sagradas, para dedicarles todo el resto de mi vida». ¡Si a lo menos pudiese hallar los medios para trabajar durante unos meses para sí y desentenderse de la literatura profana! ¿No podría Colet enterarse por él de cómo estaba el asunto del producto de los cien ejemplares de los Adagia que tiempo atrás había enviado a Inglaterra a sus expensas? Su libertad de unos pocos meses debía ser comprada con poco dinero.

Hay algo de heroico en Erasmo desdeñando ganar dinero con sus fáciles talentos y conocimiento envidiable de las humanidades, desafiando la pobreza para poder realizar su brillante ideal de restaurar la teología.

Es digno de notar que el mismo humanista italiano que en su juventud había sido su guía y ejemplo por el camino de la pura latinidad y antigüedad clásica, Lorenzo Valla, por casualidad vino a ser su guía y precursor en el campo de la teología.

A. 181. 24.

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El verano de 1504, cazando en la antigua biblioteca del monasterio premostratense de Pare, cerca de Lovaina («en ningún coto es más delicioso cazar»), halló un manuscrito de las Annotationes del Nuevo Testamento de Valla. Era una colección de notas críticas acerca de los Evangelios, las Epístolas y el Apocalipsis. Que el texto de la Vulgata no era impecable había sido reconocido por la misma Roma ya en el siglo XIII. Las órdenes monásticas y algunos teólogos particulares se habían propuesto corregirlo; pero aquella depuración no había tenido mucho alcance, a pesar de la obra de Nicolás de Lyra en el siglo XIV.

Es probable que el dar con las Annotationes de Valla condujo a Erasmo, que al principio se había inclinado más a editar San Jerónimo y comentar a San Pablo (ambas cosas haría más tarde), a dirigir su atención al estudio del Nuevo Testamento en su totalidad, para restaurarlo en su pureza. En marzo de 1505, ya Jodoco Badio, en París, imprimió las Annotationes de Valla para Erasmo, como una especie de anuncio de lo que él esperaba realizar un día. Era una acción valerosa. Erasmo no se ocultaba que Valla, humanista, no era bien mirado por los teólogos, y que habría un escándalo contra «la intolerable temeridad del homo grammaticus, quien, después de haber devastado todas las disciplinas, no tenía escrúpulos en asaltar la literatura sagrada con su petulante

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pluma129». Se trataba de otro programa mucho más explícito y retador de lo que había sido el Enchiridion.

Una vez más, no se ha podido aclarar por qué y cómo Erasmo dejó de nuevo París para irse a Inglaterra en 1505. Él habla de serias razones, y consejos de personas sensatas130. Menciona un motivo: la falta de dinero. La reimpresión de los Adagia publicada por Juan Philippi en París, en 1505, lo había remediado bastante por el momento; la edición no pudo haber sido de su gusto porque estaba descontento de su obra y se proponía extenderla, intercalando en ella sus nuevos conocimientos griegos131. De Holanda había llegado una voz, la de su superior y amigo Servacio, que era ahora prior de Steyn, pidiendo explicaciones por su partida de París132. Evidentemente, sus amigos holandeses aún no tenían confianza en Erasmo, ni en su obra, ni en su porvenir.

En muchos respectos aquel porvenir parecía más favorable para él en Inglaterra que en parte alguna hasta entonces. Allí había encontrado a los antiguos amigos, hombres de consideración e importancia: Mountjoy, con quien desde su llegada vivió unos meses, Colet y Moro. Allí encontró algunos eruditos helenistas cuya conversación prometía ser provechosa y amena; no Colet, que conocía poco el griego, sino Moro, Linacre, Grocyn, Latimer, y

A. 182. 113.

A. 185. 4.

A. 181. 82.

A. 185.

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Tunstall133. Pronto se puso en contacto con algunos altos eclesiásticos que habían de ser sus amigos y protectores: Ricardo Foxe, obispo de Winchester, Juan Fisher, obispo de Rochester, y Guillermo Warham, arzobispo de Canterbury. Pronto habría de encontrar también un amigo cuya simpatía de espíritu y de intereses espirituales con los suyos, hasta cierto punto le compensaron la pérdida de Batt: el italiano Andrés Amonio, de Luca. Y, finalmente, el rey le había prometido un beneficio eclesiástico. No tardó mucho Erasmo en disponer de una dispensa del Papa Julio II, fechada el 4 de enero de 1506, cancelando los obstáculos que se oponían a la aceptación de un beneficio inglés134.

Las traducciones del griego y del latín eran para él un medio fácil y rápido para obtener favor y ayuda; un diálogo de Luciano, seguido de otros, para Foxe; la Hécuba y la Ifigenia de Eurípides para Warham. También pensó entonces en publicar sus cartas135.

Evidentemente, sus relaciones con Holanda no eran todavía satisfactorias. Servacio no contestó a sus cartas. Erasmo seguía sintiendo cernerse sobre él una amenaza para su carrera y su libertad, personificada en la figura de aquel amigo a quien estaba ligado por tan tiernos lazos allá, en el monasterio de Steyn, donde su regreso se aguardaba tarde o temprano como el de un faro para la cristiandad. ¿Conoció el prior la dispensación papal que eximía a

A. 185. 13.

A. no 187 a, t. III. p. XXIX.

A. 186

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Erasmo de los «estatutos y costumbres del monasterio de Steyn, en Holanda, de la orden de San Agustín? —Probablemente sí. El 1° de abril de 1506, Erasmo le escribe—: Aquí en Londres, soy, a lo que parece, muy estimado por los hombres más eminentes y eruditos de toda Inglaterra. El rey me ha prometido un curato; la visita del príncipe ha exigido un aplazamiento de este asunto136».

Y añade inmediatamente: «Estoy otra vez reflexionando acerca de la mejor manera de dedicar el resto de mi vida (aunque no sé lo que durará) enteramente a la piedad, a Cristo. ¡Veo la vida, aun cuando sea larga, tan inconsistente y débil! Sé que mi constitución es delicada y que mis fuerzas han quedado no poco agotadas por el estudio y también algo por la desgracia. Veo que no hay manera de librarse del estudio, y cada día me parece tener que comenzar de nuevo. Por lo tanto he resuelto, contento con mi mediocridad (especialmente ahora que he aprendido todo el griego que me basta), aplicarme a la meditación acerca de la muerte, y a la disciplina de mi alma. Debiera haber hecho esto antes, y haber empleado mejor los preciosos años cuando estaban en toda su lozanía. Pero por ser éste un empleo tardío que la gente suele practicar cuando poco le queda ya de vida, debemos ser tanto más económicos, de acuerdo con ella, cuanto más disminuye la cantidad y la calidad de lo que nos queda».

A. 189. Felipe el Hermoso, que inesperadamente había llegado a Inglaterra a causa de una tempestad, lo cual obligó a Mountjoy a prestar servicio en la Corte.

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¿Fue un acceso de melancolía lo que indujo a Erasmo a escribir estas palabras de arrepentimiento y renunciación? ¿Fue asaltado en medio de la prosecución del objeto de su vida, por la conciencia de la vanidad de sus esfuerzos y por la conciencia también de una grande fatiga? ¿Es lo más profundo de su ser lo que ahora revela Erasmo, por un momento, a su antiguo e íntimo amigo? Puede ponerse en duda. Ese pasaje se acuerda muy mal con las primeras frases de la carta, que se refieren todas a buenos éxitos y esperanzas. En una carta que escribió el día siguiente, también a Gouda y a un amigo de confianza137, no hay rastro de aquel estado de ánimo; vuelve a pensar en su porvenir. No advertimos que el formidable celo con que continúa sus estudios se relaje un momento. Y hay otros indicios de que con Servacio, quien lo conocía mejor de lo que él deseara y que, además, como prior de Steyn, tenía un poder amenazador sobre él, de intento se comportaba como si despreciase el mundo.

Mientras tanto, no venía la prebenda inglesa. Pero de pronto se ofreció la ocasión que tan a menudo había esperado Erasmo138: el viaje a Italia. El médico de Corte de Enrique VII, Juan Bautista Boerio, de Génova, buscaba un maestro que acompañase a sus hijos en su viaje a las universidades de Italia. Erasmo aceptó el puesto, que no lo cargaba ni con deberes de preceptor ni de cuidar de los jóvenes alumnos, sino de inspeccionar y guiar sus

A. 190.

Cf. LB. X. 1750 E, Resp. ad P. Cursii Defens.

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estudios139. A comienzos de junio de 1506, se halló una vez más en suelo francés. Durante dos meses de verano, aquel grupo de viajeros permaneció en París, y Erasmo aprovechó la ocasión para hacer que se imprimieran en París varias de sus obras que había traído de Inglaterra. Era ya un autor muy conocido y preferido, gozosamente acogido por sus amigos (había corrido la voz de que había muerto), y muy agasajado. Jodoco Badio imprimió todo lo que le ofrecía Erasmo: las traducciones de Eurípides y Luciano, una colección del Epigrammata, y una nueva pero no modificada edición de los Adagia140.

Se reanudó el viaje en agosto. Mientras cabalgaba por las veredas alpinas se originó el más importante poema que escribió Erasmo, eco de un empeño abandonado. Se había incomodado con sus compañeros de viaje, se había abstenido de conversar con ellos, y buscaba consuelo componiendo poesía. El resultado fue la oda que tituló Carmen equestre vel potius alpestre, acerca de los inconvenientes de la vejez, dedicada a su amigo Guillermo Cop141.

Erasmo era de los que pronto se sienten viejos. Aún no tenía cuarenta años y ya se imaginaba en el umbral de la vejez. ¡Qué pronto había venido ésta! Contempla el curso de su vida pasada. Se ve jugando a las nueces cuando era niño, anheloso por el estudio cuando era muchacho; y cuando joven, absorbido por la poesía y el

A. no. I, t. I. p. 4. 12.

A. 201. 10.

LB. IV. c. 755.

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escolasticismo, y también por la pintura. Examina su enorme erudición, su estudio del griego, su aspiración a la fama literaria. En medio de todo esto, la vejez ha venido de pronto. ¿Qué le queda ahora? Y de nuevo oímos la voz del renunciamiento del mundo y la devoción de Cristo. ¡Adiós juegos y chanzas, adiós filosofía y poesía! Un corazón puro lleno de Cristo es todo lo que desea para lo porvenir.

Allí, en la silenciosa quietud del paisaje alpino, se despierta algo más de las más profundas aspiraciones de Erasmo que en su lamentación a Servacio. Pero también en este caso se trata de un desviado elemento de su alma, no del poderoso impulso que dio dirección y plenitud a su vida y con irresistible premura lo incitaba de continuo a nuevos estudios.

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Capítulo VIII

EN ITALIA

Erasmo en Italia: 1506-1509.— Se gradúa en Turín.— Bolonia y el papa Julio II.— Erasmo en Venecia, con Aldo Manucio: 1507-1508. — El arte de imprimir. — Alejandro Stewart. — A Roma: 1509. — Nuevas de la subida al trono de Enrique VIII. — Erasmo deja Italia.

En cuanto llegó Erasmo a Turín, el 4 de septiembre de 1506, tomó el grado de doctor en Teología. Se puede comprender fácilmente que no concedió mucha importancia a aquel título; con todo, lo miraba cual garantía oficial de su competencia como escritor de temas teológicos; y esto reforzaría su posición cuando lo atacasen las sospechas de sus críticos. Escribe desdeñosamente acerca de su título hasta a sus amigos holandeses, que antaño lo habían ayudado en sus estudios para el explícito propósito de obtener el título de doctor.

Ya en 1501, escribe a Ana de Borselen: « ¿Ir a Italia y obtener el grado de doctor? Disparatados proyectos uno y otro. Pero debemos conformarnos a las costumbres del tiempo142. —Y ahora a Servacio y Juan Abrecht, casi disculpándose, dice—: He obtenido el grado de

A. 145. 105.

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doctor en Teología, y ello del todo contra mi intención, sólo porque me sentía abrumado por los ruegos de mis amigos143».

Ahora el destino de su viaje era Bolonia. Pero cuando Erasmo llegó allí, estaba en marcha una guerra que lo forzó a retirarse a Florencia por algún tiempo. El papa Julio II, aliado con los franceses, a la cabeza de un ejército marchó sobre Bolonia para conquistársela a los Bentivogli. Aquel propósito fue pronto alcanzado, y Bolonia fue lugar seguro para volver a ella. El 11 de noviembre de 1506, Erasmo presenció la entrada triunfal del papa guerrero.

De aquella época sólo han llegado hasta nosotros cartas breves y escritas a toda prisa. Hablan de malestar y rumores de guerra. No hay nada en ellas que muestre haberle impresionado la belleza de la Italia del Renacimiento. La escasa correspondencia que data de su estancia en Italia no menciona ni arquitectura, ni escultura, ni pinturas. Cuando mucho más tarde le ocurre acordarse de su visita a la Cartuja de Pavía, es sólo para ofrecernos un ejemplo de inútil derroche y magnificencia. Lo único que parece haber atraído y ocupado a Erasmo en Italia, fueron los libros.

En Bolonia, Erasmo sirvió como mentor a los jóvenes Boerio hasta fines del año para el cual se había comprometido. Le pareció un tiempo muy largo. No podía sufrir la menor intrusión en su libertad.

A. 200. 8, 201. 4, 203. 5.

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Se sentía cogido en su contrato como en una red144. Según parece, los muchachos eran bastante inteligentes, aunque no tan brillantes como Erasmo los imaginara en su primer entusiasmo; pero con su preceptor privado Clyfton, a quien al principio había levantado a las nubes, pronto estuvieron a matar145. En Bolonia sufrió varios contratiempos, de los cuales sus nuevas relaciones con Pablo Bombasio sólo en parte pudieron indemnizarlo. Allí trabajó en una edición aumentada de los Adagia, que ahora, con la adición de los griegos, enriqueció de ochocientos a unos millares de artículos.

Desde Bolonia, en octubre de 1507, Erasmo dirigió una carta al famoso impresor veneciano Aldo Manucio146[, en la cual lo instaba a publicar nuevamente las dos tragedias de Eurípides traducidas; porque la edición de Badio estaba agotada y era demasiado defectuosa para su gusto. Lo que le agradaba de Manucio, sin duda, además de la fama que había ganado en su oficio, la cual sin embargo ya disminuía por entonces, eran los tipos que usaba aquel impresor: «aquellas magníficas letras, las más pequeñas sobre todo». Erasmo era uno de esos bibliófilos que se enamoran de un tipo y del tamaño de un libro, no por ninguna preferencia artística sino por su legibilidad y facilidad de manejo, lo cual para ellos tiene la mayor importancia. Lo que él pedía de Aldo era un libro pequeño a bajo precio. Hacia fines de año, sus relaciones habían llegado tan lejos,

A. no. I, t. I. p. 4. 12.

A. 194. 30.

A. 207, LB. IX. c. 1137.

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que Erasmo renunció de momento a su proyectado viaje a Roma, para irse a Venecia a vigilar personalmente la publicación de sus obras. Ahora ya no se trataba de un sencillo volumen de traducciones, puesto que Aldo se había ofrecido espontáneamente para imprimir la enormemente aumentada colección de los Adagia.

Beato Renano cuenta una anécdota que sin duda había oído contar al propio Erasmo147: cómo Erasmo, a su llegada a Venecia, se había ido derecho a la imprenta de Aldo y había tenido que esperarse allí mucho rato; Aldo estaba corrigiendo pruebas y pensó que su visitante debía de ser alguno de aquellos preguntones que tanto lo cargaban. Cuando se enteró de que era Erasmo, lo acogió cordialmente y le procuró pupilaje en casa de su suegro, Andrés Asolani. Ocho meses cumplidos vivió allí Erasmo, en el ambiente que en lo futuro había de ser su verdadero elemento: la imprenta. Se hallaba en una fiebre de encarnizado trabajo, del que a menudo se lamentaba, pero que al fin y al cabo le era congénito.

La edición aumentada de los Adagia todavía no había sido terminada para la imprenta en Bolonia. «Con gran temeridad por mi parte, —atestigua el propio Erasmo148—, comenzamos a trabajar al mismo tiempo, yo a escribir, Aldo a imprimir».

Mientras tanto, los amigos literatos de la Nueva Academia con quienes trabó conocimiento en Venecia, Juan Lascaris, Bautista Egnacio, Marco Musuro y el joven Jerónimo Aleandro, con los

A. no. IV, t. I. p. 60.

Adag. 1001. LB. II. c. 405, id. 2001 c. 707 y Respons. ad Albertum Pium, LB. X. 1137.

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cuales en casa de Asolani compartió habitación y cama, le trajeron nuevos autores griegos, no impresos todavía, procurándole renovado material para aumentar los Adagia. Y no fueron adiciones despreciables: Platón en su original, las Vidas y los Moralia de Plutarco, Píndaro, Pausanias, y otros. Hasta personas a quien no conocía y que se tomaron interés por su obra, le trajeron nuevo material. Entre el ruido de las prensas, Erasmo, con maravilla de su editor, se ponía a escribir, generalmente de memoria, de tal modo atareado que, como pintorescamente decía, no tenía tiempo ni para rascarse las orejas. Era dueño y señor de la imprenta. Se le había asignado un corrector especial; él hizo sus cambios textuales en la impresión definitiva. Aldo también leía las pruebas. « ¿Por qué?, —le preguntó Erasmo—. Porque al mismo tiempo aprendo», le contestó. Mientras tanto, Erasmo sufrió el primer ataque de su torturante enfermedad nefrolítica; la atribuyó a la comida en casa de Asolani y más tarde se vengó pintando aquella casa de huéspedes y a su dueño con muy maliciosos colores en los Colloquia149.

Cuando en septiembre de 1508 estuvo lista la edición de los Adagia, Aldo invitó a Erasmo a quedarse y escribir más para él. Hasta diciembre continuó trabajando en Venecia, en ediciones de Plauto, Terencio y las tragedias de Séneca. En su espíritu vagaban visiones de trabajo en colaboración, para publicar las obras de la antigüedad

Opulenta sordida, Coll. LB. I. 862.

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clásica que todavía se conservaban en estado de tesoros escondidos, juntas con abundancia de obras hebreas y caldeas.

Erasmo pertenecía a la generación que había crecido al mismo tiempo que el joven arte de la imprenta. Para el mundo de aquellos días era todavía como un instrumento recientemente adquirido; la gente se sentía rica, poderosa, feliz, en posesión de aquella «máquina casi divina150». La figura de Erasmo y su obra sólo se hicieron posibles por el arte de la imprenta. Halló en él su glorioso triunfo, pero al mismo tiempo, en cierto sentido, su víctima. ¿Qué hubiera sido Erasmo sin la prensa de imprimir? Propalar los antiguos documentos, depurarlos y restaurarlos fue la pasión de su vida. La certidumbre de que el libro impreso pone exactamente un mismo texto en las manos de millares de lectores, era para él un consuelo, que las anteriores generaciones no habían conocido.

Erasmo es uno de los primeros que, después de quedar establecida su fama de autor, trabajó directa y continuamente para la imprenta. Fue su fuerza, pero también su debilidad. Lo capacitaba para ejercer una influencia inmediata sobre el público que leía en Europa, como no la había ejercido nadie antes de él; para llegar a ser un foco de cultura en el pleno sentido de la palabra; una estación central intelectual; una piedra de toque para el espíritu de su tiempo. ¡Imagínese por un instante lo que hubiera logrado un entendimiento más grande todavía que el suyo, pongamos por

A. 919. 10

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ejemplo, el cardenal Nicolás de Cusa, ese espíritu universal que había contribuido a nutrir el arte de la imprenta en su primera infancia, si hubiese podido aprovecharlo del mismo modo que Erasmo!

El aspecto peligroso de esta situación consistió en que la imprenta permitía a Erasmo, una vez había llegado a ser un centro y una autoridad, dirigirse al mundo sin limitación, inmediatamente, con todo lo que se le ocurriera. Mucho de su labor intelectual posterior no es, bien mirado, sino repetición, rumia, digresión, innecesaria vindicación por ataques a los que su sola grandeza hubiera sido respuesta suficiente; futilezas que mejor le hubiera sido dejarlas. Mucho de esa obra escrita directamente para la imprenta es en el fondo periodismo; hacemos a Erasmo una injusticia aplicándole el criterio de la duradera excelencia. La conciencia de que podemos interesar al mundo entero inmediatamente con nuestros escritos es un estimulante que influye inconscientemente en nuestra manera de expresarnos; un lujo que sólo los espíritus más altos pueden sostener impunemente.

El vínculo entre Erasmo y la impresión de libros era el latín. Sin su incomparable latinidad, su posición como autor hubiera sido imposible. El arte de imprimir, sin duda, fomentó el uso del latín. Eran las publicaciones latinas las que en aquellos días prometían grandes éxitos y buena renta a un editor y establecían su reputación, porque eran diseminadas por el mundo entero. Los principales editores eran también eruditos llenos de entusiasmo por

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el humanismo. Personas cultivadas y bien acomodadas actuaban como correctores de pruebas de los impresores; entre ellas Pedro Gilles, el amigo de Erasmo y Moro, secretario del Ayuntamiento de Amberes, que corregía galeradas para Dirck Maertensz. Los grandes talleres de imprenta eran, también, en sentido local, los focos del intercambio intelectual. El hecho de que Inglaterra se hubiese rezagado tanto en la evolución del arte de imprimir, contribuyó no poco, sin duda, a impedir a Erasmo que se quedase en aquel país, donde tantos afectos lo vinculaban y tantos provechos lo atraían.

Hallar un lugar de residencia permanente fue, en efecto y aparte de la circunstancia citada, muy duro para él. Hacia fines de 1508 aceptó el cargo de preceptor de retórica para el joven Alejandro Stewart, hijo natural de Jacobo IV de Escocia y ya, a pesar de su edad, arzobispo de San Andrés, y a la sazón estudiante en Padua. El peligro de la guerra pronto los llevó desde la alta Italia a Siena. Allí obtuvo permiso Erasmo para visitar Roma. Llegó a ella a comienzos del año 1509, no ya como un desconocido sacerdote de las regiones nórdicas, sino como autor celebrado y respetado. Todos los encantos de la Ciudad Eterna se ofrecieron a él, y debió de sentirse vivamente complacido por la consideración y la cortesía con que cardenales y prelados como Juan de Médicis, después León X, Domingo Grimani, Rafael Riario y otros, lo trataban. Parece que hasta se le ofreció un puesto en la curia. Pero él tenía que volverse junto a su joven arzobispo, con quien luego volvió a visitar Roma, de incógnito, y más tarde viajó por las cercanías de Nápoles.

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Inspeccionó el antro de la Sibila de Cumas, pero lo que aquello significó para él no lo sabemos. Todo aquel período que siguió a su partida de Padua y todo lo demás hasta la primavera de 1511 —en ciertos respectos la parte más importante de su vida— quedó sin registrar en una sola carta de entonces que haya llegado hasta nosotros. Aquí y allá, de cuando en cuando, y en fecha muy posterior, apuntó algunas impresiones de Roma151; pero el conjunto queda vago y confuso. Este período, que permanece oscuro para nosotros, es precisamente el de incubación del Elogio de la locura. El 21 de abril de 1509, murió el rey Enrique VII de Inglaterra. Su sucesor fue el joven príncipe a quien Erasmo había saludado en Eltham en 1499 y a quien había dedicado su poema en elogio de la Gran Bretaña, y que durante su estancia en Bolonia había distinguido a Erasmo con una carta latina que honra tanto a éste como al regio latinista de quince años que la suscribe152. Si jamás pareció favorable la ocasión de obtener un protector, fue entonces, cuando aquel prometedor amante de las letras subió al trono con el nombre de Enrique VIII.

Lord Mountjoy, el más fiel mecenas de Erasmo, lo pensó así también y se lo advirtió en una carta del 27 de mayo de 1509153. Era un gozo de ver, escribía, cuán vigorosa, cuán recta y justa, cuán celosa para la causa de la literatura y de los literatos era la conducta del joven

LBE. c. 1375, su visita al cardenal Grimani.

A. 206, donde por la introducción de Allen se puede formar opinión acerca de la participación del príncipe en la composición.

A. 215.

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príncipe. Mountjoy —o Amonio, quien probablemente redactó el florido documento para él—, estaba entusiasmado. Los temas de la carta son un cielo risueño, y lágrimas de alegría. Con todo, es evidente que Erasmo, por su parte, había sondeado ya a Mountjoy acerca de sus probabilidades, en cuanto se conocieron en Roma las nuevas de la muerte de Enrique VII; y ello no sin lamentaciones acerca de sus zozobras y de su decaída salud. «El arzobispo de Canterbury, —pudo notificar Mountjoy a Erasmo—, no sólo está continuamente enfrascado en vuestros Adagia y los encomia hasta las nubes, sino que también os promete un beneficio a vuestro regreso, y os envía cinco libras para los gastos de viaje», cantidad que fue doblada por Mountjoy.

No sabemos si Erasmo vaciló realmente antes de tomar su decisión. El cardenal Grimani, según afirma, se propuso retenerlo; pero en vano154, porque en julio de 1509 dejó Roma e Italia para no volver jamás.

Cuando cruzaba los Alpes por segunda vez, ahora no por el lado francés sino cruzando el Septimer155, a través de Suiza, su genio lo inspiró de nuevo, como le había ocurrido en aquellas elevadas regiones tres años antes, camino de Italia. Pero esta vez no fue a la manera de musa latina, que entonces le inspirara tan patéticas e ingeniosas meditaciones poéticas acerca de su vida pasada, y

LBE. no. 1175, c. 1375 D. Véase A. 216 intr.

Y no, con toda certeza, por el Splügen, como creí anteriormente. En el siglo XVI sólo el Septimer era transitado. Véase Traugott Geering, Handel und Industrie der Stadt Basel, 1886, págs. 204-5.

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piadosos votos para lo futuro; era una cosa mucho más sutil y magnífica: el Elogio de la Locura.

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Capítulo IX

El Elogio de la Locura

Moriae Encomium, el Elogio de la Locura, 1509, como obra de arte. — La locura, motor de toda la vida: indispensable, saludable, causa y sostén de los Estados y del heroísmo.

— La locura mantiene el mundo en actividad. — La energía vital conmista con la locura. — La falta de locura hace inepto para la vida. — Necesidad de la complacencia en sí mismo. — El engaño vence a la Verdad. — Sátira de todas las vocaciones seculares y religiosas. — Dos temas en toda la obra. — La más alta locura: el éxtasis. — La Moria debe ser tomada como una alegre chanza. — Confusión entre los locos y los lunáticos. — Erasmo trata su Moria con desprecio. — Su valor.

Mientras cabalga por los pasos de la montaña156, Erasmo, espíritu inquieto, ahora, por unos días, libre de las cadenas de los trabajos serios, meditaba en todo lo que había estudiado y leído durante los pocos años últimos y en todo lo que había visto. ¡Cuánta ambición, cuánto engaño de sí mismo, cuánto orgullo y vanagloria llenaba el mundo! Pensó en Tomás Moro, a quien iba a ver de nuevo, el más ingenioso y juicioso de todos sus amigos, con aquel curioso apellido

El que concibiera su obra en los Alpes se desprende del hecho que nos hable explícitamente de que ello ocurrió mientras iba cabalgando, al paso que, después de cruzar Suiza, a partir de Estrasburgo, viajó en barco. A. no. IV. 216, t. I. pág. 62.

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Moros, palabra griega que significa loco, y que tan mal se adaptaba a su personalidad.

Adelantándose a las alegres chanzas que le prometía la conversación con Moro, nació en su espíritu aquella obra maestra de buen humor y discreta ironía, Moriae Encomium, Elogio de la Locura. El mundo como escenario de la locura universal; la locura como elemento indispensable para hacer posible la vida y la sociedad, y todo ello puesto en boca de la Stultitia, la Locura en persona (auténtico anti-tipo de Minerva), que en un panegírico de su propio poder y utilidad, se alaba a sí misma.

En cuanto a la forma es una Declamatio, como las había traducido del griego, de Libanio. En cuanto a su carácter, una restauración de Luciano, cuyo Gallus, traducido por él tres años antes, pudo haberle sugerido aquel tema. Ello debió suceder en los incomparables momentos lúcidos de aquella brillante inteligencia. Todos los pormenores de su lectura de los clásicos, que el año anterior había empleado en la nueva edición de los Adagia, estaban todavía a su inmediata disposición en aquella retentiva y capaz memoria. Reflexionando a su sabor acerca de toda aquella sabiduría de los antiguos, exprimió los jugos requeridos para su diatriba.

Llegó a Londres, se alojó en la casa de Moro en Bucklersbury, y allí, torturado por sus dolores nefríticos, redactó, en pocos días157, la obra de arte perfecta que debía de estar ya lista en su espíritu. Bien

A. 337.

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puede decirse que la Stultitia había nacido del mismo modo que su grave hermana Palas.

En cuanto a la forma y a la fantasía, la Moria es impecable, producto de momentos inspirados de impulso creador. La figura de un orador que hace frente a su público, es sostenida de modo magistral hasta el fin. Vemos los rostros de los oyentes animarse de alegría cuando la locura aparece en el púlpito; oímos los aplausos que interrumpen sus palabras. Hay una riqueza de fantasía, unida con tanta sobriedad de línea y de color, tanta mesura, que el conjunto nos ofrece un ejemplo perfecto de esa armonía que es expresión de la esencia del Renacimiento. No hay exuberancia, a despecho de la diversidad de materia y pensamiento, sino una moderación, una fluidez, una vivacidad y claridad que son tan placenteras como reposantes. Para hacernos cargo de la perfección artística del libro de Erasmo, lo compararemos con Rabelais.

«Sin mí, —dice la Locura—, el mundo no podría existir ni un momento. Porque, todo lo que se hace entre mortales ¿no está lleno de locura? ¿No está ejecutado por locos y para locos?»158. «No hay sociedad ni compañía que pueda ser agradable ni durar sin la locura; hasta el punto que un pueblo no puede tolerar a su príncipe, ni el amo a su criado, ni la criada a su ama, ni el preceptor a su discípulo, ni el amigo a su amigo, ni la esposa a su marido, un momento más, si, ora no disparatan juntos, y ora no se adulan

c. 25, p. 48. Citado de J. B. Kan, Μωρίας ἐγκώμιον, Stultitiae Laus, Des. Erasmi Rol. declamatio, La Haya, 1898.

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mutuamente; o bien sensatamente hacen la vista gorda, o se untan con un poco de miel de locura159]». En esta cláusula se contiene el sumario de la Laus. La locura aquí es la cordura mundanal, la resignación y el discernimiento benigno.

El que arranca las máscaras de la comedia de la vida es echado de ella160. ¿Qué es toda la vida de los mortales sino una especie de comedia en que cada actor aparece sobre las tablas con su máscara propia y representa su papel hasta que el director de escena lo hace salir? Hace mal quien no se adapta a las condiciones existentes y pide que el juego deje de serlo. Corresponde a los verdaderamente sensatos mezclarse con toda clase de gente, ya haciendo de buena gana la vista gorda ante sus locuras, ya afablemente errando como ellos.

Y la necesaria fuerza motriz de toda acción humana es la Philautia, la propia hermana de la Locura: el amor de sí mismo161. El que no se agrada a sí mismo no hará nada. Quitad este condimento de la vida y se enfría la palabra del orador, se burlan del poeta, el artista perece con su arte. La locura vestida de orgullo, de vanidad, de vanagloria, es el escondido resorte de todo lo que se considera alto y grande en este mundo162. El Estado con sus puestos de honor, el patriotismo y el orgullo nacional; la majestad de las ceremonias, las ilusiones de casta y nobleza, ¿qué es todo ello sino locura? La

c. 21, p. 34.

c. 29, p. 48. s.

c. 22, p. 35-36.

c. 23, 27, 42, 43.

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guerra, la cosa más loca de todas, es el origen de todo heroísmo. ¿Qué movió a los Decios, qué a Curcio a sacrificarse? La vanagloria. Esta locura es la que crea los Estados; por ella existen los imperios, las religiones, los tribunales.

Esto es más osado y más desapacible que Maquiavelo, más desenvuelto que Montaigne. Pero Erasmo no querrá que se lo atribuyan a él: es la locura quien habla. Él, de propósito nos hace dar la vuelta al círculo vicioso como en el dicho antiguo: «Un cretense dijo, todos los cretenses son embusteros».

La cordura es a la locura lo que la razón es a la pasión163. Y hay mucha más pasión que razón en el mundo. Lo que mantiene en actividad al mundo, la fuente de la vida, es la locura. Porque, ¿qué es el amor? ¿Por qué se casa la gente, sino por locura que no ve los inconvenientes? Todo regocijo y diversión es sólo un condimento de la locura. Cuando un hombre juicioso desea ser padre, primero ha de hacer el papel del loco. Porque, ¿hay mayor locura que la farsa de la procreación?

Inadvertido, el orador ha conmisto aquí con la locura todo lo que es vitalidad, y la valentía de la vida. La locura es energía espontánea de la cual nadie puede prescindir. El que es perfectamente sensato y serio no puede vivir164. Cuanto más se aparta la gente de mí, Stultitia, menos vive. ¿Por qué besamos y abrazamos a los niñitos,

c. 27, 11, 12.

c. 13.

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sino también porque son tan deliciosamente locos? ¿Y qué si no la locura hace tan galana a la juventud?

Y ahora mirad a los verdaderamente serios y juiciosos165]. Son desmañados en todo, a la mesa, en la danza, en el juego, en el trato social. Si han de comprar algo, o contratar, estad seguros de que todo saldrá mal. Quintiliano dice que el miedo a las tablas traiciona al orador inteligente, que conoce sus defectos166. ¡Exacto! ¿Pero no confiesa francamente en tal caso Quintiliano que la cordura es un impedimento para la buena ejecución? Y ¿no tiene la locura derecho a reclamar para sí la prudencia167 si el cuerdo, por vergüenza, por apocamiento, no emprende nada en circunstancias en que los locos animosamente se ponen a obrar?

Aquí Erasmo alcanza la raíz del asunto, en sentido psicológico. En efecto, la conciencia de fracasar es el freno que traba la acción, es la grande inercia que retarda el progreso del mundo. ¿Se reconocía a sí mismo por un hombre desmañado cuando no estaba inclinado sobre sus libros y se encaraba con los hombres y sus negocios?

Locura es alegría, regocijo, indispensable para la felicidad168. El hombre de pura razón sin pasión es una estatua de piedra, obtuso, sin ningún sentimiento humano, espectro o monstruo, de quien todos huyen, sordo a todas las emociones naturales, incapaz de amor y compasión. Nada se le escapa; en nada yerra; lo penetra

c. 25

c. 24.

c. 29.

c. 30

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todo; lo sopesa todo cuidadosamente; no perdona nada, sólo está satisfecho de sí mismo; él solo está sano; él solo es rey, él solo es libre. Aquí está pensando Erasmo en la antipática figura del doctrinario. ¿Qué Estado desearía a un hombre tan absolutamente perfecto por magistrado suyo?

El que se dedica a probar toda la amargura de la vida con sabia perspicacia, por lo mismo se priva de la vida169. Sólo la locura es un remedio para ello: errar, estar desacertado, ser ignorante es ser humano. ¡Cuánto mejor es para el matrimonio el ser ciego para los defectos de una mujer, que destruirse a sí mismo por celos y llenar el mundo de tragedia! La adulación es una virtud. No hay afecto cordial sin un poco de adulación. Es el alma de la elocuencia, de la medicina y de la poesía; es la miel y la dulzura de todas las costumbres humanas.

De nuevo toda una serie de valiosas cualidades sociales son incorporadas hábilmente con la locura: benevolencia, bondad, inclinación para aprobar y admirar.

Pero especialmente para aprobarse a sí mismo170. No hay manera de agradar a los demás sin comenzar por adularnos un poco a nosotros mismos y aprobarnos. ¿Qué sería el mundo si cada cual no estuviese orgulloso de su posición, de su vocación, de manera que nadie quisiera cambiar con nadie en cuanto a buena apariencia, o afición, o buena familia, o hacienda?

c. 31, 32, 44.

c. 22.

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El engaño es lo verdadero171. ¿Para qué desear una auténtica erudición? Cuanto más incompetente sea un hombre, más placentera será su vida, y más admirado será. Mirad a los profesores, poetas, oradores. El espíritu del hombre está hecho de tal manera, que le producen más efecto las mentiras que la verdad. Id a la iglesia: si el sacerdote trata de asuntos serios, toda la concurrencia dormita, bosteza, se aburre. Pero en cuanto comienza a contar alguna cosa increíble, todos despiertan, se levantan, quedan pendientes de sus labios.

Ser engañado, dicen los filósofos, es una desgracia; pero no serlo es una desgracia extremada172. Si es humano el errar, ¿por qué ha de llamarse desgraciado a un hombre porque yerra, puesto que ha nacido y ha sido hecho así, y tal es la suerte de todos? ¿Compadecemos a un hombre porque no puede volar o no puede andar en cuatro pies? En tal caso también podríamos llamar desgraciado a un caballo, porque no ha aprendido gramática ni a comer pasteles. Ninguna criatura es infeliz si vive de conformidad con su naturaleza. Las ciencias fueron inventadas para nuestra mayor destrucción; lejos de conducirnos a nuestra felicidad, siempre se interponen en su camino, aunque se suponga que fueron inventadas en su favor. Por la acción de perversos demonios, se han introducido en la vida humana con las demás pestilencias. ¿Es que la gente sencilla de la Edad de Oro no vivía feliz, desprovista de toda

c. 42, 45

c. 45 y c. 32.

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ciencia, sólo guiada por la naturaleza y el instinto? ¿Para qué necesitaban la gramática, cuando todos hablaban el mismo lenguaje? ¿Para qué disponer de la dialéctica, cuando no había disputas ni diferencias de opinión? ¿Para qué la jurisprudencia, cuando no había malas costumbres que suscitasen las buenas leyes? Eran demasiado religiosas para investigar con impía curiosidad los secretos de la naturaleza, el tamaño, los movimientos, el influjo de las estrellas, la oculta causa de las cosas. Es la misma idea que germinó en la antigüedad, aquí tratada a la ligera por Erasmo, y más tarde proclamada por Rousseau con más amarga seriedad: la civilización es una plaga.

La cordura es una desdicha, pero la presunción es la felicidad173.

Los gramáticos que empuñan el cetro de la sabiduría —esto es, los maestros de escuela— serían la gente más desgraciada del mundo si yo, la Locura, no mitigara los sinsabores de su mísera profesión con una especie de dulce insensatez. Pero lo que hace bien a los maestros de escuela, lo hace también a los poetas, oradores, autores174. Para ellos, también, toda la felicidad consiste meramente en vanidad e ilusión. Los juristas no salen mejor parados; y después de ellos vienen los filósofos175. Después hay una larga procesión de

c. 49.

c. 50.

c. 51, 52.

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clérigos176: teólogos, frailes, obispos, papas, sólo interrumpida por príncipes y cortesanos.

En los capítulos177 que revisan estos oficios y profesiones, la sátira se desvía un poco de su terreno. Por toda la obra se entrelazan dos temas: el de la locura saludable, que es la verdadera sabiduría, y el de la alucinada sabiduría, que es mera locura. Como ambas están en los labios de la Locura, no tendríamos más que invertirlas para obtener la verdad, si la Locura… no fuese sabiduría. Pero está claro que la primera es el tema principal. Erasmo parte de ella; y vuelve a ella. Sólo a la mitad de su discurso, cuando revisa las empresas y las dignidades humanas en su universal insensatez, predomina el segundo tema y el libro se convierte en una sátira corriente de la humana locura; de estas sátiras, aunque hay muchas, pocas son tan exquisitas como la de Erasmo. Pero en las otras partes del libro hay algo mucho más profundo.

De cuando en cuando la sátira se desvía de su camino cuando la Locura censura directamente lo que Erasmo desea censurar; por ejemplo: las indulgencias, la necia creencia en milagros, el culto egoísta a los santos178; o los jugadores a quienes ella, la Locura, debe alabar; o el espíritu de sistematización y nivelación, y la envidia de los religiosos.

c. 53-60.

Erasmo no dividió su libro en capítulos. Esto lo hizo un editor mucho más tarde, en 1765.

c. 40, 39, 54.

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Para los lectores contemporáneos, la importancia de la Laus Stultitiae estriba, muy principalmente, en la sátira directa. Su valor duradero está en esos pasajes donde nosotros verdaderamente convenimos en que lo que él llama locura es sabiduría y viceversa. Erasmo sabe cuán inescrutable es el fundamento de todas las cosas; toda meditación consistente acerca de los dogmas de la fe conduce según él a la absurdidad179. Y si no, atiéndase a las sutilezas teológicas del escolasticismo decadente. Los apóstoles no las hubieran entendido; a los ojos de los teólogos posteriores ellos hubieran parecido locos. Hasta la Sagrada Escritura se declara por la locura. «La locura de Dios es más sabia que los hombres, —dice San Pablo—. Pero Dios eligió la necedad del mundo». «Plugo a Dios salvar a los creyentes por la locura de la predicación180». Cristo amó a los pobres de espíritu y a los ignorantes; a los niños, a las mujeres, a los pobres pescadores, y hasta a los animales que están alejados de la vulpina astucia: el asno en que quiso montar, la paloma, el cordero, la oveja.

Aquí encontramos mucha profundidad por debajo de la chanza, ligera en apariencia. «La religión cristiana parece en general tener alguna afinidad con cierta especie de locura181. — ¿No se pensó que los apóstoles estaban llenos de vino nuevo? Y ¿no dijo el juez a San Pablo—: Pablo, tú estás fuera de ti»? ¿Cuándo estamos fuera de

c. 53. 65.

1. Cor. I, 25, 27, 21.

c. 66.

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nosotros? Cuando el espíritu rompe sus cadenas e intenta escapar de su prisión y aspira a la libertad. Esto es locura, pero es también liberación de lo mundano, y sublime sabiduría. La verdadera felicidad está en la ausencia de egoísmo182, en el frenesí de los enamorados, que Platón llama el más feliz de todos. Cuanto más absoluto es el amor, mayor y más arrebatador es el frenesí. La gloria celestial es la máxima enajenación; las personas verdaderamente piadosas, con sus meditaciones, gozan anticipadamente en la tierra de una sombra de esta gloria.

Al llegar aquí, la Locura interrumpe su discurso, disculpándose en pocas palabras, en caso de que haya sido demasiado petulante o locuaz, y deja el púlpito. «Adiós, pues, ¡aplaudid, vivid felices, y bebed, oh ilustres discípulos de la Locura!».

Fue una proeza de arte sin rival que ni en estos últimos capítulos perdiese su autor el tono de cómica ligereza, ni cayese en abierta profanación. Ello sólo era factible danzando hábilmente en la cuerda tensa de la sofistería. En la Moria, Erasmo está todo el tiempo revoloteando al borde de verdades profundas. Pero ¡cuán dichosos eran los tiempos aquellos en que aun cabía tratar un tema semejante en tono de humorada! Porque debemos fijar esto en nuestra mente: que el Moriae Encomium es una verdadera y regocijada chanza. Su risa es más exquisita, pero no menos cordial, que la de Rabelais. «Valete, plaudite, vivite, bibite». «Todas las

c. 67.

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personas en general abundan en tal grado y por todas partes en tantas formas de locura, que mil Demócritos serían insuficientes para burlarse de todas ellas (y necesitarían otro Demócrito para burlarse de ellos183)».

¿Cómo podría tomarse la Moria demasiado en serio cuando hasta la Utopía de Moro, que es una obra verdaderamente pareja suya y produce tan seria impresión en nosotros, es tratada por su autor y por Erasmo como pura chanza184?. Hay un lugar en que la Laus parece aproximarse a Moro y Rabelais185; es cuando la Locura habla de su padre, Plutón, el dios de la riqueza, a cuya señal parecen trastocarse todas las cosas, y de acuerdo con cuya voluntad se regulan todos los asuntos humanos: guerra y paz, gobierno y designios, justicia y tratados. Ha engendrado la Locura, uniéndose con la ninfa Juventud, no un senil y cegato Plutón, sino un lozano dios, ardiente de juventud y néctar, como otro Gargantúa.

La figura de la Locura, de estatura gigantesca, descuella poderosamente en el período del Renacimiento. Lleva un gorro de bufón con cascabeles. La gente se reía a carcajadas y con indiferencia de todo lo que fuese locura, sin discernir entre especies de locura. Es digno de notar que ni aun en la Laus, tan exquisita como es, el autor distinga el necio y el tonto, de los locos y los maniáticos. Holbein, al ilustrar a Erasmo, no usa más que una

c. 48.

A. 449. 40-60, 537. 17, 832. 37.

c. 7.

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representación del loco: con un cayado y orejas de burro. Erasmo habla sin clara transición, ora de insensatos, ora de verdaderos dementes186. Son los más felices de todos, hace decir a la Locura: no se asustan por los espectros y apariciones; no están torturados por el temor de inminentes calamidades; por todas partes llevan regocijo, chanzas, retozos y risas. Evidentemente, aquí se refiere a los imbéciles inofensivos que, en efecto, se utilizaban como bufones. Con todo, esta identificación de la estupidez y la locura se mantiene en su obra, como la confusión entre lo cómico y lo sencillamente ridículo; y todo ello basta para hacernos comprender la gran distancia que nos separa hoy de Erasmo.

****

En los años siguientes siempre habla en tono despectivo de su Moria. La tiene por tan insignificante, según dice, que es indigna de haber sido publicada; y con todo, ninguna obra suya fue recibida con tanto aplauso. Era una fruslería y que no se acordaba con su carácter. Moro se la había hecho escribir como si se hiciese danzar a un camello187. Pero estas afirmaciones despreciativas no dejaban de llevar segunda intención. La Moria no le había traído únicamente buen éxito y satisfacciones. La época excesivamente susceptible en que vivía, había tomado la sátira en muy mala parte donde parecía aludir a las dignidades y órdenes religiosas, por más que él, en su prefacio, se había esforzado por salvaguardarse del reproche de

c. 35, 36, 38, 39.

A. no. I, t. I. p. 19, De Copia, LB. I. 110 D, Adagio no. 1140, LB. II. c. 460 F, A. 999. 120

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irreverencia. Su liviano juego con los textos de la Sagrada Escritura había parecido a muchos demasiado atrevido.

Su amigo Martín van Dorp le echó en cara haber hecho escarnio de la vida eterna188. Erasmo hizo cuanto pudo para convencer a los malpensados de que la finalidad de la Moria no era otra sino la de exhortar a la gente a ser virtuosa. Al afirmar esto trató injustamente a su obra; era mucho más que eso. Pero en 1515 ya no era él lo que había sido en 1509. Se había visto obligado repetidamente a defender su obra más ingeniosa: si hubiera sabido que su obra pudiera desagradar, la hubiera retirado, escribe en 1517 a un conocido de Lovaina189. Y aun hacia el final de su vida, se defendía de las insinuaciones de Alberto Pio de Carpi en una extensa réplica190.

Erasmo ya no se aventuró más en el género del Elogio de la locura. Se podría considerar el tratado Lingua, publicado en 1525, como tentativa para hacer una obra pareja de la Moria. El libro se titula «Del uso y abuso de la lengua». En las primeras páginas hay algo que nos recuerda el estilo de la Laus; pero le falta todo su encanto de forma y de pensamiento.

¿Debemos compadecer a Erasmo porque, de todas sus publicaciones, reunidas en diez volúmenes en folio, solamente el Elogio de la Locura ha quedado como libro verdaderamente popular?

A. 337

A. 739, 749. 7.

LB. IX. 1136-1143.

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Es, junto con los Colloquia, tal vez su única obra que todavía se lee, no por puro interés erudito o de curiosidad, sino por su propio valor. Lo demás sólo se estudia hoy desde un punto de vista puramente histórico, para ponerse en relación con su personalidad o con su tiempo.

A mí me parece que en este caso se ha obrado con perfecta justicia. El Elogio de la Locura es su mejor obra. Escribió otros libros más eruditos, algunos más piadosos, algunos tal vez de igual o mayor influjo en su época. Pero todos han pasado. Moriae Encomium solo había de ser inmortal. Porque sólo cuando el buen humor iluminó aquella mente, llegó a ser verdaderamente profundo. Con el Elogio de la Locura, Erasmo dio al mundo algo que nadie más hubiera podido darle.

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Capítulo X

Tercera estancia en Inglaterra

Tercera estancia en Inglaterra: 1509-1514. — No tenemos información acerca de dos años de la vida de Erasmo: desde el verano de 1509 a la primavera de 1511. — Pobreza. — Erasmo en Cambridge. — Relaciones con Badio, el editor parisiense. — Una equivocación provechosa para Juan Froben en Basilea. — Erasmo deja Inglaterra: 1514. — Julius Exclusus. — Epístola contra la guerra.

Desde el momento en que Erasmo, al volver de Italia a principios del verano del 1509, se oculta a nuestra vista en la casa de Moro para escribir el Elogio de la Locura, hasta cerca de dos años más tarde, cuando lo vemos de nuevo camino de París para que le imprima el libro Gil Gourmont, todo rastro de su vida queda borrado. De las cartas que durante ese período escribió y recibió, no se ha conservado ni una. Tal vez fuese aquélla la época más feliz de su vida, porque la pasó en parte con su probado protector Mountjoy y también en casa de Moro, en medio de aquel noble e inteligente círculo que a Erasmo le parecía ideal.

Aquella casa era también frecuentada por el amigo que durante su primera estancia en Inglaterra había ganado Erasmo, y cuyo espíritu era tal vez, entre todos, el más afín al suyo, Andrés Amonio. No es improbable que durante aquellos meses trabajara sin interrupción en los estudios que le atraían irresistiblemente, sin

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cuidados para el inmediato futuro, y no abrumado todavía por la excesiva fama que más tarde fue causa para él de muchos más disgustos y pérdidas que alegrías.

Aquel futuro era todavía incierto. En cuanto deja de disfrutar la hospitalidad de Moro, vuelven a comenzar las dificultades y los lamentos. Continua pobreza, incertidumbre y dependencia, eran extraordinariamente amargas para un espíritu que, ante todo, requería libertad. En París había encargado a Badio una nueva edición revisada de los Adagia, aunque la aldina todavía podía obtenerse allí a precio moderado191. La Laus, que acababa de publicarse en casa de Gourmont, fue ya impresa en Estrasburgo en 1511, con una carta cortés de Jacobo Wimpfeling a Erasmo; pero evidentemente sin que éste lo consultase antes acerca de ello192.

Por aquel tiempo, de regreso nuevamente a Inglaterra, había estado en cama, en Londres, con un grave ataque de fiebre diaforética, y desde allí había ido al Queen’s College de Cambridge, donde había residido antes. Desde Cambridge escribe a Colet, el 24 de agosto de 1511, en tono de cómica desesperación193. El viaje desde Londres había sido desastroso: un caballo lisiado; sin víveres para el camino; rayos y truenos. «Pero casi me alegro de todo esto: he podido ver la senda de la pobreza cristiana». Lo que no ve es la manera de

A. 219. 4

A. 224.

A. 225.

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hacerse con algún dinero; se verá obligado a gastar todo lo que pueda sacar de sus mecenas; nació bajo un Mercurio adverso.

Todo esto debía de tener un tono más sombrío del que él había querido darle; pero pocas semanas después vuelve a escribir194: «¡Oh, este pordioseo!; comprendo que os riáis de mí. Pero me tengo rabia por ello, y estoy completamente resuelto, o a obtener algún dinero, que me pueda librar de tener que rebajarme, o a imitar en todo a Diógenes». Esto se refiere a la dedicatoria de una traducción de los Comentarios de Basilio a Isaías, dirigida a Juan Fisher, obispo de Rochester.

Colet, que nunca había conocido las angustias pecuniarias, no comprendió bien aquellas humoradas de Erasmo. Contesta a ellas con exquisita ironía y encubierta reprensión, que a su vez Erasmo pretende no entender195. Ahora se hallaba «en necesidad en medio de la abundancia», «me simul et in media copia et in summa ver sari inopia». Es decir, estaba ocupado en preparar para la imprenta de Badio el De copia verborum ac rerum, que había comenzado en París; iba dedicado a Colet. «Yo os pregunto quién puede ser más impúdico y abyecto que yo, que hace ya tan largo tiempo he estado mendigando en Inglaterra».

Escribiendo a Amonio se duele amargamente de haber dejado Roma e Italia; ¡qué prosperidad le había sonreído allí! Del mismo modo se habría de lamentar más tarde de no haberse establecido

A. 227. 20

A. 230, 237.

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permanentemente en Inglaterra. «¡Ah, si hubiera sabido aprovechar la ocasión!», piensa. ¿No era tal vez Erasmo uno de esos hombres a quien la buena suerte no puede ayudar196?

Su zozobra continuaba, y su tono se hizo más amargo. «Estoy preparando cierto cebo para el primero de enero, aunque es muy seguro que será en vano», escribe a Amonio, refiriéndose a las nuevas traducciones de Luciano y Plutarco197.

En Cambridge, Erasmo dio lecciones de teología y griego, pero obtuvo poco éxito y menos provecho. La tan deseada prebenda, en efecto, se le había concedido por fin, en forma de la rectoría de Addington, en Kent, para la cual el arzobispo Guillermo Warham lo nombró en 1512. En lugar de residir se le permitió sacar una pensión de veinte libras al año. El arzobispo afirma explícitamente que, contra su costumbre, ha concedido su favor a Erasmo porque él, «lumbrera del saber en literatura latina y griega, por amor a Inglaterra había desdeñado vivir en Italia, Francia o Alemania para pasar el resto de su vida allí, con sus amigos198». Ya vemos cómo las naciones comienzan a rivalizar unas con otras por el honor de albergar a Erasmo.

Alivio para todos sus cuidados, aquel cargo no le dio ninguno. El trato y correspondencia con Colet estaba un poco agriado bajo el ligero velo de las chanzas y atenciones por su constante falta de

A. 240. 29, 1032. 17, Adag. 3401, LB. II. c. 1050.

A. 241, 246.

A. 255.

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dinero199. El buscar nuevos recursos para emprender nuevos trabajos o preparar nuevas ediciones de sus antiguas obras, se convertía en dura necesidad para Erasmo. Las grandes obras en que había puesto su corazón y a las cuales había dado todas sus energías en Cambridge, no le ofrecían promesas de inmediato provecho. Sus serios trabajos teológicos se colocaban por encima de todos los demás; y en aquellos años duros, él dedicó sus mejores fuerzas a preparar la gran edición de las obras de San Jerónimo, y a corregir el texto del Nuevo Testamento, tarea inspirada, fomentada y estimulada por Colet.

Para su manutención, otros libros le habían de servir. Ahora los tenía en suficiente número, y los impresores se interesaban vivamente por ellos, aunque el provecho que el autor obtenía no era grande. Después de dejar a Aldo en Venecia, Erasmo había vuelto al editor que había impreso para él ya en 1505, Jodoco Badio, de

Brabante —quien, en París, había establecido la prensa Ascensiana, Prelum Ascensianum (llamada así por su lugar nativo Assche)—, el cual, también erudito, rivalizaba con Aldo en cuanto a la pulcritud de sus ediciones de los clásicos. Por la época en que Erasmo entregó la Moria a Gourmont, en París, le había encargado Badio una nueva edición, por revisar todavía, de los Adagia. Por qué la Moria fue publicada por otro, no podemos decirlo: tal vez a Badio no le agradó al primer pronto. De los Adagia, se prometía éste más provecho;

A. 270.

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pero era una obra larga, las enmiendas y el prefacio de la cual, todavía esperaba que Erasmo le enviase. Se sentía muy firme en su terreno, porque todo el mundo sabía que él, Badio, estaba preparando la nueva edición. Y a pesar de ello, llegó un rumor de que en Alemania se estaba reimprimiendo la edición aldina. De manera que en mayo de 1512 le escribió a Erasmo que corría bastante prisa terminarla200.

Mientras tanto, Badio tenía muchas más obras de Erasmo entre manos o esperando aprobación: la Copia, que, poco después, fue por él publicada; la Moria, de la cual al mismo tiempo se había publicado ya una nueva edición, la quinta; los diálogos de Luciano; las traducciones de Eurípides y Séneca, que habían de seguir. Él esperaba unirles las cartas de San Jerónimo. Por los Adagia había convenido en unos derechos de publicación de quince florines; Badio estaba dispuesto a dar lo mismo por las cartas de San Jerónimo y también por el resto de la partida. «¡Ah!, diréis, ¡qué pequeña cantidad! Yo reconozco que con ninguna remuneración se podría pagar vuestro genio, vuestra laboriosidad, saber y fatiga; pero los dioses os remunerarán a vos, y vuestra propia virtud será la más hermosa recompensa. Habéis ya, en grado sumo, merecido bien de la literatura griega y romana; y del mismo modo mereceréis bien de la literatura sagrada y teológica, y ayudaréis a vuestro pobre

A. 263.

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Badio, que tiene una familia numerosa y no cuenta con más ganancias que las de su trabajo diario201».

Erasmo debió de sonreír tristemente al recibir la carta de Badio. Pero aceptó la propuesta de buena gana202. Prometió prepararlo todo para la imprenta; y el 5 de enero de 1513, terminó en Londres el prefacio para los Adagia revisados, que estaba aguardando Badio. Pero entonces ocurrió una cosa extraña. ¡Un agente que actuaba de mediador con los autores para algunos editores de Alemania y Francia, llamado Francisco Berkmann, de Colonia, envió el ejemplar revisado de los Adagia, con el prefacio que le había confiado Erasmo para entregárselo a Badio, no a París, sino a Basilea, a Juan Froben, que acababa de reimprimir, sin permiso de Erasmo, la edición veneciana! Erasmo fingió indignarse por aquella equivocación o perfidia; pero es harto evidente que no le pesó203. Medio año después lió el petate, y se fue a Basilea para trabar con aquel mismo Froben las más cordiales relaciones, por las cuales sus nombres han quedado unidos. Beato Renano, más tarde, no ocultó que aquella asociación con la casa de Froben, llamada entonces todavía «Amerbach y Froben», le había parecido atrayente a Erasmo precisamente al enterarse de que los Adagia habían sido reimpresos.

A. 263

A. 264. 10.

A. 219, 259, 269, 283. 152.

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Sin pruebas concluyentes de su complicidad, no nos agrada acusar a Erasmo de traición para con Badio, aunque su actitud es, cuando menos, curiosa. Pero sí debemos recordar el digno tono con que Badio, que tenía rigurosa opinión, en medio de aquellos tiempos, acerca de los derechos de publicación, replicó, cuando Berkmann le ofreció después una especie de explicación de aquel caso. Se declara satisfecho, aunque Erasmo le había causado desde entonces nuevas pérdidas de diversas formas, entre otras por la impresión de una nueva edición de la Copia en Estrasburgo. «Si, con todo, eso satisface a vuestros intereses y a vuestro honor, yo lo soportaré, y con ecuanimidad204». Y no se rompieron sus relaciones.

En todo esto no debemos perder de vista la circunstancia de que el editor, en aquel tiempo, era todavía un fenómeno comercial nuevo, y que las nuevas formas y relaciones comerciales suelen estar caracterizadas por la incertidumbre, confusión y falta de normas establecidas.

La estancia en Cambridge pronto se hizo pesada para Erasmo. «Hace ya algunos meses, —escribe a Amonio en noviembre de 1513205—, hemos estado llevando una verdadera vida de caracol, encerrado en casa y atareado. Esto es muy solitario; se ha ido mucha gente por temor a la peste, pero aunque todos estuviesen aquí, esto estaría solitario». El coste de la manutención es intolerable, y Erasmo no gana ni un ochavo. Si no consigue aquel

A. 346. 5.

A. 282. 42

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invierno hacerse un nido, está resuelto a volar, no sabe dónde. «Si no para otra cosa, para morir donde sea».

A los aprietos de las circunstancias, a la peste, que reaparecía una vez y otra, y a los ataques de su enfermedad renal, se añadió un estado de guerra que deprimió y alarmó a Erasmo.

En la primavera de 1513 se efectuó la largamente preparada incursión a Francia. En cooperación con el ejército de Maximiliano, los ingleses habían derrotado a los franceses cerca de Guinegate y obligado a Thérouanne a rendirse, y luego a Tournay. Mientras tanto, los escoceses invadieron Inglaterra, para ser decisivamente derrotados en Flodden. Su rey, Jacobo IV, pereció con su hijo natural, Alejandro, arzobispo de San Andrés, discípulo de Erasmo y su compañero de viaje por Italia.

Coronado por la fama guerrera, Enrique VIII volvió en noviembre para enfrentarse con su Parlamento. Erasmo no compartió la universal alegría y admiración entusiástica206. «Estamos aquí rodeados por la peste, amenazados de salteadores; bebemos vino del peor (porque no hay importación de Francia), pero, ¡io triumphe!, ¡somos los conquistadores del mundo!».

Su aversión profunda por el clamor de la guerra y todo lo que representa, estimuló las facultades satíricas de Erasmo. Cierto es que aduló el orgullo nacional de Inglaterra con un epigrama sobre la

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derrota de los franceses cerca de Guinegate207, pero luego ahondaba más. Recordaba cómo la guerra había estorbado sus movimientos en Italia; cómo la entrada del papa conquistador Julio II en Bolonia había ofendido sus sentimientos. «El sumo sacerdote Julio emprende la guerra, conquista, triunfa, y representa verdaderamente el papel de Julio (César)», había escrito entonces208 El papa Julio, pensaba él, había sido causa de todas las guerras que se extendían más y más por Europa209. Ahora el papa había muerto a comienzos del año 1513.

Y en el más profundo secreto, en medio de su obra acerca del Nuevo Testamento y San Jerónimo, Erasmo vengó en el papa guerrero la calamidad de aquel tiempo, escribiendo la magistral sátira titulada Julius exclusus e coelis, en que el papa aparece en toda su gloria delante de la puerta del Paraíso Celestial para defender su causa y verse rechazado. El tema no era nuevo para él; porque, ¿no había hecho algo parecido en la ingeniosa fábula de Caín, con la cual, un tiempo, había regocijado un banquete en Oxford? Pero aquello había sido una chanza inocente que sus piadosos comensales habían escuchado con placer. En cuanto a la sátira acerca del papa difunto, muchos la hubieran escuchado también con placer, pero Erasmo tenía que llevar cuidado en esto. La locura de todo el mundo podía ser ridiculizada, pero no las tendencias mundanas del

LB. I. c. 1211.

A. 205. 38

A. 288. 82

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papa recientemente fallecido. Por lo tanto, aunque él contribuyó a que circulasen copias de su manuscrito, Erasmo hizo cuanto pudo el resto de su vida para conservar su anónimo; y cuando la sátira fue universalmente conocida, y se hubo publicado impresa, siempre negó cautelosamente ser suya; con todo, también puso cuidado en decirlo en tales términos, que evitasen una negación formal. La primera edición del Julius fue publicada en Basilea, no por Froben, editor ordinario de Erasmo, sino por Cratander, probablemente en el año de 1518210.

La necesidad que sentía Erasmo de protestar contra la guerra, no había quedado satisfecha escribiendo el Julius. En marzo de 1514, no ya en Cambridge sino en Londres, escribió una carta211 a su antiguo protector, el abad de Saint Bertin, Antonio de Bergen, en la cual se extiende en atacar la locura de hacer la guerra. ¡Ojalá se concluyese una paz entre los príncipes cristianos! Tal vez el abad pudiera contribuir a esta realización usando de su influjo sobre el joven Carlos V, y especialmente sobre su abuelo Maximiliano. Erasmo afirma con toda franqueza que la guerra ha cambiado súbitamente el carácter de Inglaterra. A él le agradaría volver a su país nativo si el príncipe quisiera procurarle los medios para vivir allí en paz.

210   O. Clemen, Zentralblattt f. Bibliothekswesen XI. p. 181. V. la nueva edición de W. K.

Ferguson, Opuscula Erasmi, La Haya 1933, pág. 38-124.

A. 288.

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Es un hecho digno de notar, y denota la auténtica ingenuidad de Erasmo, que no pueda menos de mezclar sus intereses personales con su sincera indignación por las atrocidades que deshonran a un hombre y a un cristiano. «La guerra ha cambiado de pronto el carácter de esta isla. El coste de la vida aumenta día por día y la generosidad decrece. Por falta de vino por poco me muero del mal de piedra, que me viene del tomar malos alimentos. Estamos encerrados en esta isla más que nunca, hasta el punto que ni las cartas salen para el extranjero».

Este fue el primer escrito de Erasmo contra la guerra; lo desarrolló después del Dulce bellum inexpertis, que fue insertado en los Adagia, edición de 1515, publicada por Froben, y después impresa también por separado. Más adelante examinaremos esta serie de ideas de Erasmo en conjunto.

Aunque el verano de 1514 había de traer la paz entre Inglaterra y Francia, Erasmo ya estaba resuelto a marcharse de Inglaterra212. Mandó sus baúles a Amberes, a su amigo Pedro Gilles, y se preparó para irse a los Países Bajos después de una corta visita a Mountjoy en el castillo de Hammes, cerca de Calais del que aquél era alcaide. Poco antes de partir de Londres tuvo una curiosa entrevista con un diplomático papal que trabajaba por la causa de la paz: el conde Canossa213, en la casa de Amonio a orillas del Támesis. Amonio lo había hecho pasar por un mercader. Después de la comida, el

A. 292. 13, 294.

LBE. no. 1239, c. 1458.

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italiano lo sondeó acerca de su posible vuelta a Roma, donde él podría ser el primero en lugar de vivir en una nación bárbara. Erasmo replicó que él vivía en una tierra que contenía el mayor número de hombres doctos, entre los cuales se contentaría con ocupar el más humilde lugar. Este cumplido fue su adiós a Inglaterra, que tanto lo había favorecido. Pocos días después, en la primera mitad de julio de 1514, ya estaba al otro lado del Canal. En tres ocasiones más, hizo cortas visitas a Inglaterra, pero ya no vivió más allí.

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Capítulo XI

Una lumbrera de la teología

En camino del buen éxito y la satisfacción. — Su prior le manda volver a Steyn. — Él se niega a obedecer. — Primer viaje a Basilea: 1514-1516. — Cordial acogida en Alemania. — Juan Froben. — Ediciones de San Jerónimo y el Nuevo Testamento. — Consejero del príncipe Carlos: Instituito Principis Christiani, 1515. — Dispensa definitiva de los votos monásticos: 1517. — Fama. — Erasmo, centro espiritual. — Su correspondencia. — El arte de escribir cartas. — Sus peligros. — Una era gloriosa en ciernes.

Erasmo, según su costumbre, había envuelto en misterio su partida de Inglaterra. Se decía que iba a Roma a cumplir una promesa. Probablemente había ya determinado probar fortuna en los Países Bajos; no en Holanda, sino en las cercanías de la Corte principesca en Brabante. El principal objeto de su viaje, sin embargo, era el taller de imprenta de Froben en Basilea, para inspeccionar personalmente la publicación de numerosas obras, antiguas y nuevas, que llevaba con él; entre ellas, el material para su labor preferida, el Nuevo Testamento y San Jerónimo, con la cual esperaba efectuar la restauración de la teología, que tanto tiempo había considerado como la obra de su vida. Fácil es imaginar su ansiedad cuando, durante la travesía, descubrió que su valija, que contenía los manuscritos, había sido llevada a bordo de otro navío.

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La pérdida del trabajo de tantos años lo desesperó; tan grande fue su pena, escribe, como sólo pueden experimentarla los padres por la pérdida de sus hijos214.

Sin embargo, con gran contento suyo, halló sus manuscritos a salvo al otro lado del canal. Se alojó en el castillo de Hammes, cerca de Calais, como huésped de Mountjoy. Allí, el 7 de julio recibió una carta fechada el 18 de abril, de su superior el prior de Steyn, su antiguo amigo Servacio Rogero, ordenándole que volviese al monasterio después de tantos años de ausencia. La carta ya había estado en manos de más de una persona entremetida antes que llegase a él por pura casualidad.

Fue un golpe terrible que se le asestaba en medio de su camino hacia el cumplimiento de sus más altas aspiraciones. Erasmo se tomó un día para pensarlo y luego envió una negativa215. Escribió una carta a su antiguo amigo, a quien siempre se había dirigido con los más serios acentos de su ser, con el intento de redactar una justificación, la cual era en realidad una meditación, mucho más profunda y más sincera que aquella que en un momento decisivo de su vida había inspirado su Carmen Alpestre.

Pone a Dios por testigo de que se propone seguir la más pura inspiración de su vida. Pero ¡volver al monasterio!… Recuerda a Servacio las circunstancias en que había entrado allí, como vivían en su memoria; las presiones de sus parientes, su falsa modestia.

A. 295. 10

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Le declara cómo la vida monástica había perjudicado su modo de ser; cómo había ofendido su amor a la libertad; qué detrimento había causado a su delicada salud, la cual apenas había recobrado. ¿Es que había llevado mala vida en el mundo? La literatura lo había apartado de muchos vicios. Su inquieta vida no podía redundar en su deshonor y, aunque con timidez, se atrevía a apelar a los ejemplos de Solón, Pitágoras, San Pablo, y su preferido San Jerónimo. ¿No había ganado por todas partes el agradecimiento de sus amigos y protectores? Los enumera: cardenales, arzobispos, obispos, Mountjoy, las universidades de Oxford y Cambridge, y, finalmente, Juan Colet. Por otra parte, ¿había que objetar algo a sus obras, el Enchiridion, los Adagia? (No mentaba la Moria). Lo mejor de su obra quedaba por hacer: San Jerónimo y el Nuevo Testamento. La circunstancia de que, desde su estancia en Italia, hubiese renunciado al hábito de su orden, llevando un traje corriente de sacerdote, podía disculparla por una porción de motivos216.

La conclusión era ésta: No volveré a Holanda. «Yo sé que no podría resistir el aire y la comida de ahí; además, se fijarían en mí todas las miradas. Yo volvería a la patria como un viejo canoso que la dejó en su juventud; volvería hecho un valetudinario; me vería expuesto al desprecio hasta de los más bajos, yo, que estoy acostumbrado a ser

216 Entre otros, el peligro que corrió en Bolonia, donde las insignias que él llevaba eran consideradas como propias de un médico de la peste. A. no. IV. 112, t. I. pág. 59, 296. 171, 447. 471 ss.

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honrado por los más altos». «No es posible, —concluye—, hablar francamente en una carta. Ahora me voy a Basilea y de allí a Roma, tal vez; pero a mi regreso procuraré ir a visitaros… Me he enterado por medio de Sasboud y su mujer de las muertes de Guillermo, Francisco y Andrés (sus antiguos amigos holandeses)217. Saludad en mi nombre al maestro Enrique y a los demás que viven con vos; estoy dispuesto hacia ellos como me corresponde. Pues aquellas antiguas tragedias, las atribuyo a mis errores, o si vos queréis a mi hado. No dejéis de encomendarme a Cristo en vuestras oraciones. Si yo tuviera la seguridad de que fuese agradable para Él que yo me volviese a vivir con vos, dispondría hoy mismo mi viaje. Adiós, mi antiguo y más querido amigo, y ahora mi venerable padre».

Con esta negativa, Erasmo obedecía a su propio espíritu, a sus convicciones más profundas y a la consciencia de su valer. Estaba llamado a ocupar un puesto más brillante que la tranquila y retirada celda de su convento en Gouda. Pero, además, junto a estos motivos principales e inmediatos, movían a Erasmo otros estímulos, inveterados en su alma, de repugnancia y de vergüenza.

****

Luego de cruzar los Países Bajos del sur, donde visitó a varios amigos y protectores y renovó sus relaciones con la universidad de Lovaina, Erasmo se dirigió hacia el Rin, y llegó a Basilea en la

217 Guillermo Hermans, su viejo amigo y colega escritor, muerto en 1510; Francisco Dirks, véase A. 10, 12, 14; Andrés, desconocido. Sasboud es el amigo en unión del cual Erasmo había pintado, véase A. 16. El maestro Enrique, véase A. 83. 76, 95. 8, 190.

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segunda mitad de agosto de 1514. Allí lo esperaban los goces de la celebridad como todavía no los había gustado. Los humanistas alemanes lo saludaron como la luz del mundo, en cartas, recepciones y banquetes. Eran más solemnes y entusiastas de lo que habían parecido a Erasmo los escritores de Francia, Inglaterra e Italia, para no decir nada de sus compatriotas; y lo aplaudían insistiendo en que él también era un alemán y un ornamento de Alemania. En su primer encuentro con Froben, Erasmo se complugo en un jocoso engaño: dijo ser un amigo y agente de sí mismo, para poder disfrutar plenamente del gozo de ser reconocido218. El ambiente germano se adaptaba a su carácter: «Mi Alemania, la cual para pesar mío y vergüenza he conocido tan tarde219».

Pronto la obra por la que él había ido allí estuvo en plena marcha. Una vez más se hallaba en su elemento, como lo había estado en Venecia seis años antes: trabajando de firme en un vasto taller de imprenta, rodeado de escritores que lo colmaban de homenajes y agasajos en los raros momentos de ocio que él se permitía. «¡Vivo en la más agradable Academia! ¡Cuántos hombres de saber y qué ciencia excepcional la suya!»220.

Algunas traducciones de las obras menores de Plutarco fueron publicadas por Froben en agosto. Los Adagia pasaron de nuevo a las prensas con correcciones y adiciones, y con el prefacio que al

A. 305. 188.

A. 305. 216.

A. 364. 8.

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principio había ido destinado a Badio. Al mismo tiempo, Dirck Maertensz, en Lovaina, trabajaba también para Erasmo, quien, de paso por la ciudad, le había entregado una colección de textos latinos fáciles; también Matías Schürer, en Estrasburgo, estaba preparando las Parabolae sive Similia para él. Con Froben, además, se había comprometido para un Séneca, que se publicó en 1515 junto con una obra de Sintaxis latina. Pero San Jerónimo y el Nuevo Testamento continuaban siendo su principal ocupación.

Las obras de San Jerónimo habían sido el amor temprano de Erasmo en su primera juventud, especialmente sus cartas. El plan para preparar una edición correcta del gran Padre de la Iglesia fue concebido en 1500, si no antes, y había estado trabajando en él desde entonces a intervalos. En 1513 escribe a Amonio221[: «Mi entusiasmo para enmendar y anotar a San Jerónimo es tal, que me parece estar inspirado por algún dios. Lo he corregido ya casi por entero colacionando muchos manuscritos antiguos. Y esto me cuesta un gasto increíble».

En 1512 negoció con Badio acerca de una edición de las cartas de San Jerónimo. Entonces, el socio de Froben, Juan Amerbach, que murió antes de la llegada de Erasmo, estaba planeando desde hacía muchos años una edición de San Jerónimo. Varios literatos, Reuchlin entre otros, habían ayudado la empresa, cuando Erasmo se ofreció con su material. Se convirtió en el verdadero editor. De las

A. 273. 14.

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nueve partes en que Froben publicó la obra en 1516, las cuatro primeras contenían la edición de Erasmo de las cartas de San Jerónimo; las demás habían sido corregidas por él y provistas de prefacios suyos222.

Su obra acerca del Nuevo Testamento estaba, si era posible, aún más cerca de su corazón. A medida que se completaba, había ido cambiando de carácter. Desde la época en que las Annotationes de Valla habían dirigido su atención a la crítica textual de la Vulgata, Erasmo, probablemente, durante su segunda estancia en Inglaterra de 1505 a 1506, a instancias de Colet223, había hecho una nueva traducción del Nuevo Testamento, del original griego, traducción que difería mucho de la Vulgata. Eran pocos, además de Colet, los que la habían visto. Más tarde, Erasmo comprendió ser necesario publicar también una nueva edición del texto griego con sus notas. Acerca de esto había hecho un arreglo provisional con Froben, poco después de su llegada a Basilea. Más tarde consideró que hubiera sido mejor imprimirlo en Italia, y estuvo a punto de ir allí, cuando, tal vez convencido por nuevas ofertas de Froben, cambió de pronto su plan de viaje, y en la primavera de 1515 hizo una breve excursión a Inglaterra; probablemente, entre otras razones, con el fin de asegurarse una copia de su traducción del Nuevo Testamento, que había dejado allí. Aquel verano ya estuvo de vuelta en Basilea y

A. 396. (N. ED.: esta nota no aparece posicionada en el texto original, se recurre al texto en neerlandés para hacerlo)

A. 384

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reanudó el trabajo en el taller de Froben. A comienzos de 1516 se publicó el Novum Instrumentum, que contenía el texto griego depurado, con notas, junto con una traducción latina en la cual Erasmo había suavizado algunas desviaciones demasiado considerables de la Vulgata.

Desde el momento en que se publicaron dos obras teológicas tan importantes y, en cuanto a la segunda sobre todo, tan atrevidas, como San Jerónimo y el Nuevo Testamento, podemos decir que se convirtió Erasmo en el centro del estudio científico de la teología, como ya era al mismo tiempo el centro y la piedra de toque de la erudición clásica y del buen gusto literario. Su autoridad crecía constantemente en todos los países, y su correspondencia se aumentó por modo prodigioso.

Pero mientras se realizaba su pleno desarrollo intelectual, su situación financiera no quedaba asegurada. Los años de 1515 a 1517 cuentan entre los más angustiosos de su vida; todavía está aguardando de continuo la menor ocasión que se le presente: una canonjía en Tournay, una prebenda en Inglaterra, o un obispado en Sicilia; siempre manifestando medio jocosamente su pesar por las buenas ocasiones que se había dejado perder en otros tiempos, y chanceando acerca de su prosecución de la fortuna; lamentándose de su «esposa la execrable pobreza, que todavía no he podido sacudirme de mis espaldas224». Y bien mirado, siempre más víctima

A. 333. 45, 451, 421. 128.

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de su desasosiego que del desfavor del hado. Ahora tiene cincuenta años y todavía está, como él dice, «sembrando sin saber lo que recogerá225». Esto, desde luego, sólo se refiere a su carrera, pero no a su obra.

En el curso del año 1515, un nuevo y prometedor patrón, Juan le Sauvage, canciller de Brabante, había conseguido procurarle el título de consejero del príncipe, el joven Carlos V. A comienzos de 1516 recibió el nombramiento; era un mero título de honor, que prometía una pensión anual de 200 florines, la cual, sin embargo, le fue pagada con escasa regularidad. Para habilitarse como consejero del príncipe, Erasmo escribió la Institutio Principis Christiani226, tratado acerca de la educación de un príncipe, que, de acuerdo con la naturaleza y la inclinación de Erasmo, versaba más acerca de materias morales que políticas, y mostraba viva oposición con otra obra, escrita un par de años antes: El Príncipe, de Maquiavelo.

Cuando se terminó su obra en Basilea, en la primavera de 1516, Erasmo hizo un viaje a los Países Bajos. En Bruselas encontró al canciller, quien, como adición a la pensión del príncipe, le procuró una prebenda en Courtray, que, como el beneficio inglés mencionado más arriba, fue concertada con pagos en moneda. En Amberes vivía uno de los grandes amigos que ayudaron a su sostén toda la vida: Pedro Gilles, el joven secretario del Ayuntamiento, en cuya casa se alojó siempre que fue a la ciudad. Pedro Gilles es el

A. 524. 21.

LB. IV. 1703, cf. A. 393.

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que figura en la Utopía de Moro como el personaje en cuyo jardín cuenta el marinero sus aventuras; por aquellos días fue cuando Gilles ayudó a Dirck Maertensz, en Lovaina, a imprimir la primera edición de la Utopía. Más tarde, Quintín Metsys había de retratarlos a él y a Erasmo, juntos en un díptico; un regalo para Tomás Moro, y para nosotros el vivido recuerdo de una de las cosas mejores que jamás conociera Erasmo: aquella triple amistad.

En verano de 1516, Erasmo hizo otra breve excursión a Inglaterra. Se alojó en casa de Moro, visitó de nuevo a Colet, y también a Warham, Fisher y otros amigos; pero no era a visitar a los antiguos amigos a lo que había ido allí: un asunto urgente y delicado lo impelía. Ahora, cuando las prebendas y las dignidades de la iglesia comenzaban a ofrecérsele, era más urgente que nunca que los impedimentos en el camino de una libre carrera eclesiástica se pudiesen obviar de manera que durase. Iba provisto de una dispensa del papa Julio II autorizándolo para aceptar prebendas inglesas227, y otra eximiéndolo de la obligación de llevar el hábito de su orden. Pero ambas eran de alcance limitado, insuficiente. La ardiente impaciencia con que condujo aquel asunto de su definitiva separación de la orden, hace probable que, como supone el doctor Allen228, la amenaza de ser llamado de nuevo a Steyn, desde su negativa a Servacio en 1514, se hubiera cernido sobre su cabeza. No había cosa que él temiese y detestase más.

A. t. III. p. XXIX

A. t. II. p. 292.

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Con su amigo Amonio redactó en Londres una muy trabajada Memoria, dirigida a la cancillería apostólica, donde cuenta la historia de su vida como si fuese la de cierto Florencio; su casi forzosa entrada en el monasterio, los disgustos que le había causado la vida monástica, las circunstancias que lo habían inducido a quitarse el hábito de fraile. Es una apología, apasionada, patética, y ornada. Aquella carta, tal como ha llegado a nosotros, no contiene ninguna petición directa229. En un apéndice cifrado, cuya clave mandó escrita con tinta simpática en otra carta, se suplicaba a la cancillería que obviase los impedimentos que el nacimiento ilegítimo de Erasmo opusiese a su promoción. El destinatario de la carta, Lamberto Grunio, era muy probablemente un personaje imaginario230, tantos misterios solía poner en práctica Erasmo cuando le iban en ello sus intereses personales.

El obispo de Worcester, Silvestre Gigli, que estaba a punto de partir para el Concilio Laterano como enviado de Inglaterra, se encargó de entregar la carta y defender la causa de Erasmo. Mientras tanto, Erasmo, a fines de agosto había vuelto a los Países Bajos y estaba esperando lleno de ansiedad el resultado de sus buenos oficios. El asunto quedó por fin resuelto en enero de 1517. En dos cartas231 que llevan la firma de Sadoleto, León X perdonaba a Erasmo sus

A. 447.

El nombre Grunio puede haber sido tomado de las epístolas de San Jerónimo, donde figura como apodo de cierto Rufino, a quien San Jerónimo tenía mucha antipatía. Aparece de nuevo en una carta del 5 de marzo de 1531, LB. X 1590 A., sin que resulte posible su identificación. Grunnius significa propiamente «gruñón, —e. e—. cerdo»

A. 517, 518.

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transgresiones a la ley eclesiástica, lo relevaba de la obligación de vestir el hábito de su orden, le permitía vivir en el mundo, y lo autorizaba para disfrutar beneficios eclesiásticos a pesar de los impedimentos que pudieran derivarse de la ilegitimidad de su nacimiento.

Tanto había podido conseguir ya su celebridad. El papa había aceptado además la dedicatoria de la edición del Nuevo Testamento, y, por medio de Sadoleto, se había expresado en muy lisonjeros términos acerca de la obra de Erasmo en general232. Hasta Roma parecía fomentar sus esfuerzos en todos respectos.

Entonces pensó Erasmo en establecerse permanentemente en los Países Bajos, a lo cual todo parecía inducirlo. Lo vaina parecía su más apropiada residencia, por ser el centro de estudios donde había pasado él dos años anteriormente. Pero Lovaina no lo atraía. Era el baluarte de la teología conservadora. Martín van Dorp, de Naaldwijk, holandés como Erasmo, y profesor de teología en Lovaina, el año de 1514, en nombre de su facultad, había reprendido a Erasmo en una carta, por la audacia del Elogio de la Locura233, por sus burlas contra los teólogos y también por su temeridad al querer corregir el texto del Nuevo Testamento. Erasmo se había defendido circunstanciadamente234. Al presente, aquella batalla se había empeñado en un campo mucho más vasto: por o

A. 338.

A. 304

A. 337.

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contra Reuchlin, el erudito hebraísta, en favor de quien los autores de las Epistolae obscurorum virorum habían entrado en la lucha de modo tan sensacional. En Lovaina vieron llegar a Erasmo con la misma suspicacia con que él desconfiaba de Dorp y los demás teólogos lovanienses.

Vivió durante el resto del año 1516 y la primera mitad del 1517 en Amberes, Bruselas y Gante, a menudo en casa de Pedro Gilles. En febrero de 1517, le llegaron tentadoras ofertas de Francia: Budeo, el gran experto en la lengua griega y el derecho romano; Guillermo Cop, su antiguo amigo; Esteban Poncher, obispo de París, le escribieron que el rey, el joven Francisco I, le obsequiaría con una generosa prebenda si él quisiese ir a París. Erasmo, como siempre cauteloso a la idea de vivir sujeto, se limitó a escribir corteses respuestas evasivas, y no fue.

****

En el ínterin recibió las nuevas de la dispensa papal235. En conexión con esto había visitado una vez más Inglaterra, sin soñar siquiera que aquélla había de ser la última vez que pondría el pie en suelo británico.

En la residencia de Amonio en la Capilla de San Esteban, en Westminster, el 9 de abril de 1517 tuvo efecto la ceremonia de la dispensa, librando a Erasmo para siempre de la pesadilla que lo había angustiado desde su juventud. ¡Estaba libre!

A. 552, 566

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Ahora recibía invitaciones y halagüeñas promesas de todas partes236. Mountjoy y Wolsey le hablaban de altos honores eclesiásticos que lo esperaban en Inglaterra. Budeo continuaba instándolo para que fuese a Francia. El cardenal Cisneros quería agregarlo a la Universidad de Alcalá. El duque de Sajonia le ofreció una cátedra en Leipzig. Pirkheimer le encomiaba las excelencias de la libre ciudad imperial de Nüremberg. Erasmo, mientras tanto, abrumado de nuevo por la tarea de escribir y editar, según su costumbre no declinaba de manera decisiva todas aquellas ofertas; pero tampoco aceptaba ninguna. Procuraba conservar su iniciativa en todos aquellos casos.

A comienzos del verano de 1517, le propusieron que acompañase la corte del joven Carlos, que estaba a punto de salir de los Países Bajos para España. Pero declinó también. Su partida para España hubiera significado para él una larga interrupción de su inmediato contacto con los grandes centros editoriales: Basilea, Lovaina, Estrasburgo, París; y esto, a su vez, hubiera significado un retraso en su vital trabajo. Cuando a comienzos de julio salía el príncipe para Middelburgo con objeto de embarcarse allí para España, Erasmo se ponía en camino de Lovaina.

Estaba, pues, predestinado a ir a aquel ambiente universitario, aunque le desagradaba por muchos motivos. Allí habría de cumplir deberes académicos. Allí los jóvenes latinistas lo perseguirían para

A. 582. 6, 559.

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que les corrigiese sus poemas y cartas. Allí todos aquellos teólogos,

quienes había desacreditado, lo vigilarían estrictamente237. Pero aquello había de ser sólo por unos meses. «Me he venido a Lovaina,

—escribe al arzobispo de Canterbury238—, hasta que decida qué residencia es la más apropiada para la vejez, la cual está llamando importunamente a la puerta».

Del modo como anduvieron los acontecimientos, hubo de pasar cuatro años (1517-1521) en Lovaina. Su vida se iba haciendo ahora estacionaria más por causa de las circunstancias exteriores que por interior sosiego. Estuvo cavilando todos aquellos años acerca de si se iría a Inglaterra, a Alemania o a Francia, esperando que por fin hallaría la brillante posición que siempre había codiciado y nunca había sido capaz o no había tenido voluntad para asirla.

Los años de 1516-1518 pueden llamarse de culminación para la carrera de Erasmo. Muchedumbres que lo aclamaban lo rodeaban más cada vez. ¡Los espíritus de los hombres, al parecer, estaban preparados para algo grande que había de ocurrir y miraban a Erasmo como al hombre que había de traerlo! En Bruselas estaba de continuo incomodado por las visitas de españoles, italianos y alemanes que querían luego alabarse de sus entrevistas con él. La verbosa solemnidad de los españoles le era molesta239. Pero los más exuberantes de todos eran los elogios con que los humanistas

A. 475. 15 ss.

A. 596, 527. 25, 694. 13

A. 545. 15.

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germanos lo saludaban en sus cartas. Aquello había comenzado ya en su primer viaje a Basilea en 1514. «El grande hombre de Rotterdam», «ornamento de Alemania», «honor del mundo», eran algunas de sus más sencillas efusiones. Los concejos lo agasajaban; los regalos de vino y los banquetes públicos eran cosa corriente. Nadie se expresa tan hiperbólicamente como el jurista Ulrico Zasio de Friburgo240. «Me señalan en público, —afirma—, como hombre que ha recibido una carta de Erasmo». «Tres veces gran héroe, gran Júpiter, —es uno de sus moderados apostrofes—. Suiza», escribe Zuinglio en 1516, «tiene a gran gloria el haber visto a Erasmo241». «Yo no conozco ni enseno ahora más que a Erasmo», escribe Wolfgang Capito242. Ulrico von Hutten y Enrique Glareano se colocan junto a Erasmo como Alcibíades junto a Sócrates243. Luis Ber, ilustre teólogo de Basilea, se ofrece para hacer por él cuanto pueda244. Y Beato Renano le consagra toda una vida de ardiente admiración y de ayuda que había de demostrar ser más valiosa que todos aquellos exuberantes panegíricos. Hay un elemento de exaltación nacional en aquel entusiasmo de los alemanes por Erasmo; es la manera violentamente impulsiva en que no tardaría en expresarse la palabra de Lutero.

A. 303. 13, 304. 1, 310. 1. 13. 31, 317, 319.

A. 401.

A. 459

A. 365 y 463.

A. 582.

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Las demás naciones convenían en alabarle, aunque ello fue más tarde y con más moderación. Colet y Tunstall le prometieron la inmortalidad. Esteban Poncher lo exalta por encima de los más celebrados humanistas italianos, Germán de Brie declara que los eruditos franceses leen a Erasmo con exclusión de todos los demás autores; y Budeo anuncia que por toda la cristiandad occidental resuena su nombre245.

Este auge de su gloria se manifestó de maneras distintas. Casi cada año se difundía el rumor de su muerte, malévolamente según piensa él246. Además, se le atribuían toda clase de escritos en que él no tenía la menor parte, entre otros las Epistolae obscurorum virorum.

Se veía obsequiado por todas partes —con agasajos a veces singulares—, y le ofrecían tantos banquetes, que de no renunciar a ellos hubieran puesto en peligro su vida247.

Pero sobre todo, su correspondencia creció inmensamente. Ya había pasado con mucho el tiempo en que pedía a Moro que le procurase más corresponsales248. Ahora llovían sobre él las cartas de todas partes, suplicándole respuesta. Un antiguo discípulo suyo se lamenta con lágrimas en los ojos de no poder mostrar ni una nota escrita por Erasmo249. Hay eruditos que piden respetuosamente a amigos de Erasmo una presentación antes de atreverse a dirigirse a

A. 423. 47, 663. 111, 569. 87. 215, 810. 302.

A. 868. 18, 854, 1518.

A. no. IV. intr. t. I. p. 56, 341, p. 118, 581. 13.

A. 114. 11.

A. 503.

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él250. A este respecto, Erasmo fue un hombre de heroica benevolencia, y procuró contestar cuanto pudo, aunque estaba tan agobiado por las cartas que recibía diariamente que apenas le quedaba tiempo para leerlas. «Si no contesto pareceré descortés», decía Erasmo; y el pensar que por tal pudieran tomarlo se le hacía intolerable251. Debemos tener presente que el escribir cartas, por aquel tiempo, ocupaba más o menos el lugar de los periódicos en el día de hoy, o mejor dicho de las revistas literarias, que deben directamente su origen a la correspondencia erudita. Fue en realidad un arte, como en la antigüedad, la cual fue imitada a este respecto mejor y con mayor provecho tal vez que en cualquier otra esfera. Aun antes de 1500, Erasmo, hallándose en París, había dedicado a este arte su tratado De conscribendis epistolis252, que había de publicarse impreso en 1522. Por regla general se escribían cartas, pensando en su ulterior publicación, para un círculo más vasto de lectores o, en todo caso, con la certidumbre de que el que las recibía enseñaría la carta a otros. Una carta exquisita en latín era una joya, que un hombre envidiaba a su vecino. Erasmo escribe a Budeo: «Tunstall me arrebató vuestra carta y la leyó tres o cuatro veces seguidas, y hube de quitársela de las manos materialmente a pedazos, para poder recuperarla253».

A. 810. 450.

A. 873, 948. 236, 952. 13, 983. 2, 944. 25.

A. 71.

A. 531, 11.

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Por desdicha, el hado no siempre ha tomado en consideración las intenciones de publicidad o semi publicidad o estricto secreto por parte de los autores. A menudo las cartas pasaban por muchas manos antes de llegar a las de su destinatario, como le ocurrió a la carta de Servacio a Erasmo en 1514254. «Tened cuidado con las cartas, —escribe más de una vez—, porque siempre hay espías al acecho para interceptarlas255». Y a pesar de ello, con la curiosa precipitación que lo caracteriza, Erasmo fue a menudo descuidado para todo lo que escribía. Desde muy temprana edad había guardado y cuidado mucho sus cartas; pero en medio de su vida viajera, muchas se perdieron256. No podía vigilar su publicación. Ya en 1509 un amigo le envió un volumen de cartas escritas de propia mano de Erasmo, que había librado de ser vendido en Roma257. Erasmo lo quemó enseguida. Desde 1515 él mismo inspeccionó la publicación de sus cartas; primero sólo de unas cuantas importantes; más tarde, en 1516, una selección de cartas dirigidas a él por varios amigos; y después de esto colecciones más numerosas hasta que, al final de su vida, se publicaba una colección casi cada año. No había cosa que se pidiera más en el mercado librero que las cartas de Erasmo; y no es maravilla. Eran modelos de estilo excelente, de exquisito latín, ingeniosa expresión, y erudición elegante.

A. 719. 9.

A. 931. 5, 934. 4

A. 186, 655, 896, 906. 568, 1206, t. I. ap. VIL p. 593.

A. 216.

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El carácter semipúblico semiprivado de las cartas, a veces las hacía comprometedoras. Lo que se le podía decir a un amigo en confianza, podía convertirse en ofensa cuando lo leían muchos. Erasmo, que nunca se daba cuenta del modo injurioso con que se expresaba, dio origen con frecuencia a malas interpretaciones y desavenencias. Los buenos modales, por decirlo así, no se habían adaptado aún al nuevo arte de imprimir que aumentaba la publicidad de la palabra escrita millares de veces. Sólo gradualmente, por esta nueva influencia, se efectuó la separación entre la palabra pública, escrita para la prensa, y la comunicación privada que permanece escrita y es leída sólo por el que la recibe.

Mientras tanto, con el acrecimiento de la celebridad de Erasmo, también sus primeros escritos salieron a la pública estimación. El gran éxito del Enchiridion militis christiani había comenzado hacia 1515, cuando los tiempos estaban mucho más propicios para él que once años antes. «La Moria es acogida como la mayor cordura», le escribe Juan Watson en 1516258. En el mismo año encontramos una palabra escrita por primera vez, que expresa mejor que nada hasta qué punto había llegado Erasmo a ser un centro de autoridad: Erasmiani. Así se llaman sus amigos alemanes, según dice Juan Sápido259. Más de un año después, el doctor Juan Eck todavía emplea la palabra en sentido bastante favorable, como término

A. 450. 15

A. 399. 12.

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corriente: «Todos los escritores de Alemania son erasmianos260, — dice. Pero a Erasmo no le agradaba aquella palabra—. Yo no hallo nada en mí», replica, «para que nadie pueda desear ser un erásmico y, rotundamente, odio esos nombres partidistas. Todos somos seguidores de Cristo, y para su gloria debemos afanarnos todos, cada cual por su parte261». Pero él sabe que ahora, de lo que se trata es de esto: ¡por él o contra él262!. De ser el brillante latinista y hombre de ingenio de su primera época, había pasado a convertirse en el centro de rotación internacional del que dependía la civilización de su época. Él no podía menos de comenzar a sentirse como cerebro, corazón y conciencia de su época. Y aun debió de comprender que estaba llamado a pronunciar la gran palabra redentora o, tal vez, que la había pronunciado ya. La fe en un fácil triunfo del puro saber y humildad cristiana en un cercano porvenir, se expresa en el prefacio a la edición del Nuevo Testamento por Erasmo.

¡Cuán claro parecía el porvenir por aquellos años! En aquel período Erasmo vuelve repetidamente al alegre motivo de una edad de oro que está a punto de alborear263. La paz perpetua está a las puertas. Los más altos príncipes del mundo, Francisco I de Francia, Carlos, rey de España, Enrique VIII de Inglaterra y el emperador Maximiliano, habían asegurado la paz con los más fuertes vínculos.

A. 769. 24. 33. 93.

A. 844. 169.

A. 876. 10.

A. 384. 33, 428, 533, 534. 61.

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La rectitud y la piedad cristianas iban a florecer juntas con el renacimiento de las letras y las ciencias. A una señal dada, las más poderosas mentes se unirían para restaurar un elevado patrón de cultura. «Podemos felicitarnos de nuestra edad: será una edad de oro264]».

Pero Erasmo no habla mucho tiempo en este tono. Se le oye por última vez en 1519; después, el sueño de la felicidad universal que está a punto de alborear, cede el lugar a la sólita queja acerca de lo malos que están los tiempos, y que puede oírse por todas partes.

A. 541. 29 ss., 542, 566. 34, 642. 6, 643, 862, 966. 39, 967. 36

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Capítulo XII

El espíritu de Erasmo, I

El espíritu de Erasmo: tendencias morales y estéticas. Aversión a todo lo irracional, necio y pesado. — La visión de la antigüedad penetrada por la fe cristiana. — Renacimiento de las buenas letras. — La vida ideal de serena armonía y feliz sabiduría. — Amor de lo decoroso y pulcro. — Su talento no es filosófico ni histórico sino acentuadamente filológico y moralista. — Libertad, claridad, pureza, sencillez. — Fe en la naturaleza. — Ideas educativas y sociales.

Qué hizo Erasmo, el hombre de quien sus contemporáneos esperaban salvación, de cuyos labios estaban pendientes, para captar la palabra liberadora? Les parecía el portador de una nueva libertad del espíritu, una nueva claridad, pureza y sencillez del conocimiento, una nueva armonía de sano y recto vivir. Era para ellos como el posesor de una riqueza acabada de descubrir, nunca dicha, y que no tenía él más que distribuir.

¿Y qué había en el espíritu del grande hombre de Rotterdam que tanto prometía al mundo?

El aspecto negativo del espíritu de Erasmo puede ser definido como una cordial aversión a todo lo que es irrazonable, insípido, puramente formal, con lo cual el no estorbado crecimiento de la cultura medieval había sobrecargado y atestado el mundo del

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pensamiento. En cuanto piensa en los ridículos libros de texto con que el latín era enseñado en su juventud265, la repulsión se alza en su espíritu, execra los Mammetrectus, Brachylogus, Ebrardus, y todos los demás, como un montón de basura que es necesario barrer. Pero su aversión a lo anticuado que se ha vuelto inútil y vacío, se extendía a mucho más. Encontraba la sociedad, y especialmente la vida religiosa, llena de prácticas, ceremonias, tradiciones y concepciones, de las cuales el espíritu parecía haber huido. No las rechaza sin más ni más, ni totalmente; lo que lo subleva es que sean tan a menudo practicadas sin comprensión y recto sentido. Pero para su espíritu susceptible en alto grado para lo necio y ridículo, y con su exquisita necesidad de elevado decoro y dignidad interior, toda aquella esfera de ceremonias y tradiciones se despliega como una inútil, es más, ofensiva escena de humana estupidez y egoísmo. Y, como buen intelectualista, con su desprecio por la ignorancia, parece no advertir siquiera que todas aquellas observancias religiosas, después de todo pueden contener valiosos sentimientos de inexpresada, no formulada piedad.

Por sus tratados, sus cartas, sus Coloquios especialmente, siempre pasa, como si uno estuviera mirando una galería de pinturas de Breughel, una procesión de religiosos ignorantes y codiciosos que con su hipocresía y fraude se proponen embaucar a una muchedumbre de buena fe, y pasarlo ellos espléndidamente. Como

265 Sobre esos libros de texto véase Allen, The Age of Erasmus, capítulo primero.

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tema fijo (estos temas son numerosos en Erasmo) siempre se repite su burla contra la superstición de que una persona pueda ser salvada únicamente por morir con el hábito de un franciscano o de un dominicano266.

El ayuno, las oraciones prescritas, la observancia de las fiestas de guardar no deben, según su opinión, ser en todo caso descuidadas; pero se hacen desagradables para Dios cuando ponemos nuestra confianza en ellas y olvidamos la caridad267. Lo mismo se diga en cuanto a la confesión, las indulgencias y toda clase de cultos. Para él las peregrinaciones no tienen valor. La adoración de los santos y de sus reliquias suelen parecerle llenas de supersticiones y desatinos. Hay personas que piensan que se librarán de desastres durante el día con sólo haber mirado por la mañana una imagen pintada de San Cristóbal. «Besamos los zapatos de los santos y aun sus pañuelos sucios, y dejamos descuidados sus libros, que son sus más santas y eficaces reliquias.»268.

La repugnancia de Erasmo por lo que parecía anticuado y gastado en su tiempo, va más lejos todavía. Abarcaba todo el conjunto de la teología y de la filosofía medieval. En el sistema silogístico hallaba sólo sutileza y árida ingeniosidad. Todo simbolismo y alegoría le eran fundamentalmente extraños e indiferentes, aunque de vez en

P. ej. Coll. LB. I. 633 B, 858 A, 870 D, Ratio LB. V. 136 D, Lingua LB. IV. 716 C.

Moria p. 40, 79, Coll. LB. I. 640 AB, Exomologesis LB. V. 161 E, A. 916. 119, Rallo LB. V. 89 AB.

A. 396. 64

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cuando probase su maña en hacer alguno; además, nunca sintió inclinaciones místicas.

Ahora bien, lo que le hacía incapaz de apreciar todo esto eran, precisamente, tanto las deficiencias de su propio espíritu como las cualidades de aquel sistema. Mientras atacaba el abuso de las ceremonias y las prácticas religiosas, las supersticiones y la santurronería, con noble indignación, como en el Enchiridion, o bien intencionada burla, como en los Colloquia, alcanzaba un fácil triunfo. Pero cuando rechaza de plano toda la teología escolástica ya no pisa terreno firme; pues ni la penetra, ni acierta a comprenderla; y ello, desde luego, no le otorga ningún derecho para condenarla con altiva ironía. Resultaba demasiado fácil hablar con sarcasmo de los teólogos conservadores de su tiempo como magistri nostri. Sus puntos de vista no quedaban así desvirtuados.

La noble indignación de Erasmo hería sólo a los que merecían castigo, y fortalecía lo que era valioso; pero su mofa hería a los buenos tanto como a los malos, y aunque él no quisiera, atacaba a la vez a la institución y a las personas, y ofendía sin elevarlas. El individualista Erasmo nunca comprendió lo que significaba el honor de una profesión, de una orden, de una institución, especialmente cuando esta institución es la más sagrada de todas: la propia Iglesia.

El concepto que tenía Erasmo de la Iglesia ya no tenía nada de católico. De aquella gloriosa estructura de la civilización cristiana medieval, con su místico fundamento, su estricta estructura

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jerárquica, su espléndida y adecuada simetría, apenas alcanzaba a ver más que su carga de detalles exteriores y ornamentos. En lugar del mundo que Santo Tomás de Aquino y Dante habían descrito, de acuerdo con su visión Erasmo veía otro mundo, lleno para él de encanto y elevados sentimientos; y éste fue el que puso ante los ojos de sus compatriotas.

Era el mundo de la Antigüedad, pero todo iluminado por la fe cristiana. Era un mundo como nunca había existido. Con el cual no tenía nada de común la realidad histórica que habían manifestado los tiempos de Constantino y los grandes padres de la Iglesia: la de la latinidad decadente y el deteriorado helenismo, en la proximidad de la barbarie y del bizantinismo. El mundo imaginario de Erasmo era una amalgama de puro clasicismo (esto significaban para él Cicerón, Horacio, Plutarco, pues siempre ignoró el período floreciente del espíritu griego) y el más puro cristianismo bíblico. ¿Podía existir tal unión? No ciertamente. En el espíritu de Erasmo la luz cae, alternativamente, lo mismo que hemos visto en la historia de su carrera, sobre el pagano antiguo y sobre el cristiano; su clasicismo le sirve sólo como una forma, y de la antigüedad sólo escoge los elementos que en su tendencia ética están en conformidad con su ideal cristiano.

Y por causa de esto, Erasmo, aunque apareció un siglo después del anterior humanismo, resulta nuevo para su tiempo. La unión de la antigüedad y del espíritu cristiano que había obsesionado la mente del Petrarca, padre del Humanismo, y que habían perdido de vista

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sus discípulos, encantados como estaban por el irresistible resplandor de la antigua belleza de la forma, fue puesto en obra por Erasmo.

Lo que la pura latinidad y el espíritu clásico significaban para Erasmo, nosotros no podemos sentirlo como él, porque su realización no significa para nosotros, como para él, una conquista difícil y un glorioso triunfo. Para sentirlo así, era menester haber adquirido, en una ruda escuela, el odio a la barbarie, que ya en sus primeros años de escritor le había sugerido la composición de sus Antibarbari. Sus términos insultantes para todo lo anticuado y tosco son ya entonces: «góticos», «godos269». El término «barbarie» usado por Erasmo, comprendía mucho de lo que nosotros apreciamos más en el espíritu medieval. El concepto que tenía Erasmo de la gran crisis intelectual de su época era claramente dualístico. Lo consideraba como una lucha entre lo viejo y lo nuevo, que, para él, significaba lo malo y lo bueno. En los defensores de la tradición sólo veía oscurantismo, conservadurismo e ignorante oposición a las bonae litterae, esto es, a la buena causa por la cual él y sus partidarios batallaban. Bonae litterae resulta ser un término intraducible. Comprende toda la literatura, la ciencia y la cultura clásicas, apreciadas como el más sano y saludable conocimiento en oposición al pensamiento medieval.

58. 55, 396, 182. 79, De Pronuntiatione LB. I. 924 D, 925 DE, LB. X. 1706 C.

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Del origen de aquella alta cultura, Erasmo se había formado ya el concepto que desde entonces ha dominado la historia del Renacimiento. Era una restauración comenzada dos o trescientos años antes de su época en que, además de la literatura, habían participado todas las artes plásticas. Junto a los términos restitutio y reflorescentia, la palabra renascentia campea repetidamente en sus escritos270. «El mundo recobra sus sentidos como si despertase de un profundo sueño. Todavía quedan algunos que recalcitran con pertinacia agarrándose convulsivamente, con todas sus fuerzas, a su antigua ignorancia. Temen que si las bonae litterae renacen y el mundo se vuelve más inteligente, salga a la luz del día que ellos no sabían nada271».

Ellos ignoraban cuán piadosos habían llegado a ser los antiguos; qué santidad caracteriza a Sócrates, Virgilio y Horacio, o a los Moralia de Plutarco; cuán rica es la historia de la antigüedad en ejemplos de clemencia y verdadera virtud. No podemos llamar profano a lo que es pío y conduce a las buenas costumbres. No se ha encontrado nunca una más digna visión de la vida que lo que propone Cicerón en De Senectute272.

Para comprender el espíritu de Erasmo y el encanto que tenía para sus contemporáneos, debemos comenzar por el ideal de la vida que tenía presente en su mirada interior como un espléndido ensueño.

A. 23. 1, 117. 26, 182. 7, 967. 126, 337. 328, 996. 10.

A. 337. 327.

A. no. I, t. I. p. 8. 30, Coll. Convivium religiosum, LB. I. 672.

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No es suyo en particular. Todo el Renacimiento acariciaba aquel deseo de reposante, gozoso y, con todo, serio trato entre buenos y discretos amigos a la fresca sombra de una casa, bajo unos árboles, donde residieran la serenidad y la armonía. Aquella época suspira por la realización de la sencillez, la sinceridad, la verdad y la naturalidad. Su imaginación estaba siempre impregnada de la esencia de la antigüedad; aunque, en el fondo, estaba más relacionada con los ideales de la Edad Media de lo que ella misma se figuraba. En el círculo de los Médicis es el idilio de la finca de Careggi; en Rabelais toma cuerpo en la fantasía de la abadía de Thélème; halla su voz en la Utopía de Moro y en los Essais de Montaigne. En los escritos de Erasmo, aquel ideal deseo siempre se presenta en la forma de un paseo entre amigos, seguido de una comida en una glorieta. Hallamos la misma escenografía en el prólogo de los Antibarbari; en las numerosas descripciones de comidas con Colet, y en todos los Convivia de los Coloquios273.

Especialmente en el Convivium religiosum, Erasmo ha descrito minuciosamente su ensueño, y valdría la pena de compararlo, de una parte con Thélème, y de otra con la fantástica representación de un jardín de recreo que describe Bernardo Palissy. Las casitas de campo holandesas y quintas del siglo XVIII, en que el espíritu nacional tanto se complacía, son la realización de un puro ideal erasmiano. El huésped del Convivium religiosum dice: «Para mí, una

A. 588, 47. 76, 1211. 323. 310. 98. 135, 61. 35. 116, Coll. LB. I. 818, 759, 720, 659, 672,

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sencilla casita de campo, un nido, es más agradable que todos los palacios; y si es rey quien vive en libertad y de acuerdo con sus deseos, sin duda yo soy rey allí».

El verdadero gozo de la vida está en la virtud y en la piedad. Si hay epicúreos que viven agradablemente, no hay, pues, más verdaderos epicúreos que los que viven en santidad y piedad274.

El gozo ideal de la vida es también perfectamente idílico en cuanto requiere alejamiento de todos los cuidados terrenos y desprecio para todo lo mezquino. Hablaba siempre con desprecio de los negocios, de la jurisprudencia, de la política275. Es una insensatez interesarse por todo lo que ocurre en el mundo; alabarse de conocer el mercado, los planes del rey de Inglaterra, las noticias de Roma y de la situación en Dinamarca276. El discreto anciano del Colloquium senile 277 ocupa un cómodo y honroso cargo; goza de una tranquila mediocridad; no critica nada ni a nadie; y sonríe ante el mundo entero. Tranquilo de ánimo, rodeado de libros; esto es lo más deseable de todo.

En los contornos de este ideal de serenidad y armonía brotan numerosas flores de valor estético, como el sentido del decoro en Erasmo; su gran deseo de bondadosa cortesía; su complacencia en el trato amable y solícito; en los modales cultos y condescendientes. En estrecha relación con ellos, están algunas de sus peculiaridades

Coll. Epicureus LB. I. 888 C, cf. 882 C.

A. 61. 44. 86, 37. 135, 785. 11, 715. 27, 999. 146.

Ench. LB. V. 44 A.

Coll. LB. I. 733 F.

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intelectuales. Odia lo violento y extravagante. Por ello le disgustan los coros de la tragedia griega278. El mérito de sus propios poemas estriba, según él, en la circunstancia de que prescinden de la pasión; se abstienen totalmente de la emoción; «no hay en ellos ni una tormenta, ni un torrente montañoso que inunde sus orillas, ni la menor exageración (δείνωσις). Mucha sobriedad en las palabras. Mi poesía más quiere permanecer dentro de los límites, que pasarlos; más costear la orilla que penetrar en alta mar279. —En otro lugar dice280—: Siempre me place más un poema que no difiera mucho de la prosa, aunque prosa de la mejor clase, se entiende. Así como Filoxeno tenía por los más sabrosos pescados los que no eran verdaderos pescados, y la más gustosa carne la que no era carne, y el más agradable paseo el efectuado a la orilla del agua; así yo tomo especial placer en un poema retórico y en un discurso poético, de manera que la poesía sea gustada en prosa y viceversa». Éste es el hombre de medios tonos, de finos matices, del pensamiento que no se expresa nunca completamente. Pero añade: «Los conceptos rebuscados podrán gustar a los demás; para mí el principal cuidado parece ser el derivar nuestro lenguaje del propio asunto y aplicarnos menos a lucir nuestra invención que a presentar la cosa». Esto hace el realista.

A. 208. 25.

A. 113. 24

A. 283. 94

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De esta concepción resulta su admirable, sencilla claridad, la excelente división y exposición de su argumento. Pero también es causa de su falta de profundidad y de la prolijidad que lo caracteriza. Su máquina rueda con demasiada blandura. En las infinitas apologías de sus últimos años, siempre se le ocurren nuevos argumentos; nuevos pasajes para indicar, o citas para apoyar su idea. Alaba el laconismo281, pero nunca lo practica. Erasmo no acuña jamás una frase que, redondeada y enérgica, se convierta en proverbio y viva como tal. No hay citas corrientes de Erasmo. El colector de los Adagia no ha creado ninguno nuevo de su propia cosecha.

La verdadera ocupación para un espíritu como el suyo consistía en parafrasear: «Llenar lagunas, suavizar pasajes abruptos, ordenar lo desordenado, desenmarañar lo enredado, deshacer nudos, aclarar lo que estaba oscuro282». Se consideraba a sí mismo intérprete283. Pulir y ajustar era precisamente el trabajo que le placía. Es característico y muy explicable que parafrasease todo el Nuevo Testamento excepto el Apocalipsis.

El espíritu de Erasmo no era ni filosófico, ni histórico. No era ni la obra de exacto, lógico discernimiento, ni el apoderarse del profundo sentido de la marcha del mundo en vastas visiones históricas en que hasta los hechos particulares con su multiplicidad y diversidad

De Copia LB. I. 109

A. 710. 26.

A. 1255. 39, 1342. 927.

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de color forman la imagen total. Su espíritu es filológico en el pleno sentido de la palabra. Ama la lengua, la expresión, la misma palabra; deja que resbale entre sus manos como un experto en tejidos preciosos deja que resplandezcan éstos a la luz del sol, y goza en su perfección. Pero con este espíritu filológico solo no hubiera conquistado el mundo. Su espíritu era a un mismo tiempo profundamente ético. La unión de estas dos tendencias esenciales hizo, precisamente, su grandeza.

El fundamento del espíritu de Erasmo es su ferviente deseo de libertad, claridad, pureza, sencillez y reposo. Es un antiguo ideal de vida al cual dio nueva substancia con la riqueza de su espíritu. Sin la libertad, la vida no es vida284; y no hay libertad sin reposo. El hecho de no tomar nunca partido determinadamente, resultaba de su urgente necesidad de independencia. Cada compromiso, aunque fuese transitorio, era como un grillete para Erasmo. Un interlocutor de los Coloquios donde tan a menudo, espontáneamente, revela sus propios ideales de vida, se declara resuelto a no casarse, ni tomar órdenes sagradas, ni entrar en un monasterio, ni en ninguna relación de la cual no pueda luego librarse; a lo menos, hasta que no se conozca a sí mismo completamente. «Y ¿cuándo será esto? Tal vez nunca285». «De nada puedo felicitarme tanto como de la

A. 333. 41.

Coll. pietas puerilis LB. I. 652 E.

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circunstancia de no haberme agregado nunca a ningún partido286», dice Erasmo hacia el final de su vida.

La libertad ha de ser en primer lugar libertad de espíritu. «Porque el que es espiritual juzga todas las cosas y, a pesar de ello, nadie lo juzga a él», dice san Pablo. ¿Con qué objeto, pues, requerirá prescripciones el que de su propio albedrío hace las cosas mejor de lo que las leyes humanas requieren? ¿Qué arrogancia es esa de sujetar por medio de instituciones a un hombre que va claramente guiado por las inspiraciones del espíritu divino?287

En Erasmo vemos ya el comienzo de ese optimismo que juzga al hombre recto suficientemente digno de ser dispensado de fórmulas y leyes fijas. Como Moro en su Utopía y Rabelais, Erasmo confía ya en los dictados de la naturaleza, que induce al hombre inclinado al bien, y a la que podemos seguir con tal que estemos imbuidos de fe y piedad.

En este plan de confianza en lo que es natural, y deseo de lo que es sencillo y razonable, residen las ideas educativas y sociales de Erasmo. En esto se adelanta mucho a su tiempo. Sería una atractiva empresa el discutir más ampliamente las ideas educativas de Erasmo288. Pronosticó exactamente las del siglo dieciocho. El niño debería aprender jugando, por medio de cosas que fueran

LB. X. 1593 DE.

Coll. Conviv. relig. LB. I. 678 C

Decl. de pueris inst. LB. I. 490. De studio bon. lit. LB. I. 520. De Pronunt. LB. I. 929, 917, 921, LB. I. 510. A. 476, A. 298, 447, 941. 16, 237. 72, 364. 23, 500. 21, 715. 55, LB. I. 361 AF, 362 A, V. 712, A. 1211. 340.

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agradables a su espíritu, por medio de láminas. Sus faltas deben ser corregidas con delicadeza. El maestro de escuela que pega y que insulta es abominado por Erasmo; la profesión en sí es santa y venerable para él.

La educación debe comenzar desde que el niño nace. Tal vez Erasmo daba demasiada importancia al clasicismo en esto como en todo; su amigo Pedro Gilles inculcó los rudimentos de las lenguas antiguas en su hijo de dos años, para que pudiese saludar a su padre con cariñosos balbuceos en griego y latín. Pero ¡qué gentileza y claro buen sentido irradia de todo cuanto Erasmo dice acerca de instrucción y educación!

Lo mismo se diga de sus ideas acerca del matrimonio y de la mujer. En el problema de las relaciones sexuales él se pone resueltamente de parte de la mujer, por convicción profunda. Hay mucha ternura y delicado sentimiento en su concepto de la posición de la joven y de la mujer. Pocos caracteres de los Coloquios han sido dibujados con tanta simpatía como la joven con su amador, y la mujer culta en su ingeniosa conversación con el abad.

El ideal del matrimonio para Erasmo es verdaderamente social e higiénico. Engendremos hijos para el Estado y para Cristo, dice el amador, hijos dotados por sus honrados padres de una buena disposición y que ven en su hogar el buen ejemplo que ha de guiarlos. Una vez y otra vuelve al tema del deber para la madre de amamantar a sus hijos. Indica cómo la casa debe estar arreglada, de manera sencilla y limpia; se ocupa también en el problema de los

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vestidos útiles para el niño. ¿Quién como él salió a la defensa, en aquellos tiempos, de la joven caída, y de la prostituta impelida por la necesidad289? ¿Quién vio tan claramente el peligro social de los matrimonios entre personas infectadas por la nueva plaga de Europa, tan violentamente aborrecida por Erasmo290?. Él hubiera deseado que tal matrimonio fuese declarado nulo enseguida, e invalidado por el Papa.

Erasmo no convino con la teoría social, todavía corriente en la literatura de su tiempo, de que había de caer sobre la mujer toda la culpa del adulterio y la prostitución. Entre los salvajes que viven en estado de naturaleza, dice, el adulterio de los hombres es castigado, pero el de las mujeres perdonado291.

De aquí resulta, al mismo tiempo, que Erasmo conocía, aunque lo expresase medio en broma, el concepto de virtud natural y felicidad de los isleños desnudos en estado salvaje. Pronto asomará también en Montaigne; y los siglos siguientes lo desarrollarán en dogma literario.

Coll. LB. I. 808 C, Ench. LB. V. 46 D, etc.

Coll. Conjugium impar LB. I. 818. Inst. Matr. Chr. LB. V. 614.

Coll. Franciscani LB. I. 743 B.

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Capítulo XIII

El espíritu de Erasmo, II

El espíritu de Erasmo: tendencias intelectuales. — El mundo abrumado de opiniones y fórmulas. — La verdad debe ser sencilla. — Vuelta a las fuentes puras. — La Sagrada Escritura en las lenguas originales. — Humanismo bíblico. — Trabajo crítico en los textos de la Escritura. — Más práctica que dogma. — El talento y el ingenio de Erasmo. — Deleite en las palabras y en las cosas. — Prolijidad. — Observación de los detalles. — Un realismo velado. — Ambigüedad. — El matiz. — Inescrutabilidad del último fundamento de todas las cosas.

Sencillez, naturalidad, pureza y razonabilidad: éstos son también para Erasmo los requisitos dominantes cuando pasamos de sus concepciones éticas y estéticas a su punto de vista intelectual; en efecto, difícilmente pueden separarse aquéllos de éste.

El mundo, dice Erasmo, está sobrecargado de constituciones humanas, opiniones y dogmas escolásticos, y abrumado por la tiránica autoridad de las órdenes; y por culpa de todo esto la fuerza de la doctrina evangélica se debilita. La fe requiere simplificación, arguye. ¿Qué dirían los turcos de nuestro escolasticismo292? Colet le escribió un día: «Los libros y la ciencia no tienen fin. Por lo tanto

A. 1033. 120, 858. 78.

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dejemos todos los caminos desviados y vayamos por un atajo a la verdad293».

La verdad debe ser sencilla. «El lenguaje de la verdad es sencillo, dice Séneca; pues bien, nada más sencillo ni verdadero que Cristo294». «Yo quisiera, —dice Erasmo en otra parte295—, que el sencillo y puro Cristo pudiera quedar profundamente impreso en el alma de los hombres, y lo que a mí me parece más asequible a este respecto es que, ayudados del conocimiento de las lenguas originales, filosofásemos en las fuentes mismas».

He aquí una nueva consigna que se pone en primer término: ¡volvamos a las fuentes! Y no es una exigencia meramente intelectual, filológica; es también una necesidad ética y estética de la vida. Lo original, lo puro, todo lo que no ha crecido con exceso ni ha pasado por muchas manos, tiene ese encanto poderoso. Erasmo lo comparaba a una manzana que nosotros mismos tomamos del árbol296. Volver el mundo a la antigua sencillez de la ciencia; apartarlo de los turbios charcos de ahora para llevarlo a esos vivos y purísimos manantiales, a esas límpidas fuentes de la doctrina evangélica; así veía él la obra de la teología297. La metáfora del agua límpida no deja de tener aquí su significado: revela la cualidad psicológica de la fervorosa doctrina de Erasmo.

A. 593. 15.

Ratio LB. V. 126 A.

A. 541. 141.

A. 373. 163

A. 1062. 35 ss.

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¿Cómo se explica, —exclama298—, que la gente se dé tanto trabajo con los detalles de toda clase de remotos sistemas filosóficos, y descuide el ir a las fuentes mismas del Cristianismo?». «Y con todo, ese saber, tan excelente que de una vez para todas puso todo el saber del mundo a la vergüenza, puede ser sacado de esos pocos libros, como de una fuente cristalina, y con muchísimo menos trabajo que el saber de Aristóteles y de tantos libros áridos, y con mucho mayor fruto… El equipo para ese viaje es sencillo y está a la inmediata disposición de todo el mundo. Esa filosofía es accesible a todos: Cristo desea que sus misterios se difundan tanto como sea posible. Yo quisiera que todas las buenas esposas leyesen el Evangelio y las Epístolas de San Pablo; que éstos fuesen traducidos a todas las lenguas; que de ellos sacasen sus cantos el campesino cuando ara, el tejedor junto a su telar; que con sus narraciones el viajero hiciera menos duras las fatigas de su camino… Esta especie de filosofía es más cosa de inclinación que de silogismos, más de vida que de disputaciones, más de inspiración que de erudición, más de transformación que de lógica… ¿Qué es la filosofía de Cristo, a la que él mismo llama Renascentia, sino la instauración del bien creado natural? Es más; aunque nadie nos ha enseñado de modo tan absoluto y efectivo como Cristo, con todo, en los libros paganos se puede hallar mucho que está de acuerdo con ello».

Paraclesis LB. V. 138.

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Tal era la norma de vida de aquel humanista bíblico. A medida que Erasmo va insistiendo más en esas materias, su voz suena más clara. «Nadie tome», dice en el prefacio de sus notas al Nuevo Testamento299, «esta obra como toma las Noctes atticae de Gelio o las Misceláneas de Poliziano… estamos en presencia de cosas sagradas; aquí no es cuestión de elocuencia; estas cosas son mejor recomendadas al mundo con sencillez y pureza; sería ridículo desplegar aquí las galas de la humana erudición, ni engreírse en humana elocuencia». Y la verdad es que precisamente entonces fue cuando Erasmo se mostró más elocuente.

Lo que lo eleva aquí por encima de su nivel ordinario de fuerza y fervor es el hecho de emprender una batalla: la batalla por el derecho a la crítica bíblica. Lo subleva que se estudie la Sagrada Escritura en la Vulgata cuando se sabe que los textos muestran diferencias y están alterados; cuando tenemos el texto griego con el cual podemos volver a la forma original o al prístino significado300.

Entonces se le vitupera porque se atreve, como mero gramático, a atacar el texto de la Santa Escritura con pretexto de fútiles errores o anomalías301. «Dicen que son minucias: sí, pero por causa de esas minucias vemos a veces hasta a grandes teólogos tropezar y desatinar. —Los tiquismiquis filológicos son necesarios—. Somos tan exigentes en cuanto a nuestra comida, a nuestro vestido, a los

A. 373. 203.

A. 182. 181, 843. 25, 149. 42.

A. 1167. 212, 373. 76.

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asuntos de dinero. ¿Por qué ha de desagradarnos este esmero únicamente en literatura teológica? ¡Dicen que se arrastra por el suelo, que se fatiga inútilmente por palabras y sílabas! ¿Y por qué debemos descuidar cualquier palabra de Aquél a quien veneramos y adoramos con el nombre del Verbo? ¡Pero sea como ellos dicen! Permítase a quien así lo quiera, imaginar que yo no he sido apto para mejorar nada, y por oscuridad de mente y frialdad de corazón, o falta de erudición, he tomado sobre mí esta inferiorísima tarea; pues todavía es pensar cristianamente el suponer que es buena toda obra que se hace con piadoso celo. Nosotros cargamos con los ladrillos, pero son para construir el templo de Dios302».

No quiere parecer intransigente. Que la Vulgata se guarde para los usos de la liturgia, para los sermones, en las escuelas; pero los que en su casa lean nuestra edición, entenderán la suya mejor, por consiguiente. Erasmo dice estar dispuesto a dar explicaciones y reconocer sus errores cuando se le demuestre que los ha cometido303.

Tal vez Erasmo no comprendió nunca del todo los trastornos que su método filológico-crítico causaría a la Iglesia. Se sorprendía al ver que sus adversarios «no podían menos de creer que toda su autoridad perecería de pronto cuando los libros sagrados pudieran ser leídos en una forma depurada, y cuando el pueblo prefiriese

Apología LB. VI **2.

A. 373. 221

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comprenderlos en el original304». Él no comprendía lo que significaba la inexpugnable autoridad de un libro sagrado.

Se alegra de que podamos acercarnos mucho más a la Sagrada Escritura, porque toda clase de oscuridades han sido sacadas a la luz; al considerar, no sólo lo que se ha dicho, sino también quién lo ha dicho; para quién, en qué época, en qué ocasión, qué le precede y qué le sigue305; en suma, por medio del método de la crítica histórico-filológica. A él le parecía muy especialmente piadoso, cuando se lee la Escritura y se encuentra un pasaje que parece contrario a la doctrina de Cristo o a la divinidad de su naturaleza, creer que no se entiende la frase o que el texto puede estar alterado306. Y sin darse cuenta de ello, pasó de la enmienda de las diferentes versiones, a la corrección de sus contenidos. Para él las Epístolas no fueron todas escritas por los apóstoles a quienes eran atribuidas; y por otra parte, los apóstoles pudieron también cometer errores algunas veces307.

El fundamento de su vida espiritual ya no era para Erasmo una unidad. Era, por una parte, una fuerte aspiración a una creencia recta, sencilla, pura y llana, y el más ardiente deseo de ser un buen cristiano. Pero, por otra parte, había también la irresistible necesidad intelectual y estética del buen gusto, de la armonía; la clara y exacta expresión de los antiguos; la repugnancia por todo lo

A. 967. 57.

LB. V. 85 EF.

LB. V. 77.

A. 769. 40, 1171.

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engorroso y enrevesado. Erasmo pensaba que el buen saber debía de prestar buen servicio para la necesaria purificación de la fe y de sus formas. El metro de los himnos de la iglesia también debía ser corregido308. Que el modo cristiano de expresión y el clasicismo fuesen incompatibles, él no pudo creerlo nunca. El hombre que en la esfera de los estudios sagrados pedía las credenciales a cada autor, no se daba cuenta de que reconocía la autoridad de los antiguos sin ninguna evidencia. ¡Cuán ingenuamente apela a la antigüedad, una vez y otra, para justificar algún atrevimiento! ¿Dicen que es crítico? ¿Es que los antiguos no eran críticos? ¿Se permite intercalar digresiones? Así lo hicieron también los antiguos. ¿Elogia en tono ligero cosas censurables? Otros autores clásicos, antes que él, le precedieron en este camino309.

Erasmo está en profundo acuerdo con aquella venerada antigüedad, por su fundamental convicción de que lo que importa es la práctica de la vida. El gran filósofo es, no el que se sabe de memoria los principios de los estoicos o de los peripatéticos, sino quien expresa el significado de la filosofía por medio de su vida y sus costumbres, pues tal es el fin que persigue la filosofía310. Es en realidad un teólogo, quien enseña que las riquezas deben ser despreciadas, no por hábiles silogismos, sino con la propia conducta, con el rostro y

Coll. Conviv. poeticum LB. I. 724 A.

A. 180, 182, 222, 269. 11, 292. 89, 337. 42, 531, Moria, praefatio

A. 531. 225.

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con los ojos, con la vida misma311. Vivir elevándose a ese ideal es lo que Cristo mismo llama Renascentia312.

Erasmo usa la palabra sólo en el sentido cristiano. Pero en este sentido se encuentra estrechamente relacionado con la idea del Renacimiento como fenómeno histórico. Los aspectos terrenales y paganos del Renacimiento han sido casi siempre exagerados. El espíritu del siglo XVI se gozaba en las formas paganas; pero el contenido que anhelaba era cristiano. Erasmo fue uno de los más cumplidos representantes de aquel espíritu. Dice Capito en su alabanza: «Autorem cum renascentium litterarum tum redeuntis pietatis313». Y en esta misma unión de un poderoso esfuerzo cristiano con el espíritu de la antigüedad, se halla la explicación del prodigioso éxito de Erasmo.

****

El mero propósito y contenido de un espíritu, no ejercen influjo sobre el mundo si la forma de expresión no coopera con ello. En Erasmo, la cualidad de su talento es un factor importantísimo. Su perfecta claridad y facilidad de expresión, su viveza, ingenio, imaginación, buen gusto y buen humor, han prestado tal hechizo a todo lo que ha escrito, que para sus contemporáneos era irresistible, y aún nos cautiva a nosotros en cuanto nos ponemos a leerlo.

LB. V. 140 E.

LB. V. 141 F, IX. 1248 A

A. 1368. 29.

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En todo lo que constituye su talento, Erasmo es perfecta y enteramente un representante del Renacimiento. Hay en él, en primer lugar, una perenne justeza. Lo que escribe nunca es vago, nunca oscuro; siempre es plausible. Todo parece brotar de él como de una fuente. Siempre acierta en el tono, en el giro de la frase, en su ritmo. Posee, casi, la clara armonía de Ariosto. Y, como Ariosto, no es nunca trágico, nunca verdaderamente heroico. Nos entusiasma, en efecto, pero él no está nunca verdaderamente entusiasmado.

Los más artísticos aspectos del talento de Erasmo se muestran más claramente, aunque siempre están de manifiesto, en aquellos dos recreos después de más seria labor: el Moriae Encomium y los Colloquia. Pero justamente estas dos obras han tenido enorme importancia por el influjo que ejercieron sobre su época. Porque mientras su San Jerónimo conseguía decenas de lectores y su Nuevo Testamento centenares, la Moria y los Coloquios alcanzaban a millares. Y su importancia se acrece, porque Erasmo no se ha expresado jamás con tanta espontaneidad como en ellos, y no sólo por lo que atañe a la forma.

En cada uno de los Coloquios, hasta en los cinco primeros puramente formularios, se oculta el esbozo de una comedia, una novelita o una sátira. Apenas hay una frase sin su agudeza, una expresión sin una vívida ingeniosidad. Hay en ellos inigualadas sutilezas. El abad del Abbatis et eruditae colloquium es un personaje molieresco. Debe observarse lo bien que Erasmo sostiene siempre

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sus caracteres y sus escenas, porque los ve. En La mujer de sobreparto no olvida un momento que Eutrapelus es un artista. Al final del Juego de los huesecitos, cuando los interlocutores, después de haber elucidado toda la nomenclatura de ese juego latino, se ponen ellos a jugar, Carolus dice: «pero cerrad la puerta, no sea que el cocinero nos vea jugando como dos chiquillos314».

Así como Holbein ilustró la Moria, nosotros quisiéramos los Colloquia con ilustraciones de Breughel, tan estrechamente se asimila la clara y aguda mirada de Erasmo para los incidentes con la de aquel gran maestro. La procesión de los borrachos el domingo de Ramos, el salvamento de la tripulación náufraga, los viejos esperando el carro de viaje mientras sus conductores están bebiendo todavía; todos forman cuadros holandeses de género, y de la mejor calidad.

Nos place hablar del realismo del Renacimiento. Erasmo es ciertamente un realista en el sentido de tener una sed insaciable de conocimiento del mundo tangible. Quiere conocer las cosas y sus nombres: los pormenores de cada cosa, aunque sean tan antiguos como esos términos de juegos, y reglas de juegos de los romanos. Léase cuidadosamente la descripción de la pintura decorativa de la glorieta del Convivium religiosum: no es más que una lección de cosas, una representación gráfica de las formas de la realidad.

LB. I. 744, 766, 838, 841 F.

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Por su alegre complacencia en el mundo material y en la palabra dócil y ágil, el Renacimiento se revela en profusión de imágenes y expresiones. Las retumbantes enumeraciones de nombres y cosas que da siempre Rabelais, no son desconocidas tampoco para Erasmo, pero las usa para fines intelectuales y útiles. En De copia verborum ac rerum, los derroches de expresión se suceden ininterrumpidamente; da cincuenta maneras de decir: «vuestra carta me ha causado mucho placer» o «yo pienso que va a llover315». El impulso estético es aquí el de un tema con variaciones: desplegar toda la riqueza y variedad de la lógica del lenguaje. En otra parte, también, Erasmo satisface esa propensión a acumular los tesoros de su genio; él y sus contemporáneos no pueden nunca contenerse en dar todos los ejemplos en vez de uno: en la Ratio verae theologiae, en De Pronuntiatione, en Lingua, en el Ecclesiastes316. Las colecciones de los Adagia, de las Parabolae y de los Apophthegmata están totalmente basadas en esa avidez del Renacimiento (y que, dicho sea de paso, era una herencia de la Edad Media) de refocilarse en la riqueza del mundo tangible y gozarse en palabras y cosas.

Los sentidos están abiertos para la exacta percepción de todo cuanto parece notable. Erasmo no conoció la avidez del Renacimiento por los tesoros del mundo, en la forma en que ese anhelo animó a penetrar en los secretos de la Naturaleza a un

LB. I. 23 ss

LB. V. 117. A, 134 B, I. 913, IV. 664-5, V. Eccl. passim.

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Leonardo da Vinci, a un Paracelso, a un Vesalio. Su interés por las ciencias naturales no fue muy grande317. Lo que despertaba su interés era el mundo tal como se presenta. Capta muy bien lo que hay de peculiar en los hábitos y las costumbres de las naciones. Observa el porte de los soldados suizos, cómo se sientan los petimetres, cómo los picardos pronuncian el francés. Observa cómo en los antiguos retratos los retratados están representados siempre con los ojos medio cerrados y muy apretados los labios, en señal de modestia; y cómo a muchos españoles agrada todavía esta expresión en la vida, mientras el arte alemán prefiere los labios que se redondean como para dar un beso318[. Su vivo sentido de la anécdota, al cual da rienda suelta en todos sus escritos, halla aquí su mejor expresión.

Y a pesar de todo su realismo, el mundo que Erasmo ve y reproduce no es el del siglo XVI. Todo queda disfrazado por el latín. Entre el espíritu del autor y la realidad se interpone su dicción antigua. En el fondo, el mundo de su espíritu es imaginario. Lo que refleja es una realidad atenuada y limitada de aquel siglo. Además de su rudeza, le falta todo lo que hay de violento y directo en su época. Comparado con los pintores, con Lutero y Calvino, con los políticos, los navegantes, los soldados y los hombres de ciencia, Erasmo se encara con el mundo como un recluso. ¿Es esto imputable sólo a la

317 Véase Moria c. 32 p. 59 y c. 52, p. 111; Colloquium Amicitia, LB. I. 873 ss., Ecclesiastes LB. V. 924 F.

LB. I. De Civilitate 1034 A, 1035 C, 1036 BE, Adagia p. 756. Coll. Concio LB. I. 853 AB.

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influencia del latín? A pesar de toda su receptividad y sensibilidad, Erasmo no está nunca en pleno contacto con la vida. En toda su obra no canta un pájaro, ni un árbol susurra.

Pero esta reserva, o temor de contacto directo, no es meramente una cualidad negativa. Resulta también de una conciencia de lo inescrutable del fondo de todas las cosas, del respeto ante la ambigüedad de todo lo existente. Si Erasmo tan a menudo revolotea al margen de las cosas, entre la seriedad y la burla, si tan raramente nos da una conclusión incisiva, no sólo es debido a su cautela y temor a comprometerse demasiado. Por todas partes ve las oscuridades, las confusiones del significado de las palabras319. Los términos de las cosas ya no son para él, como para el hombre de la Edad Media, como cristales montados en oro o como estrellas en el firmamento. «Me agradan tan poco las afirmaciones, que de buena gana tomaría partido con los escépticos en cuanto lo permitiesen la inviolable autoridad de la Santa Escritura y los decretos de la Iglesia320». « ¿Hay algo exento de error?»321. Todas las sutiles contiendas de la especulación religiosa se originan de una peligrosa curiosidad y conducen a la audacia impía. ¿A qué han conducido todas las controversias acerca de la Trinidad y de la Virgen María? «Hemos definido muchas cosas que, sin peligro para nuestra salvación, podían haber quedado desconocidas e indecisas… Lo

P. ej. Eccl. LB. V. 1021-2, Coll. Concio LB. I. 853 AB.

De Libero Arbitrio LB. IX. 1215 D, 1217 B.

A. 713. 18.

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esencial de nuestra religión es la paz y la unanimidad. Éstas apenas pueden existir como no establezcamos definiciones acerca de los menos puntos que sea posible, y dejemos muchas cuestiones al juicio individual. Numerosos problemas se aplazan ahora hasta el concilio ecuménico. Sería mucho mejor diferir esas cuestiones hasta el momento en que se quite el espejo, y toda la oscuridad se aparte, y podamos ver a Dios cara a cara322».

«Hay santuarios en los estudios sagrados, en que Dios no ha querido que exploremos, y si probamos a penetrar allí, andaremos a tientas en una oscuridad tanto más profunda cuanto más avancemos, para que de esta manera reconozcamos la inescrutable majestad de la Divina sabiduría, y la impotencia de la inteligencia humana323».

A. 1334. 142 ss., 217 ss., cf. 1365. 104 ss.

LB. IX 1216 C., cf. A. 1255. 46 ss.

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Capítulo XIV

Carácter de Erasmo

Carácter de Erasmo: necesidad de pureza y limpieza. — Delicadeza. — Repugnancia por la contienda; necesidad de concordia y amistad. — Aversión para los disturbios de todas clases. — Se preocupa demasiado por las opiniones de los demás. — Necesidad de justificarse. — Él nunca se equivoca. — Correlación entre las inclinaciones y las convicciones. — Imagen ideal de sí mismo. — Concentración en sí mismo. — En el fondo es un solitario.

— Descontentamiento. — Suspicacia. — Desconfianza morbosa. — Infelicidad. — Inquietud. — Contradicciones de su carácter sin resolver. — Horror a las mentiras. —

Reserva y desconfianza.

El espíritu poderoso de Erasmo halló grande correspondencia en el corazón de sus contemporáneos y tuvo duradero influjo en la marcha de la civilización. Pero no puede ser llamado uno de los héroes de la historia. El no poder alcanzar más altos niveles, ¿no fue en parte debido a que su carácter no estaba a la altura de la elevación de su espíritu?

Y con todo, ese carácter, muy complicado por cierto, aunque a él le parecía ser el hombre más sencillo del mundo, estaba determinado por los mismos factores que determinaban la estructura de su

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espíritu. Una vez y otra hallamos en sus inclinaciones los correlativos de sus convicciones.

En la raíz de su ser moral hallamos —clave para comprender su carácter— esa misma necesidad de pureza que lo conduce a las fuentes de la ciencia sagrada. Pureza en sentido material y moral es lo que desea para sí mismo y para los demás, siempre y en todas las cosas. Pocas cosas le sublevan tanto como las prácticas de los taberneros que adulteran el vino y los tenderos que adulteran los alimentos324. Si constantemente castiga su lenguaje y su estilo, o se disculpa de errores, ese mismo impulso es el que incita su apasionado deseo por la limpieza y la pulcritud de la casa y del cuerpo. Le desagradan en extremo el aire cargado y las sustancias que huelen mal. Regularmente toma un camino desviado para evitar una callejuela que hiede; le repugnan las carnicerías y las pescaderías325. Los malos olores esparcen la infección, según piensa326[. Erasmo tuvo, antes que la mayoría de los hombres, ideas antisépticas acerca del peligro de la infección en las posadas sucias y atestadas de gente, en el aliento de los que iban a confesarse, en el agua bautismal. Desechad los vasos en común, abogaba; que cada cual se afeite solo; seamos limpios como las sábanas; no nos besemos para saludarnos327. El temor a la horrible enfermedad venérea, importada a Europa durante el curso de su vida —scabies

LB. V. 164. 165 y en otros pasajes.

A. 2147. 22. Coll. LB. I. 788, A. 867. 50.

A. 133. 27. 30.

Coll. LB. I. 689 C, 792, 715 ss., 830, LB. V. 154-5.

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gallica, suele llamarla—, y de la cual Erasmo iba observando angustiado la desenfrenada propagación, aumenta su deseo de pureza. Se hace muy poco para atajarla, piensa. Pone en guardia a sus criados contra las posadas sospechosas; quiere que se tomen providencias contra los matrimonios de personas sifilíticas328. En su desconsiderada actitud para con Hutten, su aversión física y moral ante la enfermedad que había contraído juega sin duda un papel importante.

Erasmo es un alma delicada en todas sus fibras. Su cuerpo le obliga a ello. Es en extremo sensible; entre otras cosas, muy susceptible a los resfriados, «la enfermedad de los escritores329», como él la llama. Tempranamente en su vida, la dolorosa enfermedad del mal de piedra comienza a atormentarlo; pero él lo resiste muy bravamente cuando se trata de trabajar; siempre habla en tono mimoso de su cuerpecito, que no puede resistir el ayuno, que necesita ser mantenido en buena disposición por medio de algún ejercicio, la equitación principalmente, y para el cual cuidadosamente se propone buscar un apropiado clima330. A veces es muy circunstanciado en la descripción de sus achaques. Ha de llevar mucho cuidado en cuanto a su sueño; si se despierta una vez, halla dificultad en volver a dormirse, y por este motivo ha perdido a menudo sus mañanas, que es para él la mejor parte del día para

A. 916. 65, LB. IV. 656-7, A. 785. 47, 786-7, 790. 5, 895. 6, LBE. 1493 D, Coll. Άγαμος γάμος, LB. I. 826 ss.

A. 671. 11

A. 447. 388, 55. 114, 274, 1111. 78, 301, 868. 21 etc.

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trabajar y la que más le agrada331. No puede sufrir el frío, el viento, la niebla; pero menos todavía las habitaciones demasiado calentadas. ¡Cómo aborreció las estufas de azulejos alemanas, que están encendidas casi todo el año y le hacen Alemania casi insoportable332!.

De su miedo a las enfermedades ya hemos hablado. Pero no es sólo la peste lo que evita: por temor a coger un enfriamiento, no hace un viaje de Lovaina a Amberes, donde su amigo Pedro Gilles está de luto333. Aunque comprende perfectamente que «a menudo gran parte de la enfermedad está en la imaginación334», con todo, su propia imaginación no le deja en paz. Sin embargo, cuando está seriamente enfermo no teme a la muerte.

Su higiene consiste en la templanza, en la limpieza y en el aire fresco; este último con moderación; la proximidad del mar le parece insana y le asustan las corrientes de aire335. Aconseja a su amigo Gilles que está enfermo: «No tomes muchos medicamentos, permanece tranquilo y no te enfades por nada336». Aunque entre sus obras hay un Elogio de la Medicina337, no tiene en gran estima a los médicos y los satiriza más de una vez en los Coloquios338.

A. 447. 397, 296. 18, 1002. 5, Coll. Diluculum LB. I. 844.

A. 360, 389. 6, 794. 62, 1169. 17, 1248. 10, 1302. 29, 1342. 189. 204, 1422. 26, 1553. 32.

A. 708. 10.

A. 867. 251

A. 1489. 5-15, 1532. 6 ss., LB. IV. 656-7.

A. 818. 6.

LB. I. 1533.

A. 285, 855. 18, Coll. Funus LB. I. 810 ss., 789 DE.

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También en su aspecto exterior hay algunos rasgos que descubren su delicadeza. Era de estatura mediana, bien formado, de fina tez, con cabello rubio y ojos azules, rostro alegre, manera de hablar muy clara, pero con voz débil339.

En la esfera moral, la delicadeza de Erasmo está representada por su necesidad de amistad y concordia y su aversión a las disputas. Para él la paz y la armonía están por encima de todas las demás consideraciones y confiesa que ellas son los principios que guían todas sus acciones340. Él querría, si ello pudiera ser, tener por amigo a todo el mundo. «A sabiendas yo no descarto a nadie de mi amistad341», dice; y aunque a veces se mostraba caprichoso y exigente para sus amigos, con todo, era un gran amigo: lo atestiguan los muchos que nunca lo abandonaron, o a quienes él, después de temporal extrañamiento, siempre volvió a ganar: Moro, Pedro Gilles, Fisher, Amonio, Budeo, y otros demasiado numerosos para mencionarlos aquí. «Fue muy constante en conservar las amistades», dice Beato Renano, cuyo afecto a Erasmo es una prueba del fuerte cariño que llegaba a inspirar342.

En el fondo de este deseo de amistad hay un grande y sincero deseo de afecto. Recuérdense las efusiones de casi femenino afecto para Servacio durante su período monástico. Pero al mismo tiempo lo que lo hace ser así es una especie de serenidad moral: una aversión

A. no. IV. 530, t. I. p. 70.

A. no. I, t. I. p. 36. 5, 988. 1.

A. no. I, t. I. p. 17. 36, 18. 4, 337. 107, 749. 8.

A. no. IV. 539, t. I. p. 70

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para todo disturbio, para todo lo rudo e inarmonioso. Él mismo lo llama «un cierto sentido natural oculto» que le hace aborrecer toda contienda343. No puede soportar estar reñido con nadie. Siempre había deseado y esperado, dice, mantener su pluma limpia de sangre; no atacar a nadie, no provocar a nadie, aunque lo atacasen a él344. Pero sus enemigos no lo habían querido así, y en años posteriores se acostumbró perfectamente a las agrias polémicas, con Lefèvre d’Étaples, con Lee, con Egmondano, con Hutten, con Lutero, con Beda, con los españoles y con los italianos. Al comienzo todavía se nota cuánto padece al hacerlo así, cuánto le hiere la disputa; de tal modo que no puede sufrir su dolor en silencio. «Seamos amigos otra vez», ruega a Lefèvre, quien no le contesta345. El tiempo que ha de dedicar a sus polémicas le parece perdido346. «Cada día me siento más indolente, —escribe en 1520—, no tanto por mi edad como por el incesante trabajo de mis estudios, y mucho más aún por la fatiga de las disputas que por el trabajo, que, en sí mismo, es agradable347». ¡Y cuánta lucha no le aguardaba todavía!

¡Si a lo menos no le hubiese importado tanto la pública opinión! Pero esto le parecía imposible; tenía miedo a los hombres; o bien podríamos llamar a esto ferviente necesidad de justificación. Siempre solía ver de antemano y con colores exagerados los efectos

343 LB. X. 1258 F.

A. no. I, t. I. p. 21. 27, no. II. 152, p. 52, 337. 42. 84.

A. 778, 779, 780, 781, 814.

A. no. I, t. I. p. 22, LB. X. 1672 F.

A. 1060. 58.

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que sus palabras o hechos causarían en los hombres. Por su parte fue ciertamente sincero cuando escribió una vez que su anhelo de celebridad tenía espuelas menos afiladas que su temor a la ignominia348. Erasmo está, con Rousseau, entre los que no pueden soportar la conciencia de la culpa, por una especie de pulcritud mental. El no poder pagar con creces un favor lo avergonzaba y entristecía. No podía soportar «los acreedores importunos, el incumplimiento de los deberes, el descuido para la necesidad de un amigo349». Si no puede cumplir él mismo la obligación, lo confiesa. El historiador holandés Fruin ha observado con mucho acierto: «Todo lo que hiciere Erasmo contrario a su deber y a sus intereses bien entendidos, fue culpa de las circunstancias o de los malos consejos; él no merece ser nunca censurado350. —Y lo que de este modo ha justificado para sí, se convierte para él en ley universal—: Dios dispensa al hombre sus votos perniciosos con tal que se arrepienta de ellos», dice el hombre que había quebrantado un voto351.

Hay en Erasmo una fusión peligrosa entre inclinación y convicción. Las correlaciones entre sus idiosincrasias y sus teorías son innegables. Esto se refiere especialmente a su opinión respecto al ayuno y la abstinencia de carne. Con harta frecuencia deja escapar su aversión por el pescado, o nos habla de su imposibilidad de

A. 182. 60

A. 31. 10, no. I, t. I. p. 44. 38.

Verspreide Geschriften VIII. p. 277.

Coll. Epicureus LB. I. 888 F.

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aplazar sus comidas, para que esta conexión que expresamos no resulte clara a todo el mundo. Del mismo modo, su experiencia personal en el monasterio, se convierte en desaprobación de la vida monástica por principio352.

La deformación de la imagen de su juventud en su memoria, a la cual nos hemos referido, se funda en esta necesidad de justificarse. Es toda ella interpretación inconsciente de hechos innegables para favorecer el ideal que Erasmo se ha formado de sí mismo, y al cual honradamente piensa corresponder. Los principales rasgos de este preconcebido retrato son una notable y sencilla sinceridad y franqueza, que hace imposible para él todo fingimiento; inexperiencia y descuido para las preocupaciones ordinarias de la vida, y una total ausencia de ambición353. Todo esto es verdad en principio; hay un Erasmo superficial que responde a esta imagen; pero no es todo Erasmo; hay otro más profundo, que es casi su contrario, y que él mismo no conoce porque no quiere conocerlo, tal vez porque debajo de éste hay un ser todavía más profundo, que es realmente bueno.

¿No se atribuye flaqueza alguna? Ciertamente sí. A despecho de su mimo para sí, siempre está insatisfecho de sí y de su obra. «Ad vitium usque putidulus» se llama a sí mismo, significando la cualidad de no estar jamás contento de sí. Esta peculiaridad es la que lo deja

A. 296. 75

A. no. II, t. I. p. 51, no. 107. 50, 119. 224, 113. 78, 115. 2, no. I. p. 5. 7, no. 447. 236, LB. X. 1663 F, A. 1347. 353.

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insatisfecho de toda obra suya en cuanto se ha publicado; de manera que siempre está revisando y completando. «Pusilánime» se llama a sí mismo escribiendo a Colet. Pero una vez más no puede menos de alabarse al reconocer ese defecto, convirtiéndolo en virtud: es la modestia, lo contrario de la petulancia y el amor propio354.

Esta timidez para sí mismo es la razón por la que no le agrada su fisonomía; y, sus amigos hallan dificultad en persuadirlo a que se deje retratar355. Su figura no es heroica ni lo bastante noble según él, y no se deja engañar por un artista que lo adula: « ¡Alto ahí!», exclama al ver el rasguñado boceto de Holbein para ilustrar la Moria: «si Erasmo fuese todavía así, tomaría esposa enseguida356. — Este profundo rasgo de insatisfacción es lo que le sugiere la inscripción de sus retratos—: Sus escritos os mostrarán una imagen suya mejor357».

La modestia de Erasmo y el desprecio que manifiesta por la celebridad que le tocó en suerte, tienen un carácter algo retórico. Pero en esto no debemos ver tanto un rasgo personal de Erasmo como una fórmula general común a todos los humanistas. Por otra parte, aquella disposición de ánimo no puede ser tenida por artificial del todo. Sus libros, a los que llama él sus hijos, no han

A. no. I, t. I. p. 35. 26, no. 26. 30, 45. 150, 51. 141, 107. 13, 113. 72, 384, 402, Adagia no. 292, LB. II. 147.

A. no. II, t. I. p. 51. 143.

A. 739. 9.

A. 875. 17, 943. 30, 981. 20, 1092, 1101. 7.

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resultado bien. No cree que vivan. No se propone hacer acopio de cartas suyas: las publica sólo porque sus amigos insisten en ello. Escribe sus poemas para probar otro género. Espera que pronto aparecerán genios que lo eclipsarán, hasta el punto de que Erasmo pasará por un balbuciente. ¿Qué es la gloria? Una sobrevivencia pagana. Siente ya hartura de ella y nada podría serle más agradable que poder quitársela de encima358.

A veces se le escapa otra flaqueza. Si Lee quisiese ayudarlo en sus esfuerzos, Erasmo lo haría inmortal, le había dicho en la primera conversación que tuvieron. Y amenaza de este modo a un adversario desconocido: «Si continuáis atacando tan descaradamente mi buena fama, tened cuidado que mi delicadeza no llegue a ceder, y haga yo que figuréis, aun pasados mil años, entre los venenosos sicofantes, entre los inútiles fanfarrones, entre los médicos incompetentes…»359. Ese elemento en Erasmo de concentración en sí mismo, necesariamente había de aumentar por la circunstancia de que él llegó a ser centro y meta de ideas y cultura. Hubo realmente un tiempo en que pudo parecerle que el mundo giraba en torno a él, esperando de sus labios la palabra redentora. ¡Qué séquito inmenso y entusiasta el suyo! ¡Cuántos fervorosos amigos y adoradores! Hay algo de ingenuo en el modo como piensa ser necesario obsequiar a todos sus amigos, en una carta abierta, con una relación minuciosa,

A. no. I, t. I. p. 2. 13. 3. 8, 17. 24, no. 113, 417. 13. 531. 79, 905. 19, 337. 30, 531. 169,

28.

A. 1061. 170, 1042. 19.

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harto repulsiva, de una enfermedad que lo atacó por el camino a su regreso de Basilea a Lovaina360. Su participación, su posición, su nombre; ése es el aspecto con el cual ve cada vez más los acontecimientos del mundo. Años vendrán en que toda su enorme correspondencia será poco más que una prolongada defensa propia. Y con todo, ese hombre que tiene tantos amigos, en el fondo es un solitario. Y en lo profundo de su corazón desea estar solo. «Yo deseo ser un ciudadano del mundo, —escribe a Zuinglio—, entregado a todos o, mejor aún, extranjero para todos361». Es de condición en extremo retraída; es un recluso. «Siempre he deseado estar solo, y no hay nada que odie tanto como los partidarios incondicionales362». Erasmo es uno de esos hombres a quienes debilita el contacto con los demás. Cuanto menos tenga que tratar a los demás o pensar en ellos, amigos o enemigos, más sinceramente expresará su íntimo pensamiento. El trato con los individuos siempre origina en él pequeños escrúpulos, intencionadas afabilidades, coqueterías, reticencias, reservas, maliciosas ocurrencias, evasiones. Por ello no cabe pensar que vamos a conocerlo hasta el fondo en sus cartas. Naturalezas como la suya, a las que trastorna todo contacto con los hombres, dan de sí lo mejor y más profundo cuando hablan impersonalmente y para todos.

A. 867, 886-893.

A. 1314. 2.

LB. X. 1252 A.

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Después de aquellas tempranas efusiones de afección sentimental, ya no vuelve a abrir su corazón sin reservas para los demás. En el fondo se siente separado de todos y en guardia contra todos. Hay en él un gran temor de que los demás penetren en su alma o alteren la imagen que se ha formado de sí mismo. La actitud de evasiva, la muestra él en forma de fastidio y timidez. Budeo da en el hito cuando exclama jocosamente: «¡Fastidiosule! ¡Melindrosillo!»363. El propio Erasmo interpreta la excesiva sensibilidad de su carácter como pudorosa timidez364. La excesiva sensibilidad para la mancha de su nacimiento resulta de ello. Pero su amigo Amonio habla de su «subrustica verecundia», de su encogimiento algo rústico365. Hay, efectivamente, en Erasmo algo siempre del hombre humilde que se siente encogido ante la grandeza, y por ello huye de los grandes, porque, en realidad, lo obsesionan y siente que son hostiles a su manera de ser.

Parece duro el decir que la sincera lealtad y el fervoroso agradecimiento eran extraños para Erasmo. Y con todo, tal fue su naturaleza. En caracteres como el suyo, una especie de freno mental retiene las efusiones del corazón. Él suscribe al adagio: «Ama como si hubieras de odiar un día; y odia, como si un día hubieras de amar366». No puede pedir, no puede aceptar ningún favor367. En

A. 810. 370.

A. 447. 440, 145. 134

A. 239. 28.

Adag. 1072, LB. II. 434, A. 83. 78.

A. 154. 7, 237. 41, 31. 5.

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lo más profundo de su alma, continuamente se está apartando de todo el mundo. Él, que se tiene por el modelo del hombre sin recelo, es en realidad en alto grado receloso para todos sus amigos. Ni el difunto Amonio que lo había ayudado tan celosamente en los asuntos más delicados, está a cubierto de ello368. «Os mostráis siempre injustamente desconfiado para conmigo, —se queja Budeo—. i Cómo!», exclama Erasmo, «pocas personas encontraréis tan poco desconfiadas en la amistad como yo369».

Cuando en la cima de su celebridad la atención del mundo estaba realmente fija en todo lo que él decía o hacía, hubo cierto fundamento para algún sentimiento por su parte de estar siempre vigilado y amenazado. Pero cuando era todavía un literato desconocido, en sus años de París, continuamente hallamos en él señales de desconfianza para los que lo rodean, que sólo pueden ser miradas como de sentimiento morboso370. Durante el último período de su vida este sentimiento se refiere especialmente a dos enemigos: Eppendorf y Aleandro. Eppendorf tiene espías por todas partes que vigilan la correspondencia de Erasmo con sus amigos. Aleandro incita continuamente a muchos a combatirlo y lo acecha donde puede. Su interpretación de las intenciones de los asaltantes acusa tanta sutilidad y un grado tal de egocentrismo, que rebasa los

A. 828. 21

A. 810. 205, 906. 538, 159. 16, Adag. 4401, LB. II. c. 1050 F.

LB. X. 1252 F, carta a Goclenio, de 2 de abril de 1524, LB. I. Delante del Compendium vitae, Allen V. 1437, A. 1008. 7, 83. 85, 119, 133, 135. 46, 138. 149, 447. 249, 778. 19, 902, 2356. 10, 1188. 35, 1195, LBE. 1755 B.

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límites de un sano juicio. Ve todo el mundo lleno de calumnias y emboscadas que amenazan la paz de su espíritu: casi todos los que antes fueron sus mejores amigos se han convertido en sus más acérrimos enemigos; ponen en movimiento sus venenosas lenguas en los banquetes, en la conversación, en el confesionario, en los sermones, en las lecciones, en la corte, en los carruajes y en los buques. Los enemigos menores, cual molestas sabandijas, amenazan hastiarlo de la vida o matarlo de insomnio. Compara sus torturas con el martirio de San Sebastián acribillado de flechas. Pero el suyo es peor, porque no tiene fin. Durante años ha estado padeciendo día tras día mil muertes, en completa soledad; pues sus amigos, si alguno le quedaba, están acobardados por la envidia371.

Pone desapiadadamente a sus protectores en fila a la picota, por su tacañería372. De cuando en cuando sale a la superficie una corriente oculta de aversión y odio que no habíamos sospechado. ¿Dónde le habían tocado en suerte más cosas buenas que en Inglaterra? ¿Qué país lo había alabado siempre tanto? Pero de pronto se le escapa un amargo e infundado reproche. Inglaterra tiene la culpa de que él haya llegado a ser infiel a sus votos monásticos, «por ningún otro motivo odio a Inglaterra más que por éste, aunque siempre haya sido perniciosa para mí373».

A. 2136. 55. LB. X. 1251 F.

A no. I, p. 42. 24.

A. 899. 14.

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Raramente se permite llegar a este punto. Sus expresiones de odio o despecho, por regla general, son solapadas374. Van dirigidas a amigos y enemigos, a Budeo y Lypsio, lo mismo que a Hutten y Beda. Algunas veces nos sorprende en él una expresión de burdo gozo por la ajena desgracia. Pero al enjuiciar estos malos sentimientos de Erasmo, no debemos perder de vista dos hechos. En primer lugar, no es lícito juzgarlo con nuestras ideas de delicadeza y cortesía. Comparado con la mayoría de sus contemporáneos, especialmente los humanistas, Erasmo resulta ecuánime, modesto, benigno y delicado. Por otra parte, no olvidemos que ni podemos oír sus palabras, ni ver su sonrisa.

****

Erasmo nunca se sintió feliz, nunca estuvo contento. Esto podrá sorprendernos un momento cuando pensamos en su gozosa y nunca frustrada energía, en sus alegres chanzas y en su buen humor. Pero si lo reflexionamos bien, ese sentimiento de infelicidad concuerda perfectamente con su carácter. También procede de su general actitud de estar siempre en guardia. Aun cuando está del mejor humor, se tiene en todos respectos por hombre desgraciado. «El más mísero de todos los hombres, el tres veces infeliz Erasmo», se llama a sí mismo en exquisitos términos griegos. Su vida es «una Ilíada de calamidades, una cadena de desgracias. ¿Cómo puede nadie tenerme envidia?». Para nadie ha sido la Fortuna tan

374. A. 58. 7, 61. 93, 88. 48, 194. 22, 292, 289. 4, 906. 448, 2136. 150. (N. ED.: esta nota no aparece situada en el texto original, se recurre al texto en neerlandés para posicionarla).

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constantemente hostil como para él. Ha jurado su destrucción; así lo cantaba él en su juventud en un lamento poético dirigido a Gaguin: desde su primera infancia el mismo hado triste y cruel lo ha estado persiguiendo constantemente. No parece sino que se ha vaciado sobre él toda la caja de Pandora375, Esto quizás resulta bastante retórico; pero lo cierto es que nos habla demasiado a menudo de su desgracia, para que podamos imaginarlo siempre con la sonrisa en los labios.

Este sentimiento de infelicidad se concreta en el supuesto de que ha sido abrumado por las adversas estrellas con una labor hercúlea, sin provecho ni placer para él376; trastornos y vejaciones sin fin. Su vida hubiera podido ser mucho más fácil si él hubiera sabido aprovechar sus ocasiones. ¡Si no hubiese abandonado Italia! ¡Ojalá se hubiese ido a Francia! ¡Debía haber permanecido en Inglaterra! ¡Ojalá no hubiese visto jamás Alemania!377. «Pero un inmoderado amor de la libertad me hizo luchar mucho tiempo con amigos infieles y pobreza inveterada378. —En otra parte dice más resignado—: Pero, vamos impelidos por el hado379».

Aquel inmoderado amor de la libertad fue su fatal destino. Siempre había buscado con avidez la tranquilidad y la libertad, y halló tarde

A. 83. 87, 31. 5, 145. 55, 296. 27, 412. 23, 421. 5, 551. 3. 15, 552. 11, 512. 10, 893. 1, 1102. 6, 1136. 19, 1347. 48. 192, 1437, De fatis suis querela, LB. I. 1218 D.

Ad. 2001 LB. II. 717B. 77, c. 58 A. En el libro que Erasmo tiene en la mano en el retrato hecho por Holbein en el castillo de Longford, leemos en griego: «Los trabajos de Hércules».

A. 1334. 1-5, 296. 231, 800. 11, 240. 29, 1032. 17, 1342. 565 ss., 1386. 12, 1415. 96.

Adag. 4401, LB. II. 1050 F

A. 794. 84, 800.

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la libertad, la tranquilidad nunca. No atarse de ningún modo, no atraerse obligaciones que pudieran convertirse en cadenas; y siempre aquel temor a las complicaciones de la vida380. De este modo fue siempre un gran inquieto. Nunca estaba verdaderamente satisfecho de nada, y mucho menos de lo que él producía. «¿Por qué, pues, nos abrumáis con tantos libros, —le objetó alguien de Lovaina—, si en realidad no estáis satisfecho de ninguno de ellos?». Y Erasmo le contestó con las palabras de Horacio: «En primer lugar porque no puedo dormirme381».

Una energía siempre despierta; eso era él efectivamente. No podía descansar. Casi mareado todavía de su viaje por mar y ocupado con sus baúles, ya está pensando en la respuesta a una carta de van Dorp, que acaba de recibir, censurándole la Moria382. Deberíamos reflexionar bien lo que significa que, a cada paso, Erasmo, quien por naturaleza amaba la tranquilidad y era miedoso, anhelaba las comodidades, la limpieza y la buena vida, emprenda uno tras otro molestos y peligrosos viajes incluso por mar, que es lo que más detesta383; y ello sirviendo a su obra y sólo por su obra. Aquí muestra su verdadero valor, pero de este valor no se alaba nunca.

Y no es sólo inquieto, sino precipitado. Ayudado por una memoria incomparablemente poderosa y tenaz, escribe al azar. Nunca llega a ser incoherente; su talento es demasiado refinado y seguro para

A. 1002. 32, 536, 530. 30, 784, 785, 756.

A. 531. 145. 147

A. 337. 20.

A. 194. 6.

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ello; pero se repite y es innecesariamente circunstanciado. «Todo lo que hago, más lo derramo que lo escribo, —dice. Compara sus publicaciones a partos, más aún, abortos—. No puedo sufrir la carga de la gestación». No escoge sus asuntos, tropieza con ellos, y en cuanto emprende un tema, lo termina sin interrupción. Durante años no ha hecho más que leer tumultuarie, arriba y abajo, por toda la literatura; ahora ya no encuentra tiempo para refrescar su espíritu con la lectura y trabajar como le plazca. En esto envidiaba a Budeo384.

«No publiquéis con demasiada prisa, —le amonesta Moro—: os vigilan para atraparos en inexactitudes385». Erasmo lo sabe: ya lo corregirá todo más adelante; también había de revisarlo y pulirlo todo386[. Aborrece la labor de revisar y corregir; pero se somete a ello, y trabaja apasionadamente «en la noria de Basilea», y, según dice, termina la obra de seis años en ocho meses387.

En este atolondramiento y precipitación con que trabaja Erasmo, hay también una de las inexplicables contradicciones de su manera de ser. Es precipitado y descuidado; y quiere ser cuidadoso y precavido; su espíritu lo impulsa a ser lo primero, su naturaleza lo contiene; pero generalmente sólo después que la palabra ha sido

A. no. I, t. I. p. 33. 20, cf. p. 17. 34, 935. 32, 1248. 6, 1365. 1-8. 25 ss., LB. I. 1013 DE, A. no. I, t. I. p. 3. 2. 6, p. 18. 5. A. I. p. 17. 2, 704. 10, 952. 5, 531. 388.

A. 481. 33.

A. I. p. 3. 6, p. 16. 1, p. 37.

A. 411, 412, 414. 11, 416. 8, 417. 10, 752. 6, 755. 6, 756. 16, 757. 21, 853. 25, 855. 14,

32.

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escrita y publicada. El resultado es una continua mezcla de garrulidad y reserva.

El modo como Erasmo prueba siempre a esquivar las afirmaciones definitivas, nos irrita. ¡Cuán cuidadosamente procura presentar sus Coloquios, en los cuales ha revelado espontáneamente tanto de sus íntimas convicciones, como puras bagatelas encomendadas al papel para complacer a sus amigos! ¡Llega a decir que sólo se proponen enseñar correctamente el latín! Y si algo se dice en ellos referente a materias de fe, no es él quien lo dice388. Cuantas veces censura a las clases o a las profesiones en los Adagia, y sobre todo a los príncipes, advierte a los lectores no piensen que sus palabras apuntan a personas determinadas389.

Erasmo es un maestro de la reticencia. Aun cuando sostenía opiniones definitivas, sabía cómo evitar las decisiones directas, y no sólo por precaución, sino porque conocía la eterna ambigüedad del espíritu humano.

Erasmo se atribuye un insólito horror a las mentiras. Delante de un embustero se siente afectado corporalmente. Cuando era muchacho, ya le desagradaban violentamente los muchachos embusteros, como el fanfarroncillo de que nos habla en los Coloquios390. El que esta reacción de aversión sea sincera no se contradice con el hecho de que atrapemos también a Erasmo en

LB. I. 896, 897, LB. V. 234 C, IX. 928.

Adag. 2201, LB. II. 772 F, 773 F, 774 BC

Spongia LB. X. 1663 F, Comp. vitae A. no. II. 137, p. 51, Coll. Amicitia LB. I. 878 DE.

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falsedades. Contradicciones, adulación, disimulos, puras mentiras, importantes supresiones de hechos, sentimientos simulados de respeto o pesar; de todo ello puede señalarse en sus cartas. Una vez desmintió su más profunda convicción, por una gratificación de Ana de Borselen, adulando su mojigatería. Encargó a Batt, su mejor amigo, que dijese mentiras en su ayuda391. Con la mayor diligencia negó ser el autor del diálogo Julius, por miedo a las consecuencias, y hasta se lo negó a Moro392, y siempre evitando decir abiertamente: «Yo no lo he escrito». Los que conozcan a otros humanistas y sepan con qué frecuencia y descaro mintieron, sin duda considerarán con más indulgencia los pecados de Erasmo.

Por lo demás, y ya durante el curso de su vida, no escapó al castigo de su eterna reticencia, de su habilidad para la semi conclusiones y verdades veladas, insinuaciones y calumniosas alusiones. La acusación de perfidia le fue echada en cara, a veces con seria indignación. «Siempre estáis empeñado en atraer sospecha sobre los demás, —exclama Eduardo Lee—. ¿Cómo os atrevéis a usurpar el oficio de censor general y condenar lo que apenas habéis examinado? ¿Cómo os atrevéis a despreciar a todos menos a vos? En los Colloquia ponéis en la picota a vuestros antagonistas con falsedad y con injuria». Lee cita el rencoroso pasaje que se refiere a

A. 139. 37

A. 908. 2

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él393 y luego exclama: «Y ahora, por esas palabras, el mundo vendrá a conocer a su teólogo, a su censor, a su autor sincero y modesto; conocerá esa timidez erasmiana, esa seriedad, decencia y honestidad. La modestia erasmiana ha sido proverbial por mucho tiempo. Siempre habéis estado usando las palabras “falsas acusaciones. —Decís—: ¡Si yo fuese conscientemente culpable de la más pequeña de todas sus falsas acusaciones (las de Lee), no me atrevería a acercarme a la mesa del Señor!”. “Ah, ¿y quién sois vos para juzgar a otro, a un servidor que está de pie o cae de rodillas delante de su Señor?”»394.

Este fue el primer ataque violento del lado conservador, a comienzos de 1520, cuando la poderosa lucha con la acción de Lutero se había desencadenado y tenía al mundo en la mayor suspensión. Medio año después, siguieron los primeros reproches serios de parte de los reformadores radicales. Ulrico von Hutten, el impetuoso paladín de entendimiento algo confuso, que deseaba ver el triunfo de la causa de Lutero como la causa nacional de Alemania, se revuelve contra Erasmo (a quien había aclamado entusiásticamente tiempo atrás como al hombre de la nueva redención) con el urgente requerimiento de no desamparar la causa de la Reforma ni comprometerla. «Os habéis mostrado medroso en el asunto de Reuchlin; ahora, en el de Lutero hacéis cuanto podéis para

Erasmo lo había insertado en la edición de las Colloquiorum Formulas publicada por Dirk Maertensz, en D19; en la edición siguiente lo tachó.

A. 1061. 330. 361. 429, etc.

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convencer a sus adversarios de que sois completamente contrario a él, aunque nosotros sabemos algo más. No reneguéis de nosotros. Vos sabéis cuán triunfalmente han circulado ciertas cartas vuestras, en las cuales, para protegeros de toda sospecha, con bastante bajeza habéis acusado a otros… Si teméis ahora atraeros alguna hostilidad por causa mía, concededme a lo menos una cosa: que, por miedo a otro, no lleguéis a repudiarme; prefiero que guardéis silencio acerca de mí395».

Amargos reproches eran éstos. En el hombre que había de tragarlos, había un Erasmo mezquino que los merecía, que se ofendía por ellos, pero no los tomaba a pechos; y continuó obrando con prudente reserva, hasta que la amistad de Hutten se convirtió en odio.

En él también había un grande Erasmo que sabía cómo, debajo del ardor y el apasionamiento con que los partidos se Combatían, la verdad que él buscaba y el amor cuyo triunfo en el mundo esperaba, estaban oscurecidos; que ponía al Dios en quien creía demasiado alto para confundirlo con un partido.

Intentaremos descubrir a este gran Erasmo, en cuanto el Erasmo pequeño nos lo permita.

A. 1135.

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Capítulo XV

En Lovaina

Erasmo en Lovaina, 1517.— Espera la renovación de la Iglesia como fruto de la cultura clásica. — Controversia con Lefèvre d’Étaples.— Segundo viaje a Basilea en 1518. — Revisa la edición del Nuevo Testamento. — Controversias con Latomo, Briard y Lee. — Erasmo considera la oposición de la teología conservadora, puramente como una conspiración contra las bonae litterae.

Cuando Erasmo se estableció en Lovaina el verano de 1517, tenía un vago presentimiento de que se preparaban grandes cambios. «Temo», escribe en septiembre396 «que una gran subversión de cosas se esté preparando aquí, si el favor de Dios y la piedad y sabiduría de los príncipes no se preocupan por los asuntos humanos». Pero ignora la forma que ese gran cambio tomará.

Su traslado a Lovaina tampoco le parecía definitivo. Sólo debía durar «hasta que hayamos visto qué lugar de residencia es más conveniente para la vejez, que ya está llamando a la puerta397». Hay algo de patético en el hombre que no desea nada más que tranquilidad y libertad, y que, por su inquietud e incapacidad para despreocuparse de los demás, nunca halló una morada realmente fija, ni su propia independencia. Erasmo es uno de esos hombres

A. 658. 49, cf. 545. 10

A. 596. 2.

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que parece estar diciendo siempre: « ¡Mañana, mañana! Primero tengo que ocuparme en esto, y después…». En cuanto pueda estar listo de su nueva edición del Nuevo Testamento y se haya desembrollado de las molestas y desagradables controversias en que se halla enredado contra su voluntad, descansará, se ocultará, «cantará para sí y para las musas398». Pero ese tiempo no llegó nunca.

¿Dónde vivir cuando quedase libre? España, a donde lo llamaba el cardenal Cisneros, no lo atraía. De Alemania, dice que las estufas y la inseguridad lo intimidaban. En Inglaterra, le asusta la servidumbre que le exigirán. Pero ni en los Países Bajos se siente a sus anchas: «Aquí me desuellan sin recompensa ninguna; aunque yo lo había deseado mucho, no puedo soportar quedarme aquí por más tiempo399». Y con todo, se quedó cuatro años

Erasmo tenía buenos amigos en la Universidad de Lovaina. Primero se hospedó en casa de su antiguo huésped Juan Paludano, rector de la Universidad, cuya casa cambió aquel verano por su alojamiento en el Colegio del Lirio. Martín van Dorp, un holandés como él, no se había separado de él por su polémica acerca de la Moria; sus buenos oficios tenían gran importancia para Erasmo, por el lugar considerable que Dorp ocupaba en la facultad de Teología. Y últimamente, aunque su antiguo protector, Adriano de Utrech, papa más tarde, había sido trasladado de Lovaina para ocupar más altos

A. 726. 6, 731. 37, 784. 17, 785. 9, 826. 2, 812. 28.

A. 597. 47 ss.

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cargos, su influjo no había disminuido por ello; tal vez había aumentado; porque precisamente en aquel tiempo lo habían hecho cardenal.

Erasmo fue recibido con gran complacencia por los teólogos de Lovaina. Su jefe, el vicecanciller de la Universidad, Juan Briard de Ath, expresó repetidamente su aprobación por la edición del Nuevo Testamento, con gran satisfacción de Erasmo. Pronto Erasmo se halló miembro de la facultad de Teología.

Y con todo, no se sentía a sus anchas entre los teólogos de Lovaina. Aquella atmósfera se avenía mucho menos con su carácter que la del mundo de los eruditos ingleses. Allí notaba un espíritu que él no comprendía y, en consecuencia, no le inspiraba confianza.

Por los años en que comenzó la Reforma, Erasmo fue víctima de una gran equivocación, consecuencia del hecho de que su delicado, estético, revoloteante espíritu, no comprendía ni las más hondas profundidades de la fe, ni las duras necesidades de la sociedad humana. No era místico ni realista. Lutero era ambas cosas. Para Erasmo el gran problema de la Iglesia, del Estado y de la sociedad, parecía sencillo. No se requería sino la restauración y la purificación por un retorno a las fuentes originales, no corrompidas, del Cristianismo. Cierto número de añadiduras a la fe, más ridículas que odiosas, debían ser desechadas. Todo habría de reducirse al núcleo de la fe: Cristo y el Evangelio. Fórmulas, ceremonias, especulaciones, habían de dejar lugar a la práctica de la piedad verdadera. El Evangelio era fácilmente inteligible para todo el

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mundo, y debía estar al alcance de todos. Y los medios para lograr todo esto eran una auténtica cultura, las bonae litterae. ¿No había él, con su edición del Nuevo Testamento y de San Jerónimo, y aun antes con el Enchiridion, hecho mucho más de lo que había de hacerse? «Espero que lo que ahora place a los que piensan rectamente, pronto placerá a todos400[». Ya. a comienzos de 1517, Erasmo había escrito a Wolfgang Fabricio Capito, en el tono del que ha cumplido una gran tarea: «Bien, pues; tomad la antorcha de nuestras manos. La obra será en adelante mucho más fácil y causará mucho menos odio y envidia. Hemos dado el primer asalto401».

Budeo escribe a Tunstall en mayo de 1517402 «¿Hay alguien que haya nacido bajo tan desfavorables Gracias, que la obtusa y oscura disciplina (escolasticismo) no lo subleve, desde que la Sagrada Escritura, también depurada por la diligencia de Erasmo, ha recuperado su antigua pureza y esplendor? Peto es mucho más grande que él haya sacado a luz por esa misma labor la verdad sagrada de aquellas cimerias tinieblas, cuando la teología aún no está del todo libre de las escorias de la escuela sofística. Si esto ocurriese un día, sería debido a los comienzos efectuados en nuestro tiempo». El filólogo Budeo creía todavía más firmemente que Erasmo, que la fe era cosa de erudición.

A. 507. 23, 456. 253

A. 541. 96. 125

A. 583. 252

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No podía menos de mortificar a Erasmo que no todo el mundo aceptase de golpe la verdad así purificada. ¿Cómo podía nadie oponerse a lo que para él parecía claro como la luz del día, y tan sencillo? Él a quien tan sinceramente hubiese agradado vivir en paz con todo el mundo, se hallaba enredado en una serie de polémicas. Dejar que la oposición de sus contradictores pasase inadvertida, era imposible no sólo para su carácter, que le impulsaba siempre a justificarse a los ojos del mundo, sino también para la costumbre de su época, tan ávida de disputas.

Hubo, en primer lugar, sus polémicas con Jacobo Lefèvre d’Étaples, o en forma latinizada, Jacobus Faber Stapulensis, el teólogo parisiense, quien, como preparador de la Reforma, más que otro alguno, podía figurar junto a Erasmo. En el momento en que Erasmo subía en Amberes al coche de viaje que lo llevaba a Lovaina un amigo le llamó la atención sobre un pasaje de la nueva edición del comentario de Faber a las Epístolas de San Pablo, en que discutía una nota de Erasmo a la Epístola a los Hebreos, capítulo II, versículo 7. Erasmo compró enseguida el libro de Faber, y pronto publicó una defensa. Se refería a la relación de Jesucristo con Dios y con los ángeles, pero el punto dogmático en cuestión dependía, al fin y al cabo, de una interpretación filológica de Erasmo403.

LB. IX. 17, A. 616. 4. 11.

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No acostumbrado todavía a la disputa directa, Erasmo se conmovió violentamente por aquello, tanto más cuanto que tenía en grande estima a Faber y lo miraba como un espíritu afín al suyo.

«¿Qué le ha ocurrido a ese hombre? ¿Lo han indispuesto otras personas contra mí? Todos los teólogos afirman que yo tengo razón», asegura él. Lo pone nervioso que Faber no le conteste inmediatamente. Badio ha dicho a Pedro Gilles que Faber siente lo ocurrido. Erasmo, en una carta muy seria y digna, apela a la amistad que los une; él se someterá a ser enseñado y censurado. Luego vuelve a refunfuñar: que lleve cuidado. Y se figura que su controversia con Faber tiene al mundo suspenso; no hay comida en que los comensales no tomen partido por uno o por otro. Pero, finalmente, la disputa se apaciguó y la amistad quedó a salvo404.

Cerca de la Pascua de Resurrección de 1518, Erasmo meditaba otro viaje a Basilea para entregar a la imprenta, durante unos meses de duro trabajo, la edición corregida del Nuevo Testamento. No dejó de pedir antes a los jefes de la teología conservadora de Lovaina que expusiesen sus objeciones acerca de su obra. Briard de Ath declaró que no había encontrado nada ofensivo en ella, después de haber oído toda clase de vituperios acerca de la obra. «Entonces la nueva edición os agradará más todavía», había dicho Erasmo405. Su amigo van Dorp y Jacobo Latomo, éste también uno de los principales

A. 597. 32, 607. 2, 608. 22, 616, 637, 651-53, 659, 695. 21, 707. 23, 719. 7, 730. 29, 766. 9, 768. 16, 778. 54, 849. 15, 855. 48, 814. 10.

A. 1225.

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teólogos, se habían expresado en idéntico sentido; y el carmelita Nicolás de Egmond había dicho que no había leído nunca la obra de Erasmo. Sólo un joven inglés, Eduardo Lee, que estaba estudiando griego en Lovaina, había resumido cierto número de críticas en diez conclusiones. Erasmo se zafó escribiendo a Lee que no había tenido tiempo de enterarse de sus conclusiones y que por lo tanto no había podido hacer uso de ellas. Pero su joven crítico no se dio por vencido al ser desairado de aquella manera, y desarrolló sus objeciones en un libro más circunstanciado406.

Erasmo salió, pues, de nuevo para Basilea en mayo de 1518. Se había visto obligado a pedir a todos sus amigos ingleses (Amonio le había sido arrebatado por la muerte en 1517) ayuda para sufragar los gastos del viaje; les daba a entender que cuando su obra hubiese terminado, volvería a Inglaterra. En una carta a Martín Lypsio, mientras subía por el Rin, contestó a la crítica de Lee, que lo había irritado sobremanera. Al revisar su edición, no sólo la tomó muy poco en cuenta, sino que, además, se aventuró a publicar su versión del Nuevo Testamento de 1516 sin ninguna alteración. Al mismo tiempo, obtuvo para la nueva edición una carta de aprobación del Papa, arma temible contra sus objetantes407.

En Basilea trabajó Erasmo de nuevo como un caballo a la noria. Pero en realidad estaba en su elemento. Aun antes de la segunda edición del Nuevo Testamento, el Enchiridion y la Instituitio Principis

A. 750, 765, 843, 781-787, 867, 964.

A. 832, 860, 864.

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Christiani fueron reimpresos por Froben. Durante su viaje de regreso, Erasmo, cuyo trabajo había sido estorbado durante todo el estío por falta de salud, y que por ello no había pedido terminarlo, cayó seriamente enfermo. Con gran dificultad pudo llegar a Lovaina (el 21 de septiembre de 1518). Podía ser de la peste, y Erasmo, aunque siempre había temido el contagio, ahora tomó todas las precauciones para salvaguardar a sus amigos. Evitó su alojamiento en el Colegio del Lirio, y halló refugio en casa de su amigo más íntimo, Dirck Maertensz, el impresor. Pero, a pesar de los rumores de peste y de las advertencias de Erasmo, primero van Dorp y después también Ath fueron a visitarlo enseguida408. Evidentemente, los profesores de Lovaina no se portaban tan mal con él, al fin y al cabo.

Con todo, las diferencias entre Erasmo y la facultad de Lovaina estaban arraigadas profundamente. Lee, ofendido por la poca atención que Erasmo había prestado a sus objeciones, preparaba una nueva crítica, pero se abstuvo de publicarla, de momento; lo cual irritaba y ponía nervioso a Erasmo. En el ínterin apareció otro objetante. En cuanto llegó a Lovaina, Erasmo se había dado mucho trabajo para promover el establecimiento del Collegium Trilingue, proyectado y dotado por Jerónimo Busleiden, en su testamento, para que se fundase en la Universidad. Las tres lenguas bíblicas, hebreo, griego y latín, se habían de enseñar allí. Ahora bien, cuando

A. 867.

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Jacobo Latomo, miembro de la facultad de teología, y hombre a quien él estimaba409, en un diálogo acerca del estudio de las tres lenguas y la teología, dudó de la utilidad de la primera, Erasmo se dio por aludido y contestó a Latomo con una apología410.

Por aquel mismo tiempo (primavera de 1519), se incomodó con el propio vicecanciller Ath. Erasmo creyó que éste lo había censurado públicamente a propósito del Elogio del Matrimonio, que se había publicado recientemente411. A pesar de que Ath se retractó enseguida, Erasmo no pudo contenerse de escribir una Apología, aunque moderada412. Mientras tanto, la latente pelea con Lee adquirió más odiosos caracteres413. En vano quisieron los amigos ingleses de Erasmo contener a su joven y ambicioso compatriota. Erasmo, por su parte, lo irritaba furtivamente. En toda aquella disputa revela éste una falta de dominio propio y dignidad que muestra su lado más flaco. Habitualmente tan ansioso de decoro, ahora se deja caer en invectivas: «el viborezno inglés», «Satán», y hasta el antiguo dicterio que atribuía rabo a los ingleses, será utilizado por él varias veces. Los puntos en discusión desaparecen del todo bajo los más agrios vituperios mutuos. Con su desenfrenada ira, Erasmo se sirve de las más indignas armas. Incita

A. 934

LB. IX. 79

El Encomium matrimonii, escrito para Mountjoy en la época de París, no publicado hasta 1517, por Maertensz, y reeditado el año siguiente por Froben. Véase A. t. III. p. 14. 10 Nota, 17.

Nota. Figura en De conscribendis epistolis, LB. I. 414.

LB. IX. 105

A. 1037. 1061

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a sus amigos alemanes a escribir contra Lee y a ponerlo en ridículo en toda su necedad y jactancia, y luego asegura a todos sus amigos ingleses: «Toda Alemania está materialmente furiosa con Lee; me ha costado mucho trabajo contenerlos414».

Por desdicha, Alemania tenía otros motivos de confusión: estamos en 1520 y los tres grandes escritos polémicos de Lutero estaban pegando fuego al mundo.

Aunque podamos excusar la violencia y el mezquino despecho de Erasmo en este asunto, procedentes de un corazón en extremo sensible, que acusaba cierta carencia de cualidades verdaderamente varoniles, con todo, es difícil poder negar que no alcanza a comprender, ni los argumentos de sus adversarios, ni los grandes movimientos de su tiempo.

Era muy fácil para Erasmo burlarse de los pocos alcances de los teólogos conservadores, los cuales pensaban que había de acabarse la fe en la Sagrada Escritura en cuando se intentase la enmienda de su texto: «¡Corrigen el Santo Evangelio y hasta se atreven con el Padrenuestro!, —exclama el predicador, indignado, en su sermón, delante de su asombrado auditorio—, como si yo atacase a Mateo y Lucas y no a esos que, por ignorancia y descuido, los han corrompido. ¿Qué es lo que se desea? ¿Que la Iglesia posea la Sagrada Escritura tan correcta como sea posible, o no?»415. El razonamiento le parecía a Erasmo, con su apasionado deseo de

A. 1088, 1089, 1129, 1139.

A. 541. 83, 1126

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pureza, una refutación concluyente. Pero el instinto no engañaba a sus adversarios, cuando les decía que estaba en peligro la doctrina misma si el juicio lingüístico de un hombre solo pudiera decidir en cuanto a la corrección de un texto. Erasmo quería, desde luego, evitar las conclusiones que atacaban la doctrina. No se daba cuenta de que sus concepciones acerca de la Iglesia, y los sacramentos, y el dogma, ya no eran puramente católicas, porque habían quedado subordinadas a su perspicacia filológica. No podía comprenderlo, porque él, a despecho de toda su piedad natural y sus fervorosos sentimientos éticos, carecía de la perspicacia mística en que se funda la verdadera fe.

Esta carencia personal de Erasmo era lo que lo incapacitaba para comprender los verdaderos fundamentos de aquella resistencia de la ortodoxia católica. ¡Cómo era posible que tantos, y entre ellos hombres de alta consideración, se negasen a aceptar lo que a él le parecía tan claro e irrefutable! Interpretaba, pues, el hecho de un modo en extremo personal. La oposición iba sin duda dirigida contra él y su ideal.

Aquel hombre que de tan buena gana hubiera querido vivir en paz con todo el mundo, que tanto anhelaba por la simpatía y la comprensión y soportaba dificultosamente la enemistad, veía aumentar a su alrededor las filas de los odiadores y contrarios. No comprendía cómo temían su burlona mordacidad, y cuántos podían llevar la cicatriz de una herida que les había producido la Moria. Ese odio, el real y el supuesto, trastornaba a Erasmo. Ve a sus enemigos

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como una secta. Son especialmente los dominicos y los carmelitas los que están peor dispuestos para la nueva teología científica. Precisamente entonces acababa de levantarse un nuevo adversario en Lovaina, en la persona de su compatriota Nicolás de Egmond, prior de los carmelitas, en adelante objeto de particular aborrecimiento por parte de él. Es notable que en Lovaina Erasmo halló sus más feroces contrarios entre sus compatriotas, en el estrecho sentido de la palabra: al mesurado van Dorp y al vehemente Egmondano, se unirán pronto Vicente Dirks, de Haarlem, Guillermo de Vianen y Ruurd Tapper. La persecución aumenta; la ponzoña de la maledicencia se difunde más y más cada día y se vuelve más implacable; él llama en su auxilio a Ath, el vicecanciller, en contra de ellos. Pero no le sirve para nada; los enemigos ocultos se ríen; dejadle escribir para los eruditos, que son pocos; ya procuraremos nosotros despertar al pueblo. Después de 1520, escribe a menudo: «Me apedrean cada día416».

Pero Erasmo, por mucho que se pudiese considerar a sí mismo en el centro de su época, y no sin razón, en 1519-1520 ya no podía cerrar los ojos a la circunstancia de que la gran lucha no le concernía a él solo. Por todas partes se empeñaba el combate. ¿Qué es esa gran conmoción acerca de asuntos de espíritu y de fe?

La respuesta que dio Erasmo fue ésta: se trata de una grande y obstinada conspiración por parte de los conservadores para sofocar

A. 531. 515, 522. 154, 597, 809, 826. 4, 878. 13, 941. 6, 946, 1166. 35, 1176. 12, 1182. 9, 1185. 9, 1203, 1216. 75.

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el auténtico saber, es decir, la cultura clásica y hacer que triunfe la antigua ignorancia. Esta idea reaparece innumerables veces en sus cartas desde mediados de 1518417. «Yo sé con toda certeza, —escribe en 21 de marzo de 1519 a uno de sus amigos alemanes—, que los bárbaros de todas partes han conspirado para no dejar piedra sin remover hasta que hayan suprimido las bonae litterae418».

«Aquí estamos todavía luchando contra los defensores de la antigua ignorancia»; ¿no podría Wolsey persuadir al papa a que ataje todo esto? Todo cuanto pertenece a la antigua y culta literatura es llamado «poesía» por esos individuos de espíritu estrecho. Con aquella palabra designaban todo lo que supiese a doctrina más elegante, es decir, todo lo que no habían aprendido ellos.

Todo el tumulto, toda la tragedia —con estos términos suele referirse a la gran lucha teológica—, se originan del odio a las bonae litterae419. «Ésa es la fuente y el plantel de toda la tragedia; el odio incurable a los estudios lingüísticos y a las bonae litterae». «Lutero provoca a esos enemigos, a quienes es imposible conquistar, aunque su causa es mala. Y mientras tanto la envidia hostiliza las bonae litterae, que son atacadas a instigación suya (de Lutero) por esos tábanos. Son ya casi insufribles, ahora cuando las cosas no les salen bien; pero ¿quién podrá hacerles frente cuando triunfen? O yo

A. 903. 4

A. 931. 5.

A. 947. 18, 948. 15, 961. 14, 991. 37. 1007. 51, 1016. 7, 1032. 13, 1060. 37, 1063. 1, 1066. 62, 1110. 15, 1111. 23, 1126. 335, 1134. 11, 1141. 25, 1156. 42, 1167. 72, 1168. 30.

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estoy ciego, o no apuntan a Lutero, sino que se aprestan para aniquilar la falange de las Musas420».

Esto fue escrito por Erasmo a un miembro de la Universidad de Leipzig en diciembre de 1520. Esta concepción unilateral y académica de aquellos grandes acontecimientos, nacida en el gabinete de trabajo de un recluso inclinado sobre sus libros, impidió a Erasmo, más que cualquier otra cosa, el comprender la verdadera naturaleza y el alcance de la Reforma.

A. 1168.

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Capítulo XVI

Primeros años de la Reforma

Comienzo de las relaciones entre Erasmo y Lutero — El Arzobispo Alberto de Maguncia, 1517. — Progreso de la Reforma. — Lutero intenta efectuar un acercamiento con Erasmo, marzo de 1519. — Erasmo se mantiene apartado; imagina poder actuar todavía como conciliador — Su actitud se vuelve ambigua. — Niega cada vez más categóricamente toda relación con Lutero y resuelve permanecer como puro espectador. — Se ve acosado por los dos bandos para que tome partido. — Aleandro en los Países Bajos. — La Dieta de Worms, 1521.— Erasmo deja Lovaina para salvaguardar su libertad, octubre de 1521.

Hacia fines de 1516 Erasmo recibía una carta del bibliotecario y secretario de Federico, el elector de Sajonia421, Jorge Espalatino, escrita en el tono respetuoso y reverente en que se hacían entonces proposiciones al grande hombre. «Todos os tenemos aquí en grande estima; el Elector tiene todos vuestros libros en su biblioteca, y se propone comprar todo cuanto publiquéis en adelante».

Pero el propósito de la carta de Espalatino era el cumplimiento del encargo de un amigo. Un eclesiástico agustino, gran admirador de Erasmo, le ha pedido que dirigiese su atención a la circunstancia de

A. 501.

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que Erasmo, en su interpretación de la Epístola de San Pablo a los Romanos, no había entendido correctamente la idea de justicia, y había prestado poca atención al pecado original: podría sacar provecho de la lectura de San Agustín.

Aquel innominado religioso agustino era en realidad Putero en persona, entonces desconocido todavía fuera del círculo de la Universidad de Wittemberg, de la que era profesor, y aquella crítica se refería al punto cardinal de su convicción firmemente adquirida: la justificación por la fe.

Erasmo hizo poco caso de aquella carta. Recibía muchas de aquella clase, que contenían todavía más alabanzas y ninguna crítica. Si la contestó no llegó a manos de Espalatino, y luego Erasmo olvidó completamente toda aquella carta.

Nueve meses después, en septiembre de 1517, cuando Erasmo había estado en Lovaina por poco tiempo, recibió una honrosa invitación escrita por el primer prelado del Imperio, el joven arzobispo de Maguncia, Alberto de Brandemburgo422. El arzobispo deseaba tener ocasión de conocerlo: admiraba grandemente su obra (en realidad la conocía tan poco que hablaba de la corrección por Erasmo del Antiguo Testamento, en lugar del Nuevo), y esperaba que un día escribiese algunos libros de vidas de Santos en elegante estilo.

A. 661.

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El joven Hohenzoller, abogado de la nueva ilustración de los estudios clásicos, cuya atención había sido llamada hacia Erasmo probablemente por Hutten y Capito, los cuales vivían en su Corte, se había empeñado recientemente en una de las negociaciones políticas y financieras más atrevidas de su tiempo. Su elevación a la sede de Maguncia, a la edad de veinticuatro años, había requerido una dispensa papal, porque él deseaba también conservar el arzobispado de Magdeburgo y la sede de Halberstadt. Esta acumulación de cargos eclesiásticos estaba llamada a servir la política de la casa de Brandemburgo, opuesta a la casa rival de Sajonia. El papa otorgó la dispensa a cambio de gran cantidad de dinero; pero para facilitar su pago había concedido generosamente al arzobispo una indulgencia para todo el arzobispado de Maguncia, Magdeburgo y los territorios de Brandemburgo. Alberto, a quien tácitamente se otorgó la mitad de los ingresos, había concertado un empréstito con la casa Fugger, y ésta quedó encargada de negociar la indulgencia.

Cuando en diciembre de 1517423, contestó Erasmo al arzobispo, las proposiciones de Lutero contra las indulgencias, provocadas por las instrucciones del arzobispo de Maguncia respecto a su venta, ya habían sido expuestas públicamente (31 de octubre de 1517) y circulado por toda Alemania, poniendo en agitación a toda, la Iglesia; se alzaban contra los mismos abusos que combatía Erasmo:

A. 745

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el concepto mecánico, atomístico y jurídico de la religión. ¡Pero cuán diferente fue ahora el efecto práctico, comparado con el pacífico esfuerzo de Erasmo para purificar la Iglesia por medios benignos!

¿Vidas de santos?, —pregunta Erasmo contestando al arzobispo—. He probado a mi humilde manera aportar un poco de luz acerca del Príncipe de los santos. Por lo demás, vuestros esfuerzos, añadidos a tantos y dificultosos asuntos de gobierno, y en tan joven edad, para lograr que las vidas de santos se purifiquen de cuentos de viejas y estilo desagradable, es digno de todo encomio. Porque nada debiera permitirse en la Iglesia que no fuese perfectamente puro o refinado». Y concluye con un magnífico elogio del excelente prelado.

Durante la mayor parte de 1518, Erasmo estuvo harto ocupado con sus propios asuntos —el viaje a Basilea, sus febriles trabajos allí, y luego su grave enfermedad—, para poder prestar mucha atención a los de Lutero.

En marzo envía a Moro las tesis de Lutero, sin comentarios, y de paso se queja a Colet acerca de la impudencia con que Roma prodiga las indulgencias424. Lutero, a quien se ha declarado ya hereje e intimado a que se presente en Augsburgo, ha comparecido ante el legado Cayetano y se niega a retractarse, haciendo hervir el entusiasmo a su alrededor.

Precisamente por aquel tiempo, Erasmo escribe a uno de los partidarios de Lutero, Juan Lang, en términos muy favorables para

A. 785. 38, 786. 24

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su obra425; las tesis han complacido a todo el mundo. «A mí, — dice—, me parece que la monarquía del Papa en Roma, como ahora está, es una pestilencia para la cristiandad…; pero yo no sé si es prudente tratar abiertamente de esta plaga. Este asunto debiera ser resuelto por los príncipes; pero me temo que ellos obrarían de concierto con el papa para asegurarse parte del botín. No comprendo qué le ha tomado a Eck para levantarse en armas contra Lutero». Esta carta no halló lugar en ninguna de las colecciones.

El año de 1519 trajo la contienda provocada por la elección de emperador, después de la muerte del viejo Maximiliano en enero, y la tentativa de la curia para recuperar terreno. Alemania estaba aguardando la tanto tiempo esperada controversia entre Juan Eck y Andrés Karlstadt y que, en realidad, había de referirse a Lutero. ¿Cómo podía Erasmo, que también estaba implicado aquel año en tantas polémicas, haber presentido que la controversia de Leipzig, que había de conducir a Lutero a la conclusión de rechazar la más alta autoridad eclesiástica, iba a tener duradera importancia en la historia del mundo, mientras que su pelea con Lee sería olvidada?

El 28 de marzo de 1519, Lutero se dirigió personalmente a Erasmo por primera vez426. «Hablo de vos muy a menudo, y vos de mí, Erasmo, honor nuestro y esperanza nuestra; y no nos conocemos todavía». Se alegra de ver que Erasmo desagrada a muchos, lo cual le parece una señal de que Dios lo ha bendecido. Ahora que el

A. 872

A. 933.

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nombre de Lutero comienza también a conocerse, un silencio más prolongado entre ambos podría ser objeto de malas interpretaciones. «Por tanto, Erasmo mío, hombre afable, si os parece bien reconoced también a este hermanito en Cristo, que os admira sinceramente, y se siente amistosamente dispuesto para con vos, y que por lo demás no merecería, por culpa de su ignorancia, sino yacer desconocido y enterrado en un rincón».

Había un propósito muy definido en aquella carta, algo rústicamente ladina, y medio irónica. Lutero quería, a ser posible, hacer que Erasmo enseñase sus cartas, para ganarlo (a él que era una autoridad poderosa, piedra de toque de la ciencia y de la cultura) a la causa que defendía. Pero en el fondo de su corazón, Lutero hacía tiempo que conocía el profundo abismo que lo separaba de Erasmo. Ya en marzo de 1517, medio año antes de su aparición en público, escribía al mismo Juan Lang acerca de Erasmo: «para él pesan más las cosas humanas que las divinas», opinión que muchos, después de Lutero, repetirían, que estaba en los labios de todo el mundo y que, sin embargo, era injusta.

La tentativa por parte de Lutero de efectuar un acercamiento, le fue ocasión para retroceder inmediatamente. Entonces comienza aquella política extremadamente ambigua de Erasmo para proteger su autoridad como lumbrera del mundo y navegar entre dos aguas sin comprometerse. En esta actitud se entremezclan inextricablemente lo grande y lo pequeño de su personalidad. El error por causa del cual la mayoría de los historiadores han

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considerado la actitud de Erasmo para con la Reforma, ora a una luz exageradamente desfavorable, ora —por ejemplo el historiador alemán Kalkoff— demasiado heroica y previsora, procede de haberlo apreciado como una personalidad psicológicamente homogénea. Precisamente lo que no es. Su duplicidad arraiga en las profundidades de su ser. Muchas de sus expresiones durante aquella lucha proceden directamente de su temor y falta de carácter, y también de su inveterada repugnancia a tomar partido, por un hombre o por una causa; pero debajo de esto siempre está su profunda y ferviente convicción de que ninguna de las dos opiniones en lucha puede expresar completamente la verdad; que el odio y la ceguera humana infatúan a los espíritus. Y con esta convicción se une la noble ilusión de que todavía pudiera ser posible salvaguardar la paz por medio de la moderación, la perspicacia y la benevolencia.

En abril de 1519, se le ofrece una oportunidad de definir su posición respecto a Lutero. Erasmo dirige una carta al elector Federico de Sajonia, protector de Lutero427, tomando por pretexto su dedicatoria de Suetonio dos años antes; pero su verdadera intención consiste en decir algo de Lutero. Los escritos de Lutero, dice, han dado a los oscurantistas de Lovaina abundante materia para arremeter contra las bonae litterae y tratar de herejes a todos los eruditos. Por su parte no conoce a Lutero y sólo ha hojeado de

A. 939.

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corrida sus escritos, hasta el presente; pero todos alaban su manera de vivir. ¡Cuán poco de acuerdo con la benignidad teológica está esto de condenarle así, de golpe y porrazo, y ello delante del vulgo indiscreto! Porque, ¿no ha propuesto él también una controversia, sometiéndose al juicio de todos? Nadie, hasta ahora, lo ha amonestado, enseñado, persuadido. Todo error no es, sin más ni más, herejía.

Lo mejor del Cristianismo es una vida digna de Cristo. Donde hallamos esto, no debemos sospechar imprudentemente que haya herejía. ¿Por qué perseguimos tan poco caritativamente las caídas de los demás, cuando ninguno de nosotros está libre de error? ¿Por qué deseamos más vencer que curar, destruir que instruir?

Pero concluye con una palabra que no podía sino agradar a los amigos de Lutero, que tanto esperaban su ayuda. «Ojalá pueda el duque evitar que un inocente sea sometido, so capa de piedad, a la impiedad de unos pocos. Tal es también el deseo del papa León, que no desea en el fondo de su corazón otra cosa sino que esa inocencia se salve». Aquella carta fue inmediatamente difundida por medio de la imprenta.

Pero al mismo tiempo Erasmo hace cuanto puede para impedir que Froben publique los escritos de Lutero «a fin de que no aticen todavía más el odio a las bonae litterae428». Y no hace más que

A. 904, 938, 967, t. IV. p. XXIX.

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repetir: yo no conozco a Lutero, no he leído sus escritos429. Así se lo declara también a Lutero, en su respuesta a la carta de éste del 28 de marzo. Esta carta de Erasmo, fechada el 30 de mayo de 1519, debe ser mirada como un artículo periodístico de fondo para enterar al público de su actitud ante el caso de Lutero. Lutero no sabe las tragedias430 que sus escritos han causado en Lovaina. ¡Allí la gente piensa que Erasmo lo ha ayudado a componerlos, y lo tienen por el portaestandarte del partido! Y esto les parecía un oportuno pretexto para suprimir las bonae litterae. «Yo he declarado que sois completamente desconocido para mí, que todavía no he leído vuestros libros, y que por lo tanto no apruebo ni desapruebo nada».

«Yo me reservo, en cuanto puedo, para ser útil a los renacidos estudios. La discreta moderación parece traer más adelanto que la impetuosidad. Por aquélla Cristo subyugó al mundo431.

El mismo día escribe a Juan Lang, uno de los amigos y seguidores de Lutero, una breve nota, no destinada a la publicación: «Espero que los esfuerzos vuestros y de vuestro partido tengan buen éxito. Aquí los papistas desvarían furiosamente… Todos los mejores espíritus se regocijan con la osadía de Lutero: ¡yo no dudo que pondrá cuidado en que todo esto no termine en una pelea de banderías!… No triunfaremos nunca de los falsos cristianos si no abolimos la tiranía de la sede romana y de sus satélites, los

A. 947. 33, 961. 30, 967. 77.

La palabra tragedia no tiene en Erasmo un significado más grave o trascendental que el de tumulto, altercado, escándalo.

A. 980.

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dominicos, los franciscanos y los carmelitas. Pero nadie puede intentar esto sin un serio tumulto432».

A medida que se ensancha el abismo entre ambos, las protestas de Erasmo de que nada tiene que ver con Lutero, se hacen mucho más frecuentes. Sus relaciones con Lovaina se tornan cada vez más desagradables, y el sentimiento general acerca de él cada vez más hostil. En agosto de 1519, acude al papa pidiendo protección contra sus antagonistas433. Todavía no ve cuán considerable es la brecha que lo separa de ellos. Todavía piensa que todo son querellas entre eruditos. El rey Enrique de Inglaterra y el rey Francisco de Francia, en sus respectivos países han impuesto silencio a los pendencieros y maldicientes. ¡Si a lo menos el Papa hiciese lo mismo!

En octubre se había reconciliado una vez más con la facultad de Lovaina. Fue precisamente por entonces cuando murió Colet en Londres; el hombre que había comprendido, tal vez más que otro alguno, la posición intelectual de Erasmo. Espíritus afines a Erasmo en Alemania lo tenían todavía por el grande hombre que estaba alerta para intervenir en el momento oportuno y había hecho consigna de la moderación, hasta que llegase el momento de dar la señal a sus amigos434.

Pero en medio del creciente ruido de la batalla, su voz sonaba ya menos poderosa que antes. Erasmo quedaba desbordado por la

A. 983.

A. 1007.

A. 1029. 19 Nota.

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contienda. Se esgrimía su autoridad como arma de combate. Una carta al cardenal Alberto de Maguncia, del 19 de octubre de 1519435, cuyo contenido era poco más o menos el mismo de la dirigida a Federico de Sajonia, escrita la precedente primavera, fue puesta en circulación inmediatamente por los amigos de Lutero; y esto sirvió a los abogados del conservadurismo de arma contra Erasmo, a pesar de su acostumbrado: «Yo no conozco a Lutero».

Fue haciéndose cada vez más evidente que la posición mediadora y conciliadora que Erasmo deseaba tomar, pronto sería del todo insostenible. El inquisidor Jacobo de Hoogstraten había venido de Colonia, donde era miembro de la Universidad, a Lovaina, para actuar allí contra Lutero como había actuado contra Reuchlin. El 7 de noviembre de 1519, la facultad de Lovaina, siguiendo el ejemplo de la de Colonia, procedió a dar el paso decisivo: la solemne condenación de cierto número de opiniones de Lutero. En lo futuro, ningún lugar podía ser menos conveniente para Erasmo que Lovaina, ciudadela de la acción contra los reformadores. Lo sorprendente es que permaneciese allí todavía dos años más.

La esperanza de que él pudiese decir la palabra conciliadora, palidecía. Por lo demás, no alcanzó a ver las verdaderas proporciones del asunto. Durante los primeros meses de 1520, su atención estuvo ocupada casi por entero en sus polémicas con Lee, mezquino incidente en medio de la gran revolución. El deseo de

A. 103.3

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permanecer alejado de ésta adquirió cada vez más ascendiente en su espíritu. En junio escribe a Melanchthon436: «Veo que las cosas comienzan a tomar aspecto de sedición. Tal vez sea necesario que el escándalo ocurra, pero no quisiera ser yo su autor». Él piensa que por su influencia en Wolsey, ha evitado que se condenen a la hoguera los escritos de Lutero en Inglaterra, como había sido ordenado437. Pero se equivocaba. La quema ya se había efectuado en Londres el 12 de mayo.

La mejor prueba de que Erasmo había renunciado prácticamente a su esperanza de representar un papel conciliador, acaso esté en lo que sigue: El verano de 1520 se celebró en Calais la famosa reunión de los tres monarcas, Enrique VIII, Francisco I y Carlos V. Erasmo hubo de ir allí en el séquito de su príncipe. Aquel congreso de príncipes donde, en pacífico cónclave, se hallaron representados a la vez los intereses de Francia, Inglaterra, España, el Imperio germánico y una parte considerable de Italia, ¡cómo hubiera afectado la imaginación de Erasmo si su ideal hubiese permanecido inconmovible! Pero no hay señales de ello. Erasmo estaba en Calais en julio de 1520; tuvo alguna conversación allí con Enrique VIII, y saludó a Moro; pero no parece que él diese al viaje más importancia

que la de permitirle saludar una vez más —sería la última— a sus amigos ingleses438.

A. 1113.

A. 1102, 1113.

A. 1087. 607, 1096. 190, 1101. 5, 1102. 12, 1106. 94, 1107. 13, 1118.

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Fue embarazoso para Erasmo que precisamente por aquel tiempo, cuando la causa de la fe había tomado tan ásperas formas, sus deberes como consejero del joven Carlos, que ahora había regresado de España para ser coronado emperador, limitasen más que antes su libertad. El verano de 1520, se publicó, fundada en el material incriminante presentado por la facultad de Lovaina, la bula papal declarando herético a Lutero y, a menos que se retractase acto seguido, excomulgándolo. «Temo lo peor para el desgraciado Lutero,

—escribe Erasmo el 9 de septiembre de 1520—: de tal modo ruge la conspiración por todas partes y de tal modo los príncipes se hallan enardecidos contra él, y más que todos el papa León. ¡Ojalá hubiese Lutero seguido mis consejos y se hubiese abstenido de esas acciones hostiles y sediciosas!… No descansarán hasta haber arruinado completamente el estudio de las lenguas y de la buena ciencia… Esta tragedia se originó del odio hacia esto y la necedad de los frailes… Yo no me quiero inmiscuir en ello; a pesar de que me espera un obispado si me decido a escribir contra Lutero439».

En efecto, Erasmo se había convertido, en tales circunstancias, por virtud de su enorme celebridad, en un valioso elemento de la gran política del Emperador y el Papa. Se quería aprovechar su nombre y hacer que tomase partido. Él escribió evasivamente al Papa acerca de sus relaciones con Lutero, pero sin desaprobarlo del todo440. ¡Con qué celo se defiende de la sospecha de estar de parte de Lutero

A. 1141

A. 1143

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como ruidosamente publican los religiosos en sus sermones, uniendo sumariamente a ambos en su sarcástico menosprecio441! Pero también lo apremian del otro lado para que elija partido y se declare. Hacia fines de octubre de 1520, se efectuó la coronación del emperador en Aquisgrán. Tal vez estuvo Erasmo presente; en todo caso, acompañó al Emperador a Colonia. Allí, el 5 de noviembre, tuvo una entrevista acerca de Lutero con el Elector Federico de Sajonia. Fue persuadido a redactar el resultado de aquella discusión en forma de «22 axiomas referentes a la causa de Lutero» que entregó a Espalatino. Contra su deseo fueron impresos enseguida442.

La vacilación de Erasmo durante aquellos días entre la repudiación y la aprobación de Lutero, no habla en contra de él. Es el trágico defecto que acusa toda su personalidad: su resistencia a sacar conclusiones definitivas, o su incapacidad para ello. Si él hubiese tenido un natural calculador y egoísta, temeroso de perder su vida, mucho tiempo antes hubiera ya rechazado la causa de Lutero. Su desgracia, que afecta a su fama, consiste en que muestra continuamente su flaqueza, mientras lo que hay de grande en él queda escondido.

En Colonia también, encuentra Erasmo al hombre con quien, siendo un prometedor humanista, catorce años más joven que él, había compartido durante unos meses una habitación en casa del

A. 1144.

Véase A. 1155 intr

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suegro de Aldo, en Venecia: Jerónimo Aleandro, enviado ahora al Emperador como nuncio papal, para lograr que conformara su política con la del papa en aquella gran cuestión, y diera efectividad a la excomunión por medio de un edicto de destierro.

Debió de ser algo doloroso para Erasmo que aquel amigo le hubiese sobrepujado tanto en poder y en posición, y fuese ahora llamado a lograr por medios diplomáticos la solución que él hubiera querido conseguir mediante una ideal armonía, buena voluntad y tolerancia. Nunca se había fiado de Aleandro, y estaba más que nunca en guardia contra él. Como humanista, a despecho de sus brillantes dotes, era Aleandro muy inferior a Erasmo, y nunca se había elevado como él de la literatura a los serios estudios teológicos; no había hecho más que prosperar al servicio de los magnates de la Iglesia (a los que Erasmo había renunciado tempranamente). Aquel hombre estaba ahora investido de los más altos poderes mediadores.

Puede comprenderse a qué punto de exasperación los más violentos antagonistas de Erasmo en Lovaina habían quedado ahora reducidos, por el ingenioso y algo malicioso relato que dio en una carta a Moro443 de su entrevista con Egmondano, delante del rector de la universidad, que se había propuesto reconciliarlos. No andaban, sin embargo, las cosas todavía tan mal como Ulrico von

A. 1162, cf. 1173.

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Hutten pensaba cuando escribe a Erasmo444: «¿Pensáis estar a salvo donde los libros de Putero son quemados? ¡Huid, y salvaos para nosotros!».

Cada vez se tornaban más categóricas las protestas de Erasmo de que no tenía nada que ver con Putero. Hacía ya mucho tiempo que le había pedido no mencionase su nombre; y Putero se lo había prometido. «Muy bien, pues; yo no me referiré más a vos, ni lo harán otros buenos amigos, puesto que eso os apura445». En voz más alta cada vez, también se expresan las quejas de Erasmo acerca de la inquina que le tienen los frailes, y los requerimientos para que las órdenes mendicantes queden privadas del derecho a predicar446.

En abril de 1521 llega el momento histórico decisivo que estaba esperando la cristiandad: Lutero, en la Dieta de Worms, agarrado fuertemente a sus opiniones, se enfrentó con la más alta autoridad del Imperio. Tan grande es el regocijo en Alemania, que por un momento puede parecer hallarse más en peligro el poder del emperador que Lutero y sus secuaces. «Si yo hubiese estado presente, —escribe Erasmo447—, me hubiera esforzado en que esa tragedia fuese atemperada con argumentos moderados de manera que no hubiera podido estallar de nuevo en gravísimo detrimento para el mundo».

A. 1161.

A. 1166. 90, 1167. 100, 1186. 7.

A. 1185. 15, 1192.

A. 1202.

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Fue pronunciada la sentencia imperial; dentro del Imperio (como antes, en los Países Bajos borgoñones), los libros de Lutero habían de ser quemados; sus partidarios detenidos, y sus bienes confiscados; además, Lutero debía entregarse a las autoridades.

Erasmo espera que ahora habrá sosiego. «La tragedia de Lutero se nos ha terminado; ojalá no se hubiese presentado nunca en escena448».

Por aquellos días, Alberto Durero, al oír las falsas nuevas de la muerte de Lutero, escribió en su diario de viaje esta apasionada exclamación: «¡Oh, Erasmo de Rotterdam!, ¿dónde estaréis ahora? Oídme, paladín de Cristo, cabalgad adelante junto a Cristo Nuestro Señor, proteged la verdad, ganad la corona de los mártires. Porque vos sois más que un viejo hombrecillo. He oído decir que os habéis concedido dos años más, en los que podréis ser útil aún para hacer algún trabajo: empleadlos bien, en ayuda del Evangelio y de la verdadera fe cristiana… Oh, Erasmo, tomad este partido, para que Dios pueda estar orgulloso de vos».

Expresa confianza en el poder de Erasmo, pero en el fondo no hay esperanza de que pueda hacer todo esto. Durero ha comprendido perfectamente a Erasmo.

Con todo, la lucha no se apaciguó en modo alguno, y mucho menos en Lovaina. Latomo, el más respetado y talentoso de los teólogos de Lovaina, se había convertido ahora en uno de los más serios

A. 1216. 77, cf. 1203

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contrarios de Lutero y, al hacerlo así, atacaba también a Erasmo indirectamente. A Nicolás de Egmond, el carmelita, se había juntado otro de los compatriotas de Erasmo, como violento antagonista: Vicente Dirks, de Haarlem, dominico. Erasmo se dirige a la facultad, para defenderse contra los nuevos ataques y explicar por qué no ha escrito nunca contra Lutero. Procurará leerlo. Algo emprenderá pronto para aquietar el tumulto449. Consigue de Aleandro, que llega a Lovaina en junio, que prohíba predicar contra él. El Papa todavía espera que Aleandro consiga volver al buen camino a Erasmo, con quien ahora está en amistosos términos.

Pero Erasmo se puso a considerar la única salida que ya le quedaba: escapar de Lovaina y de los Países Bajos para recuperar su amenazada independencia. La ocasión de partir hacía ya mucho tiempo que se le había presentado: la tercera edición de su Nuevo Testamento lo llamaba una vez más a Basilea. No sería una ausencia permanente, y se proponía volver a Lovaina450. El 28 de octubre (día de su nacimiento) de 1521 dejó la ciudad donde había pasado cuatro años dificultosos. Le fueron reservadas sus habitaciones del Colegio del Lirio, y dejó sus libros en ellas. El 15 de noviembre llegó a Basilea.

Pronto se difundió el rumor de que, por temor a Aleandro, se había puesto en salvo huyendo. Pero la opinión, que ha resucitado en

A. 1217. 137, 1225. 239. 306, 1219. 115, 1226. 93, 1228. 48

A. 1209. 4, 1257. 10, 1233. 188, 1239. 19.

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nuestros tiempos, a pesar de la vehemente negativa de Erasmo451, de que Aleandro lo había echado ladina y deliberadamente de los Países Bajos, es por sí misma improbable. Para la Iglesia, Erasmo resultaba en cualquier parte más peligroso que en Lovaina, cuartel general del conservadurismo, bajo la inmediata vigilancia del rígido gobierno borgoñón, donde, según parecía, tarde o temprano, se hubiera visto obligado a ponerse al servicio de la política anti luterana.

Como señala correctamente el doctor Allen452, fue esto lo que temió y evitó con su fuga. Y no emigró por su seguridad personal; a Erasmo no le hubieran puesto las manos encima; era un valor demasiado importante para que se tomasen disposiciones semejantes contra él. Fue su independencia intelectual, lo más querido para él, lo que pareció estar amenazado; y para salvaguardarla, no volvió a Lovaina jamás.

A. 1342. 17 hasta 155, Spongia LB. X. 1645.

A. t. IV. p. 599, IB. X. 1612 c.

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Capítulo XVII

Erasmo en Basilea

Basilea, su residencia durante cerca de ocho años: 1521-1529. — El pensamiento político de Erasmo. — Concordia y paz. — Escritos contra la guerra. — Opiniones acerca de los príncipes y el gobierno. — Nuevas ediciones de varios Padres de la Iglesia. — Los Colloquia. — Controversias con López de Stúñiga, Beda, etc. — Disputa con Hutten. — Eppendorf.

Hasta que se acercó el crepúsculo de su vida no fue adquiriendo la figura de Erasmo los rasgos con que había de pasar a la posteridad.

Sólo en Basilea —librado del turbador agobio de los partidos que trataban de alistarlo; trasplantado del ambiente de envidiosos y contrarios en Lovaina a un círculo de espíritus amigos, afines al suyo, que lo ayudan y admiran; emancipado de las cortes de los príncipes; independiente del patronazgo de los grandes; dedicando sin cesar su formidable energía a la obra que tanto amaba— pudo convertirse en el Erasmo de Holbein. Durante aquellos últimos años de su vida es cuando se acerca más estrictamente al ideal de su vida personal.

No pensaba él que todavía le quedaban en reserva quince años a su disposición. Mucho antes, en efecto, desde que cumplió los

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cuarenta, en 1506, Erasmo se había sentido viejo. «Ha comenzado el último acto de la comedia», suele repetir desde 1517453

Ahora se halla prácticamente independiente en cuestiones de dinero454. Han pasado muchos años sin que pudiera decir esto. Pero la paz del espíritu no vino con el desahogo pecuniario. No vino jamás. Nunca pudo estar verdaderamente plácido y sereno, como parece representarlo el retrato de Holbein. Estaba siempre preocupándose demasiado por lo que la gente decía o pensaba de él. Ni en Basilea se siente del todo en su elemento. Habla todavía, repetidamente, de un cambio de residencia, en un próximo futuro, a Roma, a Francia, a Inglaterra, o de regreso a los Países Bajos455. De todos modos, el reposo físico, que no había en él, se lo otorgaban las circunstancias: puesto que permaneció en Basilea cerca de ocho años, y luego vivió seis en Friburgo.

Erasmo, en Basilea, es un hombre a quien han fallado sus ideales acerca del mundo y de la sociedad. ¿Qué queda de aquellas felices esperanzas de una edad de oro, de paz y de ilustración, en que había creído todavía en 1517? ¿Qué de su confianza en la buena voluntad y en la perspicacia racional, con la que escribió la Institutio Principis Christiani para el joven Carlos V? Para Erasmo, todo el bienestar del Estado y de la sociedad ha sido siempre pura cuestión de moralidad personal e ilustración intelectual. Recomendando y

A. 531. 370, 742. 21, 756. 52, 952. 28.

A. 1236. 30.

A. 1236. 176, 1319. 15.

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divulgando estas dos cosas, pensó a un mismo tiempo haber introducido una gran renovación. Desde el momento en que vio que el conflicto conduciría a una lucha exasperada, se negó a ser en adelante más que un espectador. Como actor en el gran combate eclesiástico, Erasmo había dejado voluntariamente el escenario.

Pero no renuncia a su ideal. «Resistamos, —concluye en una epístola acerca de la filosofía evangélica—, no con vituperios y amenazas, no por la fuerza de las armas y la injusticia, sino con la simple discreción, con las buenas obras, con afabilidad y tolerancia456». Hacia el fin de su vida, reza: «Si Tú, oh Dios, te dignas renovar ese Espíritu Santo en los corazones de todos, entonces también cesarán esos desastres exteriores… Pon orden en ese caos, Señor Jesucristo, que tu espíritu se difunda sobre esas aguas de los tristemente turbados dogmas457».

Concordia, paz, sentido del deber y benevolencia, eran valorados en sumo grado por Erasmo; y, con todo, raramente los vio realizados en la vida práctica. Se siente desilusionado. Después del breve período de optimismo político no habla ya nunca de los tiempos

presentes sino en términos amargos —época criminal, la llama; y, también, la más infeliz y depravada que se pueda imaginar458. En vano había escrito en favor de la paz: Querela pacis, la queja de la paz; el adagio Dulce bellum inexpertis, la guerra es dulce para los

LB. VI* 5.

Precario pro pace ecclesiae, LB. IV. 655.

A. 784. 58, 786. 17, 1139. 115, 1248. 27, 2143, 46, LB. V. 347, X. 1251 A, 1671 D.

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que no la han experimentado, Oratio de pace et discordia, y así sucesivamente. Erasmo tenía muy alta idea de sus trabajos pacifistas: «Ese polígrafo que nunca se cansa de perseguir la guerra por medio de su pluma», así lo llama Caronte en los Coloquios, temeroso de perder por culpa suya muchas sombras de muertos459. De acuerdo con una tradición apuntada por Melanchthon, se dice que el papa Julio había llamado a Erasmo con motivo de la opinión de éste acerca de la guerra con Venecia460, y le había advertido coléricamente que dejase de escribir de asuntos de príncipes: «¡Vos no entendéis de estas cosas!».

Erasmo, a pesar de su innata moderación, no tenía el menor talento político. Vivía demasiado aparte de la realidad práctica, y creía con demasiada ingenuidad en la corregibilidad de los hombres, para comprender las dificultades y necesidades de gobernar. Sus ideas acerca de una buena administración eran en extremo primitivas y, como ocurre a menudo a los intelectuales de inclinación marcadamente moral, muy revolucionarias en el fondo, aunque él no soñó nunca en sacar las consecuencias prácticas de ello. Su amistad con pensadores políticos y jurídicos, como Moro, Budeo y Zasio, no lo habían cambiado. Cuestiones de forma de gobierno, ley o derecho, no existían para él. Los problemas económicos los veía

Coll. Charon, LB. I. 823 A.

Melanchthon, Opera, Corpus Reformatorum XII. 266, como si la repulsa papal hubiera sido motivada por la Querela pacis, que, sin embargo, no fue escrita hasta 1517; véase A. 603 y I. pág. 37. 10. Cf. con el trabajo del autor Ce qu’Erasme ne comprenait pas, en Grotius, Annuaire international, 1936.

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con idílica sencillez. El príncipe debía reinar gratuitamente e imponer las menos contribuciones posibles. «El buen príncipe tiene todo lo que los buenos ciudadanos poseen». Los desocupados deben ser desterrados sencillamente. Pero nos sentimos en estrecho contacto con el mundo de las realidades cuando enumera los trabajos de la paz para el príncipe; la limpieza de las ciudades, la construcción de puentes, edificios públicos, calles, desagües de lagunas, desviación del cauce de los ríos, la represa y mejoramiento de los pantanos. Aquí habla el holandés, y al mismo tiempo el hombre en quien la necesidad de limpieza y desbroce es rasgo fundamental de su carácter.

Los políticos confusos como Erasmo se inclinan a juzgar de los príncipes muy severamente, puesto que los toman por culpables de todos los males. Erasmo, a menudo, aparece algo cohibido ante los príncipes. Los trata bien y al mismo tiempo los rehúye; los alaba personalmente, pero los condena en general. De los reyes de su tiempo ha esperado largo tiempo la paz en la Iglesia y en el Estado. Lo han defraudado. Pero su severo juicio acerca de los príncipes lo ha derivado más de sus lecturas clásicas que de la experiencia política de su propia época. En las últimas ediciones de sus Adagia, a menudo insiste acerca de los príncipes, de su labor y de su negligencia para el deber, sin mencionar nunca a ninguno en particular. «Hay los que siembran la semilla de la discusión entre

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sus municipios para despojar sin estorbos a los pobres y satisfacer su glotonería por el hambre de los inocentes ciudadanos461». En el adagio Scarabaeus aquilam quaerit462, representa al príncipe, en figura de águila, como el más cruel salteador y perseguidor. En otro, Aut regem aut fatuum nasci oportere, y en Dulce bellum inexpertis, expresa su dicho frecuentemente citado: «El pueblo funda y desarrolla las ciudades, la locura de los príncipes las devasta463». «Los príncipes conspiran con el papa, y tal vez con el turco, contra la felicidad del pueblo», escribe a Colet en 1518464.

Era un crítico académico que escribía desde su gabinete de trabajo. Cualquier propósito revolucionario era tan extraño a Erasmo como lo fue a Moro cuando escribió la Utopía. «Los malos monarcas deben ser aguantados de cuando en cuando. Mejor es entonces no intentar remediarlo465». Puede dudarse que Erasmo ejerciera mucho influjo efectivo en sus contemporáneos con sus diatribas contra los príncipes. Nos sentiríamos inclinados a pensar que su ardiente amor de la paz y su agria diatriba contra la locura de la guerra tuvieron alguna eficacia, difundieron sentimientos pacíficos en los vastos círculos de intelectuales que leían a Erasmo; pero desgraciadamente la historia del siglo XVI muestra poca evidencia de que esos sentimientos produjesen frutos en la práctica real. Sea

Adag.2379 Anguillas captare, LB. II. 864 C.; A. 825. 5.

Adag. 2601. LB. II. 869.

Adag. 201. LB. II. 106, A. 288. 60, Adag. 3001. LB. II. 951.

A. 891. 31, cf. A. 1273. 22.

Adag. 2201. LB. II. 781 D; cf. también el Prefacio de la Paráfrasis al Evangelio de San Marcos, a Francisco I, A. 1400.

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como fuere, la fuerza de Erasmo no consistía en estas declamaciones políticas. Nunca pudo ser un conductor de hombres, con todas las pasiones y ásperos intereses de éstos.

Su obra capital consiste en otras cosas. Ahora, en Basilea, aunque atormentado cada vez con mayor frecuencia por su dolorosa enfermedad que ya había soportado tantos años, pudo dedicarse más de lleno que nunca a la gran tarea que se había impuesto: al descubrimiento de las puras fuentes del cristianismo, a la exposición de la verdad del Evangelio en toda la sencilla comprensibilidad con que él la veía. En vasta corriente fluían las ediciones de los Padres, de los autores clásicos; las nuevas ediciones del Nuevo Testamento, de los Adagia, de sus propias cartas, junto con las Paráfrasis del Nuevo Testamento, los Comentarios a los Salmos, y buen número de nuevos tratados teológicos, morales y filológicos. En 1522 estuvo muy enfermo durante meses; y con todo, aquel año, Arnobio y la tercera edición del Nuevo Testamento sucedieron a San Cipriano, que ya había él anotado en Lovaina y editado en 1520, seguido muy de cerca por San Hilario en 1523 y luego por una nueva edición de San Jerónimo en 1524. Más tarde aparecieron San Ireneo, en 1526; San Ambrosio, en 1527; San Agustín, en 1528-9, y una traducción latina de San Juan Crisóstomo en 1530. La rápida sucesión de estas extensas obras demuestra que el trabajo había sido hecho como siempre trabajaba Erasmo: a toda prisa, con extraordinario poder de concentración, y sorprendente dominio de su memoria; pero sin la

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crítica severa ni la ardua pulcritud que la moderna filología requiere en tales ediciones.

Ni el Erasmo polemista ni el humorista ingenioso han desaparecido en el teólogo erudito y desilusionado reformador. Del luchador polemista prescindiríamos ya de buena gana; pero no del humorista, por muchos tesoros de la literatura. Pero los dos estaban unidos inseparablemente. Los Coloquios lo demuestran.

Lo que se ha dicho acerca de la Moria debe ser repetido aquí: si en la literatura del mundo, sólo los Coloquios y la Moria han permanecido vivos, esta selección de la historia es justa. No en el sentido de que en literatura sólo las más placenteras, ligeras y amenas obras de Erasmo hayan sido conservadas, mientras su ponderosa erudición teológica ha sido silenciosamente relegada a los estantes de las bibliotecas. Fue, en efecto, lo mejor de Erasmo lo que se conservó vivo en la Moria y en los Coloquios. Con éstos, su chispeante ingenio encantó y cautivó al mundo. ¡Ojalá dispusiéramos de espacio aquí para asignar al Erasmo de los Coloquios su justo y elevado lugar en la brillante constelación de los seguidores de Demócrito en el siglo XVI: Rabelais, Ariosto, Montaigne, Cervantes y Ben Jonson!

Cuando Erasmo dio a los Coloquios su forma definitiva en Basilea, habían ya tenido una larga y curiosa gestación. Primero no habían sido más que Familiarium Colloquiorum Formulas, modelos de conversación coloquial latina, escritos en París antes de 1500 para uso de sus discípulos. Agustín Caminade, el desaliñado amigo que

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estaba empeñado en vivir del genio del joven Erasmo, los había compilado y había sacado un moderado provecho de ellos. Hacía mucho tiempo que había muerto, cuando un tal Lamberto Holonio de Lieja, que había obtenido de Caminade el manuscrito, lo vendió a Froben en Basilea. Beato Renano, aunque ya amigo de confianza de Erasmo, lo había impreso enseguida sin que éste lo supiera. Esto ocurrió en 1518, Erasmo se incomodó con razón, y con mayor motivo porque el libro estaba lleno de groseras erratas y solecismos. Por lo cual preparó una edición mejor, publicada por Maertensz en Lo vaina el año 1519. En aquel tiempo la obra no contenía más que un verdadero diálogo: el núcleo del que fue luego Convivium profanum. Lo demás eran fórmulas de etiqueta y conversaciones cortas. Pero ya en aquella forma estaba, aparte de su utilidad para los latinistas, tan lleno de feliz ingenio y donosa invención, que se hizo muy popular. Antes de 1522 se habían publicado 25 ediciones, reimpresiones la mayor parte, en Amberes, París, Estrasburgo, Colonia, Cracovia, Deventer, Leipzig, Londres, Viena y Maguncia.

En Basilea, Erasmo revisó personalmente una edición que fue publicada en marzo de 1522, por Froben, dedicada al hijo de éste, que tenía seis años y era ahijado de Erasmo, Juan Erasmo Froben. Poco después hizo más que revisar. En 1523 y 1524, primero fueron añadidos a las Formulae diez nuevos diálogos, después cuatro, luego seis más; y finalmente, en 1526, fue cambiado el título en Familiarium Colloquiorum Opus. Continuaba dedicado al niño Froben, y fue creciendo a cada nueva edición: rica y variada

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colección de diálogos, cada uno de ellos obra maestra de forma literaria, bien compuestos, espontáneos, convincentes, sin rival en agilidad, vivacidad y fluido latín; cada uno una acabada comedia en un acto. Desde aquel año la corriente de las ediciones y traducciones fluyó casi ininterrumpida durante dos siglos.

El talento de Erasmo no había perdido nada de su agudeza y frescura cuando, tantos años después de la Moria, puso de nuevo los pies en el terreno de la sátira. En cuanto a la forma, los Coloquios son menos explícitamente satíricos que la Moria. Esta última, al explicar su asunto por su título de Elogio de la Locura, ya se presenta como sátira: mientras que, a primera vista, los Coloquios puede parecer que son meros cuadritos de género. Pero en su contenido son más satíricos; a lo menos lo son más directamente. La Moria, como sátira, es filosófica y general; los Colloquia son de actualidad y particulares. Al mismo tiempo combinan, con una tendencia negativa que comparten con la Moria, un elemento positivo.

En la Moria, el ideal de Erasmo permanece inexpresado detrás de la ficción; en los Colloquia continua y claramente lo pone en primer término. A este respecto forman, a pesar de todas las chanzas y burlas, un serio y profundo tratado moral, y están íntimamente relacionados con el Enchiridion militis Christiani. Lo que realmente exigía Erasmo del mundo y de la humanidad, cómo se representaba él aquélla tan apasionada sociedad cristiana de buenas costumbres, fe ardiente, sencillez y moderación, benevolencia, tolerancia y paz,

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en ninguna obra suya puede hallarse tan claramente y tan bien expresado como en los Colloquia. En estos últimos quince años de su vida, Erasmo reasume, por medio de una serie de disquisiciones morales y dogmáticas, los temas que había bosquejado en el Enchiridion: la exposición de la sencilla, general conducta cristiana; una ética desenfadada y natural. Éste es su mensaje de redención. Muchos lo encontraron en Exomologesis, De esu carnium, Lingua, Institutio christiani matrimonii, Vidua christiana, Ecclesiastes. Pero para un número mucho mayor de lectores, aquel mensaje estaba contenido en los Coloquios.

Los Colloquia suscitaron muchos más rencores y disputas que la Moria, y no sin motivo, porque en ellos Erasmo atacaba personas. Hasta se permitió ridiculizar a sus antagonistas de Lovaina. Lee había sido ya introducido como sicofante y fanfarrón en la edición de 1519, y cuando la pelea fue apaciguada, en 1522, aquella alusión fue borrada. Vicente Dirks fue caricaturizado en «El Funeral» (1526) como fraile mendicante codicioso, que arranca a los moribundos testamentos en favor de su orden. Éste quedó en la nueva edición. Más tarde fueron añadidas alusiones sarcásticas a Beda y a muchos más. Los partidarios de Ecolampadio tomaron en los Coloquios por su jefe a un tipo de larga nariz: «Oh, no, —replicó Erasmo—, ahí se alude a otra persona». En adelante, todos los que estaban de malas con él, y eran muchos, corrían el peligro de ser puestos a la picota en los Colloquia. No era maravilla que aquella

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obra, especialmente con su mortificante burla de las órdenes monásticas, se convirtiese en tema de controversia.

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Erasmo no salió nunca de aquellas polémicas. Sin duda fue sincero cuando dijo que en el fondo de su corazón las aborrecía y no las había deseado nunca; pero su cáustica inteligencia, a menudo se sobreponía a su corazón, y en cuanto había comenzado una disputa, indudablemente disfrutaba dando rienda suelta a su burla y esgrimiendo su fácil pluma dialéctica. Para comprender su personalidad es innecesario aquí tratar extensamente de todas esas luchas por escrito. Sólo es necesario mencionar las más importantes.

Desde 1516, en España había cierta efervescencia contra Erasmo. Un teólogo de la Universidad de Alcalá, Diego López de Stúñiga, o, en latín, Stunica, había estado preparando notas acerca de la edición del Nuevo Testamento: «Un segundo Lee», dijo Erasmo. Al principio, el cardenal Cisneros había prohibido la publicación; pero en 1520, después de su muerte, estalló la tormenta. Durante algunos años Stúñiga continuó persiguiendo a Erasmo con sus críticas, y con gran enojo por parte de éste; por fin se produjo una reconciliación, probablemente porque Erasmo se hizo más conservador, y también gracias a una actitud más benévola por parte de Stúñiga466.

A. t. IV. Ap. 15, p. 620 ss., LB. IX. 283-401.

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No menos larga y violenta fue la pelea con el síndico de la Sorbona, Noël Bedier o Beda, la cual comenzó en 1522. La Sorbona fue persuadida a condenar algunos de los juicios de Erasmo, por heréticos, en 1526. El esfuerzo de Beda para implicar a Erasmo en el proceso contra Luis de Berquín, que había traducido los escritos condenados y que murió finalmente en la hoguera, por hereje, en 1529, hizo el asunto más desagradable para Erasmo467.

Es harto evidente que tanto en París como en Lovaina en los círculos de las facultades teológicas, la causa principal de exasperación estribaba en los Colloquia. Egmondano y Vicente Dirks no perdonaban a Erasmo el haber censurado mordazmente su profesión y sus personalidades.

Más cortés que las polémicas mencionadas fue la lucha con el linajudo italiano Alberto Pio, príncipe de Carpi (1525-1529); áspera y mordaz fue una con un grupo de religiosos españoles, que indujeron a la Inquisición a proceder contra él (1528)468. En España, se dio el nombre de erasmistas a los que se inclinaban a concepciones más liberales de la fe.

De este modo se acumuló la materia para el volumen de las obras de Erasmo que contiene, de conformidad con la ordenación que hizo él, todas sus Apologiae; y entiéndase no «disculpas» sino

LB. IX. 442-737, 813-955.

LB. IX. 1094-1196, 1015-1094

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«vindicaciones». « ¡Qué desgracia la mía! ¡Llenan un volumen!», exclama Erasmo469.

Dos de sus polémicas merecen un examen algo más detenido: las que tuvo con Ulrico von Hutten, y con Lutero.

Hutten, caballero y humanista, entusiasta heraldo de un alzamiento nacional germano, ardiente enemigo del papado y defensor de Lutero, era sin duda una cabeza exaltada y tal vez algo alocada. Había aplaudido a Erasmo cuando éste aún parecía ser el hombre del mañana, y más tarde le había suplicado que tomase el partido de Lutero. Erasmo había descubierto pronto que aquel turbulento partidario podría comprometerlo. ¿No le habían atribuido a él una de las más temerarias sátiras de Hutten? Luego vino un tiempo en que Hutten ya no pudo soportar a Erasmo. Su instinto caballeresco reaccionó contra las reales flaquezas del carácter de Erasmo: el temor a comprometerse y la inclinación a rechazar a un partidario en tiempo de peligro. Erasmo también conocía aquellas flaquezas suyas: «No todos tienen la fortaleza suficiente para el martirio, — escribe a Ricardo Pace en 1521—. Me temo que en caso de que esto acabase en tumulto, yo seguiría el ejemplo de San Pedro470». Pero este reconocimiento no lo libra del peso de los reproches de Hutten, que lo ataca con enfurecido lenguaje en 1523. Es cierto que Hutten no ve más que una caricatura de Erasmo, y éste con algún derecho puede intitular su escrito de defensa «Esponja contra las

A. no. I, t. I, p. 41.

A. 1218. 32.

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salpicaduras de Hutten». Sin embargo, el tono, la actitud que revela esa «Esponja» —que Hutten nunca había de llegar a ver, pues murió desilusionado y abandonado, de muerte prematura, en 1523—, son mezquinos y forzados, suscitados por el odio y la venganza. La mano de Erasmo recela el arma oculta del odio. Pero hay que absolver a Erasmo de la recriminación de haber publicado aquel escrito después de la muerte de Hutten; ya estaba todo o en gran parte impreso antes que Hutten muriese; y hubiera sido muy difícil para Erasmo poder interrumpir ya su edición471.

Sin embargo, Hutten fue vengado en Erasmo viviente. Uno de sus partidarios, Enrique de Eppendorf, heredó su acerba inquina contra Erasmo y lo persiguió durante años. Tomando pie de una de las cartas de Erasmo en que éste lo denigraba, lo amenazó continuamente con una denuncia por difamación. La hostilidad de Eppendorf exasperó de tal modo a Erasmo, que se figuraba descubrir sus maquinaciones y espionajes por todas partes después que la verdadera persecución hacía mucho tiempo que había cesado472.

471 El juicio acerca del comportamiento de Erasmo queda aquí mitigado de acuerdo con el estudio de Werner Kaegi Hutten und Erasmus, ihre Freundschaft und ihr Streit (Historische Vierteljahrschrift XXII. pág. 200, 461)

A. 1122, p. 303, 1934 intr. —En la extensa carta de 1° de febrero de 1528 en que Erasmo informaba a Juan Botzheim de la entrevista con Eppendorf con vistas a un arreglo de la querella, aquél se nos muestra mezquino y apasionado. Muchos pasajes de esta carta reaparecen textualmente en el Coloquio Ἱππεὺς ἄνιππος, «el caballero sin caballo», donde

Erasmo vuelve a vengarse de Eppendorf.

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Capítulo XVIII

Controversia con Lutero y creciente

Conservadurismo

Erasmo es persuadido a escribir contra Lutero. — De libero arbitrio: 1524. — Respuesta de Lutero: De servo arbitrio.— La vaguedad de Erasmo contrasta con la extremada rigurosidad de Lutero. — Erasmo se coloca en adelante al lado del conservadurismo. — El obispo de Basilea y Ecolampadio. — La vacilante actitud dogmática de Erasmo: confesión, ceremonias, culto de los santos, eucaristía. — Institutio christiani matrimonii: 1526. — Se siente rodeado de enemigos.

Al fin Erasmo se vio conducido, a pesar de todo, a hacer lo que siempre había intentado evitar: escribió contra Lutero. Por ello no se parecía en nada al «gesto» que Erasmo se había propuesto un día: por la causa de la paz en la cristiandad y la unidad de la fe, gritarle el alto al impetuoso Lutero, y con ello volver al mundo a su buen sentido. En el gran drama de la Reforma, su polémica fue solamente un epílogo.

No era sólo Erasmo el que estaba cansado y desilusionado; Lutero también había pasado ya su época de heroico esplendor, obligado por las circunstancias, metido a la fuerza en el mundo de los negocios políticos, veía frustradas sus esperanzas.

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Erasmo había deseado perseverar en su resolución de permanecer espectador en la gran tragedia. «Si, como parece por el maravilloso resultado de la causa de Lutero, Dios lo ha querido así» —de este modo razonaba Erasmo— «y a Él le ha parecido que era necesario un enérgico cirujano como Lutero para la corrupción de estos tiempos, no me pertenece oponerme a ello473». Pero no lo dejaban en paz. Mientras continuaba protestando que nada tenía que ver con Lutero y que difería muchísimo de él474, los defensores de la antigua Iglesia se adherían al punto de vista defendido con ahínco ya en

1520 por Nicolás de Egmond delante del rector de Lovaina: «Mientras él se niegue a escribir contra Lutero, nosotros lo tendremos por luterano475. —Así estaban las cosas—. Que os tienen por luterano aquí, es lo cierto», le escribe Vives desde los Países Bajos en 1522476.

Cada vez se le instigaba más a escribir contra Lutero. Vino una llamada de Enrique VIII, comunicada por el antiguo amigo de Erasmo, Tunstall477; iguales peticiones vinieron de Jorge de Sajonia, hasta de Roma, desde donde el papa Adriano VI, su antiguo protector, lo instó a ello poco antes de su muerte.

Erasmo pensó que no podía negarse por más tiempo. Se propuso escribir un par de diálogos, al estilo de los Coloquios; pero no los

Hyperaspistes LB. X. 1251 AB

LB. IX. 365 F, A. 1274, 1276, 1294.

A. 1162.

A. 1256. 10.

A. 1367.

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llevó a cabo478; y probablemente no hubieran agradado a los que estaban deseosos de contar con sus servicios.

Entre Lutero y Erasmo no había habido correspondencia personal desde que el primero le había prometido en 1520: «Pues bien, Erasmo, no volveré a mentar vuestro nombre». Pero ahora, cuando Erasmo se había preparado para atacar a Lutero, llegó una epístola de éste, escrita el 15 de abril de 1524479[, en que el reformador, a su vez, requería a Erasmo con sus propias palabras: «Os ruego continuéis siendo lo que siempre habéis declarado querer ser: un mero espectador de nuestra tragedia». Hay un tono de irónico desprecio en las palabras de Lutero; pero Erasmo calificó su carta de «bastante amistosa; yo no he tenido valor para replicarle con igual afabilidad, por temor a los sicofantes480[».

Para poder combatir a Lutero con clara conciencia, Erasmo hubo de escoger, naturalmente, un punto en que difiriese esencialmente de él. No de los que formaban la parte más superficial de la estructura de la Iglesia. En cuanto a éstos, o, con Lutero, rechazaba resueltamente algunos, como ceremonias, observancias, ayunos, etc., o, aunque con mayor moderación que Lutero, tenía sus dudas acerca de ellos, como los sacramentos o la primacía de San Pedro. De este modo llegó por manera natural al punto donde se abría mayor abismo entre sus caracteres, entre sus concepciones de la

A. no. I. t. I. p. 34, cf. 1275. 20

A. 1443.

A. 1466. 17.

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esencia de la fe y, por ello, al central y eterno problema del bien y del mal, del pecado y la coacción, de la libertad y la esclavitud, del hombre y de Dios. Lutero confesó en su réplica que aquí se había tocado, efectivamente, en el punto vital de la cuestión481.

De libero arbitrio diatribe482, esto es, «Disquisición acerca del libre albedrío», se publicó en septiembre de 1524. ¿Estaba calificado Erasmo para escribir acerca de semejante asunto? De conformidad con su método y con el propósito evidente de vindicar la autoridad y la tradición, esta vez Erasmo desarrolló el argumento que enseña la Escritura, afirman los doctores, demuestran los filósofos, y la humana razón testifica: ser libre la voluntad del hombre. Sin el reconocimiento del libre albedrío, los términos de Justicia y Gracia divinas quedan sin sentido. ¿Cuál sería el sentido de las enseñanzas, reprobaciones, admoniciones de la Escritura483 si todo ocurriese según mera e inevitable necesidad? ¿Con qué fin se alaba la obediencia, si para las obras buenas y malas somos igualmente nada más que instrumentos de Dios, como la destral para el carpintero? Y aunque así fuese, sería peligroso revelar semejante doctrina a la muchedumbre, porque la moralidad depende de la conciencia de la libertad.

Lutero recibió este tratado de su antagonista con repugnancia y desprecio. Con todo, al escribir su réplica, reprimió exteriormente

De servo arbitrio, Obras de Lutero, ed. de Weimar XVIII. 614.

LB. IX. 1215, reeditado por J. Walter, 1910.

II Timoteo 3. 16-17

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estos sentimientos y observó las reglas de la cortesía. Pero su enojo interior se revela en el mismo contenido del De servo arbitrio, «De la voluntad esclava». Porque en esto hacía justamente lo que Erasmo le había reprochado: intentaba curar un miembro dislocado tirando de él en dirección contraria484. Con más ferocidad que nunca, su formidable y rústico espíritu sacaba las terribles consecuencias de su ardiente fe. Sin ninguna reserva aceptaba ahora todos los extremos del absoluto determinismo. Para refutar el indeterminismo en términos explícitos, ahora se veía forzado a recurrir a aquellas metáforas primitivas de exaltada fe, que se esfuerzan por expresar lo inexpresable: las dos voluntades de Dios que no coinciden; «el eterno odio de Dios a la humanidad, un odio, no sólo en cuanto a sus deméritos y obras de libre voluntad, sino que existía aun antes que el mundo fuese creado», y esa metáfora del humano albedrío que, como un animal de montar, se halla parado entre Dios y el diablo, y es montado por uno o por otro sin ser capaz de moverse hacia el uno ni hacia el otro de los dos jinetes contendientes.

Como en ninguna otra obra, la doctrina de Lutero en De servo arbitrio significa una recrudescencia de la fe y un paroxismo de sus concepciones religiosas.

Pero era Lutero el que estaba plantado en el fondo granítico de una fe mística y profunda en que la absoluta conciencia de lo eterno lo penetra todo. Para él, todas las mezquinas concepciones se

LB. IX. 1247 D

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consumían como paja seca en el resplandor de la majestad de Dios; para él, toda humana cooperación para alcanzar la salvación era profanar la gloria de Dios. Al fin y al cabo el espíritu de Erasmo no vivía realmente en las ideas que aquí se discutían, de pecado y gracia, redención y gloria de Dios como causa final de todo cuanto existe.

¿Es que verdaderamente en esta polémica Erasmo llevó siempre la peor parte? ¿Tenía razón Lutero en el fondo? Tal vez. El doctor Murray485 nos recuerda oportunamente el aserto de Hegel de que la tragedia no es la lucha entre bien y mal, sino el conflicto entre bien y bien. El combate entre Lutero y Erasmo rebasaba el punto en que nuestro endeble juicio se ve forzado a detenerse y aceptar una equivalencia, más aún, una compatibilidad entre afirmación y negación. Y este hecho de estar ellos luchando con palabras y metáforas en una esfera situada más allá de lo que puede ser conocido y expresado, fue comprendido por Erasmo. Erasmo, el hombre de finos matices, para quien las ideas eternas se mezclan unas con otras y se intercambian, llamado «un Proteo» por Lutero; Lutero, el hombre de desmedido acento en todas las materias que trata. El holandés que ve las olas del mar, se oponía al alemán que contempla las cúspides de las montañas.

R. H. Murray, Erasmus and Euther, p. 226.

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«Es mucha verdad que no podemos hablar de Dios sino con palabras inadecuadas486». «Muchos problemas deberían ser diferidos, no hasta el Concilio ecuménico, sino hasta el momento en que, apartados el espejo y la oscuridad487, veamos a Dios cara a cara». « ¿Hay algo libre de error?». «Hay en la literatura sagrada ciertos santuarios en que Dios no ha querido que penetrásemos más adelante488[».

La Iglesia Católica, en la cuestión del libre albedrío, formulaba una reserva de cierta importancia, al reducir a un mínimo en el hombre la consciencia de su libertad bajo la gracia. Erasmo concebía aquella libertad en sentido mucho más amplio. Lutero la negaba en absoluto. La opinión de sus contemporáneos estuvo demasiado dominada al principio por su participación en la gran lucha para que podamos definirla: aplaudían a Erasmo porque atacaba denodadamente a Lutero o lo repudiaban, de acuerdo con sus simpatías. No sólo Vives aplaudió a Erasmo, sino también otros católicos más ortodoxos como Sadoleto. Los humanistas alemanes, nada deseosos, en su mayor parte, de romper con la antigua Iglesia, fueron movidos por el ataque de Erasmo a volver la espalda a Lutero más todavía: Muciano, Zasio y Pirkheimer. Hasta Melanchthon se inclinó al punto de vista de Erasmo. Otros, como Capito, en otro

De Colloquiorum utilitate. LB. I. 908. E.

Cf. I Cor. 13. 12. Alusión a la famosa expresión de San Pablo. (N. del T.).

A. 1334. 231, 713. 18, LB. IX. 1216 C.

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tiempo celoso partidario, se lavaron ahora las manos a propósito de ello.

Pronto Calvino con la férrea fuerza de su argumentación se puso completamente de parte de Lutero.

Es digna de citar la opinión de un erudito católico contemporáneo acerca de las relaciones entre Erasmo y Lutero. «Erasmo, —dice F.  X. Kiefl489—, con su concepto de la libre, no corrompida naturaleza humana, estaba intrínsecamente mucho más alejado de la Iglesia Católica que Lutero. Pero sólo combatió a ésta con altanero escepticismo, razón por la cual Lutero, con sutil psicología, le echó en cara el haberse complacido en hablar de los defectos y desgracias de la Iglesia de Cristo, de tal manera que sus lectores no podían menos de echarse a reír, en lugar de reprenderla, con profundos suspiros, como corresponde hacerlo delante de Dios».

El Hyperaspistes490, voluminoso tratado, en que Erasmo volvió a dirigirse a Lutero, no fue sino un epílogo, que no necesita ser discutido aquí extensamente.

De este modo, por fin hubo Erasmo de tomar abiertamente partido. Porque aparte del punto dogmático en discusión, lo más significativo del De libero arbitrio era que, declaradamente, se volvía contra las concepciones religiosas individuales, y hablaba en favor de la autoridad y la tradición en la Iglesia. Él siempre se había tenido por católico. Pensaba haber hecho él solo mucho más para

uthers religiose Psyche, Hochland XV. 1917, p. 21.

LB. X. 1249.

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quebrantar la fuerza del luteranismo, que Aleandro con todas sus maquinaciones491. «Ni la muerte ni la vida me arrancarán jamás de la comunión de la Iglesia Católica, —escribe en 1522, y en el Hyperaspistes, en 1526—: Yo no he sido nunca un apóstata de la Iglesia Católica. Yo sé que en esa Iglesia, a la que vos llamáis la Iglesia papista, hay algunos que me desagradan, pero también los veo en vuestra Iglesia. Uno soporta más fácilmente los males a que está acostumbrado. Por lo tanto, yo me conformo con esta Iglesia hasta que vea otra mejor, y ella también se ve obligada a soportarme, hasta que yo mismo sea mejor. Que no puede navegar mal quien mantiene un rumbo medio entre dos distintos males492]».

Pero ¿era posible mantenerse en este rumbo? De ambos lados la gente se separaba de él. «Yo, quien antes, en innumerables cartas, era llamado tres veces gran héroe, príncipe de las letras, sol de los estudios, defensor de la verdadera teología, ahora, o bien soy ignorado, o bien, representado con colores por entero diferentes», escribe493. ¡Cuántos de sus antiguos amigos y espíritus congeniales se habían ido ya494!

Quedaba, sin embargo, un número suficiente que pensaba y esperaba como Erasmo. Su incansable pluma continuaba todavía propagando, especialmente por medio de sus cartas, la moderadora y purificadora influencia de su espíritu por todos los países de

A. 1412. 28, 1415. 47

A. 1273. 26, 1275. 28, LB. X. 1257 F.

A. 1352. 34 [1523]

A. 1347. 277 [1523].

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Europa. Literatos, altos dignatarios de la Iglesia, nobles, estudiantes y magistrados civiles eran sus corresponsales. Hasta el obispo de Basilea, Cristóbal de Utenheim era un hombre en todo conforme con el espíritu de Erasmo. Celoso abogado del humanismo, había intentado, ya en 1503, la reforma del clero de su obispado por medio de estatutos sinodales, sin muy buen éxito; después había llamado a Basilea a eruditos como Ecolampadio, Capito y Wimpfeling. Esto fue antes que comenzara la gran lucha que pronto habría de arrastrar a Ecolampadio y Capito mucho más lejos de lo que el obispo de Basilea y Erasmo aprobaban. En 1522 Erasmo dedicó al obispo un tratado, De interdicto esu carnium495, «Acerca de la prohibición de comer carne». Aquella fue una de las últimas ocasiones en que directamente se opuso al orden establecido.

Con todo, el obispo ya no pudo dominar el movimiento. Un número considerable de la población de Basilea, y la mayor parte del Consejo, eran ya partidarios de la Reforma radical. Cerca de un año después de Erasmo, Juan Ecolampadio, cuya primera residencia en Basilea había coincidido también con la suya (por aquella época había ayudado a Erasmo en el hebreo para la edición del Nuevo Testamento), volvió a la ciudad con la intención de organizar allí la resistencia contra el antiguo orden. En 1523 el Consejo lo nombró profesor de Sagrada Escritura en la Universidad; al mismo tiempo, cuatro profesores católicos perdieron sus cátedras. Consiguió

LB. IX. 1197-1214

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obtener permiso general para predicar sin licencia. Pronto un agitador más exaltado todavía, el impetuoso Guillermo Farel, llegó también para trabajar activamente en Basilea y sus alrededores. Es el hombre que más tarde reformará Ginebra y persuadirá a Calvino a quedarse allí.

Aunque al principio Ecolampadio procedió con cautela para introducir novedades en el servicio de la Iglesia, Erasmo vió aquellas innovaciones con alarma. Especialmente el fanatismo de Farel, a quien odiaba con encono496. Aquellos hombres eran quienes retardaban lo que él deseaba todavía y creía posible: una avenencia. Su voluble espíritu, que nunca se acababa de decidir por una opinión definida, se había ido situando gradualmente, en cuanto a la mayoría de los puntos en disputa, en un término medio semi conservador, por el cual, sin renunciar a su más profunda convicción, intentaba permanecer fiel a la Iglesia. En 1524 había expresado sus sentimientos respecto a la confesión en el tratado Exomologesis497 o la manera de confesar. Respecto a esto aceptaba un medio término: si no fue instituida la confesión por Cristo, ni por los apóstoles, lo fue, en todo caso, por los Padres. Debía ser piadosamente conservada. La confesión tiene, según él, excelente utilidad, aunque a veces es un gran mal. De este modo intenta, «aconsejar a los dos partidos», «sin estar de acuerdo con los que

A. 1410. 19, 1534. 22, 1522. 65, 1523. 125, 1510, 1548. 8, 1640. 21, 1644. 19

LB. V. 145

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niegan, pero sin atacarlos, se inclina no obstante del lado de los creyentes».

En la larga lista de sus polémicas, gradualmente halla ocasiones para concretar algo sus opiniones; circunstanciadamente, por ejemplo, en las respuestas a Alberto Pio, de 1525 y 1529498. Para ello, siempre recurre a la forma de una apología, ya sea atacado por los Colloquia, o por la Moria, por San Jerónimo, las Paráfrasis u otra obra cualquiera. Finalmente, recapitula sus opiniones con cierta extensión en De amabili Ecclesiae concordia, «Acerca de la apetecible concordia de la Iglesia», en 1533, que, sin embargo, no pasa de ser un conato de acción positiva, pues ya no se acordará más de él.

En la mayoría de los puntos, Erasmo consigue hallar fórmulas moderadas y conservadoras. Aun con respecto a las ceremonias, ya no las rechaza sistemáticamente. Hasta halla una benévola palabra que decir acerca del ayuno, que había aborrecido siempre499; para la veneración de las reliquias y para las fiestas de la Iglesia. En 1523 escribió a petición de un amigo suyo una misa en celebración de Nuestra Señora de Loreto. Pero en ella no dedicaba ni una palabra al milagro de la Santa Casa, y la carta a su amigo que acompañaba dicha misa, comenzaba: «Y ahora, sabe que Erasmo es capaz si tú se lo mandas de ponerse a bailar en pleno mercado500». No se propone abolir el culto de los santos: ya no le atribuye peligro de

LB. IX. 1094.

LB. VIII. 535.

A. 1391.

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idolatría. Y hasta admite de buen grado las imágenes. «El que suprime de la vida las imágenes, la priva de su más elevado deleite; a veces discernimos más en las imágenes, de lo que concebimos por la palabra escrita». En cuanto a la presencia substancial de Jesucristo en el Sacramento del Altar, se atiene firmemente a la opinión católica, aunque sin fervor, sólo en el terreno del consenso de la Iglesia, y porque no puede creer que Cristo, que es verdad y amor, hubiese permitido que su Esposa se hubiese adherido durante tanto tiempo a tan horrendo error como hubiera sido el del culto a una corteza de pan, en lugar de Él. Pero una vez formuladas tales reservas, en caso necesario podía aceptar la opinión de Ecolampadio501.

Del período de Basilea data uno de los tratados morales más puros y beneficiosos de Erasmo, la Institutio christiani matrimonii, «Acerca del Matrimonio Cristiano», publicada en 1526502, escrita para Catalina de Aragón, reina de Inglaterra, del mismo carácter exactamente que el Enchiridion, salvo en cierta prolijidad que revela su vejez. Más tarde sigue De vidua christiana, «La Viuda cristiana», para María de Hungría, obra tan impecable como aquélla, aunque menos interesante503.

Todo esto no desarmó a los defensores de la antigua Iglesia. Ellos se atenían firmemente a la neta representación de la creencia de

LB. X. 1610 ABC, cf. LB. V. 501, IX. 1143 etc., LBE. 1270 D, LB. X. 1580 DE, 1560 A, A. 2175. 22, 2136. 214.

LB. V. 614

LB. V. 723

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Erasmo que se desprendía de los Coloquios, y que no podía ser llamada puramente católica. De esto resultaba con harta evidencia que por mucho que Erasmo desease dejar la letra intacta, su corazón no estaba en las convicciones que eran vitales para la Iglesia Católica. Por consiguiente, los Coloquios, más tarde, cuando las obras de Erasmo fueron expurgadas, fueron colocados en el Índice, englobados con la Moria y unas pocas obras más. Lo demás es caute legenda, para ser leído con precaución. Mucho fue rechazado de las anotaciones al Nuevo Testamento, de las Paráfrasis y las Apologías, muy poco del Enchiridion, de la Ratio verae theologiae, y hasta de la Exomologesis. Pero esto fue después que la lucha contra Erasmo viviente se había terminado hacía mucho tiempo.

Mientras permaneció en Basilea, o en otras partes, como centro de un vasto grupo intelectual cuya fuerza no podía ser calculada, precisamente porque no se destacaba como un partido, no se sabía qué giro podía tomar todavía, ni qué influencia podía tener aún su pensamiento en la Iglesia. Seguía siendo un rey de espíritus, en su tranquilo gabinete de trabajo.

El odio que había inspirado, la vigilancia de todas sus palabras y acciones, eran de esa naturaleza que sólo tocan en suerte a los que son reconocidos como grandes. El coro de enemigos que cargaba la culpa de toda la Reforma a Erasmo, no fue acallado. «Él puso los

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huevos que Lutero y Zuinglio han empollado504». Él iba anotando con disgusto a cada paso nuevas muestras de controversia mezquina, maliciosa y estúpida505. En Constanza vivía un doctor que había colgado su retrato en la pared sólo para escupirle cada vez que pasaba por delante de él. Erasmo, jocosamente, compara su suerte con la de San Casiano, a quien acribillaron con lápices sus discípulos. ¿No había sido herido en lo más vivo por las plumas y las lenguas de innumerables personas, y no vivía en tal tormento sin que la muerte le pusiera fin? La aguda sensibilidad a los ataques arraigaba muy hondo en Erasmo. Y no pudo nunca contenerse de irritar a los demás para que le atacasen.

A. 1528. 11, LBE. 1490 E.

A. 2045, LBE. 1269, 1387-8.

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Capítulo XIX

En guerra con humanistas y reformadores

Erasmo se vuelve contra los excesos del humanismo: su paganismo y su pedantesco clasicismo. — Ciceronianus: 1528.— Le trae nuevos enemigos. — La Reforma es implantada en Basilea. — Erasmo emigra a Friburgo: 1529.

— Su opinión acerca de los resultados de la Reforma.

Nada más característico de la independencia que Erasmo se reservaba en cuanto a todos los movimientos de su época, que el hecho de hacer también una incursión al campo de los humanistas. En 1528 fueron publicados por Froben (el jefe de la razón social, Juan Froben, acababa de morir) dos diálogos en un volumen, de mano de Erasmo: uno acerca de la pronunciación correcta del latín y el griego, y otro con el título de Ciceronianus o, acerca de la Mejor Dicción, se entiende, en escribir y hablar latín. Ambos eran prueba de que Erasmo no había perdido nada de su vigor e ingenio. El primero de estos tratados era puramente filológico, y como tal tuvo grande influencia; el otro, además, era satírico. Tuvo larga historia.

Erasmo había mirado siempre los estudios clásicos como la panacea de la civilización, con tal de que se pusieran al servicio del puro cristianismo. Su sincero sentido moral le hacía retroceder ante la obscenidad de un Poggio y la inmoralidad de los humanistas

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primitivos de Italia506. Al mismo tiempo, su gusto delicado y natural le decía que una imitación pedantesca y servil de los modelos antiguos no podría nunca producir el resultado apetecido. Erasmo conocía demasiado bien el latín para poder ser estrictamente clásico; su latín era vivo y requería libertad. En sus primeras obras hallamos dicterios para los puristas latinos exageradamente quisquillosos: uno de ellos había declarado que un fragmento de Cicerón descubierto recientemente era completamente bárbaro; «entre todas las clases de autores, ningunos son tan insufribles para mí como esos simiescos imitadores de Cicerón507[».

A pesar de las grandes esperanzas que acariciaba respecto a la utilidad de los estudios clásicos para el puro cristianismo, adivinó un peligro: «que so capa de restaurar la literatura antigua, el paganismo intente levantar cabeza, puesto que hay muchos entre los cristianos que reconocen a Cristo sólo de palabra, pero en su interior respiran paganismo». Esto escribía en 1517 a Capito508. En Italia los escritores se dedicaban demasiado exclusivamente y de manera demasiado pagana a las bonae litterae. Y pensaba ser su tarea especial la de ayudar a conseguir que esas bonae litterae «por las cuales los italianos han sido hasta ahora casi paganos, sean usadas para hablar de Cristo509».

A. 182. 87. 967. 126, 540. 31, LB. IX. 92 E.

A. 326. 55, 531. 445, 1013. 80. cf. A. no. IV, t. I. p. 69.

A. 541. 133.

A. 1111. 17, 1581. 115, 1753. 21, 1479. 119.

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Mucho debió de disgustar a Erasmo que en Italia más que en ningún otro país, a un mismo tiempo lo acusasen de herejía y pusiesen en tela de juicio su saber y su honradez de escritor. Se quejó a Aleandro, quien, según Erasmo pensaba, había tenido participación en ello510.

En una carta del 13 de octubre de 1527, a un profesor de Alcalá511, encontramos el esbozo del Ciceronianus. Junto a los que odian los estudios clásicos en nombre de la creencia ortodoxa, Erasmo escribe: «Últimamente, otra nueva clase de enemigos ha salido de su madriguera. A éstos les inquieta que las bonae litterae hablen de Cristo, como si nada pudiera ser elegante sino lo pagano. Para sus oídos Jupiter optimus maximus suena más agradable que Jesus Christus redemptor mundi, y patres conscripti, mejor que sancti apostoli… Tienen a mayor deshonra el no ser ciceroniano que el no ser cristiano, ¡como si Cicerón, si ahora volviese a vivir, no hablase de las cosas cristianas en otras palabras de las que, en su tiempo, empleaba para su propia religión!… ¿Cuál es el significado de estas odiosas baladronadas en nombre de Cicerón? Yo os lo diré al oído. Con ese relumbrón encubren su paganismo, para ellos más querido que la gloria de Cristo». Para Erasmo, el estilo ciceroniano en modo alguno constituye lo ideal. Él prefiere algo más sólido, sucinto, vigoroso, menos atildado, más viril. Él, que a veces ha tenido que escribir un libro en un día, no tiene tiempo para pulir su estilo, ni a

A. 1479. 29, 1482.

A. 1885.

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menudo para repasarlo… « ¿Qué me importan a mí en un plato lleno de palabras, diez palabras arrebañadas acá y allá, de Cicerón? Lo que yo quiero es todo el espíritu de Cicerón». Son monos de quien podemos reírnos, puesto que mucho más serios que estas cosas son los alborotos del llamado nuevo Evangelio, al cual se refiere luego en aquella carta.

Y así, en medio de todas aquellas polémicas y mordaces vindicaciones, se permite una vez más el placer de dar rienda suelta a su afición a la burla, pero, como en la Moria y los Colloquia, ennoblecido por una sinceridad casi apasionada de índole cristiana, y un sentido natural de la mesura. El Ciceronianus512 es una obra maestra de ágil y diverso saber, de convincente elocuencia y de manejo fácil de una riqueza de argumentos. Con espléndida, serena y, a pesar de ello, vivaz holgura, fluye la conversación entre Buléforo, que representa las opiniones de Erasmo, Hipólogo, el interesado interrogador, y Nosópono, el celoso ciceroniano, quien para conservar una perfecta pureza de espíritu, se desayuna con diez pasas.

Erasmo, al dibujar a Nosópono, evidentemente ha querido aludir sobre todo a uno que ya no podía replicarle: Cristóbal Longolio, que había muerto en 1522. Quizás en eso no estuvo tan acertado.

El punto esencial del Ciceronianus es aquél en que Erasmo señala el peligro para la fe cristiana, de un clasicismo demasiado celoso. Ya

LB. I. 972.

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en el título se revela su propósito. Erasmo toma la antítesis Ciceronanianus-Christianus, de su amado San Jerónimo, que también tuvo que elegir entre ambos términos513. Enérgicamente, exclama: «Es el paganismo, créeme, Nosópono, es el paganismo lo que hechiza nuestros oídos y nuestras almas en estas cosas. Somos cristianos sólo de nombre. — ¿Por qué una cita clásica suena mejor a nuestros oídos que una cita de la Biblia—: corchorum inter olera», «correhuela entre legumbres», más que «Saúl entre los profetas»? Como muestra de la absurdidad del ciceronianismo, da una traducción de una sentencia dogmática en lenguaje clásico: «Optimi maximique Jovis interpres ac filius, servator, rex, juxta vatun responsa, ex Olympo devolavit in terras», en lugar de: Jesucristo Verbo e Hijo del Padre Eterno, vino al mundo conforme a las profecías. Y efectivamente, la mayoría de los humanistas escribían en aquel estilo.

¿No se daba cuenta Erasmo de que con esto atacaba su propio pasado? Bien mirado, ¿no era lo mismo que él había hecho con indignación de sus contradictores, cuando traducía Logos por Sermo en lugar de Verbum? ¿Y no se clasificaba así como ciceroniano? También con ello atentaba a un concepto cristiano actual y lo suplantaba por un vocablo clásico. ¿No había manifestado el deseo de que en los himnos de la Iglesia se corrigiese el metro514, para no mencionar sus propias odas clásicas y peanes a María y a los

Véase Hieronymi Stridonensis vita. Nueva ed. de W. K. Ferguson, Urasmi Opuscula, p. 183 ss.

Convivium poeticum, Coll. LB. I. 724.

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santos? ¿Y su advertencia contra la parcialidad en favor de los proverbios y giros clásicos, no era aplicable más que a otra cosa a los Adagia?

Aquí vemos al Erasmo envejecido en camino de la reacción que hubiera podido tal vez apartarlo del humanismo. En su combate contra el purismo, es el precursor de un puritanismo cristiano.

Como siempre, sus chanzas le acarrearon una nueva oleada de invectivas. Bembo y Sadoleto, que con Erasmo eran los más celebrados maestros del latín puro, pudieron permitirse sonreír; pero el impetuoso Julio César Escalígero, arremetió violentamente contra él, especialmente para vengar la memoria de Longolio. El perpetuo sentimiento de persecución de Erasmo, se renovó: otra vez pensó que Aleandro andaba en el fondo de todo aquello. «Los italianos indisponen contra mí la corte imperial», escribe en 1531515; a los demás los alude bromeando516. Un año más tarde ha recuperado su tranquilidad. «A fe mía voy a cambiar mi estilo, según el modelo de Budeo, y a convertirme en un ciceroniano a ejemplo de Sadoleto y Bembo». Pero hacia el fin de su vida estaba empeñado en nueva contienda con los italianos, porque los había herido en su orgullo nacional: «Por todas partes están furiosos contra mí, y me

LBE. 1269 E

LBE. 1372 D.

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atacan con calumniosos libelos, como enemigo de Italia y de Cicerón517».

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Había, como ha dicho él mismo, otras dificultades que le atañían más de cerca. Los acontecimientos se habían desarrollado en Basilea, durante años, en una dirección que lo angustiaba y alarmaba. Cuando se instaló allí en 1521, todavía podía parecerle que el obispo, el anciano Cristóbal de Utenheim, grande admirador de Erasmo y de espíritu semejante al suyo, conseguiría efectuar una reforma en Basilea como él la deseaba, con el concurso de su común amigo Luis Ber: aboliendo reconocidos abusos, pero sin salirse del seno de la Iglesia. Pero aquel mismo año, la emancipación de la municipalidad del poder del obispo, que había ido progresando desde que Basilea en 1501 se había unido a la Confederación Suiza, quedó consumada.

En adelante el Consejo, que ya no estuvo formado exclusivamente de elementos aristocráticos, ocupaba el primer lugar. En vano se alió el obispo con sus colegas de Constanza y Lausana para mantener el catolicismo. En la ciudad, la nueva creencia fue predominando cada vez más. Sin embargo, cuando, en 1525, había llegado al punto de producir tumultos contra el culto católico, el Consejo municipal se volvió más precavido e intentó introducir la Reforma más cautelosamente.

517 LBE. 1501 B, LB. X. 1747, 1752 DE. La epístola No. 1276, c. 1496 es una malévola falsificación

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También lo deseaba Ecolampadio. Las relaciones entre él y Erasmo eran precarias. El propio Erasmo había dirigido antaño el pensamiento religioso del impulsivo, sensitivo, inquieto joven. Cuando, en 1520, buscó súbitamente refugio en un convento, había expresamente justificado aquel paso ante Erasmo, el detractor de los votos perpetuos518. ¡Cómo habían cambiado las cosas cuando se volvieron a ver en Basilea dos años más tarde! Ecolampadio, que había dejado el monasterio, como convencido partidario y apóstol de la nueva doctrina, y Erasmo, como el gran espectador que deseaba ser. Erasmo trató a su antiguo colaborador con frialdad; y a medida que éste avanzaba, él retrocedía cada vez más. Con todo, se quedó navegando en un rumbo medio, y en 1525 dio algunos avisos moderados al Consejo, el cual en el ínterin se había vuelto otra vez más católico.

El anciano obispo, quien hacía muchos años que no residía en su ciudad, en 1527 pidió al Cabildo que lo relevase de su ministerio, y murió poco tiempo después. Entonces los acontecimientos se precipitaron. Su sucesor ya no pudo tomar posesión en la propia ciudad de Basilea. Luego que Berna se hubo reformado en 1528, Ecolampadio pidió una decisión también para Basilea. Desde fines de 1528 la ciudad había estado al borde de la guerra civil. Un alzamiento popular puso fin a la resistencia del Consejo municipal, que prescindió entonces de los miembros católicos; y en febrero de

A. 1102, 1158.

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1529 fue prohibido el antiguo culto; fueron quitadas las imágenes de las iglesias, abolidos los conventos, y suspendida la Universidad. Ecolampadio fue predicador primero en la Catedral y jefe de la Iglesia de Basilea, para la cual no tardó en redactar una reglamentación reformadora. El nuevo obispo se quedó en Porrentruy y el Cabildo se trasladó a Friburgo.

Había llegado para Erasmo el momento de partir. Su posición en Basilea en 1529 se parecía algo, pero en sentido inverso, a la de Lo vaina en 1521. Entonces los católicos quisieron aprovechar sus servicios contra Lutero; ahora los evangélicos hubieran visto con muy buenos ojos que se quedase en Basilea. Pues su nombre era todavía como una bandera. Su presencia habría reforzado la situación de Basilea reformada; por una parte porque la gente supondría: si no pensase igual que los reformadores, ya hubiera dejado la ciudad haría mucho tiempo; por otra parte, porque su figura parecía garantizar la moderación, y podría atraer a muchos espíritus vacilantes519.

De manera que para salvaguardar su independencia, una vez más cambió Erasmo de residencia. Esta vez fue un gran esfuerzo para él. La vejez y los achaques habían hecho de aquel hombre inquieto un hombre casero. Como previo molestias por parte de la municipalidad, pidió al archiduque Fernando —que gobernaba para su hermano Carlos V el imperio germánico y, precisamente a la

A. 2196.

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sazón, presidía la dieta de Espira— que le enviase un salvoconducto para todo el Imperio y, además, una invitación para ir a la corte, que desde luego no tenía la más remota intención de aceptar. Como lugar de refugio había escogido la no muy distante ciudad de Friburgo de Brisgovia, que estaba directamente bajo el estricto gobierno de la casa de Austria, y donde él, por lo tanto, no podía temer un cambio de cosas como en Basilea. Era, además, una coyuntura en la cual la autoridad imperial y la causa católica en Alemania parecían otra vez estar ganando terreno.

Erasmo no quiso o no pudo mantener en secreto su partida. Envió de antemano lo más precioso que poseía, y cuando esto hubo llamado la atención acerca de su propósito, invitó expresamente a Ecolampadio a una conversación de despedida. El reformador testimonió su sincera amistad para Erasmo, que éste no declinó, con tal que le permitiera diferir del dogma en algunos puntos. Ecolampadio intentó disuadirlo de dejar la ciudad, y cuando se convenció de que ya era demasiado tarde para ello, probó a persuadirlo a que volviese un día. Se despidieron estrechándose las manos.

Erasmo había querido tomar la embarcación en un embarcadero distante, pero el Consejo no quiso permitirlo: hubo de embarcarse en el lugar de costumbre, junto al puente del Rin. Una nutrida muchedumbre presenció su embarco, el 13 de abril de 1529. Fueron

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a despedirlo algunos amigos. No hubo ninguna demostración desfavorable520.

Su recepción en Friburgo lo convenció de que, a pesar de todo, era todavía el celebrado y admirado príncipe de las letras. El Consejo puso a su disposición el vasto aunque no terminado edificio que había sido construido para el emperador Maximiliano; un profesor de teología le ofreció su jardín. Antonio Fugger había intentado atraerlo a Augsburgo por medio de una asignación anual. Por lo demás, no consideraba él ni mucho menos a Friburgo como lugar permanente de residencia. «Yo he resuelto pasar aquí el invierno y luego volar con las golondrinas al lugar donde Dios me llame521».

Pero pronto reconoció las grandes ventajas que Friburgo le ofrecía. El clima, para el cual era tan sensible, se presentó mejor de lo que él esperaba, y la situación de la ciudad era en extremo favorable para emigrar a Francia, si las circunstancias lo exigiesen, o para echar Rin abajo de regreso a Holanda, donde muchos lo llamaban también. En 1531 compró una casa en Friburgo522. Uno de sus mejores amigos, Luis Ber, se había venido con él de Basilea.

El anciano Erasmo, en Friburgo, cada vez más atormentado por su dolorosa enfermedad, mucho más desilusionado que cuando dejó Lovaina en 1521, y más firmemente decidido a mantener su punto de vista, nos hablará con toda su personalidad cuando se haya

A. 2158. 60, 2188. 5, 2196.

A. 2158, 2145, 2222.

LBE. 1349 A. cf. 1325.

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publicado completa su correspondencia de aquellos años. Las colecciones antiguas contienen muy incompletamente esas cartas523. Según parece, de ningún período de la vida de Erasmo se puede espigar tanto, en cuanto al conocimiento de sus costumbres y pensamientos diarios, como de aquellos años. El trabajo continuó sin una interrupción en aquel gran taller de escritor donde dirige a sus fámulos que cazan manuscritos para él y luego los copian y los revisan, y desde donde envía sus cartas por toda Europa.

En la serie de ediciones de los Santos Padres siguieron San Basilio, y nuevas ediciones de San Juan Crisóstomo y San Cipriano; sus ediciones de autores clásicos fueron aumentadas con las obras de Aristóteles. Revisó y volvió a publicar los Coloquios tres veces más, y una vez más los Adagios y el Nuevo Testamento. Siguieron fluyendo, de cuando en cuando, de su pluma escritos de carácter moral o político-teológico.

Ahora se hallaba completamente apartado de la causa de la Reforma. «Pseudevangelici, —llama de modo ofensivo a los reformados—. Yo hubiera podido ser un corifeo en la Iglesia de Lutero», escribe en 1528, «pero he preferido incurrir en el odio de toda Alemania a separarme de la comunidad de la Iglesia524». Las autoridades debieran haber puesto algo menos de atención al comienzo en la conducta de Lutero; y entonces el fuego no se

La parte IX (1938) del Opus Epistolarum del Dr. Allen alcanza hasta fines de 1532. La parte X (1532-34), que se consigna en la Bibliografía, no pudo ser aprovechada por el autor, pues apareció en 1943. (N. del E.).

A. 2037. 268.

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hubiera propagado tan violentamente525. Él siempre había instado a los teólogos a dejar en paz cuestiones menores, que sólo contenían una apariencia de piedad, y volver los ojos a las fuentes de la Escritura526. Ahora ya era demasiado tarde. Las ciudades y los campos se habían unido cada vez más estrechamente por o contra la Reforma. «Si, lo que yo pido a Dios que nunca suceda», escribe a Sadoleto en 1530527 «vierais alzarse horribles conmociones en el mundo, no tan fatales para Alemania como para la Iglesia, entonces acordaos de que Erasmo las profetizó». A Beato Renano le dijo con frecuencia que si él hubiese sabido que iba a venir una época como la presente, hubiera dejado de escribir muchas cosas o no las hubiera escrito del modo que lo había hecho528.

«Y si no, mirad, —exclama—, a la gente evangélica: ¿han mejorado algo? ¿Conceden menos a la lujuria, a la codicia, a la gula? Mostradme un hombre a quien ese nuevo Evangelio haya cambiado de borracho en sobrio, de bruto en hombre amable, de mezquino en generoso, de desvergonzado en casto. Yo podría mostraros muchos que se han vuelto aún peores de lo que eran». Ahora han arrojado las imágenes de las iglesias y abolido la misa (piensa aquí especialmente en Basilea): ¿ha venido algo mejor en cambio? «Yo nunca he entrado en sus iglesias, pero los he visto volver del sermón, como si estuviesen poseídos de un mal espíritu, con una

A. 2315. 243 sq.

A. 2136. 185 ss. cf. 2037.

LBE. 1272 B

A. no. IV, t. I. p. 68. 445.

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curiosa expresión de ira y ferocidad en el rostro; y ninguno de ellos, fuera de un anciano, me saludaron decentemente cuando pasé en compañía de algunas personas distinguidas529[».

Odiaba aquel espíritu de absoluta certeza tan inseparable de los reformadores. «Zuinglio y Bucero podrán estar inspirados por el Espíritu. Erasmo, por su parte, no es más que un hombre, y no puede comprender lo que es ese Espíritu530».

Había un grupo entre los reformadores, a quien Erasmo, en el fondo del fondo, era más afín que con los luteranos o zuinglianos y su rígido dogmatismo: los anabaptistas. Él rechazaba la doctrina de la que derivaban su nombre, y aborrecía el elemento anárquico que había en ellos531. Seguía siendo, con mucho, un hombre de decoro espiritual, para poder identificarse con aquellos irregulares creyentes. Pero no estaba ciego para la sinceridad de sus aspiraciones morales, y simpatizaba con su repugnancia a la fuerza bruta, y la paciencia con que sufrían persecución. «Son alabados más que todos los otros por la pureza de su vida», escribe en 1529532. Y precisamente durante la última parte de su vida vino el episodio de los actos revolucionarios de los anabaptistas fanáticos; no hay que decir que Erasmo habla de ello sólo con horror.

Uno de los mejores historiadores contemporáneos de la Reforma, Walter Köhler, llama a Erasmo uno de los padres espirituales del

LB. X. 1578 C, 1590

LB. X. 1594. A

LB. V. 505 B, A. 1369. 35 ss.

A. 2134. 214, 2149. 57.

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anabaptismo533. Y es lo cierto que en su última y apacible evolución tiene importantes rasgos en común con Erasmo: una tendencia a reconocer el libre albedrío, cierta inclinación racionalista; repugnancia a una concepción exclusiva de una Iglesia. Parece posible demostrar que el anabaptista del sur de Alemania Hans Denk, derivó opiniones directamente de Erasmo. Sin embargo, en parte considerable, esta comunidad de ideas pudo, sin duda, haberse fundado en peculiaridades de la conciencia religiosa en los Países Bajos, de donde salió Erasmo, y donde el anabaptismo encontró un terreno tan abonado. Es seguro que Erasmo no advirtió nunca tales conexiones.

Una notable prueba del cambio de actitud de Erasmo respecto a la antigua y la nueva Iglesia, nos la da lo que sigue.

El reproche que antes había dirigido tan a menudo a los abogados del conservadurismo, de que odiaban las bonae litterae, tan amadas por él, y que se proponían sofocarlas, ahora lo usa contra el partido evangélico: «Dondequiera que predomine Lutero, el estudio de las ciencias se relaja. —Y continúa, usando un notable sofisma—: ¿Por qué si no, Lutero y Melanchthon incitan con tanta urgencia a la gente a que vuelva al amor de las letras?». «¡Comparad sino la Universidad de Wittenberg con la de Lovaina o París!… Los impresores dicen que antes de ese nuevo Evangelio solían

533 W. Köhler, M. Luther p. 79, Historische Zeitschrift 121, 322

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despachar 3000 volúmenes en mucho menos tiempo que ahora 600.

¡Una prueba evidente de que ahora florecen los estudios!534».

LB. X. 1618, A. 1977. 40.

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Capítulo XX

Los últimos años

Las divergencias religiosas y políticas se agudizan. — La próxima contienda en Alemania sigue aplazada. — Erasmo termina su Ecclesiastes. — Muerte de Fisher y Moro. — Regreso de Erasmo a Basilea: 1535.— Planes de traslado a Borgoña o Brabante. — El papa Paulo 111 desea hacerle escribir en favor de la causa del Concilio. — Favores declinados por Erasmo.— De puritate ecclesiae. — El fin: 12 de julio de 1536.

Durante los últimos días de la vida de Erasmo, todos los grandes acontecimientos que tenían al mundo en suspenso fueron tomando rápidamente formas amenazadoras. Por todas partes donde antes había parecido aún posible un pacto, una unión, ahora cerraban el camino de la paz agudos conflictos, agrupaciones partidistas claramente definidas, fórmulas restrictivas. Mientras en la primavera de 1529 Erasmo se preparaba para marcharse de Basilea, una poderosa mayoría católica de la dieta de Espira logró anular la tregua de 1526, favorable a los evangélicos, y sólo entre ellos los luteranos conservaron lo que habían obtenido; además se aseguraron una prohibición para cualesquiera cambios o novedades ulteriores. A los zuinglianos y anabaptistas no se les permitió gozar de la menor tolerancia. A esto siguió inmediatamente la «protesta» de los principales príncipes y ciudades evangélicas, lo cual en

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adelante había de dar el nombre a todos los anticatólicos juntos (19 de abril de 1529). Y no sólo se hizo completa la ruptura entre los católicos y los protestantes en el Imperio. Aun antes de terminar aquel año, la cuestión de la eucaristía demostró ser un obstáculo insuperable para una efectiva unión entre zuinglianos y luteranos. Lutero se apartó de Zuinglio en la entrevista de Magdeburgo, con las palabras: «Vuestro espíritu difiere del nuestro».

En Suiza había estallado la guerra abiertamente entre los cantones católicos y los evangélicos, sólo calmada por poco tiempo con la primera paz de Kappel. Los tratados de Cambray y Barcelona, que en 1529 restablecieron a lo menos la paz política en la cristiandad por cierto tiempo, no pudieron ya arrancar muestras de regocijo a Erasmo por la venida de una edad de oro, como las que la concordia de 1516 le había inspirado. Al cabo de un mes se presentaron los turcos ante Viena.

Todos aquellos acontecimientos no pudieron menos de angustiar y alarmar a Erasmo. Pero él permanecía ajeno a ellos. Cuando se leen sus cartas de aquel período, nos impresiona más que nunca que él, con toda la vastitud y viveza de su espíritu, permanezca alejado de los grandes acontecimientos de su época. Más allá de cierto círculo de intereses, que atañen a sus ideas y a su persona, sus percepciones son vagas y débiles. Si todavía se mezcla alguna vez en las cuestiones del día, lo hace al modo moralizador, por medio de generalizaciones, sin entusiasmo; su Aviso acerca de la declaración de guerra a los turcos (marzo de 1530) está escrito en forma de

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interpretación del salmo 28, y es tan vago que, al final, él mismo prevé que el lector podrá exclamar: «Pero ahora decidnos claramente: ¿pensáis que la guerra debe declararse o no?»535.

En verano de 1530, la Dieta se reunió otra vez en Augsburgo bajo los auspicios del mismo emperador, para intentar una vez más «conseguir una buena paz y una verdad cristiana». La confesión de Augsburgo, que Melanchthon había redactado muy cautamente, fue leída allí, discutida, y declarada refutada por el Emperador.

Erasmo no tuvo participación en nada de esto. Muchos lo habían exhortado por carta a ir a Augsburgo; pero él había esperado en vano una invitación del Emperador. A instancias de los consejeros imperiales, había aplazado su propuesto traslado a Brabante aquel otoño, hasta después de la decisión de la Dieta536. Pero sus servicios no se necesitaron para la enérgica resolución de represión con que el Emperador cerró las sesiones en noviembre.

La gran lucha en Alemania parecía estar próxima; las resoluciones de Augsburgo fueron seguidas por la liga de Esmalcalda que unía a todos los territorios y ciudades protestantes de Alemania, en su oposición al Emperador. El mismo año (1531), Zuinglio fue muerto en la batalla de Kappel contra los cantones católicos, y pronto le siguió Ecolampadio, quien murió en Basilea. «Es bueno, —escribe

LB. V. 346

LBE. 1305, 1325.

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Erasmo—, que esos dos cabecillas hayan perecido. Si Marte les hubiera sido favorable, estábamos perdidos537».

En Suiza se había establecido una especie de equilibrio; de todos modos la situación había quedado estacionaria; en Alemania se había aplazado por muchos años la inevitable lucha. El Emperador había comprendido que él, para combatir con eficacia a los protestantes alemanes, debía obtener primero que el Papa reuniese el Concilio que aboliese los reconocidos abusos de la Iglesia. La paz religiosa de Nüremberg (1532) puso el sello a aquel procedimiento de política imperial.

Pudo parecer que no tardarían mucho los abogados de la reforma moderada y de un pacto, en obtener por fin una ocasión para ser oídos. Pero Erasmo era ya demasiado viejo para participar activamente en las decisiones, en caso, desde luego, que él hubiera creído necesaria aquella participación. Con todo, en 1533, escribe un tratado: Acerca de la buena concordia de la Iglesia538[, parecido a su Aviso acerca de los turcos, en forma de interpretación de un salmo (el 83). Pero no parecía sino que la antigua vivacidad de su estilo y su fuerza de expresión, por tanto tiempo sin rival, comenzaban ahora a vacilar. La misma observación puede aplicarse a un ensayo Acerca de la preparación para la muerte539, publicado el mismo año. Su voz se va debilitando.

LBE. 1422 B.

LB. V. 469.

LB. V. 1293.

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Durante aquellos años volvió su atención principalmente a terminar la obra que más que otra alguna representaba para él el resumen y la completa exposición de sus ideas ético-teológicas: Eclesiastés o Acerca de la manera de predicar540.

Erasmo había mirado siempre la predicación como la parte más noble de los deberes de un eclesiástico. Siempre había tenido en su más alta opinión, como predicadores, a Colet y Vitrario541. Ya en 1519, su amigo Juan Becar de Borselen lo instaba para que acompañase su Enchiridion del soldado cristiano, y su Institutio del príncipe cristiano, con un tratado acerca de la instrucción del predicador cristiano. «Más adelante, más adelante, —le había prometido Erasmo—; al presente tengo mucho trabajo; pero espero poder emprenderlo pronto». En 1523 ya había hecho un esbozo y escrito algunas notas para aquel tratado, a instancias de Juan Fisher, obispo de Rochester, gran amigo de Erasmo y hermano espiritual suyo, quien en 1525 lo esperaba con impaciencia y apremiaba al autor a terminarlo542. La obra, poco a poco, fue creciendo hasta formar la más voluminosa de las obras originales de Erasmo: aquel libro era un bosque, «operis sylvam», como lo llama él. Distribuyó su materia en cuatro libros: el arte de predicar bien y decorosamente, con inextinguible abundancia de ejemplos, ilustraciones, planes, etc. Pero ¿era posible que una obra, concebida

LB. V. 767

A. 1211

A. 932. 17, 952. 1, no. I, p. 34, 1581. 666.

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ya por Erasmo en 1519, y en la cual había trabajado tanto tiempo mientras él había ido perdiendo el arrojo de sus primeros años, pudiera ser todavía una revelación en 1535, como el Enchiridion lo había sido en su día?

El Ecclesiastes es la obra de un espíritu fatigado que ya no reacciona vivamente a las necesidades de su época. Como resultado de una instrucción correcta, intelectual, de buen gusto, lograda mediante una adecuada predicación, en consonancia con la pureza del Evangelio, Erasmo espera ver mejorar la sociedad. «El pueblo se torna más obediente para las autoridades, más respetuoso para las leyes, más pacífico. Entre marido y mujer se origina gran concordia, más perfecta fidelidad, gran repugnancia para el adulterio. Los servidores obedecen de mejor voluntad, los artesanos trabajan mejor, los mercaderes no engañan».

Al mismo tiempo que Erasmo entregaba esta obra a Froben, en Basilea, para imprimirla, pasaba por las prensas de otro impresor de aquella ciudad543 el libro de un joven francés que recientemente había huido de Francia a Basilea. También era un manual acerca de la vida devota: la Institutio Religiones Christianae; su autor se llamaba Calvino.

****

Antes que Erasmo hubiese terminado el Ecclesiastes, el hombre para quien había sido escrita la obra ya no existía. En lugar, pues,

Tomás Platter, que acababa de entrar en posesión del negocio editorial de Cratander, donde anteriormente, y con gran secreto, se había impreso el diálogo Julius.

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de dedicársela al obispo de Rochester, Erasmo dedicó su voluminosa obra al obispo de Augsburgo, Cristóbal de Stadion. Juan Fisher, para sellar sus esfuerzos espirituales, parecidos en tantos respectos a los que había realizado Erasmo, había dado el ejemplo, para el cual Erasmo se reconocía demasiado débil, del martirio. El 22 de junio de 1535, fue decapitado por orden de Enrique VIII. Murió por guardar fidelidad a la Iglesia católica. Junto con Moro, se había negado firmemente a prestar juramento para el Estatuto de Supremacía. Antes de dos semanas más tarde, Tomás Moro subía al cadalso. La suerte de sus dos más nobles amigos, sin duda afectó a Erasmo. Pero el que en sus cartas de aquellos días ninguna palabra de consternación o de indignación revele su estado de ánimo, no debe únicamente atribuirse a un exceso de prudencia. Es posible que no hayan llegado a nosotros otras manifestaciones suyas544, aunque cierta reserva por su parte resulta innegable. En las palabras que en el prólogo de su Ecclesiastes dedica a la muerte de Fisher, no se nota el menor tono de cordialidad. Y en una carta dice: «¡Ojalá Moro no se hubiera mezclado nunca en ese peligroso asunto, y hubiese dejado las cuestiones teológicas para los teólogos!»545. ¡Como si Moro hubiese muerto por otra cosa que, sencillamente, por su conciencia!

****

El Carmen heroicum sobre la muerte de Fisher y Moro, que Jerónimo Gebwiler, en 1536, anunció como siendo de Erasmo, puede con certeza atribuirse al latinista holandés Juan Secundo. Cf. A. Jolles, Neophilologus, XIII, 1928, pág. 60, 132.

LBE. 1509 C, 1513 A

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Cuando Erasmo escribió aquellas palabras, ya no estaba en Friburgo. En junio de 1535 había ido a Basilea, a trabajar en el taller de Froben, como en tiempos pasados; por fin, el Ecclesiastes entró en prensa, pero todavía necesitaba cuidadosa revisión, y los toques finales mientras se iba imprimiendo; los Adagia habían de ser reimpresos, y estaba en preparación una edición latina de Orígenes. Aquel hombre anciano y enfermo fue recibido cordialmente por los muchos amigos suyos que vivían aún en Basilea. Jerónimo Froben, hijo de Juan, que después de la muerte de su padre dirigía el negocio con dos parientes, lo alojó en su casa Zum Luft. En espera de su regreso había sido construida expresamente una habitación para él, y amueblada convenientemente. Erasmo halló que en Basilea las tormentas eclesiásticas que tiempo atrás lo habían alejado de allí, se habían apaciguado546. Habían vuelto la tranquilidad y el orden. Sentía en el ambiente un espíritu de desconfianza, verdad era; «pero yo pienso que, por mi edad, manera de vivir, y la poca erudición que poseo, he llegado a un punto en que puedo vivir seguro en cualquier parte». Primero había mirado aquel cambio de residencia como un experimento. No pensaba quedarse en Basilea. Si su salud no podía resistir el cambio de aires, se volvería a su hermosa, bien amueblada y cómoda casa de Friburgo. Si veía que podía soportar aquel cambio, entonces elegiría entre los Países Bajos

LBE. 1511 D.

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(probablemente Bruselas, Malinas, Amberes, o quizás Lovaina), o la Borgoña, en particular Besanzón. Hacia el final de su vida se agarra a la ilusión que había estado acariciando durante largo tiempo de que sólo el vino de Borgoña le convenía y atajaba su enfermedad. Hay algo de emocionante en las proporciones que aquella cuestión del vino va adquiriendo poco a poco: el que sea tan caro en Basilea no importa; pero los ladrones carreteros se beben o echan a perder el importado547.

En agosto vaciló mucho en si volvería o no a Friburgo. En octubre vendió su casa y parte de su mueblaje, y mandó transportar el resto a Basilea548. Después del verano, apenas salió de su habitación; y la mayor parte del tiempo lo pasaba en la cama.

Aunque el formidable trabajador que llevaba dentro anhelaba vivir todavía más años y tener tiempo para trabajar, su alma estaba ya preparada para la muerte. No se había sentido nunca feliz; sólo durante sus últimos años expresa el anhelo de morir. Todavía, por modo curioso, estaba sujeto a la ilusión de hallarse en lo más recio de la pelea. «En esta arena habré de caer, —escribe en 1533—. Sólo me consuela que ya está cerca y a la vista el puerto, que, si Cristo me es favorable, pondrá fin a todos los trabajos y angustias549». Dos años más tarde su voz suena más apremiante: «Ojalá se digne el

A. 296. 63, 285, 288. 15, 1342. 458, LBE. 1511 DE, A. 1359. 14, 1342. 457 etc.

LBE. 1506 CD, 1515 E y A. no. III, t. I. p. 53. 18.

LBE. 1465 B

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Señor sacarme de este desvariado mundo y me llame a su reposo550».

La mayoría de sus amigos habían muerto. Warham y Mountjoy, antes que Moro y Fisher; Pedro Gilles, mucho más joven que él, había fallecido en 1533; también Pirkheimer hacía muchos años que había muerto. Beato Renano nos lo muestra, durante los últimos meses de su vida, repasando las cartas de sus amigos de aquellos últimos años y repitiendo: «También éste ha muerto551». A medida que se iba quedando más solo, su suspicacia y su sensación de ser perseguido se hacían más fuertes. «Mis amigos disminuyen, mis enemigos aumentan», escribe en 1532, cuando Warham ha muerto y Aleandro se ha encumbrado más todavía. En otoño de 1535 piensa que todos sus discípulos servidores le hacen traición, hasta los más queridos, como Quirino Talesio y Carlos Utenhove. Se queja de que no le escriban552.

En octubre de 1534, al papa Clemente VII sucedió Paulo III, quien tomó a pechos enseguida la cuestión del Concilio. La reunión de un Concilio era en opinión de muchos el único medio por el cual podía ser restaurada la unión de la Iglesia; y ahora parecía estar cerca la ocasión de realizarse. Primero fueron invitados los más sabios teólogos a contribuir a la preparación de aquella grande obra. Erasmo no dejó en enero de 1535 de dirigir al nuevo papa una carta

LBE. 1506 B.

A. no. IV, t. I. p. 70.

LBE. 1513 EF.

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de felicitación, en la que manifestaba su buen deseo de cooperar en llevar a cabo la pacificación de la Iglesia, y aconsejaba al Papa guardar un cauteloso término medio. El 31 de mayo recibió una respuesta llena de benevolencia y agradecimiento553. El Papa exhortaba a Erasmo: «que también tú, agraciado por Dios con tanto talento y loable saber, nos puedas ayudar en esta piadosa obra, que es tan grata a tu espíritu, y defender, con nosotros, la religión católica, con la palabra hablada y escrita, antes y durante el Concilio; y puedas de esta manera, con esta última obra de piedad, como con la acción más óptima, coronar tu religiosa vida y tus numerosos escritos, refutando a tus detractores y animando a los que se hacen lenguas de tu fama».

¿Hubiera Erasmo, en años de más fuerzas, hallado manera de cooperar activamente en el Consejo de los grandes? La exhortación del Papa, desde luego, interpretaba perfectamente su deseo. Pero una vez frente a frente de la necesidad de inflexibles, claras resoluciones, ¿qué hubiera hecho él? Su deseo de paz y tolerancia, de reserva y conciliación, ¿hubiera llevado algún paliativo a la inminente batalla o la hubiera evitado? Pudo ahorrarse aquel experimento.

Él sabía que estaba demasiado débil para poder pensar ya en una enérgica propaganda político-religiosa. Pronto vinieron pruebas de que los bondadosos sentimientos de Roma eran sinceros. Se había

LBE. 1501.

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tratado de incluir también a Erasmo entre los cardenales que iban a ser nombrados en vistas al Concilio; se le ofrecía ya un considerable beneficio anejo a la iglesia de Deventer554. Pero Erasmo instó a sus amigos romanos que tanta actividad mostraban en su favor, a que cesasen en sus buenos oficios; él no aceptaría nada; él era un hombre que vivía al día, esperando la muerte, y a veces deseándola, y que apenas podía ya salir de su habitación. ¡Y no estaba para que lo instigasen a conquistar deanatos y capelos! Tenía lo suficiente para vivir hasta su muerte próxima555. Quería morir independiente.

Y con todo, su pluma no descansaba. El Ecclesiastes había sido impreso y publicado; y Orígenes había de seguir. En lugar de la importante y brillante labor a que Roma lo llamaba, él dedicó sus últimas fuerzas a una sencilla obra de amistosa cordialidad. El amigo a quien había de tocar el honor de recibir del autor anciano y enfermo de muerte una última composición preparada expresamente para él, entre los más terribles dolores, era el más modesto entre el número de los que no habían perdido su fe en él. No era prelado ni príncipe, no un grande ingenio ni un admirado teólogo, sino Cristóbal Eschenfelder, oficial de aduanas en Boppard del Rin. A su paso por allí en 1518, Erasmo, con alegre sorpresa, había descubierto que Eschenfelder era un lector de sus obras y un hombre de cultura. Aquella amistad había durado largo tiempo. Eschenfelder había pedido a Erasmo que le dedicase la

LBE. 1510 B, 1513 B

LBE. 1510 B, 1513 B, A. no. III, t. I. p. 66.

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interpretación de algún salmo (forma de composición a menudo preferida últimamente por Erasmo). Hacia fines de 1535 se acordó de aquella petición. Había olvidado si Eschenfelder le había indicado algún salmo preferido por él, y escogió uno al azar556, el salmo 14, y tituló el tratado De la pureza de la Iglesia Cristiana. Explícitamente lo dedicó «al publicano» en enero de 1536. No es notable entre sus escritos ni en contenido ni en forma, pero había de ser el último.

El 12 de febrero de 1536, Erasmo hizo sus preparativos finales. En 1527 había ya hecho un testamento con cláusulas detalladas para la impresión de sus obras completas por Froben. En 1534 redactó un cuidadoso inventario de sus bienes. Vendió su biblioteca al noble polaco Juan de Lasco. Las disposiciones de 1536 atestiguan dos cosas que habían jugado papel importante en su vida: sus relaciones con la casa Froben y su deseo de amistad. Bonifacio Amerbach es su heredero. Jerónimo Froben y Nicolás Episcopio, los administradores del negocio, son sus albaceas. A cada uno de los buenos amigos que le habían quedado, dejaba una de las joyas que hablaban de su trato con príncipes y grandes de la tierra; en primer lugar, a Luis Ber y a Beato Renano. No eran olvidados los pobres ni los enfermos, y se acordaba especialmente de muchachas que estaban a punto de casarse, y jóvenes que prometían. Los pormenores de estos donativos los dejaba a la discreción de Amerbach.

LB. V. 294.

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En marzo de 1536, todavía piensa en partir para Borgoña. Le ocupan asuntos de dinero, y habla de la necesidad de hacerse nuevos amigos, porque los antiguos lo abandonan: el obispo de Cracovia, Zasio en Friburgo557. Según Beato Renano558, el proyecto de ir a Brabante predominó al final de la vida de Erasmo. La Regente, María de Hungría, no cesaba de instarlo a volverse a los Países Bajos. La última declaración de Erasmo nos deja en duda acerca de si habrá tomado ya su resolución. «Aunque estoy viviendo aquí con los más sinceros amigos como no los tengo en Friburgo, con todo, yo preferiría, por causa de las diferencias de doctrina, terminar mi vida en otra parte. ¡Lástima que Brabante no esté más cerca!»559.

Esto escribe el 28 de junio de 1536. Se había sentido tan enfermo durante unos días que no había podido leer siquiera. En la carta volvemos a rastrear la obsesión de que Aleandro lo persigue, excita contrarios contra él, y tiende celadas a sus amigos. ¿Acabó por debilitarse también su espíritu?

El 12 de julio vino el fin. Los amigos que estaban alrededor de su cama le oyeron gemir sin cesar: «¡O Jesu, misericordia! ¡Domine, libera me! ¡Domine miserere mei!. —Y al final, en holandés—: Lieve God560».

LBE. 1519

A. no. III, t. I. p. 53. 18

LBE. 1522.

A. no. III, t. I. p. 53. El texto de Beato Renano dice: Lieuer Got. La u demuestra que Beato Renano no oyó alto-alemán; por otra parte, resulta evidente que no acierta a reproducir con

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fidelidad la terminación de Lieve y la consonante final de God, que, de todos modos, en holandés se pronuncia casi como una t.

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Capítulo XXI

Conclusión

Conclusión. — Erasmo y el espíritu del siglo XVI. — Sus puntos flacos. — Un espíritu completamente idealista y, a pesar de ello, moderado. — El ilustrador de un siglo. — Se anticipa a tendencias de dos siglos después. — Su influencia afecta al protestantismo y a la contrarreforma. — El espíritu erasmiano en los Países Bajos.

Al reflexionar acerca de la vida de Erasmo, nos volvemos a preguntar: ¿por qué ha permanecido tan grande? Porque la verdad es que sus esfuerzos terminaron en fracaso. Él retrocede alarmado ante aquella tremenda lucha que con razón llama tragedia; el siglo XVI, osado y vehemente, pasa arrollador por encima de él, despreciando su ideal de moderación y tolerancia. La erudición literaria latina, que era para él resumen de toda verdadera cultura, se ha extinguido como tal. Erasmo, en cuanto a la mayor parte de sus escritos, figura entre los grandes que ya no son leídos. Se ha convertido en un puro nombre. Pero ¿por qué suena ese nombre, todavía tan puro y diáfano? ¿Por qué nos sigue pareciendo como si él supiese algo más de lo que quiso declarar?

¿Qué fue para su época y qué había de ser para las siguientes generaciones? ¿Es justo que se le haya llamado precursor del espíritu moderno?

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Considerado como hijo del siglo XVI, parece diferir del carácter general de su tiempo. Entre aquellos caracteres Vehementemente apasionados, poderosamente enérgicos y violentos de los grandes de su época, Erasmo se alza como hombre de harto pocos prejuicios, delicadeza de gusto tal vez algo exagerada, con ausencia, aunque ciertamente no en todos sentidos, de aquella Stultitia que él había predicado como necesario ingrediente de la vida. Erasmo es un hombre demasiado sensible y moderado para ser heroico.

¡Qué asombrosa diferencia entre el acento de Erasmo y el de Lutero, Calvino y Santa Teresa! ¡Qué diferencia también entre su acento, esto es, el acento del humanismo, y el de Alberto Durero, de Miguel Ángel o de Shakespeare!

Erasmo parece, a veces, un hombre que no es lo suficientemente fuerte para su época. En aquel robusto siglo XVI no parece sino que era necesaria la robliza fuerza de Lutero, la acerada agudeza de Calvino y el candente ardor de San Ignacio; y no la suavidad aterciopelada de Erasmo. No sólo fueron necesarios la fuerza y el fervor de aquellos hombres, sino también su profundidad, su firmeza, sinceridad y franqueza impávidas, implacables.

No pueden soportar aquella sonrisa que hace hablar a Lutero del «espíritu maligno» que se trasluce en las facciones de Erasmo561. Su religiosidad es demasiado tranquila para ellos, demasiado floja. San Ignacio ha atestiguado que la lectura del Enchiridion militis christiani

Tischreden, ed. de Weimar, II. no. 2420

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había relajado su fervor y enfriado su devoción. Él veía al guerrero de Cristo de modo muy diferente, con los resplandecientes colores del ideal caballeresco cristiano y español.

Erasmo nunca había pasado por aquellas profundidades de la reprobación de sí mismo y de la conciencia del pecado, porque había pasado Lutero dolorosamente; no veía diablo con quien luchar, y las lágrimas no le eran familiares. ¿Dejó de advertir en absoluto tan profundo misterio? ¿O permaneció demasiado recóndito en él para ser expresado?

No se vaya a suponer con harta precipitación que simpatizamos más con Lutero o con San Ignacio porque nos atraigan más sus figuras. Si al presente nuestra admiración se vuelve hacia los ardientemente piadosos y a los extremos espirituales, en parte es porque nuestra época inestable requiere fuertes estímulos.

Para valorar a Erasmo debemos comenzar apartando nuestra admiración de lo extravagante; y para muchos esto requiere cierto esfuerzo al presente. Es por todo extremo fácil condenar a Erasmo. Sus defectos salen a la superficie, y aunque él deseaba ocultar muchas cosas, nunca ocultó su debilidad.

Se preocupaba demasiado por lo que pensaban los demás, y no podía contenerse la lengua. Su espíritu era demasiado rico y fácil, siempre sugiriendo superfluidad de argumentos, casos, ejemplos, citas. Nunca podía dejar correr las cosas. En toda su vida no supo detenerse un instante para concentrarse, y comprender la poca importancia que tenía al fin y al cabo el alboroto a su alrededor, con

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tal de que él siguiera su camino valerosamente. Deseaba ardientemente, sobre todas las cosas, reposo e independencia; y no hubo un ser más inquieto y dependiente que él. Mirémoslo como a un hombre de constitución demasiado delicada, que se atreve a arrostrar una tormenta. Tenía fuerza de voluntad bastante. Trabajaba día y noche en medio de los más violentos padecimientos corporales, con los ojos puestos firmemente en un gran ideal, nunca satisfecho de sus realizaciones; menos todavía de sí mismo. Y jamás se alabó de lo mejor que hizo.

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Como tipo intelectual, Erasmo pertenecía a un grupo bastante reducido: el de los idealistas absolutos que, al mismo tiempo, son completamente moderados. No pueden soportar las imperfecciones del mundo; se sienten constreñidos a combatir. Pero los extremos no convienen a su carácter; retroceden ante la acción, porque saben que derriba tanto como edifica; y por eso se retiran, y siguen clamando que todo debería cambiar; pero en cuanto se produce la crisis, se ponen de mala gana de parte de la tradición y el conservadurismo. Y otra parte de la tragedia de la vida de Erasmo consiste en esto: que él veía las cosas nuevas y venideras con mayor claridad que nadie; que necesitaba luchar contra lo viejo; y, a pesar de ello, no podía aceptar lo nuevo. Prefirió permanecer en el seno de la antigua Iglesia, después de haberla perjudicado seriamente, y renunció a la Reforma, y hasta cierto punto al humanismo, después de haberlos promovido con todas sus fuerzas.

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Nuestra opinión final acerca de Erasmo, se ha referido hasta ahora a sus cualidades negativas. ¿Cuál fue su importancia positiva?

Dos hechos hacen dificultoso para el espíritu moderno comprender la importancia positiva de Erasmo: en primer lugar, que su influencia era más extensa que intensa, y por lo mismo, menos discernible históricamente en puntos definidos; y en segundo lugar, que su influencia ha cesado. Él ha cumplido su obra, y ya no volverá a hablar al mundo. Como San Jerónimo, su reverenciado modelo, y Voltaire, con quien ha sido alguna vez comparado, «ha tenido su recompensa». Pero como ellos, ha sido el ilustrador de una época de la cual ha emanado una vasta corriente de cultura. Ilustra un siglo y transforma su espíritu.

La investigación histórica de la Revolución Francesa se da cuenta cada vez más de que la verdadera historia de Francia durante aquel período, debe ser buscada en aquellos grupos que, como Centre o Marais, no han parecido durante largo tiempo sino un hatajo de comparsas, y comprende que tal vez le conviene no dejarse deslumbrar por los relampagueantes resplandores de la Gironda y la Montaña. Análogamente, la historia del período de la Reforma deberá prestar atención, y así lo viene haciendo desde largo tiempo, a la vasta esfera central penetrada por el espíritu erasmiano. Uno de sus contrarios dice: «Lutero ha arrastrado consigo una gran parte de

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la Iglesia; Zuinglio y Ecolampadio, también alguna parte de ella, pero Erasmo la mayor parte562». El público de Erasmo era numeroso y de gran cultura. Era el único de los humanistas que realmente escribió para todos, esto es, para toda la gente educada. Acostumbró a un mundo entero a otra y más facunda manera de expresión; él cambió la dirección del interés, influyó con su perfecta claridad de exposición, aun por medio del latín, el estilo de las lenguas vernáculas, aparte de las innumerables traducciones de sus obras. Erasmo puso a contribución algunos nuevos registros, por decirlo así, del grande órgano de la expresión humana, como Rousseau había de hacerlo dos siglos más tarde.

Bien debió de pensar con cierta complacencia en la influencia que había ejercido en el mundo. «De todas las partes del mundo, — escribe hacia el final de su vida563—, diariamente, me dan muchos las gracias por haber sido encendido con mis obras, sea cual fuere su mérito, el celo para una buena disposición de ánimo y por la literatura sagrada; y los que no han conocido nunca personalmente a Erasmo, con todo, lo conocen por sus libros». Estaba contento de que sus traducciones del griego hubieran venido ya a ser superfinas; él había logrado inducir a muchos, por todas partes, a dedicarse al griego y a la Sagrada Escritura, «que de otro modo

LBE. 1490 D.

Para la 4.a y 5.a ed. del NT. LB. VI. *** 3 hacia el final.

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nunca hubieran leído564». Había sido un introductor y un iniciador.

Podía salir del escenario después de haber dicho su papel.

Su palabra significaba algo más que un sentido clásico y una afición a la Biblia. Era al mismo tiempo la primera enunciación de la creencia en la educación y la perfectibilidad, de un ardiente sentido social, de fe en la naturaleza humana y de pacífica benevolencia y tolerancia. «Cristo mora en todas partes; la piedad se practica debajo de cualquier vestidura, con tal que no falte una bondadosa disposición565».

En todas estas ideas y convicciones, Erasmo anuncia realmente una edad posterior. En los siglos XVI y XVII estos pensamientos quedaron como una corriente subterránea: en el siglo XVIII el mensaje liberador de Erasmo dio su fruto. A este respecto, ha sido, con toda certidumbre, un precursor y preparador del pensamiento moderno: de Rousseau, Herder, Pestalozzi, y los pensadores ingleses y norteamericanos. Pero resultaría inexacto considerarlo como precursor de todo el pensamiento moderno en general. Muchos de sus desarrollos son enteramente ajenos a Erasmo: no juega ningún papel, por ejemplo, en la evolución de las ciencias naturales, de la nueva filosofía o de la economía política. Pero en cuanto los hombres creen todavía en el ideal de que la educación y la general tolerancia pueden hacer más feliz a la humanidad, Erasmo sigue siendo acreedor a nuestra gratitud.

A. no. I, t. I. p. 8, 9, 413. 29.

A. 447. 414.

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Si es cierto que algunas ideas de Erasmo, hasta más tarde no dieron su fruto, esto no implica que el espíritu de Erasmo no ejerciese directa y fructífera influencia sobre su tiempo. Aunque los católicos, en el ardor de la batalla, lo mirasen como el corruptor de la Iglesia, y los protestantes como el traidor del Evangelio, con todo, su palabra de moderación y bondad no pasó sin ser escuchada, ni fue desatendida por ambas partes. Al final, ninguno de los dos campos rechazó resueltamente a Erasmo. Roma no lo ha condenado como heresiarca, sino que únicamente advierte a los fieles que lo lean con precaución. La historiografía protestante ha puesto empeño en reconocerlo como a uno de los Reformadores. Ambas partes obedecieron en esto a la sanción de una opinión pública que estaba por encima de los partidos y que seguía admirando y respetando a Erasmo.

En la reconstrucción de la Iglesia Católica y la creación de las iglesias evangélicas, no sólo están enlazados los nombres de Lutero y San Ignacio. Los moderados, los intelectuales, los conciliadores, tuvieron también su participación en la obra; figuras como Melanchthon de una parte y Sadoleto de otra, ambas estuvieron estrechamente aliadas a Erasmo y benévolamente dispuestas para con él. Las tentativas, repetidas con frecuencia, para llegar a una avenencia en el gran conflicto religioso, aunque estuviesen condenadas al fracaso, emanaban del espíritu de Erasmo.

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En ninguna parte arraigó tan fácilmente aquel espíritu como en el país donde Erasmo nació. Un detalle curioso nos muestra que ello no fue privilegio exclusivo de ninguno de los dos grandes partidos. De sus dos discípulos predilectos en sus últimos años, ambos paisanos suyos, a quienes ha inmortalizado juntos como actores del coloquio Astragalismus, «el juego de los huesecitos», el uno, Quirino Talesio, murió por su adhesión a la causa de España y de la fe católica; fue ahorcado en 1572 por los ciudadanos de Haarlem, donde era burgomaestre. El otro, Carlos Utenhove, figuraba en el partido de la rebeldía y de la Religión Reformada. En Gante, de concierto con el príncipe de Orange, se volvió contra el fanático terrorismo protestante de los intolerantes.

Un historiador holandés ha intentado recientemente atribuir la oposición de los holandeses contra el rey de España, a la influencia del pensamiento político de Erasmo, con sus acusaciones contra los malos príncipes; yo pienso que se equivoca. Las diatribas políticas de Erasmo eran demasiado académicas y demasiado generales para esto. El deseo de resistencia y de rebelión se origina de causas muy distintas. El gueux no era progenie de Erasmo y la oposición política se apoyaba en motivos más reales que las digresiones de los Adagia. Pero hay mucho de erasmiano en el espíritu de Guillermo de Orange, cuyas miras se dirigían mucho más allá de las limitaciones

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del odio religioso566. Toda penetrada también del espíritu erasmiano, estuvo aquella clase de magistrados municipales que pronto habían de tomar la dirección y fijar el modo de ser en la República recién establecida. La historia acostumbra, como siempre hace con la aristocracia, a tomar muy en serio sus faltas. Después de todo, tal vez ninguna aristocracia más, como no sea la de Venecia, ha gobernado por tanto tiempo un estado tan bien y con tan poca violencia. Si en el siglo diecisiete las instituciones de Holanda, a los ojos de los extranjeros, fueron admirados modelos de prosperidad, caridad, disciplina social, y dechado de gentileza y discreción, —por defectuosas que hoy puedan parecernos— en ese caso el honor de todo ello es debido a su patriciado municipal. Y si en el patriciado holandés de aquel tiempo esas aspiraciones vivían y se traducían en acción, fue el espíritu de responsabilidad social de Erasmo lo que las inspiró. La historia de Holanda es mucho menos sangrienta y cruel que la de cualquiera de los países que la rodeaban. No en balde alabó Erasmo como verdaderamente holandesas esas cualidades que nosotros podríamos llamar también verdaderamente erasmianas: gentileza, benevolencia, moderación y una cultura media extendida a todo el pueblo. No serán virtudes románticas, si se quiere; pero ¿son por ello menos saludables?

Un ejemplo más. En la República de las Siete Provincias, las atroces ejecuciones de brujas y hechiceros cesaron más de un siglo antes

No existen pruebas demostrativas de que el Príncipe hubiese leído obras de Erasmo, pero puede considerarse probable.

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que en otros países. Y esto no era debido al mérito de los pastores reformados. Ellos compartían la creencia popular, que pedía persecución. Fue debido a los magistrados, cuya ilustración, ya a comienzos del siglo XVII, no toleraba aquellas cosas. Es más, tenemos derecho a decir que, a pesar de no ser Erasmo de los que combatieron aquella práctica, el espíritu que anima aquella resolución es el de Erasmo.

La humanidad cultivada tiene motivos para conservar en su estima el recuerdo de Erasmo, si no por otra razón, por haber sido el predicador ferviente y sincero de aquella benignidad de corazón que el mundo aún necesita con tanta urgencia.

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Apéndices

Los retratos de Erasmo

Los retratos de Erasmo. — Quintín Metsys. — El emblema con el dios Término, — Holbein, retratista de Erasmo. — Durero. — La estatua de Rotterdam. — Erasmo en el Japón.

Erasmo fue retratado durante su vida por tres de los más grandes artistas de su época; y en sus obras se han fundado los innumerables retratos de él, que pueden hallarse por todas partes y atestiguan su asombrosa y duradera celebridad.

En 1517, Erasmo y su amigo Pedro Gilles habían sido pintados juntos en Amberes por Quintín Metsys en un díptico, con la idea de ofrecer aquel retrato a su común amigo Tomás Moro, que no mucho antes había asegurado duradera fama para Gilles haciéndolo figurar como anfitrión en su controversia de la Utopía. Moro recibió el retrato en Calais el 7 de octubre de 1517. Quedó encantado, y expresó su admiración y gratitud en un elogio latino acerca de los dos amigos y del artista567.

El retrato de Pedro Gilles se halla ahora, aunque ya no del todo en su forma original, en Longford Castle, Salisbury, y el de Erasmo, transferido de la madera al lienzo, en el Palazzo Corsini de Roma568.

A. 584. 6, 601. 50, 616. 9, 654. 1. 669. 1, 681. 9, 683, 684, 688. 8. Reproducción en Allen II, págs. 576-77 y en otras obras.

. V. Allen III p. 106. 14 y Friedländer, Die Altniederl. Malerei VII 1929, p. 42. 120.

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Gilles tiene una carta de Moro en una mano, y apunta con la otra al libro titulado Antibarbari (el cual, desde luego, aún no había sido impreso en 1517, ni poseía Gilles en manuscrito). Erasmo está escribiendo el comienzo de su Paráfrasis de la Epístola a los Romanos. Detrás de ellos hay algunos libros más569.

En 1519, Quintín Metsys, en Amberes, hizo una medalla de Erasmo, fundida en plomo y en bronce, y fue regalada por el propio Erasmo a varios amigos y protectores570. En 1524, por mediación de Pirkheimer, la hizo vaciar de nuevo en bronce en Nuremberga, utilizando una copia en plomo estropeada571. Una pequeña reproducción modificada de 1531, es tal vez de mano de Juan Secundo, el poeta de los Basia, hijo del amigo de Erasmo, Nicolás Everaert, quien en 1520 había recibido de él la medalla de Metsys.

La medalla de 1519 lleva a cada lado de la cabeza el nombre Er. Rot., con la fecha de 1519, y por leyenda: τὴν χρείττω τὰ συγγράμματα δείξει. Imago ad vivam effigiem expressa. El reverso muestra un Término con una inscripción griega y latina572.

La inscripción griega, «la mejor imagen os la mostrarán sus escritos», que se repite en retratos posteriores, corresponde a un pensamiento que Erasmo expresó con frecuencia573. En cuanto al Término, Erasmo recibió en 1509 un anillo como regalo de

Véase Allen III. p. 106. 14

A. 1092, 1101. 8, 1119. 5, 1122. 18, 1985.

A. 1408. 29, 1417. 34, 1536, 1452. 29.

ὅρα τέλος μακροῦ βίου. Mors ultima linea rerum.

A. 875. 17, 943. 30, 981. 20, 1101. 7.

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Alejandro Stewart en el cual había una piedra preciosa antigua representando un Dioniso barbado. Cierto arqueólogo italiano identificó a Dioniso con el dios Término, y habiéndole llamado la atención hacia aquella antigua imagen, Erasmo hizo de Término su emblema. Para él, Término le invitaba a pensar en el término de la vida. Hizo que le pusieran Cedo nulli, «No cedo a nadie», grabado en la piedra, y la usó como sello. Quería significar con ello lo inconmovible que es la muerte, como lo hacían las inscripciones del reverso de la medalla de Metsys; pero sus enemigos le reprocharon que aquello era una expresión de orgullo574. Pirkheimer hizo grabar el Término en una copa que ofreció a Erasmo, y Bonifacio Amerbach lo hizo esculpir en su lauda sepulcral.

De la medalla se hizo un grabado en madera575 en 1521, y en 1522 una nueva y más libre reproducción576.

En Basilea se puso Erasmo en contacto con Hans Holbein, cuyo arte era el que se asoció más estrechamente con la celebridad de Erasmo. En un ejemplar de la edición de la Moria, de Froben, de marzo de 1515, Holbein (probablemente durante el invierno de 1515-1516, a la edad de 18 años y recién llegado a Basilea), a petición del propietario del libro, Miconio, y para divertir a Erasmo, había dibujado la serie de exquisitas ilustraciones entre las cuales

LBE. 1757, A. 2300. 101. Allen I. p. 70, III. 604. 2, R. Fruin, Verspr. Geschriften, VIII. 268. cf. E. Major, Erasmus von Rotterdam, Basilea 1926.

A. 1092, t. IV. p. 238 nota.

Zeitschr. f. bild. Kunst 1899, N. F. X. p. 47

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había un croquis de la figura del autor577. Aparece junto al pasaje: «Pero dejaré de citar más proverbios, no sea que parezca haber saqueado la obra de mi Erasmo578»; y lo representa escribiendo los Adagia. El nombre de Erasmo está escrito en el hueco de la ventana. Se dice que aquel dibujo había arrancado a Erasmo aquella burlona exclamación que hemos citado más arriba579.

En 1523 Holbein pintó tres retratos de Erasmo, o quizás cuatro. Dos de ellos son casi idénticas representaciones de perfil que muestran a Erasmo escribiendo, y que ahora están en Basilea y en París (Louvre), y otro de medio perfil con las manos descansando sobre un libro, en Longford Castle580. Es lícito presumir que Holbein llegó a pintar un cuarto retrato de Erasmo, si tomamos en consideración el grabado en madera de H. R. M. Deutsch. El retrato de Basilea fue probablemente un estudio para el de París. Está escribiendo la Paráfrasis del Evangelio de San Marcos. En el libro del retrato de Longford leemos en griego: «Los trabajos de Hércules» (su adagio n.° 2001), con los cuales Erasmo compara repetidamente la obra de su vida.

La tabla de Basilea procede de la colección de Amerbach, a quien es en extremo probable que se la regalase Erasmo. El retrato de Longford es probablemente el que regaló al arzobispo de

577 A. 394, 739. El original se encuentra en el gabinete de estampas de Basilea, y fue reproducido entero en facsímil con una introducción de H. A. Schmid, Basilea, 1931.

Cap. 61, ed. Kan., p. 155-6.

Cf. pág. 172.

Ganz, P., H. Holbein d. J., Klassiker der Kunst XX. 1912, p. 37, 38, 39.

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Canterbury. El del Louvre procede también de colecciones inglesas y es posible que hubiera pertenecido a Moro581. El Louvre también tiene dos hojas con estudios de las manos de Erasmo, que sirvieron para los retratos de Longford y del Louvre582.

El buen éxito de Holbein en Inglaterra fue indudablemente debido en gran parte a sus retratos de Erasmo. Lo dieron a conocer allí, aun antes que él partiese para aquel país en 1526, con recomendaciones de Erasmo, para Moro, entre otros583. Moro fue el primero a quien retrató en Inglaterra.

Durante la segunda estancia de Holbein en Basilea, desde 1528 a 1532, antes que se fuese a Inglaterra para quedarse allí, es en extremo verosímil que pintara a Erasmo varias veces más. De indiscutible originalidad y muy notable es el retratito redondo de Basilea, procedente de la colección Amerbach (probablemente de 1532)584. Algo más joven aparece Erasmo en dos cuadros del artista pintados por los mismos años, y que están en poder, respectivamente, de la señora del doctor Boveri (Badén, Suiza) y en el Metropolitan Museum de Nueva York585. Este último, sin embargo, debe de haber pasado ciertas vicisitudes, y haber sido repintado, si es que realmente procede de la mano de Holbein. Los cuadros de Parma, de San Petersburgo, de la colección Gay de París,

A. 1452, 1488

Ganz, p. XXIII.

A. 1740. 20

Ganz, p. 90

Ganz, p. 91

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y de Hampton Court, son todos, verosímilmente, copias de originales de Holbein586. El cuadro de Hampton Court fue emparejado en el siglo XVII con uno de Froben. Entre otras copias de trabajos de Holbein, merece también ser mencionada la de Georg Pencz (1533 Viena; 1537 Windsor).

Finalmente, Holbein grabó dos veces el retrato de Erasmo en madera: en medallón (no grabado por Hans Lützelburger), que se publicó por primera vez en la edición de los Adagia de 1533587, y también adaptado dentro de un marco arquitectónico588. Para ambos, acaso utilizara, además de sus apuntes anteriores, la medalla de Metsys, o los grabados en madera inspirados en ella. En la última de estas composiciones está representado Erasmo de cuerpo entero, con la mano derecha sobre la cabeza de un Término debajo de un arco estilo renacimiento ricamente ornamentado.

El dibujo en pergamino, en octavo, del rostro de Erasmo muerto, mencionado en un inventario de Bonifacio Amerbach, que se conserva en el Gabinete de Grabados de Basilea, no puede haber sido hecho por Holbein589, porque no estaba en Basilea el verano de 1536.

El tercer gran maestro que retrató a Erasmo fue Alberto Durero. Se conocieron durante el viaje de éste a los Países Bajos en 1520.

Ganz, p. 86, 214. 206. 207.

Reproducido en B. Kruitwagen, Erasmus en zijn drukkers uitgevers, Amsterdam 1923. De los grabados en madera trata J. F. M. Sterck, O ver een Portret van Erasmus, Het Boek, 1916, p.

Tietze-Conrat, pl. 6.

Como supuso Haarhaus, Zeitschr. f. Bild. Kunst. 1. c. p. 54.

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Durero hizo dos veces un boceto de él: en Amberes y en Bruselas, los dos en agosto590. El segundo, un dibujo al carbón, casi de frente, y el único de esta forma, ha sido conservado y se halla al presente en el Louvre, donación de L. Bonnat591, y en el cual el artista ha escrito: «1520, Erasmus fon rottertam». Lo que Durero esperaba y pensaba de Erasmo ha sido indicado más arriba592.

Por medio de su común amigo Pirkheimer, Erasmo continuó su trato con Durero, cuyo arte ha alabado en De Pronunciatione593. En 8 de enero de 1525, Erasmo escribió a Pirkheimer594 para darle las gracias por su retrato hecho por Durero, que le había enviado. Y añade: «Me agradaría ser retratado por Durero595. ¿Quién no lo quisiera por tan gran artista? Pero ¿cómo podía hacerlo? Lo comenzó una vez en Bruselas al carbón, pero debo de haberme borrado de su espíritu hace tiempo; si puede hacer algo con la medalla y de memoria, que haga por mí lo que ha hecho por vos, que os ha hecho un poco más robusto de lo que sois596».

Durero utilizó, en efecto, la medalla de Metsys para el tan conocido grabado en cobre de 1526597, que lo representa de pie, escribiendo (como era su costumbre) en un pupitre, con un jarrón de flores

Allen 1132, 1136 intr.

591.Allen IV. p. 330-31, Tietze-Conrat no. 7. Veth-Muller I, pl. 23.

. p. 179

LB. I. 928 C-F, cf. A. 1893. 45, 1991. 2, 1408. 32, 1417.

A. 1536. 11; también ya el 19 de julio de 1523. A. 1376.

Pingere, para Erasmo, no significa sólo pintar.

Esto debe ser tomado irónicamente. En efecto, Erasmo se había quedado muy flaco, cf. A. 1729. 11.

Reproducido en Tietze-Conrat no. 8, Veth-Muller I. pl. 24.

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delante, y rodeado de libros. La inscripción griega ha sido tomada de la medalla; la latina, adaptada de ella. El rostro, aunque se parece mucho al de la medalla, muestra marcada semejanza con el grabado del mismo Durero de 1520: nos lo recuerda por la nariz, la boca, las cejas, las pestañas, los bucles del cabello, hasta por las vueltas del vestido. Por lo tanto, deberemos admitir que Durero había conservado aquel boceto sin terminar.

Erasmo, aunque agradecido al artista, no queda satisfecho de su parecido: «No es maravilla, —escribe—, porque yo ya no soy el que era hace cinco años598». «Durero me ha retratado, pero el retrato no se me parece en nada», escribe más tarde599. Los modernos críticos de arte se inclinan también a rechazar, como parecido, el retrato de Durero, aunque tal vez demasiado categóricamente.

Es una gran lástima que no haya el menor fundamento para creer que un grabado por Lucas de Leyde, de 1521, en el Museo de Teyler de Haarlem600, represente a Erasmo. Nos agradaría ver que también tuvo trato con aquel compatriota.

El retrato de Erasmo ha sido copiado innumerables veces, en pintura, dibujo y grabado, sin que estas copias puedan ser llamadas obras de arte originales aunque las haya de Van Dyck y Chodowiecki.

Erasmo, como tan a menudo le ocurre, se equivoca al calcular los años: eran seis. LBE. C

F.

A. 1985. 6

Reproducido por Zeitschr. f. bildende Kunst 1. c. p. 53. Handzeichnungen alter Meister der hollandischen Schulé, Kleinmann, Haarlem y en otras obras. Sobre otro presunto retrato véase Berliner Philologische Wochenschrift 1917. p. 1056.

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La estatua de Rotterdam merece también ser mencionada. Cuando Felipe II de España entró en Rotterdam el 27 de septiembre de 1549, delante de la casa donde nació el grande escritor se alzaba una estatua ornamental suya, de madera, para honrar al monarca con un elogio en latín, que aquella figura tenía en la mano, escrito en un rollo de papel. En 1557 fue sustituida por una estatua de piedra policromada que derribaron los españoles en 1572. Pero después fue vuelta a erigir en la plaza del mercado. En 1622 fue sustituida —a pesar de la violenta resistencia del clero calvinista que lo tildaba de libertino y de escarnecedor de todas las religiones601—, por la estatua de bronce, de Hendrik de Keyzer; lo cual en su patria, que ha sido tan parca desde los tiempos antiguos en erigir estatuas, atestigua la fama excepcional de aquel hijo suyo.

Es una circunstancia en alto grado característica la de que durante dos siglos, la única estatua pública que existe en Holanda haya sido, no la de un soldado, príncipe ni legislador, ni la de un poeta, sino la de un erudito, y la de un erudito que casi había descuidado y despreciado a su patria.

Desde 1926 ha llamado la atención una efigie de Erasmo, desconocida hasta esa fecha, y sumamente curiosa en más de un

Véase acerca de esto J. H. W. Unger, De standbeelden van Desiderius Erasmus, Rotterdamsch Jaarboekje, 1890, p. 265 ss. Entre otras cosas se afirmaba que se había visto a algunas personas arrodilladas delante de la estatua de piedra. Cuando en 1674 la estatua fue temporalmente retirada por el concejo de la ciudad, el municipio de Basilea hizo gestiones inmediatas para comprarla, lo que estuvo a punto de lograr. También es típicamente holandés el hecho de que la antigua estatua de piedra fuera utilizada para reforzar una escollera, sumergiéndola de pie en el fondo, donde se la pudo ver durante la prolongada sequía de 1634.

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respecto. Se encuentra en el Museo Imperial de Tokio y consiste en una figura de madera, con un rollo en la mano, en el que pueden descifrarse las letras «ER…MUS» y, debajo, «R… TE… 1598». Se ha demostrado602 que esta talla debió de ser el mascarón de proa que adornaba el tajamar de uno de los barcos, con que Mahu y de Cordes zarparon de Ámsterdam en 1598. El barco llevaba originariamente el nombre de «Erasmus», y no era el único en ostentarlo; pero para efectuar una combinación con el nombre de otros dos barcos: «het Gheloove» (la fe) y «de Hoop» (la esperanza), el nombre del navío, antes de zarpar, fue sustituido por el de «de Liefde» (la caridad). Así fue como la imagen de Erasmo acompañó a los holandeses en su primer viaje por el estrecho de Magallanes y el Océano Pacífico, para permanecer durante tres siglos en un templo japonés. De la imagen en cuestión pudo verse una fotografía en la Exposición Misionera de Roma de 1926, donde la inscripción «Oranda Ebisu» había sido traducida, no del todo fielmente, por «bárbaro holandés».

El caso fue primeramente descrito en un folletón del «Nieuwe Rotterdamsche Courant» del 9 y

de octubre de 1926, y recientemente, con mayor detalle, por J. B. Snellen, The image of Erasmus in Japan, Transactions of the Asiatic Society of Japan, 1934.

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Bibliografía

1. Ediciones principales de las obras de Erasmo

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Opus epistolarum Des. Erasmi Roterodami, ed. P. S. Allen, Oxonii, t. I-X, 1906-1942. Abarca, hasta el presente, las epístolas de 1484 a 1534. A partir del t. IV, aparece como coeditora la señora H. M. Allen. En el t. VIII, diseño biográfico de P. S. Allen, por H. W. Garrod, que asiste a la señora Allen hasta la terminación de la obra. Para las ediciones anteriores del Epistolario de Erasmo, véase Allen I, apéndice 7.°, p. 593-602.

Erasmi Opuscula, a supplement to the Opera Omnia, ed. W. K.

Ferguson, La Haya, 1933 (Poemas, Julius exclusus e coelis, etc.).

Desiderius Erasmus Roterodamus, Ausgewählte Werke eds. H. y A.

Holborn, Munich, 1933 (Enchiridion militis christiani, In N. T.

praefationes, Ratio seu methodus… ad veram theologiam).

2. Algunos libros acerca de Erasmo y su tiempo

Bibliotheca Erasmiana, Répertoire des oeuvres d’Erasme, listes sommaires, Gante, 1893 y sig. Este repertorio provisional sólo ofrece bibliografías completas para algunas de las obras de Erasmo; véase Allen, t. IV, p. XV.

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La influencia de Erasmo en España fue ampliamente estudiada por Menéndez y Pelayo que se ocupa de ella en su Historia de los Heterodoxos Españoles (Madrid, 1880-2; 2.a ed. Ibíd., 1911-32). Su discípulo Bonilla y San Martín, se proponía tratar de nuevo el mismo tema en un extenso estudio del que sólo publicó la primera parte, bajo el título de: Erasmo en España, Episodio de la historia del Renacimiento (Revue Hispanique, vol. XVII, Nueva York-París, 1907).

«Puede decirse —afirma Bonilla— que, en la primera mitad del siglo XVI, no había en España una persona culta, desde el emperador hasta el último vasallo; que apenas existía un humanista de gusto, desde el Primado hasta el último y más oscuro teólogo, que no participase, en grado más o menos perceptible, del fervor erasmista». Tuvieron que transcurrir seis lustros para que un gran erudito francés publicara la obra que cabe considerar definitiva

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acerca del erasmismo español. Marcel Bataillon, en su estudio: Erasme et l’Espagne. Recherches sur l’histoire spirituelle du XVIe siècle (París, 1937), fruto de quince años de intensa labor, acierta «a reconstituir el movimiento erasmista, considerado globalmente y con sus prolongaciones». «Cuanto más se estudia el erasmismo español —observa Bataillon— más se aprecia en él un complejo movimiento cultural, ampliamente humano y laico sin duda, pero también profundamente religioso. Estrechamente emparentado con el evangelismo francés de la época de Francisco I, constituye uno de los aspectos del iluminismo que une en sus raíces profundas la España de Cisneros y la España de los grandes místicos». Bataillon, después de apuntar que acaso nuestro país estaba predestinado a sentir más que los demás esta mezcla de ironía y de fervor que caracteriza a Erasmo, insinúa que «si España no hubiese pasado por el erasmismo, no hubiera producido el Quijote».

El curioso lector hallará en la tercera de las obras citadas una copiosa y bien ordenada bibliografía erasmiana hispánica. Las obras del gran humanista holandés publicadas modernamente en España no son muy numerosas:

La traducción del Enchiridion de Alonso Fernández de Madrid (1474-1559) y la anónima del siglo XVI de la Paraclesis, han sido editadas, con prólogo de M. Bataillon, por D. Alonso (Madrid, 1932).

Es notable la traducción de J. Puyol, con prólogo de A. Bonilla y San Martín, de la Moria (Madrid, 1917). Existen otras muchas ediciones

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de la misma obra en castellano (Barcelona, 1842 y 1920; Valencia, 1916; Madrid, 1935, 1936, 1944 y 1945).

De los Colloquia, sólo existe una traducción catalana de J. Pin y Soler, que tradujo asimismo la Moria y el De civilitate morum puerilium (Barcelona, 1910-12). Las pulcras ediciones de este distinguido erasmista son comentadas y algunas reproducen, además, el texto latino.

S. O. C

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El autor

Johan Huizinga (Groninga, Holanda, 1872 - De Steeg, Holanda, 1945) fue historiador. Representa una corriente historiográfica interesada en la historia de la civilización. Inicialmente se había dedicado a los estudios literarios y filológicos, en Groninga primero y en Leipzig después. Profesor de historia en el

instituto de Haarlem entre 1897 y 1905, en 1903 llegó a serlo, con carácter libre, de historia de la civilización y de la literatura de Indonesia en la universidad de Ámsterdam.

En 1905, un trabajo sobre los orígenes de Haarlem (De opkomst van Haarlem) le valió el ingreso en la de Groninga como profesor de

historia. En 1915 se hallaba en la de Leyden. Constituyó una revelación su obra Otoño de la Edad Media, aparecida en 1919 y dedicada a la cultura franco-borgoña de los siglos XIV y XV. Su método de análisis de los fenómenos históricos dio una nueva visión de los mismos. En este sentido, el Medievo europeo dejó de aparecer como un período oscuro y de retracción del proceso civilizador, para presentarse como una época en la que se gestaron y potenciaron las fuerzas creadoras que eclosionan en el Renacimiento.

Luego habría de permanecer vinculado a esta «Kulturgeschichte», que, sin embargo, acabó por ser más bien un medio muy personal para la expresión de su visión del mundo que un riguroso criterio histórico. En esencia, la historia es concebida por Huizinga como un juego, y la cultura como una estilización, sin otros fundamentos políticos o éticos. Ello dio lugar a un relativismo que sitúa en un mismo plano todos los fenómenos de la civilización. Así aparecen enfocadas sus obras Erasmus (1924), Exploraciones de historia de la (Cultuur-historische verkenningen, 1929) y Homo ludens

Sin embargo, en La crisis de la civilización (1935) advierte, intensamente preocupado y triste, la crisis que amenaza a nuestra cultura, y la identifica con la irracionalidad de la vida moderna. En 1929 fue elegido presidente de la sección histórico-filológica de la Real Academia de Ciencias de Ámsterdam. Durante la ocupación alemana de Holanda en la última guerra, Huizinga, considerado como un enemigo por los invasores, fue primeramente llevado a un campo de concentración y luego confinado.



FIN

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