Libro N° 14663. Erasmo. Huizinga, Johan.
© Libro N° 14663. Erasmo. Huizinga, Johan. Emancipación. Enero 3 de 2026
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ERASMO
Johan Huizinga
Erasmo
Johan
Huizinga
Reseña
«Erasmo»
(1924) es la única biografía escrita por Johan Huizinga (Groningen, 1872-De
Steeg, 1945), el celebrado autor de «El otoño de la Edad Media» (1919) y «Homo
ludens» (1939). Historiador y filósofo, erudito e intuitivo, Huizinga es un
maestro en la reconstrucción de formas de vida y mentalidades de otras épocas,
en especial la Baja Edad Media y el Renacimiento, periodos históricos que logra
revivir ante nuestros ojos en toda su viveza y complejidad. En este Erasmo,
como en sus obras mayores (tan reeditadas entre nosotros desde que nos las
descubriera en los años 30 José Ortega y Gasset, uno de sus principales
valedores), la erudición y el conocimiento profundísimo de la materia son sólo
el esqueleto, la armazón de un modo de entender la historia como realidad viva.
Biografía puramente histórica, informada y rigurosa, pues, pero también, y en
no menor medida, excelente obra literaria, gracias a la riqueza y luminosidad
de su estilo, de muy grata lectura.
Índice
Nota editor
digital
Nota Editor
Español
Dedicatoria
Abreviaciones
usadas en las Notas
I. Infancia
y adolescencia
En el
Monasterio
La
Universidad de París
IV. Primera
estancia en Inglaterra
V. Erasmo
humanista
VI.
Aspiraciones teológicas
VII. Años
de inquietud. — Lovaina, París, Inglaterra VIII. En Italia
IX. El
Elogio de la Locura
X. Tercera
estancia en Inglaterra
XI. Una
lumbrera de la teología
XII. El
espíritu de Erasmo, I
XIII. El
espíritu de Erasmo, II
XIV.
Carácter de Erasmo
XV. En
Lovaina
XVI.
Primeros años de la Reforma
XVIII.
Controversia con Lutero y creciente conservadurismo XIX. En guerra con
humanistas y reformadores
Los últimos
años XXI. Conclusión
Abreviaciones
usadas en las notas
Bibliografía
El autor
Nota editor
digital: edición basada en la edición-papel
Cualquier
modificación/corrección realizada sobre la edición-papel se indica con fuente
roja sobre fondo amarillo.
Nota del
editor español
La presente
obra fue originariamente planeada para estudiantes de los Estados Unidos, y se
publicó primero en inglés, traducida del manuscrito original holandés por F.
Hopman, de Leyde (Nueva York, 1924). Poco después apareció la edición holandesa
y, cuatro años más tarde, la traducción alemana de W. Kaegi (Basilea, 1928),
con varias enmiendas y adiciones sugeridas por el autor. Huizinga apostillaba
con estas palabras la tercera edición alemana de su obra (Basilea, 1941): «Han
transcurrido cinco años, desde el verano de 1936, en que el mundo celebró con
emocionado respeto el cuarto centenario de la muerte de Erasmo. De los 81
lustros que nos separan del año 1536, acaso ninguno sea tan poco erasmiano como
el que acaba de terminar. Todo lo que el nombre de Erasmo significa parece
sepultado y olvidado. Y, sin embargo, el mundo ahora, como antes, quiere, al
parecer, enterarse de quién era Erasmo. ¿Es que tiene todavía algo que
decirnos?». El gran historiador holandés falleció antes de terminar la
contienda.
Para
nuestra edición nos hemos servido de la 1.a edición inglesa y de la 3.a
alemana, aprovechando todas sus notas y adiciones.
A P. S. y
H. M. ALLEN
El
dedicarles este libro me produce el efecto de ofrecerles un manojo de flores
cogidas en su propio jardín. Mi única excusa es que ustedes han cercado todo el
terreno. Nadie hoy puede entrar en el estudio de Erasmo sin caminar por los
senderos de su Opus Epistolarum Erasmi, modelo de publicación erudita, y aun
mucho más que esto: un verdadero tesauro de todo cuanto se refiere a los
grandes movimientos espirituales de la época del Humanismo y de la Reforma. El
estudioso de Erasmo se siente seguro mientras ustedes lo guían con su sólida y
pulcra información; cuando llega a veredas no trilladas todavía por sus
pacientes trabajos, siempre verá un yermo ante sí.
Al escribir
una breve vida de Erasmo, la principal dificultad consiste en evitar perderse
en medio de la inmensa riqueza del asunto. Ello requiere continua limitación
propia y omisión de hechos que raramente sufrirán la omisión. Se ve uno
obligado a omitir mucho más de lo que encuentra. Sólo manteniéndose con cautela
en el punto que estrictamente se refiere al propio Erasmo, he podido encontrar
los requisitos de una bien trabada composición. Unas pocas líneas han debido
bastar para cada uno de los grandes acontecimientos que hacen fondo a la vida
de Erasmo. Todos sus amigos y enemigos, tan familiares para ustedes, han debido
quedar en la sombra. Hasta Tomás Moro, Pedro Gilles, Froben, y Beato Renano,
sólo pueden ser apuntados al pasar; para no hablar de Hutten, Budeo,
Pirkheimer, Beda y tantos más. Una cosa me duele: que sin duda encontrarán
ustedes mi opinión acerca de Erasmo demasiado desfavorable. Yo no podía
presentarlo sino como lo veía; y, con todo, estoy dispuesto a reconocer que,
tal vez, bien mirado, su juicio, más benigno, sea el más verdadero, por estar
fundado en el conocimiento y en el amor hacia la obra de toda una vida.
Para volver
una vez más a mi metáfora: será una satisfacción para mí que ustedes encuentren
aquí algunas flores dispuestas de modo que puedan complacerles, o alguna hierba
cuya virtud no conocían.
El Autor
Leyde,
septiembre de 1923.
Abreviaciones
usadas en las notas
A. — Allen,
Opus Epistolarum Erasmi. Las cartas son citadas sólo por su número; la segunda
cifra denota la línea. Ejemplo: A. 16. 12 = Allen, vol. I, ep. 16, línea 12,
página 90.
LB. —
Erasmus, Opera omnia en la edición de Leyde, citada por volumen, columna y
parte de la página; por ejemplo: LB. X 1219 F = Opera, vol. X, columna 1219, al
final.
LBE. =
Tercer volumen de la misma edición, que contiene las Epístolas, citadas por
columnas (no por el número).
Capítulo I
Infancia y
adolescencia
Los Países
Bajos en el siglo XV. — El poderío borgoñón. — Relaciones con el Imperio alemán
y con Francia. — La Holanda del Norte, país aparte en todos sentidos. — El
movimiento de la Devotio Moderna. — Los hermanos de la Vida Común, y los
monasterios de Windesheim. — Nacimiento de Erasmo: 1469. — Su familia y su
nombre. — La vida escolar en Gouda, Deventer y Bois-le-Duc. — Profesión
religiosa, probablemente en 1488.
Cuando
Erasmo nacía, Holanda había formado parte cerca de veinte años del territorio
que los duques de Borgoña habían logrado unir bajo su dominio; conjunto de
países cuya población era mitad francesa, como Borgoña, Artois, Hainault,
Namur; mitad holandesa, como Flandes, Brabante, Zelanda, Holanda. El nombre de
Holanda estaba, como ahora, estrictamente limitado al condado de ese nombre
(las actuales provincias de Holanda del Norte y Holanda del Sur) que, también
con Zelanda, permanecieron desde entonces largo tiempo unidas.
Los
territorios restantes, que, juntos con éstos últimamente mencionados, forman el
actual reino de los Países Bajos, no habían sido sometidos aún al dominio
borgoñón, aunque ya los duques tenían puestos los ojos en ellos.
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de Sergio Barros 10 Preparado por Patricio Barros
Erasmo www.librosmaravillosos.com Johan Huizinga
En el
obispado de Utrech, cuyo poder se extendía hasta las regiones situadas a la
orilla del río Ysel, ya había comenzado a manifestarse el influjo borgoñón. La
proyectada conquista de Frisia era una herencia política de los condes de
Holanda, que precedieron a los borgoñones. Sólo el ducado de Güeldres
conservaba inviolada todavía su independencia, por estar más estrechamente
enlazado con los vecinos territorios alemanes y, por consiguiente, con el
Imperio.
Todos estos
países —por aquel tiempo comenzaron a ser considerados colectivamente con el
nombre de «Países Bajos marítimos»— tenían en muchos respectos el carácter de
países «anexos». La autoridad de los emperadores alemanes, durante varios
siglos, había sido poco más que imaginaria. Holanda y Zelanda apenas compartían
la idea naciente de una unión nacional germana. Habían tenido puestos los ojos
demasiado tiempo en Francia en cuanto a los asuntos políticos.
Desde 1299,
una dinastía de lengua francesa, la de los Hainault, había gobernado a Holanda.
Tampoco la casa de Baviera, que le sucedió a mediados del siglo XIV, había
restablecido estrecho contacto con el Imperio, sino que, por el contrario, se
afrancesó tempranamente, atraída como estaba por París, y pronto quedó
aprisionada en los tentáculos de Borgoña, con la cual quedó enlazada por medio
de un doble matrimonio.
La mitad
septentrional de los Países Bajos eran países también «anexos» en asuntos
eclesiásticos y culturales. Convertidos al
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de Sergio Barros 11 Preparado por Patricio Barros
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Cristianismo
bastante tarde (a fines del siglo VIII), habían quedado como países
fronterizos, unidos bajo un obispo: el obispo de Utrech. Las mallas de la
organización eclesiástica eran allí más anchas que en parte alguna. No tenían
universidad. París seguía siendo, aun después de la calculadora política de los
duques borgoñones hubo fundado la universidad de Lovaina en 1425, el centro de
doctrina y ciencia de los Países Bajos del Norte. Comparadas con las ricas
ciudades de Flandes y Brabante, que formaban ahora el corazón de las posesiones
borgoñonas, Holanda y Zelanda formaban un pequeño país miserable de pescadores
y campesinos. El espíritu caballeresco, que los duques de Borgoña habían
intentado revestir de nuevo esplendor, había medrado harto moderadamente entre
los nobles de Holanda. El holandés no había enriquecido la literatura
cortesana, en la cual Flandes y Brabante se esforzaban celosamente por seguir
el ejemplo de Francia, con ninguna contribución digna de ser mencionada.
Lo que
comenzaba a prosperar en Holanda florecía inadvertido; no era de carácter que
llamase la atención de la Cristiandad. Eran una navegación y un comercio
activos: un comercio principalmente de exportación, por el cual los holandeses
comenzaron ya a emular el Hansa Alemana, y que los ponía en continuo contacto
con Francia y España, Inglaterra y Escocia, Escandinavia, Alemania del Norte, y
el Rin, desde Colonia hacia arriba. Consistía en la pesquería de arenques,
humilde comercio pero fuente de gran prosperidad, y una industria naciente en
la que participaban numerosas ciudades
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pequeñas.
Ninguna de estas ciudades de Holanda y Zelanda —ni Dordrecht, ni Leyde,
Haarlem, Middelburg, Amsterdam—, podía compararse con Gante, Brujas, Lila,
Amberes o Bruselas en el Sur.
Verdad es
que también en las ciudades de Holanda germinaban los más altos productos del
espíritu humano; pero aquellas ciudades eran todavía demasiado pequeñas y
pobres para ser centros de arte y ciencia. Los hombres más eminentes eran
irresistiblemente atraídos hacia alguno de los grandes centros de cultura
secular y eclesiástica. Sluter, el gran escultor, fue a Borgoña, se puso al
servicio de los duques, y no legó ninguna muestra de su arte al país donde
nació. Dirk Bouts, el artista de Haarlem, se trasladó a Lovaina, donde se
guarda su obra; lo que en Haarlem quedó de ella ha perecido. En Haarlem
también, y antes quizás que en cualquiera otra parte, se hicieron modestos
experimentos en el grande arte que anhelaba salir a luz y había de cambiar la
faz del mundo: el arte de la imprenta.
Había
también otro fenómeno espiritual característico, que se originó allí y dio su
sello particular a la vida de aquellos países. Era un movimiento destinado a
prestar profundidad y fervor a la vida religiosa, que fue iniciado por un
ciudadano de Deventer, Geert Groote, hacia fines del siglo XIV. Había tomado
cuerpo en dos formas estrechamente relacionadas: los conventos donde los
hermanos de la Vida Común vivían juntos sin apartarse totalmente del mundo, y
la congregación del monasterio de Windesheim, de la orden de canónigos
regulares agustinos. Originado en las dos
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pequeñas
ciudades de Deventer y Zwolle, y también en las afueras de la diócesis de
Utrech, este movimiento se desplegó pronto, al este hacia Westfalia, al norte
hacia Groninga y la región frisia, al oeste en la Holanda propiamente dicha.
Fueron erigidos conventos por todas partes, y se establecieron o afiliaron
monasterios de la congregación de Windesheim. El movimiento se llamaba de la
«devoción moderna», Devotio moderna. Era más cuestión de sentimiento y práctica
que de doctrina definida. El carácter auténticamente católico del movimiento
había sido pronto reconocido por las autoridades eclesiásticas. Sinceridad y
modestia, sencillez y laboriosidad y, sobre todo, constante fervor de emoción y
pensamiento religiosos, eran su finalidad. Sus energías se dedicaban a atender
a los enfermos, y a otras obras de caridad, pero especialmente a la instrucción
y el arte de escribir. En esto difería especialmente de la restauración de las
órdenes franciscanas y dominicanas, que se efectuó por aquella misma época, las
cuales se dedicaban a la predicación.
Los
Windesheimianos y los Jeronimianos (como también se llamaba a los hermanos de
la Vida Común) ejercían sus principales actividades en la reclusión de la
escuela, y en el silencio de la celda donde escribían. Las escuelas de los
hermanos, pronto atrajeron discípulos de un área muy extensa. De este modo se
instituían las fundaciones, tanto allí en los Países Bajos del Norte como en la
baja Alemania, para difundir extensamente la cultura entre las clases medias;
una cultura de muy limitado carácter, y estrictamente
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de Sergio Barros 14 Preparado por Patricio Barros
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eclesiástico,
en realidad, pero que por esta misma razón era propia para embeber extensas
capas del pueblo.
Lo que los
Windesheimianos produjeron en cuanto a literatura devota se limita
principalmente a folletos edificantes y biografías de sus propios miembros;
escritos que se distinguían más por su carácter piadoso y sencillo que por
atrevidos o nuevos pensamientos.
Pero de
todos ellos, el más grande fue aquella obra inmortal de Tomás de Kempis,
canónigo de San Agnietenberg, cerca de Zwolle: la Imitatio Christi.
Los
extranjeros que visitaban aquellas regiones al norte del Escalda y del Mosa, se
burlaban de las rudas maneras y de la excesiva afición a la bebida de sus
habitantes, pero también se admiraban de su sincera piedad. Aquellos países
eran ya lo que han seguido siendo siempre: algo contemplativos y reservados,
más aptos para especular acerca del mundo y para censurarlo, que para
asombrarlo con deslumbrante ingenio.
****
Rotterdam y
Gouda, situadas más de doce millas lejos en la más baja región de Holanda,
región extremadamente acuosa, no se contaban entre las primeras ciudades del
condado. Eran pequeñas ciudades campesinas, que se clasificaban después de
Dordrecht, Haarlem, Leyde, y Amsterdam, que iba subiendo rápidamente. No eran
centros de cultura.
Colaboración
de Sergio Barros 15 Preparado por Patricio Barros
Erasmo www.librosmaravillosos.com Johan Huizinga
Erasmo
nació en Rotterdam, en la noche del 27 al 28 de octubre del año de 14691. La
ilegitimidad de su nacimiento ha cubierto con velo de misterio su origen y
parentesco. Es posible que el mismo Erasmo no se enterase de las circunstancias
de su venida al mundo hasta los últimos años de su vida. Agudamente susceptible
para la mancha de su origen, hizo más para velar su secreto que para revelarlo.
El cuadro que describió de él en su edad madura, fue romántico y patético2.
Imaginó que su padre, siendo joven, hizo el amor a una muchacha, hija de un
médico, con la esperanza de casarse con ella. Los padres y hermanos del joven,
indignados, intentaron persuadirlo a tomar las órdenes sagradas. Pero aquel
joven huyó antes que un hijo naciese. Fue a Roma, donde ganó su vida haciendo
copias. Su familia le envió falsas noticias de que su amada había muerto; fue
tanta su aflicción, que se hizo sacerdote y se consagró por entero a la
religión. Cuando volvió a su país nativo descubrió el engaño. Se abstuvo de
todo contacto con la joven con quien ya no se podía casar, pero puso grande
empeño en dar a su hijo una educación liberal. La madre continuó cuidando del
niño, hasta que una muerte prematura la arrebató de su lado. Pronto la siguió
el padre a la tumba. Según el recuerdo de Erasmo, sólo tenía
La duda
acerca de si Erasmo nació en 1466 o en 1469, ha quedado definitivamente
resuelta a favor de 1469, al demostrar el Dr. R. R. Post, que el pasaje en que
se basaba principalmente la admisión de la fecha de 1466 —«olim quum admodum
puer agerem Daventriae, audiebam…; erat autem iubilaeum», Exomologesis, LB. V.
153 F—, no alude a 1475, sino a 1478, pues en este último año se celebró el
jubileo de Deventer. Cf. R. R. Post, Erasmus en het laatmiddeleeuwsche
onderwijs, Voordrachten, gehouden ter herdenking van den sterfdag van Erasmus,
te Rotterdam . La Haya, Nijhoff, 1936, pág. 173.
Compendium
vitae, A. no. II, t. I. p. 47.
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de Sergio Barros 16 Preparado por Patricio Barros
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él doce o
trece años cuando murió su madre, lo que refuerza la hipótesis de 1469 como año
de su nacimiento, pues parece ser muy cierto que la muerte de ella no ocurrió
antes de 1483. Resulta, desde luego, asombroso su débil sentido de la
cronología.
Por
desdicha, está fuera de dudas que Erasmo sabía, o se había enterado de ello,
que no todos los particulares de esta versión eran correctos. Con toda
probabilidad su padre era ya sacerdote por la época de las relaciones a las
cuales debía él su vida; en todo caso, no fueron motivadas por la impaciencia
de unos novios, sino por una unión irregular y de larga duración, de la cual un
hermano suyo, Pedro, había nacido tres años antes.
A través de
los escasos documentos, sólo podemos discernir aproximadamente las líneas
generales de una numerosa y común familia de la clase media. El padre tenía
nueve hermanos, casados todos. Sus abuelos por parte de padre y sus tíos por
parte de madre, alcanzaron edad muy avanzada. Lo extraño es que una hueste de
primos, progenie de ellos, no se haya alabado de su parentesco con el gran
Erasmo. Sus descendientes no se han podido descubrir. ¿Cómo se llamaban? El
hecho de que en los medios ciudadanos los nombres de familia, como sucede hoy,
no fueran ni mucho menos fijos y permanentes, hace muy dificultosa la tarea de
rastrear los parientes de Erasmo. Generalmente se nombraba a las personas por
su nombre y por el de su padre; pero también ocurría que el nombre del padre
quedaba fijado y adherido a la generación siguiente. Erasmo llama a su padre
Gerard, a su hermano Pedro Gerard,
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de Sergio Barros 17 Preparado por Patricio Barros
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mientras
que una carta papal llama a Erasmo Erasmus Rogerii. Posiblemente su padre se
llamaba Rogerio Gerard o Gerards. Aunque Erasmo y su hermano habían nacido en
Rotterdam, hay muchos motivos para creer que la familia de su padre no era de
allí, sino de Gouda. De todos modos tenían parientes próximos en Gouda.
Erasmo era
su nombre de pila3. No hay nada de extraño en su elección, aunque era un nombre
poco usual. San Erasmo fue uno de los catorce Santos Mártires, cuyo culto
absorbió tanto la atención de las muchedumbres durante el siglo XV. Tal vez la
creencia popular de que San Erasmo concedía riquezas tuvo algún peso en la
elección del nombre. Hasta la época en que llegó a familiarizarse mejor con la
lengua griega, usó él la forma Herasmus. Más tarde, al suprimir la H inicial,
sintió no haber adoptado también la forma más común y melodiosa de Erasmius4.
Dos veces medio en broma5, se llamó así; y su ahijado, el hijo de Juan Froben,
con ser su nombre de pila Juan Erasmo, siempre usó esta forma.
Es probable
que, por consideraciones estéticas semejantes, cambió pronto el barbárico
Rotterdammensis en Roterdamus, y más tarde Roterodamus, que tal vez acentuaba
como esdrújulo6. Desiderius era añadidura escogida por él, y que comenzó a usar
en 1496; es
3 La
tradición según la cual su verdadero nombre sería Geert Geertsz no posee sólido
fundamento.
A. no. IV,
t. I, p. 70.
A. 539. II.
463.70.
A. 298
intr. P. I. Ỏ ῥδερόδαμος.
Colaboración
de Sergio Barros 18 Preparado por Patricio Barros
Erasmo www.librosmaravillosos.com Johan Huizinga
posible que
el estudio de su autor favorito San Jerónimo, entre cuyos corresponsales hay un
Desiderio, le sugiriera ese nombre. Por consiguiente, cuando esta forma entera,
Desiderius Erasmus Roterodamus, aparece por primera vez en la segunda edición
de los Adagia, publicada por Jodoco Badio en París, en 1506, ello indica que
Erasmo, quien tenía entonces cuarenta años de edad, ya se había encontrado a sí
mismo.
****
Las
circunstancias no habían hecho fácil para él el hallar su camino. Siendo muy
niño aún, cuando apenas tenía cuatro años, según cree, fue llevado a la escuela
de Gouda, junto con su hermano. Tenía nueve años cuando su padre lo envió a
Deventer a continuar sus estudios en la famosa escuela del Cabildo de San
Lebuín. Lo acompañó su madre. Su estancia en Deventer hubo de prolongarse —con
un intervalo durante el cual fue niño de coro en la catedral de Utrech—, de
1475 a 1484. La explícita declaración de Erasmo de que tenía catorce años
cuando dejó Deventer, puede ser explicada por la suposición de que más tarde
confundió su ausencia temporal de Deventer (cuando fue a Utrech), con el final
preciso de su estancia en Deventer. Los recuerdos de su vida en aquella ciudad
afloran repetidamente en los escritos de Erasmo. Los referentes a las
enseñanzas que recibió le inspiraban muy poca gratitud; la escuela se hallaba
todavía entonces en estado de barbarie, nos
Colaboración
de Sergio Barros 19 Preparado por Patricio Barros
Erasmo www.librosmaravillosos.com Johan Huizinga
dice7, se
usaban allí antiguos libros de texto medievales, cuya necedad y pesadez apenas
podemos concebir. Algunos de los maestros pertenecían a la cofradía de la Vida
Común. Uno de ellos, Juan Synthen, introdujo en su tarea cierta porción de
ciencia de la antigüedad clásica en su más pura forma. Hacia el final de la
residencia de Erasmo, Alejandro Hegio fue colocado a la cabeza de la escuela;
era amigo del humanista frisio Rodolfo Agrícola, que a su vuelta de Italia fue
admirado por sus embobados compatriotas como un prodigio. En los días de
fiesta, cuando el rector pronunciaba su discurso delante de todos los alumnos,
Erasmo oyó a Hegio; en cierta ocasión oyó también al celebrado Agrícola, el
cual dejó profunda impresión en su espíritu.
La muerte
de su madre, atacada de la peste que asoló la ciudad, puso improviso término a
su vida escolar en Deventer. Su padre los mandó venir, a él y su hermano, a
Gouda, para morir también él poco después. Debió de ser hombre de cultura,
porque conocía el griego, había oído a los famosos humanistas en Italia, había
copiado autores clásicos, y dejó una biblioteca de algún valor.
Erasmo y su
hermano quedaron entonces bajo la protección de tres tutores cuyo cometido e
intenciones más tarde mostró él a una luz desfavorable. Es difícil decidir
hasta qué punto exageró el trato que de ellos recibió. Que dichos tutores,
entre los cuales uno llamado Pedro Winckel, maestro de escuela en Gouda,
ocupaba el lugar
A. no. II.
34, t. I. p. 48.
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principal,
tuvieron pocas simpatías para el nuevo clasicismo, hacia el cual su pupilo
sentía ya entusiasmo, no es menester dudarlo. «Si volvéis a escribir otra vez
con tanta elegancia, haced el favor de añadir un comentario», contestó regañón
el maestro de escuela a una epístola en la cual Erasmo, que entonces tenía
catorce años, había gastado mucho esfuerzo8. Tampoco puede dudarse que sus
tutores considerasen sinceramente ser una obra agradable a Dios la de persuadir
a los jóvenes a entrar en un monasterio, pues ésta era para ellos la manera más
cómoda de zafarse de su tarea. Para Erasmo este lamentable asunto adquiere el
aspecto de un grosero intento egoísta para disimular una administración
deshonesta; un abuso, a todas luces reprensible, de poder y autoridad. Más
todavía: años después, aquello empañó para él la imagen de su propio hermano,
con quien había vivido en términos de cordial intimidad.
Winckel
envió a los dos jóvenes alumnos, de 19 y 16 años respectivamente, otra vez a la
escuela; y esta vez a Bois-le-Duc, donde vivieron en el Convento mismo, al cual
se hallaba agregada la escuela. Allí no había nada del esplendor que había
brillado para ellos en Deventer. «Los religiosos, —dice Erasmo—, no se
proponían otra cosa sino destruir todas las dotes naturales con bofetadas,
reprimendas y severidad, con el fin de hacer aptas las almas para el
monasterio». Y aquello era precisamente lo que sus tutores se habían propuesto
también; aunque los dos hermanos estaban ya
A. 447. 87
Colaboración
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preparados
para la Universidad, eran mantenidos deliberadamente lejos de ella. De este
modo se disiparon más de dos años.
Uno de sus
dos maestros, llamado Rombout, que tenía cariño al joven Erasmo, intentó con
ahínco inducirlo a unirse a los hermanos de la Vida Común. Años después, Erasmo
sintió varias veces que su preceptor no hubiera salido con la suya; porque
aquellos religiosos no profesaban votos irrevocables como los que lo obligarían
a él.
Una
epidemia de peste motivó que los hermanos dejasen Bois-le-Duc y volviesen a
Gouda. Erasmo fue atacado de una fiebre que minó su poder de resistencia, el
cual tanto necesitaba entonces. Los tutores (uno de los tres había muerto en el
ínterin) hicieron entonces cuanto les fue posible para lograr que los dos
hermanos entrasen en un monasterio. Tenían sobrados motivos para ello, puesto
que habían administrado mal la escasa fortuna de sus pupilos y, dice Erasmo, se
negaban a rendir cuentas. Más tarde veía con los más sombríos colores todo lo
relacionado con aquel negro período de su vida, excepto a sí mismo. A sí mismo
se ve como un muchacho que aún no tenía dieciséis años (cuando es casi cierto
que debía tener alrededor de dieciocho) debilitado por la fiebre, pero resuelto
y sensato en rehusar. Había persuadido a su hermano a huir con él y marcharse a
una universidad. Uno de los tutores es un tirano de pocos alcances, y el otro,
hermano de Winckel, mercader, es un frívolo marrullero. Pedro, el mayor de los
hermanos, cede el primero y entra en el monasterio de Sión, cerca de Delft (de
la orden
Colaboración
de Sergio Barros 22 Preparado por Patricio Barros
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de
canónigos regulares de San Agustín), donde el tutor había encontrado lugar para
él; Erasmo resistió por más tiempo.
Sólo
después de una visita al monasterio de Steyn o Emmaus, cerca de Gouda, que
pertenecía a la misma orden, y donde encontró a un condiscípulo de Deventer,
quien le mostró el lado brillante de la vida monástica, Erasmo cedió y entró en
Steyn, donde poco después, probablemente en 1488, profesó.
Colaboración
de Sergio Barros 23 Preparado por Patricio Barros
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Capítulo II
En el
monasterio
Erasmo,
canónigo agustino en Steyn. — Sus amigos. — Cartas a Servacio. — El humanismo
en los monasterios: la poesía latina. — Aversión a la vida monástica. — Deja
Steyn para entrar al servicio del obispo de Cambray: 1493.
— Jaime
Batt. — Antibarbari. — Obtiene licencia para ir a estudiar a París: 1495
Más tarde
en su vida, por influjo del pesar que lo carcomía, cansado por su monacato y
todo el trabajo que se tomó para escapar a él, la representación de todos los
acontecimientos que lo llevaron a entrar en el convento se deformó en su
espíritu. El hermano Pedro, a quien todavía escribía en tono cordial desde
Steyn, se convierte, según él, en un sujeto despreciable, hasta en su espíritu
malo, su Judas. El condiscípulo cuyo consejo había sido tan decisivo, ahora le
parece ser un traidor, impulsado por su propio interés, que había escogido la
vida conventual por haraganería solamente, y para darse a la buena vida9.
Las cartas
que Erasmo escribió desde Steyn no descubren el menor vestigio de su aversión
profunda a la vida monástica, que más tarde nos invita a creer había sentido él
desde el comienzo. Desde luego
Al
Compendium vitae, A. no. II, t. I. p. 47 y a la carta de 1516 a un secretario
apostólico, A. 447, puede añadirse ahora también la carta de 1524 descubierta
por la señora Allen en Basilea, probablemente dirigida a Geldenhauer, A. 1436,
la cual asegura en alto grado la antes disputada autenticidad del Compendium
vitae.
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podemos
suponer que la vigilancia de sus superiores le impedía escribir todo lo que le
dictaba su corazón, y que en las profundidades de su ser había existido siempre
el anhelo por la libertad y por un trato social más ilustrado que el que Steyn
podía ofrecerle. Sin embargo, bien debió de hallar en el monasterio algunas de
las cosas buenas que su condiscípulo le había hecho esperar. Que en aquel
período hubiera escrito un Elogio de la Vida Monástica10 «para agradar a un
amigo que se había propuesto atraer con engaño a un primo suyo», como él mismo
dice11, es una de esas ingenuas aseveraciones cuya absurdidad no reconoció
nunca Erasmo.
En realidad
halló en Steyn una buena proporción de libertad, algún alimento para un
espíritu que se perecía por la antigüedad clásica, y las amistades con hombres
de inclinaciones mentales idénticas a las suyas. Hubo tres que lo cautivaron
especialmente. Del discípulo que lo indujo a hacerse monje, no oímos hablar
más. Sus amigos son Servacio Roger de Rotterdam y Guillermo Hermans de Gouda,
ambos camaradas suyos en Steyn, y el de más edad, Cornelio Gerard de Gouda,
generalmente llamado Aurelio (casi latinización de Goudanus), que pasó la mayor
parte de su tiempo en el monasterio de Lopsen, cerca de Leyde. Con ellos leyó y
conversó sociable y jocosamente; con ellos cambió cartas cuando no estaban
juntos.
Aparecido
en 1521, con el título De contemptu mundi epistola, LB. V. 1239 véase A. 1194
intr.
A. no. I,
t. I. p. 18.
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De las
cartas a Servacio12 se desprende la figura de un Erasmo que no volveremos a
encontrar jamás: de un joven de sensibilidad más que femenina, de apasionado
anhelo por una amistad sentimental. Escribiendo a Servacio, Erasmo recorre toda
la gama de un ardiente enamorado. En cuanto la imagen de su amigo se presenta a
su espíritu brotan las lágrimas de sus ojos. Vuelve a leer llorando, a todas
horas, sus cartas. Pero se aflige mortalmente y se angustia, porque el amigo se
muestra contrario a su excesivo afecto. « ¿Qué deseáis de mí?, —le pregunta—.
¿Qué os ha ofendido?», contesta el otro. Erasmo no puede soportar que aquella
amistad no sea plenamente correspondida. «No seáis tan reservado; ¡decidme qué
os sucede! Yo pongo mi esperanza en vos únicamente; he llegado a ser tan
vuestro, que no habéis dejado en mí nada de mí mismo. Vos conocéis mi
pusilanimidad, que cuando no tiene en quien apoyarse y descansar, me deja tan
desesperado que la vida se convierte en una carga para mí13».
Recordemos
esto. Erasmo no se expresará nunca más tan apasionadamente. Pero nos ha dado la
clave con la cual podemos comprender mucho de su manera de ser en sus años
posteriores.
Estas
cartas se han tomado a veces como puros ejercicios literarios; la flaqueza que
descubren y la ausencia completa de toda reticencia, parecen avenirse poco con
su costumbre de ocultar sus más íntimos sentimientos, los cuales más tarde
nunca manifiesta Erasmo del
A. 4-9, 13,
15.
A. 8. 64.
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todo. El
doctor Allen, que deja indecisa esta cuestión14[se inclina, sin embargo, a
considerar esas cartas como efusiones sinceras; por mi parte, tales me parecen,
indiscutiblemente. Esa exuberante amistad se acuerda perfectamente con la época
y con el personaje.
Las
amistades sentimentales estaban tan en boga en los centros mundanos durante el
siglo XV, como a fines del siglo XVIII. Cada palacio tenía sus parejas de
amigos que vestían igual y compartían habitación, cama y corazón. Y este culto
a la amistad fervorosa no se restringía a la esfera de la vida aristocrática.
Era uno de los caracteres específicos de la «devotio moderna», la cual, por lo
demás, parece por su propia naturaleza inseparablemente unida con el pietismo.
Observarse uno a otro con simpatía, observar y anotar cada uno la vida interior
del otro, era una habitual y aprobada ocupación entre los religiosos de la Vida
Común y los monjes de Windesheim. Y aunque Steyn y Sión no pertenecían a la
congregación de Windesheim, el espíritu de la «devotio moderna» predominaba
allí.
En cuanto a
Erasmo, pocas veces reveló el fundamento de su carácter más completamente que
cuando declaró a Servacio: «Yo pienso que nada puede ponerse en esta vida por
encima de la amistad; nada se puede con más ardencia desear, nada se debe
atesorar más celosamente». Un violento afecto de naturaleza semejante lo turba
hasta en época más tardía, cuando la pureza de
A. I. p.
584
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sus motivos
se puso en tela de juicio. Más tarde habla de la juventud como acostumbrada a
concebir ferviente afecto para ciertos camaradas15. Es más, los ejemplos
clásicos de amigos, Orestes y Pílades, Damón y Pinias, Teseo y Piritóo, como
también David y Jonatán, estaban presentes siempre a los ojos de su espíritu16.
Un corazón joven y muy afectuoso, con algunos rasgos femeninos, repleto de todo
el sentimiento y todas las imaginaciones de la literatura clásica, que estaba
excluido del amor y se hallaba colocado contra su voluntad en un ambiente rudo
y frígido, era probable que se tornase algo excesivo en sus afectos.
Pero estaba
obligado a moderarlos: Servacio no quería nada con tan celosa y exigente
amistad y, probablemente, a costa de mayor humillación y vergüenza de la que
aparece en sus cartas, el joven Erasmo se resigna a ser más cauteloso en la
expresión de sus sentimientos, para lo futuro. El Erasmo sentimental desaparece
para siempre y hace lugar para el ingenioso latinista, que aventaja a sus
antiguos amigos y charla con ellos de poesía y literatura, los aconseja acerca
de su estilo latino, y los sermonea si es necesario17. Las facilidades para
adquirir el nuevo gusto por la antigüedad clásica no pueden haber sido tan
escasas en Deventer, ni siquiera en el monasterio, como Erasmo quiere darnos a
entender más tarde, si consideramos los autores que ya por entonces conocía.
Podemos
A. 447. 320
A. 17. 41,
83. 126
A. 12. 15.
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también
conjeturar que los libros que dejó su padre, traídos posiblemente por éste de
Italia, contribuyeron a la cultura de Erasmo, aunque hubiera sido extraño que,
con su inclinación a rebajar sus escuelas y su monasterio, no hubiera hecho
mención de aquella circunstancia. Pero además, conocemos que el saber humanista
de su juventud no le perteneció exclusivamente, a pesar de todo cuanto dice
después acerca de la ignorancia y el oscurantismo holandeses. Es probable que
lo poseyesen también Cornelio Aurelio y Guillermo Hermans.
En una
carta a Cornelio18, menciona a los siguientes autores como sus modelos
poéticos: Virgilio, Horacio, Ovidio Juvenal, Estacio, Marcial, Claudiano,
Persio, Lucano, Tíbulo, Propercio. En prosa imita a Cicerón, Quintiliano,
Salustio, y también a Terencio, cuyo carácter métrico no había sido aún
reconocido. Entre los humanistas italianos estaba especialmente familiarizado
con Lorenzo Valla, quien por causa de sus Elegantiae le parecía el promotor de
las «bonae literae»; pero Filelfo, Eneas Silvio, Guarino, Poggio y otros, no le
eran tampoco desconocidos19. En literatura eclesiástica, era muy leído en San
Jerónimo. Resulta, pues, muy digno de observar, que la educación que Erasmo
recibió en las escuelas de la «devotio moderna», con su finalidad ultra puritana,
su rígida disciplina aplicada a doblegar la personalidad, pudiera producir un
espíritu como el que él manifiesta en aquel período
A. 20. 97
A. 23. 73
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monástico—
el espíritu de un perfecto humanista. Sólo está interesado en escribir versos
latinos, y en la pureza de su estilo latino. Casi en vano buscamos devoción en
su correspondencia con Cornelio de Gouda y Guillermo Hermans. Ellos manejaban
con facilidad los más dificultosos metros latinos y los más raros términos de
mitología. Sus temas son bucólicos o amatorios y, si son devotos, su clasicismo
los priva del acento de la piedad. El prior del vecino monasterio de Hem, a
cuya petición Erasmo cantó al Arcángel San Miguel, no se atrevió a exhibir su
oda sáfica: era tan «poética», a su parecer, que le parecía casi griega20.
Por
aquellos días, poético significaba clásico. A Erasmo, por su parte, le parecía
su poema tan desabrido, que casi le resultaba en prosa —« ¡aquellos tiempos
eran tan áridos!», suspiraba años después.
Aquellos
jóvenes poetas se tenían por custodios de una nueva ilustración en medio de la
torpeza y la barbarie que los oprimían. No les costaba mucho creer mutuamente
que sus producciones eran inmortales, como suelen hacerlo todos los grupos de
poetas jóvenes, y soñaban con un futuro de gloria poética para Steyn, por la
cual podría competir con Mantua21. Los teólogos burdos, rutinarios, de
cortos
alcances —pues tales les parecían— que los rodeaban, ni les hacían caso ni los
alentaban. La fuerte propensión de Erasmo a imaginarse amenazado y perjudicado,
prestaba a su posición un
A. no. I,
t. I. p. 3: LB. V. 1321.
A. 49. 106.
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tinte de
mártir del talento sojuzgado. Se queja a Cornelio en exquisito metro horaciano
del desprecio en que se tiene a la poesía22; su compañero monje le ordena que
deje descansar su pluma acostumbrada a escribir poesía. La roedora envidia lo
fuerza a renunciar a componer versos. Predomina una hórrida barbarie; aquel
país se burla del arte que procura laureles y preside el alto Apolo; el grosero
palurdo ordena al erudito poeta que escriba versos. «Aunque tuviese tantas
bocas como estrellas rutilan en el silencioso firmamento en las noches serenas,
o como rosas el tibio viento de la primavera esparce por el suelo, no podría
quejarme lo bastante de todos los daños que oprimen en nuestro tiempo al
sagrado arte de la poesía. Estoy hastiado de escribir versos».
Cornelio
compuso un diálogo con el tema de este desahogo, que plugo sobremanera a
Erasmo.
Aunque en
este arte pueda haber mucho de ficción retórica y asidua imitación, no debemos
a tal respecto menospreciar el entusiasmo que inspira a aquellos jóvenes
poetas. Nosotros, la mayoría de los cuales nos hemos vuelto ya torpes para
gustar los encantos del latín, no debemos tratar demasiado a la ligera la
exaltación sentida por el que, después de haber aprendido aquella lengua en las
más absurdas cartillas y por los métodos más ridículos, a pesar de ello la
descubre en toda su pureza y logra dominarla enteramente en el
LB. VIII.
567.
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hechicero
ritmo de su ingeniosa métrica, en la magnífica precisión de su estructura, no
menos que en la claridad de sus acordes.
Nec si quot
placidis ignea noctibus
Scintillant
tacito sydera culmine,
Nec si quot
tepidum flante Favonio
Ver
suffundit humo rosas,
Tot sint
ora mihi…
¿Quién
puede extrañar que el joven que pudo hablar así, o que junto con su amigo pudo
cantar la primavera en una canción melibea de cincuenta dísticos, se tuviese
por poeta23? Trabajo pedante si se quiere, elaborados ejercicios literarios;
pero, a pesar de esto, llenos de la frescura y el vigor que brotan de la
esencia de la lengua latina.
De esta
disposición de ánimo debía salir la primera obra de alto alcance que Erasmo
había de emprender, cuyo manuscrito había de perder más tarde, recobrar en
parte, y publicar sólo pasados muchos años: los Antibarbari, que comenzó en
Steyn, según opina el doctor Allen24. En la versión en que finalmente apareció
el primer libro de Antibarbari, se refleja, ciertamente, una fase algo
posterior de la vida de Erasmo; la que comenzó cuando hubo dejado el
monasterio; ni en el moderado tono de su ingeniosa defensa de la literatura
profana, se reconoce el del poeta de Steyn. Pero el ideal de
LB. VIII.
565.
A. 30. 16
Anm
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una libre y
noble vida de amistoso trato con los antiguos, y el ininterrumpido estudio de
ellos, se le había ocurrido ya entre las paredes del convento.
En el curso
de los años, aquellas paredes probablemente lo cercaron cada vez más
estrechamente. Ni su correspondencia erudita o poética, ni el arte de la
pintura en que se ocupó25, junto con un tal Sasboud, pueden suavizar la
opresión de la vida monástica y el ambiente de espíritu mezquino y hostil. Del
último período de su vida en el monasterio, no se ha conservado ninguna carta,
según las investigaciones escrupulosas del doctor Allen. ¿Había abandonado su
correspondencia por esplín, o le habían ordenado sus superiores que la dejase,
o nos hemos quedado a oscuras por una pérdida accidental? No sabemos nada de
las circunstancias y el estado de ánimo en que Erasmo fue ordenado, el 25 de
abril de 1492, por el obispo de Utrech, David de Borgoña. Tal vez el tomar las
órdenes sagradas estaba relacionado con su deseo de dejar el monasterio. Él
mismo declaró más tarde que raramente había dicho misa. Encontró la ocasión de
dejar el monasterio cuando le ofrecieron el puesto de secretario del obispo de
Cambray, Enrique de Bergen. Erasmo debió esta promoción a su fama de latinista
y literato; porque Erasmo entró al servicio del obispo con la perspectiva de un
viaje a Roma donde el prelado esperaba obtener un capelo. Se había obtenido la
autorización del obispo de Utrech, como también la del
A. I. 16.
12, cf. IV. pág. XX, y véase LB. IV. 756, donde repasando los años de su
juventud recuerda también: «Pingere dum meditor tenues sine corpore formas».
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prior y el
general de la Orden. Desde luego, no se trataba todavía de despedirse para
siempre, puesto que, como servidor del obispo, Erasmo continuó llevando su
hábito de religioso. Se había preparado para su partida con el más profundo
secreto. Hay algo de conmovedor en la visión que tenemos de su amigo y
compañero de poesía, Guillermo Hermans, esperando en vano en las afueras de
Gouda poder ver a su amigo sólo un momento cuando, en su viaje hacia el sur,
pasase por la ciudad26 Parece que había habido conversaciones entre ambos para
dejar Steyn juntos; pero Erasmo, por su parte, no le había dicho nada de sus
proyectos. Guillermo hubo de consolarse con la literatura que pudiera
encontrarse en Steyn.
****
Erasmo, que
tenía entonces veinte años cumplidos, pues con toda probabilidad el año en que
dejó el monasterio fue el de 1493, comenzó una carrera que era muy frecuente y
codiciada por aquel tiempo: la de un intelectual a la sombra de un gran
personaje. Su patrón pertenecía a una de las nobles familias belgas que se
habían elevado sirviendo a los borgoñones y eran interesadamente adictas a la
prosperidad de aquella casa. Los Glimes eran señores de la importante ciudad de
Bergen-op-Zoom, la cual, situada entre el río Escalda y el delta del Mosa, era
uno de los eslabones entre los Países Bajos del Norte y los del Sur. Enrique,
el obispo de Cambray,
A. 33. 10.
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acababa de
ser nombrado canciller de la Orden del Toisón de Oro, la más distinguida
dignidad eclesiástica de la Corte, la cual aunque ahora era en realidad
habsburguesa, seguía siendo llamada borgoñona. El servir a tan importante
personaje, prometía honor y provecho casi ilimitados. Más de cuatro, en
aquellas circunstancias, a costa de un poco de paciencia, de algunas
humillaciones y de cierta relajación de principios, se hubieran elevado hasta
ser obispos. Pero Erasmo no fue nunca hombre para sacar provecho de su
situación.
El servir
al obispo le resultó casi un desengaño. Erasmo tuvo que acompañarlo en sus
frecuentes migraciones de una residencia a otra en Bergen, Bruselas o Malinas.
Estaba muy ocupado, pero se desconoce la exacta naturaleza de sus deberes. El
viaje a Roma, culminación de todo lo deseable para un sacerdote o un erudito,
no se efectuó. El obispo, aunque se tomó cordial interés por Erasmo durante
unos meses, era menos complaciente de lo que él había esperado. De manera que
pronto hallamos otra vez a Erasmo en un estado de ánimo nada contento. «La más
dura suerte», llama a la suya27, que le roba toda su antigua desenvoltura.
Ocasiones para estudiar no tiene ninguna. Ahora envidia a su amigo Guillermo,
quien en Steyn, en su celdita, puede escribir bellos versos, favorecido por su
«buena estrella». Mientras que a él, a Erasmo, sólo le toca llorar y suspirar;
ya se ha embotado la inteligencia y se ha
A. 39. 138
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marchitado
el corazón de tal modo, que sus estudios de antes no tienen atractivo para él28
Hay en esto
exageración retórica, y no tomaremos muy en serio su añoranza del convento;
pero es evidente que lo dominaba profunda melancolía. El contacto con el mundo
de la política y la ambición, probablemente había desconcertado a Erasmo. Nunca
tuvo aptitudes para ellas. Las duras realidades de la vida lo asustaban y
angustiaban. Cuando se vió forzado a ocuparse en ellas, no vió más que amargura
y confusión en torno a él. « ¿Dónde están la alegría y el reposo? Dondequiera
que vuelva los ojos sólo veo desastre y crueldad. ¿Y con tanto bullicio y
clamoreo a mi alrededor, queréis que halle comodidad para el trabajo de las
Musas?».
Verdadera
tranquilidad, Erasmo no había de encontrarla en toda su vida. Todo su leer,
todo su escribir, los hizo aprisa y corriendo, «tumultuarie», como dice él
repetidamente. Y, a pesar de ello, debió de trabajar con intensa concentración
y con poder de asimilación increíbles. Mientras estuvo con el obispo, visitó el
monasterio de Groenendael, cerca de Bruselas, donde tiempo atrás había escrito
Ruysbroeck. Tal vez Erasmo no oyó hablar de Ruysbroeck a los habitantes del
monasterio, aunque en realidad hubiera encontrado poco deleite en los escritos
del gran místico. Pero en la biblioteca encontró las obras de San Agustín, y
éstas sí que las devoró. Los
A. 39. 138
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monjes de
Groenendael se sorprendieron al notar su afición. Hasta se llevaba los
volúmenes a su alcoba29.
De cuando
en cuando, durante aquel período halló tiempo para escribir. En Halsteren,
cerca de Bergen-op-Zoom, donde el obispo tenía una casa de campo, revisó los
Antibarbari30, comenzados en Steyn, y los arregló en forma de diálogo. Parecía
como si buscase compensación a la agitación de su existencia en una atmósfera
de idílico reposo y culta conversación. Nos transporta al escenario (después lo
usará repetidamente) que siempre siguió siendo el placer ideal de la vida para
él: un jardín o quinta en las afueras de la ciudad, donde, gozando de un bello
día, un reducido grupo de amigos se encuentran para hablar, reunidos en torno a
una mesa frugal o durante un reposado paseo, con serenidad platónica, acerca de
cosas del espíritu. Los personajes que introduce, además de él, son sus mejores
amigos. Éstos son, el apreciado y fiel amigo que conoció en Bergen, Jaime Batt,
maestro de escuela y después también escribano de aquella ciudad, y su antiguo
amigo Guillermo Hermans, de Steyn, a quien ayudó más tarde algo en su carrera
literaria. Guillermo, que llega inesperadamente de Holanda, encuentra a los
demás, y a ellos más tarde se agregan el burgomaestre de Bergen y el médico de
la ciudad. Con tono ligero, juguetón y plácido, traban una discusión acerca de
la apreciación de la poesía y la literatura —de la literatura latina. Ésas no
son
A. t. I. p.
590
LB. X. 1691
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incompatibles
con la verdadera devoción, como una bárbara estolidez quisiera hacernos pensar.
Una muchedumbre de testigos está ahí para demostrarlo, y sobre todos ellos San
Agustín, a quien Erasmo ha estudiado recientemente, y San Jerónimo, con quien
Erasmo se ha familiarizado largo tiempo y cuyo espíritu, en efecto, congenia
más con el suyo. Solemnemente, al modo de antiguos romanos, declaran la guerra
a los enemigos de la cultura clásica. ¡Ah, godos!, ¿con qué derecho ocupáis no
sólo las provincias latinas (se alude a las disciplinae liberales) sino la
capital, esto es, la misma Latinidad?
Fue Batt
quien, cuando las esperanzas puestas en el obispo de Cambray acabaron en
desengaño, contribuyó a buscar otra salida para Erasmo. Él había estudiado en
París, y allí también esperaba ir Erasmo, ya que se le negaba Roma. Se obtuvo
el consentimiento del obispo y la promesa de un estipendio, y Erasmo partió
para la más famosa de las universidades, la de París, probablemente a fines de
verano de 1495. El influjo y los esfuerzos de Batt le habían procurado aquella
feliz ocasión.
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Capítulo
III
La
Universidad de París
La
Universidad de Paris — Tradiciones y escuelas de Filosofía y Teología. — El
Colegio de Montaigu.— Repugnancia ante el escolasticismo. — Relaciones con el
humanista Roberto Gaguin, 1495.— ¿Cómo ganarse la vida? — Primeros bosquejos de
varias de sus obras docentes. — Viaje a Holanda y regreso. — Batí y la dama de
Veere. — A Inglaterra con lord Mountjoy: 1499.
La
universidad de París31 era, más que cualquier otro sitio de la cristiandad,
escenario de colisión y lucha de opiniones y partidos. La vida universitaria de
la Edad Media fue, en general, tumultuosa y agitada. Hasta las formas del trato
entre los hombres de ciencia implicaban un elemento de irritabilidad;
discusiones, disputaciones, frecuentes elecciones, y alborotos de los
estudiantes. A ellos se añadían antiguas y nuevas disputas de toda clase de
órdenes, escuelas y grupos. Los diferentes colegios contendían unos con otros;
el clero seglar estaba en discordia con el regular. Los tomistas y los
escotistas, llamados en conjunto los antiguos, habían estado disputando en
París con los terministas o modernos, esto es, los seguidores de Ockam y
Buridan. En 1482, una especie de paz fue concluida entre aquellos dos grupos.
Ambas escuelas estaban ya
Véase A.
Renaudet, Préréforme et Humanisme à Paris, 1494-1514.
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muy
decadentes, encalladas en estériles disputas técnicas, en sistematizar y
subdividir, en un método de términos y palabras de los cuales ya no podían
sacar provecho la ciencia ni la filosofía. Los colegios teológicos de los
dominicanos y los franciscanos de París, ya declinaban; de la enseñanza
teológica se encargaban los colegios seglares de Navarra y de la Sorbona, pero
al estilo antiguo.
Aquel
tradicionalismo general no había podido evitar que el humanismo penetrase
también en París durante el último cuarto del siglo XV. El refinamiento del
estilo latino y el gusto por la poesía clásica también tenían allí sus
fervorosos campeones, precisamente en forma del platonismo restaurado que había
surgido en Italia. Los humanistas parisienses eran en parte italianos, como
Girolamo Balbi y Fausto Andrelino; por aquel tiempo se tenía por su jefe a un
francés, Roberto Gaguin, general de la orden de los Maturinos o Trinitarios,
diplomático, poeta y humanista. Junto al nuevo platonismo, una más clara
comprensión de Aristóteles había penetrado allí, también procedente de Italia.
Poco antes de la llegada de Erasmo, Jacobo Lefèvre d’Étaples había vuelto de
Italia, donde había visitado a los platónicos, como Marsilio Ficino, Pico de la
Mirándola, y a Ermolao Bárbaro, el restaurador Aristóteles. Aunque la teología
teórica y la filosofía eran en París por regla general conservadoras, allí,
como por todas partes, no faltaban movimientos para reformar la Iglesia. La
autoridad de Juan Gerson, gran canciller de la Universidad (hacia 1400), no
había sido aún olvidada. Pero reforma en ningún modo significaba inclinación a
separarse de
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la doctrina
de la Iglesia; aspiraba, en primer lugar, a la restauración y la purificación
de las órdenes monásticas, y después a la exterminación de abusos que la
Iglesia reconocía, y lamentaba que existieran en su seno. Con este espíritu de
reforma de la vida espiritual, el movimiento holandés de la «devotio moderna»
había comenzado recientemente a dejarse sentir en París también; el jefe de sus
promotores fue Juan Standonck de Malinas, educado por los hermanos de la Vida
Común en Gouda e imbuido de su espíritu en la más rigurosa forma. Era un
ascético más austero de lo que requería el espíritu de los Windesheimianos,
riguroso, sí, pero moderado; mucho más allá de los centros eclesiásticos, su
nombre era proverbial en lo relativo a su abstinencia: se había prohibido
definitivamente a sí mismo el comer carne32. Como provisor del colegio de
Montaigu había instituido las reglas más rigurosas, reforzadas por castigos a
las más ligeras faltas. Al colegio había agregado un hogar para los escolares
pobres, donde vivían en comunidad semi monástica.
Erasmo
había sido recomendado a aquel hombre por el obispo de Cambray. Aunque no se
agregó a la comunidad de los estudiantes pobres (ya tenía cerca de treinta años
de edad), llegó a conocer todas las privaciones del sistema, que amargaron la
primera parte de su estancia en París y le infundieron una profunda y
permanente aversión por la abstinencia y la austeridad. ¿Para aquello había ido
Jean
Molinet, Faictz et dictz f. 62.
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él a París?
¿Para experimentar las dolorosas y deprimentes influencias de su juventud otra
vez, y en forma todavía más rigurosa?
El
propósito por el cual Erasmo fue a París era principalmente el de obtener el
grado de doctor en teología. Aquello no era demasiado dificultoso para él; como
religioso regular, estaba exento de estudios previos en la facultad de Artes, y
su saber y asombrosa inteligencia y energía lo capacitaban para prepararse en
breve tiempo para los exámenes y las disputaciones requeridas. Y con todo, no
consiguió aquel propósito en París. Su estancia, que con algunas interrupciones
duró primero hasta 1499, para continuar después, se convirtió para él en un
período de dificultades y exasperaciones; de lucha para abrirse camino por
todos los humillantes medios que por aquel tiempo eran indispensables para
lograrlo, pero también de alboreantes buenos éxitos, los cuales, sin embargo,
no pudieron satisfacerlo.
La primera
causa de sus contratiempos era física: no pudo sufrir la dura vida del colegio
de Montaigu. Los huevos podridos, las escuálidas alcobas, quedaron clavados en
su memoria para toda su vida; él piensa que allí contrajo los primeros amagos
de su enfermedad, que se desarrolló más tarde. En los Colloquia ha recordado
con horror el sistema de abstinencia de Standonck: privación y castigo. Por lo
demás, su estancia allí duró sólo hasta la primavera de 1496.
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Mientras
tanto, había comenzado sus estudios teológicos. Asistía a lecciones sobre la
Biblia y el Libro de las Sentencias, el manual clásico de teología durante la
Edad Media, que todavía seguía usándose entonces. Hasta se le permitió dar
algunas lecciones en el colegio acerca de las Sagradas Escrituras. Predicó unos
cuantos panegíricos de santos, probablemente en la vecina abadía de Santa
Genoveva. Pero no ponía el corazón en nada de esto. Las sutilezas de las
escuelas no podían agradarle. Aquella aversión contra el escolasticismo, al que
él rechazaba con absoluta condenación, se arraigó fuertemente en su espíritu
que, aunque vastamente comprensivo, siempre juzgaba injustamente aquello para
lo que no tenía cabida en él. «Esos estudios hacen a un hombre quisquilloso y
pendenciero; ¿pueden hacerlo sabio? Agotan el espíritu con una especie de árida
y estéril sutileza, sin fertilizarlo ni inspirarlo. Con sus balbuceos y con las
manchas de su impuro estilo desfiguran la teología que había sido enriquecida y
ornada por la elocuencia de los antiguos. Lo enredan todo mientras prueban a
resolverlo todo33». «Escotista», para Erasmo, se convirtió en un epíteto
socorrido para todos los escolásticos, es más, para todo lo mandado retirar y
anticuado. Hubiera preferido que se perdiera toda la obra de Escoto antes que
las obras de Cicerón o de Plutarco. Éstos le habían hecho mejor, al paso que la
lectura de los escolásticos le dejaba fríamente
A. 408. 22
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dispuesto
para con la verdadera virtud, excitando, en cambio, su pasión de disputar34.
Sin duda
hubiera sido difícil para Erasmo hallar en el árido tradicionalismo que
predominaba en la Universidad de París, la culminación de la filosofía y la
teología escolásticas. De las disputaciones que escuchó en la Sorbona no sacó
más que la costumbre de burlarse de los «doctores de teología» a quienes él
nombra siempre irónicamente por su título de honor: Magistri nostri. Se halla
sentado y bostezando entre «esos santos escotistas, con sus arrugadas frentes y
caras perplejas»; y cuando vuelve a casa, escribe una irrespetuosa fantasía a
su amigo Tomás Grey35, contándole cómo duerme el sueño de Epiménides entre los
teólogos de la Sorbona. Epiménides despertó después de dormir cuarenta y siete
años; pero la mayoría de nuestros actuales teólogos nunca despertarán. ¿Qué
debía de haber soñado Epiménides sino las sutilezas de los escotistas:
quididades, formalidades, etc.? Pues bien, Epiménides había vuelto a nacer en
figura de Escoto o, mejor dicho, era el prototipo de Escoto. Porque, ¿no
escribió también él obras teológicas en que anudó tales nudos silogísticos que
ni él mismo hubiera podido deshacer jamás? La Sorbona guarda conservado el
pellejo de Epiménides lleno de misteriosas escrituras, como oráculo que los
hombres sólo pueden descifrar después de haber ostentado el título de Magister
noster durante quince años.
Convivium
religiosum, Coll. LB. I. 682 B
A. 64
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No hay
mucha distancia de las caricaturas como éstas a los Sorbonistres y los
Barbouillamenta Scoti de Rabelais. «Se dice —así termina Erasmo su boutade— que
nadie puede comprender los misterios de esta ciencia si tiene el menor trato
con las Musas o las Gracias. Todo lo que haya uno aprendido en buenas letras,
debe ser antes desaprendido: si ha bebido uno del agua del Helicón, deberá
primero vomitar el trago. Pongo sumo cuidado en no decir nada en consonancia
con el gusto latino, ni nada gracioso o ingenioso; y ahora ya voy adelantando,
y puede esperarse que un día sabrán ellos quién es Erasmo».
No era sólo
la aridez del método ni la esterilidad del sistema lo que sublevaba a Erasmo.
Eran también las cualidades de su propio espíritu, que, a despecho de toda su
amplitud y agudeza, no se inclinaban a penetrar profundamente en las
especulaciones filosóficas o dogmáticas. Porque no sólo era el escolasticismo
lo que él repugnaba; el joven platonismo y el rejuvenecido aristotelismo
enseñado por Lefèvre d’Étaples tampoco lograron atraerlo. De momento quedaba
como humanista de carácter estético, con un fondo de propensión bíblica y
moral, que estribaba principalmente en el estudio de su preferido San Jerónimo.
Durante largo tiempo después, Erasmo se tenía, y como tal se presentaba, por un
poeta y orador; y por esta última palabra él entendía lo que nosotros llamamos
literato.
En cuanto
llegó a París, debió de haber buscado contacto con los cuarteles generales del
humanismo literario. El oscuro religioso
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holandés se
presenta a sí mismo en una larga carta (no conservada) llena de elogios,
acompañada de un poema muy trabajado, dirigida al general, no sólo de los
trinitarios, sino, al mismo tiempo, de los humanistas parisienses: Roberto
Gaguin. El grande hombre contestó muy amablemente: «Por la muestra de vuestra
poesía, deduzco que sois hombre letrado; mi amistad queda a vuestra
disposición; no seáis tan pródigo en vuestras alabanzas, que puedan parecer
adulaciones».
Apenas
había comenzado aquella correspondencia, cuando Erasmo halló espléndida ocasión
de hacer un favor a aquel ilustre personaje y, al mismo tiempo, a la sombra de
su nombre, darse a conocer al público ilustrado. Esta circunstancia es
importante además porque nos procura, por primera vez, la manera de advertir la
relación que se ha encontrado siempre entre la carrera de Erasmo como literato
y erudito, y las condiciones técnicas del joven arte de imprimir.
Gaguin era
una personalidad completa, y su libro de texto latino de Historia de Francia,
De origine et gestis Francorum Compendium, se acababa de imprimir. Era la
primera muestra de historiografía humanista en Francia. El impresor había
terminado su obra el 30 de septiembre de 1495; pero de las 136 hojas, dos
quedaban en blanco. Esto no era permisible según las ideas de aquel tiempo.
Gaguin estaba enfermo y no podía remediar el conflicto. Espaciando con mucha
destreza, el compositor pudo llenar el folio 135 con un poema de Gaguin, con el
colofón, y dos elogios por Fausto Andrelino y otro humanista. A pesar de todo,
se necesitaba más composición,
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y entonces
Erasmo se lanzó a la brecha y proporcionó una larga carta de encomio, que
llenaba por completo el espacio sobrante del folio 13636. De este modo, su
nombré y su estilo se hicieron de pronto conocidos del numeroso público que se
interesaba por la obra histórica de Gaguin, para quien los excepcionales
talentos de Erasmo evidentemente no habían pasado inadvertidos. Lo que no
hubiera podido adivinar Gaguin era que su historia había de ser conocida en lo
porvenir principalmente por haber sido un primer escalón para Erasmo.
Aunque
Erasmo, como seguidor de Gaguin, había entrado ya en el mundo de los humanistas
parisienses, aquel camino de la fama, que recientemente había comenzado a
abrirse gracias a la prensa de imprimir, no fue accesible todavía para él.
Mostró los Antibarbari a Gaguin, quien los alabó, pero no resultó de ello
ninguna sugerencia de publicación. Un delgado volumen de poemas latinos por
Erasmo, fue publicado en París, en 1496, dedicado a Héctor Boys, un escocés a
quien había conocido en Montaigu37. Pero los escritos más importantes en que
trabajó durante su estancia en París, no fueron impresos sino mucho más tarde.
Por muy
honroso que pudiera ser el trato con hombres como Roberto Gaguin y Fausto
Andrelino, no era inmediatamente provechoso. El apoyo del obispo de Cambray era
más escaso de lo
A. 43, pág.
145, donde los pormenores del caso son expuestos con singular agudeza y se
sacan conclusiones que importan para la cronología de la estancia de Erasmo en
París.
A. 47.
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que Erasmo
deseara. En la primavera de 1496 cayó enfermo y dejó París. Fue primero a
Bergen y halló bondadosa acogida por parte de su patrón, el obispo; y luego de
recobrar su salud, se volvió a Holanda al lado de sus amigos. Fueron ellos, sin
embargo, los que lo instaron a volverse a París, lo que hizo en el otoño de
1496. Llevaba poesías de Guillermo Hermans y una carta de este poeta, para
Gaguin. Se encontró un impresor para las poesías y Erasmo puso también a su
amigo y colega en poesía en contacto con Fausto Andrelino.
La
situación de un hombre que se proponía vivir del trabajo intelectual distaba
mucho de ser holgada por aquel tiempo, y no era siempre respetada. Tenía que
vivir de prebendas eclesiásticas o de protectores distinguidos, o de ambas
cosas a la vez. Pero tales prebendas eran difíciles de obtener, y los
protectores eran dudosos y defraudaban a veces las esperanzas que se ponían en
ellos. Los editores sólo pagaban espléndidamente los manuscritos de los autores
famosos. Por regla general, el escritor recibía cierto número de ejemplares de
su obra, y eso era todo. Su principal provecho podían esperarlo de una
dedicatoria a algún personaje distinguido que pudiera obsequiarlo con un
generoso regalo. Autores había que acostumbraban dedicar la misma obra,
repetidamente, a diferentes personajes. Erasmo se defendió más tarde
explícitamente de esta sospecha, y cuidó de hacer notar que muchos de aquéllos
a quienes
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de Sergio Barros 48 Preparado por Patricio Barros
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había
honrado con una dedicatoria no le habían dado nada, o muy poco38.
La primera
necesidad, pues, para un hombre en las circunstancias de Erasmo, consistía en
hallar un mecenas. Mecenas, para los humanistas, era casi sinónimo de patrono.
Bajo el adagio «Ne bos quidem pereat», Erasmo había hecho una descripción de la
manera decorosa de obtener un mecenas39.
Por
consiguiente, cuando su conducta durante aquellos años nos parezca más de una
vez impulsada por una inclinación poco digna, no debemos apreciarla según
nuestros patrones actuales. Aquéllos eran años de flaqueza.
A su
regreso a París no volvió a alojarse en Montaigu. Intentó ganarse la vida dando
lecciones a jóvenes ricos. Fueron discípulos suyos los hijos de un mercader de
Lübeck, Cristián y Enrique Northoff, que vivían con cierto Agustín Vincent.
Compuso hermosas cartas para ellos, ingeniosas, facundas y un poquito
perfumadas40. Al mismo tiempo enseñó a dos jóvenes ingleses, Tomás Grey y
Roberto Fisher, y concibió tan vivo afecto por Grey que le ocasionó disgustos
con el tutor del joven, un escocés, que molestaba extraordinariamente a
Erasmo41.
París no
dejó de ejercer su refinado influjo en Erasmo. Hizo que su estilo fuese
afectadamente rebuscado y chispeante; él aparenta
A. no. I,
t. I. p. 5.
Ad. 3401,
LB. II c. 1051
A. 61.
A. 58 ss.
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de Sergio Barros 49 Preparado por Patricio Barros
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desdeñar
los rústicos productos de su juventud en Holanda. Mientras tanto, las obras por
las cuales más tarde se difundirá su influencia por todo el mundo, comenzaban a
crecer, pero sólo en beneficio de unos pocos lectores. Permanecían sin imprimir
aún. Para los Northoff fue compuesto el breve compendio de conversación
elegante (en latín). Familiarium colloquiorum Formulae, núcleo de los
mundialmente famosos Colloquia42. Para Roberto Fisher escribió el primer esbozo
del De conscribendis epistolis43, su gran disertación acerca del arte de
escribir cartas (cartas latinas); y probablemente, también la paráfrasis de las
Elegantiae de Valla, tratado acerca del latín castizo, que había sido faro de
cultura para Erasmo en su juventud. El breve tratado De copia verborum ac
rerum, que también ofrecía a los principiantes, junto a un vocabulario selecto,
abundancia de giros y expresiones, constituye asimismo el germen de una obra
más amplia. De ratione studii, manual para preparar cursos de estudio, puede
figurar en la misma serie44.
Era una
vida de incertidumbre, de inquietud. El obispo le procuraba muy escaso apoyo.
Erasmo no estaba entonces bien de salud, y se sentía continuamente abatido45;
formó planes para un viaje a Italia, pero no halló muchas facilidades para
efectuarlo. En el verano de 1498 viajó por Holanda otra vez, y fue a ver al
obispo. Allí sus amigos se complacían muy poco en sus estudios. Se temía que
A. t. I. p.
304
A. 71.
A. 23. 106.
260 intr., 66 intr.
A. 74, 75.
Colaboración
de Sergio Barros 50 Preparado por Patricio Barros
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estuviese
contrayendo deudas en París. Corrían informes poco favorables para él]46. Halló
al obispo en pleno ajetreo para un viaje oficial a Inglaterra, irritado y
sobrado quejoso. Cada vez se le hacía más evidente que debía buscarse otro
protector; tal vez podría acudir a la señora de Veere, Ana de Borselen, a cuyo
servicio se había puesto su fiel y servicial amigo Batt, como preceptor del
hijo de aquella dama, en el castillo de Tournehem, entre Calais y Saint Omer.
A su
regreso a París, Erasmo reanudó su vida de antes, que no era para él más que
odiosa esclavitud47. Batt consiguió que su amigo fuese invitado a ir a
Tournehem, pero no podía resolverse a dejar París. Allí tenía ahora por
discípulo al joven lord Mountjoy, Guillermo Blount. Esto significaba dos
ventajas aprovechables para él. Incita a Batt a prepararle el terreno cerca de
Ana de Veere; encarga a Guillermo Hermans que escriba cartas a Mountjoy en las
cuales debe alabar el amor de éste hacia la literatura. «Debéis poner de
manifiesto una sabia entereza; recomendadme, y ofreced vuestros servicios
amablemente. Creedme, Guillermo, también vuestra reputación se beneficiará de
ello. Es un joven de grande autoridad en su país; en él tendréis quien difunda
vuestros escritos por Inglaterra. Os ruego encarecidamente que, si me amáis, os
toméis a pechos este asunto48».
A. 81. 8,
83
A. 80. 9.
A. 81.
42-55.
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de Sergio Barros 51 Preparado por Patricio Barros
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La visita a
Tournehem se efectuó a comienzos de 1499, seguida de otro viaje a Holanda. En
adelante, Ana de Veere pasó por su protectora. En Holanda vio a su amigo
Guillermo Hermans, y le dijo que pensaba salir para Bolonia después de Pascua
florida. Aquel viaje por Holanda estuvo lleno de inquietud y ajetreo; tenía
prisa por volverse a París, para no perder cualquiera ocasión que el afecto de
Mountjoy pudiera ofrecerle. Trabajó con ahínco en los diversos escritos en que
estaba ocupado49; con todo el ahínco que su salud le permitía después de aquel
penoso viaje en invierno. Se afanaba mucho por reunir el dinero necesario para
su viaje a Italia, aplazado ahora hasta el mes de agosto. Pero seguramente Batt
no pudo obtener tanto como él había esperado y, en mayo, Erasmo renunció a su
viaje a Italia y se fue a Inglaterra con Mountjoy a petición de éste.
A. 95. 22.
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Capítulo IV
PRIMERA
ESTANCIA EN INGLATERRA
Primera
estancia en Inglaterra: 1499-1500. — Oxford: Juan Colet. — Las aspiraciones de
Erasmo se dirigen hacia la Teología. — Pero en realidad sigue siendo
principalmente un literato. — Fisher y Moro — Contratiempo en Dover al salir de
Inglaterra. — De regreso a Francia reúne los Adagia. — Años de sufrimiento y
penuria.
La primera
estancia de Erasmo en Inglaterra, que duró desde comienzos del verano de 1499
hasta principios de 1500, había de ser para él un período de maduración
interior. Se presentó allá como erudito poeta, protegido de un noble de alta
posición, en camino de establecer más estrecho contacto con la alta sociedad
que sabía apreciar y recompensar el mérito literario. Dejó su país con el
ferviente deseo de emplear en adelante sus talentos, cuanto lo permitiesen las
circunstancias, en trabajos más serios. Aquel cambio fue producido por dos
nuevos amigos que encontró en Inglaterra, cuyas personalidades eran superiores
con mucho a las que hasta entonces había encontrado en su camino: Juan Colet y
Tomás Moro.
Durante
todo el tiempo de su estancia en Inglaterra, Erasmo está muy contento con su
suerte. Al principio es todavía un hombre de mundo que conversa, un refinado
literato que necesita mostrar su brillante genio. La vida aristocrática de la
cual evidentemente ha
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de Sergio Barros 53 Preparado por Patricio Barros
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conocido
muy poco en casa del obispo de Cambray y de la señora de Veere en Tournehem, le
complace mucho, al parecer. «Aquí, en
Inglaterra
—escribe con desenvoltura a Fausto Andrelino—, hemos adelantado un poco. El
Erasmo a quien conocéis es ya casi un buen cazador, no muy mal jinete, y un
cortesano bastante diestro. Ahora saluda un poquito más cortésmente, y sonríe
más afablemente que antes. Si sois juicioso, venid también aquí». Y encocora al
voluble poeta hablándole de las encantadoras muchachas y de la loable costumbre
que encontró en Inglaterra de acompañar con besos todos los cumplidos50.
Y hasta le
cupo la suerte de tratarse con la familia real. De la heredad de Mountjoy en
Greenwich, Moro, en el curso de un paseo, lo llevó al Palacio de Eltham, donde
eran educados los niños regios. Allí vio, rodeado de toda la Casa real, al
joven Enrique, que había de ser Enrique VIII, siendo un muchacho de nueve años,
junto con dos hermanitas y un príncipe niño que no andaba todavía. Erasmo se
avergonzó de no tener nada que ofrecer, y al volver a su casa compuso (no sin
esfuerzo, porque no había escrito versos hacía algún tiempo) un panegírico de
Inglaterra, que ofreció al príncipe con una donosa dedicatoria51.
A. 103, cf.
Chr. matrim. inst. LB. V. 678 y Cent nouvelles nouvelles 2. 63: «ung baiser,
dont les dames et demoiselles du dit pays d’Angleterre sont assés libérales de
l’accorder».
A. 104,
113. 148, «e somno decennin» es una exageración, cf. con no. I, t. I. p. 6: la
composición LB. X. 1859
Colaboración
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En octubre,
Erasmo estaba en Oxford, que, al principio, no le agradó, pero adonde Mountjoy
iba a seguirlo52. Había sido recomendado a Juan Colet, quien declaró que Erasmo
no necesitaba recomendaciones: ya lo conocía por la carta a Gaguin en la
reciente obra histórica de éste, y tenía muy elevado concepto de su saber53. De
aquí se siguió, durante la permanencia de Erasmo en Oxford, un animado trato,
por conversación y por correspondencia, que ejerció definitivo influjo en la
inclinación del polifacético espíritu de Erasmo. Juan Colet, que no difería
mucho en edad de Erasmo, había encontrado su camino intelectual más pronto y
con mayor facilidad. Nacido de padres acomodados (su padre era un magistrado
londinense y había sido ya dos veces lord Mayor o Corregidor de Londres), había
podido proseguir sus estudios cómodamente. No se dejó seducir por un
brillantísimo talento como el que Erasmo poseía para las digresiones literarias
y desde el comienzo había fijado su atención en la teología. Conocía a Platón y
Plotino, aunque no en griego; era muy leído en los Santos Padres y por ello
estaba familiarizado con el escolasticismo, para no mencionar sus conocimientos
de matemáticas, leyes, historia, y poetas ingleses. En 1496 se había instalado
en Oxford; aunque no estaba graduado en teología, explicaba las Epístolas de
San Pablo. Y si bien, por su ignorancia del griego, debía limitarse a la
Vulgata,
A. 105. 4.
A. 106. 5
Colaboración
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intentaba
penetrar en el sentido original de los textos sagrados, descartando los
comentarios posteriores.
Colet tenía
un carácter profundamente serio, y siempre luchaba contra las inclinaciones de
su vigorosa naturaleza refrenando su orgullo y su amor del placer. Tenía un
agudo sentido del buen humor, lo cual sin duda lo hizo querer de Erasmo. Era un
hombre entusiasta. Cuando defendía un punto de teología, su ardor cambiaba el
sonido de su voz, la mirada de sus ojos, y un alto aliento exaltaba toda su
persona54.
De su trato
con Colet procedieron los primeros escritos teológicos de Erasmo. Al final de
una discusión acerca de la agonía de Cristo en el huerto de Getsemaní, en que
Erasmo había defendido la opinión corriente de que el temor a padecer de Cristo
procedía de su naturaleza humana, Colet lo había exhortado a pensar más en el
asunto. Cambiaron cartas acerca de ello, y finalmente Erasmo trasladó al papel
ambas opiniones en forma de «Pequeña disputación acerca de la angustia, el
temor y la tristeza de Jesús», Disputatiuncula de tedio, pavore, tristicia
Jesu, etc., que era un desarrollo de aquellas cartas55.
Aunque el
tono de aquel opúsculo es serio y piadoso, no es verdaderamente fervoroso. El
literato no se deja arrinconar así como
así.
«Mirad, Colet —así Erasmo termina su primera carta, refiriéndose medio
irónicamente a sí mismo—, cómo puedo observar
A. 116. 29.
A. 108-111,
LB. V. 1265.
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las reglas
de la corrección concluyendo una disputación teológica como ésta con fábulas
mitológicas (había usado unas pocas metáforas mitológicas). Pero, como dice
Horacio, Naturam expellas furca, tamen usque recrret».
Esta
posición ambigua que aún ocupaba Erasmo también en las cosas del espíritu, se
muestra más clara todavía en la relación que envía a su nuevo amigo el frisio
Juan Sixtin, poeta latino como él, de otra disputación con Colet56, en un
ágape, probablemente en la sala del Magdalen College, a la que Wolsey tal vez
estuvo también presente. A su camarada poeta, Erasmo escribe a lo poeta, con
desenvoltura y cierta afectación. Era una comida como a él le agradaban, y que
representó con frecuencia, más tarde, en sus Colloquia: comensales cultos,
buenos manjares, bebida moderada, noble conversación. Presidía Colet. A su
derecha se sentaba el prior Charnock del Saint Mary’s College, donde Erasmo
residía (había estado también presente a la disputación acerca de la agonía de
Cristo). A su izquierda estaba un teólogo, cuyo nombre no se menciona, abogado
del escolasticismo; después de él venía Erasmo, «para que no faltase un poeta
en el banquete». La discusión fue acerca del pecado de Caín con que desplugo al
Señor. Colet defendió la opinión de que Caín había ofendido a Dios al dudar de
la bondad del Creador, y por confianza en su propia laboriosidad en el cultivo
de la tierra; mientras que Abel guardaba su rebaño y se contentaba
A. 116.
Colaboración
de Sergio Barros 57 Preparado por Patricio Barros
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con lo que
éste criaba. El teólogo disputaba por silogismos; Erasmo con argumentos de
«retórico». Pero Colet disputaba enardecido, y llevó ventaja a los dos. Pasado
un rato en que la disputa había durado lo bastante y se había puesto más seria
de lo que convenía a una conversación de mesa, «entonces yo dije, para
representar mi papel, esto es, el de poeta, con el fin de moderar la disputa y
al mismo tiempo alegrar la comida con una placentera relación: “Existe una
historia muy antigua, que debe buscarse en los más antiguos autores. Yo os
contaré lo que acerca de ella he encontrado en los libros con tal que prometáis
primero que no lo tendréis por fábula”».
Y entonces
relata una ingeniosa historia de cierto códice muy antiguo, en el cual ha leído
que Caín, habiendo oído hablar con frecuencia a sus padres de la magnífica
vegetación del Paraíso, donde las espigas del trigo eran tan altas como
nuestros alisos, había persuadido al ángel que lo guardaba a que le diera unos
cuantos granos paradisíacos. Dios no haría caso de aquello, con tal de que no
se tocasen las manzanas. El discurso con que el ángel es incitado a desobedecer
al Todopoderoso, es una obra maestra del ingenio de Erasmo. « ¿Os agrada estar
ahí plantado junto a la puerta con ese espadón? Nosotros ya hemos comenzado a
usar perros para semejante trabajo. No nos va mal en la tierra, y nos irá
todavía mejor; sin duda aprenderemos a curar las enfermedades. Lo que esa
ciencia prohibida importa, yo no lo veo muy claro. Con todo, también en esta
materia la infatigable laboriosidad vence todos los
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de Sergio Barros 58 Preparado por Patricio Barros
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obstáculos».
Y de este modo es seducido el guardián. Pero cuando Dios contempló el
maravilloso resultado de la industria agrícola de Caín, no podía faltar pronto
el castigo.
Una manera
más delicada de combinar el Génesis con el mito de Prometeo, no había sido
inventada todavía por ningún humanista. Pero aunque Erasmo continuó portándose
como literato entre sus colegas poetas57, ya no tenía puesto el corazón en
aquellos ejercicios literarios. Una de las peculiaridades del desarrollo
intelectual de Erasmo era el no ofrecer crisis violentas. Nunca lo hayamos
empeñado en esas acerbas luchas interiores que tantos grandes espíritus
experimentan. Su transición del interés por las materias literarias al interés
por las religiosas, no tiene el carácter de un proceso de conversión. No hay
ningún camino de Damasco en la vida de Erasmo. La transición se efectúa
gradualmente, y nunca es completa. Durante muchos años, Erasmo podrá, sin que pueda
ser sospechado de hipocresía, a su sabor, y como lo vayan requiriendo sus
intereses o su humor, representar el papel de literato o el de teólogo. Es un
hombre en quien las más profundas corrientes del alma van saliendo poco a poco
a la superficie; que se levanta a las alturas de su conciencia moral por la
presión de las circunstancias, más que por el aguijón de algún impulso
irresistible.
El deseo de
dedicarse sólo a materias de fe, se muestra en él tempranamente. «He resuelto»,
escribe en su período monástico a
A. 101. 11,
112, 113.
Colaboración
de Sergio Barros 59 Preparado por Patricio Barros
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Cornelio de
Gouda58, «no escribir más poesías en adelante, como no sea para embellecer la
alabanza de los santos o de la santidad». Pero aquello fue una piadosa
resolución juvenil del momento. Durante todos los años anteriores a su primer
viaje a Inglaterra, los escritos de Erasmo, y especialmente sus cartas,
descubren cierta inclinación mundana. Sólo renuncia a ella en momentos de
enfermedad y cansancio. Entonces el mundo le desagrada, y desprecia su propia
ambición; desea vivir en santo reposo, meditando la Sagrada Escritura y
derramando lágrimas sobre sus pasados errores59. Pero éstas son expresiones
inspiradas por las circunstancias, que no debemos tomar en serio.
Fueron las
palabras y el ejemplo de Colet los que cambiaron primero la inconstante
ocupación de Erasmo en los estudios teológicos, en firme y duradera resolución
de convertirlos en la actividad de su vida. Colet lo instó60 a explicar el
Pentateuco o el profeta Isaías en Oxford, así como él trataba de las Epístolas
de San Pablo. Erasmo renunció; no podía hacerlo. Aquello indicaba perspicacia y
conocimiento de sí mismo, en los que aventajaba a Colet. La interpretación
intuitiva de la Escritura por éste, sin conocimiento del lenguaje original, no
pudo satisfacer a Erasmo. «Estáis obrando con imprudencia, mi querido Colet,
probando a obtener agua de una piedra pómez (expresión de Plauto). ¿Cómo voy
A. 28. 8.
A. 74. 4,
75. 6.
A. 108. 74.
Colaboración
de Sergio Barros 60 Preparado por Patricio Barros
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a tener yo
la desfachatez de enseñar lo que no he aprendido? ¿Cómo podré enardecer a los
demás temblando y estremeciéndome yo de frío?… Os quejáis de hallar frustradas
las esperanzas que habíais puesto en mí. Pero yo nunca os había prometido
semejante cosa; os habéis engañado a vos mismo negándoos a creerme cuando yo os
decía la verdad respecto a mí. Tampoco vine yo aquí para enseñar poética ni
retórica (Colet le había insinuado esto): han dejado de serme placenteras desde
que han dejado de serme necesarias. Renuncio esa tarea porque ya no está a la
altura de mi finalidad en esta vida; renuncio la otra porque excede a mis
fuerzas… Pero cuando, un día, yo tenga conciencia de que hay en mí las fuerzas
necesarias para ello, yo también tomaré vuestro partido y dedicaré a la defensa
de la teología una labor, si no excelente, a lo menos sincera».
La
consecuencia que sacó primero Erasmo de todo esto, fue que debía conocer la
lengua griega mejor de lo que había podido conocerla hasta entonces.
Mientras
tanto, su estancia en Inglaterra corrió presurosa a su fin; tenía que regresar
a París. Hacia fines de su estancia, escribió a su antiguo discípulo Roberto
Fisher61, que estaba en Italia, en elevados tonos acerca de la satisfacción que
experimentaba en Inglaterra. Un cielo tan placentero y saludable (era muy
sensible para el cielo), y tanta cultura y erudición —no de la manida y
trivial, sino de la
A. 118.
Colaboración
de Sergio Barros 61 Preparado por Patricio Barros
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profunda,
genuina, antigua, latina o griega— que apenas necesitaba ya ir a Italia. En
Colet había pensado estar oyendo a Platón en persona. Grocyn, el erudito
helenista; Linacre, el sabio médico, ¡quién no los admiraría! ¡Y qué espíritu
fue nunca más afable, más dulce, más feliz que el de Tomás Moro!
Cuando
Erasmo, en enero de 1500, iba a salir de Inglaterra, le ocurrió un desagradable
accidente. Por desdicha, no sólo ensombreció sus placenteros recuerdos de la
isla feliz, sino que puso un nuevo obstáculo en el camino de su carrera y dejó
una espina en su alma tan extremadamente sensible, que lo atormentó durante
años después.
La
subsistencia que había estado ganándose en París los últimos años había sido
precaria. La protección del obispo, probablemente había sido retirada; la de
Ana de Veere había ido continuando, pero lánguidamente; no podía confiar mucho
en Mountjoy. En las circunstancias en que se hallaba, unos modestos fondos,
alguna provisión para los días malos, tenían grandísima importancia. De
Inglaterra se llevaba veinte libras62]. Un decreto de Eduardo III, revalidado
por Enrique VII no hacía mucho, prohibía la exportación del oro y de la plata;
pero Moro y Mountjoy habían asegurado a Erasmo que podía llevarse a salvo su
dinero, con tal que no fuese en moneda inglesa.
A. 279. 12
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Erasmo www.librosmaravillosos.com Johan Huizinga
En Dover se
enteró de que los agentes de aduanas eran de diferente opinión. Sólo pudo
guardar cinco «ángeles»; lo demás hubo de dejarlo en manos de aquellos agentes,
y sin duda fue confiscado.
El golpe
que le asestó aquel contratiempo contribuyó quizás a que se imaginase amenazado
de ladrones y asesinos por el camino de Calais a París63. La pérdida de su
dinero lo sumió en nuevas perplejidades acerca de su cotidiana subsistencia. Lo
obligó a reanudar su profesión de bel esprit, que ya comenzaba a detestar, y a
dar todos los humillantes pasos necesarios para obtener de sus protectores lo
que le era debido. Y sobre todo, ello afectaba a su tranquilidad mental y a su
dignidad. Sin embargo, aquel percance produjo grandes ventajas para el mundo, y
para Erasmo también, al fin y al cabo. El mundo le debe los Adagia; y él su
fama, que comenzó con aquella obra.
Los
sentimientos que aquel contratiempo de Dover inspiró a Erasmo fueron acerba
cólera y sed de venganza. Pocos meses después escribe a Batt64: «Mi situación
es la que suele ocurrir en estos casos: la herida que recibí en Inglaterra no
ha comenzado a escocer hasta ahora, cuando se ha hecho inveterada, y mucho más
porque no hallo manera de vengarme. —Y medio año después—: Tendré que
tragármelo; ya se presentará por sí sola la ocasión, sin duda, de entendérmelas
con ellos65». Pero al mismo tiempo, su propio
A. 119.
A. 123.
A. 135. 64.
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discernimiento
le decía a aquel hombre, cuya fuerza no siempre se puso al nivel de sus
ideales, que los ingleses a quienes acababa de ver a tan favorable luz, dejando
aparte a sus particulares amigos entre ellos, no tenían culpa en aquella
desgracia. Nunca vituperó a Moro ni a Mountjoy, cuya inexacta información,
según nos dice, había causado el daño. Al mismo tiempo, su propio interés, que
él vió siempre con los ropajes de la virtud, le decía que, entonces sobre todo,
sería esencial para él no romper sus relaciones con Inglaterra, y que aquello
le procuraba una espléndida ocasión para reforzarlas. Más tarde explicó esto
con una ingenuidad que a menudo hace que sus escritos, especialmente cuando
intenta suprimir o disfrazar datos, se lean como confesiones66.
«Al volver
pobre a París, comprendí que muchos esperaran que yo me tomaría venganza de
aquel desaguisado con mi pluma, a la manera de ciertos literatos, escribiendo
algo ponzoñoso contra el rey o contra Inglaterra. Al mismo tiempo yo temía que
Guillermo Mountjoy, causante indirecto de mi pérdida de dinero, tuviera
aprensión de perder mi afecto. Por lo tanto, y para poner a la vergüenza
semejantes esperanzas de aquella gente y dar a conocer que yo no era tan mal
intencionado que vituperase a aquel país por una ofensa privada, ni tan
desconsiderado que por una pequeña pérdida me arriesgase a indisponer al rey
contra mí o contra mis amigos de Inglaterra, y al mismo tiempo para dar una
prueba a mi
A. no. I,
t. I. p. 16.
Colaboración
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amigo
Mountjoy de que no estaba menos cariñosamente dispuesto para con él que antes,
me resolví a publicar algo lo más pronto posible. Y como no tenía nada
preparado, rápidamente reuní, en pocos días de lectura, una colección de
Adagia, suponiendo que aquel librito, saliese como saliese, por su sola
utilidad iría a parar a manos de los estudiantes. De esta manera demostré que
mi amistad no se había enfriado en ningún modo. Después, en un soneto que le
añadí, declaraba que no estaba enojado con el rey ni con el país, por haber
sido privado de mi dinero. Y mi ardid no fue mal recibido. Aquella moderación y
sinceridad me procuraron muchos amigos en
Inglaterra
a la vez —hombres eruditos, honrados e influyentes». Ésta es una muestra
característica de conducta semi moral. De aquel modo Erasmo consiguió traficar
con su indignación; de manera que más tarde pudo declarar67, cuando el recuerdo
vino a cuento: «Perdí de un golpe toda mi fortuna, pero me importó tan poco,
que volví a mis libros, tanto más contento y ardoroso. —Pero sus amigos sabían
lo profunda que su herida había sido—. Ahora (al saber que Enrique VIII había
subido al trono) sin duda alguna todo el rencor habrá desaparecido súbitamente
de vuestra alma», le escribe Mountjoy en 150968, posiblemente por la pluma de
Amonio. Los años después de su retorno a Francia, fueron dificultosos. Tenía
gran necesidad de dinero y se vio obligado a hacer cuanto pudo como literato,
con sus talentos y saber. Hubo de ser otra vez el homo
A. 279. 14.
A. 215
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poeticus o
rhetoricus. Escribe refinadas cartas llenas de mitología y modesta
mendicidad69. Como poeta había adquirido reputación; pues como poeta podía
esperar apoyo. Mientras tanto, la imagen estimulante de su actividad teológica
quedaba presente ante los ojos de su espíritu. Ella lo vigoriza en energía y
perseverancia. «Es increíble, —le escribe a Batt70—, cómo anhela mi alma
terminar todos mis libros, llegando a ser al mismo tiempo más aprovechado en
griego, para dedicarme después enteramente al saber sagrado, por el cual mi
alma ha estado ansiando largo tiempo». «Gozo de muy buena salud, de manera que
voy a poner todas mis fuerzas este año (1501) en publicar la obra que entregué
al impresor, y, al tratar de los problemas teológicos, poner de manifiesto a
nuestros reparones, que son numerosos, como ellos merecen. Si me son concedidos
tres años más de vida, quedaré fuera del alcance de la envidia».
Aquí lo
vemos en disposición de espíritu para realizar grandes cosas. Ya ve restaurada,
por su trabajo, la verdadera teología71; por desdicha, aquella manifestación de
elevado idealismo y confianza en sí mismo figura en una carta donde instruye a
su fiel Batt acerca del modo como podrá manejar a la señora de Veere con objeto
de sonsacarle dinero.
Durante los
años siguientes, sus esfuerzos para labrarse una posición fueron causa de sus
casi constantes tribulaciones y
A. 126.
154, 134. 4, 140. 14, 144, 145. 72.
A. 138. 45
A. 139. 43
Colaboración
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míseras
zozobras. Estaba harto ya de Francia y no deseaba sino salir de ella72. Parte
del año 1500 la pasó en Orleáns. La adversidad lo volvió cicatero. Aún tenemos
la historia de sus relaciones con Agustín Vincent Caminade, humanista de menor
categoría73, que daba hospedaje a los jóvenes. Sería harto largo de relatar
aquí, pero lo bastante significativo para revelar la psicología de Erasmo,
porque muestra cuán profundamente desconfiaba de sus amigos. También tenemos
sus relaciones con Jacobo Voecht, de Amberes, en cuya casa vivió sin duda
gratuitamente74, y al cual se ingenió en procurar un rico huésped en la persona
de un hermano ilegítimo del obispo de Cambray. Por aquel tiempo, afirma Erasmo,
el obispo (Antimaecenas lo llama ahora) encargó a Standonck que lo espiase en
París75.
Mucho
encono hay en las cartas de este período. Erasmo se muestra suspicaz,
irritable, exigente, a veces rudo, cuando escribe a sus amigos. No puede
soportar ya a Guillermo Hermans por causa de su epicureísmo y su falta de
energía, y para quien él, Erasmo, sin duda era un desconocido. Pero lo que más
nos ofende es el tono que usa con el honesto Batt. Lo alaba mucho desde luego.
Erasmo hasta le promete hacerlo inmortal. Pero ¡cómo se ofende cuando Batt no
puede inmediatamente satisfacer sus imperiosas demandas! ¡Cómo son casi
vergonzosas sus instrucciones acerca de lo que Batt debe
A. 120. 34.
60
Terminó su
carrera siendo síndico de Middelburgo.
También fue
más tarde síndico en su ciudad natal.
A. 135. 13
Colaboración
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decir a la
señora de Veere para solicitar su favor para Erasmo! ¡Y cuán mezquina es la
expresión de su pena, cuando la muerte le arrebata a su fiel Batt en la primera
mitad de 1502!76
Es como si
Erasmo se hubiese vengado en Batt por haberse visto obligado a confesar su
necesidad a su fiel amigo más francamente de lo que aparentaba delante de todos
los demás; o por haber, a cambio de una mezquina gratificación, renegado ante
Ana de Borselen de sus convicciones más profundas, de su gusto más refinado.
Rindió homenaje a la dama en aquel ponderoso estilo borgoñón, familiar a las
dinastías de los Países Bajos, que debía de ser odioso para él. Aduló su piedad
de pura fórmula. «Os envío unas pocas oraciones, por medio de las cuales
podréis, como por ensalmos, hacer bajar del cielo, aun contra su voluntad, por
decirlo así, no la luna, sino al que dio principio al sol de justicia77».
¿Te
sonreíste con tu fina sonrisa, oh autor de los Coloquios, mientras escribías
esto? En tal caso, peor para ti.
A. 135,
138, 139, 146, 170.
A. 145. 139
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Capítulo V
Erasmo
humanista
Significado
de los Adagia y obras similares de años posteriores. — Erasmo, divulgador de la
cultura clásica. — El latín. — Extrañamiento de Holanda. — Erasmo como holandés
Mientras
tanto, había venido la fama para Erasmo, como fruto de sus trabajos literarios,
cuando precisamente, según él nos dice, habían dejado de interesarle. En 1500
apareció aquella obra que Erasmo había escrito después de su contratiempo en
Dover y que había dedicado a Mountjoy, los Adagiorum Collectanea. Era una
colección de unos ochocientos dichos proverbiales sacados de autores latinos de
la antigüedad, y explicados para uso de los que aspirasen a escribir en
elegante estilo latino. En su dedicatoria, Erasmo aludía al provecho que un
autor puede obtener, a un mismo tiempo, de ornamentar su estilo y reforzar su
argumentación, teniendo a su disposición una buena provisión de sentencias
consagradas por su antigüedad. Se propone ofrecer esta ayuda a sus lectores.
Pero lo que en realidad ofrecía era mucho más. Familiarizaba de aquel modo a un
número de personas mucho mayor del que los anteriores humanistas habían
alcanzado, con el espíritu de la antigüedad.
Hasta
entonces, los humanistas habían monopolizado en cierto modo los tesoros de la
cultura clásica para hacer ostentación de sus
Colaboración
de Sergio Barros 69 Preparado por Patricio Barros
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conocimientos,
de que estaba destituida la muchedumbre, y así convertirse en extraños
prodigios de saber y elegancia. Con su irresistible necesidad de enseñar, su
sincero amor por la humanidad y su cultura general, Erasmo introdujo el
espíritu clásico, en cuanto podía reflejarse en el alma de un cristiano del
siglo XVI, entre el pueblo. No lo hizo así él solo; pero nadie lo hizo con
mayor extensión y más eficacia. Aunque no, verdad es, entre todo el pueblo,
puesto que, escribiendo en latín, limitaba su directa influencia a las clases
cultas, que en aquellos días eran las más elevadas.
Erasmo puso
en circulación el espíritu clásico. El humanismo dejó de ser privilegio
exclusivo de unos pocos. Según dice Beato Renano78, algunos humanistas le
habían echado en cara, cuando iba a publicar los Adagia, que divulgaba los
secretos de su oficio. Pero él deseaba que el libro de la antigüedad se abriese
para todos.
Las obras
literarias y educativas de Erasmo —la mayoría de las cuales había comenzado en
su período parisiense, aunque casi todas aparecieron mucho más tarde—, habían
producido verdaderamente una transformación en los modos generales de expresión
y de argumentación. Debe repetirse una vez y otra que esto no se realizó por su
sola acción; innumerables fueron los demás que por aquel tiempo trabajaban
movidos por el mismo empeño. Pero no tenemos sino echar una ojeada a la vasta
serie de
A. no. IV.
414, t. I. p. 67.
Colaboración
de Sergio Barros 70 Preparado por Patricio Barros
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ediciones
de los Adagia, de los Colloquia, etc., para comprender cuánta mayor importancia
tuvo él en este respecto, que todos los demás. «Erasmo» es el solo nombre de
toda la hueste de los humanistas, que ha quedado familiar por todo el globo
terráqueo.
Aquí nos
adelantaremos al curso de la vida de Erasmo, para enumerar las obras
principales de esta clase. Unos años más tarde, los Adagia se aumentaron de
centenares a millares, por medio de los cuales no sólo hablaba la sabiduría
latina, sino también la griega. En 1514 publicó del mismo modo una colección de
ejemplos, Parabolae. Era una realización parcial de lo que había concebido
para
completar los Adagia —metáforas, refranes, chistes, alegorías poéticas y
bíblicas, todas con el susodicho fin de utilidad79. Hacia el final de su vida
publicó un tesauro similar de anécdotas ingeniosas y frases notables y hechos
de la sabiduría antigua, los Apophthegmata. Como adición a estas colecciones,
hallamos manuales de carácter más gramatical, también reunidos en forma de
tesauro: Sobre la abundancia en la dicción, De copia verborum et rerum. Sobre
el arte epistolar, además de otras obras menores.
Con
numerosas traducciones latinas de autores griegos, Erasmo ha proporcionado un
punto de perspectiva accesible a los que no deseen subir a la cúspide de la
montaña. Y, finalmente, inimitables modelos de la manera como puede aplicarse
todo este saber,
A. 211. 20.
Colaboración
de Sergio Barros 71 Preparado por Patricio Barros
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tenemos los
Colloquia, y ésa casi innumerable muchedumbre de cartas que han fluido de la
pluma de Erasmo.
Todo este
trabajo colectivo, en la cantidad y la cualidad que era posible obtener en el
siglo XVI, puso de muestra a la antigüedad exhibiéndola en un gran bazar donde
podía comprarse al por menor. Cada estudioso podía obtener lo que más le
agradase: todo podía obtenerse allí en gran variedad de hechuras. «Podéis leer
mis Adagia de tal modo, —dice Erasmo (en su última edición aumentada)80—, que
en cuanto hayáis acabado uno podréis imaginar que habéis acabado todo el
libro». Él mismo compuso los índices para facilitar su uso.
En la
esfera de la escolástica, sólo se ha considerado hasta hoy como autoridad quien
dominaba la técnica de su sistema de pensamiento en todos sus pormenores y modo
de expresión, y era versado en conocimientos bíblicos, lógicos y filosóficos.
Entre el lenguaje escolástico y los lenguajes populares escritos
espontáneamente, se abría un grande abismo. El humanismo, desde el Petrarca,
había substituido la rígida estructura silogística de un argumento por el
suelto estilo de la frase antigua, sugestiva y libre. De este modo, el lenguaje
de los sabios se aproximaba a la natural manera de expresión de la vida diaria,
y levantaba a su propio nivel los lenguajes populares, aun en las obras en que
continuaban usando el latín.
A. 531. 288
Colaboración
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La riqueza
de temas no se halla en ningún autor en tan grande abundancia como en Erasmo.
¡Qué conocimiento de la vida, qué moral!, todo apoyado en la indisputable
autoridad de los antiguos, todo expresado en la exquisita y airosa forma por la
que era admirado. ¡Y qué conocimiento de la antigüedad añadido a todo esto!
Ilimitado era el anhelo, e ilimitado el poder de absorber todo lo que hay de
extraordinario en la vida real. Ésta era una de las características del
espíritu del Renacimiento. Aquellos espíritus nunca estaban satisfechos con su
acopio de maravillosos acontecimientos, detalles curiosos, rarezas y anomalías.
Aún no había ningún síntoma de la dispepsia mental de los períodos posteriores,
que no pueden digerir la realidad y ya no podrán saborearla. El hombre se
gozaba en la abundancia.
****
Y sin
embargo, ¿no iban Erasmo y sus colegas de labor, como guías de una
civilización, por un mal camino? ¿Aspiraban a la verdadera realidad? ¿No fue su
orgullosa latinidad un fatal error? Aquí tenemos uno de los puntos cruciales de
la historia.
Un lector
de nuestros días que tomase los Adagia o los Apophthegmata con objeto de
enriquecer su vida (pues que a este fin los destinaban y era lo que les
concedía valor), pronto se preguntaría: « ¿Qué nos importa, aparte de ciertas
consideraciones estrictamente filológicas o históricas, todos esos infinitos
pormenores acerca de oscuros personajes de la sociedad antigua, ni de los
Frigios, ni de los Tésalos? Para mí no son nada». Y podría
Colaboración
de Sergio Barros 73 Preparado por Patricio Barros
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decir
también que tampoco importaban nada para los contemporáneos de Erasmo. La
estupenda historia del siglo XVI no se realizaba con frases ni giros clásicos:
no se fundaba en intereses ni en opiniones clásicos de la vida. No había en
ella Frigios ni Tésalos, ni Agesilaos ni Dionisios. Erasmo y sus discípulos
crearon fuera de todo esto un mundo espiritual, emancipado de las limitaciones
del tiempo.
Bien, pero
¿pasó su época sin ser influida por ellos? Ésta es la pregunta, y no probaremos
a contestarla: ¿hasta qué punto el humanismo influyó en el curso de los
acontecimientos?
En todo
caso, Erasmo y sus colegas reforzaron el carácter internacional de la
civilización que venía existiendo a través de la Edad Media gracias a la
Iglesia y al latín; pero si pensaron que estaban realmente convirtiendo el
latín en vehículo para el uso diario internacional, tuvieron una idea exagerada
de su propio poder. No fue, sin duda, una divertida fantasía ni un mero
ejercicio de ingenio el proyectar en un medio internacional como el mundo
parisiense de los estudiantes, modelos de juegos y deportes en latín, como los
Colloquiorum formulae que se les ofrecía. Pero ¿pudo pensar Erasmo seriamente
que la próxima generación jugaría a las bolas en latín?
Sin
embargo, hay que reconocer que el intercambio intelectual se facilitó mucho, en
tan amplio círculo como no había sido alcanzado en Europa desde la caída del
Imperio Romano. Desde entonces ya no fue el clero solo ni algún literato
aislado, sino una numerosa
Colaboración
de Sergio Barros 74 Preparado por Patricio Barros
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muchedumbre
de hijos de burgueses y nobles, calificados para alguna función oficial, la que
pasaba por una escuela de gramática y encontraba en su camino a Erasmo.
Erasmo no
hubiera podido alcanzar su celebridad mundial a no ser por el latín. Convertir
su lengua nativa en lenguaje universal, estaba por encima de sus fuerzas.
Puede, sin proponérselo, un paisano de Erasmo detenerse a considerar lo que un
talento como el suyo, con su poder de observación, su delicadeza de expresión,
su ímpetu y su riqueza, hubiera significado para la literatura holandesa.
¡Imagínese sino, los Colloquia escritos en el castizo lenguaje holandés del
siglo XVI! ¿Qué no hubiera producido si, en lugar de espigar y comentar en los
clásicos Adagia, se hubiese, para sus temas, servido de los proverbios de la
lengua vernácula? Para nosotros, uno solo de esos proverbios es tal vez más
sabroso que los giros a veces algo rebuscados que Erasmo preconizaba.
Con todo,
esto no es razonar históricamente; esto no es lo que aquella época requería ni
lo que Erasmo podía dar de sí. Es evidente que Erasmo no podía escribir más que
en latín. Además, en el lenguaje vernáculo todo hubiera parecido demasiado
directo, demasiado personal, demasiado real para su gusto. Él no podía
prescindir de aquel velo sutil de vaguedad, de alejamiento, en que todo está
envuelto cuando es expresado en latín. Su descontentadizo espíritu se hubiera
horrorizado ante la sustanciosa rudeza de un Rabelais o la rústica violencia
del alemán de Lutero.
Colaboración
de Sergio Barros 75 Preparado por Patricio Barros
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El
extrañamiento de su lengua nativa había comenzado temprano para Erasmo: en la
época en que aprendía a leer y escribir. El extrañamiento de su patria se
efectuó cuando dejó el monasterio de Steyn. Y no fue poco lo que lo favoreció
la facilidad con que manejaba el latín. Erasmo, que podía expresarse tan bien
en latín como en su lengua madre, y aun mejor, carecía de la experiencia de
encontrarse en su elemento y ser capaz de expresarse plenamente, sólo entre sus
compatriotas.
Hubo, sin
embargo, otra influencia psicológica que contribuyó a extrañarlo de Holanda.
Después de comprender en París las perspectivas de sus capacidades, se confirmó
en la convicción de que Holanda no lo sabría apreciar, que lo desacreditaría y
lo calumniaría. Tal vez había algún fundamento para aquella convicción. Pero,
en parte, hubo en él también una reacción de su amor propio ofendido. En
Holanda la gente lo conocía demasiado. Lo habían visto en su pequeñez y
flaqueza. Allí se hubiera visto obligado a obedecer a los demás; y él, sobre
todas las cosas, quería ser libre. Su repugnancia por la estrechez de espíritu,
la rudeza y la intemperancia que solía predominar allí, se resumía en su
espíritu en un juicio general condenatorio para el carácter holandés.
En
adelante, habló por lo regular de Holanda con una especie de desprecio que
trata de justificar: «Ya veo que os contentáis con la fama holandesa», escribe
a su antiguo amigo Guillermo Hermans81,
A. 178. 18.
Colaboración
de Sergio Barros 76 Preparado por Patricio Barros
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quien, como
Cornelio Aurelio, había comenzado a dedicar sus mejores esfuerzos a la historia
de su país natal82 «En Holanda, el aire es bueno para mí, —escribe en otra
parte83—, pero esos extravagantes holgarios me fastidian; añadid a esto el
vulgar, inculto carácter del pueblo, el violento desprecio del estudio, el no
sacar fruto del saber, la más estupenda envidia». Y para excusar la
imperfección de sus obras juveniles, dice: «Por aquel tiempo yo no escribía
para italianos, sino para holandeses, es decir para las orejas más embotadas.
—Y en otro lugar—, se le pide elocuencia a un holandés, esto es a un hombre más
incapaz que un beodo84». Y además: «Si ese relato no es muy ingenioso, tened
presente que es un relato holandés85. Sin duda, la falsa modestia tiene también
su participación en estas afirmaciones.
Después de
1496 visitó Holanda, pero en viajes precipitados. No hay prueba ninguna de que,
después de 1501, pusiera los pies jamás en país holandés. Hasta disuadía a sus
compatriotas de volver a Holanda86.
A pesar de
esto, de vez en cuando, un cordial sentimiento de simpatía por su país nativo
se despertaba en él. En cuanto halló
82 Aurelio
es el compilador de la Divisiekroniek y autor de una Batavia; Guillermo Hermans
trabajaba en una historia latina de Holanda, que no terminó, y de la que sólo
apareció un fragmento.
A. 159. 59.
A. 113. 54.
«Consentinis» de Cicerón, Fin. I. 3. 7.
A. no. I,
t. I. p. 15. 5, 40, Adag. no. 2001 LB. II. c. 713 F, no. 2148 c. 757 F. A.
1238. 45, 996. 43, Coll. LB. I. 760 E.
A. 1832.
22, 1966. 21.
Colaboración
de Sergio Barros 77 Preparado por Patricio Barros
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una
ocasión, al explicar el auris Batava de Marcial, en los Adagia87, para
desahogar su esplín, aprovechó la oportunidad de escribir un elocuente
panegírico acerca de lo que más quería él de Holanda, «país al que estoy
siempre obligado a honrar y reverenciar, porque me dio la vida. Ojalá yo ganara
para él mucha fama, pues, por otra parte, yo no puedo avergonzarme de él. —La
famosa grosería de los holandeses casi redunda en honor de ellos—: Si tener un
oído bátavo significa horror por las chanzas obscenas de Marcial, yo desearía
que todos los cristianos tuvieran oídos holandeses. Cuando consideramos sus
costumbres, ninguna nación nos parece más inclinada a la humanidad y
benevolencia, menos salvaje y cruel. Su espíritu es recto, y desprovisto de
astucia y de todo engaño. Si bien son algo sensuales y excesivos en sus
comidas, ello resulta en parte de la abundancia de provisiones: en ningún país
es tan fácil la importación, ni tan grande la fertilidad. ¡Qué extensión de
ricas praderas, cuántos ríos navegables! En ninguna parte hay tantas ciudades
agrupadas en tan poco terreno; no grandes ciudades, verdad es, pero
excelentemente gobernadas. Su limpieza es alabada por todo el mundo. En ninguna
parte hay tan gran número de personas modernamente instruidas, aunque la
erudición extraordinaria y exquisita es allí bastante rara».
Había
ideales que Erasmo amaba sobre todas las cosas que atribuye a sus compatriotas:
gentileza, sinceridad, sencillez, pureza. Este
Adag. no.
3535, LB. II. c. 1083.
Colaboración
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tono de
amor a Holanda, lo usa en otras ocasiones: cuando, hablando de las mujeres
perezosas, añade: «En Francia las hay en gran número, pero en Holanda
encontramos incontables esposas que con su trabajo mantienen a sus holgazanes y
jaraneros maridos88»; y en el Coloquio titulado «El Naufragio89, —la gente que
caritativamente acoge a los náufragos son holandeses—. No hay pueblo más humano
que éste, aunque se halle rodeado de naciones violentas».
No será tal
vez superfino advertir de nuevo que Erasmo, cuando habla de Holanda o usa el
epíteto «bátavo», se refiere a la región de Holanda que al presente forma las
provincias de Holanda Septentrional y Holanda Meridional en el reino de los
Países Bajos, y se extiende desde las islas de Wadden a los estuarios del Mosa.
Ni los más próximos vecinos, como los zelandeses y los frisios, son incluidos
por él en aquel apelativo.
Pero ya es
muy diferente cuando Erasmo habla de «patria», o de «nostras», esto es, un
compatriota. Por aquel tiempo iba surgiendo en todos los Países Bajos una
conciencia nacional. Allí un hombre se tenía por holandés, frisio, flamenco,
brabanzón, en primer lugar; pero la comunidad de lenguaje y costumbres, y mucho
más todavía la fuerte influencia política que durante cerca de un siglo había
sido ejercida por la dinastía borgoñona, la cual había unido la mayoría de
aquellos países bajo su dominio, había cimentado un sentimiento
Adag. 2550,
LB. II. c. 859 B.
Naufragium,
Coll. LB. I. 715 EF.
Colaboración
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de
solidaridad que no se detenía ni en la frontera lingüística de Bélgica. Se
trataba más bien de un fuerte patriotismo borgoñón (aun después que Habsburgo
había ocupado el lugar de Borgoña), que de un estricto sentimiento de
nacionalidad en cuanto a los Países Bajos. La gente gustaba, usando un símbolo
heráldico, designar a los neerlandeses con el nombre de «los Leones90. También
Erasmo usa este término91. En sus obras vemos cómo el estrecho patriotismo
holandés va transformándose gradualmente en el borgoñón de los Países Bajos. Al
principio, «patria», para él, significa propiamente Holanda92 pero pronto
significa los Países Bajos93. Es curioso ir siguiendo cómo, gradualmente, sus
sentimientos respecto a Holanda, hechos de desagrado y apego, son transferidos
a los Países Bajos en general.
«En mi
juventud, —dice en 1535, repitiendo sus declaraciones de 1499—, no escribía yo
para italianos sino para holandeses, brabanzones y flamencos.»94 O sea que
ahora éstos participan también de la reputación de torpeza que antes sólo
atribuía a los holandeses. Se aplica a Lovaina lo que antes había dicho de
Holanda; hay allí demasiadas francachelas; no pueden hacer allí nada sin un
derroche de bebida95. Se queja repetidamente de que en
Véase el
estudio del autor acerca de los Orígenes del sentimiento nacional holandés en
De Gids, 1912, vol, I, y en Wege der Kulturgeschichte, Munich, 1930, pág. 208.
A. 485, 53
A. 83. 60
A. 266. 7,
288. 3, 41. 3. 39, 41. 7. 11, 392. 19.
LB. X. 1755
A. Resp. ad Petr. Curs. Defens., LBE. 1506 D.
A. 643. 36,
1033. 21
Colaboración
de Sergio Barros 80 Preparado por Patricio Barros
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ninguna
parte se desprecia tanto el estudio como en los Países Bajos y en ninguna parte
hay tantos reparones y calumniadores96. Pero también se extiende luego su
afecto. Cuando Longolio de Brabante se las da de francés, Erasmo se ofende: «Yo
he dedicado casi tres días a Longolio; es extraordinariamente placentero, menos
en querer ser demasiado francés, cuando todo el mundo sabe que es uno de
nosotros97».
Cuando
Carlos V ha obtenido la corona de España, observa Erasmo: «Un singular golpe de
la Fortuna; pero yo ruego por que pueda mostrarse como un bien para nuestra
patria, y no sólo para el príncipe98. —Cuando sus fuerzas comenzaban a
declinar, se puso a pensar cada vez más en volver a su país nativo—: El rey
Fernando me invita con generosas promesas a ir a Viena», escribe desde Basilea
el 1° de octubre de 1528, «pero en ningún país me agradaría tanto descansar
como en Brabante99».
A. 412. 56,
894. 1, 886. 51, 1167. 9, LB. VI, *** 3 vso. Contra morosos.
A. 1026. 4,
914 intr. Longolio había nacido en la ciudad flamenca de Malinas, pero de padre
francés, y se había educado principalmente en Francia. Se llama a sí mismo
«idéntico a Erasmo en idioma y país»: 1026. 39. Más tarde Erasmo le cree,
equivocadamente, holandés: LBE. no. 1284 c. 1507 A.
A. 413. 39.
A. 2055. 14
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Capítulo VI
Aspiraciones
teológicas
En
Tournehem: 1501. — La restauración de la Teología es ahora la aspiración de su
vida. — Aprende el griego. — Juan Vitrier. — Enchiridion militis christiani.
Los años
flacos continuaban para Erasmo. Su manutención seguía siendo problemática, y no
tenía habitación fija. Es notable que, a pesar de sus precarios medios de
subsistencia, sus acciones fueran siempre guiadas más por el cuidado de su
salud que por el de su subsistencia, y sus estudios más por su ardiente deseo
de penetrar en las puras fuentes del conocimiento, que por su provecho
personal. Repetidamente, el miedo a la peste lo desplaza: en 1500, de París a
Orleáns, donde primero se aloja en casa de Agustín Caminade; pero cuando uno de
los jóvenes huéspedes de éste cae enfermo, Erasmo se asusta. Tal vez eran
impresiones que databan de su juventud en Deventer las que le hacían temer
tanto a la peste, que por aquellos días cundía casi sin interrupción. Fausto
Andrelino le mandó un servidor suyo para regañarlo, en su nombre, por su
cobardía. «Eso sería un insulto intolerable, —contesta Erasmo—, si yo fuese un
soldado suizo; pero el alma de un poeta que ama la paz y los lugares
sombreados, está a cubierto de tal acusación100». En la primavera de 1501, deja
una vez más París por
A. 134. 1
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temor a la
peste: «Estos frecuentes entierros me asustan», escribe a Agustín101.
Viajó
primero por Holanda, donde, en Steyn, obtuvo permiso para pasar otro año fuera
del monasterio, para estudiar; sus amigos, al decir de él, se avergonzarían si
volvía, después de tantos años de estudio, sin haber adquirido cierta
autoridad102. En Haarlem visitó a su amigo Guillermo Hermans, y luego volvió al
sur, para ofrecer una vez más sus respetos al obispo de Cambray, probablemente
en Bruselas. De allí fue a Veere, pero no halló ocasión de hablar a su
protectora. En julio de 1501 se instaló apaciblemente en el castillo de
Tournehem con su fiel amigo Batt.
En todas
sus idas y venidas no pierde de vista ni un instante sus ideales de estudio. A
su regreso de Inglaterra, lo dominan dos deseos: editar a San Jerónimo, el gran
Padre de la Iglesia, y, en especial, aprender completamente el griego. «Ya
comprenderéis cuánto importa todo esto a mi fama y hasta a mi conservación103»,
escribe a Batt desde Orleáns hacia fines de 1500. En efecto, si Erasmo hubiera
sido un vulgar cazador de fama y buenos éxitos, hubiera podido recurrir a otros
expedientes distintos y más cómodos. Pero era el ardiente deseo de penetrar en
la fuente, y hacer que los demás lo comprendiesen, lo que lo impelía, hasta
cuando se servía de aquellos proyectos de estudios para obtener un
A. 156. 7,
157. 3, 159. 35. 59, cf. 133. 27-30.
A. 154. 45.
A. 138. 41.
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poco de
dinero. «Escuchad, —escribe a Batt104—, lo que más deseo de vos. Debéis
arrancarle una dádiva al abad (de Saint Bertin). Vos conocéis el carácter de
ese hombre; inventad algún sencillo y plausible motivo para comenzar. Decidle
que me propongo alguna cosa grande, por ejemplo restaurar toda la obra de San
Jerónimo, por extensa que pueda ser, y que hoy se halla estropeada, mutilada y
embrollada por la ignorancia de los teólogos; y restituir los pasajes en
griego. Yo me atrevo a decir que sería capaz de aclarar los arcaísmos y el
estilo de San Jerónimo, que nadie ha entendido hasta ahora. Decidle que voy a
necesitar no pocos libros para ello, y además la ayuda de griegos, y que, por
tanto, necesito protección. Y al decirlo, Batt, no diréis ninguna mentira.
Porque yo me propongo en realidad hacer todo eso».
Efectivamente,
en este punto su propósito era serio, como pronto hubo de demostrar al mundo.
Su conquista del griego fue una verdadera proeza heroica. Había aprendido los
más sencillos rudimentos en Deventer; pero evidentemente no eran gran cosa. En
marzo de 1500, escribe a Batt105: «El griego casi me está matando, pero yo no
tengo tiempo ni dinero para comprar libros ni tomar un maestro».
Cuando
Agustín Caminade necesita que le devuelva su Homero que le ha prestado, Erasmo
se queja106: «Me priváis de mi único
A. 139. 141
A. 123. 22.
A. 131. 1
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consuelo en
mi aburrimiento. Porque ardo en amor de tal modo por ese autor, aunque no pueda
entenderlo, que me alegro los ojos y recreo mi espíritu sólo mirándolo».
¿Se dio
cuenta Erasmo de que al decir aquello repetía casi literalmente sentimientos
que Petrarca había expresado siglo y medio antes? Pero ya había comenzado a
estudiar. Si tuvo maestro o no, no ha podido aclararse, pero es probable107. Al
principio halla dificultoso aquel lenguaje. Luego, gradualmente se aventura a
llamarse «un aspirante a esa lengua», y comienza con mayor confianza a esparcir
citas griegas por sus cartas. Lo ocupa día y noche y él insta a sus amigos para
que se procuren libros griegos para él.
En el otoño
de 1502 declara que puede ya escribir con propiedad en griego todo lo que
desee, y ello improvisando108. No se había equivocado al esperar que el griego
abriría sus ojos para la justa comprensión de la Sagrada Escritura. Tres años
de casi ininterrumpido estudio lo recompensaron con creces de sus esfuerzos.
Abandonó el hebreo que había comenzado ya109.
Por aquel
tiempo (1504) hizo traducciones del griego; lo empleó críticamente en sus
estudios teológicos y se lo enseñó, entre otros, a Guillermo Cop, el médico
humanista francés. Pocos años después, había de hallar en Italia muy poco que
pudiera mejorar su pericia
A. 138. 41,
149. 65, 139. 110, 143. 36, cf. Allen Apéndice I. p. 592.
A. 158, 22.
160. 6, 172. 9.
Responsio
ad P. Cursii defens. LB. X. 1755 E.
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en la
lengua griega; más tarde se inclinó a creer que había llevado a aquel país más
de aquellas dos lenguas antiguas de lo que aquel país de había procurado110.
Nada
atestigua mejor el entusiasmo con que Erasmo se aplicaba al griego, como su
celo por hacer participar a sus amigos en sus beneficios. Decidió que Batt
tenía que aprender el griego. Pero Batt no tenía tiempo, y el latín lo atraía
más111. Cuando Erasmo va a Haarlem a visitar a Guillermo Hermans, es para
convertirlo también en estudioso del griego; le ha llevado toda una valija
llena de libros. Pero se ha tomado inútilmente aquel trabajo: Guillermo no se
dedicó de buena gana ni mucho menos a aquel estudio, y Erasmo se quedó tan
desengañado que no sólo pensó haberse molestado en vano y perdido su dinero,
sino haber perdido un amigo112.
Mientras
tanto, no había decidido todavía adonde iría enseguida. ¿A Inglaterra, a
Italia, otra vez a París113? Finalmente se instaló, desde el otoño de 1501
hasta el verano siguiente, primero en Saint Omer, como huésped del prior de
Saint Bertin, y después en el castillo de Courtebourne, no lejos de allí.
En Saint
Omer, Erasmo conoció a un hombre cuya figura había de colocar él más tarde
junto a la de Colet como la de un verdadero teólogo y buen religioso al mismo
tiempo: Juan Vitrier, el guardián del monasterio franciscano de Saint Omer.
Erasmo debió de sentirse
Responsio
ad P. Cursii defens. LB. X. 1755 E.
A. 129. 66,
157. 23.
A. 157, 38.
A. 159. 53.
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atraído
hacia él, pues pesaba sobre su cabeza una condenación pronunciada por la
Sorbona contra sus expresiones demasiado francas relativas a los abusos de la
vida monástica. Vitrier no se había desesperado por ello, sino que se dedicó a
reformar en persona los monasterios y conventos. Habiendo progresado del
escolasticismo a San Pablo, se había formado un concepto muy amplio de la vida
cristiana, poderosamente opuesto a prácticas y ceremonias. Aquel hombre, sin
duda, influyó en el origen de una de las obras más célebres y de mayor alcance
de Erasmo, el Enchiridion militis christiani.
El mismo
Erasmo confesó más tarde que el Enchiridion había nacido por casualidad114. No
reflexionó que ciertas circunstancias exteriores, a menudo sirven para
determinar un impulso interior.
La
circunstancia exterior había sido que el castillo de Tournehem era frecuentado
por un soldado, amigo de Batt, hombre de conducta muy disoluta, que se había
comportado muy mal con su piadosa mujer y que, además, era inculto y odiaba con
violencia a los sacerdotes115. Por lo demás, se mostró muy amable con Erasmo y
lo exceptuó de su odio, a los teólogos. Su mujer se valió de Batt para inducir
a Erasmo a escribir algo que pudiera llevar a su esposo a interesarse por la
religión. Erasmo consintió a la petición, y Juan Vitrier estuvo tan
cordialmente de acuerdo con las ideas expresadas
A. no. I,
t. I. p. 19. 36.
Que este
personaje pueda haber sido Juan de Trazegnies, como piensa Allen ser posible y
Renaudet acepta, es todavía harto dudoso. A. 164, t. I, pág. 373; Renaudet,
Préréforme, pág.
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en aquellas
notas, que Erasmo las desarrolló más tarde en Lovaina; en 1504 fueron
publicadas en Amberes por Dirck Maertensz.
Ésta es la
génesis exterior del Enchiridion. Pero la causa interior fue que, tarde o
temprano, Erasmo se vió obligado a declarar su actitud ante la conducta
religiosa de la vida de su tiempo, ante las concepciones puramente formularias
y vacías de espíritu acerca de los deberes cristianos, las cuales tanto le
ofendían.
En cuanto a
forma, el Enchiridion es un manual para que un soldado no culto pueda alcanzar
una actitud espiritual digna de Cristo; como si se lo mostrase con el dedo, él
le designará la más corta vereda para llegar a Cristo. Figura que su amigo está
cansado
de la vida
de la Corte —tema corriente en la literatura de entonces. Sólo durante pocos
días interrumpió Erasmo la obra de su vida, la purificación de la teología,
para satisfacer la demanda de instrucción por parte de su amigo. Para mantener
un estilo propio de un soldado, escoge el título Enchiridion, palabra griega
que ya en la antigüedad significaba puñal y manual116: el puñal del cristiano
militante117. Le recuerda el deber de estar en guardia y enumera las armas de
la milicia de Cristo. El conocimiento de sí mismo es el principio de la
sabiduría. Las reglas generales de la conducta cristiana de la vida, van
seguidas de varios remedios para determinados pecados y faltas.
En 1500 (A.
123. 21), Erasmo habla del Enchiridion de San Agustín, cf. 135, 138; en 1501
(A. 152. 33), llama a los Officia de Cicerón «pugiunculus», daga. De modo que
aquel término había estado en su mente hacía ya bastante tiempo.
Miles, para
Erasmo, ya no tiene el significado de caballero que tenía en latín medieval.
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Tal es la
estructura exterior. Pero dentro de este plan, Erasmo halla ocasión, por
primera vez, de desarrollar su programa teológico. Este programa nos exhorta a
volver a la Escritura. Todo cristiano debería esforzarse por comprender la
Escritura en su pureza y original significado. Para tal fin deberá prepararse
con el estudio de los antiguos, oradores, poetas, filósofos; Platón
especialmente. También en los grandes Padres de la Iglesia, San Jerónimo, San
Ambrosio, San Agustín se encontrará utilidad; pero no en la vasta muchedumbre
de los posteriores exegetas. Este argumento apunta principalmente a subvertir
el concepto de religión como continua observancia de ceremonias. Esto es
ritualismo judaico y no tiene ningún valor. Vale más comprender bien un solo
verso de los salmos —y con esto quiere decir profundizar el propio conocimiento
de Dios y de sí mismo—, y sacar de ello una moral y una línea de conducta, que
leer todo el salterio sin atención. Si las ceremonias no renuevan el alma,
carecen de valor y son nocivas. «Muchos acostumbran a contar cuántas misas han
oído cada día y se refieren a ello como a cosa muy importante, como si no
debieran a Cristo nada más; y vuelven a sus antiguos malos hábitos en cuanto
salen de la iglesia». «Tal vez sacrificaréis cada día y, con todo, viviréis
egoísticamente. Adoráis a los santos, os place tocar sus reliquias; pero
¿queréis ganaros a Pedro y Pablo? Entonces imitad la fe del uno y la caridad
del otro, y habréis hecho más que si hubieseis ido a Roma diez veces».
Colaboración
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No rechaza
las fórmulas y las prácticas; no se propone hacer vacilar la fe del humilde;
pero no puede sufrir que se ofrezca a Cristo un culto que consista sólo en
prácticas. Y ¿por qué es el religioso sobre todo quien contribuye al deterioro
de la fe? «Me avergüenza decir de qué manera supersticiosa muchos de ellos
observan ciertas insignificantes ceremonias, inventadas por mezquinas mentes
humanas (y no siempre con este fin); cuán odiosamente quieren obligar a los
otros a conformarse a ellas; cuán implícitamente les dan crédito, y cuán
osadamente condenan las demás».
Dejad que
Pablo les enseñe el verdadero cristianismo. «Por lo tanto, no cejéis en la
libertad con que Cristo nos ha hecho libres, y no os sujetéis de nuevo con el
yugo de la esclavitud». Estas palabras a los Gálatas contienen la doctrina de
la libertad cristiana, que pronto, en la Reforma, habrá de resonar tan
ruidosamente. Erasmo no la aplica aquí en un sentido derogatorio para los
dogmas de la Iglesia Católica; pero, en realidad, es un hecho que el
Enchiridion preparó a numerosos espíritus para renunciar a mucho de lo que
todavía quería él conservar.
El tono
fundamental del Enchiridion es ya el que habrá de permanecer en la obra de toda
la vida de Erasmo. ¡Cuán odioso es que en este mundo la realidad y la sombra
contiendan de este modo, y el mundo reverencie a los que no debiera
reverenciar!, que una valla de infatuación, rutina e inadvertencia prive a la
humanidad de este modo el ver las cosas en sus debidas proporciones. Así lo
expresa más tarde en el Elogio de la locura y en
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los
Colloquia. Y no fue sólo el sentimiento religioso, sino también el sentimiento
social, lo que lo inspiraba. Bajo el encabezamiento: «Opiniones dignas de un
cristiano», lamenta los excesos del orgullo de clase, de hostilidad nacional,
de envidia profesional y rivalidad entre las órdenes religiosas de su tiempo,
que mantienen separados a los hombres. Que cada cual sinceramente se interese
por su hermano. «Jugar a los dados os cuesta un millar de monedas de oro en una
noche, y mientras tanto alguna muchacha infeliz, obligada por la pobreza, vende
su honra; y se ha perdido un alma por la que Cristo dio su vida. Tal vez
diréis: ¿Y eso qué me importa a mí? Yo me ocupo en mis asuntos, según mis
capacidades. ¡Y con todo, vos, que tal opináis, os tenéis por cristiano, cuando
no sois siquiera un hombre!».
En el
Enchiridion del cristiano militante, Erasmo, por primera vez, ha dicho las
cosas que más a pechos tomaba, con fervor e indignación, con valor y
sinceridad.
Y con todo,
nadie se atrevería a decir que aquel opúsculo naciera de un irresistible
impulso de ardiente religiosidad. Erasmo trata su asunto, ya lo hemos visto,
como una fruslería compuesta a petición de un amigo en un par de días robados a
sus estudios (aunque, estrictamente hablando, esto sólo se pueda decir del
primer esbozo, que trabajó más tarde).
Ya había
concebido como objeto principal de sus estudios la restauración de la teología.
Un día explicará la doctrina de San Pablo «para que los maldicientes a quienes
parece el colmo de la
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piedad no
saber nada de las bonae litterae, comprendan que nosotros, en nuestra juventud,
abrazamos la literatura culta de los antiguos, y que hemos adquirido un
conocimiento correcto de las dos lenguas, griego y latín —no sin muchas
vigilias—, y no por un propósito de vanagloria ni pueril satisfacción, sino
porque, hace mucho tiempo, nos propusimos ornar el templo del Señor (el cual
algunos han profanado tanto, por ignorancia y barbarie) en la medida de
nuestras fuerzas, y con ayuda ajena, de manera que también en nobles espíritus
el amor a la Sagrada Escritura pueda ser encendido.»118 ¿No es el humanista el
que habla aquí también?
Por otra
parte notamos en ello el acento de una justificación personal. También podemos
escuchar este acento en una carta a Colet119, escrita hacia fines de 1504, y
que acompañaba la edición de las Lucubrationes en que el Enchiridion fue
publicado por primera vez. «Yo no escribí el Enchiridion para hacer ostentación
de elocuencia, sino sólo para poder corregir el error de aquéllos cuya religión
está compuesta usualmente de ceremonias más que judaicas y observancias de
orden material; y que descuidan las cosas que conducen a la piedad. —Añade, y
esto es típicamente humanístico—: He intentado procurar al lector una especie
de arte de piedad, como otros han escrito la teoría de ciertas ciencias».
¡El arte de
la piedad! Erasmo se hubiera asombrado si hubiese conocido aquel otro tratado,
escrito más de sesenta años antes por
A. 164. 49
A. 181. 46.
Colaboración
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otro monje
agustino de los Países Bajos, que continúa interesando mucho más, y más
urgentemente, al mundo que su manual: la Imitatio Christi de Tomás de Kempis.
El
Enchiridion, reunido con otras piezas en un volumen de Lucubrationes, no fue
acogido con tan grande y rápido éxito como el concedido a los Adagia. Y no fue
causa de ello el que las especulaciones de Erasmo acerca de la verdadera piedad
fuesen consideradas demasiado atrevidas. No contenían nada contrario a las
enseñanzas de la Iglesia; de tal modo, que hasta en la época de la
Contrarreforma, cuando la Iglesia se había vuelto en extremo suspicaz para todo
cuanto Erasmo había escrito, los teólogos que redactaron el índice expurgatorio
de su obra, sólo encontraron unos pocos pasajes del Enchiridion que
expurgar120.
Es más,
Erasmo había insertado en el volumen algunos escritos de insospechable tenor
católico. Durante largo tiempo fue tenido en gran reputación, especialmente
entre los teólogos y los religiosos. Un famoso predicador de Amberes
acostumbraba decir que en cada página del Enchiridion podía encontrarse un
sermón121. Pero aquel libro sólo obtuvo su mayor influencia en vastos círculos
culturales cuando, sostenido por la reputación universal de Erasmo, estuvo
disponible en numerosas traducciones inglesas, checas, alemanas, holandesas,
españolas y francesas. Pero entonces comenzó a inspirar sospechas, porque era
la época en que Lutero había
LB. X. c.
1819.
A. 492. 27.
Colaboración
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desencadenado
la gran contienda. «Ahora han comenzado a criticar también el Enchiridion, que
solía tener tanto renombre entre los teólogos», escribe Erasmo en 1526122. Por
lo demás, la crítica sólo puso reparos a dos pasajes.
LB. IX. c.
699 A.: Ex Enchiridion notata quaedam.
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Capítulo
VII
Años de
inquietud. — Lovaina, París, Inglaterra
Muerte de
Batt: 1502. — Primera estancia en Lovaina: 1502-1504. — Traducciones del
griego. — Otra vez en Paris. — Las Annotationes de Valla al Nuevo Testamento.
— Segunda
estancia en Inglaterra: 1505-1506. — Mas
protectores
y amigos. Salida para Italia: 1506. — Carmen Alpestre.
Las
circunstancias continuaron siendo desfavorables para Erasmo. «Este año la
Fortuna se ha encarnizado violentamente contra mí», escribe en otoño de
1502123. Aquella primavera había muerto su amigo Batt. Es una lástima que no
hayan llegado hasta nosotros cartas escritas directamente por Erasmo después de
aquel duelo. Nos hubiera agradado tener para aquel fiel socorredor un monumento
que añadir al que Erasmo erigió a su memoria en los Antibarbari.
Ana de
Veere se había vuelto a casar, y, por lo tanto, en adelante, como protectora
era menester descartarla. En octubre de 1502 murió Enrique de Bergen. «He
conmemorado al obispo de Cambray en tres epitafios latinos y uno griego; sólo
me han enviado seis florines, para que hasta en su muerte continuara siendo el
de
A. 172.
Colaboración
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siempre124».
En Francisco de Busleiden, arzobispo de Besanzón, perdió por aquel mismo tiempo
un nuevo protector en perspectiva. Se vio privado de ir a París, Colonia e
Inglaterra, por el peligro de la peste.
En el
siguiente verano de 1502, fue a Lovaina, «arrojado allí por la peste», según
dice. La Universidad de Lovaina, establecida en 1425 para librar a Holanda en
materias espirituales de la tutela de París, fue, a comienzos del siglo XVI,
uno de los baluartes de la teología tradicional; lo cual, sin embargo, no
impedía el adelanto de los estudios clásicos. De otro modo, ¿cómo hubiera
podido Adriano de Utrech, más tarde papa y en aquel tiempo deán de San Pedro y
profesor de teología, proponerle, apenas llegado, para una cátedra? Erasmo
declinó la oferta, sin embargo, y «por ciertas razones», según dice125.
Teniendo en cuenta su gran penuria, es de suponer que aquellas razones debieron
de ser convincentes. Una de ellas, que mencionó, no es muy clara para nosotros:
«Estoy aquí demasiado cerca de las lenguas holandesas que saben muy bien cómo
ofender, es cierto, pero no han aprendido a favorecer a nadie». Su espíritu de
libertad y su ardiente amor por los estudios, a los que deseaba entregarse
totalmente, fueron, sin duda, sus principales razones para rehusar.
A. 178. 49
A. 171. 13.
Colaboración
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Pero tenía
que hacerse una posición. La vida en Lovaina era costosa; y él no disponía de
ganancias fijas126. Escribió algunos prefacios y dedicó al obispo de Arrás,
canciller de la Universidad, su primera traducción del griego: varias
Declamationes de Libanio.
Cuando en
otoño de 1503 Felipe el Hermoso era esperado en los Países Bajos de regreso de
su viaje a España, Erasmo escribió, con suspiros de repugnancia, un panegírico
para celebrar el feliz regreso del príncipe. Le costó mucho trabajo. «Me ocupa
noche y día, —dice aquel hombre que componía con tan increíble facilidad cuando
ponía el corazón en su obra—. ¿Hay nada tan duro como escribir con repugnancia?
¿Hay nada más inútil que escribir algo por lo cual desaprendemos el escribir
bien127?». Debe reconocerse que, verdaderamente, aduló con toda la parsimonia
posible; aquel trabajo fue repulsivo para él, hasta el punto que en su prefacio
confesó francamente que, a decir verdad, aquella clase de composiciones no era
de su gusto.
A fines de
1504 Erasmo volvió, por fin, a París. Probablemente siempre lo había deseado, y
consideraba su estancia en Lovaina como un destierro temporal. Las
circunstancias en que dejó Lovaina son desconocidas para nosotros por causa de
la falta casi total de cartas escritas en el año de 1504. En todo caso, él
esperaba que en París pronto estaría en disposición de lograr su grande
propósito de dedicarse por entero al estudio de la teología. «No puedo deciros,
A. 172. 8
A. 175. 10,
176. 6
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querido
Colet, —escribe hacia fines de 1504128—, cómo vuelo, a velas desplegadas, hacia
la literatura sagrada; y me disgusta todo lo que me retiene o me retarda. Pero
el desfavor de la Fortuna, que siempre me mira con la misma cara, ha sido la
razón por la cual no he podido librarme de esas molestias. Por eso me he vuelto
a Francia con el propósito, si no puedo resolverlas, de deshacerme de ellas en
todo caso del modo que pueda. Después de lo cual me dedicaré con todo mi
corazón a las letras sagradas, para dedicarles todo el resto de mi vida». ¡Si a
lo menos pudiese hallar los medios para trabajar durante unos meses para sí y
desentenderse de la literatura profana! ¿No podría Colet enterarse por él de
cómo estaba el asunto del producto de los cien ejemplares de los Adagia que
tiempo atrás había enviado a Inglaterra a sus expensas? Su libertad de unos
pocos meses debía ser comprada con poco dinero.
Hay algo de
heroico en Erasmo desdeñando ganar dinero con sus fáciles talentos y
conocimiento envidiable de las humanidades, desafiando la pobreza para poder
realizar su brillante ideal de restaurar la teología.
Es digno de
notar que el mismo humanista italiano que en su juventud había sido su guía y
ejemplo por el camino de la pura latinidad y antigüedad clásica, Lorenzo Valla,
por casualidad vino a ser su guía y precursor en el campo de la teología.
A. 181. 24.
Colaboración
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El verano
de 1504, cazando en la antigua biblioteca del monasterio premostratense de
Pare, cerca de Lovaina («en ningún coto es más delicioso cazar»), halló un
manuscrito de las Annotationes del Nuevo Testamento de Valla. Era una colección
de notas críticas acerca de los Evangelios, las Epístolas y el Apocalipsis. Que
el texto de la Vulgata no era impecable había sido reconocido por la misma Roma
ya en el siglo XIII. Las órdenes monásticas y algunos teólogos particulares se
habían propuesto corregirlo; pero aquella depuración no había tenido mucho
alcance, a pesar de la obra de Nicolás de Lyra en el siglo XIV.
Es probable
que el dar con las Annotationes de Valla condujo a Erasmo, que al principio se
había inclinado más a editar San Jerónimo y comentar a San Pablo (ambas cosas
haría más tarde), a dirigir su atención al estudio del Nuevo Testamento en su
totalidad, para restaurarlo en su pureza. En marzo de 1505, ya Jodoco Badio, en
París, imprimió las Annotationes de Valla para Erasmo, como una especie de
anuncio de lo que él esperaba realizar un día. Era una acción valerosa. Erasmo
no se ocultaba que Valla, humanista, no era bien mirado por los teólogos, y que
habría un escándalo contra «la intolerable temeridad del homo grammaticus,
quien, después de haber devastado todas las disciplinas, no tenía escrúpulos en
asaltar la literatura sagrada con su petulante
Colaboración
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pluma129».
Se trataba de otro programa mucho más explícito y retador de lo que había sido
el Enchiridion.
Una vez
más, no se ha podido aclarar por qué y cómo Erasmo dejó de nuevo París para
irse a Inglaterra en 1505. Él habla de serias razones, y consejos de personas
sensatas130. Menciona un motivo: la falta de dinero. La reimpresión de los
Adagia publicada por Juan Philippi en París, en 1505, lo había remediado
bastante por el momento; la edición no pudo haber sido de su gusto porque
estaba descontento de su obra y se proponía extenderla, intercalando en ella
sus nuevos conocimientos griegos131. De Holanda había llegado una voz, la de su
superior y amigo Servacio, que era ahora prior de Steyn, pidiendo explicaciones
por su partida de París132. Evidentemente, sus amigos holandeses aún no tenían
confianza en Erasmo, ni en su obra, ni en su porvenir.
En muchos
respectos aquel porvenir parecía más favorable para él en Inglaterra que en
parte alguna hasta entonces. Allí había encontrado a los antiguos amigos,
hombres de consideración e importancia: Mountjoy, con quien desde su llegada
vivió unos meses, Colet y Moro. Allí encontró algunos eruditos helenistas cuya
conversación prometía ser provechosa y amena; no Colet, que conocía poco el
griego, sino Moro, Linacre, Grocyn, Latimer, y
A. 182.
113.
A. 185. 4.
A. 181. 82.
A. 185.
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Tunstall133.
Pronto se puso en contacto con algunos altos eclesiásticos que habían de ser
sus amigos y protectores: Ricardo Foxe, obispo de Winchester, Juan Fisher,
obispo de Rochester, y Guillermo Warham, arzobispo de Canterbury. Pronto habría
de encontrar también un amigo cuya simpatía de espíritu y de intereses
espirituales con los suyos, hasta cierto punto le compensaron la pérdida de
Batt: el italiano Andrés Amonio, de Luca. Y, finalmente, el rey le había
prometido un beneficio eclesiástico. No tardó mucho Erasmo en disponer de una
dispensa del Papa Julio II, fechada el 4 de enero de 1506, cancelando los
obstáculos que se oponían a la aceptación de un beneficio inglés134.
Las
traducciones del griego y del latín eran para él un medio fácil y rápido para
obtener favor y ayuda; un diálogo de Luciano, seguido de otros, para Foxe; la
Hécuba y la Ifigenia de Eurípides para Warham. También pensó entonces en
publicar sus cartas135.
Evidentemente,
sus relaciones con Holanda no eran todavía satisfactorias. Servacio no contestó
a sus cartas. Erasmo seguía sintiendo cernerse sobre él una amenaza para su
carrera y su libertad, personificada en la figura de aquel amigo a quien estaba
ligado por tan tiernos lazos allá, en el monasterio de Steyn, donde su regreso
se aguardaba tarde o temprano como el de un faro para la cristiandad. ¿Conoció
el prior la dispensación papal que eximía a
A. 185. 13.
A. no 187
a, t. III. p. XXIX.
A. 186
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Erasmo de
los «estatutos y costumbres del monasterio de Steyn, en Holanda, de la orden de
San Agustín? —Probablemente sí. El 1° de abril de 1506, Erasmo le escribe—:
Aquí en Londres, soy, a lo que parece, muy estimado por los hombres más
eminentes y eruditos de toda Inglaterra. El rey me ha prometido un curato; la
visita del príncipe ha exigido un aplazamiento de este asunto136».
Y añade
inmediatamente: «Estoy otra vez reflexionando acerca de la mejor manera de
dedicar el resto de mi vida (aunque no sé lo que durará) enteramente a la
piedad, a Cristo. ¡Veo la vida, aun cuando sea larga, tan inconsistente y
débil! Sé que mi constitución es delicada y que mis fuerzas han quedado no poco
agotadas por el estudio y también algo por la desgracia. Veo que no hay manera
de librarse del estudio, y cada día me parece tener que comenzar de nuevo. Por
lo tanto he resuelto, contento con mi mediocridad (especialmente ahora que he
aprendido todo el griego que me basta), aplicarme a la meditación acerca de la
muerte, y a la disciplina de mi alma. Debiera haber hecho esto antes, y haber
empleado mejor los preciosos años cuando estaban en toda su lozanía. Pero por
ser éste un empleo tardío que la gente suele practicar cuando poco le queda ya
de vida, debemos ser tanto más económicos, de acuerdo con ella, cuanto más
disminuye la cantidad y la calidad de lo que nos queda».
A. 189.
Felipe el Hermoso, que inesperadamente había llegado a Inglaterra a causa de
una tempestad, lo cual obligó a Mountjoy a prestar servicio en la Corte.
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¿Fue un
acceso de melancolía lo que indujo a Erasmo a escribir estas palabras de
arrepentimiento y renunciación? ¿Fue asaltado en medio de la prosecución del
objeto de su vida, por la conciencia de la vanidad de sus esfuerzos y por la
conciencia también de una grande fatiga? ¿Es lo más profundo de su ser lo que
ahora revela Erasmo, por un momento, a su antiguo e íntimo amigo? Puede ponerse
en duda. Ese pasaje se acuerda muy mal con las primeras frases de la carta, que
se refieren todas a buenos éxitos y esperanzas. En una carta que escribió el
día siguiente, también a Gouda y a un amigo de confianza137, no hay rastro de
aquel estado de ánimo; vuelve a pensar en su porvenir. No advertimos que el
formidable celo con que continúa sus estudios se relaje un momento. Y hay otros
indicios de que con Servacio, quien lo conocía mejor de lo que él deseara y
que, además, como prior de Steyn, tenía un poder amenazador sobre él, de
intento se comportaba como si despreciase el mundo.
Mientras
tanto, no venía la prebenda inglesa. Pero de pronto se ofreció la ocasión que
tan a menudo había esperado Erasmo138: el viaje a Italia. El médico de Corte de
Enrique VII, Juan Bautista Boerio, de Génova, buscaba un maestro que acompañase
a sus hijos en su viaje a las universidades de Italia. Erasmo aceptó el puesto,
que no lo cargaba ni con deberes de preceptor ni de cuidar de los jóvenes
alumnos, sino de inspeccionar y guiar sus
A. 190.
Cf. LB. X.
1750 E, Resp. ad P. Cursii Defens.
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estudios139.
A comienzos de junio de 1506, se halló una vez más en suelo francés. Durante
dos meses de verano, aquel grupo de viajeros permaneció en París, y Erasmo
aprovechó la ocasión para hacer que se imprimieran en París varias de sus obras
que había traído de Inglaterra. Era ya un autor muy conocido y preferido,
gozosamente acogido por sus amigos (había corrido la voz de que había muerto),
y muy agasajado. Jodoco Badio imprimió todo lo que le ofrecía Erasmo: las
traducciones de Eurípides y Luciano, una colección del Epigrammata, y una nueva
pero no modificada edición de los Adagia140.
Se reanudó
el viaje en agosto. Mientras cabalgaba por las veredas alpinas se originó el
más importante poema que escribió Erasmo, eco de un empeño abandonado. Se había
incomodado con sus compañeros de viaje, se había abstenido de conversar con
ellos, y buscaba consuelo componiendo poesía. El resultado fue la oda que
tituló Carmen equestre vel potius alpestre, acerca de los inconvenientes de la
vejez, dedicada a su amigo Guillermo Cop141.
Erasmo era
de los que pronto se sienten viejos. Aún no tenía cuarenta años y ya se
imaginaba en el umbral de la vejez. ¡Qué pronto había venido ésta! Contempla el
curso de su vida pasada. Se ve jugando a las nueces cuando era niño, anheloso
por el estudio cuando era muchacho; y cuando joven, absorbido por la poesía y
el
A. no. I,
t. I. p. 4. 12.
A. 201. 10.
LB. IV. c.
755.
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escolasticismo,
y también por la pintura. Examina su enorme erudición, su estudio del griego,
su aspiración a la fama literaria. En medio de todo esto, la vejez ha venido de
pronto. ¿Qué le queda ahora? Y de nuevo oímos la voz del renunciamiento del
mundo y la devoción de Cristo. ¡Adiós juegos y chanzas, adiós filosofía y
poesía! Un corazón puro lleno de Cristo es todo lo que desea para lo porvenir.
Allí, en la
silenciosa quietud del paisaje alpino, se despierta algo más de las más
profundas aspiraciones de Erasmo que en su lamentación a Servacio. Pero también
en este caso se trata de un desviado elemento de su alma, no del poderoso
impulso que dio dirección y plenitud a su vida y con irresistible premura lo
incitaba de continuo a nuevos estudios.
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Capítulo
VIII
EN ITALIA
Erasmo en
Italia: 1506-1509.— Se gradúa en Turín.— Bolonia y el papa Julio II.— Erasmo en
Venecia, con Aldo Manucio: 1507-1508. — El arte de imprimir. — Alejandro
Stewart. — A Roma: 1509. — Nuevas de la subida al trono de Enrique VIII. —
Erasmo deja Italia.
En cuanto
llegó Erasmo a Turín, el 4 de septiembre de 1506, tomó el grado de doctor en
Teología. Se puede comprender fácilmente que no concedió mucha importancia a
aquel título; con todo, lo miraba cual garantía oficial de su competencia como
escritor de temas teológicos; y esto reforzaría su posición cuando lo atacasen
las sospechas de sus críticos. Escribe desdeñosamente acerca de su título hasta
a sus amigos holandeses, que antaño lo habían ayudado en sus estudios para el
explícito propósito de obtener el título de doctor.
Ya en 1501,
escribe a Ana de Borselen: « ¿Ir a Italia y obtener el grado de doctor?
Disparatados proyectos uno y otro. Pero debemos conformarnos a las costumbres
del tiempo142. —Y ahora a Servacio y Juan Abrecht, casi disculpándose, dice—:
He obtenido el grado de
A. 145.
105.
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doctor en
Teología, y ello del todo contra mi intención, sólo porque me sentía abrumado
por los ruegos de mis amigos143».
Ahora el
destino de su viaje era Bolonia. Pero cuando Erasmo llegó allí, estaba en
marcha una guerra que lo forzó a retirarse a Florencia por algún tiempo. El
papa Julio II, aliado con los franceses, a la cabeza de un ejército marchó
sobre Bolonia para conquistársela a los Bentivogli. Aquel propósito fue pronto
alcanzado, y Bolonia fue lugar seguro para volver a ella. El 11 de noviembre de
1506, Erasmo presenció la entrada triunfal del papa guerrero.
De aquella
época sólo han llegado hasta nosotros cartas breves y escritas a toda prisa.
Hablan de malestar y rumores de guerra. No hay nada en ellas que muestre
haberle impresionado la belleza de la Italia del Renacimiento. La escasa
correspondencia que data de su estancia en Italia no menciona ni arquitectura,
ni escultura, ni pinturas. Cuando mucho más tarde le ocurre acordarse de su
visita a la Cartuja de Pavía, es sólo para ofrecernos un ejemplo de inútil
derroche y magnificencia. Lo único que parece haber atraído y ocupado a Erasmo
en Italia, fueron los libros.
En Bolonia,
Erasmo sirvió como mentor a los jóvenes Boerio hasta fines del año para el cual
se había comprometido. Le pareció un tiempo muy largo. No podía sufrir la menor
intrusión en su libertad.
A. 200. 8,
201. 4, 203. 5.
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Se sentía
cogido en su contrato como en una red144. Según parece, los muchachos eran
bastante inteligentes, aunque no tan brillantes como Erasmo los imaginara en su
primer entusiasmo; pero con su preceptor privado Clyfton, a quien al principio
había levantado a las nubes, pronto estuvieron a matar145. En Bolonia sufrió
varios contratiempos, de los cuales sus nuevas relaciones con Pablo Bombasio
sólo en parte pudieron indemnizarlo. Allí trabajó en una edición aumentada de
los Adagia, que ahora, con la adición de los griegos, enriqueció de ochocientos
a unos millares de artículos.
Desde
Bolonia, en octubre de 1507, Erasmo dirigió una carta al famoso impresor
veneciano Aldo Manucio146[, en la cual lo instaba a publicar nuevamente las dos
tragedias de Eurípides traducidas; porque la edición de Badio estaba agotada y
era demasiado defectuosa para su gusto. Lo que le agradaba de Manucio, sin
duda, además de la fama que había ganado en su oficio, la cual sin embargo ya
disminuía por entonces, eran los tipos que usaba aquel impresor: «aquellas
magníficas letras, las más pequeñas sobre todo». Erasmo era uno de esos
bibliófilos que se enamoran de un tipo y del tamaño de un libro, no por ninguna
preferencia artística sino por su legibilidad y facilidad de manejo, lo cual
para ellos tiene la mayor importancia. Lo que él pedía de Aldo era un libro
pequeño a bajo precio. Hacia fines de año, sus relaciones habían llegado tan
lejos,
A. no. I,
t. I. p. 4. 12.
A. 194. 30.
A. 207,
LB. IX. c. 1137.
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que Erasmo
renunció de momento a su proyectado viaje a Roma, para irse a Venecia a vigilar
personalmente la publicación de sus obras. Ahora ya no se trataba de un
sencillo volumen de traducciones, puesto que Aldo se había ofrecido
espontáneamente para imprimir la enormemente aumentada colección de los Adagia.
Beato
Renano cuenta una anécdota que sin duda había oído contar al propio Erasmo147:
cómo Erasmo, a su llegada a Venecia, se había ido derecho a la imprenta de Aldo
y había tenido que esperarse allí mucho rato; Aldo estaba corrigiendo pruebas y
pensó que su visitante debía de ser alguno de aquellos preguntones que tanto lo
cargaban. Cuando se enteró de que era Erasmo, lo acogió cordialmente y le
procuró pupilaje en casa de su suegro, Andrés Asolani. Ocho meses cumplidos
vivió allí Erasmo, en el ambiente que en lo futuro había de ser su verdadero
elemento: la imprenta. Se hallaba en una fiebre de encarnizado trabajo, del que
a menudo se lamentaba, pero que al fin y al cabo le era congénito.
La edición
aumentada de los Adagia todavía no había sido terminada para la imprenta en
Bolonia. «Con gran temeridad por mi parte, —atestigua el propio Erasmo148—,
comenzamos a trabajar al mismo tiempo, yo a escribir, Aldo a imprimir».
Mientras
tanto, los amigos literatos de la Nueva Academia con quienes trabó conocimiento
en Venecia, Juan Lascaris, Bautista Egnacio, Marco Musuro y el joven Jerónimo
Aleandro, con los
A. no. IV,
t. I. p. 60.
Adag. 1001.
LB. II. c. 405, id. 2001 c. 707 y Respons. ad Albertum Pium, LB. X. 1137.
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cuales en
casa de Asolani compartió habitación y cama, le trajeron nuevos autores
griegos, no impresos todavía, procurándole renovado material para aumentar los
Adagia. Y no fueron adiciones despreciables: Platón en su original, las Vidas y
los Moralia de Plutarco, Píndaro, Pausanias, y otros. Hasta personas a quien no
conocía y que se tomaron interés por su obra, le trajeron nuevo material. Entre
el ruido de las prensas, Erasmo, con maravilla de su editor, se ponía a
escribir, generalmente de memoria, de tal modo atareado que, como
pintorescamente decía, no tenía tiempo ni para rascarse las orejas. Era dueño y
señor de la imprenta. Se le había asignado un corrector especial; él hizo sus
cambios textuales en la impresión definitiva. Aldo también leía las pruebas. «
¿Por qué?, —le preguntó Erasmo—. Porque al mismo tiempo aprendo», le contestó.
Mientras tanto, Erasmo sufrió el primer ataque de su torturante enfermedad
nefrolítica; la atribuyó a la comida en casa de Asolani y más tarde se vengó
pintando aquella casa de huéspedes y a su dueño con muy maliciosos colores en
los Colloquia149.
Cuando en
septiembre de 1508 estuvo lista la edición de los Adagia, Aldo invitó a Erasmo
a quedarse y escribir más para él. Hasta diciembre continuó trabajando en
Venecia, en ediciones de Plauto, Terencio y las tragedias de Séneca. En su
espíritu vagaban visiones de trabajo en colaboración, para publicar las obras
de la antigüedad
Opulenta
sordida, Coll. LB. I. 862.
Colaboración
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clásica que
todavía se conservaban en estado de tesoros escondidos, juntas con abundancia
de obras hebreas y caldeas.
Erasmo
pertenecía a la generación que había crecido al mismo tiempo que el joven arte
de la imprenta. Para el mundo de aquellos días era todavía como un instrumento
recientemente adquirido; la gente se sentía rica, poderosa, feliz, en posesión
de aquella «máquina casi divina150». La figura de Erasmo y su obra sólo se
hicieron posibles por el arte de la imprenta. Halló en él su glorioso triunfo,
pero al mismo tiempo, en cierto sentido, su víctima. ¿Qué hubiera sido Erasmo
sin la prensa de imprimir? Propalar los antiguos documentos, depurarlos y
restaurarlos fue la pasión de su vida. La certidumbre de que el libro impreso
pone exactamente un mismo texto en las manos de millares de lectores, era para
él un consuelo, que las anteriores generaciones no habían conocido.
Erasmo es
uno de los primeros que, después de quedar establecida su fama de autor,
trabajó directa y continuamente para la imprenta. Fue su fuerza, pero también
su debilidad. Lo capacitaba para ejercer una influencia inmediata sobre el
público que leía en Europa, como no la había ejercido nadie antes de él; para
llegar a ser un foco de cultura en el pleno sentido de la palabra; una estación
central intelectual; una piedra de toque para el espíritu de su tiempo.
¡Imagínese por un instante lo que hubiera logrado un entendimiento más grande
todavía que el suyo, pongamos por
A. 919. 10
Colaboración
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ejemplo, el
cardenal Nicolás de Cusa, ese espíritu universal que había contribuido a nutrir
el arte de la imprenta en su primera infancia, si hubiese podido aprovecharlo
del mismo modo que Erasmo!
El aspecto
peligroso de esta situación consistió en que la imprenta permitía a Erasmo, una
vez había llegado a ser un centro y una autoridad, dirigirse al mundo sin
limitación, inmediatamente, con todo lo que se le ocurriera. Mucho de su labor
intelectual posterior no es, bien mirado, sino repetición, rumia, digresión,
innecesaria vindicación por ataques a los que su sola grandeza hubiera sido
respuesta suficiente; futilezas que mejor le hubiera sido dejarlas. Mucho de
esa obra escrita directamente para la imprenta es en el fondo periodismo;
hacemos a Erasmo una injusticia aplicándole el criterio de la duradera
excelencia. La conciencia de que podemos interesar al mundo entero
inmediatamente con nuestros escritos es un estimulante que influye
inconscientemente en nuestra manera de expresarnos; un lujo que sólo los
espíritus más altos pueden sostener impunemente.
El vínculo
entre Erasmo y la impresión de libros era el latín. Sin su incomparable
latinidad, su posición como autor hubiera sido imposible. El arte de imprimir,
sin duda, fomentó el uso del latín. Eran las publicaciones latinas las que en
aquellos días prometían grandes éxitos y buena renta a un editor y establecían
su reputación, porque eran diseminadas por el mundo entero. Los principales
editores eran también eruditos llenos de entusiasmo por
Colaboración
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el
humanismo. Personas cultivadas y bien acomodadas actuaban como correctores de
pruebas de los impresores; entre ellas Pedro Gilles, el amigo de Erasmo y Moro,
secretario del Ayuntamiento de Amberes, que corregía galeradas para Dirck
Maertensz. Los grandes talleres de imprenta eran, también, en sentido local,
los focos del intercambio intelectual. El hecho de que Inglaterra se hubiese
rezagado tanto en la evolución del arte de imprimir, contribuyó no poco, sin
duda, a impedir a Erasmo que se quedase en aquel país, donde tantos afectos lo
vinculaban y tantos provechos lo atraían.
Hallar un
lugar de residencia permanente fue, en efecto y aparte de la circunstancia
citada, muy duro para él. Hacia fines de 1508 aceptó el cargo de preceptor de
retórica para el joven Alejandro Stewart, hijo natural de Jacobo IV de Escocia
y ya, a pesar de su edad, arzobispo de San Andrés, y a la sazón estudiante en
Padua. El peligro de la guerra pronto los llevó desde la alta Italia a Siena.
Allí obtuvo permiso Erasmo para visitar Roma. Llegó a ella a comienzos del año
1509, no ya como un desconocido sacerdote de las regiones nórdicas, sino como
autor celebrado y respetado. Todos los encantos de la Ciudad Eterna se
ofrecieron a él, y debió de sentirse vivamente complacido por la consideración
y la cortesía con que cardenales y prelados como Juan de Médicis, después León
X, Domingo Grimani, Rafael Riario y otros, lo trataban. Parece que hasta se le
ofreció un puesto en la curia. Pero él tenía que volverse junto a su joven
arzobispo, con quien luego volvió a visitar Roma, de incógnito, y más tarde
viajó por las cercanías de Nápoles.
Colaboración
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Inspeccionó
el antro de la Sibila de Cumas, pero lo que aquello significó para él no lo
sabemos. Todo aquel período que siguió a su partida de Padua y todo lo demás
hasta la primavera de 1511 —en ciertos respectos la parte más importante de su
vida— quedó sin registrar en una sola carta de entonces que haya llegado hasta
nosotros. Aquí y allá, de cuando en cuando, y en fecha muy posterior, apuntó
algunas impresiones de Roma151; pero el conjunto queda vago y confuso. Este
período, que permanece oscuro para nosotros, es precisamente el de incubación
del Elogio de la locura. El 21 de abril de 1509, murió el rey Enrique VII de
Inglaterra. Su sucesor fue el joven príncipe a quien Erasmo había saludado en
Eltham en 1499 y a quien había dedicado su poema en elogio de la Gran Bretaña,
y que durante su estancia en Bolonia había distinguido a Erasmo con una carta
latina que honra tanto a éste como al regio latinista de quince años que la
suscribe152. Si jamás pareció favorable la ocasión de obtener un protector, fue
entonces, cuando aquel prometedor amante de las letras subió al trono con el
nombre de Enrique VIII.
Lord
Mountjoy, el más fiel mecenas de Erasmo, lo pensó así también y se lo advirtió
en una carta del 27 de mayo de 1509153. Era un gozo de ver, escribía, cuán
vigorosa, cuán recta y justa, cuán celosa para la causa de la literatura y de
los literatos era la conducta del joven
LBE. c.
1375, su visita al cardenal Grimani.
A. 206,
donde por la introducción de Allen se puede formar opinión acerca de la
participación del príncipe en la composición.
A. 215.
Colaboración
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príncipe.
Mountjoy —o Amonio, quien probablemente redactó el florido documento para él—,
estaba entusiasmado. Los temas de la carta son un cielo risueño, y lágrimas de
alegría. Con todo, es evidente que Erasmo, por su parte, había sondeado ya a
Mountjoy acerca de sus probabilidades, en cuanto se conocieron en Roma las
nuevas de la muerte de Enrique VII; y ello no sin lamentaciones acerca de sus
zozobras y de su decaída salud. «El arzobispo de Canterbury, —pudo notificar
Mountjoy a Erasmo—, no sólo está continuamente enfrascado en vuestros Adagia y
los encomia hasta las nubes, sino que también os promete un beneficio a vuestro
regreso, y os envía cinco libras para los gastos de viaje», cantidad que fue
doblada por Mountjoy.
No sabemos
si Erasmo vaciló realmente antes de tomar su decisión. El cardenal Grimani,
según afirma, se propuso retenerlo; pero en vano154, porque en julio de 1509
dejó Roma e Italia para no volver jamás.
Cuando
cruzaba los Alpes por segunda vez, ahora no por el lado francés sino cruzando
el Septimer155, a través de Suiza, su genio lo inspiró de nuevo, como le había
ocurrido en aquellas elevadas regiones tres años antes, camino de Italia. Pero
esta vez no fue a la manera de musa latina, que entonces le inspirara tan
patéticas e ingeniosas meditaciones poéticas acerca de su vida pasada, y
LBE. no.
1175, c. 1375 D. Véase A. 216 intr.
Y no, con
toda certeza, por el Splügen, como creí anteriormente. En el siglo XVI sólo el
Septimer era transitado. Véase Traugott Geering, Handel und Industrie der Stadt
Basel, 1886, págs. 204-5.
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piadosos
votos para lo futuro; era una cosa mucho más sutil y magnífica: el Elogio de la
Locura.
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Capítulo IX
El Elogio
de la Locura
Moriae
Encomium, el Elogio de la Locura, 1509, como obra de arte. — La locura, motor
de toda la vida: indispensable, saludable, causa y sostén de los Estados y del
heroísmo.
— La locura
mantiene el mundo en actividad. — La energía vital conmista con la locura. — La
falta de locura hace inepto para la vida. — Necesidad de la complacencia en sí
mismo. — El engaño vence a la Verdad. — Sátira de todas las vocaciones
seculares y religiosas. — Dos temas en toda la obra. — La más alta locura: el
éxtasis. — La Moria debe ser tomada como una alegre chanza. — Confusión entre
los locos y los lunáticos. — Erasmo trata su Moria con desprecio. — Su valor.
Mientras
cabalga por los pasos de la montaña156, Erasmo, espíritu inquieto, ahora, por
unos días, libre de las cadenas de los trabajos serios, meditaba en todo lo que
había estudiado y leído durante los pocos años últimos y en todo lo que había
visto. ¡Cuánta ambición, cuánto engaño de sí mismo, cuánto orgullo y vanagloria
llenaba el mundo! Pensó en Tomás Moro, a quien iba a ver de nuevo, el más
ingenioso y juicioso de todos sus amigos, con aquel curioso apellido
El que
concibiera su obra en los Alpes se desprende del hecho que nos hable
explícitamente de que ello ocurrió mientras iba cabalgando, al paso que,
después de cruzar Suiza, a partir de Estrasburgo, viajó en barco. A. no. IV.
216, t. I. pág. 62.
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Moros,
palabra griega que significa loco, y que tan mal se adaptaba a su personalidad.
Adelantándose
a las alegres chanzas que le prometía la conversación con Moro, nació en su
espíritu aquella obra maestra de buen humor y discreta ironía, Moriae Encomium,
Elogio de la Locura. El mundo como escenario de la locura universal; la locura
como elemento indispensable para hacer posible la vida y la sociedad, y todo
ello puesto en boca de la Stultitia, la Locura en persona (auténtico anti-tipo
de Minerva), que en un panegírico de su propio poder y utilidad, se alaba a sí
misma.
En cuanto a
la forma es una Declamatio, como las había traducido del griego, de Libanio. En
cuanto a su carácter, una restauración de Luciano, cuyo Gallus, traducido por
él tres años antes, pudo haberle sugerido aquel tema. Ello debió suceder en los
incomparables momentos lúcidos de aquella brillante inteligencia. Todos los
pormenores de su lectura de los clásicos, que el año anterior había empleado en
la nueva edición de los Adagia, estaban todavía a su inmediata disposición en
aquella retentiva y capaz memoria. Reflexionando a su sabor acerca de toda
aquella sabiduría de los antiguos, exprimió los jugos requeridos para su
diatriba.
Llegó a
Londres, se alojó en la casa de Moro en Bucklersbury, y allí, torturado por sus
dolores nefríticos, redactó, en pocos días157, la obra de arte perfecta que
debía de estar ya lista en su espíritu. Bien
A. 337.
Colaboración
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puede
decirse que la Stultitia había nacido del mismo modo que su grave hermana
Palas.
En cuanto a
la forma y a la fantasía, la Moria es impecable, producto de momentos
inspirados de impulso creador. La figura de un orador que hace frente a su
público, es sostenida de modo magistral hasta el fin. Vemos los rostros de los
oyentes animarse de alegría cuando la locura aparece en el púlpito; oímos los
aplausos que interrumpen sus palabras. Hay una riqueza de fantasía, unida con
tanta sobriedad de línea y de color, tanta mesura, que el conjunto nos ofrece
un ejemplo perfecto de esa armonía que es expresión de la esencia del
Renacimiento. No hay exuberancia, a despecho de la diversidad de materia y
pensamiento, sino una moderación, una fluidez, una vivacidad y claridad que son
tan placenteras como reposantes. Para hacernos cargo de la perfección artística
del libro de Erasmo, lo compararemos con Rabelais.
«Sin mí,
—dice la Locura—, el mundo no podría existir ni un momento. Porque, todo lo que
se hace entre mortales ¿no está lleno de locura? ¿No está ejecutado por locos y
para locos?»158. «No hay sociedad ni compañía que pueda ser agradable ni durar
sin la locura; hasta el punto que un pueblo no puede tolerar a su príncipe, ni
el amo a su criado, ni la criada a su ama, ni el preceptor a su discípulo, ni
el amigo a su amigo, ni la esposa a su marido, un momento más, si, ora no
disparatan juntos, y ora no se adulan
c. 25, p.
48. Citado de J. B. Kan, Μωρίας ἐγκώμιον, Stultitiae Laus, Des. Erasmi Rol.
declamatio, La Haya, 1898.
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mutuamente;
o bien sensatamente hacen la vista gorda, o se untan con un poco de miel de
locura159]». En esta cláusula se contiene el sumario de la Laus. La locura aquí
es la cordura mundanal, la resignación y el discernimiento benigno.
El que
arranca las máscaras de la comedia de la vida es echado de ella160. ¿Qué es
toda la vida de los mortales sino una especie de comedia en que cada actor
aparece sobre las tablas con su máscara propia y representa su papel hasta que
el director de escena lo hace salir? Hace mal quien no se adapta a las
condiciones existentes y pide que el juego deje de serlo. Corresponde a los
verdaderamente sensatos mezclarse con toda clase de gente, ya haciendo de buena
gana la vista gorda ante sus locuras, ya afablemente errando como ellos.
Y la
necesaria fuerza motriz de toda acción humana es la Philautia, la propia
hermana de la Locura: el amor de sí mismo161. El que no se agrada a sí mismo no
hará nada. Quitad este condimento de la vida y se enfría la palabra del orador,
se burlan del poeta, el artista perece con su arte. La locura vestida de
orgullo, de vanidad, de vanagloria, es el escondido resorte de todo lo que se
considera alto y grande en este mundo162. El Estado con sus puestos de honor,
el patriotismo y el orgullo nacional; la majestad de las ceremonias, las
ilusiones de casta y nobleza, ¿qué es todo ello sino locura? La
c. 21, p.
34.
c. 29, p.
48. s.
c. 22, p.
35-36.
c. 23, 27,
42, 43.
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guerra, la
cosa más loca de todas, es el origen de todo heroísmo. ¿Qué movió a los Decios,
qué a Curcio a sacrificarse? La vanagloria. Esta locura es la que crea los
Estados; por ella existen los imperios, las religiones, los tribunales.
Esto es más
osado y más desapacible que Maquiavelo, más desenvuelto que Montaigne. Pero
Erasmo no querrá que se lo atribuyan a él: es la locura quien habla. Él, de
propósito nos hace dar la vuelta al círculo vicioso como en el dicho antiguo:
«Un cretense dijo, todos los cretenses son embusteros».
La cordura
es a la locura lo que la razón es a la pasión163. Y hay mucha más pasión que
razón en el mundo. Lo que mantiene en actividad al mundo, la fuente de la vida,
es la locura. Porque, ¿qué es el amor? ¿Por qué se casa la gente, sino por
locura que no ve los inconvenientes? Todo regocijo y diversión es sólo un
condimento de la locura. Cuando un hombre juicioso desea ser padre, primero ha
de hacer el papel del loco. Porque, ¿hay mayor locura que la farsa de la
procreación?
Inadvertido,
el orador ha conmisto aquí con la locura todo lo que es vitalidad, y la
valentía de la vida. La locura es energía espontánea de la cual nadie puede
prescindir. El que es perfectamente sensato y serio no puede vivir164. Cuanto
más se aparta la gente de mí, Stultitia, menos vive. ¿Por qué besamos y
abrazamos a los niñitos,
c. 27, 11,
12.
c. 13.
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sino
también porque son tan deliciosamente locos? ¿Y qué si no la locura hace tan
galana a la juventud?
Y ahora
mirad a los verdaderamente serios y juiciosos165]. Son desmañados en todo, a la
mesa, en la danza, en el juego, en el trato social. Si han de comprar algo, o
contratar, estad seguros de que todo saldrá mal. Quintiliano dice que el miedo
a las tablas traiciona al orador inteligente, que conoce sus defectos166.
¡Exacto! ¿Pero no confiesa francamente en tal caso Quintiliano que la cordura
es un impedimento para la buena ejecución? Y ¿no tiene la locura derecho a
reclamar para sí la prudencia167 si el cuerdo, por vergüenza, por apocamiento,
no emprende nada en circunstancias en que los locos animosamente se ponen a
obrar?
Aquí Erasmo
alcanza la raíz del asunto, en sentido psicológico. En efecto, la conciencia de
fracasar es el freno que traba la acción, es la grande inercia que retarda el
progreso del mundo. ¿Se reconocía a sí mismo por un hombre desmañado cuando no
estaba inclinado sobre sus libros y se encaraba con los hombres y sus negocios?
Locura es
alegría, regocijo, indispensable para la felicidad168. El hombre de pura razón
sin pasión es una estatua de piedra, obtuso, sin ningún sentimiento humano,
espectro o monstruo, de quien todos huyen, sordo a todas las emociones
naturales, incapaz de amor y compasión. Nada se le escapa; en nada yerra; lo
penetra
c. 25
c. 24.
c. 29.
c. 30
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todo; lo
sopesa todo cuidadosamente; no perdona nada, sólo está satisfecho de sí mismo;
él solo está sano; él solo es rey, él solo es libre. Aquí está pensando Erasmo
en la antipática figura del doctrinario. ¿Qué Estado desearía a un hombre tan
absolutamente perfecto por magistrado suyo?
El que se
dedica a probar toda la amargura de la vida con sabia perspicacia, por lo mismo
se priva de la vida169. Sólo la locura es un remedio para ello: errar, estar
desacertado, ser ignorante es ser humano. ¡Cuánto mejor es para el matrimonio
el ser ciego para los defectos de una mujer, que destruirse a sí mismo por
celos y llenar el mundo de tragedia! La adulación es una virtud. No hay afecto
cordial sin un poco de adulación. Es el alma de la elocuencia, de la medicina y
de la poesía; es la miel y la dulzura de todas las costumbres humanas.
De nuevo
toda una serie de valiosas cualidades sociales son incorporadas hábilmente con
la locura: benevolencia, bondad, inclinación para aprobar y admirar.
Pero
especialmente para aprobarse a sí mismo170. No hay manera de agradar a los
demás sin comenzar por adularnos un poco a nosotros mismos y aprobarnos. ¿Qué
sería el mundo si cada cual no estuviese orgulloso de su posición, de su
vocación, de manera que nadie quisiera cambiar con nadie en cuanto a buena
apariencia, o afición, o buena familia, o hacienda?
c. 31, 32,
44.
c. 22.
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El engaño
es lo verdadero171. ¿Para qué desear una auténtica erudición? Cuanto más
incompetente sea un hombre, más placentera será su vida, y más admirado será.
Mirad a los profesores, poetas, oradores. El espíritu del hombre está hecho de
tal manera, que le producen más efecto las mentiras que la verdad. Id a la
iglesia: si el sacerdote trata de asuntos serios, toda la concurrencia dormita,
bosteza, se aburre. Pero en cuanto comienza a contar alguna cosa increíble,
todos despiertan, se levantan, quedan pendientes de sus labios.
Ser
engañado, dicen los filósofos, es una desgracia; pero no serlo es una desgracia
extremada172. Si es humano el errar, ¿por qué ha de llamarse desgraciado a un
hombre porque yerra, puesto que ha nacido y ha sido hecho así, y tal es la
suerte de todos? ¿Compadecemos a un hombre porque no puede volar o no puede
andar en cuatro pies? En tal caso también podríamos llamar desgraciado a un
caballo, porque no ha aprendido gramática ni a comer pasteles. Ninguna criatura
es infeliz si vive de conformidad con su naturaleza. Las ciencias fueron
inventadas para nuestra mayor destrucción; lejos de conducirnos a nuestra
felicidad, siempre se interponen en su camino, aunque se suponga que fueron
inventadas en su favor. Por la acción de perversos demonios, se han introducido
en la vida humana con las demás pestilencias. ¿Es que la gente sencilla de la
Edad de Oro no vivía feliz, desprovista de toda
c. 42, 45
c. 45 y c.
32.
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ciencia,
sólo guiada por la naturaleza y el instinto? ¿Para qué necesitaban la
gramática, cuando todos hablaban el mismo lenguaje? ¿Para qué disponer de la
dialéctica, cuando no había disputas ni diferencias de opinión? ¿Para qué la
jurisprudencia, cuando no había malas costumbres que suscitasen las buenas
leyes? Eran demasiado religiosas para investigar con impía curiosidad los
secretos de la naturaleza, el tamaño, los movimientos, el influjo de las
estrellas, la oculta causa de las cosas. Es la misma idea que germinó en la
antigüedad, aquí tratada a la ligera por Erasmo, y más tarde proclamada por
Rousseau con más amarga seriedad: la civilización es una plaga.
La cordura
es una desdicha, pero la presunción es la felicidad173.
Los
gramáticos que empuñan el cetro de la sabiduría —esto es, los maestros de
escuela— serían la gente más desgraciada del mundo si yo, la Locura, no
mitigara los sinsabores de su mísera profesión con una especie de dulce
insensatez. Pero lo que hace bien a los maestros de escuela, lo hace también a
los poetas, oradores, autores174. Para ellos, también, toda la felicidad
consiste meramente en vanidad e ilusión. Los juristas no salen mejor parados; y
después de ellos vienen los filósofos175. Después hay una larga procesión de
c. 49.
c. 50.
c. 51, 52.
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clérigos176:
teólogos, frailes, obispos, papas, sólo interrumpida por príncipes y
cortesanos.
En los
capítulos177 que revisan estos oficios y profesiones, la sátira se desvía un
poco de su terreno. Por toda la obra se entrelazan dos temas: el de la locura
saludable, que es la verdadera sabiduría, y el de la alucinada sabiduría, que
es mera locura. Como ambas están en los labios de la Locura, no tendríamos más
que invertirlas para obtener la verdad, si la Locura… no fuese sabiduría. Pero
está claro que la primera es el tema principal. Erasmo parte de ella; y vuelve
a ella. Sólo a la mitad de su discurso, cuando revisa las empresas y las
dignidades humanas en su universal insensatez, predomina el segundo tema y el
libro se convierte en una sátira corriente de la humana locura; de estas
sátiras, aunque hay muchas, pocas son tan exquisitas como la de Erasmo. Pero en
las otras partes del libro hay algo mucho más profundo.
De cuando
en cuando la sátira se desvía de su camino cuando la Locura censura
directamente lo que Erasmo desea censurar; por ejemplo: las indulgencias, la
necia creencia en milagros, el culto egoísta a los santos178; o los jugadores a
quienes ella, la Locura, debe alabar; o el espíritu de sistematización y
nivelación, y la envidia de los religiosos.
c. 53-60.
Erasmo no
dividió su libro en capítulos. Esto lo hizo un editor mucho más tarde, en 1765.
c. 40, 39,
54.
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Para los
lectores contemporáneos, la importancia de la Laus Stultitiae estriba, muy
principalmente, en la sátira directa. Su valor duradero está en esos pasajes
donde nosotros verdaderamente convenimos en que lo que él llama locura es
sabiduría y viceversa. Erasmo sabe cuán inescrutable es el fundamento de todas
las cosas; toda meditación consistente acerca de los dogmas de la fe conduce
según él a la absurdidad179. Y si no, atiéndase a las sutilezas teológicas del
escolasticismo decadente. Los apóstoles no las hubieran entendido; a los ojos
de los teólogos posteriores ellos hubieran parecido locos. Hasta la Sagrada
Escritura se declara por la locura. «La locura de Dios es más sabia que los
hombres, —dice San Pablo—. Pero Dios eligió la necedad del mundo». «Plugo a
Dios salvar a los creyentes por la locura de la predicación180». Cristo amó a
los pobres de espíritu y a los ignorantes; a los niños, a las mujeres, a los
pobres pescadores, y hasta a los animales que están alejados de la vulpina
astucia: el asno en que quiso montar, la paloma, el cordero, la oveja.
Aquí
encontramos mucha profundidad por debajo de la chanza, ligera en apariencia.
«La religión cristiana parece en general tener alguna afinidad con cierta
especie de locura181. — ¿No se pensó que los apóstoles estaban llenos de vino
nuevo? Y ¿no dijo el juez a San Pablo—: Pablo, tú estás fuera de ti»? ¿Cuándo
estamos fuera de
c. 53. 65.
1. Cor. I,
25, 27, 21.
c. 66.
Colaboración
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nosotros?
Cuando el espíritu rompe sus cadenas e intenta escapar de su prisión y aspira a
la libertad. Esto es locura, pero es también liberación de lo mundano, y
sublime sabiduría. La verdadera felicidad está en la ausencia de egoísmo182, en
el frenesí de los enamorados, que Platón llama el más feliz de todos. Cuanto
más absoluto es el amor, mayor y más arrebatador es el frenesí. La gloria
celestial es la máxima enajenación; las personas verdaderamente piadosas, con
sus meditaciones, gozan anticipadamente en la tierra de una sombra de esta
gloria.
Al llegar
aquí, la Locura interrumpe su discurso, disculpándose en pocas palabras, en
caso de que haya sido demasiado petulante o locuaz, y deja el púlpito. «Adiós,
pues, ¡aplaudid, vivid felices, y bebed, oh ilustres discípulos de la Locura!».
Fue una
proeza de arte sin rival que ni en estos últimos capítulos perdiese su autor el
tono de cómica ligereza, ni cayese en abierta profanación. Ello sólo era
factible danzando hábilmente en la cuerda tensa de la sofistería. En la Moria,
Erasmo está todo el tiempo revoloteando al borde de verdades profundas. Pero
¡cuán dichosos eran los tiempos aquellos en que aun cabía tratar un tema
semejante en tono de humorada! Porque debemos fijar esto en nuestra mente: que
el Moriae Encomium es una verdadera y regocijada chanza. Su risa es más
exquisita, pero no menos cordial, que la de Rabelais. «Valete, plaudite,
vivite, bibite». «Todas las
c. 67.
Colaboración
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personas en
general abundan en tal grado y por todas partes en tantas formas de locura, que
mil Demócritos serían insuficientes para burlarse de todas ellas (y
necesitarían otro Demócrito para burlarse de ellos183)».
¿Cómo
podría tomarse la Moria demasiado en serio cuando hasta la Utopía de Moro, que
es una obra verdaderamente pareja suya y produce tan seria impresión en
nosotros, es tratada por su autor y por Erasmo como pura chanza184?. Hay un
lugar en que la Laus parece aproximarse a Moro y Rabelais185; es cuando la
Locura habla de su padre, Plutón, el dios de la riqueza, a cuya señal parecen
trastocarse todas las cosas, y de acuerdo con cuya voluntad se regulan todos
los asuntos humanos: guerra y paz, gobierno y designios, justicia y tratados.
Ha engendrado la Locura, uniéndose con la ninfa Juventud, no un senil y cegato
Plutón, sino un lozano dios, ardiente de juventud y néctar, como otro
Gargantúa.
La figura
de la Locura, de estatura gigantesca, descuella poderosamente en el período del
Renacimiento. Lleva un gorro de bufón con cascabeles. La gente se reía a
carcajadas y con indiferencia de todo lo que fuese locura, sin discernir entre
especies de locura. Es digno de notar que ni aun en la Laus, tan exquisita como
es, el autor distinga el necio y el tonto, de los locos y los maniáticos.
Holbein, al ilustrar a Erasmo, no usa más que una
c. 48.
A. 449.
40-60, 537. 17, 832. 37.
c. 7.
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representación
del loco: con un cayado y orejas de burro. Erasmo habla sin clara transición,
ora de insensatos, ora de verdaderos dementes186. Son los más felices de todos,
hace decir a la Locura: no se asustan por los espectros y apariciones; no están
torturados por el temor de inminentes calamidades; por todas partes llevan
regocijo, chanzas, retozos y risas. Evidentemente, aquí se refiere a los
imbéciles inofensivos que, en efecto, se utilizaban como bufones. Con todo,
esta identificación de la estupidez y la locura se mantiene en su obra, como la
confusión entre lo cómico y lo sencillamente ridículo; y todo ello basta para
hacernos comprender la gran distancia que nos separa hoy de Erasmo.
****
En los años
siguientes siempre habla en tono despectivo de su Moria. La tiene por tan
insignificante, según dice, que es indigna de haber sido publicada; y con todo,
ninguna obra suya fue recibida con tanto aplauso. Era una fruslería y que no se
acordaba con su carácter. Moro se la había hecho escribir como si se hiciese
danzar a un camello187. Pero estas afirmaciones despreciativas no dejaban de
llevar segunda intención. La Moria no le había traído únicamente buen éxito y
satisfacciones. La época excesivamente susceptible en que vivía, había tomado
la sátira en muy mala parte donde parecía aludir a las dignidades y órdenes
religiosas, por más que él, en su prefacio, se había esforzado por
salvaguardarse del reproche de
c. 35, 36,
38, 39.
A. no. I,
t. I. p. 19, De Copia, LB. I. 110 D, Adagio no. 1140, LB. II. c. 460 F, A. 999.
120
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irreverencia.
Su liviano juego con los textos de la Sagrada Escritura había parecido a muchos
demasiado atrevido.
Su amigo
Martín van Dorp le echó en cara haber hecho escarnio de la vida eterna188.
Erasmo hizo cuanto pudo para convencer a los malpensados de que la finalidad de
la Moria no era otra sino la de exhortar a la gente a ser virtuosa. Al afirmar
esto trató injustamente a su obra; era mucho más que eso. Pero en 1515 ya no
era él lo que había sido en 1509. Se había visto obligado repetidamente a
defender su obra más ingeniosa: si hubiera sabido que su obra pudiera
desagradar, la hubiera retirado, escribe en 1517 a un conocido de Lovaina189. Y
aun hacia el final de su vida, se defendía de las insinuaciones de Alberto Pio
de Carpi en una extensa réplica190.
Erasmo ya
no se aventuró más en el género del Elogio de la locura. Se podría considerar
el tratado Lingua, publicado en 1525, como tentativa para hacer una obra pareja
de la Moria. El libro se titula «Del uso y abuso de la lengua». En las primeras
páginas hay algo que nos recuerda el estilo de la Laus; pero le falta todo su
encanto de forma y de pensamiento.
¿Debemos
compadecer a Erasmo porque, de todas sus publicaciones, reunidas en diez
volúmenes en folio, solamente el Elogio de la Locura ha quedado como libro
verdaderamente popular?
A. 337
A. 739,
749. 7.
LB. IX.
1136-1143.
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Es, junto
con los Colloquia, tal vez su única obra que todavía se lee, no por puro
interés erudito o de curiosidad, sino por su propio valor. Lo demás sólo se
estudia hoy desde un punto de vista puramente histórico, para ponerse en
relación con su personalidad o con su tiempo.
A mí me
parece que en este caso se ha obrado con perfecta justicia. El Elogio de la
Locura es su mejor obra. Escribió otros libros más eruditos, algunos más
piadosos, algunos tal vez de igual o mayor influjo en su época. Pero todos han
pasado. Moriae Encomium solo había de ser inmortal. Porque sólo cuando el buen
humor iluminó aquella mente, llegó a ser verdaderamente profundo. Con el Elogio
de la Locura, Erasmo dio al mundo algo que nadie más hubiera podido darle.
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Capítulo X
Tercera
estancia en Inglaterra
Tercera
estancia en Inglaterra: 1509-1514. — No tenemos información acerca de dos años
de la vida de Erasmo: desde el verano de 1509 a la primavera de 1511. —
Pobreza. — Erasmo en Cambridge. — Relaciones con Badio, el editor parisiense. —
Una equivocación provechosa para Juan Froben en Basilea. — Erasmo deja
Inglaterra: 1514. — Julius Exclusus. — Epístola contra la guerra.
Desde el
momento en que Erasmo, al volver de Italia a principios del verano del 1509, se
oculta a nuestra vista en la casa de Moro para escribir el Elogio de la Locura,
hasta cerca de dos años más tarde, cuando lo vemos de nuevo camino de París
para que le imprima el libro Gil Gourmont, todo rastro de su vida queda
borrado. De las cartas que durante ese período escribió y recibió, no se ha
conservado ni una. Tal vez fuese aquélla la época más feliz de su vida, porque
la pasó en parte con su probado protector Mountjoy y también en casa de Moro,
en medio de aquel noble e inteligente círculo que a Erasmo le parecía ideal.
Aquella
casa era también frecuentada por el amigo que durante su primera estancia en
Inglaterra había ganado Erasmo, y cuyo espíritu era tal vez, entre todos, el
más afín al suyo, Andrés Amonio. No es improbable que durante aquellos meses
trabajara sin interrupción en los estudios que le atraían irresistiblemente,
sin
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cuidados
para el inmediato futuro, y no abrumado todavía por la excesiva fama que más
tarde fue causa para él de muchos más disgustos y pérdidas que alegrías.
Aquel
futuro era todavía incierto. En cuanto deja de disfrutar la hospitalidad de
Moro, vuelven a comenzar las dificultades y los lamentos. Continua pobreza,
incertidumbre y dependencia, eran extraordinariamente amargas para un espíritu
que, ante todo, requería libertad. En París había encargado a Badio una nueva
edición revisada de los Adagia, aunque la aldina todavía podía obtenerse allí a
precio moderado191. La Laus, que acababa de publicarse en casa de Gourmont, fue
ya impresa en Estrasburgo en 1511, con una carta cortés de Jacobo Wimpfeling a
Erasmo; pero evidentemente sin que éste lo consultase antes acerca de ello192.
Por aquel
tiempo, de regreso nuevamente a Inglaterra, había estado en cama, en Londres,
con un grave ataque de fiebre diaforética, y desde allí había ido al Queen’s
College de Cambridge, donde había residido antes. Desde Cambridge escribe a
Colet, el 24 de agosto de 1511, en tono de cómica desesperación193. El viaje
desde Londres había sido desastroso: un caballo lisiado; sin víveres para el
camino; rayos y truenos. «Pero casi me alegro de todo esto: he podido ver la
senda de la pobreza cristiana». Lo que no ve es la manera de
A. 219. 4
A. 224.
A. 225.
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hacerse con
algún dinero; se verá obligado a gastar todo lo que pueda sacar de sus mecenas;
nació bajo un Mercurio adverso.
Todo esto
debía de tener un tono más sombrío del que él había querido darle; pero pocas
semanas después vuelve a escribir194: «¡Oh, este pordioseo!; comprendo que os
riáis de mí. Pero me tengo rabia por ello, y estoy completamente resuelto, o a
obtener algún dinero, que me pueda librar de tener que rebajarme, o a imitar en
todo a Diógenes». Esto se refiere a la dedicatoria de una traducción de los
Comentarios de Basilio a Isaías, dirigida a Juan Fisher, obispo de Rochester.
Colet, que
nunca había conocido las angustias pecuniarias, no comprendió bien aquellas
humoradas de Erasmo. Contesta a ellas con exquisita ironía y encubierta
reprensión, que a su vez Erasmo pretende no entender195. Ahora se hallaba «en
necesidad en medio de la abundancia», «me simul et in media copia et in summa
ver sari inopia». Es decir, estaba ocupado en preparar para la imprenta de
Badio el De copia verborum ac rerum, que había comenzado en París; iba dedicado
a Colet. «Yo os pregunto quién puede ser más impúdico y abyecto que yo, que
hace ya tan largo tiempo he estado mendigando en Inglaterra».
Escribiendo
a Amonio se duele amargamente de haber dejado Roma e Italia; ¡qué prosperidad
le había sonreído allí! Del mismo modo se habría de lamentar más tarde de no
haberse establecido
A. 227. 20
A. 230,
237.
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permanentemente
en Inglaterra. «¡Ah, si hubiera sabido aprovechar la ocasión!», piensa. ¿No era
tal vez Erasmo uno de esos hombres a quien la buena suerte no puede ayudar196?
Su zozobra
continuaba, y su tono se hizo más amargo. «Estoy preparando cierto cebo para el
primero de enero, aunque es muy seguro que será en vano», escribe a Amonio,
refiriéndose a las nuevas traducciones de Luciano y Plutarco197.
En
Cambridge, Erasmo dio lecciones de teología y griego, pero obtuvo poco éxito y
menos provecho. La tan deseada prebenda, en efecto, se le había concedido por
fin, en forma de la rectoría de Addington, en Kent, para la cual el arzobispo
Guillermo Warham lo nombró en 1512. En lugar de residir se le permitió sacar
una pensión de veinte libras al año. El arzobispo afirma explícitamente que,
contra su costumbre, ha concedido su favor a Erasmo porque él, «lumbrera del
saber en literatura latina y griega, por amor a Inglaterra había desdeñado
vivir en Italia, Francia o Alemania para pasar el resto de su vida allí, con
sus amigos198». Ya vemos cómo las naciones comienzan a rivalizar unas con otras
por el honor de albergar a Erasmo.
Alivio para
todos sus cuidados, aquel cargo no le dio ninguno. El trato y correspondencia
con Colet estaba un poco agriado bajo el ligero velo de las chanzas y
atenciones por su constante falta de
A. 240. 29,
1032. 17, Adag. 3401, LB. II. c. 1050.
A. 241,
246.
A. 255.
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dinero199.
El buscar nuevos recursos para emprender nuevos trabajos o preparar nuevas
ediciones de sus antiguas obras, se convertía en dura necesidad para Erasmo.
Las grandes obras en que había puesto su corazón y a las cuales había dado
todas sus energías en Cambridge, no le ofrecían promesas de inmediato provecho.
Sus serios trabajos teológicos se colocaban por encima de todos los demás; y en
aquellos años duros, él dedicó sus mejores fuerzas a preparar la gran edición
de las obras de San Jerónimo, y a corregir el texto del Nuevo Testamento, tarea
inspirada, fomentada y estimulada por Colet.
Para su
manutención, otros libros le habían de servir. Ahora los tenía en suficiente
número, y los impresores se interesaban vivamente por ellos, aunque el provecho
que el autor obtenía no era grande. Después de dejar a Aldo en Venecia, Erasmo
había vuelto al editor que había impreso para él ya en 1505, Jodoco Badio, de
Brabante
—quien, en París, había establecido la prensa Ascensiana, Prelum Ascensianum
(llamada así por su lugar nativo Assche)—, el cual, también erudito, rivalizaba
con Aldo en cuanto a la pulcritud de sus ediciones de los clásicos. Por la
época en que Erasmo entregó la Moria a Gourmont, en París, le había encargado
Badio una nueva edición, por revisar todavía, de los Adagia. Por qué la Moria
fue publicada por otro, no podemos decirlo: tal vez a Badio no le agradó al
primer pronto. De los Adagia, se prometía éste más provecho;
A. 270.
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pero era
una obra larga, las enmiendas y el prefacio de la cual, todavía esperaba que
Erasmo le enviase. Se sentía muy firme en su terreno, porque todo el mundo
sabía que él, Badio, estaba preparando la nueva edición. Y a pesar de ello,
llegó un rumor de que en Alemania se estaba reimprimiendo la edición aldina. De
manera que en mayo de 1512 le escribió a Erasmo que corría bastante prisa
terminarla200.
Mientras
tanto, Badio tenía muchas más obras de Erasmo entre manos o esperando
aprobación: la Copia, que, poco después, fue por él publicada; la Moria, de la
cual al mismo tiempo se había publicado ya una nueva edición, la quinta; los
diálogos de Luciano; las traducciones de Eurípides y Séneca, que habían de
seguir. Él esperaba unirles las cartas de San Jerónimo. Por los Adagia había
convenido en unos derechos de publicación de quince florines; Badio estaba
dispuesto a dar lo mismo por las cartas de San Jerónimo y también por el resto
de la partida. «¡Ah!, diréis, ¡qué pequeña cantidad! Yo reconozco que con
ninguna remuneración se podría pagar vuestro genio, vuestra laboriosidad, saber
y fatiga; pero los dioses os remunerarán a vos, y vuestra propia virtud será la
más hermosa recompensa. Habéis ya, en grado sumo, merecido bien de la
literatura griega y romana; y del mismo modo mereceréis bien de la literatura
sagrada y teológica, y ayudaréis a vuestro pobre
A. 263.
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Badio, que
tiene una familia numerosa y no cuenta con más ganancias que las de su trabajo
diario201».
Erasmo
debió de sonreír tristemente al recibir la carta de Badio. Pero aceptó la
propuesta de buena gana202. Prometió prepararlo todo para la imprenta; y el 5
de enero de 1513, terminó en Londres el prefacio para los Adagia revisados, que
estaba aguardando Badio. Pero entonces ocurrió una cosa extraña. ¡Un agente que
actuaba de mediador con los autores para algunos editores de Alemania y
Francia, llamado Francisco Berkmann, de Colonia, envió el ejemplar revisado de
los Adagia, con el prefacio que le había confiado Erasmo para entregárselo a
Badio, no a París, sino a Basilea, a Juan Froben, que acababa de reimprimir,
sin permiso de Erasmo, la edición veneciana! Erasmo fingió indignarse por
aquella equivocación o perfidia; pero es harto evidente que no le pesó203.
Medio año después lió el petate, y se fue a Basilea para trabar con aquel mismo
Froben las más cordiales relaciones, por las cuales sus nombres han quedado
unidos. Beato Renano, más tarde, no ocultó que aquella asociación con la casa
de Froben, llamada entonces todavía «Amerbach y Froben», le había parecido
atrayente a Erasmo precisamente al enterarse de que los Adagia habían sido
reimpresos.
A. 263
A. 264. 10.
A. 219,
259, 269, 283. 152.
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Sin pruebas
concluyentes de su complicidad, no nos agrada acusar a Erasmo de traición para
con Badio, aunque su actitud es, cuando menos, curiosa. Pero sí debemos
recordar el digno tono con que Badio, que tenía rigurosa opinión, en medio de
aquellos tiempos, acerca de los derechos de publicación, replicó, cuando
Berkmann le ofreció después una especie de explicación de aquel caso. Se
declara satisfecho, aunque Erasmo le había causado desde entonces nuevas
pérdidas de diversas formas, entre otras por la impresión de una nueva edición
de la Copia en Estrasburgo. «Si, con todo, eso satisface a vuestros intereses y
a vuestro honor, yo lo soportaré, y con ecuanimidad204». Y no se rompieron sus
relaciones.
En todo
esto no debemos perder de vista la circunstancia de que el editor, en aquel
tiempo, era todavía un fenómeno comercial nuevo, y que las nuevas formas y
relaciones comerciales suelen estar caracterizadas por la incertidumbre,
confusión y falta de normas establecidas.
La estancia
en Cambridge pronto se hizo pesada para Erasmo. «Hace ya algunos meses,
—escribe a Amonio en noviembre de 1513205—, hemos estado llevando una verdadera
vida de caracol, encerrado en casa y atareado. Esto es muy solitario; se ha ido
mucha gente por temor a la peste, pero aunque todos estuviesen aquí, esto
estaría solitario». El coste de la manutención es intolerable, y Erasmo no gana
ni un ochavo. Si no consigue aquel
A. 346. 5.
A. 282. 42
Colaboración
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invierno
hacerse un nido, está resuelto a volar, no sabe dónde. «Si no para otra cosa,
para morir donde sea».
A los
aprietos de las circunstancias, a la peste, que reaparecía una vez y otra, y a
los ataques de su enfermedad renal, se añadió un estado de guerra que deprimió
y alarmó a Erasmo.
En la
primavera de 1513 se efectuó la largamente preparada incursión a Francia. En
cooperación con el ejército de Maximiliano, los ingleses habían derrotado a los
franceses cerca de Guinegate y obligado a Thérouanne a rendirse, y luego a
Tournay. Mientras tanto, los escoceses invadieron Inglaterra, para ser
decisivamente derrotados en Flodden. Su rey, Jacobo IV, pereció con su hijo
natural, Alejandro, arzobispo de San Andrés, discípulo de Erasmo y su compañero
de viaje por Italia.
Coronado
por la fama guerrera, Enrique VIII volvió en noviembre para enfrentarse con su
Parlamento. Erasmo no compartió la universal alegría y admiración
entusiástica206. «Estamos aquí rodeados por la peste, amenazados de
salteadores; bebemos vino del peor (porque no hay importación de Francia),
pero, ¡io triumphe!, ¡somos los conquistadores del mundo!».
Su aversión
profunda por el clamor de la guerra y todo lo que representa, estimuló las
facultades satíricas de Erasmo. Cierto es que aduló el orgullo nacional de
Inglaterra con un epigrama sobre la
A. 283.
147.
Colaboración
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derrota de
los franceses cerca de Guinegate207, pero luego ahondaba más. Recordaba cómo la
guerra había estorbado sus movimientos en Italia; cómo la entrada del papa
conquistador Julio II en Bolonia había ofendido sus sentimientos. «El sumo
sacerdote Julio emprende la guerra, conquista, triunfa, y representa
verdaderamente el papel de Julio (César)», había escrito entonces208 El papa
Julio, pensaba él, había sido causa de todas las guerras que se extendían más y
más por Europa209. Ahora el papa había muerto a comienzos del año 1513.
Y en el más
profundo secreto, en medio de su obra acerca del Nuevo Testamento y San
Jerónimo, Erasmo vengó en el papa guerrero la calamidad de aquel tiempo,
escribiendo la magistral sátira titulada Julius exclusus e coelis, en que el
papa aparece en toda su gloria delante de la puerta del Paraíso Celestial para
defender su causa y verse rechazado. El tema no era nuevo para él; porque, ¿no
había hecho algo parecido en la ingeniosa fábula de Caín, con la cual, un
tiempo, había regocijado un banquete en Oxford? Pero aquello había sido una
chanza inocente que sus piadosos comensales habían escuchado con placer. En
cuanto a la sátira acerca del papa difunto, muchos la hubieran escuchado
también con placer, pero Erasmo tenía que llevar cuidado en esto. La locura de
todo el mundo podía ser ridiculizada, pero no las tendencias mundanas del
LB. I. c.
1211.
A. 205. 38
A. 288. 82
Colaboración
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papa
recientemente fallecido. Por lo tanto, aunque él contribuyó a que circulasen
copias de su manuscrito, Erasmo hizo cuanto pudo el resto de su vida para
conservar su anónimo; y cuando la sátira fue universalmente conocida, y se hubo
publicado impresa, siempre negó cautelosamente ser suya; con todo, también puso
cuidado en decirlo en tales términos, que evitasen una negación formal. La
primera edición del Julius fue publicada en Basilea, no por Froben, editor
ordinario de Erasmo, sino por Cratander, probablemente en el año de 1518210.
La
necesidad que sentía Erasmo de protestar contra la guerra, no había quedado
satisfecha escribiendo el Julius. En marzo de 1514, no ya en Cambridge sino en
Londres, escribió una carta211 a su antiguo protector, el abad de Saint Bertin,
Antonio de Bergen, en la cual se extiende en atacar la locura de hacer la
guerra. ¡Ojalá se concluyese una paz entre los príncipes cristianos! Tal vez el
abad pudiera contribuir a esta realización usando de su influjo sobre el joven
Carlos V, y especialmente sobre su abuelo Maximiliano. Erasmo afirma con toda
franqueza que la guerra ha cambiado súbitamente el carácter de Inglaterra. A él
le agradaría volver a su país nativo si el príncipe quisiera procurarle los
medios para vivir allí en paz.
210 O. Clemen, Zentralblattt f. Bibliothekswesen
XI. p. 181. V. la nueva edición de W. K.
Ferguson,
Opuscula Erasmi, La Haya 1933, pág. 38-124.
A. 288.
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Es un hecho
digno de notar, y denota la auténtica ingenuidad de Erasmo, que no pueda menos
de mezclar sus intereses personales con su sincera indignación por las
atrocidades que deshonran a un hombre y a un cristiano. «La guerra ha cambiado
de pronto el carácter de esta isla. El coste de la vida aumenta día por día y
la generosidad decrece. Por falta de vino por poco me muero del mal de piedra,
que me viene del tomar malos alimentos. Estamos encerrados en esta isla más que
nunca, hasta el punto que ni las cartas salen para el extranjero».
Este fue el
primer escrito de Erasmo contra la guerra; lo desarrolló después del Dulce
bellum inexpertis, que fue insertado en los Adagia, edición de 1515, publicada
por Froben, y después impresa también por separado. Más adelante examinaremos
esta serie de ideas de Erasmo en conjunto.
Aunque el
verano de 1514 había de traer la paz entre Inglaterra y Francia, Erasmo ya
estaba resuelto a marcharse de Inglaterra212. Mandó sus baúles a Amberes, a su
amigo Pedro Gilles, y se preparó para irse a los Países Bajos después de una
corta visita a Mountjoy en el castillo de Hammes, cerca de Calais del que aquél
era alcaide. Poco antes de partir de Londres tuvo una curiosa entrevista con un
diplomático papal que trabajaba por la causa de la paz: el conde Canossa213, en
la casa de Amonio a orillas del Támesis. Amonio lo había hecho pasar por un
mercader. Después de la comida, el
A. 292. 13,
294.
LBE. no.
1239, c. 1458.
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italiano lo
sondeó acerca de su posible vuelta a Roma, donde él podría ser el primero en
lugar de vivir en una nación bárbara. Erasmo replicó que él vivía en una tierra
que contenía el mayor número de hombres doctos, entre los cuales se contentaría
con ocupar el más humilde lugar. Este cumplido fue su adiós a Inglaterra, que
tanto lo había favorecido. Pocos días después, en la primera mitad de julio de
1514, ya estaba al otro lado del Canal. En tres ocasiones más, hizo cortas
visitas a Inglaterra, pero ya no vivió más allí.
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Capítulo XI
Una
lumbrera de la teología
En camino
del buen éxito y la satisfacción. — Su prior le manda volver a Steyn. — Él se
niega a obedecer. — Primer viaje a Basilea: 1514-1516. — Cordial acogida en
Alemania. — Juan Froben. — Ediciones de San Jerónimo y el Nuevo Testamento. —
Consejero del príncipe Carlos: Instituito Principis Christiani, 1515. —
Dispensa definitiva de los votos monásticos: 1517. — Fama. — Erasmo, centro
espiritual. — Su correspondencia. — El arte de escribir cartas. — Sus peligros.
— Una era gloriosa en ciernes.
Erasmo,
según su costumbre, había envuelto en misterio su partida de Inglaterra. Se
decía que iba a Roma a cumplir una promesa. Probablemente había ya determinado
probar fortuna en los Países Bajos; no en Holanda, sino en las cercanías de la
Corte principesca en Brabante. El principal objeto de su viaje, sin embargo,
era el taller de imprenta de Froben en Basilea, para inspeccionar personalmente
la publicación de numerosas obras, antiguas y nuevas, que llevaba con él; entre
ellas, el material para su labor preferida, el Nuevo Testamento y San Jerónimo,
con la cual esperaba efectuar la restauración de la teología, que tanto tiempo
había considerado como la obra de su vida. Fácil es imaginar su ansiedad
cuando, durante la travesía, descubrió que su valija, que contenía los
manuscritos, había sido llevada a bordo de otro navío.
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La pérdida
del trabajo de tantos años lo desesperó; tan grande fue su pena, escribe, como
sólo pueden experimentarla los padres por la pérdida de sus hijos214.
Sin
embargo, con gran contento suyo, halló sus manuscritos a salvo al otro lado del
canal. Se alojó en el castillo de Hammes, cerca de Calais, como huésped de
Mountjoy. Allí, el 7 de julio recibió una carta fechada el 18 de abril, de su
superior el prior de Steyn, su antiguo amigo Servacio Rogero, ordenándole que
volviese al monasterio después de tantos años de ausencia. La carta ya había
estado en manos de más de una persona entremetida antes que llegase a él por
pura casualidad.
Fue un
golpe terrible que se le asestaba en medio de su camino hacia el cumplimiento
de sus más altas aspiraciones. Erasmo se tomó un día para pensarlo y luego
envió una negativa215. Escribió una carta a su antiguo amigo, a quien siempre
se había dirigido con los más serios acentos de su ser, con el intento de
redactar una justificación, la cual era en realidad una meditación, mucho más
profunda y más sincera que aquella que en un momento decisivo de su vida había
inspirado su Carmen Alpestre.
Pone a Dios
por testigo de que se propone seguir la más pura inspiración de su vida. Pero
¡volver al monasterio!… Recuerda a Servacio las circunstancias en que había
entrado allí, como vivían en su memoria; las presiones de sus parientes, su
falsa modestia.
A. 295. 10
A. 296
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Le declara
cómo la vida monástica había perjudicado su modo de ser; cómo había ofendido su
amor a la libertad; qué detrimento había causado a su delicada salud, la cual
apenas había recobrado. ¿Es que había llevado mala vida en el mundo? La
literatura lo había apartado de muchos vicios. Su inquieta vida no podía
redundar en su deshonor y, aunque con timidez, se atrevía a apelar a los
ejemplos de Solón, Pitágoras, San Pablo, y su preferido San Jerónimo. ¿No había
ganado por todas partes el agradecimiento de sus amigos y protectores? Los
enumera: cardenales, arzobispos, obispos, Mountjoy, las universidades de Oxford
y Cambridge, y, finalmente, Juan Colet. Por otra parte, ¿había que objetar algo
a sus obras, el Enchiridion, los Adagia? (No mentaba la Moria). Lo mejor de su
obra quedaba por hacer: San Jerónimo y el Nuevo Testamento. La circunstancia de
que, desde su estancia en Italia, hubiese renunciado al hábito de su orden,
llevando un traje corriente de sacerdote, podía disculparla por una porción de
motivos216.
La
conclusión era ésta: No volveré a Holanda. «Yo sé que no podría resistir el
aire y la comida de ahí; además, se fijarían en mí todas las miradas. Yo
volvería a la patria como un viejo canoso que la dejó en su juventud; volvería
hecho un valetudinario; me vería expuesto al desprecio hasta de los más bajos,
yo, que estoy acostumbrado a ser
216 Entre
otros, el peligro que corrió en Bolonia, donde las insignias que él llevaba
eran consideradas como propias de un médico de la peste. A. no. IV. 112, t. I.
pág. 59, 296. 171, 447. 471 ss.
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honrado por
los más altos». «No es posible, —concluye—, hablar francamente en una carta.
Ahora me voy a Basilea y de allí a Roma, tal vez; pero a mi regreso procuraré
ir a visitaros… Me he enterado por medio de Sasboud y su mujer de las muertes
de Guillermo, Francisco y Andrés (sus antiguos amigos holandeses)217. Saludad
en mi nombre al maestro Enrique y a los demás que viven con vos; estoy
dispuesto hacia ellos como me corresponde. Pues aquellas antiguas tragedias,
las atribuyo a mis errores, o si vos queréis a mi hado. No dejéis de
encomendarme a Cristo en vuestras oraciones. Si yo tuviera la seguridad de que
fuese agradable para Él que yo me volviese a vivir con vos, dispondría hoy
mismo mi viaje. Adiós, mi antiguo y más querido amigo, y ahora mi venerable
padre».
Con esta
negativa, Erasmo obedecía a su propio espíritu, a sus convicciones más
profundas y a la consciencia de su valer. Estaba llamado a ocupar un puesto más
brillante que la tranquila y retirada celda de su convento en Gouda. Pero,
además, junto a estos motivos principales e inmediatos, movían a Erasmo otros
estímulos, inveterados en su alma, de repugnancia y de vergüenza.
****
Luego de
cruzar los Países Bajos del sur, donde visitó a varios amigos y protectores y
renovó sus relaciones con la universidad de Lovaina, Erasmo se dirigió hacia el
Rin, y llegó a Basilea en la
217
Guillermo Hermans, su viejo amigo y colega escritor, muerto en 1510; Francisco
Dirks, véase A. 10, 12, 14; Andrés, desconocido. Sasboud es el amigo en unión
del cual Erasmo había pintado, véase A. 16. El maestro Enrique, véase A. 83.
76, 95. 8, 190.
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segunda
mitad de agosto de 1514. Allí lo esperaban los goces de la celebridad como
todavía no los había gustado. Los humanistas alemanes lo saludaron como la luz
del mundo, en cartas, recepciones y banquetes. Eran más solemnes y entusiastas
de lo que habían parecido a Erasmo los escritores de Francia, Inglaterra e
Italia, para no decir nada de sus compatriotas; y lo aplaudían insistiendo en
que él también era un alemán y un ornamento de Alemania. En su primer encuentro
con Froben, Erasmo se complugo en un jocoso engaño: dijo ser un amigo y agente
de sí mismo, para poder disfrutar plenamente del gozo de ser reconocido218. El
ambiente germano se adaptaba a su carácter: «Mi Alemania, la cual para pesar
mío y vergüenza he conocido tan tarde219».
Pronto la
obra por la que él había ido allí estuvo en plena marcha. Una vez más se
hallaba en su elemento, como lo había estado en Venecia seis años antes:
trabajando de firme en un vasto taller de imprenta, rodeado de escritores que
lo colmaban de homenajes y agasajos en los raros momentos de ocio que él se
permitía. «¡Vivo en la más agradable Academia! ¡Cuántos hombres de saber y qué
ciencia excepcional la suya!»220.
Algunas
traducciones de las obras menores de Plutarco fueron publicadas por Froben en
agosto. Los Adagia pasaron de nuevo a las prensas con correcciones y adiciones,
y con el prefacio que al
A. 305.
188.
A. 305.
216.
A. 364. 8.
Colaboración
de Sergio Barros 150 Preparado por Patricio Barros
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principio
había ido destinado a Badio. Al mismo tiempo, Dirck Maertensz, en Lovaina,
trabajaba también para Erasmo, quien, de paso por la ciudad, le había entregado
una colección de textos latinos fáciles; también Matías Schürer, en
Estrasburgo, estaba preparando las Parabolae sive Similia para él. Con Froben,
además, se había comprometido para un Séneca, que se publicó en 1515 junto con
una obra de Sintaxis latina. Pero San Jerónimo y el Nuevo Testamento
continuaban siendo su principal ocupación.
Las obras
de San Jerónimo habían sido el amor temprano de Erasmo en su primera juventud,
especialmente sus cartas. El plan para preparar una edición correcta del gran
Padre de la Iglesia fue concebido en 1500, si no antes, y había estado
trabajando en él desde entonces a intervalos. En 1513 escribe a Amonio221[: «Mi
entusiasmo para enmendar y anotar a San Jerónimo es tal, que me parece estar
inspirado por algún dios. Lo he corregido ya casi por entero colacionando
muchos manuscritos antiguos. Y esto me cuesta un gasto increíble».
En 1512
negoció con Badio acerca de una edición de las cartas de San Jerónimo.
Entonces, el socio de Froben, Juan Amerbach, que murió antes de la llegada de
Erasmo, estaba planeando desde hacía muchos años una edición de San Jerónimo.
Varios literatos, Reuchlin entre otros, habían ayudado la empresa, cuando
Erasmo se ofreció con su material. Se convirtió en el verdadero editor. De las
A. 273. 14.
Colaboración
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nueve
partes en que Froben publicó la obra en 1516, las cuatro primeras contenían la
edición de Erasmo de las cartas de San Jerónimo; las demás habían sido
corregidas por él y provistas de prefacios suyos222.
Su obra
acerca del Nuevo Testamento estaba, si era posible, aún más cerca de su
corazón. A medida que se completaba, había ido cambiando de carácter. Desde la
época en que las Annotationes de Valla habían dirigido su atención a la crítica
textual de la Vulgata, Erasmo, probablemente, durante su segunda estancia en
Inglaterra de 1505 a 1506, a instancias de Colet223, había hecho una nueva
traducción del Nuevo Testamento, del original griego, traducción que difería
mucho de la Vulgata. Eran pocos, además de Colet, los que la habían visto. Más
tarde, Erasmo comprendió ser necesario publicar también una nueva edición del
texto griego con sus notas. Acerca de esto había hecho un arreglo provisional
con Froben, poco después de su llegada a Basilea. Más tarde consideró que
hubiera sido mejor imprimirlo en Italia, y estuvo a punto de ir allí, cuando,
tal vez convencido por nuevas ofertas de Froben, cambió de pronto su plan de
viaje, y en la primavera de 1515 hizo una breve excursión a Inglaterra;
probablemente, entre otras razones, con el fin de asegurarse una copia de su
traducción del Nuevo Testamento, que había dejado allí. Aquel verano ya estuvo
de vuelta en Basilea y
A. 396.
(N. ED.: esta nota no aparece posicionada en el texto original, se recurre al
texto en neerlandés para hacerlo)
A. 384
Colaboración
de Sergio Barros 152 Preparado por Patricio Barros
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reanudó el
trabajo en el taller de Froben. A comienzos de 1516 se publicó el Novum
Instrumentum, que contenía el texto griego depurado, con notas, junto con una
traducción latina en la cual Erasmo había suavizado algunas desviaciones
demasiado considerables de la Vulgata.
Desde el
momento en que se publicaron dos obras teológicas tan importantes y, en cuanto
a la segunda sobre todo, tan atrevidas, como San Jerónimo y el Nuevo
Testamento, podemos decir que se convirtió Erasmo en el centro del estudio
científico de la teología, como ya era al mismo tiempo el centro y la piedra de
toque de la erudición clásica y del buen gusto literario. Su autoridad crecía
constantemente en todos los países, y su correspondencia se aumentó por modo
prodigioso.
Pero
mientras se realizaba su pleno desarrollo intelectual, su situación financiera
no quedaba asegurada. Los años de 1515 a 1517 cuentan entre los más angustiosos
de su vida; todavía está aguardando de continuo la menor ocasión que se le
presente: una canonjía en Tournay, una prebenda en Inglaterra, o un obispado en
Sicilia; siempre manifestando medio jocosamente su pesar por las buenas
ocasiones que se había dejado perder en otros tiempos, y chanceando acerca de
su prosecución de la fortuna; lamentándose de su «esposa la execrable pobreza,
que todavía no he podido sacudirme de mis espaldas224». Y bien mirado, siempre
más víctima
A. 333. 45,
451, 421. 128.
Colaboración
de Sergio Barros 153 Preparado por Patricio Barros
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de su
desasosiego que del desfavor del hado. Ahora tiene cincuenta años y todavía
está, como él dice, «sembrando sin saber lo que recogerá225». Esto, desde
luego, sólo se refiere a su carrera, pero no a su obra.
En el curso
del año 1515, un nuevo y prometedor patrón, Juan le Sauvage, canciller de
Brabante, había conseguido procurarle el título de consejero del príncipe, el
joven Carlos V. A comienzos de 1516 recibió el nombramiento; era un mero título
de honor, que prometía una pensión anual de 200 florines, la cual, sin embargo,
le fue pagada con escasa regularidad. Para habilitarse como consejero del
príncipe, Erasmo escribió la Institutio Principis Christiani226, tratado acerca
de la educación de un príncipe, que, de acuerdo con la naturaleza y la
inclinación de Erasmo, versaba más acerca de materias morales que políticas, y
mostraba viva oposición con otra obra, escrita un par de años antes: El
Príncipe, de Maquiavelo.
Cuando se
terminó su obra en Basilea, en la primavera de 1516, Erasmo hizo un viaje a los
Países Bajos. En Bruselas encontró al canciller, quien, como adición a la
pensión del príncipe, le procuró una prebenda en Courtray, que, como el
beneficio inglés mencionado más arriba, fue concertada con pagos en moneda. En
Amberes vivía uno de los grandes amigos que ayudaron a su sostén toda la vida:
Pedro Gilles, el joven secretario del Ayuntamiento, en cuya casa se alojó
siempre que fue a la ciudad. Pedro Gilles es el
A. 524. 21.
LB. IV.
1703, cf. A. 393.
Colaboración
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que figura
en la Utopía de Moro como el personaje en cuyo jardín cuenta el marinero sus
aventuras; por aquellos días fue cuando Gilles ayudó a Dirck Maertensz, en
Lovaina, a imprimir la primera edición de la Utopía. Más tarde, Quintín Metsys
había de retratarlos a él y a Erasmo, juntos en un díptico; un regalo para
Tomás Moro, y para nosotros el vivido recuerdo de una de las cosas mejores que
jamás conociera Erasmo: aquella triple amistad.
En verano
de 1516, Erasmo hizo otra breve excursión a Inglaterra. Se alojó en casa de
Moro, visitó de nuevo a Colet, y también a Warham, Fisher y otros amigos; pero
no era a visitar a los antiguos amigos a lo que había ido allí: un asunto
urgente y delicado lo impelía. Ahora, cuando las prebendas y las dignidades de
la iglesia comenzaban a ofrecérsele, era más urgente que nunca que los
impedimentos en el camino de una libre carrera eclesiástica se pudiesen obviar
de manera que durase. Iba provisto de una dispensa del papa Julio II
autorizándolo para aceptar prebendas inglesas227, y otra eximiéndolo de la
obligación de llevar el hábito de su orden. Pero ambas eran de alcance
limitado, insuficiente. La ardiente impaciencia con que condujo aquel asunto de
su definitiva separación de la orden, hace probable que, como supone el doctor
Allen228, la amenaza de ser llamado de nuevo a Steyn, desde su negativa a
Servacio en 1514, se hubiera cernido sobre su cabeza. No había cosa que él
temiese y detestase más.
A. t. III.
p. XXIX
A. t. II.
p. 292.
Colaboración
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Con su
amigo Amonio redactó en Londres una muy trabajada Memoria, dirigida a la
cancillería apostólica, donde cuenta la historia de su vida como si fuese la de
cierto Florencio; su casi forzosa entrada en el monasterio, los disgustos que
le había causado la vida monástica, las circunstancias que lo habían inducido a
quitarse el hábito de fraile. Es una apología, apasionada, patética, y ornada.
Aquella carta, tal como ha llegado a nosotros, no contiene ninguna petición
directa229. En un apéndice cifrado, cuya clave mandó escrita con tinta
simpática en otra carta, se suplicaba a la cancillería que obviase los
impedimentos que el nacimiento ilegítimo de Erasmo opusiese a su promoción. El
destinatario de la carta, Lamberto Grunio, era muy probablemente un personaje
imaginario230, tantos misterios solía poner en práctica Erasmo cuando le iban
en ello sus intereses personales.
El obispo
de Worcester, Silvestre Gigli, que estaba a punto de partir para el Concilio
Laterano como enviado de Inglaterra, se encargó de entregar la carta y defender
la causa de Erasmo. Mientras tanto, Erasmo, a fines de agosto había vuelto a
los Países Bajos y estaba esperando lleno de ansiedad el resultado de sus
buenos oficios. El asunto quedó por fin resuelto en enero de 1517. En dos
cartas231 que llevan la firma de Sadoleto, León X perdonaba a Erasmo sus
A. 447.
El nombre
Grunio puede haber sido tomado de las epístolas de San Jerónimo, donde figura
como apodo de cierto Rufino, a quien San Jerónimo tenía mucha antipatía.
Aparece de nuevo en una carta del 5 de marzo de 1531, LB. X 1590 A., sin que
resulte posible su identificación. Grunnius significa propiamente «gruñón, —e.
e—. cerdo»
A. 517,
518.
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transgresiones
a la ley eclesiástica, lo relevaba de la obligación de vestir el hábito de su
orden, le permitía vivir en el mundo, y lo autorizaba para disfrutar beneficios
eclesiásticos a pesar de los impedimentos que pudieran derivarse de la
ilegitimidad de su nacimiento.
Tanto había
podido conseguir ya su celebridad. El papa había aceptado además la dedicatoria
de la edición del Nuevo Testamento, y, por medio de Sadoleto, se había
expresado en muy lisonjeros términos acerca de la obra de Erasmo en general232.
Hasta Roma parecía fomentar sus esfuerzos en todos respectos.
Entonces
pensó Erasmo en establecerse permanentemente en los Países Bajos, a lo cual
todo parecía inducirlo. Lo vaina parecía su más apropiada residencia, por ser
el centro de estudios donde había pasado él dos años anteriormente. Pero
Lovaina no lo atraía. Era el baluarte de la teología conservadora. Martín van
Dorp, de Naaldwijk, holandés como Erasmo, y profesor de teología en Lovaina, el
año de 1514, en nombre de su facultad, había reprendido a Erasmo en una carta,
por la audacia del Elogio de la Locura233, por sus burlas contra los teólogos y
también por su temeridad al querer corregir el texto del Nuevo Testamento.
Erasmo se había defendido circunstanciadamente234. Al presente, aquella batalla
se había empeñado en un campo mucho más vasto: por o
A. 338.
A. 304
A. 337.
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contra
Reuchlin, el erudito hebraísta, en favor de quien los autores de las Epistolae
obscurorum virorum habían entrado en la lucha de modo tan sensacional. En
Lovaina vieron llegar a Erasmo con la misma suspicacia con que él desconfiaba
de Dorp y los demás teólogos lovanienses.
Vivió
durante el resto del año 1516 y la primera mitad del 1517 en Amberes, Bruselas
y Gante, a menudo en casa de Pedro Gilles. En febrero de 1517, le llegaron
tentadoras ofertas de Francia: Budeo, el gran experto en la lengua griega y el
derecho romano; Guillermo Cop, su antiguo amigo; Esteban Poncher, obispo de
París, le escribieron que el rey, el joven Francisco I, le obsequiaría con una
generosa prebenda si él quisiese ir a París. Erasmo, como siempre cauteloso a
la idea de vivir sujeto, se limitó a escribir corteses respuestas evasivas, y
no fue.
****
En el
ínterin recibió las nuevas de la dispensa papal235. En conexión con esto había
visitado una vez más Inglaterra, sin soñar siquiera que aquélla había de ser la
última vez que pondría el pie en suelo británico.
En la
residencia de Amonio en la Capilla de San Esteban, en Westminster, el 9 de
abril de 1517 tuvo efecto la ceremonia de la dispensa, librando a Erasmo para
siempre de la pesadilla que lo había angustiado desde su juventud. ¡Estaba
libre!
A. 552, 566
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Ahora
recibía invitaciones y halagüeñas promesas de todas partes236. Mountjoy y
Wolsey le hablaban de altos honores eclesiásticos que lo esperaban en
Inglaterra. Budeo continuaba instándolo para que fuese a Francia. El cardenal
Cisneros quería agregarlo a la Universidad de Alcalá. El duque de Sajonia le
ofreció una cátedra en Leipzig. Pirkheimer le encomiaba las excelencias de la
libre ciudad imperial de Nüremberg. Erasmo, mientras tanto, abrumado de nuevo
por la tarea de escribir y editar, según su costumbre no declinaba de manera
decisiva todas aquellas ofertas; pero tampoco aceptaba ninguna. Procuraba
conservar su iniciativa en todos aquellos casos.
A comienzos
del verano de 1517, le propusieron que acompañase la corte del joven Carlos,
que estaba a punto de salir de los Países Bajos para España. Pero declinó
también. Su partida para España hubiera significado para él una larga
interrupción de su inmediato contacto con los grandes centros editoriales:
Basilea, Lovaina, Estrasburgo, París; y esto, a su vez, hubiera significado un
retraso en su vital trabajo. Cuando a comienzos de julio salía el príncipe para
Middelburgo con objeto de embarcarse allí para España, Erasmo se ponía en
camino de Lovaina.
Estaba,
pues, predestinado a ir a aquel ambiente universitario, aunque le desagradaba
por muchos motivos. Allí habría de cumplir deberes académicos. Allí los jóvenes
latinistas lo perseguirían para
A. 582. 6,
559.
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que les
corrigiese sus poemas y cartas. Allí todos aquellos teólogos,
quienes
había desacreditado, lo vigilarían estrictamente237. Pero aquello había de ser
sólo por unos meses. «Me he venido a Lovaina,
—escribe al
arzobispo de Canterbury238—, hasta que decida qué residencia es la más
apropiada para la vejez, la cual está llamando importunamente a la puerta».
Del modo
como anduvieron los acontecimientos, hubo de pasar cuatro años (1517-1521) en
Lovaina. Su vida se iba haciendo ahora estacionaria más por causa de las
circunstancias exteriores que por interior sosiego. Estuvo cavilando todos
aquellos años acerca de si se iría a Inglaterra, a Alemania o a Francia,
esperando que por fin hallaría la brillante posición que siempre había
codiciado y nunca había sido capaz o no había tenido voluntad para asirla.
Los años de
1516-1518 pueden llamarse de culminación para la carrera de Erasmo.
Muchedumbres que lo aclamaban lo rodeaban más cada vez. ¡Los espíritus de los
hombres, al parecer, estaban preparados para algo grande que había de ocurrir y
miraban a Erasmo como al hombre que había de traerlo! En Bruselas estaba de
continuo incomodado por las visitas de españoles, italianos y alemanes que
querían luego alabarse de sus entrevistas con él. La verbosa solemnidad de los
españoles le era molesta239. Pero los más exuberantes de todos eran los elogios
con que los humanistas
A. 475. 15
ss.
A. 596,
527. 25, 694. 13
A. 545. 15.
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germanos lo
saludaban en sus cartas. Aquello había comenzado ya en su primer viaje a
Basilea en 1514. «El grande hombre de Rotterdam», «ornamento de Alemania»,
«honor del mundo», eran algunas de sus más sencillas efusiones. Los concejos lo
agasajaban; los regalos de vino y los banquetes públicos eran cosa corriente.
Nadie se expresa tan hiperbólicamente como el jurista Ulrico Zasio de
Friburgo240. «Me señalan en público, —afirma—, como hombre que ha recibido una
carta de Erasmo». «Tres veces gran héroe, gran Júpiter, —es uno de sus
moderados apostrofes—. Suiza», escribe Zuinglio en 1516, «tiene a gran gloria
el haber visto a Erasmo241». «Yo no conozco ni enseno ahora más que a Erasmo»,
escribe Wolfgang Capito242. Ulrico von Hutten y Enrique Glareano se colocan
junto a Erasmo como Alcibíades junto a Sócrates243. Luis Ber, ilustre teólogo
de Basilea, se ofrece para hacer por él cuanto pueda244. Y Beato Renano le
consagra toda una vida de ardiente admiración y de ayuda que había de demostrar
ser más valiosa que todos aquellos exuberantes panegíricos. Hay un elemento de
exaltación nacional en aquel entusiasmo de los alemanes por Erasmo; es la
manera violentamente impulsiva en que no tardaría en expresarse la palabra de
Lutero.
A. 303. 13,
304. 1, 310. 1. 13. 31, 317, 319.
A. 401.
A. 459
A. 365 y
463.
A. 582.
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Las demás
naciones convenían en alabarle, aunque ello fue más tarde y con más moderación.
Colet y Tunstall le prometieron la inmortalidad. Esteban Poncher lo exalta por
encima de los más celebrados humanistas italianos, Germán de Brie declara que
los eruditos franceses leen a Erasmo con exclusión de todos los demás autores;
y Budeo anuncia que por toda la cristiandad occidental resuena su nombre245.
Este auge
de su gloria se manifestó de maneras distintas. Casi cada año se difundía el
rumor de su muerte, malévolamente según piensa él246. Además, se le atribuían
toda clase de escritos en que él no tenía la menor parte, entre otros las
Epistolae obscurorum virorum.
Se veía
obsequiado por todas partes —con agasajos a veces singulares—, y le ofrecían
tantos banquetes, que de no renunciar a ellos hubieran puesto en peligro su
vida247.
Pero sobre
todo, su correspondencia creció inmensamente. Ya había pasado con mucho el
tiempo en que pedía a Moro que le procurase más corresponsales248. Ahora
llovían sobre él las cartas de todas partes, suplicándole respuesta. Un antiguo
discípulo suyo se lamenta con lágrimas en los ojos de no poder mostrar ni una
nota escrita por Erasmo249. Hay eruditos que piden respetuosamente a amigos de
Erasmo una presentación antes de atreverse a dirigirse a
A. 423. 47,
663. 111, 569. 87. 215, 810. 302.
A. 868. 18,
854, 1518.
A. no. IV.
intr. t. I. p. 56, 341, p. 118, 581. 13.
A. 114. 11.
A. 503.
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él250. A
este respecto, Erasmo fue un hombre de heroica benevolencia, y procuró
contestar cuanto pudo, aunque estaba tan agobiado por las cartas que recibía
diariamente que apenas le quedaba tiempo para leerlas. «Si no contesto pareceré
descortés», decía Erasmo; y el pensar que por tal pudieran tomarlo se le hacía
intolerable251. Debemos tener presente que el escribir cartas, por aquel
tiempo, ocupaba más o menos el lugar de los periódicos en el día de hoy, o
mejor dicho de las revistas literarias, que deben directamente su origen a la
correspondencia erudita. Fue en realidad un arte, como en la antigüedad, la
cual fue imitada a este respecto mejor y con mayor provecho tal vez que en
cualquier otra esfera. Aun antes de 1500, Erasmo, hallándose en París, había
dedicado a este arte su tratado De conscribendis epistolis252, que había de
publicarse impreso en 1522. Por regla general se escribían cartas, pensando en
su ulterior publicación, para un círculo más vasto de lectores o, en todo caso,
con la certidumbre de que el que las recibía enseñaría la carta a otros. Una
carta exquisita en latín era una joya, que un hombre envidiaba a su vecino.
Erasmo escribe a Budeo: «Tunstall me arrebató vuestra carta y la leyó tres o
cuatro veces seguidas, y hube de quitársela de las manos materialmente a
pedazos, para poder recuperarla253».
A. 810.
450.
A. 873,
948. 236, 952. 13, 983. 2, 944. 25.
A. 71.
A. 531, 11.
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Por
desdicha, el hado no siempre ha tomado en consideración las intenciones de
publicidad o semi publicidad o estricto secreto por parte de los autores. A
menudo las cartas pasaban por muchas manos antes de llegar a las de su
destinatario, como le ocurrió a la carta de Servacio a Erasmo en 1514254.
«Tened cuidado con las cartas, —escribe más de una vez—, porque siempre hay
espías al acecho para interceptarlas255». Y a pesar de ello, con la curiosa
precipitación que lo caracteriza, Erasmo fue a menudo descuidado para todo lo
que escribía. Desde muy temprana edad había guardado y cuidado mucho sus
cartas; pero en medio de su vida viajera, muchas se perdieron256. No podía
vigilar su publicación. Ya en 1509 un amigo le envió un volumen de cartas
escritas de propia mano de Erasmo, que había librado de ser vendido en Roma257.
Erasmo lo quemó enseguida. Desde 1515 él mismo inspeccionó la publicación de
sus cartas; primero sólo de unas cuantas importantes; más tarde, en 1516, una
selección de cartas dirigidas a él por varios amigos; y después de esto
colecciones más numerosas hasta que, al final de su vida, se publicaba una
colección casi cada año. No había cosa que se pidiera más en el mercado librero
que las cartas de Erasmo; y no es maravilla. Eran modelos de estilo excelente,
de exquisito latín, ingeniosa expresión, y erudición elegante.
A. 719. 9.
A. 931. 5,
934. 4
A. 186,
655, 896, 906. 568, 1206, t. I. ap. VIL p. 593.
A. 216.
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El carácter
semipúblico semiprivado de las cartas, a veces las hacía comprometedoras. Lo
que se le podía decir a un amigo en confianza, podía convertirse en ofensa
cuando lo leían muchos. Erasmo, que nunca se daba cuenta del modo injurioso con
que se expresaba, dio origen con frecuencia a malas interpretaciones y
desavenencias. Los buenos modales, por decirlo así, no se habían adaptado aún
al nuevo arte de imprimir que aumentaba la publicidad de la palabra escrita
millares de veces. Sólo gradualmente, por esta nueva influencia, se efectuó la
separación entre la palabra pública, escrita para la prensa, y la comunicación
privada que permanece escrita y es leída sólo por el que la recibe.
Mientras
tanto, con el acrecimiento de la celebridad de Erasmo, también sus primeros
escritos salieron a la pública estimación. El gran éxito del Enchiridion
militis christiani había comenzado hacia 1515, cuando los tiempos estaban mucho
más propicios para él que once años antes. «La Moria es acogida como la mayor
cordura», le escribe Juan Watson en 1516258. En el mismo año encontramos una
palabra escrita por primera vez, que expresa mejor que nada hasta qué punto
había llegado Erasmo a ser un centro de autoridad: Erasmiani. Así se llaman sus
amigos alemanes, según dice Juan Sápido259. Más de un año después, el doctor
Juan Eck todavía emplea la palabra en sentido bastante favorable, como término
A. 450. 15
A. 399. 12.
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corriente:
«Todos los escritores de Alemania son erasmianos260, — dice. Pero a Erasmo no
le agradaba aquella palabra—. Yo no hallo nada en mí», replica, «para que nadie
pueda desear ser un erásmico y, rotundamente, odio esos nombres partidistas.
Todos somos seguidores de Cristo, y para su gloria debemos afanarnos todos,
cada cual por su parte261». Pero él sabe que ahora, de lo que se trata es de
esto: ¡por él o contra él262!. De ser el brillante latinista y hombre de
ingenio de su primera época, había pasado a convertirse en el centro de
rotación internacional del que dependía la civilización de su época. Él no
podía menos de comenzar a sentirse como cerebro, corazón y conciencia de su
época. Y aun debió de comprender que estaba llamado a pronunciar la gran
palabra redentora o, tal vez, que la había pronunciado ya. La fe en un fácil
triunfo del puro saber y humildad cristiana en un cercano porvenir, se expresa
en el prefacio a la edición del Nuevo Testamento por Erasmo.
¡Cuán claro
parecía el porvenir por aquellos años! En aquel período Erasmo vuelve
repetidamente al alegre motivo de una edad de oro que está a punto de
alborear263. La paz perpetua está a las puertas. Los más altos príncipes del
mundo, Francisco I de Francia, Carlos, rey de España, Enrique VIII de
Inglaterra y el emperador Maximiliano, habían asegurado la paz con los más
fuertes vínculos.
A. 769. 24.
33. 93.
A. 844.
169.
A. 876. 10.
A. 384. 33,
428, 533, 534. 61.
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La rectitud
y la piedad cristianas iban a florecer juntas con el renacimiento de las letras
y las ciencias. A una señal dada, las más poderosas mentes se unirían para
restaurar un elevado patrón de cultura. «Podemos felicitarnos de nuestra edad:
será una edad de oro264]».
Pero Erasmo
no habla mucho tiempo en este tono. Se le oye por última vez en 1519; después,
el sueño de la felicidad universal que está a punto de alborear, cede el lugar
a la sólita queja acerca de lo malos que están los tiempos, y que puede oírse
por todas partes.
A. 541. 29
ss., 542, 566. 34, 642. 6, 643, 862, 966. 39, 967. 36
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Capítulo
XII
El espíritu
de Erasmo, I
El espíritu
de Erasmo: tendencias morales y estéticas. Aversión a todo lo irracional, necio
y pesado. — La visión de la antigüedad penetrada por la fe cristiana. —
Renacimiento de las buenas letras. — La vida ideal de serena armonía y feliz
sabiduría. — Amor de lo decoroso y pulcro. — Su talento no es filosófico ni
histórico sino acentuadamente filológico y moralista. — Libertad, claridad,
pureza, sencillez. — Fe en la naturaleza. — Ideas educativas y sociales.
Qué hizo
Erasmo, el hombre de quien sus contemporáneos esperaban salvación, de cuyos
labios estaban pendientes, para captar la palabra liberadora? Les parecía el
portador de una nueva libertad del espíritu, una nueva claridad, pureza y
sencillez del conocimiento, una nueva armonía de sano y recto vivir. Era para
ellos como el posesor de una riqueza acabada de descubrir, nunca dicha, y que
no tenía él más que distribuir.
¿Y qué
había en el espíritu del grande hombre de Rotterdam que tanto prometía al
mundo?
El aspecto
negativo del espíritu de Erasmo puede ser definido como una cordial aversión a
todo lo que es irrazonable, insípido, puramente formal, con lo cual el no
estorbado crecimiento de la cultura medieval había sobrecargado y atestado el
mundo del
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pensamiento.
En cuanto piensa en los ridículos libros de texto con que el latín era enseñado
en su juventud265, la repulsión se alza en su espíritu, execra los
Mammetrectus, Brachylogus, Ebrardus, y todos los demás, como un montón de
basura que es necesario barrer. Pero su aversión a lo anticuado que se ha
vuelto inútil y vacío, se extendía a mucho más. Encontraba la sociedad, y
especialmente la vida religiosa, llena de prácticas, ceremonias, tradiciones y
concepciones, de las cuales el espíritu parecía haber huido. No las rechaza sin
más ni más, ni totalmente; lo que lo subleva es que sean tan a menudo
practicadas sin comprensión y recto sentido. Pero para su espíritu susceptible
en alto grado para lo necio y ridículo, y con su exquisita necesidad de elevado
decoro y dignidad interior, toda aquella esfera de ceremonias y tradiciones se
despliega como una inútil, es más, ofensiva escena de humana estupidez y
egoísmo. Y, como buen intelectualista, con su desprecio por la ignorancia,
parece no advertir siquiera que todas aquellas observancias religiosas, después
de todo pueden contener valiosos sentimientos de inexpresada, no formulada
piedad.
Por sus
tratados, sus cartas, sus Coloquios especialmente, siempre pasa, como si uno
estuviera mirando una galería de pinturas de Breughel, una procesión de
religiosos ignorantes y codiciosos que con su hipocresía y fraude se proponen
embaucar a una muchedumbre de buena fe, y pasarlo ellos espléndidamente. Como
265 Sobre
esos libros de texto véase Allen, The Age of Erasmus, capítulo primero.
Colaboración
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tema fijo
(estos temas son numerosos en Erasmo) siempre se repite su burla contra la
superstición de que una persona pueda ser salvada únicamente por morir con el
hábito de un franciscano o de un dominicano266.
El ayuno,
las oraciones prescritas, la observancia de las fiestas de guardar no deben,
según su opinión, ser en todo caso descuidadas; pero se hacen desagradables
para Dios cuando ponemos nuestra confianza en ellas y olvidamos la caridad267.
Lo mismo se diga en cuanto a la confesión, las indulgencias y toda clase de
cultos. Para él las peregrinaciones no tienen valor. La adoración de los santos
y de sus reliquias suelen parecerle llenas de supersticiones y desatinos. Hay
personas que piensan que se librarán de desastres durante el día con sólo haber
mirado por la mañana una imagen pintada de San Cristóbal. «Besamos los zapatos
de los santos y aun sus pañuelos sucios, y dejamos descuidados sus libros, que
son sus más santas y eficaces reliquias.»268.
La
repugnancia de Erasmo por lo que parecía anticuado y gastado en su tiempo, va
más lejos todavía. Abarcaba todo el conjunto de la teología y de la filosofía
medieval. En el sistema silogístico hallaba sólo sutileza y árida ingeniosidad.
Todo simbolismo y alegoría le eran fundamentalmente extraños e indiferentes,
aunque de vez en
P. ej.
Coll. LB. I. 633 B, 858 A, 870 D, Ratio LB. V. 136 D, Lingua LB. IV. 716 C.
Moria p.
40, 79, Coll. LB. I. 640 AB, Exomologesis LB. V. 161 E, A. 916. 119, Rallo
LB. V. 89 AB.
A. 396. 64
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cuando
probase su maña en hacer alguno; además, nunca sintió inclinaciones místicas.
Ahora bien,
lo que le hacía incapaz de apreciar todo esto eran, precisamente, tanto las
deficiencias de su propio espíritu como las cualidades de aquel sistema.
Mientras atacaba el abuso de las ceremonias y las prácticas religiosas, las
supersticiones y la santurronería, con noble indignación, como en el
Enchiridion, o bien intencionada burla, como en los Colloquia, alcanzaba un
fácil triunfo. Pero cuando rechaza de plano toda la teología escolástica ya no
pisa terreno firme; pues ni la penetra, ni acierta a comprenderla; y ello,
desde luego, no le otorga ningún derecho para condenarla con altiva ironía.
Resultaba demasiado fácil hablar con sarcasmo de los teólogos conservadores de
su tiempo como magistri nostri. Sus puntos de vista no quedaban así desvirtuados.
La noble
indignación de Erasmo hería sólo a los que merecían castigo, y fortalecía lo
que era valioso; pero su mofa hería a los buenos tanto como a los malos, y
aunque él no quisiera, atacaba a la vez a la institución y a las personas, y
ofendía sin elevarlas. El individualista Erasmo nunca comprendió lo que
significaba el honor de una profesión, de una orden, de una institución,
especialmente cuando esta institución es la más sagrada de todas: la propia
Iglesia.
El concepto
que tenía Erasmo de la Iglesia ya no tenía nada de católico. De aquella
gloriosa estructura de la civilización cristiana medieval, con su místico
fundamento, su estricta estructura
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jerárquica,
su espléndida y adecuada simetría, apenas alcanzaba a ver más que su carga de
detalles exteriores y ornamentos. En lugar del mundo que Santo Tomás de Aquino
y Dante habían descrito, de acuerdo con su visión Erasmo veía otro mundo, lleno
para él de encanto y elevados sentimientos; y éste fue el que puso ante los
ojos de sus compatriotas.
Era el
mundo de la Antigüedad, pero todo iluminado por la fe cristiana. Era un mundo
como nunca había existido. Con el cual no tenía nada de común la realidad
histórica que habían manifestado los tiempos de Constantino y los grandes
padres de la Iglesia: la de la latinidad decadente y el deteriorado helenismo,
en la proximidad de la barbarie y del bizantinismo. El mundo imaginario de
Erasmo era una amalgama de puro clasicismo (esto significaban para él Cicerón,
Horacio, Plutarco, pues siempre ignoró el período floreciente del espíritu
griego) y el más puro cristianismo bíblico. ¿Podía existir tal unión? No
ciertamente. En el espíritu de Erasmo la luz cae, alternativamente, lo mismo
que hemos visto en la historia de su carrera, sobre el pagano antiguo y sobre
el cristiano; su clasicismo le sirve sólo como una forma, y de la antigüedad
sólo escoge los elementos que en su tendencia ética están en conformidad con su
ideal cristiano.
Y por causa
de esto, Erasmo, aunque apareció un siglo después del anterior humanismo,
resulta nuevo para su tiempo. La unión de la antigüedad y del espíritu
cristiano que había obsesionado la mente del Petrarca, padre del Humanismo, y
que habían perdido de vista
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sus
discípulos, encantados como estaban por el irresistible resplandor de la
antigua belleza de la forma, fue puesto en obra por Erasmo.
Lo que la
pura latinidad y el espíritu clásico significaban para Erasmo, nosotros no
podemos sentirlo como él, porque su realización no significa para nosotros,
como para él, una conquista difícil y un glorioso triunfo. Para sentirlo así,
era menester haber adquirido, en una ruda escuela, el odio a la barbarie, que
ya en sus primeros años de escritor le había sugerido la composición de sus
Antibarbari. Sus términos insultantes para todo lo anticuado y tosco son ya
entonces: «góticos», «godos269». El término «barbarie» usado por Erasmo,
comprendía mucho de lo que nosotros apreciamos más en el espíritu medieval. El
concepto que tenía Erasmo de la gran crisis intelectual de su época era
claramente dualístico. Lo consideraba como una lucha entre lo viejo y lo nuevo,
que, para él, significaba lo malo y lo bueno. En los defensores de la tradición
sólo veía oscurantismo, conservadurismo e ignorante oposición a las bonae
litterae, esto es, a la buena causa por la cual él y sus partidarios
batallaban. Bonae litterae resulta ser un término intraducible. Comprende toda
la literatura, la ciencia y la cultura clásicas, apreciadas como el más sano y
saludable conocimiento en oposición al pensamiento medieval.
58. 55,
396, 182. 79, De Pronuntiatione LB. I. 924 D, 925 DE, LB. X. 1706 C.
Colaboración
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Del origen
de aquella alta cultura, Erasmo se había formado ya el concepto que desde
entonces ha dominado la historia del Renacimiento. Era una restauración
comenzada dos o trescientos años antes de su época en que, además de la
literatura, habían participado todas las artes plásticas. Junto a los términos
restitutio y reflorescentia, la palabra renascentia campea repetidamente en sus
escritos270. «El mundo recobra sus sentidos como si despertase de un profundo
sueño. Todavía quedan algunos que recalcitran con pertinacia agarrándose
convulsivamente, con todas sus fuerzas, a su antigua ignorancia. Temen que si
las bonae litterae renacen y el mundo se vuelve más inteligente, salga a la luz
del día que ellos no sabían nada271».
Ellos
ignoraban cuán piadosos habían llegado a ser los antiguos; qué santidad
caracteriza a Sócrates, Virgilio y Horacio, o a los Moralia de Plutarco; cuán
rica es la historia de la antigüedad en ejemplos de clemencia y verdadera
virtud. No podemos llamar profano a lo que es pío y conduce a las buenas
costumbres. No se ha encontrado nunca una más digna visión de la vida que lo
que propone Cicerón en De Senectute272.
Para
comprender el espíritu de Erasmo y el encanto que tenía para sus
contemporáneos, debemos comenzar por el ideal de la vida que tenía presente en
su mirada interior como un espléndido ensueño.
A. 23. 1,
117. 26, 182. 7, 967. 126, 337. 328, 996. 10.
A. 337.
327.
A. no. I,
t. I. p. 8. 30, Coll. Convivium religiosum, LB. I. 672.
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No es suyo
en particular. Todo el Renacimiento acariciaba aquel deseo de reposante, gozoso
y, con todo, serio trato entre buenos y discretos amigos a la fresca sombra de
una casa, bajo unos árboles, donde residieran la serenidad y la armonía.
Aquella época suspira por la realización de la sencillez, la sinceridad, la
verdad y la naturalidad. Su imaginación estaba siempre impregnada de la esencia
de la antigüedad; aunque, en el fondo, estaba más relacionada con los ideales
de la Edad Media de lo que ella misma se figuraba. En el círculo de los Médicis
es el idilio de la finca de Careggi; en Rabelais toma cuerpo en la fantasía de
la abadía de Thélème; halla su voz en la Utopía de Moro y en los Essais de
Montaigne. En los escritos de Erasmo, aquel ideal deseo siempre se presenta en
la forma de un paseo entre amigos, seguido de una comida en una glorieta.
Hallamos la misma escenografía en el prólogo de los Antibarbari; en las
numerosas descripciones de comidas con Colet, y en todos los Convivia de los
Coloquios273.
Especialmente
en el Convivium religiosum, Erasmo ha descrito minuciosamente su ensueño, y
valdría la pena de compararlo, de una parte con Thélème, y de otra con la
fantástica representación de un jardín de recreo que describe Bernardo Palissy.
Las casitas de campo holandesas y quintas del siglo XVIII, en que el espíritu
nacional tanto se complacía, son la realización de un puro ideal erasmiano. El
huésped del Convivium religiosum dice: «Para mí, una
A. 588, 47.
76, 1211. 323. 310. 98. 135, 61. 35. 116, Coll. LB. I. 818, 759, 720, 659, 672,
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sencilla
casita de campo, un nido, es más agradable que todos los palacios; y si es rey
quien vive en libertad y de acuerdo con sus deseos, sin duda yo soy rey allí».
El
verdadero gozo de la vida está en la virtud y en la piedad. Si hay epicúreos
que viven agradablemente, no hay, pues, más verdaderos epicúreos que los que
viven en santidad y piedad274.
El gozo
ideal de la vida es también perfectamente idílico en cuanto requiere
alejamiento de todos los cuidados terrenos y desprecio para todo lo mezquino.
Hablaba siempre con desprecio de los negocios, de la jurisprudencia, de la
política275. Es una insensatez interesarse por todo lo que ocurre en el mundo;
alabarse de conocer el mercado, los planes del rey de Inglaterra, las noticias
de Roma y de la situación en Dinamarca276. El discreto anciano del Colloquium
senile 277 ocupa un cómodo y honroso cargo; goza de una tranquila mediocridad;
no critica nada ni a nadie; y sonríe ante el mundo entero. Tranquilo de ánimo,
rodeado de libros; esto es lo más deseable de todo.
En los
contornos de este ideal de serenidad y armonía brotan numerosas flores de valor
estético, como el sentido del decoro en Erasmo; su gran deseo de bondadosa
cortesía; su complacencia en el trato amable y solícito; en los modales cultos
y condescendientes. En estrecha relación con ellos, están algunas de sus
peculiaridades
Coll.
Epicureus LB. I. 888 C, cf. 882 C.
A. 61. 44.
86, 37. 135, 785. 11, 715. 27, 999. 146.
Ench.
LB. V. 44 A.
Coll.
LB. I. 733 F.
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intelectuales.
Odia lo violento y extravagante. Por ello le disgustan los coros de la tragedia
griega278. El mérito de sus propios poemas estriba, según él, en la
circunstancia de que prescinden de la pasión; se abstienen totalmente de la
emoción; «no hay en ellos ni una tormenta, ni un torrente montañoso que inunde
sus orillas, ni la menor exageración (δείνωσις). Mucha sobriedad en las
palabras. Mi poesía más quiere permanecer dentro de los límites, que pasarlos;
más costear la orilla que penetrar en alta mar279. —En otro lugar dice280—:
Siempre me place más un poema que no difiera mucho de la prosa, aunque prosa de
la mejor clase, se entiende. Así como Filoxeno tenía por los más sabrosos
pescados los que no eran verdaderos pescados, y la más gustosa carne la que no
era carne, y el más agradable paseo el efectuado a la orilla del agua; así yo
tomo especial placer en un poema retórico y en un discurso poético, de manera
que la poesía sea gustada en prosa y viceversa». Éste es el hombre de medios
tonos, de finos matices, del pensamiento que no se expresa nunca completamente.
Pero añade: «Los conceptos rebuscados podrán gustar a los demás; para mí el
principal cuidado parece ser el derivar nuestro lenguaje del propio asunto y
aplicarnos menos a lucir nuestra invención que a presentar la cosa». Esto hace
el realista.
A. 208. 25.
A. 113. 24
A. 283. 94
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De esta
concepción resulta su admirable, sencilla claridad, la excelente división y
exposición de su argumento. Pero también es causa de su falta de profundidad y
de la prolijidad que lo caracteriza. Su máquina rueda con demasiada blandura.
En las infinitas apologías de sus últimos años, siempre se le ocurren nuevos
argumentos; nuevos pasajes para indicar, o citas para apoyar su idea. Alaba el
laconismo281, pero nunca lo practica. Erasmo no acuña jamás una frase que,
redondeada y enérgica, se convierta en proverbio y viva como tal. No hay citas
corrientes de Erasmo. El colector de los Adagia no ha creado ninguno nuevo de
su propia cosecha.
La
verdadera ocupación para un espíritu como el suyo consistía en parafrasear:
«Llenar lagunas, suavizar pasajes abruptos, ordenar lo desordenado,
desenmarañar lo enredado, deshacer nudos, aclarar lo que estaba oscuro282». Se
consideraba a sí mismo intérprete283. Pulir y ajustar era precisamente el
trabajo que le placía. Es característico y muy explicable que parafrasease todo
el Nuevo Testamento excepto el Apocalipsis.
El espíritu
de Erasmo no era ni filosófico, ni histórico. No era ni la obra de exacto,
lógico discernimiento, ni el apoderarse del profundo sentido de la marcha del
mundo en vastas visiones históricas en que hasta los hechos particulares con su
multiplicidad y diversidad
De Copia
LB. I. 109
A. 710. 26.
A. 1255.
39, 1342. 927.
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de color
forman la imagen total. Su espíritu es filológico en el pleno sentido de la
palabra. Ama la lengua, la expresión, la misma palabra; deja que resbale entre
sus manos como un experto en tejidos preciosos deja que resplandezcan éstos a
la luz del sol, y goza en su perfección. Pero con este espíritu filológico solo
no hubiera conquistado el mundo. Su espíritu era a un mismo tiempo
profundamente ético. La unión de estas dos tendencias esenciales hizo,
precisamente, su grandeza.
El
fundamento del espíritu de Erasmo es su ferviente deseo de libertad, claridad,
pureza, sencillez y reposo. Es un antiguo ideal de vida al cual dio nueva
substancia con la riqueza de su espíritu. Sin la libertad, la vida no es
vida284; y no hay libertad sin reposo. El hecho de no tomar nunca partido
determinadamente, resultaba de su urgente necesidad de independencia. Cada
compromiso, aunque fuese transitorio, era como un grillete para Erasmo. Un
interlocutor de los Coloquios donde tan a menudo, espontáneamente, revela sus
propios ideales de vida, se declara resuelto a no casarse, ni tomar órdenes
sagradas, ni entrar en un monasterio, ni en ninguna relación de la cual no
pueda luego librarse; a lo menos, hasta que no se conozca a sí mismo
completamente. «Y ¿cuándo será esto? Tal vez nunca285». «De nada puedo
felicitarme tanto como de la
A. 333. 41.
Coll.
pietas puerilis LB. I. 652 E.
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circunstancia
de no haberme agregado nunca a ningún partido286», dice Erasmo hacia el final
de su vida.
La libertad
ha de ser en primer lugar libertad de espíritu. «Porque el que es espiritual
juzga todas las cosas y, a pesar de ello, nadie lo juzga a él», dice san Pablo.
¿Con qué objeto, pues, requerirá prescripciones el que de su propio albedrío
hace las cosas mejor de lo que las leyes humanas requieren? ¿Qué arrogancia es
esa de sujetar por medio de instituciones a un hombre que va claramente guiado
por las inspiraciones del espíritu divino?287
En Erasmo
vemos ya el comienzo de ese optimismo que juzga al hombre recto suficientemente
digno de ser dispensado de fórmulas y leyes fijas. Como Moro en su Utopía y
Rabelais, Erasmo confía ya en los dictados de la naturaleza, que induce al
hombre inclinado al bien, y a la que podemos seguir con tal que estemos
imbuidos de fe y piedad.
En este
plan de confianza en lo que es natural, y deseo de lo que es sencillo y
razonable, residen las ideas educativas y sociales de Erasmo. En esto se
adelanta mucho a su tiempo. Sería una atractiva empresa el discutir más
ampliamente las ideas educativas de Erasmo288. Pronosticó exactamente las del
siglo dieciocho. El niño debería aprender jugando, por medio de cosas que
fueran
LB. X. 1593
DE.
Coll.
Conviv. relig. LB. I. 678 C
Decl. de
pueris inst. LB. I. 490. De studio bon. lit. LB. I. 520. De Pronunt. LB. I.
929, 917, 921, LB. I. 510. A. 476, A. 298, 447, 941. 16, 237. 72, 364. 23, 500.
21, 715. 55, LB. I. 361 AF, 362 A, V. 712, A. 1211. 340.
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agradables
a su espíritu, por medio de láminas. Sus faltas deben ser corregidas con
delicadeza. El maestro de escuela que pega y que insulta es abominado por
Erasmo; la profesión en sí es santa y venerable para él.
La
educación debe comenzar desde que el niño nace. Tal vez Erasmo daba demasiada
importancia al clasicismo en esto como en todo; su amigo Pedro Gilles inculcó
los rudimentos de las lenguas antiguas en su hijo de dos años, para que pudiese
saludar a su padre con cariñosos balbuceos en griego y latín. Pero ¡qué
gentileza y claro buen sentido irradia de todo cuanto Erasmo dice acerca de
instrucción y educación!
Lo mismo se
diga de sus ideas acerca del matrimonio y de la mujer. En el problema de las
relaciones sexuales él se pone resueltamente de parte de la mujer, por
convicción profunda. Hay mucha ternura y delicado sentimiento en su concepto de
la posición de la joven y de la mujer. Pocos caracteres de los Coloquios han
sido dibujados con tanta simpatía como la joven con su amador, y la mujer culta
en su ingeniosa conversación con el abad.
El ideal
del matrimonio para Erasmo es verdaderamente social e higiénico. Engendremos
hijos para el Estado y para Cristo, dice el amador, hijos dotados por sus
honrados padres de una buena disposición y que ven en su hogar el buen ejemplo
que ha de guiarlos. Una vez y otra vuelve al tema del deber para la madre de
amamantar a sus hijos. Indica cómo la casa debe estar arreglada, de manera
sencilla y limpia; se ocupa también en el problema de los
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vestidos
útiles para el niño. ¿Quién como él salió a la defensa, en aquellos tiempos, de
la joven caída, y de la prostituta impelida por la necesidad289? ¿Quién vio tan
claramente el peligro social de los matrimonios entre personas infectadas por
la nueva plaga de Europa, tan violentamente aborrecida por Erasmo290?. Él
hubiera deseado que tal matrimonio fuese declarado nulo enseguida, e invalidado
por el Papa.
Erasmo no
convino con la teoría social, todavía corriente en la literatura de su tiempo,
de que había de caer sobre la mujer toda la culpa del adulterio y la
prostitución. Entre los salvajes que viven en estado de naturaleza, dice, el
adulterio de los hombres es castigado, pero el de las mujeres perdonado291.
De aquí
resulta, al mismo tiempo, que Erasmo conocía, aunque lo expresase medio en
broma, el concepto de virtud natural y felicidad de los isleños desnudos en
estado salvaje. Pronto asomará también en Montaigne; y los siglos siguientes lo
desarrollarán en dogma literario.
Coll.
LB. I. 808 C, Ench. LB. V. 46 D, etc.
Coll.
Conjugium impar LB. I. 818. Inst. Matr. Chr. LB. V. 614.
Coll.
Franciscani LB. I. 743 B.
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Capítulo
XIII
El espíritu
de Erasmo, II
El espíritu
de Erasmo: tendencias intelectuales. — El mundo abrumado de opiniones y
fórmulas. — La verdad debe ser sencilla. — Vuelta a las fuentes puras. — La
Sagrada Escritura en las lenguas originales. — Humanismo bíblico. — Trabajo
crítico en los textos de la Escritura. — Más práctica que dogma. — El talento y
el ingenio de Erasmo. — Deleite en las palabras y en las cosas. — Prolijidad. —
Observación de los detalles. — Un realismo velado. — Ambigüedad. — El matiz. —
Inescrutabilidad del último fundamento de todas las cosas.
Sencillez,
naturalidad, pureza y razonabilidad: éstos son también para Erasmo los
requisitos dominantes cuando pasamos de sus concepciones éticas y estéticas a
su punto de vista intelectual; en efecto, difícilmente pueden separarse
aquéllos de éste.
El mundo,
dice Erasmo, está sobrecargado de constituciones humanas, opiniones y dogmas
escolásticos, y abrumado por la tiránica autoridad de las órdenes; y por culpa
de todo esto la fuerza de la doctrina evangélica se debilita. La fe requiere
simplificación, arguye. ¿Qué dirían los turcos de nuestro escolasticismo292?
Colet le escribió un día: «Los libros y la ciencia no tienen fin. Por lo tanto
A. 1033.
120, 858. 78.
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dejemos
todos los caminos desviados y vayamos por un atajo a la verdad293».
La verdad
debe ser sencilla. «El lenguaje de la verdad es sencillo, dice Séneca; pues
bien, nada más sencillo ni verdadero que Cristo294». «Yo quisiera, —dice Erasmo
en otra parte295—, que el sencillo y puro Cristo pudiera quedar profundamente
impreso en el alma de los hombres, y lo que a mí me parece más asequible a este
respecto es que, ayudados del conocimiento de las lenguas originales,
filosofásemos en las fuentes mismas».
He aquí una
nueva consigna que se pone en primer término: ¡volvamos a las fuentes! Y no es
una exigencia meramente intelectual, filológica; es también una necesidad ética
y estética de la vida. Lo original, lo puro, todo lo que no ha crecido con
exceso ni ha pasado por muchas manos, tiene ese encanto poderoso. Erasmo lo
comparaba a una manzana que nosotros mismos tomamos del árbol296. Volver el
mundo a la antigua sencillez de la ciencia; apartarlo de los turbios charcos de
ahora para llevarlo a esos vivos y purísimos manantiales, a esas límpidas
fuentes de la doctrina evangélica; así veía él la obra de la teología297. La
metáfora del agua límpida no deja de tener aquí su significado: revela la
cualidad psicológica de la fervorosa doctrina de Erasmo.
A. 593. 15.
Ratio
LB. V. 126 A.
A. 541.
141.
A. 373. 163
A. 1062. 35
ss.
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¿Cómo se
explica, —exclama298—, que la gente se dé tanto trabajo con los detalles de
toda clase de remotos sistemas filosóficos, y descuide el ir a las fuentes
mismas del Cristianismo?». «Y con todo, ese saber, tan excelente que de una vez
para todas puso todo el saber del mundo a la vergüenza, puede ser sacado de
esos pocos libros, como de una fuente cristalina, y con muchísimo menos trabajo
que el saber de Aristóteles y de tantos libros áridos, y con mucho mayor fruto…
El equipo para ese viaje es sencillo y está a la inmediata disposición de todo
el mundo. Esa filosofía es accesible a todos: Cristo desea que sus misterios se
difundan tanto como sea posible. Yo quisiera que todas las buenas esposas
leyesen el Evangelio y las Epístolas de San Pablo; que éstos fuesen traducidos
a todas las lenguas; que de ellos sacasen sus cantos el campesino cuando ara,
el tejedor junto a su telar; que con sus narraciones el viajero hiciera menos
duras las fatigas de su camino… Esta especie de filosofía es más cosa de inclinación
que de silogismos, más de vida que de disputaciones, más de inspiración que de
erudición, más de transformación que de lógica… ¿Qué es la filosofía de Cristo,
a la que él mismo llama Renascentia, sino la instauración del bien creado
natural? Es más; aunque nadie nos ha enseñado de modo tan absoluto y efectivo
como Cristo, con todo, en los libros paganos se puede hallar mucho que está de
acuerdo con ello».
Paraclesis
LB. V. 138.
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Tal era la
norma de vida de aquel humanista bíblico. A medida que Erasmo va insistiendo
más en esas materias, su voz suena más clara. «Nadie tome», dice en el prefacio
de sus notas al Nuevo Testamento299, «esta obra como toma las Noctes atticae de
Gelio o las Misceláneas de Poliziano… estamos en presencia de cosas sagradas;
aquí no es cuestión de elocuencia; estas cosas son mejor recomendadas al mundo
con sencillez y pureza; sería ridículo desplegar aquí las galas de la humana
erudición, ni engreírse en humana elocuencia». Y la verdad es que precisamente
entonces fue cuando Erasmo se mostró más elocuente.
Lo que lo
eleva aquí por encima de su nivel ordinario de fuerza y fervor es el hecho de
emprender una batalla: la batalla por el derecho a la crítica bíblica. Lo
subleva que se estudie la Sagrada Escritura en la Vulgata cuando se sabe que
los textos muestran diferencias y están alterados; cuando tenemos el texto
griego con el cual podemos volver a la forma original o al prístino
significado300.
Entonces se
le vitupera porque se atreve, como mero gramático, a atacar el texto de la
Santa Escritura con pretexto de fútiles errores o anomalías301. «Dicen que son
minucias: sí, pero por causa de esas minucias vemos a veces hasta a grandes
teólogos tropezar y desatinar. —Los tiquismiquis filológicos son necesarios—.
Somos tan exigentes en cuanto a nuestra comida, a nuestro vestido, a los
A. 373.
203.
A. 182.
181, 843. 25, 149. 42.
A. 1167.
212, 373. 76.
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asuntos de
dinero. ¿Por qué ha de desagradarnos este esmero únicamente en literatura
teológica? ¡Dicen que se arrastra por el suelo, que se fatiga inútilmente por
palabras y sílabas! ¿Y por qué debemos descuidar cualquier palabra de Aquél a
quien veneramos y adoramos con el nombre del Verbo? ¡Pero sea como ellos dicen!
Permítase a quien así lo quiera, imaginar que yo no he sido apto para mejorar
nada, y por oscuridad de mente y frialdad de corazón, o falta de erudición, he
tomado sobre mí esta inferiorísima tarea; pues todavía es pensar cristianamente
el suponer que es buena toda obra que se hace con piadoso celo. Nosotros
cargamos con los ladrillos, pero son para construir el templo de Dios302».
No quiere
parecer intransigente. Que la Vulgata se guarde para los usos de la liturgia,
para los sermones, en las escuelas; pero los que en su casa lean nuestra
edición, entenderán la suya mejor, por consiguiente. Erasmo dice estar
dispuesto a dar explicaciones y reconocer sus errores cuando se le demuestre
que los ha cometido303.
Tal vez
Erasmo no comprendió nunca del todo los trastornos que su método
filológico-crítico causaría a la Iglesia. Se sorprendía al ver que sus
adversarios «no podían menos de creer que toda su autoridad perecería de pronto
cuando los libros sagrados pudieran ser leídos en una forma depurada, y cuando
el pueblo prefiriese
Apología
LB. VI **2.
A. 373. 221
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comprenderlos
en el original304». Él no comprendía lo que significaba la inexpugnable
autoridad de un libro sagrado.
Se alegra
de que podamos acercarnos mucho más a la Sagrada Escritura, porque toda clase
de oscuridades han sido sacadas a la luz; al considerar, no sólo lo que se ha
dicho, sino también quién lo ha dicho; para quién, en qué época, en qué
ocasión, qué le precede y qué le sigue305; en suma, por medio del método de la
crítica histórico-filológica. A él le parecía muy especialmente piadoso, cuando
se lee la Escritura y se encuentra un pasaje que parece contrario a la doctrina
de Cristo o a la divinidad de su naturaleza, creer que no se entiende la frase
o que el texto puede estar alterado306. Y sin darse cuenta de ello, pasó de la
enmienda de las diferentes versiones, a la corrección de sus contenidos. Para
él las Epístolas no fueron todas escritas por los apóstoles a quienes eran
atribuidas; y por otra parte, los apóstoles pudieron también cometer errores
algunas veces307.
El
fundamento de su vida espiritual ya no era para Erasmo una unidad. Era, por una
parte, una fuerte aspiración a una creencia recta, sencilla, pura y llana, y el
más ardiente deseo de ser un buen cristiano. Pero, por otra parte, había
también la irresistible necesidad intelectual y estética del buen gusto, de la
armonía; la clara y exacta expresión de los antiguos; la repugnancia por todo
lo
A. 967. 57.
LB. V. 85
EF.
LB. V. 77.
A. 769. 40,
1171.
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engorroso y
enrevesado. Erasmo pensaba que el buen saber debía de prestar buen servicio
para la necesaria purificación de la fe y de sus formas. El metro de los himnos
de la iglesia también debía ser corregido308. Que el modo cristiano de
expresión y el clasicismo fuesen incompatibles, él no pudo creerlo nunca. El
hombre que en la esfera de los estudios sagrados pedía las credenciales a cada
autor, no se daba cuenta de que reconocía la autoridad de los antiguos sin
ninguna evidencia. ¡Cuán ingenuamente apela a la antigüedad, una vez y otra,
para justificar algún atrevimiento! ¿Dicen que es crítico? ¿Es que los antiguos
no eran críticos? ¿Se permite intercalar digresiones? Así lo hicieron también
los antiguos. ¿Elogia en tono ligero cosas censurables? Otros autores clásicos,
antes que él, le precedieron en este camino309.
Erasmo está
en profundo acuerdo con aquella venerada antigüedad, por su fundamental
convicción de que lo que importa es la práctica de la vida. El gran filósofo
es, no el que se sabe de memoria los principios de los estoicos o de los
peripatéticos, sino quien expresa el significado de la filosofía por medio de
su vida y sus costumbres, pues tal es el fin que persigue la filosofía310. Es
en realidad un teólogo, quien enseña que las riquezas deben ser despreciadas,
no por hábiles silogismos, sino con la propia conducta, con el rostro y
Coll.
Conviv. poeticum LB. I. 724 A.
A. 180,
182, 222, 269. 11, 292. 89, 337. 42, 531, Moria, praefatio
A. 531.
225.
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con los
ojos, con la vida misma311. Vivir elevándose a ese ideal es lo que Cristo mismo
llama Renascentia312.
Erasmo usa
la palabra sólo en el sentido cristiano. Pero en este sentido se encuentra
estrechamente relacionado con la idea del Renacimiento como fenómeno histórico.
Los aspectos terrenales y paganos del Renacimiento han sido casi siempre
exagerados. El espíritu del siglo XVI se gozaba en las formas paganas; pero el
contenido que anhelaba era cristiano. Erasmo fue uno de los más cumplidos
representantes de aquel espíritu. Dice Capito en su alabanza: «Autorem cum
renascentium litterarum tum redeuntis pietatis313». Y en esta misma unión de un
poderoso esfuerzo cristiano con el espíritu de la antigüedad, se halla la
explicación del prodigioso éxito de Erasmo.
****
El mero
propósito y contenido de un espíritu, no ejercen influjo sobre el mundo si la
forma de expresión no coopera con ello. En Erasmo, la cualidad de su talento es
un factor importantísimo. Su perfecta claridad y facilidad de expresión, su
viveza, ingenio, imaginación, buen gusto y buen humor, han prestado tal hechizo
a todo lo que ha escrito, que para sus contemporáneos era irresistible, y aún
nos cautiva a nosotros en cuanto nos ponemos a leerlo.
LB. V. 140
E.
LB. V. 141
F, IX. 1248 A
A. 1368.
29.
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En todo lo
que constituye su talento, Erasmo es perfecta y enteramente un representante
del Renacimiento. Hay en él, en primer lugar, una perenne justeza. Lo que
escribe nunca es vago, nunca oscuro; siempre es plausible. Todo parece brotar
de él como de una fuente. Siempre acierta en el tono, en el giro de la frase,
en su ritmo. Posee, casi, la clara armonía de Ariosto. Y, como Ariosto, no es
nunca trágico, nunca verdaderamente heroico. Nos entusiasma, en efecto, pero él
no está nunca verdaderamente entusiasmado.
Los más
artísticos aspectos del talento de Erasmo se muestran más claramente, aunque
siempre están de manifiesto, en aquellos dos recreos después de más seria
labor: el Moriae Encomium y los Colloquia. Pero justamente estas dos obras han
tenido enorme importancia por el influjo que ejercieron sobre su época. Porque
mientras su San Jerónimo conseguía decenas de lectores y su Nuevo Testamento
centenares, la Moria y los Coloquios alcanzaban a millares. Y su importancia se
acrece, porque Erasmo no se ha expresado jamás con tanta espontaneidad como en
ellos, y no sólo por lo que atañe a la forma.
En cada uno
de los Coloquios, hasta en los cinco primeros puramente formularios, se oculta
el esbozo de una comedia, una novelita o una sátira. Apenas hay una frase sin
su agudeza, una expresión sin una vívida ingeniosidad. Hay en ellos inigualadas
sutilezas. El abad del Abbatis et eruditae colloquium es un personaje
molieresco. Debe observarse lo bien que Erasmo sostiene siempre
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sus
caracteres y sus escenas, porque los ve. En La mujer de sobreparto no olvida un
momento que Eutrapelus es un artista. Al final del Juego de los huesecitos,
cuando los interlocutores, después de haber elucidado toda la nomenclatura de
ese juego latino, se ponen ellos a jugar, Carolus dice: «pero cerrad la puerta,
no sea que el cocinero nos vea jugando como dos chiquillos314».
Así como
Holbein ilustró la Moria, nosotros quisiéramos los Colloquia con ilustraciones
de Breughel, tan estrechamente se asimila la clara y aguda mirada de Erasmo
para los incidentes con la de aquel gran maestro. La procesión de los borrachos
el domingo de Ramos, el salvamento de la tripulación náufraga, los viejos
esperando el carro de viaje mientras sus conductores están bebiendo todavía;
todos forman cuadros holandeses de género, y de la mejor calidad.
Nos place
hablar del realismo del Renacimiento. Erasmo es ciertamente un realista en el
sentido de tener una sed insaciable de conocimiento del mundo tangible. Quiere
conocer las cosas y sus nombres: los pormenores de cada cosa, aunque sean tan
antiguos como esos términos de juegos, y reglas de juegos de los romanos. Léase
cuidadosamente la descripción de la pintura decorativa de la glorieta del
Convivium religiosum: no es más que una lección de cosas, una representación
gráfica de las formas de la realidad.
LB. I. 744,
766, 838, 841 F.
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Por su
alegre complacencia en el mundo material y en la palabra dócil y ágil, el
Renacimiento se revela en profusión de imágenes y expresiones. Las retumbantes
enumeraciones de nombres y cosas que da siempre Rabelais, no son desconocidas
tampoco para Erasmo, pero las usa para fines intelectuales y útiles. En De
copia verborum ac rerum, los derroches de expresión se suceden
ininterrumpidamente; da cincuenta maneras de decir: «vuestra carta me ha
causado mucho placer» o «yo pienso que va a llover315». El impulso estético es
aquí el de un tema con variaciones: desplegar toda la riqueza y variedad de la
lógica del lenguaje. En otra parte, también, Erasmo satisface esa propensión a
acumular los tesoros de su genio; él y sus contemporáneos no pueden nunca
contenerse en dar todos los ejemplos en vez de uno: en la Ratio verae
theologiae, en De Pronuntiatione, en Lingua, en el Ecclesiastes316. Las
colecciones de los Adagia, de las Parabolae y de los Apophthegmata están
totalmente basadas en esa avidez del Renacimiento (y que, dicho sea de paso,
era una herencia de la Edad Media) de refocilarse en la riqueza del mundo
tangible y gozarse en palabras y cosas.
Los
sentidos están abiertos para la exacta percepción de todo cuanto parece
notable. Erasmo no conoció la avidez del Renacimiento por los tesoros del
mundo, en la forma en que ese anhelo animó a penetrar en los secretos de la
Naturaleza a un
LB. I. 23
ss
LB. V. 117.
A, 134 B, I. 913, IV. 664-5, V. Eccl. passim.
Colaboración
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Leonardo da
Vinci, a un Paracelso, a un Vesalio. Su interés por las ciencias naturales no
fue muy grande317. Lo que despertaba su interés era el mundo tal como se
presenta. Capta muy bien lo que hay de peculiar en los hábitos y las costumbres
de las naciones. Observa el porte de los soldados suizos, cómo se sientan los
petimetres, cómo los picardos pronuncian el francés. Observa cómo en los
antiguos retratos los retratados están representados siempre con los ojos medio
cerrados y muy apretados los labios, en señal de modestia; y cómo a muchos
españoles agrada todavía esta expresión en la vida, mientras el arte alemán
prefiere los labios que se redondean como para dar un beso318[. Su vivo sentido
de la anécdota, al cual da rienda suelta en todos sus escritos, halla aquí su
mejor expresión.
Y a pesar
de todo su realismo, el mundo que Erasmo ve y reproduce no es el del siglo XVI.
Todo queda disfrazado por el latín. Entre el espíritu del autor y la realidad
se interpone su dicción antigua. En el fondo, el mundo de su espíritu es
imaginario. Lo que refleja es una realidad atenuada y limitada de aquel siglo.
Además de su rudeza, le falta todo lo que hay de violento y directo en su
época. Comparado con los pintores, con Lutero y Calvino, con los políticos, los
navegantes, los soldados y los hombres de ciencia, Erasmo se encara con el
mundo como un recluso. ¿Es esto imputable sólo a la
317 Véase
Moria c. 32 p. 59 y c. 52, p. 111; Colloquium Amicitia, LB. I. 873 ss.,
Ecclesiastes LB. V. 924 F.
LB. I. De
Civilitate 1034 A, 1035 C, 1036 BE, Adagia p. 756. Coll. Concio LB. I. 853 AB.
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influencia
del latín? A pesar de toda su receptividad y sensibilidad, Erasmo no está nunca
en pleno contacto con la vida. En toda su obra no canta un pájaro, ni un árbol
susurra.
Pero esta
reserva, o temor de contacto directo, no es meramente una cualidad negativa.
Resulta también de una conciencia de lo inescrutable del fondo de todas las
cosas, del respeto ante la ambigüedad de todo lo existente. Si Erasmo tan a
menudo revolotea al margen de las cosas, entre la seriedad y la burla, si tan
raramente nos da una conclusión incisiva, no sólo es debido a su cautela y
temor a comprometerse demasiado. Por todas partes ve las oscuridades, las
confusiones del significado de las palabras319. Los términos de las cosas ya no
son para él, como para el hombre de la Edad Media, como cristales montados en
oro o como estrellas en el firmamento. «Me agradan tan poco las afirmaciones,
que de buena gana tomaría partido con los escépticos en cuanto lo permitiesen
la inviolable autoridad de la Santa Escritura y los decretos de la Iglesia320».
« ¿Hay algo exento de error?»321. Todas las sutiles contiendas de la
especulación religiosa se originan de una peligrosa curiosidad y conducen a la
audacia impía. ¿A qué han conducido todas las controversias acerca de la
Trinidad y de la Virgen María? «Hemos definido muchas cosas que, sin peligro
para nuestra salvación, podían haber quedado desconocidas e indecisas… Lo
P. ej.
Eccl. LB. V. 1021-2, Coll. Concio LB. I. 853 AB.
De Libero
Arbitrio LB. IX. 1215 D, 1217 B.
A. 713. 18.
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esencial de
nuestra religión es la paz y la unanimidad. Éstas apenas pueden existir como no
establezcamos definiciones acerca de los menos puntos que sea posible, y
dejemos muchas cuestiones al juicio individual. Numerosos problemas se aplazan
ahora hasta el concilio ecuménico. Sería mucho mejor diferir esas cuestiones
hasta el momento en que se quite el espejo, y toda la oscuridad se aparte, y
podamos ver a Dios cara a cara322».
«Hay
santuarios en los estudios sagrados, en que Dios no ha querido que exploremos,
y si probamos a penetrar allí, andaremos a tientas en una oscuridad tanto más
profunda cuanto más avancemos, para que de esta manera reconozcamos la
inescrutable majestad de la Divina sabiduría, y la impotencia de la
inteligencia humana323».
A. 1334.
142 ss., 217 ss., cf. 1365. 104 ss.
LB. IX 1216
C., cf. A. 1255. 46 ss.
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Capítulo
XIV
Carácter de
Erasmo
Carácter de
Erasmo: necesidad de pureza y limpieza. — Delicadeza. — Repugnancia por la
contienda; necesidad de concordia y amistad. — Aversión para los disturbios de
todas clases. — Se preocupa demasiado por las opiniones de los demás. —
Necesidad de justificarse. — Él nunca se equivoca. — Correlación entre las
inclinaciones y las convicciones. — Imagen ideal de sí mismo. — Concentración
en sí mismo. — En el fondo es un solitario.
—
Descontentamiento. — Suspicacia. — Desconfianza morbosa. — Infelicidad. —
Inquietud. — Contradicciones de su carácter sin resolver. — Horror a las
mentiras. —
Reserva y
desconfianza.
El espíritu
poderoso de Erasmo halló grande correspondencia en el corazón de sus
contemporáneos y tuvo duradero influjo en la marcha de la civilización. Pero no
puede ser llamado uno de los héroes de la historia. El no poder alcanzar más
altos niveles, ¿no fue en parte debido a que su carácter no estaba a la altura
de la elevación de su espíritu?
Y con todo,
ese carácter, muy complicado por cierto, aunque a él le parecía ser el hombre
más sencillo del mundo, estaba determinado por los mismos factores que
determinaban la estructura de su
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espíritu.
Una vez y otra hallamos en sus inclinaciones los correlativos de sus
convicciones.
En la raíz
de su ser moral hallamos —clave para comprender su carácter— esa misma
necesidad de pureza que lo conduce a las fuentes de la ciencia sagrada. Pureza
en sentido material y moral es lo que desea para sí mismo y para los demás,
siempre y en todas las cosas. Pocas cosas le sublevan tanto como las prácticas
de los taberneros que adulteran el vino y los tenderos que adulteran los
alimentos324. Si constantemente castiga su lenguaje y su estilo, o se disculpa
de errores, ese mismo impulso es el que incita su apasionado deseo por la
limpieza y la pulcritud de la casa y del cuerpo. Le desagradan en extremo el
aire cargado y las sustancias que huelen mal. Regularmente toma un camino
desviado para evitar una callejuela que hiede; le repugnan las carnicerías y
las pescaderías325. Los malos olores esparcen la infección, según piensa326[.
Erasmo tuvo, antes que la mayoría de los hombres, ideas antisépticas acerca del
peligro de la infección en las posadas sucias y atestadas de gente, en el
aliento de los que iban a confesarse, en el agua bautismal. Desechad los vasos
en común, abogaba; que cada cual se afeite solo; seamos limpios como las
sábanas; no nos besemos para saludarnos327. El temor a la horrible enfermedad
venérea, importada a Europa durante el curso de su vida —scabies
LB. V. 164.
165 y en otros pasajes.
A. 2147.
22. Coll. LB. I. 788, A. 867. 50.
A. 133. 27.
30.
Coll.
LB. I. 689 C, 792, 715 ss., 830, LB. V. 154-5.
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gallica,
suele llamarla—, y de la cual Erasmo iba observando angustiado la desenfrenada
propagación, aumenta su deseo de pureza. Se hace muy poco para atajarla,
piensa. Pone en guardia a sus criados contra las posadas sospechosas; quiere
que se tomen providencias contra los matrimonios de personas sifilíticas328. En
su desconsiderada actitud para con Hutten, su aversión física y moral ante la
enfermedad que había contraído juega sin duda un papel importante.
Erasmo es
un alma delicada en todas sus fibras. Su cuerpo le obliga a ello. Es en extremo
sensible; entre otras cosas, muy susceptible a los resfriados, «la enfermedad
de los escritores329», como él la llama. Tempranamente en su vida, la dolorosa
enfermedad del mal de piedra comienza a atormentarlo; pero él lo resiste muy
bravamente cuando se trata de trabajar; siempre habla en tono mimoso de su
cuerpecito, que no puede resistir el ayuno, que necesita ser mantenido en buena
disposición por medio de algún ejercicio, la equitación principalmente, y para
el cual cuidadosamente se propone buscar un apropiado clima330. A veces es muy
circunstanciado en la descripción de sus achaques. Ha de llevar mucho cuidado
en cuanto a su sueño; si se despierta una vez, halla dificultad en volver a
dormirse, y por este motivo ha perdido a menudo sus mañanas, que es para él la
mejor parte del día para
A. 916. 65,
LB. IV. 656-7, A. 785. 47, 786-7, 790. 5, 895. 6, LBE. 1493 D, Coll. Άγαμος
γάμος, LB. I. 826 ss.
A. 671. 11
A. 447.
388, 55. 114, 274, 1111. 78, 301, 868. 21 etc.
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trabajar y
la que más le agrada331. No puede sufrir el frío, el viento, la niebla; pero
menos todavía las habitaciones demasiado calentadas. ¡Cómo aborreció las
estufas de azulejos alemanas, que están encendidas casi todo el año y le hacen
Alemania casi insoportable332!.
De su miedo
a las enfermedades ya hemos hablado. Pero no es sólo la peste lo que evita: por
temor a coger un enfriamiento, no hace un viaje de Lovaina a Amberes, donde su
amigo Pedro Gilles está de luto333. Aunque comprende perfectamente que «a
menudo gran parte de la enfermedad está en la imaginación334», con todo, su
propia imaginación no le deja en paz. Sin embargo, cuando está seriamente
enfermo no teme a la muerte.
Su higiene
consiste en la templanza, en la limpieza y en el aire fresco; este último con
moderación; la proximidad del mar le parece insana y le asustan las corrientes
de aire335. Aconseja a su amigo Gilles que está enfermo: «No tomes muchos
medicamentos, permanece tranquilo y no te enfades por nada336». Aunque entre
sus obras hay un Elogio de la Medicina337, no tiene en gran estima a los
médicos y los satiriza más de una vez en los Coloquios338.
A. 447.
397, 296. 18, 1002. 5, Coll. Diluculum LB. I. 844.
A. 360,
389. 6, 794. 62, 1169. 17, 1248. 10, 1302. 29, 1342. 189. 204, 1422. 26, 1553.
32.
A. 708. 10.
A. 867. 251
A. 1489.
5-15, 1532. 6 ss., LB. IV. 656-7.
A. 818. 6.
LB. I.
1533.
A. 285,
855. 18, Coll. Funus LB. I. 810 ss., 789 DE.
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También en
su aspecto exterior hay algunos rasgos que descubren su delicadeza. Era de
estatura mediana, bien formado, de fina tez, con cabello rubio y ojos azules,
rostro alegre, manera de hablar muy clara, pero con voz débil339.
En la
esfera moral, la delicadeza de Erasmo está representada por su necesidad de
amistad y concordia y su aversión a las disputas. Para él la paz y la armonía
están por encima de todas las demás consideraciones y confiesa que ellas son
los principios que guían todas sus acciones340. Él querría, si ello pudiera
ser, tener por amigo a todo el mundo. «A sabiendas yo no descarto a nadie de mi
amistad341», dice; y aunque a veces se mostraba caprichoso y exigente para sus
amigos, con todo, era un gran amigo: lo atestiguan los muchos que nunca lo
abandonaron, o a quienes él, después de temporal extrañamiento, siempre volvió
a ganar: Moro, Pedro Gilles, Fisher, Amonio, Budeo, y otros demasiado numerosos
para mencionarlos aquí. «Fue muy constante en conservar las amistades», dice
Beato Renano, cuyo afecto a Erasmo es una prueba del fuerte cariño que llegaba
a inspirar342.
En el fondo
de este deseo de amistad hay un grande y sincero deseo de afecto. Recuérdense
las efusiones de casi femenino afecto para Servacio durante su período
monástico. Pero al mismo tiempo lo que lo hace ser así es una especie de
serenidad moral: una aversión
A. no. IV.
530, t. I. p. 70.
A. no. I,
t. I. p. 36. 5, 988. 1.
A. no. I,
t. I. p. 17. 36, 18. 4, 337. 107, 749. 8.
A. no. IV.
539, t. I. p. 70
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para todo
disturbio, para todo lo rudo e inarmonioso. Él mismo lo llama «un cierto
sentido natural oculto» que le hace aborrecer toda contienda343. No puede
soportar estar reñido con nadie. Siempre había deseado y esperado, dice,
mantener su pluma limpia de sangre; no atacar a nadie, no provocar a nadie,
aunque lo atacasen a él344. Pero sus enemigos no lo habían querido así, y en
años posteriores se acostumbró perfectamente a las agrias polémicas, con
Lefèvre d’Étaples, con Lee, con Egmondano, con Hutten, con Lutero, con Beda,
con los españoles y con los italianos. Al comienzo todavía se nota cuánto
padece al hacerlo así, cuánto le hiere la disputa; de tal modo que no puede
sufrir su dolor en silencio. «Seamos amigos otra vez», ruega a Lefèvre, quien
no le contesta345. El tiempo que ha de dedicar a sus polémicas le parece
perdido346. «Cada día me siento más indolente, —escribe en 1520—, no tanto por
mi edad como por el incesante trabajo de mis estudios, y mucho más aún por la
fatiga de las disputas que por el trabajo, que, en sí mismo, es agradable347».
¡Y cuánta lucha no le aguardaba todavía!
¡Si a lo
menos no le hubiese importado tanto la pública opinión! Pero esto le parecía
imposible; tenía miedo a los hombres; o bien podríamos llamar a esto ferviente
necesidad de justificación. Siempre solía ver de antemano y con colores
exagerados los efectos
343 LB. X.
1258 F.
A. no. I,
t. I. p. 21. 27, no. II. 152, p. 52, 337. 42. 84.
A. 778,
779, 780, 781, 814.
A. no. I,
t. I. p. 22, LB. X. 1672 F.
A. 1060.
58.
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de Sergio Barros 202 Preparado por Patricio Barros
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que sus
palabras o hechos causarían en los hombres. Por su parte fue ciertamente
sincero cuando escribió una vez que su anhelo de celebridad tenía espuelas
menos afiladas que su temor a la ignominia348. Erasmo está, con Rousseau, entre
los que no pueden soportar la conciencia de la culpa, por una especie de
pulcritud mental. El no poder pagar con creces un favor lo avergonzaba y
entristecía. No podía soportar «los acreedores importunos, el incumplimiento de
los deberes, el descuido para la necesidad de un amigo349». Si no puede cumplir
él mismo la obligación, lo confiesa. El historiador holandés Fruin ha observado
con mucho acierto: «Todo lo que hiciere Erasmo contrario a su deber y a sus
intereses bien entendidos, fue culpa de las circunstancias o de los malos
consejos; él no merece ser nunca censurado350. —Y lo que de este modo ha
justificado para sí, se convierte para él en ley universal—: Dios dispensa al
hombre sus votos perniciosos con tal que se arrepienta de ellos», dice el
hombre que había quebrantado un voto351.
Hay en
Erasmo una fusión peligrosa entre inclinación y convicción. Las correlaciones
entre sus idiosincrasias y sus teorías son innegables. Esto se refiere
especialmente a su opinión respecto al ayuno y la abstinencia de carne. Con
harta frecuencia deja escapar su aversión por el pescado, o nos habla de su
imposibilidad de
A. 182. 60
A. 31. 10,
no. I, t. I. p. 44. 38.
Verspreide
Geschriften VIII. p. 277.
Coll.
Epicureus LB. I. 888 F.
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aplazar sus
comidas, para que esta conexión que expresamos no resulte clara a todo el
mundo. Del mismo modo, su experiencia personal en el monasterio, se convierte
en desaprobación de la vida monástica por principio352.
La
deformación de la imagen de su juventud en su memoria, a la cual nos hemos
referido, se funda en esta necesidad de justificarse. Es toda ella
interpretación inconsciente de hechos innegables para favorecer el ideal que
Erasmo se ha formado de sí mismo, y al cual honradamente piensa corresponder.
Los principales rasgos de este preconcebido retrato son una notable y sencilla
sinceridad y franqueza, que hace imposible para él todo fingimiento;
inexperiencia y descuido para las preocupaciones ordinarias de la vida, y una
total ausencia de ambición353. Todo esto es verdad en principio; hay un Erasmo
superficial que responde a esta imagen; pero no es todo Erasmo; hay otro más
profundo, que es casi su contrario, y que él mismo no conoce porque no quiere
conocerlo, tal vez porque debajo de éste hay un ser todavía más profundo, que
es realmente bueno.
¿No se
atribuye flaqueza alguna? Ciertamente sí. A despecho de su mimo para sí,
siempre está insatisfecho de sí y de su obra. «Ad vitium usque putidulus» se
llama a sí mismo, significando la cualidad de no estar jamás contento de sí.
Esta peculiaridad es la que lo deja
A. 296. 75
A. no. II,
t. I. p. 51, no. 107. 50, 119. 224, 113. 78, 115. 2, no. I. p. 5. 7, no. 447.
236, LB. X. 1663 F, A. 1347. 353.
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insatisfecho
de toda obra suya en cuanto se ha publicado; de manera que siempre está
revisando y completando. «Pusilánime» se llama a sí mismo escribiendo a Colet.
Pero una vez más no puede menos de alabarse al reconocer ese defecto,
convirtiéndolo en virtud: es la modestia, lo contrario de la petulancia y el
amor propio354.
Esta
timidez para sí mismo es la razón por la que no le agrada su fisonomía; y, sus
amigos hallan dificultad en persuadirlo a que se deje retratar355. Su figura no
es heroica ni lo bastante noble según él, y no se deja engañar por un artista
que lo adula: « ¡Alto ahí!», exclama al ver el rasguñado boceto de Holbein para
ilustrar la Moria: «si Erasmo fuese todavía así, tomaría esposa enseguida356. —
Este profundo rasgo de insatisfacción es lo que le sugiere la inscripción de
sus retratos—: Sus escritos os mostrarán una imagen suya mejor357».
La modestia
de Erasmo y el desprecio que manifiesta por la celebridad que le tocó en
suerte, tienen un carácter algo retórico. Pero en esto no debemos ver tanto un
rasgo personal de Erasmo como una fórmula general común a todos los humanistas.
Por otra parte, aquella disposición de ánimo no puede ser tenida por artificial
del todo. Sus libros, a los que llama él sus hijos, no han
A. no. I,
t. I. p. 35. 26, no. 26. 30, 45. 150, 51. 141, 107. 13, 113. 72, 384, 402,
Adagia no. 292, LB. II. 147.
A. no. II,
t. I. p. 51. 143.
A. 739. 9.
A. 875. 17,
943. 30, 981. 20, 1092, 1101. 7.
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resultado
bien. No cree que vivan. No se propone hacer acopio de cartas suyas: las
publica sólo porque sus amigos insisten en ello. Escribe sus poemas para probar
otro género. Espera que pronto aparecerán genios que lo eclipsarán, hasta el
punto de que Erasmo pasará por un balbuciente. ¿Qué es la gloria? Una
sobrevivencia pagana. Siente ya hartura de ella y nada podría serle más
agradable que poder quitársela de encima358.
A veces se
le escapa otra flaqueza. Si Lee quisiese ayudarlo en sus esfuerzos, Erasmo lo
haría inmortal, le había dicho en la primera conversación que tuvieron. Y
amenaza de este modo a un adversario desconocido: «Si continuáis atacando tan
descaradamente mi buena fama, tened cuidado que mi delicadeza no llegue a
ceder, y haga yo que figuréis, aun pasados mil años, entre los venenosos
sicofantes, entre los inútiles fanfarrones, entre los médicos
incompetentes…»359. Ese elemento en Erasmo de concentración en sí mismo,
necesariamente había de aumentar por la circunstancia de que él llegó a ser
centro y meta de ideas y cultura. Hubo realmente un tiempo en que pudo
parecerle que el mundo giraba en torno a él, esperando de sus labios la palabra
redentora. ¡Qué séquito inmenso y entusiasta el suyo! ¡Cuántos fervorosos
amigos y adoradores! Hay algo de ingenuo en el modo como piensa ser necesario
obsequiar a todos sus amigos, en una carta abierta, con una relación minuciosa,
A. no. I,
t. I. p. 2. 13. 3. 8, 17. 24, no. 113, 417. 13. 531. 79, 905. 19, 337. 30, 531.
169,
28.
A. 1061.
170, 1042. 19.
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harto
repulsiva, de una enfermedad que lo atacó por el camino a su regreso de Basilea
a Lovaina360. Su participación, su posición, su nombre; ése es el aspecto con
el cual ve cada vez más los acontecimientos del mundo. Años vendrán en que toda
su enorme correspondencia será poco más que una prolongada defensa propia. Y
con todo, ese hombre que tiene tantos amigos, en el fondo es un solitario. Y en
lo profundo de su corazón desea estar solo. «Yo deseo ser un ciudadano del
mundo, —escribe a Zuinglio—, entregado a todos o, mejor aún, extranjero para
todos361». Es de condición en extremo retraída; es un recluso. «Siempre he
deseado estar solo, y no hay nada que odie tanto como los partidarios
incondicionales362». Erasmo es uno de esos hombres a quienes debilita el
contacto con los demás. Cuanto menos tenga que tratar a los demás o pensar en
ellos, amigos o enemigos, más sinceramente expresará su íntimo pensamiento. El
trato con los individuos siempre origina en él pequeños escrúpulos,
intencionadas afabilidades, coqueterías, reticencias, reservas, maliciosas
ocurrencias, evasiones. Por ello no cabe pensar que vamos a conocerlo hasta el
fondo en sus cartas. Naturalezas como la suya, a las que trastorna todo
contacto con los hombres, dan de sí lo mejor y más profundo cuando hablan
impersonalmente y para todos.
A. 867,
886-893.
A. 1314. 2.
LB. X. 1252
A.
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Después de
aquellas tempranas efusiones de afección sentimental, ya no vuelve a abrir su
corazón sin reservas para los demás. En el fondo se siente separado de todos y
en guardia contra todos. Hay en él un gran temor de que los demás penetren en
su alma o alteren la imagen que se ha formado de sí mismo. La actitud de
evasiva, la muestra él en forma de fastidio y timidez. Budeo da en el hito
cuando exclama jocosamente: «¡Fastidiosule! ¡Melindrosillo!»363. El propio
Erasmo interpreta la excesiva sensibilidad de su carácter como pudorosa
timidez364. La excesiva sensibilidad para la mancha de su nacimiento resulta de
ello. Pero su amigo Amonio habla de su «subrustica verecundia», de su
encogimiento algo rústico365. Hay, efectivamente, en Erasmo algo siempre del
hombre humilde que se siente encogido ante la grandeza, y por ello huye de los
grandes, porque, en realidad, lo obsesionan y siente que son hostiles a su
manera de ser.
Parece duro
el decir que la sincera lealtad y el fervoroso agradecimiento eran extraños
para Erasmo. Y con todo, tal fue su naturaleza. En caracteres como el suyo, una
especie de freno mental retiene las efusiones del corazón. Él suscribe al
adagio: «Ama como si hubieras de odiar un día; y odia, como si un día hubieras
de amar366». No puede pedir, no puede aceptar ningún favor367. En
A. 810.
370.
A. 447.
440, 145. 134
A. 239. 28.
Adag. 1072,
LB. II. 434, A. 83. 78.
A. 154. 7,
237. 41, 31. 5.
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lo más
profundo de su alma, continuamente se está apartando de todo el mundo. Él, que
se tiene por el modelo del hombre sin recelo, es en realidad en alto grado
receloso para todos sus amigos. Ni el difunto Amonio que lo había ayudado tan
celosamente en los asuntos más delicados, está a cubierto de ello368. «Os
mostráis siempre injustamente desconfiado para conmigo, —se queja Budeo—. i
Cómo!», exclama Erasmo, «pocas personas encontraréis tan poco desconfiadas en
la amistad como yo369».
Cuando en
la cima de su celebridad la atención del mundo estaba realmente fija en todo lo
que él decía o hacía, hubo cierto fundamento para algún sentimiento por su
parte de estar siempre vigilado y amenazado. Pero cuando era todavía un
literato desconocido, en sus años de París, continuamente hallamos en él
señales de desconfianza para los que lo rodean, que sólo pueden ser miradas
como de sentimiento morboso370. Durante el último período de su vida este
sentimiento se refiere especialmente a dos enemigos: Eppendorf y Aleandro.
Eppendorf tiene espías por todas partes que vigilan la correspondencia de
Erasmo con sus amigos. Aleandro incita continuamente a muchos a combatirlo y lo
acecha donde puede. Su interpretación de las intenciones de los asaltantes acusa
tanta sutilidad y un grado tal de egocentrismo, que rebasa los
A. 828. 21
A. 810.
205, 906. 538, 159. 16, Adag. 4401, LB. II. c. 1050 F.
LB. X. 1252
F, carta a Goclenio, de 2 de abril de 1524, LB. I. Delante del Compendium
vitae, Allen V. 1437, A. 1008. 7, 83. 85, 119, 133, 135. 46, 138. 149, 447.
249, 778. 19, 902, 2356. 10, 1188. 35, 1195, LBE. 1755 B.
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límites de
un sano juicio. Ve todo el mundo lleno de calumnias y emboscadas que amenazan
la paz de su espíritu: casi todos los que antes fueron sus mejores amigos se
han convertido en sus más acérrimos enemigos; ponen en movimiento sus venenosas
lenguas en los banquetes, en la conversación, en el confesionario, en los
sermones, en las lecciones, en la corte, en los carruajes y en los buques. Los
enemigos menores, cual molestas sabandijas, amenazan hastiarlo de la vida o
matarlo de insomnio. Compara sus torturas con el martirio de San Sebastián
acribillado de flechas. Pero el suyo es peor, porque no tiene fin. Durante años
ha estado padeciendo día tras día mil muertes, en completa soledad; pues sus
amigos, si alguno le quedaba, están acobardados por la envidia371.
Pone
desapiadadamente a sus protectores en fila a la picota, por su tacañería372. De
cuando en cuando sale a la superficie una corriente oculta de aversión y odio
que no habíamos sospechado. ¿Dónde le habían tocado en suerte más cosas buenas
que en Inglaterra? ¿Qué país lo había alabado siempre tanto? Pero de pronto se
le escapa un amargo e infundado reproche. Inglaterra tiene la culpa de que él
haya llegado a ser infiel a sus votos monásticos, «por ningún otro motivo odio
a Inglaterra más que por éste, aunque siempre haya sido perniciosa para mí373».
A. 2136.
55. LB. X. 1251 F.
A no. I, p.
42. 24.
A. 899. 14.
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Raramente
se permite llegar a este punto. Sus expresiones de odio o despecho, por regla
general, son solapadas374. Van dirigidas a amigos y enemigos, a Budeo y Lypsio,
lo mismo que a Hutten y Beda. Algunas veces nos sorprende en él una expresión
de burdo gozo por la ajena desgracia. Pero al enjuiciar estos malos
sentimientos de Erasmo, no debemos perder de vista dos hechos. En primer lugar,
no es lícito juzgarlo con nuestras ideas de delicadeza y cortesía. Comparado
con la mayoría de sus contemporáneos, especialmente los humanistas, Erasmo
resulta ecuánime, modesto, benigno y delicado. Por otra parte, no olvidemos que
ni podemos oír sus palabras, ni ver su sonrisa.
****
Erasmo
nunca se sintió feliz, nunca estuvo contento. Esto podrá sorprendernos un
momento cuando pensamos en su gozosa y nunca frustrada energía, en sus alegres
chanzas y en su buen humor. Pero si lo reflexionamos bien, ese sentimiento de
infelicidad concuerda perfectamente con su carácter. También procede de su
general actitud de estar siempre en guardia. Aun cuando está del mejor humor,
se tiene en todos respectos por hombre desgraciado. «El más mísero de todos los
hombres, el tres veces infeliz Erasmo», se llama a sí mismo en exquisitos
términos griegos. Su vida es «una Ilíada de calamidades, una cadena de
desgracias. ¿Cómo puede nadie tenerme envidia?». Para nadie ha sido la Fortuna
tan
374. A. 58.
7, 61. 93, 88. 48, 194. 22, 292, 289. 4, 906. 448, 2136. 150. (N. ED.: esta
nota no aparece situada en el texto original, se recurre al texto en neerlandés
para posicionarla).
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constantemente
hostil como para él. Ha jurado su destrucción; así lo cantaba él en su juventud
en un lamento poético dirigido a Gaguin: desde su primera infancia el mismo
hado triste y cruel lo ha estado persiguiendo constantemente. No parece sino
que se ha vaciado sobre él toda la caja de Pandora375, Esto quizás resulta
bastante retórico; pero lo cierto es que nos habla demasiado a menudo de su
desgracia, para que podamos imaginarlo siempre con la sonrisa en los labios.
Este
sentimiento de infelicidad se concreta en el supuesto de que ha sido abrumado
por las adversas estrellas con una labor hercúlea, sin provecho ni placer para
él376; trastornos y vejaciones sin fin. Su vida hubiera podido ser mucho más
fácil si él hubiera sabido aprovechar sus ocasiones. ¡Si no hubiese abandonado
Italia! ¡Ojalá se hubiese ido a Francia! ¡Debía haber permanecido en
Inglaterra! ¡Ojalá no hubiese visto jamás Alemania!377. «Pero un inmoderado
amor de la libertad me hizo luchar mucho tiempo con amigos infieles y pobreza
inveterada378. —En otra parte dice más resignado—: Pero, vamos impelidos por el
hado379».
Aquel
inmoderado amor de la libertad fue su fatal destino. Siempre había buscado con
avidez la tranquilidad y la libertad, y halló tarde
A. 83. 87,
31. 5, 145. 55, 296. 27, 412. 23, 421. 5, 551. 3. 15, 552. 11, 512. 10, 893. 1,
1102. 6, 1136. 19, 1347. 48. 192, 1437, De fatis suis querela, LB. I. 1218 D.
Ad. 2001
LB. II. 717B. 77, c. 58 A. En el libro que Erasmo tiene en la mano en el
retrato hecho por Holbein en el castillo de Longford, leemos en griego: «Los
trabajos de Hércules».
A. 1334.
1-5, 296. 231, 800. 11, 240. 29, 1032. 17, 1342. 565 ss., 1386. 12, 1415. 96.
Adag. 4401,
LB. II. 1050 F
A. 794. 84,
800.
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la
libertad, la tranquilidad nunca. No atarse de ningún modo, no atraerse
obligaciones que pudieran convertirse en cadenas; y siempre aquel temor a las
complicaciones de la vida380. De este modo fue siempre un gran inquieto. Nunca
estaba verdaderamente satisfecho de nada, y mucho menos de lo que él producía.
«¿Por qué, pues, nos abrumáis con tantos libros, —le objetó alguien de
Lovaina—, si en realidad no estáis satisfecho de ninguno de ellos?». Y Erasmo
le contestó con las palabras de Horacio: «En primer lugar porque no puedo
dormirme381».
Una energía
siempre despierta; eso era él efectivamente. No podía descansar. Casi mareado
todavía de su viaje por mar y ocupado con sus baúles, ya está pensando en la
respuesta a una carta de van Dorp, que acaba de recibir, censurándole la
Moria382. Deberíamos reflexionar bien lo que significa que, a cada paso,
Erasmo, quien por naturaleza amaba la tranquilidad y era miedoso, anhelaba las
comodidades, la limpieza y la buena vida, emprenda uno tras otro molestos y
peligrosos viajes incluso por mar, que es lo que más detesta383; y ello
sirviendo a su obra y sólo por su obra. Aquí muestra su verdadero valor, pero
de este valor no se alaba nunca.
Y no es
sólo inquieto, sino precipitado. Ayudado por una memoria incomparablemente
poderosa y tenaz, escribe al azar. Nunca llega a ser incoherente; su talento es
demasiado refinado y seguro para
A. 1002.
32, 536, 530. 30, 784, 785, 756.
A. 531.
145. 147
A. 337. 20.
A. 194. 6.
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ello; pero
se repite y es innecesariamente circunstanciado. «Todo lo que hago, más lo
derramo que lo escribo, —dice. Compara sus publicaciones a partos, más aún,
abortos—. No puedo sufrir la carga de la gestación». No escoge sus asuntos,
tropieza con ellos, y en cuanto emprende un tema, lo termina sin interrupción.
Durante años no ha hecho más que leer tumultuarie, arriba y abajo, por toda la
literatura; ahora ya no encuentra tiempo para refrescar su espíritu con la
lectura y trabajar como le plazca. En esto envidiaba a Budeo384.
«No
publiquéis con demasiada prisa, —le amonesta Moro—: os vigilan para atraparos
en inexactitudes385». Erasmo lo sabe: ya lo corregirá todo más adelante;
también había de revisarlo y pulirlo todo386[. Aborrece la labor de revisar y
corregir; pero se somete a ello, y trabaja apasionadamente «en la noria de
Basilea», y, según dice, termina la obra de seis años en ocho meses387.
En este
atolondramiento y precipitación con que trabaja Erasmo, hay también una de las
inexplicables contradicciones de su manera de ser. Es precipitado y descuidado;
y quiere ser cuidadoso y precavido; su espíritu lo impulsa a ser lo primero, su
naturaleza lo contiene; pero generalmente sólo después que la palabra ha sido
A. no. I,
t. I. p. 33. 20, cf. p. 17. 34, 935. 32, 1248. 6, 1365. 1-8. 25 ss., LB. I.
1013 DE, A. no. I, t. I. p. 3. 2. 6, p. 18. 5. A. I. p. 17. 2, 704. 10, 952. 5,
531. 388.
A. 481. 33.
A. I. p. 3.
6, p. 16. 1, p. 37.
A. 411,
412, 414. 11, 416. 8, 417. 10, 752. 6, 755. 6, 756. 16, 757. 21, 853. 25, 855.
14,
32.
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escrita y
publicada. El resultado es una continua mezcla de garrulidad y reserva.
El modo
como Erasmo prueba siempre a esquivar las afirmaciones definitivas, nos irrita.
¡Cuán cuidadosamente procura presentar sus Coloquios, en los cuales ha revelado
espontáneamente tanto de sus íntimas convicciones, como puras bagatelas
encomendadas al papel para complacer a sus amigos! ¡Llega a decir que sólo se
proponen enseñar correctamente el latín! Y si algo se dice en ellos referente a
materias de fe, no es él quien lo dice388. Cuantas veces censura a las clases o
a las profesiones en los Adagia, y sobre todo a los príncipes, advierte a los
lectores no piensen que sus palabras apuntan a personas determinadas389.
Erasmo es
un maestro de la reticencia. Aun cuando sostenía opiniones definitivas, sabía
cómo evitar las decisiones directas, y no sólo por precaución, sino porque
conocía la eterna ambigüedad del espíritu humano.
Erasmo se
atribuye un insólito horror a las mentiras. Delante de un embustero se siente
afectado corporalmente. Cuando era muchacho, ya le desagradaban violentamente
los muchachos embusteros, como el fanfarroncillo de que nos habla en los
Coloquios390. El que esta reacción de aversión sea sincera no se contradice con
el hecho de que atrapemos también a Erasmo en
LB. I. 896,
897, LB. V. 234 C, IX. 928.
Adag. 2201,
LB. II. 772 F, 773 F, 774 BC
Spongia
LB. X. 1663 F, Comp. vitae A. no. II. 137, p. 51, Coll. Amicitia LB. I. 878 DE.
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falsedades.
Contradicciones, adulación, disimulos, puras mentiras, importantes supresiones
de hechos, sentimientos simulados de respeto o pesar; de todo ello puede
señalarse en sus cartas. Una vez desmintió su más profunda convicción, por una
gratificación de Ana de Borselen, adulando su mojigatería. Encargó a Batt, su
mejor amigo, que dijese mentiras en su ayuda391. Con la mayor diligencia negó
ser el autor del diálogo Julius, por miedo a las consecuencias, y hasta se lo
negó a Moro392, y siempre evitando decir abiertamente: «Yo no lo he escrito».
Los que conozcan a otros humanistas y sepan con qué frecuencia y descaro
mintieron, sin duda considerarán con más indulgencia los pecados de Erasmo.
Por lo
demás, y ya durante el curso de su vida, no escapó al castigo de su eterna
reticencia, de su habilidad para la semi conclusiones y verdades veladas,
insinuaciones y calumniosas alusiones. La acusación de perfidia le fue echada
en cara, a veces con seria indignación. «Siempre estáis empeñado en atraer
sospecha sobre los demás, —exclama Eduardo Lee—. ¿Cómo os atrevéis a usurpar el
oficio de censor general y condenar lo que apenas habéis examinado? ¿Cómo os
atrevéis a despreciar a todos menos a vos? En los Colloquia ponéis en la picota
a vuestros antagonistas con falsedad y con injuria». Lee cita el rencoroso
pasaje que se refiere a
A. 139. 37
A. 908. 2
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él393 y
luego exclama: «Y ahora, por esas palabras, el mundo vendrá a conocer a su
teólogo, a su censor, a su autor sincero y modesto; conocerá esa timidez
erasmiana, esa seriedad, decencia y honestidad. La modestia erasmiana ha sido
proverbial por mucho tiempo. Siempre habéis estado usando las palabras “falsas
acusaciones. —Decís—: ¡Si yo fuese conscientemente culpable de la más pequeña
de todas sus falsas acusaciones (las de Lee), no me atrevería a acercarme a la
mesa del Señor!”. “Ah, ¿y quién sois vos para juzgar a otro, a un servidor que
está de pie o cae de rodillas delante de su Señor?”»394.
Este fue el
primer ataque violento del lado conservador, a comienzos de 1520, cuando la
poderosa lucha con la acción de Lutero se había desencadenado y tenía al mundo
en la mayor suspensión. Medio año después, siguieron los primeros reproches
serios de parte de los reformadores radicales. Ulrico von Hutten, el impetuoso
paladín de entendimiento algo confuso, que deseaba ver el triunfo de la causa
de Lutero como la causa nacional de Alemania, se revuelve contra Erasmo (a
quien había aclamado entusiásticamente tiempo atrás como al hombre de la nueva
redención) con el urgente requerimiento de no desamparar la causa de la Reforma
ni comprometerla. «Os habéis mostrado medroso en el asunto de Reuchlin; ahora,
en el de Lutero hacéis cuanto podéis para
Erasmo lo
había insertado en la edición de las Colloquiorum Formulas publicada por Dirk
Maertensz, en D19; en la edición siguiente lo tachó.
A. 1061.
330. 361. 429, etc.
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convencer a
sus adversarios de que sois completamente contrario a él, aunque nosotros
sabemos algo más. No reneguéis de nosotros. Vos sabéis cuán triunfalmente han
circulado ciertas cartas vuestras, en las cuales, para protegeros de toda
sospecha, con bastante bajeza habéis acusado a otros… Si teméis ahora atraeros
alguna hostilidad por causa mía, concededme a lo menos una cosa: que, por miedo
a otro, no lleguéis a repudiarme; prefiero que guardéis silencio acerca de
mí395».
Amargos
reproches eran éstos. En el hombre que había de tragarlos, había un Erasmo
mezquino que los merecía, que se ofendía por ellos, pero no los tomaba a
pechos; y continuó obrando con prudente reserva, hasta que la amistad de Hutten
se convirtió en odio.
En él
también había un grande Erasmo que sabía cómo, debajo del ardor y el
apasionamiento con que los partidos se Combatían, la verdad que él buscaba y el
amor cuyo triunfo en el mundo esperaba, estaban oscurecidos; que ponía al Dios
en quien creía demasiado alto para confundirlo con un partido.
Intentaremos
descubrir a este gran Erasmo, en cuanto el Erasmo pequeño nos lo permita.
A. 1135.
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Capítulo XV
En Lovaina
Erasmo en
Lovaina, 1517.— Espera la renovación de la Iglesia como fruto de la cultura
clásica. — Controversia con Lefèvre d’Étaples.— Segundo viaje a Basilea en
1518. — Revisa la edición del Nuevo Testamento. — Controversias con Latomo,
Briard y Lee. — Erasmo considera la oposición de la teología conservadora,
puramente como una conspiración contra las bonae litterae.
Cuando
Erasmo se estableció en Lovaina el verano de 1517, tenía un vago presentimiento
de que se preparaban grandes cambios. «Temo», escribe en septiembre396 «que una
gran subversión de cosas se esté preparando aquí, si el favor de Dios y la
piedad y sabiduría de los príncipes no se preocupan por los asuntos humanos».
Pero ignora la forma que ese gran cambio tomará.
Su traslado
a Lovaina tampoco le parecía definitivo. Sólo debía durar «hasta que hayamos
visto qué lugar de residencia es más conveniente para la vejez, que ya está
llamando a la puerta397». Hay algo de patético en el hombre que no desea nada
más que tranquilidad y libertad, y que, por su inquietud e incapacidad para
despreocuparse de los demás, nunca halló una morada realmente fija, ni su
propia independencia. Erasmo es uno de esos hombres
A. 658. 49,
cf. 545. 10
A. 596. 2.
Colaboración
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que parece
estar diciendo siempre: « ¡Mañana, mañana! Primero tengo que ocuparme en esto,
y después…». En cuanto pueda estar listo de su nueva edición del Nuevo
Testamento y se haya desembrollado de las molestas y desagradables
controversias en que se halla enredado contra su voluntad, descansará, se
ocultará, «cantará para sí y para las musas398». Pero ese tiempo no llegó
nunca.
¿Dónde
vivir cuando quedase libre? España, a donde lo llamaba el cardenal Cisneros, no
lo atraía. De Alemania, dice que las estufas y la inseguridad lo intimidaban.
En Inglaterra, le asusta la servidumbre que le exigirán. Pero ni en los Países
Bajos se siente a sus anchas: «Aquí me desuellan sin recompensa ninguna; aunque
yo lo había deseado mucho, no puedo soportar quedarme aquí por más tiempo399».
Y con todo, se quedó cuatro años
Erasmo
tenía buenos amigos en la Universidad de Lovaina. Primero se hospedó en casa de
su antiguo huésped Juan Paludano, rector de la Universidad, cuya casa cambió
aquel verano por su alojamiento en el Colegio del Lirio. Martín van Dorp, un
holandés como él, no se había separado de él por su polémica acerca de la
Moria; sus buenos oficios tenían gran importancia para Erasmo, por el lugar
considerable que Dorp ocupaba en la facultad de Teología. Y últimamente, aunque
su antiguo protector, Adriano de Utrech, papa más tarde, había sido trasladado
de Lovaina para ocupar más altos
A. 726. 6,
731. 37, 784. 17, 785. 9, 826. 2, 812. 28.
A. 597. 47
ss.
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cargos, su
influjo no había disminuido por ello; tal vez había aumentado; porque
precisamente en aquel tiempo lo habían hecho cardenal.
Erasmo fue
recibido con gran complacencia por los teólogos de Lovaina. Su jefe, el
vicecanciller de la Universidad, Juan Briard de Ath, expresó repetidamente su
aprobación por la edición del Nuevo Testamento, con gran satisfacción de
Erasmo. Pronto Erasmo se halló miembro de la facultad de Teología.
Y con todo,
no se sentía a sus anchas entre los teólogos de Lovaina. Aquella atmósfera se
avenía mucho menos con su carácter que la del mundo de los eruditos ingleses.
Allí notaba un espíritu que él no comprendía y, en consecuencia, no le
inspiraba confianza.
Por los
años en que comenzó la Reforma, Erasmo fue víctima de una gran equivocación,
consecuencia del hecho de que su delicado, estético, revoloteante espíritu, no
comprendía ni las más hondas profundidades de la fe, ni las duras necesidades
de la sociedad humana. No era místico ni realista. Lutero era ambas cosas. Para
Erasmo el gran problema de la Iglesia, del Estado y de la sociedad, parecía
sencillo. No se requería sino la restauración y la purificación por un retorno
a las fuentes originales, no corrompidas, del Cristianismo. Cierto número de
añadiduras a la fe, más ridículas que odiosas, debían ser desechadas. Todo
habría de reducirse al núcleo de la fe: Cristo y el Evangelio. Fórmulas,
ceremonias, especulaciones, habían de dejar lugar a la práctica de la piedad
verdadera. El Evangelio era fácilmente inteligible para todo el
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mundo, y
debía estar al alcance de todos. Y los medios para lograr todo esto eran una
auténtica cultura, las bonae litterae. ¿No había él, con su edición del Nuevo
Testamento y de San Jerónimo, y aun antes con el Enchiridion, hecho mucho más
de lo que había de hacerse? «Espero que lo que ahora place a los que piensan
rectamente, pronto placerá a todos400[». Ya. a comienzos de 1517, Erasmo había
escrito a Wolfgang Fabricio Capito, en el tono del que ha cumplido una gran
tarea: «Bien, pues; tomad la antorcha de nuestras manos. La obra será en
adelante mucho más fácil y causará mucho menos odio y envidia. Hemos dado el
primer asalto401».
Budeo
escribe a Tunstall en mayo de 1517402 «¿Hay alguien que haya nacido bajo tan
desfavorables Gracias, que la obtusa y oscura disciplina (escolasticismo) no lo
subleve, desde que la Sagrada Escritura, también depurada por la diligencia de
Erasmo, ha recuperado su antigua pureza y esplendor? Peto es mucho más grande
que él haya sacado a luz por esa misma labor la verdad sagrada de aquellas
cimerias tinieblas, cuando la teología aún no está del todo libre de las
escorias de la escuela sofística. Si esto ocurriese un día, sería debido a los
comienzos efectuados en nuestro tiempo». El filólogo Budeo creía todavía más
firmemente que Erasmo, que la fe era cosa de erudición.
A. 507. 23,
456. 253
A. 541. 96.
125
A. 583. 252
Colaboración
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No podía
menos de mortificar a Erasmo que no todo el mundo aceptase de golpe la verdad
así purificada. ¿Cómo podía nadie oponerse a lo que para él parecía claro como
la luz del día, y tan sencillo? Él a quien tan sinceramente hubiese agradado
vivir en paz con todo el mundo, se hallaba enredado en una serie de polémicas.
Dejar que la oposición de sus contradictores pasase inadvertida, era imposible
no sólo para su carácter, que le impulsaba siempre a justificarse a los ojos
del mundo, sino también para la costumbre de su época, tan ávida de disputas.
Hubo, en
primer lugar, sus polémicas con Jacobo Lefèvre d’Étaples, o en forma
latinizada, Jacobus Faber Stapulensis, el teólogo parisiense, quien, como
preparador de la Reforma, más que otro alguno, podía figurar junto a Erasmo. En
el momento en que Erasmo subía en Amberes al coche de viaje que lo llevaba a
Lovaina un amigo le llamó la atención sobre un pasaje de la nueva edición del
comentario de Faber a las Epístolas de San Pablo, en que discutía una nota de
Erasmo a la Epístola a los Hebreos, capítulo II, versículo 7. Erasmo compró
enseguida el libro de Faber, y pronto publicó una defensa. Se refería a la
relación de Jesucristo con Dios y con los ángeles, pero el punto dogmático en
cuestión dependía, al fin y al cabo, de una interpretación filológica de
Erasmo403.
LB. IX. 17,
A. 616. 4. 11.
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No
acostumbrado todavía a la disputa directa, Erasmo se conmovió violentamente por
aquello, tanto más cuanto que tenía en grande estima a Faber y lo miraba como
un espíritu afín al suyo.
«¿Qué le ha
ocurrido a ese hombre? ¿Lo han indispuesto otras personas contra mí? Todos los
teólogos afirman que yo tengo razón», asegura él. Lo pone nervioso que Faber no
le conteste inmediatamente. Badio ha dicho a Pedro Gilles que Faber siente lo
ocurrido. Erasmo, en una carta muy seria y digna, apela a la amistad que los
une; él se someterá a ser enseñado y censurado. Luego vuelve a refunfuñar: que
lleve cuidado. Y se figura que su controversia con Faber tiene al mundo
suspenso; no hay comida en que los comensales no tomen partido por uno o por
otro. Pero, finalmente, la disputa se apaciguó y la amistad quedó a salvo404.
Cerca de la
Pascua de Resurrección de 1518, Erasmo meditaba otro viaje a Basilea para
entregar a la imprenta, durante unos meses de duro trabajo, la edición
corregida del Nuevo Testamento. No dejó de pedir antes a los jefes de la
teología conservadora de Lovaina que expusiesen sus objeciones acerca de su
obra. Briard de Ath declaró que no había encontrado nada ofensivo en ella,
después de haber oído toda clase de vituperios acerca de la obra. «Entonces la
nueva edición os agradará más todavía», había dicho Erasmo405. Su amigo van
Dorp y Jacobo Latomo, éste también uno de los principales
A. 597. 32,
607. 2, 608. 22, 616, 637, 651-53, 659, 695. 21, 707. 23, 719. 7, 730. 29, 766.
9, 768. 16, 778. 54, 849. 15, 855. 48, 814. 10.
A. 1225.
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teólogos,
se habían expresado en idéntico sentido; y el carmelita Nicolás de Egmond había
dicho que no había leído nunca la obra de Erasmo. Sólo un joven inglés, Eduardo
Lee, que estaba estudiando griego en Lovaina, había resumido cierto número de
críticas en diez conclusiones. Erasmo se zafó escribiendo a Lee que no había
tenido tiempo de enterarse de sus conclusiones y que por lo tanto no había
podido hacer uso de ellas. Pero su joven crítico no se dio por vencido al ser
desairado de aquella manera, y desarrolló sus objeciones en un libro más
circunstanciado406.
Erasmo
salió, pues, de nuevo para Basilea en mayo de 1518. Se había visto obligado a
pedir a todos sus amigos ingleses (Amonio le había sido arrebatado por la
muerte en 1517) ayuda para sufragar los gastos del viaje; les daba a entender
que cuando su obra hubiese terminado, volvería a Inglaterra. En una carta a
Martín Lypsio, mientras subía por el Rin, contestó a la crítica de Lee, que lo
había irritado sobremanera. Al revisar su edición, no sólo la tomó muy poco en
cuenta, sino que, además, se aventuró a publicar su versión del Nuevo
Testamento de 1516 sin ninguna alteración. Al mismo tiempo, obtuvo para la
nueva edición una carta de aprobación del Papa, arma temible contra sus
objetantes407.
En Basilea
trabajó Erasmo de nuevo como un caballo a la noria. Pero en realidad estaba en
su elemento. Aun antes de la segunda edición del Nuevo Testamento, el
Enchiridion y la Instituitio Principis
A. 750,
765, 843, 781-787, 867, 964.
A. 832,
860, 864.
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Christiani
fueron reimpresos por Froben. Durante su viaje de regreso, Erasmo, cuyo trabajo
había sido estorbado durante todo el estío por falta de salud, y que por ello
no había pedido terminarlo, cayó seriamente enfermo. Con gran dificultad pudo
llegar a Lovaina (el 21 de septiembre de 1518). Podía ser de la peste, y
Erasmo, aunque siempre había temido el contagio, ahora tomó todas las
precauciones para salvaguardar a sus amigos. Evitó su alojamiento en el Colegio
del Lirio, y halló refugio en casa de su amigo más íntimo, Dirck Maertensz, el
impresor. Pero, a pesar de los rumores de peste y de las advertencias de
Erasmo, primero van Dorp y después también Ath fueron a visitarlo enseguida408.
Evidentemente, los profesores de Lovaina no se portaban tan mal con él, al fin
y al cabo.
Con todo,
las diferencias entre Erasmo y la facultad de Lovaina estaban arraigadas
profundamente. Lee, ofendido por la poca atención que Erasmo había prestado a
sus objeciones, preparaba una nueva crítica, pero se abstuvo de publicarla, de
momento; lo cual irritaba y ponía nervioso a Erasmo. En el ínterin apareció
otro objetante. En cuanto llegó a Lovaina, Erasmo se había dado mucho trabajo
para promover el establecimiento del Collegium Trilingue, proyectado y dotado
por Jerónimo Busleiden, en su testamento, para que se fundase en la
Universidad. Las tres lenguas bíblicas, hebreo, griego y latín, se habían de
enseñar allí. Ahora bien, cuando
A. 867.
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Jacobo
Latomo, miembro de la facultad de teología, y hombre a quien él estimaba409, en
un diálogo acerca del estudio de las tres lenguas y la teología, dudó de la
utilidad de la primera, Erasmo se dio por aludido y contestó a Latomo con una
apología410.
Por aquel
mismo tiempo (primavera de 1519), se incomodó con el propio vicecanciller Ath.
Erasmo creyó que éste lo había censurado públicamente a propósito del Elogio
del Matrimonio, que se había publicado recientemente411. A pesar de que Ath se
retractó enseguida, Erasmo no pudo contenerse de escribir una Apología, aunque
moderada412. Mientras tanto, la latente pelea con Lee adquirió más odiosos
caracteres413. En vano quisieron los amigos ingleses de Erasmo contener a su
joven y ambicioso compatriota. Erasmo, por su parte, lo irritaba furtivamente.
En toda aquella disputa revela éste una falta de dominio propio y dignidad que
muestra su lado más flaco. Habitualmente tan ansioso de decoro, ahora se deja
caer en invectivas: «el viborezno inglés», «Satán», y hasta el antiguo dicterio
que atribuía rabo a los ingleses, será utilizado por él varias veces. Los
puntos en discusión desaparecen del todo bajo los más agrios vituperios mutuos.
Con su desenfrenada ira, Erasmo se sirve de las más indignas armas. Incita
A. 934
LB. IX. 79
El Encomium
matrimonii, escrito para Mountjoy en la época de París, no publicado hasta
1517, por Maertensz, y reeditado el año siguiente por Froben. Véase A. t. III.
p. 14. 10 Nota, 17.
Nota.
Figura en De conscribendis epistolis, LB. I. 414.
LB. IX. 105
A. 1037.
1061
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a sus
amigos alemanes a escribir contra Lee y a ponerlo en ridículo en toda su
necedad y jactancia, y luego asegura a todos sus amigos ingleses: «Toda
Alemania está materialmente furiosa con Lee; me ha costado mucho trabajo
contenerlos414».
Por
desdicha, Alemania tenía otros motivos de confusión: estamos en 1520 y los tres
grandes escritos polémicos de Lutero estaban pegando fuego al mundo.
Aunque
podamos excusar la violencia y el mezquino despecho de Erasmo en este asunto,
procedentes de un corazón en extremo sensible, que acusaba cierta carencia de
cualidades verdaderamente varoniles, con todo, es difícil poder negar que no
alcanza a comprender, ni los argumentos de sus adversarios, ni los grandes
movimientos de su tiempo.
Era muy
fácil para Erasmo burlarse de los pocos alcances de los teólogos conservadores,
los cuales pensaban que había de acabarse la fe en la Sagrada Escritura en
cuando se intentase la enmienda de su texto: «¡Corrigen el Santo Evangelio y
hasta se atreven con el Padrenuestro!, —exclama el predicador, indignado, en su
sermón, delante de su asombrado auditorio—, como si yo atacase a Mateo y Lucas
y no a esos que, por ignorancia y descuido, los han corrompido. ¿Qué es lo que
se desea? ¿Que la Iglesia posea la Sagrada Escritura tan correcta como sea
posible, o no?»415. El razonamiento le parecía a Erasmo, con su apasionado
deseo de
A. 1088,
1089, 1129, 1139.
A. 541. 83,
1126
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pureza, una
refutación concluyente. Pero el instinto no engañaba a sus adversarios, cuando
les decía que estaba en peligro la doctrina misma si el juicio lingüístico de
un hombre solo pudiera decidir en cuanto a la corrección de un texto. Erasmo
quería, desde luego, evitar las conclusiones que atacaban la doctrina. No se
daba cuenta de que sus concepciones acerca de la Iglesia, y los sacramentos, y
el dogma, ya no eran puramente católicas, porque habían quedado subordinadas a
su perspicacia filológica. No podía comprenderlo, porque él, a despecho de toda
su piedad natural y sus fervorosos sentimientos éticos, carecía de la
perspicacia mística en que se funda la verdadera fe.
Esta
carencia personal de Erasmo era lo que lo incapacitaba para comprender los
verdaderos fundamentos de aquella resistencia de la ortodoxia católica. ¡Cómo
era posible que tantos, y entre ellos hombres de alta consideración, se negasen
a aceptar lo que a él le parecía tan claro e irrefutable! Interpretaba, pues,
el hecho de un modo en extremo personal. La oposición iba sin duda dirigida
contra él y su ideal.
Aquel
hombre que de tan buena gana hubiera querido vivir en paz con todo el mundo,
que tanto anhelaba por la simpatía y la comprensión y soportaba
dificultosamente la enemistad, veía aumentar a su alrededor las filas de los
odiadores y contrarios. No comprendía cómo temían su burlona mordacidad, y
cuántos podían llevar la cicatriz de una herida que les había producido la
Moria. Ese odio, el real y el supuesto, trastornaba a Erasmo. Ve a sus enemigos
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como una
secta. Son especialmente los dominicos y los carmelitas los que están peor
dispuestos para la nueva teología científica. Precisamente entonces acababa de
levantarse un nuevo adversario en Lovaina, en la persona de su compatriota
Nicolás de Egmond, prior de los carmelitas, en adelante objeto de particular
aborrecimiento por parte de él. Es notable que en Lovaina Erasmo halló sus más
feroces contrarios entre sus compatriotas, en el estrecho sentido de la
palabra: al mesurado van Dorp y al vehemente Egmondano, se unirán pronto
Vicente Dirks, de Haarlem, Guillermo de Vianen y Ruurd Tapper. La persecución
aumenta; la ponzoña de la maledicencia se difunde más y más cada día y se
vuelve más implacable; él llama en su auxilio a Ath, el vicecanciller, en contra
de ellos. Pero no le sirve para nada; los enemigos ocultos se ríen; dejadle
escribir para los eruditos, que son pocos; ya procuraremos nosotros despertar
al pueblo. Después de 1520, escribe a menudo: «Me apedrean cada día416».
Pero
Erasmo, por mucho que se pudiese considerar a sí mismo en el centro de su
época, y no sin razón, en 1519-1520 ya no podía cerrar los ojos a la
circunstancia de que la gran lucha no le concernía a él solo. Por todas partes
se empeñaba el combate. ¿Qué es esa gran conmoción acerca de asuntos de
espíritu y de fe?
La
respuesta que dio Erasmo fue ésta: se trata de una grande y obstinada
conspiración por parte de los conservadores para sofocar
A. 531.
515, 522. 154, 597, 809, 826. 4, 878. 13, 941. 6, 946, 1166. 35, 1176. 12,
1182. 9, 1185. 9, 1203, 1216. 75.
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el
auténtico saber, es decir, la cultura clásica y hacer que triunfe la antigua
ignorancia. Esta idea reaparece innumerables veces en sus cartas desde mediados
de 1518417. «Yo sé con toda certeza, —escribe en 21 de marzo de 1519 a uno de
sus amigos alemanes—, que los bárbaros de todas partes han conspirado para no
dejar piedra sin remover hasta que hayan suprimido las bonae litterae418».
«Aquí
estamos todavía luchando contra los defensores de la antigua ignorancia»; ¿no
podría Wolsey persuadir al papa a que ataje todo esto? Todo cuanto pertenece a
la antigua y culta literatura es llamado «poesía» por esos individuos de
espíritu estrecho. Con aquella palabra designaban todo lo que supiese a
doctrina más elegante, es decir, todo lo que no habían aprendido ellos.
Todo el
tumulto, toda la tragedia —con estos términos suele referirse a la gran lucha
teológica—, se originan del odio a las bonae litterae419. «Ésa es la fuente y
el plantel de toda la tragedia; el odio incurable a los estudios lingüísticos y
a las bonae litterae». «Lutero provoca a esos enemigos, a quienes es imposible
conquistar, aunque su causa es mala. Y mientras tanto la envidia hostiliza las
bonae litterae, que son atacadas a instigación suya (de Lutero) por esos
tábanos. Son ya casi insufribles, ahora cuando las cosas no les salen bien;
pero ¿quién podrá hacerles frente cuando triunfen? O yo
A. 903. 4
A. 931. 5.
A. 947. 18,
948. 15, 961. 14, 991. 37. 1007. 51, 1016. 7, 1032. 13, 1060. 37, 1063. 1,
1066. 62, 1110. 15, 1111. 23, 1126. 335, 1134. 11, 1141. 25, 1156. 42, 1167.
72, 1168. 30.
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estoy
ciego, o no apuntan a Lutero, sino que se aprestan para aniquilar la falange de
las Musas420».
Esto fue
escrito por Erasmo a un miembro de la Universidad de Leipzig en diciembre de
1520. Esta concepción unilateral y académica de aquellos grandes
acontecimientos, nacida en el gabinete de trabajo de un recluso inclinado sobre
sus libros, impidió a Erasmo, más que cualquier otra cosa, el comprender la
verdadera naturaleza y el alcance de la Reforma.
A. 1168.
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Capítulo
XVI
Primeros
años de la Reforma
Comienzo de
las relaciones entre Erasmo y Lutero — El Arzobispo Alberto de Maguncia, 1517.
— Progreso de la Reforma. — Lutero intenta efectuar un acercamiento con Erasmo,
marzo de 1519. — Erasmo se mantiene apartado; imagina poder actuar todavía como
conciliador — Su actitud se vuelve ambigua. — Niega cada vez más
categóricamente toda relación con Lutero y resuelve permanecer como puro
espectador. — Se ve acosado por los dos bandos para que tome partido. —
Aleandro en los Países Bajos. — La Dieta de Worms, 1521.— Erasmo deja Lovaina
para salvaguardar su libertad, octubre de 1521.
Hacia fines
de 1516 Erasmo recibía una carta del bibliotecario y secretario de Federico, el
elector de Sajonia421, Jorge Espalatino, escrita en el tono respetuoso y
reverente en que se hacían entonces proposiciones al grande hombre. «Todos os
tenemos aquí en grande estima; el Elector tiene todos vuestros libros en su
biblioteca, y se propone comprar todo cuanto publiquéis en adelante».
Pero el
propósito de la carta de Espalatino era el cumplimiento del encargo de un
amigo. Un eclesiástico agustino, gran admirador de Erasmo, le ha pedido que
dirigiese su atención a la circunstancia de
A. 501.
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que Erasmo,
en su interpretación de la Epístola de San Pablo a los Romanos, no había
entendido correctamente la idea de justicia, y había prestado poca atención al
pecado original: podría sacar provecho de la lectura de San Agustín.
Aquel
innominado religioso agustino era en realidad Putero en persona, entonces
desconocido todavía fuera del círculo de la Universidad de Wittemberg, de la
que era profesor, y aquella crítica se refería al punto cardinal de su
convicción firmemente adquirida: la justificación por la fe.
Erasmo hizo
poco caso de aquella carta. Recibía muchas de aquella clase, que contenían
todavía más alabanzas y ninguna crítica. Si la contestó no llegó a manos de
Espalatino, y luego Erasmo olvidó completamente toda aquella carta.
Nueve meses
después, en septiembre de 1517, cuando Erasmo había estado en Lovaina por poco
tiempo, recibió una honrosa invitación escrita por el primer prelado del
Imperio, el joven arzobispo de Maguncia, Alberto de Brandemburgo422. El
arzobispo deseaba tener ocasión de conocerlo: admiraba grandemente su obra (en
realidad la conocía tan poco que hablaba de la corrección por Erasmo del
Antiguo Testamento, en lugar del Nuevo), y esperaba que un día escribiese
algunos libros de vidas de Santos en elegante estilo.
A. 661.
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El joven
Hohenzoller, abogado de la nueva ilustración de los estudios clásicos, cuya
atención había sido llamada hacia Erasmo probablemente por Hutten y Capito, los
cuales vivían en su Corte, se había empeñado recientemente en una de las
negociaciones políticas y financieras más atrevidas de su tiempo. Su elevación
a la sede de Maguncia, a la edad de veinticuatro años, había requerido una
dispensa papal, porque él deseaba también conservar el arzobispado de
Magdeburgo y la sede de Halberstadt. Esta acumulación de cargos eclesiásticos
estaba llamada a servir la política de la casa de Brandemburgo, opuesta a la
casa rival de Sajonia. El papa otorgó la dispensa a cambio de gran cantidad de
dinero; pero para facilitar su pago había concedido generosamente al arzobispo
una indulgencia para todo el arzobispado de Maguncia, Magdeburgo y los
territorios de Brandemburgo. Alberto, a quien tácitamente se otorgó la mitad de
los ingresos, había concertado un empréstito con la casa Fugger, y ésta quedó
encargada de negociar la indulgencia.
Cuando en
diciembre de 1517423, contestó Erasmo al arzobispo, las proposiciones de Lutero
contra las indulgencias, provocadas por las instrucciones del arzobispo de
Maguncia respecto a su venta, ya habían sido expuestas públicamente (31 de
octubre de 1517) y circulado por toda Alemania, poniendo en agitación a toda,
la Iglesia; se alzaban contra los mismos abusos que combatía Erasmo:
A. 745
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el concepto
mecánico, atomístico y jurídico de la religión. ¡Pero cuán diferente fue ahora
el efecto práctico, comparado con el pacífico esfuerzo de Erasmo para purificar
la Iglesia por medios benignos!
¿Vidas de
santos?, —pregunta Erasmo contestando al arzobispo—. He probado a mi humilde
manera aportar un poco de luz acerca del Príncipe de los santos. Por lo demás,
vuestros esfuerzos, añadidos a tantos y dificultosos asuntos de gobierno, y en
tan joven edad, para lograr que las vidas de santos se purifiquen de cuentos de
viejas y estilo desagradable, es digno de todo encomio. Porque nada debiera
permitirse en la Iglesia que no fuese perfectamente puro o refinado». Y
concluye con un magnífico elogio del excelente prelado.
Durante la
mayor parte de 1518, Erasmo estuvo harto ocupado con sus propios asuntos —el
viaje a Basilea, sus febriles trabajos allí, y luego su grave enfermedad—, para
poder prestar mucha atención a los de Lutero.
En marzo
envía a Moro las tesis de Lutero, sin comentarios, y de paso se queja a Colet
acerca de la impudencia con que Roma prodiga las indulgencias424. Lutero, a
quien se ha declarado ya hereje e intimado a que se presente en Augsburgo, ha
comparecido ante el legado Cayetano y se niega a retractarse, haciendo hervir
el entusiasmo a su alrededor.
Precisamente
por aquel tiempo, Erasmo escribe a uno de los partidarios de Lutero, Juan Lang,
en términos muy favorables para
A. 785. 38,
786. 24
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de Sergio Barros 236 Preparado por Patricio Barros
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su obra425;
las tesis han complacido a todo el mundo. «A mí, — dice—, me parece que la
monarquía del Papa en Roma, como ahora está, es una pestilencia para la
cristiandad…; pero yo no sé si es prudente tratar abiertamente de esta plaga.
Este asunto debiera ser resuelto por los príncipes; pero me temo que ellos
obrarían de concierto con el papa para asegurarse parte del botín. No comprendo
qué le ha tomado a Eck para levantarse en armas contra Lutero». Esta carta no
halló lugar en ninguna de las colecciones.
El año de
1519 trajo la contienda provocada por la elección de emperador, después de la
muerte del viejo Maximiliano en enero, y la tentativa de la curia para
recuperar terreno. Alemania estaba aguardando la tanto tiempo esperada
controversia entre Juan Eck y Andrés Karlstadt y que, en realidad, había de
referirse a Lutero. ¿Cómo podía Erasmo, que también estaba implicado aquel año
en tantas polémicas, haber presentido que la controversia de Leipzig, que había
de conducir a Lutero a la conclusión de rechazar la más alta autoridad
eclesiástica, iba a tener duradera importancia en la historia del mundo,
mientras que su pelea con Lee sería olvidada?
El 28 de
marzo de 1519, Lutero se dirigió personalmente a Erasmo por primera vez426.
«Hablo de vos muy a menudo, y vos de mí, Erasmo, honor nuestro y esperanza
nuestra; y no nos conocemos todavía». Se alegra de ver que Erasmo desagrada a
muchos, lo cual le parece una señal de que Dios lo ha bendecido. Ahora que el
A. 872
A. 933.
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nombre de
Lutero comienza también a conocerse, un silencio más prolongado entre ambos
podría ser objeto de malas interpretaciones. «Por tanto, Erasmo mío, hombre
afable, si os parece bien reconoced también a este hermanito en Cristo, que os
admira sinceramente, y se siente amistosamente dispuesto para con vos, y que
por lo demás no merecería, por culpa de su ignorancia, sino yacer desconocido y
enterrado en un rincón».
Había un
propósito muy definido en aquella carta, algo rústicamente ladina, y medio
irónica. Lutero quería, a ser posible, hacer que Erasmo enseñase sus cartas,
para ganarlo (a él que era una autoridad poderosa, piedra de toque de la
ciencia y de la cultura) a la causa que defendía. Pero en el fondo de su
corazón, Lutero hacía tiempo que conocía el profundo abismo que lo separaba de
Erasmo. Ya en marzo de 1517, medio año antes de su aparición en público,
escribía al mismo Juan Lang acerca de Erasmo: «para él pesan más las cosas
humanas que las divinas», opinión que muchos, después de Lutero, repetirían,
que estaba en los labios de todo el mundo y que, sin embargo, era injusta.
La
tentativa por parte de Lutero de efectuar un acercamiento, le fue ocasión para
retroceder inmediatamente. Entonces comienza aquella política extremadamente
ambigua de Erasmo para proteger su autoridad como lumbrera del mundo y navegar
entre dos aguas sin comprometerse. En esta actitud se entremezclan
inextricablemente lo grande y lo pequeño de su personalidad. El error por causa
del cual la mayoría de los historiadores han
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considerado
la actitud de Erasmo para con la Reforma, ora a una luz exageradamente
desfavorable, ora —por ejemplo el historiador alemán Kalkoff— demasiado heroica
y previsora, procede de haberlo apreciado como una personalidad
psicológicamente homogénea. Precisamente lo que no es. Su duplicidad arraiga en
las profundidades de su ser. Muchas de sus expresiones durante aquella lucha
proceden directamente de su temor y falta de carácter, y también de su
inveterada repugnancia a tomar partido, por un hombre o por una causa; pero
debajo de esto siempre está su profunda y ferviente convicción de que ninguna
de las dos opiniones en lucha puede expresar completamente la verdad; que el
odio y la ceguera humana infatúan a los espíritus. Y con esta convicción se une
la noble ilusión de que todavía pudiera ser posible salvaguardar la paz por
medio de la moderación, la perspicacia y la benevolencia.
En abril de
1519, se le ofrece una oportunidad de definir su posición respecto a Lutero.
Erasmo dirige una carta al elector Federico de Sajonia, protector de Lutero427,
tomando por pretexto su dedicatoria de Suetonio dos años antes; pero su
verdadera intención consiste en decir algo de Lutero. Los escritos de Lutero,
dice, han dado a los oscurantistas de Lovaina abundante materia para arremeter
contra las bonae litterae y tratar de herejes a todos los eruditos. Por su
parte no conoce a Lutero y sólo ha hojeado de
A. 939.
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corrida sus
escritos, hasta el presente; pero todos alaban su manera de vivir. ¡Cuán poco
de acuerdo con la benignidad teológica está esto de condenarle así, de golpe y
porrazo, y ello delante del vulgo indiscreto! Porque, ¿no ha propuesto él
también una controversia, sometiéndose al juicio de todos? Nadie, hasta ahora,
lo ha amonestado, enseñado, persuadido. Todo error no es, sin más ni más,
herejía.
Lo mejor
del Cristianismo es una vida digna de Cristo. Donde hallamos esto, no debemos
sospechar imprudentemente que haya herejía. ¿Por qué perseguimos tan poco
caritativamente las caídas de los demás, cuando ninguno de nosotros está libre
de error? ¿Por qué deseamos más vencer que curar, destruir que instruir?
Pero
concluye con una palabra que no podía sino agradar a los amigos de Lutero, que
tanto esperaban su ayuda. «Ojalá pueda el duque evitar que un inocente sea
sometido, so capa de piedad, a la impiedad de unos pocos. Tal es también el
deseo del papa León, que no desea en el fondo de su corazón otra cosa sino que
esa inocencia se salve». Aquella carta fue inmediatamente difundida por medio
de la imprenta.
Pero al
mismo tiempo Erasmo hace cuanto puede para impedir que Froben publique los
escritos de Lutero «a fin de que no aticen todavía más el odio a las bonae
litterae428». Y no hace más que
A. 904,
938, 967, t. IV. p. XXIX.
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repetir: yo
no conozco a Lutero, no he leído sus escritos429. Así se lo declara también a
Lutero, en su respuesta a la carta de éste del 28 de marzo. Esta carta de
Erasmo, fechada el 30 de mayo de 1519, debe ser mirada como un artículo
periodístico de fondo para enterar al público de su actitud ante el caso de
Lutero. Lutero no sabe las tragedias430 que sus escritos han causado en
Lovaina. ¡Allí la gente piensa que Erasmo lo ha ayudado a componerlos, y lo
tienen por el portaestandarte del partido! Y esto les parecía un oportuno
pretexto para suprimir las bonae litterae. «Yo he declarado que sois
completamente desconocido para mí, que todavía no he leído vuestros libros, y
que por lo tanto no apruebo ni desapruebo nada».
«Yo me
reservo, en cuanto puedo, para ser útil a los renacidos estudios. La discreta
moderación parece traer más adelanto que la impetuosidad. Por aquélla Cristo
subyugó al mundo431.
El mismo
día escribe a Juan Lang, uno de los amigos y seguidores de Lutero, una breve
nota, no destinada a la publicación: «Espero que los esfuerzos vuestros y de
vuestro partido tengan buen éxito. Aquí los papistas desvarían furiosamente…
Todos los mejores espíritus se regocijan con la osadía de Lutero: ¡yo no dudo
que pondrá cuidado en que todo esto no termine en una pelea de banderías!… No
triunfaremos nunca de los falsos cristianos si no abolimos la tiranía de la
sede romana y de sus satélites, los
A. 947. 33,
961. 30, 967. 77.
La palabra
tragedia no tiene en Erasmo un significado más grave o trascendental que el de
tumulto, altercado, escándalo.
A. 980.
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dominicos,
los franciscanos y los carmelitas. Pero nadie puede intentar esto sin un serio
tumulto432».
A medida
que se ensancha el abismo entre ambos, las protestas de Erasmo de que nada
tiene que ver con Lutero, se hacen mucho más frecuentes. Sus relaciones con
Lovaina se tornan cada vez más desagradables, y el sentimiento general acerca
de él cada vez más hostil. En agosto de 1519, acude al papa pidiendo protección
contra sus antagonistas433. Todavía no ve cuán considerable es la brecha que lo
separa de ellos. Todavía piensa que todo son querellas entre eruditos. El rey
Enrique de Inglaterra y el rey Francisco de Francia, en sus respectivos países
han impuesto silencio a los pendencieros y maldicientes. ¡Si a lo menos el Papa
hiciese lo mismo!
En octubre
se había reconciliado una vez más con la facultad de Lovaina. Fue precisamente
por entonces cuando murió Colet en Londres; el hombre que había comprendido,
tal vez más que otro alguno, la posición intelectual de Erasmo. Espíritus
afines a Erasmo en Alemania lo tenían todavía por el grande hombre que estaba
alerta para intervenir en el momento oportuno y había hecho consigna de la
moderación, hasta que llegase el momento de dar la señal a sus amigos434.
Pero en
medio del creciente ruido de la batalla, su voz sonaba ya menos poderosa que
antes. Erasmo quedaba desbordado por la
A. 983.
A. 1007.
A. 1029. 19
Nota.
Colaboración
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contienda.
Se esgrimía su autoridad como arma de combate. Una carta al cardenal Alberto de
Maguncia, del 19 de octubre de 1519435, cuyo contenido era poco más o menos el
mismo de la dirigida a Federico de Sajonia, escrita la precedente primavera,
fue puesta en circulación inmediatamente por los amigos de Lutero; y esto
sirvió a los abogados del conservadurismo de arma contra Erasmo, a pesar de su
acostumbrado: «Yo no conozco a Lutero».
Fue
haciéndose cada vez más evidente que la posición mediadora y conciliadora que
Erasmo deseaba tomar, pronto sería del todo insostenible. El inquisidor Jacobo
de Hoogstraten había venido de Colonia, donde era miembro de la Universidad, a
Lovaina, para actuar allí contra Lutero como había actuado contra Reuchlin. El
7 de noviembre de 1519, la facultad de Lovaina, siguiendo el ejemplo de la de
Colonia, procedió a dar el paso decisivo: la solemne condenación de cierto
número de opiniones de Lutero. En lo futuro, ningún lugar podía ser menos
conveniente para Erasmo que Lovaina, ciudadela de la acción contra los
reformadores. Lo sorprendente es que permaneciese allí todavía dos años más.
La
esperanza de que él pudiese decir la palabra conciliadora, palidecía. Por lo
demás, no alcanzó a ver las verdaderas proporciones del asunto. Durante los
primeros meses de 1520, su atención estuvo ocupada casi por entero en sus
polémicas con Lee, mezquino incidente en medio de la gran revolución. El deseo
de
A. 103.3
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permanecer
alejado de ésta adquirió cada vez más ascendiente en su espíritu. En junio
escribe a Melanchthon436: «Veo que las cosas comienzan a tomar aspecto de
sedición. Tal vez sea necesario que el escándalo ocurra, pero no quisiera ser
yo su autor». Él piensa que por su influencia en Wolsey, ha evitado que se
condenen a la hoguera los escritos de Lutero en Inglaterra, como había sido
ordenado437. Pero se equivocaba. La quema ya se había efectuado en Londres el
12 de mayo.
La mejor
prueba de que Erasmo había renunciado prácticamente a su esperanza de
representar un papel conciliador, acaso esté en lo que sigue: El verano de 1520
se celebró en Calais la famosa reunión de los tres monarcas, Enrique VIII,
Francisco I y Carlos V. Erasmo hubo de ir allí en el séquito de su príncipe.
Aquel congreso de príncipes donde, en pacífico cónclave, se hallaron
representados a la vez los intereses de Francia, Inglaterra, España, el Imperio
germánico y una parte considerable de Italia, ¡cómo hubiera afectado la
imaginación de Erasmo si su ideal hubiese permanecido inconmovible! Pero no hay
señales de ello. Erasmo estaba en Calais en julio de 1520; tuvo alguna
conversación allí con Enrique VIII, y saludó a Moro; pero no parece que él
diese al viaje más importancia
que la de
permitirle saludar una vez más —sería la última— a sus amigos ingleses438.
A. 1113.
A. 1102,
1113.
A. 1087.
607, 1096. 190, 1101. 5, 1102. 12, 1106. 94, 1107. 13, 1118.
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Fue
embarazoso para Erasmo que precisamente por aquel tiempo, cuando la causa de la
fe había tomado tan ásperas formas, sus deberes como consejero del joven
Carlos, que ahora había regresado de España para ser coronado emperador,
limitasen más que antes su libertad. El verano de 1520, se publicó, fundada en
el material incriminante presentado por la facultad de Lovaina, la bula papal
declarando herético a Lutero y, a menos que se retractase acto seguido,
excomulgándolo. «Temo lo peor para el desgraciado Lutero,
—escribe
Erasmo el 9 de septiembre de 1520—: de tal modo ruge la conspiración por todas
partes y de tal modo los príncipes se hallan enardecidos contra él, y más que
todos el papa León. ¡Ojalá hubiese Lutero seguido mis consejos y se hubiese
abstenido de esas acciones hostiles y sediciosas!… No descansarán hasta haber
arruinado completamente el estudio de las lenguas y de la buena ciencia… Esta
tragedia se originó del odio hacia esto y la necedad de los frailes… Yo no me
quiero inmiscuir en ello; a pesar de que me espera un obispado si me decido a
escribir contra Lutero439».
En efecto,
Erasmo se había convertido, en tales circunstancias, por virtud de su enorme
celebridad, en un valioso elemento de la gran política del Emperador y el Papa.
Se quería aprovechar su nombre y hacer que tomase partido. Él escribió
evasivamente al Papa acerca de sus relaciones con Lutero, pero sin desaprobarlo
del todo440. ¡Con qué celo se defiende de la sospecha de estar de parte de
Lutero
A. 1141
A. 1143
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como
ruidosamente publican los religiosos en sus sermones, uniendo sumariamente a
ambos en su sarcástico menosprecio441! Pero también lo apremian del otro lado
para que elija partido y se declare. Hacia fines de octubre de 1520, se efectuó
la coronación del emperador en Aquisgrán. Tal vez estuvo Erasmo presente; en
todo caso, acompañó al Emperador a Colonia. Allí, el 5 de noviembre, tuvo una
entrevista acerca de Lutero con el Elector Federico de Sajonia. Fue persuadido
a redactar el resultado de aquella discusión en forma de «22 axiomas referentes
a la causa de Lutero» que entregó a Espalatino. Contra su deseo fueron impresos
enseguida442.
La
vacilación de Erasmo durante aquellos días entre la repudiación y la aprobación
de Lutero, no habla en contra de él. Es el trágico defecto que acusa toda su
personalidad: su resistencia a sacar conclusiones definitivas, o su incapacidad
para ello. Si él hubiese tenido un natural calculador y egoísta, temeroso de
perder su vida, mucho tiempo antes hubiera ya rechazado la causa de Lutero. Su
desgracia, que afecta a su fama, consiste en que muestra continuamente su
flaqueza, mientras lo que hay de grande en él queda escondido.
En Colonia
también, encuentra Erasmo al hombre con quien, siendo un prometedor humanista,
catorce años más joven que él, había compartido durante unos meses una
habitación en casa del
A. 1144.
Véase A.
1155 intr
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suegro de
Aldo, en Venecia: Jerónimo Aleandro, enviado ahora al Emperador como nuncio
papal, para lograr que conformara su política con la del papa en aquella gran
cuestión, y diera efectividad a la excomunión por medio de un edicto de
destierro.
Debió de
ser algo doloroso para Erasmo que aquel amigo le hubiese sobrepujado tanto en
poder y en posición, y fuese ahora llamado a lograr por medios diplomáticos la
solución que él hubiera querido conseguir mediante una ideal armonía, buena
voluntad y tolerancia. Nunca se había fiado de Aleandro, y estaba más que nunca
en guardia contra él. Como humanista, a despecho de sus brillantes dotes, era
Aleandro muy inferior a Erasmo, y nunca se había elevado como él de la
literatura a los serios estudios teológicos; no había hecho más que prosperar
al servicio de los magnates de la Iglesia (a los que Erasmo había renunciado
tempranamente). Aquel hombre estaba ahora investido de los más altos poderes
mediadores.
Puede
comprenderse a qué punto de exasperación los más violentos antagonistas de
Erasmo en Lovaina habían quedado ahora reducidos, por el ingenioso y algo
malicioso relato que dio en una carta a Moro443 de su entrevista con Egmondano,
delante del rector de la universidad, que se había propuesto reconciliarlos. No
andaban, sin embargo, las cosas todavía tan mal como Ulrico von
A. 1162,
cf. 1173.
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Hutten
pensaba cuando escribe a Erasmo444: «¿Pensáis estar a salvo donde los libros de
Putero son quemados? ¡Huid, y salvaos para nosotros!».
Cada vez se
tornaban más categóricas las protestas de Erasmo de que no tenía nada que ver
con Putero. Hacía ya mucho tiempo que le había pedido no mencionase su nombre;
y Putero se lo había prometido. «Muy bien, pues; yo no me referiré más a vos,
ni lo harán otros buenos amigos, puesto que eso os apura445». En voz más alta
cada vez, también se expresan las quejas de Erasmo acerca de la inquina que le
tienen los frailes, y los requerimientos para que las órdenes mendicantes
queden privadas del derecho a predicar446.
En abril de
1521 llega el momento histórico decisivo que estaba esperando la cristiandad:
Lutero, en la Dieta de Worms, agarrado fuertemente a sus opiniones, se enfrentó
con la más alta autoridad del Imperio. Tan grande es el regocijo en Alemania,
que por un momento puede parecer hallarse más en peligro el poder del emperador
que Lutero y sus secuaces. «Si yo hubiese estado presente, —escribe Erasmo447—,
me hubiera esforzado en que esa tragedia fuese atemperada con argumentos
moderados de manera que no hubiera podido estallar de nuevo en gravísimo
detrimento para el mundo».
A. 1161.
A. 1166.
90, 1167. 100, 1186. 7.
A. 1185.
15, 1192.
A. 1202.
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Fue
pronunciada la sentencia imperial; dentro del Imperio (como antes, en los
Países Bajos borgoñones), los libros de Lutero habían de ser quemados; sus
partidarios detenidos, y sus bienes confiscados; además, Lutero debía
entregarse a las autoridades.
Erasmo
espera que ahora habrá sosiego. «La tragedia de Lutero se nos ha terminado;
ojalá no se hubiese presentado nunca en escena448».
Por
aquellos días, Alberto Durero, al oír las falsas nuevas de la muerte de Lutero,
escribió en su diario de viaje esta apasionada exclamación: «¡Oh, Erasmo de
Rotterdam!, ¿dónde estaréis ahora? Oídme, paladín de Cristo, cabalgad adelante
junto a Cristo Nuestro Señor, proteged la verdad, ganad la corona de los
mártires. Porque vos sois más que un viejo hombrecillo. He oído decir que os
habéis concedido dos años más, en los que podréis ser útil aún para hacer algún
trabajo: empleadlos bien, en ayuda del Evangelio y de la verdadera fe
cristiana… Oh, Erasmo, tomad este partido, para que Dios pueda estar orgulloso
de vos».
Expresa
confianza en el poder de Erasmo, pero en el fondo no hay esperanza de que pueda
hacer todo esto. Durero ha comprendido perfectamente a Erasmo.
Con todo,
la lucha no se apaciguó en modo alguno, y mucho menos en Lovaina. Latomo, el
más respetado y talentoso de los teólogos de Lovaina, se había convertido ahora
en uno de los más serios
A. 1216.
77, cf. 1203
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contrarios
de Lutero y, al hacerlo así, atacaba también a Erasmo indirectamente. A Nicolás
de Egmond, el carmelita, se había juntado otro de los compatriotas de Erasmo,
como violento antagonista: Vicente Dirks, de Haarlem, dominico. Erasmo se
dirige a la facultad, para defenderse contra los nuevos ataques y explicar por
qué no ha escrito nunca contra Lutero. Procurará leerlo. Algo emprenderá pronto
para aquietar el tumulto449. Consigue de Aleandro, que llega a Lovaina en
junio, que prohíba predicar contra él. El Papa todavía espera que Aleandro
consiga volver al buen camino a Erasmo, con quien ahora está en amistosos
términos.
Pero Erasmo
se puso a considerar la única salida que ya le quedaba: escapar de Lovaina y de
los Países Bajos para recuperar su amenazada independencia. La ocasión de
partir hacía ya mucho tiempo que se le había presentado: la tercera edición de
su Nuevo Testamento lo llamaba una vez más a Basilea. No sería una ausencia
permanente, y se proponía volver a Lovaina450. El 28 de octubre (día de su
nacimiento) de 1521 dejó la ciudad donde había pasado cuatro años dificultosos.
Le fueron reservadas sus habitaciones del Colegio del Lirio, y dejó sus libros
en ellas. El 15 de noviembre llegó a Basilea.
Pronto se
difundió el rumor de que, por temor a Aleandro, se había puesto en salvo
huyendo. Pero la opinión, que ha resucitado en
A. 1217.
137, 1225. 239. 306, 1219. 115, 1226. 93, 1228. 48
A. 1209. 4,
1257. 10, 1233. 188, 1239. 19.
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nuestros
tiempos, a pesar de la vehemente negativa de Erasmo451, de que Aleandro lo
había echado ladina y deliberadamente de los Países Bajos, es por sí misma
improbable. Para la Iglesia, Erasmo resultaba en cualquier parte más peligroso
que en Lovaina, cuartel general del conservadurismo, bajo la inmediata
vigilancia del rígido gobierno borgoñón, donde, según parecía, tarde o
temprano, se hubiera visto obligado a ponerse al servicio de la política anti
luterana.
Como señala
correctamente el doctor Allen452, fue esto lo que temió y evitó con su fuga. Y
no emigró por su seguridad personal; a Erasmo no le hubieran puesto las manos
encima; era un valor demasiado importante para que se tomasen disposiciones
semejantes contra él. Fue su independencia intelectual, lo más querido para él,
lo que pareció estar amenazado; y para salvaguardarla, no volvió a Lovaina
jamás.
A. 1342. 17
hasta 155, Spongia LB. X. 1645.
A. t. IV.
p. 599, IB. X. 1612 c.
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Capítulo
XVII
Erasmo en
Basilea
Basilea, su
residencia durante cerca de ocho años: 1521-1529. — El pensamiento político de
Erasmo. — Concordia y paz. — Escritos contra la guerra. — Opiniones acerca de
los príncipes y el gobierno. — Nuevas ediciones de varios Padres de la Iglesia.
— Los Colloquia. — Controversias con López de Stúñiga, Beda, etc. — Disputa con
Hutten. — Eppendorf.
Hasta que
se acercó el crepúsculo de su vida no fue adquiriendo la figura de Erasmo los
rasgos con que había de pasar a la posteridad.
Sólo en
Basilea —librado del turbador agobio de los partidos que trataban de alistarlo;
trasplantado del ambiente de envidiosos y contrarios en Lovaina a un círculo de
espíritus amigos, afines al suyo, que lo ayudan y admiran; emancipado de las
cortes de los príncipes; independiente del patronazgo de los grandes; dedicando
sin cesar su formidable energía a la obra que tanto amaba— pudo convertirse en
el Erasmo de Holbein. Durante aquellos últimos años de su vida es cuando se
acerca más estrictamente al ideal de su vida personal.
No pensaba
él que todavía le quedaban en reserva quince años a su disposición. Mucho
antes, en efecto, desde que cumplió los
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cuarenta,
en 1506, Erasmo se había sentido viejo. «Ha comenzado el último acto de la
comedia», suele repetir desde 1517453
Ahora se
halla prácticamente independiente en cuestiones de dinero454. Han pasado muchos
años sin que pudiera decir esto. Pero la paz del espíritu no vino con el
desahogo pecuniario. No vino jamás. Nunca pudo estar verdaderamente plácido y
sereno, como parece representarlo el retrato de Holbein. Estaba siempre
preocupándose demasiado por lo que la gente decía o pensaba de él. Ni en
Basilea se siente del todo en su elemento. Habla todavía, repetidamente, de un
cambio de residencia, en un próximo futuro, a Roma, a Francia, a Inglaterra, o
de regreso a los Países Bajos455. De todos modos, el reposo físico, que no
había en él, se lo otorgaban las circunstancias: puesto que permaneció en
Basilea cerca de ocho años, y luego vivió seis en Friburgo.
Erasmo, en
Basilea, es un hombre a quien han fallado sus ideales acerca del mundo y de la
sociedad. ¿Qué queda de aquellas felices esperanzas de una edad de oro, de paz
y de ilustración, en que había creído todavía en 1517? ¿Qué de su confianza en
la buena voluntad y en la perspicacia racional, con la que escribió la
Institutio Principis Christiani para el joven Carlos V? Para Erasmo, todo el
bienestar del Estado y de la sociedad ha sido siempre pura cuestión de
moralidad personal e ilustración intelectual. Recomendando y
A. 531.
370, 742. 21, 756. 52, 952. 28.
A. 1236.
30.
A. 1236.
176, 1319. 15.
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divulgando
estas dos cosas, pensó a un mismo tiempo haber introducido una gran renovación.
Desde el momento en que vio que el conflicto conduciría a una lucha exasperada,
se negó a ser en adelante más que un espectador. Como actor en el gran combate
eclesiástico, Erasmo había dejado voluntariamente el escenario.
Pero no
renuncia a su ideal. «Resistamos, —concluye en una epístola acerca de la
filosofía evangélica—, no con vituperios y amenazas, no por la fuerza de las
armas y la injusticia, sino con la simple discreción, con las buenas obras, con
afabilidad y tolerancia456». Hacia el fin de su vida, reza: «Si Tú, oh Dios, te
dignas renovar ese Espíritu Santo en los corazones de todos, entonces también
cesarán esos desastres exteriores… Pon orden en ese caos, Señor Jesucristo, que
tu espíritu se difunda sobre esas aguas de los tristemente turbados dogmas457».
Concordia,
paz, sentido del deber y benevolencia, eran valorados en sumo grado por Erasmo;
y, con todo, raramente los vio realizados en la vida práctica. Se siente
desilusionado. Después del breve período de optimismo político no habla ya
nunca de los tiempos
presentes
sino en términos amargos —época criminal, la llama; y, también, la más infeliz
y depravada que se pueda imaginar458. En vano había escrito en favor de la paz:
Querela pacis, la queja de la paz; el adagio Dulce bellum inexpertis, la guerra
es dulce para los
LB. VI* 5.
Precario
pro pace ecclesiae, LB. IV. 655.
A. 784. 58,
786. 17, 1139. 115, 1248. 27, 2143, 46, LB. V. 347, X. 1251 A, 1671 D.
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que no la
han experimentado, Oratio de pace et discordia, y así sucesivamente. Erasmo
tenía muy alta idea de sus trabajos pacifistas: «Ese polígrafo que nunca se
cansa de perseguir la guerra por medio de su pluma», así lo llama Caronte en
los Coloquios, temeroso de perder por culpa suya muchas sombras de muertos459.
De acuerdo con una tradición apuntada por Melanchthon, se dice que el papa
Julio había llamado a Erasmo con motivo de la opinión de éste acerca de la
guerra con Venecia460, y le había advertido coléricamente que dejase de
escribir de asuntos de príncipes: «¡Vos no entendéis de estas cosas!».
Erasmo, a
pesar de su innata moderación, no tenía el menor talento político. Vivía
demasiado aparte de la realidad práctica, y creía con demasiada ingenuidad en
la corregibilidad de los hombres, para comprender las dificultades y
necesidades de gobernar. Sus ideas acerca de una buena administración eran en
extremo primitivas y, como ocurre a menudo a los intelectuales de inclinación
marcadamente moral, muy revolucionarias en el fondo, aunque él no soñó nunca en
sacar las consecuencias prácticas de ello. Su amistad con pensadores políticos
y jurídicos, como Moro, Budeo y Zasio, no lo habían cambiado. Cuestiones de
forma de gobierno, ley o derecho, no existían para él. Los problemas económicos
los veía
Coll.
Charon, LB. I. 823 A.
Melanchthon,
Opera, Corpus Reformatorum XII. 266, como si la repulsa papal hubiera sido
motivada por la Querela pacis, que, sin embargo, no fue escrita hasta 1517;
véase A. 603 y I. pág. 37. 10. Cf. con el trabajo del autor Ce qu’Erasme ne
comprenait pas, en Grotius, Annuaire international, 1936.
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con idílica
sencillez. El príncipe debía reinar gratuitamente e imponer las menos
contribuciones posibles. «El buen príncipe tiene todo lo que los buenos
ciudadanos poseen». Los desocupados deben ser desterrados sencillamente. Pero
nos sentimos en estrecho contacto con el mundo de las realidades cuando enumera
los trabajos de la paz para el príncipe; la limpieza de las ciudades, la
construcción de puentes, edificios públicos, calles, desagües de lagunas,
desviación del cauce de los ríos, la represa y mejoramiento de los pantanos.
Aquí habla el holandés, y al mismo tiempo el hombre en quien la necesidad de
limpieza y desbroce es rasgo fundamental de su carácter.
Los
políticos confusos como Erasmo se inclinan a juzgar de los príncipes muy
severamente, puesto que los toman por culpables de todos los males. Erasmo, a
menudo, aparece algo cohibido ante los príncipes. Los trata bien y al mismo
tiempo los rehúye; los alaba personalmente, pero los condena en general. De los
reyes de su tiempo ha esperado largo tiempo la paz en la Iglesia y en el
Estado. Lo han defraudado. Pero su severo juicio acerca de los príncipes lo ha
derivado más de sus lecturas clásicas que de la experiencia política de su
propia época. En las últimas ediciones de sus Adagia, a menudo insiste acerca
de los príncipes, de su labor y de su negligencia para el deber, sin mencionar
nunca a ninguno en particular. «Hay los que siembran la semilla de la discusión
entre
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sus
municipios para despojar sin estorbos a los pobres y satisfacer su glotonería
por el hambre de los inocentes ciudadanos461». En el adagio Scarabaeus aquilam
quaerit462, representa al príncipe, en figura de águila, como el más cruel
salteador y perseguidor. En otro, Aut regem aut fatuum nasci oportere, y en
Dulce bellum inexpertis, expresa su dicho frecuentemente citado: «El pueblo
funda y desarrolla las ciudades, la locura de los príncipes las devasta463».
«Los príncipes conspiran con el papa, y tal vez con el turco, contra la
felicidad del pueblo», escribe a Colet en 1518464.
Era un
crítico académico que escribía desde su gabinete de trabajo. Cualquier
propósito revolucionario era tan extraño a Erasmo como lo fue a Moro cuando
escribió la Utopía. «Los malos monarcas deben ser aguantados de cuando en
cuando. Mejor es entonces no intentar remediarlo465». Puede dudarse que Erasmo
ejerciera mucho influjo efectivo en sus contemporáneos con sus diatribas contra
los príncipes. Nos sentiríamos inclinados a pensar que su ardiente amor de la
paz y su agria diatriba contra la locura de la guerra tuvieron alguna eficacia,
difundieron sentimientos pacíficos en los vastos círculos de intelectuales que
leían a Erasmo; pero desgraciadamente la historia del siglo XVI muestra poca
evidencia de que esos sentimientos produjesen frutos en la práctica real. Sea
Adag.2379
Anguillas captare, LB. II. 864 C.; A. 825. 5.
Adag. 2601.
LB. II. 869.
Adag. 201.
LB. II. 106, A. 288. 60, Adag. 3001. LB. II. 951.
A. 891. 31,
cf. A. 1273. 22.
Adag. 2201.
LB. II. 781 D; cf. también el Prefacio de la Paráfrasis al Evangelio de San
Marcos, a Francisco I, A. 1400.
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como fuere,
la fuerza de Erasmo no consistía en estas declamaciones políticas. Nunca pudo
ser un conductor de hombres, con todas las pasiones y ásperos intereses de
éstos.
Su obra
capital consiste en otras cosas. Ahora, en Basilea, aunque atormentado cada vez
con mayor frecuencia por su dolorosa enfermedad que ya había soportado tantos
años, pudo dedicarse más de lleno que nunca a la gran tarea que se había
impuesto: al descubrimiento de las puras fuentes del cristianismo, a la
exposición de la verdad del Evangelio en toda la sencilla comprensibilidad con
que él la veía. En vasta corriente fluían las ediciones de los Padres, de los
autores clásicos; las nuevas ediciones del Nuevo Testamento, de los Adagia, de
sus propias cartas, junto con las Paráfrasis del Nuevo Testamento, los
Comentarios a los Salmos, y buen número de nuevos tratados teológicos, morales
y filológicos. En 1522 estuvo muy enfermo durante meses; y con todo, aquel año,
Arnobio y la tercera edición del Nuevo Testamento sucedieron a San Cipriano,
que ya había él anotado en Lovaina y editado en 1520, seguido muy de cerca por
San Hilario en 1523 y luego por una nueva edición de San Jerónimo en 1524. Más
tarde aparecieron San Ireneo, en 1526; San Ambrosio, en 1527; San Agustín, en
1528-9, y una traducción latina de San Juan Crisóstomo en 1530. La rápida
sucesión de estas extensas obras demuestra que el trabajo había sido hecho como
siempre trabajaba Erasmo: a toda prisa, con extraordinario poder de
concentración, y sorprendente dominio de su memoria; pero sin la
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crítica
severa ni la ardua pulcritud que la moderna filología requiere en tales
ediciones.
Ni el
Erasmo polemista ni el humorista ingenioso han desaparecido en el teólogo
erudito y desilusionado reformador. Del luchador polemista prescindiríamos ya
de buena gana; pero no del humorista, por muchos tesoros de la literatura. Pero
los dos estaban unidos inseparablemente. Los Coloquios lo demuestran.
Lo que se
ha dicho acerca de la Moria debe ser repetido aquí: si en la literatura del
mundo, sólo los Coloquios y la Moria han permanecido vivos, esta selección de
la historia es justa. No en el sentido de que en literatura sólo las más
placenteras, ligeras y amenas obras de Erasmo hayan sido conservadas, mientras
su ponderosa erudición teológica ha sido silenciosamente relegada a los
estantes de las bibliotecas. Fue, en efecto, lo mejor de Erasmo lo que se
conservó vivo en la Moria y en los Coloquios. Con éstos, su chispeante ingenio
encantó y cautivó al mundo. ¡Ojalá dispusiéramos de espacio aquí para asignar
al Erasmo de los Coloquios su justo y elevado lugar en la brillante
constelación de los seguidores de Demócrito en el siglo XVI: Rabelais, Ariosto,
Montaigne, Cervantes y Ben Jonson!
Cuando
Erasmo dio a los Coloquios su forma definitiva en Basilea, habían ya tenido una
larga y curiosa gestación. Primero no habían sido más que Familiarium
Colloquiorum Formulas, modelos de conversación coloquial latina, escritos en
París antes de 1500 para uso de sus discípulos. Agustín Caminade, el desaliñado
amigo que
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estaba
empeñado en vivir del genio del joven Erasmo, los había compilado y había
sacado un moderado provecho de ellos. Hacía mucho tiempo que había muerto,
cuando un tal Lamberto Holonio de Lieja, que había obtenido de Caminade el
manuscrito, lo vendió a Froben en Basilea. Beato Renano, aunque ya amigo de
confianza de Erasmo, lo había impreso enseguida sin que éste lo supiera. Esto
ocurrió en 1518, Erasmo se incomodó con razón, y con mayor motivo porque el
libro estaba lleno de groseras erratas y solecismos. Por lo cual preparó una
edición mejor, publicada por Maertensz en Lo vaina el año 1519. En aquel tiempo
la obra no contenía más que un verdadero diálogo: el núcleo del que fue luego
Convivium profanum. Lo demás eran fórmulas de etiqueta y conversaciones cortas.
Pero ya en aquella forma estaba, aparte de su utilidad para los latinistas, tan
lleno de feliz ingenio y donosa invención, que se hizo muy popular. Antes de
1522 se habían publicado 25 ediciones, reimpresiones la mayor parte, en
Amberes, París, Estrasburgo, Colonia, Cracovia, Deventer, Leipzig, Londres,
Viena y Maguncia.
En Basilea,
Erasmo revisó personalmente una edición que fue publicada en marzo de 1522, por
Froben, dedicada al hijo de éste, que tenía seis años y era ahijado de Erasmo,
Juan Erasmo Froben. Poco después hizo más que revisar. En 1523 y 1524, primero
fueron añadidos a las Formulae diez nuevos diálogos, después cuatro, luego seis
más; y finalmente, en 1526, fue cambiado el título en Familiarium Colloquiorum
Opus. Continuaba dedicado al niño Froben, y fue creciendo a cada nueva edición:
rica y variada
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colección
de diálogos, cada uno de ellos obra maestra de forma literaria, bien
compuestos, espontáneos, convincentes, sin rival en agilidad, vivacidad y
fluido latín; cada uno una acabada comedia en un acto. Desde aquel año la
corriente de las ediciones y traducciones fluyó casi ininterrumpida durante dos
siglos.
El talento
de Erasmo no había perdido nada de su agudeza y frescura cuando, tantos años
después de la Moria, puso de nuevo los pies en el terreno de la sátira. En
cuanto a la forma, los Coloquios son menos explícitamente satíricos que la
Moria. Esta última, al explicar su asunto por su título de Elogio de la Locura,
ya se presenta como sátira: mientras que, a primera vista, los Coloquios puede
parecer que son meros cuadritos de género. Pero en su contenido son más
satíricos; a lo menos lo son más directamente. La Moria, como sátira, es
filosófica y general; los Colloquia son de actualidad y particulares. Al mismo
tiempo combinan, con una tendencia negativa que comparten con la Moria, un
elemento positivo.
En la
Moria, el ideal de Erasmo permanece inexpresado detrás de la ficción; en los
Colloquia continua y claramente lo pone en primer término. A este respecto
forman, a pesar de todas las chanzas y burlas, un serio y profundo tratado
moral, y están íntimamente relacionados con el Enchiridion militis Christiani.
Lo que realmente exigía Erasmo del mundo y de la humanidad, cómo se
representaba él aquélla tan apasionada sociedad cristiana de buenas costumbres,
fe ardiente, sencillez y moderación, benevolencia, tolerancia y paz,
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en ninguna
obra suya puede hallarse tan claramente y tan bien expresado como en los
Colloquia. En estos últimos quince años de su vida, Erasmo reasume, por medio
de una serie de disquisiciones morales y dogmáticas, los temas que había
bosquejado en el Enchiridion: la exposición de la sencilla, general conducta
cristiana; una ética desenfadada y natural. Éste es su mensaje de redención.
Muchos lo encontraron en Exomologesis, De esu carnium, Lingua, Institutio
christiani matrimonii, Vidua christiana, Ecclesiastes. Pero para un número
mucho mayor de lectores, aquel mensaje estaba contenido en los Coloquios.
Los
Colloquia suscitaron muchos más rencores y disputas que la Moria, y no sin
motivo, porque en ellos Erasmo atacaba personas. Hasta se permitió ridiculizar
a sus antagonistas de Lovaina. Lee había sido ya introducido como sicofante y
fanfarrón en la edición de 1519, y cuando la pelea fue apaciguada, en 1522,
aquella alusión fue borrada. Vicente Dirks fue caricaturizado en «El Funeral»
(1526) como fraile mendicante codicioso, que arranca a los moribundos
testamentos en favor de su orden. Éste quedó en la nueva edición. Más tarde
fueron añadidas alusiones sarcásticas a Beda y a muchos más. Los partidarios de
Ecolampadio tomaron en los Coloquios por su jefe a un tipo de larga nariz: «Oh,
no, —replicó Erasmo—, ahí se alude a otra persona». En adelante, todos los que
estaban de malas con él, y eran muchos, corrían el peligro de ser puestos a la
picota en los Colloquia. No era maravilla que aquella
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obra,
especialmente con su mortificante burla de las órdenes monásticas, se
convirtiese en tema de controversia.
****
Erasmo no
salió nunca de aquellas polémicas. Sin duda fue sincero cuando dijo que en el
fondo de su corazón las aborrecía y no las había deseado nunca; pero su
cáustica inteligencia, a menudo se sobreponía a su corazón, y en cuanto había
comenzado una disputa, indudablemente disfrutaba dando rienda suelta a su burla
y esgrimiendo su fácil pluma dialéctica. Para comprender su personalidad es
innecesario aquí tratar extensamente de todas esas luchas por escrito. Sólo es
necesario mencionar las más importantes.
Desde 1516,
en España había cierta efervescencia contra Erasmo. Un teólogo de la
Universidad de Alcalá, Diego López de Stúñiga, o, en latín, Stunica, había
estado preparando notas acerca de la edición del Nuevo Testamento: «Un segundo
Lee», dijo Erasmo. Al principio, el cardenal Cisneros había prohibido la
publicación; pero en 1520, después de su muerte, estalló la tormenta. Durante
algunos años Stúñiga continuó persiguiendo a Erasmo con sus críticas, y con
gran enojo por parte de éste; por fin se produjo una reconciliación,
probablemente porque Erasmo se hizo más conservador, y también gracias a una
actitud más benévola por parte de Stúñiga466.
A. t. IV.
Ap. 15, p. 620 ss., LB. IX. 283-401.
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No menos
larga y violenta fue la pelea con el síndico de la Sorbona, Noël Bedier o Beda,
la cual comenzó en 1522. La Sorbona fue persuadida a condenar algunos de los
juicios de Erasmo, por heréticos, en 1526. El esfuerzo de Beda para implicar a
Erasmo en el proceso contra Luis de Berquín, que había traducido los escritos
condenados y que murió finalmente en la hoguera, por hereje, en 1529, hizo el
asunto más desagradable para Erasmo467.
Es harto
evidente que tanto en París como en Lovaina en los círculos de las facultades
teológicas, la causa principal de exasperación estribaba en los Colloquia.
Egmondano y Vicente Dirks no perdonaban a Erasmo el haber censurado mordazmente
su profesión y sus personalidades.
Más cortés
que las polémicas mencionadas fue la lucha con el linajudo italiano Alberto
Pio, príncipe de Carpi (1525-1529); áspera y mordaz fue una con un grupo de
religiosos españoles, que indujeron a la Inquisición a proceder contra él
(1528)468. En España, se dio el nombre de erasmistas a los que se inclinaban a
concepciones más liberales de la fe.
De este
modo se acumuló la materia para el volumen de las obras de Erasmo que contiene,
de conformidad con la ordenación que hizo él, todas sus Apologiae; y entiéndase
no «disculpas» sino
LB. IX.
442-737, 813-955.
LB. IX.
1094-1196, 1015-1094
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«vindicaciones».
« ¡Qué desgracia la mía! ¡Llenan un volumen!», exclama Erasmo469.
Dos de sus
polémicas merecen un examen algo más detenido: las que tuvo con Ulrico von
Hutten, y con Lutero.
Hutten,
caballero y humanista, entusiasta heraldo de un alzamiento nacional germano,
ardiente enemigo del papado y defensor de Lutero, era sin duda una cabeza
exaltada y tal vez algo alocada. Había aplaudido a Erasmo cuando éste aún
parecía ser el hombre del mañana, y más tarde le había suplicado que tomase el
partido de Lutero. Erasmo había descubierto pronto que aquel turbulento
partidario podría comprometerlo. ¿No le habían atribuido a él una de las más
temerarias sátiras de Hutten? Luego vino un tiempo en que Hutten ya no pudo
soportar a Erasmo. Su instinto caballeresco reaccionó contra las reales
flaquezas del carácter de Erasmo: el temor a comprometerse y la inclinación a
rechazar a un partidario en tiempo de peligro. Erasmo también conocía aquellas flaquezas
suyas: «No todos tienen la fortaleza suficiente para el martirio, — escribe a
Ricardo Pace en 1521—. Me temo que en caso de que esto acabase en tumulto, yo
seguiría el ejemplo de San Pedro470». Pero este reconocimiento no lo libra del
peso de los reproches de Hutten, que lo ataca con enfurecido lenguaje en 1523.
Es cierto que Hutten no ve más que una caricatura de Erasmo, y éste con algún
derecho puede intitular su escrito de defensa «Esponja contra las
A. no. I,
t. I, p. 41.
A. 1218.
32.
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salpicaduras
de Hutten». Sin embargo, el tono, la actitud que revela esa «Esponja» —que
Hutten nunca había de llegar a ver, pues murió desilusionado y abandonado, de
muerte prematura, en 1523—, son mezquinos y forzados, suscitados por el odio y
la venganza. La mano de Erasmo recela el arma oculta del odio. Pero hay que
absolver a Erasmo de la recriminación de haber publicado aquel escrito después
de la muerte de Hutten; ya estaba todo o en gran parte impreso antes que Hutten
muriese; y hubiera sido muy difícil para Erasmo poder interrumpir ya su
edición471.
Sin
embargo, Hutten fue vengado en Erasmo viviente. Uno de sus partidarios, Enrique
de Eppendorf, heredó su acerba inquina contra Erasmo y lo persiguió durante
años. Tomando pie de una de las cartas de Erasmo en que éste lo denigraba, lo
amenazó continuamente con una denuncia por difamación. La hostilidad de
Eppendorf exasperó de tal modo a Erasmo, que se figuraba descubrir sus
maquinaciones y espionajes por todas partes después que la verdadera
persecución hacía mucho tiempo que había cesado472.
471 El
juicio acerca del comportamiento de Erasmo queda aquí mitigado de acuerdo con
el estudio de Werner Kaegi Hutten und Erasmus, ihre Freundschaft und ihr Streit
(Historische Vierteljahrschrift XXII. pág. 200, 461)
A. 1122, p.
303, 1934 intr. —En la extensa carta de 1° de febrero de 1528 en que Erasmo
informaba a Juan Botzheim de la entrevista con Eppendorf con vistas a un
arreglo de la querella, aquél se nos muestra mezquino y apasionado. Muchos
pasajes de esta carta reaparecen textualmente en el Coloquio Ἱππεὺς ἄνιππος,
«el caballero sin caballo», donde
Erasmo
vuelve a vengarse de Eppendorf.
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Capítulo
XVIII
Controversia
con Lutero y creciente
Conservadurismo
Erasmo es
persuadido a escribir contra Lutero. — De libero arbitrio: 1524. — Respuesta de
Lutero: De servo arbitrio.— La vaguedad de Erasmo contrasta con la extremada
rigurosidad de Lutero. — Erasmo se coloca en adelante al lado del
conservadurismo. — El obispo de Basilea y Ecolampadio. — La vacilante actitud
dogmática de Erasmo: confesión, ceremonias, culto de los santos, eucaristía. —
Institutio christiani matrimonii: 1526. — Se siente rodeado de enemigos.
Al fin
Erasmo se vio conducido, a pesar de todo, a hacer lo que siempre había
intentado evitar: escribió contra Lutero. Por ello no se parecía en nada al
«gesto» que Erasmo se había propuesto un día: por la causa de la paz en la
cristiandad y la unidad de la fe, gritarle el alto al impetuoso Lutero, y con
ello volver al mundo a su buen sentido. En el gran drama de la Reforma, su
polémica fue solamente un epílogo.
No era sólo
Erasmo el que estaba cansado y desilusionado; Lutero también había pasado ya su
época de heroico esplendor, obligado por las circunstancias, metido a la fuerza
en el mundo de los negocios políticos, veía frustradas sus esperanzas.
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Erasmo
había deseado perseverar en su resolución de permanecer espectador en la gran
tragedia. «Si, como parece por el maravilloso resultado de la causa de Lutero,
Dios lo ha querido así» —de este modo razonaba Erasmo— «y a Él le ha parecido
que era necesario un enérgico cirujano como Lutero para la corrupción de estos
tiempos, no me pertenece oponerme a ello473». Pero no lo dejaban en paz.
Mientras continuaba protestando que nada tenía que ver con Lutero y que difería
muchísimo de él474, los defensores de la antigua Iglesia se adherían al punto
de vista defendido con ahínco ya en
1520 por
Nicolás de Egmond delante del rector de Lovaina: «Mientras él se niegue a
escribir contra Lutero, nosotros lo tendremos por luterano475. —Así estaban las
cosas—. Que os tienen por luterano aquí, es lo cierto», le escribe Vives desde
los Países Bajos en 1522476.
Cada vez se
le instigaba más a escribir contra Lutero. Vino una llamada de Enrique VIII,
comunicada por el antiguo amigo de Erasmo, Tunstall477; iguales peticiones
vinieron de Jorge de Sajonia, hasta de Roma, desde donde el papa Adriano VI, su
antiguo protector, lo instó a ello poco antes de su muerte.
Erasmo
pensó que no podía negarse por más tiempo. Se propuso escribir un par de
diálogos, al estilo de los Coloquios; pero no los
Hyperaspistes
LB. X. 1251 AB
LB. IX. 365
F, A. 1274, 1276, 1294.
A. 1162.
A. 1256.
10.
A. 1367.
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llevó a
cabo478; y probablemente no hubieran agradado a los que estaban deseosos de
contar con sus servicios.
Entre
Lutero y Erasmo no había habido correspondencia personal desde que el primero
le había prometido en 1520: «Pues bien, Erasmo, no volveré a mentar vuestro
nombre». Pero ahora, cuando Erasmo se había preparado para atacar a Lutero,
llegó una epístola de éste, escrita el 15 de abril de 1524479[, en que el
reformador, a su vez, requería a Erasmo con sus propias palabras: «Os ruego
continuéis siendo lo que siempre habéis declarado querer ser: un mero
espectador de nuestra tragedia». Hay un tono de irónico desprecio en las
palabras de Lutero; pero Erasmo calificó su carta de «bastante amistosa; yo no
he tenido valor para replicarle con igual afabilidad, por temor a los
sicofantes480[».
Para poder
combatir a Lutero con clara conciencia, Erasmo hubo de escoger, naturalmente,
un punto en que difiriese esencialmente de él. No de los que formaban la parte
más superficial de la estructura de la Iglesia. En cuanto a éstos, o, con
Lutero, rechazaba resueltamente algunos, como ceremonias, observancias, ayunos,
etc., o, aunque con mayor moderación que Lutero, tenía sus dudas acerca de
ellos, como los sacramentos o la primacía de San Pedro. De este modo llegó por
manera natural al punto donde se abría mayor abismo entre sus caracteres, entre
sus concepciones de la
A. no. I.
t. I. p. 34, cf. 1275. 20
A. 1443.
A. 1466.
17.
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esencia de
la fe y, por ello, al central y eterno problema del bien y del mal, del pecado
y la coacción, de la libertad y la esclavitud, del hombre y de Dios. Lutero
confesó en su réplica que aquí se había tocado, efectivamente, en el punto
vital de la cuestión481.
De libero
arbitrio diatribe482, esto es, «Disquisición acerca del libre albedrío», se
publicó en septiembre de 1524. ¿Estaba calificado Erasmo para escribir acerca
de semejante asunto? De conformidad con su método y con el propósito evidente
de vindicar la autoridad y la tradición, esta vez Erasmo desarrolló el
argumento que enseña la Escritura, afirman los doctores, demuestran los
filósofos, y la humana razón testifica: ser libre la voluntad del hombre. Sin
el reconocimiento del libre albedrío, los términos de Justicia y Gracia divinas
quedan sin sentido. ¿Cuál sería el sentido de las enseñanzas, reprobaciones,
admoniciones de la Escritura483 si todo ocurriese según mera e inevitable
necesidad? ¿Con qué fin se alaba la obediencia, si para las obras buenas y
malas somos igualmente nada más que instrumentos de Dios, como la destral para
el carpintero? Y aunque así fuese, sería peligroso revelar semejante doctrina a
la muchedumbre, porque la moralidad depende de la conciencia de la libertad.
Lutero
recibió este tratado de su antagonista con repugnancia y desprecio. Con todo,
al escribir su réplica, reprimió exteriormente
De servo
arbitrio, Obras de Lutero, ed. de Weimar XVIII. 614.
LB. IX.
1215, reeditado por J. Walter, 1910.
II Timoteo
3. 16-17
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estos
sentimientos y observó las reglas de la cortesía. Pero su enojo interior se
revela en el mismo contenido del De servo arbitrio, «De la voluntad esclava».
Porque en esto hacía justamente lo que Erasmo le había reprochado: intentaba
curar un miembro dislocado tirando de él en dirección contraria484. Con más
ferocidad que nunca, su formidable y rústico espíritu sacaba las terribles
consecuencias de su ardiente fe. Sin ninguna reserva aceptaba ahora todos los
extremos del absoluto determinismo. Para refutar el indeterminismo en términos
explícitos, ahora se veía forzado a recurrir a aquellas metáforas primitivas de
exaltada fe, que se esfuerzan por expresar lo inexpresable: las dos voluntades
de Dios que no coinciden; «el eterno odio de Dios a la humanidad, un odio, no
sólo en cuanto a sus deméritos y obras de libre voluntad, sino que existía aun
antes que el mundo fuese creado», y esa metáfora del humano albedrío que, como
un animal de montar, se halla parado entre Dios y el diablo, y es montado por
uno o por otro sin ser capaz de moverse hacia el uno ni hacia el otro de los
dos jinetes contendientes.
Como en
ninguna otra obra, la doctrina de Lutero en De servo arbitrio significa una
recrudescencia de la fe y un paroxismo de sus concepciones religiosas.
Pero era
Lutero el que estaba plantado en el fondo granítico de una fe mística y
profunda en que la absoluta conciencia de lo eterno lo penetra todo. Para él,
todas las mezquinas concepciones se
LB. IX.
1247 D
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consumían
como paja seca en el resplandor de la majestad de Dios; para él, toda humana
cooperación para alcanzar la salvación era profanar la gloria de Dios. Al fin y
al cabo el espíritu de Erasmo no vivía realmente en las ideas que aquí se
discutían, de pecado y gracia, redención y gloria de Dios como causa final de
todo cuanto existe.
¿Es que
verdaderamente en esta polémica Erasmo llevó siempre la peor parte? ¿Tenía
razón Lutero en el fondo? Tal vez. El doctor Murray485 nos recuerda
oportunamente el aserto de Hegel de que la tragedia no es la lucha entre bien y
mal, sino el conflicto entre bien y bien. El combate entre Lutero y Erasmo
rebasaba el punto en que nuestro endeble juicio se ve forzado a detenerse y
aceptar una equivalencia, más aún, una compatibilidad entre afirmación y
negación. Y este hecho de estar ellos luchando con palabras y metáforas en una
esfera situada más allá de lo que puede ser conocido y expresado, fue
comprendido por Erasmo. Erasmo, el hombre de finos matices, para quien las
ideas eternas se mezclan unas con otras y se intercambian, llamado «un Proteo»
por Lutero; Lutero, el hombre de desmedido acento en todas las materias que
trata. El holandés que ve las olas del mar, se oponía al alemán que contempla
las cúspides de las montañas.
R. H.
Murray, Erasmus and Euther, p. 226.
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«Es mucha
verdad que no podemos hablar de Dios sino con palabras inadecuadas486». «Muchos
problemas deberían ser diferidos, no hasta el Concilio ecuménico, sino hasta el
momento en que, apartados el espejo y la oscuridad487, veamos a Dios cara a
cara». « ¿Hay algo libre de error?». «Hay en la literatura sagrada ciertos
santuarios en que Dios no ha querido que penetrásemos más adelante488[».
La Iglesia
Católica, en la cuestión del libre albedrío, formulaba una reserva de cierta
importancia, al reducir a un mínimo en el hombre la consciencia de su libertad
bajo la gracia. Erasmo concebía aquella libertad en sentido mucho más amplio.
Lutero la negaba en absoluto. La opinión de sus contemporáneos estuvo demasiado
dominada al principio por su participación en la gran lucha para que podamos
definirla: aplaudían a Erasmo porque atacaba denodadamente a Lutero o lo
repudiaban, de acuerdo con sus simpatías. No sólo Vives aplaudió a Erasmo, sino
también otros católicos más ortodoxos como Sadoleto. Los humanistas alemanes,
nada deseosos, en su mayor parte, de romper con la antigua Iglesia, fueron
movidos por el ataque de Erasmo a volver la espalda a Lutero más todavía:
Muciano, Zasio y Pirkheimer. Hasta Melanchthon se inclinó al punto de vista de
Erasmo. Otros, como Capito, en otro
De
Colloquiorum utilitate. LB. I. 908. E.
Cf. I Cor.
13. 12. Alusión a la famosa expresión de San Pablo. (N. del T.).
A. 1334.
231, 713. 18, LB. IX. 1216 C.
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tiempo
celoso partidario, se lavaron ahora las manos a propósito de ello.
Pronto
Calvino con la férrea fuerza de su argumentación se puso completamente de parte
de Lutero.
Es digna de
citar la opinión de un erudito católico contemporáneo acerca de las relaciones
entre Erasmo y Lutero. «Erasmo, —dice F. X. Kiefl489—, con su concepto de la
libre, no corrompida naturaleza humana, estaba intrínsecamente mucho más
alejado de la Iglesia Católica que Lutero. Pero sólo combatió a ésta con
altanero escepticismo, razón por la cual Lutero, con sutil psicología, le echó
en cara el haberse complacido en hablar de los defectos y desgracias de la
Iglesia de Cristo, de tal manera que sus lectores no podían menos de echarse a
reír, en lugar de reprenderla, con profundos suspiros, como corresponde hacerlo
delante de Dios».
El
Hyperaspistes490, voluminoso tratado, en que Erasmo volvió a dirigirse a
Lutero, no fue sino un epílogo, que no necesita ser discutido aquí
extensamente.
De este
modo, por fin hubo Erasmo de tomar abiertamente partido. Porque aparte del
punto dogmático en discusión, lo más significativo del De libero arbitrio era
que, declaradamente, se volvía contra las concepciones religiosas individuales,
y hablaba en favor de la autoridad y la tradición en la Iglesia. Él siempre se
había tenido por católico. Pensaba haber hecho él solo mucho más para
uthers
religiose Psyche, Hochland XV. 1917, p. 21.
LB. X.
1249.
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quebrantar
la fuerza del luteranismo, que Aleandro con todas sus maquinaciones491. «Ni la
muerte ni la vida me arrancarán jamás de la comunión de la Iglesia Católica,
—escribe en 1522, y en el Hyperaspistes, en 1526—: Yo no he sido nunca un
apóstata de la Iglesia Católica. Yo sé que en esa Iglesia, a la que vos llamáis
la Iglesia papista, hay algunos que me desagradan, pero también los veo en
vuestra Iglesia. Uno soporta más fácilmente los males a que está acostumbrado.
Por lo tanto, yo me conformo con esta Iglesia hasta que vea otra mejor, y ella
también se ve obligada a soportarme, hasta que yo mismo sea mejor. Que no puede
navegar mal quien mantiene un rumbo medio entre dos distintos males492]».
Pero ¿era
posible mantenerse en este rumbo? De ambos lados la gente se separaba de él.
«Yo, quien antes, en innumerables cartas, era llamado tres veces gran héroe,
príncipe de las letras, sol de los estudios, defensor de la verdadera teología,
ahora, o bien soy ignorado, o bien, representado con colores por entero
diferentes», escribe493. ¡Cuántos de sus antiguos amigos y espíritus
congeniales se habían ido ya494!
Quedaba,
sin embargo, un número suficiente que pensaba y esperaba como Erasmo. Su
incansable pluma continuaba todavía propagando, especialmente por medio de sus
cartas, la moderadora y purificadora influencia de su espíritu por todos los
países de
A. 1412.
28, 1415. 47
A. 1273.
26, 1275. 28, LB. X. 1257 F.
A. 1352. 34
[1523]
A. 1347.
277 [1523].
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Europa.
Literatos, altos dignatarios de la Iglesia, nobles, estudiantes y magistrados
civiles eran sus corresponsales. Hasta el obispo de Basilea, Cristóbal de
Utenheim era un hombre en todo conforme con el espíritu de Erasmo. Celoso
abogado del humanismo, había intentado, ya en 1503, la reforma del clero de su
obispado por medio de estatutos sinodales, sin muy buen éxito; después había
llamado a Basilea a eruditos como Ecolampadio, Capito y Wimpfeling. Esto fue
antes que comenzara la gran lucha que pronto habría de arrastrar a Ecolampadio
y Capito mucho más lejos de lo que el obispo de Basilea y Erasmo aprobaban. En
1522 Erasmo dedicó al obispo un tratado, De interdicto esu carnium495, «Acerca
de la prohibición de comer carne». Aquella fue una de las últimas ocasiones en
que directamente se opuso al orden establecido.
Con todo,
el obispo ya no pudo dominar el movimiento. Un número considerable de la
población de Basilea, y la mayor parte del Consejo, eran ya partidarios de la
Reforma radical. Cerca de un año después de Erasmo, Juan Ecolampadio, cuya
primera residencia en Basilea había coincidido también con la suya (por aquella
época había ayudado a Erasmo en el hebreo para la edición del Nuevo
Testamento), volvió a la ciudad con la intención de organizar allí la
resistencia contra el antiguo orden. En 1523 el Consejo lo nombró profesor de
Sagrada Escritura en la Universidad; al mismo tiempo, cuatro profesores
católicos perdieron sus cátedras. Consiguió
LB. IX.
1197-1214
Colaboración
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obtener
permiso general para predicar sin licencia. Pronto un agitador más exaltado
todavía, el impetuoso Guillermo Farel, llegó también para trabajar activamente
en Basilea y sus alrededores. Es el hombre que más tarde reformará Ginebra y
persuadirá a Calvino a quedarse allí.
Aunque al
principio Ecolampadio procedió con cautela para introducir novedades en el
servicio de la Iglesia, Erasmo vió aquellas innovaciones con alarma.
Especialmente el fanatismo de Farel, a quien odiaba con encono496. Aquellos
hombres eran quienes retardaban lo que él deseaba todavía y creía posible: una
avenencia. Su voluble espíritu, que nunca se acababa de decidir por una opinión
definida, se había ido situando gradualmente, en cuanto a la mayoría de los
puntos en disputa, en un término medio semi conservador, por el cual, sin
renunciar a su más profunda convicción, intentaba permanecer fiel a la Iglesia.
En 1524 había expresado sus sentimientos respecto a la confesión en el tratado
Exomologesis497 o la manera de confesar. Respecto a esto aceptaba un medio
término: si no fue instituida la confesión por Cristo, ni por los apóstoles, lo
fue, en todo caso, por los Padres. Debía ser piadosamente conservada. La
confesión tiene, según él, excelente utilidad, aunque a veces es un gran mal.
De este modo intenta, «aconsejar a los dos partidos», «sin estar de acuerdo con
los que
A. 1410.
19, 1534. 22, 1522. 65, 1523. 125, 1510, 1548. 8, 1640. 21, 1644. 19
LB. V. 145
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niegan,
pero sin atacarlos, se inclina no obstante del lado de los creyentes».
En la larga
lista de sus polémicas, gradualmente halla ocasiones para concretar algo sus
opiniones; circunstanciadamente, por ejemplo, en las respuestas a Alberto Pio,
de 1525 y 1529498. Para ello, siempre recurre a la forma de una apología, ya
sea atacado por los Colloquia, o por la Moria, por San Jerónimo, las Paráfrasis
u otra obra cualquiera. Finalmente, recapitula sus opiniones con cierta
extensión en De amabili Ecclesiae concordia, «Acerca de la apetecible concordia
de la Iglesia», en 1533, que, sin embargo, no pasa de ser un conato de acción
positiva, pues ya no se acordará más de él.
En la
mayoría de los puntos, Erasmo consigue hallar fórmulas moderadas y
conservadoras. Aun con respecto a las ceremonias, ya no las rechaza
sistemáticamente. Hasta halla una benévola palabra que decir acerca del ayuno,
que había aborrecido siempre499; para la veneración de las reliquias y para las
fiestas de la Iglesia. En 1523 escribió a petición de un amigo suyo una misa en
celebración de Nuestra Señora de Loreto. Pero en ella no dedicaba ni una
palabra al milagro de la Santa Casa, y la carta a su amigo que acompañaba dicha
misa, comenzaba: «Y ahora, sabe que Erasmo es capaz si tú se lo mandas de
ponerse a bailar en pleno mercado500». No se propone abolir el culto de los
santos: ya no le atribuye peligro de
LB. IX.
1094.
LB. VIII.
535.
A. 1391.
Colaboración
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idolatría.
Y hasta admite de buen grado las imágenes. «El que suprime de la vida las
imágenes, la priva de su más elevado deleite; a veces discernimos más en las
imágenes, de lo que concebimos por la palabra escrita». En cuanto a la
presencia substancial de Jesucristo en el Sacramento del Altar, se atiene
firmemente a la opinión católica, aunque sin fervor, sólo en el terreno del
consenso de la Iglesia, y porque no puede creer que Cristo, que es verdad y
amor, hubiese permitido que su Esposa se hubiese adherido durante tanto tiempo
a tan horrendo error como hubiera sido el del culto a una corteza de pan, en
lugar de Él. Pero una vez formuladas tales reservas, en caso necesario podía
aceptar la opinión de Ecolampadio501.
Del período
de Basilea data uno de los tratados morales más puros y beneficiosos de Erasmo,
la Institutio christiani matrimonii, «Acerca del Matrimonio Cristiano»,
publicada en 1526502, escrita para Catalina de Aragón, reina de Inglaterra, del
mismo carácter exactamente que el Enchiridion, salvo en cierta prolijidad que
revela su vejez. Más tarde sigue De vidua christiana, «La Viuda cristiana»,
para María de Hungría, obra tan impecable como aquélla, aunque menos
interesante503.
Todo esto
no desarmó a los defensores de la antigua Iglesia. Ellos se atenían firmemente
a la neta representación de la creencia de
LB. X. 1610
ABC, cf. LB. V. 501, IX. 1143 etc., LBE. 1270 D, LB. X. 1580 DE, 1560 A, A.
2175. 22, 2136. 214.
LB. V. 614
LB. V. 723
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Erasmo que
se desprendía de los Coloquios, y que no podía ser llamada puramente católica.
De esto resultaba con harta evidencia que por mucho que Erasmo desease dejar la
letra intacta, su corazón no estaba en las convicciones que eran vitales para
la Iglesia Católica. Por consiguiente, los Coloquios, más tarde, cuando las
obras de Erasmo fueron expurgadas, fueron colocados en el Índice, englobados
con la Moria y unas pocas obras más. Lo demás es caute legenda, para ser leído
con precaución. Mucho fue rechazado de las anotaciones al Nuevo Testamento, de
las Paráfrasis y las Apologías, muy poco del Enchiridion, de la Ratio verae
theologiae, y hasta de la Exomologesis. Pero esto fue después que la lucha
contra Erasmo viviente se había terminado hacía mucho tiempo.
Mientras
permaneció en Basilea, o en otras partes, como centro de un vasto grupo
intelectual cuya fuerza no podía ser calculada, precisamente porque no se
destacaba como un partido, no se sabía qué giro podía tomar todavía, ni qué
influencia podía tener aún su pensamiento en la Iglesia. Seguía siendo un rey
de espíritus, en su tranquilo gabinete de trabajo.
El odio que
había inspirado, la vigilancia de todas sus palabras y acciones, eran de esa
naturaleza que sólo tocan en suerte a los que son reconocidos como grandes. El
coro de enemigos que cargaba la culpa de toda la Reforma a Erasmo, no fue
acallado. «Él puso los
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huevos que
Lutero y Zuinglio han empollado504». Él iba anotando con disgusto a cada paso
nuevas muestras de controversia mezquina, maliciosa y estúpida505. En Constanza
vivía un doctor que había colgado su retrato en la pared sólo para escupirle
cada vez que pasaba por delante de él. Erasmo, jocosamente, compara su suerte
con la de San Casiano, a quien acribillaron con lápices sus discípulos. ¿No
había sido herido en lo más vivo por las plumas y las lenguas de innumerables
personas, y no vivía en tal tormento sin que la muerte le pusiera fin? La aguda
sensibilidad a los ataques arraigaba muy hondo en Erasmo. Y no pudo nunca
contenerse de irritar a los demás para que le atacasen.
A. 1528.
11, LBE. 1490 E.
A. 2045,
LBE. 1269, 1387-8.
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Capítulo
XIX
En guerra
con humanistas y reformadores
Erasmo se
vuelve contra los excesos del humanismo: su paganismo y su pedantesco
clasicismo. — Ciceronianus: 1528.— Le trae nuevos enemigos. — La Reforma es
implantada en Basilea. — Erasmo emigra a Friburgo: 1529.
— Su
opinión acerca de los resultados de la Reforma.
Nada más
característico de la independencia que Erasmo se reservaba en cuanto a todos
los movimientos de su época, que el hecho de hacer también una incursión al
campo de los humanistas. En 1528 fueron publicados por Froben (el jefe de la
razón social, Juan Froben, acababa de morir) dos diálogos en un volumen, de
mano de Erasmo: uno acerca de la pronunciación correcta del latín y el griego,
y otro con el título de Ciceronianus o, acerca de la Mejor Dicción, se
entiende, en escribir y hablar latín. Ambos eran prueba de que Erasmo no había
perdido nada de su vigor e ingenio. El primero de estos tratados era puramente
filológico, y como tal tuvo grande influencia; el otro, además, era satírico.
Tuvo larga historia.
Erasmo
había mirado siempre los estudios clásicos como la panacea de la civilización,
con tal de que se pusieran al servicio del puro cristianismo. Su sincero
sentido moral le hacía retroceder ante la obscenidad de un Poggio y la
inmoralidad de los humanistas
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primitivos
de Italia506. Al mismo tiempo, su gusto delicado y natural le decía que una
imitación pedantesca y servil de los modelos antiguos no podría nunca producir
el resultado apetecido. Erasmo conocía demasiado bien el latín para poder ser
estrictamente clásico; su latín era vivo y requería libertad. En sus primeras
obras hallamos dicterios para los puristas latinos exageradamente
quisquillosos: uno de ellos había declarado que un fragmento de Cicerón
descubierto recientemente era completamente bárbaro; «entre todas las clases de
autores, ningunos son tan insufribles para mí como esos simiescos imitadores de
Cicerón507[».
A pesar de
las grandes esperanzas que acariciaba respecto a la utilidad de los estudios
clásicos para el puro cristianismo, adivinó un peligro: «que so capa de
restaurar la literatura antigua, el paganismo intente levantar cabeza, puesto
que hay muchos entre los cristianos que reconocen a Cristo sólo de palabra,
pero en su interior respiran paganismo». Esto escribía en 1517 a Capito508. En
Italia los escritores se dedicaban demasiado exclusivamente y de manera
demasiado pagana a las bonae litterae. Y pensaba ser su tarea especial la de
ayudar a conseguir que esas bonae litterae «por las cuales los italianos han
sido hasta ahora casi paganos, sean usadas para hablar de Cristo509».
A. 182. 87.
967. 126, 540. 31, LB. IX. 92 E.
A. 326. 55,
531. 445, 1013. 80. cf. A. no. IV, t. I. p. 69.
A. 541.
133.
A. 1111.
17, 1581. 115, 1753. 21, 1479. 119.
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Mucho debió
de disgustar a Erasmo que en Italia más que en ningún otro país, a un mismo
tiempo lo acusasen de herejía y pusiesen en tela de juicio su saber y su
honradez de escritor. Se quejó a Aleandro, quien, según Erasmo pensaba, había
tenido participación en ello510.
En una
carta del 13 de octubre de 1527, a un profesor de Alcalá511, encontramos el
esbozo del Ciceronianus. Junto a los que odian los estudios clásicos en nombre
de la creencia ortodoxa, Erasmo escribe: «Últimamente, otra nueva clase de
enemigos ha salido de su madriguera. A éstos les inquieta que las bonae
litterae hablen de Cristo, como si nada pudiera ser elegante sino lo pagano.
Para sus oídos Jupiter optimus maximus suena más agradable que Jesus Christus
redemptor mundi, y patres conscripti, mejor que sancti apostoli… Tienen a mayor
deshonra el no ser ciceroniano que el no ser cristiano, ¡como si Cicerón, si
ahora volviese a vivir, no hablase de las cosas cristianas en otras palabras de
las que, en su tiempo, empleaba para su propia religión!… ¿Cuál es el
significado de estas odiosas baladronadas en nombre de Cicerón? Yo os lo diré
al oído. Con ese relumbrón encubren su paganismo, para ellos más querido que la
gloria de Cristo». Para Erasmo, el estilo ciceroniano en modo alguno constituye
lo ideal. Él prefiere algo más sólido, sucinto, vigoroso, menos atildado, más
viril. Él, que a veces ha tenido que escribir un libro en un día, no tiene
tiempo para pulir su estilo, ni a
A. 1479.
29, 1482.
A. 1885.
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menudo para
repasarlo… « ¿Qué me importan a mí en un plato lleno de palabras, diez palabras
arrebañadas acá y allá, de Cicerón? Lo que yo quiero es todo el espíritu de
Cicerón». Son monos de quien podemos reírnos, puesto que mucho más serios que
estas cosas son los alborotos del llamado nuevo Evangelio, al cual se refiere
luego en aquella carta.
Y así, en
medio de todas aquellas polémicas y mordaces vindicaciones, se permite una vez
más el placer de dar rienda suelta a su afición a la burla, pero, como en la
Moria y los Colloquia, ennoblecido por una sinceridad casi apasionada de índole
cristiana, y un sentido natural de la mesura. El Ciceronianus512 es una obra
maestra de ágil y diverso saber, de convincente elocuencia y de manejo fácil de
una riqueza de argumentos. Con espléndida, serena y, a pesar de ello, vivaz
holgura, fluye la conversación entre Buléforo, que representa las opiniones de
Erasmo, Hipólogo, el interesado interrogador, y Nosópono, el celoso
ciceroniano, quien para conservar una perfecta pureza de espíritu, se desayuna
con diez pasas.
Erasmo, al
dibujar a Nosópono, evidentemente ha querido aludir sobre todo a uno que ya no
podía replicarle: Cristóbal Longolio, que había muerto en 1522. Quizás en eso
no estuvo tan acertado.
El punto
esencial del Ciceronianus es aquél en que Erasmo señala el peligro para la fe
cristiana, de un clasicismo demasiado celoso. Ya
LB. I. 972.
Colaboración
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en el
título se revela su propósito. Erasmo toma la antítesis
Ciceronanianus-Christianus, de su amado San Jerónimo, que también tuvo que
elegir entre ambos términos513. Enérgicamente, exclama: «Es el paganismo,
créeme, Nosópono, es el paganismo lo que hechiza nuestros oídos y nuestras
almas en estas cosas. Somos cristianos sólo de nombre. — ¿Por qué una cita
clásica suena mejor a nuestros oídos que una cita de la Biblia—: corchorum
inter olera», «correhuela entre legumbres», más que «Saúl entre los profetas»?
Como muestra de la absurdidad del ciceronianismo, da una traducción de una
sentencia dogmática en lenguaje clásico: «Optimi maximique Jovis interpres ac
filius, servator, rex, juxta vatun responsa, ex Olympo devolavit in terras», en
lugar de: Jesucristo Verbo e Hijo del Padre Eterno, vino al mundo conforme a
las profecías. Y efectivamente, la mayoría de los humanistas escribían en aquel
estilo.
¿No se daba
cuenta Erasmo de que con esto atacaba su propio pasado? Bien mirado, ¿no era lo
mismo que él había hecho con indignación de sus contradictores, cuando traducía
Logos por Sermo en lugar de Verbum? ¿Y no se clasificaba así como ciceroniano?
También con ello atentaba a un concepto cristiano actual y lo suplantaba por un
vocablo clásico. ¿No había manifestado el deseo de que en los himnos de la
Iglesia se corrigiese el metro514, para no mencionar sus propias odas clásicas
y peanes a María y a los
Véase
Hieronymi Stridonensis vita. Nueva ed. de W. K. Ferguson, Urasmi Opuscula, p.
183 ss.
Convivium
poeticum, Coll. LB. I. 724.
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santos? ¿Y
su advertencia contra la parcialidad en favor de los proverbios y giros
clásicos, no era aplicable más que a otra cosa a los Adagia?
Aquí vemos
al Erasmo envejecido en camino de la reacción que hubiera podido tal vez
apartarlo del humanismo. En su combate contra el purismo, es el precursor de un
puritanismo cristiano.
Como
siempre, sus chanzas le acarrearon una nueva oleada de invectivas. Bembo y
Sadoleto, que con Erasmo eran los más celebrados maestros del latín puro,
pudieron permitirse sonreír; pero el impetuoso Julio César Escalígero,
arremetió violentamente contra él, especialmente para vengar la memoria de
Longolio. El perpetuo sentimiento de persecución de Erasmo, se renovó: otra vez
pensó que Aleandro andaba en el fondo de todo aquello. «Los italianos
indisponen contra mí la corte imperial», escribe en 1531515; a los demás los
alude bromeando516. Un año más tarde ha recuperado su tranquilidad. «A fe mía
voy a cambiar mi estilo, según el modelo de Budeo, y a convertirme en un
ciceroniano a ejemplo de Sadoleto y Bembo». Pero hacia el fin de su vida estaba
empeñado en nueva contienda con los italianos, porque los había herido en su
orgullo nacional: «Por todas partes están furiosos contra mí, y me
LBE. 1269 E
LBE. 1372
D.
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atacan con
calumniosos libelos, como enemigo de Italia y de Cicerón517».
****
Había, como
ha dicho él mismo, otras dificultades que le atañían más de cerca. Los
acontecimientos se habían desarrollado en Basilea, durante años, en una
dirección que lo angustiaba y alarmaba. Cuando se instaló allí en 1521, todavía
podía parecerle que el obispo, el anciano Cristóbal de Utenheim, grande
admirador de Erasmo y de espíritu semejante al suyo, conseguiría efectuar una
reforma en Basilea como él la deseaba, con el concurso de su común amigo Luis
Ber: aboliendo reconocidos abusos, pero sin salirse del seno de la Iglesia.
Pero aquel mismo año, la emancipación de la municipalidad del poder del obispo,
que había ido progresando desde que Basilea en 1501 se había unido a la
Confederación Suiza, quedó consumada.
En adelante
el Consejo, que ya no estuvo formado exclusivamente de elementos
aristocráticos, ocupaba el primer lugar. En vano se alió el obispo con sus
colegas de Constanza y Lausana para mantener el catolicismo. En la ciudad, la
nueva creencia fue predominando cada vez más. Sin embargo, cuando, en 1525,
había llegado al punto de producir tumultos contra el culto católico, el
Consejo municipal se volvió más precavido e intentó introducir la Reforma más
cautelosamente.
517 LBE.
1501 B, LB. X. 1747, 1752 DE. La epístola No. 1276, c. 1496 es una malévola
falsificación
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También lo
deseaba Ecolampadio. Las relaciones entre él y Erasmo eran precarias. El propio
Erasmo había dirigido antaño el pensamiento religioso del impulsivo, sensitivo,
inquieto joven. Cuando, en 1520, buscó súbitamente refugio en un convento,
había expresamente justificado aquel paso ante Erasmo, el detractor de los
votos perpetuos518. ¡Cómo habían cambiado las cosas cuando se volvieron a ver
en Basilea dos años más tarde! Ecolampadio, que había dejado el monasterio,
como convencido partidario y apóstol de la nueva doctrina, y Erasmo, como el
gran espectador que deseaba ser. Erasmo trató a su antiguo colaborador con
frialdad; y a medida que éste avanzaba, él retrocedía cada vez más. Con todo,
se quedó navegando en un rumbo medio, y en 1525 dio algunos avisos moderados al
Consejo, el cual en el ínterin se había vuelto otra vez más católico.
El anciano
obispo, quien hacía muchos años que no residía en su ciudad, en 1527 pidió al
Cabildo que lo relevase de su ministerio, y murió poco tiempo después. Entonces
los acontecimientos se precipitaron. Su sucesor ya no pudo tomar posesión en la
propia ciudad de Basilea. Luego que Berna se hubo reformado en 1528,
Ecolampadio pidió una decisión también para Basilea. Desde fines de 1528 la
ciudad había estado al borde de la guerra civil. Un alzamiento popular puso fin
a la resistencia del Consejo municipal, que prescindió entonces de los miembros
católicos; y en febrero de
A. 1102,
1158.
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1529 fue
prohibido el antiguo culto; fueron quitadas las imágenes de las iglesias,
abolidos los conventos, y suspendida la Universidad. Ecolampadio fue predicador
primero en la Catedral y jefe de la Iglesia de Basilea, para la cual no tardó
en redactar una reglamentación reformadora. El nuevo obispo se quedó en
Porrentruy y el Cabildo se trasladó a Friburgo.
Había
llegado para Erasmo el momento de partir. Su posición en Basilea en 1529 se
parecía algo, pero en sentido inverso, a la de Lo vaina en 1521. Entonces los
católicos quisieron aprovechar sus servicios contra Lutero; ahora los
evangélicos hubieran visto con muy buenos ojos que se quedase en Basilea. Pues
su nombre era todavía como una bandera. Su presencia habría reforzado la
situación de Basilea reformada; por una parte porque la gente supondría: si no
pensase igual que los reformadores, ya hubiera dejado la ciudad haría mucho
tiempo; por otra parte, porque su figura parecía garantizar la moderación, y
podría atraer a muchos espíritus vacilantes519.
De manera
que para salvaguardar su independencia, una vez más cambió Erasmo de
residencia. Esta vez fue un gran esfuerzo para él. La vejez y los achaques
habían hecho de aquel hombre inquieto un hombre casero. Como previo molestias
por parte de la municipalidad, pidió al archiduque Fernando —que gobernaba para
su hermano Carlos V el imperio germánico y, precisamente a la
A. 2196.
Colaboración
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sazón,
presidía la dieta de Espira— que le enviase un salvoconducto para todo el
Imperio y, además, una invitación para ir a la corte, que desde luego no tenía
la más remota intención de aceptar. Como lugar de refugio había escogido la no
muy distante ciudad de Friburgo de Brisgovia, que estaba directamente bajo el
estricto gobierno de la casa de Austria, y donde él, por lo tanto, no podía
temer un cambio de cosas como en Basilea. Era, además, una coyuntura en la cual
la autoridad imperial y la causa católica en Alemania parecían otra vez estar
ganando terreno.
Erasmo no
quiso o no pudo mantener en secreto su partida. Envió de antemano lo más
precioso que poseía, y cuando esto hubo llamado la atención acerca de su
propósito, invitó expresamente a Ecolampadio a una conversación de despedida.
El reformador testimonió su sincera amistad para Erasmo, que éste no declinó,
con tal que le permitiera diferir del dogma en algunos puntos. Ecolampadio
intentó disuadirlo de dejar la ciudad, y cuando se convenció de que ya era
demasiado tarde para ello, probó a persuadirlo a que volviese un día. Se
despidieron estrechándose las manos.
Erasmo
había querido tomar la embarcación en un embarcadero distante, pero el Consejo
no quiso permitirlo: hubo de embarcarse en el lugar de costumbre, junto al
puente del Rin. Una nutrida muchedumbre presenció su embarco, el 13 de abril de
1529. Fueron
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a
despedirlo algunos amigos. No hubo ninguna demostración desfavorable520.
Su
recepción en Friburgo lo convenció de que, a pesar de todo, era todavía el
celebrado y admirado príncipe de las letras. El Consejo puso a su disposición
el vasto aunque no terminado edificio que había sido construido para el
emperador Maximiliano; un profesor de teología le ofreció su jardín. Antonio
Fugger había intentado atraerlo a Augsburgo por medio de una asignación anual.
Por lo demás, no consideraba él ni mucho menos a Friburgo como lugar permanente
de residencia. «Yo he resuelto pasar aquí el invierno y luego volar con las
golondrinas al lugar donde Dios me llame521».
Pero pronto
reconoció las grandes ventajas que Friburgo le ofrecía. El clima, para el cual
era tan sensible, se presentó mejor de lo que él esperaba, y la situación de la
ciudad era en extremo favorable para emigrar a Francia, si las circunstancias
lo exigiesen, o para echar Rin abajo de regreso a Holanda, donde muchos lo
llamaban también. En 1531 compró una casa en Friburgo522. Uno de sus mejores
amigos, Luis Ber, se había venido con él de Basilea.
El anciano
Erasmo, en Friburgo, cada vez más atormentado por su dolorosa enfermedad, mucho
más desilusionado que cuando dejó Lovaina en 1521, y más firmemente decidido a
mantener su punto de vista, nos hablará con toda su personalidad cuando se haya
A. 2158.
60, 2188. 5, 2196.
A. 2158,
2145, 2222.
LBE. 1349
A. cf. 1325.
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publicado
completa su correspondencia de aquellos años. Las colecciones antiguas
contienen muy incompletamente esas cartas523. Según parece, de ningún período
de la vida de Erasmo se puede espigar tanto, en cuanto al conocimiento de sus
costumbres y pensamientos diarios, como de aquellos años. El trabajo continuó
sin una interrupción en aquel gran taller de escritor donde dirige a sus
fámulos que cazan manuscritos para él y luego los copian y los revisan, y desde
donde envía sus cartas por toda Europa.
En la serie
de ediciones de los Santos Padres siguieron San Basilio, y nuevas ediciones de
San Juan Crisóstomo y San Cipriano; sus ediciones de autores clásicos fueron
aumentadas con las obras de Aristóteles. Revisó y volvió a publicar los
Coloquios tres veces más, y una vez más los Adagios y el Nuevo Testamento.
Siguieron fluyendo, de cuando en cuando, de su pluma escritos de carácter moral
o político-teológico.
Ahora se
hallaba completamente apartado de la causa de la Reforma. «Pseudevangelici,
—llama de modo ofensivo a los reformados—. Yo hubiera podido ser un corifeo en
la Iglesia de Lutero», escribe en 1528, «pero he preferido incurrir en el odio
de toda Alemania a separarme de la comunidad de la Iglesia524». Las autoridades
debieran haber puesto algo menos de atención al comienzo en la conducta de
Lutero; y entonces el fuego no se
La parte IX
(1938) del Opus Epistolarum del Dr. Allen alcanza hasta fines de 1532. La parte
X (1532-34), que se consigna en la Bibliografía, no pudo ser aprovechada por el
autor, pues apareció en 1943. (N. del E.).
A. 2037.
268.
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hubiera
propagado tan violentamente525. Él siempre había instado a los teólogos a dejar
en paz cuestiones menores, que sólo contenían una apariencia de piedad, y
volver los ojos a las fuentes de la Escritura526. Ahora ya era demasiado tarde.
Las ciudades y los campos se habían unido cada vez más estrechamente por o
contra la Reforma. «Si, lo que yo pido a Dios que nunca suceda», escribe a
Sadoleto en 1530527 «vierais alzarse horribles conmociones en el mundo, no tan
fatales para Alemania como para la Iglesia, entonces acordaos de que Erasmo las
profetizó». A Beato Renano le dijo con frecuencia que si él hubiese sabido que
iba a venir una época como la presente, hubiera dejado de escribir muchas cosas
o no las hubiera escrito del modo que lo había hecho528.
«Y si no,
mirad, —exclama—, a la gente evangélica: ¿han mejorado algo? ¿Conceden menos a
la lujuria, a la codicia, a la gula? Mostradme un hombre a quien ese nuevo
Evangelio haya cambiado de borracho en sobrio, de bruto en hombre amable, de
mezquino en generoso, de desvergonzado en casto. Yo podría mostraros muchos que
se han vuelto aún peores de lo que eran». Ahora han arrojado las imágenes de
las iglesias y abolido la misa (piensa aquí especialmente en Basilea): ¿ha
venido algo mejor en cambio? «Yo nunca he entrado en sus iglesias, pero los he
visto volver del sermón, como si estuviesen poseídos de un mal espíritu, con
una
A. 2315.
243 sq.
A. 2136.
185 ss. cf. 2037.
LBE. 1272 B
A. no. IV,
t. I. p. 68. 445.
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curiosa
expresión de ira y ferocidad en el rostro; y ninguno de ellos, fuera de un
anciano, me saludaron decentemente cuando pasé en compañía de algunas personas
distinguidas529[».
Odiaba
aquel espíritu de absoluta certeza tan inseparable de los reformadores.
«Zuinglio y Bucero podrán estar inspirados por el Espíritu. Erasmo, por su
parte, no es más que un hombre, y no puede comprender lo que es ese
Espíritu530».
Había un
grupo entre los reformadores, a quien Erasmo, en el fondo del fondo, era más
afín que con los luteranos o zuinglianos y su rígido dogmatismo: los
anabaptistas. Él rechazaba la doctrina de la que derivaban su nombre, y
aborrecía el elemento anárquico que había en ellos531. Seguía siendo, con
mucho, un hombre de decoro espiritual, para poder identificarse con aquellos
irregulares creyentes. Pero no estaba ciego para la sinceridad de sus
aspiraciones morales, y simpatizaba con su repugnancia a la fuerza bruta, y la
paciencia con que sufrían persecución. «Son alabados más que todos los otros
por la pureza de su vida», escribe en 1529532. Y precisamente durante la última
parte de su vida vino el episodio de los actos revolucionarios de los
anabaptistas fanáticos; no hay que decir que Erasmo habla de ello sólo con
horror.
Uno de los
mejores historiadores contemporáneos de la Reforma, Walter Köhler, llama a
Erasmo uno de los padres espirituales del
LB. X. 1578
C, 1590
LB. X.
1594. A
LB. V. 505
B, A. 1369. 35 ss.
A. 2134.
214, 2149. 57.
Colaboración
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anabaptismo533.
Y es lo cierto que en su última y apacible evolución tiene importantes rasgos
en común con Erasmo: una tendencia a reconocer el libre albedrío, cierta
inclinación racionalista; repugnancia a una concepción exclusiva de una
Iglesia. Parece posible demostrar que el anabaptista del sur de Alemania Hans
Denk, derivó opiniones directamente de Erasmo. Sin embargo, en parte
considerable, esta comunidad de ideas pudo, sin duda, haberse fundado en
peculiaridades de la conciencia religiosa en los Países Bajos, de donde salió
Erasmo, y donde el anabaptismo encontró un terreno tan abonado. Es seguro que
Erasmo no advirtió nunca tales conexiones.
Una notable
prueba del cambio de actitud de Erasmo respecto a la antigua y la nueva
Iglesia, nos la da lo que sigue.
El reproche
que antes había dirigido tan a menudo a los abogados del conservadurismo, de
que odiaban las bonae litterae, tan amadas por él, y que se proponían
sofocarlas, ahora lo usa contra el partido evangélico: «Dondequiera que
predomine Lutero, el estudio de las ciencias se relaja. —Y continúa, usando un
notable sofisma—: ¿Por qué si no, Lutero y Melanchthon incitan con tanta
urgencia a la gente a que vuelva al amor de las letras?». «¡Comparad sino la
Universidad de Wittenberg con la de Lovaina o París!… Los impresores dicen que
antes de ese nuevo Evangelio solían
533 W.
Köhler, M. Luther p. 79, Historische Zeitschrift 121, 322
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despachar
3000 volúmenes en mucho menos tiempo que ahora 600.
¡Una prueba
evidente de que ahora florecen los estudios!534».
LB. X.
1618, A. 1977. 40.
Colaboración
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Capítulo XX
Los últimos
años
Las
divergencias religiosas y políticas se agudizan. — La próxima contienda en
Alemania sigue aplazada. — Erasmo termina su Ecclesiastes. — Muerte de Fisher y
Moro. — Regreso de Erasmo a Basilea: 1535.— Planes de traslado a Borgoña o
Brabante. — El papa Paulo 111 desea hacerle escribir en favor de la causa del
Concilio. — Favores declinados por Erasmo.— De puritate ecclesiae. — El fin: 12
de julio de 1536.
Durante los
últimos días de la vida de Erasmo, todos los grandes acontecimientos que tenían
al mundo en suspenso fueron tomando rápidamente formas amenazadoras. Por todas
partes donde antes había parecido aún posible un pacto, una unión, ahora
cerraban el camino de la paz agudos conflictos, agrupaciones partidistas
claramente definidas, fórmulas restrictivas. Mientras en la primavera de 1529
Erasmo se preparaba para marcharse de Basilea, una poderosa mayoría católica de
la dieta de Espira logró anular la tregua de 1526, favorable a los evangélicos,
y sólo entre ellos los luteranos conservaron lo que habían obtenido; además se
aseguraron una prohibición para cualesquiera cambios o novedades ulteriores. A
los zuinglianos y anabaptistas no se les permitió gozar de la menor tolerancia.
A esto siguió inmediatamente la «protesta» de los principales príncipes y
ciudades evangélicas, lo cual en
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adelante
había de dar el nombre a todos los anticatólicos juntos (19 de abril de 1529).
Y no sólo se hizo completa la ruptura entre los católicos y los protestantes en
el Imperio. Aun antes de terminar aquel año, la cuestión de la eucaristía
demostró ser un obstáculo insuperable para una efectiva unión entre zuinglianos
y luteranos. Lutero se apartó de Zuinglio en la entrevista de Magdeburgo, con
las palabras: «Vuestro espíritu difiere del nuestro».
En Suiza
había estallado la guerra abiertamente entre los cantones católicos y los
evangélicos, sólo calmada por poco tiempo con la primera paz de Kappel. Los
tratados de Cambray y Barcelona, que en 1529 restablecieron a lo menos la paz
política en la cristiandad por cierto tiempo, no pudieron ya arrancar muestras
de regocijo a Erasmo por la venida de una edad de oro, como las que la
concordia de 1516 le había inspirado. Al cabo de un mes se presentaron los
turcos ante Viena.
Todos
aquellos acontecimientos no pudieron menos de angustiar y alarmar a Erasmo.
Pero él permanecía ajeno a ellos. Cuando se leen sus cartas de aquel período,
nos impresiona más que nunca que él, con toda la vastitud y viveza de su
espíritu, permanezca alejado de los grandes acontecimientos de su época. Más
allá de cierto círculo de intereses, que atañen a sus ideas y a su persona, sus
percepciones son vagas y débiles. Si todavía se mezcla alguna vez en las
cuestiones del día, lo hace al modo moralizador, por medio de generalizaciones,
sin entusiasmo; su Aviso acerca de la declaración de guerra a los turcos (marzo
de 1530) está escrito en forma de
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interpretación
del salmo 28, y es tan vago que, al final, él mismo prevé que el lector podrá
exclamar: «Pero ahora decidnos claramente: ¿pensáis que la guerra debe
declararse o no?»535.
En verano
de 1530, la Dieta se reunió otra vez en Augsburgo bajo los auspicios del mismo
emperador, para intentar una vez más «conseguir una buena paz y una verdad
cristiana». La confesión de Augsburgo, que Melanchthon había redactado muy
cautamente, fue leída allí, discutida, y declarada refutada por el Emperador.
Erasmo no
tuvo participación en nada de esto. Muchos lo habían exhortado por carta a ir a
Augsburgo; pero él había esperado en vano una invitación del Emperador. A
instancias de los consejeros imperiales, había aplazado su propuesto traslado a
Brabante aquel otoño, hasta después de la decisión de la Dieta536. Pero sus
servicios no se necesitaron para la enérgica resolución de represión con que el
Emperador cerró las sesiones en noviembre.
La gran
lucha en Alemania parecía estar próxima; las resoluciones de Augsburgo fueron
seguidas por la liga de Esmalcalda que unía a todos los territorios y ciudades
protestantes de Alemania, en su oposición al Emperador. El mismo año (1531),
Zuinglio fue muerto en la batalla de Kappel contra los cantones católicos, y
pronto le siguió Ecolampadio, quien murió en Basilea. «Es bueno, —escribe
LB. V. 346
LBE. 1305,
1325.
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Erasmo—,
que esos dos cabecillas hayan perecido. Si Marte les hubiera sido favorable,
estábamos perdidos537».
En Suiza se
había establecido una especie de equilibrio; de todos modos la situación había
quedado estacionaria; en Alemania se había aplazado por muchos años la
inevitable lucha. El Emperador había comprendido que él, para combatir con
eficacia a los protestantes alemanes, debía obtener primero que el Papa
reuniese el Concilio que aboliese los reconocidos abusos de la Iglesia. La paz
religiosa de Nüremberg (1532) puso el sello a aquel procedimiento de política
imperial.
Pudo
parecer que no tardarían mucho los abogados de la reforma moderada y de un
pacto, en obtener por fin una ocasión para ser oídos. Pero Erasmo era ya
demasiado viejo para participar activamente en las decisiones, en caso, desde
luego, que él hubiera creído necesaria aquella participación. Con todo, en
1533, escribe un tratado: Acerca de la buena concordia de la Iglesia538[,
parecido a su Aviso acerca de los turcos, en forma de interpretación de un
salmo (el 83). Pero no parecía sino que la antigua vivacidad de su estilo y su
fuerza de expresión, por tanto tiempo sin rival, comenzaban ahora a vacilar. La
misma observación puede aplicarse a un ensayo Acerca de la preparación para la
muerte539, publicado el mismo año. Su voz se va debilitando.
LBE. 1422
B.
LB. V. 469.
LB. V.
1293.
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Durante
aquellos años volvió su atención principalmente a terminar la obra que más que
otra alguna representaba para él el resumen y la completa exposición de sus
ideas ético-teológicas: Eclesiastés o Acerca de la manera de predicar540.
Erasmo
había mirado siempre la predicación como la parte más noble de los deberes de
un eclesiástico. Siempre había tenido en su más alta opinión, como
predicadores, a Colet y Vitrario541. Ya en 1519, su amigo Juan Becar de
Borselen lo instaba para que acompañase su Enchiridion del soldado cristiano, y
su Institutio del príncipe cristiano, con un tratado acerca de la instrucción
del predicador cristiano. «Más adelante, más adelante, —le había prometido
Erasmo—; al presente tengo mucho trabajo; pero espero poder emprenderlo
pronto». En 1523 ya había hecho un esbozo y escrito algunas notas para aquel
tratado, a instancias de Juan Fisher, obispo de Rochester, gran amigo de Erasmo
y hermano espiritual suyo, quien en 1525 lo esperaba con impaciencia y
apremiaba al autor a terminarlo542. La obra, poco a poco, fue creciendo hasta
formar la más voluminosa de las obras originales de Erasmo: aquel libro era un
bosque, «operis sylvam», como lo llama él. Distribuyó su materia en cuatro
libros: el arte de predicar bien y decorosamente, con inextinguible abundancia
de ejemplos, ilustraciones, planes, etc. Pero ¿era posible que una obra,
concebida
LB. V. 767
A. 1211
A. 932. 17,
952. 1, no. I, p. 34, 1581. 666.
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ya por
Erasmo en 1519, y en la cual había trabajado tanto tiempo mientras él había ido
perdiendo el arrojo de sus primeros años, pudiera ser todavía una revelación en
1535, como el Enchiridion lo había sido en su día?
El
Ecclesiastes es la obra de un espíritu fatigado que ya no reacciona vivamente a
las necesidades de su época. Como resultado de una instrucción correcta,
intelectual, de buen gusto, lograda mediante una adecuada predicación, en
consonancia con la pureza del Evangelio, Erasmo espera ver mejorar la sociedad.
«El pueblo se torna más obediente para las autoridades, más respetuoso para las
leyes, más pacífico. Entre marido y mujer se origina gran concordia, más
perfecta fidelidad, gran repugnancia para el adulterio. Los servidores obedecen
de mejor voluntad, los artesanos trabajan mejor, los mercaderes no engañan».
Al mismo
tiempo que Erasmo entregaba esta obra a Froben, en Basilea, para imprimirla,
pasaba por las prensas de otro impresor de aquella ciudad543 el libro de un
joven francés que recientemente había huido de Francia a Basilea. También era
un manual acerca de la vida devota: la Institutio Religiones Christianae; su
autor se llamaba Calvino.
****
Antes que
Erasmo hubiese terminado el Ecclesiastes, el hombre para quien había sido
escrita la obra ya no existía. En lugar, pues,
Tomás
Platter, que acababa de entrar en posesión del negocio editorial de Cratander,
donde anteriormente, y con gran secreto, se había impreso el diálogo Julius.
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de
dedicársela al obispo de Rochester, Erasmo dedicó su voluminosa obra al obispo
de Augsburgo, Cristóbal de Stadion. Juan Fisher, para sellar sus esfuerzos
espirituales, parecidos en tantos respectos a los que había realizado Erasmo,
había dado el ejemplo, para el cual Erasmo se reconocía demasiado débil, del
martirio. El 22 de junio de 1535, fue decapitado por orden de Enrique VIII.
Murió por guardar fidelidad a la Iglesia católica. Junto con Moro, se había
negado firmemente a prestar juramento para el Estatuto de Supremacía. Antes de
dos semanas más tarde, Tomás Moro subía al cadalso. La suerte de sus dos más
nobles amigos, sin duda afectó a Erasmo. Pero el que en sus cartas de aquellos
días ninguna palabra de consternación o de indignación revele su estado de
ánimo, no debe únicamente atribuirse a un exceso de prudencia. Es posible que
no hayan llegado a nosotros otras manifestaciones suyas544, aunque cierta
reserva por su parte resulta innegable. En las palabras que en el prólogo de su
Ecclesiastes dedica a la muerte de Fisher, no se nota el menor tono de
cordialidad. Y en una carta dice: «¡Ojalá Moro no se hubiera mezclado nunca en
ese peligroso asunto, y hubiese dejado las cuestiones teológicas para los
teólogos!»545. ¡Como si Moro hubiese muerto por otra cosa que, sencillamente,
por su conciencia!
****
El Carmen
heroicum sobre la muerte de Fisher y Moro, que Jerónimo Gebwiler, en 1536,
anunció como siendo de Erasmo, puede con certeza atribuirse al latinista
holandés Juan Secundo. Cf. A. Jolles, Neophilologus, XIII, 1928, pág. 60, 132.
LBE. 1509
C, 1513 A
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Cuando
Erasmo escribió aquellas palabras, ya no estaba en Friburgo. En junio de 1535
había ido a Basilea, a trabajar en el taller de Froben, como en tiempos
pasados; por fin, el Ecclesiastes entró en prensa, pero todavía necesitaba
cuidadosa revisión, y los toques finales mientras se iba imprimiendo; los
Adagia habían de ser reimpresos, y estaba en preparación una edición latina de
Orígenes. Aquel hombre anciano y enfermo fue recibido cordialmente por los
muchos amigos suyos que vivían aún en Basilea. Jerónimo Froben, hijo de Juan,
que después de la muerte de su padre dirigía el negocio con dos parientes, lo
alojó en su casa Zum Luft. En espera de su regreso había sido construida
expresamente una habitación para él, y amueblada convenientemente. Erasmo halló
que en Basilea las tormentas eclesiásticas que tiempo atrás lo habían alejado
de allí, se habían apaciguado546. Habían vuelto la tranquilidad y el orden.
Sentía en el ambiente un espíritu de desconfianza, verdad era; «pero yo pienso
que, por mi edad, manera de vivir, y la poca erudición que poseo, he llegado a
un punto en que puedo vivir seguro en cualquier parte». Primero había mirado
aquel cambio de residencia como un experimento. No pensaba quedarse en Basilea.
Si su salud no podía resistir el cambio de aires, se volvería a su hermosa,
bien amueblada y cómoda casa de Friburgo. Si veía que podía soportar aquel
cambio, entonces elegiría entre los Países Bajos
LBE. 1511
D.
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(probablemente
Bruselas, Malinas, Amberes, o quizás Lovaina), o la Borgoña, en particular
Besanzón. Hacia el final de su vida se agarra a la ilusión que había estado
acariciando durante largo tiempo de que sólo el vino de Borgoña le convenía y
atajaba su enfermedad. Hay algo de emocionante en las proporciones que aquella
cuestión del vino va adquiriendo poco a poco: el que sea tan caro en Basilea no
importa; pero los ladrones carreteros se beben o echan a perder el
importado547.
En agosto
vaciló mucho en si volvería o no a Friburgo. En octubre vendió su casa y parte
de su mueblaje, y mandó transportar el resto a Basilea548. Después del verano,
apenas salió de su habitación; y la mayor parte del tiempo lo pasaba en la
cama.
Aunque el
formidable trabajador que llevaba dentro anhelaba vivir todavía más años y
tener tiempo para trabajar, su alma estaba ya preparada para la muerte. No se
había sentido nunca feliz; sólo durante sus últimos años expresa el anhelo de
morir. Todavía, por modo curioso, estaba sujeto a la ilusión de hallarse en lo
más recio de la pelea. «En esta arena habré de caer, —escribe en 1533—. Sólo me
consuela que ya está cerca y a la vista el puerto, que, si Cristo me es
favorable, pondrá fin a todos los trabajos y angustias549». Dos años más tarde
su voz suena más apremiante: «Ojalá se digne el
A. 296. 63,
285, 288. 15, 1342. 458, LBE. 1511 DE, A. 1359. 14, 1342. 457 etc.
LBE. 1506
CD, 1515 E y A. no. III, t. I. p. 53. 18.
LBE. 1465 B
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Señor
sacarme de este desvariado mundo y me llame a su reposo550».
La mayoría
de sus amigos habían muerto. Warham y Mountjoy, antes que Moro y Fisher; Pedro
Gilles, mucho más joven que él, había fallecido en 1533; también Pirkheimer
hacía muchos años que había muerto. Beato Renano nos lo muestra, durante los
últimos meses de su vida, repasando las cartas de sus amigos de aquellos
últimos años y repitiendo: «También éste ha muerto551». A medida que se iba
quedando más solo, su suspicacia y su sensación de ser perseguido se hacían más
fuertes. «Mis amigos disminuyen, mis enemigos aumentan», escribe en 1532,
cuando Warham ha muerto y Aleandro se ha encumbrado más todavía. En otoño de
1535 piensa que todos sus discípulos servidores le hacen traición, hasta los
más queridos, como Quirino Talesio y Carlos Utenhove. Se queja de que no le
escriban552.
En octubre
de 1534, al papa Clemente VII sucedió Paulo III, quien tomó a pechos enseguida
la cuestión del Concilio. La reunión de un Concilio era en opinión de muchos el
único medio por el cual podía ser restaurada la unión de la Iglesia; y ahora
parecía estar cerca la ocasión de realizarse. Primero fueron invitados los más
sabios teólogos a contribuir a la preparación de aquella grande obra. Erasmo no
dejó en enero de 1535 de dirigir al nuevo papa una carta
LBE. 1506
B.
A. no. IV,
t. I. p. 70.
LBE. 1513
EF.
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de
felicitación, en la que manifestaba su buen deseo de cooperar en llevar a cabo
la pacificación de la Iglesia, y aconsejaba al Papa guardar un cauteloso
término medio. El 31 de mayo recibió una respuesta llena de benevolencia y
agradecimiento553. El Papa exhortaba a Erasmo: «que también tú, agraciado por
Dios con tanto talento y loable saber, nos puedas ayudar en esta piadosa obra,
que es tan grata a tu espíritu, y defender, con nosotros, la religión católica,
con la palabra hablada y escrita, antes y durante el Concilio; y puedas de esta
manera, con esta última obra de piedad, como con la acción más óptima, coronar
tu religiosa vida y tus numerosos escritos, refutando a tus detractores y
animando a los que se hacen lenguas de tu fama».
¿Hubiera
Erasmo, en años de más fuerzas, hallado manera de cooperar activamente en el
Consejo de los grandes? La exhortación del Papa, desde luego, interpretaba
perfectamente su deseo. Pero una vez frente a frente de la necesidad de
inflexibles, claras resoluciones, ¿qué hubiera hecho él? Su deseo de paz y
tolerancia, de reserva y conciliación, ¿hubiera llevado algún paliativo a la
inminente batalla o la hubiera evitado? Pudo ahorrarse aquel experimento.
Él sabía
que estaba demasiado débil para poder pensar ya en una enérgica propaganda
político-religiosa. Pronto vinieron pruebas de que los bondadosos sentimientos
de Roma eran sinceros. Se había
LBE. 1501.
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tratado de
incluir también a Erasmo entre los cardenales que iban a ser nombrados en
vistas al Concilio; se le ofrecía ya un considerable beneficio anejo a la
iglesia de Deventer554. Pero Erasmo instó a sus amigos romanos que tanta
actividad mostraban en su favor, a que cesasen en sus buenos oficios; él no
aceptaría nada; él era un hombre que vivía al día, esperando la muerte, y a
veces deseándola, y que apenas podía ya salir de su habitación. ¡Y no estaba
para que lo instigasen a conquistar deanatos y capelos! Tenía lo suficiente
para vivir hasta su muerte próxima555. Quería morir independiente.
Y con todo,
su pluma no descansaba. El Ecclesiastes había sido impreso y publicado; y
Orígenes había de seguir. En lugar de la importante y brillante labor a que
Roma lo llamaba, él dedicó sus últimas fuerzas a una sencilla obra de amistosa
cordialidad. El amigo a quien había de tocar el honor de recibir del autor
anciano y enfermo de muerte una última composición preparada expresamente para
él, entre los más terribles dolores, era el más modesto entre el número de los
que no habían perdido su fe en él. No era prelado ni príncipe, no un grande
ingenio ni un admirado teólogo, sino Cristóbal Eschenfelder, oficial de aduanas
en Boppard del Rin. A su paso por allí en 1518, Erasmo, con alegre sorpresa,
había descubierto que Eschenfelder era un lector de sus obras y un hombre de
cultura. Aquella amistad había durado largo tiempo. Eschenfelder había pedido a
Erasmo que le dedicase la
LBE. 1510
B, 1513 B
LBE. 1510
B, 1513 B, A. no. III, t. I. p. 66.
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interpretación
de algún salmo (forma de composición a menudo preferida últimamente por
Erasmo). Hacia fines de 1535 se acordó de aquella petición. Había olvidado si
Eschenfelder le había indicado algún salmo preferido por él, y escogió uno al
azar556, el salmo 14, y tituló el tratado De la pureza de la Iglesia Cristiana.
Explícitamente lo dedicó «al publicano» en enero de 1536. No es notable entre
sus escritos ni en contenido ni en forma, pero había de ser el último.
El 12 de
febrero de 1536, Erasmo hizo sus preparativos finales. En 1527 había ya hecho
un testamento con cláusulas detalladas para la impresión de sus obras completas
por Froben. En 1534 redactó un cuidadoso inventario de sus bienes. Vendió su
biblioteca al noble polaco Juan de Lasco. Las disposiciones de 1536 atestiguan
dos cosas que habían jugado papel importante en su vida: sus relaciones con la
casa Froben y su deseo de amistad. Bonifacio Amerbach es su heredero. Jerónimo
Froben y Nicolás Episcopio, los administradores del negocio, son sus albaceas.
A cada uno de los buenos amigos que le habían quedado, dejaba una de las joyas
que hablaban de su trato con príncipes y grandes de la tierra; en primer lugar,
a Luis Ber y a Beato Renano. No eran olvidados los pobres ni los enfermos, y se
acordaba especialmente de muchachas que estaban a punto de casarse, y jóvenes
que prometían. Los pormenores de estos donativos los dejaba a la discreción de
Amerbach.
LB. V. 294.
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En marzo de
1536, todavía piensa en partir para Borgoña. Le ocupan asuntos de dinero, y
habla de la necesidad de hacerse nuevos amigos, porque los antiguos lo
abandonan: el obispo de Cracovia, Zasio en Friburgo557. Según Beato Renano558,
el proyecto de ir a Brabante predominó al final de la vida de Erasmo. La
Regente, María de Hungría, no cesaba de instarlo a volverse a los Países Bajos.
La última declaración de Erasmo nos deja en duda acerca de si habrá tomado ya
su resolución. «Aunque estoy viviendo aquí con los más sinceros amigos como no
los tengo en Friburgo, con todo, yo preferiría, por causa de las diferencias de
doctrina, terminar mi vida en otra parte. ¡Lástima que Brabante no esté más
cerca!»559.
Esto
escribe el 28 de junio de 1536. Se había sentido tan enfermo durante unos días
que no había podido leer siquiera. En la carta volvemos a rastrear la obsesión
de que Aleandro lo persigue, excita contrarios contra él, y tiende celadas a
sus amigos. ¿Acabó por debilitarse también su espíritu?
El 12 de
julio vino el fin. Los amigos que estaban alrededor de su cama le oyeron gemir
sin cesar: «¡O Jesu, misericordia! ¡Domine, libera me! ¡Domine miserere mei!.
—Y al final, en holandés—: Lieve God560».
LBE. 1519
A. no. III,
t. I. p. 53. 18
LBE. 1522.
A. no. III,
t. I. p. 53. El texto de Beato Renano dice: Lieuer Got. La u demuestra que
Beato Renano no oyó alto-alemán; por otra parte, resulta evidente que no
acierta a reproducir con
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fidelidad
la terminación de Lieve y la consonante final de God, que, de todos modos, en
holandés se pronuncia casi como una t.
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Capítulo
XXI
Conclusión
Conclusión.
— Erasmo y el espíritu del siglo XVI. — Sus puntos flacos. — Un espíritu
completamente idealista y, a pesar de ello, moderado. — El ilustrador de un
siglo. — Se anticipa a tendencias de dos siglos después. — Su influencia afecta
al protestantismo y a la contrarreforma. — El espíritu erasmiano en los Países
Bajos.
Al
reflexionar acerca de la vida de Erasmo, nos volvemos a preguntar: ¿por qué ha
permanecido tan grande? Porque la verdad es que sus esfuerzos terminaron en
fracaso. Él retrocede alarmado ante aquella tremenda lucha que con razón llama
tragedia; el siglo XVI, osado y vehemente, pasa arrollador por encima de él,
despreciando su ideal de moderación y tolerancia. La erudición literaria
latina, que era para él resumen de toda verdadera cultura, se ha extinguido
como tal. Erasmo, en cuanto a la mayor parte de sus escritos, figura entre los
grandes que ya no son leídos. Se ha convertido en un puro nombre. Pero ¿por qué
suena ese nombre, todavía tan puro y diáfano? ¿Por qué nos sigue pareciendo
como si él supiese algo más de lo que quiso declarar?
¿Qué fue
para su época y qué había de ser para las siguientes generaciones? ¿Es justo
que se le haya llamado precursor del espíritu moderno?
Colaboración
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Considerado
como hijo del siglo XVI, parece diferir del carácter general de su tiempo.
Entre aquellos caracteres Vehementemente apasionados, poderosamente enérgicos y
violentos de los grandes de su época, Erasmo se alza como hombre de harto pocos
prejuicios, delicadeza de gusto tal vez algo exagerada, con ausencia, aunque
ciertamente no en todos sentidos, de aquella Stultitia que él había predicado
como necesario ingrediente de la vida. Erasmo es un hombre demasiado sensible y
moderado para ser heroico.
¡Qué
asombrosa diferencia entre el acento de Erasmo y el de Lutero, Calvino y Santa
Teresa! ¡Qué diferencia también entre su acento, esto es, el acento del
humanismo, y el de Alberto Durero, de Miguel Ángel o de Shakespeare!
Erasmo
parece, a veces, un hombre que no es lo suficientemente fuerte para su época.
En aquel robusto siglo XVI no parece sino que era necesaria la robliza fuerza
de Lutero, la acerada agudeza de Calvino y el candente ardor de San Ignacio; y
no la suavidad aterciopelada de Erasmo. No sólo fueron necesarios la fuerza y
el fervor de aquellos hombres, sino también su profundidad, su firmeza,
sinceridad y franqueza impávidas, implacables.
No pueden
soportar aquella sonrisa que hace hablar a Lutero del «espíritu maligno» que se
trasluce en las facciones de Erasmo561. Su religiosidad es demasiado tranquila
para ellos, demasiado floja. San Ignacio ha atestiguado que la lectura del
Enchiridion militis christiani
Tischreden,
ed. de Weimar, II. no. 2420
Colaboración
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había
relajado su fervor y enfriado su devoción. Él veía al guerrero de Cristo de
modo muy diferente, con los resplandecientes colores del ideal caballeresco
cristiano y español.
Erasmo
nunca había pasado por aquellas profundidades de la reprobación de sí mismo y
de la conciencia del pecado, porque había pasado Lutero dolorosamente; no veía
diablo con quien luchar, y las lágrimas no le eran familiares. ¿Dejó de
advertir en absoluto tan profundo misterio? ¿O permaneció demasiado recóndito
en él para ser expresado?
No se vaya
a suponer con harta precipitación que simpatizamos más con Lutero o con San
Ignacio porque nos atraigan más sus figuras. Si al presente nuestra admiración
se vuelve hacia los ardientemente piadosos y a los extremos espirituales, en
parte es porque nuestra época inestable requiere fuertes estímulos.
Para
valorar a Erasmo debemos comenzar apartando nuestra admiración de lo
extravagante; y para muchos esto requiere cierto esfuerzo al presente. Es por
todo extremo fácil condenar a Erasmo. Sus defectos salen a la superficie, y
aunque él deseaba ocultar muchas cosas, nunca ocultó su debilidad.
Se
preocupaba demasiado por lo que pensaban los demás, y no podía contenerse la
lengua. Su espíritu era demasiado rico y fácil, siempre sugiriendo superfluidad
de argumentos, casos, ejemplos, citas. Nunca podía dejar correr las cosas. En
toda su vida no supo detenerse un instante para concentrarse, y comprender la
poca importancia que tenía al fin y al cabo el alboroto a su alrededor, con
Colaboración
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tal de que
él siguiera su camino valerosamente. Deseaba ardientemente, sobre todas las
cosas, reposo e independencia; y no hubo un ser más inquieto y dependiente que
él. Mirémoslo como a un hombre de constitución demasiado delicada, que se
atreve a arrostrar una tormenta. Tenía fuerza de voluntad bastante. Trabajaba
día y noche en medio de los más violentos padecimientos corporales, con los
ojos puestos firmemente en un gran ideal, nunca satisfecho de sus
realizaciones; menos todavía de sí mismo. Y jamás se alabó de lo mejor que
hizo.
****
Como tipo
intelectual, Erasmo pertenecía a un grupo bastante reducido: el de los
idealistas absolutos que, al mismo tiempo, son completamente moderados. No
pueden soportar las imperfecciones del mundo; se sienten constreñidos a
combatir. Pero los extremos no convienen a su carácter; retroceden ante la
acción, porque saben que derriba tanto como edifica; y por eso se retiran, y
siguen clamando que todo debería cambiar; pero en cuanto se produce la crisis,
se ponen de mala gana de parte de la tradición y el conservadurismo. Y otra
parte de la tragedia de la vida de Erasmo consiste en esto: que él veía las
cosas nuevas y venideras con mayor claridad que nadie; que necesitaba luchar
contra lo viejo; y, a pesar de ello, no podía aceptar lo nuevo. Prefirió permanecer
en el seno de la antigua Iglesia, después de haberla perjudicado seriamente, y
renunció a la Reforma, y hasta cierto punto al humanismo, después de haberlos
promovido con todas sus fuerzas.
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****
Nuestra
opinión final acerca de Erasmo, se ha referido hasta ahora a sus cualidades
negativas. ¿Cuál fue su importancia positiva?
Dos hechos
hacen dificultoso para el espíritu moderno comprender la importancia positiva
de Erasmo: en primer lugar, que su influencia era más extensa que intensa, y
por lo mismo, menos discernible históricamente en puntos definidos; y en
segundo lugar, que su influencia ha cesado. Él ha cumplido su obra, y ya no
volverá a hablar al mundo. Como San Jerónimo, su reverenciado modelo, y
Voltaire, con quien ha sido alguna vez comparado, «ha tenido su recompensa».
Pero como ellos, ha sido el ilustrador de una época de la cual ha emanado una
vasta corriente de cultura. Ilustra un siglo y transforma su espíritu.
La
investigación histórica de la Revolución Francesa se da cuenta cada vez más de
que la verdadera historia de Francia durante aquel período, debe ser buscada en
aquellos grupos que, como Centre o Marais, no han parecido durante largo tiempo
sino un hatajo de comparsas, y comprende que tal vez le conviene no dejarse
deslumbrar por los relampagueantes resplandores de la Gironda y la Montaña.
Análogamente, la historia del período de la Reforma deberá prestar atención, y
así lo viene haciendo desde largo tiempo, a la vasta esfera central penetrada
por el espíritu erasmiano. Uno de sus contrarios dice: «Lutero ha arrastrado
consigo una gran parte de
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la Iglesia;
Zuinglio y Ecolampadio, también alguna parte de ella, pero Erasmo la mayor
parte562». El público de Erasmo era numeroso y de gran cultura. Era el único de
los humanistas que realmente escribió para todos, esto es, para toda la gente
educada. Acostumbró a un mundo entero a otra y más facunda manera de expresión;
él cambió la dirección del interés, influyó con su perfecta claridad de
exposición, aun por medio del latín, el estilo de las lenguas vernáculas,
aparte de las innumerables traducciones de sus obras. Erasmo puso a
contribución algunos nuevos registros, por decirlo así, del grande órgano de la
expresión humana, como Rousseau había de hacerlo dos siglos más tarde.
Bien debió
de pensar con cierta complacencia en la influencia que había ejercido en el
mundo. «De todas las partes del mundo, — escribe hacia el final de su vida563—,
diariamente, me dan muchos las gracias por haber sido encendido con mis obras,
sea cual fuere su mérito, el celo para una buena disposición de ánimo y por la
literatura sagrada; y los que no han conocido nunca personalmente a Erasmo, con
todo, lo conocen por sus libros». Estaba contento de que sus traducciones del
griego hubieran venido ya a ser superfinas; él había logrado inducir a muchos,
por todas partes, a dedicarse al griego y a la Sagrada Escritura, «que de otro
modo
LBE. 1490
D.
Para la 4.a
y 5.a ed. del NT. LB. VI. *** 3 hacia el final.
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nunca
hubieran leído564». Había sido un introductor y un iniciador.
Podía salir
del escenario después de haber dicho su papel.
Su palabra
significaba algo más que un sentido clásico y una afición a la Biblia. Era al
mismo tiempo la primera enunciación de la creencia en la educación y la
perfectibilidad, de un ardiente sentido social, de fe en la naturaleza humana y
de pacífica benevolencia y tolerancia. «Cristo mora en todas partes; la piedad
se practica debajo de cualquier vestidura, con tal que no falte una bondadosa
disposición565».
En todas
estas ideas y convicciones, Erasmo anuncia realmente una edad posterior. En los
siglos XVI y XVII estos pensamientos quedaron como una corriente subterránea:
en el siglo XVIII el mensaje liberador de Erasmo dio su fruto. A este respecto,
ha sido, con toda certidumbre, un precursor y preparador del pensamiento
moderno: de Rousseau, Herder, Pestalozzi, y los pensadores ingleses y
norteamericanos. Pero resultaría inexacto considerarlo como precursor de todo
el pensamiento moderno en general. Muchos de sus desarrollos son enteramente
ajenos a Erasmo: no juega ningún papel, por ejemplo, en la evolución de las
ciencias naturales, de la nueva filosofía o de la economía política. Pero en
cuanto los hombres creen todavía en el ideal de que la educación y la general
tolerancia pueden hacer más feliz a la humanidad, Erasmo sigue siendo acreedor
a nuestra gratitud.
A. no. I,
t. I. p. 8, 9, 413. 29.
A. 447.
414.
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Si es
cierto que algunas ideas de Erasmo, hasta más tarde no dieron su fruto, esto no
implica que el espíritu de Erasmo no ejerciese directa y fructífera influencia
sobre su tiempo. Aunque los católicos, en el ardor de la batalla, lo mirasen
como el corruptor de la Iglesia, y los protestantes como el traidor del
Evangelio, con todo, su palabra de moderación y bondad no pasó sin ser
escuchada, ni fue desatendida por ambas partes. Al final, ninguno de los dos
campos rechazó resueltamente a Erasmo. Roma no lo ha condenado como heresiarca,
sino que únicamente advierte a los fieles que lo lean con precaución. La
historiografía protestante ha puesto empeño en reconocerlo como a uno de los
Reformadores. Ambas partes obedecieron en esto a la sanción de una opinión
pública que estaba por encima de los partidos y que seguía admirando y
respetando a Erasmo.
En la
reconstrucción de la Iglesia Católica y la creación de las iglesias
evangélicas, no sólo están enlazados los nombres de Lutero y San Ignacio. Los
moderados, los intelectuales, los conciliadores, tuvieron también su
participación en la obra; figuras como Melanchthon de una parte y Sadoleto de
otra, ambas estuvieron estrechamente aliadas a Erasmo y benévolamente
dispuestas para con él. Las tentativas, repetidas con frecuencia, para llegar a
una avenencia en el gran conflicto religioso, aunque estuviesen condenadas al
fracaso, emanaban del espíritu de Erasmo.
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En ninguna
parte arraigó tan fácilmente aquel espíritu como en el país donde Erasmo nació.
Un detalle curioso nos muestra que ello no fue privilegio exclusivo de ninguno
de los dos grandes partidos. De sus dos discípulos predilectos en sus últimos
años, ambos paisanos suyos, a quienes ha inmortalizado juntos como actores del
coloquio Astragalismus, «el juego de los huesecitos», el uno, Quirino Talesio,
murió por su adhesión a la causa de España y de la fe católica; fue ahorcado en
1572 por los ciudadanos de Haarlem, donde era burgomaestre. El otro, Carlos
Utenhove, figuraba en el partido de la rebeldía y de la Religión Reformada. En
Gante, de concierto con el príncipe de Orange, se volvió contra el fanático
terrorismo protestante de los intolerantes.
Un
historiador holandés ha intentado recientemente atribuir la oposición de los
holandeses contra el rey de España, a la influencia del pensamiento político de
Erasmo, con sus acusaciones contra los malos príncipes; yo pienso que se
equivoca. Las diatribas políticas de Erasmo eran demasiado académicas y
demasiado generales para esto. El deseo de resistencia y de rebelión se origina
de causas muy distintas. El gueux no era progenie de Erasmo y la oposición
política se apoyaba en motivos más reales que las digresiones de los Adagia.
Pero hay mucho de erasmiano en el espíritu de Guillermo de Orange, cuyas miras
se dirigían mucho más allá de las limitaciones
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del odio
religioso566. Toda penetrada también del espíritu erasmiano, estuvo aquella
clase de magistrados municipales que pronto habían de tomar la dirección y
fijar el modo de ser en la República recién establecida. La historia
acostumbra, como siempre hace con la aristocracia, a tomar muy en serio sus
faltas. Después de todo, tal vez ninguna aristocracia más, como no sea la de
Venecia, ha gobernado por tanto tiempo un estado tan bien y con tan poca
violencia. Si en el siglo diecisiete las instituciones de Holanda, a los ojos
de los extranjeros, fueron admirados modelos de prosperidad, caridad,
disciplina social, y dechado de gentileza y discreción, —por defectuosas que
hoy puedan parecernos— en ese caso el honor de todo ello es debido a su
patriciado municipal. Y si en el patriciado holandés de aquel tiempo esas
aspiraciones vivían y se traducían en acción, fue el espíritu de
responsabilidad social de Erasmo lo que las inspiró. La historia de Holanda es
mucho menos sangrienta y cruel que la de cualquiera de los países que la
rodeaban. No en balde alabó Erasmo como verdaderamente holandesas esas
cualidades que nosotros podríamos llamar también verdaderamente erasmianas:
gentileza, benevolencia, moderación y una cultura media extendida a todo el
pueblo. No serán virtudes románticas, si se quiere; pero ¿son por ello menos
saludables?
Un ejemplo
más. En la República de las Siete Provincias, las atroces ejecuciones de brujas
y hechiceros cesaron más de un siglo antes
No existen
pruebas demostrativas de que el Príncipe hubiese leído obras de Erasmo, pero
puede considerarse probable.
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que en
otros países. Y esto no era debido al mérito de los pastores reformados. Ellos
compartían la creencia popular, que pedía persecución. Fue debido a los
magistrados, cuya ilustración, ya a comienzos del siglo XVII, no toleraba
aquellas cosas. Es más, tenemos derecho a decir que, a pesar de no ser Erasmo
de los que combatieron aquella práctica, el espíritu que anima aquella
resolución es el de Erasmo.
La
humanidad cultivada tiene motivos para conservar en su estima el recuerdo de
Erasmo, si no por otra razón, por haber sido el predicador ferviente y sincero
de aquella benignidad de corazón que el mundo aún necesita con tanta urgencia.
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Apéndices
Los
retratos de Erasmo
Los
retratos de Erasmo. — Quintín Metsys. — El emblema con el dios Término, —
Holbein, retratista de Erasmo. — Durero. — La estatua de Rotterdam. — Erasmo en
el Japón.
Erasmo fue
retratado durante su vida por tres de los más grandes artistas de su época; y
en sus obras se han fundado los innumerables retratos de él, que pueden
hallarse por todas partes y atestiguan su asombrosa y duradera celebridad.
En 1517,
Erasmo y su amigo Pedro Gilles habían sido pintados juntos en Amberes por
Quintín Metsys en un díptico, con la idea de ofrecer aquel retrato a su común
amigo Tomás Moro, que no mucho antes había asegurado duradera fama para Gilles
haciéndolo figurar como anfitrión en su controversia de la Utopía. Moro recibió
el retrato en Calais el 7 de octubre de 1517. Quedó encantado, y expresó su
admiración y gratitud en un elogio latino acerca de los dos amigos y del
artista567.
El retrato
de Pedro Gilles se halla ahora, aunque ya no del todo en su forma original, en
Longford Castle, Salisbury, y el de Erasmo, transferido de la madera al lienzo,
en el Palazzo Corsini de Roma568.
A. 584. 6,
601. 50, 616. 9, 654. 1. 669. 1, 681. 9, 683, 684, 688. 8. Reproducción en
Allen II, págs. 576-77 y en otras obras.
. V. Allen
III p. 106. 14 y Friedländer, Die Altniederl. Malerei VII 1929, p. 42. 120.
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Gilles
tiene una carta de Moro en una mano, y apunta con la otra al libro titulado
Antibarbari (el cual, desde luego, aún no había sido impreso en 1517, ni poseía
Gilles en manuscrito). Erasmo está escribiendo el comienzo de su Paráfrasis de
la Epístola a los Romanos. Detrás de ellos hay algunos libros más569.
En 1519,
Quintín Metsys, en Amberes, hizo una medalla de Erasmo, fundida en plomo y en
bronce, y fue regalada por el propio Erasmo a varios amigos y protectores570.
En 1524, por mediación de Pirkheimer, la hizo vaciar de nuevo en bronce en
Nuremberga, utilizando una copia en plomo estropeada571. Una pequeña
reproducción modificada de 1531, es tal vez de mano de Juan Secundo, el poeta
de los Basia, hijo del amigo de Erasmo, Nicolás Everaert, quien en 1520 había
recibido de él la medalla de Metsys.
La medalla
de 1519 lleva a cada lado de la cabeza el nombre Er. Rot., con la fecha de
1519, y por leyenda: τὴν χρείττω τὰ συγγράμματα δείξει. Imago ad vivam effigiem
expressa. El reverso muestra un Término con una inscripción griega y latina572.
La
inscripción griega, «la mejor imagen os la mostrarán sus escritos», que se
repite en retratos posteriores, corresponde a un pensamiento que Erasmo expresó
con frecuencia573. En cuanto al Término, Erasmo recibió en 1509 un anillo como
regalo de
Véase Allen
III. p. 106. 14
A. 1092,
1101. 8, 1119. 5, 1122. 18, 1985.
A. 1408.
29, 1417. 34, 1536, 1452. 29.
ὅρα τέλος
μακροῦ βίου. Mors ultima linea rerum.
A. 875. 17,
943. 30, 981. 20, 1101. 7.
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Alejandro
Stewart en el cual había una piedra preciosa antigua representando un Dioniso
barbado. Cierto arqueólogo italiano identificó a Dioniso con el dios Término, y
habiéndole llamado la atención hacia aquella antigua imagen, Erasmo hizo de
Término su emblema. Para él, Término le invitaba a pensar en el término de la
vida. Hizo que le pusieran Cedo nulli, «No cedo a nadie», grabado en la piedra,
y la usó como sello. Quería significar con ello lo inconmovible que es la
muerte, como lo hacían las inscripciones del reverso de la medalla de Metsys;
pero sus enemigos le reprocharon que aquello era una expresión de orgullo574.
Pirkheimer hizo grabar el Término en una copa que ofreció a Erasmo, y Bonifacio
Amerbach lo hizo esculpir en su lauda sepulcral.
De la
medalla se hizo un grabado en madera575 en 1521, y en 1522 una nueva y más
libre reproducción576.
En Basilea
se puso Erasmo en contacto con Hans Holbein, cuyo arte era el que se asoció más
estrechamente con la celebridad de Erasmo. En un ejemplar de la edición de la
Moria, de Froben, de marzo de 1515, Holbein (probablemente durante el invierno
de 1515-1516, a la edad de 18 años y recién llegado a Basilea), a petición del
propietario del libro, Miconio, y para divertir a Erasmo, había dibujado la
serie de exquisitas ilustraciones entre las cuales
LBE. 1757,
A. 2300. 101. Allen I. p. 70, III. 604. 2, R. Fruin, Verspr. Geschriften, VIII.
268. cf. E. Major, Erasmus von Rotterdam, Basilea 1926.
A. 1092, t.
IV. p. 238 nota.
Zeitschr.
f. bild. Kunst 1899, N. F. X. p. 47
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había un
croquis de la figura del autor577. Aparece junto al pasaje: «Pero dejaré de
citar más proverbios, no sea que parezca haber saqueado la obra de mi
Erasmo578»; y lo representa escribiendo los Adagia. El nombre de Erasmo está
escrito en el hueco de la ventana. Se dice que aquel dibujo había arrancado a
Erasmo aquella burlona exclamación que hemos citado más arriba579.
En 1523
Holbein pintó tres retratos de Erasmo, o quizás cuatro. Dos de ellos son casi
idénticas representaciones de perfil que muestran a Erasmo escribiendo, y que
ahora están en Basilea y en París (Louvre), y otro de medio perfil con las
manos descansando sobre un libro, en Longford Castle580. Es lícito presumir que
Holbein llegó a pintar un cuarto retrato de Erasmo, si tomamos en consideración
el grabado en madera de H. R. M. Deutsch. El retrato de Basilea fue
probablemente un estudio para el de París. Está escribiendo la Paráfrasis del
Evangelio de San Marcos. En el libro del retrato de Longford leemos en griego:
«Los trabajos de Hércules» (su adagio n.° 2001), con los cuales Erasmo compara
repetidamente la obra de su vida.
La tabla de
Basilea procede de la colección de Amerbach, a quien es en extremo probable que
se la regalase Erasmo. El retrato de Longford es probablemente el que regaló al
arzobispo de
577 A. 394,
739. El original se encuentra en el gabinete de estampas de Basilea, y fue
reproducido entero en facsímil con una introducción de H. A. Schmid, Basilea,
1931.
Cap. 61,
ed. Kan., p. 155-6.
Cf. pág.
172.
Ganz, P.,
H. Holbein d. J., Klassiker der Kunst XX. 1912, p. 37, 38, 39.
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Canterbury.
El del Louvre procede también de colecciones inglesas y es posible que hubiera
pertenecido a Moro581. El Louvre también tiene dos hojas con estudios de las
manos de Erasmo, que sirvieron para los retratos de Longford y del Louvre582.
El buen
éxito de Holbein en Inglaterra fue indudablemente debido en gran parte a sus
retratos de Erasmo. Lo dieron a conocer allí, aun antes que él partiese para
aquel país en 1526, con recomendaciones de Erasmo, para Moro, entre otros583.
Moro fue el primero a quien retrató en Inglaterra.
Durante la
segunda estancia de Holbein en Basilea, desde 1528 a 1532, antes que se fuese a
Inglaterra para quedarse allí, es en extremo verosímil que pintara a Erasmo
varias veces más. De indiscutible originalidad y muy notable es el retratito
redondo de Basilea, procedente de la colección Amerbach (probablemente de
1532)584. Algo más joven aparece Erasmo en dos cuadros del artista pintados por
los mismos años, y que están en poder, respectivamente, de la señora del doctor
Boveri (Badén, Suiza) y en el Metropolitan Museum de Nueva York585. Este
último, sin embargo, debe de haber pasado ciertas vicisitudes, y haber sido
repintado, si es que realmente procede de la mano de Holbein. Los cuadros de
Parma, de San Petersburgo, de la colección Gay de París,
A. 1452,
1488
Ganz, p.
XXIII.
A. 1740. 20
Ganz, p. 90
Ganz, p. 91
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y de
Hampton Court, son todos, verosímilmente, copias de originales de Holbein586.
El cuadro de Hampton Court fue emparejado en el siglo XVII con uno de Froben.
Entre otras copias de trabajos de Holbein, merece también ser mencionada la de
Georg Pencz (1533 Viena; 1537 Windsor).
Finalmente,
Holbein grabó dos veces el retrato de Erasmo en madera: en medallón (no grabado
por Hans Lützelburger), que se publicó por primera vez en la edición de los
Adagia de 1533587, y también adaptado dentro de un marco arquitectónico588.
Para ambos, acaso utilizara, además de sus apuntes anteriores, la medalla de
Metsys, o los grabados en madera inspirados en ella. En la última de estas
composiciones está representado Erasmo de cuerpo entero, con la mano derecha
sobre la cabeza de un Término debajo de un arco estilo renacimiento ricamente
ornamentado.
El dibujo
en pergamino, en octavo, del rostro de Erasmo muerto, mencionado en un
inventario de Bonifacio Amerbach, que se conserva en el Gabinete de Grabados de
Basilea, no puede haber sido hecho por Holbein589, porque no estaba en Basilea
el verano de 1536.
El tercer
gran maestro que retrató a Erasmo fue Alberto Durero. Se conocieron durante el
viaje de éste a los Países Bajos en 1520.
Ganz, p.
86, 214. 206. 207.
Reproducido
en B. Kruitwagen, Erasmus en zijn drukkers uitgevers, Amsterdam 1923. De los
grabados en madera trata J. F. M. Sterck, O ver een Portret van Erasmus, Het
Boek, 1916, p.
Tietze-Conrat,
pl. 6.
Como supuso
Haarhaus, Zeitschr. f. Bild. Kunst. 1. c. p. 54.
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Durero hizo
dos veces un boceto de él: en Amberes y en Bruselas, los dos en agosto590. El
segundo, un dibujo al carbón, casi de frente, y el único de esta forma, ha sido
conservado y se halla al presente en el Louvre, donación de L. Bonnat591, y en
el cual el artista ha escrito: «1520, Erasmus fon rottertam». Lo que Durero
esperaba y pensaba de Erasmo ha sido indicado más arriba592.
Por medio
de su común amigo Pirkheimer, Erasmo continuó su trato con Durero, cuyo arte ha
alabado en De Pronunciatione593. En 8 de enero de 1525, Erasmo escribió a
Pirkheimer594 para darle las gracias por su retrato hecho por Durero, que le
había enviado. Y añade: «Me agradaría ser retratado por Durero595. ¿Quién no lo
quisiera por tan gran artista? Pero ¿cómo podía hacerlo? Lo comenzó una vez en
Bruselas al carbón, pero debo de haberme borrado de su espíritu hace tiempo; si
puede hacer algo con la medalla y de memoria, que haga por mí lo que ha hecho
por vos, que os ha hecho un poco más robusto de lo que sois596».
Durero
utilizó, en efecto, la medalla de Metsys para el tan conocido grabado en cobre
de 1526597, que lo representa de pie, escribiendo (como era su costumbre) en un
pupitre, con un jarrón de flores
Allen 1132,
1136 intr.
591.Allen
IV. p. 330-31, Tietze-Conrat no. 7. Veth-Muller I, pl. 23.
. p. 179
LB. I. 928
C-F, cf. A. 1893. 45, 1991. 2, 1408. 32, 1417.
A. 1536.
11; también ya el 19 de julio de 1523. A. 1376.
Pingere,
para Erasmo, no significa sólo pintar.
Esto debe
ser tomado irónicamente. En efecto, Erasmo se había quedado muy flaco, cf. A.
1729. 11.
Reproducido
en Tietze-Conrat no. 8, Veth-Muller I. pl. 24.
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delante, y
rodeado de libros. La inscripción griega ha sido tomada de la medalla; la
latina, adaptada de ella. El rostro, aunque se parece mucho al de la medalla,
muestra marcada semejanza con el grabado del mismo Durero de 1520: nos lo
recuerda por la nariz, la boca, las cejas, las pestañas, los bucles del
cabello, hasta por las vueltas del vestido. Por lo tanto, deberemos admitir que
Durero había conservado aquel boceto sin terminar.
Erasmo,
aunque agradecido al artista, no queda satisfecho de su parecido: «No es
maravilla, —escribe—, porque yo ya no soy el que era hace cinco años598».
«Durero me ha retratado, pero el retrato no se me parece en nada», escribe más
tarde599. Los modernos críticos de arte se inclinan también a rechazar, como
parecido, el retrato de Durero, aunque tal vez demasiado categóricamente.
Es una gran
lástima que no haya el menor fundamento para creer que un grabado por Lucas de
Leyde, de 1521, en el Museo de Teyler de Haarlem600, represente a Erasmo. Nos
agradaría ver que también tuvo trato con aquel compatriota.
El retrato
de Erasmo ha sido copiado innumerables veces, en pintura, dibujo y grabado, sin
que estas copias puedan ser llamadas obras de arte originales aunque las haya
de Van Dyck y Chodowiecki.
Erasmo,
como tan a menudo le ocurre, se equivoca al calcular los años: eran seis. LBE.
C
F.
A. 1985. 6
Reproducido
por Zeitschr. f. bildende Kunst 1. c. p. 53. Handzeichnungen alter Meister der
hollandischen Schulé, Kleinmann, Haarlem y en otras obras. Sobre otro presunto
retrato véase Berliner Philologische Wochenschrift 1917. p. 1056.
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La estatua
de Rotterdam merece también ser mencionada. Cuando Felipe II de España entró en
Rotterdam el 27 de septiembre de 1549, delante de la casa donde nació el grande
escritor se alzaba una estatua ornamental suya, de madera, para honrar al
monarca con un elogio en latín, que aquella figura tenía en la mano, escrito en
un rollo de papel. En 1557 fue sustituida por una estatua de piedra policromada
que derribaron los españoles en 1572. Pero después fue vuelta a erigir en la
plaza del mercado. En 1622 fue sustituida —a pesar de la violenta resistencia
del clero calvinista que lo tildaba de libertino y de escarnecedor de todas las
religiones601—, por la estatua de bronce, de Hendrik de Keyzer; lo cual en su
patria, que ha sido tan parca desde los tiempos antiguos en erigir estatuas,
atestigua la fama excepcional de aquel hijo suyo.
Es una
circunstancia en alto grado característica la de que durante dos siglos, la
única estatua pública que existe en Holanda haya sido, no la de un soldado,
príncipe ni legislador, ni la de un poeta, sino la de un erudito, y la de un
erudito que casi había descuidado y despreciado a su patria.
Desde 1926
ha llamado la atención una efigie de Erasmo, desconocida hasta esa fecha, y
sumamente curiosa en más de un
Véase
acerca de esto J. H. W. Unger, De standbeelden van Desiderius Erasmus,
Rotterdamsch Jaarboekje, 1890, p. 265 ss. Entre otras cosas se afirmaba que se
había visto a algunas personas arrodilladas delante de la estatua de piedra.
Cuando en 1674 la estatua fue temporalmente retirada por el concejo de la
ciudad, el municipio de Basilea hizo gestiones inmediatas para comprarla, lo
que estuvo a punto de lograr. También es típicamente holandés el hecho de que
la antigua estatua de piedra fuera utilizada para reforzar una escollera,
sumergiéndola de pie en el fondo, donde se la pudo ver durante la prolongada
sequía de 1634.
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respecto.
Se encuentra en el Museo Imperial de Tokio y consiste en una figura de madera,
con un rollo en la mano, en el que pueden descifrarse las letras «ER…MUS» y,
debajo, «R… TE… 1598». Se ha demostrado602 que esta talla debió de ser el
mascarón de proa que adornaba el tajamar de uno de los barcos, con que Mahu y
de Cordes zarparon de Ámsterdam en 1598. El barco llevaba originariamente el
nombre de «Erasmus», y no era el único en ostentarlo; pero para efectuar una
combinación con el nombre de otros dos barcos: «het Gheloove» (la fe) y «de
Hoop» (la esperanza), el nombre del navío, antes de zarpar, fue sustituido por
el de «de Liefde» (la caridad). Así fue como la imagen de Erasmo acompañó a los
holandeses en su primer viaje por el estrecho de Magallanes y el Océano
Pacífico, para permanecer durante tres siglos en un templo japonés. De la
imagen en cuestión pudo verse una fotografía en la Exposición Misionera de Roma
de 1926, donde la inscripción «Oranda Ebisu» había sido traducida, no del todo
fielmente, por «bárbaro holandés».
El caso fue
primeramente descrito en un folletón del «Nieuwe Rotterdamsche Courant» del 9 y
de octubre
de 1926, y recientemente, con mayor detalle, por J. B. Snellen, The image of
Erasmus in Japan, Transactions of the Asiatic Society of Japan, 1934.
Colaboración
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Bibliografía
1.
Ediciones principales de las obras de Erasmo
Desiderii
Erasmi Opera Omnia, ed. J. Clericus, 10 t. Lugduni Batavorum, 1703-1706.
Opus
epistolarum Des. Erasmi Roterodami, ed. P. S. Allen, Oxonii, t. I-X, 1906-1942.
Abarca, hasta el presente, las epístolas de 1484 a 1534. A partir del t. IV,
aparece como coeditora la señora H. M. Allen. En el t. VIII, diseño biográfico
de P. S. Allen, por H. W. Garrod, que asiste a la señora Allen hasta la
terminación de la obra. Para las ediciones anteriores del Epistolario de
Erasmo, véase Allen I, apéndice 7.°, p. 593-602.
Erasmi
Opuscula, a supplement to the Opera Omnia, ed. W. K.
Ferguson,
La Haya, 1933 (Poemas, Julius exclusus e coelis, etc.).
Desiderius
Erasmus Roterodamus, Ausgewählte Werke eds. H. y A.
Holborn,
Munich, 1933 (Enchiridion militis christiani, In N. T.
praefationes,
Ratio seu methodus… ad veram theologiam).
2. Algunos
libros acerca de Erasmo y su tiempo
Bibliotheca
Erasmiana, Répertoire des oeuvres d’Erasme, listes sommaires, Gante, 1893 y
sig. Este repertorio provisional sólo ofrece bibliografías completas para
algunas de las obras de Erasmo; véase Allen, t. IV, p. XV.
Allen,
P. S., The age of Erasmus, Oxford, 1914.
Allen,
P. S., Erasmus, Lectures and wayfaring sketches, Oxford, 1934.
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Binms,
Leonard Elliott, Erasmus the Reformer, A Study in Restatement, Londres, 1923.
Drummond,
R. B., Erasmus, his Life and Character, 2 vols. Londres, 1873. La mejor entre
las numerosas vidas de Erasmo.
Jongh, H.
de, L’ancienne faculté de théologie de Louvain 1432-1540, Lovaina, 1911.
Importante para el período 1517-1521 de la vida de Erasmo.
Hyma
Albert, The youth of Erasmus, Ann Arbor, 1930.
Kan, J. B.,
Μωρίας ἐγκώμιο, Stultitiæ Laus, Des. Erasmi Rot. declamatio, La Haya, 1898. La
mejor edición del Elogio de la Locura. Lindeboom, J., Erasmus, Onderzoek naar
zijne theologie en zijn godsdienstig gemoedsbestaan, Leiden, 1909. Estudio
acerca de la teología y la vida religiosa de Erasmo.
Lindeboom,
J., Het bijbelsch Humanisme in Nederland, Leiden, 1913. Trata del humanismo
bíblico en los Países Bajos.
Mestwerdt,
P., Die Anfänge des Erasmus, Humanismus und Devotio Moderna (Studien zur Kultur
und Geschichte der Reformation, II), Tubinga, 1917.
Murray,
R. H., Erasmus and Luther: their attitude to Toleration, Londres, 1920.
Nichols,
F. M., The Epistles of Erasmus, from his earliest letters to his fifty-first
year. Trad. inglesa con comentarios. 3 vols. Londres, 1901-1917.
Nolhac, P.
de, Erasme en Italie, París, 1888.
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Pastor, L.
von, Geschichte der Päpste seit dem Ausgang des Mittelalters. 16 t. Friburgo de
Brisgovia, 1899-1931. Existe trad. castellana (Barcelona, 1910 y sig.).
Tietze-Conrat,
E., Erasmus van Rotterdam in de Kunst, n.° 8 de la serie: Kunst van Holland.
n.° 8. Viena, 1922.
Renaudet,
A., Préréforme et Humanisme à París, 1494-1517. París, 1916. Muy importante
para los movimientos espirituales que precedieron a la Reforma.
Renaudet,
A., Erasme, Sa vie et son oeuvre jusqu’en 1517, d’après sa correspondance,
Revue historique, vols. 111 y 112.
Seebohm,
F., The Oxford Reformers, John Colet, Erasmus and Thomas More. 3.a ed.,
Londres, 1887.
Smith,
Preserved, The Age of the Reformation, American Historical Series. Nueva York,
1920.
Veth, J.,
and Muller, S., Albrecht Dürers Niederlandische Reise. 2 vols., Berlín-Utrecht,
1918. El segundo volumen da una descripción general de la vida y situación de
los Países Bajos a comienzos del siglo XVI.
Major,
Emil, Erasmus von Rotterdam (Virorum illustrium reliquiae I), Basilea, 1925.
Mann,
Margaret, Erasme et les débuts de la réforme française 1517-1536. París, 1933.
Pineau,
J. B., Erasme, sa pensée religieuse. París, 1924.
Smith,
Preserved, Erasmus, A study of his Life, Ideals and Place in History. Nueva
York y Londres, 1923.
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Smith,
Preserved, A Key to the Colloquies of Erasmus, Harvard Theological Studies,
1927.
Schmid,
H. A., Encomium Moriae. Edición de Basilea, 1515, con los dibujos marginales de
Hans Holbein el Joven reproducidos en facsímil y publicados con una
introducción. Basilea, H. Oppermann, 1931.
Schottenloher, Otto, Erasmus im Ringen um die humanistische
Bildungsform.
Contribución al estudio de su evolución espiritual.
Munster de
Westfalia, 1933.
****
La
influencia de Erasmo en España fue ampliamente estudiada por Menéndez y Pelayo
que se ocupa de ella en su Historia de los Heterodoxos Españoles (Madrid,
1880-2; 2.a ed. Ibíd., 1911-32). Su discípulo Bonilla y San Martín, se proponía
tratar de nuevo el mismo tema en un extenso estudio del que sólo publicó la
primera parte, bajo el título de: Erasmo en España, Episodio de la historia del
Renacimiento (Revue Hispanique, vol. XVII, Nueva York-París, 1907).
«Puede
decirse —afirma Bonilla— que, en la primera mitad del siglo XVI, no había en
España una persona culta, desde el emperador hasta el último vasallo; que
apenas existía un humanista de gusto, desde el Primado hasta el último y más
oscuro teólogo, que no participase, en grado más o menos perceptible, del
fervor erasmista». Tuvieron que transcurrir seis lustros para que un gran
erudito francés publicara la obra que cabe considerar definitiva
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acerca del
erasmismo español. Marcel Bataillon, en su estudio: Erasme et l’Espagne.
Recherches sur l’histoire spirituelle du XVIe siècle (París, 1937), fruto de
quince años de intensa labor, acierta «a reconstituir el movimiento erasmista,
considerado globalmente y con sus prolongaciones». «Cuanto más se estudia el
erasmismo español —observa Bataillon— más se aprecia en él un complejo
movimiento cultural, ampliamente humano y laico sin duda, pero también
profundamente religioso. Estrechamente emparentado con el evangelismo francés
de la época de Francisco I, constituye uno de los aspectos del iluminismo que
une en sus raíces profundas la España de Cisneros y la España de los grandes
místicos». Bataillon, después de apuntar que acaso nuestro país estaba predestinado
a sentir más que los demás esta mezcla de ironía y de fervor que caracteriza a
Erasmo, insinúa que «si España no hubiese pasado por el erasmismo, no hubiera
producido el Quijote».
El curioso
lector hallará en la tercera de las obras citadas una copiosa y bien ordenada
bibliografía erasmiana hispánica. Las obras del gran humanista holandés
publicadas modernamente en España no son muy numerosas:
La
traducción del Enchiridion de Alonso Fernández de Madrid (1474-1559) y la
anónima del siglo XVI de la Paraclesis, han sido editadas, con prólogo de M.
Bataillon, por D. Alonso (Madrid, 1932).
Es notable
la traducción de J. Puyol, con prólogo de A. Bonilla y San Martín, de la Moria
(Madrid, 1917). Existen otras muchas ediciones
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de la misma
obra en castellano (Barcelona, 1842 y 1920; Valencia, 1916; Madrid, 1935, 1936,
1944 y 1945).
De los
Colloquia, sólo existe una traducción catalana de J. Pin y Soler, que tradujo
asimismo la Moria y el De civilitate morum puerilium (Barcelona, 1910-12). Las
pulcras ediciones de este distinguido erasmista son comentadas y algunas
reproducen, además, el texto latino.
S. O. C
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El autor
Johan
Huizinga (Groninga, Holanda, 1872 - De Steeg, Holanda, 1945) fue historiador.
Representa una corriente historiográfica interesada en la historia de la
civilización. Inicialmente se había dedicado a los estudios literarios y
filológicos, en Groninga primero y en Leipzig después. Profesor de historia en
el
instituto
de Haarlem entre 1897 y 1905, en 1903 llegó a serlo, con carácter libre, de
historia de la civilización y de la literatura de Indonesia en la universidad
de Ámsterdam.
En 1905, un
trabajo sobre los orígenes de Haarlem (De opkomst van Haarlem) le valió el
ingreso en la de Groninga como profesor de
historia.
En 1915 se hallaba en la de Leyden. Constituyó una revelación su obra Otoño de
la Edad Media, aparecida en 1919 y dedicada a la cultura franco-borgoña de los
siglos XIV y XV. Su método de análisis de los fenómenos históricos dio una
nueva visión de los mismos. En este sentido, el Medievo europeo dejó de
aparecer como un período oscuro y de retracción del proceso civilizador, para
presentarse como una época en la que se gestaron y potenciaron las fuerzas
creadoras que eclosionan en el Renacimiento.
Luego
habría de permanecer vinculado a esta «Kulturgeschichte», que, sin embargo,
acabó por ser más bien un medio muy personal para la expresión de su visión del
mundo que un riguroso criterio histórico. En esencia, la historia es concebida
por Huizinga como un juego, y la cultura como una estilización, sin otros
fundamentos políticos o éticos. Ello dio lugar a un relativismo que sitúa en un
mismo plano todos los fenómenos de la civilización. Así aparecen enfocadas sus
obras Erasmus (1924), Exploraciones de historia de la (Cultuur-historische
verkenningen, 1929) y Homo ludens
Sin
embargo, en La crisis de la civilización (1935) advierte, intensamente
preocupado y triste, la crisis que amenaza a nuestra cultura, y la identifica
con la irracionalidad de la vida moderna. En 1929 fue elegido presidente de la
sección histórico-filológica de la Real Academia de Ciencias de Ámsterdam.
Durante la ocupación alemana de Holanda en la última guerra, Huizinga,
considerado como un enemigo por los invasores, fue primeramente llevado a un
campo de concentración y luego confinado.
FIN

