Libro N° 13553. Marx, La Historia Y Los Historiadores. Una Relación Para Reinventar. Traverso, Enzo.
© Libro N° 13553. Marx, La Historia Y Los
Historiadores. Una Relación Para Reinventar. Traverso, Enzo. Emancipación.
Marzo 1 de 2025
Título Original: ©
Marx, La Historia Y Los Historiadores Una Relación Para Reinventar.
Enzo Traverso
Versión Original: ©
Marx, La Historia Y Los Historiadores Una Relación Para Reinventar. Enzo
Traverso
Circulación
conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:
https://marxismocritico.com/2018/11/26/marx-la-historia-y-los-historiadores-una-relacion-para-reinventar/#more-12727
Licencia Creative Commons:
Emancipación Obrera utiliza una licencia Creative
Commons, puedes copiar, difundir o remezclar nuestro contenido, con la única
condición de citar la fuente.
La Biblioteca Emancipación Obrera es un medio de
difusión cultural sin fronteras, no obstante los derechos sobre los contenidos
publicados pertenecen a sus respectivos autores y se basa en la circulación del
conocimiento libre. Los Diseños y edición digital en su mayoría corresponden a
Versiones originales de textos. El uso de los mismos son estrictamente
educativos y está prohibida su comercialización.
Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto y el nombre de los autores
No
comercial: No se puede utilizar este trabajo con fines
comerciales
No
derivados: No se puede alterar, modificar o reconstruir este
texto.
https://i.pinimg.com/736x/02/20/2a/02202a2a7c7854aa7eb3d9ca1a7b0011.jpg
Portada
E.O. de Imagen original:
https://www.colombiainforma.info/wp-content/uploads/2018/05/Karl-Marx.png
© Edición,
reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
MARX, LA HISTORIA Y LOS
HISTORIADORES
Una Relación Para Reinventar
Enzo Traverso
Marx, La
Historia Y Los Historiadores
Una Relación Para
Reinventar Enzo Traverso
Marx, La Historia Y Los
Historiadores Una Relación Para Reinventar Enzo Traverso
Marx no
«ha vuelto» en el mundo de la historia y los historiadores. La «posmodernidad»
no parece suficiente para explicar el retroceso del marxismo en la
historiografía. Este se debe más bien a causas políticas, al peso de una
derrota más general del socialismo sobre una corriente con concepciones
teleológicas y totalizadoras de la historia. Si las luchas del presente se
alimentan del recuerdo de los combates perdidos, hay ahí una vía para recuperar
un marxismo capaz de descifrar el pasado con menos certezas, pero más atención
a las acciones y los combates humanos.*
El
«retorno a Marx» iniciado en los últimos años –muy visible en lo que suele
llamarse el nuevo pensamiento crítico– no alcanzó a la historia. Para la
mayoría de los jóvenes historiadores, Marx constituye una suerte de terra
incognita; para los mayores, una figura olvidada, cuando no proscripta.
Desde luego, muchos historiadores marxistas siguen siendo activos y prolíficos,
sobre todo en el mundo anglófono, pero la historiografía en su conjunto aún no
ha dado vuelta la página de la «crisis del marxismo». Eric Hobsbawm, uno de los
más célebres historiadores marxistas, observaba este fenómeno con lucidez: «Los
25 años siguientes al centenario de la muerte de Marx fueron los más oscuros en
la historia de su legado»1. En
Francia, Thierry Aprile trazaba un cuadro más sombrío. En su reconstrucción de
la trayectoria del marxismo en la historiografía, señaló, ante todo, su
reconocimiento, que comenzó en la década de 1930 y que continuó tras la Segunda
Guerra Mundial –sobre todo, gracias a la Escuela de los Annales,
con su entrada, todavía tímida, en el campo universitario–, luego su hegemonía
–Aprile no duda en hablar de «dominio»–, que se establece en las décadas de
1960 y 1970, cuando acompaña el auge del estructuralismo, antes de comenzar, a
partir de mediados de los años 70, un ocaso que lo llevaría, finalmente, a
desaparecer a lo largo de la década siguiente, con su deceso simbolizado por el
giro de 1989. Se inicia entonces un periodo durante el cual, según Aprile, «incluso
la referencia al marxismo podría significar descalificación»2.
Con un
enfoque similar, Matt Perry distinguió tres etapas principales en la
historiografía marxista, que identifica, de manera algo apresurada, con
«generaciones» diferentes. En primer lugar, la de los fundadores, Karl Marx y
Friedrich Engels, a los cuales se podría añadir una figura como Franz Mehring.
Luego, una etapa intermedia, que ubica entre las dos guerras mundiales,
caracterizada por teóricos marxistas que escriben y reflexionan sobre la
historia (Georg Lukács, León Trotski, Antonio Gramsci, José Carlos Mariátegui)
y por algunos grandes historiadores (David Riazánov, Arthur Rosemberg, C.L.R.
James, Karl A. Wittfogel, W.E.B. Du Bois). Finalmente, una tercera etapa, la de
la Guerra Fría (1947-1989), en la que surgió una historiografía marxista original
y potente, cuyos batallones se lanzaron a la conquista de la universidad (de la
que, salvo excepciones, siempre habían sido expulsados) y transformaron los
paradigmas de su disciplina. En este periodo se constituyen nuevas corrientes
que transforman literalmente, tanto por sus métodos como por sus objetos de
estudio, el taller del historiador. Siguiendo los pasos de Albert Mathiez y
Georges Lefebvre, una pléyade de investigadores (Albert Soboul, Claude
Mazauric, Michel Vovelle) elabora una historiografía marxista de la Revolución
Francesa que le disputa terreno a la Escuela Conservadora (Richard Cobb,
François Furet) e impone su hegemonía durante un largo periodo. En el Reino
Unido, la «historia desde abajo» (history from below) (Eric Hobsbawm,
Christopher Hill, E.P. Thompson, Raphael Samuel) revisita la historia de la
Revolución Inglesa y la Revolución Industrial, descubre la cultura obrera y
replantea el concepto de clase, mientras que los estudios culturales (Stuart
Hall, Raymond Williams) introducen la antropología en el marxismo para analizar
los imaginarios y las culturas populares. En Estados Unidos, los teóricos del
«sistema mundo» (world-system) (Immanuel Wallerstein, Giovanni Arrighi)
reinterpretan a Fernand Braudel a la luz del marxismo y elaboran una historia
global del capitalismo. Paralelamente, surge una «nueva historia del trabajo» (new
labor history) que reescribe la historia del movimiento obrero colocando en
el centro del análisis al «obrero-masa» (unskilled) en lugar de las
ideologías y los partidos políticos (Herbert Gutman, Harry Braverman y más
tarde Mike Davis). En los países del socialismo real, la escuela de
medievalistas y modernistas polacos (Witold Kula, Jerzy Topolski) relanza la
reflexión sobre la transición del feudalismo al capitalismo, que vive un
resurgimiento en la década de 1980 con el debate Brenner. En la India, los
estudios subalternos (subaltern studies) (Ranajit Guha, Dipesh
Chakrabarty) reinterpretan los conceptos gramscianos de subalternidad y
hegemonía para reescribir la historia desde la perspectiva de los dominados,
más allá de las visiones transmitidas por los colonizadores y las elites
autóctonas. En todas partes, a partir de la década de 1960, la historia social
y cultural vive un auge impresionante –caracterizado por el surgimiento de
revistas y asociaciones–, en el marco de un marxismo abierto y antidogmático.
La historiografía en su conjunto se transforma en el contexto de un diálogo y
una confrontación casi obligatorios con el marxismo. Todas las nuevas corrientes
que la atraviesan –de la historia de las mujeres a la historia oral, de la
microhistoria a la historia de los intelectuales– llevan las huellas, más o
menos profundas, de su influencia. Sin embargo, este profuso ciclo acabó por
agotarse. Quedan hoy varios representantes de esta tercera etapa, pero su
vínculo con el marxismo se ha atenuado sensiblemente y, hasta el momento
–observa Perry– no se percibe en el horizonte ninguna señal que anuncie el
advenimiento de una «cuarta generación»3.¿Cómo
explicar esta ruptura de la continuidad? El argumento a menudo esgrimido de que
habría un eclipse general de la razón histórica arrastrada por la ola
posmodernista no me parece seriamente defendible. Pensar que la irrupción de un
irracionalismo hostil hacia la historia, que hace de ella una mera construcción
del lenguaje, un discurso autónomo e independiente de la realidad exterior, y
por ende de la verificación fáctica, habría puesto en peligro las categorías
interpretativas del marxismo (clases, fuerzas productivas y relaciones sociales
de producción, capitalismo, etc.), es una simplificación muy discutible. Por un
lado, los marxistas reaccionaron rápidamente al giro lingüístico (linguistic
turn), en cuanto sus efectos se manifestaron en la historia4; por el
otro, el posmodernismo no socavó en absoluto la existencia de la historiografía
como disciplina, cuya producción continuó, e incluso se incrementó, tanto en la
investigación como en la edición. En algunos casos, tuvo incluso consecuencias
positivas para la historiografía, al ampliar su campo de investigación a nuevos
temas u obligar a los historiadores a reflexionar sobre la dimensión vinculada
a la escritura de su práctica, sin por ello dejarse devorar
por el «maelström textualista» que pretende suprimir toda
diferencia entre la historia y la literatura5. En
varios aspectos, en su búsqueda de una síntesis entre el antiimperialismo, la
crítica del eurocentrismo y la valoración de la subjetividad de los dominados,
el poscolonialismo es producto del encuentro entre el marxismo y el
posmodernismo6. La
postura meramente defensiva que sugieren Hobsbawm o Ellen Meiksins Wood –que
consiste en convertir el marxismo en la fuerza motriz de un «frente de la
razón» para contener la amenaza de una ola irracionalista hostil hacia la
historia7– me parece corta de miras. La
crítica desde la historia (no solo marxista) del posmodernismo ha sido vigorosa
y se ha mostrado más fecunda cuando vio en este último un desafío en lugar de
un enemigo8.
El peso
de la derrota
El
retroceso del marxismo en la historiografía se debe más bien a causas
políticas. Desde luego, la hegemonía marxista en las ciencias sociales (entre
ellas, la historia) se vio reforzada por el advenimiento de la universidad de
masas en la posguerra, pero devino posible ante todo por un avance generalizado
de las luchas sociales y políticas. Entre la Resistencia y la década de 1970,
pasando por la descolonización y las revoluciones en Asia y América Latina, se
establecieron nuevas relaciones entre los intelectuales y los movimientos
políticos, a menudo partidos de masas, que encarnaban el legado de Marx. La
Revolución conservadora de la década de 1980, cuyo apogeo fue el vuelco de
1989, invirtió la tendencia. El impacto fue brutal y los efectos acumulativos
de esta derrota histórica son hoy particularmente perceptibles en una
disciplina como la historia, por definición orientada hacia el pasado. En el
curso de los últimos 25 años, la historiografía se ha renovado (basta pensar en
la historia cultural, la historia de género, la historia de la memoria) bajo el
signo de su despolitización. La historia política, por su parte, se
caracterizó por el regreso a paradigmas tradicionales –a veces, por una
verdadera regresión ideológica, tal como lo demostraron los debates sobre la
Revolución Francesa, el comunismo y el totalitarismo9– que
favorecieron considerablemente la transformación de la disciplina en una
consultora para los medios de comunicación, la industria cultural y los poderes
públicos. El retroceso del marxismo dejó un vacío que fue llenado por una
historiografía de tono conservador. De espacio de elaboración de una conciencia
crítica del pasado se transformó en un poderoso vector de conformismo cultural:
la Revolución Francesa fue conmemorada para enterrar el siglo de los
comunismos; el totalitarismo, analizado para legitimar la democracia liberal
como horizonte insuperable de la historia; la memoria, monumentalizada como
virtud del humanitarismo postotalitario; el pasado nacional, patrimonializado
con un interés conservador. La campaña de protesta desencadenada por el proyecto
de una Casa de la Historia de Francia (componente cultural de la política de
defensa de la «identidad nacional») parece esbozar un giro saludable, basado en
el rechazo a toda pretensión del poder de ejercer un control sobre el pasado10.
Lo cierto
es que, si la historiografía marxista vivió un declive evidente, es necesario
sin embargo ubicarlo en su justa perspectiva. Así, ciertas precauciones
elementales deberían conducirnos a relativizar tanto su hegemonía en las
décadas de 1960 y 1970 como su retroceso a partir de la década siguiente.
Muchos historiadores marxistas no se alejaban demasiado, desde el punto de
vista metodológico, de sus colegas conservadores. Entre las historias de la
Internacional Comunista escritas por el trotskista Pierre Broué, el
eurocomunista Paolo Spriano y el anticomunista Franz Borkenau11, no
existen grandes diferencias en cuanto al método, las fuentes y las categorías
analíticas. Su apreciación de los acontecimientos y sus conclusiones varían,
pero todos comparten una visión de la historia del movimiento obrero más bien
convencional, centrada en los aparatos y los debates estratégicos durante los
congresos. Se trata siempre de una historia política, incluso ideológica, con
poca carne y hueso. En resumen, para muchos historiadores, el abandono del
marxismo no significó sino un cambio de orientación política o de objeto de
investigación. La historiografía marxista, que, por definición, no podía
considerarse «axiológicamente neutral» (wertfrei) en el sentido de la
ciencia social weberiana, sufrió necesariamente las consecuencias del giro de
1989. La caída del comunismo ha sido mucho más que el fin de un sistema de
poder ya desacreditado a los ojos de la opinión pública internacional. Puso fin
a una época signada por el «principio esperanza»: una utopía emancipadora que,
nacida con la Revolución Rusa, estuvo impulsada por una concatenación de luchas
y revoluciones. Ahora bien, el siglo xx concluyó con una derrota
histórica del socialismo; el siglo siguiente vio la luz en un mundo privado de
utopías. El «presentismo» –el régimen de historicidad actualmente dominante– es
el resultado de una ruptura de la dialéctica de la historia, que hace del
presente, según Reinhart Koselleck, el punto de tensión entre el pasado como
«campo de experiencia» y el futuro como «horizonte de expectativas»12. Este
horizonte se presenta ahora difuso, invisible.
Según
modalidades diferentes, sobre la base de compromisos políticos más o menos
explícitos, los historiadores que se inscribían en la tradición de Marx
permanecían atados al postulado según el cual la interpretación del mundo debía
apuntar a su transformación. Veían el cambio revolucionario de la realidad como
un proceso cuyo motor, el proletariado, seguía siendo, a través de múltiples
mediaciones, su referente social. El historiador reconstruía e interpretaba el
pasado desde una perspectiva de clase, según la fórmula de Georg Lukács, para
quien, gracias al marxismo, el sujeto del conocimiento histórico coincide con
su objeto13. Desde
este ángulo, no hay historia que no sea una historia de las luchas entre
clases, y la historia marxista, cualquiera sea su objeto, adopta siempre el
punto de vista de los dominados. Incluso para un marxista heterodoxo como
Walter Benjamin, «el sujeto del conocimiento histórico es la clase combatiente,
la propia clase oprimida. En Marx aparece como la última clase esclavizada, la
clase vengadora que, en nombre de generaciones de vencidos, lleva a su fin la
obra de liberación»14.
Una
historiografía basada en estas premisas difícilmente podía salir indemne de una
derrota de grandes proporciones del socialismo. Después de 1989, el movimiento
obrero parecía aniquilado en sus realizaciones históricas (el socialismo real),
en sus formas políticas (el ocaso o el fin de los partidos que reivindicaban el
comunismo) e incluso en su cuerpo social (las transformaciones estructurales de
las clases trabajadoras generadas por el fin del fordismo). La ola memorial que
estalló a lo largo de las últimas tres décadas, uno de cuyos vectores ha sido
la historiografía, se centró en las víctimas de la violencia de la historia, de
la esclavitud a los genocidios del siglo xx, y relegó así al olvido a los
actores de las luchas que atravesaron una época de sangre y fuego. La memoria
de clase pareció desvanecerse con la fábrica fordista, su marco social de
transmisión, y con los partidos que habían sido sus voceros. Hoy se perpetúa
como una memoria marrana, invisible en el espacio público, donde los testigos traen
el recuerdo de una humanidad herida, y no el de hombres y mujeres que libraron
luchas de resistencia o liberación. La memoria de la Shoah ocupó el lugar de la
memoria antifascista; la compasión por las víctimas de las catástrofes
humanitarias eclipsó el recuerdo de las luchas contra el colonialismo. La
tendencia a hacer de los genocidios y los totalitarismos un prisma casi
exclusivo de lectura del siglo xx es el síntoma de una regresión de
la inteligibilidad del pasado cuyo espejo ha sido a menudo la historiografía.
Teleología
Durante
los primeros años de mi formación intelectual y política, en la Italia de los
años 70, el marxismo tenía una vocación «totalizadora» –en el sentido hegeliano
del término– que le confería un estatuto no solo de «ciencia», sino también de
verdadera ciencia maestra, una suerte de «ciencia de las ciencias». Un artículo
de Ernest Mandel de 1978 resume bastante bien el espíritu de la época: «La gran
fuerza de atracción intelectual del marxismo reside en el hecho de que permite
una integración racional, completa y coherente de todas las ciencias humanas,
sin equivalente hasta hoy»15. Afirmándose como una suerte de
«superación dialéctica» de las ciencias humanas y sociales, el marxismo había
podido enriquecerse relacionándose con todos los campos del saber y sacando
provecho de su renovación epistemológica. Su simbiosis con el existencialismo,
el estructuralismo, el psicoanálisis, la antropología y la sociología lo había
enriquecido y le había permitido alcanzar resultados considerables. En este
contexto, los historiadores marxistas oscilaban entre una suerte de panhistorismo (su
expresa voluntad de integrar el conjunto de saberes en la historia) y la
disolución de la historia en un marxismo concebido como ciencia global de la
sociedad.
Para
Pierre Vilar, Marx no era «historiador» en el sentido tradicional del término,
sino que había pensado siempre históricamente, lo que convertía la «crítica
histórica de la razón» en su verdadero «descubrimiento». Señalaba pues en este
historicismo radical la esencia misma del marxismo: «Pensar todo
históricamente, eso es el marxismo. (…) En todos los niveles, la historia
marxista está por hacerse. Y es simplemente la historia»16. El marxismo no se concibe sin
la historia y, al mismo tiempo, la historia se incorpora al marxismo. Pero esta
concepción perdió su fuerza de atracción cuando, en un nuevo contexto, la
síntesis entre interpretación y transformación del mundo, que habitaba el
marxismo desde su nacimiento, pareció quebrarse. Durante la década siguiente,
muy pocos historiadores habrían podido suscribir la conclusión de Vilar.
A pesar
de su gran variedad, las corrientes historiográficas surgidas desde la muerte
del fundador del materialismo histórico –del marxismo como ciencia positiva de
la historia al marxismo como historicismo humanista y dialéctico– pueden
inscribirse en la línea de su pensamiento, apoyándose, privilegiando, a veces
radicalizando de manera unilateral tal o cual aspecto de una teoría abierta,
atravesada por tensiones fecundas, no siempre resueltas. Existe un Marx
teleológico, positivista, teórico del socialismo como resultado casi
ineluctable del progreso y el desarrollo de las fuerzas productivas. Es el Marx
del célebre «Prólogo» de 1859 a la Contribución a la crítica de la
economía política, canonizado por la historiografía positivista (con la
ayuda de Engels y Karl Kautsky), cuyo pensamiento fue transformado en
escolástica en los países del socialismo real17. Junto a
ese Marx, hay otro: un Marx dialéctico y antipositivista, adversario del
eurocentrismo y el colonialismo, crítico de la explotación capitalista y la
civilización burguesa en su conjunto, partidario de la autoemancipación de los
oprimidos más que del progreso técnico. Es el Marx que, en sus cartas a los
populistas rusos, advertía a los lectores de El capital sobre
la transformación de su análisis de la génesis del capitalismo en Europa
occidental en «una teoría histórico-filosófica de la evolución general,
fatalmente impuesta a todos los pueblos, cualesquiera sean las circunstancias
históricas en las que se encuentren»18. Es el Marx que analiza las
revoluciones del siglo xix y que, en las antípodas de toda
teleología, formula una visión de la historia como resultado de una acción
humana sometida a una compleja red de restricciones materiales y culturales a
la vez. «Los hombres hacen su propia historia –escribe en El 18
brumario de Luis Bonaparte–, pero no la hacen a su libre arbitrio, bajo
circunstancias libremente elegidas, sino bajo circunstancias directamente dadas
y heredadas del pasado. La tradición de todas las generaciones muertas oprime
como una pesadilla en el cerebro de los vivos»19.
En la
historiografía marxista, la visión del pasado como evolución ineluctable de las
formaciones sociales coexistió a menudo con una visión voluntarista basada en
una acentuación casi exclusiva de la agencia (agency) y el
empoderamiento (empowerment), según el léxico de las teorías críticas
contemporáneas. La primera, defendida por una tradición positivista que llega
hasta Louis Althusser, ve a los seres humanos como instrumentos inconscientes
de la historia20. La
segunda encontró su formulación más concluyente en Trotski, en 1938, cuando
escribió que «la crisis histórica de la humanidad» se reducía finalmente a la
ausencia de una dirección revolucionaria21. Entre
ambas, la historiografía marxista no ha sabido librarse de cierta teleología
implícita en sus dispositivos de historización, que tendían a adoptar esquemas
eurocéntricos, tanto para definir las rupturas históricas como para elegir los
criterios de periodización. Los debates clásicos sobre la transición del
feudalismo al capitalismo o sobre las revoluciones modernas suponían una
secuencia cuyo modelo era Europa y cuya finalidad, implícita y necesaria, era
el socialismo22. A
menudo, esta postura teórica era el espejo de una cultura difusa en el
movimiento socialista, tal como lo recuerda Hobsbawm al citar la anécdota del
sindicalista británico de origen obrero que, en los años 30, se dirigía a un
hombre de Estado conservador tratándolo de vestigio del pasado: «Su clase es
una clase en decadencia; mi clase representa el futuro»23.
Isaac
Deutscher interpretaba el estalinismo como un avatar ligado a las
contradicciones del proceso de acumulación socialista primitivo,
contradicciones cuya solución residía en última instancia en el desarrollo de
las fuerzas productivas. Una vez liberado de las trabas generadas por el
retraso soviético, el socialismo conquistaría el mundo24. La tetralogía consagrada por
Hobsbawm a la historia de los siglos xix y xx, cuyo primer
volumen se publicó en 1960 y el último en 1994, muestra claramente la
transición de la antigua teleología marxista a la lúcida constatación de una derrota
histórica que cuestiona toda idea de una secuencia necesaria de las formaciones
sociales. El primer volumen estudia las revoluciones burguesas entre 1789 y
1848, año que anuncia el advenimiento de las revoluciones proletarias y
socialistas25. El
último volumen llega a la conclusión de que el fracaso del comunismo estaba
inscripto en sus propias contradicciones: «La tragedia de la revolución de
octubre estriba precisamente en que solo pudo dar lugar a este tipo de
socialismo, rudo, brutal y dominante»26. El
título mismo de la última obra de Giovanni Arrighi, Adam Smith en Pekín27, que ve
en el capitalismo y el mercado la culminación de la Revolución China, ilustra
de manera emblemática el cuestionamiento de la visión marxista tradicional de
la transición del capitalismo al socialismo. En 1989, la teleología parece
haber abandonado definitivamente el marxismo para instalarse con fuerza en el
campo de los apologistas del mercado y el liberalismo. Según Furet, el
comunismo, al igual que el fascismo, no fue sino un simple paréntesis en el
avance ineluctable de la historia hacia la democracia liberal28.
Sin
embargo, los trabajos más interesantes de la historiografía posterior a 1989
abandonaron todo enfoque teleológico: el siglo xix tiene ahora
fronteras cronológicas abiertas, sus revoluciones burguesas no anuncian las
revoluciones proletarias del siglo xx y se inscriben en ciclos en los
cuales Europa aparece como un momento, y ya no como el epicentro. Existe
primero un ciclo «atlántico», que se inicia en Estados Unidos en 1776 y culmina
en Haití en 1804, pasando por la Revolución Francesa; luego una segunda ola de
revoluciones desconectadas entre sí, cuyo punto de partida se sitúa en Europa
continental en 1848 y cuyo punto de llegada es eeuu en 1865, fecha
del fin de la Guerra Civil. Durante esas dos décadas, se desarrollan la
rebelión Taiping en China y la revuelta de los cipayos contra el colonialismo
británico en la India29. Así
reconfigurados, los años 1789, 1848, 1871 y 1917 ya no constituyen los
sucesivos momentos de una única secuencia que jalonan el camino de la humanidad
hacia el socialismo. La historia se dibuja como un laberinto, una ruta hecha de
bifurcaciones y desvíos. En el fondo, el propio Marx lo reconocía cuando
criticaba la tendencia de las revoluciones a alimentarse de «reminiscencias
tomadas de la historia universal para cegarse sobre su propio objeto»30.
Reactivar
el pasado
Creo
haber aprendido, a lo largo del tiempo, a establecer con el marxismo una
relación de tensión crítica –más fuerte hoy que en el pasado–, susceptible de
integrar nuevos aportes escapando a los dilemas planteados por la adhesión (o
el rechazo) a un sistema de pensamiento construido como un edificio cerrado. No
creo en el marxismo como arsenal conceptual autosuficiente. Desconfío
actualmente de todo dispositivo teórico listo para ser aplicado en realidades
dinámicas como un conjunto de categorías normativas. Trato de hacer un uso
fructífero de algunos conceptos legados por la tradición marxista –clase, lucha
de clases, hegemonía, reificación, modo de producción, capitalismo o
imperialismo–, pero detesto su transformación en nociones comodín. Esto vale
para otros conceptos hoy muy difundidos como la deconstrucción, la «práctica
discursiva», el biopoder, el campo y el subcampo, el habitus o
la reproducción. Si bien la visión crítica de la historia esbozada por Marx
sigue siendo para mí un logro ineludible, la hermenéutica histórica legada por
un marxismo transformado en doctrina me parece dudosa. La actitud de E.P.
Thompson, quien hacia el final de su vida se consideraba «posmarxista»,
reafirmando su adhesión al marxismo frente a sus detractores y su alejamiento
frente a los devotos ingenuos o ciegos, me parece a fin de cuentas la más
honesta31. Se
negaba a ver «la historiografía marxista como subordinada a algún corpus
general del marxismo como teoría, situado en alguna parte» (especialmente en la
filosofía). Escribía:
La
historia no es una fábrica para la producción de una Teoría Máxima (…), tampoco
es una cadena para la producción de teorías enanas en serie. No es tampoco
ninguna estación experimental gigantesca en la que la teoría fabricada en otra
parte pueda ser «aplicada», «contrastada» y «confirmada». Esta no es en
absoluto su tarea. Su tarea consiste en rescatar, «explicar» y «comprender» su
objeto, la historia real.32
¿Qué le
queda a una historiografía que se ha desprendido de la teleología y el
determinismo? Mucho: la tarea de descifrar el pasado concebido como totalidad
abierta, como una historia moldeada –según la expresión de Marx– por las
mujeres y los hombres a través de sus acciones y combates, sobre la base de
condiciones sociales y culturales dadas. En este esfuerzo de situar en la
historia, es decir, de contextualización, objetivación y conceptualización del
pasado, el historiador construye un relato (la escritura de la historia) que
selecciona, ordena e interpreta la materia heterogénea del universo histórico
(la realidad fáctica, pero también el pensamiento y el imaginario). En ese
trabajo, algunas herramientas epistemológicas aportadas por Marx pueden resultar
indispensables (pero no siempre y a veces menos que otras). Marx nos ayuda a
detectar relaciones y conflictos sociales, lógicas culturales y políticas
subyacentes a los acontecimientos y sus actores. Se trata de interacciones y no
de causalidades mecánicas, cuya inteligencia permite la construcción de un
discurso crítico sobre el pasado. Este enfoque se opone a la historia como
discurso del poder, tradicionalmente presentado por el Estado (con sus
archivos, museos, conmemoraciones) y, actualmente, cada vez más, por los medios
de comunicación y la industria cultural, que actúan como poderosos vectores de
reificación del pasado. Necesitamos, pues, a Marx. Pero si puede dudarse de una
historiografía crítica que prescindiera de Marx, se debe desconfiar también de
los intentos de anexar la historia al marxismo. El siglo xx demostró
en gran medida hasta qué punto el marxismo mismo podía ser esclavizado y
transformado en ideología.
Esta
tensión crítica respecto de la tradición marxista es, sin duda, la única manera
de evitar los escollos simétricos de la apostasía estéril y la fidelidad ciega.
En el fondo, los antimarxistas se dividen en dos categorías: los críticos y los
«renegados», no en el sentido en el que Lenin definía a Kautsky, es decir,
estigmatizándolo en el plano ético y político, sino en el sentido en el que
Isaac Deutscher y Hannah Arendt calificaban a los ex-comunistas en la época de
la Guerra Fría33. Muchos liberales (Max Weber,
Benedetto Croce, Raymond Aron, Isaiah Berlin, Norberto Bobbio) o incluso
conservadores y reaccionarios (Werner Sombart, Carl Schmitt, Augusto Del Noce)
reconocieron el carácter fecundo de una confrontación crítica con el pensamiento
de Marx. Los «renegados», es decir, los ex-comunistas, pasaron de una adhesión
total a un rechazo también total al pensamiento de Marx: podría citarse, entre
los historiadores, a Borkenau, Eugene D. Genovese, Annie Kriegel y el ya
mencionado Furet. A menudo, se trata de ex-estalinistas que conservaron una
visión del mundo esquemática y sectaria y se limitaron a cambiar de lado. Estos
dilemas nunca afectaron a historiadores que se sirvieron, en mayor o menor
medida, del aporte de Marx, sin preguntarse jamás si debían considerarse
«marxistas». Es el caso de un historiador de la Antigua Grecia como Pierre
Vidal-Naquet, quien reconocía su deuda respecto de Moses Finley, o de un
historiador del mundo contemporáneo como Arno J. Mayer. Desde este punto de vista,
me identifico con las palabras de Georges Duby: «Mi deuda con el marxismo es
inmensa. Me complace señalarlo. Por lealtad. (…) Sin embargo, afirmo con la
misma claridad no creer en la objetividad del historiador, ni que pueda
distinguirse ‘finalmente’ el más determinante de los factores del cual proviene
la evolución de las sociedades humanas»34. Quizás
en este sentido Vilar señalaba la «convergencia de las lecciones de Lucien
Febvre y la lección de Marx»35, o
Hobsbawm reconocía lo mucho que el nacimiento, en 1952, de una empresa marxista
como la revista británica Past and Present le debía al modelo
de los Annales de Fernand Braudel36.
Una
relación fecunda con el pensamiento de Marx me parece que se desprende de los
escritos históricos de Benjamin, del Libro de los pasajes a
sus tesis «Sobre el concepto de historia». En Marx, Benjamin no buscó un
esquema de lectura del mundo, sino más bien una sensibilidad, una Stimmung,
un estilo de pensamiento. Benjamin participa de lo que podría definirse,
tomando la expresión de Michael Löwy y Daniel Bensaïd, como un «marxismo
melancólico»37,
susceptible de entrar en una tensión productiva con otras tradiciones –en este
caso, el mesianismo judío– y libre de toda ortodoxia. Fue así como derribó los
cánones marxistas de su época: ya no veía la revolución como una «locomotora de
la historia» que conducía a la humanidad hacia el «Progreso», sino como el
«freno de emergencia» que detiene la ciega carrera de la civilización –uno de
cuyos rostros era el fascismo– hacia la catástrofe38.
Benjamin introdujo en el marxismo una melancolía que proviene de la obsesión
por las derrotas acumuladas a lo largo de la historia y que rememora el
recuerdo de los vencidos. Este enfoque se percibe hoy en historiadores que
mantuvieron una relación más o menos consciente de complicidad con el
pensamiento de Benjamin, provenientes de tradiciones diferentes. Entre ellos,
podría mencionarse a Carlo Ginzburg, el fundador de la microhistoria –autor de
una obra como El queso y los gusanos, que analiza la cultura
popular restituyendo la voz de los humildes, los anónimos, aquellos que han
sido borrados de la Historia39–; Adolfo
Gilly, quien recuperó el espíritu de los campesinos zapatistas en la Revolución
Mexicana40, o
Ranajit Guha, preocupado por escuchar la «pequeña voz» de los insurgentes
indios del siglo xix, oculta entre las líneas de la prosa colonial41. Para Benjamin, la historia es
ante todo una rememoración de los vencidos, cuyo recuerdo es portador de una
«promesa de redención». Un historiador de los conceptos como Koselleck formuló
muy bien este enfoque epistemológico, al señalar que la historia escrita por
los vencedores es siempre teleológica y apologética: «A corto plazo, puede
suceder que la historia esté hecha por los vencedores, pero a largo plazo, los
logros históricos de conocimiento provienen de los vencidos»42.
Escribir
una historia crítica adoptando la perspectiva de los vencidos –tratando a veces
de escuchar sus voces subterráneas, inaudibles en la superficie, ignoradas por
los archivos oficiales o borradas por el discurso dominante– es, sin duda, la
manera más fecunda, para los historiadores, de recibir la herencia de la Tesis
11 sobre Feuerbach. Interpretar el mundo para transformarlo no significa
convertirse en defensores de una estrategia o combatientes de una ideología,
como lo fueron los «intelectuales orgánicos» del movimiento comunista del
siglo xx. Quiere decir, para el historiador, no considerar el pasado como
un continente clausurado, definitivamente cerrado. La antropología cultural nos
enseña que las luchas del presente se alimentan del recuerdo de los combates
perdidos, las derrotas del pasado. En determinadas circunstancias, el presente
puede entrar en consonancia con el pasado y reactivarlo. Según
Siegfried Kracauer, «como Orfeo, el historiador debe descender al inframundo
para traer los muertos a la vida»43.
Benjamin, por su parte, comparaba al historiador con un «ropavejero» (Lumpensammler)
dedicado a recoger objetos abandonados, olvidados, considerados inútiles,
sabiendo que podrán servir un día, como los acontecimientos de un pasado que
permanece a la espera de una redención por venir44. Algunos dirán que semejante
concepción de la historia significa rehabilitar, en una versión secular, la
dimensión mesiánica del marxismo, que este último había rechazado esforzándose
por convertirse en una «ciencia». Pues bien, este mesianismo secularizado me
parece un excelente remedio para los fracasos de un marxismo concebido como
ciencia de la historia.
26/11/2018
Notas:
·
1. E. Hobsbawm: Cómo cambiar el mundo. Marx y
el marxismo, 1840-2011, Crítica, Barcelona, 2011.
·
2. T. Aprile: «Marxisme et histoire» en
Christian Delacroix, François Dosse, Patrick Garcia y Nicolas Offenstadt
(dirs.): Historiographies 1, Folio / Gallimard, París, 2010, p. 515. En la
mayor parte de los manuales o diccionarios críticos de marxismo publicados en
los últimos diez años, la historia no es objeto de artículos específicos. V.,
por ejemplo, Jacques Bidet y Eustache Kouvélakis (eds.): Dictionnaire Marx
contemporain, puf, París, 2001. Tan solo dos historiadores –E.P. Thompson,
fallecido en 1993, y Mike Davis– figuran en la «cartografía de los nuevos
pensamientos críticos» establecida por Razmig Keucheyan: Hemisferio izquierda.
Un mapa de los nuevos pensamientos críticos, Siglo Veintiuno, Madrid, 2013.
·
3. M. Perry: Marxism and History, Palgrave,
Nueva York, 2002, pp. 4, 158. Un cuadro similar, aunque más atento a las
articulaciones del marxismo con la historiografía en su conjunto, fue elaborado
por Carlos Antonio Aguirre Rojas: La historiografía en el siglo xx. Historia e
historiadores, Montesinos, Madrid, 2004, caps. 2 y 3.
·
4. Terry Eagleton: Las ilusiones del
posmodernismo, Paidós, Buenos Aires, 1997; Alex Callinicos: Contra el
posmodernismo, Razón y Revolución, Buenos Aires, 2011.
·
5. Elías Palti: Giro lingüístico e historia
intelectual, Editorial de la Universidad Nacional de Quilmes, Bernal, 1998.
·
6. Esta filiación es subrayada y
cuidadosamente reconstruida en Robert C. J. Young: Postcolonialism: An
Historical Introduction, Blackwell, Oxford, 2001.
·
7. E. Hobsbawm: «Marxist Historiography Today»
en Chris Wickam (ed.): Marxist History-writing for the Twentieth Century,
Oxford University Press, Oxford, 2007, p. 185; Ellen Meiksins Wood: «What is
the ‘Postmodern’ Agenda?» en E. Meiksins Wood y John Bellamy Foster (ed.): In
Defense of History: Marxism and the Postmodern Agenda, Monthly Review Press,
Nueva York, 1997.
·
8. Perry Anderson: Los orígenes de la
posmodernidad, Akal, Madrid, 2016.
·
9. Para una reconstrucción de estos debates,
v. E. Traverso: La historia como campo de batalla. Interpretar las violencias
del siglo xx, fce, Buenos Aires, 2012.
·
10. Jean Chesnaux: ¿Hacemos tabla rasa del
pasado? A propósito de la historia y de los historiadores, Siglo Veintiuno,
Madrid, 1977 (una de las mejores síntesis de historiografía marxista de los
años 70).
·
11. P. Broué: Histoire de l’Internationale
communiste, 1919-1943, Fayard, París, 1997; P. Spriano: I comunisti europei e
Stalin, Einaudi, Turín, 1983; F. Borkenau: World Communism: A History of the
Communist International, University of Michigan Press, Ann Arbor, 1962.
·
12. R. Koselleck: Futuro pasado. Para una
semántica de los tiempos históricos, Paidós Ibérica, Barcelona, 1993.
·
13. G. Lukács: Historia y conciencia de clase
y Estética, Crítica Filosófica, Madrid, 1975.
·
14. W. Benjamin: Sobre el concepto de historia
y otros fragmentos, Itaca, Ciudad de México, 2008.
·
15. E. Mandel: «Pourquoi je suis marxiste»
[1978] en Gilbert Achcar (ed.): Le marxisme d’Ernest Mandel, puf, París, 1999,
p. 206.
·
16. P. Vilar: «Histoire marxiste, histoire en
construction» [1973] en Jacques Le Goff y Pierre Nora (eds.): Faire de
l’histoire, Folio-Gallimard, París, 2011, p. 282. [Hay edición en español:
Hacer la historia, Laia, Barcelona, 1974].
·
17. K. Marx: Contribución a la crítica de la
economía política, Siglo Veintiuno, Ciudad de México, 1980.
·
18. K. Marx: «Lettre à la rédaction de
l’Otetschestwennyje Sapiski» en Maurice Godelier (ed.): Sur les sociétés
précapitalistes. Textes choisis de Marx, Engels, Lénine, Éditions Sociales,
París, 1970, p. 351.
·
19. K. Marx: El 18 brumario de Luis Bonaparte,
Ariel, Barcelona, 1985, p. 11. Para una presentación de conjunto de los
escritos de Marx sobre historia, v. S.H. Rigby: Marx and History: A Critical
Introduction, Manchester up, Manchester, 1987.
·
20. L. Althusser: La revolución teórica de
Marx, Siglo Veintiuno, Ciudad de México, 1974.
·
21. Ver E. Mandel: Trotski, Maspero, París,
1979, pp. 134-147. La posición de Trotski es presentada como ejemplar de esta
«tendencia voluntarista» por Ales Callinicos: «The Drama of Revolution and
Reaction: Marxist History and the Twentieth Century» en Chris Wickham (ed.):
ob. cit., pp. 161-162.
·
22. V. Dipesh Chakrabarty: Al margen de
Europa. Pensamiento postcolonial y diferencia histórica, Tusquets, Barcelona,
2008.
·
23. E. Hobsbawm: Cómo cambiar el mundo, cit.
·
24. I. Deutscher: «Marxism in Our Time» (1965)
en Marxism, Wars & Revolutions, Verso, Londres, 1984.
·
25. E. Hobsbawm: La era de la Revolución
1789-1848, Crítica, Barcelona, 2001.
·
26. E. Hobsbawm: Historia del siglo xx,
Crítica, Barcelona, 1995, p. 494.
·
27. G. Arrighi: Adam Smith en Pekín. Orígenes
y fundamentos del siglo xxi, Akal, Madrid, 2007.
·
28. F. Furet: El pasado de una ilusión. Ensayo
sobre la idea comunista en el siglo xx, fce, Madrid, 1995.
·
29. Jürgen Osterhammel: Die Verwandlung der
Welt. Eine Geschichte des 19. Jahrhunderts, C.H. Beck, Múnich, 2009.
·
30. K. Marx: El 18 brumario de Luis Bonaparte,
cit.
·
31. Penelope J. Corfield: «The State of
History» en Journal of Contemporary History vol. 36 No 1, 2001, p. 156. Entre
los devotos, podemos incluir a Paul Blackledge: Reflections on the Marxist
Theory of History, Manchester up, Manchester, 2006.
·
32. E.P. Thompson: La miseria de la teoría,
Crítica, Barcelona, 1981, p. 79. Es solamente reduciendo el marxismo a la
«primacía de las fuerzas económicas, la objetividad del método científico y la
idea de progreso» como Georg G. Iggers puede concluir, tomando como ejemplo a
Thompson, el pasaje de la «ciencia histórica marxista del materialismo
histórico a la antropología cultural». G.G. Iggers: Historiography in the
Twentieth Century: From Scientific Objectivity to the Postmodern Challenge,
Wesleyan up, Middletown, 1997, p. 88.
·
33. I. Deutscher: «1984: The Mysticism of
Cruelty» [1954] en Heretics and Renegades, and Other Essays, Cape, Londres,
1969; Hannah Arendt: «The Ex-Communists» [1953] en Essays in Understanding
1930-1954, Schocken Books, Nueva York, 1994.
·
34. G. Duby: L’Histoire continue, Odile Jacob,
París, 1991, p. 107.
·
35. Pierre Vilar: ob. cit., p. 245.
·
36. E. Hobsbawm: Cómo cambiar el mundo. Marx y
el marxismo, 1840-2011, cit.
·
37. M. Löwy, Robert Sayre: Révolte et
mélancolie, Payot, París, 1992; D. Bensaïd: Le pari mélancolique, Fayard,
París, 1997. Sobre la melancolía de izquierda, v. la conclusión de E. Traverso:
ob. cit.
·
38. W. Benjamin: Gesammelte Schriften,
Suhrkamp, Fráncfort, 1977, tomo i vol. 3, p. 1232.
·
39. C. Ginzburg: El queso y los gusanos. El
cosmos según un molinero del siglo xvi, Península, Barcelona, 2016.
·
40. A. Gilly: La revolución interrumpida, Era,
Ciudad de México, 2007. Gilly explicitó su relación con la obra de Benjamin en
El siglo del relámpago, La Jornada Ediciones, Ciudad de México, 2002.
·
41. R. Guha: «The Small Voice of History» en
Subaltern Studies vol. ix, 1996.
·
42. R. Koselleck: «Mutation de l’expérience et
changement de méthode» en L’expérience de l’histoire, Gallimard / Le Seuil,
París, 1997, p. 239.
·
43. S. Kracauer: Histoire. Des avant-dernières
choses, Stock, París, 2005, p. 140.
·
44. W. Benjamin: «Un marginal sort de l’ombre»
[1930] en Oeuvres ii, cit., p. 188.
* Nota:
la versión original de este artículo en francés fue publicada con el título
«Marx, l’histoire et les historiens. Une relation à réinventer» en Actuel
Marx No 50, 2/2011. Traducción de Gustavo Recalde.
Fuente: Nueva Sociedad

