Libro N° 13552. Karl Marx: Homenaje En Tres Actos (Políticos). Lagos Rojas, Felipe.
© Libro N° 13552. Karl Marx: Homenaje En Tres
Actos (Políticos). Lagos Rojas, Felipe. Emancipación.
Marzo 1 de 2025
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Karl Marx: Homenaje En Tres Actos (Políticos). Felipe Lagos Rojas
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Karl Marx: Homenaje En Tres Actos (Políticos). Felipe Lagos Rojas
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Homenaje En Tres Actos (Políticos)
Felipe Lagos Rojas
Karl Marx:
Homenaje En Tres Actos
(Políticos)
Felipe Lagos Rojas
Karl Marx: Homenaje En Tres Actos
(Políticos)
Felipe Lagos Rojas
¿Cómo
pensar hoy, desde y con Marx, la posibilidad por él abierta de una política
proletaria, comunista, como solución a la explotación del capital sobre el
trabajo y sus portadoras y portadores? ¿Cómo superar la explotación armada de
violencias y desposesiones, de separaciones y jerarquizaciones (artificiales,
fetichistas e igualmente violentas) entre estado y sociedad, producción y
consumo, producción y reproducción, uso y valor, instaladas por el propio
capital y sobre las cuales se acumula, expande y reproduce? Y, al mismo tiempo,
¿cómo distinguir el impulso original de Marx de la historia del “marxismo”,
historia que suele llegarnos en dos formatos: la narrativa épica de la teoría
del proletariado, o el thriller de los totalitarismos
burocráticos?
Sería
arrogante intentar responder a cabalidad estas preguntas; después de todo lo
escrito y actuado en nombre de Marx, de sus escritos y su legado, incluso
aventurar claves de lectura pudiera parecerlo. Tal vez fue esto mismo lo que
llevó a Althusser a comenzar su Para leer el capital diciendo
que, puesto que no hay lecturas inocentes, hay que comenzar reconociendo de qué
lecturas somos culpables. En este caso, y para mantener el lenguaje
cristiano que Althusser recoge, aquí confesamos una lectura política de Marx.
Para esto, nos valdremos del reciente film El joven Karl Marx (2018),
del director haitiano Raoul Peck, y por cierto con el apoyo de en algunas
lecutras.
(Nota
mental: el biopic es lo suficientemente ajustado a la biografía de Marx – con
lo cual ciertamente Peck renuncia a algunas libertades propias del género –
para que esto, a su vez, nos libere del peso de la “culpa” o ansiedad que
provocan los spoilers).
Las
semblanzas biográficas de Marx suelen destacar su origen alemán, miembro de una
familia judía conversa de clase media. Pero resulta más adecuado decir que Marx
fue, ante todo, un trabajador intelectual en condición de migración: un
exiliado, un émigré desde que a los 17 años parte en busca de
educación, y que en 1843, a sus 25 y ya de la mano de su compañera de vida
Jenny von Westphalen, parten hacia su primer exilio en París empujados por la
censura y la represión política del régimen prusiano. Menos de tres años
después (ya con la pequeña Jenny en brazos), la familia nuevamente debe migrar,
esta vez a Bruselas, permaneciendo ahí bajo constante vigilancia por parte de
las policías de Prusia, Francia y ahora Bélgica. Luego de un breve retorno a
Alemania durante los levantamientos revolucionarios de 1848, una vez consumado
el fracaso de la Asamblea de Frankfurt y con Karl despojado de su ciudadanía,
en 1949 los Marx (ahora con Laura) toman rumbo hacia lo que sería su destierro
definitivo en Londres.
Se trata
entonces de una historia de migraciones forzadas y semiforzadas, en medio de
las cuales trabajadores e intelectuales radicalizados iban tejiendo lazos de
cooperación y organización, pero también líneas de desencuentro y ruptura; todo
lo cual constituye a Marx como un intelectual cosmopolita (si bien marcadamente
europeo), más todavía desde el momento en que se instalara en la cosmopolita
Londres, centro neurálgico del capitalismo industrial, colonial y financiero
del siglo XIX.
Acto
alemán: el partido del concepto
El film
ofrece una breve pincelada del “capítulo alemán” en la biografía de Marx, en la
que sin embargo se deja ver con cierta claridad la doble ruptura que ocurre en
este momento: la del estado prusiano con las libertades civiles (prensa entre
ellas), y la de Marx con su propio grupo de referencia hasta entonces: los
“jóvenes hegelianos”. Siguiendo la reconstrucción del Marx temprano que ofrece
Stathis Kouvelakis en Philosophy and Revolution (aunque por
cierto simplificando aquí, quizás en demasía) diremos que las posiciones
alrededor del legado de Hegel se habían organizado políticamente,
esto es, en “partidos” de derecha e izquierda. La derecha hegeliana consideraba
al estado prusiano como realización del estado racional, o sea, la
actualización de la idea de razón vuelta política, tal y como había establecido
Hegel en su Filosofía del derecho. En contraposición, los jóvenes
hegelianos de izquierda asumen la posición contraria: la irracionalidad del
estado es la de su falta de consonancia (o de contemporaneidad) con las ideas
de libertad, igualdad y democracia.
Desde su
participación en este grupo, Marx advierte la tara pero también el potencial
que encierra el hecho de que una Alemania incapaz de llevar a cabo las
revoluciones democrático-burguesas emprendidas por sus vecinos europeos, pero
habiendo sufrido al mismo tiempo todas sus restauraciones autoritarias, haya
compensado esta falta práctica con una hiperinflación teórica o
filosófica, expresada en el desarrollo del “concepto” de libertad. Como
sabemos, Marx termina separándose de estos pensadores, quienes insisten en
críticas moralizantes tanto al sistema hegeliano como al estado de cosas
existente. Marx nos acostumbrará luego a su constante disconformidad con los
argumentos morales para abordar problemas políticos.
El
movimiento propiamente político en esta coyuntura consiste en
la original respuesta de Marx ante un escenario marcado por la imposibilidad,
por cuanto ninguno de los “partidos” filosóficos poshegelianos proponía
posibilidades reales (es decir, que no fueran “puras ideas”) para la
realización de la libertad como autodeterminación. Su respuesta fue,
precisamente, la de abrir una nueva posibilidad por medio de una ruptura con el
marco de posibilidades establecido. La posición conservadora, que luego se
identificara como elemento transversal a toda la “ideología alemana”, no es una
posibilidad en tanto el capitalismo da forma a un mundo de cambios, de
transformaciones y no de conservaciones. El problema es entonces la dirección
que asume esa transformación: emancipadora o bien hacia nuevas formas de
dominación.
Marx no
tiene aún respuestas positivas a las preguntas y tareas abiertas de modo
teórico por el idealismo alemán, y de modo práctico por el ciclo de
revoluciones modernas, ciclo detenido por la oleada restauradora posnapoleónica
y que tenía al estado prusiano como su punta de lanza. Pero entiende que la
apertura de nuevas posibilidades precisa de nuevas prácticas, que traduzcan la
“idea” de autodeterminación en fuerzas concretas:
Por
supuesto que las armas de la crítica no pueden sustituir a la crítica de las
armas, que las fuerzas materiales deben ser derrocadas por fuerzas materiales,
pero la teoría también se transforma en fuerza material una vez que es empuñada
por las masas. La teoría puede ser empuñada por las masas tan pronto como
demuestra ser ad hominem, y demuestra ser ad hominem tan
pronto como deviene radical. Ser radical es captar la raíz del problema. Para
lo humano, la raíz es la humanidad misma. (En “Contribución a la crítica de
la Filosofía del Derecho de Hegel”)
Una
política es radical únicamente si es capaz de inaugurar una nueva práctica o
conjunto de prácticas, que es a su vez lo que sucede cuando un concepto deja de
ser un ejercicio meramente mental, especulativo, y es “empuñado”, usado como
herramienta con un propósito colectivo. Queda claro que la emancipación
se despliega no a través de movimientos de reconciliación (á
la Hegel) sino del antagonismo como práctica determinada,
situada. La batalla es eminentemente política, de lo cual se
desprende que sin posiciones, demarcaciones, diferenciaciones y rupturas… en
una palabra: sin “partidos”, no hay avance posible. Kouvelakis señala que Marx
sigue sin duda a Kant en esta forma de conjurar teoría y política, una forma
que posteriormente caracterizará también a Lenin.
El
partido del concepto es entonces el de la “crítica implacable a todo lo
existente”, crítica determinada (inmanente, en jerga filosófica) y no
abstracta ni moralizante, que toma el concepto de libertad como
autodeterminación en su estado más desarrollado (donde lo dejara el idealismo
alemán) para contrastarlo críticamente con la propia realidad, transformando
así la filosofía en una práctica mundana, terrenal, política. Marx
no es todavía el propagandista de la lucha de clases del Manifiesto
Comunista ni el crítico de la economía política de El capital.
Pero ya en 1843 señala por primera vez que el sujeto llamado a asumir dicha
política radical será una clase con cadenas radicales, la sumatoria del despojo
total de esta nueva sociedad de clases, la clase para la cual el problema
propiamente humano se presenta en toda su radicalidad.
En París,
este sujeto recibirá el nombre de proletariado.
Acto
parisino: el partido de los comunistas
El exilio
de la familia Marx en París es el escenario central en el que se desarrolla la
trama de El joven Karl Marx. El París anterior al ciclo de
levantamientos de 1848 permitió el encuentro entre esta
propuesta de nueva práctica crítico-política con el proletariado real, en
movimiento. De aquí en adelante Marx comienza a concebir este proletariado como
un trabajador de nuevo tipo, despojado de su capacidad para reproducir la
propia existencia si no es a través de vender su fuerza de trabajo al
propietario exclusivo de los medios de producción, el capitalista.
Rescatada
de los tiempos de Roma, la palabra remite a la clase más pauperizada, aquellos
hombres y mujeres trabajadoras que supuestamente no contribuyen a la sociedad
más que con su descendencia – su prole. En su acepción generalizada
con anterioridad a Marx, proletariado significaba de modo pasivo el espectáculo
de la pobreza; y es precisamente ese significado (por ejemplo, en Max Striner)
el que Marx comienza a combatir y cambiar desde La ideología alemana,
identificándolo desde ahí en adelante con una agencia colectiva, histórica, que
ya se encuentra en movimiento.
El
encuentro de Marx con el proletariado como sujeto real y en movimiento fue
acompañado (y en varios niveles) por su encuentro con Friedrich Engels; más
aún, ambos encuentros probarían ser de por vida. El film nos muestra que
después de un acercamiento hostil pero que pronto dio paso a la mutua
admiración y la camaradería, y ya con bastantes tragos en el cuerpo, estos
dos émigrés concluyen su primera reunión huyendo de la policía
migratoria. (La admiración que Marx demuestra por el trabajo de Engels La
condición de la clase obrera en Inglaterra se encuentra bien
documentada, y teóricamente calibrada, en el capítulo respectivo del libro de
Kouvelakis).
Hay dos
escenas de la película que son tremendamente sugerentes para pensar acerca de
los aportes de Marx a la historia del comunismo. La primera es el
debate/banquete público en que el principal orador era el socialista francés
Pierre-Joseph Proudhon. La escena nos muestra, primero, a Karl comprando un
habano, la cual es una de las primeras mercancías de lujo del capitalismo
colonial. El sujeto del discurso de Proudhon es el artesanado: sastres,
zapateros, tejedoras, carpinteros. Lo interpelan preguntando por las y
los trabajadores sin destreza específica y asociados a la
moderna maquinaria industrial; todo ante la atenta mirada de Marx. En tanto
quien interpela es un sujeto de color, la escena condensa la emergencia de la
idea de “trabajo abstracto” a partir de la de trabajo no calificado (trabajo
“promedio”, sin destreza específica como el del artesano), a la vez que pone de
relieve el escenario colonial sobre el cual el capitalismo (y ese mismo
“trabajo abstracto”) se edifica y despliega. Peck no es precisamente “marxista”
(aunque es con toda seguridad un tipo de izquierda); y puede entonces estar
queriendo indicar a quienes se definen como “marxistas” la centralidad que
tienen las jerarquizaciones raciales-coloniales, pero también sexo-genéricas,
en la constitución de ese proletariado que se pretende “clase universal”.
En la
segunda escena, algunas de las frases que luego compondrán el Manifiesto
Comunista surgen en una discusión en una asamblea de trabajadores. El
film captura la discusión política en la que este texto fue elaborado: Marx
pregunta al auditorio cuál es el objetivo de la lucha, y va contestando
aquellas respuestas que apuntan a la hermandad, el amor y la fraternidad – en
una palabra, a la reconciliación (otra vez Hegel). Se advierte el
desplazamiento que Marx aplica a la idea de comunismo, desde su
acepción generalizada en aquella época en términos (idealistas) de hermandad o
comunalidad universal, a su determinación (materialista) en la lucha de clases
y su posicionamiento político antagónico al orden vigente,
desde el bando proletario.
Escrito a
jalones por Marx y Engels entre Bruselas y Londres, el Manifiesto
Comunista parte constatando que el “espectro” o “fantasma” (el termino
ha sido traducido incluso como “duende”) del comunismo atraviesa Europa. Esta
situación indica dos cosas: primero, que esta presencia es reconocida como
fuerza material por sus adversarios; y segundo, que se vuelve necesario que los
propios comunistas expresen de una buena vez su ideario y, por esta vía, constituirse
como partido, como posición política. El ideario trazado por Marx y Engels
comienza afirmando que “toda la historia de las sociedades humanas hasta la
actualidad es una historia de lucha de clases” y que “la teoría del comunismo
puede ser resumida en una sola frase: supresión de la propiedad privada [de los
medios de producción]”.
¿Es
necesario insistir en señalar que el Manifiesto Comunista constituye
solo el comienzo del programa político del partido de los comunistas? A pesar
de que gran parte de los comunistas posteriores han tomado el Manifiesto como
catecismo (ciertamente tiene algo de aquello, y no solo en términos
estilístico-formales), Marx nunca dejó de profundizar y actualizar estas
posiciones. Como nos dice el film, Marx escribió El capital múltiples
veces hasta su muerte porque “el objeto de su crítica se encuentra en perpetuo
movimiento”. De hecho, una de las primeras rupturas con el modelo-Manifiesto, y
en particular con la idea de que el estado es un reflejo directo de los
intereses de la clase burguesa, comienza a ser evidente ya en El
dieciocho brumario de Luis Bonaparte, publicado solo tres años después.
Acto
londinense: crítica y política “en perpetuo movimiento”
Siguiendo
el hilo de los comentarios hechos en relación al film de Raoul Peck, en
particular respecto de la presencia del elemento colonial (que es siempre
racializado y genderizado) en la doble emergencia de una crítica materialista
al capitalismo y una filosofía o teoría del proletariado, me resta solo una
anotación. La figura del “fetiche”, que Marx movilizara en uno de los pasajes
más filosóficamente cargados de El capital (“El fetichismo de
la mercancía y su secreto”, sección I, capitulo 4) es ya una figura colonial.
La palabra se remonta a la palabra medieval portuguesa feitiço (magia,
brujería) y su aparición en el pidgin fetisso, como descriptor del
poder que ciertas mercancías (alhajas de vidrio, la mayoría) parecían tener
sobre la población indígena, para terminar acompañando una serie de teorías
sobre la religión (especialmente asociadas con lo primitivo o atrasado) en las
culturas protestantes del norte europeo, como en el alemán fetischismus y
el inglés fetishism. En El capital, Marx definirá el
fetichismo de la mercancía como el hecho de que “a los productores […] las
relaciones sociales entre sus trabajos privados les aparecen […] como
relaciones materiales entre personas y como relaciones sociales entre cosas”.
Resulta
altamente sugerente que, en la escena anteriormente comentada, la cual se
inicia con la compra por Marx de esa mercancía transatlántica llamada “habano”,
Proudhon lanza dos analogías que considera autoevidentes: la esclavitud
(moderna) es muerte, y la propiedad es robo. Fumando su habano, Marx lo
interrumpe y pregunta en voz alta: Pero, ¿que propiedad? ¿la propiedad
privada, burguesa? Proudhon no puede sino responder con abstracciones:
la propiedad en general, como derecho natural, atenta contra los derechos
sociales naturales a la libertad, igualdad y seguridad: por consiguiente, se
trata de un derecho antisocial.
Lo
anterior me remite a Etienne Balibar y su lectura de la teoría marxista del
fetichismo como una teoría de la objetivización (manifiestado en el poder
social que asume la circulación de mercancías) tanto como una teoría de la
subjetividad. En el segundo caso, la ecuación “igualdad = libertad”, que sirve
de base a la idea de derechos humanos de los ciudadanos, no es otra cosa que
una representación fetichizada, idealizada, de la circulación de
mercancías y dinero que corresponde a su base material (The Philosophy of
Marx, 73). El mismo Balibar argumenta en otro de sus trabajos fundamentales
(Politics and the Other Scene) que la emergencia y consolidación de los
aparatos modernos de soberanía estatal es indisociable de las cartografías
coloniales que permitieron su aparición en Europa, y que dieron también origen
a las modernas concepciones sobre la división racial de la especie humana junto
con las “etnicidades ficticias” llamadas nacionalidades.
El joven
Karl Marx de Raoul Peck invita a reflexionar acerca de la
presencia del elemento colonial como consustancial a (en tanto
se encuentra en el origen de la pregunta por) una política comunista. Esto, aun
cuando no haya sido, ni sea aún hoy suficientemente reconocido como tal por sus
propios actores y participantes, los cuales en 1848 aún conciben el
internacionalismo de modo puramente intra-europeo. Si esto es así, la política
proletaria (clase compuesta de múltiples desposesiones que son coloniales, sexuales,
raciales, y también “económicas” en el sentido ideológico de “lo económico”
como dimensión autónoma bajo la lógica del capital) debiera ser reconstruida no
únicamente desde la historia de los partidos, estados y movimientos que
llevaron ese nombre, sino en la historia más amplia y profunda de una humanidad
despojada y subalternizada que, en su antagonismo interno, ha tomado formas y
banderas feministas, de autoafirmaciones etnoraciales, antiimperialistas y
anticoloniales, parlamentarias, y de protesta y revueltas, civiles y armadas.
En otras
palabras, Peck parece indicar que el significado “universal” de las exclusiones
y subalternizaciones por medio de las que el capital produce al “proletariado”
a la vez que se reproduce y acumula a través (y a pesar) de ese mismo
proletariado, permite llevar la política comunista más allá de
sus recortes productivistas, obreristas, masculinizantes, y demasiado
dependientes de las narrativas estadonacionales. El final del El joven
Karl Marx puede ser entendido entonces como un llamado a la actualización
de la idea comunista en un momento oscurantista, de desolación y aislamiento,
con “Like a Rolling Stones” en voz de Dylan [¿Que se siente estar solo y sin
rumbo a casa, como un total desconocido, como una piedra rodante/ave de
paso/trotamundos?] acompañando una secuencia que multiplica el imaginario
histórico del comunismo, desde las usinas inglesas y la guerra de los Boer
hasta Nikita Khrushchev y el muro de Berlín, desde la revolución haitiana hasta
el Mayo global del ’68, el Ché Guevara, Salvador Allende y Nelson Mandela, y
desde las luchas anticoloniales y el crack bursátil del ’29 hasta la crisis
global del neoliberalismo, en la cual aún nos encontramos.
26/11/2018
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Felipe
Lagos Rojas es profesor adjunto de Comunicación
Intercultural en Seattle Central College, Estados Unidos. Autor de
un libro (en prensa) sobre marxismo latinoamericano, y de varios artículos en
esa y otras materias. Doctor en sociología por Goldsmiths, University of
London; sociólogo y magister en estudios latinoamericanos por la Universidad de
Chile. Investigador del International Institute for Philosophy and Social
Studies (IIPSS, Chile-Alemania) y editor general de Pléyade. Revista de
Humanidades y Ciencias Sociales.

