Libro N° 13551. Socialismo Y Ecología. Williams, Raymond.
© Libro N° 13551. Socialismo Y Ecología. Williams, Raymond. Emancipación.
Marzo 1 de 2025
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Socialismo Y Ecología. Raymond Williams
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Socialismo Y Ecología. Raymond Williams
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Raymond Williams
Socialismo Y
Ecología
Raymond Williams
Socialismo Y Ecología
Raymond Williams
Introducción
Algunos
llevamos los últimos años reflexionando sobre el socialismo ecológico, aunque
el concepto sea un poco enrevesado. Sin embargo, en muchos países y a un ritmo
cada vez mayor, se intenta unir dos formas de pensamiento que, evidentemente,
son muy importantes en nuestro presente; pero no se trata de una tarea ni mucho
menos fácil. Hay una serie de cuestiones que debemos abordar, tanto en términos
prácticos para la actualidad como en la forma en la que se han desarrollado los
diferentes corpus de ideas.
Resulta
irónico que el inventor del concepto de ecología fuera el
biólogo alemán Haeckel, en la década de 1860, y que este tuviera una influencia
significativa en el movimiento socialista en toda Europa a principios de este
siglo [el siglo XX, N. del. T.]. De hecho, según Lenin su influencia había sido
enorme, pero no en lo que hoy entendemos por ecología, por mucho
que fuese invención de Haeckel; su obra fue influyente porque se trataba de un
relato materialista del mundo natural y, entre otras cosas, de un relato
fisiológico del alma que encontró su lugar en el encarnizado debate sobre la
relación entre el socialismo y la religión y otros sistemas éticos, un debate
primordial en el movimiento socialista de aquel entonces. De modo que, aunque
en aquella época existía una relación entre cierta versión de la ecología y
cierto problema del socialismo, actualmente no tiene mucha importancia. Sin
embargo, si vamos más allá de dicho término en particular —ecología— y
observamos el tipo de cuestiones que ahora representa de una manera amplia,
podemos encontrar una relación muy complicada a principios del siglo XIX y, en
particular, desde la revolución industrial. Las relaciones de ese tipo de
pensamiento con el pensamiento socialista han sido y siguen siendo importantes,
polémicas y complicadas.
La
revolución industrial
La
revolución industrial sacó a la luz los efectos de la intervención humana en el
mundo natural de tal manera que, aunque al principio eran bastante aislados,
saltaban a la vista de cualquier observador atento. Si digo que «sacó a la luz
los efectos» es porque uno de los errores comunes de aquel periodo ―y de la
actualidad― es el de creer que la interferencia sustancial en el medioambiente
empezó entonces. Sin embargo, las principales industrias extractivas, las
industrias siderúrgica y química y la concentración de la producción en
fábricas ―que trajo consigo problemas de vivienda masificada y polución dado
que hasta ese momento no se habían construido ciudades de esa manera― sí que
tuvieron efectos extraordinarios que aún hoy son imposibles de exagerar. El
mundo estaba cambiando físicamente allí donde hubiera bajo tierra cualquiera de
estos preciados materiales. Como es comprensible, hubo una respuesta
extraordinaria, planteada normalmente en términos de un orden natural que
estaba siendo perturbado por la temeraria intervención humana. Este tipo de
cosas las decían personas de las que no cabría esperar esta reacción, no solo
la gente del campo o gente de la literatura que lo estuviera viendo a cierta
distancia. Uno de los relatos más notables es el de James Nasmyth, el inventor
del martillo pilón, quien se encontraba justo en el centro de los nuevos
procesos industriales. Su descripción de las fundiciones de Coalbrookdale,
hacia 1830, es un texto clásico sobre la devastación ambiental: «Los vapores de
ácido sulfuroso arrojados por las chimeneas habían resecado y acabado con la
hierba; cada objeto herbáceo era de un gris espantoso, el símbolo de la muerte
vegetal en su apariencia más triste. Vulcano había expulsado a Ceres». Los
efectos fueron así de dramáticos. Y los términos en los que se describían
habitualmente se centraban en la idea de que este tipo de intervención
industrial había perturbado y expulsado lo «natural».
Ahora
bien, esta forma de pensar, que aún es poco conocida, sigue siendo una parte
crucial del pensamiento social moderno. Y digo que es poco conocida porque me
sorprendió mucho un fragmento de un interesante artículo de Hans Magnus
Enzensberger sobre las relaciones entre la ecología y el socialismo. Fue el
número 84 de la New Left Review, en 1974. En él trataba de
desarrollar un argumento contra el movimiento ecologista moderno al recordar
que, especialmente «en las minas y fábricas inglesas», la industrialización
«hizo que hace ciento cincuenta años ciudades y regiones rurales enteras fueran
inhabitables», pero que «a nadie se le ocurrió extraer de estos hechos
conclusiones pesimistas sobre el futuro de la industrialización».[1] «Solo hemos empezado a discutir
sobre el medioambiente ―continuaba― cuando los efectos han llegado a los
barrios en los que vivía la burguesía».
Pues
bien, esto es simplemente falso. Desde Blake, Southey y Cobbett, en las
primeras décadas de la industrialización, hasta Dickens y William Morris,
pasando por Carlyle y Ruskin, las observaciones y las argumentaciones de este
tipo fueron constantes. En Cultura y sociedad reflexioné sobre
muchas de estas aportaciones. Sigue siendo curioso que todas estas
observaciones y debates sociales, que surgieron muy pronto en Reino Unido por
la razón obvia de que era aquí donde estaba teniendo lugar la industrialización
más espectacular, a menudo no sean conocidos por los socialistas continentales
más formados, que se construyen entonces una historia de las ideas totalmente
equívoca. Después de todo, fue un observador alemán, Engels, en el Mánchester
de la década de 1840, quien proporcionó uno de los relatos más devastadores ―si
bien no el primero― de las terribles condiciones de vida en las nuevas ciudades
industriales, que estaban creciendo de manera explosiva.
Reacciones
diferentes
Esa
corriente de pensamiento tiene varias tendencias, desde quienes se oponían por
completo a la industrialización, pasando por quienes pretendían mitigar sus
efectos o humanizar sus condiciones, hasta quienes ―y estos eran muchos,
algunos de ellos socialistas― querían modificar sus relaciones sociales y
económicas, pues desde su punto de vista eran lo que más daño causaba. Sin
embargo, hubo sin duda una tendencia muy general a ver la industrialización
como la perturbación de un «orden natural». En las primeras etapas, el orden
preindustrial estaba demasiado cerca en el tiempo como para cometer los errores
de bulto que se cometieron más tarde, cuando sí se llegó a idealizar el orden
preindustrial y se supuso, por ejemplo, que no había habido ninguna intervención
significativa y destructiva en el entorno natural antes de la
industrialización. De hecho, y esto probablemente se remonta al neolítico,
ciertos métodos de cultivo, el pastoreo excesivo o la destrucción de los
bosques han producido desastres físicos naturales a gran escala. Muchos de los
grandes desiertos se crearon o crecieron en esos periodos y hubo muchas
alteraciones climáticas locales. Nunca vamos a comprender estos problemas si
pensamos que las formas específicas de la producción industrial moderna son las
únicas que nos impiden vivir bien y de manera sensata en la Tierra.
Sin
embargo, este énfasis, esta deformación de la historia, tuvo importantes
efectos intelectuales. En sus inicios, en gran parte del movimiento ecologista
—utilizo ese concepto para referirme a todas esas tendencias incluso aunque aún
no se emplease el término ecologista— hubo una propensión
intrínseca a oponer el nocivo orden industrial al orden preindustrial, natural
e inocuo.
Ahora
bien, aunque existen importantes diferencias de grado y aunque algunos de los
nuevos procesos causaron un daño y una destrucción más graves que cualquiera de
los procesos productivos previos, esa oposición es falsa. Es especialmente
importante que los socialistas tengan esto presente, pues nos permite
distinguir la historia real ―y, por lo tanto, un futuro posible― de una versión
muy débil de la causa medioambiental, la cual defiende que deberíamos volver a
salir de la sociedad industrial y dirigirnos al orden preindustrial, que no
causaba este tipo de daño. Tanto en esta falsa oposición entre condiciones
físicas como en su característica omisión de las condiciones sociales y
económicas, este argumento, tan débil como popular, carece de sentido.
Cuando
digo esto debo aclarar que pienso que la economía rural ha sido estafada y
marginada en muchos lugares, pero especialmente en este país [Reino Unido]. Yo
nací y me crie en una economía rural y todavía encuentro en ella lo que más me
importa, pero de nada sirve hablar históricamente como si se pudieran producir
de manera tan simple esa oposición o ese retorno. Buena parte de los peores
daños que se impusieron a la economía rural, tanto a la población como a la
tierra, fueron provocados por la propia economía rural. Para saber acerca de
uno de los casos mejor registrados de este tipo de daños podemos remontarnos a
Tomás Moro y a la expansión del comercio de la lana en el siglo XVI, cuando,
como él mismo decía, las ovejas se comían a los hombres. El pastoreo de ovejas
puede ser hermoso, muy diferente de los «vapores sulfurosos», pero lo cierto es
que en Reino Unido es tan poco natural lo uno como lo otro. Lo que importa es
el efecto total y en lo que realmente debemos centrarnos es en la explotación comercial
incontrolada de la tierra y los animales, que no tiene en cuenta sus efectos
sobre otras personas. Si uno se queda solo con las apariencias físicas, es
probable que pierda de vista las cuestiones sociales y económicas centrales,
que es donde el pensamiento ecológico y el social convergen de manera
necesaria.
Por otra
parte, a la inversa también puede caerse en la simplificación. A partir de
mediados del siglo XIX, y a medida que el socialismo empezaba a distinguirse de
todo un conjunto de movimientos asociados y superpuestos, se tendió a un
enfoque muy distinto: se empezó a afirmar que el problema central de la
sociedad moderna era la pobreza y que la solución a la pobreza consistía en
aumentar la producción. Aunque habría costes relacionados a esta producción,
incluyendo cambios y quizá hasta cierto punto daños al entorno natural más
cercano, estos estaban justificados al ser la pobreza un mal mayor. El problema
de la pobreza se solucionaría con una mayor producción, así como con una
política más específica de transformación de las relaciones sociales y económicas.
Así pues, durante tres o cuatro generaciones los socialistas plantearon, con
contadas excepciones —y dentro del socialismo actual esta sigue siendo la
principal tendencia—, que la producción es una prioridad humana absoluta y que
quienes se oponen a sus efectos son en el mejor de los casos unos
sentimentales, que hablan, además, con mala fe, desde una posición de comodidad
y privilegio, sobre los efectos de la reducción de la pobreza en las vidas de
los demás.
«La
conquista de la naturaleza»
Esto tuvo
un efecto todavía mayor cuando se asoció con esa idea central de la sociedad
del siglo XIX, concentrada en expresiones que aún se pueden escuchar, como «la
conquista de la naturaleza» o «el dominio sobre la naturaleza»; actitudes que
se pueden observar en obras tan antiguas como La Nueva Atlántida,
de Bacon. De hecho, si comparamos la Utopía de Moro y La
Nueva Atlántida, encontramos estas dos posturas opuestas en los comienzos
del debate. La producción científica moderna era lo único que hacía falta para
aumentar la riqueza, disminuir la pobreza y extender el dominio humano sobre la
naturaleza. Estas expresiones las seguimos escuchando, y no solo en el
pensamiento burgués dominante, sino también en la tradición socialista y
marxista de la segunda mitad del siglo XIX. Son incluso ideas clave en la Dialéctica
de la Naturaleza de Engels, aunque llegado a cierto punto él mismo se
dio cuenta de lo que estaba diciendo, de lo que implicaba esta metáfora de
conquista. Porque, por supuesto, estas actitudes de dominio y conquista se
habían asociado desde el principio no solo con el dominio de la tierra o de las
sustancias naturales o con hacer que el agua hiciera lo que uno quisiera, sino
con mover a otras personas de un lado a otro, con ir a dondequiera que hubiera
cosas que uno desease, mediante la subyugación y la conquista. Esa era la
procedencia de las metáforas de la conquista y el dominio; son la justificación
clásica del imperialismo durante esa fase expansiva y dan forma a toda la ética
interna de un capitalismo en expansión: dominar la naturaleza, conquistarla,
desplazarla para hacer con ella lo que uno quiera. Engels siguió ese camino
hasta que repentinamente recordó de dónde venía la metáfora y dijo, con toda
razón: nunca entenderemos este problema si no recordamos que nosotros mismos
somos parte de la naturaleza y que lo que suponen el dominio y la conquista va
a tener un efecto sobre nosotros; no podemos simplemente llegar y marcharnos,
como un conquistador extranjero. Pero incluso a pesar de haberse dado cuenta de
esto, acabó dando marcha atrás debido a la influencia de aquel fortísimo
triunfalismo del siglo XIX sobre la naturaleza y volvió a utilizar esas
metáforas. Todavía hoy se pueden leer razonamientos triunfalistas acerca de la
producción. Quizá un poco menos seguros de sí mismos, pero si leemos una
defensa típica del socialismo, en su forma habitual de entreguerras dentro de
la tendencia dominante, todo se plantea en términos de dominio de la
naturaleza, establecimiento de nuevos horizontes humanos, generación de
abundancia como respuesta a la pobreza.
Tenemos
que tomarnos en serio esa postura. Es una postura con mucho peso y existe mucha
hipocresía y muchas posiciones falsas que hay que erradicar si queremos un
debate serio y honesto sobre el socialismo y la ecología en nuestros días. Pero
bajo el hechizo de las nociones de conquista y dominio, con su mística en torno
a la superación de todos los obstáculos, a que no existe nada tan grande que el
ser humano no lo pueda abordar, el socialismo dejó de hecho de poner el foco
sobre el asunto principal. No se fijó realmente en lo que estaba ocurriendo a
la vista de todo el mundo en las sociedades más desarrolladas y civilizadas del
planeta, en lo que estaba ocurriendo en Inglaterra, este país industrial
avanzado y rico que todavía estaba lleno de pobreza y de un caos y una miseria
increíbles. Porque decir que si se produce más estas cosas se van a arreglar
por sí solas es una respuesta capitalista al problema. El argumento socialista
fundamental es que la riqueza y la pobreza, el orden y el desorden, la producción
y el daño, son partes del mismo proceso. En cualquier relato honesto se puede
ver que están conectadas y que si se hace más de unas no significa
necesariamente que se vaya a tener menos de las otras.
Siempre
se ha planteado esa reflexión fundamental dentro del socialismo; no ha habido
ninguna generación en la que alguien no lo plantease de manera convencida. Sin
embargo, bajo la influencia capitalista e imperialista, y especialmente desde
1945 y bajo la influencia estadounidense, la posición mayoritaria entre los
socialistas ha sido la de que la respuesta a la pobreza, la única respuesta y
con la cual bastaría, es la del aumento la producción. Esto ha sido así a pesar
de que un siglo y medio de crecimiento dramático de la producción, aunque ha
transformado y en general ha mejorado nuestras condiciones, no ha abolido la
pobreza e incluso ha creado nuevos tipos de pobreza, de la misma manera que
ciertos modos de desarrollo generan subdesarrollo en otras sociedades. Para los
socialistas este es ahora el asunto principal.
William
Morris
Fue
William Morris quien comenzó a unir estas tradiciones distintas dentro del
pensamiento social británico. Sobre todo al final de su vida, este escritor
socialista —de hecho socialista revolucionario— fue profundamente consciente,
desde la práctica directa, el uso de sus propias manos y la observación de los
procesos naturales, de lo que realmente significa el trabajo con los objetos
físicos. Sabía que se puede producir fealdad con la misma facilidad con la que
se puede crear belleza. Y que se puede producir lo inútil o lo dañino con la
misma facilidad que lo útil. Morris fue capaz de ver cuántos tipos de trabajo
parecían específicamente diseñados para crear fealdad y hacer daño, tanto en su
realización como en su uso y pensó en ello no solo de una manera general, sino
también desde su propia práctica como artesano. Su crítica de la idea abstracta
de producción fue una de las intervenciones más decisivas en el debate
socialista. En lugar de seguir la simple contabilidad capitalista de la
producción, empezó a hacer preguntas sobre el tipo de producción. En esto, de
hecho, estaba siguiendo a Ruskin, quien defendió casi lo mismo e insistió en
que la producción humana, si se guiaba por la ganancia o la conveniencia, en
lugar de por estándares humanos generales, podría conducir a la «Miseria» [«Illth»]
tan fácilmente como a la «Riqueza» [«Wealth»]. Pero Ruskin carecía de la
orientación explícitamente socialista de Morris.
Morris
dijo: «No tengas en casa nada que no sepas que es útil o que no consideres
bello». Parece una recomendación trivial, pero va al corazón del problema y si
nos la tomásemos en serio, aún hoy, nos conduciría a hacer una limpieza
bastante extraordinaria, y no solo en casa. Supongamos que decimos: «No tengan
en sus tiendas nada más que lo que consideren bello o que sepan que es útil».
Se trata de un criterio de producción que, en lugar de ser un simple cálculo
cuantitativo, relaciona la producción con las necesidades humanas. Además, ve
la necesidad humana como algo más que el consumo, una idea increíblemente
popular en nuestro tiempo y a la cual, desde el dominio del marketing y
la publicidad capitalistas, se trata de reducir toda necesidad y deseo humanos.
Es una palabra extraordinaria: consumidor. Es una forma de ver a
las personas como si fueran hornos o estómagos. «¿Y cómo afectará esto al
consumidor?», se preguntan los políticos. El consumidor debe de ser entonces
una variedad de ser humano muy particular: sin cerebro, sin ojos, sin sentidos,
pero capaz de tragar. Además, si se tiene una noción de la producción que
consiste en asegurar ese tipo de consumo, solo se va a poder pensar en términos
cuantitativos, nunca va a haber un momento para preguntarse: «¿Tenemos que
aceptar ciertos costes y daños locales porque necesitamos producir esto?». No
cabe preguntarse si necesitamos producir esto o aquello por necesidad o por
belleza. La producción se convierte así, de forma imperceptible, en un fin en
sí mismo, como en el pensamiento capitalista ordinario, pero también dentro de
esta corriente de pensamiento socialista —el pensamiento socialista débil— en
la que se la considera valiosa por sí misma y, como tal, la respuesta a la
pobreza.
Así pues,
cuando Morris reunió estas cuestiones e hizo campaña sobre tantos temas, estaba
enlazando dos tradiciones de pensamiento diferentes y de la forma en que se
debería haber hecho antes, de una manera en la que se debería haber seguido
haciendo después de él y que debería ser aún más clara y más fuerte de lo que
lo es hoy en día. Sin embargo, una de las razones por las que no se continuó
reforzando ese vínculo inmediatamente después de la época de Morris es que él
también fue víctima de esa ilusión que antes decía que estuvo tan extendida a
principios de siglo; me refiero a la ilusión de que antes de la producción
fabril, antes de la producción industrial y mecánica, había habido un orden
natural, limpio y sencillo. Para Morris, igual que para muchos otros radicales
y socialistas del siglo XIX, este orden se ubicaba en la Edad Media. Así, se
estableció profundamente en su pensamiento la idea de que el futuro, un futuro
socialista, sería una especie de reconstitución del mundo medieval, aunque ello
le causase siempre cierta preocupación. Admitía que si una máquina nos podía
evitar el trabajo tedioso para que pudiéramos dedicar nuestro tiempo a otras
cosas, entonces deberíamos usarla. Pero la tendencia principal fue siempre la
de reconstituir un orden social simple de campesinos y artesanos.
Creo que
no hace falta decir que este tipo de razonamiento aún está muy extendido dentro
del movimiento ecologista. Todavía muchas personas honestas lo ven como la
única forma de salvar el mundo; otras lo perciben como algo que ellas mismas
preferirían hacer: salir de la sociedad industrial moderna y tomar un camino
diferente que resulte más satisfactorio. Incluso es considerado —y esto es más
difícil de defender, aunque moralmente puede que tenga más fuerza— como un
futuro posible para los países aún densamente poblados.
Sin
embargo, para cualquier otra persona Morris parece fácil de despreciar, porque
en ese mundo que imaginó para el siglo XXI tras la revolución socialista de
1952 (no hace falta que mencione que la predicción de la fecha no fue del todo
acertada), en ese mundo del siglo XXI hay un Londres limpio y pequeño en el que
más o menos todo transcurre de manera fácil y natural. Si te apetece hacer
algo, lo haces, porque en cualquier caso hay suficiente para todo el mundo. Sin
embargo, toda aquella abundancia proviene de algún lugar que misteriosamente
permanece fuera de foco. Al volver a la orilla del río solo se ve belleza, la
sensibilidad de la amistad y la camaradería. Una sensación de ocio, amplitud y
paz lo impregna todo; parece que se pudieran desarrollar y fomentar todos los
valores humanos. Pero eso es todo. Es un mundo pequeño, agradable, espacioso y
limpio, donde los problemas de la producción no solo no se han planteado, como
en aquella ineludible intervención previa —«no me digas que esto hace falta para
la producción; dime producción para qué y quién la requiere»—, sino que ahora,
en tanto que problemas de producción, de sustento humano, han sido
apartados de nuestra vista. En realidad, Morris acertó al señalar hacia el
final de su vida que probablemente esa había sido su manera de pensar e
imaginar porque él mismo había sido rico de nacimiento y porque siempre había
podido ―dado que era un maravilloso artesano― ganarse la vida haciendo un
trabajo gratificante que otras personas querían que hiciera. Los ricos eran, en
fin, los únicos clientes que podían permitirse comprar artesanías de esa
calidad. Morris afirmó que todo ello seguramente había influido en su punto de
vista.
Bueno, de
hecho así fue, y se trata de una confesión honesta. Es uno de los enredos que
tenemos que resolver. La asociación de esa noción de simplificación deliberada,
incluso de retorno, con la idea de una solución socialista a la fealdad, la
miseria y el derroche de la sociedad capitalista ha sido muy perjudicial. En
realidad solo conduce a una serie de soluciones individuales y de pequeños
grupos, como el movimiento de artes y oficios, o personas como Edward
Carpenter, y a toda un conjunto de personas buenas, sencillas, honestas y
respetables que han encontrado esta forma de lidiar con el siglo xx y de
sobrevivir a él sin perjudicar a nadie y ayudando a mucha gente. Pero en
general han fomentado la idea de que de alguna manera esto resolvería el
problema de todo el orden social, cancelando de forma efectiva todas las demás
cosas que habían sucedido. Y si se asocia eso con cierto tipo de socialismo, es
esperable que la gente diga: «Bueno, mira, el mundo del siglo xx no es así.
Hemos avanzado demasiado, somos demasiados. Los problemas que tenemos tienen
que ser resueltos desde un punto de vista moderno o no se van a resolver
nunca».
Esa es mi
postura, a pesar de todo el respeto que tengo por Morris y por el resto. Es
desde este punto de vista desde el que reconozco la importancia del movimiento
ecologista en nuestra propia época, que todavía hace avances necesarios,
especialmente entre las personas jóvenes más inteligentes, y, sin embargo,
también veo las reticencias del movimiento para reflexionar en toda su
complejidad sobre su verdadera y compleja relación con el socialismo.
Señalemos
en primer lugar que buena parte de la ecología más generalizada es, por decirlo
así, «apolítica». Se trata de una postura bastante común hoy en día entre
muchas personas respetables: que la política es un asunto superficial, que no
va más allá de las pugnas entre partidos rivales, la vieja balanza entre
izquierda y derecha que, al fin y al cabo, tan solo reconstituye el mismo orden
antiguo, nocivo y aburrido. «Tenemos que atacar ―dicen― desde otro ángulo y no
queremos tener nada que ver con lo que ustedes llaman política; abordamos los
problemas sociales a un nivel más profundo». Esta es una postura respetable.
Pero no es apropiada, aunque solo sea porque, como todo el mundo sabe, la «no
política» es también política y no tener una postura política es una forma de
tenerla, a menudo muy efectiva. Lo que sucede en la práctica es que surge una
especie de movimiento (esto es particularmente notable en algunos países,
especialmente en Estados Unidos) que busca soluciones a través de pequeños
grupos o soluciones individuales, a escala familiar, y que se basan en que la
gente pueda empezar a vivir de una manera diferente de manera inmediata. Esta
es, en mi opinión, la posición más sostenible desde un punto de vista
intelectual.
La
cuestión cambia mucho cuando uno presta atención al ecologismo apolítico más
extendido, en el que un grupo de personas, a menudo muy informadas, bien
capacitadas para hablar de lo que están hablando —el problema de la
alimentación en relación con el crecimiento de la población, los problemas
energéticos, de la contaminación industrial o los de la energía nuclear—, que
publican manifiestos y advertencias, normalmente dirigidos a los líderes
mundiales y diciendo que se deben diseñar planes de choque de modo inmediato,
que en los próximos cinco años tenemos que reducir el consumo de energía en un
tanto por ciento, que se deben prohibir ciertos procesos de producción
perjudiciales, etcétera. Estas son listas de objetivos que yo firmaría sin
dudarlo y que firmaríamos la mayoría de nosotros. Pero el carácter especial de
estos informes y comunicados se revela cuando uno se fija en a quién van
dirigidos. Si se ha llegado a tales conclusiones, ¿a quién puede uno dirigirse?
Es razonable que se dirijan a una opinión pública específica, porque así las
personas que necesitan conocer los problemas y preocuparse por ellos reciben
información y motivos para el cambio. Pero normalmente no se hace eso. Lo
habitual es que este enfoque apolítico se dirija a la opinión pública general o
al «mundo». Pero en este último caso, están pidiendo que reviertan sus propios
procesos a los líderes de los mismos órdenes sociales que han producido esta
devastación. Les piden que vayan en contra de los intereses y relaciones
sociales que han construido su liderazgo. Además, en un momento dado, aunque
los informes y comunicados sean realmente honestos e importantes, su posición
política puede tener peores resultados que un error inocente, porque crea y
sostiene la idea de que los líderes pueden resolver estos problemas por sí
mismos. Por supuesto que los líderes pueden contestar inmediatamente: «Sí,
bueno, nos encantaría haceros caso y reducir severamente ciertos tipos de
producción nociva, pero entre el electorado eso no sería popular. Nos encantaría
hacerlo, ¿pero quién iba a votar a favor de ello?». Esto es al menos lo que la
clase dominante más ilustrada dice cuando está bajo presión: sería impopular,
sería demasiado difícil de hacer. A la vez, mientras tanto, la clase con un
dominio realmente efectivo desecha este problema como si fuera una bobería
sentimental que simplemente limita o frena la producción y la pujanza
nacionales.
Llegados
a este punto, no basta con seguir lanzando estas advertencias generales, que a
medida que se multiplican (me preocupan las fechas, ya que algunos de los
planes de choque a cinco años que han sido propuestos ya tienen por lo menos
veinte años) enfocan el problema de forma bastante equivocada. No me estoy
burlando de quienes han sido derrotados, porque todo el mundo en la izquierda
ha sido derrotado, a todos nos han derrotado. No estoy criticando estos
pronunciamientos porque no hayan tenido éxito. Solo digo que debemos mirar
hasta dónde llega realmente el movimiento cuando hace esas interpelaciones a
los líderes mundiales o a la opinión pública en general. Porque los hechos
dicen, tal y como yo lo veo, que los cambios necesarios implican de hecho alteraciones
sociales y económicas de gran importancia que irían más allá de unos meros
cambios. En mi opinión, cualquier programa serio de ahorro y gestión de
recursos y, sobre todo, de disminución radical de la pobreza en las partes más
pobres del mundo provocaría grandes perturbaciones. Este no es un argumento en
contra de dichos programas, pero, si estoy en lo cierto, esto lo debemos decir
abiertamente y ver con qué fuerzas reales podemos contar para apoyarlos. Y aquí
es donde volvemos a la relación con el socialismo, que considero crucial.
Alternativas
socialistas
Miremos
primero a los países industrializados, que, de alguna manera, ignorando las
cuestiones sobre las que la ecología llama ahora la atención, se han
enriquecido y, a pesar de las desigualdades que aún existen dentro de sus
sociedades, han producido tipos de trabajo, niveles de vida y usos habituales
de los recursos, que evidentemente las personas dan por hechos y esperan hoy en
día. Todo esto solo puede desaparecer a través de una negociación socialmente
justa. Nunca se puede eliminar con discusiones o conversiones, se trata de
cambios que se han de negociar cuidadosamente. Es inútil decir simplemente a
los mineros del sur de Gales que todo lo que les rodea es un desastre
ecológico. Ya lo saben. Viven en él. Han vivido en él durante generaciones. Lo
llevan en los pulmones. Ahora sucede que el carbón podría ser una de las
alternativas energéticas más deseables,[2] aunque los costes de ese tipo de
minería nunca puedan ser olvidados. Pero no se puede decir a quienes han
dedicado sus vidas y sus comunidades a ciertos tipos de producción que todo
esto tiene que cambiar. No se puede decir sin más: «Dejen esas industrias
dañinas, salgan de esas industrias peligrosas, hagamos algo mejor». Todo tendrá
que negociarse, negociarse de manera justa y equitativa, y tendrá que llevarse
a cabo de manera constante durante un largo tiempo. De lo contrario, como en
demasiados conflictos medioambientales y de planificación en este país —por
ejemplo, en un nuevo aeropuerto o en un nuevo desarrollo industrial en una
región que antes no era industrial—, se verá que hay un grupo medioambiental de
clase media que protesta contra los daños y que hay un grupo sindical que apoya
la llegada de nuevos trabajos. Para los socialistas, se trata un tipo de
conflicto terrible en el que verse involucrado. Porque si cada grupo no escucha
realmente lo que el otro dice, se dará un conflicto estéril que pospondrá
cualquier solución real, en un momento en el que ni siquiera está claro que
quede tiempo para cualquier tipo de solución.
Creo que
solo los socialistas pueden conseguir la unión necesaria. Porque no vamos a ser
los que simplemente digan —al menos, eso espero— «mantén este lugar limpio,
mantén esta especie amenazada viva, a toda costa». El caso de una especie
amenazada es un buen ejemplo general. Se puede tener un tipo de animal que es
perjudicial para el cultivo local, y entonces ocurre el tipo de problema que se
produce una y otra vez en las cuestiones medioambientales. Las eminencias del
mundo vendrán volando y dirán: «Debes salvar a esta hermosa criatura salvaje».
Que pueda matar a los aldeanos de vez en cuando, que pisotee sus cosechas, es
mala suerte. Pero es una criatura hermosa y debe ser salvada. Estas personas no
son amigas de nadie, y pensar que son aliadas del movimiento ecologista es una
alucinación extraordinaria. Es como el industrial o banquero con una casa de
campo en Reino Unido, que a menudo apoya ocasionalmente el medioambiente o lo
que él llama «nuestras tradiciones», que durante la semana gana dinero del derroche
y la ruina, y luego —porque es algo típicamente inglés— se cambia de ropa y se
va al campo el fin de semana; se siente renovado espiritualmente por este
lugar, que está muy ansioso por mantener intacto, hasta que puede regresar,
renovado, a volver a producir humo y suciedad, que son precisamente lo que
permite sus escapadas de fin de semana. No creo que vaya a suceder, porque hay
demasiada gente que viene del otro lado, pero si ese es el tipo de
planteamiento que van a hacer los ecologistas, entonces espero que los
socialistas estén en contra, porque es el tipo de situación en la que no
tenemos nada que ganar.
El hecho
de los límites materiales
Por otra
parte, está perfectamente claro que a cierto nivel, en las principales
cuestiones ecológicas no se trata realmente de una cuestión de elegir. Este es
el argumento que los socialistas pueden empezar a poner sobre la mesa: el hecho
de que podamos seguir con ciertos patrones y condiciones de producción
existentes, con todo el saqueo de los recursos de la tierra y con todo el daño
infligido a la vida y la salud, no es algo que podamos elegir. O incluso cuando
su uso no sea perjudicial, sabemos con seguridad que muchos de los recursos se
van a acabar agotando si se siguen empleando a los niveles actuales. Esta es la
cuestión que cualquier socialista debería asumir: existen unos límites
materiales reales para el modo de producción existente y a las condiciones
sociales que produce.
Uno de
los inconvenientes de la ecología más difundida es que ha sido muy libre en las
proyecciones sobre cuándo ocurrirán estos límites y fracasos. La realidad es —y
todo trabajador honesto en el campo lo sabe— que la mayoría de las proyecciones
son, en el mejor de los casos, hipótesis. Pero son hipótesis serias. La idea de
que existe algún límite, al que llegaremos en algún momento, es, supongo,
incuestionable. Y si esto es así, entonces, incluso en el nivel material más
simple, la idea de una expansión indefinida de ciertos tipos de producción,
pero incluso más de ciertos tipos de consumo, va a tener que ser abandonada. Es
interesante recordar que apenas han pasado diez años desde que oíamos
proyecciones sobre la familia con dos coches en 1982 y de la familia con tres
coches en 1988. Dios sabe cuántos coches podría haber tenido una familia,
siguiendo esas líneas de extrapolación, en el año 2000. ¡Ahora ya sabemos la
respuesta! La idea de que el consumo de electricidad per cápita de la familia
norteamericana típica podría convertirse en el estándar de nivel de vida para
el mundo —o al menos para el mundo industrializado— ahora ya se ve que era una
fantasía. Es este tipo de cálculo racional, a partir de la mejor información y
teniendo en cuenta las tendencias, lo que evidencia el hecho de los límites
materiales, y que ahora debería obligar a nuestras sociedades a reflexionar
sobre sí mismas de forma más profunda que nunca.
Es aquí
donde el socialismo genuino puede hacer una conexión contemporánea con los
cálculos racionales de la ecología. Tenemos que basarnos en el argumento
socialista de que el crecimiento productivo, como tal, no implica la abolición
de la pobreza. Lo que importa, siempre, es la forma en que se organiza la
producción, la forma en que se distribuyen los productos. También importa, y
ahora de forma crucial, la forma en que se deciden las prioridades entre las
diferentes formas de producción. Y son entonces las relaciones sociales y
económicas entre personas y entre clases, que surgen de tales decisiones, las
que determinan si una mayor producción reducirá o eliminará la pobreza o
simplemente creará nuevos tipos de pobreza, así como nuevos tipos de daños y destrucción.
En ese
contexto, la cuestión trasciende lo nacional, aunque es un componente muy
importante de una redefinición del socialismo dentro de países como el nuestro.
Siempre ha sido un debate recurrente dentro del Partido Laborista,
especialmente desde 1945: unos defienden que para conseguir la igualdad, y lo
que normalmente se conoce como «las cosas que todos queremos» —las escuelas y
los hospitales suelen ocupar los primeros puestos de la lista— primero hemos de
tener una economía en condiciones, producir lo suficiente, ampliar el pastel
nacional, etc.; otros defienden que la igualdad y priorizar la satisfacción de
las necesidades humanas requieren, como primera y necesaria condición, cambios
fundamentales en nuestras instituciones y relaciones sociales y económicas.
Creo que hoy en día tenemos que considerar este debate zanjado. La postura
habitual del «pastel nacional», la opción política blanda, se basa en la
falacia, demostrada al resto del mundo por Estados Unidos —y ninguna sociedad
va a ser nunca relativamente más rica en producción bruta indiscriminada—, de
que al llegar a un cierto nivel de producción se resuelven automáticamente los
problemas de pobreza y desigualdad. ¡Atrévase a decir eso en los barrios bajos
y las zonas marginales de la América rica! Todos los socialistas se ven
entonces obligados a reconocer que tenemos que intervenir a partir de unos
principios muy diferentes. Tenemos que decir, como lo hizo Tawney hace sesenta
años, que ninguna sociedad es demasiado pobre para permitirse un orden de vida
adecuado. Y ninguna sociedad es tan rica que pueda permitirse el lujo de
prescindir de un orden adecuado, o esperar conseguirlo simplemente haciéndose
rica. Esta es, en mi opinión, la posición socialista básica. Nunca podremos
aceptar las supuestas soluciones a nuestros problemas sociales y económicos que
se basan en los habituales programas de choque de producción
indiscriminada, después de los cuales obtendremos «las cosas
que todos queremos». Debido a la forma en la que producimos, y la forma en que
organizamos la producción y sus prioridades —incluyendo, sobre todo, la
prioridad del beneficio, inherente al capitalismo— creamos
relaciones sociales que después determinan cómo distribuimos la producción y
cómo vive realmente la gente.
Norte y
Sur
Esto
ocurre a nivel nacional. Pero es todavía más cierto a nivel internacional.
Porque no podemos evitar percibir —y los pueblos de las regiones más pobres del
mundo lo hacen cada vez más— que la economía mundial está organizada y dominada
por los intereses de los patrones de producción y consumo de los países
altamente industrializados, que también son en un sentido estricto, en toda su
diversidad de formas políticas, las potencias imperialistas. Esto se observa de
forma más dramática actualmente en el caso del petróleo. Pero también en una
amplia gama de metales necesarios, de ciertos minerales de importancia
estratégica y, en algunos casos, incluso en los alimentos. Podría decirse, con
mucha razón, que las cuestiones centrales de la historia mundial durante los
próximos veinte o treinta años serán la distribución y el uso de estos
recursos, que son a la vez necesarios para un modelo contemporáneo de vida
humana, pero que también son desigualmente necesarios en la actual distribución
del poder económico. Las luchas por la producción y el precio del petróleo y de
otros productos básicos ya determinan no solo el funcionamiento de la economía
mundial, sino también las relaciones políticas clave entre los Estados.
Aquí es
donde pueden entrelazarse el problema de un programa económico socialista
reformulado y práctico en los viejos países industrializados como Reino Unido,
y los problemas en rápido desarrollo de la economía mundial. Porque se puede
esperar —aunque esta forma de expresarlo es dudosa, pues nadie que haya tomado
verdadera conciencia del problema podría esperarlo [matiz difícil de traducir
provocado por el doble sentido de la expresión «look forward to»,
N. del T.]— anticipar una situación en la que la escasez de ciertas materias
primas y productos básicos clave, necesarios para mantener los patrones de
producción y los altos niveles de consumo existentes, creará tales tensiones
dentro de las sociedades acostumbradas a estos patrones que podrían en su mayoría
estar dispuestas a recurrir a todo tipo de presiones —no solo políticas y
submilitares, sino abiertamente militares— para asegurar lo que ven como los
suministros necesarios para el mantenimiento de su estilo de vida. Esta ya es
una corriente de opinión peligrosa en los Estados Unidos. Todos podemos ver, a
medida que se producen escaseces o aumentan los costes, el peligro de que esto
ocurra. Es posible también que sectores amplios de la opinión pública tomen
como enemigos a los países pobres a los que se ha asignado el papel de
suministrar las materias primas, el petróleo, toda la gama de productos
básicos, a precios que sean convenientes para el funcionamiento, en sus formas
establecidas, de las economías industriales más antiguas.
Existen
otras amenazas de guerra, en la rivalidad y la carrera armamentista entre las
superpotencias y en la miseria del comercio internacional de armas. De hecho,
incluso ahí, las cuestiones económicas están profundamente implicadas en las
rivalidades políticas y militares. Pero, en términos más generales, existe la
certeza casi absoluta de que el conflicto por los recursos escasos y sus
precios se están convirtiendo en un intento de dominar la economía mundial por
otras vías. Este proceso lo iniciarán las sociedades industriales avanzadas
que, por la naturaleza de su desarrollo, disponen de las armas de guerra y
sometimiento/dominación tecnológicamente desarrolladas, incluidas las armas
nucleares, que es donde ahora confluyen todas las cuestiones. Así que esta es
una respuesta cuando la gente pregunte: ¿cómo vamos a defender un uso sensato
de los recursos dentro de nuestro tipo de sociedad y economía, cuando esto
implicará cambios —en algunos casos reducciones— en los patrones de uso
existentes? ¿Cómo vamos a persuadir a la gente para que acepte esto? Es algo
que va tanto en contra de sus propios intereses que, como programa político, ni
siquiera es capaz de arrancar. Bien, ya hemos examinado las otras maneras de
enfrentarnos al hecho de que existen límites materiales a los tipos de
producción y consumo en los que nos hemos especializado. También está el
argumento, que está obteniendo un apoyo significativo, del desarrollo de otros
tipos de producción, en particular el renovado interés en la agricultura y la silvicultura,
nuevas formas de producción de energía y de transporte, y diversos tipos de
trabajo más local, sin explotación, renovable y que produzca bienes duraderos,
no obsolescentes. Pero está claro que por muy fuerte que se desarrolle esta
corriente alternativa, no será suficiente, en lo inmediato, para resolver los
problemas del conjunto de la economía. Y luego vendrá el momento de crisis,
cuando haya un desafío profundo a los estilos de vida existentes. El problema
de los recursos —el punto álgido sobre todo el modo de producción capitalista
existente— se convertirá en la clave de la guerra o de la paz.
Este
problema se presentará, mediante todos los poderosos recursos de los medios de
comunicación modernos, como un problema de extranjeros hostiles que se están
interponiendo entre nosotros y los suministros que necesitamos. Se movilizará
la opinión pública para lo que se llamará «mantenimiento de la paz»: guerras,
redadas y agresivas intervenciones para asegurar los suministros o para
mantener bajos los precios.
La
ecología y el movimiento por la paz
Por lo
tanto, que se mantengan los patrones existentes de consumo desigual de los
recursos de la Tierra nos llevará inevitablemente a varios tipos de guerra, de
diferentes escalas y magnitudes. Así, la necesidad de cambiar nuestro modo de
vida actual debe argumentarse no solo en términos de daños locales o desechos o
contaminación, sino planteándonos si tendremos la posibilidad de paz y
relaciones internacionales amistosas, o la casi certeza de guerras
destructivas, todo porque no estamos dispuestos a acabar con las desigualdades
de la economía mundial actual.
Si se
plantea la cuestión de esta forma, si somos capaces de ver claramente lo que en
realidad implica un estilo de vida, deberíamos poder llegar a más gente con el
argumento de que un componente crucial de cualquier definición racional de un
estilo de vida es el mantenimiento de la paz. De las muchas causas de la
guerra, esta es la que me parece que será central en el próximo medio siglo.
Por lo tanto, la relación con agendas políticas más amplias, que debe ser el
objetivo de cualquiera que se preocupe seriamente por los problemas
medioambientales, nos la da, en cierto sentido, la propia naturaleza del
argumento. Podemos relacionar adecuadamente el argumento sobre los recursos,
sobre su distribución equitativa y su renovación cuidadosa, con el argumento sobre
la necesidad de evitar la guerra. Irónicamente, aquí, podríamos encontrar
aliados insospechados entre los partidarios más ingenuos de la sociedad de
consumo, ya que, por supuesto, ese consumo feliz e irreflexivo depende de la
producción pacífica, sin grandes interrupciones, o sin que se dé prioridad al
rearme y al estado militarizado. Incluso podría argumentarse a favor del
mantenimiento de la paz basándonos en algunos de los hábitos y supuestos más
profundos de una sociedad de consumo, porque nadie querría que estos se
interrumpieran. Sin embargo, podría suceder, por una especie de inercia. Cuanto
más se abstrae el consumo de todos los procesos reales del mundo, más probable
es que nos encontremos en estas peligrosas situaciones de guerra y preguerra.
Todos los atractivos del consumo deseable podrían empujarnos, de manera
contradictoria, hacia la guerra, hacia un chovinismo de los viejos países
ricos, hacia campañas contra los líderes de los movimientos y pueblos de los
países pobres que se esfuerzan por corregir estas enormes e imperdonables
desigualdades.
Una nueva
política
Para
cualquier ecologista esto es un reto especialmente complicado. Es demasiado
fácil decir, en el rico norte industrial, que hemos tenido nuestra revolución
industrial, nuestro desarrollo industrial y urbano avanzado, incluidos algunos
de sus efectos indeseables, por lo que estamos en condiciones de advertir a los
países pobres de que no sigan el mismo camino. En efecto, tenemos que intentar
compartir toda nuestra experiencia de producción indiscriminada. Pero debemos
hacerlo de buena fe, lo que no suele ocurrir. No debe convertirse en un
argumento para mantener a los países pobres en un estado de subdesarrollo
radical, con sus economías estructuradas para seguir abasteciendo a los países
ricos que ya existen. No debe convertirse en un argumento contra el tipo de
industrialización sensata que les permitirá, de manera más equilibrada,
utilizar y desarrollar sus propios recursos y superar sus problemas, a menudo
terribles, de pobreza. La argumentación, en fin, tiene que hacerse desde una
intención genuina de compartir nuestra experiencia y desde una profunda
creencia en la igualdad humana, y no desde los prejuicios explícitos o
implícitos, que son más peligrosos, de las sociedades desarrolladas del norte.
Uniendo
estos temas, pues, podemos ver que en términos locales, nacionales e
internacionales ya hay planteamientos que pueden convertirse en los elementos
de un socialismo ecológicamente consciente. Podemos empezar a pensar en un
nuevo tipo de análisis social en el que la ecología y la economía se
conviertan, como siempre deberían haber sido, en una sola ciencia. Podemos
bosquejar las orientaciones políticas que se puedan relacionar con las
realidades materiales de maneras que aportan esperanza práctica de un futuro
compartido.
Pero nada
de esto va a ser fácil. Serán necesarios cambios profundos en nuestros sistemas
de valores. No solo entre las élites de poder existentes y las clases ricas del
mundo, lo que sería una postura tan cómoda como imposible, sino en todos
nosotros, que ya estamos inmersos en esto. Estamos condenados a enfrentarnos a
la habitual reticencia humana al cambio, y debemos aceptar el hecho de que los
cambios serán muy considerables y que tendrán que ser negociados en lugar de
impuestos. Pero la causa por un nuevo tipo de socialismo internacional,
ilustrado y consciente de los problemas materiales tiene mucho potencial, y
creo que ahora estamos en el principio —el difícil principio de las
negociaciones— de la construcción de un nuevo tipo de política a partir de
ella.
27/01/2020
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Fuente:https://contraeldiluvio.es/
Este
texto, que publicamos gracias a un acuerdo con Verso Books,
apareció originalmente en la revista Socialist Environment and
Resources Associated en 1982 y posteriormente fue incluido en el
volumen recopilatorio de Raymond Williams, Resources of Hope. Culture,
Democracy, Socialism, Londres, Verso Books, 1989.
RAYMOND
WILLIAMS (1921-1988) fue un pensador y ensayista galés reconocido por obras
tan importantes como Cultura y sociedad, Marxismo y
literatura o El campo y la ciudad.
El cuadro
que acompaña al texto es «Jonsokbål» (circa 1915), del pintor noruego Nikolai
Astrup.
[1] Hans Magnus Enzensberger, «Para una crítica
de la ecología política», en New Left Review, 84, marzo-abril de
1974, pp. 3-31 [trad. en Para una crítica de la ecología política,
Barcelona, Anagrama, 1974].
[2] Es obvio que esta idea ha quedado desfasada
con el paso del tiempo y actualmente resulta insostenible [N. de los E.].

