Libro N° 13550. Ciudadanía En Tiempos Del Capital. Una Crítica Desde La Tradición Marxiana. Vidal-Molina, Paula y Vargas-Muñoz, Roberto
© Libro N° 13550. Ciudadanía En Tiempos Del
Capital. Una Crítica Desde La Tradición Marxiana. Vidal-Molina, Paula y
Vargas-Muñoz, Roberto. Emancipación. Febrero 22 de 2025
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CIUDADANÍA EN TIEMPOS DEL CAPITAL. Una Crítica Desde La Tradición
Marxiana. Paula Vidal-Molina y Roberto Vargas-Muñoz
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Ciudadanía En Tiempos Del Capital. Una Crítica Desde La Tradición Marxiana.
Paula Vidal-Molina y Roberto Vargas-Muñoz
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CIUDADANÍA EN TIEMPOS DEL CAPITAL
Una Crítica Desde La Tradición Marxiana
Paula Vidal-Molina
Roberto Vargas-Muñoz
CIUDADANÍA EN TIEMPOS DEL CAPITAL
Una Crítica Desde La Tradición Marxiana
Paula Vidal-Molina
Roberto Vargas-Muñoz
Ciudadanía en tiempos del Capital.
Una
crítica desde la tradición marxiana
Citizenship
in Times of Capital.
A
Critique from the Marxian Tradition
Paula
Vidal-Molina
Universidad
de Chile, Chile, pvidal@u.uchile.cl
Roberto
Vargas-Muñoz
Universidad
Alberto Hurtado, Chile, robertovmu@gmail.com
Abstract: This
article offers an analysis of the notion of liberal-Marshallian citizenship in
the light of the impact that neoliberalization processes have. We describe an
approach to the hypothesis that neoliberalism does not allow the realization of
the notion of Liberal-Marshallian citizenship due to the dispossession of
social rights, indebtedness and growing precariousness of work, and wealth
concentration. For that, it addresses two levels of analysis: a conceptual one,
about the notion of citizenship, focused on the liberal idea; and, a second,
which identifies the determinations of contemporary dependent capitalism and
the limits of the kind of citizenship that can be built within those parameters
in a neoliberal context. Methodologically, the article tries to develop a
heuristic interpretation of the work of several authors, as primary and
secondary sources.
Key
words: citizenship, liberalism, capitalism, neoliberalism, Marx.
Resumen: El
artículo se propone indagar en la noción de ciudadanía liberal-marshalliana a
la luz del impacto que tienen los procesos de neoliberalización en curso. Los
hallazgos dan cuenta de que no se permite realizar la noción de ciudadanía,
producto de los procesos de desposesión de derechos sociales, el endeudamiento
y la creciente precarización del trabajo y la concentración de la riqueza. Para
ello, aborda dos niveles de análisis: uno de orden conceptual acerca del
concepto de ciudadanía, centrándose en la noción liberal, y un segundo nivel,
que identifica las determinaciones del capitalismo dependiente contemporáneo y
los límites del tipo de ciudadanía que es posible construir bajo esos
parámetros en el contexto neoliberal. Metodológicamente se realiza una
aproximación heurística de la obra de varios autores, en tanto fuentes
primarias y secundarias.
Palabras
clave: ciudadanía, liberalismo, capitalismo, neoliberalismo, Marx.
e-ISSN
2448-5799, UAEM, núm. 80, mayo- agosto 2019, pp. 1-23
Convergencia Revista de Ciencias
Sociales, núm. 80, 2019, Universidad Autónoma del Estado de México
Introducción
La
ciudadanía parece ser un concepto que se instaló –al menos discursiva-mente– en
todo el mundo y en el sentido común. Se dice que esta noción la encontramos
desde los griegos, como bandera de la Revolución Francesa, en el uso de los
tanques de pensamiento mundial como el Banco Mundial, la Cepal, el Programa de
Naciones Unidas, en la prensa, en el vocabulario de los políticos y en la
justificación que utilizan para levantar amenazas a los pue-blos, generar
guerras “justas”, o en las demandas de los movimientos sociales; es decir, se
ocupa para referir y significar una noción que sigue anclada a los límites de
la visión liberal.
El
artículo se propone dos ámbitos o niveles de abordaje: uno de orden conceptual
acerca del concepto de ciudadanía, centrándose en la noción liberal, con el fin
de confrontarla con la crítica marxiana; y otro –más concreto– que identifica
las determinaciones del capitalismo dependiente contemporáneo –en la región
latinoamericana– y los límites del tipo de ciudadanía que es posible construir
bajo esos parámetros en el contexto neoliberal.
Para el
primer nivel de análisis recurrimos a los clásicos del pensamiento
filosófico-social, intentando identificar las ideas centrales que se juegan a
la hora de comprender la ciudadanía en su forma liberal, para posteriormente
–desde una lectura de la obra de Marx– apuntar la crítica a esta visión. Para
el segundo nivel de análisis, a partir de varios autores, develamos algunas de
las particularidades del neoliberalismo en un nivel de abstracción más concreto
como es el de la relación que ocupa el capitalismo subordinado a las econo-mías
capitalistas centrales, lo cual ayuda a comprender su impacto en el tipo de
ciudadanía posible de construir en este contexto. La tesis que defendemos es
que en el neoliberalismo no es posible realizar la noción de ciudadanía
liberal-marshalliana, producto –entre otras cosas– de los procesos de
despo-sesión de derechos sociales, la superexplotación y la creciente
precarización del trabajo junto a la concentración de la riqueza.
Si bien
en el capitalismo desarrollado en Latinoamérica se puede rea-lizar la
ciudadanía civil y política de Marshall, la ciudadanía social siempre ha sido
la deuda pendiente en la región desde la creación de las repúblicas. Esta deuda
se ha acrecentado para las clases subalternas en la fase neoliberal. A partir
de esto, sostenemos que la ciudadanía sustantiva solo es posible de hacer bajo
la superación del capitalismo.
Para lo
anterior, metodológicamente se llevó a cabo una interpretación de la obra de
varios autores, en tanto fuentes primarias y secundarias. Se
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Paula
Vidal-Molina y Roberto Vargas-Muñoz.
Ciudadanía
en tiempos del Capital. Una crítica desde la tradición marxian
dividió
el artículo en cuatro apartados. En el primero se presenta una apro-ximación
histórico-conceptual de la noción de ciudadanía a partir de Adela Cortina y
Derek Heather. En el segundo se aborda la perspectiva moderna y liberal, para
posteriormente revisitar la perspectiva crítica de Marx y del marxismo crítico.
En el tercer apartado se examinan algunas de las catego-rías centrales de la
teoría marxista de la dependencia, a partir de las cuales hacemos un cruce con
el perfil de la ciudadanía neoliberal, enfocándonos en el despojo social, el
endeudamiento, la precarización del trabajo y la individuación como
características constituyentes del proceso de neolibe-ralización. En el último
apartado cerramos con algunas conclusiones que levantan varios desafíos para la
realización de una ciudadanía que vaya más allá del capitalismo en su fase
neoliberal.
Aproximaciones
histórico-conceptuales de ciudadanía
Existe
una variedad de significados en torno al concepto de ciudadanía, por ejemplo,
el Diccionario de la Real Academia Española indica que ciudada-nía es: cualidad
y derecho de ciudadano. Conjunto de los ciudadanos de un pueblo o nación.
Comportamiento propio de un buen ciudadano (RAE, 2017). Por otra parte, al
revisar el léxico de política del Fondo de Cultura Económica, vemos que señala
la idea de ciudadanía como una construcción histórica
que
reposa sobre una definición peculiar de la relación entre el individuo y el
Estado. Por ello, la discusión sobre este tema se encuentra estrechamente
vinculada con la reflexión en torno a la naturaleza y los límites de la
participación política, los derechos, las obligaciones y la legitimidad del
orden político (Bobes, 2000: 50).
Otros
autores, desde la sociología política, exponen sus definiciones. Para Janoski
(1998), es “membresía pasiva y activa de individuos en un
Estado-nación con ciertos derechos universales y obligaciones en un dado nivel
de igualdad”. Cortina (1999: 40) dirá –citando a Heather– que la ciudadanía es
una “re-lación política entre un individuo y una comunidad política, en virtud
de la cual el individuo es miembro de pleno derecho de esa comunidad y le debe
lealtad permanente”.
Según
Heather (2007: 175), la ciudadanía es un tipo de identidad sociopolítica
construida históricamente y es entendida “como un estatus ostentado por un
individuo en relación directa con una unidad individual cohesionada política o
administrativamente, ya sea una ciudad –estado, un municipio o una
nación-Estado”.
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Convergencia Revista de Ciencias Sociales, núm.
80, 2019, Universidad Autónoma del Estado de México
Respecto
de la construcción histórica de la ciudadanía, es de consenso en la literatura
que la primera referencia se encuentra en Grecia.1 Siguiendo a Heather
(2007), una de las fuentes más útiles sobre el funcionamiento e historia de la
ciudadanía ateniense es la constitución y la práctica de su de-mocracia, que se
sostenía con tres principios básicos: 1) ideal de igualdad que se refleja en la
participación en la Asamblea y en el mecanismo de selección por sorteo; 2)
disfrute de la libertad, de pensamiento, de expresión y acción, lo cual permite
que la Asamblea opere de forma democrática; y 3) creencia en la participación
directa en la Asamblea, en los debates públicos en el ágora sobre asuntos del
día, participar con sus obligaciones a través de las institu-ciones de gobierno
y justicia.
Si bien
este modelo partía de relaciones de confianza dentro de una comunidad muy
cohesionada, no toda la población era considerada ciu-dadana: las mujeres,
niños, metecos o inmigrantes temporales o permanentes legalmente libres y a los
esclavos se les negó esa cualidad de personas. Al mismo tiempo, no todos los
hombres eran homogéneos, existían diferencias de clases, de edad, etcétera. En
este modelo, la ciudadanía se relacionaba con la propiedad. Para Aristóteles:
un hombre
sin propiedades carecía de tiempo libre para involucrarse en asuntos públicos
y, además, la probabilidad de sucumbir a un soborno era menor si se contaba con
bienes propios. La propiedad era símbolo de “virtud”, en el sentido de contar
con una disposición plena (Heather; 2007: 126).
Así, la
ciudadanía en la tradición griega sienta las bases tanto para la tradición
liberal, como la republicana, asociadas a derechos y propiedad, como a
participación y democracia.
1 En
Atenas se reconoce a Aristóteles ccomo su mayor representante; para él: “El
hombre es por definición un animal político; por eso, aun cuando no necesiten
la mutua ayuda los hombres, no menos buscan la convivencia […] Ciudadano, en
general, es el que puede mandar y dejarse mandar, y es en cada régimen
distinto; pero el mejor de todos es el que puede y decide dejarse mandar y
mandar en orden a la vida acorde con la virtud” (Aristóteles, 2005: 128 y 144).
Mandar y dejarse mandar indica un involucramiento del individuo en los asuntos
de la ciudad en beneficio de todos, lo cual incluye la participación política y
la creación y existencia de un tipo especial de amistad ciudadana, que es el
vínculo que garantiza que los ciudadanos trabajen juntos con buena voluntad
mutua.
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Paula
Vidal-Molina y Roberto Vargas-Muñoz.
Ciudadanía
en tiempos del Capital. Una crítica desde la tradición marxian
La
Ciudadanía Moderna y liberal: la crítica marxiana
Con el
paso de la sociedad feudal a la modernidad se posibilita la construcción de la
ciudadanía moderna como la conocemos hoy, donde el descubrimien-to del
individuo como realidad social básica será central para la dimensión
teórico-práctica de esta, y, desde el punto de vista del poder y la autoridad,
se transita desde la transformación del poder autoritario en poder
autorregulado, que descansa en la idea de “soberanía popular” o “voluntad
general”. El Estado Moderno deriva en la relación entre ciudadano-Estado, a
diferencia de la anterior, centrada en la de súbdito y soberano.
Para
Bobbio (1993), esto expresa el cambio desde una concepción orgáni-ca (de orden
aristotélico), donde la sociedad precede al individuo hacia una individualista,
que considera este anterior a la sociedad, con derechos natu-rales inviolables
(ligada al modelo iusnaturalista). También la cuestión de la propiedad será
retomada a la luz de la ciudadanía moderna por pensadores liberales como John
Locke, quien pondrá los derechos a la vida, la libertad y los bienes –la
propiedad–en la escena política, en el siglo XVII en Inglaterra y en sus
colonias norteamericanas.
Si el
siglo XVI “deconstruyó la visión geopolítica del antiguo sistema”, según Dussel
(2007: 246) a comienzos del siglo XVII, “se formuló el nuevo modelo de la
modernidad” con René Descartes en ontología, Galileo Galilei en astronomía e
Isaac Newton en física. No obstante, serán Thomas Hobbes2 y Adam Smith los
que construirán la arquitectónica de la modernidad defini-toria del individuo y
la ciudadanía; aunque en mayor medida el segundo más que el primero.
En La
teoría de los sentimientos morales (1751) y luego en Una
investig-ación sobre la naturaleza y la causa de riqueza de las naciones (1776),
Smith fundará la ciencia económica moderna junto con el carácter
del “Homo economicus”, sujeto del intercambio y el mercado. Para Smith, el
orden económico y su riqueza correspondiente se formulan gracias a la división
del trabajo, la propiedad y al cumplimiento de los contratos que se garantizan
a partir de la institución del mercado gracias al poder del Estado (Dussel,
2007: 339).
La
división del trabajo, condición gradual de la naturaleza humana para permutar
una cosa por otra (Smith, 1984), es decir, el intercambio, si bien
2 Hobbes
(2000), autor de De cive, de 1642 (su primera obra política),
marcará la expresión del nuevo modelo de modernidad al construir una
fundamentación ontológica de la política y al establecer como punto de partida
no la comunidad sino al individuo en su clásico Leviatán, de
1651 (Hobbes,1998).
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Convergencia Revista de Ciencias Sociales, núm.
80, 2019, Universidad Autónoma del Estado de México
tiene
como base la comunicación, se deriva de la división del trabajo y de la
propiedad privada; esto es, algunos son propietarios del dinero, y otros, los
propietarios del trabajo.
Como
veremos más adelante, la propiedad privada en Smith aparece como un modelo
antisocial, en tanto que los individuos se interconectan (in-terdependencia
social) a partir de la desconexión; esto es, los seres humanos aparecen como
individuos que experimentan su subjetividad como algo aislado y ajeno respecto
de los otros; el vínculo que los conecta es el egoísmo, el propio interés por
satisfacer una necesidad.
El
individuo encuentra la satisfacción de su interés ofreciendo sus servicios a
partir del intercambio de los productos del trabajo; es su propio interés lo
que mueve y condiciona el progreso de la sociedad según Smith.
Sin
embargo, no solo procesos económicos influyeron en la configura-ción de la
ciudadanía moderna, también los procesos sociales: es de consenso en la
literatura que la ciudadanía procede, sobre todo, de los siglos XVII y XVIII,
con las revoluciones inglesa, americana, francesa y del nacimiento del
capitalismo. En ese sentido, la protección de los derechos naturales exige la
creación de un tipo de comunidad política –el Estado nacional moderno–, que se
obliga a defender la vida, la integridad y la propiedad de sus miembros
(Cortina, 1999; Heather, 2007).
Bien
entrado el siglo XX es cuando se conceptualiza de forma sistemáti-ca y se
convierte la noción de ciudadanía en el concepto canónico de ciudada-nía
social. El responsable fue Thomas Humprey Marshall (nacido en 1893), profesor
de Sociología de la London School, quien pronunció una serie de conferencias
que fueron publicadas en 1950 con el título: Ciudadanía y Clase Social.
Aquí plantea dos grandes ideas basadas en la historia inglesa como
referente: la igualdad inherente a la ciudadanía puede ser compatible con la
desigualdad consustancial a la estructura de clases; y, en segundo lugar,
expone que los derechos del ciudadano se componen de tres partes que
evo-lucionaron, históricamente, en orden civil, político y social. Estas partes
son señaladas del siguiente modo:
El
elemento civil se compone de los derechos necesarios para la libertad
individual: libertad de la persona, de expresión, de pensamiento y religión,
derecho a la propiedad y a establecer contratos válidos y derecho a la justicia
[…] Por elemento político entiendo el derecho a participar en el ejercicio del
poder político como miembro de un cuerpo investido de autoridad política, o
como elector de sus miembros […] El elemento social abarca todo el espectro,
desde el derecho a la seguridad y a un mínimo bienestar económico al de
compartir plenamente la herencia social y vivir la vida de un ser civilizado
conforme a los estándares predominantes en la sociedad (Marshall y Bottomore,
1998: 22-23).
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Paula
Vidal-Molina y Roberto Vargas-Muñoz.
Ciudadanía
en tiempos del Capital. Una crítica desde la tradición marxian
Desde un
análisis histórico de la sociedad inglesa, plantea que los dere-chos civiles
fueron concedidos en el siglo XVIII, los derechos políticos en el siglo XIX y
los derechos sociales y económicos en el siglo XX. Se observa que los derechos
civiles y políticos se pueden reconocer perfectamente, pero los sociales atañen
a la calidad de vida, y por ello no son tan claros en rela-ción con lo que
implican, aunque Marshall (Marshall y Bottomore, 1998) considera que los
derechos sociales son básicos para el disfrute efectivo de los derechos civiles
y políticos.
Vemos que
la definición de Marshall (Marshall y Bottomore, 1998) permite entender la
función que cumplió, en el origen del capitalismo, garan-tizar los derechos
civiles a los individuos, pues la libertad de expresión, de ir y venir, de
religión, de elección de trabajo, de adquirir propiedades, de acceso a la
justicia y garantizar los contratos mediante las instancias judiciales son las
condiciones mínimas para competir en el mercado y adquirir propiedad por medio
de la compra entre iguales en el mercado.
La
crítica de Marx: el problema interdependencia social
En sus
primeros escritos, Marx levanta una crítica y muestra los límites del Estado
como representante de los intereses generales. En su artículo “Sobre la
cuestión Judía”, de 1844, denuncia la hipocresía del Estado cuando suprime las
diferencias de nacimiento, estamento, cultura, y proclama a cada miembro del
pueblo partícipe en igual medida de la soberanía “popular” (Marx, 2005). Es una
igualdad que enmascara la desigualdad existente entre los individuos y oculta
la determinación de las relaciones y la estructura social.
La
burguesía, o emergente sociedad civil, se ampara en un discurso
uni-versalizante para sostener su legitimidad por sobre la sociedad
estamentaria del mundo feudal. Es decir, habla en nombre de los sectores más
atrasados y se instituye en el poder. Los derechos enunciados por la revolución
burguesa no son para Marx más que derechos egoístas (en el sentido de que solo
bene-fician al hombre burgués).
Así, el
derecho a la libertad no es más que el derecho a estar separado de otros
hombres, el derecho a esta disociación, al individuo delimitado. Luego, el
derecho a la igualdad existe sin que alcance jamás a constituir una comu-nidad
política con base en una igualdad sustantiva, sino que garantiza que todos los
individuos serán igualmente tratados en un plano formal, como si fueran
individuos aislados.
Por su
parte, el derecho a la seguridad es interpretado como el asegura-miento de los
privilegios de una clase. Ahora bien, aun con estas limitaciones
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Convergencia Revista de Ciencias Sociales, núm.
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denunciadas,
para Marx la emancipación política que implica la separación del Estado de la
religión es vista como un gran salto cualitativo. En sus pa-labras: “La
emancipación política constituye ciertamente un gran progreso. No es, en
verdad, la última forma de emancipación humana, pero es la última forma de la
emancipación humana en el ámbito del orden mundial madu-rado hasta ahora”
(Marx, 2005: 74).
Si bien
en gran parte de su obra Marx se enfrenta al individualismo liberal, es
en El Capital y en los Elementos fundamentales para la
crítica de la economía política (Grundrisse) 1857-1858, donde
desarrolló su crítica más profunda a la economía política de su
época, es decir, Adam Smith y David Ricardo. Mientras en estos economistas
clásicos el punto de partida es la divi-sión del trabajo, en Marx, en cambio,
el punto de partida para el análisis será la mercancía, considerada como la
forma fundamental de la relación social capitalista. Para comprender en qué
estriba la crítica de Marx a la economía política, de carácter liberal, es
pertinente recordar que según el propio autor hay que poner en primer término
la producción material. En los Grundrisse planteará que los
“Individuos… producen en sociedad… (y) la producción de los individuos [está]
socialmente determinada” (Marx, 2007: 4) y no son los individuos solos y
aislados, como consideraban Smith y Ricardo, que presos de su época y de sus intereses
no ven que en la “[…] sociedad de libre com-petencia cada individuo aparece –es
decir, se pone de manifiesto– como desprendido de lazos naturales” (Marx, 2007:
3). Los principales eco-nomistas modernos no diferencian entre una
producción histórica y una concepción naturalizada de la naturaleza humana, por
tanto caracterizan al individuo aislado como puesto por la naturaleza, sin
considerar que el individuo depende y forma parte de un todo mayor.
En la
sociedad moderna productora de mercancías encontramos una relación social
específica que estructura una práctica social y, a la vez, es “estructurante de
las acciones, disposiciones y cosmovisiones de las perso-nas”: la dominación de
la forma mercancía como un modo de subjetividad y objetividad social (Postone,
2007: 38). La forma mercancía se caracteriza por estar constituida por el
trabajo bajo una forma objetivada y de carácter dual, el trabajo concreto y el
trabajo abstracto. Marx fue el primero en examinar la doble naturaleza del
trabajo contenido en las mercancías. Ni la economía científica ni la economía
vulgar comprendió que la dualidad del trabajo –que produce mercancías– es el
fundamento de las categorías centrales de la eco-nomía política, a saber, el
dinero y el capital.
En El
Capital, Marx (2012) plantea que los valores de uso son produci-dos
por el trabajo concreto, esto es, trabajo privado de los individuos aislados,
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Paula
Vidal-Molina y Roberto Vargas-Muñoz.
Ciudadanía
en tiempos del Capital. Una crítica desde la tradición marxian
actividad
que media la interacción entre el ser humano y la naturaleza. La heterogeneidad
de los trabajos concretos permite el acto de intercambio y la división social
del trabajo, ya que el valor de uso de las mercancías contiene una determinada
actividad productiva, a partir del cual pueden enfrentarse unos respecto de
otros, pero
los
valores de uso no pueden enfrentarse como mercancías si no encierran en sí
trabajos útiles cualitativamente diferentes. En una sociedad cuyos productos
adoptan en general la forma de mercancía, esto es, en una sociedad de
productores de mercancías, esa diferencia cualitativa entre los trabajos útiles
–los cuales se ejercen independientemente unos de otros, como ocupaciones
privadas de productores autónomos– se desenvuelve hasta constituir un sistema
multimembre, una división social del trabajo (Marx, 2012: 52).
La
división social del trabajo es necesaria para la producción mercantil, pero no
es suficiente, pues se requiere que los productos privados del trabajo se
enfrenten entre sí como mercancías, es decir, el trabajo tiene que ser gas-tado
en forma de trabajos privados independientes entre sí. De esta manera, Marx
presenta la contradicción fundamental del capitalismo no criticada por la
economía política: la contradicción entre el valor de uso y el valor, es decir,
que solo en el intercambio se enfrentan los productos del trabajo, que se
rea-lizan de manera independiente entre sí.
Al ser
los valores de uso una combinación entre la naturaleza y el trabajo, Marx
distingue entre la riqueza (como aquellos valores de uso a disposición de un
individuo) y valor (producto del trabajo abstracto). Los valores de uso son
productos de los trabajos útiles, independientes de las formas sociales, pero
es solo en la sociedad capitalista donde los trabajos individuales pierden sus
referencias culturales, sociales, etcétera, para servir como simples medios de
equivalencia social.
La
contradicción entre el valor de uso y el valor se expresa en el proceso de
intercambio: mientras la naturaleza es la base de la formación del valor de
uso, el valor no es sino una propiedad exclusivamente social. “Lo social” y “lo
natural” aparecen como contrapuestos en la sociedad capitalista, precisamen-te
porque en el proceso de intercambio la naturaleza no puede formar valor. La
abstracción marxiana consiste en derivar el valor de una mercancía como
representante de un trabajo puro y simple, gasto de trabajo humano general.3
3 El
valor aparece como unidades de trabajo abstracto simple, si bien cambia por
países o por épocas, pero en una sociedad determinada viene dado. El aspecto
abstracto (homogéneo) y concreto (heterogéneo) del trabajo se unifican en el
acto mismo, unitario del trabajo (Harvey, 2014).
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Convergencia Revista de Ciencias Sociales, núm.
80, 2019, Universidad Autónoma del Estado de México
Esto es
lo que Marx llamará trabajo abstracto, y que Postone (2007) define con una
función social única, como “mediando una nueva clase de interdependencia
social”. Con este concepto, Marx refleja una abstracción producida por la
generalización de los intercambios de mercancías en el mundo moderno, que es la
expresión más nítida de la anomia, abstracción y aislamiento que la sociedad
moderna produce al disolver los vínculos so-ciales. Esta absoluta desconexión
que impera en la sociedad moderna es la expresión nítida del individualismo,
que configura una ciudadanía para el capital. En los Grundrisse, Marx
(2007) plantea que
el
carácter social de la actividad, así como la forma social del producto y la
participación del individuo en la producción, se presentan aquí como algo ajeno
y con carácter de cosa frente a los individuos; no como su estar recíprocamente
relacionados, sino como su estar subordinados a relaciones que subsisten
independientemente de ellos y nacen del choque de los individuos recíprocamente
indiferentes (Marx, 2007: 84).
En
efecto, el despliegue de la modernización capitalista, incluyendo a los países
periféricos, es un sistema económico desafectado respecto de cual-quier
referencia sustantiva, cuya única forma de mediación es el intercambio. De ahí
que Marx considere fundamental explicar el origen del dinero, o más bien, de la
forma dinero.
El dinero
disimula y encubre el carácter social del trabajo, es decir, oculta la
interconexión social que existe entre los poseedores de mercancías. Esto es lo
que Marx conceptualiza como fetichismo. La economía política burguesa comenzó
su análisis con las funciones del dinero. Asume la existencia del dinero, en
tanto que sin este no es posible organizar el intercambio de mer-cancías. Los
economistas clásicos no logran conectar valor y forma de valor, es decir,
explicar la posición lógica de la forma dinero. En definitiva, son inca-paces
de comprender que los individuos modernos pasan a estar dominados por
abstracciones, cuando antes dependían unos respecto de otros.
En El
Capital, la contradicción entre el valor de uso y el valor se expresa
en relación contradictoria entre capital y trabajo asalariado, la cual
repro-duce la explotación y la desigualdad social, propia del modo de
producción capitalista:
Tiene
lugar aquí, pues, una antinomia: derecho contra derecho, signados
ambos de manera uniforme por la ley del intercambio mercantil. Entre derechos
iguales decide la fuerza. Y de esta suerte, en la historia de la
producción capitalista la reglamentación de la jornada laboral se
presenta como lucha en torno a los límites de dicha jornada, una
lucha entre el capitalista colectivo, esto es; la clase de los
capitalistas, y el obrero colectivo, o sea la clase obrera (Marx,
2012: 282).
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Paula Vidal-Molina y Roberto Vargas-Muñoz.
Ciudadanía
en tiempos del Capital. Una crítica desde la tradición marxian
No
obstante, la modernidad ha instaurado el mercado como aquel lugar donde
concurren –libremente y en igualdad de condiciones– hombres y mujeres para
vender su fuerza de trabajo y los dueños de los medios de pro-ducción o
capitalistas.
El
capitalismo, como modo específico de producción, no busca produ-cir mercancías
para satisfacer necesidades, sino para la valorización del valor, y de esta
manera acrecentar el dinero, esto es, producir capital. Así, lo que moviliza al
capitalismo es el plusvalor: producir un crecimiento de las mer-cancías
respecto de las que tenía con anterioridad a partir de un proceso de
valorización, un incremento del valor obtenido gracias a la disposición de una
suma de valor como capital. Así, un capitalista es aquel que “hace del movimiento
autofinalista del capital su propio fin subjetivo” (Heinrich, 2008: 99),
siguiendo la lógica y el movimiento del capital, en búsqueda de aquel proceso
donde el dinero inicial D es menor al D’ final.
Este
concepto clave no existe en la ciencia económica moderna, y le permite a Marx
argumentar que el capitalista aumenta su ganancia para modernizar sus
instalaciones de producción y ser efectivamente competitivo. En la lógica del
capital, el valor adquiere una forma autónoma en el dinero, punto de inicio y
final del proceso de valorización.
Para que
el capital aparezca fue necesario un proceso histórico de acu-mulación de
dinero en cierto grupo de individuos, con un mediano desarro-llo de la
producción de mercancías; pero además, fue necesaria la producción de obreros
“libres”. Libres de vender su fuerza de trabajo y libres de todo me-dio de
producción, despojados de cualquier tipo de propiedad material; no obstante son
jurídicamente libres, no poseen más que su fuerza de trabajo, “son una clase de
individuos obligados a volver mercancía sus capacidades físicas e
intelectuales, a fin de poder reproducir la base material de su vida”
(Mezzadra, 2014: 84). Los trabajadores “libres” son el supuesto y la
raciona-lidad de la producción capitalista.
La
relación entre los propietarios y los no propietarios en el capitalismo es una
relación de clase, de propietarios y trabajadores, carentes de propiedad. El
plusvalor tiene su origen en la mercancía fuerza de trabajo que, como toda
mercancía, según hemos visto, tiene un valor de uso (utilidad o apli-cación en
el trabajo concreto) y valor, que está determinado por el tiempo de trabajo
necesario para la producción del producto, pero también para su reproducción
como clase.
El
trabajador vende su fuerza de trabajo al capitalista y recibe por parte de este
menos valor (expresado en salario) del que ha producido. Entonces, existe un
trabajo pagado y un trabajo no pagado, esto es lo que Marx denomina
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explotación,
y que tiene directa relación con la parte del valor producido por el productor
directo que no es recibido y que es embolsado por el capitalis-ta, en tanto que
no paga el valor creado por los productores, sino que paga el valor de la
fuerza de trabajo (Heinrich, 2008).
La
ficción de considerar ciudadanos con autonomía para establecer con-tratos a
aquellos que solo pueden vender su fuerza de trabajo es una escisión: “A
la potencia (fuerza de trabajo) se opone el poder (dinero)”
(Mezzadra, 2014: 89), y el poder social depende de la cantidad de dinero, es
decir, de los valores de cambio del cual es propietario. Aquellos que solo
pueden vender su fuerza de trabajo no tienen independencia civil, no cuentan
con condi-ciones materiales suficientes para el ejercicio autónomo. Entonces,
¿cómo es posible la ciudadanía? Al menos, en el intercambio, basta con que los
indivi-duos estén en capacidad de ofrecer su potencia.
De esta
manera, el trabajo se convierte en el mecanismo de interdepen-dencia y/o
mediación social de la época moderna, fundado en la producción de valor e
intercambio. La libertad moderna, según Žižek, queda así develada como un
Universal ideológico, en tanto que hay “un caso específico que rompe su unidad,
(que) deja al descubierto su falsedad” (Žižek, 2009: 47), ya que el contenido
del acto de vender la fuerza de trabajo se vuelve a la vez la esclavitud frente
al capital, cuando el trabajador vende “libremente” su libertad. Este fenómeno
no es exclusivo de las economías centrales, pues aun cuando es estrictamente
moderno adquiere formas concretas en el Capitalismo dependiente, configurando
la ciudadanía y su relación con el Estado.
Ciudadanía
bajo el Capitalismo dependiente; para una crítica de la ciudadanía en el
neoliberalismo
Para
entrar en la lógica de los procesos de neoliberalización desde una pers-pectiva
crítica y analizar la ciudadanía, en el apartado anterior se expuso el Marx
teórico del modo de producción capitalista y crítico de las leyes abstrac-tas
que rigen el modo de producción capitalista, que expone teóricamente “la
anatomía de la moderna sociedad burguesa”. Ahora podemos avanzar en un análisis
más concreto de las formaciones económico-sociales capitalistas, por ejemplo,
la relación orgánica entre el capital y el Estado,4 correspondiente a
4 La
cuestión de una teoría del Estado en la obra de Marx, o del tratamiento de las
relaciones de producción capitalistas y el Estado capitalista, es tema de un
largo debate entre los marxistas. Entre otros, destacan las obras del reconocido
marxista gramsciano Coutinho (2011), además de los clásicos de
Poulantzas: Las clases sociales en el capitalismo actual (1998)
y Estado, poder y socialismo (1986). También, desde la
tradición derivacionista, las obras de
12
Paula Vidal-Molina y Roberto Vargas-Muñoz.
Ciudadanía
en tiempos del Capital. Una crítica desde la tradición marxian
una forma
específica del modo de producción capitalista, divergente respecto de
sociedades premodernas:
Todo pasa
como si la relación de soberanía y dependencia se disociara. La primera se
cristaliza en el “Estado político separado” […] no significa que el Estado
rompa todo lazo con las relaciones de producción capitalista. Quiere decir que
la relación de soberanía se cristaliza en una institución particular: el Estado
moderno. […] toma la forma de un Estado representativo fundado sobre el
enunciado –a la vez real e imaginario– de la ciudadanía igualitaria (Artous,
2016: 29).
Por otro
lado, el modo de producción capitalista se concreta históri-camente como un
proceso de acumulación a escala mundial, “que opera simultáneamente
con la constitución de los Estados/nación periféricos y su articulación con los
Estados/nación del centro […] el Estado/nación con-temporáneo es a la vez
una condición previa y el resultado del despliegue del capital en la fase
histórica de la “economía mundial constituida’” (Solís, 2016: 120). Osorio
(2018) señala que en el sistema mundial capitalista:
se
conforma como una unidad diferenciada de diversas formas de capitalismo,
interdependientes, siendo el capitalismo desarrollado y el dependiente las
formas fundamentales, donde la suerte de unas determina la suerte de otras.
Así, los patrones de reproducción en unas y otras formas de capitalismo
presentan originalidades que le confieren connotaciones específicas. Por
ejemplo, la importancia del desarrollo científico y tecnológico, y el peso de
la plusvalía relativa en el primero; la ruptura del ciclo del capital y la
generación de una estructura productiva alejada de las necesidades del grueso
de la población trabajadora en el segundo (Osorio, 2018: 166).
En el
caso del desarrollo capitalista de los países periféricos –como Latinoamérica–,
el “Estado no se deriva del capital nacional, como en las economías centrales,
sino del capital mundial en tanto que forma económica del sistema capitalista
global, es decir, de la economía mundial constituida” (Solís, 2016:
121).5 Para Salama (2016: 132), las relaciones de dominación entre centro
y periferia “son relaciones de clases mediatizadas por los Estados, garantes de
las relaciones de producción capitalistas”, lo cual no afecta –en
Artous: Naturaleza
y forma del Estado Capitalista. Análisis Marxistas contemporáneos (2016)
y Marx, el Estado y la Política (2016). Además del libro de
Bonnet y Piva: Estado y capital. El debate alemán sobre la derivación
del Estado (2016).
5 La
literatura científica da cuenta de que los países –latinoamericanos– de la
periferia, desde la Colonia, y especialmente después de la constitución de
Estados nación, producen y exportan materias primas hacia los del centro, a los
cuales les compran productos manufacturados. Es la llamada división y
especialización internacional, lo cual genera procesos de dominación.
13
Convergencia Revista de Ciencias Sociales, núm.
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los
países latinoamericanos– la “autonomía relativa del Estado” respecto de las
clases sociales,6 entre las décadas de 1930 y 1970.
Las
políticas keynesianas (que en América Latina adoptaron la forma conceptual y
económica del desarrollismo) fomentaron el pleno empleo para promover la
capacidad de compra de los trabajadores, abriendo paso al Estado de bienestar y
la sociedad de consumo, que entre la tercera y cuarta década del siglo XX, por
medio del gasto público, generó un capital fijo suficiente para absorber la
fuerza de trabajo y mantener la tasa media de ganancia del capital, a través
del aumento de la productividad del trabajo (Lagos, 2017).
No
obstante, la organización sindical, los beneficios y derechos sociales,
paradojalmente, permitieron que la crisis de excedente de mercancías
recom-pusiera la fórmula general del capital (D-M-D’), y de esta manera se
realizara una ciudadanía que en términos de Marshall integra derechos sociales,
pero reafirmando la lógica del capital, Así, una fuerte presión y organización
sindi-cal, a la vez, absorbió la crisis de la oferta.
Desde
mediados de los años setenta, en especial, con la crisis del petróleo (1973) se
observa un cambio del patrón de acumulación keynesiano hacia uno centrado en
una retirada del Estado de lo económico, y en una creciente ola privatizadora
de servicios y empresas públicas, que se ha denominado como neoliberalismo.
La
neoliberalización es un proceso por medio del cual se restituyen las
condiciones para la acumulación del capital y la restauración del poder de
clase de las élites dominantes (Harvey, 2007). Este proceso de restauración
frente al “Estado social” (de los países centrales) del siglo XX se configura
como una transformación del patrón de acumulación, a partir del cual se
concretiza la acumulación y valorización del capital transformando la relación
Estado, sociedad y mercado. Tanto la flexibilización y precarización laboral,
como la financiarización de la economía, el extractivismo de los recursos
medioambientales, como la desposesión, serán algunos de los modos usa-dos por
el capitalismo en su fase neoliberal, para restituir la acumulación y
dominación.
Para
establecer las implicancias y transformaciones de la ciudadanía en el
neoliberalismo, es pertinente complementar alguno de los aspectos rele-vantes
del proceso de neoliberalización del capitalismo dependiente. Según Garretón
(2013), algunas de las características centrales de este proceso son:
6 Salama
(2016) muestra como ejemplo de ello los procesos vividos en la región
latinoamericana entre las décadas de 1930 y 1970, donde crece la intervención
del Estado, especialmente en la economía, como voluntad de reapropiación de la
soberanía nacional.
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Paula Vidal-Molina y Roberto Vargas-Muñoz.
Ciudadanía
en tiempos del Capital. Una crítica desde la tradición marxian
el
individualismo extremo, donde los derechos básicos de los ciudadanos son la
propiedad privada y consumo; la primacía de la libertad, vale decir, libertad y
autonomía económica como el fundamento de la libertad política; el mer-cado se
presenta como la máxima expresión de la realización de la libertad, y por
tanto, por exclusión se niega cualquier otro espacio donde sea posible la
realización de la libertad; la desigualdad se defiende como una cuestión
natu-ral, de esta manera, la justicia social es peligrosa y destructiva, además
de que solo sería aplicable a individuos y no a grupos sociales (clases
sociales) o al Estado.
Un modelo
de distribución sería incongruente en tanto que al mercado nadie lo controla;
el capitalismo se constituiría en el motor de la historia, es decir, el proceso
de modernización se asume como escenario e indiscutible, y lo que le queda a la
política, independiente del “interés partidario”, es di-rigir el desarrollo y
progreso a partir del libre mercado como la única vía para procesar la
conflictividad social –por cierto, indisoluble de la socie-dad moderna–; se
constituye una defensa de un Estado mínimo, esto es, un Estado subsidiario y
restringido para los sectores subalternos, pero fuerte para cumplir los
intereses del Capital; y finalmente, la sumisión del régimen político a la
dinámica económica.7
No
obstante, la manera específica de concreción histórico-espacial del capitalismo
en la región no es lineal y se caracteriza por presentar periodos cíclicos de
crisis, como parte de las contradicciones del capitalismo, en tanto unidad
(Carcanholo, 2017).
En este
sentido, sin desconocer los aportes de la teoría derivacionista ya señalada, y
a partir de la forma específica que adquiere el modo de pro-ducción capitalista
en América Latina, en especial en el siglo XXI, se verifica “la agudización de
la condición dependiente de las economías periféricas, en función de la
implementación intensiva y masiva de la estrategia neoliberal de desarrollo”
(Carcanholo, 2017: 60).
Si bien
históricamente las economías dependientes latinoamericanas se han insertado de
manera subordinada en el capitalismo, cuya característica es que una parte del
plusvalor producido en la economía dependiente es apropiado por las economías
centrales y pasa a ser parte del proceso de
7 Según
Anderson (2003), para Hayek libertad y democracia perfectamente pueden ser
incompatibles, si la mayoría aun por vía democrática interfiere en los derechos
incondicionales de los agentes económicos, es decir, dispone de sus rentas y
sus propiedades de la manera que les antoje.
15
Convergencia Revista de Ciencias Sociales, núm.
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acumulación
de capital de estas,8 dicho proceso se exacerba en la fase neo-liberal,
después del agotamiento progresivo “del modelo de crecimiento caracterizado por
la sustitución de importaciones, la insuficiente competi-tividad de la
industria nacional, la incapacidad de los gobiernos para yugular la
hiperinflación, y el fuerte ascenso de la ideología liberal promovida por los
gobiernos de Thatcher en Gran Bretaña y Reagan en los Estados Unidos” (Salama,
2016: 139).
Osorio
(2018: 169) hace hincapié en que en el capitalismo dependi-ente existen
“condiciones objetivas para que la superexplotación se consti-tuya en un
mecanismo fundamental de explotación por parte del capital”. Por su parte,
Carcanholo (2017) señala que la condición estructural de la dependencia
–expresada en los mecanismos de intercambio desigual entre economías a nivel
del comercio mundial– obliga a las economías dependien-tes a compensar la
plusvalía transferida a las economías centrales, mediante la superexplotación de
la fuerza de trabajo, principalmente a través de tres mecanismos: a) el aumento
de la jornada laboral, b) el aumento de la inten-sidad del trabajo para una
mayor producción de valor en el mismo tiempo o jornada de trabajo, y c) la
expropiación de parte del trabajo necesario para recomponer la fuerza de
trabajo por parte del capital.9
También
señala otros dos mecanismos, y tienen que ver con la lucha de clases; significa
que, en momentos de ascenso de la lucha y con mejoras para los trabajadores,
crece el valor de la fuerza de trabajo, “pero si este aumento no es
traducido en crecimiento de los salarios, o por lo menos en la misma
proporción” (Carcanholo, 2017: 84) es otra forma de superexplotación. Por
último, la elevación del ejército industrial de reserva tiende a presionar los
salarios hacia abajo y aumenta la explotación.
Sin
embargo, lo específico de una economía dependiente (como la de Chile), no
son las formas de elevar la tasa de plusvalía, sino que para enfrentar
8 La
dependencia de una economía significa su condicionamiento al “desarrollo y
expansión de otra a la cual está subordinada y que se expresaría en el hecho de
la economía dominante puede expandirse de forma autosostenida –con
contradicciones dialécticas, como es característico del capitalismo– mientras
la dependiente sólo lo haría como reflejo de esa expansión, o de forma
constreñida por la situación de dependencia, teniendo efectos positivos y
negativos sobre su desarrollo” (Carcanholo, 2017: 72).
9 Todos
estos mecanismos son señalados por Marx en El Capital. En el caso
del último mecanismo, “implica también un crecimiento de la tasa de
explotación, una vez que ésta es compuesta por la relación entre el trabajo
excedente y el trabajo necesario. Cuando este último cae, y los dos sumados
forman la jornada laboral, dada ésta, sube el trabajo excedente” (Carcanholo,
2017: 84).
16
Paula Vidal-Molina y Roberto Vargas-Muñoz.
Ciudadanía
en tiempos del Capital. Una crítica desde la tradición marxian
la
transferencia de valores dicha economía “no tiene la alternativa de elevar la
productividad, frenando dicha transferencia”, ya que “en términos medios la
composición orgánica del capital es inferior a la de las economías centrales”
(Carcanholo, 2017: 85), expresando una dependencia tecnológica, debido a que el
desarrollo de las fuerzas productivas tiende a ser inferior en las economías
dependientes. Así, el pago de salarios por debajo del valor de la fuerza de
trabajo es expresión de lo señalado como superexplotación de la fuerza de
trabajo, en tanto característica de las economías dependientes, y genera no
solo una distribución de riqueza e ingresos más concentrada, sino
también la profundización de los problemas sociales.
Desde
este punto de vista, el neoliberalismo, como estrategia de “de-sarrollo” que se
propone recomponer la tasa de ganancia, subordinando el trabajo al capital a
nivel global, tiene como efecto el empeoramiento y profundización de la
condición dependiente de las economías (y sus males) en los países de la región
latinoamericana porque:
profundiza
los mecanismos de transferencia de valor que caracterizan estructuralmente la
inserción dependiente de estas economías en el capitalismo mundial (porque)
contiene en su proyecto los procesos de privatización, extranjerización del
aparato productivo (liberalizando la actuación de los capitales
transnacionales) y apertura externa, tanto comercial como financiera
(Carcanholo, 2017: 133-134).
Lo
anterior se traduce en procesos crecientes de financiarización,
trans-nacionalización, desindustrialización y reprimarización de las economías
dependientes, dejándolas expuestas a una gran vulnerabilidad externa, dado que
el valor producido por ellas es “crecientemente” acumulado en los capi-talismos
centrales, lo cual obliga a los capitalismos dependientes –para contraponerse a
esta dinámica de transferencia de valor– a profundizar la superexplotación de
la fuerza de trabajo en los países latinoamericanos expresados, por ejemplo, en
los crecientes niveles de flexibilización y pre-carización del trabajo y
empleo, junto con los bajos salarios.10 Si bien el pago de salarios por
debajo de su valor es algo generalizado a escala global, como señala Osorio
(2018):
10 En
2016, la OIT –en sus estudios sobre condiciones de trabajo– señalaba que
América Latina, durante la última década, a pesar de que había experimentado un
proceso de mejoras en el mercado trabajo, se mostraban falencias y déficit en
la distribución de ingresos y en materia laboral, como la permanente
informalidad y las formas atípicas de empleo (tiempo parcial, temporal,
triangulación laboral). Véanse detalles en OIT (2016). A lo anterior se debe
agregar que los países latinoamericanos presentan una extensa jornada laboral,
como muestran los estudios de la OCDE, donde, por ejemplo, México y Chile
superan las 44 horas semanales de jornada (bbc.com, 2018).
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Convergencia Revista de Ciencias Sociales, núm.
80, 2019, Universidad Autónoma del Estado de México
La
superexplotación es fundamental en la reproducción del capital en el
capitalismo dependiente, entre otras razones porque limita el aguijón
productivista y debilita la tendencia a generar tecnologías y nuevos equipos en
este capitalismo, al tiempo que subsume al grueso de la población trabajadora a
condiciones de trabajo predatorias y de vida marcados por la apropiación de
parte del fondo de consumo (Osorio, 2018: 179-180).
Los
límites de la ciudadanía emergente con el capitalismo encuentran una nueva
forma de imposibilidad de realización en las economías dependi-entes y
periféricas en el contexto neoliberal, develando los propios límites internos
de la sociedad capitalista.
Al
incorporar al análisis estos rasgos generales del proceso de neolibe ralización,
vemos que son problemáticos para constituir una ciudadanía sustantiva –una que
vaya más allá de los límites de la ciudadanía liberal marshalliana–
reproductora del capital. La neoliberalizacion es a la vez, un proceso de
implementación de determinadas políticas económicas, ([pre] condiciones para
que el capital y su lógica ingrese a todas las esferas de la vida), mecanismos
que dejan a unas economías en un lugar de mayor o menor subordinación respecto
de otras a escala mundial; y una transformación que abarca la esfera política,
social y cultural, es decir, se trata de un nuevo modelo de civilización.
En el
ámbito de la ciudadanía, esta nueva civilidad se caracteriza por la
construcción de un perfil ciudadano, configurado a partir del despojo de
derechos sociales, la estimulación de la deuda y del crédito, y la
individuación como fenómeno social, convirtiendo al sujeto en un empresario de
sí mismo. En especial, respecto del despojo, Harvey (2005: 100) señala que “la
impo-sibilidad de acumular mediante la expansión continuada de la reproducción
ha sido compensada con un incremento de los intentos de acumular medi-ante la
desposesión”. Así, el Estado sufre una transformación en su carácter, de garante de
derechos sociales a uno subsidiario. Esto estimula una
mercan-tilización de la vida social, a la vez que amplía la esfera del mercado
a partir de la privatización de derechos sociales básicos.
Por otro
lado, en lo que tiene que ver con la generación de un perfil de ciudadano
dispuesto subjetivamente, Marx, en los Grundrisse, caracterizó
“la producción de capitalistas y trabajadores asalariados” como un producto
fundamental del proceso de valorización del capital, que Mezzadra (2014) ha
conceptualizado a partir de la fórmula producción de subjetividad, la cual
tiene el doble significado de sujeción y subjetivación.
Marx
analizó los dispositivos de sujeción (tanto los del Estado como los del
capital) –que literalmente son verdaderas “fábricas del sujeto”– cuando
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Paula Vidal-Molina y Roberto Vargas-Muñoz.
Ciudadanía
en tiempos del Capital. Una crítica desde la tradición marxian
abordó la
gran industria, la cooperación y la jornada laboral como la literal fabricación
del sujeto productivo disciplinado, que constituyen la resistencia del cuerpo
del obrero. De la misma manera, en el capitalismo neoliberal, la deuda
constituye la fabricación ética del ciudadano endeudado (privada, so-berana y
socialmente), la cual “representa una relación de poder transversal que no
conoce ni las fronteras del Estado, ni los dualismos de la producción
(activo/no activo, empleo/desempleo, productivo/no productivo), ni las
dis-tancias entre lo económico, lo político y lo social” (Lazzarato, 2013:
103).
Para
Lazzarato (2013), la lucha de clases se concentra en la deuda, in-dependiente
de la distinción trabajador/desempleado, “todos son deudores” frente al
capital. Así la lucha de clases se actualiza en lo que la vio nacer: la
propiedad. La relación acreedor/deudor es la relación entre los propi-etarios
del capital y no los no propietarios, cuestión que paradójicamente nos lleva de
nuevo al debate de los siglos XVIII y XIX sobre la relación entre ciudadanía y
propiedad, anteriormente comentada. Por otro lado, la deuda y el crédito
aparecen como mecanismos de integración a través del disciplinamiento
(Lazzarato, 2013), pero también de enfrentamiento –por parte de los sectores
empobrecidos y subalternos– a la situación de pobreza absoluta y relativa que
viven.
Por
último, la individuación responde al propio núcleo de raigam-bre liberal que
parte desde Hobbes en adelante, y que, como ya señalamos, responde a aspectos
de autonomía y libertad, de un individuo aislado capaz de agenciarse su propia
vida, sin el peso de la tradición o la religión. Sin em-bargo, en un contexto
neoliberal, de creciente desigualdad y desprotección social, dicha
individuación en términos de ciudadanía se reduce a la libertad negativa (de no
interferencia) y a la autorresponsabilización de las acciones que realiza el
ciudadano, para justificar el lugar que ocupa en la sociedad, donde ni el
mercado ni el Estado tienen responsabilidad de ello; en otras palabras, se es
lo que es debido a las propias capacidades, habilidades y elecciones individuales.
A partir
de todo lo anterior, nos encontramos con que el escenario neoliberal tensiona,
incluso, la tesis tripartita de la ciudadanía liberal (restrin-gida) de
Marshall, previamente descrita. Pues en esta última concepción se aceptan las
diferencias de clase, y los derechos (civiles, políticos y sociales) asumen una
forma, aunque abstracta, que configura la noción de ciudadanía.
La
regresión –de esta concepción marshalliana– a partir del neoliberalismo es
evidente, debido a que las consecuencias para la ciudadanía se manifies-tan
paradojal y crudamente: el trabajo precario, el despojo de derechos sociales
(derechos universales de salud, educación, vivienda, seguridad y previsión
social,
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Convergencia Revista de Ciencias Sociales, núm.
80, 2019, Universidad Autónoma del Estado de México
trabajo,
bajos salarios, etc.) produce marginalidad, segregación, concentración de
riqueza y desigualdad estructural.
Si
consideramos, además, los derechos civiles y políticos en tanto forma-les y
abstractos (pues es difícil elegir/ser elegido y disputar el poder de las
élites si los derechos sociales básicos no son realizados para toda la sociedad
en igualdad de condiciones), tenemos la imposibilidad de
conformar una ciu-dadanía sustancial, es decir, una ciudadanía que vaya más
allá de los límites de la ciudadanía liberal que se basa en el individuo, la
propiedad privada, la libertad negativa y la desigualdad-explotación de clases.
Conclusión
La noción
de ciudadanía, paradojalmente, es asumida en el discurso de las autoridades
políticas, económicas y agencias internacionales. Y así como han impulsado
procesos de neoliberalización y acumulación para el capital a esca-la
planetaria, con ese mismo movimiento (y discurso) generan y reproducen
profundas y crecientes desigualdades, concentración de la riqueza, explota-ción
y superexplotación de la clase trabajadora –donde se paga por debajo del valor
de la fuerza de trabajo–, opresión, marginación, miseria, pobreza,
individualismo, guerras y degradación del ecosistema.
Parece
ser que la sociedad del capital es incompatible incluso con una noción de
ciudadanía liberal y menos con una noción sustantiva de esta, más aún en el
contexto de las economías dependientes, pues no solo transfigura este estatus,
al determinarla como una acción exclusiva del individuo como consumidor en la
esfera del mercado –en tanto que nueva esfera pública– a la cual le es posible
acceder, en tiempos de precarización social y flexibilización laboral, a partir
del endeudamiento y el crédito, sino que deja regiones com-pletas al arbitrio
de las economías centrales y su necesidad de valorización del capital.
Como
hemos señalado, los Estados de las economías dependientes, más que asumir un
lugar de autonomía respecto de esta dinámica, se hacen par-te de dicho
engranaje de acumulación, mediante dos mecanismos centrales: generar las
condiciones sociomateriales y jurídicas para la realización de la acumulación,
y otorgar ciertos “derechos” civiles, políticos y sociales a aque-llos sectores
desprovistos de ciertas condiciones de calidad de vida, a través de políticas
de reconocimiento, asistenciales y compensatorias, que ayudan a aminorar el
descontento y la indignación social, entregando condiciones vitales para la
reproducción de la vida, pero que también fomentan el indivi-dualismo y el
consumo.
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Paula Vidal-Molina y Roberto Vargas-Muñoz.
Ciudadanía
en tiempos del Capital. Una crítica desde la tradición marxian
De esta
manera, la ciudadanía forjada en el neoliberalismo produce in-dividuos que
encuentran en el mundo medios para realizar y satisfacer sus propios intereses,
generando una subjetividad indiferente respecto de su entorno, y con ello
respecto de sí mismos. Una ciudadanía para el capital tiene límites
insalvables; dicho de otro modo, es la anticiudadanía, en
tanto anulación, incluso, del ideal liberal que teorizó Marshall a propósito de
la experiencia inglesa, donde el desarrollo del capitalismo no había alcanzado
la voracidad que posee hoy a nivel planetario. En la medida en que la
ciudada-nía social (de derechos sociales) sigue estando pendiente no solo en
las eco-nomías periféricas y dependientes, sino también en las economías del
centro, los derechos civiles y políticos –como dijo Marx– siguen siendo
formales y abstractos para la mayoría de la sociedad, a nivel planetario.
Por lo
tanto, una ciudadanía sustantiva bajo los límites y la lógica del capital es
imposible. Concretizar la ciudadanía sustantiva frente al capital es pensar y
desplegar nuevas formas de interdependencia social por fuera de las lógicas de
intercambio capitalistas, buscando otras formas de relaciones so-ciales
centradas en lo común. No parece ser una tarea fácil, el propio siglo XX no
conoció proyectos alternativos centrados en lo común, más bien, proyec-tos
críticos, pero centrados aun en lógicas de propiedad estatal, o subsumidos en
las categorías básicas del capitalismo.
La vuelta
a Marx –a su crítica de la economía– nos invita a repensar las categorías
críticas para analizar la sociedad del capital y nos pone por delante el
desafío de repensar también nuevas formas de relación social desde el sur, pero
sobre todo, nos invita a transformar la sociedad y evitar el colapso al que nos
está llevando el capitalismo a escala global y, con ello, realizar una
ciu-dadanía sustantiva. ¿Cuáles son esos caminos? Deberemos –como sociedad–
construirlos.
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Paula
Vidal-Molina. Dra. en Trabajo Social por la Universidade
Federal de Rio de Janeiro. Profesora e investigadora de la Facultad de Ciencias
Sociales, Universidad de Chile, Chile. Principales líneas de investigación:
marxismo, justicia e igualdad social, transformaciones del trabajo.
Publicaciones re-cientes: Vidal, Paula [Coord.] (2019), Neoliberalismo,
neodesarrollismo y socialismo bolivariano. Modelos de desarrollo y políticas
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Roberto
Vargas-Muñoz. Dr. en Filosofía por la Pontificia
Universidad Ca-tólica de Valparaíso. Académico en la Universidad Alberto
Hurtado. Prin-cipales líneas de investigación: economía política, epistemología
de las ciencias sociales y teoría política. Publicaciones recientes: Narváez,
A. y Vargas, R. (2014), “Prefacio a una historia inconclusa del marxismo en
Chile”, en Pérez Soto, C., Marxismo: Aquí y Ahora, Chile:
Triángulo; Vidal, P., Vargas, R., Gonzalorena, J., Lara, C. [eds. y comps.]
(2014), Debates sobre marxismo. Continuadores, crisis del capital e
izquierda, Chile: América en Movimiento; Narváez, Ángelo y Vargas, Roberto
(2012), “A modo de epílogo. La actua-lidad de los límites para la filosofía en
Hegel”, en Espinoza, Ricardo [comp.], Hegel. La transformación de los
espacios sociales, Chile: Editorial Midas.

