Libro N° 13549. Populismo, Puntos De Partida. Fineschi, Roberto.
© Libro N° 13549. Populismo, Puntos De
Partida. Fineschi, Roberto. Emancipación.
Febrero 22 de 2025
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Populismo, Puntos De Partida. Roberto Fineschi
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Populismo, Puntos De Partida. Roberto Fineschi
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Roberto Fineschi
Populismo,
Puntos De Partida
Roberto Fineschi
Populismo, Puntos De Partida
Roberto Fineschi
El
populismo es uno de los eslabones de la cadena degenerativa que produce el
fascismo al confundir la revuelta romántica anticapitalista con la crítica del
modo de producción capitalista
1. El
término populismo ha significado y significa cosas distintas, si bien no
totalmente opuestas cuando menos con marcados contrastes. Históricamente, se
observan acepciones potencialmente progresistas – como es el
caso del populismo ruso – conservadoras – por ejemplo el
norteamericano People’s Party –, ambiguas, ambivalentes y
problemáticas – como el peronismo que en Sudamérica se considera tanto de
derecha como de izquierda. A lo largo del siglo XX, seguramente prevaleció una
acepción mas bien negativa. Quizás debido a que tras la segunda guerra mundial
se consolidaron organizaciones politico-institucionales que valoraron
negativamente algunas de sus características distintivas: las democracias
parlamentarias, por un lado, y el socialismo real, por otro, rehuyeron abordar
la ausencia de mediaciones entre el “pueblo” y el ejercicio de la función
pública, otorgando un papel central a los partidos como organizadores,
educadores y eslabones de la cadena de la práctica y participación políticas.
En el
caso del llamado socialismo real, la caracterización del sujeto de referencia
no estaba exenta de problemas, por cuanto antes que “pueblo”, la clase o los
bloques históricos de clase quizás expresaban mejor al sujeto en liza. Incluso
los “frentes populares” se definían como tales en la medida en que estaban
organizados. Por otra parte, los diversos fascismos mostraban claramente
aspectos populistas – que no populares – y aun cuando no se declaraban
populistas, seguramente se consideraban y autoproclamaban emanaciones directas
de un imaginario “pueblo”. Vuelven, aquí, a la memoria diversos mitos
milenarios, imposibles resurrecciones imperiales, el concepto
nacionalsocialista de “völkisch” y cosas por el estilo.
Podríamos
discutir ampliamente acerca del significado de la categoría “pueblo” y de su
potencial ambigüedad, o al menos acerca de la instrumentalización efectuada por
diversas fuerzas políticas enfrentadas a lo largo del siglo XX. Por un lado, el
“pueblo de Italia” era una acumulación genérica de italianos – sin que el
término italiano estuviera mejor definido – prescindiendo de la clase social a
la que pertenecían. En este sentido, el pueblo deviene una categoría
fundamentalmente reaccionaria porque privilegia la “etnia”, “tradición” o
“religión” comunes (transformado mediante las mas variadas mitologías, hoy en
día reemergentes) por encima de la clase (desde los “pueblos” latinoamericanos
al pueblo de la parroquia), es decir, una composición social transversal. Este
pueblo incluye también a las clases dominantes, que consideran
a las clases bajas como un animal más o menos dócil que debe ser domado por
élites aristocráticas o, en casos extremos, por un líder que sepa comprender y
encarnar las tensiones; la pertenencia común no cancela, en definitiva, una
legítima jerarquía social.
Frente
popular alude a un significado más antiguo, según el cual
el pueblo no es toda la sociedad sino un parte que se distancia, distingue y
contrapone a los grupos dominantes en sentido amplio pero donde estos se
caracterizan por una notoria connotación de clase. Elucidar esta
indeterminación es la clave del asunto, porque justo aquí reside el riesgo de
transitar hacia una confusa indistinción entre las dos acepciones. El modo en
que se representa el populus, frente al senatus si
se quiere recuperar el lema – S.P.Q.R., Senatus Populus Que Romanorum – grabado
en las efigies romanas, cambia la perspectiva entre populista y popular. La
palabra es por tanto la misma, pero el contenido es asaz distinto, cultural y
políticamente; se trata en suma de incluir o enmascarar el conflicto de clase.
Un punto clave sería comprender qué elementos hacen de una comunidad un pueblo
y establecer las modalidades en que el pueblo se organiza.
La
esencia del pueblo centrada en la etnia, religión, “tradición” y similares es
un leitmotiv del pensamiento reaccionario moderno, desde el
romanticismo en adelante, de Burke a Heidegger. Al respecto se puede consultar
provechosamente la reconstrucción realizada por Nicolao Merker [1]. Los
enemigos son la reforma protestante, la ilustración, la revolución francesa, el
liberalismo democrático, el laicismo y otros. Se trata del clásico arsenal
reaccionario surgido en los dos últimos siglos de cultura conservadora en
Europa. En este contexto, soslayar las mediaciones entre los de abajo y los de
arriba, es decir, eliminar los órganos representativos y los
procesos sociales y estructuras que procuran la formación de ciudadanos
susceptibles de participar, es un elemento clave; dicha dinámica procede en
paralelo con el menosprecio, si no odio, hacia las instituciones en sus
distintas formas, incapaces de representar las necesidades de la masa o
representándolas de manera inadecuada e instrumental. Esta desilusión y
conflictividad hacia las estructuras y organizaciones representativas
seguramente nace de las dinámicas perversas que surgen en su seno y de su
instrumentalización de clase. El consiguiente liderazgo es una salida
reaccionaria a esta dificultad objetiva y se caracteriza como un segundo
elemento fundamental del populismo.
2. Puesto
que todos los aspectos positivos de la modernidad se han desarrollado junto a
los aspectos negativos, al mismo tiempo y de manera contradictoria dentro
y gracias al propio modo de producción capitalista, el anticapitalismo puede
desarrollarse, sustancialmente, en dos direcciones opuestas: la
revuelta anti-moderna que pretende volver atrás, es decir rechazar en
bloque cuanto se ha desarrollado merced al capitalismo perdiendo todos los
logros históricos obtenidos gracias al mismo, incluso los derechos sociales y
civiles, con la nostalgia de un mundo pasado o el sueño abstracto de un mundo
completamente distinto; o bien ir hacia adelante, es decir criticar la forma
social capitalista actualmente autodestructiva y salvar los logros históricos
que sería regresivo y conservador perder.
Si no se
comprende el carácter contradictorio del modo de producción capitalista, que
contemporáneamente produce libertad y explotación, riqueza y pobreza, el hombre
universal y su alienación y así sucesivamente, y se intenta superar de manera
progresiva la forma de la reproducción social hoy en día inadecuada, se recae
en un “antes” o un “otro” que, para los estándares civiles y sociales de
nuestra vida en común, significa simplemente barbarie. Confundir la revuelta
romántica anticapitalista con la crítica del modo de producción capitalista
produce, al final de la cadena de mediaciones, el fascismo. El
populismo es uno de los eslabones de esta cadena degenerativa.
El
populismo actual puede beneficiarse de nuevos instrumentos tecnológicos.
Como se aprecia a menudo, los nuevos medios de comunicación propulsan el canal
directo entre el líder y la masa y permiten incidir directamente sobre el
individuo a niveles personalizados inimaginables hasta hace pocos días,
captando y conduciendo las pulsiones más dispares. Con todo, esto no produce
todavía una ideología, es decir una visión del mundo de alguna forma coherente,
sino meros ideologemas, contenidos individuales que se aceptan o no
para después dejarse convencer por quien sí tiene un ideología propia, o mejor,
por quien tiene un programa de clase concreto pero que no es capaz de
transformar en una cultura sino sólo en propaganda.
Esta
dimensión meramente propagandística es quizás el signo de una fase de crisis
de la hegemonía, en que aparentemente se renuncia al principio de la
convicción mediante el consenso, a la cultura, para proceder mas bien por la
vía de la adhesión instrumental e inmediata de una masa informe con la
intención de producirla como neutra (estúpida) e infinitamente maleable, como
moléculas que se combinan según la voluntad del ingeniero social. La
incapacidad de producir cultura puede ser el indicador de una crisis de
hegemonía y el tránsito hacia una fase despótica ‘tout court’, en que
el dominio se impone mediante la estupidización masiva y
la circunvención de incapaces.
Hace
algún tiempo, en las conclusiones de una interesante entrada sobre este
argumento [2], Bongiovanni se preguntaba si la disolución de la tradicional
noción de pueblo en el mejor sentido del término, ya fuera campesino u obrero,
no acababa por producir una pulverización amorfa de individuos, una
“muchedumbre solitaria”, una multitud de unos, un “populismo sin pueblo”.
Mirándolo bien es justamente la “people” inglesa, la suma genérica de
individuos ligados de vez en cuando por elementos ajenos y no por un nexo
funcional del sistema, la “gente” en definitiva; el triunfo de la ideología
burguesa mas banal, la sociedad como suma de individuos indistintos.
Reflexiones
de este tipo, en algunos casos agudas y precisas, que se escuchan repetidamente
desde diversas instancias pueden describir mas o menos genéricamente la
situación pero no permiten comprenderla y aun menos cambiarla. El primer punto
nodal en un sentido crítico que surge y continua surgiendo en los distintos
debates que tienen lugar sobre el tema del populismo a menudo es la falta de un
elemento clave, esto es, nada menos que explicar – o al menos tratar de
explicar – cómo se desarrollan estos procesos conjuntamente con la propia
dinámica del capitalismo. No sólo del modo de producción capitalista del que
hablaba Marx a un nivel altísimo de abstracción, sino del capitalismo en su
fase tardía, en el contexto mas concreto de su dinámica sistémica que incluye
estados, distintos niveles de desarrollo, diversidades y tempos subsistémicos.
Si esto resulta cuanto menos increíble en pensadores supuestamente de
izquierdas, es francamente sorprendente en general: ¿Cómo se pueden abordar
cuestiones complejas sin considerar la dinámica histórico-epocal del modo de
producción capitalista?
Esta es
la limitación de muchos politólogos y filósofos que, al menos aparentemente,
dan por descontado el capitalismo hasta el punto de ni siquiera mencionarlo.
Obviamente esto es consecuencia de la crisis del marxismo práctico y teórico,
pero es una tendencia que no es nueva: el miedo a ser tachados de determinismo
economicista ha ocasionado que cada vez más marxistas se orienten hacia
aproximaciones culturalistas, “superestructurales” y demás, donde
intencionadamente se deja en segundo plano la cuestión crucial del nexo social
común de la producción de cosas e ideas, hasta que paradójicamente el tema ha
desaparecido. Análogas consideraciones se podrían realizar respecto a la
crítica del Neoliberalismo, a veces llevada a cabo sin ni siquiera mencionar monsieur
le capital.
Para ir
mas allá de lo descriptivo y de la comprensible condena moral se debe
comprender cómo la ideología populista es conceptual y realmente posible en la
dinámica tardía del modo de producción capitalista, qué elementos estructurales
la convierten en práctica social. También aquí es tanta la confusión que quizás
conviene empezar por lo elemental, recordando que por ideología no se entiende
simplemente el predominio de tal o cual discurso, sino la afirmación
del mundo ya existente en un praxis social efectiva vinculada a su vez
a posiciones de clase concretas. Por ello, la critica “moral” de la inhumanidad
o injusticia del plebiscitarismo, del racismo, de la crisis de las
instituciones democráticas que generalmente se asocian al populismo acaba
teniendo un carácter en extremo limitado y de poca eficacia; existen procesos
sociales objetivos que convierten estas deplorables ideas en socialmente
atractivas porque responden o dan protagonismo a praxis sociales ya
objetivamente en curso.
El
desafío teórico y práctico que tenemos delante consiste en comprender cómo el
capitalismo “crepuscular” reconfigura las formas de subjetividad – y por tanto
de percepción social – cuya forma fundamental es el átomo irreducible que se
suma como “pueblo”, “multitud” y términos similares. Porque es extremadamente
fácil caer víctima de la apariencia y sostener que esta multitud de átomos, en
cuanto tal, pueda constituirse un potencial sujeto capaz de combinarse en
varias formas mas allá de la individualidad, hasta convencerse que dicha masa
informe sea “pueblo”. Esto significa tomar la apariencia fenoménica del modo de
producción capitalista no como la necesaria manifestación del mismo sino como
su propia sustancia. Comprender este proceso es un importante paso adelante
aunque no suficiente, porque se trata de mostrar las razones por las que esta
apariencia se toma por esencia, es decir es una apariencia objetiva.
Paralelamente, se trata de individualizar objetivamente los sujetos históricos
efectivos en su compleja y mediada configuración respecto al viejo esquematismo
binario obreros-capital. Ello sólo es posible a través de Marx y de una
correcta reconstrucción de su teoría de clases a un nivel de abstracción mas
bajo que la teoría abstracta del modo de producción capitalista [3].
En suma,
si posturas potencialmente populistas existen desde el romanticismo, lo que hay
que explicar no es que el populismo exista sino como puede devenir hegemónico.
Este es el desafío teórico y práctico.
Fuente: https://www.lacittafutura.it/
Traducción
para MC de Carles Soriano
27/01/2020
Notas
[1]
Nicolao Merker, Filosofie del populismo, Roma-Bari, Laterza, 2009.
[2] Bruno
Bongiovanni, entrada “Populismo” en la Enciclopedia delle scienze
sociali, Treccani (1996)

