Libro N° 13524. El Cuchipando. Almena, Fernando.
© Libro N° 13524. El Cuchipando. Almena, Fernando. Emancipación.
Febrero 15 de 2025
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El Cuchipando. Fernando Almena
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El Cuchipando. Fernando Almena
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reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
Fernando
Almena
Fernando Almena
EL CUCHIPANDO
por Fernando
Almena
1
En la
ciudad en que sucedió esta historia aún quedaban algunos caserones en pie. Se
habían salvado de ser devorados por las hambrientas y descomunales máquinas
excavadoras. Esas tragonas imparables a las que igual da zamparse un bocadillo
de calamares, que un muro de piedra o un autobús de dos pisos.
Entre
todos esos antiguos caserones, existía uno muy particular a las afueras de la
ciudad. Era viejo y ruinoso, con mil remiendos en sus achacosas paredes, y
quedaba casi oculto por la maraña de plantas del jardín abandonado que lo
rodeaba. Un caserón que habría hecho las delicias de los niños del barrio. ¡Qué
de aventuras podrían haberse imaginado entre sus gruesos muros, qué de sueños
podrían haberse construido con su estructura de castillo inexpugnable!
Pero no
había niño en el barrio que se atreviera a acercarse siquiera a su verja
oxidada. El caserón era toda una leyenda de miedo, misterio y magia.
En él
vivía un anciano de larguísimas barbas de nácar, cabello alborotado, ropas
gastadas y bastón de junco. Aunque su principal distintivo era una descomunal
bufanda roja, enroscada a su cuello como una serpiente tanto en verano como en
invierno.
Del
anciano se contaban cosas increíbles y fabulosas, sobre todo entre los niños.
Unos lo creían un loco; otros, un bandido ya retirado del oficio; y los más, un
brujo. La verdad, también podría ser una buena persona, pero nadie se había
preocupado de averiguarlo.
Todo lo
que del anciano se sabía, era que un día apareció en el barrio y se quedó a
vivir en el caserón, hasta entonces abandonado. Lo demás, sólo suposiciones.
Los niños
lo espiaban desde muy lejos, ya que era la causa principal de su miedo. A veces
lo veían asomado a alguno de los enormes balcones y con la mirada fija en los
árboles del jardín, como si estuviera contando las hojas recién brotadas o las
notas que los pajarillos dejaban caer desde las altas ramas.
Cuando
Timoteo llegó al barrio y entabló amistad con los otros niños, en seguida le
contaron las leyendas del viejo de la bufanda.
—¡Bah!,
eso son tonterías. Apuesto a que será un anciano simpático. Igual que mi
abuelo.
Que Timo
no tuviera miedo, cuando ellos tenían tanto, era algo que no estaban dispuestos
a perdonarle. Y más, siendo bajito y delgaducho. Así que le pincharon para que
entrara en el caserón.
—Está
bien, le haré una visita, veréis cómo no pasa nada.
2
Cuando
Timo cruzó el jardín del caserón, sí que tenía un poquito de miedo, pero sabía
disimularlo estupendamente. Su truco consistía en silbar con fuerza su canción
preferida. De ese modo, no le daba tiempo a pensar.
—Qué
chulo, encima silba —dijo con admiración uno de la panda.
—Deja que
el viejo le eche el guante... —pronosticó otro.
A la
puerta le faltaba la cerradura, y chirrió como un violín enfadado cuando Timo
la empujó. En el interior no encontró muebles historiados ni cuadros tenebrosos
como esperaba, sino un montón de cachivaches desperdigados. Lo más parecido a
una chatarrería.
De
repente, un ruido extraño consiguió que se estremeciera, como si un viento frío
jugara a alpinista por su cuerpo. Algo le habían dicho sus amigos de los ruidos
misteriosos y aterradores.
El
sobrecogedor ruido procedía del piso superior y bajaba por la escalera como si
le hubieran crecido patas. Claro que quién sabe si el ruido no tiene patas y
quizá también alas, si nadie ha conseguido verlo.
Instantes
después, ante Timo apareció un extraño aparato, que se deslizaba por el
pasamanos de la escalera igual que un cochecito por la montaña rusa. Era una
mezcla de lavadora, sillón de dentista y coraza del rey Arturo.
El
curioso aparato paró en seco contra la bola de bronce que remataba la
barandilla. Del impacto se abrió una trampilla y alguien salió disparado por
los aires. Timo se tapó los oídos, tal vez para no oír el tremendo batacazo que
se avecinaba. Pero en la espalda del volador personaje se abrió una especie de
paracaídas y consiguió aterrizar con suavidad.
Delante
de Timo sonreía un anciano de cuyo rostro manaba una cascada de pelos blancos.
No había duda, la bufanda lo hacía inconfundible: era el temible anciano. Timo
quedó impresionado por la colosal estatura del hombre, a pesar de su cuerpo
levemente encorvado, incapaz ya de soportar el inconmensurable peso de los
años.
El
anciano se quitó de la espalda la sombrilla de colorines que le había servido
de paracaídas, mientras decía:
—Por fin
alguien se atreve a visitarme. Tú serás mi primer amigo del barrio. Y sin más
preámbulos tendió la mano a Timo, a un tiempo que decía: —Yo soy don Nicanor,
el que por las ferias tocaba el tambor.
—Y yo,
Timoteo, el que más rápido lee un tebeo —respondió el niño, y le estrechó la
mano.
Como ya
eran amigos, Timo señaló el uniforme que vestía don Nicanor y le preguntó:
—¿Vas
vestido de músico?
—No, es
que ahora soy mariscal de los Grandes Ejércitos del Tocamerroque. No, no es que
esté loco, cosa que indudablemente no tendría demasiado mérito, sino que como
me aburro, organizo mis propios juegos. En este mundo extravagante parece que
los viejos y los niños somos los únicos que sabemos jugar.
—Pues a
mis padres le gusta jugar a la lotería y a las quinielas —apuntó Timo.
—¡Bah!,
me refiero a los juegos de verdad.
—¿Y tú
con quién juegas si no tienes amigos?
—Yo me
construyo mis amigos. Verás.
Sacó una
trompeta del bolsillo y tocó: “Tararí, tiri, titi”. Bueno, sonó un poco
desafinado, pero más o menos fue así.
Un
atronador ruido como de cacerolas chocando entre sí empezó a oírse en el piso
superior. Parecía la cocina de un cuartel en día de zafarrancho.
No
tardaron en aparecer en la escalera unos extraños personajes construidos con
ollas, pucheros y sartenes. Bueno, además de muelles, ruedas de reloj y algún
programador de lavadora. Sin embargo, no parecían robots, más bien tres
esculturas vivientes, pues tres era su número.
Cuando
bajaron los peldaños, se situaron frente a don Nicanor y lo saludaron
llevándose la mano a la sartén, es decir, a la gorra.
—A la
orden de vuecencia, mariscal —dijo el más guapo de los tres—. ¿Podemos dar
un
concierto a nuestro amigo Timo?
El niño
se quedó muy sorprendido.
—Aquí
donde los ves, ninguno ha hecho la mili —comentó el anciano sonriendo—. ¿Te
apetece un concierto de perola y cucharón? Ellos sí son músicos, los mejores de
la banda del Ejército del Tocamerroque.
—Sí
—respondió, Timo—, pero ¿cómo es que saben mi nombre?
A Don
Nicanor se le escapó por las mellas una risita traviesa, que arrancó ecos de
plata a los cachivaches y, luego, se quedó dormida entre las notas calladas de
una vieja cajita de música.
—Muy
sencillo, porque soy yo quien habla. No se nota porque soy ventrílocuo, o sea,
que hablo con el vientre.
—¿Y tiene
mucho mérito hablar por el vientre? —preguntó Timo.
—Claro
que sí, no es fácil.
—¡Jolín!,
pues mi tía Lola sí que debe de tener mérito, porque mi padre dice que habla
por los codos.
Los
músicos no tardaron en empezar su concierto. No era fácil sacar bellos sonidos
a unos simples utensilios de cocina, pero sonaban bien, la verdad. Sobre todo
aquella especie de jeringuilla gigantesca, igual a la que la madre de Timo
utilizaba los domingos para hacer churros. Oyéndola, nadie dudaría de que era
una trompeta.
3
El
caserón estaba inundado de notas musicales. Sin embargo, a los amigos de Timo,
apostados en la acera de enfrente, sólo les llegaban ruidos confusos. —Se lo
está cargando —dijo uno.
—Creo que
se lo va a comer —añadió otro que era más listo—, ¿no oís ruido de cacerolas?
—Claro,
el viejo debe de ser un caníbal.
Esta
suposición, al parecer, hubo quien no la comprendió, pues preguntó:
—¿Qué es
un caníbal?
—El que
se come a otro hombre.
—Y el que
se come a un caníbal, ¿cómo se llama? —insistió el que había preguntado.
—Yo qué
sé, todavía no lo hemos dado en clase.
—Eso es
de quinto —puntualizó el que parecía más enterado.
—Seguro.
El más
pequeño de la panda, levantó un dedo como si pidiera la palabra y comentó: —El
otro día mi profe dijo: “En mi pueblo hay un solo peluquero”. Y, luego, me
preguntó: “¿Quién corta el pelo al peluquero?”
Todos
quedaron intrigados. Por fin preguntaron casi a coro:
—¿Y tú
que respondiste?
—Su tía.
—Qué
pasada, ¿no?
El
pequeñajo levantó los hombros y dijo presuntuosamente:
—Pues
acerté, chaval, que mi profe había dicho que sólo había un peluquero, pero no
dijo que también había una peluquera, y precisamente era su tía. —Eso es
chorra.
—Bueno,
pero me cascó un diez.
Ninguno
parecía acordarse ya de Timo ni del anciano, hasta que se oyó un grito lejano.
Un grito hueco y prolongado, como un bostezo del silencio.
—Ahora sí
que se lo ha cargado. ¿No habéis oído?
Todos lo
habían oído. Y volvieron a oírlo, ahora con mayor claridad:
—¡El
chatarrerooo...!
—¡Jo, qué
corte!
Cuando
Timo salió del caserón, ninguno de la panda se creía que estuviera entero.
Incluso le hicieron quitarse las zapatillas de deporte para contarle los dedos
del pie a ver si le faltaba alguno. Pero no, estaba entero.
—Huele a muerto —comentó el
pequeñajo, buscando desesperadamente una
consecuencia
terrible.
—Son las
zapatillas, animal.
Y es que
las zapatillas de marca ya hasta cantan.
4
Timo y
don Nicanor se hicieron muy amigos. Jugaban todos los días entre los numerosos
cacharros del caserón, y el niño se lo pasaba bomba.
El
anciano cada noche salía de excursión con un carrito, que, de madrugada, traía
cargado de cachivaches. Lo que significaba nuevos instrumentos de juego, pues
no hay juguete más divertido que un trasto inservible si se le sabe echar un
poquito de la sal mágica que contiene el frasco de la imaginación. En la vida
todo es cuestión de salero.
Los
amigos de Timo, a pesar de que él aseguraba que don Nicanor era un anciano
divertido e inofensivo, no se atrevían a acompañarlo en sus visitas al caserón.
Las
personas del barrio, como suele ocurrir cuando no comprenden el comportamiento
de alguien, empezaron a decir que Timo estaba loco, tanto como el anciano.
Incluso advirtieron a sus padres del peligro que el niño podría correr. Pero
éstos visitaron a don Nicanor y comprobaron que era tal como su hijo decía y
que, por tanto, no había motivo de preocupación. Sin embargo, no pudieron
evitar que siguiera siendo el “niño loco” del barrio.
Un día,
don Nicanor se puso muy serio y dijo a Timo:
—Me
marcho. Tengo que dejar el caserón antes de que lleguen las máquinas
excavadoras.
—¿Por
qué?
—Así
es la vida, dicen que esto es demasiado terreno para un hombre solo.
Construirán
una torre, en la que vivirán centenares de personas.
—¿Y por
qué no les construyen casas en el campo?, anda que no hay sitio... — protestó
el niño.
—Seguramente
será para no quitárselo a las amapolas.
El
razonamiento de don Nicanor debió de convencer a Timo, porque buscó otra
solución.
—Pues no
dejes que te echen.
—No puedo, esta casa es de un familiar mío y la ha vendido.
Don
Nicanor y Timo se tendrían que haber puesto muy tristes como es costumbre en
todas las historias, pero no les dio la gana. Tampoco tiene nadie obligación de
actuar lo mismo que los demás.
En vez de
entristecerse, digo, y llenar tres barriles de lágrimas, decidieron dar un
concierto de despedida a los vecinos del barrio. Pero como de día todo el mundo
se encontraba en su trabajo, optaron por hacerlo de noche.
La noche
del concierto no se les olvidó jamás a los vecinos. Llamaron a la policía y
hasta los bomberos.
—¡Deténgalos,
deténgalos! —gritaban enloquecidos desde las ventanas—. Mañana tenemos que
trabajar y no nos dejan dormir con tanto ruido. ¡A la cárcel!
Pero como
eran los músicos del Ejército del Tocamerroque quienes tocaban, los policías se
excusaban:
—No
podemos detener a los pucheros ni a las cacerolas, la ley nada dice sobre ello.
Tras este argumento, los vecinos llamaron por teléfono al Presidente del
Congreso de los Diputados y le dijeron:
—Tienen
que elaborar una ley para detener a las cacerolas y a las sartenes. El
Presidente, no despierto del todo, se volvió hacia su mujer y le dijo: —Mañana
dimito, se me han fundido los plomos. A lo que su mujer, no menos dormida,
respondió:
—Y qué
más da que se hayan fundido los plomos, para dormir no necesitamos luz. En
vista del fracaso, los vecinos optaron por lanzar cubos de agua desde las
ventanas contra don Nicanor, Timo y los tres músicos mecánicos. El anciano sacó
su voz de ventrílocuo y gritó:
—¡Los
artistas somos unos incomprendidos!
Los
vecinos se quedaron muy sorprendidos, no de que un muñeco mecánico hablara
o tocara
la trompeta o el tambor, ¡qué va!, sino de que se considerara un artista. La
gente de las grandes ciudades es así, qué le vamos a hacer.
5
Don
Nicanor metió todas sus cosas personales en una pequeña maleta. Parecía
imposible que un hombre tan aficionado a los cachivaches tuviera tan escaso
equipaje.
Antes de
abandonar el caserón, dijo a Timo:
—En
recuerdo de nuestra amistad, quiero regalarte algo: el portentoso y singular
tesoro del Tocamerroque.
Después
de cavar en el jardín, el anciano sacó un cofre oxidado y lo abrió con gran
ceremonial y misterio.
Timo
esperaba un montón de monedas, un chorizo de Cantimpalos o una jaula de
grillos,
que todo era posible tratándose de don Nicanor. Pero su cara reflejó que se
había
equivocado por completo.
—¡Un
embudo!
—Nada de
embudo —aseguró, molesto, el anciano—, esto es un cuchipando. —¿Estás seguro?
—preguntó el niño rascándose la cabeza, que no veía más que un vulgar embudo.
—Vaya si
lo estoy, lo he inventado yo.
—¡Ah!,
bueno —aceptó Timo ya convencido—.
¿Y para qué sirve el cuchi...
cuchiman...
cuchimando o como se llame?
—Cuchipando
—corrigió el anciano, y añadió con la mayor naturalidad—. Para qué va a servir:
para conocer el carácter de las personas. Timo empezaba a estar intrigado.
—¿Y dónde
se pone el cuchipando?
—En el
ojo. Es muy sencillo, tú observas por este agujero la cara de la persona cuyo
carácter quieres conocer e inmediatamente, según veas su expresión, descubrirás
si es amable, antipática, alegre o agresiva.
—¿Seguro?
—preguntó el niño con cierta desconfianza.
—Vamos a
probarlo.
Abandonaron el caserón y buscaron a algún transeúnte, pero a esa hora
temprana de domingo no había un alma por las calles. Por fin, encontraron a
Casimiro del Ojo Avizor, guardia municipal encargado de la vigilancia y
protección del barrio.
Don
Nicanor se acercó el extremo delgado del embudo a un ojo y miró hacia el
policía.
El
hombre, que era de natural bonachón, sonrió amablemente.
—El
cuchipando indica que tiene buen humor. Mira ahora tú.
Timo se
llevó el embudo a los ojos y apuntó la gran boca hacia el guardia Casimiro. Por
el agujero del cuchipando vio la cabezota del policía enmarcada en un círculo.
El hombre no sólo sonrió al niño, sino que se llevó las manos a las orejas y
movió los dedos de arriba abajo, como si fueran alas.
—Es un
guardia simpático y divertido —comentó Timo.
—¿Ves?,
hemos comprobado que es un buen hombre, el cuchipando no falla. Bueno, pero
como no te veo muy convencido, vamos a probar con alguien más.
Siguieron
la búsqueda y encontraron a un señor de porte muy distinguido que paseaba a su
perro, aunque no estaba del todo claro si era el perro quien paseaba al señor,
que en esto de los animales de distinta especie resulta muy difícil saber quién
es el que domina. Habría que haber consultado a un especialista, pero, como era
domingo —ya se dijo—, ningún veterinario tenía abierta la consulta.
Timo
enfocó la boca del embudo hacia la cara del elegante caballero, que, en cuanto
se dio cuenta de que era observado, arrugó la nariz y enseñó los dientes.
—¡Caramba!, tiene malas pulgas —dijo el niño.
El
hombre, no contento con poner mala cara, les azuzó el perro.
—Anda con
ellos, “León”.
El
animal, obediente o imitador de su amo, mostró los dientes y lanzó unos
amenazadores ladridos. Menos mal que don Nicanor supo recurrir a su
ventriloquia e imitó el ladrido de un mastín enfadado.
El
chucho, que, por fortuna, de león sólo tenía el nombre, pues se trataba de un
diminuto caniche, al oír los ladridos de lo que creyó un perro gigantesco,
metió el rabo entre las patas y se escondió detrás de su amo.
Don
Nicanor y Timo decidieron que lo mejor sería quitarse de en medio cuanto antes,
a la vista de la cara del señor distinguido y del bastón que empuñaba
amenazadoramente en alto.
6
La
estación se encontraba a rebosar de gente. Viajeros con la maleta llena de
sueños en busca de más prometedoras estaciones. Viajeros que entre los raíles y
las traviesas dejan enterrados sus recuerdos y sentimientos con la esperanza de
hallarlos florecidos a su regreso. Viajeros de todos los fines de semana para
los que la estación no es sino un peldaño más en la monotonía de su vida.
Viajeros a ninguna parte que deambulan por los andenes nunca se sabe si por
matar el aburrimiento o si por revivir la ilusión de un encuentro imposible.
“Tren
rápido con destino a La Rioja se encuentra estacionado en vía segunda, andén
primero”. Machaconeo de altavoz gastado que chisporretea y se hace
incomprensible.
—¿Qué ha
dicho?
—No sé,
algo sobre que el tren cargado de vino de La Rioja echará a andar el primero.
—Será un
mercancías.
—¡Ah!,
bueno. ¿Y sabe usted cuál es el expreso del sur?
—Se ha
equivocado de estación. Estos trenes van al norte.
—No
importa, yo sólo vengo a curiosear.
Una
discusión bajo el reloj. “Usted me ha golpeado con la maleta”. “No, fue usted,
que no mira por dónde va”. Corrillo de curiosos. Pitido nervioso de máquina
contenida.
—Tren
expreso con destino a...
—¡Hay
Coca-cola!
—Vamos a
comprar lo billetes, Manolo, que han dicho que hay poca cola.
Don
Nicanor, dispuesto ya a emprender su viaje, dijo a Timo:
—Por los
servicios prestados al glorioso Ejército del Tocamerroque, voy a condecorarte.
Dicho
esto, sacó del bolsillo unas descomunales medallas, con cintas multicolores, y
se las colgó al niño en el pecho, a un tiempo que, con gran ceremonial,
pronunciaba:
—En este acto, te nombro Comendador Insigne de la Gran Orden del
Tocamerroque —le apoyó su bastón de junco sobre un hombro y continuó— y te armo
caballero. ¡Música!
Encima
del tren sonaron ruidos de cacerolas, y Timo pudo ver a los tres músicos
mecánicos encaramados sobre el vagón en que iba a viajar el anciano. Empezaron
a tocar con energía el himno del Ejército del Tocamerroque. Pitó la máquina,
también el jefe de estación, y para no ser menos, el guardia de la esquina.
Todo era música en aquel acto de despedida y condecoración.
La gente,
que nunca se sabe por qué en las estaciones ríe o llora con igual facilidad,
tomó la música por el lado alegre y se puso a silbar y a tararear. Unos
ancianos, siempre los más animados y verbeneros, se lanzaron a bailar con aires
de pasodoble, eufóricos ante las esperadas vacaciones en el albergue de la
costa.
El tren
se puso en marcha lentamente, mientras los tres músicos de la banda continuaban
dale que te pego a sus pucheros y cacerolas musicales. Don Nicanor dijo adiós
con la mano. Timo contestó:
—No te
preocupes, vas en buenas manos. El cuchipando indica que el maquinista es una
buena persona.
7
Si antes
muchas personas del barrio pensaban que Timo estaba loco, ahora, viéndolo
pasear con sus medallas colgadas y mirando por un embudo como si fuera un
catalejo, a nadie le quedaba ya duda de su locura.
A Timo,
sin embargo, le importaba un comino lo que pudieran pensar. El se lo pasaba
fenomenal observando con su cuchipando a la gente .
Había
descubierto que el sitio donde podía estudiar a mayor número de personas era en
la Plaza Mayor, pues siempre estaba a tope de gente. Así que muchas tardes, a
la salida del colegio, montaba su puesto de observación en ella.
El
cuchipando debía de estar estropeado o bien la gente tenía muy mal carácter,
pues todo el mundo tenía la cara avinagrada, como si el mal humor fuera
colectivo. Incluso cuando alguien estaba medio sonriendo y se sentía observado
por Timo, torcía el gesto y ponía cara de muy pocos amigos. Sí, era como si
hubiera una epidemia de irritabilidad y mal humor.
—Niño,
¡qué miras! —gritaba con malos modales un señor que debía de pensar que la
educación sólo consiste en llevar corbata.
—¡Lárgate
con el embudo y mira a tu tía! —decía otro.
—¡Cochino,
a saber qué estará mirando! —chillaba una señora, que debía de tener complejo
de foca por las muchas pieles con que se envolvía.
Todo eran
protestas y malas caras, pero a Timo no le preocupaba lo más mínimo. El seguía
erre que erre analizando el carácter de la gente.
No
faltaban los curiosos que se le acercaban y le preguntaban: —¿Qué ves por ahí?
—A la
gente.
—¿Me
dejas mirar? —pedían. —Bueno —aceptaba el niño.
Y miraban
en todas direcciones, pero cómo no veían nada especial, le devolvían el
cuchipando decepcionados.
—Vaya una tontería, si no tiene lentes ni nada, sólo es un embudo.
Por este
motivo, entre las personas que solían pasear por la plaza se hizo popular la
figura del niño moreno y delgado con sus medallas y su embudo. Y caritativa y
cariñosamente, como es costumbre entre muchas personas de bien, empezaron a
llamarle el “tonto del embudo”.
—¿Qué,
has visto ya a los marcianos? —le preguntaban burlonamente.
—A ver si
consigues ver el futuro y me dices el número en que va a tocar el gordo de
Navidad.
—A ver si
localizas a mi hermano que vive en Guatemala.
Diríase
que el buen humor de los ciudadanos sólo afloraba si se trataba de burlarse de
los demás.
8
Cierto
día, un extraño personaje de más pelo que carne, gruesas lentes y andares, por
ágiles, juveniles, acertó a pasar por la plaza y Timo lo observó a través de su
cuchipando. El hombre se dio cuenta y le sonrió con afecto.
“¡Caramba!,
por fin encuentro alguien simpático y de buen carácter”, pensó el niño, cansado
de descubrir en los rostros la intolerancia, la acritud y el mal genio. El
curioso personaje se le acercó y le preguntó:
—¿Por qué
me mirabas con el embudo?
—No es un
embudo, es un cuchipando —respondió el niño con dignidad.
—Perdona,
¿por qué me mirabas con el cuchipando?
—Para
conocer tu carácter.
—¡Ah!,
¿sí? ¿Y cómo es mi carácter?
—Alegre y
simpático, diferente al de casi todos los que miro.
La gente
se detuvo alrededor, divertida de ver cómo aquel hombre extraño se interesaba
por el “tonto del embudo”.
—¿Me
dejas mirar por tu cuchipando? —pidió el hombre.
—Claro
que sí, pero no verás nada. Nadie ve nada, sólo yo.
El hombre
acercó un ojo al embudo y empezó a mirar a la gente, que reía burlonamente de
verle con el embudo.
—¡Cáspita!,
es cierto, puedo conocer el carácter de las personas —dijo el hombre—.
Y a decir
verdad, lo tienen desmejoradillo.
Uno de
los curiosos soltó una carcajada. El hombre lo miró por el embudo y comentó:
—Por ejemplo, ese señor es ignorante y poco bondadoso, pues se burla de la
buena fe de los demás y de lo que no es capaz de comprender. El curioso dejó de
reír y puso cara de pocos amigos.
—¿Ignorante
yo? —dijo muy enfadado.
El hombre
de las gruesas lentes volvió a mirarlo por el embudo y añadió:
—Los ignorantes ante la primera contrariedad se comportan como los
cohetes, primero hacen ruido y luego explotan. Sí, además tiene un carácter
irritable y alborotador.
El
curioso montó en cólera y gritó amenazadoramente:
—Y usted
es tan tonto como el niño. Y si vuelve a insultarme le parto la cara.
Entre los
numerosos mirones se armó un lío tremendo. Unos querían sujetar al alborotador,
mientras otros lo animaban a que peleara.
Aprovechando
la confusión, un descuidero se apropió de tres carteras vacías, una docena de
talones sin fondos, dos bolígrafos gastados y una lata de sardinas en aceite,
lo único positivo que sacó de su rapiña.
El
extraño personaje, por el contrario, no se inmutó y siguió mirando a todos por
el embudo. Esto irritó a los restantes curiosos, que, con el rostro
congestionado de rabia, comenzaron a insultarlo y amenazarlo.
Ante tal
zipizape, se acercó un policía y se dirigió al grupo de enfurecidos ciudadanos.
—¿Qué
ocurre aquí? ¿A qué tanto revuelo?
Todos
callaron y se pusieron muy serios. Algunos miraron al cielo a ver si les caía
alguna de las flores de la inocencia que crecen entre las nubes, pero aún no
era primavera en los grandes almacenes.
—Veo que
ahora tienen miedo. Son unos cobardes, aunque traten de disimularlo — apuntó a
Timo por lo bajini el hombre de las gruesas lentes.
Mientras,
un dedo le apuntaba con la misma inclemencia que el estoque amenaza al toro
bravo.
—Este
señor se estaba burlando de nosotros —acusó el que señalaba, un hombre
disfrazado de caballero.
—No ha
hecho nada, sólo jugaba con ese niño —defendió un caballero disfrazado de
hombre.
—No haga
caso, lleva razón el señor, el gafudo se mofaba de nosotros mirándonos por el
embudo, y perdone por el poema —sentenció la señora a la que habían birlado la
lata de sardinas.
El hombre
flaco enfiló el embudo hacia el guardia y dijo a Timo:
—Nos la
vamos a cargar, este policía tiene muy mal carácter, es de los que no les
gusta que
le compliquen la vida.
—A mí no
me mire.
—¿Existe
alguna ley que prohíba mirar a los demás a través de un embudo? — argumentó el
hombre de largos cabellos.
—¿Acaso pretende burlarse de la autoridad? —aseguró más que preguntó el
agente del orden—. ¡Vamos, a la comisaría!
Cogió del
brazo al hombre de las gruesas lentes y, de un tirón, le arrancó el embudo de
la mano.
—¡Oiga!,
que es mío, devuélvamelo —protestó Timo.
—O sea,
que tú eres el causante de este alboroto. Acompáñame también. Ya os enseñaré yo
a no incordiar a la gente con un embudo. ¡Vaya par de locos! —No es un embudo,
sino un cuchipando —corrigió el niño.
Era lo
único que faltaba para sacar de quicio al policía.
—¡Encima
pitorreo...!
Los
curiosos, que en el fondo tenían más aburrimiento que maldad, dispusieron ya de
tema de conversación para todo el día, además de la satisfacción de sentirse
triunfadores en aquel absurdo asunto del embudo. El policía, con su intolerante
actuación, había logrado hacerlos felices, que, al fin y al cabo, para eso le
pagaban por medio de los impuestos.
9
Cuando
llegaron a la comisaría, el policía adoptó el mismo aire de superioridad que si
hubiera cazado a dos peligrosos criminales. —A ver, ¿dónde está el comisario?
—dijo.
—No está.
—¿Cómo
que no está!
—Ha ido
con su señora a comprarse unos calcetines.
Una
discusión entre policías sobre si un comisario tiene o no derecho a comprarse
unos calcetines en las horas de servicio escapa del propósito de cualquier
historia. Así que conformémonos con saber que Timo y el señor flaco y de
gruesas lentes, del que a su tiempo se dará nombre y ocupación, quedaron
recluidos en una de las dependencias del cuartelillo en espera de que regresara
el comisario.
En
aquella habitación no había ratas, como Timo se esperaba, sino un canario en su
jaula -prisión dentro de la prisión- y un hombre que se mordía las uñas y les
sonreía. El niño miró al hombre con recelo, temiendo que se tratara de un
asesino o de un defraudador de hacienda. Por fortuna había recuperado su
cuchipando y podría analizar sus intenciones.
Timo
observó con atención al hombre, pero no encontró más que el rostro de una buena
persona, algo intranquila, eso sí. Le pasó el cuchipando al hombre de las
gruesas lentes para estar seguro.
—Tiene
cara de ser un buen hombre —dijo al niño, y luego se dirigió al hombre—. ¿Usted
por qué está aquí?
—Porque
me han intentado robar el coche.
Ante la
cara de sorpresa de Timo y del hombre flaco, el señor nervioso explicó:
—Un joven
había forzado la puerta de mi coche e intentaba arrancarlo cuando, en ese
momento, aparecí yo, me lancé sobre él y conseguí atraparlo. Lo traje a la
comisaría y me han dicho que me quede aquí hasta que vuelva el comisario y me
tome declaración. Cuestión de formalidades, ya sabe.
—¿Y el joven ladrón? —preguntó el hombre de gafas.
—Lo han
soltado. Dicen que no tienen que tomarle declaración porque lo conocen de
sobra.
10
El
comisario adoptó un aire paternal con el niño para volverle a preguntar: —Vamos
a ver, ¿quieres decir que te llamas Timoteo Comendador y Caballero? —No, me
llamo Timo y soy comendador y caballero.
El
comisario se rascó la cabeza y preguntó con desesperación:
—Comendador
y caballero ¿de qué?
—Del
Tocamerroque.
—Del
Tocamerroque, ¡qué idiotez! ¿Y puedes decirme qué hacías con el embudo?
—No es un
embudo, es un cuchipando.
Con un
gesto, el comisario llamó a uno de los policías y le dijo:
—Tocamerroque,
cuchipando, ¿es que quiere volverme loco? Traiga al hombre, a ver si me aclara
algo. Espero que no sea otro majara como el niño.
El
comisario no levantó los ojos de los papeles hasta que hubo preguntado al
hombre flaco:
—A ver,
dígame su nombre.
Pero no
fue necesario que lo dijera. En cuanto el comisario lo vio, debió de
reconocerlo, pues se puso en pie de un salto y gritó: —¡Don Sabino!
Y luego,
enfurecido, llamó al policía que los había detenido y le vociferó: —¡Estúpido,
mostrenco! ¿Cómo se le ha ocurrido detener al más prestigioso sabio de nuestro
país? Usted perdone, excelentísimo señor don Sabino, ha sido un error, un
imperdonable error. Espero que no presente queja ante mis superiores. No sé qué
decir ni qué hacer. Oiga, si quiere, puede mirarme por el embudo. Será un honor
para mí.
—Sí,
señor —dijo don Sabino—, eso está hecho.
Lo miró
por el cuchipando y, luego, se lo pasó a Timo. El comisario sonreía sintiéndose
observado, del mismo modo que si lo estuvieran filmando para el telediario.
—Y tú, Timo, perdóname también, ¡cómo no me acordaría yo del
Tocamerroque! ¿Quién no ha oído hablar del famoso Tocamerroque? Claro,
Comendador del Tocamerroque, un caballero... Nada me merece más respeto que lo
que ustedes representan: el saber y la aristocracia.
Don
Sabino, antes de abandonar la comisaría, le susurró al niño:
—No
parece mala persona el comisario, pero sí un poco pelotillero, ¿verdad?
11
A la
mañana siguiente, en la primera página de todos los periódicos apareció la
noticia sobre la detención de don Sabino.
Timo se
sintió muy orgulloso de haber compartido la aventura con un sabio tan
importante y de que sus nombres aparecieran juntos en el periódico. Pero más
aún, de que don Sabino reconociera en sus declaraciones la gran invención que
suponía el cuchipando. “Con este aparato —había dicho el sabio—, puede
conocerse no sólo el carácter, sino las intenciones y comportamiento del
individuo”. Con un respaldo así, Timo pensaba que, en lo sucesivo, nadie se
atrevería a reírse de él ni de su cuchipando.
En
efecto, a la mañana siguiente, cuando iba camino del colegio, todos los vecinos
con que se encontró lo felicitaron y le pidieron que algún día los mirara con
el cuchipando.
También
en el colegio fue centro de la atención de todos. Incluso el director le rogó
que mirara a los profesores por el cuchipando y le diera un informe para mejor
conocimiento del personal a su mando y para la buena marcha del centro.
Cuando
Timo regresó del colegio, cogió el cuchipando y se marchó a la plaza mayor. “A
ver quién se atreve hoy a burlarse”, pensaba, con la seguridad de quien se
siente apoyado por un reconocido sabio.
Como
todos los días, comenzó a mirar a los transeúntes a través del cuello metálico
del cuchipando.
En contra
de lo acostumbrado, la gente no mostraba su cara avinagrada; por el contrario,
en cuanto se sentía observada, sacaba la mejor de sus sonrisas y ponía cara de
no haber roto jamás un plato. Incluso daba las buenas tardes y largaba un “qué
niño tan mono y tan listo”.
Diríase
que se había operado un milagro entre los habituales de la plaza, como si de
repente la intolerancia, la agresividad y el mal humor hubieran dado paso a la
simpatía
y a la sonrisa amable. Incluso muchas personas se esforzaban para que el
niño las mirara con el embudo y en dar su mejor imagen.
Timo no
esperaba encontrarse con el Alcalde esa tarde. Pero apareció en la plaza,
rodeado de sus guardaespaldas y de sus concejales más fieles. Cuando se hallaba
suficientemente cerca, se llevó el cuchipando a los ojos y lo observó con
detenimiento. El alcalde mostró esa sonrisa especial que reservaba para las
fotos y los carteles de propaganda electoral. Pero lo más sorprendente estuvo
en que se dirigió a él y lo saludó como si fueran amigos de toda la vida.
—¡Hola, Timo!, ¿me dejas mirar por el cuchipando?
—Claro
que sí —dijo el niño, que se sintió muy honrado de que se interesara por él un
personaje tan relevante.
El
Alcalde se colocó el embudo en un ojo y observó una por una a todas las
personas que se habían agolpado en derredor.
—¡Caramba!,
no puedo ocultar mi satisfacción de ver mi ciudad llena de personas felices
—luego, susurró a los concejales—, y eso que sólo llevo un año en el cargo...
Y tal era
la impresión que daban ahora los curiosos, que parecía que competían por
ofrecer la mayor de las sonrisas.
Sin
embargo, el alcalde no quiso hacer público que no veía absolutamente nada
distinto a si miraba sin embudo. Bueno, a excepción de que la gente sonreía con
mayor entusiasmo al sentirse enfocada.
Pronto
cundió la voz de que el alcalde estaba observando a la gente a través del
embudo. La reacción no pudo ser más favorable: los caballeros se levantaron de
los bancos y cedieron su lugar a las señoras; dos automovilistas que discutían
acaloradamente cesaron de insultarse, aceptaron su culpabilidad y se ofrecieron
mil excusas; la gente comenzó a saludarse educadamente; y los carteristas y
descuideros abandonaron precipitadamente la zona, temerosos de que el alcalde
pudiera reconocer su carácter de chorizos.
Resultaba
evidente: todo el mundo quería causar buena impresión. Quizá por ese afán del
ser humano de aparentar que es mejor de lo que en realidad es, y viceversa.
Llegaba a tal extremo el empeño colectivo de parecer encantadores, que incluso
los concejales tenían cara tan beatífica, que más parecían un grupo de monjitas
en día de paseo. Los únicos que cambiaron menos de aspecto fueron los
guardaespaldas del alcalde, que seguían pareciendo gorilas, aunque de
zoológico, eso sí.
12
En los
días que siguieron, el teléfono de Timo no paró de sonar, las cartas llegaron a
ser tan numerosas, que en Correos tuvieron que asignarle un cartero sólo a su
servicio. Los padres de Timo creyeron volverse locos con tanto revuelo. Y es
que todo el mundo pretendía hacerse con el ya famoso cuchipando.
Las
grandes empresas querían el embudo a toda costa a fin de estudiar el carácter
de su personal. Sería la garantía de contar sólo con empleados fieles, honrados
y trabajadores. Descubrirían a los ineptos y los expulsarían.
Los
fabricantes de dentífricos estaban dispuestos a todo por conseguir el embudo
maravilloso para utilizarlo en sus campañas publicitarias. Se relamían pensando
en la cantidad de sonrisas que tendrían que blanquear y abrillantar. Venderían
productos por un tubo, un tubo de pasta de dientes, por supuesto.
Los
centros médicos solicitaban el cuchipando en beneficio del ser humano, como
consecuencia de la desvirtuada noticia aparecida en un gran periódico, cuyo
titular rezaba así: “Espectacular avance científico. La radiografía sin
radiaciones, gracias a un nuevo aparato de reciente invención: el cuchipando“.
Los
pastores de todas las iglesias deseaban el cuchipando para distinguir a las
ovejas descarriadas y llevarlas al buen camino.
El
Ministerio del Interior estaba también interesado en hacerse con tan prodigioso
invento para uso de la policía en su misión de detectar a los maleantes.
También
el Ministerio de Defensa lo solicitó, a fin de emplearlo para desenmascarar
espías.
Los
espías, por su parte, creyéndose perdidos, abandonaron el país apresuradamente,
dejando abandonados sus planos secretos, los microfilmes y las recetas de
cocina que les había encargado que consiguieran la primera dama de sus
respectivos países.
Del mismo modo, los maleantes, usureros, comisionistas, especuladores,
traficantes de droga, empleados corruptos y otras gentes de bien vivir
escaparon de la ciudad con el miedo metido en el cuerpo.
La ciudad
comenzó a notar la emigración de tantas personas y, en consecuencia, el tráfico
se hizo más fluido, la gente dejó de pelear en los atascos y de disputar por un
aparcamiento. Existía tal tranquilidad, que parecía el mes de agosto.
Entretanto,
Timo continuaba negándose a desprenderse del cuchipando, pues era el tesoro del
Tocamerroque que sólo a él le había sido encomendado por don Nicanor antes de
su partida.
En vista
de las circunstancias, el gobierno decidió proteger tan notable invento, y lo
declaró bien nacional y ordenó que una compañía del cuerpo especial de policía
se ocupara de su protección y custodia.
Esto, no
obstante, no impidió que un grupo de turistas asiáticos fotografiara el
cuchipando. Días después, el mercado internacional se vio inundado de diminutos
embudos “made in China” que la gente compró por docenas. Aunque de poco les
sirvieron, pues por más que miraban por ellos no veían nada distinto a lo que
se podía ver a través del vulgar y sencillo embudo que guardaban entre los
utensilios de cocina de su casa.
13
El Presidente
del Gobierno, convencido de que el niño no estaba dispuesto a desprenderse del
embudo, lo invitó a que fuera a su despacho.
Timo
hacía antesala en el palacio presidencial, a la espera de que le llegara el
turno para hablar con el Presidente. Ante él pasaban ministros, directores
generales y otras muchas personalidades de la vida pública del país. Al niño le
divertía verlos tan emperifollados y oírlos hablar, aunque no entendiera nada,
de la coyuntura, el producto interior bruto, la balanza de pagos y las
vacaciones en el Caribe, lugar que a él le sonaba a pueblito de la sierra.
Como no
le interesaban las atrasadas revistas del corazón que había depositadas sobre
la mesa, pues le recordaban con horror la consulta del dentista, decidió, para
matar el aburrimiento, mirar por el cuchipando a todas esas personalidades. La
verdad, quedó encantado, en su corta vida no había observado a gente tan
simpática, sonriente y amable. En cuanto se daban cuenta de que Timo los
miraba, no sólo le sonreían y le hacían cucamonas, sino que le ofrecían
refrescos, boletines del Estado para que construyera pajaritas de papel e,
incluso, se prestaban para jugar a los indios o al rescate por los
interminables pasillos del palacio presidencial.
Cuando
Timo entró en el despacho del Presidente y lo miró con el cuchipando, descubrió
que era idéntico al que había visto en las fotos y en la televisión. Sólo le
faltaba ese niño al que siempre besa, pero se le veía igual de simpático.
—Bien,
Timo —dijo el Presidente—, como no te quieres desprender de tu cuchipando, me
gustaría que, al menos, me dijeras dónde puedo conseguir otro igual. —No sé si
será posible, porque este es el tesoro del Tocamerroque e ignoro si habrá más
ejemplares.
—Bueno,
en ese caso, investigaremos para saber si existen otros —continuó el
Presidente—. Entre tanto, quiero pedirte un favor, que me dejes mirar un ratito
por el cuchipando.
Cómo Timo
no iba a dejar que el Presidente mirara, claro que sí.
Salieron al balcón y el Presidente se llevó a los ojos el embudo. Los
ciudadanos que paseaban por la gran avenida, en cuanto se dieron cuenta de que
su presidente los miraba con el cuchipando comenzaron a aplaudir, a lanzar
vivas y a sonreír con cara de buenas personas.
El
Presidente quedó encantado de tanto apasionamiento popular. Sin embargo, no se
atrevió a confesar que no había visto el carácter ni las intenciones de los
ciudadanos, sólo la alegría que en ellos había despertado.
A pesar
de ello, a las pocas horas, la mitad de la policía del país buscaba
desesperadamente el Tocamerroque. Se preguntó en auditorios, discotecas y
tiendas de discos, incluso a todos los conjuntos musicales de moda, que se
brindaron a tocar un rock marchoso, pero nadie sabía qué era el Tocamerroque.
Ni siquiera se logró averiguar si era un pequeño país, una asociación, un
equipo de fútbol o un partido político.
Desesperado,
el Presidente volvió a llamar a Timo.
—Dime, al
menos, quién te dio el cuchipando.
—Don
Nicanor.
—¿Quién
es don Nicanor? —preguntó el Presidente.
—El que
por las ferias tocaba el tambor —respondió el niño.
El
Presidente volvió a rogarle que lo dejara mirar por el cuchipando. El Alcalde
le había dicho que había visto el carácter de la gente, así que él quería
intentarlo de nuevo.
Y cuando
se asomó el balcón y miró por el embudo, la gente volvió a sonreír, a
aplaudirle y a gritar vivas.
Cuando el
Presidente reunió a los ministros en Consejo, les dijo:
—He visto
el carácter del pueblo.
Entonces,
pensó: “No está bien mentir, pero lo cierto es que aunque no haya visto nada,
un presidente no puede ver menos que un alcalde. De todos modos, está claro que
la gente se vuelve más simpática cuando se le mira con el cuchipando“.
Que el
Presidente hubiera visto el carácter del pueblo, dejaba fuera de toda duda la
importante utilidad del aparato.
De nuevo
la policía se puso en marcha y buscó por todo el país a don Nicanor. No hubo
feria, asilo ni chatarrería que no fuera visitada, pero la búsqueda resultó
infructuosa. A don Nicanor parecía que se lo hubiera tragado la tierra.
14
En vista
del fracaso en la búsqueda de don Nicanor, y convencido de las excelencias del
cuchipando, el Presidente llamó a Timo al palacio presidencial y le dijo:
—Puesto
que no existe manera alguna de conseguir nuevos cuchipandos, he decidido
nombrarte Cuchipandólogo Nacional. Desde hoy te ocuparás de analizar y vigilar
el carácter de los ciudadanos.
Desde ese
día, Timo se puso a trabajar muy seriamente en su puesto de Cuchipandólogo. Iba
de acá para allá, entusiasmado, mirando a la gente por su cuchipando. Pero
pronto empezaron a solicitar sus servicios desde todos los rincones de la
ciudad.
—Oye,
Timo, necesito que eches un vistazo al personal de mi fábrica. Hay algunos que
no cumplen con su obligación y me están estropeando la producción. Necesito
saber quiénes son.
—Quiero
contratar un nuevo director para la oficina y es necesario que me digas qué
candidato posee el carácter más adecuado para el puesto.
—Tengo un
montón de pretendientes y necesito que les eches un vistazo para ver cuál es el
que más me conviene como marido.
Incluso
el propio Presidente del Gobierno lo llamó porque iba a nombrar nuevos
ministros y necesitaba que lo orientara.
Timo poco
podía hacer en esos casos, pues, como siempre, cada persona que se sabía
observada, sacaba su mejor sonrisa y se comportaba ejemplarmente.
Sin
embargo, este comportamiento no era así en cuanto la gente no se sabía
observada. Nada más Timo se daba la vuelta, cada cual volvía a poner su gesto
avinagrado y a adoptar su habitual aire de intolerancia e irritabilidad. Pero,
claro está, el niño no podía estar en todas partes a la vez. Y eso hacía que se
sintiera triste y fracasado.
Por ello,
días después, mientras miraba por el cuchipando a la gente, pensó que volvería
a enterrarlo dentro de un cofre, como estaba antes de que se lo entregara don
Nicanor. Además, resultaba muy aburrido ver siempre las mismas caras
sonrientes, las mismas sonrisas falsas que desaparecían en cuanto él no miraba.
Se hallaba distraído con estos pensamientos, cuando giró la boca del
embudo y enfocó un rostro que, al principio y con su distracción, no reconoció.
Pero la cascada de pelo en el rostro y la bufanda roja, en seguida le hicieron
gritar: —¡Don Nicanor!
El
anciano no tardó en conocer por boca de Timo todos sus éxitos con el cuchipando
y la preocupación en que se hallaba sumido. —Tienes que ayudarme —suplicó el
niño.
—Aunque
sólo estaré un día en la ciudad —dijo el anciano—, dejaré resuelto tu
problema.
La solución es muy sencilla, bastará con repartir cuchipandos a la gente.
Así habrá
mayor vigilancia.
Timo no
quedó muy convencido.
—Si sólo
vas a estar un día, ¿cómo podrás fabricar tantos cuchipandos?
El
anciano sonrió.
—Más
sencillo aún, tengo un carro lleno de ellos.
—¿Y
cuándo los has fabricado?
—No los
he fabricado, los he comprado en ferreterías y bazares.
El niño
se quedó asombrado de ver tanto embudo junto. Los había de todos los tamaños y
colores. Sin embargo, en todos aparecía grabado un sello.
—Es el
escudo del Tocamerroque. No olvides que soy mariscal de sus ejércitos. Y tú,
comendador.
Antes de
reemprender viaje, don Nicanor pasó a Timo un brazo por el hombro y le dijo:
—Hoy
también voy a hacerte un regalo.
Abrió el
cesto de mimbre que llevaba y sacó una bonita gallina blanca.
—Esta es
una gallina mensajera, emisaria de los Grandes Ejércitos del Tocamerroque. Cada
vez que necesites cuchipandos no tienes más que soltarla. Ella me avisará y te
enviaré un cargamento.
—¿Y si
alguien la captura en el camino y se la come? —preguntó Timo, que no podía
imaginarse una gallina mensajera.
—Una
gallina del Tocamerroque no hay quien la capture, y menos aún quien se la coma.
El niño
observó al animal con interés y pudo comprender, entonces, las palabras del
anciano: la gallina estaba construida con botes de conserva y sabe Dios con qué
mecanismos de desguace.
Don
Nicanor partió lentamente en su carro repleto de cachivaches y chatarra como el
gran mago del país de los objetos inservibles. Detrás lo seguían los tres
músicos de
la Banda del Tocamerroque, que hacían sonar divinamente sus pucheros y
cacerolas como si fueran los más perfectos y afinados instrumentos musicales.
15
En la
ciudad en que sucedió esta historia, ya no quedaba ningún viejo caserón. Todos
habían sido devorados por las hambrientas y descomunales máquinas excavadoras.
Los habían reemplazado elevadas torres, en las que vivían centenares de
personas.
Sin
embargo, la gente era la más agradable del país. Todos los vecinos se sonreían,
la intolerancia había desaparecido y la amabilidad se había convertido en
norma. Tampoco existía la irritabilidad. Los policías, en vez de pistola,
llevaban colgado al cinto un reluciente embudo con el sello del Tocamerroque. Y
muchos de los ciudadanos se dedicaban a observar a sus vecinos por la boca
acampanada de su cuchipando.
La verdad
es que nadie había conseguido ver más allá de lo que vería por un simple embudo
de cocina, pero mirar por el cuchipando impresionaba.
Los
vecinos, a fuerza de sentirse observados y por el miedo a que los demás
descubrieran el lado agrio de su carácter, pronto se habituaron a mostrar su
lado bueno, el carácter más afable, respetuoso y tolerante. Como habían oído
decir que vivían en la era de la imagen, procuraban dar la mejor. Si alguien
iba a enfadarse, no lo hacía por temor a que los demás estuvieran observándolo
por el cuchipando.
Y así
continuaron hasta que este comportamiento se hizo costumbre y la ciudad se
convirtió en la más grata y simpática del mundo.
Desde
entonces ya no es posible encontrar un embudo más que en las ferreterías, los
bazares o entre los numerosos cacharros de la cocina. Los cuchipandos son ya
innecesarios, sólo historia.

