Libro N° 13523. El Cisne Negro. Almena, Fernando.
© Libro N° 13523. El Cisne Negro. Almena, Fernando. Emancipación.
Febrero 15 de 2025
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El Cisne Negro. Fernando Almena
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El Cisne Negro. Fernando Almena
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© Edición,
reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
Fernando Almena
EL CISNE
NEGRO
Fernando Almena
Premio «TEATRO GUERRA»
del II
Certamen Literario de Teatro Infantil y Juvenil,
convocado
por la Asociación de Amigos de la Cultura, de Lorca (Murcia).
EL CISNE
NEGRO
Fernando
Almena
Dedicatoria: A
Merche.
Personajes:
XI SHI
GOU JIAN
FAN LI
FU CHAI
YU
WEN ZHONG
SERVIDORES
SOLDADOS
(El
escenario está oculto por un telón de boca translúcido, alumbrado desde atrás a
fin de que impida ver el decorado. Tras el telón se recorta, como una sombra
chinesca, la imagen de un gran cisne. Este cisne, estático durante el inicio de
la obra, lo compondrá una actriz, contraído su cuerpo hasta conseguir la forma
adecuada, con un brazo levantado y la mano arqueada para formar el largo cuello
y la cabeza y con un abanico extendido en la otra mano para formar la cola. Es
de suma importancia el efecto estético y sorprendente que se concede a esta
imagen. La figura del cisne permanecerá inmóvil hasta que los espectadores
ocupen sus asientos. Arropa la sala una música suave, que crecerá de intensidad
hasta que oculte el ruido ambiental. Una espesa nube de humo, iluminada
adecuadamente para conseguir un ambiente de irrealidad, misterio y fantasía,
comienza a brotar alrededor del cisne, envolviéndolo. Conforme el humo se va
disipando, el cisne adquiere vida, mueve el cuello y, lentamente, la figura
comienza a incorporarse y a tomar su forma real, humana. Una transformación
casi mágica a la vista de los espectadores. Aprovechando la humareda, la actriz
atraviesa el telón de boca y se coloca en el proscenio. Cuando el humo
desaparece, queda visible el personaje. Se trata de una joven de rasgos
orientales y exuberante belleza, que viste atuendo chino. Su nombre XI SHI.
Desciende del escenario mientras recita su monólogo y se sitúa entre el
público. Cesa la música.)
XI SHI.—
¡Oh, cuántos jóvenes! No imaginaba que contaría hoy mi historia a un grupo tan
numeroso. A veces, se la cuento a algún niño solitario que se acerca al
estanque en que habito para verme deslizar como un velero de plata sobre las
aguas dormidas. Porque ya os habréis dado cuenta de que soy una de las más
serenas y majestuosas aves que navegan por vuestros lagos. ¿Sabéis qué ave soy?
Bien, un cisne, pero en realidad soy una mujer. ¿Por qué cisne y por qué mujer?
Eso forma parte de la historia que voy a contaros. De momento sabed que mi
nombre es Xi Shi, un nombre que suena a país muy lejano y época muy remota,
casi perdida ya en la memoria de los hombres por culpa de quien oculta el
pasado para que triunfe el presente: el tiempo, ese carcamal por el que nunca
pasan los años porque en cada instante muere y vuelve a nacer. Así siempre.
(Pausa.) Trato de deciros que soy muy vieja; tanto, que creo que no sabríais
calcular mi edad. A ver, intentadlo. ¿Cuántos años creéis que tengo? (Tras las
respuestas.) No, muchos más, (En tono confidencial.) muy pronto cumpliré dos
mil quinientos años. Bueno, yo me he presentado y, sin embargo, aún no conozco
vuestros nombres, y a mí me gusta conocer a los niños a quienes cuento mi
historia. (Da la mano a diversos espectadores y les pregunta sus nombres, todo
con gran ceremo-nial, muy al estilo oriental.) Mi historia es muy simple y, a
la vez, con toda la grandeza que se esconde en la sencillez. La grandeza de mi
historia radica en que está llena de sacrificios. (Breve pausa.) Ocurrió en
China, como después se ha ido repitiendo, con leves diferencias, en multitud de
países y ocasiones, porque la Historia verdadera se escribe sobre el sacrificio
de algunos en beneficio de la mayoría. Vuestras cortas vidas seguro que ya
están repletas de sacrificios. Esa pequeña o gran renuncia que hacéis en
beneficio de alguien o de los demás está configurando vuestra propia historia y
la de todos, porque estáis construyendo, mis jóvenes constructores de sueños,
la base de un mundo mejor. (Pausa.) Yo era ciudadana del reino de Yue, que
gobernaba Gou Jian, rey justo y amante de su pueblo. Vecino del nuestro era el
reino de Wu, cuyo rey Fu Chai nos declaró la guerra en disputa por la
dominación de unos territorios del sur. La crueldad de la guerra pronto se
instaló entre ambos pueblos, aprisionándonos con sus largas
patas de
araña despiadada. (Ruido de batalla en “off”.) Pero nuestro ejército, más débil
y pobre, pronto se vio obligado a retirarse. (El ruido de batalla decrece hasta
desaparecer.) Mi señor, Gou Jian, para evitar que su pueblo fuera masacrado,
envió a su ministro Wen Zhong al reino de Wu para que pactara la paz con el rey
Fu Chai. Días después regresó el emisario, en cuyo rostro se dibujaba la
tristeza, del modo como el otoño se refleja en los amarillos y grises de los
campos. En cuanto mi rey recibió la respuesta, ordenó llamar a Fan Li. (Se
levanta el telón de boca y aparece un salón del palacio de Yue. En escena, GOU
JIAN y FAN LI, que visten ricos trajes orientales y llevan espadas al cinto.)
He de deciros que Fan Li, a pesar de su juventud, era un ministro de la corte.
El y yo nos amábamos. Tanto, que odiábamos el tiempo en que no podíamos estar
juntos.
GOU
JIAN.— Fan Li, no son buenas las noticias que Wen Zhong me ha traído del reino
de Wu. Fu Chai no acepta la paz. Solo la aceptaría si mi esposa y yo
accediéramos a servirle como esclavos durante tres años.
FAN LI.—
Eso es una insensatez y un ultraje, majestad. Antes, seguiremos luchando aunque
en ello nos vaya la vida a todo el país.
GOU
JIAN.— No, Fan Li, no se puede esperar a que desaparezca el bosque porque un
árbol haya enfermado. Es preferible talarlo antes que permitir que la
enfermedad se extienda y el bosque se convierta en desierto.
FAN LI.—
Pero, majestad, quién sabe si saldríamos airosos de la lucha.
GOU
JIAN.— Las luchas suicidas a nada conducen, solo al triunfo de la ambición de
unos pocos. Está decidido: tres años solo son unas gotas de agua en el vaso de
la vida. Más larga será la espera del día en que pueda vengar esta afrenta,
pero llegará, Fan Li.
FAN LI.—
(Entristecido, pero valeroso.) Yo acompañaré a vuestras majestades. Os ayudaré
a llevar la penosa carga de la esclavitud. Siendo vuestro esclavo, os sentiréis
menos esclavos.
GOU
JIAN.— No tienes por qué. Preferiría que te quedaras cuidando de nuestro pueblo
y de su gobierno.
FAN LI.—
Ya lo hará Wen Zhong, él es un ministro notable. Por favor, permitidme que os
acompañe.
GOU
JIAN.— Está bien, si es tu deseo, no debo impedírtelo. Piénsalo mientras yo
dispongo nuestro viaje.
(Música
suave de fondo. Mutis de GOU JIAN. XI SHI, que ha permanecido inmóvil entre los
espectadores, se dirige hacia el escenario, al que sube.)
XI SHI.—
Yo acudí presurosa en cuanto supe que Fan Li me buscaba. (Llega junto a él.)
¿Querías hablarme, mi señor?
FAN LI.—
(Serio.) No sé si tendré derecho a obligarte a una separación, Xi Shi.
XI SHI.—
Creo que sería injusto, y tú amas la justicia. Salvo que la razón sea superior
al sentimiento.
FAN LI.—
Lo es. Nuestros reyes han escogido servir a Fu Chai como esclavos para salvar a
nuestro pueblo. Mi conciencia me obliga a compartir su sacrificio.
XI SHI.—
(Comprensiva.) Contaré el perezoso caminar de los días hasta tu regreso.
FAN LI.—
No será el paso de los días, sino el de los años. Tres veces verás florecer el
jardín antes de mi regreso.
XI SHI.—
La espera siempre será la eternidad, sin que importe el tiempo. Desde este
instante te aguardaré.
FAN LI.—
(La abraza.) Tu esperanza y tu recuerdo serán mis compañeros inseparables de
viaje. Luego, ya nada ni nadie podrá alejarnos al uno del otro. Y ahora debo
prepararme.
(Sube la
música de intensidad. Mutis de FAN LI. XI SHI se adelanta hasta el proscenio.
Baja el telón y con rapidez se cambia el decorado por medio de un telón de
fondo o por pequeños cambios en el decorado y variación del colorido, gracias a
un adecuado juego de luces.)
XI SHI.—
(Baja la música.) Gou Jian sabía que un rey que ha de someterse a otro no es
digno de portar espada. Así que, antes de partir, clavó su espada en el tronco
del árbol sagrado de eternas flores blancas que adorna el jardín del palacio
real y dijo: «No tomaré mi espada hasta que llegue el día de mi venganza. Ese
momento llegará, y el Cielo nos avisará de ello con alguna señal». El árbol
desde ese instante dio rojas sus flores, como si su savia herida las tiñera con
el color de la ira. (Pausa.) La reina Yu, Gou Jian y Fan Li viajaron acompañados
de un pequeño séquito. Cuando llegaron frente a las murallas del palacio de Fu
Chai, Gou Jian ordenó a sus servidores que regresaran, y ellos tres en
solitario cruzaron la entrada del castillo. Los soldados reconocieron a nuestro
rey y se burlaron de él, envalentonados, cuando antes su sola presencia en el
campo de batalla los hacía temblar. Soportando las vejaciones y la humillación,
Gou Jian pidió que lo condujeran ante Fu Chai.
(Se
levanta el telón y cesa la música. Aparece FU CHAI en su palacio, rodeado de
varios de sus SERVIDORES. Es un hombre de aspecto vehemente, tosco en sus
ademanes y poco comedido en sus actos. Por un lateral, entran los reyes de Fue
y FAN LI. Se inclinan ante FU CHAI, pero él no responde a su respetuoso saludo,
por el contrario, lanza una risotada.)
FU CHAI.—
(A sus SERVIDORES.) Este es el gran rey de Fue, al que no osa enfrentarse
ninguno de mis soldados.
GOU
JIAN.— Que acepte serviros como esclavo no significa que haya de soportar las
burlas de esos soldados. A pesar de todo, soy un rey.
FU CHAI.—
No se burlan del rey, lo hacen del esclavo. Quizá la causa de sus chanzas se
encuentre en lo inadecuado de vuestros ricos ropajes, que no corresponden a la
categoría de un esclavo. ¿Cómo os diría, Gou Jian...?, tan chocante como si
vistiéramos a un asno con el atuendo de nuestros hombres de ciencia. Por eso,
os he preparado la vestimenta que en estos tres años habréis de utilizar. (A
los SERVIDORES.) Traed sus ropas.
(Mutis de
los SERVIDORES.)
GOU
JIAN.— Espero que a nuestra humillación no añadáis la de vestirnos
indecorosamente.
FU CHAI.—
(Ríe.) Alegraos de que no haga que me sirváis desnudos. (Entran los SERVIDORES
con unas ropas viejas, descoloridas y pobres.) Vamos, ayudadles a vestir, que
no en vano les corresponde el trato de reyes.
(Los
SERVIDORES, entre burlas y malos modos, quitan los trajes a los tres personajes
y les colocan los ropajes que han traído. FU CHAI ríe divertido.)
GOU
JIAN.— Bien, ya nos habéis humillado, y veo que ello os place sobremanera.
Decidnos ahora cuáles serán nuestros aposentos y cuál nuestra tarea, pues
deseamos reponer fuerzas tras el largo viaje.
FU CHAI.—
Estáis impaciente, según veo, por conocer vuestras obligaciones,
(Burlonamente.) majestad. Vos os alojaréis en una cabaña de piedra que he
ordenado construir junto a la tumba de mi padre.
GOU
JIAN.— Eso es despreciable.
FU CHAI.—
No creáis, la cabaña nos dispondrá de las comodidades de vuestro palacio, pero,
al menos, os protegerá de la lluvia y del viento.
GOU
JIAN.— No importa mi alojamiento, mas no comprendo el capricho de que sea al
lado de la tumba de He Lü, vuestro honorable padre.
FU CHAI.—
Sí, quiero que durante estos tres años no olvidéis ni un solo día que mi padre
fue muerto por uno de vuestros soldados.
GOU
JIAN.— En noble lucha en el campo de batalla.
FU CHAI.—
No por ello deja de estar muerto.
FAN LI.—
Pero señor...
FU CHAI.—
Vos no habéis sido invitado a hablar. Alegraos de que no haya mandado
encarcelaros. Por cierto, vos os alojaréis en las cuadras, junto a los
caballos. Siento no disponer de asnos, pues quizá os habría sido más grata la
compañía. En cuanto a vos, señora, si queréis, podréis alojaros en las
dependencias del servicio.
YU LI.—
No, majestad, prefiero quedarme junto a mi esposo.
FU CHAI.—
Podéis quedaros, si así lo deseáis. Tal vez cuando lleguen los fríos vengáis a
suplicarme el alojamiento que hoy despreciáis.
GOU
JIAN.— Señor, permitid que Fan Li comparta nuestra cabaña. No olvidéis que es
un noble y ministro de mi corte.
FU CHAI.—
No, que en la cuadra tal vez tome enseñanza de las bestias y aprenda mayor
eficacia que la que, según parece, ha demostrado en el gobierno de vuestro
reino. Y hablando de caballos, vos, Gou Jian, seréis mi palafrenero. Cuidaréis
de mis caballos y llevaréis de las riendas el mío cada vez que haya de montar.
Fan Li se ocupará de herrarlos. (A la reina YU.) y vos, señora...
YU LI.—
Yo me ocuparé de darles de beber y de limpiar los establos.
FU CHAI.—
Espléndida inteligencia, digna de una reina, la de quien adivina su tarea. (GOU
JIAN tiene la cabeza gacha.) Y vos, Gou Jian, ¿por qué tenéis humillada la
cabeza,
acaso por el peso de la vergüenza, (Ríe.) o por el de vuestros pensamientos de
venganza?
(Oscuro.
Un cañón ilumina a XI SHI, que ha permanecido en la zona de espectadores.)
XI SHI.—
Así transcurrió parte de los tres años de esclavitud. Gou Jian se ocupó de
criar y cuidar caballos. La reina diariamente acarreaba agua para la comida y
para la limpieza de los establos. Fan Li trabajaba con interés y ahínco. Jamás
a ninguno de los tres se les oyó protesta o queja alguna. Fu Chai enviaba con
frecuencia a sus servidores para que los vigilaran. Más tarde, como vio que
nada tenía que temer, abandonó la vigilancia. Mi señor, Gou Jian, caminaba
siempre con la cabeza gacha.
(Luz al
escenario. Cruza GOU JIAN tirando de las riendas de un decorativo caballo de
cartón, que FU CHAI lleva enhebrado en el cuerpo, a la altura de la cintura. La
reina cruza en sentido inverso, portando un cubo de agua. Aparecen unos
SOLDADOS y señalan a GOU JIAN entre risas.)
SOLDADO
1.— Mirad, ese es el rey de Fue, al que derrotó nuestro señor.
SOLDADO
2.— Quién lo diría. Se afirmaba que era el más valeroso y quien mejor manejaba
la espada.
SOLDADO
3.— ¿No serían las riendas?
(GOU JIAN
no reacciona ante las burlas de los soldados.
Oscuro
lento.)
XI SHI.—
El rey Fu Chai, cada vez más seguro del poder de su reino, dedicaba su vida más
a la diversión y a los placeres que a los asuntos de estado. Su debilidad era
la búsqueda de la belleza en la mujer. (Pausa.) Antes de que hubieran
transcurrido los tres años, Fu Chai enfermó. Los médicos de la corte no
lograban curarlo. Un día, mi señor Gou Jian solicitó audiencia.
(Luz a
escena. FU CHAI está postrado sobre unos almohadones. Se le ve mal aspecto. Lo
acompañan sus SERVIDORES.)
FU CHAI.—
(Al SERVIDOR 1.) ¿Gou Jian? ¡Ah!, sí. Su comportamiento ha sido tan sumiso, que
casi me había olvidado de él. ¿Para qué quiere verme? Tal vez desee pedir
clemencia. Aún no han transcurrido los tres años de su compromiso. No, estoy
enfermo y cansado. No deseo visitas. Decidle que vuelva al término de los tres
años.
SERVIDOR
1.— Majestad, ha insistido en que es importante que os vea. Dice que el motivo
de su visita está relacionado con vuestra enfermedad. Además, desea expresaros
su lealtad.
FU CHAI.—
No sé qué puede conocer de enfermedades quien solo sabe de caballos. Está bien,
hacedlo pasar. (Sale el SERVIDOR 1 y regresa de inmediato acompañado de GOU
JIAN, que se inclina ante FU CHAI.) ¿Es cierto que queréis expresarme vuestra
lealtad?
GOU
JIAN.— Lo es, majestad. Pero, además, deseo deciros que en mi reino aprendí
algo de medicina y a diagnosticar ciertas enfermedades.
FU CHAI.—
¿Pretendéis lograr lo que no han conseguido mis mejores médicos? ¿No será
alguna estratagema vuestra para atentar contra mí?
GOU
JIAN.— ¿Acaso os he dado en todo este tiempo motivo de desconfianza?
FU CHAI.—
No, eso es cierto. Pero, decidme, ¿cómo pretendéis diagnosticar mi enfermedad?
GOU
JIAN.— Conozco una nueva técnica, mediante la que, por el sabor de los
excrementos del enfermo, se puede conocer el origen de su enfermedad.
FU CHAI.—
(Entre sorprendido y asqueado.) ¿Estaríais dispuesto a probar mis excrementos?
GOU
JIAN.— Lo estoy, majestad.
FU CHAI.—
Pues, allá vos.
(Oscuro.
Un cañón ilumina a XI SHI.)
XI SHI.—
Gou Jian, después de probar los excrementos de Fu Chai, le dijo: «La enfermedad
de vuestra majestad no es grave. Si tomáis las hierbas que os he preparado,
pronto sanaréis». Fu Chai, que desconfiaba, hizo que varios de sus servidores
tomaran las hierbas de Gou Jian. Al ver que nada malo les ocurría, también él
las tomó. A los pocos días estuvo curado. Cuando vio que su eterno enemigo Gou
Jian le ha había demostrado tanta fidelidad, decidió permitirle que regresara a
su país. Incluso antes de su partida, ofreció un banquete de despedida en su
honor. (Pausa.) Gou Jian, su esposa y Fan Li llegaron a nuestro reino, donde
esperábamos con impaciencia su regreso. Yo me sentía dichosa porque, al fin, mi
amado y yo podríamos estar juntos durante lo que nos restara de vida. Nuestro
reino, sabiamente gobernado por Wen Zhong, había conseguido prosperar, siempre
con la ilusión puesta en el retorno de Gou Jian.
(Luz al
escenario. De nuevo, el palacio de GOU JIAN. En escena, él, la reina FU, WEN
ZHONG y FAN LI. Al grupo se incorpora XI SHI.)
GOU
JIAN.— (A WEN ZHONG.) Agradezco tu incondicional lealtad y la de nuestro
pueblo. Puedo asegurarte que nunca defraudaré las esperanzas que depositasteis
en mí. Como tampoco jamás olvidaré las humillaciones que tuve que soportar en
el reino de Wu.
WEN
ZHONG.— Majestad, olvidad vuestros padecimientos y descansad ahora.
GOU
JIAN.— No podré hacerlo, mi fiel Wen Zhong, hasta que haya vengado el ultraje
que nuestro pueblo y nosotros hemos padecido.
WEN
ZHONG.— No estamos preparados para una guerra con Wu. Nuestro pueblo ha
progresado, mas no lo suficiente.
GOU
JIAN.— No desclavaré mi espada del tronco del árbol sagrado hasta el día en que
recibamos del Cielo la señal de que el momento ha llegado. Entre tanto volcaré
mis esfuerzos en el progreso de nuestro país. Por ello, mi voluntad es que,
para el desarrollo de la agricultura, durante siete años no se cobren impuestos
a los campesinos, que ningún pobre quede sin ser atendido, que a los sabios les
sean dados todos los medios para que la ciencia avance y que los letrados
trabajen en la elaboración de las más justas y provechosas leyes. He aprendido
en este tiempo de meditación que este es el camino para que nuestra nación
progrese. En cuanto a ti, Wen Zhong, por tu fidelidad y méritos, ocuparás el
puesto de primer ministro a perpetuidad. Tú, Fan Li, mandarás todos mis ejércitos.
WEN
ZHONG.— Majestad, no es necesario ni merezco tanto honor.
FAN LI.—
Tampoco yo lo merezco.
GOU
JIAN.— Por el contrario, creo que es insuficiente, pero no tengo más medios con
que recompensar vuestra fidelidad. (Breve pausa.) También deseo que ambos
viváis en este palacio para que lo cuidéis y lo tengáis dispuesto para los
asuntos de estado. Mi esposa y yo viviremos en una cabaña, la cual ordenaréis
que sea construida en los jardines. Asimismo, es mi deseo que en nuestro lecho
no instaléis blandos almohadones ni colchones de plumas, sino unos maderos.
WEN
ZHONG.— Pero, señor, eso no es digno de un rey.
GOU
JIAN.— Sí, porque será el modo de templar mi voluntad. Algo que he aprendido en
el reino de Fu Chai. Para él dejo el lujo y las comodidades. También labraré la
tierra y mi esposa se dedicará a coser nuestros vestidos, que serán sencillos,
alejados de la ostentación. Nuestra comida no será diferente a la de los
campesinos. Por último, quiero que en mi dormitorio sea colgada una vesícula
biliar
para que, diariamente, pueda saborear el amargor de la hiel. Será la manera de
que no olvide las amarguras pasadas en el reino de Wu.
WEN
ZHONG.— (Que se muestra muy sorprendido.) Está bien, majestad, se hará cuanto
habéis pedido. Veo que, además de buscar el progreso de nuestro pueblo,
pretendéis mantener vivo el deseo de vengaros de Fu Chai.
GOU
JIAN.— Más que venganza, aun siéndola, es justicia lo que busco. Fu Chai es
hombre desatinado, antojadizo y voluble. Cualquier día podría volver a
declararnos la guerra y destruirnos. Debemos poner fin a esa amenaza perenne.
No habrá paz hasta el día en que hayamos dominado su ambición.
WEN
ZHONG.— Pero ¿cuándo llegará ese día? Su reino es más poderoso que el nuestro.
GOU
JIAN.— Tendremos que aguardar a que se debilite. Fu Chai abandona cada vez más
los asuntos de estado en favor de la vida placentera.
FAN LI .—
Majestad, en el tiempo que permanecimos en Wu ideé un plan para minar la
voluntad de Fu Chai.
GOU
JIAN.— Puedes explicárnoslo.
FAN LI.—
Conocida la pasión de Fu Chai por las mujeres bellas, podríais enviarle como
presente, puesto que os cree leal, la más hermosa del reino para que trate de
seducirlo y de dominar su voluntad.
GOU
JIAN.— (Piensa durante unos momentos.) Tu estratagema es buena, Fan Li. Celebro
haberte nombrado jefe de nuestros ejércitos. Pero eso que propones es
imposible.
FAN LI.—
¿Por qué, majestad? No lo veo difícil.
GOU
JIAN.— Sí, Fan Li, porque la mujer más bella de nuestro reino, sin duda, es Xi
Shi, y yo no puedo pedirle ese sacrificio. Ni a ti tampoco, máxime después de
vuestra larga separación.
XI SHI.—
Majestad, permitidme que me ofrezca. No será agradable, pero habrá merecido la
pena si salgo airosa de mi empeño.
FAN LI.—
Es cierto que tú eres la más bella, Xi Shi, pero existen otras mujeres que, sin
tu belleza, poseen la suficiente como para encandilar a Fu Chai.
XI SHI.—
Tu idea es buena, y puesto que dijiste la mujer más bella, si me consideráis
como tal, no hay otra elección, me corresponde a mí. Piensa que si logro mi
propósito, llegaréis para de derrotar a nuestro enemigo y me liberaréis.
Entonces, Fan Li, ya nada podrá separarnos. (FAN LI baja la cabeza, apenado,
mientras se hace lentamente el oscuro. XI SHI se adelanta al proscenio. Un
cañón la ilumina.) Llegué al reino de Wu en compañía de otra joven hermosa,
pues Gou Jian creyó oportuno que al menos fuéramos dos las mujeres que, como
presente, se ofrecieran al rey. Pero pronto Fu Chai fue apartando a mi
compañera, al igual que a las demás mujeres de su corte, y prestando solo a mí
su atención. En seguida me convertí en su favorita. El plan iba dando resultado,
pues el rey abandonó los asuntos de estado y solamente a mí dedicaba su tiempo.
Estaba dispuesto a todo por complacerme. Edificó para nosotros un lujoso
palacio, alejado de la corte para que no nos importunaran. Como le manifesté mi
interés en navegar, me construyó un lago artificial junto al palacio y un barco
con forma de dragón. (Breve pausa.) Yo ponía todo mi interés en mostrarme
dichosa y compla-ciente, sin embargo no podía evitar una sombra de tristeza en
mi semblante. También la nostalgia y el recuerdo de Fan Li me hacían sollozar
cuando me encontraba sola en mis aposentos. Fu Chai advertía o adivinaba mi
tristeza, aunque yo lo negaba.
(Se
ilumina el escenario. Ahora representa el nuevo palacio que el rey ha
construido para XI SHI. FU CHAI pasea de uno a otro lado, impaciente. XI SHI ha
salido por un lateral para cambiarse con rapidez de atuendo.)
FU CHAI.—
¡Xi Shi! ¡Xi Shi! ¿Quieres venir de una vez! No soporto tu ausencia. (Al
instante reaparece XI SHI, que luce un bello y lujoso vestido y un rico
tocado.) Me consumía de impaciencia.
XI SHI.—
Estaba arreglándome para ti, mi señor.
FU CHAI.—
¿Haces todo por mí?
XI SHI.—
¿Acaso no está claro?
FU CHAI.—
La verdad, no sé si creer en tu palabra.
XI SHI.—
No comprendo por qué aún dudas, después de nueve años de vivir a tu lado sin
una queja ni un reproche.
FU CHAI.—
Es cierto, mas hay en ti una sombra de tristeza que me hace dudar. Deseo verte
alegre y feliz. Creo que me lo merezco. Por ti he abandonado mis asuntos de
estado y a mi pueblo. Esto me lo recriminan mis ministros, pero no importa, lo
he hecho gustosamente. A cambio, solo te pido verte dichosa y con alegría
sincera.
XI SHI.—
Y soy dichosa, créeme.
FU CHAI.—
Hoy cuando paseábamos por el lago me ha parecido entrever la tristeza en tus
ojos.
XI SHI.—
Cómo puedo estar triste navegando junto a ti.
FU CHAI.—
Tal vez desees un nuevo barco.
XI SHI.—
No, me gusta este. Es exactamente como te lo pedí, y pasear en él contigo me
llena de dicha.
FU CHAI.—
¿Entonces? Quizá sea el desenfreno de las fiestas que en tu honor organizo, o
tal vez que me embriague en ellas. Dime la causa y cambiaré.
XI SHI.—
Me encantan tus fiestas. Es cierto que bebes en exceso, pero no me importa, la
bebida hace que te sientas mejor. Son tus ministros los que condenan tus
orgías, mas no yo.
FU CHAI.—
Nada me importa lo que ellos opinen si a ti te gustan. Pero dime, ¿por qué hoy
estabas triste cuando contemplabas los cisnes en el lago?
XI SHI.—
¡Ah!, ¿fue entonces? Es posible que así fuera. El cisne es mi favorito entre
los animales. Por eso te pedí que llenaras el lago de ellos. Me encanta su
seriedad y su distinción, son como naves que cruzan las aguas ignorando cuanto
les rodea. A su paso se respira quietud, como si estuvieran por encima de las
mezquindades y del sufrimiento, como si hubieran conseguido la paz por encima
de las miserias y de los sacrificios. Son tristes pero serenos, resignados pero
elegantes y majestuosos, como si se hubieran elevado sobre la vida y sobre los
sentimientos. De haber nacido animal, me habría gustado ser cisne. A veces
sueño que lo soy, y que navego por el océano hacia la eternidad, sin fronteras
y sin ataduras ni recuerdos.
FU CHAI.—
No te comprendo, hablas como si hubiera amargura en tu vida.
XI SHI.—
Olvídalo. Volvamos a pasear por el lago, hoy hace un día espléndido.
FU CHAI.—
Diré que preparen nuestra embarcación.
(En ese
instante comienza a oírse en “off” un fuerte alboroto.
Entra el
SERVIDOR 1.)
SERVIDOR
1.— (Excitado.) ¡Majestad!
FU CHAI.—
¿Qué ocurre? ¿A qué se debe ese escándalo? Ordenaré castigar a los
alborotadores.
SERVIDOR
1.— Son las tropas de Fue, al mando de Gou Jian. Han atacado y derrotado a
nuestro ejército.
FU CHAI.—
¿Cómo no se me ha avisado del ataque!
SERVIDOR
1.— No les dio tiempo, majestad. Fue un ataque por sorpresa. Además, este
palacio está demasiado aislado.
FU CHAI.—
¡Maldición!, la culpa fue mía por buscar con su construcción mi aislamiento.
(A XI
SHI, cuyo rostro brilla con una alegría incontenible.) Xi Shi, debemos huir.
SERVIDOR
1.— Imposible, majestad, el palacio está tomado y en cualquier instante
aparecerán los soldados de Gou Jian. Nunca debimos burlarnos de él, ni vos
esclavizarlo. Es como un huracán, al que no puede detener sino el tiempo.
(Entra
GOU JIAN con vestimenta de guerrero. Lo acompañan algunos SOLDADOS.)
GOU
JIAN.— ¡Daos preso, Fu Chai!
(FU CHAI
saca su espada y hace ademán de defenderse, pero lo piensa mejor y se la
entrega a GOU JIAN. XI SHI se inclina ante este.)
XI SHI.—
Majestad, al fin.
FU CHAI.—
(Sorprendido.) Hablas como si esperaras su llegada.
XI SHI.—
(Se yergue.) Sí, la esperaba. (A GOU JIAN.) ¿Cómo supisteis que era el momento
de atacar, si no os avisé?
GOU
JIAN.— El árbol sagrado de mi jardín volvió a dar flores blancas. Entonces supe
que era la señal, que el día había llegado. Arranqué mi espada de su tronco y
partí hacia aquí al mando de mis tropas. Derrotamos en Lizhe a los ejércitos de
Wu y, a continuación, nos dirigimos hacia este lugar.
FU CHAI.—
(A XI SHI. Sin querer dar crédito a sus palabras.) O sea, que tú solo has sido
un instrumento para mi derrota.
GOU
JIAN.— La verdadera artífice de nuestra victoria. Sin Xi Shi nunca os habríamos
vencido. Su venida solo fue una estratagema. Fuisteis un rey insensato, que
descuidó sus deberes. Por ello, a nadie más que a vos mismo podéis culpar de
vuestra derrota.
FU CHAI.—
Esperad un momento. Creo que aún estoy a tiempo de enmendar mi error. Firmemos
un tratado de paz. Me comprometeré a no atacaros jamás y a que nuestros reinos
convivan como uno solo.
GOU
JIAN.— Ya es tarde. Recordad que cuando, hace años, os pedí la paz, no solo la
desdeñasteis, sino que a mi esposa y a mí nos obligasteis a la mayor de las
humillaciones.
FU CHAI.—
Entonces, ¿vais a condenarme a ser vuestro esclavo?
GOU
JIAN.— No, conociendo la esclavitud, a nadie, y menos a un rey, puedo condenar
a ella. Hay algo por encima de las guerras y de las victorias: la dignidad
humana, y mi conciencia me impide pisotearla.
FU CHAI.—
¿Queréis decir, pues, que no me queda sino esperar la muerte?
GOU
JIAN.— Tampoco me es dado disponer de la vida de nadie, ni siquiera de la
vuestra. Solo en la batalla la vida pierde su valor, pero no por disposición o
capricho del hombre, sino del azar que guíe la flecha mortal. (Breve pausa.)
Nuestros reinos quedarán desde hoy unidos para siempre y juntos progresarán,
como ha progresado el nuestro. Vos seréis desterrado a una isla desierta para
que en su soledad meditéis sobre vuestra conducta y vuestros errores y ello os
alcance la paz que hoy pedís.
FU CHAI.—
¡No!, prefiero ser vuestro esclavo a perpetuidad al castigo de la soledad.
GOU
JIAN.— Decidís mal sobre lo que ignoráis. Habláis así porque no habéis padecido
la esclavitud ni gozado del sosiego de la soledad. Creedme, Fu Chai, nada es
comparable con el suplicio de ser esclavo.
FU CHAI.—
¿Cuándo partiré, entonces, hacia el destierro?
GOU
JIAN.— Hay dispuesto un barco para vuestro traslado.
FU CHAI.—
Una gracia quisiera de vos, que me permitáis viajar en mi propio barco.
GOU
JIAN.— ¿En ese con forma de dragón que hay amarrado en el lago?
FU CHAI.—
Sí, al menos podré llevarme los recuerdos que en él se almacenan.
GOU
JIAN.— Podréis llevaros no solo los recuerdos, sino las pertenencias que
estiméis oportuno. Mis hombres os ayudarán en la tarea. Pero una vez en la
isla, el barco será inutilizado para asegurarnos de que no intentaréis la
huida. (A los SOLDADOS.) Acompañad a su majestad y disponed todo para trasladar
el barco hasta el mar y para que zarpe de inmediato.
(Los
SOLDADOS inician la salida escoltando a FU CHAI. Antes de salir, este se vuelve
y hace una reverencia a GOU JIAN, que se la devuelve. Finalmente, hacen mutis.
En escena quedan XI SHI y GOU JIAN.)
XI SHI.—
(Radiante.) Nueve años de espera y, por fin, vuestra venganza se ha cumplido.
Necesitaba
vuestra llegada como el pez el océano y el ave el firmamento.
También
yo quedo vengada.
GOU
JIAN.— (Serio.) Quién sabe si la venganza no es otra forma de esclavitud. Una
esclavitud cuyas cadenas solo rompe la satisfacción de verse libre de la
amenaza de ser aniquilado.
XI SHI.—
Majestad, en cuanto anunciaron vuestra llegada, mi primer pensamiento estuvo
puesto en Fan Li. Por fin, nadie podrá separarnos. Pero, decidme, ¿por qué no
ha venido con vos a liberarme?
GOU
JIAN.— (Tremendamente serio y apurado.) También tú estarás condenada a la
soledad. El destino cruel separó vuestras vidas por siempre. Fan Li ha escogido
la
compañera
que más honores presta al guerrero: la muerte en el campo de batalla. Su cuerpo
descansa al pie de la muralla como guardián que pretendiera asegurar que la paz
entre Wu y Fue jamás se volverá a romper.
XI SHI.—
(Ha quedado abatida, pero no hay en su rostro ni una lágrima ni un gesto de
dolor. Tras un silencio.) Majestad, una sola cosa deseo pediros.
GOU
JIAN.— Cualquiera que sea tu deseo, será complacido. Es tanto lo que el pueblo
de
Fue y yo
te debemos...
XI SHI.—
Quedarme a vivir en esa casita que hay al borde del lago, donde pueda compartir
el silencio y la libertad de los cisnes.
GOU
JIAN.— Sea, Xi Shi. Sé dueña de tu retiro.
XI SHI.—
Gracias, majestad. Y ahora os ruego que me dejéis sola, con la soledad que
tantos años tuve por compañera. (GOU JIAN se retira con lentitud. Música dulce.
XI SHI queda quieta y en silencio durante unos instantes. Después, dirige su
mirada hacia los espectadores.) Me encerré en mí, con el convencimiento de que
el destino me había condenado a la soledad. En mi retiro comprendí cuanto Gou
Jian había aprendido en su tiempo de esclavitud, y en la sencillez de mi vida
encontré la fuerza para dominar mi voluntad y mi dolor. Conmigo solo quedaban
los tristes pero felices cisnes blancos, a quienes tanto envidiaba, porque en
ellos veía reflejado el sino de mi vida. (Breve pausa.) Y así transcurrió el
tiempo, cuya cuenta llegué a perder, hasta que mi espíritu alcanzó la
serenidad. (Pausa.) Un día, en que sentada a la orilla del lago adormecía mi
imaginación, un bello cisne se me acercó y, levantando su grácil cabeza, me
habló así: «El Cielo quiere premiar tu sacrificio, Xi Shi». Pensé que mi mente
desvariaba como consecuencia de la soledad. El cisne prosiguió: «Vas a ser
complacida en tu deseo: te transformarás en cisne por la eternidad. Pero serás
diferente a nosotros, serás un cisne negro para que tu plumaje dé testimonio de
tu dolor, y te dedicarás a contar tu historia a los jóvenes del mundo de todas
las épocas venideras». Retrocedí asustada, dudando entre el prodigio de su
anuncio y la repentina locura.
(Retrocede
unos pasos.) Del lago comenzó a elevarse una espesa niebla, que casi impedía
acariciar sus quietas aguas con la mirada. (Empieza a brotar humo a su
alrededor para dar sensación de niebla.) El cielo se oscureció (Decrece la
iluminación.) y detrás de mi apareció una luna intensa contra la que las
figuras quedaban recortadas. (Aprovechando el humo, se ha corrido el telón
translúcido. Queda iluminada desde atrás, con lo que su figura vuelve a ser del
tipo de sombra chinesca. La música va arreciando.) Y solo sentí que me envolvía
una dulce sensación, como si una nube me arrebatara de la tierra y me elevará a
su reino en los cielos.
(Ante los
espectadores se va transformando en cisne, hasta que queda formando la imagen
del principio de la obra. Y sobre esta imagen cae el telón.)
F I N

