Libro N° 13500. El Elegido. Vázquez, María Esther.
© Libro N° 13500. El Elegido. Vázquez, María Esther. Emancipación.
Febrero 8 de 2025
Título Original: ©
El Elegido. María Esther Vázquez
Versión Original: ©
El Elegido. María Esther Vázquez
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© Edición,
reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
María Esther Vázquez
El Elegido
María Esther Vázquez
En El
Elegido, relato de María Esther Vázquez publicado en Cuentos
Argentinos (1986), un hombre, refugiado en Buenos Aires bajo una
identidad falsa, relata su condena a la inmortalidad. Reflexiona sobre el
inevitable transcurso del tiempo y evoca una amistad cuya muestra de amor
transformó su destino, condenándolo a cargar con siglos de recuerdos y a ser un
observador eterno de los acontecimientos humanos. El relato explora su lucha
contra el aislamiento y el hastío, mientras enfrenta la incertidumbre y busca
un sentido en una existencia perpetua, marcada tanto por la memoria como por el
olvido.
El Elegido
María Esther Vázquez
(Cuento completo)
Yo volví de la muerte muchas
veces
a padecer la vida…
No he
podido seguir leyendo. Comprendo —a lo largo de mi vida casi infinita he
comprendido muchas cosas— que la imaginación del poeta lo lleve a fantasías
como la de esos dos primeros versos del poema; pero yo me pregunto: ¿Puede
algún hombre saber o intuir qué se siente cuando se vuelve de la muerte? En
realidad, creo que yo mismo ya casi lo he olvidado.
El poema
está firmado por alguien cuyo nombre he visto impreso a menudo en este país.
Ahora leo únicamente los suplementos ilustrados de los periódicos. Cuando hace
unos dos siglos salieron los primeros diarios me parecieron una novedad; leía
todo lo que podía, política, editoriales, economía. Después también me cansé de
eso y en los últimos cuarenta años, desde que llegué a la Argentina, leo
únicamente los suplementos de los domingos; es una costumbre a la que me he
obligado a aferrarme y que olvidaré también cuando deba irme de Buenos Aires.
Creo que tendré que hacerlo pronto; ya hay demasiada gente que me conoce. Ahora
las cosas son más difíciles que antes; policía internacional, pasaportes,
telégrafo, radio, aviones.
Retomo el
poema: Yo volví de la muerte muchas veces. ¡Qué estupidez! Con
volver una es suficiente. Hace años que no pensaba en esas cosas. En la vida
que me he hecho ahora, bastante solitaria, a veces por días enteros tengo la
ilusión de ser realmente el hijo de un coleccionista de antigüedades, cuya casa
y clientes he heredado. Clientes que han envejecido mientras yo conservo mi
aspecto de hombre joven y prematuramente agobiado, cansado quizá; también en
esto, dicen ellos, soy asombrosamente parecido a mi supuesto padre.
Creo que
podré seguir unos años más así, luego desapareceré como siempre.
A veces
olvido, me decía, pero cosas cotidianas, la lectura de un poema —por ejemplo—
me devuelven a mi condena de siglos. A menudo ocurren hechos más terribles. La
semana pasada, sin ir más lejos, mi vecino, que admira algunas de las baratijas
que hay en mi casa, me invitó a un concierto. Era una función muy importante
—aseguró— y me dejé llevar. En tales reuniones no suele verse nada interesante;
claro que las esmirriadas ropas de este siglo no permiten el lucimiento de
hombres ni mujeres. La música, en cambio, es más llevadera. En el entreacto mi
vecino quiso salir; lo acompañé y, de pronto, la vi; era el mismo rostro de
aquella muchacha que conocí en la corte de Lorenzo el Magnífico, cuando
Florencia nacía para la belleza y para la gloria. Era un rostro extraño y
espléndido. De todos aquellos que pasaron por mi vida recuerdo muy pocos, pero
esa mujer me dio tantas felicidades y desdichas que creo tardaré, todavía,
mucho en olvidarla. Ante la insistencia de mis miradas, la muchacha volvió los
ojos hacia mí, la saludé con una inclinación de cabeza y ella, creyendo
reconocerme, sonrió, como la otra, la italiana, a quien amé tanto y cuyo
nombre, sin embargo, he perdido.
Después
de mis hermanas, de Marta, sobre todo, de una egipcia que compré en Roma y de
una galesa que murió en mis brazos, pocas mujeres me impresionaron como aquella
italiana, cuyo rostro había vuelto a encontrar. Pero mi italiana, era más joven
que esta argentina; tenía poco menos de veinte años cuando su marido la llevó
de Florencia. La última noche que pasamos juntos me regaló un espejo de plata.
Murió joven; feliz de ella.
El
encuentro del teatro me trastornó y esa noche, en la oscuridad de mi cuarto,
solo, recordé aquella época y otras más lejanas, remotas ya, y rostros y vidas
que amé y odié; y a un hombre al que maté para robarle, en Córdoba, cuando
Almanzor era califa; y a aquel Carlos de Inglaterra, que vi morir a manos del
verdugo; y mi casa en Palestina; y a mi madre cociendo pan; y los ojos de aquel
hombre que me llamó, para mi mayor honra y mi mayor desdicha, su amigo; y la
piedra del sepulcro a mis espaldas.
No sé
para qué escribo estas cosas. Nada espero de los hombres ni de mí mismo. Me
conozco hasta el hartazgo y espero, sin embargo, que aquél, mi amigo, me
permita descansar. A veces voy a la iglesia y le hablo. No me oye; he olvidado
su lenguaje. Un día, en Santiago de Compostela —aún las torres de la catedral
no habían sido levantadas—, me confesé con un padre peregrino; de todos los que
me han escuchado, él fue el único que me creyó y me confortó sin pensar que era
un poseso. Me aconsejó que buscara la compañía de los hombres, mis hermanos;
que no envidiara su suerte mortal y que los amara, si fuera posible, como mi
amigo los amó; no, no es posible. No me importa nada de los hombres. Antes,
hace mucho, los buscaba en la desesperación, después en el tedio. Estoy
cansado, he aprendido lenguas extrañas y las he olvidado; he visto casi todos
los cielos del planeta y los he olvidado; he estudiado ciencias y la alquimia y
la medicina y las estrellas y sus cambios a través de los tiempos; aprendí la
antigua botánica y Emiliano Paladio Rutilio me enseñó agricultura; y conozco
todos los animales de la tierra, hasta los insectos más minúsculos; desde la
música a la poesía, las artes me cautivaron y he olvidado casi todo; solamente
no he podido olvidar aquella terrible hora en que fue sellado mi destino. El
tiempo se detuvo para mí, no envejece mi cuerpo, mi rostro conserva aquel color
un poco pálido del momento en que me encontró; no hay sol que oscurezca mi
piel, ni accidente físico que pueda dañarme, ni cataclismo que me aniquile;
debo esperar indefectiblemente el día señalado.
Yo había
enfermado después que él dejó mi casa, donde estuvo un tiempo; mis hermanas lo
adoraban y yo también. Era noble y alegre, dueño de una alegría total, perfecta
y sabia. Miraba con largueza los hombres y las cosas, aun las más ínfimas, y
sabía decir maravillosamente, aunque no entendiéramos a veces sus palabras.
Fuimos mucho tiempo amigos y a pesar de que nunca lo acompañé en sus viajes, me
gustaba estar a su lado y oírlo hablar. Sin embargo, siendo su amigo, me sentía
siempre asombrado y casi anonadado frente a él. Me imponían sus maneras, sus
gestos; la majestad entera, puedo decir, que se desprendía de su paso cuando
andaba, de su reposo cuando dormía, y, sobre todo, del aliento que alcanzaba
aquello que lo rodeaba, iluminándolo.
Una
noche, como digo, después que él dejó mi casa, se levantó una terrible
tormenta. Una de mis hermanas estaba fuera y salí a buscarla. La lluvia y el
frío me enfermaron y al día siguiente no pude levantarme. Me postró una fiebre
cada vez más alta. Vinieron los doctores, se les dio una arroba de aceite fino
y una libra de ungüento de nardo puro —el mejor perfume— a cada uno, pero yo
languidecía. Se llamó al sacerdote y cuando ya no pude hablar, ni ver, ni
sentir más que la oscuridad y el silencio, me prepararon para morir, y, como yo
era el único varón de la casa, mis hermanas hicieron traer del templo un
sudario de lino. Una de ellas, en su desesperación, lo mandó llamar con un
mensajero que le dio la triste nueva. Su bondad y su sabiduría eran la única esperanza.
Guardo de
aquella época el recuerdo que sobrevive a las pesadillas; noches de fiebre,
angustia y delirio. Los rostros de mis hermanas sobre mí y las manos frescas en
las mías sudorosas. Luego, la noche total; él, aparentemente, llegó tarde. Mis
hermanas fueron a recibirlo, cuatro días después cuando entró en la aldea.
Llorando se echaron en sus brazos; iban con las cabezas cubiertas con los
mantos que estaban, por su duelo, manchados de ceniza. Él también lloró;
¡habían sido tan felices las horas de la clara amistad! Después, no tuvo amigos
y yo tampoco. Alzó los ojos al cielo desolado del atardecer y quedó silencioso.
Luego, lentamente, recogió su humilde hábito de predicador sin templo y marchó
hacia la colina de los sepulcros. Allí se hizo mostrar, por quienes lo
acompañaban, el mío. A la vista de la piedra que lo cubría volvieron a sus ojos
las lágrimas, pero rehaciéndose, con voz clara y grave, pidió que movieran la
piedra. Ante aquello que parecía insensato, algunas voces intentaron una
protesta. Frente a su gesto adusto la tumba fue abierta.
El
viento, lúgubre rumor, andaba sobre las ramas estrechas de los árboles, y la
luna, recién aparecida, desolaba los montes. Elevándose por encima del viento,
su voz dijo, tres veces, las necesarias palabras: Lázaro, sal afuera.
Alzado
del túmulo, cubierto aún por el sudario y ligadas las manos por el cordón de
los muertos, sumiso y ciego, salí a la noche de Betania. Su voz, ahora
dulcísima, agregó: Desatadle y dejadle ir. Rescatado de la sombra
silenciosa, el aire de la noche parecíame embriagador; no sabía yo qué había
pasado por mí y conmigo, pero todo mi cuerpo, agradecido y espléndido, como
recién vuelto del amor, latía en la vida.
Esa noche
mi hermana lo ungió de nardo; no hubo noche más feliz para mí. Pero ha pasado
tanto tiempo. ¡Jesús, príncipe del día! Por qué me abandonaste en esta tierra
hostil, que no me deja cambiar ni envejecer; que no me deja morir… Y me
pregunto, preguntándote, por qué y para qué yo, Lázaro, fui el elegido y el
olvidado.
FIN
·
Autor: María Esther Vázquez
·
Título: El Elegido
·
Publicado en: Cuentos Argentinos (1986)

