Libro N° 13499. La Muerte Y La Brújula. Borges, Jorge Luis.
© Libro N° 13499. La Muerte Y La Brújula. Borges, Jorge Luis. Emancipación.
Febrero 8 de 2025
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La Muerte Y La Brújula. Jorge Luis Borges
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La Muerte Y La Brújula. Jorge Luis Borges
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reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
Jorge Luis Borges
La Muerte Y
La Brújula
Jorge Luis Borges
Sinopsis:
La muerte
y la brújula es un cuento de Jorge Luis Borges, publicado
en mayo de 1942 en la revista Sur. Narra la investigación del
detective Erik Lönnrot sobre una serie de crímenes aparentemente rituales que
parecen seguir una intrincada lógica cabalística. La historia comienza con el
asesinato de un rabino en un hotel, que Lönnrot conecta con un trasfondo
místico y simbólico. A medida que los crímenes se suceden, el detective se
adentra en un laberinto de pistas que desafían su ingenio y lo conducen hacia
un desenlace inesperado.
La Muerte Y La Brújula
Jorge Luis Borges
(Cuento
completo)
A Mandie
Molina Vedia
De los
muchos problemas que ejercitaron la temeraria perspicacia de Lönnrot, ninguno
tan extraño —tan rigurosamente extraño, diremos— como la periódica serie de
hechos de sangre que culminaron en la quinta de Triste-le-Roy, entre el
interminable olor de los eucaliptos. Es verdad que Erik Lönnrot no logró
impedir el último crimen, pero es indiscutible que lo previó. Tampoco adivinó
la identidad del infausto asesino de Yarmolinsky, pero sí la secreta morfología
de la malvada serie y la participación de Red Scharlach, cuyo segundo apodo es
Scharlach el Dandy. Ese criminal (como tantos) había jurado por su honor la
muerte de Lönnrot, pero éste nunca se dejó intimidar. Lönnrot se creía un puro
razonador, un Auguste Dupin, pero algo de aventurero había en él y hasta de
tahúr.
El primer
crimen ocurrió en el Hôtel du Nord —ese alto prisma que domina el estuario
cuyas aguas tienen el color del desierto. A esa torre (que muy notoriamente
reúne la aborrecida blancura de un sanatorio, la numerada divisibilidad de una
cárcel y la apariencia general de una casa mala) arribó el día 3 de diciembre
el delegado de Podólsk al Tercer Congreso Talmúdico, doctor Marcelo
Yarmolinsky, hombre de barba gris y ojos grises. Nunca sabremos si el Hôtel du
Nord le agradó: lo aceptó con la antigua resignación que le había permitido
tolerar tres años de guerra en los Cárpatos y tres mil años de opresión y de
pogroms. Le dieron un dormitorio en el piso R, frente a la suite que
no sin esplendor ocupaba el Tetrarca de Galilea. Yarmolinsky cenó, postergó
para el día siguiente el examen de la desconocida ciudad, ordenó en un placard
sus muchos libros y sus muy pocas prendas, y antes de media noche apagó la luz.
(Así lo declaró el chauffeur del Tetrarca, que dormía en la
pieza contigua). El 4, a las once y tres minutos a. m., lo llamó por
teléfono un redactor de la Yidische Zaitung; el doctor Yarmolinsky
no respondió; lo hallaron en su pieza, ya levemente oscura la cara, casi
desnudo bajo una gran capa anacrónica. Yacía no lejos de la puerta que daba al
corredor; una puñalada profunda le había partido el pecho. Un par de horas después,
en el mismo cuarto, entre periodistas, fotógrafos y gendarmes, el comisario
Treviranus y Lönnrot debatían con serenidad el problema.
—No hay
que buscarle tres pies al gato —decía Treviranus, blandiendo un imperioso
cigarro—. Todos sabemos que el Tetrarca de Galilea posee los mejores zafiros
del mundo. Alguien, para robarlos, habrá penetrado aquí por error. Yarmolinsky
se ha levantado; el ladrón ha tenido que matarlo. ¿Qué le parece?
—Posible,
pero no interesante —respondió Lönnrot—. Usted replicará que la realidad no
tiene la menor obligación de ser interesante. Yo le replicaré que la realidad
puede prescindir de esa obligación, pero no las hipótesis. En la que usted ha
improvisado, interviene copiosamente el azar. He aquí un rabino muerto; yo
preferiría una explicación puramente rabínica, no los imaginarios percances de
un imaginario ladrón.
Treviranus
repuso con mal humor:
—No me
interesan las explicaciones rabínicas; me interesa la captura del hombre que
apuñaló a este desconocido.
—No tan
desconocido —corrigió Lönnrot—. Aquí están sus obras completas. —Indicó en
el placard una fila de altos volúmenes: una Vindicación
de la cábala; un Examen de la filosofía de Robert Flood; una
traducción literal del Sepher Yezirah; una Biografía del
Baal Shem; una Historia de la secta de los Hasidim; una
monografía (en alemán) sobre el Tetragrámaton; otra, sobre la nomenclatura
divina del Pentateuco. El comisario los miró con temor, casi con repulsión.
Luego se echó a reír.
—Soy un
pobre cristiano —repuso—. Llévese todos esos mamotretos, si quiere; no tengo
tiempo que perder en supersticiones judías.
—Quizá
este crimen pertenece a la historia de las supersticiones judías —murmuró
Lönnrot.
—Como el
cristianismo —se atrevió a completar el redactor de la Yidische Zaitung.
Era miope, ateo y muy tímido.
Nadie le
contestó. Uno de los agentes había encontrado en la pequeña máquina de escribir
una hoja de papel con esta sentencia inconclusa:
La
primera letra del Nombre ha sido articulada.
Lönnrot
se abstuvo de sonreír. Bruscamente bibliófilo o hebraísta, ordenó que le
hicieran un paquete con los libros del muerto y los llevó a su departamento.
Indiferente a la investigación policial, se dedicó a estudiarlos. Un libro en
octavo mayor le reveló las enseñanzas de Israel Baal Shem Tobh, fundador de la
secta de los Piadosos; otro, las virtudes y terrores del Tetragrámaton, que es
el inefable Nombre de Dios; otro, la tesis de que Dios tiene un nombre secreto,
en el cual está compendiado (como en la esfera de cristal que los persas
atribuyen a Alejandro de Macedonia), su noveno atributo, la eternidad —es
decir, el conocimiento inmediato de todas las cosas que serán, que son y que
han sido en el universo. La tradición enumera noventa y nueve nombres de Dios;
los hebraístas atribuyen ese imperfecto número al mágico temor de las cifras
pares; los Hasidim razonan que ese hiato señala un centésimo nombre —el Nombre
Absoluto.
De esa
erudición lo distrajo, a los pocos días, la aparición del redactor de la Yidische
Zaitung. Éste quería hablar del asesinato; Lönnrot prefirió hablar de los
diversos nombres de Dios; el periodista declaró en tres columnas que el
investigador Erik Lönnrot se había dedicado a estudiar los nombres de Dios para
dar con el nombre del asesino. Lönnrot, habituado a las simplificaciones del
periodismo, no se indignó. Uno de esos tenderos que han descubierto que
cualquier hombre se resigna a comprar cualquier libro, publicó una edición
popular de la Historia de la secta de los Hasidim.
El
segundo crimen ocurrió la noche del 3 de enero, en el más desamparado y vacío
de los huecos suburbios occidentales de la capital. Hacia el amanecer, uno de
los gendarmes que vigilan a caballo esas soledades vio en el umbral de una
antigua pinturería un hombre emponchado, yacente. El duro rostro estaba como
enmascarado de sangre; una puñalada profunda le había rajado el pecho. En la
pared, sobre los rombos amarillos y rojos, había unas palabras en tiza. El
gendarme las deletreó… Esa tarde, Treviranus y Lönnrot se dirigieron a la
remota escena del crimen. A izquierda y a derecha del automóvil, la ciudad se
desintegraba; crecía el firmamento y ya importaban poco las casas y mucho un
horno de ladrillos o un álamo. Llegaron a su pobre destino: un callejón final
de tapias rosadas que parecían reflejar de algún modo la desaforada puesta de
sol. El muerto ya había sido identificado. Era Daniel Simón Azevedo, hombre de
alguna fama en los antiguos arrabales del Norte, que había ascendido de carrero
a guapo electoral, para degenerar después en ladrón y hasta en delator. (El
singular estilo de su muerte les pareció adecuado: Azevedo era el último
representante de una generación de bandidos que sabía el manejo del puñal, pero
no del revólver). Las palabras de tiza eran las siguientes:
La
segunda letra del Nombre ha sido articulada.
El tercer
crimen ocurrió la noche del 3 de febrero. Poco antes de la una, el teléfono
resonó en la oficina del comisario Treviranus. Con ávido sigilo, habló un
hombre de voz gutural; dijo que se llamaba Ginzberg (o Ginsburg) y que estaba
dispuesto a comunicar, por una remuneración razonable, los hechos de los dos
sacrificios de Azevedo y de Yarmolinsky. Una discordia de silbidos y de
cornetas ahogó la voz del delator. Después, la comunicación se cortó. Sin
rechazar aún la posibilidad de una broma (al fin, estaban en carnaval)
Treviranus indagó que le habían hablado desde Liverpool House,
taberna de la Rue de Toulon —esa calle salobre en la que conviven el cosmorama
y la lechería, el burdel y los vendedores de biblias. Treviranus habló con el
patrón. Éste (Black Finnegan, antiguo criminal irlandés, abrumado y casi
anulado por la decencia) le dijo que la última persona que había empleado el
teléfono de la casa era un inquilino, un tal Gryphius, que acababa de salir con
unos amigos. Treviranus fue en seguida a Liverpool House. El patrón
le comunicó lo siguiente: Hace ocho días, Gryphius había tomado una pieza en
los altos del bar. Era un hombre de rasgos afilados, de nebulosa barba gris,
trajeado pobremente de negro; Finnegan (que destinaba esa habitación a un
empleo que Treviranus adivinó) le pidió un alquiler sin duda excesivo; Gryphius
inmediatamente pagó la suma estipulada. No salía casi nunca; cenaba y almorzaba
en su cuarto; apenas si le conocían la cara en el bar. Esa noche, bajó a
telefonear al despacho de Finnegan. Un cupé cerrado se detuvo ante la taberna.
El cochero no se movió del pescante; algunos parroquianos recordaron que tenía
máscara de oso. Del cupé bajaron dos arlequines; eran de reducida estatura y
nadie pudo no observar que estaban muy borrachos. Entre balidos de cornetas,
irrumpieron en el escritorio de Finnegan; abrazaron a Gryphius, que pareció
reconocerlos, pero que les respondió con frialdad; cambiaron unas palabras en
yiddish —él en voz baja, gutural, ellos con voces falsas, agudas— y subieron a
la pieza del fondo. Al cuarto de hora bajaron los tres, muy felices; Gryphius,
tambaleante, parecía tan borracho como los otros. Iba, alto y vertiginoso, en
el medio, entre los arlequines enmascarados. (Una de las mujeres del bar
recordó los losanges amarillos, rojos y verdes). Dos veces tropezó; dos veces
lo sujetaron los arlequines. Rumbo a la dársena inmediata, de agua rectangular,
los tres subieron al cupé y desaparecieron. Ya en el estribo del cupé, el
último arlequín garabateó una figura obscena y una sentencia en una de las
pizarras de la recova.
Treviranus
vio la sentencia. Era casi previsible, decía:
La última
de las letras del Nombre ha sido articulada.
Examinó,
después, la piecita de Gryphius-Ginzberg. Había en el suelo una brusca estrella
de sangre; en los rincones, restos de cigarrillos de marca húngara; en un
armario, un libro en latín —el Philologus hebraeo-graecus (1739)
de Leusden— con varias notas manuscritas. Treviranus lo miró con indignación e
hizo buscar a Lönnrot. Éste, sin sacarse el sombrero, se puso a leer, mientras
el comisario interrogaba a los contradictorios testigos del secuestro posible.
A las cuatro salieron. En la torcida Rue de Toulon, cuando pisaban las
serpentinas muertas del alba, Treviranus dijo:
—¿Y si la
historia de esta noche fuera un simulacro?
Erik
Lönnrot sonrió y le leyó con toda gravedad un pasaje (que estaba subrayado) de
la disertación trigésima tercera del Philologus:
—Dies
Judaeorum incipit a solis occasu usque ad solis occasum diei sequentis.
Esto quiere decir —agregó—: El día hebreo empieza al anochecer y dura hasta el
siguiente anochecer.
El otro
ensayó una ironía.
—¿Ese
dato es el más valioso que usted ha recogido esta noche?
—No. Más
valiosa es una palabra que dijo Ginzberg.
Los
diarios de la tarde no descuidaron esas desapariciones periódicas. La
Cruz de la Espada las contrastó con la admirable disciplina y el orden
del último Congreso Eremítico; Ernst Palast, en El Mártir, reprobó
«las demoras intolerables de un pogrom clandestino y frugal, que ha necesitado
tres meses para liquidar tres judíos»; la Yidische Zaitung rechazó
la hipótesis horrorosa de un complot antisemita, «aunque muchos espíritus
penetrantes no admiten otra solución del triple misterio»; el más ilustre de
los pistoleros del Sur, Dandy Red Scharlach, juró que en su distrito nunca se
producirían crímenes de ésos y acusó de culpable negligencia al comisario Franz
Treviranus.
Éste
recibió, la noche del 1.º de marzo, un imponente sobre sellado. Lo abrió: el
sobre contenía una carta firmada Baruj Spinoza y un minucioso
plano de la ciudad, arrancado notoriamente de un Baedeker. La carta profetizaba
que el 3 de marzo no habría un cuarto crimen, pues la pinturería del Oeste, la
taberna de la Rue de Toulon y el Hôtel du Nord eran «los vértices perfectos de
un triángulo equilátero y místico»; el plano demostraba en tinta roja la
regularidad de ese triángulo. Treviranus leyó con resignación ese
argumento more geometrico y mandó la carta y el plano a casa
de Lönnrot —indiscutible merecedor de tales locuras.
Erik
Lönnrot las estudió. Los tres lugares, en efecto, eran equidistantes. Simetría
en el tiempo (3 de diciembre, 3 de enero, 3 de febrero); simetría en el
espacio, también… Sintió, de pronto, que estaba por descifrar el misterio. Un
compás y una brújula completaron esa brusca intuición. Sonrió, pronunció la
palabra Tetragrámaton (de adquisición reciente) y llamó por
teléfono al comisario. Le dijo:
—Gracias
por ese triángulo equilátero que usted anoche me mandó. Me ha permitido
resolver el problema. Mañana viernes los criminales estarán en la cárcel;
podemos estar muy tranquilos.
—Entonces
¿no planean un cuarto crimen?
—Precisamente
porque planean un cuarto crimen, podemos estar muy tranquilos. —Lönnrot colgó
el tubo. Una hora después, viajaba en un tren de los Ferrocarriles Australes,
rumbo a la quinta abandonada de Triste-le-Roy. Al sur de la ciudad de mi cuento
fluye un ciego riachuelo de aguas barrosas, infamado de curtiembres y de
basuras. Del otro lado hay un suburbio fabril donde, al amparo de un caudillo
barcelonés, medran los pistoleros. Lönnrot sonrió al pensar que el más afamado
—Red Scharlach— hubiera dado cualquier cosa por conocer esa clandestina visita.
Azevedo fue compañero de Scharlach, Lönnrot consideró la remota posibilidad de
que la cuarta víctima fuera Scharlach. Después, la desechó… Virtualmente, había
descifrado el problema; las meras circunstancias, la realidad (nombres,
arrestos, caras, trámites judiciales y carcelarios), apenas le interesaban
ahora. Quería pasear, quería descansar de tres meses de sedentaria
investigación. Reflexionó que la explicación de los crímenes estaba en un
triángulo anónimo y en una polvorienta palabra griega. El misterio casi le
pareció cristalino; se abochornó de haberle dedicado cien días.
El tren
paró en una silenciosa estación de cargas, Lönnrot bajó. Era una de esas tardes
desiertas que parecen amaneceres. El aire de la turbia llanura era húmedo y
frío. Lönnrot echó a andar por el campo. Vio perros, vio un furgón en una vía
muerta, vio el horizonte, vio un caballo plateado que bebía el agua crapulosa
de un charco. Oscurecía cuando vio el mirador rectangular de la quinta de
Triste-le-Roy, casi tan alto como los negros eucaliptos que lo rodeaban. Pensó
que apenas un amanecer y un ocaso (un viejo resplandor en el oriente y otro en
el occidente) lo separaban de la hora anhelada por los buscadores del Nombre.
Una
herrumbrada verja definía el perímetro irregular de la quinta. El portón
principal estaba cerrado. Lönnrot, sin mucha esperanza de entrar, dio toda la
vuelta. De nuevo ante el portón infranqueable, metió la mano entre los
barrotes, casi maquinalmente, y dio con el pasador. El chirrido del hierro lo
sorprendió. Con una pasividad laboriosa, el portón entero cedió.
Lönnrot
avanzó entre los eucaliptos, pisando confundidas generaciones de rotas hojas
rígidas. Vista de cerca, la casa de la quinta de Triste-le-Roy abundaba en
inútiles simetrías y en repeticiones maniáticas: a una Diana glacial en un
nicho lóbrego correspondía en un segundo nicho otra Diana; un balcón se
reflejaba en otro balcón; dobles escalinatas se abrían en doble balaustrada. Un
Hermes de dos caras proyectaba una sombra monstruosa. Lönnrot rodeó la casa
como había rodeado la quinta. Todo lo examinó; bajo el nivel de la terraza vio
una estrecha persiana.
La
empujó: unos pocos escalones de mármol descendían a un sótano. Lönnrot, que ya
intuía las preferencias del arquitecto, adivinó que en el opuesto muro del
sótano había otros escalones. Los encontró, subió, alzó las manos y abrió la
trampa de salida.
Un
resplandor lo guió a una ventana. La abrió: una luna amarilla y circular
definía en el triste jardín dos fuentes cegadas. Lönnrot exploró la casa. Por
antecomedores y galerías salió a patios iguales y repetidas veces al mismo
patio. Subió por escaleras polvorientas a antecámaras circulares; infinitamente
se multiplicó en espejos opuestos; se cansó de abrir o entreabrir ventanas que
le revelaban, afuera, el mismo desolado jardín desde varias alturas y varios
ángulos; adentro, muebles con fundas amarillas y arañas embaladas en tarlatán.
Un dormitorio lo detuvo; en ese dormitorio, una sola flor en una copa de
porcelana; al primer roce los pétalos antiguos se deshicieron. En el segundo
piso, en el último, la casa le pareció infinita y creciente. La casa no
es tan grande, pensó. La agrandan la penumbra, la simetría, los
espejos, los muchos años, mi desconocimiento, la soledad.
Por una
escalera espiral llegó al mirador. La luna de esa tarde atravesaba los losanges
de las ventanas; eran amarillos, rojos y verdes. Lo detuvo un recuerdo
asombrado y vertiginoso.
Dos
hombres de pequeña estatura, feroces y fornidos, se arrojaron sobre él y lo
desarmaron; otro, muy alto, lo saludó con gravedad y le dijo:
—Usted es
muy amable. Nos ha ahorrado una noche y un día.
Era Red
Scharlach. Los hombres maniataron a Lönnrot. Éste, al fin, encontró su voz.
—Scharlach
¿usted busca el Nombre Secreto?
Scharlach
seguía de pie, indiferente. No había participado en la breve lucha, apenas si
alargó la mano para recibir el revólver de Lönnrot. Habló; Lönnrot oyó en su
voz una fatigada victoria, un odio del tamaño del universo, una tristeza no
menor que aquel odio.
—No —dijo
Scharlach—. Busco algo más efímero y deleznable, busco a Erik Lönnrot. Hace
tres años, en un garito de la Rue de Toulon, usted mismo arrestó e hizo
encarcelar a mi hermano. En un cupé, mis hombres me sacaron del tiroteo con una
bala policial en el vientre. Nueve días y nueve noches agonicé en esta desolada
quinta simétrica; me arrasaba la fiebre, el odioso Jano bifronte que mira los
ocasos y las auroras daba horror a mi ensueño y a mi vigilia. Llegué a abominar
de mi cuerpo, llegué a sentir que dos ojos, dos manos, dos pulmones, son tan
monstruosos como dos caras. Un irlandés trató de convertirme a la fe de Jesús;
me repetía la sentencia de los goím: Todos los caminos llevan a
Roma. De noche, mi delirio se alimentaba de esa metáfora: yo sentía que el
mundo es un laberinto, del cual era imposible huir, pues todos los caminos,
aunque fingieran ir al norte o al sur, iban realmente a Roma, que era también
la cárcel cuadrangular donde agonizaba mi hermano y la quinta de Triste-le-Roy.
En esas noches yo juré por el dios que ve con dos caras y por todos los dioses
de la fiebre y de los espejos tejer un laberinto en torno del hombre que había
encarcelado a mi hermano. Lo he tejido y es firme: los materiales son un
heresiólogo muerto, una brújula, una secta del siglo XVIII, una palabra griega,
un puñal, los rombos de una pinturería.
»El
primer término de la serie me fue dado por el azar. Yo había tramado con
algunos colegas —entre ellos, Daniel Azevedo— el robo de los zafiros del
Tetrarca. Azevedo nos traicionó: se emborrachó con el dinero que le habíamos
adelantado y acometió la empresa el día antes. En el enorme hotel se perdió;
hacia las dos de la mañana irrumpió en el dormitorio de Yarmolinsky. Éste,
acosado por el insomnio, se había puesto a escribir. Verosímilmente, redactaba
unas notas o un artículo sobre el Nombre de Dios; había escrito ya las
palabras: La primera letra del Nombre ha sido articulada. Azevedo
le intimó silencio; Yarmolinsky alargó la mano hacia el timbre que despertaría
todas las fuerzas del hotel; Azevedo le dio una sola puñalada en el pecho. Fue
casi un movimiento reflejo; medio siglo de violencia le había enseñado que lo
más fácil y seguro es matar… A los diez días yo supe por la Yidische
Zaitung que usted buscaba en los escritos de Yarmolinsky la clave de
la muerte de Yarmolinsky. Leí la Historia de la secta de los Hasidim;
supe que el miedo reverente de pronunciar el Nombre de Dios había originado la
doctrina de que ese Nombre es todopoderoso y recóndito. Supe que algunos
Hasidim, en busca de ese Nombre secreto, habían llegado a cometer sacrificios
humanos… Comprendí que usted conjeturaba que los Hasidim habían sacrificado al
rabino; me dediqué a justificar esa conjetura.
»Marcelo
Yarmolinsky murió la noche del 3 de diciembre; para el segundo “sacrificio”
elegí la del 3 de enero. Murió en el Norte; para el segundo “sacrificio” nos
convenía un lugar del Oeste. Daniel Azevedo fue la víctima necesaria. Merecía
la muerte: era un impulsivo, un traidor; su captura podía aniquilar todo el
plan. Uno de los nuestros lo apuñaló; para vincular su cadáver al anterior, yo
escribí encima de los rombos de la pinturería La segunda letra del
Nombre ha sido articulada.
»El
tercer “crimen” se produjo el 3 de febrero. Fue, como Treviranus adivinó, un
mero simulacro. Gryphius-Ginzberg-Ginsburg soy yo; una semana interminable
sobrellevé (suplementado por una tenue barba postiza) en ese perverso cubículo
de la Rue de Toulon, hasta que los amigos me secuestraron. Desde el estribo del
cupé, uno de ellos escribió en un pilar La última de las letras del
Nombre ha sido articulada. Esa escritura divulgó que la serie de crímenes
era triple. Así lo entendió el público; yo, sin embargo, intercalé
repetidos indicios para que usted, el razonador Erik Lönnrot, comprendiera que
es cuádruple. Un prodigio en el Norte, otros en el Este y en el
Oeste, reclaman un cuarto prodigio en el Sur; el Tetragrámaton —el Nombre de
Dios, JHVH— consta de cuatro letras; los arlequines y la
muestra del pinturero sugieren cuatro términos. Yo subrayé cierto pasaje en el
manual de Leusden; ese pasaje manifiesta que los hebreos computaban el día de
ocaso a ocaso; ese pasaje da a entender que las muertes ocurrieron el cuatro de
cada mes. Yo mandé el triángulo equilátero a Treviranus. Yo presentí que usted
agregaría el punto que falta. El punto que determina un rombo perfecto, el
punto que prefija el lugar donde una exacta muerte lo espera. Todo lo he
premeditado, Erik Lönnrot, para atraerlo a usted a las soledades de
Triste-le-Roy.
Lönnrot
evitó los ojos de Scharlach. Miró los árboles y el cielo subdivididos en rombos
turbiamente amarillos, verdes y rojos. Sintió un poco de frío y una tristeza
impersonal, casi anónima. Ya era de noche; desde el polvoriento jardín subió el
grito inútil de un pájaro. Lönnrot consideró por última vez el problema de las
muertes simétricas y periódicas.
—En su
laberinto sobran tres líneas —dijo por fin—. Yo sé de un laberinto griego que
es una línea única, recta. En esa línea se han perdido tantos filósofos que
bien puede perderse un mero detective. Scharlach, cuando en otro
avatar usted me dé caza, finja (o cometa) un crimen en A, luego un segundo
crimen en B, a 8 kilómetros de A, luego un tercer crimen en C, a 4 kilómetros
de A y de B, a mitad de camino entre los dos. Aguárdeme después en D, a 2
kilómetros de A y de C, de nuevo a mitad de camino. Máteme en D, como ahora va
a matarme en Triste-le-Roy.
—Para la
otra vez que lo mate —replicó Scharlach— le prometo ese laberinto, que consta
de una sola línea recta y que es invisible, incesante.
Retrocedió
unos pasos. Después, muy cuidadosamente, hizo fuego.
FIN
1942
·
Autor: Jorge Luis Borges
·
Título: La muerte y la brújula
·
Publicado en: Sur, mayo de 1942

