Libro N° 13498. La Sangre De Medusa. Pacheco, José Emilio.
© Libro N° 13498. La Sangre De Medusa. Pacheco, José Emilio. Emancipación.
Febrero 8 de 2025
Título Original: ©
La Sangre De Medusa. José Emilio Pacheco
Versión Original: ©
La Sangre De Medusa. José Emilio Pacheco
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© Edición,
reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
José Emilio Pacheco
La Sangre De
Medusa
José Emilio Pacheco
Sinopsis:
La sangre
de Medusa es un cuento de José Emilio Pacheco, publicado en los Cuadernos
del Unicornio en 1958. La narración entrelaza la figura mítica de
Perseo, el héroe griego que desde su palacio en Micenas contempla los ecos de
su grandeza perdida, con la vida contemporánea de Fermín, un hombre sometido a
un matrimonio asfixiante con una mujer mucho mayor que él. Pacheco establece
paralelismos entre dos mundos y dos personajes en apariencia distantes,
explorando su lucha interna contra la decadencia y un destino aparentemente
inevitable.
La Sangre
De Medusa
José
Emilio Pacheco
(Cuento
completo)
… la
espada sin honor, perdido todo
lo que gané, menos el gesto huraño.
Gilberto
Owen
Cuando Perseo despierta sus primeras miradas nunca son para Andrómeda. Sale al
jardín, se lava el rostro en la fuente de mármol y observa desde la terraza la
ciudad de Micenas. Se sabe amo absoluto, semidiós respetado. Sin embargo lo
habitan la tristeza y el recuerdo de sus viejas hazañas. Tendido bajo un árbol,
contempla el vientre que se alza cada día más entre su túnica y espera,
cabizbajo, el llamado de Andrómeda.
Fermín Morales apagó el cigarro antes de entrar en la vecindad. A su esposa le
molestaba verlo fumar y él quería ahorrarse una nueva disputa. Cruzó el zaguán
húmedo y subió por la escalera desgastada. Al entrar en su cuarto vio a Isabel:
cubierta por una bata de franela, hojeaba en la cama Confidencias, La
Familia y Sucesos para Todos. Los rizos artificiales le
recordaron a Fermín un nudo de serpientes que de niño había observado en una
feria en Nonoalco.
Perseo ya no visita sus caballerizas. Le entristece ver a Pegaso, anciano,
ciego, con las alas marchitas, ruina de aquel hijo del viento que nació de la
sangre de Medusa. Hoy la cabeza de la Gorgona y su cabellera de serpientes
adornan el escudo de Atenea. Pero Medusa venga su derrota.
Pegaso ya
no es el mismo que tantas veces se reflejó desde los cielos sobre el
Mediterráneo, ni el que avisó a Perseo que una Hespéride lo había descubierto
cuando cortaba las manzanas de oro en el jardín prohibido. Al ver a su caballo
alado el rey de Micenas no puede evitar que lo llenen la melancolía y la
sensación de que su paso por la tierra ya se acerca al final.
Tiempo
atrás el Oráculo de Delfos vaticinó a Acrisio, rey de Argos, que moriría a
manos de su nieto. Para impedirlo encerró a Dánae en una cámara subterránea de
bronce, con sólo una abertura que dejaba pasar el aire y la luz. Dánae era la
única hija de Acrisio y la mujer más bella del reino. Zeus, convertido en
lluvia de oro, logró violar la cárcel inexpugnable y engendró a Perseo en el
vientre de Dánae.
Nueve
meses después Acrisio no se atrevió a matarlos por temor a las Furias que
persiguen a quienes derraman su propia sangre. Metió en un cofre a la madre y
al hijo y los echó al mar. Las olas llevaron su carga a la isla de Sérifos.
Polidecto recibió en su corte a Dánae y al niño que llevaba en los brazos.
Perseo
llegó a la adolescencia. Polidecto quiso alejarlo para quedarse con Dánae. Le
dio el encargo de ir a la isla de las Gorgonas, que estaba en Occidente, cerca
del Gran Océano, y traerle la cabeza de Medusa. Así, Polidecto condenaba a
muerte a Perseo: nadie en el mundo podía sobrevivir a la Gorgona que con sólo
mirarlos petrificaba a los vivos.
No
obstante, como hijo de Zeus, Perseo era un semidiós y merecía la ayuda del
Olimpo. Cubierto por el escudo de Atenea, defendido por la espada de Hermes y
el casco de Hades, Perseo entró en la cueva de las Gorgonas. Para no verla de
frente y transformarse en piedra bajo su mirada, se guió por la imagen de
Medusa reflejada en el escudo. Se acercó a ella y la decapitó de un solo tajo.
Un
caballo alado brotó de su sangre. El héroe montó en Pegaso y fue a Sérifos para
liberar a su madre. Petrificó a Polidecto y a sus cortesanos al mostrarles la
cabeza muerta de la Gorgona. En vez de asumir el trono Perseo dio el reino de
la isla a su amigo Lidys, el pescador que había rescatado el cofre en la playa.
Dánae le
pidió reconciliarse con su abuelo. Perseo se trasladó a Argos, derrocó al
usurpador Preto y devolvió el poder a Acrisio. A pesar de todo, el Oráculo de
Belfos era infalible. La profecía se cumplió: durante los juegos que celebraron
la victoria Perseo lanzó un disco de metal y sin proponérselo dio muerte a
Acrisio. No quiso permanecer en la ciudad manchada de sangre y decidió fundar
Micenas.
Isabel tenía cincuenta y cinco años cuando conoció a Fermín que apenas iba a
cumplir veinte. Ambos trabajaban en el Ministerio de Comunicaciones. Fermín era
muy tímido y nunca se había acercado a ninguna mujer. A los seis meses se
casaron. Él se empleó como chofer particular y ella dejó la oficina. Desde
entonces habitaron en la vecindad de las calles de Uruguay. Su existencia se
transformó en una interminable reyerta.
Perseo recorre sus dominios. Observa la Puerta de los Leones, las murallas
ciclópeas, piedras invulnerables erguidas para cercar el sitio en que poco a
poco va muriendo el rey de Micenas. Camina bajo el sol recién nacido y observa
su sombra ya encorvada. Su padre Zeus no lo preservó del tiempo. Cronos, su
abuelo, lentamente lo devora como si en Perseo se vengara de Zeus por haberlo
desterrado del Olimpo. El viento asedia la ciudad amurallada. Desde la terraza
Andrómeda observa a Perseo y también siente que la historia del héroe ha
llegado a su fin.
Isabel opinaba que en la guerra de los sexos las mujeres sólo podían librarse
de la opresión y el martirio mediante el ejercicio del poder absoluto. Exigió a
Fermín que le entregara íntegras sus quincenas y no fuera sin permiso a ningún
sitio. Los sábados iban juntos al cine y los domingos a Chapultepec. Los celos
de Isabel acosaban a Fermín y eran motivo de continuas escenas. Incapaz de
pedir el divorcio o alejarse de ella, se limitaba a esperar la muerte de su
esposa que en 1955 había cumplido setenta años.
Perseo se tiende sobre la hierba. Tose, se agita, mira a su alrededor y cree
que el día amaneció nublado. No quiere aceptar el oscurecimiento de sus ojos.
Se levanta, camina hacia el palacio. Los guardias lo saludan elevando sus
lanzas. En la cámara real las esclavas visten a Andrómeda. Perseo la mira,
oculto tras una cortina.
También
Andrómeda es distinta a la princesa etíope que compitió en hermosura con las
hijas de Nereo, el dios del mar. Celosas de Andrómeda, las Nereidas la ataron a
una roca para que la devorase un monstruo marino. Perseo llegó cabalgando en
Pegaso. Venció al dragón y se casó con Andrómeda. Hoy el amor entre los dos es
sólo el recuerdo de aquellos días que sucedieron al combate.
Fermín puso algún reparo a la cena. Isabel lo echó de la casa. Vagó por las
calles, ávido de huir y temeroso de regresar. Sin embargo volvió a las pocas
horas e imploró perdón. Isabel, en respuesta, le arrojó a la cara la olla de
fideos. Fermín tomó un cuchillo de cocina y lo clavó siete veces en el cuerpo
de Isabel que se desplomó como una estatua rota.
Las
vecinas se asomaron a la puerta. Fermín bajó las escaleras y se echó a correr
hacia San Juan de Letrán. Media hora después, cuando los policías lo capturaron
en la Alameda, no opuso resistencia ni dio explicaciones. Quedó en un silencio
que ya jamás iba a romper. Dijeron que había enloquecido a raíz del crimen. En
realidad se limitaba a escuchar el viento en las ramas y el agua en las
fuentes. Hoy pasa los días tratando de apresar el polvo suspendido en un rayo
de luz.
Alza la vista al cielo. A su lado el mundo parece más opaco, más hastiado de
ser y de acabarse. Al centro de la tumba que los sepulta en vida Perseo y
Fermín son el mismo hombre y sus historias forman una sola historia. El sol
hiere sus ojos. En su prisión de piedra él espera que llegue el caballo con
alas que nació de la sangre de Medusa.
FIN
·
Autor: José Emilio Pacheco
·
Título: La sangre de Medusa
·
Publicado en: Cuadernos del Unicornio,
1958

