© Libro N° 12999. Una Conflagración
Imperfecta. Bierce, Ambrose. Emancipación.
Septiembre 21 de 2024
Título original: ©
An Imperfect Conflagration; Ambrose Bierce (1842-1914)
Versión
Original: © Una
Conflagración Imperfecta. Ambrose Bierce
Circulación
conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:
https://elespejogotico.blogspot.com/2009/10/una-conflagracion-imperfecta-ambrose.html
Licencia Creative Commons:
Emancipación Obrera utiliza una licencia Creative Commons, puedes copiar,
difundir o remezclar nuestro contenido, con la única condición de citar la
fuente.
La
Biblioteca Emancipación Obrera es un medio de difusión cultural sin fronteras,
no obstante los derechos sobre los contenidos publicados pertenecen a sus
respectivos autores y se basa en la circulación del conocimiento libre. Los
Diseños y edición digital en su mayoría corresponden a Versiones originales de
textos. El uso de los mismos son estrictamente educativos y está prohibida
su comercialización.
Autoría-atribución: Respetar la autoría del
texto y el nombre de los autores
No
comercial: No se puede utilizar este trabajo con fines
comerciales
No
derivados: No se puede alterar, modificar o reconstruir este
texto.
Fondo:
https://i.pinimg.com/564x/e9/c0/3a/e9c03a200e591208fc5e1d782dc70bd5.jpg
Portada
E.O. de Imagen original:
https://www.textos.info/img/1/1477/ambrose-bierce/una-conflagracion-imperfecta.jpg
© Edición,
reedición y Colección Biblioteca
Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
UNA CONFLAGRACIÓN IMPERFECTA
Ambrose Bierce
Una
Conflagración Imperfecta
Ambrose
Bierce
En junio
de 1872, una mañana temprano, asesiné a mi padre, acto que me produjo una
tremenda impresión. Fue antes de mi boda, cuando aún vivía en Wisconsin con mi
familia. Estábamos mi padre y yo en la biblioteca de casa repartiéndonos el
producto de un robo que habíamos cometido aquella noche. Se trataba, en su
mayor parte, de enseres domésticos, y la tarea de dividirlos equitativamente se
presentaba difícil. Al principio nos entendimos muy bien sobre el reparto de
las servilletas, toallas y cosas así, e incluso el reparto que hicimos de la
plata fue bastante justo; pero cuando le tocó el turno a una caja de música,
vimos que era muy problemático dividirla entre dos sin que esta división diera
mucho resto.
Aquella
caja fue la que ocasionó el desastre y la desgracia de mi familia: si no la
hubiéramos robado, mi padre aún estaría vivo.
Era una
obra de la más bella y exquisita artesanía, con incrustaciones de ricas maderas
labradas con gran trabajo. No sólo tocaba una gran variedad de melodías sino
que, incluso sin haberle dado cuerda, podía silbar como una codorniz, ladrar
como un perro y cacarear al amanecer, además de recitar los Diez Mandamientos.
Esta
última característica fue la que más gustó a mi padre y le llevó a cometer el
único acto deshonroso de su vida (aunque de haber seguido viviendo habría
cometido alguno más): trató de ocultarme la caja y me juró por su honor que no
la había cogido. Sin embargo, yo sabía de sobra que su intención al intervenir
en el robo no había sido otra que la de hacerse con ella.
La había
escondido bajo su capa (nos las habíamos puesto para evitar ser reconocidos) y
afirmaba solemnemente que no la tenía. Yo sabía que era mentira y además estaba
al tanto de algo que él desconocía: si conseguía prolongar el reparto de los
beneficios hasta el amanecer, la caja cacarearía y le delataría. Y así fue.
Cuando la luz de gas de la biblioteca empezaba a palidecer y se adivinaban las
formas de las ventanas tras las cortinas, un largo kikirikí salió de la capa de
mi padre, seguido de unos cuantos compases del Tannhauser que terminaron en un
sonoro «click». El hacha que habíamos utilizado para entrar en la desafortunada
mansión estaba sobre la mesa. La cogí. El anciano, al comprender que era inútil
ocultar la caja por más tiempo, la sacó y la puso sobre la mesa.
—Bueno,
pártela por la mitad si así lo prefieres —dijo—. Yo sólo intentaba salvarla de
la destrucción.
Mi padre
era un apasionado amante de la música: tocaba el acordeón con gran sentimiento.
—No
discuto la pureza de tus razones. Sería presuntuoso por mi parte juzgarte.
Pero los
negocios son los negocios y estoy dispuesto a disolver nuestra sociedad con
este hacha a menos que consientas llevar un cascabel en los robos futuros.
—Imposible
—dijo después de reflexionar—. No, no podría hacerlo, sería como una confesión
de mi deshonra. La gente diría que no confiabas en mí.
Su
carácter y sensibilidad resultaban admirables. Me sentí orgulloso de él y a
punto estuve de pasar por alto su falta. Pero una mirada rápida a la caja
ricamente adornada me decidió y, como dije, despaché al viejo de este valle de
lágrimas.
Después
de hacerlo me sentí un poco a disgusto. No sólo era mi padre —mi procreador—,
sino que además iban a descubrir su cuerpo. Era ya pleno día y mi madre podía
entrar en la biblioteca en cualquier momento. En tales circunstancias, lo más
oportuno era acabar también con ella, y eso fue lo que hice. Después, pagué a
los criados y los despedí.
Aquella
misma tarde fui a ver al comisario de policía; le conté todo y le pedí consejo.
Sería muy doloroso para mí que los hechos salieran a la luz. Todo el mundo
condenaría mi conducta y, si alguna vez intentaba presentarme a unas
elecciones, los periódicos sacarían a relucir el asunto. El comisario
comprendió el peso de estas consideraciones —él también era un asesino con gran
experiencia. Tras consultar con el magistrado que presidía el Tribunal de
Jurisdicción Variable, me aconsejó que ocultara los cadáveres en una de las
estanterías de la biblioteca, que hiciera un buen seguro a la casa y le
prendiera fuego. Enseguida me puse manos a la obra.
En la
biblioteca había una estantería que mi padre había comprado a un inventor
chiflado hacía poco tiempo y que aún estaba vacía. Su forma y tamaño recordaban
a los armarios antiguos que hay en los dormitorios que no tienen ropero.
Se abría
de arriba a abajo, como los camisones de señora, y las puertas eran de cristal.
Había
amortajado a mis padres hacía unas horas y sus cuerpos estaban bastante rígidos
para mantenerse erectos. Entonces los metí en una estantería, a la que había
quitado las baldas, y tapé sus cristales con unas cortinas. Aunque el inspector
de la compañía de seguros pasó media docena de veces por delante, no se dio
cuenta de nada.
Por la
noche, después de obtener la póliza, prendí fuego a la casa y, a través del
bosque, me dirigí a la ciudad que quedaba a unas dos millas. Allí me las
ingenié para que me vieran en el momento en que más animación había. Dos horas
después de haber provocado el incendio, me uní a la multitud y, dando gritos de
dolor por la suerte de mis padres, volví a la casa en llamas. Cuando llegué,
toda la ciudad estaba allí. El fuego había arrasado la casa, pero entre los
rescoldos aún incandescentes, cerrada y en pie, estaba la estantería,
completamente intacta.
Las
cortinas, evidentemente, habían ardido y, al quedar los cristales a la vista,
la luz de las ascuas iluminaba su interior. Allí estaba mi querido padre, «tal
y como era», y a su lado la compañera de sus penas y alegrías. No tenían ni un
solo pelo chamuscado y sus ropas estaban como nuevas. Las heridas que me vi
obligado a causarles para llevar a cabo mis planes se podían apreciar
claramente, en la cabeza y en la garganta. La gente se había quedado sin habla,
como en presencia de un milagro. El respeto y el temor habían paralizado sus
lenguas. Yo también me sentía muy afectado.
Unos tres
años después, cuando los sucesos aquí relatados ya casi se habían borrado de mi
memoria, fui a Nueva York para ayudar a pasar unos bonos falsificados. Un día,
al mirar el escaparate de una tienda de muebles, vi la réplica exacta de la
estantería.
—La
compré por una miseria a un inventor arrepentido —me explicó el propietario—.
Decía que era una estantería a prueba de fuego, que los poros de la madera
habían sido rellenados con alumbre y que el cristal estaba hecho de asbestos.
Supongo
que no será cierto. Se la dejo al precio de una estantería normal.
—No
—dije—. Si no me puede garantizar que es a prueba de fuego, no la quiero.
Le di los
buenos días y me marché. No me la habría quedado por nada del mundo. Despertaba
en mí unos recuerdos excesivamente desagradables.
_______________
Ambrose
Bierce (1842-1914)

No hay comentarios:
Publicar un comentario