© Libro N° 12970. La Liga De Los Pelirrojos. Conan Doyle, Arthur. Emancipación.
Septiembre 14 de 2024
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La Liga De Los Pelirrojos. Arthur Conan Doyle
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Original: © La Liga De
Los Pelirrojos. Arthur Conan Doyle
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Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
LA LIGA DE LOS PELIRROJOS
Arthur Conan Doyle
La Liga
De Los Pelirrojos
Arthur
Conan Doyle
Había ido
yo a visitar a mi amigo el señor Sherlock Holmes cierto día de otoño del año
pasado, y me lo encontré muy enzarzado en conversación con un caballero anciano
muy voluminoso, de cara rubicunda y cabellera de un subido color rojo. Iba yo a
retirarme, disculpándome por mi entremetimiento, pero Holmes me hizo entrar
bruscamente de un tirón, y cerró la puerta a mis espaldas.
-Mi
querido Watson, no podía usted venir en mejor momento -me dijo con expresión
cordial.
-Creí que
estaba usted ocupado.
-Lo
estoy, y muchísimo.
-Entonces
puedo esperar en la habitación de al lado.
-De
ninguna manera. Señor Wilson, este caballero ha sido compañero y colaborador
mío en muchos de los casos que mayor éxito tuvieron, y no me cabe la menor duda
de que también en el de usted me será de la mayor utilidad.
El
voluminoso caballero hizo mención de ponerse en pie y me saludó con una
inclinación de cabeza, que acompañó de una rápida mirada interrogadora de sus
ojillos, medio hundidos en círculos de grasa.
-Tome
asiento en el canapé -dijo Holmes, dejándose caer otra vez en su sillón, y
juntando las yemas de los dedos, como era costumbre suya cuando se hallaba de
humor reflexivo-. De sobra sé, mi querido Watson, que usted participa de mi
afición a todo lo que es raro y se sale de los convencionalismos y de la
monótona rutina de la vida cotidiana. Usted ha demostrado el deleite que eso le
produce, como el entusiasmo que le ha impulsado a escribir la crónica de tantas
de mis aventurillas, procurando embellecerlas hasta cierto punto, si usted me
permite la frase.
-Desde
luego, los casos suyos despertaron en mí el más vivo interés -le contesté.
-Recordará
usted que hace unos días, antes que nos lanzásemos a abordar el sencillo
problema que nos presentaba la señorita Mary Sutherland, le hice la observación
de que los efectos raros y las combinaciones extraordinarias debíamos buscarlas
en la vida misma, que resulta siempre de una osadía infinitamente mayor que
cualquier esfuerzo de la imaginación.
-Sí, y yo
me permití ponerlo en duda.
-En
efecto, doctor, pero tendrá usted que venir a coincidir con mi punto de vista,
porque, en caso contrario, iré amontonando y amontonando hechos sobre usted
hasta que su razón se quiebre bajo su peso y reconozca usted que estoy en lo
cierto. Pues bien: el señor Jabez Wilson, aquí presente, ha tenido la
amabilidad de venir a visitarme esta mañana, dando comienzo a un relato que
promete ser uno de los más extraordinarios que he escuchado desde hace algún
tiempo. Me habrá usted oído decir que las cosas más raras y singulares no se
presentan con mucha frecuencia unidas a los crímenes grandes, sino a los
pequeños, y también, de cuando en cuando, en ocasiones en las que puede existir
duda de si, en efecto, se ha cometido algún hecho delictivo. Por lo que he podido
escuchar hasta ahora, me es imposible afirmar si en el caso actual estamos o no
ante un crimen; pero el desarrollo de los hechos es, desde luego, uno de los
más sorprendentes de que he tenido jamás ocasión de enterarme. Quizá, señor
Wilson, tenga usted la extremada bondad de empezar de nuevo el relato. No se lo
pido únicamente porque mi amigo, el doctor Watson, no ha escuchado la parte
inicial, sino también porque la índole especial de la historia despierta en mí
el vivo deseo de oír de labios de usted todos los detalles posibles. Por regla
general, me suele bastar una ligera indicación acerca del desarrollo de los
hechos para guiarme por los millares de casos similares que se me vienen a la
memoria. Me veo obligado a confesar que en el caso actual, y según yo creo
firmemente, los hechos son únicos.
El
voluminoso cliente enarcó el pecho, como si aquello le enorgulleciera un poco,
y sacó del bolsillo interior de su gabán un periódico sucio y arrugado.
Mientras él repasaba la columna de anuncios, adelantando la cabeza, después de
alisar el periódico sobre sus rodillas, yo lo estudié a él detenidamente,
esforzándome, a la manera de mi compañero, por descubrir las indicaciones que
sus ropas y su apariencia exterior pudieran proporcionarme.
No saqué,
sin embargo, mucho de aquel examen.
A juzgar
por todas las señales, nuestro visitante era un comerciante inglés de tipo
corriente, obeso, solemne y de lenta comprensión. Vestía unos pantalones
abolsados, de tela de pastor, a cuadros grises; una levita negra y no demasiado
limpia, desabrochada delante; chaleco gris amarillento, con albertina de pesado
metal, de la que colgaba para adorno un trozo, también de metal, cuadrado y
agujereado. A su lado, sobre una silla, había un raído sombrero de copa y un
gabán marrón descolorido, con el arrugado cuello de terciopelo. En resumidas
cuentas, y por mucho que yo lo mirase, nada de notable distinguí en aquel
hombre, fuera de su pelo rojo vivísimo y la expresión de disgusto y de pesar
extremados que se leía en sus facciones.
La mirada
despierta de Sherlock Holmes me sorprendió en mi tarea, y mi amigo movió la
cabeza, sonriéndome, en respuesta a las miradas mías interrogadoras:
-Fuera de
los hechos evidentes de que en tiempos estuvo dedicado a trabajos manuales, de
que toma rapé, de que es francmasón, de que estuvo en China y de que en estos
últimos tiempos ha estado muy atareado en escribir no puedo sacar nada más en
limpio.
El señor
Jabez Wilson se irguió en su asiento, puesto el dedo índice sobre el periódico,
pero con los ojos en mi compañero.
-Pero,
por vida mía, ¿cómo ha podido usted saber todo eso, señor Holmes? ¿Cómo
averiguó, por ejemplo, que yo he realizado trabajos manuales? Todo lo que ha
dicho es tan verdad como el Evangelio, y empecé mi carrera como carpintero de
un barco.
-Por sus
manos, señor. La derecha es un número mayor de medida que su mano izquierda.
Usted trabajó con ella, y los músculos de la misma están más desarrollados.
-Bien,
pero ¿y lo del rapé y la francmasonería?
-No
quiero hacer una ofensa a su inteligencia explicándole de qué manera he
descubierto eso, especialmente porque, contrariando bastante las reglas de
vuestra orden, usa usted un alfiler de corbata que representa un arco y un
compás.
-¡Ah! Se
me había pasado eso por alto. Pero ¿y lo de la escritura?
-Y ¿qué
otra cosa puede significar el que el puño derecho de su manga esté tan lustroso
en una anchura de cinco pulgadas, mientras que el izquierdo muestra una
superficie lisa cerca del codo, indicando el punto en que lo apoya sobré el
pupitre?
-Bien, ¿y
lo de China?
-El pez
que lleva usted tatuado más arriba de la muñeca sólo ha podido ser dibujado en
China. Yo llevo realizado un pequeño estudio acerca de los tatuajes, y he
contribuido incluso a la literatura que trata de ese tema. El detalle de
colorear las escamas del pez con un leve color sonrosado es completamente
característico de China. Si, además de eso, veo colgar de la cadena de su reloj
una moneda china, el problema se simplifica aun más.
El señor
Jabez Wilson se rió con risa torpona, y dijo:
-¡No lo
hubiera creído! Al principio me pareció que lo que había hecho usted era una
cosa por demás inteligente; pero ahora me doy cuenta de que, después de todo,
no tiene ningún mérito.
-Comienzo
a creer, Watson -dijo Holmes-, que es un error de parte mía el dar
explicaciones. Omne ignotum pro magnifico, como no ignora
usted, y si yo sigo siendo tan ingenuo, mi pobre celebridad, mucha o poca, va a
naufragar. ¿Puede enseñarme usted ese anuncio, señor Wilson?
-Sí, ya
lo encontré -contestó él, con su dedo grueso y colorado fijo hacia la mitad de
la columna-. Aquí está. De aquí empezó todo. Léalo usted mismo, señor.
Le quité
el periódico, y leí lo que sigue:
«A la
liga de los pelirrojos.- Con cargo al legado del difunto Ezekiah Hopkins,
Penn., EE. UU., se ha producido otra vacante que da derecho a un miembro de la
Liga a un salario de cuatro libras semanales a cambio de servicios de carácter
puramente nominal. Todos los pelirrojos sanos de cuerpo y de inteligencia, y de
edad superior a los veintiún años, pueden optar al puesto. Presentarse
personalmente el lunes, a las once, a Duncan Ross. en las oficinas de la Liga,
Pope’s Court. núm. 7. Fleet Street.»
-¿Qué
diablos puede significar esto? -exclamé después de leer dos veces el
extraordinario anuncio.
Holmes se
rió por lo bajo, y se retorció en su sillón, como solía hacer cuando estaba de
buen humor.
-¿Verdad
que esto se sale un poco del camino trillado? -dijo-. Y ahora, señor Wilson,
arranque desde la línea de salida, y no deje nada por contar acerca de usted,
de su familia y del efecto que el anuncio ejerció en la situación de usted.
Pero antes, doctor, apunte el periódico y la fecha.
-Es
el Morning Chronicle del veintisiete de abril de mil
ochocientos noventa. Exactamente, de hace dos meses.
-Muy
bien. Veamos, señor Wilson.
-Pues
bien: señor Holmes, como le contaba a usted -dijo Jabez Wilson secándose el
sudor de la frente-, yo poseo una pequeña casa de préstamos en Coburg Square,
cerca de la City. El negocio no tiene mucha importancia, y durante los últimos
años no me ha producido sino para ir tirando. En otros tiempos podía permitirme
tener dos empleados, pero en la actualidad sólo conservo uno; y aun a éste me
resultaría difícil poder pagarle, de no ser porque se conforma con la mitad de
la paga, con el propósito de aprender el oficio.
-¿Cómo se
llama este joven de tan buen conformar? -preguntó Sherlock Holmes.
-Se llama
Vicente Spaulding, pero no es precisamente un mozalbete. Resultaría difícil
calcular los años que tiene. Yo me conformaría con que un empleado mío fuese lo
inteligente que es él; sé perfectamente que él podría ganar el doble de lo que
yo puedo pagarle, y mejorar de situación. Pero, después de todo, si él está
satisfecho, ¿por qué voy a revolverle yo el magín?
-Naturalmente,
¿por qué va usted a hacerlo? Es para usted una verdadera fortuna el poder
disponer de un empleado que quiere trabajar por un salario inferior al del
mercado. En una época como la que atravesamos no son muchos los patronos que
están en la situación de usted. Me está pareciendo que su empleado es tan
extraordinario como su anuncio.
-Bien,
pero también tiene sus defectos ese hombre -dijo el señor Wilson-. Por ejemplo,
el de largarse por ahí con el aparato fotográfico en las horas en que debería
estar cultivando su inteligencia, para luego venir y meterse en la bodega, lo
mismo que un conejo en la madriguera, a revelar sus fotografías. Ese es el
mayor de sus defectos; pero, en conjunto, es muy trabajador. Y carece de
vicios.
-Supongo
que seguirá trabajando con usted.
-Sí,
señor. Yo soy viudo, nunca tuve hijos, y en la actualidad componen mi casa él y
una chica de catorce años, que sabe cocinar algunos platos sencillos y hacer la
limpieza. Los tres llevamos una vida tranquila, señor; y gracias a eso estamos
bajo techado, pagamos nuestras deudas, y no pasamos de ahí. Fue el anuncio lo
que primero nos sacó de quicio. Spauling se presentó en la oficina, hoy hace
exactamente ocho semanas, con este mismo periódico en la mano, y me dijo:
«¡Ojalá Dios que yo fuese pelirrojo, señor Wilson!» Yo le pregunté: «¿De qué se
trata?» Y él me contestó: «Pues que se ha producido otra vacante en la Liga de
los Pelirrojos. Para quien lo sea equivale a una pequeña fortuna, y, según
tengo entendido, son más las vacantes que los pelirrojos, de modo que los
albaceas testamentarios andan locos no sabiendo qué hacer con el dinero. Si mi
pelo cambiase de color, ahí tenía yo un huequecito a pedir de boca donde
meterme.» «Pero bueno, ¿de qué se trata?», le pregunté. Mire, señor Holmes, yo
soy un hombre muy de su casa. Como el negocio vino a mí, en vez de ir yo en
busca del negocio, se pasan semanas enteras sin que yo ponga el pie fuera del
felpudo de la puerta del local. Por esa razón vivía sin enterarme mucho de las
cosas de fuera, y recibía con gusto cualquier noticia. «¿Nunca oyó usted hablar
de la Liga de los Pelirrojos?», me preguntó con asombro. «Nunca.» «Sí que es
extraño, siendo como es usted uno de los candidatos elegibles para ocupar las
vacantes.» «Y ¿qué supone en dinero?», le pregunté. «Una minucia. Nada más que
un par de centenares de libras al año, pero casi sin trabajo, y sin que le
impidan gran cosa dedicarse a sus propias ocupaciones.» Se imaginará usted
fácilmente que eso me hizo afinar el oído, ya que mi negocio no marchaba
demasiado bien desde hacía algunos años, y un par de centenares de libras más
me habrían venido de perlas. «Explíqueme bien ese asunto», le dije. «Pues bien
-me contestó mostrándome el anuncio-: usted puede ver por sí mismo que la Liga
tiene una vacante, y en el mismo anuncio viene la dirección en que puede pedir
todos los detalles. Según a mí se me alcanza, la Liga fue fundada por un
millonario norteamericano, Ezekiah Hopkins, hombre raro en sus cosas. Era
pelirrojo, y sentía mucha simpatía por los pelirrojos; por eso, cuando él
falleció, se vino a saber que había dejado su enorme fortuna encomendada a los
albaceas, con las instrucciones pertinentes a fin de proveer de empleos cómodos
a cuantos hombres tuviesen el pelo de ese mismo color. Por lo qué he oído decir,
el sueldo es espléndido, y el trabajo, escaso.» Yo le contesté: «Pero serán
millones los pelirrojos que los soliciten.» «No tantos como usted se imagina
-me contestó-. Fíjese en que el ofrecimiento está limitado a los londinenses, y
a hombres mayores de edad. El norteamericano en cuestión marchó de Londres en
su juventud, y quiso favorecer a su vieja y querida ciudad. Me han dicho,
además, que es inútil solicitar la vacante cuando se tiene el pelo de un rojo
claro o de un rojo oscuro; el único que vale es el color rojo auténtico, vivo,
llameante, rabioso. Si le interesase solicitar la plaza, señor Wilson, no tiene
sino presentarse; aunque quizá no valga la pena para usted el molestarse por
unos pocos centenares de libras.» La verdad es, caballeros, como ustedes mismos
pueden verlo, que mi pelo es de un rojo vivo y brillante, por lo que me pareció
que, si se celebraba un concurso, yo tenía tantas probabilidades de ganarlo
como el que más de cuantos pelirrojos había encontrado en mi vida. Vicente
Spaulding parecía tan enterado del asunto, que pensé que podría serme de
utilidad; de modo, pues, que le di la orden de echar los postigos por aquel día
y de acompañarme inmediatamente. Le cayó muy bien lo de tener un día de fiesta,
de modo, pues, que cerramos el negocio, y marchamos hacia la dirección que
figuraba en el anuncio. Yo no creo que vuelva a contemplar un espectáculo como
aquél en mi vida, señor Holmes. Procedentes del Norte, del Sur, del Este y del
Oeste, todos cuantos hombres tenían un algo de rubicundo en los cabellos se
habían largado a la City respondiendo al anuncio. Fleet Street estaba obstruida
de pelirrojos, y Pope’s Court producía la impresión del carrito de un vendedor
de naranjas. Jamás pensé que pudieran ser tantos en el país como los que se
congregaron por un solo anuncio. Los había allí de todos los matices: rojo
pajizo, limón, naranja, ladrillo, cerro setter, irlandés,
hígado, arcilla. Pero, según hizo notar Spaulding, no eran muchos los de un
auténtico rojo, vivo y llameante. Viendo que eran tantos los que esperaban,
estuve a punto de renunciar, de puro desánimo; pero Spaulding no quiso ni oír
hablar de semejante cosa. Yo no sé cómo se las arregló, pero el caso es que, a
fuerza de empujar a éste, apartar al otro y chocar con el de más allá, me hizo
cruzar por entre aquella multitud, llevándome hasta la escalera que conducía a
las oficinas.
-Fue la
suya una experiencia divertidísima -comentó Holmes, mientras su cliente se
callaba y refrescaba su memoria con un pellizco de rapé-. Prosiga, por favor,
el interesante relato.
-En la
oficina no había sino un par de sillas de madera y una mesa de tabla, a la que
estaba sentado un hombre pequeño, y cuyo pelo era aún más rojo que el mío.
Conforme se presentaban los candidatos les decía algunas palabras, pero siempre
se las arreglaba para descalificarlos por algún defectillo. Después de todo, no
parecía cosa tan sencilla el ocupar una vacante. Pero cuando nos llegó la vez a
nosotros, el hombrecito se mostró más inclinado hacia mí que hacia todos los
demás, y cerró la puerta cuando estuvimos dentro, a fin de poder conversar
reservadamente con nosotros. «Este señor se llama Jabez Wilson -le dijo mi
empleado-, y desearía ocupar la vacante que hay en la Liga.» «Por cierto que se
ajusta a maravilla para el puesto -contestó el otro-. Reúne todos los
requisitos. No recuerdo desde cuándo no he visto pelo tan hermoso.» Dio un paso
atrás, torció a un lado la cabeza, y me estuvo contemplando el pelo hasta que
me sentí invadido de rubor. Y de pronto, se abalanzó hacia mí, me dio un fuerte
apretón de manos y me felicitó calurosamente por mi éxito. «El titubear
constituiría una injusticia -dijo-. Pero estoy seguro de que sabrá disculpar el
que yo tome una precaución elemental.» Y acto continuo me agarró del pelo con
ambas manos, y tiró hasta hacerme gritar de dolor. Al soltarme, me dijo: «Tiene
usted lágrimas en los ojos, de lo cual deduzco que no hay trampa. Es preciso
que tengamos sumo cuidado, porque ya hemos sido engañados en dos ocasiones, una
de ellas con peluca postiza, y la otra, con el tinte. Podría contarle a usted
anécdotas del empleo de cera de zapatero remendón, como para que se asquease de
la condición humana.» Dicho esto se acercó a la ventana, y anunció a voz en
grito a los que estaban debajo que había sido ocupada la vacante. Se alzó un
gemido de desilusión entre los que esperaban, y la gente se desbandó, no
quedando más pelirrojos a la vista que mi gerente y yo. «Me llamo Duncan Ross
-dijo éste-, y soy uno de los que cobran pensión procedente del legado de
nuestro noble bienhechor. ¿Es usted casado, señor Wilson? ¿Tiene usted
familia?» Contesté que no la tenía. La cara de aquel hombre se nubló en el
acto, y me dijo con mucha gravedad: «¡ Vaya por Dios, qué inconveniente más
grande! ¡Cuánto lamento oírle decir eso! Como es natural, la finalidad del
legado es la de que aumenten y se propaguen los pelirrojos, y no sólo su
conservación. Es una gran desgracia que usted sea un hombre sin familia.»
También mi cara se nubló al oír aquello, señor Holmes, viendo que, después de
todo, se me escapaba, la vacante; pero, después de pensarlo por espacio de
algunos minutos, sentenció que eso no importaba. «Tratándose de otro -dijo-,
esa objeción podría ser fatal; pero estiraremos la cosa en favor de una persona
de un pelo como el suyo. ¿Cuándo podrá usted hacerse cargo de sus nuevas
obligaciones?» «Hay un pequeño inconveniente, puesto que yo tengo un negocio
mío», contesté. «¡Oh! No se preocupe por eso, señor Wilson -dijo Vicente
Spaulding-. Yo me cuidaré de su negocio.» «¿Cuál será el horario?», pregunté.
«De diez a dos.» Pues bien: el negocio de préstamos se hace principalmente a
eso del anochecido, señor Holmes, especialmente los jueves y los viernes, es
decir, los días anteriores al de paga; me venía, pues, perfectamente el ganarme
algún dinerito por las mañanas. Además, yo sabía que mi empleado es una buena
persona y que atendería a todo lo que se le presentase. «Ese horario me
convendría perfectamente -le dije-. ¿Y el sueldo?» «Cuatro libras a la semana.»
«¿En qué consistirá el trabajo?» «El trabajo es puramente nominal.» «¿Qué
entiende usted por puramente nominal?» «Pues que durante esas horas tendrá
usted que hacer acto de presencia en esta oficina, o, por lo menos, en este
edificio. Si usted se ausenta del mismo, pierde para siempre su empleo. Sobre
este punto es terminante el testamento. Si usted se ausenta de la oficina en
estas horas, falta a su compromiso.» «Son nada más que cuatro horas al día, y
no se me ocurrirá ausentarme», le contesté. «Si lo hiciese, no le valdrían
excusas -me dijo el señor Duncan Ross-. Ni por enfermedad, negocios, ni nada.
Usted tiene que permanecer aquí, so pena de perder la colocación.» «¿Y el
trabajo?» «Consiste en copiar la Enciclopedia Británica. En
este estante tiene usted el primer volumen. Usted tiene que procurarse tinta,
plumas y papel secante; pero nosotros le suministramos esta mesa y esta silla.
¿Puede usted empezar mañana?» «Desde luego que sí», le contesté. «Entonces,
señor Jabez Wilson, adiós, y permítame felicitarle una vez más por el
importante empleo que ha tenido usted la buena suerte de conseguir.» Se
despidió de mí con una reverencia, indicándome que podía retirarme, y yo me
volví a casa con mi empleado, sin saber casi qué decir ni qué hacer, de tan
satisfecho como estaba con mi buena suerte. Pues bien: me pasé el día dando
vueltas en mi cabeza al asunto, y para cuando llegó la noche, volví a sentirme
abatido, porque estaba completamente convencido de que todo aquello no era sino
una broma o una superchería, aunque no acertaba a imaginarme qué finalidad podían
proponerse. Parecía completamente imposible que hubiese nadie capaz de hacer un
testamento semejante, y de pagar un sueldo como aquél por un trabajo tan
sencillo como el de copiar la Enciclopedia Británica. Vicente
Spaulding hizo todo cuanto le fue posible por darme ánimos, pero a la hora de
acostarme había yo acabado por desechar del todo la idea. Sin embargo, cuando
llegó la mañana resolví ver en qué quedaba aquello, compré un frasco de tinta
de a penique, me proveí de una pluma de escribir y de siete pliegos de papel de
oficio, y me puse en camino para Pope’s Court. Con gran sorpresa y satisfacción
mía, encontré las cosas todo lo bien que podían estar. La mesa estaba a punto,
y el señor Duncan Ross, presente para cerciorarse de que yo me ponía a trabajar.
Me señaló para empezar la letra A, y luego se retiró; pero de
cuando en cuando aparecía por allí para comprobar que yo seguía en mi sitio. A
las dos me despidió, me felicitó por la cantidad de trabajo que había hecho, y
cerró la puerta del despacho después de salir yo. Un día tras otro, las cosas
siguieron de la misma forma, y el gerente se presentó el sábado, poniéndome
encima de la mesa cuatro soberanos de oro, en pago del trabajo que yo había
realizado durante la semana. Lo mismo ocurrió la semana siguiente, y la otra.
Me presenté todas las mañanas a las diez, y me ausenté a las dos. Poco a poco,
el señor Duncan Ross se limitó a venir una vez durante la mañana, y al cabo de
un tiempo dejó de venir del todo. Como es natural, yo no me atreví, a pesar de
eso, a ausentarme de la oficina un sólo momento, porque no tenía la seguridad
de que él no iba a presentarse, y el empleo era tan bueno, y me venía tan bien,
que no me arriesgaba a perderlo. Transcurrieron de idéntica manera ocho
semanas, durante las cuales yo escribí lo referente a los Abades, Arqueros,
Armaduras, Arquitectura y Ática, esperanzado de llegar, a fuerza de diligencia,
muy pronto a la b. Me gasté algún dinero en papel de oficio, y ya tenía casi
lleno un estante con mis escritos. Y de pronto se acaba todo el asunto.
-¿Que se
acabó?
-Sí,
señor. Y eso ha ocurrido esta mañana mismo. Me presenté, como de costumbre, al
trabajo a las diez; pero la puerta estaba cerrada con llave, y en mitad de la
hoja de la misma, clavado con una tachuela, había un trocito de cartulina. Aquí
lo tiene, puede leerlo usted mismo.
Nos
mostró un trozo de cartulina blanca, más o menos del tamaño de un papel de
cartas, que decía lo siguiente:
Ha
Quedado Disuelta
La Liga
De Los Pelirrojos
9 Octubre
1890
Sherlock
Holmes y yo examinamos aquel breve anuncio y la cara afligida que había detrás
del mismo, hasta que el lado cómico del asunto se sobrepuso de tal manera a
toda otra consideración, que ambos rompimos en una carcajada estruendosa.
-Yo no
veo que la cosa tenga nada de divertida -exclamó nuestro cliente sonrojándose
hasta la raíz de sus rojos cabellos-. Si no pueden ustedes hacer en favor mío
otra cosa que reírse, me dirigiré a otra parte.
-No, no
-le contestó Holmes empujándolo hacia el sillón del que había empezado a
levantarse-. Por nada del mundo me perdería yo este asunto suyo. Se sale tanto
de la rutina, que resulta un descanso. Pero no se me ofenda si le digo que hay
en el mismo algo de divertido. Vamos a ver, ¿qué pasos dio usted al encontrarse
con ese letrero en la puerta?
-Me dejó
de una pieza, señor. No sabía qué hacer. Entré en las oficinas de al lado, pero
nadie sabía nada. Por último, me dirigí al dueño de la casa, que es contador y
vive en la planta baja, y le pregunté si podía darme alguna noticia sobre lo
ocurrido a la Liga de los Pelirrojos. Me contestó que jamás había oído hablar
de semejante sociedad. Entonces le pregunté por el señor Duncan Ross, y me
contestó que era la vez primera que oía ese nombre. «Me refiero, señor, al
caballero de la oficina número cuatro», le dije. «¿Cómo? ¿El caballero
pelirrojo?» «Ese mismo.» «Su verdadero nombre es William Morris. Se trata de un
procurador, y me alquiló la habitación temporalmente, mientras quedaban listas
sus propias oficinas. Ayer se trasladó a ellas.» «Y ¿dónde podría encontrarlo?»
«En sus nuevas oficinas. Me dió su dirección. Eso es, King Edward Street,
número diecisiete, junto a San Pablo.» Marché hacia allí, señor Holmes, pero
cuando llegué a esa dirección me encontré con que se trataba de una fábrica de
rodilleras artificiales, y nadie había oído hablar allí del señor William
Morris, ni del señor Duncan Ross.
-Y ¿qué
hizo usted entonces? -le preguntó Holmes.
-Me
dirigí a mi casa de Saxe-Coburg Square, y consulté con mi empleado. No supo
darme ninguna solución, salvo la de decirme que esperase, porque con seguridad
que recibiría noticias por carta. Pero esto no me bastaba, señor Holmes. Yo no
quería perder una colocación como aquélla así como así; por eso, como había
oído decir que usted llevaba su bondad hasta aconsejar a la pobre gente que lo
necesita, me vine derecho a usted.
-Y obró
usted con gran acierto -dijo Holmes-.
El caso
de usted resulta extraordinario, y lo estudiaré con sumo gusto. De lo que usted
me ha informado, deduzco que aquí están en juego cosas mucho más graves de lo
que a primera vista parece.
-¡Que si
se juegan cosas graves! -dijo el señor Jabez Wilson-. Yo, por mi parte, pierdo
nada menos que cuatro libras semanales.
-Por lo
que a usted respecta -le hizo notar Holmes-, no veo que usted tenga queja
alguna contra esta extraordinaria Liga. Todo lo contrario; por lo que le he
oído decir, usted se ha embolsado unas treinta libras, dejando fuera de
consideración los minuciosos conocimientos que ha adquirido sobre cuantos temas
caen bajo la letra A. A usted no le han causado ningún
perjuicio.
-No,
señor. Pero quiero saber de esa gente, enterarme de quiénes son, y qué se
propusieron haciéndome esta jugarreta, porque se trata de una jugarreta. La
broma les salió cara, ya que les ha costado treinta y dos libras.
-Procuraremos
ponerle en claro esos extremos. Empecemos por un par de preguntas, señor
Wilson. Ese empleado suyo, que fue quien primero le llamó la atención acerca
del anuncio, ¿qué tiempo llevaba con usted?
-Cosa de
un mes.
-¿Cómo
fue el venir a pedirle empleo?
-Porque
puse un anuncio.
-¿No se
presentaron más aspirantes que él?
-Se
presentaron en número de una docena.
-¿Por qué
se decidió usted por él?
-Porque
era listo y se ofrecía barato.
-A mitad
de salario, ¿verdad?
-Sí.
-¿Cómo es
ese Vicente Spaulding?
-Pequeño,
grueso, muy activo, imberbe, aunque no bajará de los treinta años. Tiene en la
frente una mancha blanca, de salpicadura de algún ácido.
Holmes se
irguió en su asiento, muy excitado, y dijo:
-Me lo
imaginaba. ¿Nunca se fijó usted en si tiene las orejas agujereadas como para
llevar pendientes?
-Sí,
señor. Me contó que se las había agujereado una gitana cuando era todavía
muchacho.
-¡Ejem!-dijo
Holmes recostándose de nuevo en su asiento-. Y ¿sigue todavía en casa de usted?
– Sí,
señor; no hace sino un instante que lo dejé.
-¿Y
estuvo bien atendido el negocio de usted durante su ausencia?
-No tengo
queja alguna, señor. De todos modos, poco es el negocio que se hace por las
mañanas.
-Con esto
me basta, señor Wilson. Tendré mucho gusto en exponerle mi opinión acerca de
este asunto dentro de un par de días. Hoy es sábado; espero haber llegado a una
conclusión allá para el lunes.
* * *
-Veamos,
Watson -me dijo Holmes una vez que se hubo marchado nuestro visitante-. ¿Qué
saca usted en limpio de todo esto?
-Yo no
saco nada -le contesté con franqueza-. Es un asunto por demás misterioso.
-Por
regla general -me dijo Holmes-, cuanto más estrambótica es una cosa, menos
misteriosa suele resultar. Los verdaderamente desconcertantes son esos crímenes
vulgares y adocenados, de igual manera que un rostro corriente es el más
difícil de identificar. Pero en este asunto de ahora tendré que actuar con
rapidez.
-Y ¿qué
va usted a hacer? -le pregunté.
-Fumar
-me respondió-. Es un asunto que me llevará sus tres buenas pipas, y yo le pido
a usted que no me dirija la palabra durante cincuenta minutos.
Sherlock
Holmes se hizo un ovillo en su sillón, levantando las rodillas hasta tocar su
nariz aguileña, y de ese modo permaneció con los ojos cerrados y la negra pipa
de arcilla apuntando fuera, igual que el pico de algún extraordinario
pajarraco. Yo había llegado a la conclusión de que se había dormido, y yo mismo
estaba cabeceando; pero Holmes saltó de pronto de su asiento con el gesto de un
hombre que ha tomado una resolución, y dejó la pipa encima de la repisa de la
chimenea, diciendo:
-Esta
tarde toca Sarasate en St. James Hall. ¿Qué opina usted, Watson? ¿Pueden sus
enfermos prescindir de usted durante algunas horas?
-Hoy no
tengo nada que hacer. Mi clientela no me acapara nunca mucho.
-En ese
caso, póngase el sombrero y acompáñeme. Pasaré primero por la City, y por el
camino podemos almorzar alguna cosa. Me he fijado en que el programa incluye
mucha música alemana, que resulta más de mi gusto que la italiana y la
francesa. Es música introspectiva, y yo quiero hacer un examen de conciencia.
Vamos.
Hasta
Aldersgate hicimos el viaje en el ferrocarril subterráneo; un corto paseo nos
llevó hasta Saxe-Coburg Square, escenario del extraño relato que habíamos
escuchado por la mañana. Era ésta una placita ahogada, pequeña, de quiero y no
puedo, en la que cuatro hileras de desaseadas casas de ladrillo de dos pisos
miraban a un pequeño cercado, de verjas, dentro del cual una raquítica
cespedera y unas pocas matas de ajado laurel luchaban valerosamente contra una
atmósfera cargada de humo y adversa. Tres bolas doradas y un rótulo marrón con
el nombre «Jabez Wilson», en letras blancas, en una casa que hacía esquina,
servían de anuncio al local en que nuestro pelirrojo cliente realizaba sus
transacciones. Sherlock Holmes se detuvo delante del mismo, ladeó la cabeza y
lo examinó detenidamente con ojos que brillaban entre sus encogidos párpados.
Después caminó despacio calle arriba, y luego calle abajo hasta la esquina,
siempre con la vista clavada en los edificios. Regresó, por último, hasta la
casa del prestamista, y, después de golpear con fuerza dos o tres veces en el
suelo con el bastón, se acercó a la puerta y llamó. Abrió en el acto un joven
de aspecto despierto, bien afeitado, y le invitó a entrar.
-No,
gracias; quería sólo preguntar por dónde se va a Stran -dijo Holmes.
-Tres a
la derecha, y luego cuatro a la izquierda contestó el empleado, apresurándose a
cerrar.
-He ahí
un individuo listo -comentó Holmes cuando nos alejábamos-. En mi opinión, es el
cuarto en listeza de Londres, y en cuanto a audacia, quizá pueda aspirar a
ocupar el tercer lugar. He tenido antes de ahora ocasión de intervenir en
asuntos relacionados con él.
-Es evidente
-dije yo- que el empleado del señor Wilson entre por mucho en este misterio de
la Liga de los Pelirrojos. Estoy seguro de que usted le preguntó el camino
únicamente para tener ocasión de echarle la vista encima.
-No a él.
-¿A
quién, entonces?
-A las
rodilleras de sus pantalones.
-¿Y qué
vio usted en ellas?
-Lo que
esperaba ver.
-¿Y por
qué golpeó usted el suelo de la acera?
-Mi
querido doctor, éstos son momentos de observar, no de hablar. Somos espías en
campo enemigo. Ya sabemos algo de Saxe-Coburg Square. Exploremos ahora las
travesías que tiene en su parte posterior.
La
carretera por la que nos metimos al doblar la esquina de la apartada plaza de
Saxe-Coburg presentaba con ésta el mismo contraste que la cara de un cuadro con
su reverso. Estábamos ahora en una de las arterias principales por donde
discurre el tráfico de la City hacia el Norte y hacia el Oeste. La calzada se
hallaba bloqueada por el inmenso río del tráfico comercial que fluía en una
doble marea hacia dentro y hacia fuera, en tanto que los andenes hormigueaban
de gentes que caminaban presurosas. Contemplando la hilera de tiendas elegantes
y de magníficos locales de negocio, resultaba difícil hacerse a la idea de que,
en efecto, desembocasen por el otro lado en la plaza descolorida y muerta que
acabábamos de dejar.
-Veamos
-dijo Holmes, en pie en la esquina y dirigiendo su vista por la hilera de
edificios adelante-. Me gustaría poder recordar el orden en que están aquí las
casas. Una de mis aficiones es la de conocer Londres al dedillo. Tenemos el
Mortimer’s, el despacho de tabacos, la tiendecita de periódicos, la sucursal
Coburg del City and Suburban Bank, el restaurante vegetalista y el depósito de
las carrocerías McFarlane. Y con esto pasamos a la otra manzana, Y ahora,
doctor, ya hemos hecho nuestra trabajo, y es tiempo de que tengamos alguna
distracción. Un bocadillo, una taza de café, y acto seguido a los dominios del
violín, donde todo es dulzura, delicadeza y armonía, y donde no existen
clientes pelirrojos que nos molesten con sus rompecabezas.
Era mi
amigo un músico entusiasta que no se limitaba a su gran destreza de ejecutante,
sino que escribía composiciones de verdadero mérito. Permaneció toda la tarde
sentado en su butaca sumido en la felicidad más completa; de cuando en cuando
marcaba gentilmente con el dedo el compás de la música, mientras que su rostro
de dulce sonrisa y sus ojos ensoñadores se parecían tan poco a los de Holmes el
sabueso, a los de Holmes el perseguidor implacable, agudo, ágil, de criminales,
como es posible concebir. Los dos aspectos de su singular temperamento se
afirmaban alternativamente, y su extremada exactitud y astucia representaban,
según yo pensé muchas veces, la reacción contra el humor poético y
contemplativo que, en ocasiones, se sobreponía dentro de él. Ese vaivén de su
temperamento lo hacía pasar desde la más extrema languidez a una devoradora
energía; y, según yo tuve oportunidad de saberlo bien, no se mostraba nunca tan
verdaderamente formidable como cuando se había pasado días enteros descansando
ociosamente en su sillón, entregado a sus improvisaciones y a sus libros de
letra gótica. Era entonces cuando le acometía de súbito el anhelo vehemente de
la caza, y cuando su brillante facultad de razonar se elevaba hasta el nivel de
la intuición, llegando al punto de que quienes no estaban familiarizados con
sus métodos le mirasen de soslayo, como a persona cuyo saber no era el mismo de
los demás mortales. Cuando aquella tarde lo vi tan arrebujado en la música de
St. James Hall, tuve la sensación de que quizá se les venían encima malos
momentos a aquellos en cuya persecución se había lanzado.
-Seguramente
que querrá usted ir a su casa, doctor -me dijo cuando salíamos.
-Sí, no
estaría de más.
-Y yo
tengo ciertos asuntos que me llevarán varias horas. Este de la plaza de Coburg
es cosa grave.
-¿Cosa
grave? ¿Por qué?
-Está
preparándose un gran crimen. Tengo toda clase de razones para creer que
llegaremos a tiempo de evitarlo. Pero el ser hoy sábado complica bastante las
cosas. Esta noche lo necesitaré a usted.
-¿A qué
hora?
-Con que
venga a las diez será suficiente.
-Estaré a
las diez en Baker Street.
-Perfectamente.
¡Oiga, doctor! Échese el revólver al bolsillo, porque quizá la cosa sea
peligrosilla.
Me saludó
con un vaivén de la mano, giró sobre sus tacones, y desapareció
instantáneamente entre la multitud.
Yo no me
tengo por más torpe que mis convecinos, pero siempre que tenía que tratar con
Sherlock Holmes me sentía como atenazado por mi propia estupidez. En este caso
de ahora, yo había oído todo lo que él había oído, había visto lo que él había
visto, y, sin embargo, era evidente, a juzgar por sus palabras, que él veía con
claridad no solamente lo que había ocurrido, sino también lo que estaba a punto
de ocurrir, mientras que a mí se me presentaba todavía todo el asunto como
grotesco y confuso. Mientras iba en coche hasta mi casa de Kensington, medité
sobre todo lo ocurrido, desde el extraordinario relato del pelirrojo copista de
la Enciclopedia, hasta la visita a Saxe-Coburg Square, y las
frases ominosas con que Holmes se había despedido de mí. ¿Qué expedición
nocturna era aquélla, y por qué razón tenía yo que ir armado? ¿Adonde iríamos,
y qué era lo que teníamos que hacer? Holmes me había insinuado que el empleado
barbilampiño del prestamista era un hombre temible, un hombre que quizá estaba
desarrollando un juego de gran alcance. Intenté desenredar el enigma, pero
renuncié a ello con desesperanza, dejando de lado el asunto hasta que la noche
me trajese una explicación.
Eran las
nueve y cuarto cuando salí de mi casa y me encaminé, cruzando el Parque y
siguiendo por Oxford Street, hasta Baker Street. Había parados delante de la
puerta dos coches hanso, y al entrar en el Vestíbulo oí ruido
de voces en el piso superior. Al entrar en la habitación de Holmes, encontré a
éste en animada conversación con dos hombres, en uno de los cuales reconocí al
agente oficial de Policía Peter Jones; el otro era un hombre alto, delgado,
caritristón, de sombrero muy lustroso y levita abrumadoramente respetable.
-¡Aja! Ya
está completa nuestra expedición -dijo Holmes, abrochándose la zamarra de
marinero y cogiendo del perchero su pesado látigo de caza-. Creo que usted,
Watson. conoce ya al señor Jones, de Scotlan Yard. Permítame que le presente al
señor Merryweather, que será esta noche compañero nuestro de aventuras.
-Otra vez
salimos de caza por parejas, como usted ve, doctor -me dijo Jones con su
prosopopeya habitual-. Este amigo nuestro es asombroso para levantar la pieza.
Lo que él necesita es un perro viejo que le ayude a cazarla.
-Espero
que, al final de nuestra caza, no resulte que hemos estado persiguiendo
fantasmas -comentó, lúgubre, el señor Merryweather.
-Caballero,
puede usted depositar una buena dosis de confianza en el señor Holmes -dijo con
engreimiento el agente de Policía-. Él tiene pequeños métodos propios, y éstos
son, si él no se ofende porque yo se lo diga, demasiado teóricos y fantásticos,
pero lleva dentro de sí mismo a un detective hecho y derecho. No digo nada de
más afirmando que en una o dos ocasiones, tales como el asunto del asesinato de
Sholto y del tesoro de Agra, ha andado más cerca de la verdad que la
organización policíaca.
-Me basta
con que diga usted eso, señor Jones -respondió con deferencia el desconocido-.
Pero reconozco que echo de menos mi partida de cartas. Por vez primera en
veintisiete años, dejo de jugar mi partida de cartas un sábado por la noche.
-Creo-le
hizo notar Sherlock Holmes -que esta noche se juega usted algo de mucha mayor
importancia que todo lo que se ha jugado hasta ahora, y que la partida le
resultará más emocionante. Usted, señor Merryweather, se juega unas treinta mil
libras esterlinas, y usted, Jones, la oportunidad de echarle el guante al
individuo a quien anda buscando.
-A John
Clay, asesino, ladrón, quebrado fraudulento y falsificador. Se trata de un
individuo joven, señor Merryweather, pero marcha a la cabeza de su profesión, y
preferiría esposarlo a él mejor que a ningún otro de los criminales de Londres.
Este John Clay es hombre extraordinario. Su abuelo era duque de sangre real, y
el nieto cursó estudios en Eton y en Oxford. Su cerebro funciona con tanta
destreza como sus manos, y aunque encontramos rastros suyos a la vuelta de cada
esquina, jamás sabemos dónde dar con él. Esta semana violenta una casa en
Escocia, y a la siguiente va y viene por Cornwall recogiendo fondos para
construir un orfanato. Llevo persiguiéndolo varios años, y nunca pude ponerle
los ojos encima.
-Espero
tener el gusto de presentárselo esta noche. También yo he tenido mis más y mis
menos con el señor John Clay, y estoy de acuerdo con usted en que va a la
cabeza de su profesión. Pero son ya las diez bien pasadas, y es hora de que nos
pongamos en camino. Si ustedes suben en el primer coche, Watson y yo los
seguiremos en el segundo.
Sherlock
Holmes no se mostró muy comunicativo durante nuestro largo trayecto en coche, y
se arrellanó en su asiento tarareando melodías que había oído aquella tarde.
Avanzamos traqueteando por un laberinto inacabable de calles alumbradas con
gas, y desembocamos, por fin, en Farringdon Street.
-Ya
estamos llegando -comentó mi amigo-. Este Merryweather es director de un Banco,
y el asunto le interesa de una manera personal. Me pareció asimismo bien el que
nos acompañase Jones. No es mala persona, aunque en su profesión resulte un
imbécil perfecto. Posee una positiva buena cualidad. Es valiente como un bull-dog,
y tan tenaz como una langosta cuando cierra sus garras sobre alguien.
Ya hemos llegado, y nos esperan.
Estábamos
en la misma concurrida arteria que habíamos visitado por la mañana. Despedimos
a nuestros coches y, guiados por el señor Merryweather, nos metimos por un
estrecho pasaje, y cruzamos una puerta lateral que se abrió al llegar nosotros.
Al otro lado había un corto pasillo, que terminaba en una pesadísima puerta de
hierro. También ésta se abrió, dejándonos pasar a una escalera de piedra y en
curva, que terminaba en otra formidable puerta. El señor Merryweather se detuvo
para encender una linterna, y luego nos condujo por un corredor oscuro y que
olía a tierra; luego, después de abrir una tercera puerta, desembocamos en una
inmensa bóveda o bodega en que había amontonadas por todo su alrededor jaulas
de embalaje con cajas macizas dentro.
-Desde
arriba no resulta usted muy vulnerable -hizo notar Holmes, manteniendo en alto
la linterna y revisándolo todo con la mirada.
-Ni desde
abajo -dijo el señor Merryweather golpeando con su bastón en las losas con que
estaba empedrado el suelo-. ¡Por vida mía, esto suena a hueco! -exclamó,
alzando sorprendido la vista.
-Me veo
obligado a pedir a usted que permanezca un poco más tranquilo -le dijo con
severidad Holmes-. Acaba usted de poner en peligro todo el éxito de la
expedición. ¿Puedo pedirle que tenga la bondad de sentarse encima de una de
estas cajas, sin intervenir en nada?
El
solemne señor Merryweather se encaramó a una de las jaulas de embalaje
mostrando gran disgusto en su cara, mientras Holmes se arrodillaba en el suelo
y, sirviéndose de la linterna y de una lente de aumento, comenzó a escudriñar
minuciosamente las rendijas entre losa y losa. Le bastaron pocos segundos para
llegar al convencimiento, porque se puso ágilmente en pie y se guardó su lente
en el bolsillo.
-Tenemos
por delante lo menos una hora -dijo a modo de comentario-, porque nada pueden
hacer mientras el prestamista no se haya metido en la cama. Pero cuando esto
ocurra, pondrán inmediatamente manos a la obra, pues cuanto antes le den fin,
más tiempo les quedará para la fuga. Doctor, en este momento nos encontramos,
según usted habrá ya adivinado, en los sótanos de la sucursal que tiene en la
City uno de los principales bancos londinenses. El señor Merryweather es el
presidente del Consejo de dirección, y él explicará a usted por qué razones
puede esta bodega despertar ahora mismo vivo interés en los criminales más
audaces de Londres.
-Se trata
del oro francés que aquí tenemos-cuchicheó el director-. Hemos recibido ya
varias advertencias de que quizá se llevase a cabo una tentativa para
robárnoslo.
-¿El oro
francés?
-Sí. Hace
algunos meses se nos presentó la conveniencia de reforzar nuestros recursos, y
para ello tomamos en préstamo treinta mil napoleones oro al Banco de Francia.
Ha corrido la noticia de que no habíamos tenido necesidad de desempaquetar el
dinero, y que éste se encuentra aún en nuestra bodega. Esta jaula sobre la que
estoy sentado encierra dos mil napoleones empaquetados entre capas superpuestas
de plomo. En este momento, nuestras reservas en oro son mucho más elevadas de
lo que es corriente guardar en una sucursal, y el Consejo de dirección tenía
sus recelos por este motivo.
-Recelos
que estaban muy justificados -hizo notar Holmes-. Es hora ya de que pongamos en
marcha nuestros pequeños planes. Calculo que de aquí a una hora las cosas
habrán hecho crisis. Para empezar, señor Merryweather, es preciso que corra la
pantalla de esta linterna sorda.
-¿Y vamos
a permanecer en la oscuridad?
-Eso me
temo. Traje conmigo un juego de cartas, pensando que, en fin de cuentas, siendo
como somos una partie carree,quizá no se quedara usted sin echar su
partidita habitual. Pero, según he observado, los preparativos del enemigo se
hallan tan avanzados, que no podemos correr el riesgo de tener luz encendida.
Y. antes que nada, tenemos que tomar posiciones. Esta gente es temeraria y,
aunque los situaremos en desventaja, podrían causarnos daño si no andamos con
cuidado. Yo me situaré detrás de esta jaula, y ustedes escóndanse detrás de
aquéllas. Cuando yo los enfoque con una luz, ustedes los cercan rápidamente. Si
ellos hacen fuego, no sienta remordimientos de tumbarlos a tiros, Watson.
Coloqué
mi revólver, con el gatillo levantado, sobre la caja de madera detrás de la
cual estaba yo parapetado. Holmes corrió la cortina delantera de su linterna, y
nos dejó; sumidos en negra oscuridad, en la oscuridad más absoluta en que yo me
encontré hasta entonces. El olor del metal caliente seguía atestiguándonos que
la luz estaba encendida, pronta a brillar instantáneamente. Aquellas súbitas
tinieblas, y el aire frío y húmedo de la bodega, ejercieron una impresión
deprimente y amortiguadora sobre mis nervios, tensos por la más viva
expectación.
-Sólo les
queda un camino para la retirada -cuchicheó Holmes-; el de volver a la casa y
salir a Saxe-Coburg Square. Habrá usted hecho ya lo que le pedí, ¿verdad?
-Un
inspector y dos funcionarios esperan en la puerta delantera.
-Entonces,
les hemos tapado todos los agujeros. Silencio, pues, y a esperar.
¡Qué
larguísimo resultó aquello! Comparando notas más tarde, resulta que la espera
fue de una hora y cuarto, pero yo tuve la sensación de que había transcurrido
la noche y que debía de estar alboreando por encima de nuestras cabezas. Tenía
los miembros entumecidos y cansados, porque no me atrevía a cambiar de postura,
pero mis nervios habían alcanzado el más alto punto de tensión, y mi oído se
había agudizado hasta el punto de que no sólo escuchaba la suave respiración de
mis compañeros, sino que distinguía por su mayor volumen la inspiración del
voluminoso Jones, de la nota suspirante del director del Banco. Desde donde yo
estaba, podía mirar por encima del cajón hacia el piso de la bodega. Mis ojos
percibieron de pronto el brillo de una luz.
Empezó
por ser nada más que una leve chispa en las losas del empedrado, y luego se
alargó hasta convertirse en una línea amarilla; de pronto, sin ninguna
advertencia ni ruido, pareció abrirse un desgarrón, y apareció una mano blanca,
femenina casi, que tanteó por el centro de la pequeña superficie de luz. Por
espacio de un minuto o más, sobresalió la mano del suelo, con sus inquietos
dedos. Se retiró luego tan súbitamente como había aparecido, y todo volvió a
quedar sumido en la oscuridad, menos una chispita cárdena, reveladora de una
grieta entre las losas.
Pero esa
desaparición fue momentánea. Una de las losas, blancas y anchas, giró sobre uno
de sus lados, produciendo un ruido chirriante, de desgarramiento, dejando
abierto un hueco cuadrado, por el que se proyectó hacia fuera la luz de una
linterna. Asomó por encima de los bordes una cara barbilampiña, infantil, que
miró con gran atención a su alrededor y luego, haciendo palanca con las manos a
un lado y otro de la abertura, se lanzó hasta sacar primero los hombros, luego
la cintura, y apoyó por fin una rodilla encima del borde. Un instante después
se irguió en pie a un costado del agujero, ayudando a subir a un compañero,
delgado y pequeño como él, de cara pálida y una mata de pelo de un rojo vivo.
-No hay
nadie -cuchicheó-. ¿Tienes el cortafrío y los talegos?… ¡Válgame Dios! ¡Salta,
Archie, salta; yo le haré frente!
Sherlock
Holrnes había saltado de su escondite, agarrando al intruso por el cuello de la
ropa. El otro se zambulló en el agujero, y yo pude oír el desgarrón de sus
faldones en los que Jones había hecho presa. Centelleó la luz en el cañón de un
revólver, pero el látigo de caza de Holmes cayó sobre la muñeca del individuo,
y el arma fue a parar al suelo, produciendo un ruido metálico sobre las losas.
-Es
inútil, John Clay -le dijo Holmes, sin alterarse-; no tiene usted la menor
probabilidad a su favor.
-Ya lo
veo-contestó el otro con la mayor sangre fría-. Supongo que mi compañero está a
salvo, aunque, por lo que veo, se han quedado ustedes con las colas de su
chaqueta.
-Le
esperan tres hombres a la puerta -le dijo Holmes.
-¿Ah, sí?
Por lo visto no se le ha escapado a usted detalle. Le felicito.
-Y yo a
usted -le contestó Holmes-. Su idea de los pelirrojos tuvo gran novedad y
eficacia.
-En
seguida va usted a encontrarse con su compinche -dijo Jones-. Es más ágil que
yo descolgándose por los agujeros. Alargue las manos mientras le coloco las
pulseras.
-Haga el
favor de no tocarme con sus manos sucias -comentó el preso, en el momento en
que se oyó el clic de las esposas al cerrarse-. Quizá ignore que corre por mis
venas sangre real. Tenga también la amabilidad de darme el tratamiento de señor y
de pedirme las cosas por favor.
-Perfectamente-dijo
Jones, abriendo los ojos y con una risita-. ¿Se digna, señor, caminar escaleras
arriba, para que podamos llamar a un coche y conducir a su alteza hasta la
Comisaría?
-Así está
mejor -contestó John Clay serenamente. Nos saludó a los tres con una gran
inclinación cortesana, y salió de allí tranquilo, custodiado por el detective.
-Señor
Holmes -dijo el señor Merryweather, mientras íbamos tras ellos, después de
salir de la bodega-, yo no sé cómo podrá el Banco agradecérselo y
recompensárselo. No cabe duda de que usted ha sabido descubrir y desbaratar del
modo más completo una de las tentativas más audaces de robo de bancos que yo he
conocido.
-Tenía
mis pequeñas cuentas que saldar con el señor John Clay-contestó Holmes-. El
asunto me ha ocasionado algunos pequeños desembolsos que espero que el Banco me
reembolsará. Fuera de eso, estoy ampliamente recompensado con esta experiencia,
que es en muchos aspectos única, y con haberme podido enterar del
extraordinario relato de la Liga de los Pelirrojos.
Ya de
mañana, sentado frente a sendos vasos de whisky con soda en
Baker Street, me explicó Holmes:
-Comprenda
usted, Watson; resultaba evidente desde el principio que la única finalidad
posible de ese fantástico negocio del anuncio de la Liga y del copiar la Enciclopedia, tenía
que ser el alejar durante un número determinado de horas todos los días a este
prestamista, que tiene muy poco dé listo. El medio fue muy raro, pero la verdad
es que habría sido difícil inventar otro mejor. Con seguridad que fue el color
del pelo de su cómplice lo que sugirió la idea al cerebro ingenioso de Clay.
Las cuatro libras semanales eran un señuelo que forzosamente tenía que
atraerlo, ¿y qué suponía eso para ellos, que se jugaban en el asunto muchos
millares? Insertan el anuncio; uno de los granujas alquila temporalmente la
oficina, y el otro incita al prestamista a que se presente a solicitar el
empleo, y entre los dos se las arreglan para conseguir que esté ausente todos
los días laborables. Desde que me enteré de que el empleado trabajaba a mitad
de sueldo, vi con claridad que tenía algún motivo importante para ocupar aquel
empleo.
-¿Y cómo
llegó usted a adivinar este motivo?
-Si en la
casa hubiese habido mujeres, habría sospechado que se trataba de un vulgar
enredo amoroso. Pero no había que pensar en ello. El negocio que el prestamista
hacía era pequeño, y no había nada dentro de la casa que pudiera explicar una
preparación tan complicada y un desembolso como el que estaban haciendo. Por
consiguiente, era por fuerza algo que estaba fuera de la casa. ¿Qué podía ser?
Me dio en qué pensar la afición del empleado a la fotografía, y el truco suyo
de desaparecer en la bodega… ¡La bodega! En ella estaba uno de los extremos de
la complicada madeja. Pregunté detalles acerca del misterioso empleado, y me
encontré con que tenía que habérmelas con uno de los criminales más
calculadores y audaces de Londres. Este hombre estaba realizando en la bodega
algún trabajo que le exigía varias horas todos los días, y esto por espacio de
meses. ¿Qué puede ser?, volví a preguntarme. No me quedaba sino pensar que
estaba abriendo un túnel que desembocaría en algún otro edificio. A ese punto
había llegado cuando fui a visitar el lugar de la acción. Lo sorprendí a usted
cuando golpeé el suelo con mi bastón. Lo que yo buscaba era descubrir si la
bodega se extendía hacia la parte delantera o hacia la parte posterior. No daba
a la parte delantera. Tiré entonces de la campanilla, y acudió, como yo
esperaba, el empleado. El y yo hemos librado algunas escaramuzas, pero nunca
nos habíamos visto. Apenas si me fijé en su cara. Lo que yo deseaba ver eran
sus rodillas. Usted mismo debió de fijarse en lo desgastadas y llenas de
arrugas y de manchas que estaban. Pregonaban las horas que se había pasado
socavando el agujero. Ya sólo quedaba por determinar hacia dónde lo abrían.
Doblé la esquina, me fijé en que el City and Suburban Bank daba al local de
nuestro amigo, y tuve la sensación de haber resuelto el problema. Mientras
usted, después del concierto, marchó en coche a su casa, yo me fui de visita a
Scotland Yard, y a casa del presidente del directorio del Banco, con el
resultado que usted ha visto.
-¿Y cómo
pudo usted afirmar que realizarían esta noche su tentativa? -le pregunté.
-Pues
bien: al cerrar las oficinas de la Liga daban con ello a entender que ya les
tenia sin cuidado la presencia del señor Jabez Wilson; en otras palabras: que
habían terminado su túnel. Pero resultaba fundamental que lo aprovechasen
pronto, ante la posibilidad de que fuese descubierto, o el oro trasladado a
otro sitio. Les convenía el sábado, mejor que otro día cualquiera, porque les
proporcionaba dos días para huir. Por todas esas razones yo creí que vendrían
esta noche.
-Hizo
usted sus deducciones magníficamente -exclamé con admiración sincera-. La
cadena es larga, pero, sin embargo, todos sus eslabones suenan a cosa cierta. ,
-Me libró
de mi fastidio -contestó Holmes, bostezando-. Por desgracia, ya estoy sintiendo
que otra vez se apodera de mí. Mi vida se desarrolla en un largo esfuerzo para
huir de las vulgaridades de la existencia. Estos pequeños problemas me ayudan a
conseguirlo.
-Y es
usted un benefactor de la raza humana -le dije yo.
Holmes se
encogió de hombros, y contestó a modo de comentario:
-Pues
bien: en fin de cuentas, quizá tengan alguna pequeña utilidad. L’homme
c’est ríen, l’ouvre c’est tout, según escribió Gustavo Flaubert
a George Sand.
*FIN*
“The
Red-Headed League”,
The Strand Magazine, 1891

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