© Libro N° 12969. La Desaparición De Lady
Frances Carfax. Conan Doyle, Arthur. Emancipación.
Septiembre 14 de 2024
Título original: ©
La Desaparición De Lady Frances Carfax. Arthur Conan Doyle
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Original: © La
Desaparición De Lady Frances Carfax. Arthur Conan Doyle
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Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
LA DESAPARICIÓN DE LADY FRANCES CARFAX
Arthur Conan Doyle
La
Desaparición De Lady Frances Carfax
Arthur
Conan Doyle
—Pero
¿por qué turco? —preguntó el señor Sherlock Holmes, mirando de arriba abajo mi
calzado.
Yo estaba
recostado en un sillón con respaldo de mimbre en ese momento, y mis pies habían
llamado su atención, como siempre, alerta.
—Inglesas
—respondí con cierto asombro—. He comprado las botas en el Latimer’s de Oxford
Street.
Holmes
sonrió con una expresión de desganada paciencia.
—¡El
baño! —dijo—. ¡El baño! ¿Por qué el caro y relajante baño turco antes que la
tonificante bañera de casa?
—Porque
en los últimos días me he sentido reumático y viejo. Un baño turco es lo que
llamamos en medicina un remedio… una refrescante puesta a punto, un purificador
del sistema. Por cierto, Holmes —añadí—, no me cabe duda de que la relación
entre mis botas y un baño turco es perfectamente obvia para una mente lógica,
pero, a pesar de eso, le agradecería que me la indicara.
—El hilo
del razonamiento no es muy complicado, Watson —dijo Holmes con un destello de
picardía en la mirada—. Pertenece a la misma clase de deducciones elementales
que, por ejemplo, preguntarle con quién ha compartido coche en su paseo de esta
mañana.
—No
acepto un ejemplo nuevo como explicación —dije algo irritado.
—¡Bravo,
Watson! Un reproche muy lógico y respetable. Veamos, ¿cuáles fueron los
motivos? Empecemos por el final… el coche. Observará que tiene algunas
salpicaduras en la manga y en el hombro de su abrigo. Si se hubiera sentado en
el centro de un coche sin cubierta, probablemente no tendría salpicaduras, y,
si las tuviese, las hubiese tenido, por supuesto, a ambos lados. Por lo tanto,
asimismo está claro que estaba sentado en un lateral. Por lo tanto, asimismo
está claro que tenía un acompañante.
—Muy
evidente.
—Resulta
ridículo de lo banal que es. ¿No le parece?
—Bien,
pero ¿y las botas y el baño?
—Igual de
pueril. Usted tiene la costumbre de anudarse las botas de una determinada
manera. Esta vez las veo atadas con un doble nudo enrevesado, que no es su
método habitual de hacerlo. Por tanto, se ha quitado las botas. ¿Quién las ha
atado después? Un zapatero… o el chico del baño turco. Es improbable que fuese
el zapatero, dado que sus botas son prácticamente nuevas. Conque, ¿qué nos
queda? El baño. Ridículo, ¿verdad? Pero, aun así, el baño turco ha tenido un
propósito.
—¿Cuál?
—Dice que
ha estado porque necesitaba un cambio. Déjeme sugerirle otro. ¿Qué le parece
Lausana, mi querido Watson… como un príncipe, en primera clase y todos los
gastos pagados?
—¡Una
maravilla! Pero ¿por qué?
Holmes se
recostó en su sillón y cogió su libreta del bolsillo.
—Una de
las especies más peligrosas del mundo —dijo— es la mujer sin rumbo y sin
amigos. Es la más inofensiva y a menudo la más útil de los mortales, pero es la
instigadora sin remedio del crimen en los demás. Está desvalida. Es nómada.
Tiene medios suficientes como para viajar de país en país y de hotel en hotel.
Se pierde, por regla general, en un laberinto de oscuras pensiones y casas de
huéspedes. Es una gallina perdida en un mundo de zorros. Cuando la devoran,
casi nadie la echa en falta. Mucho me temo que le ha pasado algo malo a lady
Frances Carfax.
Me quedé
aliviado por este repentino descenso de lo general a lo particular. Holmes
consultó sus notas.
—Lady
Frances —prosiguió— es la única superviviente de la familia directa del difunto
conde de Rufton. Los inmuebles se heredaron, como quizá recuerde, por línea
masculina. Recibió unos recursos limitados, y, entre ellos, ciertas antiguas
alhajas españolas de plata excepcionales y ciertos diamantes cortados de manera
curiosa hacia los que se sentía muy unida; demasiado unida; puesto que se negó
a dejárselos a su banquero y siempre los llevaba con ella. Una figura
conmovedora, la de lady Frances, una mujer hermosa, todavía en los inicios de
la madurez, y, sin embargo, por un extraño cambio, el último derrelicto de lo
que hace solo veinte años era una flota crecida.
—¿Qué le
ha pasado?
—Ah, ¿que
qué le ha pasado a lady Frances? ¿Está viva o muerta? Ahí está nuestro
problema. Es una dama de costumbres inalterables, y durante cuatro años ha
escrito cada dos semanas, sin fallar ni una vez, a la señorita Dobney, su
antigua institutriz, quien hace mucho que se retiró y vive en Camberwell. Ha
sido esta tal señorita Dobney quien me ha pedido consejo. Han pasado casi cinco
semanas sin que le haya llegado ni una palabra. La última carta procedía del
Hôtel National de Lausana. Lady Frances parece haberse marchado de allí y no ha
dejado una dirección a la que remitirse. La familia está inquieta, y, como son
extremadamente ricos, no repararán en gastos para esclarecer el asunto.
—¿Es la
señorita Dobney la única fuente de información? ¿No es posible que se carteara
con alguien más?
—Hay un
corresponsal que es una mano segura. El banco. Las damas solteras tienen que
vivir, y sus libretas son diarios resumidos. Tiene cuenta en el Silvester’s. He
echado una ojeada a sus movimientos. Con el penúltimo cheque pagó su cuenta en
Lausana, pero era una cantidad abultada y probablemente le sobró dinero en
metálico. Solo ha extendido un cheque desde entonces.
—¿Para
quién y dónde?
—Para la
señorita Marie Devine. No hay nada que indique dónde se extendió el cheque. Se
cobró en el Crédit Lyonnais de Montpellier hace menos de tres semanas. Era una
suma de cincuenta libras.
—¿Y quién
es la señorita Marie Devine?
—Eso
también he logrado descubrirlo. La señorita Marie Devine era la doncella de
lady Frances Carfax. La razón de que le hubiese pagado ese cheque todavía está
a oscuras. No me cabe duda, no obstante, de que sus indagaciones aclararán
pronto el asunto.
—¡Mis
indagaciones!
—A eso se
debe el periplo de salud a Lausana. Sabe que no me es posible dejar Londres
mientras el viejo Abrahams tema por su vida de la manera en que lo hace.
Además, en general, es mejor que no me marche del país. Scotland Yard se siente
solo sin mí y eso provoca un nerviosismo insano en la clase criminal. Vaya
usted, por tanto, mi querido Watson, y, si requiriese en algún momento mi
humilde consejo, al increíble precio de dos peniques la palabra, estaré a su
disposición a este lado del telégrafo continental día y noche.
Dos días
después me hallaba en el Hôtel National de Lausana, donde monsieur Moser, su
célebre director, me colmó de todas las atenciones posibles. Lady Frances,
según me informó, había permanecido allí varias semanas y había despertado las
simpatías de todos los que la habían conocido. No tenía más de cuarenta años,
seguía siendo atractiva y todo indicaba que, en su juventud, había sido una
mujer encantadora. Monsieur Moser no sabía nada de ningunas joyas de valor,
pero los sirvientes comentaban que el pesado baúl del dormitorio de la dama se
encontraba siempre escrupulosamente cerrado. Marie Devine, la doncella, era tan
apreciada como su señora; de hecho, se había comprometido con uno de los
maîtres del hotel, y no tuvo ningún impedimento en obtener su dirección. Vivía
en rue de Trajan 11, Montpellier. Anoté toda la información y me pareció que ni
el mismo Holmes hubiese sido más hábil en reunir aquellos datos.
Solo
seguía a oscuras en un aspecto. No tenía nada que pudiese esclarecer la razón
de la repentina partida de la dama. Supuestamente se sentía muy feliz en
Lausana. Había muchos motivos para creer que tenía intención de quedarse toda
la temporada en sus lujosas habitaciones con vistas al lago. Y, no obstante, se
había marchado con un único día de aviso, lo que le trajo aparejado pagar en
vano una semana de alquiler. Solo Jules Vibart, el prometido de la doncella,
pudo brindarme una sugerencia. Relacionaba la repentina partida con la visita
al hotel un par de días antes de un hombre alto, moreno y con barba. «¡Un
sauvage… un véritable sauvage!», exclamó Jules Vibart. Ese hombre se alojaba en
alguna parte de la ciudad. Lo habían visto hablando muy gravemente con la
señora en el paseo del lago. Luego había ido a visitarla y ella se había negado
a verlo. Era inglés, pero no habían registrado su nombre. La señora se había
marchado de allí inmediatamente después. Jules Vibart, y, lo que tenía mayor
importancia, su novia, pensaba que esta visita y la partida eran causa y
efecto. Solo hubo una cosa de la que Jules no me diría nada. De la razón por la
que Marie había dejado a su señora. Sobre eso no podía o no quería explicar
nada. Si deseaba saberlo, debía ir a Montpellier y preguntarle a ella.
Así
concluyó el primer capítulo de mi investigación. El segundo estuvo consagrado
al lugar al que se había encaminado lady Frances Carfax cuando se marchó de
Lausana. En este aspecto había sido muy reservada, lo que confirmaba la idea de
que se había ido con la intención de dar esquinazo a alguien. De lo contrario,
¿por qué no había etiquetado abiertamente sus maletas con destino a Baden?
Ambos, dama y equipaje, habían llegado al balneario renano por algún camino
indirecto. Todo esto lo recabé del encargado de la oficina de viajes Cook del
lugar. Así que me fui a Baden, después de haberle enviado a Holmes una relación
de todos mis movimientos y de recibir en respuesta un telegrama de elogio medio
en broma.
Allí la
pista no fue difícil de seguir. Lady Frances había cogido alojamiento en el
Englischer Hof una quincena. Entre tanto, había conocido al doctor Shlessinger
y a su esposa, misionero en Sudamérica. Como muchas damas solitarias, lady
Frances encontró consuelo y un cometido en la religión. La notable personalidad
del doctor Shlessinger, su devoción entusiasta, y el hecho de que se estuviese
recuperando de una enfermedad contraída en el ejercicio de su tarea apostólica
la afectaron profundamente. Con lo cual, ayudó a la señora Shlessinger en el
cuidado del santo convaleciente. Este se pasaba el día, según me contó el
encargado, en un diván en la terraza, con un dama a cada lado atendiéndole.
Estaba elaborando un mapa de la Tierra Santa, con un especial interés en el
reino de los madianitas, sobre el que estaba escribiendo un tratado. Por fin,
tras mejorar mucho de salud, su mujer y él se habían vuelto a Londres, y lady
Frances había partido hacia allí en su compañía. Eso había sucedido tres
semanas antes exactamente, y el encargado no había tenido noticias de ella
desde entonces. En cuanto a la doncella, Marie, se había ido algunos días antes
hecha un mar de lágrimas, tras informar a las demás doncellas de que dejaba el
oficio para siempre. El doctor Shlessinger había pagado la cuenta de todo el
grupo antes de partir.
—Por
cierto —dijo el gerente al terminar—, no es el único amigo de lady Frances
Carfax que ha preguntado por ella últimamente. Hace solo una semana o así,
tuvimos por aquí a un hombre con la misma consulta.
—¿Dio su
nombre? —pregunté.
—No, pero
era inglés, aunque algo inusual.
—¿Un
salvaje? —le pregunté, relacionando los datos a la manera de mi ilustre amigo.
—Eso
mismo. Eso lo describe muy bien. Es un tipo grande, barbudo y con la piel
tostada por el sol, y parece que se encuentre, más a gusto en una fonda de
granjeros que en un hotel elegante. Un tipo duro, violento, diría yo, y a quien
lamentaría mucho ofender.
El
misterio empezaba a quedar delimitado a medida que las figuras se aclaraban al
levantarse la niebla. Teníamos a esa dama buena y piadosa perseguida de un
lugar a otro por una figura siniestra e implacable. Ella le tenía miedo, o en
caso contrario no hubiese huido de Lausana. Él había continuado siguiéndola.
Antes o después la alcanzaría. ¿La había alcanzado ya? ¿Era ese el secreto de
su prolongado silencio? ¿Podría esa buena gente que la acompañaba ampararla
contra su violencia o sus chantajes? ¿Qué terrible propósito, qué oscuro
designio, había tras esa larga persecución? Ese era el problema que tenía que
resolver.
A Holmes
le escribí para mostrarle lo rápida y certeramente que había llegado hasta la
raíz del asunto. En respuesta, obtuve un telegrama en el que me pedía una
descripción de la oreja izquierda del doctor Shlessinger. Holmes tenía una idea
del humor que resultaba extraña y, a veces, hasta ofensiva, así que hice caso
omiso a su intempestiva broma… En realidad, estaba ya en Montpellier en mi
búsqueda de la doncella, Marie, antes de que llegara su mensaje.
No me fue
difícil encontrar a la antigua sirvienta, que me contó todo lo que pudo. Era
una persona fiel, que había dejado a su señora solo porque estaba segura de que
estaba en buenas manos, y porque su próximo matrimonio hacía la separación
inevitable de todas maneras. Me confesó con pesar que su señora se había
mostrado algo irritable con ella durante su estancia en Baden, e incluso la
había interrogado como si tuviese sospechas de su decencia. Eso había hecho que
separarse de ella hubiese sido más fácil. Lady Frances le había dado cincuenta
libras como regalo de bodas. Como yo, Marie veía con profundo recelo al
desconocido que la había empujado a marcharse de Lausana. Había visto con sus
propios ojos cómo la agarraba por la muñeca con gran violencia en el paseo
público junto al lago. Era un hombre violento y terrible. Ella creía que había
aceptado la compañía de los Shlessinger durante el regreso a Londres por miedo
a ese tipo. Nunca le había hablado a Marie de ello, pero muchos pequeños
detalles habían convencido a la doncella de que su señora vivía en un estado de
permanente ansiedad. Había llegado hasta ese punto en su relato, cuando, de
repente, se levantó de un salto de su silla y le empezó a temblar el rostro de
sorpresa y de miedo.
—¡Mire!
—gritó—. ¡El canalla todavía la sigue! ¡Ahí tiene al hombre del que le hablo!
A través
de la ventana abierta de la sala de estar, vi a un hombre enorme y moreno, con
una barba negra encrespada, bajando lentamente por el medio de la calle, y
mirando impaciente el número de las casas. Estaba claro que, como yo, iba tras
la pista de la doncella. Dejándome llevar por mi primer impulso, salí corriendo
y lo abordé.
—Usted es
inglés —le dije.
—¿Y qué
si lo soy? —preguntó con maneras de granuja.
—¿Le
importaría decirme cómo se llama?
—Sí, me
importaría —replicó con rotundidad.
La
situación era incómoda, pero muchas veces lo mejor es ser directo.
—¿Dónde
está lady Frances Carfax? —le pregunté.
Se me
quedó mirando estupefacto.
—¿Qué
tiene que ver con ella? ¿Por qué la persigue? ¡Le exijo una respuesta!
—insistí.
Rugió de
ira y saltó sobre mí como un tigre. Yo he aguantado lo mío en más de una pelea,
pero ese hombre me agarraba con unas manos de hierro y la furia de un demonio.
Me apretaba la garganta y estaba a punto de perder el conocimiento cuando un
ouvrier francés sin afeitar, con una chaqueta azul, salió disparado del cabaret
de enfrente porra en mano y le asestó un duro golpe en el antebrazo que le hizo
soltar su presa. Se quedó un momento bufando de rabia y sin decidirse a renovar
su ataque. Entonces, con un gruñido de cólera, me dejó y entró en la casa de la
que yo acababa de salir. Me volví para darle las gracias a mi protector, que
seguía a mi lado en la calzada.
—Y bien,
Watson —dijo—, ¡menuda chapuza de trabajo! Creo que casi sería mejor que se
volviese conmigo a Londres en el expreso de esta noche.
Una hora
después, Sherlock Holmes, con su vestimenta y estilo de siempre, estaba sentado
en mi habitación del hotel. Su explicación de su repentina y oportuna aparición
fue la simplicidad misma. Al darse cuenta de que podía salir de Londres,
decidió encontrarse conmigo en el siguiente punto obvio de mis viajes.
Disfrazado de obrero, se había sentado a esperar en un cabaret a que
apareciese.
—Ha
llevado a cabo una investigación particularmente concienzuda, mi querido Watson
—dijo—. Ahora mismo no logro recordar ninguna metedura de pata que no haya
cometido. El efecto global de su actuación ha sido hacer saltar la alarma por
todas partes y, a pesar de ello, no descubrir nada.
—Quizá
usted no lo hubiese hecho mejor —respondí con rencor.
—Aquí no
hay «quizá» que valga. Lo he hecho mejor. Acaba de llegar el honorable Philip
Green, que es compañero de hotel suyo, y puede que nos sirva como punto de
partida para una investigación más atinada.
Nos había
llegado una tarjeta en una bandeja a la que siguió el mismo bellaco barbudo que
me había atacado en la calle. Se sobresaltó al verme.
—Pero
¿esto qué es, señor Holmes? —le preguntó—. Me ha llegado su nota y he venido.
Pero ¿qué tiene que ver este hombre con el asunto?
—Este es
mi viejo amigo y socio, el doctor Watson, quien nos está ayudando en este caso.
El
desconocido alargó una mano gigantesca y quemada con unas pocas palabras de
disculpa.
—Espero
no haberle hecho daño. Cuando me acusó de haberla lastimado, perdí el control.
En realidad, no respondo de mí estos días. Tengo los nervios a punto de
estallar. Esta situación me supera. Lo que quiero saber, señor Holmes, es cómo
demonios se ha enterado de quién soy.
—Estoy en
contacto con la señorita Dobney, la institutriz de lady Frances.
—¡La
vieja Susan Dobney, la de la cofia! La recuerdo bien.
—Y ella
se acuerda de usted. Se conocen de los tiempos de antes… de antes de que
llegara a la conclusión de que era mejor irse a Sudáfrica.
—Ah, ya
veo que conoce toda mi historia. No tengo por qué ocultarle nada. Le juro,
señor Holmes, que no ha habido nunca un hombre en este mundo que quiera a una
mujer con un amor más incondicional que el que yo siento por Frances. Cuando
nos conocimos, yo era un jovenzuelo sin desbravar, lo sé… no peor que otros
como yo. Y ella era pura como la nieve. No podía soportar ni la sombra de una
inconveniencia. Así que, cuando terminó enterándose de algunas cosas que había
hecho, no volvió a dirigirme la palabra. Pero, a pesar de todo, me quería, ¡eso
es lo maravilloso de todo esto!, me quería lo bastante como para quedarse
soltera toda su santa vida por amor a mí, ni más ni menos. Cuando pasaron los
años y reuní lo suficiente en Barberton, pensé que quizá pudiera ir en su busca
y ablandarla. Había oído que no se había casado todavía, y cuando la encontré
en Lausana lo intenté de todas las formas que supe. Flaqueaba, creo, pero su
voluntad era fuerte, y, a la siguiente vez que fui a visitarla, se había
marchado de la ciudad. Seguí su rastro hasta Baden, y luego, después de un
tiempo, me enteré de que su doncella estaba aquí. Soy un tipo duro, recién
llegado de una vida dura, y, cuando el doctor Watson me habló como lo hizo,
perdí el dominio de mí mismo por un momento. Pero, por amor de Dios, dígame lo
que ha sucedido con lady Frances.
—Eso es
lo que nos corresponde averiguar —dijo Sherlock Holmes con curiosa
circunspección—. ¿Cuál es su dirección en Londres, señor Green?
—Me
encontrará en el hotel Langham.
—Entonces,
¿puedo recomendarle que regrese allí y esté disponible por si acaso lo
necesitase? No deseo dar pábulo a falsas esperanzas, pero puede estar seguro de
que se hará todo lo que sea posible por la seguridad de lady Frances. No puedo
decir más por el momento. Le dejaré esta tarjeta a fin de que pueda seguir en
contacto con nosotros. Watson, si hace sus maletas, le mandaré un telegrama a
la señora Hudson para que se supere por dos viajeros hambrientos a las siete y
media de la mañana.
Cuando
llegamos a nuestra residencia de Baker Street, nos estaba esperando un
telegrama que Holmes leyó con una exclamación de interés, y luego me lo tendió.
«Rajada o llena de cicatrices» era el mensaje; el lugar de origen, Baden.
—¿Qué es
esto? —pregunté.
—Es todo
—respondió Holmes—. Quizá se acuerde de mi pregunta aparentemente irrelevante
sobre la oreja izquierda de ese clerical caballero, que no me respondió.
—Me había
marchado de Baden y no podía investigar.
—Exactamente.
Por esa razón, le envié una copia al director del Englischer Hof, cuya
respuesta tiene aquí.
—¿Qué
demuestra eso?
—Demuestra,
mi querido Watson, que estamos tratando con un hombre excepcionalmente astuto y
peligroso. El reverendo doctor Shlessinger, misionero de Sudamérica, no es otro
que Peter el Santo, uno de los granujas con menos escrúpulos que haya dado
Australia alguna vez… y para ser una nación joven, ha engendrado algunos
ejemplares muy conseguidos. Su especialidad en particular es seducir a damas
solitarias aprovechándose de sus sentimientos religiosos, y su presunta esposa,
una inglesa llamada Fraser, es un valioso apoyo. La naturaleza de sus tácticas
me hizo pensar que era él, y esta peculiaridad física, le dieron un grave
mordido en una pelea de bar en Adelaida en el 89, confirma mi sospecha. Que ya
esté muerta es una suposición muy probable. Si no es así, sin duda se encuentra
cautiva de alguna forma y no puede escribir a la señorita Dobney o a sus otros
amigos. Existe la posibilidad de que nunca llegara a Londres, o que haya pasado
de largo. Sin embargo, lo primero es improbable, puesto que, con el sistema de
registro, no es fácil para los extranjeros jugársela a la policía continental,
y lo último también es dudoso, puesto que esos sinvergüenzas no tendrían
esperanzas de encontrar otro lugar donde fuera sencillo mantener a una persona
recluida. Mi instinto me dice que está en Londres, pero como en este momento no
tenemos manera de descubrir dónde, no podemos hacer otra cosa más que seguir
los pasos obvios: comer y armarnos de paciencia. Dentro de un rato, por la
tarde, me daré un paseo y tendré unas palabras con el amigo Lestrade en
Scotland Yard.
No
obstante, ni el cuerpo de policía ni la propia organización Holmes, pequeña,
aunque eficiente, bastaban para explicar el misterio. Entre los millones de
personas hacinadas en Londres, las tres personas que buscábamos estaban
absolutamente desaparecidas, como si nunca hubiesen existido. Se probó con
anuncios; no funcionó. Se siguieron pistas; no condujeron a nada. Se registró
cada guarida de criminales que Shlessinger hubiese podido frecuentar; fue en
vano. Se vigiló a sus antiguos secuaces, pero se mantuvieron lejos de él. Y
entonces, de pronto, tras una semana de impotente espera, apareció algo de luz
sobre el asunto. Se había empeñado un pendiente de plata y brillantes de diseño
español antiguo en Bevington’s, Westminster Road. La persona que lo había
empeñado era un hombre corpulento, bien afeitado, con apariencia de religioso.
Su nombre y su dirección eran manifiestamente falsos. La oreja había pasado
desapercibida, pero la descripción era, sin lugar a dudas, la de Shlessinger.
Tres
veces nos había pedido noticias nuestro amigo barbudo del hotel Langham… la
tercera vez una hora después de esta novedad. La ropa cada vez le bailaba más
sobre su enorme cuerpo. Parecía estar consumiéndose de angustia. «¡Ojalá me
diesen algo qué hacer!», era su queja continua. Por fin, Holmes podía
satisfacer ese deseo.
—Ha
empezado a empeñar las joyas. Ahora deberíamos poder atraparlo.
—Pero
¿eso quiere decir que le ha pasado algo malo a lady Frances?
Holmes
negó con la cabeza muy circunspecto.
—En el
caso de que la hubiesen retenido como prisionera hasta ahora, es evidente que
no pueden soltarla sin que sea una calamidad para ellos. Debemos prepararnos
para lo peor.
—¿Qué
puedo hacer?
—¿Esa
gente le conoce de vista?
—No.
—Es
posible que vayan a algún otro prestamista más adelante. En ese caso,
tendríamos que empezar otra vez. Sin embargo, ha tenido un precio justo y no le
han hecho preguntas, así que, si necesita efectivo, es previsible que vuelva
por Bevington’s. Le daré una nota para ellos, y le dejarán esperar en la
tienda. Si va el tipo, le sigue a casa. Pero sin indiscreciones, y, sobre todo,
sin violencia. Prométame que no dará ningún paso sin mi conocimiento y
consentimiento.
Los
siguientes dos días el honorable Philip Green (cabe mencionar que era el hijo
del célebre almirante de ese nombre que estaba al mando de la flota del mar de
Azof en la guerra de Crimea) no nos trajo ninguna novedad. En la tarde del
tercero, entró precipitadamente en nuestra sala de estar pálido, tiritando, con
todos los músculos de su poderosa constitución temblando de nerviosismo.
—¡Lo
tenemos! ¡Lo tenemos! —exclamó.
Estaba
alterado y hablaba de forma incoherente. Holmes lo serenó con unas pocas
palabras y le obligó a sentarse en un sillón.
—Ahora,
cuéntenos paso a paso los hechos —le dijo.
—No vino
hasta última hora. Esta vez era la esposa, y el pendiente que traía era el
socio del otro. Es una mujer alta y pálida, con ojos de hurón.
—Esa es
la dama —intervino Holmes.
—Se
marchó del local y la seguí. Subía caminando por Kennington Road, y me mantuve
detrás de ella. Al poco tiempo, se metió en una tienda. Señor Holmes, era una
funeraria.
Mi
compañero se alarmó.
—¿Y
entonces? —preguntó con esa voz vibrante que delataba al alma apasionada tras
el rostro frío y gris.
—Le
estaba hablando a la mujer que había tras el mostrador. Entré yo también. «Es
tarde», oí que le decía, o algo por el estilo. La mujer de la tienda se estaba
disculpando. «Debería haber llegado antes», le respondía, «al salirse de lo
común, lleva más tiempo». Ambas dejaron de hablar y se me quedaron mirando, así
que le hice algunas preguntas y luego me marché de la tienda.
—Hizo muy
bien. ¿Qué paso después?
—La mujer
salió, la vi escondido en un portal. Había despertado sus sospechas, creo,
porque miraba a todos lados. Entonces, llamó a un coche y se subió a él. Tuve
bastante suerte y conseguí otro para seguirla. Después de un rato, descendió en
el 36 de Poultney Square, en Brixton. La dejé atrás, me bajé de mi coche en la
esquina de la plaza y vigilé la casa.
—¿Vio a
alguien?
—Todas
las ventanas estaban a oscuras excepto una del piso de abajo. La persiana
estaba echada y no podía ver nada. Estaba de pie, preguntándome qué era lo
siguiente que debía hacer, cuando llegó un furgón cubierto con dos hombres
dentro. Bajaron, cogieron algo del furgón y lo transportaron hasta la puerta de
la entrada por las escaleras. Señor Holmes, era un ataúd.
—¡Ah!
—Por un
instante, estuve a punto de entrar corriendo. Habían abierto la puerta para
dejar pasar a los hombres con su carga. Fue la mujer quien les abrió. Cuando
estaba allí parado, me vio solo un momento, pero creo que me reconoció. Vi cómo
se sobresaltaba, y cerraba atropelladamente la puerta. Me acordé de la promesa
que le hice y aquí estoy.
—Ha hecho
un trabajo excelente —afirmó Holmes mientras garabateaba unas palabras en la
mitad de un folio—. No podemos actuar de forma legal sin una orden y la mejor
forma de servir a la causa es llevarles esta nota a las autoridades y conseguir
una. Quizá encuentre alguna dificultad, aunque diría que la venta de las joyas
debería ser suficiente. Lestrade se encargará de todos los detalles.
—Pero
puede que la asesinen entre tanto. ¿Qué significaría si no el ataúd, y para
quién sería sino para ella?
—Haremos
todo lo que podamos, señor Green. No hay un momento que perder. Déjelo en
nuestras manos. Ahora, Watson —añadió mientras nuestro cliente se marchaba a
toda prisa—, él pondrá en movimiento a la fuerza pública. Nosotros, los
particulares, como siempre, debemos adoptar nuestro propio curso de acción. La
situación me parece tan desesperada que están justificadas las medidas más
extremas. No debemos perder un momento; vayamos a Poultney Square.
Cuando
nuestro coche pasó a toda velocidad por el parlamento y el puente de
Westminster, reanudó la conversación.
—Reconstruyamos
los hechos. Estos canallas han embaucado a esta triste dama para venir a
Londres, tras indisponerla con su leal doncella. Si ha escrito alguna carta, ha
sido interceptada. Han alquilado una casa amueblada gracias a algún cómplice.
Una vez dentro, la han hecho prisionera y se han apoderado de las valiosas
joyas, que era su intención desde el principio. Ya han empezado a vender parte,
porque les parece bastante seguro para ellos, dado que no tienen motivos para
pensar que nadie se interese por la suerte de la dama. Si la pusieran en
libertad, ella, por supuesto, les denunciaría. Por lo tanto, no la van a
liberar. Pero tampoco pueden tenerla encerrada a cal y canto para siempre. Así
que el asesinato es la única solución que les queda.
—Parece
muy evidente.
—Adoptemos
otra línea de pensamiento. Cuando se siguen dos hilos de razonamiento
distintos, Watson, se encuentra algún punto de intersección que puede
acercarnos a la verdad. Empezaremos ahora, no por la dama, sino por el ataúd y
argumentemos de atrás hacia delante. Ese incidente prueba, me temo, más allá de
toda duda, que la dama está muerta. También apunta hacia un entierro ortodoxo,
con el certificado médico y la autorización oficial que lleva aparejado. Si la
dama ha sido asesinada de manera obvia, la hubiesen enterrado en un agujero en
el jardín de atrás. Pero aquí todo se hace de forma pública y convencional.
¿Qué significa eso? Seguramente que la han matado de alguna manera que ha
engañado al médico, fingiendo una muerte natural… puede que envenenándola. Y, a
pesar de todo, qué extraño que dejasen que el médico se acercase a ella, a
menos que fuese un cómplice, lo que no parece un supuesto muy creíble.
—¿Podrían
haber falsificado un certificado médico?
—Peligroso,
Watson, muy peligroso. No, me cuesta creer que hicieran eso. ¡Pare aquí,
cochero! Esta es sin duda la funeraria, porque acabamos de pasar el
prestamista. ¿Entraría usted, Watson? Su aspecto inspira confianza. Pregunte a
qué hora tiene lugar mañana el sepelio de Poultney Square.
La mujer
de la tienda me respondió sin titubear que sería a las ocho de la mañana.
—Ya ve,
Watson, ningún misterio, ¡sin tapujos! De algún modo, se han acatado las
formalidades legales y creen que tienen poco que temer. Bien, no podemos hacer
nada más que atacar de manera frontal y directa. ¿Lleva algún arma?
—¡Mi
bastón!
—Bien,
bien, podremos con ellos. «Tres veces armado está quien lucha por lo que es
justo». Simplemente no podemos permitirnos el lujo de esperar a la policía o
quedarnos dentro de los cuadriculados límites de la ley. Puede irse, cochero. Y
ahora, Watson, nos la jugaremos nosotros solos, como ya hemos hecho alguna que
otra vez en el pasado.
Llamamos
con mucho estrépito a la puerta de la gran casa a oscuras que había en el
centro de Poultney Square, la abrieron de inmediato y, contra la luz de un
vestíbulo pobremente iluminado, se destacó la figura de una mujer bastante
alta.
—Pero,
bueno, ¿qué quieren? —preguntó bruscamente, mirándonos con ojos entrecerrados a
través de la oscuridad.
—Quiero
hablar con el doctor Shlessinger —respondió Holmes.
—Aquí no
hay nadie que se llame así —replicó, e intentó cerrar la puerta, pero Holmes ya
había metido un pie dentro.
—Bueno,
pues quiero ver al hombre que vive aquí, comoquiera que se llame a sí mismo
—replicó Holmes con firmeza.
Ella
titubeó. Luego abrió la puerta de par en par.
—Venga,
¡entren! —nos dijo—. Mi marido no le tiene miedo a ningún hombre de este mundo.
Cerró la
puerta cuando entramos, nos acompañó a un salón a la derecha del vestíbulo y
encendió la luz.
—El señor
Peters estará con ustedes en un instante —dijo antes de irse.
Esas
palabras se cumplieron letra por letra, pues apenas nos dio tiempo a echar una
ojeada al cuarto polvoriento y apolillado en donde nos encontrábamos cuando se
abrió la puerta y entró en la habitación con paso ligero un hombre calvo y bien
afeitado. Tenía un rostro ancho y enrojecido, con mejillas pendulares, y un
aire de aparente benevolencia que echaba a perder una boca cruel y despiadada.
—Seguramente
se ha cometido algún error, caballeros —dijo con voz zalamera de charlatán—. Me
imagino que les han dado una dirección errónea. Quizá si prueban unos números
más allá…
—Ya está
bien, no tenemos tiempo que perder —le interrumpió mi compañero con firmeza—.
Usted es Henry Peters, de Adelaida, recientemente rebautizado como reverendo
doctor Shlessinger, con residencia en Baden y Sudamérica. Estoy tan seguro de
ello como de que mi nombre es Sherlock Holmes.
Peters,
como lo llamaré a partir de ahora, se sobresaltó y se quedó mirando fijamente a
su formidable perseguidor.
—No crea
que su nombre consigue aterrorizarme, señor Holmes —dijo con aplomo—. Cuando la
conciencia de un hombre está limpia, uno no puede ponerle nervioso. ¿Qué le
trae a mi casa?
—Quiero
saber qué ha hecho con lady Frances Carfax, a quien trajo consigo desde Baden.
—Me
alegraría mucho decirle dónde está esa dama —respondió Peters con el mismo
aplomo de antes—. Tengo un recibo suyo de casi cien libras, y nada para
demostrarlo salvo un par de pendientes de bisutería que el prestamista no
quiere casi ni mirar. En Baden no se despegaba de la señora Peters ni de mí y
no nos libramos de ella hasta que llegamos a Londres, y sí estaba utilizando
otro nombre en ese momento. Le pagué la cuenta y el billete. Cuando estuvimos
en Londres, nos dio esquinazo y, como digo, nos dejó esas joyas pasadas de moda
para pagar lo que nos debía. Si la encuentra, señor Holmes, quedaré en deuda
con usted.
—Tengo
intención de encontrarla —le replicó Sherlock Holmes—. Voy a registrar esta
casa palmo a palmo hasta que la encuentre.
—¿Dónde
está su orden?
Holmes
sacó medio revólver de su bolsillo.
—Esto
servirá hasta que llegue una mejor.
—Vaya, es
usted un vulgar ladrón.
—Así
podría describirme —dijo Holmes de buen humor—. Mi compañero también es un
maleante peligroso. Y los dos juntos vamos a registrar su casa.
Nuestro
contrincante abrió la puerta.
—¡Ve a
buscar a la policía, Annie! —dijo.
Se oyó un
alboroto de faldas de mujer por el pasillo, y se abrió y cerró la puerta de
entrada.
—Tenemos
el tiempo justo, Watson —dijo Holmes—. Si intenta detenernos, Peters, con toda
seguridad saldrá herido. ¿Dónde está el ataúd que han traído a su casa?
—¿Qué
pasa con el ataúd? Está ocupado. Hay un cuerpo en él.
—Tengo
que ver el cuerpo.
—Nunca se
lo permitiré.
—Pues no
me lo permita.
Con un
rápido movimiento, Holmes empujó al tipo a un lado y pasó al vestíbulo. Había
una puerta medio abierta justo enfrente de nosotros. Entramos; era el comedor.
Encima de la mesa, bajo una lámpara de araña medio encendida, se encontraba el
ataúd. Holmes aumentó el gas de la luz y levantó la tapa. Hundido en el hueco
del ataúd, yacía un cuerpo consumido. El brillo de las luces de encima
resplandecía sobre un rostro envejecido y demacrado. Esa ruina exhausta no
podía ser, ni siquiera tras la tortura, la inanición o una enfermedad, la bella
lady Frances. El asombro de Holmes se traslució en su rostro, y también su
alivio.
—¡Gracias
a Dios! —murmuró—. Es otra persona.
—Vaya…,
esta vez la ha pifiado, señor Holmes —dijo Peters, que nos había seguido a la
habitación.
—¿Quién
es la fallecida?
—Bueno,
en vista de que tiene tanto empeño en saberlo, es una antigua enfermera de mi
mujer que se llamaba Rose Spender, nos la encontramos en la enfermería del
hospicio de Brixton. La trajimos, la ayudamos a reponerse, mandamos llamar al
doctor Horsom, que vive en Firbank Villas 13, quédese bien con la dirección,
señor Holmes, y la atendimos con esmero, como debería hacer un buen cristiano.
Sin embargo, murió al tercer día, el certificado habla de consunción por
senilidad, pero eso es solo la opinión del doctor, pero, por supuesto, usted
sabe más que nadie. Organizamos el sepelio con Stimson & Co., en Kennington
Road, quienes la enterrarán mañana a las ocho de la mañana. ¿Le ve algún
defecto a todo esto, señor Holmes? La ha pifiado como un idiota y al menos
podría reconocerlo. Daría lo que fuera por una fotografía suya con la boca
abierta y los ojos desorbitados en el momento en que ha apartado la tapa
esperando ver a lady Frances Carfax y no se ha encontrado más que a una anciana
de noventa años.
El rostro
de Holmes seguía tan impasible como siempre a pesar de las burlas de su
adversario, pero los puños cerrados traslucían su intensa irritación.
—Voy a
registrar su casa —dijo.
—¿De
verdad? —exclamó Peters mientras resonaban la voz y los pasos pesados de una
mujer por el pasillo—. Pronto lo veremos. Por aquí, agentes, se lo ruego. Estos
hombres han irrumpido en mi casa y no consigo echarlos. Ayúdenme a sacarlos de
aquí.
En la
puerta de la entrada había un sargento y un agente. Holmes sacó su tarjeta de
la cartera.
—Este es
mi nombre, y esta, mi dirección. Este es mi amigo, el doctor Watson.
—¡Dios
mío, señor, claro que lo conocemos! —dijo el sargento—, pero no puede estar
aquí sin una orden del juez.
—Claro
que no. Lo entiendo muy bien.
—¡Arréstenlo!
—gritó Peters.
—Ya
sabemos dónde ponerle la mano encima a este caballero si es necesario —dijo el
sargento con grandilocuencia—, con todo, ahora tendrá que irse, señor Holmes.
—Sí,
Watson, tendremos que irnos.
Un minuto
después estábamos en la calle otra vez. Holmes mantenía su frialdad de siempre,
pero yo estaba hirviendo de indignación y me sentía humillado. El sargento nos
había seguido.
—Lo
siento, señor Holmes, pero así es la ley.
—Por
supuesto, sargento, no podía hacer otra cosa.
—Espero
que hubiese un buen motivo para su presencia allí. Si hay algo que esté en mi
mano de hacer…
—Hay una
dama desaparecida, sargento, y pensamos que está en esa casa. Espero la orden
de un momento a otro.
—Entonces,
mantendré los ojos abiertos para vigilarles de cerca, señor Holmes. Si pasa
algo, tenga por seguro que se lo haré saber.
No eran
más que las nueve, y salimos corriendo tras nuestra pista exaltados por la
caza. Primero fuimos en coche a la enfermería del hospicio de Brixton, en donde
descubrimos que era verdad que esa compasiva pareja había estado de visita unos
días antes, que habían afirmado que una anciana senil era una antigua
sirvienta, y que habían obtenido una autorización para llevársela con ellos. No
sorprendieron las noticias de que había muerto poco después.
El médico
fue nuestro siguiente objetivo. Lo habían mandado llamar, se había encontrado a
la mujer moribunda de pura senilidad, y había firmado el certificado en debida
forma. «Les aseguro que todo era absolutamente normal y que no se trataba de
ninguna argucia», aseguró. Nada de la casa le resultó sospechoso salvo el hecho
notable de que personas de su categoría no tuvieran servicio. Hasta ahí y no
más allá llegó a decir el médico.
Por
último, nos pusimos en camino a Scotland Yard. Allí tenían problemas con los
trámites concernientes a la orden. Era inevitable cierto retraso. No se podría
conseguir la firma del magistrado hasta la mañana siguiente. Si Holmes acudía
alrededor de las nueve, podría dirigirse allí con Lestrade y presenciar el
procedimiento. Así hubiese terminado la jornada, si no hubiese sido por nuestro
amigo el sargento, quien, cerca de la medianoche, nos hizo llamar para decirnos
que había visto parpadear luces en varias ventanas de la enorme casa en
sombras, pero que no había salido ni había entrado nadie. No podíamos hacer
otra cosa que armarnos de paciencia y esperar al día siguiente.
Sherlock
Holmes estaba demasiado enfadado para charlar y demasiado intranquilo para
dormir. Lo dejé fumando sin parar, con las cejas densas y oscuras fruncidas en
el ceño, y con los dedos largos y nerviosos tamborileando en los brazos de su
silla, dándole vueltas en su cabeza a cada posible solución del misterio.
Varias veces en el transcurso de la noche, lo oí rondando por la casa. De
pronto, justo después de que me hubiesen llamado para que me despertara,
irrumpió en mi cuarto. Entró con bata, pero su rostro pálido y ojeroso me dijo
que se había pasado la noche sin dormir.
—¿A qué
hora era el entierro? A las ocho, ¿verdad? —preguntó ansioso—. Bueno, pues ya
son las siete y veinte. Cielo santo, Watson, ¿qué le ha pasado a esta cabeza
que Dios me ha dado? ¡Venga, hombre, venga! Es asunto de vida o muerte… hay
cien contra uno a favor de la muerte. Nunca me lo perdonaré, en mi vida, si
llegamos demasiado tarde.
No habían
pasado ni cinco minutos cuando bajábamos Baker Street a toda velocidad con un
coche de dos ruedas. Pero incluso así eran las ocho menos veinticinco cuando
pasábamos por el Big Ben, y dieron las ocho cuando bajábamos precipitadamente
por Brixton Road. Sin embargo, los demás llegaban tan tarde como nosotros.
Pasados diez minutos de la hora, el coche fúnebre seguía parado en la puerta de
la casa, y en el mismo momento en que nuestro sudoroso caballo frenó en seco,
el ataúd, transportado por tres hombres, apareció en el umbral. Holmes salió
disparado y se interpuso en su camino.
—¡Llévenlo
dentro! —exclamó, poniéndole la mano en el pecho al que iba delante—. ¡Llévenlo
dentro ahora mismo!
—¿Qué
demonios quiere usted? De nuevo, he de preguntarle dónde está la orden judicial
—gritó Peters iracundo, asomando con el rostro enrojecido por el otro extremo
del ataúd.
—La orden
viene de camino. El ataúd se quedará en la casa hasta que llegue.
El tono
autoritario de la voz de Holmes surtió efecto en los porteadores. Peters había
desaparecido dentro de la casa, y ellos obedecieron esas nuevas órdenes.
—¡Venga,
Watson, venga! ¡Aquí hay un destornillador! —gritó cuando colocaron de nuevo el
ataúd encima de la mesa—. ¡Aquí tiene uno para usted, buen hombre! ¡Un soberano
si está fuera la tapa en un minuto! No hagan preguntas… ¡denle rápido! ¡Muy
bien! ¡Otro! ¡Y otro! ¡Ahora tiremos todos a la vez! ¡Ya cede! ¡Ya cede! Ah,
por fin, ya está.
Aunando
esfuerzos, arrancamos la tapa del ataúd. Cuando lo hicimos, emanó de él un
pasmoso y apabullante olor a cloroformo. Dentro yacía un cuerpo, con la cabeza
envuelta completamente en algodón, que había sido empapado en el narcótico.
Holmes lo arrancó de un tirón y destapó el rostro escultórico de una mujer
atractiva y espiritual de mediana edad. Al momento, pasó un brazo por los
hombros de la mujer y la incorporó para sentarla.
—¿Se ha
ido, Watson? ¿Queda una chispa de vida en ella? ¡Quizá no hayamos llegado
tarde!
Durante
media hora, pareció que sí. Por culpa de esa asfixia de hecho, y por culpa de
los deletéreos vapores del cloroformo, lady Frances parecía haber llegado a un
punto sin retorno. Pero luego, finalmente, con respiración artificial,
inyectándole éter, y con todos los artilugios que la ciencia podía recomendar,
cierto hálito de vida, cierto estremecimiento en los párpados, cierto vaho en
el espejo nos sugirieron el lento regreso a la vida. Se había parado un coche
en la acera, y Holmes, apartando la cortina, miró hacia allí.
—Ya ha
llegado Lestrade con un su orden judicial —dijo—. Va a descubrir que sus
pájaros han huido. Y aquí —añadió mientras unos pasos pesados se apresuraban
por el pasillo— hay alguien que tiene más derecho que nosotros a cuidar de esta
dama. Buenos días, señor Green. Creo que cuanto antes podamos llevarnos a lady
Frances, mejor. Mientras, el entierro puede continuar, y la pobre anciana que
todavía yace en ese ataúd puede ir a su último lugar de reposo a solas.
—Si se
tomara la molestia de incluir el caso en sus anales, mi querido Watson —me dijo
Holmes esa tarde—, hágalo solo como ejemplo de que incluso las mentes más
equilibradas están expuestas a sufrir un eclipse temporal. Tales errores los
cometen todos los mortales, y lo más noble es reconocerlo y repararlos. Quizá
ese mérito pueda concedérmelo en cierto grado. Me pasé obsesionado toda la
noche pensando que en alguna parte me había llamado la atención una clave, una
frase extraña, un comentario curioso, y que lo había descartado con demasiada
facilidad. Entonces, de repente, al rayar el alba, esas palabras me vinieron a
la mente. Era el comentario de la mujer de la funeraria, tal como nos lo contó
Philip Green. Había dicho: «Debería haber llegado antes. Al salirse de lo
común, lleva más tiempo». Era del ataúd de lo que estaba hablando. Se salía de
lo común. Eso solo podía significar que lo habían hecho con unas medidas
especiales. Pero ¿por qué? ¿Por qué? Entonces, en un instante, recordé la
profundidad de los laterales, y la figura extenuada al fondo. ¿Para qué un
ataúd tan grande con un cuerpo tan pequeño? Para dejar espacio a otro cuerpo.
Ambos serían enterrados con un único certificado. Todo hubiese estado muy claro
si no se me hubiese nublado el juicio. Lady Frances iba a ser enterrada a las
ocho. Nuestra única posibilidad era detener el ataúd antes de que dejara la
casa.
»Existía
la descabellada posibilidad de que pudiéramos encontrarla con vida, pero era
una posibilidad, como mostró el resultado. Esas personas nunca habían cometido,
que yo supiera, un asesinato. Quizá se arrugaran ante la violencia real en el
último momento. Podían enterrarla sin dejar rastro de cómo había hallado la
muerte, e incluso si la exhumaban, les quedaba una posibilidad. Tenía la
esperanza de que se hubiesen impuesto tales consideraciones. Puede reconstruir
la escena bastante bien. Vio el terrible cubil de la parte de arriba, donde
habían retenido a la pobre señora durante tanto tiempo. Irrumpieron allí y la
sometieron con su cloroformo, la llevaron abajo, vertieron más en el ataúd para
asegurarse de que no se iba a despertar, y luego atornillaron la tapa. Una
treta inteligente, Watson. Me parece nueva en los anales del crimen. Si
nuestros amigos exmisionarios escapan de las garras de Lestrade, tengo la
esperanza de enterarme de algunos de los brillantes casos de su futura carrera.
*FIN*
“The
Disappearance of Lady Frances Carfax”,
The Strand Magazine, 1911

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