Libro N° 12916. Tierra Extraña. Hamilton, Edmond.
© Libro N° 12916. Tierra Extraña. Hamilton, Edmond. Emancipación.
Agosto 31 de 2024
Título original: ©
Tierra Extraña. Alien Earth, Edmond Hamilton
(1904-1977)
Versión
Original: © Tierra
Extraña. Alien Earth, Edmond Hamilton
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© Edición,
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Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
Edmond
Hamilton
Tierra
Extraña
Edmond
Hamilton
El muerto
estaba de pie en un pequeño claro iluminado por la Luna en mitad de la jungla,
donde Farris le había encontrado. Era un hombrecillo aceitunado vestido con una
tela de algodón blanca. Un miembro típico de las tribus laosianas de aquella
tierra de nadie, en plena Indochina. Estaba de pie sin sostenerse en sitio
alguno, con los ojos abiertos, la mirada fija al frente sin parpadear y un pie
ligeramente levantado del suelo. y no respiraba.
-¡Pero no
puede estar muerto! -exclamó Farris-. Los muertos no aparecen de pie en plena
selva.
Piang, el
guía, le interrumpió. Aquel engreído nativo de Annam había perdido toda su
autosuficiencia desde el mismo instante en que se apartaron del sendero. y
aquel muerto inmóvil y en pie había completado su desmoralización.
Desde que
los dos hombres habían penetrado dando traspiés en aquel bosquecillo de árboles
de algodón y casi habían tropezado con el muerto, Piang no había dejado de
barbotear palabras inconexas con aire asustado, sin dejar de señalar la figura,
absolutamente inmóvil. Ahora, por fin, Farris le oyó decir con claridad:
-¡Ese
hombre está hunati! ¡No le toque! ¡Tenemos que irnos de aquí, hemos penetrado
en un rincón malo de la selva!
Farris no
se movió. Llevaba demasiados años como buscador de árboles de teca para ser del
todo escéptico a las supersticiones del sudeste asiático pero, por otra parte,
sentía cierta responsabilidad para con el hombre.
-Si no
está muerto, como dices, seguro que le sucede algo y necesita ayuda -sentenció.
-¡No, no!
-insistió Piang-. ¡Está hunati! ¡Vámonos de aquí en seguida!
Pálido de
terror, el guía echó un vistazo a la arboleda iluminada por la Luna. Se
encontraban en una meseta baja donde la jungla era más monzónica que tropical.
Los grandes árboles de algodón y los ficus estaban menos ahogados aquí por los
matorrales y los zarcillos, y a través de mortecinos pasillos que se abrían
entre las plantas podía divisarse, al fondo, unos gigantescos banianos que se
alzaban como señores obscuros de aquel silencio plateado. El silencio. El
silencio era demasiado total para ser del todo normal. Hasta ellos llegaba el
débil jolgorio de los pájaros y los monos procedente de la espesura, más allá
de la arboleda y, por un instante, escucharon el rugido de un tigre traído por
el eco desde las colinas laosianas. Sin embargo, la meseta en que se
encontraban y la espesura que la circundaba permanecían en total silencio.
Farris se acercó al nativo, inmóvil y con la mirada fija, y le tocó suavemente
la muñeca, delgada y de piel obscura. Durante unos instantes, le fue imposible
localizarle el pulso. Por fin, notó un latido, una pulsación increíblemente
lenta.
-Un
latido cada dos minutos -murmuró Farris-. ¿Cómo diablos puede mantenerse con
vida?
Observó
con atención el pecho desnudo del hombre. Vio que se alzaba, pero con tal
lentitud que el ojo apenas podía captar el movimiento. Permaneció expandido dos
minutos y luego, con igual lentitud, empezó a bajar otra vez. Farris se sacó
del bolsillo una linterna e iluminó los ojos del individuo. Éste no reaccionó
al estímulo, al menos al principio. Después, lentamente, sus párpados se
contrajeron hasta cerrarse y, tras permanecer cerrados unos instantes,
volvieron a abrirse a la misma velocidad casi inapreciable.
-Ha
parpadeado... ¡pero con una lentitud cien veces mayor de lo normal!.-exclamó-.
El pulso, la respiración, los reflejos... todos le funcionan cien veces más
lentamente de lo normal. Ese hombre ha sufrido una conmoción o bien está
drogado.
Entonces
advirtió algo que le produjo un ligero escalofrío. El ojo del individuo parecía
estar volviéndose hacia él con infinita lentitud. y su pie levantado se había
alzado un poco más. Como si estuviera caminando, pero aun ritmo cien veces más
lento de lo normal. Aquello era espantoso. Pero a continuación llegó hasta
Farris algo todavía más espeluznante. Un ruido... el sonido de una ramita al
quebrarse. Piang exhaló el aire en un silbido de puro miedo y señaló hacia la
arboleda. Farris miró hacia allí bajo la luz de la luna. A unos cien metros
había otro nativo. También permanecía inmóvil, pero tenía el cuerpo inclinado
hacia delante con el ademán de un corredor repentinamente congelado. Y bajo sus
pies, había crujido la ramita que habíamos oído.
-Adoran a
los grandes, ¡por el Cambio! -dijo mi guía annamés con un ronco tono de pavor
en la voz-. ¡No debemos entremeternos!
Lo mismo
decidió Farris. Aparentemente, se había metido en algún extraño rito mágico de
la jungla, y ya había tenido suficientes experiencias con los nativos asiáticos
como para no desear intervenir en sus misteriosas religiones propias. El estaba
en aquel rincón perdido, en la parte más oriental de Indochina, para dedicarse
al comercio de madera de teca. Y ya tendría suficientes dificultades en aquella
inexplorada tierra de nadie para, además, buscarse problemas con las tribus.
Aquellos extraños hombres entre vivos y muertos, víctimas de una droga o de una
enfermedad, no debían correr peligro si otros hombres de su tribu estaban cerca
para vigilarles.
-Sigamos
-asintió Farris lacónicamente.
Piang
encabezó la marcha en el descenso desde la meseta cubierta por la selva. El
guía cruzó la espesura como un ciervo asustado hasta que fueron a dar de nuevo
al camino.
-Éste
es... el camino al puesto avanzado del Gobierno -dijo, con gran alivio--.
Debimos de perdemos en la hondonada de ahí atrás. No me había adentrado tanto
en Laos más que un par de veces.
-Piang,
¿qué es hunati? ¿ y ese Cambio que has mencionado?
El guía
se puso inmediatamente mucho más serio.
-Es un
ritual de adoración. -Después, recuperando en parte su habitual charlatanería,
añadió--: Esos hombres de las tribus son muy ignorantes. No han estado en la
escuela de la misión, como yo.
-¿Adoración
a qué? Los grandes, has dicho antes. ¿Quiénes son?
Piang se
encogió de hombros e improvisó una mentira.
-No lo
sé. En toda la gran selva, hay hombres que se pueden volver hunati, se dice. Yo
no sé cómo.
Mientras
avanzaba, Farris se puso a pensar. Había notado algo misterioso en aquellos
hombres. Una especie de suspensión animada, pero no del todo. Más bien una
increíble ralentización de la actividad. ¿Qué debía haberla causado? ¿Y cuál
podía ser su propósito?
-Supongo
que cualquier tigre o serpiente dará buena cuenta de un hombre en ese estado.
Piang
hizo un enérgico gesto de negativa con la cabeza.
-No. El
hombre que está hunati está a salvo... Al menos, de los animales. Ningún animal
le tocará.
Farris
quedó asombrado. ¿Se debería quizás a que su extrema inmovilidad hacía que los
animales no se fijaran en él? Finalmente, supuso que era parte de las creencias
de aquel culto a la naturaleza regido por el miedo. Aquel tipo de animismo era
frecuente en esta parte del mundo. y no era difícil comprender la razón, se
dijo Farris con cierta aprensión. Aquí, en la selva tropical, la naturaleza no
era la diosa sonriente de las tierras templadas. Era algo que no se amaba, sino
que se temía. ¡Y bien que lo sabía! Había estado dos días en la jungla laosiana
desde que dejara el curso del alto Mekong, cuando había calculado que en un día
alcanzaría su objetivo: el puesto de investigación botánica del Gobierno
francés.
Se quitó
de encima unas hormigas aladas que intentaban picarle en su nuca bañada en
sudor y lamentó no haberse detenido al caer el sol. Sin embargo, el mapa
mostraba que estaban a pocos kilómetros del puesto y habían seguido, sin
calcular que Piang perdería el camino. y casi debería haber contado con ello,
se dijo Farris, pues éste no era sino un sinuoso sendero que daba vueltas y
revueltas en la pendiente de la meseta, cubierta de densa maleza. Los ficus de
treinta metros, los palos de Campeche para tintes y los árboles de algodón
tamizaban la luz de la luna. El sendero se retorcía constantemente para evitar
los impenetrables infiernos de bambú o para vadear pequeños arroyos, y la
espesura de los zarcillos y lianas tenían una diabólica habilidad para engancharle
a uno en la obscuridad. Farris se preguntó si no habrían perdido el camino otra
vez. y se preguntó también, no por primera vez, por qué habría dejado
Norteamérica para meterse en el asunto de la teca.
-Ahí está
el puesto -dijo de repente Piang, con manifiesto alivio.
Frente a
ellos, en la ladera cubierta por la jungla, había un saliente plano. Allí
brillaba una luz, procedente de las ventanas de un bungalow de bambú
irregularmente construido. Farris se dio plena cuenta del cansancio que había
acumulado cuando cubrió los últimos metros del camino. Se preguntó si
encontraría allí una cama decente y qué tipo de persona sería el tal Berreau
para haber escogido enterrarse en aquel puesto de investigación botánica
perdido de la mano de Dios. La casa de bambú estaba rodeada de gráciles palos
de Campeche de gran talla, pero la luz de la luna ponía a la vista un jardín
alrededor del edificio, circundado por un seto bajo de sapán. De la galería a
obscuras surgió una voz que sorprendió a Farris. Era una voz de muchacha que
hablaba en francés.
-¡Por
favor, André! ¡No vuelvas con eso! ¡Es una locura!
Una voz
de hombre respondió con aspereza:
-Lys,
tais-toi! Je reviendrai...
Farris
carraspeó diplomáticamente y luego dijo, en dirección a la obscura galería:
-¿Monsieur
Berreau?
Se hizo
un silencio total. Después, la puerta de la casa se abrió y la luz procedente
del interior bañó a Farris y al guía. En el umbral, Farris vio a un hombre de
unos treinta años, en ropa interior y con la cabeza descubierta, de enjuta y
rígida figura. La muchacha no era más que algo borroso bajo el súbito
resplandor. Farris subió los escalones.
-Supongo
que no tienen muchos visitantes. Me llamo Hugh Farris. Tengo una carta para
usted del Bureau de Saigón.
Hubo una
pausa. Después, el hombre dijo:
-Si
quiere pasar, M'sieur Farris...
En la
salita iluminada por la luz, de paredes de bambú, Farris dirigió una rápida
mirada a la pareja. A sus expertos ojos, Berreau parecía un hombre que hubiera
permanecido demasiado tiempo en los trópicos: sus rasgos finos y rubios estaban
deslucidos por el clima corrosivo y sus ojos tenían un aire inquieto y febril.
-Lys, mi
hermana -dijo, al tiempo que asía la carta de manos de Farris.
La
sorpresa de éste aumentó. Hasta aquel momento, había supuesto que la muchacha
era su esposa. ¿Por qué querría una muchacha tan joven enterrarse en aquella
espesura? No le sorprendió, en cambio, que ésta tuviera un aire desgraciado.
Debía ser bastante bonita, pensó, de no ser por aquella mirada de nervioso
desconsuelo.
-¿Quiere
beber algo? -preguntó ella. Después, dirigiendo una mirada breve y nerviosa a
su hermano, le dijo a éste-: Así, ¿ya no te irás, André?
Berreau
volvió el rostro hacia el bosque iluminado por la luna, y una tensión ansiosa,
de codicia, se formó en sus mejillas. A Farris le causó sobresalto, pero el
francés se volvió rápidamente.
-No, Lys.
Sírvenos algo, por favor. y dile a Ahra que se cuide del guía.
Leyó la
carta con rapidez mientras Farris se hundía con un suspiro en una silla de
mimbre. Desde ella, alzó la mirada con ojos cansados.
-Así que
viene a por teca, ¿no?
Farris
asintió.
-Sólo
para encontrar los árboles y sacarles unas tiras de corteza. Después tienen que
pasar unos años antes de talarlos, ¿sabe?
-El
Comisario dice que debo prestarle toda mi colaboración. Explica la necesidad de
abrir nuevas zonas de explotación de madera de teca.
Dobló
lentamente la carta. Farris comprendió que, evidentemente, aquello no le
gustaba al hombre, pero obedecería las órdenes.
-Haré
cuanto pueda por ayudarle -prometió Berreau-. Supongo que querrá contratar a
algunos nativos. Yo los conseguiré.
-Un
extraño velo pareció nublarle los ojos al añadir-: Pero por aquí hay algunos
bosques que no sirven para la explotación forestal. Ya hablaremos de esto más
adelante.
Farris,
sintiéndose más exhausto por momentos tras la larga travesía, agradeció el vaso
de ron con soda que Lys le tendía.
-Tenemos
una pequeña habitación libre. Creo que estará cómodo allí -murmuró.
Farris le
dio las gracias.
-Estoy
tan cansado que podría dormir sobre un tronco. Tengo los músculos tan rígidos
que yo mismo parezco un hunati.
El vaso
de Berreau cayó al suelo con un súbito estrépito. El joven francés hizo caso
omiso de los fragmentos de cristal y avanzó rápidamente hacia Farris.
-¿Qué
sabe usted de los hunati? -preguntó en tono áspero.
Asombrado,
Farris advirtió que las manos del hombre temblaban.
-No sé
nada, salvo lo que vi en la jungla. Topamos con un hombre inmóvil bajo la luz
de la luna que parecía muerto, pero no lo estaba. Simplemente, parecía
increíblemente ralentizado. Piang me dijo que estaba hunati.
Un
destello cruzó la mirada de Berreau.
-¡Sabía
que se iba a convocar el Rito! -exclamó-. Y los otros han llegado...
Se palpó.
Era como si la falta de costumbre de tener extraños cerca le hubiera hecho
olvidar por un instante la presencia de Farris.
Lys bajó
su rubia cabeza y apartó la mirada de Farris.
-¿Qué
decía usted? -preguntó el norteamericano.
Sin
embargo, Berreau se había puesto en tensión y volvía a escoger sus palabras.
-Las
tribus laosianas tienen unas creencias muy extrañas, M'sieur Farris. Un poco
difíciles de comprender. He tenido ocasión de ver algunas brujerías muy raras
en mis viajes por Asia, pero eso es increíble.
-Es
ciencia, no brujería -corrigió Berreau--. Ciencia primitiva, nacida hace mucho
tiempo y transmitida por tradición oral. El hombre que vio en la jungla estaba
bajo la influencia de un producto químico que no se encuentra en nuestra
farmacopea, pero que no es menos potente.
-¿Quiere
usted decir que esas tribus tienen un fármaco que ralentiza los procesos
vitales hasta reducirlos a esa increíble lentitud? -preguntó Farris con aire
escéptico-. ¿Algo que nuestra ciencia moderna desconoce?
-¿Tan
extraño le parece? Recuerde, M'sieur Farris, que hace un siglo, una vieja
campesina inglesa curaba las enfermedades cardíacas con una flor, el digital,
hasta que un médico estudió su remedio y descubrió la digitalina.
-Pero,
¿por qué iba a querer vivir tan despacio incluso un laosiano de estas tribus?
-inquirió Farris.
-Porque
ellos creen que pueden comunicarse con algo mucho más grande que ellos mismos
-respondió Berreau.
-M'sieur
Farris -interrumpió Lys-, debe de estar muy cansado. La cama ya está preparada.
Farris
vio el temor nervioso de su rostro y comprendió que la muchacha quería poner
fin a la conversación. Antes de abandonarse al sueño estuvo pensando en
Berreau. Había algo extraño en aquel tipo. Le había parecido demasiado
entusiasmado con el asunto aquel de los hunati. Sin embargo, aquella increíble
e inexplicable ralentización del ritmo vital del ser humano era lo bastante
extraño para trastornar a cualquiera. ¿Qué dioses podían ser tan extraños que
el hombre tuviera que vivir cien veces más lento de lo normal para comunicarse
con ellos? A la mañana siguiente, desayunó con Lys en la amplia galería. La
muchacha le dijo que su hermano ya había salido.
-Después
le llevará al poblado del valle para buscar a sus trabajadores -le informó.
Farris
advirtió en su rostro la leve sombra de la infelicidad. Lys miraba en silencio
hacia el gran océano verde de la jungla que se extendía más allá de la meseta
en cuya ladera se encontraban.
-¿No le
gusta la selva? -preguntó Farris.
-La odio
-dlijo ella-. Una se asfixia aquí.
Farris le
preguntó por qué no se iba, y ella se encogió de hombros.
-Lo haré
pronto. Es inútil quedarse. André no regresará conmigo. Ha estado aquí cinco
años -continuó-, demasiado tiempo. Cuando vi que no regresaba a Francia, vine
para llevármelo, pero no quiere irse. Ahora tiene vínculos aquí.
Volvió a
quedar en silencio. Farris se abstuvo, discretamente, de preguntarle a qué
vínculos se refería. Quizás hubiera alguna mujer annamesa detrás, aunque
Berreau no parecía de aquel tipo de hombres. El día empezó su tarea de
convertirse en pegajosamente tropical, y transcurrieron las horas cálidas y
tranquilas de la mañana. Farris, tumbado en una silla y descansando a gusto,
aguardó a que volviera Berreau. Pero éste no regresó. y cuando la tarde empezó
a difuminarse, Lys se puso más y más nerviosa. Una hora antes del atardecer,
salió a la galería vestida con unos pantalones y chaqueta.
-Voy al
poblado; volveré pronto -dijo a Farris.
La
muchacha mentía muy mal. Farris se puso en pie.
-Vas a
por tu hermano. ¿Dónde está?
En el
rostro de Lys se reflejaron la inquietud y la duda. Finalmente, permaneció en
silencio.
-Créeme,
quiero ser un amigo.
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Edmond
Hamilton (1904-1977)

