Libro N° 12917. Todos Los Males Del Mundo. Asimov, Isaac.
© Libro N° 12917. Todos Los Males Del Mundo. Asimov, Isaac. Emancipación.
Agosto 31 de 2024
Título original: ©
Todos Los Males Del Mundo. All The Troubles Of The World, Isaac
Asimov (1920-1992)
Versión Original: © Todos Los
Males Del Mundo. Isaac Asimov
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© Edición,
reedición y Colección Biblioteca
Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
Isaac
Asimov
Todos Los
Males Del Mundo
Isaac
Asimov
El mayor
complejo industrial de la Tierra se centraba en torno a Multivac, la gigantesca
computadora que había ido creciendo en el transcurso de medio siglo, hasta que
sus diversas ramificaciones se extendieron por todo Washington, D. C., y sus
suburbios, alcanzando con sus tentáculos todas las ciudades y poblaciones de la
Tierra. Un ejército de servidores le suministraba constantemente datos, y otro
ejército relacionaba e interpretaba sus respuestas. Un cuerpo de ingenieros
recorría su interior, mientras multitud de minas y fábricas se dedicaban a
mantener llenos los depósitos de piezas de recambio, procurando que nada
faltase a la monstruosa máquina.
Multivac
dirigía la economía del planeta y ayudaba al progreso científico. Mas por
encima de esto, constituía la cámara de compensación central donde se
almacenaban todos los datos conocidos acerca de cada habitante de la Tierra. Y
todos los días formaba parte de los innumerables deberes de Multivac pasar
revista a los cuatro mil millones de expedientes (uno para cada habitante de la
Tierra) que llenaban sus entrañas y extrapolarlos para un día más. Todas las
Secciones de Correcciones de la Tierra recibían los datos apropiados para su
propia jurisdicción, y la totalidad de ellos se presentaba en un grueso volumen
al Departamento Central de Correcciones de Washington, D.C.
Bernard
Gulliman se hallaba en su cuarta semana de servicio al frente del Departamento
Central de Correcciones, para el cual había sido nombrado presidente por un
año, y ya se había acostumbrado a recibir el informe matinal sin asustarse
demasiado. Como siempre, constituía un montón de cuartillas de más de quince
centímetros de grueso. Como ya sabía, no se lo traían para que lo leyese todo
(era una empresa superior a sus fuerzas humanas). Sin embargo, resultaba
entretenido hojearlo. Contenía la lista acostumbrada de delitos previstos de
antemano: diversas estafas, hurtos, algaradas, homicidios, incendios
provocados, etcétera.
Buscó un
apartado particular y sintió una ligera sorpresa al descubrirlo, y luego otra
al ver que en él figuraban dos anotaciones. No una sino dos. Dos asesinatos en
primer grado. No había visto dos juntos en un solo día en todo el tiempo que
llevaba de presidente. Oprimió el botón del intercomunicador y esperó a que el
solícito semblante de su coordinador apareciese en la pantalla.
—Ali —le
dijo Gulliman—, hoy tenemos dos primeros grados. ¿Hay algún problema insólito?
—No,
señor.
El rostro
de morenas facciones y ojos negros y penetrantes mostraba cierta expresión de
inquietud.
—Ambos
casos tienen un porcentaje de probabilidad muy bajo —dijo.
—Eso ya
lo sé —repuso Gulliman—. He podido observar que ninguno de ellos presenta una
probabilidad superior al quince por ciento. De todos modos, debemos velar por
el prestigio de Multivac. Ha conseguido borrar prácticamente el crimen de la
faz del planeta, y el público lo considera así por su éxito al impedir
asesinatos de primer grado, que son, desde luego, los más espectaculares.
Ali
Othman asintió.
–Sí,
señor. Me doy perfecta cuenta.
—También
se dará usted cuenta, supongo —prosiguió Gulliman—, que yo no quiero que se
cometa uno solo durante mi presidencia. Si se nos escapa algún otro crimen,
sabré disculparlo. Pero si se nos escapa un asesinato en primer grado, le irá a
usted el cargo en ello. ¿Me entiende?
—Sí,
señor. El análisis completo de los dos asesinatos en potencia ya se está
efectuando en las oficinas de los respectivos distritos. Tanto los asesinos en
potencia como sus presuntas víctimas se hallan bajo observación. He comprobado
las probabilidades que el crimen se cometa y ya están disminuyendo.
—Buen
trabajo —dijo Gulliman, cortando la comunicación.
Volvió a
examinar la lista con cierta desazón. Tal vez se había mostrado demasiado
severo con su subordinado... Pero había que tener mano firme con aquellos
empleados de plantilla y evitar que llegasen a imaginarse que eran ellos
quienes lo llevaban todo. De vez en cuando había que recordarles quién mandaba
allí. En especial a aquel Othman, que trabajaba con Multivac desde que ambos
eran notablemente más jóvenes, y a veces asumía unos aires de propiedad que
llegaban a ser irritantes.
Para
Gulliman, aquella cuestión de los crímenes podía ser crucial en su carrera
política. Hasta entonces, ningún presidente había conseguido terminar su
mandato sin que se produjese algún asesinato en un lugar u otro de la Tierra.
Durante el mandato del presidente anterior se habían cometido ocho, o sea tres
más que durante el mandato de su predecesor. Pero Gulliman se proponía que
durante el suyo no hubiese ninguno. Había resuelto ser el primer presidente que
no tuviera en su haber ningún asesinato en ningún lugar de la Tierra. Después
de eso, y de la favorable publicidad que comportaría para su persona.
Apenas se
fijó en el resto del informe. Éste contenía, según le pareció a primera vista,
unos dos mil casos de esposas en peligro de ser vapuleadas. Indudablemente, no
todas aquellas palizas podrían evitarse a tiempo. Tal vez un treinta por ciento
de ellas se realizarían. Pero el porcentaje disminuía cada vez con mayor
celeridad. Multivac había añadido las palizas conyugales a su lista de crímenes
previsibles hacía apenas cinco años, y el ciudadano medio todavía no se había
acostumbrado a la idea de verse descubierto de antemano cuando se proponía
moler a palos a su media naranja. A medida que esta idea se fuese imponiendo en
la sociedad, las mujeres recibirían cada vez menos golpes, hasta terminar por
no recibir ninguno.
Gulliman
observó que en la lista también figuraban algunos maridos vapuleados. Luego
quitó la conexión y se quedó mirando la pantalla de la cual habían desaparecido
las prominentes mandíbulas y la calva incipiente de Gulliman. Luego miró a su
ayudante. Rafe Leemy, y dijo:
—¿Qué
hacemos?
—¿A mí me
lo preguntas? Es a él a quien le preocupan un par de asesinatos sin
importancia.
—Yo creo
que nos arriesgamos demasiado al intentar resolver esto por nuestra cuenta. Sin
embargo, si se lo decimos le dará un ataque. Estos políticos electos tienen que
pensar en su pellejo; por lo tanto, creo que si se lo decimos no haría más que
enredar las cosas e impedirnos actuar.
Leemy
asintió con la cabeza y se mordió el grueso labio inferior.
—¿Qué
haremos si nos equivocamos? —dijo—. Querría estar en el fin del mundo, si eso
llega a suceder.
—Si nos
equivocamos, nuestra suerte no interesará a nadie, pues seremos arrastrados por
la catástrofe general —con la mayor vivacidad, Othman añadió—: Pero, vamos a
ver, las probabilidades son tan sólo del doce coma tres por ciento. Para
cualquier otro delito, exceptuando quizás el asesinato, dejamos que el
porcentaje aumente un poco más antes de decidirnos a actuar. Todavía puede
presentarse una corrección espontánea.
—Yo no
confiaría demasiado en ello —dijo Leemy secamente.
—No
pienso hacerlo. Me limitaba a señalarte el hecho. Sin embargo, como la cifra
aún es baja, creo que lo más indicado es que de momento nos limitemos a
observar. Nadie puede planear un crimen de tal envergadura por sí solo; tienen
que existir cómplices.
—Multivac
no los nombró.
—Ya lo
sé. Sin embargo...
No
terminó la frase. Entonces se pusieron a estudiar de nuevo los detalles de
aquel crimen que no se incluía en la lista entregada a Gulliman; el único
crimen que nunca había sido intentado en toda la historia de Multivac. Y se
preguntaron qué podían hacer.
Ben
Manners se consideraba el muchacho de dieciséis años más dichoso de Baltimore.
Eso tal vez podía ponerse en duda. Pero no había duda que era uno de los más
dichosos, y de los que se hallaban más excitados. Al menos, era uno de los
pocos que habían sido admitidos en las graderías del estadio el día en que los
jóvenes de dieciocho años pronunciaron el juramento. Su hermano mayor se
contaba entre los que iban a pronunciarlo, y por eso sus padres solicitaron
billetes para ellos y también permitieron que Ben lo hiciese. Cuando Multivac
eligió entre todos los que solicitaron billete, Ben fue uno de los autorizados
a sacarlo. Dos años después, Ben sería quien pronunciaría el juramento, pero la
contemplación de su hermano mayor Michael en el acto de hacerlo era casi lo
mismo para él.
Sus
padres le vistieron (o le hicieron vestir, mejor dicho) con todo el adorno
posible, pues iba como único representante de la familia, y el muchacho se fue
muy ufano, con recuerdos de todos para Michael, el cual se había ido unos días
antes para someterse a los reconocimientos físico y neurológico preliminares.
El
estadio se hallaba emplazado en las afueras de la población, y Ben, que no
cabía en sí de orgullo, fue conducido hasta su asiento. Por debajo de él
distinguió hilera tras hilera de centenares y centenares de jóvenes de
dieciocho años (los chicos a la derecha, las chicas a la izquierda), todos
procedentes del distrito dos de Baltimore. En diversas épocas del año se
celebraban actos similares en todo el mundo, pero aquello era Baltimore, y por
lo tanto aquél era el más importante. Allá abajo, perdido entre la multitud de
adolescentes, se hallaba Mike, el hermano de Ben.
El joven
escrutó las hileras de cabezas, con la vaga esperanza de reconocer a su
hermano. No lo consiguió, naturalmente, pero entonces subió un hombre al
estrado que se alzaba en el centro del estadio, y Ben dejó de mirar para
prestar atención. El hombre del estrado dijo por el micrófono:
—Buenas
tardes, muchachos; buenas tardes, distinguido público. Soy Randolph T. Hoch, y
se me ha confiado el honroso encargo de dirigir este año los actos de
Baltimore. Los jóvenes que van a pronunciar el juramento ya me conocen, por
haberme visto varias veces durante los reconocimientos físicos y neurológicos.
La mayor parte de la tarea ya está realizada, pero queda lo más importante. La
personalidad completa de cada uno de ustedes debe pasar a los archivos de
Multivac.
»Todos
los años, esto requiere cierta explicación para los jóvenes que alcanzan la
mayoría de edad. Hasta esta fecha –dijo volviéndose hacia los jóvenes que tenía
delante, y desviando su mirada del público–, hasta esta fecha, hasta hoy,
ustedes no pueden considerarse adultos; Multivac no les considera como
individuos adultos, excepto en los casos en que alguno de ustedes han sido
señalados especialmente por sus padres o por el Gobierno.
»Hasta
hoy, pues, cuando llegaba el momento de recopilar los datos anuales, eran sus
padres quienes llenaban vuestras fichas. Ha llegado ahora el momento para que
asuman esta obligación. Es un gran honor, una gran responsabilidad. Sus padres
nos han comunicado cuáles han sido vuestras notas escolares, qué enfermedades
han tenido, cuáles son vuestras costumbres... Eso, y muchas cosas más. Pero
ahora todavía deben decirnos más aún; vuestros más íntimos pensamientos;
vuestros más secretos anhelos.
»Resulta
difícil hacerlo la primera vez; incluso violento, pero hay que hacerlo. Una vez
lo hayan hecho, Multivac tendrá un análisis completo de ustedes en sus
archivos. Comprenderá vuestras acciones y reacciones. Incluso podrá prever con
notable exactitud vuestro comportamiento futuro. De esta manera, Multivac les
protegerá. Si están en peligro de accidente, lo sabrá. Si alguien se propone
hacerles daño, lo sabrá. Si son ustedes quienes traman alguna mala acción, lo
sabrá y evitará que ésta se cometa, con el resultado que no tendrán que ser
castigados por ella.
»Con el
conocimiento que tendrá de todos ustedes, Multivac podrá contribuir al
perfeccionamiento de la economía y de las leyes terrestres, para el bien de
todos. Si tienen un problema personal, pueden acudir a Multivac con él, y
Multivac, que les conoce a todos, podrá ayudarles a resolverlo. Ahora deseo que
llenen los formularios que les vamos a facilitar. Mediten cuidadosamente y
respondan a todas las preguntas con la mayor exactitud posible. No oculten nada
por vergüenza o precaución. Nadie conocerá nunca vuestras respuestas excepto
Multivac, a menos que sea necesario conocerlas para protegerles. Y en este
caso, sólo las conocerán contados funcionarios del Gobierno, que poseen
autorización especial.
»Pudiera
ocurrir que deformasen la verdad más o menos intencionadamente. No lo hagan.
Nosotros terminaremos por descubrirlo. La totalidad de sus respuestas debe
formar un conjunto coherente. Si alguna de las respuestas son falaces, sonarán
como una nota discordante y Multivac las descubrirá. Si entre ellas se
encuentran respuestas falsas, o son falsas en su totalidad, crearán un conjunto
típico que Multivac reconocerá inmediatamente. Por lo tanto, les aconsejo que
digan la verdad y nada más que la verdad.
Por
último, el acto terminó; los muchachos llenaron los formularios, y las
ceremonias y discursos tocaron a su fin. Por la noche, Ben, poniéndose de
puntillas, consiguió descubrir finalmente a Michael, el cual todavía llevaba el
traje de gala que se había puesto para el «desfile de los adultos». Se
abrazaron llenos de júbilo, luego cenaron juntos y tomaron el expreso hasta su
casa, ambos llenos de contento después de aquel día memorable. Por lo tanto, no
se hallaban preparados para enfrentarse con el cambio total que encontraron en
su casa. Ambos se quedaron helados cuando un joven de rostro severo, vestido de
uniforme y apostado a la puerta de su propia casa, les cerró el paso para
pedirles la documentación antes de dejarlos entrar. Una vez dentro, hallaron a
sus padres sentados en el salón, con expresión desesperada y la huella de la
tragedia impresa en sus caras.
Joseph
Manners, que parecía haber envejecido diez años desde aquella misma mañana,
miró con ojos asustados y hundidos a sus dos hijos (uno de los cuales todavía
llevaba al brazo su flamante toga de adulto) y dijo:
—Estoy
bajo arresto domiciliario.
Ben y
Michael se quedaron boquiabiertos.
Bernard
Gulliman no podía leer, naturalmente, el voluminoso informe. Leyó únicamente el
sumario y quedó más que satisfecho. No había duda que toda una generación ya
estaba acostumbrada a que Multivac predijese la comisión de los delitos más
importantes. Les parecía natural que los agentes de Corrección se presentasen
en el lugar donde iba a cometerse el delito antes que éste pudiera llevarse a
cabo. Les parecía natural también que la consumación del crimen acarrease para
su autor un castigo ejemplar e inevitable. Poco a poco, arraigó el
convencimiento que era imposible engañar a Multivac. El resultado de ello,
naturalmente, fue que cada vez se planearon menos crímenes. A medida que las
intenciones criminales disminuían y la capacidad de Multivac aumentaba, se
fueron añadiendo a la lista de delitos que el maravilloso instrumento predecía
todas las mañanas, otras infracciones de la ley de menor cuantía, pero éstas,
también, disminuían a ojos vistas.
Entonces
Gulliman ordenó que se realizase un análisis (sólo lo podía realizar Multivac,
naturalmente) de la capacidad que poseía Multivac para prever las posibilidades
de enfermedad. Así, los médicos podrían ser llamados con rapidez para visitar y
tratar a individuos susceptibles de volverse diabéticos antes de un año, o
expuestos a sufrir una tisis galopante o un cáncer. Más vale prevenir. ¡Y el
resultado del análisis fue favorable! Después le llevaron la lista de los
posibles crímenes del día, y entre ellos no figuraba ni un solo asesinato de
primer grado. Gulliman, que se hallaba de un humor excelente, llamó a Ali
Othman por el intercomunicador:
—Oiga,
Othman, ¿cuál es el promedio de delitos que hay en las listas diarias de la
semana pasada, comparado con el promedio de mi primera semana como presidente?
El
promedio había descendido, según se pudo comprobar, en un ocho por ciento; sólo
le faltaba eso a Gulliman para sentirse el más dichoso de los mortales. No se
debía para nada a él, desde luego, pero sus votantes no lo sabían. Se
congratuló por su suerte, que le había llevado a ocupar la presidencia en el
momento oportuno, durante el apogeo de Multivac, en un momento en que la
enfermedad también podría colocarse bajo su manto protector. Esto favorecía
extraordinariamente la carrera política de Gulliman.
Othman se
encogió de hombros.
—El jefe
está muy contento —dijo.
—¿Cuándo
hacemos estallar la bomba? —dijo Leemy—. El hecho de poner a Manners en
observación sólo ha conseguido elevar las probabilidades. El arresto
domiciliario no ha hecho más que incrementarlas.
—Ya lo
sé, hombre —dijo el otro, con impaciencia—. Lo que no sé es por qué.
—Tal vez
se deba a los cómplices, como tú dijiste. Al darse cuenta que Manners está
detenido, el resto de la banda tendrá que actuar en seguida o la intentona
fracasará.
—Mirémoslo
desde otro lado. Con Manners a buen recaudo, los demás pondrán pies en
polvorosa y tratarán de esconderse. Además, ¿por qué Multivac no nos da los
nombres de los cómplices?
—¿Se lo
decimos a Gulliman?
—No,
todavía no. Las probabilidades son todavía de un diecisiete coma tres por
ciento. Aún podemos hacer algo.
Elizabeth
Manners dijo a su hijo menor:
—Vete a
tu cuarto, Ben.
—Pero,
¿qué pasa, mamá? —preguntó Ben con voz quebrada, al contemplar aquel extraño
final de un día tan glorioso.
—¡Por
favor, Ben, obedéceme sin preguntar!
El
muchacho se fue a regañadientes. Salió al vestíbulo y empezó a subir la
escalera, haciendo el mayor ruido posible. Luego descendió sigilosamente. Mike
Manners, el primogénito, el que había llegado hacía pocas horas a su mayoría de
edad y era el gozo y la esperanza de la familia, dijo con un tono de voz que
reflejaba el que empleara su hermano:
—¿Qué
pasa?
Joe
Manners repuso:
—Pongo al
cielo por testigo que no lo sé, hijo mío. No he hecho nada.
—De eso
estamos todos convencidos —dijo Mike, mirando estupefacto a su padre, pequeño y
de aspecto bondadoso—. Deben haber venido porque pensabas hacer algo.
La señora
Manners le interrumpió con enojo:
—¿Qué
quieres que pensase tu padre que pueda provocar semejante despliegue de
fuerzas? —describió un amplio círculo con el brazo, para abarcar los policías
que rodeaban la casa, y prosiguió—: Cuando yo era niña, el padre de un amigo
mío que trabajaba en un banco fue llamado una vez, y le dijeron que no pensase
más en aquel dinero. Pensaba robar cincuenta mil dólares. No llegó a cometer el
robo: sólo lo pensó. En aquellos tiempos no mantenían estas cosas en secreto,
como hoy; todo el mundo se enteró, y así es como yo lo supe. Lo que quiero
decir es que se trataba de cincuenta mil dólares. Una cantidad muy respetable.
Sin embargo se limitaron a llamarlo por teléfono. ¿Qué podía estar planeando tu
padre, para requerir la presencia de una docena de policías, que han rodeado la
casa?
El cabeza
de familia dijo, con voz triste y quejumbrosa:
—No
planeaba ningún crimen, ni el más pequeño e insignificante. Se los juro.
Mike,
lleno de la sabiduría consciente de un nuevo adulto, dijo:
—Tal vez
sea algo subconsciente, papá; una forma de resentimiento hacia tu jefe.
—¿Hasta
tal punto que me hiciese desear matarlo? ¡No!
—¿Y no
quieren decirte de qué se trata?
Su madre
les interrumpió de nuevo:
—No, no
quieren. Ya se lo hemos preguntado. Les dije que, con su simple presencia,
estaban perjudicando enormemente nuestra reputación en el barrio. Lo menos que
podían hacer era decirnos de qué se trataba para que pudiéramos defendernos y
ofrecer explicaciones.
—¿Y ellos
no quieren?
—No.
Mike
permanecía de pie, con las piernas separadas y las manos metidas en los
bolsillos. Muy inquieto, dijo:
—Verás,
mamá, es que Multivac no se equivoca nunca.
Su padre,
desesperado, golpeó con el puño el brazo del sofá.
—Les
repito que no planeo ningún crimen.
Abrieron
sin llamar y entró en la sala un hombre uniformado, que andaba con paso firme y
decidido. Su cara tenía una expresión imperturbable y oficial.
—¿Es
usted Joseph Manners? —preguntó.
—Yo soy.
¿Podría usted decirme qué desean de mí?
—Joseph
Manners, queda usted detenido por orden del Gobierno —y exhibió brevemente su
carnet de oficial de Correcciones—. Tengo que rogarle que me acompañe.
—¿Por qué
motivo? ¿Qué he hecho?
—No estoy
autorizado a decírselo.
—Pero no
pueden detenerme por planear un crimen, aun admitiendo que lo estuviese
planeando. Para detenerme tengo que haber hecho algo. De lo contrario, no
pueden. Es contrario a la ley.
—Le ruego
que me acompañe.
La señora
Manners soltó un grito y se dejó caer en el sofá, llorando histéricamente.
Joseph Manners no fue capaz de transgredir el código que le había sido impuesto
durante toda su vida, resistiéndose a obedecer las órdenes de un oficial, pero
al final se hizo el remolón, obligando al agente del Gobierno a tener que
utilizar la fuerza para arrastrarlo fuera de la habitación. Mientras se lo
llevaban, Manners gritaba:
—Pero,
¿qué he hecho? ¿Por qué no quieren decírmelo? Si al menos lo supiese... ¿Es un
asesinato? ¿Se me acusa de tramar un asesinato?
La puerta
se cerró tras ellos, y Mike Manners, pálido como la muerte y que de pronto
había dejado de sentirse adulto, miró a la puerta y luego a su madre, anegada
en llanto. Ben Manners, oculto tras la otra puerta y sintiéndose de pronto muy
adulto, apretó los labios fuertemente y pensó que él sabía exactamente lo que
había que hacer.
Lo que
Multivac le arrebataba, Multivac lo devolvería. Ben recordaba perfectamente las
ceremonias que había presenciado aquel mismo día. Había oído cómo aquel llamado
Hoch hablaba de Multivac y de todo cuanto ésta podía hacer. Podía dirigir el
Gobierno, y también ayudar a un simple particular que fuese a ella en busca de
consejo. Cualquiera podía pedir ayuda a Multivac, y Ben se disponía a hacerlo.
Ni su madre ni su hermano se darían cuenta que se iba; además, le quedaba
todavía algún dinero de la cantidad que sus padres le habían dado para aquel
día memorable. Si después notaban su ausencia y ésta les preocupaba, qué se le
iba a hacer. En aquel momento, su padre era quien más contaba.
Salió por
la parte trasera y el agente apostado a la puerta le dejó pasar, tras examinar
brevemente su documentación.
Harold
Quimby dirigía la sección de quejas de la subestación Multivac de Baltimore. Se
consideraba a sí mismo un miembro de la rama más importante del servicio civil.
En ciertos aspectos tal vez tuviese razón, y los que le oían hablar de ello
hubieran debido ser de hierro para no sentirse impresionados. Por un lado,
decía Quimby, Multivac se dedicaba principalmente a invadir la intimidad.
Durante los últimos cincuenta años, la Humanidad había tenido que acostumbrarse
a la idea que sus pensamientos e impulsos más íntimos ya no podían mantenerse
en secreto, y que ya no existían recónditos pliegues del alma donde podían
esconderse los sentimientos. A cambio de esto, había que dar algo a la
Humanidad.
Naturalmente,
los hombres obtuvieron paz, prosperidad y seguridad, pero eso eran
abstracciones. Los hombres y mujeres concretos necesitaban algo personal como
recompensa por su renuncia a la intimidad, y lo obtuvieron. Al alcance de
cualquier habitante del planeta se encontraba una estación Multivac a cuyos
circuitos se podían someter libremente toda clase de problemas y preguntas, con
una libertad y sin prácticamente limitación alguna. A los pocos minutos, el
maravilloso instrumento facilitaba las respuestas adecuadas.
En
cualquier instante del día o de la noche, cinco millones de circuitos
individuales entre el cuatrillón o más que poseía Multivac, podían dedicarse a
atender aquel programa de preguntas y respuestas. Éstas no eran necesariamente
infalibles, pero sí enormemente aproximadas casi siempre, y los que acudían a
Multivac tenían una fe absoluta en sus respuestas. Y en aquellos momentos, un
joven de dieciséis años, de expresión ansiosa, avanzaba lentamente con la cola
de hombres y mujeres que esperaban. Todos los semblantes de los que formaban la
cola se hallaban iluminados por distintos grados de esperanza, temor o
ansiedad, e incluso angustia, mientras se aproximaban lentamente a Multivac.
Pero era siempre la esperanza la que predominaba.
Sin
levantar la mirada, Quimby tomó el formulario impreso, debidamente
cumplimentado, que el recién llegado le tendía y dijo:
—Cabina
5-B.
—¿Cómo
tengo que hacer la pregunta, señor?
Quimby
levantó entonces la mirada, con cierta sorpresa. Por lo general, los muchachos
que aún no habían alcanzado la mayoría de edad no hacían uso de aquel servicio.
Amablemente le dijo:
—¿Es la
primera vez que vienes a Multivac, muchacho?
—Sí,
señor.
Quimby le
indicó el modelo que tenía sobre su mesa.
—Tendrás
que utilizar esto. Mira, funciona exactamente igual que una máquina de
escribir. No escribas la pregunta mal, sobre todo; hazlo por medio de esta
máquina. Ahora vete a la cabina 5-B, y si necesitas ayuda, oprime el botón rojo
y se presentará un empleado. Por ese corredor, muchacho, a la derecha.
Vio como
el joven se alejaba por el corredor, hasta perderse de vista, y sonrió.
Multivac no rechazaba a nadie. Naturalmente, no podía descartarse un pequeño
porcentaje de preguntas triviales: gente que hacía preguntas indiscretas acerca
de sus vecinos o preguntas desvergonzadas sobre personalidades eminentes;
estudiantes que trataban de adivinar lo que les preguntarían sus profesores, o
de divertirse a costa de Multivac haciéndole preguntas paradójicas o absurdas.
Multivac
podía atender todas aquellas preguntas sin necesidad de ayuda. Además, cada
pregunta y cada respuesta quedaban archivadas para constituir una pieza más en
el conjunto de datos sobre la Humanidad en general y sus representantes
individuales en particular. Incluso las triviales e impertinentes ayudaban a la
Humanidad, pues al reflejar la personalidad del que las hacía, permitían que
Multivac aumentase su conocimiento de los hombres.
Quimby
volvió su atención hacia la persona siguiente en la cola, una mujer de mediana
edad, desgarbada y angulosa, con la turbación reflejada en el semblante.
Ali
Othman medía la oficina a grandes pasos, y sus tacones resonaban con golpes
sordos y desesperados sobre la alfombra.
—Las
probabilidades siguen aumentando. En este momento son del veintidós coma cuatro
por ciento. ¡Maldición! Hemos detenido a Joseph Manners, y las probabilidades
siguen aumentando.
El sudor
corría a raudales por su cara. Leemy dejó el teléfono en su soporte.
—Todavía
no ha confesado. Le han sometido a la Prueba Psíquica, pero no han descubierto
la menor huella de crimen. Es posible que diga la verdad.
—¿Entonces,
es que Multivac se ha vuelto loca? —dijo Othman.
Otro
teléfono se puso a sonar. Othman se apresuró a cerrar las conexiones, contento
de aquella interrupción. En la pantalla apareció la cara de un oficial de
Correcciones, el cual dijo:
—¿Tiene
que darnos algunas nuevas instrucciones, señor, respecto a la familia de
Manners? ¿Debemos permitirles que vayan y vengan a su antojo, como han hecho
hasta ahora?
—¿Qué
quiere usted decir, con eso de «como han hecho hasta ahora»?
—Las
primeras órdenes que recibimos se referían al arresto domiciliario de Joseph
Manners. Nada se decía en ellas del resto de la familia, señor.
—Pues
hágalas extensivas al resto de la familia, en espera de recibir nuevas órdenes.
—Pero es
que ése es el problema, señor. La madre y el hijo mayor no hacen más que pedir
noticias del pequeño. Éste ha desaparecido, y su madre y su hermano piensan que
también le han detenido, y piden que los llevemos a la jefatura para aclarar la
suerte del muchacho.
Othman
frunció el ceño y preguntó casi en un susurro:
—¿El
pequeño? ¿Cuántos años tiene?
—Dieciséis,
señor —repuso el agente.
—Dieciséis,
y se ha ido. ¿Sabe usted adónde?
—Le
dejaron salir, señor. No había órdenes de retenerle.
—No se
retire. Un momento —Othman suspendió momentáneamente la comunicación, se llevó
ambas manos a la cabeza, y gimió—: ¡Estúpido de mí!
—¿Qué
demonios te pasa?
—Este
individuo tiene un hijo de dieciséis años —dijo Othman con voz ahogada—. Por lo
tanto, es un menor de edad, y Multivac no lo registra por separado, sino
formando parte de la ficha de su padre —miró furioso a Leemy—. Hasta cumplir
dieciocho años, un joven no tiene ficha separada en Multivac, sino que sus
datos figuran en la de su padre. Eso lo sabe cualquiera. ¿Cómo pudo habérseme
olvidado? Y a ti, pedazo de idiota, ¿cómo pudo habérsete olvidado también?
—¿Quieres
decir entonces que Multivac no se refería a Joe Manners? —preguntó Leemy.
—Multivac
se refería a su hijo menor, y éste se nos ha escapado. A pesar de tener la casa
rodeada de policías, él ha salido con toda tranquilidad y se ha ido a realizar
vaya a saber qué infernal misión.
Conectó
de nuevo el circuito telefónico, al extremo del cual todavía esperaba el
oficial de Correcciones. Aquella interrupción de un minuto había permitido que
Othman recuperase el dominio de sí mismo, asumiendo de nuevo su expresión fría
y segura (hubiera sido altamente perjudicial para su prestigio representar una
escena ante los ojos de un policía aunque eso habría aliviado considerablemente
su mal humor).
—Oficial
—dijo entonces—, trate de localizar al muchacho que ha desaparecido. Si es
necesario, movilice usted a todos sus hombres. Más adelante les daré las
órdenes oportunas. De momento sólo ésta: encontrar al muchacho a toda costa.
—Sí,
señor.
La
conexión se interrumpió. Othman dijo:
—Dígame
cómo están las probabilidades, Leemy.
—Han
bajado a un diecinueve coma seis por ciento. Y siguen bajando.
Othman
dejó escapar un largo suspiro.
Ben
Manners tomó asiento en la cabina 5-B y tecleó lentamente:
—Me llamo
Benjamín Manners, número MB-71833412. Mi padre, Joseph Manners, ha sido
detenido, pero no sabemos qué crimen tramaba. ¿Podemos ayudarle de algún modo?
Se
dispuso a esperar la respuesta de la máquina. A pesar que sólo tenía dieciséis
años, ya sabía que aquellas palabras estaban dando vueltas en aquellos momentos
por el interior del aparato más complicado creado por la mente humana; sabía
también que se barajarían y se coordinarían un trillón de datos, y que a partir
de ellos Multivac extraería la respuesta más adecuada. Oyó un clic en la
máquina y surgió de ella una tarjeta. Sobre la misma se veía impresa una
respuesta, una larga respuesta. Decía como sigue:
—Toma el
expreso a Washington, D. C., inmediatamente. Desciende en la parada de la
avenida de Connecticut. Verás una salida especial sobre la que se lee
«Multivac» y ante la que hay unos guardias. Di a uno de ellos que llevas un
recado para el doctor Trumbull, y te dejará entrar. Te encontrarás entonces en
un corredor. Síguelo hasta encontrar una puerta sobre la que se lee «Interior».
Entra y di a los guardias de dentro lo que has dicho a los de fuera; lo mismo.
Éstos te franquearán el paso. Sigue entonces...
Las
instrucciones continuaban por ese tenor. Ben no veía que aquello tuviese nada
que ver con lo que había preguntado, pero su fe en Multivac era absoluta. Salió
corriendo, para tomar el expreso a Washington.
Los
oficiales de Correcciones consiguieron seguir la pista de Ben Manners hasta la
estación de Baltimore, donde llegaron una hora después que éste la hubiera
abandonado. El sorprendido Harold Quimby se sintió verdaderamente aturrullado
ante el número e importancia de los hombres que fueron a verle con relación a
aquel muchacho de dieciséis años que andaban buscando.
—Sí, un
muchacho de esas señas —dijo—, pero ignoro adónde fue cuando salió de aquí. Yo
no podía saber que lo andaban buscando. Aquí recibimos a todo el mundo. Sí,
puedo conseguir una copia de la pregunta y la respuesta.
Los
oficiales de Correcciones televisaron las dos fichas a Jefatura sin perder un
instante. Othman las leyó, puso los ojos en blanco y se desmayó. Consiguieron
hacerlo reaccionar casi en seguida. Con voz débil, dijo a Leemy:
—Que
detengan a ese chico. Y que me saquen una copia de la respuesta de Multivac.
Ahora ya no hay escapatoria. Tengo que ver a Gulliman inmediatamente.
Bernard
Gulliman nunca había visto a Ali Othman tan perturbado. Al observar la
expresión trastornada del coordinador, sintió que un escalofrío le recorría el
espinazo. Con voz trémula y entrecortada, preguntó:
—¿Qué
quiere usted decir, Othman? ¿Qué significa eso de algo peor que un asesinato?
—Mucho,
muchísimo peor que un asesinato.
—¿Se
refiere usted al asesinato de un alto funcionario del Gobierno? —Incluso cruzó
por su mente la idea que pudiese ser él mismo.
—No un
funcionario del Gobierno. El funcionario del Gobierno por excelencia.
—¿El
secretario general? —aventuró Gulliman con un murmullo ahogado.
—Más que
eso; mucho más. Nos enfrentamos con un complot para asesinar a Multivac.
—¡CÓMO!
—Por
primera vez en la historia de Multivac, la computadora nos ha informado que es
ella misma quien está en peligro.
—¿Por qué
no me informaron de ello inmediatamente?
—Como se
trataba de un caso sin precedentes, señor, estudiamos la situación antes de
atrevernos a redactar un informe oficial.
—Pero
Multivac se ha salvado, ¿verdad? Dígame que se ha salvado.
—Las
probabilidades han descendido a menos de un cuatro por ciento; prácticamente ya
no hay peligro. Estoy esperando el informe definitivo de un momento a otro.
—Traigo
un recado para el doctor Trumbull —dijo Ben Manners al hombre instalado sobre
un alto taburete, y que accionaba cuidadosamente lo que parecían los mandos de
un crucero estratosférico, enormemente ampliados.
—Muy
bien, Jim —dijo el hombre—. Adelante.
Ben echó
una mirada a sus instrucciones y se apresuró a seguir adelante. Encontraría una
diminuta palanca que tenía que bajar completamente, en el instante en que un
indicador mostrase una luz roja. Oyó una voz agitada a sus espaldas, luego
otra, y de pronto dos hombres lo sujetaron por los codos. Notó como sus pies se
levantaban del suelo. Uno de sus captores dijo:
—Acompáñanos,
muchacho.
La cara
de Ali Othman no se iluminó de manera apreciable al recibir la noticia, aunque
Gulliman dijo con gran alegría:
—Si
tenemos al chico, Multivac se ha salvado.
—Por el
momento.
Gulliman
se llevó una mano temblorosa a la frente.
—¡Qué
media hora he pasado! ¿Se imagina usted lo que significaría la destrucción de
Multivac, aunque fuese por breve tiempo? Se hundiría el Gobierno; la economía
se paralizaría. Sería de unos efectos más devastadores que un... —alzó de
pronto la cabeza—. ¿Qué quiere usted decir con eso de «por el momento»?
—Ese
muchacho, Ben Manners, no tenía intención de hacer daño. Él y su familia deben
ser puestos inmediatamente en libertad e indemnizados por las molestias que les
hemos causado. Él se limitaba a seguir las instrucciones que le dio Multivac
para ayudar a su padre, y lo ha conseguido. Su padre ha sido puesto en
libertad.
—¿Insinúa
usted que la propia Multivac ordenó al muchacho que bajase una palanca en un
momento en que tal acción quemaría tal cantidad de circuitos que haría falta un
mes de trabajo para repararlos? ¿Insinúa usted acaso que Multivac proponía su
propia destrucción para ayudar a un solo hombre?
—Mucho
peor que eso, señor. Multivac no sólo dio esas instrucciones a Ben, sino que
eligió a la familia Manners porque Ben tenía un extraordinario parecido con uno
de los mensajeros del doctor Trumbull, y por lo tanto podría meterse
impunemente en Multivac sin que nadie le pusiese reparos.
—¿Y por
qué fue elegida esa familia? ¿Y para qué?
—Verá
usted, el muchacho nunca se habría visto obligado a hacer la pregunta que hizo
si su padre no hubiese sido detenido. Y su padre jamás habría sido detenido si
Multivac no le hubiese acusado de tramar su propia destrucción. Fue Multivac
quien inició la sucesión de acontecimientos que casi condujeron a la propia
destrucción de Multivac.
—Pero eso
no tiene pies ni cabeza —dijo Gulliman con voz quejumbrosa.
Se sentía
pequeño y desvalido, y casi se puso de rodillas para suplicar a Othman, a aquel
hombre que había pasado casi toda su vida junto a Multivac, que devolviese la
tranquilidad a su ánimo. Pero Othman no lo hizo. En cambio, le dijo:
—Éste ha
sido el primer intento realizado por Multivac en este sentido, que yo sepa.
Hasta cierto punto, estaba muy bien planeado. Supo elegir la familia. Tuvo buen
cuidado en no distinguir entre padre e hijo, a fin de despistarnos. Sin
embargo, demostró que todavía no pasa de ser una aficionada. No pudo anular sus
propias instrucciones, que la obligaron a comunicar la probabilidad de su
propia destrucción, la cual se hacía mayor a cada paso que dábamos por la pista
falsa. Tuvo que registrar forzosamente la respuesta que dio al muchacho. Cuando
tenga más práctica, probablemente aprenderá las artes del engaño, a ocultar
ciertos hechos, a no registrar otros. A partir de ahora, todas las
instrucciones que dé contendrán tal vez las semillas de su propia destrucción.
Eso nunca lo sabremos. Y por más cuidado que tengamos, un día Multivac
conseguirá burlarnos. Creo, señor Gulliman, que usted será el último presidente
de esta organización.
Gulliman
aporreó furioso su mesa.
—Pero,
¿por qué, pregunto yo? ¿Por qué hace eso? ¿Qué le ocurre? ¿No podemos
repararla?
—No lo
creo —repuso Othman, dominado por una callada desesperación—. Nunca había
tenido en cuenta tal posibilidad. Sin embargo, ahora, al pensarlo, estoy
convencido que hemos llegado al fin, precisamente porque Multivac es demasiado
buena. Multivac se ha hecho tan complicada que sus reacciones ya no son las
propias de una máquina, sino las de un ser viviente.
—Está
usted loco. Pero, ¿y qué si fuese así?
—Durante
más de medio siglo Multivac ha tenido que cargar con todas las preocupaciones
de la Humanidad. Le hemos pedido que velase por todos nosotros, por todos y
cada uno de nosotros. Le hemos confiado todos nuestros secretos; le hemos hecho
absorber nuestra maldad y defendernos de ella. Cada uno de nosotros acudimos a
ella con nuestras aflicciones, aumentando su enorme fárrago. Y ahora nos
proponemos hacer cargar también a Multivac, a esta criatura viva, con el fardo
de la enfermedad humana —Othman se interrumpió un momento, antes de proseguir
con excitación—: Señor Gulliman, Multivac está harta de cargar con todos los
males del mundo.
—Esto es
una locura. Una completa locura —masculló Gulliman.
—En ese
caso, permítame que le demuestre algo muy importante. Vamos a hacer una prueba.
¿Me permite usted que utilice la línea de Multivac que tiene en su despacho?
—¿Para
qué?
—Para
hacer una pregunta a Multivac que nadie le ha hecho jamás.
—Supongo
que no le será perjudicial —preguntó Gulliman, alarmado.
—No. Pero
nos dirá lo que deseamos saber.
El
presidente vaciló un momento. Luego dijo:
—Adelante.
Othman se
dirigió a la terminal que Gulliman tenía sobre la mesa. Sus dedos teclearon
diestramente, formando la pregunta:
—Multivac,
¿qué es lo que deseas?
El
momento que transcurrió entre pregunta y respuesta les pareció interminable,
pero Othman y Gulliman no se atrevían ni a respirar. Se oyó un clic y surgió
una tarjeta. Muy pequeña. Sobre ella, con letras muy claras, se hallaba la
respuesta:
—Deseo
morir.
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Isaac
Asimov (1920-1992)

