Libro N° 12912. La Prostitución En El Corazón Del Capitalismo. Cobo, Rosa.
© Libro N° 12912. La Prostitución En El
Corazón Del Capitalismo. Cobo, Rosa. Emancipación. Agosto
31 de 2024
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La Prostitución En El Corazón Del Capitalismo. Rosa Cobo
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Prostitución En El Corazón Del Capitalismo. Rosa Cobo
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Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
LA PROSTITUCIÓN EN EL CORAZÓN DEL CAPITALISMO
Rosa Cobo
La
Prostitución En El Corazón Del Capitalismo
Rosa Cobo
ROSA COBO
Profesora de Sociología del
Género y directora del Centro de Estudios de Género y Feministas de la
Universidad de A Coruña. Dirige el curso de Historia de la Teoría Feminista en
la misma universidad y también la V Edición del Máster en Igualdad y Equidad en
el Desarrollo de Cooperacció de la Universidad de Vic. Ha recibido en 2017 el
Premio Igualdade “Ernestina Otero” del Consello Municipal da Muller de Vigo.
Entre sus publicaciones cabe destacar: Las mujeres españolas: lo privado y lo
público (CIS), Fundamentos del patriarcado moderno. Jean Jacques Rousseau
(Cátedra), Interculturalidad, feminismo y educación (ed.) (Los Libros de la
Catarata), Educar en la ciudadanía. Perspectivas feministas (ed.) (Los Libros
de la Catarata) y Hacia una nueva política sexual (Los Libros de la Catarata).
Rosa Cobo
La Prostitución En El Corazón Del
Capitalismo
DISEÑO DE CUBIERTA: MAYTE CORTÉS
© ROSA COBO, 2017
© LOS
LIBROS DE LA CATARATA, 2017 FUENCARRAL, 70
28004 MADRID TEL. 91 532 20 77
FAX. 91 532 43 34
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LA PROSTITUCIÓN EN EL CORAZÓN DEL
CAPITALISMO
ISBN: 978-84-9097-326-4
E-ISBN: 978-84-9097-346-2
DEPÓSITO LEGAL: M-14.229-2017
IBIC: JFMP/JFMX/JFFK
ESTE LIBRO HA SIDO EDITADO PARA
SER DISTRIBUIDO. LA INTENCIÓN DE LOS EDITORES ES QUE SEA UTILIZADO LO MÁS
AMPLIAMENTE POSIBLE, QUE SEAN ADQUIRIDOS ORIGINALES PARA PERMITIR LA EDICIÓN DE
OTROS NUEVOS Y QUE, DE REPRODUCIR PARTES, SE HAGA CONSTAR EL TÍTULO Y LA
AUTORÍA.
A Loren Montero y Amelia
Verdasco.
Su amistad todos estos años ha
hecho de mi vida un lugar más habitable.
Agradecimientos
A mis amigas abolicionistas, que
me acercaron a la prostitución como tema de investigación y como compromiso
político: en primer lugar, a Charo Luque, que en el año 2009 me invitó a
impartir una charla sobre prostitución donde terminé de comprender la relevancia
que tenía este tema para el feminismo. En segundo lugar, a Charo
Carracedo, Ana Míguez, Soledad
Granero, Choni Miura, María Xosé Queizán, Pepa Barahona, Rosa Hermoso, Carmen
García Albero, Sara Vicente y Beatriz Gimeno. Unas porque estuvieron al
principio de esta lucha política, cuando no era fácil y las críticas llovían
sobre sus
cabezas, y otras porque vinieron
después y así dieron continuidad al abolicionismo español. Sería imposible
nombrar aquí a otras muchas que han luchado y han hecho del abolicionismo de la
prostitución una posición ética y política. Mi reconocimiento a Carmen Vigil y
María Luisa Vicente porque fueron las primeras en escribir textos rigurosos que
me ayudaron a comprender el significado político de la prostitución. También a
tantas asociaciones que lucharon y luchan diariamente para que la prostitución
se entienda como lo que verdaderamente es: una de las grandes barbaries del
siglo XXI.
A la Comisión para la
Investigación de los Malos Tratos y a Médicos del Mundo les quiero agradecer
que me hayan facilitado el contacto con las mujeres prostituidas. Y muy
especialmente a Noelia Landete, porque su cálida acogida me hizo sentirme
acompañada.
Para las Traductoras por la
Abolición de la Prostitución, y especialmente para Concha Hurtado, todo mi
reconocimiento. Mi gratitud a todas esas voluntarias por poner a nuestra
disposición textos escritos en otros idiomas. Gracias a ellas tenemos constancia
de las experiencias de muchas supervivientes de la prostitución.
A mis amigas de la Plataforma Feminista de Alicante,
especialmente a Mar Esquembre,
Consuelo Navarro, Trini Amorós, María Candelas y Elena Simón, les agradezco su
amistad y todos los buenos ratos compartidos de conversación en casa de
Cristina Sánchez. A ella, además, le debo en justicia un reconocimiento especial
por haber seguido de cerca la escritura de este libro.
A mis compañeras feministas de
Málaga, particularmente a las del Forum de Política Feminista, les agradezco su
cariñosa acogida. El debate político con ellas siempre me llena de esperanza.
También quiero mostrar mi gratitud a Meli Galarza por su incondicional
hospitalidad y por las larguísimas charlas sobre feminismo y socialismo.
No creo que mis amigas
feministas, Pilar Ballarín y Cándida Martínez, de la Universidad de Granada,
sean conscientes del significado que para mí tiene su hospitalidad y nuestra
imprescindible cena anual. Aquí se lo quiero agradecer. Y del mismo modo, para
Ana Rubio solo tengo palabras de cariño.
Para mis compañeras
latinoamericanas, militantes incansables de CLADEM, por su lucha feminista. En
muchas de ellas, especialmente en María Oviedo, encontré complicidad
abolicionista.
A Ana Iglesias Galdo, Ana Sánchez
Bello, Cristina López Villar, Antía Pérez Caramés, Teresa Piñeiro, Carmen
Castro, Rocío Fraga y Belén Fernández Suárez, colegas y amigas, les agradezco
el apoyo y la confianza en los inicios del Centro de Estudios de Género y
Feministas de la Universidad de A Coruña.
Para Carmen Rey es mi amistad y
mi cariño por el suyo en tiempos difíciles.
A Berta Piñán le agradezco el
reencuentro, la amistad y esas charlas llenas de humor y complicidad.
El agradecimiento a Luisa Posada
Kubissa tampoco tiene límites, por su amistad, pero sobre todo por estar en mi
vida.
A Belén Nogueiras tengo que
agradecerle muchas cosas. Sus acertadas observaciones y la lectura atenta de
cada página de este libro me han acompañado durante todo este tiempo. Para ella
toda mi gratitud y mi cariño.
A mis amigas de siempre les
agradezco su presencia durante décadas en mi vida: Isabel Fernández, Amaya
Parrón, Elvira Castiella, Trini Moreno y Nieves Ramos.
Para mi madre, Mari Carmen, y mi
hermano, Isaías, con todo el cariño de siempre.
A mi hija Andrea le agradezco que
exista, porque es lo mejor de mi vida.
A Carmen Pérez Sangiao, editora
del libro, todo mi agradecimiento por la minuciosidad y la dedicación que ha
puesto en la revisión de este texto.
Mi último agradecimiento solo
puede ser para Celia Amorós. El rigor intelectual, la pasión por el feminismo y
su actitud ética se han convertido en un espejo en el que siempre me he querido
mirar. La deuda que tengo con ella es infinita.
CAPÍTULO 1
La prostitución en el corazón de
la barbarie
La idea que alienta este libro es
que la prostitución es una forma extrema de desigualdad y explotación hasta el
punto de convertirse en una de las nuevas barbaries del siglo XXI. En sentido
metafórico y literal, la prostitución representa una de las grandes expulsiones
de mujeres, característica del capitalismo global, desde los países del sur
hacia los del norte, de los países periféricos a los centrales. Y en el
interior de los países con altas tasas de pobreza, la cartografía de esta
expulsión muestra el tránsito desde las zonas rurales a las urbanas y de las
comunidades culturales más oprimidas a los ámbitos culturalmente dominantes. En
todos los casos, el camino que se recorre es el mismo: de la exclusión a la
expulsión. He tomado el concepto de expulsión de Saskia Sassen y lo he aplicado
libremente a la prostitución:
En nuestra economía global
enfrentamos un problema formidable: el surgimiento de nuevas lógicas de
expulsión. Las dos últimas décadas han presenciado un fuerte crecimiento del
número de personas, empresas y lugares expulsados de los órdenes sociales y económicos
centrales de nuestro tiempo […]. El concepto de expulsiones nos lleva más allá
de la idea más familiar de desigualdad creciente como forma de aludir a las
patologías del capitalismo global de hoy1.
Mi objetivo es identificar la
prostitución como un espacio simbólico y material privilegiado para el análisis
del capitalismo global y de los patriarcados contemporáneos; y en la que se
encarnan una lógica de explotación sexual, beneficios económicos e
indiferencia hacia los derechos
humanos.
La prostitución se alimenta de
mujeres con pocos recursos materiales y culturales que son expulsadas de sus
hogares, de sus entornos sociales y también de sus propias expectativas de
vida. Sin embargo, la expulsión tiene destino: clubs, pisos, macroburdeles,
calles, barrios, polígonos a las afueras de las ciudades o zonas acotadas están
preparados para la comercialización de sus cuerpos. La violencia de la
expulsión se completa con otra violencia, aquella que vulnera el derecho de las
mujeres a la soberanía de sus cuerpos.
Esta expulsión, envuelta en
violencia, es la que exige una interpretación política de la prostitución. Por
eso, es preciso comprender la dimensión simbólica y política que tiene la
mercantilización de la sexualidad de las mujeres en torno a la cual está organizada
la industria del sexo. Es necesario comprender las razones del crecimiento de
la industria del sexo, de los varones consumidores de prostitución y el aumento
del número de mujeres que son empujadas hacia esta industria. Este conjunto de
hechos hacen de la prostitución un fenómeno social parcialmente nuevo.
Ahora bien, para entender en su
complejidad la prostitución es necesario contextualizarla en un momento
histórico marcado por intensos y profundos cambios sociales. Al mismo tiempo,
esta transformación de la prostitución está operando en un territorio caracterizado
por la hegemonía de las propuestas ideológicas patriarcales en casi todo el
mundo, pero también por la globalización del nuevo capitalismo neoliberal. La
hegemonía ideológica patriarcal y neoliberal tiene la pretensión de normalizar
esta práctica social y anclarla en el imaginario colectivo para que aumente su
legitimación social. En la prostitución se encarnan muchas de las
transformaciones sociales que se han producido de la mano del capitalismo
global y de los patriarcados contemporáneos.
La industria del sexo se
encuentra en la intersección de dos procesos: la reorganización de la economía
mundial que tuvo lugar en los años setenta y ochenta y la reestructuración de
las sociedades patriarcales que comienza a hacerse visible en los ochenta y se
confirma en los noventa. La
industria del sexo de hoy es la consecuencia tanto de la reconfiguración del
capitalismo global como de la reestructuración de los patriarcados
contemporáneos.
La prostitución es un fenómeno
social anclado en las estructuras simbólicas y materiales de nuestras
sociedades, las del norte y del sur. Es una realidad material y una realidad
simbólica. Se inscribe primeramente en el contexto de las estructuras materiales
del patriarcado , aquellas que sostienen y promueven la hegemonía masculina,
pero también en las estructuras materiales de la economía global. Voy a poner
un ejemplo ajeno a la prostitución para que se aprecie el doble dominio y el
doble beneficio: las políticas económicas neoliberales recortan políticas
sociales para desviar esos recursos al sector privado. Pues bien, el recorte de
esas políticas significa el abandono por parte del Estado de algunas tareas de
las que se ocupaba, que ahora se desplazan invisiblemente a la familia, donde
las mujeres realizan las tareas que el Estado ha abandonado. En otros términos,
las políticas económicas capitalistas aumentan el trabajo gratuito de las
mujeres en el hogar y de esa forma benefician al capital y al patriarcado. En
el mismo sentido, las mujeres prostituidas proporcionan dividendos a la
industria del sexo, pero también benefician a los patriarcados al poner a
mujeres a disposición sexual de todos los varones.
Al mismo tiempo, la prostitución
se inscribe en las estructuras simbólicas patriarcales, pues influye en la
formación y el significado de las normatividades masculina y femenina,
reforzando la
masculinidad y la feminidad
prescritas patriarcalmente2. Es particularmente importante señalar la
influencia que tiene la prostitución en la reproducción de un modelo normativo
femenino sobrecargado de sexualidad. En efecto, la prostitución es una barrera
simbólica que delimita tanto el modelo de mujer decente, como su contrario, el
de la mujer prostituida. En todo caso, hay que subrayar que esta práctica
social ocupa un lugar sólidamente arraigado en el imaginario colectivo.
Además, la prostitución encuentra
una instancia fundamental de
legitimación en las estructuras
simbólicas capitalistas, pues la consideración de la sexualidad de las mujeres
como mercancía es una conquista fundamental para el capitalismo global. Al
capitalismo le interesan los procesos crecientes de mercantilización, incluidos
los cuerpos, y al patriarcado le interesa que esa mercancía tenga un cuerpo de
mujer.
Dicho de otra manera, la
prostitución forma parte de los entramados materiales de las sociedades
patriarcales y de las capitalistas y, por ello mismo, ejerce una poderosa
influencia sobre las estructuras simbólicas de la sociedad. Al mismo tiempo,
las definiciones sociales que naturalizan la prostitución refuerzan las
realidades materiales en las que se inscribe este fenómeno social.
Precisamente, por eso, la actividad prostitucional debe hacerse legible a la
luz de esas dos dimensiones constitutivas de la sociedad. Lo que quiero
explicar en este capítulo es que la prostitución es un mirador excepcional para
comprender cómo se encarnan en esta institución las lógicas más brutales tanto
del capitalismo global como de los sistemas patriarcales. Pero también debe ser
considerado un test de buena salud del orden patriarcal.
Sin embargo, si la prostitución
es una unidad de análisis privilegiada para entender la nueva configuración del
capitalismo global y de los patriarcados es porque ambos sistemas han puesto en
funcionamiento un intenso programa de naturalización de la prostitución.
NATURALIZACIÓN DE LA
PROSTITUCIÓN3
Las sociedades producen relatos
sobre sí mismas y sobre los hechos sociales que componen su entramado social y
esos relatos tienen como función que los individuos acepten el orden social. Y
es por eso que no son estáticos, ni fijos ni inmutables; están en permanente
proceso de construcción y reconstrucción. Dicho de otra forma, sin estas
narraciones, los hechos sociales no pueden tener un lugar estable en el
imaginario colectivo.
Todo fenómeno social debe estar sometido a procesos
permanentes de legitimación con
el objeto de que pueda reproducirse a lo largo de extensos periodos históricos
y la primera legitimación se encuentra en su propia facticidad. El hecho de que
una realidad social haya existido durante largos periodos históricos es
utilizada para sugerir que forma parte de un “orden natural” de las cosas
imposible de alterar. Si, además de existir, también ha sobrevivido a intentos
de acabar con esa realidad, como, por ejemplo, la legislación prohibicionista o
la penalización moral de la prostitución, entonces parece que tiene una fuerza
que va más allá de lo puramente social. Sin embargo, la facticidad no puede ser
la única fuente de legitimación, pues por sí misma sería insuficiente. Se
necesitan otras legitimaciones adicionales, cuya intensidad y grado de
elaboración debe ser proporcional al cuestionamiento de la
realidad social que se quiere
legitimar4.
El debate que existe en torno a
la legalización o abolición de la prostitución explica la poderosa
interpelación social a la que está sometida esta práctica y, al mismo tiempo,
pone de manifiesto los fuertes intereses que se juegan en torno a esta gran industria.
Por eso se han puesto sobre la mesa otras legitimaciones secundarias, desde la
reactualización de ideas preteóricas hasta argumentaciones desarrolladas en el
marco del pensamiento académico. En efecto, la producción de prejuicios y
estereotipos para que la prostitución sea aceptada socialmente se suceden:
desde señalar que es el oficio más viejo del mundo hasta advertir sobre la
urgencia sexual natural de los varones; desde vincular esta práctica social con
la libertad sexual hasta considerar que la prostitución es una poderosa barrera
que protege a las otras mujeres de las violaciones y agresiones sexuales
masculinas; desde la argumentación de que la postura sobre la abolición es
moralista hasta la idea de que quienes sostienen que hay que erradicar la
prostitución están en contra de las mujeres prostituidas. El conjunto de
prejuicios y estereotipos es muy amplio y se reelabora permanentemente para
producir nuevas legitimaciones. Por otra parte, desde instancias académicas se
realizan investigaciones que intentan fundamentar la legitimidad de
la prostitución en el
consentimiento de las mujeres prostituidas, sin mostrar la prostitución como el
resultado de la jerarquía patriarcal y sin señalar suficientemente el vínculo
entre prostitución y capitalismo global.
Pues bien, la prostitución es un
fenómeno social que tiene su propio relato. Uno de los argumentos estables de
esta narración, fuertemente arraigada en el imaginario colectivo, que, por otra
parte, siempre es patriarcal, es que la prostitución surge espontáneamente en
cualquier comunidad humana. La idea que debe aceptar la sociedad y, por ello,
debe anclarse en las estructuras simbólicas es que la prostitución es un hecho
natural. Uno de los subtextos patriarcales del imaginario de la prostitución
sugiere que anida en algún oscuro y profundo lugar de la naturaleza humana. Y
esta es, desde luego, una de las ideas que obstaculizan una posición crítica
frente a la prostitución, pues con esos argumentos se coloca a esta práctica
social en el orden de lo prepolítico. En efecto, si el fundamento de esta
práctica social está en la naturaleza, entonces difícilmente podrá ser definida
como una institución y, por tanto, interpelada socialmente. La idea difusa que
envuelve el fenómeno de la prostitución es que está más allá de lo cultural.
Aparece como una realidad que transita entre lo natural y lo social. De ahí que
se repita incansablemente que la prostitución ha existido siempre, como si ese
fuese un argumento irrefutable5.
Sin embargo, la prostitución no es el oficio más antiguo del mundo, sino la
actividad que responde a la demanda más antigua del mundo: la de un hombre que
quiere
acceder al cuerpo de una mujer y
lo logra a cambio de un precio6.
Para justificar que la
prostitución es una realidad natural hay que afirmar que se inscribe en el
orden de la sexualidad humana. El subtexto, por tanto, alude a que la
sexualidad masculina es incontrolable y, por ello, la femenina debe estar al
servicio de ese deseo masculino irrefrenable, a través de la prostitución o del
matrimonio. Si la prostitución hunde sus raíces en la sexualidad, entonces no
es posible erradicarla. La legitimación de la prostitución parte tácitamente de
la sexualidad masculina como pulsión imposible
de gestionar culturalmente.
Señala Carole Pateman que la legitimación de la prostitución se origina en el
estereotipo de la urgencia sexual natural de los varones: “Existe un impulso
masculino natural y universal que requiere y siempre requerirá de la
prostitución para su
satisfacción”7.
Para concluir este apartado es
preciso hacer dos reflexiones: la primera gira en torno a la pregunta de quién
crea estas narraciones. Las teorías críticas de la sociedad ya han argumentado
la estrecha relación entre los relatos sociales y las estructuras de poder. Los
relatos, por tener como una de sus finalidades la legitimación de los
entramados sociales e institucionales, se fabrican en función de los intereses
y necesidades de las elites y de los grupos dominantes. En otros términos, las
elites masculinas y neoliberales han propuesto a la conciencia de nuestra época
la idea de que la actividad prostitucional es tan legítima como otras
actividades. Y las instancias socializadoras de estos sistemas de poder han
contribuido a su normalización. Y la segunda es que la naturalización de la
prostitución se inscribe en un discurso mucho más amplio que ha tenido lugar en
las últimas décadas del siglo XX y comienzos del siglo XXI, al hilo de la
globalización neoliberal: la naturalización de la desigualdad. Por eso, a lo
largo de este trabajo argumentaré, con Pateman, que no es lo mismo decir que la
prostitución es un trabajo libre que decir que es una forma de subordinación
patriarcal. Y añadiré que también es una forma de explotación económica al
extremo de convertirse en una de las nuevas formas de servidumbre del siglo
XXI. En palabras de Carole Pateman: “La prostitución es
parte integral del capitalismo
patriarcal”8.
ECONOMÍA POLÍTICA DE LA
PROSTITUCIÓN
Anteriormente afirmaba que la
prostitución es un emplazamiento privilegiado para entender las lógicas de
funcionamiento del capitalismo global y de los patriarcados contemporáneos
porque en ella se encarnan algunas de las tendencias sistémicas que nos
ayudan a comprender lo que está
ocurriendo en este momento histórico. El proceso creciente de mercantilización
que ha impuesto el capitalismo neoliberal sobre la naturaleza y sobre la vida
se observa en la mercantilización de los cuerpos de las mujeres. Asimismo, la
necesidad que ha mostrado este capitalismo tardío de formas ilícitas y
criminales de economía para asegurar el crecimiento económico se puede estudiar
en la industria del sexo. La deslocalización de las grandes corporaciones como
forma de incrementar los beneficios se observa en las mujeres que llegan a los
países del tercio rico del mundo desde aquellos países con economías débiles,
en un proceso inverso al de las grandes multinacionales. También en la
prostitución se encarna ese principio constitutivo del capitalismo de que todo
es susceptible de ser comprado, es decir, el principio de que los deseos pueden
convertirse en derechos si se tienen recursos suficientes para pagarlos. Esas
tendencias que pueden ser explicadas como ejes sobre los que se desarrolla el
capitalismo global se pueden identificar en la prostitución. El estudio de la
prostitución, por tanto, tiene un valor añadido para entender el funcionamiento
y el desarrollo de esta nueva fase del capitalismo.
El crecimiento de la prostitución
está estrechamente vinculado al nuevo reparto de los recursos materiales en el
marco del neoliberalismo y a la nueva asignación de roles y espacios para
hombres y mujeres en el contexto de las sociedades patriarcales. Por tanto, mi
objetivo en este texto es argumentar que la prostitución debe ser analizada en
el marco de la economía política. En efecto, su conversión en un sector
económico está vinculado a las transformaciones del capitalismo, tal y como
sostiene acertadamente
Sheila Jeffreys9. El hecho de que
la prostitución se apoye sobre dos grandes sistemas de dominio, el patriarcal y
el capitalista neoliberal, y el hecho también de que para ambos sistemas de
poder la prostitución sea central es lo que hace que deba ser estudiada en el
marco de la economía política patriarcal. En efecto, la prostitución no es una
realidad aislada del resto de la sociedad que pueda ser
investigada como un fenómeno
desconectado del resto de los hechos sociales. La prostitución forma parte del
entramado social como una institución que cumple funciones necesarias para la
reproducción de las estructuras patriarcales.
La prostitución es un fenómeno
social antiguo que, sin embargo, ha experimentado un crecimiento inesperado a
partir de los años setenta. Y ese crecimiento ha ido acompañado de grandes
transformaciones, tanto en sus lógicas de funcionamiento como en sus mecanismos
de reproducción social. El viejo canon de la prostitución ha desaparecido y ha
sido sustituido por otro nuevo que adopta la forma de una gran industria
interconectada, con formas de funcionamiento propias de una gran corporación
del capitalismo global y con un pie en la economía lícita y otro en la ilícita.
En efecto, de ser un negocio con escaso impacto económico, casi artesanal, en
el que desembocaban algunas mujeres sin recursos y con biografías
estigmatizadas socialmente, se ha convertido en un negocio con grandes
beneficios que ha crecido gracias a la economía ilegal. De hecho, el hábitat
natural en el que se ha desarrollado la prostitución en las dos últimas décadas
del siglo XX y en lo que va del siglo XXI es la economía criminal.
Sin embargo, la sustitución del
viejo canon de la prostitución por el nuevo no es solo una cuestión
cuantitativa. No se trata únicamente de que ahora existan más mujeres
prostituidas y más consumidores de prostitución; no es solo que ahora la
prostitución se haya convertido en el corazón de una industria, la del sexo,
que funciona a escala global. Lo fundamental es que la industria del sexo del
siglo XXI tiene significados y funciones añadidas a las que tenía en el pasado
la prostitución. La diferencia entre el viejo y el nuevo canon de la
prostitución hay que buscarla en unas lógicas patriarcales y capitalistas que
se han gestado a partir de los años ochenta. En efecto, lo que une el viejo
canon de la prostitución con el nuevo es que ambas modalidades se articulan en
torno al acceso sexual masculino al cuerpo de las mujeres por precio. Sin
embargo, y aquí radica la diferencia, la globalización y la reestructuración
del
capitalismo han modificado
algunas de sus lógicas, han transformado la estructura de esta realidad social
y han potenciado el margen de maniobra masculino. En otras palabras, le han
otorgado más poder a los patriarcados. La idea que quiero destacar es que el
origen de la prostitución es patriarcal, tal y como señala Carole Pateman,
pero, sin embargo, las transformaciones que se han producido en la
prostitución, hasta convertirse en una poderosa industria del sexo, están
vinculadas al capitalismo global. Los cuerpos de las mujeres son el corazón de
este negocio, del antiguo y del nuevo, pero la magnitud de la mercantilización
de la sexualidad de las mujeres, su conversión en una mercancía, y la entrada
de esta idea en la mente de muchos hombres es nueva hasta el extremo de que se
ha cambiado la imagen de las mujeres para una parte del genérico masculino. El
capitalismo ha fortalecido a los patriarcados contemporáneos y ha dotado de más
poder a muchos varones.
El capitalismo comienza su
proceso de reestructuración en los años setenta. Señala Castells que las
tecnologías informacionales están en el origen del crecimiento y de la
reestructuración del
capitalismo global10. Los
mercados capitalistas comienzan un proceso de autonomía respecto al Estado y a
la sociedad civil en el que los mecanismos de control se debilitan y se afianza
la economía financiera frente a la economía productiva. Explica Sassen que el
capitalismo avanzado está marcado “por la extracción y la destrucción […] En su
forma más extrema esto puede significar arrojar a la miseria y excluir a
números cada vez mayores de personas que dejan de tener valor como productores
y
consumidores”11.
En el marco de esta nueva fase
del capitalismo global ha crecido la prostitución como eje de la industria del
sexo. La prostitución se inscribe en esa economía extractiva en la que se
extrae plusvalía
sexual12 del cuerpo de las
mujeres. La semejanza simbólica entre perforar el subsuelo del mar para extraer
petróleo o perforar montañas para obtener materias primas y penetrar en los
orificios de
las mujeres para extraer placer y
dominio sexual no se puede obviar. En todo caso, no se puede entender el
fenómeno de la prostitución desligado de la hegemonía del capitalismo global y
de las políticas de mercantilización, de todo aquello susceptible de
proporcionar beneficios, tanto si tiene efectos destructivos sobre el medio
como sobre los cuerpos.
PROSTITUCIÓN Y REACCIÓN
PATRIARCAL
En este apartado voy a argumentar
que la prostitución es una pieza central de la reacción patriarcal. En efecto,
en esta práctica social se vislumbran las tendencias que gobiernan los
patriarcados capitalistas. En primer lugar, se identifica la definición
normativa de las mujeres como seres fundamentalmente sexuales y la asignación
de una significativa sobrecarga de sexualidad a las mujeres prostituidas. En
segundo lugar, en la prostitución se condensa la pedagogía patriarcal sobre las
mujeres. En efecto, la mujer prostituida representa lo que no tiene que ser una
mujer decente, pues una mujer decente es para uso sexual de solo un varón y no
de todos; pero también afirma lo que debe ser, pues lanza un mensaje a las
demás mujeres en el sentido de que no pueden desafiar el papel patriarcalmente
asignado en tanto seres sexuales.
El modelo de comportamiento
exigido a las mujeres prostituidas las trasciende para dirigirse a todas con el
subtexto patriarcal de que el eje de la normatividad femenina es la sexualidad
para uso masculino. La idea podría resumirse así: “Lo que las mujeres
prostituidas ofrecen a todos, tú debes ofrecérselo al tuyo”. La amenaza
patriarcal encierra el mensaje de que el precio a pagar si se desafía ese
mandato es el de no ser elegida. En la prostitución se confirma el núcleo de la
ideología patriarcal, las mujeres son para otros y no para sí mismas: dar sexo,
cuidados, amor, sacrificio, úteros de alquiler o trabajo doméstico gratuito,
pero siempre para otros. Este no ser para sí da lugar a una configuración de la
subjetividad sobre la que opera con menos resistencias la prostitución. En el
mismo sentido, la definición de las mujeres en
función de la sexualidad
condiciona su construcción subjetiva. Ambos aspectos son fundamentales en la
creación de una cultura de la prostitución.
El desarrollo de la reacción
patriarcal coincide en el tiempo con la conversión de la prostitución en una
poderosa industria del sexo. El rearme ideológico patriarcal fue una respuesta
al éxito político que tuvo el feminismo radical. Por diversas razones, este
movimiento ha sido quizá el más influyente que ha existido en los casi tres
siglos de historia feminista; en primer lugar, iluminó conceptual y
políticamente el ámbito privado-doméstico y propuso su democratización. Señaló
tanto que en ese espacio hay violencia y relaciones de poder como los
itinerarios políticos para desactivar la jerarquía patriarcal instalada en
ámbitos de intimidad y amor. La familia patriarcal fue categorizada como una de
las instituciones fundacionales del patriarcado. En segundo lugar, el feminismo
de los años setenta cambió definitivamente la imagen que las sociedades
patriarcales tenían sobre las mujeres en muchas partes del mundo. Las ideas de
abnegación y sacrificio fueron fuertemente interpeladas y las mujeres iniciaron
un proceso de libertad que tantas veces a lo largo de la historia había sido
interrumpido. La entrada de las mujeres al mercado laboral, al espacio del
trabajo remunerado, contribuyó significativamente tanto al cambio de la
percepción que tenían las mujeres sobre sí mismas como a tomar decisiones que
fortalecían su independencia y autonomía. En tercer lugar, tras haber
conceptualizado nuevos espacios de desigualdad y subordinación, las feministas
radicales pusieron encima de la mesa la posibilidad de su desactivación. Ahí se
localiza el origen de las políticas públicas de igualdad.
En términos generales, el
feminismo radical fue una herida irreparable en las estructuras patriarcales y
abrió un espacio de libertad y autonomía para grupos de mujeres en distintas
partes del mundo. Sin embargo, cuando las elites patriarcales toman conciencia
de ese gigantesco desafío es cuando se pone en marcha la reacción patriarcal.
Esta reacción se desplegó en muchas direcciones y su
principal objetivo fue restaurar
los códigos patriarcales previos a la aparición del feminismo radical. Pues
bien, en el corazón de esta reacción ha crecido la industria del sexo.
La rearticulación de los
patriarcados contemporáneos se ha desarrollado en la intersección de dos
procesos: el primero fue la reestructuración del capitalismo neoliberal, y el
segundo, el contexto de la poderosa reacción patriarcal que se puso en marcha tras
las luchas del feminismo radical en diversas partes del mundo. Si bien el
feminismo radical coloca en el centro del escenario político una nueva
propuesta de contrato sexual, marcado por la crítica a la jerarquía patriarcal,
a partir de los años ochenta comienza a perfilarse una nueva propuesta de
contrato sexual, pero esta vez desde la ideología patriarcal.
El resultado, que se pudo ver en
la década siguiente, desestabilizó las relaciones de género. La jerarquía
patriarcal no se llega a descomponer, pero experimenta una crisis de
legitimación que se hace legible en la reducción de la tasa de natalidad, el aumento
de las mujeres que no tienen hijos, la disminución de la tasa de matrimonios,
el aumento del número de divorcios, etc. Las elites patriarcales reaccionan
ante lo que se anuncia como una posible pérdida de poder masculino y proponen a
la conciencia de la sociedad un nuevo “régimen de género”, un nuevo contrato
sexual: re-estabilizar las relaciones de poder que se habían desestabilizado.
El subtexto de esta propuesta de contrato sexual es borrar las huellas del
feminismo e invisibilizar las luchas de las mujeres en su pretensión de
convertirse en sujetos. Como bien explica Angela
McRobbie13, este nuevo acuerdo
debe presuponer el no cuestionamiento de la masculinidad hegemónica. El
propósito de la reacción patriarcal es que los cambios sociales en las
relaciones de poder entre hombres y mujeres no transformen ni la masculinidad
dominante ni, correlativamente, la feminidad normativa. Y en esta operación,
que consiste en no cuestionar la hegemonía masculina, está presente la
exigencia patriarcal de no modificar los derechos sexuales masculinos.
Restaurar el antiguo contrato sexual es el
objetivo de la reacción
patriarcal y por ello es necesario neutralizar la autonomía e independencia que
proporciona el salario de las mujeres que han entrado en el mercado laboral. La
respuesta fundamental será blindar la sexualidad de las mujeres para uso de los
varones, tanto en el marco de la prostitución como en el del matrimonio. Con
ese objetivo las elites patriarcales pusieron en funcionamiento las dos grandes
instancias sobre las que se asientan todos los sistemas de poder: el
consentimiento y la coacción. La persuasión, las prohibiciones y los castigos
penales fueron puestos al servicio de los viejos códigos patriarcales. Los
medios de comunicación o los sistemas judiciales, entre otras instancias de
poder, contribuyeron activamente en la consecución de este objetivo patriarcal.
Sin embargo, esta argumentación
sería insuficiente si no añadimos que la reacción patriarcal también coincidió
en el tiempo con la consolidación de las políticas económicas neoliberales. La
reacción patriarcal no solo se produjo al mismo tiempo que se desarrolló la
globalización neoliberal, sino que sus impulsores comprendieron que lo que
inicialmente había sido una convergencia temporal y casual de intereses habría
de transformarse en una alianza ideológica y funcional para ambos procesos
reactivos. El origen de la transformación de la prostitución en la industria
del sexo se encuentra en el corazón de esta alianza, como también se localiza
ahí el principio de un proceso ideológico y material de asignación de
sobrecarga de sexualidad a las mujeres y de naturalización de la prostitución.
Ahora bien: ¿la transformación de
la prostitución es un efecto de la reacción patriarcal o la prostitución
multiplica los efectos de la reacción patriarcal? ¿De qué modo potencia la
prostitución el rearme ideológico y material del patriarcado? Uno de los
objetivos que persigue este libro es identificar por qué la industria del sexo
es parte fundamental de la reacción patriarcal. En primer lugar, es necesario
señalar que la prostitución es una institución fundacional del patriarcado y,
como explica Carole Pateman, una parte
constituyente del contrato
sexual. En segundo lugar, esta institución dificulta en sumo grado que pueda
ser socavada la masculinidad hegemónica. En efecto, en la prostitución
encuentran los demandantes un espacio en el que pueden desarrollar sin cortapisas
la masculinidad más patriarcal, es decir, el dominio, el abuso y la
indiferencia emocional. También es un lugar de reparación para los varones que
se sienten obligados a abdicar del dominio y la indiferencia emocional en sus
hogares y en sus entornos. Con la mujer prostituida pueden recomponer esa
fractura de su subjetividad y pueden dar rienda suelta a sus anhelos de poder.
El prostíbulo es una metáfora perfecta para explicar las relaciones de poder
sobre las que se articula el dominio patriarcal. En tercer lugar, la
prostitución convierte a las mujeres exclusivamente en seres sexuales. Esta
institución promueve hasta extremos inauditos la sexualización de las mujeres.
La idea que quiero argumentar es que tanto la sexualidad masculina hegemónica
como la hipersexualización de las mujeres que promueven la prostitución tienen
efectos socializadores para chicos y chicas a través de todas las instancias
que configuran la industria del sexo, particularmente de la pornografía. Y, en
este sentido, refuerzan las normatividades masculina y femenina más
patriarcales.
Los sistemas patriarcales
contestaron a la desestabilización de las identidades de género y a las
transformaciones sociales con procesos intensos de reestabilización de las
identidades genéricas, cuyo significado fue aceptar los cambios requeridos
desde el capitalismo neoliberal y desechar aquellos que significasen más
autonomía y libertad para las mujeres. En efecto, la entrada de millones de
mujeres en el mercado laboral, con el posible debilitamiento del dominio
masculino debido a la independencia que proporciona un salario, obligó a los
patriarcados a buscar vías alternativas que asegurasen la hegemonía masculina.
El primero de ellos fue no aceptar el papel de las mujeres como proveedoras en
el mismo grado que el de los varones. Celia Amorós, siguiendo la terminología
de Heidi Hartmann, asume la categoría de “proveedoras
frustradas” para las mujeres
trabajadoras y señala la crisis de la masculinidad tradicional debido a la
pérdida de muchos varones del papel de proveedor universal: “Cuando el salario
familiar es el femenino tiene penalización patriarcal: exiguo y deficitario,
hace que las mujeres se perciban como ‘proveedoras frustradas’ y cuidadoras
culpabilizadas”14. Y aquí es
donde encuentra sentido la magnitud que ha adquirido la sobrecarga de
sexualidad asignada a las mujeres y el gigantesco aumento de la industria del
sexo. En efecto, el crecimiento de la prostitución compensa y corrige la pérdida
de poder masculina debido a las transformaciones producidas en el mercado
laboral y en la familia patriarcal, pues contribuye a reforzar la masculinidad
que se había debilitado con esos cambios sociales mencionados. La reacción
patriarcal no hubiese sido tan influyente y eficaz sin la prostitución. Y la
masculinidad hegemónica no se hubiese podido proteger con tanta eficacia sin la
enorme presencia simbólica y material de la industria del sexo.
El crecimiento de la
prostitución, entre otras realidades sociales, pone de manifiesto que los
patriarcados contemporáneos han tenido la fuerza suficiente para salvaguardar
el núcleo constituyente del dominio patriarcal: la política de distribución de
las mujeres para uso sexual de los varones. Con esta operación se puede
entrever que la sexualidad es clave en el dominio masculino. En efecto,
controlar la sexualidad de las mujeres es el elemento central en la
reproducción de las sociedades patriarcales y la condición de posibilidad del
no socavamiento de la masculinidad hegemónica.
¿CÓMO DEBE ESTUDIARSE LA
PROSTITUCIÓN?
El hecho de que se hayan
producido transformaciones de fondo en el universo prostitucional debe
empujarnos necesariamente tanto a cambiar la mirada teórica en la investigación
de este fenómeno social como a incorporar elementos nuevos que no habían sido tenidos
en consideración en el viejo esquema teórico. En efecto, el estudio de la
prostitución necesita un nuevo marco analítico que ilumine zonas invisibles y
oscuras de esta vieja institución en
permanente proceso de renovación.
La estrategia analítica más útil para comprender en su complejidad la
prostitución es mostrar aquello que ha quedado subteorizado y que no se ha
identificado históricamente. En otros términos, conceptualizar lo que no se ve,
lo subterráneo, lo que intencionadamente no se ha querido mostrar, es central
para la comprensión de este fenómeno social. Ahora bien, hay que subrayar que
la falta de representación y de teorización de algunas dinámicas o actores
sociales está vinculada a intereses económicos y patriarcales. Es el caso del
papel de los demandantes de prostitución. De igual forma, la falta de
reconocimiento, tanto de la prostitución como una forma extrema de violencia
como de dinámicas de violencia y opresión en esta práctica social, está
relacionada con la posición de poder de quienes se benefician de la industria
del sexo, tanto empresarios y proxenetas como consumidores.
La búsqueda de un nuevo marco
interpretativo para explicar la prostitución nos debe permitir identificar las
ramificaciones subterráneas conceptualmente invisibles que hacen de la
prostitución un fenómeno social parcialmente nuevo. Este nuevo marco conceptual
tiene que alejarse de los viejos paradigmas hegemónicos hoy presentes en la
academia. Hace tiempo que la universidad está siendo configurada como una
instancia más del poder dominante. La expulsión de las teorías críticas de la
universidad no es nueva, pero se ha acelerado en las dos últimas décadas. Si
bien es cierto que en la academia han crecido los estudios feministas y se han
elaborado reflexiones críticas sobre diversas realidades sociales, en términos
generales estos estudios son minoritarios y en muchos casos se desarrollan en
los márgenes académicos, con pocos recursos y escaso reconocimiento
intelectual. La lógica de la “racionalización de medios”, es decir, la
creciente falta de recursos económicos, la burocratización del funcionamiento
universitario, la adaptación de la universidad a las necesidades del mercado,
la idea de que la docencia es la razón prioritaria de la academia como coartada
para obstaculizar la investigación, el asedio
a los estudios de filosofía o el
regreso de la fantasía de la objetividad científica en las ciencias sociales
están arrasando las posibilidades de creación o recreación de pensamientos
críticos. De hecho, muchos conceptos que interpelan la realidad dominante se
acuñan fuera de la academia, en la sociedad civil. Se está imponiendo
silenciosamente la idea de que los conceptos no deben interpelar las lógicas
conceptuales dominantes, sino someterse a ellas. La
racionalización de los sistemas
de dominio y el sometimiento conceptual a las estructuras de poder es la línea
que subterráneamente se ha ido imponiendo en las universidades.
Pues bien, explicar la
prostitución como una institución no política y mostrar a las mujeres en
prostitución como individuos que hacen elecciones libres en lugar de como
seres oprimidos por los dominios patriarcal y capitalista se ha convertido en
la línea de investigación dominante en la academia. Saskia Sassen pone palabras
a lo que yo he querido explicar en mi libro: “Los espacios
de los expulsados claman por
reconocimiento conceptual” 15. En efecto, las mujeres prostituidas, expulsadas
de su comunidad, de su entorno, de sus países y de sus propias expectativas de
vida, necesitan reconocimiento conceptual. Y el reconocimiento no es mostrar
como mujeres libres y empoderadas a quienes son permanente objeto de la
explotación sexual. Para que se produzca este reconocimiento conceptual es
preciso señalar las estructuras sociales y económicas en las que han vivido y
viven las mujeres prostituidas y que facilitan el crecimiento de la
prostitución. En este marco conceptual las mujeres prostituidas no deben ser
presentadas ahistóricamente, sino como individuos con raíces culturales e
inscritas en contextos sociales, económicos y familiares. La feminización de la
pobreza, las políticas económicas neoliberales o las redes criminales deben
tener un lugar fundamental en este marco interpretativo. El reconocimiento
conceptual de las mujeres prostituidas es un acto de justicia intelectual para
quienes han protagonizado involuntariamente una de las grandes expulsiones de
esta última fase del capitalismo global.
La prostitución en el contexto
académico hasta hace poco tiempo no ha tenido la suficiente capacidad para dar
cuenta en su totalidad de un fenómeno social edificado sobre la intersección de
diversos sistemas de poder. En efecto, la clase, la raza, la cultura, el género
y la sexualidad son estructuras simbólicas y materiales indispensables para la
comprensión de la prostitución y elementos integrales de esta práctica social.
Cada una de ellas es un eje sobre el que se articula una opresión y una
desigualdad. Pues bien, en el cruce de todas ellas ha crecido la industria del
sexo. Por tanto, la primera idea que quiero exponer en este sentido es que la
prostitución no puede ser explicada fuera de los grandes sistemas de dominio
sobre los que se edifican las sociedades porque la prostitución está presente
en todas ellas, aunque en diferentes grados.
El estudio de la prostitución,
por tanto, debe inscribirse en el marco de las teorías críticas de la sociedad,
pues la prostitución no es una práctica social ajena a las relaciones de poder
patriarcales, capitalistas y raciales/culturales, sino más bien la expresión y
consecuencia de esas estructuras de poder. Por eso, precisamente, el marco
conceptual que usemos para analizar la prostitución debe categorizar esta
práctica como parte integral de la política sexual. La prostitución no es una
estructura colateral ni del patriarcado ni del capitalismo; al revés, tiene una
importancia fundamental para el orden patriarcal y para el capitalista al poner
en el mercado a millones de mujeres para uso sexual de los varones. La
prostitución es una instancia central de producción de plusvalía sexual y, por
eso, precisamente, debe ocupar un lugar prioritario en la agenda feminista.
La función de la teoría crítica
es desvelar las relaciones de poder sobre las que se asientan los entramados
institucionales y sociales y, por ello mismo, mostrar su carácter político. Uno
de los objetivos de la teoría crítica es poner al descubierto la dimensión
política de aquellas opresiones que han sido conceptualizadas como naturales.
Interpelar la naturalización de las desigualdades es un objetivo de la teoría
crítica feminista. Y más aún, pues los pensamientos críticos
tienen una dimensión normativa
que señala la dirección en la que deben producirse las transformaciones
sociales. En este sentido, el horizonte normativo sobre la que se desarrolla
este trabajo es eliminar la industria del sexo, abolir la prostitución y desactivar
la jerarquía patriarcal.
Como ya dijimos, la prostitución
es parte constitutiva del contrato sexual y por ello mismo del sistema
patriarcal. Más aún, la prostitución es un test que revela el grado de
consistencia y de resistencia de la jerarquía patriarcal hasta el extremo de que
la densidad coactiva de las estructuras patriarcales está necesariamente
vinculada a la aceptación social de la prostitución. Si la prostitución está
anclada socialmente, tiene niveles razonables de legitimidad social y crece el
número de demandantes, entonces es que la realidad simbólica y material del
patriarcado está bien tramada e instalada socialmente. Este es el retrato
actual de la prostitución a escala global y por eso se necesita un marco
conceptual que incorpore tanto las lógicas que anidan en su interior como el
papel que juega la prostitución en las nuevas lógicas sistémicas del
capitalismo global. Así, la comprensión de la prostitución requiere análisis
teóricos críticos a escala macro y micro.
¿En qué consistiría y cómo
debería ser, pues, ese marco interpretativo? ¿De qué manera se puede investigar
la prostitución? El estudio de un fenómeno social tan complejo, tan estratégico
para las elites neoliberales y patriarcales y tan amplio, por el número de
actores que lo conforman, requiere investigaciones metodológicas
inductivas y deductivas y
técnicas cuantitativas y cualitativas. Tan importante es saber los beneficios
económicos de esta industria como escuchar las voces de las mujeres
prostituidas y de los consumidores de prostitución. Tan relevante es el
análisis de los circuitos semiinstitucionalizados de prostitución como el
funcionamiento de un burdel. Tan necesario es entender cómo funciona la
economía criminal en la que se inscribe la prostitución como analizar los
mecanismos de captación que usan los proxenetas para atraer con engaños y
falsas promesas a las mujeres hacia la
industria del sexo.
En este marco teórico sobre la
prostitución es fundamental distinguir entre la prostitución como una
institución fundacional del patriarcado y las mujeres y varones que habitan
este universo de explotación y violencia. Un análisis crítico sobre la prostitución
debe poner en el centro del debate los elementos estructurales y sistémicos de
esta institución frente a las voces subjetivas y a las experiencias
individuales de las mujeres prostituidas y de los consumidores de prostitución.
Los relatos de unas y otros proporcionan información y claves de comprensión de
este fenómeno social, pero no pueden determinar la evaluación ética y política
de la prostitución.
El análisis inductivo es crucial
para entender este fenómeno social. En efecto, el estudio de un club de
alterne, de un piso, de un macroprostíbulo o de una zona acotada en la que se
desarrolla la prostitución peor pagada es un análisis micro que tiene una
lectura macro, pues puede contribuir a explicar el funcionamiento del
capitalismo global y del patriarcado más reactivo. En otros términos, a través
de esa unidad de análisis se puede comprender tanto la formación y las lógicas
sistémicas del capitalismo global como los intereses de los patriarcados
contemporáneos. Es imprescindible que una parte del análisis se oriente desde
abajo hacia arriba y en esa cadena se vislumbre una lógica de funcionamiento
que está presente también en otras realidades sociales. El objetivo es
averiguar si a partir de esa unidad de análisis se pueden identificar
tendencias sistémicas. Mohanty argumenta que es fundamental el lugar desde el
que se mira en la construcción de una visión de la justicia. Por eso, afirma
que es necesario mirar hacia arriba: “Al partir de las vidas e intereses de las
comunidades marginadas de mujeres, puedo acceder y hacer visibles los
mecanismos de poder, puedo leer la escala ascendente del privilegio. Es más
necesario mirar hacia arriba: los colonizados deben conocerse a sí mismos y al
colonizador”16.
De los
cuerpos de las
mujeres prostituidas se
extrae tanto
plusvalía sexual como plusvalía
económica hasta el punto de convertirse en plusvalías centrales en la
reproducción del capitalismo y del patriarcado. Los lugares de prostitución,
desde los prostíbulos más reducidos hasta los macroburdeles más grandes, tienen
gran valor explicativo, pues a través de su análisis se pueden observar no solo
las lógicas del capitalismo global, sino los fenómenos que los constituyen: la
pobreza y deslocalización de mujeres desde los países periféricos a los
centrales, el uso perverso de algunas prácticas culturales, la mercantilización
de la sexualidad de las mujeres, la relevancia de la prostitución como sector
económico con el objetivo de que algunos países con altas tasas de pobreza y
economías débiles se enganchen a la economía global, la importancia de las
economías ilícitas en el crecimiento económico del capitalismo global… Mohanty
explica la necesidad de entender los procesos de globalización corporativa y
cómo y por qué se están
recolonizando los cuerpos y el
trabajo de las mujeres17. Para el cumplimiento de este objetivo es
indispensable el estudio de los lugares físicos y simbólicos en los que se
desarrolla y legitima la prostitución, pero también de las mujeres
prostituidas. De los circuitos que recorrieron hasta llegar al lugar de
destino. De sus expectativas y de sus fracasos. Y a veces también de sus
logros, como han relatado algunas supervivientes de prostitución y trata.
Ahora bien, el método deductivo
también debe tener un papel central en el estudio crítico de esta institución.
Saskia Sassen lo explica así: “En lugar de dar significado a los hechos
procesándolos hacia arriba mediante la teorización, hago lo contrario, llevándolos
hacia abajo hasta sus elementos más básicos en un esfuerzo por desteorizarlos.
A través de esta desteorización puedo revisitar la
desigualdad […]” 18. Por ejemplo,
el estudio de los circuitos por los que transitan las mujeres para la
prostitución desde países del sur hacia los del norte explica la prostitución
como parte integral no solo de la economía ilícita, sino del capitalismo
global. O explorar el vínculo entre industria del sexo y economía ilícita sería
otro ejemplo esclarecedor de este análisis.
En definitiva, el estudio de la
prostitución es un emplazamiento excepcional, simbólico y material, para
entender el funcionamiento del capitalismo neoliberal y de la reacción
patriarcal. Pero también para entender cómo dos sistemas de dominio han establecido
una sólida alianza con el objetivo de preservar la masculinidad hegemónica y
correlativamente mantener el control sobre la sexualidad de las mujeres.
La elaboración de una poderosa
crítica conceptual a esta institución en el marco de los pensamientos críticos
y la penalización de la prostitución —y nunca de las mujeres prostituidas—
puede ser una lucha feminista políticamente estratégica para interpelar a los
patriarcados y para poner límites al poder del mercado.
CAPÍTULO 2
El cuerpo de las mujeres y la
sobrecarga de sexualidad19
En este capítulo argumentaré que
el gran desarrollo de la industria del sexo y de la prostitución está
estrechamente vinculado a la creación de una cultura de exaltación de la
sexualidad que dio comienzo con la revolución sexual de los años sesenta. Esta
revolución sexual y la forma patriarcal en que se desarrolló han sido muy
relevantes en el cambio de valores que se ha producido en la cultura occidental
en este último medio siglo. Y esta transformación en los valores, creencias y
actitudes ha facilitado una mayor aceptación social de la prostitución.
En efecto, la revolución sexual
influyó en la formación de valores, en la configuración de las representaciones
e imágenes, pero también en las expectativas de millones de personas sobre la
forma de vivir la sexualidad. Este proceso iniciado en los años sesenta ha
desencadenado unas formas culturales en las que “la sexualidad se ha ido
volviendo cada vez más autónoma, un campo de acción
independiente que contiene sus
normas y valores morales propios”20. Sin embargo, la sexualidad de las mujeres
“ha quedado atrapada en las tensiones entre la libertad sexual y la estructura
social tradicional
de la familia”21, entre sus
deseos de autonomía sexual y el deseo de los varones de preservar lo máximo
posible su posición de dominio. Esta tensión se ve reflejada en realidades
sociales contradictorias, pues si bien algunas mujeres han conseguido más libertad
sexual, otras se han visto atrapadas en la definición de la sexualidad
masculina como paradigma hegemónico. La exaltación de la
sexualidad promovida en los años
sesenta no puso en cuestión la masculinidad hegemónica, sino que la desarrolló
en la dirección de ampliar el número de mujeres sexualmente disponibles para
los varones y, al tiempo, impulsó múltiples procesos de sexualización de las
mujeres que desembocaron en una sobrecarga de sexualidad como eje de la
identidad social femenina.
LA REVOLUCIÓN SEXUAL Y EL
FEMINISMO RADICAL
En el origen de esta revolución
se encuentra el deseo de vivir la sexualidad con más libertad y la necesidad de
quebrar los rígidos códigos que regulaban la conducta sexual de los individuos.
La revolución sexual, el movimiento hippy y la revolución de Mayo del 68
contribuirán a la creación de una atmósfera fuertemente contracultural que dará
lugar a la formación de un clima colectivo
inconformista y crítico con el
orden establecido22. Ninguna de las grandes instituciones represivas de la
modernidad escapará a la acerada crítica de esta nueva y rebelde hegemonía
colectiva que tanto contribuyó a cambiar la estructura de valores de Occidente.
Sin embargo, las críticas que se
forman en las entrañas de esta contestataria subjetividad acerca de la familia
y la sexualidad muestran cierta ceguera respecto a la libertad sexual de las
mujeres
y a su papel en el seno de la
familia patriarcal, pues esas propuestas no tuvieron el mismo significado
político para hombres y mujeres. Mientras que para los varones esta revolución
significó la posibilidad de usar su sexualidad fuera del matrimonio con total
legitimidad, para las mujeres la revolución sexual tuvo un significado
distinto. Este proceso permitió a los varones ensanchar los límites de la
libertad que les fue asignada en el contrato sexual, pues además de usar
sexualmente a la “mujer propia” en el matrimonio y a las mujeres prostituidas
en el marco de la prostitución, se les abría la posibilidad de acceder
sexualmente con total legitimidad a los cuerpos de mujeres sin la mediación del
dinero o del compromiso emocional. Sin embargo, a ellas se les demandaba que su
sexualidad estuviese al servicio de los varones, pues la medida de la
sexualidad
era la del varón, es decir, una
sexualidad centrada en la genitalidad y en la penetración. Carole Pateman
explica que en el patriarcado moderno la masculinidad proporciona el paradigma
de la sexualidad,
de tal modo que la masculinidad
significa dominio sexual23. El feminismo radical de los años setenta entendió
la asimetría que entrañaban las propuestas supuestamente liberadoras del sexo y
criticó la noción de libertad sexual debido a su concepción patriarcal.
El feminismo radical, pues,
corregirá el concepto de libertad sexual que propuso la revolución sexual y
señalará la dimensión fuertemente patriarcal de dicha revolución: libertad
sexual para los varones y disponibilidad de las mujeres para uso sexual de los
hombres. Las feministas radicales harán legible las dimensiones patriarcales de
la libertad sexual y en esa crítica se pondrán de manifiesto las verdaderas
propuestas liberadoras del sexo para las mujeres.
El análisis feminista radical
parte de la hipótesis de que la sexualidad es uno de los espacios fundamentales
en los que se ejerce la dominación patriarcal. En efecto, el feminismo de los
setenta centra una parte sustancial de su análisis crítico en las cuestiones
relacionadas con la sexualidad. En primer lugar, conceptualiza la familia
patriarcal como un espacio en el que se
desarrollan relaciones de poder y
desigualdad entre hombres y mujeres. Y en muchos casos, también de violencia y
abuso sexual. En segundo lugar, la familia se designa como una institución
heteropatriarcal y la heterosexualidad como una institución fundamental para la
reproducción de las sociedades patriarcales. Desde esta posición, Adrienne Rich
definirá lesbianismo como un acto no solo de libertad, sino también político y,
por ello, como una posibilidad emancipadora para las mujeres. Con estos análisis
se redefinió y amplió el concepto de libertad sexual, que fundamentalmente
había sido conceptualizada por las elites
masculinas de la revolución
sexual al servicio de los varones24. Y en tercer lugar, Rich y Katheen Barry
tematizarán la prostitución no como una manifestación de la libertad sexual,
sino como una
práctica de explotación y
violencia para las mujeres.
El feminismo radical criticó esa
subjetividad rebelde que aspiraba a cambiar el mundo sin abandonar sus
concepciones patriarcales sobre las mujeres, definidas como seres sexuales no
para sí mismas, sino para los varones. El modelo de familia tradicional tan
criticado por Mayo del 68 no ponía en cuestión su carácter patriarcal ni
tampoco heterosexual. La crítica que subyace tras el concepto de
heteropatriarcado no está presente en la nueva izquierda que hegemonizó Mayo
del 68. Estas elites masculinas inconformistas quisieron cambiar el mundo y
ampliar su marco de derechos sin socavar la masculinidad hegemónica sobre la
que se había creado el patriarcado.
La idea que quiero sugerir es que
la exaltación de la sexualidad, la poderosa cultura de exaltación del sexo que
se está desarrollando en las sociedades capitalistas, tira de un hilo que está
presente en la visión patriarcal de la revolución sexual de los años sesenta y
en los movimientos contraculturales que se desarrollaron en esa época. Por
supuesto que el proceso de hipersexualización de las mujeres no arranca de la
revolución sexual, pues ya en los albores de la modernidad las mujeres fueron
definidas como sexo en detrimento de su capacidad racional y, por ello,
política.
En efecto, en el siglo XVIII, en
el contexto de la Ilustración, los varones fueron definidos como sujetos
racionales frente a las mujeres, que fueron representadas como seres
sentimentales y reproductivos. En la obra de Rousseau hay una propuesta normativa
sobre cómo debe ser el modelo de mujer de la modernidad. En un perverso juego
entre el “ser” y el “deber ser”, el filósofo ginebrino define a los varones
como seres racionales y, consecuentemente, como sujetos políticos, mientras que
las mujeres son conceptualizadas como seres reproductivos, domésticos y
sentimentales25. Estas
prescripciones patriarcales son convertidas por Rousseau en una ontología
centrada en la sexualidad como reproducción, en la sentimentalidad como
fundamento de la exaltación de la maternidad y de los cuidados y en la
domesticidad
como espacio privado, asignado a
lo femenino. El elemento relevante es la exclusión de las mujeres como sujetos
racionales y como sujetos políticos. Esta estructura dual en términos de
funciones, roles y espacios excluirá a las mujeres del ámbito de la cultura y
pondrá las bases de esos intensos procesos de sexualización de las mujeres con
los argumentos de su proximidad a la naturaleza y de su sujeción a la biología.
Las mujeres, por tanto, fueron
heterodesignadas como seres sexuales en el sentido de seres dotados para la
procreación. Sin embargo, la asignación social de la reproducción como tarea
femenina se ha expresado en un contexto simbólico binario en el que las mujeres
fueron definidas como naturaleza y los varones
como cultura; las mujeres como
inmanencia y los varones como trascendencia; las mujeres como sexualidad y
sentimiento y los varones como razón. Esta estructura simbólica tiene su
correlato en una estructura social marcada por la división sexual del trabajo,
en la que la naturaleza, la biología, la sexualidad y los sentimientos están en
al ámbito privado-doméstico y la razón y la cultura son asignados al
público-político. En otros términos, los atributos que definen lo femenino y lo
masculino son funcionales a la estructura social.
El creciente proceso de
sexualización de las mujeres hunde sus raíces en aquellas estructuras
simbólicas que definen a las mujeres como naturaleza, biología y sexo y en
aquellas estratificaciones sociales que las subordinan, inferiorizan y
devalúan. En efecto, reducir a las mujeres fundamentalmente a sexualidad
implica una operación de largo alcance que desemboca colectivamente en procesos
de inferioridad social y política e individualmente en procesos de
autodevaluación. Esta operación tiene como objetivo que las alternativas
vitales para las mujeres no salgan de los límites asignados en el contrato
sexual: matrimonio y prostitución. Mari Luz Estebán lo explica muy bien: “Los
objetivos principales del aprendizaje corporal de las mujeres son la
reproducción y la
seducción”26.
La cultura de sexualización de
las mujeres que ha tenido lugar en las últimas décadas en Occidente se hace
legible a la luz de esa ontología de lo femenino que ha fabricado la cultura
patriarcal y que oscila entre la reproducción y la prostitución, entre la
maternidad y la seducción. Lo que quiero destacar es que la hipersexualización
de lo femenino es la condición de posibilidad de que pueda desarrollarse una
cultura de la pornografía y de la prostitución. Sin embargo, pese a esos
mandatos de género, se ha construido otra propuesta alternativa de subjetividad
femenina impulsada por el feminismo, de la que hablaremos al final de este
capítulo.
Para concluir este apartado, hay
que señalar que la cultura derivada de la revolución sexual de los años sesenta
inaugura una cultura de la abundancia sexual hasta el extremo de que la
sexualidad y la reivindicación del placer se colocan en el centro del
imaginario simbólico. Sin embargo, esta nueva cultura de la sexualidad tiene
como efecto la reafirmación del varón en la idea de que el placer erótico es un
derecho masculino, que culminará en la formación de una cultura de la
pornografía y la prostitución. En todo caso, la idea de fondo de este capítulo
es que la sobrecarga de sexualidad que se asigna a las mujeres es la condición
de posibilidad no solo para la formación de una cultura de la prostitución,
sino también para la construcción de una industria del sexo que tiene como eje
central la mercantilización de los cuerpos de las mujeres.
El proceso de sexualización de
las mujeres queda diseñado en los comienzos de la modernidad y la
conceptualización de las mujeres como naturaleza fundamentalmente sexual se
exalta hasta niveles inimaginables en el contexto de la misoginia romántica en
el siglo
XIX27. Este imaginario entrará en
crisis con la aparición del sufragismo en la segunda mitad del siglo XIX y del
feminismo radical en los años sesenta y setenta del siglo XX, pero la reacción
patriarcal, a la que se sumará la reacción capitalista neoliberal, volverá a
traer al centro del escenario histórico nuevas e inéditas formas de
sexualización de lo femenino. En efecto, los intereses masculinos y
capitalistas contribuirán activamente en la construcción
de un nuevo marco social y
económico que exaltará un modelo normativo de lo femenino sobrecargado de
sexualidad.
REACCIÓN PATRIARCAL. LAS MUJERES:
DE SUJETOS A OBJETOS
Después del éxito del feminismo
radical en Estados Unidos sobrevino una dura campaña antifeminista en los años
ochenta, coincidiendo, no casualmente, con los gobiernos de Reagan y Bush. En
efecto, en los años noventa se hace visible el reactivo discurso contra las
mujeres, que coincide con la caída del muro de Berlín y con la aplicación de
políticas económicas neoliberales en Estados Unidos y
en Inglaterra, con Margaret
Thatcher y John Mayor. Así, la reacción patriarcal y la reacción capitalista
neoliberal se desarrollaron al mismo tiempo y su alianza tendrá graves
consecuencias para las vidas de las mujeres en términos de subordinación y explotación
económica.
Susan Faludi publica en 1991 un
libro con el significativo título de Reacción. La guerra no declarada contra la
mujer moderna, en el que explica el desarrollo de la reacción patriarcal como
la respuesta a las conquistas de las mujeres, impulsadas por el feminismo.
Faludi sostiene que la reacción no es un movimiento organizado, pese a que
tiene muchas herramientas para ponerla en marcha y, además, explica que “una
reacción contra los derechos de la mujer tiene éxito
en la medida en que parece no ser
política”28. Susan Faludi hace un análisis muy lúcido de los discursos
ideológicos y de los mecanismos políticos que movilizan las elites patriarcales
para obstaculizar la emancipación de las mujeres. Y también describe los
dispositivos que utiliza la reacción para desacreditar al feminismo. Así, de
una forma aparentemente difusa y “no política”, se fue desarrollando una
cultura antifeminista29 en
Estados Unidos, Europa y otras regiones del mundo como respuesta al rearme
ideológico feminista de las mujeres en las décadas de los sesenta y setenta.
El feminismo radical contribuyó
significativamente a los procesos de individuación que tuvieron lugar en
Occidente en torno a la
revolución de Mayo del 68. La
articulación colectiva de las mujeres en el marco del movimiento feminista
radical, sus elaboraciones teóricas y sus creativas prácticas políticas
confluyeron en la creación de una subjetividad colectiva potente, crítica y transformadora,
que
desembocó en derechos que
reforzaron la autonomía e independencia de las mujeres. No hay que olvidar que
el telón de fondo del feminismo radical es el acceso progresivo de mujeres al
mercado laboral, el crecimiento de la autonomía por parte de grupos de mujeres,
la entrada de los estudios feministas en la universidad norteamericana y la
conversión de las mujeres en objetos y sujetos de la investigación social.
Estos procesos sociales contribuyeron significativamente a que muchas mujeres
tuviesen más capacidad para diseñar su propio proyecto de vida y para
distanciarse críticamente de las estructuras patriarcales. En este sentido,
tampoco hay que olvidar que los procesos de individuación debilitan uno de los
mecanismos fundamentales de los sistemas de poder: la heterodesignación de
aquellas a quienes se quiere dominar. Y así, esta operación de individuación se
convierte en una de las fuentes de erosión del poder masculino. Los varones
vieron amenazados sus privilegios, la masculinidad hegemónica se vio cuestionada
y un inédito espacio de negociación entre hombres y mujeres sustituyó al
dominio masculino invisible, pero real, para muchas mujeres. No es de extrañar,
pues, el rearme ideológico patriarcal.
Un rasgo fundamental de la
reacción patriarcal fue ocultar que detrás de la misma existían intereses
patriarcales que la promovían; silenciar la existencia de elites masculinas que
la pusieron en marcha; y enmascarar la reacción patriarcal bajo la idea de que
las mujeres en realidad deseaban la vuelta a sus antiguos papeles sexuales. La
imagen que se intentó difundir desde los espacios de poder masculinos era que
la reacción formaba parte del orden natural de las cosas y el restablecimiento
de los viejos códigos patriarcales era “natural” después de un paréntesis de
tiempo dominado por el desorden sexual y el caos familiar. Por tanto, el
subtexto que albergaba la reacción masculina en su discurso era,
precisamente, el carácter no
político de las ideas antifeministas. Y, en efecto, los sistemas de dominio no
suelen operar a partir de conspiraciones explícitas de algunos miembros de ese
grupo de poder. El sistema de dominación patriarcal, tal y como explica Kate
Millett, funciona a partir de un conjunto de pactos masculinos con el objetivo
de crear y recrear mecanismos simbólicos y materiales a fin de subordinar a las
mujeres. Esos pactos son un conjunto de medidas sociales, políticas, económicas
y culturales cuya justificación nada tiene que ver aparentemente con la
subordinación de las mujeres. El objetivo es que la sociedad no relacione estas
medidas con la libertad de las mujeres.
En esta reacción juegan un papel
fundamental todas las instancias de socialización. Una de las ideas más
recurrentes es contraponer el mito de la infelicidad de la mujer emancipada a
la imagen de mujeres felices en el contexto de la familia tradicional de
después de la Segunda Guerra Mundial. Se suceden imágenes de mujeres liberadas,
marcadas por la soledad y por la ausencia del amor, con el reverso de mujeres
felices con el telón de fondo de casas acogedoras y entrañables
representaciones domésticas y familiares. La soledad, el desamor y la amargura
acompañan a la mujer emancipada; y la familia, el amor y la felicidad marcan la
vida de las mujeres tradicionales. La publicidad, el cine, la literatura o la
televisión se encargan de difundir representaciones en las que se idealiza la
vida doméstica y familiar. La religión, la tradición y las ciencias sociales se
convierten en vehículos de la reacción patriarcal. Se crea un relato cuyo
subtexto es la añoranza del patriarcado y del varón protector encarnado en el
proveedor universal. El objetivo será restaurar los viejos códigos patriarcales
de la posguerra, precisamente aquellos que tan lúcidamente criticó Betty
Friedan en La mística de la feminidad.
En este contexto de reacción
patriarcal se irá formando un discurso fuertemente antifeminista que propondrá
a la conciencia de la sociedad un nuevo modelo de feminidad centrado en la
vuelta de las mujeres a la domesticidad y a los cuidados. Uno de los ejes de
esta propuesta normativa es el
restablecimiento de las mujeres como objeto y la neutralización de su derecho a
ser sujetos. En efecto, convertir el cuerpo de las mujeres en un objeto, que
ellas interioricen ese papel patriarcalmente asignado y, al mismo tiempo, que
la resignificación del cuerpo femenino esté al servicio del deseo masculino son
objetivos de la reacción patriarcal. Este proceso se inicia cuando las elites
patriarcales comprenden que las propuestas políticas del feminismo radical
tienen como objetivo transformar las estructuras patriarcales y, además, logran
éxitos evidentes en ese sentido. La elaboración del contradiscurso patriarcal
es la respuesta a la propuesta normativa que hace el feminismo de las mujeres
como sujetos. En efecto, la propuesta del feminismo radical a la conciencia de
la sociedad de su época es que las mujeres puedan ejercer como sujetos y, por
tanto, no se vean obligadas a construir su identidad sobre la base de la
sexualidad, tanto por la vía de la reproducción como por la vía de la
seducción.
Esta conceptualización patriarcal
de las mujeres como objetos, en lugar de como sujetos, estos procesos múltiples
de resexualización de las mujeres y esta propuesta de feminidad normativa que
exalta tanto la maternidad como la sexualidad, concebidas ambas al servicio del
poder masculino, vuelven a traer al centro del escenario histórico occidental
el viejo y obsoleto discurso de la inferioridad de las mujeres. El subtexto de
estos procesos de desindividuación y de reducción de la subjetividad nos remite,
sin duda, a una nueva reconceptualización de las mujeres en clave de
inferioridad ontológica. Todos los momentos históricos de reacción patriarcal
reelaboran los discursos de inferioridad de las mujeres.
Sin embargo, el discurso reactivo
patriarcal no solo reclamará la vuelta a la vida doméstica y familiar de las
mujeres con la consiguiente exaltación de la reproducción y la maternidad. El
otro hilo de la reacción se desarrollará apelando a la sexualidad femenina,
reivindicando la libertad sexual de los años sesenta y setenta, en el
sobreentendido de que esa libertad sexual es un derecho natural de los varones.
Y, por supuesto, lo argumentará en
distintas claves, que en última
instancia actuarán complementariamente. Las elites masculinas usarán el
argumento de la libertad sexual, pero también el de la sexualidad masculina,
como una sexualidad pulsional e irrefrenable que requiere de la disponibilidad
sexual de las mujeres. Tras el golpe que supuso para las elites patriarcales
la creación de una masa crítica significativa a causa de las movilizaciones
sociales de las feministas radicales, la ideología patriarcal reelabora sus
discursos sobre el papel social de las mujeres, rediseñando el ideal de
feminidad. Y en ese marco, reivindica la representación de la mujer familiar y
doméstica, pero le añadirá elementos explícitos de sexualización; es decir, a
partir de los ochenta, las mujeres deben ser hogareñas, pero también
sexualmente atractivas para sus compañeros.
La ideología de la libertad
sexual fue absorbida selectivamente por el pensamiento patriarcal con el
objetivo de ampliar “el marco de derechos masculino”. En todo caso, todas las
argumentaciones patriarcales desembocan en un modelo normativo de feminidad
sobrecargado de sexualidad a fin de que puedan satisfacer los deseos sexuales
masculinos. En este mismo sentido, Eva Illouz afirma que en las esferas de
consumo y de medios de comunicación las mujeres están hoy más sexualizadas y,
además, el control de los hombres se ha fortalecido. Sin embargo,
sorprendentemente, Illouz sostiene que también se puede detectar el impulso
patriarcal cuando a través del sexo y la sexualidad se muestra a las mujeres
realizando
un simulacro
de su emancipación30. En
efecto, las estructuras
patriarcales sobrecargan
simbólica y realmente de sexualidad a las mujeres, erosionan en la medida en
que pueden su autonomía, limitan los espacios de poder a los que acceden,
exaltan la maternidad y el amor como si fuesen vocaciones naturales para las mujeres,
pero todo ello lo envuelven en la ideología de la libre elección. Y más aún, la
sexualización deja de parecer una exigencia patriarcal para convertirse en una
elección emancipadora de las propias mujeres.
Se puede afirmar que este modelo
de normatividad femenina,
hipersexualizada, pone de
manifiesto el reactivo cambio cultural que se ha producido en las sociedades
occidentales tras el éxito del feminismo radical de los años setenta. A pesar
de que las mujeres han soportado una sobrecarga de sexualidad en las sociedades
patriarcales, en estas últimas décadas, tras ese éxito, sobrevino la reacción y
con ella una operación de ampliación de esa sobrecarga de sexualidad.
SOBRECARGA DE SEXUALIDAD PARA LAS
MUJERES
Como ya se ha explicado, los
fenómenos sociales se consolidan y reproducen cuando se anclan en las
estructuras simbólicas y materiales de la sociedad. Para que este hecho social
—la sexualización de las mujeres— anide en la sociedad, debe ocupar un lugar
significativo en el imaginario colectivo, pero también en la estructura social.
Con ese objetivo, las instancias de socialización deben crear permanentemente
definiciones sociales —discursos y representaciones— a efectos de fabricar
modelos normativos femeninos articulados en torno a la sexualidad como eje de
la identidad de las mujeres. Y, sin embargo, esto sería insuficiente si, al
mismo tiempo, las estructuras sociales y los entramados institucionales no
proporcionasen las bases materiales para el desarrollo de esos procesos de
sexualización.
La socialización es una
herramienta fundamental en la constitución de la subjetividad. Por eso, si uno
de los núcleos centrales de la socialización está dirigido a la construcción de
una feminidad articulada en torno a la objetualización del cuerpo femenino,
entonces necesariamente ha de fabricarse una subjetividad articulada en torno a
la sexualidad. De hecho, la posición de objeto asignada a las mujeres
constituye el elemento
clave de su socialización31. El
sistema social en su conjunto, tanto el imaginario simbólico como los
entramados sociales, está organizado de tal modo que el modelo hegemónico de
feminidad, construido en torno a la objetualización y sexualización de las mujeres,
pueda reproducirse socialmente.
En otros términos, el análisis de
las estructuras simbólicas de la sociedad hace legible una poderosa narrativa
patriarcal sobre el cuerpo y la sexualidad de las mujeres. Este relato propone
dos modelos diferentes de feminidad, que coinciden con las dos formas de
regulación de la sexualidad en las sociedades patriarcales. El primero de ellos
se desarrolla en el contexto de la familia heteropatriarcal, en torno a la
maternidad. Y el segundo modelo prescribe que un grupo reducido de mujeres esté
a disposición pública de todos los varones a través de la prostitución.
La tesis del contrato sexual32 es
que las mujeres son distribuidas entre la institución del matrimonio, de un
lado, y la prostitución, de otro. Sin embargo, la idea que quiero subrayar es
que el modelo normativo de mujer, articulado en torno a la maternidad, también
debe aceptar ciertas cuotas de sexualización. Estas pueden observarse en el
rígido mandato que ejerce el canon de belleza, en la poderosa y exigente
cirugía plástica o en el sometimiento a las normas de la moda y del calzado. El
cine, la televisión y, sobre todo, la publicidad envían continuamente
prescripciones socializadores en la dirección de reproducir un modelo de
feminidad centrado en el atractivo físico y sexual: “Los medios de
comunicación, la publicidad, enseñan a la mujer que tiene el deber de seducir y
de preocuparse por su imagen, porque su valor depende directamente de dicha
imagen”33. Estos dos modelos
normativos están enfocados a la erotización del cuerpo de las mujeres. En
nuestro entorno cultural ha cobrado fuerza la idea de que las mujeres deben ser
valoradas fundamentalmente por su atractivo sexual. Y el atractivo sexual se ha
convertido en parte fundamental del nuevo modelo normativo que se exige a
adolescentes y mujeres adultas. Natasha Walter lo explica de esta forma: “Las
imágenes sexualizadas de las mujeres jóvenes amenazan con borrar de la cultura
popular cualquier otro
tipo de representación
femenina”34.
Si bien en esta época se ha
formado en el entorno popular una ideología de exaltación del cuerpo, este
hecho no tiene el mismo significado para hombres y para mujeres. Dicho de otra
forma, si
bien el cuerpo es “el lugar de
inscripción de la sexualidad”35, el cuerpo de las mujeres expresa la narrativa
patriarcal sobre la sexualidad femenina. Mari Luz Esteban lo explica así: “Lo
corporal no es nunca natural, sino que siempre es construido social y
políticamente” 36. Y el cuerpo de
las mujeres y de los varones no está construido de la misma forma, pues ambas
creaciones expresan la jerarquía de género. El cuerpo del varón está construido
para el poder y el cuerpo de las mujeres está construido para el no poder. Las
mujeres reciben el mandato de que sus cuerpos deben crearse en función de la
mirada masculina y, precisamente por ello, la sexualidad debe ocupar un lugar
central en las representaciones de lo femenino: “Los hombres miran, y las
mujeres se miran mientras son miradas, una situación que determina tanto la
relación entre los hombres y mujeres como la de las mujeres con ellas mismas,
que
existen como cuerpos objeto de la
mirada”37.
En las últimas décadas, los
medios de comunicación avanzan inexorablemente en la producción de imágenes de
mujeres hipersexualizadas. La imagen dominante de la sexualidad femenina que se
está reelaborando muestra a las mujeres como cuerpos: “La nueva cultura
hipersexual redefine el éxito femenino dentro del
reducido marco del atractivo
sexual”38. Existe una poderosa presión normativa para que las mujeres hagan de
su cuerpo y de su sexualidad el centro de su existencia vital. Esta presión se
pone de manifiesto tanto en esa insidiosa cultura del sexo como en la
pornografía y en la prostitución. La sexualidad de las mujeres es un lugar de
intersección de las lógicas sistémicas del capitalismo y del patriarcado.
Sin embargo, esta narrativa y
este conjunto de representaciones sobre las mujeres se corresponden con un
entramado social que confirma y refuerza los mensajes sobre la
hipersexualización de las mujeres. El éxito de esta narrativa requiere que los
diversos agentes socializadores se articulen en torno a la reproducción de las
mujeres como seres sexuales para los varones. La idea es que la identidad se
construya como identidad-sujeto
para los varones y como identidad-objeto para las mujeres. Rosa Pastor lo
explica con mucha precisión: “El cuerpo generizado se constituye en soporte de
la reproducción de las relaciones de desigualdad entre los sexos, pues cada
cultura define los significados de los cuerpos sexuados y elabora dispositivos
de su reproducción, a través de la transmisión y legitimación de
ciertas formas de ser y de vivir
la encarnación sexual”39. Dicho de otro modo, los mensajes emanados de las
estructuras simbólicas deben corresponderse con una estratificación sociosexual
que confirme y refuerce los nuevos mandatos de género.
Es necesario señalar que la
sexualización es un rasgo que los sistemas de dominio asignan a los miembros de
los colectivos oprimidos con el objetivo de negarles el atributo de la
racionalidad y apartarles por ello mismo de la política. El subtexto de esta
asignación es que quien está marcado por el sexo está más próximo a la
naturaleza que a la cultura, más al instinto que a la racionalidad. Mientras
que la razón ha sido un atributo masculino, los sentimientos y la sexualidad se
han prescrito como las características determinantes de las mujeres. En otros
términos, la heterodesignación de las mujeres como seres sentimentales y
sexuales tiene como objetivo que la sociedad crea que esa es su verdadera
naturaleza. Es una estrategia central de los sistemas de dominio ontologizar la
opresión, es decir, poner la ontología al servicio de la política. La operación
se repite siempre con formas similares: la subordinación social es eficaz si se
naturaliza y se hace creer que forma parte de un orden natural de las cosas
imposible de alterar. En efecto, los grupos dominantes elaboran estrategias de
dominio con la excusa de los déficits ontológicos de los dominados para así
situarles en ámbitos sociales secundarios. Este mecanismo de inferiorización se
ha utilizado habitualmente con los colectivos oprimidos y especialmente con las
mujeres. Lo que quiero subrayar es que la asignación de sobrecarga de
sexualidad simbólica y material a las mujeres solo alcanza su objetivo si la
sociedad naturaliza esa asignación. La sexualidad debe convertirse en la
verdadera ontología de las
mujeres. Esta asignación es necesaria para la reproducción tanto de la
masculinidad hegemónica como de las estructuras patriarcales. Así, para
garantizar estas realidades sociales es necesario dotar a la sexualidad de las
mujeres de significados que van más allá de lo social y cuyas raíces se
atribuyen a la misma naturaleza.
ECONOMÍA POLÍTICA DEL CUERPO DE
LAS MUJERES
La teoría feminista, como hemos
señalado a lo largo de este ensayo, ha analizado los cuerpos de las mujeres
como el soporte de la
desigualdad40 y como un lugar
central de opresión y subordinación. Uno de los objetivos del dominio
patriarcal es disciplinar los cuerpos de las mujeres, tanto para la
reproducción como para la disponibilidad sexual de los varones. Y para ello ha
puesto en funcionamiento una variedad de dispositivos coactivos. El exigente
canon de belleza, la moda, la industria de la cirugía plástica, las nuevas
tecnologías reproductivas, la pornografía o la prostitución se han convertido
en usos represivos sobre el cuerpo de las mujeres. Grupos cuantitativamente
significativos de mujeres se han convertido en consumidoras de esta industria
que “mantiene y confirma normas culturalmente específicas de belleza […] y
denigra
la apariencia de grupos étnicos
que se desvían de esa norma”41. La teoría feminista ha subrayado la fuerte
presión normativa sobre los cuerpos femeninos y ha conceptualizado esos
dispositivos como formas nuevas de violencia patriarcal. Eulalia Pérez Sedeño
explica que identificar la belleza estética con la identidad personal y el
bienestar emocional produce cierto tipo de presión sobre las
mujeres42.
De los cuerpos de las mujeres se
pueden extraer energías, poderes o productos que no se pueden [...] extraer de
ningún otro sitio. El poder se inscribe en los cuerpos femeninos de múltiples
formas (cuerpos enfermos, anoréxicos, dóciles, fértiles, violados, explotados,
maltratados, prostituidos […] cuerpos-útero […] cuerpos-fetiche) y puede
ejercerse desde múltiples lugares (instituciones, discursos […]) para conseguir
múltiples beneficios (amor incondicional,
abnegación, niños, placer, fuerza
de trabajo barato, trabajo doméstico gratuito […])43.
Como escribe lúcidamente Adrienne
Rich en Nacemos de mujer, el cuerpo es político.
Sin embargo, el sistema
patriarcal no tiene suficiente capacidad explicativa para dar cuenta de la
explotación y opresión de los cuerpos de las mujeres. El nuevo capitalismo
neoliberal se ha configurado como el otro dominio que extrae plusvalía de los
cuerpos femeninos. En efecto, los nuevos mercados, sin regulación estatal ni
control social, están aplicando una lógica económica depredadora que no solo ha
mercantilizado la naturaleza, el dinero y el trabajo, sino también los cuerpos
y la sexualidad de las mujeres y
de las niñas. Richard Poulin,
reconocido experto en prostitución, lo explica así: “En las revistas femeninas
y para adolescentes abundan amables reportajes sobre estrellas del porno, sobre
personas prostituidas felices de estar en la industria del sexo. Los artilugios
que se venden en las sex-shops son probados y son objeto de promoción. Para
sentirse bien con su vida, las mujeres y las adolescentes deben adoptar nuevas
prácticas sexuales y usar los productos que dicta la industria del sexo. Es
necesario que lo prueben todo y que aprendan a disfrutar de la sodomía, la
eyaculación facial o la triple
penetración” 44. Y esto, además, suele ir acompañado del mensaje de que son
preferencias subjetivas y elecciones libres con el objeto de legitimar esos
procesos.
De hecho, la pornografía es
representada como una industria de la “fantasía sexual” en los medios de
comunicación, en la moda e incluso en la literatura. La objetualización del
cuerpo de las mujeres y la banalización de la sexualidad se han convertido en
parte de la cultura popular. Peter Szil reflexiona así sobre las consecuencias
de esta cultura:
La conversión de las mujeres en
objetos sexuales es un proceso de deshumanización en cuyo extremo final está la
violencia sexual masculina. Es esto lo que la prostitución institucionaliza, ya
que el cliente consigue de la persona prostituida (que no ha elegido hacer el
amor con él) algo que de otra manera no
podría conseguir sino con
violencia. El cliente (y con él la sociedad) oculta ante sí mismo el hecho de
la violencia interponiendo una infraestructura (manejada por
los proxenetas) y el dinero45.
La sexualización envuelve a
niñas, adolescentes y mujeres y, sin embargo, es explicada como un componente
determinante de la naturaleza femenina. La atribución de una naturaleza
fundamentalmente sexual de las mujeres es el pilar sobre el que se edifica la
cultura del sexo. Por eso, precisamente, la ontología es su gran argumento de
legitimación.
En efecto, ya no es suficiente
con los cuerpos de las mujeres. El dominio masculino y el capitalista
neoliberal han puesto en el mercado también los cuerpos de las niñas. Y para
ello, se ha creado una cultura de sexualización de las niñas, marcado por el
imperio de la apariencia física, que, a su vez, se concreta en un pujante
mercado infantil. Los negocios centrados en la manicura, pedicura, moda y
desfiles están sobrecargando de sexualidad también a las niñas. En conclusión,
los cuerpos de mujeres y niñas se encuentran en el cruce de dos dominios
analítica y políticamente distintos, patriarcado y neoliberalismo, pero que
actúan complementariamente porque comparten intereses comunes en lo relativo a
la explotación de los cuerpos de las mujeres. En efecto, las representaciones
de las mujeres en la cultura popular son una exaltación de la
hipersexualización femenina.
En todo caso, tal y como lo
explica Eva Illouz, la sexualidad moderna y la exhibición del cuerpo en público
y en privado representa un lugar central en la formación del yo consumidor
“definido por su capacidad de elegir, de perseguir su propio interés y
de iniciar actividades
agradables”46. Lo que quiero destacar es que la forma en que se ha desarrollado
la sexualidad en Occidente, sobre todo la sexualidad femenina, responde a las
lógicas de consumo del capitalismo global y a las dinámicas de objetualización
de los cuerpos de las mujeres por parte de los sistemas patriarcales. Dicho de
otro modo: los sistemas de dominio interesados en la hipersexualización de las
mujeres obstaculizan su posición como
sujetos políticos, refuerzan su
soberanía como consumidoras y exaltan la agencialidad de las mujeres para
elegir aquello que previamente les había sido asignado.
DOS CONSIDERACIONES FINALES
La creación de esta cultura de
sexualización de las mujeres es el correlato de la formación de una cultura de
la prostitución. En efecto, la condición de posibilidad de que se pueda
configurar una cultura de la prostitución es que exista una cultura de la
sexualidad que articule la identidad de las mujeres alrededor de su
disponibilidad sexual. Ambas culturas, funcionalmente vinculadas, ejercen una
influencia decisiva en la formación de las normatividades masculina y femenina.
En efecto, las representaciones de las mujeres en los medios de comunicación,
el papel de la moda, la pornografía o la prostitución contribuyen a moldear el
significado social de las normatividades de género. Y, además, el aumento y la
normalización de la industria del sexo colaboran en la restauración de los
códigos de la feminidad y la masculinidad más hegemónicamente patriarcales al
tiempo que fortalece la ideología de la misoginia. Por todo ello, es preciso
reflexionar sobre los elementos que cooperan activamente en la formación de ambas
culturas.
El proceso de creciente
objetualización de los cuerpos de las mujeres forma parte de este nuevo ideal
de feminidad que proponen las sociedades patriarcales y neoliberales a una
parte de las mujeres. Sin embargo, este modelo, cada vez más hegemónico, coexiste
con otro, desarrollado por reducidos grupos de mujeres, que pueden elegir
opciones vitales, laborales y profesionales ajenas a esta cultura de la
hipersexualización. En efecto, este modelo de normatividad femenina dominado
por la hipersexualización, a pesar de que se dirige a todas las mujeres, pesa
mucho más en aquellas jóvenes que tienen pocas posibilidades de elegir. Richard
Poulin explica: “La mercantilización de los cuerpos y los sexos afecta sobre
todo a los más vulnerables de la sociedad. Tiene un carácter
marcadamente clasista y/o
étnico”47.
La cultura feminista que se gestó
en los años sesenta y setenta dio lugar también a la formación de una
subjetividad crítica con la ideología patriarcal. Esta subjetividad crítica se
ha articulado en torno a la autonomía, libertad e igualdad de las mujeres.
Grupos de mujeres en todo el mundo construyen su identidad sobre valores ajenos
a las conceptualizaciones patriarcales sobre la normatividad femenina. El
feminismo ha acompañado a estas mujeres en su lucha por deshacerse de esa
sobrecarga de sexualidad que lastra su autonomía y libertad e impide el
desarrollo de la igualdad, y es que a pesar de la poderosa reacción patriarcal,
las luchas feministas han hecho posible la creación de una subjetividad para la
emancipación. El cuerpo es un lenguaje, una narrativa y, por ello, un acto de
poder. La construcción del cuerpo para la subalternidad, consecuencia de una
subjetividad colonizada por la ideología patriarcal, tiene enfrente una forma
alternativa de construir el cuerpo como empoderamiento. Ambas formas de construir
la normatividad femenina, para la subalternidad y para la emancipación, nos
conducirán a ocupar espacios diferentes en la sociedad. La subalternidad nos
llevará a ámbitos sociales secundarios, mientras que la emancipación nos
conduce a espacios más valiosos socialmente. El feminismo, como teoría crítica
y movimiento social, explora intelectualmente y lucha políticamente para
erosionar esa subjetividad diseñada para la subalternidad y para fortalecer
creativamente una subjetividad colectiva e individual para la emancipación. Las
mujeres estamos en el cruce de estas dos propuestas de subjetividad femenina. Y
también en el umbral de transformaciones radicales que alumbrarán nuevas formas
de organización política y social. Sin embargo, el feminismo no ha podido ser
silenciado y las mujeres transitamos entre la resistencia y la práctica
política transformadora, entre posiciones defensivas y ofensivas, pero con
signos de que seguimos erosionando las pesadas jerarquías de género.
CAPÍTULO 3
Globalización de la pornografía
La pornografía es un fenómeno
social global. En todas las regiones del mundo, incluso en las comunidades más
aisladas, cuando existe conexión a Internet se consume pornografía. Y un
porcentaje cada vez más abultado de varones, en mucha mayor medida que de
mujeres, de todas las edades, clases sociales y pertenencias
culturales, raciales y sexuales,
consumen pornografía48. De hecho, este material se ha convertido en parte de la
cultura popular, pues el influjo que ejerce la pornografía sobre la sociedad es
tan profundo que podría hablarse de “pornificación” de la cultura en el sentido
de que ha entrado a formar parte de la corriente principal de nuestra
cultura49.
Esta normalización de la
pornografía ha debilitado los focos ideológicos críticos con este fenómeno
social. Dicho de otra forma, al mismo tiempo que se expande la producción
pornográfica,
desciende la oposición a la
pornografía50. Lo primero que se observa en los medios de comunicación es un
significativo silencio conceptual en torno a la crítica a la pornografía. No
existe proporcionalidad entre la abundante y libre oferta pornográfica y la
literatura crítica frente a este fenómeno de masas. La aceptación envuelve el
mundo de la pornografía y la mera posibilidad de cuestionarlo se conceptualiza
como un atentado a la libertad de expresión.
De hecho, en ciertos ambientes
intelectuales y políticos la pornografía no es analizada como parte de la
industria internacional del sexo, vinculada a menudo con la economía criminal,
ni tampoco como un medio de comunicación que exhibe violencia hacia las
mujeres, sino como una expresión
rotunda de libertad sexual. Se ha instalado en la sociedad la idea de que la
pornografía es una producción ideológica o artística, mitad transgresión y
mitad fantasía. En el imaginario colectivo está asentada la idea de que la
pornografía no compromete moralmente al espectador porque no participa
activamente en esa celebración de sexo. Solo contempla lo que está al otro lado
de la imagen; el hecho de que en la pantalla se exalte la violencia contra las
mujeres no le compromete moralmente porque él está fuera de la obra. Sobre ese
carácter transgresor que se le asigna a la pornografía se ha construido una
visión romántica que inunda el cine y la literatura. Sheila Jeffreys explica
que aún hay quien todavía recurre “a la idea romántica de que los pornógrafos
son transgresores, en lugar de simplemente verlos como
abanderados de la dominación
masculina”51. Richard Poulin sostiene que la pornografía es, entre otras cosas,
una “estetización de la
violencia sexual”52.
La escritora Natasha Walter
afirma que ha encontrado evidencias de que Internet ha sido el verdadero motor
de la transformación y
expansión de la pornografía,
sobre todo para los más jóvenes53; y en la misma línea, Sheila Jeffreys explica
que la pornografía se volvió más accesible a mediados de los años noventa, tan
pronto como comenzó a expandirse Internet, “permitiendo a los clientes comprar
vídeos para adultos sin siquiera
tener que dejar su casa” 54. Lo que quiero decir es que Internet ha acentuado
aún más la
mercantilización de la
pornografía para uso privado55. De hecho, los varones usuarios de pornografía
constituyen una auténtica comunidad virtual.
La pornografía ha logrado
instalarse en el imaginario colectivo debido, precisamente, a que se ha
convertido en un auténtico fenómeno de masas. A la teoría feminista le
interesan como objeto de estudio dos elementos que, en mi opinión, son
fundamentales para un proyecto político emancipatorio: el primero es el modelo
de feminidad que normativiza en sus “relatos”. La sobrecarga de
sexualidad y la conversión de las
mujeres en objetos es uno de los núcleos centrales; el segundo es la asignación
de prácticas sexuales violentas a los varones y la atribución del papel de
receptoras complacientes de esa violencia masculina a las mujeres. En otros
términos, no quiero sostener que los varones son naturalmente violentos y las
mujeres ontológicamente masoquistas, lo que quiero subrayar es que se asignan
esos papeles a unos y otras en las narraciones pornográficas, con las
consecuencias que ese hecho puede tener para la cultura sexual de los jóvenes.
El imaginario de la pornografía
radicaliza el canon de lo que debe ser una mujer en las sociedades
patriarcales. La asignación de sobrecarga de sexualidad invade las imágenes
pornográficas y esa hipersexualización de las mujeres va acompañada de prácticas
cada
vez más brutales y agresivas con
las mujeres56. Como ya hemos visto, la sexualización es un mandato socializador
que recae sobre las mujeres desde distintas y complementarias instancias
socializadoras patriarcales.
Pues bien, las imágenes pornográficas recogen esta definición patriarcal y la
radicalizan en representaciones hipersexualizadas donde las mujeres son
receptoras de múltiples violencias.
El resultado es que la
subjetividad colectiva masculina aparece marcada por la agresividad y la
violencia, es decir, por prácticas de poder, y la femenina resulta ser
representada por una filosofía de “extinción del yo”. Susan Sontag lo describía
de esta forma en 1967: “[…] es esa persona fuera de sí que ha abdicado de su
voluntad para ser totalmente rehecha, para ser adecuada al servicio de una
voluntad mucho más poderosa y
autoritaria que la suya propia”57. Por otra parte, la pornografía debe ser
entendida como un
laboratorio de la prostitución.
Peter Szil explica que la pornografía es
el marketing de la
prostitución58. En el mundo de la pornografía, los varones observan y se
excitan con prácticas sexuales que a muchos de ellos les llevarán
posteriormente no solo al mundo de la prostitución, sino que también intentarán
llevar esas prácticas sexuales a sus relaciones de pareja. Esta manera de
entender la
sexualidad, vía pornografía, se
convertirá en una presión para muchas mujeres. Pero, además, el material
pornográfico acostumbra y normaliza a muchos varones a entender la sexualidad
como violencia. Susan Sontag reflexionaba sobre la pornografía así:
Queda aún una minoría apreciable
de gentes que objetan a la pornografía o sienten repulsión ante ella no porque
piensen que es repugnante, sino porque saben hasta qué punto puede ser un
comodín para los psicológicamente deformados o una brutalización de los
moralmente inocentes. Por las mismas razones me desagrada a mí la pornografía y
me desasosiegan las posibles consecuencias de su creciente disponibilidad59.
Lo que quiero subrayar es que la
pornografía podría ser en otro contexto no patriarcal una fuente de libertad
sexual, pero, en el contexto de esta rotunda reacción patriarcal, la
pornografía mainstream es un dispositivo de hipersexualización y un mecanismo
que intenta normalizar el masoquismo como la práctica sexual “natural” de las
mujeres. En este preciso sentido, la pornografía es una metáfora perfecta del
significado simbólico y material del patriarcado.
LOS ORÍGENES DEL DEBATE SOBRE LA
PORNOGRAFÍA
La pornografía no ha sido uno de
los temas centrales en la historia del feminismo, probablemente porque el
movimiento feminista ha tenido que dar respuestas políticas inmediatas a
déficits de derechos y a violencias que amenazaban directamente la vida de las
mujeres. Sin embargo, a finales de los setenta se instala el debate sobre la
pornografía en el feminismo, primero en Estados Unidos y más tarde en Europa.
El feminismo radical de los años setenta se interroga sobre la sexualidad, la
conceptualiza como un hecho político y así la convierte en objeto de análisis
teórico y de práctica política. En este contexto, la pornografía y la
prostitución comienzan a perfilarse como preocupaciones políticas para un
sector amplio del movimiento
feminista.
En los años ochenta, el feminismo
se verá envuelto en un debate teórico y político sobre la pornografía y la
prostitución. El feminismo cultural, una deriva del radical, y sus teóricas más
significativas, Kathleen Barry, Adrienne Rich, Catharine MacKinnon y Andrea
Dworkin, entre otras, conceptualizarán estas prácticas sociales como
patriarcales. En el otro extremo, Gayle Rubin, Carol Vance o Alice Echols
defienden estas instituciones como manifestaciones de la libertad sexual.
Veámoslo con más detalle.
Las feministas que conceptualizan
la prostitución y la pornografía como instituciones patriarcales advierten que
esas realidades sociales son producto de la jerarquía patriarcal y una
manifestación de la violencia sexual. Asimismo, subrayan que los varones, en el
marco de las estructuras patriarcales, crean instituciones, prácticas y
definiciones sociales con el objetivo de legitimar el acceso sexual a los
cuerpos de las mujeres. Por el otro, las feministas que defienden la
prostitución y la pornografía no ponen el foco ni en la desigualdad ni en la
jerarquía de género. Para ellas, por una parte, lo fundamental es el placer y
la gratificación sexual de las mujeres y, por otro, el reconocimiento de la
sexualidad como un derecho humano fundamental. Desde este punto de vista, la
libertad sexual es el bien supremo a proteger.
Kathleen Barry, feminista
cultural, publica en 1979 un texto, ya clásico, sobre violencia patriarcal:
Esclavitud sexual de la mujer. En este libro argumenta que la pornografía y la
prostitución son instituciones políticas fundamentales para la reproducción del
patriarcado. Barry explica que la pornografía es un “vehículo de
comunicación de la misoginia”60.
La tesis de esta autora es que la pornografía es un dispositivo muy útil en la
difusión de la ideología sexista y una manifestación de violencia patriarcal.
Sus argumentos se resumen así: en primer lugar, la pornografía objetualiza a
las mujeres y las convierte en solo cuerpos. En segundo lugar, en la
pornografía se cosifica a los varones como “agresores
todopoderosos” y a las mujeres
como mercancías sexuales61. En
tercer lugar, contribuye a
reforzar la masculinidad más hegemónicamente patriarcal, en el contexto de la
heterosexualidad. En cuarto lugar, la pornografía utiliza los prejuicios
sexuales más conservadores y racistas, como, por ejemplo, la utilización de
varones negros como prototipos de
gran potencia sexual62. En quinto lugar, subraya que lo sustancial de la
experiencia pornográfica “en términos de contenidos, emociones y respuesta
emocional queda integrado en el campo de nuestra experiencia. Y como todas las
experiencias, contribuye a moldear la personalidad, a configurar el
comportamiento, a definir los valores y a determinar las actitudes de
la persona”63. En último término,
la pornografía es “el vehículo principal de incorporación del sadismo cultural
a las prácticas
sexuales individuales”64.
Kathleen Barry sostiene que el sadismo es el elemento dominante de las imágenes
pornográficas y actúa “como
mecanismo principal de creación
de fantasías y entretenimiento”65 . Por su parte, Catharine MacKinnon introduce
otro elemento en
esta discusión. Su advertencia es
que si partimos del supuesto de
que la pornografía es solo sexo,
falsearemos el debate que, a su juicio, tiene una dimensión fundamentalmente
política. Para esta autora, el problema de la pornografía no es la sexualidad
sino la desigualdad y el dominio masculino. MacKinnon subraya que “lo que
está en juego es la situación de
las mujeres”66. La idea de fondo es que la pornografía es una narrativa en la
que se expresa tanto el
discurso de la inferioridad de
las mujeres67 como el discurso de la
supremacía masculina68. Asimismo,
Barry y MacKinnon advierten contra la mercantilización del cuerpo de las
mujeres que con tanta rotundidad se manifiesta en la prostitución y en la
pornografía. De hecho, MacKinnon afirma que las mujeres aparecen representadas
en la pornografía como “una cosa
que se adquiere y se usa”69. Como conclusión, se puede decir que la pornografía
es un hecho político de carácter patriarcal, que mercantiliza los cuerpos de
las mujeres, promueve la desigualdad y fortalece el poder masculino.
La argumentación de Andrea
Dworkin es que la pornografía es
una práctica necesaria en la
política sexual del patriarcado y por ello debe ocupar un espacio relevante
como objeto de análisis en
cualquier teoría de la
desigualdad entre los géneros70. Dworkin afirma que la pornografía es un hecho
social que se inscribe en el
marco de la jerarquía de género.
Al igual que MacKinnon y Barry, Dworkin argumenta que la pornografía contribuye
a la definición de
la normatividad femenina. En
efecto, las mujeres han sido patriarcalmente definidas como sexualidad, y la
reproducción y la seducción serán las dos caras de esa feminidad normativa.
Pues bien, en la pornografía se sobrecarga de sexualidad a las mujeres y se les
asigna el papel de la seducción. Por eso, precisamente, determinados fenómenos
sociales como la pornografía, la moda, una parte significativa de la publicidad
o la prostitución necesitan reforzar el rol de seducción de las mujeres. Si se
hace de la seducción parte constitutiva de la normatividad femenina, entonces
los varones desarrollarán correlativamente un uso activo de su sexualidad que
solo puede concretarse en la disponibilidad sexual femenina. Como dice Adrienne
Rich, “la sexualización de la mujer es una parte del
trabajo”71 indispensable en la
construcción normativa patriarcal de las mujeres.
También Adrienne Rich critica la
pornografía con argumentos semejantes a los de las autoras anteriormente
citadas. Señala que las representaciones pornográficas están pobladas de
imágenes sádicas y degradantes en las que las mujeres son objetos del apetito
sexual masculino72. La
pornografía muestra a las mujeres como si fuesen mercancías para ser consumidas
por hombres. Rich resume su posición sobre la pornografía así: “El mensaje más
pernicioso comunicado por la pornografía es que las mujeres son las presas
sexuales del hombre y que les encanta; que la sexualidad y la violencia son
congruentes y que para las mujeres el sexo es esencialmente masoquista; la
humillación, placentera, y el abuso
físico, erótico”73.
De los análisis críticos sobre la
pornografía se puede concluir que
esta práctica no es un hecho
aislado en la sociedad, sino que es parte relevante de la dominación
patriarcal; que la pornografía representa a las mujeres como seres
radicalmente sexualizados y pasivos que cumplen la función de disponibilidad
sexual para los varones; que los varones son representados como seres activos
que necesitan acceder sexualmente al cuerpo de las mujeres como condición de
posibilidad de su masculinidad; y que el parámetro de la sexualidad masculina
opera casi siempre con dosis mayores o menores de violencia y agresividad.
Desde luego, un paseo visual por la pornografía de hoy convierte este análisis
en una crítica moderada.
Al otro lado de este debate, en
las posiciones que defienden el uso de la pornografía, el argumento
fundamental gira en torno a la libertad sexual. Gayle Rubin señala la
necesidad de elaborar una teoría radical del sexo que ponga de manifiesto la
injusticia erótica y la opresión sexual. Esta antropóloga advierte que esta
teoría debe
transmitir con autenticidad la
crueldad de la persecución sexual74. Cualquier teoría radical de la sexualidad
debe huir del esencialismo biológico y encaminarse hacia una propuesta
constructivista de la
misma75. Rubin argumenta que existe un sistema general de
estratificación sexual76 que
jerarquiza las sexualidades y en cuya cúspide están la heterosexualidad y la
monogamia y en la base inferior las formas de deseo sexual “no apropiadas”. El
resultado es una significativa injusticia sexual con aquellos grupos eróticos
que no se adaptan al parámetro de sexualidad hegemónica: “Las
sociedades occidentales modernas
evalúan los actos sexuales según un sistema jerárquico de valor sexual […] Las
castas sexuales más despreciadas incluyen normalmente a los transexuales,
travestis, fetichistas, sadomasoquistas, trabajadores del sexo […]”. El sexo,
advertirá Rubin, es un vector de
opresión77 para sadomasoquistas, gais o pedófilos, entre otros78.
La posición de Rubin respecto a
la pornografía y la prostitución es que la industria del sexo es una expresión
de la libertad sexual.
Por eso, precisamente, hay que
defender a los trabajadores y empresarios de esta industria que, además, son
estigmatizados socialmente. Rubin explica que “la industria del sexo no es
ciertamente una utopía feminista, pero simplemente refleja el
sexismo imperante en la sociedad
en su conjunto”79. De su reflexión se infiere que la defensa de la libertad
sexual es un valor político absoluto frente a la crítica a las estructuras de
dominio masculino que al fin hacen posible la pornografía y la prostitución.
En la misma dirección, Carole
Vance argumenta que las mujeres experimentan una gran tensión entre el peligro
y el placer sexual. Explica que si ponemos todo el peso de la carga en el
peligro sexual para las mujeres, es decir, si el feminismo pone el foco solo en
las estructuras de dominio patriarcal, su perspectiva se vuelve un tanto
proteccionista con las mujeres y el placer sexual se debilita notablemente como
un objetivo político feminista. Por el contrario, si iluminamos el placer y la
gratificación sexual, se fortalece la libre elección de las mujeres, o sea, la
libertad, y se afirma la idea de las
mujeres como seres libres y
activos80. Alice Echols critica a las feministas culturales y subraya que la
cuestión de fondo es “que las feministas del movimiento antipornografía
prefieran limitar la sexualidad en vez de explorarla y de arriesgarse a descubrir
el
desajuste entre sus deseos y su
actitud política”81. Esta autora explica que en el análisis de las feministas
culturales, el peligro sexual determina de tal modo la vida de las mujeres que
excluye
cualquier consideración del
placer82.
La pregunta a la que intenta
responder Vance es cómo se puede reducir el peligro sexual para las mujeres y
aumentar sus posibilidades de placer sexual. En el lado del peligro está la
violencia sexual, hondamente inscrita en las entrañas del patriarcado. Y detrás
de las agresiones, los privilegios masculinos. No obstante, ella señala también
como un peligro para el placer sexual la eficacia de los mecanismos de control
social sobre las formas de vivir la sexualidad que han interiorizado las
propias mujeres en función del
peligro sexual.
Vance se pregunta si las mujeres
pueden ser agentes sexuales y afirma que si el lugar del placer en el espacio
público es reducido y
en el ámbito privado es culpable,
los individuos no ganan poder83. Esta antropóloga reclama libertad sexual para
las mujeres y para todos los colectivos marcados por sexualidades disidentes.
Y, además, subraya la necesidad de que el feminismo integre esta reclamación y
haga de la misma un objetivo político: “El feminismo debe dirigirse al placer
sexual como un derecho fundamental, que no
puede ser pospuesto a un tiempo
mejor o más fácil”84 y advierte que el énfasis en el peligro “fue útil en sus
comienzos —en los inicios del feminismo— como ruptura ideológica”, pero ahora
es “poco
dialéctico y simplista”85.
Las autoras que consideran que la
pornografía debe ser protegida, en tanto manifestación de la libertad sexual,
parten del supuesto de que el deseo femenino ha sido construido socialmente
para mostrar reservas frente al erotismo y la sexualidad “de manera que la
pornografía no despierte en ellos, en ellas, casi ningún
interés”86. A juicio de estas
teóricas, el objetivo del feminismo cultural, en connivencia con el
conservadurismo moral, es silenciar y constreñir el deseo sexual femenino. Por
eso, a estas autoras les preocupa sobremanera la utilización de la censura por
parte del
Estado87.
Por el contrario, las teóricas
críticas de la pornografía tienen una visión opuesta, pues, en primer lugar,
estiman que la pornografía y la prostitución son a la vez causa y efecto de las
estructuras patriarcales; y, en segundo lugar, porque dañan no solo a las
mujeres que participan en la industria del sexo, sino también a todas las
mujeres. En efecto, la pornografía difunde imágenes de mujeres que experimentan
placer sexual cuando son agredidas en el marco de las relaciones sexuales. La
preocupación de las feministas antipornografía es que esas representaciones
influyan en el comportamiento sexual de varones y mujeres.
En este debate alrededor de la
pornografía, y también alrededor de la prostitución, está presente la tensión
entre libertad e igualdad. Mientras que la idea de igualdad se convierte en el
núcleo en torno al cual se articula el feminismo radical, la idea de libertad
se convertirá en el eje articulador de los feminismos que consideran que la
pornografía y la prostitución son cuestiones más directamente relacionadas con
la libertad que con la igualdad. Este debate nos enfrenta a varios dilemas: el
placer frente al peligro, la libertad frente a la igualdad o la protección
frente a la libre elección de las
mujeres. Aunque, en realidad,
esos dilemas son imposibles de resolver, pues no hay libertad si no se
garantizan unos niveles aceptables de igualdad para todas las mujeres. Como
tampoco se puede ejercer por completo la libertad de elección en sociedades asentadas
sobre poderosas estructuras de dominio. O, por lo menos, la libre elección está
severamente recortada para aquellas mujeres que padecen de una forma más
directa y desnuda el dominio patriarcal. La libertad de elección siempre está
en entredicho para los individuos que soportan la pesada carga de diversas
estructuras de poder, pero esa posibilidad de elección se recorta a medida que
las oportunidades y los derechos de las mujeres se reducen. Como explica
Eulalia Pérez Sedeño, las elecciones están situadas en el marco de las
relaciones de poder que proporcionan las condiciones
de posibilidad de esas mismas
acciones88.
Este debate sobre pornografía y
prostitución tiene un gran contenido simbólico porque marca el inicio de lo que
será una discusión mucho más amplia en el interior del feminismo. A finales de
los años ochenta ya se estaban configurando dos discursos feministas,
arraigados ambos en paradigmas teóricos divergentes. Mientras que una parte del
feminismo articula su proyecto político en torno a la idea de igualdad, en su
versión liberal o más radical, y asume críticamente la modernidad, el otro
sector del feminismo organiza su discurso alrededor de la idea de libertad y en
abierta confrontación con los principios éticos y políticos de la modernidad.
Mientras que los feminismos de la igualdad proponen políticas de
redistribución y reconocimiento,
no esencialistas, el otro sector del feminismo apuesta por políticas
identitarias o deconstructivas, según el feminismo de que se trate, hasta el
extremo de que se establecen
afinidades entre los feminismos
de la diferencia y la teoría queer89. No en vano, Luisa Posada Kubissa
reconstruye la afinidad entre Butler e Irigaray. Entre ambos feminismos se ha
construido una frontera muy difícil de franquear, hasta el extremo de que a
cada lado se encuentran en muchas ocasiones objetivos políticos y estrategias
feministas diferentes. En el corazón de esta frontera está la posición que
ambos sectores tienen sobre la prostitución y la pornografía que, por otra
parte, se ha convertido en el emblema de esa separación. Por supuesto, hay
muchos factores sociológicos, teóricos y políticos que contribuirían a explicar
esta separación, pero no es este el lugar para analizarlos. Solo señalar que es
urgente ofrecernos a nosotras mismas, como movimiento feminista, la posibilidad
de la comunicación, así como la imperiosa necesidad de civilizar las relaciones
entre reglamentaristas y abolicionistas.
EL DEBATE ACTUAL SOBRE LA
PORNOGRAFÍA
El debate sobre la pornografía
que comenzó a finales de los setenta sigue abierto hoy y se ha extendido hasta
nuestros días casi en los mismos términos, aunque con algunas variaciones. Ha
cambiado el contexto social y eso ha obligado a ambas partes a ampliar sus
argumentos, aunque el núcleo del debate sigue intacto. En efecto, la
globalización neoliberal ha propiciado cambios cuantitativos en el mundo de la
producción pornográfica. Y también la poderosa reacción patriarcal que se
desarrolló a partir de los noventa, y que aún no ha terminado, ha radicalizado
en clave patriarcal las representaciones pornográficas. El rearme ideológico
masculino ha convertido la pornografía en uno de los campos de batalla
ideológicos donde se observa que no hay prácticamente límites a la hora de
objetualizar sexualmente y de mercantilizar a las mujeres.
Las feministas que en los años
ochenta defendieron la pornografía y la prostitución como ámbitos de libertad
sexual hoy
aceptan la crítica de que el
material pornográfico mainstream no es liberador para las mujeres. Annie
Sprinkle, que se define a sí misma como una activista del porno, explica: “No
creo que todo el porno sea bueno, maravilloso o importante. Pero sí que lo es
la libertad de
hacerlo”90. Y así han nacido el
porno para las mujeres y el posporno. Beatriz Preciado completa esa explicación
de Sprinkle: “El mejor antídoto contra la pornografía dominante no es la
censura, sino la producción de representaciones alternativas de la sexualidad,
hechas
desde miradas divergentes de la
mirada normativa”91.
Las feministas denominadas
prosexo han desembocado no solo en la reelaboración de aquellos discursos a
favor de la pornografía y de la prostitución, sino también han contribuido a
edificar un feminismo epistemológica y políticamente diferente al que se desarrolló
hasta los años ochenta. Este nuevo feminismo, articulado alrededor de la idea
de libertad, tal y como señalaba anteriormente, al abrigo de la teoría queer,
parte de la idea de que se han construido sujetos excluidos por el feminismo
bienpensante. Por el contrario, señalarán, el feminismo crítico con la
pornografía ve en las diferencias amenazas a su ideal heterosexual y
eurocéntrico de mujer. Frente a ese feminismo mainstream blanco y colonial,
proponen la búsqueda de un nuevo sujeto feminista que encontraremos en los
“bajos fondos de la victimización femenina”, es decir, en las trabajadoras
sexuales, actrices porno e insumisos sexuales. Virginie Despentes sostiene que
se ha producido un despertar crítico del “proletariado del feminismo” cuyos sujetos
son las putas, lesbianas, violadas, marimachos y transexuales, mujeres
que no son blancas,
musulmanas…92. Como dice Beatriz Preciado, casi todas. Y como argumenta esta
autora: “Buena parte de este movimiento se estructura discursiva y
políticamente en torno a los debates del feminismo contra la pornografía que
comienza en Estados Unidos en los años ochenta y que se conoce con el nombre
de ‘guerras feministas del
sexo’”93.
Con este telón de fondo, en el
ámbito de las teorías favorables a
la pornografía han surgido
básicamente dos propuestas alternativas. La primera de ellas nace como porno
para mujeres. Su pretensión no es objetualizar ni deshumanizar a las mujeres.
Su objetivo es que las mujeres sean no solo las protagonistas de los relatos
pornográficos,
sino también las consumidoras94.
Erika Lust es la directora más reconocida en el porno para mujeres, que, a su
vez, ha sido objeto de crítica por parte de la otra corriente, denominada
posporno.
La segunda propuesta, el
posporno, tiene como objetivo visibilizar y abrir debates sobre los cuerpos que
desafían las normas
sexuales y de género95. Para June
Fernández, el posporno “es política queer, postfeminista, punk, DIY (do it
yourself, háztelo tú
misma)”96. Javier Sáez lo explica
así: “El posporno es un subgénero que desafía el sistema de producción del
género y que desterritorializa el cuerpo sexuado (desplaza el interés de los
genitales a cualquier parte del
cuerpo)” 97. La directora más conocida de este género y precursora es la ya
mencionada Annie Sprinkle, que explica que “el porno es simplemente un reflejo
de las visiones que nuestra sociedad tiene del sexo y de las mujeres y de los
hombres y del amor”98.
Las autoras críticas con la
pornografía ponen de manifiesto que la globalización neoliberal ha cambiado
cuantitativa y cualitativamente el mundo de la pornografía. La transformación
cuantitativa radica en que la pornografía hoy es una parte fundamental de la
industria internacional del sexo que se ha normalizado al extremo de que
grandes corporaciones económicas participan activamente en la industria
pornográfica. Por tanto, la pornografía es un negocio fundamental en alianza
con las economías ilícitas para el actual capitalismo neoliberal. Su expansión
y globalización nada tiene que ver con el negocio de los años ochenta.
De otro lado, el cambio
cualitativo está vinculado a la incorporación creciente de prácticas sexuales
agresivas con las mujeres en las representaciones pornográficas mainstream. La
globalización de la pornografía no tiene solo una dimensión
económica neoliberal, sino
también patriarcal y misógina. En esa medida, la globalización de esta
industria ha contribuido a modificar las culturas sexuales de diversas regiones
del planeta. Además, ahora puede observarse con más rotundidad la mercantilización
del cuerpo de las mujeres y niñas. El neoliberalismo, en intersección con la
economía criminal, ha hecho posible el crecimiento de la industria del sexo
hasta convertirse en el segundo o tercer negocio de la economía ilícita en
términos de beneficios a escala global.
Las autoras críticas con la
pornografía, como es el caso de Sheila Jeffreys, subrayan la fuerte alianza
entre neoliberalismo y pornografía, que ha hecho posible la globalización de
esta actividad. Además, se ha convertido en un fenómeno de masas y ha entrado
de lleno a formar parte de la cultura popular. Estos hechos, el neoliberalismo
y la conversión de la pornografía en un fenómeno de masas, están contribuyendo
a debilitar el pensamiento crítico sobre la pornografía.
Es importante subrayar que las
críticas a la pornografía ponen el foco en la igualdad y, por ello, critican
los sistemas de dominio capitalista, patriarcal y racista, en cuya intersección
crece simbólica y materialmente la pornografía. Las elites dominantes tratan de
preservar las jerarquías patriarcales, económicas, raciales/culturales y con
ello obstaculizan seriamente el desarrollo de la igualdad. Por eso, las autoras
que critican la pornografía como un fenómeno social patriarcal subrayan que las
realidades sociales que se originan en dominios debilitan la igualdad.
Por el contrario, las autoras que
defienden la pornografía exaltan la idea de libertad individual. “Hazlo tú
misma” se convierte en el emblema que apela a la acción individual. La pregunta
es si estructuras sistémicas de dominio pueden ser desactivadas a partir de la
libertad individual. Su propuesta no es prohibir ni censurar las
representaciones pornográficas, aunque promuevan la violencia patriarcal, sino
debilitar esta pornografía mainstream a través de la irrupción de
representaciones alternativas. La pregunta también es en manos de quién está
la industria. La declaración de intenciones
que significa “Hazlo tú misma” se
entiende mejor en el contexto de la filosofía de exaltación del individualismo.
Pero es preciso reflexionar sobre si las opciones individuales pueden
desactivar estructuras de poder.
LA INDUSTRIA DE LA PORNOGRAFÍA
La pornografía es una parte
fundamental de la poderosa industria del sexo; estimula, además, la expansión
de muchas otras áreas de esta industria global y contribuye a crear la
población demandante
que llenará los clubes de
strippers y los prostíbulos99. Detrás de la pornografía existe una
infraestructura empresarial que proporciona grandes beneficios, una parte de la
cual opera en el marco de la economía ilícita. Además, se han formado en los
últimos años redes globales de empresas de pornografía que están
interconectadas y muchas de ellas vinculadas a otros sectores de la economía
criminal.
Si bien la pornografía aparece
con la modernidad, será entre 1830 y 1840 cuando se la identificará como
escritos e imágenes
obscenas100. Sin embargo, la
“edad de oro de la pornografía”, tal y como señala Frederick Lane, tuvo lugar
entre 1957 y 1973. El origen de esta edad de oro está en el consumo de revistas
de desnudos de mujeres por parte de los soldados norteamericanos durante la
Segunda Guerra Mundial. La característica fundamental de esta época dorada de
la pornografía es su vinculación con la mafia y con el crimen organizado.
Existían entonces pocas productoras en Estados Unidos que hiciesen películas
debido al alto coste de cada una de ellas. La empresa de Playboy, con la
revista del mismo nombre, fundada en 1953, y el conjunto de clubs Playboy
repartidos por el país, a los que acudía numerosa población masculina, entre
los que se encontraban ejecutivos con bastante poder adquisitivo, fueron el
paradigma del negocio de pornografía y el principio de la normalización de la
esta industria en Estados Unidos.
En los años ochenta y noventa la
pornografía se extiende en el marco de las políticas económicas neoliberales y
de las economías
ilícitas. Las nuevas tecnologías
informacionales, con Internet a la cabeza, jugarán un papel fundamental en la
expansión de este negocio. Explica Jeffreys que en este momento comenzó a tener
interés la industria del porno para las grandes corporaciones
americanas, desde la General
Motors hasta AT&101. En efecto, General Motors tenía DirectTV, un
distribuidor de pornografía que ahora pertenece a Rupert Murdoch; por su parte,
el Banco de Irlanda ha invertido en Remnant Media, productora de pornografía;
las compañías de tarjetas de crédito están involucradas en esta industria y han
aceptado que los nombres de las empresas pornográficas no aparezcan en los
cargos a la tarjeta y sean sustituidos por nombres que no tengan ningún
significado con la pornografía. Sin embargo, Microsoft, America Online, MSB y
Disney no aceptan anuncios de porno y se han negado a incluir negocios
para adultos en sus servicios102.
También ha llegado la
deslocalización a la industria pornográfica, pues las grandes empresas
productoras de pornografía hacen sus películas con jóvenes mujeres de Vietnam o
de Camboya debido a
los bajos precios que se pagan en
esos países103. Jeffreys explica que:
La industria de la pornografía es
ahora internacional en su producción y distribución, en la trata de mujeres que
la hacen posible y en los efectos perjudiciales que tiene sobre la situación de
la mujer en las culturas no occidentales, donde la pornografía es una novedosa
práctica nociva. A medida que la industria se expande, busca entornos nuevos y
más económicos para la
producción y también nuevos
mercados donde vender sus productos104.
Sin embargo, la operación
económica de las grandes empresas de Estados Unidos es producir material
pornográfico para el resto del mundo y, en muchas ocasiones, realizado en
países con altas tasas de pobreza para abaratar el producto. Así, Estados
Unidos sigue siendo el mayor productor de pornografía, aunque deslocaliza la
producción y la desvía hacia países periféricos para así reducir los costes.
La pornografía está experimentado
un proceso creciente de normalización y la prueba es que cada vez entran más
jóvenes y adolescentes al mundo de la pornografía. La idea de que la
pornografía es una realidad social vinculada a la libertad sexual oscurece
muchos aspectos de este fenómeno social relacionados con la desigualdad de
género y la violencia contra las mujeres. Jeffreys lo explica con mucha
claridad: “A pesar de la determinación de sus defensores, quienes sostienen que
la pornografía es discurso y fantasía, niñas y mujeres tienen que ser
penetradas para producir
pornografía”105 . Diversas
estrellas porno que describen las características de su trabajo, y a pesar de
que no critican a la industria pornográfica, señalan la violencia física y
sexual que entraña esa actividad para aquellas que participan en estas
películas106. Por otra parte,
también es común en las mujeres que se dedican a la pornografía y a la
prostitución un pasado marcado por la violencia o el abuso sexual. En este
sentido, este rasgo es semejante al de las mujeres que están en la prostitución.
La industria pornográfica se ha
globalizado y prueba de ello es que se consume en todo el planeta. Internet ha
facilitado esta actividad y cualquier varón que tenga acceso a esta tecnología
informacional puede consumir pornografía. La industria pornográfica se ha
diversificado y pueden encontrarse desde producciones sofisticadas hasta otras
que tienen un carácter mucho más artesanal y que se realizan con pocos medios.
Sin embargo, no puede entenderse la globalización de esta industria si no es
porque grandes contingentes de mujeres de diferentes países del mundo, sobre
todo de los países periféricos, viven en situaciones de extrema pobreza y con
escasas posibilidades de subsistencia. El negocio de la pornografía les ofrece
una posibilidad de subsistir. Por eso, precisamente, cada vez más material
pornográfico se realiza en regiones del mundo, como en Camboya, donde pueden
encontrarse mujeres que solo cuentan con su cuerpo para sobrevivir.
Hace más de 40 años que la
pornografía se ha normalizado en Estados Unidos y ese ha sido el principio de
su normalización para el
resto del mundo. La expansión de
la industria pornográfica, la opinión pública masculina y ciertos sectores
intelectuales que se muestran favorables a esta actividad con el argumento de
la libertad sexual han hecho posible la normalización y la naturalización de la
pornografía. Como ya hemos dicho en otra parte, la pornografía también es hija
de la revolución sexual o, mejor dicho, de la dimensión patriarcal de la
revolución sexual.
Asimismo hay que señalar que la
pornografía es el laboratorio ideológico y material de la prostitución porque
facilita el tránsito de los varones consumidores de pornografía hacia el
consumo de prostitución; y también porque las representaciones pornográficas
contribuyen a crear un imaginario sexual en el que la agresividad y la
violencia contra las mujeres es una parte de la forma de vivir las relaciones
sexuales de hombres y mujeres.
LA VIOLENCIA EN LA PORNOGRAFÍA
La violencia tiene una presencia
significativa en el mundo de la pornografía. Podría decirse que es un tema
transversal, uno de los hilos conductores de cualquier “relato” pornográfico.
Quizá no sea demasiado exagerado decir que en la pornografía mainstream la
violencia es el argumento por excelencia. Y lo es en varios sentidos:
En primer lugar, una gran parte
del material pornográfico utiliza formas explícitas de violencia; sin embargo,
las mujeres que intervienen en esas representaciones no la reciben
aparentemente como violencia sino como placer. En efecto, la pornografía
“construye una
noción de deseo
femenino en total
sintonía y
correspondencia con el deseo
masculino”107. La pornografía, como todo aquello que forma parte del mercado,
construye deseos y posibilidades. Según Peter Szil, “las fantasías
pornográficas masculinas se convierten en definición y medida de la sexualidad
femenina”108. En las imágenes
pornográficas la violencia es explícita, la ve el espectador, que se excita con
esas agresiones, pero el mensaje que recibe es que esa violencia es una fuente
de placer
para las mujeres. MacKinnon
explica que: “La pornografía no funciona sexualmente sin la jerarquía de
género. Si no hay
desigualdad, violación, dominio,
fuerza, no hay excitación sexual” 109. El argumento fundamental de la
pornografía mainstream es la violencia, desde procesos de sexualización que
deshumanizan, desindividualizan y objetualizan a las mujeres hasta agresiones
explícitas.
La propia existencia de imágenes
agresivas contra las mujeres refuerza simbólicamente la violencia que existe en
la vida social. Por supuesto que una sociedad en la que las mujeres son objeto
de la violencia masculina debe contar con dispositivos ideológicos que
refuercen y naturalicen esa violencia. La tesis que argumento en este libro es
que la pornografía es un mecanismo ideológico que naturaliza la violencia
sexual y contribuye a que se instale en el imaginario colectivo la tolerancia
con las representaciones de violencia hacia las mujeres. La mayoría de las
imágenes pornográficas muestran a mujeres pasivas e intercambiables cuya
función es ser penetradas y agredidas por varones, en una variedad de formas
distintas. En efecto: “En la pornografía mainstreaming se deshumaniza a la
mujer, se la convierte en un producto penetrable
por el hombre, se la despoja de
su individualidad”110. Las prácticas más frecuentes en la pornografía hardcore
son escupir y abrir, donde el hombre estira el ano de la mujer tanto como sea
posible, coloca un espéculo y lo humedece con saliva u orín. También son
representaciones frecuentes la penetración anal y la penetración doble.
Asimismo, el “sellamiento”, que consiste en introducir el pene en cada
orificio, forma parte del mundo de violencia de la pornografía. La violación en
grupo es un ritual común. “Asfixiar y follar” al mismo tiempo o el bukkake, en
el que unos cuantos hombres eyaculan a la vez sobre el cuerpo desnudo de una
mujer
que está acostada en el suelo111,
forman parte habitual de la producción pornográfica.
En segundo lugar, la violencia no
solo está presente en las representaciones e imágenes, sino también en los
cuerpos de las
mujeres que intervienen en las
producciones pornográficas. No se puede analizar el material pornográfico sin
mostrar “los daños que produce el mercado de la pornografía sobre modelos y
actrices. Hay casos en los que las mujeres son coaccionadas para participar en
la pornografía. Otros en los que ellas entran libremente, pero luego
sufren maltratos y abusos no
consentidos”112. La representación de estas violencias se encarna corporal y
psicológicamente en las actrices que trabajan en estas producciones: “Las
biografías de las estrellas porno sugieren que las jóvenes que se involucran en
el negocio ya están bastante golpeadas por un pasado de violencia
sexual”113. Los daños que reciben
las mujeres que participan en esta industria se traducen en vaginas y anos
permanentemente doloridos, con infecciones y heridas, insensibilizados o
agrandados para tener que soportar la penetración de dos penes a la vez... Las
agresiones contra las actrices y modelos de la industria son tales que muchas
de ellas tienen que usar drogas
para poder realizar su trabajo114.
En tercer lugar, se ha
investigado en torno a los efectos que tienen la pornografía sobre la conducta
de los varones consumidores en sus prácticas sexuales. En este sentido, hay que
señalar que el hecho de “observar violencia contra las mujeres en la pornografía
puede hacer que dicha violencia se haga más tolerable para determinado tipo de
personas […] ya que se aprende viendo y se
considera normal lo que más se
observa”115. Se han hecho numerosos estudios y “parece que hay relación entre
consumo de
pornografía denominada hardcore y
estilo sexual agresivo”116. Desde
luego, diversos autores117
sostienen que las representaciones pornográficas en las que aparece violencia
contra las mujeres puede hacer más tolerable la violencia para algunos
varones.
Es necesario mostrar la relación
entre pornografía y violencia
sexual, debido a la capacidad que
tiene la pornografía para normalizar esa violencia, para dar ideas a
observadores masculinos receptivos y para romper algunas inhibiciones
personales y sociales
que impiden a los hombres
comportarse de manera violenta118.
En las dos últimas décadas el
porno se ha vuelto mucho más agresivo y violento con las mujeres con relación a
las representaciones pornográficas anteriores: “El tono de la pornografía se
basa cada vez más en la violencia, real o imaginaria, sobre las mujeres, pero
además […] la consumen cada vez más jóvenes que
no tienen experiencias previas
que les permitan cuestionarla”119. La invasión cultural de la pornografía
muestra a mujeres hipersexualizadas al servicio del placer masculino. Las
imágenes de las mujeres en la pornografía oscilan entre ser receptoras pasivas
de la sexualidad masculina o ser agentes activas en la búsqueda del placer
masculino. Marta Elisa de León explica que la pornografía “es
una caricatura monstruosa del
sexo”120. Los relatos pornográficos mainstream son consumidos mayoritariamente
por varones; el eje narrativo es el pene al servicio de la exaltación de la
masculinidad y la virilidad más patriarcales. Javier Sáez explica que: “La
pornografía logra objetivar el sexo, principalmente el masculino, teniendo en
cuenta una mirada masculina, básicamente heterocentrada, y los
genitales masculinos como centro
de la narración”121.
Como hemos destacado
anteriormente, la literatura crítica con la pornografía argumenta que la misma
forma parte constitutiva del sistema de dominación patriarcal. Y los sistemas
de poder requieren de la violencia para reproducirse socialmente. Por tanto,
dominación y violencia son hechos sociales inseparables. Las representaciones
pornográficas exhiben al desnudo el dominio y la violencia masculina. Asimismo,
Peter Szil argumenta que la violencia asociada a la pornografía y a la
prostitución son manifestaciones de la misma
cultura de la dominación
masculina”122.
Sin embargo, la pornografía no
solo se alimenta de las representaciones de prácticas sexuales violentas con
las mujeres, sino que, además, se ha convertido en un elemento relevante a la
hora de modificar los comportamientos sexuales en diferentes comunidades
culturales, como puede ser la de los aborígenes en
Australia123 o en Asia. En
efecto:
La pornografía puede tener
efectos aún más profundos en las comunidades tradicionales, donde se ha
identificado que juega un papel importante en la normalización del abuso sexual
y la prostitución de niños y jóvenes. En los lugares donde la pornografía se
introduce de repente en una cultura indígena, se pueden identificar más
fácilmente las formas en las que se daña la condición de la mujer124.
LA PORNOGRAFÍA COMO DISPOSITIVO
DE SOCIALIZACIÓN
Como he señalado anteriormente,
la pornografía no solo se ha convertido en un sector importante de la industria
internacional del sexo, sino que también forma parte de la cultura popular.
Estos dos hechos convierten a la pornografía en objeto de estudio para la
sociología. En este caso concreto, la sociología proporciona claves teóricas
para entender la pornografía como un fenómeno de masas en el contexto de la
cultura popular y, por ello mismo, en una influyente fuente de socialización.
En este marco, mi interés se centra en entender la relación entre el fenómeno
pornográfico y la socialización de género. ¿Hasta qué punto influye la
pornografía sobre la conducta de la juventud? ¿Qué efectos tienen las
representaciones pornográficas en aquellos que las contemplan? ¿Se podría
pensar que las imágenes pornográficas, con abundantes representaciones de
violencia contra las mujeres, no tienen efectos socializadores sobre la
conducta sexual de los espectadores?
La sociología ha analizado los
medios de comunicación como una de las instancias decisivas de socialización
mientras que la sociología feminista ha mostrado que la televisión, el cine o
la publicidad emiten mandatos socializadores de género que refuerzan la
masculinidad y la feminidad más hegemónicamente patriarcales. Dicho en otros
términos, si la sociología se ocupa de identificar las fuentes de la
socialización, el feminismo sociológico tiene como uno de sus objetivos
analizar la socialización de género. Pues bien, si la publicidad influye en el
comportamiento de los consumidores y esa
es, precisamente, su función
principal: ¿se puede afirmar que la pornografía es también una fuente de
socialización y que, por tanto, influye en el comportamiento sexual de los
consumidores de pornografía?
Mi análisis se centra en que la
pornografía es un factor de socialización, en la misma medida que lo es la
publicidad. En efecto, sostendré que la pornografía utiliza los mismos códigos
narrativos que la publicidad, pues de lo que se trata en la pornografía es de
vender: “La pornografía no es un tema […] sino una relación, la
misma que la publicidad intenta
establecer entre un comprador y un
objeto a vender”125. Por eso,
cualquier aproximación a la pornografía
ha de hacerse con un aparato
conceptual semejante al que se usa para analizar la publicidad.
El objetivo de los anuncios
publicitarios es crear el deseo de un objeto o mercancía que antes no existía.
Sin embargo, la publicidad tiene una utilidad simbólica y cultural que
trasciende la mera venta de mercancías, pues sirve de recordatorio constante de
la base
cultural y económica de nuestra
sociedad126. La pregunta sociológica apunta al impacto que tiene la publicidad
sobre los consumidores.
El objetivo primario de la
publicidad es vender el producto anunciado, pero la publicidad también tiene
una narrativa sobre nuestro modelo de sociedad. Los anuncios no contienen
mandatos de cambio social, no se sitúan en el terreno del “deber ser”. Se sitúan
en el ámbito del “ser”, de lo que es, y crean dispositivos normativos para
apuntalar lo existente, lo instituido, pero limpio de todos aquellos aspectos
que pueden generar resistencia crítica por parte del espectador. Cuando
aparecen algunos mensajes de cambio en la publicidad, suelen ser gestos vacíos,
desprovistos de contenidos políticos y suelen tener más bien una dimensión
estética. La primera intención de la pornografía es que el espectador o el
lector lleguen a realizar prácticas masturbatorias. Para alcanzar esa práctica
es necesario comprar o acceder de alguna manera al producto pornográfico, pero
las producciones pornográficas también tienen un subtexto que “habla” de las
estructuras patriarcales de la
sociedad. En otros términos, la
función de la pornografía no acaba en el consumo, sino que también prescribe
cómo deben ser varones y mujeres en su manera de entender y vivir la
sexualidad.
Los medios de comunicación y,
particularmente, la publicidad muestran mayoritariamente a mujeres que ejercen
la maternidad, comprometidas, además, con las tareas domésticas y familiares.
Pueden mostrar incluso a mujeres que tienen profesiones y las ejercen en el
mercado laboral, pero ese trabajo extradoméstico no suele ser representado como
una tarea prioritaria frente a la maternidad y a la familia. La publicidad se
apropia selectivamente de aquellas funciones y representaciones que son
fundamentales para la reproducción de las sociedades patriarcales. En este
sentido, la publicidad, entre otras cosas, es un mecanismo de socialización que
estereotipa a las mujeres, adaptándolas a las definiciones dominantes que
habitan en el imaginario patriarcal. El análisis sociológico feminista ha
subrayado que la abrumadora mayoría de la publicidad maneja un concepto de
normatividad femenina patriarcal que vincula a las mujeres con el mundo de la
reproducción y de los cuidados. Las mujeres son simbólicamente definidas como
seres deficitarios que solo alcanzan su plenitud cuando se vinculan a un varón.
El producto que las mujeres deben comprar se encarna en ese modelo normativo
femenino. El subtexto es que la adquisición de ese producto acerca a la
consumidora a ese modelo dominante. Los anuncios publicitarios tienen sus
propios códigos narrativos y su objetivo prioritario es vender.
Ahora bien, la publicidad usa ese
modelo de mujer atada a la maternidad y a los cuidados para crear en las
mujeres la necesidad de aquellos productos que refuerzan esa función. Sin
embargo, la publicidad explota a veces explícita y a veces inexplícitamente
otro modelo de feminidad: el vinculado al papel de la seducción. En efecto, la
publicidad también se dirige a mujeres que se cuidan físicamente, se adaptan al
canon de belleza dominante y hacen de su atractivo físico y sexual uno de los
núcleos de su vida. Pues bien, sostengo que entre este modelo de feminidad
articulado en torno a
la idea de seducción y las
representaciones pornográficas existe un hilo que vincula a ambas. Este hilo es
la sobrecarga de sexualidad que se atribuye a las mujeres y que en ambos casos
sirve para vender. En el primer caso, cuando se trata de vender ropa, productos
de belleza u otros artículos, se vende ese modelo hipersexualizado de mujer. Y
en el segundo caso, en la pornografía,
los productos a vender son
mujeres sobrecargadas de sexualidad hasta el extremo de una total
objetualización y pérdida de cualquier rasgo de individualidad. Con estas
observaciones quiero subrayar el significado cultural de la pornografía y los
efectos que tiene sobre los varones y sobre las mujeres.
Peter Szil explica que el
material pornográfico se rige por los mismos códigos que la publicidad porque
su objetivo es vender y satisfacer los deseos sexuales de los varones:
La función de la pornografía y de
la prostitución viene a ser la misma: con la ayuda de mujeres […] convertidas
en objetos sexuales, servir la sexualidad de un espectador/comprador invisible
que se está masturbando sobre o dentro de ese objeto. Por eso, la línea de
demarcación entre arte erótico y pornografía no está entre los desnudos de
Interviú o Playboy y las representaciones explícitas del acto sexual. Ambas
cosas son pornografía. Los gestos, las posturas y los morritos de las mujeres
en las portadas de Interviú transmiten también el mensaje de que ellas están
dispuestas a satisfacer gustosamente cualquier deseo imaginado del
comprador127.
Las imágenes pornográficas
funcionan, en gran media, igual que la publicidad, pues invitan al espectador a
imaginarse en la escena
mágica e inclusive a intentar en
la vida real lo que le presentan128. Dicho en otros términos, la pornografía es
un elemento significativo en la educación sexual de los jóvenes. No solo es
frecuentemente una puerta de entrada a la prostitución, sino que sobre todo se
convierte en un elemento influyente en la configuración de las normatividades
de género en la adolescencia y juventud.
Marta Elisa de León lo explica
desde su experiencia de 10 años de mujer prostituida:
Casi todos los hombres están
programados y la culpa, en parte, es de la pornografía. Toda esa imaginería,
tan exagerada y antinatural, hace mucho daño. Muchos hombres viven tan
enganchados a todo ese mundo de imágenes que luego son incapaces de sentir deseo
por algo que no esté dentro de esos parámetros. Y tampoco saben relacionarse
con normalidad con una mujer, porque
no tienen otra referencia mental
salvo la pornográfica129.
La pornografía es propaganda
sexual explícitamente sexista: presenta a las mujeres como objetos, cosas o
mercancías; también las presenta disfrutando el dolor y la humillación; como
objetos sexuales atados, cortados, mutilados con contusiones y heridas; posturas
o posiciones de sumisión y servilismo; se presenta a las mujeres como putas por
naturaleza; y se está normalizando en este género la exhibición de mujeres
penetradas por objetos o
animales130.
A través de la pornografía se
sexualiza la violencia e incluso la muerte. La pornografía se desarrolla como
una escuela de aprendizaje de lo que son las mujeres y también de lo que deben
ser. Los jóvenes aprenden que su margen de maniobra para hacer cosas a las
mujeres es muy amplio. Y ese aprendizaje pronto es transmitido a sus compañeras
o esposas. El mensaje es que ellas deben aproximarse al modelo que aparece en
la pornografía. El subtexto de esta “literatura” es que ellos se configuran
como sujetos y ellas como objetos. En la pornografía el receptor de placer
siempre es masculino y el emisor, femenino. Y es que en la pornografía se
repite el mismo esquema en el que nos socializamos desde que nacemos: ellos son
sujetos con deseos y proyectos; ellas no encuentran una educación ni una
atmósfera social que les permita interiorizar con la misma fuerza y convicción
que su papel en la vida es la de ser sujetos y no objetos. Y que el placer no
debe ser una prerrogativa masculina, sino para ambos sexos.
En efecto, un gran número de
revistas y películas pornográficas sobre la misma temática pueden venderse
libremente y sus
consumidores son varones en su
mayoría131. En estos productos pornográficos, fotos y películas, se narran
“relatos” en los que las mujeres son “protagonistas”. O quizá es más correcto
decir que las protagonistas no son tanto ellas como sus cuerpos. Lo explica muy
bien Diana Russell cuando señala que en la pornografía las mujeres
son tratadas como pedazos de
carne132.
MacKinnon explica que la
pornografía contribuye a definir qué es
una mujer133. El razonamiento de
esta autora es el siguiente: los varones —algunos— tratan a las mujeres en
función de quiénes creen que son y en la pornografía encuentran un dispositivo
para hacer realidad su sueño. De una forma aún mucho más explícita, señala esta
autora que: “La pornografía puede inventar a las
mujeres porque tiene poder para
convertir su idea en realidad”134. Barry señala que la experiencia pornográfica
queda inscrita en la
memoria y ahí podrá recuperarse
para la fantasía y para la acción135. Por su parte, Carole Vance explica que
“las representaciones de la sexualidad que forman parte de la corriente
principal de la cultura
pueden cumplir una función
educativa y socializante”136.
La idea que he querido
desarrollar en este apartado es que la socialización de niñas y mujeres en las
sociedades patriarcales es la base cultural sobre la que se edificará
posteriormente la pornografía. Las mujeres son socializadas en la idea de que
sus vidas son deficitarias si no se desarrollan en el marco de la familia y la
maternidad. Si las mujeres no transitan este camino, tendrán que vivir en la
anomia. La socialización en la feminidad normativa les llevará a abdicar de sus
deseos, a acoplarse a los del compañero y a asumir como propias las necesidades
de los hijos. En esta abdicación del yo se encuentra una de las claves de su
socialización. Y esa abdicación del yo, exigencia de las elites patriarcales,
en la pornografía se transforma en una “extinción del yo”.
La pornografía no puede ser
explicada fuera de los procesos de socialización. Y su función es ser causa y
efecto. La pornografía no crea el modelo de mujer sobrecargada de sexualidad ni
tampoco
crea el modelo de varón agresor,
pero contribuye a su reproducción. La feminidad y la masculinidad hegemónicas
no son creaciones de la pornografía, pero son algo más que simples efectos de
las estructuras patriarcales. Peter Szil lo explica así:
El proceso de socialización de
los hombres está construido sobre la certeza de que su sexo les otorga derecho
a disponer de su entorno, del espacio y del tiempo de otros y, en primer lugar,
otras. Este derecho se extiende también al cuerpo y a la sexualidad de las
mujeres. De allí hay solo un paso a que, tratándose de un derecho, es legítimo
conseguirlo y preservarlo, aunque sea con violencia. En una sociedad basada en
estas suposiciones es de interés de los hombres en general la
subsistencia de la
prostitución137.
En efecto, quienes están en una
posición de hegemonía tienen el poder de la definición y de la construcción de
significados. Lo explican muy bien Gail Dines y Robert Jensen cuando señalan
que la clase dominante intenta crear e imponer definiciones y explicaciones
del mundo138. En este caso, los
varones están en una posición de hegemonía sobre las mujeres. Y tanto la
producción de significados como las estructuras de poder han estado en manos
masculinas. La pornografía tiene que ver con la construcción de significados,
con producciones simbólicas, pero también con producciones materiales. Los
entramados simbólicos y materiales no se construyen desde abajo, sino desde
arriba. Son los sectores dominantes y hegemónicos quienes elaboran primero y
detentan después esos espacios de poder. La pornografía mainstream es un
mecanismo de poder ideológico y material que confirma el poder masculino y
contribuye a su reproducción.
No quiero terminar este capítulo
sin encontrar algunas razones, además de las ya argumentadas, que nos permitan
comprender por qué la pornografía ha salido de los márgenes y se ha colocado en
el centro de la cultura. Hay que indagar por qué la pornografía ha encontrado
un lugar estable en las estructurales culturales y por qué los individuos,
especialmente los varones, se identifican con esos productos. En efecto, el
cambio de significado que se ha otorgado a la sexualidad en las biografías de
los individuos en algunas partes
del mundo, los intensivos
procesos de sexualización de las mujeres, el interés del capitalismo global por
ampliar los límites de la industria del sexo, la obsesión patriarcal por
preservar, e incluso desarrollar, la hipermasculinidad y el crecimiento del
número de mujeres que exigen otro tipo de sexualidad con los varones
probablemente son factores que han contribuido a la expansión de la
pornografía. Cabe pensar que la pornografía ofrece una solución simbólica a una
contradicción irresoluble: la exigencia de las mujeres de relaciones sexuales
emocionales e igualitarias y la amenaza que esta reclamación supone para los
varones en términos de pérdida de la masculinidad hegemónica. Ahí, en esa
tensión y en la intersección de los factores anteriormente citados, ha crecido
la pornografía hasta encontrar un lugar sólidamente anclado en las estructuras
culturales.
CAPÍTULO 4
Economía política de la
prostitución
Capitalismo global y prostitución
son dos fenómenos sociales que han crecido y avanzado al mismo tiempo. A medida
que se han globalizado las políticas económicas neoliberales, ha aumentado la
industria del sexo. Como ya he afirmado en repetidas ocasiones, la prostitución
es una institución constitutiva del patriarcado, pero la transformación que ha
experimentado esta práctica social en las últimas décadas la ha convertido en
un sector económico central para el nuevo capitalismo. Es a partir de los años ochenta
que la prostitución experimentará importantes cambios a causa de la
globalización de la economía. Y de ese modo, la prostitución se convertirá en
parte integral del nuevo capitalismo, hasta el extremo de que el estudio de la
industria del sexo es un emplazamiento estratégico para comprender las lógicas
sistémicas de funcionamiento tanto del capitalismo como de los patriarcados
contemporáneos.
La industria del sexo se
encuentra en el cruce de dos procesos: por un lado, la reorganización de la
economía mundial que tuvo lugar en los años setenta y ochenta, con el resultado
de un gran crecimiento económico y, por otro, la reestructuración de las sociedades
patriarcales que comienza a hacerse visible en los ochenta y se confirma en los
noventa. Esta reforma de los patriarcados puso en marcha una compleja variedad
de mecanismos de control sobre las mujeres para preservar la hegemonía
masculina. La prostitución de hoy es así el efecto de la reconfiguración del
capitalismo neoliberal y de la remodelación de los patriarcados
contemporáneos.
El capitalismo tardío ha impuesto
globalmente una nueva redistribución de los recursos económicos y ha presionado
a los estados para que transfieran los recursos públicos a las rentas del
capital. Estas políticas han disparado la brecha entre personas ricas y pobres,
en cada sociedad y a escala global. El resultado ha sido una crisis muy
profunda del contrato social que se pactó tras la Segunda Guerra Mundial en
Europa y que dio lugar a un nuevo modelo de organización social, el denominado
Estado de bienestar. Según Saskia Sassen: “El filo del sistema hoy es un
espacio de expulsiones, en contraste con la época keynesiana en que el filo del
sistema era un espacio de incorporación, no porque fuera un periodo ideal sino
porque las sistematicidades constitutivas incluían la
producción masiva y el consumo
masivo. Hoy ya no es así”139. De
hecho, la pobreza y la
desigualdad se están reinstalando en muchas partes del mundo en las que se
atisbaba la posibilidad de combatirlas con éxito. Asimismo, han aparecido focos
de pobreza donde no existían y en algunas regiones con altos índices de pobreza
se sigue reproduciendo, e incluso ahondando, la miseria; sin embargo, en otras
regiones con mucha pobreza, las economías ilícitas, entre ellas la industria
del sexo, han facilitado el crecimiento económico al poner en el mercado a
millones de mujeres para uso sexual de varones autóctonos o provenientes del
turismo sexual. La transformación de la prostitución está causalmente vinculada
a la
existencia de los “mercados
desarraigados”140, sin regulación estatal ni control social, y cuya lógica
económica depredadora ha mercantilizado no solo la naturaleza, el dinero y el
trabajo, sino también los cuerpos y la sexualidad de las mujeres. Por otro
lado, la
economía global está marcada por
la extracción y la destrucción141. La combinación de ambas estrategias
económicas está teniendo efectos de desigualdad y de destrucción humana
desconocidos. Pues bien, en el marco de esta política económica extractiva y destructiva
se entiende mucho mejor el significado simbólico y real que tiene la
prostitución para el capitalismo global.
Por su parte, las políticas
patriarcales tienen una nueva propuesta de distribución de las mujeres. El
contrato sexual moderno se configuró, como ya hemos señalado anteriormente,
sobre un reparto de las mujeres entre el matrimonio y la prostitución, tal y
como explicara Carole Pateman. Pues bien, en los años setenta se produjo una
crisis significativa de legitimidad del sistema patriarcal debido a las
conquistas de derechos de las mujeres en el marco del feminismo radical, pues
reducidos grupos de mujeres de distintas partes del mundo lograron desasirse de
la hegemonía masculina y adquirieron más autonomía y libertad, tanto en el
contexto de la familia como fuera del matrimonio. Sin embargo, esa crisis de
plausibilidad del dominio patriarcal enseguida fue contestada reactivamente.
La hipótesis que recorre este libro es que el gigantesco crecimiento de la
prostitución también es una respuesta a la pérdida de poder masculino tras las
movilizaciones y luchas políticas que tuvieron lugar en el contexto de los años
setenta. Esto explica en parte que el número de mujeres y niñas para la
industria del sexo haya aumentado de una forma
desconocida142. Por su parte,
Richard Poulin explica que las mujeres reclutadas para la explotación sexual
son cada vez más jóvenes, pues ya en 2009 el 48 por ciento tenía menos de 18
años. La conclusión a la que ha llegado es que “se va hacia una pedofilización
de la prostitución”143.
El crecimiento de la prostitución
está relacionado con el nuevo reparto de los recursos materiales en el marco
del capitalismo avanzado y con la nueva distribución de mujeres en el contexto
de las sociedades patriarcales. Por tanto, mi objetivo primordial es argumentar
que la prostitución debe ser analizada en el marco de la economía política,
pues su conversión en un sector económico está vinculado a las transformaciones
del capitalismo, tal y como sostiene
acertadamente Sheila Jeffreys144.
El hecho de que la prostitución se apoye sobre dos grandes sistemas de dominio,
el patriarcal y el capitalista global, y el hecho también de que para ambos
sistemas de poder la prostitución sea un sector económico y sexual
fundamental es lo que hace
posible que deba ser estudiada en el
marco de la economía política
patriarcal.
La prostitución es una práctica
social que hace posible que los varones obtengan sexo a cambio de dinero.
Carole Pateman explica que la prostitución es parte fundamental del contrato
sexual, en el sentido de que es una de las dos instituciones, junto al matrimonio,
a través de la cual los varones se aseguran el acceso sexual al
cuerpo de las mujeres145. Es, por
tanto, una de las columnas vertebrales del dominio masculino y, por ello, una
institución fundacional del patriarcado. No se puede perder de vista que los
demandantes son varones y quienes ejercen la prostitución son mujeres. Este
hecho convierte la prostitución en un objeto de estudio privilegiado para la
teoría feminista, pues el feminismo, en sus tres siglos de historia, ha
construido un marco interpretativo con el objetivo de iluminar todas aquellas
realidades sociales que sitúan a las mujeres en una posición de inferioridad y
a los varones en una situación de hegemonía. Y esa es la idea que preside este
texto: la prostitución es una forma fundamental de explotación económica y
sexual de las mujeres. En esta práctica social se puede analizar la alianza
entre el capitalismo y el patriarcado y los intereses y beneficios que vinculan
a estos dos sistemas de poder. Sin embargo, la conclusión a la que he llegado
después de todo el proceso de investigación que ha desembocado en este libro es
que el capitalismo global ha incrementado y potenciado el poder del sistema
patriarcal y ha otorgado más poder a los varones. Por eso, precisamente, la
prostitución debe ser materia de análisis para el feminismo, porque en esta
institución se puede identificar el rearme material de los patriarcados.
LA INDUSTRIA INTERNACIONAL DEL
SEXO
La prostitución es el corazón de
una industria internacional del sexo que incluye una gran variedad de negocios,
desde macroburdeles o locales de striptease hasta editoriales, desde casas de
masaje hasta agencias de “acompañantes”, desde películas hasta revistas sobre
pornografía, sin olvidarnos de
las cifras del turismo sexual. La industria del sexo no acaba en el conjunto de
negocios que forman parte del sector de la prostitución, pues también otros
muchos actores económicos se lucran de esta industria y contribuyen a su
apuntalamiento. En efecto, diversos negocios cuya función no está directamente
vinculada con la prostitución sirven a sus intereses y también se sirven de
esta industria para incrementar sus beneficios. Entre ellos, hay que destacar
principalmente hoteles, empresas de bebidas alcohólicas, periódicos, farmacias,
taxis o karaokes. ¿Qué ocurriría si las empresas productoras y distribuidoras
de bebidas alcohólicas se negasen a surtir a los burdeles o los periódicos no
aceptasen publicar anuncios de locales o pisos en los que se ejerce la
prostitución? Lo que quiero señalar es que la prostitución es el eje de todo un
sector económico que se articula en torno a los cuerpos de las mujeres
prostituidas. El centro de la industria del sexo son los cuerpos de las mujeres,
que se han convertido en las mercancías sobre las que se ha edificado esta
industria global. Y más concretamente, toda esta actividad económica se
sustenta sobre la vagina y otras partes del cuerpo femenino, que se han
convertido en
el fundamento de un negocio
organizado a escala global146.
Hasta los años ochenta del siglo
XX la prostitución apenas ha tenido impacto económico en las cuentas
nacionales. Su dimensión más relevante ha sido la poderosa marca patriarcal
sobre la que originalmente se edificó esta práctica social. Sin embargo, la aparición
del capitalismo global a partir de los años setenta cambia el rostro de la
prostitución y la convierte en parte fundamental de la industria del ocio y del
entretenimiento. En efecto, a partir de esa época, la industria del sexo se ha
ido globalizando con la ayuda de las redes informacionales, pero también con la
contribución de las redes criminales.
Hace poco más de tres décadas la
prostitución era un conjunto de burdeles con mujeres autóctonas que ejercían la
prostitución con encargadas y jefas que gestionaban, a veces paternalistamente,
esos pequeños negocios:
Antes existían muchos “clubes de
alterne” pequeños. Eran lugares íntimos, casi familiares. Ahora quedan cada vez
menos, y los que quedan han vivido una transformación radical, tanto en la
forma como en la manera de funcionar. Los pequeños clubes, en su mayoría, están
desapareciendo, sustituidos por los megalocales de striptease con showgirls y
chicas exhibiéndose con la mínima ropa posible. Son negocios que a veces
incluso funcionan con licencia de hotel… Los pequeños locales donde tantas
mujeres ejercían de manera más o menos discreta una forma de prostitución
light, porque no solamente no estabas obligada a acostarte con los clientes,
sino que además podías ganar mucho dinero sin necesidad de ello, son ya cosa
del pasado147.
En esa antigua forma de
prostitución no existían apenas mujeres migrantes, ni tráfico de mujeres para
la explotación sexual ni circuitos criminales. En otros términos, ese viejo
canon de la prostitución correspondía al capitalismo previo al neoliberalismo,
y, por ello mismo, su dimensión más relevante era la patriarcal.
El nuevo canon de la prostitución
solo puede ser explicado en el marco de tres sistemas de dominio: el
patriarcal, el neoliberal y el racial/cultural. En efecto, varones de todas las
clases sociales acceden sexualmente a los cuerpos de mujeres pobres, migrantes
y pertenecientes a culturas, razas y regiones del mundo que el Occidente
etnocéntrico ha conceptualizado como inferiores. Este es el rostro que ofrece
la prostitución en los países con altas tasas de bienestar. En aquellos países
con índices de pobreza significativos puede variar el componente cultural o
racial en el consumo interno de sexo, pero permanece invariable la explotación
sexual de las mujeres por varones de todos los estratos sociales. En efecto,
“como en todo fenómeno de prostitución, las minorías étnicas y nacionales
están sobreexplotadas” 148.
Varones de sus propios países, de regiones próximas y de países occidentales
acuden a comprar sexo barato de mujeres que necesitan recursos para sobrevivir.
Si bien la marca de clase ha estado presente en la prostitución anterior a la
globalización capitalista, en esta época de creciente mercantilización de los
cuerpos de las mujeres, la pobreza y la extrema pobreza de las mujeres, es
decir, la jerarquía de clase, ha adquirido una dimensión que no tenía en el
pasado.
La globalización económica ha
hecho posible que la prostitución se convierta en un lugar de intersección
entre el norte y el sur, pues el sur exporta mujeres para consumo sexual de los
varones del norte. Y los hombres del norte viajan a países del sur a comprar
sexo y ejercer el derecho patriarcal que les autoriza a usar sexualmente a las
mujeres en el marco de la prostitución. Esta industria conecta el norte rico y
el sur endeudado. Y, además, contribuye a crear una nueva afiliación entre los
varones del norte y los del sur. Con más o menos recursos, los varones
occidentales comparten con los del resto del mundo la posibilidad de usar
sexualmente a las mujeres que el capitalismo neoliberal y los distintos
patriarcados han situado en esos lugares acotados para satisfacer el deseo
masculino. Incluso en algunos países en los que la prostitución ha sido
legalizada, los demandantes no solo creen tener el derecho a usar sexualmente a
las mujeres prostituidas, sino que tienen consagrado por ley ese derecho. La cartografía
global de la prostitución muestra a varones de los países centrales cruzar
regiones e incluso continentes para acceder a cuerpos de mujeres y niñas de
otras razas y culturas que solo tienen su cuerpo para sobrevivir. Son
migraciones puntuales de los demandantes de prostitución para comprar sexo
barato, racializado y, muchas veces, infantil.
La teoría feminista ha propuesto
la necesidad de estudiar la política sexual de todas las instituciones para
comprender las lógicas patriarcales que habitan en su interior. Pues bien, en
este sentido, la política sexual de la prostitución muestra sociológicamente el
carácter interclasista de los demandantes y la composición femenina y sin
recursos de aquellas que ejercen la prostitución. La lógica patriarcal y la
lógica de clase se funden en la prostitución.
La característica más
significativa del capitalismo avanzado es su globalización. Y esa exigencia ha
llegado a la prostitución. La globalización desactiva las fronteras para el
capital y las mercancías. Y la mercancía sobre la que está edificada la industria
del sexo, los cuerpos de las mujeres, no pueden permanecer dentro de los
límites
del Estado nación. Sobre todo
porque esa “mercancía” escasea en las sociedades del bienestar y hay mucha
disponible en los países con altas tasas de pobreza. Lo que quiero decir es que
la globalización de la industria del sexo exige que los cuerpos de las mujeres
puedan ser deslocalizados de sus países de origen y sean trasladados a países
en los que la demanda no se cubre:
El tráfico, el turismo sexual y
el negocio de las esposas que se compran por correo han asegurado que la severa
desigualdad de las mujeres pueda ser transferida más allá de las fronteras
nacionales, de manera tal que las mujeres de los países pobres puedan ser
compradas con fines sexuales por hombres de los países ricos. El siglo XX vio
el hecho de que los países ricos prostituyen a las mujeres de los
países pobres como una nueva
forma de colonialismo sexual149.
Como afirmaba en el primer
capítulo, siguiendo los análisis de Saskia Sassen, una característica
fundamental del capitalismo global es la lógica de expulsiones que pone en
funcionamiento para lograr en poco tiempo y sin economías productivas unos
niveles de beneficios impensables. Desde este punto de vista, las mujeres
prostituidas no solo representan una de las grandes expulsiones del siglo XXI,
sino que son sometidas a las mismas reglas que otras mercancías para el
consumo. La prostitución es así el máximo exponente de la deslocalización
neoliberal, pues las mujeres son trasladadas de los países con altos niveles de
pobreza a los países con más bienestar social para que los varones demandantes
de todas las clases sociales accedan sexualmente a los cuerpos de esas mujeres.
Si bien el cuerpo de las mujeres prostituidas siempre ha sido una mercancía, en
esta época de capitalismo avanzado el cuerpo de las mujeres prostituidas se
convierte en una mercancía muy codiciada por los traficantes y proxenetas porque
proporciona altos beneficios con bajos costes. Esta forma de funcionamiento del
capitalismo, la deslocalización de la producción menos cualificada a países con
pocos derechos laborales y altas tasas de pobreza, se ha extendido a las
mujeres prostituidas. Sin embargo, esta deslocalización de mujeres para la
industria del sexo tiene elementos que la convierten en una auténtica
expulsión. Son mujeres
expulsadas de su condición de
ciudadanía, de sus contextos culturales, de sus entornos familiares y de sus
proyectos de vida. Son expulsadas de sus espacios físicos y emocionales y,
cuando llegan a los destinos proyectados, ya son seres sin historia; nadie las
conoce aquí y tienen que negar lo que son allí, en su país de origen. Por el
camino aprendieron a ocultar su historia, y en muchas ocasiones su lengua, como
condición de posibilidad para adoptar la nueva identidad que se le ofrece, la
de mujer prostituida.
La prostitución, como hemos dicho
anteriormente, tiene tres marcas, sin la identificación de las cuales no es
posible la comprensión de esta realidad social: la patriarcal, la capitalista
neoliberal y la cultural/racial. En la intersección de estos tres sistemas de
poder ha crecido la industria del sexo y han aumentado tanto los consumidores
de prostitución como el número de mujeres de las que se alimenta este negocio
global. Sin embargo, en estos momentos, la estructura que sostiene esta
industria está pilotada por las lógicas económicas que gobiernan el capitalismo
global. Solo esto explica los enormes esfuerzos que se están haciendo para que
el acceso sexual al cuerpo de las mujeres sea percibido como un asunto de
consumo para los varones y de libre elección para las mujeres prostituidas. El
imaginario colectivo, resultado en muy buena medida de las estructuras de poder
patriarcales y capitalistas, ofrece la imagen de la prostitución como un acto
libre de ellas y un acto de consumo de ellos. Dicho de otra forma, las elites
dominantes intentan que la prostitución sea vista como un contrato libre entre
dos partes que están igualmente interesadas en firmarlo.
Si, como hemos afirmado, la
prostitución se encuentra en la confluencia de tres sistemas de poder, el
capitalista, el cultural/racial y el patriarcal, el propio título de este
capítulo es en sí mismo una propuesta de cómo debe ser interpretada esta práctica
social. En efecto, la prostitución es una industria esencial para la economía
capitalista, para la economía criminal, para los estados que ven en esta
institución una fuente de ingresos públicos, pero también para las
instituciones del capitalismo internacional, como el Banco
Mundial o el Fondo Monetario
Internacional, que ven en lo que han conceptualizado como industria del
entretenimiento y del ocio unos ingresos que pueden garantizar la devolución de
la deuda. Poulin afirma que “el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional
y los planes de ajuste estructural proponen préstamos a los estados para
desarrollar empresas de turismo y
entretenimiento”150.
EL LENGUAJE DE LA PROSTITUCIÓN
Kathleen Barry explica que los
cambios más significativos que se han producido en la prostitución han sido su
conversión en una industria,
su expansión global y el aumento
de su aceptación social151. En efecto, no solo se han producido
transformaciones materiales en esta práctica social, sino también cambios en la
ideología que la envuelve. Lo que quiero señalar es que el crecimiento de la industria
del sexo y su configuración como una gran “corporación” global está modificando
el viejo imaginario que existía sobre la prostitución. A medida que la
prostitución ha dejado de ser un pequeño negocio y se ha transformado en una
gran “industria” en el marco de la economía global, esta práctica ha ido
ganando cada vez más presencia social. Sheila Jeffreys explica que varias
fuerzas se han conjugado para dar nueva vida a esta práctica social: “Lo más
importante es la nueva ideología y práctica económica de estos tiempos
neoliberales en los que la tolerancia de la ‘libertad sexual’ converge con la
ideología del libre mercado para reconstruir a la prostitución como ‘trabajo’
legítimo que funciona como base de la in‐
dustria del sexo, tanto a nivel
nacional como internacional”152.
En efecto, la prostitución de
mujeres muy jóvenes y adolescentes es presentada no solo como un acto de
libertad sexual, sino también como un negocio próximo al mundo del espectáculo
y rodeado de glamour. Muchas chicas jóvenes se ven seducidas por la idea de que
este mundo puede ser un pasaporte para la moda, el cine o la televisión. Conocí
en un club a una joven prostituida, extremadamente guapa, que me explicaba que
su estancia en el
club solo era temporal, que
estaba en una agencia de modelos y que esperaba dedicarse pronto a lo que
verdaderamente le gustaba. Su belleza, su estilo, su forma de hablar y de
moverse era la viva representación del glamour.
El hecho de que la prostitución
se haya convertido en un negocio global y en una fuente inagotable de
beneficios explica que se esté abriendo paso un nuevo lenguaje cuyo objetivo es
enmascarar la
realidad que esconde esta
institución. Richard Poulin153 señala que el vocabulario que envuelve la
industria del sexo se ha vuelto esencialmente económico: la prostitución es
“trabajo sexual” o “venta de servicios sexuales”; los proxenetas son “empresarios”;
la industria o el mercado del sexo es un “sector de entretenimiento y ocio”;
los prostituidores son “clientes o consumidores”; las mujeres prostituidas son
“trabajadoras sexuales por cuenta ajena” o bien “trabajadoras por cuenta
propia”; y la fuerza de trabajo con la que cuentan es su cuerpo o “el cuerpo es
su propio capital”.
Tras este conjunto de eufemismos
se esconde la lucha de los proxenetas por transformar la economía criminal en
economía legal. Para la industria del sexo es fundamental la legalización de la
prostitución, pues eso convertiría a los proxenetas en empresarios. Lo que
quiero señalar es que hay puesta en marcha una operación para blanquear
ideológicamente la prostitución y presentarla ante la opinión pública como una
transacción entre dos individuos en igualdad de condiciones, en el que uno
tiene el dinero y el otro tiene un producto que vender.
Como ya he señalado, las
realidades materiales solo pueden lograr estabilidad social si están
acompañadas por realidades simbólicas que actúan como fuente de legitimación.
En este sentido, el lenguaje se configura como un dispositivo de legitimación
de la prostitución: “La expresión ‘trabajadoras del sexo’ acredita la idea de
que el sexo-mercancía se ha convertido en un elemento indiscutible para la
economía moderna. Toda noción ética se barre, toda relación
de dominación se ahoga en la
lógica individualista”154. El lenguaje es un dispositivo sustancial de
definición e interpretación de la realidad
y tanto la ideología del
capitalismo global como la patriarcal están creando nuevos discursos y
representaciones a fin de ocultar la explotación sexual sobre la cual se ha
creado el sistema prostitucional. En efecto, el uso de un lenguaje económico
oculta la explotación económica y sexual de las mujeres prostituidas y
contribuye a legitimar la industria del sexo. Dicho de otro modo: le sustrae la
dimensión moral y política que tiene esta institución y la envuelve en la
aparentemente técnica terminológica de la economía.
El lenguaje no es una realidad
neutra y ajena a las relaciones sociales que se desarrollan en las diferentes
comunidades humanas. Por el contrario, el lenguaje es un poderoso agente de
socialización y una parte fundamental del entramado simbólico de cada sociedad.
Sin embargo, su eficacia está vinculada a la coherencia entre las estructuras
simbólicas y las materiales. Pues bien, a través del lenguaje se emiten
mensajes que refuerzan los entramados materiales de las sociedades
patriarcales. Por eso el lenguaje es sexista y por eso el lenguaje es un campo
de disputa en el que tienen lugar luchas entre quienes tienen el control del
poder y
quienes desean el cambio, entre
quienes defienden la desigualdad y
quienes apuestan por la
emancipación155. La construcción simbólica de las normatividades masculina y
femenina está en manos de las elites patriarcales, pues ellas son las que
controlan los resortes de poder ideológico. El primer poder del que tiene poder
es el de la definición. Lo que quiero destacar es que el poder de definición no
es solo el de nombrar, sino también el de imponer en la opinión pública y en el
imaginario colectivo aquello que ha sido definido. Por eso es fundamental
cuestionar la neutralidad del lenguaje y señalar que este no es una realidad
natural, sino social y por ello es un dispositivo de poder. En el mismo
sentido, las definiciones sociales tampoco son neutras, pues son la fuente
primordial de legitimación de las realidades materiales. En el caso de la
prostitución, el capitalismo global y los diversos patriarcados están
interesados en su normalización y para ello usan el lenguaje de los derechos
políticos y de los derechos económicos.
Sin embargo, no solo el discurso
de los derechos vinculados al mercado enmascara la prostitución, también el
lenguaje de los derechos políticos en clave liberal es usado para legitimar su
existencia. El argumento de que el ejercicio de la prostitución es un derecho
que se apoya en la libertad y autonomía de las mujeres para elegir su modo de
vida, incluido el concepto tan frecuentemente utilizado por el feminismo de “mi
cuerpo es mío”, también ha sido apropiado por los partidarios de la
legalización de la prostitución. El argumento utilizado es que el cuerpo es una
propiedad de la persona y por ello se puede vender libremente. La idea del
consentimiento y de la libre elección es uno de los argumentos centrales que se
utiliza desde las posiciones que consideran la prostitución como otro trabajo
cualquiera. Hay que señalar que la filosofía política que subyace al
neoliberalismo promueve la idea del libre consentimiento sin límites en el
establecimiento de contratos. En otros términos, el individualismo es la base
ideológica de legitimación del capitalismo, en el que el lenguaje juega un
papel prioritario en el universo argumental e ideológico de la prostitución.
Sin embargo, la apropiación de argumentos feministas por parte de quienes
exigen la legalización de la prostitución se reduce al propio enunciado, pues
eliminan el contenido crítico de ese argumento y lo convierten en un gesto
vacío al servicio de la legitimación del sistema prostitucional.
PROSTITUCIÓN Y FEMINIZACIÓN DE LA
SUPERVIVENCIA
El crecimiento de la industria
del sexo y la transferencia de mujeres de los endeudados países del sur a los
del norte se inscribe en lo que Saskia Sassen denomina “contrageografías de la
globalización”. Lo explica de esta forma:
Utilizo el término
“contrageografías” para plasmar el hecho de que la globalización ha brindado
una infraestructura institucional para los flujos transfronterizos y los
mercados globales que puede emplearse para fines distintos a aquellos previstos
originalmente: por ejemplo, las redes de tráfico de seres humanos pueden
utilizar los sistemas financieros y de transporte creados para las empresas
globales. Es
decir, los componentes
desarrollados para la globalización económica empresarial han facilitado el
desarrollo de estas contrageografías. Además, una vez que se forma una
infraestructura para la globalización, se pueden trasladar al nivel global
varios procesos que en el pasado han operado en los ámbitos nacional o
regional156.
Desde este punto de vista, la
industria del sexo y el tráfico de mujeres son un efecto no previsto de la
globalización, pero, al mismo tiempo, son la consecuencia de mercados sin
control, de elites económicas voraces y de estados que necesitan reengancharse
a la economía global. En efecto, elevadas tasas de desempleo, economías débiles
y deudas gubernamentales ocasionadas por los Programas de Ajuste Estructural
(PAE) están en el origen de la formación de circuitos alternativos de
supervivencia, de contrageografías de la globalización, cuyo objetivo es la
búsqueda de rentabilidad y de mejora de los ingresos públicos.
También subraya Sassen la
excesiva carga que suponen los PAE sobre las mujeres. En primer lugar, estos
programas están directamente relacionados con el aumento del trabajo gratuito
de las mujeres en el marco doméstico y familiar. Las políticas de recortes y
privatizaciones de lo público invariablemente tienen como correlato el aumento
de trabajo no remunerado en el hogar, pues aquellas funciones de las que abdica
o no asume el Estado se desplazan
silenciosamente a la familia y
son asumidas por las mujeres 157. Recortes en sanidad, educación, dependencia o
subida de tipos de interés, entre otros, obligan a las mujeres a dedicar más
tiempo tanto a los trabajos de cuidados como a las tareas domésticas. En
segundo lugar, las políticas económicas neoliberales están segregando el
mercado laboral del tal forma que un porcentaje muy elevado de mujeres tienen
salarios de pobreza, trabajan a tiempo parcial, ocupan la economía informal y
sufren gran precariedad en las condiciones laborales.
Manuel Castells explica la
segregación del mercado laboral global entre dos tipos de trabajadores: los
autoprogramables y los genéricos. Los trabajadores autoprogramables son quienes
poseen
educación y por ello desempeñan
trabajos cualificados, mientras que los trabajadores genéricos, debido a su
falta de formación y de cualificación, carecen de la capacidad de
reprogramación hacia otros trabajos. Esta segregación del mercado laboral opera
en el interior de cada país y también entre las regiones del norte y las del
sur. La variable que distingue a ambos tipos de trabajadores, a juicio de
Castells158, es la educación, de
modo que la formación cultural conduce al paraíso de los autoprogramables y la
ausencia de educación desemboca en el infierno de los genéricos.
Sin embargo, la educación no es
la única lógica de segregación,
pues también
el género, la
inmigración, la raza
o la cultura
constituyen variables de
discriminación. ¿Cómo explicar si no el
hecho de que la mayoría de los
autoprogramables sean varones y la
mayoría de los genéricos son
mujeres? En efecto, la mayoría de las
mujeres que se encuentran entre
los trabajadores genéricos ocupan
aquellos sectores del mercado más descualificados, como las
maquilas o
el trabajo doméstico.
En países con
altas tasas de
bienestar, este tipo de trabajadores mayoritariamente son
inmigrantes. Las trabajadoras
genéricas tienen como característica
que son
intercambiables y flexibles.
Constituyen lo que
Sassen
denomina “nuevas clases de
servidumbre”. En efecto, están mal
pagadas y en la mayoría de los
casos su subsistencia depende de
salarios de pobreza. No solamente
está feminizada la pobreza, como
ha sostenido acertadamente el
feminismo, sino también esas nuevas
clases de servidumbre. Sassen lo
califica como “feminización de la
supervivencia”.
El fenómeno social de la
prostitución debe hacerse legible a la luz de las transformaciones que han
introducido las políticas económicas neoliberales en los sistemas de
estratificación social. Dicho de otra forma, los cambios que se han producido
en el tejido productivo y social en el marco del capitalismo global y la
aparición y extensión de la economía criminal han creado un espacio de
servidumbre para las mujeres prostituidas. Sin la constitución de ese mercado
laboral para trabajadores genéricos y en contextos sociales con débiles
estructuras de oportunidades, la
prostitución no tendría la magnitud que tiene hoy.
El crecimiento de la prostitución
está vinculado a esa lógica excluyente que se encuentra en el núcleo
constitutivo del capitalismo global. La idea fundamental que quiero poner de
relieve es que el proceso de reestructuración del capitalismo y los intensos
procesos de acumulación económica han tenido como resultado una desigualdad
desconocida en el siglo XX. La estructura social que resulta de este nuevo
capitalismo global está dando lugar a un amplio número de personas
empobrecidas, con dificultades para sobrevivir, a lo que hay que sumar unas
clases medias cada vez más debilitadas. La movilidad social, por tanto, se ha
reducido hasta extremos inimaginables. En este contexto de difícil
supervivencia, de reducidas estructuras sistémicas de oportunidades y con
estados débiles, surgen negocios criminales que actúan sustitutoriamente de un
mercado de trabajo extremadamente reducido y precario. El desorden de los
mercados y la debilidad de los estados facilitan el surgimiento de redes
económicas ilegales que intentan sustituir el mercado laboral por opciones de
trabajo esclavista que garantizan la supervivencia de millones de personas que
carecen de las oportunidades de empleo. Pues bien, la prostitución de finales
del siglo XX y de comienzos del siglo XXI solo puede ser leída en el marco de
este proceso.
Sin embargo, esta nueva
redistribución económica no podría sostenerse sin el aumento legal e ilegal de
la violencia. En efecto, la casi completa autonomía de los mercados, y su falta
de control por parte del Estado y de la sociedad, ha engendrado nuevas formas
de pobreza que no podrían sostenerse a lo largo del tiempo sin nuevos
dispositivos de violencia. Esta pobreza extrema es una forma de violencia
económica que solo puede reproducirse con otras formas de violencia por parte
de los estados y de las estructuras mafiosas. Esta violencia es precisa no solo
para la producción de nuevas estratificaciones, sino también para la creación
de formas de control sobre las mujeres. La prostitución se encuentra en la
intersección
entre la violencia y la pobreza.
Y los lugares en los que se desarrolla son espacios de marginación, marcados
por el declive y el abandono. En efecto, polígonos industriales, como la
colonia Marconi
en Madrid o los barrios más
marginales y pobres de muchas ciudades del mundo recogen esta nueva forma de
servidumbre sexual y económica.
PROSTITUCIÓN Y DESARROLLO
La prostitución juega un papel
fundamental en el desarrollo de los países con altas tasas de pobreza. La
industria del sexo no solo se está configurando como un sector económico
fundamental para el desarrollo, sino que forma parte de las estrategias de desarrollo
de
determinados estados 159 y
regiones del mundo. Sassen explica que las mujeres entran en el macronivel de
las estrategias del desarrollo básicamente a través de la industria del sexo y
del espectáculo y a través de las remesas de dinero que envían a sus países de
origen. Diversos países de América Latina y de Asia necesitan remesas de sus
emigrantes para equilibrar las cuentas nacionales.
Un caso muy significativo es
Filipinas, que “amplió y diversificó el concepto de exportación de ciudadanos
como una vía para atender al incremento del desempleo y conseguir las
necesarias reservas de
divisas extranjeras mediante la
remesa de sus emigrantes”160. En efecto, este país exporta emigrantes,
fundamentalmente mujeres para lo que eufemísticamente se denomina “industria
del entretenimiento”, hasta el extremo de que las remesas suponen la tercera
mayor fuente de divisas extranjeras a lo largo de los últimos
años161. La exportación de
trabajadores y trabajadoras y las remesas de dinero son instrumentos de los
gobiernos de países con altos
niveles de pobreza para
amortiguar el desempleo y la deuda externa. Y en este contexto: “La
globalización de la industria del sexo sostiene la prostitución en la economía
internacional de muchísimas maneras. El tráfico de mujeres se ha convertido en
algo valuable para las economías nacionales, por ejemplo, debido al
dinero que estas mujeres envían a
sus países de origen”162. De hecho, hay regiones en las que la industria del
sexo se ha extendido tanto que es vital para las economías de algunos países.
Richard Poulin explica que hay regiones enteras del globo
“prostitucionalizadas” y
“pornografiadas”163. Y ambas estrategias tienen cierto grado de
institucionalización de las que dependen cada vez más los gobiernos.
El alto desempleo, la pobreza, el
estrechamiento de los recursos del Estado en cuanto a necesidades sociales y la
quiebra de un gran número de empresas hacen posible la existencia de una serie
de circuitos con un relativo grado de institucionalización por los que
transitan, sobre todo, las mujeres. La industria del sexo, así como otras
economías ilícitas, están relacionadas con la quiebra de las burguesías
nacionales de países con economías débiles y con altas tasas de pobreza. En
efecto, cuando sus negocios y empresas no pueden engancharse a la economía
global, empiezan los procesos de
reconversión a la economía
ilícita164. Por esos circuitos, precisamente, circulan mujeres para el trabajo
doméstico y la prostitución. Y por esos circuitos se introducen también los
traficantes de personas y las mafias vinculadas al tráfico de mujeres. Al mismo
tiempo, esos circuitos adquieren cierto grado de institucionalización porque el
Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional reclaman a los países
endeudados que edifiquen una industria del ocio y del espectáculo que facilite
el pago de la deuda. Pues bien, la prostitución infantil y adulta es una parte
fundamental de este sector económico que, a su vez, se configura como una
estrategia de desarrollo para países con altos niveles de pobreza. Y muy
particularmente es una fuente de desarrollo económico rural
para las regiones pobres165 .
La existencia de esos circuitos
semiinstitucionalizados pone de manifiesto que la prostitución no crece
espontáneamente. En efecto, las necesidades de los países con altas tasas de
pobreza, los propios intereses de la industria del sexo, la importancia de la
economía
ilícita para el crecimiento
económico y esos circuitos confluyen en la creación de un clima ideológico,
social e institucional que facilita el desarrollo de esta práctica social. Sin
embargo, el hecho fundamental es que algunos estados promueven la industria del
sexo como herramienta de crecimiento de la economía del país. Y hacer de la
prostitución un negocio legal contribuye a su expansión y, con ello, a su
normalización. En este sentido, el turismo sexual es crucial en la economía de
países como Holanda, Tailandia o China. De hecho, durante los años sesenta, en
Tailandia, el ministro del Interior defendió públicamente la expansión de la
industria del sexo para promover el turismo y facilitar el despegue económico
del país. El número de visitantes extranjeros —el turismo sexual— a Tailandia
pasó de 2 millones en 1981 a 7 millones en 1996 (Bales, 2000: 83-84). El
Gobierno coreano estimó que la prostitución en 2002 representó el 4,4 por
ciento del PIB. Y la industria del sexo en Holanda, legalizada en 2001, representaba
el 5 por ciento del PIB. En China se estima que esta industria constituye un 8
por ciento de su economía. Y el aumento del 12 por ciento en las ganancias de
Chivas Regal en 2004 fue atribuido, en un informe, a su asociación
con los prostíbulos tailandeses
166. En efecto, Poulin afirma que “otra forma de obtener esa moneda fuerte es a
través de los turistas. Y a esa fórmula apelan sobre todo los países asiáticos.
Lo dijo claramente un primer ministro tailandés cuando afirmó que hay que
sacrificar una generación de mujeres para lograr el desarrollo económico de ese
país. En Gabón, un ministro declaró en la radio que hay que legalizar la
prostitución porque es el único medio para
desarrollar el turismo en esa
nación del centro-oeste de África”167. En efecto, existen comunidades enteras y
países que dependen fundamentalmente del turismo sexual, de la trata y del sexo
comercial168.
El tráfico ilegal de mujeres para
la industria del sexo está aumentando como fuente de ingresos y las mujeres se
han configurado como el grupo de mayor importancia en los sectores de la
prostitución y la industria del sexo y se están convirtiendo en un
grupo mayoritario en la migración
orientada a la búsqueda de empleo. Las mujeres prostituidas pertenecen
mayoritariamente a las
clases más depauperadas y
empobrecidas y, por tanto, con necesidades económicas extremas. Muchas
mujeres que desembocan en la prostitución proceden de regiones del mundo con
altos niveles de pobreza y con culturas marcadas por el desprecio a las mujeres.
Además, en los países con altos niveles de bienestar, la prostitución se
plantea como una de las pocas salidas económicas disponibles para mujeres
inmigrantes en situación irregular. También existen excepcionalmente algunas
mujeres que, sin ser inmigrantes ni extremadamente pobres, buscan una mejora de
su situación a través de la obtención del dinero rápido que la prostitución
puede llegar a proporcionar.
Como señalaba anteriormente,
Filipinas es unos de los países que más ha desarrollado la exportación de mano
de obra. Hasta 1989
fue legal en ese país el
reclutamiento de jóvenes filipinas por parte de agencias matrimoniales
especializadas en novias por catálogo, con dirección fundamentalmente a las
zonas agrícolas de Japón y a Estados Unidos. A partir de ese año, el Gobierno
de Corazón Aquino ilegalizó esta “venta” de mujeres debido a innumerables
pruebas de abusos cometidos por los maridos extranjeros. Aunque ahora este
negocio de novias por catálogo es ilegal, no se ha podido desmantelar la
estructura de las agencias matrimoniales, que funcionan ilegalmente y siguen
exportando mujeres a otros países. El segundo mayor grupo de mujeres que salen
del país lo hacen para trabajar en el “sector del entretenimiento” y,
fundamentalmente, en Japón. En efecto, más de 500 intermediarios del
espectáculo “trabajan para suministrar mujeres para la industria sexual en
Japón, que está controlada o patrocinada principalmente por bandas de
crimen organizado, en vez de
pasar por el programa de entrada de trabajadores del sector del
entretenimiento que controla el Gobierno. Las mujeres son reclutadas para
cantar y entretener, pero, en muchos casos, posiblemente en la mayoría, se ven
forzadas a
ejercer la prostitución”169. Como
señala esta socióloga, en Estados
Unidos, el Servicio de
Inmigración y Naturalización (INS) ha informado que la violencia contra las
novias por catálogo ahora es más aguda. Por otra parte, es frecuente que muchas
de las mujeres casadas por catálogo sufran abusos sexuales por otros varones de
la familia del marido.
El fenómeno de la prostitución no
tiene un solo rostro. Es preciso acabar con la idea de que la prostitución se
reduce a mujeres prostituidas en burdeles, pisos, barracones o en las calles.
Las esposas por catálogo que se venden en Filipinas, con destino
fundamentalmente Japón, se inscriben también en el contexto de la
mercantilización de los cuerpos y la sexualidad de las mujeres. Un fenómeno del
mismo tipo ocurre en India. En efecto, escasean mujeres en algunos estados de
este país, debido al desequilibrio demográfico existente no solo en India, sino
en casi toda Asia, y los varones de esas regiones se dirigen a otras zonas
“donde existen familias menesterosas que venden a sus hijas por unas cuantas
decenas de rupias. Algunos traficantes incluso van a abastecerse a
países vecinos como Bangladesh y
Nepal”170 . Millones de mujeres en todo el mundo son mercantilizadas para la
prostitución y para matrimonios que suelen ser formas encubiertas de
prostitución, pues una parte de estas “esposas” son socializadas sexualmente
por otros
varones de la familia171. Su vida
está marcada por la violencia y la servidumbre, pues “muchas mujeres compradas
viven en condiciones duras y la familia política a menudo les hace sentir que
apenas si son dignas de ser sirvientas, cuando no las trata como
esclavas”172. Asimismo, en zonas
de India se practica la poliandria, que consiste en que cuando en una familia
no hay recursos y sí varios hermanos se compra una esposa para todos los
varones de la
familia, a veces, incluido el
padre173. En este contexto, Bénédicte Manier afirma que la prostitución va en
aumento en la India. Sin embargo, estos fenómenos, prostitución, venta de
esposas por catálogo en Filipinas, poliandria y venta de esposas y niñas en
India o importación de esposas de Nepal, entre otros muchos fenómenos
similares, nos remiten a la
violencia sexual y nos ayuda a comprender que la prostitución es un fenómeno
social que no puede ser entendido fuera del marco de la violencia patriarcal.
Al mismo tiempo, en una parte de estos fenómenos sociales se conjugan la
explotación sexual con la servidumbre y la explotación del trabajo gratuito que
realizan las mujeres en el ámbito doméstico.
PROSTITUCIÓN Y ECONOMÍA CRIMINAL
La economía y la política de
muchas regiones del mundo no solo no pueden entenderse sin las redes criminales
internacionales, sino que
estas constituyen un rasgo
esencial de la nueva economía global174. Lo que quiero señalar es que existe
una significativa relación entre la economía criminal y los PAE, que también
son un instrumento fundamental de la economía global. En efecto, los PAE han
hecho posible la creación de realidades económicas alternativas, en unos casos,
lícitas, como los ingresos públicos de los trabajos de los emigrantes, y en
otros, ilícitas, como las redes de comercio sexual
de mujeres y niños175. Tal y como
hemos señalado, la mundialización de los mercados globales y de las redes
transnacionales han engendrado “circuitos alternativos de supervivencia”,
algunos de los cuales han sido rentabilizados por redes criminales. Saskia
Sassen señala que la nueva economía capitalista está promoviendo con sus
políticas neoliberales el surgimiento de unas nuevas clases de servidumbre.
Mujeres e inmigrantes, entre las que podemos iden‐ tificar a las mujeres
prostituidas —uno de los grupos fundamentales cuantitativa y cualitativamente—,
constituyen el núcleo fuerte de
esas nuevas servidumbres176.
La prostitución, la trata y el
tráfico de mujeres se han convertido en un negocio lucrativo para la economía
criminal y el marco en el que se desenvuelven estos negocios ilícitos es la
desigualdad, la pobreza, el desempleo y la falta de oportunidades, a los que no
son ajenos los PAE. Al mismo tiempo, hay una estrecha relación entre economías
debilitadas y el surgimiento de economías ilícitas. En
definitiva, el insólito
crecimiento de la economía criminal ha tenido lugar en el contexto de la
globalización neoliberal. El tráfico de mujeres para la industria del sexo es
un negocio fundamental en términos de rentabilidad para la economía ilegal.
El nuevo capitalismo ha hecho
posible la transformación de la prostitución en una gran industria
interconectada en forma de red, vinculada a la economía criminal y con
poderosos brazos en otros sectores económicos. En efecto, es prácticamente
imposible encontrar burdeles o macroburdeles que en algún punto de su actividad
empresarial no estén vinculados a la economía criminal, desde el tráfico de
mujeres hasta el blanqueo de capitales. La prostitución es un negocio global
interconectado en el que las mafias de la economía criminal controlan todo el
proceso, desde la captación de adolescentes y mujeres en sus países de origen
hasta su inserción en los clubs de alterne o en zonas acotadas de los países de
destino. La “materia prima” de esa industria son los cuerpos de las mujeres,
que se han convertido en una mercancía que reúne las dos condiciones necesarias
de la globalización neoliberal: negocio de bajo riesgo y altos rendimientos.
Poulin explica que las mujeres prostituidas son auténticos productos financieros.
Estas redes criminales funcionan
mediante bandas locales autónomas y cada organización criminal tiene sus
propios medios para hacer cumplir los tratos, donde la violencia forma parte
rutinaria de su funcionamiento. Sin embargo, “más importante es el ‘aparato de
seguridad’ del crimen organizado, la red de agentes de la ley, jueces y
políticos que están en su nómina. Una vez que entran
en el sistema, están cautivos de
por vida”177 . La prostitución como industria forma parte de la economía
criminal y se sustenta sobre un entramado de negocios ilícitos que desembocan
en el blanqueo de capitales. Castells explica que “el blanqueo de dinero es la
matriz del crimen global y su punto de conexión directo con el capitalismo
global”178.
El blanqueo de capitales es parte
indispensable de la industria del
sexo. El hecho de que la
prostitución se desarrolle en muy buena medida en el ámbito de la economía
ilícita exige instrumentos financieros para convertir el dinero ilegal en
legal. Ahora bien, el lavado de dinero requiere de la complicidad de países que
se prestan a lavar el dinero de las mafias, pero también de partes del sector
financiero que contribuyen activamente o cierran los ojos ante el dinero negro.
Entre los actores que participan en el lavado de dinero tienen un papel
fundamental los bancos, pues ofrecen confidencialidad, proporcionan cuentas
numeradas que son archivadas con códigos numéricos, aunque el banco está
oficialmente obligado a saber quién está detrás de cada cuenta. Lo fundamental
es que el camino que recorre el dinero no se sepa
dónde comienza y en manos de
quién acaba179. También se crean negocios solo con el objetivo de blanquear el
dinero y los casinos son negocios estratégicos para este fin. Asimismo,
restaurantes, tiendas u otros negocios que se crean para el blanqueo no suelen
aceptar tarjetas de crédito. Por eso, el núcleo de la industria del ocio es la
prostitución y el juego. En los países pobres ha crecido la apertura de bancos
pequeños, denominados microbancos, para lavar
el dinero180. De la misma forma,
hay industrias que no podrían
sobrevivir sin el flujo generado
por el blanqueo de capitales181. Los sectores profesionales que se ocupan del
lavado del dinero necesitan de la protección de las mafias para realizar estas
operaciones. El entramado que sostiene el blanqueo es complejo desde el punto
de vista financiero y organizativo. En todo caso, es fundamental entender que
el crecimiento económico de los países del norte está en parte articulado
alrededor de la economía criminal y de la corrupción. Como dice Lydia Cacho, la
industria del sexo no tiene
que ver tanto con el placer como
con el dinero182.
Por otra parte, la legalización
de la prostitución en algunos países
y la casi absoluta libertad de
mercado están ampliando los límites de la industria del sexo. Y este hecho
coloca a niñas, adolescentes y mujeres de regiones del mundo en las que hay
elevadas tasas de
pobreza, culturas de desprecio a
las mujeres y el deseo de aumentar el consumo familiar en una situación
potencial de “entrega y venta” a las redes de tráfico, tal y como afirma Kevin
Bales refiriéndose a
Tailandia183. La suma de estos
factores hace que millones de niñas y
mujeres se conviertan en
mercancías para esta industria y para uso sexual de varones de todo el mundo.
La formación ilegal de redes de
tráfico de mujeres y niñas para la prostitución, sustentada casi siempre sobre
la economía criminal, solo es posible porque convergen diversos factores que
facilitan la existencia de esta realidad global. En primer lugar, es imposible
el crecimiento de la industria del sexo si no existe un entorno institucional
que le sea favorable, bien de una forma explícita o bien de una forma
subterránea. Cuando ese entorno no es favorable, como es el caso de Suecia, la
prostitución se reduce y la economía criminal pierde ingresos ilícitos. En
segundo lugar, las políticas económicas neoliberales, la complicidad de los
organismos multilaterales de crédito, la falta de controles del mercado y la
extrema pobreza de millones de mujeres forman el caldo del cultivo idóneo para
la expansión de las redes de tráfico para la prostitución. En tercer lugar, las
redes informacionales y la interconexión de territorios permiten el
sostenimiento de la violencia criminal sobre la que se sostiene esta industria.
En este punto hay que subrayar que las alianzas globales entre las mafias de la
prostitución y las mafias de otros negocios criminales tienen una gran
capacidad explicativa para comprender la fortaleza del crimen global. En cuarto
lugar, para comprender en su complejidad la prostitución, el tráfico de mujeres
y niñas y las redes criminales que envuelven esta realidad, es necesario
analizar los nudos entre patriarcado, pobreza e identidad cultural de aquellas
regiones del mundo que favorecen mercados internos de prostitución y, además,
exportan mujeres hacia mercados de países con demanda de sexo.
En este sentido, hay que subrayar
dos cuestiones: la primera es que aquellas regiones en las que la vida de las
mujeres está muy devaluada y en las que existe una cultura de desprecio hacia
las
mujeres, la actividad
prostitucional tiene mayores posibilidades de desarrollarse y las mujeres
pueden ser más fácilmente vendidas a las redes de tráfico. Y en segundo lugar,
hay una relación directa entre la cultura de devaluación y desprecio a las mujeres
y la existencia de redes criminales de tráfico para la prostitución,
organizadas en fraternidades compactas. Castells explica la necesidad de tener
en cuenta “la importancia de la identidad cultural en la constitución,
funcionamiento y estrategias de las redes
criminales”184. Lo que quiero
poner de manifiesto es que el surgimiento de la industria de la prostitución y
el entramado criminal sobre el que se apoya se hace legible, de un lado, a la
luz de la crisis del contrato sexual y de la descomposición del orden
patriarcal de la modernidad; y de otro, a la luz de las transformaciones del
capitalismo en una economía global.
CAPÍTULO 5
La trata y las nuevas formas de
esclavitud
El tráfico de mujeres para la
explotación sexual no es un fenómeno social nuevo pese a que en la actualidad
tiene características de las que carecía en el pasado, pues se ha convertido en
una realidad social globalizada y ha crecido mucho con relación a procesos
históricos anteriores de explotación sexual. La trata de mujeres para abastecer
la prostitución tiene una historia muy larga, pues desde mediados del siglo XIX
jóvenes japonesas eran trasladadas al sudeste asiático y al Pacífico, incluso a
Australia, para ejercer la prostitución. Asimismo, la trata “estaba destinada a
abastecer el
sistema militar japonés de
‘mujeres de confort militar’” 185. Y mucho antes, en España, una parte de las
mujeres negras que fueron traídas como esclavas entre los siglos XVI y XIX
fueron destinadas a
la prostitución186. El tráfico de
mujeres para la prostitución, y el uso de formas distintas de violencia para
lograrlo, tiene muchos precedentes históricos.
Sin embargo, en el actual tráfico
de mujeres hay elementos nuevos. En primer lugar, y como decíamos más arriba,
la dimensión y magnitud de la trata de mujeres es nueva. Nunca se habían
destinado tantas mujeres para el consumo sexual masculino. Si bien no existen
cifras claras sobre la trata, “se estima que una de cada
siete mujeres en prostitución ha
sido víctima de trata sexual”187. En segundo lugar, la trata es parte
fundamental, en términos de beneficios, del universo de las economías ilícitas,
sobre las que, en parte, se edifica el actual capitalismo global. En efecto,
Castells inscribe el tráfico de mujeres y niñas para la explotación sexual en
el
marco de la economía criminal188.
En tercer lugar, la trata es un exponente de lo que Saskia Sassen denomina
“lógicas de expulsión”, pues 1.400.000 mujeres y niñas son expulsadas de sus
entornos familiares y culturales y arrojadas a otros contextos para que varones
de todos los estratos sociales puedan acceder sexualmente
a sus cuerpos189. Y, en cuarto
lugar, el tráfico de mujeres para la explotación sexual se está confirmando
como una realidad social global que se alimenta de las estructuras
patriarcales, capitalistas neoliberales y étnico-raciales. En efecto, la
misoginia, la ilimitada obsesión por los beneficios económicos y su otra cara,
la pobreza, además de las minorías oprimidas y los grupos vulnerables, están en
el origen de la trata.
La hipótesis que desarrollaré en
este capítulo es que entre prostitución y trata existe una relación de mutua
dependencia. La industria del sexo no puede abastecer la demanda creciente de
mujeres para la prostitución si no se organizan redes y circuitos por los que
circulan mujeres expulsadas de países con altas tasas de paro, con economías
débiles y con altos niveles de pobreza hacia países de Europa occidental, norte
de América y Asia para abastecer el mercado del sexo. Como ya he explicado en
otros capítulos de este libro, el crecimiento de la trata no se puede desligar
de los procesos económicos capitalistas, pues su aumento se ha intensificado al
mismo tiempo que se ha impuesto esta última fase del capitalismo global. Según
estimaciones de Naciones Unidas, el
negocio de la trata alcanza los
31.000 millones de dólares190. El crecimiento de la industria del sexo está
vinculado a una oferta cada vez mayor de mujeres inmigrantes, una parte de las
cuales son obligadas a ejercer en esta industria. En efecto, “la posibilidad de
contar con mano de obra sexual procedente de la inmigración ha permitido una
expansión, dinamización y renovación del mercado del
sexo español”191. Para los
empresarios del sexo es fundamental la “visibilidad y accesibilidad de la
oferta”, pues “actúa de forma
decisiva en la demanda”192. La
industria del sexo necesita renovar
permanentemente a las mujeres que
trabajan en los clubes. En efecto, la lógica empresarial que subyace a este
hecho es la misma que hace que la industria de la moda o del calzado renueve
cada estación su material. Los consumidores quieren “comprar y probar
material nuevo”, pues se cansan
de lo conocido.
Por otra parte, el tráfico de
mujeres para la explotación sexual se corresponde con un periodo de fuerte
reacción patriarcal en el que los patriarcados extienden y radicalizan la
violencia hacia las mujeres. Estos sistemas de dominio se han rearmado simbólica
y materialmente y han tejido una tela de araña ideológica y social con el
objetivo de crear nuevas prácticas, adaptar las instituciones y moldear los
valores a fin de controlar y explotar a las mujeres. La prostitución y la
trata, entre otros muchos significados, no pueden dejar de ser consideradas un
mecanismo de control del genérico de las mujeres. Como señalé anteriormente, el
hecho de que la sexualidad de las mujeres, o las propias mujeres en sí mismas,
pueden ser usadas sexualmente por los varones envía a la sociedad el mensaje de
que cualquier mujer, por el hecho de serlo, encuentra en la prostitución un
lugar idóneo para estar. De esta forma, la imagen de lo que es una mujer o una
niña se devalúa socialmente y contribuye a fortalecer la ideología de la
inferioridad de las mujeres.
Se está creando una cultura de la
prostitución asentada sobre la idea de la libertad liberal. No hay límites
normativos en las decisiones individuales. Los varones consumen prostitución
porque comprar es un derecho en el mercado capitalista. De la misma forma, las
mujeres en prostitución venden su sexualidad en un acto de libertad en ese
mismo mercado global del sexo. Sin embargo, a la libertad del individuo
consumidor no le corresponde la libertad de las vendedoras de su sexualidad.
Ellos eligen y ellas son elegidas. Ellos tienen socialmente una posición de
hegemonía, mientras ellas ocupan una posición de subalternidad. Mientras ellos
ejercen el derecho patriarcal a acceder sexualmente al cuerpo de las mujeres,
ellas son reducidas a ser cuerpos intercambiables sin atisbo de individualidad.
Son las “idénticas”, en expresión de Celia Amorós. La
libertad, en clave liberal, es un
atributo masculino; y la identidad es una asignación femenina; pues bien, la
libertad y la identidad definen a hombres y mujeres en la industria del sexo.
Las mujeres en la prostitución y en la trata son sexualizadas y socializadas en
la idea de la disponibilidad sexual para los varones. El mandato socializador
que emite la cultura de la prostitución es que las mujeres prostituidas
incorporen la idea de disponibilidad sexual como eje de su subjetividad.
La trata de mujeres para el
mercado de la prostitución es un fenómeno social que puede ser interpretado
como una práctica social propia de patriarcados duros, siguiendo los análisis
de Celia Amorós en los que explica que existen patriarcados basados en el
consentimiento y patriarcados que usan la fuerza, fundados en pactos
juramentados en los que se exacerba la misoginia
patriarcal193. Estos pactos
juramentados funcionan con mucha fluidez en los ámbitos criminales en los que
se forman las redes que trafican con mujeres para la prostitución y que siempre
están muy ligados a otras formas de economías ilícitas. La trata es un fenómeno
social que crece en el interior de la ideología misógina patriarcal. Y supone
un punto de inflexión en las prácticas de dominio y control de las mujeres.
ECONOMÍA POLÍTICA DE LAS NUEVAS
FORMAS DE ESCLAVITUD
El actual fenómeno de la trata de
mujeres para la explotación sexual se inscribe en la creación de nuevas formas
de esclavitud en el marco del capitalismo global, entendiendo por esclavitud
“el control
absoluto sobre una persona para
explotarla económicamente”194. En efecto, nuevas formas de esclavitud que
creíamos inviables parecen consolidarse y normalizarse: millones de niños y
niñas que trabajan para las grandes multinacionales con el objeto de abaratar
los pro‐ ductos que se consumen en Occidente y en otras partes del mundo;
esclavas (y esclavos) domésticas
que trabajan en lujosas casas de Londres, París o Nueva York; trabajadores
agrícolas en la India en
régimen de servidumbre; esclavos
haitianos que cosechan el azúcar que consumimos; niños-esclavos en Mauritania
que cuidan los camellos del amo todo el día… La trata de mujeres para la
explotación sexual es una de las formas que adopta la esclavitud en el siglo
XXI. Kevin Bales sostiene que existen 27 millones de esclavos
en el mundo195.
La moderna esclavitud no se basa
en un contrato legal de propiedad, como ocurría con las antiguas formas
esclavistas. Ahora se trata de controlar a una persona para explotarla
económicamente, utilizando la violencia como mecanismo de control. Bales lo argumenta
así: “Los propietarios de esclavos disfrutan de todas las ventajas de la
propiedad sin asumir ningún deber. De hecho, la falta de propiedad legal es un
privilegio para los propietarios de esclavos, quienes, adquiriendo el control
absoluto de
lo que poseen, quedan exentos de
cualquier responsabilidad”196. Las mujeres víctimas de trata son quizá la
metáfora más acabada de la esclavitud. Los proxenetas, servidores de
empresarios mafiosos o empresarios ellos mismos, ejercen un férreo control sobre
ellas solo mientras son productivas.
Los nuevos esclavos están
situados en la parte inferior de la pirámide laboral de los trabajadores
genéricos. Sus tareas son sencillas, repetitivas, pesadas físicamente e
interminables: agricultura, ladrillos, minería, cantería, talla de piedras
preciosas, confección de telas y alfombras, servicio doméstico y prostitución.
No se requieren ni formación cultural ni cualificación profesional. Estos
trabajadores forzosos son la piedra angular sobre la que se apoyan los procesos
de deslocalización de las grandes empresas. Son mano de obra muy barata que
multiplica los beneficios de las grandes multinacionales: “Las grandes
compañías internacionales, por medio de sus filiales en los países en vías de
desarrollo, se aprovechan del trabajo de los esclavos para mejorar su balance
final
e incrementar los dividendos de
sus acciones”197. Las mujeres destinadas a la trata son también mano de obra
casi gratuita para la industria del sexo. Las nuevas esclavitudes se mueven en
esa zona
oscura, entre la legalidad y la
ilegalidad. La industria del sexo pertenece al mundo de las “economías en la
sombra”. En muchas regiones del mundo no paga impuestos, o paga una pequeña
parte,
pero necesita negociar con los
gobiernos para sostenerse198.
La esclavitud de hoy es temporal
y se alimenta de la vulnerabilidad de sectores de población de algunas partes
del planeta (mayoritariamente sureste de Asia, norte y oeste de África y
algunas partes de América del Sur): “En su forma más extrema esto puede
significar arrojar a la miseria y excluir a números cada vez mayores de
personas que dejan de tener valor como productores y
consumidores”199. La
característica fundamental de estos trabajadores forzosos es la desechabilidad
y sobre este hecho se fundamenta su rentabilidad. Cuando dejan de ser útiles a
causa de enfermedades, o simplemente dejan de ser necesarios, se desechan. Es
más barato deshacerse de ellos que cuidarles. La pobreza y la indigencia son
tan profundas y están tan extendidas que rápidamente serán sustituidos por
otros trabajadores forzosos. Explica Bales que “los esclavos constituyen una
gigantesca mano de
obra en la que se basa la
economía global”200 y cuya principal función es reducir los costes de
producción en las fábricas. Las economías de transición hacia las nuevas
prácticas económicas del capitalismo global se convierten en la fuente
generadora del trabajo forzado. La pobreza en las zonas rurales empuja a la
población a las ciudades donde se forman grandes bolsas excedentes de
indigentes que formarán esa mano de obra esclavista: “El esclavo potencial debe
carecer de alternativas a la esclavitud. El hecho de ser pobre, carecer de
hogar, ser un refugiado o haber sido abandonado son
situaciones que propician la
esclavización”201. También es importante señalar que la violencia física y
sexual expulsa del hogar a mujeres, niñas y adolescentes; asimismo, el deseo de
dar una vida mejor a los hijos e hijas es una razón para que las mujeres entren
en la
industria del sexo202.
Explica Bales que la servidumbre por endeudamiento y la
esclavitud contractual son las
formas principales que adoptan las nuevas formas de esclavitud. En efecto,
entregarse a sí misma como garantía de un préstamo y utilizar las relaciones
laborales para ocultar la naturaleza forzosa del trabajo son los modos más
comunes a través de los que se revelan las prácticas esclavistas. Ambas formas
se funden en la trata de mujeres y niñas para la explotación sexual.
Las causas de la esclavitud
sexual femenina son diversas, pero hay algunas que empujan a las mujeres a la
prostitución en lugar de empujarlas a otros espacios del trabajo genérico: la
pobreza extrema y la cultura de la sexualidad femenina como mercancía para los
varones coloca a mujeres y niñas en una situación de extrema vulnerabilidad
frente a los tratantes y proxenetas. El tráfico de mujeres para la prostitución
encuentra sus raíces en causas de índole económica, pero también cultural. En
otros términos, las estructuras patriarcales y las capitalistas neoliberales,
es decir, las prácticas culturales y las económicas, confluyen en una de las
grandes expulsiones de nuestro tiempo.
La articulación de esta fase del
capitalismo global requiere de la expulsión de aquellos sectores de población
que son inservibles para el capital en los contextos o lugares en que viven y
que pueden ser necesitados en otros espacios debido a su rentabilidad. Señala
Sassen: “Los canales para la
expulsión varían mucho”203. En efecto, pueden ser tanto políticas de
exportación de trabajadores hacia países con altas tasas de bienestar como
políticas de legalización de la prostitución. La expulsión de mujeres y niñas
de sus contextos están relacionados con las lógicas capitalistas, pero también
con las lógicas patriarcales. La acumulación capitalista actual exige trabajo
esclavo y expulsiones, pero las estructuras patriarcales deciden el género de
muchas expulsiones. El interés capitalista y el interés patriarcal modelan
conjuntamente esas expulsiones y usan las prácticas culturales patriarcales
para ello.
Las claves que permiten entender
la trata hay que buscarlas en el capitalismo global, pero también en las
dimensiones culturales y
socializadoras patriarcales. El
capitalismo neoliberal articula su espacio productivo sobre grupos sociales que
se encuentran en una posición de extrema vulnerabilidad social. Y el genérico
femenino ocupa una posición históricamente estructural de desigualdad. Y esa
desigualdad se extrema en determinados momentos históricos, marcados por
decisivas transformaciones sociales. Esta última fase del capitalismo se está
edificando sobre la expulsión de grandes sectores de población no solo del
mercado sino también de otras realidades sociales. Estos desahucios se acentúan
especialmente entre el genérico de las mujeres. En efecto, la estructura
patriarcal de las sociedades arroja a muchas mujeres a los márgenes y en esos
márgenes se producen nuevas expulsiones que desembocan en la trata de mujeres
para la explotación sexual.
PRECISIONES CONCEPTUALES EN TORNO
A LA TRATA
Las categorías de trata y tráfico
tienen significados distintos, aunque la línea que separa ambas realidades es
muy débil. Y, de hecho, hay que señalar que la trata y el tráfico son dos
delitos de naturaleza diferente, pues “el sujeto pasivo del delito en la trata
es la víctima y se están violando con ello sus derechos humanos, en cambio en
el tráfico el objeto del delito es el Estado, ya que viola únicamente su
soberanía al infringir las leyes
migratorias”204. El concepto de trata está restringido al tráfico de personas
para la explotación sexual. Tanto el tráfico como la trata son actividades
ilegales que se articulan en torno a las economías ilícitas. El tránsito del
tráfico a la trata y el proceso contrario es frecuente. Por ejemplo, mujeres
que son traficadas para el servicio doméstico o para otros trabajos
descualificados acaban después, y en muchos casos forzosamente, en la industria
del sexo. Y al revés, aunque en mucha menor medida, algunas mujeres traficadas
para la explotación sexual logran salir del infierno de la industria del sexo y
encontrar otros nichos laborales. Y también sucede en el sudeste asiático que
mujeres que son esclavizadas por la industria del sexo, siendo niñas o
adolescentes, cuando se convierten en adultas y son consideradas
mayores para la prostitución son
enviadas por las mafias a trabajar en maquilas en condiciones de esclavitud.
Asimismo, en otros casos, cuando mujeres en trata se consideran inservibles
para la industria del sexo son desviadas por las mafias hacia la mendicidad. De
hecho, los circuitos por los que transitan drogas, armas u órganos son casi
siempre los mismos por los que circulan personas. En muchas partes del mundo
coinciden las rutas del narcotráfico y la
venta de esclavas205. Las mafias
crean rutas y circuitos por los que circulan modalidades distintas de economías
ilícitas. Esta realidad oscurece a veces conceptualmente la distinción
analítica entre ambas realidades, el tráfico de personas y la trata de mujeres
y niñas para la explotación sexual.
Sin embargo, también existe un
debate acerca de la distinción analítica y política entre trata y prostitución.
La tesis que defiende la legalización de la prostitución y su conceptualización
como trabajo sexual reclama la separación conceptual de estos dos fenómenos
sociales. Desde esas tesis se propone la diferenciación entre prostitución
voluntaria y prostitución forzada. Se destaca que la trata se fundamenta en la
coacción y la violencia y la prostitución en el libre consentimiento. El
subtexto de esta distinción es que la trata debe ser analizada jurídicamente
como un delito, mientras que la prostitución debe ser entendida como una
práctica libre con todas las garantías sociales y jurídicas para desarrollarse
libremente. Las posiciones teóricas y políticas que defienden la prostitución,
si bien no ponen en duda la propia existencia de la trata, sí cuestionan que
sea un fenómeno social cuantitativamente significativo. El argumento usado es
que muchas veces se denominan redes mafiosas a las redes informales o de apoyo
que hacen posible la creación de proyectos migratorios autónomos. De hecho,
desde estas posiciones se cuestionan los planes integrales de lucha contra la
trata de personas para la explotación sexual porque, señalan, desembocan en la
criminizalización y estigmatización de los diferentes actores sociales,
incidiendo negativamente en las migrantes. Por otra parte, también argumentan
que la trata se utiliza como excusa al servicio
de la deslegitimación de la
prostitución como trabajo sexual.
El punto de vista del que parte
mi argumentación es que entre trata y prostitución no existe una frontera
inequívoca. Y la razón principal es que sin prostitución no existiría la trata.
En efecto, las enormes dimensiones de la industria del sexo no podrían haber
crecido sin la trata de mujeres para la explotación sexual. En el caso de
España, diversas investigaciones señalan que alrededor del 90 por ciento de
mujeres prostituidas son extranjeras. Pues bien, una parte de ellas han sido
traídas por las mafias y las deudas contraídas y otros motivos les dificulta la
salida. La trata debe ser considerada como el mecanismo fundamental de
abastecimiento de la prostitución, pues estas redes se encargan de suministrar
mujeres para que la industria del sexo pueda atender la enorme demanda
masculina. Ambos fenómenos sociales se necesitan y se alimentan mutuamente, de
tal modo que la oferta ensancha la demanda y esta, a su vez, condiciona y
estimula la oferta. La metáfora más clara de la prostitución y la trata es la
de los vasos comunicantes.
En torno a la conceptualización
de la trata (y también de la prostitución) se han desarrollado dos enfoques que
dan voz a dos posiciones políticas opuestas. En el primer enfoque, ambas
realidades sociales son analizadas desde una perspectiva individualista en la
que se aísla a la mujer traficada del entramado criminal y de los procesos de
globalización neoliberal y se la considera un sujeto autónomo, que toma
decisiones libres sobre su propia vida. En este enfoque se privilegia al
individuo frente a las estructuras y se enfatiza la libertad individual frente
a los procesos sociales. Lo fundamental es fijar el foco en la mujer en
prostitución y vincular el comercio sexual con sus deseos subjetivos y con sus
decisiones. Una de las ideas que preside esta perspectiva es evitar la
victimización de las mujeres traficadas y, precisamente, por eso se las
conceptualiza como seres autónomos. El individualismo metodológico tiene tanto
peso en este análisis que oscurece completamente los procesos económicos del
capitalismo neoliberal, así como la reactiva ideología que gobierna el
patriarcado en este
momento histórico. Además, y no
es poco importante, este análisis no identifica las tramas y mafias criminales
como uno de los componentes de esta fase del capitalismo global que hace
posible el nacimiento, desarrollo y funcionamiento de la trata. Riopedre expone
con claridad este punto de vista: “Pretender reducir sus proyectos migratorios
a las típicas constricciones estructurales equivale a
deshumanizar a esas mismas
migrantes”206.
El segundo enfoque, sin dejar de
aplicar el foco analítico a las mujeres prostituidas, observa con lupa los
procesos en los que se desarrollan la prostitución y la trata. Para ello se
estudian las estructuras patriarcales, capitalistas y raciales que han
permitido la creación y desarrollo de las redes de trata de mujeres para la
explotación sexual. Con ese objetivo, se analizan las lógicas del capitalismo
global, en cuyo interior ha crecido tanto la industria del sexo como las
economías ilícitas transnacionales, consecuencia de las propias dinámicas del
neoliberalismo. En esta tesis se entiende la trata como una de las modalidades
de la esclavitud global. Además, se estudia la economía criminal que envuelve
este negocio que
mercadea con los cuerpos de las
mujeres. Este enfoque visibiliza los sistemas de dominio que condicionan la
vida de aquellos sujetos sobre los que se ejerce la dominación e identifica las
estructuras en las que crece ese fenómeno social. Por tanto, esta mirada
sociológica solo entiende las acciones de los individuos en el marco de
procesos sociales que influyen decisivamente en sus comportamientos y también
en la conformación de su subjetividad. Las mujeres en situación de trata no son
átomos aislados ni individuos libres. La pobreza, la violencia, la falta de
respeto social, la impunidad y la economía criminal complican el desarrollo de
su libertad individual. Y no se pueden entender sus biografías fuera de estos
factores estructurales.
Estas perspectivas metodológicas
ofrecen elementos para comprender no solo el tráfico de mujeres para la
explotación sexual, sino también los intereses que se esconden tras este
debate. En otros términos: si el foco analítico lo aplicamos a los individuos y
desconocemos el marco social en
el que se desarrollan las acciones individuales no daremos cuenta de esta
realidad social. Y, al revés, si dirigimos el foco solo a las estructuras, y no
tenemos en cuenta a los individuos que las habitan, tampoco podremos aprehender
este hecho social.
Hay que repensar y
reconceptualizar la trata en el marco de los estudios académicos con otros
parámetros más integradores. Este fenómeno social necesita un lugar conceptual
nuevo para poder entender una de las mayores expulsiones de nuestra época. Es
necesario cartografiar la expulsión de masas de mujeres de países con altas
tasas de pobreza hacia zonas con niveles más altos de bienestar. Entender las
causas que hacen posible esas expulsiones y también quiénes se benefician de
esos procesos. Para ello es imprescindible analizar las relaciones entre el
tráfico de mujeres para la explotación sexual y las nuevas lógicas económicas
capitalistas. Si no logramos entender que la trata es una forma de “expulsión”
de millones de mujeres y niñas, causada en parte por las dinámicas del
capitalismo neoliberal, y que las economías ilícitas forman parte de esta
última fase del capitalismo será imposible pensar en su desaparición. De la
misma forma, si no identificamos analíticamente la trata como resultado de la
quiebra del contrato sexual y no logramos ver que los nuevos patriarcados están
proponiendo a la conciencia de nuestras sociedades una nueva distribución de
mujeres para uso sexual de los varones quizá no lleguemos a comprender la
magnitud y el aviso que entraña este fenómeno.
DEBATES EN TORNO A LA TRATA PARA
LA EXPLOTACIÓN SEXUAL
En torno a la trata se ha
generado un debate intelectual desde claves teóricas similares a las que rodean
los debates sobre pornografía y prostitución. Como he señalado anteriormente,
una gran parte de los análisis sobre trata parten del supuesto de que el
tráfico de mujeres y niñas para la explotación sexual es en realidad un
mecanismo de abastecimiento de mujeres para la prostitución. En otros términos,
las tesis de estas autoras críticas con la prostitución
y la trata señalan que la función
de la trata es la de proveer de mujeres a la industria del sexo. Los países del
tercio rico del mundo demandan mujeres y niñas para el mercado de la
prostitución y las redes de traficantes crean circuitos desde países situados
en los dos tercios pobres para satisfacer la demanda masculina, tanto la
interna como la de Occidente.
Sin embargo, frente a este
análisis, algunas estudiosas argumentan que la trata es un fenómeno
insignificante cuantitativamente y niegan que su función sea la de abastecer de
mujeres a la industria del sexo de los países occidentales. En consecuencia, niegan
la consideración de que la prostitución sea la causa fundamental del tráfico de
mujeres para la explotación sexual. El subtexto que preside los estudios de
estas autoras es que la imagen que se ha creado de la trata en el imaginario
colectivo es una distorsión de la realidad y responde a intereses conservadores
con el objetivo de que las jóvenes no puedan usar su sexualidad libremente.
El primer argumento que utilizan
las autoras que ponen en cuestión la trata es la consideración de que es un
mito cultural. Desde esta perspectiva se realiza un análisis que cuestiona la
coacción, la fuerza y las dimensiones de esclavitud sexual que definen este
fenómeno social. Para ello se ha acuñado el término del
“mito trafiquista”207. En este
enfoque la esclavitud sexual es un mito cultural que hunde sus raíces en la
“trata de blancas”, otro mito
cultural. Jo Doezema se
pregunta: “¿Es posible que el ‘tráfico de mujeres’, tal y como se emplea hoy
en día, funcione también como
un mito cultural?”208.
Explica Doezema que este mito
cultural está alimentado del miedo a la sexualidad y a la independencia de las
mujeres. Reaparece otra vez como argumento fuerte la idea de peligro que tan
bien explicara Carole Vance. Por eso, señalarán, el fantasma de la trata no
solo es agitado por sectores conservadores y puritanos de la sociedad, sino
también por sectores feministas que enfatizan el peligro frente al placer. En
efecto: “Los cuentos del ‘tráfico de
mujeres’ sirven, pues, como
avisos para las mujeres jóvenes: el peligro sexual, la degradación y la muerte
se presentan como destinos de aquellas chicas que abandonan la protección de la
familia y la nación”209 . De
hecho, Laura Agustín resignifica a las mujeres traficadas con el calificativo
de viajeras y al tráfico con el de
migraciones irregulares210. A
juicio de Riopedre hay que combatir “la visión esencialista y hegemónica de la
prostitución derivada del paradigma trafiquista donde el discurso de la
violencia de género y de la trata y la explotación despojan hoy
sistemáticamente a las
trabajadoras sexuales migrantes
de su capacidad de agencia”211. En otros términos, y siguiendo su razonamiento,
detrás de lo que las agencias internacionales y medios de comunicación
denominan trata se esconden estrategias de movilidad social ascendente.
Kamala Kempadoo señala que se
pueden identificar dos posiciones en el feminismo respecto al tráfico de
mujeres para la explotación sexual y para la prostitución. La posición
feminista crítica frente a la prostitución y a la trata se localiza en
Occidente (Europa y Estados Unidos) y es liderada por mujeres de clase media
que a veces imponen lógicas burguesas e imperialistas sobre la prostitución. El
subtexto es que las tesis del feminismo occidental son funcionales a los
intereses de los estados occidentales, cuyo objetivo es cerrar las fronteras a
la inmigración. La segunda posición es denominada por Kempadoo perspectiva
feminista “transnacional” o del “tercer mundo”. En su opinión, este enfoque
entiende el tráfico como un discurso y una práctica de mujeres que quieren
gestionar autónomamente su propia vida, para lo que crean estrategias de
supervivencia. En esta perspectiva, las mujeres son concebidas como sujetos
autónomos, autodeterminados y capaces de transformar las relaciones de poder.
Subraya que la realidad muestra que la coerción, la violencia física y la
extorsión tienen lugar en el contexto de procesos migratorios o en el
reclutamiento en los locales de trabajo de los países de destino. A veces,
argumentará la autora, lo que conceptualizamos como violencia incluye elementos
de consentimiento y de participación activa de las mujeres. Esta autora
critica que estas personas sean
definidas como víctimas. Tras la criminalización de la trata se encuentra, en
realidad, la
criminalización de la
inmigración212.
El segundo argumento de estas
autoras, entre las que se encuentra la mencionada Jo Doezema, es la
infantilización de las mujeres en el análisis de la trata. El contenido de este
argumento se podría formular así: nuestra mirada subjetiva, colonizada por el
puritanismo sexual, contempla a las mujeres y a los niños como sexualmente
inocentes. El resultado de este análisis condiciona nuestro punto de vista
sobre la trata. Infantilizar a las mujeres, señalan estas autoras, forma parte
de una estrategia dirigida a presentar la trata como un asunto de esclavitud
sexual de grandes proporciones: si las mujeres traficadas son percibidas como
víctimas inocentes, entonces la trata será vista como un negocio criminal y las
mujeres como seres desempoderados e incapaces de tomar decisiones. Así lo
explica Jo Doezema: “La ‘infantilización’ de las mujeres llega a ser no tanto
un instrumento de poder como una
forma de quitarles libertad”213.
En la misma línea, Laura Agustín
argumenta sobre la necesidad de poner en cuestión el concepto de víctima y
señala con preocupación la tendencia creciente a victimizar “a los pobres, a
los débiles, a los no formalmente educados y a los migrantes […] Mucha retórica
sobre la migración ha tomado esta forma: resulta que los migrantes no solo son
vulnerables a la explotación, una verdad
evidente, sino que también son
víctimas”214. La idea que recorre subterráneamente esta argumentación es que
los estudios sobre la trata invisibilizan la “agencia” de las mujeres en
prostitución, les privan de un rol activo como actores sociales y quedan subsumidas
en el “paradigma de la
victimización”215. La propuesta alternativa es abrir una interrogación crítica
sobre el concepto de víctima.
Un tercer argumento gira en torno
a la idea de que tanto el concepto de trata como sus aplicaciones políticas
sirve a los intereses de los países ricos para así contener la inmigración. El
argumento sería que la trata es
utilizada por los gobiernos y por los sectores ideológicamente conservadores de
la sociedad como un fantasma para criminalizar la inmigración. El objetivo
sería asociar en el inconsciente colectivo migración y trata. La ideología que
envuelve a la trata serviría para justificar otro fantasma: el del miedo al
otro, al extraño, al inmigrante. El impulso protector en las legislaciones
sobre trata “va acompañado, en estos tiempos xenófobos y antiinmigración, del
deseo de ‘prohibir la entrada’ a extranjeros
indeseables”216. Como he señalado
anteriormente, Kempadoo explica que el problema no es el tráfico de mujeres
para la explotación
sexual, sino las migraciones
internacionales217.
Estas posiciones se sostienen en
la idea de la necesidad de poner
en cuestión el concepto mismo de
trata218. La hipótesis de partida es que el tráfico de mujeres para la
explotación sexual es un fenómeno muy reducido cuantitativamente y en parte
creado por las políticas antiinmigración de los estados ricos de Occidente.
Advierten de que no hay que confundir las “redes migratorias” con las “redes
mafiosas”219. Las mafias serían
un mecanismo migratorio minoritario en el conjunto de las mujeres que componen
el mercado del sexo. Argumentan que el problema no es la trata, sino las causas
que hacen posible el abuso, que se concretan en leyes restrictivas de
inmigración y en el estigma al que están sometidas las mujeres
prostituidas220.
Sin embargo, estas
argumentaciones sobre la trata por parte de estas estudiosas merecen algunas
objeciones: la primera tiene que ver con su mirada, es decir, con el marco
interpretativo que han creado para explicar una realidad que, a su juicio, no
existe. Si el punto de partida es que esa realidad no existe, entonces el marco
conceptual que han creado para tal propósito no puede identificar esa realidad
previamente negada. El marco teórico está fabricado explícitamente para
sobredimensionar aspectos de esta realidad, para minimizar otros y para negar
la existencia de los fundamentales. Dicho en otros términos, este análisis
tiene un
carácter negacionista de la
trata. Este marco interpretativo, fuertemente nominalista, muestra una
normatividad femenina articulada en torno a la libertad y alejada de cualquier
elemento de coacción en sus comportamientos migratorios y sexuales. Sin embargo,
podemos preguntarnos si existen las redes de tráfico de drogas, de órganos y de
armas o si existen los trabajadores forzosos al servicio de las grandes
multinacionales. ¿Existen nuevas esclavitudes vinculadas a las nuevas prácticas
económicas
neoliberales, salvo las de las
mujeres para la prostitución? ¿Los testimonios de las mujeres en trata que han
sido liberadas no tienen el mismo valor que las de aquellas que declaran ser
libres en su elección? ¿No hay relación entre las estructuras patriarcales y la
prostitución?
En todo caso, hay que notar que
el vínculo entre trata y mafias no es discutido por personas expertas, salvo
por las autoras que defienden tan rotundamente el “trabajo sexual”. ¿Atentan
contra las mujeres en situación de trata quienes han creado esa vasta
estructura de dominio y violencia o quienes formulan críticas contra esas
realidades patriarcales y mafiosas? En efecto, la formulación de estas autoras
en realidad es que, afirmando el carácter coactivo y mafioso de la trata de
mujeres para la explotación sexual, negamos a las mujeres traficadas su
estatuto de sujetos capaces de consentir libremente la entrada en esas redes.
Sin embargo, el ser sujeto no está relacionado con el hecho de que determinados
lobbys académicos y empresariales afirmen la autonomía y libertad de las
mujeres en prostitución y trata. La autonomía y autodeterminación de los
individuos reside en la posibilidad de diseñar un proyecto de vida alejado de
la desigualdad y la subordinación. Por otro lado, en esta argumentación se
identifica el oscurecimiento de las estructuras y procesos de dominio y se
sobredimensiona la capacidad de decisión de las mujeres traficadas. El subtexto
de estas posiciones es que sobre las estructuras mafiosas de coacción y
violencia aparecen individualidades libres que eligen racionalmente lo que les
conviene. Los sistemas de dominio no anulan completamente al sujeto, pero
socavan su libertad y autonomía.
Asimismo, en los análisis de
estas autoras se alude al colonialismo en tanto se cierran las fronteras para
aquellos que desean trabajar en los países occidentales. Y, sin embargo, se
elude otra cara del colonialismo. En efecto, el hecho de que mujeres sin
recursos y de países con altas
tasas de pobreza sean traficadas hacia países occidentales para ser usadas
sexualmente por varones blancos es una imagen difícil de no conceptualizar como
colonial. Por otra parte, el turismo sexual por el que los varones occidentales
viajan a países pertenecientes a los dos tercios pobres del mundo para acceder
sexualmente a los cuerpos de las mujeres pobres es un dato inseparable de las
relaciones de dominio del norte sobre el sur. Y a este hecho se añade otro: la
demanda de mujeres de países del sur para prostituirse en países del norte se
debe a que las mujeres de estos países no se ven abocadas por pobreza a la
prostitución.
Las posiciones que niegan la
trata y la explotación sexual adolecen de un fuerte déficit normativo, pues al
reclamar que dejemos “atrás muchos de los prejuicios y valoraciones morales que
por lo común empleamos al tratar el tema de la prostitución” en realidad están
proponiendo que abdiquemos de los criterios éticos que contribuyan a enjuiciar
las relaciones sociales jerárquicas y los entramados institucionales sobre los
que se asientan los sistemas de dominio.
MODALIDADES DE TRATA
Según el Protocolo de Palermo del
año 2000, la trata de personas es definida como la captación, transporte,
traslado, acogida o recepción de personas recurriendo a la amenaza, uso de la
fuerza u otras formas de coacción. Está incluido el rapto, fraude, engaño,
abuso de poder o situación de vulnerabilidad, así como la concesión o recepción
de pagos o beneficios para obtener el consentimiento de una persona que tenga
autoridad sobre otra, todo ello con
propósitos de explotación221. Una
gran parte de las mujeres que llegan a la trata lo hacen a través del
endeudamiento. La deuda
esclaviza a las mujeres y se
convierte en una cadena que las ata a las mafias de la explotación sexual.
Sheila Jeffreys lo explica así:
“El trabajo forzado por las deudas contraídas es la característica definitoria
de la trata de mujeres,
porque es la forma en que los
tratantes obtienen sus ganancias”222. Esta forma de servidumbre por
endeudamiento es el mecanismo más importante que vincula a las mujeres con el
tratante y el proxeneta y que les dificulta la salida de la trata. Como hemos señalado
en otra parte de este capítulo, la servidumbre por endeudamiento es un tipo de
“relación laboral” frecuente en las nuevas formas de esclavitud, y no es
exclusiva de la trata. La servidumbre por endeudamiento convierte al trabajador
forzoso en siervo del propietario y a las mujeres en esclavas del tratante. Sin
embargo, esta esclavitud suele esconderse tras la apariencia de la libre
elección. Además, “el compromiso de deuda adquirida con el tratante […] vincula
a la víctima con su familia […] e […] imposibilita
que las personas den a conocer
esta situación a las autoridades”223. Por otra parte, el inicial “contrato” por
endeudamiento se va ampliando poco a poco. En efecto, multas y castigos van
endeudando paulatinamente a las mujeres en trata. La multa suele tener su
origen en la valoración por parte del empresario o proxeneta de que no ha
atendido adecuadamente al “cliente”. Las mujeres en trata deben desterrar de su
lenguaje la palabra “no”. El no a demandantes, proxenetas o tratantes genera
multas, castigos y violencia. Y una práctica tradicional frecuente en diversos
países — por ejemplo, Colombia, México, Estados Unidos, Guatemala o Tailandia—
consiste en proporcionar éxtasis con el objetivo de que
las mujeres explotadas se
conviertan en adictas224 y de ese modo se intensifique la dependencia con el
tratante.
Los discursos de los proxenetas y
tratantes se han modernizado. La introducción de la idea de consentimiento en
los estudios académicos sobre trata han sido asumidos por la industria del sexo
y por los tratantes a fin de que tanto las mujeres explotadas como la sociedad
en general crean en la legitimidad del comercio sexual.
Estos discursos contribuyen a la
modernización de los relatos de la trata. El objetivo es reducir la violencia
contra las mujeres tratadas y promover una cultura de la normalización de la
servidumbre sexual. Para ello hay que programarlas en el consumo de
pornografía, pues ahí obtienen los argumentos de que eligen libremente la
explotación
sexual225. Solo la normalización
del abuso hace posible que no te sientas víctima. Por eso, precisamente, el
concepto de mujer en trata no puede extraerse de la percepción subjetiva de la
mujer prostituida. Lydia Cacho lo explica así:
La industria del sexo se
moderniza, se globaliza e implementa nuevos discursos mercadotécnicos y
políticamente correctos. Las mafias siempre intentarán convencernos de que
somos libres cuando esclavizamos a otras personas para nuestro consumo, y de
que las mujeres son libres porque pueden elegir ser esclavas de sus clientes.
Pero no solamente la izquierda y las feministas posmodernas compran este
discurso; la derecha, que bajo el crucifijo o la sotana
goza de la prostitución más
refinada, también está encantada226.
El tráfico de mujeres para la
explotación sexual, sin embargo, opera de formas diversas, todas ellas con el
objetivo de enmascarar el delito de la trata, tanto ante las propias mujeres
traficadas como ante los países de destino. Susana Chiarotti señala tres
modalidades que tienen una presencia significativa en América Latina: en primer
lugar, el contrato de trabajo para ir a trabajar a otro país. Suelen incluso
anunciarse en la prensa y en otros medios de comunicación locales. Algunas no
saben exactamente a lo que van, pues les hablan de trabajar en bares,
cafeterías, restaurantes o clubs y no creen que tengan que ejercer la
prostitución. Otras, sin embargo, aunque saben a lo que van, la información que
reciben de los tratantes suele ser más glamurosa que lo que es en realidad.
En segundo lugar, también se ha
utilizado la fórmula de la adopción para enmascarar la trata: “En 1991, cerca
de mil peruanas fueron llevadas a Holanda mediante un mecanismo de adopción
simulada. La víctima entra legalmente en el país, pero su ‘padre’ la
somete a condiciones de trabajo
abusivas”227.
En tercer lugar, también se ha
observado el matrimonio simulado.
En efecto, “las mujeres llegan al
país receptor mediante su matrimonio con un nacional o residente legal, o se
casan por medio de una agencia matrimonial; después de unos meses, la mujer es
prostituida y sigue viviendo en su propia casa en condición de
prisionera” 228. En esta misma
línea, miles de europeos han colonizado pueblos y comunidades para la
explotación sexual en Tailandia, Camboya o Vietnam. En muchos casos, el
matrimonio con adolescentes es el mecanismo para explotarlas sexualmente.
Señala Lydia Cacho que Alemania y Holanda son los países que más
pedófilos expulsan. De hecho,
casi 15.000 viven en Tailandia229.
En el negocio de la trata están
presentes también las caravanas de mujeres, “traficadas e instaladas en las
cercanías de bases militares para entretenimiento y uso sexual de los oficiales
y
soldados”230. Existe una conexión
entre destacamentos o campamentos militares y prostitución. La exaltación de la
masculinidad más hegemónica entre grupos de hombres marcados por la disciplina
y los valores militares y de guerra propicia la prostitución. En un estudio
realizado por la Organización Internacional para las Migraciones (OIM),
presentado en 2002, se muestra que más de 5.000 mujeres, sobre todo de
Filipinas y la antigua Unión Soviética, “nutren una red de prostitución en
Corea
del Sur, destinada especialmente
a los soldados estadounidenses”231. Por otra parte, mujeres hondureñas
denuncian la presencia de prostíbulos en las inmediaciones de las zonas
ocupadas por las bases militares extranjeras: “En muchos de estos establecimientos
se puede encontrar a cientos de jóvenes en condiciones de
semiesclavitud que son producto
de la trata232.
Asimismo, mujeres ofrecidas y
vendidas como esclavas que son anunciadas en páginas de Internet o mujeres y
niñas procedentes de áreas rurales que son traficadas para el turismo sexual
forman parte cotidiana del funcionamiento de esta actividad criminal. La
prostitución de mujeres por catálogo se ha convertido en parte indispensable de
la industria del sexo. La industria de la trata se
globaliza y amplía en todo el
mundo. Entre 2000 y 2008 se incrementó en un 300 por ciento la apertura de
casas de masaje
asiático legales en México233.
Asimismo, la brujería es una herramienta de control en el caso de muchas
mujeres africanas víctimas de la trata en Europa. Las mujeres nigerianas en
España son amenazadas a través del vudú y obligadas a tener el teléfono móvil
permanentemente abierto para así ser más intensamente vigiladas por sus
proxenetas.
Las formas de reclutamiento de
mujeres son variadas y se adaptan a los distintos contextos culturales. El uso
de la seducción es un mecanismo frecuente en América Latina y en otras partes
del mundo. Inicialmente la buena presencia, un lenguaje adecuado y cierto
encanto o carisma, además de elementos externos ostentosos en medios sociales
de escasos recursos, son utilizados como
estrategia de seducción y
enamoramiento234. En México, esta figura frecuente en la trata se denomina
“padrote”. Su función es, a través de la seducción, reclutar, colocar y vender
a mujeres para la explotación sexual. Además, se adaptan a los usos y costumbres
de diferentes grupos sociales y étnicos. Los proxenetas han desarrollado
mecanismos de enamoramiento que provienen de
prácticas culturales
tradicionales235. En otras zonas del mundo, como España, esta figura conocida
recibe el nombre de loverboy. Una vez que ha conseguido seducirlas, se ponen en
funcionamiento otras estrategias para que permanezcan en el mundo de la explotación
sexual. En efecto, para retener a sus víctimas los proxenetas y tratantes las
chantajean con hacerles daño a ellas y a sus familias; les quitan el dinero y
los documentos personales de identificación; en otros casos, retienen a sus
propios hijos. Como he señalado anteriormente, es muy común hacerles adquirir
deudas que no se pueden pagar. La violencia física forma parte fundamental de
los métodos para retener a las mujeres víctimas de trata. Algunos mecanismos
para hacer que las mujeres permanezcan en esta industria criminal son similares
a los que emplean los agresores en el ámbito de la violencia de pareja. En
efecto, aislarlas de su ambiente
y volverlas muy vulnerables
facilita la dependencia emocional y material y dificulta las posibles salidas
de ese mundo.
En efecto, la violencia y la
seducción son estrategias usuales en el mundo de la trata. En este sentido,
explica Kathleen Barry: “La fuerza física y la seducción fraudulenta son
agentes importantes entre los factores que llevan a las mujeres a convertirse
en
prostitutas”236. También señala
Castells que las redes criminales se basan en la coacción mediante una
violencia extraordinaria. En estas organizaciones siempre existen redes de
asesinos que sirven tanto para amedrentar a las mujeres tratadas como para proteger
a su
organización de otras mafias que
les hacen la competencia237. En efecto, la violencia es inherente a la trata y
es una herramienta fundamental en el funcionamiento y reproducción de esta
industria criminal.
El reclutamiento y secuestro de
mujeres para la trata requiere de ciertas condiciones que son las que la hacen
posible. La primera de ellas, sin duda, es la pobreza. La cartografía de las
mujeres víctimas de trata muestra el tránsito de pueblos a ciudades y de países
con grandes bolsas de pobreza a países con más bienestar. Son mujeres muy
jóvenes, con pocos recursos culturales, muchas de ellas han sido madres
adolescentes y la mayoría ha sufrido episodios, en algunos casos continuados
durante años, de abusos y violencia sexual. Suelen desconocer sus derechos y
carecen de documentación. Por eso, las abolicionistas alemanas denominan a
esta realidad “prostitución de
la pobreza”238. El caso de México es paradigmático, pues donde hay más
captación de trata es en los estados más pobres: Guerrero, Veracruz, Chiapas,
Puebla, Tabasco y Oaxaca.
Asimismo, la captación de mujeres
para la trata se realiza en países en los que el Estado no es fuerte o en
países en los que el Estado tiene una política “semilegal” de expansión de
mujeres para la prostitución. De otro lado, los tratantes necesitan de la
impunidad en los países donde se realiza la captación de mujeres y de la
complicidad de los diversos estamentos institucionales (jueces,
policías, miembros de la
Administración, cargos gubernamentales…). Los estados débiles carecen de la
fortaleza necesaria para proteger a sus habitantes. Por eso, las mafias crecen
en sociedades con estados que no pueden cumplir con la función de defensa de la
vida de la gente. Las mafias y redes de trata, mediante alianzas con
funcionarios, políticos y magistrados, debilitan a los estados y abren espacios
de impunidad. Una forma de actuación muy común es ofrecer a políticos y
policías sexo gratuito y así articular tramas de extorsión y silencio. Las
organizaciones criminales, y la trata está en manos de ellas, sigue un
itinerario que parte de zonas de bajo riesgo, donde tienen un control relativo
del entorno institucional, “mientras que buscan sus mercados preferentes en las
zonas de
demanda más rica, a fin de cobrar
precios más altos”239. La trata de mujeres aumenta en países con mayor
corrupción del Estado y con bajos niveles de democratización. Explica Roberto
Saviano que los gobiernos débiles ofrecen mejores condiciones para que se
desarrollen y crezcan las
mafias240. En Birmania, el país más corrupto del mundo junto a Somalia, según
fuentes de Transparencia Internacional, 200.000 mujeres y niñas han sido
traficadas a Karachi (Pakistán) para ser vendidas como esclavas sexuales y para
la
mendicidad241. La procedencia
mayoritaria de mujeres traficadas es de países empobrecidos y con estructuras
económicas que no han podido incorporarse a la economía global. Es imposible,
por tanto, negar la relación entre pobreza y tráfico de mujeres para la
explotación sexual.
El Fondo de Población de Naciones
Unidas (UNFPA), en su informe de septiembre del año 2000, estima que cuatro
millones de mujeres son vendidas cada año para la prostitución, la esclavitud o
el matrimonio y dos millones de niñas son introducidas en el comercio sexual.
Por su parte, la OIM estima que medio millón de de mujeres entran cada año a
Europa occidental para ser traficadas
sexualmente242.
En Europa, tal y como explica
Sheila Jeffreys, las investigaciones
y estudios que se han hecho ponen
de manifiesto que la trata se funde con la prostitución hasta el punto de que
la mayoría de las mujeres prostituidas en ciudades de Europa occidental, como
es el
caso de Ámsterdam, han sido
traficadas243. Alemania y Holanda están entre los 10 primeros países de
destino, a pesar de que en
ambos países está legalizada la
prostitución244. En la Europa del Este, la caída del comunismo ha facilitado el
crecimiento de la industria del sexo, y el aumento de la desigualdad y la
pobreza ha colocado a muchas mujeres en una situación de disponibilidad laboral
que ha sido aprovechada por tratantes a gran escala. De hecho, una de las
bolsas de prostitución en España procede de países del este de Europa, sobre
todo de Rumanía, y las redes de tráfico de mujeres para la explotación sexual
desde esas regiones europeas hasta España están muy consolidadas y se está
demostrando la dificultad policial para desarticularlas.
Sin embargo, los gobiernos no
parecen estar preocupados tanto por la trata como por la protección de sus
fronteras y por la inmigración, de modo que en ocasiones se utiliza la trata
como la excusa para cerrar las fronteras tanto a inmigrantes como a refugiados.
Y asimismo, asociado a la trata, se usa el recurso sanitario como excusa para
restringir la entrada de migrantes en el país de destino, pues las mujeres que
ejercerán la prostitución pueden ser portadoras del SIDA. Este problema, el del
cierre de las fronteras, se ha recrudecido en los últimos tiempos a causa de
los desplazamientos de refugiados por la guerra de Siria. Estas restricciones
en las fronteras han añadido problemas de vulnerabilidad y abuso hacia las
mujeres que quieren migrar para buscar trabajo, pues las fuerza a recurrir a
los tratantes. En efecto, el crimen organizado utiliza las redes de inmigrantes
para penetrar en la sociedad y de esa forma se alimenta la xenofobia contra la
inmigración.
Para concluir este capítulo, es
preciso señalar que la trata de mujeres para la explotación sexual es un
fenómeno social que crece sostenidamente. La lógica actual del capitalismo
neoliberal empuja a
los países que tienen economías
débiles y burguesías empresariales poco competitivas a engancharse a la
economía global a través de las economías ilícitas. Por otra parte, las
condiciones que pone el Banco Mundial a los países que reciben préstamos de ayuda
estructural en el sentido de crear una industria del ocio y del entretenimiento
significan prostitución y juego. Dicho en otros términos: industria del sexo
para generar recursos y casinos para lavar el dinero de esa economía criminal.
Asimismo, los tratados de libre comercio facilitan el entramado de las
economías ilícitas y la circulación de mujeres para la explotación sexual. En
último término, la “mercancía” de esta industria, las mujeres para la
prostitución, no tienen apenas costes para los empresarios del sexo. Cuando
dejan de ser útiles para este negocio, se desechan. Por lo tanto, los
beneficios son muy altos. Además, de todas las economías ilícitas y criminales,
aquella que tiene una tasa más baja de delincuentes en la cárcel es la
industria de la trata para la explotación sexual. Como muy bien han señalado
instituciones como la Interpol y la Europol, así como la policía especializada
de Gran Bretaña, el fenómeno
global de la trata muestra una
tendencia al crecimiento245.
Esta tendencia al crecimiento de
la trata y de la prostitución pone de manifiesto la libertad y seguridad de que
gozan las mafias y las economías ilícitas, el desequilibrio que existe entre la
economía ilícita articulada en torno a la trata y la prostitución y las
organizaciones policiales nacionales e internacionales, pero también nos avisa
sobre la falta de control de los mercados capitalistas y el margen de libertad
que tienen para no someterse a la legalidad o para construir la legalidad en su
beneficio. Finalmente, el aumento de la industria del sexo muestra que los
patriarcados realmente existentes gozan de muy buena salud.
CAPÍTULO 6
La elección de las mujeres
prostituidas
En el debate sobre prostitución
es frecuente encontrarse con el argumento de que las mujeres prostituidas hacen
elecciones racionales, libres y funcionales a sus propias vidas cuando entran
en la industria del sexo. De hecho, existe un debate social significativo en
torno a si la entrada de las mujeres prostituidas al mundo de la prostitución
es libre o forzada. Un argumento recurrente que plantean los partidarios de la
regulación de la prostitución es que en la industria del sexo encontramos a una
minoría de mujeres esclavizadas por las redes de trata y a una mayoría que
realiza libremente el “trabajo sexual”. Sin embargo, la discusión sobre el
carácter libre o forzado de las mujeres en prostitución exige analizar si el
contrato entre la mujer prostituida y el consumidor es libre o si existen
subterráneamente lógicas políticas y económicas que vulneran ese contrato y lo
transforman en una explotación sexual.
El punto de partida de este
trabajo, después de conversaciones con mujeres prostituidas y análisis de los
procesos encubiertos sobre los que se edifica la prostitución, es que el
consentimiento es un argumento que se usa para legitimar la prostitución, pero
que oculta las condiciones sociales y económicas que empujan a las mujeres
prostituidas hacia la industria del sexo. Como he explicado en los anteriores
capítulos, la pobreza, la discriminación, la existencia de circuitos que
facilitan el tránsito de mujeres para la prostitución, las redes de trata y en
muchos casos un pasado o presente de violencia y abusos sexuales son las causas
que empujan a algunas mujeres a entrar en la prostitución. Dicho de otra forma,
argumentaré que
llevar la idea de consentimiento
al debate sobre la prostitución es una estrategia teórica que justifica la
explotación sexual presentándola como un acto de libertad.
El concepto de consentimiento se
acuña a finales del siglo XVII, en el marco intelectual y político que
desembocaría en la Ilustración. En el siglo XVIII, y por primera vez en la
historia, se inaugura un nuevo tipo de relación social, aquella que está basada
en el contrato libremente consentido. Esta relación contractual reposa sobre un
concepto crucial de la modernidad europea: el de consentimiento. El nuevo mundo
que comienza a dibujarse a finales del siglo XVII y que adquirirá un perfil más
preciso en el XVIII se edificará sobre la descomposición del estamento y de las
monarquías absolutas de origen divino. Sobre estas ruinas emergerá la figura
del individuo como sujeto político, la configuración de una nueva clase
hegemónica, la burguesía, y la propuesta de un nuevo sistema político, la
democracia. Y ahí precisamente adquiere sentido la categoría de consentimiento.
El nuevo mundo, el mundo de la modernidad europea, no aceptará la instauración
de sistemas políticos que no estén basados en un contrato fundado en el
consentimiento de sus miembros. Este tipo de relación contractual es
históricamente nueva y surge como una conquista frente a las relaciones
sociales medievales, basadas en relaciones de adscripción. El nacimiento y el
rango adscribían a cada individuo a un estamento sin posibilidad de desplazarse
de esa ubicación social asignada. En otros términos, el mundo del estatus
organizaba las relaciones sociales medievales.
Frente a las relaciones basadas
en el estatus, a finales del siglo XVII aparece la idea del contrato como la
teoría emancipadora por excelencia porque promete la libertad individual como
principio de la
era moderna246. El contrato
aparece como el principio en el que se encarnan la libertad y la igualdad de
todos los individuos. Sin embargo, y como veremos más adelante, Carole Pateman
pone en entredicho las teorías contractualistas, en la medida en que todos los
contractualistas narran historias patriarcales en sus relatos sobre el
contrato247 . Esta autora
argumenta que las relaciones contractuales no tienen el mismo significado
político para todos los individuos, pues mientras que para los varones el
contrato es libertad, para las
mujeres es sujeción248 . Sin
embargo, el carácter patriarcal de los relatos contractualistas lo analizaremos
más adelante.
En efecto, pese a que todos los
relatos contractualistas narran historias patriarcales, existen otras
diferencias significativas entre unos y otros que pueden proporcionarnos claves
para entender el argumento de que la entrada de las mujeres en prostitución es
libre. Todos los filósofos contractualistas consideran que la legitimidad de
los sistemas políticos y de algunas de sus relaciones sociales reside en el
contrato y que su legitimidad se funda en el libre consentimiento de los
contratantes. Hay que preguntarse, sin embargo, hasta dónde debe llegar ese
pacto, es decir, cuáles son los límites del contrato. Locke y Hobbes sostienen
que, tan pronto como
hay pacto, la esclavitud cesa249.
Pero también hay que preguntarse qué se puede contratar. Para Locke, el gran
teórico del liberalismo, lo único que separa al esclavo del sirviente o del
trabajo asalariado es
la duración del contrato250. En
efecto, para el filósofo británico, los individuos son propietarios de su
persona y de sus atributos. La interpretación de Pateman es que el cuerpo y las
capacidades de los individuos son concebidos por Locke como trozos de
propiedad, del
mismo modo que se poseen
propiedades materiales251. El mismo filósofo afirma que “cada hombre tiene, sin
embargo, una propiedad que pertenece a su propia persona; y a esa propiedad
nadie tiene derecho, excepto él mismo. El trabajo de su cuerpo y la labor
producida por sus manos podemos
decir que son suyos”252. Sin embargo, tal y como señala Pateman, el supuesto de
que el individuo use la propiedad de su persona, de sus capacidades o
servicios, como cualquier propietario lo hace con su propiedad material, hace
posible que la oposición entre libertad y esclavitud se
disuelva253. Esta argumentación
de Locke, la del cuerpo como propiedad, es útil para sostener la legitimidad
del contrato que
establece la mujer prostituida y
el consumidor de prostitución.
Locke pone los cimientos de una
propuesta liberal en el interior de la modernidad. Esta propuesta está
articulada en torno a la idea de propiedad, sobre la base del individuo como
propietario y edificada sobre un ideal de libertad, desvinculado del principio
de igualdad económica o sexual. El liberalismo reposa sobre la absoluta
libertad del individuo para firmar contratos y la doctrina del contrato se basa
en que a partir de la propiedad de la persona se pueden
establecer relaciones libres254.
Sin embargo, no todos los
ilustrados sostienen las mismas posiciones. Kant y Rousseau no creen que el
cuerpo y las
capacidades de las personas sean
una propiedad de los individuos255. En ninguno de los dos filósofos se
conceptualiza al sujeto de la modernidad como propietario. En efecto, Kant
afirma que no se puede ser al mismo tiempo cosa y persona, propiedad y propietario.
Para este filósofo ilustrado, el individuo no puede considerarse a sí
mismo una mercancía256. Luisa
Posada explica que “para este pensador la persona solo puede ser juzgada libre
si no es tratada
como cosa o medio”257.
Por su parte, Rousseau, uno de
los teóricos más críticos contra la desigualdad económica y un referente
ideológico para los movimientos sociales críticos con la desigualdad, explicaba
que si un individuo decreta “libremente” su propia esclavitud no solo pierde su
libertad, sino también su condición de humanidad. En efecto, el modelo
contractual rousseauniano se fundamenta en la idea de que la propiedad debe
tener unos límites concretos, es decir, no debe extenderse a la persona del
individuo. Rousseau sostiene que la noción de consentimiento no puede servir
para que un individuo se convierta en esclavo. Con esta afirmación se aparta de
los
pensadores liberales y queda fuera de lo que Macpherson258
denomina el individualismo
posesivo259. Para Rousseau, la libertad es un atributo inherente a la condición
humana, de modo que un contrato firmado por dos partes en la que una de ellas
está
dominada por la necesidad no es
un contrato legítimo: puede ser legal, pero nunca será legítimo. La diferencia
fundamental entre Locke y Rousseau es que el primero categoriza al individuo
como propietario y argumenta que la propiedad privada es un derecho natural,
mientras que Rousseau concibe a los individuos como seres libres y a la
propiedad privada como el origen de los males sociales. Para Locke la libertad
es inseparable de la propiedad y para Rousseau la propiedad y la desigualdad
económica ahogan la libertad. El filósofo ginebrino no acepta que un individuo
pueda firmar libremente un contrato de esclavitud, pues en ese momento la
libertad se convierte en
sujeción260. Rousseau sugiere que el contrato puede estar al servicio de la
esclavitud.
Lo que he querido mostrar es que
en el interior de la modernidad, junto a la propuesta liberal, surge otra
propuesta democrática que está construida como una crítica a la desigualdad
económica y a los malos usos de la propiedad y Rousseau es el filósofo en el
que se encarnan estas propuestas radicales de democracia. Las argumentaciones
filosóficas del ginebrino no son útiles para fundamentar la legalidad y la
legitimidad de la prostitución. Las teorías democráticas más radicales que no
aceptan la noción de individuo como propietario, sino como sujeto político, son
más difíciles de usar para justificar esta institución patriarcal. Y si desde
esas posiciones ideológicas se justifica la prostitución, también es más fácil
interpelarla desde estos mismos supuestos políticos.
Sin embargo, las posiciones
liberales y las democráticas tienen en común la negación de la individualidad a
las mujeres, sea como propietarias o como sujetos políticos. Frente a estas dos
conceptualizaciones que coexisten en el interior de la modernidad, surgirá una
tercera propuesta que, en palabras de Celia Amorós, radicalizará el principio
de igualdad para las mujeres, de forma que la igualdad alcanzará por fin el
estatus de universalidad.
Locke y Rousseau tienen
posiciones parecidas en su propuesta de exclusión de las mujeres de la
ciudadanía, con matices específicos
importantes, pero que no aportan
información relevante para lo que quiero mostrar en este apartado. Ambos
autores consideran que las mujeres no deben ser sujetos políticos ni tampoco
sujetos económicos. Ambos argumentan que la exclusión y sujeción de las mujeres
no tienen un carácter político. Sin embargo, niegan y afirman al mismo tiempo
la libertad de las mujeres para pactar, pues no forman parte del contrato social
como contratantes, sino como pactadas, aunque lo que nos interesa a estos
efectos es que pueden y deben pactar en el contrato de matrimonio. El uso del
consentimiento como requisito del matrimonio significa que la legitimidad de
esta institución depende de la libertad de las mujeres para pactar esa
relación. Solo para proporcionar legitimidad a la institución matrimonial se
requiere de la libertad de las mujeres. Antes y después del matrimonio están
sujetas a la voluntad masculina y, por tanto, su libertad se transforma en
sujeción.
Pateman explica que el contrato
social sobre el que tanto escribieron Locke, Hobbes y Rousseau está precedido
de un contrato sexual en el que los varones pactan la propiedad de las mujeres.
En el momento en que los varones firman la sujeción de las mujeres, ellos
quedan constituidos como categoría social dominante y ellas como genérico
subordinado. En este pacto sexual se encuentran los cimientos de lo que la
teoría feminista ha conceptualizado con el término de patriarcado. El contrato
sexual es la dimensión reprimida del contrato social, según Pateman, y debe
estar oculto a efectos de que las mujeres no identifiquen las fuentes de su
exclusión. En el imaginario de la modernidad patriarcal el contrato sexual es
inexistente porque la subordinación de las mujeres es sobreentendida
políticamente como natural. El contrato sexual tiene dos fases: en la primera
los varones pactan entre ellos la propiedad de las mujeres, hecho que les
convierte en el genérico dominante. En esta primera fase se articula una política
de distribución de las mujeres por la que cada varón tendrá derecho sexual
sobre una mujer, a través del matrimonio, y todos los varones tendrán,
adicionalmente, derecho a disponer sexualmente de un pequeño
grupo de mujeres, a través de la
prostitución. La segunda fase de este contrato tiene lugar entre los varones
que ya se han constituido como grupo dominante y las mujeres que ya han sido
convertidas en genérico subordinado. ¿Es legítimo un contrato entre dos partes,
en la que una de las mismas tiene poder sobre la otra hasta el extremo de ser
considerada en la práctica una propiedad? Los contractualistas, sin embargo,
consideran que en esas condiciones de completa desigualdad el pacto es legítimo
y las mujeres tienen capacidad para contratar el matrimonio. En estos términos,
la legitimidad de la familia patriarcal requería del consentimiento de las
mujeres. Lo que quiero enfatizar es que en las dos fases del contrato sexual se
encuentran los fundamentos del patriarcado moderno.
Los teóricos del contrato
insisten en que las mujeres son capaces de pactar, es decir, de sellar un
contrato, a saber, el contrato matrimonial a pesar de que simultáneamente
niegan y presuponen que las mujeres pueden hacer contratos. No explica Locke,
por ejemplo, por qué el contrato matrimonial es necesario cuando las mujeres
son declaradas naturalmente sometidas a los varones, pues para Locke las
mujeres no son individuos libres e iguales, sino
sujetos naturales261. El
contrato sexual excluye a las mujeres de la ciudadanía y a la vez necesita de
su sujeción para conseguir la plenitud de la vida democrática. En el caso de
Rousseau “la sujeción de las mujeres es la condición de posibilidad de la vida
política
democrática”262. Por tanto, las
conceptualizaciones de las mujeres por parte del liberalismo y de la teoría
democrática radical son similares, pues ambas teorías niegan el carácter de
sujeto político a las mujeres y ambas las excluyen de los derechos que habían
sido formulados como universales como requisito de su legitimidad. Su libertad
empieza y acaba en el contrato de matrimonio. Antes del matrimonio no son
libres, pero después tampoco. Su libertad se reduce al acto mismo del contrato
matrimonial. Este planteamiento teórico se extiende al contrato de prostitución
entre consumidor y mujer prostituida. En efecto, reclamar la libertad de
contrato entre mujer prostituida y demandante de prostitución es hacer efectiva
esa segunda parte del contrato
sexual que consagra la negación de las mujeres como sujetos políticos, pero al
tiempo les obliga a ser definidas como individuos libres para vender o alquilar
su libertad sexual a los varones tanto a través del matrimonio como de la
prostitución.
Sin embargo, algunas mujeres del
siglo XVIII tomaron conciencia de que los principios de libertad e igualdad que
habían sido definidos como universales les eran negados. Al interpelar
moralmente su exclusión pusieron las bases políticas del feminismo. Celia
Amorós
argumenta que en feminismo
“conceptualizar es politizar”263. Pues
bien, eso hicieron las primeras
mujeres feministas cuando interpelaron la incoherencia de los principios
ilustrados. Mary Wollstonecraft, rousseauniana convencida, exhortaba
críticamente a Rousseau por la falta de coherencia entre un pensamiento político
marcado por la igualdad y la completa exclusión de las mujeres del
mundo de los derechos
políticos264 . Las teorías que impugnaron la modernidad patriarcal reclamaron
que los derechos formulados como universales les fuesen aplicados a las mujeres
y denunciaron la incoherencia de aquellos ilustrados que justificaron contra
sus propios principios éticos y políticos la sujeción sexual de las mujeres. El
feminismo nace como respuesta crítica y como interpelación a las promesas de
libertad e igualdad de la Ilustración. El principio ético y político de la
igualdad es el paradigma que hace posible lo que Celia
Amorós define como
“vindicación”265. La vindicación es el corazón mismo del feminismo y se
concreta en la exigencia política del cumplimiento de la universalidad de
derechos para las mujeres. En la obra de Mary Wollstonecraft, acta fundacional
del feminismo, se encuentra una vindicación de individualidad para las mujeres
en términos de sujeto de derechos. Por eso, precisamente, es coherente que, tal
y como explica Victoria Sau: “En los cuadernos de quejas previos a la
Revolución francesa, las mujeres ya pedían la
abolición de la
prostitución”266. En la misma dirección, escribe Mary
Wollstonecraft: “La necesidad
nunca hace que la prostitución se
convierta en el medio de vida de
los hombres”267. Tanto en los cuadernos de quejas como en la obra de Mary
Wollstonecraft se entiende que la prostitución, de un lado, no es susceptible
de un contrato legítimo y, de otro, niega la individualidad de las mujeres.
Tiempo después, en el siglo XIX,
y en la misma línea que la propuesta democrática rousseauniana, Marx lanzaba
una mirada crítica a los contratos establecidos entre un burgués y un obrero,
al poner en cuestión los contratos económicos basados en la necesidad absoluta
de una de las partes contratantes. Pateman argumenta que también el
contractualismo contemporáneo descansa sobre la
afirmación de que el individuo
es dueño soberano de su propio destino y solo él tiene derecho a disponer de la
propiedad de su
persona268. Probablemente no le
faltan a Pateman razones para hacer esta afirmación, pero quizá pueda pensarse
también en un contractualismo democrático y, por ello, ajeno a la
categorización de los individuos como propietarios. Sin embargo, es indiscutible
que la ideología del capitalismo neoliberal ha inoculado su noción de individuo
propietario a sectores ideológicos de la izquierda e incluso a algunos que se
autodefinen como anticapitalistas en todo lo que tiene que ver con la
sexualidad de las mujeres. Se puede afirmar que algunos sectores teóricos y
políticos de la izquierda no se han desprendido de las dimensiones patriarcales
del contractualismo liberal. Y esto es un factor explicativo de por qué desde
estos sectores se apela a la libertad de las mujeres para justificar
ideológicamente la prostitución. Las propuestas de regulación legal de la
prostitución o de los úteros de alquiler encuentran en el capitalismo
neoliberal y en la concepción de individuo propietario una fuente inagotable de
legitimidad. En los pensamientos legitimadores del capitalismo global la
libertad es el eje sobre el que gira el proyecto social neoliberal, cuya
condición de posibilidad es un concepto de libertad desvinculado del de la
igualdad. Sin embargo, en el fundamento de las teorías críticas de la sociedad
se concluye que no puede haber libertad de contrato absoluto en sistemas
sociales edificados sobre dominaciones patriarcales, raciales o de
clase. En los pensamientos
críticos la igualdad es el eje sobre el que se articulan las vindicaciones
políticas.
En este sentido es importante
señalar que la modernidad liberal ofrece el marco intelectual y político que
legitima la libertad del contrato. Las posiciones que persiguen la regulación
de la prostitución encuentran en la filosofía contractualista, fuente de
legitimación del capitalismo, un marco teórico y político que dota de
plausibilidad a la prostitución y la justifica con el argumento de la libertad
de elección.
En el contractualismo liberal se
encuentra una instancia fundamental de legitimación de la prostitución, pues la
concepción de individuo propietario está en la base de la propuesta de la
prostitución como un trabajo. Solo desde una noción de “individualismo
posesivo” es posible argumentar que la prostitución es un trabajo libre y no
una explotación sexual. La enajenación del cuerpo para uso sexual de varones o
el alquiler de úteros para otros se entendería en el contexto de las teorías
políticas democráticas como una forma de dominio y sujeción. La fundamentación
de la prostitución como un trabajo encuentra explicación y justificación en el
marco ideológico del capitalismo neoliberal. Carmen Vigil explica que para la
ideología liberal “la prostitución es un intercambio de servicios sexuales por
dinero, o por otro tipo de contraprestación material, realizado voluntariamente
por personas adultas. La prohibición legal de este intercambio es, además de
inútil, un atentado a la libertad y una vulneración del derecho de las
prostitutas a utilizar su cuerpo
como quieran”269.
Las teorías políticas críticas
con el capitalismo que no aceptan la noción de individuo como propietario no
son útiles para argumentar la prostitución como un trabajo libre. En este
sentido hay que interrogarse acerca de si puede haber una relación consentida
por parte de quien tiene una posición social subordinada y se encuentra en la
intersección de dos sistemas de dominio tan opresivos para las mujeres como son
el capitalismo y el patriarcado. El dominio económico capitalista y el dominio
sexual son los pilares sobre los
que se articula la industria del
sexo: “Para que la prostitución se pueda considerar una opción libremente
elegida es necesario que se pueda elegir entre diferentes alternativas. Si no
existen otras alternativas, entonces no cabe hablar de libertad de elección ni
de
voluntariedad”270. Lo que busca
el empresariado proxeneta no es llevar los contratos laborales a la mujer en
prostitución, sino obtener la legitimación social a través de la legalización
de este fenómeno social, puesto que la legalización de una realidad social es
fuente de legitimidad.
Si consideremos que el contrato
no tiene límites, la prostitución es una realidad social legítima: “Una
utilización ‘consentida’ por las mujeres deja de ser una práctica agresiva y se
convierte de
inmediato en una práctica sexual
enjuiciable”271. Sheila Jeffreys explica muy bien la funcionalidad de la
categoría de consentimiento en el contexto de las relaciones heterosexuales:
Las palabras clave son
“consentimiento” y “libre elección”. Un modelo de sexualidad basado en la idea
de consentimiento parte de la supremacía masculina
[…] El concepto de consentimiento es un instrumento que sirve para
ocultar la desigualdad existente en las relaciones heterosexuales. Las mujeres
deben permitir la utilización de su cuerpo; mediante la idea de consentimiento
se justifica y se legitima este uso y abuso. En ciertas situaciones en que la
improcedencia de esta utilización resulta especialmente patente —por ejemplo,
en el caso de una violación callejera— se les concede a las mujeres un derecho
limitado de objeción; sin embargo, generalmente la idea de consentimiento logra
que la utilización y el abuso sexual de las mujeres no se consideren daño ni
infracción de los derechos humanos. En el contexto de esta aproximación liberal
al sexo, se considera vulgar hacer preguntas políticas, por ejemplo, sobre la
construcción del consentimiento y de la libre elección. El consentimiento de
las mujeres […] está construido a través de las presiones a las que las mujeres
se encuentran sometidas a lo largo de su vida272.
Si en las sociedades
heteropatriarcales la libertad de elección de las mujeres está condicionada por
la ideología sexista, que les conduce silenciosamente a replicar los roles
asignados patriarcalmente, en la industria del sexo la libertad de elección se
reduce aún más debido a los condicionantes que envuelven la vida
de las mujeres en prostitución.
¿PUEDE SER CONSIDERADA LA
PROSTITUCIÓN UN TRABAJO?
El debate acerca de la
reglamentación o abolición de la prostitución nos remite a la propuesta de si
la prostitución debe o no ser considerada un trabajo. De hecho, un argumento
muy recurrente en ámbitos a favor de la regulación de la prostitución es que
hay que mejorar las condiciones de trabajo de las mujeres prostituidas porque
se realizan en tales condiciones de precariedad y de inseguridad que a menudo
se pone en riesgo la vida de estas mujeres. El argumento más fuerte en ámbitos
reglamentaristas próximos al feminismo o directamente feministas es que la
posición de vulnerabilidad de las mujeres prostituidas exige la legalización
del “trabajo sexual”.
Las argumentaciones más
frecuentes para justificar que la prostitución es un trabajo como otro
cualquiera se apoyan en la libertad y voluntad de las mujeres prostituidas. En
efecto, el principal razonamiento es que son las propias mujeres prostituidas
quienes exigen la transformación legal y social de la prostitución en un
trabajo como cualquier otro que forma parte del mercado laboral. El subtexto
epistemológico es que el punto de vista más valioso en la evaluación ética y
política de una realidad social reside en los sujetos que componen esa misma
realidad. De modo que los puntos de vista epistemológicamente privilegiados de
las mujeres en prostitución deben ser los que determinan la legalización del
“trabajo sexual”. Este argumento es complicado porque las opiniones de las
mujeres prostituidas no son homogéneas. En este colectivo se identifican
distintas voces con diversos matices respecto a la consideración de la
prostitución como un trabajo. Se podría formular así: si todas ellas son
portadoras de un punto de vista privilegiado: ¿qué punto de vista elegimos? ¿El
de las que opinan que debe abolirse la prostitución o el de quienes sostienen
que debe legalizarse con todas las consecuencias? Diseñar una política a partir
de solo algunas voces de las mujeres prostituidas complica tanto la calidad
de la democracia como el
planteamiento epistemológico.
Este razonamiento se apoya en la
categoría de agencia, que puede ser definida como “un concepto sociológico que
se refiere a la participación activa de los individuos en la constitución de la
vida
social”273. Esta categoría, tan
importante en el universo teórico de algunos feminismos y entre las propias
reglamentaristas, tiene un papel central en la investigación social y, de
hecho, las técnicas sociológicas cualitativas contribuyen a sostener este
concepto. En efecto, estas técnicas parten del supuesto de que los individuos
son portadores de información privilegiada que resulta indispensable para el
conocimiento de cualquier realidad social. La traducción de este supuesto en el
debate sobre la legalización de la prostitución conduce a la idea de que la
legitimación de esta práctica social reside en la decisión y punto de vista de
las mujeres prostituidas. Sin embargo, las preferencias subjetivas de las
mujeres prostituidas, e incluso de los consumidores de prostitución, no tienen
por qué determinar la evaluación ética de la prostitución. Las diferentes voces
que se han formado en el interior de este colectivo deben ser escuchadas con
atención y respeto, pero también debe ser analizado el contexto en el que
surgen esas voces. Eulalia Pérez Sedeño explica muy bien que “tener en cuenta
las historias de las mujeres
no significa justificar sus
elecciones”274. En otros términos, las voces de las mujeres en prostitución no
pueden ser el único factor a la hora de tomar una decisión respecto a qué se
hace con la actividad prostitucional, incluso tomando en consideración el hecho
de que muchas de ellas no creen que la legalización del “trabajo sexual” sea
una buena opción. En este sentido, es fundamental separar la institución
prostitucional de las mujeres en prostitución. El análisis crítico de esta
realidad social, por tanto, debe tener en consideración la prostitución como
una institución fundacional del patriarcado y el contexto económico y social en
que se desarrolla esta práctica social, pero también quien obtiene beneficios
de la prostitución o qué actores de la industria del sexo están en posición de
dominio y cuáles en posición de subordinación.
El argumento del consentimiento y
de la libre elección de las mujeres prostituidas está íntimamente vinculado al
de agencia. En efecto, el consentimiento tiene lugar en contextos
estratificados patriarcalmente que limitan la libertad de elección, pero también
en marcos capitalistas en los que se ha ahondado la feminización de la pobreza.
De tal modo que esa libertad está relacionada con la capacidad de maniobra que
tienen los individuos en los marcos sociales en que desarrollan su vida. La
falta de recursos, la feminización de la pobreza, la inmigración o las redes
mafiosas, entre otras variables, no son las más adecuadas para facilitar la
libertad de elección de las mujeres prostituidas. Además, tal y como explico en
este capítulo, la propia estructura patriarcal de la sociedad limita el margen
de maniobra de las mujeres como genérico subordinado.
Por otra parte, la prostitución
significa la conversión del cuerpo de las mujeres en una mercancía que puede
ser individualmente consumida por varones. Esta realidad es la que subyace bajo
la frase “intercambio de servicios sexuales por dinero”, fórmula que intenta
vender la idea de que la mercantilización del cuerpo de las mujeres
es legítima275. La filosofía
privatizadora del capitalismo global incluye los cuerpos de las mujeres como
mercancías que pueden ser vendidas o alquiladas. La prostitución o los vientres
de alquiler son el paradigma de la mercantilización de los cuerpos de las
mujeres.
Pero, además, la prostitución
vulnera el último espacio de autonomía de las mujeres: su propio cuerpo y su
sexualidad. La prostitución es la expresión más extrema del expolio patriarcal
al cuerpo de las mujeres. Es un ataque a la soberanía de su cuerpo, un robo al
último reducto de su intimidad, a la expropiación de su sexualidad. Es una
violación en sentido metafórico y en sentido literal a la libertad y al cuerpo
de las mujeres prostituidas pese a que algunas consientan con su voluntad. Sus
cuerpos fueron y son las mercancías sobre las que se crean y recrean los
patriarcados y el capitalismo global.
Asimismo, en la prostitución solo
existe deseo sexual masculino.
La función de las mujeres
prostituidas es producir placer para los consumidores, renunciando al propio.
Ser para otros y dejar de ser para sí mismas ha sido el mandato socializador
patriarcal sobre el que se ha construido históricamente la normatividad femenina.
El mandato que emana de la prostitución es que hay que dejar de ser y abdicar
del propio placer para ofrecérselo a quienes están en una posición de poder.
Por eso, precisamente, la prostitución no puede empoderar a las mujeres.
Si concedemos a la prostitución
el estatuto de trabajo legal estamos legitimando una de las fuentes
primordiales de opresión de las mujeres: poner su sexualidad al servicio de los
varones y no de sí mismas. Hacer de la sexualidad de las mujeres una mercancía
más es ensanchar los límites del patriarcado y del capitalismo neoliberal.
Pero, además, tal y como hemos visto, significa reforzar el dominio racial y
cultural.
La emancipación exige no
confundir la libertad con la opresión. Identificar la explotación y la
subordinación y nombrarlas es requisito indispensable para desactivarlas. El
proceso de lucha por acabar con una opresión empodera a quienes participan en
esas acciones políticas. La emancipación de las mujeres no está en el “trabajo
sexual”, sino en la lucha política contra la explotación sexual. Tampoco está
la emancipación de las mujeres en la humanización de las condiciones de vida de
las maquiladoras, sino en el fin del propio concepto de maquila. Admitir la
existencia de la opresión en nuestra conciencia y traducirla a clave política
no nos convierte en seres pasivos y carentes de agencia, sino en seres sociales
activos que resisten a las estructuras que les oprimen. La filosofía
abolicionista de la prostitución no considera que las mujeres deban cercenar su
dimensión sexual, solo exige que no se vean en la necesidad de renunciar a ella
para ofrecérsela a otros.
El punto de partida y de llegada
de este trabajo es que la prostitución es una institución fundacional del
patriarcado, cuyo objetivo es salvaguardar el derecho de los varones a acceder
sexualmente al cuerpo de las mujeres. La práctica social
prostitucional muestra al desnudo
que el núcleo del poder patriarcal está articulado alrededor del control de la
sexualidad de las mujeres, sea para uso reproductivo o para satisfacción de los
deseos sexuales masculinos. La prostitución, por tanto, no debe ser considerada
un trabajo porque su función es poner a disposición de todos los varones el
acceso sexual al cuerpo de un grupo cada vez más amplio de mujeres.
En este libro he intentado
analizar algunos procesos y explicar algunos debates sin los cuales no puede
entenderse la complejidad de la industria del sexo. Por ello mismo, unos y
otros deben formar parte de ese marco teórico crítico sobre la prostitución.
Sin embargo, una característica de los pensamientos críticos es su dimensión
normativa, que funciona como una brújula del cambio social y que proporciona
elementos no solo para una evaluación ética y política de la institución
analizada, sino también para su transformación. Pues bien, la posición
normativa que está en el corazón de este libro es que la prostitución no debe
ser regulada y que se deben cerrar todos los caminos que directa o
indirectamente puedan propiciar su legalización. Por eso, la abolición es el
horizonte normativo de la prostitución. Sabemos que la abolición no se logra
con una medida política única y que no es suficiente con decretar la abolición
para que esta institución desaparezca. Desde una perspectiva crítica, el
abolicionismo es una propuesta normativa que señala que la prostitución no es
una práctica social ética y políticamente aceptable porque se fundamenta en la
mercantilización y en la explotación sexual de los cuerpos de las mujeres.
CAPÍTULO 7
La demanda en la prostitución:
los puteros
En el primer capítulo he
explicado que los cambios que ha experimentado la prostitución en las últimas
décadas exigen una transformación del marco teórico con el que se ha
investigado hasta hace poco tiempo este fenómeno social. La prostitución del
siglo XXI no puede ser estudiada con herramientas conceptuales del siglo XX. En
este parcialmente nuevo marco interpretativo es preciso analizar el papel y el
significado político que tienen los demandantes de prostitución. En el corazón
de la teoría feminista, ya desde el siglo XVIII con Mary Wollstonecraft,
encontramos un discurso feminista
crítico sobre la prostitución276.
Uno de los objetivos de este nuevo relato consiste en arrojar luz sobre esa
zona en sombra que son los consumidores de prostitución. Dicho de otra forma,
es preciso introducir la figura del demandante de prostitución en este corpus
teórico porque es uno de los actores sociales constitutivos de la industria del
sexo.
Por eso, precisamente, en este
capítulo se cuestiona el concepto de cliente y se proponen categorías
alternativas, como demandantes, puteros o prostituidores. Prescindiré, por
tanto, de la categoría de cliente porque no interpela críticamente la prostitución
ni muestra las relaciones de poder que están en el origen de esta práctica
social. El término “cliente”, tan promocionado desde ciertos ámbitos dominantes
de la opinión pública, arrastra el subtexto de la despolitización. Sin embargo,
la estrategia analítica más útil para comprender en su complejidad la
prostitución es mostrar aquello que no ha sido teorizado y que ha quedado
históricamente marginado.
En efecto, los consumidores de
prostitución están subrepresentados en el imaginario de la prostitución y
correlativamente están subteorizados en los análisis teóricos. La
invisibilización conceptual de los puteros en este necesario y nuevo corpus
teórico sobre prostitución obedece a que los varones tienen una posición de
hegemonía y poder en el orden social y, en consecuencia, también en el
prostitucional. La causa fundamental hay que buscarla en la lógica de los
sistemas de dominio, que, para reproducirse históricamente, necesitan ocultar
tanto los dispositivos de poder como a los beneficiarios de ese poder. Los
discursos académicos que silencian esa figura contribuyen con su relato al
sostenimiento de esta institución patriarcal y hacen recaer toda la fuerza
discursiva y política sobre las mujeres prostituidas, como si la existencia de
la prostitución estuviese en sus manos.
La literatura académica sobre el
papel de la demanda en la prostitución no es abundante en general y,
concretamente en
España, es escasa277. Y la
visibilización de los demandantes de sexo en los medios de comunicación es
prácticamente inexistente. Sin embargo, la industria del sexo está articulada
en torno a las mujeres prostituidas y a los varones consumidores de sexo, pues
sin demanda no hay oferta, es decir, sin prostituidores no hay mujeres
prostituidas. Por eso, en este capítulo quiero reflexionar sobre varias
cuestiones: en primer lugar, sobre la invisibilidad del consumidor en el
imaginario de la prostitución; en segundo lugar, me propongo indagar en los
relatos de los demandantes de prostitución, pues los discursos que producen a
efectos de legitimar el acto prostitucional son en sí mismos un retrato moral
de nuestra sociedad, pero, sobre todo, un retrato moral y político de los
consumidores de sexo. Por
eso, precisamente, hay que
explorar las razones que llevan a los varones a la prostitución. También me
propongo analizar el significado político de los puteros en el contexto del
orden patriarcal. En otras palabras, este capítulo tiene como objeto de análisis
a los consumidores de prostitución, en tanto ostentan una posición de
hegemonía, como genérico masculino, en el orden patriarcal y en
consecuencia en el interior de la
prostitución.
Sin embargo, hay que señalar que
la irrupción del putero en las nuevas investigaciones sobre prostitución, la
categorización de la figura del demandante en este marco interpretativo crítico
debe leerse en clave de lucha política feminista. En efecto, teóricas y
activistas feministas hace décadas que están analizando y mostrando los rostros
de la explotación sexual en la industria del sexo. La conceptualización del
putero como actor central en esta industria es un éxito político del feminismo.
Y en una clave más general, hay que señalar que el feminismo socava el
imaginario de la prostitución.
HIPERREPRESENTACIÓN DE LA MUJER
PROSTITUIDA EN EL IMAGINARIO COLECTIVO
Las mujeres que están en
situación de prostitución parecen no interesar ni a las sociedades ni a los
gobiernos. Son estigmatizadas, detenidas, multadas y tratadas con falta de
respeto social. La criminalización de las mujeres prostituidas no se puede entender
si no es en el marco de la misoginia institucional y social. Muy pocas
sociedades diseñan políticas públicas con recursos para debilitar esta
institución patriarcal causante de su situación; y pocas aplican medidas de
discriminación positiva para desarticular su vulnerabilidad, pobreza y
desigualdad. Sin embargo, pese a su falta de relevancia en términos de
políticas públicas y a la implantación de una poderosa misoginia contra estas
mujeres, la figura que representa simbólicamente esa institución es la de la
mujer prostituida. Dicho de otra forma, existe una gran desproporción entre la
escasa relevancia que la sociedad otorga a estas mujeres y la
hiperrepresentación que se ha creado en torno a ellas en el imaginario
colectivo. Y, sin embargo, las mujeres en prostitución son solo una de las
partes de la realidad prostitucional.
La mujer prostituida arrastra
simbólicamente el estigma patriarcal de ser la mala mujer. La que pone a
disposición pública aquello que solo debe ser usado en el matrimonio: su
sexualidad. La mala mujer, la puta, es el reverso de la buena mujer, la esposa.
La mujer
prostituida no es de ninguno,
sino de todos. Su sexualidad no se desarrolla en el marco del matrimonio ni es,
por tanto, en exclusiva para el esposo. No es una mujer doméstica, sino
pública, y no está consagrada a la reproducción, sino a la seducción. El modelo
de la mala mujer tiene como función señalar los rasgos fundamentales de la
normatividad femenina que no son deseables para el orden
patriarcal278. La prostitución,
por tanto, es la otra cara del matrimonio. La mujer decente, doméstica, madre y
que ofrece su sexualidad en exclusiva al esposo es el modelo positivo. En el
matrimonio los varones controlan la reproducción de las mujeres y se aseguran,
además, el acceso sexual a sus cuerpos. Son las
sociedades patriarcales las que
han fabricado dos modelos de mujer y ambos son necesarios en la configuración
de los patriarcados.
De esta forma, todas las mujeres
tienen dos espejos en los que mirarse y dos modelos en torno a los cuales
construir normativamente su feminidad. Hay que subrayar, sin embargo, que la
elección de cada uno de estos modelos no opera con libertad por parte de las
mujeres, pues esa elección está condicionada por aquellas estructuras y
situaciones biográficas y sociales que empujan a las mujeres a uno u otro
espacio. En efecto, la pobreza, la falta de
recursos, el desempoderamiento,
circuitos creados semiinstitucionalmente para que se desarrolle la prostitución
o un pasado de abusos sexuales, entre otras razones, empujan a muchas mujeres a
la industria del sexo. Con condicionantes de tanto peso no parece plausible
hablar inequívocamente de libre elección o de consentimiento.
Por otra parte, ambas
instituciones, el matrimonio y la prostitución, son indispensables para los
patriarcados. ¿Por qué los varones han de conformarse con la mujer que les
corresponde si pueden acceder a cuerpos y sexualidades de otras mujeres? ¿Por
qué no podrían vivir otras formas de acceso a la sexualidad que no sea la del
matrimonio? Me interesa subrayar que ambas formas de regulación de la
sexualidad son partes fundacionales del contrato sexual. La prostitución y el
matrimonio son las dos formas
masculinas de acceso sexual al
cuerpo de las mujeres.
Por eso, precisamente, la idea
que sostienen algunas feministas
de que hay que lanzar a la cara
de las sociedades conservadoras y patriarcales la figura de la mala mujer
porque de esta forma se desafía el orden patriarcal no es un camino
emancipador. Es decir, dejar de ser de uno para ser de todos no socava el orden
patriarcal. Asumir el modelo normativo de la mala mujer y salir de los límites
del matrimonio no garantiza la emancipación, pues renunciar al deseo sexual
propio y trabajar para el masculino no lleva ni por la senda de la libertad ni
por la de la realización personal. Que accedan a tu cuerpo sin tener en
consideración tus deseos, con formas agresivas y con prácticas sexuales que
producen infecciones, dolor y otras dolencias físicas y psíquicas no es un
camino emancipador. El empoderamiento no se origina en el acceso sexual
indiscriminado a sus cuerpos ni en la renuncia al propio deseo. La emancipación
se origina en la posibilidad de diseñar un proyecto de vida libre y autónomo en
el que la sexualidad sea para sí misma y no para otros. Debilitando el matrimonio
y reforzando la prostitución, es decir, socavando el modelo de “mujer decente”
y reforzando la figura de la mujer prostituida, no se desactiva el orden
patriarcal. La disponibilidad sexual de las mujeres para el genérico masculino
no las empodera, solo las sitúa en el espacio simbólico y material de la
mercantilización.
El argumento de que el
crecimiento de la prostitución y la desestigmatización de las mujeres
prostituidas desestabiliza el orden patriarcal al desactivar la distinción
entre buena y mala mujer nos remite a la ruptura del contrato sexual. Podría
pensarse que esta ruptura nos conduciría a un supuesto estado de naturaleza,
causado por la quiebra de las leyes reguladoras del pacto sexual, como
condición de posibilidad para el establecimiento de un nuevo contrato. Sin
embargo, la formación de un nuevo contrato sexual entre hombres y mujeres, más
simétrico y menos jerárquico, no puede realizarse debilitando una de las partes
del contrato sexual, matrimonio y modelo normativo femenino ad hoc, y
reforzando la
otra, prostitución. Con esta
propuesta desestabilizamos el contrato sexual, pero no nos salimos de sus
límites. Solo desafiamos uno de los elementos constituyentes de ese contrato,
pero asumimos como bueno el otro. Es imprescindible desafiar los dos modelos
normativos, debilitar políticamente los pactos que los han constituido y
desactivar los códigos y normas que están en la base de su reproducción. Por
otra parte, la estrategia feminista de quebrar el contrato sexual debe estar
adaptada a la nueva situación: época de fuerte reacción patriarcal, con una
correlación de fuerzas en la que las mujeres tienen una posición de debilidad
en el orden de género en algunas partes del mundo, en la que el capitalismo
global ha establecido una alianza con los patriarcados y está imponiendo una
ideología fuertemente individualista que desplaza la responsabilidad de lo
colectivo a lo individual. La desestabilización del contrato sexual por este
camino nos devuelve a concepciones sadianas y libertinas de la sexualidad en la
que las mujeres se ven obligadas a
la extinción de su
individualidad.
En muchas sociedades existen para
las mujeres otras vías de acceso a la sexualidad que no son ni la familia ni la
prostitución y que están determinadas libremente por el deseo sin precio. La
autonomía, la independencia económica, la formación cultural y la socialización
en la ideología de la igualdad empujan a muchas mujeres a vivir la sexualidad
fuera del matrimonio. A este respecto, sin embargo, hay que señalar la
importancia de las luchas feministas en la creación de nuevas formas de vivir
la sexualidad. En aquellas zonas del mundo en las que ha existido y existe
movimiento feminista se ensanchan los ámbitos de libertad e igualdad para las
mujeres.
Sin embargo, es necesario
preguntarse por qué estando devaluadas social y patriarcalmente las mujeres
prostituidas ocupan casi por completo el imaginario de la prostitución en lugar
de ocuparlo la otra parte, es decir, los varones, que son respetados socialmente
y que, además, cuantitativamente son muchos más que las mujeres prostituidas en
el marco de la industria del sexo.
Tanto los estudios académicos
como el conjunto de conocimientos preteóricos articulan sus análisis y
opiniones alrededor de las mujeres en prostitución. Aunque el objetivo teórico
sea la prostitución como práctica social, la figura de la mujer prostituida se
convierte en el eje analítico de todas las investigaciones. De esta forma se ha
ido configurando un imaginario de la prostitución en el que la figura de la
mujer prostituida lo ocupa por completo. El fenómeno social prostitucional es
un complejo entramado de actores sociales permanentes y otros que entran y
salen en función de las estrategias y necesidades de la propia industria del
sexo. Sin embargo, la ideología patriarcal sobrerrepresenta a la mujer
prostituida y sitúa en la sombra a empresarios y usuarios, los grandes
beneficiarios de este negocio.
Los imaginarios son una fuente de
socialización primordial y, por ello dotan de legitimidad social a aquellas
ideas y, correlativamente, realidades sociales que han adquirido la suficiente
consistencia como para entrar en el centro simbólico de la sociedad.
Contribuyen, además, a la naturalización de los fenómenos sociales y por ello
se tiende a aceptar irreflexiva y acríticamente las ideas que emanan de los
diversos imaginarios simbólicos. Las ideas instaladas en esos centros
simbólicos se aceptan y legitiman porque parecen formar parte de un orden
natural de las cosas. Cambiar esas ideas preteóricas, desactivar prejuicios,
interpelar aquello que se tiene por natural requiere acciones políticas y
argumentaciones intelectuales. Solo la combinación de luchas políticas en la
sociedad civil, la producción de ideas críticas y normas jurídicas adecuadas
pueden generar cambios culturales y políticos. Por eso, la incorporación de la
figura del prostituidor en las investigaciones sobre prostitución, sumadas a
las luchas del movimiento feminista y de otros sectores sociales críticos,
puede desembocar en cambios en el imaginario colectivo.
INVISIBILIDAD DEL CONSUMIDOR EN
EL IMAGINARIO COLECTIVO ¿Por qué el varón ha sido invisibilizado históricamente
en el
imaginario de la prostitución? En
efecto, la figura del demandante ha sido silenciada como si fuese un elemento
completamente secundario de esta realidad social. Y esto es un claro indicador
de la permisividad social que ha existido hacia los consumidores de sexo. El
hecho de que los usuarios y corresponsables en la creación y crecimiento de la
industria del sexo hayan ocupado un no lugar simbólico en el imaginario
colectivo pone de manifiesto los altos niveles de legitimidad que ha tenido
tanto esta institución como sus usuarios. Por eso es necesario reconstruir
equilibradamente el imaginario de la prostitución y poner a los demandantes en
el lugar que les corresponde como corresponsables tanto de la violencia que
produce la prostitución como de
la existencia de una industria que cosifica, explota y mercantiliza a millones
de mujeres en todo el mundo.
Como he argumentado en otros
capítulos, la casi ausencia de los varones en las representaciones sobre
prostitución está causalmente vinculada a su posición hegemónica en el interior
de esta institución, así como a su posición estructural de poder en el orden
patriarcal. Por eso es indispensable aplicar la política de la sospecha a la
invisibilidad de los prostituidores en el imaginario colectivo. Sin embargo, en
este momento, aunque pueda parecer paradójico, a pesar del crecimiento de la
industria del sexo, se atisba una crisis de legitimidad de la institución
prostitucional.
LA NARRATIVA DEL PUTERO: EL SEXO
LÍQUIDO
En el pasado, el discurso más
frecuente a la hora de explicar el alto nivel de consumo de prostitución
femenina por parte de grupos de varones ha sido el de la irrefrenable
sexualidad masculina. Se ha arraigado interesadamente en el imaginario
colectivo la idea de que los varones tienen una sexualidad desbordante que
necesita ser satisfecha de una forma inmediata. Así, la prostitución cumpliría
la función de satisfacer esa urgencia sexual masculina, inscrita en su
biología. Carole Pateman explica
que la afirmación de que la prostitución es una característica universal de la
sociedad humana
descansa no solo en el
estereotipo de la más antigua profesión, sino también en el presupuesto
ampliamente difundido de que la prostitución se origina en la natural urgencia
sexual del varón. El prejuicio sobre el que se asienta la normalización de la
actividad prostitucional es que existe, sostiene Pateman, un impulso masculino
natural y universal que requiere y siempre requerirá de la
prostitución para su
satisfacción279.
Este argumento muestra la
incoherencia entre la concepción patriarcal de la ontología masculina
—racionalidad, autodominio, autonomía, independencia— y el discurso patriarcal
sobre la sexualidad de los varones, cuyo significado contradice por completo el
relato de la naturaleza masculina que está instalado en el imaginario
patriarcal. La necesidad de legitimación del consumo de prostitución quiebra su
propia definición ontológica de lo masculino. La incongruencia surge de la
definición de la ontología masculina como racionalidad instrumental y de su
sexualidad como fuerza irrefrenable que necesita de la disponibilidad sexual de
las mujeres. La definición de la ontología masculina como racionalidad pone las
bases de la apropiación de los varones de la esfera pública y del poder. Sin
embargo, la definición ontológica de lo femenino pone las condiciones de su
exclusión del poder y su asignación al espacio privado-doméstico, precisamente
por ser conceptualizadas como seres sexuales. La sexualidad en los varones no
les resta racionalidad, ni les reduce sus opciones vitales y sociales, pero la
sexualidad determina la biografía de las mujeres, pues solo les ofrece el
matrimonio y la prostitución. Sin embargo, ambas definiciones de lo masculino
son funcionales a las posiciones de poder sobre las mujeres en las sociedades
patriarcales, pese a su incoherencia lógica.
La narrativa que se está
imponiendo en las sociedades occidentales, que circula fluidamente sin apenas
resistencias sociales y que muchos consumidores de sexo hacen suya, es la que
sostiene que se consume sexo de igual forma que se consume cine o ropa. Este
discurso sostiene que es necesario eliminar las connotaciones
morales negativas que envuelven
esta realidad social y así transformar la percepción colectiva sobre la
prostitución en un acto de consumo desprovisto de toda moralidad. En el libro
El putero
español280 se confirma este
relato en las entrevistas que las autoras han realizado a demandantes que
entienden la prostitución como consumo. Esta explicación, sin duda, evita a los
consumidores las disonancias cognitivas que les produciría conocer las biografías
de las mujeres a las que pagan por tener sexo. En efecto, los puteros necesitan
discursos que silencien la explotación sexual y económica de las mujeres
prostituidas.
El discurso de la prostitución
como consumo y el uso masivo de esta práctica por parte de muchos varones se
inscribe en la cultura que promueve el nuevo capitalismo, que consiste en hacer
de los deseos realidades incuestionables que pueden y deben ser satisfechas con
la máxima rapidez. En esta cultura de exaltación de los deseos han encontrado
los consumidores de prostitución su hábitat natural. Usar, consumir y tener se
han convertido en valores y prácticas que fortalecen el individualismo
consumista en torno al cual se desarrolla el capitalismo global.
El discurso de los puteros tiene
cierta semejanza con las tesis del
sociólogo polaco, Bauman281,
respecto al amor líquido. En efecto, la forma de vivir la sexualidad que tienen
los demandantes de prostitución podría ser definida como sexo líquido, en la
medida en que la prostitución representa la ausencia de todo compromiso y de
toda reciprocidad. Los vínculos entre mujer prostituida y consumidor son
fugaces, débiles y superficiales. La “otra” solo existe como cuerpo. El
consumidor la deshistoriza y la despolitiza, no tiene interés ni por su pasado
—que le puede comprometer políticamente
— ni por su futuro —que también
podría interpelar su propia conciencia—. El demandante busca la satisfacción
inmediata. María José Barahona lo explica así: “Son ellos mismos quienes nos
descubren el placer psicológico, el placer de seleccionar y elegir, de obtener
a mujeres que sin precio no estarían a su alcance, de pedir y obtener, de
obtener sin dar, sin consideración, sin compromiso, sin
continuidad de la relación social
o afectiva, sin obligaciones antes, durante o después, ya que solo existe en
ese momento, momento
presente”282. En el acto
prostitucional los varones encuentran otra ventaja: pueden despreocuparse por
completo del placer de ella y centrarse en el suyo. En la prostitución solo hay
deseo en una de las partes, en la del varón. En la otra parte, en la de la
mujer, no hay deseo, solo el gesto vacío del deseo. En efecto, la prostitución
no está vinculada al deseo de las mujeres sino al deseo masculino. Y esta es
una de las claves fundamentales para construir una posición teórica crítica
sobre la prostitución.
Por su parte, Pascal Bruckner y
Alain Finkielkraut283 ponen el acento en el hecho de que la prostitución
femenina es cómoda para los hombres porque acceden de modo inmediato al sexo y
ahorran tiempo, se saltan los pasos del cortejo, prescinden de la interacción
personal, el trabajo de seducción
y el miedo al rechazo. Por eso, la prostitución se convierte en una opción
rápida y eficaz para aquellos que rechazan la reciprocidad emocional y les
resulta inaceptable también la reciprocidad sexual. En efecto, la prostitución
se asienta en la exigencia masculina de que las mujeres prostituidas nieguen
sus deseos sexuales. La prostitución es una práctica social que tiene como
objetivo que los varones puedan satisfacer su sexualidad y las mujeres
silencien la suya.
El relato que está adquiriendo
más peso en el imaginario colectivo es que la prostitución es un acto de
consumo que los puteros se regalan a sí mismos como premio. En efecto, la
diversión, en muchas ocasiones con amigos, el relax después de una jornada de
trabajo, el entretenimiento o la ruptura de la rutina, tanto del día a día como
de la vida de pareja, son motivos que están en el origen
de los demandantes de
prostitución284. Por eso, precisamente, “la prostitución aparece como un
elemento más de la industria del ocio en un momento de banalización de la
sexualidad y de
hipervaloración del placer”285.
Esta categoría de consumidores despolitiza la prostitución al interpretarla
como un acto de consumo
más. El subtexto de estos
discursos es el carácter no político del hecho prostitucional. Además, la
despolitización del acto prostitucional es funcional a los consumidores en
tanto contribuye a eliminar disonancias cognitivas, así como a inhibir la producción
de fracturas en su subjetividad. De nuevo Barahona lo explica así: “El acceso
al cuerpo de una mujer por precio es la rúbrica de congresos, negocios,
competiciones deportivas, tiempo libre, despedidas de soltero o, lo último,
celebraciones de divorcio. Es el colofón de un evento de/entre varones. Es el
“premio” al estrés, esfuerzo, triunfo o
diversión”286. La idea es que los
deseos deben tener su correlato en el mercado. Si el mercado ofrece
posibilidades de satisfacción de este deseo, entonces no hay nada malo con la
prostitución. Es solo un acto de consumo aséptico y neutro, exento, por tanto,
de valoraciones morales y políticas. Así, las mujeres prostituidas se
convierten en una forma de diversión que practican los varones, a veces solos y
a veces en grupo.
LOS PUTEROS EN EL ORDEN
PATRIARCAL
Los discursos de los
prostituidores son un material relevante para comprender una de las partes
constitutivas de la industria del sexo y de la prostitución. Sin embargo, esas
narrativas adquieren sentido cuando previamente hay un punto de vista que las
hace legibles. En efecto, la hipótesis de partida de este trabajo es que la
prostitución es una realidad social constitutiva del orden patriarcal, de tal
modo que los consumidores de sexo son responsables de la reproducción simbólica
y material de esta institución, pero también cómplices activos de la violencia
prostitucional.
Si bien he argumentado que la
transformación de la industria del sexo está estrechamente vinculada al
capitalismo global y a distintas formas de racismo, el núcleo sobre el que se
asienta esta industria tiene que ver con la estructura patriarcal de la sociedad
y con la construcción social de formas de masculinidad. A pesar de que la raza
y la clase tienen un carácter central para explicar esta práctica social, la
variable sobre la que se edifican las demás es el género.
Según Robert Connell: “Para
entender el género […] debemos ir constantemente más allá del propio género. Lo
mismo se aplica a la inversa. No podemos entender ni la clase, ni la raza o la
desigualdad global sin considerar constantemente el género. Las relaciones de
género son un componente principal de la estructura social considerada como un
todo, y las políticas de género se ubican entre
las determinantes principales de
nuestro destino colectivo”287.
Dicho de otra forma, el contenido
primario de la prostitución, que no es otro que el acceso sexual de los varones
al cuerpo de las mujeres mediante precio, está arraigado en la realidad social
patriarcal, cuyo núcleo fundamental se articula en torno al dominio y al poder
sobre las mujeres. La prostitución es parte constitutiva de un orden social que
tiene como uno de sus objetivos poner a las mujeres en situación de
disponibilidad sexual para los varones. En otras palabras, el orden patriarcal
está en el origen de la creación de esta práctica social. Si bien, como he
señalado anteriormente, el capitalismo global o las estructuras de dominio
racial y cultural son variables altamente explicativas para entender el
crecimiento de la prostitución y la producción de diversas instancias de
legitimación, el núcleo en torno al cual han podido desarrollarse estas otras
realidades sociales es, sin duda, el patriarcado; es decir, la posición de
hegemonía de los hombres sobre las mujeres y la encarnación de ese dominio en
un sistema de poder es el pilar sobre el que se asientan y pueden desarrollarse
otras dominaciones.
No es posible comprender el
fenómeno prostitucional si no lo inscribimos en un sistema de poder mucho más
amplio, el patriarcal, y sobre el que está estructurada la propia sociedad. Los
patriarcados son sistemas de poder complejos, difusos y, por ello, difíciles de
identificar. Las estructuras de dominio patriarcales son resultado de
entramados simbólicos y materiales regulados por lógicas dinámicas y
adaptativas. Están sometidas a las correlaciones de fuerzas que resulten de
quienes interpelan políticamente ese poder y de aquellos que desean
preservarlo, es decir, conservar sus privilegios. En los sistemas patriarcales
son los varones quienes están en una posición
de poder y hegemonía. Pues bien,
este marco de relaciones conforma tanto las realidades sociales como las
simbólicas. La prostitución es una institución cuya existencia social muestra
el poder masculino y cuyo objetivo es garantizar la disponibilidad sexual de
las mujeres para los varones. Por eso, la prostitución es parte constituyente
del contrato sexual, pues es resultado de la distribución de las mujeres para
uso sexual de los varones, pero al mismo tiempo su existencia social confirma,
retroalimenta y contribuye a recrear ese poder.
La intersección de estas
variables, el cruce de estas estructuras de dominio ha dado como resultado el
aumento del volumen de consumidores y la conversión de la prostitución en una
industria global, con un pilar en la economía ilícita y otro en la legal. Sin
embargo, es preciso interrogarnos sobre el aumento del consumo masculino de la
prostitución. Esta pregunta, relacionada con el gigantesco crecimiento de la
prostitución en las tres últimas décadas, está vinculada a la profunda crisis
del contrato sexual. Lo que quiero señalar es que las transformaciones que han
tenido lugar en el interior del contrato sexual pueden iluminar el crecimiento
de los varones en la prostitución.
En páginas anteriores he
explicado que el aumento gigantesco de la prostitución es también una
respuesta reactiva a los cambios culturales y políticos que propició el
feminismo radical y que abrió espacios de emancipación para las mujeres. En
efecto, para entender este proceso hay que retrotraerse a los años setenta, al
surgimiento del feminismo radical, sobre todo en Europa y en la totalidad del
continente americano. El feminismo radical se desarrolló en las dos dimensiones
constitutivas del feminismo: en la teoría y en la práctica. Las feministas
radicales se movilizaron en las calles de muchas ciudades del mundo reclamando
derechos para las mujeres. Colaboraron en proyectos políticos progresistas con
la izquierda; escribieron algunos de los libros fundamentales de la teoría
feminista, que posteriormente se convirtieron en clásicos del feminismo;
lograron introducir los estudios feministas en algunas
universidades… El feminismo
radical ha sido el más influyente del siglo XX y su sombra es tan alargada, sus
análisis tan precisos y creativos y sus luchas políticas tan rotundas que, aún
hoy, el feminismo del siglo XXI sigue vindicando derechos que ellas colocaron
en el centro del escenario político feminista. El feminismo radical propuso a
la conciencia de su época un programa de derechos en términos de libertad e
igualdad aún no conseguido hoy en las ciudades en las que estalló el feminismo
radical. Y esa propuesta fue asumida por grupos numerosos de mujeres y también
por grupos muy reducidos de varones.
El feminismo radical, en aquellas
regiones del mundo en que surgió y se desarrolló, cambió la imagen que la
sociedad tenía sobre las mujeres, abrió espacios políticos para la aplicación
de políticas públicas de igualdad y también puso los cimientos para la creación
de una influyente ideología de la igualdad entre hombres y mujeres. Los efectos
de las luchas feministas en los años setenta cambiaron la correlación de
fuerzas entre los sexos hasta que llegó la reacción patriarcal, de la que el
gigantesco crecimiento de la industria del sexo es un exponente fundamental.
Los cambios en las vidas de las
mujeres se hicieron notar: por un lado, aumentó su margen de libertad y
autonomía, así como su capacidad de negociación con los varones en sus
relaciones de pareja en el ámbito privado-doméstico; pero también se hizo significativa
su presencia en el mercado laboral y en ámbito público-político, pese a su
reducida presencia. El proyecto emancipador que supuso el feminismo radical
tuvo efectos sobre grupos de mujeres en distintas sociedades y obligó a los
varones a compartir su papel de proveedores en la familia y a compartir, aún en
una pequeña parte, los espacios de decisión y poder en los espacios públicos.
Esto ha supuesto no solo un cambio cultural importante en las formas de
relacionarse los varones con las mujeres, sino que también ha movilizado
resistencias pacíficas y violentas por parte de aquellos hombres que no
aceptaban un nuevo estatus con menos privilegios y menos poder.
Este cambio cultural y político
ha provocado resistencias legibles
en la conducta de algunos
varones, que se observan en el desplazamiento del dominio masculino desde el
ámbito familiar y de pareja hacia la prostitución. Esta práctica confirma el
antiguo rol de autoridad y dominación masculina en el que está exenta la negociación.
En la prostitución la sexualidad tradicionalmente hegemónica masculina
encuentra un espacio en el que desarrollarse. La lucha del feminismo radical
por democratizar la familia y distribuir paritariamente el poder entre los
miembros de la pareja parece ser compensado a través del ejercicio de la
práctica prostitucional en la que la negociación es sustituida por el dominio y
el control masculino. Los varones que no aceptan la igualdad encuentran en la
prostitución su hábitat natural.
El crecimiento de la prostitución
está relacionado con dos procesos sociales que están transformando el mundo del
siglo XXI y estrechamente vinculados a la crisis del contrato sexual. En
efecto, mujeres en distintas partes del mundo han conseguido derechos y,
además, los han ejercido, pues por primera vez en la historia grupos reducidos,
pero significativos, de mujeres pueden decir, y dicen, “no” a los varones. Esa
parte del contrato sexual por el que cada varón se convierte en dueño y señor
de una mujer, y cuya expresión social legítima es el matrimonio, ha entrado en
crisis, pues ha dejado de
ser la única opción para muchas
mujeres. Sin embargo, este hecho no debe oscurecer que frente a esta mayor
libertad para algunas mujeres se encuentran otras cuya situación ha empeorado
visiblemente. Y con esta afirmación, me estoy refiriendo a esa otra parte del
contrato sexual, por la que un reducido grupo de mujeres es asignado a todos
los varones y cuya expresión es la prostitución. En otros términos, a medida
que algunas mujeres pueden desasirse del dominio masculino y conquistan
parcelas de individualidad y autonomía, otras son más intensamente dominadas y
explotadas por el sistema patriarcal.
Sin embargo, aunque el
crecimiento de la prostitución posee un carácter pluricausal, tal y como hemos
visto, el modelo normativo
masculino es un fenómeno social
que tiene carácter explicativo para entender la prostitución.
PACTOS PATRIARCALES Y
AFILIACIONES HORIZONTALES
En este libro he intentado
aportar argumentos para entender la dimensión política de la prostitución en el
contexto del capitalismo
global y de los patriarcados
contemporáneos. Sin embargo, también es fundamental comprender el significado
político de los puteros en el marco prostitucional y social. ¿Por qué grupos
cuantitativamente importantes de demandantes renuncian a la reciprocidad
emocional en la sexualidad y la sustituyen por el dominio, el abuso y la
violencia? En este apartado desarrollaré cuatro argumentos que explican las
lógicas de funcionamiento de los demandantes de prostitución.
En primer lugar, los puteros
consumen prostitución porque existen estructuras culturales que facilitan
ideológicamente ese consumo. En efecto, tal y como he dicho numerosas veces en
este texto, la clave fundamental para entender la conducta de los demandantes
hay que buscarla en las estructuras simbólicas y en los procesos sociales que
han contribuido a la formación y desarrollo de la prostitución. Es decir, la
demanda en la prostitución es posible porque existe un sistema social e
ideológico articulado para promover la hegemonía de los varones. En ese
contexto, el consumo de prostitución es funcional para los sistemas
patriarcales porque proporciona poder a los varones sobre las mujeres. Y este
hecho refuerza el orden patriarcal.
En efecto, los varones que
demandan prostitución — aproximadamente el 40 por ciento del total de la
población masculina en España— lo hacen porque existen unas estructuras
culturales e ideológicas que no penalizan ese consumo. De hecho, la figura del
putero es casi invisible, no está expuesta a la crítica política y su acción es
vista por sectores importantes de la opinión pública como algo irrelevante y
casi natural. La figura del putero ha encontrado un lugar estable en las
estructuras ideológicas y en la
cultura popular. Esa figura ha
ido adquiriendo rostros distintos y algunos de ellos difundidos en medios
periodísticos y literarios. Estas imágenes —hombres abatidos por la soledad y
el desamor— ya forman parte de la cultura popular y encajan sin disonancia en
el imaginario colectivo. Dicho de otra forma, la plausibilidad entre las
estructuras culturales e ideológicas y las estructuras sociales garantiza la
aceptación del putero en nuestra sociedad, que de esta forma transita entre la
invisibilidad y la “comprensión” social. El demandante de prostitución estuvo
sometido a cierta penalización ideológica en los setenta y ochenta,
coincidiendo con el estallido del feminismo radical. Sin embargo, en esta época
de fuerte reacción patriarcal y neoliberal, la figura del putero ha sido
rehabilitada.
En segundo lugar, la prostitución
se ha convertido en una poderosa industria del sexo gracias a que desde
distintas instancias socializadoras se ha reforzado la normatividad masculina
sobre la base del poder de los varones sobre las mujeres. Esta construcción
normativa, conceptualizada como masculinidad hegemónica, está en el corazón de
la prostitución.
Los sistemas de dominio necesitan
crear estructuras materiales y simbólicas, tanto para su reproducción como para
el enmascaramiento de los mecanismos sobre los que se sostiene su dominio. Para
ello es preciso que los individuos acepten ese orden social, que lo hagan suyo,
que lo normalicen y lo “sientan” como resultado de un orden natural de las
cosas. Con ese fin, la socialización es un elemento central en el sostenimiento
de las estructuras de poder. En este marco de análisis, la masculinidad hegemónica
es una construcción normativa que tiene la función de que los varones asuman
individual y colectivamente su posición de poder y privilegio en el marco de
las estructuras patriarcales.
La masculinidad hegemónica es un
hecho social que reúne las dos características que Durkheim otorga al hecho
social: es externo
al individuo y tiene un carácter
coactivo288. Esto quiere decir que la masculinidad hegemónica preexiste al
individuo. Cuando los varones nacen, se encuentran con un modelo normativo de
masculinidad
único, denso y compacto. Y sin
formas alternativas de ser varón, pues, como explica Luis Bonino, esas
masculinidades alternativas
están más en los discursos que en
las prácticas289 . Si los niños o los varones adultos intentan sustraerse a ese
modelo se encuentran con poderosos mecanismos de control social que les
impedirá saltar los límites de esa normatividad. La coacción, por tanto, se
encuentra en la dificultad de desmarcarse de esa estructura normativa.
Bonino explica que la
masculinidad hegemónica es una configuración normativizante que desemboca en un
modelo social hegemónico que moldea la subjetividad, la corporalidad y la
posición existencial de los varones: “La masculinidad hegemónica es un poderoso
estructurador de las identidades individuales y sociales
masculinas”290. Como
el mismo autor
señala, “instituye, funda,
organiza e impregna la
constitución del sujeto masculino”291. Sin embargo, pese a que la masculinidad,
al igual que la feminidad, está sometida a procesos de naturalización para
proteger su facticidad, el propio autor dice que no es homogénea y totalmente
coherente, sino que también tiene contradicciones y fracturas en el marco de su
estabilidad292. En otros
términos, los varones se encuentran con un modelo normativo que les preexiste y
con una permanente presión normativa para que no se desmarquen críticamente de
ese modelo. En efecto, la masculinidad dominante se reproduce porque recibe
presiones desde dentro, desde la propia subjetividad, y desde fuera, desde las
estructuras patriarcales. Por tanto, la masculinidad hegemónica es uno de los
ejes sobre los que se construyen los sistemas de poder patriarcales. La
prostitución se configura como el lugar idóneo para que se desarrolle una
hipermasculinidad ensimismada y ajena a la reciprocidad emocional y sexual
propia de los patriarcados duros.
Frente a esta tesis de la
masculinidad hegemónica, Connell explica que existen masculinidades
hegemónicas, pero también masculinidades marginadas, es decir, hay
masculinidades que tienen una posición de poder en la estructura social y
otras masculinidades
que están en la parte inferior de
la estructura social. Si aceptamos asimismo que se está configurando una
masculinidad hegemónica transnacional, tal y como propone Connell, inducida por
la cultura del capitalismo global y heredera de las antiguas burguesías
nacionales, representada hoy por lo que Castells denomina “trabajadores
autoprogramables”, también parecen configurarse otras masculinidades marginadas
o subordinadas. En efecto, estas
masculinidades están
representadas tanto por varones de las maras centroamericanas como por los
pandilleros de los suburbios estadounidenes o por trabajadores precarios y
descualificados europeos.
Connell subraya que las
masculinidades están vinculadas a otras variables sociales, como la clase, la
raza o la pertenencia cultural. Sin embargo, este análisis quizá no está
pensado en clave relacional respecto a la normatividad femenina, pues se circunscribe
al marco de las propias masculinidades. Quizás por eso, Connell explicaba en
una entrevista de 2013 que “hoy concibo la hegemonía como una tentativa de
realización del poder más repleta de contradicciones, históricamente
transitoria y más directamente ligada a la
violencia”293. Sin embargo, este
análisis de Connell nos empuja a interrogarnos sobre la masculinidad de los
prostituidores.
La realidad empírica muestra que
los puteros pertenecen a ambos tipos de masculinidad: varones hegemónicos y
varones marginados acuden a la prostitución. Sus diferencias de poder y
recursos no cambia su posición ante esta institución patriarcal. Muchos varones,
pertenecientes a uno y otro grupo, se comportan como si se les hubiese otorgado
el derecho patriarcal a acceder sexualmente a los cuerpos de mujeres que no
sienten deseo por ellos. La prostitución es un acto de poder y de violencia de
la masculinidad hegemónica.
Los prostituidores pertenecen a
ambas masculinidades, a la hegemónica y a las marginadas, y atraviesan
transversalmente las clases sociales, las razas, las culturas, los continentes
y otras categorías sociales. En Manila o Madrid se encuentran hoteles de
lujo en los que existen canales
estables para encontrar y recibir en sus habitaciones a mujeres con las que
tendrán sexo de pago, así como barrios rojos u otras zonas acotadas a las que
podrán acceder por mucho menos dinero varones de escasos recursos económicos y
culturales. Por tanto, una primera conclusión muestra que los varones
demandantes de prostitución no se inscriben en un tipo concreto de
masculinidad. Las prácticas prostitucionales forman parte de la cultura de la
masculinidad. Eso no quiere decir que una parte del total de los varones
renuncie al ejercicio de esa práctica por distintas razones. Los prostituidores
son una categoría interclasista, compuesta por varones pertenecientes a todas
las categorías sociales, cuyo núcleo común es la adscripción a la masculinidad
hegemónica. La jerarquía que existe en el interior del genérico masculino se
disuelve ante la posición de poder y dominio que tienen sobre las mujeres. La
prostitución es una práctica social patriarcal, pero también interclasista para
los demandantes de prostitución. Sin embargo, este no es el caso de las mujeres
prostituidas, pues casi todas son mujeres con escasos recursos.
Para que la masculinidad
hegemónica pueda sostenerse frente a la ideología de la igualdad y frente a las
demandas individuales y cotidianas de las mujeres, se necesitan prácticas
sociales e institucionales que desactiven la pérdida de poder de los varones.
En este sentido, la prostitución cobra un gran valor porque contribuye a
reforzar y normalizar la masculinidad hegemónica. En efecto, algunos
prostituidores pueden vivir en sus hogares cierta fractura subjetiva a causa
del empoderamiento de las mujeres y de cierto clima ideológico propicio a la
igualdad. Pues bien, esa fractura subjetiva se recompone en el prostíbulo.
En tercer lugar, el demandante de
prostitución es el emblema de
la masculinidad serial
moderna294. En el interior de esa institución, los puteros desarrollan una
sexualidad serial y recreativa, organizada
bajo la égida del consumo295 .
Los demandantes consumen prostitución serialmente, imitando el mercado de
consumo del ocio. Si bien la sexualidad serial es una característica de la
moderna
sexualidad masculina, en la
prostitución esta sexualidad en serie y recreativa llega al paroxismo. Por otra
parte, esta masculinidad en serie está envuelta de significados explícitos de
dominio y abuso en el universo prostitucional.
En cuarto lugar, la prostitución
es una institución que refuerza el orden heteropatriarcal. En la prostitución
se funde la heterosexualidad y el patriarcado al servicio de la masculinidad
dominante. En la práctica prostitucional se observa que la demanda siempre es
masculina y la oferta es femenina. Existen algunas personas prostituidas,
hombres o personas no binarias, que, en todo caso, son incluidos simbólicamente
en lo femenino.
En quinto lugar, los puteros
forman un grupo juramentado, en el sentido en el que lo explica Celia Amorós:
los grupos juramentados son el resultado de pactos fraternales, que se
establecen sobre la base de la relación de la “reciprocidad mediada”, es decir,
del libre
pacto de fidelidad a la causa
común296. El de los puteros es un grupo juramentado estable y constituido
alrededor de la exaltación de la virilidad. Se podría decir que los puteros
forman una modalidad “fuerte” de pacto patriarcal en el que la figura mediadora
es la “puta”. En el acto prostitucional los puteros realizan prácticas que no
se atreven a hacer en su vida sexual cotidiana y conectan con esos valores de
exaltación de la agresividad y violencia que anidan en las definiciones más
patriarcales de la masculinidad hegemónica. En la intimidad de la habitación y
con la impunidad que les da saber que los límites en la realización de sus
prácticas son muy amplios, pueden dar rienda suelta a su masculinidad más
salvaje.
La prostitución es un acto que
devuelve a los demandantes la imagen de que el genérico de las mujeres es
propiedad colectiva de los varones. Todas ellas, las “putas”, pertenecen a esa
representación masculina que compra sexo. Y ese acto les restituye la ficción
de la igualdad, les convierte en una fratría en la que lo sustancial no es la
clase, ni la raza, ni la cultura ni la cualificación profesional. La jerarquía
intramasculina pasa a un segundo plano. En el burdel, ante la mujer
prostituida, se restaura la igualdad original.
Lo sustancial es poner a prueba
la viribilidad, que, como señala Celia Amorós, no se sabe muy bien qué es, pero
sirve como idea-
fantasma reguladora del
comportamiento de los varones297.
En la misma dirección, Peter Szil
aporta una tesis certera respecto a los varones demandantes de prostitución:
“En la prostitución (al igual que en el caso de las violaciones de grupo o las
violaciones masivas en situaciones de guerra) los hombres utilizan los cuerpos
de las mujeres para comunicarse entre ellos mismos y para expresar lo que les
une, y que al fin y al cabo se reduce a que ellos no son mujeres. Lo que hace
posible, entre otras cosas, para un hombre encontrar una prostituta es el hecho
de que antes de él ya había otros hombres que han acudido a ella, y detrás de
él habrá otros. De esta manera se convierte el cuerpo de la mujer prostituida
(al igual que el de la mujer violada) en ese agente transmisor a través del
cual los hombres comparten entre ellos mismos, en
palabras y en hechos, su
sexualidad”298.
En efecto, la prostitución es una
realidad social que contribuye a reforzar las “afiliaciones horizontales” entre
los varones. Por eso, esta institución actúa como un dispositivo simbólico que
devuelve a los varones la imagen de un grupo de iguales en el que la mediación
simbólica de esa igualdad es la “puta”. La mujer prostituida es lugar de
referencia simbólica de los puteros, que, a su vez, los convierte en un grupo
juramentado.
El concepto de “práctica
masculinizante” de Connell299 es muy útil para comprender que los puteros
constituyen un grupo juramentado
que se va tramando con prácticas
de dominio y abuso sobre las mujeres prostituidas y también de fidelidad entre
ellos. Las mujeres prostituidas les sirven para confirmar su virilidad y
representar ante sus compañeros y ante ellos mismos la fantasía de su
masculinidad. En ese acto colectivo, los otros varones confirman la
masculinidad de cada uno de ellos. Desde esta perspectiva, la prostitución es
un conjunto de prácticas masculinizantes que refuerzan la masculinidad
hegemónica.
PUTEROS: LOS NUEVOS BÁRBAROS DEL
PATRIARCADO
En otro libro denominaba nuevos
bárbaros del patriarcado a todos aquellos varones que formaban parte activa de
la reacción patriarcal que se inició en los años ochenta. Con este término
definía a quienes ejecutaban o apoyaban activamente la violencia contra las
mujeres300. Los nuevos bárbaros
del patriarcado funcionan en grupos juramentados que se articulan para la
ejecución de feminicidios, como en Ciudad Juárez, o para la explotación sexual
de mujeres en prostitución, o en pandillas que usan la violencia sexual contra
mujeres en diversas circunstancias.
Pues bien, lo que he querido
argumentar en este capítulo es que los consumidores de prostitución son parte
central de esa barbarie patriarcal. La barbarie no es solo la industria del
sexo en sí misma y las lógicas patriarcales, capitalistas y raciales sobre las
que se asienta; la barbarie también son los proxenetas que explotan
económicamente a las mujeres en prostitución y los puteros que explotan
sexualmente a mujeres pobres, y en muchos casos en situación de trata; barbarie
es la mercantilización de las mujeres prostituidas y la completa negación de su
condición de agente; pero también es barbarie la complicidad de los estados
tanto con los empresarios del sexo como con los usuarios; y también las
organizaciones internacionales del capitalismo cuando demandan a los estados
que edifiquen un sector económico del ocio o del entretenimiento que haga
posible la devolución de la deuda. En otras palabras, los puteros son un
exponente exacerbado de la misoginia patriarcal.
El uso sexual del cuerpo de una
mujer en la prostitución es un acto de poder y de violencia. Con sus actos de
poder, los consumidores de prostitución están mostrando una profunda añoranza
de los patriarcados más duros, aquellos que negaban cualquier condición de
agente a las mujeres y organizaban institucional y socialmente el poder
patriarcal sobre la coacción y la violencia. Los esfuerzos de las elites
patriarcales, capitalistas y coloniales por enmascarar el acto prostitucional
en un acto de
consumo no impide que la
prostitución sea un ejercicio de explotación sexual y de violencia patriarcal.
Los demandantes de prostitución
son un grupo tramado alrededor de la explotación sexual y actúan como una
fratría. Sus prácticas prostitucionales, al atravesar la última frontera que
tienen las mujeres, la del propio cuerpo, les conduce a la negación de la
humanidad de las mujeres en prostitución. También sustituyen la reciprocidad
emocional por el dominio y el abuso. Por ello, tienen una cuota de
responsabilidad en la reproducción de esta institución y en el daño que
infligen a las mujeres prostituidas.
Los puteros encuentran en el acto
prostitucional la posibilidad de desarrollar una masculinidad salvaje hasta
borrar de su subjetividad los límites entre violencia, coacción y
consentimiento. Sus prácticas agresivas y violentas son llevadas a su conciencia
como actos voluntarios de las mujeres prostituidas. En el prostíbulo refuerzan
la fantasía de su hipermasculinidad, permanentemente en sospecha.
Notas
1. Sassen, Saskia, Expulsiones.
Brutalidad y complejidad en la economía global, Katz, Buenos Aires, 2015, p.
11.
2. Ranea, Beatriz, “(Re)pensar la
prostitución desde el análisis crítico de la masculinidad”, en Ana de Miguel y
Laura Nuño (coords.), Elementos para una teoría crítica del sistema
prostitucional, Comares, Madrid, 2017, p. 139.
3. Este apartado forma parte del
siguiente artículo: Cobo, Rosa, “Un ensayo sociológico sobre la prostitución”,
Política y Sociedad, vol. 53, nº 3, 2016, pp. 899-901.
4. Berger, Peter L., Para una
teoría sociológica de la religión. El dosel sagrado, Kairós, Barcelona, 1981,
capítulo 2.
5. Carracedo, Charo, “Por un
análisis feminista de la prostitución”, en Adelina Calvo et al. (eds.), Mujeres
en la periferia. Algunos debates sobre género y exclusión social, Icaria,
Barcelona, 2006.
6. Fernández Oliver, Blanca, “La
prostitución a debate en España”, Documentación Social, nº 144, 2007, pp.
75-89.
7. Pateman, Carole, El contrato
sexual, Anthropos, Madrid, 1995, p. 273.
8. Pateman, Carole, El contrato
sexual, op. cit., p. 260.
9. Jeffreys, Sheila, La industria
de la vagina. La economía política de la comercialización global del sexo,
Paidós, Buenos Aires, 2011, p. 11.
10. Castells, Manuel, La era de
la información. Economía, sociedad y cultura, vol. 3, Fin de milenio, Alianza
Editorial, Madrid, 1998, pp. 369-394.
11. Sassen, Saskia, Expulsiones.
Brutalidad y complejidad en la economía global, op. cit., p. 20.
12. Souza Santos, Boaventura,
“Los nuevos movimientos sociales”, OSAL, 2001, pp. 177-184; véase con mayor
detenimiento la p. 179.
13. McRobbie, Ángela, “¿Las
chicas arriba? Las mujeres jóvenes y el contrato sexual postfeminista”, Debate
Feminista, 21 (41), 2010, pp. 113-135; véase con mayor detenimiento la p. 127.
14. Amorós, Celia, Mujeres e
imaginarios de la globalización. Reflexiones para una agenda teórica global del
feminismo, Homo Sapiens, Rosario (Argentina), 2008, p. 43.
15. Sassen, Saskia, Expulsiones.
Brutalidad y complejidad en la economía global, op. cit., p. 249.
16. Mohanty, Chandra Talpade, “De
vuelta a ‘Bajo los ojos de Occidente’: la solidaridad feminista a través de las
luchas anticapitalistas”, en Liliana Suárez y Rosalva Hernández (eds.),
Descolonizando el feminismo. Teorías y prácticas desde los márgenes, Cátedra,
col. Feminismos, Madrid, 2008, p. 425.
17. Mohanty, Chandra Talpade,
ibíd., p. 434.
18. Sassen, Saskia, Expulsiones.
Brutalidad y complejidad en la economía global, op. cit., p. 17.
19. Este capítulo se publicó en
Investigaciones Feministas, vol. 6, 2015, pp. 7-19. Algunas
de sus partes se han modificado
para este libro.
20. Illouz, Eva, Erotismo de
autoayuda. Cincuenta sombras de Grey y el nuevo orden romántico, Katz, Madrid,
2014, p. 28.
21. Illouz, Eva, ibíd., p. 50.
22. Picq, Françoise, “El hermoso
pos-mayo de las mujeres”, Dossiers Feministes, Universitat Jaume I, nº 12, pp.
69-76.
23. Pateman, Carole, El contrato
sexual, op. cit., p. 255.
24. Rich, Adrienne,
“Heterosexualidad obligatoria y existencia lesbiana”, Revista feminista.
Nosotras que nos queremos tanto , nº 3, Colectivo de Feministas Lesbianas de
Madrid, 1985, pp. 6-34. Véase también Jackson, S. y Scott, S., Feminism and
sexuality, University Press, Edimburgo, 2006.
25. Cobo, Rosa, Fundamentos del
patriarcado moderno. Jean-Jacques Rousseau, Cátedra, Madrid, 1995.
26. Esteban, Mari Luz,
Antropología del cuerpo. Género, itinerarios corporales, identidad y cambio,
Bellaterra, Barcelona, 2004, p. 73.
27. Amorós, Celia, Sören
Kierkegaard o la subjetividad del caballero, Anthropos, Barcelona,
1987, y Valcárcel, Amelia, La
política de las mujeres, Cátedra, col. Feminismos, Madrid,
1997.
28. Faludi, Susan, Reacción. La
guerra no declarada contra la mujer moderna, Anagrama, Barcelona, 1993, p. 23.
29. Faludi, Susan, ibíd., p. 548.
30. Illouz, Eva, Erotismo de
autoayuda. Cincuenta sombras de Grey y el nuevo orden romántico, op. cit., p.
75.
31. Pastor, Rosa, “Cuerpo y
género: representación e imagen corporal”, en Esther Barberá e Isabel Martínez
Benlloch (coords.), Psicología y Género, Pearson, Madrid, 2004, pp. 217-239;
véase con mayor detenimiento la p. 224.
32. Pateman, Carole, El contrato
sexual, op. cit.
33. Claramonte, Vidal y África,
M. Carmen, “El cuerpo colonizado”, Asparkía. Investigació feminista,
Universitat Jaume I, nº 13, 2002, pp. 103-114; véase con mayor detenimiento la
p. 104.
34. Walter, Natasha, Muñecas
vivientes. El regreso del sexismo, Turner, Madrid, 2010, p.
91.
35. Pastor, Rosa, “Cuerpo y
género: representación e imagen corporal”, op. cit., p. 218.
36. Esteban, Mari Luz,
Antropología del cuerpo. Género, itinerarios corporales, identidad y cambio,
op. cit., p. 48.
37. Claramonte, Vidal y África,
M. Carmen, “El cuerpo colonizado”, op. cit., p. 103.
38. Walter, Natasha, Muñecas
vivientes. El regreso del sexismo, op. cit., p. 23.
39. Pastor, Rosa, “Cuerpo y
género: representación e imagen corporal”, op. cit., p. 219.
40. Maffía, Diana, “Tecnología y
control social de los cuerpos sexuados”, en M. Gomes de Carvalho (org.),
Ciencia, tecnología e género: abordagens iberoamericanas, UTFPR, p. 211,
Paraná, Brasil, 2011, pp. 297-306.
41. Pérez Sedeño, Eulalia,
“Feminismo, ética y cirugía estética”, en Eulalia Pérez Sedeño y Esther Ortega
Arjonilla (eds.), Cartografías del cuerpo. Biopolíticas de la ciencia y la
tecnología, Cátedra, col. Feminismos, Madrid, 2014, p. 127.
42. Pérez Sedeño, Eulalia, ibíd.,
p. 121.
43. Fernández, Inés, “Medicina y
poder sobre los cuerpos”, Themata. Revista de Filosofía, nº 33, Universidad de
Sevilla, 2004, pp. 191-198; véase con mayor detenimiento la p. 192.
44. Poulin, Richard, entrevista:
“Vamos hacia una pedofilización de la trata”, Página/12, 7 de junio de 2009.
Véase también del mismo autor Prostitution. La mondialisation incarnée,
Syllepse y Centre Trinconental, París, 2005, pp. 7-29.
45. Szil, Peter, “Los hombres, la
pornografía y la prostitución”, ponencia presentada al Congreso de los
Diputados de España, 2007, en BOE, nº 379, pp. 84-89.
46. Illouz, Eva, Erotismo de
autoayuda. Cincuenta sombras de Grey y el nuevo orden romántico, op. cit., p.
53.
47. Poulin, Richard, entrevista:
“Vamos hacia una pedofilización de la trata”, op. cit.
48. Walter, Natasha, Muñecas
vivientes. El regreso del sexismo, op. cit., p. 146.
49. Illouz, Eva, Erotismo de
autoayuda. Cincuenta sombras de Grey y el nuevo orden romántico, op. cit., p.
48.
50. Walter, Natasha, Muñecas
vivientes. El regreso del sexismo, op. cit., p. 135.
51. Jeffreys, Sheila, La
industria de la vagina. La economía política de la comercialización global del
sexo, op. cit., p. 83.
52. Poulin, Richard, La
mondialisation des industries du sexe, Imago, París, 2005, p. 138.
53. Walter, Natasha, Muñecas
vivientes. El regreso del sexismo, op. cit., p. 135.
54. Jeffreys, Sheila, La
industria de la vagina. La economía política de la comercialización global del
sexo, op. cit., p. 90.
55. Illouz, Eva, Erotismo de
autoayuda. Cincuenta sombras de Grey y el nuevo orden romántico, op. cit., p.
18.
56. Walter, Natasha, Muñecas
vivientes. El regreso del sexismo, op. cit., p. 145.
57. Sontag, Susan, “La
imaginación pornográfica”, Revista de Occidente, tomo XIX, Madrid,
1967, p. 27.
58. Szil, Peter, “Los hombres, la
pornografía y la prostitución”, op. cit., pp. 84-89.
59. Sontag, Susan, “La
imaginación pornográfica”, op. cit., p. 31.
60. Barry, Kathleen, Esclavitud
sexual de la mujer, La Sal, Barcelona, 1987.
61. Barry, Kathleen, ibíd., p.
238.
62. Barry, Kathleen, ibíd., p.
226.
63. Barry, Kathleen, ibíd., p.
233.
64. Barry, Kathleen, ibíd., p.
225.
65. Barry, Kathleen, ibíd., p.
228.
66. Mackinnon, Catharine, Hacia una teoría feminista del Estado, Cátedra, col.
Feminismos, Madrid, 1995, p. 389
(publicación original en inglés en 1989).
67. Mackinnon, Catharine, ibíd.,
p. 375.
68. Mackinnon, Catharine, ibíd.,
p. 362.
69. Mackinnon, Catharine, ibíd.,
p. 359.
70. Dworkin, Andrea, Pornography:
Men Possessing Women, Perigree, Nueva York, 1981. Y de la misma autora “The
Root Cause”, Our Blood: Prophesies and Discourses on Sexual Politics,
Harper&Row, Nueva York, 1976.
71. Rich, Adrienne,
“Heterosexualidad obligatoria y existencia lesbiana”, op. cit., p. 16.
72. Rich, Adrienne, ibíd., p. 15.
73. Rich, Adrienne, ibíd.,p. 16.
74. Rubin, Gayle, “Reflexionando
sobre el sexo: notas para una teoría radical de la sexualidad”, en Carole
Vance, Placer y peligro. Explorando la sexualidad femenina, Ed. Talasa, Madrid,
1989, p. 130.
75. Rubin, Gayle, ibíd., p. 132.
76. Rubin, Gayle, ibíd., pp.
149-150.
77. Rubin, Gayle, “Reflexionando
sobre el sexo: notas para una teoría radical de la
sexualidad”, op. cit., p. 159.
78. Rubin, Gayle, ibíd., pp.
157-158.
79. Rubin, Gayle, ibíd., p. 173.
80. Vance, Carol, “El placer y el
peligro: hacia una política de la sexualidad”, en Carole Vance, Placer y
peligro. Explorando la sexualidad femenina, op. cit., pp. 9-12.
81. Echols, Alice, “El ello
domado: la política sexual feminista entre 1968-83”, en Carole Vance, Placer y
peligro. Explorando la sexualidad femenina, op. cit., p. 109.
82. Echols, Alice, ibíd., p. 95.
83. Vance, Carole, “El placer y
el peligro: hacia una política de la sexualidad”, op. cit., pp.
18-19.
84. Vance, Carole, ibíd., p. 47.
85. Vance, Carole, “El placer y
el peligro: hacia una política de la sexualidad”, op. cit., p.
17.
86. Prada, Nancy, “¿Qué decimos
las feministas sobre la pornografía? Los orígenes de un debate”, La manzana de
la discordia, vol. 5, nº 1, 2010, p. 8.
87. Osborne, Raquel, Las mujeres
en la encrucijada de su sexualidad, La Sal Ediciones, Madrid, 1989, pp. 29-42.
88. Pérez Sedeño, Eulalia,
“Feminismo, ética y cirugía estética”, op. cit., p. 111.
89. Posada Kubissa, Luisa,
Filosofía, crítica y (Re)flexiones Feministas, Fundamentos, Madrid, 2015; véase
capítulo II, pp. 29-46.
90. Entrevista a Annie Sprinkle,
La Vanguardia, Barcelona, 13 de julio de 2009.
91. Preciado, Beatriz, “Mujeres
en los márgenes”, El País, 13 de enero de 2007.
92. Preciado, Beatriz, “Mujeres
en los márgenes”, op. cit.
93. Preciado, Beatriz, ibíd.
94. Barrio-Álvarez, Elena del y
Garrosa, Eva, “¿Educando en igualdad? Análisis de la triada
pornografía-discriminación-violencia. Feminidad y masculinidad en la
pornografía convencional”, Journal of Feminist, Gender and Women Studies, 1,
enero de 2015, pp. 29-39; véase con mayor detenimiento la p. 36.
95. Fernández, June, “¿Qué es eso
del posporno?”, eldiario.es, 1 de julio de 2015.
96. Fernández, June, “¿Qué es eso
del posporno?”, op. cit.
97. Sáez, Javier, “El macho
vulnerable: pornografía y sadomasoquismo”, Memorias da Maratón Pós-porno, 2003;
http://www.hartza.com/fist.htm
98. Entrevista a Annie Sprinkle,
La Vanguardia, Barcelona, 13 de julio de 2009.
99. Jeffreys, Sheila, La
industria de la vagina. La economía política de la comercialización global del
sexo, op. cit., p. 108.
100. Sáez, Javier, “El macho
vulnerable: pornografía y sadomasoquismo”, op. cit.
101. Jeffreys, Sheila, La
industria de la vagina . La economía política de la comercialización global
del sexo, op. cit., p. 90.
102. Jeffreys, Sheila, ibíd.,p.
95.
103. Jeffreys, Sheila, ibíd., p.
101.
104. Jeffreys, Sheila, La
industria de la vagina. La economía política de la comercialización global del
sexo, op. cit., p. 101.
105. Jeffreys, Sheila, ibíd., p.
97.
106. Poulin, Richard (coord.),
Prostitution. La mondialisation incarnée, op. cit., p. 138.
107. Barrio-Álvarez, Elena del,
“Pornografía y educación sexual: ¿Libertad de expresión? O ¿prisión de géneros?
Análisis de la pornografía mainstreaming”, Libro de Actas del II Congreso
Internacional de Comunicación y Género, Facultad de Comunicación de Sevilla,
Sevilla, 1-3 de abril de 2014.
108. Szil, Peter, “Los hombres,
la pornografía y la prostitución”, op. cit.
109. Mackinnon, Catharine, Hacia
una teoría feminista del estado, op. cit.
110. Barrio-Álvarez, Elena del y
Garrosa, Eva, “¿Educando en igualdad? Análisis de la tríada
pornografía-discriminación-violencia. Feminidad y masculinidad en la
pornografía convencional”, op. cit., p. 36.
111. Jeffreys, Sheila, La
industria de la vagina. La economía política de la comercialización global del
sexo, op. cit., p. 91.
112. Barrio-Álvarez, Elena del,
“Pornografía y educación sexual: ¿Libertad de expresión? o ¿Prisión de géneros?
Análisis de la pornografía mainstreaming”, op. cit., p. 111.
113. Jeffreys, Sheila, op. cit.,
p. 99.
114. Barrio-Álvarez, Elena del y
Garrosa, Eva, “¿Educando en igualdad? Análisis de la triada
pornografía-discriminación-violencia. Feminidad y masculinidad en la
pornografía convencional”, op. cit., p. 32.
115. Barrio-Álvarez, Elena del,
“Pornografía y educación sexual: ¿Libertad de expresión? o ¿Prisión de géneros?
Análisis de la pornografía mainstreaming”, op. cit., p. 112.
116. Barrio-Álvarez, Elena del y
Garrosa, Eva, op. cit., p. 112.
117. Gioscia, Laura, “Ciudadanía
y diferencias: el problema de la pornografía”, realizado para su presentación
en el Congreso Latin American Studies Association, Hyatt Regency Miami,
Instituto de Ciencia Política, Facultad de Ciencias Sociales, Universidad de la
República Montevideo, Uruguay, 16-18 de marzo de 2000. Y Bergen, Raquel K. y
Bogle, Kathleen A., “Exploring the connection between pornography and sexual
violence. Violencie and Victims Exploring the Connection Between Pornography
and Sexual Violence”, Violence & Victims; Fall2000, vol. 15, Issue 3,
septiembre de 2000, p. 227.
118 . Caputi, Jane, “Publicidad
feminicida: Violencia letal contra las mujeres en pornografía y gorenografía”,
en Diana E. Russell y Jill Radford (eds.),Feminicidio. La política del
asesinato de las mujeres, CEIICH-Universidad Nacional Autónoma de México,
México, 2006, p. 397.
119. Walter, Natasha, Muñecas
vivientes. El regreso del sexismo, op. cit., p. 146.
120. De Leon, Marta Elisa, Las
ocultas. Una experiencia de la prostitución, Turner Noema, Madrid, 2012, p.
181.
121. Sáez, Javier, “El macho
vulnerable: pornografía y sadomasoquismo”, op. cit.
122. Szil, Peter, “Los hombres,
la pornografía y la prostitución”, op. cit.
123. Jeffreys, Sheila, La
industria de la vagina. La economía política de la comercialización global del
sexo, op. cit., p. 104.
124. Jeffreys, Sheila, ibíd., p.
103.
125. Szil, Peter, “Los hombres,
la pornografía y la prostitución”, op. cit.
126 . Caputi, Jane, “Publicidad
feminicida: Violencia letal contra las mujeres en pornografía y gorenografía”,
op. cit., p. 417.
127. Szil, Peter, “Los hombres,
la pornografía y la prostitución”, op. cit., p. 86.
128. Caputi, Jane, “Publicidad
feminicida: Violencia letal contra las mujeres en la pornografía y en la
gorenografía”, op. cit., p. 415.
129. De León, Marta Elisa, Las
ocultas. Una experiencia de la prostitución, op. cit., p. 15.
130. Caputi, Jane, “Publicidad
feminicida: Violencia letal contra las mujeres en la pornografía y en la
gorenografía”, op. cit., p. 403.
131. Barrio-Álvarez, Elena del y
Garrosa, Eva, “¿Educando en igualdad? Análisis de la triada
pornografía-discriminación-violencia. Feminidad y masculinidad en la
pornografía, op. cit., pp. 33-34.
132. Russell, Diana E. H.,
“Pornografía feminicida”, en Diana E. H. Russell y Roberta A.
Harmes (eds.), Feminicidio: una
perspectiva global, CEIICH-Universidad Nacional Autónoma de México, 2006, p.
140.
133. Mackinnon, Catharine, Hacia
una teoría feminista del Estado, op. cit., p. 381.
134. Mackinnon, Catharine, ibíd.,
p. 373.
135. Barry, Kathleen, Esclavitud
sexual de la mujer, op. cit., p. 230.
136. Vance, Carole, “El placer y
el peligro: hacia una política de la sexualidad”, op. cit., p.
27.
137. Szil, Peter, “Los hombres,
la pornografía y la prostitución”, op. cit., p. 89.
138. Dines, Gail y Jensen,
Robert, “La pornografía es asunto de la izquierda”, 2006; www.rebelion.org
139. Sassen, Saskia, Expulsiones.
Brutalidad y complejidad en la economía global, op. cit., p. 248.
140. Fraser, Nancy, “Reflexiones
en torno a Polanyi y la actual crisis capitalista”, Papeles de relaciones
ecosociales y cambio global, nº 118, 2012, pp. 13-28.
141. Sassen, Saskia, Expulsiones.
Brutalidad y complejidad en la economía global, op. cit., p. 20.
142. Cobo, Rosa, Hacia una nueva
política sexual. Las mujeres contra la reacción patriarcal, Los Libros de la
Catarata, Madrid, 2011.
143. Poulin, Richard, entrevista:
“Vamos hacia una pedofilización de la trata”, op. cit.
144. Jeffreys, Sheila, La
industria de la vagina. La economía política de la comercialización global del
sexo, op. cit., p. 11.
145. Pateman, Carole, El contrato
sexual, op. cit., p. 267.
146. Jeffreys, Sheila, La
industria de la vagina. La economía política de la comercialización global del
sexo, op. cit., p. 18.
147. De León, Marta Elisa, Las
ocultas. Una experiencia de la prostitución, op. cit., p. 71.
148. Poulin, Richard, entrevista:
“Vamos hacia una pedofilización de la trata”, op. cit.
149. Jeffreys, Sheila, La
industria de la vagina. La economía política de la comercialización global del
sexo, op. cit., p. 17.
150. Poulin, Richard, entrevista:
“Vamos hacia una pedofilización de la trata”, op. cit.
151. Barry, Kathleen, Esclavitud
sexual de la mujer, op. cit., pp. 122-123.
152. Jeffreys, Sheila, La
industria de la vagina. La economía política de la comercialización global del
sexo, op. cit., p. 12.
153. Poulin, Richard,
“Prostitution et traite des êtres humains: controversies et enjeux”, Cahiers de
recherche sociologique, nº 45, Éditions Liber, Montreal, 2008, pp. 135-154.
154. Legardenier, Claudine,
“Prostitution I”, Diccionario Crítico del Feminismo, Síntesis, Madrid, 2002, p.
210. Veáse también de la misma autora, Prostitution: une guerre contre les
femmes, Sylepse, París, 2015.
155. Cobo, Rosa, Prólogo, Manual
de Comunicación no sexista. Hacia un lenguaje incluyente, INMUJERES, México,
D.F. Segunda edición, 2015, pp. 13-15.
156. Sassen, Saskia, Expulsiones.
Brutalidad y complejidad en la economía global, op. cit., p. 389.
157. Sassen, Saskia, “Actores y
espacios laborales de la globalización”, en Capitolina Díaz y Sandra Dema
(eds.), Sociología y Género, Tecnos, Madrid, 2013, p. 391.
158. Castells, Manuel, La era de
la información. Economía, sociedad y cultura, vol. 3, op.
cit., p. 375.
159. Poulin, Richard (coord.),
Prostitution. La mondialisation incarnée, Syllepse, París (Francia), 2005, p.
10.
160. Saskia, Sassen, “Actores y
espacios laborales de la globalización”, op. cit., p. 392.
161. Sassen, Saskia, ibíd., p.
390.
162. Jeffreys, Sheila, La
industria de la vagina. La economía política de la comercialización global del
sexo, op. cit., p. 16.
163. Poulin, Richard,
Prostitution. La mondialisation incarnée, op. cit., p. 11.
164. Cacho, Lydia, Esclavas del
poder. Un viaje al corazón de la trata sexual de mujeres y niñas en el mundo,
Grijalbo, México, 2010, p. 53.
165. Barry, Kathleen,
“Prostitución y victimización. La mujer ausente: derechos humanos en el mundo”,
Ediciones de las mujeres, 15, Isis Internacional, Santiago de Chile, 1991, pp.
63-78; véase con mayor detenimiento la p. 71.
166. Jeffreys, Sheila, La
industria de la vagina. La economía política de la comercialización global del
sexo, op. cit., pp. 15-17.
167. Poulin, Richard, entrevista:
“Vamos hacia una pedofilización de la trata”, op. cit.
168. Cacho, Lydia, Esclavas del
poder. Un viaje al corazón de la trata sexual de mujeres y niñas en el mundo,
op. cit., p. 213.
169. Sassen, Saskia, “Actores y
espacios laborales de la globalización”, op. cit., p. 394.
170. Manier, Bénédicte, Cuando
las mujeres hayan desaparecido, Cátedra, Madrid, 2007, p. 121.
171. Manier, Bénédicte, ibíd., p.
131.
172. Manier, Bénédicte, ibíd., p.
127.
173. Manier, Bénédicte, ibíd., p.
131.
174. Castells, Manuel, La era de
la información. Economía, sociedad y cultura, vol. 3, op.
cit., p. 194.
175. Sassen, Saskia, Contrageografías
de la globalización, Traficantes de Sueños, Madrid,
2003, p. 389.
176. Sassen, Saskia, “Actores y
espacios laborales de la globalización”, op. cit., p. 80.
177. Castells, Manuel, La era de
la información. Economía, sociedad y cultura, vol. 2, op.
cit., p. 206.
178. Castells, Manuel, La era de
la información. Economía, sociedad y cultura, vol. 3, op.
cit., p. 205.
179. Cacho, Lydia, Esclavas del
poder. Un viaje al corazón de la trata sexual de mujeres y niñas en el mundo,
op. cit., pp. 203-209.
180. Cacho, Lydia, ibíd., p. 127.
181. Cacho, Lydia, Esclavas del
poder. Un viaje al corazón de la trata sexual de mujeres y niñas en el mundo,
op. cit., p. 212.
182. Cacho, Lydia, ibíd., p. 213.
183. Bales, Kevin, La nueva
esclavitud en la economía global, Siglo XXI, Madrid, 2000, pp.
39-87.
184. Castells, Manuel, La era de
la información. Economía, sociedad y cultura, vol. 3, op.
cit., p. 224.
185. Jeffreys, Sheila, La
industria de la vagina. La economía política de la comercialización global del
sexo, op. cit., p. 193.
186. Delicado, Lydia, “Mujeres,
negras, esclavas”, Al margen y calladas. Mujeres en la modernidad, Instituto de
Cultura Juan Gil Albert, Alicante (en prensa).
187. Pérez Freire, Silvia,
“Victimización en la trata sexual: imaginarios e invisibilización”,
Imagonautas. Revista interdisciplinaria sobre Imaginarios Sociales, 6, 2015, p.
41.
188. Castells, Manuel, La era de
la información. Economía y Sociedad, vol. 3, op. cit., p.
204.
189. Cacho, Lydia, Esclavas del
poder. Un viaje al corazón de la trata sexual de mujeres y
niñas en el mundo, op. cit., p.
15.
190. Jeffreys, Sheila, La
industria de la vagina. La economía política de la comercialización global del
sexo, op. cit., p. 191.
191. Solana, José Luis,
“Movimientos migratorios, trabajadoras inmigrantes y empleo en la
prostitución”, Documentación Social, 144, 2007, p. 44.
192. Solana, José Luis, ibíd., p.
44.
193. Amorós, Celia, La gran
diferencia y sus pequeñas consecuencias… para las luchas de las mujeres, Ed.
Cátedra, col. Feminismos, Madrid, 2005, pp. 111-135.
194. Bales, Kevin, La nueva
esclavitud en la economía global, op. cit., p. 7.
195. Bales, Kevin, La nueva
esclavitud en la economía global, op. cit., p. 9.
196. Bales, Kevin, ibíd., p. 6.
197. Bales, Kevin, La nueva
esclavitud en la economía global, op. cit., p. 10.
198. Cacho, Lydia, Esclavas del
poder. Un viaje al corazón de la trata sexual de mujeres y niñas en el mundo,
op. cit., p. 15.
199. Sassen, Saskia, Expulsiones.
Brutalidad y complejidad en la economía global, op. cit., p. 20.
200. Bales, Kevin, La nueva
esclavitud en la economía global, op. cit., p. 25.
201. Bales, Kevin, ibíd., p. 36.
202. Cacho, Lydia, Esclavas del
poder. Un viaje al corazón de la trata sexual de mujeres y niñas en el mundo,
op. cit., pp. 55 y 61.
203. Sassen, Saskia, Expulsiones.
Brutalidad y complejidad en la economía global, op. cit., p. 12.
204. Pérez Freire, Silvia,
“Victimización en la trata sexual: imaginarios e invisibilización”, op. cit.,
p. 43.
205. Cacho, Lydia, Esclavas del
poder. Un viaje al corazón de la trata sexual de mujeres y niñas en el mundo,
op. cit., p. 42.
206. López Riopedre, José Luis,
“Trabajo sexual transnacional: consecuencias de las políticas criminalizadoras
de la prostitución y de la crisis económica española sobre las trabajadoras
sexuales migrantes”, XI Congreso de Sociología organizado por la FES, Madrid,
2013.
207. Doezema, Jo, “Loose Women or
Lost Women? The Re-emergence of the Myth of White Slavery in Contemporary
Discourses of Trafficking in Women”, Gender Issues, vol. 18, nº 1, 2001, pp.
38-64.
208. Doezema, Jo, ibíd., pp.
156-157.
209. Doezema, Jo, “Loose Women or
Lost Women? The Re-emergence of the Myth of White Slavery in Contemporary
Discourses of Trafficking in Women”, op. cit., p. 157.
210. Agustín, Laura, “La
industria del sexo, los migrantes y la familia europea”, en O. Guasch y O.
Viñuales (coords.), Sexualidades, control y diversidad social, Bellaterra,
Barcelona, 2002, p. 116.
211. López Riopedre, José Luis,
“Trabajo sexual transnacional: consecuencias de las políticas criminalizadoras
de la prostitución y de la crisis económica española sobre las trabajadoras
sexuales migrantes”, op. cit., p. 2.
212. Kempadoo, Kamala, “Mudando o
debate sobre o trafico de mulheres”, Cadernos Pagu,
25, 2005, pp. 58-63.
213. Doezema, Jo, “¡A crecer! La
infantilización de las mujeres en los debates sobre ‘tráfico de mujeres’”, en
Raquel Osborne (ed.), Trabajador@as del sexo. Derechos, migraciones y tráfico
en el siglo XXI, Bellaterra, Barcelona, 2004, p. 155.
214. Agustín, Laura, “Olvidar la victimización: los migrantes como protagonistas”,
Development, 46, 3, 2003, p. 30.
215. López Riopedre, José Luis,
“Trabajo sexual transnacional: consecuencias de las políticas criminalizadoras
de la prostitución y de la crisis económica española sobre las trabajadoras
sexuales migrantes” op. cit., p. 4.
216. Doezema, Jo, “¡A crecer! La
infantilización de las mujeres en los debates sobre ‘tráfico de mujeres’”, op.
cit., p. 155.
217. Kempadoo, Kamala, “Mudando o
debate sobre o trafico de mulheres”, op. cit. Véase “Conclusiones”.
218. Solana, José Luis,
“Movimientos migratorios, trabajadoras inmigrantes y empleo en la
prostitución”, op. cit., p. 49.
219. Solana, José Luis, ibíd., p.
50.
220. Solana, José Luis, ibíd., p.
49.
221. Protocolo para prevenir,
reprimir y sancionar la trata de personas, especialmente mujeres y niños que
complementa la Convención de Naciones Unidas contra la delincuencia organizada
transnacional (Protocolo de Palermo, 2000).
222. Jeffreys, Sheila, La
industria de la vagina. La economía política de la comercialización global del
sexo, op. cit., p. 194.
223. Pérez Freire, Silvia,
“Victimización en la trata sexual: imaginarios e invisibilización”, op. cit.,
p. 43.
224. Cacho, Lydia, Esclavas del
poder. Un viaje al corazón de la trata sexual de mujeres y niñas en el mundo,
op. cit., p. 245.
225. Cacho, Lydia, ibíd., p. 171.
226. Cacho, Lydia, Esclavas del
poder. Un viaje al corazón de la trata sexual de mujeres y niñas en el mundo,
op. cit., p. 243.
227. Chiarotti, Susana, La trata
de mujeres: sus conexiones y desconexiones con la migración y los derechos
humanos, Centro Latinoamericano y Caribeño de Demografía-División de Población
y Banco Interamericano de Desarrollo, Santiago de Chile, 2003, p. 8.
228. Chiarotti, Susana, La trata
de mujeres: sus conexiones y desconexiones con la migración y los derechos
humanos, op. cit., p. 8.
229. Cacho, Lydia, Esclavas del
poder. Un viaje al corazón de la trata sexual de mujeres y niñas en el mundo,
op. cit., p. 251.
230. Chiarotti, Susana, La trata
de mujeres: sus conexiones y desconexiones con la migración y los derechos
humanos, op. cit., p. 8.
231. Chiarotti, Susana, ibíd., p.
15.
232. Chiarotti, Susana, ibíd., p.
15.
233. Cacho, Lydia, Esclavas del
poder. Un viaje al corazón de la trata sexual de mujeres y niñas en el mundo,
op. cit., p. 112.
234. Cacho, Lydia, ibíd., p. 225.
235. Cacho, Lydia, ibíd., p. 223.
236. Barry, Kathleen, Esclavitud
sexual de la mujer, op. cit., p. 97.
237. Castells, Manuel, La era de
la información. Economía, Sociedad y Cultura, vol. 3, op.
cit., p. 220.
238. “Verdades muy incómodas:
prostituyentes, coacción sexual y la negación del daño en prostitución”, 2016;
http://traductorasparaaboliciondelaprostitucion.weebly.com/
239. Castells, Manuel, La era de
la información. Economía y Sociedad, vol. 3, op. cit., p.
195.
240. Saviano, Roberto, “El poder
de la ética”, Prólogo a Esclavas del Poder. Un viaje al
corazón de la trata sexual de
mujeres y niñas en el mundo, de Lydia Cacho, Esclavas del poder. Un viaje al
corazón de la trata sexual de mujeres y niñas en el mundo, pp. 11-12.
241. Cacho, Lydia, Esclavas del
poder. Un viaje al corazón de la trata sexual de mujeres y niñas en el mundo,
op. cit., pp. 123-124.
242. Chiarotti, Susana, La trata
de mujeres: sus conexiones y desconexiones con la migración y los derechos
humanos, op. cit., p. 9.
243. Jeffreys, Sheila, La
industria de la vagina. La economía política de la comercialización global del
sexo, op. cit., p. 192.
244. Jeffreys, Sheila, ibíd., p.
198.
245. Cacho, Lydia, Esclavas del
poder. Un viaje al corazón de la trata sexual de mujeres y niñas en el mundo,
op. cit., p. 58.
246. Pateman, Carole, El contrato
sexual, op. cit., p. 58.
247. Pateman, Carole, ibíd., p.
60.
248. Pateman, Carole, ibíd., p.
11.
249. Pateman, Carole, ibíd., p.
100.
250. Pateman, Carole, El contrato
sexual, op. cit., p. 101.
251. Pateman, Carole, ibíd., p.
80.
252. Locke, John, Segundo Tratado
sobre el Gobierno Civil. Un ensayo acerca del verdadero origen, alcance y fin
del Gobierno Civil, Ed. Tecnos, Madrid, 2006. Capítulo V: “Sobre la propiedad”,
parágrafo 27, p. 34.
253. Pateman, Carole, El contrato
sexual, op. cit., p. 94.
254. Pateman, Carole, ibíd., p.
29.
255. Pateman, Carole, El contrato
sexual, op. cit., pp. 107-108.
256. Kant, Immanuel, Lecciones de
historia, Crítica, Barcelona, 1988, p. 201.
257. Posada Kubissa, Luisa,
Filosofía, crítica y (re)flexiones feministas, op. cit., p. 96.
258. Macpherson, C. B., La teoría
política del individualismo posesivo. De Hobbes a Locke, Fontanella, Barcelona,
1970.
259. Cobo, Rosa, Fundamentos del
patriarcado moderno. Jean Jacques Rousseau, Cátedra, col. Feminismos, Madrid,
1995, p. 181.
260. Pateman, Carole, El contrato
sexual, op. cit., p. 108.
261. Pateman, Carole, El contrato
sexual, op. cit., pp. 76-78.
262. Cobo, Rosa, Fundamentos del
patriarcado moderno. Jean Jacques Rousseau, op. cit., p. 204.
263. Amorós, Celia,
“Conceptualizar es politizar”, en Patricia Laurenzo, María Luisa Maqueda y Ana
Rubio (coords.), Género, violencia y derecho, Tirant lo Blanch, Valencia, 2008,
pp. 15-26.
264. Cobo, Rosa, Fundamentos del
patriarcado moderno. Jean-Jacques Rousseau, op. cit., pp. 252-258.
265. Amorós, Celia, La gran
diferencia y sus pequeñas consecuencias… para las luchas de las mujeres, op.
cit., pp. 285-295.
266 . Sau, Victoria, Ponencia
presentada en la Comisión Mixta de los Derechos de la Mujer y de Igualdad de
Oportunidades, 12 de julio de 2006.
267. Wollstonecraft, Mary,
Vindicación de los
derechos de la
mujer, Cátedra, col.
Feminismos, Madrid, 1994, p. 206.
268. Pateman, Carole, El contrato
sexual, op. cit., p. 104.
269. Vigil, Carmen, “Prostitución
y Heterosexismo”, Plataforma por la Abolición de la Prostitución, 2000.
270. Vigil, Carmen, “Prostitución
y Heterosexismo”, op. cit., p. 6.
271. Vigil, Carmen y Vicente,
María Luisa, “Prostitución, liberalismo sexual y patriarcado”, Plataforma por
la Abolición de la Prostitución, 2006.
272. Jeffreys, Sheila, La herejía
lesbiana. Una perspectiva feminista de la revolución sexual lesbiana, Cátedra,
col. Feminismos, Madrid, 1996, p. 84.
273. Pérez Sedeño, Eulalia,
“Feminismo, ética y cirugía estética”, op. cit., p. 111.
274. Pérez Sedeño, Eulalia,
“Feminismo, ética y cirugía estética”, op. cit., p. 110.
275. Vigil, Carmen, “Prostitución
y Heterosexismo”, op. cit., p. 10.
276. La visión crítica sobre la
prostitución es una constante en la historia del feminismo, poniendo de
manifiesto su carácter patriarcal. Mary Wollstonecraft, las sufragistas, Simone
de Beauvoir, Kate Millett, Clara Zetkin o Adrienne Rich, entre otras muchas,
han argumentado críticamente contra la prostitución.
277. Entre las autoras que
identifican analítica y políticamente a los consumidores de prostitución como
actores fundamentales en el análisis de la industria del sexo, hay que
destacar, entre otras, a María José Barahona y L. M. García, Una aproximación al
perfil del cliente de prostitución femenina en la Comunidad de Madrid,
Dirección General de la Mujer, Madrid, 2003; Beatriz Ranea, “La demanda en
disputa: masculinidad hegemónica y prostitución femenina”, en IV Congreso
Universitario Nacional Investigación y Género, Universidad de Sevilla, 2012;
Esther Torrado y Laura Pedernera, “La prostitución desde la perspectiva de la
demanda. Amarres enunciativos para su conceptualización”, Oñati Socio-Legal
series, vol. 5, 2015. Asimismo, Ana de Miguel comparte esta misma visión en
Neoliberalismo sexual, Cátedra, col. Feminismos, Madrid, 2015; Carmen Meneses,
“Factores motivacionales en una muestra de hombres españoles que pagan por
servicios sexuales”, Revista de la Asociación Española de Neuropsiquiatría,
vol. 30, nº 107, 2010, pp. 393-407; Águeda Gómez Suárez, Silvia Pérez Freire y
Rosa María Verdugo Matés, El putero español. Quiénes son y qué buscan los
clientes de prostitución, Los Libros de la Catarata, Madrid, 2015.
278. Gimeno, Beatriz, La
prostitución, Ed. Bellaterra, Barcelona, 2012. Véase el capítulo 5:
“El estigma”, pp. 185-210.
279. Pateman, Carole, El contrato
sexual, op. cit., p. 273.
280. Gómez Suárez, Águeda; Pérez
Freire, Silvia y Verdugo Matés, Rosa María, El putero español. Quiénes son y
qué buscan los clientes de prostitución, Los Libros de la Catarata, Madrid,
2015.
281. Bauman, Ziygmunt, Amor
líquido: acerca de la fragilidad de los vínculos humanos, FCE, México, 2005.
282. Barahona, María José, “El
cliente varón en la prostitución adulta donde el sujeto prostituido es una
mujer”. Texto inédito.
283. Bruckner, Pascal y
Frinkielkraut, Alain, El nuevo desorden amoroso, Anagrama, Barcelona, 2001.
284. Gómez Suárez, Águeda; Pérez
Freire, Silvia y Verdugo Matés, Rosa María, El putero español. Quiénes son y
qué buscan los clientes de prostitución, op. cit., p. 103.
285. Gómez Suárez, Águeda, Pérez
Freire, Silvia y Verdugo Matés, Rosa María, ibíd., p. 16.
286. Barahona, María José, “El
cliente varón en la prostitución adulta donde el sujeto prostituido es una
mujer”, op. cit.
287. Connell, Robert W., “The
social Organization of Masculinity”, en Masculitinities, University of
California Press, Berkeley, 1995, pp. 10-11. Traducido en
https://www.cholonautas.edu.pe/ /Biblioteca Virtual de Ciencias Sociales.
288. Durkheim, Emile, Las reglas
del método sociológico, Biblioteca Nueva, Madrid, 2005.
Véase el primer capítulo.
289. Bonino, Luis, “Masculinidad
hegemónica e identidad masculina”, Dossiers Feministes, nº 6, 2002, p. 8.
290. Bonino, Luis, ibíd., p. 10.
291. Bonino, Luis, ibíd., p. 11.
292. Bonino, Luis, ibíd., p. 11.
293. Entrevista a Raewyn Connell,
2013, Viento Sur; www.vientosur.info
294. Illouz, Eva, Erotismo de
autoayuda. Cincuenta sombras de Grey y el nuevo orden romántico, op. cit., p.
58.
295. Illouz, Eva, ibíd., p. 57.
296. Amorós, Celia, “Violencia
contra las mujeres y pactos patriarcales”, en Virginia Maquieira y Cristina
Sánchez (comps.), Violencia y sociedad patriarcal, Ed. Pablo Iglesias, Madrid,
1990, p. 12.
297. Amorós, Celia, “Violencia
contra las mujeres y pactos patriarcales”, op. cit., p. 3.
298. Szil, Peter, “Los hombres,
la pornografía y la prostitución”, op. cit. p. 89.
299. Connell, R., 2001, “Educando
a los muchachos: Nuevas investigaciones sobre masculinidad y estrategias de
género para las escuelas”, Nómadas, Colombia, nº 14, p. 156.
300. Cobo, Rosa, Hacia una nueva
política sexual. Las mujeres contra la reacción patriarcal, op. cit.

