Libro N° 12913. El Futuro Del Marxismo. Williams, Raymond.
© Libro N° 12913. El Futuro Del Marxismo. Williams, Raymond. Emancipación.
Agosto 31 de 2024
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El Futuro Del Marxismo. Raymond Williams
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Marxismo. Raymond Williams
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Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
EL FUTURO DEL MARXISMO
Raymond Williams
El Futuro
Del Marxismo
Raymond
Williams
Raymond
Williams
EL FUTURO
DEL MARXISMO
Fuente:
new Left
review 114
segunda
época
enero
febrero
2018
www.newLeftreview.es
Maquetación:
Demófilo/Omegalfa
2024
Licencia Creative Commons
Reconocimiento-NoComercial
__________________________
Biblioteca Virtual
OMEGALFA
2024
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Raymond Williams
EL FUTURO DEL MARXISMO
- 3 -
EN la política cabe distinguir
dos dimensio-nes:1 una es aquella según la cual, debido a las presiones de la
vida, la gente trata de en-
tender su mundo y de mejorarlo.
Esta dimensión es persistentemente humana. Pero junto a ella desfila siempre,
además, ese ostentoso robot de la polé-mica, que se asemeja al pensamiento
humano en todo menos en su capacidad de experiencia. Si uno se adentra en el
mundo del robot, consigue com-bustible gratuito y puede lanzarse de inmediato a
la acción y aparecer en primera página, donde el aire apesta a orgullo,
destrucción, malicia y agota-miento. La gente necesita una sociedad justa y
ne-cesita alimentos, y además, en nuestra época, sa-bemos que vivimos al borde
de la destrucción. Pero el deslizamiento en el mundo de los robots, tan fácil
de hacer, va contra esas necesidades incluso cuan-do pretende satisfacerlas. Al
contemplar ahora la mayor parte de nuestras campañas políticas y pu-blicaciones
periódicas, reconozco a regañadientes en ellas el cáncer de la violencia, que
es nuestro pe-ligro real. Y no sirve de nada intentar alejarse des-pués;
tenemos que luchar para recuperar la dimen-sión en la que vive realmente la
gente, porque solo allí es posible un buen resultado.
La primera característica de los
robots es que el mundo existe en términos de sus propios puntos fi-jos. ¿Es
usted marxista, revisionista, reformista burgués? ¿Es usted un comunista, un
radical de iz-quierda, un compañero de viaje? ¿Qué respuesta
1 Este
texto apareció por primera vez en The Twentieth Cen-tury, julio de 1961, pp.
128-142.
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-
puede dar un ser humano a ese
tipo de preguntas de robots? «¡Lárguese!», supongo. Parece la única cosa
adecuada que se puede decir. Porque lo hemos conocido antes. ¿Es usted
protestante, católico, evangelista, librepensador, ateo? Si trata de decir lo
que siente y sabe, tiene que apartar las manos me-cánicas que intentan pegar
sus propias etiquetas o poner su voz, la de usted, en una de sus grabacio-nes.
Hacen esto porque, una vez que las etiquetas están pegadas, pueden luchar,
mostrarle a su enemigo y lanzarle a una de sus campañas prepa-radas. Pero en la
intensidad de la necesidad hu-mana, la primera lucha es la de conocer la
diferen-cia entre la experiencia y el mundo robótico, cono-cer el arroz y las
escuelas y el habla humana, dis-tinguiéndola de esa dimensión pseudopolítica
de-mencial privada de aire. La actual campaña robó-tica consiste en hacer que
la gente se una al campo de la democracia para luchar por sobrevivir contra el
campo de la democracia. «No acepte sustitutos; el nuestro es el único campo genuino;
lo demostrare-mos participando en una lucha implacable». Y los robots no
mueren; sólo los seres humanos mueren.
La verdadera dificultad es que,
para pensar, tene-mos que usar ideas e interpretaciones que los ro-bots ya han
registrado. En algún lugar del pensa-miento humano que nos viene de nuestros
predece-sores están los conocimientos necesarios, los rum-bos fructíferos. Pero
mantenerlos en el lugar al que pertenecen, en contacto directo con nuestra
expe-riencia, es una lucha constante. Recuerdo esto una vez más, mientras trato
de ordenar mis pensamien-tos después de leer el libro de George Lichtheim
Marxism: An Historical and Critical Study (1961), que evidentemente es el
resultado de años de tra-bajo y pensamiento paciente. No soy un erudito del
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marxismo y no puedo juzgar con
precisión si el aná-lisis detallado de Lichtheim es correcto. Pero sus
conclusiones son interesantes y directamente rele-vantes para nuestro mundo
real. Lichtheim ve al marxismo desintegrarse como sistema de pensa-miento y como
guía para la acción:
Se muestra que sus logros son
incompatibles con sus objetivos finales, que de este modo revelan su naturaleza
esencialmente metafí-sica, esto es, trascendental e irrealizable. Lo que queda
es, por un lado, el cumplimiento travestido de estos objetivos en una realidad
que es su negación real; y, por otro, el caput mortuum de una gigantesca
construcción in-telectual cuya esencia viva ha sido apropiada por la conciencia
histórica del mundo mo-derno, dejando la cáscara vacía del «materia-lismo
dialéctico» a los ideólogos de una nueva ortodoxia. En el ocaso de la era
liberal, de la que el marxismo es a la vez crítica y reflexión teórica, este
resultado confirma la verdad de sus propias ideas sobre la lógica de la
histo-ria, mientras transfiere a un futuro incierto las antiguas visiones de un
mundo en liber-tad.
El alcance de este juicio es muy
parecido al argu-mento marxista real. Lichtheim no es en modo al-guno un robot,
pero su tono genera ecos inquietan-tes. Las formas de pensar envejecen y se
vuelven irrelevantes, pero no es tan frecuente, me parece, que lo hagan de un
modo tan catastrófico. Esa ima-gen del ocaso me preocupa; ha sido, durante
mucho tiempo, uno de los efectos escénicos de los robots. Y cuando no se han
estado desgarrando
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mutuamente, uno de sus juegos más
complicados ha sido el de lanzar cada uno al otro al basurero de la historia,
del que siempre parecen estar seguros. Lichtheim puede tener razón, pero me
encuentro re-trocediendo y preguntándome a qué se parece, en nuestro mundo
real, el futuro del marxismo. Porque ésa es la paradoja: que es mucho lo que
parece con-denado al basurero de la historia. La cantidad de sistemas
oficialmente muertos, pero no enterrados es extraordinaria. En 1898 se publicó
un libro titu-lado Karl Marx and the Close of His System, y mire cuántas cosas
han sucedido desde entonces. Eso no prueba nada, de ninguna manera, sobre la
validez del marxismo, pero sugiere que la relación entre los sistemas de
pensamiento y la historia real es com-pleja y sorprendente a la vez.
A lo que vuelvo, aun teniendo en
cuenta la fuerza de los argumentos de Lichtheim, es a que el mar-xismo, o su
sustituto el marxismo-leninismo, es ahora la doctrina oficial de alrededor de
una tercera parte de la humanidad, enseñada y propagada ac-tivamente por
poderosos sistemas políticos y econó-micos, y a que es probable, por encima de
cualquier estimación, que siga estando activa durante todo el tiempo que
queramos imaginar. Bueno, también es cierto, y es algo incluido en el
argumento, que esos sistemas son en realidad una parodia del mar-xismo, que sus
pensamientos oficiales son simple-mente cáscaras vacías y cabezas muertas. Esto
po-dría ser cierto, y deberíamos considerar su posibili-dad cuando escuchamos
ese razonamiento tan co-mún entre la pequeña cantidad de marxistas britá-nicos:
que mil millones de personas, que habitan desde el Báltico hasta el Pacífico,
no pueden estar todas ellas equivocadas. Pero deberíamos revisar con mucho
cuidado cada fase de la discusión. ¿Son
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realmente los sistemas creados y
proyectados por las Revoluciones Rusa, China y demás una parodia de las
intenciones marxistas? Si lo son, en una me-dida sustancial, ¿cuál será la
relación, en el desa-rrollo de esas sociedades, entre la enseñanza gene-ralizada
de una doctrina equivalente a una gran re-ligión nacional, y la realidad que
esa enseñanza po-dría cuestionar o condenar teórica o prácticamente? Con toda
confianza, no conozco la respuesta a nin-guna de esas preguntas, pero al menos
estoy mucho menos seguro que Lichtheim de que los sistemas son falsos y de que,
aunque no lo fueran, las doc-trinas estarían simplemente vacías y muertas.
In-tentaré expresar mis dudas sobre cada uno de esos puntos.
Mitos de convergencia
La desilusión generalizada entre
los pensadores oc-cidentales sobre el curso de las revoluciones comu-nistas es
muy fácil de entender. Se examinan dos acusaciones: la primera, que esas
revoluciones han sido desfiguradas y pervertidas por el uso del terror con
fines políticos; la segunda, que la gente común no ha sido liberada, sino que
simplemente ha pa-sado del gobierno de los aristócratas, terratenientes y
banqueros al gobierno de los burócratas y un apa-rato partidario. Sobre la
primera acusación, no debe haber más equívocos, ni más charlas convincentes
sobre «la revolución y el agua de rosas», ni más re-ducción de los hombres que
murieron a meros erro-res. Las propias sociedades comunistas tendrán que
afrontar en profundidad esa realidad, tarde o temprano; los seres humanos no
pueden crecer sin afrontar esa clase de verdad sobre sí mismos. El te-rror
político se utilizó, a gran escala, tanto con fines
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políticos como, por lo visto, por
una especie de ex-tensión monstruosa, producto de su propia diná-mica. Los
hechos, tan a menudo discutidos, siguen siendo aún motivo de discusión, pero
ahora al me-nos todo el mundo admite ese nivel mínimo que to-davía es
repugnante, que se ha alojado profunda-mente en nuestras mentes, y seríamos
menos que humanos si no hubiera sido así.
Recuerdo que, a finales de la
década de 1930, cuando el terror político era de uso común tanto en la Unión
Soviética como en la Alemania nazi, me parecía apreciar gran fuerza en el
argumento de que eran realmente el mismo tipo de sociedad: el nuevo tipo de
Estado totalitario. Pero finalmente rechacé esa conclusión y sigo rechazándola
ahora. Me pa-rece que es un error muy común, al juzgar a las so-ciedades,
abstraer un elemento que comparten y, a continuación, asumir que son idénticas
como socie-dades tomadas en su conjunto. El uso del terror po-lítico es tan
importante que, en el caso del fascismo y el comunismo soviético, el parecido
en este as-pecto se tomaba como una semejanza total: nues-tros ojos a menudo
estaban cerrados por esa buena emoción: el rechazo del terror como tal. Sin
em-bargo, ahora parece estar claro que cualquier iden-tificación total entre
fascismo y comunismo es ab-solutamente errónea. No iría tan lejos como lo hizo
una vez Orwell, cuando dijo que el parecido era real-mente el que hay entre las
ratas y el veneno para ratas. Pero está perfectamente claro que el fascismo
tenía poco más que ofrecer que el terror, tanto en el propio país como en el
extranjero: era una explosión ciega de odio y frustración. El comunismo
soviético, en cambio, no solo llevó a cabo la revolución indus-trial necesaria
en un país atrasado, sino algo mu-cho más crucial, una revolución cultural que,
por
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un lado, supone una ganancia
humana absoluta y sin embargo parece, en sus logros y sus debilidades por
igual, un producto específico de un sistema par-ticular. Por supuesto, no estoy
diciendo que el te-rror se vuelva bueno o malo según lo que sucede en el resto
de la sociedad; es el mal siempre y en todas partes. Pero si se quiere llevar a
cabo un verdadero juicio de la sociedad, hay que considerar todas las fuerzas
activas en ella.
La comparación entre el comunismo
soviético y el fascismo se oye ahora con menos frecuencia, por-que el fascismo
parece muerto excepto en dos o tres países marginales y porque la Unión
Soviética afirma haber rechazado el estalinismo. La desilu-sión de los
intelectuales occidentales, sin embargo, no ha disminuido visiblemente, aunque
esto es di-fícil de estimar porque los intelectuales más promi-nentes aún
pertenecen a la generación formada en la reacción al fascismo y al terror
estalinista. Aun así, hay una formulación reconociblemente nueva: que la Unión
Soviética es una negación de las espe-ranzas de la revolución, porque se ha
convertido en una sociedad gobernada por una elite dirigente que controla todas
las fuentes de poder y también las mentes de la gente mediante el
adoctrinamiento y la censura. Una versión interesante de esta formu-lación es
ahora común entre los académicos: que, en realidad, los aspectos políticos de
la Guerra Fría son antiguallas (como lo son, de hecho, la mayoría de los
aspectos políticos de todo). La cuestión es, resumiendo, que la Unión Soviética
y Estados Uni-dos se parecen cada vez más: sociedades domina-das por hombres
entregados a sus organizaciones que en nuestro caso son corporaciones gigantes,
de-pendientes a su vez de una elite militar con la que se entrelazan y que
condicionan a sus poblaciones
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a través de los medios de
comunicación. Ahí, nue-vamente, hay muchos hechos en disputa, pero yo mismo
aceptaría que hay semejanzas importantes de ese tipo, y que sería bastante
plausible suponer que esa sea una pauta universal de la sociedad fu-tura.
Una vez más, empero, me parece
que tengo que re-chazar esa conclusión. Lo haría simplemente sobre la base de
que esas organizaciones están formal-mente dedicadas a fines ideológicos muy
diferentes, aunque esto es parte del argumento al que debo re-gresar, ya que
necesita un tratamiento por sepa-rado. En términos más inmediatos, me parece
que el parecido no es convincente, o es simplemente parcial, porque me parece
innegable que las elites están, en último término, cumpliendo funciones muy
diferentes. No es solo que la elite rusa haya sido el agente de formas sociales
bastante nuevas, mientras que la elite estadounidense es esencial-mente un
agente de estabilidad racional dentro de un sistema existente. Esto podría
contrarrestarse argumentando que cada vez más la función de la elite rusa es el
mantenimiento de un sistema que alguna vez fue nuevo pero que ahora está
estable-cido. Mucho más importante, sin duda, es que el tipo de sociedad al que
apunta cada elite es muy diferente. La versión estadounidense de una
demo-cracia comercial, con el consumidor individual como soberano, es muy
diferente de la versión rusa de un Estado moderno dirigido, con la comunidad
como soberana. Yo no vivo en ninguna de ellas, ni comparto los valores de
ninguna de los dos. Pero las diferencias en la política práctica parecen
bastante claras. En un campo económico funcional como el transporte, por
ejemplo, las dos elites llegan a con-clusiones opuestas, tanto en la actitud
hacia los
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sistemas de transporte público
como en el uso de automóviles privados; y estos cambian visiblemente las
sociedades. Pero que de las burocracias a me-nudo se parezcan entre sí en sus
métodos de tra-bajo y sus actitudes inmediatas hacia las personas, no se sigue
que sus hábitos básicos de pensamiento sean similares. La sensación de la
evidencia local sobre la burocracia es convincente, pero la sensa-ción de la
evidencia general, sobre el tipo de socie-dad que resulta, contradice esta
afirmación. Puede usted preferir una o la otra y la mayoría de la gente lo hace
activamente. Pero sea lo que sea lo que sienta acerca de la Unión Soviética, es
difícil argu-mentar que el tipo de sociedad que se crea allí es la negación de
lo que generalmente se entiende como el ideal marxista. La nacionalización de
los medios de producción y distribución y la creación de nue-vas formas
sociales, legales y políticas están ahí, para la admiración o el rechazo. La
burocracia so-viética les sirve y es crucialmente diferente de la elite del
poder estadounidense o británica simple-mente porque dispone de esas versiones
generales de la sociedad, por lo que puede operar mucho más directa y
estrechamente a través de la organización de un partido político que es a la
vez gobierno y ad-ministración.
Aun así, la comparación de las
elites en el poder puede no ser la crítica más sustancial. Quienes añoran el
énfasis radical y liberador del primer mar-xismo no atienden al control que
ejerce la elite en el poder en otros lugares, ya sea similar o diferente.
Insisten en que la verdadera contradicción de la so-ciedad soviética es que lo
que se pretendía que fuera un Estado obrero se ha convertido en un Estado
burocrático de partido; la liberación de los trabaja-dores está tan lejos como
siempre. Ésta, según
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entiendo, es la posición de
Lichtheim, aunque pa-rece que también suscribe (las dos posiciones no son
incompatibles) la versión de la «élite del poder», rechazando a la Unión
Soviética como «simplemente otra instancia del industrialismo moderno planifi-cado
y burocratizado». Para mí ésta resulta la cues-tión más difícil de decidir.
Según las pautas tradi-cionales de la clase trabajadora británica, no puedo
sentir que los trabajadores soviéticos, y menos aún los chinos, hayan sido
liberados en ningún sentido práctico. No quiero decir que la clase obrera
britá-nica sea libre, mientras que la soviética o la china no lo son; quiero
decir que las disciplinas impuestas a los trabajadores por las demandas de un
sistema industrial más moderno todavía funcionan, y ope-ran con más dureza en
la Unión Soviética y China únicamente porque el crecimiento industrial aún se
encuentra en una etapa dinámica o temprana.
Es en este punto donde surgen las
cuestiones teó-ricas más difíciles. La alternativa más convincente, como
explicación del proceso histórico, tanto para el marxismo como para la
interpretación que co-mencé a exponer en The Long Revolution, es que la verdadera
clave, la verdadera dinámica, es la indus-trialización. Las exigencias
imperativas de un sis-tema de producción industrial reconstruyen las
so-ciedades humanas, imponiendo nuevos tipos de disciplina y estrés, pero
ofreciendo lo suficiente, en forma de consumo y a cambio del trabajo humano
mecánico, para lograr que las disciplinas y tensio-nes sean aceptadas de manera
continua en un equi-librio de costes y recompensas. La revolución indus-trial
es así lo primordial, y el capitalismo y el socia-lismo son simplemente formas
alternativas de orga-nizarla: al principio, el capitalismo se concentraba solo
en la producción y el beneficio, a cualquier
-13-
coste, pero luego desarrolló el
consumo continuo y la cultura de masas como formas de mantener el sistema en
funcionamiento y la disposición a traba-jar de la gente; el socialismo organiza
la producción de modo diferente, pero se ve obligado a introducir nuevos tipos
de disciplina laboral y social para diri-gir la canalización necesaria de
energía. Lo cierto es que a los líderes comunistas y a sus representantes
extranjeros les oímos insistir más en los logros del socialismo en esos
términos que en cualesquiera otros. La lucha mundial actual a menudo se
pre-senta como una competencia directa entre el capi-talismo y el socialismo
para ver cuál puede hacer funcionar mejor el industrialismo.
Pero entonces, por supuesto, al
llegar a este punto nos vemos obligados a preguntarnos cuáles son los factores
que llevan a las sociedades a esos cursos alternativos, si sus objetivos
industriales generales son básicamente los mismos. Bueno, decimos, son las
condiciones históricas reales; y el marxismo era atractivo porque ofrecía un
análisis fundamental de esas condiciones. Es en este punto, no obstante, en el
que regresan todas las dificultades. Siempre es-tamos en peligro de tener una
visión demasiado breve (la historia es mucho más lenta de lo que cualquiera de
nosotros puede soportar), pero cier-tamente ahora parece que la tesis marxista
de pa-sar, en un proceso histórico reconocible, a través de varias etapas del
capitalismo hasta el estableci-miento del socialismo, no es la manera en que va
el mundo. Las revoluciones socialistas se han produ-cido principalmente en
países industrialmente atra-sados, saltándose a menudo en lo fundamental la
etapa capitalista, mientras que en los países del ca-pitalismo maduro la
probabilidad de que se pro-duzca una revolución socialista es pequeña,
-14-
mientras que los programas de
cambio radical han ido adquiriendo un carácter reformista, lo cual afecta no
solo al método de establecimiento del so-cialismo, sino también el tipo de
socialismo que se establecería.
Rebeliones campesinas,
imperativos industriales.
Cierto es que esto se ha señalado
muchas veces, ¿pero cuáles son las conclusiones reales que debe-mos sacar de
ello? El hecho de que el propio Marx se equivocara a este respecto parece
comparativa-mente poco importante, porque es el movimiento que generó, más que
sus propias formulaciones ab-solutas, lo que ahora debemos considerar. Y me
pa-rece que, en general, estamos demasiado limitados en nuestra visión del
mundo, cuando ahora desde-ñamos el marxismo y lo juzgamos anticuado. Es cierto
que el marxismo, en cualquiera de sus formas ortodoxas, parece tener
relativamente poco que de-cir sobre la situación actual en las sociedades
capi-talistas occidentales; o mejor dicho, lo que sigue afirmando se
caracteriza por un dogmatismo obsti-nado y simplista que la realidad contradice
conti-nuamente. Al mismo tiempo, sin embargo, lo que dice sobre el imperialismo
y, en la teoría y la prác-tica, sobre la liberación económica y el progreso de
los países actualmente atrasados, me parece que tiene más sentido que cualquier
otra versión de este problema ahora tan fundamental. La tendencia ge-neral del
éxito comunista, en esas áreas del mundo, parece no deberse principalmente
a políticas inteligentes de
poder, sino a la formula-ción de un programa teórico y práctico que, en
-15-
general, se ve confirmado por la
realidad.
Las revoluciones que han tenido
éxito han ocurrido donde había un fuerte movimiento campesino re-belde contra
condiciones imposibles, y donde exis-tían, a su frente o en conjunción con él,
intelectua-les marxistas o influidos por el marxismo que a ve-ces resultaban
pertenecer a la clase obrera urbana. Los dos casos recientes más significativos
son los de China y Cuba: el primero bajo dirección marxista desde el principio,
mientras que el segundo cobra un carácter cada vez más marxista a medida que se
desarrolla la revolución. Es importante ver esto como un desarrollo orgánico
del marxismo más que como una mera contradicción o abandono de Marx. El cambio
fundamental de dirección de Lenin cier-tamente alteró todo el carácter del
marxismo, ¿pero basta decir que al separarlo de su contexto eurooc-cidental
anterior y al ponerlo en un nuevo contexto, Lenin estaba simplemente
pervirtiendo sus ideales? Es una cuestión de juicio político, pero el mío es
que ese cambio de dirección ha servido en general a la causa de la liberación
humana de una manera de-cisiva y de un modo esencialmente compatible con el
ímpetu original del marxismo.
Lo que tenemos que examinar es el
efecto de ese cambio de contexto sobre el pensamiento marxista. Me parece que
hay dos efectos principales relacio-nados entre sí. El primero, que al
producirse esas revoluciones en sociedades sin formas democráti-cas maduras, el
énfasis en un pequeño partido di-rigente altamente organizado ha cambiado
necesa-riamente toda la concepción anterior de la toma de poder por la clase
obrera. El segundo, que el im-pulso de estas revoluciones desde el pueblo ha
sido principalmente la larga reivindicación campesina contra el latifundismo y
la explotación del traba-
-16-
jador, mientras que al mismo
tiempo el futuro ne-cesario del respectivo país, no solo como lo ven los
intelectuales marxistas, sino como lo dicta la super-vivencia y el crecimiento
económico, es un futuro industrial. La contradicción entre los objetivos
cam-pesinos nobles pero limitados y las exigencias de ese futuro industrial ha
sido el principal problema de cada una de estas revoluciones a medida que se
desarrollaban, y en esa situación el partido diri-gente se ha hecho cargo en
cierta medida de todos los intereses de clase inmediatos. El mayor sufri-miento
humano en el desarrollo del comunismo so-viético fue precisamente de ese
carácter. En China y Cuba ha habido diferencias, pero en cada caso po-demos ver
la misma combinación de una liberación generalizada con un partido dirigente
concreto. El inmenso coste para sus primeras generaciones de cualquier
revolución industrial forzada es exigido por el partido dirigente a un pueblo
que puede ver al partido como liberador a largo plazo, pero que en lo inmediato
ejerce el control con un rigor excepcio-nal y a menudo inhumano. Mientras dura
esta etapa crítica, cualquier amenaza para el partido go-bernante, o para sus
decisiones políticas, es repri-mida sin piedad.
No es mi propósito defender esa
evolución en la teo-ría y la práctica marxistas, pero creo que tenemos que
hacer un esfuerzo para comprenderla en el con-texto en el que realmente opera.
Un campesino chino o cubano está obligado a ver este proceso de manera
diferente de cualquiera que realmente po-damos imaginar. Al mismo tiempo, hay
algo ab-surdo en la práctica de los partidos comunistas oc-cidentales, que
imitan los hábitos de pensamiento y las teorías organizativas que se derivan de
situa-ciones sociales totalmente diferentes. No solo
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porque luego parecerán estar
alejadas de la realidad de sus propias sociedades, sino también porque, si
subrayan esa práctica como la versión del mar-xismo del siglo xx en su
conjunto, pierden su capa-cidad como marxistas para definir el curso de esas revoluciones.
Porque, incluso en el caso más favo-rable, el ejercicio del control por el
partido dirigente siempre está en peligro de convertirse en un fin en sí mismo,
en detalle si no en general. El objetivo de la revolución social puede
pervertirse fácilmente ha-cia la creación de un poderoso Estado industrial y
militar: una perversión de la que los elementos de chovinismo en cada una de
estas revoluciones aler-tan continuamente.
Sin embargo, no solo los
marxistas occidentales tie-nen el deber de mantener claro su análisis; también
lo tienen, obviamente, los marxistas capaces dentro de los propios partidos
dirigentes. Y aquí debemos volver nuevamente a la relación existente entre una
ideología y la sociedad en la que opera. Creo que tenemos un paralelismo
posible en nuestra propia historia. Si seguimos el cristianismo a través de las
muchas y variadas sociedades en las que ha ope-rado como un conjunto
oficialmente dirigente de creencias fundamentales, al principio no encontra-mos
ninguna base posible para el optimismo, por-que parece claro que, en muchos
aspectos, el cris-tianismo ha sobrevivido como una creencia oficial adaptándose
a los ideales y prácticas cambiantes de la sociedad que lo contenía. En sus
actitudes hacia las divisiones de clase, los negocios con los que ha-cer
dinero, el amor y la familia, a menudo ha cam-biado como el agua, adquiriendo
el color conve-niente de la época. ¿No cambiarán de manera simi-lar en las sociedades
comunistas los ideales huma-nos enraizados en el marxismo? ¿No son los seres
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humanos y los ideólogos capaces
de autoengañarse indefinidamente, de virajes intelectuales sin fin, para lograr
ese matrimonio de conveniencia? Sería estúpido decir, tras contemplar la
historia de las disputas marxistas durante los cuarenta años de comunismo
soviético, que el autoengaño y las dis-torsiones no se han producido, con gran
alcance, a veces hasta un punto en el que querríamos renun-ciar a todo ello con
asco. No parece haber ninguna diferencia en que el cristianismo sea cosa del
otro mundo y el marxismo de éste. El cristianismo pudo dar lustre a la guerra,
al dominio de clase y al ma-terialismo; el marxismo se lo ha dado al terror y a
la dictadura. A este respecto es fácil retroceder, como lo hizo Orwell, a la
sensación de que toda ideología es hipocresía para encubrir las realidades de
la conveniencia y el poder.
¿Pero responde esto a nuestra
experiencia, en defi-nitiva? Me parece que en la historia del cristia-nismo,
por ejemplo, junto con cada ejemplo de per-versión oficial e hipocresía, ha
habido un desafío de tipo cristiano, no basado en nuevas creencias sino en las
originales. Mientras los evangelios estén ahí, siempre es posible y puede
activarse un tipo básico de sentimiento humano, relevante en cualquier mo-mento
y en cualquier situación. Ha habido innume-rables casos movidos por ese
sentimiento con el ánimo de desafiar y a veces cambiar el montón de basura y
perversión vertidas sobre él. No veo nin-guna razón admisible por la que esto
no sea tam-bién válido para el marxismo. De hecho me parece que ya, en
elementos de las revoluciones polaca y húngara, y también en la propia Unión
Soviética, ese tipo de desafío se ha alzado y no ha sido derro-tado por
completo. Muchos cristianos dirían que las creencias subyacentes son de un
orden diferente:
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los valores cristianos son
eternos, los valores mar-xistas son limitados y temporales. Pero yo no puedo
aceptar esa distinción. La enseñanza del amor es fundamental, pero también lo
es la enseñanza de la libertad. Me parece interesante que en Polonia y Hungría,
y en los escritores del «deshielo» en la Unión Soviética, no hubiera un viraje
significativo hacia los valores de un sistema completamente al-ternativo;
ningún viraje, por ejemplo, en pro de las versiones capitalistas de la
libertad. El poder del desafío, de hecho, era que esas sociedades estaban
siendo criticadas en términos de su propio sistema de valores. Cuando esto
sucede, existe una diná-mica real y una posibilidad real de cambio.
Evidentemente, los gobernantes y
los sumos sacer-dotes harán todo lo que puedan para contenerlo o reprimirlo, y
su todo es mucho. Pero yo diría, frente a Orwell, que en definitiva no se puede
eliminar un desafío de ese tipo: se puede destruir a quienes lo plantean, pero
no las ideas que encarnan; porque la fuente nominal del poder de los
gobernantes, la doctrina por la que, aun en el peor de los casos, ra-cionalizan
sus controles, debe ser difundida. El bri-llo se irá con ellas, por supuesto,
pero honesta-mente no veo cómo alguien podría seguir difun-diendo las
creencias, aspiraciones e imágenes fun-damentales del marxismo, y ocultar con
éxito que componen una doctrina continuamente revolucio-naria. Tampoco creo que
los partidos gobernantes estén siempre comprometidos en el engaño y única-mente
en él. En ciertos momentos críticos, los ele-mentos de la ideología básica
emergen muy clara-mente, no solo para definir las direcciones de la so-ciedad,
sino también como el fundamento para el conflicto entre grupos dentro de los
partidos. La po-lítica comunista se diferencia evidentemente en eso
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del tipo de política que vemos en
nuestros propios partidos gobernantes. Incluso en sus disputas a ve-ces
sangrientas, hay elementos teóricos y absolutos que sugieren que sigue siendo
una doctrina básica por la que se combate, y no solo un brillo para el gobierno
personal. Además, no es siempre el peor de esos grupos el que vence. En la
Unión Soviética, por ejemplo, en los últimos años, ha sido clara-mente uno de
los mejores grupos el que ha prevale-cido.
Recuperación y renovación
Por todas esas razones, creo que
es incorrecto su-poner que el marxismo está acabado como conjunto de doctrinas
activas. Me sorprende continuamente la visión del mundo que se ha hecho
preeminente entre los intelectuales occidentales en los años transcurridos
desde la última guerra. El mundo real, tal como lo ven, está formado por
Estados Uni-dos y Europa Occidental; el resto se divide entre «enemigos» y
«neutrales»: los primeros son dema-siado malos para que importen, los segundos
dema-siado atrasados para que cuenten. Si el marxismo parece irrelevante en
Estados Unidos y en Europa Occidental, se hace, para esa visión del mundo,
to-talmente irrelevante, una idea «antigua». Pero in-cluso mientras los
intelectuales occidentales se di-cen esto unos a otros, con una complacencia
casi increíble, movimientos derivados del marxismo es-tán cambiando
decisivamente la forma y el equili-brio de la sociedad mundial.
El corolario habitual de esta
visión característica del Atlántico Norte es que el capitalismo, aunque no
guste demasiado, se ha demostrado capaz de
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contener el desafío socialista en
sus propias socie-dades, que, en consecuencia, avanzan hacia una nueva etapa
poscapitalista: el Estado del bienestar abierto. La gente que sigue utilizando
argumentos marxistas o incluso socialistas es considerada, por consiguiente,
como simples fundamentalistas sen-timentales, o casos de retraso histórico.
Esta nueva y confiada ortodoxia pasa por alto dos cosas: la pri-mera, que
suceda lo que suceda dentro de las so-ciedades occidentales, nuestras vidas
están de he-cho dominadas por la expansión de la revolución en otros lugares:
no solo como una cuestión de relacio-nes internacionales, sino también como una
cues-tión de economía y comercio internacional. Como socialista, tengo que
vivir dentro de una alianza que existe bien para destruir el comunismo (si
puede hacerse de manera segura) o bien para contenerlo. Y todos los socialistas
de los países occidentales tie-nen que convivir con políticas coloniales que
tratan de destruir o retrasar las revoluciones coloniales (si es que eso puede
hacerse con seguridad) o de lle-varlas hacía vías «moderadas». Con estos temas
en el centro de nuestra vida política, la lucha entre los socialistas y los
demás, en las sociedades occiden-tales, se convierte inevitablemente, en
primera ins-tancia, en una lucha sobre cuestiones internacio-nales. El
movimiento por la paz y el apoyo a los mo-vimientos de liberación colonial son,
por lo tanto, los campos críticos de nuestra actividad socialista
contemporánea. Y no es solo que esa lucha, en esos campos, esté evidentemente
viva e indecisa. Tam-bién parece que la forma de la sociedad occidental esté
siendo determinada principalmente por esta lucha internacional, para la que el
Estado del bie-nestar abierto parece simplemente un complemento marginal. De
hecho, me parece que el manteni-miento en Gran Bretaña de esa sensación de una
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sociedad cómoda y que va
mejorando poco a poco va ligada al rechazo de un significante fundamental, la
lucha militar internacional, expulsada del uni-verso simbólico pese a que nos
está cambiando pro-fundamente desde dentro, y también al rechazo de los hechos
sobre la naturaleza cambiante de la eco-nomía mundial, que difícilmente nos
permitirá pro-seguir cómodamente nuestra vida tal como es.
No combatiré en la Guerra Fría en
ninguno de los dos campos y no quiero reemplazarla por algún tipo de guerra
económica, argumento popular para el cambio económico en Gran Bretaña. Por el
contra-rio, quiero que se establezcan relaciones de tipo vivo, tanto con las
sociedades comunistas como con los países del mundo que ahora están abandonando
su condición de dependientes. La tentación, para algunos de mis paisanos, sería
pasarse a alguno de esos otros «campos», pero eso sería un acto de trai-ción de
un tipo muy profundo. Si lo que he dicho sobre los resultados políticos reales
de los movi-mientos marxistas en otros lugares es correcto, para mí es tan
imposible suscribir sus definiciones y sistemas como lo sería unirme a las
fuerzas reac-cionarias que intentan destruirlos. No es solo una cuestión de
lealtades nacionales y políticas (aunque perderlas, para mí, sería perderlo
todo). También es, de manera bastante directa, una cuestión de teoría. En las
sociedades industriales más antiguas, el curso del desarrollo político ha sido
muy dife-rente. Los que vivimos en ellas tenemos que inter-pretar nuestra
propia experiencia social, y puede que ciertas tradiciones que hemos logrado
mante-ner vivas, ciertas interpretaciones de nuevos pro-blemas que solo se
encuentran en sociedades in-dustriales maduras, sean de importancia crítica en
el desarrollo del socialismo internacional.
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Los marxistas independientes de
Occidente se han volcado, recientemente, en el estudio de los prime-ros textos
de Marx, en particular en el concepto de «alienación». Al mismo tiempo, muchos
socialistas no marxistas han estado examinando el mismo con-junto de problemas:
la relación entre trabajo y ocio; la naturaleza de la comunidad; cómo hacer
frente a la manipulación al tiempo que se expande la cul-tura. No sé hasta
dónde hemos llegado, aunque creo que hemos hecho algunos progresos. No puedo
de-cir que yo mismo haya encontrado en el Marx tem-prano algo más que una serie
de brillantes sugeren-cias y conjeturas, pero puedo estar equivocado, y en
cualquier caso se trata de un conjunto de preocu-paciones muy comunes. Estoy
seguro de que ese trabajo puede beneficiar a nuestras propias socie-dades, y
creo que puede ser de importancia crítica para las sociedades comunistas a
medida que se desarrollan. En cualquier caso, servirá para definir nuestras
relaciones con ellos. Lo que podemos ofre-cer es una tradición de independencia
crítica y de democracia activa, que de por sí no vertebran la to-talidad del
socialismo, pero que son esenciales para su madurez. Si eliminamos esas
tradiciones en nombre de la solidaridad, estaremos desechando una buena parte
del futuro.
Quizá la moraleja de todo esto
sea que el futuro del marxismo depende de la recuperación de algo pare-cido a
toda su tradición, y que ello podría suceder en la práctica al ir definiendo
las relaciones existen-tes entre nuestros propios movimientos socialistas, los
movimientos de liberación de los países indus-trialmente atrasados y las
sociedades comunistas en vías de desarrollo. La calificación de «marxismo» será
ferozmente reivindicada, por supuesto, por cada uno de esos movimientos
históricamente separados y, por mi parte, preferiría abandonar la lucha por la
herencia y ver las cosas de una manera más amplia. Marx fue un gran
contribuyente al so-cialismo. Inevitablemente, en la historia real, su
in-fluencia se ha unido a otras fuerzas. Lo único que importa es la realidad
del socialismo: los logros de la paz, la libertad y la justicia. Los marxistas
y mu-chos otros pueden contribuir a esa realidad de mu-chas formas diferentes.
Si Lenin llevó el marxismo en una dirección, debido a los problemas reales que
afrontaba, muchos socialistas occidentales han lle-vado el socialismo en otra
dirección debido a sus propios problemas reales. Ninguno de esos movi-mientos
tiene el monopolio de la verdad; ninguno puede desdeñar a los demás
suponiéndoles caren-tes de futuro. En la presente crisis mundial, todo depende
de la búsqueda de la comprensión entre las diferentes tradiciones y pueblos.
Los robots no lo quieren, pero la gente sí. ■

